HISTORIA DEL ARTE

CAPITULO VI

ESCULTURA, PINTURA Y CERÁMICA GRIEGAS

Apunte contexto histórico

ÍNDICE

1. ESCULTURA GRIEGA

2. FINES DEL ARCAÍSMO: FRONTONES DE EGINA Y OLIMPIA

3. MIRÓN Y POLICLETO

4. OBRAS FIDÍACAS ANÓNIMAS. ALCAMENES. PEONIOS. CEFISODOTO.

5. EL SIGLO IV: PRAXÍTELES

6. SCOPAS Y LISIPO

7. LEOCARES Y EUFRANOR

8. OBRAS ANÓNIMAS: VENUS, NIÓBIDES, ESTELAS Y SARCÓFAGOS.

9. EL RETRATO.

10. ESCULTURA HELENÍSTICA: NUEVOS TEMAS Y NOVEDADES ESTILÍSTICAS

11. LAS ESCUELAS HELENÍSTICAS. ATENAS. PÉRGAMO

12.R ODAS. OTRAS ESCUELAS. TANAGRAS

13. LA PINTURA

14. CERÁMICA


ESCULTURA GRIEGA

.—No deja de ser significativo del nuevo espíritu que anima a la escultura griega el que, cuando comienza a dar de una manera decidida sus primeros pasos, la encontremos entregada a la representación del joven vencedor en los juegos gimnásticos, o, lo que es lo mismo, a la representación del hombre en la plenitud de su perfección corporal, no del dios ni del faraón, hijo de dioses. Es decir, la escultura, bajo el cincel griego, se humaniza. Esas interpretaciones del cuerpo humano nacen rígidas, como las egipcias, y tardan siglos en adquirir la flexibilidad natural, pero en ellas se advierte desde el primer momento un sentido progresivo que las distingue de aquéllas.

El resorte de esa fuerza progresiva está en el interés naturalista, pero esa observación de la naturaleza no lleva al escultor griego, como el asirio, a representar músculos, tendones y venas. Su sentido naturalista se encuentra frenado por una dosis igual de idealismo que durante mucho tiempo le hará considerar indigno de su cincel cuanto se aparte de la perfección física. Y en este equilibrio maravilloso entre la sugestión de la naturaleza y el esfuerzo por la conquista de prototipos perfectos, reside el gran mérito de la escultura griega. Ya veremos, sin embargo, cómo el norte de sus afanes estéticos le llevará a buscar otras manifestaciones de la belleza, de carácter menos idealista y de rasgos físicos menos correctos.

El material preferido por el escultor griego es el mármol blanco, tan lejano del duro basalto y del granito egipcios como del blando barro y alabastro mesopotámicos. Sus canteras preferidas son las del Pentélico, en el Ática, y las de Paros. Juntamente con el mármol se emplean calizas amarillentas o grisáceas. Al mármol sigue en importancia el bronce, en cuya técnica alcanzan los fundidores griegos grado de perfección extraordinario, llegando a labrar estatuas de gran tamaño y complicadas actitudes.

Aunque la mayor parte de las esculturas clásicas se nos presentan hoy monocromas por la acción de la luz, contra lo que se supuso durante mucho tiempo, estuvieron policromadas, e incluso algunas conservan restos de su policromía, no sólo las estatuas arcaicas, sino los mismos mármoles del Partenón Cuando la escultura es de caliza gris o amarillenta se recubre con fina capa de estuco policromado. Esos colores se protegen con una cera llamada púnica, que, además, contribuye a su mayor brillantez. Como la policromía es necesario renovarla, existen artistas a ello dedicados que se llaman cosmetai. Es de tintas planas, y, por tanto, de carácter más decorativo que naturalista.

La evolución de la escultura griega, como la de sus restantes manifestaciones artísticas, ofrece tres períodos principales: el arcaico, o larga etapa de aprendizaje, durante la que el escultor lucha por la conquista del cuerpo humano y la expresión del rostro, y que dura desde el siglo VII hasta el año 480 a. de J. C, aproximadamente; el de plenitud, denominado por algunos clásico, que comprende los siglos V y IV, cuando, sin secretos técnicos que descubrir, crea tipos lo más perfectos posibles, e incluso los temas dramáticos los interpreta con la máxima serenidad; y el helenístico, posterior a la muerte de Alejandro (324 a. de J. C), y que perdurará bajo el Imperio romano. Perdido ya ese equilibrio, que llamamos clásico, en el periodo helenístico, se forma en el escultor una nueva sensibilidad, que se complace más en buscar el individuo que el prototipo de perfección física, y prefiere la expresión dramática a la serenidad espiritual, y las actitudes violentas a las reposadas.

Las manifestaciones escultóricas más antiguas posteriores a la invasión dórica son los xóana —singular xóanon—, estatuas en madera de los primitivos tiempos, que, rodeadas de la mayor veneración, reciben todavía culto en los primeros tiempos de la Era Cristiana. Son de maderas diversas —olivo, encina, ébano. (fig. 242).

(fig. 242)

Primeras estatuas en madera

Una de estas imágenes es la famosa Polias Atenea que se llevan los atenienses cuando abandonan la ciudad huyendo de los persas. La mayor parte de estas estatuas se atribuyen a Dédalo, el escultor probablemente legendario, prototipo del artista ingenioso, que, en su deseo de darles vida, les abre los ojos y hace que sus miembros aparezcan en movimiento.

Conocidas únicamente por testimonios literarios, sólo cabe hoy ver  su reflejo en las esculturas más antiguas labradas ya en piedra.

Donde mejor puede seguirse la etapa inicial del largo período de aprendizaje que es el arcaísmo, es en las estatuas de atletas, o kuroi —en singular kuros—, y en las de muchachas, o korai —en singular kore—. Los kuroi conservados y que durante bastante tiempo se consideraron Apolos, hasta el punto de que todavía se les conoce con ese nombre, deben su existencia a la costumbre griega de levantar estatuas en memoria de los atletas que vencen en los juegos. Estas estatuas, sin embargo, no pueden ser verdaderos retratos del atleta si no alcanza tres veces la victoria, en cuyo caso se llaman estatuas icónicas. Animadas por el favor divina, incluso protegen a sus conciudadanos y hasta se les hacen ofrendas.

Obedecen a la ley de la frontalidad, y como las esculturas egipcias que les sirven de modelo, conservan durante mucho tiempo los brazos extendidos, rígidos y unidos al cuerpo, y los hombros elevados y muy horizontales. Su actitud más corriente es la de marcha, avanzando la pierna izquierda.(fig. 243)

(fig. 243)

Kuroi

En su cuerpo, siempre desnudo, la anatomía es en un principio extraordinariamente sumaria y el modelado muy sobrio, siendo tal vez en estos dos aspectos, donde el progreso se advierte más pronto y de manera más sensible. En los más antiguos, el ángulo inguinal es exageradamente apuntado, al contrario de lo que sucede en la época clásica, en que se tiende hacia la horizontalidad.

Incapaz de dar la justa expresión al rostro, el escultor arquea los labios hacia arriba, dando lugar a la llamada sonrisa arcaica, tan típica de todo este período, y a que contribuyen también sus ojos, abultados y ligeramente convergentes hacia abajo. La cabellera, que es larga y cae sobre la espalda y hombros en rígidos zigzags, es parte esencial en la personalidad del kuros. Recuérdese cómo Aquiles lo que ofrenda al cuerpo de Patroclo, muerto en la batalla, para que se queme con él, es precisamente su rubia cabellera.

A veces el kuros aparece representado con un carnero o becerro sobre los hombros —moscóforo—, es decir, probablemente en el momento de acudir al sacrificio.

Dentro de ese cuadro general de características, la evolución de estas estatuas de kuroi durante los siglos VII y VI se manifiesta, naturalmente, en el conocimiento cada vez más perfecto de la anatomía, en el modelado cada vez más rico, en la expresión más natural del rostro y en la menor angulosidad en la interpretación del cabello. En cuanto a la forma de la cabellera, hasta mediados del siglo VI los rizos caen hacia adelante, encuadrando el rostro; después descienden sobre las espaldas, y terminan, por último, prendidos por una cinta en la nuca y formando trenzas que coronan el rostro.

Ejemplos típicos de los primeros tiempos son las estatuas de los hermanos Cleobis  y Biton (Apolo de Tenea), ver (fig. 243), de hacia el año 600, del Museo de Delfos, obra firmada de Polymedes de Argos. Tienen los brazos caídos y unidos al cuerpo. El (Apolo de Piombino), ver (fig. 243),  dobla ya sus brazos para entregar la ofrenda, si bien continúa apoyando ambos pies en tierra.

Desgraciadamente, aunque se conservan nombres de escultores de esta época, el único de obra conocida es el ya citado Polymedes de Argos, y todo lo que hasta ahora se ha podido hacer es agrupar estas estatuas de kuroi en diversas escuelas locales.

En las esculturas femeninas más antiguas, el cuerpo casi se reduce a un tablero de mármol, con un leve estrechamiento a la altura de las caderas y ligero abultamiento en la parte del pecho; rígidas guedejas forman su cabellera y un rehundimiento en la parte inferior nos deja ver sus pies. Tales son las características del exvoto de Nicandra, del Museo de Delfos, y la llamada Dama de Auxerre (fig. 244), en el del Louvre.

(fig. 244)

Dama de Auxerre

Otras veces no es el tablero de mármol, sino la forma cilíndrica del tronco del árbol en que se labraba el antiguo xóanon la forma en que se inscribe el cuerpo humano. El ejemplo más bello de este tipo, y que delata ya un sentido del cuerpo humano muy progresivo, es la Hera de Samos (fig. 245), del museo del Louvre, que viste chitón o túnica e himation o manto. Data de la primera mitad del siglo VI.

(fig. 245)

Hera de Samos

El progreso en la representación de la belleza femenina y en la interpretación de los ropajes, donde mejor puede seguirse es en las estatuas de las korai descubiertas en gran número en los niveles más bajos de la Acrópolis de Atenas. Por su parte, el cambio de la moda femenina de mediados del siglo VI en favor del chitón y del himation jónicos y en contra del peplo dórico obliga al escultor a interpretar el ropaje con mayor interés. Pese al convencionalismo de su sonrisa, de sus cabellos y de sus telas, los rostros de estas estatuas reflejan alegría, sus cuerpos se transparentan con vida y todo su conjunto transpira una gracia que pone ya de manifiesto lo que será el gran arte ático en su época de plenitud (fig. 246).

(fig. 246)

Korai femeninas de la Acrópolis de Atenas

Los maestros arcaicos griegos no se limitan a esculpir jóvenes atletas y doncellas al servicio del templo, sino que nos dejan también estatuas de los inmortales, algunas tan bellas como la diosa sentada del Museo de Berlín (fig. 247), que, no obstante lo convencional de su estilo arcaico, señala uno de los momentos culminantes del arte griego.

(fig. 247)

Diosa sentada del Museo de Berlín

Y dan un paso aún más importante para la interpretación del movimiento, al representar a la Nike —la Victoria— en actitud de vuelo. El primero que lo hace es Akermos, pudiéndonos formar una idea de lo que sería su obra con la Nike con alas del Museo de Atenas (fig. 248).

 (fig. 248)

Nike del Museo de Atenas

Entre las representaciones de seres imaginarios, merece recordarse la Esfinge (fig. 249)

(fig. 249)

Esfinge de Naxos

La mayor parte de los relieves de este período son estelas de guerreros — como la de Aristión, del Museo de Atenas (fig. 250).

(fig. 250)

Estela de Aristión

Otras se refieren a atletas como la del que se ciñe la corona, de muchachas, o de caballos (fig. 251).

(fig. 251)

Estelas arcaicas


FINES DEL ARCAÍSMO:

FRONTONES DE EGINA Y OLIMPIA

.—En los últimos momentos del arcaísmo, los escultores avanzan tanto en la presentación de la figura humana en movimiento que pueden intentar el complicado problema de componer grupos que decoren los frontones de los templos. La decoración de las amplias pero ingratas superficies triangulares de los tímpanos se confía primero a la pintura, pero es indudable que el fuerte claroscuro de la fachada, con sus gradas, sus intercolumnios y las molduras de su entablamento, pide un decorado de carácter escultórico. Ahora bien, la forma triangular del frontón con sus agudos extremos obliga al escultor a colocar las figuras en las más variadas actitudes para poder adaptarlas a la distinta altura del mismo en sus diversas partes.

La tradición atribuye la iniciativa a los corintios y aunque no poseemos ningún monumento de esta época en la ciudad del istmo, sí procede de tierra propiamente corintia, de Corfú, colonia suya, el frontón con esculturas más antiguo conocido. En él, para llenar los extremos, se acude al ingenuo recurso de emplear una escala más menuda que en el centro. La parte mejor conservada representa a la Gorgona Medusa.(fig. 252).

(fig. 252)

Frontón de Corfú. Gorgona Medusa en el centro

En la misma Atenas, a mediados del siglo VI, se decoran ya con esculturas los frontones del primer Hecatómpedo, el predecesor del Partenón. Se representan en ellos los triunfos de Hércules sobre la Hidra y sobre el monstruo Tifón (fig. 253), que con su cuerpo de serpiente se adapta muy bien al extremo del frontón, y que muestra aún buena parte de su policromía.

(fig. 253)

Frontón de Hecatómpedo

En el frontón del Tesoro de Sifnos, de fines del siglo VI, aunque se continúa empleando más de una escala, aparecen ya el tema del carro, y los del cochero y del espectador acurrucado o echado en tierra, que resuelven el problema del decrecimiento del frontón.(fig. 254).

(fig. 254).

Frontón del Tesoro de Sifnos

Pero los dos primeros grandes frontones con esculturas conservados son los de Egina y de Olimpia, que corresponden a los últimos momentos del arcaísmo, ya en la transición al período clásico.

Los frontones del templo de Egina (fig. 255 -256), de hacia el año 490, hoy en la Gliptoteca de Munich, representan, presididas por Palas, las luchas de los eginetas dirigidos por Telamón y Ayax contra los troyanos. En ellas se ha querido ver la conmemoración de la reciente victoria del pueblo griego sobre los persas, en la que tan activa parte toman los eginetas. Estas luchas guerreras dan lugar a una variada serie de actitudes que hubiera parecido imposible representar a los viejos maestros de los atletas y las korai. La de los frontones de Egina es, pues, una escultura esencialmente dinámica, en la que una de las principales preocupaciones es la interpretación de esas actitudes.

Así vemos al guerrero derribado en tierra que pugna por levantarse, visto tanto de frente como de espalda; al que de rodillas dispara su arco, o al que, mortalmente herido, siente escapársele la vida. Como este interés por el movimiento lleva consigo un intenso estudio de la musculatura, la estatuaria griega da en esta obra un paso gigantesco en el conocimiento de la anatomía. Es curioso, sin embargo, que el escultor de Egina avance, en cambio, muy poco en la expresión del rostro. Los guerreros de Egina, incluso el que, moribundo, se arranca la flecha del pecho, nos muestran la sonrisa estereotipada de los atletas arcaicos.

(fig. 255)

Figuración frontones de Egina

(fig. 256)

Frontón de Egina en la Gliptoteca de Munich

La composición de los frontones de Egina tiene por eje en su parte central a la diosa Palas, que se imagina invisible. En el occidental se distinguen claramente a los lados dos grupos, el de los dos que luchan sobre el herido, y que responde a la composición corriente de este tema, y el del que, arrodillado, hunde su lanza en el enemigo derribado. En realidad, no estamos seguros de la forma como estaban agrupadas primitivamente las esculturas de los frontones.

La decoración escultórica del templo de Olimpia, constituida por sus frontones y los relieves de las metopas, es ya de mediados de siglo (470-450). La rigidez arcaica, todavía tan patente en Egina, casi desaparece; las formas humanas son más blandas y flexibles, la anatomía es más justa, el arte de agrupar los personajes, más sabio, y, en suma, el estilo se muestra más avanzado. Ello no obstante, en aspectos secundarios, como el plegado de algunas telas y en la interpretación del cabello, aunque suavizadas, persisten las modas arcaicas.

En el frontón oriental (fig. 257), el artista ha imaginado en el centro e invisible a Zeus. A los lados se encuentran los contendientes dispuestos a emprender la carrera. A la derecha del dios, Enomao con su mujer, que ha prometido la mano de su hija Hipodamia, y con ella el señorío de Olimpia, a quien le venza en la carrera, y a la izquierda, el futuro triunfador, Pelops, con Hipodamia. Los carros y sus servidores llenan los extremos del frontón, según el ejemplo ya citado del Tesoro de Sifnos. En reposo los personajes, y aislados unos de otros, es un conjunto majestuoso y tranquilo.

(fig. 257)

Frontón oriental de Olimpia de Olimpia

 

La escena del frontón occidental (fig. 258) es, por el contrario, de lucha violenta, y los personajes se nos muestran en las más movidas y variadas actitudes, bellamente enlazados unos con otros y escalonándose para adaptarse a los agudos extremos del tímpano. El dios que preside es Apolo, y los contendientes, los lapitas y los centauros, que, invitados a las bodas de Piritoo y ebrios después del banquete, tratan de arrebatarles sus mujeres. En la lucha interviene también Teseo, rey de Atenas y amigo de Piritoo. Como instaurador de los famosos juegos, las metopas del templo están consagradas a Hércules.

(fig. 258)

Frontón occidental de Olimpia de Olimpia

 

Antes de abandonar el arcaísmo deben recordarse varias obras muy valiosas correspondientes todavía a este período. Figura en primer plano, por su belleza extraordinaria, el llamado Trono de Ludovisi (fig. 259), del Museo de las Termas, donde culmina ese fino sentido de la belleza y de la gracia femenina de los escultores de las korai arcaicas. Se figura en el frente principal a una diosa cubierta por finísima túnica que, asistida por dos jóvenes, surge de las aguas del mar, mientras en los frentes laterales otras dos jóvenes, desnuda una, toca la flauta, y vestida la otra, cuida una lámpara. Se supone que representa el Nacimiento de Afrodita, diosa del amor, tanto del de la cortesana como del de la esposa; para algunos, sin embargo, figura el baño gracias al cual Hera recobra anualmente su virginidad. Descubierto el trono en Roma, se considera producto de una escuela de Italia Meridional.

(fig. 259)

Trono de Ludovisi

Con este trono hace juego, hasta el punto de formar un conjunto cuyo destino se ignora, otro trono de idénticas medidas conservado en el Museo de Boston. Su relieve principal es la Contienda de Afrodita y Perséfone por el amor de Adonis. Se consideran ambos tronos de hacia los años 470-460.

Obra muy destacada de hacia el año 475 a. C. es el Auriga (fig. 260), del Museo de Delfos, en bronce, de simplicidad admirable, en el que la vestidura cae con elegancia de las estrías de una columna. Pudiera ser del escultor beocio Sotades de Tespie.

 (fig. 260)

El Auriga

Igualmente en bronce, y muy celebrado en la antigüedad por lo perfecto de su fundición, es el grupo de los Tiranicidas, del año 476 (fig. 261), obra del broncista Kritios y del fundidor Nesiotes, de que existe copia en mármol en el Museo de Nápoles. Es obra rebosante de fuerza y energía, y de una multiplicidad de puntos de vista hasta entonces desconocida.

(fig. 261)

Los Tiranicidas

De la cabeza de uno de los tiranicidas posee copia el Museo del Prado. A Kritios se atribuye una bella estatua de Efebo, de la Acrópolis de Atenas (fig. 262), que rompe ya con la frontalidad, dobla una de las piernas y gira lentamente la cabeza, como será norma en el futuro.

(fig. 262)

Estatua de Efebo atribuida a Kritios

El estilo de Kalamis, que trabaja en el segundo cuarto del siglo, se cree ver en la majestuosa Hestia Giustiniani (fig. 263).

(fig. 263)

Hestia Giustiniani


MIRÓN Y POLICLETO

.—Como en arquitectura, la edad de oro de la escultura griega corresponde a los días de Pericles. En pleno dominio ya de la técnica de su arte, los maestros griegos crean ahora los tipos que se consideran más representativos del ideal clásico. El intérprete más puro de ese ideal es, sin duda, Fidias, pero antes que él conviene referirse a sus dos contemporáneos Mirón y Policleto. A ellos se debe ese pleno dominio del cuerpo humano que distingue a la escuela griega del siglo V a.C.


MIRÓN

A Mirón le interesa, sobre todo, el cuerpo humano en movimiento, preocupación estética en él facilitada por el empleo del bronce, cuya técnica, al parecer, aprende con Ageladas, maestro insigne en el arte de fundir. Su obra más característica, y también la más lograda, es el Discóbolo (fig. 264), en el que nos presenta el cuerpo de un atleta en el momento mismo en que, inclinado violentamente hacia adelante, en "el límite del equilibrio, eleva el brazo derecho para lanzar el disco girando sobre su pierna derecha, apoyada con firmeza en tierra. Frente a las representaciones de atletas anteriores, esencialmente estáticas, ésta de Mirón, donde se elige en el desarrollo de un movimiento un instante fugaz, y precisamente el que precede al máximo esfuerzo, es de novedad extraordinaria. Se diría que ante la disputa de su tiempo, de lo uno y permanente de Parménides y lo vario y transitorio de Heráclito, se entrega con entusiasmo del lado de éste. El estudio de la anatomía es de sobriedad perfecta, pero su rostro tal vez resulta algo inexpresivo.

(fig. 264)

Discóbolo de Mirón

Ese mismo interés por el movimiento y por lo transitorio es el inspirador del grupo de Palas Atenea y Marsias (fig. 265), que hace para la Acrópolis de Atenas. La diosa ha inventado la flauta doble, pero, al ver cómo al tocarla se deforman sus mejillas, la arroja con violencia al suelo, mientras el sátiro que ha escuchado sus bellas notas contempla sorprendido aquellos tubos inertes. De nuevo es un fugacísimo momento en la violenta reacción semianimal del sátiro lo que con sensibilidad admirable ha elegido y representado Mirón. Como el del Discóbolo, el cuerpo en tensión de Marsias es de anatomía perfecta.

(fig. 265)

Palas-Atenea y Marsias

También para la Acrópolis de Atenas hace Mirón su famosa Vaca, tan celebrada en la antigüedad, pero que hasta ahora no ha sido identificada.

Es la estatua de bronce de una vaca, a la que, según unos, para tener vida verdadera sólo le falta mugir, y, según otros, parece que comienza a marchar. «Pastor, llévate lejos tu rebaño de toros. <Tengo miedo que al irte no se vaya con ellos / la vaca tan viva del escultor Mirón>, escribe, por su parte un poeta.

El eco del Herakles de Mirón se ha querido ver modernamente en varias copias, una de las cuales se conserva en el Museo Arqueológico de Madrid.

Con el estilo de Mirón se ha relacionado la hermosa cabeza de la Medusa Rondanini de la Gliptoteca de Munich, en la que la belleza y la maldad de la Gorgona se encuentran expresadas con equilibrio e intensidad sorprendentes.


POLICLETO

Policleto, es el gran escultor del Peloponeso contemporáneo de Fidias, y como hijo de Argos, prefiere trabajar en bronce. Ante todo, lo que le preocupa, son las proporciones del cuerpo humano y la ponderación de sus masas en las actitudes,

Obra suya, que refleja toda su personalidad, es el Doríforo (fig. 266) o joven lancero, en actitud de marcha. Bien ajeno a las violencias de Mirón, su movimiento es sosegado, tranquilo. Es un joven que avanza seguro de sí mismo por el camino de la vida. Apoyado en la pierna derecha, la izquierda doblada, y descargada para dar el paso, y la cabeza ligeramente vuelta; su cuerpo manifiesta todo ese interés por las proporciones entre sus diversas partes que hace escribir a su autor el «Canon», desgraciadamente perdido, de las que juzgaba más perfectas.

La base de este tratado es la «symmetria» o relación de las proporciones de unas partes del cuerpo con otras y con el conjunto de éste.

(fig. 266)

El  Doríforo de Policleto

El Doríforo, que se considera la encarnación más pura del canon de Policleto, es el prototipo del cuerpo varonil perfecto, de elegancia austera, sin afeminamiento, pero también sin formas hercúleas. A juzgar por él, la cabeza es la séptima parte del cuerpo, aunque según el canon conservado por el tratadista romano Vitrubio debiera ser la octava; el arco torácico y el pliegue inguinal son arcos de un mismo círculo, y el rostro está dividido en tres partes iguales que corresponden a la frente, a la nariz y a la distancia desde ésta al mentón.

El Diadúmeno (fig. 267), o atleta vencedor que se ciñe en la frente la venda del triunfo, es también obra indudable de Policleto. Algo más joven, de formas más blandas que el Doríforo, y en actitud algo más movida, responde en el fondo al mismo ideal de belleza. Una buena copia en mármol posee el Museo del Prado.

(fig. 267)

El Diadúmeno

Con la misma perfección que el cuerpo masculino en las dos estatuas anteriores, representa Policleto el femenino en la Amazona herida (fig. 268) en demanda de la protección de Artemis, que esculpe para el gran templo de Efeso en competencia con Fidias, Crésilas y Fradmon. Jueces del concurso sus propios autores, cada uno vota la suya en primer lugar, pero en el segundo todos eligen la de Policleto, dándole así la victoria.

 (fig. 268)

La Amazona herida de Policleto. Museo Capitolino, de Roma

Por desgracia, aunque se conservan varias Amazonas heridas, que probablemente se relacionan con las de aquellos artistas, no sabemos con seguridad a quién corresponda cada una de ellas. La que se considera más próxima a su estilo es la del Museo Capitolino, de Roma.

Obra anónima importante de esta época es el Frontón de las Nióbides de que formaron parte, entre otras esculturas, la hermosa Nióbide herida en la espalda, del Museo de las Termas (fig. 269).

(fig. 269)

Nióbide herida en la espalda, del Museo de las Termas


 

FIDIAS

.—El- artista en quien culminan los esfuerzos de la escultura griega por la conquista de la belleza ideal es Fidias. Nadie como él sabe crear un mundo de seres plásticamente más perfectos, ni de equilibrio expresivo más absoluto. Sus personajes son los verdaderos prototipos que sólo raras veces, y de manera imperfecta, se reflejan en los mortales.

Por eso su arte se ha comparado con frecuencia con el sistema de las ideas de Platón, medio siglo posterior, y por eso es el que de manera más pura encarna lo que llamamos el ideal de belleza clásico.

Frente a él, la escultura griega anterior tiene siempre algo de esfuerzo por esa perfección clásica; la posterior, con su interés por valores más transitorios, carecerá del equilibrio físico y espiritual del clasicismo fidiano, y no deja de ser significativo, y hasta cabría pensar que fatal, el que se confíe a él la escultura del Partenón, el monumento arquitectónico no sólo más importante que se levanta en el corazón mismo del centro espiritual del mundo helénico, sino también el más representativo de esos mismos ideales clásicos. Según los griegos mismos, Fidias en su Zeus «añadía algo a la religión tradicional».

De la vida personal de Fidias sabemos muy poco: que es ateniense y que es consejero artístico de Pericles. Según algún testimonio, muere en prisión por ciertas acusaciones relacionadas con su estatua de Palas Pártenos. Su obra consta de dos capítulos: el de su labor decorativa en el Partenón y el de sus estatuas independientes.

La decoración escultórica del famoso templo consta de tres series.

La ejecutada en mayor escala y de mayor importancia es la de los frontones, dedicada a la diosa Palas, patrona de la ciudad. Las metopas se encuentran consagradas a cuatro luchas mitológicas: la Centauromaquia (fig. 270), que es la parte mejor conservada; la Guerra de Troya (fig. 271), la Amazonomaquia (fig. 272) y la Gigantomaquia (sin imagen). En el largo friso de la galería, excepcional en un templo dórico, se representa la larga procesión de los atenienses para llevar a la diosa el peplo tejido por las doncellas.

(fig. 270)

Centauromaquia

(fig. 271)

Guerra de Troya

(fig. 272)

Amazonomaquia

Venida al mundo Palas en la colina que después será la Acrópolis, es natural que se conmemore tan fausto acontecimiento en uno de los frontones (fig. 273). Figúranse en los extremos a Helios y Selene con los caballos de sus carros, para decirnos que la escena tiene lugar al amanecer, al salir el Sol y ponerse la Luna. A la parte de la izquierda corresponde Dionisos tendido en tierra, Demeter y Coré sentadas y Hera de pie. En la del centro, se representa el Nacimiento de Palas y con Zeus de perfil en el centro, Hefestos con el hacha tras él, y delante Palas, coronada por la Victoria.

A la derecha asisten las llamadas Parcas —Cloto, Laquesis y Átropos—, el hermoso grupo que para algunos es el de las tres hijas de Cecrops, mientras otros consideran las dos últimas Artemis y Afrodita.

(fig. 273)

Reconstrucción frontón nacimiento de Palas

El otro frontón (fig. 274) está consagrado a la Contienda de Palas y Poseidón por la posesión de la colina en presencia de las familias de Cecrops y Erecteo. La figura varonil tendida en el extremo izquierdo, el grupo de Cecrops, el viejo habitante de la colina, y su hija Pandrosia, y los torsos de Palas y Poseidón de la parte central, son lo más importante conservado. Todas estas esculturas, salvo el grupo de Cecrops y Pandrosia, que permanece in situ, se encuentran hoy en el Museo Británico.

(fig. 274)

Reconstrucción frontón consagrado a la Contienda de Palas y Poseidón

Pese a su ruina, estos frontones, por el arte de su composición y por la belleza y grandiosidad de las actitudes, representan la meta más elevada de la evolución que se inicia en los frontones arcaicos.

De gran belleza es también el friso de la Procesión, en el que, por encontrarse en la parte alta de la galería exterior, al contrario de lo que sucede en los frontones, la iluminación es fundamentalmente baja. De un metro de altura, rodea por completo el templo.

La comitiva, que parte en dos direcciones de una de las esquinas del testero, confluye sobre la puerta, donde tiene lugar la ofrenda del peplo por las Ergastinai o doncellas ante los dioses, que, invisibles para los mortales, la contemplan distribuidos en dos grupos. Las otras doncellas que llevan lo necesario para el sacrificio; los jóvenes cabalgando en sus hermosos corceles; las reses que han de ser sacrificadas; los viejos, las gentes principales; en suma, las más variadas representaciones de la Atenas de su tiempo, completan el desfile. Unas dos terceras partes del friso se guardan en el Museo Británico (fig. 275-276).

(fig. 275)

Comitiva

(fig. 276)

Comitiva

Como es natural, en obra de la magnitud de los frontones, del friso, que mide unos doscientos metros, y de las noventa y dos metopas, Fidias ha contado con numerosos colaboradores. En las metopas se advierte, además de la presencia de discípulos, algunos de los cuales tal vez sean artistas famosos de la generación siguiente, la de maestros influidos por Kritios y Mirón, entre otros. La primera metopa hace pensar en el cincel del propio Fidias, quien tal vez se ha retratado en uno de sus personajes. En el friso, las partes donde los colaboradores interpretan más fielmente el estilo de Fidias son la septentrional y la oriental. La ejecución del friso occidental delata, en cambio, la presencia de un grupo de escultores dirigidos por un maestro no ático. La parte más desigual es la de mediodía, donde, al lado de relieves excelentes, aparecen otros de muy pobre calidad.

Fidias es también gran escultor de estatuas. Es, sobre todo, el escultor de Palas, la diosa ateniense. En su juventud, por encargo de los atenienses de la isla de Lemnos, hace para la Acrópolis de Atenas una de tamaño poco mayor del natural, de belleza extraordinaria, que algunos consideran su mejor interpretación de la diosa. Perdido el original de esta Atenea Lemnia, se ha creído ver una copia en la Atenea del Museo de Dresde (fig. 277), completada con una cabeza existente en el de Bolonia.

 (fig. 277)

Atenea del Museo de Dresde

Tampoco se conserva la que, de tamaño colosal —parece que tenía más de quince metros de altura—, labrada también para la Acrópolis.

La dorada punta de su lanza y la cresta de su yelmo es lo primero que los marineros ven al doblar el cabo Sunium. Es de bronce y costeada con el botín de Maratón; se la considera la defensora de la ciudad, la Promacos. Desgraciadamente, no poseemos ninguna copia que permita formar idea de esa belleza (fig. 278)

(fig. 278)

Figuración Atenea Promacos

La estatua de Atenea en que pone mayor empeño es, sin embargo, la Pártenos (fig. 279), la Virgen esculpida para el templo que por ella se llama el Partenón. Destinada a reemplazar la viejísima imagen de la Palas Polias, por exigencia del pueblo la hace crisoelefantina, es decir, en oro y marfil; sus ojos son de esmeralda. De gran tamaño —medía más de diez metros— y de tan ricos materiales, excusado es decir que no ha llegado hasta nosotros, si bien existen minuciosas descripciones literarias y no faltan copias que, por desgracia, no dan idea de la belleza del original. Los pliegues de su ropaje, labrado en oro, caen majestuosos con la más sobria elegancia, mientras en su derecha sostiene una Victoria y apoya su izquierda en el escudo.

(fig. 279)

Figuración Atenea Pártenos

Aparecen en el escudo éste de relieve, las luchas de los atenienses con las amazonas, (fig. 280) y, según Plutarco, el retrato del propio autor, irreverencia que, al decir del mismo escritor, es el verdadero motivo de que muera en prisión y no la sustracción de marfil y oro.

(fig. 280)

Escudo de Atenea Pártenos

De estos ricos materiales es igualmente el Zeus sentado que esculpe en los últimos años de su vida para el Santuario de Olimpia (fig. 281). Conocido también por descripciones literarias, monedas y por una copia del Museo de Lyón, es como la Pártenos, de grandiosa majestuosidad.

(fig. 281)

Réplica Zeus Sentado

Ya queda citada la Amazona esculpida en competencia con Policleto, y de la que se estima copia, la Amazona Mattei (fig. 282), del Museo Vaticano.

(fig. 282)

 Amazona Mattei

Copias de originales de Fidias se consideran, por último, el Apolo del Museo de Cassel (fig. 283), y la Afrodita del museo de Berlín con el pie sobre una tortuga ((fig. 284).

(fig. 283)

Apolo del Museo de Cassel

(fig. 284)

Afrodita con el pie sobre una tortuga


OBRAS FIDÍACAS ANÓNIMAS.

ALCAMENES. PEONIOS.

CEFISODOTO


OBRAS FIDÍACAS ANÓNIMAS.

.—Obra ática de primer orden, de autor desconocido, son los hermosos relieves del terraplén de la Victoria. Esculpida en los últimos años del siglo V, la Victoria atándose la sandalia, hoy en el Museo de Atenas (fig. 285), es una de las obras maestras de la escultura griega por la belleza del desnudo acusándose bajo los amplios ropajes.

(fig. 285)

la Victoria atándose la sandalia

De estilo muy relacionado con Fidias son los frisos del templo de Figalia (fig. 286) y las Nereidas de Xantos (fig. 287) (410-400), ambos en el Museo Británico.

(fig. 286)

Friso del templo de Figalia

(fig. 287)

Nereida de Xantos


ALCAMENES

De los discípulos de Fidias, el único de estilo conocido es Alcamenes.

Gracias a la copia de Pérgamo, en que pone su nombre, ha podido identificarse su Hermes. A él se han atribuido el Ares Borghese del Louvre (fig. 288) muy influido por el Doríforo de Policleto, y la Afrodita de Frejus, del Museo del Louvre (fig. 289), en que se quiere reconocer su Afrodita de los Jardines.

 (fig. 288)

Ares Borghese museo del Louvre

 (fig. 289)

Afrodita de Frejus, del Museo del Louvre


PEONIOS DE MENDE

Peonios de Mende es el autor de la hermosa Nike de Olimpia, ya del último cuarto del siglo, de admirable movimiento y sorprendente maestría técnica. (fig. 290).

(fig. 290).

Victoria o Niké de Peonios. Museo Arqueológico de Olimpia


CALIMACOS

Con Calimacos, el autor del capitel corintio, celebrado por su refinamiento rayano con lo amanerado y autor de un famoso grupo de Danzarinas, hoy perdido, se han tratado de relacionar los relieves de las Ménades (fig. 291) del Museo del Prado, y la Afrodita de Frejus, ver (fig.289 ), que para otros es de Alcamenes.

 (fig. 291)

Menade del Museo del Prado

 Tanto a Alcamenes como a Calimacos se han atribuido también las Cariátides del Erecto (fig. 292).

(fig. 292)

Cariátide del Erecto


CEFISODOTO

Discípulo de Fidias debe de ser Cefisodoto, que trabaja a principios del siglo IV, y en cuyo grupo de Irene y Plutos, es decir, de la Paz, madre de la Riqueza —copia romana en la Gliptoteca de Munich (fig. 293)—, puede verse cómo dentro de una majestuosidad de estirpe fidiana, el gesto del cariño infantil de Plutos anuncia el estilo más humano de Praxíteles, el gran maestro del nuevo siglo.

(fig. 293)

 Irene y Plutos

 A Cefisodoto se le ha atribuido también el Hermes del Museo del Prado.(fig. 294).

(fig. 294)

Hermes del Museo del Prado


EL SIGLO IV: PRAXÍTELES

.—El sentido más humano que anima el grupo de Irene y Plutos de Cefisodoto y le distingue frente a la serena grandiosidad divina del estilo de Fidias, es el verdadero resorte que transformará la escultura griega durante esta centuria. Gracias a la nueva generación, los dioses se humanizan cada vez más, las formas se ablandan y la pasión comienza a manifestarse en los rostros. El escultor genial que contribuye de la manera más decisiva a esta evolución del estilo escultórico griego es Praxíteles.

Nacido probablemente con el siglo, su actividad artística corresponde al segundo tercio del mismo. De su vida privada, salvo su presumible holgura económica, sólo tenemos noticias de sus relaciones con la cortesana Friné, su modelo y hetaira o compañera, mujer de excepcional belleza, que, ya vieja, visita Alejandro Magno. De todos modos, no deja de ser significativo que esa única noticia conservada de su vida nos hable del amor y de la belleza femenina, porque si Fidias es el escultor de Zeus y de Atenea-Pártenos, Praxíteles es el escultor de Afrodita.

Bajo el cincel de Praxíteles, el estilo grandioso y varonil de Fidias gana en gracia y blandura femenina lo que pierde en vigor. Sus dioses adoptan actitudes indolentes, describiendo sus cuerpos las suaves y prolongadas curvas que se conocen con el nombre de praxitelianas.

A tono con ese cambio, el sobrio modelado fidiano se ve reemplazado por un gusto decidido por formas mórbidas y blandas, por una evidente complacencia en acariciar la superficie del mármol; y este recrearse en el modelado le lleva a su característico esfumado, que tanto contribuye a la expresión vaga y soñadora, tan típicamente suya.

La Afrodita de Gnido (fig.295), al decir de Plinio, se considera en la antigüedad como la estatua más bella del orbe. Son muchos los que hacen el viaje a Gnido exclusivamente para contemplar sus múltiples y bellísimos puntos de vista. Totalmente desnuda, con un suave movimiento, que pone de manifiesto sus blandas formas femeninas, toma el paño del ánfora a su izquierda. Si el Doríforo de Policleto encarna el idea de la belleza masculina clásica, la Afrodita de Gnido es la más perfecta expresión del ideal de belleza femenina. La estatua estaba ligeramente coloreada y su cabello era rubio; y según algún escritor clásico, el modelo utilizado por Praxíteles es la propia Friné.

(fig.295)

La Afrodita de Gnido

Además de esta Afrodita de Gnido, esculpe otra vestida para la isla de Cos, que no ha sido identificada.

El tipo de Afrodita totalmente desnuda, cuya invención se atribuye a Praxíteles, y que, por tanto, se considera creación ática, parece tener precedentes en bronces argivos.

Sus dos principales estatuas masculinas son también obras capitales de la escultura clásica, y, pese a su naturaleza varonil, participan de esa blandura que constituye el principal encanto de la Afrodita de Gnido.

Donde mejor puede apreciarse es en el exquisito modelado del Hermes de Olimpia (fig. 296), que, descubierto en las excavaciones realizadas en aquel santuario a fines del siglo pasado, por fortuna casi inconcebible, conservamos en su original. Totalmente desnudo, y con el cuerpo en ligera flexión que arquea su cadera formando esa suave curva que se ha llamado praxiteliana, está en actitud de mostrar el racimo de uvas que tenía en su derecha. La hermosa pieza de tela que medio cubre el tronco donde se apoya el dios contribuye, con su calidad y sus pliegues verticales, a realzar el valor del modelado de su cuerpo, mientras el claroscuro de la cabellera, ya bastante intenso, pone de manifiesto a su vez, por contraste, el esfumado del rostro radiante de juventud.

 (fig. 296)

Hermes con el niño Dioniso, en el museo arqueológico de Olimpia

La comparación del grupo con el de Irene y Plutos, ver (fig. 293), de Cefisodoto, en el que debe de inspirarse Praxíteles, nos dice el largo camino recorrido en tan corto tiempo por la escultura griega en el camino de la expresión.

En el Apolo sauróctono (fig. 297) —una de las mejores copias en el Museo del Louvre— nos presenta al dios de la luz, vencedor de la noche, a la que, simbolizada por una lagartija, se dispone a matar con su dardo de oro. Sin la blandura del modelado del original de Olimpia, las suaves y prolongadas curvas que describe su cuerpo son, sin embargo, típicamente praxitelianas.

(fig. 297)

Apolo sauróctono

De formas más redondas y apoyado igualmente en un tronco de árbol es el Fauno (fig. 298). Indolentemente recostado, su cuerpo se asemeja más al de Hermes, y en su rostro, un tanto femenino, la ligera oblicuidad de sus ojos y, sobre todo, sus orejas de cabroide, ponen la nota animal que distingue al señor de la selva. Aunque la identificación del Fauno de Praxíteles no es indiscutible, su estilo indudablemente praxiteliano y el gran número de copias conservadas, testimonio de su popularidad, permite considerarla como muy segura.  El torso en mármol de Paros, del Museo del Louvre, procedente del Palacio de los Césares de Roma, es tan fino que para algunos pudiera ser un original.

(fig. 298)

Fauno

Dentro de este tipo de temas, debe recordarse también el Sátiro escanciador (fig. 299), una de las obras más estimadas por su autor, que esculpe para la vía de los Trípodes.

(fig. 299)

El Sátiro escanciador

Menos conformidad existe sobre la identificación del Eros, su obra preferida. Según refieren reiteradamente los escritores clásicos, y el relato debe de encarnar un fondo de realidad, deseosa Friné de saber cuál sea la obra más estimada por su amante para que se la regale, le hace creer que su taller es presa de las llamas, a lo que replica Praxíteles que daría todo por bien perdido si se hubieran salvado el Eros y el Fauno. Donado el Eros a Friné, lo da ésta más tarde a Tespis, su patria. Copia del Eros de Tespis se considera por muchos la estatua del joven dios alado del Museo de Napóles (fig. 300), cuyo cuerpo, indolentemente apoyado en una de sus piernas, describe la típica curva praxiteliana. En copia de mejor calidad, Eros carece de alas.

(fig. 300)

Eros alado

De mano de Praxíteles se consideran los relieves de las Musas de Mantinea (fig. 301).

(fig. 301).

Musas de Mantinea

La difusión del estilo praxiteliano es amplia e intensa. Aparte de obras de primer orden y de otras que se citan más adelante, abundan las estatuas femeninas, en las que el esfumado y la melancolía praxitelianas se intensifican, hasta degenerar a veces en un estilo dulzón y falsamente emotivo.


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SCOPAS Y LISIPO


SCOPAS

.—Hijo de Paros, Scopas es un escultor también de la escuela ática, pero que trabaja además en el Peloponeso y en  Asia Menor. Contemporáneo de Praxíteles, goza como él de gran fama en la antigüedad. A juzgar por sus obras conocidas, su temperamento artístico es muy distinto, aunque coincidan en el deseo de expresar, como Sócrates pide al pintor Parrasio, estados del alma. Los estados del alma que a él interesan no son los de ensueño y de lánguida melancolía, sino los de pasión violenta. Sus obras conservadas nos dicen que su sensibilidad vibra intensamente ante los temas trágicos.

Una de las más celebradas en la antigüedad, su Ménade, lo pone bien de manifiesto. La pequeña copia, de poco más de medio metro, del Museo de Dresde (fig. 302), nos muestra a la sacerdotisa de Dionisos en pleno delirio religioso, agitada por violentos movimientos convulsivos, con la cabellera suelta y dejando al descubierto buena parte de su cuerpo. En una mano lleva el cuchillo con que ha de abrir en canal el cabrito que tiene en la otra. «¿Quién es ésta? ¡Una Ménade! ¿Quién la hizo? ¡Scopas! ¿Quién la mueve? ¿Dionisos o Scopas? ¿Quién la enloquece? ¡Scopas!» Así expresa un viejo poeta griego la emoción en él producida por la Ménade de Scopas, y es indudable que, tanto para él como para nosotros, el escultor de Paros sabe interpretar en forma insuperable ese frenesí divino de la orgía dionisíaca propio de la Ménade.

(fig. 302)

Ménade de Scopas

Aunque bastante deterioradas, la base más firme para conocer el estilo de Scopas la constituyen las cabezas (fig. 303) procedentes de los frontones del templo de Tegea, pues aunque los testimonios antiguos sólo le citan como arquitecto y como autor de las imágenes del interior, es de suponer que también esculpiese las del exterior. De arcos superciliares prominentes y cerrados y ojos hundidos en la sombra, su expresión apasionada posee la misma fuerza dramática que la Ménade.

(fig. 303)

Cabezas de los frontones del templo de Tegea

 Gracias a estas cabezas se ha podido atribuir a Scopas con bastante seguridad una estatua de Meleagro (fig. 304) de cuya fama en la antigüedad son testimonio las numerosas copias conservadas, y donde el joven cazador, que conoce su trágico fin, nos muestra en su rostro la típica expresión del famoso escultor.

(fig. 304)

Estatua de Meleagro cazador

A Scopas se debe, por último, parte de la escultura del Mausoleo de Halicarnaso, ya que estuvo encargado de dirigir la decoración escultórica a que pertenecieron las dos gigantescas estatuas del Museo Británico, las estatuas del supuesto Mausolo (fig. 305), de Artemisa, su mujer, del coronamiento del sepulcro y varios relieves.

(fig. 305)

Estatua de Mausolo

 Consta que él ejecuta la escultura de la fachada principal, encomendándose las de los tres frentes restantes a Leocares, Timoteo y Briaxis, a quien algunos atribuyen el Mausolo.


LISIPO

El tercer gran escultor de obra conocida de esta centuria es el argivo Lisipo, artista extraordinariamente fecundo —se asegura que hizo no menos de mil quinientas obras— e innovador, que llena con su actividad el último tercio del siglo. Trabaja en bronce. Ya los testimonios literarios clásicos nos hablan de cómo reacciona frente al canon de Policleto y prefiere proporciones más esbeltas y cabezas más pequeñas, y de cómo procura representar a los hombres más «como se ven con la vista» que como son, tal vez delatando una actitud más naturalista que la de las generaciones anteriores. Pero la novedad de su estilo no se reduce a esto. Las estatuas de sus antecesores están concluidas, sobre todo para ser contempladas desde un solo punto de vista, que es el frontal. En las suyas, al existir varios puntos de vista importantes, ese frontalismo se desvirtúa notablemente. Lisipo es, además, como veremos, un escultor de retratos: es el retratista de cámara de Alejandro Magno.

La obra que ha servido de base para reconstruir su personalidad es el Apoxiomeno (fig. 306), del Vaticano, que representa a un joven atleta, no en una actitud heroica, sino en la más vulgar de quitarse con el rascador el polvo y aceite que cubre su cuerpo. De esbeltas proporciones, cabeza más bien pequeña y cuerpo flexible, con su brazo extendido, sin perjuicio del frontalismo de su cuerpo, es lateralmente como nuestra vista abarca mejor su figura. Su composición varía por completo a medida que giramos en torno a ella. Su rostro es de formas llenas; la boca y los ojos pequeños no reflejan ni el apasionamiento de Scopas ni el ensueño de Praxíteles.

(fig. 306)

El Apoxiomeno

 Fundándose en el estilo de Apoxiomeno, se considera suya la hermosa estatua del Ares Ludovisi (fig. 307), del Museo de las Termas, cuya movida actitud, que tiene, sin embargo, el precedente del friso del Partenón, la dota de una multiplicidad de puntos de vista típicamente lisipea.

(fig. 307)

Estatua del Ares Ludovisi

El amorcillo que juega a sus pies parece delatarnos los nuevos tiempos. Aunque en menor grado, algo análogo sucede en el Hermes de bronce del Museo de Nápoles (fig. 308) y el Hermes calzándose del Museo de Copenhague (fig. 309).

(fig. 308)

Hermes de bronce del Museo de Nápoles

(fig. 309)

Hermes calzándose del Museo de Copenhague

El gusto por el desplazamiento de los miembros ha hecho que se le atribuyan atletas en actitudes violentas, como los del Museo de Dresde. Es además autor de diversas estatuas de Hércules, famosas en la antigüedad, entre las que descuella la de Tarento, que, después de ser trasladada al Capitolio, termina en Constantinopla. Se le atribuye el llamado Heracles Famesio (fig. 310), del Museo de Nápoles, descansando de sus trabajos y apoyado sobre la clava. Su musculatura, estudiada con gran interés, produce tan intensos efectos de claroscuro, que hacen pensar ya en el estilo helenístico de la centuria siguiente.

(fig. 310)

Heracles Famesio

De Lisipo se consideran también el Sileno con el niño Dionisios, (fig. 311) del Museo de Louvre.

 (fig. 311)

Sileno con el niño Dionisios.

Entre las estatuas femeninas que reflejan el ideal humano de Lisipo destaca la Venus de Capua (fig. 312), cuya actitud con el brazo cruzado tendrá eco en obras tan importantes como la Venus de Milo.

(fig. 312)

Venus de Capua

Relacionado, por lo menos, con el estilo de Lisipo, se encuentra el Eros arquero; y se le asignan las estatuas funerarias de la Grande y la Pequeña Herculanenses del Museo de Dresde (fig. 313), que otros prefieren incluir en el círculo de Praxíteles.

(fig. 313)

Pequeña y Grande  Herculanenses

Aunque, como queda indicado, a Lisipo lo identificamos con el autor del Apoxiomeno, precisa advertir que a fines del siglo pasado se descubre en Delfos la estatua de un atleta llamado Augias, con la que, tal vez, pudiera relacionarse una inscripción en la que se cita a Lisipo como su autor. Ahora bien, como su estilo difiere bastante del Apoxiomeno, y el referir la inscripción al Augias de Delfos no deja de ofrecer dificultades, parece preferible continuar reconociendo a Lisipo en el autor del Apoxiomeno.

En el campo del retrato desempeña un papel primordial, aunque en realidad ya no pueda considerársele como creador del género. Escultor de cámara de Alejandro, como se diría en los tiempos modernos, hubo evidentemente de influir en el tipo de retrato de sus sucesores, tan deseosos de imitarle. Entre los retratos más bellos de Alejandro, en los que debe verse, al menos, el reflejo de los de Lisipo, figuran el del Louvre, que perteneció a Azara y el de la Gliptoteca de Munich  (fig. 314 -315).

(fig. 314).

Retrato de Alejandro Magno (Museo de Louvre)

(fig. 315).

Retrato de Alejandro Magno (Museo de Munich)


LEOCARES Y EUFRANOR


LEOCARES

.—Obra también famosa de este momento es el Apolo del Belvedere (fig. 316), así denominado por encontrarse en aquella parte del Vaticano. La diversidad de sus puntos de vista delata la influencia del estilo de Lisipo. De apuesta actitud, avanza hacia el espectador con decisión y elegancia extraordinarias, empuñando el arco. Su rostro aparece de perfil, encuadrado por abundante y rizada cabellera de rico claroscuro, que forma elevada moña sobre la frente. Sin fundamento suficientemente sólido, se ha atribuido a Leocares.

(fig. 316)

Apolo del Belvedere

Cierta semejanza con él, guarda la (fig. 317) , representada en veloz carrera en compañía de su animal favorito en el momento de tomar una flecha del carcaj. Diana, afín a Apolo, se ha supuesto que formase pareja con el del Belvedere, habiéndose atribuido igualmente a Leocares.

(fig. 317)

Diana de Versalles

En realidad, la única obra identificada con cierta seguridad de este escultor es el Rapto de Ganímedes (fig. 318), del que se conserva una copia pequeña en el Museo Vaticano; copia que, si permite apreciar su arte para componer un tema como éste, más propio de la pintura que de la escultura, no da cumplida idea de sus excelencias puramente escultóricas.

(fig. 318)

Rapto de Ganímedes

Del crédito de Leocares es, sin embargo, buen testimonio el que se le encargasen, para el Santuario de Olimpia, los retratos de marfil y oro de Filipo de Macedonia y su familia.


EUFRANOR

Menos seguridad tenemos aún de conocer alguna obra de Eufranor, el escultor de Corinto, tratadista también de arte y pintor. El busto de Paris del Museo de Granada (fig. 319), se ha considerado copia romana de su estatua del joven troyano. La fama de su original está demostrada por las varias copias conocidas.

(fig. 319)

Copia romana del Busto de Paris de Troya del Museo de Granada


OBRAS ANÓNIMAS :

VENUS, NIÓBIDES, ESTELAS Y SARCÓFAGOS.

EL RETRATO


VENUS, NIÓBIDES, ESTELAS Y SARCÓFAGOS.

Como es frecuente en la Historia del Arte, también en la escultura griega del siglo IV poseemos obras de primer orden anónimas, y nombres de escultores famosos sin obra identificada.

Uno de los grupos principales de obras anónimas que, sin alcanzar la aceptación general, se han atribuido a algunos de los grandes maestros antes citados, es el de las Venus, que en sus ejemplares más tardíos enlazan ya con las interpretaciones helenísticas.

Íntimamente relacionadas con el estilo de Praxíteles, hasta el punto de que muchos le atribuyen sus originales, corresponden a esta época las Venus de Arles (fig. 320), del Museo del Louvre, de hacia el año 370, y la Venus de Capua, ver (fig. 312), contemplándose en el escudo de Marte, del Museo de Nápoles, que durante mucho tiempo se ha considerado derivada de la Venus de Milo, y, por tanto, helenística, y hoy, por el contrario, se cree su modelo inspirador. Algunos piensan en Lisipo.

 (fig. 320)

Venus de Arles

Dentro del círculo de influencia praxiteliana, se cree también la Afrodita Púdica, en la que se inspiran directamente varias estatuas muy conocidas de la diosa. En todas ellas la posición de las manos resta a la contemplación de la belleza del desnudo la pureza que distingue a la de Gnido, ver (fig. 295). A este modelo responden la Venus Capitolina del Museo de ese nombre (fig. 321) y la Venus de Médicis del Museo de los Uffizi, de Florencia (fig. 322), en que se han visto las características del canon lisipeo aplicado al cuerpo femenino, y en el tipo de su rostro algunos de los rasgos comentados en el Apoxiomeno.

(fig. 321)

Venus Capitolina

(fig. 322)

Venus de Médicis

Con la cabeza vuelta hacia un lado, crea una duplicidad de puntos de vista que falta en la de Gnido. Le acompaña el delfín cabalgado por un amorcillo. En la actualidad existe la tendencia de avanzar su fecha, hasta el punto de creerla de tiempos de Augusto.

La Artemis de Gabies (fig. 323), del Museo Louvre, se ha atribuido igualmente a Praxíteles, tratándose de identificarla con su Artemis Brauronia, y en su escuela suele incluirse, aunque también se piensa en Leocares, la grandiosa Demeter de Gnido, del Museo Británico, ver (fig. 295), original de la más fina calidad.

(fig. 323)

Artemis de Gabies

Con Lisipo se relacionan especialmente, en cambio, el Sátiro y el niño Dionisos, del Museo del Louvre (fig. 324); el Hércules y la cierva, del de Palermo (fig. 325), y el Eros arquero (fig. 326).

(fig. 324)

El Sátiro y el niño Dionisos

(fig. 325)

Hércules y la cierva

(fig. 326)

Eros arquero

No tan divulgada como debiera, es de una gran belleza el Hipnos, del Museo del Prado (fig. 327), que avanza ligero, regalando el dulce sueño a los mortales.

(fig. 327)

Hipnos, del Museo del Prado

Grupo de obras muy importante, pero de clasificación muy insegura, debido en gran parte a lo tardío de sus copias, es la serie de estatuas de Niobe y sus hijos. El tema es de intensidad trágica excepcional, pues habiéndose burlado la fecunda Níobe de la madre de Apolo y Artemis por sólo tener dos hijos, mueren todos los de aquélla perseguidos por las flechas de éstos. En actitudes sumamente violentas, huyendo, heridos ya, o derribados en tierra, se conserva en diversos Museos —Roma, Florencia y Munich— toda una bellísima serie de esculturas, entre las que destacan los desnudos llamados de llioneo y el Efebo de Subiaco, (fig. 328) el impresionante grupo de Níobe (fig. 329), que con rostro implorante trata de proteger de las flechas el menudo y blando cuerpo de su hijita.

Consideradas ya desde la antigüedad por unos, a causa de su dramatismo, como obra de Scopas, otros las atribuyen a Praxíteles. Se ha pensado también en asignarlas al escultor Agorákrito, el discípulo predilecto de Fidias, aunque esa hipótesis ha logrado poca aceptación.

(fig. 328)

Efebo de Subiaco

(fig. 329)

 Níobe

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Capítulo muy valioso de la escultura griega, que ya ha producido obras de primer orden en el período arcaico, es el de las estelas funerarias. (fig. 330).

Las más bellas y corrientes son las que figuran: la niña que se despide de sus palomas; la despedida del difunto;  la que prepara su calzado para emprender su último viaje, o la joven que contempla por última vez sus joyas.

 (fig. 330)

Estelas funerarias

Más que de dolor, es de calma y resignación la atmósfera que se respira en estas escenas familiares, tan sencillas y cargadas de emoción. Al parecer, una la ley del año 315 contra el lujo contribuye a poner fin a esta bella escultura funeraria.

Dentro de este género funerario, pero de aspecto más monumental, debe recordarse el sarcófago llamado de las Afligidas (fig. 331), del Museo de Constantinopla, donde dieciocho mujeres, bajo un pórtico jónico, expresan su tristeza con la misma resignación y delicadeza de las estelas áticas, mientras por la parte superior desfila el cortejo fúnebre. Se ha atribuido al escultor Briaxis.

(fig. 331)

Sarcófago de las Afligidas


RETRATOS

Aunque con excesivo deseo de generalizar, se ha creído durante bastante tiempo que el retrato sólo se cultiva por los escultores griegos durante el período helenístico; en realidad, existen ejemplos del siglo V, como el de Pericles, y toda una serie no poco numerosa e importante del siglo IV. A pesar de la permanente inclinación del temperamento griego a idealizar sus modelos, es indudable que no son puros retratos idealizados, como las estatuas de atletas. Son verdaderos retratos, en los que se copian los rasgos individuales del personaje idealizados, pero, sobre todo se procura ofrecer la personalidad espiritual del retratado.

La mayor parte de estos retratos son de hombres de estado, capitanes y, ello es significativo de lo que representan para sus conciudadanos, de filósofos y escritores: Sófocles (fig. 332); Sócrates (fig. 333); Platón (fig. 334); Aristóteles (fig. 335).

(fig. 332)

Estatua de Sófocles Museo de Letrán

(fig. 333)

Busto de Sócrates de Silanión / Musei Capitolini

(fig. 334)

Retrato de Platón, Copenhague, Gliptoteca

(fig. 335).

Retrato de Aristóteles, copia romana de un original de Lisipo. Louvre.

Buen testimonio de que ya comienza a interesar la conservación de los rasgos físicos del personaje es que el escultor Demetrio de Alópeke se hace famoso a mediados del siglo IV porque «prefería la semejanza a la belleza». El retrato típicamente griego es de cuerpo entero; el de busto y el de cabeza responden a gustos romanos.


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ESCULTURA HELENÍSTICA:

NUEVOS TEMAS Y NOVEDADES ESTILÍSTICAS

.— Después de la muerte de Alejandro (323 a.C) la escultura griega, extendida por el Asia anterior y por Egipto, continúa evolucionando sin cesar, aun después de la conquista de Corinto por los romanos, el año 146 a.C. Al servicio de los ideales del Imperio romano conservará aún su vigor en los primeros tiempos de la Era Cristiana.

Como es natural, la escultura helenística parte de las conquistas del siglo IV, desarrollando plenamente los procesos estilísticos y espirituales que entonces se inician, e iniciando a su vez otros nuevos. Lo mismo que en el siglo IV, la diosa del amor consume buena parte de la inspiración de los escultores. A la cabeza de la serie helenística, pero todavía con toda la nobleza de la etapa anterior, precisa citar la famosa Venus de Milo (fig. 336), que deriva del tipo de la Afrodita de Capua, ya citado. Hermoso desnudo femenino, se distingue sobre todo por su grandiosidad majestuosa, en particular si la comparamos con la blandura tan acusadamente femenina de la Afrodita de Gnido. La expresión serena de su rostro carece tanto del vago ensueño praxiteliano como del apasionamiento de los de Scopas. Parece que con el brazo izquierdo sostenía el manto que cubre sus piernas mientras con el otro ofrecía una manzana. Aunque junto a la estatua aparecieron inscripciones, al descubrirse, en 1820, incluso con el nombre del escultor Agesandros o Alexandros, es muy dudoso que se refieran a ella.

 (fig. 336)

Venus de Milo

Las Afroditas helenísticas carecen, sin embargo, del tono majestuoso de la de Milo. Se nos presentan, no ya simplemente, surgiendo de las aguas como la Anadiomene, recogiéndose el cabello (fig. 337), sino en las más variadas actitudes  Afrodita en cuclillas, obra de Doidalsas de Bitinia (fig.338), o con actitudes a veces cargadas de intención como la de la Venus Calipigia (fig 339).

(fig. 337)

Venus Anadiomene, recogiéndose el cabello. Museo Louvre

 (fig 338)

Afrodita lavándose en cuclillas

 (fig 339)

Venus Calipigia. Museo Nápoles

La representación del amor interesa desde sus manifestaciones más puras e inocentes hasta las aberraciones y anormalidades. Unas veces se imagina al Eros victorioso jugando con su arco, lanzándolo al aire para recogerlo después; otras se le muestra sonriente como un muñeco luciendo la piel del león de Hércules; otras, para expresarnos el amor impúber, se presenta a los héroes de Longo, Dafnis y Cloe  besándose (fig. 340) —Museo del Capitolio—, pero al mismo tiempo se crea la tan repetida estatua del Hermafrodita en reposo (fig. 341).

(fig. 340)

Dafnis y Cloe besándose

(fig. 341)

Hermafrodita en reposo

Los sátiros merecen también especial atención de los escultores helenísticos. El Sátiro Barberini (fig. 342), de la Gliptoteca de Munich, que, por lo admirable de la interpretación de su cuerpo en reposo, es una de las obras maestras del arte griego, por el desenfado de su actitud sería inconcebible en los siglos anteriores.

(fig. 342)

El Sátiro Barberini

 De actitud muy movida es el Fauno del cabrito, del Museo del Prado (fig. 343), que se cree de la escuela de Pérgamo.

(fig. 343)

Fauno del cabrito

Igualmente característicos, aunque de inferior calidad, son el gracioso grupo del Fauno sacando la espina del pie de un sátiro (fig. 344), del Museo Vaticano, y el Sátiro ebrio recostado en un odre, del Museo de Dresde.

(fig. 344)

Fauno sacando la espina del pie de un sátiro

Tan crecido interés por estas deidades es ya buen testimonio del gusto por lo expresivo y grotesco del período helenístico. Más que los grandes dioses del Olimpo gustan los temas humildes de género, que no en vano es ahora cuando Menandro crea su comedia de costumbres, sacando a escena los tipos de la vida diaria. Personajes grotescos, y a veces deformes (fig. 345), pero siempre expresivos, son los temas que gustan de representar algunos escultores de este período. La vejez, en lo que tiene de ruina y decadencia física, y lo feo, como imperfección, son ahora temas de la escultura griega. Muchas de estas obras se consideran de escuela alejandrina.

(fig. 345)

La danzarina enana. Museo de Túnez

Consecuencia de esta curiosidad helenística por buscar nuevos temas en sectores de la vida humana que antes se hubiesen considerado indignos de la cultura, son las graciosas estatuas de niños que ahora se crean. Algunas de ellas se han hecho tan populares como la del Niño de la espina (fig. 346), que la tiene clavada en el pie, o la del Niño con la oca, de la Gliptoteca de Munich, del escultor Boetas (fig. 347).

(fig. 346)

Niño de la espina

(fig. 347)

Niño con la oca

El retrato, inspirado por el interés por lo expresivo y característico propio de esta última etapa del arte griego, descubre nuevos horizontes, insistiéndose en la individualidad del retratado. En los comienzos, el espléndido retrato de Demóstenes (fig. 348) del año 280 a. C, obra de Polieuctos, al mismo tiempo que la personalidad del gran tribuno, nos ofrece en un estilo sobrio y sincero sus rasgos físicos.

(fig. 348)

 Retrato de Demóstenes

Pero pronto lo anecdótico gana terreno, de lo que es buen ejemplo el retrato de Diógenes (fig. 349), de cuerpo deforme y actitud nada elegante.

(fig. 349)

Retrato de Diógenes decrépito

Desde un punto de vista más puramente técnico, precisa recordar, como uno de los rasgos más destacados de este período, el interés de algunas escuelas por la anatomía. La insistencia en delimitar cada uno de los músculos en tensión, produce desnudos de claroscuro hasta entonces desconocidos en la escultura griega. El relieve, por otra parte, invadiendo el campo de la pintura, llega en algún caso a emplear la perspectiva en los fondos para crear la ilusión de escenarios profundos.


LAS ESCUELAS HELENÍSTICAS.

ATENAS. PÉRGAMO


ATENAS

.—Tenemos noticia de dónde radican las principales escuelas escultóricas de este período, pero, por desgracia, son muchas las obras de primer orden que no sabemos a cuál de ellas pertenecen.

Aunque Atenas no marcha ya en la vanguardia de la escultura griega, el escultor Boetas crea, dentro de la tradición lisipea, una obra tan bella y elegante como el Joven orante (fig. 350), del Museo de Berlín.

(fig. 350)

Joven orante

Adaptador de obras de Lisipo, o simple copista, es el «Apolonio, hijo de Néstor, ateniense», que firma el hermoso Torso del Belvedere (fig. 351), tan admirado por Miguel Ángel. Al parecer, representa a Polifemo sentado en una roca esperando a Galatea. Firmado por Apolonio se encuentra también el Atleta sentado del Museo de las Termas, en el que el interés por la musculatura y lo expresivo son típicamente helenísticos.

(fig. 351)

Torso del Belvedere

Apolonio es, en realidad, uno de los principales representantes del movimiento de interés por los estilos anteriores que lleva a copiar más o menos libremente las obras maestras del pasado, conocido con el nombre de neoaticismo. Culmina bajo el Imperio Romano, para el que se hacen numerosas copias y adaptaciones en Atenas. Uno de los productos más atractivos de esta escuela neoática es el de varios relieves de gran valor decorativo inspirados en modelos anteriores. Buenos ejemplos de este estilo son los relieves de las Ménades y del Nacimiento de Palas, del Museo Arqueológico Nacional de Madrid, este último inspirado en el frontón del Partenón; el del Vaso Borghese, etc.

De clasificación insegura, suele considerarse, sin embargo, ateniense, y de este período, el ya citado Niño de la espina, ver (fig. 346). Para los que así piensan, las copias que parecen anteriores a esta época son hijas de ese falso arcaísmo, que, como veremos, se pone de moda en época más tardía.


PÉRGAMO

La escuela tal vez más claramente definida de esta época es la de Pérgamo. Las victorias de sus reyes Átalo y Eumenes sobre los galos invasores del mundo griego dan lugar a que se labren, en la segunda mitad del siglo III a.C, una serie de estatuas y grupos conmemorativos de estas guerras. Las luchas habían sido temas frecuentes, pero nunca se habían interpretado con la intención trágica de los escultores de Pérgamo. Las esculturas principales eran el grupo de Galo suicidándose (fig. 352), después de matar a su mujer para librarla de la esclavitud, que ocupaba el centro de una plaza, y la estatua del Galo moribundo (fig. 353) —en la antigüedad se le llama el Trompetero, por la tuba que tiene junto a sí—, que, desangrándose por la mortal herida abierta en su pecho, pugna en vano por levantarse. Formaba parte de una serie de cuatro que rodeaban el grupo, y, al parecer, se debe todo ello al escultor Epígono.

(fig. 352)

Galo suicidándose

fig. 353)

Galo moribundo

Pero además de estas esculturas principales se conservan en el Museo de Nápoles otras que representan a galos heridos, muertos o luchando, de menor tamaño, y en las que la preocupación por interpretar las características raciales de los invasores es mucho menor. Aunque no falten en la escultura griega precedentes de este interés étnico, es indudable que la escuela de Pérgamo nos ofrece en este aspecto verdaderas obras maestras. Sabemos que en estas estatuas de galos, además de Epígono, trabajan los escultores Isígono, Pirómako, Stratóniko y Antígono, y parece que mientras las de menor tamaño, del Museo de Nápoles, deben de ser copias de las regaladas por el rey de Pérgamo a la Acrópolis de Atenas, las del Capitolio son las de la capital asiática.

No menos importante que las estatuas de galos es el grandioso relieve de colosales proporciones del templo de Zeus, ya de la primera mitad del siglo II, citado al tratar de la arquitectura. Se representa en él la Gigantomaquia o derrota de los gigantes por los dioses del Olimpo.

El tema es también profundamente dramático, y el escultor lo interpreta intensificando la expresión del esfuerzo corporal y del dolor en los rostros como hasta ahora no se ha hecho en la escultura griega.

Sus cejas arqueadas, sus ojos hundidos, sus cabelleras revueltas y su expresión implorante, aunque cuentan con el precedente de Scopas, nos dicen que nos encontramos en una era del arte griego completamente nueva. Pero, además, estos relieves están concebidos con grandiosidad extraordinaria. Una de las más bellas partes es aquella en la que Palas, auxiliada por su serpiente, vence a un gigante, mientras la Victoria la corona y Gea, la Tierra, implora por su hijo vencido (fig. 354).

(fig. 354)

Gigantomaquia de Pérgamo

Esta misma nota patética y dolorosa que distingue a los grandes conjuntos anteriores ha hecho pensar en que pertenezca a la escuela de Pérgamo el sátiro Marsias colgado  (fig. 355).

(fig. 355)

Marsias colgado

 


RODAS. OTRAS ESCUELAS. TANAGRAS


RODAS

.—Próxima a la costa del Asia Menor, la isla de Rodas, sólo poblada de griegos y bajo la' protección de Egipto, se mantiene independiente y disfruta de una actividad escultórica que produce varias obras de primer orden. El afán por lo gigantesco y por la expresión de dolor y del movimiento contorsionado parecen haber sido las principales preocupaciones o, al menos, aquellos aspectos en los que sus escultores alcanzan mayores éxitos. Esos afanes son claro testimonio de su parentesco con la escuela de Pérgamo. El escultor Cares de Lindo, formado en la escuela de Lisipo, labra ya en el siglo III a.C la gigantesca estatua de Helios bajo cuyas piernas pasan los barcos al penetrar en el puerto. Considerada como una de las maravillas del mundo, se hace popular bajo el nombre del Coloso de Rodas.(fig. 356).

(fig. 356)

Figuración del Coloso de Rodas

Obra cumbre que se supone de principios del siglo II a.C, es la Victoria de Samotracia, del Museo del Louvre (fig. 357). De grandiosidad y elegancia impresionantes, avanza en la proa de la embarcación con las alas extendidas, dejándonos ver, tras sus admirables vestiduras impulsadas por el viento, uno de los cuerpos más hermosos creados por la escultura griega. Muy probablemente es obra de Pitócritos de Rodas.

Hasta fecha reciente se ha considerado estatua conmemorativa de la victoria naval de Demetrio Poliorcetes sobre Tolomeo, del año 305 antes de C, y, en consecuencia, muy anterior.

(fig. 357)

Victoria de Samotracia

Obra maestra de la escuela, debida a Agesandro, Polidoro y Atenodoro, miembros de una misma familia, es también el famoso grupo del Vaticano de Laoconte y sus hijos (fig. 358), que, salvo uno de éstos, mueren estrangulados por serpientes enviadas por el ofendido Apolo.

(fig. 358)

Laoconte y sus hijos

El tema dice ya mucho de la sensibilidad helenística. Es un tema de dolor profundamente trágico, porque, en el sacerdote, al dolor físico de su propia muerte se agrega el dolor moral de contemplar la de sus hijos. Como en la Gigantomaquia de Pérgamo, los personajes se nos muestran en actitudes intensamente movidas, que aquí se justifican por sus esfuerzos angustiosos para desasirse de las serpientes.

Gracias a ellos, también nos dejan ver sus poderosas musculaturas en máxima tensión y un efecto de claroscuro desconocido en los desnudos de los siglos anteriores. Debido a ese deseo de insistir en la musculatura de los tres personajes, los hijos de Laoconte sólo se diferencian de su padre en la escala. La ordenación del grupo en un plano, y, en consecuencia, para ser vista sólo de frente, se considera característica de los últimos tiempos helenísticos.

Descubierto el famoso grupo en 1506 en el mismo palacio de Tito, donde lo describiera Plinio, ejerce influencia extraordinaria en Miguel Ángel. Todavía en el siglo XVIII es el tema de un célebre estudio de Lessing, que, al compararlo con la historia de Laoconte escrita por Virgilio, observa cómo, mientras la literatura cuenta a su favor con la posibilidad de describir varias escenas sucesivas antes de llegar al desenlace, el pintor ha de elegir la escena que mejor sintetice el tema.

Aunque nacidos en Tralles, para la isla de Rodas y tal vez en ella misma, esculpen Apolonio y Taurisco el gigantesco grupo del Toro Farnesio (fig. 359), cuya copia romana se conserva en el Museo de Nápoles.

(fig. 359)

Toro Farnesio

Representa a los dos hijos de Antíope atando a Dirce a un toro salvaje por el ultraje inferido a su madre. La figura de Antíope, que contempla el castigo, no figura en el original. El trozo de paisaje que le sirve de base es un buen ejemplo del gusto por lo pintoresco, del período helenístico.

La escuela de Rodas produce además otras obras de temas menos grandiosos y dramáticos. En las estatuas del Centauro viejo y del Centauro joven (fig. 360 - 361) del Capitolio, el escultor nos dice cómo mientras la vejez apenas puede soportar el peso del amor, la juventud juega con él retozona y llena de brío.

(fig. 360)

Centauro viejo

(fig. 361)

Centauro joven

De la serie de las Musas del escultor Filisco de Rodas, es muy popular la estatua de Polimnia; de Urania existe una copia en el museo del Prado. (fig. 362).

(fig. 362)

Musas Polimnia y Urania

Al parecer, en la escuela de Rodas, o bajo su influencia, se crea poco después de mediar el siglo II a.C, el elegante tipo de figura femenina envuelta en su manto, que con frecuencia le cubre también la cabeza, y que los romanos denominan la Pudicitia. Se cree obra de Atenodoro, el padre de los autores del Laoconte.


ESCUELA DE ANTIOQUÍA

Mucho menos definida se nos muestra la escuela de Antioquía, la gran urbe helenística de Asia, capital de los Antíocos y los Seleucos, fundada el año 300 a. de C. En realidad, sólo poseemos una obra segura allí ejecutada. Es la Tike o Fortuna de Antioquía, obra del discípulo de Lisipo, Eutíquides, en la que la figura alegórica de la ciudad, con corona torreada y espigas en la mano, descansa su pie sobre el río Orontes (fig. 363). Pero esa obra no ofrece elementos suficientes para asignar a la escuela ninguna de las otras esculturas importantes que se le han atribuido, tales como la Venus Calipigia o el Sátiro Barberini, ya citados.

(fig. 363)

Tike o Fortuna de Antioquía

De la escuela antioqueña se piensa hoy que pudieran ser los relieves bucólicos, ya de época romana, que por mucho tiempo se han considerado alejandrinos.


ESCUELA ALEJANDRINA

De la escuela alejandrina tampoco poseemos obras importantes, pero en ella se piensa, debido a la gran aceptación que tiene en Alejandría la nueva comedia de Menandro, ante algunos relieves con temas teatrales y ante las figurillas de actores representando tipos populares.

Alejandrina se considera también una bella serie en bronce de tipos callejeros, como el Negrito bailando y cantando de la Biblioteca Nacional de París, o los Enanos cabezudos danzando, ver (fig. 345), del Museo de Túnez, en los que el interés por lo característico y expresivo del arte helenístico y su gusto por los temas intrascendentes alcanza una de sus últimas metas. Por razón del tema debe atribuirse, por último, a la escuela alejandrina, la estatua alegórica del río Nilo del Museo Vaticano (fig. 364).

(fig. 364)

Alegoría del río Nilo

No faltan, sin embargo, obras tan conocidas como la Ariadna dormida (fig. 365), de la que existe copia romana en el Museo del Prado.

(fig. 365)

Ariadna dormida


TANAGRAS

Las estatuitas de barro cocido son tan antiguas como la escultura griega, pero cuando adquieren mayor importancia y belleza es desde fines del siglo IV. Por haberse descubierto en gran número en Tanagra (Beocia), y creerse en un principio que sólo allí se fabrican, se les da el nombre de tanagras, que todavía conservan, aunque hoy sabemos que se hacen en las más distantes ciudades del mundo griego, y que en cada una de ellas se cultivan con preferencia determinados tipos y el estilo es diferente.

Las tanagras nos ofrecen una faceta de la vida griega apenas cultivada por la gran escultura, sobre todo con anterioridad al período helenístico.

Son, por lo general, jóvenes envueltas en sus mantos de paseo, con sus sombreros o sus abanicos; jóvenes ejecutando danzas rituales; madres que reciben las caricias de sus hijos, amigas que conversan, etcétera.

En suma, personajes, en general femeninos, presentados en su vida cotidiana, con una técnica sumaria, que reflejan, sin embargo, el arte exquisito de la gran escultura. (fig. 366).

(fig. 366)

Tanagras del Museo de Louvre

 

 


.

LA PINTURA

.—De la gran pintura griega desgraciadamente no poseemos nada que permita formarnos idea de su verdadero valor e importancia.

Las únicas manifestaciones pictóricas llegadas hasta nosotros son las de carácter decorativo de los vasos y algunos frescos romanos, que deben reflejar, en grado difícil de determinar, la influencia de los modelos griegos. En particular, del estilo individual de los grandes pintores sólo poseemos testimonios literarios que, naturalmente, no permiten precisar mucho. Pero, aún así, deben recordarse someramente algunos de estos nombres ilustres.

La primera gran figura de la pintura griega es Polignoto, el pintor jonio, de Thasos, maestro de Fidias. Sus obras maestras son la grandes pinturas murales del Saco de Troya y de la Visita al Hades con que decora la Sala del Consejo del Santuario de Delfos; también son muy celebradas las de ese carácter que hace en varios edificios públicos de Atenas. Es pintura en la que el dibujo desempeña papel predominante y, al parecer, los colores se limitan al blanco, al amarillo, al rojo y al negro. La composición se reduce a yuxtaponer grupos, y su mayor atractivo reside en la expresión de los personajes, que delatan su verdadera personalidad. Se ha querido ver el reflejo de su estilo en la Crátera de los Argonautas (fig. 367).

(fig. 367)

Crátera de los Argonautas

Copia de un original de esta época, o poco posterior, se considera la pintura en mármol de las Jugadoras de tabas (fig. 368).

(fig. 368)

Jugadoras de tabas

En el siglo V los dos pintores más famosos son Parrasio y Zeuxis. Parrasio, hijo de Efeso, trabaja preferentemente en Atenas. Quienes conocieron sus pinturas las comparan con el estilo dramático de Eurípides, y hasta parece adivinarse en los comentarios que, lejos de precisar los contornos, los esfuma para sugerir la continuidad de la superficie.

Zeuxis, hijo del sur de Italia, que pinta en las principales ciudades griegas, termina por establecerse en Efeso. En realidad, sólo conocemos los nombres de varias de sus obras, y algunas de esas anécdotas tan frecuentes siempre en las biografías de los artistas, como las de aquellas uvas pintadas con tanta verdad que los pájaros acuden a picarlas. Sin gran fundamento se ha intentado descubrir el reflejo de su estilo en algún fresco de Pompeya. Aunque menos importante, conviene recordar el nombre de Timantes, pues se quiere ver la influencia de su Sacrificio de Ifigenia en el mosaico de Ampurias de este tema.

En la famosa obra se encarece sobre todo el arte en graduar el dolor en los diversos personajes, hasta el punto de que, incapaz de expresar el del padre de la víctima, cubre su rostro con un velo.

La última gran figura de la pintura griega es Apeles, el pintor de cámara de Alejandro. El retrato que de éste se conservaba en Efeso lo celebran los escritores antiguos por la extraordinaria brillantez de su colorido. De su famosa Afrodita Anadiomene, o saliendo del agua, creemos tener cierta idea por su eco en algunas esculturas (fig. 369).

(fig. 369)

Mural de Pompeya de Venus Anadiómena

 Esa misma influencia del estilo de Apeles se ha tratado de descubrir en aquellas composiciones de carácter pictórico relacionadas con el conquistador macedonio. La más importante de ellas es el hermoso mosaico de Alejandro vencedor de Darío en la batalla de Iso, de Pompeya. La intensa expresión de los rostros y la riqueza de su colorido permite, al menos, adivinar el grado de perfección alcanzado por la pintura clásica. (fig. 370).

 

(fig. 370)

Alejandro Magno vencedor de Darío en la batalla de Iso

En los tiempos helenísticos el paisaje llega a convertirse en género independiente —al pintor Demetrio se le cita como paisajista— y se concede gran importancia al bodegón.


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CERÁMICA

.—La cerámica, aunque no tenga la importancia de las artes mayores, adquiere en Grecia desarrollo artístico extraordinario creando formas de vasos y decoraciones de la mayor belleza. Además de este valor absoluto, el papel que en su decoración desempeñan las historias y el gran número de vasos conservados le presta excepcional interés como reflejo de la gran pintura, y como repertorio gráfico único para conocer la vida griega. (fig. 371)

(fig. 371)

Nombres vasos griegos: 1, ámphora; 2, 3, pelike; 4, stámnos; 5-8, kráteras; 6, krátera de columnitas; 9, 10, hydrias; 11, oinochóe; 12, skyphos; 13-15, kylix; 16, 18, kyathos; 17, kántharos. Vaso corintio; vaso de figuras negras; vaso de figuras rojas

 

Los vasos griegos reciben nombres diversos. El ámphora (ánfora) (1) es de boca mediana y dos asas; el pelíke (2, 3), de cuello más corto; el stamnos (4), panzudo, de boca mediana y dos asas oblicuas; la krátera (5, 8), de boca ancha y dos asas, y se denomina de columnitas (6) aquélla cuyas asas tienen esa forma; la hydria (9), de tres asas; el oinochóe (léase oinojóe) (11), de un asa y boca trebolada; el skyphos (léase esquifos) (12), especie de taza con dos asas horizontales; el kylix (13, 15), copa baja de dos asas; el kyathos (léase quíazos) (16, 18), taza o copa de un asa muy elevada; el kántharos (léase cánzaros) (17, 19), taza de dos asas elevadas; el rhytón (20), asimétrico terminado en cabeza de animal; el pyxís (21), como caja cilindrica; el aryballos (22); el alábastron (24); el lékythos (léase léquizos) (25); el lékythos arybalístico (26), y el olpe (27). Además están también los modelos de: vaso corintio; vaso de figuras negras, y vaso de figuras rojas

Estos nombres de los vasos griegos se deben a su forma, como el ánfora o vaso de dos asas; al material, como el alabastro, al destino como la krátera o vaso para mezclar, la hydria o vaso para agua, o el oinochóe o escanciador del vino, etc. Su finalidad permite agruparlos en vasos para conservar la bebida, como el pitos o especie de tinaja o barril y el ánfora; para mezcla, como la krátera; para escanciar, como la hydria y el oinochóe; para beber, como el skyphos, el kylix, el kyathos, el kántharos y el rhytón; para tocador, como el pixís, el aryballos y el alábastron, y para usos funerarios, como el lékythos. .

La cerámica doria, o de estilo del Dipylón, así llamada por proceder de ese cementerio de Atenas sus ejemplares más importantes y característicos, culmina en el siglo VIII a. C. Atribuida a los invasores septentrionales, conocidos bajo el nombre un tanto convencional de dorios, forma vivo contraste con la refinada cerámica prehelénica. Su estilo es sencillo, esquemático; dominan los temas geométricos, y las figuras animadas se simplifican y quiebran como queriendo convertirse en formas geométricas. Presentan ya la decoración distribuida en zonas horizontales en la forma que será normal en la cerámica griega posterior (fig. 372).

(fig. 372).

Vaso de Dípylon

Entre las ciudades ceramistas de los tiempos arcaicos tiene particular importancia Corinto, el centro comercial del istmo y plaza de intercambio de Oriente con Occidente. Su arcilla clara hace que la decoración resalte más, y suele producir vasos de perfumes y pomadas. Distribuidos en zonas, su decoración suele consistir en desfiles de leones, carneros, ciervos, panteras o jabalíes, aunque ya aparecen también figuras monstruosas de esfinges, arpías o centauros. Desde el punto de vista más técnico, la cerámica corintia introduce una cierta policromía al mezclar con el negro de carbón óxidos metálicos obteniendo un color violáceo, y al emplear el blanco en las carnes e introducir la costumbre de dibujar los contornos rayando en el color de la figura y dejando al descubierto el blanco del fondo, novedades ambas de gran trascendencia para el futuro de la cerámica griega. Además, en Corinto se emplean ya las figuras negras.

Quienes aprovechan las innovaciones técnicas de los alfareros corintios son los atenienses del siglo VI, que imponen las figuras negras. Los numerosas ciudades alfareras de toda Grecia y la misma Corinto terminan prácticamente a principios del siglo V por sucumbir ante los alfareros atenienses del barrio del Cerámico, que, renunciando a las numerosas fajas hasta entonces de moda, convierten todo el cuerpo del vaso en un verdadero cuadro capaz para toda clase de temas.

El tránsito al nuevo estilo lo representan vasos como el llamado Francois (fig. 373), del Museo de Florencia, dividido en anchas zonas, pero con historias de gran desarrollo. Figúranse en ellas: 1. Hércules y la caza del jabalí de Calidonia. 2. Carreras de carros. 3. Las bodas de Tetis y Peleo. 4. Troilo perseguido por Aquiles. 5. Animales monstruosos. Obra maestra de la cerámica griega, está firmada por el ceramista Klitias y por el pintor Ergótimos.

(fig. 373)

Vaso Francois del Museo de Florencia

Una vez formado el nuevo estilo, en el que lo narrativo desplaza a lo puramente decorativo, los temas más frecuentes son los de la epopeya, los funerarios, los desfiles de carros o escenas de género, como la de jóvenes bañándose en la fuente, etc. Con fines ilustrativos, no decorativos, los personajes van a veces acompañados por letreros dispuestos verticalmente, que contienen la dedicatoria del vaso al propietario, con frecuencia jóvenes, a cuyo nombre se acompaña el calificativo de bello —kalós—. Recuérdese que kaloi fueron hombres después tan famosos como Alcibíades. Por último, suelen decirnos también los nombres del ceramista y del pintor. Gracias a ellos conocemos bastante minuciosamente la evolución de la cerámica griega y sus artistas más destacados.

Mencionado queda Klitias, pintor del vaso Francois. A la generación siguiente pertenece Exequias, autor del bello vaso de Dionisos bajo la vid navegando por un mar surcado por delfines (fig. 374), de la Gliptoteca de Munich.

(fig. 374)

Dionisios y los delfines

Y así conocemos otros nombres de pintores, como los de Nearcos y Lydos, y de ceramistas como Amasis.

Cansado el gusto de las figuras negras, se inicia a fines del siglo VI, tal vez por el ceramista Andócide, un cambio que termina por invertir la policromía, reservando el color rojo del barro para las figuras y pintando el fondo de negro (fig. 375), si bien existen vasos en esta época de transición donde se emplean simultáneamente ambos procedimientos.

(fig. 375)

Vaso de pinturas rojas del Pintor de Andócides (Múnich)

 

Los temas representados continúan siendo los mismos, aunque se insiste en algunos, como los de Teseo, a causa del descubrimiento de sus restos poco después de mediar el siglo, o los dionisíacos; y son particularmente frecuentes los de gimnasio, gineceo y hasta las escenas de la vida diaria. Aún más que en los vasos de figuras negras abundan las firmas, si bien no siempre responden a un mismo estilo, sea por el eclecticismo del artista, o por la industrialización de los talleres. Nombre importante de este período es el de Eufronios (fig. 376).

(fig. 376)

Interior de copa con figuras de Teseo y Anfítrite  de Eufronios

A este momento corresponde Aisón, que firma el vaso de Teseo y Minotauro del Museo Arqueológico Nacional de Madrid (fig. 377).

(fig. 377)

Teseo captura al Toro de Maratón (Detalle de la Copa de Esón)

Este tipo de cerámica termina a principios del siglo III a.C, probablemente como consecuencia de las disposiciones de Demetrio de Falero contra el lujo.

Capítulo especial dentro de la cerámica griega es el constituido por los lékythos funerarios atenienses. Labrados como todos los demás vasos de barro rojizo, se recubren con una capa de tierra blanca sobre la que se pinta la historia. Su cuerpo, fundamentalmente cilíndrico y muy alargado, deforma menos la figura humana, y su policromía incluye el azul, el amarillo claro, el ocre oscuro e incluso el morado. Aunque pequeños por lo general, cuando son de tamaño grande permiten formarse idea de lo que sería la pintura al fresco mucho mejor que los vasos de los estilos antes citados. Como se dedican principalmente para ofrecer vinos y perfumes a los difuntos, los temas que los decoran son casi siempre de carácter funerario. La escena más frecuente es la del difunto despidiéndose de sus familiares más inmediatos, por lo general ante la tumba. En los lékythos de la (fig. 378) se representa el acto de depositar guirnaldas en el sepulcro. No obstante su carácter decorativo, a veces están cargadas de intensa emoción. Este tipo de cerámica tiene sus comienzos y crea sus obras maestras en el siglo V.

(fig. 378)

Lékythos