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1. ARQUITECTURA
a) EL TEMPLO
b) EL SEPULCRO
2. ESCULTURA
3. RELIEVE
4. ESTILOS ESCULTÓRICOS
5. ARTES
INDUSTRIALES
ARQUITECTURA
.—Delimitado a Oriente y Occidente por arenales o
desiertos pedregosos, Egipto es una estrecha faja de terreno fertilizada
por el Nilo; en realidad, el oasis del Nilo, el río de cuyas
inundaciones vive, y que inspira en buena parte su religión y su arte.
Horus no recorre las celestes regiones, como Zeus, sobre un águila, sino
navegando en su embarcación por el río, en cuyas orillas crecen el loto
y el papiro, que coronan las columnas y decoran los edificios egipcios.
El pueblo que se establece en ese valle en fecha remotísima, se nos
muestra dominado por la preocupación de la vida de ultratumba y por la
necesidad del culto a unos dioses cuyo último descendiente es el faraón
remante.
Ese deseo de labrar obras eternas, y que produzcan la impresión de serlo por
medio del volumen y de la masa, es el inspirador de sus principales creaciones
estéticas. A él se deben la pirámide de los enterramientos reales, las pirámides
truncadas de los enterramientos particulares, las proporciones de sus templos y
de sus esculturas, de sus columnas y de sus muros. Aunque emplea también el
ladrillo, el material preferido por el arquitecto egipcio es la piedra.
Los rasgos esenciales de sus elementos arquitectónicos reflejan ya ese afán de
masa y de estabilidad. El muro es, por lo general, extraordinariamente grueso, y
para que su estabilidad sea aún mayor suele ser en talud, es decir, de grosor
decreciente hacia la parte superior.
Los sillares son de gran tamaño, y confiado en su masa, colócalos el cantero
egipcio a unión viva, sin mezcla de ninguna especie. El muro, por lo general,
lleva por coronamiento un grueso toro y un caveto, al que impropiamente se llama
con frecuencia gola egipcia.
La columna es, por lo común, de macizas proporciones.
Bulbosa, a veces, en la parte inferior, a semejanza del tallo de algunas
plantas, es de superficie lisa o fasciculada, simulando una serie de tallos
atados en la parte superior por varios anillos horizontales. Suele tener basa en
forma de disco. El capitel es campaniforme, bien en forma de flor abierta o de
capullo de loto o papiro. En general, las columnas lotiformes carecen de base y
no son bulbosas ni tienen hojas decorativas en su parte inferior,
características que, en cambio, suelen distinguir a la papiriformes. En las
fasciculadas los tallos de loto son de sección circular, mientras que los de
papiro presentan sección apuntada.
(fig. 57)
(fig. 57)
Columnas egipcias con capitel de
capullo, de flor abierta, palmiforme y hathórico.

Además de estos capiteles, que son los más corrientes, existen otros
como el palmiforme, empleado ya en fecha muy antigua, y el hathórico,
que debe su nombre a la cabeza de la diosa Hathor con que se decora su
cimacio o pieza que descansa sobre él. Aunque sólo excepcionalmente, se
emplea también la llamada columna protodórica (fig.
58), de sección
poligonal y coronada por un paralelepípedo, como en el futuro abaco de
la columna griega.
(fig. 58)
Columna protodórica
Hipogeo de Beni Hassan

La arquitectura egipcia es adintelada, pues, aunque conoce la bóveda, tanto la
falsa como la verdadera, sólo la emplea en lugares secundarios y carentes de
importancia estética. Debido a ello, a las proporciones verdaderamente
gigantescas de algunos de esos dinteles, a la parquedad de los vanos, con el
consiguiente predominio del macizo, la impresión de reposo y estabilidad eternos
de los monumentos egipcios es única en la historia de la arquitectura.
En la decoración adquieren ya gran desarrollo los temas de carácter vegetal,
entre los que destacan las flores de loto y de papiro y la llamada palmeta
egipcia, terminada lateralmente en dos volutas o espirales y en un saliente
central. También desempeñan papel de primer orden las representaciones de
animales y símbolos sagrados (fig. 59), como el
buitre de alas extendidas, el globo alado del sol, tan frecuente en las puertas
de los templos; los escarabajos, emblema de la vida terrena ; la cruz con el
anillo, que, por el contrario, parece simbolizar la vida eterna; los ureus
o serpientes sagradas, etc. De gran valor decorativo son igualmente las
inscripciones epigráficas jeroglíficas que cubren grandes superficies del muro y
aun de las columnas.
(fig. 59)
Buitre de alas extendidas

Formado el arte monumental egipcio en los primeros tiempos de su historia, vive
durante varios miles de años con una persistencia de caracteres impresionante.
Aunque no deje por ello de evolucionar, e incluso se den en su desarrollo
verdaderas revoluciones artísticas, si se compara la evolución del arte egipcio
con los estilos europeos de los dos últimos milenios, no puede por menos de
reconocerse esa estabilidad y persistencia de caracteres como uno de sus rasgos
más extraordinarios y dignos de ser tenidos en cuenta. Como en su historia
política, suelen distinguirse en la artística tres grandes períodos: el menfita,
el tebano y el saíta, así llamados por las ciudades donde radica la capitalidad
del imperio faraónico. El período menfita se supone que dura, aproximadamente,
desde el año 3000 al 2000 a. de J.C; el apogeo del período tebano,
correspondiente a las dinastías XVIII-XIX-XX, cuyos faraones dominan desde
Nubia, al Sur, hasta el Eufrates, al Este, abarca desde el siglo XVI al XVII, y
el saíta comprende desde mediados del XVII a mediados del VI. La época de
influencia griega se inicia dos siglos más tarde.
EL TEMPLO
.—Dominado por la idea de la vida eterna, los dos monumentos que más importan al
egipcio son el templo y el sepulcro. La casa, por su misma utilidad transitoria,
es de valor secundario y suele labrarse de adobe. De los mismos palacios reales
apenas conservamos algunos pobres restos, debido al escaso valor de sus
materiales. Los templos son, al decir de las inscripciones que los decoran, «la
casa de piedra eterna» que los faraones construyen para sus divinos padres, y,
en efecto, es, sobre todo, sensación de eternidad lo que produce el templo
egipcio.
El templo de Ra (fig. 60), en Abusir, construido
bajo la dinastía V, y que se considera reflejo del famoso Santuario del Sol de
Heliópolis, consta de un gran patio abierto, cuyas paredes decoran escenas en
relieve de la vida diaria, guerreras, de caza, simbólicas, etc. En el centro (A)
se encuentra el altar, y al fondo, sobre un gran basamento, el obelisco, símbolo
del dios; al lado del templo, la barca (B) donde aquél navega por los cielos.
(fig. 60)
Templo de Ra en Abusir

Como es natural, durante tantos siglos de existencia la arquitectura egipcia ha
producido varios tipos de templo, pero ateniéndose al más frecuente, el de la
época de apogeo, y tomando como prototipo el de Konsú, en Karnak (fig. 61),
presenta los siguientes caracteres.
(fig. 61)
Templo de
Konsú, en Karnak

Antes de penetrar en el templo, el visitante ha de recorrer una larga avenida
flanqueada por estatuas de animales divinos, como los carneros de Amón o las
esfinges. Al fondo de la avenida se levanta la gran fachada exterior del templo,
que los griegos denominan el pilono, enorme muro en pronunciado talud, de figura
trapezoidal, con un gran rehundimiento sobre la puerta, también en forma de
trapecio. Delante del pilono aparecen los obeliscos o agujas de piedra cubiertas
de inscripciones, y en dos hendiduras talladas en la parte inferior del mismo
pilono se colocan los mástiles. Tras el pilono se extiende el peristilo o patio
abierto con columnas por los lados y por el fondo, salvo en la época saíta, en
la que además., las tiene en su cuarto frente, es decir, ante la fachada
posterior del pilono. A continuación se encuentra el hipostilo, o sala de
columnas totalmente cubierta, por lo general, con la nave central más elevada
que las restantes y con claraboyas laterales en el desnivel. Es ámbito, sin
embargo, esencialmente oscuro y misterioso, que forma contraste con la sala
hipetra, e inclina el espíritu al recogimiento. Al fondo, rodeado por una serie
de corredores y habitaciones, se oculta el sancta-sanctorum, o sala rectangular
donde se venera a la divinidad, y a la que sólo tienen acceso el sacerdote o el
faraón cuando va a visitar a su padre.
A esta ordenación de salas dispuestas en un eje, y de progresiva oscuridad para
preparar el ánimo de los fieles, se agrega la también progresiva disminución de
altura del templo.
Como con frecuencia, una vez terminado el templo, las generaciones posteriores
sienten el deseo de ampliarlo y enriquecerlo, no es raro en los que llegan a ser
grandes santuarios que las salas hipetras e hipostilas se multipliquen o que,
comunicados por los muros laterales, se labren otros templos secundarios.
Gracias a este proceso de ampliación nacen conjuntos monumentales de tan enormes
proporciones como los de Karnak y Luxor en Tebas, la capital del Imperio Nuevo.
Unidos por una gran avenida, y producto de las múltiples y sucesivas mejoras,
enriquecimientos y ampliaciones efectuadas por los faraones con frecuencia en
acción de gracias por sus triunfos guerreros, reflejan como ningún otro
monumento buena parte de la historia de Egipto.
El gran templo de Amón en Karnak (fig. 62) ocupa
una extensión cerca de kilómetro y medio de longitud y más de medio de anchura.
(fig. 62)
Templo de Amón en Karnak

Es parte de primera importancia su gran sala hipostila (fig.
63), obra de Seti
I, de la dinastía XIX, de unos cien metros de largo por cincuenta de ancho, y
cuya triple nave central, más alta que las restantes, mide más de veinte
metros de altura. Tienen las columnas de ésta capitel campaniforme abierto,
mientras en las restantes es cerrado.
(fig. 63)
Sala hipostila gran templo de Amón en Karnak

También importante por sus columnas, llamadas protodóricas, uno de los
vestíbulos del templo. Dentro del recinto de Karnak se encuentra el templo de
Konsú, el hijo de Amón, ya comentado como ejemplo representativo de templo
egipcio, y el de Ramsés III (fig. 64), con
gigantescas esculturas de Osiris adosadas a sus pilares.
(fig. 64)
Templo de Ramsés III

El templo de Luxor (fig. 65), obra de Amenotes III, consta de una gran sala
hipetra (A), las tres naves centrales de otra hipostila sin terminar (B), otra
hipetra (C), una segunda hipostila (D) y la parte Propiamente del santuario (E).
(fig. 65)
Templo de Luxor

Las columnas de las salas hipetras son de haces de papiros, con capitel de
campana cerrada, también fasciculado (fig. 66).
(fig. 66)
Templo de Luxor.
Columnas de la sala hipostila

Con estos conjuntos monumentales gigantescos forman contraste algunas capillas
aisladas que se levantan durante la dinastía XVIII en Elefantina, (fig.
67), que parece presentir el sentido de las proporciones del templo
griego.
(fig. 67)
Ilustración capilla egipcia,
dinastía XVIII (1575 a 1295 a. C.) en Elefantina

Además de estos templos construidos sobre la superficie de la tierra, los
egipcios labran otros excavados. Se encuentran en Ipsambul, en Nubia, la región
más meridional del valle, varias veces perdida y otras tantas reconquistada, y
expuesta siempre a la invasión y al saqueo de los etíopes. Conservan aún el
nombre griego de speos, es decir, cueva.
Tanto el speos mayor (fig. 68) como el menor de Ipsambul tienen
gigantesca fachada labrada en la roca misma de la montaña, donde, además de los
planos y molduras de su arquitectura, aparecen esculpidas unas colosales
estatuas, que en el menor
(fig. 69)
representan a Ramsés II y a su mujer, y en el mayor miden no menos de
veinte metros. En este último, la puerta comunica por un pequeño vestíbulo al
gran patio cubierto, sostenido por pilares con estatuas adosadas de Osiris, como
las de Karnak, al fondo del cual se encuentra la capilla misma.
(fig. 68)
Speos mayor
de Ipsambul

(fig. 69)
Speos menor
de Ipsambul

Tipo intermedio es el hemi-speos de Deir-el-Bahari, próximo a Tebas, donde al
verdadero templo excavado en la roca preceden cuatro patios peristilos labrados
a cielo abierto en otras tantas terrazas, con columnas del tipo llamado
protodórico. Es obra del arquitecto Senmut. Templo en parte excavado y en parte
construido es también el de Gerf Hussein (fig. 70).
(fig. 70)
Templo
de Gerf Hussein

Durante los períodos saíta y romano, el templo conserva sus caracteres
tradicionales, introduciéndose, sin embargo, algunas innovaciones, como el
empleo de antepechos o muros de escasa altura en los intercolumnios.
La columna pierde a veces su forma bulbosa en su parte inferior, y el capitel,
sobre todo el campaniforme abierto, se enriquece considerablemente, y el llamado
hathórico se superpone al anterior. En torno a las fachadas laterales y
posterior del templo suele formarse un corredor con un segundo muro que le aísla
del exterior. Obras representativas de este período son los templos de Edfú y
Dendera; y el de Medinet-Habú, ya de época romana, cuyos capiteles parecen
querer emular la riqueza del corintio clásico. Uno de los conjuntos más bellos
de este último momento de la arquitectura egipcia es el de los templos de la
isla de Filé, el lugar sagrado en medio del Nilo, donde Isis da a luz a Horus.
Los más conocidos son el llamado «Pabellón», de Nectanebo (fig. 71) y el
«Quiosco de Trajano»(fig. 72), dejado
sin terminar.
(fig. 71)
Pasaje Pabellón de Nectanebo en la isla de Filé

(fig. 72)
Quiosco de Trajano

EL SEPULCRO
.—Para el egipcio, firmemente convencido de que su vida eterna depende de la
conservación de su cuerpo, el sepulcro es tan importante como el templo. Para
salvar su cuerpo de la destrucción se toman las mayores garantías posibles. En
primer lugar, se le embalsama, sacándole las vísceras, que se depositan en los
cuatro vasos canopos coronados con las cabezas de otros tantos dioses; se
le envuelve después en larguísimas fajas de lienzo sembradas de amuletos y se le
deposita, por último, en un sarcófago de madera policromada, que a su vez, si la
categoría del difunto lo permite, se incluye en otro de piedra.
Conservado así en la cámara funeraria, como su alma o sombra coloreada de su
persona, el «doble» o «ka», tiene necesidades materiales, necesita el sepulcro
una capilla donde se depositen los alimentos necesarios para su sustento, o al
menos se les representa para el caso de que falten aquéllos.
Los conjuntos monumentales de carácter funerario más importantes son las grandes
necrópolis de Gizeh y Abusir, del Antiguo Imperio, que se levantan solemnes
frente a Menfis, al otro lado del Nilo. Con los escasos elementos artísticos de
su masa, la lisura de sus superficies y el reposo de sus proporciones, pocos
monumentos arquitectónicos producen como ellos tan profunda impresión de
eternidad y de muerte.
El tipo normal de sepulcro es el que se conoce con el nombre árabe de
mastaba, que significa banco, porque, en efecto, semejan enormes bancos en
forma de pirámides truncadas (fig. 73).
Figs. 73
Pabellón de Nectanebo en la isla de
Filé.—Mastaba.—Pirámides.

En ella, muy por bajo del nivel de tierra, en el fondo de un pozo que sólo tiene acceso por la parte
superior y que se rellena después de efectuado el sepelio, se encuentra la
cámara funeraria propiamente dicha, donde se deposita el sarcófago.(fig.
74)
(fig. 74)
Cámara funeraria (Mastaba)

A nivel de tierra, y con puerta al exterior, se encuentra, en cambio, la
capilla, decorada en sus paredes con relieves o pinturas de temas funerarios, como el
de la peregrinación del alma a los infiernos y el mito de Osiris, o relacionados
con la vida del difunto. Para que el «doble» pueda salir a disfrutar de los
alimentos allí depositados por sus familiares, existe al fondo de la capilla una
puerta simulada en forma de ancha hendidura, donde se encuentra la estatua,
o simplemente el busto del difunto, y un pequeño altar con los alimentos
figurados de relieve. En las mastabas más importantes esta capilla se convierte
en toda una serie de estancias unidas por corredores.
En los enterramientos reales del período menfita lo que destaca al
exterior es el enorme cuerpo apiramidado que sobre él se levanta. Bajo la III
dinastía, son pirámides escalonadas, constituidas por pirámides truncadas
superpuestas, como la del faraón Zoser en Sakara (fig. 75).
(fig. 75)
Pirámide escalonada del faraón Zoser en Sakara

Otras son de perfil quebrado, como
la de Dachur (fig. 76).
(fig. 76)
Pirámide de perfil quebrado, de Dachur

Las de la dinastía siguiente, como las famosas de Keops
(fig. 77),
Kefren
(fig. 78) y Micerino
(fig. 79), la primera de ciento cincuenta metros de altura, son ya
pirámides perfectas.
(fig. 77)
Pirámide de Keops

(fig. 78)
Pirámide de Kefren

(fig. 79)
Pirámide de Micerino

Estos enterramientos reales se completan con el templo funerario para
habitación del doble, inmediato a la pirámide, y con otro más lejano en la misma
ribera del río, comunicado con aquél por largo corredor, como puede observarse
en los de Abusir (fig. 80).
(fig. 80).
Imagen de Templo en Abusir reconstituida

En el inmediato a la pirámide de Zoser se emplean
columnas fasciculadas o de aristas vivas (fig. 81), de tipo protodórico.
(fig. 81)
Columnas fasciculadas entrada
pirámide de Zoser

El templo llamado de la Esfinge (fig. 82), por encontrarse junto a él la gigantesca
estatua, es, en realidad, el templo de la pirámide de Kefren. En su interior
tiene una doble cámara en forma de T, con pilares.
(fig. 82)
Templo de la esfinge de la Pirámide de Kefren

El enterramiento de Sahura en Abusir
(fig. 83), de la V dinastía, contiene, además de la gran pirámide del faraón
(A), la de su mujer (B), y el templo funerario, éste con patio de columnas palmiformes (fig.
84).
(fig. 83)
Pirámide de Sahura

(fig. 84)
Columnas templo funerario de la
Pirámide de Sahura

En los comienzos del período tebano se adopta un tipo de enterramiento en el que
se unen la mastaba y la pirámide, como sucede en Abidos. La creación más
monumental de esta etapa es el sepulcro de Mentuotep (fig.
85-86), en Deir-el-Bahari,
formado por una mastaba coronada por una pirámide y rodeado por pórticos a dos
niveles.
(Fig. 85)
Sepulcro de Mentuotep

(Fig. 86)
Sepulcro de Mentuotep

En el período tebano, los faraones renuncian a esas enormes montañas
artificiales que son las pirámides y labran sus sepulcros directamente en los
acantilados que limitan el valle del Nilo, especialmente en la región de Abidos.
Allí excavan interminables corredores en ángulo, numerosas salas
para habitación del doble, y la cámara funeraria; todo ello cubierto de relieves
dispuestos en fajas, por donde desfilan millares y millares de figurillas
formando las escenas de los asuntos ya comentados. El deseo de ocultar el
verdadero emplazamiento del sarcófago les hace a veces labrar unas entradas que
dejan abiertas para dar la impresión a los futuros ladrones de haber sido
violadas, mientras la verdadera se encuentra en otra parte, con la entrada
oculta.
Pero a pesar de estas precauciones, así como la de disimular el acceso de la
galería de ingreso, ya en tiempo de los griegos visitan los turistas algunas
tumbas vacías que han sido violadas.
En los hipogeos de Beni Hassan, de los primeros tiempos tebanos, se emplean
columnas protodóricas de aristas vivas tanto en los pórticos como en el interior
(fig. 87).
(figs. 87)
Hipogeo en Beni Hassan

En la época saíta los reyes etíopes resucitan el tipo de sepulcro menfita en
forma de pirámide, aunque de tamaño y proporciones muy diferentes y precedido
por un pilono (fig. 88).
(fig. 88)
Sepulcro menfita en forma de pirámide con pilono

*
ESCULTURA
.—Salvo en contados momentos de su historia, el artista egipcio sólo
concibe la figura humana en tensión física y espiritual totalmente ajena
a la vida diaria. Dedicado a representar dioses, faraones y príncipes,
que para él también son de carácter divino, sus personajes tienen
siempre algo de seres sobrenaturales, para los que el dolor y la alegría
no existen, y que parecen siempre sorprendidos en un desfile oficial.
Influidos por razones de orden técnico, comunes a casi todos los pueblos
del Oriente próximo, en la antigüedad, y, sin duda, también por la idea
egipcia de la elegancia, incluso cuando se les representa en marcha,
parecen estar rígidos. Esta falta de movimiento y esta rigidez son
debidas, en gran parte, a lo que se ha llamado la ley de la
frontalidad, por aparecer representados siempre rigurosamente de
frente, sin torsión de ninguna especie en su cuerpo. Se agrega a esa
posición frontal su mirada alta y fija en el frente, y el que los
brazos, por lo general, caigan con fuerza unidos al cuerpo; cuando los
avanzan, sólo destacan el antebrazo, y casi siempre en una misma
actitud. La laxitud y el abandono no existen sino excepcionalmente para
el escultor egipcio, y excusado es decir que no falta alguna obra que no
se ajusta a esa ley de la frontalidad.
En la escultura egipcia desempeñan papel de primer orden los dioses
mayores, a los que se representa con sus correspondientes atributos.
Osiris es el dios solar que ha recorrido el firmamento navegando en su
nao, y se le figura en forma de momia, con el látigo y el cayado, el
kalf o paño que le cubre la cabeza y los hombros, y la serpiente
o
ureus en el centro de la frente (fig. 89).
(fig. 89)
Osiris

Como a Osiris está consagrado, entre otros animales, el carnero, a veces
enriquecen su tocado los cuernos de ese animal, denominándosele entonces
Amón. (fig. 90).
(fig. 90)
Amón

Osiris, en estado naciente y remontándose en el firmamento, recibe el
nombre de Horus, figurándosele entonces en forma de niño con el dedo en
la boca y la trenza pendiente de su cabeza pelada, o ya mayor, con
cabeza de halcón (fig. 91).
(Fig. 91)
Horus

Isis es la diosa madre, de carácter lunar, esposa de Osiris; tiene forma
de mujer, y a veces se la figura dando el pecho a su hijo o al faraón.
Corónasele con el disco de la luna llena y también con los cuernos de la
vaca Hathor.
(fig. 92).
(fig. 92)
Isis es la diosa madre, de carácter lunar, esposa de Osiris

Aunque representadas con menos frecuencia, son además importantes otras
deidades que, como Horus, tienen cuerpo humano y cabeza de animal. Así,
Sakhit, la tiene de felino, y Anubis, el dios de los muertos, de chacal
(fig. 93).
(fig. 93)
Anubis, el dios de los muertos en forma de chacal

Al faraón se le representa con la corona troncocónica del Bajo Egipto,
con la tiara del Alto Egipto, o con ambas a la vez, que es lo más
frecuente. En el relieve reproducido en la lámina (Fig.
94) las diosas de esas partes del país imponen al faraón su
corona correspondiente.
(Fig. 94)
Faraón con corona y tiara

Debido al carácter divino de algunos animales, sus representaciones de
bulto redondo constituyen capítulo importante del arte egipcio (fig.
95).
(fig. 95)
Anubis

Gracias a su fino sentido de observación y de selección de los rasgos
esenciales, y, sin duda, también a su fervor religioso, los escultores
egipcios crean obras tan de primer orden que les permiten figurar entre
los más excelentes animalistas de todos los tiempos. En general, no ven
los animales en movimiento. Como a los dioses y a los hombres, los ven
estáticos, en su actitud de reposo más característica, y, sobre todo,
definidos por un perfil elegante y un modelado sobrio, aunque plenamente
expresivo, de la calidad de su cuerpo. Dotados para ellos de hálito
divino, esculpen algunos de esos animales con la emoción religiosa con
que el artista medieval labra la estatua de un santo.
*
RELIEVE
El escultor egipcio, tanto como el bulto redondo, cultiva el relieve.
Prefiere el bajo al medio relieve, e incluso con frecuencia prescinde de
rebajar la parte del fondo —hueco relieve—, procedimiento que, como
veremos, desaparece en la escultura posterior. El relieve y la pintura
egipcios, como en general los de todo el mundo antiguo, no emplean la
perspectiva y representan la figura de perfil. Tal vez durante algún
tiempo pudo ser ello debido a la incapacidad de interpretar el rostro de
frente, pero la existencia de más de una excepción en pinturas del
Imperio Nuevo es testimonio de la decidida voluntad de preferir la
representación de perfil. De todas formas, el artista egipcio, al
ofrecernos la figura humana de perfil, hace ciertas concesiones
convencionales a la frontalidad. Así, desde la cintura el cuerpo se
tuerce violentamente y se nos muestra de frente, para volver a
presentarnos el rostro de perfil, sin perjuicio de que el ojo aparezca
de frente. El escultor egipcio imagina a los dioses o al faraón de
tamaño mucho mayor que los mortales, que a su lado semejan verdaderos
pigmeos. En el período menfita, se limita a desarrollar las diversas
escenas en filas paralelas de figuras, sin intento alguno de dar idea
del escenario. Más adelante, aun sin conocimiento de la perspectiva,
simultanea en un mismo escenario, por ejemplo, un estanque visto desde
la altura con árboles vistos de perfil. En el Imperio Nuevo, la
composición se hace más movida y se nota mayor facilidad. Como es
natural, en el relieve las figuras adoptan actitudes movidas y
violentas, que no se dan en la estatua (fig. 96).
(fig. 96)
Relieve de Luxor

Los temas de los relieves son de la más diversa naturaleza, pues además
de las historias de carácter religioso, de las que buena parte se
refieren a la vida ultraterrena, y de las campañas del faraón, como en
las tumbas se suelen representar las que fueron habituales ocupaciones
del difunto, abarcan casi todos los aspectos de la vida egipcia (fig.
97), desde las faenas agrícolas hasta las escenas de caza o las
puramente familiares. El gran número de pormenores que integran en la
realidad cualquiera de estas historias, obliga al escultor egipcio a una
intensa simplificación y selección, inspirada principalmente por su fino
criterio decorativo.
(fig. 97)
Relieve de figuras familiares

El relieve se distribuye en el edificio por los más diversos lugares,
pues además de revestir numerosos interiores de templos y sepulcros,
decora con frecuencia las columnas y pilastras, y a veces se esculpen
figuras gigantescas en los pilonos. Casi siempre alternan con abundantes
inscripciones jeroglíficas.(fig. 98).
(fig. 98)
Relieve decorativo

El material preferido por el escultor egipcio es casi siempre la piedra
dura, como el oscuro basalto o el granito gris o rosa; pero también
emplea la caliza y la madera. En estos dos últimos casos suele terminar
su obra, policromándola, sobre todo si es de madera. Trabaja en todas
las escalas, desde las más gigantescas, y en este aspecto ningún pueblo
le ha superado, hasta las figurillas de madera, verdaderos juguetes del
ajuar funerario, aunque son más característicos de su escultura, y de su
arte todo, sus colosos que sus miniaturas.
*
ESTILOS ESCULTÓRICOS
En los inicios, los monumentos escultóricos son sobre todo,
placas de pizarra con relieves procedentes de tumbas predinásticas.
(fig 99). O representan
animales totémicos (fig 100).
(fig 99).
Monumentos escultórico sobre Pizarra

(fig 100)
Animales totémicos

Las escenas guerreras esta representada en Menes, el faraón con quien se
inicia la primera dinastía. En uno de sus frentes aparece la escena,
después tan frecuente, del faraón castigando con su maza al enemigo
vencido (fig 101).
(Fig 101)
Escenas guerrera del faraón Menes

En el período menfita, el estilo que perdurará durante tantos
siglos se encuentra ya plenamente formado, incluso en la estatua. La
sedente de
Kefren (fig. 102), maciza, rígida, con
los brazos unidos al cuerpo, desnuda desde la cintura y cubierta con su
kalf.
(fig. 102)
La sedente de
Kefren

El grupo de
Micerino y su mujer (fig. 103), ambos
en actitud de marcha, ella abrazada a su marido y vestida con larga
túnica, que subraya sus formas, nos dicen ya todo lo que habrá de ser la
escultura posterior.
(fig. 103)
Micerino y su mujer

Impresionante por sus gigantescas proporciones es la Esfinge (fig.
104), cuya cabeza se supone retrato de Kefren, y que está tallada
en una enorme roca.
(fig. 104)
La Esfinge

Pese al empaque cortesano de estas estatuas de faraones, el agudo
sentido de observación del escultor egipcio de esta época se manifiesta
claramente en los rasgos del rostro de esos mismos personajes reales,
con frecuencia muy poco idealizados. Sirvan de ejemplo las estatuas
sedentes de los príncipes de la III dinastía Rahotep y Nefrit
(fig. 105), del museo de El Cairo,
verdaderos retratos.
(fig. 105)
Rahotep y Nefrit

La vena naturalista del escultor egipcio, oprimida cada vez más por el
arte oficial, produce todavía ahora varias obras capitales de este tipo.
Una de ellas es la del Alcalde (fig. 106).
Labrada en madera, no sabemos a quién representa.
El nombre con que se la conoce es, sin embargo, significativo de su
inspiración naturalista, pues es el que le dieron los propios obreros
egipcios al descubrirla, queriendo reconocer en él algún paisano en
funciones de tal.
(Fi. 106)
El alcalde

Otras estatuas típicas de este momento son las de los escribas sentados
en el suelo, con las piernas cruzadas y escribiendo sobre el tablero que
tienen sobre ellas. La del museo del Louvre (fig.107),
de piedra caliza pintada, sorprende por la fuerza del retrato que el
artista nos ha dejado de su rostro, de boca apretada, reflejo de la
intensa atención con que escucha, y ojos fijos en quien le dicta.
(fig.107)
Escriba sentado en el suelo

Más incorrectas, pero animadas por el mismo deseo de naturalidad, forman
también parte de este mismo capítulo las estatuillas funerarias de
servidores del difunto, que aparecen en ellas moliendo el trigo (fig.
108) o realizando diversas faenas domésticas.
(fig. 108)
Servidor del difunto moliendo el trigo

Además de estas estatuas se esculpen ya en los sepulcros del período
menfita un sinnúmero de relieves con las escenas más diversas de la vida
egipcia, en las que alternan, con la figura humana, toda suerte de
animales (fig. 109).
(fig. 109)
Relieve figura humana y animal

La mayor parte de la escultura egipcia conservada pertenece al período
tebano. Del Imperio Medio son estatuas tan excelentes como la de
Amenemhet III (fig. 110)
y la Esfinge procedente de Tanis
(fig. 111), ambas
en el museo de El Cairo.
(fig. 110)
Amenemhet III (Museo de El Cairo)

(fig. 111)
Esfinge de Tanis
(Museo de El Cairo)

Bajo el Imperio Nuevo, dentro siempre de las normas generales fijadas en
la época menfita, aparecen algunas actitudes nuevas, y las proporciones
cambian un tanto. Ahora se esculpe la Vaca
de Deir-el-Bahari del museo de El Cairo, la diosa Hathor, (fig.
112) que inicia a los muertos en la vida de ultratumba y que es,
sobre todo, una de las obras maestras de la escultura animalista de la
antigüedad.
(fig. 112)
La diosa Hathor

La escultura de tipo gigantesco crea obras de tan extraordinarias
proporciones como las comentadas de Ipsambul y los Colosos de Memnón
(fig. 113), estatuas hoy muy deterioradas
de Antenotes III, que el faraón hace labrar ante su templo y que miden
no menos de dieciséis metros de altura.
(fig. 113)
Colosos de Memnón

Por la finura de su ejecución destaca el Ramsés II (fig.
114), del museo de Turín.
(fig. 114)
Ramsés II del museo de Turín

RELIEVE
En el campo del relieve, las obras son no menos numerosas y de los más
variados temas. El relieve de la figura
(fig. 115)nos muestra al gran faraón
Seti I con la corona del Bajo Egipto enlazando el toro del sacrificio en
compañía de su hijo, el futuro Ramsés II.
(fig. 115)
Seti I
en compañía de su hijo, el futuro Ramsés II

En el de la (fig. 116) le
vemos en el acto de
Seti I de ofrecer incienso a Osiris tocado con la tiara
del Alto Egipto.
(fig. 116)
Seti I de ofrecer incienso a Osiris

El siguiente relieve del Gran Speos de Ipsambúl
(fig. 117) presenta ya a Ramsés II
vencedor, castigando a los nubios con la maza, como en las primitivas
pizarras predinásticas .
(fig. 117)
Ramsés II vencedor, castigando a los nubios

En el Templo de Abu Simbel se
puede ver a prisioneros nubios capturados
(fig. 118)
(fig. 118)
Prisioneros nubios

Los del palacio de Medinet Abu (fig. 119)
de Ramsés III son, en cambio, buenos ejemplos de escenas de cacería.
(fig. 119)
Escenas de cacería
de Ramsés III

Dentro del estilo uniforme tebano, forma un paréntesis, por su intenso
naturalismo, la escultura de tiempos de Amenotes IV, el faraón
revolucionario del culto del Sol, que en pleno apogeo tebano traslada la
corte a Tell-el-Amarna. Gracias a las excavaciones realizadas
modernamente se ha podido descubrir incluso la casa del escultor real
Tutmés, y en ella un gran número de estudios y obras sin terminar. La
vida del faraón aparece interpretada en sus relieves con un tono
familiar por completo ajeno a la escuela tebana. El relieve de la (fig.
120) le presenta acompañado por su mujer, Nefertiti, y por sus
hijos, recibiendo los rayos de su dios Aton, el Sol que calienta, que no
en vano se hace llamar también Akenaton.
(fig. 120)
Amenotes IV con su mujer Nefertiti y su hijos

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FIGURAS ESCULTÓRICAS
La estatua del museo del Cairo (fig. 121)
figura a Akenaton aún joven.
(fig. 121)
Akenaton

La obra más bella de la escuela, descubierta en el taller mismo del
escultor Tutmés, es el busto policromado de la reina
Nefertiti, del museo de Berlín (fig. 122).
(fig. 122)
Nefertiti, del museo de Berlín

Pero la vida de la capital Tell-el- Amarna es corta, y a los pocos años
la capitalidad vuelve a Tebas, y la escuela tebana es de nuevo la
oficial.
Durante el período saíta la mayor preocupación de los escultores de esta
tardía etapa parece haber sido la suavidad y blandura del modelado y la
tendencia a las formas contorneadas. Buenos ejemplos de escultura saíta
son la dama Takusit (fig. 123), del
museo de Atenas.
(fig. 123)
Dama Takusit

En ese estilo, otra obra es la llamada
Cabeza verde, del de Berlín. (fig. 124)
(fig. 124)
Cabeza verde. Museo de Berlín

El virtuosismo del modelado del período saíta enlaza con la influencia
helénica que caracteriza al período alejandrino, bajo el cual la
escultura egipcia termina por perder su carácter.-Conserva sus fórmulas
generales de frontalidad y actitud, pero el modelado se enriquece al
gusto clásico. Casi podría decirse que son estatuas griegas, con las
típicas vestiduras y actitudes egipcias.
.
PINTURA
.—La pintura repite los convencionalismos del relieve en
cuanto a la representación de la figura y del escenario que le sirve de
fondo. Es un arte que por su carácter menos permanente que el relieve
tiene menos importancia que él. Desempeña, sin embargo, papel importante
en los relieves mismos, pues éstos, por su escasa proyección y su
policromía, semejan, a veces, verdaderas pinturas. Los colores son
planos, sin gradación, y se emplean con criterio esencialmente
decorativo.
No obstante alguna obra, como los Ánades, de Meidum, del museo de
El Cairo, de una simplicidad y belleza admirables (fig
125).
(fig 125)
Los Ánades, de Meidum

La pintura se
encuentra en el período menfita plenamente subordinada al relieve. En la
época tebana la decoración de los sepulcros excavados hace que la
pintura se independice, y contamos con numerosas escenas guerreras de la
vida ordinaria y espléndidos estudios de animales. Las escenas de
Danzarinas
(fig 126), procedentes de un sepulcro tebano
del Imperio Nuevo, nos ponen bien de manifiesto los grandes progresos de
la pintura en este período, llegando a presentarnos algunos personajes
totalmente de frente.
(fig 126)
Escenas de
Danzarinas

Ahora adquiere también gran desarrollo la pintura en rollos de papiro,
de carácter funerario. El ejemplo más importante del llamado «Libro de
los Muertos» es el del museo de Turín. Escena típica de estos papiros es
la del Juicio de los muertos (fig. 127), en la que Osiris
presencia el peso de las almas, que hace Anubis y anota Thot.
(fig. 127)
Papiro. Escena del Juicio de los muertos

Otro importante grupo de papiros, llamados satíricos, parodian con
figuras de animales las escenas de los mismos faraones, incluso sus
grandes hazañas guerreras.
Aún mayor independencia gana la pintura egipcia bajo la influencia
griega, aunque, ejecutada en madera o tela es, por desgracia, muy poco
lo que se conserva.
De estilo helenístico que nada tiene ya de faraónico, aunque sea de mano
egipcia, se produce hacia el siglo I un importante tipo de retrato
funerario de carácter intensamente naturalista, y que, reducido al
rostro, se engasta en la parte correspondiente del sarcófago. Están
pintados en madera con cera de colores (fig. 128).
(fig. 128)
Retrato funerario

.
ARTES
INDUSTRIALES
. — De las artes menores es probablemente la orfebrería
la que crea obras más bellas. Gracias a la costumbre de alhajar los
difuntos conservamos un número crecido de piezas de orfebrería, tales
como coronas, diademas y collares, algunos de fragilidad sólo explicable
por ser puramente funerarios. De gran importancia son los pectorales de
los faraones, donde, enmarcadas bajo la típica cornisa en forma de
caveto, aparecen diversas figuras caladas y protegidas por el buitre,
todo ello enriquecido con esmaltes de diversos colores.
Uno de los más bellos del museo de El Cairo, es la Máscara funeraria de
Tutankamón o Máscara de oro de Tutankamón, elaborada por los orfebres
egipcios en los años 1354-1340 a. C. y formaba parte del ajuar
funerario de la tumba del faraón. (fig. 129)
(fig. 129)
Máscara de oro de Tutankamón

En cuanto al trabajo del metal, empléase al principio la lámina de
cobre, unida con remaches; más tarde utilízase el bronce en las vasijas,
pero fundiéndolas macizas y ahuecándolas después, y, por último,
termínase dominando la fusión en hueco.
Además de la cerámica de barro cocido, prodúcese otra vidriada, en la
que se fabrican vasijas, perlas y amuletos. De color verdoso durante
mucho tiempo, se descubre después un bello color azul, brillante.
El vidrio se conoce en Egipto desde fecha muy antigua, pero no llega a
fabricarse incoloro. Es vidrio opaco. En forma de perlas azules, rojas y
verdes, decoradas con hilos de vidrio de diversos colores, se exportan a
todo el Mediterráneo, e incluso a la costa atlántica, pero también se
hacen vasijas polícromas por este mismo procedimiento.
Gracias al gran número de tumbas descubiertas con todo su ajuar
funerario, conservamos más mobiliario egipcio que de muchos pueblos muy
posteriores. De formas muy elegantes, posee ya el egipcio la silla,
tanto fija de cuatro patas como plegable, los sillones y, naturalmente,
el taburete y la cama. Las patas terminan en garras de animales, todas
ellas en la misma dirección, como queriendo hacernos pensar que es un
animal el que nos sostiene. (fig. 130)
(fig. 130)
Trono de oro de
Tutankamón

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