ITALIA: BERNINI. OTROS MAESTROS
FRANCIA
ITALIA: BERNINI. OTROS MAESTROS
. —El deseo de movimiento del barroco, cuyas
consecuencias hemos visto en la arquitectura, llega a convertirse también en una
obsesión para los escultores. Miguel Ángel llega al último extremo en la
expresión del movimiento contenido en sí mismo, y ese sentido del movimiento es
el que heredan sus imitadores manieristas. Ahora el movimiento se dispara hacia
el exterior, y los miembros de las figuras y los ropajes se desplazan hacia
afuera. Los cuerpos rompen esos planos invisibles con que el manierismo los
tenía aprisionados, y se mueven con mayor naturalidad. En ese ímpetu hacia
afuera, en esa liberación, los ropajes adquieren personalidad que nunca han
tenido. Sus formas se hinchan, sus plegados se multiplican y arremolinan, y como
impulsado por un vendaval cuya fuerza crece a medida que avanzan los años, el
escultor atiende más al movimiento del paño mismo que a subrayar con él las
formas de la figura humana.
A la concepción puramente escultórica del
Renacimiento, de planos precisos y líneas vigorosas que parecen palparse con la
vista, sucede otra de carácter más pictórico que procura representar más la
apariencia que la realidad misma de la forma, y ya veremos cómo en el deseo de
fingir calidades, contrapone superficies pulidas a otras someramente
desbastadas.
Debido a ese movimiento hacia afuera que inspira a
la escultura barroca, ésta no suele concebirse para ser vista aislada y
delimitada en sí. Por lo general, necesita un marco en que ese movimiento se
continúe. Con frecuencia es escultura esencialmente decorativa y forma parte de
retablos, cuyas líneas acompañan sus actitudes.
Otra gran aspiración que rige en las artes
figurativas barrocas es el naturalismo de que se tratará al estudiar la pintura
de este período. Conviene, sin embargo, dejar consignado aquí, que, como el
barroco es estilo amigo de extremos, y gusta en su naturalismo de interpretar
expresiones particularmente exaltadas, es dado a interpretar los transportes
místicos, que no en vano el éxtasis es uno de los frutos más abundantes de la
Reforma católica.
Como todo el arte barroco, la escultura, por
último, es efectista y procura con frecuencia sorprender la atención del que la
contempla, sobre todo en el género funerario. Unas veces es un esqueleto el que
inesperadamente surge de una cortina para mostrarnos el reloj de la vida, otras
es el mismo difunto el que parece salir de su nicho o medio se incorpora en su
tumba.
Entre los últimos manieristas miguelangelescos y
el nuevo gran estilo del arte italiano, debe destacarse a Esteban Maderno
(muerte 1636), de la generación anterior al Bernini, que no duda en representar
a Santa Cecilia con el realismo típicamente barroco, tendida en tierra con un
gran corte en el cuello y el rostro vuelto lo mismo que aparece en su sepulcro (fig.
1857).
(fig. 1857)
Santa Cecilia

Veamos cómo los caracteres más destacados de la
escultura barroca aparecen plenamente definidos en el verdadero creador del
estilo. Si para explicar la arquitectura barroca italiana, Bernini (muerte 1680)
necesita el complemento de Borromini, él es, en cambio, el padre indiscutible de
la escultura barroca. Establecido en Roma, aunque napolitano de nacimiento, es
artista precoz, de gran fantasía y decisión, que no tarda en crear el estilo que
impondrá al resto de Europa.
Formado con su padre, colabora ya con él en el
Rapto de Proserpina (fig. 1858).
(fig. 1858)
Rapto de Proserpina

Si recordamos que es tema análogo al interpretado
por el manierista Juan de Bolonia , se observará cómo se
relaja la composición, al mismo tiempo que el movimiento gana en intensidad.
Pero donde su estilo se manifiesta sin trabas es en el David (1619). El joven
héroe que imaginara Miguel Ángel derecho, concentrado en sí mismo, con la mirada
fija en el blanco, se convierte en sus manos en una figura de actitud violenta,
representada en el momento mismo en que va a lanzar la mortífera piedra (fig.
1859).
(fig. 1859)
David

El
modelado de su cuerpo delata ya también al gran virtuoso del cincel. Ambos
valores, movimiento expansivo y finura de modelado, se acusan aún más en el
famoso grupo de Apolo y Dafne (1621) (fig. 1860), que esculpe a los veintitrés
años. Bernini ha elegido el momento mismo del final de la persecución, cuando,
al abrazar el dios a la ninfa, los níveos brazos de ésta se hacen follaje y su
blando cuerpo se recubre de duras cortezas. Interpretado múltiples veces el
poético tema de los rayos del sol y la fuente por pintores y grabadores, nunca
se ha representado como aquí lo leve del cuerpo que corre ni el contraste entre
el suave cutis de la ninfa y la seca y quebradiza corteza del árbol.
(fig. 1860)
Apolo y Dafne

Muchos años después, Bernini vuelve a tratar otro
tema del amor y crea la que será su obra maestra. Pero no de amor pagano, sino
de amor divino: El éxtasis de Santa Teresa (1644), concebido como un
cuadro (fig. 1861) a pesar de ser bulto redondo. Presenta a la Santa suspendida
en el espacio, desfallecida sobre un trono de nubes horizontales y superficie
rugosa, que al contacto con la superficie pulida de los ropajes adquieren
calidad vaporosa. El hábito de la Santa con sus grandes plegados barrocos no
acusa las formas del cuerpo. Lo único que de él vemos nos dice del modo más
patético que ese cuerpo no vive: el menudo pie desnudo pendiente en el espacio,
la mano entreabierta que aún apoya sobre el muslo, y, sobre todo, el rostro con
los ojos cerrados y la boca entreabierta. En contraste con la Santa
desfallecida, la fina túnica del ángel flamea y el rostro rebosa de vida y
alegría al lanzar el dorado dardo del amor divino en el alma cristiana anonadada
en presencia del Amado.
(fig. 1861)
Éxtasis de Santa Teresa

Al final de su vida, en la Beata Albertoni vuelve
a tratar el tema del transporte místico en forma más sencilla, pero con no menor
intensidad.
El sentido teatral y efectista del barroco inspira
a Bernini otra serie de obras de primer orden. En el San Longino (1638) ese movimiento expansivo tan propio del estilo, le hace extender sus brazos
en grandiosa actitud, que será ejemplar para sus sucesores.
Pero donde la grandiosidad, la teatralidad y el
efectismo del barroco escalan su máxima altura es en sus monumentos funerarios.
En el de Urbano VIII (fig. 1862) crea el gran sepulcro barroco de ricos
materiales. Preséntanos en él la estatua de bronce del Pontífice, con el brazo
en alto, en elevado pedestal, mientras a sus pies, esculpidas en mármol, las
figuras alegóricas de la Caridad y la Justicia se apoyan en el sarcófago, del
que se incorpora la Muerte para escribir en negra lámina el nombre del difunto.
(fig. 1862)
Sepulcro Urbano VIII

En el de Alejandro VII abandona el recuerdo miguelangelesco del
sarcófago e imagina una gran cortina que levanta, de la manera más teatral y
efectista, la Muerte, todavía medio oculta entre sus plegados, para descubrirnos
la puerta del sepulcro y mostrarnos el reloj de arena que cuenta nuestros días.
Cuatro grandes figuras alegóricas femeninas de mármol blanco, perdidas entre el
cortinaje de color oscuro, ocupan los cuatro ángulos (fig.
1863).
(fig. 1863)
Sepulcro Alejandro VII

Incluso sepulcros tan
sencillos como el de Fonseca, los concibe con sorprendente originalidad. De
media figura y lleno de vida, parece querer salir del nicho cuadrado en que se
encuentra. En realidad, el escultor se limita a ofrecernos un retrato, género
éste en que deja también la profunda huella de su excepcional talento artístico.
Aunque monumento de otra naturaleza, debe recordarse en este lugar la Cátedra de
San Pedro, conjunto apoteósico típicamente
barroco. En el busto de Constanza Buonarelli (lám_ 360) y
en el del Cardenal Borghese, tan llenos de vida, puede advertirse no
sólo cómo el naturalismo propio del barroco encuentra en el retrato uno de sus
géneros más propios, sino también la mirada penetrante de retratista que
distingue al Bernini. En el tardío retrato de Luis XIV (1665) (fig.
1864) es, sin
embargo, la idea del movimiento lo decisivo en el aspecto general.
(fig. 1864)
Retrato de Luis XIV

En la estatua de Constantino, del Vaticano (1663)
(fig. 1865), que puede considerarse un
retrato ecuestre, rompe con el patrón clásico y adopta el barroco del caballo
apoyado sobre las patas traseras.
(fig. 1865)
Estatua ecuestre de
Constantino

La Fuente del Tritón es un bello
ejemplo de cómo se funden en Bernini el arquitecto y el escultor (fig.
1866).
(fig. 1866)
Fuente del Triton

La escultura barroca italiana posterior al Bernini
es, en realidad, de estilo berninesco, y, como en tiempos del gran artista, sus
principales cultivadores continúan establecidos en Roma. Entre sus
contemporáneos debe recordarse al flamenco Duquesnoy (muerte 1643), que pasa
gran parte de su vida en la Ciudad Eterna, y que, inspirado quizá más por el
barroquismo rubeniano que por el berninesco, esculpe el espléndido San Andrés
(1640) de San Pedro, cuya grandiosa actitud es hermana de la del San Longino; Alejandro Algardi (muerte 1654), italiano de la misma generación del
Bernini, es su principal competidor. Formado en el manierismo se deja influir
por él, como se pone bien de manifiesto en el relieve de Atila y el Papa León
(1650), en San Pedro. Su busto de Olimpia Pamphui, aunque sin la vida
desbordante de los berninescos, es de un realismo netamente barroco. Entre los
cultivadores de la tradición berninesca durante el siglo XVIII, los dos nombres
más ilustres son Camilo Rusconi (muerte 1728) y Felipe della Valle (muerte
1770), que trabajan en Roma. En Palermo, Giacomo Serpotta (muerte 1732) se
distingue por su gran sentido decorativo.
FRANCIA
. —En la escultura barroca francesa el género
religioso pasa a último término, mientras los temas de carácter mitológico y
alegórico, más de acuerdo con el tono de las lujosas construcciones reales y del
parque de Versalles, ocupan el primer plano. Así como en España e incluso en
Italia continúa siendo la Iglesia el principal cliente de los escultores, en la
Francia barroca, siguiendo el proceso iniciado en el siglo XVI, son el monarca y
sus cortesanos quienes solicitan principalmente sus obras. Dado este carácter
profano, es natural que el retrato encuentre especial favor y constituya uno de
los capítulos más interesantes del barroquismo francés, particularmente en forma
de busto.
Los escultores barrocos franceses trabajan
preferentemente en mármol y en bronce, como los italianos, y su estilo se
encuentra intensamente influido por el de éstos. El más importante del siglo
XVII, Puget (muerte 1694), que vive en Marsella al margen del estilo oficial de
la corte, es una buena prueba de la profunda influencia berninesca en Francia.
Estudia en Italia y crea en el relieve de Alejandro y Diógenes una obra de
grandiosidad típicamente barroca, en la que la huella del Bernini es bien
patente. Esa misma grandiosidad es la que caracteriza al Milón de Crotona (fig.
1867), el tema clásico de dolor y de fuerza.
(fig. 1867)
Milón de Crotona

Mientras Puget esculpe estas obras inspiradas por
un sano naturalismo barroco, los escultores de la corte, bajo la dictadura del
pintor Lebrun, director de la decoración de Versalles, trabajan en un estilo
hinchado y aparatoso. El más representativo es Francisco Girardon (muerte 1715),
autor de la gran estatua ecuestre de Luis XIV de la plaza Vendóme, de París,
destruida durante la Revolución. De él conservamos grupos de carácter mitológico
como el del Rapto de Proserpina y el de Apolo y las ninfas, de Versalles, y el
sepulcro del cardenal Richelieu, de la iglesia de la Sorbona.
Esculpido éste por Girardon siguiendo un boceto de Lebrun, presenta al cardenal
acompañado por las figuras alegóricas de la Religión y de la Ciencia, con toda
la teatralidad del estilo berninesco.
Antonio Coysevox (muerte 1720) es el gran
retratista en el que ese estilo adquiere gracia y elegancia francesas, como
demuestran, entre otros varios, el busto de Colbert (fig.
1868).
(fig. 1868)
Busto de Colbert

Entre
los retratos de tipo mitológico merece recordarse el de María de Saboya,
representada como Diana. Cultiva también el género funerario en forma análoga a
la de Girardon.
De los Coustou, discípulos de Coysevox, lo más
importante son los Caballos, del jardín de las Tullerías, obra de Guillermo (fig.
1869).
(fig. 1869)
Caballo de Marly

Bajo Luis XV, bien avanzado el siglo XVIII,
persiste el estilo de la gran escultura de los días del Rey Sol, y los géneros
en que se producen las creaciones más bellas y características son el desnudo de
tema mitológico y el retrato. Uno de los escultores más representativos es
Falconet (muerte 1791), cuyas estatuas del Amor y de bañistas
tienen toda la gracia y ligereza propia del rococó. Concebidas en pequeño,
participan del mismo espíritu que inspira a las porcelanas, que no en vano
termina siendo el artista director de la Fábrica de Sévres.
El neoclasicismo
gana terreno en los principales escultores del último tercio del siglo que
mueren ya en la centuria siguiente. Figura entre ellos Pajou (muerte 1809),
cuyas obras más atractivas son, sin embargo, las animadas por el espíritu de la
corte de Luis XV, como lo prueban su Psique y el retrato de busto de la Du Barry, del Louvre. J. A. Houdon
(muerte 1828) esculpe la Diana, del mismo museo, uno de los desnudos más
elegantes y que mejor expresan el movimiento de la carrera en la escultura
francesa. Pero su labor más valiosa es la numerosa serie de bustos en que nos descubre su sano sentido naturalista y sus
dotes extraordinarias para sentir y expresar la vida de sus retratados, que son
casi todos los hombres célebres de su tiempo. Por la vida rebosante de su
expresión merece recordarse especialmente el de Voltaire, en cuyo rostro brilla
en forma admirable la sonrisa burlona del viejo enciclopedista (fig.
1870).
(fig. 1870)
Voltaire
