LA CÚPULA, EL CAPITEL Y EL MOSAICO
LA CÚPULA
.—Las principales novedades de la arquitectura bizantina se refieren al empleo
de la cúpula, al capitel y su relación con el arco, y a la decoración, en
particular a la de mosaico.
La arquitectura bizantina es, como la romana, abovedada; su interés por la
bóveda se intensifica aún más al contacto con los monumentos mesopotámicos, y en
particular de la Persia sasánida, cuyo florecimiento corresponde, como hemos
visto, a los siglos III y IV. Pero su gran novedad respecto de Roma es el empleo
sistemático de la cúpula, para cuya definitiva conformación se vale de las
experiencias sirias y sasánidas. Los bizantinos llegan a construir cúpulas de
proporciones tan gigantescas como la de Santa Sofía, de Constantinopla (fig.
688), de más de treinta metros de diámetro, resolviendo de forma admirable
la manera de contrarrestar sus empujes, no sólo por medio de estribos o
valiéndose de gruesos muros, sino oponiéndoles otras bóvedas. En el deseo de
aligerar el peso de la media naranja y disminuir sus empujes laterales, se
procura emplear materiales como tubos de barro enchufados y dispuestos en
espiral, que con su oquedad disminuyen considerablemente su peso sin detrimento
de la resistencia, o como los ladrillos de Rodas, de Santa Sofía de
Constantinopla, doce veces más leves que los normales.
(fig. 688)
Santa Sofía, de Constantinopla

Además de resolver estos problemas de orden mecánico, el arquitecto bizantino se
preocupa sobremanera de la decoración de la cúpula, a la que, a más de cubrir de
mosaicos, decora con profundos gallones; la de la iglesia de San Sergio y Baco (fig.
689), (fig. 690)es ejemplo de ese tipo de decoración. En cuanto a su exterior, lo más
importante es que, en época ya bastante avanzada, después de la revolución
iconoclasta, se concede gran importancia al tambor. Corónasele entonces con una
moldura, que, al acusar el trasdós de las ventanas en él abiertas, crea una
cornisa festoneada de lóbulos convexos (fig. 691).
(fig. 689)
Planta e Iglesia de San Sergio y Baco

(fig. 690)
Decoración cúpula de San Sergio y Baco

(fig. 691)
Iglesia de Pammakáristos

EL
CAPITEL
El arquitecto bizantino, sin perjuicio de emplear los tipos de capitel de
ascendencia clásica, en los que el follaje sigue el rumbo de toda su decoración
vegetal, cuando crea el típicamente bizantino, las hojas de acanto del capitel
corintio terminan por perder su personalidad, y, en lugar de proyectarse al
exterior, se funden en una superficie vegetal continuada y uniforme que recubre
el cuerpo troncocónico de proporciones un tanto cúbicas que constituye el
capitel (fig. 692), que por ello se ha llamado cúbico.
(fig. 692)
Capitel de Santa Sofia

A fines del siglo IV comienza a emplearse un tipo de capitel, llamado teodosiano,
en el que, labradas ya las hojas con la técnica del trépano, aparecen movidas
lateralmente como impulsadas por el viento. Es frecuente en el siglo VI.
Mientras en esta clase de capitel el abaco casi desaparece englobado en la masa,
en cambio adquiere monstruoso desarrollo un segundo cuerpo en forma de pirámide
truncada e invertida, llamado cimacio (fig. 693).
(fig. 693)
Cimacio y capitel de San Vital

Aunque no faltan ejemplos en la arquitectura romana de arcos apoyados
directamente en el capitel, suele tratarse de arcos y de columnas adosados al
muro. El arco en Roma, por lo general, o se abre en el muro o apoya en pilares.
El cargarlo directamente sobre la columna, no en forma tan sólo decorativa, sino
con fines constructivos, como en las basílicas constantinianas, se generaliza
ahora en el arte bizantino. La trascendencia de este paso es de importancia
extraordinaria en la historia de la arquitectura, y representa una de las
innovaciones que más contribuyen a la ligereza y a los bellos efectos de
perspectiva de los interiores bizantinos.
La entronización de la cúpula con sus presiones laterales radiales en el eje del
templo tiene como consecuencia inmediata el predominio de la planta cruciforme
de brazos iguales, es decir, de la planta llamada de cruz griega, y el empleo de
plantas poligonales, o, lo que es lo mismo, de plantas con varios ejes de
simetría, todos ellos de igual o análogo valor.
La decoración vegetal, siguiendo el rumbo anticlásico tan sensible ya en el
Palacio de Spalato, presenta análogas características a la siríaca ya comentada
(fig. 694). (fig. 695).
(fig. 694)
Capitel con decoración vegetal

(fig. 695)
Resumen Capiteles bizantinos

ARQUITECTURA JUSTINIANEA
.—Con anterioridad a Justiniano, los monumentos más importantes en los que se va
formando el estilo bizantino corresponden a los días de Constantino y Teodosio.
Bajo el primero, además de las Cisternas de Constantinopla (fig.
696), donde se emplean ya los capiteles troncocónicos que perdurarán en
la arquitectura bizantina posterior.
(fig. 696)
Iglesia cisterna, entrada y detalle de columnas

Los monumentos principales de la época justinianea se conservan en la capital
del Imperio y en Rávena, la capital del Exarcado, que comprende el sur de
Italia, el norte de África y España.
En Bizancio hace construir Justiniano varios grandes templos de primer orden:
Santa Sofía o la Divina Sabiduría, ver (fig. 688), Santa Irene o la Paz, Santos Sergio y Baco,
ver (fig. 689) y
los Santos Apóstoles. Santa Sofía (532-537), es la obra
maestra de la escuela y una de las creaciones artísticas más bellas y grandiosas
de todo el mundo. No en vano sus contemporáneos, conscientes de su excepcional
importancia, nos refieren cómo: es un ángel quien inspira a Justiniano al
inspeccionar diariamente la obra. Sus autores son dos griegos de Asia Menor:
Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto. Santa Sofía rompe decididamente con el
tipo basilical, y es, en realidad, una enorme cúpula de treinta y un metros de
diámetro, contrarrestada en sus empujes laterales por medio de dos bóvedas de
cuarto de esfera, cuyos empujes son, a su vez, recibidos por otras menores de
igual forma y por dos bóvedas de cañón, unas y otras contrarrestadas también, a
su vez, por gruesos estribos, donde se alojan las escaleras. Vista desde el
interior del templo esta serie de bóvedas ordenadas para lograr un equilibrio
puramente mecánico, al continuarse unas en otras, todas ellas cubiertas de
mosaico, producen la impresión de una inmensa bóveda única, cuya parte central
flota en el aire, suspendido en el aro de luz formado por sus numerosas ventanas
inferiores. A ese efecto de ligereza del inmenso interior contribuyen también
sobremanera los dos pisos de arquerías cabalgando directamente sobre columnas
que se encuentran bajo los dos grandes arcos formeros de la nave de crucero y en
las exedras secundarias de la cabecera y de los pies. Ello da lugar, además, a
los más bellos efectos de perspectiva. La cúpula se eleva hasta unos sesenta
metros de altura. Excusado es decir que la planta de Santa Sofía es
fundamentalmente de cruz griega inscrita en un cuadrado. Se completa el edificio
con gran patio, de proporciones también cuadradas, en cuyo centro se levanta una
fuente en forma de pila sobre doce columnas.(fig. 697).
(fig. 697)
Cúpula Santa Sofia

Revestido el templo todavía por altos zócalos de mármol, sus columnas son
también de ese material —de pórfido rojo de Egipto las cuatro bajas de las
exedras, de verde antico de Tesalia las más—, y en él están labrados los
hermosos paños de decoración vegetal de las arquerías. Los capiteles son
troncocónicos con volutas jónicas, o simplemente apiramidados, pero
todos ellos se encuentran revestidos por la típica decoración vegetal bizantina
justinianea. Como en toda iglesia bizantina, el mosaico desempeña papel
preponderante.
Consta que los cuartos de esfera laterales y la bóveda central vaída son
derribados por un terremoto todavía en vida de Justiniano, quien los reconstruye
a mayor altura para disminuir los empujes. En las pechinas de la actual cúpula
hace aprovechar en parte la primitiva bóveda váida.
De mucho menor tamaño que Santa Sofía, la iglesia de los Santos Sergio y Baco (fig.
698), es también obra mandada edificar por Justiniano. De planta octogonal,
tiene, como aquélla, dos plantas, y en cuatro de sus lados exedras con columnas.
Su bóveda es gallonada, y su capilla mayor, aunque semicircular interiormente,
como en Santa Sofía, es poligonal al exterior. Los capiteles presentan la
superficie ondulada formando grandes gallones convexos.
(fig. 698)
Interior de la iglesia de los Santos Sergio y Baco

La iglesia de los Santos Apóstoles, aunque no se conserva, sabemos que era de
planta de cruz griega, con cinco cúpulas, una en el crucero y otra en cada uno
de sus cuatro brazos, o tal vez en los espacios comprendidos entre éstos (fig.
699). De organización mucho más sencilla que Santa Sofía, su influencia
en la arquitectura occidental es mucho mayor.
(fig. 699)
Planta y figuración iglesia de los Santos Apóstoles

Santa Irene (532) (fig. 700), sólo
tiene dos cúpulas, una de ellas con tambor, que ya es del siglo VII.
(fig. 700)
Iglesia de Santa Irene de Constantinopla

Al siglo VI pertenecen también las iglesias de Santa Sofía y de San Demetrio, de
Salónica, la primera de cruz griega, con bellos capiteles de tipo teodosiano, de
hojas movidas por el viento, y la segunda, de forma basilical. En ambas son
particularmente bellos sus revestimientos de taracea de mármoles de colores.
Desgraciadamente, nada existe del Palacio Sagrado construido por Constantino y
ampliado por sus sucesores. Abundan, sin embargo, las descripciones literarias,
que nos hablan de su lujo fantástico y permiten imaginar el escenario de las
grandes ceremonias y fiestas de la corte. Se describe como sus partes
principales (fig. 701), el palacio de la Calcé (G), o de bronce, así llamado por
sus puertas de ese metal; el de Dafne (I) —por la estatua de la amada de Apolo—,
el Triclinio de los diecinueve lechos (H), el Magnasaura o salón del trono, el
Crisotriclinio (P), de planta octogonal, como la iglesia de San Vital (figs.
367, 368), de que se trata seguidamente, etc. Las letras A y B indican el
emplazamiento de Santa Sofía y de la plaza del Augusteo.
(fig. 701)
Esquema del Palacio Sagrado construido por Constantino

En Rávena, a orillas del Adriático, se levanta todavía tres obras capitales del
arte bizantino.
La iglesia de San Vital (fig. 702), construida hacia el año 530 por el
arquitecto Juliano, es, como Santa Sofía, de lo más bello de la arquitectura
justinianea. Como San Sergio y Baco, es de planta octogonal, que aquí se
manifiesta también al exterior. Además, las arquerías de planta semicircular que
allí sólo se emplean en cuatro de los lados del octógono central, aquí se
extienden a todos ellos, salvo al de la capilla mayor . San Vital no es sólo
edificio de gran belleza por los efectos de perspectiva que producen el
movimiento de su planta, sus múltiples columnas y sus curvas superficies, sino
por el lujo y calidad de sus mosaicos. Los retratos de los emperadores y de sus
altos dignatarios son buen testimonio del empeño puesto por Justiniano en
deslumbrar al viejo imperio de Occidente.(fig. 703).
(fig. 702)
Iglesia de San Vital en Rávena

(fig. 703)
Arquerías y mosaicos de la iglesia de San Vital en Rávena

Las iglesias de San Apolinar in Classe, o del Puerto (549), (fig.
704), y de San Apolinar el Nuevo (558, (fig.
705), son, en cambio, del tipo basilical constantiniano, de tres naves, aunque enriquecidas con hermosos mosaicos. Los
capiteles de la primera son de modelo teodosiano, de hojas revueltas. Las torres
de las iglesias de Rávena son cilíndricas.
(fig. 704)
Iglesia de San Apolinar in Classe

(fig. 705)
Iglesia de San Apolinar el Nuevo

MONUMENTOS POSTERIORES AL SIGLO VIII.
ITALIA. RUSIA. CAPADOCIA
ITALIA
.— En la segunda etapa de florecimiento de la arquitectura bizantina las
principales novedades consisten en la introducción y desarrollo en la cúpula con
tambor de las características ya expuestas; en la generalización del triple
ábside y en disponer en los templos más importantes un pórtico cubierto con
cúpulas. Uno de los monumentos más antiguos de este período es la iglesia de
Skripu, de fines del siglo IX. La de la Theotokos, (fig.
706), de Constantinopla, unos dos siglos posterior, es buen ejemplo de iglesia
con pórtico de cúpulas.
(fig. 706)
Iglesia Theotokos de Constantinopla

Templo también interesante, donde la gran cúpula, como
en Santa Sofía, domina el conjunto, es el de Santa María de Dafni, en las
proximidades de Atenas (fig. 707).
(fig. 707).
Iglesia Santa María de Dafni

Pero el monumento más conocido de este período no se labra dentro de los
confines del imperio, ni para bizantinos, sino en Venecia. Los venecianos poseen
todo un barrio en Constantinopla, y Venecia vive principalmente de su comercio
con el Oriente. Nada tiene, pues, de extraño que, al reconstruir el gran templo
de su patrono San Marcos (1063) (fig. 708), fijen su mirada en los modelos
bizantinos. El elegido no es Santa Sofía, sino los Santos Apóstoles, si bien
adicionando novedades de esta época. Así, es de cruz griega, con cinco grandes
cúpulas situadas, como allí, en el crucero, y en cada uno de los brazos tiene
tres ábsides y una nave de pequeñas cúpulas en torno del brazo de los pies. Su
interior se encuentra lujosamente decorado con mosaicos de diversas épocas, y su
exterior está revestido con placas de bellos mármoles ornamentadas con primor,
procedentes de edificios bizantinos de Constantinopla y Asia. Como el orfebre
románico engasta en su obra una hermosa gema clásica, así los venecianos
aprovechan para decorar su templo las mejores joyas arquitectónicas de los
tiempos pasados.
(fig. 708)
Basílica de San Marcos. Venecia

Aunque de estilo menos puramente bizantino, conviene citar también aquí el
importante grupo de monumentos de Sicilia que corresponden a este mismo período.
Poblada la isla por griegos y árabes, al establecerse en ella los normandos
introducen el incipiente estilo gótico de su país de origen, pero utilizan
artistas sicilianos, y con esos tres elementos surge el arte sículonormando, que
vive su edad de oro en el siglo XII. Los templos por ellos construidos son de
planta basilical, ábside semicircular y cruceros abovedados, sobre trompas; sus
naves son de columnas aprovechadas de monumentos clásicos, y arcos apuntados más
árabes que góticos. La influencia árabe introduce el tema de los arcos enlazados
de origen cordobés y produce alguna bóveda de mocárabes de primer orden. Los
hermosísimos mosaicos que cubren su interior son los que ponen en el conjunto la
nota bizantina más intensa.
Los monumentos principales del arte sículonormando son: en Palermo, las
capillas del Almirante, o la Martorana (fig. 709),
y la de San Cataldo, (fig. 710).
(fig. 709).
Capilla de la Martorana

(fig. 710).
Capilla San Cataldo

Destaca de forma singular, la Palatina (1129), ésta con hermosa bóveda de mocarabes y
espléndidos mosaicos. (fig. 711).
(fig. 711)
Iglesia de la Palatina

En el vecino monasterio de Monreale se construye la iglesia
(1175), como panteón de los príncipes normandos, con lujo extraordinario y
de mayores proporciones. Sus ábsides muestran al exterior una interesante
decoración de arcos cruzados de influencia árabe. (fig.
712).
(fig. 712)
Iglesia de Monreale

Arcos
cruzados enriquecen también la iglesia de Cefalú (fig. 713).
(fig. 713)
Iglesia de Cefalú

Poco antes de que, con la reconstrucción de San Marcos, clave su estandarte en la
ciudad de las lagunas el arte bizantino, realiza otra conquista de consecuencias
más trascendentales. El emperador, para detener a Vladimiro, que ha conquistado
la actual Sebastopol, le da por esposa a su hermana, pero le impone la condición
de recibir las aguas del bautismo. Con esta boda se abren las puertas de la
corte rusa a la influencia bizantina. En Kiev se labra por artistas de ese
origen la iglesia de Santa Sofía (1020) (fig. 714),
y ese templo es el que sirve de modelo a todos los del futuro imperio ruso.
(fig. 714)
Iglesia de Santa Sofía. Kiev

Las (fig. 715), (fig. 716),
reproducen la iglesia de la Asunción, del Kremlin.
(fig. 715)
Iglesia de la Asunción, del Kremlin

(fig. 716)
Planta e interior de la Iglesia de la Asunción, del
Kremlin

De carácter mucho más modesto que el gran arte anterior son, sin embargo, del
mayor interés, por sus arcos de herradura, las iglesias rupestres (fig.
717) de Capadocia, en Asia Menor, anteriores al siglo XI.
(fig. 717)
Exterior e interior de la Iglesia rupestre de Tokali
Kilisse en Capadocia

LA ESCULTURA
.—Desde el siglo IV la escultura pierde la gran importancia que ha tenido en los
tiempos clásicos. La perfección técnica comienza a desaparecer; las figuras son
cada vez más rígidas, y las actitudes y ropajes, más monótonos. Con el abandono
de las creencias paganas, el cultivo del desnudo interesa también cada vez
menos, y la nueva religión cristiana tardará aún varios siglos en crear un
repertorio de imágenes que permita al escultor recrearse en la interpretación
del cuerpo humano. Las escenas evangélicas aparecen en los sarcófagos y en
relieves de pequeño tamaño, pero, evidentemente, existe visible repugnancia para
representar al Salvador, a la Virgen y a los Santos de bulto redondo y gran
tamaño. Favorecida, en parte, por el avance del Islam, es la actitud que culmina
en la lucha de los iconoclastas, quienes relegan primero las imágenes a lugares
poco visibles y terminan destruyéndolas u ocultándolas.
La escultura bizantina, a juzgar por los monumentos conocidos, prefiere el
relieve al bulto redondo, y, sobre todo, el relieve de pequeñas proporciones y
labrado en materiales ricos. No faltan, sin embargo, estatuas como la de los
Tetrarcas de San Marcos, de Venecia (fig. 718), de pórfido rojo y producto, al
parecer, de un taller egipcio.
(fig. 718)
Tetrarcas de San Marcos, de Venecia

En bronce, de tamaño gigantesco, la del coloso de Barletta (fig.
719);
la de Eugenio, del Louvre (fig. 720); las cabezas femeninas de las
(fig. 721), y la de
Justiniano II (fig. 722), ya de hacia el año 700.
(fig. 719)
Coloso de Barletta

(fig. 720)
Busto de Eugenio, del Louvre

(fig. 721)
Cabezas femeninas

(fig. 722)
Justiniano II

Hasta tiempos de Justiniano conserva un cierto sentido clásico que después
desaparece. En cuanto al bulto redondo, ya hemos visto cómo en tiempos de
Constantino se manifiesta esa tendencia hacia lo esquemático y lo expresivo,
opuesta al sentido clásico de la belleza. En el retrato de Eugenio, el rival de
Teodosio, del siglo V, del Museo del Louvre, la tendencia hacia la
espiritualización resulta aún más patente.
Más numerosos los relieves de marfil, puede seguirse mejor en ellos la
transformación del estilo clásico en el bizantino. A fines del siglo IV
pertenece el díptico conmemorativo de las bodas de Nicomaco (382)
de los Museos de Londres y París, tallado con un sentido de la belleza puramente
clásico que, aunque ya más atenuado, es con todo muy sensible en el díptico de Barberini
(del siglo V) (fig. 723), del Museo del Louvre, aún de formas llenas y proporciones
todavía tradicionales, del que se conserva una sola de sus hojas.
(fig. 723)
Relieve díptico Barberini

Etapa ya mucho más avanzada, pues se considera obra del
siglo VI, nos ofrece la riquísima cátedra de marfil de Maximiano (fig.
724),
del Museo episcopal de Rávena. Presenta en su frente anterior, de gran tamaño,
al Bautista y a los evangelistas, mientras en los laterales contiene historias
sacras, igualmente de relieve. Muy importante es también su decoración vegetal,
enriquecida con figuras de animales.
(fig. 724)
Cátedra de marfil de Maximiano

La mayor parte de los relieves bizantinos conservados son de marfil y de
carácter conmemorativo. Dípticos por lo general, responden a la costumbre de
regalarlos a las amistades y altos funcionarios con motivo de algún nombramiento
o acontecimiento importante —bodas, por ejemplo— en la vida del que los encarga,
aunque, por ser buena parte de ellos conmemorativos de la elevación al
consulado, suele llamarse a todos con manifiesta impropiedad dípticos
consulares. Comienzan a emplearse a fines del siglo IV, generalizándose su uso
durante las dos centurias siguientes.
En los dípticos propiamente consulares, lo más frecuente es que se figure al
cónsul recién elegido sentado, a veces acompañado por las figuras alegóricas de
Roma y Bizancio, con el brazo en alto dando la señal con el pañuelo o «mapa» que
tiene en la mano, para el comienzo de la fiesta por él costeada, fiesta que se
representa en la parte inferior. Obligado el recién elegido a
obsequiar al pueblo con dinero y determinados espectáculos, los de rigor son los
de circo —las escenas, por lo general, representadas son las luchas con las
fieras, pues las de gladiadores habían sido abolidas—, las cacerías de animales,
las carreras de carros, acróbatas, representaciones teatrales, etc., y esas son
las escenas más repetidas en los dípticos consulares.
Sirvan de ejemplo el del
Museo de Liverpool, del año 513, con el cónsul repartiendo dinero, y el del
Museo de Cluny, del año 506, con luchas de fieras. En la catedral de Oviedo se
guarda un díptico consular del año 539, de origen egipcio, en que la decoración
figurada se reduce a dos medallones con el magistrado de medio cuerpo con el
mapa o pañuelo en alto.
La (fig. 725), reproducen el del Cónsul Probo
(406), la (fig. 726) el de Estilicón (395),
acompañado por su mujer e hijo.
(fig. 725)
Cónsul Probo

(fig. 726)
Estilicón acompañado por su mujer e hijo

Como es natural, existen dípticos conmemorativos con temas cristianos, tales
como el del Paraíso y el de la vida de San Pablo, del Museo de Florencia.
Aunque con mucha menos frecuencia que los marfiles, también nos ofrecen relieves
conmemorativos los discos que forman parte de la vajilla o missorium —plato y
dos tazas— de plata u oro que el emperador regala al magistrado elegido. El más
importante conservado es el de plata de Teodosio (fig.727), descubierto en Almendralejo y hoy en la Academia de la Historia de Madrid (388). Mide algo más
de un metro de diámetro y presenta bajo un pórtico, con entablamento
interrumpido por un arco, a Teodosio el Grande acompañado por Arcadio y
Valentiniano, los tres con nimbos, entregando el nombramiento al magistrado.
Forman la guardia guerreros germanos de larga cabellera.
(fig.727)
Vajilla de plata de Teodosio

La violenta revolución de los iconoclastas deja huella profunda en la escultura
bizantina posterior. En cierto grado, puede decirse que a ella debe alguno de
sus rasgos más característicos. Para evitar la tacha de idolatría, y que las
representaciones humanas puedan calificarse de ídolos, como hicieron aquéllos,
se las deshumaniza lo más posible; haciéndoles perder materia, se las alarga
para que procuren evocar sus espíritus más que deleitarnos con sus perfecciones
corporales. La reacción contra el naturalismo clásico, tan vigorosa todavía en
los marfiles anteriores, es radical, y surge un concepto de la belleza
completamente distinto. La escultura, lo mismo que la pintura, apenas
evolucionará ya en los varios siglos que le restan de vida. Los cuerpo? apenas
se acusan tras los ropajes, que se pliegan en líneas paralelas y prolongadas;
como en el arcaísmo griego, los bordes de los mantos caen formando zigzags, todo
ello muy plano; y esos zigzags se convierten en mera fórmula al encuadrar los
rostros de las Vírgenes. Ahora es cuando adquiere forma definitiva la
iconografía bizantina, y crea una serie de tipos que se repiten con insistencia
durante siglos.
Los periodos iconoclastas comprenden: la primera, los años 730 y 787 (año
del segundo Concilio de Nicea) y la segunda los años 814 y 842.
La escultura posterior a la derrota de los iconoclastas, aunque no falta algún
relieve monumental, continúa cultivando con preferencia el de tamaño pequeño de
marfil.
Ahora se crean, tanto en escultura como en pintura, tipos de imágenes que la
devoción hará repetir constantemente. Entre las representaciones de la Virgen
tenemos la llamada Madre conductora del Niño u Odegetría (fig.
728), imaginada
de pie, con la mano derecha sobre el pecho, y Jesús sobre la izquierda en
actitud de bendecir.
(fig. 728)
Madre conductora del Niño

Las múltiples estatuas que de ella tenemos parecen derivar
de la imagen de la iglesia de los Guías de Constantinopla. Existen, además,
varios ejemplares de la Madre de Dios —Theotocos—, sentada en trono de respaldo
lobulado, con el Niño (fig. 729), también de frente, sobre su regazo y en
actitud de bendecir, que probablemente reproducen alguna imagen del Palacio
Sagrado.
(fig. 729)
Virgen con niño. Theotocos

La Virgen como orante (fig. 730), según el prototipo de las catacumbas,
con los brazos en alto y uno de cuyos ejemplares puede verse en San Marcos de
Venecia, es la Virgen Blanquernitissa o de la iglesia de las Blanquernas.
Exportadas las copias de estas imágenes bizantinas al Occidente de Europa,
ejercen gran influencia en la iconografía.
(fig. 730)
Virgen Blanquernitissa

Al Salvador lo encontramos ahora, o bien de pie sobre el escabel (fig.
731), o
entronizado, barbado, bendiciendo, con el libro en la mano izquierda y mostrando
su texto o bendiciendo con la derecha.
(fig. 731)
El Salvador, Santa Sofía de Estambul

Entre las composiciones
iconográficas ya más complicadas, una de las más repetidas, y que después acepta
todo el arte cristiano, es la de la Virgen y el Bautista rogando a Cristo por
los mortales, es decir, el tema llamado la Déesis.
Las figuras de la Virgen y
San Juan son en el futuro compañeras indispensables del Todopoderoso en el
Juicio Final —recuérdese el de Miguel Ángel—. La Déesis es el tema del relieve
de piedra de San Marcos de Venecia, y el del bello tríptico del Museo del Louvre
(fig. 732).
(fig. 732)
Déesis

Obra maestra ésta de la escultura bizantina en marfil, nos dice, además, cómo se
ha fijado ya la iconografía de los santos, y se les agrupa en apóstoles, santos
guerreros y doctores de la Iglesia griega.
Los temas de la vida de Jesús representados ya en los sarcófagos en relieve
continuo, donde apenas algunos pormenores o figuras secundarias permiten aislar
las escenas, se tratan ahora independientemente y adquieren pleno desarrollo,
fijándose la base de casi todas las interpretaciones posteriores. Las historias
que más se repiten, y con arreglo a modelos más fijos, son las llamadas doce
fiestas del año, que con frecuencia se representan en retablitos como el de
esteatita de la catedral de Toledo (fig. 733). Esas fiestas son: Anunciación,
Nacimiento, Purificación, Bautismo, Transfiguración, Resurrección de Lázaro,
Entrada en Jerusalén, Crucifixión, Descenso al Limbo, Ascensión, Pentecostés y
Tránsito de la Virgen.
(fig. 733)
Relieve de las doce fiestas del año de la Catedral de
Toledo

En el Nacimiento, por ejemplo, según la iconografía oriental, el escenario es la
cueva o gruta, y la Virgen aparece en el lecho junto al pesebre con el Niño,
mientras San José se encuentra a un lado. En primer término, Salomé, una
doncella, lava al recién nacido, y detrás del cabezo donde se abre la cueva
aparecen pastores y ángeles.
EL MOSAICO
.—Arte pobre el de las catacumbas, a poco de gozar el Cristianismo del favor
imperial, el deseo de riqueza le lleva a recubrir sus muros y bóvedas de
mosaicos, contra lo que sucediera en la Roma pagana, que sólo los emplea en los
pavimentos.
Los del siglo IV son escasos, pero de gran belleza e importancia. Los de la
bóveda anular de Santa Constanza —de su bóveda central sólo conservamos unos
dibujos en El Escorial— presentan temas como el de la vendimia, que, si tiene el
simbolismo eucarístico, es susceptible de una interpretación dionisíaca.
Las historias propiamente cristianas aparecen ya a mediados del siglo IV, en
Santa María la Mayor. Como será de rigor en las grandes basílicas, a todo lo
largo de los muros de la nave central se desarrolla una larga serie de historias
del Antiguo Testamento, mientras sobre el arco de triunfo se ven ya pasajes de
la vida de Jesús. El grupo de madres de cabelleras sueltas con sus hijos ante
Herodes conserva todavía el sentido naturalista del arte clásico.
Pero las dos obras maestras de este momento son la Missio Apostolorum, de Santa
Prudencfana, en Roma, y el Buen Pastor, del sepulcro de Gala Placidia, en Rávena.
En ambas, dentro de ese mismo equilibrado naturalismo de (estirpe clásica,
triunfa el sentido romano de la grandiosidad. La Missio Apostolorum (fig.
734),
que decora el cuarto de esfera de la bóveda del ábside, nos presenta la
majestuosa figura de Jesús, barbado, en la cátedra, con el libro en una mano y
dirigiendo la palabra a los Apóstoles, que, de medio cuerpo y dispuestos en
semicírculo, le acompañan a uno y otro lado. A los dos que se encuentran más
próximos al Salvador —San Pedro y San Pablo— los coronan Pudencia y Práxedes,
las dos mujeres, hijas del senador Pudens, que alojan a los príncipes de los
Apóstoles, y sobre cuya casa se construye la basílica. Al fondo, y también en
forma semicircular, cierra el escenario un pórtico, que se supone el Martirium
de Constantino, de Jerusalén, y sobre él se levanta la cruz con pedrería erigida
por aquel emperador en el Gólgota, acompañada por el Tetramorfos o símbolos de
los Evangelistas.
(fig. 734)
Missio Apostolorum

La historia del Buen Pastor (fig. 735) ocupa en el sepulcro de Gala Placidia un
medio punto. Sobre el fondo de paisaje, con pequeños cabezos y follaje, se nos
muestra volviendo el rostro, con el cuerpo erguido y el brazo en alto, como un
dios pagano. Particularmente interesante, como reflejo de las disputas internas
del Cristianismo, es el otro medio punto donde vemos a Cristo con la cruz y
arrojando a la hoguera los textos heréticos de los arríanos mientras son
custodiados en el armario los cuatro Evangelios.
(fig. 735)
Historia del Buen Pastor

La serie más valiosa de mosaicos justinianeos es la de las iglesias de Rávena.
La de San Vital posee una serie de mosaicos verdaderamente deslumbrante, que
convierten al bello monumento arquitectónico en un maravilloso joyero, donde el
oro de los fondos y el verde, el azul y el rojo de las vestiduras brillan con
increíble intensidad. En el cuarto de esfera del ábside se representa al
Salvador imberbe sentado sobre la bóveda celeste (fig. 736), acompañado por dos
ángeles y dos obispos, uno el mártir San Vital, que recibe la corona del
Salvador, y el otro el obispo constructor, que le ofrece el templo.
(fig. 736)
Jesús Salvador sentado sobre la bóveda celeste

Pero los
mosaicos más famosos de San Vital son los que representan a Justiniano y Teodora
(fig. 737), (fig. 738), con sus respectivos séquitos, que decoran la capilla mayor.
(fig. 737)
Justiniano

(fig. 738)
Teodora

De monumentalidad extraordinaria es el magno conjunto de mosaicos de San
Apolinar Nuevo. Los mosaicos primitivos del ábside han desaparecido, pero se
conservan los de la nave mayor, y éstos constituyen una de las decoraciones más
impresionantes del arte bizantino. Representan dos procesiones que, cada una por
su lado, avanzan hacia el testero del templo. La de los Santos (fig.
739), con
San Martín a la cabeza —a él estuvo dedicada primitivamente la iglesia— sale de
la ciudad, simbolizada en el «alacio, y marchan envueltos en sus blancas
vestiduras para ofrecer las coronas de su martirio al Salvador, que les espera
en el trono; la procesión de las Santas, que parte del barrio amurallado del
puerto,, va precedida por los Reyes Magos, todavía representados a la manera
oriental, para ofrecer también las coronas de su martirio a la Virgen
entronizada. De gran elegancia, con ricas vestiduras y blancos velos, y
marchando parsimoniosamente, nos permiten imaginar algunos aspectos de las
fiestas de corte en el Palacio Sagrado de Constantinopla. Sobre estas
procesiones y entre las ventanas, aisladas en grandes cuadros, aparecen
monumentales figuras de profetas y patriarcas. Todavía en una tercera fila se
representa en escala mucho más reducida, historias del Antiguo y del Nuevo
Testamento, que contribuyen a agigantar las figuras de las dos zonas bajas. La
fecha de todos estos mosaicos es insegura, pues mientras para unos todos son del
siglo VI, otros sólo creen de esa fecha las historias de la zona superior, y
atribuyen los profetas y desfiles al siglo IX.
(fig. 739)
Mosaicos de San Apolinar Nuevo

En San Apolinar del Puerto se conserva, en cambio, la decoración del ábside, en
cuya bóveda vemos a la grey cristiana, guiada por
el santo titular, avanzar hacia la cruz, mientras entre las ventanas aparecen
santos obispos de la diócesis, bajo veneras encuadradas por cortinajes. Desde el
punto de vista iconográfico merece compararse el retrato de Justiniano viejo con
el ya citado de San Vital.
El siglo VIII nos ofrece, en tierras islámicas, un interesante capítulo del
mosaico bizantino del período iconoclasta. Coincidiendo este tipo de mosaico sin
imágenes con las prescripciones islámicas, no tienen inconveniente los califas
omeyas en revestir con mosaicos bizantinos, a mediados de siglo, la mezquita de
Damasco. Son verdaderos paisajes (fig. 740), con bellas arquitecturas,
palacios, palacetes, grupos de casas y, sobre todo, con árboles, representados
con cariño sorprendente en un mosaico.
(fig. 740)
Relieves bizantinos en la mezquita de los Omeyas en
Damasco

Bajo la segunda edad de oro del arte bizantino, también el mosaico vive nueva
etapa de florecimiento. Cuentan entre las obras más hermosas de este período los
del siglo XI de la iglesia de Dafni, próxima a Atenas (fig.
741).
(fig. 741)
Mosaicos de la Iglesia de Dafni (Reyes adorando al niño
Jesús)

Pero algunos
se encuentran en Italia, en Venecia y en Sicilia. En la iglesia de la islita de
Torcello, en las inmediaciones de Venecia, se conserva un ábside cubierto de
mosaicos de sorprendente grandiosidad. En el muro aparecen los Apóstoles en
fila, mientras en la bóveda se nos muestra sola, con las alargadísimas
proporciones de los nuevos tiempos, posteriores a la revolución iconoclasta, la
Virgen del tipo Odegetria ya descrito. Los mosaicos de San Marcos, de Venecia,
más numerosos que los de Torcello, pertenecen a muy diversas épocas. Los del siglo XI son los del nartex, de fondo de oro
y sin paisaje.
En el siglo XIII, la Martorana de Palermo, fundada por el almirante Jorge de
Antioquía, nos muestra al rey normando Roger II vestido a la bizantina,
coronado por el Salvador (fig. 742), y al propio
almirante a los pies de la Virgen, mientras decoran sus muros varias historias
evangélicas y del Antiguo Testamento.
(fig. 742)
Rey Normando Roger II

En el cuarto de esfera del ábside de la
iglesia de Monreale preside la nave un gigantesco Salvador de medio cuerpo.(fig.743)
(fig.743)
Ábside de la iglesia de Monreale

Pero el empleo del mosaico bizantino, como veremos, no se limita al sur de la
Península, sino que se extiende ampliamente por el resto de la misma hasta que
lo destierra el Renacimiento.
Buen ejemplo de la difusión del mosaico bizantino de esta época es la rica serie
que decora Santa Sofía de Kiev, donde la cúpula se dedica al Todopoderoso —el
Pantocrátor—(fig. 744), y la bóveda del ábside, a la Virgen, de pie, con las manos
engaito, intercediendo por los mortales.
(fig. 744)
Pantocrátor en la bóveda de Santa Sofía de Kiev

LA PINTURA
.—La formación de la pintura cristiana, que desemboca en el estilo bizantino, se
conoce mal. Además del foco de las catacumbas romanas existen en estos primeros
tiempos otras escuelas que desempeñan papel de primer orden en el nacimiento de
la iconografía cristiana: las de Asia Anterior, Egipto y Bizancio.
En Asia Anterior el principal monumento pictórico es el códice del Génesis de la
biblioteca de Viena, del siglo V, pero que se supone inspirado en un rollo o
rótulo mucho más antiguo, donde las escrituras, hoy en folios, aparecerían en
forma continua. Ejecutado en pergamino, el fondo está pintado de púrpura. La (fig.
745) reproduce escenas de la Vida de José: su despedida, el cuidado de su
rebaño y la llegada de sus hermanos. Su fecha temprana, y lo maduro de la
interpretación de sus múltiples historias, han hecho pensar que se haya
utilizado un Génesis de sinagoga.
(fig. 745)
Miniaturas del códice del Génesis con escenas de la vida
de José

La obra maestra de la miniatura siria son los Evangelios de la Biblioteca de
Florencia, iluminados en 586 por el monje Rábula, del convento de Zayba, en
Mesopotamia. Su madura iconografía delata la utilización de modelos más
antiguos, y desde este punto de vista es de valor extraordinario como testimonio
de la existencia en tierras mesopotámicas de una escuela pictórica muy anterior
y de capital interés para el nacimiento del arte cristiano. La (fig.
746)
contiene la Crucifixión; en la parte inferior, las Mujeres en el Sepulcro y el
Noli me tangere.
(fig. 746)
Miniaturas de Los Evangelios en Florencia con escenas de
la pasión

Con su estilo se relacionan los Evangelios de la catedral de Rossano, en
Calabria. La (fig. 747) representa de la entrada en
Jerusalén.
(fig. 747)
Miniaturas de la Catedral de Rossano con escenas de la
curación del ciego

En cuanto a pinturas murales, sólo conocemos las de la sinagoga de Dura Europos,
en las proximidades del Eufrates, del año 256 y, por tanto, de fecha anterior a
muchas de las catacumbas de Roma. Aunque muy pobres, por su fecha temprana son
un testimonio en pro del origen oriental del arte cristiano. A este respecto
deben tenerse también en cuenta las sinagogas recientemente descubiertas en
Palestina y Transjordania, todas ellas decoradas con pinturas. En la sinagoga ya
citada de Dura Europos, los muros aparecen distribuidos en grandes cuadros con
historias del Antiguo Testamento.
La pintura copta distingue en general, por su tosquedad, de carácter popular, y
por su intensidad expresiva. Entre sus creaciones iconográficas figura la Virgen
de la Leche (fig. 748), que no en vano a Isis se la representa dando el pecho a
Horus.
(fig. 748)
Virgen de la Leche. Siglo IX. Museo Morgan, N. York

Los productos principales de la miniatura bizantina de este período son los
Octateucos y los Salterio.
Del Octaeuco, o conjunto de los ocho primeros libros del Antiguo Testamento, se
conservan una media docena de códices ilustrados, donde las escenas aparecen
representadas en cuadros que se suceden ininterrumpidamente, haciendo suponer
que tengan su origen en rótulos anteriores a la fundación de Constantinopla, tal
vez alejandrinos. En su forma y estilo actual parecen reflejar, sin embargo, tal
carácter bizantino, que sólo pueden considerarse ilustrados al calor de la
escuela de Constantinopla, como la Crónica de Juan Skylitzes, en donde se
pueden ver escenas de la corte bizantina (fig. 749). Las Jóvenes
danzando en el desierto es el tema de la (fig. 750), de otro Octateuco.
(fig. 749)
Miniaturas del Octaeuco. Escenas corte bizantina

(fig. 750)
Jóvenes danzando en el desierto

Los talleres de los miniaturistas de Constantinopla, además de repetir durante
toda la Edad Media los Salterios de tipo cortesano, es decir, con miniaturas a
todo folio, producen los Salterios de tipo popular o monacal, tal vez de origen
sirio, que tienen mucha mayor difusión que los cortesanos en influyen más
intensamente en el arte románico. En ellos las escenas, en lugar de ocupar todo
el folio, se reducen al amplio margen que deja libre el texto, al que sirven de
comentario gráfico. El códice más antiguo conocido es del siglo IX, pero los
modelos en él copiados, se suponen del IV. Como el texto se presta a múltiples
comentarios, los miniaturistas nos muestran desde las escenas del Antiguo y
Nuevo Testamento y temas geográficos —El Salterio de París, también llamado
Códice parisino, es un manuscrito ilustrado bizantino del siglo X que contiene
449 folios y 14 pinturas a página completa (fig.751).
(fig.751)
Imágenes del Salterio de París

La miniatura posterior a la derrota de los iconoclastas, ofrece la novedad de
los Evangelios, las homilías o sermones. y los menologios o santorales, a más de
los textos de carácter profano. Bien sea por haber sido destruidos durante el
período iconoclasta, o porque existiese hasta entonces cierta repugnancia para
representar sus historias, lo cierto es que no poseemos ningún códice ilustrado
de los Evangelios anterior al siglo IX, y los de carácter profano son muy escasos. Cuenta esta
última clase la Crónica de Skylitzes, que no obstante ser del siglo XIV, copia
miniaturas tres siglos anteriores. Ver (fig. 749).
TEJIDOS
.—Las artes decorativas que adquieren mayor perfección, además del mosaico, son
el tejido y la orfebrería.
La fama de los tejidos de seda bizantinos en Occidente durante la Edad Media es
extraordinaria, y los escasos ejemplares conservados la justifican. La seda se
importa en rama del Oriente, hasta que en tiempos de Justiniano se introduce el
cultivo del gusano, y su fabricación, tanto antes como después, es monopolio del
emperador. Sabemos que existen fábricas importantes instaladas en las antiguas
termas de Zeuxipo, cuyos productos no pueden exportarse sin permiso especial, y
que algunos modelos se encuentran reservados a los emperadores y a los regalos
hechos por éstos.
Los tejidos de seda bizantinos suelen estar decorados por una red de ruedas
tangentes, en el interior de las cuales se representan elefantes, leones
afrontados, cacerías de leones, el estrangulador de leones, grifos,
el auriga vencedor (fig. 752), etc., temas que, en buena parte, ponen de
manifiesto la gran influencia sasánida que en este aspecto beneficia al arte
bizantino. En algunos casos hay que pensar hasta en la utilización de patrones
persas por los tejedores bizantinos. Después del siglo IX aparecen temas
heráldicos, como las águilas imperiales explayadas, todo ello siempre dentro de
una traza simétrica.
La mayor parte de estas telas se han conservado en relicarios y en sepulcros de
Occidente.
(fig. 752)
El auriga vencedor. Tela de la Catedral de Aquisgrán

ORFEBRERÍA
En la orfebrería, lo más importante es el empleo del esmalte. Junto a él
desempeñan papel de primer orden la filigrana y las piedras finas y preciosas
engastadas. El esmalte es tabicado, es decir, con laminillas de oro que impiden
el que, al fundirse en el horno las pastas vítreas se mezclan unas con otras.
Técnica desconocida de los romanos, es posible que llegue por vía de Persia
antes del siglo VI, aunque a el VII. Estas laminillas metálicas sirven también
para dibujar los plegados de los vestidos.
Las mejores piezas de orfebrería son relicarios, tapas de Evangiliarios, alguna
corona, como la de San Esteban y vasos sagrados. Aunque los esmaltes se montan
ya en Venecia, la pieza más rica existente es el retablo mayor de la iglesia de
San Marcos, la llamada Pala d'Oro, cuyos esmaltes son de los siglos XI y XII.(fig.
753).
(fig. 753)