HISTORIA DEL ARTE

CAPITULO XVI

PINTURA ROMÁNICA

Apunte contexto histórico

ÍNDICE

ORFEBRERÍA ESTILO. TEMAS

PINTURA MURAL EN CATALUÑA

PINTURA MURAL EN ARAGÓN Y CASTILLA

FRONTALES

PINTURA ROMÁNICA EXTRANJERA

ORFEBRERÍA

 


ORFEBRERÍA ESTILO. TEMAS

.—En la pintura románica, como en la bizantina, persiste la actitud antinaturalista que hemos visto predominar en el período prerrománico, y, como en ella, la perspectiva no existe. De carácter decorativo, el pintor concibe su obra como parte integrante del edificio. Es pintura en la que el dibujo y los colores planos se yuxtaponen, produciendo intensos contrastes cromáticos. Lo que se procura es crear composiciones sencillas, pero impresionantes, cuyo contenido se perciba desde el primer momento. Lo puramente narrativo, que seducirá al pintor gótico, ofrece todavía escaso interés para el románico.

Concentrada la atención en la figura animada, el fondo es fundamentalmente liso. A lo sumo, aparecen en él la rama de un árbol o un trozo de edificio para sugerirnos la idea de un paisaje o de un escenario arquitectónico; pero lo corriente es que aparezca el fondo subdividido en amplias zonas de diversos colores planos, en los que se cree ver la consecuencia de antiguas fórmulas en la interpretación del paisaje. Según el llamado ilusionismo latino, los varios azules del cielo terminan sintetizándose en dos fajas, y el paisaje en otras dos, verdes o amarillas u ocre y verde.

La figura se traza con líneas muy gruesas, negras o de color rojo oscuro, subrayando así su valor decorativo, que realza a su vez lo plano del colorido. Dentro de este convencionalismo, no falta un sistema de modelado sumario y también convencional de origen bizantino. Tal es el sombreado por medio de líneas paralelas y el modelado de los rostros a base de manchas rojas redondas en mejillas, frente y barba.

Pero la pintura románica no es sólo decorativa. Este sentido del dibujo y del color está al servicio de ese deseo de expresión estática intensa y penetrante, y de ese ansia de grandiosidad, de eternidad y de infinito ya comentado en la escultura románica.

El esquema iconográfico de la decoración pictórica del interior del templo, de origen bizantino, tiene su centro en la capilla mayor (fig. 993), que para la pintura es lo que la portada para la escultura. Cubierta por un cuarto de esfera y limitada por el abocinamiento semicircular del ábside, se compone de dos partes, equivalentes al tímpano y a las jambas de la portada. La bóveda, como el tímpano, se consagra al tema apocalíptico del Pantocrátor o Todopoderoso —Cristo en Majestad—, como Dios Hijo, Creador y Juez, dentro de la almendra mística y rodeado por los símbolos de los Evangelistas o Tetramorfos, a veces acompañados por los Evangelistas mismos, ángeles o profetas. El Pantocrátor, en alguna ocasión, cede su puesto a la Virgen con el Niño, a la que vemos incluso adorada por los Reyes Magos (fig. 994). La superficie cilíndrica del ábside suele estar dedicada a profetas o santos, simétricamente distribuidos, derechos y de frente, aunque también se representa alguna escena. En la parte del zócalo se pinta, por lo común, un lienzo pendiente o una composición decorativa (fig. 995).

(fig. 993)

Ábside de San Clemente de Tahull

(fig. 994)

Ábside de Santa María de Tahull

(fig. 995)

Ábside de Santa María de Mur

Los muros laterales del templo se cubren con historias dispuestas en grandes zonas horizontales, subdivididas en cuadros.

Aunque en la formación de la escultura y de la pintura románica deja honda huella el arte prerrománico, este esquema de composición iconográfica es de origen bizantino. En las iglesias bizantinas de la segunda edad de oro —siglos XI a XIII— encontramos, en efecto, sus precedentes. La gran cúpula central se dedica allí al Pantocrátor, el cuarto de esfera del ábside a la Virgen, acompañada por San Miguel y San Gabriel, y el muro cilíndrico, a profetas y santos, dispuestos en dos filas. En España no faltan ejemplares, como el del Panteón de San Isidoro, de León (fig, 996), o capillas de una nave sin ábside, como las de San Martín de Fenollar y Maderuelo, donde el Pantocrátor aparece en el centro de la bóveda de la nave, es decir, en el lugar equivalente a la cúpula; pero lo que sucede, por lo general, es que, como no suele existir cúpula, se pinta en la única bóveda esférica —evocadora del cielo—, que es la del ábside. Y, por otra parte, no faltan templos bizantinos —Monreale— en los que el Pantocrátor ocupa esa bóveda absidal.

(fig, 996)

Pantocrátor del Panteón de San Isidoro, de León


PINTURA MURAL EN CATALUÑA

.—Gracias al gran interés sentido en Cataluña desde principios de siglo por su arte medieval, poseemos en el Museo de Barcelona tal vez la más importante colección de pintura románica que existe.

La pintura románica ofrece en España dos capítulos: el de la pintura mural y el de la pintura en tabla o pintura de frontales.

Aunque en los primeros tiempos no es fácil ordenar cronológicamente las pinturas murales catalanas, después de las de Tarrasa, anteriores al siglo XI, suelen considerarse como las más arcaicas las de San Juan de Bohí, del Museo de Barcelona, al que pertenecen todas las que siguen, salvo indicación en contrario. Lo conservado es poco, pero el trozo de la Lapidación de San Esteban (fig. 997) revela en el pintor un sentido dramático nada corriente. Su firma se ha creído ver, sin verdadero fundamento, en el nombre de Teodoros, que en él aparece.

(fig. 997)

Lapidación de San Esteban

Del valle de Bohí procede la pintura del ábside de San Clemente de Tahull (1123), ver (fig. 993), una de las obras maestras de nuestra pintura románica. En él muestra al Pantocrátor, luz del mundo, acompañado por los símbolos de los Evangelistas, que, contra lo que es corriente, aparecen sostenidos por los Evangelistas mismos. En la parte del muro, y bajo arcos, vemos a la Virgen con la copa de sangre del Salvador, que despide rayos luminosos, San Juan mostrándonos su Evangelio, y otros apóstoles. La figura del Todopoderoso, grandiosa, es obra muy de primer orden, y tanto su rostro como el de la Virgen son modelos de estilización y de exaltación estática, Los fondos están distribuidos en fajas de diverso color.

De estilo muy parecido son las pinturas del ábside de Santa María de Tahull ver (fig. 994), aunque su calidad algo inferior y algunas pequeñas diferencias hacen considerarlas de otro artista, al que, por su semejanza con las del Museo del Prado, se ha denominado recientemente Maestro de Maderuelo. En el ábside de Santa María, la Virgen con el Niño, adorada por los Reyes Magos, reemplaza al Pantocrátor, como en el mosaico de la fachada de la iglesia de la Natividad, de Belén. Los Reyes con coronas y edad decreciente, según sucederá hasta mediados del XV, no reflejan todavía diferencia alguna de color de piel. Santos en arquerías y, bajo ellos, medallones con animales inspirados en tejidos, cubren la parte del muro.

Dentro de la bizantina, que informa toda esta pintura románica catalana, se considera como principal representante de la influencia francesa al Maestro de Mur, cuyo ábside, ver (fig. 995) se guarda en el Museo de Boston. La gran composición del Pantocrátor con el Tetramorfos ofrece la novedad de las siete lámparas representativas de las siete iglesias, y de los versos del Carmen Paschale, del escritor del siglo V Sedulio, en los que se ofrece el sentido espiritual de los símbolos de los Evangelistas. En el muro aparece el apostolado completo sin fondos de arquerías, y por bajo, en el zócalo, la historia del Nacimiento y otras figuras ilustradas con textos también de Sedulio. Se supone que el Maestro de Mur conoce la portada de Chartres, y su obra se considera ya de la segunda mitad del siglo XII.

Pintor de amplia influencia, y al que se atribuyen varias obras importantes, es el de Pedret, así llamado por sus pinturas de esta iglesia. Las mejor conservadas son las de la parábola de las Vírgenes prudentes y fatuas. Entre las obras que recientemente se han atribuido al Maestro de Pedret, la más importante es el ábside de Santa María, de Esterri de Aneu (fig. 998), en la que el cuarto de esfera, como en Santa María de Tahull, se dedica a la Virgen con el Niño recibiendo el homenaje de los Reyes Magos, aquí flanqueados por los arcángeles Miguel y Gabriel. El primero presenta aún su estandarte y el letrero «Petitius», en su calidad de oferente de las oraciones de los fieles. La parte más singular es la del muro, donde dos enormes serafines purifican con brasas no sólo al profeta Isaías, sino también a Elías, entre los cuales aparecen las ruedas de fuego que serán las del carro del primero o las de la visión de Ezequiel. Limitan la escena, de un lado, San Rafael, y de otro, dos religiosos tonsurados, tal vez los patronos de la obra.

(fig. 998)

Ábside de Santa María, de Esterri de Aneu

Artista de primera fila dentro de la pintura románica catalana es también el Maestro de Urgel, autor del ábside de San Pedro de aquella ciudad. Está distribuido como de costumbre: el Pantocrátor con el Tetramorfos, en la bóveda; la Virgen y apóstoles, por parejas en animada conversación, en el muro. Pintor, al parecer, todavía de la primera mitad del XII, deja sentir su influencia en un número de obras bastante crecido, alguna como la de Román deis Bons, particularmente interesante por estar fechada (1167).(fig. 999)

(fig. 999)

Ábside de San Pedro Urgel

Maestro más de segunda fila es el de Esterri de Cardos (fig. 1000), con grandes serafines a los lados del Todopoderoso. En el Tetramorfos se observa la torpe interpretación del león, que más semeja un oso.

(fig. 1000)

Ábside de Esterri de Cardos

El ábside de Santa María, de Tarrasa (fig. 1001), conservado in situ, es curioso, por estar dedicado a un santo, y además tan reciente como Tomás de Canterbury, canonizado en 1173. Se narra en el muro su martirio y la ascensión de su alma, mientras en la bóveda aparece ya con su diácono Grim, honrado por el Todopoderoso, que toca sus cabezas con el texto sagrado.

(fig. 1001)

Ábside de Santa María, de Tarrasa


PINTURA MURAL EN ARAGÓN Y CASTILLA

.—La invasión de lo narrativo es lo que presta su principal interés a la pintura aragonesa del ábside de San Juan, de Uncastillo. Obra ya del siglo XIII, funde la bóveda y el muro en un escenario único. Como veremos en los frontales, el Todopoderoso cubre la parte del centro de uno y otro, aprovechándose los cuatro espacios laterales para historias de Santiago.

La obra principal de la pintura románica en Aragón es el espléndido conjunto de la Sala Capitular de Sigena (fig. 1002), por desgracia casi totalmente perdida en el incendio de 1936, pero de la que poseemos buenas fotografías anteriores. Grises y medio monocromas en la actualidad, eran de un colorido de brillantez impresionante. Cubierta la sala por grandes arcos transversales, mostraban éstos en sus enjutas escenas bíblicas, en su casi totalidad referentes a Adán, Noé y Moisés, y en los intradoses, dos series de los patriarcas antepasados de San José, en cada uno de cuyos cuadros aparece uno acompañado de su hijo, que, ya mayor, y acompañado por el suyo, vemos en el siguiente. Ejecutado todo ello en temple, su estilo difiere del de todos los monumentos anteriores. Recientemente se ha relacionado su estilo con el de ciertas miniaturas inglesas contemporáneas, habiéndose advertido una estrecha coincidencia en la interpretación de algunos temas.

(fig. 1002)

Restos restaurados de la Sala Capitular de Sigena

Pese a la importancia de los templos románicos castellanos, su decoración pictórica conocida es hasta ahora muy escasa, pero como, probablemente, queda aún mucho cubierto por encalados y enjalbegados, tal vez sea prematuro negar la existencia de una gran escuela de pintura románica castellana. Algunos de los principales monasterios conservados hacen pensar, sin embargo, en artistas forasteros. Este es el caso del Maestro de Maderuelo y, tal vez, del de San Isidoro, de León. El Maestro de Maderuelo, según los más recientes estudios, es pintor que inicia su carrera en nuestro país con las pinturas ya citadas de Santa María de Tahull, y al que se atribuyen en Castilla las de Maderuelo y San Baudelio.

Santa Cruz de Maderuelo, cuyas pinturas se encuentran desde hace pocos años en el Museo del Prado, es una capilla pequeña de planta rectangular y bóveda de cañón, con el Pantocrátor en la parte central de ésta (fig. 1003).

(fig. 1003).

Pantocrátor en la parte central  de la bóveda

A los lados, y todavía en la bóveda, aparecen en fila los símbolos de los Evangelistas, arcángeles, serafines, ángeles y santos; (ya en el muro, y bajo arcos, como en Santa María de Tahull, los apóstoles. El medio punto del testero lo ocupa la Santa Cruz —advocación del templo— con el Cordero en el centro, al que hacen su ofrenda Caín y Abel.

Bajo el Cordero, en la ventana, el Espíritu Santo, y a los lados, ya en el muro, la Magdalena y Jesús, y la Virgen adorada por uno de los Reyes.(fig. 1004).

(fig. 1004)

Pinturas del conjunto de la bóveda

En el medio punto de los pies, la Creación de Adán y el Pecado Original. (fig. 1005)

(fig. 1005)

Medio punto del pie de la bóveda

Las pinturas de San Baudelio (fig. 1006), vergonzosamente vendidas y distribuidas hoy entre particulares y los Museos de Boston y del Prado, y sólo en su mínima parte, in situ, cubrían por completo el interior del original monumento mozárabe. Los muros estaban distribuidos en dos grandes zonas, de las cuales la superior contiene diversas historias de la vida de Jesús, entre ellas la Cena, las Marías en el sepulcro y la Curación del ciego. La zona inferior, que es la más original, está dedicada a temas de caza.

(fig. 1006)

Pinturas de San Baudelio

En la continuación de esta zona inferior, por el antepecho de la tribuna, los temas son igualmente profanos: un gran oso, un elefante con su torre, un camello, un soldado, una hermosa tela de ruedas con águilas. En la capilla, como en Maderuelo, presiden el testero el Cordero, al que ofrendan Caín y Abel, y el Espíritu Santo.

El importante ciclo de las pinturas de San Isidoro de León, es extraordinario por su calidad y por decorar una serie de paños de bóvedas rectangulares que, por lo general, se subdividen, con gruesas líneas de color oscuro, en diversos campos o compartimientos, algunos tan pequeños que sólo encuadran un trozo de decoración vegetal. Aunque lo apocalíptico pierde terreno, la bóveda se consagra al tema de rigor. El pantocrátor (fig. 1007) de San Isidoro es una de las obras maestras de la pintura románica. Sobre un fondo de luz sembrado de estrellas que todo lo inunda y en vano tratan de ocultar las nubes circundantes, vemos la gran aureola del Todopoderoso, que sostenida por las robustas figuras del Tetramorfos, llena la superficie de la bóveda. El Tetramorfos, contra lo hasta ahora visto, tiene el cuerpo humano y la cabeza del símbolo, es decir, según se emplea ya en Occidente en el siglo VIII y es frecuente en la miniatura mozárabe. El pintor, que al elegir este modelo monstruoso ha procurado intensificar la nota de lo sobrenatural, al convertir las anchas fajas de color diverso, corriente en los fondos, en los dos husos de luz y de sombra que se cruzan diagonalmente tras el Tetramorfos, procura reforzar el grandioso efecto de luces y tinieblas sobre el que se nos aparece el Todopoderoso, la Lux Mundi del libro que nos muestra abierto mientras nos bendice.

(fig. 1007)

Pantocrátor de San Isidoro de León

Con la grandiosidad y sentido espectacular del Pantocrátor forma el más vivo contraste la Anunciación a los Pastores (fig. 1008), a la que el pintor, cautivado por lo bucólico del tema, ha concedido desusada amplitud. Seguramente es una de las creaciones más bellas y atractivas de toda la pintura románica, tanto por la claridad y belleza de su composición, como por el hondo sentido poético con que el pintor ha sabido interpretar cada una de sus escenas.

(fig. 1008)

Anuncio a los pastores

A juzgar por le retratos de los reyes Fernando II y Urraca, que aparecen en la Crucifixión, precisa considerar estas pinturas de entre 1164 y 1188, fechas de la boda con su primera mujer, de ese nombre, y de la muerte del monarca.

Las restantes pinturas románicas castellanas conservadas son de mucho menos interés. Las del Cristo de la Luz, de Toledo (1187), presentan los restos de un Pantocrátor con el Tetramorfos en la bóveda y santos y un clérigo en varias hornacinas. (fig. 1009).

(fig. 1009)

Cristo de la Luz, de Toledo


FRONTALES

.—La pintura románica en tabla, que se prepara con una primera capa de yeso, comprende frontales, baldaquinos y pequeños retablos. Los baldaquinos conservados, tanto en la forma tradicional de cimborrio o templete, como de tablero oblicuamente dispuesto sobre una viga son escasísimos, y lo mismo sucede con los retablos, que no deben comenzar a emplearse hasta fecha muy tardía. (fig. 1010)

(fig. 1010)

Ábside con Baldaquino y frontal

La pintura románica en tabla se reduce, pues, casi por completo a los frontales destinados a decorar el frente de la mesa del altar. Al parecer, tienen su origen en los más costosos de metales preciosos o simplemente de madera en relieve.

Por su organización sencilla y clara en que parece reflejarse más intensamente el estilo de la gran pintura mural, conviene citar en primer término los dos frontales del Salvador y los Apóstoles, del Museo de Barcelona, procedentes de la región de Urgel, y que se suponen nacidos bajo el influjo del maestro de este nombre (fig. 1011), (fig. 1012). Divididos en tres calles, los apóstoles ocupan las laterales, en un caso formando dos grupos simétricamente dispuestos y en otro distribuidos por parejas en pequeños compartimientos, uno de ellos dedicado a San Martín con el pobre. En la calle central, la almendra que rodea al Todopoderoso es de cierto interés iconográfico. La gran aureola, que debe ser alargada e incluir la inferior, que es símbolo del mundo y debe servirle de trono, ha disminuido de tamaño y es en la que, efectivamente, se asienta. La explicación de tal anomalía, no del todo convincente, es que el pintor ignora ya el simbolismo de ambas formas. El Todopoderoso apoya los pies en escabel esférico cubierto de follaje, y en uno de los frontales tiene entre sus dedos una bolita, en la que se alude a cómo maneja el mundo. Aparte de su valor puramente artístico, estos dos frontales son buenos ejemplos del simbolismo románico.

(fig. 1011)

Frontales del Salvador y los Apóstoles, del Museo de Barcelona

(fig. 1012)

De una amplia región, que tiene por centro Ripoll, procede una serie de frontales de estilo más dispar, pero en los que perdura la sobriedad de la pintura mural. A este grupo se asigna el de San Martín (fig. 1013), hasta ahora considerado del XI, y, por tanto, el más antiguo de todos los conservados, pero que, al parecer, corresponde al XII, y el de San Andrés de Sagars (fig. 1014), ambos en el Museo de Vich. Tanto en uno como en otro, mientras la parte central continúa reservándose al Pantocrátor, los pequeños compartimientos laterales se dedican a historias diversas de los santos respectivos. Los fondos son de colores alternados.

(fig. 1013)

Frontal de San Martín

(fig. 1014)

Frontal de San Andrés de Sagars

De rasgos mucho más definidos es el grupo de frontales que se caracteriza por la complicación de los plegados de sus ropajes, en los que se multiplican rizos y espirales, llegando incluso a dibujar flores muy esquematizadas. Obras, al parecer, de fecha bastante tardía, los ejemplos más representativos son el de la Virgen (fig. 1015) y el de Santa Margarita (fig. 1016), del Museo de Vich. Los dos consagran la parte central a la Virgen.

(fig. 1015)

Frontal de la Virgen del museo de Vich

(fig. 1016)

Frontal de altar de Santa Margarita de Vilaseca del museo de Vich

De época también tardía, como lo atestiguan la dedicación a la Virgen y, sobre todo, el transformarse la mandorla en un cuadrilóbulo, e incluso el desaparecer, son los frontales de Llusá (fig. 1017) y de Avia (fig. 1018).

(fig. 1017)

 Frontal de Llusá

(fig. 1018)

 Frontal de Avia

Al siglo XIII pertenece, por último, una serie en la que la pintura por el deseo de emular la riqueza de los frontales metálicos, se reduce a los personajes, que quedan perfilados por el fondo de yeso dorado en relieve y decorado con temas geométricos o vegetales muy esquematizados. La almendra mística suele sustituirse por un arco lobulado sobre columnas, y también, como en los anteriores, es la Virgen, y sobre todo santos, quienes presiden el frontal. La mayor parte de estos frontales proceden de la región de Lérida y el más importante es el de San Martín (fig. 1019), firmado por el pintor Juan.

(fig. 1019)

Frontal de San Martín del museo de Barcelona


 

PINTURA ROMÁNICA EXTRANJERA

.—De la gran pintura anterior al siglo XI son escasos los monumentos conservados. Las murales más antiguas e interesantes son las de la iglesia de Oberzell, en la isla de Reichenau (lago de Constanza), de fines del siglo X o de comienzos del siguiente, que representan escenas de la vida de Jesús. El otro grupo es el italiano, que se caracteriza por su bizantinismo, pues ya hemos visto los importantes y numerosos mosaicos de ese estilo existentes en Italia. En San Angelo in Formis decora el ábside el Cristo en Majestad con los símbolos de los Evangelistas, mientras en la nave aparecen las escenas del Nuevo Testamento y las correspondientes del Antiguo, y a los pies el Juicio Final, según seguirá siendo costumbre hasta el Renacimiento.

Aunque la miniatura sólo puede darnos cierta idea de la gran pintura contemporánea, es indudable que en este primer período de románico produce obras más valiosas que aquélla.

La escuela de miniaturistas más importante es la alemana. Vigorosa, en ella la tradición carolingia, a mediados del siglo X comienza a producir bajo los Otones obras de primera calidad. Su foco principal radica en la abadía de Constanza, que, por ser escala de los emperadores en la ruta de Italia, es largamente favorecida por ellos.

Los miniaturistas de los Otones, lo mismo que son capaces de pintar escenas de una grandiosidad majestuosa y severa como la del emperador en el trono rodeado de sus consejeros recibiendo el homenaje del Imperio —Otón II, en el Museo de Chantilly, y Otón III, en su Evangeliario de la Biblioteca de Munich—  (1010). (fig. 1020)

(fig. 1020)

Otón II, M. Chantilly. Otón III, Evangeliario,  B. de Munich

Maravilloso juego de imágenes, hace presentir la Resurrección, de Matías Grünewald. (fig. 1021).

(fig. 1021).

La Resurrección, de Matías Grünewald

A mediados del siglo XI pasan a ocupar el primer plano de la miniatura alemana Tréveris y Echternach, en la región del Mosela. A esta escuela de Echternach se atribuye el hermoso Evangeliario de Conrado y Gisela o Codex Aureus, de la catedral de Spira, hoy en El Escorial, de hacia 1035. (fig. 1022)

(fig. 1022)

Codex Aureus, de la catedral de Spira. Escorial

Del siglo XII poseemos ya bastantes pinturas murales, sobre todo en Francia, donde pueden distinguirse dos grupos: el de Poitou y de la región del Loira, de fondos claros, y el de Borgoña y el centro de Francia, de fondo oscuro y acusada influencia bizantina. El principal monumento del primer grupo lo constituyen las pinturas murales de San Javier de Gartempe, de la primera mitad del siglo. En su nartex se representa al fondo el Todopoderoso en la almendra mística y  en la nave del templo, historias bíblicas. (fig. 1023).

(fig. 1023)

Pinturas murales de la nave de San Javier de Gartempe

También son importantes las pinturas de Vic. En la pintura borgoñona debe de desempeñar papel primordial la cluniacense. Perdidas las del gran templo matriz, quiere verse el reflejo de su estilo en los frescos de la iglesia de Berzé la Ville. En la bóveda del ábside nos muestran al Todopoderoso; en el zócalo, los retratos de los abades de Cluny, y bajo los arcos, martirios de Santos. Las finas y numerosos líneas de las sombras, y el plegado menudo de las telas, son claras muestras de la influencia bizantina. (fig. 1024).

(fig. 1024)

Frescos de la iglesia de Berzé la Ville


ORFEBRERÍA

.—Uno de los aspectos más interesantes de la orfebrería de este período es el del esmalte. El esmalte se cultiva en diversas partes de Occidente, pero en un principio se distingue, por su finura, el de la región del Rhin y del Mosela. Más tarde, a fines del siglo XII, la producción, o al menos la distribución, se concentra en Limoges, hasta tal punto, que durante mucho tiempo se han creído los esmaltes románicos producto exclusivo de los talleres de la ciudad francesa. Menos finos que los renanos, se imponen probablemente por su baratura, y tienen tal aceptación, que todavía en el período gótico se continúa empleando el estilo románico tradicional.

El esmalte llamado de Limoges no es tabicado como el bizantino. Los alvéolos donde se coloca la pasta vitrea, que en el horno se convierte en esmalte, no están formados por laminillas o tabiques colocados sobre la superficie metálica, sino excavándose en la lámina misma de cobre. Es el procedimiento que en francés se llama champlevé, ahuecado. Estos esmaltes son opacos. Con frecuencia la figura humana es exclusivamente de cobre dorado, y el fondo esmaltado, y hasta se hacen de relieve cabezas, manos y pies.

Los productos de la industria de Limoges son muy variados: tapas de libros, arquetas, frontales, báculos, cálices, copones, etc. El nivel medio, naturalmente, es de carácter bastante industrial. Hoy parece seguro que en España se cultiva también este tipo de esmalte, distinguiéndose por sus colores menos limpios. Se piensa que puedan ser producción española el hermoso frontal de la urna de Silos, del Museo de Burgos (fig. 1025), y retablo de San Miguel in Excelsis, obras capitales del esmalte del tipo de Limoges conservadas en nuestro país. (fig. 1026)

(fig. 1025)

Frontal de la urna de Silos, del Museo de Burgos

(fig. 1026)

 Retablo de San Miguel in Excelsis. San Miguel de Aralar. Navarra

La obra maestra de la escuela renana es el Arca de las reliquias de los Reyes Magos, de la catedral de Colonia, ejecutada por Nicolás de Verdun en los últimos veinte años del siglo XII. Bajo la forma de un templete de tres naves cubierto a dos aguas, presenta todos sus frentes decorados con arcos, cada uno de los cuales encuadra un personaje casi de bulto redondo. No son esculturitas de tipo industrial, sino de la más fina calidad. (fig. 1027).

fig. 1027).

Arca de las reliquias de los Reyes Magos, de la catedral de Colonia