HISTORIA DEL ARTE

CAPÍTULO XXXII

ARQUITECTURA BARROCA ESPAÑOLA

Apunte contexto histórico

ÍNDICE

EL SIGLO XVII

LOS CHURRIGUERA Y PEDRO DE RIBERA

LOS ARQUITECTOS CORTESANOS EXTRANJEROS DEL SIGLO XVIII: JUVARA, SACCHETTI, BONAVÍA Y CARLIER. VENTURA RODRÍGUEZ

ANDALUCÍA: ACERO, LOS FIGUEROA Y HURTADO IZQUIERDO

GALICIA: ANDRADE, CASAS NÓVOA, SIMÓN RODRÍGUEZ Y SARELA. LEVANTE

MÉJICO: LORENZO RODRÍGUEZ Y GUERRERO Y TORRES. PUEBLA

AMÉRICA CENTRAL Y MERIDIONAL

PORTUGAL Y BRASIL

 


EL SIGLO XVII

. —Aun siendo la riqueza decorativa una de las características más acusadas de toda la arquitectura barroca, la escuela española se distingue entre todas las contemporáneas precisamente por la acentuación de esta riqueza ornamental, que no se limita, como en Italia y en Francia, al interior, sino que cubre las fachadas con profusión y abundancia desconocidas en aquellos países, llevando así a sus últimas consecuencias uno de los aspectos más peculiares del estilo. En ninguna parte se llega a un descoyuntamiento tan radical de las formas y conjuntos renacentistas como en las portadas y retablos españoles. Pero, en cambio, ese dinamismo barroco que se siente tan intensamente en lo decorativo, no llega en nuestros arquitectos a la concepción general del templo. Las movidas plantas borrominescas no hacen fortuna en la arquitectura española. Los ejemplos existentes de este tipo son tardíos, excepcionales y, como veremos, debidos a razones especiales. Distintivas también del barroco español son las notables diferencias que distinguen a sus diversas escuelas, no solamente ultramarinas, sino peninsulares, a pesar de sus acusadas características comunes.

En la arquitectura barroca española, y particularmente en la castellana del primer tercio del siglo, la influencia de Herrera es todavía profunda. La figura más representativa de este momento es Juan Gómez de Mora (muerte 1648), cuya portada de la Encarnación (1611), de Madrid (fig. 1827) es de sobriedad casi escurialense.

(fig. 1827)

Portada de la Encarnación (1611), de Madrid

Pocos años después construye la Clerecía (1617), de Salamanca, iglesia de jesuitas, en que sigue el conocido modelo de Vignola, si bien las torres y partes altas son ya del siglo XVIII. Gómez de Mora traza algunas de las principales construcciones civiles de su tiempo, como la Plaza Mayor (1617) (fig. 1828), la fachada meridional del destruido Alcázar, que sólo conocemos por reproducciones y el Ayuntamiento (1640), todo ello de tradición aún bastante herreriana, aunque en este último el proyecto primitivo sufre después grandes alteraciones .

(fig. 1828)

Plaza Mayor (1617) de Madrid

Contemporáneos de Gómez de Mora son los hermanos de la Compañía Francisco Bautista y Pedro Sánchez, autores de la hermosa iglesia del antiguo Colegio Imperial, hoy catedral (1622) (fig. 1829), de tipo jesuítico derivado del modelo de Vignola y que debe compararse con la Clerecía de Salamanca. A Pedro Sánchez se atribuye la novedad de las cúpulas falsas encamonadas madrileñas, con armazón de madera y tambor octogonal.

(fig. 1829)

Colegio Imperial

A esta misma etapa barroca corresponde la iglesia de las Bernardas de Alcalá de Henares (1617), de planta ovalada. Atribuida sin especial fundamento a Gómez de Mora, es posible que la trazase su constructor, Sebastián de la Plaza. De planta también ovalada y muy poco posterior es la iglesia de San Antonio de los Portugueses, debida al ya citado Pedro Sánchez. Aunque edificio de distinta naturaleza, el Panteón de El Escorial (1617) (fig. 1830), obra de Alonso Carbonell, decorada por el italiano J. Bautista Crescenzi, se relaciona con los dos monumentos anteriores por la forma de su planta, prácticamente circular, y por su fecha.

(fig. 1830)

Panteón de El Escorial

Al aproximarnos a mediados del siglo, la arquitectura madrileña abandona la sobriedad decorativa anterior, y a esa nueva fase que ahora se inicia corresponde la capilla de San Isidro, en San Andrés (1642) (fig. 1831). La traza Pedro de la Torre, pero intervienen en su obra varios de los principales arquitectos de la época. Tiene cúpula sobre tambor octogonal, y su interior, era de la mayor riqueza. Su entablamento exterior es ya plenamente barroco, habiéndose transformado los triglifos en estrechos mutuos cubiertos de follaje.

(fig. 1831)

Capilla de San Isidro en la Iglesia de San Andrés

Además de los monumentos de carácter civil de Gómez de Mora, ya citados, debe recordarse en primer lugar el Ayuntamiento de Toledo (1612) (fig. 1832), obra de Jorge Manuel, el hijo del Greco, en cuya fachada campean dos torres con chapiteles de tradición escurialense, como los empleados por Gómez de Mora.

 (fig. 1832)

Ayuntamiento de Toledo

La mayor empresa del segundo cuarto del siglo es el Palacio del Buen Retiro (1631), construido por iniciativa del Conde-Duque de Olivares y dirigido por Alonso Carbonell. Pero del amplísimo conjunto formado por grandes patios con torres en los ángulos sólo se conserva el llamado Casón, dedicado a representaciones teatrales, y una de las alas principales, el hoy Museo del Ejército (fig. 1833). Flanqueado por dos torres con agudos chapiteles, su larga sala central es el Salón de Reinos, que estuvo decorado con grandes cuadros de batallas, entre ellos la Rendición de Breda, de Velázquez.

(fig. 1833)

Palacio del Buen Retiro

Pero el edificio que puede dar mejor idea de la nobleza de proporciones y del aspecto de la arquitectura palaciega de tiempos de Felipe IV es la Cárcel de Corte, actual Ministerio de Asuntos Exteriores (1629) (fig. 1834), al parecer, obra también de Carbonell, y flanqueado por agudos chapiteles escurialenses y gran escudo en el centro. Sus dos patios gemelos, como los del Hospital de Afuera, de Toledo, aquí separados por amplia escalera, ofrecen en la planta alta bellos efectos de perspectiva. A juzgar por los monumentos anteriores, Carbonell es la segunda gran figura de la escuela madrileña de la primera mitad del siglo.

(fig. 1834)

Ministerio de Asuntos Exteriores

La iglesia de las Carmelitas de Loeches (1635), cuya fachada es muy semejante a la de la Encarnación, de Gómez de Mora, lo presenta como un seguidor de éste.

El tratadista de este período es fray Lorenzo de San Nicolás, autor del Arte y uso de Arquitectura, obra de que se hacen varias ediciones. En el avance del barroco influye decisivamente el granadino Alonso Cano (muerte 1667), que priva a las pilastras de capitel y, sobre todo, crea un follaje carnoso y de grandes hojas que impera en la segunda mitad del siglo en Castilla y Andalucía oriental, y una decoración de tableros superpuestos con entrantes curvilíneos y angulosos, de intensos efectos de claroscuro. Su obra más característica es la iglesia de la Magdolena, y la más conocida, la portada de la catedral, una y otra de Granada (fig. 1835).

(fig. 1835)

Portada de la catedral de Granada

Dos artistas que a comienzos del último tercio del siglo hacen dar también pasos decisivos a la arquitectura madrileña en pro de un mayor barroquismo son Herrera el Mozo (muerte 1685) y José Jiménez Donoso (muerte 1690), ambos, pintores. Herrera interviene en la obra del Pilar, de Zaragoza, de planta rectangular y con una torre en cada esquina, y es, al parecer, quien introduce en Madrid el empleo de la columna salomónica. Su destruido retablo de Montserrat (1674) es, por lo menos, uno de los más antiguos en que los numerosos cuerpos horizontales renacentistas se reducen a banco, cuerpo principal y remate, cuerpo principal que es recorrido por columnas salomónicas de proporciones gigantescas, a ejemplo de la fachada del palacio barroco italiano. A Donoso se debe la reconstrucción de la Casa de la Panadería (1672), en el centro de la Plaza Mayor, uno de cuyos arcos decorativos termina en roleos. La portada de la destruida iglesia de San Luis (1716) hoy en la del Carmen, aunque posterior a su muerte, es probable que se labrase por traza suya. Tiene columnas de curiosa superficie poliédrica y arco con roleos en los. salmeres.


LOS CHURRIGUERA Y PEDRO DE RIBERA

. —A fines del siglo XVI se inicia la última etapa del barroco madrileño, que perdura hasta mediados del siguiente, y es la denominada churrigueresca. Aunque es excesivo extender esta denominación a toda la arquitectura española de esta época y posterior, parece seguro que la influencia de los Churriguera se extiende a buena parte del país, y lo es, desde luego, que existe un estilo churrigueresco estricto perfectamente definido.

Los Churriguera constituyen una familia que comienza trabajando en la corte en el siglo XVII y que en la centuria siguiente se traslada a Salamanca. Sus miembros principales son José Churriguera, madrileño de nacimiento e hijo y nieto de ensambladores, y sus nietos Joaquín (muerte 1724) y Alberto Churriguera (muerte 1740), cuya actividad se desarrolla en Salamanca ya en pleno siglo XVIII.

Las únicas obras de fábrica seguras que poseemos de José Churriguera son el palacio de Nuevo Baztán (1709), junto a Loeches, adornado con gruesos baquetones de escasa proyección y anchas fajas resaltadas, y la actual Academia de San Fernando. Construida ésta para casa de Goyeneche, aunque bastante sencilla, tenía por zócalo grandes peñascos, como la fachada del Louvre, proyectada por Bernini. Tanto el zócalo como el encuadramiento de los vanos se retallan bajo la influencia del neoclasicismo al establecerse en ella la Academia. Capítulo importante de su obra lo constituyen los retablos, pero tanto en el de San Esteban, de Salamanca (1693), como en los restantes conocidos, se limita a emplear las columnas salomónicas de proporciones gigantescas, según hiciera ya Herrera el Mozo veinte años antes. El mismo catafalco funerario (1687) de la reina María Luisa  tan celebrado por sus novedades barrocas, sólo ofrece la de terminar los salmeres del arco en roleos o espirales.

Joaquín Churriguera dirige hasta su muerte las obras de la cúpula de la catedral de Salamanca, pero su obra principal es el Colegio de Calatrava (1717). Su hermano Alberto termina la portada de la catedral de Valladolid (1729); es autor de la iglesia de San Sebastián (1731), de Salamanca, y traza la bella Plaza Mayor (1729), en uno de cuyos frentes levanta Andrés García de Quiñones el Ayuntamiento (1755).

Pedro de Ribera (muerte 1742) es el difundidor del estilo churrigueresco, llevándolo a sus últimos extremos e imponiéndole un sello personalísimo. Formado probablemente con José Churriguera, emplea con particular preferencia dos temas que serán característicos de la escuela madrileña, el estípite y el grueso baquetón de sección asimétrica, y, sobre todo, concibe las portadas con movimiento y riqueza hasta entonces desconocidos en la arquitectura europea. El soporte en forma de aguda pirámide invertida tiene su precedente en el Hermes clásico, y el mismo Miguel Ángel lo emplea como tema decorativo secundario.

Pero la transformación en pro de su forma barroca se opera en el siglo XVII. En fecha al parecer bastante temprana de esa centuria, y con características muy semejantes a las que presentará en España, se encuentra en la iglesia de Bückeburg, en Alemania. Churriguera lo emplea en algún dibujo, y, en pequeño tamaño, en el tabernáculo del retablo de San Esteban. El estípite —del latín stipes, estaca, tronco—, según aparece en manos de Ribera, tiene basa y capitel, como todo soporte clásico, pero su fuste consta de un primer cuerpo en forma de pirámide invertida, de otro de proporciones cúbicas y de un tercero pequeño y apiramidado en posición vertical. El estípite barroco es frecuente en los retablos de todo el mundo hispánico, pero sólo lo emplean sistemáticamente en las fachadas Ribera y sus discípulos y, como veremos, alguna escuela mejicana. Al baquetón, que como encuadramiento de vanos  adquiere ya gran desarrollo en el barroco anterior, le concede Ribera importancia de primer orden, proyectándolo considerablemente para crear sombras violentas y prolongándolo para que, como el alfiz de tiempos de los Reyes Católicos, encuadre varios elementos de la fachada.

En la iglesia de Montserrat (1720), una de sus primeras obras, nos muestra ya los estípites en el campanario, cuyo chapitel bulboso es ejemplo característico de la evolución dieciochesca de los rectilíneos modelos escurialenses. Pero donde el estilo de Ribera alcanza su plena expresión es en las portadas de sus edificios civiles y, sobre todo, en la del Hospicio (1722) (fig. 1836), su obra maestra. El violento ímpetu ascendente, tan propio del barroco, eleva todo el conjunto, curvando la cornisa del entablamento y rompiendo la de la fachada, cuyo trozo central, a manera de penacho, sirve de remate a la portada. Caprichosas claraboyas horadan las amplias enjutas, mientras ante las del segundo cuerpo dispone unos vasos con típico sentido barroco del contraste.

(fig. 1836)

Portada del Hospicio de Madrid

Concebida la portada como un retablo, un gran cortinaje la encuadra lateralmente. Por su planta de tipo central, por el efecto de los chapiteles de las torres y del cimborrio, es muy interesante la iglesia de Nuestra Señora del Puerto.

Sin el recargamiento extraordinario de la del Hospicio, aún se conserva en Madrid toda una serie de portadas debidas a Ribera y sus discípulos. En ellas el balcón suele aparecer ligado a la puerta principal, y el conjunto se corona con el escudo familiar. Elemento decorativo capital es el gran baquetón cada vez más prominente y quebrado en complicadas formas mixtilíneas. Sirvan de ejemplo la casa de Miraflores y la del marqués de Perales. A Pedro de Ribera se debe también el templete puente de Toledo (fig. 1837).

(fig. 1837)

Templete puente de Toledo en Madrid (foto de 1905)

La iglesia de San José (1742) es obra anónima que se construye en el estilo tradicional madrileño cuando ya comienzan a imponer su estilo los arquitectos extranjeros de los Borbones.

Los TOMÉ. —Si Ribera representa el punto culminante del barroquismo español peninsular en cuanto a decoración, quien encarna de manera más exaltada entre nosotros el ansia de espacio del barroco es el leonés Narciso Tomé, cabeza de la familia de arquitectos decoradores de ese nombre. Es el autor del Transparente de la catedral de Toledo (1721) (fig. 1838), que cantan sus admiradores contemporáneos como la octava maravilla. Su hermoso retablo es de ricos mármoles y bronces, y está trazado en perspectiva para fingir una profundidad que no existe. Para favorecer esa perspectiva con un violentísimo efecto de luz, cala una de las bóvedas de la giróla y labra sobre ella una enorme linterna, donde la parte superior del retablo se hace escultura para terminar fundiéndose en una gloria de pintura. Sumido en la media sombra del templo gótico, el efecto teatral y deslumbrante típicamente barroco del Transparente señala una de las metas alcanzadas por el estilo.

(fig. 1838)

Transparente de la catedral de Toledo

A Tomé se debe también el retablo mayor de la catedral de León, hoy en las Capuchinas de esta población. En unión de sus hijos decora la fachada de la Universidad de Valladolid, obra de Fray Pedro de la Visitación (1715).


LOS ARQUITECTOS CORTESANOS EXTRANJEROS DEL SIGLO XVIII: JUVARA, SACCHETTI, BONAVÍA Y CARLIER. VENTURA RODRÍGUEZ

. —Paralelamente a la arquitectura barroca nacional, que se mantiene pujante en casi toda la Península durante el siglo XVIII, trabaja en la corte, al servicio de la nueva dinastía borbónica, un grupo de arquitectos extranjeros, en su mayoría italianos, enemigos decididos de las exuberancias decorativas españolas. Sus empresas principales son los nuevos palacios reales, aunque también ejecutan algunos templos. No obstante su parquedad decorativa y su respeto a los cánones clásicos, que los convierten en los patrocinadores del neoclasicismo español, a ellos se deben las únicas plantas verdaderamente barrocas de tipo borrominesco creadas en España.

El incendio de 1734, que destruye el viejo Alcázar de los Austrias, obliga a levantar un nuevo palacio, y para construirlo se acude a Juvara (muerte 1736), el arquitecto italiano que, como queda dicho más se ha distinguido como constructor de palacios, y que con su moderación casi clásica representa la antítesis del estilo de Pedro de Ribera. Pero muerto poco después, sólo tiene tiempo de trazar un enorme edificio de planta cuadrada, de cerca de medio kilómetro de lado, con numerosos patios y coronado por una balaustrada rematada en estatuas. De proporciones muy apaisadas, al gusto francés, al morir Juvara y encomendarse las obras a su discípulo Juan B. Sacchetti (muerte 1764), el edificio gana en altura lo que pierde en superficie, con la consiguiente multiplicación de las plantas. El palacio adquiere así proporciones italianas (figs. 1639). Se completa con cuatro cuerpos salientes a manera de torreones en los ángulos y otros en los centros, y los múltiples patios de Juvara se reducen a uno grande central. La ordenación de la fachada responde al modelo del palacio Madama, de Turín, ya citado.

(fig. 1839)

Antiguo alcázar de los Austrias reconstruido en Palacio Real de Madrid

Comenzado con anterioridad el de La Granja (1721), según las trazas del madrileño Teodoro Ardemans (muerte 1726), se concede en él gran importancia al templo, que, como en El Escorial, se coloca en el centro y se remata con chapiteles bulbosos desconocidos hasta entonces en España. Su gran fachada, obra ya de Juvara, es de grandes pilastras y columnas de orden gigantesco que arrancando de tierra recorren las dos plantas del edificio. Frente a ella se extiende el gran jardín de estilo francés debido a Renato Carlier, en cuyo trazado geométrico aparecen distribuidas numerosas fuentes, abundantemente surtidas de agua por el estanque situado en la montaña vecina.

El palacio de Aranjuez es, bajo Felipe V y sus hijos, objeto de tan grandes ampliaciones, que puede considerarse obra de esta época, aunque se procura ajustarse en cierto modo al estilo del edificio, construido por Felipe II. Dirige las obras principalmente el italiano Santiago Bonavía (1760), si bien las largas alas laterales (1775), ligeramente oblicuas para fingir una mayor profundidad son obra de Sabatini, el arquitecto de Carlos III. Pero Aranjuez no es sólo el Palacio, sino un pueblo construido para su servicio, con una gran plaza con la capilla de San Antonio (fig. 1840) al fondo, y un dilatadísimo parque, que tiene su origen en el siglo XVI, y donde se levantan más tarde bellos palacetes de estilo neoclásico.

(fig. 1840)

Palacio de Aranjuez

La decoración y amueblamiento del gran palacio de Madrid, que comienza hacia 1760, y de los restantes palacios reales, obliga a crear varias industrias de lujo, que quedan, según norma corriente del despotismo ilustrado, bajo el patronato real. Carlos III, al venir de Nápoles (1759), traslada a Madrid su fábrica de porcelana de Portici y la establece en los jardines del palacio del Buen Retiro, bajo la dirección del italiano Gricci. Allí no sólo se labran jarrones y grupos decorativos, sino las placas y relieves de temas chinescos con que se revisten las salas de porcelana de los palacios de Madrid (1765) y Aranjuez (1760), ambas con rocalla. En La Granja se instala la Fábrica de Vidrio (1734), donde se labran los innumerables espejos y arañas necesarios para los palacios reales, y en el Buen Retiro de Madrid (1721) la Fábrica de Tapices para las sedas y tapices. El salón Gasparini es una de las piezas más bellamente decoradas de Palacio.

Estos arquitectos extranjeros no se limitan a construir palacios. El gran innovador de la arquitectura religiosa es Bonavía, quien en la iglesia pontificia de San Miguel (1739) (fig. 1841) deja ver sus entusiasmos borrominescos en su fachada convexa, su capilla mayor de curva indefinida, sus pilastras dispuestas oblicuamente, sus arcos fajones cruzados, sus cúpulas ovaladas de sección en arco carpanel y sus caprichosas claraboyas treboladas. Análogo deseo de novedades y de movimiento inspira a su capilla de San Antonio de Aranjuez.

(fig. 1841)

Iglesia pontificia de San Miguel. Madrid

En las Salesas Reales (1750) (fig. 1842), obra del francés Francisco Carlier (muerte 1760), la fundación religiosa real más importante, esos deseos de novedad y de movimiento borrominesco se atemperan notablemente. A él se debe además la iglesia del Pardo.

(fig. 1842)

Salesas Reales

Ventura Rodríguez (muerte 1785), formado con los maestros de los palacios reales y profesor de Arquitectura de la Academia de San Fernando, es el primer arquitecto español que se adhiere al neoclasicismo, llegando a ser considerado como el restaurador de la arquitectura española. Su formación, sin embargo, es barroca, y a él se debe nuestro templo más típicamente borrominesco; por eso, aunque suele ser incluido en el período neoclásico, dado el carácter barroco italianizante de la mayor parte de su obra, es preferible estudiarlo en este lugar.

La iglesia de San Marcos (1749), construida para conmemorar la batalla de Almansa, y que no tiene más precedente entre nosotros que la de San Justo y Pastor, describe en su planta una serie de no menos de cinco elipses y un arco carpanel, con el consiguiente movimiento de muros y pilastras (fig. 1843).

(fig. 1843)

Iglesia de San Marcos. Madrid

Análogo sentir barroco inspira las bóvedas elipsoidales y las claraboyas treboladas de la capilla de la Virgen del Pilar (1750), de Zaragoza. El clasicismo de Ventura Rodríguez se manifiesta, en cambio, en el revestimiento con que reemplaza, en 1753, la decoración barroca del interior del templo. Ese ideal neoclásico se intensifica en la iglesia de los Filipinos, de Valladolid (1760), de planta circular, y en la fachada de la catedral de Pamplona (1783) (fig. 1844).

(fig. 1844)

Fachada de la catedral de Pamplona

Ventura Rodríguez proyecta además numerosos monumentos que, por unas razones o por otras, no llega a ejecutar, pero de los que conservamos los planos. De gran belleza y originalidad son los del Santuario de Covadonga (1780), cuya construcción se suspende apenas comenzada. Los de San Francisco el Grande, de Madrid, revelan el gran empeño puesto en esta obra, que hubiera sido la suya más importante, pero que es encomendada al lego franciscano Francisco Cabezas (muerte 1773), a quien se debe el templo circular existente, cubierto por enorme bóveda de treinta y tres metros de diámetro. De sus obras civiles, la más importante, aunque no íntegramente suya, es el palacio de Liria (1770), donde se siguen las normas del palacio barroco italiano.

Buen ejemplo del mismo barroco clasicista, cultivado por Ventura Rodríguez bajo el patrocinio de la Academia de San Fernando, es la fachada de la catedral de Lugo, construida por Julián Sánchez Bort (muerte 1784).

Además de los arquitectos extranjeros anteriores establecidos en la corte, deben quedar citados aquí otros que dejan obras en otras partes del país; en primer lugar, todavía dentro del siglo XVII, los italianos Juan Bautista Contini y Carlos Fontana. Contini es el autor de la torre de la Seo de Zaragoza (1683) (fig. 1845), coronada por chapitel de tipo estrangulado, como, al parecer, no se emplea en Castilla hasta la centuria siguiente.

(fig. 1845)

Torre de la Seo de Zaragoza

Fontana, da las trazas del Colegio de Loyola (1684), cerca de Azpeitia, de planta circular. Al alemán Conrado Rodulfo se debe la portada de la catedral de Valencia (1703), que en la convexidad de su calle central delata una intensa influencia borrominesca que emplean los arquitectos cortesanos sólo varias décadas más tarde.


ANDALUCÍA: ACERO, LOS FIGUEROA Y HURTADO IZQUIERDO

. —En Andalucía se construye la última gran catedral española. Centralizado en Cádiz el comercio de Indias, se hace necesario reemplazar el viejo templo por otro a tono con la riqueza creciente de la ciudad. Se comenzó en 1729, y el artista elegido es Vicente Acero, quien, al trazarlo , conocedor de la tradición renacentista española, elige por modelo la catedral de Granada, tomando de ella la capilla mayor circular y, simplificándola, la organización de los pilares, aunque, como hijo de su siglo, procura mover la fachada principal siguiendo las normas borrominescas. Por desgracia, no llegan a ejecutarse las torres por él concebidas, y la fachada sólo en parte responde a su traza (fig. 1846).

(fig. 1846)

Catedral de Cádiz

En Sevilla, el estilo barroco produce ya en el siglo XVII obras de cierto interés. La iglesia del Sagrario (1618), de Miguel de Zumárraga, de hermosas proporciones, revela en su cubierta de bóvedas váidas y en las tribunas sobre las capillas cómo su autor se inspira en la iglesia renacentista del Hospital de Fernán Ruiz. Desde el punto de vista decorativo, son jalones principales las yeserías de los interiores de San Buenaventura y de Santa María la Blanca.

Pero cuando la escuela crea sus obras más representativas es a fines de siglo. Los materiales preferidos son el ladrillo en limpio, los paramentos enlucidos y avitolados y el policromo barro vidriado. Leonardo de Figueroa es el autor de la iglesia de San Pablo (1691), donde el movimiento ondulante de la columna salomónica alcanza al anillo de la cúpula principal, y de la de San Luis (1699) de planta de cruz griega. La cúpula de ésta, también con anillo ondulado, ofrece una de las más bellas e importantes decoraciones pictóricas del tipo del P. Pozzo que poseemos en España. Pero su obra más conocida es el Colegio de San Telmo (1722) (fig. 1847), cuya gran portada de piedra es la creación más monumental de la escuela.

(fig. 1847)

Colegio de San Telmo

Antonio Matías de Figueroa (muerte 1792), que gusta de incurvar las molduras de las portadas con característico ritmo dieciochesco, crea en la iglesia de Palma del Condado (1780) otra de las obras más típicas de la escuela; su portada de ladrillo en limpio es de gran finura de ejecución, y su esbelta torre encalada realza sus líneas con azulejos.

La arquitectura civil cuenta con la Fábrica de Tabacos (1750), uno de los edificios dedicados a la industria más amplios y bien pensados de esta centuria. Es obra del holandés Van der Beer, y al presente está siendo transformada para adaptarla a Universidad. Mucho más representativas del estilo dieciochesco de la escuela son, en cambio, las numerosas casas conservadas en los grandes pueblos de la comarca. Entre las de Ecija, la del marqués de Peñaflor se distingue por su balcón corrido, su gran alero, su patio y sus caballerizas. La del conde de la Gomera, de Osuna, tiene cornisa rizada de cierto aire hispanoamericano y torreón con mirador.

Personalidad de primera fila dentro de la arquitectura barroca andaluza, aún no bien conocida, es Francisco Hurtado Izquierdo (muerte 1725), maestro mayor de la catedral de Córdoba, pero que deja sus principales obras en Granada. En ella traza el Sagrario (1705) de planta de cruz griega, con gran cúpula y muy sobria decoración, y, al parecer, la sacristía de la Cartuja (1730-1742), donde, en cambio, la decoración barroca posterior a su muerte crea una de sus obras maestras. Flanqueada por especie de estípites, las molduras mixtilíneas recubren íntegramente sus bóvedas y muros, con modelos siempre diversos. Completan la riqueza decorativa del deslumbrante interior lujoso zócalo de mármol de Lanjarón y cajoneras de maderas ricas, concha, marfil y plata primorosamente labradas por fray José Manuel Vázquez. Obras anteriores y seguras de Hurtado son, en cambio, el tabernáculo de mármol de la misma cartuja, cuyas bóvedas gallonadas de intradós pendiente marcan una meta en el barroquismo de nuestra arquitectura, y el Sagrario de la Cartuja del Paular.

Los otros dos maestros principales que trabajan en el reino granadino son José Bada, que emplea estípites en el antiguo trascoro de la catedral, traza la iglesia de San Juan de Dios y alguien piensa que la Sacristía de la Cartuja, y Gaspar Cayón, que interviene en la rica portada de la catedral de Guadix.


GALICIA: ANDRADE, CASAS NÓVOA, SIMÓN RODRÍGUEZ Y SARELA. LEVANTE

. —Fundamentalmente dieciochesca, una de las escuelas barrocas de mayor personalidad es la gallega, que, como la madrileña, emplea con frecuencia el granito. Pueden distinguirse en ella dos etapas. Con anterioridad a 1740, se caracteriza por el deseo de crear edificios de elegantes proporciones, por sus soportes de tradición clásica y por su decoración plenamente subordinada al conjunto arquitectónico. El fundador de la escuela es el santiagués Domingo Antonio Andrade (muerte 1712), autor de un libro sobre arquitectura y a quien se debe la Torre del Reloj de la catedral de Santiago. El cubo, recorrido por una serie de pilastras que hacen sus proporciones más esbeltas, y el campanario, con sus linternas laterales y su bella decoración, forman un conjunto elegante y rico, sin recargamiento.

Pero el gran maestro de la arquitectura compostelana es Fernando Casas Nóvoa (muerte 1751), formado en las enseñanzas de Andrade. A él se debe la espléndida fachada del Obradoiro (1738) (fig. 1848), que se antepone al viejo templo románico, y que es, probablemente, la creación más grandiosa del barroco peninsular, dotada de un movimiento ascendente casi gótico. Perfil de fachada de gran catedral gótica es, en efecto, el de sus cinco agudos piñones decrecientes, que, como otras tantas flechas, lanzan nuestra mirada al cielo, y a ese mismo anhelo de altura responde el movimiento de las columnas que, cual camino de luz y sombra, la recorren en toda su altura. Tras la espléndida fachada, falsa como una decoración de teatro, se levantan los ricos campanarios suspendidos en el aire por el ímpetu ascendente de los cubos, mientras la monumental escalera sirve de magnífico pedestal al maravilloso conjunto, preparándonos con sus líneas oblicuas par a gozar de la teatral escenografía.

(fig. 1848)

Fachada del Obradoiro

A Casas se deben, además, el retablo mayor del templo y la fachada de la iglesia de Villanueva de Lorenzana.

Los sucesores de Casas Nóvoa carecen de su talento y de su sentido de la medida y de la elegancia. Deseosos de crear un estilo nuevo, es a veces la extravagancia uno de sus rasgos más acusados. En quien más se acusa la tendencia es en Simón Rodríguez, quien, siguiendo la misma ruta anticlásica que Alonso Cano, se esfuerza en crear intensos efectos de claroscuro, renunciando radicalmente a la decoración vegetal y se entregan en brazos de sencillas pilastras, placas recortadas, óvalos y discos lisos, que hacen pensar en una obra de marquetería gigantesca. En su fachada de Santa Clara, los elementos decorativos se simplifican de tal forma y adquieren tales proporciones, que se diría concebida por un cubista. Aunque mucho menos extremado, a esta misma tendencia pertenece Ferro Caaveiro, autor del Ayuntamiento de Lugo (1736), y Fernández Sarela, cuya obra principal es el Cabildo santiagués (1758). Pero esta segunda etapa de la arquitectura barroca compostelana termina de una manera dramática cuando, encargado Sarela de la obra de la puerta de la Azabachería de la catedral, trazada por Ventura Rodríguez, al permitirse ciertas libertades barrocas en la interpretación de los planos, es destituido fulminantemente por la Academia de San Fernando, baluarte ya del neoclasicismo triunfante. A Sarela se debe, además, la Puerta del Deán.

Al lado de estas grandes escuelas no faltan en otras regiones arquitectos de valía mal conocidos o grupos de obras que revelan la existencia de otras tantas escuelas menores. Este último es el caso, por ejemplo, de una curiosa serie de iglesias y capillas aragonesas, cubiertas con bóvedas revestidas por ricas yeserías, en las que el lazo morisco rectilíneo y curvo es elemento decorativo predominante, delatándonos la supervivencia del mudejarismo, siempre tan vigoroso en Aragón. El monumento principal es la iglesia de San Ildefonso, de Zaragoza, pero deben recordarse además las cúpulas de la Seo, y de las Iglesias de Calatayud y Maluenda.

En Murcia trabajan el anónimo autor de la portada con estípites de la Santa Cruz de Caravaca (1722); Jaime Bort, a quien se debe la fachada de la catedral de Murcia (1737), sin duda una de las obras más monumentales de nuestra arquitectura , y el italiano Baltasar Canestro, autor del bello Palacio Episcopal (1748) de la misma ciudad.

En Valencia, J. B. Viñes levanta a fines del siglo XVII la esbelta torre octogonal de Santa Catalina (1688), decorada con columnas salomónicas; pero la obra de verdadero relieve, dentro de la arquitectura barroca española, es la casa del marqués de Dos Aguas (1740) (fig. 1849), debida al pintor Rovira, quien, como Churriguera en la Academia de San Fernando, labra unos grandes peñascos en el zócalo.

(fig. 1849)

Casa del marqués de Dos Aguas

En Mallorca, inspirándose el barroco en las viejas casas góticas de patios con amplísimos arcos rebajados crea un nuevo tipo de casa típicamente mallorquína, entre cuyos principales ejemplares figura el Palacio Morell (1763), obra de Gaspar Palmer.


MÉJICO: LORENZO RODRÍGUEZ Y GUERRERO Y TORRES. PUEBLA

. —El barroco español no se limita al ámbito peninsular. España, hasta principios del siglo XIX, se extiende al otro lado del Atlántico por casi toda América, y aún comprende en los confines de Asia las Islas Filipinas. Pobladas estas dilatadas tierras en su mayor parte por mestizos e indígenas que paulatinamente se han incorporado a la civilización europea, esta enorme masa de sangre no española que se mezcla con la de los conquistadores deja sentir ya en la época barroca, y en proporciones notables, su presencia en la interpretación del nuevo estilo.

Aunque produce monumentos de primer orden durante el siglo XVII, la arquitectura barroca mejicana es, sobre todo, dieciochesca. Comienza a gustar del arco poligonal en el siglo XVII, y manifiesta en la centuria siguiente un entusiasmo sin igual en ninguna otra arquitectura moderna europea por los arcos y claraboyas mixtilíneas, cuyos precedentes más inmediatos son los hispanoárabes y góticos de fines del siglo XV. En cuanto al conjunto del templo, el rasgo más característico es el abundantísimo empleo de la cúpula sobre tambor octogonal, con frecuencia con rica decoración de cerámica vidriada en la bóveda. Las torres son de esbeltísimas proporciones.

Entre las varias escuelas que pueden distinguirse en la antigua Nueva España, que, además del actual Méjico, comprende todo el oeste de los Estados Unidos, la más importante es, probablemente, la de la capital, cuyos monumentos suelen distinguirse por la sobria policromía de su piedra clara de Chiluca y la volcánica oscura o rojiza del tezontle. Al primer tercio del siglo pertenece el arquitecto Pedro de Arrieta (muerte 1738), maestro formado todavía en el estilo seiscentista, autor de la basílica de Guadalupe, de planta rectangular, como el Pilar de Zaragoza, con una torre octogonal en cada ángulo. Los arcos de sus puertas son semioctogonales (fig. 1850).

(fig. 1850)

Basílica de Guadalupe

Introducido el estípite riberesco por Balbás en el retablo de la capilla de los Reyes (1718), al emplearlo el granadino Lorenzo Rodríguez (muerte 1774) en las fachadas del Sagrario (1749), lo hace arraigar en la Nueva España con más fuerza que en su patria original. Sus riquísimas portadas, cubiertas de estípites, destacan sobre el tezontle oscuro del muro, que, como consecuencia de un proceso típicamente mejicano, más que soporte es ya un cerramiento, y puede así rematar en una caprichosa moldura mixtilínea, en la que ha desaparecido todo recuerdo clásico. A Lorenzo Rodríguez se atribuyen las dos fachadas de la Trinidad y San Martín de Tepozotlán, de no menor riqueza que las del Sagrario. Arquitecto de estos mismos años y autor de otra hermosa obra de la arquitectura hispanoamericana es Diego Duran. Su espléndida iglesia del pueblecito minero de Tasco nos ofrece otra faceta del barroco mejicano dieciochesco, casi tan rica como la de Rodríguez y de no menor personalidad. Guerrero y Torres (muerte 1792), la última gran figura de la escuela, representa dentro del estilo una cierta reacción. Al menos renuncia al monstruoso estípite y, pese a sus trazas generales barrocas, reentroniza la columna en su hermosa portada de la Enseñanza (1778), último eslabón de la brillante serie de las de la ciudad. Aunque inspirándose en una planta romana, crea en la capilla del Pocito (1777) una de las obras más típicas de la arquitectura mejicana. Emplea en su fachada el arco mixtilíneo y la claraboya en el último momento de su evolución, y cubre el edificio con una bella serie de bóvedas revestidas de azulejo. La casa mejicana, que a lo largo del siglo ha venido definiendo cada vez más sus caracteres propios, encuentra también en Guerrero uno de sus principales creadores. A él se debe la del conde de San Mateo y la llamada de Iturbide. De autor desconocido es la Casa de Azulejos.

Puebla es sede de otra de las escuelas de mayor personalidad de la Nueva España. Durante el siglo XVII da vida a varios talleres de yeseros que crearon decoraciones interiores tan ricas como la de Santo Domingo de Oaxaca, y tan originales, ya en fines del siglo, como la de la capilla del Rosario, de Santo Domingo de Puebla (1690). En la centuria siguiente los interiores de los templos poblanos llegan a extremos de recargamiento no superados. Pero los decoradores poblanos no se contentan con esas policromías interiores, sino que recubren las fachadas de sus casas y templos con ladrillos rojizos puestos de plano alternando con azulejo. Más tarde, esos pequeños azulejos u holambrillas se convierten en amplios tableros con escenas, todo ello fabricado en la misma Puebla, la patria americana de la cerámica vidriada. Típicas creaciones de la escuela poblana son el Santurio de Ocotlán, donde, sin embargo, el azulejo no se emplea; San Francisco y Guadalupe, de Puebla, decorada con grandes tableros de azulejo, y San Francisco Acatepec, de Cholula, en la que el azulejo cubre totalmente la portada, revistiendo incluso columnas y estípites. En las casas, a la policroma decoración del tipo citado se agregan los tejaroces, que desempeñan papel de primer orden en el conjunto.

Las grandes fachadas con estípites no se limitan a las de la capital. El estilo de Lorenzo Rodríguez se extiende tan rápidamente por la región de Guanajuato y se construyen en sus principales poblaciones tantas y de tales proporciones, que no ceden en riqueza a las de la capital y comarca. Las fabulosas riquezas hechas rápidamente en las minas no tardan en reflejarse en monumentos como los de Guanajuato y de las bocaminas de sus alrededores. Incluso en pequeños pueblos agrícolas como Dolores se labran lujosísimas fachadas cuajadas de estípites.

En realidad, casi todas las grandes poblaciones de la Nueva España son sede de una escuela barroca con caracteres propios. Salvo la de Michoacán, que se distingue por su sobriedad y dota a su catedral de dos majestuosísimas torres, todas tienen por denominador común la riqueza. Fachada de primer orden, no superada en riqueza decorativa por ninguna otra, es la de la catedral de la famosa ciudad minera de Zacatecas, donde el estilo del follaje es de clara inspiración indígena. En Potosí, la obra maestra de la escuela es el Carmen (1749), e igualmente ricas son las catedrales de Saltillo, Chihuahua, etc. Querétaro alcanza una de las metas del barroco mejicano por el capricho de sus arcos mixtilíneos. En Oaxaca, los terremotos hacen que los edificios pierdan la elegancia típica del barroco de Nueva España.

Aunque de rango artístico más modesto, las misiones franciscanas establecidas al norte de la actual frontera mejicana dejan dos interesantes series de monumentos. En Nuevo Méjico, en el siglo XVII, emplean un tipo de iglesia de gruesas paredes, generalmente de tapial o adobe, dispuestas en talud y cubiertas por rollizos con los extremos salientes por las fachadas laterales.

Las misiones de California, fundadas por los PP. Junípero Serra y Lasuén, que se escalonan desde San Diego (1769), al Sur, hasta la actual San Francisco, son construcciones mucho más amplias, que, además del templo, eco muy apagado de los mejicanos coetáneos, tienen un gran patio, con salones para graneros, almacenes, carpintería, herrería, en suma, todas las dependencias necesarias para la educación de la población indígena y la explotación agrícola, cuyo centro es la Misión.


AMÉRICA CENTRAL Y MERIDIONAL

. —En América central —la vieja Capitanía General de Guatemala—, la ciudad que crea el estilo es la Antigua Guatemala, o simplemente Antigua. Muy influido por el de la Nueva España, los intensísimos y frecuentes terremotos que arruinan la ciudad en repetidas ocasiones hacen que el esbelto canon mejicano desaparezca y las torres apenas superen la altura de la fachada. Los edificios son achaparrados y sus muros gruesísimos. Después de la fachada de la catedral, de sobriedad casi herreriana, el barroco seiscentista cubre ya de rica decoración la iglesia de la Merced. En el siglo XVIII, el estípite, que adopta formas propias en Guatemala, es el tema constante de las portadas. Monumentos representativos son Santa Rosa y San José, de Antigua, y los principales maestros, Porres, probable autor del Santuario de Equipulas, con una torre en cada ángulo y gran cúpula central, y José M. Ramírez, que lo es de la Universidad de Antigua.

En Cuba, la nota más destacada de su arquitectura barroca es el arraigo del mudejarismo, que da lugar a un tipo de iglesia, al parecer de influencia canaria, con artesón en que se multiplican los canes decorativos. Se prefieren los artesones pequeños y múltiples a las armaduras muy prolongadas, como puede observarse en las iglesias de Guanabacoa. Hacia 1770, la construcción de los Palacios de Gobierno, hoy Ayuntamiento, y de Correos, hoy Tribunal Supremo, introduce un estilo, tal vez de ascendencia gaditana, de movidas molduras, pero sin decoración vegetal. La fachada más barroca es la de los jesuitas, hoy catedral, cuyo interior se cubre de bóveda de crucería de madera, por desgracia destruida recientemente. En estos años se forma la casa barroca cubana de patio, entresuelo, portadas de encuadramiento mixtilíneo, grandes balcones de madera y ricas armaduras moriscas.

En Colombia y Venezuela, los arquitectos de los siglos XVII y XVIII siguen aferrados a las armaduras moriscas. En la primera son característicos los interiores decorados con grandes temas florales, como las iglesias de Tunja y de Santa Clara, de Bogotá. Tal vez lo más típico del barroco venezolano sean sus casas de una planta con ricos arcos mixtilíneos de menuda traza y columnas bulbosas.

En el Ecuador, donde el mudejarismo tan hermosas armaduras produce durante el siglo XVI, se cubren la bóveda y los muros de la Compañía con ornamentación geométrica de lazo. La fachada es de columnas salomónicas de tipo berninesco. De mayor trascendencia es el alternar de arcos de dos tamaños del claustro de San Agustín, primer paso de la evolución que se continúa en el Perú.

En este país, como tierra más castigada por los terremotos que Méjico, los edificios barrocos carecen de las elegantes proporciones de los de allí, y las torres, por lo común, son de más escasa altura. En cuanto a las características generales del estilo, mientras el de Nueva España adquiere sus formas barrocas definitivas en el siglo XVIII, aquí conserva, incluso en esta centuria, un cierto aire seiscentista. La portada de la catedral de Lima, obra de Martínez Arrona y de P. Noguera, inspirada en retablos sevillanos de principios del XVII, ejerce influencia decisiva, y la columna salomónica se emplea en otras posteriores con insistencia tal, que llega a convertirse en una de las características del barroco peruano.

En el amplio virreinato peruano se forman varias escuelas, y como es lógico, la limeña es la creadora del estilo más difundido. La fachada de San Francisco (1624) ofrece ya los elementos que después serán más constantes: el paramento almohadillado de gran tamaño, el frontón roto de brazos enhiestos muy poco curvos y la gran claraboya ovalada. En el siglo XVIII, en la Merced, a esos elementos se agregan la columna salomónica y la hornacina; en San Agustín todas esas características se intensifican, y la columna salomónica y la claraboya adquieren extraordinario énfasis. Por otra parte, en los conventos limeños, y en los peruanos en general, contra lo que sucede en Méjico, se concede particular atención a los claustros. En ellos se sacan las consecuencias del esquema de arcos alternados de dos tamaños de San Agustín, de Quito. En el de San Francisco, los arcos menores se macizan para abrir después en ellos grandes claraboyas ovaladas, y todo el paramento es almohadillado. La arquitectura barroca limeña, siguiendo modelos medievales peninsulares, crea un bello tipo de fachada en que los volados balcones cubiertos de celosías de maderas duras son el elemento más rico y característico. La Casa de Torre Tagle (fig. 1851), hoy Ministerio de Asuntos Exteriores, sin duda el ejemplar más lujoso de casa limeña, tiene, además, un bello patio, donde el sistema de arcos alternados de diversos tamaños, propio de los claustros conventuales, alcanza en su trazado mixtilíneo y en sus contracurvas la última etapa de su evolución.

(fig. 1851)

Casa de Torre Tagle

En el Cuzco, como consecuencia del terremoto de 1650, se forma una escuela que labra numerosas portadas como la de la catedral y de la Compañía y templos como el de San Sebastián, y extiende su influencia a la región del lago Titicaca o del Collao: iglesias de Ayaviri y Tampa. En el siglo XVIII la prosperidad de esta última comarca da vida a una escuela propia, cuyo rasgo más acusado es su riquísima decoración de mano indígena labrada a bisel. Sirvan de ejemplo las iglesias de Pomata y Juli. También se distingue por su rica decoración plana de labor indígena la escuela de Arequipa, la ciudad del Sur, situada en la ruta del mar a las tierras del Collao. Se crea a fines del siglo XVII, fecha a que corresponde la fachada de la Compañía, pero sus monumentos más numerosos son ya de la centuria siguiente, entre los que figura la iglesia de Yanahuara (fig. 1852).

(fig. 1852)

Iglesia de Yanahuara

En Bolivia, la decoración arquitectónica es de tipo análogo a la del Collao, siendo una de las obras principales la portada de San Lorenzo de Potosí (fig. 1853). Por la originalidad de la organización de su patio debe recordarse, además, la Casa de Diez de Medina.

(fig. 1853)

San Lorenzo de Potosí

En la Argentina, la arquitectura barroca dieciochesca se encuentra principalmente en manos de los jesuitas italianos Primoli y Bianchi, cuyo nombre es españolizado en Blanqui. Debido a ello, aunque la catedral de Córdoba con su cúpula flanqueada por cuatro torrecillas, como las románicas leonesas, es de acusado acento español, los monumentos de primera mitad del siglo en que ellos intervienen son da un barroco muy comedido. A Blanqui sé deben, entre otros, los templos de San Francisco y la Merced, de Buenos Aires. Obras también interesantes de este período barroco son las Casas del Cabildo, de Buenos Aires y otras poblaciones.


PORTUGAL Y BRASIL

. —El barroquismo portugués se hace ya sensible en San Benito, de Oporto, obra de Diego Marqués. Pero, lo mismo que en España, la decoración no tarda en invadirlo todo, llegando a su plenitud en el siglo XVIII. Aunque no faltan monumentos importantes en todo el país, la región más rica es la septentrional, y en particular la ciudad de Oporto, donde en esta época se decoran con la mayor riqueza edificios medievales como San Francisco y Santa Clara. Su principal arquitecto es el italiano Nicolás Nasoni, autor de la iglesia de los Clérigos (1732), bastante cargada de decoración y, sobre todo, con esbeltísima torre (1748) (fig. 1854), que, al decir de los escritores portugueses, es para la ciudad lo que la Giralda para Sevilla.

(fig. 1854)

Iglesia de los Clérigos

Entre las numerosas casas portuguesas del siglo XVIII es de las más bellas, y de líneas más movidas, la de San Lázaro, o del Mejicano, de Braga.

La arquitectura portuguesa, como la española, tiene también un capítulo cortesano menos nacional debido a las fabulosas riquezas que, llegadas del Brasil y de Oriente, convierten a Juan V (1706-1750) en el monarca más rico y ostentoso de la Europa de su tiempo. Como Felipe II hiciera en El Escorial, se hace construir en Mafra un enorme edificio que es al mismo tiempo palacio y monasterio (fig. 1855). El monarca prefiere a los planos de Juvara los del bávaro Ludwig, y el inmenso edificio, de proporciones cuadradas, tiene, como el de El Escorial, la iglesia en el centro, aunque en primer plano, y las múltiples dependencias ordenadas en torno a tres grandes patios.

(fig. 1855)

Palacio de Mafra

Discípulo de Ludwig es el portugués Matheus Vicente, autor de la Basílica de la Estrella de Lisboa, construida por orden de la reina, en la que es muy sensible la influencia de la iglesia de Mafra.

En Brasil no faltan los monumentos de los dos primeros siglos, algunos de líneas tan clásicas como los claustros de San Francisco de Olinda y de San Francisco, de Bahía, pero el apogeo de su arquitectura barroca, lo mismo que en Portugal, corresponde al siglo XVIII. En la región de la costa la ciudad de Bahía levanta, entre otras muchas, las iglesias del Pilar y del Rosario, y decora con riqueza el convento de San Francisco ya citado, conociéndose gran importancia al azulejo. En Recife, San Pedro es obra de Manuel Ferreira, y en Belem trabaja el italiano Landi, autor de la catedral, del palacio de los gobernadores y de otros varios edificios importantes. Río de Janeiro no tiene verdadera importancia arquitectónica hasta la segunda mitad del siglo XVIII, lo que, unido a su capitalidad, hace que se distinga por su estilo metropolitano. Recuérdense las iglesias del Carmen y de San Francisco de Paula. El descubrimiento de oro y de diamantes en la región de Minas Geraes da lugar a la construcción de una serie de templos en los que termina creándose un estilo característico de la región. Se distingue por el movimiento borrominesco de sus plantas, de curvas y contracurvas. Se da a este estilo, al parecer no con toda propiedad, el nombre de Aleijadinho —en castellano lisiadito—, por el apodo del escultor Antonio Francisco Lisboa (muerte 1814), que interviene en uno de estos templos. La ciudad más rica en monumentos de esta escuela es Ouro-Preto y el santuario de ese nombre (fig. 1856), debiendo recordarse también Congonhas do Campo, cuyo templo del Buen Jesús es el verdadero santuario de toda esta comarca minera.

(fig. 1856)

Santuario de Ouro Preto