EL SIGLO XVII
LOS CHURRIGUERA Y PEDRO DE
RIBERA
LOS ARQUITECTOS CORTESANOS
EXTRANJEROS DEL SIGLO XVIII: JUVARA, SACCHETTI, BONAVÍA Y CARLIER. VENTURA
RODRÍGUEZ
ANDALUCÍA: ACERO, LOS
FIGUEROA Y HURTADO IZQUIERDO
GALICIA: ANDRADE, CASAS NÓVOA,
SIMÓN RODRÍGUEZ Y SARELA. LEVANTE
MÉJICO: LORENZO RODRÍGUEZ Y
GUERRERO Y TORRES. PUEBLA
AMÉRICA CENTRAL Y MERIDIONAL
PORTUGAL Y BRASIL
EL SIGLO XVII
. —Aun siendo la riqueza decorativa una de las
características más acusadas de toda la arquitectura barroca, la escuela
española se distingue entre todas las contemporáneas precisamente por la
acentuación de esta riqueza ornamental, que no se limita, como en Italia y en
Francia, al interior, sino que cubre las fachadas con profusión y abundancia
desconocidas en aquellos países, llevando así a sus últimas consecuencias uno de
los aspectos más peculiares del estilo. En ninguna parte se llega a un
descoyuntamiento tan radical de las formas y conjuntos renacentistas como en las
portadas y retablos españoles. Pero, en cambio, ese dinamismo barroco que se
siente tan intensamente en lo decorativo, no llega en nuestros arquitectos a la
concepción general del templo. Las movidas plantas borrominescas no hacen
fortuna en la arquitectura española. Los ejemplos existentes de este tipo son
tardíos, excepcionales y, como veremos, debidos a razones especiales.
Distintivas también del barroco español son las notables diferencias que
distinguen a sus diversas escuelas, no solamente ultramarinas, sino
peninsulares, a pesar de sus acusadas características comunes.
En la arquitectura barroca española, y
particularmente en la castellana del primer tercio del siglo, la influencia de
Herrera es todavía profunda. La figura más representativa de este momento es
Juan Gómez de Mora (muerte 1648), cuya portada de la Encarnación (1611), de
Madrid (fig. 1827) es de sobriedad casi escurialense.
(fig. 1827)
Portada de la Encarnación
(1611), de Madrid

Pocos años después
construye la Clerecía (1617), de Salamanca, iglesia de jesuitas, en
que sigue el conocido modelo de Vignola, si bien las torres y partes altas son
ya del siglo XVIII. Gómez de Mora traza algunas de las principales
construcciones civiles de su tiempo, como la Plaza Mayor (1617) (fig.
1828), la fachada
meridional del destruido Alcázar, que sólo conocemos por reproducciones y el Ayuntamiento (1640), todo ello de tradición aún bastante herreriana,
aunque en este último el proyecto primitivo sufre después grandes alteraciones .
(fig. 1828)
Plaza Mayor (1617) de Madrid

Contemporáneos de Gómez de Mora son los hermanos
de la Compañía Francisco Bautista y Pedro Sánchez, autores de la hermosa iglesia
del antiguo Colegio Imperial, hoy catedral (1622) (fig. 1829), de tipo
jesuítico derivado del modelo de Vignola y que debe compararse con la Clerecía
de Salamanca. A Pedro Sánchez se atribuye la novedad de las cúpulas falsas
encamonadas madrileñas, con armazón de madera y tambor octogonal.
(fig. 1829)
Colegio Imperial

A esta misma etapa barroca corresponde la iglesia
de las Bernardas de Alcalá de Henares (1617), de planta
ovalada. Atribuida sin especial fundamento a Gómez de Mora, es posible que la
trazase su constructor, Sebastián de la Plaza. De planta también ovalada y muy
poco posterior es la iglesia de San Antonio de los Portugueses, debida al
ya citado Pedro Sánchez. Aunque edificio de distinta naturaleza, el Panteón de
El Escorial (1617) (fig. 1830), obra de Alonso Carbonell, decorada por el
italiano J. Bautista Crescenzi, se relaciona con los dos monumentos anteriores
por la forma de su planta, prácticamente circular, y por su fecha.
(fig. 1830)
Panteón de El Escorial

Al aproximarnos a mediados del siglo, la
arquitectura madrileña abandona la sobriedad decorativa anterior, y a esa nueva
fase que ahora se inicia corresponde la capilla de San Isidro, en San Andrés
(1642) (fig. 1831). La traza Pedro de la Torre, pero intervienen en su
obra varios de los principales arquitectos de la época. Tiene cúpula sobre
tambor octogonal, y su interior, era de la mayor
riqueza. Su entablamento exterior es ya plenamente barroco, habiéndose
transformado los triglifos en estrechos mutuos cubiertos de follaje.
(fig. 1831)
Capilla de San Isidro en la Iglesia de San Andrés

Además de los monumentos de carácter civil de
Gómez de Mora, ya citados, debe recordarse en primer lugar el Ayuntamiento de
Toledo (1612) (fig. 1832), obra de Jorge Manuel, el hijo del Greco, en cuya
fachada campean dos torres con chapiteles de tradición escurialense, como los
empleados por Gómez de Mora.
(fig. 1832)
Ayuntamiento de Toledo

La mayor empresa del segundo cuarto del siglo es el
Palacio del Buen Retiro (1631), construido por iniciativa del Conde-Duque de
Olivares y dirigido por Alonso Carbonell. Pero del amplísimo conjunto formado
por grandes patios con torres en los ángulos sólo se conserva el llamado Casón,
dedicado a representaciones teatrales, y una de las alas principales, el hoy
Museo del Ejército (fig. 1833). Flanqueado por dos torres con agudos chapiteles,
su larga sala central es el Salón de Reinos, que estuvo decorado con grandes
cuadros de batallas, entre ellos la Rendición de Breda, de Velázquez.
(fig. 1833)
Palacio del Buen Retiro

Pero el edificio que puede dar mejor idea de la
nobleza de proporciones y del aspecto de la arquitectura palaciega de tiempos de
Felipe IV es la Cárcel de Corte, actual Ministerio de Asuntos Exteriores (1629)
(fig. 1834), al parecer, obra también de Carbonell, y flanqueado por agudos
chapiteles escurialenses y gran escudo en el centro. Sus dos patios gemelos,
como los del Hospital de Afuera, de Toledo, aquí separados por amplia escalera,
ofrecen en la planta alta bellos efectos de perspectiva. A juzgar por los
monumentos anteriores, Carbonell es la segunda gran figura de la escuela
madrileña de la primera mitad del siglo.
(fig. 1834)
Ministerio de Asuntos Exteriores

La iglesia de las Carmelitas de Loeches
(1635), cuya fachada es muy semejante a la de la Encarnación, de Gómez de Mora,
lo presenta como un seguidor de éste.
El tratadista de este período es fray Lorenzo de
San Nicolás, autor del Arte y uso de Arquitectura, obra de que se hacen varias
ediciones. En el avance del barroco influye decisivamente el granadino Alonso
Cano (muerte 1667), que priva a las pilastras de capitel y, sobre todo, crea un
follaje carnoso y de grandes hojas que impera en la segunda mitad del siglo en
Castilla y Andalucía oriental, y una decoración de tableros superpuestos con
entrantes curvilíneos y angulosos, de intensos efectos de claroscuro. Su obra
más característica es la iglesia de la Magdolena, y la más conocida, la portada
de la catedral, una y otra de Granada (fig. 1835).
(fig. 1835)
Portada de la catedral de
Granada

Dos artistas que a comienzos del último tercio del
siglo hacen dar también pasos decisivos a la arquitectura madrileña en pro de un
mayor barroquismo son Herrera el Mozo (muerte 1685) y José Jiménez Donoso
(muerte 1690), ambos, pintores. Herrera interviene en la obra del Pilar, de
Zaragoza, de planta rectangular y con una torre en cada esquina, y
es, al parecer, quien introduce en Madrid el empleo de la columna salomónica. Su
destruido retablo de Montserrat (1674) es, por lo menos, uno de los más antiguos
en que los numerosos cuerpos horizontales renacentistas se reducen a banco,
cuerpo principal y remate, cuerpo principal que es recorrido por columnas
salomónicas de proporciones gigantescas, a ejemplo de la fachada del palacio
barroco italiano. A Donoso se debe la reconstrucción de la Casa de la Panadería
(1672), en el centro de la Plaza Mayor, uno de cuyos arcos decorativos termina
en roleos. La portada de la destruida iglesia de San Luis (1716) hoy en la del Carmen, aunque posterior a su muerte, es
probable que se labrase por traza suya. Tiene columnas de curiosa superficie
poliédrica y arco con roleos en los. salmeres.
LOS CHURRIGUERA Y PEDRO DE RIBERA
. —A fines del siglo XVI se inicia la última etapa
del barroco madrileño, que perdura hasta mediados del siguiente, y es la
denominada churrigueresca. Aunque es excesivo extender esta denominación a toda
la arquitectura española de esta época y posterior, parece seguro que la
influencia de los Churriguera se extiende a buena parte del país, y lo es, desde
luego, que existe un estilo churrigueresco estricto perfectamente definido.
Los Churriguera constituyen una familia que
comienza trabajando en la corte en el siglo XVII y que en la centuria siguiente
se traslada a Salamanca. Sus miembros principales son José Churriguera,
madrileño de nacimiento e hijo y nieto de ensambladores, y sus nietos Joaquín
(muerte 1724) y Alberto Churriguera (muerte 1740), cuya actividad se desarrolla
en Salamanca ya en pleno siglo XVIII.
Las únicas obras de fábrica seguras que poseemos
de José Churriguera son el palacio de Nuevo Baztán (1709), junto a Loeches, adornado con gruesos baquetones de escasa proyección y anchas fajas
resaltadas, y la actual Academia de San Fernando. Construida ésta para casa de
Goyeneche, aunque bastante sencilla, tenía por zócalo grandes
peñascos, como la fachada del Louvre, proyectada por Bernini. Tanto el zócalo
como el encuadramiento de los vanos se retallan bajo la influencia del
neoclasicismo al establecerse en ella la Academia. Capítulo importante de su
obra lo constituyen los retablos, pero tanto en el de San Esteban, de Salamanca
(1693), como en los restantes conocidos, se limita a emplear las columnas
salomónicas de proporciones gigantescas, según hiciera ya Herrera el Mozo veinte
años antes. El mismo catafalco funerario (1687) de la reina María Luisa tan celebrado por sus novedades barrocas, sólo ofrece la de
terminar los salmeres del arco en roleos o espirales.
Joaquín Churriguera dirige hasta su muerte las
obras de la cúpula de la catedral de Salamanca, pero su obra principal es el
Colegio de Calatrava (1717). Su hermano Alberto termina la portada de la
catedral de Valladolid (1729); es autor de la iglesia de San Sebastián (1731),
de Salamanca, y traza la bella Plaza Mayor (1729), en uno de cuyos frentes
levanta Andrés García de Quiñones el Ayuntamiento (1755).
Pedro de Ribera (muerte 1742) es el difundidor del
estilo churrigueresco, llevándolo a sus últimos extremos e imponiéndole un sello
personalísimo. Formado probablemente con José Churriguera, emplea con particular
preferencia dos temas que serán característicos de la escuela madrileña, el
estípite y el grueso baquetón de sección asimétrica, y, sobre todo, concibe las
portadas con movimiento y riqueza hasta entonces desconocidos en la arquitectura
europea. El soporte en forma de aguda pirámide invertida tiene su precedente en
el Hermes clásico, y el mismo Miguel Ángel lo emplea como tema decorativo
secundario.
Pero la transformación en pro de su forma barroca
se opera en el siglo XVII. En fecha al parecer bastante temprana de esa
centuria, y con características muy semejantes a las que presentará en España,
se encuentra en la iglesia de Bückeburg, en Alemania. Churriguera lo emplea en
algún dibujo, y, en pequeño tamaño, en el tabernáculo del retablo de San
Esteban. El estípite —del latín stipes, estaca, tronco—, según aparece en manos
de Ribera, tiene basa y capitel, como todo soporte clásico, pero su fuste consta
de un primer cuerpo en forma de pirámide invertida, de otro de proporciones
cúbicas y de un tercero pequeño y apiramidado en posición vertical. El estípite
barroco es frecuente en los retablos de todo el mundo hispánico, pero sólo lo
emplean sistemáticamente en las fachadas Ribera y sus discípulos y, como
veremos, alguna escuela mejicana. Al baquetón, que como encuadramiento de vanos adquiere ya gran desarrollo en el barroco anterior, le concede
Ribera importancia de primer orden, proyectándolo considerablemente para crear
sombras violentas y prolongándolo para que, como el alfiz de tiempos de los
Reyes Católicos, encuadre varios elementos de la fachada.
En la iglesia de Montserrat (1720), una de sus
primeras obras, nos muestra ya los estípites en el campanario, cuyo chapitel
bulboso es ejemplo característico de la evolución dieciochesca de los
rectilíneos modelos escurialenses. Pero donde el estilo de
Ribera alcanza su plena expresión es en las portadas de sus edificios civiles y,
sobre todo, en la del Hospicio (1722) (fig. 1836), su obra maestra. El violento
ímpetu ascendente, tan propio del barroco, eleva todo el conjunto, curvando la
cornisa del entablamento y rompiendo la de la fachada, cuyo trozo central, a
manera de penacho, sirve de remate a la portada. Caprichosas claraboyas horadan
las amplias enjutas, mientras ante las del segundo cuerpo dispone unos vasos con
típico sentido barroco del contraste.
(fig. 1836)
Portada del Hospicio de Madrid

Concebida la portada como un retablo, un
gran cortinaje la encuadra lateralmente. Por su planta de tipo central, por el
efecto de los chapiteles de las torres y del cimborrio, es muy interesante la
iglesia de Nuestra Señora del Puerto.
Sin el recargamiento extraordinario de la del
Hospicio, aún se conserva en Madrid toda una serie de portadas
debidas a Ribera y sus discípulos. En ellas el balcón suele aparecer ligado a la
puerta principal, y el conjunto se corona con el escudo familiar. Elemento
decorativo capital es el gran baquetón cada vez más prominente y quebrado en
complicadas formas mixtilíneas. Sirvan de ejemplo la casa de Miraflores y la del
marqués de Perales. A Pedro de Ribera se debe también el templete puente de Toledo (fig.
1837).
(fig. 1837)
Templete puente de Toledo en
Madrid (foto de 1905)

La iglesia de San José (1742) es obra
anónima que se construye en el estilo tradicional madrileño cuando ya comienzan
a imponer su estilo los arquitectos extranjeros de los Borbones.
Los TOMÉ. —Si Ribera representa el punto
culminante del barroquismo español peninsular en cuanto a decoración, quien
encarna de manera más exaltada entre nosotros el ansia de espacio del barroco es
el leonés Narciso Tomé, cabeza de la familia de arquitectos decoradores de ese
nombre. Es el autor del Transparente de la catedral de Toledo (1721) (fig.
1838),
que cantan sus admiradores contemporáneos como la octava maravilla. Su hermoso
retablo es de ricos mármoles y bronces, y está trazado en perspectiva para
fingir una profundidad que no existe. Para favorecer esa perspectiva con un
violentísimo efecto de luz, cala una de las bóvedas de la giróla y labra sobre
ella una enorme linterna, donde la parte superior del retablo se hace escultura
para terminar fundiéndose en una gloria de pintura. Sumido en la media sombra
del templo gótico, el efecto teatral y deslumbrante típicamente barroco del
Transparente señala una de las metas alcanzadas por el estilo.
(fig. 1838)
Transparente de la catedral de Toledo

A Tomé se debe
también el retablo mayor de la catedral de León, hoy en las Capuchinas de esta
población. En unión de sus hijos decora la fachada de la Universidad de
Valladolid, obra de Fray Pedro de la Visitación (1715).
LOS ARQUITECTOS CORTESANOS EXTRANJEROS DEL
SIGLO XVIII: JUVARA, SACCHETTI, BONAVÍA Y CARLIER. VENTURA RODRÍGUEZ
. —Paralelamente a la arquitectura barroca
nacional, que se mantiene pujante en casi toda la Península durante el siglo
XVIII, trabaja en la corte, al servicio de la nueva dinastía borbónica, un grupo
de arquitectos extranjeros, en su mayoría italianos, enemigos decididos de las
exuberancias decorativas españolas. Sus empresas principales son los nuevos
palacios reales, aunque también ejecutan algunos templos. No obstante su
parquedad decorativa y su respeto a los cánones clásicos, que los convierten en
los patrocinadores del neoclasicismo español, a ellos se deben las únicas
plantas verdaderamente barrocas de tipo borrominesco creadas en España.
El incendio de 1734, que destruye el viejo Alcázar
de los Austrias, obliga a levantar un nuevo palacio, y para construirlo se acude
a Juvara (muerte 1736), el arquitecto italiano que, como queda dicho más se ha
distinguido como constructor de palacios, y que con su moderación casi clásica
representa la antítesis del estilo de Pedro de Ribera. Pero muerto poco después,
sólo tiene tiempo de trazar un enorme edificio de planta cuadrada, de cerca de
medio kilómetro de lado, con numerosos patios y coronado por una balaustrada
rematada en estatuas. De proporciones muy apaisadas, al gusto francés, al morir
Juvara y encomendarse las obras a su discípulo Juan B. Sacchetti (muerte 1764),
el edificio gana en altura lo que pierde en superficie, con la consiguiente
multiplicación de las plantas. El palacio adquiere así proporciones italianas (figs.
1639). Se completa con cuatro cuerpos salientes a manera de torreones
en los ángulos y otros en los centros, y los múltiples patios de Juvara se
reducen a uno grande central. La ordenación de la fachada responde al
modelo del palacio Madama, de Turín, ya citado.
(fig.
1839)
Antiguo alcázar de los Austrias reconstruido en
Palacio Real de Madrid

Comenzado con anterioridad el de La Granja (1721), según las trazas del madrileño Teodoro Ardemans (muerte 1726), se
concede en él gran importancia al templo, que, como en El Escorial, se coloca en
el centro y se remata con chapiteles bulbosos desconocidos hasta entonces en
España. Su gran fachada, obra ya de Juvara, es de grandes pilastras y
columnas de orden gigantesco que arrancando de tierra recorren las dos plantas
del edificio. Frente a ella se extiende el gran jardín de estilo francés debido
a Renato Carlier, en cuyo trazado geométrico aparecen distribuidas numerosas
fuentes, abundantemente surtidas de agua por el estanque situado en la montaña
vecina.
El palacio de Aranjuez es, bajo Felipe
V y sus hijos, objeto de tan grandes ampliaciones, que puede considerarse obra
de esta época, aunque se procura ajustarse en cierto modo al estilo del
edificio, construido por Felipe II. Dirige las obras principalmente el italiano
Santiago Bonavía (1760), si bien las largas alas laterales (1775), ligeramente
oblicuas para fingir una mayor profundidad son obra de Sabatini, el arquitecto
de Carlos III. Pero Aranjuez no es sólo el Palacio, sino un pueblo construido
para su servicio, con una gran plaza con la capilla de San Antonio (fig.
1840) al
fondo, y un dilatadísimo parque, que tiene su origen en el siglo XVI, y donde se
levantan más tarde bellos palacetes de estilo neoclásico.
(fig. 1840)
Palacio de Aranjuez

La decoración y amueblamiento del gran palacio de
Madrid, que comienza hacia 1760, y de los restantes palacios reales, obliga a
crear varias industrias de lujo, que quedan, según norma corriente del
despotismo ilustrado, bajo el patronato real. Carlos III, al venir de Nápoles
(1759), traslada a Madrid su fábrica de porcelana de Portici y la establece en
los jardines del palacio del Buen Retiro, bajo la dirección del italiano Gricci.
Allí no sólo se labran jarrones y grupos decorativos, sino las placas y relieves
de temas chinescos con que se revisten las salas de porcelana de los
palacios de Madrid (1765) y Aranjuez (1760), ambas con rocalla. En La Granja se
instala la Fábrica de Vidrio (1734), donde se labran los innumerables espejos y
arañas necesarios para los palacios reales, y en el Buen Retiro de Madrid (1721)
la Fábrica de Tapices para las sedas y tapices. El salón Gasparini es
una de las piezas más bellamente decoradas de Palacio.
Estos arquitectos extranjeros no se limitan a
construir palacios. El gran innovador de la arquitectura religiosa es Bonavía,
quien en la iglesia pontificia de San Miguel (1739) (fig.
1841) deja ver
sus entusiasmos borrominescos en su fachada convexa, su capilla mayor de curva
indefinida, sus pilastras dispuestas oblicuamente, sus arcos fajones cruzados,
sus cúpulas ovaladas de sección en arco carpanel y sus caprichosas claraboyas treboladas. Análogo deseo de novedades y de movimiento inspira a su capilla de
San Antonio de Aranjuez.
(fig. 1841)
Iglesia pontificia de San Miguel. Madrid

En las Salesas Reales (1750) (fig.
1842), obra del francés
Francisco Carlier (muerte 1760), la fundación religiosa real más importante,
esos deseos de novedad y de movimiento borrominesco se atemperan notablemente. A
él se debe además la iglesia del Pardo.
(fig. 1842)
Salesas Reales

Ventura Rodríguez (muerte 1785), formado con los maestros de los palacios reales
y profesor de Arquitectura de la Academia de San Fernando, es el primer
arquitecto español que se adhiere al neoclasicismo, llegando a ser considerado
como el restaurador de la arquitectura española. Su formación, sin embargo, es
barroca, y a él se debe nuestro templo más típicamente borrominesco; por eso,
aunque suele ser incluido en el período neoclásico, dado el carácter barroco
italianizante de la mayor parte de su obra, es preferible estudiarlo en este
lugar.
La iglesia de San Marcos (1749), construida para
conmemorar la batalla de Almansa, y que no tiene más precedente entre nosotros
que la de San Justo y Pastor, describe en su planta una serie de no menos de
cinco elipses y un arco carpanel, con el consiguiente movimiento de muros y
pilastras (fig. 1843).
(fig. 1843)
Iglesia de San Marcos. Madrid

Análogo sentir barroco inspira las bóvedas
elipsoidales y las claraboyas treboladas de la capilla de la Virgen del Pilar
(1750), de Zaragoza. El clasicismo de Ventura Rodríguez se manifiesta, en
cambio, en el revestimiento con que reemplaza, en 1753, la decoración barroca
del interior del templo. Ese ideal neoclásico se intensifica en la
iglesia de los Filipinos, de Valladolid (1760), de planta circular, y
en la fachada de la catedral de Pamplona (1783) (fig. 1844).
(fig. 1844)
Fachada de la catedral de
Pamplona

Ventura Rodríguez proyecta además numerosos
monumentos que, por unas razones o por otras, no llega a ejecutar, pero de los
que conservamos los planos. De gran belleza y originalidad son los del Santuario
de Covadonga (1780), cuya construcción se suspende apenas comenzada. Los de San
Francisco el Grande, de Madrid, revelan el gran empeño puesto en esta obra, que
hubiera sido la suya más importante, pero que es encomendada al lego franciscano
Francisco Cabezas (muerte 1773), a quien se debe el templo circular existente,
cubierto por enorme bóveda de treinta y tres metros de diámetro. De sus obras
civiles, la más importante, aunque no íntegramente suya, es el palacio de Liria
(1770), donde se siguen las normas del palacio barroco italiano.
Buen ejemplo del mismo barroco clasicista,
cultivado por Ventura Rodríguez bajo el patrocinio de la Academia de San
Fernando, es la fachada de la catedral de Lugo, construida por Julián
Sánchez Bort (muerte 1784).
Además de los arquitectos extranjeros anteriores
establecidos en la corte, deben quedar citados aquí otros que dejan obras en
otras partes del país; en primer lugar, todavía dentro del siglo XVII, los
italianos Juan Bautista Contini y Carlos Fontana. Contini es el autor de la
torre de la Seo de Zaragoza (1683) (fig. 1845), coronada por chapitel de tipo
estrangulado, como, al parecer, no se emplea en Castilla hasta la centuria
siguiente.
(fig. 1845)
Torre de la Seo de Zaragoza

Fontana, da las trazas del Colegio de Loyola (1684),
cerca de Azpeitia, de planta circular. Al alemán Conrado Rodulfo se debe la
portada de la catedral de Valencia (1703), que en la convexidad de su
calle central delata una intensa influencia borrominesca que emplean los
arquitectos cortesanos sólo varias décadas más tarde.
ANDALUCÍA: ACERO, LOS FIGUEROA Y HURTADO
IZQUIERDO
. —En Andalucía se construye la última gran
catedral española. Centralizado en Cádiz el comercio de Indias, se hace
necesario reemplazar el viejo templo por otro a tono con la riqueza creciente de
la ciudad. Se comenzó en 1729, y el artista elegido es Vicente Acero, quien, al
trazarlo , conocedor de la tradición renacentista española,
elige por modelo la catedral de Granada, tomando de ella la capilla mayor
circular y, simplificándola, la organización de los pilares, aunque, como hijo
de su siglo, procura mover la fachada principal siguiendo las normas
borrominescas. Por desgracia, no llegan a ejecutarse las torres por él
concebidas, y la fachada sólo en parte responde a su traza (fig.
1846).
(fig. 1846)
Catedral de Cádiz

En Sevilla, el estilo barroco produce ya en el
siglo XVII obras de cierto interés. La iglesia del Sagrario (1618), de Miguel de Zumárraga, de hermosas proporciones, revela en su cubierta de
bóvedas váidas y en las tribunas sobre las capillas cómo su autor se inspira en
la iglesia renacentista del Hospital de Fernán Ruiz. Desde el punto
de vista decorativo, son jalones principales las yeserías de los interiores de
San Buenaventura y de Santa María la Blanca.
Pero cuando la escuela crea sus obras más
representativas es a fines de siglo. Los materiales preferidos son el ladrillo
en limpio, los paramentos enlucidos y avitolados y el policromo barro vidriado.
Leonardo de Figueroa es el autor de la iglesia de San Pablo (1691), donde el
movimiento ondulante de la columna salomónica alcanza al anillo de la cúpula
principal, y de la de San Luis (1699) de planta de cruz
griega. La cúpula de ésta, también con anillo ondulado, ofrece una de las más
bellas e importantes decoraciones pictóricas del tipo del P. Pozzo que poseemos
en España. Pero su obra más conocida es el Colegio de San Telmo
(1722) (fig. 1847), cuya gran portada de piedra es la creación más monumental de
la escuela.
(fig. 1847)
Colegio de San Telmo

Antonio Matías de Figueroa (muerte 1792), que gusta de incurvar las
molduras de las portadas con característico ritmo dieciochesco, crea en la
iglesia de Palma del Condado (1780) otra de las obras más típicas de la escuela;
su portada de ladrillo en limpio es de gran finura de ejecución, y su esbelta
torre encalada realza sus líneas con azulejos.
La arquitectura civil cuenta con la Fábrica de
Tabacos (1750), uno de los edificios dedicados a la industria más
amplios y bien pensados de esta centuria. Es obra del holandés Van der Beer, y
al presente está siendo transformada para adaptarla a Universidad. Mucho más
representativas del estilo dieciochesco de la escuela son, en cambio, las
numerosas casas conservadas en los grandes pueblos de la comarca. Entre las de
Ecija, la del marqués de Peñaflor se distingue por su balcón corrido, su gran
alero, su patio y sus caballerizas. La del conde de la Gomera, de Osuna, tiene cornisa rizada de cierto aire hispanoamericano y torreón
con mirador.
Personalidad de primera fila dentro de la
arquitectura barroca andaluza, aún no bien conocida, es Francisco Hurtado
Izquierdo (muerte 1725), maestro mayor de la catedral de Córdoba, pero que deja
sus principales obras en Granada. En ella traza el Sagrario (1705) de planta de cruz griega, con gran cúpula y muy sobria decoración, y, al
parecer, la sacristía de la Cartuja (1730-1742), donde, en cambio, la decoración
barroca posterior a su muerte crea una de sus obras maestras.
Flanqueada por especie de estípites, las molduras mixtilíneas recubren
íntegramente sus bóvedas y muros, con modelos siempre diversos. Completan la
riqueza decorativa del deslumbrante interior lujoso zócalo de mármol de Lanjarón
y cajoneras de maderas ricas, concha, marfil y plata primorosamente labradas por
fray José Manuel Vázquez. Obras anteriores y seguras de Hurtado son, en cambio,
el tabernáculo de mármol de la misma cartuja, cuyas bóvedas gallonadas de
intradós pendiente marcan una meta en el barroquismo de nuestra arquitectura, y
el Sagrario de la Cartuja del Paular.
Los otros dos maestros principales que trabajan en
el reino granadino son José Bada, que emplea estípites en el antiguo trascoro de
la catedral, traza la iglesia de San Juan de Dios y alguien piensa que la
Sacristía de la Cartuja, y Gaspar Cayón, que interviene en la rica portada de la
catedral de Guadix.
GALICIA: ANDRADE, CASAS NÓVOA, SIMÓN
RODRÍGUEZ Y SARELA. LEVANTE
. —Fundamentalmente dieciochesca, una de las
escuelas barrocas de mayor personalidad es la gallega, que, como la madrileña,
emplea con frecuencia el granito. Pueden distinguirse en ella dos etapas. Con
anterioridad a 1740, se caracteriza por el deseo de crear edificios de elegantes
proporciones, por sus soportes de tradición clásica y por su decoración
plenamente subordinada al conjunto arquitectónico. El fundador de la escuela es
el santiagués Domingo Antonio Andrade (muerte 1712), autor de un libro sobre
arquitectura y a quien se debe la Torre del Reloj de la catedral de Santiago. El cubo, recorrido por una serie de pilastras que hacen sus proporciones
más esbeltas, y el campanario, con sus linternas laterales y su bella
decoración, forman un conjunto elegante y rico, sin recargamiento.
Pero el gran
maestro de la arquitectura compostelana es Fernando Casas Nóvoa (muerte 1751),
formado en las enseñanzas de Andrade. A él se debe la espléndida fachada del
Obradoiro (1738) (fig. 1848), que se antepone al viejo templo románico, y que es,
probablemente, la creación más grandiosa del barroco peninsular, dotada de un
movimiento ascendente casi gótico. Perfil de fachada de gran catedral gótica es,
en efecto, el de sus cinco agudos piñones decrecientes, que, como otras tantas
flechas, lanzan nuestra mirada al cielo, y a ese mismo anhelo de altura responde
el movimiento de las columnas que, cual camino de luz y sombra, la recorren en
toda su altura. Tras la espléndida fachada, falsa como una decoración de teatro,
se levantan los ricos campanarios suspendidos en el aire por el ímpetu
ascendente de los cubos, mientras la monumental escalera sirve de magnífico
pedestal al maravilloso conjunto, preparándonos con sus líneas oblicuas par a
gozar de la teatral escenografía.
(fig. 1848)
Fachada del Obradoiro

A Casas se deben, además, el retablo mayor del
templo y la fachada de la iglesia de Villanueva de Lorenzana.
Los sucesores de Casas Nóvoa carecen de su talento
y de su sentido de la medida y de la elegancia. Deseosos de crear un estilo
nuevo, es a veces la extravagancia uno de sus rasgos más acusados. En quien más se acusa la tendencia es en Simón Rodríguez, quien, siguiendo la misma ruta anticlásica que Alonso Cano, se esfuerza en crear intensos efectos de
claroscuro, renunciando radicalmente a la decoración vegetal y se entregan en
brazos de sencillas pilastras, placas recortadas, óvalos y discos lisos, que
hacen pensar en una obra de marquetería gigantesca. En su fachada de Santa Clara, los elementos decorativos se simplifican de tal forma y adquieren
tales proporciones, que se diría concebida por un cubista. Aunque mucho menos
extremado, a esta misma tendencia pertenece Ferro Caaveiro, autor del
Ayuntamiento de Lugo (1736), y Fernández Sarela, cuya obra principal es el
Cabildo santiagués (1758). Pero esta segunda etapa de la
arquitectura barroca compostelana termina de una manera dramática cuando,
encargado Sarela de la obra de la puerta de la Azabachería de la catedral,
trazada por Ventura Rodríguez, al permitirse ciertas libertades barrocas en la
interpretación de los planos, es destituido fulminantemente por la Academia de
San Fernando, baluarte ya del neoclasicismo triunfante. A Sarela se debe,
además, la Puerta del Deán.
Al lado de estas grandes escuelas no faltan en
otras regiones arquitectos de valía mal conocidos o grupos de obras que revelan
la existencia de otras tantas escuelas menores. Este último es el caso, por
ejemplo, de una curiosa serie de iglesias y capillas aragonesas, cubiertas con
bóvedas revestidas por ricas yeserías, en las que el lazo morisco rectilíneo y
curvo es elemento decorativo predominante, delatándonos la supervivencia del mudejarismo, siempre tan vigoroso en Aragón. El monumento principal es la
iglesia de San Ildefonso, de Zaragoza, pero deben recordarse además las cúpulas
de la Seo, y de las Iglesias de Calatayud y Maluenda.
En Murcia trabajan el
anónimo autor de la portada con estípites de la Santa Cruz de Caravaca (1722);
Jaime Bort, a quien se debe la fachada de la catedral de Murcia (1737), sin duda una de las obras más monumentales de nuestra arquitectura , y el
italiano Baltasar Canestro, autor del bello Palacio Episcopal (1748) de la misma
ciudad.
En Valencia, J. B. Viñes levanta a fines del siglo XVII la esbelta torre
octogonal de Santa Catalina (1688), decorada con columnas salomónicas; pero la
obra de verdadero relieve, dentro de la arquitectura barroca española, es la
casa del marqués de Dos Aguas (1740) (fig. 1849), debida al pintor Rovira, quien,
como Churriguera en la Academia de San Fernando, labra unos grandes peñascos en
el zócalo.
(fig. 1849)
Casa del marqués de Dos
Aguas

En Mallorca, inspirándose el barroco en las viejas
casas góticas de patios con amplísimos arcos rebajados crea un nuevo tipo de
casa típicamente mallorquína, entre cuyos principales ejemplares figura el
Palacio Morell (1763), obra de Gaspar Palmer.
MÉJICO: LORENZO RODRÍGUEZ Y GUERRERO Y
TORRES. PUEBLA
. —El barroco español no se limita al ámbito
peninsular. España, hasta principios del siglo XIX, se extiende al otro lado del
Atlántico por casi toda América, y aún comprende en los confines de Asia las
Islas Filipinas. Pobladas estas dilatadas tierras en su mayor parte por mestizos
e indígenas que paulatinamente se han incorporado a la civilización europea,
esta enorme masa de sangre no española que se mezcla con la de los
conquistadores deja sentir ya en la época barroca, y en proporciones notables,
su presencia en la interpretación del nuevo estilo.
Aunque produce monumentos de primer orden durante
el siglo XVII, la arquitectura barroca mejicana es, sobre todo, dieciochesca.
Comienza a gustar del arco poligonal en el siglo XVII, y manifiesta en la
centuria siguiente un entusiasmo sin igual en ninguna otra arquitectura moderna
europea por los arcos y claraboyas mixtilíneas, cuyos precedentes más
inmediatos son los hispanoárabes y góticos de fines del siglo XV. En cuanto al
conjunto del templo, el rasgo más característico es el abundantísimo empleo de
la cúpula sobre tambor octogonal, con frecuencia con rica decoración de cerámica
vidriada en la bóveda. Las torres son de esbeltísimas proporciones.
Entre las varias escuelas que pueden distinguirse
en la antigua Nueva España, que, además del actual Méjico, comprende todo el
oeste de los Estados Unidos, la más importante es, probablemente, la de la
capital, cuyos monumentos suelen distinguirse por la sobria policromía de su
piedra clara de Chiluca y la volcánica oscura o rojiza del tezontle. Al primer
tercio del siglo pertenece el arquitecto Pedro de Arrieta (muerte 1738), maestro
formado todavía en el estilo seiscentista, autor de la basílica de Guadalupe, de
planta rectangular, como el Pilar de Zaragoza, con una torre octogonal en cada
ángulo. Los arcos de sus puertas son semioctogonales (fig.
1850).
(fig. 1850)
Basílica de Guadalupe

Introducido el estípite riberesco por Balbás en el retablo de la capilla de los Reyes (1718), al
emplearlo el granadino Lorenzo Rodríguez (muerte 1774) en las fachadas del
Sagrario (1749), lo hace arraigar en la Nueva España con más fuerza que en su
patria original. Sus riquísimas portadas, cubiertas de estípites, destacan sobre
el tezontle oscuro del muro, que, como consecuencia de un proceso típicamente
mejicano, más que soporte es ya un cerramiento, y puede así rematar en una
caprichosa moldura mixtilínea, en la que ha desaparecido todo recuerdo clásico.
A Lorenzo Rodríguez se atribuyen las dos fachadas de la Trinidad y San Martín de Tepozotlán, de no menor riqueza
que las del Sagrario. Arquitecto de estos mismos años y autor de otra hermosa
obra de la arquitectura hispanoamericana es Diego Duran. Su espléndida iglesia
del pueblecito minero de Tasco nos ofrece otra faceta del barroco mejicano
dieciochesco, casi tan rica como la de Rodríguez y de no menor personalidad.
Guerrero y Torres (muerte 1792), la última gran figura de la escuela, representa
dentro del estilo una cierta reacción. Al menos renuncia al monstruoso estípite
y, pese a sus trazas generales barrocas, reentroniza la columna en su hermosa
portada de la Enseñanza (1778), último eslabón de la brillante serie de las de
la ciudad. Aunque inspirándose en una planta romana, crea en la capilla del
Pocito (1777) una de las obras más típicas de la arquitectura mejicana. Emplea
en su fachada el arco mixtilíneo y la claraboya en el último momento de su
evolución, y cubre el edificio con una bella serie de bóvedas revestidas de
azulejo. La casa mejicana, que a lo largo del siglo ha venido definiendo cada
vez más sus caracteres propios, encuentra también en Guerrero uno de sus
principales creadores. A él se debe la del conde de San Mateo y la llamada de Iturbide. De autor desconocido es la Casa de Azulejos.
Puebla es sede de otra de las escuelas de mayor
personalidad de la Nueva España. Durante el siglo XVII da vida a varios talleres
de yeseros que crearon decoraciones interiores tan ricas como la de Santo
Domingo de Oaxaca, y tan originales, ya en fines del siglo, como la de la
capilla del Rosario, de Santo Domingo de Puebla (1690). En la centuria siguiente
los interiores de los templos poblanos llegan a extremos de recargamiento no
superados. Pero los decoradores poblanos no se contentan con esas policromías
interiores, sino que recubren las fachadas de sus casas y templos con ladrillos
rojizos puestos de plano alternando con azulejo. Más tarde, esos pequeños
azulejos u holambrillas se convierten en amplios tableros con escenas, todo ello
fabricado en la misma Puebla, la patria americana de la cerámica vidriada.
Típicas creaciones de la escuela poblana son el Santurio de Ocotlán, donde, sin embargo, el azulejo no se emplea; San Francisco y Guadalupe, de
Puebla, decorada con grandes tableros de azulejo, y San Francisco Acatepec, de
Cholula, en la que el azulejo cubre totalmente la portada, revistiendo incluso
columnas y estípites. En las casas, a la policroma decoración del tipo citado se
agregan los tejaroces, que desempeñan papel de primer orden en el conjunto.
Las grandes fachadas con estípites no se limitan a
las de la capital. El estilo de Lorenzo Rodríguez se extiende tan rápidamente
por la región de Guanajuato y se construyen en sus principales poblaciones
tantas y de tales proporciones, que no ceden en riqueza a las de la capital y
comarca. Las fabulosas riquezas hechas rápidamente en las minas no tardan en
reflejarse en monumentos como los de Guanajuato y de las bocaminas de sus
alrededores. Incluso en pequeños pueblos agrícolas como Dolores se labran
lujosísimas fachadas cuajadas de estípites.
En realidad, casi todas las grandes poblaciones de
la Nueva España son sede de una escuela barroca con caracteres propios. Salvo la
de Michoacán, que se distingue por su sobriedad y dota a su catedral de dos
majestuosísimas torres, todas tienen por denominador común la riqueza. Fachada
de primer orden, no superada en riqueza decorativa por ninguna otra, es la de la
catedral de la famosa ciudad minera de Zacatecas, donde el estilo del follaje es
de clara inspiración indígena. En Potosí, la obra maestra de la escuela es el
Carmen (1749), e igualmente ricas son las catedrales de Saltillo, Chihuahua,
etc. Querétaro alcanza una de las metas del barroco mejicano por el capricho de
sus arcos mixtilíneos. En Oaxaca, los terremotos hacen que los edificios pierdan
la elegancia típica del barroco de Nueva España.
Aunque de rango artístico más modesto, las
misiones franciscanas establecidas al norte de la actual frontera mejicana dejan
dos interesantes series de monumentos. En Nuevo Méjico, en el siglo XVII,
emplean un tipo de iglesia de gruesas paredes, generalmente de tapial o adobe,
dispuestas en talud y cubiertas por rollizos con los extremos salientes por las
fachadas laterales.
Las misiones de California, fundadas por los PP.
Junípero Serra y Lasuén, que se escalonan desde San Diego (1769), al Sur, hasta
la actual San Francisco, son construcciones mucho más amplias, que, además del
templo, eco muy apagado de los mejicanos coetáneos, tienen un gran patio, con
salones para graneros, almacenes, carpintería, herrería, en suma, todas las
dependencias necesarias para la educación de la población indígena y la
explotación agrícola, cuyo centro es la Misión.
AMÉRICA CENTRAL Y MERIDIONAL
. —En América central —la vieja Capitanía General
de Guatemala—, la ciudad que crea el estilo es la Antigua Guatemala, o
simplemente Antigua. Muy influido por el de la Nueva España, los intensísimos y
frecuentes terremotos que arruinan la ciudad en repetidas ocasiones hacen que el
esbelto canon mejicano desaparezca y las torres apenas superen la altura de la
fachada. Los edificios son achaparrados y sus muros gruesísimos. Después de la
fachada de la catedral, de sobriedad casi herreriana, el barroco seiscentista
cubre ya de rica decoración la iglesia de la Merced. En el siglo XVIII, el
estípite, que adopta formas propias en Guatemala, es el tema constante de las
portadas. Monumentos representativos son Santa Rosa y San José, de Antigua, y
los principales maestros, Porres, probable autor del Santuario de Equipulas, con
una torre en cada ángulo y gran cúpula central, y José M. Ramírez, que lo es de
la Universidad de Antigua.
En Cuba, la nota más destacada de su arquitectura
barroca es el arraigo del mudejarismo, que da lugar a un tipo de iglesia, al
parecer de influencia canaria, con artesón en que se multiplican los canes
decorativos. Se prefieren los artesones pequeños y múltiples a las armaduras muy
prolongadas, como puede observarse en las iglesias de Guanabacoa. Hacia 1770, la
construcción de los Palacios de Gobierno, hoy Ayuntamiento, y de Correos, hoy
Tribunal Supremo, introduce un estilo, tal vez de ascendencia gaditana, de
movidas molduras, pero sin decoración vegetal. La fachada más barroca es la de
los jesuitas, hoy catedral, cuyo interior se cubre de bóveda de crucería de
madera, por desgracia destruida recientemente. En estos años se forma la casa
barroca cubana de patio, entresuelo, portadas de encuadramiento mixtilíneo,
grandes balcones de madera y ricas armaduras moriscas.
En Colombia y Venezuela, los arquitectos de los
siglos XVII y XVIII siguen aferrados a las armaduras moriscas. En la primera son
característicos los interiores decorados con grandes temas florales, como las
iglesias de Tunja y de Santa Clara, de Bogotá. Tal vez lo más típico del barroco
venezolano sean sus casas de una planta con ricos arcos mixtilíneos de menuda
traza y columnas bulbosas.
En el Ecuador, donde el mudejarismo tan hermosas
armaduras produce durante el siglo XVI, se cubren la bóveda y los muros de la
Compañía con ornamentación geométrica de lazo. La fachada es de columnas
salomónicas de tipo berninesco. De mayor trascendencia es el alternar de arcos
de dos tamaños del claustro de San Agustín, primer paso de la evolución que se
continúa en el Perú.
En este país, como tierra más castigada por los
terremotos que Méjico, los edificios barrocos carecen de las elegantes
proporciones de los de allí, y las torres, por lo común, son de más escasa
altura. En cuanto a las características generales del estilo, mientras el de
Nueva España adquiere sus formas barrocas definitivas en el siglo XVIII, aquí
conserva, incluso en esta centuria, un cierto aire seiscentista. La portada de
la catedral de Lima, obra de Martínez Arrona y de P. Noguera, inspirada en
retablos sevillanos de principios del XVII, ejerce influencia decisiva, y la
columna salomónica se emplea en otras posteriores con insistencia tal, que llega
a convertirse en una de las características del barroco peruano.
En el amplio virreinato peruano se forman varias
escuelas, y como es lógico, la limeña es la creadora del estilo más difundido.
La fachada de San Francisco (1624) ofrece ya los elementos que después serán más
constantes: el paramento almohadillado de gran tamaño, el frontón roto de brazos
enhiestos muy poco curvos y la gran claraboya ovalada. En el siglo XVIII, en la
Merced, a esos elementos se agregan la columna salomónica y la hornacina; en San
Agustín todas esas características se intensifican, y la
columna salomónica y la claraboya adquieren extraordinario énfasis. Por otra
parte, en los conventos limeños, y en los peruanos en general, contra lo que
sucede en Méjico, se concede particular atención a los claustros. En ellos se
sacan las consecuencias del esquema de arcos alternados de dos tamaños de San
Agustín, de Quito. En el de San Francisco, los arcos menores se macizan para
abrir después en ellos grandes claraboyas ovaladas, y todo el paramento es
almohadillado. La arquitectura barroca limeña, siguiendo modelos medievales
peninsulares, crea un bello tipo de fachada en que los volados balcones
cubiertos de celosías de maderas duras son el elemento más rico y
característico. La Casa de Torre Tagle (fig. 1851), hoy Ministerio de Asuntos
Exteriores, sin duda el ejemplar más lujoso de casa limeña, tiene, además, un
bello patio, donde el sistema de arcos alternados de diversos tamaños, propio de
los claustros conventuales, alcanza en su trazado mixtilíneo y en sus contracurvas la última etapa de su evolución.
(fig. 1851)
Casa de Torre Tagle

En el Cuzco, como consecuencia del terremoto de
1650, se forma una escuela que labra numerosas portadas como la de la catedral y
de la Compañía y templos como el de San Sebastián, y extiende su influencia a la
región del lago Titicaca o del Collao: iglesias de Ayaviri y Tampa. En el siglo
XVIII la prosperidad de esta última comarca da vida a una escuela propia, cuyo
rasgo más acusado es su riquísima decoración de mano indígena labrada a bisel.
Sirvan de ejemplo las iglesias de Pomata y Juli. También se distingue por su
rica decoración plana de labor indígena la escuela de Arequipa, la ciudad del
Sur, situada en la ruta del mar a las tierras del Collao. Se crea a fines del
siglo XVII, fecha a que corresponde la fachada de la Compañía, pero sus
monumentos más numerosos son ya de la centuria siguiente, entre los que figura
la iglesia de Yanahuara (fig. 1852).
(fig. 1852)
Iglesia de Yanahuara

En Bolivia, la decoración arquitectónica es de
tipo análogo a la del Collao, siendo una de las obras principales la portada de
San Lorenzo de Potosí (fig. 1853). Por la originalidad de la organización de su
patio debe recordarse, además, la Casa de Diez de Medina.
(fig. 1853)
San Lorenzo de Potosí

En la Argentina, la arquitectura barroca
dieciochesca se encuentra principalmente en manos de los jesuitas italianos
Primoli y Bianchi, cuyo nombre es españolizado en Blanqui. Debido a ello, aunque
la catedral de Córdoba con su cúpula flanqueada por cuatro torrecillas, como las
románicas leonesas, es de acusado acento español, los monumentos de primera
mitad del siglo en que ellos intervienen son da un barroco muy comedido. A
Blanqui sé deben, entre otros, los templos de San Francisco y la Merced, de
Buenos Aires. Obras también interesantes de este período barroco son las Casas
del Cabildo, de Buenos Aires y otras poblaciones.
PORTUGAL Y BRASIL
. —El barroquismo portugués se hace ya sensible en
San Benito, de Oporto, obra de Diego Marqués. Pero, lo mismo que en España, la
decoración no tarda en invadirlo todo, llegando a su plenitud en el siglo XVIII.
Aunque no faltan monumentos importantes en todo el país, la región más rica es
la septentrional, y en particular la ciudad de Oporto, donde en esta época se
decoran con la mayor riqueza edificios medievales como San Francisco y Santa
Clara. Su principal arquitecto es el italiano Nicolás Nasoni, autor de la
iglesia de los Clérigos (1732), bastante cargada de decoración y, sobre todo,
con esbeltísima torre (1748) (fig. 1854), que, al decir de los escritores
portugueses, es para la ciudad lo que la Giralda para Sevilla.
(fig. 1854)
Iglesia de los Clérigos

Entre las
numerosas casas portuguesas del siglo XVIII es de las más bellas, y de líneas
más movidas, la de San Lázaro, o del Mejicano, de Braga.
La arquitectura portuguesa, como la española,
tiene también un capítulo cortesano menos nacional debido a las fabulosas
riquezas que, llegadas del Brasil y de Oriente, convierten a Juan V (1706-1750)
en el monarca más rico y ostentoso de la Europa de su tiempo. Como Felipe II
hiciera en El Escorial, se hace construir en Mafra un enorme edificio que es al
mismo tiempo palacio y monasterio (fig. 1855). El monarca prefiere a los planos
de Juvara los del bávaro Ludwig, y el inmenso edificio, de proporciones
cuadradas, tiene, como el de El Escorial, la iglesia en el centro, aunque en
primer plano, y las múltiples dependencias ordenadas en torno a tres grandes
patios.
(fig. 1855)
Palacio de Mafra

Discípulo de Ludwig es el portugués Matheus Vicente, autor de la
Basílica de la Estrella de Lisboa, construida por orden de la reina,
en la que es muy sensible la influencia de la iglesia de Mafra.
En Brasil no faltan los monumentos de los dos
primeros siglos, algunos de líneas tan clásicas como los claustros de San
Francisco de Olinda y de San Francisco, de Bahía, pero el apogeo de su
arquitectura barroca, lo mismo que en Portugal, corresponde al siglo XVIII. En
la región de la costa la ciudad de Bahía levanta, entre otras muchas, las
iglesias del Pilar y del Rosario, y decora con riqueza el convento de San
Francisco ya citado, conociéndose gran importancia al azulejo. En Recife, San
Pedro es obra de Manuel Ferreira, y en Belem trabaja el italiano Landi, autor de
la catedral, del palacio de los gobernadores y de otros varios edificios
importantes. Río de Janeiro no tiene verdadera importancia arquitectónica hasta
la segunda mitad del siglo XVIII, lo que, unido a su capitalidad, hace que se
distinga por su estilo metropolitano. Recuérdense las iglesias del Carmen y de
San Francisco de Paula. El descubrimiento de oro y de diamantes en la región de
Minas Geraes da lugar a la construcción de una serie de templos en los que
termina creándose un estilo característico de la región. Se distingue por el
movimiento borrominesco de sus plantas, de curvas y contracurvas. Se da a este
estilo, al parecer no con toda propiedad, el nombre de Aleijadinho —en
castellano lisiadito—, por el apodo del escultor Antonio Francisco Lisboa
(muerte 1814), que interviene en uno de estos templos. La ciudad más rica en
monumentos de esta escuela es Ouro-Preto y el santuario de ese nombre (fig.
1856), debiendo
recordarse también Congonhas do Campo, cuyo templo del Buen Jesús es el
verdadero santuario de toda esta comarca minera.
(fig. 1856)
Santuario de Ouro
Preto
