HISTORIA DEL ARTE

CAPITULO XI

ARTE BIZANTINO

Apunte contexto histórico

ÍNDICE

ARQUITECTURA

LA CÚPULA, EL CAPITEL Y EL MOSAICO

ARQUITECTURA JUSTINIANEA

ARQUITECTURA POSTERIOR AL SIGLO VIII. ITALIA. RUSIA. CAPADOCIA

LA ESCULTURA

EL MOSAICO

LA PINTURA

TEJIDOS

ORFEBRERÍA


ARQUITECTURA

.—El desplazamiento del Imperio romano hacia Oriente, iniciado por Diocleciano al establecerse en Spalato, se consuma bajo Constantino, el año 330, al fijarse la nueva capital en Bizancio, la pequeña población que frente al Asia, y sólo separada de ella por el estrecho del Helesponto, se convierte durante la Edad Media en la mayor y más rica ciudad europea. La proximidad del Asia presta desde muy pronto a Bizancio un carácter que no tardará en diferenciarla de Roma. En un principio es Grecia la que impone en ella su sello, y la nueva capital adquiere el aspecto de una gran ciudad helenística; pero a medida que avanza el tiempo, el Oriente va dejando sentir su influjo, y al reconstruir los Emperadores bizantinos su palacio, es la residencia de los califas de Bagdad, en la vieja Mesopotamia, con sus terrazas y sus palacetes, lo que se toma por modelo.

El pueblo bizantino, heredero del gusto por el lujo y la riqueza del arte imperial romano, al contacto con el Oriente ve aumentarse aún más en él esa necesidad de crear obras de gran riqueza decorativa e intensa policromía. La escenografía, que tan importante papel desempeña en las ceremonias de la Corte, o, lo que en buena parte es igual, los efectos de perspectiva, son también valor de primer orden que influye en la fisonomía de la gran arquitectura bizantina.

Si los monumentos mismos no nos delatasen las principales categorías estéticas que los inspiraron, nos lo dirían quienes los hicieron construir. Para Procopio, el escritor de la época justinianea, el interior de Santa Sofía produce «la ilusión de un maravilloso jardín lleno de flores con el azul del fondo y el verde del follaje de los mosaicos que cubren sus paredes». Desgraciadamente, no se conserva el Palacio Sagrado, pero al describírsenos, en el siglo X, las ceremonias que en él se celebran, se comprende que el escenario arquitectónico no puede por menos de estar influido por el aparato y la fastuosidad de aquéllas.

El propio emperador Constantino Porfirogeneta nos refiere cómo en las recepciones se presenta al público en el Crisotriclinio, con el vestuario a un lado y el tesoro al otro, sobre un trono colocado sobre leones de oro y bajo un plátano del mismo precioso metal poblado de pájaros, y cómo, cuando recibe a un embajador, el trono se eleva entre nubes de incienso mientras los leones rugen y los pájaros cantan.

El estilo bizantino comienza a gestarse en los días mismos de Constantino; pero, en realidad, no puede considerarse como plenamente formado hasta el siglo VI, cuando las grandes empresas artísticas de Justiniano (527-565), aprovechando las enseñanzas de los edificios abovedados del Asia Anterior, nos demuestran la existencia de una arquitectura nueva, tanto por su organización como desde el punto de vista decorativo. Después de este siglo de oro justinianeo, privado el Imperio por los árabes de sus más ricas provincias orientales, la arquitectura bizantina vive sobre todo de lo entonces creado, hasta que, a raíz de la terminación del movimiento iconoclasta, bajo la dinastía macedónica, disfruta desde mediados del siglo IX hasta mediados del XI, de una segunda era de florecimiento. En los siglos posteriores las novedades arquitectónicas son de escasa importancia, pero, en cambio, se forma en el sur de Italia una nueva provincia artística, en la que el estilo bizantino se mezcla con el árabe y el gótico, y, sobre todo, se introduce en Rusia, donde continuará viviendo varios siglos después de desaparecido el Imperio bizantino.


LA CÚPULA, EL CAPITEL Y EL MOSAICO

LA CÚPULA

.—Las principales novedades de la arquitectura bizantina se refieren al empleo de la cúpula, al capitel y su relación con el arco, y a la decoración, en particular a la de mosaico.

La arquitectura bizantina es, como la romana, abovedada; su interés por la bóveda se intensifica aún más al contacto con los monumentos mesopotámicos, y en particular de la Persia sasánida, cuyo florecimiento corresponde, como hemos visto, a los siglos III y IV. Pero su gran novedad respecto de Roma es el empleo sistemático de la cúpula, para cuya definitiva conformación se vale de las experiencias sirias y sasánidas. Los bizantinos llegan a construir cúpulas de proporciones tan gigantescas como la de Santa Sofía, de Constantinopla (fig. 688), de más de treinta metros de diámetro, resolviendo de forma admirable la manera de contrarrestar sus empujes, no sólo por medio de estribos o valiéndose de gruesos muros, sino oponiéndoles otras bóvedas. En el deseo de aligerar el peso de la media naranja y disminuir sus empujes laterales, se procura emplear materiales como tubos de barro enchufados y dispuestos en espiral, que con su oquedad disminuyen considerablemente su peso sin detrimento de la resistencia, o como los ladrillos de Rodas, de Santa Sofía de Constantinopla, doce veces más leves que los normales.

 (fig. 688)

Santa Sofía, de Constantinopla

Además de resolver estos problemas de orden mecánico, el arquitecto bizantino se preocupa sobremanera de la decoración de la cúpula, a la que, a más de cubrir de mosaicos, decora con profundos gallones; la de la iglesia de San Sergio y Baco (fig. 689), (fig. 690)es ejemplo de ese tipo de decoración. En cuanto a su exterior, lo más importante es que, en época ya bastante avanzada, después de la revolución iconoclasta, se concede gran importancia al tambor. Corónasele entonces con una moldura, que, al acusar el trasdós de las ventanas en él abiertas, crea una cornisa festoneada de lóbulos convexos (fig. 691).

 (fig. 689)

Planta e Iglesia de San Sergio y Baco

 (fig. 690)

Decoración cúpula de San Sergio y Baco

 (fig. 691)

Iglesia de Pammakáristos


EL CAPITEL

El arquitecto bizantino, sin perjuicio de emplear los tipos de capitel de ascendencia clásica, en los que el follaje sigue el rumbo de toda su decoración vegetal, cuando crea el típicamente bizantino, las hojas de acanto del capitel corintio terminan por perder su personalidad, y, en lugar de proyectarse al exterior, se funden en una superficie vegetal continuada y uniforme que recubre el cuerpo troncocónico de proporciones un tanto cúbicas que constituye el capitel (fig. 692), que por ello se ha llamado cúbico.

(fig. 692)

Capitel de Santa Sofia

A fines del siglo IV comienza a emplearse un tipo de capitel, llamado teodosiano, en el que, labradas ya las hojas con la técnica del trépano, aparecen movidas lateralmente como impulsadas por el viento. Es frecuente en el siglo VI.

Mientras en esta clase de capitel el abaco casi desaparece englobado en la masa, en cambio adquiere monstruoso desarrollo un segundo cuerpo en forma de pirámide truncada e invertida, llamado cimacio (fig. 693).

(fig. 693)

Cimacio y capitel de San Vital

Aunque no faltan ejemplos en la arquitectura romana de arcos apoyados directamente en el capitel, suele tratarse de arcos y de columnas adosados al muro. El arco en Roma, por lo general, o se abre en el muro o apoya en pilares. El cargarlo directamente sobre la columna, no en forma tan sólo decorativa, sino con fines constructivos, como en las basílicas constantinianas, se generaliza ahora en el arte bizantino. La trascendencia de este paso es de importancia extraordinaria en la historia de la arquitectura, y representa una de las innovaciones que más contribuyen a la ligereza y a los bellos efectos de perspectiva de los interiores bizantinos.

La entronización de la cúpula con sus presiones laterales radiales en el eje del templo tiene como consecuencia inmediata el predominio de la planta cruciforme de brazos iguales, es decir, de la planta llamada de cruz griega, y el empleo de plantas poligonales, o, lo que es lo mismo, de plantas con varios ejes de simetría, todos ellos de igual o análogo valor.

La decoración vegetal, siguiendo el rumbo anticlásico tan sensible ya en el Palacio de Spalato, presenta análogas características a la siríaca ya comentada (fig. 694). (fig. 695).

(fig. 694)

Capitel con decoración vegetal

(fig. 695)

Resumen Capiteles bizantinos

 


ARQUITECTURA JUSTINIANEA

.—Con anterioridad a Justiniano, los monumentos más importantes en los que se va formando el estilo bizantino corresponden a los días de Constantino y Teodosio. Bajo el primero, además de las Cisternas de Constantinopla (fig. 696), donde se emplean ya los capiteles troncocónicos que perdurarán en la arquitectura bizantina posterior.

(fig. 696)

Iglesia cisterna, entrada y detalle de columnas

Los monumentos principales de la época justinianea se conservan en la capital del Imperio y en Rávena, la capital del Exarcado, que comprende el sur de Italia, el norte de África y España.

En Bizancio hace construir Justiniano varios grandes templos de primer orden: Santa Sofía o la Divina Sabiduría, ver (fig. 688), Santa Irene o la Paz, Santos Sergio y Baco, ver (fig. 689) y los Santos Apóstoles. Santa Sofía (532-537), es la obra maestra de la escuela y una de las creaciones artísticas más bellas y grandiosas de todo el mundo. No en vano sus contemporáneos, conscientes de su excepcional importancia, nos refieren cómo: es un ángel quien inspira a Justiniano al inspeccionar diariamente la obra. Sus autores son dos griegos de Asia Menor: Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto. Santa Sofía rompe decididamente con el tipo basilical, y es, en realidad, una enorme cúpula de treinta y un metros de diámetro, contrarrestada en sus empujes laterales por medio de dos bóvedas de cuarto de esfera, cuyos empujes son, a su vez, recibidos por otras menores de igual forma y por dos bóvedas de cañón, unas y otras contrarrestadas también, a su vez, por gruesos estribos, donde se alojan las escaleras. Vista desde el interior del templo esta serie de bóvedas ordenadas para lograr un equilibrio puramente mecánico, al continuarse unas en otras, todas ellas cubiertas de mosaico, producen la impresión de una inmensa bóveda única, cuya parte central flota en el aire, suspendido en el aro de luz formado por sus numerosas ventanas inferiores. A ese efecto de ligereza del inmenso interior contribuyen también sobremanera los dos pisos de arquerías cabalgando directamente sobre columnas que se encuentran bajo los dos grandes arcos formeros de la nave de crucero y en las exedras secundarias de la cabecera y de los pies. Ello da lugar, además, a los más bellos efectos de perspectiva. La cúpula se eleva hasta unos sesenta metros de altura. Excusado es decir que la planta de Santa Sofía es fundamentalmente de cruz griega inscrita en un cuadrado. Se completa el edificio con gran patio, de proporciones también cuadradas, en cuyo centro se levanta una fuente en forma de pila sobre doce columnas.(fig. 697).

(fig. 697)

Cúpula Santa Sofia

Revestido el templo todavía por altos zócalos de mármol, sus columnas son también de ese material —de pórfido rojo de Egipto las cuatro bajas de las exedras, de verde antico de Tesalia las más—, y en él están labrados los hermosos paños de decoración vegetal de las arquerías. Los capiteles son troncocónicos con volutas jónicas, o simplemente apiramidados, pero todos ellos se encuentran revestidos por la típica decoración vegetal bizantina justinianea. Como en toda iglesia bizantina, el mosaico desempeña papel preponderante.

Consta que los cuartos de esfera laterales y la bóveda central vaída son derribados por un terremoto todavía en vida de Justiniano, quien los reconstruye a mayor altura para disminuir los empujes. En las pechinas de la actual cúpula hace aprovechar en parte la primitiva bóveda váida.

De mucho menor tamaño que Santa Sofía, la iglesia de los Santos Sergio y Baco (fig. 698), es también obra mandada edificar por Justiniano. De planta octogonal, tiene, como aquélla, dos plantas, y en cuatro de sus lados exedras con columnas. Su bóveda es gallonada, y su capilla mayor, aunque semicircular interiormente, como en Santa Sofía, es poligonal al exterior. Los capiteles presentan la superficie ondulada formando grandes gallones convexos.

(fig. 698)

Interior de la iglesia de los Santos Sergio y Baco

La iglesia de los Santos Apóstoles, aunque no se conserva, sabemos que era de planta de cruz griega, con cinco cúpulas, una en el crucero y otra en cada uno de sus cuatro brazos, o tal vez en los espacios comprendidos entre éstos (fig. 699). De organización mucho más sencilla que Santa Sofía, su influencia en la arquitectura occidental es mucho mayor.

(fig. 699)

Planta y figuración iglesia de los Santos Apóstoles

Santa Irene (532) (fig. 700), sólo tiene dos cúpulas, una de ellas con tambor, que ya es del siglo VII.

(fig. 700)

Iglesia de Santa Irene de Constantinopla

Al siglo VI pertenecen también las iglesias de Santa Sofía y de San Demetrio, de Salónica, la primera de cruz griega, con bellos capiteles de tipo teodosiano, de hojas movidas por el viento, y la segunda, de forma basilical. En ambas son particularmente bellos sus revestimientos de taracea de mármoles de colores.

Desgraciadamente, nada existe del Palacio Sagrado construido por Constantino y ampliado por sus sucesores. Abundan, sin embargo, las descripciones literarias, que nos hablan de su lujo fantástico y permiten imaginar el escenario de las grandes ceremonias y fiestas de la corte. Se describe como sus partes principales (fig. 701), el palacio de la Calcé (G), o de bronce, así llamado por sus puertas de ese metal; el de Dafne (I) —por la estatua de la amada de Apolo—, el Triclinio de los diecinueve lechos (H), el Magnasaura o salón del trono, el Crisotriclinio (P), de planta octogonal, como la iglesia de San Vital (figs. 367, 368), de que se trata seguidamente, etc. Las letras A y B indican el emplazamiento de Santa Sofía y de la plaza del Augusteo.

(fig. 701)

Esquema del Palacio Sagrado construido por Constantino

En Rávena, a orillas del Adriático, se levanta todavía tres obras capitales del arte bizantino.

La iglesia de San Vital (fig. 702), construida hacia el año 530 por el arquitecto Juliano, es, como Santa Sofía, de lo más bello de la arquitectura justinianea. Como San Sergio y Baco, es de planta octogonal, que aquí se manifiesta también al exterior. Además, las arquerías de planta semicircular que allí sólo se emplean en cuatro de los lados del octógono central, aquí se extienden a todos ellos, salvo al de la capilla mayor . San Vital no es sólo edificio de gran belleza por los efectos de perspectiva que producen el movimiento de su planta, sus múltiples columnas y sus curvas superficies, sino por el lujo y calidad de sus mosaicos. Los retratos de los emperadores y de sus altos dignatarios son buen testimonio del empeño puesto por Justiniano en deslumbrar al viejo imperio de Occidente.(fig. 703).

(fig. 702)

Iglesia de San Vital en Rávena

(fig. 703)

Arquerías y mosaicos de la iglesia de San Vital en Rávena

Las iglesias de San Apolinar in Classe, o del Puerto (549),  (fig. 704), y de San Apolinar el Nuevo  (558, (fig. 705), son, en cambio, del tipo basilical constantiniano, de tres naves, aunque enriquecidas con hermosos mosaicos. Los capiteles de la primera son de modelo teodosiano, de hojas revueltas. Las torres de las iglesias de Rávena son cilíndricas.

 

(fig. 704)

Iglesia de San Apolinar in Classe

(fig. 705)

Iglesia de San Apolinar el Nuevo


MONUMENTOS POSTERIORES AL SIGLO VIII.

ITALIA. RUSIA. CAPADOCIA

ITALIA

.— En la segunda etapa de florecimiento de la arquitectura bizantina las principales novedades consisten en la introducción y desarrollo en la cúpula con tambor de las características ya expuestas; en la generalización del triple ábside y en disponer en los templos más importantes un pórtico cubierto con cúpulas. Uno de los monumentos más antiguos de este período es la iglesia de Skripu, de fines del siglo IX. La de la Theotokos, (fig. 706), de Constantinopla, unos dos siglos posterior, es buen ejemplo de iglesia con pórtico de cúpulas.

(fig. 706)

Iglesia Theotokos de Constantinopla

 Templo también interesante, donde la gran cúpula, como en Santa Sofía, domina el conjunto, es el de Santa María de Dafni, en las proximidades de Atenas (fig. 707).

(fig. 707).

Iglesia Santa María de Dafni

 

Pero el monumento más conocido de este período no se labra dentro de los confines del imperio, ni para bizantinos, sino en Venecia. Los venecianos poseen todo un barrio en Constantinopla, y Venecia vive principalmente de su comercio con el Oriente. Nada tiene, pues, de extraño que, al reconstruir el gran templo de su patrono San Marcos (1063) (fig. 708), fijen su mirada en los modelos bizantinos. El elegido no es Santa Sofía, sino los Santos Apóstoles, si bien adicionando novedades de esta época. Así, es de cruz griega, con cinco grandes cúpulas situadas, como allí, en el crucero, y en cada uno de los brazos tiene tres ábsides y una nave de pequeñas cúpulas en torno del brazo de los pies. Su interior se encuentra lujosamente decorado con mosaicos de diversas épocas, y su exterior está revestido con placas de bellos mármoles ornamentadas con primor, procedentes de edificios bizantinos de Constantinopla y Asia. Como el orfebre románico engasta en su obra una hermosa gema clásica, así los venecianos aprovechan para decorar su templo las mejores joyas arquitectónicas de los tiempos pasados.

(fig. 708)

Basílica de San Marcos. Venecia

Aunque de estilo menos puramente bizantino, conviene citar también aquí el importante grupo de monumentos de Sicilia que corresponden a este mismo período. Poblada la isla por griegos y árabes, al establecerse en ella los normandos introducen el incipiente estilo gótico de su país de origen, pero utilizan artistas sicilianos, y con esos tres elementos surge el arte sículonormando, que vive su edad de oro en el siglo XII. Los templos por ellos construidos son de planta basilical, ábside semicircular y cruceros abovedados, sobre trompas; sus naves son de columnas aprovechadas de monumentos clásicos, y arcos apuntados más árabes que góticos. La influencia árabe introduce el tema de los arcos enlazados de origen cordobés y produce alguna bóveda de mocárabes de primer orden. Los hermosísimos mosaicos que cubren su interior son los que ponen en el conjunto la nota bizantina más intensa.

Los monumentos principales del arte sículonormando son: en Palermo, las capillas del Almirante, o la Martorana (fig. 709), y la de San Cataldo, (fig. 710).

(fig. 709).

Capilla de la Martorana

(fig. 710).

Capilla  San Cataldo

Destaca de forma singular, la Palatina (1129), ésta con hermosa bóveda de mocarabes y espléndidos mosaicos. (fig. 711).

(fig. 711)

Iglesia de la Palatina

En el vecino monasterio de Monreale se construye la iglesia (1175), como panteón de los príncipes normandos,  con lujo extraordinario y de mayores proporciones. Sus ábsides muestran al exterior una interesante decoración de arcos cruzados de influencia árabe. (fig. 712).

(fig. 712)

Iglesia de Monreale

Arcos cruzados enriquecen también la iglesia de Cefalú (fig. 713).

(fig. 713)

Iglesia de Cefalú

Poco antes de que, con la reconstrucción de San Marcos, clave su estandarte en la ciudad de las lagunas el arte bizantino, realiza otra conquista de consecuencias más trascendentales. El emperador, para detener a Vladimiro, que ha conquistado la actual Sebastopol, le da por esposa a su hermana, pero le impone la condición de recibir las aguas del bautismo. Con esta boda se abren las puertas de la corte rusa a la influencia bizantina. En Kiev se labra por artistas de ese origen la iglesia de Santa Sofía (1020) (fig. 714), y ese templo es el que sirve de modelo a todos los del futuro imperio ruso.

(fig. 714)

 Iglesia de Santa Sofía. Kiev

Las (fig. 715), (fig. 716),  reproducen la iglesia de la Asunción, del Kremlin.

(fig. 715)

Iglesia de la Asunción, del Kremlin

(fig. 716)

Planta e interior de la Iglesia de la Asunción, del Kremlin

De carácter mucho más modesto que el gran arte anterior son, sin embargo, del mayor interés, por sus arcos de herradura, las iglesias rupestres (fig. 717) de Capadocia, en Asia Menor, anteriores al siglo XI.

(fig. 717)

Exterior e interior de la Iglesia rupestre de Tokali Kilisse en Capadocia


LA ESCULTURA

.—Desde el siglo IV la escultura pierde la gran importancia que ha tenido en los tiempos clásicos. La perfección técnica comienza a desaparecer; las figuras son cada vez más rígidas, y las actitudes y ropajes, más monótonos. Con el abandono de las creencias paganas, el cultivo del desnudo interesa también cada vez menos, y la nueva religión cristiana tardará aún varios siglos en crear un repertorio de imágenes que permita al escultor recrearse en la interpretación del cuerpo humano. Las escenas evangélicas aparecen en los sarcófagos y en relieves de pequeño tamaño, pero, evidentemente, existe visible repugnancia para representar al Salvador, a la Virgen y a los Santos de bulto redondo y gran tamaño. Favorecida, en parte, por el avance del Islam, es la actitud que culmina en la lucha de los iconoclastas, quienes relegan primero las imágenes a lugares poco visibles y terminan destruyéndolas u ocultándolas.

La escultura bizantina, a juzgar por los monumentos conocidos, prefiere el relieve al bulto redondo, y, sobre todo, el relieve de pequeñas proporciones y labrado en materiales ricos. No faltan, sin embargo, estatuas como la de los Tetrarcas de San Marcos, de Venecia (fig. 718), de pórfido rojo y producto, al parecer, de un taller egipcio.

(fig. 718)

Tetrarcas de San Marcos, de Venecia

En bronce, de tamaño gigantesco, la del coloso de Barletta (fig. 719); la de Eugenio, del Louvre (fig. 720); las cabezas femeninas de las (fig. 721), y la de Justiniano II (fig. 722), ya de hacia el año 700.

(fig. 719)

Coloso de Barletta

(fig. 720)

Busto de Eugenio, del Louvre

(fig. 721)

Cabezas femeninas

(fig. 722)

Justiniano II

Hasta tiempos de Justiniano conserva un cierto sentido clásico que después desaparece. En cuanto al bulto redondo, ya hemos visto cómo en tiempos de Constantino se manifiesta esa tendencia hacia lo esquemático y lo expresivo, opuesta al sentido clásico de la belleza. En el retrato de Eugenio, el rival de Teodosio, del siglo V, del Museo del Louvre, la tendencia hacia la espiritualización resulta aún más patente.

Más numerosos los relieves de marfil, puede seguirse mejor en ellos la transformación del estilo clásico en el bizantino. A fines del siglo IV pertenece el díptico conmemorativo de las bodas de Nicomaco (382) de los Museos de Londres y París, tallado con un sentido de la belleza puramente clásico que, aunque ya más atenuado, es con todo muy sensible en el díptico de Barberini (del siglo V) (fig. 723), del Museo del Louvre,  aún de formas llenas y proporciones todavía tradicionales, del que se conserva una sola de sus hojas.

(fig. 723)

Relieve díptico Barberini

Etapa ya mucho más avanzada, pues se considera obra del siglo VI, nos ofrece la riquísima cátedra de marfil de Maximiano (fig. 724), del Museo episcopal de Rávena. Presenta en su frente anterior, de gran tamaño, al Bautista y a los evangelistas, mientras en los laterales contiene historias sacras, igualmente de relieve. Muy importante es también su decoración vegetal, enriquecida con figuras de animales.

 (fig. 724)

Cátedra de marfil de Maximiano

La mayor parte de los relieves bizantinos conservados son de marfil y de carácter conmemorativo. Dípticos por lo general, responden a la costumbre de regalarlos a las amistades y altos funcionarios con motivo de algún nombramiento o acontecimiento importante —bodas, por ejemplo— en la vida del que los encarga, aunque, por ser buena parte de ellos conmemorativos de la elevación al consulado, suele llamarse a todos con manifiesta impropiedad dípticos consulares. Comienzan a emplearse a fines del siglo IV, generalizándose su uso durante las dos centurias siguientes.

En los dípticos propiamente consulares, lo más frecuente es que se figure al cónsul recién elegido sentado, a veces acompañado por las figuras alegóricas de Roma y Bizancio, con el brazo en alto dando la señal con el pañuelo o «mapa» que tiene en la mano, para el comienzo de la fiesta por él costeada, fiesta que se representa en la parte inferior. Obligado el recién elegido a obsequiar al pueblo con dinero y determinados espectáculos, los de rigor son los de circo —las escenas, por lo general, representadas son las luchas con las fieras, pues las de gladiadores habían sido abolidas—, las cacerías de animales, las carreras de carros, acróbatas, representaciones teatrales, etc., y esas son las escenas más repetidas en los dípticos consulares.

Sirvan de ejemplo el del Museo de Liverpool, del año 513, con el cónsul repartiendo dinero, y el del Museo de Cluny, del año 506, con luchas de fieras. En la catedral de Oviedo se guarda un díptico consular del año 539, de origen egipcio, en que la decoración figurada se reduce a dos medallones con el magistrado de medio cuerpo con el mapa o pañuelo en alto.

La (fig. 725), reproducen el del Cónsul Probo (406), la (fig. 726) el de Estilicón (395), acompañado por su mujer e hijo.

 (fig. 725)

Cónsul Probo

(fig. 726)

Estilicón acompañado por su mujer e hijo

Como es natural, existen dípticos conmemorativos con temas cristianos, tales como el del Paraíso y el de la vida de San Pablo, del Museo de Florencia.

Aunque con mucha menos frecuencia que los marfiles, también nos ofrecen relieves conmemorativos los discos que forman parte de la vajilla o missorium —plato y dos tazas— de plata u oro que el emperador regala al magistrado elegido. El más importante conservado es el de plata de Teodosio (fig.727), descubierto en Almendralejo y hoy en la Academia de la Historia de Madrid (388). Mide algo más de un metro de diámetro y presenta bajo un pórtico, con entablamento interrumpido por un arco, a Teodosio el Grande acompañado por Arcadio y Valentiniano, los tres con nimbos, entregando el nombramiento al magistrado. Forman la guardia guerreros germanos de larga cabellera.

(fig.727)

Vajilla de plata de Teodosio

 

La violenta revolución de los iconoclastas deja huella profunda en la escultura bizantina posterior. En cierto grado, puede decirse que a ella debe alguno de sus rasgos más característicos. Para evitar la tacha de idolatría, y que las representaciones humanas puedan calificarse de ídolos, como hicieron aquéllos, se las deshumaniza lo más posible; haciéndoles perder materia, se las alarga para que procuren evocar sus espíritus más que deleitarnos con sus perfecciones corporales. La reacción contra el naturalismo clásico, tan vigorosa todavía en los marfiles anteriores, es radical, y surge un concepto de la belleza completamente distinto. La escultura, lo mismo que la pintura, apenas evolucionará ya en los varios siglos que le restan de vida. Los cuerpo? apenas se acusan tras los ropajes, que se pliegan en líneas paralelas y prolongadas; como en el arcaísmo griego, los bordes de los mantos caen formando zigzags, todo ello muy plano; y esos zigzags se convierten en mera fórmula al encuadrar los rostros de las Vírgenes. Ahora es cuando adquiere forma definitiva la iconografía bizantina, y crea una serie de tipos que se repiten con insistencia durante siglos.

Los periodos iconoclastas comprenden: la primera,  los años 730 y 787 (año del segundo Concilio de Nicea) y la segunda los años 814 y 842. La escultura posterior a la derrota de los iconoclastas, aunque no falta algún relieve monumental, continúa cultivando con preferencia el de tamaño pequeño de marfil.

Ahora se crean, tanto en escultura como en pintura, tipos de imágenes que la devoción hará repetir constantemente. Entre las representaciones de la Virgen tenemos la llamada Madre conductora del Niño u Odegetría (fig. 728), imaginada de pie, con la mano derecha sobre el pecho, y Jesús sobre la izquierda en actitud de bendecir.

(fig. 728)

Madre conductora del Niño

Las múltiples estatuas que de ella tenemos parecen derivar de la imagen de la iglesia de los Guías de Constantinopla. Existen, además, varios ejemplares de la Madre de Dios —Theotocos—, sentada en trono de respaldo lobulado, con el Niño (fig. 729), también de frente, sobre su regazo y en actitud de bendecir, que probablemente reproducen alguna imagen del Palacio Sagrado.

(fig. 729)

Virgen con niño. Theotocos

La Virgen como orante (fig. 730), según el prototipo de las catacumbas, con los brazos en alto y uno de cuyos ejemplares puede verse en San Marcos de Venecia, es la Virgen Blanquernitissa o de la iglesia de las Blanquernas. Exportadas las copias de estas imágenes bizantinas al Occidente de Europa, ejercen gran influencia en la iconografía.

(fig. 730)

Virgen Blanquernitissa

Al Salvador lo encontramos ahora, o bien de pie sobre el escabel (fig. 731), o entronizado, barbado, bendiciendo, con el libro en la mano izquierda y mostrando su texto o bendiciendo con la derecha.

(fig. 731)

El Salvador, Santa Sofía de Estambul

Entre las composiciones iconográficas ya más complicadas, una de las más repetidas, y que después acepta todo el arte cristiano, es la de la Virgen y el Bautista rogando a Cristo por los mortales, es decir, el tema llamado la Déesis.

 Las figuras de la Virgen y San Juan son en el futuro compañeras indispensables del Todopoderoso en el Juicio Final —recuérdese el de Miguel Ángel—. La Déesis es el tema del relieve de piedra de San Marcos de Venecia, y el del bello tríptico del Museo del Louvre (fig. 732).

(fig. 732)

Déesis

Obra maestra ésta de la escultura bizantina en marfil, nos dice, además, cómo se ha fijado ya la iconografía de los santos, y se les agrupa en apóstoles, santos guerreros y doctores de la Iglesia griega.

Los temas de la vida de Jesús representados ya en los sarcófagos en relieve continuo, donde apenas algunos pormenores o figuras secundarias permiten aislar las escenas, se tratan ahora independientemente y adquieren pleno desarrollo, fijándose la base de casi todas las interpretaciones posteriores. Las historias que más se repiten, y con arreglo a modelos más fijos, son las llamadas doce fiestas del año, que con frecuencia se representan en retablitos como el de esteatita de la catedral de Toledo (fig. 733). Esas fiestas son: Anunciación, Nacimiento, Purificación, Bautismo, Transfiguración, Resurrección de Lázaro, Entrada en Jerusalén, Crucifixión, Descenso al Limbo, Ascensión, Pentecostés y Tránsito de la Virgen.

(fig. 733)

Relieve de las doce fiestas del año de la Catedral de Toledo

En el Nacimiento, por ejemplo, según la iconografía oriental, el escenario es la cueva o gruta, y la Virgen aparece en el lecho junto al pesebre con el Niño, mientras San José se encuentra a un lado. En primer término, Salomé, una doncella, lava al recién nacido, y detrás del cabezo donde se abre la cueva aparecen pastores y ángeles.


EL MOSAICO

.—Arte pobre el de las catacumbas, a poco de gozar el Cristianismo del favor imperial, el deseo de riqueza le lleva a recubrir sus muros y bóvedas de mosaicos, contra lo que sucediera en la Roma pagana, que sólo los emplea en los pavimentos.

Los del siglo IV son escasos, pero de gran belleza e importancia. Los de la bóveda anular de Santa Constanza —de su bóveda central sólo conservamos unos dibujos en El Escorial— presentan temas como el de la vendimia, que, si tiene el simbolismo eucarístico, es susceptible de una interpretación dionisíaca.

Las historias propiamente cristianas aparecen ya a mediados del siglo IV, en Santa María la Mayor. Como será de rigor en las grandes basílicas, a todo lo largo de los muros de la nave central se desarrolla una larga serie de historias del Antiguo Testamento, mientras sobre el arco de triunfo se ven ya pasajes de la vida de Jesús. El grupo de madres de cabelleras sueltas con sus hijos ante Herodes conserva todavía el sentido naturalista del arte clásico.

Pero las dos obras maestras de este momento son la Missio Apostolorum, de Santa Prudencfana, en Roma, y el Buen Pastor, del sepulcro de Gala Placidia, en Rávena. En ambas, dentro de ese mismo equilibrado naturalismo de (estirpe clásica, triunfa el sentido romano de la grandiosidad. La Missio Apostolorum (fig. 734), que decora el cuarto de esfera de la bóveda del ábside, nos presenta la majestuosa figura de Jesús, barbado, en la cátedra, con el libro en una mano y dirigiendo la palabra a los Apóstoles, que, de medio cuerpo y dispuestos en semicírculo, le acompañan a uno y otro lado. A los dos que se encuentran más próximos al Salvador —San Pedro y San Pablo— los coronan Pudencia y Práxedes, las dos mujeres, hijas del senador Pudens, que alojan a los príncipes de los Apóstoles, y sobre cuya casa se construye la basílica. Al fondo, y también en forma semicircular, cierra el escenario un pórtico, que se supone el Martirium de Constantino, de Jerusalén, y sobre él se levanta la cruz con pedrería erigida por aquel emperador en el Gólgota, acompañada por el Tetramorfos o símbolos de los Evangelistas.

(fig. 734)

Missio Apostolorum

La historia del Buen Pastor (fig. 735) ocupa en el sepulcro de Gala Placidia un medio punto. Sobre el fondo de paisaje, con pequeños cabezos y follaje, se nos muestra volviendo el rostro, con el cuerpo erguido y el brazo en alto, como un dios pagano. Particularmente interesante, como reflejo de las disputas internas del Cristianismo, es el otro medio punto donde vemos a Cristo con la cruz y arrojando a la hoguera los textos heréticos de los arríanos mientras son custodiados en el armario los cuatro Evangelios.

(fig. 735)

Historia del Buen Pastor

La serie más valiosa de mosaicos justinianeos es la de las iglesias de Rávena. La de San Vital posee una serie de mosaicos verdaderamente deslumbrante, que convierten al bello monumento arquitectónico en un maravilloso joyero, donde el oro de los fondos y el verde, el azul y el rojo de las vestiduras brillan con increíble intensidad. En el cuarto de esfera del ábside se representa al Salvador imberbe sentado sobre la bóveda celeste (fig. 736), acompañado por dos ángeles y dos obispos, uno el mártir San Vital, que recibe la corona del Salvador, y el otro el obispo constructor, que le ofrece el templo.

(fig. 736)

Jesús Salvador sentado sobre la bóveda celeste

Pero los mosaicos más famosos de San Vital son los que representan a Justiniano y Teodora (fig. 737), (fig. 738), con sus respectivos séquitos, que decoran la capilla mayor.

(fig. 737)

Justiniano

(fig. 738)

Teodora

De monumentalidad extraordinaria es el magno conjunto de mosaicos de San Apolinar Nuevo. Los mosaicos primitivos del ábside han desaparecido, pero se conservan los de la nave mayor, y éstos constituyen una de las decoraciones más impresionantes del arte bizantino. Representan dos procesiones que, cada una por su lado, avanzan hacia el testero del templo. La de los Santos (fig. 739), con San Martín a la cabeza —a él estuvo dedicada primitivamente la iglesia— sale de la ciudad, simbolizada en el «alacio, y marchan envueltos en sus blancas vestiduras para ofrecer las coronas de su martirio al Salvador, que les espera en el trono; la procesión de las Santas, que parte del barrio amurallado del puerto,, va precedida por los Reyes Magos, todavía representados a la manera oriental, para ofrecer también las coronas de su martirio a la Virgen entronizada. De gran elegancia, con ricas vestiduras y blancos velos, y marchando parsimoniosamente, nos permiten imaginar algunos aspectos de las fiestas de corte en el Palacio Sagrado de Constantinopla. Sobre estas procesiones y entre las ventanas, aisladas en grandes cuadros, aparecen monumentales figuras de profetas y patriarcas. Todavía en una tercera fila se representa en escala mucho más reducida, historias del Antiguo y del Nuevo Testamento, que contribuyen a agigantar las figuras de las dos zonas bajas. La fecha de todos estos mosaicos es insegura, pues mientras para unos todos son del siglo VI, otros sólo creen de esa fecha las historias de la zona superior, y atribuyen los profetas y desfiles al siglo IX.

(fig. 739)

Mosaicos de San Apolinar Nuevo

En San Apolinar del Puerto se conserva, en cambio, la decoración del ábside, en cuya bóveda vemos a la grey cristiana, guiada por el santo titular, avanzar hacia la cruz, mientras entre las ventanas aparecen santos obispos de la diócesis, bajo veneras encuadradas por cortinajes. Desde el punto de vista iconográfico merece compararse el retrato de Justiniano viejo con el ya citado de San Vital.

El siglo VIII nos ofrece, en tierras islámicas, un interesante capítulo del mosaico bizantino del período iconoclasta. Coincidiendo este tipo de mosaico sin imágenes con las prescripciones islámicas, no tienen inconveniente los califas omeyas en revestir con mosaicos bizantinos, a mediados de siglo, la mezquita de Damasco. Son verdaderos paisajes (fig. 740), con bellas arquitecturas, palacios, palacetes, grupos de casas y, sobre todo, con árboles, representados con cariño sorprendente en un mosaico.

(fig. 740)

Relieves bizantinos en la mezquita de los Omeyas en Damasco

Bajo la segunda edad de oro del arte bizantino, también el mosaico vive nueva etapa de florecimiento. Cuentan entre las obras más hermosas de este período los del siglo XI de la iglesia de Dafni, próxima a Atenas (fig. 741).

 (fig. 741)

Mosaicos de la Iglesia de Dafni (Reyes adorando al niño Jesús)

Pero algunos se encuentran en Italia, en Venecia y en Sicilia. En la iglesia de la islita de Torcello, en las inmediaciones de Venecia, se conserva un ábside cubierto de mosaicos de sorprendente grandiosidad. En el muro aparecen los Apóstoles en fila, mientras en la bóveda se nos muestra sola, con las alargadísimas proporciones de los nuevos tiempos, posteriores a la revolución iconoclasta, la Virgen del tipo Odegetria ya descrito. Los mosaicos de San Marcos, de Venecia, más numerosos que los de Torcello, pertenecen a muy diversas épocas. Los del siglo XI son los del nartex, de fondo de oro y sin paisaje.

En el siglo XIII, la Martorana de Palermo, fundada por el almirante Jorge de Antioquía, nos muestra al rey normando Roger II vestido a la bizantina, coronado por el Salvador (fig. 742), y al propio almirante a los pies de la Virgen, mientras decoran sus muros varias historias evangélicas y del Antiguo Testamento.

(fig. 742)

Rey Normando Roger II

En el cuarto de esfera del ábside de la iglesia de Monreale preside la nave un gigantesco Salvador de medio cuerpo.(fig.743)

(fig.743)

Ábside de la iglesia de Monreale

Pero el empleo del mosaico bizantino, como veremos, no se limita al sur de la Península, sino que se extiende ampliamente por el resto de la misma hasta que lo destierra el Renacimiento.

Buen ejemplo de la difusión del mosaico bizantino de esta época es la rica serie que decora Santa Sofía de Kiev, donde la cúpula se dedica al Todopoderoso —el Pantocrátor—(fig. 744), y la bóveda del ábside, a la Virgen, de pie, con las manos engaito, intercediendo por los mortales.

(fig. 744)

Pantocrátor en la bóveda de Santa Sofía de Kiev


LA PINTURA

.—La formación de la pintura cristiana, que desemboca en el estilo bizantino, se conoce mal. Además del foco de las catacumbas romanas existen en estos primeros tiempos otras escuelas que desempeñan papel de primer orden en el nacimiento de la iconografía cristiana: las de Asia Anterior, Egipto y Bizancio.

En Asia Anterior el principal monumento pictórico es el códice del Génesis de la biblioteca de Viena, del siglo V, pero que se supone inspirado en un rollo o rótulo mucho más antiguo, donde las escrituras, hoy en folios, aparecerían en forma continua. Ejecutado en pergamino, el fondo está pintado de púrpura. La (fig. 745) reproduce escenas de la Vida de José: su despedida, el cuidado de su rebaño y la llegada de sus hermanos. Su fecha temprana, y lo maduro de la interpretación de sus múltiples historias, han hecho pensar que se haya utilizado un Génesis de sinagoga.

(fig. 745)

Miniaturas del códice del Génesis con escenas de la vida de José

La obra maestra de la miniatura siria son los Evangelios de la Biblioteca de Florencia, iluminados en 586 por el monje Rábula, del convento de Zayba, en Mesopotamia. Su madura iconografía delata la utilización de modelos más antiguos, y desde este punto de vista es de valor extraordinario como testimonio de la existencia en tierras mesopotámicas de una escuela pictórica muy anterior y de capital interés para el nacimiento del arte cristiano. La (fig. 746) contiene la Crucifixión; en la parte inferior, las Mujeres en el Sepulcro y el Noli me tangere.

(fig. 746)

Miniaturas de Los Evangelios en Florencia con escenas de la pasión

Con su estilo se relacionan los Evangelios de la catedral de Rossano, en Calabria. La (fig. 747) representa de la entrada en Jerusalén.

(fig. 747)

Miniaturas de la Catedral de Rossano con escenas de la curación del ciego

En cuanto a pinturas murales, sólo conocemos las de la sinagoga de Dura Europos, en las proximidades del Eufrates, del año 256 y, por tanto, de fecha anterior a muchas de las catacumbas de Roma. Aunque muy pobres, por su fecha temprana son un testimonio en pro del origen oriental del arte cristiano. A este respecto deben tenerse también en cuenta las sinagogas recientemente descubiertas en Palestina y Transjordania, todas ellas decoradas con pinturas. En la sinagoga ya citada de Dura Europos, los muros aparecen distribuidos en grandes cuadros con historias del Antiguo Testamento.

La pintura copta distingue en general, por su tosquedad, de carácter popular, y por su intensidad expresiva. Entre sus creaciones iconográficas figura la Virgen de la Leche (fig. 748), que no en vano a Isis se la representa dando el pecho a Horus.

(fig. 748)

Virgen de la Leche. Siglo IX. Museo Morgan, N. York

Los productos principales de la miniatura bizantina de este período son los Octateucos y los Salterio.

Del Octaeuco, o conjunto de los ocho primeros libros del Antiguo Testamento, se conservan una media docena de códices ilustrados, donde las escenas aparecen representadas en cuadros que se suceden ininterrumpidamente, haciendo suponer que tengan su origen en rótulos anteriores a la fundación de Constantinopla, tal vez alejandrinos. En su forma y estilo actual parecen reflejar, sin embargo, tal carácter bizantino, que sólo pueden considerarse ilustrados al calor de la escuela de Constantinopla, como la Crónica de Juan Skylitzes, en donde se pueden ver escenas de la corte bizantina (fig. 749). Las Jóvenes danzando en el desierto es el tema de la (fig. 750), de otro Octateuco.

(fig. 749)

Miniaturas del Octaeuco. Escenas corte bizantina

(fig. 750)

Jóvenes danzando en el desierto

Los talleres de los miniaturistas de Constantinopla, además de repetir durante toda la Edad Media los Salterios de tipo cortesano, es decir, con miniaturas a todo folio, producen los Salterios de tipo popular o monacal, tal vez de origen sirio, que tienen mucha mayor difusión que los cortesanos en influyen más intensamente en el arte románico. En ellos las escenas, en lugar de ocupar todo el folio, se reducen al amplio margen que deja libre el texto, al que sirven de comentario gráfico. El códice más antiguo conocido es del siglo IX, pero los modelos en él copiados, se suponen del IV. Como el texto se presta a múltiples comentarios, los miniaturistas nos muestran desde las escenas del Antiguo y Nuevo Testamento y temas geográficos —El Salterio de París, también llamado Códice parisino, es un manuscrito ilustrado bizantino del siglo X que contiene 449 folios y 14 pinturas a página completa (fig.751).

(fig.751)

Imágenes del Salterio de París

La miniatura posterior a la derrota de los iconoclastas, ofrece la novedad de los Evangelios, las homilías o sermones. y los menologios o santorales, a más de los textos de carácter profano. Bien sea por haber sido destruidos durante el período iconoclasta, o porque existiese hasta entonces cierta repugnancia para representar sus historias, lo cierto es que no poseemos ningún códice ilustrado de los Evangelios anterior al siglo IX, y los de carácter profano son muy escasos. Cuenta esta última clase la Crónica de Skylitzes, que no obstante ser del siglo XIV, copia miniaturas tres siglos anteriores. Ver (fig. 749).


TEJIDOS

.—Las artes decorativas que adquieren mayor perfección, además del mosaico, son el tejido y la orfebrería.

La fama de los tejidos de seda bizantinos en Occidente durante la Edad Media es extraordinaria, y los escasos ejemplares conservados la justifican. La seda se importa en rama del Oriente, hasta que en tiempos de Justiniano se introduce el cultivo del gusano, y su fabricación, tanto antes como después, es monopolio del emperador. Sabemos que existen fábricas importantes instaladas en las antiguas termas de Zeuxipo, cuyos productos no pueden exportarse sin permiso especial, y que algunos modelos se encuentran reservados a los emperadores y a los regalos hechos por éstos.

Los tejidos de seda bizantinos suelen estar decorados por una red de ruedas tangentes, en el interior de las cuales se representan elefantes, leones afrontados, cacerías de leones, el estrangulador de leones, grifos, el auriga vencedor (fig. 752), etc., temas que, en buena parte, ponen de manifiesto la gran influencia sasánida que en este aspecto beneficia al arte bizantino. En algunos casos hay que pensar hasta en la utilización de patrones persas por los tejedores bizantinos. Después del siglo IX aparecen temas heráldicos, como las águilas imperiales explayadas, todo ello siempre dentro de una traza simétrica.

La mayor parte de estas telas se han conservado en relicarios y en sepulcros de Occidente.

(fig. 752)

El auriga vencedor. Tela de la Catedral de Aquisgrán


ORFEBRERÍA

En la orfebrería, lo más importante es el empleo del esmalte. Junto a él desempeñan papel de primer orden la filigrana y las piedras finas y preciosas engastadas. El esmalte es tabicado, es decir, con laminillas de oro que impiden el que, al fundirse en el horno las pastas vítreas se mezclan unas con otras. Técnica desconocida de los romanos, es posible que llegue por vía de Persia antes del siglo VI, aunque a el VII. Estas laminillas metálicas sirven también para dibujar los plegados de los vestidos.

Las mejores piezas de orfebrería son relicarios, tapas de Evangiliarios, alguna corona, como la de San Esteban y vasos sagrados. Aunque los esmaltes se montan ya en Venecia, la pieza más rica existente es el retablo mayor de la iglesia de San Marcos, la llamada Pala d'Oro, cuyos esmaltes son de los siglos XI y XII.(fig. 753).

(fig. 753)

Pala d'Oro de la iglesia de San Marcos