En la España de finales de los 70, un icono del colorín infantil de los 60,
aquella niña rubia y pizpireta llamada Marisol, decidía romper con su edulcorada
carrera, llamarse Pepa Flores y levantar el puño cantando la Internacional. La
atracción por el icono de la danza flamenca, Antonio Gades, bailarín y
revolucionario contagio a Pepa Flores.
Hoy podemos presuponer que la voluntad de Pepa Flores (Málaga, 1948) era más que
férrea, cuando han pasado más de cuatro décadas desde que decidió retirarse y ha
conseguido seguir así, anónima, sin que la tentase ni el Goya de honor que le
otorgó la Academia del Cine hace unos años.
Tal vez alguien esperaba que se levantase el telón y surgiese de nuevo aquella
estrella inolvidable. Pero fueron las tres hijas que tuvo con Gades quienes
recibieron, emocionadísimas, aquel premio: María, Tamara y Celia.
Obreros de la cultura
Antonio Gades (Elda, 1936) compartía orígenes humildes con Pepa. Había trabajado
desde los 11 años haciendo de todo y llegó a la danza por hambre, contaba. Así
empezó a ganarse el pan, hasta que la compañía de Pilar López le cambió la vida:
comenzaron las giras por el extranjero, y cuando decidió volar en solitario
bailó en Italia, en Francia y en España. Mientras despegaba la carrera de un
bailarín y coreógrafo que soñaba con su propia compañía, Marisol hacía soñar a
las niñas de todo el país.
Pepa y él se conocieron en la pizzería que Gades tenía en Madrid. Así comenzó
una relación que revolucionó la España de los primeros años 70. Se fueron a
vivir a Altea, comenzaron las declaraciones de una Pepa defendiendo aquel amor
libre y sin papeles, que traería tres hijas, el compromiso político con el
Partido Comunista y el Partido Comunista de los Pueblos de España. Pepa decía
que era una obrera de la cultura. «Me fusilarán antes de traicionar a mi clase»,
afirmaba.
Gades subrayó que su posición política era clara. « Soy hijo de padre
republicano, he recibido una educación republicana y he luchado y lucho por las
ideas socialistas», dijo. Los dos viajaron a Cuba varias veces, y en el año 82
se casaron en una ceremonia civil con la bendición del propio Fidel Castro y de
la bailarina Alicia Alonso, icono mundial de la danza clásica, musa del
castrismo y madre de la escuela cubana de ballet que tantas estrellas ha dado a
compañías de todo el mundo.
Él tenía ya su propia compañía, había estrenado Bodas de Sangre, pero en
protesta por los últimos fusilamientos de la dictadura, decidió dejar el baile.
Pepa rodó a las órdenes de Juan Antonio Bardem, y con Jean Seberg, La corrupción
de Chris Miller, y con Mel Ferrer compartió protagonismo en La chica del molino
rojo. Esta fue la última vez que hizo un musical.
Y entonces llegó Los días del pasado, un drama dirigido por Mario Camus en el
que Pepa y Antonio interpretan a una maestra y un guerrillero del maquis. Son
dos de sus mejores papeles, y ella se llevó el premio a la mejor actriz en el
festival de Karlovy Vary. Después, solo rodó tres películas más. En dos de ellas
tan solo la escuchamos cantar, maravillosamente: puso voz a una nana en Bodas de
sangre, la primera de las tres colaboraciones musicales de Carlos Saura con
Gades, y en Carmen, la segunda, acompañada a la guitarra por Paco de Lucía.
Pero la relación ya se había roto. Gades dirigía el recién creado Ballet
Nacional Español, estaba de gira y llegó entonces la noticia de que tenía otra
pareja. «Yo dejé a Carlos Goyanes, y ahora Antonio Gades me ha dejado a mí», fue
todo lo que dijo al respecto Pepa Flores.
En 1985 se retiró. Solo tenía 37 años. Desde entonces, se centró en sus hijas,
sus nietos, en la vida tranquila y anónima de Málaga, unida a Massimo Stecchini
durante treinta años hasta su muerte .
Gades, disolvió su compañía y volvería a ponerla en marcha en los noventa, montó
Fuenteovejuna, su última gran obra, pero el cuerpo ya no le deja bailar. Antonio
murió en Madrid en el 2004, pero Cuba era su patria revolucionaria. Encontró en
la tierra de José Martí los sueños y enseñanzas de su padre Vicente Esteve: un
lugar donde la dignidad y la ética eran valores insobornables. Todo eso lo halló
en la isla rebelde, donde están sus cenizas que ya son parte de la savia
revolucionaria de un continente en lucha permanente.
Su libro Arte y Revolución es un testimonio de la seducción que ambas ideas
ejercieron sobre Pepa Flores.