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1. LOS ETRUSCOS
a) ARCOS Y BÓVEDAS
b)
TEMPLOS
c) TUMBAS
d) SARCÓFAGOS Y ESCULTURA FUNERARIA
e) BRONCE
f) PINTURA
2. ARQUITECTURA ROMANA
a) MATERIALES. LOS ÓRDENES
b) EL ARCO.
SUPERPOSICIÓN DEL DINTEL Y EL ARCO.
c) LA BÓVEDA
3. LA DECORACIÓN
a) LA PINTURA
DECORATIVA.
b) EL MOSAICO
4. EL TEMPLO
5. BASÍLICAS
6. TERMAS
7. TEATROS
8. ANFITEATROS
9. CIRCOS
10. MONUMENTOS
CONMEMORATIVOS:
a) ARCOS
b) COLUMNAS
c) TROFEOS
11. ACUEDUCTOS
12. PUENTES
13. LA
CASA
14. EL SEPULCRO
15. LA CIUDAD.
a)
PUERTAS
b)
FOROS
c) PÓRTICOS
LOS ETRUSCOS
.—Procedentes del Asia Menor y establecidos en las actuales
Toscana y Umbría, alcanzan su mayor florecimiento en el siglo VI a. de C, cuando
su poder desciende hasta el Lacio. La propia Roma es en esta época una ciudad
etrusca, y, según la tradición, etruscos son sus últimos reyes. Su arte, sin
perjuicio de experimentar otras influencias menos profundas, en su época de
máxima pujanza política refleja la arcaica griega e impera en toda Italia
central hasta que en el siglo III. a. de C. es desplazado por el helenístico.
ARCOS Y BÓVEDAS
Como la arquitectura griega, conoce el arco y la bóveda,
pero apenas los emplea con fines artísticos. La obra abovedada de mayor
envergadura que conservamos es la Cloaca Máxima de Roma, y las de carácter más
artístico, las puertas de ciudades decoradas con cabezas humanas (fig.
379). La fecha segura más antigua es la de Falerii Novi, posterior al año 247 a. de C. Más
conocidas son las Marzia y de Augusto en Perugia.
(fig. 379)
Arco de la puerta de
Volterra

TEMPLOS
El templo etrusco, según lo
describe Vitrubio y atestiguan los monumentos conocidos, es de proporciones más
cuadradas que rectangulares, casi toda la mitad anterior se encuentra ocupada
por filas de columnas, y la celia con frecuencia es triple. La cubierta de tejas
ornamentales avanza considerablemente al exterior, y las placas de cerámica
pintadas y el estuco completan su decoración. Templo de tipo etrusco (fig.
380) de triple celia, es el de Júpiter en el Capitolio (509 antes de C),
cuyas celias laterales están dedicadas a Juno y Minerva.
(fig. 380)
Ruinas
y figuración de templo etrusco

De una nave, y ya del siglo
III a. de C, es el de Alatri (fig. 381),
reconstruido en la Villa Giulia de Roma.
(fig. 381)
El
Templo de Alatri reconstruido en Villa Giulia en Roma

TUMBAS
Las tumbas, cuando lo permite
el terreno, son totalmente excavadas, simulándose en la piedra una cubierta de
madera. Cuando la amplitud de la cámara
obliga a ello, se labran pilares que, como las pilastras, presentan en las más
antiguas capiteles de tipo jónico arcaico.
Tumba también de tipo normal
es la labrada sobre el nivel del suelo, bien construida o tallada en la roca,
con sus correspondientes cámaras, y tanto en un caso como en otro, cubierta por
un cuerpo cónico de tierra. Son las predecesoras de las romanas de la época
imperial. La necrópolis etrusca más importante es la de Cerveteri. (fig.
382).
(fig. 382)
Tumba de los Relieves de
Benditaccia. Cervéteri (Italia). Siglo VII a. C.

SARCÓFAGOS Y ESCULTURA FUNERARIA
La escultura, que
principalmente es de carácter funerario, se encuentra también muy influida por
el estilo arcaico griego. Los sarcófagos suelen presentarnos al difunto, solo o
acompañado por su mujer, tendido sobre el lecho mortuorio e incorporado en la
mitad superior de su cuerpo (fig. 383). Unas veces
llevan un rollo en la mano, otras la patena con el pago a Caronte, y con
frecuencia se reducen a ahuyentar a los demonios con las manos. En los más
antiguos sus características son las propias del arcaísmo griego, y realmente no
es posible afirmar todavía que sus rostros sean retratos. Son personajes más
bien delgados y de proporciones elegantes.
(fig. 383)
Sarcófago etrusco

En los sarcófagos de fecha
más avanzada ese arcaísmo desaparece, los personajes se hacen de formas más
pesadas, y en ciertos aspectos su arte decae, pero, en cambio, sus rostros se
convierten en verdaderos retratos no del tipo griego, siempre un tanto heroico,
sino reflejando esa observación penetrante que distinguirá después al retrato
romano. (fig. 384).
(fig. 384)
Estatua funeraria etrusca

La decoración escultórica de
los sarcófagos no siempre se reduce a la escultura o esculturas de la tapa. Con
frecuencia presentan en su frente escenas por lo general mitológicas, de origen
griego, y de tema funerario. De su escultura puramente religiosa, de bulto
redondo, el monumento más importante son las estatuas de Hércules y Apolo
disputándose la cierva procedentes del templo de Veyes, en las que con cierta
tosquedad se repiten conocidos convencionalismos del arcaísmo griego y, se forma
separada, el Apolo de Veyes (fig. 385). Se ha
supuesto que puede ser obra del escultor Vulca de Veyes, que a fines del siglo
VI a. de C. es llamado a Roma para decorar el templo de Júpiter.
(fig. 385)
Apolo de Veyes en el museo
de Villa Giulia, Roma.

BRONCE
Aspecto interesante de la
escultura etrusca, pero aún lleno de problemas, es el de sus broncistas. Existe
alguna obra, como la Loba (fig. 386) del Capitolio
de Roma, de hacia el año 500, que se considera unánimemente obra etrusca y no
griega. La ferocidad del animal está expresada en el rostro vigilante con verdad
y energía tan admirables, que la convierten en una obra maestra y nos permiten
adivinar ese sentido de la fuerza y de la caracterización que distinguirá al
arte romano. Las estatuillas de Rómulo y Remo se hacen en el Renacimienlo para
reemplazar a las primitivas perdidas.
(fig. 386)
Loba capitolina

Esa misma energía tiene la
Quimera (fig. 387) del museo de Florencia que
para algunos es obra griega.
(fig. 387)
La Quimera

Y esta duda de si es obra
griega o propiamente etrusca, es el gran interrogante que se abre ante la
hermosa serie de retratos de bronce, que de ser etruscos, constituirían el
magnífico pórtico del arte romano del retrato. Obras ya contemporáneas del arte
helenístico, al menos, es indudable en ellas la influencia griega. La escultura
más valiosa del grupo, el Orador (fig. 388), del
Museo de Florencia, está dotada de esa fuerza y de ese aire de dominio que
caracteriza al retrato romano posterior. Descubierta la estatua en tierra
etrusca, y con una inscripción en ese idioma, es la obra más segura e importante
de este momento de transición, cuando la sensibilidad etrusca, enriquecida por
el arte helenístico, desemboca en la escultura romana. Se cree del siglo I a. de
C.
(fig. 388)
El Orador

Escultura también excelente
de hacia el año 300 a. de C, pero cuyo origen etrusco es menos seguro, es el
busto del Museo del Capitolio, que sin mayor fundamento se considera retrato de
Lucio J. Bruto. Productos de los broncistas etruscos son, además, numerosas
cajas o cistas decoradas con estatuillas y con escenas grabadas, y espejos
decorados de esta última forma (fig. 389).
(fig. 389)
Espejo etrusco de bronce

PINTURA
La pintura etrusca se reduce
a las que decoran los muros de sus sepulcros. Son en un principio grandes
composiciones pictóricas, de colorido sencillo y apagado, que se enriquece
después considerablemente. Influida, sobre todo, por el estilo de los vasos
griegos importados, en ella puede seguirse la evolución de la pintura helénica.
Los temas representados suelen ser de carácter funerario, pero abundan los de la
vida diaria, y no faltan los históricos. En las de la tumba Campana, de Veyes,
una de las más antiguas, la influencia del arcaísmo griego es particularmente
sensible, y dentro de ese mismo estilo son muy bellas las escenas de danzas de
la tumba del Triclinio, de Tarquinia. Las pinturas de Vulci, que representan, en
cambio, las luchas de los etruscos con los romanos, han permitido reconstruir un
capítulo ignorado de la historia antigua como se expresa en la pintura de la
tumba François, nombre dado a una tumba familiar etrusca, descubierta en
Vulci en 1857 . (fig. 390)
(fig. 390)
Pintura de la Tumba François,
en Villa Albani (Roma)

ARQUITECTURA ROMANA
.—El pueblo romano, de
temperamento más práctico, pero de sensibilidad artística menos fina que el
griego, lo mismo que el etrusco, sigue los modelos de la vecina península,
aunque, tratándose de época más tardía, son ya los del período helenístico.
Algunos llegan a considerar el arte romano como una escuela helenística más, con
personalidad muy destacada. El arte romano, aun manteniéndose dentro de la
tradición helénica, es, sin embargo, de indiscutible personalidad, sobre todo en
la arquitectura, que por su carácter utilitario es el arte que más le interesa.
Al contacto de los monumentos mesopotámicos no sólo emplea la bóveda y el arco
como elementos arquitectónicos corrientes, sino que les hace desempeñar papel de
primer orden, y cuando llega a su pleno desenvolvimiento artístico en los días
del Imperio, se nos muestra en posesión de una arquitectura abovedada de
grandiosidad y riqueza extraordinarias, esencialmente distinta de la griega.
Es cierto que, incluso en
arquitectura, los artistas griegos continúan bajo el Imperio dirigiendo obras de
primer orden, y buen testimonio de ello es el nombre de Apolodoro de Damasco,
autor de las grandes, empresas arquitectónicas de Trajano, pero la realidad es
que no faltan arquitectos puramente romanos al frente de obras importantes en el
mismo Oriente. Sería, pues, absurdo pensar en la ausencia del genio romano en la
creación del estilo, pues bastaría recordar monumentos como el Coliseo de Roma.
Desplazado el arte etrusco, a
comienzos del siglo III a.C, por el helenístico, la arquitectura republicana
asimila cada vez con más intensidad las formas griegas, pero da también pasos
decisivos hacia la creación del estilo propiamente romano. Así, antes de
terminar el siglo I a.C, se edifican ya puentes y acueductos que demuestran un
dominio del arco y de la bóveda superior a los modelos orientales; en el
Tabularium (78 a. de C.) se emplean simultáneamente el arco y el dintel, novedad
de trascendentales consecuencias para la arquitectura posterior, y se definen
las características esenciales del templo romano frente al griego.
Bajo el Imperio, la
arquitectura romana, al contacto de Oriente, se transforma. Se construyen
edificios más lujosos y de proporciones gigantescas. Se crea un nuevo capitel,
el compuesto, más rico que los griegos. El entablamento se trata cada vez con
mayor libertad, resaltándose trozos de él para producir contrastes de claroscuro
más intensos, y en los últimos tiempos incluso se utiliza la misma columna como
simple tema decorativo. En Siria, en particular, se llega a un movimiento en las
formas, a un recargamiento decorativo y a unos efectos de carácter pictórico,
que hacen pensar en la arquitectura barroca europea de los siglos XVII y XVIII.
Pero lo que más contribuye al nuevo aspecto de la arquitectura romana es la
generalización de las cubiertas abovedadas y su empleo en edificios de amplitud
hasta entonces desconocidas en el arte clásico.
MATERIALES. LOS ÓRDENES
.—La arquitectura romana, en el orden puramente
constructivo y de ingeniería, alcanza un perfecto dominio de los materiales. En
la sillería emplea los más variados aparejos, que describe con precisión de
tratadista Vitrubio, pero además concede papel de primer orden al mortero u
hormigón muy fuerte, con cantos rodados o piedras pequeñas, que, una vez
fraguado, convierte la obra en él labrada en un solo bloque de consistencia
pétrea y duración eterna. Este material pobre y barato, y que, por tanto, exige
un revestimiento rico, o con apariencia de tal, opus tectorium, es
decisivo en los destinos de la arquitectura romana, sobre todo en lo gigantesco
de sus proporciones. Material no menos frecuente que el hormigón es el ladrillo,
que comienza a emplearse cocido en el siglo I a. de C, y recibe nombre diverso,
según su tamaño: bipedalis (0,60 X 0,60); sexquipedalis (0,45 X
0,45), y bessalis (0,22 X 0,22).
Dentro de la nomenclatura vitrubiana merecen recordarse,
por su frecuente empleo, el opus quadratum, o sillería a tizón aprendida
de los etruscos; el opus incertum, especie de mampostería menuda, y el
opus reticulatum o muro de esta última naturaleza revestido con pirámides de
base cuadrada y dispuestas al sesgo. Los romanos adoptan los órdenes griegos,
aunque introduciendo en ellos importantes novedades, y crean uno nuevo, en el
que se funden el jónico y el corintio.
En su orden dórico (fig. 391),
la columna, que suele ser de fuste liso, termina en la parte superior en un toro
muy estrecho llamado astrágalo, que sirve de transición al capitel. Este, por
influencia etrusca, transforma la sección parabólica de su equino en un cuarto
bocel, adicionándole por bajo un breve cuerpo cilíndrico. Es el orden que se
conoce también con el nombre de toscano.
(fig. 391)
Orden romano toscano (Foro
de Roma)

En cuanto al orden jónico, la principal novedad se refiere
a la preferencia romana por el empleo en todas las columnas, sin consideración a
su emplazamiento, del tipo de capitel jónico de esquina, en el que las volutas
aparecen no sólo en los frentes anterior y posterior, sino también en los
laterales (fig. 392).
(fig. 392)
Orden romano jónico (Teatro
Marcelo de Roma)

En el fondo, como en tantas otras innovaciones, al olvido
del origen de la forma se une el deseo de producir un efecto de mayor riqueza.
Dada esta afición al lujo y a la riqueza, es natural que el orden preferido por
el pueblo romano sea el corintio (fig. 393), que,
como hemos visto, sólo en contadas ocasiones emplean los griegos. Aceptado con
análogas características que el prototipo helénico, continúa siendo en los
tiempos modernos, desde que vuelve a ponerlo de moda el Renacimiento, el capitel
más corriente.
(fig. 393)
Orden romano corintio
(Panteón de Roma)

La principal aportación romana a los órdenes clásicos es el
capitel compuesto (fig. 394), así llamado por estarlo de elementos de los
capiteles jónico y corintio. Vivo reflejo del ansia de lujo de la Roma imperial
es, en realidad, un capitel corintio, enriquecido en su parte superior con el
cimacio e incluso las volutas del jónico.
(fig. 394)
Capitel compuesto templo de Vesta en Tívoli

El dintel compuesto así formado
aparece por primera vez en el Arco de Tito (81 años antes de Cristo) (fig.
395),
pero en tiempos posteriores, no satisfecha la sensibilidad romana con tanta
riqueza, introduce en él figuras humanas como la de Hércules de los capiteles de
las Termas de Caracalla.
(fig. 395)
Arco de Tito. Roma

En cuanto al entablamento, los romanos suelen manifestar
cierta inclinación a decorar las metopas del orden dórico con discos, rosas,
bucranios, etc., pero la mayor novedad es, como en el arte helenístico, la
libertad con que los arquitectos imperiales interpretan sus diversas partes.
Así, a mediados del siglo II vemos frisos convexos. El arquitecto romano emplea,
además, con frecuencia bajo los tres órdenes, un pedestal, que consta a su vez
de plinto o basa, dado o cuerpo central, y cornisa.
Si los griegos han utilizado alguna vez en el interior y en
el exterior de un mismo edificio dos órdenes diferentes, los romanos no sólo no
tienen inconveniente en superponerlos en una misma fachada, sino que convierten
esa superposición en uno de sus sistemas constructivos más usados en los grandes
monumentos (fig.396).
(fig.396)
Resumen ordenes romanos

EL ARCO. SUPERPOSICIÓN DEL DINTEL Y EL ARCO
.—Aunque, contra lo que se ha pensado durante mucho tiempo,
ya no se atribuye a los etruscos la invención del arco, de ellos lo aprenden los
romanos, que son sus verdaderos difundidores y quienes lo convierten, tanto como
a su hermana la bóveda, en elemento arquitectónico corriente de primer orden. El
arco empleado por los romanos es el semicircular o de medio punto. A juzgar por
relieves, se le hace cabalgar ya sobre columnas en tiempos de Augusto, pero la
primera vez que se construye en esa forma en gran escala es en el Foro de Leptis
Magna, de principios del siglo III.
El sistema de los templos griegos seudoperípteros de adosar
la columna y el entablamento al muro, de gran efecto decorativo, sirve de base
al arquitecto romano para una de sus principales innovaciones. Consiste ésta en
encajar entre esas columnas y bajo el dintel una arco simultaneando así dos sistemas constructivos, suficientes cada
uno de por sí para la solidez del vano, pero estéticamente contradictorios, ya
que horizontalidad y reposo, y curva y dinamismo son los signos opuestos del
dintel y del arco.
Los triángulos formados por el tradós o exterior del arco, el
arquitrabe y las columnas, son las enjutas, nueva forma arquitectónica de larga
y fecunda historia en los estilos venideros. La colocación del dintel sobre el
arco aparece ya en el Tabularium (78
a. de C), o archivo del pueblo romano, monumento de gran importancia además por
emplear ya en su interior la bóveda de arista, conocida por los arquitectos
helenísticos desde principios del siglo II a. de C. La superposición del dintel
al arco se utiliza como fórmula perfectamente lograda en el Teatro Marcelo (13
a. de C.) (fig. 397),.
(fig. 397)
Teatro Marcelo, Roma

Este empleo no puramente constructivo de los órdenes adintelados griegos, sino adosándolos al muro, transforma el entablamento en un
elemento decorativo más, que los arquitectos romanos tratan con libertad
intolerable para un griego del siglo V a.C. Así, por ejemplo, ya en el arco de
Tiberio en Orange (46 a. de C.) (fig. 398) el arco se eleva tanto que llega a
interrumpir el entablamento;
(fig. 398)
Arco
de Tiberio en Orange

En el templo de Minerva, del Foro de Nerva (96-98),
el entablamento aparece a trozos alternativamente con todo el relieve de las
columnas sobre que descansan, o simplemente al ras del paramento del muro; y en
las Termas de Caracalla (fig. 399) se reduce a un trozo tan estrecho que llega
a convertirse en una especie de segundo capitel, novedad que tendrá fecundas
consecuencias en la época renacentista.
(fig. 399)
Termas
de Caracalla, ruinas y figuración

Este proceso barroco en pro de la
utilización de los elementos constructivos con fines decorativos se intensifica
paulatinamente. En la primera mitad del siglo II se producen ya en Oriente obras
importantes, en las que el estilo arquitectónico de las fachadas se presenta
intensamente transformado. De tiempos de Trajano se considera la Biblioteca de Efeso (fig.
400), en la que alternan sobre columnas exentas, frontones
triangulares y curvos.
(fig. 400),
Biblioteca de Efeso

En el Ninfeo de Mileto, el sistema de destacar pequeños
pórticos cubiertos por frontones, y la multiplicación de columnas con fines
puramente escenográficos, emulan las caprichosas decoraciones arquitectónicas de
las pinturas imperiales al fresco de las que se trata más adelante. En la puerta del
Mercado de Mileto y en el Teatro de Aspendos (fig. 401), ya de mediados de
siglo, se agrega a esas novedades el frontón roto.
(fig. 401)
Teatro
de Aspendos

En la fachada del templo de Baalbeck, de la primera mitad del siglo
III, el entablamento se incurva, formando un arco, que resulta así alojado en el
tímpano del frontón. En el palacio de Spalato (305) se labran arquerías ciegas decorativas sobre columnas
voladas (fig. 402), es decir, según una fórmula ya de sabor medieval.
(fig. 402)
Palacio
diocleciano
de Spalato (Croacia)

LA BÓVEDA
La bóveda,
que llega a presentar gran número de variedades, se utiliza en Roma con gran
perfección técnica ya en la segunda mitad del siglo II a. de C, como lo
atestiguan la Cloaca Máxima, el Pons Aemilius (146 a.c) y el Pons Milvius (110
a.c).
Pero las grandes edificaciones cubiertas por bóvedas gigantescas y complicadas
no aparecen hasta la época imperial. Bajo los Flavios, a fines del siglo I, se
generaliza la bóveda de aristas —Coliseo (fig. 403 - fig.
404)—, que es todavía muy
rara en el período republicano.
(figs. 403)
El Coliseo

(figs. 404)
El Coliseo

Izquierda: corte transversal del Coliseo. Centro: detalle de fachada, con arcos
de medio punto, semicolumnas, semipilastras y pilares. Derecha, arriba: bóveda
de cañón. Abajo: bóveda de arista.
En tiempos de Adriano, la Villa de Tívoli, de
hacia el año 130, nos muestra bóvedas de cañón con lunetos y semiesféricas sobre
anillo de lóbulos cóncavos y convexos (fig. 405), gallonadas y con arcos de
descarga, de tanta importancia para la arquitectura medieval.
(fig. 405)
Villa de Tívoli

Particularmente
interesante es, en esta misma época de Adriano, la bóveda de nervios de la
llamada «Sette Bassi» de Roma (fig. 406), consecuencia de los arcos de refuerzo
del Coliseo.
(fig. 406)
Ruinas villa Sette Bassi (Bóbeda de nervios)

En la Basílica de Majencio (fig.
407) se contrarrestan los empujes de las grandes bóvedas de arista
oponiéndoles otras transversales de cañón.
(fig. 407)
Basílica de Majencio

Es también importante la novedad de las Termas de Caracalla (211-217),
ver (fig. 399) de apoyar la bóveda de arista sobre columnas adosadas, donde aparecen,
además, unas incipientes pechinas para pasar de la planta octogonal a la bóveda
semiesférica (fig. 408).
(fig. 408).
Ilustración pechinas de
las Termas de Caracalla

PECHINA. En arquitectura, es cada uno de los elementos estructurales y
constructivos que resuelve el encuentro entre la base circular de una cúpula y
un espacio inferior cuadrado o poligonal.
Pese a la variedad y a la magnitud de las bóvedas
construidas por los romanos, no llegan a utilizar la cúpula, salvo en las
provincias orientales. Así, en el supuesto templo de Minerva Médica, de Roma, de
mediados del siglo III, se pasa de la planta poligonal a la bóveda semiesférica
por medio de una serie de piedras voladas, pero no por pechinas
(fig. 409).
(fig. 409)
Minerva Médica, de Roma

Como es natural, los sistemas
abovedados romanos, de proporciones gigantescas y presiones laterales igualmente
considerables, exigen unos muros extraordinariamente gruesos, que contribuyen en
no pequeño grado a ese efecto de grandiosidad tan típico en sus monumentos.
LA DECORACIÓN
.—El repertorio decorativo romano es el griego, al que se
agrega algún tema de escasa importancia. Su capítulo de mayor novedad es el de
la interpretación de los temas vegetales en los últimos tiempos del Imperio. El
acanto y el follaje conservan durante muchas generaciones su inspiración
equilibradamente naturalista de abolengo helénico. En la época augustea los
tallos son finos y se mueven sobre un fondo amplio y diáfano, describiendo
elegantes curvas y contracurvas, y roleos o espirales (fig.
410).
(fig. 410).
Ara Pacis. Detalle del zócalo con hojas de acanto

Follaje blandamente modelado y de escaso relieve, se dibuja
con limpieza en el plano luminoso del fondo. Cuando se decora una pilastra se
suele figurar un cesto, un trípode o un vaso, a veces sobre animales pareados,
de donde asciende un tallo vertical que atraviesa otros vasos de diversas
formas, y del que parten tallos secundarios y hojas que describen simétricamente
a ambos lados roleos, o simples ondulaciones.
Esta decoración de la época de Augusto y de sus
inmediatos sucesores va perdiendo con el tiempo diafanidad, aunque conserva
todavía el mismo sentido. En la primera mitad del siglo III, y, sobre todo en
las provincias orientales —en Siria—, el blando follaje y los jugosos tallos
clásicos comienzan a secarse, y, al llenar la decoración cada vez más al fondo,
éste deja de ser un plano de luz y se convierte en un plano de sombra sobre el
que se recorta bruscamente el nuevo tipo de follaje.
Como veremos, este sistema decorativo, ya por completo anticlásico, será
el punto de partida de la decoración bizantina, de buena parte de la de
Occidente durante la Edad Media, y de la decoración árabe.
LA PINTURA DECORATIVA.
El otro capítulo importante de la decoración romana es el
de la pintura mural. Si la de carácter vegetal labrada en relieve es de
trascendentales consecuencias para la Edad Media, en cambio, su decoración
pictórica tiene influencia decisiva en los tiempos modernos. El empleo de
materiales baratos y el deseo de crear efectos de gran riqueza lleva a los
arquitectos romanos al uso frecuente de estucos de excelente calidad, que
permiten simular mármoles de diversos colores. De esta simulación de mármoles se
pasa pronto a crear una decocción caprichosa y fantástica, que evoluciona bajo
el Imperio tan intensamente que permite distinguir en ella varios estilos
sucesivos.
El llamado estilo de incrustaciones, de origen helenístico, llega
hasta principios del siglo I a. de C, y se limita a imitar revestimientos de
mármol y a figurar de muy bajo relieve los temas decorativos (fig
411).
(fig 411).
Estilo decorativo romano de
incrustaciones

El
estilo arquitectónico, que vive hasta los comienzos del Imperio, simula en
pintura unas composiciones arquitectónicas muy libres, pero que, sin embargo,
podrían construirse, completándose el conjunto decorativo con cuadros de paisaje
y figuras, igualmente fingidos en pintura. Buen ejemplo de este tipo de
decoración es la casa de Augusto y Livia, en Roma (fig.
412).
(fig. 412)
Decoración casa de Augusto y Livia, en Roma

En el llamado
estilo ornamental de los candelabros, o tercer estilo, que corresponde a la
primera mitad del siglo I, la decoración del segundo estilo se aligera tanto de
materia y se hace tan fina y fantástica, que sólo podría tener realidad labrada
en metal. De color rojo oscuro, casi negro, el fondo, como en el estilo
anterior, en la parte alta se torna celeste. En alguna casa, como la de los Vetii de Pompeya, son particularmente bellas, por su concepción y por lo suelto
de su factura, las escenas mitológicas infantiles (fig.
413). Se ha pensado en
el posible origen alejandrino de este estilo.
(fig. 413)
Decoración casa de los Vetii de Pompeya

El cuarto estilo corresponde ya a
la segunda mitad del siglo I, y es el de la Domus Áurea de Nerón y el de los
últimos tiempos de Pompeya, destruida el año 79. En él se vuelve a una
arquitectura que puede ser real como la del estilo arquitectónico, pero
procurando crear por medio de la perspectiva grandes efectos escenográficos, con
múltiples términos, y cortinajes en primer plano (fig. 414).
(fig. 414)
Ruinas y figuración decoración de la
Domus Áurea de Nerón

EL MOSAICO
Elemento decorativo
también valioso es el mosaico de pavimentos, que, como tantas otras
manifestaciones artísticas, aprende Roma del pueblo griego y que ya en el
período helenístico se emplea con gran perfección. Aunque se inventa el opus
sectile formado de trozos con mármoles de diversos colores de mayor tamaño,
cortados según la forma de la decoración, lo más corriente es el
opus tesselatum,
de origen griego, de pequeñas piezas de piedra o vidrio, tesselae.
La mayor parte de la superficie es de carácter geométrico, a veces bastante
complicada, pero por lo general contiene emblemas o cuadros con escenas
diversas.
Hermosos ejemplos de mosaicos historiados, tipo que no se introduce hasta bien
avanzado el Imperio, son los de la Villa de Adriano, en el Vaticano y en el
Museo Capitolino. La obra maestra del género es, sin embargo, el de la Batalla
de Alejandro con Darío, de la Casa del Fauno de Pompeya, que se considera copia
de una pintura de Philóxenos de Eretria. Además de los temas mitológicos, son
frecuentes los circenses. Aunque excepcionalmente, se utiliza también el mosaico
para decorar el muro, y en particular nichos, predominando entonces los colores
azul y verde.
El arte del mosaico romano, que desde los últimos tiempos de la
República adquiere cada vez más importancia, llega a constituir una industria
perfectamente organizada que, gracias a varios equipos de artífices que recorren
todo el Imperio, difunde los modelos creados por los principales talleres. El
número de los mosaicos conservados en los más apartados lugares del Imperio, no
sólo en las ruinas de las ciudades, sino en las villas o casas de campo, es
verdaderamente asombroso. En España abundan, pero merecen recordarse en
particular el del Sacrificio de Ingenia, de Ampurias, que se considera inspirado
en la celebrada pintura del griego Timantes; el de los Peces, y los de las
escenas circenses, todos ellos en el Museo de Barcelona; el del Triunfo de Baco
y de los Trabajos de Hércules, del Museo Arqueológico Nacional; el de la Medusa,
del Museo de Tarragona (fig. 415), y el de los Peces, del de Toledo. Los de tipo
más corriente abundan en Itálica, Mérida y Tarragona.
(fig. 415)
Mosaico de la Medusa, del Museo de Tarragona

EL TEMPLO
.—La diferencia principal del templo romano respecto de su
modelo griego es que las gradas o estilóbato se ven reemplazadas por el
podium o
basamento de paredes verticales, que sólo tiene gradas de acceso en el frente de
su fachada anterior. El origen del podio no se conoce con seguridad, habiéndose
pensado en la Jonia asiática, donde se da también, aunque en fecha más tardía.
Parece que la mayor altura del podio es testimonio de mayor antigüedad. Por lo
común, es templo próstilo y seudoperíptero, es decir, de pórticos, salvo el del
frente principal, no viables, sino simplemente de relieve, empotrados en el
muro.
De la época republicana y augustea poseemos varios templos
importantes. Entre los más antiguos deben recordarse: uno de los existentes en
el Largo Argentino, en el campo de Marte (fig. 416), de fines del siglo IV a. de
C, y el de Cori (fig. 417), de comienzos del siglo
I antes de C, que es dórico tetrástilo, y cuyas columnas tienen ya basa. Su pórtico, según la costumbre
etrusca, es muy grande en relación con la celia.
(fig. 416),
Templo largo di Torre Largo Argentino, en el campo de Marte

(fig. 417),
Templo de Cori

Los dos ejemplares más
representativos y conocidos son el de la Fortuna Viril, de Roma (fig.
418), de
orden jónico, del período republicano, y el de Nimes, la llamada Maison Carree (fig.
419), que es corintio y corresponde ya a tiempos de Augusto.
(fig. 418)
Templo Fortuna Viril

(fig. 419)
Templo
Maison Carree

El de Vienne es
interesante, por el extraordinario desarrollo del pórtico. De los templos de
planta circular, son los más bellos el de Vesta, en Roma, sobre estilóbato y el
de Tívoli (fig. 420), sobre podio. Ambos son corintios.
(fig. 420)
Templo
de Tívoli

El de Área Argentina, de
Roma (fig. 421), de los siglos III a II a. de C, ofrece el interés de presentar
ante su ingreso un pórtico tetrástilo con frontón agregado algo posteriormente.
(fig. 421)
Ilustración templo de Área
Argentina, de Roma

Templo de otra forma, relacionado con el de tipo abierto helenístico, con
grandes ejes y amplias perspectivas, es el de la Fortuna, hecho construir por Sila (81-79 a. de C.)
en Preneste aprovechando los desniveles del terreno, y del que sólo conocemos la
organización general (fig. 422).
(fig. 422).
Figuración templo de la Forturna

Ejemplo de este tipo de edificación nos lo
ofrecen en España las ruinas de Mulva (provincia de Sevilla) (fig.
423).
(fig. 423)
Ruinas
de Mulva (provincia de Sevilla)

Obra de primer orden, por la excepcional calidad de su
decoración, pero de proporciones más reducidas, es el Ara Pacis, o Altar de la
Paz, ver (fig. 410), hecho construir por Augusto en Roma para conmemorar la
pacificación de España y de las Galias, el año 13. De pequeño tamaño, pues sólo
mide unos diez metros de lado, y de proporciones cuadradas, lo ciñe un muro de
unos seis metros de altura, decorado exteriormente, en su parte inferior, con
grandes roleos de acanto, y en la superior, con relieves alusivos a la procesión
que debía celebrarse todos los años para hacer ofrendas en el pequeño Altar de
la Paz de Augusto, levantado en el centro del patio. Los relieves de hojas y
tallos de acanto son los más bellos ejemplos de decoración vegetal del arte
augusteo.
A la época de Adriano corresponden dos templos que
ofrecen grandes novedades. Dentro del tipo de planta rectangular, es
particularmente interesante el trazado por el propio emperador, de Venus y Roma
(135 a. de C.) (fig. 424), por constar de dos celias terminadas en semicírculo y
unidas por sus testeros. Cubiertas con grandes bóvedas de cañón con artesones,
este doble templo tiene estilóbato corrido por sus cuatro frentes como los
griegos, y supera en magnitud a todos los construidos hasta entonces en Roma.
(fig. 424)
Figuración y ruinas Templo
Venus y Roma

El
gusto de los romanos por los templos de planta circular no llega a inspirar una
obra realmente de primer orden hasta que se construye el llamado Panteón de
Agripa (fig. 425). Enorme edificio sin más columnata que la de su pórtico
de ingreso, se cubre con gigantesca media naranja de treinta y dos metros de
diámetro. Contra lo que siempre ha sucedido en el templo clásico, se piensa por
primera vez, más que en el exterior, en su interior, decorado por grandes
casetones e iluminado por anchísima claraboya. La bóveda está formada por una
serie de arcos de descarga en su arranque, y el resto es de hormigón recubierto
de ladrillo, lo que, al concentrar el peso de la media naranja en varios puntos,
permite abrir en los espacios intermedios del muro profundas capillas.
Aunque
tanto los historiadores clásicos como la inscripción del pórtico atribuyen el
edificio a Agripa, lo extraordinario de que en fecha tan temprana, y sin
precedentes que puedan explicarlo, se construya bóveda de tan gigantescas
proporciones, ha hecho preguntarse si, en realidad, puede ser de tiempos del
ministro de Augusto. Como, por otra parte, consta que el edificio es restaurado
por Adriano, y existen ladrillos de éste en la masa de la obra, se supone que
esta restauración es una verdadera construcción, en cuyo caso la gran bóveda es
perfectamente explicable. Tampoco se sabe con seguridad el fin para el que se
construyó. Según unos, para dar culto a todos los dioses del Imperio; según
otros, para termas.
(fig. 425)
Panteón
de Agripa

El Panteón nos dice el grado de maestría de los arquitectos
de Adriano en el empleo de la bóveda. De ello dan fe, además, las construcciones
de carácter civil del mismo emperador en la Villa de Tívoli, donde veremos
emplear bóvedas esféricas sobre anillo de lóbulos cóncavos y convexos,
descansando en una columnat, ver (fig. 405). El paso siguiente de construcción
abovedada semiesférica se da en el supuesto templo de la Minerva Médica, de
mediados del siglo III, de Roma, ver
(fig. 409), que hoy se considera un ninfeo. Es su centro un octógono, con una exedra en cada lado, estableciéndose
el tránsito entre el octógono y la media naranja con una especie de pechinas
como las empleadas ya en las Termas de Caracalla. Se contrarrestan
los empujes de la media naranja con dos grandes cuartos de esfera y dos gruesos
estribos; demostrando todo ello cómo los arquitectos romanos de esta época
avanzan hacia lo que será la arquitectura abovedada bizantina.
Entre los templos
de los siglos II y III, que delatan un manifiesto deseo de crear nuevos tipos,
figuran los de Baalbeck dedicados a Júpiter y Baco (figs. 426 - 427), en Siria. En el de Júpiter, el arquitecto dispone, en primer término,
de un pórtico de entrada con cuerpos laterales a manera de propíleos, y a
continuación dos patios, hexagonal el primero y rectangular el segundo, al fondo
del cual se levanta sobre un podio el gran templo períptero.
(fig. 426)
Restos y figuración del
templo de Júpiter,
Baalbeck,
Siria

En el de Baco, no
sólo se resaltan intensamente los trozos de entablamento que corresponden a las
columnas, sino que se multiplican los frontones en los intercolumnios con fines
puramente decorativos.
(fig. 427)
Restos del templo de Baco,
Baalbeck, Siria

Aún más interesante, a pesar de sus pequeñas
proporciones, como muestra del barroquismo a que llega el arte imperial romano
en su deseo de mover los elementos arquitectónicos, es el de planta circular, pero cuyo entablamento avanza sobre las columnas, formando grandes
entrantes curvos. Monumento de tipo excepcional, sobre todo si se le considera
como templo, es el Septizonium (fig. 428),
construido a principios del siglo III
por Septimio Severo al pie del Palatino y que ocultaba la irregularidad de las
construcciones allí existentes.
(fig. 428)
Septizonium

Destruido en el Renacimiento para aprovechar sus
materiales, los dibujos conservados permiten conocerlo con bastante precisión.
Consiste en una gran fachada de tres plantas de pórticos adintelados con tres
rehundimientos centrales semicirculares. Dedicado a los siete dioses planetas,
refleja el barroquismo de la arquitectura imperial de esta época. En la
Península, los restos de los templos existentes no aportan ninguna novedad a los
tipos metropolitanos. Las ruinas más importantes son las de Evora, en Portugal;
las del templo de Diana, de Mérida (fig. 429); las de Barcelona, Vich, etc.
(fig. 429)
Templo de Diana, de Mérida

BASÍLICAS
.—Entre las construcciones de más fecunda consecuencia en los tiempos
cristianos figura la basílica, o edificio dedicado a la administración de
justicia y a los tratos comerciales. Para acudir a estos menesteres, que en un
principio tienen lugar al aire libre bajo los pórticos del Foro, Marco Poncio
Catón (185 a. de C.)
labra, al parecer siguiendo modelos griegos, la basílica de su nombre. Las
basílicas romanas suelen ser de planta rectangular y tener una nave central y
dos laterales más bajas, cuyo desnivel sirve para iluminar el interior. En su
cabecera, el tribunal del magistrado administra justicia. Las basílicas
conocidas son, sin embargo, de tipos diversos. La basílica Julia, de tiempos de
César, de la que existen los cimientos, consta de una gran nave central y dos
laterales de dos plantas, superponiéndose en su alzado el dintel sobre el arco (fig.
430).
(fig. 430)
Figuración y restos de la basílica Julia

La mejor conservada es la de Pompeya (fig.
431).
(fig. 431)
Restos y figuración de la basílica de Pompeya

Por su cubierta
totalmente abovedada, es de gran importancia la de Majencio (fig.
432), de nave
central con bóvedas de arista y testero semicircular, y naves laterales con
cañones dispuestos transversalmente para contrarrestar el empuje de las
anteriores.
(fig. 432)
Restos y figuración de la basílica de Majencio

TERMAS
Papel de primera importancia en la vida romana desempeñan las
termas, pues, aunque son los baños públicos, en ellas existen salas de reunión y
bibliotecas, y se completan con servicios como los del estadio y con alojamiento
para los atletas. Fundadas por particulares, y contando con fondos propios, son
de carácter gratuito, y, en consecuencia, numerosísimo el público que a ellas
concurre. Sus proporciones son cada vez mayores. Como los servicios no se
reducen al baño de agua, sino que presuponen el de vapor y el masaje, en las
termas romanas existen necesariamente, además del irigidarium o piscina de agua
fría, el tepidarium o sala con calefacción de aire caliente bajo el pavimento,
sistema que se introduce a principios del siglo I a. de C, y el caldarium,
dedicado a baño de agua caliente, de vapor y al masaje. La sala para desnudarse
es el apodyterium. (fig. 433)
(fig. 433)
Figuración termas romanas

De tipo todavía relativamente modesto y muy antiguas son las
Stabianas de Pompeya, que ofrecen el gran interés arquitectónico de cubrir su
irigidarium de planta cuadrada con una bóveda semiesférica con claraboya central
sobre cuatro trompas en forma de nichos.
Las grandes termas imperiales se
inician con las de Trajano, que crean el tipo imitado después, pero de la que
sólo poseemos algunos muros. Las de Caracalla (216), aunque únicamente conservan
los muros y alguna de sus bóvedas, ver (fig. 399), nos permiten, sin embargo,
formarnos idea no sólo de sus gigantescas proporciones, sino de su interesante
organización arquitectónica. En realidad, quien las comienza es Septimio Severo.
Labradas en enormes masas de hormigón, que se revisten de mármoles y estuco, y
cubiertas por bóvedas gigantescas, las Termas de Caracalla, aparte de su interés
como tales termas, con acomodo para los más diversos servicios, son uno de los
monumentos más representativos e importantes de la arquitectura romana imperial.
El gran salón, ver (fig.
399) del frigidarium, con sus enormes bóvedas de aristas
recibidas por columnas adosadas y coronadas por trozos de entablamento, ha
debido ser uno de los interiores más grandiosos creados por la Humanidad.
Aún
superan en magnitud a las de Caracalla las de Diocleciano (305), que siguen el
modelo de las anteriores. Su frigidarium es lo que Miguel Ángel convierte en la
iglesia de Santa María de los Ángeles, pero lo más interesante para la historia
de la arquitectura es el tepidarium (fig. 434), los empujes de cuyas enormes
bóvedas de arista son contrarrestados por gruesos estribos bajo los que corren
las naves laterales. Como además son coronados por pilares, constituyen así un
valioso precedente del sistema de arbotante y pináculo góticos.
(fig. 434)
Termas de Diocleciano

En la Península Ibérica existen varias ruinas de termas,
que sólo permiten conocer su planta. Figuran entre ellas las de Conímbriga, en
Portugal, y las de Itálica. En cambio, algunas de aguas medicinales, como las de
Alanje, en Extremadura, continúan en uso (fig. 435).
(fig. 435)
Termas de Alanje, en Extremadura

EL TEATRO
.—En el teatro, la principal novedad romana es reflejo de la menor
importancia concedida al coro en su literatura dramática. Debido a ello, la
orquesta, al disminuir de tamaño, se hace semicircular, con el natural reflejo
en la forma de la gradería, que los romanos denominan cavea. Se distinguen en
ella el tercio inferior, el medio y el alto, que se denominan prima, media y summa cavea; conociéndose además toda la rica nomenclatura latina de las
restantes partes del edificio —cunei o tendidos, precintiones o pasillos,
vomitoria o puertas que sirven los tendidos, etc.
Prohibida expresamente la
construcción de teatros en Roma, por considerarse poco edificantes sus
representaciones, el primero se levanta por orden de Pompeyo, el año 55 a. de C, a su regreso de
Grecia, si bien labrando un templo a Venus en el centro de la cavea, es decir,
que, como él mismo dice, construye un templo y lo completa con un teatro (fig.
436). Aunque, por desgracia, los restos conservados son escasos, sí podemos ver
que presenta en la fachada la organización de arquerías, con columnas dóricas y
jónicas en las dos plantas bajas, y con pilastras corintias en el tercer cuerpo
sin vanos, que servirá de modelo a tantos teatros y anfiteatros.
(fig. 436)
Figuración teatro de Pompeyo

Algo posterior,
en mucho mejor estado se encuentra el teatro Marcelo, de Roma, ver (fig. 397). El más
grande de todo el Imperio parece que es el de Aspendos, ver (fig. 401), en Asia
Menor, cuya escena presenta frontones curvos y triangulares alternados, y uno
mayor, roto.
En España el más importante, y uno de los mejor conservados del
mundo romano, es el de Mérida (fig. 437), del año 18 a. de C, si bien su
escena, que es semejante a la del teatro tunecino de Dugga, y en que aún puede
verse buena parte de sus columnas en pie, se construye en el año 135. Tiene cabida para
5.500 espectadores.
(fig. 437)
Teatro romano de Mérida
(Badajoz - España)

Del de Sagunto sólo existe la cavea, y aún más perdido se
encuentra el de Ronda la Vieja.
EL ANFITEATRO
El único edificio para espectáculos importante
de creación romana es el anfiteatro. Dedicado a las luchas entre gladiadores, a
las luchas con fieras y a otros espectáculos análogos, al prohibirse a
principios del siglo IV, por el Cristianismo, la condena a ser muerto por
las fieras, y desde el año 404, los combates entre gladiadores, termina por ser
innecesario. De planta elíptica y rodeado por todas partes de graderíos para los
espectadores, es, en realidad; como lo indica su
nombre, un doble teatro. El espectáculo tiene lugar en la parte central o arena,
bajo la cual existen numerosos corredores, cámaras y escotillones para la
tramoya de la representación, y la salida de fieras, gladiadores y actores. En
la gradería o cavea, se distingue las mismas zonas que en el teatro. A veces se
aprovecha parcialmente un cabezo o ladera para excavar en él la parte inferior y
sólo tener que construir la alta; pero lo corriente es que se edifique en su
totalidad.
El anfiteatro más antiguo existente es el de Pompeya, de hacia el año
70 a. de C. Excavado en buena parte en la ladera de una colina, lo construido
sólo presenta al exterior un muro liso.
El más importante, y que por sus
proporciones gigantescas ejerce influencia decisiva en este tipo de monumento,
es el edificado por Vespasiano (80 a. de C), en Roma, o Coliseo, ver (fig.
403 - 404). De 188 metros de largo por 156 de ancho, y capaz para 50.000 espectadores,
está todo él construido y presenta en su exterior la superposición de arquerías
ya descrita en el teatro Marcelo. Labrado sobre un lago artificial de tiempos de
Nerón, se alojan en la cavidad de éste numerosísimas dependencias subterráneas.
El cuarto piso del anfiteatro parece ser adición de tiempos de Domiciano, y las
ménsulas que en él aparecen sirven para los mástiles que, atravesando la
cornisa, sostienen el toldo para dar sombra a las caveas. Para la historia de la
arquitectura ofrece, además, el interés del empleo de arcos de refuerzo de
ladrillo, dispuestos a trechos en la bóveda de hormigón, creando así una parte
especialmente activa dentro de la misma, y de la bóveda de arista.
Entre los
anfiteatros que siguen el modelo del Coliseo figuran algunos tan importantes
como los de Pola y Nimes. En España, aunque de menos interés arquitectónico, por
ser en gran parte excavados, los más valiosos son los de Itálica (fig.
438) y
Mérida. El de Itálica, cantado por los poetas sevillanos del Siglo de Oro, es
uno de los mayores del mundo, y tiene en su arena una fosa cruciforme, en la que
se advierten aún claramente las huellas para cubrirlo de madera, y de las jaulas
para las fieras. Obra en gran parte excavada, su fachada construida es
relativamente pequeña. Se considera de la época de Trajano, si bien algunos lo
creen de los comienzos de la Era Cristiana. De tiempos de Augusto es el de
Mérida.
(fig. 438)
Anfiteatro de Itálica

EL CIRCO
El circo (fig.
439), dedicado a las carreras de caballos, carros y
ejercicios atléticos, corresponde al estadio griego. De planta estrecha y larga
como éste, y rodeado de gradas para los espectadores, se levanta a lo largo de
su eje longitudinal la spina o pedestal corrido, en torno a la cual se
desarrolla la pista. Termina el circo por uno de los lados en forma
semicircular, mientras que el otro es un arco de círculo, cuyo centro, en lugar
de encontrarse en la espina, se halla en el centro del comienzo de la pista por
donde se inicia la carrera, a fin de que todos los concurrentes se encuentren al
salir a igual distancia de ella. En España, donde debió de existir bastante
afición a esta clase de espectáculos, los más importantes son los de Mérida y
Toledo, siendo también muy curiosos, por darnos idea de las carreras mismas, los
bellos mosaicos del Museo de Barcelona, ya citados.
(fig. 439)
Figuración del Circo Máximo de
Roma

MONUMENTOS
CONMEMORATIVOS
ARCOS
.—Hijos del profundo deseo de
gloria terrena que siente el romano, son los monumentos conmemorativos.
El arco de triunfo tiene la
forma de una puerta de ciudad aislada del resto de la muralla. Su emplazamiento
es muy diverso. Se levanta en los foros como ingreso monumental, a las entradas
de los puentes, en los cruces de las calzadas, sobre las fronteras de las
provincias o en lugares donde tiene lugar algún hecho glorioso para el personaje
a quien se dedica el arco. Puede ser de un solo vano, rara vez de dos, de tres y
aún de más.
A veces el arco no es un trozo de muro de planta rectangular con dos
fachadas, sino de planta cuadrada con cuatro fachadas —cuatrifrons—, como el de
Caparra, en España. Las columnas que encuadran el arco reciben el entablamento,
sobre el que descansa el ático de terminación. Lisos sus paramentos en los más
sencillos, generalmente se cubren de relieves conmemorativos de las hazañas del
personaje, siendo casi de rigor la representación del desfile triunfal, en el
que figura el interesado guiando su cuadriga conducida por la figura alegórica
de Roma.
Aunque consta que se construye algún arco de triunfo bajo la República,
como el de Estertinio (196 a. de C), el más antiguo que poseemos es el de
Orange, en Provenza, del año 46 d. de C. (fig. 440). Consagrado primero a César,
conquistador de Marsella, lo es más tarde al emperador Tiberio.
(fig. 440)
Arco romano de Orange, en
Provenza

De gran belleza,
por la elegancia de sus proporciones e incluso por su misma sencillez, es el de
Tito (fig. 441), erigido (81 d. de C.) en el Foro Romano para conmemorar su
triunfo sobre los judíos. Aparte los elementos arquitectónicos, la decoración se
limita a la gran lápida del ático y a las dos Victorias de las enjutas en
actitud de coronar al emperador al pasar bajo el arco. Las escenas del desfile
se reducen a dos bellos relieves del interior (lám. 290).
(fig. 441)
Arco romano de Tito en Roma

En el Arco de Trajano,
en Benevento (fig. 442), persisten, como será de rigor, las Victorias y la
dedicatoria del ático, pero tanto los intercolumnios como el resto del ático se
cubren de relieves, que ahora no enaltecen ningún triunfo guerrero, sino los
desvelos por la buena administración del Imperio. Como el de Tito, es también de
un solo vano.
(fig. 442)
Arco de Trajano, en Benevento

El de Septimio Severo (203 d. de C), en el Foro Romano, el mejor
de los conservados, es de tres vanos, el central mayor que los laterales, y de
gran monumentalidad. El de los Plateros, de Roma, erigido por los de este gremio
al mismo emperador, es mucho más sencillo, y pone ya de manifiesto la decadencia
que se inicia en el arte romano.
El último gran arco imperial es el de
Constantino (fig. 443), de bellas proporciones, pero la mayoría de cuyos
relieves se arrancan de monumentos anteriores, delatando en ello el agotamiento
de la capacidad creadora de la escultura romana.
(fig. 443)
Arco imperial de Constantino

De tipo «cuatrifrons» es
también de esta época el del Foro Boario, decorado en sus frentes por hornacinas
encuadradas por columnas, hoy desaparecidas. Su bóveda es de aristas nervada.
Los arcos de triunfo conservados en España son muy modestos y carecen de
decoración escultórica. Ya queda citado el de Caparra, en Extremadura, como
ejemplo de arco «cuatrifrons». El de Bará, sobre la vía Augusta, entre Tarragona
y Barcelona, está decorado por sencillas pilastras, y lo manda construir, para
señalar la frontera entre dos pueblos importantes de la comarca, Lucio Licinio
Sura, el gran general de Trajano, español de nacimiento y muy influyente en
Roma. El de Medinaceli es de tres puertas.
MONUMENTOS
CONMEMORATIVOS
COLUMNAS
Monumentos de este
mismo carácter son también las columnas conmemorativas. La rostral de Cayo Duilio (fig.
444), así
llamada por las «rostras» o proas de naves, conmemora su triunfo naval del año
260 antes de C.
(fig. 444)
Columna
rostral de Cayo Duilio

La más famosa e importante es la de unos treinta metros de
altura construida por Trajano (113 d. de C.) (fig.
445), al fondo del foro de su nombre, para contener su capilla funeraria en el
interior del pedestal y mostrar en un relieve continuo helicoidal de su campaña
contra los dacios. Estuvo coronada por la estatua de bronce del emperador, hoy
reemplazada por otra de San Pedro, y tiene una escalera de caracol que permite
subir hasta lo alto.
(fig.
445)
Columna imperial de Trajano

Más gruesa, por deber acompañar en su remate a la estatua
del emperador es la de la emperatriz, pero de las mismas características, es la
construida por Marco Aurelio para conmemorar sus triunfos sobre los germanos y
los sarmatas. Todavía Teodosio levanta (306) su columna triunfal en
Constantinopla, que sólo conocemos por dibujos.
MONUMENTOS
CONMEMORATIVOS
TROFEOS
Monumento conmemorativo singular
es el de los Trofeos de la guerra dacia de Trajano, en Adamklisi (Rumania) (fig.
446). Ancha y maciza construcción cilíndrica de hormigón, se encuentra
revestida de sillería con un friso de relieves muy toscos. Sobre su coronamiento
cónico descansa un segundo cuerpo prismático rematado por el clásico trofeo.
(fig.
446)
Trofeo de la guerra dacia de Trajano, en Adamklisi
(Rumania)

En el fondo es el desarrollo
monumental del simple trofeo que suelen levantar los romanos al terminar una
guerra para ejemplo de los vencidos: un grueso tronco con las armas y dos
prisioneros condenados a morir de hambre a su pie.
ACUEDUCTOS
.—Aunque de carácter puramente utilitario, sus bellas y con
frecuentes gigantescas proporciones convierten a los acueductos en monumentos
artísticos que expresan como pocos la grandeza del pueblo que los edifica. La
necesidad de aprovisionar a una ciudad como Roma de agua abundante, no sólo para
el consumo indispensable, sino para sus termas y para alimentar sus grandes
fuentes decorativas, dota a los arquitectos de maestría extraordinaria en la
conducción de aguas. Aunque conocen el sifón, prefieren el sistema de la
conducción de agua a nivel por medio de arcos sobre pilares de altura en
consonancia con el desnivel del terreno. La campiña romana está cruzada todavía
por un sinnúmero de estos acueductos, varios de ellos aún hoy en uso, que llevan
el nombre de quienes los hicieron, y son numerosos los que se conservan en todo
el antiguo Imperio. Recuérdese, entre los de Roma, el de Claudio. En Provenza es
bien conocido el de Gard, construido sobre el puente que atraviesa el río de ese
nombre (fig. 447).
(fig. 447).
Acueducto
sobre el río Gard en Provenza

En España se utilizó hasta el siglo XIX
uno de primer
orden como el de Segovia (fig.
448). Labrado todo
de granito, tal vez ninguno le supera en elegancia y grandiosidad, y asombra el
pensar que obra tan gigantesca se edificara para proveer de agua a una ciudad
seguramente bastante pequeña. Mide unos setecientos metros de longitud y unos
treinta de altura máxima. Consta que existe en el siglo I, y, al parecer, es de
tiempos de Augusto.
(fig. 448)
Acueducto de Segovia

El de los Milagros, de Mérida
(fig. 449), en lugar de estar construido por
pisos, los pilares se continúan hasta la parte superior, sirviendo sus dos filas
de arcos como de entibo para evitar el desplazamiento lateral de aquéllos. Esto,
unido a su alternar de hiladas de piedra y ladrillo, lo convierte, como veremos,
en probable fuente de inspiración de las arquerías de la Mezquita de Córdoba.
Análogos caracteres presenta el de San Lorenzo, también de Mérida, mientras en
el de Tarragona la edificación es por pisos.
(fig. 449)
Acueducto los Milagros, de
Mérida

PUENTES
La
red admirable de calzadas, que es uno de los más sólidos fundamentos del
Imperio, obliga a la construcción de un sinnúmero de puentes, algunos de ellos
de longitud y altura extraordinarias. En España los puentes romanos más o menos
íntegramente conservados son numerosos, abundando en particular los de tiempos
de Trajano, que no en vano se ha calificado a éste como el mayor constructor de
puentes de nuestro país, después de Carlos III.
El de proporciones más
esbeltas —tiene cerca de cincuenta metros de altura—, por el encajonamiento en
ese lugar del río Tajo, es el de Alcántara (fig. 450), que tiene un arco de triunfo en su parte
central, y un templo a su entrada. Es obra del arquitecto Cayo Julio Lácer
(105-106 d. de C).
(fig. 450)
Puente
de Alcántara sobre el río Tajo

El de Mérida, sobre el Guadiana
(fig. 451), es mucho menos elevado,
pero, en cambio, mide cerca de un kilómetro de longitud y se distingue por su
alternar de arcos grandes con otros menores abiertos en sus pilas.
(fig. 451)
Puente de Mérida, sobre el
río Guadiana

El de Anconétar (fig.
452), también en Extremadura, sobre el Tajo, es de arcos escarzanos.
(fig. 452)
Puente de Anconétar, sobre el
río Tajo

LA CASA
.—La parte más típica de la
casa romana anterior a la influencia helénica es la habitación con claraboya cenital donde se
encuentra el hogar, y que, por estar ennegrecida por el humo de éste, recibe el
nombre de atrio —ater, negro—. Su origen está en la cabana con hueco en el
centro de su cubierta para la salida de humo, de los primitivos romanos. El
hueco de la cubierta del atrio, formado por los tejados que vierten las aguas a
su interior, es el compluvium, mientras la parte central en que ese agua se
recoge es el impluvium. El atrio es, además, el santuario de la casa, donde
están los armarios con los retratos de los antepasados, por lo general, bustos
hechos sobre la mascarilla del difunto. Vitrubio habla de varios tipos de atrio:
el toscano, en el que el compluvium es sostenido por vigas horizontales sin
necesidad de columnas; el tetrástilo, o de cuatro columnas, y el corintio, que
tiene más de cuatro. Según el mismo tratadista, el atrio debe ser
aproximadamente un tercio más largo que ancho y no cuadrado. La sala de
recepción y comedor, o tablinum —de tabula, mesa—, se abre al atrio y a él
comunica una alcoba, que en su origen debe de ser el dormitorio del padre.
En el
siglo II la influencia griega transforma la casa romana con la introducción del
peristilo o patio de columnas, que al construirse al fondo del atrio convierte a
éste en lugar de tránsito, y agrupa en torno a sí la parte de vivienda.
Enriquecida así la casa romana y llena de luz, se completa en la crujía de
fachada con el vestíbulo y con unas habitaciones abiertas al exterior y sin
comunicación con el interior dedicadas a tiendas. En el pavimento de mosaico del
vestíbulo suele representarse un perro, en actitud de guardar la casa, con la
inscripción cave canem —cuidado con el perro—.
Ejemplo característico de casa de
tipo ya helénico es la llamada del Fauno de Pompeya, del siglo II a. de C..
Consta de las siguientes construcciones: 1) Vestíbulo; 2) Atrio principal
toscano; 3) Atrio tetrástilo; 4) Tablinum; 5) Primer peristilo; 6) Exedra; 7)
Segundo peristilo; 8) Cocina, las dependencias en rojo son el
Cubiculum, y en verde el
Triclinium. (fig. 453)
(fig. 453)
Plano de la Casa del Fauno en Pompeya

Aunque la casa de la época republicana es
generalmente de un solo piso, bajo el Imperio llega a tener varias plantas. Las
casas mejor conservadas son las de Pompeya y Herculano, por haber sido cubiertas
por las cenizas del Vesubio cuando las habitaban sus propietarios. Cubiertas por
la arena han llegado también hasta nosotros en buen estado las del puerto de
Ostia, siendo particularmente interesantes por sus varias plantas. Abandonadas,
en cambio, la mayor parte de las otras ciudades después de arruinadas, por lo
general sólo conservan los pavimentos de mosaico y poco más de un metro de muro.
Tal es el caso de las casas romanas excavadas en España, cuyo núcleo más
importante es el de Itálica, si bien no faltan ruinas en otras partes de la
Península, como Mérida, Conímbriga y Ampurias.
De las grandes residencias
imperiales es muy poco lo existente, y son los testimonios literarios los que en
buena parte nos permiten formarnos idea de su magnificencia.
La Casa de Augusto
en el Palatino, con bellas pinturas murales, es más bien una casa de tipo
privado. Por considerarlo así, construye su sucesor la Domus Tiberiana,
igualmente en el Palatino, donde falto de espacio, no puede darle la necesaria
amplitud. En vista de ello, Nerón labra la Domus Áurea (fig.
454) en el frontero Esquilino
con amplísimos jardines, y ante ella hace levantar su propia estatua de bronce,
de proporciones aún más gigantescas que el Coloso de Rodas.
(fig. 454)
Figuración de la Domus Áurea
del emperador Nerón

Una de sus partes de
mayor interés es la gran estancia octogonal cubierta por bóveda semiesférica,
esquifada en su arranque, y, como vimos en el Panteón, con gran claraboya
central. Sus arquitectos son los romanos Celer y Severus.
Pero quien edifica el
que había de ser palacio imperial definitivo hasta los días de Constantino, a
cuyo efecto expropia las casas patricias del Palatino, es Domiciano. La Domus
Flavia (fig. 455) por él construida tiene por núcleo central un amplio peristilo
o patio. En su testero se encuentra el salón del trono abovedado sobre gruesos
muros con hornacinas para estatuas, flanqueado de una parte por el santuario
familiar o Lararium de los Flavios, y de otra por una basílica; a los pies del
peristilo, el triclinio es de análogas proporciones al salón del trono y tiene
dos patios porticados laterales con estanques. Inmenso el palacio, además de la
parte pública anterior, contiene la casa privada, la Domus Augusta, o del
emperador, con otros dos grandes patios, numerosas dependencias e incluso un
circo, que es una de las partes mejor conservadas. La Domus Flavia es obra del
arquitecto Rabirius.
(fig. 455)
Restos de la Domus
Flavia

De carácter muy diferente e inspirada directamente por
Adriano, a quien, como hemos visto, se atribuye la traza del original templo de
Venus y Roma, es la grandiosa Villa de Tívoli, de hacia 130, formada por
palacios, palacetes, teatros, etc., en los que el barroquismo creciente de la
arquitectura imperial romana se manifiesta en el movimiento de las líneas curvas
de sus plantas, en las caprichosas formas de sus bóvedas de hormigón, natural
consecuencia de aquéllas, ver (fig. 420), y en los efectos de perspectiva de sus
columnatas interiores.
El palacio de Diocleciano, de fines del siglo
III, en Spalato (fig. 456), en la ribera dálmata del Adriático, la patria del
emperador, nos dice la profunda transformación sufrida por la arquitectura
palaciega romana.
(fig. 456)
Palacio
de Diocleciano, de fines del siglo III

Defendido de una parte por el mar, sus tres fachadas de tierra
se encuentran ya reforzadas por torres, como los castillos medievales. (fig.
457).
(fig. 457)
Figuración y trazas del
Palacio de Diocleciano, en Spalato (Croacia)

Es, además, edificio de
capital importancia por la manera de emplearse los elementos arquitectónicos,
tales como los arcos ciegos cabalgando sobre columnas adosadas que descansan en
ménsulas, de la portada que hacen pensar en la
futura arquitectura medieval, y los arcos viables cargando directamente sobre
columnas. Ambos sistemas cuentan con precedentes, pero el palacio de Spalato
atestigua que principian a difundirse.
SEPULCROS
Aunque alguna familia patricia continúa
practicando durante mucho tiempo la inhumación, lo corriente en Roma es la
cremación, hasta que, gracias a la doctrina estoica, en tiempos de Trajano
comienza a restaurarse la costumbre antigua. El sepulcro excavado consiste en
una o varias cámaras para celebrar los ritos funerarios y para depositar en
nichos abiertos en sus paredes las pequeñas urnas con las cenizas. En España la
mejor necrópolis de este tipo es la de Carmona. (fig. 458).
(fig. 458).
Necrópolis de Carmona

Los enterramientos construidos
adquieren a veces proporciones tan monumentales como los levantados en Roma
junto a la Vía Apia. El de Cecilia Métela, sobrina del triunviro Craso, es el
ejemplo más antiguo de sepulcro en forma de torre, en gran parte maciza, con
cámara sepulcral muy pequeña, y coronado, como los etruscos, por un montículo de
tierra poblado de árboles. (fig. 459).
(fig. 459)
Necropólis de Cecilia Métela

Este tipo de sepulcro es el adoptado por emperadores
como Augusto y Adriano. Del sepulcro que Augusto hiciera labrar para sí y para
sus familiares sólo existen ruinas y algunos dibujos del Renacimiento que nos
permiten conocer su organización. Formado por varios muros circulares
concéntricos, más altos cuanto más interiores, remata en una serie de terrazas
escalonadas que en la actualidad se cree estuvieron pobladas de árboles. (fig.
460).
(fig. 460)
Mausuleo de Augusto en Roma

El
sepulcro de Adriano, la Mole Adriana, aunque muy desfigurado para convertirlo en
fortaleza pontificia, es el actual castillo de Sant Angelo (fig.
461).
(fig. 461)
Mausoleo de Adriano, actual
castillo de Sant Angelo

Juntamente con este tipo de sepulcro cilíndrico, de
tradición etrusca se introduce ya en el siglo II a. de C. el griego de torre
cuadrada de varios pisos. Uno de los ejemplos más bellos es el llamado Monumento
de los Julios, en Saint Rémy (Provenza), decorado en su primer cuerpo con
relieves de batallas probablemente de valor simbólico (fig.
462).
(fig. 462)
Monumento de los Julios, en Saint Rémy (Provenza)

En España
poseemos el de Tarragona, atribuido sin fundamento a los Escipiones (fig.
463),
con estatuas de Athis, la deidad compañera de la muerte.
(fig. 463)
Necrópolis de Tarragona

Además de estas clases
de sepulcros corrientes anteriores, se introducen, desde fecha bastante
temprana, otros de tipo extranjero de los que es ejemplo característico, ya en
la época republicana, el de Cayo Sestio, en forma de pirámide muy apuntada, como
las egipcias del período helenístico (fig. 464).
(fig. 464)
Necrópolis de Cayo Sestio

En España, además de los sepulcros ya citados, tenemos los
de forma de templo de Fabara (fig. 465) y Sádaba, en Aragón.
(fig. 465)
Sepulcro de Fabara

LA CIUDAD
PUERTAS
.—La ciudad romana de nueva planta, como el campamento, es
de forma cuadrada o rectangular, con una puerta en el centro de cada lado,
correspondiente a sus dos calles principales, la cardo o longitudinal, que es la
mayor, y la decumana o transversal. Aunque a veces esas puertas son sencillas,
otras se conciben con gran monumentalidad, como sucede en la Puerta Mayor de
Roma (fig. 466), doble e bigémina, según es frecuente.
(fig. 466)
Puerta Mayor de Roma

Cuando, a consecuencia de
la guerra con los partos, aprenden los romanos a reforzar las murallas con
torres salientes, se adoptan también para flanquear las puertas de las ciudades.
Buen ejemplo de este tipo es la Puerta Negra (fig. 467), de Tréveris, la ciudad
fortificada próxima a la frontera de Germania.
(fig. 467)
Puerta Negra de Tréveris

En España son importantes el
recinto amurallado de Lugo (fig. 468), las murallas de Tarragona y Barcelona y la puerta de
Carmona. Restos de murallas abundan en otras ciudades españolas.
(fig. 468)
Recinto amurallado de Lugo

LA CIUDAD
FOROS
Por estar en él
emplazados los templos y los principales edificios de administración pública, el
foro es la parte más monumental de la ciudad romana. El foro por excelencia es
el Foro Romano o Forum Magnum de Roma (fig. 469), situado en el estrecho valle
al pie del Palatino. Lugar de ferias en tiempos de los Reyes, se levantan en él
desde un principio monumentos públicos de primer orden íntimamente ligados a la
historia romana. Los edificios, los monumentos conmemorativos y las estatuas
llegan a ser tan numerosos, que la Vía Triunfal, la única accesible a los
vehículos y que atraviesa todo el Foro, sólo mide unos cuatro metros de anchura.
De muy diversas épocas, pero restaurados posteriormente, forman un conjunto
impresionante.
(fig. 469)
Foro Romano o Forum Magnum de Roma

En el testero, sobre el Capitolio, se levanta el
Tabularium, y a
su lado, y también en la altura, el templo de Júpiter Capitolino. Ya en el
valle, y al pie del Tabularium, están los templos de la Concordia, de los Dioses
Consentes y de Saturno,
y ante ellos, presidiendo la explanada del Foro, el
Comizio, o lugar para las arengas públicas. A los lados de la explanada
central, de una parte, la Basílica Julia y el templo de
Castor y Pólux, y de
otra, el Arco de Severo y la Basílica Emilia. Cierran el Foro por la parte de
los pies, el templo de Julio César y el
de Vesta.
Abandonados sus edificios y cubiertos de tierra, sus ruinas vuelven a ser
mercado durante la Edad Media como en los tiempos primitivos, y los ganados
pastan de nuevo en el valle. Es desde entonces el Campo Vacino o de las Vacas
que pintan los paisajistas romanos de la época barroca, hasta que modernamente
se excava dejando al descubierto sus ruinas.
Intransitable con tan gran número
de monumentos, e inútil a sus fines primitivos en el viejo Foro, se construyen el de Julio César, el de Augusto, el de Nerva, que se edifica para
comunicar los tres anteriores, y el de Trajano. Todos ellos, presididos por un
templo, responden a un plan que falta en el Forum Magnum original, que termina siendo una
especie de ciudad santa.
El más importante y grande de estos foros posteriores
es el de Trajano (113 d. de C), obra de Apolodoro de Damasco, consistente en una
plaza cuadrada rodeada de pórticos, con grandes hemiciclos laterales. Al fondo
se abre la Basílica Ulpia, con dos columnatas interiores y otros dos hemiciclos
laterales, que da paso, a su vez, al patio, donde se levanta la Columna Trajana.
A un lado y a otro de ésta se labran dos salas para biblioteca,
ver (fig.
445).
LA CIUDAD.
PÓRTICOS
De primordial
importancia en el aspecto urbano de la ciudad romana son los pórticos. Roma es,
en buena parte, una ciudad de pórticos, y aunque sólo sea en la calle mayor,
también los tienen las ciudades de provincia. Su origen se encuentra en las
grandes ciudades helenísticas de Siria, como Damasco y Palmira. El de Apamea (fig.
470) mide más de kilómetro y medio.
(fig. 470)
Pórticos de Apamea

El más antiguo conservado en Roma es el de
Mételo, construido para conmemorar la conquista de Macedonia (146
a. de C). Se considera el primer edificio de mármol labrado en Roma y es obra
del griego Hermodoro de Salamina. Enriquecido por Mételo con el grupo de
Alejandro y sus compañeros, de Lisipo, tanto este pórtico como otros varios de
los muchos que se construyen Hpcinués, terminan convirtiéndose en verdaderos
museos.
Las ruinas de ciudades romanas mejor conservadas por las
razones dichas son las de Herculano y Pompeya, y como ciudad portuaria de tipo
comercial es importante la de Ostia. En el norte de África son del mayor interés
las ruinas de Timgad (fig. 471), la ciudad construida de nueva planta para las
familias de los legionarios por orden de Trajano, que tiene por puertas
principales arcos de triunfo.
(fig. 471)
Ruinas de
Timgad

El foro de Leptis Magna en Tripolitania (fig.
472), de
principios del siglo III, como se ha indicado, ofrece el interés para la
historia de la arquitectura del empleo por primera vez en gran escala de
arquerías cabalgando directamente sobre columnas.
(fig. 472)
Foro de Leptis Magna en Tripolitania

En España, las ciudades excavadas más dignas de
consideración son Itálica, ver (fig. 438), de calles porticadas, Ampurias
y Bolonia o Baelo Claudia (fig. 473); ésta,
en la provincia de Cádiz, cerca del Estrecho de Gibraltar.
(fig. 473)
Restos de la Ciudad
de Bolonia en la provincia de Cádiz

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