ARQUITECTURA. LA MEZQUITA
ARQUITECTURA ÁRABE NO ESPAÑOLA ANTERIOR AL SIGLO XI
ARQUITECTURA ABASÍ
ARQUITECTURA CORDOBESA. ARCOS, BÓVEDAS, DECORACIÓN
LA MEZQUITA DE CÓRDOBA. OTROS MONUMENTOS
EL SIGLO XI. LA ALJAFERÍA
ARQUITECTURA ALMORÁVIDE Y ALMOHADE.
MEZQUITAS
OTROS MONUMENTOS
ARQUITECTURA. LA MEZQUITA
.—Cuando el arte bizantino ha creado ya sus obras
maestras de la era justinianea y los pueblos bárbaros, establecidos en el
Imperio de Occidente, han recorrido su primera etapa prerrománica, surge en
escena el pueblo árabe con un nuevo arte. Nacido en Siria, bajo la influencia
del bizantino, se extiende con la rapidez asombrosa de las grandes conquistas, y
en poco tiempo alcanza desarrollo geográfico extraordinario. Los monumentos
islámicos abarcan desde la India hasta el Pirineo, y, como parte integrante de
la arquitectura mudejar española, algunas de sus creaciones escalan en los
tiempos modernos los más remotos valles de la cordillera de los Andes. La
arquitectura árabe es, con la romana y la barroca española, una de las de mayor
amplitud geográfica, esa misma enorme amplitud geográfica y la carencia en un
principio de un estilo propio hace que se deje influir intensamente por el de
los pueblos conquistados. Debido a ello, la variedad de las diversas escuelas
que van formándose dentro del arte islámico es con frecuencia muy profunda, sin
perjuicio de que existan caracteres comunes y recorran constantemente el mundo
islámico corrientes artísticas unificadoras.
Entre los rasgos más generales que distinguen a la
arquitectura árabe merece destacarse su gran amor a la decoración, que forma
vivo contraste con su menor interés por los problemas constructivos.
Esa decoración, con frecuencia, no se labra en el
sillar mismo, sino en placas de piedra de escaso grosor o de yeso que se aplican
al muro. El gusto por la policromía hace que las formas decorativas de los
tableros de yeso se realcen con vivos colores y que se conceda papel muy
destacado a la cerámica vidriada. Elemento también valioso en la decoración
árabe es la madera, que se enriquece con temas menudos.
Derivada de la decoración bizantina, la árabe es
de tipo antinaturalista y labrada con técnica análoga. Salvo en alguna escuela,
excluye los temas animados, reduciéndose a los de carácter vegetal y geométrico.
La de tipo vegetal es la denominada de ataurique. La de carácter
geométrico más típicamente árabe es la de lazo o lacería, que no alcanza
su pleno desarrollo hasta fecha bastante posterior. La decoración árabe, contra
el efecto de fantasía desbordada que sus temas menudos y numerosos producen al
pronto, es hija de un placer decidido en la reiteración, y no de un deseo de
variedad.
Aunque las portadas mismas se decoran con riqueza,
el resto de las fachadas de los monumentos árabes sorprende a veces por su
extraordinaria simplicidad. Debido a ello y al escaso interés concedido a la
decoración exterior de la cubierta, los monumentos islámicos, por lo general,
suelen inscribirse en volúmenes cúbicos o ligeramente alargados, de los que sólo
sobresalen las medias esferas de sus cúpulas.
El monumento capital de la arquitectura árabe es
la mezquita. El templo o lugar de oración tiene para el mahometano muy escasas
exigencias arquitectónicas. En realidad, basta con un espacio de terreno libre
de impurezas, incluso sin cubierta alguna, donde el seguidor de Mahoma pueda
hacer sus oraciones con el rostro dirigido hacia La Meca. Pero las primeras
mezquitas de Siria no tardan en crear un tipo monumental de planta rectangular (fig.
805), (fig. 806), compuesto de una parte
cubierta o sala de oración, precedida por un gran patio abierto rodeado de
arquería y una torre, o assoma, alminar o minarete, para desde ella
llamar a los fieles a la oración. En el centro de la quibla o muro del
fondo de la sala de oración, que siempre está dirigido a La Meca, menos en
España, que lo está al Sur, se abre el mihrab o sanctasanctórum en
forma de capilla diminuta. El espacio inmediato, que es el dedicado al soberano
y que, lo mismo que el mihrab, se decora con la máxima riqueza,
constituye la maxura. El
púlpito, que se encuentra también inmediato al mihrab se decora el
igualmente con gran lujo, es el mimbar.
(fig. 805)
Mezquita de Damasco

(fig. 806)
Interior Mezquita de Damasco

ARQUITECTURA ÁRABE NO ESPAÑOLA ANTERIOR AL SIGLO
XI
.—En la arquitectura árabe oriental se distinguen
dos grandes períodos, que corresponden a las dos grandes dinastías de los Omeyas
(661-750) y los Abasíes (750-945). Al establecer los Omeyas la capital en
Damasco, los árabes entran en estrecho contacto con el arte siríaco y bizantino,
y, en realidad, se limitan a transformar los monumentos existentes y a utilizar
a los artistas del país. Bajo los Abasíes, como la capital se traslada a Bagdad,
a orillas del Tigris, el arte árabe recibe la influencia mesopotámica y persa.
Aunque Mahoma condena el que se gaste el dinero
del creyente y las dos primeras mezquitas del Al-Kufa en el Irak y la de Amru en
el Al-Fustat o Cairo Viejo, en Egipto, son muy sencillas, es muy difícil que el
pueblo islámico, con los extraordinarios recursos económicos de la conquista, y
a la vista de los grandiosos monumentos arquitectónicos de Siria, pueda resistir
la tentación de poseer mezquitas de cierto lujo material.
La mezquita de la Roca de Jerusalén (691) (fig.
807) —erróneamente llamada Mezquita de Ornar— se encuentra construida
sobre la roca donde Abraham lleva a sacrificar a su hijo, que para los
cristianos es Isaac y para los mahometanos Ismael, y desde donde el propio
Mahoma emprende su viaje celestial en el caballo de cabeza humana. De planta
octogonal, tiene doble arquería sobre columnas y pilares, que permite la
circulación en torno a la gran roca cubierta por la media naranja. Aunque sin su
belleza, del mismo tipo que la mezquita de la Roca existían ya en Palestina
monumentos como el Santo Sepulcro, ver (fig. 661)
de Jerusalén, la Tumba de la Virgen y la Ascensión del Monte de los Olivos. La
mezquita de la Roca es, sin duda, obra de arquitectos siríacos al servicio de
los conquistadores.
(fig. 807)
Mezquita de la Roca de
Jerusalén

La mezquita de verdadera trascendencia para el
futuro es la de Damasco (707). Edificio de planta rectangular, presenta ya todas
las partes que serán indispensables en las mezquitas: la parte cubierta, con el
mihrab, el patio y la torre (fig. 805), (fig. 806). De tres largas naves
longitudinales, formadas por columnas y capiteles preislámicos, se ha supuesto
por mucho tiempo, al parecer sin razón, que la parte cubierta es
fundamentalmente la primitiva basílica teodosiana de San Juan Bautista. De todos
modos, la novedad de mayor importancia para el porvenir es que, con el fin de
dar la mayor altura posible a las naves, se dispone sobre las grandes arquerías
bajas una segunda fila de columnas, y que, cortando en ¡su parte central esas
tres naves, se traza otra transversal, con una cúpula en su testero que
constituye el verdadero eje de la mezquita, para torres se aprovechan las
conservadas de un templo pagano, coincidentes con los ángulos de la quibla. El
mihrab carece aún de la importancia que adquirirá en épocas posteriores.
La gran mezquita de Kairuán (Túnez) (fig.
808), que corresponde a principios del siglo IX, ofrece características
que, como veremos, la relacionan con la de Córdoba. Es de columnas y capiteles
aprovechados de monumentos clásicos, y lleva sobre ellos un pilar de escasa
altura o cimacio sobre los que descansan los arcos de herradura. Para evitar su
derrumbamiento, se atan con tirantes de madera, que hacen el papel de los arcos
de entibo cordobeses. Tiene nave transversal ante el muro de la quibla corrida a
todo lo ancho de la mezquita y cúpula de gallones sobre trompas ante el mihrab (fig.
810), tal vez inspirada en modelos cordobeses desaparecidos. De la influencia
cordobesa es testimonio indudable la puerta de la librería.
(fig. 808)
Mezquita de Kairuán (Túnez)

Nada se conserva de los palacios urbanos de los
califas omeyas. En cambio, poseemos en el desierto de Transjordania las ruinas
del gran palacio fortificado o castillo de Meschata,
cuya portada, cubierta por riquísimo relieve, se traslada el siglo pasado al
Museo de Berlín. Su menuda y tupida decoración vegetal con algunas figuras de
animales reales y fantásticos, es plana y, según las normas siríacas, se recorta
limpiamente sobre la sombra del fondo. Se le identifica con el palacio
construido en el desierto por Walid (473) y que deja inconcluso al ser
asesinado.
De diversa índole es el palacete de Cuseir-Amra,
también en Transjordania, en realidad un apeadero, todo él abovedado, con baños
de agua fría y caliente. Pero también aquí lo más importante es su decoración,
en este caso pictórica, consistente en escenas de baño, danza y música, que no
dejan de sorprender en estos primeros tiempos del islamismo, y en las figuras de
varios reyes vencidos por el califa, entre los que figura Don Rodrigo. La
presencia del monarca visigodo fecha el monumento en los comienzos del siglo
VIII.
ARQUITECTURA ABASÍ
.—El establecimiento de la corte en Bagdad hace
que la vieja arquitectura mesopotámica de ladrillo y columnas deje sus huellas
en el arte árabe.
En la capital del imperio no existe ningún
monumento notable abasí, pero, en cambio, poseemos las importantes ruinas de
Samarra, la ciudad levantada (833) de nueva planta como residencia califal, al
norte de Bagdad, por los inmediatos sucesores de Harum al-Raschid.
La construcción de Samarra, como antes la de la ciudad circular de Bagdad, con un
ejército de trabajadores, es empresa típicamente mesopotámica. Su vida dura poco, pues trasladada la corte a fines de siglo a
Bagdad, termina por convertirse en un campo de ruinas. Lo más interesante, desde
el punto de vista artístico, son las de la mezquita y la decoración de estuco de
los muros del palacio. La mezquita (fig. 809), de
la que sólo existen los muros exteriores y el arranque de los soportes, es de
pilares de ladrillo octogonales con columnitas de mármol en los ángulos. Su alminar, que
aún se conserva fuera del recinto de la mezquita, es de planta cilíndrica y
descubre claramente su origen en los zigurats mesopotámicos.
Construidos en su mayor parte de adobe, el típico
material mesopotámico, los muros del palacio se cubren con decoración de estuco,
en la que puede verse cómo se abandona la de estirpe clásica —pese a su
estilización siríaca— y se adopta otra aún más antinaturalista, de formas
caprichosas y reiteradas, donde difícilmente suele poder adivinarse
su origen vegetal. Entremezclada con trazos geométricos, responde ya al sentido
abstracto y al gusto por la reiteración que creará la típica lacería árabe.
(fig. 809)
Restos y decoración de la
Mezquita de Samarra

Mucho mejor conservada la de Ibn Tulun, en El
Cairo Viejo (872), es el mejor ejemplo de mezquita abasí. Al contrario de lo que
sucede en las omeyas de Damasco, Kairuán y Córdoba, se renuncia a la columna
exenta como soporte, y se reemplaza por pilares alargados, en los que las
columnas se limitan a decorar sus ángulos (fig. 810). Sus capiteles, ligeramente
bulbosos, son anticlásicos, y los arcos que cargan en los pilares y los que se
abren en el muro comprendido entre aquéllos, apuntados. Su decoración plana se
relaciona con el tipo abasí comentado. La parte superior de la torre (fig. 811),
cilíndrica y de rampa helicoidal, es también reflejo de modelos abasíes y
mesopotámicos, que no en vano Ibn Tulun, fundador de la dinastía de los tuluníes,
que gobierna Egipto durante el último tercio del siglo IX, se educa en la corte
de Bagdad.
(fig. 810)
Mezquita de Ibn Tulun, en El Cairo

(fig. 811)
Columnas mezquita de Ibn Tulun, en El Cairo

ARQUITECTURA CORDOBESA. ARCOS, BÓVEDAS,
DECORACIÓN
.—La rama más vigorosa del arte islámico
occidental y, naturalmente, la que más nos importa, es la hispanoárabe. En su
evolución se distingue el período cordobés, de los siglos VIII a X; el de los
reinos de taifas, almorávide y almohade, desde fines del XI hasta mediados del
XIII, y el granadino, desde fines del XIII hasta el término de la Reconquista.
De muy bajo nivel cultural los invasores
mahometanos, sus primeras obras reflejan más la influencia de los monumentos
indígenas que la oriental. Y, sin embargo, gracias a la preferencia por ciertas
formas indígenas, no tarda su arquitectura en adquirir fisonomía propia. Así, el
muro a tizón que puede verse aún en la puerta visigoda de Sevilla, de la misma
Córdoba, lo emplean los maestros hispano-árabes con tal insistencia, que llega a
ser tan típico de sus construcciones como lo fuera el isódomo del arte clásico.
A medida que avanza el tiempo, colocan varios sillares transversales seguidos, y
esto, que es frecuente en los últimos tiempos del califato, da lugar, en el
período granadino, a hiladas en que esos sillares transversales se hacen
sumamente estrechos y casi desaparecen los dispuestos a soga.
Esa misma falta de preparación técnica hace que en
los primeros tiempos se limiten a utilizar los capiteles de los monumentos
romanos y visigodos, aquéllos tan abundantes en el país. Cuando ya en el siglo X
es necesario labrarlos expresamente, los hacen de dos tipos, ambos de orden
corintio o compuesto, bien el de hojas lisas (fig. 812) y de una
regularidad perfecta, o bien con el follaje labrado según la técnica bizantina antinaturalista,
que por sus menudas y profundas oquedades les hacen semejar un avispero. Las
proporciones son las clásicas.
(fig. 812)
Capiteles de pencas
cordobeses

Herencia visigoda es el arco de herradura, que
llega a convertirse en la forma más característica y más fecunda del arte
hispanoárabe. Durante el período cordobés el arco sufre ya intensa evolución (fig.
813, 1 y 2). En primer lugar, su flecha o altura es cada vez mayor,
hasta el punto de que el peralte del tercio del radio del arco de herradura
visigodo aumenta hasta la mitad del mismo, que es la proporción típica del
califato. Paralelamente a este proceso tiene lugar el del descentramiento del
trasdós, que deja de ser paralelo al intradós, y, por tanto, resulta más
estrecho en los salmeres que en la clave (fig. 813, 8). También es importante en el
arco árabe su despiece o disposición de las dovelas, que con frecuencia se
encuentran horizontalmente dispuestas, es decir, enjarjadas, hasta la altura de
los riñones (fig. 813, 7), con lo que el arco de herradura queda en realidad
reducido a un arco escarzano o de menor desarrollo que el semicircular. El
centro del despiece del arco o de convergencia de las dovelas puede estar más
bajo que el de la curva del arco (fig. 813, 8).
(fig. 813)
Arcos Árabes
1, arco de herradura visigodo; 2, 3, arco de herradura y de
herradura apuntada árabe; 4, arquería de la Mezquita de Córdoba; 5, 6, modillones
de rollos de la Mezquita; 7, 8, puerta de la misma con alfiz.

A mediados del siglo X el arte califal comienza a
emplear el arco de lóbulos, que por lo general se forma sobre un arco
apuntado, aunque los lóbulos son de herradura, y en cuanto a peralte y
descentramiento presentan éstos las características de los arcos de esa forma.
El número de lóbulos es impar, para que uno de ellos corresponda a la clave del
arco. En esta misma época se introduce el arco de herradura apuntada (fig.
813,
3), que con el lobulado es la forma de arco preferida en el período almorávide.
Complemento indispensable del arco en la
arquitectura hispanoárabe es el alfiz, resultado de la unión del dintel y de los
soportes con que los romanos encuadran el arco (fig. 813,
7). Convertidos estos
elementos en simples molduras, forman con frecuencia un amplio marco de
proporciones cuadradas y tangentes al trasdós del arco. Los triángulos
superiores creados por el alfiz y el arco, es decir, las enjutas, se llaman en
la arquitectura árabe albanegas. Ya veremos las sucesivas transformaciones que
experimenta el alfiz en los períodos subsiguientes del arte hispanoárabe.
Impulsados por el arraigado concepto decorativo de
la arquitectura árabe, los maestros cordobeses del siglo X dan un paso decisivo
en el empleo del arco. Al cruzar y superponer los arcos (fig.
814), se
desentiende de su aspecto constructivo, y no sólo empujan la arquitectura
hispanoárabe hacia un período de desenfrenado barroquismo, que culmina en el
período de taifas, sino que echan la base de la decoración hispanoárabe
posterior.
(fig. 814)
Arcos de herradura y
lobulados. Mezquita de Córdoba

El entrecruzamiento de los arcos de herradura, entre otras
consecuencias, tiene, al parecer, la del ya citado arco de herradura apuntado, y
la superposición de los arcos, haciendo cabalgar el superior sobre las claves de
los dos inferiores, y la de producir una decoración reticular romboidal,
particularmente rica si los arcos son lobulados. Es la decoración que perdurará
cada vez más menuda y complicada, hasta los últimos momentos de la arquitectura
granadina.
Los arquitectos cordobeses utilizan casi todas las
bóvedas empleadas por las escuelas anteriores, salvo la cúpula, pero su gran
novedad para Occidente, en el aspecto constructivo, es la de nervios muy gruesos
apoyados en la cornisa, dispuestos por parejas paralelas, y que, en lugar de
cruzarse en la clave, dejan un espacio central libre (fig.
815).
(fig. 815)
Bóveda de nervios. Mezquita
de Córdoba

La decoración
vegetal o ataurique del período cordobés es del tipo siríaco, antinaturalista,
aunque no tarda en iniciar su desarrollo propio. Las (fig.
816) y (fig. 817) muestran cómo
partiendo del caulículo de acanto clásico (A, A') ya los artistas cordobeses
crean el tema de dos hojas iguales, que hará fortuna en la decoración
hispanoárabe hasta culminar en el período granadino (fig. 803). La dovela del
año 855 de la figura 466 y el trozo de arco de la 467 son buenos ejemplos de
ataurique a bisel califal. En cuanto a la de carácter geométrico, es todavía
muy sencilla, reduciéndose a cuadrados o rectángulos.
(fig. 816)
Decoración de hojas de acanto clásico romano

(fig. 817)
Ataurique árabe cordobés

LA MEZQUITA DE CÓRDOBA. OTROS MONUMENTOS
.—La gran mezquita de Córdoba, obra cumbre de la
arquitectura hispanoárabe, es el resultado de una serie de ampliaciones y
reformas que abarcan desde el siglo VIII hasta la caída del Califato a
principios del siglo XI (fig. 818) y donde se crea ese arte califal que sirve de
base al posterior hispanoárabe, que extiende su influencia por el norte de
África
(fig. 818)
Evolución de la planta de la
mezquita de Córdoba

El origen de la inteligente organización
arquitectónica de la gran mezquita parece encontrarse en la primitiva catedral
de San Vicente. Cedida a los conquistadores en 747 la mitad de ésta para que
establezcan su mezquita, el año 784 se obliga a los cristianos, después de
indemnizarles, a ceder el resto de ella. El brevísimo plazo en que Abderrahmán
construye la mezquita ha hecho pensar que los árabes se reducen a desmontar las
cinco largas naves hasta entonces dirigidas de Oeste a Este, y a montar con sus
materiales once más cortas en dirección Norte-Sur, quedando así convertido el
muro meridional o de la Epístola, de San Vicente, en la quibla o cabecera de la
mezquita.
Por insuficiente, más tarde, esta primera mezquita, Abderrahmán
I, en el año 833, derriba su quibla y la amplía por este lado meridional otro tanto,
quedando así duplicada su superficie primitiva. Abderrahmán II construye la
fuerte arquería de la parte cubierta que da al patio y labra la gran torre que, muy resentida por un terremoto, es preciso revestir con la obra
renacentista que hoy la oculta exteriormente. El considerable aumento de
población de la Córdoba de los califas obliga a Alhaquem II a derribar a su vez
la quibla de Abderrahmán II, y al colocar la suya inmediata ya a la margen del
río, la deja ampliada en una superficie equivalente a la de la primera mezquita.
Por último, Almanzor, deseoso de dejar huella de su paso por el poder en el gran
templo, y no pudiendo ampliarlo ya por el Sur, por impedirlo el río, lo hace por
Levante, y en proporciones tales que lo construido por él equivale a las dos
terceras parte de todo lo anterior. La fila de pilares que recorren la mezquita en el sentido de su profundidad corresponde al muro lateral de la
mezquita de Abderrahmán I y II y de Alhaquem II, derribado al ampliarla por este
lado. Las filas de pilares que recorren transversalmente la mezquita anterior a
Almanzor, es decir, la parte de la derecha, señalan el emplazamiento de las
quiblas de Abderrahmán I y II. La(fig. 819) muestra las alteraciones y
adiciones cristianas para formar capillas, y, sobre todo, en el centro el templo
catedralicio del siglo XVI.
(fig. 819)
Figuración califal y
cristiana de la Mezquita de Córdoba

La organización arquitectónica de las arquerías de
la mezquita cordobesa, que queda fijada ya en el edificio de 784, si,
efectivamente, copia la de San Vicente, es de invención visigoda. Su novedad
consiste en la superposición de dos soportes (fig. 813, 4), columna el bajo y
pilar el alto, y de dos arcos, el superior de medio punto, que recibe la
techumbre de madera, y otro inferior de herradura, que sirve de entibo
impidiendo el desplazamiento lateral de esos soportes en su punto de reunión.
Este sistema de soportes muy elevados con arcos de
entibo, hijo del deseo de dar la mayor altura posible al edificio, si no está
inspirado por el acueducto de los Milagro de Mérida,
ver (fig. 449), tiene en él uno de sus precedentes, no
dejando de ser curiosa la coincidencia de que tanto estas como aquellas
arquerías sirvan además para conducir el agua—en la mezquita la de los
tejados—por la parte superior, y que en el acueducto se emplee ya la bicromía de
los arcos cordobeses.
La columna, que presenta las características
expuestas, tiene sobre el capitel cimacio de planta cruciforme (fig.
813, 5), y el pilar, que es de sección rectangular bastante acusada, al
sobresalir por los lados descansa sobre unos cavetos decorados con rollos,
roleos o virutas enrolladas, recorridos en su parte central por una estrecha
faja (fig. 513, 5
y 6). Esta especie de modillón de rollos, tal vez existente ya en la basílica de
San Vicente, es uno de los temas decorativos califales dotados de mayor
vitalidad.
Aunque esta organización interior de la mezquita
queda fijada en la parte más antigua y se repite en las sucesivas ampliaciones,
precisa advertir que mientras en tiempos de Abderrahmán I y Abderrahmán II
abundan los materiales aprovechados de los monumentos romanos y visigodos, en
los de Alhaquem y de Almanzor los materiales son nuevos.
No obstante que las ampliaciones de la mezquita
por Mediodía y Levante obligan a destruir las fachadas primitivas de esos lados,
aún se conservan en la de Poniente varias portadas anteriores a la reforma de
Almanzor. En cuanto a la fachada misma, se encuentra reforzada y
decorada por estribos y la coronan almenas de gradas picudas sobre ancho listel.
De las portadas existentes en el frente
occidental, las más antiguas son las del Obispo y la de San Esteban (855), ésta
(fig. 820) con un trozo en la parte superior de la primitiva portada del templo
visigodo. En ella aparece ya formado el tipo de puerta cordobesa del siglo X muy
plana y sin abocinamiento. Son, en realidad, puertas adinteladas relativamente
bajas, de ancho dintel adovelado incluido en un gran arco de
herradura, en cuyas dovelas, como en éste, alternan el ladrillo rojizo y la
piedra blanca decorada. Encuadrado el arco en su correspondiente alfiz, descansa
sobre éste un segundo cuerpo de proporciones muy apaisadas con arcos de
herradura cruzados. En las estrechas calles laterales, sobre un primer cuerpo
con pequeño dintel adovelado, se abren una celosía y un arco de lóbulos.
Tableros de ataurique en piedra y mosaicos de piezas de barro cocido revisten
las diversas partes de la portada.
(fig. 820)
Puerta Mezquita de Córdoba

La ampliación que aporta mayores novedades
arquitectónicas respecto de la mezquita de Abderrahmán I es la de Alhaquem
(960). A él se debe la gran riqueza de la nave central, de la parte de la maxura
y del mihrab, todo de un lujo y de un
barroquismo en el tratamiento de los elementos arquitectónicos hasta ahora
desconocido. Época áurea del arte califal, los capiteles, como queda dicho, no
son ya aprovechados, sino hechos ex profeso.
Pero lo más importante es la libertad y el
desenfado decorativo con que se emplea el arco, en la forma ya comentada,
ver (fig. 814). En el deseo de prestar novedad al viejo arco de herradura se
descentra ya manifiestamente su trasdós; el arco lobulado se emplea ahora por
sistema, tanto en las arquerías decorativas de la nave central como en las de la
maxura, y, no satisfechos con ello, se les cruza haciendo cabalgar a unos sobre
las claves de los otros, creando la ya mencionada red de rombos. Al califa
Alhaquem se debe también el rico decorado del mihrab,
ver (fig. 814), donde por
respeto a la tradición se conserva el arco de herradura. Revestidas sus jambas
por dos hermosísimas losas de mármol con menuda decoración de ataurique, el arco
y la parte superior de la portada se encuentran revestidos por mosaicos de
vidrio, obra de un maestro bizantino enviado por el emperador de Constantinopla.
La otra novedad de la ampliación de Alhaquem, tan
trascendental como la de los arcos, es la de las bóvedas de nervios paralelos
con ojo central ya descritas. Creado al parecer este tipo de bóveda en
Mesopotamia —el modelo más antiguo conocido es el de San Bartolomé de Baxiala,
en el Kurdistán—, es ahora en la mezquita donde produce sus ejemplares más
monumentales. Son cuatro, una cubre el comienzo de la nave central de la
ampliación de Alhaquem, ver (fig. 815), y tres la maxura (fig.
821). La primera, o
del Lucernario, está formada por cuatro gruesos arcos cruzados en ángulo recto,
a los que se agregan otros cuatro dispuestos oblicuamente. Los espacios
cuadrados y triangulares formados por esos arcos se enriquecen con diversas
boveditas decorativas gallonadas, o de nervios de este tipo cordobés. En las
restantes se pasa por medio de trompas a una planta octógonal, gracias a lo cual
los nervios forman una estrella de ocho puntas.
(fig. 821)
Cúpula de la maxura

Al estilo califal cordobés pertenece también la
mezquita toledana denominada hoy del Cristo de la Luz (fig. 822). De cruz
griega inscrita en un cuadrado, según modelos bizantinos, es de pequeñas
proporciones y tiene sobre cada uno de sus nueve tramos otras tantas bóvedas de
nervios del tipo califal citado. Sus columnas y capiteles son aprovechados. En
su exterior ofrece ya el empleo simultáneo de la mampostería y el ladrillo, que
hace escuela en Toledo.
(fig. 822)
Mezquita toledana denominada
con posterioridad del Cristo de la Luz

Una confusa inscripción en este último material fecha la
mezquita el año 999 y nos dice que el arquitecto es Musa-ibn-Alí. Aunque obra ya
del siglo XII, y labrada, por tanto, en el Toledo cristiano, se mantiene dentro
de las normas del Cristo de la Luz, la mezquita de las Tornerías (figs.
823), labrada por los mudéjares en aquella fecha.
(figs. 823)
Exterior e interior de la
mezquita de las Tornerías en Toledo

La gran obra de la arquitectura civil que, aunque
en ruinas, poseemos de tiempos del Califato, es el palacio de Medina Azzahra (fig.
824), construido en las cercanías de Córdoba por Abderrahman III para su favorita
Zahra (Flor), donde trabajan desde el 936, durante veinticinco años, unos diez
mil obreros, y, al parecer, se emplean materiales traídos incluso de África y
Bizancio. Palacio de tamaño excepcional, con numerosas dependencias de carácter
administrativo, los testimonios de quienes lo vieron habitado por la corte nos
hablan de salones como el de los Califas, con cubierta de mosaico, ventanales de
alabastro, una pila de pórfido llena de azogue en el centro y una perla de
enorme tamaño, regalo del emperador bizantino, pendiente del techo.
Las partes más monumentales excavadas hasta ahora
son el gran salón de Abderrahman III, de cinco naves, y sobre todo el
salón rico (fig. 825) del mismo califa, algo menor, de tres naves separadas por
columnas, pero mucho más lujosamente decorado. Sus grandes tableros de
ataurique, sus pilastras y capiteles están fechados hacia 955 y firmados por
artistas, algunos de los cuales son los que trabajan poco después en el mihrab
de la mezquita de Córdoba.
(fig. 824)
Palacio de Medina Azzahra. Abderrahman III

(fig. 825)
Salón rico del palacio de
Medina Azzahra

EL SIGLO XI. LA ALJAFERÍA
.—Al hundirse el califato de Córdoba y formarse en
sus diversas regiones los reinos de taifas, el arte cordobés continúa
evolucionando en varios de éstos en el mismo sentido barroco imperante en la
gran mezquita ampliada por Alhaquem. Sabemos que en alguna de estas cortes de
taifas, como la de Sevilla, el desarrollo cultural y artístico llega a gran
altura, pero la única de que conservamos monumentos arquitectónicos de cierta
importancia es la zaragozana de los Beni Hud. Los escasos restos existentes
todavía en el Palacio de la Aljafería, residencia de aquellos soberanos, las
arquerías trasladadas a los Museos Arqueológicos de aquella ciudad y de Madrid,
una cornisa y algunos capiteles, es todo lo que poseemos del espléndido
monumento del siglo XI (fig. 826).
(fig. 826).
Palacio de la Aljafería

En el estilo de la Aljafería se exalta aún más el
gusto por lo decorativo, que se ve favorecido por la blandura de los materiales
preferidos, el alabastro y el yeso, muy a propósito para labrar en ellos
cualesquier clase de temas ornamentales.
Las principales novedades del arte zaragozano se
refieren al capitel y el arco. El capitel se alarga mucho (fig.
827) y, además, en el deseo de aumentar su riqueza, se decora en cada una
de sus hojas, con una segunda serie de otras hojas menores. Al relegarse a
segundo término el arco de herradura, pasa a primer plano el lobulado, que no
tarda en resultar, a su vez, insuficiente para la fantasía cada vez más
desbordada de los arquitectos. Se sitúa entonces en primer plano el arco
mixtilíneo, en el que
las curvas alternan con las líneas rectas y las quebradas, siendo normal que en
la parte del salmer se disponga un lóbulo convexo. Tallados en gruesas placas de
alabastro, no son en realidad arcos, sino tableros decorativos.
(fig. 827)
Oratorio palacio de la
Aljafería

El sistema califal de cruzar y entrelazar los
arcos es llevado a su último extremo. El primer paso consiste en fundir y
entrelazar los arcos de herradura con los mixtilíneos —Oratorio—, lo
que, como es lógico, crea un conjunto recargadísimo y desconcertante. Pero lo en
verdad extraordinario es la manera de hacer cabalgar unos arcos sobre otros.
En
el siglo X los arcos conservan su posición natural, es decir, mantienen sus
salmeres al mismo nivel, cabalgando cada arco sobre las claves de los inferiores
(fig. 828). Ahora no hay inconveniente en decorar
el trasdós de un gran arco lobulado con una serie de otros arcos menores, que
apoyan sobre cada dos o tres de sus lóbulos, serie sobre que se apoya por sus
claves otra invertida, creando así una amplísima faja o rosca formada por esta
complicada red de arcos.
(fig. 828)
Arcos mistilíneos y cruzados
palacio de Aljafería

Tanto los capiteles como la cornisa del museo de
Zaragoza son buen testimonio de cómo el ataurique o decoración vegetal cordobesa
de tipo bizantino ha evolucionado en el sentido de preferir un follaje más fino, pero también más monótonos. La (fig.
829) permite comparar el amplio
y variado ritmo de los tallos del ataurique califal con el más espiriforme y
monótono del siglo XI .
(fig. 829)
Capiteles y decoraciones
vegetales, palacio de Aljafería

La única parte importante del palacio de la
Aljafería conservada in situ es el Oratorio, ver (fig.
827), de planta
octogonal, con el mihrab en uno de sus lados y un gran friso de
arcos mixtilíneos y de herradura entrelazados. Las hojillas abiertas a ambos
lados de las cabezas de las dovelas anuncian el futuro arco almohade y granadino
de trasdós lobulado.
De este mismo período se conserva parte del
palacio de la Alcazaba de Málaga, recientemente restaurado, y en el que aparece
ya bastante evolucionado el estilo califal (fig. 830).
(fig. 830)
Interior Alcazaba de Málaga

En Almería lo más valioso
son las murallas de su Alcazaba.(fig. 831)
(fig. 831)
Murallas alcazaba de Almería

Aunque la escultura en la práctica no se cultiva,
conservamos algún relieve califal con representaciones figuradas. Los más
importantes son los de pilas. La de la Alhambra (fig. 832) decora sus
frentes con los viejos temas mesopotámicos del animal fiero devorando o
apresando al tímido.
(fig. 832)
Pila de la Alhambra de
Granada

Una de las industrias artísticas que rayan a mayor
altura en la época del califato, e inmediatamente posterior, es la de las cajas
de gran lujo labradas en marfil, bien de planta rectangular y tapa, a veces
ataudada o de forma cilíndrica (fig. 833). Su decoración es en su mayor parte de
ataurique, salpicada de animales, y en algún caso con historias dentro de
medallones lobulados.
(fig. 833)
Bote de marfil con motivos
árabes. Catedral de Zamora

Son producto de un taller palatino que trabajaba
al servicio del Califa mismo, aunque después también para particulares. La
inscripción del bote del Museo Arqueológico Nacional nos dice que se hace en el
año 964 para la esposa favorita de Alhaquem. Obra igualmente de primer orden es
la caja de la catedral de Pamplona (fig. 834). Trasladado el taller cordobés, a la caída
del Califato, a Cuenca, continúa produciendo en el siglo XI, bajo la protección
del rey de Toledo, obras como la caja del Museo Arqueológico (1050), firmada por
Abderrahmán ben Zeyan y dedicada al hijo de aquél.
(fig. 834)
Arqueta de marfil de la
catedral de Pamplona

ARQUITECTURA ALMORÁVIDE Y ALMOHADE
—A la disgregación del califato en las pequeñas
cortes de taifas, donde el rigor de las creencias islámicas se relaja con
rapidez, pone fin el dominio de los almorávides. Procedentes del Sahara, y
animados por un fervor mahometano digno de los primeros tiempos, después de
apoderarse del Noroeste de África vuelven a unificar el viejo califato cordobés
a fines del siglo XI, para ser, a su vez, desplazados, en el siglo XII, por los
almohades, o montañeses del Atlas, que, animados por un puritanismo religioso
aún más rigorista, dominan en Andalucía hasta que San Fernando termina con su
poder a mediados del siglo XIII.
Pueblos, tanto los almorávides como los almohades,
de costumbres sobrias y austeras, esencialmente incultos y fanáticos, deben
mirar con recelo el arte recargado y caprichoso de los mahometanos españoles, y
lo cierto es que el estilo por ellos impuesto en la Península parece en un
principio significar una pausa en la evolución barroca del estilo zaragozano,
sin perjuicio de reemprender más adelante rumbo análogo y, sobre todo, utilizar,
tanto en la Península como en África, artistas andaluces.
Este estilo africano —el almohade es, en realidad,
una segunda etapa del almorávide— representa, en cuanto al soporte, al abandonar
la columna y volver de nuevo a la vieja tradición mesopotámica abasí del pilar,
una protesta contra los modelos cordobeses. Las mezquitas almorávides y
almohades no son, por tanto, de columnas, sino de pilares (fig.
835).
(fig. 835)
Mezquita de Tinmal, Marruecos

Nada tiene, pues, de extraño que no se produzca un
tipo de capitel de cierta originalidad. De los reproducidos en la
(fig. 829), ambos en la Alhambra, que se
consideran almohades, el primero es de canon muy alargado como los de la
Aljafería, y sus hojas son como las granadinas; el segundo es mucho más original
y parece responder mejor al sentido de la decoración almohade.
Los arcos
preferidos por los almorávides son los nacidos en los últimos días del califato,
el de herradura apuntado y el lobulado, al que se agrega en el salmer, como en
Zaragoza, un lóbulo convexo. Pero bajo los almohades la semilla
barroca contenida durante algún tiempo florece pujante, y hace que los lóbulos
pierdan su posición radial, y se dispongan verticalmente (fig.
836), lo
que, unido al ritmo mixtilíneo del arco del siglo XI, produce un arco falso que
se diría inspirado en una cortina recogida.
(fig. 836)
Interior mezquita de al-Mansur
en la Qasba de Marrakech

Además de estos cambios del arco
mismo, se introducen novedades capitales en la forma y colocación del alfiz,
(fig. 837). De una parte no termina en el comienzo del arco, es decir, en la nácela de
la imposta donde apoya el arco, sino que con frecuencia se continúa corrido
hasta el suelo y, de otra, en lugar de ser tangente al trasdós o exterior del
arco, por los lados suele cortar parte de su rosca, y, en cambio, quedar a gran
distancia de su clave.
(fig. 837)
Arco
mezquita de Tinmal, Marruecos

Aunque mucho menos intensamente, también
transforman los arquitectos de este período la bóveda de nervios multiplicando
el número de éstos y haciéndolos mucho más finos (fig. 838).
(fig. 838)
Bóveda de nervaduras de la alcoba oriental del
Alcázar de Sevilla

En el aspecto decorativo, las novedades también
son muy importantes. En primer lugar, se generaliza la red de rombos formando
arcos lobulares cabalgando sobre las claves de otros, llegando a superponerse en
el sentido de la profundidad dos redes de diverso grosor, pero de la misma
escala (fig. 839).
(fig. 839)
Arcos lobulares de la
Giralda de Sevilla

Aunque todavía se emplean poco, en el período almohade
se introducen los temas vegetales de la hoja alargada con cáliz o sin él, y la
doble hoja divergente y desigual que se repetirá hasta la saciedad en los muros
de la Alhambra. También se utilizan ya los lazos de los mocárabes,
los temas geométricos más importantes del futuro período granadino de que se
tratará en el capítulo XIX.
MEZQUITAS
.—Las principales mezquitas almorávides son las de
Tremecén (fig. 840) (1082) y de Argel, ambas con naves de pilares y arco de
herradura, en la última ligeramente apuntados, cruzadas por arcos lobulados. En
las dos, varias de las naves laterales se prolongan flanqueando el patio. De
gran riqueza decorativa es el mihrab de la de Tremecén (1136), cuyo arco de
herradura presenta el trasdós lobulado y descentrado. Sus yeserías cuajadas de
atauriques e inscripciones cúficas son ya de estilo casi granadino, si bien
falta aún la decoración de lacería. La bóveda de la maxura es de traza
cordobesa, aunque de nervios muy finos y calada. En las trompas hacen su
aparición los mocárabes.
(fig. 840)
Cúpula y arcos de la mezquita de Tremecén

En España poseemos de este período las ruinas de
Castillejo de Monteagudo (Murcia), residencia campestre que sirve de precedente
a importantes construcciones posteriores. Este arte almorávide es el que influye
en monumentos sicilianos de esta época, como la Capilla Palatina, la Zisa y la
Cuba de Palermo.
Entre las varias mezquitas construidas por los
almohades en África debe recordarse, en primer lugar, la Cutubiya (1146-1162)
(fig. 841) de la ciudad de Marrakech de Marruecos, que es de planta análoga a
las almorávides, con nave transversal corrida en la quibla, bóveda de nervios
ante al mihrab, más otras en los extremos de aquella nave. Los arcos son de
herradura apuntada, pero en diversas partes aparecen otros lobulados y
mixtilíneos, que semejan colgaduras. En la decoración desempaña ya papel
destacado el lazo. El alminar es de cantería. Coronado por almenas de
gradas picudas, decora su parte superior un gran recuadro apaisado con ventanas
y rombos lobulados. En la parte inferior aparecen en uno de sus frentes dos
ventanas dobles encuadradas, en un caso, por un gran arco formado por otros
menores al estilo de la Aljafería, y, en el otro, por un arco mixtilíneo. En el
último cuerpo del alminar la red de rombos adquiere mayor desarrollo.
(fig. 841)
Exterior e interior de la
mezquita de la Kutubiya

Análogos
caracteres ofrece la mezquita de Tinmal (1156), la cuna del movimiento religioso
almohade, ver (fig. 837). En el mihrab, de gran sobriedad decorativa, el arco
es de herradura ligeramente apuntado, tiene trasdós de lóbulos y alfiz con
encuadramiento de lacería. Le precede bóveda de mocárabes.
En Andalucía, donde tan amplio desarrollo tiene el
arte almohade, es muy poco lo conservado. De la gran mezquita de Sevilla (1172), mandada construir por Abu Yacub y dirigida por Ahmad ibn Baso,
sólo queda parte del patio y el alminar. Era de diecisiete naves de pilares y
arcos de herradura apuntada. En el patio, la parte más decorada es la puerta
central, correspondiente al eje de la mezquita, cuyo arco muestra la faja del
centro del intradós rehundida, según costumbre almohade, y en ella tupido
follaje liso y alargado que anuncia la proximidad del estilo nazarí. La puerta
lateral se cubre con bóveda de mocárabes.
Lo que, en cambio, sí se conserva en perfecto
estado es su alminar, llamado modernamente la Giralda,
ver (fig. 839),
por la estatua giratoria de la Fe con que se corona al adicionársele en el siglo XVI su campanario renacentista. Decora cada uno de sus frentes una fila central
de ventanas encuadradas por ricos arcos mixtilíneos, y hasta aproximadamente la
mitad de su altura, estrechos paños laterales con decoración de rombos en dos
planos sobre arquerías ciegas. En la parte superior, y encuadrado por dos
listeles horizontales al gusto almohade, corona el cubo de la torre un paño
apaisado con análoga decoración. Sobre el segundo cuerpo más estrecho, hoy
oculto por la obra renacentista y decorado por red de rombos, descansan hasta
que las derriba en el siglo XIV un terremoto, tres enormes manzanas de metal
dorado y de tamaño decreciente. El acceso a la parte superior del alminar, como
en la Cutubiya, no es por escalera, sino por rampa, y los capiteles son
aprovechados de monumentos anteriores, tanto árabes, como visigodos y romanos.
Consta que abre sus cimientos el citado Ahmad ibn Baso y que la dirige después
Alí de Gomara. Se colocan las manzanas en 1198.
Digno hermano de la Giralda es
el alminar de Rabat (fig. 842), en Marruecos, también de fines del siglo XII,
pero que no llega a terminarse. De piedra como el de la Cutubiya, se distingue
de la Giralda principalmente por ordenarse su decoración en una sola calle muy
ancha en lugar de las tres de Sevilla. La vieja creencia de que tanto el alminar
de la Cutubiya como el de Sevilla y el de Rabat son de un mismo arquitecto,
carece de base.
(fig. 842)
Alminar de Rabat

OTROS MONUMENTOS
.—Del palacio almohade de Sevilla, aparte de las
torres del Alcázar con la típica decoración de listeles paralelos, se conoce la
arquería del patio llamado del Yeso (fig. 843) y una bóveda. En aquélla
encontramos ya, dentro de las características generales del estilo almohade,
algunos rasgos que perdurarán en la arquitectura nazarí, tales como el arco
central mayor y los laterales menores y la red de rombos de yeso calada. La
bóveda, ver (fig. 838), es de traza cordobesa, pero de nervios muy
finos, y tiene mocárabes en su centro.
(fig. 843)
Arquería del patio del Yeso del Alcázar de
Sevilla

Aunque no labrados en tierra sujeta a su dominio,
sino en Castilla, son, por su estilo, almohades, dos hermosos monumentos, a los
que, por esa razón, puede considerarse igualmente como mudéjares. Es el uno la
capilla de la Asunción de las Huelgas, de Burgos, con seguridad obra de moros
andaluces, sin influencia alguna cristiana, y, tal vez, antiguo salón del
palacio de Alfonso VIII. Se cubre con bóveda cordobesa octogonal de nervios finos, pero, sobre todo, se abre en ella un amplio y galano
arco mixtilíneo que probablemente permite formar mejor idea de lo que sería el
palacio almohade sevillano que los pobres restos conservados en el Alcázar.
El otro monumento de estilo almohade es la
sinagoga de Santa María la Blanca de Toledo, pero de ella se tratará en el apartado de la arquitectura mudejar toledana.
De carácter diferente, y construidas en tierra
almohade, precisa recordar, por último, las murallas de Sevilla, con barbacana o
muro más bajo también almenado, y torres decoradas con los típicos listeles
horizontales paralelos. Parte de las defensas almohades de la ciudad andaluza es
también la Torre del Oro (1220) (fig. 844), situada a orillas del río y en el
extremo de un muro o coracha, que desde el Alcázar conduce hasta ella. De planta dodecagonal, tiene escalera que se desarrolla en torno a un núcleo hexagonal,
siendo lo más interesante, desde el punto de vista constructivo, el que la
bóveda de esta escalera está formada por tramos triangulares y cuadrados. El
nombre de la torre, que no es sino traducción del árabe primitivo, se debe, al
parecer, a los azulejos dorados que un día la decoraron.
(fig. 844)
Torre del Oro. Sevilla

De planta octogonal y
núcleo cuadrado, presenta el mismo sistema de abovedamiento la torre de
Espantaperros, (fig. 845) de Badajoz. Como veremos, este alternar de bóvedas de planta
"triangular y cuadrada, ya comentado en la catedral carolingia de Aquisgrán arraigará en la arquitectura cristiana posterior.
(fig. 845)
Torre y bóveda de Espantaperros.
Badajoz
