HISTORIA DEL ARTE

CAPÍTULO XXXV

PINTURA BARROCA ITALIANA

Apunte contexto histórico

*

EL ESTILO

LA ESCUELA BOLOÑESA: LOS CARRACCI

GUIDO RENI, EL GUERCINO, DOMENICHINO Y ALBANI

EL TENEBRISMO: CARAVAGGIO

LOS DECORADORES BE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO

NÁPOLES Y GÉNOVA

SIGLO XVIII. VENECIA: TIÉPOLO, CANALETTO Y GUARDI

 


EL ESTILO

. —Como arte figurativo, la pintura barroca participa de la mayoría de los caracteres comentados al tratar de la escultura; es decir, del naturalismo, del afán de movimiento y del gusto por lo efectista y teatral. La pintura, cansada de la perfección clásica renacentista e impulsada por el naturalismo, no duda en representar con la mayor crudeza tipos deformes, como El niño cojo, de Ribera, e incluso cadáveres en putrefacción, como los de Las postrimerías, de Valdés Leal. Ese mismo deseo barroco de realidad hace al pintor considerar como tema suficiente de un cuadro unos trozos de pescado o la carne sangrando de una vaca abierta en canal, e interpretar en el tono de la vida diaria muchos asuntos religiosos. Su interés por los más diversos aspectos de la naturaleza y de la vida le lleva, como veremos, a ampliar considerablemente el número de los géneros pictóricos.

El estudio de la expresión preocupa sobremanera al pintor barroco. Si Leonardo escribe sobre la sonrisa del ebrio, ahora se pinta un cuadro en que la sonrisa concentra toda la atención del artista, y otros en que se representan la risa plena, el grito, el terror y el dolor. Este interés por la expresión deja honda huella en la pintura religiosa. El ansia mística se pinta con más frecuencia aún que se esculpe, y, en general, con mayor intensidad. Mientras el Renacimiento procura evitar la expresión del dolor, el barroco se complace en representarlo en las escenas de martirio como medio más eficaz para fomentar la devoción. Las persecuciones de los católicos ingleses y la muerte de los evangelizadores de América y Asia ponen de actualidad la era heroica de los mártires de los primeros tiempos del Cristianismo, a lo que contribuyen también el descubrimiento, a fin de siglo, del cementerio de Priscila, y la publicación del martirologio de Baronio.

La necesidad de representar las glorias celestes contempladas por los místicos o los mártires en el momento de su tránsito, crea un tipo de composición efectista y espectacular, en la que el cielo, cargado de luz y músicas angélicas, y orlado de aparatosas nubes, ocupa la parte superior del cuadro, mientras abajo campea la sombra o la miseria terrena. Esta ansiedad celestial y este deseo de liberarse de la limitación terrena da lugar al nuevo tipo de pintura decorativa, ya aludida al tratar de los caracteres del templo barroco. En un principio, las superficies de las bóvedas se decoraban con pinturas donde las escenas aparecen de perfil, como en un lienzo o pintura mural, pero después se contemplan en escorzo, como vistas desde abajo, y encuadradas por un celaje de hermosas nubes. En realidad, la pintura barroca se limita en este aspecto a seguir los pasos dados por Correggio.

El movimiento de la composición se intensifica, y al tranquilo esquema del triángulo equilátero, todo equilibrio, de las Vírgenes rafaelescas sucede el deseo de crear esas grandes líneas diagonales o simplemente oblicuas que cruzan violentamente las composiciones rubenianas.

En cuanto a los elementos más puramente pictóricos, es ahora de capital importancia la luz. Si la luz leonardesca hace desaparecer el fuerte dibujo del contorno florentino, creando su típico esfumado, ahora se reemprende el problema creando una pintura simplista de planos de luz y de planos de sombra, donde las formas se dibujan con precisión escultórica, pero se termina matizando perfectamente el efecto del aire iluminado en la forma y en el color. Si la pintura debe al Renacimiento la conquista de la perspectiva lineal, tiene que agradecer al barroco el dominio de la perspectiva aérea. Al desvalorizarse la línea y, como consecuencia de ello, el plano, viéndose cada uno en función del anterior y del posterior, a la visión renacentista por planos reemplaza la visión en profundidad del barroco.

El pintor barroco aprende de la escuela veneciana no sólo el valor primordial del color como tinta, sino el valor del modo de ser aplicado como creador de forma y de su intensidad cromática. El proceso de la factura colorista barroca va, en general, de la lisa y uniforme, creadora de superficies exaltadoras de los valores plásticos, a la cada vez más suelta y desenfadada con que se persigue la apariencia de la forma. Este proceso de desintegración de la factura llega a mediados del siglo XVII en alguna escuela a extremos que sólo se superarán dos siglos después. En la obra de un mismo artista es también frecuente advertir una evolución análoga.

Aunque la pintura barroca, sobre todo en Italia, continúa empleando el fresco, éste se reduce principalmente a la decoración de las bóvedas. En cambio, se abandona el temple y se generalizan el óleo y el lienzo. Este último permite la pintura de cuadros de proporciones mucho más grandes que la tabla, y gracias a él los cuadros de los retablos mayores son todo lo gigantescos que exige el sentido de la grandiosidad de los arquitectos barrocos.

Ya queda indicado cómo los temas pictóricos se multiplican en el período barroco. La misma iconografía cristiana se enriquece. Los católicos, combatidos por los protestantes, insisten en la representación de los asuntos condenados por éstos. Así vemos tomar forma definitiva a la Inmaculada, y pintarse series de escenas alegóricas del Santísimo Sacramento. De acuerdo con el espíritu de los Ejercicios espirituales de San Ignacio, se desmenuzan al máximo los pasajes evangélicos, y Tiépolo llega a ofrecernos un crecido número de escenas de la historia de la Huida a Egipto. Las historias de santos se hacen también más numerosas, y son frecuentes las series de lienzos a ellos dedicados para decorar iglesias y claustros de conventos. La conquista de Holanda, tierra de fecunda actividad pictórica, por el protestantismo da lugar a un mayor interés por los temas del Antiguo Testamento.

La fábula pagana continúa cultivándose, sobre todo, en Flandes y Francia, donde conserva el tono idealista de tradición italiana, mientras en España y Holanda se interpreta en el plano de la vida diaria. Pero los que ganan más terreno son los otros géneros profanos.

El retrato se difunde considerablemente, generalizándose el de cuerpo entero y creándose de forma definitiva el de grupo. En alguna escuela, como la francesa, se pone de moda el retratarse de dios pagano; mientras en otras—la española sobre todo—no falta algún retrato de dama con atributos de santa. El paisaje, convertido en género independiente, adquiere importancia extraordinaria, y dentro de él se crean los más específicos de marinas, de batallas navales, etc. Aparece el cuadro de arquitectura, el de interior con escenas caseras, galantes, etcétera; el de bodegón con figuras, por lo general de medio cuerpo, comiendo, bebiendo o jugando; el de naturaleza muerta, de carnes, pescados o frutas; el de flores, el de animales, etc. Todo ello trae como consecuencia la especialización en cada uno de esos géneros pictóricos de numerosos artistas.


LA ESCUELA BOLOÑESA: LOS CARRACCI

.—La reacción contra el manierismo florentino y romano que ve en ciertos aspectos de Miguel Ángel, Rafael y Correggio, la única fuente del verdadero arte radica en Bolonia, precisamente la ciudad dominada por Peregrino Tibaldi (muerte 1595), el artista que pasa su vida repitiendo más o menos fielmente el estilo de la Capilla Sixtina. Este movimiento bolones que propugna un estilo ecléctico de base más amplia y produce sus primeras obras importantes hacia 1580, sólo es estilo de vanguardia durante unos treinta años, si bien la escuela perdura e incluso crea algunas de sus personalidades más destacadas en el segundo cuarto del siglo XVII.

El eclecticismo bolones es obra de un pintor de más fuerza de voluntad que dotes artísticas excepcionales. Luis Carracci (muerte 1619) no se descorazona cuando, en Bolonia, su primer maestro quiere quitarle las ilusiones de dominar la pintura, ni cuando, en Venecia, el Tintoretto no le concede atención alguna. Marcha entonces a Florencia y a Parma, y, a la vista de las obras allí existentes, forma su propio estilo, en el que trata de fundir todo lo que considera más excelente en cada maestro. Al regresar a Bolonia, después de imponerse a sus paisanos, hace que sus dos primos más jóvenes, Agustín (muerte 1602) y Aníbal (muerte 1609), viajen también por Italia y adquieran un estilo igualmente ecléctico, formado, sobre todo, en los frescos de Correggio y en los lienzos del Veronés. Generalmente unidos los tres, comienzan a trabajar en su patria hacia 1580, constituyendo un verdadero triunvirato pictórico que termina por extender su estilo a casi toda Italia y a buena parte de España y Francia. En 1585 fundan la famosa Accademia dei Desirosi o degli Incaminnati, el centro de enseñanza que sirve de modelo a las modernas escuelas de Bellas Artes. Con ella los Carracci reemplazan el viejo sistema del maestro que enseña en su taller al aprendiz por una institución donde, además de las enseñanzas puramente técnicas, se dan clases de anatomía, en las que un médico explica sobre el modelo vivo, de diversas enseñanzas teóricas y de historia de la pintura. Periódicamente, por último, se distribuyen premios entre los alumnos más aventajados.

Hasta fecha reciente se ha creído en la autenticidad de un soneto de Agustín Carracci elogiando a Nicolo dell Abate que se consideraba el programa del eclecticismo bolones. Según ese soneto quien quisiese hacerse buen pintor habría de aprender el dibujo en la escuela romana, del terrible camino de Miguel Ángel, la verdad del Tiziano, el estilo puro de Correggio y la verdadera simetría, es decir las proporciones de Rafael. Hoy sabemos que ese soneto es pura invención del siglo XVIII, con lo que el eclecticismo carracciesco resulta más intuitivo que programático.

Luis Carracci, en su Virgen con santos, tenida por su obra maestra, descubre, por encima de los escorzos, del movimiento de algunas figuras y de la iluminación de estirpe correggiesca, un cierto sentido barroco de la grandiosidad. Encontrándose muy lejos de ser un temperamento apasionado, es indudable que a la premiosidad y al preciosismo manierista ha sucedido un moderado ímpetu barroco.

La Comunión de San Jerónimo, de la misma Pinacoteca de Bolonia, de Agustín Carracci, dotada también de indudable grandiosidad, muestra, en cambio, las preferencias de su autor por el arte jugoso de los venecianos. Aníbal se hace famoso por sus numerosos asuntos de composición sencilla y estilo tan falto de nervio y tan dulzón, que llega a empalagar. El Sueño del Niño Jesús, el llamado «Silencio de Carracci», es una de sus creaciones más típicas de este género.

Después de haber pintado al fresco los tres Carracci varios palacios de Bolonia, Agustín y Aníbal marchan en 1595 a Roma para decorar el del cardenal Farnesio. Se comprende su triunfo sobre el manierismo agonizante representado por Federizo Zúccaro. El único que puede hacerles sombra es Caravaggio, y no cultiva ese género de pintura. El eclecticismo bolones entronizado así en la capital del mundo artístico, se difunde rápidamente. Los Carracci, inspirándose en Miguel Ángel, Rafael y el Correggio, y estudiando las antigüedades romanas, son quienes realmente sacan, en esta decoración de carácter mitológico de la galería del Palacio Farnesio, las últimas consecuencias del arte pagano de Rafael, que la Reforma Católica impide desarrollar en sus cuadros religiosos. El genio director debe de ser Agustín, cuyo temperamento se encuentra tan lejano de los ideales reformistas católicos, que llega a abrir algún grabado de carácter lascivo. En el arranque de la bóveda del Palacio alternan los atlantes simulados de mármol, con desnudos y medallones bronceados, mientras en el gran cuadro central se desarrolla la historia de Baco y Ariadna (fig. 1886), que avanzan en alegre tropel exhalando en sus desnudos la sensualidad de un paganismo plenamente asimilado. Animado por el mismo espíritu.

(fig. 1886)

Historia de Baco y Ariadna

El Triunfo de Galatea es otra de las escenas más decorativas y mejor compuestas de los Carracci. Ambas están vistas lateralmente, como en una pintura de caballete. La trascendencia de estas grandes composiciones es considerable. Son el jalón inmediatamente anterior al barroquismo de Rubens y principal fuente de inspiración del arte francés de Luis XIV.


GUIDO RENI, EL GUERCINO, DOMENICHINO Y ALBANI

. —Las dos grandes figuras de la segunda generación de la escuela boloñesa y las que le inyectan nueva vida, son Reni y el Guercino.

Guido Reni (muerte 1642) es un discípulo de los Carracci que duda en un principio entre el estilo de éstos y el naturalismo de intensos contrastes de luces y sombras del Caravaggio, hasta el punto de que llega en sus comienzos a pintar alguna obra tan plenamente caravaggiesca como la Crucifixión de San Pedro, del Vaticano. Decidido, al fin, por el gran estilo decorativo de colores claros y de hermosas figuras con bellos rostros de aquéllos, llega a ser uno de los principales cultivadores del eclecticismo bolones. De gran capacidad técnica, aunque un poco frío de inspiración, prueba su talento el que Aníbal Carracci, celoso de su valer, no le deje colaborar en el Palacio Farnesio.

Al terminar su pintura de la Aurora (1609) (fig. 1887), el mismo año de la muerte de Aníbal Carracci, todos le consideran en Roma el sucesor de éste. Nadie duda que aquella gran composición al fresco con que decora la bóveda del Casino Rospigliosi es obra de la categoría de la del Palacio Farnesio y digna heredera de las grandes pinturas murales de Rafael. Concebido a semejanza de Baco y Ariadna, como un gran lienzo sin muchas preocupaciones por escorzos y efectos de perspectiva, presenta al dios Apolo en un carro tirado por briosos corceles avanzando al galope sobre las nubes, rodeado por el bello cortejo de las Horas y precedido por la Aurora sembrando flores sobre la tierra.

(fig. 1887)

La Aurora

Guido Reni es también uno de los grandes pintores barrocos de temas religiosos (fig. 1888). Algunas de sus creaciones, como la Magdalena en actitud extática y teatral, tan fofa de carnes como de expresión, alcanzan gran popularidad a juzgar por el gran número de copias conservadas. La Judit del Palacio Spada, de Roma, muestra la honda huella dejada en él por Caravaggio, y el retrato del Cardenal Spada, en la misma colección, habla de sus dotes para cultivar este género.

(fig. 1888)

La Magdalena

Si Guido Reni se mantiene, en lo esencial, fiel a las normas de los Carracci, Francisco Barbieri, el Guercino (muerte 1666), algo más joven que él, trae nueva vida al eclecticismo bolones vivificando el estilo decorativo de aquéllos con el claroscurismo y el amor a la naturaleza de Caravaggio y el colorido veneciano. Su gran pintura de la Aurora (1621) (fig. 1889), del Casino Ludovisi, de Roma, es la última gran creación de este tipo de la escuela boloñesa, donde, debido probablemente a la influencia veneciana, se abandona ya el punto de vista lateral adoptado por los Carracci y Guido Reni y se presenta la escena contemplada desde abajo, en violento escorzo sobre un celaje en el que la mirada se pierde. El claroscuro es también más intenso que en sus predecesores.

(fig. 1889)

La Aurora

Ese claroscurismo de influencia caravaggiesca es todavía mucho más sensible en su gran lienzo del Entierro de Santa Petronila (fig. 1890), que se considera su obra maestra. Comparado con el Santo Entierro, de Caravaggio, al mismo tiempo que descubre el origen de lo bajo del punto de vista, delata, con el mayor aparato de sus composición, todo lo que ha prosperado el barroquismo. Su estilo colorista revela cómo Guercino ha sabido asimilar la blandura veneciana.

(fig. 1890)

Entierro de Santa Petronila

Discípulos de menos categoría de los Carracci son el Domenichino y Albani. Domenico Zampieri, el Domenichino (muerte 1641), aunque la falta de nervio corriente en la escuela se hace en él bastante sensible, crea en la Comunión de San Jerónimo (1614) una de las principales obras de la pintura barroca (fig. 1891). Copia bastante fiel de la de Agustín Carracci, lo monumental del fondo presta mayor grandiosidad al conjunto y la luz destaca las diversas partes del grupo haciendo su composición más clara; pero es el agotamiento físico del rostro del santo, expresado con intensidad típicamente barroca, lo que centra rápidamente el interés del que contempla el cuadro.

(fig. 1891)

Comunión de San Jerónimo

Cultiva también el género mitológico —Triunfo de Diana, de la Galería Borghese, de Roma—, género en que se distingue especialmente Francisco Albani (muerte 1660). Pintor éste que concibe todo en pequeño, sus personajes son unos graciosos muñecos de rostros angelicales e infantiles en los que el espíritu pagano que inspira al Correggio muere esterilizado por el sentimiento de castidad de la Reforma Católica. Sin el grano de sensualidad renacentista, sus insípidas creaciones mitológicas le conquistan, sin embargo, fama muy superior a sus propios méritos. La Danza de Amores, de la Pinacoteca Brera, de Milán, es muy representativa de su personalidad artística.


EL TENEBRISMO: CARAVAGGIO

. —Un año después que Aníbal Carracci, muere en la playa de Porto Ercole, rodeado por unos pescadores, víctima de la fiebre y de las heridas recibidas en su último altercado, Miguel Ángel Caravaggio (muerte 1610). Nacido en el norte de Italia, después de estudiar en Milán se establece en Roma, pero su carácter violento y pendenciero convierte su vida, sobre todo en su última parte, en una serie ininterrumpida de duelos, muertes, fugas huyendo de la justicia y peticiones de indulto. Así, cuando el porvenir se le presenta ya diáfano en la Ciudad Eterna, tiene que abandonarla y huir a Nápoles. Desde allí marcha a Malta, y después peregrina por Sicilia. Al permitírsele regresar a Roma, muere antes de cumplir los cuarenta.

Lo mismo que su vida, la actitud artística del Caravaggio es de franca rebeldía frente al arte ecléctico bolones. Caravaggio ve la obra pictórica desde un ángulo mucho más estrecho, pero también desde un punto de vista más original. Al situar en el primer plano de su interés el problema de la luz, inicia una de las grandes conquistas del arte barroco. Comenzada su formación en tierra lombarda, fecundada por el estilo leonardesco, es natural que se sienta atraído por el claroscurismo. Pero mientras en el maestro florentino el claroscuro está ligado al esfumado de los perfiles y a la suavidad en el tránsito de la luz a la sombra, en el Caravaggio la luz se proyecta sobre la forma con violencia y su contraste con la sombra es brusco e intenso. Si la de Leonardo es una luz suave como la sonrisa de sus rostros, la del Caravaggio es intensa como la luz artificial en la noche o el rayo de sol en la oscuridad. Para crear estos intensos efectos de luces y sombras refiere uno de sus biógrafos que pintaba con luz de sótano, es decir, con iluminación muy alta y única, a fin de que las paredes permaneciesen en la sombra. A ello se debe el nombre de tenebrismo con que se conocen su estilo y el de sus imitadores.

Su actitud no es menos decidida frente al idealismo renacentista, hasta el punto de convertirle en un temprano campeón del naturalismo barroco. Poco amigo de la noble arrogancia con que el Renacimiento gusta de imaginar sus personajes, los interpreta él en tono tan naturalista que, sobre todo en alguna historia religiosa, llega a provocar airadas protestas. Salvo en casos muy aislados, más que el deseo de ahondar en la representación realista, se advierte en Caravaggio el de humanizar los personajes divinos, aunque manteniéndose dentro de los límites propios del idealismo italiano. Ello no obstante, no pocas de sus obras descubren en él un prurito de rebuscamiento en la composición para crear violentos escorzos, de estirpe poco naturalista.

Su primer grupo de obras importantes es la serie de San Mateo. En la historia de San Mateo y el ángel, si el tipo poco distinguido de aquél explica las protestas antes aludidas, la rebuscada actitud del ángel habla de su preocupación por el escorzo. De gran tamaño, las figuras ocupan la casi totalidad del lienzo. En la Vocación del Santo ofrece la escena, corriente en el tenebrismo, de varios personajes en una oscura sala en torno a una mesa violentamente iluminada desde la parte alta de uno de los lados.

En los dos cuadros compañeros de la Crucifixión de San Pedro y de la Conversión de San Pablo (1600) se muestra aún más lejano de las normas renacentistas. Las figuras, proporcionalmente mayores, llenan la superficie, y si en el primero, las actitudes, dentro de sus intensos escorzos, procuran ser vulgares, en el segundo, el caballo, en violento escorzo, con la grupa vuelta al espectador y el santo con los brazos clamantes hacia el cielo, delatan una preocupación efectista netamente barroca.

El rebuscamiento en la composición y en el punto de vista es manifiesto en el Santo Entierro (1602) (fig. 1892), donde el autor imagina el sepulcro en primer lugar y al espectador muy debajo, casi en la fosa misma, para que contemple la escena en escorzo muy acusado. Los gestos y los tipos son poco distinguidos. Si se vuelve la mirada al Santo Entierro, de Rafael, imaginado como un desfile de bellas actitudes, se comprenderá el largo camino recorrido por Caravaggio para llegar a llamarnos la atención, incluso sobre las deformidades de los pies de uno de los santos varones.

(fig. 1892)

Santo Entierro

Donde su arte de componer se muestra menos rebuscado, su iluminación más típicamente tenebrista y más efectista y su realismo más insolente es en el Entierro de la Virgen (1605) (fig. 1893). El tomar por modelo para la figura de María a una pobre mujer ahogada en el Tíber, con el vientre hinchado, es superior a lo que puede soportar el ambiente clásico romano, y la protesta termina por hacer retirar el lienzo del templo para donde se pinta. Ni la grandiosidad de la composición, dentro de su aparente sencillez, ni la forma admirable como el intenso claroscuro valoriza el contenido trágico del tema, creando uno de los cuadros más impresionantes de la pintura barroca, logran compensar a sus contemporáneos del desacato que significa el realismo de Caravaggio para el sentido clásico y para la piedad.

(fig. 1893)

Entierro de la Virgen

Dadas sus preocupaciones naturalistas, es lógico que Caravaggio cultive el cuadro de costumbres, que tanto éxito tiene entre sus sucesores. Ya en los primeros tiempos pinta la Mujer tocando el laúd y unos Jugadores de cartas, a los que siguen otros como la Mujer diciendo la buenaventura, todos ellos de figuras de medio cuerpo. Su Cesta de frutas, de la Pinacoteca Ambrosiana de Milán, es testimonio de la amplitud de su interés naturalista. Con este mismo criterio interpreta el tema mitológico de Baco (fig. 1894).

(fig. 1894)

Baco

La influencia del tenebrismo y del naturalismo caravaggiesco durante la primera mitad del siglo XVII es extraordinaria, no sólo en Italia, sino en el resto de Europa. Etapa no bien conocida de la pintura italiana, cuenta con nombres como Manfredi,  Gentileschi, Caracciolo, etc. Pero el único tenebrista que trabaja en Italia capaz de competir en personalidad con Caravaggio es el español Ribera, que pasa casi toda su vida en Nápoles, y de quien se trata más adelante.


LOS DECORADORES DE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO

. —La principal creación de la escuela romana de la segunda mitad del siglo es la pintura decorativa de bóvedas y techos, en la que el barroquismo triunfante alcanza una de sus últimas metas. En ella se continúa el estilo decorativo bolones. El que abre francamente esta nueva etapa barroca es Pietro de Cortona (muerte 1669), casi riguroso coetáneo del Guercino. Inspirándose aún más en las bóvedas del Correggio que en las decoraciones boloñesas, concede al escorzo de la figura humana y a las nubes toda la importancia que resta a la trama arquitectónica. En su gran techo del Palacio Barberini (1633), de Roma, que pinta por los mismos años en que Bernini traza el Baldaquino, echa las bases del nuevo estilo decorativo del pleno barroco (fig. 1895).

(fig. 1895)

Techo del Palacio Barberini

Pero quien le hace recorrer el último estadio de su evolución es el jesuita Andrea Pozzo (muerte 1709), cuya actividad corresponde ya al último tercio del siglo XVII. El pone al servicio de ese deseo de espacio infinito, tan característico del barroco triunfante, un dominio excepcional de la perspectiva arquitectónica. Gracias al gran escenógrafo que en él existe, sus bóvedas producen la ilusión de que los muros del templo se prolongan en pisos y más pisos, con galerías, columnas y entablamentos, hasta perderse en las nubes. El Triunfo de San Ignacio, de la bóveda de su iglesia de Roma, es su obra cumbre y la que, por tanto, representa la meta de este tipo de pintura decorativa (fig. 1896).

(fig. 1896)

Triunfo de San Ignacio. Roma

Ilustre cultivador del mismo estilo es su coetáneo el genovés Baciccia (muerte 1709), autor del gran fresco del Triunfo de Jesús, de la iglesia de Jesús, también de Roma.

Con ese tipo de pintura decorativa del pleno barroco, aunque corresponda ya al siglo XVIII, se encuentra relacionada la de escenografía, cuya ilusión suprema en este período es la ficción de espacio. Su gran maestro es el bolones Fernando Bibbiena (muerte 1743), quien a su dominio de la perspectiva une una imaginación extraordinaria y fecundísima para inventar enormes interiores de grandiosas proporciones, de los que se conservan dibujos y estampas.


NÁPOLES Y GÉNOVA

. —Al tenebrismo, que tan hondas raíces echa en Nápoles gracias a la presencia de Ribera, sucede el estilo de Luca Giordano, a quien ya en vida se le llama, en España, Lucas Jordán (muerte 1705). Artista que pasa de la concepción a la ejecución con rapidez vertiginosa, y que a su fantasía extraordinaria une una facilidad de pincel igualmente excepcional, es quizá el pintor más fecundo que ha existido. Su desconcertante rapidez en el trabajo hace que sus contemporáneos le denominen «Luca fa presto». Aunque, a veces, su estilo pueda resultar algo monótono por falta de empeño, sus dotes de colorista son de primera categoría, siendo también sorprendente su habilidad para imitar los estilos ajenos, de los que hace verdaderas falsificaciones. Entre sus pinturas de caballete son particularmente bellas las de influencia veneciana. Pero donde despliega todas sus excepcionales facultades es en sus enormes frescos de bóvedas y techos. Su punto de partida es el estilo de Pietro de Cortona, cuyos modelos y actitudes ejercen en él profunda y perdurable influencia. Lucas Jordán renuncia a escorzos arquitectónicos, y arma sus amplísimas composiciones sobre bambalinas de nubes que se suceden hasta perderse en el infinito. Trasladado en los últimos años de su vida a Madrid, pinta en España bóvedas tan importantes como la de la sacristía de la catedral de Toledo (fig. 1897), las de la iglesia y escalera de El Escorial, la del Casón del Buen Retiro de Madrid, donde representa la historia del Toisón de Oro, etc. .

(fig. 1897)

Sacristía de la catedral de Toledo

Algo más joven que Jordán, merece también recordarse en la escuela napolitana el nombre de Salvator Rosa (muerte 1673), que lleva al paisaje el estilo riberesco y que se distingue como pintor de batallas.

En Génova, el naturalismo barroco, unido a un gran desenfado técnico, produce la interesante personalidad de Bernardo Strozzi (muerte 1644), que cultiva temas como el de la Cocinera, del Palazzo Rosso, que se pensaría más propio de la escuela holandesa (fig. 1898).

(fig. 1898)

 Cocinera, del Palazzo Rosso


SIGLO XVIII. VENECIA: TIÉPOLO, CANALETTO Y GUARDI

. —En el siglo XVIII, aunque continúa trabajando en Roma algún pintor de fama en su tiempo, es Venecia la que marcha a la cabeza de la pintura italiana. En la primera mitad de la centuria aparecen ya varios artistas en quienes revive el rico colorido de la escuela, al servicio de un barroquismo gracioso y elegante, típicamente dieciochesco. Se llama Sebastián Ricci (muerte 1734), que trabaja en las cortes de Viena y Londres, y J. B. Piazzetta (muerte 1754). La gran pintura veneciana de esta época es de carácter profano, y su verdadero creador, Giambattista Tiépolo (muerte 1770), en quien la opulencia decorativa y el sentido del lujo venecianos y el espíritu narrativo cuatrocentista y veronesiano se ponen al servicio de una imaginación ampulosamente barroca. Aunque cultiva también el género religioso, la mayor parte de sus obras y la más representativa es la de tema profano (fig. 1899).

(fig. 1899)

Charlatán

Así, en la villa Marmarana, de Vicenza, deja una importante serie de escenas de la Eneida y de la Odisea. Decorador el más distinguido en su tiempo, pinta las bóvedas del Palacio de Wurzburgo, en Alemania, una de sus obras maestras. En 1762 se traslada a Madrid, donde pasa el resto de su vida manteniendo gloriosamente el pabellón de la gran pintura colorista barroca frente al neoclásico Mengs. De su labor madrileña y de la de sus hijos se trata más adelante, en el capítulo dedicado a la escuela española.

Si en Tiépolo predominan la fastuosidad y el lujo veronesiano, en Canaletto y en Guardi lo esencial es el gusto por la ciudad de Venecia y por la vida veneciana que inspirara a los Bellini y a Carpaccio. El iniciador de este nuevo tipo de pintura setecentista es Antonio Canal, Canaletto (muerte 1768), quien, después de visitar Roma y cultivar la escenografía, se dedica a pintar desde amplios puntos de vista los canales venecianos con sus góndolas, puentes y plazas, poblados de diminutas figurillas. El Palacio de los Dux (fig. 1900), la plaza de San Marcos, la iglesia poligonal de Sta. Maria della Salute con sus típicos mensulones, la paladiana fachada de San Giorgio Maggiore, son el fondo corriente de sus alegres y luminosas composiciones.

 (fig. 1900)

Palacio de los Dux

De sus continuadores, mientras Bellotto (muerte 1780) se limita a repetir su estilo, Francesco Guardi (muerte 1793), aun manteniéndose dentro de las características generales del mismo, emplea técnica más suelta y nerviosa que presta nueva vida al género creado por Canaletto. Pietro Longhi (muerte 1785) es el cronista de la vida veneciana que se interesa más por la escena que por el bello escenario de canales y plazas (fig. 1901).

(fig. 1901)

Lección de Baile

Frente a estas bellas vistas venecianas sin preocupación arqueológica de ninguna especie, las de G. P. Panini (muerte 1764) se distinguen por incluir ruinas de templos clásicos, relieves y vasos de mármol en los que sobrevive el espíritu del paisaje romano seiscentista.

Nápoles, la hermosa ciudad del sur, conserva cierta vitalidad durante el siglo XVIII gracias a sus decoradores Francisco Solimena (muerte 1747) y Corrado Giaquinto (muerte 1765), quienes con estilo diferente conservan la gran tradición de Lucas Jordán. El último, lo mismo que Tiépolo, es llamado por Carlos III a decorar el Palacio Real de Madrid.