HISTORIA DEL ARTE

CAPÍTULO XXXVI

PINTURA BARROCA FLAMENCA Y HOLANDESA

Apunte contexto histórico

ÍNDICE

ESCUELA FLAMENCA: RUBENS

VAN DYCK

JACOB JORDAENS

PINTURA DE GÉNERO: BROUWER Y TENIERS. EL PAISAJE

BODEGONES Y ANIMALES

HOLANDA: FRANS HALS. VAN DER HELST

REMBRANDT

MAESTROS MENORES: PINTORES DE INTERIORES

ARQUITECTURA, PAISAJE Y MARINA

ANIMALES, FLORES Y BODEGONES

 


ESCUELA FLAMENCA: RUBENS

. —La escuela flamenca, que hemos visto en trance de perder su personalidad, dominada por la influencia italiana, renace en el siglo XVII para figurar de nuevo en primera fila. Pero las guerras de religión abren una profunda sima entre los artistas del Norte y los del Sur, antes apenas diferenciados por pequeñas preferencias técnicas como el interés por la luz. Católica la actual Bélgica debido a la ocupación española, la pintura religiosa continúa teniendo en ella importancia de primer orden, mientras la protestante Holanda reduce su capítulo religioso a unas cuantas escenas de la vida de Jesús y al Antiguo Testamento, y dedica casi toda su actividad a los géneros de carácter profano.

La escuela flamenca es, en gran parte, la escuela de Rubens. Su personalidad arrolladora crea un gran número de discípulos que conservan su estilo hasta fines de siglo.

Pedro Pablo Rubens (muerte 1640) nace todavía en pleno siglo XVI en tierra alemana, aunque de padres flamencos, y al cumplir los diez años se traslada a Amberes, donde se forma con los italianizantes Van Noort y Otto van Veen. En 1600, al cumplir los veintitrés años, marcha a Italia, donde permanece no menos de ocho. Allí entra al servicio del duque de Mantua, en cuya corte inicia su vida de hombre de gran mundo, que tan decisiva ha de ser en su porvenir; en Florencia asiste a las bodas de Enrique IV con María de Médicis, bodas que en sus años maduros serán el tema de una de sus series más importantes. Pasa después cerca de tres años en Roma. En 1603 hace su primer viaje a Madrid por encargo del duque de Mantua, y en 1609 regresa a su patria con la aureola de sus éxitos italianos, y, nombrado pintor de los archiduques, se casa con Isabel Brandt, la joven con quien aparece en su primer Autorretrato de la Pinacoteca de Munich. Rodeado de antigüedades romanas y de cuadros italianos, trabaja sin cesar en un hogar feliz hasta que se queda viudo. Rubens viaja de nuevo durante varios años, alternando los pinceles con las gestiones diplomáticas. Entonces hace una nueva estancia en Madrid (1628) y visita Londres y Holanda. Cumplidos los cincuenta, contrae segundo matrimonio con la joven de dieciséis años Elena Fourment, con quien, en unión de su hijo menor, le vemos en el segundo Autorretrato de la Pinacoteca de Munich. Elena Fourment es el modelo que repite en los diez años que le restan de vida.

Comenzada su formación con los romanistas flamencos, donde se forja la personalidad artística de Rubens es en Italia, bajo la influencia de los grandes maestros del siglo XVI. En Rafael y Leonardo estudia principalmente el arte de componer; en los venecianos, no pocas composiciones, pero, sobre todo, el color; en Miguel Ángel, el sentido de la grandiosidad; en el Caravaggio, la luz, y en los Carracci, el sentido decorativo de las grandes composiciones. Prueba de su interés por los maestros italianos son las numerosas copias que poseemos de su mano. Todavía en el Prado se conserva alguna de las que hace de los Tizianos de las colecciones reales. Pero mientras los boloñeses, inspirándose en esas mismas fuentes, forman un estilo frío y de escasa originalidad, Rubens crea un estilo personalísimo lleno de vida, y llega a ser el maestro más representativo del barroco en cuanto a movimiento, abundancia y desbordamiento de la forma. Bajo su pincel todo se hincha, se inflama y se retuerce como la columna salomónica. No sólo el cuerpo humano, sino los caballos, las telas, los troncos de los árboles y aun el terreno de sus paisajes. Muy distante su prototipo de belleza femenina del ideal cuatrocentista florentino, se debe probablemente, tanto a sus gustos personales como a los modelos del país, a la influencia de Tiziano y a su sentido de la forma desbordante y dinámica. En él lo dramático es más movimiento y actitud que expresión del rostro.

Al servicio de su sentido de la forma pone Rubens una de las imaginaciones más fecundas que ha poseído pintor alguno. Su facilidad para componer es extraordinaria. Aparte de los cuadros que ejecuta por sí mismo o con escasa colaboración ajena, aquellos en que se limita a dibujar la composición, a indicar los colores y a dar los toques finales, confiando su ejecución a colaboradores, son numerosos. Gracias a su fecundidad excepcional puede mantener en constante producción un activo taller donde trabajan sus excelentes discípulos. Especializados varios de ellos en diversos géneros como el paisaje, los animales, las frutas o las flores, cada uno ejecuta en el lienzo la parte de su especial competencia. Este taller es la escuela en que se forman los principales pintores de las generaciones siguientes y el medio por donde ejerce decisiva influencia en esos varios géneros pictóricos. Gracias a la colaboración de ese taller, Rubens nos deja una de las obras más amplias producidas por pintor alguno, obra que no sólo abarca todos los temas: religiosos, mitológicos, profanos, históricos, etc., sino que desarrolla algunos de ellos en grandes series de lienzos de notables proporciones. Como es lógico, su obra es desigual, porque, además, Rubens trabaja deprisa y con frecuencia no se preocupa por la exactitud de las proporciones o la corrección de los escorzos. Lo que le importa es el juego general de la composición, las formas desbordantes y la riqueza colorista del conjunto. Y en este aspecto pocos pintores le superan.

Rubens, después de sus primeras obras, como las de Grasse (1602) y el Apostolado, del Museo del Prado, en las que la influencia tenebrista es todavía sensible, forma su estilo definitivo más movido y de colorido más claro y brillante, al que hace evolucionar relativamente poco. Como pintor de temas religiosos es uno de los más importantes y representativos del barroco. Quizá ninguno sabe crear composiciones tan efectistas e impresionantes como las suyas. Así, en la Adoración de los Reyes (fig. 1902), del Prado, la riqueza y el poder de los Reyes de Oriente ofrendada a Jesús nos anonada y abruma.

(fig. 1902)

Adoración de los Reyes. Museo del Prado

En los Condenados y en el Juicio Final, de Munich, los cuerpos caen en el espacio como una catarata de carne humana; en el Descendimiento (fig. 1903), de la catedral de Amberes, el cuerpo del Salvador que se desploma, y el grupo de los que le reciben, están concebidos con grandiosidad típicamente barroca.

(fig. 1903)

El Descendimiento

En los Milagros de San Ignacio y de San Francisco Javier lo espectacular del portento se encuentra interpretado con intensidad y arrebato extraordinarios. Rubens es también el gran pintor de alegorías religiosas. La ocasión de aplicar su genio a este tipo de pintura se la proporciona el convento de las Descalzas Reales de Madrid al pedirle (1628) los cartones para grandes tapices de temas eucarísticos que cubran su retablo mayor y las paredes de su claustro. Al ejecutarlos nos refleja Rubens, con todo el fuego de su barroquismo, el espíritu batallador de la Reforma Católica, representando el Triunfo de la Iglesia, los de la Eucaristía sobre la Idolatría y sobre la Filosofía, el del Amor divino, etc. Se conserva la mayor parte de sus bocetos de tamaño pequeño en el Museo del Prado.

Su amor al desnudo y su notable cultura clásica le convierten, por otra parte, en el gran intérprete barroco de la fábula pagana, en lo que debe de tener no pequeña parte su admiración por el Tiziano. Lo mismo que éste, no tiene grandes preocupaciones arqueológicas. La mitología es para él un repertorio inagotable que permite representar desnudos y más desnudos de blandas carnes nacaradas o bronceadas musculaturas, movidos por el hilo de una fábula cuyo intenso tono dramático justifica con frecuencia las más violentas actitudes. Su gran empresa de este tipo es la numerosa serie que pinta por encargo de Felipe IV, que siente por él tanta admiración como su abuelo por Tiziano, para decorar la Torre de la Parada, donde el monarca acostumbraba a descansar en sus cacerías de El Pardo. En la actualidad, constituye el fondo más rico de los cuadros de Rubens existentes en el Museo del Prado. Pero, aparte de esta serie, sus cuadros de tema mitológico abundan. Sirven de ejemplo el de Las tres Gracias (fig. 1904), una de sus últimas obras, el Juicio de París y los Sátiros persiguiendo a las ninfas, también en el mismo museo.

 (fig. 1904)

Las tres Gracias

Directamente relacionados con este capítulo mitológico se encuentran los cuadros de tema de historia clásica, entre los que figura en primer término el hermoso ciclo de Decio Mus, del Museo de Viena, que narra la historia del héroe romano con la acostumbrada ampulosidad. Y con igual dominio que la historia antigua, sabe desarrollar Rubens la historia contemporánea. Su obra maestra en este orden es la importante serie de grandes lienzos del Museo del Louvre, dedicados a glorificar a María de Médicis, viuda ya de Enrique IV, cuyas bodas presencia en su juventud en Florencia. En ella nos cuenta, con el hinchado lenguaje barroco, el tono halagador del cortesano y el rodeo de la alegoría, los triunfos que como mujer y reina alcanza a lo largo de su vida.

En la pintura de costumbres deja también huella profunda. En su Danza de aldeanos, del Museo del Prado (fig. 1905), de sus últimos tiempos, la sana alegría flamenca que inspira el genio humorístico de Brueghel el Viejo, se transforma en remolino humano retozón y lleno de vida, cuyo ritmo violento nos dice lo lejanos que nos encontramos ya de los jóvenes que danzan en la Bacanal, del Tiziano.

(fig. 1905)

Danza de aldeanos

En su Jardín del Amor (fig. 1906), del mismo museo, el tono de la fiesta se eleva, e imagina Rubens una serie de parejas de gentes elegantes que se hablan de amor, el tema que adquirirá pleno desarrollo en la escuela francesa de la centuria siguiente.

(fig. 1906)

Jardín del Amor

El paisaje, estacionado a fines del siglo en el estilo de los imitadores de Patinir y Brueghel, adquiere ahora nueva vida impulsado por el afán rubeniano de movimiento. La superficie terrestre se ondula y sentimos la impresión de que los caminos serpentean como seres vivos para hundirse en el fondo del cuadro, y que los árboles se retuercen como columnas salomónicas. Las manchas de luces y sombras repartidas en su superficie, al mismo tiempo que intensifican el dramatismo del paisaje, le dotan de profundidad, típicamente barroca. El germen de vida arrojado por Brueghel sobre el paisaje flamenco florece plenamente en Rubens.

Artista tan enamorado del movimiento, aunque no cultiva propiamente el cuadro de batalla, gusta de expresar el barroquismo de la fuerza desbordante del caballo al galope, haciendo corvetas, encabritándose o derrumbándose en tierra. En sus cacerías pone de manifiesto cómo le seduce el tema, desarrollando todo el dinamismo de los dibujos leonardescos para la batalla de Anghiari.

Rubens es, por último, gran pintor de retratos, si no siempre muy veraces, sí llenos de vida y de novedad en su concepción general. El es el primer gran artista barroco que rompe con el retrato rafaelesco cuyas líneas generales terminan su movimiento dentro del cuadro. Aunque pinta alguno de cuerpo entero, suele hacerlos de media figura, pero sus líneas parecen salir del cuadro y prolongan su movimiento fuera del marco. Uno de los mejores es el de María de Médicis (1622) (fig. 1907), espléndida y elegante figura cuyas carnes nacarinas realzan sus negras vestiduras;

(fig. 1907)

María de Médicis

Muy bello es también el de Ana de Austria, igualmente en el Prado. Entre sus retratos ecuestres, el del Cardenal Infante, triunfante en Nordlingen, es curioso compararlo con el de su bisabuelo Carlos V por el Tiziano, para ver cómo la pradera brumosa y solitaria del Elba y las nubes tristes pero tranquilas del celaje de éste se transforman en un campo de batalla con resplandores de fuego, y en nubes que se revuelven para dar paso a la Victoria que fulminando rayos y acompañada por el águila de los Austrias viene a decidir la lucha.

Gracias a su tremenda fecundidad, a la calidad de sus discípulos, a sus numerosos imitadores, a las copias y a la rápida y amplia difusión de sus obras por medio del grabado, la influencia del estilo de Rubens es extraordinaria en toda Europa y particularmente en España.


VAN DYCK

. —De una generación posterior a Rubens, Van Dyck (muerte 1641) muere, sin embargo, sólo un año después de aquél. Es casi un niño prodigio. A los dieciséis años tiene discípulos, y dos años después es el principal auxiliar de Rubens. Hijo predilecto de la Fortuna, su vida es una ininterrumpida carrera de triunfos. Hace un viaje a Italia, deteniéndose principalmente en Génova, Venecia, Roma, y llega hasta Palermo. Como Rubens, estudia con ahínco a los principales maestros, y su libro de apuntes muestra cómo acostumbraba a copiar la composición de los cuadros que llaman su atención. Los grandes éxitos logrados en Italia no tardan en llevar su fama hasta la corte inglesa, y la oferta por Carlos I del puesto de primer pintor, de un hotel en Londres y de una villa de verano en las cercanías de la ciudad, le deciden a trasladarse a la capital de Inglaterra (1632), donde pasa el resto de su vida. Es todavía hombre joven. Un escritor nos dice que en su tipo había algo de querubín y algo de Don Juan. Después de una brillante cadena de aventuras y de éxitos artísticos, se casa con una noble dama inglesa, y muere a poco de cumplir los cuarenta años, habiendo hecho dar de sí a su arte todas sus posibilidades.

Van Dyck es un discípulo dé Rubens con personalidad propia, pero de dotes más limitadas, y sin sus grandes ambiciones artísticas. Más correcto que él en el dibujo, carece, en cambio, de su enorme fuerza creadora, de su poderosa fantasía. El reacciona contra el ideal humano del maestro, y aunque conserva tipos que a veces es difícil distinguir de los de aquél, dota a los suyos, en general, de proporciones más alargadas y elegantes, que no en vano la elegancia de las proporciones y la distinción de los gestos son las notas más destacadas de su estilo. Es un compositor cuidadoso que estudia sin prisas las actividades de sus personajes y la forma de relacionarlos. Sus composiciones carecen del fuego de las rubenianas, pero son tan armónicas y tan agradables, que difundidas por el grabado se copiarán casi tanto como las de Rafael. Con el tono impuesto por su propio temperamento, la obra de Van Dyck es, en cierto grado, la prolongación de la rubeniana en su faceta religiosa y del retrato.

En sus primeras obras de carácter religioso, el influjo de Rubens es intenso, pero ya en su Apostolado los modelos carecen de la corpulencia de los del maestro y delatan gran preocupación por las actitudes elegantes. El ímpetu rubeniano, unido a su correcto sentido de la forma, le permite crear en su época juvenil una obra tan de primer orden como el Prendimiento, que el propio Rubens conserva hasta su muerte y en cuya testamentaría lo compra Felipe IV. La contraposición entre el grupo que sigue a Judas y la serenidad del Salvador, está sentida con admirable vigor trágico (fig. 1908).

(fig. 1908)

El Prendimiento

De origen rubeniano y típicamente barroca por el movimiento en diagonal de la composición, y por el huir de sus líneas principales fuera del lienzo, es su Piedad, del Museo del Prado. Su cotejo con la tan centrada y recogida en sí misma de Miguel Ángel, es buen índice de los extremos a que llega la sensibilidad barroca. El gran número de copias e imitaciones que de ella se conservan prueban lo bien que debe de interpretar el gusto de la época. Van Dyck es estimado, sobre todo, como pintor de retrato. En los de sus años juveniles, lo mismo que en el género religioso, la influencia rubeniana es notable. En el de su compañero Snyders y su mujer, aunque ya se apunta su tendencia a realzar la elegancia del retratado, tanto la sombra del maestro como el respeto al natural son aún bastante sensibles. Pero Van Dyck abandona pronto el taller de Rubens y marcha a Italia. Su permanencia en Génova (1622-1627) deja huella perdurable en su arte del retrato, pues si la técnica la aprende en Rubens, donde se forma el verdadero retrato vandyckiano es en los salones de los palacios genoveses. La burguesía y sus amigos flamencos son reemplazados ahora en sus lienzos por la nobleza italiana. Su estilo se hace más halagador y las actitudes elegantes y graciosas suceden a la naturalidad flamenca. En personajes italianos como la marquesa de Spinola, los Brignole Sale, los Adorno o el Cardenal Bentivoglio, de cuerpo esbelto y rostro fino y distinguido, encuentra el joven pintor flamenco los modelos por él soñados (fig. 1909).

(fig. 1909)

Princesa Grimaldi

Al trasladarse a Inglaterra, Van Dyck disfruta todavía de los últimos años del rey coleccionista, enamorado de las bellas artes, que preceden a la aparición de Cromwell. A la nobleza italiana sucede en sus lienzos la aristocracia inglesa, y el tipo de retrato nacido en Génova continúa produciendo frutos cada vez más sazonados. Dos retratos famosos hace de Carlos I, el del museo del Louvre, de pie sobre fondo de parque, vestido de sedas con amplio sombrero y la mano en el bastón, y el del Palacio de Windsor (fig. 1910), marchando plácidamente de paseo en un caballo que avanza en suaves movimientos. Visto casi de frente, no son la masa y la fuerza del bruto, sino las esbeltas proporciones del conjunto, y ese elegante andar del bello animal, lo que seduce en este retrato del monarca que pocos años después ha de morir en el patíbulo. Análoga distinción avalora el retrato de la reina Enriqueta, cuya gentil figura, envuelta en finas sedas y rasos, parece flotar en el ambiente.

(fig. 1910)

Carlos I de Inglaterra a caballo

Además del tipo de retrato corriente de media figura, Van Dyck no sólo generaliza el tizianesco de cuerpo entero, sino que hace triunfar el retrato doble —ya empleado por Holbein—, en el que contrapone las actitudes de dos personajes. De este tipo es su autorretrato del Museo del Prado de medio cuerpo, cediendo la derecha a Nendimión Porter, el asesor artístico y amigo de Carlos I, y sobre todo el de cuerpo entero de los condes de Bristol y Bedford, y el de John y Bernard Stuart  (fig. 1911), en el que para acusar el alargamiento del grupo coloca a cada personaje en distinto plano.

(fig. 1911)

John y Bernard Stuart

Pero esa aristocracia inglesa que reconoce en Van Dyck al pintor especialmente dotado para retratarla, le exige más retratos de los que puede ejecutar. Van Dyck termina limitándose a pintar los rostros, y crea un taller al que encomienda el resto de la obra. Los imitadores no tardan en formarse, y hoy existen en los palacios ingleses un sinnúmero de retratos vandyckianos en los que la mano del maestro se diluye tanto que concluye por desaparecer.

La influencia de Van Dyck en la formación de los retratistas ingleses, como veremos, es decisiva.

Aunque de menor categoría, la escuela flamenca produce otros varios pintores que se distinguen en el mundo del retrato. De las grandes dotes de Cornelis de Vos (muerte 1651), muy poco más joven que Rubens, pero que adopta el estilo de éste, es buena prueba el bello retrato de grupo en que aparece en unión de su familia, del Museo de Amberes. González Coques (muerte 1684) pinta retratos de grupo de tamaño pequeño y elegancia vandyckiana, hasta el punto de que se le ha llamado el pequeño Van Dyck. Justo Sustermans (muerte 1681), pintor de la corte de los Médicis, lleva a Italia el arte del retrato flamenco rubeniano.


JACOB JORDAENS

. —Vivo contraste con la personalidad de Van Dyck ofrece la de este otro discípulo (muerte 1678) de Rubens. La sangre que en aquél se ve dominada por el culto de la distinción, y en Rubens por su formación italiana y su cultura clásica, surge en él vigorosa. Sin su fuerza creadora, Jordaens participa algo del genio polifacético del maestro, y, aunque a la muerte de aquél es otro discípulo, Crayer, quien le sucede en el puesto de pintor de los archiduques, él es estimado por todos como el mejor pintor de Amberes. Años más tarde se hace hugonote y, partidario de los Orange, termina pintando la Apoteosis del Príncipe de Nassau (1640).

Aunque Jordaens pinta cuadros de asuntos religiosos, como los Desposorios de Santa Catalina; mitológicos, como el Meleagro y Atalanta, y retratos, como el de la Familia del pintor, todos ellos en el Museo del Prado, los que le dan más popularidad son de escenas populares, como el del Rey bebe (fig. 1912), verdadero homenaje a la glotonería flamenca en el estilo ampuloso rubeniano.

(fig. 1912)

El Rey bebe

Teodoro Rombouts (muerte 1637), coetáneo suyo, que muere joven, cultiva también escenas populares, aunque dentro del estilo caravaggiesco. El mismo tema de los Jugadores de cartas, del Museo del Prado, no deja de ser significativo.


PINTURA DE GÉNERO: BROUWER Y TENIERS. EL PAISAJE

. —La pintura de género, hija del amor por los temas secundarios y humildes tan característicos de la escuela flamenca, y, sobre todo, de la holandesa del siglo XVII, tiene sus raíces en la centuria anterior. Recuérdese el nombre de Metsys y el de Brueghel, pues precisamente los sucesores de éste se dedican a ese género de pintura. Jan Brueghel (muerte 1625), llamado de Velours por su afición a pintar terciopelos y rasos, es hijo de Pedro y pinta escenas de bodas, fiestas campestres, de mercado, etc., en las que, a veces, concede gran importancia al paisaje. Tiene a su vez un hijo pintor del mismo nombre, que continúa el estilo.

El verdadero creador de este tipo de pintura en su sentido más estricto, no obstante haber muerto a poco de cumplir los treinta años, es Adrián Brouwer (muerte 1638). Discípulo de Frans Hals en Harlem, y, por tanto, de formación holandesa, reacciona contra la técnica minuciosa de Jan Brueghel, pero, sobre todo, se dedica exclusivamente a representar tipos y costumbres populares. Brouwer es el pintor de las escenas de taberna, de los campesinos y gentes del pueblo que beben, fuman y cantan (fig. 1913); que discuten o que se pelean y golpean con las vasijas en que beben o con la banqueta donde se sientan.

(fig. 1913)

Mesón

El estilo de Brouwer tiene pronto gran número de imitadores, entre los que deben recordarse los nombres de su compadre y discípulo Jóos van Craesbeeck (muerte 1655) y el de los David Rickaert, que abarcan tres generaciones. Pero quienes difunden este tipo de pintura son los David Teniers. Casi riguroso coetáneo el primero de Brouwer, y muerto a fines de siglo el segundo de los Brouwer, su estilo extraordinariamente afín permite considerarlos como una sola personalidad. Discípulo de Rubens, amplía considerablemente el marco de la pintura de género. Los tres o cuatro personajes frecuentes en los cuadros de Brouwer se multiplican hasta formar grandes reuniones. Y lo mismo que los personajes aumenta el número de los temas, entre los que abundan las fiestas, los desfiles populares y las escenas de la vida campesina (fig. 1914).

 (fig. 1914)

Fiesta aldeana

Las Tentaciones de San Antonio, que pinta varias veces, dicen cómo cultiva también la vena humorista que hiciera famoso al Bosco.

El paisaje, que gracias a Rubens se transforma en un espectáculo dinámico y cargado de dramatismo, sigue teniendo el valor de un gran cuadro decorativo, importante por sí mismo. Entre los principales paisajistas, nacidos a la sombra de la poderosa personalidad del maestro, destacan sus dos colaboradores Jan Wildens (1586 - 1653), el primo de Elena Fourment, y Lucas van Uden (1615 - 1672), a quienes se deben algunos fondos de paisaje de los cuadros de Rubens. Cuando trabajan independientemente, tanto ellos como los paisajistas posteriores flamencos, suelen hacer pintar a otros artistas las figuras que animan sus composiciones.

La última etapa del paisaje flamenco seiscentista está representada por Jacques d'Artois (1613 - 1686), ya de la generación siguiente a la de los colaboradores de Rubens.

Un género de paisaje que tiene algo de cartografía es el del pintor de batallas Peeter Snayers (muerte 1667), que registra con gran precisión en los amplios panoramas de sus paisajes, ciudades, fortalezas, caminos y emplazamientos de tropas. El Museo del Prado posee una importante serie de cuadros de este género.


BODEGONES Y ANIMALES

. —Aunque Caravaggio, muerto en los primeros años del siglo, elige como tema exclusivo de un cuadro un cesto de frutas, la pintura de bodegones es, en realidad, creación flamenca. Ya hemos visto en el siglo XVI las escenas de cocina y de mercado, de Aertsens y de su continuador Bueckelaer, y no debe olvidarse que este género es la consecuencia natural del interés mostrado por los primitivos flamencos en sus cuadros religiosos por la interpretación de la calidad de las vasijas de metal y de vidrio, de las frutas, de los terciopelos, de los brocados, etc.

El bodegón suele ser de proporciones apaisadas. Algunas veces se reduce a representar frutas, huevos, pescados u otra materia comestible, pero por lo común está formado por un conjunto vario, al que se agregan aves, caza, piezas de cristal y orfebrería, tapetes, etc. A veces completan el bodegón uno o dos personajes, e incluso algunos pintores gustan de introducir gatos o perros, que se precipitan sobre las viandas, pelean entre sí o se disputan algo de comer. Pese al aparente desorden, se advierte pronto cómo el cuadro ha sido cuidadosamente compuesto. El pintor, por lo general, no busca, al conjunto de objetos expuestos sobre la mesa de una cocina o el despacho de un mercado, más justificación que el ofrecer un rico muestrario de calidades diversas.

Entre los principales pintores de bodegones figura el antuerpiano Adrián de Utrecht (muerte 1652), que firma en el Museo del Prado una Despensa (fig. 1915) con hortalizas, frutas, aves y caza. Frans Snyders y Jan Fyt cultivan también el cuadro de animales.

(fig. 1915)

Bodegón. Museo del Prado

Íntimamente ligada con la pintura de bodegones se encuentra la de animales, que a su vez se relaciona con la de paisaje cuando se les representa formando parte de cacerías. Desde el perrillo de lanas que aparece al pie del Matrimonio Arnolfini de Van Eyck, hasta el perro mastín del Enano de Granvela por Moro, el interés de los pintores flamencos por los animales es constante. Pero hasta ahora no llegan a considerarlos dignos de ser el tema exclusivo de un cuadro. Aunque termina por figurar en este nuevo género pictórico toda suerte de animales, los preferidos son los de caza: el ciervo, el jabalí, la liebre, los perros, etc., y las aves de corral. Gran cazador Felipe IV, reúne una espléndida colección de cuadros de animales de caza que constituyen hoy uno de los grandes fondos del Museo del Prado.

La pintura de animales puede decirse que nace en el taller de Rubens. Su primer gran cultivador, Frans Snyders (muerte 1657), es uno de sus discípulos de mayor personalidad, que, además de pintar animales en las composiciones del maestro, nos deja cuadros sólo dedicados a ellos. Él es, bien por iniciativa propia o por sugestión de Rubens, el creador de la pintura de animales, o al menos, quien, sacándoles del cuadro pequeño, en que, con criterio casi de naturalista, los representan los pintores flamencos de hacia 1600, los convierte en el tema del gran cuadro concebido para decorar los amplios muros de las casas barrocas. Aunque el fuego que anima estas pinturas de Snyders es de origen puramente rubeniano, es indudable que a él deben su forma definitiva el género y las normas fundamentales a que se ajustan los cultivadores posteriores. Sus obras en el Museo del Prado son numerosas (fig. 1916).

(fig. 1916)

Concierto de Aves

Discípulo de Snyders es Pablo de Vos (muerte 1678), sobrino de Cornelis de Vos, y equiparable a él en calidad. El tercer gran pintor de animales es Jan Fyt (muerte 1661), que, como hemos visto, lo es también de bodegones. Fyt es el pintor enamorado de los animales de pelo fino y denso y de las aves de colores intensos, que interpretados con su pincelada menuda producen el efecto de un rico terciopelo de los más varios colores. De ambos artistas posee también obras importantes el Museo del Prado.


HOLANDA: FRANS HALS. VAN DER HELST

. —Iniciada por los holandeses la lucha por su independencia poco después de mediar el siglo XVI, a fines del mismo la separación de las provincias del Norte es un hecho. A las pequeñas diferencias de carácter técnico que hasta ahora han distinguido a los pintores holandeses de los flamencos se agrega ahora una frontera que es campo de batalla hasta que España tiene que reconocer la independencia de Holanda en 1648.

El problema de la luz, que siempre interesa a los maestros de las provincias del Norte, es, al comenzar el siglo XVII, el que más obsesiona en todos los talleres europeos. Como es natural, los holandeses lo afrontan con apasionamiento. Pero para ellos no es una moda pasajera, como para los italianos; el estudio de la luz continúa siendo tema constante de la escuela holandesa hasta sus últimos tiempos. Unas veces, es la luz violenta y dramática que ilumina el centro de la composición; otras, la luz clara que por amplio ventanal inunda una tranquila sala; otras, el efecto sobre el paisaje de los planos de luz y de sombra de un cielo salpicado de nubes.

Si este interés de orden técnico llega a convertirse en una de las características de la escuela, el abandono del catolicismo, como hemos dicho, tiene también sus consecuencias decisivas en el futuro de la misma. En primer lugar, el número de pinturas religiosas disminuye considerablemente; las de santos desaparecen por completo, e incluso son pocos los que pintan historias de la vida de Jesús. Siendo también escaso, no deja de ser, en cambio, proporcionalmente crecido el número de las representaciones de temas del Antiguo Testamento, mucho menos frecuente en los países católicos. De rechazo, la pintura de carácter profano adquiere desarrollo extraordinario. El holandés, enamorado de sus casas pequeñas y relucientes y de sus bajas tierras conquistadas al mar, pobladas de hermoso ganado y espléndidas flores, y entregado a la vida marinera, encuentra en todos esos temas que le proporciona el escenario de su vida diaria la compensación del gran vacío dejado por la pintura religiosa. Los patronos de la pintura son la burguesía, deseosa de decorar con cuadros pequeños sus casas,  las corporaciones, gustosas también de enriquecer sus salas de reunión con grandes retratos de grupo de sus miembros más destacados.

Los géneros preferidos son, pues, la pintura de interior, el paisaje, el ganado más que los animales de caza, los bodegones, las flores, la marina, y el retrato, con su modalidad especialmente holandesa del retrato de grupo.

La pintura holandesa seiscentista atraviesa también su era tenebrista, distinguiéndose en ella Ter-Brugghen (muerte 1629) y Geiard Honthorst (1590-1654), conocido en Italia con el nombre de Gerardo della Notte. El cuadro de la Incredulidad de Santo Tomás, del Museo del Prado, con su violenta iluminación, es típico ejemplo de este momento.

Frans Hals (1584-1666), sin duda la primera gran figura que produce la escuela en su etapa barroca, no es artista de grandes preocupaciones intelectuales, y el tiempo que no dedica a la pintura lo consagra a la buena vida y a la diversión, así es que, pasado de moda su estilo en los últimos años, muere recogido en un hospital de ancianos. «Liefde boven al» —el amor sobre todo— se llama una de las varias sociedades de que forma parte. Dotado de capacidad extraordinaria, es, por su técnica, uno de los pintores más progresivos de su época y uno de los grandes patriarcas del impresionismo moderno, al reemplazar el suave modelado renacentista por un campo de valientes pinceladas que, dadas con desenfado y soltura extraordinarios, crean en nuestra retina una superficie rebosante de color y vibrante de vida.

Frans Hals es, además, el verdadero creador del retrato de grupo de corporaciones. Este género de retrato tiene sus precedentes en el siglo XVI, pero entonces se trata más bien de una serie de personajes silenciosos, quietos y yuxtapuestos monótonamente en un mismo cuadro. Frans Hals les hace abandonar su mutismo, les hace moverse y departir unos con otros. En 1616 pinta ya en torno a una mesa, en animada conversación, a los oficiales de los Arcabuceros de San Jorge (fig. 1917), del Museo de Harlem. Otras veces los presenta desfilando.

(fig. 1917)

Arcabuceros de San Jorge

La maravillosa serie de sus retratos corporativos se continúa con los Arcabuceros de San Adrián (1633) y años después sus retratos de corporaciones benéficas, donde a las policromas galas militares reemplaza la sobria indumentaria civil de blanco y negro. De actitudes más reposadas y de colorido más sobrio, su técnica gana aún más en sabiduría. Los Patronos del hospital de Santa Isabel (1641) es una de las obras de este momento de plenitud; pero todavía, cuando cumplidos los ochenta años y acogido en el hospicio, pinta los retratos de los Regentes y las Regentes de la institución, se advierte su poderoso temperamento triunfando sobre los fallos de su pulso.

Como es natural, además de estos grandes retratos de grupo nos deja también otros individuales de primer orden, pletóricos de vida y que se distinguen por el desplante de la actitud, como el de Van Heythuysen, que con su aire desafiador encarna en forma perfecta la idea del guapo y valentón. Con ellos se relacionan, por último, la Bohemia (fig. 1918), la Bruja de Harlem, la Hule Bobbe, del Museo de Berlín, donde el modelo, feísimo y hombruno, lanza un grito ensordecedor, rozando así ya con el tema de género.

(fig. 1918)

La Bohemia

El fuego expresivo y el desenfado de los retratos de Frans Hals es demasiado personal para que sea fácilmente asimilable por la escuela. Y, por otra parte, es lógico que la mayor parte de la burguesía prefiera verse representada en retratos de actitudes más reposadas y distinguidas. Bartolomé van der Helst (1612-1670), reverso de la medalla de Frans Hals, es todo comedimiento, distinción y frialdad, y quien mejor sabe interpretar ese deseo, dejándonos una obra maestra muy característica de su estilo en el retrato del pintor Paul Potter (fig. 1919), del Museo de La Haya. De espaldas, suspende un momento su labor en el lienzo que tiene al fondo y vuelve suavemente el cuerpo hacia nosotros, como en réplica muda a las violentas actitudes de Frans Hals.

(fig. 1919)

Retrato del pintor Paul Potter

 Cultiva también el retrato de grupo.


REMBRANDT

. —Casi una generación posterior a Frans Hals, Harmensz Rembrandt van Ryn (1607 - 1699) es un coetáneo de Velázquez, escasamente diez años más joven que él. Natural de Leyden, pasa casi toda su vida en Ámsterdam, la gran capital sede de las principales fortunas del país. Gracias a la rápida fama que adquiere, a los veintiséis años, con su Lección de Anatomía (fig. 1920).

(fig. 1920)

Lección de Anatomía

La primera etapa de su vida transcurre feliz en una bella casa de un barrio elegante, entregado a la pintura y al amor de su mujer, Saskya, que le sirve de modelo, y a la que retrata sola o acompañada por él una y otra vez. Pero Saskya muere a los pocos años, y después de algún tiempo, la vida de Rembrandt se complica con la presencia en su hogar de Hendrikje, a quien toma a su servicio para cuidar de su hijo Titus. Hendrikje llega a convertirse en el modelo que repetirá con la misma insistencia que años antes a Saskya. Aunque la familia de ésta no lleva con paciencia sus nuevas relaciones y le produce algunos disgustos, y aunque pierde su fortuna en los negocios de Indias, teniendo que vender su gran colección de antigüedades, tapices, armas, instrumentos de música y objetos raros o exóticos, de los que tanto gusta verse rodeado, en realidad parece haberse exagerado su desgracia, atribuyéndose a persecución de sus enemigos. Y pese a que su aislamiento, hijo de su deseo de trabajar sin que le molesten, sus autorretratos en los más extraños ropajes y tocados, y su costumbre de limpiarse los pinceles en las vueltas de la blusa, rodean su vida de cierta anormalidad y misterio, no hay motivo tampoco para hablar de desequilibrio mental. Los importantes encargos que recibe todavía al final de su vida y la nueva casa de que dispone nos dicen que la vida no le es tan catastróficamente adversa como se ha supuesto, aunque los últimos años de su vida, después de ver morir a Hendrikje y Titus, no pueden ser de alegría para él.

En una época en que el viaje a Italia es suprema aspiración de los artistas, Rembrandt no siente deseos de visitarla. En cierta ocasión, dice a un discípulo suyo que en los Países Bajos hay muchas más bellezas de las que podrá pintar en toda su vida. Pero es indudable que el estilo italiano está en el ambiente, y que en su propia colección existen obras de maestros insignes de aquella escuela. Aparte de inspiraciones concretas en obras de éstos, recuérdense las transformaciones que hace sufrir a la Cena de Leonardo para componer la suya, es indudable que la personalidad de Rembrandt sería inexplicable sin las grandes conquistas de los pintores italianos. Como es natural, tampoco es insensible a la influencia de Rubens, una generación anterior a él.

Rembrandt es uno de los grandes maestros del claroscuro, pero no hace evolucionar el tenebrismo, la etapa en que encuentra el problema de la luz en sus años juveniles, en el sentido velazqueño, hasta liberarse de él. En cierto modo, y pese a su personalidad extraordinaria, permanece durante toda su vida enamorado del dramatismo de los violentos contrastes de luces y sombras. Para Rembrant, la sombra no es una zona opaca, donde las formas desaparecen, sino un ambiente donde si los colores vibran con menor fuerza, al aislar la escena del mundo, la perfuman con la poesía del misterio y de la soledad, efecto poético que en vano buscaríamos en Caravaggio. En cambio, las partes ricamente iluminadas le permiten llevar al máximo sus maravillosos y deslumbrantes derroches de colores ricos e intensos. Rembrandt es, indudablemente, uno de los coloristas más extraordinarios que han existido (fig. 1921).

(fig. 1921)

El teólogo

Uno de los géneros cultivados con mayor éxito por Rembrandt es el retrato, en el que la expresión, el color y los intensos efectos de luz son valores primordiales. Sus retratos son principalmente de rabinos, de personas dedicadas al cultivo de la inteligencia, de personajes vestidos de orientales, de príncipes polacos. Los que más ocupan sus pinceles son, como queda dicho, el suyo propio, con las más diversas indumentarias, y los de Saskya (fig. 1922) y Hendrikje (fig. 1923).

(fig. 1922)

Autoretrato con Saskya

(fig. 1923)

Hendrikje

El retrato de grupo tiene en Rembrandt un cultivador sólo comparable con Frans Hals. Ya en su juventud, al retratar al gremio de cirujanos, crea la tan conocida Lección de Anatomía (1632) del profesor Nicolás Tulp, unos quince años posterior a los Arcabuceros de San Jorge, de Frans Hals, pero de tema y tono totalmente distintos. En la llamada Ronda de noche (fig. 1924), que, en realidad, no representa tal Ronda, sino el momento en que el Señor de Pumerland ordena a su lugarteniente poner en marcha la tropa, Rembrandt sabe dar al retrato de grupo un tono tan elevado y dotarle, dentro de su naturalismo barroco, de énfasis tan heroico que no sólo es el gran cuadro de la escuela, sino que explica el que haya podido considerarse el monumento al pueblo holandés tomando las armas para defender sus libertades. Mutilado lateralmente y en la parte inferior, y mal conservado, sólo alguna copia antigua permite conocer su estado primitivo. Pintado en 1642, es muy pocos años posterior a la Rendición de Breda, de Velázquez.

(fig. 1924)

Ronda de noche

Su último gran retrato corporativo es el de los Síndicos de los pañeros, del Museo de Ámsterdam (1661) (fig. 1925). Obra perfecta, nos ofrece en él seis retratos extraordinarios en actitudes tan naturales que parece no haber realizado esfuerzo alguno para imaginar sus actitudes. Vestidos de negro los seis síndicos, el gran tapete rojo pone la nota de riqueza en el conjunto, mientras los grandes sombreros negros concentran la atención sobre la luz de los rostros realzados por los amplios cuellos blancos.

(fig. 1925)

Síndicos de los pañeros

El espléndido Retrato de familia de Brunswick (1667) prueba cómo todavía dos años antes de su muerte continúa produciendo en este género obras de primer orden.

De credo protestante, el gran capítulo de su pintura religiosa se reduce a temas del Antiguo Testamentoy de la vida de Jesús. En estos últimos es sensible la huella de los grandes maestros anteriores, a pesar de la originalidad con que Rembrandt los trata. Su Descendimiento, aunque concebido con un sentido muy diferente, tiene su punto de partida en el de Rubens. Para la interpretación de los temas religiosos, dispone Rembrandt de la libertad que le brindan sus creencias —perteneció a la secta «menonita», que sólo admitía la libre interpretación de los textos—, libertad en otros casos negada por el peso de la iconografía tradicional (fig. 1926).

(fig. 1926)

Descendimiento de la Cruz

Rembrandt, que representa en diversas ocasiones al hombre de estudio, al filósofo abstraído en su lectura, no gusta deleitarse en la trama de la fábula mitológica. No cree en la perfección física de los dioses del Olimpo, y cuando representa a Dánae recibiendo la lluvia de oro (fig. 1927), nos ofrece el reverso de la medalla de la interpretación del Tiziano. Es una mujer desnuda, nada bella, que medio cubierta todavía por la ropa del lecho, sin preocuparse por lo elegante de su actitud al no creerse contemplada, se nos muestra con el tono fuerte de la realidad triunfante.

(fig. 1927)

Dánae recibiendo la lluvia de oro

Y esa falta de entusiasmo tan propensa a la burla y a traducir a la vida ordinaria las finas creaciones helénicas, es el que le lleva a convertir el Ganímedes arrebatado por el águila (fig. 1928), que el Correggio imaginara como un bello adolescente ascendiendo alegre abrazado por el águila de Júpiter, en un niño de cuatro o cinco años que no sólo llora desconsoladamente, sino que mancha el azul del firmamento con el hilo de oro que destila su cuerpo nada garboso.

(fig. 1928)

Ganímedes arrebatado por el águila

La reina Artemisa (1634) del Museo del Prado está fechada el mismo año de su casamiento con Saskya.

Como pintor genial, Rembrandt deja también su huella al interpretar el paisaje. Si bajo el pincel de Rubens se convierte éste en una unidad en la que todo participa del movimiento de su concepción dramática, en Rembrandt ese dramatismo se debe, sobre todo, a los vivos efectos de luz.

Rembrandt es, por último, uno de los grabadores más grandes que ha existido. Nadie antes que él, y probablemente tampoco después, ha dominado la técnica con habilidad semejante para crear efectos de luz y color. Sus grabados están animados por la misma poesía íntima de sus pinturas al óleo. Los temas cultivados suelen ser los del Antiguo y Nuevo Testamento. Sirva de ejemplo la estampa llamada de «los cien florines» de Jesús curando a los enfermos (fig. 1929), considerada como su obra cumbre, donde el efecto de lo sobrenatural irradia de la figura del Salvador de manera admirable, formando el más vivo contraste con la ironía de los fariseos, y ésta con la fervorosa devoción de los enfermos.

(fig. 1929)

Jesús curando a los enfermos

La influencia de Rembrandt en la escuela holandesa es casi tan profunda como la de Rubens en la flamenca. En primer lugar, se forman con él varios discípulos de tan extraordinaria valía que técnicamente suelen confundirse con el maestro. Recuérdense los nombres de Salomón Koninck, que en realidad no estudia en su taller; Fernando Bol, Eeckhout y Aert de Gelder, que continúan empleando su estilo en pleno siglo XVIII.


MAESTROS MENORES: PINTORES DE INTERIORES

.—Además de estos grandes pintores y de sus discípulos, amigos de lienzos de gran tamaño, trabaja en Holanda un sinnúmero de maestros, no pocos de ellos igualmente de primera calidad, que prefieren el cuadro pequeño y los temas de género, el paisaje, los animales y los bodegones.

Un primer grupo está formado por los cultivadores de temas profanos de la vida diaria, que por lo general tienen por escenario el interior de la casa, la taberna o la venta. A su cabeza figura Adrián van Ostade (1610-1685), que introduce en Holanda el género creado en Flandes por Brouwer, si bien, gracias a la beneficiosa influencia de Rembrandt, lo enriquece con bellos efectos de luz, y sabe dotarlo de un sentido poético, en aquél ausente. Sus composiciones son más concentradas y el número de sus personajes más reducido: el zapatero, el maestro de escuela, el abogado, el sacamuelas, los aldeanos cantando o haciendo música, son temas que gusta de repetir en sus cuadros, siempre de pequeñas proporciones (fig. 1930).

(fig. 1930)

Maestro de escuela

En el Concierto de campesinos, del Museo del Prado, por ejemplo, presenta en el interior de una cabaña, y en torno a un barril, a dos de ellos tocando sus instrumentos, mientras un tercero canta con tal énfasis que se cae del banco donde está sentado.

Esta misma veta popular es la que cultiva el fecundo Jan Steen (1626-1679), unos quince años más joven que Van Ostade. Trabajador infatigable, y dedicado a negocios ruinosos, entre los que figura la adquisición de un cabaret, siempre está corto de fondos. Aunque nos ha dejado algunas escenas familiares, en las que los niños lloran, ríen o juegan, prefiere los banquetes y los espectáculos tabernarios, donde las gentes beben, adoptan las más chabacanas actitudes y el desorden impera (fig. 1931).

(fig. 1931)

Fiesta del guisante

Gerard Terborch (1617-1681) es, en cambio, el pintor de gustos refinados y espíritu distinguido que recorre toda Europa sin dejarse subyugar por ninguna de las escuelas extranjeras. Sabemos que visita Madrid, donde retrata a Felipe IV. Aunque no es tan unilateral como Van Ostade, son también los interiores, con escenas de la vida corriente, los que le conquistan el alto renombre de que tan justamente disfruta. Pero no son escenas populares, como las de Brouwer, Van Ostade o Steen, sino de la vida burguesa, que le permiten satisfacer su amor por los rasos, las telas ricas, los terciopelos y las habitaciones confortables de costosos muebles y gruesas alfombras. En el Consejo Paterno, del Museo de Ámsterdam, por ejemplo, vemos a los padres lujosamente ataviados dirigiendo la palabra a su hija, que, vestida de luciente raso, tiene la mirada fija en el suelo. Y ese mismo ambiente de apacible intimidad doméstica es el que inspira el Concierto, del Museo de Berlín, donde una joven, vista de espaldas, cubierta de costosas sedas, toca el violoncelo, mientras su compañera pulsa las teclas de un clave (fig. 1932).

(fig. 1932)

Concierto. Museo de Berlín

El tono distinguido y delicado impuesto a la pintura de interiores por Terborch, encuentra otro excelente cultivador en Gabriel Metsu (1630-1667), quien, no obstante su prematura muerte —no llega a cumplir los cuarenta años—, gracias a su fina sensibilidad y a su temperamento, más sentimental, sabe introducir nuevos temas, como el del Niño enfermo, en el que nos descubre un sentido poético de la vida tal vez más sincero que el de su predecesor. (fig. 1933).

(fig. 1933)

Sesión de música en la intimidad del hogar

En quienes arraiga más el gusto de Terborch, por los interiores inundados de luz tranquila, tamizada por gruesos vidrios y rebosantes de intimidad y reposo, donde las gentes se mueven lentamente, es en los dos pintores de Delft, Pieter de Hoogh (1629-1683) y Jan Vermeer (1632-1675). De Hoogh es un artista pobre, que vive como criado de un aficionado, para quien pinta. En sus primeros años, sus temas son escenas de familias humildes, pero después pinta preferentemente las de la vida burguesa.

Vermeer es mucho más artista, tiene un sentido más poético de la luz y más original del color. En sus amarillos y azules claros, la misma materia de telas y muebles parece volatilizarse. Ultima flor del viejo árbol holandés que produjera los maravillosos interiores de Dirck Bouts, él es el poeta por excelencia de la luz suave que llena de reposo los confortables gabinetes de la casa burguesa. En el Pintor en su taller (fig. 1934), del Museo de Viena, la pintura holandesa llega a su hito final en el glorioso camino iniciado por Terborch en su Concierto, de Berlín.

(fig. 1934)

Pintor en su taller


ARQUITECTURA, PAISAJE Y MARINA

. —Aunque el pintor holandés siente más la poesía del interior como marco arquitectónico del hogar, gusta también de contemplar los grandes edificios, calles y plazas. Recuérdese el cariño con que sus maestros primitivos representan en los últimos términos de sus composiciones religiosas las vistas de ciudades. Ahora, en el siglo XVII, encontramos a maestros menores, como Emrnanuel de Witte (1692), que se dedica a pintar el interior de los templos holandeses (fig. 1935) con el mismo amor que Pieter de Hoogh y Vermeer, el de las limpias casas burguesas, y como Van der Heyden (1637- 1712), quien, años más tarde, pinta incansable los canales, las casas y las calles holandesas.

(fig. 1935)

Interior de la Iglesia Nueva de Amsterdam, 1657

El verdadero creador del paisaje holandés seiscentista, de tan gloriosos precedentes en la pintura flamenca y neerlandesa de los dos siglos anteriores, es Jan van Goyen (muerte 1676), artista de genio inquieto y aventurero, que trabaja principalmente en Leyden, la ciudad intelectual de las Provincias Unidas. Con sus paisajes puede considerarse que da su primer paso definitivo el paisaje holandés hacia 1630. En ellos, el cielo nuboso ocupa las tres cuartas partes de la superficie del cuadro, mientras un caserío de color ocre, con un río poblado de embarcaciones, ocupa el primer término (fig. 1936).

(fig. 1936)

Marina. Museo de Amsterdam

Papel importante en esta fase inicial desempeña también Salomón van Ruysdael (1600-1670), casi riguroso coetáneo suyo y de estilo muy semejante. Como queda indicado, no debe olvidarse en la creación del paisaje holandés la fecunda influencia de un pintor genial como Rembrandt, cuyo discípulo, F. Koninck (1619-1688), amigo de dilatadísimas perspectivas, es paisajista de primer orden.

Pero los dos nombres más celebrados en este género de pintura son los de Jacob van Ruysdael (1628-1682) y Meindert Hobbema (1638-1709), ambos de la generación siguiente a Van Goyen, y cuya actividad corresponde ya al último tercio del siglo. Con Jacob van Ruysdael, sobrino de Salomón, el paisaje adquiere un sentido dramático sin precedentes en la pintura holandesa. El cielo se carga en él de un valor emotivo, desconocido para Van Goyen, e incluso desempeña en el conjunto formal un papel también completamente distinto. Vistos sus paisajes en la realidad, están, sin embargo, reconstruidos para reflejarnos el estado de ánimo del pintor. En la Playa de Scheveningen, del Museo de La Haya, gracias a la sabia distribución de las nubes grises y de amplias superficies iluminadas, el celaje hace sentir toda la grandiosidad de la bóveda celeste. El Molino, del Museo de Ámsterdam, es una creación no menos grandiosa, cargada de lirismo, en la que sobre todo el cielo, cubierto de pesados nubarrones grises, destaca la esbelta figura del viejo molino blandamente modelado por la luz pálida de la tormenta (fig. 1937).

(fig. 1937)

El molino

Hobbema, diez años más joven que Ruysdael y amigo suyo, es de sensibilidad menos fina que él, pero un conocedor excelente de la técnica del paisaje, que nos ha dejado obras tan de primer orden como la Avenida de Middelharnis (lám_ 484), de la Galería Nacional de Londres, donde dos filas de árboles perdiéndose en la lejanía de una amplia llanura, gracias a unos admirables efectos de luz y a un colorido muy suave, invaden el espíritu de quien los contempla, de un reposo infinito (fig. 1938).

(fig. 1938)

Avenida de Middelharnis

No menos bello es el Molino, del Museo del Louvre (fig. 1939).

(fig. 1939)

Molino de agua

En esta escuela donde el paisaje, verdadero canto a la tierra conquistada al mar con tanto esfuerzo, se convierte en género independiente, es natural que ese mar, origen, por otra parte, de la gran prosperidad del país, atraiga también el interés de sus pintores. Después de varios intentos de escaso interés artístico, es la tercera generación del siglo la que impone a la marina sus caracteres definitivos. El primer gran cultivador del nuevo género es Juan van Capelle (1624-1679), que, formado en el taller de Rembrandt, descubre a los holandeses como tema pictórico la grandiosidad del mar en calma. Pero el nombre más famoso es el de Willem van de Velde (1636-1707), amigo de contemplar las aguas tranquilas del mar pobladas de majestuosas embarcaciones, pero que gusta igualmente de representar las encrespadas olas del mar del Norte (fig. 1940).

(fig. 1940)

Marina. Museo de La Haya

Paralelamente al paisaje puro de un Ruysdael o un Hobbema, donde la figura humana o los animales son simple accesorio, se desarrolla en Holanda un género pictórico en el que fondo y figura se encuentran más equilibrados. Tal vez, el representante más típico de ese equilibrio es Albert Cuyp (muerte 1691), el pintor de paisajes amplios inundados de luz dorada, con campesinos y ganado a la orilla del río (fig. 1941), que, no obstante lo que repite los mismos elementos, siempre observa matices que llenan de novedad sus creaciones.

(fig. 1941)

Ganado en la orilla de un río

En Philips Wouwerman (muerte 1668), casi riguroso coetáneo de Cuyp, el paisaje se retrae en beneficio de los elementos animados. Los temas con que gusta de enriquecer el paisaje, hasta el punto de reducirlo a veces a su mínima expresión, son los jinetes que hacen parada ante la venta, las diligencias en marcha o deteniéndose en la posada, los choques de caballería, la salida para la caza, etc. Para Wouwerman, el jinete es, por lo menos, tan importante como el paisaje mismo. Pintor muy fecundo, el Museo del Prado posee varias obras de su mano.


ANIMALES, FLORES Y BODEGONES

. —Tan natural como el nacimiento del paisaje y de la marina es en Holanda el de la pintura de animales. País de pastos abundantes, es también país ganadero. Paul Potter (muerte 1654), muerto antes de los treinta años, al pintar su famoso Toro (1647) (fig. 1942), del Museo de La Haya, deja creado el nuevo género en que los holandeses ven ensalzada por un artista de primera fila una de las principales preocupaciones de su vida material.

(fig. 1942)

El toro

Como es lógico, a la pura observación de los animales termina imponiéndose el sentido poético, sin el cual la obra de arte no existe. Las vacas, del Museo del Prado, está firmado dos años antes de su muerte.

Con esa asombrosa fecundidad pictórica que caracteriza a la Holanda del siglo XVII, este interés por los animales produce algunos artistas, que se especializan en las pinturas de aves. El más importante es Hondecoeter (muerte 1695), el pintor de las aves de corral, del rey del gallinero erguido y orgulloso de su corte o luchando con su rival, cuyos rápidos movimientos, graciosas curvas e irisaciones de sus plumas interpreta con deleite (fig. 1943).

(fig. 1943)

Gallinero

En la tierra del tulipán, las flores consumen la actividad de no pocos pintores, consagrados exclusivamente a representarlas. Los más destacados son, ya en el siglo XVIII, R. Ruysch (muerte 1750) y Jan van Huysum (muerte 1749) (fig. 1944).

(fig. 1944)

Flores

El bodegón, que, en cierto grado, participa de varios de los géneros anteriores, es también tipo de pintura que responde plenamente a la sensibilidad holandesa. Las flores, las telas ricas, los vidrios, los vasos de oro y plata, las blancas plumas del cisne y las tornasoladas del pavo real, el fino pelo de conejo y la rugosa corteza amarilla del limón, son excelentes motivos para satisfacer ese ansia de acariciar con el pincel las calidades de las cosas, tan manifiesta en los maestros holandeses desde los remotos días de Dirck Bouts. El número de pintores de bodegón es muy crecido, pero entre ellos sobresalen Juan Davidsz de Heem (muerte 1683), el amigo de frutas relucientes y poco numerosas, bellas piezas de orfebrería y limpios vasos de cristal de elegantes formas, entre los que suele destacar como rasgo personal de su firma el rizo de oro de la corteza de algún limón a medio pelar. Recuérdese además a Willen Cl. Heda (muerte 1678) y a Claeszcn (muerte 1661) (fig. 1945).

(fig. 1945)

Bodegón