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1.ARQUITECTURA EGEA
2. ESCULTURA Y PINTURA EGEAS
3. ARQUITECTURA GRIEGA. EL ORDEN DÓRICO
4. ÓRDENES JÓNICO Y CORINTIO. DECORACIÓN
5. CASAS Y SEPULCROS. EDIFICIOS PÚBLICOS
6. ACRÓPOLIS Y SANTUARIOS
ARQUITECTURA EGEA
.—Frente a la arquitectura de ladrillo y de arco del Asia
Anterior, la Grecia prehelénica se limita, como Egipto, al empleo del
dintel, y, sobre todo, pone en el primer plano, y ya con algunas de sus
formas definitivas, un elemento arquitectónico, que será capital desde
los tiempos clásicos: la columna. La columna se nos presenta en los
tiempos más antiguos incluso rodeada de un cierto culto religioso. Así,
en la isla de Creta la vemos con el divino amuleto de los cretenses, el
hacha doble, clavado en su capitel; y en las decoraciones se la
representa alternando con el tema llamado de los cuernos de consagración
(fig. 193), o coronada por las palomas, el símbolo de Astarté o Venus.
fig. 193)
Palacio de Cnosos con los cuernos de
consagración

En Micenas (fig. 194) veremos cómo la
flanquean leones, cual si de una deidad se tratase.
(fig. 194)
Puerta de los leones

La columna prehelénica no presenta todavía, sin embargo, todos los
caracteres de los tiempos clásicos. La diferencia fundamental está en su fuste disminuido hacia abajo, es decir, con
forma de cono truncado invertido (fig. 195). Son de
madera y descansan sobre una base muy sencilla.
(fig. 195)
Columna prehelénica en forma de cono invertido

Como en la futura columna dórica clásica, su capitel está constituido por
un toro muy grueso y un abaco en forma de paralelepípedo.
En cuanto a la cubierta, parece que los arquitectos prehelénicos echan las bases
de lo que será el entablamento clásico, pues sobre el dintel, en el futuro
friso, alternan con una decoración de medias rosetas unos recuadros en los que
parece adivinarse ya las fajas verticales que constituirán los tríglifos. En los
monumentos prehelénicos de Micenas es típico el recurso de aligerar la carga del
dintel formando encima, por el gradual avance de los sillares del muro, un vano
triangular.
Debido a ese mismo avance progresivo de los sillares para disminuir la longitud
del dintel, las puertas son, con frecuencia, trapezoidales.
En el período prehelénico se crea, además, un tipo de edificio de importancia,
igualmente decisiva para el arte clásico posterior: el mégaron (fig.
196), núcleo del palacio prehelénico, que no sólo sirve para reuniones de carácter
civil, sino para celebrar actos religiosos, y que es, en realidad, el germen del
futuro templo griego.
(fig. 196)
Mégaron en Cnosos

El de Tirinto consta de una cámara sostenida por cuatro
columnas, con el hogar en el centro, y de un pórtico. Ante éste, en el patio, y
coincidiendo con el eje del mégaron, se levanta el altar (fig. 197).
(fig. 197)
Planta Mégaron de Tirinto

Menos importantes para el futuro, aunque muy bellos en sí y de indudable
grandiosidad, son los monumentos funerarios. Con su largo corredor y su gran
cámara circular al fondo, cubierta por falsa bóveda, es la más bella
manifestación del tipo de dolmen de cámara prehistórico.
El grupo más importante de estos enterramientos es el de Micenas, destacando
entre ellos, por su monumentalidad y riqueza, el llamado Tesoro de Atreo (fig.
198).
(fig. 198)
Tumba el tesoro de Atreo

Es todo él de sillería. Su puerta de ingreso es de forma ligeramente
trapezoidal, y el interior de su enorme bóveda falsa estuvo guarnecido con rosas
de metal. A esta -gran cámara circular, dedicada al culto, comunica otra más
pequeña y cuadrada para el cadáver.
El arte egeo se considera del segundo milenio a. de J. C, distinguiéndose en él
tres períodos: el antiguo, el medio y el moderno.
Los monumentos más importantes se encuentran en la isla de Creta —Cnosos, Festo
y Hagia Tríada—, Tirinto, Micenas y Troya.
El Palacio de Cnosos, que se considera del siglo XVII a. de J. C, es la
residencia de los señores del mar Egeo anteriores a la guerra de Troya, cuyo
recuerdo conservan los griegos de la época clásica bajo la leyenda del rey Minos
y su famoso Laberinto. Este nombre de Laberinto parece tener su origen en esas
hachas, labris, de doble hoja, que se encuentran grabadas con frecuencia
en los muros del palacio, que en forma de amuletos de oro se han descubierto
entre sus ruinas, y que, asociadas a las columnas, deben de tener valor de
primer orden para quienes edifican el palacio. Aunque no pueda conocerse con
seguridad su destino, se destacan en el conjunto varias partes importantes.
En primer lugar, un ingreso de columnas y un gran patio. Dentro ya del verdadera
laberinto de departamentos, se distingue un grupo de almacenes, y, sobre todo,
varios núcleos de salas con pequeños patios y pórticos, donde se emplea
profusamente la columna y en los que se ha querido identificar el santuario, el
tálamo y el salón del trono. Pero lo de mayor interés es el importante papel
concedido a la columna y los bellos efectos de perspectiva que con ellas, los
pilares y las escaleras consigue crear el arquitecto (fig. 199).
(fig. 199)
Figuración Palacio de Cnosos

El castillo o acrópolis de Tirinto (fig. 200) tiene más carácter de palacio
fortaleza. Dentro de un gran recinto amurallado, nos ofrece otro interior más
reducido, al que se penetra por una organización arquitectónica de glorioso
futuro: unos propíleos o puerta monumental con pórticos exteriores e interiores,
como los que se labrarán en la Acrópolis de Atenas. Una vez en el interior, el
núcleo en torno al cual se agrupan los restantes departamentos es el mégaron,
situado al fondo de una gran plaza con galerías. Numerosos almacenes y
dependencias completan el conjunto.
(fig. 200)
Figuración
acrópolis de Tirinto

En Micenas, la corte de Agamenón, además de los sepulcros ya descritos,
consérvase la Puerta de los Leones, ver (fig. 194), construida con grandes sillares
de piedra y cubierta por un gran dintel y un enorme bloque triangular encima,
donde se encuentran esculpidos en relieve dos leones afrontados con una columna
en el centro.
En cuanto a las ruinas de Troya, excavadas por Schliemann, lo principal es el mégaron. (fig. 201).
(fig. 201)
Ruinas de Troya

ESCULTURA Y PINTURA EGEAS
.—Antes de que la escultura griega inicie de una manera
decidida esa admirable evolución que de forma ininterrumpida se
continuará hasta los días del Imperio Romano, ofrece ya en el período
prehelénico un estilo que descubre una nueva sensibilidad artística.
Por desgracia, no conservamos de esa época, salvo el relieve de los
leones de Micenas, ninguna escultura de gran tamaño ni de interés
puramente escultórico. Todo lo llegado hasta nosotros se reduce a unas
cuantas figurillas y relieves de pequeñas proporciones. Las principales
representaciones humanas de bulto redondo son unas minúsculas estatuitas
femeninas de marfil y oro, como la del Museo de Boston, o simplemente de
cerámica, con los pechos descubiertos y serpientes enroscadas en sus
brazos, que se suponen de sacerdotisas (fig. 202).
(fig. 202)
Sacerdotisas de las serpientes

De carácter decorativo, los relieves de los vasos de Vafio, del Museo de
Atenas, nos ofrecen varias figuras desnudas de jóvenes que, no obstante
su aspecto atlético, nada tienen que ver con las interpretaciones
mesopotámicas y, en cambio, pertenecen ya a la misma raza que producirá
los llamados Apolos, del período arcaico griego. Se representa en ellos
cacerías de toros con red (fig. 203).
(fig. 203)
Vaso de Vafio

Muy interesante es también, por
las numerosas figuras que contiene, el Vaso de los Segadores, del Museo
de Candía, así llamado por el desfile de campesinos que lo decora.(fig.
204).
(fig. 204)
Vaso de los Segadores

En cuanto a representaciones exclusivamente de animales, conservamos
algunos pequeños relieves de cerámica muy bellos, con cabras y vacas
amamantando sus crías, en los que el fino espíritu de observación del
artista se expresa con admirable sentido decorativo.
La pintura mural, a juzgar por los restos existentes, desempeña papel
muy valioso en los palacios prehelénicos. Así, en el de Cnosos
se figuran escenas de toros y jóvenes que saltan sobre ellos (fig.
205),
y una procesión de jóvenes de blanco cutis y varones de piel morena
portadores de ofrendas. Escenas de culto religioso de mayor desarrollo,
con sacerdotisas ante la columna, el hacha doble y la paloma, decoran el
sarcófago del Museo de Creta. En todas estas pinturas la figura humana
continúa apareciendo de perfil, y los colores son planos.
(fig. 205)
Pintura mural, jóvenes saltando sobre toros

El arte en el que el pueblo prehelénico produce obras de gran belleza, haciendo
gala de su novedad frente a las escuelas orientales, es la cerámica.
Crea primero un tipo muy decorativo, de líneas ondulantes, de origen
vegetal, que es el de Camarés, así llamado por el lugar de su
hallazgo; pero el más representativo de la nueva vida que inspira su
arte es el que cubre el vaso de animales marinos, en particular pulpos,
cuyos múltiples tentáculos se extienden sinuosos por la curva
superficie, caracoles, algas y flores de largos tallos (fig.
206).
(fig.
206)
Cerámica de Camarés representando un
pulpo

ARQUITECTURA GRIEGA.
EL ORDEN DÓRICO
.—El arte griego, aunque hereda del prehelénico algunas
formas especiales, no puede considerarse consecuencia o producto de la
evolución de aquél. La invasión de eolios, jonios y dorios a fines del
segundo milenio, pone fin al arte prehelénico, y sólo después de cuatro
siglos de ensayos y esfuerzos crea su nuevo estilo, en el que suelen
distinguirse tres grandes períodos: el arcaico, o anterior al siglo V;
el de apogeo, que comprende esa centuria y la siguiente, y el
helenístico, que dura hasta los días del Imperio romano.
Mientras que los arquitectos de Egipto y Mesopotamia gustan de construir
edificios de proporciones colosales, donde la masa lo domina todo,
produciendo ese efecto anonadante que la sugestión de lo eterno lleva
consigo, los griegos prefieren crear conjuntos proporcionados, y
deleitarnos con el equilibrio de sus proporciones. Para el artista
griego, la belleza es, ante todo y sobre todo, proporción y medida, e
inspirado por ese sentido, es como logra fijar en los elementos
constructivos y en las formas decorativas esos rasgos esenciales con que
todavía los empleamos.
La arquitectura griega es de sillería perfectamente uniforme, del tipo
llamado isódomo y su material característico, del período de apogeo, el
mármol blanco. Aunque conoce el arco, renuncia a él, y, como la egipcia,
es adintelada.
Donde se manifiesta de forma más bella y completa la estructura de
sus edificios es en la fachada del templo, el monumento capital de la
arquitectura griega, y es en ella donde se crean los llamados órdenes
clásicos. El orden es, pues, la sucesión de las diversas partes del
soporte y de la techumbre adintelada, según tres modos o estilos
diferentes, que, por considerarse inventados por los griegos dorios,
jonios y corintios, se denominan dórico, jónico y corintio. (fig.
207-208-209).
(fig. 207)
Estilo Dórico

(fig. 208)
Estilo Jónico

(fig. 209)
Estilo Corintio

El origen de estas formas arquitectónicas es lignario, a juzgar por sus
características, y por constarnos que fueron de madera los primitivos
templos dóricos.
Pausanias, en el s. II d. de J. C, nos habla de la primitiva columna de
madera que aún se conservaba en el templo de Hera en Olimpia, y al
excavarse modernamente este monumento ha podido verse cómo se fueron
reemplazando las viejas columnas de madera, a medida que se consumían,
por otras de mármol. La restauración del templo dórico arcaico de Termo,
todo él construido de madera y cerámica, puede dar idea de estas
primitivas edificaciones.
Según los griegos mismos, los dorios son el pueblo fuerte del Norte, que
al expulsar a los jonios a la Grecia Asiática, se establece
principalmente en el Peloponeso. La proverbial sobriedad de los
habitantes de Esparta son vivo reflejo de las virtudes de los
dorios.
Los jonios, en cambio, gustan más del lujo y de la molicie oriental y
conservan en la Grecia europea la península del Ática, en la que Atenas
representa, dentro del pueblo helénico, la antítesis de Esparta. Con
esta contraposición de caracteres de uno y otro pueblo se ha querido
explicar las diferencias entre los dos órdenes principales: el dórico y
el jónico. Sea ello cierto o no, la realidad es que en la costa del Asia
Menor se emplea preferentemente el orden jónico.
El orden dórico es, en efecto, el más sobrio de formas de
los tres. De proporciones más robustas, emplea los elementos
constructivos indispensables, y su decoración de la máxima austeridad,
es, en buena parte, reflejo de sus formas constructivas, ver (fig.
207).
Amigo siempre el pueblo griego de expresarse en el lenguaje de la
fábula, nos dice que es Doros, hijo de Hellen y de la ninfa Óptica,
quien al construir el templo de Hera en Argos, fija los cánones del
orden dórico.
El orden dórico descansa sobre unas gradas que lo elevan
sobre el terreno circundante. El fuste de la columna, que arranca
directamente de las gradas, se encuentra recorrido longitudinalmente por
unas veinte estrías unidas a arista viva, y horizontalmente, en la parte
superior, por tres líneas rehundidas, que constituyen el astrágalo. Para
subrayar su efecto de solidez y fortaleza, tiene un ligero
ensanchamiento o éntasis en su parte central. Monolítica en los tiempos
arcaicos, en el siglo v es ya de varios tambores, más numerosos cuanto
más moderna. El capitel dórico consta del equino o especie de
almohadilla de sección parabólica, tanto más acusada cuanto más antiguo
es el momento, hasta el punto de que en el siglo v esa curva llega a ser
casi rectilínea, y del abaco o paralelepípedo de base cuadra, de planos
rectos y bruscos contrastes de luz. El tránsito entre la parte superior
del fuste de la columna y la inferior del capitel se establece por medio
de una moldura cóncava llamada collarino. A medida que avanza el tiempo
la columna dórica se hace más esbelta, variando su altura entre cuatro y
seis diámetros inferiores.
La techumbre, al manifestarse al exterior en la fachada, constituye el
entablamento, y consta de tres cuerpos: arquitrabe, friso y cornisa.
El arquitrabe, que descansa directamente sobre los abacos, es liso, pero
entre él y el friso avanza un estrecho filete o tenia, para algunos
recuerdo del tablero que unía en su parte superior los dos maderos que
constituían el arquitrabe. El friso, reflejo del cuerpo de las vigas
longitudinales de la cubierta, consta de tríglifos y metopas. Tienen su
origen aquéllos en las cabezas de las vigas, y deben su nombre a las dos
estrías o glifos verticales que tienen en su parte central, y las dos
medias estrías de sus extremos; en total, los tres glifos o tríglifos.
Aunque los tríglifos deben coincidir con los ejes de las columnas y los
centros de los intercolumnios, como es antiestético el terminar el friso
en dos medias metopas, los últimos tríglifos son desplazados hasta los
extremos. Ahora bien, para que las dos últimas metopas no resulten más
anchas que sus compañeras, después de la época arcaica, se estrecha
ligeramente el último o los dos últimos intercolumnios.
En la parte correspondiente a los tríglifos, y bajo el filete, existe un
segundo filete, del que penden seis gotas, cuyo origen remoto se ha
querido ver en los clavos que lo fijaban a aquéllos. El espacio
comprendido entre los tríglifos, que, naturalmente, es un vano, pero que
se cierra con tableros, por lo general con historias de relieve, es la
metopa.
La cornisa que carga en saledizo sobre el friso consta de un primer
cuerpo liso o geison y de una estrecha moldura curva aún más saliente o
sima. En la cara inferior de ese primer cuerpo, y correspondiendo tanto
a los tríglifos como a las metopas, aparecen otros filetes con seis
gotas pendientes. El templo tiene cubierta inclinada a dos aguas, que en
las fachadas más estrechas se acusa sobre la cornisa, formando un plano
triangular o frontón, cuyo fondo se denomina tímpano. Las figuras
animadas o vegetales que coronan el frontón son las acróteras.
ÓRDENES JÓNICO Y CORINTIO.
DECORACIÓN
.—Frente a la sobriedad de formas y a la corpulencia del
orden dórico, se distingue el jónico, ver (fig. 208) por la esbeltez de sus
proporciones y la mayor riqueza de su decoración. Preferido por los
griegos jonios del Asia, a la virilidad de aquél opone lo femenino de su
inspiración. El tratadista Vitrubio, que al definir los órdenes debe de
expresar el sentir de la tradición griega, nos dice no sólo que el orden
jónico se inventa en el templo de Artemis de Efeso, en el Asia Menor,
sino que a su columna se quiere dar la delicadeza del cuerpo femenino, y
que en sus volutas, su elemento más característico, se trata de imitar
los rizos que encuadran el rostro de la mujer. Puro comentario poético
esta tradición recogida por Vitrubio, refleja, sin embargo, el sentir
del mundo clásico, al menos en época romana, ante la mayor delicadeza y
riqueza decorativa del orden jónico.
La columna descansa sobre una basa moldurada, cuya simple existencia
delata ese deseo de mayor riqueza propio del jónico. Se compone esta basa
de una losa cuadrada o plinto y tres cuerpos circulares: el superior,
consistente en un toro con estrías horizontales, y los dos inferiores,
separados por escocias y formados por parejas de baquetones.
En Atenas se crea la basa ática, en la que esas molduras se reducen a
dos toros separados por una escocia. Es decir, que mientras
el arquitecto dorio sólo emplea una moldura curva en el capitel, el
jónico traza en la basa no menos de tres.
De proporciones más finas y espigadas que la dórica, el fuste de la
columna jónica carece de éntasis y está recorrido por veinticuatro
estrías verticales no unidas en arista viva, sino dejando entre sí
estrechísima faja de la superficie primitiva, y terminadas en sus
extremos en redondo. En lugar del rehundimiento de la dórica, la columna
jónica se enriquece en su parte superior con un hilo de perlas o
contario.
El capitel consta de una especie de equino no liso, sino decorado con
temas aovados y apuntados —ovas y flechas— que recibe el nombre de
cimacio. Sobre éste descansa una almohadilla terminada en las volutas,
el elemento más típico del orden jónico. Como en dos de sus frentes las
volutas quedan ocultas y sólo presentan una superficie cilíndrica, en
las columnas de ángulo esta superficie cilíndrica es reemplazada por un
tercer frente de volutas. En este caso, a veces se alabean ligeramente
hacia fuera. El arquitrabe consta de tres fajas en avance progresivo,
coronada la última por estrecha decoración de ovas y perlas.
El friso es liso o recibe decoración animada; y la cornisa está formada
por un cuerpo de dentellones o tacos rectangulares, un segundo cuerpo
liso más prominente y la cima o goterón de sección curva, decorado con
temas diversos. Como el dórico, el jónico tiene frontón con acróteras y
antefijas.
El origen del arte jónico es hitita. En los hilanis o pabellones
hititas aparecen ya, en efecto, las columnas con basa, capitel de
volutas y friso seguido. Empleado, como hemos visto, el capitel de
volutas por los fenicios, se conserva ejemplares como los de Neandria,
del Museo de Estambul, intermedios entre los modelos orientales y los
propiamente griegos.
El corintio, más que un orden, es simplemente un capitel, ver (fig.
209), pues, salvo en éste, el edificio que lo utiliza sigue las normas del
jónico.
Por otra parte, es creación tardía, sólo empleada en los últimos tiempos
del arte griego. Quienes lo usan normalmente son los romanos.
La invención del capitel corintio ha llegado a nosotros expresada en el
fino lenguaje poético de la fábula antigua. Refiere la leyenda que al
morir cierta doncella de Corinto, sus familiares depositan sobre su
sepulcro el cesto de sus labores, cubriéndolo con una losa de mármol, y
que la madre Tierra, deseosa de recoger en su seno esos recuerdos de la
desgraciada joven, hace brotar en su torno una doble fila de hojas de
acanto o cardo que crece hasta la mitad de su altura, salvo unas cuantas
que se elevan más. Cuatro parejas de tallos, al tocar con los ángulos de
la losa, se enrollan sobre sí mismos, mientras otras cuatro parejas
hacen lo mismo antes de llegar a la altura de aquélla. Entre éstos
asciende un tallo que termina en una rosa o palmeta. Entusiasmado el
platero Calimaco al contemplar tan bello conjunto, no puede resistir el
deseo de copiarlo, y, al hacerlo, nos deja creado el capitel corintio.
El cesto se convierte en el cuerpo troncocónico del capitel, la primera
fila de hojas, en las hojas de agua; los tallos de los ángulos, en los
caulículos, y los centrales, en las rosas.
La bella leyenda, que localiza el nacimiento de este capitel en la
ciudad de Corinto, descubre además, al decirnos la profesión de
Calímaco, su origen metálico, carácter que conserva a través de su
factura de mármol. Calimaco consta que es realmente un escultor
discípulo de Fidias, conocido en su tiempo por su técnica minuciosa y su
deseo de terminar con exceso sus obras, que, por desgracia, no han
podido hasta ahora ser identificadas.
La obra importante más antigua fechada en que aparece el capitel
corintio al exterior es el monumento de Lisícrates (fig.
210)
(334 a. de J. C).
(Fig.. 210)
Monumento de Lisícrates

Un siglo antes, el año 430 a. de J. C, se emplea ya en
el interior del templo de Apolo en Bassai. (fig.
211).
(fig. 211)
Templo de Apolo en Bassai

Además de estos tres tipos de soporte, aunque excepcionalmente, también
emplea la arquitectura griega otros en los que el fuste de la columna se
ve reemplazado por una figura humana. Si ésta es femenina son las
llamadas cariátides, por suponer la fábula que representan las
prisioneras de Caria en el Asia Menor, condenadas a realizar tan ardua
función (fig. 212).
(fig. 212)
Caritidades

Si representan varones, reciben el nombre de atlantes o telamones.(fig.
213).
(fig. 213)
Atlante

La decoración griega, además de los temas ya citados, emplea
con particular insistencia el meandro o línea quebrada que vuelve sobre
sí misma formando recodos entrantes y salientes, las cintas entrelazadas
y la onda. Entre los temas vegetales figuran, sobre todo, la palmeta y
el loto; pero su gran aportación es la hoja de acanto o de cardo, en
particular la del cáliz de su flor. Como hemos visto, donde el acanto
desempeña papel más importante es en el capitel corintio. (fig.
214)
(fig. 214)
Hojas de acanto y capitel corintio

EL TEMPLO
.—Aunque la religión no concentra la vida del griego en el grado que en
Egipto, y sean varios los tipos de construcción de carácter civil por él
creados, continúa siendo el templo el monumento capital de su
arquitectura y donde, como hemos visto, se definen sus elementos
constructivos.
El templo griego no tiene las inmensas proporciones del egipcio ni las
que tendrá el templo cristiano, construido no sólo para casa de la
divinidad, sino para albergar a la totalidad de los fieles durante el
culto. Labrado para custodiar la imagen divina, es, por lo general, de
proporciones medianas. El altar se encuentra en el exterior.
Nacido como evolución del mégaron prehelénico, el
templo es casi siempre de planta rectangular, unas veces tan simple, que
se reduce a la capilla, y otras hasta de tres naves, separadas por columnas incluso dispuestas en dos pisos. En su
interior suele tener varias subdivisiones: el nao o celia,
es decir, la capilla misma del dios; el pronao o vestíbulo
abierto flanqueado por la prolongación de los muros laterales terminados
en pilastras —antae— y, por lo general, con dos columnas entre
ellas, y el opistodomo u organización análoga en el lado opuesto.
(fig. 215).
(fig. 215)
Templo griego con antas

Pero el pueblo griego no se contenta con el tipo de templo llamado en
antas —in antis—, sino que total o parcialmente
antepone otra fila de columnas.
El pórtico de columnas, con su
equilibrado juego de masa y vano, es para el griego lo que las
gigantescas moles del pilono para el egipcio, las hinchadas y reiteradas
cubiertas para el indio y las flotantes armaduras del pabellón para el
chino. Al número y disposición de esas columnas de los pórticos deben
los templos sus diversos nombres.
El tipo más sencillo es el ya citado templo en Antas.
Pero los más corrientes son los próstilos, antipróstilos o
perípteros, así llamados según tengan columnas ante una
sola de sus fachadas menores, ante las dos, o, formando un peristilo, lo
rodeen totalmente.
(fig. 216)
(fig. 216)
Templo griego con piristilo de columnas

El templo períptero de doble fila de columnas se denomina díptero.
Otras denominaciones frecuentes de los templos griegos se deben al
número de columnas de su fachada principal, que siempre se encuentra en
uno de sus frentes menores, y así se llaman hexástilos los de seis
columnas, que son los más corrientes; octástilos, como el Partenón, de
tipo poco frecuente, etc.
Además del templo corriente de planta rectangular existe después del
siglo V el de planta circular. Si está rodeado de columnas, se llama
tolo (fig. 217).
(fig. 217)
Tholo de Delfos

Pese al aparente rigor geométrico de la fachada del templo griego, el
arquitecto se permite no pocas libertades para corregir los errores
ópticos. Así, la columna tiene un ligero ensanchamiento en su parte
central, llamado éntasis; ante el mal efecto de terminar el extremo del
friso dórico en una media metopa, caso de colocar los últimos tríglifos
laterales sobre los ejes de las columnas correspondientes, los desplazan
hasta el borde mismo del friso; se estrechan los intercolumnios
extremos, etc.
Contra lo que ha sido creencia general durante mucho tiempo, hoy sabemos
que el templo griego no es monocromo. Incluso cuando, después del siglo
V, se generaliza el empleo del mármol, no es raro revestirlo con fina
capa de estuco, que en su origen había servido para ocultar las
imperfecciones de los materiales pobres. En la policromía, naturalmente,
de colores planos, se llega a un cierto convencionalismo que obliga a
emplear determinados colores en ciertas partes del templo, con los que,
naturalmente, se trata de hacerlas resaltar. Así, los tríglifos se
pintan de azul, las estrías negras y el tímpano rojo o negro para que
destaque mejor su decoración escultórica.
Entre los templos de orden dórico arcaico, ya quedan citadas las ruinas
del de madera y cerámica de Termo, que era de dos naves, y en cuanto a
los de piedra, debe recordarse el de Corinto, de la primera mitad del
siglo VI antes de C, y los de Pesto (fig. 218), en el sur de Italia, que
son los mejor conservados.
(fig. 218)
Templo de Pesto

De la mayor importancia por su gran
antigüedad son las ruinas del de Hera, en Olimpia, del siglo VII a. de C.
(fig. 219).
(fig. 219)
Ruinas templo de Hera en Olimpia

Obra maestra de la arquitectura griega es el Partenón (447-438) (fig.
220), el templo construido por orden de Pericles por los
arquitectos Ictinos y Calícrates para la Palas Atenea Pártenos, es
decir, la Virgen, la famosa escultura de Fidias. Es de orden dórico,
octástilo, y de diecisiete columnas en sus fachadas laterales, o, lo que
es lo mismo, aproximadamente de doble largo que ancho.
(fig. 220)
Templo el Paternón

Las columnas
miden de altura algo menos de cinco diámetros y medio, y las metopas
disminuyen gradualmente desde el centro del friso hasta los extremos,
por lo que los tríglifos no coinciden con los ejes de las columnas. El
templo se levanta sobre tres gradas y mide poco menos de setenta metros.
Precedido en sus frentes menores por un segundo pórtico de seis
columnas, consta, en primer lugar, del pronao. El nao o
celia es de tres naves, formadas por dos filas de columnas, que,
para alcanzar la altura necesaria guardando las proporciones, se
superponen en dos cuerpos. Al fondo se levanta la estatua de Palas. En
el lado opuesto se encuentra el opistodomo, destinado al tesoro
de la diosa, y donde también se guarda el tesoro público, mucho más
pequeño que la celia, de proporciones casi cuadradas, pero
igualmente de tres naves.
El Partenón es de mármol blanco del Pentélico, y se cubre con tejas de
mármol de Paros. Se supone que las estrías de las columnas estuvieron
pintadas de rojo; los abacos, de azul; el plinto, de ocre; los
tríglifos, de azul y amarillo, y los fondos de los frontones y de las
metopas, de rojo. Para contrarrestar los efectos deformadores de la
visión se han incurvado líneas que a la vista resultan rectilíneas, se
han inclinado las columnas para que las veamos verticales, son más
voluminosas las columnas de los extremos, etc. (fig.
221). De su decoración
escultórica se tratará en el capítulo siguiente.
(fig. 221)
Figuración del templo el Partenón

El Partenón de Pericles es el tercer templo dedicado a la diosa en la
Acrópolis. El primero es el quemado por los persas en 480 a. de C. que constaba de una gran celia de tres naves
dedicada a Palas, y en el lado opuesto, de otras dos más pequeñas con
vestíbulo común, consagradas a Cecrops y Erecteo. Transformado el
Partenón, primero en templo cristiano y después en mezquita, su ruina
data de 1687, cuando, convertido en polvorín por los turcos, al ser
alcanzado por una bomba veneciana, se destruye toda su parte central. En
el siglo XVIII, los turcos emplean sus mármoles en otras construcciones,
y a principios del siguiente, Lord Elgin se lleva a Inglaterra la mayor
parte de sus esculturas, hoy en el Museo Británico.
Obra de Ictinos es también el templo de Apolo en Figalia, en el
Peloponeso (fig. 222). En estado aún más ruinoso que el Partenón,
es también dórico en su exterior; pero en el interior, empotradas en el
muro, se emplean columnas jónicas, y hasta se afirma que en la celia,
sobre una columna más delgada, existió un capitel corintio, de tipo
algo diferente del modelo después generalizado, y en este caso sería el
más antiguo empleado en monumento de fecha conocida.
(fig. 222)
Templo de Apolo en Figalia

El templo jónico, salvo en lo ya consignado al tratar de los órdenes,
apenas se diferencia del dórico. Probablemente lo que más le distingue
es la mayor profundidad del pronao jónico, con la consiguiente
disminución del santuario mismo, y el que éste, con frecuencia, según
costumbre oriental, se convierta en patio.
Uno de los templos jónicos más antiguos es el dedicado a guardar el
tesoro de Sifnos en Delfos (fig. 223), que
se considera del siglo VI.
(fig. 223)
Figuración templo jónico del tesoro de los
Sifnos en Delfos
(fig. 223)

Pequeño y en antas, tiene friso corrido cubierto por decoración
escultórica, lo mismo que el frontón. Este alarde de riqueza escultórica
lleva al arquitecto a reemplazar las columnas jónicas por cariátides. De
esa misma época, pero de proporciones mucho mayores, y más típicamente
jónico, es el primitivo de la Artemis de Efeso (fig.
224), del que se
conservan restos en el Museo Británico de Londres.
(fig. 224)
Figuración templo jónico de
Artemis de Efeso

Su pronao,
según costumbre en los templos jónicos, bastante profunda, comprende
varias filas de columnas, que son, naturalmente, de ese orden, y se
enriquecen con relieves en su parte inferior.
Pero el templo más bello
de orden jónico es el Erecteon, de Atenas (fig.
225), que,
comenzada poco después del Partenón, no se termina hasta fines de siglo.
Su planta es única. De forma rectangular, tiene un pórtico exástilo, al
que abre la celia de la Atenea Polias. En el lado opuesto se
encuentra la celia de Erecteo, a la que, a su vez, se ingresa por
un vestíbulo, especie de pronao cerrado por un muro, con medias
columnas adosadas en el exterior, y comunicado por uno de los frentes
estrechos al pórtico de la entrada, y por el otro a la tan conocida
tribuna, donde las columnas jónicas son reemplazadas por cariátides.
(Fig. 225)
Templo jónico el Erecteon, de Atenas

El Erecteon se construye para dar culto a las imágenes que, al ser
reemplazado el viejo Hecatómpedo por el Partenón, quedaron
sin santuario.
Otra obra maestra de orden jónico es el pequeño templo de la Victoria
Áptera (fig. 226), en realidad de Atenea Nike, trazado por Calierates y
construido (427 a. C), como el anterior, por orden de Pericles, a la
entrada de la Acrópolis, inmediatamente después de los propíleos o
puertas. Es anfipróstilo y su interior se reduce a una minúscula
celta.
Las cuatro columnas de sus pórticos, probablemente, para producir efecto
de mayor monumentalidad, dado su pequeño tamaño, son proporcionalmente
más gruesas que las del Erecteon. En su friso se representan las luchas
con los persas, completándose la decoración escultórica del templo con
los relieves de Victorias del parapeto inmediato.
(fig. 226)
Templo jónico de la Victoria Áptera

Recuérdese, por último, el gran templo jónico de Apolo en Dídima, cerca
de Mileto, comenzado a fines del siglo IV. Templo decástilo y díptero,
es, además, uno de los escasos ejemplos seguros de tipo hipetro, pues
tiene celia en forma de patio abierto con pequeño templete para
el dios en el testero (fig. 227).
(fig. 227)
Templo jónico de Apolo en Dídima

En cuanto a los edificios de orden corintio, el más grandioso es el de
Zeus, en Atenas, mandado construir por Antíoco Epifanes (fig.
228), obra
del arquitecto romano Cossutius, pero que no llega a terminarse, a pesar
de los deseos de Adriano.
(fig. 228)
Templo corintio de Zeus mostrando las columnas
supervivientes

Entre los monumentos de planta circular o tolos, es uno de los más
bellos el de Asclepios, en Epidauro, del que sólo se conservan trozos,
de belleza y perfección de factura admirables. Como los de Olimpia y
Delfos, es del siglo IV.
La gran creación del período helenístico es el templo abierto al aire
libre, cuyo ejemplar más representativo es el de Zeus, en Pérgamo
(de Zeus, en Pérgamo
), hoy en el museo de Berlín. Consta de amplia y elevada gradería, que
desemboca en un pórtico jónico, continuado en los cuerpos laterales que
encuadran aquélla, y cuyo basamento decoran altísimos relieves de la
Gigantomaquia, como veremos, obra capital de la escultura helenística.(fig.
229).
(fig. 229)
Escalinata templo
de Zeus, en Pérgamo (Berlín)

A este mismo deseo helenístico de convertir el
templo en una amplia edificación abierta, rica en efectos de
perspectiva, con grandes plazas y pórticos, responde el Santuario de
Asclepios, en la isla de Cos (fig. 230).
(fig. 230)
Figuración y lugar del emplazamiento del
Santuario de Asclepios

CASAS Y SEPULCROS.
EDIFICIOS PÚBLICOS
.—El pueblo helénico, además de esa obra maestra de la arquitectura que
es su templo, crea otros prototipos no menos influyentes en épocas
posteriores.
Pueblo democrático, no pone su empeño en el palacio del monarca, como
asirios y persas. Le interesa más la casa de los ciudadanos, cuya parte
de mayor importancia arquitectónica es el patio, con frecuencia con
pórticos de columnas o peristilo. Al fondo del patio se encuentra la
sala principal o androceo, y en lugar menos accesible al público, el
gineceo con el tálamo conyugal.
El sepulcro, hasta los tiempos helenísticos, es de escasa
monumentalidad, y su parte más bella son las estelas con relieves, de
que se tratará más adelante, como obra escultórica. Pero no falta algún
ejemplo de fines del siglo V, tan importante como el llamado de las
Nereidas (fig. 231), del Museo Británico,
procedente de Asia Menor. Concebido como templo períptero jónico sobre
elevado basamento, tiene dos frisos con luchas de griegos y bárbaros,
empresas militares probablemente realizadas por el difunto; y en los
intercolumnios, aunque muy deterioradas, estatuas de Nereidas, las
diosas acuáticas que dan vida a las almas de los difuntos.
(fig. 231)
Sepulcro de las Nereidas (Londres)

Pero el más monumental y representativo, hasta el punto de
haberse convertido su nombre en genérico de enterramiento lujoso, es el
Mausoleo de Halicarnaso, también en el Asia Menor, y hoy en su mayor
parte en el Museo Británico (fig. 232). Consta que lo hace construir
para el sátrapa persa Mausolo su viuda, Artemisa, el año 353 antes de C.
Hasta donde podemos conocerla, su composición primitiva consta, como el
de las Nereidas, de un basamento proporcionalmente más bajo, cuerpo
principal porticado de orden jónico y de menor altura, y elevadísimo
remate piramidal de gradas, al que corona la cuadriga guiada por
Mausolo. El monumento mide unos veinticinco metros de alto, y las
esculturas de cada uno de sus frentes se encargan a escultores famosos,
entre ellos, a Scopas.
(fig. 232)
Figuración y lugar del emplazamiento del Mausoleo
de Halicarnaso

El teatro, como género literario, es creación griega, y creación griega
es también el edificio destinado a su representación. Sobre su
trascendencia para el futuro sólo precisa recordar que los nuestros
continúan ajustándose a las normas entonces establecidas. Consta el
teatro griego de tres partes esenciales: la escena, la
orquesta y la gradería para el público. La escena no tiene aún la
importancia que adquiere en su versión romana, se encuentra a nivel de
tierra, y en ella se emplean decoraciones giratorias en forma de prismas
triangulares.
La orquesta, de planta circular, es la parte dedicada al coro, y tiene
en su centro el altar de Dionisos, en cuyo honor se celebra la fiesta.
Destinada al público, la gradería es la planta ultra semicircular, y
rodea en gran parte a la orquesta. Uno de los teatros más importantes es
el de Epidauro, obra de Policleto el Joven.
De forma análoga al teatro es el odeón, o edificio consagrado
exclusivamente a las audiciones musicales. Sirva de ejemplo el de Atenas
(fig. 233).
(fig. 233)
Teatro de Atenas

El gusto del pueblo griego por los deportes da vida a otro tipo de
edificio dedicado a espectáculos públicos. El estadio, o pista para
contemplar las carreras de carros y ejercicios gimnásticos, recibe su
nombre de la medida de longitud de unos doscientos metros que suele
tener.
Son de forma rectangular muy alargada, con graderías en sus lados
mayores y un testero semicircular. El hipódromo, destinado a las
carreras de caballos y carros, aunque de proporciones mayores, presenta
análogas características. Complemento de estas dos clases de
construcciones son los gimnasios y palestras (fig.
234), en los que
los atletas se preparan para aquellos ejercicios. Contienen baños y
grandes pórticos.
(fig. 234)
Palestra griega

En las ciudades griegas tienen con frecuencia gran desarrollo, sobre
todo en los últimos tiempos, las estoas o largos pórticos,
incluso de dos naves, por lo general decorados con cuadros y cerrados en
un testero, y destinados al descanso y la conversación callejera. Sirva
de ejemplo el llamado Pórtico del Eco, de Olimpia (fig.
235), de
unos doscientos metros de longitud.
(fig. 235)
Pórtico del Eco, de Olimpia

Las puertas de las ciudades o propíleos se decoran también con pórticos.
Ya quedan citados en el período egeo los de Tirinto, pero los
más bellos y conocidos son los de la Acrópolis de Atenas (fig.
236),
que se describen más adelante. Ambos tienen pórticos exteriores e
interiores.
(fig. 236)
Acrópolis de Atenas

Los propíleos de Pérgamo, llamados el Pórtico de Eumenes
(fig. 237), de la primera mitad del siglo n a. de C, son de dos plantas,
empleando en cada una un orden diferente, como será normal después en la
arquitectura romana.
(fig. 237)
Propíleos de Pérgamo, llamados el Pórtico de Eumenes

El monumento conmemorativo no tiene en Grecia la monumentalidad que
adquirirá en Roma. El griego acude más a la estatua que a la
arquitectura para conservar la memoria de los hechos gloriosos de los
mortales —ya veremos las estatuas de los atletas—, pero no faltan
monumentos arquitectónicos de aquel género. Uno de ellos cuenta
precisamente entre las obras más bellas de la arquitectura griega. Es el
hecho construir por el poeta Lisícrates para exponer el trípode por él
ganado en un certamen teatral del 334 a. C. La llamada Linterna de
Lisícrates, ver (fig. 210).
Consta de un elevado pedestal, sobre el que
descansa el cuerpo principal, cilíndrico, igualmente macizo, pero
decorado por un entablamento y medias columnas. El remate sirve de base
para colocar el trípode. Como el monumento está dedicado a Dionisos, lo
ilustra la historia en relieve de los piratas convertidos en delfines
por el dios. De destino diferente, puede recordarse en este lugar la
Torre de los Vientos, de Atenas (fig. 238), ya de época helenística. De
planta octogonal, es, en realidad, un reloj de sol y de agua, con
relieves de los ocho vientos principales.
(fig. 238)
Torre de los Vientos, de Atenas

Aunque monumento de otra índole y sólo conocido por minuciosas
descripciones árabes, recuérdese, por último, el Faro de Alejandría,
obra helenística en que se adopta el tipo de torre de origen oriental,
que tanta importancia tendrá en la Edad Media. Fue considerado una de
las maravillas del mundo antiguo.(fig. 239).
(fig. 239)
Figuración Faro de Alejandría

ACRÓPOLIS Y SANTUARIOS
.—Los grupos de edificios monumentales más numerosos
construidos por el pueblo griego se encuentran en las alturas donde
estuvieron emplazadas sus primitivas ciudades, que al descender hacia el
llano quedan convertidas en la ciudad vieja o Acrópolis, y en los
grandes santuarios nacionales de Olimpia y Delfos.
De todas las acrópolis, ninguna tan justamente célebre como la de Atenas,
ver
(fig. 236). En aquel lugar, Palas Atenea mantiene por su posesión
la famosa disputa con Poseidón, en la que mientras éste, para mostrar su
poder, hace surgir una fuente, ella da vida a un hermoso olivo. La
escena tiene lugar ante Cecrops, el viejo poblador de la explanada,
medio hombre y medio dragón, y a las hijas de éste confía Palas el
cuidado del que pudo ser su hijo, pero que lo fue de Gea o la Tierra, al
caer sobre ésta el germen de Hefestos, por ella rechazado.
Como hijo de la Tierra, Erecteo tiene cuerpo de serpiente.
Destruidos los viejos templos de la Acrópolis por los persas durante las
guerras médicas, el pueblo griego acomete su reconstrucción con el mayor
entusiasmo, escribiendo así la página más brillante de la historia del
arte griego. El héroe de esta jornada gloriosa es Péneles, que tiene la
fortuna y el talento de poder elegir dos artistas de primer orden: el
arquitecto Ictinos y el gran escultor Fidias. Gracias a esta generación,
y a sus inmediatos sucesores, la Acrópolis de Atenas adquiere
relativamente en poco tiempo su aspecto monumental definitivo.
En el ingreso de su recinto amurallado construye el arquitecto
Menesicles, el año 437, una puerta monumental o propíleos (fig.
240).
(fig. 240)
Propíleos
Acrópolis de Atenas

Los de Tirinto de dos fachadas de orden dórico, una
hacia el exterior y otra hacia el interior. En el pasadizo se emplea el
orden jónico. Ya dentro de la Acrópolis, al frente, se levanta la
gigantesca estatua de bronce de Palas Atenea, obra de Fidias; a la
derecha, el templo de la Victoria, y más al fondo, ocupa la meseta el
Partenón,
ver (fig. 197).
A la izquierda, para dar culto a la vieja imagen de Palas sustituida por
la de Fidias, y a las de los antiguos señores de la Acrópolis, Erecteo y
Cecrops, antes veneradas en el viejo templo destruido por los
persas y reemplazado por el Partenón, se construye el Erecteon.
Si la Acrópolis es la ciudad sagrada de una población, los grandes
santuarios son las ciudades sagradas de todo el pueblo helénico, que
acude a ellos periódicamente para rendir culto al dios allí venerado, y
a celebrar con ese motivo grandes ejercicios gimnásticos,
representaciones teatrales, etc.
Junto al gran templo del dios titular del santuario, y bajo su
protección, cada uno de los pueblos construye uno pequeño para depositar
su tesoro, por lo general in antis, y a ellos se agregan los
edificios destinados a espectáculos y reuniones, y los monumentos conmemorativos. Todos ello queda comprendido dentro del períbolos o
recinto sagrado.
Los santuarios más importantes son los de Olimpia y Delfos. El de
Olimpia, ver (fig. 219), situado al pie de la montaña consagrada a Zeus, es,
aproximadamente, de proporciones cuadradas. El templo principal es el de
Zeus, ver (fig. 228), al que sigue en categoría el de Hera.
En fila, junto al templo
de Hera y en el camino del Estadio, se levantan los Tesoros. En el
santuario de Delfos la vía de acceso, que termina en el templo de Apolo,
forma un ángulo agudo; inmediatos a ella están los Tesoros. (fig.
241).
(fig. 241)
Santuario de Olimpia

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