HISTORIA DEL ARTE

CAPÍTULO XIX

ARTE ÁRABE Y MUDÉJAR

Apunte contexto histórico

ÍNDICE

ARQUITECTURA ORIENTAL POSTERIOR AL SIGLO XI

CERÁMICA, TEJIDOS, ALFOMBRAS

LA MINIATURA PERSA

ARQUITECTURA GRANADINA. LA COLUMNA Y EL ARCO

TEMAS DECORATIVOS. YESERÍAS. ALICATADOS

LA ALHAMBRA

GENERALIFE. OTROS MONUMENTOS

CERÁMICA, ARMAS Y TELAS

ARQUITECTURA MUDÉJAR. EL ROMÁNICO DE LADRILLO

ARQUITECTURA MUDÉJAR DE LOS SIGLOS XIV Y XV. LA DECORACIÓN. ARMADURAS

MUDÉJAR TOLEDANO

MUDÉJAR ANDALUZ. EL ALCÁZAR DE SEVILLA

ARAGÓN

LOZA DE MANISES. CUEROS Y ALFOMBRAS

 


ARQUITECTURA ORIENTAL POSTERIOR AL SIGLO XI

.—La infiltración de los turcos, primero en la guardia del califa, y después monopolizando el cargo de visir o primer ministro, termina con la conquista del califato mismo. Realizada ésta por los descendientes del jefe turco Seldyuk, el arte islámico oriental vive desde mediados del siglo XI un período seldyucí de duración diversa en las varias partes del califato.

Desde el punto de vista decorativo, su principal novedad consiste en el empleo y difusión de la mukarna, o prisma cortado en su parte inferior en forma curva (fig. 1232).

(fig. 1232)

Cortes de mocárabes

Dispuestas en filas, superponiéndose y elevándose progresivamente (fig. 1233).

(fig. 1233)

Alzado mocárabes

Son de gran importancia no sólo para decorar un friso o un capitel, sino incluso para recubrir el interior de una cubierta simulando una bóveda (fig. 1234).

(fig. 1234)

Bóveda de la sala de los Abencerrajes

Ya veremos el porvenir de este elemento decorativo, que en España llamamos mocárabe, en la arquitectura granadina del siglo XIV. Su origen, al parecer, se encuentra en la trompas de las bóvedas. Las más antiguas conocidas son las de estuco de Nishapur, en Persia, del siglo IX, y bóvedas ricamente decoradas con ellas existen en Bagdad en la centuria siguiente. En Mesopotamia llegan a cubrirse con mucamas incluso el exterior de algunas cubiertas, lo que, como veremos, nunca sucede en España. Buen ejemplo de bóveda de mucamas seldyucí es la del sepulcro de Nurendino en Damasco (1154).

Gran parte de los monumentos islámicos a que debe El Cairo su fisonomía es obra de los sucesores de los seldyucíes —ayubíes y después mamelucos— que gobiernan en Egipto y Siria.

Lo más llamativo son los alminares, en los que el tipo abasí se alarga hasta convertirse en verdaderas agujas de sección poligonal, que suelen variar en sus diversos cuerpos, por lo común separados por cornisas de mucamas. El que inicia la serie es el de la mezquita de Al-Hakim, de 1025, englobado posteriormente en su parte baja en un gran macizo cúbico para evitar su ruina. Además de los alminares es característico el perfil apuntado de sus cúpulas de elevados tambores y trasdós con rica decoración, con frecuencia de lacería. Gloria de los califas seldyucíes son las madrasas (fig. 1235), o centros de enseñanza religiosa y política, integradas por una mezquita y las dependencias necesarias para el estudio, todo ello ordenado en torno a un patio. Muy favorecidas por califas y emires, ya desde el siglo XI, son lugar preferido para construir sus mausoleos. A medida que el tiempo avanza, estos mausoleos adquieren desarrollo y lujo tales, que terminan por empequeñecer la madrasa misma.

(fig. 1235)

Planta Madrasa de Hassan. El Cairo (1356)

La mezquita sufre ahora en Persia transformación radical. Tierra de arquitectura abovedada, el amplio espacio con armadura de madera se convierte en un gran salón de proporciones cuadradas, cubierto por hermosa bóveda cupuliforme sobre trompas formadas por grandes mucamas y con el mihrab al fondo. Sus proporciones cuadradas y sus tres vanos reales o ciegos de cada frente, es decir, doce en total, lo relacionan con el templo zoroástrico del fuego y con los signos zodiacales. En su fachada se abre gran pórtico, formado por un monumental arco apuntado con media bóveda de mucamas. Especie de hornacina gigantesca de escasa profundidad, con la puerta al fondo, es lo que se llama el livan (fig. 1236).

(fig. 1236)

Portada Mezquita Persa

La decoración, con frecuencia de riqueza extraordinaria, es de ataurique, epigráfica y de lacería, ejecutada en estuco y cerámica vidriada, análoga a la que veremos en Granada.

En Persia, son importantes la mezquita de Kaslim, del siglo XII, por sus estucos, y la de Yedz (1326), por sus alicatados.

La conquista de Persia por los mogoles produce desde tiempos de Timurlán o Tamerlán, de mediados del siglo XIV, un nuevo período de florecimiento en la arquitectura, que dura hasta 1500. Los livanes adquieren bajo los mogoles proporciones no menos gigantescas. Las mezquitas más importantes por la riqueza de su decoración son la Azul de Tabriz y la de Meshed, el templo más visitado por los siitas, donde está enterrado Harum-al-Raschid. Su livan, de elevadísimas proporciones, es de excepcional belleza.

En el Turquestán, la cúpula abandona, bajo los mogoles, su perfil de arco apuntado y se hace bulbiforme. Así aparece ya en los enterramientos reales de los descendientes de Tamerlán en Samarcanda.

Del estilo islámico persa derivan el turco y el del norte de la India. Con la conquista de Constantinopla la arquitectura turca se deja influir por la bizantina, hasta el punto de que las grandes mezquitas constantinopolitanas —la de Bayaceto II, la de Solimán, la de Ahmed I— evocan inmediatamente el recuerdo de Santa Sofía. Los alminares seldyucíes en manos de los turcos otomanos se espigan, acanalan y terminan en punta cónica, a manera de lanzas, y tienen balcones circulares a diversa altura (fig. 1237).

(fig. 1237)

Alminares mezquita turca

La extensión del poderío mogol al norte de la India crea una nueva provincia del arte islámico persa, que ya en el siglo XVI produce monumentos importantes. La obra más bella es el mausoleo de Mahal (fig. 1238) en Agrá, hermoso edificio de mármol con gran livan central y otros menores, gran cúpula y cuatro torres cilíndricas, todo ello sobre elevado basamento. De composición clara y justas proporciones, es uno de los edificios más hermosos de la arquitectura islámica.

(fig. 1238)

Mausoleo de Mahal  en Agrá

La mezquita del Fuerte de la misma población se distingue, en cambio, por sus bellas perspectivas de arcos lobulados (fig. 1239).

(fig. 1239)

Mezquita del Fuerte en Agrá


CERÁMICA, TEJIDOS, ALFOMBRAS

.—Una de las manifestaciones artísticas que bajo los árabes alcanza mayor perfección es la cerámica vidriada, cultivada ya en la antigüedad, principalmente en Mesopotamia. El hallazgo técnico que permite crear ahora obras de extraordinaria belleza es el descubrimiento de la llamada loza dorada. Se ignora dónde y cuándo comienza a fabricarse, pero sabemos que aparece ya en Samarra, y es probable que su origen sea mesopotámico. En el siglo XI, El Cairo es centro productor importante.

Pero donde la cerámica islámica produce sus más bellas creaciones es en Persia. Su población ceramista por excelencia es Kashán, cuya fama raya a tal altura, que su nombre llega a ser sinónimo de loza vidriada. El dorado es la gran especialidad de Kashán, obteniéndose los más variados matices en una misma pieza, desde el rojizo hasta el amarillo pálido. Con esta técnica se fabrican piezas de carácter arquitectónico, como pequeños mihrabs —la pieza capital de la cerámica de Kashán es el mihrab de 1226 del Museo de Berlín—, frisos y azulejos de forma estrellada con un tema figurado en la parte central (fig. 1240), en los que el ceramista pone tanto empeño, que los considera dignos de su firma.

(fig. 1240)

Azulejo de Kashán

En la vajilla se representan con frecuencia temas literarios, como el del encuentro de Cosroes y la bella Sirín en el baño la escena que veremos interpretar a los miniaturistas persas. Los personajes son de rostro redondo y ojos rasgados. El apogeo de la loza de Kashán corresponde, al siglo XIII.

El otro centro ceramista persa es el de Ragges, cuyo máximo florecimiento corresponde también al siglo XIII. Mientras en Kashán los fondos se llenan con temas vegetales, los ceramistas de Ragges prefieren dejarlos lisos. Las figuras se hacen más menudas, semejando pequeños muñecos en un desfile teatral. El plato del Museo de Nueva York nos presenta al cazador Bahram que sale con su amada a la grupa (fig. 1241). Al ser menospreciada por ésta su excepcional puntería, que le permite coser con su flecha la pata y la oreja de una gacela en el momento de rascarse, la pisotea con su camello.

(fig. 1241)

Plato con escena de caza del cuento del rey Bahram V y Azadeh

Tardío capítulo de la cerámica islámica oriental es el turco. En ella los fondos son blancos, casi con calidad de porcelana, y los colores escasos, pero intensos, dominando el rojo, el azul y el verde. Sus temas corrientes son grandes hojas alargadas o árboles de copa igualmente estrecha. Entre éstos el preferido es el ciprés, que en el Islam simboliza a la mujer. A esta clase de cerámica, la más típica de Turquía, es a la que, al parecer, por error, se llama de Rodas, por creérsela fabricada en aquella isla.

Los tejidos árabes del período abasí suelen estar decorados, como los bizantinos, con grandes ruedas con animales muy estilizados, reales o fantásticos, en su interior y por lo general afrontados. Como es natural, en la elección de estos temas es aún más sensible que en Bizancio, la influencia mesopotámica y persa; así vamos el simurg persa, las luchas del animal fiero y el tímido, el grifo o el caballo del sol, etc. Letreros en alfabeto cúfico desempeñan también papel importante. Los tiraz son las telas que llevan en las cenefas los nombres del monarca, y cuyo uso está reservado a su persona o a los funcionarios por ellos autorizados. Un tiraz de Hixem II de Córdoba se conserva en la Academia de la Historia.

Buenos ejemplos de telas abasíes de ruedas son la de los elefantes de San Isidoro, de León; la del sudario de San Bernardo Calvó, de Vich, hoy en Nueva York y el llamado Trapo de las Brujas, del Museo de Vich. En el siglo XIV la influencia de las telas chinas transforma la decoración textil árabe haciendo triunfar los patrones de composición asimétrica.

Probablemente ningún producto artístico del Oriente islámico tiene tan universal aceptación en Europa como las alfombras, que aparecen ya reproducidas en las pinturas de los siglos XIV y XV. Es muy dudoso que conservemos ninguna de esa época, y del siglo XVI sólo existen contados ejemplares.

Las alfombras persas, de perfección técnica admirable, son de belleza cromática extraordinaria. En cuanto a los temas, además de los vegetales de simple valor decorativo, animales reales y animales fantásticos, hay otros de sentido simbólico y de origen diverso. Entre los temas vegetales exóticos es particularmente importante el tschi, hongo chino incorruptible, símbolo de la eternidad; entre los animados, como siempre en el arte persa, es frecuente el de fiera devorando al animal tímido. De los animales reales, los más corrientes son leones, panteras, chacales, caballos, etc.; y de los fantásticos, el dragón chino o klyn. De los temas inanimados deben recordarse las nubes.

En cuanto a la composición general de la alfombra, unas veces todos estos motivos se encuentran distribuidos ocupando totalmente la superficie de la alfombra y otras la composición varía en el centro y en la orla lateral. Además de estos tipos de alfombra es frecuente el de medallón central rodeado por seis zonas concéntricas, que simbolizan los siete cielos —el medallón central representa el lugar recóndito—, y el de lámpara, así llamado por la que ocupa su centro y que es el utilizado al hacer oración.

En el arte del vidrio se distinguen Egipto y Siria, siendo el producto más bello las lámparas esmaltadas de mezquitas (fig. 1242).

(fig. 1242)

Lámpara de mezquita de vidrio esmaltado (1294-1341)


LA MINIATURA PERSA

.—En los orígenes de la miniatura árabe —la gran pintura prácticamente no existe— adquiere fama casi legendaria Mani, el fundador de la saeta maniquea, que vive en Persia en el siglo III e ilustra sus libros con escenas para que puedan aprender sus doctrinas quienes no saben leer. Su fama aumenta con el tiempo, hasta el punto de que todavía diez siglos después, cuando en Oriente se quiere elogiar a un pintor, se le compara con Mani, como los occidentales lo hacen con Apeles.

La miniatura islámica, lo mismo que la arquitectura y la cerámica, gracias a la fina sensibilidad irania, adquiere en Persia vuelos extraordinarios. Fecundada, gracias a la dominación mogólica, por la influencia de la pintura china, se crea un estilo nuevo, a espaldas de los cánones occidentales, de personalidad y encanto excepcionales.

El miniaturista persa gusta de disponer numerosas figuras en amplios escenarios arquitectónicos, y con mucha frecuencia de paisaje, en los que, sin embargo, no se pretenden efectos de perspectiva. Muy influido por el estilo chino en la manera de interpretar árboles, rocas y nubes, los paisajes son de belleza decorativa inigualada, como la miniatura que representa al profeta Mahoma ascendiendo a los cielos, un viaje que se conoce como Miraj (fig. 1243). Menudos y graciosos como deliciosos muñecos, el miniaturista distribuye sus personajes con una aparente ingenuidad, lo que no es uno de los menores encantos de la composición. Ellos encarnan el ideal de belleza persa. Las mujeres son, cual las cantan sus poetas, de rostro redondo y pálido como la luz de la luna, cuerpo esbelto y flexible como el ciprés, y cuello de gacela.

(fig. 1243)

Miniatura persa. Miraj de Mahoma

Pero además de su fantasía para concebir las escenas, el miniaturista persa posee un sentido cromático tan fino, que convierte sus obras en un verdadero regalo para la vista.

Los temas representados son de carácter histórico, por lo común, de tono legendario, o puramente literarios, prefiriéndose las escenas románticas y religiosas. Los libros ilustrados con mayor frecuencia y con más bellas miniaturas son el Libro de los Reyes —el Shah Namah—, del poeta Ferdusi, verdadera epopeya de la Persia legendaria, y los Cinco Poemas —el Khamsa—, de Nizami, de la segunda mitad del siglo XII, de carácter más sentimental y de posible interpretación mística.

La escuela importante más antigua florece en el siglo XIV en Tabriz, y su obra principal es el Libro de los Reyes, de la colección Demothe, de París. Más tarde el centro de gravedad se desplaza a Herat, haciéndose miniatura aún más fina y delicada, prefiriéndose los temas románticos de Nizami y otros poetas persas. Su primera gran figura es Bihzab, que trabaja a fines del siglo XV y comienzos del siglo XVI, y la última Riza Abbasi, excelente dibujante bajo cuyo pincel el colorido espléndido de Bihzab cede el paso a colores más claros y a un dibujo más acusado.


ARQUITECTURA GRANADINA. LA COLUMNA Y EL ARCO

.—La formación del reino nazarí en la segunda mitad del siglo XIII, como consecuencia de las conquistas andaluzas de San Fernando, da lugar a un nuevo período de florecimiento del arte hispanoárabe, que llega a su máximo esplendor en el siglo XIV y deja sentir su influencia en el africano contemporáneo de los meriníes.

Ahora llega a su punto culminante esa predilección por lo decorativo, que diera pasos decisivos en la maxura de la mezquita de Córdoba y en el palacio de la Aljafería. La mayoría de los arcos interiores son puramente decorativos y falsos, los muros se cubren por completo de yeserías, y e r las partes que éstas dejan libres aparece la cerámica vidriada. Las cubiertas se nos muestran igualmente revestidas de yeserías o con armaduras de madera labradas con la mayor riqueza.

La arquitectura granadina vuelve de nuevo a la columna, y por primera vez, dentro de la escuela hispanoárabe, emplea un tipo propio (fig. 1244). Es de fuste cilíndrico muy fino. Descansa en basa con gran moldura cóncava muy abierta en forma de escocia y tiene en su parte superior numerosas anillas o collarines. El capitel tiene sobre un primer cuerpo cilíndrico otro de forma de paralelepípedo de proporciones algo cúbicas, con los ángulos inferiores ligeramente redondeados, y se cubre con la decoración vegetal que después se estudiará o con mocárabes. El abaco suele presentar una moldura cóncava muy abierta —nácela—, interponiéndose entre él y el arco un cuerpo cúbico que a veces se convierte en especie de pilar.

(fig. 1244)

Capiteles y columnas granadinas

Para los arcos no falsos, que generalmente se reducen al exterior y a las puertas de las murallas, suele preferirse la forma de herradura apuntada. Los arcos del interior (fig. 1145) son, en realidad, vanos adintelados con revestimiento de yeserías sobre ligero esqueleto de madera en el que se simulan diversas formas de arcos. El de herradura prácticamente desaparece, pues sólo el peso de la tradición lo conserva en el mihrab de los oratorios, abandonándose también el de grandes lóbulos de los últimos tiempos del califato, y el mixtilíneo.

(fig. 1145)

Arcos falsos. Granada

El tipo más corriente es el peraltado de lóbulos numerosos y menudos, consecuencia de las novedades en el siglo XI, y el de mocárabes, con frecuencia de tipo angular (fig. 1146) o semejando en su perfil las caídas de los cortinajes, como los almohades que le sirven de punto de partida.

(fig. 1146)

Mirador de Daraja

La arquitectura granadina emplea la armadura de par y nudillo y la bóveda. Las armaduras, que, al parecer, reciben sus rasgos decisivos en el período africano, y que tanto desarrollo adquieren en las escuelas mudéjares, se estudian más adelante. Baste advertir que llegan a crearse cubiertas de madera de superficies curvas con decoración de lacería. En cuanto a las bóvedas, aparte de las esquifadas, por aristas, gallonadas, etc. empleadas ya en las épocas anteriores, las más característicamente nazaríes son las falsas de mocárabes, ya comentadas, con las que ahora se cubren amplias superficies. Las dos obras maestras de este género son las de las salas de las Dos Hermanas (fig. 1247) y de los Abencerrajes, ver (fig. 1234) de la Alhambra, ambas sobre un cuerpo de luces, especie de tambor que en aquélla es octogonal y en ésta estrellado, y uno y otro sobre trompas falsas igualmente de mocárabes.

(fig. 1247)

Sala de las Dos Hermanas


TEMAS DECORATIVOS. YESERÍAS. ALICATADOS

.—La decoración de lazo, que existe en forma incipiente en el arte clásico, se desarrolla en Jascelosías del califato, y se encuentra formada a fines del siglo XII; pero cuando llega a su completo perfeccionamiento es en el siglo XIV, en el que produce, bajo los nazaríes, sus creaciones más bellas y complicadas. El lazo es una decoración geométrica constituida por líneas o cintas que se entrelazan formando polígonos o estrellas ordenados simétricamente, con arreglo a ciertas leyes geométricas. Unas veces esos polígonos aparecen nada más que yuxtapuestos (fig. 1248), pero otras se encuentran separados por cintas o fajas (fig. 1249) que los rodean y se cruzan entre sí pasando alternativamente por debajo y por encima.

(fig. 1248)

Yeserías de ataurique

(fig. 1249)

Alicatados de lacería

Cuando el lazo llega a una cierta complicación, como es lo normal en el arte hispanoárabe, se crea la rueda. (fig. 1250), (fig. 1251), (fig. 1252).

(fig. 1250)

f. 793-f.794-f.795.—Ruedas de ocho, de doce y de ocho sesgado

(fig. 1251)

f. 796 - f.797.—Ruedas de seis y de doce.

(fig. 1252)

f. 798-f.799- f.800.—Esquema de lazos de ocho (f. 793) y de doce (f. 794); de seis (f. 796) y de doce (f. 797)

Las piezas alargadas que parten radialmente del centro del lazo son los alfardones. El lazo es directo si los alfardones cubren el eje vertical (f.793) o sesgado (f.795) si se desvían de él. El alfardón es arpado si termina en dos ángulos entrantes y uno saliente (f. 793). Los de la f. 795 no son arpados.

En la f. 793 la rueda es de ocho. Como múltiplo de cuatro, se encuentra en una red de cuadrados. En los vértices del cuadrado se forma un lazo de cuatro, y en el centro de los lados otro de dos. Véase la f. 799. En la f. 794 la rueda es de doce, que, como múltiplo de cuatro, se encuentra en una red de cuadrados con lazos de cuatro y de dos en los vértices y centros de los lados del cuadro (f. 798). Tanto los centros de estas ruedas de doce como los de las de ocho, ocupan los vértices de un cuadro imaginario, formando también, por tanto, una cuadrícula.

En la f. 796 la rueda es de seis, es decir, múltiplo de tres, y se encuentra- en una red de hexágonos (f.. 799), múltiplo también de tres. En los vértices del hexágono los lazos son de tres, y en los centros de los lados, de dos. Los centros de estas ruedas de seis ocupan los vértices de un triángulo imaginario, constituyendo una red triangular. En la f. 797 la rueda es de doce, que, como además de ser múltiplo de cuatro lo es de tres, puede ordenarse también en una red triangular (f. 800), con lazos de tres y de dos en los vértices y centros de los lados de los hexágonos que las encuadran.

Las ruedas o estrellas mayores ocupan, por tanto, el centro de una red imaginaria, en cuyos vértices y centros de lados se sitúan otras estrellas o motivos geométricos de menor número de ejes de simetría. Según esa red sea de cuadrados, de triángulos o de polígonos de un número de ángulos múltiplo de cuatro o tres, el número de ejes de simetría de las ruedas colocadas en sus centros habrá de ser múltiplo de .cuatro o de tres.

La decoración de lazo, aparentemente tan caprichosa, está, pues, sujeta a las más estrictas normas. La continuidad de las cintas en la complicada red de lazos crea un ritmo indefinido, en el que, como en una composición musical, se ordenan, debidamente subordinados, los temas mayores y menores. Los polígonos o estrellas, contra lo que algunos supusieron, carecen de significado alguno concreto. A la importancia del mocárabe queda hecha referencia al tratar de capiteles, arcos y bóvedas. (fig. 1253)

(fig. 1253)

f.801-f.802 - —Yeserías con red de rombos de arcos y de hojas.—f.803.Hojas.

Tema decorativo también de primera categoría, sobre todo en las yeserías, es la red de rombos (f. 801) en que desembocan los arcos superpuestos de la maxura de la mezquita de Córdoba. Los decoradores granadinos, olvidados del origen de esa ornamentación reticular, sustituyen con frecuencia los arcos por hojas (f. 802), y además desarrollan el principio, empleado ya en la Giralda, de superponer dos redes, una de elementos más gruesos y otra de elementos más finos.

El ataurique, o motivos vegetales, adquieren en el período granadino caracteres propios y, sobre todo, se emplea con profusión hasta entonces ignorada en el arte hispanoárabe. El tema usado con mayor insistencia y uniformidad es la hoja alargada (f. 803 A), especie de vaina como la del haba o del algarrobo, con su cáliz o capullo y ligeramente arqueada o retorcida en su extremo, y el de las dos hojas de tipo análogo, pero de desigual longitud (C, D). La duplicación de ese tema da lugar al lirio (E). Esos temas que aparecen lisos o están decorados interiormente (F, G) tienen su origen en el follaje de tiempos del Califato, y adquieren esta fisonomía bajo los almohades. Recuérdese el intradós de la puerta de la mezquita de Sevilla.

Tema decorativo que goza también de gran favor es el epigráfico, que si ya sirvió para encuadrar el mihrab de la gran mezquita cordobesa, se utiliza ahora con profusión hasta entonces desconocida. Se emplea tanto la escritura cúfica como la cursiva, si bien ésta, por su mayor elasticidad, se adapta mejor para llenar los campos decorativos de formas más ingratas. Suelen incluirse en medallones rectangulares. Aunque con frecuencia se reducen a ensalzar el nombre de Alah, contienen a veces largas poesías o cortesanas alabanzas a los triunfos del monarca.

A estos elementos decorativos se agregan otros menos importantes, como los escudos de la dinastía, las veneras, etc.

Donde los maestros nazaríes hacen alarde de todo este repertorio decorativo es principalmente en las yeserías y en los zócalos de cerámica vidriada de los interiores. En las yeserías, que por lo común cubren toda la superficie dejada libre por el zócalo, la trama general es de lacería o una red de rombos formada por arcos u hojas, trama general cuyo fondo se llena de ataurique. Las partes altas del muro se decoran con mocárabes. Dispuestas en largas fajas rectangulares, las inscripciones encuadran los diversos paños. Una policromía de colores planos y simples en los que predominan el azul y el rojo realza la riqueza del conjunto.

El barro vidriado no adquiere pleno desarrollo en España hasta la época granadina, en la que se utiliza, sobre todo, para formar zócalos. La técnica más usada es la del alicatado o especie de mosaico en que cada elemento decorativo es una pieza independiente de barro vidriado, ver (fig 1248), (fig. 1249). Salvo excepciones, la decoración del alicatado es de lacería, llegándose a producir a veces, además de la traza formada por el dibujo puramente ideal de las cintas y piezas, otra más amplia, creada por los colores de las piezas mayores. Tal es el caso de algunos alicatados de la Alhambra —mirador de Daraja— y el Alcázar de Sevilla.

Aunque el azulejo o loseta rectangular o cuadrada de barro vidriado —azulejo, en realidad, sólo significa barro vidriado— con la parte correspondiente de la decoración general, se emplea en el arte nazarí, no se generaliza hasta más adelante en las escuelas mudéjares.


LA ALHAMBRA

.—El gran monumento de la arquitectura nazarí es el conjunto de construcciones del palacio de la Alhambra (fig. 1254), que corona una de las últimas estribaciones de Sierra Nevada. En la proa de ese monte, desde donde se domina la vega, y a cuyo pie corre el Darro, se levanta ya en el siglo IX una fortaleza que por el color rojo de sus muros recibe el nombre de Calat Alhamrá, o Castillo rojo. Para afianzarse en su poder, Mohamed I no sólo reconstruye esa fortaleza, que es la actual Alcazaba con la monumental torre de la Vela  en el mismo extremo de su recinto triangular, sino que continúa la muralla hasta cercar por completo la meseta del monte, y construye en el interior, junto a la Alcazaba, su palacio. El conjunto de la Alhambra incluye, pues, la fortaleza propiamente dicha o Alcazaba, en el extremo del recinto amurallado, y la Casa real o palacio.

La historia de la Alhambra está ligada al lugar geográfico donde se encuentra, Granada; sobre una colina rocosa de difícil acceso, en los márgenes del río Darro, protegida por las montañas y rodeada de bosque, entre los barrios más antiguos de la ciudad, la Alhambra se levanta como un castillo imponente de tonos rojizos en sus murallas que ocultan al exterior la belleza delicada de su interior.

Concebida como zona militar al principio, la Alhambra pasa a ser residencia real y de la corte de Granada, a mediados del s XIII, tras el establecimiento del reino nazarí y la construcción del primer palacio, por el rey fundador Mohammed ibn Yusuf ben Nasr, más conocido por Alhamar.

A lo largo de los s. XIII, XIV y XV, la fortaleza se convierte en una ciudadela de altas murallas y torres defensivas, que alberga dos zonas principales: la zona militar o Alcazaba, cuartel de la guardia real, y la medina o ciudad palatina, donde se encuentran los célebres Palacios Nazaríes y los restos de las casas de nobles y plebeyos que habitaron allí. El Palacio de Carlos V, (que se construye después de la toma de la ciudad en 1492 por los Reyes Católicos), también está en la medina.

El conjunto monumental cuenta también con un palacio independiente frente a la Alhambra, rodeado de huertas y jardines, que fue solaz de los reyes granadinos, el Generalife. (fig. 1254)

(fig. 1254)

La Alhambra

Partes interesantes en el conjunto monumental de la Alhambra son: el palacio de CarloV (fig. 1255); La Medina (fig. 1256) ; El Generalife (fig. 1257), y la Alcazaba (fig. 1258).

(fig. 1255)

Palacio de CarloV

(fig. 1256)

 La Medina

(fig. 1257)

El Generalife

(fig. 1258)

La Alcazaba

Son también interesantes  las puertas exteriores. Las más grandiosas son la de la Justicia (1348) (fig. 1259) de tiempos de Jusuf I, con paso quebrado en recodo, y la de Armas (fig. 1260) La del Vino (fig. 1261) se encuentra ya dentro del actual recinto. Entre las puertas de la ciudad recuérdese la de Bibarrambla (fig. 1262), desgraciadamente destruida.

(fig. 1259)

Puerta de la Justicia

(fig. 1260)

Puerta de las armas

(fig. 1261)

Puerta del Vino

(fig. 1262)

Puerta de Bibarrambla


GENERALIFE. OTROS MONUMENTOS

. — Además del gran palacio de la Alhambra, con sus palacetes anejos, existían, y aún existen, otros emplazados en diversos lugares. El más rico es el Generalife (fig. 1263) —Djemat-el-Arif, huerto elevado—, que, dominando también el cauce del Darro, corona el monte hermano del de la Alhambra. Labrado por Aben Walid Ismail en 1319, es, por lo tanto, anterior al Cuarto de Comares, y presenta dos cuerpos de edificación situados en los extremos de un gran patio, que tiene estrecha alberca en el centro, y largo pórtico corrido por el lado de la vega.

(fig. 1263)

El Generalife

Interesantes son, además, el Alcázar Genil (fig. 1264), de tiempos de Jusuf I (1333-1355), en la parte baja de la ciudad, y el de Daralhorra, en el interior del convento de Santa Isabel, que es ya del segundo cuarto del siglo XV.

(fig. 1264)

Alcázar Genil

En la Alcazaba de Málaga se conservan restos del palacio de época nazarí.

Aunque el capítulo principal del arte nazarí es el de su arquitectura doméstica, poseemos algún monumento de otra índole.

El más importante es la Alhóndiga (fig. 1265) de Granada, o Casa del Carbón, de gran portada monumental con arco de herradura, de trasdós lobulado, y rica decoración. Su patio de tres plantas, con galerías adinteladas sobre pilares, a que se abren las cámaras destinadas a la venta y a hospedería, es, en cambio, muy sencillo.

(fig. 1265)

La Alhóndiga de Granada, o Casa del Carbón

Más interesante aún era el Maristán, hospital, destruido el siglo pasado, y que tan alto habla del soberano que lo hizo edificar a mediados del XIV. Con gran alberca en el centro, su portada ofrecía en el dintel dos anchas inscripciones cúficas, encajada una en otra.

De la Mezquita de Granada sólo conocemos descripciones literarias, conservándose, en cambio, en las afueras de la ciudad una rábita o ermita (fig. 1266), hoy dedicada a San Sebastián. De planta cuadrada, se cubre con bóveda esquifada de dieciséis paños sobre trompas, y decorada con finos nervios de tradición almohade.

(fig. 1266)

Ermita de San Sebastián

Un estilo arquitectónico paralelo al granadino florece bajo los meriníes en el norte de África, que allí continúa evolucionando después de la caída del reino nazarí.


CERÁMICA, ARMAS Y TELAS

.—Arquitectura esencialmente decorativa, ya hemos visto el papel de primer orden que en ella juega la cerámica vidriada. Es natural que este florecimiento de la cerámica se refleje también en la vajilla. En cuanto a procedimientos técnicos, debe recordarse el empleo de la cuerda seca, conocida anteriormente, pero que ahora deja ejemplos tan importantes como el de las albanegas de la Puerta del Vino, de la Alhambra. La cuerda seca es una línea oscura de manganeso que, por fundirse a más alta temperatura que los otros óxidos metálicos con que se hacen los colores, sirve para separar a éstos, evitando que se mezclen. La cerámica de lujo es la vidriada de reflejo metálico, cuyo uso en España data de tiempos del Califato. Su florecimiento corresponde a esta época. El centro de fabricación es Málaga, que exporta sus productos a los más lejanos puertos musulmanes y cristianos, hasta el punto de convertirse el nombre de la ciudad —Málica— en sinónimo de este tipo de cerámica. De Málica deriva la palabra maiolica con que en Italia se designa la cerámica vidriada. A la loza dorada malagueña pone fin la valenciana de Manises, que se inicia en el XIV, y gracias a la ruina del reino granadino y al apogeo aragonés, termina conquistando sus mercados. En realidad, es su continuadora.

Piezas cumbres de la loza dorada malagueña son los jarrones de un metro y medio aproximadamente de altura y forma de ánfora de cuerpo apuntado, largo cuello y asas planas. Su tipo es bastante uniforme, y a veces agregan al dorado el color azul. El de la Alhambra (fig. 1267), además de la decoración de ataurique, lazo y epigráfica, presenta dos grandes jirafas afrontadas.

(fig. 1267)

Jarrón de la Alhambra

Entre los escasos ejemplares conservados recuérdense, a más del ya citado, los del Museo Arqueológico Nacional y del Instituto Valencia de Don Juan, de Madrid. Aunque no es vajilla, debe citarse entre las más bellas obras de la loza dorada malagueña el gran azulejo de Fortuny, de la colección últimamente mencionada.

Las telas granadinas, de colores muy vivos, se decoran con frecuencia, como los zócalos de la Alhambra, con lacerías, letreros, medallones, almenas, etc., distribuidos en fajas horizontales. Posee bellos ejemplos de ellas el Instituto Valencia de Don Juan, de Madrid.

De la orfebrería, que con tanta profusión usa la mujer nazarí, es muy poco lo conservado; pero, en cambio, existen unas cuantas espadas cuyas empuñaduras, de riqueza extraordinaria, son obras maestras de este arte. Se utilizan en su decoración los más variados materiales y técnicas. El oro y la plata alternan con el marfil y el hierro, y junto al damasquinado, o hilo de oro incrustado en hierro, vemos el nielado, o sulfuro de plata, también embutido en hierro; el esmalte opaco y el translúcido, el dorado a fuego, etc. La pieza más bella de la serie es la del Museo del Ejército (fig. 1268), que a su elevado valor artístico agrega el interés histórico de ser la que entrega Boabdil al ser hecho prisionero en la batalla de Lucena. Sólo poseemos unas diez espadas, y pertenecen al siglo XV.

(fig. 1268)

Espada de Boadil


ARQUITECTURA MUDÉJAR. EL ROMÁNICO DE LADRILLO

.—Se conoce con el nombre de mudéjar el arte hispanoárabe, casi siempre mezclado con formas cristianas, al servicio de los cristianos, desde que Amador de los Ríos propone esa denominación, hace cerca de un siglo, fundándose en que así se llama a los árabes sometidos a los cristianos. El nombre ha hecho fortuna, y hoy se acepta generalmente, aunque también se aplica el de morisco, por ser el que se da a los moros convertidos oficialmente en 1502.

Aunque, en realidad, el mozárabe no deja de ser un arte hermano del mudéjar, ya que en él las formas árabes introducidas en el Norte se funden con las cristianas, se considera que aquél comienza en el período románico y perdura hasta bien entrado el siglo XVi, sin perjuicio de que en algunos aspectos parciales, como el de las armaduras, continúe viviendo dos siglos, e incluso en algún país americano, hasta mediados del XIX.

El mudéjar, como hijo del hispanoárabe, es estilo esencialmente decorativo y amigo de crear obras deslumbrantes, por su riqueza aparente y por su color, pero sobre la base de materiales baratos, como el yeso, el ladrillo y el barro vidriado. Por eso, frente a la cantería del románico y del gótico, se distingue como arquitectura de albañilería, y frente a los sistemas abovedados de aquéllos, como de armadura.

El primer estilo cristiano que acoge formas árabes es el románico. Unas veces son simples temas decorativos, como los modillones de tipo cordobés, ver (fig. 813, 5, 6), que se infiltran incluso en monumentos románicos de allende los Pirineos. Otras, esa influencia adquiere mayores proporciones. A ella se debe el bello claustro de arcos entrelazados de San Juan de Duero, en Soria (fig. 1269), y una importante serie de bóvedas de nervios no cruzados- en el centro de traza cordobesa, como la de San Miguel de Almazán (fig. 1270), y en la de la capilla de Talavera, en la catedral de Salamanca (fig. 1271), etc.

(fig. 1269)

Claustro de arcos entrelazados de San Juan de Duero, en Soria

(fig. 1270)

Bóveda nervios no cruzados en el centro, de San Miguel de Almazán

(fig. 1271)

Bóveda Capilla de Talavera, en la catedral de Salamanca

El contacto del románico con el árabe crea un estilo perfectamente definido, que se ha denominado también románico de ladrillo, y al que pertenecen numerosos templos de ambas Castillas. Su núcleo más vigoroso radica en las provincias de León, Ávila y Segovia.

Los muros de estos edificios son muy gruesos y están formados por un esqueleto de arquerías ciegas de escasísima proyección, superpuestas en varias zonas, constituyendo, por tanto, una especie de muro compuesto. Como consecuencia de la naturaleza del material, la columna pierde toda su importancia, y son los resaltes planos los que suelen hacer sus veces. Los templos son de proporciones pesadas, y producen la impresión de gran solidez, a lo que contribuye poderosamente la gruesa torre que suele levantarse en su crucero, cubierta a cuatro aguas y a veces con columnillas en sus vanos. Sus interiores son abovedados, sobre pilares con resaltes de escaso relieve, y los ábsides semicirculares decorados exteriormente con varias filas de arquerías ciegas. La decoración se reduce a filas de ladrillos esquinados, que sólo muestran uno de sus ángulos.

Uno de los grupos más importantes de estas iglesias es el de Sahagún, al que pertenecen la de San Tirso (1184) (fig. 1272) y la de San Lorenzo (fig. 1273) ya de principios del siglo XIII. En Arévalo, la de la Lugareja se distingue por el extraordinario grosor de su torre, que más bien semeja cimborrio, y entre las segovianas, las más interesantes son las de Cuéllar.

(fig. 1272)

San Tirso de Sahagún

(fig. 1273)

San Lorenzo de Sahagún


ARQUITECTURA MUDÉJAR DE LOS SIGLOS XIV Y XV. LA DECORACIÓN. ARMADURAS

.—En las iglesias de ladrillo de Castilla la Vieja, antes citadas, la decoración árabe desempeña realmente un papel mínimo. Cuando esa decoración adquiere ya cierta importancia, es de tipo almohade; pero, salvo casos excepcionales —capilla de la Asunción, en las Huelgas de Burgos—, se reduce al exterior de las torres y a las portadas, como suele suceder en Toledo y Sevilla. El exorno interior se confía, en cambio, a las yeserías y alicatados granadinos.

La gran aportación del arte árabe a la arquitectura mudéjar, y la más perdurable, es la armadura de par y nudillo decorada con lacería, que parece iniciarse bajo los almohades y encontramos plenamente formada en el período granadino. Gracias al arte mudéjar continúa viviendo siglos de esplendor extraordinario, a través de los cuales conserva su vieja nomenclatura árabe, que el sevillano Diego López de Arenas emplea en su Carpintería de lo Blanco, publicada en 1620. Así, los pares se llaman alfardas (fig. 1274); el paño horizontal o harneruelo, formado por los nudillos, almizate, y la tablazón que decora el paso de la armadura hacia el muro, arrocabe.

(fig. 1274)

Armaduras mudéjares

Las principales novedades se refieren a que se duplican los tirantes, que descansan en canes, a los tirantes de ángulo y a la lima o bordón, pieza importante de la armadura que forma la esquina o arista de los paños o faldones contiguos donde apoyan las alfardas menores o péndolas. Si la lima, en lugar de encontrarse en el ángulo mismo, es doble, dejando en el centro la esquina, se llama lima mohamar; la faja comprendida entre ellas, en que se forma la esquina, es la calle de limas.

El artesón creado por el almizate y los faldones de las alfardas puede ser simplemente cuadrangular u ochavado. Cuando, para mayor riqueza de la cubierta, los faldones se quiebran en dos planos, el artesón se llama de cinco paños.

La decoración varía desde la armadura llana o de jaldetas, sin más temas que sus alfardas y nudillos, hasta aquellas otras cuya lacería lo cubre todo. Lo corriente, sin embargo, es que el lazo se concentre y adquiera su mayor desarrollo en el almizate y decore las partes superior e inferior de las alfardas y, a veces, la central.

Normalmente, las cintas, b mismo que las alfardas, destacan sobre el tablero que les sirve de fondo, produciendo los consiguientes huecos poligonales. Cuando esos huecos se encuentran cubiertos por tableros que enrasan con las cintas y alfardas, la armadura se denomina ataujerada. La decoración de la armadura se completa con racimos o senos de mocárabes en el almizate.

Naturalmente, además de la armadura de par y nudillo, existen techumbres de estructura más sencilla, como las simplemente adinteladas, pero que también pueden decorarse con gran riqueza, y entonces reciben la denominación de alfarjes.(fig. 1275)

(fig. 1275)

Alfarjes


MUDÉJAR TOLEDANO

.—Las tres grandes escuelas del arte mudéjar de este período radican en Toledo, Andalucía y Aragón.

El mudejarismo toledano, en su aspecto más puramente arquitectónico, se relaciona con la arquitectura en ladrillo de Castilla la Vieja ya comentada, si bien concede papel de primer orden a la mampostería. Los muros de mampostería, con esquinas y verdugadas de ladrillo, son típicamente toledanos. Una de las iglesias principales es la de Santiago del Arrabal, con rico paño de arcos lobulados enlazados al exterior y piñón de fachada escalonado. Pero el capítulo más abundante en bellos ejemplares es el de las torres, por lo general, con cubo de mampostería y campanario de ladrillo. Según el modelo almohade, tiene ancha faja de arquerías ciegas, a veces sobre columnillas de barro vidriado, y arcos de herradura apuntada o lobulados cortados por alargadísimos alfices. Buenos ejemplares son la torre de Santo Tomé (fig. 1276), de Toledo, y la de Illescas.

(fig. 1276)

Torre de Santo Tomé

Bella creación del mudéjar toledano del siglo XV es también la Puerta del Sol (fig. 1277), que daba paso a un camino de ronda entre la muralla y un adarve, hoy desaparecido. Abierta en alargadísimo cubo de mampostería terminado en semicírculo, se compone de un cuerpo central, de sillería en la parte inferior, con bellos arcos de herradura apuntada, y de ladrillo en la superior con arcos ciegos enlazados. El resto es de mampostería y ladrillo.

(fig. 1277)

Puerta del Sol. Toledo

Las decoraciones más ricas nos las ofrecen, como es natural, las yeserías interiores de las sinagogas y casas. La sinagoga más antigua es la de Santa María la Blanca (fig. 1278), de hacia 1200, es decir, de tiempos de Alfonso VIII, el gran protector de los judíos, y, tal vez, la construida por su embajador Ibrahim Alfajer.

(fig. 1278)

Sinagoga de Santa María la Blanca. Toledo

Importante templo de cinco naves formadas por arcos de herradura sobre pilares ochavados, se encuentra claramente inspirado en las mezquitas de tipo almorávide y almohade. Los pilares tienen capiteles muy ricos decorados con pinas, pero, sobre todo, en los discos de las enjutas y sobre los arcos encontramos las composiciones de lacería ya plenamente formada más antiguas de España. El primer disco de la (fig. 1279) tiene lazos de ocho, con otros de cuatro en los ángulos, y de dos en los centros de los lados, dispuestos, por tanto, en cuadrícula. En el segundo disco los lazos son de seis, y, en consecuencia, están ordenados en red triangular.

(fig. 1279)

Lazos de la Sinagoga de Santa María la Blanca. Toledo

Siglo y medio posterior es la sinagoga hecha construir por Samuel Leví (1357), el almojarife de Don Pedro el Cruel, y convertida por los Reyes Católicos en iglesia de Nuestra Señora del Tránsito (fig. 1280). Hermosa nave única de planta rectangular, tiene su testero y la parte alta de sus cuatro muros cubiertos de ricas yeserías.

(fig. 1280)

Sinagoga de Samuel Leví, o Iglesia de Virgen del Tránsito

Labradas éstas cuando el arte nazarí se encuentra en pleno apogeo, su estilo es el de la Alhambra. Las principales novedades respecto de éste consisten no sólo en sus grandes inscripciones en caracteres hebraicos, sino en que sobre el ataurique árabe aparecen tallos y grandes hojas interpretados en el estilo naturalista gótico (fig. 1281). Esta mezcla del gótico y del árabe es una de las características que distinguen a las yeserías mudéjares toledanas.

(fig. 1281)

Yeserías Sinagoga de Samuel Leví

Las de la sinagoga de Samuel Leví no son las únicas conservadas. Aún existen algunas casas, con amplios salones o tarbeas, con alcobas en los extremos, como los de la Alhambra, y como ellos, con amplias fajas de yeserías en la parte superior del muro y en el encuadramiento de las puertas. Los más importantes son los del llamado Taller del Moro, que pertenece a la familia Ayala, y los de la Casa de Mesa. Aunque sumamente restaurado después del incendio del siglo último, todavía en 1939 podía dar idea de su riqueza primitiva el Salón de Concilios del Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares, construido por el arzobispo Tenorio y ampliado en 1424.

Por desgracia destruidos, aunque poseemos de ellos reproducciones, eran también estancias lujosísimas, en cuya cubierta triunfaba el mudejarismo, el Salón del Solio (fig. 1282), del Alcázar de Segovia, y el de Linajes del Palacio del Infantado, de Guadalajara, ambos del siglo XV. La bóveda de mocárabes de este último sólo admitía comparación con las de la Alhambra misma.

(fig. 1282)

Salón del Solio del Alcázar de Segovia

A mitad de camino entre Toledo y Sevilla, el monasterio de Guadalupe, sujeto, por lo común, a la influencia de ambas ciudades, construye a fines del siglo XIV su gran claustro mudéjar de arcos de herradura, de claro abolengo almohade, con lujoso templete central para cobijar la fuente, firmado por fray Juan de Sevilla en 1405 (fig. 1283). Mucho más sencillos y con arcos peraltados y muy semejantes entre sí, son el claustro de San Isidoro del campo, en las cercanías de Sevilla, y el de la Rábida, en Huelva.

(fig. 1283)

Claustro y fuente del monasterio de Guadalupe


MUDÉJAR ANDALUZ. EL ALCÁZAR DE SEVILLA

.—La arquitectura morisca andaluza ofrece, como la toledana, dos capítulos: el de los templos y el de la casa.

El tipo de templo parroquial sevillano formado a raíz de la conquista es de formas muy sobrias, en las que se funde el gótico con el almohade. Es de tres naves sobre pilares con pequeños resaltos, arcos apuntados y armadura morisca del tipo descrito. Los ábsides y las portadas son, en cambio, góticos, manifestándose el mudejarismo en sus almenas de gradas, y a veces, en el doble listel, y en las fajas de arcos entrelazados de las fachadas. En los templos donde ese mudejarismo es más intenso, los arcos de las naves son de herradura apuntada, como sucede en las iglesias de Lebrija.

De las creaciones más bellas de la escuela son las bóvedas esquifadas sobre trompas y cubiertas de lacería. Ultima evolución de los viejos modelos califales, derivan de las almohades de nervios delgados y múltiples, que ahora se convierten en finas cintas de lacería, cuyas estrellas se enriquecen con pinturas y azulejos —bóvedas alboaires—. Estas bóvedas sólo suelen emplearse en capillas funerarias, cuyos mejores ejemplares son los de las iglesias de San Pablo y Santa Marina. De influencia sevillana deben de ser algunas capillas de este tipo conservadas en Castilla. El caso de Santa María de Lebrija, totalmente cubierta con bóvedas esquifadas octogonales, es excepcional (fig. 1284).

(fig. 1284)

Bóveda de Santa María de Lebrija

Las torres sevillanas, labradas de ladrillos, se inspiran también en los modelos almohades.

La influencia nazarí, que después de la conquista de Granada se mezcla ya con la renacentista, y se pone de moda en las grandes casas sevillanas, se remonta a mediados del siglo XIV en el Alcázar.

Aunque Alfonso XI realiza obras importantes en el viejo palacio almohade, de las que aún se conserva el gran salón cuadrado de Justicia, el actual Alcázar (fig. 1285) es el construido por su hijo Don Pedro, probablemente sobre el núcleo del almohade, valiéndose de los artífices enviados por su amigo el rey de Granada, y en alguna parte de artistas toledanos.

(fig. 1285)

Planta de los reales Alcázares de Sevilla

Su portada tiene rico alero, como el del Cuarto de Comares, de la Alhambra (fig. 1286), cornisa de mocárabe, y dos inscripciones encajada una en otra, según modelos granadinos. El resto de la portada lo decoran amplios paños de arcos superpuestos y cruzados sobre columnas, según modelos almohades.

La puerta misma se cubre con anchísimo dintel adovelado, cuya rica decoración vegetal es, en cambio, de tipo gótico.

(fig. 1286)

Puerta de la Montería del Alcázar de Sevilla

Un amplio vestíbulo da paso, en forma acodada al gran patio central o de las Doncellas (fig. 1287), que así queda aislado del exterior. Aunque las yeserías de sus arcos lobulados, también de estirpe almohade, se rehacen en tiempos del Emperador, y entonces se traen de Génova las columnas renacentistas que hoy vemos, este patio es el primitivo del palacio de Don Pedro, de cuyo tiempo son sus ricos alicatados, varios de los cuales son de ese tipo tan poco frecuente de la Sala de las Dos Hermanas, en los que el color crea una segunda traza de lazos de mayor escala.

 (fig. 1287)

Patio central o de las Doncellas

A los lados del patio se abren dos grandes salas interiores con sus correspondientes alcobas en los extremos, y por el testero desemboca en el gran salón cuadrado del trono, o salón de Embajadores (fig. 1288). Se cubre éste con hermosísima armadura (1427) semiesférica, totalmente cubierta de lacería, sobre trompas de mocárabes, obra del maestro Diego Ruiz, sin duda, una de las creaciones capitales de la carpintería mudéjar.

(fig. 1288)

Salón de Embajadores

Cierran el paso al patio dos hermosas puertas de madera (1366) de rica lacería labrada por artistas toledanos, mientras en los otros tres frentes se abren otros tantos arcos de herradura sobre columnas y capiteles califales, que permiten suponer el aprovechamiento de una obra más antigua. Por ellos se pasa a otros salones que circundan este central, uno de ellos decorado con yeserías de influencia toledana, con pavos reales (fig. 1289) y escenas caballerescas. Excesivamente restaurado en el siglo XIX, el patio llamado de las Muñecas tiene capiteles califales aprovechados.

(fig. 1289)

Puerta decorada con yeserías, con pavos reales

Anterior al Alcázar de Sevilla, y, al menos en parte, obra de artistas sevillanos, es el Palacio Real de Tordesillas (1340-1344), hecho construir por Alfonso XI y hoy convento de Clarisas (fig. 1290).

(fig. 1290)

Interior Palacio Real de Tordesillas


ARAGÓN

.—En Aragón el mudejarismo tiene vitalidad extraordinaria gracias a la densa población musulmana que continúa afincada en el valle del Ebro y de sus afluentes meridionales. El prestigio y la participación de los maestros de ese origen en monumentos de primera categoría es cosa bien sabida. Recuérdese, por ejemplo, el maestro Muza Abdomalic, autor de la Iglesia de San Pedro Mártir, de Calatayud, y de Santa María, de Maluenda. En el mudéjar aragonés la decoración geométrica de ladrillo y el azulejo invaden el exterior de los edificios religiosos en proporciones desconocidas en Castilla y Andalucía. Tal sucedía en la ya citada iglesia de San Pedro, de Calatayud, destruida en el siglo pasado, y en la que los temas moriscos se mezclan con las formas góticas. En la misma Zaragoza puede servir de ejemplo la parte de la cabecera de la Seo, que, comenzada en piedra y en estilo románico, se termina de ladrillo y azulejo en estilo morisco.

Pero lo más valioso del mudejarismo aragonés son sus torres de planta cuadrada u octogonal, o cuadrada en su parte inferior y octogonal en la superior. Contra lo que es corriente en Castilla y Andalucía, la decoración suele invadir el cubo. Uno de los ejemplares más antiguos es el de la catedral de Teruel (1259), edificada sobre una bóveda que permite el tránsito bajo ella. Su decoración, todavía bastante sencilla, adquiere pleno desarrollo en las de San Martín y el Salvador (fig. 1291), de la misma ciudad, donde se ordena ya en una serie de paños apaisados, de lazos y arcos superpuestos, todo ello sembrado de azulejos.

(fig. 1291)

Torre de San Martín y el Salvador. Teruel

Se consideran ya del siglo XIV, y, lo mismo que la anterior, son de planta cuadrada. El modelo más rico de torre de planta octogonal era la llamada Torre Nueva (fig. 1292) (1504), de Zaragoza, derribada en el siglo último, y de cuyos cinco maestros consta que tres son moros. Entre las conservadas de ese tipo deben recordarse las de San Pablo, de Zaragoza, y la de San Andrés, de Calatayud. Del tipo mixto aludido es la de Utebo.

(fig. 1292)

Torre Nueva de Zaragoza (fotografía de 1876)

El mudejarismo crea todavía en Aragón, en el siglo XVI, los tres importantes cimborrios de las catedrales de la Seo de Zaragoza (fig. 1293), de Teruel (fig. 1294) y de Tarazona (fig. 1295) con bóvedas de tradición califal.

(fig. 1293)

Cimborrio de la catedral de la Seo de Zaragoza

(fig. 1294)

Cimborrio de la catedral de Teruel

 (fig. 1295)

Cimborrio de la catedral de Tarazona


LOZA DE MANISES. CUEROS Y ALFOMBRAS

Lo mismo que la arquitectura, el estilo árabe persiste en las artes industriales, entre las que ocupa lugar preferente la cerámica. En Sevilla se fabrica cerámica arquitectónica análoga a la granadina, pero lo más valioso es la vajilla de la loza dorada de Manises, el lugar donde, como vimos, arraiga la obra de Málica o Málaga. Aunque, en realidad, se produce también en otras poblaciones cristianas, la que alcanza verdadero prestigio, haciendo que sus obras conquisten el mercado internacional, incluso el de Oriente, como cerámica de lujo, es la suya. Su época de máximo apogeo corresponde a la segunda mitad del siglo XV.

En la zona de Manises el color dorado, a medida que avanza el tiempo, se hace más rojizo, y el único color que sobre el fondo blanco alterna frecuentemente con él es el azul. Su decoración es de ataurique de hojas diversas, entre las que destacan las de carrasca y vid, y tallos muy finos, letreros árabes y cristianos, fondos de menudas espirales, etcétera. En el último tercio del XV es frecuente que se decore la vajilla, por influencia de la metálica, con gallones y cordones en relieve. Sobre ese fondo decorativo menudo suele trazarse en la parte del centro un motivo de gran tamaño, como las armas del propietario, una figura animal, letras, etc. La colección más rica de loza dorada de Manises es la del Instituto Valencia de Don Juan, de Madrid.

Industria artística que alcanza también gran esplendor bajo los árabes y continúan los mudéjares es la del cuero, que se mantiene floreciente hasta el siglo XVII. La decoración árabe sólo perdura, sin embargo, en algún tipo de obras como las encuadernaciones, donde se sigue empleando durante bastante tiempo la lacería. Con cueros repujados y grabados, estampados, dorados, pintados y enriquecidos por otros múltiples procedimientos técnicos, se recubren los más diversos objetos, se hacen tapetes y se revisten paredes. Aunque los cordobanes y guadamecíes de Córdoba son los más famosos, se labran también en otras ciudades.

Por último, deben recordarse las alfombras de nudo, así llamadas por el que se hace sobre el hilo de la urdimbre. Uno de sus centros de fabricación más activos es Alcaraz. Se distinguen principalmente dos tipos: el del Almirante, así llamado por presentar sus mejores ejemplares las armas del que lo fue de Castilla en el siglo XV, y el de Holbein, por reproducirlas el gran pintor alemán en varios de sus cuadros. El primer tipo presenta una decoración reticular de polígonos diversos con animales o temas geométricos en su interior, y el colorido es oscuro, mientras el segundo está distribuido en zonas subdivididas en cuadros con octógonos decorados con lazos y su colorido es más alegre. Son de la segunda mitad del XV y del siglo XVI.