1) Biografía, obra, frases y
semblanza de Rosa Luxemburgo
2) Obras de Rosa Luxemburgo
3) Frases Celebres de Rosa
Luxemburgo
4) Su personalidad y discurso
crítico
5) Selección de textos de Rosa
Luxemburgo
5.a) La crítica a la
evolución de la revolución bolchevique
5.b) La oposición a la
jerarquía clerical de Rosa Luxemburgo
5.c) La oposición de Rosa
Luxemburgo a la pena capital
5.d) Contra la Pena Capital
(1918)
6) El pensamiento económico en Rosa Luxemburgo
6.a)
Extracto de la obra de Rosa Luxemburgo: ¿Qué es la economía? 1918
NOTAS.
1) Biografía, obra, frases y semblanza de Rosa Luxemburgo
Rosa Luxemburgo nació
el 5 de marzo de 1870 o 1871 en Zamosc, cerca de Lublin, en la Polonia entonces
controlada por Rusia, en el seno de una familia de origen judío. Al mudarse a
Varsovia, Rosa asistió a un instituto femenino de segunda enseñanza (Gymnasium)
desde 1880. Incluso a esa edad tan temprana, Rosa aparece ya como miembro del
partido polaco izquierdista "Proletariat" desde 1886.
En 1887 Rosa terminó la
educación secundaria con un buen expediente, pero tuvo que huir a Suiza en 1889
para evitar su detención. Allí asistió a la Universidad de Zurich junto a otras
figuras socialistas, como Anatoli Lunacharsky y Leo Jogiches, estudiando
filosofía, historia, política, economía y matemáticas de forma simultánea. Sus
áreas de especialización fueron la Teoría del Estado, la Edad Media y las crisis
económicas y de intercambio de stock.
En 1893, junto a Leo
Jogiches y Julián Marchlewski (alias Julius Karski), fundaron el periódico La
causa de los trabajadores (Sprawa Robotnicza), oponiéndose a las políticas
nacionalistas del Partido Socialista Polaco y con Leo Jogichesco fundó el
Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia (SDKP), que posteriormente se
convertiría en el Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y Lituania
(SDKPiL) al unirse a la organización socialdemócrata de Lituania.
En 1898, Rosa
Luxemburgo obtuvo la ciudadanía alemana al casarse con Gustav Lübeck, y se mudó
a Berlín. Allí participó activamente con el ala más izquierdista del Partido
Socialdemócrata Alemán (SPD), definiendo claramente la frontera entre su
fracción y la teoría revisionista de Eduard Bernstein, atacándole en 1899 en un
folleto titulado "¿Reforma Social o Revolución?". La habilidad retórica de Rosa
pronto la convirtió en una de las líderes portavoces del partido. Ella denunció
repetidamente el creciente conformismo parlamentario del SPD frente a la cada
vez más probable situación de guerra.
Entre 1904 y 1906 su
trabajo se vio interrumpido a causa de tres encarcelamientos por motivos
políticos. Sin embargo, Rosa Luxemburgo mantuvo su actividad política; en 1907
tomó parte en el V Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso en Londres,
donde se entrevistó con Lenin. En el Segundo Congreso Socialista Internacional
en Stuttgart, presentó la resolución - que fue aprobada - de que todos los
partidos obreros europeos debían unirse para evitar la guerra.
Por esos años, Rosa
comenzó a enseñar marxismo y economía en el centro de formación del SPD en
Berlín.
El 28 de julio de 1914
comenzó la Primera Guerra Mundial. Todos los representantes socialdemócratas
votaron a favor de la propuesta e incluso el partido llegó a declarar una tregua
con el gobierno, prometiendo abstenerse de declarar huelgas durante la guerra.
Para Rosa Luxemburgo, esto fue una catástrofe personal que incluso la llevó a
considerar la posibilidad del suicidio: el revisionismo, al cual se había
opuesto desde 1899, había triunfado y la guerra estaba en marcha.
Junto con Karl
Liebknecht, Clara Zetkin y Franz Mehring, creó el grupo Internacional el 5 de
agosto de 1914, el cual se convertiría posteriormente el 1 de enero de 1916 en
la Liga Espartaquista. Escribieron gran cantidad de panfletos ilegales firmados
como "Espartaco", emulando al gladiador tracio que intentó la liberación de los
esclavos de Roma. Incluso la misma Rosa Luxemburgo adoptó el apodo de "Junuis",
tomado de Lucius Junius Brutus, el cual se considera fundador de la República de
Roma.
El 28 de junio de 1916
Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron sentenciados a dos años y medio de
prisión por su lucha contra la financiación de la guerra. Durante su estancia en
la penitenciaría fue trasladada dos veces, primero a Poznań y posteriormente a
Breslau. Durante este tiempo escribió varios artículos usando el seudónimo de
"Junius", los cuales fueron sacados clandestinamente de la cárcel y publicados
ilegalmente.
En 1917, cuando los
EE.UU. intervinieron en el conflicto, la Liga Espartaquista se afilió al Partido
Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD), compuesto también por antiguos
miembros del SPD opuestos a la guerra, fundado por Karl Kautsky. El 9 de
noviembre de 1918 el USPD llegó al poder como gobernante de la nueva república
junto con el SPD.
Rosa Luxemburgo salió
de la cárcel de Wroclaw el 8 de noviembre; Liebknecht lo había hecho poco antes
y había ya comenzado la reorganización de la Liga Espartaquista. Juntos crearon
el periódico "La Bandera Roja", en uno de cuyos primeros artículos Rosa reclamó
la amnistía para todos los prisioneros políticos, abogando por la derogación de
la pena de muerte.
El 1 de enero de 1919
la Liga Espartaquista junto a otros grupos socialistas y comunistas (incluyendo
la Internacional Comunista Alemana, IKD) crearon el Partido Comunista de
Alemania (KPD), principalmente gracias a la iniciativa de Karl Liebknecht y Rosa
Luxemburgo. Esta última apoyó que el KPD se involucrara en la asamblea
constitucional nacional - la que finalmente acabaría fundando la República de
Weimar - pero su propuesta no tuvo éxito. En enero una segunda ola
revolucionaria sacudió Alemania, la cual algunos de los líderes del KPD -
incluida Rosa Luxemburgo - no deseaban promover, previendo que iba a acabar mal
(aunque otros intentaron aprovecharse). En respuesta al levantamiento, el líder
socialdemócrata Friedrich Ebert utilizó a la milicia nacionalista, los "Cuerpos
Libres" (Freikorps), para sofocarlo. Tanto Rosa Luxemburgo como Liebknecht
fueron capturados en Berlín el 15 de enero de 1919, siendo asesinados por
esbirros del socialdemócrata Friedrich Ebert ese mismo día. Rosa Luxemburgo fue
golpeada a culatazos hasta morir, y su cuerpo fue arrojado a un río cercano.
Liebknecht recibió un tiro en la nuca, y su cuerpo fue enterrado en una fosa
común. Otros cientos de miembros del KPD fueron asesinados, y los comités
suprimidos.
2) Obras
de Rosa Luxemburgo
1) ¿Reforma social o
revolución? - (1899)
2) La crisis socialista
en Francia
3) Estancamiento y
progreso del marxismo
4) Problemas
organizativos de la Socialdemocracia
5) El socialismo y las
iglesias
6) Huelga de masas,
partido y sindicatos - (1906)
7) ¿Qué es la economía?
8) La Acumulación del
capital I y II- (1913)
9) Utopías pacifistas
10) El Folleto Junius:
La crisis de la socialdemocracia alemana - (1916)
11) El espíritu de la
literatura rusa: La vida de Korolenko
13) Introducción a la
economía política - (1916-17)
14) La Revolución Rusa
15) Contra la pena
capital
16) Discurso ante el
Congreso de Fundación del Partido Comunista Alemán.
3) Frases Celebres de Rosa Luxemburgo
1) "La libertad es
siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de otro modo".
2) "La venganza es un
placer que dura solo un día; la generosidad es un sentimiento que te puede hacer
feliz eternamente".
3) "La libertad no es
nada cuando se convierte en un privilegio".
4) "Socialismo o
barbarie"
5) "La libertad, sólo
para los miembros de gobierno, sólo para los miembros del Partido, aunque muy
abundante, no es libertad del todo. La libertad es siempre la libertad de los
disidentes. La esencia de la libertad política depende no de los fanáticos de la
justicia, sino de los efectos vigorizantes y benéficos de los disidentes. Si
"libertad" se convierte en "privilegio",la esencia de la libertad política se
habrá roto".
6) "Quien no se mueve,
no siente las cadenas".
7) "El día en que la
clase obrera comprenda y decida no tolerar más guerras, la guerra será
imposible".
8) "Sin elecciones
generales, sin libertad irrestringida de prensa y reunión, sin una libre lucha
de opiniones, la vida muere en cada institución pública, se convierte en una
mera semejanza de la vida, en la que solo la burocracia permanece como elemento
activo".
9) "En medio de la
tormenta… y aquello que se aprende con ardor se arraiga profundamente".
10) "El marxismo es una
cosmovisión revolucionaria, que constantemente tiene que luchar por nuevos
conocimientos, que no hay nada que desprecie tanto como el aferrarse a formas
que alguna vez fueron validas, que conserva su fuerza vital de la mejor manera
en la autocrítica y en el tronar de la historia".
4) Su personalidad y discurso crítico
Franz Erdmann Mehring,
publicista, político e historiador alemán, que fundó junto con Rosa y Liebknecht
la Liga Espartaquista, dijo de ella: "El más admirable cerebro entre los
sucesores científicos de Marx y Engels".
Dietmar Dath, alemán
nacido en 1970, y el más joven de sus biógrafos, replica: "Rosa Luxemburgo no
era de ninguna manera ese cliché de ángel pacifista con que la identifica cierta
izquierda. Era capaz de burlarse increíblemente de sus adversarios, poniéndolos
en ridículo con su réplica atroz, una inteligencia verbal superior, un sentido
del humor y una ironía a toda prueba".
Rosa Luxemburgo es la
desconocida más conocida de Alemania, se dice. No hay prácticamente nadie en
este país que no haya oído su nombre por lo menos una vez. Y aunque pocos
conocen a fondo su pensamiento, su asesinato la convirtió en figura emblemática
a uno y otro lado de la ideología, en manos de notables y gente de a pie. Cada
año, clavel rojo en mano, miles y miles se movilizan en torno a su monumento, en
el cementerio socialista de lo que era el sector oriental de la ciudad.
Ella tuvo críticas
fundamentadas en un discurso coherente, por ello se ganó grandes amigos, y
grandes enemigos, como todo aquel que es crítico.
5) Selección de textos de Rosa Luxemburgo
5.a) La crítica a la evolución de la revolución bolchevique
Rosa Luxemburgo fue
critica con la deriva dictatorial de la revolución bolchevique, Lenin, no
pudiendo ignorar el talento de Rosa Luxemburgo en las críticas realizadas le
dedicó las siguientes palabras: “A veces las águilas vuelan más bajo que las
gallinas; pero las gallinas jamás podrán elevarse a la altura de las águilas”.
1. Extracto de la
crítica de Rosa Luxemburgo la Revolución Bolchevique, y a los postulados de
Lenin y Trotski
Hablando de las
libertades y la democracia, podría resumirse en esta frase de Rosa: "Cuando se
elimina todo esto, ¿qué queda realmente? En lugar de los organismos
representativos surgidos de elecciones populares generales, Lenin y Trotski
implantaron los soviets como única representación verdadera de las masas
trabajadoras. Pero con la represión de la vida política en el conjunto del país,
la vida de los soviets también se deteriorará cada vez más. Sin elecciones
generales, sin una irrestricta libertad de prensa y reunión, sin una libre lucha
de opiniones, la vida muere en toda institución pública, se torna una mera
apariencia de vida, en la que sólo queda la burocracia como elemento activo.
Gradualmente se adormece la vida pública, dirigen y gobiernan unas pocas docenas
de dirigentes partidarios de energía inagotable y de experiencia ilimitada.
Entre ellos, en realidad, dirigen sólo una docena de cabezas pensantes, y de vez
en cuando se invita a una élite de la clase obrera a reuniones donde deben
aplaudir los discursos de los dirigentes, y aprobar por unanimidad las mociones
propuestas. En el fondo, entonces, una camarilla. Una dictadura, por cierto: no
la dictadura del proletariado sino la de un grupo de políticos, es decir, una
dictadura en el sentido burgués, en el sentido del gobierno de los jacobinos
(¡la postergación del Congreso de los Soviets de periodos de tres meses a
seis!). Sí, podemos ir aun más lejos,; esas condiciones pueden causar
inevitablemente una brutalización de la vida pública… ".
Frente a una frase de
Trotski: "Como marxistas nunca fuimos adoradores fetichistas de la democracia
formal", contesta: "Es cierto que nunca fuimos adoradores fetichistas de la
democracia formal. Ni tampoco fuimos nunca adoradores fetichistas del socialismo
ni tampoco del marxismo… ". Esta frase quería decir, en palabras de Rosa:
"siempre hemos diferenciado el contenido social de la forma política de la
democracia burguesa, siempre hemos denunciado el duro contenido de desigualdad
social y falta de libertad que se esconde bajo la dulce cobertura de la igualdad
y la libertad formales. Y no lo hicimos para repudiar a éstas sino para impulsar
a la clase obrera a no contentarse con la cobertura sino a conquistar el poder
político, para crear una democracia socialista en reemplazo de la democracia
burguesa, no para eliminar la democracia".
5.b) La oposición a la jerarquía clerical de Rosa Luxemburgo
Rosa Luxemburgo
consideró que desde los púlpitos, no se paraba de increpar contra quienes
defienden a los desposeídos de esta tierra. Los curas para ella, provocan la
contrarrevolución en la masa de trabajadores, los cuales sueltan discursos
incitándolos a la calma y la obediencia.
Extracto
de la obra de Rosa Luxemburgo: El Socialismo y las Iglesias
"Desde el momento en
que los obreros de nuestro país y de Rusia comenzaron a luchar valientemente
contra el gobierno zarista y los explotadores, observamos que los curas en sus
sermones se pronuncian con frecuencia cada vez mayor contra los obreros en
lucha. El clero lucha con extraordinario vigor contra los socialistas y trata
por todos los medios de desacreditarlos a los ojos de los trabajadores. Los
creyentes que concurren a la iglesia los domingos y festividades se ven
obligados a escuchar un violento discurso político, una verdadera denuncia del
socialismo, en lugar de escuchar un sermón y encontrar consuelo religioso.[…]
Los socialdemócratas
quieren el comunismo; eso es principalmente lo que el clero les reprocha. En
primer lugar es evidente que los curas que hoy combaten al comunismo en realidad
combaten a los primeros apóstoles. Porque éstos fueron comunistas ardientes.
Todos saben que la
religión cristiana apareció en la antigua Roma, en la época de la decadencia del
Imperio, [… ]. La situación de Roma en la época del nacimiento de Cristo era muy
parecida a la que impera actualmente en la Rusia zarista. Por una parte, un
puñado de ricos viviendo en la holgazanería y gozando de toda clase de lujos y
placeres; por otra, una inmensa masa popular que se pudría en la pobreza; por
encima de todos, un gobierno despótico, basado en la violencia y la corrupción,
ejercía una opresión implacable. Todo el Imperio Romano estaba sumido en el
desorden más completo [..].
Hay una sola diferencia
entre la Roma decadente y el imperio del zar; Roma no conocía el capitalismo; la
industria pesada no existía. En esa época el orden imperante era la esclavitud.
Los nobles, los ricos, los financistas satisfacían sus necesidades poniendo a
trabajar a los esclavos que las guerras les dejaban. Con el pasar del tiempo
estos ricos se adueñaron de casi todas las provincias italianas quitándoles la
tierra a los campesinos romanos. Al apropiarse de los cereales de las provincias
conquistadas como tributo sin costo, invertían esas ganancias en sus
propiedades, plantaciones magníficas, viñedos, prados, quintas y ricos jardines,
cultivados por ejércitos de esclavos que trabajaban bajo el látigo del capataz.
Los campesinos privados de su tierra y de pan fluían a la capital desde todas
las provincias. Pero allí no se encontraban en mejor situación para ganarse la
vida, puesto que todo el trabajo lo hacían los esclavos. Así se formó en Roma un
numeroso ejército de desposeídos -el proletariado— carente inclusive de la
posibilidad de vender su fuerza de trabajo. La industria no podía absorber a
esos proletarios provenientes del campo, como ocurre hoy; se convirtieron en
víctimas de la pobreza sin remedio, en mendigos.
La religión cristiana
aparecía ante estos infelices como una tabla de salvación, un consuelo, un
estímulo y se convirtió, desde sus comienzos, en la religión del proletariado
romano. De acuerdo con la situación material de los integrantes de esta clase,
los primeros cristianos levantaron la consigna de la propiedad común: el
comunismo. ¿Qué podía ser más natural? El pueblo carecía de los medios de
subsistencia y moría de hambre. Una religión que defendía al pueblo; que exigía
que los ricos compartan con los pobres los bienes que debían pertenecer a todos;
una religión que predicaba la igualdad de todos los hombres, tenía que lograr
gran éxito.[..] Los cristianos sólo deseaban que los que poseían la riqueza
abrazaran el cristianismo y convirtieran sus riquezas en propiedad común para
que todos gozaran de estas cosas en igualdad y fraternidad. […]
En esa situación la
sociedad se encuentra dividida en dos clases, ricos y pobres, los que viven en
el lujo y los que viven en la pobreza. Supongamos, por ejemplo, que los
propietarios ricos, influidos por la doctrina cristiana, ofrecieran repartir
entre los pobres la riqueza que poseen en dinero, granos, fruta, ropa y
animales. ¿Cuál sería el resultado? La pobreza desaparecería durante varias
semanas y en ese lapso la población podría alimentarse y vestirse. Pero los
productos elaborados se gastan en poco tiempo. Pasado un breve lapso el pueblo
habría consumido las riquezas distribuidas y quedaría nuevamente con las manos
vacías. Los dueños de la tierra y de los medios de producción producirían más,
gracias a la fuerza de trabajo de los esclavos, y nada cambiaría. Bien, he aquí
por qué los socialdemócratas discrepan con los comunistas cristianos. Dicen: “No
queremos que los ricos compartan sus bienes con los pobres; no queremos caridad
ni limosna; nada de ello puede borrar la desigualdad entre los hombres. Lo que
exigimos no es que los ricos compartan con los pobres, sino la desaparición de
ricos y pobres.” Ello es posible bajo la condición de que todas las fuentes de
riqueza, la tierra, junto con los demás medios de producción y herramientas,
pasen a ser propiedad colectiva el pueblo trabajador, que producirá según las
necesidades de cada uno. Los primeros cristianos creían poder remediar la
pobreza del proletariado con las riquezas dispensadas por los poseedores. ¡Eso
es lo mismo que sacar agua con un colador! El comunismo cristiano era incapaz de
cambiar o mejorar la situación económica, y no prosperó.
Al principio, cuando
los seguidores del nuevo Salvador constituían sólo un pequeño sector en el seno
de la sociedad romana, el compartir los bienes y las comidas y el vivir todos
bajo un mismo techo era factible. Pero a medida que el cristianismo se difundía
por el imperio, la vida comunitaria de sus partidarios se hacía más difícil.
Pronto desapareció la costumbre de la comida en común y la división de bienes
tomó otro cariz. Los cristianos ya no vivían como una gran familia; cada uno se
hizo cargo de sus propiedades y sólo se ofrecía a la comunidad el excedente. Los
aportes de los más ricos a las arcas comunes, al perder su carácter de
participación en la vida comunitaria, se convirtieron rápidamente en simple
limosna, puesto que los cristianos ricos dejaron de participar de la propiedad
común y pusieron al servicio de los demás sólo una parte de lo que poseían,
porción que podía ser mayor o menor según la buena voluntad del donante. Así, en
el corazón mismo del comunismo cristiano surgió la diferencia entre ricos y
pobres, diferencia análoga a la que imperaba en el Imperio Romano, y a la que
habían combatido los primeros cristianos. Pronto los únicos participantes en las
comidas comunitarias fueron los cristianos pobres y los proletarios; los ricos
cedían una parte de su riqueza y se apartaban. Los pobres vivían de las migajas
que les arrojaban los ricos y la sociedad volvió rápidamente a ser lo que había
sido. Los cristianos no habían cambiado nada.[…]
Al principio, cuando la
comunidad cristiana era pequeña, no existía un clero en el sentido estricto del
término. Los fieles, reunidos en una comunidad religiosa independiente, se unían
en cada ciudad. Elegían un responsable de dirigir el culto de Dios y realizarlos
ritos religiosos. Cualquier cristiano podía ser obispo o prelado. Era una
función electiva, susceptible de ser revocada, ad honorem y sin más poder que el
que la comunidad estaba dispuesta a otorgarle libremente. A medida que se
incrementaba el número de fieles y las comunidades se volvían más numerosas y
ricas, administrar los negocios de la comunidad y ejercer un puesto oficial se
volvió una ocupación que requería mucho tiempo y dedicación. Puesto que los
funcionarios no podían realizar estas tareas y dedicarse al mismo tiempo a sus
ocupaciones, surgió la costumbre de elegir entre los miembros de la comunidad un
eclesiástico que se dedicaba exclusivamente a dichas funciones. Por tanto, estos
empleados de la comunidad debían recibir una compensación por su dedicación
exclusiva a los negocios de ésta. Así se formó en el seno de la Iglesia una
nueva casta de empleados, separada del común de los fieles: el clero.
Paralelamente a la desigualdad entre ricos y pobres, surgió la desigualdad entre
clero y pueblo. Los eclesiásticos, elegidos al comienzo entre sus iguales para
cumplir una función temporaria, se elevaron rápidamente a la categoría de una
casta que dominaba al pueblo.[…]
5.c) La oposición de Rosa Luxemburgo a la pena capital
En setiembre de 1918
cayó el frente occidental alemán y estalló una nueva oleada huelguística. El fin
de la guerra se vislumbraba ya. El gobierno, deseoso de ampliar su base social
para tratar de salvarse, decretó la amnistía para los presos políticos. Karl
Liebknecht fue puesto en libertad el 23 de octubre y llevado en triunfo por las
calles de Berlín hasta la embajada soviética, pero la amnistía aparentemente no
incluía a Rosa Luxemburgo, que se hallaba detenida por orden administrativa, sin
sentencia.
A fines de octubre se
alzaron los marineros de la base naval de Kiel, y comenzaron a surgir consejos
de obreros y soldados, organizados según el modelo ruso, en toda Alemania, que
exigían que se reconociera su autoridad. El 9 de noviembre estalló una huelga
general que obligó al gobierno a renunciar. El canciller, príncipe Max von
Baden, entregó el poder al dirigente socialdemócrata Friedrich Ebert.
Presionados por el llamado de Liebknecht a la creación de una república
socialista, los socialdemócratas abolieron la monarquía y proclamaron en
Alemania una república democrática.
Rosa Luxemburgo, que se
hallaba aún en prisión, fue liberada el 9 de noviembre cuando las masas de
Breslau forzaron las puertas de la cárcel. Canosa y considerablemente avejentada
por los años trascurridos en prisión, volvió a Berlín y colaboró en la dirección
de la liga Espartaco durante los dos últimos meses de su vida.
Uno de sus primeros
escritos al salir de la cárcel fue “Contra la pena capital”, aparecido en Rote
Fahne (Bandera Roja), periódico de la Liga Espartaco. Allí denuncia la
inhumanidad de la “justicia” capitalista y expone los objetivos humanitarios de
la revolución socialista, y el trato para con los prisioneros.
Esta versión proviene
de Alemania después del armisticio: informe basado en el testimonio personal de
alemanes representativos, acerca de la situación imperante en 1919, de Maurice
Berger, traducido al inglés por William L. McPherson.
5.d) Contra la Pena Capital (1918)
No deseábamos la
amnistía ni el perdón para los presos políticos del viejo orden. Exigíamos el
derecho a la libertad, a la agitación y a la revolución para los cientos de
hombres valientes y leales que gemían en las cárceles y fortalezas porque, bajo
la dictadura de los criminales imperialistas, habían luchado por el pueblo, la
paz y el socialismo.
Ahora están todos en
libertad.
Nos encontramos
nuevamente en las filas, listos para el combate. No fue la camarilla de
Scheidemann y sus aliados burgueses, con el príncipe Max von Badén a la cabeza,
quienes nos liberaron. Fue la revolución proletaria la que hizo saltar las
puertas de nuestras celdas.
Pero la otra clase de
infelices habitantes de esas sombrías mansiones ha sido completamente olvidada.
Nadie piensa ahora en las figuras pálidas y tristes que suspiran tras los
barrotes de la prisión por haber violado las leyes ordinarias.
Sin embargo, también
ellos son víctimas desgraciadas del orden social infame contra el cual se dirige
la revolución; víctimas de la guerra imperialista que llevó la desgracia y la
miseria hasta los extremos más intolerables de la tortura; víctimas de esa
horrorosa masacre de hombres que liberó los instintos más viles.
La justicia de las
clases burguesas fue nuevamente como una red que permitió escapar a los
tiburones voraces, atrapando únicamente a las pequeñas sardinas. Los
especuladores que ganaron millones durante la guerra han sido absueltos o han
recibido penas ridículas. Los ladronzuelos, hombres y mujeres, han sido
sancionados con severidad draconiana.
Agotados por el hambre
y el frío, en celdas sin calefacción, estos seres abandonados por la sociedad
esperan piedad y compasión.
Han esperado en vano,
porque en su afán de obligar a las naciones a degollarse mutuamente y distribuir
coronas, el último de los Hohenzollern olvidó a estos infelices. Desde la
conquista de Lieja no ha habido una sola amnistía, ni siquiera en la festividad
oficial de los esclavos alemanes, el cumpleaños del káiser.
La revolución
proletaria debería arrojar un rayo de bondad para iluminar la triste vida de las
prisiones, disminuir las sentencias draconianas, abolir los bárbaros castigos
-las cadenas y azotes- mejorar en lo posible la atención médica, la alimentación
y las condiciones de trabajo. ¡Es una cuestión de honor!
El régimen
disciplinario imperante, impregnado de un brutal espíritu de clase y de barbarie
capitalista, debería modificarse radicalmente.
Pero una reforma total,
acorde con el espíritu del socialismo sólo puede basarse en un nuevo orden
social y económico; tanto el crimen como el castigo hunden sus raíces
profundamente en la organización social. Sin embargo, hay una medida radical que
puede tomarse sin complicados procesos legales. La pena capital, la vergüenza
mayor del ultrarreaccionario código alemán, debería ser eliminada de inmediato.
¿Por qué vacila este gobierno de obreros y soldados? Hace doscientos años el
noble Beccaria denunció la ignominia de la pena capital. ¿No existe esta
ignominia para vosotros, Ledebour, Barth, Däumig?
¿No tenéis tiempo,
tenéis mil problemas, mil dificultades, mil tareas os aguardan? Cierto. Pero
controlad, reloj en mano, el tiempo que se necesita para decir: “¡Queda abolida
la pena de muerte!” ¿Diréis que para resolver este problema se requieren largas
deliberaciones y votaciones? ¿Os perderías así en la maraña de las
complicaciones formales, los problemas de jurisdicción, la burocracia
departamental?
¡Ah! ¡Cuan alemana es
esta revolución alemana! ¡Cuan habladora y pedante! ¡Cuan rígida, inflexible,
carente de grandeza!
La olvidada pena de
muerte es sólo un pequeño detalle aislado. Pero, ¡con qué precisión se revela el
espíritu motriz, que guía a la revolución, en estos pequeños detalles!
Tomemos cualquier
historia de la Gran Revolución Francesa, por ejemplo, la aburrida crónica de
Mignet.
¿Es posible leerla sin
que el corazón lata con fuerza y arda la frente? Quien la haya abierto en una
página cualquiera, ¿puede cerrarla antes de haber oído, conteniendo el aliento,
la última nota de esa grandiosa tragedia? Es como una sinfonía de Beethoven
elevada a lo grandioso y a lo grotesco, una tempestad tronando en el órgano del
tiempo, grande y soberbia en sus errores al igual que en sus hazañas, en la
victoria tanto como en la derrota, en el primer grito de júbilo ingenuo y en el
último suspiro.
¿Y qué ocurre en este
momento en Alemania?
En todo, sea grande o
pequeño, uno siente que estos son siempre los viejos y sobrios ciudadanos de la
difunta socialdemocracia, para quienes el carnet de afiliado es todo, y el
hombre y el espíritu, nada.
No debemos olvidar,
empero, que no se hace la historia sin grandeza de espíritu, sin una elevada
moral, sin gestos nobles.
Al abandonar Liebknecht
y yo las hospitalarias salas donde vivimos en los últimos tiempos —él, entre sus
pálidos compañeros de penitenciaría yo con mis pobres, queridas ladronas y
mujeres de la calle con quienes pasé tres años y medio de mi vida- pronunciamos
este juramento, mientras nos seguían con sus ojos tristes: “¡No os olvidaremos!”
¡Exigimos al comité
ejecutivo de los Consejos de Obreros y Soldados que tome medidas inmediatas para
mejorar la situación de los prisioneros en las cárceles alemanas!
¡Exigimos que se
elimine inmediatamente la pena de muerte del código penal alemán!
Durante los cuatro años
de masacre de los pueblos, la sangre fluyó en torrentes. Hoy, cada gota de ese
precioso fluido debería preservarse devotamente en urnas de cristal.
6) El pensamiento económico en Rosa Luxemburgo
En el otoño de 1906 el
Partido Social Demócrata alemán creó una escuela partidaria en Berlín. El
objetivo era dar a treinta estudiantes elegidos anualmente por el partido y los
sindicatos un curso intensivo de seis meses sobre historia del socialismo,
economía, sindicalismo y muchos temas más. En el primer año no se le pidió a
Rosa Luxemburgo que enseñara pero en el otoño de 1907, cuando la policía alemana
ordenó a dos de los profesores, que no eran ciudadanos alemanes, que cesaran sus
actividades docentes. Rosa se hizo cargo del curso de economía. Desde 1907 hasta
que la escuela cerró durante la Primera Guerra Mundial sus actividades docentes
ocuparon buena parte de su tiempo y fueron muy bien aceptadas.
Por todos los informes
que tenemos, sabemos que fue una profesora excepcional, y la lectura de “¿Qué es
la economía?” nos da una idea de por qué sus clases gozaban de tanta
popularidad. Cualquier estudiante que haya padecido un curso de economía y
tratado de comprender las explicaciones secas, aburridas e intencionadamente
oscuras de los profesores del tipo que Rosa Luxemburgo ridiculiza, deseará haber
podido asistir a sus clases. Durante muchos años trabajo en reunir sus
conferencias en una exhaustiva introducción a la economía. Utilizó buena parte
de su tiempo libre entre 1907 y 1912 trabajando en ese proyecto, rechazando más
de una invitación para hablar en público a fin de tener más tiempo para
trabajar. Recién durante su encarcelamiento, en la Primera Guerra Mundial, pudo
pulir algunos capítulos para la publicación, entre ellos el primero, que aquí
reproducimos.
El libro iba a constar
de diez capítulos, pero cuando sus partidarios trataron de reunidos después de
su muerte tan sólo hallaron seis. El resto fue destruido probablemente cuando
las tropas revolucionarias saquearon su casa, después de asesinarla. Paul Levi [n.01]
publicó el manuscrito incompleto en los años 20, pero se lo acusa de alterar el
original. El gobierno de Alemania Oriental publicó una segunda versión,
supuestamente basada en el manuscrito original, en 1951.
6.a) Extracto de la obra de Rosa Luxemburgo: ¿Qué es la economía? 1918
La economía es una
ciencia muy particular. Los problemas y las controversias aparecen apenas se da
el primer paso en esta rama del conocimiento, apenas se plantea la pregunta
fundamental: de qué trata esta ciencia. El obrero común, que tiene sólo una idea
muy vaga de qué es la economía, atribuirá su falta de conocimiento a una
deficiencia en su educación general. Pero en cierto sentido comparte su
perplejidad con muchos estudiosos y profesores eruditos, que escriben obras de
muchos tomos sobre el tema de la economía y dictan cursos de economía a los
estudiantes universitarios. Parece increíble, pero es cierto: la mayoría de los
profesores de economía tienen una idea muy nebulosa del contenido real de su
erudición.
Puesto que es común que
estos profesores galardonados con títulos y honores académicos trabajen con
definiciones, es decir, que traten de expresar la esencia de los fenómenos más
complejos en unas cuantas frases prolijamente elaboradas, hagamos un
experimento, tratemos de aprender de un representante de la economía burguesa
oficial de qué trata esta ciencia. Consultemos en primer lugar al decano del
mundo académico alemán, autor de una inmensa cantidad de mamotretos sobre
economía, el fundador de la llamada escuela histórica de la economía. Wilhelm
Roscher.[n.02] En su primera gran obra, titulada Principios
de economía política, manual y texto para hombres de negocios y estudiantes,
publicada en 1854, pero que ha conocido desde entonces veintitrés ediciones,
leemos en el capítulo 2, parágrafo 16: “Por ciencia de la economía nacional o
política entendemos aquella ciencia que trata de las leyes del desarrollo de la
economía de una nación, o de su vida económica nacional (filosofía de la
historia de la economía política, según von Mangoldt). Al igual que todas las
ciencias políticas, o ciencias de la vida nacional, estudia, por una parte, al
hombre individual y por la otra extiende su campo de investigación al conjunto
de la humanidad.” (p. 87.)
¿Comprenden ahora los
“hombres de negocios y estudiantes” qué es la economía? Pues, la economía es la
ciencia que estudia la vida económica. ¿Qué son los anteojos de carey? Anteojos
con marco de carey, desde luego. ¿Qué es un asno de carga? Pues, ¡un asno con
una carga sobre su lomo! En realidad, éste es un buen método para enseñarles a
los niños el significado de las palabras más complejas. Es de lamentar, sin
embargo, que si no se entiende el significado de las palabras de nada servirá
que éstas se ordenen de tal o cual manera.
Consultemos ahora a
otro estudioso alemán, actualmente catedrático de economía en la Universidad de
Berlín, verdadera luminaria de la ciencia oficial, famoso “a lo largo y a lo
ancho del país” —como se suele decir—, el profesor Schmoller.[n.03]
En un artículo sobre economía publicado en el gran compendio de los profesores
alemanes, el Diccionario manual de las ciencias políticas, de los profesores
Konrad y Lexis, Schmoller nos da la siguiente respuesta:
“Yo diría que es la
ciencia que describe, define y dilucida las causas de los fenómenos económicos,
y los aprehende en sus interrelaciones. Ello supone, desde luego, que empecemos
por definir correctamente a la economía. En el centro de esta ciencia debemos
colocar las formas típicas, que se repiten en todos los pueblos civilizados
modernos, de división y organización del trabajo, del comercio, de la
distribución de los ingresos, de las instituciones socioeconómicas que, apoyadas
por cierto tipo de leyes privadas y públicas y dominadas por fuerzas síquicas
parecidas o similares, generan relaciones de fuerzas parecidas o similares, cuya
descripción nos daría las estadísticas del mundo civilizado contemporáneo: una
especie de cuadro de situación de éste. A partir de allí, la ciencia ha
intentado discernir las diferencias entre las distintas economías nacionales,
una en comparación con las demás, los distintos tipos de organización aquí y en
otras partes; se ha preguntado en qué relación y con qué secuencia aparecen las
distintas formas y ha llegado así a la concepción del desarrollo causal de estas
formas distintas y la secuencia histórica de las circunstancias económicas. Y
puesto que ha llegado, desde el comienzo mismo, a la afirmación de ideales
mediante juicios de valores morales e históricos, ha mantenido esta función
práctica, en cierta medida, hasta el presente. Además de la teoría, la economía
siempre ha propagado principios prácticos para la vida cotidiana.”
¡Bueno! Respirar
profundamente. ¿Cómo era eso? Instituciones socioeconómicas-ley pública y
privada-fuerzas síquicas-parecido y similar-similar y
parecido-estadísticas-estática-dinámica-cuadro de situación-desarrollo
causal-juicios de valor histórico-morales… El común de los mortales no puede
dejar de preguntarse, luego de leer esto, por qué su cabeza le da vueltas como
un trompo. Con fe ciega en la sabiduría profesoral que aquí se dispensa, y
buscando tozudamente un poco de sabiduría, se podría tratar de descifrar este
galimatías dos, quizás tres veces; tememos que el esfuerzo sería en vano. Aquí
no hay sino fraseología hueca, cháchara pomposa. Y ello constituye, de por sí,
un síntoma infalible. Quien piense con seriedad y domine el tema que está
estudiando, se expresará concisa e inteligiblemente. Quien, salvo cuando se
trata de la acrobacia intelectual de la filosofía o los espectros
fantasmagóricos de la mística religiosa, se expresa de manera oscura y carente
de concisión, revela estar en la oscuridad… o querer evitar la claridad. Más
adelante veremos que la terminología confusa y oscurantista de los profesores
burgueses no es fruto de la casualidad, que refleja no sólo su falta de claridad
sino también su aversión tendenciosa y tenaz hacia un verdadero análisis del
problema que nos ocupa.
Se puede demostrar que
la definición de la esencia de la economía es asunto polémico apoyándose en un
hecho superficial: su edad. Se han expresado las opiniones más contradictorias
en torno a la edad de esta ciencia. Por ejemplo, un conocido historiador y ex
profesor de economía de la Universidad de París, Adolphe Blanqui [n.04]
-hermano del famoso dirigente socialista y soldado de la Comunna Auguste
Blanqui-[n.05] comienza el primer capítulo de su Historia
del desarrollo económico con la siguiente frase: “La economía es más antigua de
lo que generalmente se cree. Los griegos y romanos ya la poseían.” Por otra
parte, otros autores que han estudiado la historia de la economía, por ejemplo
Eugen Dühring,[n.06] ex profesor en la Universidad de
Berlín, consideran importante recalcar que la economía es mucho más moderna de
lo que generalmente se cree; surgió en la segunda mitad del siglo XVIII. Para
dar también una opinión socialista, citemos a Lassalle,[n.07]
en el prefacio de su clásica polémica escrita en 1864 contra Capital y trabajo
de Schultze-Delitzsch: “La economía es una ciencia cuyos rudimentos existen,
pero que todavía no ha sido definida”.
Por otra parte, Carlos
Marx le puso a su obra maestra de la economía -El capital- el subtítulo de
Crítica de la economía política. El primer tomo apareció, como para cumplir la
profecía de Lassalle, tres años más tarde, en 1867. Con este subtítulo Marx
coloca a su obra fuera del marco de la economía convencional, considerando que
ésta está terminada definitivamente: sólo resta criticarla.
Algunos sostienen que
esta ciencia es tan antigua como la historia escrita de la humanidad. Para otros
tiene apenas un siglo y medio de antigüedad. Un tercer grupo sostiene que se
halla en pañales. Otros dicen que está perimida y que ha llegado la hora de
pronunciar un juicio crítico y definitivo para acelerar su desaparición. ¿Quién
no está dispuesto a reconocer que semejante ciencia presenta un fenómeno único y
complicado?
No sería aconsejable
preguntarle a algún representante oficial burgués de esta ciencia: ¿Cómo explica
usted el hecho curioso de que la economía —ésta es la opinión predominante en
nuestros días- haya comenzado hace apenas ciento cincuenta años? El profesor
Dühring, por ejemplo, respondería con un gran palabrerío, afirmando que los
griegos y los romanos no tenían concepciones científicas de los problemas
económicos, sólo nociones “irresponsables, superficiales, muy vulgares”
extraídas de la experiencia diaria; que la Edad Media fue “acientífica” hasta la
enésima potencia. Es obvio que esta explicación erudita no nos sirve; por el
contrario, es bastante engañosa, sobre todo esa forma de generalizar sobre la
Edad Media.
El profesor Schmoller
nos brinda una explicación tan peculiar como la anterior. En su obra, que
citamos más arriba, añade la siguiente perla a la confusión reinante: “Durante
siglos se habían observado y descrito muchos fenómenos económicos privados y
sociales, se habían reconocido unas cuantas verdades económicas y los códigos
legales y éticos habían discutido problemas económicos. Estos hechos sin
relación entre sí, fueron unificados en una ciencia especial cuando los
problemas económicos adquirieron importancia sin precedentes en el manejo y
administración del Estado; desde el siglo XVII hasta el XIX, cuando numerosos
autores se ocuparon de estos problemas, el conocimiento de los mismos se
convirtió en necesidad para los estudiantes universitarios y al mismo tiempo la
evolución del pensamiento científico en general condujo a interrelacionar estos
dichos y hechos económicos en un sistema independiente utilizando ciertas
nociones fundamentales, tales como dinero y comercio, la política nacional en
materia económica, el trabajo y la división del trabajo: todo ello lo intentaron
los autores del siglo XVIII. Desde entonces la teoría económica existe como
ciencia independiente.”
Cuando extraemos el
poco sentido que le encontramos a este verborrágico pasaje, obtenemos lo
siguiente: existían varias observaciones económicas que, durante un tiempo,
estuvieron tiradas aquí y allá, casi ociosas. Entonces, de repente, apenas el
“manejo y administración del Estado” —quiere decir el gobierno— lo necesitaron,
y en consecuencia se hizo necesario enseñar economía en las universidades, estos
dichos económicos fueron rejuntados y enseñados a estudiantes universitarios.
Asombroso, y a la vez, ¡qué típica de un profesor es esta explicación! Primero,
en virtud de las necesidades del honorable gobierno, se funda una cátedra… cuya
titularidad es ocupada por un honorable profesor. Entonces, desde luego, se crea
la ciencia, si no, ¿qué podría enseñar el profesor? Al leer este pasaje nos
acordamos -¿quién no?- del maestro de ceremonias de la Corte que afirmó estar
convencido de que la monarquía perduraría para siempre; después de todo, si
desapareciera la monarquía, ¿de qué viviría? Esta es, pues, la esencia del
parágrafo: la economía nació porque el gobierno del Estado moderno necesitaba de
esa ciencia. Se supone que la orden de las autoridades constituidas es el
certificado de nacimiento de la economía: esa forma de razonar es típica de un
profesor contemporáneo.
El sirviente científico
del gobierno que, a pedido de éste, redoblará “científicamente” el tambor a
favor de cualquier tarifa o impuesto para la Marina, que en época de guerra será
una verdadera hiena del campo de batalla, predicador del chovinismo, el odio
nacional y el canibalismo intelectual, semejante tipo no tiene empacho en
imaginar que las necesidades financieras del soberano, los deseos fiscales del
tesoro, la inclinación de cabeza de las autoridades constituidas, todo ello
bastó para crear una ciencia del día a la noche… ¡de la nada! Para los que no
ocupamos puestos de gobierno tales nociones presentan alguna dificultad. Además,
la explicación plantea otro interrogante: ¿qué ocurrió en el siglo XVII, que
obligó a los gobiernos de los estados modernos -siguiendo el razonamiento del
profesor Schmoller- a sentir la necesidad de exprimir a sus amados súbditos en
forma científica, de repente, mientras que durante siglos las cosas habían
marchado bastante bien, por cierto, con los métodos viejos? ¿No se dan vuelta
las cosas aquí, no es más probable que las nuevas necesidades de los tesoros
fiscales hayan sido una modesta consecuencia de esos grandes cambios históricos
que fueron el origen real de la nueva ciencia de la economía a mediados del
siglo XVIII?
En síntesis, sólo
podemos decir que los profesores eruditos no nos quieren revelar de qué trata la
economía y encima no quieren revelar cómo y por qué se originó esta ciencia.
Se suele definir a la
economía de la siguiente manera: “ciencia de las relaciones económicas entre
seres humanos”. Este encubrimiento de la esencia de lo que estamos tratando no
clarifica el interrogante, lo complica aun más. Surge la siguiente pregunta: ¿es
necesario, y si lo es, por qué hay que tener una ciencia especial sobre las
relaciones económicas entre “seres humanos”, esto es, todos los seres humanos,
en todo momento y circunstancia?
Tomemos un ejemplo de
relaciones económicas humanas, si es posible dar un ejemplo fácil e ilustrativo.
Imaginémonos viviendo en el periodo histórico en que no existía la economía
mundial, cuando el intercambio de mercancías florecía únicamente en las
ciudades, mientras que en el campo predominaba la economía natural, es decir, la
producción para el consumo propio, tanto en las grandes propiedades
terratenientes como en las pequeñas granjas.
Veamos, por ejemplo,
las condiciones en las Highlands de Escocia en la década de 1850, tal como las
describió Dugald Stewart: “En ciertas partes de las Highlands de Escocia [… ]
apareció más de un pastor, y también chacarero [… ] calzando zapatos de cuero
por ellos curtido [… ] vistiendo ropas que no habían conocido otras manos que
las suyas, puesto que las telas provenían de la esquila de sus propias ovejas, o
de la cosecha de su propio campo de lino. En la preparación de los mismos casi
ningún artículo había sido comprado, salvo la lezna, la aguja, el dedal y la
herrería empleados en el telar. Las tinturas eran extraídas principalmente por
las mujeres de los árboles, arbustos y hierbas.” (Citado por Marx en El
capital.)
O tomemos un ejemplo de
Rusia donde hasta hace relativamente poco tiempo, a fines de 1870, la situación
del campesinado era la siguiente: “El terreno que él, (el campesino del distrito
de Viasma en la provincia de Smolensk) cultiva lo provee de alimentos, ropa,
casi todo lo que necesita para su subsistencia: pan, papas, leche, carne,
huevos, tela de lino, pieles de oveja y lana para el abrigo [… ] Utiliza dinero
únicamente cuando adquiere botas, artículos de tocador, cinturones, gorras,
guantes y algunos enseres domésticos esenciales: platos de arcilla o madera,
útiles para la chimenea, cacerolas y cosas similares.” (Profesor Nikolai Siever,
Carlos Marx y David Ricardo, Moscú, 1879, p. 480.)
Hay hogares campesinos
similares en Bosnia y Herzegovina, en Servia y en Dalmacia hasta el día de hoy.
Si le preguntáramos a un campesino que se autoabastece ya sea en las Highlands
de Escocia, en Rusia, Bosnia o Servia sobre el “origen y distribución de la
riqueza” y demás problemas económicos, nos miraría asombrado. ¿Por y para qué
trabajamos? (O, como dirían los profesores, “¿cuál es la motivación de tu
economía?”) El campesino respondería seguramente de la siguiente manera: Pues,
veamos. Trabajamos para vivir, puesto que —como dice el dicho— nada sale de la
nada. Si no trabajáramos moriríamos de hambre. Trabajamos para salir adelante,
para tener qué comer, poder vestirnos, mantener un techo sobre nuestras cabezas.
Cuando producimos, ¿cuál es el “propósito” de nuestro trabajo? ¡Qué pregunta más
estúpida! Producimos lo que necesitamos, lo que toda familia campesina necesita
para vivir. Cultivamos trigo y centeno, avena y cebada, papas; según la
situación en que nos hallemos tenemos vacas y ovejas, gallinas y gansos. En
invierno se carda la lana; ése es trabajo para las mujeres, mientras los hombres
hacen todo lo que haya que hacer con el hacha, el serrucho y el martillo.
Llámelo, si quiere, “agricultura” o “artesanía”; tenemos que hacer un poco de
todo, puesto que necesitamos toda clase de cosas en la casa y en los campos.
¿Que cómo organizamos
el trabajo? ¡Otra pregunta estúpida! Los hombres, naturalmente, realizan las
tareas que exigen fuerza de hombre; las mujeres cuidan la casa, el establo y el
gallinero; los niños hacen lo que pueden. ¡No vaya a pensar que yo envío a la
mujer a cortar leña mientras yo ordeño la vaca! (El buen hombre no sabe,
agreguemos, que en muchas tribus primitivas, por ejemplo entre los indios
brasileños, son las mujeres quienes cortan leña, buscan raíces en el bosque y
recolectan fruta, mientras que en las tribus ganaderas de Asia y África los
hombres no sólo cuidan a las vacas, también las ordeñan. Aun hoy, en Dalmacia,
puede observarse a la mujer cargando un pesado fardo sobre sus espaldas,
mientras el robusto marido la acompaña montado en su burro, fumando su pipa. Esa
“división del trabajo” les parece tan natural como le parece natural a nuestro
campesino que él deba cortar la leña mientras su mujer ordeña la vaca.)
Prosigamos: ¿qué constituye mi riqueza? ¡Cualquier niño de la aldea podría
responderle! Un campesino es rico cuando tiene un granero colmado, un establo
poblado, una buena majada, un buen gallinero; es pobre cuando se le empieza a
acabar la harina para Pascuas y le aparecen goteras en el techo cuando llueve.
¿Cuál es la pregunta? Si mi parcela fuera mayor yo sería más rico, y si en el
verano llegara a haber, Dios nos libre, una granizada, todos los aldeanos
quedaremos pobres en menos de veinticuatro horas.
Le hemos permitido al
campesino responder a las preguntas económicas usuales con mucha paciencia, pero
podemos tener la certeza de que si el profesor se hubiera apersonado en la
granja, cuaderno y pluma en mano para iniciar su investigación, se le hubiera
mostrado la salida con cierta brusquedad antes de que hubiese llegado a la mitad
del cuestionario. Y en realidad todas las relaciones en la economía campesina
resultan tan obvias y trasparentes que su disección mediante el bisturí de la
economía parece realmente un juego inútil.
Puede, desde luego,
objetarse que el ejemplo no es muy feliz, que en un hogar campesino que se
autoabastece esa simplicidad extrema es realmente hija de la escasez de recursos
y la pequeña escala en que se produce. Bien, dejemos al pequeño hogar campesino
que logra mantener alejados a los lobos en alguna localidad olvidada de Dios,
elevemos nuestras miras hasta la cima de un poderoso imperio, examinemos el
hogar de Carlomagno. Este emperador logró convertir al Imperio Germano en el más
poderoso de Europa a comienzos del siglo IX; emprendió no menos de cincuenta y
tres campañas militares con el fin de extender y consolidar su reino, que llegó
a abarcar la Alemania moderna además de Francia, Italia, Suiza, el norte de
España, Holanda y Bélgica; este emperador también se preocupaba de la
administración de sus feudos y chacras.
Nada menos que su mano
imperial redactó un decreto especial de setenta parágrafos en los que sentó los
principios a aplicarse en la administración de sus propiedades de campo: el
famoso Capitulare de Villis, es decir, la ley sobre los señoríos; por suerte
este documento, tesoro invalorable de información histórica, se conserva hasta
hoy entre la tierra y el moho de los archivos. Este documento merece una
atención especial por dos razones. En primer lugar, casi todos los
establecimientos agrícolas de Carlomagno se trasformaron en poderosas ciudades
libres: Aix-la-Chapelle, Colonia, Munich, Basilea, Estrasburgo y muchas otras
ciudades alemanas y francesas fueron en tiempos remotos propiedades agrícolas de
Carlomagno. En segundo lugar, los principios económicos de Carlomagno eran el
modelo que seguían todas las grandes propiedades eclesiásticas y seculares de la
Alta Edad Media; los señoríos de Carlomagno mantenían viva la vieja tradición
romana y implantaban la exquisita cultura de las villas romanas al tosco
ambiente de la joven nobleza teutónica; sus reglas sobre elaboración de vinos,
cultivo de jardines, frutas y vegetales, cría de aves de corral, etcétera,
constituyeron una hazaña económica perdurable.
Observemos este
documento más de cerca. El gran emperador pide, en primer término, que se le
sirva con honestidad, que todos los súbditos de sus feudos reciban cuidados y
protección contra la pobreza; que no se les agobie con trabajos que superen su
capacidad normal; que se les recompense el trabajo nocturno. Los súbditos, por
su parte, deben dedicarse al cultivo de la vid y deben almacenar el jugo de la
uva en botellas para que no se deteriore. Si se muestran remisos a cumplir con
su deber, se les castigará “en la espalda u otra parte del cuerpo”. El emperador
decreta asimismo que se deben criar abejas y gansos; las aves de corral deben
ser cuidadas y su número incrementado. Debe prestarse atención al cuidado del
ganado vacuno y caballar y también del lanar.
Deseamos, además,
escribe el emperador, que nuestros bosques sean administrados con inteligencia,
que no se los tale, que haya siempre en ellos gavilanes y halcones. Debe haber a
nuestra disposición gansos y pollos gordos en todo momento; los huevos que no se
consumen han de venderse en los mercados. En cada uno de nuestros señoríos
debemos tener siempre a mano una buena provisión de plumas para colchones,
colchones, mantas, enseres de cobre, plomo, hierro, madera, cadenas, ganchos,
hachas, taladros, de modo que no se deba pedir nada prestado a los demás.
Además, el emperador
exige que se le rinda cuenta exacta de la producción de sus feudos, es decir,
cuánto se produjo de cada ítem, y hace la lista de éstos: vegetales,
mantequilla, queso, miel, aceite, vinagre, remolachas “y otras cosas sin
importancia”, como dice textualmente este famoso documento. El emperador ordena
asimismo que en cada uno de sus dominios haya artesanos, expertos en todos los
oficios, en número adecuado, y hace la lista de cada oficio, uno por uno.
Designa a la Navidad la fecha anual en que se le rinden cuentas de todas sus
riquezas. El campesino más pobre no cuenta cada cabeza de ganado y cada huevo
que hay en su granja con mayor cuidado que el gran Emperador Carlos. El
parágrafo número 62 del documento dice: “Es importante que sepamos qué y cuánto
poseemos, de cada cosa”. Y una vez más hace una lista: bueyes, molinos, madera,
embarcaciones, vinos, legumbres, lana, lino, cáñamo, frutas, abejas, peces,
cueros, cera y miel, vinos nuevos y añejos y demás cosas que se le envían. Y
para consuelo de sus queridos vasallos, quienes deben enviarle estas cosas,
agrega sin malicia: “Esperamos que todo esto no les parezca demasiado
dificultoso; pues cada uno de vosotros es señor de su feudo y puede exigir estas
cosas a sus súbditos”.
En otro parágrafo de la
ley encontramos instrucciones precisas en cuanto al recipiente y modo de
transporte de los vinos, asunto de Estado aparentemente muy caro al corazón del
emperador. “El vino debe transportarse en cascos de madera con fuertes aros de
hierro, jamás en odres de piel. En cuanto a la harina, será transportada en
carros de doble fondo recubiertos de cuero, para que se pueda cruzar los ríos
sin dañar la harina. Quiero también cuentas exactas de los cuernos de mis
ciervos, además de los machos cabrios, asimismo de las pieles de lobos matados
durante el año. En el mes de mayo no olvidéis declarar la guerra a muerte contra
los lobos jóvenes.” En el último parágrafo Carlomagno hace la lista de todas las
flores y árboles y hierbas que quiere en sus señoríos, tales como: rosas,
lirios, romero, pepinos, cebollas, rabanitos, semillas de alcaravea, etcétera.
Este famoso documento legislativo finaliza con algo que parece ser la
enumeración de las distintas variedades de manzanas.
Este es, entonces, el
cuadro de la casa imperial en el siglo IX, y aunque estamos hablando de uno de
los soberanos más ricos y poderosos de la Edad Media cualquiera reconocerá que
tanto su economía familiar como sus principios administrativos nos recuerdan al
pequeño hogar campesino que vimos antes.
Si le planteáramos a
nuestro anfitrión imperial las mismas preguntas acerca de su economía, la
naturaleza de su riqueza, el objeto de la producción, la división del trabajo,
etcétera, extendería su mano real para señalamos las montañas de trigo, lana y
cáñamo, los cascos de vino, aceite y vinagre, los establos repletos de vacas,
bueyes y ovejas. Y es probable que no pudiéramos encontrar misteriosos problemas
para que la ciencia de la economía analice y resuelva, puesto que todas las
relaciones, causa y efecto, trabajo y resultado, son claras como el cristal.
Quizás alguien nos
quiera observar que volvimos a encontrar un ejemplo poco feliz. ¿Acaso el
documento no revela que no estamos tratando con la vida económica pública del
Imperio Germano, sino con la hacienda privada del emperador? Pero cualquiera que
contrapusiese ambos conceptos cometería un grave error respecto de la Edad
Media. Es cierto que la ley se aplicaba a la economía de las propiedades y
feudos del Emperador Carlomagno, pero él regenteaba esta hacienda como soberano,
no como ciudadano particular. O, para ser más precisos, el emperador era señor
en sus propios señoríos, pero todo gran señor de la Edad Media, sobre todo en la
época de Carlomagno, era un emperador en menor escala, porque su posesión noble
de la tierra lo convertía en legislador, recaudador de impuestos y juez de todos
los habitantes de sus feudos. Los decretos económicos de Carlos eran, como lo
demuestra su forma, decretos de gobierno: forman parte de las sesenta y cinco
leyes, o capitulare, de Carlos, redactadas por el emperador y promulgadas en la
dieta anual de sus príncipes. Y los decretos sobre rabanitos y cascos de vino
reforzados con aros de hierro provienen de la misma autoridad déspota, y están
redactados en el mismo estilo que, por ejemplo, sus amonestaciones a los
eclesiásticos en el Capitulare Episcoporum, la “ley de obispos”, donde Carlos
toma a los siervos del Señor de las orejas y les impone severamente que no deben
blasfemar, ni embriagarse, ni frecuentar lugares de mala fama, ni mantener
amantes, ni vender los sacramentos por un precio demasiado elevado. Podríamos
cansarnos de hurgar en la Edad Media, y no encontraríamos una sola unidad
económica rural donde los señoríos de Carlomagno no fueran prototipos y modelos,
ya se trate de propiedades señoriales o de pequeños campesinos, de familias
campesinas tomadas individualmente o comunidades aldeanas.
Lo que más nos llama la
atención en ambos ejemplos es que las necesidades de la subsistencia humana
guían y dirigen el trabajo, que los resultados corresponden exactamente a las
intenciones y necesidades y que, independientemente de la escala de la
producción, las relaciones económicas denotan una asombrosa simplicidad y
transparencia. Tanto el pequeño campesino en su parcela como el gran soberano en
sus feudos saben exactamente qué quieren lograr en la producción. Y, más aun,
ninguno de los dos tiene que ser un genio para saberlo. Ambos quieren satisfacer
las necesidades humanas fundamentales en cuanto a alimentos, bebida, ropa y las
distintas cosas buenas de la vida. La diferencia consiste en que el campesino
duerme en un camastro de paja, mientras el noble señor duerme en un lecho de
plumas; el campesino bebe cerveza, hidromiel y también agua; el señor, vinos
finos. La diferencia está en la cantidad y tipo de bienes producidos. La base de
la economía y sus objetivos, son los mismos a saber: satisfacción directa de las
necesidades humanas. Va de suyo que el tipo de trabajo necesario para lograr
este propósito se adecúa a los resultados que se quieren obtener. Y también hay
diferencias en el proceso de trabajo: el campesino trabaja con sus manos
acompañado de su familia; recibe los productos del trabajo que su parcela y la
parte que le corresponde de la tierra comunitaria le pueden brindar o, más
precisamente —puesto que hablamos del siervo medieval-, todo lo que le queda
después de los tributos y diezmos que le extraen el señor y el obispo. El
emperador y los nobles no trabajan, obligan a sus súbditos y arrendatarios a
trabajar para ellos.
Pero, trabaje la
familia campesina para sí o para el señor, bajo la supervisión del anciano de la
aldea o del administrador del noble, el resultado de la producción es una
cantidad simple de medios de subsistencia (en el sentido más amplio del
término): lo que se necesita y en la proporción requerida. Podemos darle a esta
economía las vueltas que queramos; no encontraremos en ella enigma alguno que
requiera el análisis profundo de una ciencia especial para su solución. El
campesino más torpe de la Edad Media sabía qué era lo que determinaba su
“riqueza” (quizás sería más acertado decir su “pobreza”), además de las
catástrofes de la naturaleza, que asolaban su propiedad tanto como la del señor.
El campesino sabía que su pobreza obedecía a una causa muy simple y directa:
primero, la infinita serie de impuestos en trabajo y dinero que le extraía el
señor; en segundo lugar, el pillaje de ese señor a expensas de las tierras
comunes, bosques y agua de la aldea. Y el campesino clamaba su sabiduría a los
cielos cada vez que asaltaba las casas de los chupasangres. Lo único que le
queda por investigar a la ciencia en este tipo de economía es el origen
histórico y desarrollo de esta clase de relaciones: cómo fue que en Europa las
que habían sido tierras de campesinos libres se transformaron en propiedades
señoriales de las que se extraían rentas y tributos, cómo un campesinado antes
libre se había transformado en una clase oprimida, obligada a rendir tributo en
forma de trabajo, a permanecer en la tierra incluso en las etapas posteriores.
Las cosas toman un
cariz enteramente distinto apenas volvemos nuestra atención a cualquiera de los
fenómenos de la vida económica contemporánea. Veamos, por ejemplo, uno de los
más notables y asombrosos: la crisis comercial. Cada uno de nosotros ha vivido
unas cuantas crisis comerciales e industriales y conocemos por experiencia el
proceso que Engels describe en una cita clásica: “El comercio se paraliza, los
“mercados están sobresaturados de mercancías, los productos se estancan en los
almacenes abarrotados sin encontrar salida; el dinero efectivo se hace
invisible; el crédito desaparece; las fábricas paran; las masas obreras carecen
de medios de vida precisamente por haberlos producido en exceso; las bancarrotas
y las liquidaciones se suceden unas a otras. El estancamiento dura años enteros,
las fuerzas productivas y los productos se derrochan y destruyen en masa, hasta
que, por fin, las masas de mercancías acumuladas, más o menos depreciadas,
encuentran salida, y la producción y el cambio van reanimándose poco a poco.
Paulatinamente, la marcha comienza a andar al trote; el trote industrial se
convierte en galope y, por último, en una carrera desenfrenada, en una carrera
de obstáculos que juegan la industria, el comercio, el crédito y la
especulación, para terminar finalmente, después de los saltos más arriesgados,
en la fosa de una crisis.” (F. Engels, Anti-Dühring, Kerr, p. 286-287)
Todos sabemos cómo
aterroriza el espectro de la crisis comercial a cualquier país moderno: la
manera de anunciarse el advenimiento de dicha crisis es, de por sí,
significativa. Después de unos cuantos años de prosperidad y buenos negocios,
empiezan a aparecer vagos rumores en los diarios; la Bolsa recibe algunas
noticias poco tranquilizadoras de ciertas quiebras; las indirectas que lánzala
prensa se vuelven más específicas; la Bolsa se pone cada vez más aprensiva; el
banco nacional aumenta la tasa de crédito, lo cual significa que el crédito es
más difícil de obtener y los montos disponibles son menores; por último, las
noticias de bancarrotas y cierres caen como gotas de agua en un chaparrón. Y una
vez que la crisis está en pleno auge, empiezan las discusiones acerca de quién
tiene la culpa. Los comerciantes echan la culpa a la negativa de los bancos a
conceder crédito y a la manía especulativa de los corredores de bolsa; los
corredores se la echan a los industriales; los industriales se la achacan a la
escasez de dinero líquido, etcétera. Y cuando por fin los negocios empiezan a
mejorar, la Bolsa y los diarios ven los primeros síntomas con alivio, hasta que
vuelven por un tiempo la esperanza, la paz y la seguridad.
Lo más notable de esto
es que todos los afectados, el conjunto de la sociedad, consideran y tratan a la
crisis como algo fuera de la esfera de la voluntad y el control humanos, un
golpe fuerte propinado por un poder invisible y mayor, una prueba enviada desde
el cielo, parecida a una gran tormenta eléctrica, un terremoto, una inundación.
El lenguaje que suelen
utilizar los periódicos especializados al referirse a la crisis está lleno de
frases tales como: “el cielo del mundo de los negocios, hasta ahora sereno, se
esta empezando a cubrir de negros nubarrones”; o cuando se anuncia un drástico
aumento de las tasas de crédito bancario, aparece invariablemente bajo el título
de “se anuncian tormentas”, y después de la crisis leemos cómo pasó la tormenta
y qué despejado está el horizonte comercial. Este estilo periodístico revela
algo más que el mal gusto de los plumíferos de la página financiera; es típico
de la actitud hacia la crisis, como si ésta fuera el resultado de una ley
natural. La sociedad moderna contempla con horror cómo se cierne; agacha la
cabeza temblorosa bajo los golpes que caen como una granizada; aguarda el fin de
la prueba y vuelve a levantar cabeza, tímida y escépticamente; mucho después la
sociedad comienza a sentirse segura una vez más. Así esperaban los pueblos de la
Edad Media las plagas y hambrunas; la misma consternación e impotencia ante una
prueba severa.
Pero las hambrunas y
pestes son antes que nada fenómenos naturales, aunque en última instancia las
malas cosechas, las epidemias, etcétera, también tienen que ver con causas
sociales. Una tormenta eléctrica es un acontecimiento provocado por elementos
físicos y nadie, dado el desarrollo alcanzado por las ciencias naturales y la
tecnología, es capaz de producir o impedir una tormenta eléctrica. Pero, ¿qué es
una crisis moderna? Consiste en la producción de demasiadas mercancías. No hay
compradores, y por lo tanto se detienen la industria y el comercio. La
fabricación de mercancías, su venta, comercio, industria: tales son las
relaciones en la sociedad moderna. Es el hombre quien produce las mercancías, y
el hombre mismo quien las vende; el intercambio se da entre una persona y otra,
y dentro de los factores que constituyen la crisis moderna no encontraremos un
solo elemento que trascienda la esfera de la actividad humana. Es la sociedad
humana, por tanto, la que produce periódicamente las crisis. Y al mismo tiempo
sabemos que la crisis es un verdadero azote de la sociedad moderna, esperada con
horror, soportada con desesperación y que nadie desea. Salvo para algunos
especuladores bursátiles que tratan de enriquecerse rápidamente a costa de los
demás, y que con frecuencia no se ven afectados por ella, la crisis constituye,
en el mejor de los casos, un riesgo o un inconveniente para todos.
Nadie desea la crisis;
sin embargo ésta se produce. El hombre la crea con sus propias manos, aunque no
la quiere por nada del mundo. Tenemos aquí un hecho de la vida económica que
ninguno de sus protagonistas puede explicar. El campesino medieval producía en
su parcela lo que su señor, por un lado, y él mismo, por el otro, querían y
deseaban: granos y ganado, buenos vinos y ropas lujosas, alimentos y bienes
suntuosos para sí y para su hogar. Pero la sociedad moderna produce lo que no
quiere ni necesita: depresiones. De vez en cuando produce bienes que no puede
consumir. Sufre hambrunas periódicas mientras los almacenes se abarrotan de
artículos imposibles de vender. Las necesidades y su satisfacción ya no
concuerdan más; algo oscuro y misterioso se ha interpuesto entre ellas.
Tomemos otro ejemplo de
la vida contemporánea, que conocemos todos, sobre todo los obreros de cualquier
país: la desocupación. Al igual que la crisis, el desempleo es un cataclismo que
aflige de tanto en tanto a la sociedad; en mayor o menor medida es uno de los
síntomas constantes de la vida económica contemporánea. Los estratos mejor
organizados y pagos de la clase obrera que llevan el registro de los desocupados
de su gremio saben de la cadena ininterrumpida en las estadísticas de
desocupación para cada año y para cada semana y mes del año. La cantidad de
obreros desocupados tendrá fluctuaciones, pero jamás, ni por un solo instante,
se reduce a cero. La sociedad contemporánea demuestra su impotencia ante la
plaga de la desocupación cada vez que ésta fe vuelve tan seria que los órganos
legislativos se ven obligados a tratar el problema. Después de mucho discutir,
estas deliberaciones concluyen en una resolución para iniciar una investigación
sobre la cantidad real de desocupados. Generalmente se limitan a medir la
envergadura de la tragedia, así como en las inundaciones se mide el nivel del
agua con un indicador. En el mejor de los casos se aplica el débil paliativo del
seguro al parado (a expensas, generalmente, de los obreros ocupados) para
disminuir los efectos del fenómeno, sin siquiera tratar de llegar a la raíz del
mal.
A principios del siglo
XIX, el cura Malthus,[n.08] ese gran profeta de la burguesía
inglesa, proclamó con esa refrescante brutalidad tan característica en él: “Si
el obrero no puede obtener medios de subsistencia de sus parientes, a quienes se
los puede reclamar con justicia, y si la sociedad no necesita su trabajo, el que
nace en un mundo donde ya existe el pleno empleo no tiene derecho a la menor
partícula de alimento, en realidad nada tiene que hacer en ese mundo. No tiene
un sitio reservado en la gran mesa de la naturaleza. Esta le ordena desaparecer
y rápidamente ejecuta la orden.” La sociedad moderna, con esa hipocresía
“social-reformista” que la caracteriza, frunce el ceño ante tanta candidez. En
los hechos le permite al proletario desocupado “cuyo trabajo no necesita”,
“desaparecer” de alguna manera, tarde o temprano: así lo demuestran las
estadísticas de deterioro de la salud pública, de mortalidad infantil, los
crímenes contra la propiedad en todas las épocas de crisis.
La analogía que
trazamos entre las inundaciones y la desocupación revela un hecho asombroso:
¡que nuestra impotencia ante las grandes catástrofes naturales es menor que la
que padecemos ante nuestros propios asuntos puramente humanos, puramente
sociales! Las inundaciones periódicas que provocan tamaños estragos en el este
de Alemania todas las primaveras son, en última instancia, resultado de no
aplicar contramedida alguna, como se ha demostrado hasta ahora. La tecnología,
con el nivel de desarrollo que ha alcanzado, nos da los medios adecuados para
proteger a la agricultura de las devastaciones provocadas por las aguas
incontroladas. Desde luego que para poner freno a esta fuerza potencial es
necesario aplicar en gran escala los medios que nos brinda la tecnología: un
gran plan regional de control de las aguas reconstruiría toda la zona de
peligro, protegería los campos de labranza y pastoreo, construiría diques y
compuertas y regularía el curso de los ríos. No se está realizando esta gran
reforma en parte porque ni el Estado ni el capital privado quieren aportar los
fondos necesarios, y en parte porque el gobierno tendría que hacer frente al
obstáculo del derecho a la propiedad privada en la extensa zona afectada. Los
medios para el control de las inundaciones y para encauzar las aguas turbulentas
existen, aunque la sociedad sea incapaz de utilizarlos
Por otra parte, la
sociedad contemporánea no ha encontrado el remedio para la desocupación. Y sin
embargo no se trata de una ley de la naturaleza, ni de una fuerza física de la
naturaleza, ni de un poder sobrenatural, sino de un producto de relaciones
económicas puramente humanas. Una vez más nos encontramos con un enigma
económico, que nadie desea que nadie provoca adrede, pero que se sucede
periódicamente, con la regularidad de un fenómeno natural, por encima de las
cabezas de los hombres podríamos decir.
Ni siquiera tenemos
necesidad de recurrir a hechos tan notables de la vida cotidiana como las
depresiones y la desocupación, es decir, calamidades que quedan fuera de la
esfera de lo normal (al menos la opinión pública sostiene que dichos eventos
conforman una excepción al curso normal de los acontecimientos). Veamos, en
cambio, el ejemplo más común de la vida diaria, que se multiplica en todos los
países: la fluctuación de los precios de las mercancías. Hasta un niño sabe que
los precios de las mercancías no son algo fijo e inmutable sino todo lo
contrario, suben y bajan casi todos los días, incluso a toda hora. Tomemos
cualquier diario, vayamos a las informaciones financieras y leamos los precios
del día anterior; trigo: débil a la mañana, mejor al mediodía, más alto o más
bajo al cierre. Lo mismo ocurre con el cobre, el hierro, el azúcar y el aceite
de uva. Y lo mismo con las acciones de las empresas industriales, privadas o
estatales, en la Bolsa.
Las fluctuaciones de
los precios son un hecho incesante, “normal”, cotidiano, de la vida económica
contemporánea. Pero de estas fluctuaciones resulta que la situación financiera
de los dueños de todas estas mercancías cambia en forma diaria y horaria. Si
aumenta el precio del algodón, aumenta la riqueza de los comerciantes y
fabricantes que poseen acciones en el algodón; si bajan, la riqueza disminuye.
Si aumenta el precio del cobre, los accionistas se enriquecen; si disminuye, se
empobrecen. Así con una simple fluctuación de precios, con los resultados
bursátiles, una persona puede convertirse en millonario o en mendigo en cuestión
de pocas horas. Desde luego, la especulación y el fraude se basan en este
mecanismo. El propietario medieval se enriquecía o empobrecía con una buena o
mala cosecha; o, como un caballero errante, se enriquecía si asaltaba en los
caminos a una cantidad suficiente de comerciantes acaudalados; o aumentaba su
riqueza (éste era el método consagrado y preferido) exprimiendo aun más a sus
siervos mediante impuestos en especie y dinero.
Hoy una persona puede
volverse rica o pobre sin mover Un dedo, sin que medie un acontecimiento
natural, sin dar nada a nadie, sin robar cosa alguna. Las fluctuaciones de los
precios son movimientos secretos dirigidos por un agente invisible que se mueve
a espaldas de la sociedad, provocando cambios constantes en la distribución de
la riqueza social. Observamos este movimiento así como leemos la presión en un
barómetro, la temperatura en un termómetro. Y sin embargo los precios de las
mercancías, con sus fluctuaciones, son asuntos evidentemente humanos, acá no hay
magia negra. Nadie sino el hombre, con sus propias manos, produce estas
mercancías y fija los precios, salvo que surja de sus acciones algo que no
pretende ni desea; una vez más la necesidad, el objeto y el resultado de la
actividad económica se encuentran en flagrante contradicción.
¿Cómo ocurre esto,
cuáles son las leyes negras que, operando a espaldas de los hombres, conducen a
la actividad económica del hombre contemporáneo a resultados tan extraños? Sólo
la investigación científica puede resolver estos problemas. Se ha vuelto
necesario resolver todos estos enigmas mediante la investigación exhaustiva, la
meditación profunda, el análisis, la analogía, para penetrar en las relaciones
ocultas cuyo resultado es que las relaciones económicas humanas no corresponden
a las intenciones, a la voluntad, en fin, a la conciencia del hombre. De esta
manera el problema que enfrenta la investigación científica puede definirse como
la falta de conciencia humana de la vida económica de la sociedad, y así
llegamos a la razón inmediata del surgimiento de la economía.
Darwin,[n.09]
en la descripción de su viaje por el mundo, nos dice lo siguiente acerca de los
indígenas que habitan Tierra del Fuego (en el extremo austral de América del
Sur): “Suelen padecer hambrunas. El Sr. Low, capitán de un ballenero, que conoce
íntimamente a los nativos de este país, hizo un relato curioso sobre la
situación de un grupo de unos ciento cincuenta nativos en la costa occidental,
sumamente delgados. Una serie de tormentas de viento había impedido a las
mujeres recoger mariscos en la costa y a los hombres salir en sus canoas a cazar
focas. Una pequeña partida de hombres salió una mañana y los indígenas que
quedaban le explicaron a Low que se iban a buscar alimentos. A su regreso, Low
salió a su encuentro, y los encontró sumamente cansados. Cada hombre portaba un
gran trozo de carne podrida de ballena, a la que habían hecho un agujero en el
medio por donde habían pasado la cabeza, como hacen los gauchos con sus ponchos.
Apenas la carne era llevada al toldo, un anciano la cortaba en tiras y las asaba
durante un minuto, murmurando alguna cosa, y las distribuía a los hombres
famélicos, que durante todo este tiempo se mantenían en el más profundo
silencio.” (Darwin, El viaje del Beagle.)
Estamos hablando de uno
de los pueblos más primitivos de la tierra. Los límites que enmarcan su voluntad
y planificación son sumamente estrechos. El hombre se encuentra todavía muy
ligado a la madre naturaleza, y dependiente de sus favores. Y sin embargo,
dentro de límites tan estrechos, esta pequeña sociedad de ciento cincuenta
hombres cumple un plan que organiza a todo el cuerpo social. Las previsiones
tendientes a garantizar el bienestar futuro son el depósito de carne podrida,
oculto en algún lado. Pero esta miseria se divide entre todos los miembros de la
tribu, y se cumplen ciertas ceremonias; todos participan, bajo una dirección y
con un plan, de la recolección de alimentos.
Consideremos ahora un
oikos griego, la economía familiar esclavista de la Antigüedad, economía que
constituía un verdadero “microcosmos”, un pequeño mundo. Observamos grandes
desigualdades sociales. La pobreza primitiva ha cedido ante los confortables
excedentes de los frutos del trabajo humano. El trabajo físico se convirtió en
la maldición de unos, el ocio en privilegio de otros; el trabajador se volvió
una propiedad del que no trabaja. Pero esta relación amo-esclavo tiene como base
la planificación y organización más estrictas de la economía, del trabajo, del
proceso de distribución. Su fundamento es la voluntad despótica del amo, su
brazo ejecutor es el látigo del capataz.
En el señorío feudal de
la Edad Media la organización despótica de la vida económica da lugar
rápidamente al código de trabajo detallado, en el que se definen clara y
rígidamente la planificación y la división del trabajo, los derechos y deberes
de cada uno. En el umbral de este periodo histórico aparece ese bonito documento
que vimos antes, el Capitulare de Villis de Carlomagno, rebosante de alegría y
buen humor, gozando voluptuosamente de la abundancia de bienes materiales, cuya
producción es el único objeto de la vida económica. Al fin del periodo histórico
feudal encontramos un terrible código de tributos en trabajo y dinero impuesto
por los señores feudales ávidos de riquezas, código que provocó las guerras
campesinas del siglo XV en Alemania y que, dos siglos más tarde, redujo al
campesino francés al estado de una bestia miserable que se levantaría a pelear
por sus derechos al argentino clarín de la Gran Revolución Francesa. Pero
mientras la escoba de la historia no barrió la basura feudal, la relación
señor-siervo con toda su miseria determinaba clara y rígidamente las condiciones
de la economía feudal, como una suerte preestablecida.
Hoy no tenemos amos,
esclavos, señores feudales ni siervos. La libertad y la igualdad ante la ley
liquidaron todas las relaciones despóticas, al menos en las naciones burguesas
más antiguas; en las colonias -como todos saben— estos mismos estados
frecuentemente introducen el esclavismo y la servidumbre. Pero en la propia casa
de la burguesía reina la libre competencia como única ley que rige las
relaciones económicas y todo plan, toda organización, ha desaparecido de la
economía. Desde luego que si indagamos en las distintas empresas privadas, en
las fábricas modernas o en un gran complejo fabril como Krupp [n.10]
o cualquier empresa agrícola en gran escala de Estados Unidos, encontraremos la
organización más estricta, la división más detallada del trabajo, la
planificación más minuciosa basada en la más reciente información científica.
Aquí todo trascurre fluidamente, como por arte de magia, bajo la administración
de una voluntad, una sola conciencia. Pero apenas nos alejamos de la gran
fábrica o del gran establecimiento agrícola, nos encontramos en medio del caos.
Mientras las innumerables unidades (y cualquier empresa privada, hasta la más
gigantesca, es sólo un fragmento de la gran estructura económica que abarca a
todo el globo) se encuentran bajo la disciplina más férrea, la entidad de todas
las llamadas economías nacionales, o sea la economía mundial, está totalmente
desorganizada. En la entidad que abarca océanos y continentes no existe
planificación, conciencia ni reglamento, solamente el choque ciego de
desconocidas fuerzas incontroladas que juegan caprichosamente con el destino
económico del hombre. Desde luego que aun hoy un soberano todopoderoso domina a
obreros y obreras: el capital. Pero la soberanía del capital no se manifiesta a
través del despotismo sino de la anarquía.
Y es precisamente la
anarquía la responsable de que la economía de la sociedad humana produzca
resultados que constituyen un misterio imposible de predecir para todos los
afectados. La anarquía hace de la vida económica humana algo desconocido, ajeno,
incontrolable, cuyas leyes debemos descubrir de la misma forma que descubrimos
las de la naturaleza, de la misma manera en que tratamos de descubrir las leyes
que gobiernan la vida de los reinos animal y vegetal, las formaciones geológicas
de la superficie terrestre, el movimiento de los cuerpos celestes. El análisis
científico debe descubrir ex post facto los propósitos y las leyes que gobiernan
la vida económica humana, los que no fueron impuestos por una planificación
consciente.
Ya deben de tener claro
por qué a los economistas burgueses les resulta imposible explicar la esencia de
su ciencia, poner el dedo en la llaga del organismo social, denunciar su
malformación congénita. Reconocer y afirmar que la anarquía es la fuerza motriz
vital del dominio del capital es pronunciar su sentencia de muerte, afirmar que
sus días están contados. Resulta claro por qué los científicos defensores
oficiales del dominio del capital tratan de oscurecer el problema mediante toda
clase de artificios semánticos, tratan de alejar la investigación del meollo de
la cuestión, tomar las apariencias externas y discutir la “economía nacional” en
lugar de la economía mundial. Al dar un solo paso más allá del umbral del
conocimiento económico, con la primera premisa básica de la economía, las
economías burguesa y proletaria se van por sendas distintas. Con el primer
interrogante, por abstracto y poco práctico que parezca en relación a las luchas
sociales que se libran en esta época, se forja un vínculo especial entre la
economía como ciencia y el proletariado como clase revolucionaria.
Si partimos de lo visto
anteriormente, se aclaran varios interrogantes que en otras circunstancias nos
podrían parecer enigmáticos.
En primer término se
soluciona el problema de la edad de la economía. Una ciencia cuyo tema es el
descubrimiento de las leyes de la anarquía de la producción capitalista mal
podría haber surgido antes de esa forma de producción, antes de que aparecieran
las condiciones históricas para el dominio de clase de la burguesía moderna, a
través de siglos de dolores de parto, de cambios políticos y económicos.
Según el profesor
Bucher, [n.11] el surgimiento del orden social imperante fue
un hecho muy simple, por supuesto, que poco tuvo que ver con fenómenos sociales
anteriores: fue el producto de la exaltada decisión y la sublime sabiduría de
los monarcas absolutistas. Nos dice Bucher: “El desarrollo final de la ‘economía
nacional’ -sabemos que para un profesor burgués la frase intencionalmente oscura
‘economía nacional’ significa modo capitalista de producción— es en esencia
fruto de la centralización política que comienza a fines de la Edad Media con la
aparición de las organizaciones territoriales estatales y encuentra su
concreción en la creación del Estado nacional unificado. La unificación
económica de las fuerzas va de la mano con la primacía de los elevados destinos
de la nación en su conjunto sobre los intereses políticos privados. En Alemania
los príncipes territoriales más poderosos, a diferencia de los nobles rurales y
la aldea, tratan de poner en práctica la idea nacional moderna” (Bucher, El
surgimiento de la idea nacional, p. 134.)
Pero también en el
resto de Europa -España, Portugal, Inglaterra, Francia, Países Bajos- el poder
principesco acometió hazañas de igual bravura. “En todas estas tierras y con
distintos grados de severidad aparece la lucha contra los poderes independientes
de la Edad Media: la alta nobleza, las ciudades, provincias, corporaciones
religiosas y seculares. El problema inmediato, por cierto, era la aniquilación
de los círculos territoriales independientes que cerraban el camino a la
unificación política. Pero en lo más profundo del movimiento que conducía hacia
el absolutismo real duerme la idea universal de que las grandes tareas que se
plantean a la civilización moderna exigen la unión organizada de pueblos
enteros, una gran comunidad de fuerzas vivas; y ello sólo podía surgir sobre la
base de la actividad económica común.” (Op. cit.)
He aquí la flor del
lacayismo intelectual que señalábamos en los profesores alemanes. Según el
profesor Schmoller la ciencia de la economía surgió por orden del absolutismo
ilustrado. Según el profesor Bucher el modo de producción capitalista es
producto de la decisión soberana y los planes de los monarcas absolutistas que
claman al cielo. En realidad cometeríamos una injusticia con los grandes tiranos
españoles y franceses, y también con los pigmeos déspotas alemanes, si
sospecháramos que se movían bajo el impulso de una “idea histórico-universal” o
de “las grandes tareas que tiene planteada la civilización humana” en sus
rencillas con generales insolentes a fines de la Edad Media o durante las
costosas cruzadas contra las ciudades holandesas. Hay veces que realmente se
plantean los hechos históricos patas para arriba.
La formación de los
grandes estados burocráticamente centralizados fue un requisito indispensable
para el surgimiento del modo de producción capitalista, pero su formación fue
consecuencia de necesidades económicas nuevas, y se podría dar vuelta la
afirmación de Bucher para decir, correctamente: la realización de la
centralización política fue “esencialmente” producto de la maduración de la
“economía nacional” (esto es, del modo capitalista de producción).
Es característico del
instrumento inconsciente del avance histórico (como lo fue el absolutismo en la
medida en que desempeñó un papel en el proceso histórico preparatorio) que
desempeñe su rol progresivo con la misma inconsciencia imbécil que emplea para
inhibir estas tendencias cada vez que lo considera conveniente. Esto ocurría,
por ejemplo, cuando los tiranos-por-la-gracia-de-Dios de la Edad Media veían en
las ciudades que se les aliaban contra la nobleza feudal meros objetos de
explotación, a ser traicionados y entregados nuevamente a los barones feudales
apenas se presentara la oportunidad. Lo mismo ocurría cuando, desde el comienzo,
no vieron en el continente descubierto, con toda su población y cultura, sino un
sujeto apto para la explotación más brutal, insidiosa y cruel, para llenar los
“tesoros reales” con pepitas de oro en el menor tiempo posible con el propósito
de servir a “las grandes tareas de la civilización”. Lo propio ocurría cuando
los mismos tiranos-por-la-gracia-de-Dios se oponían tozudamente a sus “fieles
súbditos” cuando éstos les presentaban ese pedazo de papel llamado constitución
parlamentaria burguesa, que después de todo fue tan necesaria para el desarrollo
irrestricto del capital como lo fueron la unificación política y la gran
centralización estatal.
En realidad, eran otras
fuerzas enteramente distintas las que estaban en juego: a fines de la Edad Media
se sucedieron grandes trasformaciones en la vida económica de los pueblos
europeos, y éstas inauguraron un nuevo modo de producción.
Después que el
descubrimiento de América y la circunnavegación de África, es decir el
descubrimiento de la ruta marítima a la India, produjeron un florecimiento hasta
entonces insospechado y una redistribución de las rutas comerciales, la
liquidación del feudalismo y de la dominación de las ciudades por las
corporaciones avanzó a pasos agigantados. Los grandes descubrimientos, las
conquistas, el pillaje de los países recientemente descubiertos, la afluencia
repentina de metales preciosos provenientes del Nuevo Continente, el gran
comercio de especias con la India, el comercio de esclavos que proveía de negros
africanos a las plantaciones de América, todos estos factores crearon en Europa
Occidental nuevas riquezas y deseos en un lapso muy breve. El pequeño taller del
artesano, con sus mil y una limitaciones, se convirtió en freno para el
necesario aumento y rápido avance de la producción. Los grandes comerciantes
superaron el escollo reuniendo a grandes cantidades de artesanos en las
manufacturas, ubicadas fuera de la jurisdicción de las ciudades; supervisados
por los mercaderes, liberados de las restricciones de las corporaciones, los
mecánicos producían más y mejor.
En Inglaterra el nuevo
modo de producción fue fruto de una revolución en la agricultura. El
florecimiento de la manufactura lanera en Flandes y la gran demanda de lanas que
fue su elemento concomitante impulsaron a la nobleza rural inglesa a convertir
tierras antes cultivadas en pasturas para las ovejas; durante este proceso el
campesinado inglés fue echado de su tierra en una escala jamás vista. La Reforma
obró de manera similar. Después de la confiscación de las tierras de la Iglesia
-las que fueron regaladas o perdidas por la nobleza cortesana y los
especuladores— los campesinos que vivían en estas tierras también fueron
expulsados. Así los manufactureros y los capitalistas del campo se encontraron
con una gran provisión de proletarios empobrecidos situados fuera de los
reglamentos y restricciones de las corporaciones feudales y artesanales. Después
de un extenso periodo de martirio, de mendicidad o de reclusión en los asilos
públicos, de crueles persecuciones por parte de la ley y la policía, estos
pobres infelices encontraron refugio en la esclavitud asalariada en beneficio de
una nueva clase de explotadores. Poco después sobrevino la gran revolución
tecnológica que permitió una mayor utilización de trabajadores asalariados sin
especialización al lado de los artesanos altamente especializados, sin llegar a
reemplazarlos totalmente.
En todas partes el
florecimiento y maduración de las nuevas relaciones chocaba con obstáculos
feudales y la miseria de las pésimas condiciones de vida. La economía natural,
base y esencia del feudalismo, y la pauperización de grandes masas, fruto de la
presión irrestricta de la servidumbre, restringía la salida de las mercancías
manufacturadas Por su parte las corporaciones dividían y maniataban el elemento
más importante de la producción: la fuerza de trabajo. El aparato del Estado,
dividido en un número infinito de fragmentos políticos, incapaz de garantizar la
seguridad pública, y la sucesión de tarifas y leyes comerciales, restringían y
molestaban al incipiente comercio y al nuevo modo de producción.
Era evidente que de
alguna manera la naciente burguesía de Europa Occidental debía barrer estos
escollos o renunciar de plano a su misión histórico-mundial. Antes de destrozar
completamente al feudalismo en la Gran Revolución Francesa, la burguesía ajustó
intelectualmente sus cuentas con el feudalismo, y así se origina la nueva
ciencia de la economía, una de las armas ideológicas más importantes de la
burguesía en su lucha contra el Estado medieval y por la instauración del
moderno Estado de la clase capitalista. El nuevo orden económico apareció
primero con las riquezas nuevas, rápidamente adquiridas, que inundaron la
sociedad de Europa Occidental, provenientes de fuentes mucho más lucrativo,
aparentemente inagotable y bastante diferente de los métodos patriarcales de la
explotación feudal, cuyo apogeo, por otra parte, ya había pasado.
Al principio la fuente
más propicia para la nueva opulencia no fue el naciente modo de producción, sino
su marcapasos: el gran auge del comercio. Es por ello que en los centros más
importantes del comercio mundial, como las opulentas repúblicas italianas y
España, se plantean los primeros interrogantes económicos y se hacen los
primeros intentos de hallar respuestas a esos interrogantes.
¿Qué es la riqueza?
¿Qué es lo que hace que un estado sea rico o pobre? Este era el interrogante que
se planteaba cuando las viejas concepciones de la sociedad feudal perdieron su
validez en el torbellino de las nuevas relaciones. La riqueza es el oro con el
cual se puede comprar cualquier cosa. El comercio crea riqueza. Serán ricos los
estados que importen grandes cantidades de oro y no permitan que se lo saque del
país. El comercio mundial, las conquistas coloniales en el Nuevo Mundo, las
manufacturas que producen para la exportación: todo ello debe ser fomentado;
debe prohibirse la importación de productos foráneos, que sacan el oro del país.
Estas fueron las primeras enseñanzas de la economía, que aparecen en Italia a
fines del siglo XVI y ganan popularidad en Inglaterra y Francia en el siglo
XVII. Y esta doctrina, aunque muy elemental, fue la primera ruptura abierta con
las concepciones de la economía feudal natural y su primera critica audaz; la
primera idealización del comercio, de la producción de mercancías y, con ello,
del capital; el primer programa político a la medida de la joven burguesía
ascendente.
Pronto es el
capitalista productor de mercancías, en lugar del comerciante, quien toma la
delantera; al principio cautelosamente, disfrazado de sirviente pobre que espera
en la antecámara del príncipe feudal. La riqueza de ninguna manera es oro,
proclaman los iluministas franceses del siglo XVIII; el oro es simplemente un
medio para el intercambio de mercancías. ¡Qué infantil la ilusión de ver en el
brillante metal una varita mágica para pueblos y estados! ¿Puede el metal
alimentarme cuando tengo hambre; puede protegerme del frío cuando estoy aterido?
¿Acaso el rey Darío de Persia no sufría los tormentos infernales de la sed
mientras sostenía tesoros en sus brazos, y no estaba dispuesto a cambiarlos
todos por un poco de agua para beber? No; la riqueza es la provisión por la
naturaleza de alimentos y sustancias con las que todos, príncipes y mendigos,
satisfacen sus necesidades. Cuanto mayor el lujo con que la población satisface
sus necesidades, más rico será el Estado… porque mayores serán los impuestos que
el Estado podrá cobrar.
¿Y qué produce el maíz
para el pan, las fibras para la ropa, la madera y los metales brutos con que
hacemos casas y herramientas? ¡La agricultura! ¡La agricultura, no el comercio,
es la verdadera fuente de las riquezas! ¡La masa de la población rural, el
campesinado, el pueblo que crea las riquezas de todos, debe ser rescatado de la
explotación feudal y elevado a la prosperidad! (Para que yo pueda encontrar
compradores para mis mercancías, agregaría sotto voce el capitalista
manufacturero.) Los grandes señores terratenientes, los barones feudales,
deberían ser los únicos que paguen impuestos y mantengan al Estado, puesto que
toda la riqueza producida por la agricultura pasa por sus manos. (De esa manera
yo, que aparentemente no creo riquezas, no tendría que pagar impuestos, murmura
astutamente el capitalista) Basta con liberar a la agricultura, al trabajo
rural, de todas las trabas del feudalismo, para que la fuente de riquezas fluya
en toda su plenitud para el Estado y la nación. Entonces vendrá la felicidad de
todo el pueblo, y la armonía de la naturaleza volverá a reinar en el mundo.
Los primeros nubarrones
que anunciaban el asalto a la Bastilla ya se veían claramente en las posiciones
de los iluministas. Rápidamente la burguesía se sintió lo bastante poderosa como
para quitarse la máscara de sumisión y ponerse en primer plano para exigir
resueltamente la remodelación del Estado a su imagen y semejanza. La agricultura
de ninguna manera es la única fuente de riqueza, proclamó Adam Smith [n.12]
en Inglaterra a fines del siglo XVIII. ¡Cualquier trabajo afectado a la
producción de mercancías crea riqueza! (Cualquier trabajo, dijo Adam Smith,
mostrando hasta qué punto él y sus discípulos se habían vuelto simples voceros
de la burguesía; para él y para sus sucesores el trabajador ya era por
naturaleza el asalariado del capitalista.) Porque el trabajo asalariado, además
de mantener al trabajador, crea también la renta para el terrateniente y
ganancias para el dueño del capital, el patrón. Y la riqueza se incrementa
cuanto mayor sea el número de obreros que trabajan en los talleres bajo el yugo
del capital; cuanto más detallada y minuciosa sea la división del trabajo entre
ellos.
Esta era, pues, la
verdadera armonía de la naturaleza, la verdadera riqueza de las naciones;
cualquier trabajo se concreta en el salario del trabajador, que lo mantiene vivo
y lo obliga a seguir trabajando por el salario; en renta, que le da al
terrateniente una vida libre de preocupaciones; y en ganancias, que mantienen el
buen humor del patrón y lo instan a perseverar en sus negocios. Así todos se ven
favorecidos, sin necesidad de recurrir a los métodos torpes del feudalismo. “La
riqueza de las naciones” es fomentada, entonces, cuando se incrementa la riqueza
del empresario capitalista, el patrón que mantiene todo en funcionamiento y
explota la dorada fuente de la riqueza: el trabajo asalariado. Por eso: .basta
de cadenas y restricciones de los buenos tiempos de antaño y también de medidas
paternalistas protectoras recientemente instituidas por el Estado: libre
competencia, manos libres al capital privado, que todo el aparato fiscal y
estatal se ponga al servicio del patrón, y así todo estará perfectamente en el
mejor de los mundos posibles.
Este era, pues, el
evangelio económico de la burguesía, desprovisto de todo disfraz, y la ciencia
de la economía había quedado desnuda hasta el punto de mostrar su verdadera
fisonomía. Desde luego, las propuestas de reformas y las sugerencias que la
burguesía había hecho a los estados feudales fracasaron tan estruendosamente
como todos los intentos históricos de poner vino nuevo en odres viejos. El
martillo de la revolución consiguió en veinticuatro horas lo que no se pudo
lograr en medio siglo de remiendos. La conquista del poder político puso todos
los medios y arbitrios en manos de la burguesía. Pero la economía, igual que
todas las teorías filosóficas, legales y sociales del Siglo de las Luces, y
antes que todas ellas, fue un método de adquirir conciencia, una fuente de
conciencia de clase burguesa. En ese sentido fue un prerrequisito y un acicate
para la acción revolucionaria. En sus variantes más remotas la tarea burguesa de
remodelar el mundo fue alimentada por las ideas de la economía clásica. En
Inglaterra, durante el apogeo de la lucha por el libre cambio, la burguesía
sacaba sus argumentos del arsenal de Smith y Ricardo.[n.13]
Y para las reformas del período Stein-Hardenburg-Schnarhorst [n.14]
(en la Alemania posnapoleónica), que constituyeron un intento de volver a darle
alguna forma viable a la basura feudal prusiana después de los golpes que
recibió de manos de Napoleón en Jena, también tomaban sus ideas de las
enseñanzas de los economistas clásicos ingleses: el joven economista alemán
Marwitz escribió en 1810 que, después de Napoleón, Adam Smith era el soberano
más poderoso de Europa.
Si ahora comprendemos
por qué la economía se originó hace apenas siglo y medio, también podemos
reconstruir su suerte posterior. Si la economía es una ciencia que estudia las
leyes peculiares al modo capitalista de producción, la razón de su existencia y
su función están ligadas a su tiempo de vida; la economía perderá su fundamento
apenas haya dejado de existir ese modo de producción. En otras palabras, la
ciencia de la economía habrá cumplido su misión apenas la economía anárquica del
capitalismo haya desaparecido para dar paso a un orden económico planificado y
organizado, dirigido sistemáticamente por todas las fuerzas laborales de la
humanidad. La victoria de la clase obrera moderna y la realización del
socialismo será el fin de la economía como ciencia. Aquí vemos el vínculo
especial que existe entre la economía y la lucha de clase del proletariado
moderno.
Si es tarea de la
economía dilucidar las leyes que rigen el surgimiento, crecimiento y extensión
del modo de producción capitalista, se plantea inexorablemente que, para ser
coherente, la economía debe estudiar también la decadencia del capitalismo.
Igual que los anteriores modos de producción, el capitalismo no es eterno sino
una fase transitoria, un peldaño más en la escala interminable del progreso
social. Las enseñanzas sobre el surgimiento del capitalismo deben trasformarse
lógicamente en enseñanzas sobre la caída del capitalismo; la ciencia sobre el
modo de producción capitalista se convierte en la prueba científica del
socialismo; el instrumento teórico de la instauración del dominio de clase de la
burguesía se vuelve un arma de la lucha de clases revolucionaria por la
emancipación del proletariado.
Esta segunda parte del
problema general de la economía no fue resuelta, desde luego, por los franceses
ni los ingleses, ni mucho menos por los sabios alemanes provenientes de la
burguesía. Las últimas conclusiones de la ciencia que analiza el modo de
producción capitalista fueron extraídas por el hombre que, desde el comienzo,
estuvo en la avanzada del proletariado revolucionario: Carlos Marx. Por primera
vez el socialismo y el movimiento obrero moderno se asentaron sobre la roca
indestructible del pensamiento científico.
El socialismo, en
cuanto ideal de orden social basado en la igualdad y fraternidad de todos los
hombres, ideal de comunidad comunista, tiene más de mil años. Entre los primeros
apóstoles del cristianismo, entre las sectas religiosas de la Edad Media, en las
guerras campesinas, el ideal socialista aparecía como la expresión más radical
de la revolución contra la sociedad. Pero en cuanto ideal por el cual abogar en
todo momento, en cualquier momento histórico, el socialismo era la hermosa
visión de unos pocos entusiastas, una fantasía dorada siempre fuera del alcance
de la mano, como la imagen etérea de un arco iris en el cielo.
A fines del siglo XVIII
y comienzos del XIX la idea socialista, libre del frenesí sectario religioso
como reacción ante los horrores y devastaciones perpetrados por el capitalismo
en ascenso contra la sociedad, apareció respaldada por primera vez por una
fuerza real. Pero inclusive en ese momento, el socialismo seguía siendo en el
fondo un sueño, el invento de algunas mentes osadas. Si escuchamos a Cayo Graco
Babeuf [n.15] el primer combatiente de vanguardia en las
conmociones revolucionarias desatadas por el proletariado, que quiso con un
golpe de mano introducir la igualdad social a la fuerza, veremos que el único
argumento en que basa sus aspiraciones comunistas es la flagrante injusticia del
orden social existente. En sus artículos y proclamas apasionadas, como en su
defensa ante el tribunal que lo sentenció a muerte, denunció implacablemente el
orden social contemporáneo. Su evangelio socialista es una denuncia de la
sociedad, de los sufrimientos y tormentos, la miseria y la degradación de las
masas trabajadoras, sobre cuyas espaldas se enriquece el puñado de ociosos que
domina la sociedad. Para Babeuf bastaba con la consideración de que el orden
social existente bien merecía perecer; es decir, podría haber sido derribado un
siglo antes de su tiempo si hubiera existido un puñado de hombres decididos a
tomar el poder estatal para instaurar la igualdad social, tal como los jacobinos
en 1793 tomaron el poder político e instauraron la República.
En las décadas de 1820
y 1830 tres grandes pensadores representaron, con genio y brillo mucho mayores,
el pensamiento socialista: Saint-Simón y Fourier [n.16] en
Francia, Owen [n.17] en Inglaterra. Se basaban en métodos
totalmente distintos pero, en esencia, en la misma línea de razonamiento que
Babeuf. Desde luego que ni uno de estos hombres pensaba siquiera remotamente en
la toma revolucionaria del poder para la realización del socialismo. Por el
contrario, al igual que todo el resto de la generación posterior a la Gran
Revolución, se sentían desilusionados por las convulsiones sociales y políticas,
convirtiéndose en firmes partidarios de los medios y propaganda puramente
pacifista. Pero el ideal socialista les era común; constituía fundamentalmente
un esquema, la visión de una mente ingeniosa que prescribe su realización a una
humanidad sufriente para rescatarla del infierno del orden social burgués.
Así, a pesar de todo el
poder de su crítica y la magia de sus ideales futuristas, las ideas socialistas
no influenciaron en forma notable los verdaderos movimientos y luchas de su
tiempo. Babeuf pereció con un puñado de amigos en la oleada
contrarrevolucionaria, sin dejar más rastro que una estela luminosa en las
páginas de la historia revolucionaria. Saint-Simón y Fourier fundaron pequeñas
sectas de partidarios entusiastas y talentosos quienes -luego de sembrar ideas
ricas y fértiles en ideales sociales, crítica y experimentos— se separaron en
busca de mejor fortuna. De todos ellos fue Owen quien más atrajo a la masa
proletaria, pero después de agrupar a un sector elitista de obreros ingleses
entre 1830 y 1840 su influencia también desaparece sin dejar rastros.
En 1840 surgió una
nueva generación de dirigentes socialistas: Weitling [n.18]
en Alemania, Proudhon, Louis Blanc,[n.19] Blanqui en
Francia. La clase obrera comenzaba a luchar contra la garra del capital; la
insurrección de los obreros textiles de la seda de Lyon y el movimiento Cartista
[n.20] de Inglaterra iniciaron la lucha de clases. Sin
embargo no existía un vínculo directo entre los movimientos espontáneos de las
masas explotadas y las distintas teorías socialistas. Las masas proletarias
insurgentes no se planteaban objetivos socialistas, ni los teóricos socialistas
trataban de basar sus ideas en las luchas políticas de la clase obrera. Su
socialismo sería instaurado mediante algunos artificios astutos, tales como el
Banco Popular de Proudhon o las asociaciones productoras de Louis Blanc. El
único socialista para quien la lucha política era un medio para la realización
de la revolución social era Blanqui; esto lo convierte en el único verdadero
representante del proletariado y de sus intereses de clase revolucionarios de la
época. Pero en lo fundamental su socialismo era un esquema realizable a
voluntad, fruto de la férrea decisión de una minoría revolucionaria y resultado
de un golpe de Estado repentino perpetrado por dicha minoría.
El año 1848 iba a ser
el apogeo y también el momento crítico para el viejo socialismo en todas sus
variantes. El proletariado de París, influenciado por la tradición de luchas
revolucionarias anteriores, agitado por los distintos sistemas socialistas,
adoptó con pasión algunas nociones vagas sobre un orden social justo. Derrocada
la monarquía burguesa de Luis Felipe,[n.21] los obreros
parisinos utilizaron la relación de fuerzas favorable para exigir la
instauración de una “república social” y una nueva “división del trabajo” a la
burguesía aterrorizada. El gobierno provisional recibió el célebre periodo de
gracia de tres meses para cumplir con esas demandas; durante tres meses los
obreros pasaron hambre y aguardaron, mientras la burguesía y la pequeña
burguesía se armaban secretamente y se preparaban para aplastar a los obreros.
El periodo de gracia terminó con la memorable masacre de junio en la que el
ideal de la “república social”, realizable en cualquier momento, quedó ahogado
en la sangre del proletariado parisino. La Revolución de 1848 no instauró la
igualdad social sino más bien la dominación política de la burguesía y un
incremento sin precedentes de la explotación capitalista bajo el Segundo
Imperio.
Pero a la vez que el
socialismo de viejo cuño parecía enterrado definitivamente bajo las barricadas
destrozadas de la Insurrección de Junio, Marx y Engels colocaron la idea
socialista sobre bases enteramente nuevas. Ninguno de los dos buscó argumentos a
favor del socialismo en la depravación moral del orden social existente ni
intentó introducir de contrabando la igualdad social mediante ardides nuevos e
ingeniosos. Se dedicaron al estudio de las relaciones económicas que se
establecen en la sociedad. Allí, en las leyes de la anarquía capitalista, Marx
descubrió la base de las aspiraciones socialistas. Los economistas clásicos
franceses e ingleses habían descubierto las leyes de la vida y el crecimiento de
la economía capitalista; Marx retomó su trabajo medio siglo después, partiendo
de donde ellos habían abandonado. Descubrió cómo las mismas leyes que regulan la
economía actual preparan su caída, mediante la anarquía creciente que hace
peligrar cada vez más a la sociedad misma, forjando una cadena de catástrofes
políticas y económicas devastadoras. Marx demostró que las tendencias inherentes
al desarrollo capitalista, llegado cierto punto de madurez, hacen necesaria la
transición a un modo de producción planificado, organizado conscientemente por
toda la fuerza trabajadora de la humanidad, para que la sociedad y civilización
humanas no perezcan en las convulsiones de la anarquía incontrolada. Y el
capital acerca esta hora fatal a velocidad acelerada, movilizando a sus futuros
sepultureros, los proletarios, en número creciente, extendiendo su dominación a
todos los países del globo, instaurando una economía mundial caótica y sentando
las bases para la solidaridad del proletariado de todos los países en un solo
poder revolucionario mundial que barrerá el dominio de clase del capital. El
socialismo dejó de ser un esquema, una bonita ilusión o un experimento realizado
en cada país por grupos de obreros aislados, cada uno librado a su propia
suerte. Programa político de acción común para todo el proletariado
internacional, el socialismo se vuelve una necesidad histórica resultado del
accionar de las propias leyes del desarrollo capitalista.
Debe resultar claro a
esta altura por qué Marx ubicó su concepción fuera de la esfera de la economía
oficial y la intituló Crítica de la economía política. Las leyes de la anarquía
capitalista y de su colapso inevitable, desarrolladas por Marx, son la
continuación lógica de la ciencia de la economía tal como la crearon los
economistas burgueses, pero una continuación cuyas conclusiones finales son el
polo opuesto del punto de partida de los sabios burgueses. La doctrina marxista
es hija de la economía burguesa, pero su parto le costó la vida a la madre. En
la teoría marxista la economía llegó a su culminación, pero también a su muerte
como ciencia. Lo que vendrá -además de la elaboración de los detalles de la
teoría marxista- es la metamorfosis de esta teoría en acción, es decir, la lucha
del proletariado internacional por la instauración del orden económico
socialista. La consumación de la economía como ciencia es una tarea histórica
mundial: su aplicación a la organización de una economía mundial planificada. El
último capítulo de la economía será la revolución social del proletariado
mundial.
El vínculo especial
entre la economía y la clase obrera moderna es una relación recíproca. Si, por
una parte, la ciencia de la economía, perfeccionada por Marx, es más que
cualquier otra ciencia la base indispensable para el esclarecimiento del
proletariado, entonces el proletariado con conciencia de clase es el único
auditorio capaz de comprender las enseñanzas de la economía científica.
Contemplando las ruinas de la vieja sociedad feudal, los Quesnay y
Boisguillebert [n.22] de Francia, los Ricardo y Adam Smith
de Inglaterra volvieron sus ojos con orgullo y entusiasmo al joven orden
burgués, y con fe en el milenio de la burguesía y su armonía social “natural”,
sin el menor temor, permitieron que sus ojos de águila penetraran en las
profundidades de las leyes económicas del capitalismo.
Pero el impacto
creciente de la lucha de la clase proletaria, sobre todo la Insurrección de
Junio del proletariado de París, destruyó hace mucho la fe de la sociedad
burguesa en su propio dios. Desde que comió del árbol de la sabiduría y supo de
las modernas contradicciones de clase, la burguesía aborrece la clásica desnudez
con la que los creadores de su propia economía política la pintaron para que
estuviese a la vista de todos. La burguesía ganó conciencia del hecho de que los
voceros del proletariado moderno habían forjado sus armas mortíferas en el
arsenal de la economía política clásica.
Así resulta que durante
décadas no es sólo la economía socialista la que ha estado hablando a los oídos
sordos de las clases poseedoras. La economía burguesa, en la medida en que fue
alguna vez una verdadera ciencia, ha hecho lo mismo. Incapaces de comprender las
enseñanzas de sus grandes antepasados, menos capaces aun de aceptar las
enseñanzas del marxismo, que surgen de aquéllas y además anuncian la muerte de
la sociedad burguesa, los profesores burgueses nos sirven un guisado desabrido
hecho de las sobras de una mezcolanza de conceptos científicos y frases huecas
intencionadas, sin el menor intento de explorar las verdaderas tendencias del
capitalismo. Por el contrario, tratan de levantar una cortina de humo para
defender al capitalismo como el mejor de todos los órdenes sociales y el único
viable.
Olvidada y desechada de
la sociedad burguesa, la economía científica puede encontrar oyentes solamente
entre los proletarios con conciencia de clase; no sólo comprensión teórica, sino
también acción concomitante. La famosa frase de Lassalle se aplica en primer
lugar a la economía: “Cuando la ciencia y los trabajadores, polos opuestos de la
sociedad, se abracen, aplastarán en su abrazo todos los obstáculos sociales.”
NOTAS
n.01
[i] Paul Levi
(1883-1930): socialdemócrata alemán. Conocido abogado defensor, amigo de Rosa
Luxemburgo; miembro de la Liga Espartaco y luego del Partido Comunista Alemán.
En 1922 rompió con el PC y volvió al PSD.
n.02
[ii] Wilhelm Georg F.
Roscher (1817-1894): economista alemán, fundador de la escuela histórica de la
economía política.
n.03
[iii] Gustav Schmoller
(1838-1917): economista e historiador, fundó escuelas de historia social y
económica en Alemania.
n.04
[iv] Jerome-Adolphe
Blanqui (1798-1854); economista burgués francés, hermano del revolucionario
Auguste Blanqui.
n.05
[v] Louis Auguste
Blanqui (1805-1881): socialista revolucionario francés cuyo nombre ha quedado
ligado a la teoría de la insurrección armada por grupos pequeños de hombres
seleccionados y entrenados, en oposición a la concepción marxista de la
insurrección de masas. Participó en la revolución francesa de 1830, organizó la
insurrección fallida en 1839 y fue encarcelado. Fue liberado por la revolución
de 1848 y nuevamente encarcelado luego de su derrota. Volvió a prisión en
vísperas de la Comuna de París. Por su quebrantada salud, luego de 35 años de
prisión, fue perdonado en 1979. Ese mismo año los obreros de Burdeos lo votaron
para la Cámara de Diputados, pero el gobierno impugnó la elección. La Comuna de
París fue la primera dictadura del proletariado de la historia. Finalizada la
Guerra Franco-Prusiana, los trabajadores de París, dirigidos por las
organizaciones obreras, crearon su propio gobierno y resistieron los primeros
intentos del gobierno burgués de Versalles de desarmarlo. La Comuna resistió los
ataques del ejército de Versalles desde el 18 de marzo al 21 de mayo de 1871.
Cayó después de una cruenta batalla en la que murieron 30.000 comuneros.
n.06
[vi] Eugen Karl Dühring
(1833-1921): economista pequeñoburgués alemán. Hoy se lo recuerda principalmente
por la crítica que hizo Federico Engels a sus posiciones en el Anti-Dühring.
n.07
[vii] Ferdinand
Lassalle (1825-1864): socialista alemán, fundador de la Unión General de Obreros
Alemanes en 1863, que más tarde se fusionó con el partido de Marx para formar el
PSD.
n.08
[viii] Thomas Robert
Malthus (1766-1834): clérigo y economista inglés que predijo que la población
mundial superaría la cantidad de alimentos disponibles.
n.09
[ix] Charles Darwin
(1809-1882): gran biólogo inglés. Formuló la teoría evolutiva de la biología.
Autor de El origen de las especies. Eduard David (1863-1930): miembro del ala
derecha de la socialdemocracia alemana; revisionista. Apoyó la guerra
imperialista. Ministro sin cartera en 1919-1920. Primer presidente de la
Asamblea Nacional en 1919.
n.10
[x] Alfred Krupp
(1812-1887): gran empresario alemán, fabricante de municiones y magnate del
acero. Principal empresario de Alemania en el momento de crearse el Imperio
Germano.
n.11
[xi] Karl Bucher
(1847-1930): economista burgués alemán, representante de la escuela "histórica"
de la filosofía política.
n.12
[xii] Adam Smith
(1723-1790): economista inglés, máximo representante de la escuela "clásica",
autor de La riqueza de las naciones.
n.13
[xiii] David Ricardo
(1772-1823): representante inglés de la escuela clásica de la economía política.
n.14
[xiv] Heinrich
Friederich Karl barón von Stein (1757-1831): estadista y reformador prusiano.
Funcionario del zar hasta la victoria de la coalición antinapoleónica. Inició la
emancipación de los siervos y muchas otras reformas en la administración y
gobierno locales de Prusia. Karl A. Furts von Hardenburg (1750-1822): ministro
prusiano que abolió la servidumbre y reformó el Ejército y la educación,
completando la obra de Stein y Scharnhorst. Gerhard Johann David von Scharnhorst
(1755-1813): general que reorganizó el ejército prusiano luego de la paz de
Tilsit, en 1807.
n.15
[xv] Francois Noel
Babeuf (Cayo Graco) (1760-1797): antecesor del socialismo francés. Dirigente de
la llamada Conspiración de los Iguales en plena época de la reacción
termidoriana durante la Revolución Francesa. Murió en la guillotina.
n.16
[xvi] Claude Henri
Saint-Simón (1760-1825): socialista utópico francés. François Marie Charles
Fourier (1772-1837): socialista utópico y crítico del capitalismo francés.
n.17
[xvii] Robert Owen
(1771-1858): empresario inglés, socialista utópico. Intentó una experiencia
cooperativa en sus empresas.
n.18
[xviii] Wilhelm
Wietling (1808-1871): primer escritor alemán proletario, colaborador de Blanqui.
Socialista utópico igualitario.
n.19
[xix] Pierre-Joseph
Proudhon (1809-1865): socialista utópico francés que ideó una sociedad basada en
el cambio entre productores independientes. Consideraba al Estado menos
importante que los talleres que, según él, lo reemplazarían. Autor de Filosofía
de la miseria, trabajo con el que polemizó Marx en su Miseria de la filosofía.
Louis Blanc (1811-1862): socialista francés. Participó en el gobierno instaurado
por la revolución de febrero de 1848. Adversario de la Comuna de París.
n.20
[xx] Cartismo: gran
movimiento de las masas inglesas que comenzó en 1838 y culminó a mediados de la
década de 1850. Luchaba por la democracia política y la igualdad social. Asumió
proporciones casi revolucionarias. Su eje era un programa (Carta) por el
sufragio universal y otras reformas políticas democráticas, elaborado por la
Asociación Obrera Londinense.
n.21
[xxi] Luis Felipe
(1773-1850): rey de Francia, entronizado por la revolución de julio de 1830 y
derrocado por la de febrero de 1848.
n.22
[xxii] Francois Quesnay
(1694-1744): fisiócrata francés, el primero en intentar una descripción
sistemática de la estructura económica capitalista en su Tableau économique
(1758). Pierre le Pesant, Sieur de Boisguillebert (1646-1714): economista
francés de la escuela clásica de la economía política burguesa.