HISTORIA DEL ARTE

CAPÍTULO XLIII

PINTURA FRANCESA E INGLESA:

DESDE EL NEOCLASICISMO HASTA FINES DEL SIGLO XIX

Apunte contexto histórico

ÍNDICE

EL NEOCLASICISMO FRANCÉS DE DAVID A INGRES
L. DAVID (1748-1825)
LOS NAZARENOS ALEMANES
EL ROMANTICISMO. DELACROIX. EL PAISAJE
EL REALISMO: COURBET
LOS IMPRESIONISTAS. MONET
MANET
DEGAS. RENOIR
EL NEOIMPRESIONISMO: SEURAT Y SIGNAC. VINCENT VAN GOGH. TOULOUSE-LAUTREC
LA REACCIÓN: CEZANNE. GAUGUIN. EL SIMBOLISMO
PINTURA INGLESA DEL SIGLO XIX. EL PAISAJE: CONSTABLE Y TURNER
EL RETRATO: RAEBURN, LAWRENCE
LOS PRERRAFAELISTAS: ROSSETTI, HUNT, MILLAIS


EL NEOCLASICISMO FRANCÉS DE DAVID A INGRES

. —Ya quedan expuestas, al tratar de la arquitectura neoclásica, las características generales del nuevo estilo y las circunstancias estéticas e históricas que favorecen su nacimiento y su triunfo. Aunque éste sólo se consuma con el de la Revolución, los comienzos son más remotos. Recuérdese cómo cuando Diderot ataca las pinturas de Boucher, recomienda ya la serenidad del arte antiguo, y que el jefe de la nueva escuela, Luis David, expone en 1785 el lienzo del Juramento de los Horacios, una de sus obras más famosas y representativas.

Lo cierto es que con la victoria del neoclasicismo se inicia el período que podríamos llamar francés de la historia de la pintura, durante el cual París se convierte en el centro de donde irradian las principales novedades estilísticas.

Los pintores neoclásicos encuentran el grave inconveniente de no disponer de modelos importantes de la pintura clásica. Los edificios y las esculturas abundan en Italia, pero, en cambio, no existen las grandes obras de los maestros de la antigüedad que permitan conocer las perfecciones alcanzadas en el color, y los pintores tienen que buscar su fuente de inspiración en la escultura, y más concretamente, en el relieve, es decir, en un arte monocromo. Esa monocromía de sus modelos les hace olvidar elemento tan capital en el arte pictórico como el color, y sus creaciones adolecen de una lamentable pobreza cromática. Porque del olvido se pasa al desprecio, llegando algunos neoclásicos alemanes, a hacerse la monstruosa pregunta de si deben realmente pintar sus cuadros. La pintura incolora o monocroma será el ideal de algunos.


L. DAVID (1748-1825)

. —El verdadero creador del estilo neoclásico en pintura es el parisiense L. David, casi riguroso coetáneo de Goya. Pese a esa serenidad que caracteriza al neoclasicismo, ya hemos visto cómo sus propagadores son con frecuencia de espíritu batallador e intransigencia nada comunes, y David no es una excepción. Convertido el nuevo estilo en bandera estética de la Revolución, David, además de pintor, es político activo. Miembro de la Asamblea Nacional que condena a muerte a Luis XVI, ingresa en la cárcel al caer Robespierre, y entusiasta más tarde de Napoleón, muere desterrado en Bruselas.

Discípulo de Vien, el primer adepto al neoclasicismo, deja ver en sus primeras obras la influencia de Boucher; pero en 1785 pinta ya el Juramento de los Horacios, en el que triunfa (fig. 2143) el nuevo estilo. Su exposición en Roma alcanza éxito extraordinario, y desde entonces no abandona el género heroico.

(fig. 2143)

Juramento de los Horacios

Dentro del campo de la historia antigua, pinta aún el cuadro del Rapto de Las sabinas (1799), en el que, mientras unos contemporáneos quieren ver el deseo de paz entre los partidos políticos, otros tratan de identificar en sus bellos desnudos el retrato de las damas parisienses más distinguidas de la época (fig. 2144).

(fig. 2144)

Rapto de Las sabinas

David no tarda en convertirse en el pintor de la Revolución. Superintendente de Bellas Artes bajo el Terror, pinta el Marat muerto, del Museo de Bruselas, y el Juramento de los Horacios se convierte, traducido al lenguaje revolucionario, en el Juramento del Juego de Pelota, que ha de colocarse en el Salón del Consejo Legislativo, y que no llega a terminar. Elegido más tarde pintor de cámara de Napoleón, recibe el encargo de varios lienzos para glorificar sus triunfos, entre los que destaca el de su Consagración (1805), del Museo del Louvre. Cuadro de proporciones gigantescas, poblado de numerosísimos personajes, los grupos aparecen distribuidos hábilmente para contribuir al solemne aspecto del conjunto. Para componerlo ha de luchar con los retratados, deseosos de ocupar sitio más preeminente, con las opiniones del gran maestro de ceremonias y con las del propio emperador.

Pese a sus teorías clásicas y a sus intransigencias, cuando L. David pinta retratos y se enfrenta con el natural, sus convencionalismos pierden fuerza y sus grandes dotes le hacen crear obras de excelente calidad pictórica. El de Madame Récamier, que deja sin concluir al saber que la retratada ha encargado otro a Gérard, es de gran sencillez y elegancia.

El estilo de David no tarda en imponerse a la nueva generación francesa, a la que domina durante el primer cuarto de siglo. De sus tres principales discípulos, Gros (muerte 1835) es el cronista gráfico que, con el tono heroico del neoclasicismo, representa los triunfos de Napoleón, al que acompaña durante su juventud en las campañas de Italia. En Los apestados de Jaffa (1804) deja ver, sin embargo, un gusto por el color y por la luz ajeno a la ortodoxia davidiana, no obstante haber sido él a quien el maestro deja al frente de su taller al partir para el destierro. Gérard (muerte 1837), aunque crea obras tan conocidas como El Amor y Psiquis, se distingue como el retratista del grupo, y, naturalmente, pinta a Napoleón en repetidas ocasiones. Girodet (muerte 1824), el amigo de Chateaubriand, revela en los temas de sus cuadros y en su afición a los efectos de luz de luna —Átala conducida al sepulcro—, su contacto con el espíritu del romanticismo.

El último gran representante del neoclasicismo es Juan A. D. Ingres (muerte 1867). Algo más joven que los anteriores, y formado en el taller de David ya en los últimos años del siglo, su larga vida le obliga a contemplar el triunfo del romanticismo y del realismo. Pero Ingres no es un davidíano puro. Su prolongada permanencia en Italia despierta en él profunda admiración por Rafael, a quien proclama su maestro, que no en vano su Apoteosis de Homero (1827), pese a sus rigideces y a su falta de movimiento netamente neoclásicos, hace pensar en el Parnaso, del pintor de Urbino. Y, por otra parte, el mundo antiguo —ya helénico para él y no romano— pierde el tono heroico y republicano de David, y se convierte en un rico repertorio para cantar las perfecciones del desnudo femenino (fig. 2145).

(fig. 2145)

Ruggiero libera a Angélica

Pero, pese a esa mayor transigencia, sin excluir, por otra parte, los temas orientales o medievales, cuando los neoclásicos ven amenazada su dictadura por el avance de los románticos, Ingres regresa a su patria y se pone a la cabeza de los continuadores del maestro para defenderlos de lo que llaman «invasión de los bárbaros». Entonces será Ingres quien desde la Academia de Bellas Artes combatirá desde el moribundo davidianismo contra el romántico Delacroix.


LOS NAZARENOS ALEMANES

.—El neoclasicismo produce en Alemania un grupo de pintores que, reunidos en Roma hacia 1810, en un viejo convento del Monte Pincio, no pocos de ellos protestantes convertidos al catolicismo y con más fe y fervor religioso que talento pictórico, sienten el encanto de los prerrafaelistas. Regidos por Federico Overbeck (muerte 1869), cultivan con particular interés el fresco. Las dos primeras empresas que realizan en común, en esta técnica, son una sala de la casa del cónsul de Prusia con historias de la Vida de José y tres del Palacio Massimi, dedicadas a Dante, Ariosto y Tasso. Obra representativa de Overbeck es el Triunfo de la Religión sobre las Artes, del Museo de Francfort, donde se advierte el decidido deseo de seguir los pasos de Rafael. Mejor dotado que él, Cornelius (muerte 1867) pugna por crear un estilo alemán.


EL ROMANTICISMO. DELACROIX. EL PAISAJE

. —Como es natural, la dictadura de los dravidianos no puede por menos de producir las protestas inspiradas por el cambio de gusto que el andar del tiempo lleva consigo. En los salones que siguen a la Restauración, la corriente romántica, que al mismo tiempo que el neoclasicismo comienza a manifestarse en pleno siglo XVIII en artistas como Fragonard, aparece cada vez más agresiva y desafiadora. Figura señera de este primer momento es Gericault (muerte 1824), quien al pintar en la Balsa de la Medusa (1819) (fig. 2146) la angustia y los sufrimientos de unos náufragos, crea el primer gran cuadro de inspiración romántica. Su influencia en el futuro de la pintura francesa es decisiva.

(fig. 2146)

En la Balsa de la Medusa

El Salón de 1824 se considera que abre ya una nueva época en la historia de la pintura francesa. Concurren a él por primera vez, después de las guerras napoleónicas, los pintores ingleses, que, libres de la influencia davidiana, deslumbran al público con su rico colorido y sus bellos paisajes, y en él expone Delacroix su cuadro de la Matanza de Scio (fig. 2147). El contraste con el seco estilo neoclásico es demasiado fuerte para que la reacción no cobre vuelos de triunfo.

(fig. 2147)

 Matanza de Scio

Al contemplar los dravidianos el peligro, tocan a rebato y regresa Ingres precipitadamente de Italia.

El mundo antiguo comienza a pasar a segundo plano y la Edad Media a ocupar su puesto. Junto a ella se convierte el Próximo Oriente en tema preferido de los pintores franceses. Ese interés por el Oriente se ve favorecido por la nueva empresa nacional de la conquista de Argelia, y la rica policromía del pueblo árabe se convierte en el mejor antídoto contra el pobre colorido davidiano. La contemplación de los paisajes ingleses, por otra parte, provoca al cabo de muy pocos años el nacimiento de la escuela de Barbizón, dedicada exclusivamente al paisaje, el género despreciado por el neoclasicismo.

La lucha, con todo, es dura. Dueños los dravidianos de los principales baluartes de la administración —Academia, Escuela de Bellas Artes y Escuela de Roma—, rechazan sistemáticamente una y otra vez el nuevo arte, que con Delacroix a la cabeza concluye por triunfar y barrer a sus contrarios. Para los franceses del Segundo Imperio (1848- 1870) el idealismo neoclásico sólo es un pasado.

El verdadero héroe del nuevo estilo es, pues, Eugenio Delacroix (muerte 1863), que, nacido en los últimos días de la Revolución, conoce muy niño los esplendores del Imperio napoleónico, pero siente un decidido entusiasmo por la vida exuberante y el derroche de color de Rubens y Rembrandt, antítesis del davidianismo. Mientras que su visita a Inglaterra, como consecuencia de la Exposición de 1824, le descubre las perfecciones técnicas de los grandes pintores ingleses, el viaje a Marruecos deja en su fogoso temperamento huella mucho más profunda. En los mercados y palacios marroquíes queda deslumbrado por la luz y los derroches de color de la vida oriental.

Si en la Matanza de Scio, ya citada, se hace eco de la corriente de simpatía por los griegos que luchan por su independencia, y el tema es de inspiración romántica, desde el punto de vista formal es una pintura barroca seiscentista. En la Muerte de Sardanápalo (1827), que representa el momento en que los esclavos del monarca oriental matan a sus mujeres y sus caballos favoritos antes de que el fuego consuma las fabulosas riquezas de su palacio (fig. 2148), es el Oriente antiguo el que estimula su imaginación, pero continúa siendo Rubens quien inspira sus pinceles. Lo mismo que el pintor flamenco en sus grandes composiciones mitológicas, amontona hermosos desnudos femeninos, corceles encabritados y aparatosas vajillas de oro.

(fig. 2148)

Muerte de Sardanápalo

En 1830 terminará una de sus obras más importantes: La libertad guiando al pueblo (fig. 1249).

(fig. 1249)

La libertad guiando al pueblo

En pleno furor neoclásico, en los últimos años del siglo XVIII, un crítico llega a escribir: «Del paisaje nada os digo; es un género que no debiera cultivarse.» Y, en efecto, el paisaje bajo los dravidianos casi puede considerarse que desaparece como género independiente. El romanticismo lo vuelve a la vida, y ya hemos visto cómo uno de los beneficios de la concurrencia de los ingleses al Salón de 1824 es el nacimiento de la llamada escuela de Barbizón. La principal figura del paisaje francés de este momento es Camilo Corot (1875), que formado en el paisaje clásico italiano, sabe hacerlo evolucionar en el sentido moderno, presintiendo, antes que los impresionistas, que es, ante todo una ordenación de valores según la lírica y la distancia. Temperamento lírico, y enamorado, como Lorena, de las luces suaves, es el pintor de los paisajes crepusculares y de los cambios de luz a lo largo del día (fig. 2150).

(fig. 2150)

Paisaje crepuscular

El jefe del grupo de Barbizón es Teodoro Rousseau (muerte 1867), que crea su estilo en los maestros holandeses, y se preocupa más por lo arquitectónico del paisaje que por interpretar finos matices. Uno de los más fecundos del grupo es Narciso Díaz de la Peña (muerte 1876), hijo de un emigrado español.


EL REALISMO: COURBET

. —La corriente realista que se va abriendo paso dentro del romanticismo produce sus personalidades más representativas bajo el Segundo Imperio, en el tercer cuarto de siglo. Este movimiento artístico es de escasa novedad en el aspecto puramente técnico. Revolucionario frente a las normas del neoclasicismo, su técnica es, sin embargo, la tradicional barroca. Pero, en cambio, los temas preferidos delatan una nueva actitud ante la vida. La frase de Courbet: «Si queréis que os pinte diosas, mostrádmelas», revela claramente su deseo de atenerse al natural. En este cambio de rumbo, la influencia de la pintura española parece que es decisiva, influencia que se ve, además, favorecida por el Museo Español, formado en el Louvre por Luis Felipe. Pero a esta actitud naturalista, que agrega poco a las grandes escuelas barrocas, viene a unirse un interés social, que refleja las preocupaciones de los nuevos tiempos. Así como el neoclasicismo quiere encarnar la sobriedad y austeridad de costumbres de la República romana frente a la relajación de la corte de Luis XV, para Proudhon, que en 1840 publica su famoso trabajo ¿Qué es la propiedad?, el realismo es la esencia del arte democrático. El tema del trabajo como problema, visto desde su ángulo doloroso, entra en la historia de la pintura.

Como es natural, esta corriente comienza a manifestarse en artistas cuya mano mueve un arrebato de estirpe romántica, o cuyo espíritu está dotado de un lirismo que delata ese mismo origen. Tal es el caso de J. Francisco Millet (1814-1875) Daumier (1808-1897), autor del Vagón de tercera (1856) y de Las espigadoras (fig. 2151).

(fig. 2151)

Las espigadoras

La preocupación social de la época, quiere ver en éste a uno de sus paladines. Es el cantor del trabajo monótono y duro del campesino, que él contempla como un espectáculo grandioso henchido de reposada emoción y que interpreta sacrificando a la idea fundamental todo lo anecdótico y secundario. Ese es el sentido de Las espigadoras y El Ángelus (fig. 2152). En la Pastora guardando sus ovejas (fig. 2153), la hora del crepúsculo que ilumina la llanura nos descubre su íntimo sentido poético, principal resorte de su inspiración.

(fig. 2152)

El Ángelus

(fig. 2153)

Pastora guardando sus ovejas

Poco más joven que Millet y de técnica más sabia y decidida, Courbet (1819-1877), influido por su paisano Proudhon, considera, en cambio, que la pintura, al igual que la literatura, tiene una finalidad social y siente el orgullo de ser llamado realista. Como Luis David, muere en el destierro por sus actividades políticas. Comentados por Proudhon sus Picapedreros (1849)  (fig. 2154) son la «moral en acción», el fin y el comienzo de la vida del hombre que de niño lleva piedra en una espuerta y termina a los setenta años picándola de rodillas. El Entierro de Ornans (1851), despierta protestas tan airadas de la oposición como aplausos entusiastas de parte de aquél. Pero, por encima de su actitud ante los temas, sobresale entre sus contemporáneos por su técnica vigorosa y fuerte.

(fig. 2154)

Picapedreros

Las últimas grandes figuras del realismo francés se desinteresan ya de las preocupaciones sociales de Courbet, y a esta segunda etapa realista corresponde, como veremos, buena parte de la carrera de Manet, pintor, además, particularmente representativo de este momento por sus temas y su entusiasmo por los maestros españoles.


LOS IMPRESIONISTAS. MONET

.—En 1874, medio siglo después del Salón en que el romanticismo comienza a triunfar con la Matanza de Scio, de Delacroix, y al dar cuenta el periodista Leroy de una Exposición en la que figura un cuadro de Claudio Monet, rotulado Soleil levant, Impression, titula su artículo, un tanto burlonamente: «Exposición de impresionistas». Figuran en ella, además de Monet, los después definidores de la nueva corriente artística, Renoir y Degas, y, aunque no les agrada el apelativo, pues prefieren ser llamados independientes, terminan por aceptarlo y organizan nuevas exposiciones bajo ese nombre.

Rama del mismo tronco que produjera el realismo, la denominación de impresionismo revela en el fondo algo esencial en la nueva actitud. La realidad es para ella la apariencia puramente transitoria de las cosas, ofrecida al pintor en el momento de contemplarlas; más que una realidad, lo que existe es una infinita serie de realidades creadas por la luz y por los reflejos de los cuerpos en el momento mismo en que son contemplados.

Y como quien crea esa realidad es la luz, la luz centra todo el interés de la nueva técnica. Mientras Courbet pinta, como los tenebristas del siglo XVII, bajo la artificiosa iluminación del taller, los impresionistas pintan al aire libre, y a la pintura oscura y tenebrosa de aquél, aún más ennegrecida posteriormente por el empleo del betún, oponen una pintura clara y luminosa.

Los descubrimientos físicos contribuyen en no pequeña medida a que los pintores transformen la técnica pictórica. Los estudios de Chevreul —La ley del contraste simultáneo (1839) —, les demuestran en forma científica lo que, en parte, los grandes maestros han realizado por experiencia: que los colores se intensifican con su complementario, que nuestra retina tiñe la sombra con el complementario del color del cuerpo que la proyecta, que la simple yuxtaposición de dos colores primarios produce en la retina el secundario correspondiente, etc. Por eso, en lugar de aplicar los colores ya mezclados en la paleta, deciden emplear la técnica denominada de la «división del tono», es decir, el uso de los colores puros en el cuadro para que sea nuestra retina la que realice la fusión y cree el nuevo color. El pincel, en vez de acariciar la forma al extender el color, se limita a dar pinceladas sueltas creadoras de vibraciones cromáticas. Vista de cerca la factura, produce el efecto de no estar terminada; pero a cierta distancia, esas vibraciones la hacen ligera y llena de vida y la convierten en un incesante fluir de pequeños reflejos.

En manos de los últimos impresionistas la forma termina escapándose de sus pinceles, y con ellos la reacción contra el triunfo del volumen agrisado del neoclasicismo alcanza su punto culminante.

Los precedentes históricos de la técnica impresionista no faltan en los grandes pintores del siglo XVII, como Frans Hals y Velázquez, y en otros más recientes, como Turner. Últimamente se ha llamado la atención sobre la influencia ejercida por el holandés Jonkind (1819-1871) y por Boudin (1824-1898) (fig. 2155).

(fig. 2155)

Venecia, el Gran Canal

Aunque hasta hacia 1870 se mueve bajo diversas influencias, entre ellas la del mismo Courbet, Claudio Monet (1840-1926) es la figura más representativa del impresionismo. Hijo de El Havre, siente un gran amor por el mar y el paisaje, amor que sus viajes a Holanda y el estudio de la obra de Turner en Inglaterra acrecientan y que le decide a dejar el cuadro de figura y a entregarse de lleno al paisaje, que para él es, sobre todo, el del valle del Sena, de donde apenas sale. De acuerdo con las características arriba apuntadas, de las que es él principal creador, lo que le interesa no es la composición del paisaje o, lo que es lo mismo, el asunto, sino el incesante cambiar de la luz en las diversas horas del día, que interpreta con técnica divisionista y anima con sombras vivamente coloreadas (fig. 2156).

(fig. 2156)

Paisaje en Vetheuil

En su deseo de interpretar las más leves mutaciones de la luz y los más fugaces reflejos de unos colores en otros, termina pintando sus conocidas series, en las que repite multitud de veces la misma vista bajo todas las iluminaciones posibles. En las Ninfeas o Nenufares (fig. 2157) presenta una y otra vez las inagotables variantes del color de los reflejos del agua del estanque de su jardín, poblado de plantas acuáticas.

(fig. 2157)

Ninfeas o Nenufares

Otra serie famosa es la de la catedral de Rouen (fig. 2158), que pinta no menos de cuarenta veces.

(fig. 2158)

Serie catedral de Rouen

Unos diez años más viejo que Monet, y con un sentido más tectónico del paisaje, Camilo Pissarro (1831-1890) es, sin embargo, un genuino representante del impresionismo, llegando a practicar incluso la modalidad puntillista de que después se tratará (fig. 2159). En su obra, además del paisaje puro, abundan las vistas de ciudades.

(fig. 2159)

Paisaje

La tercera gran figura es Alfredo Sisley (1839-1899), nacido en Francia, de padres ingleses, que, gracias a su fina sensibilidad, es probablemente el autor de los paisajes más atractivos de la escuela (fig. 2160).

(fig. 2160)

Paisaje a orillas del Sena

En cuanto a los principales pintores de figuras, Manet, Degas y Renoir, su actitud frente al impresionismo y su papel en la evolución del estilo es diferente. Algo mayores los dos primeros que Monet, han desarrollado una obra importante antes de cultivar el nuevo estilo; pero mientras Manet muere apenas cumplidos los cincuenta años, a poco de entregarse a él. Degas, que vive más de ochenta,  tiene tiempo para superarlo. Renoir, discípulo será a veces infiel de la técnica impresionista.


MANET

. —Manet (1832-1883), antes de aceptar el impresionismo, es la gran figura del estilo realista en su etapa más tardía. A pesar de la mucha mayor luminosidad de sus cuadros de última época, parece, sin embargo, haber gustado desde muy pronto de la luz de cielo abierto. «Cuando llego a mi taller —dice— creo entrar en una tumba.» Las preocupaciones sociales y el tono acre y un tanto bronco y pesado de Courbet, en cambio, no dicen nada a su temperamento, mucho más delicado y, pese a esas notas realistas de varios cuadros suyos, que tantas protestas despiertan, revela una sensibilidad más francesa.

Una de las características más destacadas de su estilo y de su obra es el entusiasmo que siente por la escuela y los temas españoles. Velázquez deja en él huella perdurable, y un viaje a España le descubre a Goya, cuya influencia es aún más profunda en él, tanto en su manejo de color como en el arte de componer y en la elección de los temas. Su Balcón, del Luxemburgo, no puede por menos de recordar Las majas en el balcón; el Fusilamiento de Maximiliano es el conocido asunto goyesco, y España continuará inspirándole su Lola de Valencia, sus toreros y sus mendigos.

La comida en el campo —Le dejeuner sur l'herbe—, de 1863, en que representa a dos jóvenes desnudas comiendo sobre el césped, acompañadas por dos caballeros vestidos a la moda, provoca violentas protestas. El asunto se considera injustificadamente como una ofensa a la moralidad, sin pensar en que se limita a poner al día el viejo tema del Concierto campestre, de Giorgione, y, por añadidura, según se averigua después, haciendo adoptar a los principales personajes las actitudes del Juicio de París, de Rafael. Pero su iluminación clara y la yuxtaposición de colores sin tonos intermedios, no puede por menos de chocar con el colorido tradicional (fig. 2161).

(fig. 2161)

La comida en el campo

Las bellas armonías de blancos y negros de la Olimpia (1865) tampoco saben apreciarla sus contemporáneos, que sólo Ven en ella el cuerpo de una «planchadora de Batignolle» con huellas demasiado sensibles del corsé, y en la negra con el ramo de flores, el comentario cínico de la venalidad de la joven.

Al mediar la octava década del siglo, la paleta de Manet se aclara y se deja seducir por el impresionismo. El ejemplo de Monet, sin embargo, no consigue hacerle emplear, salvo excepcionalmente, la técnica divisionista. Aunque pinta paisajes como el de Argenteuil (1874), la figura humana continúa siendo lo esencial para él. El Bar de Folies Bergére, pintado el año antes de su muerte, y La barca (fig. 2162), descubren su honda preocupación por el estudio de la luz y del color planteado por el impresionismo.

(fig. 2162)

La barca


DEGAS. RENOIR

. —Degas (1834-1917) es persona culta y de espíritu fino e inquieto, que no considera nunca haber llegado a la meta final de su estilo. Salido del círculo de Ingres, se encuentra dotado de un sentido clásico de la forma que es sensible, sobre todo, hasta que se incorpora al impresionismo en sus primeros momentos, y que, en realidad, no llega a abandonar. Renuncia entonces a los temas históricos, y, entregado al deseo de fijar en el lienzo lo intrascendente y momentáneo propio del impresionismo, pone su vista en temas de movimiento, que, al igual que Manet, repite con insistencia. Las tranquilas aguas de las Ninfeas se convierten para él en los graciosos cuerpos de las bailarinas enmarcadas por las leves gasas de sus faldillas, vistas en los interminables pasos y ejercicios de los ensayos teatrales (fig. 2163).

(fig. 2163)

Bailarinas

Renoir (1841-1917), artista tal vez supervalorado por la fama, es el representante en el impresionismo del amor francés por el desnudo femenino, desnudo que en este caso tiene más de Rubens que de Boucher, si bien carece del fuego del maestro flamenco. Sus formas poco elegantes, a veces parecen perderse. Una de sus obras más bellas, desde el punto de vista de la luz y del color, y como reflejo del placer de vivir francés del siglo XIX, es Le Moulin de la Galette (fig. 2164).

(fig. 2164)

Le Moulin de la Galette

Renoir, desde que se incorpora al impresionismo, practica la técnica divisionista, emplea los tonos puros y se preocupa de la luz a pleno cielo con el extremismo de un definidor del nuevo estilo (fig. 2165).

(fig. 2165)

Comida de los remeros

Pero en algún período de su vida abandona esa técnica impresionista, sin perjuicio de volver a ella para dejarla de nuevo al final de su vida y preocuparse más por el volumen de las cosas que por la luz, hasta el punto de haber practicado entonces la escultura.


EL NEOIMPRESIONISMO: SEURAT Y SIGNAC. VINCENT VAN GOGH. TOULOUSE-LAUTREC

. —A los diez años de haberse celebrado la exposición de 1874, un nuevo grupo de pintores comienza a manifestarse insatisfecho con el impresionismo puro. En 1884 se organiza el Salón de los independientes a que pertenece Seurat, que se compromete a exponer cuantas obras envíen sus miembros, y por esos años Cézanne se retira a Provenza, y Gauguin a Bretaña, Toulouse-Lautrec inicia su carrera y Van Gogh llega a Francia.

Seurat (1859-1891), partiendo de la técnica divisionista del color del impresionismo, da un paso más en el mismo sentido y crea el puntillismo. En vez de pintar con pinceladas más o menos largas, aplica el color en una continuada serie de puntos. Pero lo esencial en el movimiento representado por Seurat en el aspecto cromático es el deseo de emplear el color con un criterio científico. Pissarro le denomina «impresionismo científico» para diferenciarlo del de Manet y sus compañeros, al que llama «impresionismo romántico», pero termina conociéndose bajo el nombre de neoimpresionismo. La novedad de Seurat no se reduce a la técnica puntillista y a su base cromática más científica. Su arte de componer claro y monumental, inspirado a veces en la proporción áurea y en el triángulo egipcio, y su interés por que la forma recobre el valor perdido en mano de los impresionistas puros, le convierten en uno de los más ilustres predecesores del nuevo estilo. La Grande Jatte (fig. 2166) y los Bañistas (1884) patentizan esos valores.

(fig. 2166)

Domingo en la Grande Jatte

Aunque Seurat muere apenas cumplidos los treinta años, su técnica puntillista no muere con él, sino que Signac (1863-1936) continúa empleándola durante mucho tiempo (fig. 2167). Este publica en 1899 su libro De Delacroix au Neoimpressionisme.

(fig. 2167)

Barcos

Análoga novedad, aunque de signo diferente respecto del impresionismo puro, representa Van Gogh (1853-1890), el primer artista extranjero de verdadera importancia que aparece en el escenario de la pintura francesa moderna. Es u n holandés que brilla con fulgor y brevedad de meteoro en el cielo del impresionismo francés, y consumido por sus delirios de luz y color muere pintando, recluido en el manicomio de Arles, tras una vida artística de media docena de años, al cumplir los treinta y siete. De espíritu desequilibrado, hijo de un pastor protestante, después de estudiar Teología y predicar a los mineros belgas, se dedica exclusivamente a la pintura. Trasladado a París, su paleta se aclara y, ansioso de luz, marcha a Arles, en el Mediodía de Francia, donde su fantasía colorista se exalta cada vez más en pro de unos tonos irreales que aplica a unos paisajes rebosantes de vida. Aplica el color en larguísimas y vigorosas pinceladas que hacen flamear los cipreses y crear explosivos remolinos en el celaje (fig. 2168).

(fig. 2168)

Camino de los cipreses

Su concepto del retrato es hermano del inspirador del paisaje. El mismo nos dice cómo pinta el de un buen amigo suyo. Lo colorea arbitrariamente; exagera el rubio del cabello y le da color limón; de fondo, en lugar de la pared blanca, pinta lo indefinido y emplea el azul más rico y más intenso que puede. Así, la rubia y luminosa cabeza se destaca misteriosa sobre ese fondo azul como una estrella en la noche. «El público —declara— no verá en esto sino exageración, pero, ¿qué importa?» (fig. 2169).

 (fig. 2169)

Autorretrato

Al par que crece su obsesión por el color puro y por la luz, su desequilibrio degenera en locura. En un ataque, encontrándose con Gauguin, se corta una oreja. Recluido temporadas en el manicomio, sigue pintando paisajes, bodegones muy sencillos, y retratándose, hasta que, a los pocos años, se suicida.

Toulouse-Lautrec (1864-1901), aunque algo posterior, corresponde por su estilo a este momento de tránsito a la etapa siguiente de la recuperación de la forma. Es un artista amargado por la gran deformidad producida por una caída que sufre en su infancia, cuya vida y cuyas obras se desarrollan en el ambiente de cabaret de Montmartre. Moulin Rouge, con sus danzarinas bailando el can-can, haciéndose la «toilette», bebiendo o conversando, todo ello contemplado, por lo general, desde el ángulo triste y pesimista, es su tema preferido. Excelente dibujante, desde el punto de vista técnico, hace recobrar a la línea el valor que perdiera con los impresionistas puros, aunque, como ellos, continúa siendo colorista de primera calidad (fig. 2170).

(fig. 2170)

Moulin Rouge


LA REACCIÓN: CEZANNE. GAUGUIN. EL SIMBOLISMO

. —Preocupado el impresionismo por el color y por el menudo fluir de momentáneos reflejos, la sensación del volumen y de la forma comienza a perderse. No obstante su carácter esencialmente pictórico, la unilateralidad del impresionismo es manifiesta, y ya hemos visto cómo reaccionan contra ella algunos de sus pontífices y los neoimpresionistas. Pero, además, no tarda en ser acusado de superficialidad, de materialismo y de falta de pensamiento.

La protesta más radical y de más perdurables consecuencias para el futuro, sin renunciar por ello a un gran interés por el color, se produce en la misma generación de Manet, Pissarro y Renoir, y se debe al provenzal Pablo Cézanne (1839-1906). Aunque la corriente de entusiasmo producida por su obra a raíz de su muerte es extraordinaria, no tiene el placer de ver reconocidos sus verdaderos merecimientos en vida. Después de hacer sus comienzos en el estilo de Ingres, como tantos de su generación, e incorporarse más tarde al impresionismo, en la penúltima década del siglo crea su estilo propio. Consiste éste, según sus propias palabras, en ver la naturaleza en sus tres formas fundamentales: la esfera, el cono y el cilindro; con lo que pugna, no por la representación de esas figuras del espacio, sino por la renuncia de todo lo secundario y la revalorización de la forma y del volumen. Pero, lejos de adoptar una actitud meramente escultórica, estima que la línea no existe, que sólo hay contrastes de color y que la forma únicamente es perfecta cuando el color está en su punto. En el fondo, su actitud delata una reacción de tipo intelectual frente al puro goce colorista del impresionismo.

Los géneros en que pone en práctica su nuevo concepto de la pintura son, sobre todo, el paisaje, casi siempre de su tierra natal, y el bodegón con las repetidas manzanas (fig. 2171). Pero también cultiva la figura humana, en particular en grupo, e incluso el retrato.

(fig. 2171)

Jarrón de flores y manzanas

Algo más joven que él, aunque muere por los mismos años, Pablo Gauguin (1848-1903) se aparta también del credo impresionista. Liberado de la influencia de Pissarro gracias al ejemplo de Cézanne, es un espíritu soñador que abandona su profesión para entregarse por completo a la pintura. Recomienda a sus discípulos «calma y pureza de alma». Simplifica el colorido y lo dispone uniformemente en grandes superficies, como en los esmaltes y en las vidrieras, creando intensos efectos cromáticos de exquisita delicadeza. Los morados y amarillos toman en él un valor personal. La forma ceñida por el dibujo recobra su prestigio, y la composición, muy construida y reposada, se mueve con ritmo de pueblos lejanos. Después de un período en que pinta en Bretaña, entusiasmado con los ingenuos Calvarios de piedra del país, marcha hacia 1890 a Oceanía. En la isla de Tahití pasa el resto de su corta vida, introduciendo este mundo primitivo e ingenuo en la pintura europea (fig. 2172); pero, sobre todo, simplificando cada vez más el alegre e inquieto colorido impresionista hasta convertirlo en un bello y gigantesco esmalte de colores planos, densos y sin transparencia, que no en vano se aplica a su estilo el término de «cloisonnismo», derivado de la técnica «cloisonné» délos esmaltes medievales.

(fig. 2172)

Tahitianas

Gauguin es cabeza del grupo de «Les Nabis», en hebreo, profetas, así llamados por el nombre que el poeta Casalis da a sus miembros. Se les designa además como la «escuela de Pont Aven», por el lugar de Bretaña donde se retira Gauguin y crea su estilo, denominado «sintetismo».

Dentro de la reacción en pro de la línea y de la forma, aunque ajeno, por lo demás, al movimiento impresionista y postimpresionista, puede citarse al neotradicionalismo de Puvis de Chavannes (1824-1898), cuyas pinturas murales —historia de Santa Genoveva, del Panteón— revelan a un gran decorador amigo de composiciones sencillas y tranquilas, en las que las actitudes clásicas alternan a veces con una tardía nostalgia romántica. No deja de ser significativo de su valor respecto de la pintura contemporánea que Gauguin le considere un precursor.

En la misma tendencia contraria al naturalismo impresionista, pero de sentido no tradicional, sino revolucionario, se encuentra el «simbolismo», movimiento de origen literario que nace hacia 1885, y cuya fórmula es: «revestir la idea de una forma sensible». Los pintores simbolistas ven sus precursores en Gustavo Moreau (1828-1898), que corresponde a los prerrafaelistas ingleses, y en Puvis de Chavannes. El más representativo del simbolismo es Odilon Redon (1840-1916), de la misma generación que los impresionistas.


PINTURA INGLESA DEL SIGLO XIX. EL PAISAJE: CONSTABLE Y TURNER

. —El género que se cultiva en Inglaterra durante el siglo XIX con verdadera originalidad es el paisaje. Y es natural que así sea. Las persistentes lluvias, que hacen la vida desagradable en Inglaterra, tienen la compensación de esas praderas siempre verdes y de esas grandes masas de follaje que, para regalo de la vista, cubren buena parte de la superficie de la isla. Ese paisaje de líneas suaves y poco accidentadas, animado por una inagotable sinfonía de verdes, termina por seducir a los pintores ingleses.

En un principio, el ambiente clásico les hace considerar el paisaje italiano poblado de ruinas, al gusto de Poussin y Lorena, como el único digno de ser trasladado al lienzo. Es la etapa representada por Wilson (muerte 1782), en la que el paisaje inglés aún no ha encontrado su propio estilo y que sólo interesa a la historia del género en Inglaterra. Las Ruinas de la villa de Mecenas, de la Galería Nacional de Londres, puede servir de ejemplo representativo. A esa base seiscentista italiana se agrega todavía en el mismo siglo XVIII la sana influencia holandesa.

Cuando la pintura de paisaje inglés no sólo adquiere su fisonomía propia, sino que deja sentir su influencia al otro lado del Canal, es en el siglo XIX. Contribuye a ello en no pequeña medida el gusto de los paisajistas ingleses por la acuarela, la técnica rápida indicadísima para interpretar en poco tiempo fugaces impresiones de luces y colores. Gracias al frecuente empleo de la acuarela, el paisaje inglés adquiere una frescura de inspiración y una naturalidad que termina por desterrar el aparato del paisaje tradicional. Adviértase, sin embargo, que estos acuarelistas, a cuya cabeza figura Tomás Girtin (1773-1803), el llamado «padre de la acuarela», se limitan a imitar el paisaje tradicional de tipo holandés, sin llegar a concebir el paisaje propiamente inglés.

Esta gloria corresponde a Constable (1776-1837), que comienza su carrera cultivando el paisaje a la acuarela y encuentra su ídolo en Ruysdael, del que, cuando cuenta veintitrés años, compra ya una obra. Junto a la del pintor holandés, la influencia decisiva en su estilo es la de Gainsborough. Constable no siente la necesidad de marchar a Italia. «He nacido para pintar un país feliz, mi amada y vieja Inglaterra», dice, y, en efecto, se limita a representar el bello espectáculo que le ofrece su patria, sin artificio ni falseamiento y con minuciosidad exquisita, pero, al mismo tiempo, con una tensión sentimental de típica estirpe romántica. Si se agrega a esta actitud, sinceramente naturalista, un manejo del color desenfadado y valiente que lo aplica incluso con la espátula, para producir intensos efectos de luz, se comprenderá el efecto revolucionario y regenerador de su presencia en la Exposición de París de 1824, tras la condena del paisaje por el neoclasicismo francés, que lo considera género indigno de la gran pintura. Su influencia, como hemos visto, es tan decisiva para el porvenir del paisaje francés, que Delacroix le califica en aquella ocasión nada menos que como el «padre de nuestra escuela francesa de paisaje».

Sus paisajes con la catedral de Salisbury al fondo, desde diversos puntos de vista y, sobre todo, bajo los más variados matices de luz, descubren la esencia del arte de Constable. Amenazada unas veces por la tormenta, presenta otras su amarilla mole gótica dibujándose nítida en la limpia atmósfera que sigue a la lluvia, sobre el verde tapiz de la pradera circundante y encuadrada por el follaje de los gigantescos árboles de su parque. La catedral de Salisbury después de la lluvia (fig. 2173) es, precisamente, el título del ejemplar del Museo Victoria y Alberto.

(fig. 2173)

 La catedral de Salisbury después de la lluvia

En el otro gran paisajista inglés, Turner (1775-1851), la nota romántica se intensifica en tal grado que le convierte en el más genuino representante del paisaje de ese estilo, Hijo de la misma generación de Constable y discípulo de Reynolds en la Real Academia, descubre pronto sus excelentes dotes para la acuarela, que comienza cultivando en el estilo de Girtín. Lo mismo que Castable, no tarda en encontrar su ídolo holandés y proclamarlo públicamente. «He aquí lo que me ha hecho pintor», dice cuando muestra sus copias de Van der Velde. Pero es indudable que no puede olvidarse lo que debe a los esfumados paisajes de Gainsborough, a las esmaltadas creaciones de Watteau y a las luces sonrosadas y crepusculares de Claudio de Lorena (fig. 2174).

(fig. 2174)

Marina

Con su arrebato romántico supera los sueños de luz y color del pintor francés, para terminar en los últimos años de su vida en una pura sinfonía de amarillos, naranjas suavísimos y azules pálidos, donde las formas y los colores locales son puras evocaciones. Turner es el pintor de la bruma inglesa, de los puentes del Támesis, del humo y de los árboles que se pierden en la niebla, y el pintor de marinas. Pero también es el cantor de las aguas tranquilas de los canales venecianos encuadrados por los blancos mármoles de los edificios e iluminados por el resplandor sonrosado del sol poniente, y de los paisajes fantásticos con el comentario de alguna romántica leyenda de tema clásico o medieval. El título de una de sus últimas obras, Lluvia, velocidad y humo (1884), de la Galería Nacional de Londres, en la que, bajo una niebla que todo lo envuelve y borra, sólo distinguimos el fuego de la locomotora que avanza a toda velocidad por el puente hacia nosotros, es bien representativo de sus aspiraciones estéticas (fig. 2175).

(fig. 2175)

Lluvia, velocidad y humo


EL RETRATO: RAEBURN, LAWRENCE

. —El retrato vive todavía en el siglo XIX años de gloría dentro de la tradición colorista inglesa. El neoclasicismo sólo se deja sentir en la indumentaria femenina y en algunas actitudes. El sacrificio del color y de los estudios de calidades, en aras del dibujo y del modelado escultórico del retrato davidiano, no encuentra eco en el sano sentido pictórico de los mejores maestros ingleses.

La tradición está representada principalmente por el escocés Henry Raeburn (muerte 1823), en quien lo dieciochesco de su juventud se encuentra dominado por la sencillez de gesto, actitudes e indumentaria del neoclasicismo. Amigo de proporciones a veces poco ligeras, es pintor que maneja el pincel con decisión y sabe crear personalidades llenas de vida. El cotejo del retrato de Mrs. Montcrief con las damas de Gainsborough, delata, no sólo la diferencia de sensibilidad y temperamento, sino el cambio de gusto que la nueva época significa.

La gran figura de este momento en el campo de retrato es Thomas Lawrence (muerte 1830), artista precoz que a los cinco años recita trozos de Shakespeare y Milton, y que a los diez despierta la admiración pública de Londres con sus retratos al pastel a dos colores. Protegido por el monarca, su carnet se llena rápidamente de encargos, y no tarda en convertirse en el ídolo del público femenino, por el aire aristocrático que infunde a sus retratos y el interés que pone en vestiduras y tocados, que, contra la costumbre, no confía a discípulos, sino que ejecuta él mismo. Mimado por el bello sexo, figuran entre sus admiradoras las dos hijas de la famosa Mrs. Siddons, y, al parecer, hasta la mujer de Jorge IV. La fama del estilo fácil y elegante de sus retratos no tarda en pasar al Continente, y posan ante él desde el Emperador hasta Pío VIL El de Mr. Siddons es muestra espléndida de este tipo de retrato que tan rápidamente conquista a sus contemporáneos (fig. 2176).

(fig. 2176)

Retrato Mr. Siddons


LOS PRERRAFAELISTAS: ROSSETTI, HUNT, MILLAIS

. —En el Salón de 1849 expone un grupo de pintores jóvenes decidido a romper con el arte vigente, y, como siempre, triunfa. Lo capitanea Rossetti, espíritu fino, de talento más literario que pictórico, que sabe ver la falta en la pintura inglesa de un género donde pueda recrearse ese amplio sector del público al que no satisface la objetividad del retrato y del paisaje, incluso cultivado con el arrebato romántico de un Turner. Los temas religiosos y medievales, interpretados con técnica minuciosa de primitivo y emoción desbordantes, forma el nuevo género concebido a este efecto.

Para imponerlo comprende la necesidad de agrupar a varios pintores que sigan sus teorías y de fundar un público —The Germ, «El germen, la semilla»— que los defienda. Como, en resumen, consisten aquéllas en volver al arte primitivo e ingenuo de los prerrafaelistas, según él, artistas sin convencionalismos y simples imitadores de la naturaleza, los componentes del grupo se titulan «Hermanos Pre Rafaelistas», y deciden poner tras sus firmas las iniciales de esas tres palabras, que en inglés —Pre Raphaelite Brothers— son P. R. B. La nueva escuela encuentra pronto su más entusiasta paladín literario en el fecundo John Ruskin, el gran admirador de los primitivos italianos, crítico puritano, batallador e intransigente, pero que sabe imponerse gracias al genio y el fuego de sus escritos.

Las tres figuras principales del prerrafaelismo son el propio Rossetti, Hunt y Millais.

Dante Gabriel Rossetti (1828-1882), hijo de un revolucionario italiano establecido en Inglaterra, es, como queda dicho, más poeta que pintor, y su Anunciación de la Tate Gallery, pintada apenas cumplidos los veinte años, sorprende, en efecto, no por su calidad pictórica, sino por la novedad de su concepción, por la actitud de la Virgen temerosa en su lecho y por el divino emisario que marcha sobre llamas (fig. 2177).

(fig. 2177)

La Anunciación

Después de sus primeras obras, se reduce a repetir sus figuras de santas o heroínas románticas, en cuyos rostros repite los rasgos sensuales de Isabel Sidlab, la modista que termina siendo su mujer. Ese fondo sensual desaparece, en cambio, bajo la espiritualidad romántica de Hunt (1827-1910), quien, dedicado casi exclusivamente al género religioso, logra dotar a la iconografía cristiana de una cierta emoción nueva y renovadora. Su Salvador, coronado de espinas e iluminando el mundo con el farol que lleva en su mano izquierda, que se venera en San Pablo, de Londres, alcanza éxito de primer orden, y es una de las representaciones modernas de Jesús más difundida. Se denomina la luz del mundo (fig. 2178).

(fig. 2178)

La luz del mundo

En Millais (1829-1896), el más pintor del grupo, es también en quien más se acusa el amor por la minuciosidad y el romanticismo, tan característico de todos ellos. En su Muerte de Ofelia (fig. 2179), al romanticismo del espectáculo del cuerpo de la desgraciada joven flotando sobre las aguas, se agrega ese minuciosísima ejecución, por la que se acusa a los prerrafaelistas de llamar reproducción de la naturaleza al pintar un árbol repitiendo un trocito de corteza y una hoja.

(fig. 2179)

Muerte de Ofelia