CAPÍTULO I
TÉCNICA Y
TÉRMINOS ARTÍSTICOS
1. ARQUITECTURA
a) MATERIALES
b) ELEMENTOS: SOPORTES
c) CUBIERTA: DINTEL. ARMADURA
d) ARCOS
e) BÓVEDAS
f) PLANOS. MÓDULO
2. ESCULTURA
3. PINTURA
ARQUITECTURA
MATERIALES
—En la obra arquitectónica
conviene considerar, desde el punto de vista técnico, el material en que está
labrada, los elementos arquitectónicos que la componen, y su conjunto.
La naturaleza del material no
sólo influye poderosamente en el efecto de pobreza o riqueza, de fuerza o de
ligereza del edificio, sino que da lugar a formas artísticas diferentes. Es
indudable que el edificio egipcio, construido en enormes bloques de granito,
produce una impresión de eternidad que, naturalmente, no podemos experimentar
ante los ligeros pabellones de madera del Extremo Oriente. Y también es obvio
que sin el empleo del hierro y del cemento no hubiera podido nacer el
rascacielos. Elementos arquitectónicos tan de primer orden como el arco y la
bóveda parece que se generalizan por primera vez en Mesopotamia, como
consecuencia del uso de un material pequeño —el adobe o el ladrillo— y de la
escasez o falta de maderas de suficiente resistencia para servir de dinteles de
gran longitud.
Los materiales constructivos
principales son el barro, la piedra y la madera. El barro puede emplearse cocido
—ladrillo— o simplemente seco al sol —adobe—, en cuyo caso, para darle mayor
cohesión, suele mezclarse con paja. Material extremadamente pobre, se utiliza en
países donde falta la piedra y escasea la leña para cocerlo. Como el ladrillo se
presta mal a la labor de molduras y decoraciones finas, el edificio con él
construido suele enriquecerse con yeserías y azulejos. La técnica de la obra de
ladrillo es la albañilería. La piedra es el material noble y costoso, sobre todo
cuando se emplea en piezas regulares de gran tamaño. Se utilizan principalmente
el granito, las areniscas y las calizas.
La caliza de mayor lujo es el
mármol. La técnica de la obra de piedra es la cantería, y el arte de cortar la
piedra, la estereotomía. Hija de razones de orden geográfico, la preferencia por
el ladrillo o por la piedra suele influir de forma decisiva en los caracteres de
las escuelas arquitectónicas de las diversas regiones. Así, en España, mientras
la cantería es arte de las montañas del Norte, en Andalucía domina la
albañilería.
La madera como elemento de
construcción exclusivo, o casi exclusivo, sólo se emplea en regiones de grandes
bosques —arquitectura escandinava— o donde los frecuentes terremotos impiden el
empleo de materiales inflexibles, cual es el caso del Extremo Oriente o América
Central. Como material de más fácil labor que la piedra, y empleado como soporte
y cubierta, lo utilizan en sus comienzos casi todos los pueblos, y en ella se
crean no pocas formas arquitectónicas no sólo constructivas, sino decorativas,
que después de abandonada la madera y adoptada la piedra se continúan repitiendo
en ésta. A veces es la casi totalidad de la estructura lignaria la que se
traduce a la piedra, que no otro origen tienen muchas formas de la arquitectura
indostánica. Aparte de esas arquitecturas lignarias y de su influencia en las de
piedra, la madera ha sido hasta fecha reciente material de primer orden para las
cubiertas.
ELEMENTOS: SOPORTES.
—En el edificio existen dos
partes esenciales: la cubierta y el soporte, que recibe el peso de aquélla.
El soporte puede ser continuo, en
cuyo caso sirve, además, de cerramiento, y es el muro, o no serlo, y sólo sirve
de soporte, y es el pilar o la columna.
En el muro deben considerarse la
forma como se encuentran dispuestos los materiales de que está construido, es
decir, el aparejo, y las superficies o paramentos. El muro puede ser de tierra
simplemente apisonada (fig. 01).
(fig. 01) Muro
(figura. 01.—Muro. A, ciclópeo;
B, C, de mampostería; D, poligonal; E, isódomo; F, seudoisódomo; G,
almohadillado; H, a tizón; I, Con cadenas.
En el de ladrillo, el espacio de
mezcla o argamasa que sirve de lecho a sus diversas hiladas es el tendel, que a
veces, por su gran grosor influye intensamente en el aspecto del paramento.
La piedra puede emplearse en
forma irregular o regularmente labrada en forma de paralelepípedo. Si esas
piedras irregulares son de tamaño excepcionalmente grande, y se colocan sin
mezcla, constituyen el muro ciclópeo.
(figura. 01 A), propio de las
arquitecturas primitivas. Pero si son más pequeñas y se unen con barro o con
mezcla, el muro es de mampostería (B). La mampostería por hiladas (C) es aquella
en la que esas piedras pequeñas irregulares se ordenen en hiladas horizontales.
Cuando al frente de la piedra se da forma de polígono (D), el paramento del muro
es poligonal.
Los sillares empleados en un muro
son, por lo general, de una misma altura, pero a veces, para producir efecto más
decorativo en el paramentó, alternan sillares de dos alturas. En el primer caso
es el muro de obra isódoma (E), el opus isodomum romano, y en el segundo, el
seudoisódomo (F). Cuando los sillares son pequeños y no muy regulares, se llaman
sillarejos. Para trabar mejor el aparejo del muro, suelen disponerse, alternando
con los sillares dispuestos a soga, es decir, en la forma corriente, otros a
tizón que atraviesan el muro y que sólo muestran al exterior, en los paramentos,
sus cabezas (H). Se dice también de estos sillares atravesados que están
dispuestos a perpiaño. Además de esta decoración del paramento del muro de
sillería, simple consecuencia de su aparejo, existe la del almohadillado (G),
producida por el rehundimiento de la unión de los sillares, con lo que el frente
de cada uno de éstos resulta en relieve. Si el frente del sillar sólo se
encuentra toscamente labrado, se denomina el paramento a la rústica. Si los
sillares se asientan directamente sin tendel intermedio, el muro está labrado a
hueso.
Para darle mayor fuerza, es
frecuente introducir fajas verticales de ladrillo en el de tierra, o de piedra
en el de ladrillo, llamadas machones, rafas o cadenas (I). Las hiladas
horizontales de ladrillo introducidas en el muro de tierra o de manipostería son
las verdugadas (C).
En el muro se emplea veces
materiales de diversa naturaleza.
El muro de materiales pobres se
recubre con una primera capa de mezcla, o enfoscado, y otra más fina, o
enlucido. Si a las diversas capas de mezcla se da distinto color, puede
producirse una decoración a dos colores, raspando la decoración deseada en la
capa de mezcla exterior y dejando al descubierto la interior. Se llama
esgrafiada.
Las partes del muro que encuadran
lateralmente un vano, puerta o ventana, son las jambas. Cuando para dar mayor
luz al interior el muro se corta, no formando ángulo recto, sino oblicuamente,
esa oblicuidad es su derrame. Vanos muy estrechos de derrame muy pronunciado son
las saeteras.
El pilar, es, en realidad, un
trozo de muro, si bien en su decoración se deja influir por la columna. Tal vez
debido a ello, la distinción entre columna y pilar no ha sido siempre lo
suficientemente clara, aplicándose, a veces, indistintamente ambos términos (fig.
02).
(fig. 02) Pilares y columnas
(figura. 02.—Soportes: a, pilar;
b, pilastra; c, columna; de, pie derecho.
En la actualidad, sin embargo,
parece irse concretando su valor y, en efecto, es más práctico reservar el
nombre de pilar.
(figura. 2, a) al soporte de
planta poligonal de escaso número de lados, hasta el octogonal u ochavado, y el
de columna (c) al de sección circular o polígono de tal número de lados que se
aproxime a ella, a menos que esté despiezado por hiladas.
La pilastra (b) es el pilar
adosado y participa de las características del pilar. Debe, sin embargo,
advertirse, que a veces se han empleado, y aún se emplean, ambos términos algo
indistintamente.
El soporte por excelencia es la
columna, que, por tener su origen en el tronco del árbol, tiene como
característica fundamental la sección circular. Consta de tres partes: capitel,
fuste y basa (c). Esenciales las dos primeras, delatan claramente su
procedencia. El capitel, de forma de cono o pirámide truncada invertida, es el
producto de la regularización del comienzo de las ramas en la cruz del árbol; el
fuste debe su forma ligeramente cónica al natural adelgazamiento del tronco, y
la basa es la pieza horizontal de origen probablemente pétreo, donde apoya el
fuste.
El soporte de madera se denomina
pie derecho (d). Función análoga a la del capitel desempeña en la parte superior
la zapata o trozo de madera dispuesto horizontalmente. (fig. 03).
(fig. 03) Soportes
(figura. 03) e, i, ménsulas; g,
estribo; h, dintel.
Además de estos soportes, que
transmiten la carga directamente a tierra, existen otros que la transmiten o
reciben a través del muro, como son la ménsula y el estribo o contrafuerte. La
ménsula (e) o repisa es un saledizo en el muro que transmite a él la carga
vertical que recibe generalmente de la cubierta. Si esos saledizos se encuentran
en un alero o cornisa, se llaman modillones, o canes. El estribo o contrafuerte
(g) es un trozo de muro adosado en ángulo, por lo general recto, a otro muro, y
que transmite directamente a tierra el empuje o presión lateral, por lo común,
de una cubierta abovedada.
.—La cubierta puede ser
simplemente adintelada, que sólo produce presiones verticales, y de par e hilera
o de arco, que las producen laterales y precisan contrarresto. El dintel (h) es
el trozo de madera, piedra u otro material que, apoyado sobre los soportes,
cubre un vano.
CUBIERTA: DINTEL. ARMADURA
El sistema adintelado es el más
estático, y con su horizontalidad produce la consiguiente impresión de reposo,
pero no sirve para cubrir vanos desmedidamente anchos y no es práctico en países
muy lluviosos (fig. 04).
(fig. 04) Cubiertas
(figura. 04.—A, armadura de
parhilera; B, de par y nudillo; C, a) y b) solera; c) hilera; d) par; e)
contrapar; f) tablazón; g) tirante.
A la cubierta adintelada sigue en
complicación la armadura de par e hilera o parhilera (C), consistente en una
serie de parejas de vigas o pares (d), dispuestas oblicuamente, cuyos extremos
inferiores apoyan en dos vigas horizontales o soleras (b), colocadas sobre la
parte superior del muro, y los superiores, en una tercera viga igualmente
horizontal y paralela a la anteriores, pero situada a mayor altura, que es la
hilera o parhilera (c). Formando ángulo recto con los pares y sobre ellos, se
disponen en el sentido longitudinal otras vigas más delgadas llamadas
contrapares (e), sobre las que apoya directamente la tablazón (f), que recibe, a
su vez, la capa exterior de la cubierta de teja, pizarra, etc. La necesidad de
contrarrestar el empuje o presión lateral ejercida por los extremos inferiores
de los pares en la parte superior del muro, con el natural peligro del desplome
de éste, da lugar al tirante o viga horizontal transversal que ata las soleras,
o estribado. Para evitar el pandeo o inflexión de los pares en su parte central,
se dispone a esa altura, entre cada pareja de pares o tijera, una viga pequeña
horizontal o nudillo, dando lugar a la armadura de par y nudillo (B). El plano
creado por la repetición de los nudillos es el harneruelo.
ARCOS
.—El arco es cubierta curva, que,
además de la gracia de su forma y de la posible variedad de ésta, tiene la
ventaja de poder cubrir vanos de gran anchura con materiales de tamaño pequeño.
Ofrece, en cambio, el
inconveniente de las grandes presiones laterales que produce, exigiendo muros
gruesos, o contrarrestar esos empujes por los procedimientos que se irán
indicando. Cuando la arquitectura de arco alcanza su total desarrollo, el
edificio se convierte en un ser esencialmente dinámico que se mantiene en pie
gracias al equilibrio de una serie de presiones contrapuestas (fig. 05).
(fig. 05) Arcos
(figura. 05.—A, arco peraltado;
B, escarzano; C, de herradura; D, de medio punto; a, imposta; b, clave; c,
salmer; d, intradós del arco; e, rosca del arco.—Figura 5.—A, bóveda sobre
trompas; B, trompa; C, cúpula; D, cúpula con tambor y linterna; E, pechina.
Las piezas en forma de cuña que
componen el arco.
(figura. 05 D) son las dovelas,
de las cuales tienen nombre propio la del centro, llamada clave (b) —del latín
clavis, llave—, porque cierra el arco, y las de los extremos o salmeres (c) —del
latín sagma, albarda—, que reciben el peso de todo el arco. La moldura saliente
que suele existir bajo el salmer, y en la que remata la jamba, es la imposta
(a). La manera de estar dispuestas las dovelas es el despiezo del arco, que es
radial cuando las dovelas siguen los radios de un mismo centro (d), centro que
no siempre coincide con el del arco, o enjarjado cuando se colocan horizontales
hasta una cierta altura.
El arco semicircular, de medio
punto —así llamado por tener el centro de su curva en el medio—, o de plena
cintra, tiene su centro a la altura de las impostas, y su altura o flecha es,
naturalmente, la mitad exacta de su anchura o luz. El de menos altura que la
mitad de su luz es rebajado.
(figura. 05 B), y el de mayor
altura, peraltado (A (figura entre los primeros el escarzano (B), cuya curva no
llega al semicírculo, y cuyo centro se encuentra por bajo de la línea de
impostas, y entre los segundos, el de herradura (C), cuya curva pasa del
semicírculo, y cuyo centro se halla, por el contrario, por encima de aquella
línea.
Además de los arcos anteriores,
todos ellos de un solo centro, existen otros de varios centros. De dos centros
es el arco apuntado, de tipo más sencillo, que, como veremos al tratar del
estilo gótico, recibe diversos nombres, según la colocación de esos centros.
De tres centros es el carpanel
(B), que tiene dos de ellos a los lados, en la línea de las impostas, y uno por
bajo de ésta. Los arcos de más centros se describirán al tratar de los estilos
que los emplean. Arcos mixtilíneos son aquellos en los que los sectores
curvilíneos alternan con los rectos. El arco que tiene sus salmeres a distinta
altura se denomina rampante o por tranquil. El que cubre vanos abiertos
oblicuamente se llama arco en esvíaje o esvíado.
Además de la forma de su curva,
precisa considerar en el arco la superficie interna o intradós, la opuesta, casi
totalmente metida en el muro, o trasdós, y la anterior y posterior, o rosca del
arco o arquivolta.
Las partes inferiores son los
hombros del arco, y las partes inmediatamente superiores, los riñones.
El arco recibe nombres diversos,
según la. función que desempeña en el edificio. Así, es arco formero el paralelo
al eje de la nave, y perpiaño, o toral, el que la atraviesa.
Además de estos arcos, que
funcionan como tales, existen otros arcos falsos, así llamados porque, aunque
tienen su apariencia, sólo trabajan como dinteles. Tales son los formados
haciendo avanzar progresivamente los sillares hasta unirlos en la parte
superior, propios de las arquitecturas primitivas; los tallados en un dintel lo
suficientemente ancho, o los simulados en yeso revistiendo un sistema en
realidad adintelado, según es frecuente en la Alhambra.
BÓVEDAS.
—El movimiento del arco engendra
la bóveda (fig. 06).
(fig. 06) Bóvedas
(figura. 06.—A, arco apuntado; B,
carpanel; C, rampante; D, mixtilíneo; E, bóveda de cañón; F, anular; G,
semiesférica o de media naranja; H, Vaida; I, L, por aristas; J, cónica; K,
esquifada; M, luneto.
El de medio punto, moviéndose
sobre dos muros paralelos, produce la bóveda de cañón.
(figura. 06 E), la que, con un
deseo de precisión innecesario, se denomina también de medio cañón. La diversa
forma del arco generador hará que el cañón sea rebajado, peraltado, apuntado,
etc. Si los muros son concéntricos, la bóveda es anular (F). La bóveda cónica es
la que se apoya en muros convergentes (J).
El movimiento del arco de medio
punto sobre sí mismo origina la bóveda semiesférica, o media naranja (G), que
tiene que ser recibida por un muro circular o en la forma que más adelante se
dirá. Si esta bóveda, por apoyar en arcos o muros, antes de llegar a la media
esfera, no pasa del casquete esférico, se denomina Vaida; es decir, es la que
resulta de cortar la esférica por varios planos verticales (H). Es frecuente
también la bóveda de cuarto de esfera, que suele apoyar en su parte anterior en
el extremo de otra de cañón.
Estas bóvedas de cañón simples,
combinándose entre sí, dan lugar a otras de tipo más complicado. La intersección
de dos bóvedas de cañón produce la bóveda equifada de planta cuadrada, que
consta de cuatro paños triangulares de superficie cilíndrica y cuatro aristas
entrantes.
Aunque el tipo más sencillo de
esta bóveda es de planta cuadrada (K) o rectangular, esa planta puede
multiplicar el número de los paños.
Lo que resta de dos cañones
cruzados, prescindiendo de la parte misma cruzada o bóveda esquifada, da lugar a
la bóveda de aristas o por aristas (I-L), constituida por los extremos de los
cañones, que resultan así unidos por cuatro aristas salientes. Mientras la
bóveda esquifada exige un soporte continuo cuadrado o poligonal, la de aristas
sólo precisa cuatro puntos, donde apoyen los extremos de sus aristas.
La bóveda de cañón que cruza a
otra mayor constituye el luneto, que se usa generalmente para poder aumentar la
amplitud de la ventana abierta bajo él o simplemente con fines decorativos (M).
El deseo de cubrir con una media
naranja o una bóveda esquifada de más de cuatro paños un espacio cuadrado, da
lugar a la bóveda sobre trompas y a la cúpula. En aquélla el tránsito del
cuadrado al círculo o al polígono se establece por medio de cuatro bóvedas
cónicas o de otro tipo, que transforman el cuadrado en un octógono.
Multiplicando esas bóvedas suplementarias en los ángulos resultantes se puede
llegar a un polígono de numerosos lados.
En la cúpula, la bóveda
semiesférica descansa sobre un anillo que carga sobre las claves, por lo
general, de cuatro arcos. Los cuatro espacios comprendidos entre el trasdós de
esos arcos y el anillo se cubren con otros tantos triángulos esféricos llamados
pechinas.
Para dar mayor elegancia a la
cúpula e introducir un cuerpo de ventanas que aumente la luz del interior, se
interpone entre el anillo y la bóveda semiesférica un cuerpo generalmente
cilíndrico denominado tambor. A esos mismos fines se abre una claraboya circular
en la parte superior de la bóveda semiesférica y se agrega un segundo cuerpo,
también generalmente cilíndrico, y cubierto por otra bóveda semiesférica, todo
lo cual constituye la linterna.
Aunque se haya aplicado y se
aplique el nombre de cúpula a la bóveda sobre trompas, e incluso a la
simplemente semiesférica, como la bóveda esférica sobre pechinas la generaliza
en España el Renacimiento, al que también se debe la generalización de aquel
nombre, convendría, al efecto de una mayor precisión en la nomenclatura
artística, reservar el nombre de cúpula para la que descansa sobre pechinas.
Probablemente por ser la bóveda
semiesférica o media naranja lo más visible de la cúpula, suele hacerse
extensiva al conjunto de ésta el nombre de media naranja.
El término cimborrio, que por lo
general se aplica a estas dos clases de cubierta, no parece, sin embargo,
referirse a ninguna clase de bóveda concreta. Probablemente sólo expresa la idea
de bóveda de cierta elevación, y generalmente emplazada en la nave principal del
templo.
PLANOS. MÓDULO
.—La composición general del
conjunto del edificio se refleja en varios planos: el de su planta, el de sus
secciones y el de sus fachadas. La representación de ellos se denomina planos.
La planta es la huella que
dejaría el edificio cortado aproximadamente a un metro de altura. Figuran en
ella, por tanto, los muros, con indicación de la anchura de los vanos existentes
en ese plano, así como las columnas, pilares y pilastras, reflejándose también
en ella, con frecuencia, cuando existen, la proyección de la forma de las
bóvedas. La sección puede ser longitudinal y transversal, y sirve
principalmente para dar idea de las cubiertas y de la altura y decoración de los
interiores. El alzado muestra las fachadas sin deformación alguna de
perspectiva. Es el plano de mayor interés artístico, pues no sólo da idea de la
distribución de los vanos, sino de los restantes aspectos de la composición y
decoración de la fachada.
El plano isonométrico permite
conocer simultáneamente los diversos aspectos mostrados por los anteriores. El
dibujante imagina el edificio suspendido en el espacio y visto desde abajo para
que conozcamos su planta: cortado por un ángulo diedro, al mismo tiempo que nos
permite ver en perspectiva parte de la fachada, nos muestra también parcialmente
sus dos secciones longitudinal y transversal.
La medida que se usa para fijar
las proporciones de los elementos arquitectónicos y de la totalidad de la obra
es el módulo. En la arquitectura de tipo clásico ese módulo es el radio del
fuste en su parte inferior.
ESCULTURA
.—La escultura emplea los más
diversos materiales, si bien los más frecuentes son el barro, la piedra, los
metales y la madera.
El barro, aunque también se
emplea como material permanente, en cuyo caso se cuece e incluso a veces se
vidria, por lo general, sirve al artista para plasmar en él sus primeras ideas,
es decir, para hacer en él sus bocetos o proyectos de la obra definitiva. En él
modela también la obra que ha de ser después copiada en piedra o fundida en
metal. La técnica del barro, como la de toda materia blanda, es el modelado.
I-as piedras utilizadas por el
escultor son de muy diversa naturaleza, desde las muy duras, como el granito y
el basalto, hasta las areniscas y calizas, entre las que destaca, por su belleza
y contextura, el mármol. Aunque la escultura se labra también directamente sobre
la piedra, el procedimiento usual, como queda indicado, es que el artista la
modele en barro o yeso y después la copie en piedra. Esta labor de copia, que'
se realiza con gran precisión por medio de compases y cuadrícula, se denomina
saca de puntos. El instrumento para esculpir la piedra y el metal a golpe de
martillo es el cincel.
El metal escultórico por
excelencia es el bronce. Para labrar una escultura de metal hueca, que es lo
corriente en las de cierto tamaño, se emplea el procedimiento de la fundición a
cera perdida, consistente en hacer un molde o copia en hueco de la escultura,
molde que se reviste interiormente con una capa de cera del grosor deseado en la
escultura definitiva de metal. Relleno el interior de esa capa de cera con
materia análoga a la del molde o simplemente de tierra, gracias a los orificios
de entrada y salida dejados en el molde, se vacía o forma la escultura
introduciendo bronce derretido en el espacio ocupado por la cera, a la que
desplaza. Las estatuas de tamaño pequeño, cuando el metal no es muy valioso, son
con frecuencia macizas. Aunque el metal escultórico preferido es el bronce, en
las de tamaño menor son también frecuentes el oro y la plata.
El metal permite al escultor
representar en sus estatuas actitudes más violentas que la piedra.
Material escultórico también
importante es la madera, que se labra con la gubia y que puede quedar en su
color o policromarse. A la técnica especial de esta policromía se hará
referencia al tratar de la escultura española moderna.
La obra escultórica puede ser de
bulto redondo, es decir, aislada, que es la estatua, o de relieve. En éste se
distingue el altorrelieve, en el que la figura sobresale más de la mitad de su
grueso; el mediorrelieve, en el que sale la mitad, y el bajorrelieve, en el que
sobresale aún menos; si no llega a sobresalir del plano del fondo, es
huecorrelieve.
La escultura que sólo representa
la cabeza y parte superior del tórax se denomina busto, y la estatua a la que
faltan cabeza, brazos y piernas, torso. Las estatuas sedentes, yacentes y
orantes, deben su nombre a la actitud de la figura, y tampoco precisa comentario
la denominación de estatua ecuestre. El conjunto de figuras que representan un
tema constituye el grupo.
Tanto en escultura como en
pintura se ha tratado de fijar las proporciones entre las diversas partes del
cuerpo con arreglo a un tipo ideal que se considera perfecto. Esta regla de
proporciones es el canon.
La parte del cuerpo que
generalmente sirve de medida para fijar esas proporciones es la cabeza.
PINTURA
—Elementos fundamentales de la
pintura son el dibujo o la línea, la luz y el color. El primero es el más
abstracto, y es común también a la arquitectura y a la escultura. El empleo de
la luz y .la sombra para fingir la forma y el espacio, o con fines puramente
expresivos, es el claroscuro. El color, aunque lo utilizan también las otras
artes, es más propio de la pintura.
El arte de fingir la tercera
dimensión, es decir, la profundidad, por. medio del dibujo, es la perspectiva
lineal. Según ella, las líneas paralelas que se alejan en el sentido de la
profundidad se aproximan cada vez más hasta converger en un punto, que es el de
la vista o el de vista, y está situado en la línea de horizonte. El arte de
representar, acortando las cosas que se extienden en sentido perpendicular u
oblicuo al plano en que se pintan, según las reglas de la perspectiva, es el
escorzo, y a la figura, o parte de la figura escorzada, se denomina también
escorzo.
Como el aire interpuesto entre la
vista y el objeto hace que éste aparezca menos preciso y más gris a medida que
se aleja, la ficción de la profundidad se logra además desdibujando las figuras
y haciendo más grises las más lejanas. Es la llamada perspectiva aérea, que no
nace hasta época muy avanzada de la historia de la pintura.
Los materiales y procedimientos
pictóricos son muy diversos. Se ha pintado principalmente en el' muro —pintura
mural—, en tabla y en lienzo —pintura de caballete, así llamada por el pie o
soporte donde se coloca cuando se está ejecutando—, en pergamino, vitela y
lámina de marfil —miniatura—, en lámina metálica, sobre todo de cobre, que
cuando es de tamaño pequeño se denomina también miniatura, y en papel.
La técnica más propia de la
pintura mural es la del fresco, así llamada por aplicarse el color disuelto en
agua sobre una capa de mezcla fina cuando todavía se encuentra fresca. El color
penetra así en el interior de esa capa de mezcla y no permite correcciones una
vez seca. La pintura al temple es aquella donde el color, para que se adhiera al
soporte —muro, tabla o lienzo—, se disuelve en un líquido glutinoso formado por
una templa de. cola, yema de huevo o jugo vegetal. Es procedimiento que se
emplea también en la pintura mural y, a veces, para retocar las ejecutadas al
fresco —en este caso el fresco se llama fresco a secco, según la nomenclatura
italiana—, pero se ha utilizado con preferencia en la pintura en tabla, y
durante algún tiempo en la de lienzo.
En la pintura al óleo el color se
aplica disuelto en aceite secante. Técnica abandonada desde la Antigüedad es la
del encausto, en la que se pinta con ceras de colores y un hierrecillo caliente.
La pintura ejecutada por este procedimiento se llama encáustico o encáustica.
Tanto la tabla como el lienzo
necesitan, para que pueda pintarse sobre ellos, especial preparación. La tabla
se cubre con fina capa de yeso, al que se da después un color neutro uniforme,
llamado imprimación.
En la Edad Media, esa capa de
yeso solía cubrirse con panes de oro. Para evitar que la tabla se alabee, cosa
que sucede con el tiempo y los cambios de humedad y temperatura, se refuerza al
dorso con un enrejado de madera, que se llama engatillado. Cuando el lienzo de
un cuadro se encuentra en mal estado, se le pega otro por el dorso. Esta
operación es el forrado.
Para pintar sobre papel o cartón
se emplean varios procedimientos: el pastel, en el que los colores se aplican
con lápices blandos; la acuarela, que diluye los colores en agua y no utiliza el
blanco, por hacer sus veces el papel mismo, y la aguada, que los disuelve en
agua u otro ingrediente, como la goma. Cuando el procedimiento de la aguada se
utiliza sobre lienzo humedecido, reservando el color de éste para los claros, se
denomina aguazo.
El pintor, antes de ejecutar la
obra definitiva, realiza dibujos y estudios de color previos. Los dibujos de
apuntamiento o tanteo son los rasguños o bosquejos. El dibujo de gran tamaño que
se hace para ser copiado en la pintura mural es el cartón. Boceto es el borrón
colorido que se pinta para conocer el efecto de conjunto de los colores.
La copia o repetición con ligeras
variantes hecha por el artista de su propia obra, se llama réplica.
CAPÍTULO II
ARTE PREHISTÓRICO
1. EL PALEOLÍTICO:
a) LA ESCULTURA
b) LA PINTURA
2. EL NEOLÍTICO:
a ) ARQUITECTURA DOLMÉNICA
b) LA PINTURA.
c) CERÁMICA
3. EL ARTE DE LA EDAD DE LOS
METALES
a) ESMALTES
4. EL ARTE PRIMITIVO DE LOS
TIEMPOS MODERNOS.
a ) BOSQUIMANOS.
b) OCEANÍA.
c) ESQUIMALES.
d) AMÉRICA DEL NORTE
e) EL ARTE NEGRO AFRICANO
EL PALEOLÍTICO:
LA ESCULTURA
—Las primeras manifestaciones
artísticas conocidas se remontan a los últimos tiempos del período Cuaternario,
en el que las nieves llegan hasta el centro de Europa y el mamut y el reno pacen
a orillas del Mediterráneo. El hombre vive de la caza y de la pesca y desconoce
aún la arquitectura. Como utiliza en sus armas y utensilios la piedra labrada a
golpes y sin pulimentar, se llama a esta larga fase de la vida de la Humanidad
Edad Paleolítica o de la piedra antigua, para distinguirla de la Neolítica, en
la que ya emplea la piedra pulimentada.
Las manifestaciones más
abundantes de la actividad humana del Paleolítico son las armas y utensilios de
piedra, por lo general puntas de flecha, raspadores, cuchillos, hachas y
martillos, que desde el punto de vista puramente artístico son de escaso
interés, aunque no faltan flechas y piezas del período solutrense de bellas
proporciones.
Sin importancia la arquitectura
para el hombre paleolítico, de vida nómada, sus verdaderas creaciones artísticas
son de carácter figurativo.
En ellas desempeñan papel de
primer orden las representaciones de los animales, base de su alimentación,
interpretadas con fino sentido naturalista, rasgo éste el más destacado del arte
paleolítico, sobre todo, frente al neolítico.
A la cabeza de las obras más
puramente escultóricas precisa citar una serie de estatuitas de marfil, piedra o
hueso, en las que el escultor se nos muestra cultivando el desnudo femenino,
cuyas principales redondeces adquieren monstruoso desarrollo. Son las llamadas
Venus, y han aparecido en Francia, Italia y Alemania. Los ejemplares más
representativos son las de Lespugue (fig. 07), y la Venus de Willemdorf (fig.
08), del Museo de Viena, ésta de rizada cabellera. Menos frecuentes e
importantes son las estatuillas masculinas.
(fig.07) Venus de Lespugue (Francia)
(fig.08) Venus de Willemdorf del Museo de Viena.
En las esculturas de animales el
escultor se mantiene más fiel al modelo. La cabeza de caballo (fig. 09)
relinchando esculpida en asta de reno de Mas d'Azil (Francia), nos descubre ya
su fino sentido de observación, y modelados en arcilla se conservan unos
bisontes en la gruta de Tuc d'Audoubert (fig. 10).
(fig. 09) Cabeza de caballo e Mas d'Azil (Francia
(fig. 10) Bisontes en la gruta de Tuc d'Audoubert
.LA PINTURA
.—El gran arte de la Edad
Paleolítica es la pintura, que es donde ese espíritu de observación del hombre,
cuya vida gira en torno de los animales, crea verdaderas obras maestras. Ahora
el artista paleolítico no se limita a grabar figuras de bisontes, renos y otros
animales en pequeños trozos de hueso o en piedras sueltas, sino que los graba o
pinta, o graba y pinta simultáneamente, en las cuevas y abrigos naturales. Como
estos lugares han continuado sirviendo, al parecer, de santuarios de carácter
mágico durante muchas generaciones, y el nuevo pintor no borra las
representaciones anteriores, es corriente que las figuras se encuentren
superpuestas. Esto las hace confusas y obliga a copiarlas aisladamente para
poder apreciarlas bien; pero, en cambio, permite conocer su respectiva
antigüedad. La mayor y la mejor parte de estas pinturas murales se han
descubierto en el sudoeste de Europa, en España y Francia.
Entre las representaciones
grabadas, se consideran de época muy remota las hechas rehundiendo los dedos en
la pared blanda por la humedad.
Ejemplo de las trazadas con buril
en la pared de piedra, también de época bastante antigua, son las de Riba de
Saelices (Guadalajara), cuya figura más bella es una cabeza de caballo.
(fig. 11) Cabeza Caballo (Cueva de los Casares / Guadalajara)
De las obras propiamente pintadas
más antiguas son unas figuras de manos —casi siempre la izquierda—, siluetas de
color rojo, negro o pardo, a las que sus autores deben de atribuir cierto valor
mágico y que se creen del período auriñaciense. Es frecuente también en estos
primeros tiempos que las figuras se tracen con una serie de puntos que se unen
más tarde con una línea de color más rebajado. El artista emplea después una
línea bastante gruesa, que al esfumarla termina produciendo cierta ilusión de
modelado. A la etapa de máximo florecimiento del auriñaciense en España
pertenecen las Cuevas del Castillo y de la Pasiega, de Puente Viesgo
(Santander). La del Pindal (Asturias) es interesante como testimonio del valor
mágico concedido a estas representaciones de animales, porque nos muestra a un
elefante en cuyo interior sólo se dibuja el corazón (fig. 12).
(fig. 12) Cueva El Pindal Asturias. Elefante
El apogeo de la pintura
paleolítica corresponde al período magdaleniense.
La técnica se enriquece ahora no
sólo cubriendo con rayas el interior de las figuras y se gradúa la intensidad
del color sino que se abandona la monocromía, llegando a crearse obras de cierta
riqueza colorista.
Una de las cuevas más importantes
de esta fase es la de San Román de Candamo (Asturias), donde vemos a un bisonte
con tres patas traseras para indicar la marcha.
Y una vaca con la cabeza en dos
posiciones, debidas al mismo deseo de movimiento (fig. 13).
(fig.13) Pinturas cueva Candamo / Asturias: Bisonte
Pero donde la pintura del
Paleolítico llega a su punto culminante es en la Cueva de Altamira, en
Santillana (Santander (fig. 14), en la que se aprovechan las caprichosas formas
naturales salientes de su bóveda para representar en ellas los animales, que
tienen así un relieve en parte real. Grabado su perfil, el interior de la figura
está relleno de colores, entre los que predominan el negro, el rojo, el violáceo
y el amarillo (fig. 14).
(fig. 14) Pinturas cueva Altamira / Santander
El conjunto más importante es el
de los bisontes, (fig.15) que en las más diversas actitudes cubren la bóveda de
la cueva; son particularmente bellos el macho que, echado en tierra y en
posición algo violenta para aprovechar la protuberancia en que ha sido pintado,
vuelve esta llena de vida, y la hembra en celo, interpretada con sorprendente
realismo (fig. 15).
(fig. 15) Pinturas cueva Altamira Santander Bisontes
Curiosa es también por su sentido
mágico, cuyo valor preciso ignoramos, la figura del bisonte sin cuernos (fig.
16).
(fig. 16) Pinturas cueva Altamira/ Santander: Bisonte sin cuernos
Aunque son las menos, no faltan
representaciones de otros animales, entre los que destaca el jabalí corriendo (fig.
17).
(fig. 17) Pinturas cueva Altamira Santander jabalí corriendo
-------
De las pinturas francesas de este
estilo deben recordarse especialmente las de Lascaux (fig. 18) y las de Font de
Gaume (fig. 19- 20), de calidad equiparable a las de Altamira, pero peor
conservadas.
(fig. 18) Pinturas cueva de Lascaux / Francia
(fig.19) Pinturas cueva de Font de Gaume / Francia
(fig.20) Pinturas cueva de Font de Gaume / Francia
De la misma época que las
pinturas anteriores, según unos, y de época algo posterior, que correspondería a
los finales del Cuaternario, según otros, las pinturas de la región levantina
ofrecen tales novedades que forman un grupo perfectamente definido. En primer
lugar, en vez de encontrarse en cuevas oscuras, decoran abrigos a plena luz; la
escala empleada es mucho menor, y a veces, hasta minúscula; la figura humana que
en el estilo anterior apenas se representa, y entonces, por seres antropomorfos
con el rostro medio oculto, tal vez por ser hechiceros, aparece aquí
perfectamente definida y desempeña papel importante; y, por último, el artista,
lejos de limitarse a yuxtaponer figuras, crea escenas de caza, guerra y, al
parecer, de danzas rituales, con frecuencia de gran desarrollo. Desde el punto
de vista puramente técnico, lo más importante es que el colorido es plano y el
estilo mucho más esquemático.
Una de las pinturas más
celebradas de este estilo es la de Cogul (Lérida (fig. 21), donde vemos una
escena, tal vez de carácter fálico, de varias parejas femeninas con el pecho
descubierto, pero con faldas, en torno a una figura varonil desnuda.
(fig. 21) Pinturas cueva Cogul / Lérida
Más bellas, por su extraordinario
sentido del movimiento, son las de la región del Maestrazgo. En la Cueva de Ares
del Maestre, las del toro herido persiguiendo al cazador y los arqueros
disparando sus flechas sobre una cabra, y la danza ritual de los arqueros,
delatan la más fina sensibilidad para sorprender las actitudes y expresar el
movimiento (fig. 22).
(fig. 22) Pinturas cueva Ares del Maestre (toro herido)
En la misma comarca se conservan
otras importantes pinturas, en una de las cuales dos grupos de guerreros se
disparan sus flechas. En la Cueva de la Araña, de Bicorp (Valencia), el tema
representado es, en cambio, un hombre recogiendo la miel de un enjambre,
mientras las abejas huyen (fig. 23).
(fig. 23) Pinturas cueva de la Araña, de Bicorp / Valencia
(recolector de miel)
En la cueva de Ballorta
reproducen la cacería de ciervos (fig. 24), (fig. 25).
(fig. 24) Pinturas de Ballorta (cacería de ciervos
(fig. 25) Pinturas de Ballorta (detalle cacería de ciervos).
(fig. 26) Mapa revolución tecnológica
EL NEOLÍTICO:
ARQUITECTURA DOLMÉNICA
.— El nuevo clima creado por la
retirada de las nieves a regiones más septentrionales y el progresivo abandono
de la vida de la caza por la ganadería y la agricultura, daría lugar a la
revolución neolítica.
SIGNOS DEL MAPA: 1. Direcciones
de la propagación de los conocimientos neolíticos desde el Próximo Oriente.- 2.
Ámbito de los distintos focos culturales neolíticos. - 3. Zona original de los
fenómenos neolíticos. 4. Áreas de dispersión de la cultura megalítica.
Estas transformaciones tienen
también consecuencias artísticas de primer orden.
Nacen el tejido y la cerámica, y
con ellos se crea el primer gran repertorio de la decoración geométrica. Por
otra parte, la vida sedentaria hace conceder mayor importancia a la vivienda, y
esto, unido a las nuevas ideas religiosas sobre la conservación de los muertos,
da lugar a las primeras manifestaciones arquitectónicas de carácter permanente
que son los sepulcros, para los cuales la fe en una vida ultraterrena hace mover
enormes piedras.
Con la inseguridad propia de toda
la cronología prehistórica, se supone que el Neolítico corresponde a los
milenios III y II.
La gran novedad del período
neolítico es, pues, la creación de la arquitectura. El hombre, además de
utilizar los abrigos naturales, fabrica ya viviendas subterráneas y de madera,
cuyos restos conservados más importantes son los palafitos o construcciones
lacustres, bien sobre rollizos cavados verticalmente en el agua, o sobre pilas
de varias capas de ellos horizontalmente dispuestos y sumergidos. En estas
construcciones tiene su origen la arquitectura en madera, cuyas estructuras,
como veremos, pasarán con el tiempo a la arquitectura pétrea.
Pero donde el hombre neolítico
pone su principal empeño es en la casa de los muertos, que, pensada para la
eternidad y labrada en enormes bloques de piedra, constituye la arquitectura
megalítica o de grandes piedras. El tipo más sencillo de estos monumentos
megalíticos es el menhir, o simple piedra clavada en tierra, al parecer, con
fines conmemorativos o religiosos. Los grupos de menhires, dispuestos en
círculo, o semicírculo, son los cromlechs (fig. 27).
(fig. 27) Cromlech de Stonehenge / Inglaterra
Las series de menhires ordenados
en fila reciben el nombre de alineaciones. Aunque partido hoy en varios trozos,
es importante por su longitud de unos veinte metros el menhir de Locmariaquer (fig.
28).
(fig. 28) Menhir de Locmariaquer /Bretaña / Francia
Entre las alineaciones son
famosas las de Carnac (fig. 29), en Bretaña, la tierra más rica en monumentos
megalíticos, una de las cuales tiene más de un millar de menhires dispuestos en
once filas. Sobre una superficie de 40 hectáreas y 4 km de largo, se encuentran
repartidos un total de 2.934 menhires (fig. 29).
(fig. 29) Alineaciones de Carnac / Bretaña /Francia
Bien al aire libre, o cubierto
por un túmulo de tierra, se reduce unas veces a la cámara misma; pero otras
tiene un corredor de ingreso, en algunos casos muy largo. Donde más abundan los
dólmenes es en Bretaña y Suecia, mereciendo recordarse, especialmente en aquella
región francesa, el llamado la Mesa del Mercader, de Locmariaquer (fig. 30).
(fig. 30) Mesa del Mercader, de Locmariaquer
En España también adquiere la
arquitectura dolménica gran desarrollo, sobre todo en la parte meridional, cuyos
monumentos se consideran de la primera mitad del segundo milenio.
Entre los dólmenes de corredor es
obra de primer orden no sólo dentro de España, sino de todo este tipo de
arquitectura, la llamada Cueva de Menga (fig. 31), de Antequera, de unos
veinticinco metros de longitud por unos seis de anchura máxima. Tanto sus
paredes como la cubierta están formadas por piedras gigantescas.
(fig. 31) Cueva de Menga / Antequera / España
De caracteres análogos, y también
de grandes proporciones, es- el dolmen de Soto en San Juan del Puerto (Huelva) (fig.
32).
(fig. 32) Dolmen de Soto en San Juan del Puerto (Huelva)
En la Cueva del Romeral, en
Antequera, lo megalítico decrece considerablemente, delatándonos una etapa más
avanzada, pues aunque el corredor continúa estando cubierto por piedras enormes,
los muros son de piedras de tamaño pequeño dispuestas por hiladas. Pero lo más
importante es que la cámara, que es de planta circular, y comunica con otra
menor de igual forma, se encuentra cubierta con una bóveda falsa de piedras en
saledizo progresivo, hasta que en la parte superior se cierra con una sola
piedra de gigantescas proporciones.
De análogas características a la
Cueva del Romeral, de Antequera, es la de Matarrubilla, de Castilleja de Guzmán
(Sevilla (fig. 33). Este tipo de arquitectura dolménica tan avanzado es probable
que se relacione ya con la arquitectura griega prehelénica.
Matarrubilla, de Castilleja de
Guzmán (Sevilla) De época más adelantada que los dólmenes son los monumentos
prehistóricos de Baleares, que, gracias a los tipos propios que representan,
constituyen un capítulo de acusada personalidad dentro de la arquitectura de
esta época.
(fig. 33) Los tdlayotes.
O torreones troncocónicos o en
forma de troncos de pirámide, están cubiertos con bóveda falsa sostenida por un
pilar integrado por varias piedras dispuestas verticalmente, y al parecer
sirvieron de vivienda y de defensa. En cada poblado de los que forman parte
suele existir más de un talayot. ) (fig. 34).
(fig. 34) Tdlayot
Las taulas y las navetas son
exclusivas de Menorca. La taula está constituida por un enorme tablero
horizontal de piedra sobre otro vertical, que forman así una especie de mesa
—taula—, en torno a la cual se levanta sólo por tres de sus lados un muro que
deja abierto uno de los frentes.
Se supone que una cubierta de
madera apoyaría en el muro y en el gran tablero horizontal. Sólo existe una
taula en cada poblado, y, fundándose en los huesos que suelen encontrarse junto
a ella, se sospecha que pudieron destinarse a sacrificios; pero, en realidad,
ignoramos su destino. Uno de los ejemplares más importantes es el de Talatí de
Dalt. Las navetas (fig. 35), que deben su nombre a la semejanza de su exterior
con una nave vuelta hacia abajo, se distinguen por la regularidad de su aparejo,
y tienen en su interior una cámara, a veces hasta de tres naves separadas por
los pilares que soportan las últimas piedras de su bóveda falsa. Parece que
sirvieron de enterramiento colectivo, y la mejor conservada es la de Los Tudons,
cerca de Ciudadela.
(fig. 35) Talatí de Dalt. Los Tudons / Menorca
A los constructores de estos
monumentos se deben las hermosas cabezas de toro, en bronce, del Museo
Arqueológico de Madrid (fig. 36), animal al que, al parecer, rinden culto. ) (fig.
36).
(fig. 36) Cabezas de toro, en bronce, del Museo Arqueológico de
Madrid
Construcciones de tipo análogo a
los talayotes son las nuragas de Cerdeña (fig.37), que, como ellos, se
consideran lugares de refugio y defensa de la población en caso de peligro.
(fig. 37) Nuragas de Cerdeña
LA PINTURA.
CERÁMICA
LA PINTURA.
.—En el período neolítico, el
arte de la pintura cambia decididamente el rumbo y abandona el naturalismo
paleolítico.
La tendencia hacia lo
esquemático, comentada en la pintura rupestre levantina, llega a crear un estilo
totalmente nuevo, en el que las formas naturales terminan convirtiéndose a veces
en meros signos, tan distantes ya de la realidad, que sólo conociendo las
diversas etapas de su evolución es posible saber lo que representan. Así, por
ejemplo, la figura humana se transforma en una circunferencia atravesada por un
rasgo vertical, con frecuencia bifurcado, para indicar las piernas; y en el
ciervo la cornamenta se convierte en unos motivos alargados en forma de peine. )
(fig. 38).
(fig. 38) Pinturas del Tajo de las Figuras
Pinturas importantes y
representativas de este período son las del Tajo de las Figuras, de la Laguna de
la Janda (Cádiz)(fig. 39), con cuadrúpedos, aves y figuras humanas, y muy
representativa es también la pintura con un ídolo y un jefe figurado por una
espada, de Peñatú, en Llanes (Asturias) (fig. 40)
(fig. 39) Figuras, de la Laguna de la Janda (Cádiz)
(fig. 40) Pintura con un ídolo y un jefe figurado por una espada,
de Peñatú, en Llanes (Asturias).
Dentro de este mismo estilo tan
esquematizado, típicamente neolítico, en el que las formas animadas procuran
convertirse en figuras geométricas, precisa recordar los ídolos, al parecer de
carácter funerario, recortados en placas de piedra (fig. 41) y decorados con
triángulos y zigzags de grandes ojos circulares, y los labrados en huesos
humanos (fig. 42) o cilindros de piedra, frecuentes en buena parte de la
Península.
(fig. 41) Idolo de carácter funerario, recortados en placas de
piedra
(fig. 42) Ídolo en hueso. Museo Arqueológico de Úbeda. Jaén
CERÁMICA
Los temas decorativos de carácter
geométrico, tan parcamente utilizados en el Paleolítico, adquieren, como vemos,
amplio desarrollo en el Neolítico. Su nacimiento va unido al de las artes
industriales, entre las que ocupa ahora el puesto de honor la cerámica. De las
más variadas formas las vasijas, se desconoce todavía el torno; pero su
repertorio de temas, sobre todo rectilíneos, es ya muy rico. Dentro de la
cerámica prehistórica española, es particularmente interesante la del llamado
vaso campaniforme (fig. 43), que suele presentar dos tipos, uno más hondo y otro
más plano, y cuya decoración rehundida se refuerza rellenándola con una pasta
más blanca que el barro del vaso.
(fig. 43) Vaso campaniforme
Creación española este tipo de
cerámica, su estilo se difunde por el centro y occidente de Europa (fig. 44).
(fig. 44). Mapa cultura vaso campaniforme
EL ARTE DE LA EDAD DE LOS METALES
EL ARTE CELTA DE LA TÉNE.
ESMALTES
.— El empleo del bronce y del
hierro, como es lógico, da lugar a una serie de formas y temas decorativos
nuevos que se manifiestan en las artes industriales, y en particular en las
armas y piezas de exornación personal, como cinturones y brazaletes. En las
espadas se crean varios tipos de características generales bastante constantes,
cuyo estudio interesa especialmente a la arqueología. Los cascos de bronce
hechos con frecuencia de dos chapas soldadas, suelen llevar en la unión de éstas
una especie de cresta, a veces bastante aguda e incluso postiza, delatando ese
deseo tan propio de los pueblos primitivos de amedrentar al enemigo. Los temas
decorativos frecuentes son los círculos concéntricos y las espirales. Pero donde
esta decoración sencilla se repite con mayor insistencia es en las placas
metálicas de los cinturones, cuyos motivos ornamentales se reducen a círculos,
semicírculos, la cruz en forma de aspa, etc.
Algunos de estos temas tienen
valor simbólico. Los círculos concéntricos parece que, en efecto, simbolizan el
Sol, pues al culto del gran astro deben indudablemente su existencia unos
carritos de metal (fig. 45) pertenecientes a esta época, con seis ruedas, de las
que las dos traseras sirven de soporte a un gran disco solar decorado por varios
círculos grabados, y las cuatro delanteras a un caballo. Estos carritos revelan
además cómo para estos antiquísimos antepasados nuestros el Sol hace su
recorrido celeste tirado por un caballo. Es decir, representa el mito que
encontrará su más bella expresión en Apolo recorriendo el firmamento en su
cuadriga. El ejemplo más importante conocido es el carro solar del Museo de
Copenhague.
(fig. 45) Carro solar del Museo de Copenhague
La segunda Edad del Hierro o de
La Téne, así llamada por el nombre de la estación lacustre de Neuchátel, donde
aparecieron numerosos objetos con los temas ornamentales que distinguen a esta
nueva fase de la Edad del Hierro, debe su nuevo estilo a los celtas, que,
establecidos en el centro de Europa, invaden el mediodía en diversas ocasiones.
La ornamentación celta delata una nueva sensibilidad decorativa, amiga de lo
curvilíneo, que emplea la espiral y el círculo, la curva, la contracurva y la
línea ondulante, con el más fino sentido del movimiento, dentro de una
composición clara y no fatigosa. Pieza capital de este arte decorativo de La
Téne es el escudo del Museo Británico (fig. 46), hallado en el fondo del Támesis,
de bronce dorado con incrustaciones de coral. Típicos de los celtas son, además,
las torques, o aros metálicos abiertos y, por lo general, retorcidos, que llevan
al cuello.
(fig. 46) La Téne. Escudo del Museo Británico
Escudo de Battersea, realizado en
bronce y esmalte rojo.
Los celtas desempeñan, además, un
papel importante en la historia de la orfebrería, gracias a su temprano empleo
del esmalte. Comienzan incrustando trozos de coral, como sucede, por ejemplo, en
el escudo del Támesis, ya citado. El coral es más tarde reemplazado por una
pasta metálica que al fundirse en el horno produce el esmalte.
Para evitar que los esmaltes de
diversos colores se mezclen entre sí, se emplean ya en esta época dos sistemas
que perdurarán en la historia de la orfebrería: el del tabicado y el del fondo
realzado. El tabicado, en francés cloisonné, consiste en formar con delgados
tabiques una serie de compartimientos en los que se deposita la piedra labrada
para que ajuste perfectamente a él, o la pasta, que al fundirse se vitrifica,
transformándose en esmalte. El esmalte de tipo ahuecado, en francés champlevé,
es aquel en el que se rehunde en la plancha metálica la parte ocupada por el
esmalte, quedando realzada en su primitiva altura el resto de la superficie de
aquélla. Este arte del esmalte, que después continúan empleando los bárbaros, no
obstante haberlo conocido también los egipcios, lo ignoran griegos y romanos,
quienes todavía en el siglo ni de J. C. hablan de él como propio de los pueblos
del Norte.
Aunque el arte de la Téne
comprende desde el siglo IV a. de J. C. hasta el I de J. C, y es, por tanto,
contemporáneo del arte clásico, por el que se deja influir, y enlaza con el
germánico de la época de la emigración, parece más práctico dejarlo estudiado a
continuación de la Edad de Bronce.
.
EL ARTE PRIMITIVO DE LOS TIEMPOS
MODERNOS.
.—Aunque cronológicamente son muy
posteriores, existen pueblos en los tiempos modernos que emplean un estilo
semejante al de los tiempos prehistóricos, figuran en el grado más primitivo de
los pueblos cazadores y pescadores, principalmente los bosquimanos del sur de
África y los esquimales de las regiones polares de América y nordeste de Asia.
BOSQUIMANOS.
Los bosquimanos, cazadores de
arco, y que habitan sobre todo en cavernas, nos han dejado pinturas rupestres
que recuerdan las de nuestro Levante. En la gruta de Hermon se representa una
escena en la que los bosquimanos roban el ganado a los cafres y cubren su huida
del ataque de éstos disparándoles sus flechas. ) (fig. 47).
(fig. 47) Representación de pintura bosquimana. Gruta de Hermon.
Sudáfrica
OCEANÍA.
A una etapa más avanzada
pertenecen los pueblos de Oceanía y parte de América. Si los bosquimanos y
esquimales pueden equipararse a la fase paleolítica, aquéllos, que continúan
utilizando la piedra, la madera y el hueso, cultivan en cierto grado la
agricultura y la ganadería, y conocen el tejido y la cerámica, pueden
considerarse en un grado de evolución semejante al del Neolítico.
En Melanesia el arte se
manifiesta principalmente en las decoraciones en madera de los soportes de las
casas labradas en ese material, y en las proas de las piraguas. En ellas se
emplea la figura humana y de animales, pero tan intensamente transformadas por
el deseo de incorporarlas al movimiento de la decoración, que, al pronto, no es
fácil identificarlas. Entre sus creaciones más importantes figuran las máscaras
de danza de madera pintada, y con frecuencia caladas. Las aplicaciones de madera
de los santuarios nos muestran un entrecruzamiento y superposición de figuras
inanimadas, animales y humanas, de expresión intensa que producen un efecto de
conjunto impresionante. El eje o núcleo de esta composición calada suele ser una
figura humana, un pez, un gallo y, sobre todo, un cálao, el ave funeraria de los
pueblos de Oceanía. Son creaciones inspiradas por el culto de los antepasados,
y, en consecuencia, verdaderas genealogías con referencias a la otra vida. Así,
el ave alude a las regiones celestes donde los muertos habitan, y las fauces de
animales con cabezas humanas encarnan la idea de la procreación (fig.48).
(fig.48) Máscara ceremonial de la isla de Malekula
(Museo de Artes Africanas y
Oceánicas, París) En Polinesia, donde la arquitectura alcanza mayor perfección
es en Nueva Zelanda. De madera y cubiertas a dos aguas, las casas maoríes
presentan, como las de Melanesia, una gran máscara, y tienen ricamente decorados
los frentes del alero y el interior. La del cacique Taipasi ofrece, además, ante
los muros que encuadran el pórtico, gruesos tableros con figuras animadas
superpuestas. Característico del arte maorí neozelandés es la decoración de
cintas curvilíneas en la que los roleos se multiplican hasta el frenesí y
procuran no dejar superficie alguna libre. Reálzanse los centros principales con
ojos de concha. ) (fig. 49).
(fig. 49) Casa Maorí
Capítulo independiente dentro de
Polinesia forma la pequeña y solitaria isla de Pascua, en el extremo oriental
del Pacífico, poblada de ruinas de construcciones de piedra de tipo dolménico, y
de terrazas sobre las que se levantan estatuas (fig. 50) de medio cuerpo, de
antepasados, alguna de más de veinte metros de altura. De piedra de color gris,
se tocan con una especie de turbante de piedra rojiza. Los habitantes de la isla
de Pascua llegan a poseer una escritura jeroglífica ya casi ideográfica.
(fig. 50) Estatuas Isla de Pascua
ESQUIMALES.
Los esquimales modernos, a pesar
de utilizar objetos de metal, lo que trabajan es el hueso, el asta de reno y el
diente de caballo marino. Como el hombre prehistórico, labran en ellos
estatuillas y utensilios que decoran con representaciones de animales, caza y
pesca de tipo naturalista (fig. 51).
(fig. 51). Arte Inuit. Totem
AMÉRICA DEL NORTE
. — Muy relacionado con el arte
de Oceanía se encuentra el de los indios del noroeste de América, cuya creación
artística más destacada son las columnas o mástiles totémicos (fig. 52) de
madera que levantan ante sus casas, también labradas en ese material. Como entre
los melanesios, tienen un valor genealógico y heráldico.
(fig. 52) Totem amerindios
Sobre la apretada superposición
de figuras de animales y humanas, encajadas unas en otras, aparece el animal
totémico, relacionado con el fundador de la tribu. Esos animales suelen ser el
lobo y el cuervo. Decoración de tipo análogo presentan los mantos de piel de
búfalo (fig. 53), donde los cuerpos y mascarones de los mástiles se aplastan y
desmaterializan hasta convertirse en meros ojos, que se multiplican en apretada
composición.
(fig. 53) Piel de búfalo
Al este de los Estados Unidos el
panorama artístico varía totalmente y las principales manifestaciones artísticas
son unos cabezos artificiales llamados mounds, cuyo núcleo principal radica en
Ohío. Unos son túmulos sepulcrales. Otros son de formas caprichosas, y en
algunos casos representan indudablemente animales. A veces sirvieron de
plataforma a poblaciones. ) (fig. 54).
(fig. 54) mounds (Ohío / EEUU)
EL ARTE NEGRO AFRICANO
.—El arte que entre los negros de
África alcanza mayor desarrollo es la escultura en madera, por lo general sin
pintar; en el oeste se emplea también el marfil. Comparada con la de Oceanía, es
más sobria, y sería en vano que buscásemos en ella las intrincadas composiciones
de figuras compenetradas unas en otras que allí hemos visto. Su interpretación
de la figura humana, como en Oceanía, adolece de acortar las piernas; la cabeza,
sin embargo, es menos grande, y, en cambio, se alarga sobremanera la parte
central del cuerpo. Parece ser que esas proporciones son, en parte, reflejo de
los largos palos o mástiles que en los sepulcros de los jefes sostienen las
calaveras de los cortesanos muertos. Se asegura que las imágenes de antepasados
tienen su origen en estos mástiles y que los cuellos y vientres delgados largos
son el recuerdo de ellos. Unas veces son ídolos; otras, imágenes de antepasados
o de almas, y otras son puras creaciones artísticas. El escultor, por lo demás,
lejos de seguir un criterio naturalista, procura esquematizar la figura humana
forzando sus formas al servicio de una expresión lo más intensa posible.
Donde el arte negro alcanza su
máxima perfección es en la escultura en bronce de Benin y Dahomey, en el golfo
de Guinea, junto a la desembocadura del Níger. Sus orígenes no se conocen bien.
Lo perfecto y la belleza de las cabezas de barro y de bronce, recorridas por
estrías longitudinales, que se consideran posteriores al siglo V y anteriores al
X de nuestra Era, delatan la existencia de un florecimiento artístico, tan igual
en el resto de África, y de precedentes tan antiguos, que se ha querido
relacionarlo con la Atlántida de Platón, y, en consecuencia, situar a ésta en el
noroeste africano. Lo que sí parece seguro es que ese estilo escultórico es más
antiguo, y, por tanto, precedente del gran arte escultórico en bronce posterior,
que conocemos por los relieves y estatuas del palacio de Benin, hoy repartidos
entre varios muscos ingleses y alemanes. Algunas de estas obras no acusan aún el
contacto con los portugueses, pero otras dejan ver claramente la influencia de
su indumentaria. Son cabezas y estatuas de antepasados de los reyes de Benin, y
escenas diversas, todo ello dotado de gran Tuerza expresiva y ejecutado con
maestría y originalidad. ) (fig. 55) (fig. 56).
(fig. 55) Pareja Yoruba / Nigeria
(fig. 56) Bronce de Benin
CAPÍTULO III
ARTE EGIPCIO
1. ARQUITECTURA
a) EL TEMPLO
b) EL SEPULCRO
2. ESCULTURA
3. RELIEVE
4. ESTILOS ESCULTÓRICOS
5. ARTES INDUSTRIALES
ARQUITECTURA
.—Delimitado a Oriente y
Occidente por arenales o desiertos pedregosos, Egipto es una estrecha faja de
terreno fertilizada por el Nilo; en realidad, el oasis del Nilo, el río de cuyas
inundaciones vive, y que inspira en buena parte su religión y su arte. Horus no
recorre las celestes regiones, como Zeus, sobre un águila, sino navegando en su
embarcación por el río, en cuyas orillas crecen el loto y el papiro, que coronan
las columnas y decoran los edificios egipcios. El pueblo que se establece en ese
valle en fecha remotísima, se nos muestra dominado por la preocupación de la
vida de ultratumba y por la necesidad del culto a unos dioses cuyo último
descendiente es el faraón remante.
Ese deseo de labrar obras
eternas, y que produzcan la impresión de serlo por medio del volumen y de la
masa, es el inspirador de sus principales creaciones estéticas. A él se deben la
pirámide de los enterramientos reales, las pirámides truncadas de los
enterramientos particulares, las proporciones de sus templos y de sus
esculturas, de sus columnas y de sus muros. Aunque emplea también el ladrillo,
el material preferido por el arquitecto egipcio es la piedra.
Los rasgos esenciales de sus
elementos arquitectónicos reflejan ya ese afán de masa y de estabilidad. El muro
es, por lo general, extraordinariamente grueso, y para que su estabilidad sea
aún mayor suele ser en talud, es decir, de grosor decreciente hacia la parte
superior.
Los sillares son de gran tamaño,
y confiado en su masa, colócalos el cantero egipcio a unión viva, sin mezcla de
ninguna especie. El muro, por lo general, lleva por coronamiento un grueso toro
y un caveto, al que impropiamente se llama con frecuencia gola egipcia.
La columna es, por lo común, de
macizas proporciones.
Bulbosa, a veces, en la parte
inferior, a semejanza del tallo de algunas plantas, es de superficie lisa o
fasciculada, simulando una serie de tallos atados en la parte superior por
varios anillos horizontales. Suele tener basa en forma de disco. El capitel es
campaniforme, bien en forma de flor abierta o de capullo de loto o papiro. En
general, las columnas lotiformes carecen de base y no son bulbosas ni tienen
hojas decorativas en su parte inferior, características que, en cambio, suelen
distinguir a la papiriformes. En las fasciculadas los tallos de loto son de
sección circular, mientras que los de papiro presentan sección apuntada (fig.
57).
(fig. 57) Columnas egipcias con capitel de capullo, de flor
abierta, palmiforme y hathórico.
Además de estos capiteles, que
son los más corrientes, existen otros como el palmiforme, empleado ya en fecha
muy antigua, y el hathórico, que debe su nombre a la cabeza de la diosa Hathor
con que se decora su cimacio o pieza que descansa sobre él. Aunque sólo
excepcionalmente, se emplea también la llamada columna protodórica (fig. 58), de
sección poligonal y coronada por un paralelepípedo, como en el futuro abaco de
la columna griega.
(fig. 58) Columna protodórica
Hipogeo de Beni Hassan
La arquitectura egipcia es
adintelada, pues, aunque conoce la bóveda, tanto la falsa como la verdadera,
sólo la emplea en lugares secundarios y carentes de importancia estética. Debido
a ello, a las proporciones verdaderamente gigantescas de algunos de esos
dinteles, a la parquedad de los vanos, con el consiguiente predominio del
macizo, la impresión de reposo y estabilidad eternos de los monumentos egipcios
es única en la historia de la arquitectura.
En la decoración adquieren ya
gran desarrollo los temas de carácter vegetal, entre los que destacan las flores
de loto y de papiro y la llamada palmeta egipcia, terminada lateralmente en dos
volutas o espirales y en un saliente central. También desempeñan papel de primer
orden las representaciones de animales y símbolos sagrados (fig. 59), como el
buitre de alas extendidas, el globo alado del sol, tan frecuente en las puertas
de los templos; los escarabajos, emblema de la vida terrena ; la cruz con el
anillo, que, por el contrario, parece simbolizar la vida eterna; los ureus o
serpientes sagradas, etc. De gran valor decorativo son igualmente las
inscripciones epigráficas jeroglíficas que cubren grandes superficies del muro y
aun de las columnas.
(fig. 59) Buitre de alas extendidas
Formado el arte monumental
egipcio en los primeros tiempos de su historia, vive durante varios miles de
años con una persistencia de caracteres impresionante. Aunque no deje por ello
de evolucionar, e incluso se den en su desarrollo verdaderas revoluciones
artísticas, si se compara la evolución del arte egipcio con los estilos europeos
de los dos últimos milenios, no puede por menos de reconocerse esa estabilidad y
persistencia de caracteres como uno de sus rasgos más extraordinarios y dignos
de ser tenidos en cuenta. Como en su historia política, suelen distinguirse en
la artística tres grandes períodos: el menfita, el tebano y el saíta, así
llamados por las ciudades donde radica la capitalidad del imperio faraónico. El
período menfita se supone que dura, aproximadamente, desde el año 3000 al 2000
a. de J.C; el apogeo del período tebano, correspondiente a las dinastías XVIII-XIX-XX,
cuyos faraones dominan desde Nubia, al Sur, hasta el Eufrates, al Este, abarca
desde el siglo XVI al XVII, y el saíta comprende desde mediados del XVII a
mediados del VI. La época de influencia griega se inicia dos siglos más tarde.
EL TEMPLO
.—Dominado por la idea de la vida
eterna, los dos monumentos que más importan al egipcio son el templo y el
sepulcro. La casa, por su misma utilidad transitoria, es de valor secundario y
suele labrarse de adobe. De los mismos palacios reales apenas conservamos
algunos pobres restos, debido al escaso valor de sus materiales. Los templos
son, al decir de las inscripciones que los decoran, «la casa de piedra eterna»
que los faraones construyen para sus divinos padres, y, en efecto, es, sobre
todo, sensación de eternidad lo que produce el templo egipcio.
El templo de Ra (fig. 60), en
Abusir, construido bajo la dinastía V, y que se considera reflejo del famoso
Santuario del Sol de Heliópolis, consta de un gran patio abierto, cuyas paredes
decoran escenas en relieve de la vida diaria, guerreras, de caza, simbólicas,
etc. En el centro (A) se encuentra el altar, y al fondo, sobre un gran
basamento, el obelisco, símbolo del dios; al lado del templo, la barca (B) donde
aquél navega por los cielos.
(fig. 60) Templo de Ra en Abusir
Como es natural, durante tantos
siglos de existencia la arquitectura egipcia ha producido varios tipos de
templo, pero ateniéndose al más frecuente, el de la época de apogeo, y tomando
como prototipo el de Konsú, en Karnak (fig. 61), presenta los siguientes
caracteres.
(fig. 61) Templo de Konsú, en Karnak
Antes de penetrar en el templo,
el visitante ha de recorrer una larga avenida flanqueada por estatuas de
animales divinos, como los carneros de Amón o las esfinges. Al fondo de la
avenida se levanta la gran fachada exterior del templo, que los griegos
denominan el pilono, enorme muro en pronunciado talud, de figura trapezoidal,
con un gran rehundimiento sobre la puerta, también en forma de trapecio. Delante
del pilono aparecen los obeliscos o agujas de piedra cubiertas de inscripciones,
y en dos hendiduras talladas en la parte inferior del mismo pilono se colocan
los mástiles. Tras el pilono se extiende el peristilo o patio abierto con
columnas por los lados y por el fondo, salvo en la época saíta, en la que
además., las tiene en su cuarto frente, es decir, ante la fachada posterior del
pilono. A continuación se encuentra el hipostilo, o sala de columnas totalmente
cubierta, por lo general, con la nave central más elevada que las restantes y
con claraboyas laterales en el desnivel. Es ámbito, sin embargo, esencialmente
oscuro y misterioso, que forma contraste con la sala hipetra, e inclina el
espíritu al recogimiento. Al fondo, rodeado por una serie de corredores y
habitaciones, se oculta el sancta-sanctorum, o sala rectangular donde se venera
a la divinidad, y a la que sólo tienen acceso el sacerdote o el faraón cuando va
a visitar a su padre.
A esta ordenación de salas
dispuestas en un eje, y de progresiva oscuridad para preparar el ánimo de los
fieles, se agrega la también progresiva disminución de altura del templo.
Como con frecuencia, una vez
terminado el templo, las generaciones posteriores sienten el deseo de ampliarlo
y enriquecerlo, no es raro en los que llegan a ser grandes santuarios que las
salas hipetras e hipostilas se multipliquen o que, comunicados por los muros
laterales, se labren otros templos secundarios. Gracias a este proceso de
ampliación nacen conjuntos monumentales de tan enormes proporciones como los de
Karnak y Luxor en Tebas, la capital del Imperio Nuevo. Unidos por una gran
avenida, y producto de las múltiples y sucesivas mejoras, enriquecimientos y
ampliaciones efectuadas por los faraones con frecuencia en acción de gracias por
sus triunfos guerreros, reflejan como ningún otro monumento buena parte de la
historia de Egipto.
El gran templo de Amón en Karnak
(fig. 62) ocupa una extensión cerca de kilómetro y medio de longitud y más de
medio de anchura.
(fig. 62) Templo de Amón en Karnak
Es parte de primera importancia
su gran sala hipostila (fig. 63), obra de Seti I, de la dinastía XIX, de unos
cien metros de largo por cincuenta de ancho, y cuya triple nave central, más
alta que las restantes, mide más de veinte metros de altura. Tienen las columnas
de ésta capitel campaniforme abierto, mientras en las restantes es cerrado.
(fig. 63) Sala hipostila gran templo de Amón en Karnak
También importante por sus
columnas, llamadas protodóricas, uno de los vestíbulos del templo. Dentro del
recinto de Karnak se encuentra el templo de Konsú, el hijo de Amón, ya comentado
como ejemplo representativo de templo egipcio, y el de Ramsés III (fig. 64), con
gigantescas esculturas de Osiris adosadas a sus pilares.
(fig. 64) Templo de Ramsés III
El templo de Luxor (fig. 65),
obra de Amenotes III, consta de una gran sala hipetra (A), las tres naves
centrales de otra hipostila sin terminar (B), otra hipetra (C), una segunda
hipostila (D) y la parte Propiamente del santuario €.
(fig. 65) Templo de Luxor
Las columnas de las salas
hipetras son de haces de papiros, con capitel de campana cerrada, también
fasciculado. ) (fig. 66).
(fig. 66) Templo de Luxor. Columnas de la sala hipostila
Con estos conjuntos monumentales
gigantescos forman contraste algunas capillas aisladas que se levantan durante
la dinastía XVIII en Elefantina, (fig. 67), que parece presentir el sentido de
las proporciones del templo griego.
(fig. 67) Ilustración capilla egipcia, dinastía XVIII (1575 a
1295 a. C.) en Elefantina
Además de estos templos
construidos sobre la superficie de la tierra, los egipcios labran otros
excavados. Se encuentran en Ipsambul, en Nubia, la región más meridional del
valle, varias veces perdida y otras tantas reconquistada, y expuesta siempre a
la invasión y al saqueo de los etíopes. Conservan aún el nombre griego de speos,
es decir, cueva.
Tanto el speos mayor (fig. 68)
como el menor de Ipsambul tienen gigantesca fachada labrada en la roca misma de
la montaña, donde, además de los planos y molduras de su arquitectura, aparecen
esculpidas unas colosales estatuas, que en el menor (fig. 69) representan a
Ramsés II y a su mujer, y en el mayor miden no menos de veinte metros. En este
último, la puerta comunica por un pequeño vestíbulo al gran patio cubierto,
sostenido por pilares con estatuas adosadas de Osiris, como las de Karnak, al
fondo del cual se encuentra la capilla misma.
(fig. 68) Speos mayor de Ipsambul
(fig. 69) Speos menor de Ipsambul
Tipo intermedio es el hemi-speos
de Deir-el-Bahari, próximo a Tebas, donde al verdadero templo excavado en la
roca preceden cuatro patios peristilos labrados a cielo abierto en otras tantas
terrazas, con columnas del tipo llamado protodórico. Es obra del arquitecto
Senmut. Templo en parte excavado y en parte construido es también el de Gerf
Hussein. ) (fig. 70).
(fig. 70) Templo de Gerf Hussein
Durante los períodos saíta y
romano, el templo conserva sus caracteres tradicionales, introduciéndose, sin
embargo, algunas innovaciones, como el empleo de antepechos o muros de escasa
altura en los intercolumnios.
La columna pierde a veces su
forma bulbosa en su parte inferior, y el capitel, sobre todo el campaniforme
abierto, se enriquece considerablemente, y el llamado hathórico se superpone al
anterior. En torno a las fachadas laterales y posteriores del templo suele
formarse un corredor con un segundo muro que le aísla del exterior. Obras
representativas de este período son los templos de Edfú y Dendera; y el de
Medinet-Habú, ya de época romana, cuyos capiteles parecen querer emular la
riqueza del corintio clásico. Uno de los conjuntos más bellos de este último
momento de la arquitectura egipcia es el de los templos de la isla de Filé, el
lugar sagrado en medio del Nilo, donde Isis da a luz a Horus. Los más conocidos
son el llamado «Pabellón», de Nectanebo (fig. 71) y el «Quiosco de Trajano» (fig.
72), dejado sin terminar.
(fig. 71) Pasaje Pabellón de Nectanebo en la isla de Filé
(fig. 72) Quiosco de Trajano
EL SEPULCRO
.—Para el egipcio, firmemente
convencido de que su vida eterna depende de la conservación de su cuerpo, el
sepulcro es tan importante como el templo. Para salvar su cuerpo de la
destrucción se toman las mayores garantías posibles. En primer lugar, se le
embalsama, sacándole las vísceras, que se depositan en los cuatro vasos canopos
coronados con las cabezas de otros tantos dioses; se le envuelve después en
larguísimas fajas de lienzo sembradas de amuletos y se le deposita, por último,
en un sarcófago de madera policromada, que a su vez, si la categoría del difunto
lo permite, se incluye en otro de piedra.
Conservado así en la cámara
funeraria, como su alma o sombra coloreada de su persona, el «doble» o «ka»,
tiene necesidades materiales, necesita el sepulcro una capilla donde se
depositen los alimentos necesarios para su sustento, o al menos se les
representa para el caso de que falten aquéllos.
Los conjuntos monumentales de
carácter funerario más importantes son las grandes necrópolis de Gizeh y Abusir,
del Antiguo Imperio, que se levantan solemnes frente a Menfis, al otro lado del
Nilo. Con los escasos elementos artísticos de su masa, la lisura de sus
superficies y el reposo de sus proporciones, pocos monumentos arquitectónicos
producen como ellos tan profunda impresión de eternidad y de muerte.
El tipo normal de sepulcro es el
que se conoce con el nombre árabe de mastaba, que significa banco, porque, en
efecto, semejan enormes bancos en forma de pirámides truncadas. ) (fig. 73).
(fig. 73) Pabellón de Nectanebo en la isla de
Filé.—Mastaba.—Pirámides.
En ella, muy por bajo del nivel
de tierra, en el fondo de un pozo que sólo tiene acceso por la parte superior y
que se rellena después de efectuado el sepelio, se encuentra la cámara funeraria
propiamente dicha, donde se deposita el sarcófago. ) (fig. 74).
(fig. 74) Cámara funeraria (Mastaba)
A nivel de tierra, y con puerta
al exterior, se encuentra, en cambio, la capilla, decorada en sus paredes con
relieves o pinturas de temas funerarios, como el de la peregrinación del alma a
los infiernos y el mito de Osiris, o relacionados con la vida del difunto. Para
que el «doble» pueda salir a disfrutar de los alimentos allí depositados por sus
familiares, existe al fondo de la capilla una puerta simulada en forma de ancha
hendidura, donde se encuentra la estatua, o simplemente el busto del difunto, y
un pequeño altar con los alimentos figurados de relieve. En las mastabas más
importantes esta capilla se convierte en toda una serie de estancias unidas por
corredores.
En los enterramientos reales del
período menfita lo que destaca al exterior es el enorme cuerpo apiramidado que
sobre él se levanta. Bajo la III dinastía, son pirámides escalonadas,
constituidas por pirámides truncadas superpuestas, como la del faraón Zoser en
Sakara. ) (fig. 75).
(fig. 75) Pirámide escalonada del faraón Zoser en Sakara
Otras son de perfil quebrado,
como la de Dachur. ) (fig. 76).
(fig. 76) Pirámide de perfil quebrado, de Dachur
Las de la dinastía siguiente,
como las famosas de Keops (fig. 77), Kefren (fig. 78) y Micerino (fig. 79), la
primera de ciento cincuenta metros de altura, son ya pirámides perfectas.
(fig. 77) Pirámide de Keops
(fig. 78) Pirámide de Kefren
(fig. 79) Pirámide de Micerino
Estos enterramientos reales se
completan con el templo funerario para habitación del doble, inmediato a la
pirámide, y con otro más lejano en la misma ribera del río, comunicado con aquél
por largo corredor, como puede observarse en los de Abusir (fig. 80).
(fig. 80). Imagen de Templo en Abusir reconstituida
En el inmediato a la pirámide de
Zoser se emplean columnas fasciculadas o de aristas vivas (fig. 81), de tipo
protodórico.
(fig. 81) Columnas fasciculadas entrada pirámide de Zoser
El templo llamado de la Esfinge (fig.
82), por encontrarse junto a él la gigantesca estatua, es, en realidad, el
templo de la pirámide de Kefren. En su interior tiene una doble cámara en forma
de T, con pilares.
(fig. 82) Templo de la esfinge de la Pirámide de Kefren
El enterramiento de Sahura en
Abusar (fig. 83), de la V dinastía, contiene, además de la gran pirámide del
faraón (A), la de su mujer (B), y el templo funerario, éste con patio de
columnas palmiformes. ) (fig. 84).
(fig. 83) Pirámide de Sahura
(fig. 84) Columnas templo funerario de la Pirámide de Sahura
En los comienzos del período
tebano se adopta un tipo de enterramiento en el que se unen la mastaba y la
pirámide, como sucede en Abidos. La creación más monumental de esta etapa es el
sepulcro de Mentuotep (fig. 85-86), en Deir-el-Bahari, formado por una mastaba
coronada por una pirámide y rodeado por pórticos a dos niveles.
(fig. 85) Sepulcro de Mentuotep
(fig. 86) Sepulcro de Mentuotep
En el período tebano, los
faraones renuncian a esas enormes montañas artificiales que son las pirámides y
labran sus sepulcros directamente en los acantilados que limitan el valle del
Nilo, especialmente en la región de Abidos. Allí excavan interminables
corredores en ángulo, numerosas salas para habitación del doble, y la cámara
funeraria; todo ello cubierto de relieves dispuestos en fajas, por donde
desfilan millares y millares de figurillas formando las escenas de los asuntos
ya comentados. El deseo de ocultar el verdadero emplazamiento del sarcófago les
hace a veces labrar unas entradas que dejan abiertas para dar la impresión a los
futuros ladrones de haber sido violadas, mientras la verdadera se encuentra en
otra parte, con la entrada oculta.
Pero a pesar de estas
precauciones, así como la de disimular el acceso de la galería de ingreso, ya en
tiempo de los griegos visitan los turistas algunas tumbas vacías que han sido
violadas.
En los hipogeos de Beni Hassan,
de los primeros tiempos tebanos, se emplean columnas protodóricas de aristas
vivas tanto en los pórticos como en el interior (fig. 87).
(fig. 87) Hipogeo en Beni Hassan
En la época saíta los reyes
etíopes resucitan el tipo de sepulcro menfita en forma de pirámide, aunque de
tamaño y proporciones muy diferentes y precedido por un pilono (fig. 88).
(fig. 88) Sepulcro menfita en forma de pirámide con pilono
ESCULTURA
.—Salvo en contados momentos de
su historia, el artista egipcio sólo concibe la figura humana en tensión física
y espiritual totalmente ajena a la vida diaria. Dedicado a representar dioses,
faraones y príncipes, que para él también son de carácter divino, sus personajes
tienen siempre algo de seres sobrenaturales, para los que el dolor y la alegría
no existen, y que parecen siempre sorprendidos en un desfile oficial. Influidos
por razones de orden técnico, comunes a casi todos los pueblos del Oriente
próximo, en la antigüedad, y, sin duda, también por la idea egipcia de la
elegancia, incluso cuando se les representa en marcha, parecen estar rígidos.
Esta falta de movimiento y esta rigidez son debidas, en gran parte, a lo que se
ha llamado la ley de la frontalidad, por aparecer representados siempre
rigurosamente de frente, sin torsión de ninguna especie en su cuerpo. Se agrega
a esa posición frontal su mirada alta y fija en el frente, y el que los brazos,
por lo general, caigan con fuerza unidos al cuerpo; cuando los avanzan, sólo
destacan el antebrazo, y casi siempre en una misma actitud. La laxitud y el
abandono no existen sino excepcionalmente para el escultor egipcio, y excusado
es decir que no falta alguna obra que no se ajusta a esa ley de la frontalidad.
En la escultura egipcia
desempeñan papel de primer orden los dioses mayores, a los que se representa con
sus correspondientes atributos.
Osiris es el dios solar que ha
recorrido el firmamento navegando en su nao, y se le figura en forma de momia,
con el látigo y el cayado, el kalf o paño que le cubre la cabeza y los hombros,
y la serpiente o ureus en el centro de la frente (fig. 89).
(fig. 89) Osiris
Como a Osiris está consagrado,
entre otros animales, el carnero, a veces enriquecen su tocado los cuernos de
ese animal, denominándosele entonces Amón (fig. 90).
(fig. 90) Amón
Osiris, en estado naciente y
remontándose en el firmamento, recibe el nombre de Horus, figurándosele entonces
en forma de niño con el dedo en la boca y la trenza pendiente de su cabeza
pelada, o ya mayor, con cabeza de halcón (fig. 91.
(fig. 91) Horus
Isis es la diosa madre, de
carácter lunar, esposa de Osiris; tiene forma de mujer, y a veces se la figura
dando el pecho a su hijo o al faraón. Corónasele con el disco de la luna llena y
también con los cuernos de la vaca Hathor (fig. 92).
(fig. 92) Isis es la diosa madre, de carácter lunar, esposa de
Osiris
Aunque representadas con menos
frecuencia, son además importantes otras deidades que, como Horus, tienen cuerpo
humano y cabeza de animal. Así, Sakhit, la tiene de felino, y Anubis, el dios de
los muertos, de chacal (fig. 93).
(fig. 93) Anubis, el dios de los muertos en forma de chacal
Al faraón se le representa con la
corona troncocónica del Bajo Egipto, con la tiara del Alto Egipto, o con ambas a
la vez, que es lo más frecuente. En el relieve reproducido en la lámina (fig.
94) las diosas de esas partes del país imponen al faraón su corona
correspondiente.
(fig. 94) Faraón con corona y tiara
Debido al carácter divino de
algunos animales, sus representaciones de bulto redondo constituyen capítulo
importante del arte egipcio (fig. 95).
(fig. 95) Anubis
Gracias a su fino sentido de
observación y de selección de los rasgos esenciales, y, sin duda, también a su
fervor religioso, los escultores egipcios crean obras tan de primer orden que
les permiten figurar entre los más excelentes animalistas de todos los tiempos.
En general, no ven los animales en movimiento. Como a los dioses y a los
hombres, los ven estáticos, en su actitud de reposo más característica, y, sobre
todo, definidos por un perfil elegante y un modelado sobrio, aunque plenamente
expresivo, de la calidad de su cuerpo. Dotados para ellos de hálito divino,
esculpen algunos de esos animales con la emoción religiosa con que el artista
medieval labra la estatua de un santo.
RELIEVE
El escultor egipcio, tanto como
el bulto redondo, cultiva el relieve.
Prefiere el bajo al medio
relieve, e incluso con frecuencia prescinde de rebajar la parte del fondo —hueco
relieve—, procedimiento que, como veremos, desaparece en la escultura posterior.
El relieve y la pintura egipcios, como en general los de todo el mundo antiguo,
no emplean la perspectiva y representan la figura de perfil. Tal vez durante
algún tiempo pudo ser ello debido a la incapacidad de interpretar el rostro de
frente, pero la existencia de más de una excepción en pinturas del Imperio Nuevo
es testimonio de la decidida voluntad de preferir la representación de perfil.
De todas formas, el artista egipcio, al ofrecernos la figura humana de perfil,
hace ciertas concesiones convencionales a la frontalidad. Así, desde la cintura
el cuerpo se tuerce violentamente y se nos muestra de frente, para volver a
presentarnos el rostro de perfil, sin perjuicio de que el ojo aparezca de
frente. El escultor egipcio imagina a los dioses o al faraón de tamaño mucho
mayor que los mortales, que a su lado semejan verdaderos pigmeos. En el período
menfita, se limita a desarrollar las diversas escenas en filas paralelas de
figuras, sin intento alguno de dar idea del escenario. Más adelante, aun sin
conocimiento de la perspectiva, simultanea en un mismo escenario, por ejemplo,
un estanque visto desde la altura con árboles vistos de perfil. En el Imperio
Nuevo, la composición se hace más movida y se nota mayor facilidad. Como es
natural, en el relieve las figuras adoptan actitudes movidas y violentas, que no
se dan en la estatua (fig. 96).
(fig. 96) Relieve de Luxor
Los temas de los relieves son de
la más diversa naturaleza, pues además de las historias de carácter religioso,
de las que buena parte se refieren a la vida ultraterrena, y de las campañas del
faraón, como en las tumbas se suelen representar las que fueron habituales
ocupaciones del difunto, abarcan casi todos los aspectos de la vida egipcia (fig.
97), desde las faenas agrícolas hasta las escenas de caza o las puramente
familiares. El gran número de pormenores que integran en la realidad cualquiera
de estas historias, obliga al escultor egipcio a una intensa simplificación y
selección, inspirada principalmente por su fino criterio decorativo.
(fig. 97) Relieve de figuras familiares
El relieve se distribuye en el
edificio por los más diversos lugares, pues además de revestir numerosos
interiores de templos y sepulcros, decora con frecuencia las columnas y
pilastras, y a veces se esculpen figuras gigantescas en los pilonos. Casi
siempre alternan con abundantes inscripciones jeroglíficas (fig. 98).
(fig. 98) Relieve decorativo
El material preferido por el
escultor egipcio es casi siempre la piedra dura, como el oscuro basalto o el
granito gris o rosa; pero también emplea la caliza y la madera. En estos dos
últimos casos suele terminar su obra, policromándola, sobre todo si es de
madera. Trabaja en todas las escalas, desde las más gigantescas, y en este
aspecto ningún pueblo le ha superado, hasta las figurillas de madera, verdaderos
juguetes del ajuar funerario, aunque son más característicos de su escultura, y
de su arte todo, sus colosos que sus miniaturas.
ESTILOS ESCULTÓRICOS
En los inicios, los monumentos
escultóricos son sobre todo, placas de pizarra con relieves procedentes de
tumbas predinásticas (fig. 99). O representan animales totémicos (fig. 100).
(fig. 99). Monumentos escultóricos sobre Pizarra
(fig. 100) Animales totémicos
Las escenas guerreras esta
representada en Menes, el faraón con quien se inicia la primera dinastía. En uno
de sus frentes aparece la escena, después tan frecuente, del faraón castigando
con su maza al enemigo vencido (fig. 101).
(fig. 101) Escenas guerrera del faraón Menes
En el período menfita, el estilo
que perdurará durante tantos siglos se encuentra ya plenamente formado, incluso
en la estatua. La sedente de Kefren (fig. 102), maciza, rígida, con los brazos
unidos al cuerpo, desnuda desde la cintura y cubierta con su kalf.
(fig. 102) La sedente de Kefren
El grupo de Micerino y su mujer (fig.
103), ambos en actitud de marcha, ella abrazada a su marido y vestida con larga
túnica, que subraya sus formas, nos dicen ya todo lo que habrá de ser la
escultura posterior.
(fig. 103) Micerino y su mujer
Impresionante por sus gigantescas
proporciones es la Esfinge (fig. 104), cuya cabeza se supone retrato de Kefren,
y que está tallada en una enorme roca.
(fig. 104) La Esfinge
Pese al empaque cortesano de
estas estatuas de faraones, el agudo sentido de observación del escultor egipcio
de esta época se manifiesta claramente en los rasgos del rostro de esos mismos
personajes reales, con frecuencia muy poco idealizados. Sirvan de ejemplo las
estatuas sedentes de los príncipes de la III dinastía Rahotep y Nefrit (fig.
105), del museo de El Cairo, verdaderos retratos.
(fig. 105) Rahotep y Nefrit
La vena naturalista del escultor
egipcio, oprimida cada vez más por el arte oficial, produce todavía ahora varias
obras capitales de este tipo. Una de ellas es la del Alcalde (fig. 106). Labrada
en madera, no sabemos a quién representa.
El nombre con que se la conoce
es, sin embargo, significativo de su inspiración naturalista, pues es el que le
dieron los propios obreros egipcios al descubrirla, queriendo reconocer en él
algún paisano en funciones de tal.
(fig. 106) El alcalde
Otras estatuas típicas de este
momento son las de los escribas sentados en el suelo, con las piernas cruzadas y
escribiendo sobre el tablero que tienen sobre ellas. La del museo del Louvre (fig.107),
de piedra caliza pintada, sorprende por la fuerza del retrato que el artista nos
ha dejado de su rostro, de boca apretada, reflejo de la intensa atención con que
escucha, y ojos fijos en quien le dicta.
(fig.107) Escriba sentado en el suelo
Más incorrectas, pero animadas
por el mismo deseo de naturalidad, forman también parte de este mismo capítulo
las estatuillas funerarias de servidores del difunto, que aparecen en ellas
moliendo el trigo (fig. 108) o realizando diversas faenas domésticas.
(fig. 108) Servidor del difunto moliendo el trigo
Además de estas estatuas se
esculpen ya en los sepulcros del período menfita un sinnúmero de relieves con
las escenas más diversas de la vida egipcia, en las que alternan, con la figura
humana, toda suerte de animales (fig. 109).
(fig. 109) Relieve figura humana y animal
La mayor parte de la escultura
egipcia conservada pertenece al período tebano. Del Imperio Medio son estatuas
tan excelentes como la de Amenemhet III (fig. 110) y la Esfinge procedente de
Tanis (fig. 111), ambas en el museo de El Cairo.
(fig. 110) Amenemhet III (Museo de El Cairo
(fig. 111) Esfinge de Tanis (Museo de El Cairo)
Bajo el Imperio Nuevo, dentro
siempre de las normas generales fijadas en la época menfita, aparecen algunas
actitudes nuevas, y las proporciones cambian un tanto. Ahora se esculpe la Vaca
de Deir-el-Bahari del museo de El Cairo, la diosa Hathor, (fig. 112) que inicia
a los muertos en la vida de ultratumba y que es, sobre todo, una de las obras
maestras de la escultura animalista de la antigüedad.
(fig. 112) La diosa Hathor
La escultura de tipo gigantesco
crea obras de tan extraordinarias proporciones como las comentadas de Ipsambul y
los Colosos de Memnón (fig. 113), estatuas hoy muy deterioradas de Antenotes III,
que el faraón hace labrar ante su templo y que miden no menos de dieciséis
metros de altura.
(fig. 113) Colosos de Memnón
Por la finura de su ejecución
destaca el Ramsés II (fig. 114), del museo de Turín.
(fig. 114) Ramsés II del museo de Turín
RELIEVE
En el campo del relieve, las
obras son no menos numerosas y de los más variados temas. El relieve de la
figura (fig. 115) nos muestra al gran faraón Seti I con la corona del Bajo
Egipto enlazando el toro del sacrificio en compañía de su hijo, el futuro Ramsés
II.
(fig. 115) Seti I en compañía de su hijo, el futuro Ramsés II
En el de la (fig. 116) le vemos
en el acto de Seti I de ofrecer incienso a Osiris tocado con la tiara del Alto
Egipto.
(fig. 116) Seti I de ofrecer incienso a Osiris
El siguiente relieve del Gran
Speos de Ipsambúl (fig. 117) presenta ya a Ramsés II vencedor, castigando a los
nubios con la maza, como en las primitivas pizarras predinásticas.
(fig. 117) Ramsés II vencedor, castigando a los nubios (fig.
118).
En el Templo de Abu Simbel se
puede ver a prisioneros nubios capturados.
(fig. 118) Prisioneros nubios
Los del palacio de Medinet Abu (fig.
119) de Ramsés III son, en cambio, buenos ejemplos de escenas de cacería.
(fig. 119) Escenas de cacería de Ramsés III
Dentro del estilo uniforme
tebano, forma un paréntesis, por su intenso naturalismo, la escultura de tiempos
de Amenotes IV, el faraón revolucionario del culto del Sol, que en pleno apogeo
tebano traslada la corte a Tell-el-Amarna. Gracias a las excavaciones realizadas
modernamente se ha podido descubrir incluso la casa del escultor real Tutmés, y
en ella un gran número de estudios y obras sin terminar. La vida del faraón
aparece interpretada en sus relieves con un tono familiar por completo ajeno a
la escuela tebana. El relieve de la (fig. 120) le presenta acompañado por su
mujer, Nefertiti, y por sus hijos, recibiendo los rayos de su dios Aton, el Sol
que calienta, que no en vano se hace llamar también Akenaton.
(fig. 120) Amenotes IV con su mujer Nefertiti y su hijos
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FIGURAS ESCULTÓRICAS
La estatua del museo del Cairo (fig.
121) figura a Akenaton aún joven.
(fig. 121) Akenaton
La obra más bella de la escuela,
descubierta en el taller mismo del escultor Tutmés, es el busto policromado de
la reina Nefertiti, del museo de Berlín (fig. 122).
(fig. 122) Nefertiti, del museo de Berlín
Pero la vida de la capital Tell-el-
Amarna es corta, y a los pocos años la capitalidad vuelve a Tebas, y la escuela
tebana es de nuevo la oficial.
Durante el período saíta la mayor
preocupación de los escultores de esta tardía etapa parece haber sido la
suavidad y blandura del modelado y la tendencia a las formas contorneadas.
Buenos ejemplos de escultura saíta son la dama Takusit (fig. 123), del museo de
Atenas.
(fig. 123) Dama Takusit
En ese estilo, otra obra es la
llamada Cabeza verde, del de Berlín (fig. 124).
(fig. 124) Cabeza verde. Museo de Berlín
El virtuosismo del modelado del
período saíta enlaza con la influencia helénica que caracteriza al período
alejandrino, bajo el cual la escultura egipcia termina por perder su
carácter.-Conserva sus fórmulas generales de frontalidad y actitud, pero el
modelado se enriquece al gusto clásico. Casi podría decirse que son estatuas
griegas, con las típicas vestiduras y actitudes egipcias.
PINTURA
.—La pintura repite los
convencionalismos del relieve en cuanto a la representación de la figura y del
escenario que le sirve de fondo. Es un arte que por su carácter menos permanente
que el relieve tiene menos importancia que él. Desempeña, sin embargo, papel
importante en los relieves mismos, pues éstos, por su escasa proyección y su
policromía, semejan, a veces, verdaderas pinturas. Los colores son planos, sin
gradación, y se emplean con criterio esencialmente decorativo.
No obstante alguna obra, como los
Ánades, de Meidum, del museo de El Cairo, de una simplicidad y belleza
admirables (fig. 125).
(fig. 125) Los Ánades, de Meidum
La pintura se encuentra en el
período menfita plenamente subordinada al relieve. En la época tebana la
decoración de los sepulcros excavados hace que la pintura se independice, y
contamos con numerosas escenas guerreras de la vida ordinaria y espléndidos
estudios de animales. Las escenas de Danzarinas (fig. 126), procedentes de un
sepulcro tebano del Imperio Nuevo, nos ponen bien de manifiesto los grandes
progresos de la pintura en este período, llegando a presentarnos algunos
personajes totalmente de frente.
(fig. 126) Escenas de Danzarinas
Ahora adquiere también gran
desarrollo la pintura en rollos de papiro, de carácter funerario. El ejemplo más
importante del llamado «Libro de los Muertos» es el del museo de Turín. Escena
típica de estos papiros es la del Juicio de los muertos (fig. 127), en la que
Osiris presencia el peso de las almas, que hace Anubis y anota Thot.
(fig. 127) Papiro. Escena del Juicio de los muertos
Otro importante grupo de
papiros, llamados satíricos, parodian con figuras de animales las escenas de los
mismos faraones, incluso sus grandes hazañas guerreras.
Aún mayor independencia gana la
pintura egipcia bajo la influencia griega, aunque, ejecutada en madera o tela
es, por desgracia, muy poco lo que se conserva.
De estilo helenístico que nada
tiene ya de faraónico, aunque sea de mano egipcia, se produce hacia el siglo I
un importante tipo de retrato funerario de carácter intensamente naturalista, y
que, reducido al rostro, se engasta en la parte correspondiente del sarcófago.
Están pintados en madera con cera de colores (fig. 128).
(fig. 128) Retrato funerario
ARTES INDUSTRIALES
. — De las artes menores es
probablemente la orfebrería la que crea obras más bellas. Gracias a la costumbre
de alhajar los difuntos conservamos un número crecido de piezas de orfebrería,
tales como coronas, diademas y collares, algunos de fragilidad sólo explicable
por ser puramente funerarios. De gran importancia son los pectorales de los
faraones, donde, enmarcadas bajo la típica cornisa en forma de caveto, aparecen
diversas figuras caladas y protegidas por el buitre, todo ello enriquecido con
esmaltes de diversos colores.
Uno de los más bellos del museo
de El Cairo, es la Máscara funeraria de Tutankamón o Máscara de oro de
Tutankamón, elaborada por los orfebres egipcios en los años 1354-1340 a. C. y
formaba parte del ajuar funerario de la tumba del faraón (fig. 129).
(fig. 129) Máscara de oro de Tutankamón
En cuanto al trabajo del metal,
empléase al principio la lámina de cobre, unida con remaches; más tarde
utilízase el bronce en las vasijas, pero fundiéndolas macizas y ahuecándolas
después, y, por último, termínase dominando la fusión en hueco.
Además de la cerámica de barro
cocido, prodúcese otra vidriada, en la que se fabrican vasijas, perlas y
amuletos. De color verdoso durante mucho tiempo, se descubre después un bello
color azul, brillante.
El vidrio se conoce en Egipto
desde fecha muy antigua, pero no llega a fabricarse incoloro. Es vidrio opaco.
En forma de perlas azules, rojas y verdes, decoradas con hilos de vidrio de
diversos colores, se exportan a todo el Mediterráneo, e incluso a la costa
atlántica, pero también se hacen vasijas polícromas por este mismo
procedimiento.
Gracias al gran número de tumbas
descubiertas con todo su ajuar funerario, conservamos más mobiliario egipcio que
de muchos pueblos muy posteriores. De formas muy elegantes, posee ya el egipcio
la silla, tanto fija de cuatro patas como plegable, los sillones y,
naturalmente, el taburete y la cama. Las patas terminan en garras de animales,
todas ellas en la misma dirección, como queriendo hacernos pensar que es un
animal el que nos sostiene (fig. 130).
(fig. 130) Trono de oro de Tutankamón.
CAPÍTULO IV
ARTE DE ASIA
MENOR
1. ARQUITECTURA MESOPOTÁMICA
2. ESCULTURA CALDEA
3. ESCULTURA ASIRÍA Y CERÁMICA
VIDRIADA
4. ESTILOS
a) PERSIA
b) LOS HITITAS
c) FENICIA Y PALESTINA
ARQUITECTURA MESOPOTÁMICA
.—La otra gran civilización es la
que florece en el Asia Anterior, en los valles del Tigris y el Eufrates. Formada
en Mesopotamia, es decir, en la región comprendida entre los dos ríos, pueden
distinguirse en ella dos etapas de gran fecundidad artística: la caldea, en la
parte más baja del valle, y la asiría, en las primeras estribaciones montañosas
de la parte oriental. Más tarde, el arte mesopotámico, fecundado ya por el genio
griego, penetra en plena región montañosa y crea el arte persa.
Al parecer, los creadores del
estilo mesopotámico son los sumerios, establecidos en la región del golfo, junto
a la desembocadura, en poblaciones como Ur, la patria de Abraham; estilo que
asimilan después los semitas de Acad y Babilonia, situadas más al interior del
valle (3000-2000 a. de C). Ese estilo no adquiere, sin embargo, pleno desarrollo
hasta los períodos asirio (siglo XI-612) y neobabilónico (625- 539 a. de C), y a
ellos se refieren las características que se apuntan a continuación como
distintivas del arte mesopotámico.
Algunas de esas características
más destacadas son debidas al material utilizado, y, en consecuencia, a su
escenario geográfico. Escasa la piedra en Mesopotamia, el material obligado es
el adobe o, lo que es lo mismo, el barro cocido al sol, blando y de aristas poco
definidas.
El empleo de este material
pequeño, y la escasez de árboles corpulentos para labrar vigas de gran longitud,
tienen en el orden constructivo una primera consecuencia de importancia: la
sustitución del dintel por el arco y de la techumbre adintelada por la bóveda.
Tanto el arco como la bóveda dominantes son de medio punto. Consecuencia de esa
misma falta de piedra es también la escasa importancia de la columna.
En el aspecto decorativo, la
pobreza del material empleado, que no permite, como la piedra, dejarlo al
descubierto, obliga a revestirlo con otro más rico. Ese material es la cerámica,
es decir, el mismo barro, pero cocido y vidriado por uno de sus frentes. Contra
lo que será frecuente en la cerámica arquitectónica posterior, en lugar de
labrarse en forma de placas o losetas vidriadas por uno de sus lados mayores, se
cubre de esmalte sólo uno de los frentes estrechos del ladrillo, en el que,
además, se labra de relieve la parte correspondiente de la decoración, que en
esa forma ha de decorar el muro. En las regiones donde existe, se cubre el muro
con placas de alabastro, decoradas en relieve, y preferentemente con escenas de
caza y guerra, como veremos al tratar de la escultura.
En Caldea y en Asiría los
monumentos principales no son, como en Egipto, el templo y el sepulcro, sino el
palacio. El monarca, más que el hijo de los dioses que rinde culto a sus divinos
padres y piensa en su vida eterna, es, sobre todo, el dominador de pueblos y
caudillo de expediciones guerreras ricas en prisioneros, a los que se degüella o
amputan manos o pies, y para cuyo goce terreno y marco de su omnipotencia se
labra el palacio. El palacio mesopotámico, que con frecuencia engloba el templo,
con sus numerosas dependencias, sus patios, sus grandes salones de recepción,
será el modelo de los palacios romanos al orientalizarse el Imperio, y de los
medievales, en particular los bizantinos y árabes.
El mejor conocido, y que puede
servir de ejemplo, es el de Jorsabad, construido por el rey Sargón (702-705 (fig.
131). Edificado sobre enorme meseta o plataforma con varias rampas de acceso.
(fig. 131) Palacio de Jorsabad
El palacio se encuentra dentro
de un recinto amurallado reforzado por torres, en el que se abren varias puertas
monumentales defendidas por gruesos torreones y flanqueadas por gigantescas
estatuas de piedra de toros alados de ocho patas (fig. 132).
(fig. 132) Toros alados de ocho patas (Palacio de Jorsabad)
En su interior, el núcleo más
importante lo constituye el gran patio principal, con el salón del trono al
fondo. A la izquierda se levantan el zigurat y los tres templos del dios
visible, dispuestos en torno a dos patios, es decir, lo que en un tiempo se
consideró erróneamente el harén. En el lado opuesto, y con un gran patio por
centro, debían de encontrarse las dependencias administrativas y las
habitaciones de la servidumbre.
Sobre la meseta, pero separado ya
del edificio del palacio mismo, se levanta el hilani, o pequeño templete con
columnas, de influencia hitita.
Además de las gigantescas
esculturas mencionadas —del palacio de Sargón proceden más de veinticinco
parejas de toros alados—, completan su decoración numerosísimos relieves de
alabastro con escenas de la vida del monarca, y en cerámica vidriada,
representaciones de animales y plantas de gran tamaño.
El palacio de Babilonia,
reconstruido por Nabucodonosor en el siglo VI, tiene tres grandes patios
comunicados por puertas con alcobas laterales, tal vez para la administración de
justicia. Al fondo del último, que es el mayor, se levanta el salón del trono,
el mayor también de todo el edificio, de unos cincuenta metros de largo por
diecisiete de ancho, lo que hace suponer que estuvo abovedado, pues no es fácil
disponer de vigas de esa longitud (fig. 133).
(fig. 133) Ilustración palacio Figurat de Babilonia
Del rico revestimiento de
cerámica da cumplida idea, sobre todo, la decoración de la Puerta de Istar (fig.
134), situada en un ángulo del palacio para dar paso a la gran vía de las
procesiones, decoración de cerámica que se guarda en el museo de Berlín.
(fig. 134) Puerta de Istar. Palacio de Babilonia
Encuadrados por largas franjas
con rosetas, los enormes paños de los muros y las jambas de la puerta nos
muestran, sobre fondo azul, grandes animales de relieve que avanzan
parsimoniosos hacia la entrada. De los tan celebrados jardines colgantes de
Semíramis se creen restos unos grandes salones abovedados y sin luz, que
pudieron servirles de base. A estas ruinas del palacio de Babilonia va unido el
recuerdo de Daniel, Sardanápalo y Baltasar (fig. 135).
(fig. 135). Ilustración de los jardines colgantes de Babilonia
Del palacio hecho construir por
Senaquerib (fig. 136), el hijo de Sargón, en Nínive se está muy mal informado,
por la defectuosa excavación en él realizada para despojarle de los numerosos
relieves, con las empresas de aquel monarca, que hoy se encuentran en el Museo
Británico, pero coincide en rasgos generales con las características de los
anteriores.
(fig. 136) Ilustración palacio de Senaquerib
Aunque sin la importancia y el
desarrollo del egipcio, el templo mesopotámico posee también indudable
personalidad. Su parte más típica, que es el zigurat o torre escalonada, hace
que el rasgo más destacado del templo mesopotámico sea el deseo de aproximarse
al cielo, y en él precisa saludar la aparición de la torre, que el cristianismo
y el islamismo difundirán y convertirán en parte esencial de sus templos.
El palacio más antiguo conocido,
que es el de Al-Ubaid (fig. 137), cerca de Ur, se nos presenta ya en su elevado
basamento, recorrido en su frente por esos entrantes y salientes que serán tan
típicos de la arquitectura mesopotámica, con toros de bronce en el friso y
alguna columna de madera de palma revestida por mosaico de madreperla y
lapislázuli.
(fig. 137) Ilustración palacio de Al-Ubaid
Muy importante es el zigurat del
templo de Sin (fig. 138), en Ur, formado por una primera gran pirámide truncada,
con los típicos resaltos y entrantes alternados, sobre la que descansan otras
dos superpuestas de menor altura, y una capilla como remate. El acceso al primer
cuerpo tiene lugar por tres grandes escaleras, dos de ellas adosadas, y la
tercera formando ángulo recto con las anteriores.
(fig. 138) Ilustración zigurat del templo de Sin
Ese mismo tipo de zigurat es el
que preside en el gran templo de Marduk, en Babilonia (fig. 139). Las ruinas
sólo permiten reconocer sus dos cuerpos inferiores, pero es muy probable que
tuviese los siete que describe Herodoto. Según éste, en el último se encontraban
la mesa de oro y el lecho o diván en que reposa el dios por la noche, y al que
acude la sacerdotisa para recibir sus revelaciones. El templo de que forma parte
el zigurat se completa con un gran patio con numerosas habitaciones para los
peregrinos y para celebrar las extrañas prácticas de las «presentadas» a Istar o
Venus, que nos describe el historiador griego.
(fig. 139) Ilustración templo de Marduk
Durante las grandes fiestas de la
primavera se verifican las bodas de Marduk y Sarpanit, con cuyo motivo es traída
desde una localidad próxima, en su carroza, la imagen de su hijo Nabu, y los
tres reunidos deciden el hado del año.
Del período asirio conocemos dos
grandes templos: el de Asur, del siglo XII, y el de Jorsabad, del VII.
El de "' Jorsabad forma ya queda
descrito anteriormente. El de Asur (fig. 140), la antigua capital de Asiría,
dedicado al dios del cielo Asur y a su hijo Adad, dios de la tormenta, consta de
un patio con dos torreones rectangulares en su ingreso y otros al fondo que
flanquean el paso a las capillas de cada uno de los dioses, junto a los cuales
se levantaban otros tantos zigurats de planta cuadrada y rampas helicoidales en
su torno.
(fig. 140) Figuración templo de Asur
La arquitectura funeraria carece
de monumentalidad. La tumba de la reina Subad, de Ur, es un simple pozo, pero
nos ha conservado obras de orfebrería tan interesantes como su tocado, formado
por hojas de oro y, sobre todo, piezas de tan gran belleza como sus arpas. En la
más importante (fig. 141), la caja de resonancia está decorada con escenas
diversas: el gigante forzudo capaz de estrangular dos toros, tema de gran
fortuna en el arte mesopotámico, animales, o personajes disfrazados de animales
y dedicados a la música, etc. Corona la caja una cabeza de toro, es decir, del
mismo tipo que otra donada, según texto contemporáneo, por otro monarca al
templo, y cuya resonancia recordaba el mugido del toro.
(fig. 141) Arpa de la reina Subad de Ur
ESCULTURA CALDEA
.—La escultura mesopotámica no es
tan uniforme como su arquitectura. Las diferencias entre la escultura caldea y
la asiría son notables, y, aunque persistan en la segunda tipos y
convencionalismos creados por la primera, parece preferible referirse
independientemente a ambas escuelas.
Los primeros monumentos
importantes de la época histórica de Sumer son el relieve del rey de Sírpula, Ur-Niná,
del museo del Louvre (fig. 142), en el que lo vemos con una espuerta sobre la
cabeza con materiales para comenzar alguna construcción, y hablando a sus hijos,
(fig. 142) Relieve del rey de Sírpula, Ur-Niná
El del nieto del anterior, el
gran conquistador Enatum, donde por primera vez encontramos al escultor
mesopotámico consagrado a narrar las empresas guerreras del soberano (fig. 143),
el género de tan brillante porvenir en la escuela asiría. Este relieve, que se
considera de hacia el año 3000, y que se conoce con el nombre de la Estela de
los Buitres, por los que devoran los cadáveres de los vencidos, se conserva en
varios trozos, en su mayor parte en el museo del Louvre.
(fig. 143) Estela de los Buitres
Como en los relieves egipcios, la
mitad inferior del cuerpo y el rostro se representan de perfil, mientras el
tórax y el ojo figuran de frente.
En relieves de este período
aparece ya, además, el águila de Sírpula hundiendo sus garras en un cuadrúpedo (fig.
144) en la forma que se perpetuará en el arte mesopotámico y pasará a la Europa
medieval.
(fig. 144) Águila de Sírpula
Las esculturas de bulto redondo
de este período, también de muy tosca ejecución, se reducen a estatuas de
personajes con faldas de gruesos flecos, pecho descubierto, cabeza rapada,
rostro imberbe y manos unidas, al parecer, en actitud de oración. El rapado de
la cabeza lleva consigo el empleo de pelucas que se ajustan con bandas, Algunas
de estas pelucas son de carácter votivo, como la de oro de la figura.
(fig. 145) Escultura de bulto redondo y peluca de oro
El momento de máximo
florecimiento de la cultura sumeria corresponde a la época de Gudea, de mediados
del tercer milenio, en que este patesi de Gudea, no sólo gran constructor, sino
arquitecto él mismo, se nos muestra inmóvil, sentado o de pie y con las manos
unidas.
Una de esas estatuas es la
llamada el Arquitecto, (fig. 146) por presentar sobre sus piernas el plano de un
edificio. Las cabezas, rebosantes de energía, se cubren con peluca en forma de
turbante.
(fig. 146) Patesi de Gudea. El Arquitecto
El primer relieve importante de
la etapa babilónica es la Estela de Naram- Sim (fig. 147), el hijo del fundador
del poderío babilónico. Se figura en ella al monarca aplastando con el pie a dos
enemigos, mientras un tercero se desploma en tierra atravesado por su lanza y un
cuarto implora su clemencia; al fondo se levanta un gigantesco monolito coronado
por dos estrellas, y en primer término aparecen sus soldados.
(fig. 147) Estela de Naram- Sim
Del período babilónico
conservamos la gran columna o estela de piedra negra del Código de Hamurabi
(2050 a. de J. C (fig. 148), que muestra en relieve, en la parte superior, al
dios solar Shama comunicando a aquel monarca las leyes que aparecen inscritas en
torno a la columna. Hamurabi viste y se toca con turbante como Gudea, pero tiene
ya barba semítica, mientras Shama, con larga barba postiza, se toca con tiara de
cuernos.
(fig. 148) Estela de piedra negra del Código de Hamurabi (2050 a.
de J. C.)
Estos cuernos, atributos de
santidad, son, al parecer, consecuencia de la divinización del auroc o toro
salvaje del Bajo Eufrates por los sumerios, llegando a representárseles aislados
sobre el altar (fig. 149).
(fig. 149) Escultura de toro
El relieve de la (fig. 150)
representa a un rey de Babilonia ante el mismo dios Shama, sobre cuyo altar
aparece el disco solar movido por la divinidad desde las alturas. Con este tipo
de relieve se relacionan los de las piedras de término o de donaciones de
tierras, en las que a veces se representa el acto de la donación.
(fig. 150) Rey de Babilonia ante el dios Shama
Aunque de pequeñas proporciones,
deben recordarse los sellos cilíndricos que sirven para firmar contratos, y en
los que se representan personajes y escenas de carácter religioso. Tema muy
frecuente en ellos son las hazañas del forzudo Guilgamés, el héroe vencedor de
toros y leones.
(fig. 151) Sello cilíndrico
ESCULTURA ASIRÍA Y CERÁMICA
VIDRIADA
.—Cuando la escultura
mesopotámica adquiere su plenitud y crea un gran número de obras de primera
categoría es bajo los asirios. Aunque en parte se limita a desarrollar lo creado
en las etapas anteriores, es indudable que es una sensibilidad artística
diferente la que da vida a su escultura.
El asirio, a juzgar por sus
esculturas, es un entusiasta de la fuerza.
Sus hombres y sus dioses son
fuertes, anchos, y visten largas túnicas, pero cuando nos dejan ver su cuerpo
hacen alarde de su poderosa musculatura. A veces nos muestran los gruesos
tendones en que terminan sus hercúleos músculos, y las venas que los
entrecruzan. Su mirada escrutadora les lleva a copiar minuciosamente los
innumerables rizos de su cabellera y de sus largas barbas. Y ese mismo espíritu
observador es el que les convierte en escultores animalistas de primera calidad.
En cuanto a los temas, ahora
adquieren su máximo desarrollo los de las campañas del soberano, que vimos
aparecer en la Estela de los Buitres, y de las cacerías reales. En el capítulo
de los animales monstruosos de carácter religioso, ya cultivado en Caldea, la
gran aportación asiría es el toro antropomorfo alado (fig. 152), pues, aunque en
realidad se limita a dotar de alas al toro antropomorfo caldeo, a ella se debe
su forma artística definitiva. El toro alado es el animal sobre el que recorre
el mundo el dios Asur.
(fig. 152) Toro antropomorfo alado
La estatua continúa cultivándose,
pero el escultor asirio prefiere el relieve, donde ya es muy frecuente que la
figura humana aparezca con el tórax de perfil.
Las tres principales series de
relieves asirios son las que decoraron los palacios de Kalah, Jorsabad y Nínive;
la primera y la última en el Museo Británico, y la segunda, en el del Louvre.
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Los relieves de Kalah nos
muestran, en el estilo narrativo ya típicamente asirio, la vida del constructor
del palacio, el rey Asur-Nasir- Pal (883-839): su desfile en el carro guerrero,
protegido por el símbolo del dios Asur, el ataque de las fortalezas (fig. 153),
la caza del león (fig. 154) y sus ofertorios con alas litúrgicas, expresan este
estilo (fig. 155).
(fig. 153). Rey Asur-Nasir- Pal. Ataque de las fortalezas
(fig. 154) Caza del león
(fig. 155) Ofertorios con alas litúrgicas
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Los relieves de Jorsabad se
refieren a la vida del rey Sargón, monarca más pacífico, que no gusta de
cacerías ni de grandes empresas guerreras, pero siente gran interés por los
caballos que le traen sus tributarios de Persia y Armenia.
Conjunto escultórico monumental
de gran categoría son las varias parejas de toros antropocéfalos alados,
acompañados por Guilgamés en la puerta principal del palacio (fig. 156).
(fig. 156) Toros antropocéfalos alados
La decoración escultórica de
Jorsabad se completa con relieves de barro vidriado de la técnica ya comentada.
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En los relieves del palacio de
Nínive puede contemplarse desde la historia de la construcción del edificio por
Senaquerib, con el penoso traslado de los toros alados, hasta sus campañas para
dominar la sublevación de Babilonia y los caldeos, con la persecución de éstos
en los pantanos del Delta, y contra Palestina (fig. 157).
(fig. 157) Sublevación de Babilonia y los caldeos
En los de su nieto Asur-Bani- Pal,
aunque no faltan escenas guerreras, lo más importante, y lo que, en realidad,
constituye uno de los capítulos más bellos de la escultura antigua, son sus
cacerías. En ellas se pone de manifiesto, sobre todo, el fino sentido del
escultor asirio para captar los más fugaces movimientos de los animales y
seleccionar los rasgos esenciales de la fiera.
Cuentan entre los más bellos los
relieves dedicados a la caza del león, en uno de los cuales vemos al monarca, a
galope tendido sobre su caballo, hundiendo su lanza en la fiera (fig. 158).
(fig. 158) Rey Asur-Bani-Pal. Caza de león
Pero las obras maestras son las
que representan a estos animales atravesados por las flechas.
La Leona herida del Museo
Británico (fig. 159) es una de las obras cumbres de la escultura animalista. El
poderoso esfuerzo realizado por el animal con la parte anterior de su cuerpo, su
rugido feroz al sentirse impotente para avanzar, y la mortal flacidez de los
cuartos traseros, que arrastra ya por el suelo, están interpretados con acierto
admirable.
(fig. 159) Leona herida
La leona tiene su pareja en el
León herido (fig. 160), que, sentado en sus cuartos traseros arroja por sus
fauces un torrente de sangre.
(fig. 160) León herido
Relieve muy reproducido de la
vida privada de Asur-Bani-Pal es el que le presenta comiendo en el lecho bajo el
emparrado de su jardín, acompañado por la reina, eunucos y músicos (fig. 161).
(fig. 161). Asur-Bani-Pal acompañado por la reina, eunucos y
músicos
Escena frecuente en los relieves
asirios es la de los genios alados (fig. 162).
(fig. 162) Genio alado
Aunque de menor finura que los
relieves citados, son también obras importantes de la escultura asiría los de
bronce de las puertas de Balauat, del Museo Británico, que narra las campañas de
Salmanasar (860-849), el hijo de Asur-Nasir-Pal. Nos cuenta: (fig. 163-164-165).
(fig. 163) La salida de Salmanasar para la campaña
(fig. 164) La conducción de los prisioneros
(fig. 165) La humillación del rey vencido y la ordenación de su
castigo
El castigo a los prisioneros con
la amputación de pies y manos, su degollación y su empalamiento final, es uno de
los testimonios más elocuentes de la tremenda crueldad asiría (fig. 166).
(fig. 166) Castigo de los prisioneros
-De fecha reciente, puesto que
corresponde al período neobabilónico, es decir, ya al siglo VI, es la hermosa
decoración en relieve de barro vidriado de la ya citada Puerta de Istar del
Palacio de Babilonia.
Los animales en ella
representados lo han sido ahora con un criterio decorativo, en estilo grave y
solemne. Son leones (fig. 167).
(fig. 167) Leones en relieve de barro vidriado de la Puerta de
Istar
Destaca en la misma, sirruk, el
cuadrúpedo imaginario consagrado a Marduk, de cuerpo cubierto de escamas, cabeza
de serpiente, manos de león y patas de aves de rapiña (fig. 168).
(fig. 168) Sirruk, el cuadrúpedo imaginario consagrado a Marduk
La importancia de los relieves de
la puerta de Istar, en Babilonia, nos dice el gran desarrollo adquirido por la
cerámica vidriada (fig. 169).
(fig. 169) Vasija de Istar
La técnica del barro cocido y
recubierto por una capa de esmalte o barniz vitreo, obtenido por la fusión de
compuestos metálicos, encuentra en los pueblos mesopotámicos sus primeros
grandes cultivadores occidentales. En sus obras de cerámica vidriada precisa ver
el primer gran capítulo de esta manifestación artística, que con tanto éxito
cultivarán los pueblos islámicos durante la Edad Media, y los europeos de los
tiempos modernos.
ESTILOS
PERSIA - LOS HITITAS - FENICIA
Y PALESTINA
PERSIA
.—Heredera Persia del poderío
político y de la tradición artística caldeo asiría, la naturaleza montañosa del
país, donde ni la piedra ni la madera faltan, y la tardía fecha de su
florecimiento, cuando ya Grecia empieza a dejar sentir la influencia de su
poderosa personalidad, hacen que su arte ofrezca novedades importantes respecto
del caldeo asirio.
La principal, debida precisamente
a la diferencia de los materiales empleados, es la del primordial papel
concedido a la columna, que no sólo se utiliza por sistema, sino con verdadera
profusión (fig. 170, 171).
(fig. 170) Columna persa
(fig. 171) Terraza de Persópolis
El arquitecto persa, como el
egipcio en las salas hipóstilas, cubre grandes superficies en forma adintelada
sobre innumerables columnas.
Pero las proporciones de esas
columnas han recibido el soplo de la elegancia helénica, y no sólo se tornan
espigadas y esbeltas, sino que, para subrayar su movimiento ascendente, cubren
su fuste de estrías verticales, y a ese mismo efecto contribuye su elevada base
campaniforme. El capitel está formado por la mitad anterior de dos animales,
generalmente toros, unidos por su tronco y que simulan sostener en sus lomos las
vigas de la cubierta.
En Persia, el monumento capital
continúa siendo el palacio que, aunque conserva de los asirios las puertas
monumentales flanqueadas por gigantescos cuadrúpedos antropomorfos (fig. 172),
por su estructura adintelada, el escaso empleo del muro y el predominio de los
pórticos de columnas, responde a una concepción completamente distinta.
(fig. 172) Puerta naciones de Persópolis
De los palacios persas más
importantes conocidos es el de Persépolis, el lugar donde fija su residencia
Darío (fig. 173).
(fig. 173) Ruinas palacio de Persópolis
Allí se levantan todavía sobre
amplísima terraza natural de piedra las ruinas de varios apadanas o palacios de
recepción de planta cuadrada y grandes proporciones, formados por numerosas
columnas dispuestas en cuadrícula y pórticos también de columnas. Es decir, se
desarrolla en éstos el sistema que apunta tímidamente en los hilanis de
influencia hitita de Jorsabad.
La doble escalinata que da acceso
a la terraza desemboca ante la puerta monumental, el llamado pórtico de Jerjes,
al que éste llama en una inscripción la Puerta de las Naciones, flanqueada por
dos gigantescos toros antropomorfos y alados, según el modelo asirio.
Del palacio de Darío (fig.
174-175) se conservan, en cambio, parte de sus muros y, sobre todo, numerosas
puertas y ventanas, por estar labradas en piedra, a veces en un solo bloque, y
otro tanto sucede con la llamada Sala de las Cien Columnas, del mismo monarca (fig.
174-175) .
(fig. 174) Palacio de Darío
(fig. 175) Figuración Palacio de Darío
Capítulo interesante de la
arquitectura persa es el de las tumbas reales. La supuesta de Ciro (fig. 176),
en Pasargada, es un edículo rectangular cubierto a dos aguas y construido sobre
elevado cuerpo gradiforme.
(fig. 176) Tumba de Ciro
Pero el tipo corriente de
sepulcro real persepolitano es excavado en la roca (fig. 177), y, en realidad,
su interés artístico, se reduce a la fachada. En un rehundimiento cruciforme en
el acantilado se representa en la parte central un pórtico ciego de columnas del
tipo ya descrito, y sobre él, un dintel de varias molduras. En la parte
superior, sobre una plataforma que sostienen las figuras alegóricas de las
provincias del Imperio, aparece el soberano orando ante el altar del fuego, bajo
el símbolo de Aura Mazda, el dios creador. La tumba sin terminar debe ser la de
Darío III, en quien Alejandro pone fin a la dinastía persa ajeménide.
(fig. 177) Tumba persa escavada en la roca
La escultura persa agrega muy
poco a las de Caldea y Asiría, limitándose a continuar la tradición de ésta, si
bien, dada su fecha mucho más tardía, lo mismo que su arquitectura, se beneficia
de la influencia griega. A ella debe, en efecto, la interpretación de la figura
humana un sentido de la elegancia que falta en la escultura puramente
mesopotámica.
Ya quedan citados los toros
antropomorfos con alas de origen asirio, que ahora pierden la quinta pata con
que aparecen en aquellos modelos, y arquean sus alas hacia arriba. se esculpen
temas de luchas de animales, como el león atacando al toro, de la escalera de
Persépolis (fig. 178).
(fig. 178) León atacando al toro, de la escalera de Persépolis
Los cuadrúpedos monstruosos
alados al gusto asirio, desfilando parsimoniosamente, de los que son excelentes
ejemplos los de cerámica vidriada del Museo del Louvre, procedentes del Palacio
de Susa (fig. 179, 180).
(fig. 179) Caballo alado
(fig. 180) León alado
En alguna ocasión —Sala de las
Cien Columnas— vemos al monarca, como al antiguo Guilgamés, matando un león sin
esfuerzo alguno. Pero el relieve de animales de tipo naturalista desaparece (fig.
181).
(fig. 181) Rey matando un león (Persépolis)
Y lo mismo que no se esculpen las
cacerías reales, tampoco se narran ya las campañas del monarca.
Los relieves que decoran los
frentes de las terrazas y las jambas de las puertas se expresan en lenguaje
menos sangriento que los asirios.
Lo que nos muestran son las
largas comitivas de personajes que ofrecen sus tributos al soberano. Ya hemos
visto cómo en los relieves de las fachadas de los sepulcros reales se representa
al soberano sobre una plataforma sostenida por las figuras alegóricas de las
provincias del Imperio. Ese mismo tema se repite en una de las puertas de la
Sala de las Cien Columnas (fig. 182).
(fig. 182) Comitivas ofreciendo sus tributos al soberano
Otras veces lo que vemos
desfilar es el séquito o la guardia del soberano, los lanceros persas con el
arco y el carcaj a la espalda. Además de estos relieves en piedra, se labran
otros en barro vidriado del tipo ya visto en Asiría. Muy conocido es el de los
Arqueros (fig. 183), que, procedente del palacio de Artajerjes, en Susa, se
conserva en el Museo del Louvre.
(fig. 183) Arqueros
Los HITITAS
.—Sin haber llegado a crear un
arte de la categoría del mesopotámico ni del egipcio, conviene recordar por su
gran antigüedad y por su extraordinario poderío político a los hititas, que
llegan a vencer a los egipcios y a conquistar Babilonia. Su arte parece que se
forma al contacto del caldeo, y, aunque en medida muy modesta, influye en al
asirio. De todas formas, es arte siempre un tanto tosco y no produce realmente
ninguna obra de primera calidad.
Su principal aportación a la
historia de la arquitectura es el hilani o especie de palacete, con pórtico
adintelado sobre columnas, flanqueado por dos torres y con algunas cámaras
interiores. Como hemos visto, se construyen hilanis hititas en Jorsabad, y se ha
supuesto que pueden ser el germen de los futuros palacios persas. También se
considera de origen hitita la costumbre de flanquear las puertas con grandes
figuras de animales (fig. 184 - 185). Los principales monumentos son las ruinas
de las murallas de su antigua capital, Hatusás, la actual Bogaz-Kioi, en Asia
Menor, una de cuyas puertas aparece flanqueada por leones,
(fig. 184) Ruinas de las murallas de la antigua capital hitita,
Hatusás
(fig. 185) Figuración hilani hitita
El pórtico del Palacio de Tell-Halaf
(fig. 186), con tres soportes antropomorfos, cuyos pedestales descansan sobre
dos leones y un toro.
(fig. 186) Pórtico del Palacio de Tell-Halaf (Museo de Alepo)
La escultura, de estilo bastante
tosco y sumario, y en su mayor parte en relieve, nos muestra divinidades que
desfilan ante nosotros procesionalmente y calzado de punta levantada como
zuecos, deidades monstruosas, guerreros, oferentes, etc. Importantes por sus
relieves son el santuario rupestre de Iasily-Kaya, en la misma Bogaz- Kioi (fig.
187).
(fig. 187) Relieve hitita del santuario rupestre de Iasily-Kaya
FENICIA Y PALESTINA
.—Los fenicios, como pueblo
establecido en la costa, se encuentran más libres de la influencia mesopotámica,
a la que, naturalmente, se agrega la egipcia y, en fecha más avanzada, la
griega.
Su arte es, por tanto, de
carácter ecléctico, y refleja las formas creadas por aquellos pueblos, sin
verdadera personalidad. Desempeña, sin embargo, un papel importante como
difundidor de aquellos estilos por los lejanos países occidentales visitados por
sus naves.
Los monumentos arquitectónicos
conservados son de escasa importancia, pudiendo recordarse la Torre sepulcral de
Amrith (fig. 188), de forma cilíndrica, con un primer cuerpo decorado por cuatro
leones de frente, otros dos rematados por almenas escalonadas en relieve y una
media naranja de coronamiento.
(fig. 188) Torre sepulcral de Amrith
Lo más importante para la
historia del arte son sus capiteles labrados en el mismo bloque que el fuste,
consistentes en dos volutas, a las que acompañan, a veces, otras en sentido
inverso, y que constituyen un ilustre precedente del capitel jónico clásico.
Aunque han aparecido en tierra firme, donde más abundan es en la vecina isla de
Chipre, dominada en su parte meridional por la influencia fenicia. Se le
denomina con frecuencia capitel chipriota (fig. 189).
(fig. 189) Capitel fenicio
Como es natural, la escultura
fenicia es del mismo carácter ecléctico que su arquitectura. Sus sarcófagos
siguen con frecuencia el modelo egipcio, como en el caso del de Esmunazar, del
Museo del Louvre (fig. 190).
(fig. 190) Sarcófago de Esmunazar
El del Museo de Cádiz (fig. 191),
que delata, en cambio, la influencia griega, nos dice cómo estos pesados
monumentos de la escultura fenicia llegan hasta el lejano Occidente.
(fig. 191) Sarcófago fenicio (Cádiz)
El arte fenicio se extiende
también hacia el interior de Siria, y obra fundamentalmente fenicia debe ser el
Templo de Salomón, en Jerusalén, que sólo conocemos por los textos bíblicos.
Consta que el rey de Tiro envía a ese efecto albañiles y carpinteros. Como no
poseemos ninguna representación gráfica, las varias reconstrucciones propuestas,
tan diversas entre sí, no ofrecen garantías de reflejar su verdadero aspecto.
Sólo sabemos que constaba de un
primer recinto accesible a todo el mundo, otro ceñido por muros más elevados con
tres puertas de bronce, reservado a los judíos, y un tercero al que sólo tenían
acceso los sacerdotes, y en cuyo testero occidental se encontraba el verdadero
santuario. Al fondo de éste se guardaba el Arca de la Alianza con las Tablas de
la Ley.
Preceden al templo, tal vez
formando parte de su pórtico, como en los hilanis hititas, dos enormes columnas.
Complemento importante del templo es el llamado «Mar de bronce», o gigantesca
taza de ese metal, sobre doce toros dispuestos radialmente, que se levanta en el
atrio o recinto de los sacerdotes (fig. 192).
(fig. 192) Figuración templo de Salomón.
CAPÍTULO V
ARQUITECTURA
GRIEGA
1. ARQUITECTURA EGEA
2. ESCULTURA Y PINTURA EGEAS
3. ARQUITECTURA GRIEGA. EL ORDEN
DÓRICO
4. ÓRDENES JÓNICO Y CORINTIO.
DECORACIÓN
5. CASAS Y SEPULCROS. EDIFICIOS
PÚBLICOS
6. ACRÓPOLIS Y SANTUARIOS
ARQUITECTURA EGEA
.—Frente a la arquitectura de
ladrillo y de arco del Asia Anterior, la Grecia prehelénica se limita, como
Egipto, al empleo del dintel, y, sobre todo, pone en el primer plano, y ya con
algunas de sus formas definitivas, un elemento arquitectónico, que será capital
desde los tiempos clásicos: la columna. La columna se nos presenta en los
tiempos más antiguos incluso rodeada de un cierto culto religioso. Así, en la
isla de Creta la vemos con el divino amuleto de los cretenses, el hacha doble,
clavado en su capitel; y en las decoraciones se la representa alternando con el
tema llamado de los cuernos de consagración (fig. 193), o coronada por las
palomas, el símbolo de Astarté o Venus.
(fig. 193) Palacio de Cnosos con los cuernos de consagración
En Mecenas, (fig. 194) veremos
cómo la flanquean leones, cual si de una deidad se tratase.
(fig. 194) Puerta de los leones
La columna prehelénica no
presenta todavía, sin embargo, todos los caracteres de los tiempos clásicos. La
diferencia fundamental está en su fuste disminuido hacia abajo, es decir, con
forma de cono truncado invertido (fig. 195). Son de madera y descansan sobre una
base muy sencilla.
(fig. 195) Columna prehelénica en forma de cono invertido
Como en la futura columna dórica
clásica, su capitel está constituido por un toro muy grueso y un abaco en forma
de paralelepípedo.
En cuanto a la cubierta, parece
que los arquitectos prehelénicos echan las bases de lo que será el entablamento
clásico, pues sobre el dintel, en el futuro friso, alternan con una decoración
de medias rosetas unos recuadros en los que parece adivinarse ya las fajas
verticales que constituirán los tríglifos. En los monumentos prehelénicos de
Micenas es típico el recurso de aligerar la carga del dintel formando encima,
por el gradual avance de los sillares del muro, un vano triangular.
Debido a ese mismo avance
progresivo de los sillares para disminuir la longitud del dintel, las puertas
son, con frecuencia, trapezoidales.
En el período prehelénico se
crea, además, un tipo de edificio de importancia, igualmente decisiva para el
arte clásico posterior: el mégaron (fig. 196), núcleo del palacio prehelénico,
que no sólo sirve para reuniones de carácter civil, sino para celebrar actos
religiosos, y que es, en realidad, el germen del futuro templo griego.
(fig. 196) Mégaron en Cnosos
El de Tirinto consta de una
cámara sostenida por cuatro columnas, con el hogar en el centro, y de un
pórtico. Ante éste, en el patio, y coincidiendo con el eje del mégaron, se
levanta el altar (fig. 197).
(fig. 197) Planta Mégaron de Tirinto
Menos importantes para el futuro,
aunque muy bellos en sí y de indudable grandiosidad, son los monumentos
funerarios. Con su largo corredor y su gran cámara circular al fondo, cubierta
por falsa bóveda, es la más bella manifestación del tipo de dolmen de cámara
prehistórico.
El grupo más importante de estos
enterramientos es el de Micenas, destacando entre ellos, por su monumentalidad y
riqueza, el llamado Tesoro de Atreo (fig. 198).
(fig. 198) Tumba el tesoro de Atreo
Es todo él de sillería. Su puerta
de ingreso es de forma ligeramente trapezoidal, y el interior de su enorme
bóveda falsa estuvo guarnecido con rosas de metal. A esta -gran cámara circular,
dedicada al culto, comunica otra más pequeña y cuadrada para el cadáver.
El arte egeo se considera del
segundo milenio a. de J. C, distinguiéndose en él tres períodos: el antiguo, el
medio y el moderno.
Los monumentos más importantes se
encuentran en la isla de Creta —Cnosos, Festo y Hagia Tríada—, Tirinto, Micenas
y Troya.
El Palacio de Cnosos, que se
considera del siglo XVII a. de J. C, es la residencia de los señores del mar
Egeo anteriores a la guerra de Troya, cuyo recuerdo conservan los griegos de la
época clásica bajo la leyenda del rey Minos y su famoso Laberinto. Este nombre
de Laberinto parece tener su origen en esas hachas, labris, de doble hoja, que
se encuentran grabadas con frecuencia en los muros del palacio, que en forma de
amuletos de oro se han descubierto entre sus ruinas, y que, asociadas a las
columnas, deben de tener valor de primer orden para quienes edifican el palacio.
Aunque no pueda conocerse con seguridad su destino, se destacan en el conjunto
varias partes importantes.
En primer lugar, un ingreso de
columnas y un gran patio. Dentro ya del verdadera laberinto de departamentos, se
distingue un grupo de almacenes, y, sobre todo, varios núcleos de salas con
pequeños patios y pórticos, donde se emplea profusamente la columna y en los que
se ha querido identificar el santuario, el tálamo y el salón del trono. Pero lo
de mayor interés es el importante papel concedido a la columna y los bellos
efectos de perspectiva que con ellas, los pilares y las escaleras consigue crear
el arquitecto (fig. 199).
(fig. 199) Figuración Palacio de Cnosos
El castillo o acrópolis de
Tirinto (fig. 200) tiene más carácter de palacio fortaleza. Dentro de un gran
recinto amurallado, nos ofrece otro interior más reducido, al que se penetra por
una organización arquitectónica de glorioso futuro: unos propíleos o puerta
monumental con pórticos exteriores e interiores, como los que se labrarán en la
Acrópolis de Atenas. Una vez en el interior, el núcleo en torno al cual se
agrupan los restantes departamentos es el mégaron, situado al fondo de una gran
plaza con galerías. Numerosos almacenes y dependencias completan el conjunto.
(fig. 200) Figuración acrópolis de Tirinto
En Micenas, la corte de Agamenón,
además de los sepulcros ya descritos, consérvase la Puerta de los Leones,
construida con grandes sillares de piedra y cubierta por un gran dintel y un
enorme bloque triangular encima, donde se encuentran esculpidos en relieve dos
leones afrontados con una columna en el centro.
En cuanto a las ruinas de Troya,
excavadas por Schliemann, lo principal es el mégaron (fig. 201).
(fig. 201) Ruinas de Troya
ESCULTURA Y PINTURA EGEAS
.—Antes de que la escultura
griega inicie de una manera decidida esa admirable evolución que de forma
ininterrumpida se continuará hasta los días del Imperio Romano, ofrece ya en el
período prehelénico un estilo que descubre una nueva sensibilidad artística.
Por desgracia, no conservamos de
esa época, salvo el relieve de los leones de Micenas, ninguna escultura de gran
tamaño ni de interés puramente escultórico. Todo lo llegado hasta nosotros se
reduce a unas cuantas figurillas y relieves de pequeñas proporciones. Las
principales representaciones humanas de bulto redondo son unas minúsculas
estatuitas femeninas de marfil y oro, como la del Museo de Boston, o simplemente
de cerámica, con los pechos descubiertos y serpientes enroscadas en sus brazos,
que se suponen de sacerdotisas.
(fig. 202) Sacerdotisas de las serpientes
De carácter decorativo, los
relieves de los vasos de Vafio, del Museo de Atenas, nos ofrecen varias figuras
desnudas de jóvenes que, no obstante su aspecto atlético, nada tienen que ver
con las interpretaciones mesopotámicas y, en cambio, pertenecen ya a la misma
raza que producirá los llamados Apolos, del período arcaico griego. Se
representa en ellos cacerías de toros con red (fig. 203).
(fig. 203) Vaso de Vafio
Muy interesante es también, por
las numerosas figuras que contiene, el Vaso de los Segadores, del Museo de
Candía, así llamado por el desfile de campesinos que lo decora (fig. 204).
(fig. 204) Vaso de los Segadores
En cuanto a representaciones
exclusivamente de animales, conservamos algunos pequeños relieves de cerámica
muy bellos, con cabras y vacas amamantando sus crías, en los que el fino
espíritu de observación del artista se expresa con admirable sentido decorativo.
La pintura mural, a juzgar por
los restos existentes, desempeña papel muy valioso en los palacios prehelénicos.
Así, en el de Cnosos se figuran escenas de toros y jóvenes que saltan sobre
ellos (fig. 205), y una procesión de jóvenes de blanco cutis y varones de piel
morena portadores de ofrendas. Escenas de culto religioso de mayor desarrollo,
con sacerdotisas ante la columna, el hacha doble y la paloma, decoran el
sarcófago del Museo de Creta. En todas estas pinturas la figura humana continúa
apareciendo de perfil, y los colores son planos.
(fig. 205) Pintura mural, jóvenes saltando sobre toros
El arte en el que el pueblo
prehelénico produce obras de gran belleza, haciendo gala de su novedad frente a
las escuelas orientales, es la cerámica.
Crea primero un tipo muy
decorativo, de líneas ondulantes, de origen vegetal, que es el de Camarés, así
llamado por el lugar de su hallazgo; pero el más representativo de la nueva vida
que inspira su arte es el que cubre el vaso de animales marinos, en particular
pulpos, cuyos múltiples tentáculos se extienden sinuosos por la curva
superficie, caracoles, algas y flores de largos tallos (fig. 206).
(fig. 206) Cerámica de Camarés representando un pulpo
ARQUITECTURA GRIEGA.
EL ORDEN DÓRICO
.—El arte griego, aunque hereda
del prehelénico algunas formas especiales, no puede considerarse consecuencia o
producto de la evolución de aquél. La invasión de eolios, jonios y dorios a
fines del segundo milenio, pone fin al arte prehelénico, y sólo después de
cuatro siglos de ensayos y esfuerzos crea su nuevo estilo, en el que suelen
distinguirse tres grandes períodos: el arcaico, o anterior al siglo V; el de
apogeo, que comprende esa centuria y la siguiente, y el helenístico, que dura
hasta los días del Imperio romano.
Mientras que los arquitectos de
Egipto y Mesopotamia gustan de construir edificios de proporciones colosales,
donde la masa lo domina todo, produciendo ese efecto anonadante que la sugestión
de lo eterno lleva consigo, los griegos prefieren crear conjuntos
proporcionados, y deleitarnos con el equilibrio de sus proporciones. Para el
artista griego, la belleza es, ante todo y sobre todo, proporción y medida, e
inspirado por ese sentido, es como logra fijar en los elementos constructivos y
en las formas decorativas esos rasgos esenciales con que todavía los empleamos.
La arquitectura griega es de
sillería perfectamente uniforme, del tipo llamado isódomo y su material
característico, del período de apogeo, el mármol blanco. Aunque conoce el arco,
renuncia a él, y, como la egipcia, es adintelada.
Donde se manifiesta de forma más
bella y completa la estructura de sus edificios es en la fachada del templo, el
monumento capital de la arquitectura griega, y es en ella donde se crean los
llamados órdenes clásicos. El orden es, pues, la sucesión de las diversas partes
del soporte y de la techumbre adintelada, según tres modos o estilos diferentes,
que, por considerarse inventados por los griegos dorios, jonios y corintios, se
denominan dórico, jónico y corintio (fig. 207-208-209).
(fig. 207) Estilo Dórico
(fig. 208) Estilo Jónico
(fig. 209) Estilo Corintio
El origen de estas formas
arquitectónicas es lignario, a juzgar por sus características, y por constarnos
que fueron de madera los primitivos templos dóricos. Pausanias, en el s. II d.
de J. C, nos habla de la primitiva columna de madera que aún se conservaba en el
templo de Hera en Olimpia, y al excavarse modernamente este monumento ha podido
verse cómo se fueron reemplazando las viejas columnas de madera, a medida que se
consumían, por otras de mármol. La restauración del templo dórico arcaico de
Termo, todo él construido de madera y cerámica, puede dar idea de estas
primitivas edificaciones.
Según los griegos mismos, los
dorios son el pueblo fuerte del Norte, que al expulsar a los jonios a la Grecia
Asiática, se establece principalmente en el Peloponeso. La proverbial sobriedad
de los habitantes de Esparta son vivo reflejo de las virtudes de los dorios.
Los jonios, en cambio, gustan más
del lujo y de la molicie oriental y conservan en la Grecia europea la península
del Ática, en la que Atenas representa, dentro del pueblo helénico, la antítesis
de Esparta. Con esta contraposición de caracteres de uno y otro pueblo se ha
querido explicar las diferencias entre los dos órdenes principales: el dórico y
el jónico. Sea ello cierto o no, la realidad es que en la costa del Asia Menor
se emplea preferentemente el orden jónico.
El orden dórico es, en efecto, el
más sobrio de formas de los tres. De proporciones más robustas, emplea los
elementos constructivos indispensables, y su decoración de la máxima austeridad,
es, en buena parte, reflejo de sus formas constructivas. Amigo siempre el pueblo
griego de expresarse en el lenguaje de la fábula, nos dice que es Doros, hijo de
Hellen y de la ninfa Óptica, quien al construir el templo de Hera en Argos, fija
los cánones del orden dórico.
El orden dórico descansa sobre
unas gradas que lo elevan sobre el terreno circundante. El fuste de la columna,
que arranca directamente de las gradas, se encuentra recorrido longitudinalmente
por unas veinte estrías unidas a arista viva, y horizontalmente, en la parte
superior, por tres líneas rehundidas, que constituyen el astrágalo. Para
subrayar su efecto de solidez y fortaleza, tiene un ligero ensanchamiento o
éntasis en su parte central. Monolítica en los tiempos arcaicos, en el siglo v
es ya de varios tambores, más numerosos cuanto más moderna. El capitel dórico
consta del equino o especie de almohadilla de sección parabólica, tanto más
acusada cuanto más antiguo es el momento, hasta el punto de que en el siglo v
esa curva llega a ser casi rectilínea, y del abaco o paralelepípedo de base
cuadra, de planos rectos y bruscos contrastes de luz. El tránsito entre la parte
superior del fuste de la columna y la inferior del capitel se establece por
medio de una moldura cóncava llamada collarino. A medida que avanza el tiempo la
columna dórica se hace más esbelta, variando su altura entre cuatro y seis
diámetros inferiores.
La techumbre, al manifestarse al
exterior en la fachada, constituye el entablamento, y consta de tres cuerpos:
arquitrabe, friso y cornisa.
El arquitrabe, que descansa
directamente sobre los abacos, es liso, pero entre él y el friso avanza un
estrecho filete o tenia, para algunos recuerdo del tablero que unía en su parte
superior los dos maderos que constituían el arquitrabe. El friso, reflejo del
cuerpo de las vigas longitudinales de la cubierta, consta de tríglifos y
metopas. Tienen su origen aquéllos en las cabezas de las vigas, y deben su
nombre a las dos estrías o glifos verticales que tienen en su parte central, y
las dos medias estrías de sus extremos; en total, los tres glifos o tríglifos.
Aunque los tríglifos deben
coincidir con los ejes de las columnas y los centros de los intercolumnios, como
es antiestético el terminar el friso en dos medias metopas, los últimos
tríglifos son desplazados hasta los extremos. Ahora bien, para que las dos
últimas metopas no resulten más anchas que sus compañeras, después de la época
arcaica, se estrecha ligeramente el último o los dos últimos intercolumnios.
En la parte correspondiente a los
tríglifos, y bajo el filete, existe un segundo filete, del que penden seis
gotas, cuyo origen remoto se ha querido ver en los clavos que lo fijaban a
aquéllos. El espacio comprendido entre los tríglifos, que, naturalmente, es un
vano, pero que se cierra con tableros, por lo general con historias de relieve,
es la metopa.
La cornisa que carga en saledizo
sobre el friso consta de un primer cuerpo liso o geison y de una estrecha
moldura curva aún más saliente o sima. En la cara inferior de ese primer cuerpo,
y correspondiendo tanto a los tríglifos como a las metopas, aparecen otros
filetes con seis gotas pendientes. El templo tiene cubierta inclinada a dos
aguas, que en las fachadas más estrechas se acusa sobre la cornisa, formando un
plano triangular o frontón, cuyo fondo se denomina tímpano. Las figuras animadas
o vegetales que coronan el frontón son las acróteras.
ÓRDENES JÓNICO Y CORINTIO.
DECORACIÓN
.—Frente a la sobriedad de formas
y a la corpulencia del orden dórico, se distingue el jónico, por la esbeltez de
sus proporciones y la mayor riqueza de su decoración. Preferido por los griegos
jonios del Asia, a la virilidad de aquél opone lo femenino de su inspiración. El
tratadista Vitrubio, que al definir los órdenes debe de expresar el sentir de la
tradición griega, nos dice no sólo que el orden jónico se inventa en el templo
de Artemis de Efeso, en el Asia Menor, sino que a su columna se quiere dar la
delicadeza del cuerpo femenino, y que en sus volutas, su elemento más
característico, se trata de imitar los rizos que encuadran el rostro de la
mujer. Puro comentario poético esta tradición recogida por Vitrubio, refleja,
sin embargo, el sentir del mundo clásico, al menos en época romana, ante la
mayor delicadeza y riqueza decorativa del orden jónico.
La columna descansa sobre una
basa moldurada, cuya simple existencia delata ese deseo de mayor riqueza propio
del jónico. Se compone esta basa de una losa cuadrada o plinto y tres cuerpos
circulares: el superior, consistente en un toro con estrías horizontales, y los
dos inferiores, separados por escocias y formados por parejas de baquetones.
En Atenas se crea la basa ática,
en la que esas molduras se reducen a dos toros separados por una escocia. Es
decir, que mientras el arquitecto dorio sólo emplea una moldura curva en el
capitel, el jónico traza en la basa no menos de tres.
De proporciones más finas y
espigadas que la dórica, el fuste de la columna jónica carece de éntasis y está
recorrido por veinticuatro estrías verticales no unidas en arista viva, sino
dejando entre sí estrechísima faja de la superficie primitiva, y terminadas en
sus extremos en redondo. En lugar del rehundimiento de la dórica, la columna
jónica se enriquece en su parte superior con un hilo de perlas o contario.
El capitel consta de una especie
de equino no liso, sino decorado con temas aovados y apuntados —ovas y flechas—
que recibe el nombre de cimacio. Sobre éste descansa una almohadilla terminada
en las volutas, el elemento más típico del orden jónico. Como en dos de sus
frentes las volutas quedan ocultas y sólo presentan una superficie cilíndrica,
en las columnas de ángulo esta superficie cilíndrica es reemplazada por un
tercer frente de volutas. En este caso, a veces se alabean ligeramente hacia
fuera. El arquitrabe consta de tres fajas en avance progresivo, coronada la
última por estrecha decoración de ovas y perlas.
El friso es liso o recibe
decoración animada; y la cornisa está formada por un cuerpo de dentellones o
tacos rectangulares, un segundo cuerpo liso más prominente y la cima o goterón
de sección curva, decorado con temas diversos. Como el dórico, el jónico tiene
frontón con acróteras y antefijas.
El origen del arte jónico es
hitita. En los hilanis o pabellones hititas aparecen ya, en efecto, las columnas
con basa, capitel de volutas y friso seguido. Empleado, como hemos visto, el
capitel de volutas por los fenicios, se conserva ejemplares como los de Neandria,
del Museo de Estambul, intermedios entre los modelos orientales y los
propiamente griegos.
El corintio, más que un orden, es
simplemente un capitel, pues, salvo en éste, el edificio que lo utiliza sigue
las normas del jónico.
Por otra parte, es creación
tardía, sólo empleada en los últimos tiempos del arte griego. Quienes lo usan
normalmente son los romanos.
La invención del capitel corintio
ha llegado a nosotros expresada en el fino lenguaje poético de la fábula
antigua. Refiere la leyenda que al morir cierta doncella de Corinto, sus
familiares depositan sobre su sepulcro el cesto de sus labores, cubriéndolo con
una losa de mármol, y que la madre Tierra, deseosa de recoger en su seno esos
recuerdos de la desgraciada joven, hace brotar en su torno una doble fila de
hojas de acanto o cardo que crece hasta la mitad de su altura, salvo unas
cuantas que se elevan más. Cuatro parejas de tallos, al tocar con los ángulos de
la losa, se enrollan sobre sí mismos, mientras otras cuatro parejas hacen lo
mismo antes de llegar a la altura de aquélla. Entre éstos asciende un tallo que
termina en una rosa o palmeta. Entusiasmado el platero Calimaco al contemplar
tan bello conjunto, no puede resistir el deseo de copiarlo, y, al hacerlo, nos
deja creado el capitel corintio. El cesto se convierte en el cuerpo troncocónico
del capitel, la primera fila de hojas, en las hojas de agua; los tallos de los
ángulos, en los caulículos, y los centrales, en las rosas.
La bella leyenda, que localiza el
nacimiento de este capitel en la ciudad de Corinto, descubre además, al decirnos
la profesión de Calímaco, su origen metálico, carácter que conserva a través de
su factura de mármol. Calimaco consta que es realmente un escultor discípulo de
Fidias, conocido en su tiempo por su técnica minuciosa y su deseo de terminar
con exceso sus obras, que, por desgracia, no han podido hasta ahora ser
identificadas.
La obra importante más antigua
fechada en que aparece el capitel corintio al exterior es el monumento de
Lisícrates. (334 a. de J. C) (fig. 210).
(fig. 210) Monumento de Lisícrates
Un siglo antes, el año 430 a. de
J. C, se emplea ya en el interior del templo de Apolo en Bassai (fig. 211).
(fig. 211) Templo de Apolo en Bassai
Además de estos tres tipos de
soporte, aunque excepcionalmente, también emplea la arquitectura griega otros en
los que el fuste de la columna se ve reemplazado por una figura humana. Si ésta
es femenina son las llamadas cariátides, por suponer la fábula que representan
las prisioneras de Caria en el Asia Menor, condenadas a realizar tan ardua (fig.
212).
(fig. 212) Caritidades
Si representan varones, reciben
el nombre de atlantes o telamones (fig. 213).
(fig. 213) Atlante
La decoración griega, además de
los temas ya citados, emplea con particular insistencia el meandro o línea
quebrada que vuelve sobre sí misma formando recodos entrantes y salientes, las
cintas entrelazadas y la onda. Entre los temas vegetales figuran, sobre todo, la
palmeta y el loto; pero su gran aportación es la hoja de acanto o de cardo, en
particular la del cáliz de su flor. Como hemos visto, donde el acanto desempeña
papel más importante es en el capitel corintio (fig. 214).
(fig. 214) Hojas de acanto y capitel corintio
EL TEMPLO
.—Aunque la religión no concentra
la vida del griego en el grado que en Egipto, y sean varios los tipos de
construcción de carácter civil por él creados, continúa siendo el templo el
monumento capital de su arquitectura y donde, como hemos visto, se definen sus
elementos constructivos.
El templo griego no tiene las
inmensas proporciones del egipcio ni las que tendrá el templo cristiano,
construido no sólo para casa de la divinidad, sino para albergar a la totalidad
de los fieles durante el culto. Labrado para custodiar la imagen divina, es, por
lo general, de proporciones medianas. El altar se encuentra en el exterior.
Nacido como evolución del mégaron
prehelénico, el templo es casi siempre de planta rectangular, unas veces tan
simple, que se reduce a la capilla, y otras hasta de tres naves, separadas por
columnas incluso dispuestas en dos pisos. En su interior suele tener varias
subdivisiones: el nao o celia, es decir, la capilla misma del dios; el pronao o
vestíbulo abierto flanqueado por la prolongación de los muros laterales
terminados en pilastras —antae— y, por lo general, con dos columnas entre ellas,
y el opistodomo u organización análoga en el lado opuesto (fig. 215).
(fig. 215) Templo griego con antas
Pero el pueblo griego no se
contenta con el tipo de templo llamado en antas —in antis—, sino que total o
parcialmente antepone otra fila de columnas. El pórtico de columnas, con su
equilibrado juego de masa y vano, es para el griego lo que las gigantescas moles
del pilono para el egipcio, las hinchadas y reiteradas cubiertas para el indio y
las flotantes armaduras del pabellón para el chino. Al número y disposición de
esas columnas de los pórticos deben los templos sus diversos nombres. El tipo
más sencillo es el ya citado templo en Antas.
Pero los más corrientes son los
próstilos, antipróstilos o perípteros, así llamados según tengan columnas ante
una sola de sus fachadas menores, ante las dos, o, formando un peristilo, lo
rodeen totalmente (fig. 216).
(fig. 216) Templo griego con piristilo de columnas
El templo períptero de doble fila
de columnas se denomina díptero. Otras denominaciones frecuentes de los templos
griegos se deben al número de columnas de su fachada principal, que siempre se
encuentra en uno de sus frentes menores, y así se llaman hexástilos los de seis
columnas, que son los más corrientes; octástilos, como el Partenón, de tipo poco
frecuente, etc.
Además del templo corriente de
planta rectangular existe después del siglo V el de planta circular. Si está
rodeado de columnas, se llama tolo (fig. 217).
(fig. 217) Tholo de Delfos
Pese al aparente rigor geométrico
de la fachada del templo griego, el arquitecto se permite no pocas libertades
para corregir los errores ópticos. Así, la columna tiene un ligero
ensanchamiento en su parte central, llamado éntasis; ante el mal efecto de
terminar el extremo del friso dórico en una media metopa, caso de colocar los
últimos tríglifos laterales sobre los ejes de las columnas correspondientes, los
desplazan hasta el borde mismo del friso; se estrechan los intercolumnios
extremos, etc.
Contra lo que ha sido creencia
general durante mucho tiempo, hoy sabemos que el templo griego no es monocromo.
Incluso cuando, después del siglo V, se generaliza el empleo del mármol, no es
raro revestirlo con fina capa de estuco, que en su origen había servido para
ocultar las imperfecciones de los materiales pobres. En la policromía,
naturalmente, de colores planos, se llega a un cierto convencionalismo que
obliga a emplear determinados colores en ciertas partes del templo, con los que,
naturalmente, se trata de hacerlas resaltar. Así, los tríglifos se pintan de
azul, las estrías negras y el tímpano rojo o negro para que destaque mejor su
decoración escultórica.
Entre los templos de orden dórico
arcaico, ya quedan citadas las ruinas del de madera y cerámica de Termo, que era
de dos naves, y en cuanto a los de piedra, debe recordarse el de Corinto, de la
primera mitad del siglo VI antes de C, y los de Pesto (fig. 218), en el sur de
Italia, que son los mejor conservados.
(fig. 218) Templo de Pesto
De la mayor importancia por su
gran antigüedad son las ruinas del de Hera, en Olimpia, del siglo VII a. de C (fig.
219).
(fig. 219) Ruinas templo de Hera en Olimpia
Obra maestra de la arquitectura
griega es el Partenón (447-438 (fig. 220), el templo construido por orden de
Pericles por los arquitectos Ictinos y Calícrates para la Palas Atenea Pártenos,
es decir, la Virgen, la famosa escultura de Fidias. Es de orden dórico,
octástilo, y de diecisiete columnas en sus fachadas laterales, o, lo que es lo
mismo, aproximadamente de doble largo que ancho.
(fig. 220) Templo el Paternón
Las columnas miden de altura algo
menos de cinco diámetros y medio, y las metopas disminuyen gradualmente desde el
centro del friso hasta los extremos, por lo que los tríglifos no coinciden con
los ejes de las columnas. El templo se levanta sobre tres gradas y mide poco
menos de setenta metros. Precedido en sus frentes menores por un segundo pórtico
de seis columnas, consta, en primer lugar, del pronao. El nao o celia es de tres
naves, formadas por dos filas de columnas, que, para alcanzar la altura
necesaria guardando las proporciones, se superponen en dos cuerpos. Al fondo se
levanta la estatua de Palas. En el lado opuesto se encuentra el opistodomo,
destinado al tesoro de la diosa, y donde también se guarda el tesoro público,
mucho más pequeño que la celia, de proporciones casi cuadradas, pero igualmente
de tres naves.
El Partenón es de mármol blanco
del Pentélico, y se cubre con tejas de mármol de Paros. Se supone que las
estrías de las columnas estuvieron pintadas de rojo; los abacos, de azul; el
plinto, de ocre; los tríglifos, de azul y amarillo, y los fondos de los
frontones y de las metopas, de rojo. Para contrarrestar los efectos deformadores
de la visión se han incurvado líneas que a la vista resultan rectilíneas, se han
inclinado las columnas para que las veamos verticales, son más voluminosas las
columnas de los extremos, etc (fig. 221). De su decoración escultórica se
tratará en el capítulo siguiente.
(fig. 221) Figuración del templo el Partenón
El Partenón de Pericles es el
tercer templo dedicado a la diosa en la Acrópolis. El primero es el quemado por
los persas en 480 a. de C. que constaba de una gran celia de tres naves dedicada
a Palas, y en el lado opuesto, de otras dos más pequeñas con vestíbulo común,
consagradas a Cecrops y Erecteo. Transformado el Partenón, primero en templo
cristiano y después en mezquita, su ruina data de 1687, cuando, convertido en
polvorín por los turcos, al ser alcanzado por una bomba veneciana, se destruye
toda su parte central. En el siglo XVIII, los turcos emplean sus mármoles en
otras construcciones, y a principios del siguiente, Lord Elgin se lleva a
Inglaterra la mayor parte de sus esculturas, hoy en el Museo Británico.
Obra de Ictinos es también el
templo de Apolo en Figalia, en el Peloponeso (fig. 222). En estado aún más
ruinoso que el Partenón, es también dórico en su exterior; pero en el interior,
empotradas en el muro, se emplean columnas jónicas, y hasta se afirma que en la
celia, sobre una columna más delgada, existió un capitel corintio, de tipo algo
diferente del modelo después generalizado, y en este caso sería el más antiguo
empleado en monumento de fecha conocida.
(fig. 222) Templo de Apolo en Figalia
El templo jónico, salvo en lo ya
consignado al tratar de los órdenes, apenas se diferencia del dórico.
Probablemente lo que más le distingue es la mayor profundidad del pronao jónico,
con la consiguiente disminución del santuario mismo, y el que éste, con
frecuencia, según costumbre oriental, se convierta en patio.
Uno de los templos jónicos más
antiguos es el dedicado a guardar el tesoro de Sifnos en Delfos (fig. 223), que
se considera del siglo VI.
(fig. 223) Figuración templo jónico del tesoro de los Sifnos en
Delfos.
Pequeño y en antas, tiene friso
corrido cubierto por decoración escultórica, lo mismo que el frontón. Este
alarde de riqueza escultórica lleva al arquitecto a reemplazar las columnas
jónicas por cariátides. De esa misma época, pero de proporciones mucho mayores,
y más típicamente jónico, es el primitivo de la Artemis de Efeso (fig. 224), del
que se conservan restos en el Museo Británico de Londres.
(fig. 224) Figuración templo jónico de Artemis de Efeso
Su pronao, según costumbre en los
templos jónicos, bastante profunda, comprende varias filas de columnas, que son,
naturalmente, de ese orden, y se enriquecen con relieves en su parte inferior.
Pero el templo más bello de orden
jónico es el Erecteon, de Atenas (fig. 225), que, comenzada poco después del
Partenón, no se termina hasta fines de siglo. Su planta es única. De forma
rectangular, tiene un pórtico exástilo, al que abre la celia de la Atenea Polias.
En el lado opuesto se encuentra la celia de Erecteo, a la que, a su vez, se
ingresa por un vestíbulo, especie de pronao cerrado por un muro, con medias
columnas adosadas en el exterior, y comunicado por uno de los frentes estrechos
al pórtico de la entrada, y por el otro a la tan conocida tribuna, donde las
columnas jónicas son reemplazadas por cariátides.
(fig. 225) Templo jónico el Erecteon, de Atenas
El Erecteon se construye para dar
culto a las imágenes que, al ser reemplazado el viejo Hecatómpedo por el
Partenón, quedaron sin santuario.
Otra obra maestra de orden jónico
es el pequeño templo de la Victoria Áptera (fig. 226), en realidad de Atenea
Nike, trazado por Calierates y construido (427 a. C), como el anterior, por
orden de Pericles, a la entrada de la Acrópolis, inmediatamente después de los
propíleos o puertas. Es anfipróstilo y su interior se reduce a una minúscula
celta.
Las cuatro columnas de sus
pórticos, probablemente, para producir efecto de mayor monumentalidad, dado su
pequeño tamaño, son proporcionalmente más gruesas que las del Erecteon. En su
friso se representan las luchas con los persas, completándose la decoración
escultórica del templo con los relieves de Victorias del parapeto inmediato.
(fig. 226) Templo jónico de la Victoria Áptera
Recuérdese, por último, el gran
templo jónico de Apolo en Dídima, cerca de Mileto, comenzado a fines del siglo
IV. Templo decástilo y díptero, es, además, uno de los escasos ejemplos seguros
de tipo hipetro, pues tiene celia en forma de patio abierto con pequeño templete
para el dios en el testero (fig. 227).
(fig. 227) Templo jónico de Apolo en Dídima
En cuanto a los edificios de
orden corintio, el más grandioso es el de Zeus, en Atenas, mandado construir por
Antíoco Epifanes (fig. 228), obra del arquitecto romano Cossutius, pero que no
llega a terminarse, a pesar de los deseos de Adriano.
(fig. 228) Templo corintio de Zeus mostrando las columnas
supervivientes
Entre los monumentos de planta
circular o tolos, es uno de los más bellos el de Asclepios, en Epidauro, del que
sólo se conservan trozos, de belleza y perfección de factura admirables. Como
los de Olimpia y Delfos, es del siglo IV.
La gran creación del período
helenístico es el templo abierto al aire libre, cuyo ejemplar más representativo
es el de Zeus, en Pérgamo (de Zeus, en Pérgamo ), hoy en el museo de Berlín.
Consta de amplia y elevada gradería, que desemboca en un pórtico jónico,
continuado en los cuerpos laterales que encuadran aquélla, y cuyo basamento
decoran altísimos relieves de la Gigantomaquia, como veremos, obra capital de la
escultura helenística (fig. 229).
(fig. 229) Escalinata templo de Zeus, en Pérgamo (Berlín)
A este mismo deseo helenístico de
convertir el templo en una amplia edificación abierta, rica en efectos de
perspectiva, con grandes plazas y pórticos, responde el Santuario de Asclepios,
en la isla de Cos (fig. 230).
(fig. 230) Figuración y lugar del emplazamiento del Santuario de
Asclepios
CASAS Y SEPULCROS.
EDIFICIOS PÚBLICOS
.—El pueblo helénico, además de
esa obra maestra de la arquitectura que es su templo, crea otros prototipos no
menos influyentes en épocas posteriores.
Pueblo democrático, no pone su
empeño en el palacio del monarca, como asirios y persas. Le interesa más la casa
de los ciudadanos, cuya parte de mayor importancia arquitectónica es el patio,
con frecuencia con pórticos de columnas o peristilo. Al fondo del patio se
encuentra la sala principal o androceo, y en lugar menos accesible al público,
el gineceo con el tálamo conyugal.
El sepulcro, hasta los tiempos
helenísticos, es de escasa monumentalidad, y su parte más bella son las estelas
con relieves, de que se tratará más adelante, como obra escultórica. Pero no
falta algún ejemplo de fines del siglo V, tan importante como el llamado de las
Nereidas (fig. 231), del Museo Británico, procedente de Asia Menor. Concebido
como templo períptero jónico sobre elevado basamento, tiene dos frisos con
luchas de griegos y bárbaros, empresas militares probablemente realizadas por el
difunto; y en los intercolumnios, aunque muy deterioradas, estatuas de Nereidas,
las diosas acuáticas que dan vida a las almas de los difuntos.
(fig. 231) Sepulcro de las Nereidas (Londres)
Pero el más monumental y
representativo, hasta el punto de haberse convertido su nombre en genérico de
enterramiento lujoso, es el Mausoleo de Halicarnaso, también en el Asia Menor, y
hoy en su mayor parte en el Museo Británico (fig. 232). Consta que lo hace
construir para el sátrapa persa Mausolo su viuda, Artemisa, el año 353 antes de
C. Hasta donde podemos conocerla, su composición primitiva consta, como el de
las Nereidas, de un basamento proporcionalmente más bajo, cuerpo principal
porticado de orden jónico y de menor altura, y elevadísimo remate piramidal de
gradas, al que corona la cuadriga guiada por Mausolo. El monumento mide unos
veinticinco metros de alto, y las esculturas de cada uno de sus frentes se
encargan a escultores famosos, entre ellos, a Scopas.
(fig. 232) Figuración y lugar del emplazamiento del Mausoleo de
Halicarnaso
El teatro, como género literario,
es creación griega, y creación griega es también el edificio destinado a su
representación. Sobre su trascendencia para el futuro sólo precisa recordar que
los nuestros continúan ajustándose a las normas entonces establecidas. Consta el
teatro griego de tres partes esenciales: la escena, la orquesta y la gradería
para el público. La escena no tiene aún la importancia que adquiere en su
versión romana, se encuentra a nivel de tierra, y en ella se emplean
decoraciones giratorias en forma de prismas triangulares.
La orquesta, de planta circular,
es la parte dedicada al coro, y tiene en su centro el altar de Dionisos, en cuyo
honor se celebra la fiesta. Destinada al público, la gradería es la planta ultra
semicircular, y rodea en gran parte a la orquesta. Uno de los teatros más
importantes es el de Epidauro, obra de Policleto el Joven.
De forma análoga al teatro es el
odeón, o edificio consagrado exclusivamente a las audiciones musicales. Sirva de
ejemplo el de Atenas (fig. 233).
(fig. 233) Teatro de Atenas
El gusto del pueblo griego por
los deportes da vida a otro tipo de edificio dedicado a espectáculos públicos.
El estadio, o pista para contemplar las carreras de carros y ejercicios
gimnásticos, recibe su nombre de la medida de longitud de unos doscientos metros
que suele tener.
Son de forma rectangular muy
alargada, con graderías en sus lados mayores y un testero semicircular. El
hipódromo, destinado a las carreras de caballos y carros, aunque de proporciones
mayores, presenta análogas características. Complemento de estas dos clases de
construcciones son los gimnasios y palestras (fig. 234), en los que los atletas
se preparan para aquellos ejercicios. Contienen baños y grandes pórticos.
(fig. 234) Palestra griega
En las ciudades griegas tienen
con frecuencia gran desarrollo, sobre todo en los últimos tiempos, las estoas o
largos pórticos, incluso de dos naves, por lo general decorados con cuadros y
cerrados en un testero, y destinados al descanso y la conversación callejera.
Sirva de ejemplo el llamado Pórtico del Eco, de Olimpia (fig. 235), de unos
doscientos metros de longitud.
(fig. 235) Pórtico del Eco, de Olimpia
Las puertas de las ciudades o
propíleos se decoran también con pórticos.
Ya quedan citados en el período
egeo los de Tirinto, pero los más bellos y conocidos son los de la Acrópolis de
Atenas (fig. 236), que se describen más adelante. Ambos tienen pórticos
exteriores e interiores.
(fig. 236) Acrópolis de Atenas
Los propíleos de Pérgamo,
llamados el Pórtico de Eumenes (fig. 237), de la primera mitad del siglo n a. de
C, son de dos plantas, empleando en cada una un orden diferente, como será
normal después en la arquitectura romana.
(fig. 237) Propíleos de Pérgamo, llamados el Pórtico de Eumenes
El monumento conmemorativo no
tiene en Grecia la monumentalidad que adquirirá en Roma. El griego acude más a
la estatua que a la arquitectura para conservar la memoria de los hechos
gloriosos de los mortales —ya veremos las estatuas de los atletas—, pero no
faltan monumentos arquitectónicos de aquel género. Uno de ellos cuenta
precisamente entre las obras más bellas de la arquitectura griega. Es el hecho
construir por el poeta Lisícrates para exponer el trípode por él ganado en un
certamen teatral del 334 a. C. La llamada Linterna de Lisícrates.
Consta de un elevado pedestal,
sobre el que descansa el cuerpo principal, cilíndrico, igualmente macizo, pero
decorado por un entablamento y medias columnas. El remate sirve de base para
colocar el trípode. Como el monumento está dedicado a Dionisos, lo ilustra la
historia en relieve de los piratas convertidos en delfines por el dios. De
destino diferente, puede recordarse en este lugar la Torre de los Vientos, de
Atenas (fig. 238), ya de época helenística. De planta octogonal, es, en
realidad, un reloj de sol y de agua, con relieves de los ocho vientos
principales.
(fig. 238) Torre de los Vientos, de Atenas
Aunque monumento de otra índole y
sólo conocido por minuciosas descripciones árabes, recuérdese, por último, el
Faro de Alejandría, obra helenística en que se adopta el tipo de torre de origen
oriental, que tanta importancia tendrá en la Edad Media. Fue considerado una de
las maravillas del mundo antiguo (fig. 239).
(fig. 239) Figuración Faro de Alejandría
ACRÓPOLIS Y SANTUARIOS
.—Los grupos de edificios
monumentales más numerosos construidos por el pueblo griego se encuentran en las
alturas donde estuvieron emplazadas sus primitivas ciudades, que al descender
hacia el llano quedan convertidas en la ciudad vieja o Acrópolis, y en los
grandes santuarios nacionales de Olimpia y Delfos.
De todas las acrópolis, ninguna
tan justamente célebre como la de Atenas. En aquel lugar, Palas Atenea mantiene
por su posesión la famosa disputa con Poseidón, en la que mientras éste, para
mostrar su poder, hace surgir una fuente, ella da vida a un hermoso olivo. La
escena tiene lugar ante Cecrops, el viejo poblador de la explanada, medio hombre
y medio dragón, y a las hijas de éste confía Palas el cuidado del que pudo ser
su hijo, pero que lo fue de Gea o la Tierra, al caer sobre ésta el germen de
Hefestos, por ella rechazado.
Como hijo de la Tierra, Erecteo
tiene cuerpo de serpiente.
Destruidos los viejos templos de
la Acrópolis por los persas durante las guerras médicas, el pueblo griego
acomete su reconstrucción con el mayor entusiasmo, escribiendo así la página más
brillante de la historia del arte griego. El héroe de esta jornada gloriosa es
Péneles, que tiene la fortuna y el talento de poder elegir dos artistas de
primer orden: el arquitecto Ictinos y el gran escultor Fidias. Gracias a esta
generación, y a sus inmediatos sucesores, la Acrópolis de Atenas adquiere
relativamente en poco tiempo su aspecto monumental definitivo.
En el ingreso de su recinto
amurallado construye el arquitecto Menesicles, el año 437, una puerta monumental
o propíleos (fig. 240).
(fig. 240) Propíleos Acrópolis de Atenas
Los de Tirinto de dos fachadas de
orden dórico, una hacia el exterior y otra hacia el interior. En el pasadizo se
emplea el orden jónico. Ya dentro de la Acrópolis, al frente, se levanta la
gigantesca estatua de bronce de Palas Atenea, obra de Fidias; a la derecha, el
templo de la Victoria, y más al fondo, ocupa la meseta el Partenón. A la
izquierda, para dar culto a la vieja imagen de Palas sustituida por la de Fidias,
y a las de los antiguos señores de la Acrópolis, Erecteo y Cecrops, antes
veneradas en el viejo templo destruido por los persas y reemplazado por el
Partenón, se construye el Erecteon.
Si la Acrópolis es la ciudad
sagrada de una población, los grandes santuarios son las ciudades sagradas de
todo el pueblo helénico, que acude a ellos periódicamente para rendir culto al
dios allí venerado, y a celebrar con ese motivo grandes ejercicios gimnásticos,
representaciones teatrales, etc.
Junto al gran templo del dios
titular del santuario, y bajo su protección, cada uno de los pueblos construye
uno pequeño para depositar su tesoro, por lo general in antis, y a ellos se
agregan los edificios destinados a espectáculos y reuniones, y los monumentos
conmemorativos. Todos ello queda comprendido dentro del períbolos o recinto
sagrado.
Los santuarios más importantes
son los de Olimpia y Delfos. El de Olimpia, situado al pie de la montaña
consagrada a Zeus, es, aproximadamente, de proporciones cuadradas. El templo
principal es el de Zeus, al que sigue en categoría el de Hera.
En fila, junto al templo de Hera
y en el camino del Estadio, se levantan los Tesoros. En el santuario de Delfos
la vía de acceso, que termina en el templo de Apolo, forma un ángulo agudo;
inmediatos a ella están los Tesoros (fig. 241).
(fig. 241) Santuario de Olimpia.
CAPÍTULO VI
ESCULTURA,
PINTURA Y CERÁMICA GRIEGAS
1. ESCULTURA GRIEGA
2. FINES DEL ARCAÍSMO: FRONTONES
DE EGINA Y OLIMPIA
3. MIRÓN Y POLICLETO
4. OBRAS FIDÍACAS ANÓNIMAS.
ALCAMENES. PEONIOS. CEFISODOTO.
5. EL SIGLO IV: PRAXÍTELES
6. SCOPAS Y LISIPO
7. LEOCARES Y EUFRANOR
8. OBRAS ANÓNIMAS: VENUS,
NIÓBIDES, ESTELAS Y SARCÓFAGOS.
9. EL RETRATO.
10. ESCULTURA HELENÍSTICA: NUEVOS
TEMAS Y NOVEDADES ESTILÍSTICAS
11. LAS ESCUELAS HELENÍSTICAS.
ATENAS. PÉRGAMO
12.R ODAS. OTRAS ESCUELAS.
TANAGRAS
13. LA PINTURA
14. CERÁMICA
ESCULTURA GRIEGA
.—No deja de ser significativo
del nuevo espíritu que anima a la escultura griega el que, cuando comienza a dar
de una manera decidida sus primeros pasos, la encontremos entregada a la
representación del joven vencedor en los juegos gimnásticos, o, lo que es lo
mismo, a la representación del hombre en la plenitud de su perfección corporal,
no del dios ni del faraón, hijo de dioses. Es decir, la escultura, bajo el
cincel griego, se humaniza. Esas interpretaciones del cuerpo humano nacen
rígidas, como las egipcias, y tardan siglos en adquirir la flexibilidad natural,
pero en ellas se advierte desde el primer momento un sentido progresivo que las
distingue de aquéllas.
El resorte de esa fuerza
progresiva está en el interés naturalista, pero esa observación de la naturaleza
no lleva al escultor griego, como el asirio, a representar músculos, tendones y
venas. Su sentido naturalista se encuentra frenado por una dosis igual de
idealismo que durante mucho tiempo le hará considerar indigno de su cincel
cuanto se aparte de la perfección física. Y en este equilibrio maravilloso entre
la sugestión de la naturaleza y el esfuerzo por la conquista de prototipos
perfectos, reside el gran mérito de la escultura griega. Ya veremos, sin
embargo, cómo el norte de sus afanes estéticos le llevará a buscar otras
manifestaciones de la belleza, de carácter menos idealista y de rasgos físicos
menos correctos.
El material preferido por el
escultor griego es el mármol blanco, tan lejano del duro basalto y del granito
egipcios como del blando barro y alabastro mesopotámicos. Sus canteras
preferidas son las del Pentélico, en el Ática, y las de Paros. Juntamente con el
mármol se emplean calizas amarillentas o grisáceas. Al mármol sigue en
importancia el bronce, en cuya técnica alcanzan los fundidores griegos grado de
perfección extraordinario, llegando a labrar estatuas de gran tamaño y
complicadas actitudes.
Aunque la mayor parte de las
esculturas clásicas se nos presentan hoy monocromas por la acción de la luz,
contra lo que se supuso durante mucho tiempo, estuvieron policromadas, e incluso
algunas conservan restos de su policromía, no sólo las estatuas arcaicas, sino
los mismos mármoles del Partenón Cuando la escultura es de caliza gris o
amarillenta se recubre con fina capa de estuco policromado. Esos colores se
protegen con una cera llamada púnica, que, además, contribuye a su mayor
brillantez. Como la policromía es necesario renovarla, existen artistas a ello
dedicados que se llaman cosmetai. Es de tintas planas, y, por tanto, de carácter
más decorativo que naturalista.
La evolución de la escultura
griega, como la de sus restantes manifestaciones artísticas, ofrece tres
períodos principales: el arcaico, o larga etapa de aprendizaje, durante la que
el escultor lucha por la conquista del cuerpo humano y la expresión del rostro,
y que dura desde el siglo VII hasta el año 480 a. de J. C, aproximadamente; el
de plenitud, denominado por algunos clásico, que comprende los siglos V y IV,
cuando, sin secretos técnicos que descubrir, crea tipos lo más perfectos
posibles, e incluso los temas dramáticos los interpreta con la máxima serenidad;
y el helenístico, posterior a la muerte de Alejandro (324 a. de J. C), y que
perdurará bajo el Imperio romano. Perdido ya ese equilibrio, que llamamos
clásico, en el periodo helenístico, se forma en el escultor una nueva
sensibilidad, que se complace más en buscar el individuo que el prototipo de
perfección física, y prefiere la expresión dramática a la serenidad espiritual,
y las actitudes violentas a las reposadas.
Las manifestaciones escultóricas
más antiguas posteriores a la invasión dórica son los xóana —singular xóanon—,
estatuas en madera de los primitivos tiempos, que, rodeadas de la mayor
veneración, reciben todavía culto en los primeros tiempos de la Era Cristiana.
Son de maderas diversas —olivo, encina, ébano (fig. 242).
(fig. 242) Primeras estatuas en madera
Una de estas imágenes es la
famosa Polias Atenea que se llevan los atenienses cuando abandonan la ciudad
huyendo de los persas. La mayor parte de estas estatuas se atribuyen a Dédalo,
el escultor probablemente legendario, prototipo del artista ingenioso, que, en
su deseo de darles vida, les abre los ojos y hace que sus miembros aparezcan en
movimiento.
Conocidas únicamente por
testimonios literarios, sólo cabe hoy ver su reflejo en las esculturas más
antiguas labradas ya en piedra.
Donde mejor puede seguirse la
etapa inicial del largo período de aprendizaje que es el arcaísmo, es en las
estatuas de atletas, o kuroi —en singular kuros—, y en las de muchachas, o korai
—en singular kore—. Los kuroi conservados y que durante bastante tiempo se
consideraron Apolos, hasta el punto de que todavía se les conoce con ese nombre,
deben su existencia a la costumbre griega de levantar estatuas en memoria de los
atletas que vencen en los juegos. Estas estatuas, sin embargo, no pueden ser
verdaderos retratos del atleta si no alcanza tres veces la victoria, en cuyo
caso se llaman estatuas icónicas. Animadas por el favor divina, incluso protegen
a sus conciudadanos y hasta se les hacen ofrendas.
Obedecen a la ley de la
frontalidad, y como las esculturas egipcias que les sirven de modelo, conservan
durante mucho tiempo los brazos extendidos, rígidos y unidos al cuerpo, y los
hombros elevados y muy horizontales. Su actitud más corriente es la de marcha,
avanzando la pierna izquierda (fig. 243).
(fig. 243) Kuroi
En su cuerpo, siempre desnudo, la
anatomía es en un principio extraordinariamente sumaria y el modelado muy
sobrio, siendo tal vez en estos dos aspectos, donde el progreso se advierte más
pronto y de manera más sensible. En los más antiguos, el ángulo inguinal es
exageradamente apuntado, al contrario de lo que sucede en la época clásica, en
que se tiende hacia la horizontalidad.
Incapaz de dar la justa expresión
al rostro, el escultor arquea los labios hacia arriba, dando lugar a la llamada
sonrisa arcaica, tan típica de todo este período, y a que contribuyen también
sus ojos, abultados y ligeramente convergentes hacia abajo. La cabellera, que es
larga y cae sobre la espalda y hombros en rígidos zigzags, es parte esencial en
la personalidad del kuros. Recuérdese cómo Aquiles lo que ofrenda al cuerpo de
Patroclo, muerto en la batalla, para que se queme con él, es precisamente su
rubia cabellera.
A veces el kuros aparece
representado con un carnero o becerro sobre los hombros —moscóforo—, es decir,
probablemente en el momento de acudir al sacrificio.
Dentro de ese cuadro general de
características, la evolución de estas estatuas de kuroi durante los siglos VII
y VI se manifiesta, naturalmente, en el conocimiento cada vez más perfecto de la
anatomía, en el modelado cada vez más rico, en la expresión más natural del
rostro y en la menor angulosidad en la interpretación del cabello. En cuanto a
la forma de la cabellera, hasta mediados del siglo VI los rizos caen hacia
adelante, encuadrando el rostro; después descienden sobre las espaldas, y
terminan, por último, prendidos por una cinta en la nuca y formando trenzas que
coronan el rostro.
Ejemplos típicos de los primeros
tiempos son las estatuas de los hermanos Cleobis y Biton (Apolo de Tenea), de
hacia el año 600, del Museo de Delfos, obra firmada de Polymedes de Argos.
Tienen los brazos caídos y unidos al cuerpo. El (Apolo de Piombino), dobla ya
sus brazos para entregar la ofrenda, si bien continúa apoyando ambos pies en
tierra.
Desgraciadamente, aunque se
conservan nombres de escultores de esta época, el único de obra conocida es el
ya citado Polymedes de Argos, y todo lo que hasta ahora se ha podido hacer es
agrupar estas estatuas de kuroi en diversas escuelas locales.
En las esculturas femeninas más
antiguas, el cuerpo casi se reduce a un tablero de mármol, con un leve
estrechamiento a la altura de las caderas y ligero abultamiento en la parte del
pecho; rígidas guedejas forman su cabellera y un rehundimiento en la parte
inferior nos deja ver sus pies. Tales son las características del exvoto de
Nicandra, del Museo de Delfos, y la llamada Dama de Auxerre (fig. 244), en el
del Louvre.
(fig. 244) Dama de Auxerre
Otras veces no es el tablero de
mármol, sino la forma cilíndrica del tronco del árbol en que se labraba el
antiguo xóanon la forma en que se inscribe el cuerpo humano. El ejemplo más
bello de este tipo, y que delata ya un sentido del cuerpo humano muy progresivo,
es la Hera de Samos (fig. 245), del museo del Louvre, que viste chitón o túnica
e himation o manto. Data de la primera mitad del siglo VI.
(fig. 245) Hera de Samos
El progreso en la representación
de la belleza femenina y en la interpretación de los ropajes, donde mejor puede
seguirse es en las estatuas de las korai descubiertas en gran número en los
niveles más bajos de la Acrópolis de Atenas. Por su parte, el cambio de la moda
femenina de mediados del siglo VI en favor del chitón y del himation jónicos y
en contra del peplo dórico obliga al escultor a interpretar el ropaje con mayor
interés. Pese al convencionalismo de su sonrisa, de sus cabellos y de sus telas,
los rostros de estas estatuas reflejan alegría, sus cuerpos se transparentan con
vida y todo su conjunto transpira una gracia que pone ya de manifiesto lo que
será el gran arte ático en su época de plenitud (fig. 246).
(fig. 246) Korai femeninas de la Acrópolis de Atenas
Los maestros arcaicos griegos no
se limitan a esculpir jóvenes atletas y doncellas al servicio del templo, sino
que nos dejan también estatuas de los inmortales, algunas tan bellas como la
diosa sentada del Museo de Berlín (fig. 247), que, no obstante lo convencional
de su estilo arcaico, señala uno de los momentos culminantes del arte griego.
(fig. 247) Diosa sentada del Museo de Berlín
Y dan un paso aún más importante
para la interpretación del movimiento, al representar a la Nike —la Victoria— en
actitud de vuelo. El primero que lo hace es Akermos, pudiéndonos formar una idea
de lo que sería su obra con la Nike con alas del Museo de Atenas (fig. 248).
(fig. 248) Nike del Museo de Atenas
Entre las representaciones de
seres imaginarios, merece recordarse la Esfinge (fig. 249).
(fig. 249) Esfinge de Naxos
La mayor parte de los relieves de
este período son estelas de guerreros — como la de Aristión, del Museo de Atenas
(fig. 250).
(fig. 250) Estela de Aristión
Otras se refieren a atletas como
la del que se ciñe la corona, de muchachas, o de caballos (fig. 251).
(fig. 251) Estelas arcaicas
FINES DEL ARCAÍSMO:
FRONTONES DE EGINA Y OLIMPIA
.—En los últimos momentos del
arcaísmo, los escultores avanzan tanto en la presentación de la figura humana en
movimiento que pueden intentar el complicado problema de componer grupos que
decoren los frontones de los templos. La decoración de las amplias pero ingratas
superficies triangulares de los tímpanos se confía primero a la pintura, pero es
indudable que el fuerte claroscuro de la fachada, con sus gradas, sus
intercolumnios y las molduras de su entablamento, pide un decorado de carácter
escultórico. Ahora bien, la forma triangular del frontón con sus agudos extremos
obliga al escultor a colocar las figuras en las más variadas actitudes para
poder adaptarlas a la distinta altura del mismo en sus diversas partes.
La tradición atribuye la
iniciativa a los corintios y aunque no poseemos ningún monumento de esta época
en la ciudad del istmo, sí procede de tierra propiamente corintia, de Corfú,
colonia suya, el frontón con esculturas más antiguo conocido. En él, para llenar
los extremos, se acude al ingenuo recurso de emplear una escala más menuda que
en el centro. La parte mejor conservada representa a la Gorgona Medusa (fig.
252).
(fig. 252) Frontón de Corfú. Gorgona Medusa en el centro
En la misma Atenas, a mediados
del siglo VI, se decoran ya con esculturas los frontones del primer Hecatómpedo,
el predecesor del Partenón. Se representan en ellos los triunfos de Hércules
sobre la Hidra y sobre el monstruo Tifón (fig. 253), que con su cuerpo de
serpiente se adapta muy bien al extremo del frontón, y que muestra aún buena
parte de su policromía.
(fig. 253) Frontón de Hecatómpedo
En el frontón del Tesoro de
Sifnos, de fines del siglo VI, aunque se continúa empleando más de una escala,
aparecen ya el tema del carro, y los del cochero y del espectador acurrucado o
echado en tierra, que resuelven el problema del decrecimiento del frontón (fig.
254).
(fig. 254). Frontón del Tesoro de Sifnos
Pero los dos primeros grandes
frontones con esculturas conservados son los de Egina y de Olimpia, que
corresponden a los últimos momentos del arcaísmo, ya en la transición al período
clásico.
Los frontones del templo de Egina
(fig. 255 -256), de hacia el año 490, hoy en la Gliptoteca de Munich,
representan, presididas por Palas, las luchas de los eginetas dirigidos por
Telamón y Ayax contra los troyanos. En ellas se ha querido ver la conmemoración
de la reciente victoria del pueblo griego sobre los persas, en la que tan activa
parte toman los eginetas. Estas luchas guerreras dan lugar a una variada serie
de actitudes que hubiera parecido imposible representar a los viejos maestros de
los atletas y las korai. La de los frontones de Egina es, pues, una escultura
esencialmente dinámica, en la que una de las principales preocupaciones es la
interpretación de esas actitudes.
Así vemos al guerrero derribado
en tierra que pugna por levantarse, visto tanto de frente como de espalda; al
que de rodillas dispara su arco, o al que, mortalmente herido, siente
escapársele la vida. Como este interés por el movimiento lleva consigo un
intenso estudio de la musculatura, la estatuaria griega da en esta obra un paso
gigantesco en el conocimiento de la anatomía. Es curioso, sin embargo, que el
escultor de Egina avance, en cambio, muy poco en la expresión del rostro. Los
guerreros de Egina, incluso el que, moribundo, se arranca la flecha del pecho,
nos muestran la sonrisa estereotipada de los atletas arcaicos.
(fig. 255) Figuración frontones de Egina
(fig. 256) Frontón de Egina en la Gliptoteca de Munich
La composición de los frontones
de Egina tiene por eje en su parte central a la diosa Palas, que se imagina
invisible. En el occidental se distinguen claramente a los lados dos grupos, el
de los dos que luchan sobre el herido, y que responde a la composición corriente
de este tema, y el del que, arrodillado, hunde su lanza en el enemigo derribado.
En realidad, no estamos seguros de la forma como estaban agrupadas
primitivamente las esculturas de los frontones.
La decoración escultórica del
templo de Olimpia, constituida por sus frontones y los relieves de las metopas,
es ya de mediados de siglo (470-450). La rigidez arcaica, todavía tan patente en
Egina, casi desaparece; las formas humanas son más blandas y flexibles, la
anatomía es más justa, el arte de agrupar los personajes, más sabio, y, en suma,
el estilo se muestra más avanzado. Ello no obstante, en aspectos secundarios,
como el plegado de algunas telas y en la interpretación del cabello, aunque
suavizadas, persisten las modas arcaicas.
En el frontón oriental (fig.
257), el artista ha imaginado en el centro e invisible a Zeus. A los lados se
encuentran los contendientes dispuestos a emprender la carrera. A la derecha del
dios, Enomao con su mujer, que ha prometido la mano de su hija Hipodamia, y con
ella el señorío de Olimpia, a quien le venza en la carrera, y a la izquierda, el
futuro triunfador, Pelops, con Hipodamia. Los carros y sus servidores llenan los
extremos del frontón, según el ejemplo ya citado del Tesoro de Sifnos. En reposo
los personajes, y aislados unos de otros, es un conjunto majestuoso y tranquilo.
(fig. 257) Frontón oriental de Olimpia de Olimpia
La escena del frontón occidental
(fig. 258) es, por el contrario, de lucha violenta, y los personajes se nos
muestran en las más movidas y variadas actitudes, bellamente enlazados unos con
otros y escalonándose para adaptarse a los agudos extremos del tímpano. El dios
que preside es Apolo, y los contendientes, los lapitas y los centauros, que,
invitados a las bodas de Piritoo y ebrios después del banquete, tratan de
arrebatarles sus mujeres. En la lucha interviene también Teseo, rey de Atenas y
amigo de Piritoo. Como instaurador de los famosos juegos, las metopas del templo
están consagradas a Hércules.
(fig. 258) Frontón occidental de Olimpia de Olimpia
Antes de abandonar el arcaísmo
deben recordarse varias obras muy valiosas correspondientes todavía a este
período. Figura en primer plano, por su belleza extraordinaria, el llamado Trono
de Ludovisi (fig. 259), del Museo de las Termas, donde culmina ese fino sentido
de la belleza y de la gracia femenina de los escultores de las korai arcaicas.
Se figura en el frente principal a una diosa cubierta por finísima túnica que,
asistida por dos jóvenes, surge de las aguas del mar, mientras en los frentes
laterales otras dos jóvenes, desnuda una, toca la flauta, y vestida la otra,
cuida una lámpara. Se supone que representa el Nacimiento de Afrodita, diosa del
amor, tanto del de la cortesana como del de la esposa; para algunos, sin
embargo, figura el baño gracias al cual Hera recobra anualmente su virginidad.
Descubierto el trono en Roma, se considera producto de una escuela de Italia
Meridional.
(fig. 259) Trono de Ludovisi
Con este trono hace juego, hasta
el punto de formar un conjunto cuyo destino se ignora, otro trono de idénticas
medidas conservado en el Museo de Boston. Su relieve principal es la Contienda
de Afrodita y Perséfone por el amor de Adonis. Se consideran ambos tronos de
hacia los años 470-460.
Obra muy destacada de hacia el
año 475 a. C. es el Auriga (fig. 260), del Museo de Delfos, en bronce, de
simplicidad admirable, en el que la vestidura cae con elegancia de las estrías
de una columna. Pudiera ser del escultor beocio Sotades de Tespie.
(fig. 260) El Auriga
Igualmente en bronce, y muy
celebrado en la antigüedad por lo perfecto de su fundición, es el grupo de los
Tiranicidas, del año 476 (fig. 261), obra del broncista Kritios y del fundidor
Nesiotes, de que existe copia en mármol en el Museo de Nápoles. Es obra
rebosante de fuerza y energía, y de una multiplicidad de puntos de vista hasta
entonces desconocida.
(fig. 261) Los Tiranicidas
De la cabeza de uno de los
tiranicidas posee copia el Museo del Prado. A Kritios se atribuye una bella
estatua de Efebo, de la Acrópolis de Atenas (fig. 262), que rompe ya con la
frontalidad, dobla una de las piernas y gira lentamente la cabeza, como será
norma en el futuro.
(fig. 262) Estatua de Efebo atribuida a Kritios
El estilo de Kalamis, que trabaja
en el segundo cuarto del siglo, se cree ver en la majestuosa Hestia Giustiniani
(fig. 263).
(fig. 263) Hestia Giustiniani
MIRÓN Y POLICLETO
.—Como en arquitectura, la edad
de oro de la escultura griega corresponde a los días de Pericles. En pleno
dominio ya de la técnica de su arte, los maestros griegos crean ahora los tipos
que se consideran más representativos del ideal clásico. El intérprete más puro
de ese ideal es, sin duda, Fidias, pero antes que él conviene referirse a sus
dos contemporáneos Mirón y Policleto. A ellos se debe ese pleno dominio del
cuerpo humano que distingue a la escuela griega del siglo V a.C.
MIRÓN
A Mirón le interesa, sobre todo,
el cuerpo humano en movimiento, preocupación estética en él facilitada por el
empleo del bronce, cuya técnica, al parecer, aprende con Ageladas, maestro
insigne en el arte de fundir. Su obra más característica, y también la más
lograda, es el Discóbolo (fig. 264), en el que nos presenta el cuerpo de un
atleta en el momento mismo en que, inclinado violentamente hacia adelante, en
"el límite del equilibrio, eleva el brazo derecho para lanzar el disco girando
sobre su pierna derecha, apoyada con firmeza en tierra. Frente a las
representaciones de atletas anteriores, esencialmente estáticas, ésta de Mirón,
donde se elige en el desarrollo de un movimiento un instante fugaz, y
precisamente el que precede al máximo esfuerzo, es de novedad extraordinaria. Se
diría que ante la disputa de su tiempo, de lo uno y permanente de Parménides y
lo vario y transitorio de Heráclito, se entrega con entusiasmo del lado de éste.
El estudio de la anatomía es de sobriedad perfecta, pero su rostro tal vez
resulta algo inexpresivo.
(fig. 264) Discóbolo de Mirón
Ese mismo interés por el
movimiento y por lo transitorio es el inspirador del grupo de Palas Atenea y
Marsias (fig. 265), que hace para la Acrópolis de Atenas. La diosa ha inventado
la flauta doble, pero, al ver cómo al tocarla se deforman sus mejillas, la
arroja con violencia al suelo, mientras el sátiro que ha escuchado sus bellas
notas contempla sorprendido aquellos tubos inertes. De nuevo es un fugacísimo
momento en la violenta reacción semianimal del sátiro lo que con sensibilidad
admirable ha elegido y representado Mirón. Como el del Discóbolo, el cuerpo en
tensión de Marsias es de anatomía perfecta.
(fig. 265) Palas-Atenea y Marsias
También para la Acrópolis de
Atenas hace Mirón su famosa Vaca, tan celebrada en la antigüedad, pero que hasta
ahora no ha sido identificada.
Es la estatua de bronce de una
vaca, a la que, según unos, para tener vida verdadera sólo le falta mugir, y,
según otros, parece que comienza a marchar. «Pastor, llévate lejos tu rebaño de
toros. <Tengo miedo que al irte no se vaya con ellos / la vaca tan viva del
escultor Mirón>, escribe, por su parte un poeta.
El eco del Herakles de Mirón se
ha querido ver modernamente en varias copias, una de las cuales se conserva en
el Museo Arqueológico de Madrid.
Con el estilo de Mirón se ha
relacionado la hermosa cabeza de la Medusa Rondanini de la Gliptoteca de Munich,
en la que la belleza y la maldad de la Gorgona se encuentran expresadas con
equilibrio e intensidad sorprendentes.
POLICLETO
Policleto, es el gran escultor
del Peloponeso contemporáneo de Fidias, y como hijo de Argos, prefiere trabajar
en bronce. Ante todo, lo que le preocupa, son las proporciones del cuerpo humano
y la ponderación de sus masas en las actitudes,
Obra suya, que refleja toda su
personalidad, es el Doríforo (fig. 266) o joven lancero, en actitud de marcha.
Bien ajeno a las violencias de Mirón, su movimiento es sosegado, tranquilo. Es
un joven que avanza seguro de sí mismo por el camino de la vida. Apoyado en la
pierna derecha, la izquierda doblada, y descargada para dar el paso, y la cabeza
ligeramente vuelta; su cuerpo manifiesta todo ese interés por las proporciones
entre sus diversas partes que hace escribir a su autor el «Canon»,
desgraciadamente perdido, de las que juzgaba más perfectas.
La base de este tratado es la «symmetria»
o relación de las proporciones de unas partes del cuerpo con otras y con el
conjunto de éste.
(fig. 266) El Doríforo de Policleto
El Doríforo, que se considera la
encarnación más pura del canon de Policleto, es el prototipo del cuerpo varonil
perfecto, de elegancia austera, sin afeminamiento, pero también sin formas
hercúleas. A juzgar por él, la cabeza es la séptima parte del cuerpo, aunque
según el canon conservado por el tratadista romano Vitrubio debiera ser la
octava; el arco torácico y el pliegue inguinal son arcos de un mismo círculo, y
el rostro está dividido en tres partes iguales que corresponden a la frente, a
la nariz y a la distancia desde ésta al mentón.
El Diadúmeno (fig. 267), o atleta
vencedor que se ciñe en la frente la venda del triunfo, es también obra
indudable de Policleto. Algo más joven, de formas más blandas que el Doríforo, y
en actitud algo más movida, responde en el fondo al mismo ideal de belleza. Una
buena copia en mármol posee el Museo del Prado.
(fig. 267) El Diadúmeno
Con la misma perfección que el
cuerpo masculino en las dos estatuas anteriores, representa Policleto el
femenino en la Amazona herida (fig. 268) en demanda de la protección de Artemis,
que esculpe para el gran templo de Efeso en competencia con Fidias, Crésilas y
Fradmon. Jueces del concurso sus propios autores, cada uno vota la suya en
primer lugar, pero en el segundo todos eligen la de Policleto, dándole así la
victoria.
(fig. 268) La Amazona herida de Policleto. Museo Capitolino, de
Roma
Por desgracia, aunque se
conservan varias Amazonas heridas, que probablemente se relacionan con las de
aquellos artistas, no sabemos con seguridad a quién corresponda cada una de
ellas. La que se considera más próxima a su estilo es la del Museo Capitolino,
de Roma.
Obra anónima importante de esta
época es el Frontón de las Nióbides de que formaron parte, entre otras
esculturas, la hermosa Nióbide herida en la espalda, del Museo de las Termas (fig.
269).
(fig. 269) Nióbide herida en la espalda, del Museo de las Termas
FIDIAS
.—El- artista en quien culminan
los esfuerzos de la escultura griega por la conquista de la belleza ideal es
Fidias. Nadie como él sabe crear un mundo de seres plásticamente más perfectos,
ni de equilibrio expresivo más absoluto. Sus personajes son los verdaderos
prototipos que sólo raras veces, y de manera imperfecta, se reflejan en los
mortales.
Por eso su arte se ha comparado
con frecuencia con el sistema de las ideas de Platón, medio siglo posterior, y
por eso es el que de manera más pura encarna lo que llamamos el ideal de belleza
clásico.
Frente a él, la escultura griega
anterior tiene siempre algo de esfuerzo por esa perfección clásica; la
posterior, con su interés por valores más transitorios, carecerá del equilibrio
físico y espiritual del clasicismo fidiano, y no deja de ser significativo, y
hasta cabría pensar que fatal, el que se confíe a él la escultura del Partenón,
el monumento arquitectónico no sólo más importante que se levanta en el corazón
mismo del centro espiritual del mundo helénico, sino también el más
representativo de esos mismos ideales clásicos. Según los griegos mismos, Fidias
en su Zeus «añadía algo a la religión tradicional».
De la vida personal de Fidias
sabemos muy poco: que es ateniense y que es consejero artístico de Pericles.
Según algún testimonio, muere en prisión por ciertas acusaciones relacionadas
con su estatua de Palas Pártenos. Su obra consta de dos capítulos: el de su
labor decorativa en el Partenón y el de sus estatuas independientes.
La decoración escultórica del
famoso templo consta de tres series.
La ejecutada en mayor escala y de
mayor importancia es la de los frontones, dedicada a la diosa Palas, patrona de
la ciudad. Las metopas se encuentran consagradas a cuatro luchas mitológicas: la
Centauromaquia (fig. 270), que es la parte mejor conservada; la Guerra de Troya
(fig. 271), la Amazonomaquia (fig. 272) y la Gigantomaquia (sin imagen). En el
largo friso de la galería, excepcional en un templo dórico, se representa la
larga procesión de los atenienses para llevar a la diosa el peplo tejido por las
doncellas.
(fig. 270) Centauromaquia
(fig. 271) Guerra de Troya
(fig. 272) Amazonomaquia
Venida al mundo Palas en la
colina que después será la Acrópolis, es natural que se conmemore tan fausto
acontecimiento en uno de los frontones (fig. 273). Figúranse en los extremos a
Helios y Selene con los caballos de sus carros, para decirnos que la escena
tiene lugar al amanecer, al salir el Sol y ponerse la Luna. A la parte de la
izquierda corresponde Dionisos tendido en tierra, Demeter y Coré sentadas y Hera
de pie. En la del centro, se representa el Nacimiento de Palas y con Zeus de
perfil en el centro, Hefestos con el hacha tras él, y delante Palas, coronada
por la Victoria.
A la derecha asisten las llamadas
Parcas —Cloto, Laquesis y Átropos—, el hermoso grupo que para algunos es el de
las tres hijas de Cecrops, mientras otros consideran las dos últimas Artemis y
Afrodita.
(fig. 273) Reconstrucción frontón nacimiento de Palas
El otro frontón (fig. 274) está
consagrado a la Contienda de Palas y Poseidón por la posesión de la colina en
presencia de las familias de Cecrops y Erecteo. La figura varonil tendida en el
extremo izquierdo, el grupo de Cecrops, el viejo habitante de la colina, y su
hija Pandrosia, y los torsos de Palas y Poseidón de la parte central, son lo más
importante conservado. Todas estas esculturas, salvo el grupo de Cecrops y
Pandrosia, que permanece in situ, se encuentran hoy en el Museo Británico.
(fig. 274) Reconstrucción frontón consagrado a la Contienda de
Palas y Poseidón
Pese a su ruina, estos frontones,
por el arte de su composición y por la belleza y grandiosidad de las actitudes,
representan la meta más elevada de la evolución que se inicia en los frontones
arcaicos.
De gran belleza es también el
friso de la Procesión, en el que, por encontrarse en la parte alta de la galería
exterior, al contrario de lo que sucede en los frontones, la iluminación es
fundamentalmente baja. De un metro de altura, rodea por completo el templo.
La comitiva, que parte en dos
direcciones de una de las esquinas del testero, confluye sobre la puerta, donde
tiene lugar la ofrenda del peplo por las Ergastinai o doncellas ante los dioses,
que, invisibles para los mortales, la contemplan distribuidos en dos grupos. Las
otras doncellas que llevan lo necesario para el sacrificio; los jóvenes
cabalgando en sus hermosos corceles; las reses que han de ser sacrificadas; los
viejos, las gentes principales; en suma, las más variadas representaciones de la
Atenas de su tiempo, completan el desfile. Unas dos terceras partes del friso se
guardan en el Museo Británico (fig. 275-276).
(fig. 275) Comitiva
(fig. 276) Comitiva
Como es natural, en obra de la
magnitud de los frontones, del friso, que mide unos doscientos metros, y de las
noventa y dos metopas, Fidias ha contado con numerosos colaboradores. En las
metopas se advierte, además de la presencia de discípulos, algunos de los cuales
tal vez sean artistas famosos de la generación siguiente, la de maestros
influidos por Kritios y Mirón, entre otros. La primera metopa hace pensar en el
cincel del propio Fidias, quien tal vez se ha retratado en uno de sus
personajes. En el friso, las partes donde los colaboradores interpretan más
fielmente el estilo de Fidias son la septentrional y la oriental. La ejecución
del friso occidental delata, en cambio, la presencia de un grupo de escultores
dirigidos por un maestro no ático. La parte más desigual es la de mediodía,
donde, al lado de relieves excelentes, aparecen otros de muy pobre calidad.
Fidias es también gran escultor
de estatuas. Es, sobre todo, el escultor de Palas, la diosa ateniense. En su
juventud, por encargo de los atenienses de la isla de Lemnos, hace para la
Acrópolis de Atenas una de tamaño poco mayor del natural, de belleza
extraordinaria, que algunos consideran su mejor interpretación de la diosa.
Perdido el original de esta Atenea Lemnia, se ha creído ver una copia en la
Atenea del Museo de Dresde (fig. 277), completada con una cabeza existente en el
de Bolonia.
(fig. 277) Atenea del Museo de Dresde
Tampoco se conserva la que, de
tamaño colosal —parece que tenía más de quince metros de altura—, labrada
también para la Acrópolis.
La dorada punta de su lanza y la
cresta de su yelmo es lo primero que los marineros ven al doblar el cabo Sunium.
Es de bronce y costeada con el botín de Maratón; se la considera la defensora de
la ciudad, la Promacos. Desgraciadamente, no poseemos ninguna copia que permita
formar idea de esa belleza (fig. 278).
(fig. 278) Figuración Atenea Promacos
La estatua de Atenea en que pone
mayor empeño es, sin embargo, la Pártenos (fig. 279), la Virgen esculpida para
el templo que por ella se llama el Partenón. Destinada a reemplazar la viejísima
imagen de la Palas Polias, por exigencia del pueblo la hace crisoelefantina, es
decir, en oro y marfil; sus ojos son de esmeralda. De gran tamaño —medía más de
diez metros— y de tan ricos materiales, excusado es decir que no ha llegado
hasta nosotros, si bien existen minuciosas descripciones literarias y no faltan
copias que, por desgracia, no dan idea de la belleza del original. Los pliegues
de su ropaje, labrado en oro, caen majestuosos con la más sobria elegancia,
mientras en su derecha sostiene una Victoria y apoya su izquierda en el escudo.
(fig. 279) Figuración Atenea Pártenos
Aparecen en el escudo éste de
relieve, las luchas de los atenienses con las amazonas, (fig. 280) y, según
Plutarco, el retrato del propio autor, irreverencia que, al decir del mismo
escritor, es el verdadero motivo de que muera en prisión y no la sustracción de
marfil y oro.
(fig. 280) Escudo de Atenea Pártenos
De estos ricos materiales es
igualmente el Zeus sentado que esculpe en los últimos años de su vida para el
Santuario de Olimpia (fig. 281). Conocido también por descripciones literarias,
monedas y por una copia del Museo de Lyón, es como la Pártenos, de grandiosa
majestuosidad.
(fig. 281) Réplica Zeus Sentado
Ya queda citada la Amazona
esculpida en competencia con Policleto, y de la que se estima copia, la Amazona
Mattei (fig. 282), del Museo Vaticano.
(fig. 282) Amazona Mattei
Copias de originales de Fidias se
consideran, por último, el Apolo del Museo de Cassel (fig. 283), y la Afrodita
del museo de Berlín con el pie sobre una tortuga (fig. 284).
(fig. 283) Apolo del Museo de Cassel
(fig. 284) Afrodita con el pie sobre una tortuga
OBRAS FIDÍACAS ANÓNIMAS.
ALCAMENES. PEONIOS.
CEFISODOTO
OBRAS FIDÍACAS ANÓNIMAS.
.—Obra ática de primer orden, de
autor desconocido, son los hermosos relieves del terraplén de la Victoria.
Esculpida en los últimos años del siglo V, la Victoria atándose la sandalia, hoy
en el Museo de Atenas (fig. 285), es una de las obras maestras de la escultura
griega por la belleza del desnudo acusándose bajo los amplios ropajes.
(fig. 285) la Victoria atándose la sandalia
De estilo muy relacionado con
Fidias son los frisos del templo de Figalia (fig. 286) y las Nereidas de Xantos
(fig. 287) (410-400), ambos en el Museo Británico.
(fig. 286) Friso del templo de Figalia
(fig. 287) Nereida de Xantos
ALCAMENES
De los discípulos de Fidias, el
único de estilo conocido es Alcamenes.
Gracias a la copia de Pérgamo, en
que pone su nombre, ha podido identificarse su Hermes. A él se han atribuido el
Ares Borghese del Louvre (fig. 288) muy influido por el Doríforo de Policleto, y
la Afrodita de Frejus, del Museo del Louvre (fig. 289), en que se quiere
reconocer su Afrodita de los Jardines.
(fig. 288) Ares Borghese museo del Louvre
(fig. 289) Afrodita de Frejus, del Museo del Louvre
PEONIOS DE MENDE
Peonios de Mende es el autor de
la hermosa Nike de Olimpia, ya del último cuarto del siglo, de admirable
movimiento y sorprendente maestría técnica (fig. 290).
(fig. 290). Victoria o Niké de Peonios. Museo Arqueológico de
Olimpia
CALIMACOS
Con Calimacos, el autor del
capitel corintio, celebrado por su refinamiento rayano con lo amanerado y autor
de un famoso grupo de Danzarinas, hoy perdido, se han tratado de relacionar los
relieves de las Ménades (fig. 291) del Museo del Prado, y la Afrodita de Frejus,
que para otros es de Alcamenes.
(fig. 291) Menade del Museo del Prado
Tanto a Alcamenes como a
Calimacos se han atribuido también las Cariátides del Erecto (fig. 292).
(fig. 292) Cariátide del Erecto
CEFISODOTO
Discípulo de Fidias debe de ser
Cefisodoto, que trabaja a principios del siglo IV, y en cuyo grupo de Irene y
Plutos, es decir, de la Paz, madre de la Riqueza —copia romana en la Gliptoteca
de Munich (fig. 293)—, puede verse cómo dentro de una majestuosidad de estirpe
fidiana, el gesto del cariño infantil de Plutos anuncia el estilo más humano de
Praxíteles, el gran maestro del nuevo siglo.
(fig. 293) Irene y Plutos
A Cefisodoto se le ha atribuido
también el Hermes del Museo del Prado (fig. 294).
(fig. 294) Hermes del Museo del Prado
EL SIGLO IV: PRAXÍTELES
.—El sentido más humano que anima
el grupo de Irene y Plutos de Cefisodoto y le distingue frente a la serena
grandiosidad divina del estilo de Fidias, es el verdadero resorte que
transformará la escultura griega durante esta centuria. Gracias a la nueva
generación, los dioses se humanizan cada vez más, las formas se ablandan y la
pasión comienza a manifestarse en los rostros. El escultor genial que contribuye
de la manera más decisiva a esta evolución del estilo escultórico griego es
Praxíteles.
Nacido probablemente con el
siglo, su actividad artística corresponde al segundo tercio del mismo. De su
vida privada, salvo su presumible holgura económica, sólo tenemos noticias de
sus relaciones con la cortesana Friné, su modelo y hetaira o compañera, mujer de
excepcional belleza, que, ya vieja, visita Alejandro Magno. De todos modos, no
deja de ser significativo que esa única noticia conservada de su vida nos hable
del amor y de la belleza femenina, porque si Fidias es el escultor de Zeus y de
Atenea-Pártenos, Praxíteles es el escultor de Afrodita.
Bajo el cincel de Praxíteles, el
estilo grandioso y varonil de Fidias gana en gracia y blandura femenina lo que
pierde en vigor. Sus dioses adoptan actitudes indolentes, describiendo sus
cuerpos las suaves y prolongadas curvas que se conocen con el nombre de
praxitelianas.
A tono con ese cambio, el sobrio
modelado fidiano se ve reemplazado por un gusto decidido por formas mórbidas y
blandas, por una evidente complacencia en acariciar la superficie del mármol; y
este recrearse en el modelado le lleva a su característico esfumado, que tanto
contribuye a la expresión vaga y soñadora, tan típicamente suya.
La Afrodita de Gnido (fig.295),
al decir de Plinio, se considera en la antigüedad como la estatua más bella del
orbe. Son muchos los que hacen el viaje a Gnido exclusivamente para contemplar
sus múltiples y bellísimos puntos de vista. Totalmente desnuda, con un suave
movimiento, que pone de manifiesto sus blandas formas femeninas, toma el paño
del ánfora a su izquierda. Si el Doríforo de Policleto encarna el idea de la
belleza masculina clásica, la Afrodita de Gnido es la más perfecta expresión del
ideal de belleza femenina. La estatua estaba ligeramente coloreada y su cabello
era rubio; y según algún escritor clásico, el modelo utilizado por Praxíteles es
la propia Friné.
(fig.295) La Afrodita de Gnido
Además de esta Afrodita de Gnido,
esculpe otra vestida para la isla de Cos, que no ha sido identificada.
El tipo de Afrodita totalmente
desnuda, cuya invención se atribuye a Praxíteles, y que, por tanto, se considera
creación ática, parece tener precedentes en bronces argivos.
Sus dos principales estatuas
masculinas son también obras capitales de la escultura clásica, y, pese a su
naturaleza varonil, participan de esa blandura que constituye el principal
encanto de la Afrodita de Gnido.
Donde mejor puede apreciarse es
en el exquisito modelado del Hermes de Olimpia (fig. 296), que, descubierto en
las excavaciones realizadas en aquel santuario a fines del siglo pasado, por
fortuna casi inconcebible, conservamos en su original. Totalmente desnudo, y con
el cuerpo en ligera flexión que arquea su cadera formando esa suave curva que se
ha llamado praxiteliana, está en actitud de mostrar el racimo de uvas que tenía
en su derecha. La hermosa pieza de tela que medio cubre el tronco donde se apoya
el dios contribuye, con su calidad y sus pliegues verticales, a realzar el valor
del modelado de su cuerpo, mientras el claroscuro de la cabellera, ya bastante
intenso, pone de manifiesto a su vez, por contraste, el esfumado del rostro
radiante de juventud.
(fig. 296) Hermes con el niño Dioniso, en el museo arqueológico
de Olimpia
La comparación del grupo con el
de Irene y Plutos, de Cefisodoto, en el que debe de inspirarse Praxíteles, nos
dice el largo camino recorrido en tan corto tiempo por la escultura griega en el
camino de la expresión.
En el Apolo sauróctono (fig. 297)
—una de las mejores copias en el Museo del Louvre— nos presenta al dios de la
luz, vencedor de la noche, a la que, simbolizada por una lagartija, se dispone a
matar con su dardo de oro. Sin la blandura del modelado del original de Olimpia,
las suaves y prolongadas curvas que describe su cuerpo son, sin embargo,
típicamente praxitelianas.
(fig. 297) Apolo sauróctono
De formas más redondas y apoyado
igualmente en un tronco de árbol es el Fauno (fig. 298). Indolentemente
recostado, su cuerpo se asemeja más al de Hermes, y en su rostro, un tanto
femenino, la ligera oblicuidad de sus ojos y, sobre todo, sus orejas de cabroide,
ponen la nota animal que distingue al señor de la selva. Aunque la
identificación del Fauno de Praxíteles no es indiscutible, su estilo
indudablemente praxiteliano y el gran número de copias conservadas, testimonio
de su popularidad, permite considerarla como muy segura. El torso en mármol de
Paros, del Museo del Louvre, procedente del Palacio de los Césares de Roma, es
tan fino que para algunos pudiera ser un original.
(fig. 298) Fauno
Dentro de este tipo de temas,
debe recordarse también el Sátiro escanciador (fig. 299), una de las obras más
estimadas por su autor, que esculpe para la vía de los Trípodes.
(fig. 299) El Sátiro escanciador
Menos conformidad existe sobre la
identificación del Eros, su obra preferida. Según refieren reiteradamente los
escritores clásicos, y el relato debe de encarnar un fondo de realidad, deseosa
Friné de saber cuál sea la obra más estimada por su amante para que se la
regale, le hace creer que su taller es presa de las llamas, a lo que replica
Praxíteles que daría todo por bien perdido si se hubieran salvado el Eros y el
Fauno. Donado el Eros a Friné, lo da ésta más tarde a Tespis, su patria. Copia
del Eros de Tespis se considera por muchos la estatua del joven dios alado del
Museo de Nápoles (fig. 300), cuyo cuerpo, indolentemente apoyado en una de sus
piernas, describe la típica curva praxiteliana. En copia de mejor calidad, Eros
carece de alas.
(fig. 300) Eros alado
De mano de Praxíteles se
consideran los relieves de las Musas de Mantinea (fig. 301).
(fig. 301). Musas de Mantinea
La difusión del estilo
praxiteliano es amplia e intensa. Aparte de obras de primer orden y de otras que
se citan más adelante, abundan las estatuas femeninas, en las que el esfumado y
la melancolía praxitelianas se intensifican, hasta degenerar a veces en un
estilo dulzón y falsamente emotivo.
SCOPAS Y LISIPO
SCOPAS
.—Hijo de Paros, Scopas es un
escultor también de la escuela ática, pero que trabaja además en el Peloponeso y
en Asia Menor. Contemporáneo de Praxíteles, goza como él de gran fama en la
antigüedad. A juzgar por sus obras conocidas, su temperamento artístico es muy
distinto, aunque coincidan en el deseo de expresar, como Sócrates pide al pintor
Parrasio, estados del alma. Los estados del alma que a él interesan no son los
de ensueño y de lánguida melancolía, sino los de pasión violenta. Sus obras
conservadas nos dicen que su sensibilidad vibra intensamente ante los temas
trágicos.
Una de las más celebradas en la
antigüedad, su Ménade, lo pone bien de manifiesto. La pequeña copia, de poco más
de medio metro, del Museo de Dresde (fig. 302), nos muestra a la sacerdotisa de
Dionisos en pleno delirio religioso, agitada por violentos movimientos
convulsivos, con la cabellera suelta y dejando al descubierto buena parte de su
cuerpo. En una mano lleva el cuchillo con que ha de abrir en canal el cabrito
que tiene en la otra. «¿Quién es ésta? ¡Una Ménade! ¿Quién la hizo? ¡Scopas!
¿Quién la mueve? ¿Dionisos o Scopas? ¿Quién la enloquece? ¡Scopas!» Así expresa
un viejo poeta griego la emoción en él producida por la Ménade de Scopas, y es
indudable que, tanto para él como para nosotros, el escultor de Paros sabe
interpretar en forma insuperable ese frenesí divino de la orgía dionisíaca
propio de la Ménade.
(fig. 302) Ménade de Scopas
Aunque bastante deterioradas, la
base más firme para conocer el estilo de Scopas la constituyen las cabezas (fig.
303) procedentes de los frontones del templo de Tegea, pues aunque los
testimonios antiguos sólo le citan como arquitecto y como autor de las imágenes
del interior, es de suponer que también esculpiese las del exterior. De arcos
superciliares prominentes y cerrados y ojos hundidos en la sombra, su expresión
apasionada posee la misma fuerza dramática que la Ménade.
(fig. 303) Cabezas de los frontones del templo de Tegea
Gracias a estas cabezas se ha
podido atribuir a Scopas con bastante seguridad una estatua de Meleagro (fig.
304) de cuya fama en la antigüedad son testimonio las numerosas copias
conservadas, y donde el joven cazador, que conoce su trágico fin, nos muestra en
su rostro la típica expresión del famoso escultor.
(fig. 304) Estatua de Meleagro cazador
A Scopas se debe, por último,
parte de la escultura del Mausoleo de Halicarnaso, ya que estuvo encargado de
dirigir la decoración escultórica a que pertenecieron las dos gigantescas
estatuas del Museo Británico, las estatuas del supuesto Mausolo (fig. 305), de
Artemisa, su mujer, del coronamiento del sepulcro y varios relieves.
(fig. 305) Estatua de Mausolo
Consta que él ejecuta la
escultura de la fachada principal, encomendándose las de los tres frentes
restantes a Leocares, Timoteo y Briaxis, a quien algunos atribuyen el Mausolo.
LISIPO
El tercer gran escultor de obra
conocida de esta centuria es el argivo Lisipo, artista extraordinariamente
fecundo —se asegura que hizo no menos de mil quinientas obras— e innovador, que
llena con su actividad el último tercio del siglo. Trabaja en bronce. Ya los
testimonios literarios clásicos nos hablan de cómo reacciona frente al canon de
Policleto y prefiere proporciones más esbeltas y cabezas más pequeñas, y de cómo
procura representar a los hombres más «como se ven con la vista» que como son,
tal vez delatando una actitud más naturalista que la de las generaciones
anteriores. Pero la novedad de su estilo no se reduce a esto. Las estatuas de
sus antecesores están concluidas, sobre todo para ser contempladas desde un solo
punto de vista, que es el frontal. En las suyas, al existir varios puntos de
vista importantes, ese frontalismo se desvirtúa notablemente. Lisipo es, además,
como veremos, un escultor de retratos: es el retratista de cámara de Alejandro
Magno.
La obra que ha servido de base
para reconstruir su personalidad es el Apoxiomeno (fig. 306), del Vaticano, que
representa a un joven atleta, no en una actitud heroica, sino en la más vulgar
de quitarse con el rascador el polvo y aceite que cubre su cuerpo. De esbeltas
proporciones, cabeza más bien pequeña y cuerpo flexible, con su brazo extendido,
sin perjuicio del frontalismo de su cuerpo, es lateralmente como nuestra vista
abarca mejor su figura. Su composición varía por completo a medida que giramos
en torno a ella. Su rostro es de formas llenas; la boca y los ojos pequeños no
reflejan ni el apasionamiento de Scopas ni el ensueño de Praxíteles.
(fig. 306) El Apoxiomeno
Fundándose en el estilo de
Apoxiomeno, se considera suya la hermosa estatua del Ares Ludovisi (fig. 307),
del Museo de las Termas, cuya movida actitud, que tiene, sin embargo, el
precedente del friso del Partenón, la dota de una multiplicidad de puntos de
vista típicamente lisipea.
(fig. 307) Estatua del Ares Ludovisi
El amorcillo que juega a sus pies
parece delatarnos los nuevos tiempos. Aunque en menor grado, algo análogo sucede
en el Hermes de bronce del Museo de Nápoles (fig. 308) y el Hermes calzándose
del Museo de Copenhague (fig. 309).
(fig. 308) Hermes de bronce del Museo de Nápoles
(fig. 309) Hermes calzándose del Museo de Copenhague
El gusto por el desplazamiento de
los miembros ha hecho que se le atribuyan atletas en actitudes violentas, como
los del Museo de Dresde. Es además autor de diversas estatuas de Hércules,
famosas en la antigüedad, entre las que descuella la de Tarento, que, después de
ser trasladada al Capitolio, termina en Constantinopla. Se le atribuye el
llamado Heracles Famesio (fig. 310), del Museo de Nápoles, descansando de sus
trabajos y apoyado sobre la clava. Su musculatura, estudiada con gran interés,
produce tan intensos efectos de claroscuro, que hacen pensar ya en el estilo
helenístico de la centuria siguiente.
(fig. 310) Heracles Famesio
De Lisipo se consideran también
el Sileno con el niño Dionisios, (fig. 311) del Museo de Louvre.
(fig. 311) Sileno con el niño Dionisios.
Entre las estatuas femeninas que
reflejan el ideal humano de Lisipo destaca la Venus de Capua (fig. 312), cuya
actitud con el brazo cruzado tendrá eco en obras tan importantes como la Venus
de Milo.
(fig. 312) Venus de Capua
Relacionado, por lo menos, con el
estilo de Lisipo, se encuentra el Eros arquero; y se le asignan las estatuas
funerarias de la Grande y la Pequeña Herculanenses del Museo de Dresde (fig.
313), que otros prefieren incluir en el círculo de Praxíteles.
(fig. 313) Pequeña y Grande Herculanenses
Aunque, como queda indicado, a
Lisipo lo identificamos con el autor del Apoxiomeno, precisa advertir que a
fines del siglo pasado se descubre en Delfos la estatua de un atleta llamado
Augias, con la que, tal vez, pudiera relacionarse una inscripción en la que se
cita a Lisipo como su autor. Ahora bien, como su estilo difiere bastante del
Apoxiomeno, y el referir la inscripción al Augias de Delfos no deja de ofrecer
dificultades, parece preferible continuar reconociendo a Lisipo en el autor del
Apoxiomeno.
En el campo del retrato desempeña
un papel primordial, aunque en realidad ya no pueda considerársele como creador
del género. Escultor de cámara de Alejandro, como se diría en los tiempos
modernos, hubo evidentemente de influir en el tipo de retrato de sus sucesores,
tan deseosos de imitarle. Entre los retratos más bellos de Alejandro, en los que
debe verse, al menos, el reflejo de los de Lisipo, figuran el del Louvre, que
perteneció a Azara y el de la Gliptoteca de Munich (fig. 314 -315).
(fig. 314). Retrato de Alejandro Magno (Museo de Louvre
(fig. 315). Retrato de Alejandro Magno (Museo de Munich)
LEOCARES Y EUFRANOR
LEOCARES
.—Obra también famosa de este
momento es el Apolo del Belvedere (fig. 316), así denominado por encontrarse en
aquella parte del Vaticano. La diversidad de sus puntos de vista delata la
influencia del estilo de Lisipo. De apuesta actitud, avanza hacia el espectador
con decisión y elegancia extraordinarias, empuñando el arco. Su rostro aparece
de perfil, encuadrado por abundante y rizada cabellera de rico claroscuro, que
forma elevada moña sobre la frente. Sin fundamento suficientemente sólido, se ha
atribuido a Leocares.
(fig. 316) Apolo del Belvedere
Cierta semejanza con él, guarda
la (fig. 317) , representada en veloz carrera en compañía de su animal favorito
en el momento de tomar una flecha del carcaj. Diana, afín a Apolo, se ha
supuesto que formase pareja con el del Belvedere, habiéndose atribuido
igualmente a Leocares.
(fig. 317) Diana de Versalles
En realidad, la única obra
identificada con cierta seguridad de este escultor es el Rapto de Ganímedes (fig.
318), del que se conserva una copia pequeña en el Museo Vaticano; copia que, si
permite apreciar su arte para componer un tema como éste, más propio de la
pintura que de la escultura, no da cumplida idea de sus excelencias puramente
escultóricas.
(fig. 318) Rapto de Ganímedes
Del crédito de Leocares es, sin
embargo, buen testimonio el que se le encargasen, para el Santuario de Olimpia,
los retratos de marfil y oro de Filipo de Macedonia y su familia.
EUFRANOR
Menos seguridad tenemos aún de
conocer alguna obra de Eufranor, el escultor de Corinto, tratadista también de
arte y pintor. El busto de Paris del Museo de Granada (fig. 319), se ha
considerado copia romana de su estatua del joven troyano. La fama de su original
está demostrada por las varias copias conocidas.
(fig. 319) Copia romana del Busto de Paris de Troya del Museo de
Granada
OBRAS ANÓNIMAS:
VENUS, NIÓBIDES, ESTELAS Y
SARCÓFAGOS.
EL RETRATO
VENUS, NIÓBIDES, ESTELAS Y
SARCÓFAGOS.
Como es frecuente en la Historia
del Arte, también en la escultura griega del siglo IV poseemos obras de primer
orden anónimas, y nombres de escultores famosos sin obra identificada.
Uno de los grupos principales de
obras anónimas que, sin alcanzar la aceptación general, se han atribuido a
algunos de los grandes maestros antes citados, es el de las Venus, que en sus
ejemplares más tardíos enlazan ya con las interpretaciones helenísticas.
Íntimamente relacionadas con el
estilo de Praxíteles, hasta el punto de que muchos le atribuyen sus originales,
corresponden a esta época las Venus de Arles (fig. 320), del Museo del Louvre,
de hacia el año 370, y la Venus de Capua, contemplándose en el escudo de Marte,
del Museo de Nápoles, que durante mucho tiempo se ha considerado derivada de la
Venus de Milo, y, por tanto, helenística, y hoy, por el contrario, se cree su
modelo inspirador. Algunos piensan en Lisipo.
(fig. 320) Venus de Arles
Dentro del círculo de influencia
praxiteliana, se cree también la Afrodita Púdica, en la que se inspiran
directamente varias estatuas muy conocidas de la diosa. En todas ellas la
posición de las manos resta a la contemplación de la belleza del desnudo la
pureza que distingue a la de Gnido. A este modelo responden la Venus Capitolina
del Museo de ese nombre (fig. 321) y la Venus de Médicis del Museo de los Uffizi,
de Florencia (fig. 322), en que se han visto las características del canon
lisipeo aplicado al cuerpo femenino, y en el tipo de su rostro algunos de los
rasgos comentados en el Apoxiomeno.
(fig. 321) Venus Capitolina
(fig. 322) Venus de Médicis
Con la cabeza vuelta hacia un
lado, crea una duplicidad de puntos de vista que falta en la de Gnido. Le
acompaña el delfín cabalgado por un amorcillo. En la actualidad existe la
tendencia de avanzar su fecha, hasta el punto de creerla de tiempos de Augusto.
La Artemis de Gabies.(fig. 323),
del Museo Louvre, se ha atribuido igualmente a Praxíteles, tratándose de
identificarla con su Artemis Brauronia, y en su escuela suele incluirse, aunque
también se piensa en Leocares, la grandiosa Demeter de Gnido, del Museo
Británico, original de la más fina calidad.
(fig. 323) Artemis de Gabies
Con Lisipo se relacionan
especialmente, en cambio, el Sátiro y el niño Dionisos, del Museo del Louvre (fig.
324); el Hércules y la cierva, del de Palermo (fig. 325), y el Eros arquero (fig.
326).
(fig. 324) El Sátiro y el niño Dionisos
(fig. 325) Hércules y la cierva
(fig. 326) Eros arquero
No tan divulgada como debiera, es
de una gran belleza el Hipnos, del Museo del Prado (fig. 327), que avanza
ligero, regalando el dulce sueño a los mortales.
(fig. 327) Hipnos, del Museo del Prado
Grupo de obras muy importante,
pero de clasificación muy insegura, debido en gran parte a lo tardío de sus
copias, es la serie de estatuas de Niobe y sus hijos. El tema es de intensidad
trágica excepcional, pues habiéndose burlado la fecunda Níobe de la madre de
Apolo y Artemis por sólo tener dos hijos, mueren todos los de aquélla
perseguidos por las flechas de éstos. En actitudes sumamente violentas, huyendo,
heridos ya, o derribados en tierra, se conserva en diversos Museos —Roma,
Florencia y Munich— toda una bellísima serie de esculturas, entre las que
destacan los desnudos llamados de llioneo y el Efebo de Subiaco, (fig. 328) el
impresionante grupo de Níobe (fig. 329), que con rostro implorante trata de
proteger de las flechas el menudo y blando cuerpo de su hijita.
Consideradas ya desde la
antigüedad por unos, a causa de su dramatismo, como obra de Scopas, otros las
atribuyen a Praxíteles. Se ha pensado también en asignarlas al escultor
Agorákrito, el discípulo predilecto de Fidias, aunque esa hipótesis ha logrado
poca aceptación.
(fig. 328) Efebo de Subiaco
(fig. 329) Níobe
----------
Capítulo muy valioso de la
escultura griega, que ya ha producido obras de primer orden en el período
arcaico, es el de las estelas funerarias (fig. 330). Las más bellas y corrientes
son las que figuran: la niña que se despide de sus palomas; la despedida del
difunto; la que prepara su calzado para emprender su último viaje, o la joven
que contempla por última vez sus joyas.
(fig. 330) Estelas funerarias
Más que de dolor, es de calma y
resignación la atmósfera que se respira en estas escenas familiares, tan
sencillas y cargadas de emoción. Al parecer, una la ley del año 315 contra el
lujo contribuye a poner fin a esta bella escultura funeraria.
Dentro de este género funerario,
pero de aspecto más monumental, debe recordarse el sarcófago llamado de las
Afligidas (fig. 331), del Museo de Constantinopla, donde dieciocho mujeres, bajo
un pórtico jónico, expresan su tristeza con la misma resignación y delicadeza de
las estelas áticas, mientras por la parte superior desfila el cortejo fúnebre.
Se ha atribuido al escultor Briaxis.
(fig. 331) Sarcófago de las Afligidas
RETRATOS
Aunque con excesivo deseo de
generalizar, se ha creído durante bastante tiempo que el retrato sólo se cultiva
por los escultores griegos durante el período helenístico; en realidad, existen
ejemplos del siglo V, como el de Pericles, y toda una serie no poco numerosa e
importante del siglo IV. A pesar de la permanente inclinación del temperamento
griego a idealizar sus modelos, es indudable que no son puros retratos
idealizados, como las estatuas de atletas. Son verdaderos retratos, en los que
se copian los rasgos individuales del personaje idealizados, pero, sobre todo se
procura ofrecer la personalidad espiritual del retratado.
La mayor parte de estos retratos
son de hombres de estado, capitanes y, ello es significativo de lo que
representan para sus conciudadanos, de filósofos y escritores: Sófocles (fig.
332); Sócrates (fig. 333); Platón (fig. 334); Aristóteles (fig. 335).
(fig. 332) Estatua de Sófocles Museo de Letrán
(fig. 333) Busto de Sócrates de Silanión / Musei Capitolini
(fig. 334) Retrato de Platón, Copenhague, Gliptoteca
(fig. 335). Retrato de Aristóteles, copia romana de un original
de Lisipo. Louvre.
Buen testimonio de que ya
comienza a interesar la conservación de los rasgos físicos del personaje es que
el escultor Demetrio de Alópeke se hace famoso a mediados del siglo IV porque
«prefería la semejanza a la belleza». El retrato típicamente griego es de cuerpo
entero; el de busto y el de cabeza responden a gustos romanos.
.
ESCULTURA HELENÍSTICA:
NUEVOS TEMAS Y NOVEDADES
ESTILÍSTICAS
.— Después de la muerte de
Alejandro (323 a.C) la escultura griega, extendida por el Asia anterior y por
Egipto, continúa evolucionando sin cesar, aun después de la conquista de Corinto
por los romanos, el año 146 a.C. Al servicio de los ideales del Imperio romano
conservará aún su vigor en los primeros tiempos de la Era Cristiana.
Como es natural, la escultura
helenística parte de las conquistas del siglo IV, desarrollando plenamente los
procesos estilísticos y espirituales que entonces se inician, e iniciando a su
vez otros nuevos. Lo mismo que en el siglo IV, la diosa del amor consume buena
parte de la inspiración de los escultores. A la cabeza de la serie helenística,
pero todavía con toda la nobleza de la etapa anterior, precisa citar la famosa
Venus de Milo (fig. 336), que deriva del tipo de la Afrodita de Capua, ya
citado. Hermoso desnudo femenino, se distingue sobre todo por su grandiosidad
majestuosa, en particular si la comparamos con la blandura tan acusadamente
femenina de la Afrodita de Gnido. La expresión serena de su rostro carece tanto
del vago ensueño praxiteliano como del apasionamiento de los de Scopas. Parece
que con el brazo izquierdo sostenía el manto que cubre sus piernas mientras con
el otro ofrecía una manzana. Aunque junto a la estatua aparecieron
inscripciones, al descubrirse, en 1820, incluso con el nombre del escultor
Agesandros o Alexandros, es muy dudoso que se refieran a ella.
(fig. 336) Venus de Milo
Las Afroditas helenísticas
carecen, sin embargo, del tono majestuoso de la de Milo. Se nos presentan, no ya
simplemente, surgiendo de las aguas como la Anadiomene, recogiéndose el cabello
(fig. 337), sino en las más variadas actitudes Afrodita en cuclillas, obra de
Doidalsas de Bitinia (fig.338), o con actitudes a veces cargadas de intención
como la de la Venus Calipigia (fig. 339).
(fig. 337) Venus Anadiomene, recogiéndose el cabello. Museo
Louvre
(fig. 338) Afrodita lavándose en cuclillas
(fig. 339) Venus Calipigia. Museo Nápoles
La representación del amor
interesa desde sus manifestaciones más puras e inocentes hasta las aberraciones
y anormalidades. Unas veces se imagina al Eros victorioso jugando con su arco,
lanzándolo al aire para recogerlo después; otras se le muestra sonriente como un
muñeco luciendo la piel del león de Hércules; otras, para expresarnos el amor
impúber, se presenta a los héroes de Longo, Dafnis y Cloe besándose (fig. 340)
—Museo del Capitolio—, pero al mismo tiempo se crea la tan repetida estatua del
Hermafrodita en reposo (fig. 341).
(fig. 340) Dafnis y Cloe besándose
(fig. 341) Hermafrodita en reposo
Los sátiros merecen también
especial atención de los escultores helenísticos. El Sátiro Barberini (fig.
342), de la Gliptoteca de Munich, que, por lo admirable de la interpretación de
su cuerpo en reposo, es una de las obras maestras del arte griego, por el
desenfado de su actitud sería inconcebible en los siglos anteriores.
(fig. 342) El Sátiro Barberini
De actitud muy movida es el
Fauno del cabrito, del Museo del Prado (fig. 343), que se cree de la escuela de
Pérgamo.
(fig. 343) Fauno del cabrito
Igualmente característicos,
aunque de inferior calidad, son el gracioso grupo del Fauno sacando la espina
del pie de un sátiro (fig. 344), del Museo Vaticano, y el Sátiro ebrio recostado
en un odre, del Museo de Dresde.
(fig. 344) Fauno sacando la espina del pie de un sátiro
Tan crecido interés por estas
deidades es ya buen testimonio del gusto por lo expresivo y grotesco del período
helenístico. Más que los grandes dioses del Olimpo gustan los temas humildes de
género, que no en vano es ahora cuando Menandro crea su comedia de costumbres,
sacando a escena los tipos de la vida diaria. Personajes grotescos, y a veces
deformes (fig. 345), pero siempre expresivos, son los temas que gustan de
representar algunos escultores de este período. La vejez, en lo que tiene de
ruina y decadencia física, y lo feo, como imperfección, son ahora temas de la
escultura griega. Muchas de estas obras se consideran de escuela alejandrina.
(fig. 345) La danzarina enana. Museo de Túnez
Consecuencia de esta curiosidad
helenística por buscar nuevos temas en sectores de la vida humana que antes se
hubiesen considerado indignos de la cultura, son las graciosas estatuas de niños
que ahora se crean. Algunas de ellas se han hecho tan populares como la del Niño
de la espina (fig. 346), que la tiene clavada en el pie, o la del Niño con la
oca, de la Gliptoteca de Munich, del escultor Boetas (fig. 347).
(fig. 346) Niño de la espina
(fig. 347) Niño con la oca
El retrato, inspirado por el
interés por lo expresivo y característico propio de esta última etapa del arte
griego, descubre nuevos horizontes, insistiéndose en la individualidad del
retratado. En los comienzos, el espléndido retrato de Demóstenes (fig. 348) del
año 280 a. C, obra de Polieuctos, al mismo tiempo que la personalidad del gran
tribuno, nos ofrece en un estilo sobrio y sincero sus rasgos físicos.
(fig. 348) Retrato de Demóstenes
Pero pronto lo anecdótico gana
terreno, de lo que es buen ejemplo el retrato de Diógenes (fig. 349), de cuerpo
deforme y actitud nada elegante.
(fig. 349) Retrato de Diógenes decrépito
Desde un punto de vista más
puramente técnico, precisa recordar, como uno de los rasgos más destacados de
este período, el interés de algunas escuelas por la anatomía. La insistencia en
delimitar cada uno de los músculos en tensión, produce desnudos de claroscuro
hasta entonces desconocidos en la escultura griega. El relieve, por otra parte,
invadiendo el campo de la pintura, llega en algún caso a emplear la perspectiva
en los fondos para crear la ilusión de escenarios profundos.
LAS ESCUELAS HELENÍSTICAS.
ATENAS. PÉRGAMO
ATENAS
.—Tenemos noticia de dónde
radican las principales escuelas escultóricas de este período, pero, por
desgracia, son muchas las obras de primer orden que no sabemos a cuál de ellas
pertenecen.
Aunque Atenas no marcha ya en la
vanguardia de la escultura griega, el escultor Boetas crea, dentro de la
tradición lisipea, una obra tan bella y elegante como el Joven orante (fig.
350), del Museo de Berlín.
(fig. 350) Joven orante
Adaptador de obras de Lisipo, o
simple copista, es el «Apolonio, hijo de Néstor, ateniense», que firma el
hermoso Torso del Belvedere (fig. 351), tan admirado por Miguel Ángel. Al
parecer, representa a Polifemo sentado en una roca esperando a Galatea. Firmado
por Apolonio se encuentra también el Atleta sentado del Museo de las Termas, en
el que el interés por la musculatura y lo expresivo son típicamente
helenísticos.
(fig. 351) Torso del Belvedere
Apolonio es, en realidad, uno de
los principales representantes del movimiento de interés por los estilos
anteriores que lleva a copiar más o menos libremente las obras maestras del
pasado, conocido con el nombre de neoaticismo. Culmina bajo el Imperio Romano,
para el que se hacen numerosas copias y adaptaciones en Atenas. Uno de los
productos más atractivos de esta escuela neoática es el de varios relieves de
gran valor decorativo inspirados en modelos anteriores. Buenos ejemplos de este
estilo son los relieves de las Ménades y del Nacimiento de Palas, del Museo
Arqueológico Nacional de Madrid, este último inspirado en el frontón del
Partenón; el del Vaso Borghese, etc.
De clasificación insegura, suele
considerarse, sin embargo, ateniense, y de este período, el ya citado Niño de la
espina. Para los que así piensan, las copias que parecen anteriores a esta época
son hijas de ese falso arcaísmo, que, como veremos, se pone de moda en época más
tardía.
PÉRGAMO
La escuela tal vez más claramente
definida de esta época es la de Pérgamo. Las victorias de sus reyes Átalo y
Eumenes sobre los galos invasores del mundo griego dan lugar a que se labren, en
la segunda mitad del siglo III a.C, una serie de estatuas y grupos
conmemorativos de estas guerras. Las luchas habían sido temas frecuentes, pero
nunca se habían interpretado con la intención trágica de los escultores de
Pérgamo. Las esculturas principales eran el grupo de Galo suicidándose (fig.
352), después de matar a su mujer para librarla de la esclavitud, que ocupaba el
centro de una plaza, y la estatua del Galo moribundo (fig. 353) —en la
antigüedad se le llama el Trompetero, por la tuba que tiene junto a sí—, que,
desangrándose por la mortal herida abierta en su pecho, pugna en vano por
levantarse. Formaba parte de una serie de cuatro que rodeaban el grupo, y, al
parecer, se debe todo ello al escultor Epígono.
(fig. 352) Galo suicidándose
(fig. 353) Galo moribundo
Pero además de estas esculturas
principales se conservan en el Museo de Nápoles otras que representan a galos
heridos, muertos o luchando, de menor tamaño, y en las que la preocupación por
interpretar las características raciales de los invasores es mucho menor. Aunque
no falten en la escultura griega precedentes de este interés étnico, es
indudable que la escuela de Pérgamo nos ofrece en este aspecto verdaderas obras
maestras. Sabemos que en estas estatuas de galos, además de Epígono, trabajan
los escultores Isígono, Pirómako, Stratóniko y Antígono, y parece que mientras
las de menor tamaño, del Museo de Nápoles, deben de ser copias de las regaladas
por el rey de Pérgamo a la Acrópolis de Atenas, las del Capitolio son las de la
capital asiática.
No menos importante que las
estatuas de galos es el grandioso relieve de colosales proporciones del templo
de Zeus, ya de la primera mitad del siglo II, citado al tratar de la
arquitectura. Se representa en él la Gigantomaquia o derrota de los gigantes por
los dioses del Olimpo.
El tema es también profundamente
dramático, y el escultor lo interpreta intensificando la expresión del esfuerzo
corporal y del dolor en los rostros como hasta ahora no se ha hecho en la
escultura griega.
Sus cejas arqueadas, sus ojos
hundidos, sus cabelleras revueltas y su expresión implorante, aunque cuentan con
el precedente de Scopas, nos dicen que nos encontramos en una era del arte
griego completamente nueva. Pero, además, estos relieves están concebidos con
grandiosidad extraordinaria. Una de las más bellas partes es aquella en la que
Palas, auxiliada por su serpiente, vence a un gigante, mientras la Victoria la
corona y Gea, la Tierra, implora por su hijo vencido (fig. 354).
(fig. 354) Gigantomaquia de Pérgamo
Esta misma nota patética y
dolorosa que distingue a los grandes conjuntos anteriores ha hecho pensar en que
pertenezca a la escuela de Pérgamo el sátiro Marsias colgado (fig. 355).
(fig. 355) Marsias colgado
RODAS. OTRAS ESCUELAS. TANAGRAS
RODAS
.—Próxima a la costa del Asia
Menor, la isla de Rodas, sólo poblada de griegos y bajo la' protección de
Egipto, se mantiene independiente y disfruta de una actividad escultórica que
produce varias obras de primer orden. El afán por lo gigantesco y por la
expresión de dolor y del movimiento contorsionado parecen haber sido las
principales preocupaciones o, al menos, aquellos aspectos en los que sus
escultores alcanzan mayores éxitos. Esos afanes son claro testimonio de su
parentesco con la escuela de Pérgamo. El escultor Cares de Lindo, formado en la
escuela de Lisipo, labra ya en el siglo III a.C la gigantesca estatua de Helios
bajo cuyas piernas pasan los barcos al penetrar en el puerto. Considerada como
una de las maravillas del mundo, se hace popular bajo el nombre del Coloso de
Rodas (fig. 356).
(fig. 356) Figuración del Coloso de Rodas
Obra cumbre que se supone de
principios del siglo II a.C, es la Victoria de Samotracia, del Museo del Louvre
(fig. 357). De grandiosidad y elegancia impresionantes, avanza en la proa de la
embarcación con las alas extendidas, dejándonos ver, tras sus admirables
vestiduras impulsadas por el viento, uno de los cuerpos más hermosos creados por
la escultura griega. Muy probablemente es obra de Pitócritos de Rodas.
Hasta fecha reciente se ha
considerado estatua conmemorativa de la victoria naval de Demetrio Poliorcetes
sobre Tolomeo, del año 305 antes de C, y, en consecuencia, muy anterior.
(fig. 357) Victoria de Samotracia
Obra maestra de la escuela,
debida a Agesandro, Polidoro y Atenodoro, miembros de una misma familia, es
también el famoso grupo del Vaticano de Laoconte y sus hijos (fig. 358), que,
salvo uno de éstos, mueren estrangulados por serpientes enviadas por el ofendido
Apolo.
(fig. 358) Laoconte y sus hijos
El tema dice ya mucho de la
sensibilidad helenística. Es un tema de dolor profundamente trágico, porque, en
el sacerdote, al dolor físico de su propia muerte se agrega el dolor moral de
contemplar la de sus hijos. Como en la Gigantomaquia de Pérgamo, los personajes
se nos muestran en actitudes intensamente movidas, que aquí se justifican por
sus esfuerzos angustiosos para desasirse de las serpientes.
Gracias a ellos, también nos
dejan ver sus poderosas musculaturas en máxima tensión y un efecto de claroscuro
desconocido en los desnudos de los siglos anteriores. Debido a ese deseo de
insistir en la musculatura de los tres personajes, los hijos de Laoconte sólo se
diferencian de su padre en la escala. La ordenación del grupo en un plano, y, en
consecuencia, para ser vista sólo de frente, se considera característica de los
últimos tiempos helenísticos.
Descubierto el famoso grupo en
1506 en el mismo palacio de Tito, donde lo describiera Plinio, ejerce influencia
extraordinaria en Miguel Ángel. Todavía en el siglo XVIII es el tema de un
célebre estudio de Lessing, que, al compararlo con la historia de Laoconte
escrita por Virgilio, observa cómo, mientras la literatura cuenta a su favor con
la posibilidad de describir varias escenas sucesivas antes de llegar al
desenlace, el pintor ha de elegir la escena que mejor sintetice el tema.
Aunque nacidos en Tralles, para
la isla de Rodas y tal vez en ella misma, esculpen Apolonio y Taurisco el
gigantesco grupo del Toro Farnesio (fig. 359), cuya copia romana se conserva en
el Museo de Nápoles.
(fig. 359) Toro Farnesio
Representa a los dos hijos de
Antíope atando a Dirce a un toro salvaje por el ultraje inferido a su madre. La
figura de Antíope, que contempla el castigo, no figura en el original. El trozo
de paisaje que le sirve de base es un buen ejemplo del gusto por lo pintoresco,
del período helenístico.
La escuela de Rodas produce
además otras obras de temas menos grandiosos y dramáticos. En las estatuas del
Centauro viejo y del Centauro joven (fig. 360 - 361) del Capitolio, el escultor
nos dice cómo mientras la vejez apenas puede soportar el peso del amor, la
juventud juega con él retozona y llena de brío.
(fig. 360) Centauro viejo
(fig. 361) Centauro joven
De la serie de las Musas del
escultor Filisco de Rodas, es muy popular la estatua de Polimnia; de Urania
existe una copia en el museo del Prado (fig. 362).
(fig. 362) Musas Polimnia y Urania
Al parecer, en la escuela de
Rodas, o bajo su influencia, se crea poco después de mediar el siglo II a.C, el
elegante tipo de figura femenina envuelta en su manto, que con frecuencia le
cubre también la cabeza, y que los romanos denominan la Pudicitia. Se cree obra
de Atenodoro, el padre de los autores del Laoconte.
ESCUELA DE ANTIOQUÍA
Mucho menos definida se nos
muestra la escuela de Antioquía, la gran urbe helenística de Asia, capital de
los Antíocos y los Seleucos, fundada el año 300 a. de C. En realidad, sólo
poseemos una obra segura allí ejecutada. Es la Tike o Fortuna de Antioquía, obra
del discípulo de Lisipo, Eutíquides, en la que la figura alegórica de la ciudad,
con corona torreada y espigas en la mano, descansa su pie sobre el río Orontes (fig.
363). Pero esa obra no ofrece elementos suficientes para asignar a la escuela
ninguna de las otras esculturas importantes que se le han atribuido, tales como
la Venus Calipigia o el Sátiro Barberini, ya citados.
(fig. 363) Tike o Fortuna de Antioquía
De la escuela antioqueña se
piensa hoy que pudieran ser los relieves bucólicos, ya de época romana, que por
mucho tiempo se han considerado alejandrinos.
ESCUELA ALEJANDRINA
De la escuela alejandrina tampoco
poseemos obras importantes, pero en ella se piensa, debido a la gran aceptación
que tiene en Alejandría la nueva comedia de Menandro, ante algunos relieves con
temas teatrales y ante las figurillas de actores representando tipos populares.
Alejandrina se considera también
una bella serie en bronce de tipos callejeros, como el Negrito bailando y
cantando de la Biblioteca Nacional de París, o los Enanos cabezudos danzando,
del Museo de Túnez, en los que el interés por lo característico y expresivo del
arte helenístico y su gusto por los temas intrascendentes alcanza una de sus
últimas metas. Por razón del tema debe atribuirse, por último, a la escuela
alejandrina, la estatua alegórica del río Nilo del Museo Vaticano (fig. 364).
(fig. 364) Alegoría del río Nilo
No faltan, sin embargo, obras tan
conocidas como la Ariadna dormida (fig. 365), de la que existe copia romana en
el Museo del Prado.
(fig. 365) Ariadna dormida
TANAGRAS
Las estatuitas de barro cocido
son tan antiguas como la escultura griega, pero cuando adquieren mayor
importancia y belleza es desde fines del siglo IV. Por haberse descubierto en
gran número en Tanagra (Beocia), y creerse en un principio que sólo allí se
fabrican, se les da el nombre de tanagras, que todavía conservan, aunque hoy
sabemos que se hacen en las más distantes ciudades del mundo griego, y que en
cada una de ellas se cultivan con preferencia determinados tipos y el estilo es
diferente.
Las tanagras nos ofrecen una
faceta de la vida griega apenas cultivada por la gran escultura, sobre todo con
anterioridad al período helenístico.
Son, por lo general, jóvenes
envueltas en sus mantos de paseo, con sus sombreros o sus abanicos; jóvenes
ejecutando danzas rituales; madres que reciben las caricias de sus hijos, amigas
que conversan, etcétera.
En suma, personajes, en general
femeninos, presentados en su vida cotidiana, con una técnica sumaria, que
reflejan, sin embargo, el arte exquisito de la gran escultura (fig. 366).
(fig. 366) Tanagras del Museo de Louvre
LA PINTURA
.—De la gran pintura griega
desgraciadamente no poseemos nada que permita formarnos idea de su verdadero
valor e importancia.
Las únicas manifestaciones
pictóricas llegadas hasta nosotros son las de carácter decorativo de los vasos y
algunos frescos romanos, que deben reflejar, en grado difícil de determinar, la
influencia de los modelos griegos. En particular, del estilo individual de los
grandes pintores sólo poseemos testimonios literarios que, naturalmente, no
permiten precisar mucho. Pero, aún así, deben recordarse someramente algunos de
estos nombres ilustres.
La primera gran figura de la
pintura griega es Polignoto, el pintor jonio, de Thasos, maestro de Fidias. Sus
obras maestras son la grandes pinturas murales del Saco de Troya y de la Visita
al Hades con que decora la Sala del Consejo del Santuario de Delfos; también son
muy celebradas las de ese carácter que hace en varios edificios públicos de
Atenas. Es pintura en la que el dibujo desempeña papel predominante y, al
parecer, los colores se limitan al blanco, al amarillo, al rojo y al negro. La
composición se reduce a yuxtaponer grupos, y su mayor atractivo reside en la
expresión de los personajes, que delatan su verdadera personalidad. Se ha
querido ver el reflejo de su estilo en la Crátera de los Argonautas (fig. 367).
(fig. 367) Crátera de los Argonautas
Copia de un original de esta
época, o poco posterior, se considera la pintura en mármol de las Jugadoras de
tabas (fig. 368).
(fig. 368) Jugadoras de tabas
En el siglo V los dos pintores
más famosos son Parrasio y Zeuxis. Parrasio, hijo de Efeso, trabaja
preferentemente en Atenas. Quienes conocieron sus pinturas las comparan con el
estilo dramático de Eurípides, y hasta parece adivinarse en los comentarios que,
lejos de precisar los contornos, los esfuma para sugerir la continuidad de la
superficie.
Zeuxis, hijo del sur de Italia,
que pinta en las principales ciudades griegas, termina por establecerse en Efeso.
En realidad, sólo conocemos los nombres de varias de sus obras, y algunas de
esas anécdotas tan frecuentes siempre en las biografías de los artistas, como
las de aquellas uvas pintadas con tanta verdad que los pájaros acuden a
picarlas. Sin gran fundamento se ha intentado descubrir el reflejo de su estilo
en algún fresco de Pompeya. Aunque menos importante, conviene recordar el nombre
de Timantes, pues se quiere ver la influencia de su Sacrificio de Ifigenia en el
mosaico de Ampurias de este tema.
En la famosa obra se encarece
sobre todo el arte en graduar el dolor en los diversos personajes, hasta el
punto de que, incapaz de expresar el del padre de la víctima, cubre su rostro
con un velo.
La última gran figura de la
pintura griega es Apeles, el pintor de cámara de Alejandro. El retrato que de
éste se conservaba en Efeso lo celebran los escritores antiguos por la
extraordinaria brillantez de su colorido. De su famosa Afrodita Anadiomene, o
saliendo del agua, creemos tener cierta idea por su eco en algunas esculturas (fig.
369).
(fig. 369) Mural de Pompeya de Venus Anadiómena
Esa misma influencia del estilo
de Apeles se ha tratado de descubrir en aquellas composiciones de carácter
pictórico relacionadas con el conquistador macedonio. La más importante de ellas
es el hermoso mosaico de Alejandro vencedor de Darío en la batalla de Iso, de
Pompeya. La intensa expresión de los rostros y la riqueza de su colorido
permite, al menos, adivinar el grado de perfección alcanzado por la pintura
clásica (fig. 370).
(fig. 370) Alejandro Magno vencedor de Darío en la batalla de Iso
En los tiempos helenísticos el
paisaje llega a convertirse en género independiente —al pintor Demetrio se le
cita como paisajista— y se concede gran importancia al bodegón.
CERÁMICA
.—La cerámica, aunque no tenga la
importancia de las artes mayores, adquiere en Grecia desarrollo artístico
extraordinario creando formas de vasos y decoraciones de la mayor belleza.
Además de este valor absoluto, el papel que en su decoración desempeñan las
historias y el gran número de vasos conservados le presta excepcional interés
como reflejo de la gran pintura, y como repertorio gráfico único para conocer la
vida griega (fig. 371).
(fig. 371) Nombres vasos griegos: 1, ámphora; 2, 3, pelike; 4,
stámnos; 5-8, kráteras; 6, krátera de columnitas; 9, 10, hydrias; 11, oinochóe;
12, skyphos; 13-15, kylix; 16, 18, kyathos; 17, kántharos. Vaso corintio; vaso
de figuras negras; vaso de figuras rojas
Los vasos griegos reciben nombres
diversos. El ámphora (ánfora) (1) es de boca mediana y dos asas; el pelíke (2,
3), de cuello más corto; el stamnos (4), panzudo, de boca mediana y dos asas
oblicuas; la krátera (5, 8), de boca ancha y dos asas, y se denomina de
columnitas (6) aquélla cuyas asas tienen esa forma; la hydria (9), de tres asas;
el oinochóe (léase oinojóe) (11), de un asa y boca trebolada; el skyphos (léase
esquifos) (12), especie de taza con dos asas horizontales; el kylix (13, 15),
copa baja de dos asas; el kyathos (léase quíazos) (16, 18), taza o copa de un
asa muy elevada; el kántharos (léase cánzaros) (17, 19), taza de dos asas
elevadas; el rhytón (20), asimétrico terminado en cabeza de animal; el pyxís
(21), como caja cilindrica; el aryballos (22); el alábastron (24); el lékythos
(léase léquizos) (25); el lékythos arybalístico (26), y el olpe (27). Además
están también los modelos de: vaso corintio; vaso de figuras negras, y vaso de
figuras rojas
Estos nombres de los vasos
griegos se deben a su forma, como el ánfora o vaso de dos asas; al material,
como el alabastro, al destino como la krátera o vaso para mezclar, la hydria o
vaso para agua, o el oinochóe o escanciador del vino, etc. Su finalidad permite
agruparlos en vasos para conservar la bebida, como el pitos o especie de tinaja
o barril y el ánfora; para mezcla, como la krátera; para escanciar, como la
hydria y el oinochóe; para beber, como el skyphos, el kylix, el kyathos, el
kántharos y el rhytón; para tocador, como el pixís, el aryballos y el alábastron,
y para usos funerarios, como el lékythos.
La cerámica doria, o de estilo
del Dipylón, así llamada por proceder de ese cementerio de Atenas sus ejemplares
más importantes y característicos, culmina en el siglo VIII a. C. Atribuida a
los invasores septentrionales, conocidos bajo el nombre un tanto convencional de
dorios, forma vivo contraste con la refinada cerámica prehelénica. Su estilo es
sencillo, esquemático; dominan los temas geométricos, y las figuras animadas se
simplifican y quiebran como queriendo convertirse en formas geométricas.
Presentan ya la decoración distribuida en zonas horizontales en la forma que
será normal en la cerámica griega posterior (fig. 372).
(fig. 372). Vaso de Dípylon
Entre las ciudades ceramistas de
los tiempos arcaicos tiene particular importancia Corinto, el centro comercial
del istmo y plaza de intercambio de Oriente con Occidente. Su arcilla clara hace
que la decoración resalte más, y suele producir vasos de perfumes y pomadas.
Distribuidos en zonas, su decoración suele consistir en desfiles de leones,
carneros, ciervos, panteras o jabalíes, aunque ya aparecen también figuras
monstruosas de esfinges, arpías o centauros. Desde el punto de vista más
técnico, la cerámica corintia introduce una cierta policromía al mezclar con el
negro de carbón óxidos metálicos obteniendo un color violáceo, y al emplear el
blanco en las carnes e introducir la costumbre de dibujar los contornos rayando
en el color de la figura y dejando al descubierto el blanco del fondo, novedades
ambas de gran trascendencia para el futuro de la cerámica griega. Además, en
Corinto se emplean ya las figuras negras.
Quienes aprovechan las
innovaciones técnicas de los alfareros corintios son los atenienses del siglo VI,
que imponen las figuras negras. Los numerosas ciudades alfareras de toda Grecia
y la misma Corinto terminan prácticamente a principios del siglo V por sucumbir
ante los alfareros atenienses del barrio del Cerámico, que, renunciando a las
numerosas fajas hasta entonces de moda, convierten todo el cuerpo del vaso en un
verdadero cuadro capaz para toda clase de temas.
El tránsito al nuevo estilo lo
representan vasos como el llamado Francois (fig. 373), del Museo de Florencia,
dividido en anchas zonas, pero con historias de gran desarrollo. Figúranse en
ellas: 1. Hércules y la caza del jabalí de Calidonia. 2. Carreras de carros. 3.
Las bodas de Tetis y Peleo. 4. Troilo perseguido por Aquiles. 5. Animales
monstruosos. Obra maestra de la cerámica griega, está firmada por el ceramista
Klitias y por el pintor Ergótimos.
(fig. 373) Vaso Francois del Museo de Florencia
Una vez formado el nuevo estilo,
en el que lo narrativo desplaza a lo puramente decorativo, los temas más
frecuentes son los de la epopeya, los funerarios, los desfiles de carros o
escenas de género, como la de jóvenes bañándose en la fuente, etc. Con fines
ilustrativos, no decorativos, los personajes van a veces acompañados por
letreros dispuestos verticalmente, que contienen la dedicatoria del vaso al
propietario, con frecuencia jóvenes, a cuyo nombre se acompaña el calificativo
de bello —kalós—. Recuérdese que kaloi fueron hombres después tan famosos como
Alcibíades. Por último, suelen decirnos también los nombres del ceramista y del
pintor. Gracias a ellos conocemos bastante minuciosamente la evolución de la
cerámica griega y sus artistas más destacados.
Mencionado queda Klitias, pintor
del vaso Francois. A la generación siguiente pertenece Exequias, autor del bello
vaso de Dionisos bajo la vid navegando por un mar surcado por delfines (fig.
374), de la Gliptoteca de Munich.
(fig. 374) Dionisios y los delfines
Y así conocemos otros nombres de
pintores, como los de Nearcos y Lydos, y de ceramistas como Amasis.
Cansado el gusto de las figuras
negras, se inicia a fines del siglo VI, tal vez por el ceramista Andócide, un
cambio que termina por invertir la policromía, reservando el color rojo del
barro para las figuras y pintando el fondo de negro (fig. 375), si bien existen
vasos en esta época de transición donde se emplean simultáneamente ambos
procedimientos.
(fig. 375) Vaso de pinturas rojas del Pintor de Andócides (Múnich)
Los temas representados continúan
siendo los mismos, aunque se insiste en algunos, como los de Teseo, a causa del
descubrimiento de sus restos poco después de mediar el siglo, o los dionisíacos;
y son particularmente frecuentes los de gimnasio, gineceo y hasta las escenas de
la vida diaria. Aún más que en los vasos de figuras negras abundan las firmas,
si bien no siempre responden a un mismo estilo, sea por el eclecticismo del
artista, o por la industrialización de los talleres. Nombre importante de este
período es el de Eufronios (fig. 376).
(fig. 376) Interior de copa con figuras de Teseo y Anfítrite de
Eufronios
A este momento corresponde Aisón,
que firma el vaso de Teseo y Minotauro del Museo Arqueológico Nacional de Madrid
(fig. 377).
(fig. 377) Teseo captura al Toro de Maratón (Detalle de la Copa
de Esón)
Este tipo de cerámica termina a
principios del siglo III a.C, probablemente como consecuencia de las
disposiciones de Demetrio de Falero contra el lujo.
Capítulo especial dentro de la
cerámica griega es el constituido por los lékythos funerarios atenienses.
Labrados como todos los demás vasos de barro rojizo, se recubren con una capa de
tierra blanca sobre la que se pinta la historia. Su cuerpo, fundamentalmente
cilíndrico y muy alargado, deforma menos la figura humana, y su policromía
incluye el azul, el amarillo claro, el ocre oscuro e incluso el morado. Aunque
pequeños por lo general, cuando son de tamaño grande permiten formarse idea de
lo que sería la pintura al fresco mucho mejor que los vasos de los estilos antes
citados. Como se dedican principalmente para ofrecer vinos y perfumes a los
difuntos, los temas que los decoran son casi siempre de carácter funerario. La
escena más frecuente es la del difunto despidiéndose de sus familiares más
inmediatos, por lo general ante la tumba. En los lékythos de la (fig. 378) se
representa el acto de depositar guirnaldas en el sepulcro. No obstante su
carácter decorativo, a veces están cargadas de intensa emoción. Este tipo de
cerámica tiene sus comienzos y crea sus obras maestras en el siglo V.
(fig. 378) Lékythos.
CAPÍTULO VII
ARQUITECTURA
ROMANA
1. LOS ETRUSCOS
a) ARCOS Y BÓVEDAS
b) TEMPLOS
c) TUMBAS
d) SARCÓFAGOS Y ESCULTURA
FUNERARIA
e) BRONCE
f) PINTURA
2. ARQUITECTURA ROMANA
a) MATERIALES. LOS ÓRDENES
b) EL ARCO. SUPERPOSICIÓN DEL
DINTEL Y EL ARCO.
c) LA BÓVEDA
3. LA DECORACIÓN
a) LA PINTURA DECORATIVA.
b) EL MOSAICO
4. EL TEMPLO
5. BASÍLICAS
6. TERMAS
7. TEATROS
8. ANFITEATROS
9. CIRCOS
10. MONUMENTOS CONMEMORATIVOS:
a) ARCOS
b) COLUMNAS
c) TROFEOS
11. ACUEDUCTOS
12. PUENTES
13. LA CASA
14. EL SEPULCRO
15. LA CIUDAD.
a) PUERTAS
b) FOROS
c) PÓRTICOS
LOS ETRUSCOS
.—Procedentes del Asia Menor y
establecidos en las actuales Toscana y Umbría, alcanzan su mayor florecimiento
en el siglo VI a. de C, cuando su poder desciende hasta el Lacio. La propia Roma
es en esta época una ciudad etrusca, y, según la tradición, etruscos son sus
últimos reyes. Su arte, sin perjuicio de experimentar otras influencias menos
profundas, en su época de máxima pujanza política refleja la arcaica griega e
impera en toda Italia central hasta que en el siglo III. a. de C. es desplazado
por el helenístico.
ARCOS Y BÓVEDAS
Como la arquitectura griega,
conoce el arco y la bóveda, pero apenas los emplea con fines artísticos. La obra
abovedada de mayor envergadura que conservamos es la Cloaca Máxima de Roma, y
las de carácter más artístico, las puertas de ciudades decoradas con cabezas
humanas (fig. 379). La fecha segura más antigua es la de Falerii Novi, posterior
al año 247 a. de C. Más conocidas son las Marzia y de Augusto en Perugia.
(fig. 379) Arco de la puerta de Volterra
TEMPLOS
El templo etrusco, según lo
describe Vitrubio y atestiguan los monumentos conocidos, es de proporciones más
cuadradas que rectangulares, casi toda la mitad anterior se encuentra ocupada
por filas de columnas, y la celia con frecuencia es triple. La cubierta de tejas
ornamentales avanza considerablemente al exterior, y las placas de cerámica
pintadas y el estuco completan su decoración. Templo de tipo etrusco (fig. 380)
de triple celia, es el de Júpiter en el Capitolio (509 antes de C), cuyas celias
laterales están dedicadas a Juno y Minerva.
(fig. 380) Ruinas y figuración de templo etrusco
De una nave, y ya del siglo III
a. de C, es el de Alatri (fig. 381), reconstruido en la Villa Giulia de Roma.
(fig. 381) El Templo de Alatri reconstruido en Villa Giulia en
Roma
TUMBAS
Las tumbas, cuando lo permite el
terreno, son totalmente excavadas, simulándose en la piedra una cubierta de
madera. Cuando la amplitud de la cámara obliga a ello, se labran pilares que,
como las pilastras, presentan en las más antiguas capiteles de tipo jónico
arcaico.
Tumba también de tipo normal es
la labrada sobre el nivel del suelo, bien construida o tallada en la roca, con
sus correspondientes cámaras, y tanto en un caso como en otro, cubierta por un
cuerpo cónico de tierra. Son las predecesoras de las romanas de la época
imperial. La necrópolis etrusca más importante es la de Cerveteri (fig. 382).
(fig. 382) Tumba de los Relieves de Benditaccia. Cervéteri
(Italia). Siglo VII a. C.
SARCÓFAGOS Y ESCULTURA FUNERARIA
La escultura, que principalmente
es de carácter funerario, se encuentra también muy influida por el estilo
arcaico griego. Los sarcófagos suelen presentarnos al difunto, solo o acompañado
por su mujer, tendido sobre el lecho mortuorio e incorporado en la mitad
superior de su cuerpo (fig. 383). Unas veces llevan un rollo en la mano, otras
la patena con el pago a Caronte, y con frecuencia se reducen a ahuyentar a los
demonios con las manos. En los más antiguos sus características son las propias
del arcaísmo griego, y realmente no es posible afirmar todavía que sus rostros
sean retratos. Son personajes más bien delgados y de proporciones elegantes.
(fig. 383) Sarcófago etrusco
En los sarcófagos de fecha más
avanzada ese arcaísmo desaparece, los personajes se hacen de formas más pesadas,
y en ciertos aspectos su arte decae, pero, en cambio, sus rostros se convierten
en verdaderos retratos no del tipo griego, siempre un tanto heroico, sino
reflejando esa observación penetrante que distinguirá después al retrato romano
(fig. 384).
(fig. 384) Estatua funeraria etrusca
La decoración escultórica de los
sarcófagos no siempre se reduce a la escultura o esculturas de la tapa. Con
frecuencia presentan en su frente escenas por lo general mitológicas, de origen
griego, y de tema funerario. De su escultura puramente religiosa, de bulto
redondo, el monumento más importante son las estatuas de Hércules y Apolo
disputándose la cierva procedentes del templo de Veyes, en las que con cierta
tosquedad se repiten conocidos convencionalismos del arcaísmo griego y, se forma
separada, el Apolo de Veyes (fig. 385). Se ha supuesto que puede ser obra del
escultor Vulca de Veyes, que a fines del siglo VI a. de C. es llamado a Roma
para decorar el templo de Júpiter.
(fig. 385) Apolo de Veyes en el museo de Villa Giulia, Roma.
BRONCE
Aspecto interesante de la
escultura etrusca, pero aún lleno de problemas, es el de sus broncistas. Existe
alguna obra, como la Loba (fig. 386) del Capitolio de Roma, de hacia el año 500,
que se considera unánimemente obra etrusca y no griega. La ferocidad del animal
está expresada en el rostro vigilante con verdad y energía tan admirables, que
la convierten en una obra maestra y nos permiten adivinar ese sentido de la
fuerza y de la caracterización que distinguirá al arte romano. Las estatuillas
de Rómulo y Remo se hacen en el Renacimienlo para reemplazar a las primitivas
perdidas.
(fig. 386) Loba capitolina
Esa misma energía tiene la
Quimera (fig. 387) del museo de Florencia que para algunos es obra griega.
(fig. 387) La Quimera
Y esta duda de si es obra griega
o propiamente etrusca, es el gran interrogante que se abre ante la hermosa serie
de retratos de bronce, que de ser etruscos, constituirían el magnífico pórtico
del arte romano del retrato. Obras ya contemporáneas del arte helenístico, al
menos, es indudable en ellas la influencia griega. La escultura más valiosa del
grupo, el Orador (fig. 388), del Museo de Florencia, está dotada de esa fuerza y
de ese aire de dominio que caracteriza al retrato romano posterior. Descubierta
la estatua en tierra etrusca, y con una inscripción en ese idioma, es la obra
más segura e importante de este momento de transición, cuando la sensibilidad
etrusca, enriquecida por el arte helenístico, desemboca en la escultura romana.
Se cree del siglo I a. de C.
(fig. 388) El Orador
Escultura también excelente de
hacia el año 300 a. de C, pero cuyo origen etrusco es menos seguro, es el busto
del Museo del Capitolio, que sin mayor fundamento se considera retrato de Lucio
J. Bruto. Productos de los broncistas etruscos son, además, numerosas cajas o
cistas decoradas con estatuillas y con escenas grabadas, y espejos decorados de
esta última forma (fig. 389).
(fig. 389) Espejo etrusco de bronce
PINTURA
La pintura etrusca se reduce a
las que decoran los muros de sus sepulcros. Son en un principio grandes
composiciones pictóricas, de colorido sencillo y apagado, que se enriquece
después considerablemente. Influida, sobre todo, por el estilo de los vasos
griegos importados, en ella puede seguirse la evolución de la pintura helénica.
Los temas representados suelen ser de carácter funerario, pero abundan los de la
vida diaria, y no faltan los históricos. En las de la tumba Campana, de Veyes,
una de las más antiguas, la influencia del arcaísmo griego es particularmente
sensible, y dentro de ese mismo estilo son muy bellas las escenas de danzas de
la tumba del Triclinio, de Tarquinia. Las pinturas de Vulci, que representan, en
cambio, las luchas de los etruscos con los romanos, han permitido reconstruir un
capítulo ignorado de la historia antigua como se expresa en la pintura de la
tumba François, nombre dado a una tumba familiar etrusca, descubierta en Vulci
en 1857 (fig. 3909.
(fig. 390) Pintura de la Tumba François, en Villa Albani (Roma)
ARQUITECTURA ROMANA
.—El pueblo romano, de
temperamento más práctico, pero de sensibilidad artística menos fina que el
griego, lo mismo que el etrusco, sigue los modelos de la vecina península,
aunque, tratándose de época más tardía, son ya los del período helenístico.
Algunos llegan a considerar el arte romano como una escuela helenística más, con
personalidad muy destacada. El arte romano, aun manteniéndose dentro de la
tradición helénica, es, sin embargo, de indiscutible personalidad, sobre todo en
la arquitectura, que por su carácter utilitario es el arte que más le interesa.
Al contacto de los monumentos mesopotámicos no sólo emplea la bóveda y el arco
como elementos arquitectónicos corrientes, sino que les hace desempeñar papel de
primer orden, y cuando llega a su pleno desenvolvimiento artístico en los días
del Imperio, se nos muestra en posesión de una arquitectura abovedada de
grandiosidad y riqueza extraordinarias, esencialmente distinta de la griega.
Es cierto que, incluso en
arquitectura, los artistas griegos continúan bajo el Imperio dirigiendo obras de
primer orden, y buen testimonio de ello es el nombre de Apolodoro de Damasco,
autor de las grandes, empresas arquitectónicas de Trajano, pero la realidad es
que no faltan arquitectos puramente romanos al frente de obras importantes en el
mismo Oriente. Sería, pues, absurdo pensar en la ausencia del genio romano en la
creación del estilo, pues bastaría recordar monumentos como el Coliseo de Roma.
Desplazado el arte etrusco, a
comienzos del siglo III a.C, por el helenístico, la arquitectura republicana
asimila cada vez con más intensidad las formas griegas, pero da también pasos
decisivos hacia la creación del estilo propiamente romano. Así, antes de
terminar el siglo I a.C, se edifican ya puentes y acueductos que demuestran un
dominio del arco y de la bóveda superior a los modelos orientales; en el
Tabularium (78 a. de C.) se emplean simultáneamente el arco y el dintel, novedad
de trascendentales consecuencias para la arquitectura posterior, y se definen
las características esenciales del templo romano frente al griego.
Bajo el Imperio, la arquitectura
romana, al contacto de Oriente, se transforma. Se construyen edificios más
lujosos y de proporciones gigantescas. Se crea un nuevo capitel, el compuesto,
más rico que los griegos. El entablamento se trata cada vez con mayor libertad,
resaltándose trozos de él para producir contrastes de claroscuro más intensos, y
en los últimos tiempos incluso se utiliza la misma columna como simple tema
decorativo. En Siria, en particular, se llega a un movimiento en las formas, a
un recargamiento decorativo y a unos efectos de carácter pictórico, que hacen
pensar en la arquitectura barroca europea de los siglos XVII y XVIII. Pero lo
que más contribuye al nuevo aspecto de la arquitectura romana es la
generalización de las cubiertas abovedadas y su empleo en edificios de amplitud
hasta entonces desconocidas en el arte clásico.
MATERIALES. LOS ÓRDENES
.—La arquitectura romana, en el
orden puramente constructivo y de ingeniería, alcanza un perfecto dominio de los
materiales. En la sillería emplea los más variados aparejos, que describe con
precisión de tratadista Vitrubio, pero además concede papel de primer orden al
mortero u hormigón muy fuerte, con cantos rodados o piedras pequeñas, que, una
vez fraguado, convierte la obra en él labrada en un solo bloque de consistencia
pétrea y duración eterna. Este material pobre y barato, y que, por tanto, exige
un revestimiento rico, o con apariencia de tal, opus tectorium, es decisivo en
los destinos de la arquitectura romana, sobre todo en lo gigantesco de sus
proporciones. Material no menos frecuente que el hormigón es el ladrillo, que
comienza a emplearse cocido en el siglo I a. de C, y recibe nombre diverso,
según su tamaño: bipedalis (0,60 X 0,60); sexquipedalis (0,45 X 0,45), y
bessalis (0,22 X 0,22).
Dentro de la nomenclatura
vitrubiana merecen recordarse, por su frecuente empleo, el opus quadratum, o
sillería a tizón aprendida de los etruscos; el opus incertum, especie de
mampostería menuda, y el opus reticulatum o muro de esta última naturaleza
revestido con pirámides de base cuadrada y dispuestas al sesgo. Los romanos
adoptan los órdenes griegos, aunque introduciendo en ellos importantes
novedades, y crean uno nuevo, en el que se funden el jónico y el corintio.
En su orden dórico (fig. 391), la
columna, que suele ser de fuste liso, termina en la parte superior en un toro
muy estrecho llamado astrágalo, que sirve de transición al capitel. Este, por
influencia etrusca, transforma la sección parabólica de su equino en un cuarto
bocel, adicionándole por bajo un breve cuerpo cilíndrico. Es el orden que se
conoce también con el nombre de toscano.
(fig. 391) Orden romano toscano (Foro de Roma)
En cuanto al orden jónico, la
principal novedad se refiere a la preferencia romana por el empleo en todas las
columnas, sin consideración a su emplazamiento, del tipo de capitel jónico de
esquina, en el que las volutas aparecen no sólo en los frentes anterior y
posterior, sino también en los laterales (fig. 392).
(fig. 392) Orden romano jónico (Teatro Marcelo de Roma)
En el fondo, como en tantas otras
innovaciones, al olvido del origen de la forma se une el deseo de producir un
efecto de mayor riqueza. Dada esta afición al lujo y a la riqueza, es natural
que el orden preferido por el pueblo romano sea el corintio (fig. 393), que,
como hemos visto, sólo en contadas ocasiones emplean los griegos. Aceptado con
análogas características que el prototipo helénico, continúa siendo en los
tiempos modernos, desde que vuelve a ponerlo de moda el Renacimiento, el capitel
más corriente.
(fig. 393) Orden romano corintio (Panteón de Roma)
La principal aportación romana a
los órdenes clásicos es el capitel compuesto (fig. 394), así llamado por estarlo
de elementos de los capiteles jónico y corintio. Vivo reflejo del ansia de lujo
de la Roma imperial es, en realidad, un capitel corintio, enriquecido en su
parte superior con el cimacio e incluso las volutas del jónico.
(fig. 394) Capitel compuesto templo de Vesta en Tívoli
El dintel compuesto así formado
aparece por primera vez en el Arco de Tito (81 años antes de Cristo (fig. 395),
pero en tiempos posteriores, no satisfecha la sensibilidad romana con tanta
riqueza, introduce en él figuras humanas como la de Hércules de los capiteles de
las Termas de Caracalla.
(fig. 395) Arco de Tito. Roma
En cuanto al entablamento, los
romanos suelen manifestar cierta inclinación a decorar las metopas del orden
dórico con discos, rosas, bucranios, etc., pero la mayor novedad es, como en el
arte helenístico, la libertad con que los arquitectos imperiales interpretan sus
diversas partes. Así, a mediados del siglo II vemos frisos convexos. El
arquitecto romano emplea, además, con frecuencia bajo los tres órdenes, un
pedestal, que consta a su vez de plinto o basa, dado o cuerpo central, y
cornisa.
Si los griegos han utilizado
alguna vez en el interior y en el exterior de un mismo edificio dos órdenes
diferentes, los romanos no sólo no tienen inconveniente en superponerlos en una
misma fachada, sino que convierten esa superposición en uno de sus sistemas
constructivos más usados en los grandes monumentos (fig.396).
(fig.396) Resumen ordenes romanos
EL ARCO. SUPERPOSICIÓN DEL DINTEL
Y EL ARCO
.—Aunque, contra lo que se ha
pensado durante mucho tiempo, ya no se atribuye a los etruscos la invención del
arco, de ellos lo aprenden los romanos, que son sus verdaderos difundidores y
quienes lo convierten, tanto como a su hermana la bóveda, en elemento
arquitectónico corriente de primer orden. El arco empleado por los romanos es el
semicircular o de medio punto. A juzgar por relieves, se le hace cabalgar ya
sobre columnas en tiempos de Augusto, pero la primera vez que se construye en
esa forma en gran escala es en el Foro de Leptis Magna, de principios del siglo
III.
El sistema de los templos griegos
seudoperípteros de adosar la columna y el entablamento al muro, de gran efecto
decorativo, sirve de base al arquitecto romano para una de sus principales
innovaciones. Consiste ésta en encajar entre esas columnas y bajo el dintel una
arco simultaneando así dos sistemas constructivos, suficientes cada uno de por
sí para la solidez del vano, pero estéticamente contradictorios, ya que
horizontalidad y reposo, y curva y dinamismo son los signos opuestos del dintel
y del arco.
Los triángulos formados por el
tradós o exterior del arco, el arquitrabe y las columnas, son las enjutas, nueva
forma arquitectónica de larga y fecunda historia en los estilos venideros. La
colocación del dintel sobre el arco aparece ya en el Tabularium (78 a. de C), o
archivo del pueblo romano, monumento de gran importancia además por emplear ya
en su interior la bóveda de arista, conocida por los arquitectos helenísticos
desde principios del siglo II a. de C. La superposición del dintel al arco se
utiliza como fórmula perfectamente lograda en el Teatro Marcelo (13 a. de C (fig.
397).
(fig. 397) Teatro Marcelo, Roma
Este empleo no puramente
constructivo de los órdenes adintelados griegos, sino adosándolos al muro,
transforma el entablamento en un elemento decorativo más, que los arquitectos
romanos tratan con libertad intolerable para un griego del siglo V a.C. Así, por
ejemplo, ya en el arco de Tiberio en Orange (46 a. de C (fig. 398) el arco se
eleva tanto que llega a interrumpir el entablamento;
(fig. 398) Arco de Tiberio en Orange
En el templo de Minerva, del Foro
de Nerva (96-98), el entablamento aparece a trozos alternativamente con todo el
relieve de las columnas sobre que descansan, o simplemente al ras del paramento
del muro; y en las Termas de Caracalla (fig. 399) se reduce a un trozo tan
estrecho que llega a convertirse en una especie de segundo capitel, novedad que
tendrá fecundas consecuencias en la época renacentista.
(fig. 399) Termas de Caracalla, ruinas y figuración
Este proceso barroco en pro de la
utilización de los elementos constructivos con fines decorativos se intensifica
paulatinamente. En la primera mitad del siglo II se producen ya en Oriente obras
importantes, en las que el estilo arquitectónico de las fachadas se presenta
intensamente transformado. De tiempos de Trajano se considera la Biblioteca de
Efeso (fig. 400), en la que alternan sobre columnas exentas, frontones
triangulares y curvos.
(fig. 400). Biblioteca de Efeso
En el Ninfeo de Mileto, el
sistema de destacar pequeños pórticos cubiertos por frontones, y la
multiplicación de columnas con fines puramente escenográficos, emulan las
caprichosas decoraciones arquitectónicas de las pinturas imperiales al fresco de
las que se trata más adelante. En la puerta del Mercado de Mileto y en el Teatro
de Aspendos (fig. 401), ya de mediados de siglo, se agrega a esas novedades el
frontón roto.
(fig. 401) Teatro de Aspendos
En la fachada del templo de
Baalbeck, de la primera mitad del siglo III, el entablamento se incurva,
formando un arco, que resulta así alojado en el tímpano del frontón. En el
palacio de Spalato (305) se labran arquerías ciegas decorativas sobre columnas
voladas (fig. 402), es decir, según una fórmula ya de sabor medieval.
(fig. 402) Palacio diocleciano de Spalato (Croacia)
LA BÓVEDA
La bóveda, que llega a presentar
gran número de variedades, se utiliza en Roma con gran perfección técnica ya en
la segunda mitad del siglo II a. de C, como lo atestiguan la Cloaca Máxima, el
Pons Aemilius (146 a.c) y el Pons Milvius (110 a.c).
Pero las grandes edificaciones
cubiertas por bóvedas gigantescas y complicadas no aparecen hasta la época
imperial. Bajo los Flavios, a fines del siglo I, se generaliza la bóveda de
aristas —Coliseo (fig. 403 - fig. 404)—, que es todavía muy rara en el período
republicano.
(fig. 403) El Coliseo
(fig. 404) El Coliseo
Izquierda: corte transversal del
Coliseo. Centro: detalle de fachada, con arcos de medio punto, semicolumnas,
semipilastras y pilares. Derecha, arriba: bóveda de cañón. Abajo: bóveda de
arista.
En tiempos de Adriano, la Villa
de Tívoli, de hacia el año 130, nos muestra bóvedas de cañón con lunetos y
semiesféricas sobre anillo de lóbulos cóncavos y convexos (fig. 405), gallonadas
y con arcos de descarga, de tanta importancia para la arquitectura medieval.
(fig. 405) Villa de Tívoli
Particularmente interesante es,
en esta misma época de Adriano, la bóveda de nervios de la llamada «Sette Bassi»
de Roma (fig. 406), consecuencia de los arcos de refuerzo del Coliseo.
(fig. 406) Ruinas villa Sette Bassi (Bóbeda de nervios)
En la Basílica de Majencio (fig.
407) se contrarrestan los empujes de las grandes bóvedas de arista oponiéndoles
otras transversales de cañón.
(fig. 407) Basílica de Majencio
Es también importante la novedad
de las Termas de Caracalla (211-217), de apoyar la bóveda de arista sobre
columnas adosadas, donde aparecen, además, unas incipientes pechinas para pasar
de la planta octogonal a la bóveda semiesférica (fig. 408).
(fig. 408). Ilustración pechinas de las Termas de Caracalla
PECHINA. En arquitectura, es cada
uno de los elementos estructurales y constructivos que resuelve el encuentro
entre la base circular de una cúpula y un espacio inferior cuadrado o poligonal.
Pese a la variedad y a la
magnitud de las bóvedas construidas por los romanos, no llegan a utilizar la
cúpula, salvo en las provincias orientales. Así, en el supuesto templo de
Minerva Médica, de Roma, de mediados del siglo III, se pasa de la planta
poligonal a la bóveda semiesférica por medio de una serie de piedras voladas,
pero no por pechinas (fig. 409).
(fig. 409) Minerva Médica, de Roma
Como es natural, los sistemas
abovedados romanos, de proporciones gigantescas y presiones laterales igualmente
considerables, exigen unos muros extraordinariamente gruesos, que contribuyen en
no pequeño grado a ese efecto de grandiosidad tan típico en sus monumentos.
LA DECORACIÓN
.—El repertorio decorativo romano
es el griego, al que se agrega algún tema de escasa importancia. Su capítulo de
mayor novedad es el de la interpretación de los temas vegetales en los últimos
tiempos del Imperio. El acanto y el follaje conservan durante muchas
generaciones su inspiración equilibradamente naturalista de abolengo helénico.
En la época augustea los tallos son finos y se mueven sobre un fondo amplio y
diáfano, describiendo elegantes curvas y contracurvas, y roleos o espirales (fig.
410).
(fig. 410). Ara Pacis. Detalle del zócalo con hojas de acanto
Follaje blandamente modelado y de
escaso relieve, se dibuja con limpieza en el plano luminoso del fondo. Cuando se
decora una pilastra se suele figurar un cesto, un trípode o un vaso, a veces
sobre animales pareados, de donde asciende un tallo vertical que atraviesa otros
vasos de diversas formas, y del que parten tallos secundarios y hojas que
describen simétricamente a ambos lados roleos, o simples ondulaciones.
Esta decoración de la época de
Augusto y de sus inmediatos sucesores va perdiendo con el tiempo diafanidad,
aunque conserva todavía el mismo sentido. En la primera mitad del siglo III, y,
sobre todo en las provincias orientales —en Siria—, el blando follaje y los
jugosos tallos clásicos comienzan a secarse, y, al llenar la decoración cada vez
más al fondo, éste deja de ser un plano de luz y se convierte en un plano de
sombra sobre el que se recorta bruscamente el nuevo tipo de follaje.
Como veremos, este sistema
decorativo, ya por completo anticlásico, será el punto de partida de la
decoración bizantina, de buena parte de la de Occidente durante la Edad Media, y
de la decoración árabe.
LA PINTURA DECORATIVA.
El otro capítulo importante de la
decoración romana es el de la pintura mural. Si la de carácter vegetal labrada
en relieve es de trascendentales consecuencias para la Edad Media, en cambio, su
decoración pictórica tiene influencia decisiva en los tiempos modernos. El
empleo de materiales baratos y el deseo de crear efectos de gran riqueza lleva a
los arquitectos romanos al uso frecuente de estucos de excelente calidad, que
permiten simular mármoles de diversos colores. De esta simulación de mármoles se
pasa pronto a crear una decocción caprichosa y fantástica, que evoluciona bajo
el Imperio tan intensamente que permite distinguir en ella varios estilos
sucesivos.
El llamado estilo de
incrustaciones, de origen helenístico, llega hasta principios del siglo I a. de
C, y se limita a imitar revestimientos de mármol y a figurar de muy bajo relieve
los temas decorativos (fig. 411).
(fig. 411). Estilo decorativo romano de incrustaciones
El estilo arquitectónico, que
vive hasta los comienzos del Imperio, simula en pintura unas composiciones
arquitectónicas muy libres, pero que, sin embargo, podrían construirse,
completándose el conjunto decorativo con cuadros de paisaje y figuras,
igualmente fingidos en pintura. Buen ejemplo de este tipo de decoración es la
casa de Augusto y Livia, en Roma (fig. 412).
(fig. 412) Decoración casa de Augusto y Livia, en Roma
En el llamado estilo ornamental
de los candelabros, o tercer estilo, que corresponde a la primera mitad del
siglo I, la decoración del segundo estilo se aligera tanto de materia y se hace
tan fina y fantástica, que sólo podría tener realidad labrada en metal. De color
rojo oscuro, casi negro, el fondo, como en el estilo anterior, en la parte alta
se torna celeste. En alguna casa, como la de los Vetii de Pompeya, son
particularmente bellas, por su concepción y por lo suelto de su factura, las
escenas mitológicas infantiles (fig. 413). Se ha pensado en el posible origen
alejandrino de este estilo.
(fig. 413) Decoración casa de los Vetii de Pompeya
El cuarto estilo corresponde ya a
la segunda mitad del siglo I, y es el de la Domus Áurea de Nerón y el de los
últimos tiempos de Pompeya, destruida el año 79. En él se vuelve a una
arquitectura que puede ser real como la del estilo arquitectónico, pero
procurando crear por medio de la perspectiva grandes efectos escenográficos, con
múltiples términos, y cortinajes en primer plano (fig. 414).
(fig. 414) Ruinas y figuración decoración de la Domus Áurea de
Nerón
EL MOSAICO
Elemento decorativo también
valioso es el mosaico de pavimentos, que, como tantas otras manifestaciones
artísticas, aprende Roma del pueblo griego y que ya en el período helenístico se
emplea con gran perfección. Aunque se inventa el opus sectile formado de trozos
con mármoles de diversos colores de mayor tamaño, cortados según la forma de la
decoración, lo más corriente es el opus tesselatum, de origen griego, de
pequeñas piezas de piedra o vidrio, tesselae. La mayor parte de la superficie es
de carácter geométrico, a veces bastante complicada, pero por lo general
contiene emblemas o cuadros con escenas diversas.
Hermosos ejemplos de mosaicos
historiados, tipo que no se introduce hasta bien avanzado el Imperio, son los de
la Villa de Adriano, en el Vaticano y en el Museo Capitolino. La obra maestra
del género es, sin embargo, el de la Batalla de Alejandro con Darío, de la Casa
del Fauno de Pompeya, que se considera copia de una pintura de Philóxenos de
Eretria. Además de los temas mitológicos, son frecuentes los circenses. Aunque
excepcionalmente, se utiliza también el mosaico para decorar el muro, y en
particular nichos, predominando entonces los colores azul y verde.
El arte del mosaico romano, que
desde los últimos tiempos de la República adquiere cada vez más importancia,
llega a constituir una industria perfectamente organizada que, gracias a varios
equipos de artífices que recorren todo el Imperio, difunde los modelos creados
por los principales talleres. El número de los mosaicos conservados en los más
apartados lugares del Imperio, no sólo en las ruinas de las ciudades, sino en
las villas o casas de campo, es verdaderamente asombroso. En España abundan,
pero merecen recordarse en particular el del Sacrificio de Ingenia, de Ampurias,
que se considera inspirado en la celebrada pintura del griego Timantes; el de
los Peces, y los de las escenas circenses, todos ellos en el Museo de Barcelona;
el del Triunfo de Baco y de los Trabajos de Hércules, del Museo Arqueológico
Nacional; el de la Medusa, del Museo de Tarragona (fig. 415), y el de los Peces,
del de Toledo. Los de tipo más corriente abundan en Itálica, Mérida y Tarragona.
(fig. 415) Mosaico de la Medusa, del Museo de Tarragona
EL TEMPLO
.—La diferencia principal del
templo romano respecto de su modelo griego es que las gradas o estilóbato se ven
reemplazadas por el podium o basamento de paredes verticales, que sólo tiene
gradas de acceso en el frente de su fachada anterior. El origen del podio no se
conoce con seguridad, habiéndose pensado en la Jonia asiática, donde se da
también, aunque en fecha más tardía. Parece que la mayor altura del podio es
testimonio de mayor antigüedad. Por lo común, es templo próstilo y
seudoperíptero, es decir, de pórticos, salvo el del frente principal, no
viables, sino simplemente de relieve, empotrados en el muro.
De la época republicana y
augustea poseemos varios templos importantes. Entre los más antiguos deben
recordarse: uno de los existentes en el Largo Argentino, en el campo de Marte (fig.
416), de fines del siglo IV a. de C, y el de Cori (fig. 417), de comienzos del
siglo I antes de C, que es dórico tetrástilo, y cuyas columnas tienen ya basa.
Su pórtico, según la costumbre etrusca, es muy grande en relación con la celia.
(fig. 416). Templo largo di Torre Largo Argentino, en el campo de
Marte
(fig. 417). Templo de Cori
Los dos ejemplares más
representativos y conocidos son el de la Fortuna Viril, de Roma (fig. 418), de
orden jónico, del período republicano, y el de Nimes, la llamada Maison Carree (fig.
419), que es corintio y corresponde ya a tiempos de Augusto.
(fig. 418) Templo Fortuna Viril
(fig. 419) Templo Maison Carree
El de Vienne es interesante, por
el extraordinario desarrollo del pórtico. De los templos de planta circular, son
los más bellos el de Vesta, en Roma, sobre estilóbato y el de Tívoli (fig. 420),
sobre podio. Ambos son corintios.
(fig. 420) Templo de Tívoli
El de Área Argentina, de Roma (fig.
421), de los siglos III a II a. de C, ofrece el interés de presentar ante su
ingreso un pórtico tetrástilo con frontón agregado algo posteriormente.
(fig. 421) Ilustración templo de Área Argentina, de Roma
Templo de otra forma, relacionado
con el de tipo abierto helenístico, con grandes ejes y amplias perspectivas, es
el de la Fortuna, hecho construir por Sila (81-79 a. de C.) en Preneste
aprovechando los desniveles del terreno, y del que sólo conocemos la
organización general (fig. 422).
(fig. 422 (fig.uración templo de la Forturna
Ejemplo de este tipo de
edificación nos lo ofrecen en España las ruinas de Mulva (provincia de Sevilla (fig.
423).
(fig. 423) Ruinas de Mulva (provincia de Sevilla)
Obra de primer orden, por la
excepcional calidad de su decoración, pero de proporciones más reducidas, es el
Ara Pacis, o Altar de la Paz, hecho construir por Augusto en Roma para
conmemorar la pacificación de España y de las Galias, el año 13. De pequeño
tamaño, pues sólo mide unos diez metros de lado, y de proporciones cuadradas, lo
ciñe un muro de unos seis metros de altura, decorado exteriormente, en su parte
inferior, con grandes roleos de acanto, y en la superior, con relieves alusivos
a la procesión que debía celebrarse todos los años para hacer ofrendas en el
pequeño Altar de la Paz de Augusto, levantado en el centro del patio. Los
relieves de hojas y tallos de acanto son los más bellos ejemplos de decoración
vegetal del arte augusteo.
A la época de Adriano
corresponden dos templos que ofrecen grandes novedades. Dentro del tipo de
planta rectangular, es particularmente interesante el trazado por el propio
emperador, de Venus y Roma (135 a. de C (fig. 424), por constar de dos celias
terminadas en semicírculo y unidas por sus testeros. Cubiertas con grandes
bóvedas de cañón con artesones, este doble templo tiene estilóbato corrido por
sus cuatro frentes como los griegos, y supera en magnitud a todos los
construidos hasta entonces en Roma.
(fig. 424) Figuración y ruinas Templo Venus y Roma
El gusto de los romanos por los
templos de planta circular no llega a inspirar una obra realmente de primer
orden hasta que se construye el llamado Panteón de Agripa (fig. 425). Enorme
edificio sin más columnata que la de su pórtico de ingreso, se cubre con
gigantesca media naranja de treinta y dos metros de diámetro. Contra lo que
siempre ha sucedido en el templo clásico, se piensa por primera vez, más que en
el exterior, en su interior, decorado por grandes casetones e iluminado por
anchísima claraboya. La bóveda está formada por una serie de arcos de descarga
en su arranque, y el resto es de hormigón recubierto de ladrillo, lo que, al
concentrar el peso de la media naranja en varios puntos, permite abrir en los
espacios intermedios del muro profundas capillas.
Aunque tanto los historiadores
clásicos como la inscripción del pórtico atribuyen el edificio a Agripa, lo
extraordinario de que en fecha tan temprana, y sin precedentes que puedan
explicarlo, se construya bóveda de tan gigantescas proporciones, ha hecho
preguntarse si, en realidad, puede ser de tiempos del ministro de Augusto. Como,
por otra parte, consta que el edificio es restaurado por Adriano, y existen
ladrillos de éste en la masa de la obra, se supone que esta restauración es una
verdadera construcción, en cuyo caso la gran bóveda es perfectamente explicable.
Tampoco se sabe con seguridad el fin para el que se construyó. Según unos, para
dar culto a todos los dioses del Imperio; según otros, para termas.
(fig. 425) Panteón de Agripa
El Panteón nos dice el grado de
maestría de los arquitectos de Adriano en el empleo de la bóveda. De ello dan
fe, además, las construcciones de carácter civil del mismo emperador en la Villa
de Tívoli, donde veremos emplear bóvedas esféricas sobre anillo de lóbulos
cóncavos y convexos, descansando en una columnat. El paso siguiente de
construcción abovedada semiesférica se da en el supuesto templo de la Minerva
Médica, de mediados del siglo III, de Roma, que hoy se considera un ninfeo. Es
su centro un octógono, con una exedra en cada lado, estableciéndose el tránsito
entre el octógono y la media naranja con una especie de pechinas como las
empleadas ya en las Termas de Caracalla. Se contrarrestan los empujes de la
media naranja con dos grandes cuartos de esfera y dos gruesos estribos;
demostrando todo ello cómo los arquitectos romanos de esta época avanzan hacia
lo que será la arquitectura abovedada bizantina.
Entre los templos de los siglos
II y III, que delatan un manifiesto deseo de crear nuevos tipos, figuran los de
Baalbeck dedicados a Júpiter y Baco (fig. 426 - 427), en Siria. En el de
Júpiter, el arquitecto dispone, en primer término, de un pórtico de entrada con
cuerpos laterales a manera de propíleos, y a continuación dos patios, hexagonal
el primero y rectangular el segundo, al fondo del cual se levanta sobre un podio
el gran templo períptero.
(fig. 426) Restos y figuración del templo de Júpiter, Baalbeck,
Siria
En el de Baco, no sólo se
resaltan intensamente los trozos de entablamento que corresponden a las
columnas, sino que se multiplican los frontones en los intercolumnios con fines
puramente decorativos.
(fig. 427) Restos del templo de Baco, Baalbeck, Siria
Aún más interesante, a pesar de
sus pequeñas proporciones, como muestra del barroquismo a que llega el arte
imperial romano en su deseo de mover los elementos arquitectónicos, es el de
planta circular, pero cuyo entablamento avanza sobre las columnas, formando
grandes entrantes curvos. Monumento de tipo excepcional, sobre todo si se le
considera como templo, es el Septizonium (fig. 428), construido a principios del
siglo III por Septimio Severo al pie del Palatino y que ocultaba la
irregularidad de las construcciones allí existentes.
(fig. 428) Septizonium
Destruido en el Renacimiento para
aprovechar sus materiales, los dibujos conservados permiten conocerlo con
bastante precisión. Consiste en una gran fachada de tres plantas de pórticos
adintelados con tres rehundimientos centrales semicirculares. Dedicado a los
siete dioses planetas, refleja el barroquismo de la arquitectura imperial de
esta época. En la Península, los restos de los templos existentes no aportan
ninguna novedad a los tipos metropolitanos. Las ruinas más importantes son las
de Evora, en Portugal; las del templo de Diana, de Mérida (fig. 429); las de
Barcelona, Vich, etc.
(fig. 429) Templo de Diana, de Mérida
BASÍLICAS
.—Entre las construcciones de más
fecunda consecuencia en los tiempos cristianos figura la basílica, o edificio
dedicado a la administración de justicia y a los tratos comerciales. Para acudir
a estos menesteres, que en un principio tienen lugar al aire libre bajo los
pórticos del Foro, Marco Poncio Catón (185 a. de C.) labra, al parecer siguiendo
modelos griegos, la basílica de su nombre. Las basílicas romanas suelen ser de
planta rectangular y tener una nave central y dos laterales más bajas, cuyo
desnivel sirve para iluminar el interior. En su cabecera, el tribunal del
magistrado administra justicia. Las basílicas conocidas son, sin embargo, de
tipos diversos. La basílica Julia, de tiempos de César, de la que existen los
cimientos, consta de una gran nave central y dos laterales de dos plantas,
superponiéndose en su alzado el dintel sobre el arco (fig. 430).
(fig. 430) Figuración y restos de la basílica Julia
La mejor conservada es la de
Pompeya (fig. 431).
.
(fig. 431) Restos y figuración de la basílica de Pompeya
Por su cubierta totalmente
abovedada, es de gran importancia la de Majencio (fig. 432), de nave central con
bóvedas de arista y testero semicircular, y naves laterales con cañones
dispuestos transversalmente para contrarrestar el empuje de las anteriores.
(fig. 432) Restos y figuración de la basílica de Majencio
TERMAS
Papel de primera importancia en
la vida romana desempeñan las termas, pues, aunque son los baños públicos, en
ellas existen salas de reunión y bibliotecas, y se completan con servicios como
los del estadio y con alojamiento para los atletas. Fundadas por particulares, y
contando con fondos propios, son de carácter gratuito, y, en consecuencia,
numerosísimo el público que a ellas concurre. Sus proporciones son cada vez
mayores. Como los servicios no se reducen al baño de agua, sino que presuponen
el de vapor y el masaje, en las termas romanas existen necesariamente, además
del irigidarium o piscina de agua fría, el tepidarium o sala con calefacción de
aire caliente bajo el pavimento, sistema que se introduce a principios del siglo
I a. de C, y el caldarium, dedicado a baño de agua caliente, de vapor y al
masaje. La sala para desnudarse es el apodyterium (fig. 433).
(fig. 433) Figuración termas romanas
De tipo todavía relativamente
modesto y muy antiguas son las Stabianas de Pompeya, que ofrecen el gran interés
arquitectónico de cubrir su irigidarium de planta cuadrada con una bóveda
semiesférica con claraboya central sobre cuatro trompas en forma de nichos.
Las grandes termas imperiales se
inician con las de Trajano, que crean el tipo imitado después, pero de la que
sólo poseemos algunos muros. Las de Caracalla (216), aunque únicamente conservan
los muros y alguna de sus bóvedas, nos permiten, sin embargo, formarnos idea no
sólo de sus gigantescas proporciones, sino de su interesante organización
arquitectónica. En realidad, quien las comienza es Septimio Severo. Labradas en
enormes masas de hormigón, que se revisten de mármoles y estuco, y cubiertas por
bóvedas gigantescas, las Termas de Caracalla, aparte de su interés como tales
termas, con acomodo para los más diversos servicios, son uno de los monumentos
más representativos e importantes de la arquitectura romana imperial.
El gran salón del frigidarium,
con sus enormes bóvedas de aristas recibidas por columnas adosadas y coronadas
por trozos de entablamento, ha debido ser uno de los interiores más grandiosos
creados por la Humanidad.
Aún superan en magnitud a las de
Caracalla las de Diocleciano (305), que siguen el modelo de las anteriores. Su
frigidarium es lo que Miguel Ángel convierte en la iglesia de Santa María de los
Ángeles, pero lo más interesante para la historia de la arquitectura es el
tepidarium (fig. 434), los empujes de cuyas enormes bóvedas de arista son
contrarrestados por gruesos estribos bajo los que corren las naves laterales.
Como además son coronados por pilares, constituyen así un valioso precedente del
sistema de arbotante y pináculo góticos.
(fig. 434) Termas de Diocleciano
En la Península Ibérica existen
varias ruinas de termas, que sólo permiten conocer su planta. Figuran entre
ellas las de Conímbriga, en Portugal, y las de Itálica. En cambio, algunas de
aguas medicinales, como las de Alanje, en Extremadura, continúan en uso (fig.
435).
(fig. 435) Termas de Alanje, en Extremadura
EL TEATRO
.—En el teatro, la principal
novedad romana es reflejo de la menor importancia concedida al coro en su
literatura dramática. Debido a ello, la orquesta, al disminuir de tamaño, se
hace semicircular, con el natural reflejo en la forma de la gradería, que los
romanos denominan cavea. Se distinguen en ella el tercio inferior, el medio y el
alto, que se denominan prima, media y summa cavea; conociéndose además toda la
rica nomenclatura latina de las restantes partes del edificio —cunei o tendidos,
precintiones o pasillos, vomitoria o puertas que sirven los tendidos, etc.
Prohibida expresamente la
construcción de teatros en Roma, por considerarse poco edificantes sus
representaciones, el primero se levanta por orden de Pompeyo, el año 55 a. de C,
a su regreso de Grecia, si bien labrando un templo a Venus en el centro de la
cavea, es decir, que, como él mismo dice, construye un templo y lo completa con
un teatro (fig. 436). Aunque, por desgracia, los restos conservados son escasos,
sí podemos ver que presenta en la fachada la organización de arquerías, con
columnas dóricas y jónicas en las dos plantas bajas, y con pilastras corintias
en el tercer cuerpo sin vanos, que servirá de modelo a tantos teatros y
anfiteatros.
(fig. 436) Figuración teatro de Pompeyo
Algo posterior, en mucho mejor
estado se encuentra el teatro Marcelo, de Roma. El más grande de todo el Imperio
parece que es el de Aspendos, en Asia Menor, cuya escena presenta frontones
curvos y triangulares alternados, y uno mayor, roto.
En España el más importante, y
uno de los mejor conservados del mundo romano, es el de Mérida (fig. 437), del
año 18 a. de C, si bien su escena, que es semejante a la del teatro tunecino de
Dugga, y en que aún puede verse buena parte de sus columnas en pie, se construye
en el año 135. Tiene cabida para 5.500 espectadores.
(fig. 437) Teatro romano de Mérida (Badajoz - España)
Del de Sagunto sólo existe la
cavea, y aún más perdido se encuentra el de Ronda la Vieja.
EL ANFITEATRO
El único edificio para
espectáculos importante de creación romana es el anfiteatro. Dedicado a las
luchas entre gladiadores, a las luchas con fieras y a otros espectáculos
análogos, al prohibirse a principios del siglo IV, por el Cristianismo, la
condena a ser muerto por las fieras, y desde el año 404, los combates entre
gladiadores, termina por ser innecesario. De planta elíptica y rodeado por todas
partes de graderíos para los espectadores, es, en realidad; como lo indica su
nombre, un doble teatro. El espectáculo tiene lugar en la parte central o arena,
bajo la cual existen numerosos corredores, cámaras y escotillones para la
tramoya de la representación, y la salida de fieras, gladiadores y actores. En
la gradería o cavea, se distingue las mismas zonas que en el teatro. A veces se
aprovecha parcialmente un cabezo o ladera para excavar en él la parte inferior y
sólo tener que construir la alta; pero lo corriente es que se edifique en su
totalidad.
El anfiteatro más antiguo
existente es el de Pompeya, de hacia el año 70 a. de C. Excavado en buena parte
en la ladera de una colina, lo construido sólo presenta al exterior un muro
liso.
El más importante, y que por sus
proporciones gigantescas ejerce influencia decisiva en este tipo de monumento,
es el edificado por Vespasiano (80 a. de C), en Roma, o Coliseo. De 188 metros
de largo por 156 de ancho, y capaz para 50.000 espectadores, está todo él
construido y presenta en su exterior la superposición de arquerías ya descrita
en el teatro Marcelo. Labrado sobre un lago artificial de tiempos de Nerón, se
alojan en la cavidad de éste numerosísimas dependencias subterráneas. El cuarto
piso del anfiteatro parece ser adición de tiempos de Domiciano, y las ménsulas
que en él aparecen sirven para los mástiles que, atravesando la cornisa,
sostienen el toldo para dar sombra a las caveas. Para la historia de la
arquitectura ofrece, además, el interés del empleo de arcos de refuerzo de
ladrillo, dispuestos a trechos en la bóveda de hormigón, creando así una parte
especialmente activa dentro de la misma, y de la bóveda de arista.
Entre los anfiteatros que siguen
el modelo del Coliseo figuran algunos tan importantes como los de Pola y Nimes.
En España, aunque de menos interés arquitectónico, por ser en gran parte
excavados, los más valiosos son los de Itálica (fig. 438) y Mérida. El de
Itálica, cantado por los poetas sevillanos del Siglo de Oro, es uno de los
mayores del mundo, y tiene en su arena una fosa cruciforme, en la que se
advierten aún claramente las huellas para cubrirlo de madera, y de las jaulas
para las fieras. Obra en gran parte excavada, su fachada construida es
relativamente pequeña. Se considera de la época de Trajano, si bien algunos lo
creen de los comienzos de la Era Cristiana. De tiempos de Augusto es el de
Mérida.
(fig. 438) Anfiteatro de Itálica
EL CIRCO
El circo (fig. 439), dedicado a
las carreras de caballos, carros y ejercicios atléticos, corresponde al estadio
griego. De planta estrecha y larga como éste, y rodeado de gradas para los
espectadores, se levanta a lo largo de su eje longitudinal la spina o pedestal
corrido, en torno a la cual se desarrolla la pista. Termina el circo por uno de
los lados en forma semicircular, mientras que el otro es un arco de círculo,
cuyo centro, en lugar de encontrarse en la espina, se halla en el centro del
comienzo de la pista por donde se inicia la carrera, a fin de que todos los
concurrentes se encuentren al salir a igual distancia de ella. En España, donde
debió de existir bastante afición a esta clase de espectáculos, los más
importantes son los de Mérida y Toledo, siendo también muy curiosos, por darnos
idea de las carreras mismas, los bellos mosaicos del Museo de Barcelona, ya
citados.
(fig. 439) Figuración del Circo Máximo de Roma
MONUMENTOS CONMEMORATIVOS
ARCOS
.—Hijos del profundo deseo de
gloria terrena que siente el romano, son los monumentos conmemorativos.
El arco de triunfo tiene la forma
de una puerta de ciudad aislada del resto de la muralla. Su emplazamiento es muy
diverso. Se levanta en los foros como ingreso monumental, a las entradas de los
puentes, en los cruces de las calzadas, sobre las fronteras de las provincias o
en lugares donde tiene lugar algún hecho glorioso para el personaje a quien se
dedica el arco. Puede ser de un solo vano, rara vez de dos, de tres y aún de
más.
A veces el arco no es un trozo de
muro de planta rectangular con dos fachadas, sino de planta cuadrada con cuatro
fachadas —cuatrifrons—, como el de Caparra, en España. Las columnas que
encuadran el arco reciben el entablamento, sobre el que descansa el ático de
terminación. Lisos sus paramentos en los más sencillos, generalmente se cubren
de relieves conmemorativos de las hazañas del personaje, siendo casi de rigor la
representación del desfile triunfal, en el que figura el interesado guiando su
cuadriga conducida por la figura alegórica de Roma.
Aunque consta que se construye
algún arco de triunfo bajo la República, como el de Estertinio (196 a. de C), el
más antiguo que poseemos es el de Orange, en Provenza, del año 46 d. de C (fig.
440). Consagrado primero a César, conquistador de Marsella, lo es más tarde al
emperador Tiberio.
(fig. 440) Arco romano de Orange, en Provenza
De gran belleza, por la elegancia
de sus proporciones e incluso por su misma sencillez, es el de Tito (fig. 441),
erigido (81 d. de C.) en el Foro Romano para conmemorar su triunfo sobre los
judíos. Aparte los elementos arquitectónicos, la decoración se limita a la gran
lápida del ático y a las dos Victorias de las enjutas en actitud de coronar al
emperador al pasar bajo el arco. Las escenas del desfile se reducen a dos bellos
relieves del interior (lám. 290
(fig. 441) Arco romano de Tito en Roma
En el Arco de Trajano, en
Benevento (fig. 442), persisten, como será de rigor, las Victorias y la
dedicatoria del ático, pero tanto los intercolumnios como el resto del ático se
cubren de relieves, que ahora no enaltecen ningún triunfo guerrero, sino los
desvelos por la buena administración del Imperio. Como el de Tito, es también de
un solo vano.
(fig. 442) Arco de Trajano, en Benevento
El de Septimio Severo (203 d. de
C), en el Foro Romano, el mejor de los conservados, es de tres vanos, el central
mayor que los laterales, y de gran monumentalidad. El de los Plateros, de Roma,
erigido por los de este gremio al mismo emperador, es mucho más sencillo, y pone
ya de manifiesto la decadencia que se inicia en el arte romano.
El último gran arco imperial es
el de Constantino (fig. 443), de bellas proporciones, pero la mayoría de cuyos
relieves se arrancan de monumentos anteriores, delatando en ello el agotamiento
de la capacidad creadora de la escultura romana.
(fig. 443) Arco imperial de Constantino
De tipo «cuatrifrons» es también
de esta época el del Foro Boario, decorado en sus frentes por hornacinas
encuadradas por columnas, hoy desaparecidas. Su bóveda es de aristas nervada.
Los arcos de triunfo conservados
en España son muy modestos y carecen de decoración escultórica. Ya queda citado
el de Caparra, en Extremadura, como ejemplo de arco «cuatrifrons». El de Bará,
sobre la vía Augusta, entre Tarragona y Barcelona, está decorado por sencillas
pilastras, y lo manda construir, para señalar la frontera entre dos pueblos
importantes de la comarca, Lucio Licinio Sura, el gran general de Trajano,
español de nacimiento y muy influyente en Roma. El de Medinaceli es de tres
puertas.
MONUMENTOS CONMEMORATIVOS
COLUMNAS
Monumentos de este mismo
carácter son también las columnas conmemorativas. La rostral de Cayo Duillo (fig.
444), así llamada por las «rostras» o proas de naves, conmemora su triunfo naval
del año 260 antes de C.
(fig. 444) Columna rostral de Cayo Duilio
La más famosa e importante es la
de unos treinta metros de altura construida por Trajano (113 d. de C (fig. 445),
al fondo del foro de su nombre, para contener su capilla funeraria en el
interior del pedestal y mostrar en un relieve continuo helicoidal de su campaña
contra los dacios. Estuvo coronada por la estatua de bronce del emperador, hoy
reemplazada por otra de San Pedro, y tiene una escalera de caracol que permite
subir hasta lo alto.
(fig. 445) Columna imperial de Trajano
Más gruesa, por deber acompañar
en su remate a la estatua del emperador es la de la emperatriz, pero de las
mismas características, es la construida por Marco Aurelio para conmemorar sus
triunfos sobre los germanos y los sarmatas. Todavía Teodosio levanta (306) su
columna triunfal en Constantinopla, que sólo conocemos por dibujos.
MONUMENTOS CONMEMORATIVOS
TROFEOS
Monumento conmemorativo singular
es el de los Trofeos de la guerra dacia de Trajano, en Adamklisi (Rumania (fig.
446). Ancha y maciza construcción cilíndrica de hormigón, se encuentra revestida
de sillería con un friso de relieves muy toscos. Sobre su coronamiento cónico
descansa un segundo cuerpo prismático rematado por el clásico trofeo.
(fig. 446) Trofeo de la guerra dacia de Trajano, en Adamklisi
(Rumania)
En el fondo es el desarrollo
monumental del simple trofeo que suelen levantar los romanos al terminar una
guerra para ejemplo de los vencidos: un grueso tronco con las armas y dos
prisioneros condenados a morir de hambre a su pie.
ACUEDUCTOS
.—Aunque de carácter puramente
utilitario, sus bellas y con frecuentes gigantescas proporciones convierten a
los acueductos en monumentos artísticos que expresan como pocos la grandeza del
pueblo que los edifica. La necesidad de aprovisionar a una ciudad como Roma de
agua abundante, no sólo para el consumo indispensable, sino para sus termas y
para alimentar sus grandes fuentes decorativas, dota a los arquitectos de
maestría extraordinaria en la conducción de aguas. Aunque conocen el sifón,
prefieren el sistema de la conducción de agua a nivel por medio de arcos sobre
pilares de altura en consonancia con el desnivel del terreno. La campiña romana
está cruzada todavía por un sinnúmero de estos acueductos, varios de ellos aún
hoy en uso, que llevan el nombre de quienes los hicieron, y son numerosos los
que se conservan en todo el antiguo Imperio. Recuérdese, entre los de Roma, el
de Claudio. En Provenza es bien conocido el de Gard, construido sobre el puente
que atraviesa el río de ese nombre (fig. 447).
(fig. 447). Acueducto sobre el río Gard en Provenza
En España se utilizó hasta el
siglo XIX uno de primer orden como el de Segovia (fig. 448). Labrado todo de
granito, tal vez ninguno le supera en elegancia y grandiosidad, y asombra el
pensar que obra tan gigantesca se edificara para proveer de agua a una ciudad
seguramente bastante pequeña. Mide unos setecientos metros de longitud y unos
treinta de altura máxima. Consta que existe en el siglo I, y, al parecer, es de
tiempos de Augusto.
(fig. 448) Acueducto de Segovia
El de los Milagros, de Mérida (fig.
449), en lugar de estar construido por pisos, los pilares se continúan hasta la
parte superior, sirviendo sus dos filas de arcos como de entibo para evitar el
desplazamiento lateral de aquéllos. Esto, unido a su alternar de hiladas de
piedra y ladrillo, lo convierte, como veremos, en probable fuente de inspiración
de las arquerías de la Mezquita de Córdoba. Análogos caracteres presenta el de
San Lorenzo, también de Mérida, mientras en el de Tarragona la edificación es
por pisos.
(fig. 449) Acueducto los Milagros, de Mérida
PUENTES
La red admirable de calzadas, que
es uno de los más sólidos fundamentos del Imperio, obliga a la construcción de
un sinnúmero de puentes, algunos de ellos de longitud y altura extraordinarias.
En España los puentes romanos más o menos íntegramente conservados son
numerosos, abundando en particular los de tiempos de Trajano, que no en vano se
ha calificado a éste como el mayor constructor de puentes de nuestro país,
después de Carlos III.
El de proporciones más esbeltas
—tiene cerca de cincuenta metros de altura—, por el encajonamiento en ese lugar
del río Tajo, es el de Alcántara (fig. 450), que tiene un arco de triunfo en su
parte central, y un templo a su entrada. Es obra del arquitecto Cayo Julio Lácer
(105-106 d. de C.
(fig. 450) Puente de Alcántara sobre el río Tajo
El de Mérida, sobre el Guadiana (fig.
451), es mucho menos elevado, pero, en cambio, mide cerca de un kilómetro de
longitud y se distingue por su alternar de arcos grandes con otros menores
abiertos en sus pilas.
(fig. 451) Puente de Mérida, sobre el río Guadiana
El de Anconétar (fig. 452),
también en Extremadura, sobre el Tajo, es de arcos escarzanos.
(fig. 452) Puente de Anconétar, sobre el río Tajo
LA CASA
.—La parte más típica de la casa
romana anterior a la influencia helénica es la habitación con claraboya cenital
donde se encuentra el hogar, y que, por estar ennegrecida por el humo de éste,
recibe el nombre de atrio —ater, negro—. Su origen está en la cabana con hueco
en el centro de su cubierta para la salida de humo, de los primitivos romanos.
El hueco de la cubierta del atrio, formado por los tejados que vierten las aguas
a su interior, es el compluvium, mientras la parte central en que ese agua se
recoge es el impluvium. El atrio es, además, el santuario de la casa, donde
están los armarios con los retratos de los antepasados, por lo general, bustos
hechos sobre la mascarilla del difunto. Vitrubio habla de varios tipos de atrio:
el toscano, en el que el compluvium es sostenido por vigas horizontales sin
necesidad de columnas; el tetrástilo, o de cuatro columnas, y el corintio, que
tiene más de cuatro. Según el mismo tratadista, el atrio debe ser
aproximadamente un tercio más largo que ancho y no cuadrado. La sala de
recepción y comedor, o tablinum —de tabula, mesa—, se abre al atrio y a él
comunica una alcoba, que en su origen debe de ser el dormitorio del padre.
En el siglo II la influencia
griega transforma la casa romana con la introducción del peristilo o patio de
columnas, que al construirse al fondo del atrio convierte a éste en lugar de
tránsito, y agrupa en torno a sí la parte de vivienda. Enriquecida así la casa
romana y llena de luz, se completa en la crujía de fachada con el vestíbulo y
con unas habitaciones abiertas al exterior y sin comunicación con el interior
dedicadas a tiendas. En el pavimento de mosaico del vestíbulo suele
representarse un perro, en actitud de guardar la casa, con la inscripción cave
canem —cuidado con el perro—.
Ejemplo característico de casa de
tipo ya helénico es la llamada del Fauno de Pompeya, del siglo II a. de C..
Consta de las siguientes construcciones: 1) Vestíbulo; 2) Atrio principal
toscano; 3) Atrio tetrástilo; 4) Tablinum; 5) Primer peristilo; 6) Exedra; 7)
Segundo peristilo; 8) Cocina, las dependencias en rojo son el Cubiculum, y en
verde el Triclinium (fig. 453).
(fig. 453) Plano de la Casa del Fauno en Pompeya
Aunque la casa de la época
republicana es generalmente de un solo piso, bajo el Imperio llega a tener
varias plantas. Las casas mejor conservadas son las de Pompeya y Herculano, por
haber sido cubiertas por las cenizas del Vesubio cuando las habitaban sus
propietarios. Cubiertas por la arena han llegado también hasta nosotros en buen
estado las del puerto de Ostia, siendo particularmente interesantes por sus
varias plantas. Abandonadas, en cambio, la mayor parte de las otras ciudades
después de arruinadas, por lo general sólo conservan los pavimentos de mosaico y
poco más de un metro de muro. Tal es el caso de las casas romanas excavadas en
España, cuyo núcleo más importante es el de Itálica, si bien no faltan ruinas en
otras partes de la Península, como Mérida, Conímbriga y Ampurias.
De las grandes residencias
imperiales es muy poco lo existente, y son los testimonios literarios los que en
buena parte nos permiten formarnos idea de su magnificencia.
La Casa de Augusto en el
Palatino, con bellas pinturas murales, es más bien una casa de tipo privado. Por
considerarlo así, construye su sucesor la Domus Tiberiana, igualmente en el
Palatino, donde falto de espacio, no puede darle la necesaria amplitud. En vista
de ello, Nerón labra la Domus Áurea (fig. 454) en el frontero Esquilino con
amplísimos jardines, y ante ella hace levantar su propia estatua de bronce, de
proporciones aún más gigantescas que el Coloso de Rodas.
(fig. 454) Figuración de la Domus Áurea del emperador Nerón
Una de sus partes de mayor
interés es la gran estancia octogonal cubierta por bóveda semiesférica,
esquifada en su arranque, y, como vimos en el Panteón, con gran claraboya
central. Sus arquitectos son los romanos Celer y Severus.
Pero quien edifica el que había
de ser palacio imperial definitivo hasta los días de Constantino, a cuyo efecto
expropia las casas patricias del Palatino, es Domiciano. La Domus Flavio (fig.
455) por él construida tiene por núcleo central un amplio peristilo o patio. En
su testero se encuentra el salón del trono abovedado sobre gruesos muros con
hornacinas para estatuas, flanqueado de una parte por el santuario familiar o
Lararium de los Flavios, y de otra por una basílica; a los pies del peristilo,
el triclinio es de análogas proporciones al salón del trono y tiene dos patios
porticados laterales con estanques. Inmenso el palacio, además de la parte
pública anterior, contiene la casa privada, la Domus Augusta, o del emperador,
con otros dos grandes patios, numerosas dependencias e incluso un circo, que es
una de las partes mejor conservadas. La Domus Flavia es obra del arquitecto
Rabirius.
(fig. 455) Restos de la Domus Flavia
De carácter muy diferente e
inspirada directamente por Adriano, a quien, como hemos visto, se atribuye la
traza del original templo de Venus y Roma, es la grandiosa Villa de Tívoli, de
hacia 130, formada por palacios, palacetes, teatros, etc., en los que el
barroquismo creciente de la arquitectura imperial romana se manifiesta en el
movimiento de las líneas curvas de sus plantas, en las caprichosas formas de sus
bóvedas de hormigón, natural consecuencia de aquéllas y en los efectos de
perspectiva de sus columnatas interiores.
El palacio de Diocleciano, de
fines del siglo III, en Spalato (fig. 456), en la ribera dálmata del Adriático,
la patria del emperador, nos dice la profunda transformación sufrida por la
arquitectura palaciega romana.
(fig. 456) Palacio de Diocleciano, de fines del siglo III
Defendido de una parte por el
mar, sus tres fachadas de tierra se encuentran ya reforzadas por torres, como
los castillos medievales (fig. 457).
(fig. 457) Figuración y trazas del Palacio de Diocleciano, en
Spalato (Croacia)
Es, además, edificio de capital
importancia por la manera de emplearse los elementos arquitectónicos, tales como
los arcos ciegos cabalgando sobre columnas adosadas que descansan en ménsulas,
de la portada que hacen pensar en la futura arquitectura medieval, y los arcos
viables cargando directamente sobre columnas. Ambos sistemas cuentan con
precedentes, pero el palacio de Spalato atestigua que principian a difundirse.
SEPULCROS
Aunque alguna familia patricia
continúa practicando durante mucho tiempo la inhumación, lo corriente en Roma es
la cremación, hasta que, gracias a la doctrina estoica, en tiempos de Trajano
comienza a restaurarse la costumbre antigua. El sepulcro excavado consiste en
una o varias cámaras para celebrar los ritos funerarios y para depositar en
nichos abiertos en sus paredes las pequeñas urnas con las cenizas. En España la
mejor necrópolis de este tipo es la de Carmona (fig. 458).
(fig. 458). Necrópolis de Carmona
Los enterramientos construidos
adquieren a veces proporciones tan monumentales como los levantados en Roma
junto a la Vía Apia. El de Cecilia Métela, sobrina del triunviro Craso, es el
ejemplo más antiguo de sepulcro en forma de torre, en gran parte maciza, con
cámara sepulcral muy pequeña, y coronado, como los etruscos, por un montículo de
tierra poblado de árboles (fig. 459).
(fig. 459) Necropólis de Cecilia Métela
Este tipo de sepulcro es el
adoptado por emperadores como Augusto y Adriano. Del sepulcro que Augusto
hiciera labrar para sí y para sus familiares sólo existen ruinas y algunos
dibujos del Renacimiento que nos permiten conocer su organización. Formado por
varios muros circulares concéntricos, más altos cuanto más interiores, remata en
una serie de terrazas escalonadas que en la actualidad se cree estuvieron
pobladas de árboles (fig. 460).
(fig. 460) Mausuleo de Augusto en Roma
El sepulcro de Adriano, la Mole
Adriana, aunque muy desfigurado para convertirlo en fortaleza pontificia, es el
actual castillo de Sant Angelo (fig. 461).
(fig. 461) Mausoleo de Adriano, actual castillo de Sant Angelo
Juntamente con este tipo de
sepulcro cilíndrico, de tradición etrusca se introduce ya en el siglo II a. de
C. el griego de torre cuadrada de varios pisos. Uno de los ejemplos más bellos
es el llamado Monumento de los Julios, en Saint Rémy (Provenza), decorado en su
primer cuerpo con relieves de batallas probablemente de valor simbólico (fig.
462).
(fig. 462) Monumento de los Julios, en Saint Rémy (Provenza)
En España poseemos el de
Tarragona, atribuido sin fundamento a los Escisiones (fig. 463), con estatuas de
Athis, la deidad compañera de la muerte.
(fig. 463) Necrópolis de Tarragona
Además de estas clases de
sepulcros corrientes anteriores, se introducen, desde fecha bastante temprana,
otros de tipo extranjero de los que es ejemplo característico, ya en la época
republicana, el de Cayo Sestio, en forma de pirámide muy apuntada, como las
egipcias del período helenístico (fig. 464).
(fig. 464) Necrópolis de Cayo Sestio
En España, además de los
sepulcros ya citados, tenemos los de forma de templo de Fabara (fig. 465) y
Sádaba, en Aragón.
(fig. 465) Sepulcro de Fabara
LA CIUDAD
PUERTAS
.—La ciudad romana de nueva
planta, como el campamento, es de forma cuadrada o rectangular, con una puerta
en el centro de cada lado, correspondiente a sus dos calles principales, la
cardo o longitudinal, que es la mayor, y la decumana o transversal. Aunque a
veces esas puertas son sencillas, otras se conciben con gran monumentalidad,
como sucede en la Puerta Mayor de Roma (fig. 466), doble e bigémina, según es
frecuente.
(fig. 466) Puerta Mayor de Roma
Cuando, a consecuencia de la
guerra con los partos, aprenden los romanos a reforzar las murallas con torres
salientes, se adoptan también para flanquear las puertas de las ciudades. Buen
ejemplo de este tipo es la Puerta Negra (fig. 467), de Tréveris, la ciudad
fortificada próxima a la frontera de Germania.
(fig. 467) Puerta Negra de Tréveris
En España son importantes el
recinto amurallado de Lugo (fig. 468), las murallas de Tarragona y Barcelona y
la puerta de Carmona. Restos de murallas abundan en otras ciudades españolas.
(fig. 468) Recinto amurallado de Lugo
LA CIUDAD
FOROS
Por estar en él emplazados los
templos y los principales edificios de administración pública, el foro es la
parte más monumental de la ciudad romana. El foro por excelencia es el Foro
Romano o Forum Magnum de Roma (fig. 469), situado en el estrecho valle al pie
del Palatino. Lugar de ferias en tiempos de los Reyes, se levantan en él desde
un principio monumentos públicos de primer orden íntimamente ligados a la
historia romana. Los edificios, los monumentos conmemorativos y las estatuas
llegan a ser tan numerosos, que la Vía Triunfal, la única accesible a los
vehículos y que atraviesa todo el Foro, sólo mide unos cuatro metros de anchura.
De muy diversas épocas, pero restaurados posteriormente, forman un conjunto
impresionante.
(fig. 469) Foro Romano o Forum Magnum de Roma
En el testero, sobre el
Capitolio, se levanta el Tabularium, y a su lado, y también en la altura, el
templo de Júpiter Capitolino. Ya en el valle, y al pie del Tabularium, están los
templos de la Concordia, de los Dioses Consentes y de Saturno, y ante ellos,
presidiendo la explanada del Foro, el Comizio, o lugar para las arengas
públicas. A los lados de la explanada central, de una parte, la Basílica Julia y
el templo de Castor y Pólux, y de otra, el Arco de Severo y la Basílica Emilia.
Cierran el Foro por la parte de los pies, el templo de Julio César y el de
Vesta.
Abandonados sus edificios y
cubiertos de tierra, sus ruinas vuelven a ser mercado durante la Edad Media como
en los tiempos primitivos, y los ganados pastan de nuevo en el valle. Es desde
entonces el Campo Vacino o de las Vacas que pintan los paisajistas romanos de la
época barroca, hasta que modernamente se excava dejando al descubierto sus
ruinas.
Intransitable con tan gran número
de monumentos, e inútil a sus fines primitivos en el viejo Foro, se construyen
el de Julio César, el de Augusto, el de Nerva, que se edifica para comunicar los
tres anteriores, y el de Trajano. Todos ellos, presididos por un templo,
responden a un plan que falta en el Forum Magnum original, que termina siendo
una especie de ciudad santa.
El más importante y grande de
estos foros posteriores es el de Trajano (113 d. de C), obra de Apolodoro de
Damasco, consistente en una plaza cuadrada rodeada de pórticos, con grandes
hemiciclos laterales. Al fondo se abre la Basílica Ulpia, con dos columnatas
interiores y otros dos hemiciclos laterales, que da paso, a su vez, al patio,
donde se levanta la Columna Trajana. A un lado y a otro de ésta se labran dos
salas para biblioteca.
LA CIUDAD.
PÓRTICOS
De primordial importancia en el
aspecto urbano de la ciudad romana son los pórticos. Roma es, en buena parte,
una ciudad de pórticos, y aunque sólo sea en la calle mayor, también los tienen
las ciudades de provincia. Su origen se encuentra en las grandes ciudades
helenísticas de Siria, como Damasco y Palmira. El de Apamea (fig. 470) mide más
de kilómetro y medio.
(fig. 470) Pórticos de Apamea
El más antiguo conservado en Roma
es el de Mételo, construido para conmemorar la conquista de Macedonia (146 a. de
C). Se considera el primer edificio de mármol labrado en Roma y es obra del
griego Hermodoro de Salamina. Enriquecido por Mételo con el grupo de Alejandro y
sus compañeros, de Lisipo, tanto este pórtico como otros varios de los muchos
que se construyen Hpcinués, terminan convirtiéndose en verdaderos museos.
Las ruinas de ciudades romanas
mejor conservadas por las razones dichas son las de Herculano y Pompeya, y como
ciudad portuaria de tipo comercial es importante la de Ostia. En el norte de
África son del mayor interés las ruinas de Timgad (fig. 471), la ciudad
construida de nueva planta para las familias de los legionarios por orden de
Trajano, que tiene por puertas principales arcos de triunfo.
(fig. 471) Ruinas de Timgad
El foro de Leptis Magna en
Tripolitania (fig. 472), de principios del siglo III, como se ha indicado,
ofrece el interés para la historia de la arquitectura del empleo por primera vez
en gran escala de arquerías cabalgando directamente sobre columnas.
(fig. 472) Foro de Leptis Magna en Tripolitania
En España, las ciudades excavadas
más dignas de consideración son Itálica de calles porticadas, Ampurias y Bolonia
o Baelo Claudia (fig. 473); ésta, en la provincia de Cádiz, cerca del Estrecho
de Gibraltar.
(fig. 473) Restos de la Ciudad de Bolonia en la provincia de
Cádiz.
CAPÍTULO VIII
ESCULTURA Y
PINTURAS ROMANAS.
ARTE IBÉRICO
LA ESCULTURA DE ESTILO
HELENÍSTICO
EL RETRATO BAJO LA REPÚBLICA
EL RETRATO BAJO EL IMPERIO
EL RELIEVE HISTÓRICO
SARCÓFAGOS
ESCULTURA ROMANA EN ESPAÑA
PINTURA
CERÁMICA
RELIEVE EN PLATA
ARTE IBÉRICO
ARTE CELTA
LA ESCULTURA DE ESTILO
HELENÍSTICO
.—Lo mismo que la arquitectura,
la escultura romana tiene su origen en la griega, y también como en ella, existe
un importante capítulo helenístico integrado por los artistas griegos o romanos
formados en Grecia y establecidos en Italia, que trabajan en el estilo de su
época o que se ciñen a imitar o copiar los modelos de épocas anteriores. Pero,
como es natural, la sensibilidad artística y la manera de ser romana, menos dada
a idealismos y muy gustosa de la gloria terrena, no tarda en imponer su poderosa
personalidad en esta escultura aprendida de los griegos. Sus dos géneros más
originales son el retrato y el relieve histórico.
La influencia decisiva en la
formación y evolución de la escultura romana es la helenística. La helenización
de los dioses romanos en los últimos tiempos de la República es un hecho
histórico bien conocido, y con la religión y las costumbres se importan las
esculturas. Ya a principios del siglo III a. de C. se despoja a Siracusa de sus
estatuas para decorar Roma, y veinticinco años más tarde se traen por igual
derecho de conquista los varios centenares de estatuas de mármol y bronce de la
colección de Pirro. Las conquistas posteriores inundan la Ciudad Eterna con un
verdadero aluvión de esculturas griegas.
Pero con las esculturas llegan
también los escultores, y es sabido que el sur de Italia es tierra griega.
Gracias a toda esta serie de circunstancias, Italia se convierte en una de las
sedes del arte helenístico. Una de las manifestaciones más interesantes del
helenismo itálico de la época republicana es la escuela formada en tierra de
Nápoles y que durante tres generaciones cultiva un estilo ecléctico basado en
las grandes creaciones de la escultura griega de las épocas anteriores. Figura a
su cabeza el griego Pasiteles, escultor y orfebre muy culto, que siente gran
admiración por la escultura del período arcaico y que compone un tratado sobre
arte griego que aprovecha Plinio en sus escritos. De su discípulo Stéfano,
griego como él, poseemos una estatua de Joven de la Villa Albani, en la que
sigue un modelo arcaizante, figura que se repite en el grupo de Orestes y
Electra (fig. 474), del Museo de Nápoles, en el que esta última es de estilo más
avanzado.
(fig. 474) Orestes y Electra
Como discípulo de Stéfano se
firma a su vez Menelao en otro grupo de Ifigenia y Orestes (fig. 475), del Museo
de las Termas.
(fig. 475) Ifigenia y Orestes
Formado en el mismo eclecticismo
de su maestro, en el de Hypnos y Thánatos, del Sueño y la Muerte (fig. 476),
conocido por el grupo de San Ildefonso, que se le atribuye en el Museo del
Prado, le vemos unir un modelo de Policleto y otro de Praxíteles. En todos estos
grupos se sigue la ordenación en un plano de los últimos tiempos del helenismo.
Recuérdese el de Laoconte.
(fig. 476) Grupo de San Ildefonso
Testimonio de que incluso se
imitan en la escuela modelos del período arcaico, se considera la llamada Diana
de Pompeya (fig. 477), de rígidos plegados y con la típica sonrisa de los viejos
maestros.
(fig. 477) Diana de Pompeya
Pero, además de estas creaciones
de inspiración ecléctica, el helenismo itálico cultiva los temas y el estilo
propio del arte helenístico oriental, y continúa bajo el Imperio transformando
los tipos de los dioses principales creados por la gran escultura griega, e
incluso creando otros nuevos. Ya hemos visto cómo algunas de las Venus más
conocidas, como la de Médicis, se consideran hoy de tiempos de Augusto, y la del
Louvre se cree posterior a Adriano; de tiempo de este emperador se estima la de
Cirene (fig. 478), y de su época creen algunos la Medusa Rondanini (fig. 479),
que, como hemos visto, algunos atribuyen a Crésilas, y otros al propio Mirón.
(fig. 478) Venus de Cirene
(fig. 479) Medusa Rondanini
Las representaciones de Mithra,
cada vez más frecuentes, como reflejo del culto al dios solar persa, también
cada vez más intenso bajo el Imperio, son creaciones más exclusivas de época
romana. En el relieve de la (fig. 480), del Museo del Louvre, aparece tocado con
el gorro frigio matando al toro, a cuya sangre acuden el perro y la serpiente, y
le acompaña Atis con la antorcha alta de la luz, y la baja de las tinieblas.
(fig. 480) Relieve mitra sacrificando al toro
En los temas de género, parece
advertirse un mayor interés por la caracterización. Son buenos ejemplos el
Pescador y la Pastora vieja, del Museo del Capitolio, y la Vieja borracha, del
de Dresde (fig. 481). No faltan los de época imperial ya bastante avanzada.
(fig. 481) Vieja borracha, del museo de Dresde
La escultura alegórica que
produjera en Egipto la estatua del Nilo tiene su eco en la del Tíber (fig. 482),
siendo curioso notar cómo la expresión bondadosa del río bienhechor se
transforma para ponerse a tono con la energía y actitud dominadora del pueblo
romano.
(fig. 482) Escultura alegórica del Tíber
Más importante, desde el punto de
vista artístico, es la serie de relieves de tipo pictórico y origen helenístico
que se ponen de moda en la Roma de los últimos tiempos do la República.
Concebidos con criterio más propiamente pictórico que escultórico, se procura en
ellos, por medio de la perspectiva, dar profundidad a los fondos, siendo
frecuentes las representaciones de laderas de montañas rocosas de formas
esfumadas, con árboles y casas en último término. A los primeros tiempos del
Imperio corresponden ya los bellos ejemplares de la Oveja y la Leona con sus
cachorros (fig. 483), del Museo de Viena.
(fig. 483) Relieve de la Oveja y la Leona con sus cachorros
Este tipo de relieve vive una
nueva etapa de florecimiento bajo Adriano, gracias a un grupo de escultores de
Afrodisia, en Asia Menor. A ellos se deben obras tan características de ese
estilo como el de Beleforonte y Pegaso, del Museo del Capitolio (fig. 484).
(fig. 484) Beleforonte y Pegaso
Un escultor de esta escuela,
Licinio Prisco, firma la estatua de Neptuno, del Museo del Prado (fig. 485).
(fig. 485). Neptuno
EL RETRATO BAJO LA REPÚBLICA
.—El retrato es, probablemente,
el género preferido en Roma. Se cultiva de cuerpo entero, de pie, sedente y
ecuestre, o sólo de la parte superior del cuerpo. Hasta tiempos de Octavio el
busto sólo comprende hasta el cuello. En el siglo I se va alargando hasta
comprender ya parte del pecho y los hombros. A fines de la centuria siguiente se
esculpen ya retratos de media figura. Aunque en la actualidad son monocromos.
Los retratos romanos se policroman hasta el siglo II. Al imponerse en esa fecha
la monocromía y quedar el globo del ojo en blanco, se inicia la costumbre de
rehundir la parte de la pupila.
El origen de la importancia del
retrato se relaciona con una práctica funeraria que debe de contribuir
poderosamente a su aspecto hondamente realista. Es la costumbre de los patricios
de hacer mascarillas de cera de sus difuntos, para conservarlas en los atrios de
sus casas y llevarlas en las ceremonias funerarias. Además de alguna de estas
imagines maiorum de cera, poseemos representaciones suyas en relieves funerarios
(fig. 486).
(fig. 486) Retratos de relieves funerarios
También se conservan algunas
estatuas, como la del Palacio Barberini, en que vemos a un patricio llevando en
una procesión dos bustos de sus antepasados (fig. 487).
(fig. 487). Estatua funeraria del Palacio Barberini
En estas representaciones, no
debe olvidarse el interés etrusco por el retrato, ni el florecimiento del
retrato griego en el período helenístico.
No obstante, el retrato de la
época republicana es, al parecer, en su mayoría, obra de artistas griegos, esta
exigencia del gusto romano formado en las imagines maiorum, y la personalidad
grave y serena de los retratados, prestan a estas esculturas un tono fuerte,
enérgico y decidido, que falta en los retratos griegos contemporáneos.
Por desgracia, son escasísimos
los retratos que han podido ser identificados con seguridad, pues las
atribuciones tradicionales carecen, en realidad, de verdadero fundamento. Tal
sucede, por ejemplo, con los supuestos retratos de Germánico, Mario, Sila o
Catón. En estos últimos tiempos se ha podido, sin embargo, reconocer la
fisonomía de algunos personajes, entre los que figuran, por ejemplo, los bustos
de Pompeyo joven y Pompeyo después de la campaña de Asia (fig. 488), del Museo
de Nápoles, y los de Cicerón (fig. 489), del Museo del Prado.
(fig. 488) Busto de Pompeyo después de la campaña de Asia
(fig. 489) Busto de Cicerón
Entre los retratos anónimos
merece recordarse en particular el supuesto Germánico, del Louvre (fig. 490),
retrato de carácter funerario, de cuerpo completo desnudo.
(fig. 490) Germánico
En cuanto al retrato femenino,
son pocos los que existen de este período. Un tipo muy usado es el de mujer
cubierta por el manto, ya comentado. De aspecto bastante idealizado, son buenos
ejemplos los bustos de los Museos de Nápoles y de las Termas. De belleza
realmente extraordinaria, y una de las obras maestras de la escultura romana, es
el busto de la llamada Clitia (fig. 491), que el escultor presenta surgiendo del
cáliz de una flor.
(fig. 491) Clitia
EL RETRATO BAJO EL IMPERIO
.—El papel preponderante que en
la vida romana desempeña la persona del emperador, como es natural, tiene su
inmediato reflejo en el arte del retrato.
La influencia que el retrato del
emperador ejerce en el de los ciudadanos se pone ya de manifiesto en los días de
Augusto. Los suyos, los de sus parientes (fig. 492) y amigos son los más bellos
e importantes de la época, y suelen responder a tipos bastante uniformes.
(fig. 492) Lucio Cesar, nieto de Augusto
De Augusto mismo poseemos toda
una serie de retratos excelentes, que nos muestran sus rasgos finos y
distinguidos, su expresión pensativa y su constitución nada robusta. En el de
Ostia, del Museo Vaticano, es todavía casi un niño, pero nos muestra ya su
afilada nariz y su entrecejo preocupado. Su cabello liso y caído en mechones
sobre la frente es el que conservará toda su vida. Los retratos de su edad
madura nos lo presentan en los múltiples aspectos de su personalidad. Como
definidor de la ley, en su calidad de pretor, lo vemos con el rollo del edicto
en la mano y envuelto en la toga, en el Museo del Louvre, y como pontifex
maximus, con la cabeza cubierta por el manto y oferente (fig. 493), en los
museos del Vaticano y de las Termas de Roma.
(fig. 493). Augusto con la toga
En su calidad de cónsul cum
imperio arenga a las tropas, también en el museo del Vaticano (fig. 494). Viste
como César, coraza, con un parto devolviendo estandartes de Craso y un bárbaro
vencido, mientras que el Eros cabalgando sobre un delfín, que aparece a sus
pies, nos recuerda su descendencia de Venus, como miembro de la familia Julia.
En esta estatua de Augusto, descendiente de dioses y pacificador del mundo,
queda creado el tipo de retrato de emperador romano. Por haberse encontrado en
ese lugar, llámasele también de Prima Porta.
(fig. 494) Augusto con coraza
El poder cada vez más absoluto
del emperador no tarda en desembocar en su divinización, sobre todo después de
muerto. La creencia en la benéfica influencia del numen del difunto, que no es
su alma divinizada, tiene hondas raíces en el pueblo romano, hasta el punto de
que un liberto puede erigir un retrato escultórico al numen de su antiguo señor.
A César, en tiempos de Augusto, se le representa ya desnudo y se le da el
calificativo de divino. Al morir Augusto, se constituyen cofradías para honrar
su memoria y, aunque contra su voluntad, se levantan templos en España a
Tiberio. Nada tiene, pues, de extraño que en este proceso fuese ya Claudio
divinizado en vida.
La consecuencia de todo ello es
la creación de un nuevo tipo de retrato, en el que se presenta al emperador
semidesnudo y coronado de laurel. El último paso en esta marcha ascendente hacia
la divinización es figurarle con atributos divinos, tan excelsos como el águila
del padre de los dioses. Esta divinización del emperador no lleva, sin embargo,
consigo la idealización de su rostro, que, por el contrario, continúa siendo un
retrato. Buenos ejemplos de esta clase de retratos son el de Tiberio (fig. 495),
representado todavía como cónsul, y el de Claudio, con el águila de Júpiter al
pie (fig. 496), ambos en el Museo Vaticano.
(fig. 495) Retrato de Tiberio como consul
(fig. 496) Retrato de Claudio con el águila de Júpiter al pie
El tipo de retrato de emperador
creado en tiempos de Augusto y sus inmediatos sucesores, no muere con ellos. Las
principales novedades, aparte la evolución general del estilo en el desnudo y la
interpretación de las telas, se refieren a la forma de llevar el cabello, que,
naturalmente incluye en la moda de la época, y, por tanto, interesa a todo el
retrato romano. El peinado bajo con pequeños mechones irregularmente dispuestos
sobre la frente perdura hasta Trajano (98-117) (fig. 497). Rasurado el pueblo
romano desde hace siglos, comienza a generalizarse la barba desde Adriano
(117-138) (fig. 498).
(fig. 497) Trajano
(fig. 498) Adriano
El retrato más importante de
tiempos de este emperador y, en realidad, la creación de su época, es el de
Antinoo (fig. 499), el joven de Bitinia que, formando parte de su séquito, para
evitar la fatal desgracia que amenaza a aquél, se suicida arrojándose al Nilo.
Es un retrato divinizado, que se aparta del tipo corriente. Joven de gran
belleza, de expresión 'melancólica, anchísimos pectorales casi femeninos y rica
cabellera, los escultores de tiempo de Adriano crean en él un tipo divinizado
que tiene más de dios que de hombre. Es la última gran creación de este tipo del
arte clásico. El agradecimiento del emperador hace que se le erijan bustos,
esculturas de cuerpo entero y relieves en todo el Imperio, divinizado bajo los
más diversos aspectos —de Baco, de Vertumno, etc.—, pero siempre con los rasgos
personales indicados.
(fig. 499) Antinoo
En la segunda mitad del siglo II,
la barba, que bajo Adriano es todavía corta, aumenta considerablemente de
tamaño, y al mismo tiempo la cabellera se hace más voluminosa y rizada. Los
efectos del claroscuro son mucho mayores, contribuyendo también a ello el empleo
del trépano con el que se orada profundamente el mármol para crear puntos de
sombra intensa. Es época de que poseemos varios retratos de gran importancia,
entre ellos el de Marco Aurelio (161-180) a caballo, del Capitolio (fig. 500).
Única estatua ecuestre en bronce de emperador conocida en el Renacimiento, su
influencia en este género de escultura es decisiva desde entonces.
(fig. 500) Marco Aurelio a caballo
Muy bella y muy representativa
del estilo de fin de siglo es la de Cómodo (fig. 501), del Palacio de los
Conservadores, con los atributos de Hércules, ya casi de medio cuerpo y con
brazos.
(fig. 501) Cómodo
La de Caracalla (fig. 502)
—Museos de Berlín y Nápoles—, de principios del siglo III, con el rostro vuelto
hacia un lado, es, por su expresión de maldad y violencia, de las obras maestras
de la escultura antigua.
(fig. 502) Caracalla
En la segunda mitad de esa
centuria, como toda la escultura romana, el retrato comienza a transformarse en
un sentido anticlásico. El fino modelado anterior desaparece y, en cambio, se
subrayan los rasgos esenciales de la fisonomía. La expresión del rostro es
intensa, pero el modelado, seco y duro. Tales son los caracteres de los retratos
de Constantino (fig. 503) y sus sucesores, en los que comienza a gestarse ya el
retrato bizantino.
(fig. 503) Constantino
El afán de gloria terreno y el
deseo de eternizar el aspecto físico de su persona, tan arraigado en el romano,
difunde el uso del retrato de carácter monumental, incluso entre funcionarios y
gentes acomodadas, como ofrenda de amistad, de agradecimiento popular, o
simplemente por deseo y a expensas del propio retratado. Se generalizan en tal
forma, que ya en los comienzos del imperio se exige que el personaje a quien se
levante estatua pública haya, al menos, restaurado algún edificio de ese
carácter. Los tipos más corrientes de retrato de cuerpo entero son los de
togados (fig. 504) y los de guerreros con coraza. El número de las estatuas de
togados todavía existentes es considerable, pues tenemos noticia de talleres
donde se labran en serie los cuerpos para exportarlos a las provincias y sólo
tener que esculpir a la vista del modelo la cabeza.
(fig. 504) Togado
La estatua de magistrado del
Museo de los Conservadores, de Roma, (fig. 505), nos dice cómo este tipo de
retrato pierde ya en la época constantiniana toda su flexibilidad,
anquilosándose los movimientos y preparando la futura rigidez bizantina.
(fig. 505) Magistrado
De las emperatrices, aunque sólo
algunas tienen actividad pública señalada, existen hermosos retratos, y, como en
el caso de los emperadores, sirven de jalones para conocer la evolución del
retrato femenino, en el que el peinado es factor aún más valioso.
De Livia, la mujer de Augusto,
conservamos en el Vaticano uno de cuerpo entero, en el que, con actitud de diosa
griega, ostenta los atributos de la Fortuna, y retrato suyo se ha supuesto
también la llamada Pudititia, representando la Castidad, del mismo Museo, con la
cabeza cubierta por el manto, según modelo de creación helenística ya comentado
(fig. 506). Muy bello es también el del Museo Arqueológico de Madrid (fig. 507).
(fig. 506) Livia de la Fortuna y de la Castidad
(fig. 507) Livia augusta, Museo Arqueológico de Madrid
El retrato femenino de la época
de Augusto es de peinado bajo, con raya en el centro y muy ondulado o rizado a
los lados. El ejemplar más importante de cuerpo entero es el sentado de la
segunda Agripina, mujer de Claudio, del Capitolio, pero el más bello es,
indudablemente, el de la llamada Minatia Pola (fig. 508), del Museo de las
Termas. Inspirándose en modelos helenísticos se pone ahora de moda el retrato
femenino sedente (fig. 509).
(fig. 508) Minatia Pola
(fig. 509) Retrato sedente de Agripina
En el último tercio del siglo I,
bajo los Flavios, el peinado se transforma radicalmente, y con ello cambia el
aspecto del retrato. Julia, la hija de Tito, impone un peinado rizado a manera
de nimbo en torno a la parte superior del rostro, según aparece en el busto de
la mal llamada Julia, del Museo del Capitolio (fig. 510), y esa moda persiste
bajo Trajano (98-117), como lo atestiguan los retratos de la mujer y la hermana
de éste, Marciana y Plotina, de los Museos del Capitolio y Nápoles.
(fig. 510) Julia, del Museo del Capitolio
A mediados del siglo II, con la
mujer de Marco Aurelio, Faustina la Joven, el peinado baja de nuevo, formando
grandes ondas y se recoge en la nuca en un moño, o se eleva después en forma de
trenza. El grupo de una Madre y su hija, de la colección Chatsworth (fig. 511),
mientras muestra a aquélla todavía con el peinado alto, la hija lo lleva bajo.
(fig. 511) Grupo de Madre y su hija
El peinado bajo, a fines del
siglo II y comienzos del siguiente, continúa descendiendo en sus caídas cada vez
más hasta cubrir las orejas (fig. 512).
(fig. 512). Retrato de la emperatriz Julia Domna
EL RELIEVE HISTÓRICO
.—La costumbre de conmemorar el
triunfo guerrero de un capitán es antigua en el pueblo romano. Su representación
pictórica entra a formar parte de la galería familiar, donde se guardan las
imagines maiorum. Pero, además de este homenaje privado, hay noticias bastante
antiguas de representaciones pictóricas de este modelo expuestas al público.
Así, sabemos que los triunfos de los Escipiones se celebran con pinturas no sólo
de las ciudades conquistadas, sino incluso de algunos combates. El deseo de
eternizar en la piedra estos triunfos guerreros da lugar al relieve histórico.
Uno de los monumentos más
antiguos de este género es el relieve conmemorativo del triunfo de Domicio
Enobarbo (fig. 513), del año 46 a. de C, en el que se representan en relieve el
acto de licenciar las tropas y el sacrificio de las suovetaurilia —de sus,
cerdo; oves, carnero; taurus, toro—, ahora en orden inverso, por celebrarse con
motivo de la terminación, y no del comienzo, de la campaña. Por eso aparece en
primer término el toro, después el carnero, y el cerdo en último lugar.
(fig. 513) Relieve conmemorativo del triunfo de Domicio Enobarbo
El relieve histórico no sólo se
encuentra plenamente formado en tiempos de Augusto, sino que, bajo su
inspiración, produce una de las obras maestras de la escultura romana.
Aunque la mayor parte de los
relieves históricos son de carácter guerrero, en los del Ara Pacis lo que se
celebra es la paz (fig. 514).
(fig. 514). Relieve del Ara Pacis
El tema elegido es el de la
procesión que hacen la familia imperial, los magistrados, senadores y sacerdotes
para ofrendar en el altar de la Paz de Augusto. Abren el cortejo los lictores, y
de acuerdo con el orden del desfile, marcha grave y silenciosamente un crecido
número de personajes, entre los que se distingue, de una parte, a los
magistrados y senadores purificados con sus coronas de laurel y seguidos de los
camilos o acólitos con las sacra rituales, y, de otra, a los miembros de la
familia imperial y sus allegados. Figuran entre ellos Agripa, en funciones de
gran sacerdote; Livia, con sus hijos Tiberio y Druso; Antonia, el niño Germánico
y otros personajes de más dudosa identificación (fig. 515). Los niños, con sus
gestos infantiles y su sonrisa, ponen la nota alegre en el desfile, y aún no
falta algún tema anecdótico, como el de la mujer que con el dedo en la boca
impone silencio a dos que hablan.
(fig. 515) Personajes del desfile en el relieve del Ara Pacis
Contribuye también a la mayor
belleza de estos relieves ese sentido pictórico ya comentado en los augusteos de
tipo helenístico. Los personajes no desfilan, como en el Partenón, en un solo
plano. Sobre lo que allí es fondo liso se dibuja aquí, en relieve más bajo, una
segunda fila de personajes que dotan de profundidad a la escena. Este deseo de
profundidad es particularmente sensible en la escena del Sacrificio de Eneas, en
que se representa en último término, y en pequeño tamaño, un templo en
perspectiva. De su autor nada sabemos, pues ya queda consignado cómo el atribuir
la decoración vegetal del templo a los griegos Saurio y Batracio carece de
sólido fundamento.
Mucho menos inspirados son los
relieves del Palacio de la Cancillería, que representan el regreso de Vespasiano
después de sus triunfos sobre los judíos, y el de Domiciano.
El año 71, el relieve histórico
produce una nueva gran obra en las dos escenas que decoran el Arco de Tito, en
especial la del desfile del emperador en su cuadriga guiada por Roma y coronado
por la Victoria después de la destrucción de Jerusalén, y el de la parte más
preciada del botín: el Candelabro de oro de los siete brazos (fig. 516), la Mesa
de oro y las Trompetas del templo. Aunque muy deteriorados, puede muy bien
advertirse cómo ese escalonamiento de planos de mayor a menor relieve, empleado
ya en el Ara Pacis, es mucho más sabio. No sólo produce la sensación de
profundidad, sino que ha permitido hablar de que el artista nos hace sentir la
ilusión del aire interpuesto, como muchos siglos después nuestro Velázquez.
Típico ejemplo del estilo pictórico del relieve de este momento es la Pilastra
de las rosas de los Haterii, una de las obras más bellas del arte romano.
(fig. 516) Relieve del botín de guerra del Arco de Tito
La nueva serie de relieves
corresponde a los días de Trajano. En el Arco de Benevento, no se limitan al
interior, sino que cubren también la fachada. En el ático, a la izquierda de la
gran inscripción, se figura a Júpiter rodeado por los dioses entregando sus
rayos para que Trajano gobierne el Imperio. En los cuatro grandes relieves
principales, el soberano aparece en funciones de paz. En los dos superiores
recibe a los veteranos vestidos ya con sus togas, y a un grupo de mercaderes y
armadores, mientras en los bajos, los senadores, presididos por la
personificación del pueblo con el cuerno de la abundancia y los équites, lo
reciben a su vez en el Foro Romano.
En uno de los relieves del
interior del arco se figura el momento cuando, al iniciar Trajano su campaña,
pone su grano de sal sobre el ara portátil y es sacrificado el toro, mientras en
otro se presenta al emperador alimentando a los niños rodeados por las figuras
alegóricas de las ciudades con coronas torreadas (fig. 517). Aunque menos fino
el estilo de los relieves, son de características análogas a los del Arco de
Tito. Su sentido es, en cambio, diferente; su tono no es guerrero; son un
homenaje a su labor de paz.
(fig. 517) Relieve del Arco de Trajano
El monumento conmemorativo de las
empresas guerreras de Trajano para imponer la civilización es la Columna de su
nombre. Decorado su pedestal con trofeos, victorias y águilas, en la columna
misma se representan en un relieve continuo desarrollado en espiral las campañas
del emperador contra los dacios, al otro lado del Danubio. Se inician con el
paso por el puente de barcas sobre el Danubio, que, erguido sobre las aguas,
contempla a los legionarios (fig. 518). Siguen un consejo de guerra, la corta de
árboles para construir el campamento, el desfile del ejército, etc., y termina
con el suicidio de Decébalo. Al interés narrativo queda totalmente sacrificada
la preocupación, de carácter más estético, por la ilusión del espacio, que hemos
visto alcanzar su máxima perfección en los relieves del Arco de Tito. Ahora, los
personajes de los diversos planos aparecen esculpidos con la misma minuciosidad.
Los relieves de la Columna constituyen una crónica gráfica de los múltiples
episodios de la campaña.
(fig. 518) Relieve de la Columna de Trajano
Aunque no se trata de relieves,
por ser consecuencia también de las luchas con los germanos, conviene referirse
en este lugar a las estatuas de bárbaros. De cabellera abundante, escasa barba,
entrecejo fruncido y expresión triste reflejando el dolor y la preocupación del
que, libre hasta entonces, es ahora esclavo, cuando se les representa de cuerpo
entero visten anchas bragas recogidas en el tobillo y larga túnica con cinturón
(fig. 519).
(fig. 519) Estatua de bárbaro
Tal vez la insistencia con que se
repiten los rasgos generales de un mismo tipo de rostro hace que estas estatuas
produzcan cierta impresión de monotonía, pero es indudable que son de las
creaciones más destacadas del arte imperial. En el Vaticano se guardan varios
ejemplares de primer orden, entre los que figura el busto de Decébalo, jefe de
la lucha contra los romanos, y uno de cuerpo entero con expresión de profunda
tristeza. Aunque sin ese tono tan agudo, se hacen estatuas de germanas tan
hermosas como la de la Loggia dei Lanzi, de Florencia (fig. 520).
(fig. 520) Loggia dei Lanzi
A semejanza de Trajano, Marco
Aurelio levanta en el tercer cuarto del siglo otro arco de triunfo y otra
columna. Del arco sólo poseemos varios relieves, algunos de ellos aprovechados
en el Arco de Constantino. En las columnas se narran, con arreglo al modelo de
la Trajana, las campañas de Marco Aurelio contra germanos y sármatas. El relieve
es más alto, y abundan en la narración las intervenciones milagrosas de los
dioses. Así vemos al Júpiter Pluvius lloviendo por sus brazos extendidos para
ahogar a los enemigos de Roma. Una de las escenas más emocionantes es la
decapitación de jefes enemigos prisioneros (fig. 521).
(fig. 521) Columna de Marco Aurelio, y relieve decapitación de
prisioneros
Del Arco de Triunfo de Claudio
se supone que proceden varios relieves de la colección del duque de Medinaceli
en Madrid.
La última etapa de la evolución
del relieve romano está representada por los del Arcos de Constantino. El hecho
de que para enriquecer este monumento se despoje de los suyos al de Trajano, es
bien significativo del estado de agotamiento a que llega la escultura romana,
pero, sobre todo, es evidente en los labrados por los escultores constantinianos
(fig. 522), monótonos de composición, de personajes casi simplemente
yuxtapuestos, de acusada isocefalia —cabezas a la misma altura—, pobrísimo
modelado y duros plegados.
(fig. 522) Relieve del Arco de Constantiono
La decadencia no puede resultar
más patente. Estos relieves constantinianos representan, sin embargo, el inicio
de un nuevo estilo. De estilo aún más tardío, aunque muy semejante, son los
relieves del pedestal del Obelisco de Teodosio (fig. 523), en Constantinopla.
(fig. 523) Relieves del pedestal del Obelisco de Teodosio
SARCÓFAGOS
El triunfo del estoicismo en Roma
a mediados del siglo I termina por generalizar, en los días del Imperio, la
inhumación, y con ella la necesidad de labrar grandes sarcófagos. El sarcófago
romano suele carecer de plinto y de cornisa, y, adosado al muro, estar decorado
sólo en tres de sus frentes. Es de planta rectangular, terminada de cuatro
ángulos, pero no falta el tipo de frentes menores curvos, es decir, en forma de
lagar o «leños», alusiva al culto dionisíaco de ultratumba.
En el siglo II se generaliza el
sarcófago de relieve continuo, en el que las escenas mitológicas se suceden sin
que nada nos indique dónde termina una y comienza la siguiente. Esas escenas
suelen pertenecer a los ciclos de Baco (fig. 524), Proserpina, Hércules, Orestes
(fig. 525), etc., por sus trabajos en la vida terrena y su relación con la de
ultratumba. Pero también se representan batallas y cacerías, en especial la del
león y jabalí (fig. 526), a las que se considera como preparación para la vida
ultraterrena.
(fig. 524) Relieve sarcófago del siglo II de Baco y Ariadna
Ejemplo de sarcófago de relieve
continuo de tiempos de Adriano es el de Orestes, del Museo de Letrán, de Roma.
Se representa en el centro la muerte de Egisto y Clitemnestra por Orestes; a la
derecha, persecución de éste por las Furias, y a la izquierda la aparición del
fantasma de Agamenón, su padre.
(fig. 525) Relieve sarcófago Historia de Orestes
(fig. 526) Relieve sarcófago caza del jabalí
A mediados del siglo II se
introduce, además, la moda de distribuir el frente del sarcófago en una serie de
compartimientos formados por columnas coronadas por frontoncillos o veneras,
cual si de una fachada se tratase (fig. 527). El relieve deja entonces de ser
continuo y acomoda sus diversas escenas en esos compartimientos. Es el tipo de
sarcófago llamado de columnas o de nichos. Se crea en Asia Menor, y se copia en
Occidente.
(fig. 527) Relieve sarcófago trabajos de Hércules
Este tipo de sarcofágos, aunque
pasan de moda a mediados del siglo III, sirven de modelo a los cristianos del
siglo IV.
Además de estas escenas, decoran
los sarcófagos una serie de temas menores, al parecer simplemente ornamentales,
pero en realidad relacionados con las ideas romanas de la vida de ultratumba,
tales como la yedra, la vid y las máscaras báquicas, la nave, el delfín y el
tridente, alusivos a la travesía del alma por el océano, etc.
Al mismo tiempo que este tipo de
sarcófago de escenas figuradas, se emplea otro mucho más sencillo, cuya
decoración geométrica más frecuente es la acanalada de doble curva. Por la
semejanza de estos temas con el instrumento utilizado por los atletas, se
denomina a esos sarcófagos de estrigilos.
Como es natural, en el estilo de
los relieves de los sarcófagos puede seguirse la misma evolución que en el
relieve romano en general. Desde el punto de vista técnico importa subrayar el
frecuente e intenso empleo que se hace del trépano desde fines del siglo II para
crear fuertes efectos de claroscuro, y facilitar la producción debido al
carácter industrial de este tipo de relieve. En realidad, esta técnica se
introduce en el relieve histórico poco después, y se generaliza en el siglo IV.
Ejemplar importante de sarcófago
de columnas, y de los más antiguos, es el de Melfi.
(fig. 528) Sarcófago de Melfi
En el siglo III el sarcófago
suele decorarse con leones devorando animales tímidos, por lo que se denomina
sarcófago de leones. En un principio esa decoración es bastante sencilla, de
guirnaldas, pilastras y algunas figuras de amores, victorias o sátiros y una
franja con la dedicatoria en el frente principal. Bajo los Flavios comienza a
representarse también, presidiendo el sarcófago, el retrato de busto del difunto
en un medallón.
Tal vez el mejor sarcófago con
relieve de batalla sea el llamado Ludovisi, del Museo de Termas, del siglo III,
que representa la lucha de un capitán romano, tal vez un emperador, con los
germanos, interpretada con dramatismo extraordinario (fig. 529).
(fig. 529) Relieve de batalla del sarcófago de Ludovisi
ESCULTURA ROMANA EN ESPAÑA
.—La mayoría de las creaciones de
la escultura griega que llegan a conocerse en la Península es a través de copias
romanas.
Las que se refieren a modelos más
antiguos son el bello torso varonil del Museo de Tarragona, influida por el
sobrio estilo de Policleto, el Hércules del Museo Arqueológico Nacional, de
arcaica cabellera, y la bella estatua femenina del mismo Museo con guirnalda de
flores, ambas de modelos todavía de la primera mitad del siglo V.
Pero la mayor parte de las
esculturas llegadas hasta nosotros responden a modelos del siglo IV o
helenísticos.
En primer lugar tenemos las
estatuas de Mercurio, Venus y Diana que, procedentes de Itálica, se guardan en
el Museo de Sevilla. La de Mercurio (fig. 530), obra del siglo I a juzgar por su
dedicatoria, nos presenta al joven dios apoyando su cuerpo sobre la pierna
derecha, con la tortuga de que ha hecho su instrumento de música al pie, y el
pecho cubierto por la clámide, donde se advierten rastros de la mano del Baco
niño que tuvo sobre el brazo. La firmeza de su actitud, el movimiento general de
la figura hacia la izquierda, que se manifiesta de modo admirable en la bella
silueta de ese lado; la esbeltez de sus miembros y la finura de su ejecución la
convierten en una de las mejores esculturas clásicas descubiertas en España. Se
le ha supuesto copia del Mercurio y Baco de Cefisodoto, padre de Praxíteles, y
alguno lo relaciona con el estilo de Leocares.
(fig. 530) Mercurio de Itálica
La Diana cazadora (fig. 531), de
la que poseemos una copia de cuerpo entero, y un torso de mucho mejor calidad
que aquélla, se refiere ya a modelos helenísticos. Con la túnica corta de las
amazonas, según es costumbre representarla desde la segunda mitad del siglo IV,
lleva ceñido el manto a la cintura, y se nos muestra en actitud observadora,
animada por ligero movimiento de avance. Se ha relacionado más o menos
directamente con la Diana de Leocares, el autor del Apolo del Belvedere, del que
repite, en cierto modo, la actitud.
(fig. 531) Diana cazadora de Itálica
De excelente factura, y también
inspirada en modelos del siglo IV, es la bella estatua de Venus saliendo del
baño —Afrodita Anadiomene—, recogiendo el manto y con el delfín al pie (fig.
532).
(fig. 532) Afrodita Anadiomene
Del período helenístico es el
Esculapio (fig. 533) de Ampurias, del Museo de Barcelona, hermosa estatua de
formas vigorosamente acusadas tras los sencillos pliegues del ropaje, que ha
querido ponerse en relación con Agorácrito, el discípulo de Fidias, con ese
escaso fundamento tan corriente en las atribuciones de estatuas clásicas.
(fig. 533) Esculapio, Museo de Ampurias
En una interpretación helenística
de algún original praxiteliano hace pensar también el Baco del Museo de
Tarragona, delicado desnudo de gracia casi femenina, que se relaciona con el
Baco del Museo de las Termas. Igualmente helenístico es el Ganímedes del Museo
de Granada, ya citado, cuyo original, que, a juzgar por las copias existentes,
gozó de gran popularidad, se ha atribuido a Eufranor.
La escena del teatro de Mérida,
del año 135, nos ha conservado, aunque muy deterioradas, una serie de esculturas
de las divinidades del mito de la Primavera: Ceres, su hija Proserpina y su
raptor Plutón, Júpiter y Venus, a las que se agregan estatuas de emperadores. De
aspecto netamente romano, el recuerdo de los modelos griegos casi desaparece. De
Mérida proceden, además, algunas estatuas relacionadas con el culto mitríaco,
como la de Cronos con la serpiente enroscada a su cuerpo. La estatua de
Mercurio, fechada en 155, tiene dedicatoria del pontífice de la cofradía
mitríaca.
En cuanto a los retratos, para
mayor claridad de la exposición, conviene agruparlos en retratos oficiales de
emperadores y de la familia imperial, estatuas de togados y retratos de carácter
más indígena o provincial.
De Augusto se conserva una cabeza
de tamaño colosal procedente de Itálica en el Museo de Sevilla, y otra de tamaño
normal cubierta, como pontifex maximus, en el Museo de Mérida. La otra serie
importante de retratos imperiales pertenece ya a la época de Trajano y de sus
inmediatos sucesores. De Trajano se supone retrato divinizado la espléndida
estatua de tamaño colosal del Museo de Sevilla, donde existen otros torsos de
emperadores también divinizados de este período, uno de ellos probablemente
Adriano
Las estatuas de togados, lo mismo
que en todo el Imperio, abundan en España, y la mayor parte son de carácter
industrial. Algunas son, sin embargo, excelentes, como las de Mérida. Por
desgracia acéfalas, tienen, en cambio, inscripciones que nos dicen, respecto de
una, representar a Marco Agripa, el general de Augusto, y de otra, haberse hecho
en el taller de Gaius Ateius Aulus. Del siglo I parece ser también, y muy bella,
la del Museo de Sevilla, de un personaje barbado con la cabeza cubierta, por
estar haciendo un sacrificio.
Los bustos de tipo más provincial
son de modelado sumario, pero de gran fuerza expresiva.
El realismo, la capacidad para
percibir la personalidad del retratado y el interés por lo característico que,
pese a su escasa técnica, se descubre en sus autores, son cualidades que
florecerán en el arte español posterior. La cabeza de la colección Lebrija de
Sevilla, con el rostro surcado de profundas arrugas y la boca sumida, es un
retrato de un modelo francamente feo interpretado con admirable valentía. La de
hombre, del Museo de Sevilla, no llega a ese extremo, pero responde al mismo
temperamento artístico.
En cuanto a los sarcófagos con
relieves, el más hermoso es el que, procedente de la provincia de Palencia, se
guarda en el Museo Arqueológico Nacional (fig. 534). Decorado con la historia de
la venganza de Orestes, presenta primero a las Furias dormidas, y a continuación
la muerte de Egisto y su madre, Clitemnestra; la defensa de Orestes por Minerva,
y Orestes prisionero. Obra de tiempos de Adriano, es muy semejante a uno del
Museo de Letrán, el mejor de los dedicados a ese tema.
(fig. 534) Relieve de Palencia de la Orestiada, Museo
Arqueológico Nacional
Con el Rapto de Proserpina y con
la cacería del león están decorados dos parejas de sarcófagos de San Félix de
Gerona y del Museo de Barcelona. Por haber contenido el cuerpo de Ramiro II de
Aragón es digno de particular recuerdo el de San Pedro el Viejo, de Huesca, que
es del tipo de medallón con retrato del difunto.
PINTURA
.—La pintura romana de carácter
decorativo ya queda estudiada al tratar de la arquitectura. En los centros de
sus composiciones de tipo arquitectónico suelen representarse escenas figuradas
que nos dan alguna idea de lo que debió de ser la pintura romana, reflejo, como
la escultura, de la griega. Aunque no se trata de escenas de gran desarrollo,
como las que decoran los templos y los edificios de administración, hay trozos
que permiten hacerse idea del perfeccionamiento alcanzado en las obras maestras.
Las pinturas de árboles y de follajes con frutos y pájaros, de tipo naturalista
de la Villa de Livia, en Roma, con su belleza y su frescura de inspiración, son
el mejor testimonio de la pérdida de una gran escuela de paisajistas (fig. 535);
la fuente de vidrio con frutas (fig. 536), del Museo Metropolitano nos habla,
por su parte, de una pintura de bodegón igualmente desaparecida. Otro de los
aspectos interesantes que permiten conocer algunas figuras decorativas del
llamado tercer estilo es que en la primera mitad del siglo I se llega a una
factura colorista tan suelta que hace pensar en la de algunos pintores barrocos
del siglo XVII. Los amorcillos de la Casa de los Vetii son buen ejemplo de esta
técnica (fig. 537).
(fig. 535) Escena de la Odisea
(fig. 536) Fuente de vidrio con frutas
(fig. 537) Amorcillo de la Casa de los Vetii
Las dos obras de mayor desarrollo
que conservamos de la pintura romana son los Misterios dionisíacos de Pompeya, y
las Bodas Aldobrandini, que se consideran del siglo I a. de C. Obras al parecer
de artistas griegos, se inspiran probablemente en modelos anteriores, siendo por
ambos conceptos no menos valiosas para el conocimiento de la pintura helénica.
Las de Pompeya (fig. 538), representan diversas escenas de los misterios, varias
aún por identificar con seguridad.
(fig. 538) Misterios dionisíacos de Pompeya
En las Bodas Aldobrandini del
Vaticano (fig. 539), descubiertas en Roma y adquiridas por el cardenal de ese
nombre, se ha querido ver el eco de las Bodas de Alejandro y Roxana, de Apeles.
(fig. 539) Bodas Aldobrandini
Del siglo I a. de C. se considera
el Sacrificio de Ifigenia, de Pompeya (fig. 540).
(fig. 540) Sacrificio de Ifigenia
Las pinturas de las casas de
Pompeya nos muestran también algunos ejemplos del retrato romano. El más notable
es el del panadero Próculo y de su esposa (fig. 541), del Museo de Nápoles.
(fig. 541) Panadero Próculo y su esposa
Pero el gran repertorio de
retratos nos lo ha conservado Egipto. Es indudable que no se deben a un arte
puramente romano, sino más bien grecoegipcio; pero lo cierto es que estos
retratos no se producen en Egipto antes de la dominación romana. Son retratos,
al parecer, hechos en vida, y se aplican después en el sarcófago, en la parte
correspondiente al rostro. Por lo general, están pintados en tabla, con cera, es
decir, al encáustico. De estilo a veces muy naturalista, se suelen distinguir
por su expresión melancólica, que hacen presentir las características de la
pintura bizantina (fig. 542).
(fig. 542) Retratos de El-Fayum
Perdida desgraciadamente la gran
pintura romana, lo mismo que la griega, estos pobres testimonios nos dicen que
los elogios de los escritores contemporáneos no carecen de fundamento.
CERÁMICA
La cerámica no alcanza en Roma el
alto nivel artístico que en Grecia, pero crea un tipo nuevo, la llamada térra
sigillata, que comienza a producirse en Arezzo, en Italia, por ceramistas
orientales. La fabricación se extiende más tarde no sólo a otras ciudades de
Italia, sino de las provincias. Llamados también sus productos vasos aretinos
—de Arezzo— y en España barros saguntinos, son de color rojo y pasta fina, que
permite labrarlos de paredes muy delgadas con pequeños temas inanimados y
figurados de relieve, como los de la vajilla de metal. Llevan estampados en el
fondo la marca de la alfarería o sigillum. Su fabricación, que dura medio siglo,
culmina en el cambio de la Era.
El vidrio, que los griegos, al
parecer, se limitan a importar de Alejandría y Siria, comienza a fabricarse en
gran escala en Roma en época imperial, difundiéndose después por todo el
Imperio. El tipo más corriente es de color verdoso y se decora con filamentos
superpuestos; pero, además, existe otro más rico con vetas de diversos colores,
obtenido rodeando una burbuja de vidrio y fundiendo con ella varias barras
formadas por filamentos de vidrio de colores diferentes. El vidrio reticulado es
aquel que muestra esa decoración, pero cruzada. Si las barras aplicadas a la
superficie de la burbuja se cortan transversalmente, resulta el millefiori. Las
bellas irisaciones tan frecuentes en los vidrios romanos no son de fabricación,
sino debidas al mucho tiempo que estuvieron enterrados.
La glíptica o arte de tallar las
piedras finas, cultivadas con notable adelanto en el Antiguo Oriente y en
Grecia, adquiere gran desarrollo en Roma. Las piedras más usadas son las
calcedonias y el ágata. Decoradas, en general, en hueco, con figuras de
animales, cabezas, etcétera, se les llama entalles. Las compuestas por capas
claras y oscuras, que permiten labrar en una de relieve la figura, reservando la
segunda para el fondo, reciben el nombre de camafeos. Las obras más valiosas de
este tipo son el camafeo de Augusto (fig. 543), del Museo de Viena, y el Vaso
Pórtland fig. 544), del Museo Británico.
(fig. 543) Camafeo de Augusto
(fig. 544) Vaso Portland
La orfebrería clásica produce,
tanto en Roma como en Grecia, toda suerte de collares, pendientes, diademas,
fíbulas, etc. se emplea en ella, además de la lámina, el alambre y las gotas —granulae—
de oro. De la vajilla de plata poseemos alguna serie tan importante como el
llamado tesoro de Hildesheim (fig. 545), del Museo de Berlín, que contiene
piezas helenísticas y augusteas, tal vez pertenecientes a Varo, el capitán de
Augusto.
(fig. 545) Cerámica del tesoro de Hildesheim
RELIEVE EN PLATA
Destaca por su gran belleza entre
sus compañeras la Pátera de Minerva, tiene un diámetro de 25 cm, una profundidad
de 7,1 cm y un peso de 2,388 kg. Está fabricada en plata dorada y presenta en
alto relieve la figura de Minerva (fig. 546).
(fig. 546) Relieve de la Patera de Minerva
No menos valioso es del Tesoro de
Boscoreale, del Museo del Louvre, la Patera de Alejandría (fig. 547). Cuenta con
una gran medallón central con el busto en relieve de una joven mujer que lleva
una piel de elefante, con una cobra en su mano derecha y una cornucopia repleta
de fruta en su mano izquierda. El busto se encuentra rodeado por numerosos
atributos divinos. Las interpretaciones acerca de su significado son diversas.
Unos opinan que el busto es la personificación de África o Alejandría.
(fig. 547) Patera de Alejandría (Museo del Louvre)
ARTE IBÉRICO
.—Establecidos los iberos en las
zonas meridional y oriental de la Península y en el sur de Francia, y en
contacto con griegos, cartagineses y romanos, crean un estilo propio.
Antes de referirse al arte
propiamente helénico conviene dejar descritos los restos púnicos, entre los que
cuentan en primer lugar la gran necrópolis gaditana de donde procede el
sarcófago antropoide ya citado al tratar del arte fenicio y las numerosas
estatuillas de barro cocido de Ibiza, entre ellas la de una Dama lujosamente
ataviada (fig. 548), del Museo Arqueológico de Madrid.
(fig. 548) Estatuilla de dama ataviada
Los restos arquitectónicos
ibéricos no permiten formar idea cumplida de sus características e importancia.
Figuran en primer lugar las murallas de ciudades. Las de Tarragona,
probablemente ya de época romana, de extenso perímetro y en bastante buen
estado, se distinguen por las enormes proporciones de sus piedras, que les
prestan aspecto ciclópeo; son también interesantes las de Ampurias. Los únicos
monumentos donde se emplean formas y elementos decorativos que puedan
ilustrarnos sobre la formación artística de sus constructores son de carácter
funerario. El de Tútugi (Galera, Granada (fig. 549) es de tipo tumular, con
corredor y cámara cuadrada con pilar central, todo ello de sillería, y, como es
natural, relacionado con la arquitectura dolménica anterior.
(fig. 549) Necrópolis de Tútugi
Otros monumentos similares de la
misma necrópolis, desgraciadamente destruidos, tuvieron pinturas murales. Se
consideran de los siglos IV y III. De mayor interés, desde el punto de vista
arquitectónico, es el sepulcro de Tugia (Peal de Becerro, Jaén), de sillería.
tres naves, con poyos y anaqueles de piedra para colocar los vasos y urnas
cinerarias. En una de sus puertas, los sillares superiores avanzan en forma
curva tendiendo al arco falso.
Entre las piezas arquitectónicas
sueltas conservadas debe recordarse el pilar con zapata de uno de los sepulcros
de Tútugi. por ofrecernos por primera vez este elemento arquitectónico que tanta
fortuna tendrá en la arquitectura española medieval y moderna, y porque en su
ornamentación muestra temas decorativos de origen helénico. De las cercanías de
Baeza procede la columna con capitel en forma de gruesísimo abaco, que como el
pilar anterior, se guarda en el Museo Arqueológico Nacional.
Más abundantes materiales
poseemos de la escultura ibérica, en la que pueden distinguirse dos grupos: el
de estatuillas de bronce y el de las estatuas y relieves en piedra.
Constituyen el primero los varios
millares de figurillas procedentes en su casi totalidad de los santuarios del
Collado de los Jardines, en Despeñaperros, y de Castellar de Santisteban, ambos
en la provincia de Jaén. Son estatuillas muy pequeñas —la mayor no llega a los
treinta centímetros—, dejadas como exvotos por quienes acuden al santuario.
Representan en buena parte guerreros con casco, escudo circular pequeño y
espada, y mujeres, a veces, envueltas en mantos que les cubren la cabeza (fig.
550). No faltan figuras de jinetes y de animales.
(fig. 550) Figurillas del santuario del Collado de los Jardines
El capítulo más importante de la
escultura ibérica lo forman, sin embargo, las estatuas de piedra del Cerro de
los Santos y del Llano de Consolación (Montealegre, Albacete), que en su casi
totalidad se guardan en el Museo Arqueológico de Madrid. En su mayor parte son
femeninas y de tamaño mitad del natural. Entre ellas se distingue la que se ha
llamado la Gran Dama (fig. 551), que, derecha en posición rigurosamente de
frente, tiene en sus manos un vaso de ofrendas y se cubre con manto que cae
formando con sus bordes zigzags como en el estilo arcaico griego.
(fig. 551) Gran Dama
Su tocado es rico y entre sus
varios adornos muestra dos ruedas pendientes a-los lados. En otras estatuas
femeninas es agudo a manera de capirote. De las esculturas masculinas lo más
interesante es la serie de cabezas sueltas, que, modeladas sobria y aun
toscamente, reflejan en su expresión particular energía. Hasta hace poco, se ha
venido considerando el estilo de todas las esculturas ibéricas del Cerro de los
Santos como reflejo del arcaico griego —sirvan de ejemplo los plegados de la
Gran Dama—, pero al presente se tiende a creerlas de época romana, recordándose
al efecto cómo en Roma se pone de moda en tiempos ya muy avanzados el estilo
arcaico griego
De calidad muy superior a todas
las esculturas del Cerro de los Santos, pero íntimamente ligadas con ellas, por
reflejar los mismos convencionalismos estilísticos y presentarse con tocado e
indumentaria análogos, la obra que representa el punto culminante de la
escultura ibérica es la Dama de Elche, del Museo del Prado (fig. 552). De busto
cortado a la manera helenística y con manto que cae formando zigzags, luce sobre
su pecho triple collar y se toca con dos enormes ruedas laterales y una armadura
a manera de peineta que sirve de soporte a la mantilla. La expresión de su
rostro es concentrada, y la finura del modelado, sobre todo en la parte inferior
del rostro, admirable. Aunque ha perdido mucho de su primitiva policromía, es
ésta todavía muy perceptible. Los más recientes estudios no la consideran
anterior al siglo III antes de J. C.
(fig. 552) Dama de Elche
Otra serie de la escultura
ibérica es la que, procedente de Osuna, se guarda en el Museo Arqueológico
Nacional. Es una variada colección de relieves que nos presentan jóvenes tocando
la doble flauta (fig. 553) o guerreros y escenas de lucha y circo que han hecho
pensar en que pudieran haber pertenecido a algún monumento relacionado con las
luchas civiles de César y Pompeyo, que tienen por escenario la Península.
(fig. 553) Relieves de Osuna
De destino desconocido, tal vez
guardianes de puertas, quizá de carácter funerario, no dejan de ser numerosas,
por último, las estatuas de animales descubiertas en las diversas regiones
pobladas por los iberos, y, en particular, en el Mediodía. De tipo monstruoso
algunas de ellas, se relaciona con modelos arcaicos griegos. La más importante
es la del toro androcéfalo del Museo Arqueológico Nacional, conocido con el
nombre de la Bicha de Balazote (fig. 554), el lugar no lejano del Cerro de los
Santos, en que se descubre.
(fig. 554) Bicha de Balazote
De las artes menores, la que
alcanza mayor grado de perfección es la cerámica. Es de barro rojizo o
amarillento, paredes finas y decoración no sólo de carácter geométrico y vegetal
muy estilizado, sino de figuras (fig. 555) y aun escenas animadas.
(fig. 555) Vaso Ibérico
Los vasos conservados son
abundantes, y proceden principalmente de Andalucía, Levante, Cataluña y Aragón,
pero su zona de expansión incluye el sur de Francia y África. Se consideran de
los siglos n a. de C. a i d. de C, en que debe de morir por la competencia de la
térra sigillata romana. Donde se han encontrado los vasos de mayor riqueza
decorativa es en Archena (Murcia), con grandes águilas bellamente estilizadas, y
en Liria (Valencia), donde las historias —danzas, batallas— adquieren más
desarrollo que en ninguna otra parte.
Como obra artística de carácter
industrial merece también recordarse la típica espada española de hoja curva,
llamada falcata (fig. 556), con que aparecen representados los guerreros
ibéricos. Las más bellas tienen la empuñadura decorada con una cabeza de caballo
o de águila y enriquecida con ataujía, o incrustaciones de plata.
(fig. 556) Falcatas Ibéricas
ARTE CELTA
.—Paralelamente a este arte
ibérico se desarrolla en el centro y norte de la Península, ocupados por los
celtas, cuya invasión principal corresponde al siglo VII a.C, otro mucho más
pobre, de origen centroeuropeo, que tiene por base el de la primera Edad del
Hierro o de Hallstatt, pero que llega a crear un estilo propio.
El núcleo más rico y de
personalidad más acubada es el galaico portugués, cuyas manifestaciones
arquitectónicas principales son los llamados castros o ciudades en lugares
altos, defendidos por uno o varios recintos amurallados, y con casas de forma
circular o elípticas sin formar verdaderas calles. Uno de los principales es el
de Santa Tecla (fig. 557), y recientemente se ha excavado el de Coaña, en
Asturias.
(fig. 557) Poblado celta de Santa Tecla
Donde únicamente se emplea alguna
decoración, y ésta de carácter geométrico, es en las estelas que cierran las
cámaras funerarias. Las más ricas son las de Briteiros, en Portugal.
Las ruinas de ciudades del
interior, como la celtibérica Numancia, lo mismo que los castros, son de interés
casi exclusivamente arqueológico.
La escultura es muy pobre y
tosca. En la mesetas y en todo el N. O. no son raras las de gran tamaño, de
animales denominados genéricamente verracos o cerdos, aunque a veces son
indudablemente toros, que, por lo general, se encuentran aislados, aunque a
veces forman grupos, como los de Guisando (fig. 558). Se ignora su finalidad,
pero se supone que sean de carácter funerario. En Portugal, en cambio, existen
algunas estatuas de guerreros (fig. 559) con sus pequeños escudos circulares, de
arte no superior al de los verracos.
(fig. 558) Toros de Guisando
(fig. 559) Guerrero Lusitano
CAPÍTULO IX
INDIA, EXTREMO
ORIENTE Y AMÉRICA PREHISPÁNICA
ARQUITECTURA DE LA INDIA
ESCULTURA DE LA INDIA
PINTURA DE LA INDIA
ARQUITECTURA DE CHINA
ESCULTURA CHINA
PINTURA CHINA
ARTES DECORATIVAS : LA PORCELANA
CHINA
ARQUITECTURA JAPONESA
ESCULTURA JAPONESA
PINTURA JAPONESA
ARQUITECTURA AZTECA Y MAYA
ESCULTURA AZTECA Y MAYA
PINTURA Y ARTE PLUMARIO AZTECA Y
MAYA
ARQUITECTURA PERUANA
ARTES DECORATIVAS PERUANAS.
CERÁMICA. TELAS
ARQUITECTURA DE LA INDIA
.—País de vegetación rica, donde
la madera abunda, durante mucho tiempo los monumentos arquitectónicos de la
India deben de labrarse en madera, aunque, por desgracia, la mayor parte de esas
obras han desaparecido y sólo podemos conocerlas a través de las que,
inspirándose en ellas, se tallan posteriormente en la roca. Pero lo más
interesante es el hecho de que procedan de esos monumentos en madera buena parte
de las formas constructivas y decorativas de la arquitectura india.
Parece haber nacido en la parte
septentrional de la península, regada por el Indo y por el Ganges, la de mayor
vitalidad durante los períodos primitivo y clásico. Más tarde, en la época
llamada barroca, la vida artística se desplaza hacia el centro y el sur, y no
sólo llega a cubrir de monumentos la isla de Ceilán, sino que se extiende hasta
Java e Indochina.
La creación arquitectónica más
antigua es la estupa, monumento de tipo macizo y forma semiesférica dedicado a
conservar alguna reliquia de Buda, o simplemente a conmemorar algún recuerdo de
su vida. La célebre estupa de Santchi (fig. 560), reconstruida hacia el año 100
antes de C, pero que se remonta a época muy anterior, nos muestra ya todos los
elementos característicos de este tipo de edificación: en la cúspide, el
quitasol de varios pisos, emblema de soberanía, sobre el emplazamiento de las
reliquias; en la parte inferior las dos vallas, una más alta que otra, que
limitan las dos vías procesionales, y las cuatro puertas orientadas hacia los
puntos cardinales. Tanto en esas vallas, que simulan gruesos troncos, como en
las puertas, en las que se superponen tres dinteles riquísimos decorados con
menudos relieves, es manifiesto su origen lignario.
(fig. 560) Estupa de Santchi
Ese mismo origen lignario pone su
sello en la chaitya, el otro tipo de monumento búdico de los primeros tiempos.
Lugares de oración excavados en la roca, tienen generalmente tres naves formadas
por dos filas de pilares o columnas, que en el testero, al rodear la estupa,
describen un semicírculo (fig. 561).
(fig. 561) Chaitya
Desde el punto de vista
constructivo, lo más interesante es su bóveda de cañón, igualmente tallada en la
roca, que dibuja en la fachada un arco con trasdós piriforme, y las columnas que
en Carli , en el siglo I antes de C, son octogonales con basas bulbosas y
capiteles campaniformes coronados por grupos escultóricos (fig. 562).
(fig. 562) Templo de Carli
En realidad, estos templos
excavados se limitan a reproducir los labrados en madera a la luz del día. Las
chaityas tienen, a veces, su complemento en las viharas o sangharamas,
consistentes, por lo general, en un patio de columnas rodeado por las celdas de
los monjes (fig. 563).
(fig. 563) Vihara
En los siglos VI y VII, al decaer
el budismo y extenderse el brahmanismo con sus divinidades védicas, se siente la
necesidad de nuevos templos donde rendir culto al numeroso Olimpo brahmánico.
Debido a ello, los templos rupestres de Elora y Elefanta (fig. 564) son de
pórticos y galerías más espaciosas; pero lo más importante es que esos templos
excavados pasan cada vez más a segundo término y se prefiere labrarlos al aire
libre. El templo consta ahora de la capilla, donde se encuentra la imagen, o
vimana, y el mandapam, donde los sacerdotes verifican los cultos y los fieles
veneran al dios. Exteriormente se componen de un cuerpo bajo, flanqueado de
columnas, y otro alto, que concentra todo el interés del arquitecto indio y que
con frecuencia consta de toda una serie de cuerpos escalonados y separados por
gruesos aleros o cornisas.
(fig. 564) Templo de Elefanta
Después de un período de escasa
actividad constructora, se inicia en el siglo X una nueva era de esplendor, que
perdura hasta los tiempos modernos. Ya en la última etapa del ciclo artístico
anterior se levantan en la parte oriental, en la región de Orissa, al sur de
Calcuta, algunos templos que presentan varias de las características principales
que distinguen a los de esta época. En los templos de Bhuvanesvara se advierte
el manifiesto deseo de distinguir el mandapam de la vimana, labrando aquél más
bajo y desarrollándolo en superficie, y transformando ésta en una especie de
torre, el sijara, o templo torre (fig. 565).
(fig. 565) Templos de Bhuvanesvara
A medida que avanza el tiempo la
estructura del mandapam se va complicando, se multiplican sus pórticos y se
enriquecen cada vez más con remates inspirados en las estupas. El sijara, por su
parte, multiplica hasta el infinito sus cuerpos horizontales, reforzándolos con
gruesos salientes que le acompañan en toda o parte de su altura.
En la región septentrional, los
pórticos del mandapam adquieren desarrollo extraordinario. Se labran arcos
caprichosos, que crean bellos efectos de perspectiva, y al lado de la decoración
tradicional aparecen ya los motivos árabes (fig. 566). En los grandes santuarios
del monte Abu se construyen en los siglos XI y XIII verdaderas ciudades
sagradas.
(fig. 566) Templo de monte Abu con motivos árabes
En el extremo sur de la península
es donde el templo indio experimenta su última gran transformación. Iniciada en
los siglos XIII y XIV, no produce, sin embargo, sus grandes creaciones hasta los
siglos XVII y XVIII. El templo se rodea entonces con toda una serie de patios y
lagos protegidos por varios recintos con puertas coronadas por cubiertas
monumentales escalonadas, verdaderas torres-puertas llamadas gopuran (fig. 567).
Los más bellos ejemplares son los de Srinrangam, Madura y Trichinopoly.
(fig. 567) Templo de Srinrangam
La obra maestra de la
arquitectura india fuera de la península es el gran templo búdico de Borobudur (fig.
568), en la isla de Java. Labrado en los siglos VIII y IX, es monumento capital
donde el valor simbólico de la cubierta del templo indio experimenta su más
espléndida evolución. Los manirás o abstracciones gráficas del mundo real y
espiritual, hijos del sentido filosófico y religioso que inspira aquellas
construcciones, crean en los grandes cuadros y círculos de su planta una serie
de castillos espirituales que prestan al templo mismo un valor mágico y
benéfico, aparte de la saludable influencia que irradian las propias imágenes
regidoras de los diversos círculos del Universo. En Borobudur se superponen
cinco terrazas con Budas en nichos coronados por estupas, existiendo en la
última de las terrazas, en torno a una gran estupa central, tres círculos de
estupas campaniformes también, con figuras del dios. Un paisaje de exuberancia
tropical coronado de volcanes sirve de marco a esta espléndida ciudadela divina.
(fig. 568) Templo búdico de Borobudur (Java)
En Indochina, el arte jemer, de
Cambodje, también de origen indostánico, crea en el siglo XII el gran templo de
Ankor-Vat (fig. 569), la expresión más perfecta de los santuarios fundados por
los reyes khmer, que no sólo son divinizados a su muerte, sino que crean el dios
Devazaja, encarnación del principio de majestad. De planta rectangular y rodeado
por anchísimo canal, está formado por cinco recintos concéntricos, en cuya
terraza central, y más elevada, se levanta el templo.
(fig. 569) Templo de Ankor-Vat (Camboya)
ESCULTURA DE LA INDIA
La escultura de la India se nos
presenta ya en sus primeros momentos con un gran dominio del movimiento de la
figura humana. El cuerpo aparece contrabalanceado y en el relieve las posiciones
intermedias entre el perfil y la frontalidad abundan. Como es natural, su estilo
se encuentra intensamente influido por el ideal estético de la raza. El de la
belleza femenina es de talle muy estrecho, pechos abultados y caderas muy
anchas, y ese ideal es el que se procura exaltar en su escultura desde los
primeros tiempos. Para el artista indio, lo importante no es la anatomía ni la
musculatura, sino la blandura del cuerpo humano y la suavidad de los
movimientos. El reflejo de éstos en la musculatura no le importa.
Una de las manifestaciones más
antiguas de la escultura india son los relieves de las puertas de las estupas,
con desfiles de animales adorando árboles, y estupas sagradas, ceremonias de
carácter religioso y escenas búdicas, aunque en los primeros templos se procura
no representar al mismo Buda. Aparecen, sin embargo, algunos dioses de los
Vedas, como la diosa de la belleza, Chiri, con las piernas cruzadas sobra la
flor de loto, recibiendo el agua que con la trompa deja caer sobre su cabeza el
elefante (fig. 570).
(fig. 570) Diosa de la belleza, Chiri
La representación tan corriente
de Buda como hombre-dios es ya del siglo I y se debe al arte de Gandhara, en el
noroeste del Indostán, donde el helenismo conserva sorprendente vitalidad. Se le
imagina como un yogi o anacoreta en meditación con las piernas cruzadas (fig.
571), ya con los alargados lóbulos de sus orejas, y el grano, o urna, en la
frente, según se repite en toda la India, y de ella se extiende por el resto de
Asia.
(fig. 571) Buda predicando
La escultura propiamente india le
agrega, al parecer, sus ensortijados rizos, símbolos de los atributos de belleza
del ser supremo. El nimbo tiene su origen en el del Helios griego.
Aunque la influencia helenística
es sensible en otras manifestaciones escultóricas de la India, los grandes
relieves de Matura y Amaratvi, entre otros, demuestran toda la originalidad de
la manera de sentir del escultor indio.
La escultura neobrahmánica, con
sus deidades de múltiples cabezas y brazos, labra en sus templos un sinnúmero de
relieves y de estatuas, todo ello de gran riqueza. Figuran entre los mejores el
gran relieve de Shiva, del templo rupestre de Cailasa, en Elora (fig. 572), con
sus múltiples brazos danzando triunfalmente sobre sus enemigos, y el del demonio
de las diez cabezas tratando en vano de mover la roca paradisíaca donde el mismo
dios se encuentra plácidamente con su mujer.
(fig. 572) Relieve de Shiva, del templo rupestre de Cailasa, en
Elora,
En los templos del siglo XVI no
es raro colocar ante las columnas enormes figuras o grupos con caballos
encabritados, hombres o fieras, leones, elefantes, etcétera, de proporciones
gigantescas. Buen ejemplo de este tipo de decoración es el pórtico de
Sirinrangan (fig. 573).
(fig. 573) Esculturas pórtico de Sirinrangan
La escultura india cultiva
también el bronce, el cobre y el latón, y sus más típicas creaciones en este
material son las estatuas de Shiva bailando dentro de una gran aureola (fig.
574).
(fig. 574). Danza de Shiva. Museo Guimet
PINTURA DE LA INDIA
Las pinturas más valiosas son las
de carácter mural de las grutas de Ajanta, en las que puede seguirse la
evolución desde el siglo I al VII, si bien las más numerosas son las más
tardías. Representan escenas de la vida de Buda, de sus reliquias y de la
historia de su doctrina (fig. 575).
(fig. 575) Pinturas de la cueva de Ajanta
El estilo de sus composiciones es
el de los relieves. El deseo de ver el origen de esta escuela pictórica en
sugestiones occidentales no ha tenido éxito, y se tiende a considerarla creación
fundamentalmente india.
ARQUITECTURA DE CHINA
.—La formación del gran Imperio
chino se remonta al siglo III a. de C, cuando se construye su famosa muralla.
Desde esa fecha vive bajo la dinastía de los Han, no menos de seis siglos de
notable prosperidad, a los que siguen otros cuatro, durante los cuales el
Imperio se descompone en varios Estados y se establece la capital en Nankín,
mientras los tártaros dominan en el Norte. El budismo, introducido en el siglo
I, y de tan capital importancia para los destinos artísticos del país, adquiere
ya en este último período difusión amplísima y definitiva. Unificado de nuevo el
Imperio en los siglos VII y VIII bajo la dinastía T'ang, ensancha sus fronteras
hasta el Turquestán, el Tibet, Annam y Corea, e impone su arte al Japón. Es la
época de máximo florecimiento cultural del pueblo chino, del llamado arte
clásico, que habrá de sobrevivir varios siglos en el Japón. La conquista por los
mongoles, en el siglo XIII, tiene como consecuencia, a mediados del siguiente,
la instauración de la dinastía Ming, que dura hasta el XVII, aunque, en
realidad, sus sucesores los manchúes, que se mantienen en el Poder hasta 1911,
se limitan, desde el punto de vista artístico, a seguir la pauta de los Ming,
hasta el punto de que bajo ambas dinastías vive China un prolongado período de
florecimiento de cinco siglos. Es la época cuando se construye Pekín y a la que
debe China la fisonomía con que la ha conocido la Edad Moderna.
De arquitectura de madera, tanto
del período Han como del anterior, es muy poco lo que poseemos. El tipo de
edificio base, tanto de la arquitectura religiosa como de la civil, es el
pabellón sobre pilares o columnas de madera, con ricas cubiertas de vigas
salientes y gran techumbre, generalmente de cuatro aguas. Como la techumbre
desempeña papel de primer orden en la composición general, si el pabellón tiene
varios pisos, a cada uno de ellos se decora con la suya. Al pabellón suelen
acompañarle torres también de varios pisos, y si se trata de un conjunto
arquitectónico de gran importancia, se labran pórticos también en forma de
torres, igualmente con más de un piso, patios con galerías, quioscos en lagos,
etc. Fundida la torre con la estupa introducida por el budismo, sus frentes se
cubren de benéficas esculturas de Buda, y se componen de una numerosa serie de
cuerpos con otras tantas techumbres. En el siglo VI, estas torres o pagodas se
labran ya no sólo de sección hexagonal, sino octogonales y aun de más lados, y
los aleros se proyectan notablemente al exterior. Este tipo se conserva con
ligeras variaciones hasta el siglo XVIII. Uno de los ejemplares más importantes
es la pagoda de loyang (fig. 576).
(fig. 576) Pagoda de loyang
La arquitectura china es
polícroma. La madera no sólo se pinta, sino que se barniza; las paredes se
cubren de estuco y el azulejo desempeña también papel muy destacado; y en los
templos y palacios imperiales las tejas son vidriadas en amarillo y verde. Los
relieves en barro cocido, y aun la pintura al fresco, son utilizados por el
arquitecto chino, sobre todo en las llamadas «paredes mágicas», que, bien como
muros independientes o en las cercas de templos y palacios, protegen contra los
malos espíritus.
En el período de tránsito a la
época T'ang, las principales novedades son la aparición de la cubierta cóncava y
la mayor importancia concedida a las torres (fig. 577).
(fig. 577) Pagoda de Xumi, construida en el año 636.
El templo budista típicamente
chino, cuando llega a formarse es en la época T'ang, pero, destruidos los
monumentos antiguos, los que dan idea cumplida de su organización son modernos.
Sirva de ejemplo el templo de kuanyin o la diosa de la misericordia de P'u-tsi-szo
(fig. 578).
Formado por una serie de
pabellones y pórticos, se ordena en un gran eje central. Alzase a su entrada la
cámara de las lápidas conmemorativas de la fundación, a la que sigue un puente
adintelado con un quiosco central que salva el Estanque de los lotos sagrados.
Al otro lado del estanque se encuentran tres pórticos aislados: el central,
guardado por dos leones, que sólo se utiliza en las grandes solemnidades, y dos
laterales menores. Algo más al fondo, correspondiendo a los pórticos anteriores
y formando con ellos una primera plaza, se levanta en el centro el Pórtico de
los cuatro reyes del cielo, con las estatuas de éstos guardando la entrada, y a
los lados, otros dos pórticos menores. Completan la plaza en sus frentes
laterales la Torre de los timbales y la Torre de las campanas. Más al fondo,
sobre elevada terraza, penetrase ya en la gran Sala de oración, de cinco naves
longitudinales, a la que sigue en el centro del gran patio cerrado la Sala de la
Ley, que en otros templos sirve para la predicación. En el mismo eje está el
Pórtico de las flores caducas, y más allá, la casa del gran sacerdote. En los
muros laterales del patio se encuentran los Lohans o dieciocho discípulos de
Buda. Junto al ingreso del templo, y antes de llegar a la Cámara de las lápidas,
se levanta la pagoda.
(fig. 578) Templo de kuanyin o de la diosa de la misericordia
Bajo la dinastía Ming, el arte
chino recorre su último periodo fecundo, creándose un tipo de construcción
religiosa, de la que es buen ejemplo, la sala de oración por buenas cosechas en
el Templo del Cielo, del siglo XV, en Pekín, formados ambos por una serie de
terrazas concéntricas (fig. 579).
(fig. 579). Sala de oración por buenas cosechas en el Templo del
Cielo
Importante por la riqueza
decorativas a que puede llegar la arquitectura bajo los Ming son las columnas de
mármol del pórtico del templo de Confucio de principios del siglo XVI, en su
ciudad natal de Cofu, cubiertas con dragones y temas nubiformes (fig. 580).
(fig. 580) Columnas de mármol del pórtico del templo de Confucio
en Cofu
Del palacio chino hemos de
formarnos idea por el de Pekín que, construido ya bajo los Ming, debe reflejar
la tradición de las épocas. Está constituido por una serie de grandes patios,
ordenados en un eje y comunicados por puertas monumentales. En uno de ellos, y
sobre una terraza con escalinata de mármol, se levanta el pabellón del trono,
completando el conjunto el templo de los antepasados del emperador y el de las
divinidades protectoras. Un enorme jardín con tres lagos sirve de escenarios y
complemento al conjunto de palacios (fig. 581).
(fig. 581) Palacios de la ciudad prohibida en Pekín de la
dinastía Ming
Tipo de monumento importante en
la arquitectura china es el pai-lu o puerta del triunfo, que se levanta en las
plazas y calles para conmemorar grandes acontecimientos en honor de personajes
ilustres o en memoria de los difuntos. Labrados en piedra, dejan ver, sin
embargo, en sus vanos adintelados su origen lignario. Excepcionalmente se emplea
también el arco (fig. 582).
(fig. 582) Pai-lu o puerta del triunfo
ESCULTURA CHINA
—La escultura desempeña en el
arte chino papel más secundario que en la India. La de carácter monumental,
sobre todo, es de escasa importancia. De todos modos, no faltan relieves en los
edificios funerarios, estatuas de divinidades y de hombres de tamaño mayor que
el natural, éstas sobre todo, en las avenidas de los grandes mausoleos. Como
hemos visto en la India, el escultor chino se nos muestra libre de la
preocupación por la frontalidad y dominando las más varias actitudes. El género
preferido, y el que se conoce mejor, es la escultura de tamaño pequeño, tanto en
bronce como en madera o piedra, y, sobre todo, en jade y en porcelana.
Con la triunfal difusión del
budismo se introducen sus representaciones religiosas, entre las que ocupa el
primer plano, como es lógico, la del propio Buda, siendo también muy frecuente
la diosa de la misericordia, que aquí toma el nombre de Kuan-yin, y que,
representada con el niño en el regazo, hace pensar en nuestras Vírgenes
medievales (fig. 583).
(fig. 583) Diosa Kuan-yin
Con las imágenes se introduce la
costumbre india de esculpir grandes relieves en las laderas rocosas inmediatas a
los templos budistas. Junto a ellos precisa citar los de carácter funerario,
como los de los caballos favoritos del emperador T'ai-tsong, del siglo VII,
representados en su sepulcro con admirable sentido naturalista (fig. 584).
(fig. 584) Relieve de guerreros y caballos
Estatuas importantes y frecuentes
son las de los Lohans o discípulos de Buda, y las de los guerreros del cielo, de
gran tamaño, fundidas en hierro y en violentas actitudes (fig. 585).
(fig. 585) Lohans o discípulo de Buda
El sepulcro adopta la forma de
túmulo de tierra o pirámide de piedra, con cámara sepulcral en su interior y
corredor de acceso. Ante la puerta suelen levantarse estatuas de piedra, de
guerreros o de animales.
Mención aparte, merece los
guerreros de terracota, son una colección de estatuas de terracota que
representan las figuras de los guerreros y caballos del ejército primer
emperador de China de la Dinastía Qin, 210-209 a. C. Se trata de un tipo de arte
funerario enterrado en formación de batalla, en Xian (fig. 586).
(fig. 586) Guerreros de terracota en Xian
PINTURA CHINA
.—Es el arte en que los chinos
manifiestan mejor sus dotes artísticas. Aunque no falta la pintura mural, en
mamparas y biombos, el género más corriente es el de la aguada en tiras de tela
de seda o de papel en rollos, o plegados en zigzags y con tapas formando un
álbum. Los rollos son, o verticales, para colgarlos de la pared, o para verlos
extendidos en el suelo.
Es pintura concebida en plano, en
la que domina el dibujo, de colores muy suaves, procurándose evitar la sombra
como medio de producir la ilusión de espacio. Muy relacionada con el arte
gráfico, con frecuencia participa de sus caracteres. Conoce, desde fecha muy
temprana, la perspectiva lineal, y se desvanece las tintas para producir el
efecto de distancia. Representa la figura humana en todas las actitudes y
posiciones. Cultiva, también desde muy antiguo, todos los géneros, dedicando
especial atención al paisaje, cuyos accidentes gusta de simplificar con
indudable acierto, aunque procura destacar en primer término árboles, y
plantas. El punto de vista es con frecuencia muy alto.
Los pintores chinos de nombres
conocidos forman legión, siendo ya abundantes en los primeros tiempos de nuestra
Era. En esta época, además de representaciones de divinidades budistas,
encontramos escenas de la vida profana, retratos, animales y paisajes.
El grado de florecimiento que
alcanza la pintura china y el interés que por ella se siente, lo indica el que
el emperador, a fines del siglo XI, funde una especie de Academia imperial y
haga redactar un catálogo de su pinacoteca en el que figuran más de seis mil
pinturas y más de doscientos nombres de artistas.
Ya bajo la dinastía Tang en el
siglo VIII el pintor expresa su perfección artística (fig. 587).
(fig. 587) Caballos con jinete. Dinastía Tang, siglo VIII
Sin embargo, no se limita a las
composiciones con figuras. Los temas que en él se registran nos hablan de la
amplitud del repertorio pictórico en tan remota fecha. Se citan asuntos
religiosos, hombres, edificios, gentes extranjeras, dragones y peces, tipos de
animales, pájaros y flores, cañaverales de bambú, hierbas, insectos y paisajes (fig.
588).
(fig. 588) Temas pictóricos (Pájaros y Paisaje)
En el paisaje, que cada vez
adquiere más importancia, no siente el movimiento de la perspectiva con su punto
de fuga sino la lejanía producida por la neblina, la neblina y el agua, que
además sugiere el "chi" o aliento vital que anima a la naturaleza. No tiene
inconveniente en superponer puntos de vista diferentes. Inspirado en el paisaje
montañoso de China de neblinas y cascadas, el pintor termina creando un paisaje
convencional y escribiendo tratados como el "Manual de la pintura del jardín de
la semilla de mostaza" de 1679, donde se ofrecen esquemas de paisajes y de
formas típicas de árboles, rocas, montes, cataratas, etc.
Para el pintor chino, además del
simbolismo de los animales fantásticos mencionados, también lo tienen algunos
temas que figuran en su pinturas y artes decorativas: el bambú le hace pensar en
el que cultiva su inteligencia y se dobla pero no se quiebra; el pino nudoso en
el espíritu incontestable de la vejez; las nubes en el paisaje, le hace sentir
el espíritu cósmico que anima las cosas; el melocotón le evoca la inmortalidad,
la pareja de aves acuáticas la felicidad matrimonial; el caballo cansado, el
artista menospreciado, etc.
En el paisaje se distinguen dos
tendencias, una de dibujo fuerte, anguloso y dramático que se considera propia
del Norte de Kufeng, del siglo XI, y otra tendencia más blanda, de formas
redondeadas, de nieblas y nubes, que tiene su centro en Nanking, del siglo XIV,
y que llega hasta nuestros días. En los últimos tiempos de la dinastía Sung el
pintor del de paisaje se siente inclinado a representar los primeros términos
como si a la inspiración de la amplia naturaleza hubiese sucedido la del jardín
con sus árboles, flores y pájaros (fig. 589).
(fig. 589) Estilos de la pintura China (siglos: XI - XIV)
El triunfo de los mongoles,
vencedores de los tártaros y conquistadores de China, que establecen la capital
en Pekín en la época que la conocerá Marco Polo, inspira bajo la dinastía Yuan
(1280-1368), toda una serie de pinturas que celebran sus hazañas guerreras y los
representan en sus caballos. En constraste con este temario, un grupo de
pintores, el llamado de los Cuatro Grandes Maestros se retiran al Sur, volviendo
a poner de moda un estilo tradicional muy próximo a la caligrafía.
Siglos más tarde, con el triunfo
de los manchúes, otro grupo, el de los Individualistas, abandona el estilo
imperante en su tiempo y procura que la pintura exprese los sentimientos de su
autor. Su estilo se mantiene floreciente en el siglo XVIII (fig. 590).
(fig. 590) Paisaje del pintor shitao (1642-1707)
ARTES DECORATIVAS: LA PORCELANA
CHINA
La porcelana es invención china.
Es una pasta formada por caolín, silicato de aluminio, que no llega a fundirse y
forma como el esqueleto de la porcelana —que eso precisamente significa kao-ling—,
feldespato que produce la masa vitrea y cuarzo. Estos dos últimos productos
constituyen el pai-tun-tzin o carne de la porcelana. La cocción oscila entre los
1.300 y los 1.500 grados. La masa de la porcelana es cubierta por una capa de
bórax o de feldespato que puede ser teñida con óxidos metálicos. Se supone que
la porcelana debió de ser descubierta al querer fabricar el vidrio opaco o el
jade artificial. El deseo de imitar la calidad y el color del jade, en efecto,
no es raro en la porcelana china.
.—Uno de los rasgos más
destacados del arte decorativo chino es su gusto por la asimetría, y entre los
temas de carácter geométrico son frecuentes el meandro, los en forma de S y C y,
sobre todo, las nubes. En cuanto a los de carácter animado, son los más
importantes el dragón y el ave fénix. El dragón chino tiene cabeza de camaleón,
cuernos de ciervo, escamas de serpiente, garras de águila y cola de serpiente, y
simboliza el agua bienhechora, el cielo y el poder real. El fénix, que tiene
cabeza de faisán, cuerpo de dragón o pavo real, alas de este mismo animal y
cuello de tortuga, encarna análogas" ideas, y es atributo de la emperatriz. Se
emplea también con frecuencia el ki-lin o unicornio —caballo con un cuerno en la
frente.
La contextura de la porcelana es
uniforme, traslúcida a contraluz, sonora y agradable al tacto. Aunque en ella se
esculpen estatuitas (fig. 591), por lo general se dedica a la vajilla. Las
formas de ésta son por lo común sencillas, insistiéndose en algunos tipos. En
los comienzos, está influida por la vajilla de bronce. Existe la vasija lisa,
cuyos valores son la forma, la calidad de la superficie y el color, y la
decorada. En la porcelana lisa desde tiempos muy remotos se utilizan como
recursos decorativos las grietas y fallos de cocción, tales como los
corrimientos de la pasta o «lagrimones». En la no lisa la decoración puede ser
en relieve y pintada. En este caso es frecuente que el color general del vaso se
interrumpa, reservando unos medallones para historias o temas de diversa índole.
(fig. 591) Exposición de porcelana china en el Museo de Louvre
La porcelana propiamente tal no
se fabrica hasta mediados del siglo X, coincidiendo con los comienzos de la
época Sung (960-1279). La más antigua, que se remonta al período anterior, la
T'ang, es monocroma, de tono muy igual y de brillos muy bellos obtenidos por la
superposición de nueve capas de feldespato. Los colores dominantes son el verde
grisáceo claro o «claro de luna» y el azul pálido o «color del cielo después de
la lluvia», según la terminología china. Las vasijas son lisas o presentan en
relieve nubes, olas, hojas, pájaros o peces (fig. 592). El nombre de «celadón»
con que se conoce esta clase de porcelana de color claro y suave es europeo, y
alude a las cintas verdes llevadas por Celadón, héroe de una novela francesa.
(fig. 592) Vaso celadón de la dinastía Song, datado en el siglo
XIII
En el siglo XIV, restaurada la
fabricación de la porcelana después de la invasión mongólica, se pone en primera
fila la porcelana blanca que permite la decoración cromática, empleada ya en la
gran época Ming (1368-1644). En ésta, la fabricación de la porcelana se
concentra en King-to-chen. Se continúan produciendo vasos a un solo color,
incluso los de tipo «celadón», aunque en decadencia. En los de varios colores,
que comienzan en el siglo XV y se impone en la centuria siguiente, utilizan ya
esmaltes de plomo. Para evitar la unión de los diversos colores, la superficie
tiene partes rehundidas y rebordes salientes que los reciben y separan,
respectivamente; es decir, utilizan una técnica que veremos en la cerámica y en
los esmaltes occidentales. La decoración pintada se reduce al principio al color
azul sobre el fondo blanco (fig. 593).
(fig. 593) Jarra china azul y blanca, dinastía Ming, mediados del
siglo XV
En el siglo XVI la paleta se
amplía, bien reduciéndose a los verdes, amarillos y violetas, o empleando todos
los colores conocidos (fig. 594).
(fig. 594) Porcelana China del período Kangxi (1662-1722)
Con destino a La India y a
Persia, se aplican al vaso ya recubierto de color temas en relieve que bien son
también esmaltados o quedan en el color de la pasta, es decir, de bizcocho.
Además de los temas decorativos empleados con anterioridad se generalizan en la
porcelana pintada los dragones, el ave fénix, los peces, las ramas en flor, los
paisajes, las divinidades y personajes del taoísmo y del budismo, tales como los
Ocho inmortales: He Xiangu, Han Xiang Zi, Lan Caihe, Li Tieguai, Lü Dongbin,
Zhongli Quan, Cao Guojiu, Zhang Guo Lao (fig. 595).
(fig. 595) Recipiente de porcelana con las figuras de los ocho
inmortales
En la época Ts'ing (1644-1911) la
porcelana continúa floreciente, sobre todo bajo el emperador Kang'hi
(1662-1721), citándose a principios de siglo en King-to-chen no menos de tres
mil hornos. En los vasos monocromos aumenta la variedad de los colores y la
igualdad de los esmaltes, pero los de decoración pintada adquieren cada vez
mayor importancia. La principal novedad en cuanto a los temas decorativos se
refiere al interés por los temas florales, principalmente crisantemos y
magnolias, con pájaros y mariposas.
Son típicos de este período los
decorados con flores blancas de ciruelo (fig. 596) sobre fondo jaspeado, que
representa el deshielo de la primavera, y que se regalaban en esta fecha, que en
China es cuando comienza el año.
(fig. 596) Recipiente de porcelana con flores blancas de ciruelo
Entre los nuevos colores debe
recordarse el negro intenso. Bajo Kang'hi aparecen los vasos llamados de la
«familia verde», por dominar en ellos esa gama (fig. 597), que pasa de moda para
dar paso a los de la «familia rosa» (fig. 598), de colores pálidos y delicados.
A esta época corresponde también la técnica denominada de «cáscara de huevo, (fig.
599),», por lo blanca y delgada, y que se destina a la exportación.
(fig. 597) Porcelana de la "familia verde", período Kangxi
(Dinastía Ping
(fig. 598) Xi Wang Mu, deidad taoísta figurada en un plato de
porcelana de la "familia rosa", período de Yongzheng (Dinastía Ping
(fig. 599) Porcelana realizada con la técnica de cáscara de huevo
El siglo XIX es ya de decadencia.
Destruido King-to-chen por un incendio, no obstante ser reconstruido a mediados
de esa centuria, se limita ya a copiar los modelos antiguos. La porcelana china
es conocida en Europa en el siglo XV a través de Egipto, y es importada ya
directamente en el siguiente por los portugueses (fig. 600).
(fig. 600) Porcelana china azul y blanca de exportación, con
escena europea e inscripción francesa
"El Imperio de la virtud se
estableció hasta el fin del Universo", período Kangxi, 1690–1700“
Familia verde” del período Kangxi
(1662-1722)
ARQUITECTURA JAPONESA
Aunque la arquitectura japonesa
deriva directamente de la china, hasta el extremo de que algún capítulo de ésta
solo la conocemos a través de los monumentos japoneses, nos referimos
independientemente a éstos.
Como el sintoismo pervive
simultáneamente con el budismo, su arquitectura termina fundiéndose con la nueva
religión, pero sus templos suelen conservar la cubierta tradicional de pizarra,
tablillas o junco, en vez de emplear la teja. La madera suele pintarse de rojo.
Como ejemplo de templo japonés
puede citarse el de Horiuyi en Nara (607) (fig. 601), en el que imperan por
todas partes, ya plenamente desarrolladas y en tranquila armonía con el paisaje
circundante, las majestuosas curvas cóncavas de los tejados. Cercado por un
prolongado cuerpo de edificación cubierto a dos aguas, se abre en él la puerta
principal o chumon de dos pisos, con sus correspondientes aleros, que da paso al
patio donde se levanta el Gran Pabellón de Oro o Kondo, en cuya sala central se
encuentran sobre una tribuna las estatuas de los dioses. La pagoda es una bella
torre de cinco aleros curvos con campanas, y un gran mástil con anillas de
coronamiento.
(fig. 601) Templo de Horiuyi en Nara
Durante varios siglos el templo
conserva en el Japón esos mismos caracteres, si bien adquiere alguna mayor
complejidad y manifiesta el deseo, cada vez más acusado, de que sus líneas
generales jueguen con las del paisaje. Son obras de perfección exquisita, en las
que las cubiertas se encuentran trazadas con tal sentimiento que parecen flotar
en el aire, llegándose a imitar en las sencillas líneas exteriores del templo
Uji (1053), gracias a la forma de las alas laterales del pabellón, la figura del
ave fénix (fig. 602). Con esa sencillez forma contraste la riqueza de su
decoración interior, a base de bronce, laca, oro y nácar.
(fig. 602) Templo de Uji
Esta unión de la arquitectura con
el paisaje hace que los conventos japoneses, reflejo también de los chinos
coetáneos, se conciban como parte de un pequeño jardín donde se representan,
naturalmente, también en pequeño, todos los elementos del paisaje. Que no en
vano es ahora, en el período denominado pintoresco, cuando el jardín chino
adquiere sus caracteres propios.
ESCULTURA JAPONESA
En las imágenes búdicas del Japón
se siguen los tipos creados en China, y de ello es buen ejemplo el Buda-Yasuki,
el gran sanador, del templo de Nara, sentado en elevado pedestal y acompañado
por los Bodisatvas del Sol y de la Luna, los tres ante aureolas apuntadas
decoradas con pequeñas figuras de Buda en relieve. Es obra fundida en bronce de
principios del siglo VIII. De bronce son también las dos estatuas de Buda, de
proporciones gigantescas, de Nara y Kamakura, de unos quince metros de alto. Del
siglo VIII la primera, la segunda corresponde ya al XIII (fig. 603).
(fig. 603) Budas de Nara y Kamakura
Al lado de Buda desempeña
igualmente papel importante la diosa de la misericordia, aquí llamada Kwannon (fig.
604).
(fig. 604) Diosa de la misericordia, Kwannon
Y, como es natural, se introducen
también, aunque toman nombres japoneses, los soldados celestes. A los cuatro
reyes del cielo se les llama Shitennos y Nios. Formando contraste con las
beatíficas y reposadas representaciones búdicas siempre de frente, a estos
guardas celestes se les imagina en movidísimas actitudes, sin preocupación
alguna de frontalidad, luchando con los demonios (fig. 605). En ellos es donde
la escultura japonesa alcanza su máxima personalidad. Conocemos los nombres de
algunos escultores, entre los que figura Kokei, autor de varios Shitennos de
Nara.
(fig. 605) Los cuatro guardianes o reyes del cielo. Shitennos
La escultura japonesa es de
bronce, madera pintada o de la técnica Kanshitu; es decir, de madera cubierta de
lienzo, y éste de barniz con un polvo especial. En esta capa negruzca de barniz
es en la que se termina el modelado.
Mucho más original que la gran
escultura es la de carácter decorativo, ejecutada en los más diversos
materiales, y donde el japonés pone bien de manifiesto su fino sentido
decorativo de la composición. Muy conocidos dentro de este tipo de trabajo son
los recazos de espadas (fig. 606).
(fig. 606). Espadas grabadas
LA PINTURA JAPONESA
La pintura japonesa no comienza a
manifestar su personalidad frente a la china hasta que en el siglo XI abandona
los temas búdicos de origen chino y se dedica a representar temas legendarios
caballerescos y de la vida cortesana y cenobítica. Se distinguen en esta primera
fase las escuelas de Yamato, Kasuga y Tosa. Obra típica de la última, y de autor
conocido, es la historia de Honen Shonin (fig. 607).
(fig. 607) Honen predicando entre la gente común. Pintura siglo
XIV
Desde el siglo XIV la pintura es
la principal manifestación artística japonesa, creándose en la centuria
siguiente la nueva escuela de los Kano, así llamada por el nombre del fundador y
de su hijo, que introduce el estilo chino del período Sung con sus paisajes de
montañas, nubes, nieblas y cascadas, en las diversas estaciones del año. El que
ejerce más amplia y permanente influencia es el segundo Kano Motonobu (muerte en
1559), cuya obra maestra es el paisaje propiedad del conde Date, de Kyoto (fig.
608). Tanto la escuela de Tosa como la de Kano se conservan activas hasta el
siglo XVIII, aunque ya sin la fuerza creadora primitiva.
(fig. 608) Paisaje de Kano Motonobu
A mediados de esta centuria se
deja ya sentir la influencia europea, el sentido realista es cada vez más
poderoso, y el grabado en madera polícromo adquiere progresiva importancia,
hasta el punto de que los principales pintores lo cultivan activamente. El
principal representante de esta nueva era de la pintura japonesa es Hokusai
(muerto en 1849), dibujante infatigable (fig. 609), (fig. 610) durante su
larguísima vida.
(fig. 609) La gran ola
(fig. 610) Autorretrato.
Su obra más amplia es la Man-gua,
de no menos de catorce tomos, en los que nos ofrece un sinnúmero de escenas de
la vida japonesa. Aparte de ésta que le conquista el rango de primer pintor de
su país, deja otras series famosas, como las de las Cien vistas el Fuji, la de
Los héroes japoneses, etc. El segundo gran maestro de esta última fase de la
pintura japonesa es Hiroshigue (muerto en 1858), que se considera el más
avanzado en el sentido europeo en el cultivo del paisaje, del que publica
estampas sueltas (fig. 611).
(fig. 611) Estampa del Santuario de Akiba en Ukeji
ARTE AMERICANO PREHISPÁNICO
ARQUITECTURA AZTECA Y MAYA
.—En América se forma un arte
propio, de caracteres muy definidos, cuyos dos centros principales radican en
México y América central y en el Perú y Bolivia.
En México y América central
destacan dos pueblos: los aztecas, establecidos en la meseta mexicana y que
terminan conquistando buena parte de América central, y los mayas, que habitan
en Yucatán, Guatemala y Honduras. Sus estilos se influyen y entrecruzan, y en
obra como ésta es preferible estudiar conjuntamente uno y otro. Es arte
contemporáneo del cristiano medieval.
La arquitectura de México y
América central es de cantería, y su soporte preferido, el pilar. La columna,
cuando la utiliza con cierta constancia, como sucede en Yucatán, es gruesa, baja
y sin más capitel que una pieza lisa como el abaco clásico. Desconoce la
cubierta abovedada, y sólo llega a construir por el avance progresivo de los
sillares una bóveda falsa de intradós rectilíneo o ligeramente curvo. Las
molduras suelen estar formadas por planos rectos, y, en general, son bastante
sencillas.
Su monumento principal es el
templo, cuya estructura carece de complicaciones interiores. Es construcción de
grandes masas que se impone, sobre todo, por su volumen (fig. 612). Como las
principales ceremonias tienen lugar a cielo abierto, la parte cubierta del
templo se reduce a la habitación de la divinidad, permaneciendo los fieles al
aire libre. El templo está constituido por unos patios formados por varias
terrazas de escasa altura y amplia superficie. Sobre ellas, o por ellas
rodeadas, se levantan las pirámides truncadas, que sirven, a su vez, de pedestal
a la pequeña capilla habitación del dios. Reunido el pueblo en el patio,
contempla las ceremonias que se celebran en la plataforma de la gran pirámide,
en la que, además de la capilla, se encuentra el techcatl o altar donde es
sacrificada la víctima, cuyo cuerpo se arroja después por la gran escalera de la
pirámide, de gradas numerosas de poca huella.
(fig. 612) Pirámide del Sol de Teotihuacán
La pirámide adopta diversas
formas, desde la simplemente escalonada o de paredes lisas, hasta la que
interrumpe su perfil oblicuo por medio de una superficie de estrechos cuerpos o
tableros verticales (fig. 613), (fig. 614). Este sistema de interrumpir la
oblicuidad de la pirámide llega en ciertos monumentos mayas a crear verdaderas
fachadas con pórticos que ocultan en buena parte la forma de la pirámide
originaria. La capilla es casi siempre única, aunque no faltan templos que
presenten varias dispuestas en fila; es de planta rectangular, con el ingreso
por uno de los frentes mayores, y en la zona maya llegan a tener varias crujías.
(fig. 613) Pirámide de Tajín
(fig. 614) Pirámide de Chichen Itzá
Las construcciones que flanquean
los patios en la zona maya, a las que suele denominarse palacios, son las que
nos ofrecen las fachadas más importantes del arte mejicano. La parte más
decorada es la superior (fig. 615).
(fig. 615) Templo Casa de las Monjas
En Palenque, esa parte se
encuentra inclinada, como en la primitiva cubierta. A manera de anchísimo
entablamento se dibujan en ella varias fajas horizontales divididas por la
típica moldura maya, formada por un listel entre otros dos oblicuos. Su anchura
es tan grande que iguala a la parte inferior de la fachada, que el arquitecto
anima también a veces con el mayor lujo.
El primer paso en este sentido
consiste en formar pórticos de columnas (fig. 616); después se cubre la
superficie del muro con fustes simplemente yuxtapuestos como tema decorativo, y,
sobre todo, se continúa el decorado de la especie de entablamento hasta la línea
misma de tierra, quedando así la totalidad de la fachada cubierta por riquísima
ornamentación de carácter casi uniforme.
(fig. 616) Arco de Labna
El proceso de enriquecimiento de
la fachada, sin embargo, no se detiene ahí. Se completa en muchas capillas mayas
con la elevada crestería que suele labrarse, bien sobre el grueso muro que
separa las crujías, o sobre el de fachada como continuación de ella.
Entre los principales conjuntos
de monumentos mejicanos figuran las ruinas de la sagrada ciudad de Teotihuacan (fig.
617). No lejos de la capital de la República se extienden en más de dos
kilómetros de longitud, a los lados de una amplia y recta avenida llamada de los
Muertos. Sus templos principales son las pirámides del Sol y de la Luna, y,
sobre todo, la de Quetzalcoatl, en la que el cuerpo de serpiente emplumada del
dios bienhechor aparece enrollado en los tableros de la pirámide, mostrándonos
su cabeza casi tantas veces como días tiene el año. El gran templo de
Tenochtitlán, la capital del imperio azteca, lo conocemos por la descripción de
los cronistas y por los restos descubiertos en la Plaza Mayor de México.
(fig. 617) Ciudad de Teotihuacán
En Yucatán, las ruinas son
importantes y numerosas. Figuran en primer plano las de Palenque, las de Uxmal,
con las Casas de las Monjas (fig. 618) y del Gobernador; y las de Labná con su
«Arco», o edificio en ángulo, en una de cuyas alas se abre el arco falso que,
describiendo una elegante curva apuntada con pequeño dintel a manera de clave,
comunica dos antiguos patios del templo.
(fig. 618) Casas de las Monjas
El conjunto monumental más
visitado y conocido de Yucatán es el de Chichén Itzá. Sus ruinas aparecen
ordenadas en torno a un eje que pasa por dos cenotes, o enormes pozos
típicamente yucatecos, en una extensión de cerca de un kilómetro cuadrado. Sus
monumentos principales son el Castillo o templo de Kukulcán (fig. 619). —el
Quetzalcoatl maya—, la portada de cuya capilla sostiene enormes columnas en
forma de serpientes emplumadas (fig. 620).
(fig. 619) Templo de Kukulcán
(fig. 620) Serpientes emplumadas del templo de Kukulcán
Destaca el cojunto arqutectónico
del Juego de Pelota (fig. 621), el deporte que apasiona a los mejicanos tanto
como las carreras a los bizantinos, cruzándose en sus apuestas joyas, esclavos y
hasta las mancebas.Situado sobre una gran terraza rectangular, flanquean el
campo de juego dos cuerpos altos y largos, escalonados al exterior y cortados
verticalmente al interior. En el centro del borde superior de estos frentes
verticales se encuentran las argollas por donde los jugadores deben pasar la
pelota, y sobre esos grandes cuerpos laterales se levantan varios templetes.
Sostienen también su pórtico serpientes emplumadas.
(fig. 621) Figuración y ruinas del recinto del juego de la pelota
Fuera de Yucatán, en la región de
Oaxaca, las ruinas de Mitla muestran un estilo diferente y de carácter más
geométrico, pero de gran belleza (fig. 622).
(fig. 622) Ruinas de Mitla
ESCULTURA AZTECA Y MAYA
.—Al escultor mejicano
prehispánico, más que la belleza del cuerpo humano, le interesa lo expresivo,
concentrado, sobre todo, en el rostro. La tensión espiritual de su cultura
primitiva se refleja en ellos con una fuerza extraordinaria. Producto típico del
Olimpo azteca es la gran estatua de cerca de tres metros de la monstruosa
Coatlicue (fig. 623), madre de los dioses, vestida con falda de serpientes
entrelazadas, y con doble rostro del mismo animal de arqueados colmillos y
bífida lengua. Luce collar de corazones y manos, del que, como centro, pende una
calavera.
(fig. 623) Coatlicue, madre de los dioses
Que los escultores aztecas son
también grandes animalistas, con criterio esencialmente decorativo, lo muestra
el tigre echado, con una gran cavidad en la parte central de su cuerpo para la
sangre de los sacrificios, del Museo de México. El llamado Calendario azteca (fig.624)
es una representación cosmogónica de este pueblo con el Sol, Tonatiuh, en el
centro, dentro del aspa del movimiento, con los signos de los cuatro soles o
eras anteriores en sus brazos, y los signos de los meses en la zona inmediata,
todo ello encuadrado por las dos serpientes.
(fig.624) Calendario azteca
En el campo del relieve, es el
arte maya el que nos ha conservado más monumentos. En ellos el escultor se
preocupa, más que el azteca, de la elegancia de la figura, cuyo perfil traza con
cariño, a veces extraordinario, si bien por su extraño sentido de la belleza
subraya su frente deprimida y alargada. Esos relieves nos presentan sacerdotes
con ricas vestiduras y recargadísimos tocados de plumas, que, a veces, danzan en
místico arrebato ante la veneración de los fieles. Otras son guerreros
igualmente cargados de plumas y abalorios. En la mayoría de los relieves el
escultor aprovecha el gran penacho de plumas para llenar su parte alta, y cubre
con inscripciones los restantes espacios libres. El dios que ocupa lugar
preferente debe ser Itzamná, el dios de la luz y de la vida, creador de la
escritura. Se le imagina como un anciano de nariz aguileña muy pronunciada, y
con sólo un diente muy largo en el centro de la boca (fig. 625).
(fig. 625) Itzamná, dios de la sabiduría
Entre los relieves más curiosos
del arte maya figura el llamado de la Cruz de Palenque.
(fig. 626 (fig. 626) Representación Cruz de Palenque
El relieve en Chichén Itzá nos
presenta la serpiente emplumada que, con el cuerpo erguido, abre las fauces y
con su lengua bífida espera los presentes de una comitiva (fig. 627).
(fig. 627). Relieve de la serpiente emplumada en Chichén Itzá
En el Museo de América, de
Madrid, se conserva un relieve procedente de Palenque. De gran riqueza
decorativa son los monolitos de Copan y Quiriguá (fig. 628).
(fig. 628) Monolitos de Quiriguá
Típicas manifestaciones de la
escultura mexicana son, por último, las máscaras de piedras duras y, sobre todo,
las revestidas de mosaico, de turquesa, nácar y coral (fig. 629).
(fig. 629) Máscara azteca Xiuhtecuhtli, dios del fuego. Mosaico
turquesa, Museo Británico
PINTURA Y ARTE PLUMARIO AZTECA Y
MAYA
Los restos de pintura mural son
escasos, pero acreditan un nivel equiparable al del relieve. Capítulo específico
de la pintura mexicana constituyen los códices hechos de largas tiras de papel
de maguey o piel de venado, blanqueadas con tiza y pintadas a la acuarela.
Ilustradas por ambas caras y dobladas en varios pliegues, forman una especie de
libro que se protege con dos tableros.
Su contenido es religioso,
astronómico y de hechicería, y en algunos, al parecer, histórico. Aunque se han
descrito sus escenas, no se han podido leer en su conjunto en forma definitiva.
En el Museo de América, de Madrid, se guarda el códice maya llamado Pre-cortesiano
(fig. 630).
(fig. 630). Fragmento Códice Pre-Cortesiano del Museo de América
en Madrid
Igualmente típico de México es el
arte plumario, cuya principal manifestación artística es el llamado mosaico de
plumas, en el que se llegan a representar escenas animadas que emulan la
verdadera pintura. Lo conservado de época prehispánica es escasísimo, y lo más
valioso es el escudo del Museo de Viena (fig. 631).
(fig. 631) Plumario del museo de Viena
En el Museo de América existe
otro mucho más sencillo. Pero lo que nos puede dar idea más cumplida de lo que
es este arte son las obras ya posteriores a la conquista, como las mitras del
siglo XVI del Escorial y de la Catedral de Toledo (fig. 632).
(fig. 632) Mitra de Plumas. Escorial
ARQUITECTURA PERUANA
.—En la arquitectura peruana
existe clara diferencia entre la región de la costa, que emplea el adobe, y la
de las tierras altas, que construye con piedra.
Los maestros cuzqueños son
excelentes canteros. En ninguna parte de América se acaricia el paramento del
sillar y se labran sus uniones con mayor esmero. En cuanto a las dimensiones de
las piezas, puede decirse que construyen desde verdaderos muros megalíticos
hasta la obra de sillería isódoma. Con frecuencia, en el deseo de aprovechar, en
lo posible, todo el tamaño de la piedra, se labran en forma irregular, incluso
con ángulos entrantes; la llamada de los «Doce ángulos» de una calle de Cuzco,
es buena prueba de los extremos a que se llega en este sentido. La cara exterior
del sillar suele ser ligeramente convexa, produciendo así, en el paramento, un
leve almohadillado de tenue claroscuro (fig. 633).
(fig. 633) Calle Hatun Rumiyoc en Cuzco, o de los «Doce ángulos»
Lo mismo que el resto de América,
el Perú prehispánico no llega a conocer el arco, existiendo, en cambio, la
tendencia a construir los vanos en forma trapezoidal, como en la arquitectura
prehelénica. La cubierta debió ser casi siempre de madera.
Ruinas a que se atribuye la mayor
antigüedad son las de Tiahuanaco, que se levantan solitarias en el desolado
paisaje del lago Titicaca, a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar.
Por voluntad del Sol, nace en una de sus islas el primer Inca, y, en efecto, las
numerosas ruinas que existen en torno al lago legendario son testimonio de una
importante civilización muy antigua, todavía envuelta en el misterio (fig. 634).
(fig. 634) Ruinas de Tiahuanaco
La más importante es su famosa
Puerta, de tamaño no grande (fig. 635). Los temas que cubren su dintel han sido
trazados con la reiteración de un tejido.
(fig. 635) Puerta de Tiahuanaco
La divinidad principal (fig.
636), para algunos Viracocha, el dios supremo, con su cuerpo diminuto y su gran
cabeza cuadrada, de la que salen numerosos apéndices radiales, aparece de pie,
absolutamente de frente y sobre una especie de almena escalonada, con la
grandiosidad del Sol que se eleva sobre los Andes. En sus manos empuña dos
animales con cuerpo de serpiente y derechos como cetros, mientras por los lados
acuden de riguroso perfil veinticuatro personajes alados, unos con cabeza humana
y otros con cabeza de pájaro. El gran dios de Tiahuanaco es, según algunos
arqueólogos, el que calienta a los pobladores de las alturas andinas con sus
rayos, y con sus lágrimas les humedece la tierra para que puedan hacer sus
sementeras.
(fig. 636) Relieve Dios supremo en la puerta de Tiahuanaco
Monumentos característicos de la
región del Titicaca son, además, las Chulpas o torreones de planta circular o
rectagular, al parecer, de carácter funerario (fig. 637).
(fig. 637) Chulpas
Del gran templo del Sol, el
Coricancha o recinto sagrado, convertido por los españoles en monasterio de
Santo Domingo, existen algunos muros y las descripciones de los cronistas. La
cámara misma del Sol, aunque cubierta de paja, tiene sus paredes revestidas con
planchas de oro, y presididas por la imagen del dios, labrada en el mismo metal;
allí reposan las momias de sus hijos los Incas. Y análogas características,
aunque en plata, presenta la cámara de la Luna. Inmediato al templo se encuentra
el jardín, donde, contrahechos en oro y plata, aparecen los más diversos
animales y plantas.
Pero de lo que poseemos
monumentos impresionantes de cantería incaica es de la arquitectura militar. Las
obras de fortificación adquieren en el Perú importancia extraordinaria. La más
conocida de todas, que es la de Saxahuamán (fig. 638), está situada en la
montaña que domina el Cuzco, y consta de tres series de murallas dispuestas en
zigzag y labradas en enormes piedras.
(fig. 638) Ruinas fortificación de Saxahuamán
La más bella y más hermosamente
situada es, quizá, la de Pisac, en el alto valle del Urabamba, desde cuyas
terrazas se domina uno de los más grandiosos paisajes de los Andes (fig. 639).
(fig. 639) Ruinas fortificación de Pisac
En los diversos valles de la zona
de la costa peruana se forman varios centros artísticos, que terminan por ser
dominados por los Incas. El material constructivo, como queda indicado, es el
barro cocido al sol, que a veces se emplea en enormes bloques, revestidos con
barro para disimular las uniones. A la preferencia por el adobe va unida la
forma de pirámide de los edificios y la gran riqueza decorativa de los
paramentos.
Una de las construcciones
apiramidadas más interesantes es la de Moche, en la región de Trujilla, formada
por varios cuerpos escalonados, pero donde la decoración de los paramentos
alcanza mayor riqueza es en las ruinas de la gran ciudad de Chan-Chan, sojuzgada
por los incas a mediados del siglo XV. En ellas vemos desde el sencillo
ajedrezado hasta las lujosas composiciones del Patio de los Arabescos, aunque
siempre en la forma geométrica propia de las artes textiles (fig. 640).
(fig. 640) Ciudadela de adobe de Chan Chan
El santuario más famoso de la
costa es el de Pachacamac, el dios creador, que eso significa su nombre, cuyo
templo primitivo consiste en una serie de pirámides truncadas superpuestas, a la
que se agregan numerosas dependencias para peregrinos y sacerdotes (fig. 641).
(fig. 641) Santuario de de Pachacamac
Por último, destacan de forma
singular las ruinas de Machu Picchu, «monte viejo» es el nombre contemporáneo
que se da a una llacta —antiguo poblado incaico andino— construida antes del
siglo XV, se encuentra ubicado en la Cordillera Oriental del sur del Perú, en la
cadena montañosa de los Andes a 2.430 metros sobre el nivel del mar. Está
ubicada en la región Cuzco, provincia de Urubamba, y se extiende sobre una
superficie de 326 kilómetros cuadrados
Machu Picchu fue declarado
Santuario Histórico Peruano en 1981 y está en la Lista del Patrimonio de la
Humanidad de la Unesco desde 1983 (fig. 642).
(fig. 642) Machu Picchu
ARTES DECORATIVAS PERUANAS.
CERÁMICA. TELAS
.—Donde el repertorio decorativo
peruano se manifiesta más plenamente es en los tejidos y en la cerámica, artes
ambas que alcanzan excepcional perfección. Además de los temas aludidos, la rica
fauna costera se refleja, sobre todo, en la cerámica (fig. 643).
(fig. 643) Vasijas
En la cerámica, el capítulo más
extraordinario es el de las vasijas antropomorfas, en las que el cuerpo humano
suele desaparecer en beneficio de la cabeza, que es donde el escultor peruano
hace alarde de su capacidad naturalista.
Entre las figuras zoomorfas, la
de mayor interés, y que sirve de base a varias transformaciones de carácter
fantástico, es la del felino, que parece poder identificarse con el gato montes
o tití, el animal que debe de dar nombre a la extensa comarca del Titicaca —la
Peña del Gato—. Lo que hiere la sensibilidad del peruano en el felino es su
expresión airada, su rostro de proporciones cuadradas y grandes bigotes, y su
lengua delgada y aguda. Sus bigotes adquieren tal desarrollo que se transforman
en especie de máscara. El cuerpo alguna vez es el del felino, de formas curvas,
rabo largo y piel con lunares; pero, generalmente, es de tipo humano (fig. 644).
(fig. 644) Decoraciones cerámicas antropomorfas
En los tejidos, el principal
atractivo es la belleza de sus colores y el gusto con que se les combina. Tanto
las representaciones de animales reales como de los monstruosos, se encuentran
muy geometrizadas, tal y como muestra el manto de la Cultura Chimú de Perú,
(1000 - 1476). El Diseño esta compuesto por bloques de motivos de pelícanos y
atunes en una paleta brillante (fig. 645).
(fig. 645) Manto de la cultura Chimu en Perú (1000 - 1476)
CAPÍTULO X
EL ARTE CRISTIANO
PRIMITIVO
ARTE SASÁNIDA
EL ARTE CRISTIANO PRIMITIVO
ARQUITECTURA SIGLOS IV y V.
BASÍLICAS Y BAPTISTERIOS
SIRIA Y EGIPTO
ESCULTURA CRISTIANA PRIMITIVA
ARTE SASÁNIDA
EL ARTE CRISTIANO PRIMITIVO
.—Perseguida la religión nueva
con rigor extraordinario desde que comienza a constituir un peligro para la
sociedad "pagana", no es posible a los cristianos levantar grandes edificios
dedicados a su culto que delaten su destino. Las únicas manifestaciones
arquitectónicas de las primeras agrupaciones de cristianos son de carácter
subterráneo y, artísticamente consideradas, muy pobres. Se reducen a los
cementerios o catacumbas que, valiéndose del derecho de labrar enterramientos
corporativos concedidos por las leyes romanas, excavan los cristianos,
aprovechando en parte las galerías de las canteras abiertas en las afueras de la
ciudad para obtener materiales de construcción.
Las catacumbas cristianas
consisten en una complicada red de interminables galerías abiertas en una tierra
de cierta consistencia (fig. 646), en cuyas paredes se encuentran los nichos de
las sepulturas o formae, cubiertas por una lápida con la dedicatoria al difunto
y símbolos, como el pez o la paloma con el ramo de olivo. Sus partes
arquitectónicas más interesantes son los cubículos —cubiculi—, o lugares donde
suelen cruzarse varias de esas galerías, pues, con frecuencia, los
enterramientos en ellos emplazados presentan un nicho semicircular o arcosolio,
bajo el que acostumbra a depositarse el cuerpo de algún mártir, sirviendo así de
mesa de altar para celebrar los oficios.
(fig. 646) Catacumbas de san calixto
El cubículo de las catacumbas de
Santa Inés (fig. 647) ofrece la particularidad de tener en su cabecera un
asiento corrido labrado en la piedra y ligeramente elevado en el puesto de honor
dedicado al obispo. Presenta a los lados varios arcosolios, habiéndose querido
ver en los diversos ensanchamientos de la galería el lugar destinado al coro de
hombres y al de mujeres.
(fig. 647) Catacumbas de Santa Inés
La arquitectura de estos
cubículos es tan simple, que incluso la llamada cripta de los Papas, de las
catacumbas de San Calixto, se reduce a dos columnas, un lucernario y poco más (fig.
648).
(fig. 648) Cripta de los Papas, de las catacumbas de San Calixto
La decoración de las catacumbas
se confía exclusivamente a la pintura, y siempre dentro de una gran sencillez.
El artista cristiano de estos primeros tiempos se limita a trazar sobre el
enlucido de las paredes decoradas algunos elementos arquitectónicos y unas
cuantas guirnaldas, y en las cubiertas, varios campos, que permiten pintar en
sus centros figurillas y escenas en que se va gestando la futura iconografía
cristiana. Desde el punto de vista puramente pictórico, su estilo es el romano
coetáneo, de técnica sumaria, de pobre colorido y ejecutado por artistas
modestos. La pintura de la bóveda de la catacumba de Lucina (fig. 649), de la
primera mitad del siglo III y una de las más antiguas conservadas, nos dice en
qué grado las bellas perspectivas arquitectónicas de los últimos estilos
pompeyanos han dado paso en esta fecha a una decoración geométrica, animada por
figuras, como los orantes, el Buen Pastor, y en el centro, Daniel en la cueva de
los leones.
(fig. 649) Decoración bóveda con Daniel en la cueva de los leones
En un principio se limitan al
empleo de temas paganos, pero que pueden prestarse a una interpretación
cristiana, como sucede a las figuras de los amorcillos, de Psiquis, de Orfeo, o
a las guirnaldas simbólicas de la inmortalidad. Más tarde, a mediados del siglo
II, es cuando aparece ya un repertorio nuevo. La mayoría de los asuntos se toman
del Antiguo Testamento, siendo los preferidos el Sacrificio de Isaac, Daniel con
los leones, los Jóvenes en el horno, Jonás, Noé en el arca, etcétera, no sólo
por su valor como precedentes de la vida de Jesús, sino por ser ya los temas más
representados en las sinagogas. Al lado de ellos aparecen ya los temas
propiamente cristianos, que van multiplicándose cada vez más y haciéndose más
concretos. Figuran entre los más antiguos la Adoración de los Reyes, el Bautismo
de Jesús, la Curación del paralítico, diversos milagros de Jesús, etc. Junto a
estas representaciones y pasajes de la vida del Salvador deben recordarse las ya
citadas del Buen Pastor y la figura de la Orante, que de pie y con los brazos en
alto, ruega por nosotros. Muy importante es también la figura femenina sentada
con su hijo, de las catacumbas de Priscila, siglo III, que no es fácil decidir
si representa a una cristiana devota o realmente a la Virgen con el Niño (fig.
650).
(fig. 650) Mujer con niño, catacumbas de Priscila
La (fig. 651) reproduce varios
símbolos cristianos creados en esta época. El Crismón, o monograma de Cristo,
formado por las dos primeras letras de su nombre griego: Xpio-cdc, X y P, es el
símbolo de Jesús triunfador de la muerte, y se relaciona con la visión de
Constantino en vísperas de su victoria del Puente Milvio; el Ancora, el Delfín,
el Pez de la Resurrección y el Pan eucarístico; las Palomas, símbolo del
Cristianismo, que acuden al racimo eucarístico y al Crismón, y la Orante.
(fig. 651) Símbolos cristianos siglo III
En época algo más avanzada,
cuando ya es necesario contemporizar con los cristianos, comienza a construirse,
a la luz del día y sobre las catacumbas, una capilla o celia memoriae, tipo de
construcción que no tiene tiempo de prosperar, puesto que Constantino concede
libertad poco después para edificar templos de grandes proporciones. Consiste la
celia memoriae en un nicho simple o de planta trebolada abierto para celebrar
los actos del culto y que los fieles asistan a ellos a cielo descubierto. Buen
ejemplo es el de las catacumbas de San Calixto (fig. 652).
(fig. 652) Celia memoriae
ARQUITECTURA SIGLOS IV y V.
BASÍLICAS Y BAPTISTERIOS
.—El edicto de Milán de 313, como
es natural, tiene inmediatas repercusiones en los destinos de la hasta entonces
tan pobre arquitectura cristiana. Pues Constantino no sólo autoriza la
construcción de templos a la luz del día, sino que, diez años más tarde, regala
al Pontífice el Palacio del cónsul Sextus Lateranus, que, confiscado por Nerón,
es propiedad de los emperadores. La iglesia allí levantada, y que de él toma el
nombre de Letrán, será la cabeza y madre de todas las iglesias cristianas.
Influido por la tradición judía
de la sinagoga, el monumento pagano que sirve de modelo al templo cristiano es
la basílica pagana, y lo es en tal grado, que todavía hoy la palabra basílica es
sinónima de gran templo. Es edificio de tres naves separadas por columnas, por
lo general con arquerías que cargan directamente sobre ellas, y testero
semicircular. Este sistema de apoyar el arco sobre el capitel de la columna
aislada, heredado de la arquitectura imperial, se generaliza en la escuela
bizantina y es de la mayor importancia. A veces entre el arco y el capitel se
interpone un grueso abaco apiramidado, que da lugar al cimacio bizantino.
Aunque el templo cristiano es
lugar de reunión de todos los fieles, como ya desde los primeros tiempos se
establecen distinciones entre ellos al asistir a las ceremonias del culto, esas
distinciones dejan su huella en su organización arquitectónica. Estas
diferencias se refieren, sobre todo, a los catecúmenos o fieles aún no
totalmente iniciados en el conocimiento de la doctrina cristiana y que no pueden
presenciar todas las ceremonias; al clero, que debe encontrarse aislado del
pueblo, y aun, dentro de él, al clero mayor y al clero menor; a las mujeres, e
incluso a los peregrinos, a los que es necesario proporcionar alojamiento.
Así, en el testero dedicado en la
basílica pagana al magistrado y su séquito, y que se convierte en el futuro
ábside, se coloca el altar, no adosado, como es costumbre desde los tiempos
medios, sino aislado en forma que el sacerdote pueda celebrar los oficios dando
frente al pueblo. El clero mayor toma asiento en el banco semicircular adosado
al muro, mientras al clero menor se le destina el centro de la nave mayor. A
veces las naves longitudinales son cruzadas por una transversal, dando así
nacimiento a los futuros cruceros del templo medieval. Además, aprovechando el
desnivel de la menor altura de las naves laterales, también se construye sobre
éstas otro piso, con galería a la central, llamado triforium, y que, por estar
reservado a las mujeres, se denomina también matronium. La basílica cristiana se
completa, por último, a los pies con un patio o atrio rodeado de galerías, de
las cuales la inmediata al templo, o nartex, está dedicada a los catecúmenos, y
las tres restantes, a los peregrinos (fig. 653).
(fig. 653) Figuración basílica construida por Constantino en Roma
(siglo IV)
En un principio se orienta la
cabecera del templo al Occidente, para que el sacerdote que oficia tras el altar
y de cara a los fieles dirija su rostro a Oriente, mas no se tarda en invertir
la orientación del templo y la colocación del sacerdote, con lo que tanto éste
como los fieles se dirigen a Oriente. A estos problemas creen algunos que
responden las basílicas del norte de África, con un ábside en cada extremo de la
nave central.
A pesar de las hermosas
proporciones y del lujo de estos templos de época constantiniana, buena parte de
sus materiales, y en particular las columnas y los capiteles, proceden de
edificios paganos diversos. Y tan es así, que la uniformidad de los capiteles de
Santa María la Mayor (fig. 654), de Roma, ha hecho pensar en que se trata
realmente de una basílica pagana convertida en templo cristiano. Pero, contra lo
que mucho tiempo se ha creído, estos primeros templos cristianos no se
consideran hoy edificios paganos adaptados al culto cristiano, sino labrados de
nueva planta.
(fig. 654) Santa María la Mayor (Roma)
A iniciativa del propio
Constantino se deben las basílicas Lateranense (fig. 655), primera iglesia
cristiana (313-320); construida por el Emperador Constantino sobre terrenos
donados por él mismo, y la de San Pedro del Vaticano en la segunda mitad de ese
siglo (fig. 656), muy semejantes entre sí, que sólo conocemos por dibujos
anteriores a su derribo; la primera, de arcos sobre columnas, y la segunda,
adintelada, como la de la Natividad de Belén (fig. 657), que, en cambio, se
conserva.
(fig. 655) Esquema basílica San Juan de Letran
(fig. 656) Fresco del aspecto de la basílica de San Pedro de Roma
en el siglo IV
(fig. 657) Basílica de la Natividad de Belén
Algo posteriores son la de Santa
María la Mayor (358), adintelada, y la de San Pablo (386), de arquería, que,
víctima de un incendio en el siglo pasado, se reconstruye copiando la primitiva
y de la cual se converva un apside (fig. 658).
(fig. 658) Iglesia de San Pablo en Roma
La de Santa Inés (324) tiene en
las naves laterales una segunda planta con arquería para mujeres. El abaco
interpuesto entre el capitel y el arco presenta ya las proporciones del cimacio
bizantino (fig. 659).
(fig. 659) Basílica de Santa Inés
A fines del siglo IV pertenecen
ya las de Santa María en Cosmedin (380) y la de San Clemente (392), ambas en
Roma. San Clemente tiene aún el altar en su disposición primitiva para que el
sacerdote, al oficiar, dé el frente al público, la cátedra episcopal en el
ábside y el cerramiento de mármol en el coro (fig. 660).
(fig. 660) Basílica de San Clemente
Creación también constantiniana
son los mausoleos o construcciones de planta circular que en varios casos ocupan
el lugar del ábside de la basílica. De ese tipo son los Santos Apóstoles de
Constantinopla, con el mausoleo del propio emperador, y el Santo Sepulcro de
Jerusalén (fig. 661). Por desgracia, el primero no se conserva, y respecto del
segundo, no se conoce con seguridad la parte del templo primitivo.
(fig. 661) Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalen
En Roma, en cambio, aunque en
ruinas, existe el mausoleo de Santa Elena (fig. 662), y, sobre todo, el de Santa
Constanza, (fig. 633), la hija de Constantino, el enterior posee 24 columnas que
sostienen solas el grueso tambor y la cúpula.
(fig.s. 662) Mausoleo de Santa Elena
(fig.s. 663) Mausoleo de Santa Constanza
A esta clase de templos de
proporciones cuadradas pertenecen además las capillas bautismales que, según la
costumbre que perdurará en Italia mucho tiempo, se labran como edificios
independientes, de planta circular o poligonal de varios ejes de simetría. Con
pila de grandes proporciones en el centro para verificar en ella el bautismo por
inmersión, se ha visto su origen en los ninfeos o baños de los palacios romanos,
habiéndose querido identificar en el Batisterio de Letrán el del viejo palacio
pagano con las naturales transformaciones.
Ya del siglo V, y anteriores, por
tanto, al estilo plenamente bizantino de Justiniano, es el sepulcro de Gala
Placidia (fig.s. 664), en Rávena, la ciudad donde se refugia la hija de Teodosio
al sentirse insegura en Roma. El primero, aunque no es indudable que contenga en
sus sarcófagos los restos de los hijos de Teodosio, es, desde luego, un panteón
por completo abovedado y de planta de cruz ligeramente alargada. Sencillo en su
composición, debe su lujo a su rico revestimiento de mármol y mosaico. En si
interior, El Baptisterio es de base octogonal, y sus muros están reforzados por
arcos apoyados sobre columnas, que en la segunda planta incluyen otros tres
arcos menores. Pero, de todos modos, su interés principal se debe a su
revestimiento de mosaico en perfecto estado de conservación.
(fig.s. 664) Sepulcro de Gala Placidia
Los monumentos existentes en
España de este período son escasos y de poca importancia. Se reduce a las ruinas
de una basílica de tres naves y ábside semicircular del cementerio
paleocristiano de Tarragona, a la celia memoriae de Ampurias, a la casa basílica
de Mérida y al monumento de Centcelles, en parte, al menos, de carácter
funerario (fig. 665).
(fig. 665) Monumento de Centcelles
SIRIA Y EGIPTO
.—Antioquía y Alejandría son, con
Roma, las ciudades más populosas del Imperio, y las provincias respectivas de
que son cabecera las más fecundas desde el punto de vista artístico, así que,
mientras en Occidente, como consecuencia del decreto de Constantino, se producen
los monumentos estudiados,^ en Siria y Egipto se forman dos importantes escuelas
artísticas de gran personalidad.
La siríaca, en particular,
desempeña un papel de primer orden en el nacimiento de la arquitectura medieval
por la influencia ejercida en la bizantina, gracias a su vecindad, a la
sabiduría de sus cubiertas abovedadas y a la originalidad de su decoración
vegetal. Comarca donde abunda la piedra, y existe desde los tiempos helenísticos
una fecunda tradición arquitectónica, se crean durante los siglos IV y V una
serie de obras maestras que delatan gran novedad y un sentido muy inteligente de
la arquitectura. Los arcos de refuerzo de las bóvedas, empleados sólo raras
veces bajo el Imperio en Occidente, o, lo que es lo mismo, la concentración del
empuje de las bóvedas en puntos determinados, lo desarrollan ellos hasta
emplearlo de manera sistemática. Y la concentración de las presiones laterales
lleva consigo el empleo igualmente sistemático, para su contrarresto, de
estribos exteriores. La vieja arquitectura imperial de gruesísimos muros se ve
así reemplazada por otra de menos masa y más sabia, que, gracias a este
inteligente principio de concentración de presiones y contrarrestos, da vida en
su día a los estilos románico y gótico.
Pero, además de estas conquistas
de orden tectónico, los monumentos sirios presentan otras novedades de carácter
decorativo de gran trascendencia para el arte medieval de Occidente, y en las
que se avanza en el camino iniciado ya en el Palacio de Spalato. La estrecha
semejanza que en este aspecto existe entre algunos de estos monumentos del Asia
anterior y las iglesias occidentales, se explica por la emigración siria a
Occidente como consecuencia de la conquista árabe en el año 634. La decoración
vegetal, por otra parte, es también del mayor interés, porque, siguiendo la
tendencia antinaturalista y amiga de intensos contrastes de claroscuro de los
últimos tiempos del Imperio, muestra ya un carácter esquemático y geometrizado
que enlaza con el estilo bizantino.
Obra principal de la escuela
siríaca y donde mejor pueden verse los más de los caracteres apuntados es el
monasterio de San Simeón el Estilita o Kalat Siman (fig. 666), que estaba
concluido a principios del siglo V. Sus ruinas nos permiten ver todavía su patio
octogonal, con la base de la columna en que hace penitencia el santo, y al cual
se abren cuatro basílicas. Lo más interesante como precedente para la
arquitectura medieval europea es la decoración exterior de su cabecera, con
columnas adosadas y cornisas de arquillos ciegos que descansan en aquéllas y en
ménsulas. Es decir, la composición decorativa que siglos después emplearán los
arquitectos románicos en los ábsides de sus iglesias.
(fig. 666) Monasterio de San Simeón el Estilita
Monumento también muy valioso es
Turnamin, y por sus plantas, octogonal y circular, respectivamente, las iglesias
de Esra y Bosra (fig. 667).
(fig. 667) Planta catedral de Bosra
Egipto es tierra donde la nueva
religión arraiga tan profundamente, que a la llegada de los árabes el año 641 la
población es cristiana. Es la patria del poderoso patriarca de Alejandría, que
tiene flota comercial propia, y de los finos teólogos que suelen rozar con la
herejía; pero, sobre todo, de los grandes ermitaños que se retiran al desierto
para hacer vida de anacoreta, y que terminan organizando por primera vez la vida
monástica en común. Denominados coptos por los árabes los cristianos de Egipto,
se aplica también este nombre, con visible impropiedad, al arte de estos
cristianos, anterior a la conquista islámica.
En Egipto, como en Siria, se
construyen grandes edificios de tipo constantiniano, hoy desaparecidos, pero los
de mayor interés son los propiamente coptos. Obedecen a un tipo bastante
uniforme, siendo uno de sus rasgos más característicos y reiterados el empleo de
la bóveda sobre trompas en la cabecera o en el crucero. No menos valiosa es en
la arquitectura egipcia la decoración de acanto espinoso, de temas vegetales
intensamente estilizados, y de polígonos y cintas que se quiebran y cruzan
preludiando el lazo árabe. La técnica de trépano y a bisel en ella empleada es
análoga a la siríaca, pero los efectos de claroscuro son aún más violentos, y la
geometrización de las formas vegetales también más intensa.
ESCULTURA CRISTIANA PRIMITIVA
.—La fecha tardía, dentro de la
evolución del arte clásico, en que se inicia la escultura cristiana y la
modestia de los artistas que ejecutan las primeras obras, hacen que su nivel
artístico sea en general bastante bajo. Su interés para la historia del arte
cristiano es, sin embargo, grande, sobre todo desde el punto de vista
iconográfico, por ofrecernos el primer gran repertorio de temas que serán
interpretados en siglos posteriores. Técnicamente puede seguirse en ella el
reflejo de la escultura romana contemporánea.
La escultura cristiana primitiva
cultiva casi exclusivamente el relieve. Salvo algunos de pequeño tamaño labrados
en marfil, esos relieves son los de los sarcófagos, cuyo empleo es la natural
consecuencia de la inhumación exigida por las nuevas creencias.
La composición de esos relieves
es muy variada. Unas veces, como en los sarcófagos paganos, la historia ocupa
toda la altura de su frente, pero también con frecuencia, para contener mayor
número de temas, se divide en dos fajas horizontales. Son los llamados de friso
y de friso doble. En unas ocasiones los personajes se suceden sin solución
alguna de continuidad, pero en otras se introducen columnas, generalmente con
frontones y arcos alternados que forman así una serie de intercolumnios muy
adecuados para separar las escenas: son los sarcófagos de columnas (fig. 668).
Esto sucede incluso en algunos sarcófagos de dos cuerpos (fig. 669).
(fig. 688) Sarcófago de Martos
(fig. 669) Sarcófago de Junio Basso
Durante la mitad del siglo IV se
da un tipo de sarcófago en el que las columnas son reemplazadas por árboles
cuyas copas al unirse forman especie de nichos u hornacinas (fig. 670).
(fig. 670) Sarcófago con árboles. Museo Louvre
Existe, por último, un tipo de
sarcófago más sencillo (fig. 671), cubierto en casi todo su frente con el tema
de los estrigilos, en los que la decoración escultórica se reduce a la parte
central y a los extremos. Es frecuente, en la parte central, un gran medallón
circular con la media figura del difunto y de su familiar más inmediato, como en
los paganos.
(fig. 671) Sarcófago de estrigilos
Los sarcófagos cristianos más
antiguos, lo mismo que las primeras pinturas de las catacumbas, como labrados en
talleres paganos, carecen de representaciones cristianas, si bien es posible que
para algunos de los temas decorativos paganos se hubiese creado ya una
interpretación cristiana. En esta zona, todavía un tanto indefinida, precisa
recordar el empleo de temas paganos de posible sentido cristiano en sarcófagos
que, indudablemente, lo son por sus temas restantes, así como los sarcófagos de
miembros pertenecientes a ciertas sectas gnósticas, que aceptan el Antiguo
Testamento, sin perjuicio de representar la gnosis —el conocimiento o
identificación mística— por el abrazo de Amor y Psiquis.
Este período de indecisión y de
empleo de temas paganos termina en el siglo IV. Los escultores se reducen
entonces a los asuntos del Antiguo y del Nuevo Testamento, que alguna vez se
encuentran claramente separados, pero, por lo general, se entremezclan con
predominio de los de la vida de Jesús. Se aumenta el repertorio de las pinturas
de las catacumbas, pero los temas de la Pasión no son frecuentes hasta la
segunda mitad del siglo IV. Por su importancia para el futuro arte cristiano
merecen recordarse la Anunciación, en la que el ángel es un joven todavía sin
alas; el Nacimiento, donde aparecen ya los animales tras la cuna, y la Adoración
de los Reyes, vestidos con bragas largas, tocados con gorro frigio e iniciando
la genuflexión. Tema también importante es el del Salvador en la Gloria,
apoyando sus pies sobre el paño o bóveda celeste que sostiene Caelus, en
realidad, Urano.
A veces, estas numerosas escenas
son reemplazadas por la única de Jesús en la Gloria y de la Iglesia triunfante.
Tales son la del Salvador en el centro acompañado por los apóstoles, y la del
Salvador acompañado por San Pablo y San Pedro en el momento de dar a éste la
Ley. En otros sarcófagos la decoración se reduce a los corderos que acuden a la
cruz situada en el centro, o los pavos reales de la que simbolizan en la belleza
de su cola la hermosura del alma transformada por la salvación, y las pequeñas
codornices que pican los racimos de este mismo sarcófago de Rávena son también
símbolo del cristiano en el banquete eucarístico (fig. 672).
(fig. 672) Sarcófagos de San Apolinar.(Rávena)
El número de sarcófagos llegados
hasta nosotros es considerable. Hasta fines del siglo VI, el centro de
fabricación de la mayoría de los sarcófagos exportados a Occidente es Roma, lo
que explica la uniformidad de sus tipos. Después se esculpen también en las
provincias. Uno de los sarcófagos más antiguos es el de Jonás (fig. 673), el
tema corriente de las pinturas del siglo III. Se representa en él otros del
Antiguo Testamento —Noé con el arca, Moisés en la peña—, a los que se agrega el
de la Resurrección de Lázaro, del Nuevo Testamento.
(fig. 673) Sarcófago de Jonás
El sarcófago llamado Dogmático (fig.
674) de época ya constantiniana, presenta, después de la Creación de Adán y Eva
por la Trinidad, una rica serie de temas evangélicos: el Pecado original, los
Milagros de Cana y de los panes, la Resurrección de Lázaro, la Adoración de los
Reyes, en la forma arriba indicada; la Curación del ciego, Daniel y los leones,
la Negación de San Pedro, el Prendimiento de éste y Moisés en la peña.
(fig. 674) Sarcófago dogmático
El reproducido en la figura (fig.
675), de mediados del siglo IV, se encuentra ya dedicado a temas de la Pasión:
Simón Cirineo, la Coronación, Cristo conducido ante Pilatos, y Pilatos lavándose
las manos. Preside el Crismón con la corona de laurel o de la vida. Es sarcófago
de columnas de cinco compartimientos, que después suelen elevarse a siete.
(fig. 675) Sarcófago de la Pasión de Cristo
Por su belleza y por estar
fechado (359), debe recordarse también el de Junio Basso, de cinco
compartimientos y dos zonas. Son sus temas: el Sacrificio de Isaac, la Prisión
de Pedro, Cristo imberbe con Caelus por escabel con San Pedro y San Pablo, el
Prendimiento, Pilatos lavándose las manos, Job, Adán y Eva, la Entrada de Jesús
en Jerusalén, Daniel y los leones, y el Prendimiento de San Pablo.
Las únicas esculturas de bulto
redondo de este período son las de Jesús representado bajo la figura alegórica
del Buen Pastor o como Definidor de la ley Cristiana. Imberbe y con el cordero
sobre los hombros, el tema del crióforo, como hemos visto, era de vieja
ascendencia en el arte griego, y se cultiva aún en el período helenístico. El
mejor ejemplo es el del Museo de Letrán, tal vez ya del siglo IV (fig. 676).
Pero la forma cómo ha de perdurar transformado a través de los siglos es la
otra. Sin embargo, se le imagina también joven e imberbe (fig. 677). La más
bella estatua de este tipo es la del Museo de las Termas, que le muestra sentado
y enseñando su doctrina como un filósofo. Según veremos, el tipo barbado que
después se perpetúa no aparece hasta fines del siglo IV.
(fig. 676) Jesú el buen Pastor, museo de Letrán
(fig. 677) Jesús definidor de la ley Cristiana
En España, La escultura
paleocristiana se reduce a los sarcófagos, de los que poseemos número
relativamente crecido, aunque sin características que los distingan de los tipos
corrientes en el resto del Imperio. Un núcleo importante existe en Cataluña: en
Tarragona (fig. 678) y Gerona.
(fig. 678) Sarcófago de la Corona. Tarragona
En un sarcófago de Zaragoza se ha
querido ver la más antigua imagen de la Asunción de la Virgen, y en otro del
Museo Arqueológico Nacional se presenta al Salvador sentado y rodeado de los
apóstoles. En Andalucía existen varios con columnas pero el más singular de esta
región es el de Ecija (fig. 679), ya del siglo V, de acusada influencia
bizantina. De bajísimo relieve, renunciase en él a la densa narración corriente
y se ofrecen sólo tres escenas interpretadas en tono solemne y con letreros
griegos: el Sacrificio de Isaac, el Buen Pastor y Daniel con los leones.
(fig. 679) Sarcófago de Écija
ARTE SASÁNIDA
.—La formación a principios del
siglo III, del reino persa sasánida, que perdura hasta la conquista árabe de
mediados del VII, da lugar a que se produzca un estilo arquitectónico y una
decoración animada en los que el viejo arte mesopotámico de la bóveda y de los
animales fieros vive una nueva época de florecimiento. Su vecindad con el
Imperio bizantino hace que sus creaciones dejen sentir su benéfica influencia en
el arte europeo, y su incorporación al mundo islámico es igualmente beneficiosa
para este otro gran mundo artístico.
De fechas inseguras sus
principales monumentos, se considera como el más antiguo el palacio de Firuz
Abad (fig. 680). De planta rectangular y gruesos muros, todas sus salas se
encuentran abovedadas: En las dos primeras crujías, esas bóvedas, que son de
cañón, contrarrestan a otra de igual forma, pero transversalmente dispuesta, y
que, abierta i la fachada, cubre el vestíbulo. Pero la parte de más interés
arquitectónico es la tercera crujía, cubierta por tres bóvedas cupuliformes de
sección elíptica sobre trompas, pues son los primeros ejemplos importantes
conservados de este tipo de cubierta, que tanto auge tendrá en la arquitectura
bizantina y tanta influencia en la arquitectura románica. Se cree obra del siglo
III.
(fig. 680) Esquema y ruinas del palacio de Firuz Abad
El segundo gran palacio sasánida
es el de Sarvistán (fig. 681), que se cree ya del siglo iv. Es de proporciones
más cuadradas y presenta en su parte central una bóveda cupuliforme sobre
trompas de proporciones mucho mayores. En los grandes salones laterales, la
bóveda de cañón de sección elíptica se encuentra sabiamente contrarrestada por
estribos interiores formados por columnas pareadas.
(fig. 681) Esquema y ruinas del palacio de Sarvistán
Situados los dos monumentos
anteriores no lejos de Persépolis, el más grandioso de todos, que es el de
Ctesifón (fig. 682), se encuentra, en cambio, en Seleucia del Tigris. Es un
inmenso salón abovedado de más de veinticinco metros de luz, abierto
directamente al exterior en el centro de una fachada con numerosas hornacinas.
Los enormes empujes de la bóveda se hallan contrarrestados por el muro de la
sala y por una serie de otras transversales. Su fecha es tan insegura, que
mientras unos lo creen construido por Cosroes, en el siglo VI, otros lo
consideran tres siglos anterior.
(fig. 682) Palacio de Ctesifón
Los reyes sasánidas labran en la
roca de los acantilados grandes relieves conmemorativos de sus triunfos. Así, el
fundador de la dinastía, Ardashir o Artajerjes, se hace representar en el
acantilado de Nasch-I-Rustem bajo la sepultura de Darío el Grande, pisoteando
con su caballo al emperador parto vencido y recibiendo la corona del dios de la
luz Ahura-Mazda, que a su vez aplasta con su caballo al dios de las tinieblas. A
su hijo Japor lo vemos en ese mismo acantilado, vencedor del emperador romano
Valeriano, que implora su clemencia (fig. 683).
(fig. 683) Japor vencedor de Valeriano
Por último, Cosroes II, excava
en la roca de Taki-Bostan un profundo arco y se hace retratar sobre su caballo
favorito blandiendo la lanza (fig. 684).
(fig. 684) Cosroes II, a caballo y con lanza en la roca de Taki-Bostan
El otro aspecto del arte persa,
de gran trascendencia a través del bizantino, es el decorativo. Gracias
principalmente a su orfebrería, por lo general fuentes circulares, y a sus
tejidos, vemos cómo se vuelve al tema tan mesopotámico de la cacería de animales
fieros (fig. 685) por el monarca, y, sobre todo, al del animal fiero devorando
al tímido, que se difundirá en el arte islámico y en el románico.
(fig. 685) Cacería de leones
Creación sasánida parecen los
medallones circulares con aves y animales, con frecuencia fantásticos, en su
interior. Entre éstos, es el más importante el simurg (fig. 686) o grifo alado,
con dos patas y cola de pavo real. Como se considera capaz de resistir el fuego,
de nadar, volar y andar, simboliza los cuatro elementos, de los que es señor
Ahura Mazda, el dios de los persas.
(fig. 686) Simurg representado en placa de plata
Los tejidos de seda sasánídas que
se labran en Ctesifón nos ofrecen todos esos temas, generalmente afrontados por
parejas (fig. 687).
(fig. 687) Tejido sasánida, representando a Simurg
ARTE BIZANTINO
ARQUITECTURA
LA CÚPULA, EL CAPITEL Y EL
MOSAICO
ARQUITECTURA JUSTINIANEA
ARQUITECTURA POSTERIOR AL SIGLO
VIII. ITALIA. RUSIA. CAPADOCIA
LA ESCULTURA
EL MOSAICO
LA PINTURA
TEJIDOS
ORFEBRERÍA
ARQUITECTURA
.—El desplazamiento del Imperio
romano hacia Oriente, iniciado por Diocleciano al establecerse en Spalato, se
consuma bajo Constantino, el año 330, al fijarse la nueva capital en Bizancio,
la pequeña población que frente al Asia, y sólo separada de ella por el estrecho
del Helesponto, se convierte durante la Edad Media en la mayor y más rica ciudad
europea. La proximidad del Asia presta desde muy pronto a Bizancio un carácter
que no tardará en diferenciarla de Roma. En un principio es Grecia la que impone
en ella su sello, y la nueva capital adquiere el aspecto de una gran ciudad
helenística; pero a medida que avanza el tiempo, el Oriente va dejando sentir su
influjo, y al reconstruir los Emperadores bizantinos su palacio, es la
residencia de los califas de Bagdad, en la vieja Mesopotamia, con sus terrazas y
sus palacetes, lo que se toma por modelo.
El pueblo bizantino, heredero del
gusto por el lujo y la riqueza del arte imperial romano, al contacto con el
Oriente ve aumentarse aún más en él esa necesidad de crear obras de gran riqueza
decorativa e intensa policromía. La escenografía, que tan importante papel
desempeña en las ceremonias de la Corte, o, lo que en buena parte es igual, los
efectos de perspectiva, son también valor de primer orden que influye en la
fisonomía de la gran arquitectura bizantina.
Si los monumentos mismos no nos
delatasen las principales categorías estéticas que los inspiraron, nos lo dirían
quienes los hicieron construir. Para Procopio, el escritor de la época
justinianea, el interior de Santa Sofía produce «la ilusión de un maravilloso
jardín lleno de flores con el azul del fondo y el verde del follaje de los
mosaicos que cubren sus paredes». Desgraciadamente, no se conserva el Palacio
Sagrado, pero al describírsenos, en el siglo X, las ceremonias que en él se
celebran, se comprende que el escenario arquitectónico no puede por menos de
estar influido por el aparato y la fastuosidad de aquéllas.
El propio emperador Constantino
Porfirogeneta nos refiere cómo en las recepciones se presenta al público en el
Crisotriclinio, con el vestuario a un lado y el tesoro al otro, sobre un trono
colocado sobre leones de oro y bajo un plátano del mismo precioso metal poblado
de pájaros, y cómo, cuando recibe a un embajador, el trono se eleva entre nubes
de incienso mientras los leones rugen y los pájaros cantan.
El estilo bizantino comienza a
gestarse en los días mismos de Constantino; pero, en realidad, no puede
considerarse como plenamente formado hasta el siglo VI, cuando las grandes
empresas artísticas de Justiniano (527-565), aprovechando las enseñanzas de los
edificios abovedados del Asia Anterior, nos demuestran la existencia de una
arquitectura nueva, tanto por su organización como desde el punto de vista
decorativo. Después de este siglo de oro justinianeo, privado el Imperio por los
árabes de sus más ricas provincias orientales, la arquitectura bizantina vive
sobre todo de lo entonces creado, hasta que, a raíz de la terminación del
movimiento iconoclasta, bajo la dinastía macedónica, disfruta desde mediados del
siglo IX hasta mediados del XI, de una segunda era de florecimiento. En los
siglos posteriores las novedades arquitectónicas son de escasa importancia,
pero, en cambio, se forma en el sur de Italia una nueva provincia artística, en
la que el estilo bizantino se mezcla con el árabe y el gótico, y, sobre todo, se
introduce en Rusia, donde continuará viviendo varios siglos después de
desaparecido el Imperio bizantino.
LA CÚPULA, EL CAPITEL Y EL
MOSAICO
LA CÚPULA
.—Las principales novedades de la
arquitectura bizantina se refieren al empleo de la cúpula, al capitel y su
relación con el arco, y a la decoración, en particular a la de mosaico.
La arquitectura bizantina es,
como la romana, abovedada; su interés por la bóveda se intensifica aún más al
contacto con los monumentos mesopotámicos, y en particular de la Persia
sasánida, cuyo florecimiento corresponde, como hemos visto, a los siglos III y
IV. Pero su gran novedad respecto de Roma es el empleo sistemático de la cúpula,
para cuya definitiva conformación se vale de las experiencias sirias y sasánidas.
Los bizantinos llegan a construir cúpulas de proporciones tan gigantescas como
la de Santa Sofía, de Constantinopla (fig. 688), de más de treinta metros de
diámetro, resolviendo de forma admirable la manera de contrarrestar sus empujes,
no sólo por medio de estribos o valiéndose de gruesos muros, sino oponiéndoles
otras bóvedas. En el deseo de aligerar el peso de la media naranja y disminuir
sus empujes laterales, se procura emplear materiales como tubos de barro
enchufados y dispuestos en espiral, que con su oquedad disminuyen
considerablemente su peso sin detrimento de la resistencia, o como los ladrillos
de Rodas, de Santa Sofía de Constantinopla, doce veces más leves que los
normales.
(fig. 688) Santa Sofía, de Constantinopla
Además de resolver estos
problemas de orden mecánico, el arquitecto bizantino se preocupa sobremanera de
la decoración de la cúpula, a la que, a más de cubrir de mosaicos, decora con
profundos gallones; la de la iglesia de San Sergio y Baco (fig. 689) (fig.
690)es ejemplo de ese tipo de decoración. En cuanto a su exterior, lo más
importante es que, en época ya bastante avanzada, después de la revolución
iconoclasta, se concede gran importancia al tambor. Corónasele entonces con una
moldura, que, al acusar el trasdós de las ventanas en él abiertas, crea una
cornisa festoneada de lóbulos convexos (fig. 691).
(fig. 689) Planta e Iglesia de San Sergio y Baco
(fig. 690) Decoración cúpula de San Sergio y Baco
(fig. 691) Iglesia de Pammakáristos
EL CAPITEL
El arquitecto bizantino, sin
perjuicio de emplear los tipos de capitel de ascendencia clásica, en los que el
follaje sigue el rumbo de toda su decoración vegetal, cuando crea el típicamente
bizantino, las hojas de acanto del capitel corintio terminan por perder su
personalidad, y, en lugar de proyectarse al exterior, se funden en una
superficie vegetal continuada y uniforme que recubre el cuerpo troncocónico de
proporciones un tanto cúbicas que constituye el capitel (fig. 692), que por ello
se ha llamado cúbico.
(fig. 692) Capitel de Santa Sofia
A fines del siglo IV comienza a
emplearse un tipo de capitel, llamado teodosiano, en el que, labradas ya las
hojas con la técnica del trépano, aparecen movidas lateralmente como impulsadas
por el viento. Es frecuente en el siglo VI.
Mientras en esta clase de capitel
el abaco casi desaparece englobado en la masa, en cambio adquiere monstruoso
desarrollo un segundo cuerpo en forma de pirámide truncada e invertida, llamado
cimacio (fig. 693).
(fig. 693) Cimacio y capitel de San Vital
Aunque no faltan ejemplos en la
arquitectura romana de arcos apoyados directamente en el capitel, suele tratarse
de arcos y de columnas adosados al muro. El arco en Roma, por lo general, o se
abre en el muro o apoya en pilares. El cargarlo directamente sobre la columna,
no en forma tan sólo decorativa, sino con fines constructivos, como en las
basílicas constantinianas, se generaliza ahora en el arte bizantino. La
trascendencia de este paso es de importancia extraordinaria en la historia de la
arquitectura, y representa una de las innovaciones que más contribuyen a la
ligereza y a los bellos efectos de perspectiva de los interiores bizantinos.
La entronización de la cúpula con
sus presiones laterales radiales en el eje del templo tiene como consecuencia
inmediata el predominio de la planta cruciforme de brazos iguales, es decir, de
la planta llamada de cruz griega, y el empleo de plantas poligonales, o, lo que
es lo mismo, de plantas con varios ejes de simetría, todos ellos de igual o
análogo valor.
La decoración vegetal, siguiendo
el rumbo anticlásico tan sensible ya en el Palacio de Spalato, presenta análogas
características a la siríaca ya comentada (fig. 694) (fig. 695).
(fig. 694) Capitel con decoración vegetal
(fig. 695) Resumen Capiteles bizantinos
ARQUITECTURA JUSTINIANEA
.—Con anterioridad a Justiniano,
los monumentos más importantes en los que se va formando el estilo bizantino
corresponden a los días de Constantino y Teodosio. Bajo el primero, además de
las Cisternas de Constantinopla (fig. 696), donde se emplean ya los capiteles
troncocónicos que perdurarán en la arquitectura bizantina posterior.
(fig. 696) Iglesia cisterna, entrada y detalle de columnas
Los monumentos principales de la
época justinianea se conservan en la capital del Imperio y en Rávena, la capital
del Exarcado, que comprende el sur de Italia, el norte de África y España.
En Bizancio hace construir
Justiniano varios grandes templos de primer orden: Santa Sofía o la Divina
Sabiduría de Santa Irene o la Paz, Santos Sergio y Baco y los Santos Apóstoles.
Santa Sofía (532-537), es la obra maestra de la escuela y una de las creaciones
artísticas más bellas y grandiosas de todo el mundo. No en vano sus
contemporáneos, conscientes de su excepcional importancia, nos refieren cómo: es
un ángel quien inspira a Justiniano al inspeccionar diariamente la obra. Sus
autores son dos griegos de Asia Menor: Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto.
Santa Sofía rompe decididamente con el tipo basilical, y es, en realidad, una
enorme cúpula de treinta y un metros de diámetro, contrarrestada en sus empujes
laterales por medio de dos bóvedas de cuarto de esfera, cuyos empujes son, a su
vez, recibidos por otras menores de igual forma y por dos bóvedas de cañón, unas
y otras contrarrestadas también, a su vez, por gruesos estribos, donde se alojan
las escaleras. Vista desde el interior del templo esta serie de bóvedas
ordenadas para lograr un equilibrio puramente mecánico, al continuarse unas en
otras, todas ellas cubiertas de mosaico, producen la impresión de una inmensa
bóveda única, cuya parte central flota en el aire, suspendido en el aro de luz
formado por sus numerosas ventanas inferiores. A ese efecto de ligereza del
inmenso interior contribuyen también sobremanera los dos pisos de arquerías
cabalgando directamente sobre columnas que se encuentran bajo los dos grandes
arcos formeros de la nave de crucero y en las exedras secundarias de la cabecera
y de los pies. Ello da lugar, además, a los más bellos efectos de perspectiva.
La cúpula se eleva hasta unos sesenta metros de altura. Excusado es decir que la
planta de Santa Sofía es fundamentalmente de cruz griega inscrita en un
cuadrado. Se completa el edificio con gran patio, de proporciones también
cuadradas, en cuyo centro se levanta una fuente en forma de pila sobre doce
columnas (fig. 697).
(fig. 697) Cúpula Santa Sofia
Revestido el templo todavía por
altos zócalos de mármol, sus columnas son también de ese material —de pórfido
rojo de Egipto las cuatro bajas de las exedras, de verde antico de Tesalia las
más—, y en él están labrados los hermosos paños de decoración vegetal de las
arquerías. Los capiteles son troncocónicos con volutas jónicas, o simplemente
apiramidados, pero todos ellos se encuentran revestidos por la típica decoración
vegetal bizantina justinianea. Como en toda iglesia bizantina, el mosaico
desempeña papel preponderante.
Consta que los cuartos de esfera
laterales y la bóveda central vaída son derribados por un terremoto todavía en
vida de Justiniano, quien los reconstruye a mayor altura para disminuir los
empujes. En las pechinas de la actual cúpula hace aprovechar en parte la
primitiva bóveda váida.
De mucho menor tamaño que Santa
Sofía, la iglesia de los Santos Sergio y Baco (fig. 698), es también obra
mandada edificar por Justiniano. De planta octogonal, tiene, como aquélla, dos
plantas, y en cuatro de sus lados exedras con columnas. Su bóveda es gallonada,
y su capilla mayor, aunque semicircular interiormente, como en Santa Sofía, es
poligonal al exterior. Los capiteles presentan la superficie ondulada formando
grandes gallones convexos.
(fig. 698) Interior de la iglesia de los Santos Sergio y Baco
La iglesia de los Santos
Apóstoles, aunque no se conserva, sabemos que era de planta de cruz griega, con
cinco cúpulas, una en el crucero y otra en cada uno de sus cuatro brazos, o tal
vez en los espacios comprendidos entre éstos (fig. 699). De organización mucho
más sencilla que Santa Sofía, su influencia en la arquitectura occidental es
mucho mayor.
(fig. 699) Planta y figuración iglesia de los Santos Apóstoles
Santa Irene (532) (fig. 700),
sólo tiene dos cúpulas, una de ellas con tambor, que ya es del siglo VII.
(fig. 700) Iglesia de Santa Irene de Constantinopla
Al siglo VI pertenecen también
las iglesias de Santa Sofía y de San Demetrio, de Salónica, la primera de cruz
griega, con bellos capiteles de tipo teodosiano, de hojas movidas por el viento,
y la segunda, de forma basilical. En ambas son particularmente bellos sus
revestimientos de taracea de mármoles de colores.
Desgraciadamente, nada existe del
Palacio Sagrado construido por Constantino y ampliado por sus sucesores.
Abundan, sin embargo, las descripciones literarias, que nos hablan de su lujo
fantástico y permiten imaginar el escenario de las grandes ceremonias y fiestas
de la corte. Se describe como sus partes principales (fig. 701), el palacio de
la Calcé (G), o de bronce, así llamado por sus puertas de ese metal; el de Dafne
(I) —por la estatua de la amada de Apolo—, el Triclinio de los diecinueve lechos
(H), el Magnasaura o salón del trono, el Crisotriclinio (P), de planta
octogonal, como la iglesia de San Vital de que se trata seguidamente, etc. Las
letras A y B indican el emplazamiento de Santa Sofía y de la plaza del Augusteo.
(fig. 701) Esquema del Palacio Sagrado construido por Constantino
En Rávena, a orillas del
Adriático, se levanta todavía tres obras capitales del arte bizantino.
La iglesia de San Vital (fig.
702), construida hacia el año 530 por el arquitecto Juliano, es, como Santa
Sofía, de lo más bello de la arquitectura justinianea. Como San Sergio y Baco,
es de planta octogonal, que aquí se manifiesta también al exterior. Además, las
arquerías de planta semicircular que allí sólo se emplean en cuatro de los lados
del octógono central, aquí se extienden a todos ellos, salvo al de la capilla
mayor . San Vital no es sólo edificio de gran belleza por los efectos de
perspectiva que producen el movimiento de su planta, sus múltiples columnas y
sus curvas superficies, sino por el lujo y calidad de sus mosaicos. Los retratos
de los emperadores y de sus altos dignatarios son buen testimonio del empeño
puesto por Justiniano en deslumbrar al viejo imperio de Occidente (fig. 703).
(fig. 702) Iglesia de San Vital en Rávena
(fig. 703) Arquerías y mosaicos de la iglesia de San Vital en
Rávena
Las iglesias de San Apolinar in
Classe, o del Puerto (549), (fig. 704), y de San Apolinar el Nuevo (558), (fig.
705), son, en cambio, del tipo basilical constantiniano, de tres naves, aunque
enriquecidas con hermosos mosaicos. Los capiteles de la primera son de modelo
teodosiano, de hojas revueltas. Las torres de las iglesias de Rávena son
cilíndricas.
(fig. 704) Iglesia de San Apolinar in Classe
(fig. 705) Iglesia de San Apolinar el Nuevo
MONUMENTOS POSTERIORES AL SIGLO
VIII.
ITALIA. RUSIA. CAPADOCIA
ITALIA
.— En la segunda etapa de
florecimiento de la arquitectura bizantina las principales novedades consisten
en la introducción y desarrollo en la cúpula con tambor de las características
ya expuestas; en la generalización del triple ábside y en disponer en los
templos más importantes un pórtico cubierto con cúpulas. Uno de los monumentos
más antiguos de este período es la iglesia de Skripu, de fines del siglo IX. La
de la Theotokos, (fig. 706), de Constantinopla, unos dos siglos posterior, es
buen ejemplo de iglesia con pórtico de cúpulas.
(fig. 706) Iglesia Theotokos de Constantinopla
Templo también interesante,
donde la gran cúpula, como en Santa Sofía, domina el conjunto, es el de Santa
María de Dafni, en las proximidades de Atenas (fig. 707).
(fig. 707). Iglesia Santa María de Dafni
Pero el monumento más conocido de
este período no se labra dentro de los confines del imperio, ni para bizantinos,
sino en Venecia. Los venecianos poseen todo un barrio en Constantinopla, y
Venecia vive principalmente de su comercio con el Oriente. Nada tiene, pues, de
extraño que, al reconstruir el gran templo de su patrono San Marcos (1063) (fig.
708), fijen su mirada en los modelos bizantinos. El elegido no es Santa Sofía,
sino los Santos Apóstoles, si bien adicionando novedades de esta época. Así, es
de cruz griega, con cinco grandes cúpulas situadas, como allí, en el crucero, y
en cada uno de los brazos tiene tres ábsides y una nave de pequeñas cúpulas en
torno del brazo de los pies. Su interior se encuentra lujosamente decorado con
mosaicos de diversas épocas, y su exterior está revestido con placas de bellos
mármoles ornamentadas con primor, procedentes de edificios bizantinos de
Constantinopla y Asia. Como el orfebre románico engasta en su obra una hermosa
gema clásica, así los venecianos aprovechan para decorar su templo las mejores
joyas arquitectónicas de los tiempos pasados.
(fig. 708) Basílica de San Marcos. Venecia
Aunque de estilo menos puramente
bizantino, conviene citar también aquí el importante grupo de monumentos de
Sicilia que corresponden a este mismo período. Poblada la isla por griegos y
árabes, al establecerse en ella los normandos introducen el incipiente estilo
gótico de su país de origen, pero utilizan artistas sicilianos, y con esos tres
elementos surge el arte sículonormando, que vive su edad de oro en el siglo XII.
Los templos por ellos construidos son de planta basilical, ábside semicircular y
cruceros abovedados, sobre trompas; sus naves son de columnas aprovechadas de
monumentos clásicos, y arcos apuntados más árabes que góticos. La influencia
árabe introduce el tema de los arcos enlazados de origen cordobés y produce
alguna bóveda de mocárabes de primer orden. Los hermosísimos mosaicos que cubren
su interior son los que ponen en el conjunto la nota bizantina más intensa.
Los monumentos principales del
arte sículonormando son: en Palermo, las capillas del Almirante, o la Martorana
(fig. 709), y la de San Cataldo, (fig. 710).
(fig. 709). Capilla de la Martorana
(fig. 710). Capilla San Cataldo
Destaca de forma singular, la
Palatina (1129), ésta con hermosa bóveda de mocarabes y espléndidos mosaicos (fig.
711).
(fig. 711) Iglesia de la Palatina
En el vecino monasterio de
Monreale se construye la iglesia (1175), como panteón de los príncipes
normandos, con lujo extraordinario y de mayores proporciones. Sus ábsides
muestran al exterior una interesante decoración de arcos cruzados de influencia
árabe (fig. 712).
(fig. 712) Iglesia de Monreale
Arcos cruzados enriquecen también
la iglesia de Cefalú (fig. 713).
(fig. 713) Iglesia de Cefalú
Poco antes de que, con la
reconstrucción de San Marcos, clave su estandarte en la ciudad de las lagunas el
arte bizantino, realiza otra conquista de consecuencias más trascendentales. El
emperador, para detener a Vladimiro, que ha conquistado la actual Sebastopol, le
da por esposa a su hermana, pero le impone la condición de recibir las aguas del
bautismo. Con esta boda se abren las puertas de la corte rusa a la influencia
bizantina. En Kiev se labra por artistas de ese origen la iglesia de Santa Sofía
(1020) (fig. 714), y ese templo es el que sirve de modelo a todos los del futuro
imperio ruso.
(fig. 714) Iglesia de Santa Sofía. Kiev
Las (fig. 715), (fig. 716),
reproducen la iglesia de la Asunción, del Kremlin
(fig. 715) Iglesia de la Asunción, del Kremlin
(fig. 716) Planta e interior de la Iglesia de la Asunción, del
Kremlin
De carácter mucho más modesto que
el gran arte anterior son, sin embargo, del mayor interés, por sus arcos de
herradura, las iglesias rupestres (fig. 717) de Capadocia, en Asia Menor,
anteriores al siglo XI.
(fig. 717) Exterior e interior de la Iglesia rupestre de Tokali
Kilisse en Capadocia
LA ESCULTURA
.—Desde el siglo IV la escultura
pierde la gran importancia que ha tenido en los tiempos clásicos. La perfección
técnica comienza a desaparecer; las figuras son cada vez más rígidas, y las
actitudes y ropajes, más monótonos. Con el abandono de las creencias paganas, el
cultivo del desnudo interesa también cada vez menos, y la nueva religión
cristiana tardará aún varios siglos en crear un repertorio de imágenes que
permita al escultor recrearse en la interpretación del cuerpo humano. Las
escenas evangélicas aparecen en los sarcófagos y en relieves de pequeño tamaño,
pero, evidentemente, existe visible repugnancia para representar al Salvador, a
la Virgen y a los Santos de bulto redondo y gran tamaño. Favorecida, en parte,
por el avance del Islam, es la actitud que culmina en la lucha de los
iconoclastas, quienes relegan primero las imágenes a lugares poco visibles y
terminan destruyéndolas u ocultándolas.
La escultura bizantina, a juzgar
por los monumentos conocidos, prefiere el relieve al bulto redondo, y, sobre
todo, el relieve de pequeñas proporciones y labrado en materiales ricos. No
faltan, sin embargo, estatuas como la de los Tetrarcas de San Marcos, de Venecia
(fig. 718), de pórfido rojo y producto, al parecer, de un taller egipcio.
(fig. 718) Tetrarcas de San Marcos, de Venecia
En bronce, de tamaño gigantesco,
la del coloso de Barletta (fig. 719); la de Eugenio, del Louvre (fig. 720); las
cabezas femeninas de las (fig. 721), y la de Justiniano II (fig. 722), ya de
hacia el año 700.
(fig. 719) Coloso de Barletta
(fig. 720) Busto de Eugenio, del Louvre
(fig. 721) Cabezas femeninas
(fig. 722) Justiniano II
Hasta tiempos de Justiniano
conserva un cierto sentido clásico que después desaparece. En cuanto al bulto
redondo, ya hemos visto cómo en tiempos de Constantino se manifiesta esa
tendencia hacia lo esquemático y lo expresivo, opuesta al sentido clásico de la
belleza. En el retrato de Eugenio, el rival de Teodosio, del siglo V, del Museo
del Louvre, la tendencia hacia la espiritualización resulta aún más patente.
Más numerosos los relieves de
marfil, puede seguirse mejor en ellos la transformación del estilo clásico en el
bizantino. A fines del siglo IV pertenece el díptico conmemorativo de las bodas
de Nicomaco (382) de los Museos de Londres y París, tallado con un sentido de la
belleza puramente clásico que, aunque ya más atenuado, es con todo muy sensible
en el díptico de Barberini (del siglo V (fig. 723), del Museo del Louvre, aún
de formas llenas y proporciones todavía tradicionales, del que se conserva una
sola de sus hojas.
(fig. 723) Relieve díptico Barberini
Etapa ya mucho más avanzada, pues
se considera obra del siglo VI, nos ofrece la riquísima cátedra de marfil de
Maximiano (fig. 724), del Museo episcopal de Rávena. Presenta en su frente
anterior, de gran tamaño, al Bautista y a los evangelistas, mientras en los
laterales contiene historias sacras, igualmente de relieve. Muy importante es
también su decoración vegetal, enriquecida con figuras de animales.
(fig. 724) Cátedra de marfil de Maximiano
La mayor parte de los relieves
bizantinos conservados son de marfil y de carácter conmemorativo. Dípticos por
lo general, responden a la costumbre de regalarlos a las amistades y altos
funcionarios con motivo de algún nombramiento o acontecimiento importante
—bodas, por ejemplo— en la vida del que los encarga, aunque, por ser buena parte
de ellos conmemorativos de la elevación al consulado, suele llamarse a todos con
manifiesta impropiedad dípticos consulares. Comienzan a emplearse a fines del
siglo IV, generalizándose su uso durante las dos centurias siguientes.
En los dípticos propiamente
consulares, lo más frecuente es que se figure al cónsul recién elegido sentado,
a veces acompañado por las figuras alegóricas de Roma y Bizancio, con el brazo
en alto dando la señal con el pañuelo o «mapa» que tiene en la mano, para el
comienzo de la fiesta por él costeada, fiesta que se representa en la parte
inferior. Obligado el recién elegido a obsequiar al pueblo con dinero y
determinados espectáculos, los de rigor son los de circo —las escenas, por lo
general, representadas son las luchas con las fieras, pues las de gladiadores
habían sido abolidas—, las cacerías de animales, las carreras de carros,
acróbatas, representaciones teatrales, etc., y esas son las escenas más
repetidas en los dípticos consulares.
Sirvan de ejemplo el del Museo de
Liverpool, del año 513, con el cónsul repartiendo dinero, y el del Museo de
Cluny, del año 506, con luchas de fieras. En la catedral de Oviedo se guarda un
díptico consular del año 539, de origen egipcio, en que la decoración figurada
se reduce a dos medallones con el magistrado de medio cuerpo con el mapa o
pañuelo en alto.
La (fig. 725), reproducen el del
Cónsul Probo (406), la (fig. 726) el de Estilicón (395), acompañado por su mujer
e hijo.
(fig. 725) Cónsul Probo
(fig. 726) Estilicón acompañado por su mujer e hijo
Como es natural, existen dípticos
conmemorativos con temas cristianos, tales como el del Paraíso y el de la vida
de San Pablo, del Museo de Florencia.
Aunque con mucha menos frecuencia
que los marfiles, también nos ofrecen relieves conmemorativos los discos que
forman parte de la vajilla o missorium —plato y dos tazas— de plata u oro que el
emperador regala al magistrado elegido. El más importante conservado es el de
plata de Teodosio (fig.727), descubierto en Almendralejo y hoy en la Academia de
la Historia de Madrid (388). Mide algo más de un metro de diámetro y presenta
bajo un pórtico, con entablamento interrumpido por un arco, a Teodosio el Grande
acompañado por Arcadio y Valentiniano, los tres con nimbos, entregando el
nombramiento al magistrado. Forman la guardia guerreros germanos de larga
cabellera.
(fig.727) Vajilla de plata de Teodosio
La violenta revolución de los
iconoclastas deja huella profunda en la escultura bizantina posterior. En cierto
grado, puede decirse que a ella debe alguno de sus rasgos más característicos.
Para evitar la tacha de idolatría, y que las representaciones humanas puedan
calificarse de ídolos, como hicieron aquéllos, se las deshumaniza lo más
posible; haciéndoles perder materia, se las alarga para que procuren evocar sus
espíritus más que deleitarnos con sus perfecciones corporales. La reacción
contra el naturalismo clásico, tan vigorosa todavía en los marfiles anteriores,
es radical, y surge un concepto de la belleza completamente distinto. La
escultura, lo mismo que la pintura, apenas evolucionará ya en los varios siglos
que le restan de vida. Los cuerpo? apenas se acusan tras los ropajes, que se
pliegan en líneas paralelas y prolongadas; como en el arcaísmo griego, los
bordes de los mantos caen formando zigzags, todo ello muy plano; y esos zigzags
se convierten en mera fórmula al encuadrar los rostros de las Vírgenes. Ahora es
cuando adquiere forma definitiva la iconografía bizantina, y crea una serie de
tipos que se repiten con insistencia durante siglos.
Los periodos iconoclastas
comprenden: la primera, los años 730 y 787 (año del segundo Concilio de Nicea)
y la segunda los años 814 y 842. La escultura posterior a la derrota de los
iconoclastas, aunque no falta algún relieve monumental, continúa cultivando con
preferencia el de tamaño pequeño de marfil.
Ahora se crean, tanto en
escultura como en pintura, tipos de imágenes que la devoción hará repetir
constantemente. Entre las representaciones de la Virgen tenemos la llamada Madre
conductora del Niño u Odegetría (fig. 728), imaginada de pie, con la mano
derecha sobre el pecho, y Jesús sobre la izquierda en actitud de bendecir.
(fig. 728) Madre conductora del Niño
Las múltiples estatuas que de
ella tenemos parecen derivar de la imagen de la iglesia de los Guías de
Constantinopla. Existen, además, varios ejemplares de la Madre de Dios —Theotocos—,
sentada en trono de respaldo lobulado, con el Niño (fig. 729), también de
frente, sobre su regazo y en actitud de bendecir, que probablemente reproducen
alguna imagen del Palacio Sagrado.
(fig. 729) Virgen con niño. Theotocos
La Virgen como orante (fig. 730),
según el prototipo de las catacumbas, con los brazos en alto y uno de cuyos
ejemplares puede verse en San Marcos de Venecia, es la Virgen Blanquernitissa o
de la iglesia de las Blanquernas. Exportadas las copias de estas imágenes
bizantinas al Occidente de Europa, ejercen gran influencia en la iconografía.
(fig. 730) Virgen Blanquernitissa
Al Salvador lo encontramos ahora,
o bien de pie sobre el escabel (fig. 731), o entronizado, barbado, bendiciendo,
con el libro en la mano izquierda y mostrando su texto o bendiciendo con la
derecha.
(fig. 731) El Salvador, Santa Sofía de Estambul
Entre las composiciones
iconográficas ya más complicadas, una de las más repetidas, y que después acepta
todo el arte cristiano, es la de la Virgen y el Bautista rogando a Cristo por
los mortales, es decir, el tema llamado la Déesis.
Las figuras de la Virgen y San
Juan son en el futuro compañeras indispensables del Todopoderoso en el Juicio
Final —recuérdese el de Miguel Ángel—. La Déesis es el tema del relieve de
piedra de San Marcos de Venecia, y el del bello tríptico del Museo del Louvre (fig.
732).
(fig. 732) Déesis
Obra maestra ésta de la escultura
bizantina en marfil, nos dice, además, cómo se ha fijado ya la iconografía de
los santos, y se les agrupa en apóstoles, santos guerreros y doctores de la
Iglesia griega.
Los temas de la vida de Jesús
representados ya en los sarcófagos en relieve continuo, donde apenas algunos
pormenores o figuras secundarias permiten aislar las escenas, se tratan ahora
independientemente y adquieren pleno desarrollo, fijándose la base de casi todas
las interpretaciones posteriores. Las historias que más se repiten, y con
arreglo a modelos más fijos, son las llamadas doce fiestas del año, que con
frecuencia se representan en retablitos como el de esteatita de la catedral de
Toledo (fig. 733). Esas fiestas son: Anunciación, Nacimiento, Purificación,
Bautismo, Transfiguración, Resurrección de Lázaro, Entrada en Jerusalén,
Crucifixión, Descenso al Limbo, Ascensión, Pentecostés y Tránsito de la Virgen.
(fig. 733) Relieve de las doce fiestas del año de la Catedral de
Toledo
En el Nacimiento, por ejemplo,
según la iconografía oriental, el escenario es la cueva o gruta, y la Virgen
aparece en el lecho junto al pesebre con el Niño, mientras San José se encuentra
a un lado. En primer término, Salomé, una doncella, lava al recién nacido, y
detrás del cabezo donde se abre la cueva aparecen pastores y ángeles.
EL MOSAICO
.—Arte pobre el de las
catacumbas, a poco de gozar el Cristianismo del favor imperial, el deseo de
riqueza le lleva a recubrir sus muros y bóvedas de mosaicos, contra lo que
sucediera en la Roma pagana, que sólo los emplea en los pavimentos.
Los del siglo IV son escasos,
pero de gran belleza e importancia. Los de la bóveda anular de Santa Constanza
—de su bóveda central sólo conservamos unos dibujos en El Escorial— presentan
temas como el de la vendimia, que, si tiene el simbolismo eucarístico, es
susceptible de una interpretación dionisíaca.
Las historias propiamente
cristianas aparecen ya a mediados del siglo IV, en Santa María la Mayor. Como
será de rigor en las grandes basílicas, a todo lo largo de los muros de la nave
central se desarrolla una larga serie de historias del Antiguo Testamento,
mientras sobre el arco de triunfo se ven ya pasajes de la vida de Jesús. El
grupo de madres de cabelleras sueltas con sus hijos ante Herodes conserva
todavía el sentido naturalista del arte clásico.
Pero las dos obras maestras de
este momento son la Missio Apostolorum, de Santa Prudencfana, en Roma, y el Buen
Pastor, del sepulcro de Gala Placidia, en Rávena. En ambas, dentro de ese mismo
equilibrado naturalismo de (estirpe clásica, triunfa el sentido romano de la
grandiosidad. La Missio Apostolorum (fig. 734), que decora el cuarto de esfera
de la bóveda del ábside, nos presenta la majestuosa figura de Jesús, barbado, en
la cátedra, con el libro en una mano y dirigiendo la palabra a los Apóstoles,
que, de medio cuerpo y dispuestos en semicírculo, le acompañan a uno y otro
lado. A los dos que se encuentran más próximos al Salvador —San Pedro y San
Pablo— los coronan Pudencia y Práxedes, las dos mujeres, hijas del senador
Pudens, que alojan a los príncipes de los Apóstoles, y sobre cuya casa se
construye la basílica. Al fondo, y también en forma semicircular, cierra el
escenario un pórtico, que se supone el Martirium de Constantino, de Jerusalén, y
sobre él se levanta la cruz con pedrería erigida por aquel emperador en el
Gólgota, acompañada por el Tetramorfos o símbolos de los Evangelistas.
(fig. 734) Missio Apostolorum
La historia del Buen Pastor (fig.
735) ocupa en el sepulcro de Gala Placidia un medio punto. Sobre el fondo de
paisaje, con pequeños cabezos y follaje, se nos muestra volviendo el rostro, con
el cuerpo erguido y el brazo en alto, como un dios pagano. Particularmente
interesante, como reflejo de las disputas internas del Cristianismo, es el otro
medio punto donde vemos a Cristo con la cruz y arrojando a la hoguera los textos
heréticos de los arríanos mientras son custodiados en el armario los cuatro
Evangelios.
(fig. 735) Historia del Buen Pastor
La serie más valiosa de mosaicos
justinianeos es la de las iglesias de Rávena. La de San Vital posee una serie de
mosaicos verdaderamente deslumbrante, que convierten al bello monumento
arquitectónico en un maravilloso joyero, donde el oro de los fondos y el verde,
el azul y el rojo de las vestiduras brillan con increíble intensidad. En el
cuarto de esfera del ábside se representa al Salvador imberbe sentado sobre la
bóveda celeste (fig. 736), acompañado por dos ángeles y dos obispos, uno el
mártir San Vital, que recibe la corona del Salvador, y el otro el obispo
constructor, que le ofrece el templo.
(fig. 736) Jesús Salvador sentado sobre la bóveda celeste
Pero los mosaicos más famosos de
San Vital son los que representan a Justiniano y Teodora (fig. 737), (fig. 738),
con sus respectivos séquitos, que decoran la capilla mayor.
(fig. 737) Justiniano
(fig. 738) Teodora
De monumentalidad extraordinaria
es el magno conjunto de mosaicos de San Apolinar Nuevo. Los mosaicos primitivos
del ábside han desaparecido, pero se conservan los de la nave mayor, y éstos
constituyen una de las decoraciones más impresionantes del arte bizantino.
Representan dos procesiones que, cada una por su lado, avanzan hacia el testero
del templo. La de los Santos (fig. 739), con San Martín a la cabeza —a él estuvo
dedicada primitivamente la iglesia— sale de la ciudad, simbolizada en el
«alacio, y marchan envueltos en sus blancas vestiduras para ofrecer las coronas
de su martirio al Salvador, que les espera en el trono; la procesión de las
Santas, que parte del barrio amurallado del puerto,, va precedida por los Reyes
Magos, todavía representados a la manera oriental, para ofrecer también las
coronas de su martirio a la Virgen entronizada. De gran elegancia, con ricas
vestiduras y blancos velos, y marchando parsimoniosamente, nos permiten imaginar
algunos aspectos de las fiestas de corte en el Palacio Sagrado de
Constantinopla. Sobre estas procesiones y entre las ventanas, aisladas en
grandes cuadros, aparecen monumentales figuras de profetas y patriarcas. Todavía
en una tercera fila se representa en escala mucho más reducida, historias del
Antiguo y del Nuevo Testamento, que contribuyen a agigantar las figuras de las
dos zonas bajas. La fecha de todos estos mosaicos es insegura, pues mientras
para unos todos son del siglo VI, otros sólo creen de esa fecha las historias de
la zona superior, y atribuyen los profetas y desfiles al siglo IX.
(fig. 739) Mosaicos de San Apolinar Nuevo
En San Apolinar del Puerto se
conserva, en cambio, la decoración del ábside, en cuya bóveda vemos a la grey
cristiana, guiada por el santo titular, avanzar hacia la cruz, mientras entre
las ventanas aparecen santos obispos de la diócesis, bajo veneras encuadradas
por cortinajes. Desde el punto de vista iconográfico merece compararse el
retrato de Justiniano viejo con el ya citado de San Vital.
El siglo VIII nos ofrece, en
tierras islámicas, un interesante capítulo del mosaico bizantino del período
iconoclasta. Coincidiendo este tipo de mosaico sin imágenes con las
prescripciones islámicas, no tienen inconveniente los califas omeyas en revestir
con mosaicos bizantinos, a mediados de siglo, la mezquita de Damasco. Son
verdaderos paisajes (fig. 740), con bellas arquitecturas, palacios, palacetes,
grupos de casas y, sobre todo, con árboles, representados con cariño
sorprendente en un mosaico.
(fig. 740) Relieves bizantinos en la mezquita de los Omeyas en
Damasco
Bajo la segunda edad de oro del
arte bizantino, también el mosaico vive nueva etapa de florecimiento. Cuentan
entre las obras más hermosas de este período los del siglo XI de la iglesia de
Dafni, próxima a Atenas (fig. 741).
(fig. 741) Mosaicos de la Iglesia de Dafni (Reyes adorando al
niño Jesús)
Pero algunos se encuentran en
Italia, en Venecia y en Sicilia. En la iglesia de la islita de Torcello, en las
inmediaciones de Venecia, se conserva un ábside cubierto de mosaicos de
sorprendente grandiosidad. En el muro aparecen los Apóstoles en fila, mientras
en la bóveda se nos muestra sola, con las alargadísimas proporciones de los
nuevos tiempos, posteriores a la revolución iconoclasta, la Virgen del tipo
Odegetria ya descrito. Los mosaicos de San Marcos, de Venecia, más numerosos que
los de Torcello, pertenecen a muy diversas épocas. Los del siglo XI son los del
nartex, de fondo de oro y sin paisaje.
En el siglo XIII, la Martorana de
Palermo, fundada por el almirante Jorge de Antioquía, nos muestra al rey
normando Roger II vestido a la bizantina, coronado por el Salvador (fig. 742), y
al propio almirante a los pies de la Virgen, mientras decoran sus muros varias
historias evangélicas y del Antiguo Testamento.
(fig. 742) Rey Normando Roger II
En el cuarto de esfera del ábside
de la iglesia de Monreale preside la nave un gigantesco Salvador de medio cuerpo
(fig.743).
(fig.743) Ábside de la iglesia de Monreale
Pero el empleo del mosaico
bizantino, como veremos, no se limita al sur de la Península, sino que se
extiende ampliamente por el resto de la misma hasta que lo destierra el
Renacimiento.
Buen ejemplo de la difusión del
mosaico bizantino de esta época es la rica serie que decora Santa Sofía de Kiev,
donde la cúpula se dedica al Todopoderoso —el Pantocrátor—(fig. 744), y la
bóveda del ábside, a la Virgen, de pie, con las manos engaito, intercediendo por
los mortales.
(fig. 744) Pantocrátor en la bóveda de Santa Sofía de Kiev
LA PINTURA
.—La formación de la pintura
cristiana, que desemboca en el estilo bizantino, se conoce mal. Además del foco
de las catacumbas romanas existen en estos primeros tiempos otras escuelas que
desempeñan papel de primer orden en el nacimiento de la iconografía cristiana:
las de Asia Anterior, Egipto y Bizancio.
En Asia Anterior el principal
monumento pictórico es el códice del Génesis de la biblioteca de Viena, del
siglo V, pero que se supone inspirado en un rollo o rótulo mucho más antiguo,
donde las escrituras, hoy en folios, aparecerían en forma continua. Ejecutado en
pergamino, el fondo está pintado de púrpura. La (fig. 745) reproduce escenas de
la Vida de José: su despedida, el cuidado de su rebaño y la llegada de sus
hermanos. Su fecha temprana, y lo maduro de la interpretación de sus múltiples
historias, han hecho pensar que se haya utilizado un Génesis de sinagoga.
(fig. 745) Miniaturas del códice del Génesis con escenas de la
vida de José
La obra maestra de la miniatura
siria son los Evangelios de la Biblioteca de Florencia, iluminados en 586 por el
monje Rábula, del convento de Zayba, en Mesopotamia. Su madura iconografía
delata la utilización de modelos más antiguos, y desde este punto de vista es de
valor extraordinario como testimonio de la existencia en tierras mesopotámicas
de una escuela pictórica muy anterior y de capital interés para el nacimiento
del arte cristiano. La (fig. 746) contiene la Crucifixión; en la parte inferior,
las Mujeres en el Sepulcro y el Noli me tangere.
(fig. 746) Miniaturas de Los Evangelios en Florencia con escenas
de la pasión
Con su estilo se relacionan los
Evangelios de la catedral de Rossano, en Calabria. La (fig. 747) representa de
la entrada en Jerusalén.
(fig. 747) Miniaturas de la Catedral de Rossano con escenas de la
curación del ciego
En cuanto a pinturas murales,
sólo conocemos las de la sinagoga de Dura Europos, en las proximidades del
Eufrates, del año 256 y, por tanto, de fecha anterior a muchas de las catacumbas
de Roma. Aunque muy pobres, por su fecha temprana son un testimonio en pro del
origen oriental del arte cristiano. A este respecto deben tenerse también en
cuenta las sinagogas recientemente descubiertas en Palestina y Transjordania,
todas ellas decoradas con pinturas. En la sinagoga ya citada de Dura Europos,
los muros aparecen distribuidos en grandes cuadros con historias del Antiguo
Testamento.
La pintura copta distingue en
general, por su tosquedad, de carácter popular, y por su intensidad expresiva.
Entre sus creaciones iconográficas figura la Virgen de la Leche (fig. 748), que
no en vano a Isis se la representa dando el pecho a Horus.
(fig. 748) Virgen de la Leche. Siglo IX. Museo Morgan, N. York
Los productos principales de la
miniatura bizantina de este período son los Octateucos y los Salterio.
Del Octaeuco, o conjunto de los
ocho primeros libros del Antiguo Testamento, se conservan una media docena de
códices ilustrados, donde las escenas aparecen representadas en cuadros que se
suceden ininterrumpidamente, haciendo suponer que tengan su origen en rótulos
anteriores a la fundación de Constantinopla, tal vez alejandrinos. En su forma y
estilo actual parecen reflejar, sin embargo, tal carácter bizantino, que sólo
pueden considerarse ilustrados al calor de la escuela de Constantinopla, como la
Crónica de Juan Skylitzes, en donde se pueden ver escenas de la corte bizantina
(fig. 749). Las Jóvenes danzando en el desierto es el tema de la (fig. 750), de
otro Octateuco.
(fig. 749) Miniaturas del Octaeuco. Escenas corte bizantina
(fig. 750) Jóvenes danzando en el desierto
Los talleres de los miniaturistas
de Constantinopla, además de repetir durante toda la Edad Media los Salterios de
tipo cortesano, es decir, con miniaturas a todo folio, producen los Salterios de
tipo popular o monacal, tal vez de origen sirio, que tienen mucha mayor difusión
que los cortesanos en influyen más intensamente en el arte románico. En ellos
las escenas, en lugar de ocupar todo el folio, se reducen al amplio margen que
deja libre el texto, al que sirven de comentario gráfico. El códice más antiguo
conocido es del siglo IX, pero los modelos en él copiados, se suponen del IV.
Como el texto se presta a múltiples comentarios, los miniaturistas nos muestran
desde las escenas del Antiguo y Nuevo Testamento y temas geográficos —El
Salterio de París, también llamado Códice parisino, es un manuscrito ilustrado
bizantino del siglo X que contiene 449 folios y 14 pinturas a página completa (fig.751).
(fig.751) Imágenes del Salterio de París
La miniatura posterior a la
derrota de los iconoclastas, ofrece la novedad de los Evangelios, las homilías o
sermones. y los menologios o santorales, a más de los textos de carácter
profano. Bien sea por haber sido destruidos durante el período iconoclasta, o
porque existiese hasta entonces cierta repugnancia para representar sus
historias, lo cierto es que no poseemos ningún códice ilustrado de los
Evangelios anterior al siglo IX, y los de carácter profano son muy escasos.
Cuenta esta última clase la Crónica de Skylitzes, que no obstante ser del siglo
XIV, copia miniaturas tres siglos anteriores.
TEJIDOS
.—Las artes decorativas que
adquieren mayor perfección, además del mosaico, son el tejido y la orfebrería.
La fama de los tejidos de seda
bizantinos en Occidente durante la Edad Media es extraordinaria, y los escasos
ejemplares conservados la justifican. La seda se importa en rama del Oriente,
hasta que en tiempos de Justiniano se introduce el cultivo del gusano, y su
fabricación, tanto antes como después, es monopolio del emperador. Sabemos que
existen fábricas importantes instaladas en las antiguas termas de Zeuxipo, cuyos
productos no pueden exportarse sin permiso especial, y que algunos modelos se
encuentran reservados a los emperadores y a los regalos hechos por éstos.
Los tejidos de seda bizantinos
suelen estar decorados por una red de ruedas tangentes, en el interior de las
cuales se representan elefantes, leones afrontados, cacerías de leones, el
estrangulador de leones, grifos, el auriga vencedor (fig. 752), etc., temas que,
en buena parte, ponen de manifiesto la gran influencia sasánida que en este
aspecto beneficia al arte bizantino. En algunos casos hay que pensar hasta en la
utilización de patrones persas por los tejedores bizantinos. Después del siglo
IX aparecen temas heráldicos, como las águilas imperiales explayadas, todo ello
siempre dentro de una traza simétrica.
La mayor parte de estas telas se
han conservado en relicarios y en sepulcros de Occidente.
(fig. 752) El auriga vencedor. Tela de la Catedral de Aquisgrán
ORFEBRERÍA
En la orfebrería, lo más
importante es el empleo del esmalte. Junto a él desempeñan papel de primer orden
la filigrana y las piedras finas y preciosas engastadas. El esmalte es tabicado,
es decir, con laminillas de oro que impiden el que, al fundirse en el horno las
pastas vítreas se mezclan unas con otras. Técnica desconocida de los romanos, es
posible que llegue por vía de Persia antes del siglo VI, aunque a el VII. Estas
laminillas metálicas sirven también para dibujar los plegados de los vestidos.
Las mejores piezas de orfebrería
son relicarios, tapas de Evangiliarios, alguna corona, como la de San Esteban y
vasos sagrados. Aunque los esmaltes se montan ya en Venecia, la pieza más rica
existente es el retablo mayor de la iglesia de San Marcos, la llamada Pala d'Oro,
cuyos esmaltes son de los siglos XI y XII (fig. 753).
(fig. 753) Pala d'Oro de la iglesia de San Marcos.
CAPÍTULO XII
ARTE PRERROMÁNICO
ARQUITECTURA PRERROMÁNICA
DECORACIÓN GERMÁNICA E IRLANDESA
ARQUITECTURA PRERROMÁNICA EN
FRANCIA, ALEMANIA E ITALIA
ARQUITECTURA VISIGODA
ESCULTURA, PINTURA Y ORFEBRERÍA
VISIGODAS
ARQUITECTURA ASTURIANA
MONUMENTOS RAMIRENSES
PINTURA Y ORFEBRERÍA ASTURIANAS
CATALUÑA
ARQUITECTURA MOZÁRABE
MINIATURA MOZÁRABE
.—Mientras el arte bizantino
produce en Oriente los espléndidos monumentos de la era justiniana, en las
antiguas provincias del Imperio de Occidente, y tomando por modelo las
construcciones clásicas, comienza a formarse un arte mucho más sencillo, pero
que servirá de base al gran estilo románico, es decir, el contemporáneo del
bizantino pos-iconoclasta. Europa inicia ahora un nuevo ciclo estilístico que
durante mil años evolucionará para morir hacia 1500, no como ahora el arte
romano de Occidente, por agotamiento, sino de forma violenta al imitarse ese
mismo estilo clásico que hemos visto consumirse por falta de fuerza creadora.
Este arte, que, a falta de una denominación general para sus diversas escuelas
regionales, se denomina por algunos prerrománico, es, por tanto, en sus
comienzos un arte ingenuo y pobre de técnica, que no sólo procura imitar los
viejos monumentos romanos y las creaciones bizantinas contemporáneas, sino que
introduce algunos temas decorativos de origen bárbaro. Incapaz de labrar
columnas, capiteles, cornisas y tableros decorativos como los romanos, no dudan
en tomarlos de los monumentos de aquéllos y en aprovecharlos en sus
construcciones. La arquitectura prerrománica, en su primera etapa, será, por
tanto, en buena parte, arquitectura labrada con materiales de segunda mano.
Como la bizantina, la
prerrománica renuncia ya al tipo de decoración vegetal clásico de inspiración
naturalista, y adopta su misma técnica de planos rectilíneos y vivos contrastes
de luces y sombras, pero se distingue de ella y de la siríaca no sólo, en
general, por su mayor tosquedad, sino por el empleo de algunos temas de origen
bárbaro (fig. 754), (fig. 755) como el trenzado, la labor de cesta (D, E), la
cuerda, las estrellas formadas por semicírculos secantes (A, B), las esvásticas
de brazos curvos (B), etc. Por eso conviene referirse previamente al arte de los
pueblos bárbaros, que, al establecerse en el viejo imperio romano, aportan su
nueva sensibilidad, que precisa tener presente al estudiar el arte medieval.
(fig. 754) Decoración prerrománica
(fig. 755) Decoración en ermita visigoda de Quintanilla de las
Viñas
DECORACIÓN GERMÁNICA E IRLANDESA
.—Las manifestaciones artísticas
de los pueblos germanos realmente importantes son de carácter decorativo, pues,
aunque no faltan noticias de templos paganos de madera en Suecia, en realidad lo
único conservado de cierto interés arquitectónico son los barcos de los
vikingos, gracias a su costumbre de enterrarse en ellos y de hundir los tomados
al enemigo.
Donde mejor puede conocerse su
decoración es en las fíbulas y placas metálicas. Tiene su origen en la talla en
madera y es zoomórfica (fig. 756); de animales intensamente estilizados y de
cintas entrelazadas, por lo general, fundiéndose ambos temas en complicados
lazos. Cubre toda la superficie, y en ella las figuras de animales se estiran,
se fragmentan y desarticulan, creándose caprichosas cabezas, y muslos piriformes
o en forma de lazos, que se tratan como meros temas ornamentales. Se termina
formando una verdadera maraña, un verdadero hormiguero de formas en incesante
movimiento, en el que difícilmente pueden identificar e las formas naturales de
que proceden. Es una decoración de movimiento intenso, retorcida, que parece
reflejar una sensibilidad atormentada esencialmente opuesta a la clásica.
(fig. 756) Fíbula de Aregunda, arte merovingio, (570).
Se distingue en esta decoración
germánica hasta tres estilos, que se consideran de los siglos VI, VII y VIII.
Sobre su origen, aunque algunos la hacen derivar de la romana, y no faltan temas
claramente tomados de ella, es indudable, y es lo más importante que, incluso
siendo así, su estilo, una vez formado, en nada se parece al clásico, que
refleja un concepto de la decoración no sólo por completo diferente, sino
opuesto.
Donde el estilo germánico de la
época de las emigraciones y el de La Téne sobreviven más vigorosos es en
Irlanda. Refugiados en ella los cristianos al invadir los anglosajones la isla
vecina, se produce un importante florecimiento religioso, y a su calor un estilo
cuya nota más destacada es el arraigo de la tradición ornamental bárbara y
anticlásica. El estilo irlandés no tarda en extenderse a Inglaterra e influir en
el continente. Recuérdese cómo es irlandés el fundador del monasterio de San
Galo, en Suiza e inglés es Alcuino, el consejero de Carlomagno.
Sus monumentos de piedra más
interesantes son las grandes cruces votivas o de término (fig. 757) erigidas en
campo abierto, en las que se representan escenas bíblicas y de la vida de Jesús.
Abundan tanto en Irlanda como en Inglaterra y Escocia, siendo la más importante
la de Ruthwell. Sus fechas oscilan entre los siglos VII y IX (fig. 758).
(fig. 758 (fig. 757) Cruz Celta de Clonmacnoise, en Irlanda
(fig. 758) Cruz de Ruthwell
Pero donde este estilo de tipo
decorativo arraiga más es en obras de esa índole, en estuches de campanas
veneradas como reliquias —la de San Patricio, del Museo de Dublín, del siglo XI—(fig.
759), tapas de libros, y, sobre todo, en la miniatura, el conducto por donde el
arte irlandés influye de manera más eficaz en el continente.
(fig. 759) Relicario de la campana de San Patricio (National
Gallery, Dublín)
A las espirales, cintas y lazos
trazados con verdadero delirio caligráfico, se agregan ahora figuras de animales
y humanas en violentas y descoyuntadas actitudes. De fines del siglo VI se
considera todavía el Evangeliario de Durrow, pero la obra maestra de la
miniatura irlandesa es el de Kell, de fecha tan discutida, que las opiniones van
desde aquella centuria hasta principios de la x. Estos códices pertenecen al
Colegio de la Trinidad y la Biblioteca Nacional, de Dublín (fig. 760).
(fig. 760) Evangiliario irlandés de Kell
ARQUITECTURA PRERROMÁNICA EN
FRANCIA, ALEMANIA E ITALIA
. — Las tres principales escuelas
de arquitectura prerrománica radican en el norte de Italia, en Francia y en
España.
En Italia, la primera etapa del
arte prerrománico llega a su máximo florecimiento en los días de Teodorico
(453-526), y su obra más valiosa es el sepulcro de Rávena, (fig. 761), de aquel
poderoso monarca cuyo dilatado imperio se extiende desde el Danubio a los
Pirineos. Edificio de planta octogonal, tiene falsa bóveda labrada en gigantesco
bloque de mármol de dieciocho metros de diámetro con grandes asas exteriores
talladas en la misma piedra.
(fig. 761) Mausoleo de Teodorico en Ravena
En Francia, como en las escuelas
hermanas, el arte prerrománico recorre dos etapas bastante diferenciadas y que
en ella corresponden a los períodos merovingio y carolingio. Durante el primero,
los materiales empleados son en su mayor parte de procedencia romana, y el
monumento más importante conservado la iglesia de San Juan de Poitiers (fig.
762).
(fig. 762) Iglesia de San Juan de Poitiers
Cuando alcanza esplendor es en
los días de Carlomagno, al decidirse el monarca a construir en la capital de su
imperio edificios dignos de su poderío. Al hacerlo pone su mirada en el lujoso
arte justinianeo, hasta el punto de arrancar los mármoles del Palacio de
Justiniano en Rávena para emplearlos en sus construcciones. La Capilla palatina
de Aquisgrán (fig.s. 763), que es el principal monumento que de él conservamos,
no es, en efecto, sino una hermosa copia simplificada de San Vital, de Rávena,
hecha por el arquitecto Otón de Metz. Edificio de planta poligonal de dieciséis
lados, tiene en su centro ocho arcos sobre pilares, que dan lugar a una nave de
tramos triangulares y rectangulares, sistema de gran interés para la
arquitectura española. Al gusto bizantino, bajo los grandes arcos del cuerpo
central, aparecen otras arquerías menores de tres vanos.
(fig.s. 763) Capilla palatina de Aquisgrán
La iglesia del monasterio de San
Galo (829 (fig. 764), que sólo conocemos por un plano antiguo, nos dice cómo la
arquitectura carolingia emplea ya la iglesia de tres naves y dos ábsides, uno en
cada extremo de la nave central, es decir, del tipo que será característico,
siglos más tarde, de la escuela románica alemana.
(fig. 764) Plano original del monasterio de San Galo
La de Saint Germiny des Prés (fig.
765), cerca de Orleáns (806), fundada por un obispo visigodo de la corte
carolingia, es de planta cuadrada, y particularmente interesante por reflejar en
la forma ultrasemicircular de sus ábsides la influencia española.
(fig. 765) Oratorio de Saint Germiny des Prés
ARQUITECTURA VISIGODA
.—El arte prerrománico presenta
también en España dos etapas, de caracteres aún más diferenciados que en
Francia, por separarles una crisis de tan enorme trascendencia como la invasión
árabe. La primera es la propiamente visigoda, que comprende los siglos V a VII,
y la segunda está formada por dos escuelas, la asturiana, que florece en los
siglos IX y X, y la mozárabe, cuyos monumentos más importantes corresponden a
los siglos X y XI.
El visigodo es el pueblo más
civilizado de cuantos invaden el Imperio romano. Al establecerse en nuestro país
se rigen ya por leyes romanas e incluso su rey está casado con la hermana del
emperador. Pero no obstante esta mayor cultura, sus manifestaciones artísticas
propias son de carácter decorativo. El art arquitectónico llamado visigodo es
propiamente el de los hispanorromanos, que, al quedar a principios del siglo V
privados de la continuada influencia de Roma, viven de su propia tradición y de
modelos bizantinos y del norte de África. Por eso en su primera etapa los
templos, sobre todo, son simple continuación de los del período paleocristiano
anterior.
Como en las restantes escuelas
prerrománicas contemporáneas, los soportes proceden de monumentos romanos, y los
capiteles, cuando no son también aprovechados, son toscas imitaciones de los
clásicos, en los que las hojas de acanto se reducen a simples pencas. Pero lo
más característico de la arquitectura visigoda, cuando se encuentra formada en
el siglo VII, es el empleo sistemático del arco de herradura, cuyo peralte sobre
la línea de su centro no suele pasar del tercio del radio (fig. 766).
(fig. 766). Arco de herradura visigodo
Su despiece es radial. Aunque la
forma ultrasemicircular tiene su precedente en lápidas funerarias (fig. 767) y
en plantas de monumentos hispanorromanos.
(fig. 767) Lápidas funerarias hispanorromanas con arcos de
herradura
Precisa no olvidar también que
es un tipo de arco usado en Siria y Asia Menor en los siglos III al VII y que no
falta en esta época en Occidente, en Rávena, Roma (Santa Ágata dei Goti, San
Crisógono), Francia y norte de África.
En la evolución de la
arquitectura visigoda conviene distinguir también dos etapas: una que comprende
los siglos V y VI, y otra posterior, que se ve bruscamente interrumpida por la
invasión árabe y a la que pertenecen los principales templos conservados.
A la primera mitad del siglo V
corresponden probablemente las ruinas de la iglesia de Cabezo del Griego, en la
provincia de Cuenca, que sólo conocemos por los planos levantados al excavarla
en el siglo XVIII. Lo más interesante es su cripta con ábside de planta de arco
de herradura muy cerrado —forma que tiene también su arco de ingreso— y con dos
brazos de crucero también dedicados a enterramientos y situados en nivel
intermedio entre el ábside de la cripta y el templo. Mientras los arcos de
herradura son de tradición hispanorromana, los brazos del crucero a nivel
intermedio son buen testimonio de las relaciones artísticas con el norte de
África, donde existen varios ejemplos análogos.
Ese mismo parentesco artístico
con el norte de África delata un reducido grupo de iglesias del sur de España
excavadas recientemente, anteriores a la invasión goda ya citadas. Del año 578
son las ruinas de la cruz latina de la antigua ciudad de Recópolis en Zorita
(Guadalajara) construida por Leovigildo en honor de su hijo Recaredo.
Los templos principales, que
corresponden, al parecer, a la segunda mitad del siglo VII, están cuidadosamente
labrados en sillería sentada a hueso, es decir, sin mezcla; tienen ábsides
rectangulares salientes y emplean el arco de herradura.
De planta basilical y
proporciones muy cuadradas es la iglesia de San Juan de Baños (fig. 768) en la
provincia de Palencia, mandada construir, según recuerda la bella inscripción de
su ábside, por Recesvinto (661). Es, pues, probablemente obra de algún
arquitecto al servicio de la corte de Toledo. Aunque ha sufrido importantes
alteraciones, conocemos su planta primitiva. De tres naves formadas por arcos de
herradura sobre columna, su parte más singular es la del testero. Los tres
ábsides aislados lateralmente entre sí, y de los que sólo se conserva el
central—los laterales del templo actual ocupan los espacios que separaban a los
primitivos del central—, guardan semejanza con monumentos bizantinos poco
conocidos —Teurnia, en Carintia—. El vestíbulo con arco exterior y dintel en la
puerta interior, disposición que perdurará en los templos españoles del siglo X,
tiene su precedente en Siria y Mesopotamia. Los fustes, las basas y dos
capiteles son clásicos; los restantes, imitaciones visigodas. La decoración,
para iglesia occidental de esta época, es abundante.
(fig. 768) San Juan de Baños
De los mismos años es la curiosa
iglesita de San Fructuoso de Montelios (fig. 769), cerca de Braga, hecha
construir por el Santo para propio enterramiento y, sin duda, una de las
creaciones más bellas y más bizantinas de la arquitectura visigoda. Es templo
funerario, de planta de cruz griega con cúpulas, como la de los Santos
Apóstoles, de Constantinopla, y como la que recibe el cuerpo de Justiniano,
cerca de Santa Sofía. A pesar de sus diminutas proporciones, tanto en la capilla
del testero como en las laterales existe una pequeña columnata que crea una
minúscula nave circular; siendo también característica la organización de los
tres arcos comprendidos bajo otro mayor de acceso al crucero. En cambio, en los
arcos de herradura y en el empleo de esa misma forma en la planta de los
ábsides, persiste lo hispanorromano.
(fig. 769) Iglesia y planta de San Fructuoso de Montelios
Los mejores ejemplares de planta
alargada son Santa Comba de Bande (Orense) y, sobre todo, San Pedro de Nave
(Zamora (fig. 770), donde el tipo de cruz latina se inscribe en un rectángulo.
Sobresale de éste la capilla mayor, y a las puertas del crucero se anteponen
sendos vestíbulos, como en San Juan de Baños. A los lados del tramo que precede
a la capilla mayor existen dos habitaciones que abren a la nave principal por
estrecha puerta y una ventana de triple arco, mientras a los pies se forman dos
naves laterales separadas por pilares, pero insuficientemente comunicadas con la
nave de crucero. Sobre la capilla mayor se encuentra una cámara, al parecer
dedicada a tesoro y archivo, que sólo tiene acceso por una ventana, cámara que
se repite además sobre los vestíbulos laterales. Tan interesante como su
composición arquitectónica es lo decorativo, que incluso contiene escenas
figuradas. Se considera obra de los últimos años del siglo VII.
(fig. 770) Exterior e interior de San Pedro de la Nave
Situado este monumento en sitio
que había de quedar bajo las aguas de un embalse, ha sido trasladado hace pocos
años, después de numerar sus piedras, a un lugar próximo.
De gran riqueza decorativa y, al
parecer, también de los últimos años del siglo VII, es la cabecera de la iglesia
de Quintanilla de las Viñas (Burgos), única parte conservada. En relieve muy
plano y a bisel (fig. 771) aparece sobre el arco de triunfo Cristo bendiciendo,
y en las impostas, las figura del Sol y la Luna en clípeos elevados por ángeles.
Por otra parte, se muestra los
típicos temas sasánidas de aves afrontadas y árboles dentro de círculos,
conocidos probablemente a través de modelos textiles bizantinos, temas que,
dispuestos en largas fajas horizontales, recorren, además, el muro exterior,
prestándole aspecto de lujo inusitado.
(fig. 771) Relieves decorativos de la Iglesia de Quintanillas de
las viñas
Obra también visigoda es la parte
del fondo de la cripta de la catedral de Palencia, cuya planta completa
desconocemos.
Además de los monumentos citados,
poseemos abundantes restos de elementos arquitectónicos y tableros ricamente
ornamentados (fig. 772), que dan tal vez mejor idea que los monumentos
anteriores del lujo decorativo de los destruidos. La colección más numerosa es
la de Mérida, que se distingue por lo bizantino de su estilo. Sus piezas
principales son las hermosas pilastras (fig. 773) y pilares aprovechados en el
aljibe del edificio del Conventual. Su belleza y proporciones permiten formar
idea de la riqueza de los edificios cuyos pórticos decoraron. También
constituyen serie de gran interés las cancelas. El bizantinismo de todas estas
piezas se ha tratado de explicar por la presencia de los obispos emeritenses de
sangre griega a mediados del siglo VI.
(fig. 772) Relieves de Mérida
(fig. 773) Pilastras decoradas de aljibe de Mérida
ESCULTURA, PINTURA Y ORFEBRERÍA
VISIGODAS
. — Los monumentos propiamente
escultóricos del período visigodo son escasos, sobre todo si se prescinde de los
sarcófagos ya estudiados, y que son de estilo romano u oriental. Los relieves
con figuras humanas —no se conserva obra alguna de bulto redondo— se reducen en
gran parte a los decorativos de San Pedro de Nave y de Quintanilla de las Viñas,
del siglo VII, todo ello de estilo bastante uniforme y reflejo, sin duda, de una
pintura de la que no poseemos ningún monumento, pero de la que deben de ser
continuación las miniaturas que, como veremos más adelante, ilustran los textos
de Beato de los siglos IX y X.
En San Pedro de Nave las dos
escenas de mayor desarrollo son el Sacrificio de Isaac (fig. 774) y Daniel con
los leones (fig. 775), interpretadas en su composición en forma muy análoga a la
de las miniaturas españolas del siglo X. En cuanto a Quintanilla de las Viñas,
ya al tratar del monumento se citaron las principales representaciones, de
origen sasánida.
(fig. 774) Capitel con relieve del Sacrificio de Isaac en San
Pedro de Nave
(fig. 775) Capitel con relieve de Daniel con los leones en San
Pedro de Nave
Desgraciadamente, nada seguro
conocemos de la pintura visigoda, aunque podemos imaginar algunos de sus
caracteres por su reflejo en relieves, como los de San Pedro de Nave, y por su
supervivencia en la miniatura posterior mozárabe. Como la arquitectura, debe de
tener dos etapas: una más antigua, en la que la tradición clásica sea más
intensa, otra posterior, de aspecto más medieval.
A esa primera fase de tradición
clásica se ha creído que pertenece el Pentaleuco Ashburnham, de la Biblioteca
Nacional de París (fig. 776). Su hispanismo es problema muy discutido; pero dada
la importancia del códice —uno de los más interesantes de su época- debe ser
mencionado en este lugar. Procede de una Iglesia de Tours y se le considera obra
del siglo VII. Sus hojas decoradas se encuentran distribuidas, salvo en un caso,
en dos o tres zonas que contienen historias bíblicas de los cinco primeros
libros; Los motivos para clasificar como español el códice parisiense se reducen
a la no coincidencia de su estilo con ninguna de las escuelas conocidas y a
ciertas características paleográficas que se han estimado españolas.
(fig. 776) Lámina del Pentaleuco Ashburnham
Gracias al afortunado hallazgo de
las coronas votivas de Guarrazar, poseemos varias obras maestras de la
orfebrería visigoda. Son coronas para ser colgadas de los altares, según la
costumbre de los emperadores y magnates bizantinos.
El tesoro de Guarrazar —en parte
en el Museo Arqueológico Nacional— constaba de dos grandes coronas, ofrecidas
por los reyes Suintila y Recesvinto, y diez menores, una de ellas donada por un
abad. La de Suintila, que fue robada hace ya algunos años, y la de Recesvinto (fig.
777) están constituidos por un cuerpo cilíndrico de doble chapa de oro calada,
enriquecido con piedras preciosas en cabujones y grandes perlas. Pende ese
cuerpo de cadenas con eslabones, también de chapa calada, en forma de corazón, y
de ellas están suspendidas a su vez una serie de letras que forman el nombre y
la oferta del monarca, y que terminan en pinjantes de esmeralda, zafiro y
perlas.
(fig. 777) Corona de Recesvinto
Además de estas piezas de lujo
excepcional, precisa recordar las fíbulas y broches de cinturón, bien circulares
o rectangulares o en forma de águila (fig. 778), unas y otras con almandinas
rojas y vidrios de diversos colores incrustados en sus múltiples celdillas.
(fig. 778) Fíbula visigoda. Museo de Cáceres
ARQUITECTURA ASTURIANA
.—Obligados los cristianos por
los invasores a refugiarse en las montañas del Norte, el núcleo artísticamente
más fecundo es el asturiano. Aunque tropezando con enormes dificultades de muy
diversa índole, y con el enemigo al otro lado de las montañas, crea un estilo
arquitectónico sumamente original y de gran belleza, que llega a su máximo
desarrollo a mediados del siglo IX.
La arquitectura asturiana, aunque
derivada de la visigoda, por su falta de contacto con los grandes monumentos de
ésta, pierde algunos de sus elementos más característicos, mientras, en cambio,
el deslumbrante poderío del no lejano reino franco facilita la influencia del
arte carolingio. Por otra parte, no debe olvidarse el influjo de la arquitectura
hispanorromana. Las principales novedades del estilo asturiano consisten en la
desaparición del arco de herradura, que es sustituido por el de medio punto, y,
sobre todo, por el peraltado, que es el más específicamente asturiano, y en el
empleo del muro llamado compuesto, en el que, para darle mayor fortaleza y
enriquecerlo, se adicionan arquerías ciegas. Los capiteles son toscas
imitaciones del corintio clásico, o de forma apiramidada (fig. 779). Aparte de
la mayor tosquedad técnica, en general bastante sensible, lo más notable es el
empleo de nuevos temas, entre los que se distinguen por su insistencia los
funiculares o de cuerdas, que, empleados esporádicamente en algún monumento
visigodo del Noroeste, deben de tener su origen en las citanias gallegas y
portuguesas.
(fig. 779) Capiteles asturianos. Santa María del Naranco
Pero lo que hace singular dentro
de su época a los monumentos asturianos es el sistemático empleo de la bóveda de
cañón y su contrarresto por medio de estribos, con frecuencia muy numerosos, y
que influyen poderosamente en el aspecto exterior del monumento.
Al contrario que la arquitectura
visigoda, de lujosa sillería de tradición clásica, la asturiana emplea
materiales pobres —sillarejo y mampostería—; pero, no obstante, gracias a sus
muros compuestos y a sus estribos, crea una bella serie de monumentos
abovedados, cuyas esbeltas proporciones compensan la pobreza del material.
Los comienzos de la arquitectura
asturiana se conocen mal. El primer monumento que nos ofrece novedades dignas de
ser recordadas es el templo de Santianes de Pravia, erigido por el rey Silo
(774-783), del que, aunque sólo poseemos parte de los muros, existen
descripciones del siglo VIII. De tres naves y otra de crucero, lo más
interesante es que su cabecera constaba de tres ábsides rectangulares, tipo de
cabecera tripartita desconocida en la arquitectura visigoda, y que, en cambio,
se generaliza en Occidente a mediados del siglo VIII. Los ábsides no son, por
tanto, semicirculares, como los carolingios, sino rectangulares, como los
visigodos. Las novedades respecto de este estilo se manifiestan ya en el aparejo
de mampostería o sillarejo y en el empleo del arco de medio punto.
El traslado de la Corte a Oviedo
y la intensa actividad constructiva de Alfonso II para dotar a la nueva capital
de edificios públicos produce una primera etapa de florecimiento en la
arquitectura asturiana, cuyos principales monumentos son parte de la Cámara
Santa, de Oviedo (fig. 780), y San Julián de los Prados (fig. 781).
(fig. 780) Cámara Santa, de Oviedo
(fig. 781) San Julián de los Prados
Es este templo de tres naves de
pilares con otra de crucero muy amplia, triple ábside rectangular del tipo
comentado, y vestíbulo ante la puerta de los pies. A extremos de los brazos del
crucero comunican otras cámaras de análogas proporciones, una de ellas vestíbulo
en la actualidad, aunque no es seguro que lo fuese primitivamente. El ábside
central tiene una cámara alta, sólo comunicada al exterior por una ventana
tripartita. En el interior de la capilla mayor se emplean ya arquerías ciegas, y
al exterior abundan los estribos. Como puede advertirse, a los elementos
heredados de la arquitectura visigoda se agregan otros nuevos, que no sabemos si
deben interpretarse como una reacción en sentido clásico o como reflejo de
tradiciones regionales.
MONUMENTOS RAMIRENSES
El período de máximo
florecimiento del arte asturiano corresponde al reinado de Ramiro I (842-859).
Gracias a la llegada de algún arquitecto de verdadero talento, conocedor del
arte oriental y occidental, que sabe aprovechar las formas tradicionales, se
levanta ahora una importante serie de edificios totalmente abovedados, y de
esbeltísimas proporciones, con decoración labrada expresamente y con un sentido
unitario desaparecido desde la caída del Imperio romano.
La creación más singular de la
arquitectura asturiana es el palacio de fiestas inaugurado por Ramiro I, en el
año 848, en Lulo, y que se convierte en el mismo siglo IX en iglesia, con el
nombre de Santa María de Naranco (fig. 782), fig. 783). De base rectangular muy
alargada, consta de dos plantas, ambas distribuidas en un gran cuerpo central, y
dos laterales bastante menores. La planta inferior, de mucha menos altura que la
superior, está cubierta en su parte central por una bóveda de cañón, mientras en
sus extremos forma dos cámaras techadas de madera, una de las cuales, con acceso
desde el interior, sirve de baño. La planta principal consta de un gran salón de
fiestas, con tres puertas en sus frentes estrechos que comunican a los miradores
de los extremos. Se cubre también con bóveda de cañón semicircular decorada y
reforzada por numerosos arcos fajones que terminan en medallones pendientes en
la unión de los arcos. Cabalgan éstos en haces de cuatro columnas de fuste
funicular entregadas en el muro. Ese mismo tema funicular o de cuerda se repite
en sus capiteles apiramidados. El acceso a esta planta principal es por una
escalera exterior doble.
(fig. 782) Santa María de Naranco
(fig. 783) Interior Santa María de Naranco
Aunque el autor de Santa María de
Naranco debe de inspirarse en las dos plantas abovedadas de la Cámara Santa,
este tipo de palacio parece derivar del modelo de villa romana con pórtico que
persiste hasta la época románica, de cuerpo central y alas, uno y otras con
columnas. Recuérdense la Ca d'Oro y el Fondaco dei Turchi, de Venecia.
A poca distancia del palacio se
levanta aún la parte de los pies de la iglesia de San Miguel de Lillo, hecha
construir también por el monarca, y, sin duda y, sin duda, por el autor de Santa
María. De las mismas esbeltas proporciones de todas las construcciones ramirense,
y recorrida en su exterior por numerosos estribos, consta que tuvo triple ábside
terminado a un mismo nivel. En cuanto a su estructura, lo más interesante son
las bóvedas de las naves laterales, dispuestas en sentido transversal al eje del
templo, y la tribuna de los pies. Desde el punto de vista decorativo, merecen
especial atención los relieves de las jambas (fig. 784), copiados de un díptico
consular de principios del siglo VI, hoy en San Petersburgo, del que el escultor
ha representado en cuadros diferentes la escena del cónsul dando la orden de
comenzar los juegos, y los juegos mismos, consistentes en un equilibrista sobre
un bastón y un domador con su león. Muy importantes son también, desde el punto
de vista decorativo, sus celosías de piedra.
(fig. 784) Relieve jamba San Miguel de Lillo
Al mismo arquitecto de Ramiro II
debe atribuirse la iglesia de Santa Cristina (fig. 785), cerca de Pola de Lena,
de una nave compuesta de forma análoga a la gran sala de Santa María de Naranco.
Según la tradición visigoda,
tiene vestíbulo a los pies, dos cámaras, en este caso en el centro de los lados
mayores, y capilla mayor, pequeña, cuadrada y saliente. Todo ello con abundantes
estribos al exterior. El interior de la nave (fig. 786), decorado con parecido
tipo de columna y capitel que Naranco, tiene el presbiterio más elevado que el
tramo inmediato a él, que se encuentra, a su vez, más alto que el resto del
templo. La triple arcada o iconostasis que se levanta en el extremo de ese tramo
se considera obra mozárabe del siglo X.
(fig. 785) Iglesia de Santa Cristina de Pola de Lena
(fig. 786) Interior iglesia de Santa Cristina de Pola de Lena
El mejor monumento de tradición
ramirense de la segunda mitad del siglo es San Salvador de Valdediós (893),
probablemente hecho construir por Alfonso III después de destronado por sus
hijos y relegado a aquel lugar. Consta de tres naves, con gruesos pilares muy
sencillos.
De tipo semejante debe de ser la
primitiva iglesia de San Juan, conservada, en parte, en la de San Isidoro de
León (fig. 787), demostrándonos con su presencia en tierra leonesa que el arte
asturiano rebasa los límites de su región.
(fig. 787) San Isidoro de León
De estilo asturiano debe de ser,
además, la iglesia de Santiago de Compostela, construida por Alfonso III, y a él
pertenece la parte anterior de la cripta de la catedral de Palencia (fig. 788).
Parece seguro que continúa empleándose en tierra leonesa todavía en la segunda
mitad del siglo XI.
(fig. 788) Cripta de San Antolín de la catedral de Palencia
PINTURA Y ORFEBRERÍA ASTURIANAS.
CATALUÑA
.—Mientras los templos visigodos,
labrados en buena sillería, pueden prescindir de la pintura decorativa, es
natural que los asturianas, construidos en materiales pobres, traten de ocultar
su pobreza con grandes pinturas murales. Y, en efecto, son varios los templos
asturianos que las conservan. El conjunto verdaderamente importante es el de la
iglesia descrita de San Julián de los Prados, que, por ser de la misma época,
corresponde a la primera mitad del siglo IX. Distribuidas en grandes zonas,
representan arquitecturas de edificios, patios y cortinajes, bajo los cuales
aparecen casas y monumentos en escala mucho menor y tomados desde punto de vista
también diferente (fig. 789 (fig. 789) San Julián de los Prados
El gran florecimiento artístico
que revelan los monumentos arquitectónicos asturianos se refleja igualmente en
varias piezas de orfebrería excepcionales: la Cruz de los Ángeles (808 (fig.
790) y la Cruz de la Victoria (908), conservadas en la Cámara Santa de Oviedo.
La de los Ángeles es de brazos iguales, con gruesos tachones y fondo de
filigrana de hilo de oro laminado y puesto de canto. Tanto por su forma como por
su técnica, difiere de las visigodas, suponiéndose obra de artistas ambulantes,
tal vez, del norte de Italia.
(fig. 790) Cruz de los Ángeles
Más valiosa aún es la de la
Victoria (fig. 791) , mandada labrar por Alfonso III en el castillo de Gauzón,
que, además de l0s grandes chatones, tiene alvéolos en forma de palmetas
rellenos con piedras, y, sobre todo, numerosos esmaltes fileteados, con animales
y flores, que se relacionan por su estilo con trabajos carolingios y del norte
de Italia.
(fig. 791) Cruz de la Victoria
CATALUÑA
En Cataluña se consideran del
siglo IX, es decir, de la época de las iglesias asturianas, las tres iglesias de
Tarrasa (fig. 792), que delatan la persistencia del estilo hispanorromano de la
época visigoda, incluso con la forma en arco de herradura. La mejor conservada
es la de San Miguel, de planta cuadrada, con ábside ultrasemicircular en su
interior y poligonal al exterior —como el de la iglesia visigoda de San Cugat
del Valles—, y dividida en nueve compartimientos separados por arquerías que
apoyan en los muros y en las ocho columnas del compartimiento central. Las
bóvedas son de aristas y esféricas y la del centro sobre trompas. Los arcos son
peraltados como los asturianos, y también, como ellos, son contrarrestados por
estribos exteriores. Tanto los capiteles, aunque muy bárbaros, como las
columnas, son romanos. Tiene cripta de planta trilobulada. En las otras dos
iglesias de Tarrasa lo interesante es el ábside, trilobulado interior y
exteriormente el de San Pedro, y de herradura en el interior y cuadrado al
exterior el de Santa María.
(fig. 792) De izquierda a derecha las iglesias de Tarrasa de:
San Pedro, San Miguel y Santa María
ARQUITECTURA MOZÁRABE
.—Gracias a la tolerancia de los
árabes, los cristianos que permanecen bajo su dominio conservan durante varios
siglos su religión y su arte visigodo. Aislado arte éste, de las escuelas
cristianas contemporáneas, y un floreciente estilo hispanoárabe, la influencia
islámica no tarda en dejarse sentir poderosa. Debido a ello, no sólo continúan
usando el arco de herradura, que, como hemos visto abandona la arquitectura
asturiana, sino que le dan las características califales. De origen árabe es
también el empleo de bóvedas de nervios no cruzados en el centro y de bóvedas
gallonadas.
Aunque la tolerancia árabe, salvo
períodos de persecución transitorios, dura hasta el siglo X, la única iglesia
mozárabe labrada en tierra islámica conocida es la de Bobastro (fig. 793), la
corte del fugaz poderío de los mozárabes rebelados contra Córdoba y refugiados
en la serranía de Ronda a las órdenes de Ornar ben Hafsun hacia el año 900.
Templo excavado en la roca, de tres naves, es de arcos de herradura sobre
pilares. La planta de la capilla mayor es también ultrasemicircular.
(fig. 793) Ruinas y figuración iglesia rupestre mozárabe de
Bobastro
Las restantes iglesias de que hay
noticia son, por tanto, de mozárabes emigrados a tierra cristiana huyendo de las
persecuciones. La mayor parte se encuentra en tierra leonesa, y las fachadas más
antiguas son de comienzos del siglo X.
El tipo basilical está
representado principalmente por San Miguel de Escalada (León) (913 (fig. 794).
Con un pórtico lateral de arcos de herradura sobre columnas y capiteles
aprovechados de monumentos visigodos, asturianos y bizantinos, es de tres naves,
con arquerías del mismo tipo rematadas en otros tantos ábsides de planta también
ultrasemicircular, que no se manifiestan al exterior de su cabecera, que termina
en plano; tiene nave de crucero, que tampoco se acusa exteriormente, cerrada en
el tramo central por iconostasis de tres arcos, para ocultar al sacerdote, al
modo oriental, durante la consagración (fig. 795).
(fig. 794) San Miguel de Escalada (León)
(fig. 795) Interior San Miguel de Escalada (León)
San Cebrián de Mazóte
(Valladolid), también de principios del siglo X, es la iglesia más monumental
del arte mozárabe. Su organización es sumamente interesante, por reflejar en las
tres capillas de su cabecera la influencia del tipo trichorus descrito en la
iglesia visigoda de San Fructuoso, mientras la otra capilla, de la misma forma
que tuvo a los pies, según el modelo de ciertas basílicas paganas, la relaciona
con templos cristianos del norte de África (fig. 796).
(fig. 796) Iglesia San Cebrián de Mazóte (Valladolid)
De forma análoga, con doble
ábside y bóvedas gallonadas, pero de una sola nave, es la de Santiago de Peñalba,
en el Bierzo (fig. 797).
(fig. 797) Iglesia de Santiago de Peñalba, en el Bierzo
Dentro de la variedad de tipos
que caracteriza a los templos mozárabes, el de San Baudelio, de Casillas de
Berlanga (Soria (fig. 798), ya de principios del siglo XI, se distingue por la
singular organización de su gran sala cuadrada con pequeño presbiterio
rectangular, cubierta por bóveda sobre arcos de herradura que, como hojas de
palmera, parten de una gruesa columna central para terminar en el muro. Sobre
esa columna, y entre los arcos, se alberga un diminuto camarín con ventanillas
entre éstos, cubierto por minúscula bóveda de tipo califal. Una gran tribuna
sobre columnillas que da frente al presbiterio cubre la mitad del cuerpo del
templo. Las pinturas que decoraban su interior son ya de estilo románico, más de
un siglo posterior al templo (fig. 799).
(fig. 798) San Baudelio, de Casillas de Berlanga (Soria)
(fig. 799) Pinturas de la iglesia de San Baudelio, de Casillas de
Berlanga (Soria)
MINIATURA MOZÁRABE
.—Continuadora de la última etapa
de la pintura visigoda, la miniatura española prerrománica se distingue por su
gran originalidad respecto de la miniatura europea contemporánea. Aunque su
estilo persiste hasta el siglo XI, sus monumentos principales y más antiguos
corresponden al X, coincidiendo con la inmigración mozárabe, que produce el
estilo arquitectónico comentado. Es seguro que no todas las miniaturas de esta
período prerrománico son obra de artistas mozárabes; pero como también es
indudable que uno de sus rasgos más característicos es su arabismo, resulta
razonable y práctica la denominación de mozárabe. Salvo la Biblia Hispalense (fig.
800) de la Biblioteca Nacional, vinculada a la iglesia de Sevilla desde 988, las
restantes obras se pintan en tierra cristiana.
(fig. 800) Biblia Hispalense mozarabe
De dibujo, por lo general,
incorrecto, la miniatura mozárabe subyuga por su expresión un poco bárbara, pero
de intenso dramatismo. Todo queda subordinado en ella al deseo de manifestar que
el tema representado es de la más trascendental importancia, y es evidente que
no pocas de sus escenas producen un efecto de grandeza y de misterio, en el que
se presiente la gran escultura monumental románica. Como es lógico, en la
miniatura mozárabe no existe la perspectiva, y toda huella del naturalismo
clásico desaparece. Lo puramente anecdótico, no esencial en el tema
representado, no interesa. Los edificios, en los que abundan los arcos de
herradura de peralte cordobés, tienen, sobre todo, un valor simbólico, y en
ellos se magnifica lo que más importa. Así, la mejor manera de caracterizar un
templo es que se vea el altar, y sobre él un cáliz dibujado en tamaño gigantesco
—iglesia de Sardes en el Beato de Gerona—. En la figura humana, el cuerpo,
oculto bajo pesados y voluminosos ropajes, pierde todo su valor, y el interés
del artista se concentra en sus enormes ojos de mirar alucinado que reflejan
toda la tensión espiritual con que se interpreta el tema. A veces los personajes
aparecen simplemente sobre la hoja del códice, sin encuadramiento ni fondo
alguno, pero con frecuencia los vemos sobre un paisaje ideal, formado por varias
zonas de diversos colores vives e intensos.
El origen de la miniatura
mozárabe se encuentra, como queda dicho, en la pintura visigoda. Se agrega la
influencia árabe, manifiesta, sobre todo, en la proporción cordobesa de los
arcos de herradura (fig. 801) y en diversos motivos decorativos; incluso se
emplean inscripciones árabes. Pese a este carácter esencialmente español de la
miniatura mozárabe, no faltan elementos septentrionales, el más importante de
los cuales es el entrelazo, que debe de llegar con los códices carolingios.
(fig. 801) Miniatura mozarabe. Beato de Silos
Los textos con miniaturas no son
muy variados. Los más valiosos son Biblias, colecciones de Concilios y, sobre
todo, la exposición del Apocalipsis de Beato de Liébana. Los códices más
numerosos y más representativos del estilo son estos últimos, pues no en vano el
tono exaltado del Evangelista de Patmos es el que responde mejor a la tensión
espiritual inspiradora de la miniatura mozárabe. En realidad, Beato, monje de la
segunda mita del siglo VIII en el monasterio santanderino de Liébana, se reduce
a seleccionar y ligar textos de otros comentaristas del Apocalipsis.
Aunque no es el único pintor de
su tiempo, y existen obras como la hoja del Comentario al Apocalipsis, del siglo
IX, de Silos, en la actualidad el gran artista que aparece a la cabeza de la
miniatura mozárabe es Magius, autor del Beato de la Colección Morgan (928), de
Nueva York, pintado para un monasterio de San Miguel, que se supone pueda ser el
de Escalada —se llama también Beato Thomson por su antiguo propietario—, y del
Beato de Tavara de la Biblioteca Nacional de Madrid, que deja sin terminar al
morir, en 968, y que concluye su discípulo Emeterio. Magius se nos muestra en
posesión de todas las características del estilo y del repertorio iconográfico
que distingue al estilo mozárabe, y si, en realidad, no puede considerársele
como su inventor, sí debe de contribuir poderosamente a fijarlo y propagarlo.
Algunas escenas se repetirán ya
casi siempre en la forma como él las interpreta; (fig. 802) así: 1. el Arca de
Noé, dividida en pisos con los diversos animales, y Noé y su familia en la parte
superior, con la paloma que le trae el ramo de oliva; 2. la Jerusalén
celestial, de muros abatidos con sus doce puertas con arcos de herradura con los
nombres de las tribus de Israel; la de San Juan y las Siete Iglesias de Asia; 4.
El Cordero en el monte Sion, etc.
(fig. 802) Escenas iconográficas de la miniatura mozárabe
Del discípulo de Magius, Emeterio,
monje como él, sabemos que, además de terminar el Beato de Tavara (968-970),
pinta el de la catedral de Gerona (975), en unión de la monja Eude, lo que hace
suponer que trabajan en monasterio doble de religioso y religiosas. Los nombres
de miniaturistas, por lo demás, no faltan. Entre los beatos ya del siglo XI,
deben recordarse especialmente el de Fernando I, por su importancia, y el de
Burgo de Osma, por su fecha tardía y su menor mozarabismo.
En cuanto a las Biblias— ya queda
citaba la Hispalense—, tiene particular interés la de la catedral de León (920 (fig.
803), obra del presbítero Vimara, y en cuanto a los Códices de Concilios, el
Albeldense y el Emilianense, ambos del siglo X y de autores conocidos.
(fig. 803) Biblia catedral de León
Restos de pinturas murales de
este período se conservan en la iglesia mozárabe catalana de San Quirce de
Pedrjt (fig. 804).
(fig. 804) Pintura mural en ábside de San Quirce de Pedrjt.
CAPÍTULO XIII
ARQUITECTURA
ÁRABE
ARQUITECTURA. LA MEZQUITA
ARQUITECTURA ÁRABE NO ESPAÑOLA
ANTERIOR AL SIGLO XI
ARQUITECTURA ABASÍ
ARQUITECTURA CORDOBESA. ARCOS,
BÓVEDAS, DECORACIÓN
LA MEZQUITA DE CÓRDOBA. OTROS
MONUMENTOS
EL SIGLO XI. LA ALJAFERÍA
ARQUITECTURA ALMORÁVIDE Y
ALMOHADE.
MEZQUITAS
OTROS MONUMENTOS
ARQUITECTURA. LA MEZQUITA
.—Cuando el arte bizantino ha
creado ya sus obras maestras de la era justinianea y los pueblos bárbaros,
establecidos en el Imperio de Occidente, han recorrido su primera etapa
prerrománica, surge en escena el pueblo árabe con un nuevo arte. Nacido en
Siria, bajo la influencia del bizantino, se extiende con la rapidez asombrosa de
las grandes conquistas, y en poco tiempo alcanza desarrollo geográfico
extraordinario. Los monumentos islámicos abarcan desde la India hasta el
Pirineo, y, como parte integrante de la arquitectura mudejar española, algunas
de sus creaciones escalan en los tiempos modernos los más remotos valles de la
cordillera de los Andes. La arquitectura árabe es, con la romana y la barroca
española, una de las de mayor amplitud geográfica, esa misma enorme amplitud
geográfica y la carencia en un principio de un estilo propio hace que se deje
influir intensamente por el de los pueblos conquistados. Debido a ello, la
variedad de las diversas escuelas que van formándose dentro del arte islámico es
con frecuencia muy profunda, sin perjuicio de que existan caracteres comunes y
recorran constantemente el mundo islámico corrientes artísticas unificadoras.
Entre los rasgos más generales
que distinguen a la arquitectura árabe merece destacarse su gran amor a la
decoración, que forma vivo contraste con su menor interés por los problemas
constructivos.
Esa decoración, con frecuencia,
no se labra en el sillar mismo, sino en placas de piedra de escaso grosor o de
yeso que se aplican al muro. El gusto por la policromía hace que las formas
decorativas de los tableros de yeso se realcen con vivos colores y que se
conceda papel muy destacado a la cerámica vidriada. Elemento también valioso en
la decoración árabe es la madera, que se enriquece con temas menudos.
Derivada de la decoración
bizantina, la árabe es de tipo antinaturalista y labrada con técnica análoga.
Salvo en alguna escuela, excluye los temas animados, reduciéndose a los de
carácter vegetal y geométrico. La de tipo vegetal es la denominada de ataurique.
La de carácter geométrico más típicamente árabe es la de lazo o lacería, que no
alcanza su pleno desarrollo hasta fecha bastante posterior. La decoración árabe,
contra el efecto de fantasía desbordada que sus temas menudos y numerosos
producen al pronto, es hija de un placer decidido en la reiteración, y no de un
deseo de variedad.
Aunque las portadas mismas se
decoran con riqueza, el resto de las fachadas de los monumentos árabes sorprende
a veces por su extraordinaria simplicidad. Debido a ello y al escaso interés
concedido a la decoración exterior de la cubierta, los monumentos islámicos, por
lo general, suelen inscribirse en volúmenes cúbicos o ligeramente alargados, de
los que sólo sobresalen las medias esferas de sus cúpulas.
El monumento capital de la
arquitectura árabe es la mezquita. El templo o lugar de oración tiene para el
mahometano muy escasas exigencias arquitectónicas. En realidad, basta con un
espacio de terreno libre de impurezas, incluso sin cubierta alguna, donde el
seguidor de Mahoma pueda hacer sus oraciones con el rostro dirigido hacia La
Meca. Pero las primeras mezquitas de Siria no tardan en crear un tipo monumental
de planta rectangular (fig. 805), (fig. 806), compuesto de una parte cubierta o
sala de oración, precedida por un gran patio abierto rodeado de arquería y una
torre, o assoma, alminar o minarete, para desde ella llamar a los fieles a la
oración. En el centro de la quibla o muro del fondo de la sala de oración, que
siempre está dirigido a La Meca, menos en España, que lo está al Sur, se abre el
mihrab o sanctasanctórum en forma de capilla diminuta. El espacio inmediato, que
es el dedicado al soberano y que, lo mismo que el mihrab, se decora con la
máxima riqueza, constituye la maxura. El púlpito, que se encuentra también
inmediato al mihrab se decora el igualmente con gran lujo, es el mimbar.
(fig. 805) Mezquita de Damasco
(fig. 806) Interior Mezquita de Damasco
ARQUITECTURA ÁRABE NO ESPAÑOLA
ANTERIOR AL SIGLO XI
.—En la arquitectura árabe
oriental se distinguen dos grandes períodos, que corresponden a las dos grandes
dinastías de los Omeyas (661-750) y los Abasíes (750-945). Al establecer los
Omeyas la capital en Damasco, los árabes entran en estrecho contacto con el arte
siríaco y bizantino, y, en realidad, se limitan a transformar los monumentos
existentes y a utilizar a los artistas del país. Bajo los Abasíes, como la
capital se traslada a Bagdad, a orillas del Tigris, el arte árabe recibe la
influencia mesopotámica y persa.
Aunque Mahoma condena el que se
gaste el dinero del creyente y las dos primeras mezquitas del Al-Kufa en el Irak
y la de Amru en el Al-Fustat o Cairo Viejo, en Egipto, son muy sencillas, es muy
difícil que el pueblo islámico, con los extraordinarios recursos económicos de
la conquista, y a la vista de los grandiosos monumentos arquitectónicos de
Siria, pueda resistir la tentación de poseer mezquitas de cierto lujo material.
La mezquita de la Roca de
Jerusalén (691 (fig. 807) —erróneamente llamada Mezquita de Ornar— se encuentra
construida sobre la roca donde Abraham lleva a sacrificar a su hijo, que para
los cristianos es Isaac y para los mahometanos Ismael, y desde donde el propio
Mahoma emprende su viaje celestial en el caballo de cabeza humana. De planta
octogonal, tiene doble arquería sobre columnas y pilares, que permite la
circulación en torno a la gran roca cubierta por la media naranja. Aunque sin su
belleza, del mismo tipo que la mezquita de la Roca existían ya en Palestina
monumentos como el Santo Sepulcro de Jerusalén, la Tumba de la Virgen y la
Ascensión del Monte de los Olivos. La mezquita de la Roca es, sin duda, obra de
arquitectos siríacos al servicio de los conquistadores.
(fig. 807) Mezquita de la Roca de Jerusalén
La mezquita de verdadera
trascendencia para el futuro es la de Damasco (707). Edificio de planta
rectangular, presenta ya todas las partes que serán indispensables en las
mezquitas: la parte cubierta, con el mihrab, el patio y la torre. De tres largas
naves longitudinales, formadas por columnas y capiteles preislámicos, se ha
supuesto por mucho tiempo, al parecer sin razón, que la parte cubierta es
fundamentalmente la primitiva basílica teodosiana de San Juan Bautista. De todos
modos, la novedad de mayor importancia para el porvenir es que, con el fin de
dar la mayor altura posible a las naves, se dispone sobre las grandes arquerías
bajas una segunda fila de columnas, y que, cortando en ¡su parte central esas
tres naves, se traza otra transversal, con una cúpula en su testero que
constituye el verdadero eje de la mezquita, para torres se aprovechan las
conservadas de un templo pagano, coincidentes con los ángulos de la quibla. El
mihrab carece aún de la importancia que adquirirá en épocas posteriores.
La gran mezquita de Kairuán
(Túnez) (fig. 808), que corresponde a principios del siglo IX, ofrece
características que, como veremos, la relacionan con la de Córdoba. Es de
columnas y capiteles aprovechados de monumentos clásicos, y lleva sobre ellos un
pilar de escasa altura o cimacio sobre los que descansan los arcos de herradura.
Para evitar su derrumbamiento, se atan con tirantes de madera, que hacen el
papel de los arcos de entibo cordobeses. Tiene nave transversal ante el muro de
la quibla corrida a todo lo ancho de la mezquita y cúpula de gallones sobre
trompas ante el mihrab tal vez inspirada en modelos cordobeses desaparecidos. De
la influencia cordobesa es testimonio indudable la puerta de la librería.
(fig. 808) Mezquita de Kairuán (Túnez)
Nada se conserva de los palacios
urbanos de los califas omeyas. En cambio, poseemos en el desierto de
Transjordania las ruinas del gran palacio fortificado o castillo de Meschata,
cuya portada, cubierta por riquísimo relieve, se traslada el siglo pasado al
Museo de Berlín. Su menuda y tupida decoración vegetal con algunas figuras de
animales reales y fantásticos, es plana y, según las normas siríacas, se recorta
limpiamente sobre la sombra del fondo. Se le identifica con el palacio
construido en el desierto por Walid (473) y que deja inconcluso al ser
asesinado.
De diversa índole es el palacete
de Cuseir-Amra, también en Transjordania, en realidad un apeadero, todo él
abovedado, con baños de agua fría y caliente. Pero también aquí lo más
importante es su decoración, en este caso pictórica, consistente en escenas de
baño, danza y música, que no dejan de sorprender en estos primeros tiempos del
islamismo, y en las figuras de varios reyes vencidos por el califa, entre los
que figura Don Rodrigo. La presencia del monarca visigodo fecha el monumento en
los comienzos del siglo VIII.
ARQUITECTURA ABASÍ
.—El establecimiento de la corte
en Bagdad hace que la vieja arquitectura mesopotámica de ladrillo y columnas
deje sus huellas en el arte árabe.
En la capital del imperio no
existe ningún monumento notable abasí, pero, en cambio, poseemos las importantes
ruinas de Samarra, la ciudad levantada (833) de nueva planta como residencia
califal, al norte de Bagdad, por los inmediatos sucesores de Harum al-Raschid.
La construcción de Samarra, como
antes la de la ciudad circular de Bagdad, con un ejército de trabajadores, es
empresa típicamente mesopotámica. Su vida dura poco, pues trasladada la corte a
fines de siglo a Bagdad, termina por convertirse en un campo de ruinas. Lo más
interesante, desde el punto de vista artístico, son las de la mezquita y la
decoración de estuco de los muros del palacio. La mezquita (fig. 809), de la que
sólo existen los muros exteriores y el arranque de los soportes, es de pilares
de ladrillo octogonales con columnitas de mármol en los ángulos. Su alminar, que
aún se conserva fuera del recinto de la mezquita, es de planta cilíndrica y
descubre claramente su origen en los zigurats mesopotámicos.
Construidos en su mayor parte de
adobe, el típico material mesopotámico, los muros del palacio se cubren con
decoración de estuco, en la que puede verse cómo se abandona la de estirpe
clásica —pese a su estilización siríaca— y se adopta otra aún más
antinaturalista, de formas caprichosas y reiteradas, donde difícilmente suele
poder adivinarse su origen vegetal. Entremezclada con trazos geométricos,
responde ya al sentido abstracto y al gusto por la reiteración que creará la
típica lacería árabe.
(fig. 809) Restos y decoración de la Mezquita de Samarra
Mucho mejor conservada la de Ibn
Tulun, en El Cairo Viejo (872), es el mejor ejemplo de mezquita abasí. Al
contrario de lo que sucede en las omeyas de Damasco, Kairuán y Córdoba, se
renuncia a la columna exenta como soporte, y se reemplaza por pilares alargados,
en los que las columnas se limitan a decorar sus ángulos (fig. 810). Sus
capiteles, ligeramente bulbosos, son anticlásicos, y los arcos que cargan en los
pilares y los que se abren en el muro comprendido entre aquéllos, apuntados. Su
decoración plana se relaciona con el tipo abasí comentado. La parte superior de
la torre (fig. 811), cilíndrica y de rampa helicoidal, es también reflejo de
modelos abasíes y mesopotámicos, que no en vano Ibn Tulun, fundador de la
dinastía de los tuluníes, que gobierna Egipto durante el último tercio del siglo
IX, se educa en la corte de Bagdad.
(fig. 810) Mezquita de Ibn Tulun, en El Cairo
.
(fig. 811) Columnas mezquita de Ibn Tulun, en El Cairo
ARQUITECTURA CORDOBESA. ARCOS,
BÓVEDAS, DECORACIÓN
.—La rama más vigorosa del arte
islámico occidental y, naturalmente, la que más nos importa, es la hispanoárabe.
En su evolución se distingue el período cordobés, de los siglos VIII a X; el de
los reinos de taifas, almorávide y almohade, desde fines del XI hasta mediados
del XIII, y el granadino, desde fines del XIII hasta el término de la
Reconquista.
De muy bajo nivel cultural los
invasores mahometanos, sus primeras obras reflejan más la influencia de los
monumentos indígenas que la oriental. Y, sin embargo, gracias a la preferencia
por ciertas formas indígenas, no tarda su arquitectura en adquirir fisonomía
propia. Así, el muro a tizón que puede verse aún en la puerta visigoda de
Sevilla, de la misma Córdoba, lo emplean los maestros hispano-árabes con tal
insistencia, que llega a ser tan típico de sus construcciones como lo fuera el
isódomo del arte clásico. A medida que avanza el tiempo, colocan varios sillares
transversales seguidos, y esto, que es frecuente en los últimos tiempos del
califato, da lugar, en el período granadino, a hiladas en que esos sillares
transversales se hacen sumamente estrechos y casi desaparecen los dispuestos a
soga.
Esa misma falta de preparación
técnica hace que en los primeros tiempos se limiten a utilizar los capiteles de
los monumentos romanos y visigodos, aquéllos tan abundantes en el país. Cuando
ya en el siglo X es necesario labrarlos expresamente, los hacen de dos tipos,
ambos de orden corintio o compuesto, bien el de hojas lisas (fig. 812) y de una
regularidad perfecta, o bien con el follaje labrado según la técnica bizantina
antinaturalista, que por sus menudas y profundas oquedades les hacen semejar un
avispero. Las proporciones son las clásicas.
(fig. 812) Capiteles de pencas cordobeses
Herencia visigoda es el arco de
herradura, que llega a convertirse en la forma más característica y más fecunda
del arte hispanoárabe. Durante el período cordobés el arco sufre ya intensa
evolución (fig. 813, 1 y 2). En primer lugar, su flecha o altura es cada vez
mayor, hasta el punto de que el peralte del tercio del radio del arco de
herradura visigodo aumenta hasta la mitad del mismo, que es la proporción típica
del califato. Paralelamente a este proceso tiene lugar el del descentramiento
del trasdós, que deja de ser paralelo al intradós, y, por tanto, resulta más
estrecho en los salmeres que en la clave (fig. 813, 8). También es importante en
el arco árabe su despiece o disposición de las dovelas, que con frecuencia se
encuentran horizontalmente dispuestas, es decir, enjarjadas, hasta la altura de
los riñones (fig. 813, 7), con lo que el arco de herradura queda en realidad
reducido a un arco escarzano o de menor desarrollo que el semicircular. El
centro del despiece del arco o de convergencia de las dovelas puede estar más
bajo que el de la curva del arco (fig. 813, 8).
(fig. 813) Arcos Árabes
1, arco de herradura visigodo; 2,
3, arco de herradura y de herradura apuntada árabe; 4, arquería de la Mezquita
de Córdoba; 5, 6, modillones de rollos de la Mezquita; 7, 8, puerta de la misma
con alfiz.
A mediados del siglo X el arte
califal comienza a emplear el arco de lóbulos, que por lo general se forma sobre
un arco apuntado, aunque los lóbulos son de herradura, y en cuanto a peralte y
descentramiento presentan éstos las características de los arcos de esa forma.
El número de lóbulos es impar, para que uno de ellos corresponda a la clave del
arco. En esta misma época se introduce el arco de herradura apuntada.
(fig. 813, 3), que con el lobulado es la forma de arco preferida
en el período almorávide.
Complemento indispensable del
arco en la arquitectura hispanoárabe es el alfiz, resultado de la unión del
dintel y de los soportes con que los romanos encuadran el arco (fig. 813, 7).
Convertidos estos elementos en simples molduras, forman con frecuencia un amplio
marco de proporciones cuadradas y tangentes al trasdós del arco. Los triángulos
superiores creados por el alfiz y el arco, es decir, las enjutas, se llaman en
la arquitectura árabe albanegas. Ya veremos las sucesivas transformaciones que
experimenta el alfiz en los períodos subsiguientes del arte hispanoárabe.
Impulsados por el arraigado
concepto decorativo de la arquitectura árabe, los maestros cordobeses del siglo
X dan un paso decisivo en el empleo del arco. Al cruzar y superponer los arcos (fig.
814), se desentiende de su aspecto constructivo, y no sólo empujan la
arquitectura hispanoárabe hacia un período de desenfrenado barroquismo, que
culmina en el período de taifas, sino que echan la base de la decoración
hispanoárabe posterior.
(fig. 814) Arcos de herradura y lobulados. Mezquita de Córdoba
El entrecruzamiento de los arcos
de herradura, entre otras consecuencias, tiene, al parecer, la del ya citado
arco de herradura apuntado, y la superposición de los arcos, haciendo cabalgar
el superior sobre las claves de los dos inferiores, y la de producir una
decoración reticular romboidal, particularmente rica si los arcos son lobulados.
Es la decoración que perdurará cada vez más menuda y complicada, hasta los
últimos momentos de la arquitectura granadina.
Los arquitectos cordobeses
utilizan casi todas las bóvedas empleadas por las escuelas anteriores, salvo la
cúpula, pero su gran novedad para Occidente, en el aspecto constructivo, es la
de nervios muy gruesos apoyados en la cornisa, dispuestos por parejas paralelas,
y que, en lugar de cruzarse en la clave, dejan un espacio central libre (fig.
815).
(fig. 815) Bóveda de nervios. Mezquita de Córdoba
La decoración vegetal o ataurique
del período cordobés es del tipo siríaco, antinaturalista, aunque no tarda en
iniciar su desarrollo propio. Las (fig. 816) y (fig. 817) muestran cómo
partiendo del caulículo de acanto clásico (A, A') ya los artistas cordobeses
crean el tema de dos hojas iguales, que hará fortuna en la decoración
hispanoárabe hasta culminar en el período granadino. La dovela del año 855 de la
figura 466 y el trozo de arco de la 467 son buenos ejemplos de ataurique a bisel
califal. En cuanto a la de carácter geométrico, es todavía muy sencilla,
reduciéndose a cuadrados o rectángulos.
(fig. 816) Decoración de hojas de acanto clásico romano
(fig. 817) Ataurique árabe cordobés
LA MEZQUITA DE CÓRDOBA. OTROS
MONUMENTOS
.—La gran mezquita de Córdoba,
obra cumbre de la arquitectura hispanoárabe, es el resultado de una serie de
ampliaciones y reformas que abarcan desde el siglo VIII hasta la caída del
Califato a principios del siglo XI (fig. 818) y donde se crea ese arte califal
que sirve de base al posterior hispanoárabe, que extiende su influencia por el
norte de África
(fig. 818) Evolución de la planta de la mezquita de Córdoba
El origen de la inteligente
organización arquitectónica de la gran mezquita parece encontrarse en la
primitiva catedral de San Vicente. Cedida a los conquistadores en 747 la mitad
de ésta para que establezcan su mezquita, el año 784 se obliga a los cristianos,
después de indemnizarles, a ceder el resto de ella. El brevísimo plazo en que
Abderrahmán construye la mezquita ha hecho pensar que los árabes se reducen a
desmontar las cinco largas naves hasta entonces dirigidas de Oeste a Este, y a
montar con sus materiales once más cortas en dirección Norte-Sur, quedando así
convertido el muro meridional o de la Epístola, de San Vicente, en la quibla o
cabecera de la mezquita.
Por insuficiente, más tarde, esta
primera mezquita, Abderrahmán I, en el año 833, derriba su quibla y la amplía
por este lado meridional otro tanto, quedando así duplicada su superficie
primitiva. Abderrahmán II construye la fuerte arquería de la parte cubierta que
da al patio y labra la gran torre que, muy resentida por un terremoto, es
preciso revestir con la obra renacentista que hoy la oculta exteriormente. El
considerable aumento de población de la Córdoba de los califas obliga a Alhaquem
II a derribar a su vez la quibla de Abderrahmán II, y al colocar la suya
inmediata ya a la margen del río, la deja ampliada en una superficie equivalente
a la de la primera mezquita. Por último, Almanzor, deseoso de dejar huella de su
paso por el poder en el gran templo, y no pudiendo ampliarlo ya por el Sur, por
impedirlo el río, lo hace por Levante, y en proporciones tales que lo construido
por él equivale a las dos terceras parte de todo lo anterior. La fila de pilares
que recorren la mezquita en el sentido de su profundidad corresponde al muro
lateral de la mezquita de Abderrahmán I y II y de Alhaquem II, derribado al
ampliarla por este lado. Las filas de pilares que recorren transversalmente la
mezquita anterior a Almanzor, es decir, la parte de la derecha, señalan el
emplazamiento de las quiblas de Abderrahmán I y II. La (fig. 819) muestra las
alteraciones y adiciones cristianas para formar capillas, y, sobre todo, en el
centro el templo catedralicio del siglo XVI.
(fig. 819) Figuración califal y cristiana de la Mezquita de
Córdoba
La organización arquitectónica de
las arquerías de la mezquita cordobesa, que queda fijada ya en el edificio de
784, si, efectivamente, copia la de San Vicente, es de invención visigoda. Su
novedad consiste en la superposición de dos soportes (fig. 813, 4), columna el
bajo y pilar el alto, y de dos arcos, el superior de medio punto, que recibe la
techumbre de madera, y otro inferior de herradura, que sirve de entibo
impidiendo el desplazamiento lateral de esos soportes en su punto de reunión.
Este sistema de soportes muy
elevados con arcos de entibo, hijo del deseo de dar la mayor altura posible al
edificio, si no está inspirado por el acueducto de los Milagro de Mérida, tiene
en él uno de sus precedentes, no dejando de ser curiosa la coincidencia de que
tanto estas como aquellas arquerías sirvan además para conducir el agua—en la
mezquita la de los tejados—por la parte superior, y que en el acueducto se
emplee ya la bicromía de los arcos cordobeses.
La columna, que presenta las
características expuestas, tiene sobre el capitel cimacio de planta cruciforme (fig.
813, 5), y el pilar, que es de sección rectangular bastante acusada, al
sobresalir por los lados descansa sobre unos cavetos decorados con rollos,
roleos o virutas enrolladas, recorridos en su parte central por una estrecha
faja (fig. 513, 5 y 6). Esta especie de modillón de rollos, tal vez existente ya
en la basílica de San Vicente, es uno de los temas decorativos califales dotados
de mayor vitalidad.
Aunque esta organización interior
de la mezquita queda fijada en la parte más antigua y se repite en las sucesivas
ampliaciones, precisa advertir que mientras en tiempos de Abderrahmán I y
Abderrahmán II abundan los materiales aprovechados de los monumentos romanos y
visigodos, en los de Alhaquem y de Almanzor los materiales son nuevos.
No obstante que las ampliaciones
de la mezquita por Mediodía y Levante obligan a destruir las fachadas primitivas
de esos lados, aún se conservan en la de Poniente varias portadas anteriores a
la reforma de Almanzor. En cuanto a la fachada misma, se encuentra reforzada y
decorada por estribos y la coronan almenas de gradas picudas sobre ancho listel.
De las portadas existentes en el
frente occidental, las más antiguas son las del Obispo y la de San Esteban
(855), ésta (fig. 820) con un trozo en la parte superior de la primitiva portada
del templo visigodo. En ella aparece ya formado el tipo de puerta cordobesa del
siglo X muy plana y sin abocinamiento. Son, en realidad, puertas adinteladas
relativamente bajas, de ancho dintel adovelado incluido en un gran arco de
herradura, en cuyas dovelas, como en éste, alternan el ladrillo rojizo y la
piedra blanca decorada. Encuadrado el arco en su correspondiente alfiz, descansa
sobre éste un segundo cuerpo de proporciones muy apaisadas con arcos de
herradura cruzados. En las estrechas calles laterales, sobre un primer cuerpo
con pequeño dintel adovelado, se abren una celosía y un arco de lóbulos.
Tableros de ataurique en piedra y mosaicos de piezas de barro cocido revisten
las diversas partes de la portada.
(fig. 820) Puerta Mezquita de Córdoba
La ampliación que aporta mayores
novedades arquitectónicas respecto de la mezquita de Abderrahmán I es la de
Alhaquem (960). A él se debe la gran riqueza de la nave central, de la parte de
la maxura y del mihrab, todo de un lujo y de un barroquismo en el tratamiento de
los elementos arquitectónicos hasta ahora desconocido. Época áurea del arte
califal, los capiteles, como queda dicho, no son ya aprovechados, sino hechos ex
profeso.
Pero lo más importante es la
libertad y el desenfado decorativo con que se emplea el arco, en la forma ya
comentada. En el deseo de prestar novedad al viejo arco de herradura se
descentra ya manifiestamente su trasdós; el arco lobulado se emplea ahora por
sistema, tanto en las arquerías decorativas de la nave central como en las de la
maxura, y, no satisfechos con ello, se les cruza haciendo cabalgar a unos sobre
las claves de los otros, creando la ya mencionada red de rombos. Al califa
Alhaquem se debe también el rico decorado del mihrab, donde por respeto a la
tradición se conserva el arco de herradura. Revestidas sus jambas por dos
hermosísimas losas de mármol con menuda decoración de ataurique, el arco y la
parte superior de la portada se encuentran revestidos por mosaicos de vidrio,
obra de un maestro bizantino enviado por el emperador de Constantinopla.
La otra novedad de la ampliación
de Alhaquem, tan trascendental como la de los arcos, es la de las bóvedas de
nervios paralelos con ojo central ya descritas. Creado al parecer este tipo de
bóveda en Mesopotamia —el modelo más antiguo conocido es el de San Bartolomé de
Baxiala, en el Kurdistán—, es ahora en la mezquita donde produce sus ejemplares
más monumentales. Son cuatro, una cubre el comienzo de la nave central de la
ampliación de Alhaquem y tres la maxura (fig. 821). La primera, o del
Lucernario, está formada por cuatro gruesos arcos cruzados en ángulo recto, a
los que se agregan otros cuatro dispuestos oblicuamente. Los espacios cuadrados
y triangulares formados por esos arcos se enriquecen con diversas boveditas
decorativas gallonadas, o de nervios de este tipo cordobés. En las restantes se
pasa por medio de trompas a una planta octógonal, gracias a lo cual los nervios
forman una estrella de ocho puntas.
(fig. 821) Cúpula de la maxura
Al estilo califal cordobés
pertenece también la mezquita toledana denominada hoy del Cristo de la Luz (fig.
822). De cruz griega inscrita en un cuadrado, según modelos bizantinos, es de
pequeñas proporciones y tiene sobre cada uno de sus nueve tramos otras tantas
bóvedas de nervios del tipo califal citado. Sus columnas y capiteles son
aprovechados. En su exterior ofrece ya el empleo simultáneo de la mampostería y
el ladrillo, que hace escuela en Toledo.
(fig. 822) Mezquita toledana denominada con posterioridad del
Cristo de la Luz
Una confusa inscripción en este
último material fecha la mezquita el año 999 y nos dice que el arquitecto es
Musa-ibn-Alí. Aunque obra ya del siglo XII, y labrada, por tanto, en el Toledo
cristiano, se mantiene dentro de las normas del Cristo de la Luz, la mezquita de
las Tornerías (fig.s. 823), labrada por los mudéjares en aquella fecha.
(fig. 823) Exterior e interior de la mezquita de las Tornerías en
Toledo
La gran obra de la arquitectura
civil que, aunque en ruinas, poseemos de tiempos del Califato, es el palacio de
Medina Azzahra (fig. 824), construido en las cercanías de Córdoba por
Abderrahman III para su favorita Zahra (Flor), donde trabajan desde el 936,
durante veinticinco años, unos diez mil obreros, y, al parecer, se emplean
materiales traídos incluso de África y Bizancio. Palacio de tamaño excepcional,
con numerosas dependencias de carácter administrativo, los testimonios de
quienes lo vieron habitado por la corte nos hablan de salones como el de los
Califas, con cubierta de mosaico, ventanales de alabastro, una pila de pórfido
llena de azogue en el centro y una perla de enorme tamaño, regalo del emperador
bizantino, pendiente del techo.
Las partes más monumentales
excavadas hasta ahora son el gran salón de Abderrahman III, de cinco naves, y
sobre todo el salón rico (fig. 825) del mismo califa, algo menor, de tres naves
separadas por columnas, pero mucho más lujosamente decorado. Sus grandes
tableros de ataurique, sus pilastras y capiteles están fechados hacia 955 y
firmados por artistas, algunos de los cuales son los que trabajan poco después
en el mihrab de la mezquita de Córdoba.
(fig. 824) Palacio de Medina Azzahra. Abderrahman III
(fig. 825) Salón rico del palacio de Medina Azzahra
EL SIGLO XI. LA ALJAFERÍA
.—Al hundirse el califato de
Córdoba y formarse en sus diversas regiones los reinos de taifas, el arte
cordobés continúa evolucionando en varios de éstos en el mismo sentido barroco
imperante en la gran mezquita ampliada por Alhaquem. Sabemos que en alguna de
estas cortes de taifas, como la de Sevilla, el desarrollo cultural y artístico
llega a gran altura, pero la única de que conservamos monumentos arquitectónicos
de cierta importancia es la zaragozana de los Beni Hud. Los escasos restos
existentes todavía en el Palacio de la Aljafería, residencia de aquellos
soberanos, las arquerías trasladadas a los Museos Arqueológicos de aquella
ciudad y de Madrid, una cornisa y algunos capiteles, es todo lo que poseemos del
espléndido monumento del siglo XI (fig. 826).
(fig. 826). Palacio de la Aljafería
En el estilo de la Aljafería se
exalta aún más el gusto por lo decorativo, que se ve favorecido por la blandura
de los materiales preferidos, el alabastro y el yeso, muy a propósito para
labrar en ellos cualesquier clase de temas ornamentales.
Las principales novedades del
arte zaragozano se refieren al capitel y el arco. El capitel se alarga mucho (fig.
827) y, además, en el deseo de aumentar su riqueza, se decora en cada una de sus
hojas, con una segunda serie de otras hojas menores. Al relegarse a segundo
término el arco de herradura, pasa a primer plano el lobulado, que no tarda en
resultar, a su vez, insuficiente para la fantasía cada vez más desbordada de los
arquitectos. Se sitúa entonces en primer plano el arco mixtilíneo, en el que las
curvas alternan con las líneas rectas y las quebradas, siendo normal que en la
parte del salmer se disponga un lóbulo convexo. Tallados en gruesas placas de
alabastro, no son en realidad arcos, sino tableros decorativos.
(fig. 827) Oratorio palacio de la Aljafería
El sistema califal de cruzar y
entrelazar los arcos es llevado a su último extremo. El primer paso consiste en
fundir y entrelazar los arcos de herradura con los mixtilíneos —Oratorio—, lo
que, como es lógico, crea un conjunto recargadísimo y desconcertante. Pero lo en
verdad extraordinario es la manera de hacer cabalgar unos arcos sobre otros.
En el siglo X los arcos conservan
su posición natural, es decir, mantienen sus salmeres al mismo nivel, cabalgando
cada arco sobre las claves de los inferiores (fig. 828). Ahora no hay
inconveniente en decorar el trasdós de un gran arco lobulado con una serie de
otros arcos menores, que apoyan sobre cada dos o tres de sus lóbulos, serie
sobre que se apoya por sus claves otra invertida, creando así una amplísima faja
o rosca formada por esta complicada red de arcos.
(fig. 828) Arcos mistilíneos y cruzados palacio de Aljafería
Tanto los capiteles como la
cornisa del museo de Zaragoza son buen testimonio de cómo el ataurique o
decoración vegetal cordobesa de tipo bizantino ha evolucionado en el sentido de
preferir un follaje más fino, pero también más monótonos. La (fig. 829) permite
comparar el amplio y variado ritmo de los tallos del ataurique califal con el
más espiriforme y monótono del siglo XI.
(fig. 829) Capiteles y decoraciones vegetales, palacio de
Aljafería
La única parte importante del
palacio de la Aljafería conservada in situ es el Oratorio de planta octogonal,
con el mihrab en uno de sus lados y un gran friso de arcos mixtilíneos y de
herradura entrelazados. Las hojillas abiertas a ambos lados de las cabezas de
las dovelas anuncian el futuro arco almohade y granadino de trasdós lobulado.
De este mismo período se conserva
parte del palacio de la Alcazaba de Málaga, recientemente restaurado, y en el
que aparece ya bastante evolucionado el estilo califal (fig. 830).
(fig. 830) Interior Alcazaba de Málaga
En Almería lo más valioso son las
murallas de su Alcazaba (fig. 831).
(fig. 831) Murallas alcazaba de Almería
Aunque la escultura en la
práctica no se cultiva, conservamos algún relieve califal con representaciones
figuradas. Los más importantes son los de pilas. La de la Alambra (fig. 832)
decora sus frentes con los viejos temas mesopotámicos del animal fiero devorando
o apresando al tímido.
(fig. 832) Pila de la Alhambra de Granada
Una de las industrias artísticas
que rayan a mayor altura en la época del califato, e inmediatamente posterior,
es la de las cajas de gran lujo labradas en marfil, bien de planta rectangular y
tapa, a veces ataudada o de forma cilíndrica (fig. 833). Su decoración es en su
mayor parte de ataurique, salpicada de animales, y en algún caso con historias
dentro de medallones lobulados.
(fig. 833) Bote de marfil con motivos árabes. Catedral de Zamora
Son producto de un taller
palatino que trabajaba al servicio del Califa mismo, aunque después también para
particulares. La inscripción del bote del Museo Arqueológico Nacional nos dice
que se hace en el año 964 para la esposa favorita de Alhaquem. Obra igualmente
de primer orden es la caja de la catedral de Pamplona (fig. 834). Trasladado el
taller cordobés, a la caída del Califato, a Cuenca, continúa produciendo en el
siglo XI, bajo la protección del rey de Toledo, obras como la caja del Museo
Arqueológico (1050), firmada por Abderrahmán ben Zeyan y dedicada al hijo de
aquél.
(fig. 834) Arqueta de marfil de la catedral de Pamplona
ARQUITECTURA ALMORÁVIDE Y
ALMOHADE
—A la disgregación del califato
en las pequeñas cortes de taifas, donde el rigor de las creencias islámicas se
relaja con rapidez, pone fin el dominio de los almorávides. Procedentes del
Sahara, y animados por un fervor mahometano digno de los primeros tiempos,
después de apoderarse del Noroeste de África vuelven a unificar el viejo
califato cordobés a fines del siglo XI, para ser, a su vez, desplazados, en el
siglo XII, por los almohades, o montañeses del Atlas, que, animados por un
puritanismo religioso aún más rigorista, dominan en Andalucía hasta que San
Fernando termina con su poder a mediados del siglo XIII.
Pueblos, tanto los almorávides
como los almohades, de costumbres sobrias y austeras, esencialmente incultos y
fanáticos, deben mirar con recelo el arte recargado y caprichoso de los
mahometanos españoles, y lo cierto es que el estilo por ellos impuesto en la
Península parece en un principio significar una pausa en la evolución barroca
del estilo zaragozano, sin perjuicio de reemprender más adelante rumbo análogo
y, sobre todo, utilizar, tanto en la Península como en África, artistas
andaluces.
Este estilo africano —el almohade
es, en realidad, una segunda etapa del almorávide— representa, en cuanto al
soporte, al abandonar la columna y volver de nuevo a la vieja tradición
mesopotámica abasí del pilar, una protesta contra los modelos cordobeses. Las
mezquitas almorávides y almohades no son, por tanto, de columnas, sino de
pilares (fig. 835).
(fig. 835) Mezquita de Tinmal, Marruecos
Nada tiene, pues, de extraño que
no se produzca un tipo de capitel de cierta originalidad. De los reproducidos en
la (fig. 829), ambos en la Alhambra, que se consideran almohades, el primero es
de canon muy alargado como los de la Aljafería, y sus hojas son como las
granadinas; el segundo es mucho más original y parece responder mejor al sentido
de la decoración almohade.
Los arcos preferidos por los
almorávides son los nacidos en los últimos días del califato, el de herradura
apuntado y el lobulado, al que se agrega en el salmer, como en Zaragoza, un
lóbulo convexo. Pero bajo los almohades la semilla barroca contenida durante
algún tiempo florece pujante, y hace que los lóbulos pierdan su posición radial,
y se dispongan verticalmente (fig. 836), lo que, unido al ritmo mixtilíneo del
arco del siglo XI, produce un arco falso que se diría inspirado en una cortina
recogida.
(fig. 836) Interior mezquita de al-Mansur en la Qasba de
Marrakech
Además de estos cambios del arco
mismo, se introducen novedades capitales en la forma y colocación del alfiz (fig.
837). De una parte no termina en el comienzo del arco, es decir, en la nácela de
la imposta donde apoya el arco, sino que con frecuencia se continúa corrido
hasta el suelo y, de otra, en lugar de ser tangente al trasdós o exterior del
arco, por los lados suele cortar parte de su rosca, y, en cambio, quedar a gran
distancia de su clave.
(fig. 837) Arco mezquita de Tinmal, Marruecos
Aunque mucho menos intensamente,
también transforman los arquitectos de este período la bóveda de nervios
multiplicando el número de éstos y haciéndolos mucho más finos (fig. 838).
(fig. 838) Bóveda de nervaduras de la alcoba oriental del Alcázar
de Sevilla
En el aspecto decorativo, las
novedades también son muy importantes. En primer lugar, se generaliza la red de
rombos formando arcos lobulares cabalgando sobre las claves de otros, llegando a
superponerse en el sentido de la profundidad dos redes de diverso grosor, pero
de la misma escala (fig. 839).
(fig. 839) Arcos lobulares de la Giralda de Sevilla
Aunque todavía se emplean poco,
en el período almohade se introducen los temas vegetales de la hoja alargada con
cáliz o sin él, y la doble hoja divergente y desigual que se repetirá hasta la
saciedad en los muros de la Alhambra. También se utilizan ya los lazos de los
mocárabes, los temas geométricos más importantes del futuro período granadino de
que se tratará en el capítulo XIX.
MEZQUITAS
.—Las principales mezquitas
almorávides son las de Tremecén (fig. 840) (1082) y de Argel, ambas con naves de
pilares y arco de herradura, en la última ligeramente apuntados, cruzadas por
arcos lobulados. En las dos, varias de las naves laterales se prolongan
flanqueando el patio. De gran riqueza decorativa es el mihrab de la de Tremecén
(1136), cuyo arco de herradura presenta el trasdós lobulado y descentrado. Sus
yeserías cuajadas de atauriques e inscripciones cúficas son ya de estilo casi
granadino, si bien falta aún la decoración de lacería. La bóveda de la maxura es
de traza cordobesa, aunque de nervios muy finos y calada. En las trompas hacen
su aparición los mocárabes.
(fig. 840) Cúpula y arcos de la mezquita de Tremecén
En España poseemos de este
período las ruinas de Castillejo de Monteagudo (Murcia), residencia campestre
que sirve de precedente a importantes construcciones posteriores. Este arte
almorávide es el que influye en monumentos sicilianos de esta época, como la
Capilla Palatina, la Zisa y la Cuba de Palermo.
Entre las varias mezquitas
construidas por los almohades en África debe recordarse, en primer lugar, la
Cutubiya (1146-1162) (fig. 841) de la ciudad de Marrakech de Marruecos, que es
de planta análoga a las almorávides, con nave transversal corrida en la quibla,
bóveda de nervios ante al mihrab, más otras en los extremos de aquella nave. Los
arcos son de herradura apuntada, pero en diversas partes aparecen otros
lobulados y mixtilíneos, que semejan colgaduras. En la decoración desempaña ya
papel destacado el lazo. El alminar es de cantería. Coronado por almenas de
gradas picudas, decora su parte superior un gran recuadro apaisado con ventanas
y rombos lobulados. En la parte inferior aparecen en uno de sus frentes dos
ventanas dobles encuadradas, en un caso, por un gran arco formado por otros
menores al estilo de la Aljafería, y, en el otro, por un arco mixtilíneo. En el
último cuerpo del alminar la red de rombos adquiere mayor desarrollo.
(fig. 841) Exterior e interior de la mezquita de la Kutubiya
Análogos caracteres ofrece la
mezquita de Tinmal (1156), la cuna del movimiento religioso almohade. En el
mihrab, de gran sobriedad decorativa, el arco es de herradura ligeramente
apuntado, tiene trasdós de lóbulos y alfiz con encuadramiento de lacería. Le
precede bóveda de mocárabes.
En Andalucía, donde tan amplio
desarrollo tiene el arte almohade, es muy poco lo conservado. De la gran
mezquita de Sevilla (1172), mandada construir por Abu Yacub y dirigida por Ahmad
ibn Baso, sólo queda parte del patio y el alminar. Era de diecisiete naves de
pilares y arcos de herradura apuntada. En el patio, la parte más decorada es la
puerta central, correspondiente al eje de la mezquita, cuyo arco muestra la faja
del centro del intradós rehundida, según costumbre almohade, y en ella tupido
follaje liso y alargado que anuncia la proximidad del estilo nazarí. La puerta
lateral se cubre con bóveda de mocárabes.
Lo que, en cambio, sí se conserva
en perfecto estado es su alminar, llamado modernamente la Giralda por la estatua
giratoria de la Fe con que se corona al adicionársele en el siglo XVI su
campanario renacentista. Decora cada uno de sus frentes una fila central de
ventanas encuadradas por ricos arcos mixtilíneos, y hasta aproximadamente la
mitad de su altura, estrechos paños laterales con decoración de rombos en dos
planos sobre arquerías ciegas. En la parte superior, y encuadrado por dos
listeles horizontales al gusto almohade, corona el cubo de la torre un paño
apaisado con análoga decoración. Sobre el segundo cuerpo más estrecho, hoy
oculto por la obra renacentista y decorado por red de rombos, descansan hasta
que las derriba en el siglo XIV un terremoto, tres enormes manzanas de metal
dorado y de tamaño decreciente. El acceso a la parte superior del alminar, como
en la Cutubiya, no es por escalera, sino por rampa, y los capiteles son
aprovechados de monumentos anteriores, tanto árabes, como visigodos y romanos.
Consta que abre sus cimientos el citado Ahmad ibn Baso y que la dirige después
Alí de Gomara. Se colocan las manzanas en 1198.
Digno hermano de la Giralda es el
alminar de Rabat (fig. 842), en Marruecos, también de fines del siglo XII, pero
que no llega a terminarse. De piedra como el de la Cutubiya, se distingue de la
Giralda principalmente por ordenarse su decoración en una sola calle muy ancha
en lugar de las tres de Sevilla. La vieja creencia de que tanto el alminar de la
Cutubiya como el de Sevilla y el de Rabat son de un mismo arquitecto, carece de
base.
(fig. 842) Alminar de Rabat
OTROS MONUMENTOS
.—Del palacio almohade de
Sevilla, aparte de las torres del Alcázar con la típica decoración de listeles
paralelos, se conoce la arquería del patio llamado del Yeso (fig. 843) y una
bóveda. En aquélla encontramos ya, dentro de las características generales del
estilo almohade, algunos rasgos que perdurarán en la arquitectura nazarí, tales
como el arco central mayor y los laterales menores y la red de rombos de yeso
calada. La bóveda es de traza cordobesa, pero de nervios muy finos, y tiene
mocárabes en su centro.
(fig. 843) Arquería del patio del Yeso del Alcázar de Sevilla
Aunque no labrados en tierra
sujeta a su dominio, sino en Castilla, son, por su estilo, almohades, dos
hermosos monumentos, a los que, por esa razón, puede considerarse igualmente
como mudéjares. Es el uno la capilla de la Asunción de las Huelgas, de Burgos,
con seguridad obra de moros andaluces, sin influencia alguna cristiana, y, tal
vez, antiguo salón del palacio de Alfonso VIII. Se cubre con bóveda cordobesa
octogonal de nervios finos, pero, sobre todo, se abre en ella un amplio y galano
arco mixtilíneo que probablemente permite formar mejor idea de lo que sería el
palacio almohade sevillano que los pobres restos conservados en el Alcázar.
El otro monumento de estilo
almohade es la sinagoga de Santa María la Blanca de Toledo, pero de ella se
tratará en el apartado de la arquitectura mudejar toledana.
De carácter diferente, y
construidas en tierra almohade, precisa recordar, por último, las murallas de
Sevilla, con barbacana o muro más bajo también almenado, y torres decoradas con
los típicos listeles horizontales paralelos. Parte de las defensas almohades de
la ciudad andaluza es también la Torre del Oro (1220 (fig. 844), situada a
orillas del río y en el extremo de un muro o coracha, que desde el Alcázar
conduce hasta ella. De planta dodecagonal, tiene escalera que se desarrolla en
torno a un núcleo hexagonal, siendo lo más interesante, desde el punto de vista
constructivo, el que la bóveda de esta escalera está formada por tramos
triangulares y cuadrados. El nombre de la torre, que no es sino traducción del
árabe primitivo, se debe, al parecer, a los azulejos dorados que un día la
decoraron.
(fig. 844) Torre del Oro. Sevilla
De planta octogonal y núcleo
cuadrado, presenta el mismo sistema de abovedamiento la torre de Espantaperros,
(fig. 845) de Badajoz. Como veremos, este alternar de bóvedas de planta
"triangular y cuadrada, ya comentado en la catedral carolingia de Aquisgrán
arraigará en la arquitectura cristiana posterior.
(fig. 845) Torre y bóveda de Espantaperros. Badajoz.
CAPÍTULO XIV
ARQUITECTURA
ROMÁNICA
EL ESTILO ROMÁNICO
LA COLUMNA, EL PILAR CRUCIFORME Y
EL ESTRIBO
EL ARCO Y LA BÓVEDA
DECORACIÓN
PUERTAS
EL TEMPLO
EL MONASTERIO
FRANCIA
INGLATERRA
ITALIA
ALEMANIA
ESPAÑA:
CATALUÑA
ARAGÓN Y NAVARRA
CASTILLA: LEÓN, FRÓMISTA Y
SANTIAGO COMPOSTELA
CIMBORRIOS LEONESES DEL SIGLO XII
SEGOVIA Y LA IGLESIA DE PÓRTICOS.
SORIA
ÁVILA
PORTUGAL
EL ESTILO ROMÁNICO
.—Como consecuencia de las
conquistas técnicas realizadas por las diversas escuelas nacidas en el antiguo
Imperio de Occidente, se forma hacia el siglo XI un estilo más sabio y uniforme,
denominado románico por razón análoga a la que hace llamar romances a las
lenguas derivadas del latín. Esa uniformidad es, en buena parte, debida a dos
motivos principales. Las Órdenes monásticas son ya muy influyentes en el período
prerrománico; pero ahora tiene lugar en la de los benedictinos una reforma que
contribuye poderosamente a la unificación de su vida. Esa reforma tiene su
origen en el monasterio de Cluny, fundado a principios del X, y su regla termina
imponiéndose a un millar de abadías diseminadas por todo Occidente, que
considera dependencias suyas.
Por otra parte, gracias a la
mayor seguridad que comienza a disfrutarse en el antiguo Imperio de Occidente,
se generaliza la costumbre de las peregrinaciones a Roma y Santiago de
Compostela, y esas peregrinaciones contribuyen también en no pequeño grado a la
internacionalización del arte románico. En torno a las rutas de los peregrinos,
y en sus puntos estratégicos, se levantan algunos de los principales templos y
monasterios románicos, y de ellos son buen ejemplo los que en nuestro país se
escalonan a lo largo del llamado «Camino de Santiago», que desde el Pirineo
conduce a los peregrinos hasta la tumba del apóstol.
La arquitectura románica, que,
como toda la cristiana medieval, es, sobre todo, de carácter religioso, crea un
tipo de templo abovedado bastante uniforme, muy lejano ya del puramente
basilical, y que, evolucionando, continuará viviendo a través del gótico hasta
los días del Renacimiento. Pero, además, da forma a un nuevo tipo de monumento
religioso, que es el monasterio. Edad de oro de la vida monacal, el monasterio
nace para responder a las necesidades de un nuevo tipo de vida y con toda la
personalidad y claridad de concepción que distingue a esta suerte de creaciones.
A pesar de sus varios cambios posteriores, el monasterio conservará durante
muchos siglos buena parte de los rasgos generales con que ahora se nos presenta.
Período éste en que la ciencia se encuentra en los monasterios, suelen ser
arquitectos los mismos monjes.
LA COLUMNA, EL PILAR CRUCIFORME Y
EL ESTRIBO
.—No obstante, los grandes
progresos técnicos que la arquitectura románica aporta a los estilos
occidentales anteriores, se diría que los maestros románicos siguen confiando
más en la gran masa de muros y bóvedas que en el equilibrio y en el justo
contrarresto de las presiones. Como el arquitecto no gusta de abrir grandes
vanos en sus gruesos muros y las ventanas son tan pequeñas y estrechas que a
veces semejan una saetera, como suele suceder en los ábsides, los interiores son
oscuros y mueven el espíritu al recogimiento. Ahora bien, el predominio del
macizo sobre el vano que distingue al estilo románico responde probablemente,
también en buen parte, al deseo de conseguir ese efecto.
En la arquitectura románica, que
ya no aprovecha elementos constructivos ni decorativos de los monumentos
romanos, el sentido de la proporción clásica desaparece por completo, y donde
este rompimiento con el pasado se ofrece más sensible es en la columna, cuyo
fuste deja de ser troncocónico y se hace cilíndrico. La proporción entre el
diámetro y la altura de la columna se olvida, y el arquitecto románico no tiene
inconveniente en dar el mismo grueso a la baja columna de un claustro que a la
altísima que, adosada a un pilar del templo, se eleva hasta la bóveda de la nave
mayor.
Perdido también el recuerdo de
los órdenes clásicos, todas las columnas (fig. 846) tienen basa con plinto, y el
fuste, o bien se conserva liso, que es lo más frecuente, o se estría, incluso en
zigzag, o se recubre de ornamentación vegetal.
(fig. 846) Columnas románicas
Como veremos, mientras el
arquitecto griego llega a reemplazar el fuste por la figura humana, el románico
lo que hace es adosarla a él (fig. 847).
(fig. 847) Columnas románicas con esculturas
El collarino, que en la columna
romana se labra en la parte superior del fuste, pasa a formar parte del capitel
(fig. 848), del que desaparece todo recuerdo de los órdenes dórico y jónico. Se
emplea, en cambio, el tipo de capitel cubierto de hojas, que, naturalmente,
deriva del corintio, aunque, salvo en algunos momentos o escuelas, el recuerdo
del acanto desaparece y el follaje es por completo distinto.
(fig. 848) Capitel románico
El artista románico no se
contenta, sin embargo, con estos capiteles de abolengo clásico más o menos
desfigurados. Con este ritmo insistente y tortuoso que caracteriza su decoración
vegetal, alarga esos tallos vegetales y los entrelaza una y otra vez hasta crear
un caprichoso enrejado de formas vegetales, ya sin parentesco alguno con el
diáfano orden de las hojas de acanto clásico.
Llevado por el impulso de su
vieja sensibilidad nórdica, el decorador románico nos descubre en estas
decoraciones su sangre bárbara, triunfante después de varios siglos de educación
clásica. Y esa misma sensibilidad, avivada por las enseñanzas de marfiles
hispano-árabes, telas y decoraciones orientales, le lleva a entretejer con esos
elementos vegetales figuras de animales, e incluso humanas, bien reales, aunque
muy estilizadas para acoplarse a las exigencias de la decoración, o monstruosas
y fantásticas. Son figuras animadas que se retuercen, estiran o abultan
caprichosamente, se muerden o forcejean entre sí, revelando una inquietud y una
tensión espiritual que representa el extremo opuesto del reposo y la diafanidad
helénica (fig. 849).
(fig. 849) Capitel románico. Santo Domingo de Silos
Si la sensibilidad anticlásica
crea estos dramáticos capiteles cargados de monstruos, el sentido didáctico y
evangelizador de la Iglesia convierte a su vez el capitel en un relieve corrido
en que se recuerdan las historias del Antiguo y del Nuevo Testamento (fig. 850).
Una vez creado este nuevo tipo de capitel historiado, netamente cristiano, los
artistas introducen temas tomados de la fábula, como el apólogo, género tan
característicamente medieval, y escenas de los oficios más relacionados con el
arte de la construcción.
(fig. 850) Capiteles románicos con imagenes bíblicas. San Juan de
la Peña
Al reemplazar el arquitecto
románico la techumbre de madera por la bóveda con arcos de refuerzo
transversales o , y hacerla cabalgar sobre arquerías, le es necesario recibir no
sólo, como hasta ahora, los arcos de éstas paralelos al eje del templo o arcos
formeros, sino también los transversales o perpiaños. Como para recibir bien ese
doble juego de arcos son insuficientes la columna y el pilar rectangular, nace
un nuevo tipo, bastante más rico, de sección cruciforme (fig. 851), es decir,
con un cuerpo resaltado para cada uno de los cuatro arcos (A). Dado este paso,
la evolución y enriquecimiento del pilar románico es una consecuencia natural.
Al ser los arcos no sencillos, sino con otro resaltado más estrecho en su
intradós, cada uno de los frentes recibe también un nuevo resalto central (B),
que, para mayor efecto de riqueza, no hay inconveniente en transformar en una
columna adosada (C). El empleo de la bóveda de arista, que con la de cañón es la
preferida del románico, introduce, a su vez, una nueva columna de menor grueso
en el ángulo entrante del pilar (F), y se comprenderá que, dada la tendencia al
recargamiento propio de toda evolución artística, el primitivo pilar cruciforme
llegue a convertirse en un haz de columnas (G) y molduras verticales que, como
veremos, lleva en sí el germen del futuro pilar gótico.
(fig. 851) Formas de pilares
Si el sistema abovedado con arcos
de refuerzo transforma en el interior el pilar en la manera descrita,
exteriormente de lugar a un gran número de estribos, que son su resalto, su
verticalidad y su paralelismo, contribuyen a la decoración de las fachadas
laterales.
Descritas las principales
novedades del soporte románico, consecuencia del nuevo sistema de cubierta,
veamos las características de ésta.
EL ARCO Y LA BÓVEDA
.—El arco preferido es el de
medio punto de sección rectangular. Impulsado por el natural deseo de
enriquecerlo, el artista románico no tarda en doblarlo, es decir, en resaltar en
su intradós otro más estrecho, y en decorar sus ángulos con dos toros o molduras
de sección semicircular, y dado este primer paso, el proceso evolutivo continúa
multiplicando molduras cóncavas y salientes, tanto rectilíneas como quebradas,
aligerándolo de masa. Ya veremos, al tratar de las puertas, cómo el proceso de
enriquecimiento del arco no se limita a la multiplicación de molduras.
Ya queda dicho cómo las bóvedas
preferidas de la arquitectura románica son la de cañón semicircular con arcos de
refuerzo y la de aristas. En cuanto a las de tipo esférico, emplea tanto la
bóveda sobre trompas como la cúpula y la de cuarto de esfera, esta última en los
ábsides. Utiliza también la esquifada (fig. 852).
(fig. 852) Tipos de bóvedas románicas
Aunque el estribo sirve para
contrarrestar el empuje de la bóveda de cañón concentrado en los arcos fajones,
y los muros son gruesos, la multiplicidad de las naves, la doble planta que a
veces existe en las laterales que a ella desembocan, crean numerosos problemas
de equilibrio que el arquitecto románico procura resolver contraponiendo unas
bóvedas a otras para que contrarresten sus mutuos empujes.
LA DECORACIÓN
La decoración es otro de los
aspectos donde la novedad del estilo románico se manifiesta más poderosa. El
repertorio de temas geométricos (fig. 853) está constituido principalmente por:
el ajedrezado (A); los billetes (B); las puntas de sierra (C); el baquetón en
zigzag (D); las filas de arcos o besantes (E); clavos (F), etcétera.
(fig. 853) Temas decorativos geométricos
En cuanto a los temas vegetales y
animales, ya quedan expuestas sus principales características al tratar de los
capiteles.
Las partes del edificio donde el
arquitecto románico concentra toda esta decoración son las portadas, los
capiteles del interior del templo y de los claustros, y las cornisas o aleros.
Pero, además de esta decoración esculpida en piedra, existe la gran pintura al
fresco, equivalente a la del mosaico bizantina, que cubre de historias sacras
los ábsides y las paredes interiores del templo.
PUERTAS
Las bellas consecuencias
decorativas del doblamiento del arco no sólo en el arco mismo, sino en el pilar,
que adquiere sección escalonada y se reviste de columnas, lleva al arquitecto
románico a concebir la puerta como una serie de arcos de tamaño decreciente y
progresivamente rehundidos o arquivoltas, que exigen en el muro una sección
igualmente escalonada, y que, como los pilares, se decoran con columnas. Debido
a ello, la puerta románica tiene un aspecto abocinado (fig. 854) muy típico, que
persistirá en el gótico. El arco de puerta, como el frontón clásico, suele tener
tímpano, y si la puerta es muy ancha, se refuerza el dintel sobre que descansa
ese tímpano con un soporte central o parteluz (fig. 855). Pero la decoración no
se reduce a estos elementos puramente arquitectónicos.
(fig. 854) Portada de Iglesia Románica
(fig. 855) Portada de la basílica de San Vicente de Ávila
En las portadas de cierto lujo el
escultor no duda en adosar estatuas a las columnas y en disponer en forma
radial otras pequeñas en las arquivoltas. Como es lógico, la parte donde la
escultura adquiere mayor desarrollo es el tímpano, que se dedica a algún tema
grandioso, como el apocalíptico del Todopoderoso, rodeado por los animales
simbólicos de los Evangelistas o Tetramorfos (fig. 856).
(fig. 856) Tímpano de la Portada de San Trófimo de Arlés
En el alero o cornisa, las
cabezas de los pares simulados en piedra presentan un variado repertorio de
temas vegetales o animales. A veces esas cabezas se ligan, formando una arquería
ciega, bajo la que se cobijan monstruosas figurillas.
EL TEMPLO
.—Aunque se conservan también
monumentos románicos de carácter civil, la mayoría de los existentes son templos
y monasterios.
El templo románico es de planta
de cruz latina, de una o varias naves longitudinales terminadas en su cabecera
en capillas semicirculares o ábsides, y una transversal o crucero. El tramo
producido por la intersección de éste y la nave mayor se llama también crucero (fig.
857). Cuando el templo tiene más de una nave, si las laterales dan la vuelta por
detrás de la capilla mayor, esa parte de las naves laterales constituye la
girola o deambulatorio. Tanto a ésta como a la nave del crucero suelen comunicar
capillas semicirculares simétricamente dispuestas, que contribuyen en alto grado
al enriquecimiento y belleza de la composición exterior del templo, no sólo con
su volumen, sino con la decoración de sus aleros y sus ventanas. El gran número
de estas capillas parece que tiene su origen en la necesidad de aumentar los
altares en los monasterios para que oficien sus muchos monjes.
(fig. 857) Planta Catedral de Santiago de Compostela
En planta Santiago de Compostela
es una iglesia de cruz latina de tres naves, la central de diez metros de
anchura y cubierta con bóveda de cañón con fajones y las laterales de cinco
metros y cubierta con bóvedas de arista.
En cuanto al interior de la
iglesias románicas, ya quedan descritos los pilares cruciformes, que son el
soporte más frecuente, si bien en algún caso son reemplazados por columnas muy
gruesas o pilares cilíndricos, o alternan con ellos (fig. 858).
(fig. 858) Pilares cilíndricos de la Catedral de Durham
La cubierta, o es de cañón en
todas las naves, o se reserva ésta para la central, empleándose la de aristas en
las laterales. En algunas escuelas se cubren las naves laterales con bóvedas de
cuarto cañón para contrarrestar los empujes del cañón de la central (fig. 859),
sistema, como veremos, de fecundas consecuencias. A veces el arquitecto, y ello
significa ya un progreso considerable, no se limita a aprovechar la mayor
elevación de la nave central para abrir una fila de ventanas, sino que labra en
ese desnivel sobre las naves laterales un segundo piso o tribuna con ventanas a
la nave central.
(fig. 859) Iglesia románica con bóvedas laterales de cuarto de
cañón
El tramo mismo del crucero, sobre
todo, por influencia bizantina, adquiere gran importancia. Se suele cubrir con
bóveda de mayor elevación, o cimborrio, que, por las proporciones cuadradas del
tramo, suele ser de trompas o cúpula sobre pechinas. La altura del tambor le
presta a veces proporciones sumamente esbeltas (fig. 860), (fig. 861).
(fig. 860) Torre del Gallo. Salamanca
(fig. 861) Bóveda Torre del Gallo. Salamanca
Además de este tipo de templo de
cruz latina, se emplea, aunque es mucho menos frecuente, el de varios ejes de
simetría, de planta circular o poligonal. Por ser de esta forma el del Santo
Sepulcro (fig. 862), es el adoptado en las iglesias de los Templarios.
(fig. 862) Planta del Santo Sepulcro en Jerusalén
El campanario, que en las
iglesias bizantinas de Rávena es de sección cilíndrica y está aislado, aunque en
alguna escuela conserva esa forma, se incorpora al edificio mismo del templo. Su
emplazamiento más frecuente es la fachada principal, pero otras veces se sitúa a
los lados, y en algunas escuelas junto al crucero (fig. 863). Con la
incorporación del campanario al edificio de la iglesia, el templo románico queda
totalmente creado.
(fig. 863) Catedral de Worms
EL MONASTERIO
Ya hemos dicho cómo una de las
grandes aportaciones de la arquitectura románica es la creación del monasterio.
Establecido en el campo o en las afueras de las poblaciones, y dedicados los
monjes a la oración y el estudio, el monasterio posee también grandes
propiedades territoriales, de cuyos productos vive la comunidad, implicando todo
ello una serie de actividades espirituales y materiales, que se reflejan en la
distribución del edificio (fig. 864).
(fig. 864) Planta Monasterio de Poblet
1. Iglesia; 2. Refertorio; 3.
Claustro; 4. Sala Capitular; 5. Dormitorio; 6. Escritorio; 7. Murallas; 8.
Estancia conversos; 9. Puerta principal.
Adosado al cuerpo del templo, es
de rigor un gran patio o claustro, que sirve de núcleo central al monasterio,
sin perjuicio de completarse con otros menores. El claustro es de arquerías
sobre columnas de escasa altura, y con frecuencia pareadas, que descargan sobre
un podio o pedestal corrido. A esas galerías, en que transcurre buena parte de
las horas de descanso de los religiosos, desembocan las principales
dependencias. En lugar preeminente se encuentran la sala capitular y el
refectorio o comedor; ambos con bancos de obra de fábrica corridos en su torno,
y el refectorio con un pulpito también de material pétreo para el que lee
durante la comida de la comunidad. A veces de la galería del claustro a que
comunica el refectorio avanza hacia el interior del patio un pequeño templete
que sirve de lavabo. En lugar inmediato al refectorio se encuentran las cocinas
y la despensa. En el mismo gran patio central suele estar también la librería (fig.
865).
(fig. 865) Dependencias del Monasterio de Poblet
En lugares más alejados se hallan
los diversos almacenes, entre los que figuran el granero, la bodega, etc.
Generalmente, en la planta alta de ese claustro principal y en otros secundarios
se encuentran las celdas de los monjes. se completa el monasterio con una
huerta.
FRANCIA
. — Aunque no sea la arquitectura
románica creación exclusivamente francesa, adquiere en Francia tal desarrollo y
produce en ella monumentos tan capitales, que debe colocarse a la cabeza de los
restantes países que cultivan ese estilo. Pueden distinguirse varios grupos.
En primer lugar, en la comarca
central se forma ya durante la primera mitad del siglo XI, el importante tipo de
iglesia llamado de peregrinación, con bóveda de cañón, arcos doblados, girola
con capillas radiales y dos plantas en las naves laterales, representando por la
iglesia de Santa Fe de Conques (1039-1065 (fig. 866), obra del maestro Hugo.
(fig. 866) Iglesia y planta de Santa Fe de Conques
Hacia el año 1083 se comienza más
al sur, en Tolosa, la iglesia de San Saturnino, que, como veremos, se relaciona
íntimamente con nuestro Santiago de Compostela. Es de cinco naves, con girola y
capillas radiales, más las que se abren en la nave de crucero, y gran torre en
el centro de éste (fig. 867).
(fig. 867). Iglesia y planta de San Saturnino en Tolouse
Grupo muy destacado dentro de la
arquitectura románica francesa es el constituido por las iglesias con cúpulas o
bóvedas sobre trompas. Su centro se encuentra en la región del Perigord y el
Angoumois. El monumento más antiguo es la catedral de Cahors (1119), de una sola
nave y con una cúpula en cada uno de sus dos tramos, pero las más importantes
son las de Angulema, ya con cuatro cúpulas, y San Front de Perigueux (1120-1170
(fig. 868), (fig. 869), de planta de cruz griega y tres naves, con cinco cúpulas
como en los Santos Apóstoles de Constantinopla y San Marcos de Venecia.
(fig. 868) Planta de las catedrales de Cahors, Angulema y San
Front de Perigueux
(fig. 869) Catedral de San Front de Perigueux
Como consecuencia de ensayos
realizados en el siglo XI, encontramos principalmente en el Poitou, y en toda la
región comprendida entre el Loira y el Garona, otro tipo de iglesia con las tres
naves cubiertas a la misma altura. En el Poitou, además, se suelen decorar tanto
los muros interiores como los exteriores con numerosas arquerías. Tal vez el
monumento más representativo de esa estructura y de esa decoración es Nuestra
Señora la Grande, de Poitiers, cuya fachada se encuentra materialmente cubierta
de temas geométricos, vegetales y figurados (fig. 870).
(fig. 870) Nuestra Señora la Grande, de Poitiers
El aspecto más interesante de la
escuela borgoñona es el de sus monasterios de benedictinos, en los que, como
hemos visto, se crea un tipo de arquitectura monástica que se difunde por toda
Europa con el nombre de cluniacense. El monasterio de Cluny, gracias a varios
abades excepcionales, después de reformar las relajadas costumbres de sus
monjes, logra imponer la reforma en una serie de monasterios de él dependientes.
Pero, además de esta reforma de tipo religioso, al reconstruir su nueva casa
(1088-1131), fija las principales normas monumentales para los monasterios de la
Orden.
La iglesia de Cluny (fig. 871),
destruida, por desgracia, durante la Revolución francesa, era de cinco naves, la
central de cañón apuntado y las colaterales de arista, todas ellas de altura
decreciente, más dos transversales de crucero con capillas. Tenía girola, a la
que se abrían cinco capillas. Ante su fachada principal se levanta un pequeño
cuerpo anterior de tres naves, con sus torres, que constituía como una iglesia
secundaria. El exterior se caracterizaba por el gran número de torres, pues
además de las dos de los pies, destinada la una a archivo y la otra a prisión,
existían en el centro del crucero principal la gran torre cuadrada llamada de
las lámparas, dos octogonales de análoga altura a los lados y otras pequeñas en
los ángulos. Completaba el conjunto una torrecilla o cimborrio en el crucero
inmediato a la capilla mayor.
(fig. 871) Restos y planta de la iglesia de Cluny
En cuanto a la organización del
monasterio, respondía a las características generales ya descritas.
El gran poderío y riqueza de los
cluniacenses que hemos visto reflejarse en las numerosas torres que coronaban su
casa matriz, no tarda en manifestarse en una riqueza decorativa cada vez más
exuberante y fantástica.
En Provenza, la tierra más
romanizada, el románico se distingue por la simplicidad de sus estructuras. No
suelen sus iglesias tener girola y las azoteas de sus cubiertas y sus gruesas
torres cuadradas prestan al conjunto un aspecto de grandes masas cúbicas.
Algunos de sus templos principales son de una sola nave, con bóveda de cañón
contrarrestada por otras menores de escasa profundidad dispuestas
transversalmente. En San Trófimo de Arles, la nave central, muy elevada, se
cubre con bóveda de cañón apuntado, contrarrestada en las laterales por las de
cuarto de cañón (fig. 872). Tanto su fachada como la de San Gil, de la misma
población, con sus entablamentos, acantos, pilastras estriadas y temas
ornamentales clásicos, nos ponen bien de manifiesto la profunda influencia
ejercida por los viejos monumentos romanos de la ciudad.
(fig. 872) Iglesia San Trófimo de Arles
En Normandía, la bóveda,
principal preocupación de los arquitectos románicos, desaparece, tanto en la
nave del centro como en la segunda planta de las laterales, que, lo mismo que
aquélla, se cubren de madera. Debido al mismo deseo de esquivar dificultades, se
renuncia a la girola. En cambio, además de las dos torres de fachada, suele
existir otra cuadrada en el crucero. Este sentido simplificador lleva a emplear
casi exclusivamente la decoración geométrica, reduciendo al mínimo la de
carácter vegetal.
INGLATERRA
Como consecuencia de la conquista
normanda, Inglaterra, desde el punto de vista artístico, es ya, en la segunda
mitad del siglo XI, una prolongación de Normandía. Sus catedrales, de naves muy
largas y cruceros muy acusados, tienen, en el tramo central de éstos, un gran
cimborrio cuadrado con proporciones de torre; suelen tener tribuna, y la nave
central se cubre de madera o ya con bóvedas de ojivas. En la decoración dominan
los temas rectilíneos, y en el conjunto general del edificio las formas cúbicas.
El edificio románico más antiguo
de Inglaterra es la capilla de la Torre de Londres, que se considera construida
por Guillermo el Conquistador (fig. 873).
(fig. 873) Capilla de la Torre de Londres
Monumentos capitales son las
catedrales de Winchester (1079), Ely (1080), (fig. 874); Gloucester (1089) y
Norwich (1096 (fig. 875).
(fig. 874) Catedrales de Winchester y Ely
(fig. 875) Catedrales de Gloucester y Norwich
La Catedral de Durham (1094), es
particularmente importante, por sus bóvedas de ojivas, que la convierten en el
primer templo gótico (fig. 876).
(fig. 876) Catedral de Durham
ITALIA
.—En el valle del Po la
arquitectura románica presenta caracteres muy diferentes a los del resto de
Italia. Su estilo es el llamado lombardo, denominación que en un tiempo se dio a
todo el románico, por creérsele nacido en Lombardía. Hoy sabemos que el estilo
lombardo aporta algunos temas ornamentales, pero no la estructura del templo
románico.
Frecuentes en la arquitectura
lombarda son los arquillos ciegos de escaso relieve de las cornisas, las fajas,
también poco resaltadas, que recorren verticalmente el muro, y el capitel, de
proporciones cúbicas y redondeado en su parte baja. De la mayor importancia son
las galerías, de arcos que suelen recorrer la parte más alta de los muros
exteriores de los templos, los ábsides, el crucero, el cimborrio y la fachada
principal. También son típicos los pórticos resaltados sobre columnas que
descansan en animales.
Monumentos representativos de la
arquitectura lombarda son San Ambrosio, de Milán (fig. 877), que se reconstruye
en el siglo XI; San Miguel de Pavía (fig. 878), la catedral de Parma (fig. 879),
la de Módena (fig. 880), y la de San Zenón de Verona (fig. 881).
(fig.s. 877) San Ambrosio, de Milán
(fig. 878) San Miguel de Pavía
(fig.s. 879) Catedral de Parma
(fig. 880) Catedral de Módena
(fig. 881) San Zenón de Verona
----------
Además de este capítulo lombardo,
la arquitectura italiana de ese período ofrece otros dos: el romano y el toscano,
en los que la persistencia clásica nos dice claramente la actitud italiana
frente a los estilos nórdicos.
En Roma, como es natural, la
tradición de las viejas basílicas deja sentir su peso en las iglesias que se
construyen en esta época. La mayor novedad del románico romano se refiere a la
técnica del mármol decorado con mosaicos de colores. Difundida, al parecer,
desde Monte Cassino, deja sus mejores monumentos en los claustros, pórticos,
pulpitos y pavimentos romanos. Como en este género de trabajo se distingue una
familia cuyos últimos miembros se llamaban Cosme, se le conoce impropiamente con
este nombre. Monumentos de primer orden son los claustros de las iglesias de
Letrán (fig. 882) y de San Pablo extramuros, ambos ya de la primera mitad del
siglo XIII (fig. 883).
(fig. 882) Claustro de la iglesia de Letrán
(fig. 883) Claustro de la iglesia de San Pablo extramuros
En Toscana, el románico nos
ofrece el grupo florentino, cuya obra maestra es San Miniato, del siglo XI (fig.
884), de tipo basilical, con cubierta de madera y muros revestidos con placas de
mármoles de colores diversos, es decir, siguiendo los modelos clásicos, y el
pisano. El Baptisterio de Florencia (fig. 885), que es de planta ortogonal,
tiene esa misma clase de revestimiento.
(fig. 884) Iglesia de San Miniato
(fig. 885) Baptisterio de Florencia
Pisa, la ciudad la más rica de
Toscana en el siglo XI, construye uno de los conjuntos arquitectónicos más
bellos e impresionantes de la Edad Media: la Catedral, la Torre y el
Baptisterio. Ya el hecho de labrarlos en un campo aislado para que luzcan
plenamente todas sus fachadas denota el sentido monumental de quienes los
conciben. La Catedral (1063-1118 (fig. 886), (fig. 887), obra de los maestros
Burgueto y Reinaldo, de arquerías sobre columnas, como en las viejas basílicas,
es de cinco naves y tiene crucero de tres naves, con gran cúpula de bóveda
ovalada en el centro. Las cubiertas son de bóveda de arista en las naves
laterales y de madera en las centrales. De mármol blanco y oscuro, en fajas
alternadas, se completa la decoración exterior, con arquerías decorativas de
estilo lombardo, que en la fachada principal forman varios pisos.
(fig. 886) Catedral de Pisa
(fig. 887) Interior Catedral de Pisa
El Baptisterio (1153 (fig. 888),
de planta circular, y aislado del templo, según la costumbre italiana, es obra
del maestro Diotisalvi. La galería primitiva exterior del segundo cuerpo se
labra posteriormente en estilo gótico.
(fig. 888) Baptisterio de Pisa
En la Torre (1174 (fig. 889),
debida al alemán Guillermo y al pisano Bonnano, las arquerías, como en el templo
clásico, envuelven totalmente el cuerpo del edificio. Su desplome data de los
días mismos de su construcción.
(fig. 889) Torre de Pisa
El Campo Santo (1188), (fig.890),
que completa el espléndido conjunto formado por los monumentos anteriores,
aunque se comienza en este período, debe su personalidad a la tracería gótica de
sus vanos interiores.
(fig.890) Campo Santo de Pisa
ALEMANIA
En la arquitectura románica
alemana, uno de los rasgos más característicos es el empleo del ábside, no sólo
en el testero, sino a los pies de la nave mayor, según la tradición carolingia.
El monumento más representativo de esa corriente nacional es la iglesia de
Hildesheim (1033 (fig. 891), con cubierta de madera sobre pilares alternados con
columnas, capiteles cúbicos y dos naves de crucero.
(fig. 891) Planta y alzado de la iglesia de San Miguel de
Hildesheim
En el tipo de templo generalizado
en la región renana, la más importante de Alemania para la arquitectura
románica, además del doble ábside citado, son también rasgos persistentes las
torres cilíndricas pareadas de los pies y del testero, y el empleo de la bóveda
de aristas, tanto en la nave central como en las laterales, lo que hace que a
cada tramo de aquélla correspondan dos de éstas. Por influencia lombarda se
decoran los exteriores con arquillos ciegos, listeles verticales y galerías de
arcos. Monumentos representativos de la escuela renana son las catedrales de
Works (fig. 892), Maguncia (fig. 893), Spira (fig. 894) y Santa María de Laach (fig.
895).
(fig. 892) Catedral de Worms
(fig. 893) Interior y planta de la Catedral de Maguncia
(fig. 894) Catedral de Spira
(fig. 895). Interior y planta de la Catedral de Santa María de
Laach
Capítulo especial merecen las
iglesias de Colonia, la de Santa María en Capitolio (fig. 896) y la de los
Santos Apóstoles (fig. 897), por sus cabeceras treboladas, y la de San Gereón (fig.
898), por su planta de tipo central.
(fig. 896) Iglesia de Santa María en Capitolio
(fig. 897) Interior y planta de la Iglesia de los Santos
Apóstoles
(fig. 898) Iglesia de San Gereón
CATALUÑA
.—Cuando el arte asturiano ha
producido algunas obras muy bellas y valiosas, desde el punto de vista
constructivo, que llevan en sí el germen de futuros progresos, y cuando
comienzan a fecundar nuestra arquitectura cristiana los inmigrados mozárabes, la
invasión del estilo románico, mucho más pujante, termina anulando estos primeros
brotes de una arquitectura propia.
Los principios de la arquitectura
románica en Cataluña se encuentran sujetos a las influencias carolingia y árabe.
Testimonio de la primera es San Pedro de las Puellas, de Barcelona (945), y de
la segunda, varios capiteles y elementos decorativos de manifiesta ascendencia
califal en diversos templos. De 941 se considera la pequeña iglesia de Santa
María de Amer, de tres naves por completo abovedadas, terminadas en otros tantos
ábsides, que se ha citado como el monumento de este tipo más antiguo de
Occidente de fecha conocida. En 1022 encontramos ya la interesante y original
iglesia de San Pedro de Roda (fig. 899), con girola y pilares con columnas
superpuestas. En sus capiteles, ricamente decorados, parece persistir la
tradición árabe.
(fig. 899) Interior y planta de la Iglesia de San Pedro de Roda
Pero lo más característico del
románico catalán frente las restantes escuelas peninsulares es la intensa
influencia lombarda.
Avanzado ya el primer cuarto de
siglo, el comienzo de esa influencia coincide con una intensa actividad
arquitectónica. Los canteros lombardos, en unos veinticinco años, cubren
Cataluña de templos de varios tipos bastante uniformes. De una o más naves, en
este caso separadas por pilares, y otra de crucero, todas ellas abovedadas, y de
pórticos y fajas verticales lombardas. Muy típicas y bellas son sus grandes y
esbeltas torres de planta cuadrada —Cuixá (fig. 900), Tahull (fig. 901)— y a
veces cilíndricas —Santa Coloma de Andorra (fig. 902)— con ventanas geminadas.
Por lo general, se levantan aisladas, pero también aparecen unidas al templo, en
alguna ocasión sobre el crucero mismo.
(fig. 900) Abadía de San Miguel de Cuixá
(fig. 901) Iglesia San Clemente de Thaull
(fig. 902) Iglesia Santa Coloma de Andorra
Tal vez la iglesia de tipo
lombardo más antigua sea Santa María de Rosas (1022). Pero quien debe de
contribuir de manera más decisiva a la difusión del estilo es el famoso abad de
Ripoll, Oliva. Al parecer, el cuerpo del templo de aquel monasterio (fig. 903),
de cinco naves con gruesos pilares lisos y otros menores alternando con
columnas, es de tiempos de su padre, el conde Oliva (970-977). El abad Oliva lo
que hace en 1032 es añadirle un cuerpo de fachada con dos grandes torres, y su
amplio crucero con siete ábsides, todo ello con la típica decoración lombarda de
arquillos ciegos en fila y fajas verticales. Desgraciadamente, el monasterio,
muy destruido en el siglo XIX, se reconstruye a fines del mismo en forma tal que
el templo es, en su mayor parte, obra de esta fecha. La portada occidental es
una de las partes valiosas que se conserva (fig. 904).
(fig. 903) Monasterio y planta de Santa María de Ripoll
(fig. 904) Portada occidental del monasterio de Ripoll
Reflejo de sus naves laterales
abovedadas sobre columnas parece ser la iglesia de San Martín de Canigó (1026 (fig.
905).
(fig. 905) Abadía e interior de la Iglesia de San Martín de
Canigó
Aunque menos vigorosa, en el
siglo XII persiste la influencia lombarda en la catedral de Seo de Urgel (fig.
906), de tres naves con cruceros, a cuyos brazos se abren cuatro capillas
semicirculares labradas dentro del muro, y galería exterior en la parte alta de
la mayor. Semejante a Santa María de Bérgamo y a San Miguel de Pavía, consta que
en 1175 se compromete a edificarla, con cuatro lombardos, Raimundus Lombardus.
(fig. 906) Catedral de Seo de Urgel
Con los típicos arcos ciegos de
ese origen, se decora la iglesia de planta de cruz griega de San Pablo del
Campo, de Barcelona, de principios del XII, obra de Guitart y Rotlandis.
Como es natural, no faltan en
Cataluña monumentos como San Juan de las Abadesas, con deambulatorio y capillas
radiales, al gusto francés. Aunque de mayor interés escultórico que
arquitectónico, uno de los principales capítulos de la arquitectura catalana del
siglo XII es el constituido por los claustros de San Pedro de Galligáns y de la
catedral, de Gerona, y el de San Cugat del Valles. El diminuto de San Pablo del
Campo, se distingue por sus arcos lobulados (fig. 907).
(fig. 907) Interior San Pablo del Campo. Barcelona
La arquitectura románica catalana
vive en sus últimos años nueva época de florecimiento. Sus dos creaciones
principales son las catedrales de Lérida y Tarragona, que si en ciertos aspectos
constructivos son obras de transición al gótico, en otros son todavía puramente
románicas.
La catedral de Lérida (fig. 908),
que se comienza ya en 1203 por el maestro Pedro Dercumba o de Coma, es de tres
naves, con larga nave de crucero a la que abren, además del mayor, una pareja de
ábsides laterales, todos ellos terminados en forma semicircular. Los pilares
delatan ya, en cambio, el propósito de cubrir con bóvedas de crucería; los arcos
son apuntados, y el cimborrio, octogonal y de muy bellas proporciones, es ya
típico producto del tránsito al gótico. Sabemos que es obra del arquitecto Pedro
de Penyafreita (1286), autor también del claustro que, en lugar de encontrarse,
según es corriente, a un lado del templo, se levanta a los pies, a manera de
nartex. Pese al goticismo de la catedral, sus portadas son románicas, de temas
decorativos en su mayoría de carácter vegetal y geométrico, muy menudos, y de
factura extremadamente fina. Se imitarán en la catedral de Valencia.
(fig. 908) Planta e interior Catedral de Lérida
En la catedral de Tarragona, que
se principia en 1171, no se llega a la fachada principal hasta fines del XIII (fig.
909). Sus ábsides, son todavía semicirculares y abiertos al crucero, pero ya
desde éste se cubre con bóveda gótica, y puramente gótico es el cimborrio. Del
mismo estilo que la de Lérida es la portada. El claustro es de principios del
XIII.
(fig. 909) Catedral de Tarragona
Monumentos de carácter civil son
la Casa de la Pahería, de Lérida, y parte del Palacio Episcopal de Barcelona.
ARAGÓN Y NAVARRA
Los monumentos más antiguos del
románico navarro-aragonés corresponden a las altas regiones pirenaicas ocupadas
por los dos minúsculos reinos antes de la conquista de Pamplona y Huesca. El
gran monumento de estos primeros tiempos es el monasterio navarro de Leyre
(1057), cuya cabecera —el resto es gótico—, de triple ábside, es ,de elevadas
proporciones y descansa sobre cripta de cuatro naves, una y otra con capiteles
muy primitivos (fig. 910).
(fig. 910) Cripta del monasterio de Leyre en Navarra
En su segunda etapa, el románico
aragonés produce ya una obra que deja sentir su influencia fuera de la región.
Es la catedral de Jaca (fig. 911), que probablemente se comienza en 1054 al
establecerse en aquella ciudad la capital del reino aragonés y en 1063 se trata
de terminar. De tres naves formadas por pilares cruciformes y columnas
alternadas, y terminadas en ábsides semicirculares, se cubre su crucero con
bóveda semiesférica sobre trompas reforzadas por nervios cruzados en el centro.
Se considera esta bóveda como uno de los precedentes de la de ojivas gótica.
Importante es también la decoración de los ábsides —sólo queda uno primitivo— y
de las portadas. En el ábside aparecen ya el alero de ajedrezado y canes, y las
columnas adosadas, que después serán tan frecuentes.
(fig. 911) Interior catedral de Jaca y ajedrezado en el ábside
La iglesia de Loarre (fig. 912),
es más tardía. Labrada en el interior del importante castillo románico de su
nombre, es de fundación real y debe de comenzarse en el último tercio del siglo
XI y concluirse ya en el XII. Tiene el ábside decorado con arquerías ciegas, y
su nave única se distingue por su gran bóveda esférica sobre trompas.
(fig. 912) Bóveda de la iglesia de Loarre
Por su forma octogonal precisan
mención aparte las iglesias navarras de Eunate (fig. 913) y Torres del Río (fig.
914), ambas de fines del siglo XII. La primera está rodeada por una arquería
igualmente poligonal; pero la más interesante es la segunda, por su bóveda de
nervios de tipo árabe cordobés; por tanto, uno de los monumentos mudéjares más
antiguos.
(fig. 913) Planta e Iglesia de Santa María de Eunate
(fig. 914) Bóveda de la iglesia del Santo Sepulcro en Torres del
Río. Navarra
En cuanto a la arquitectura
civil, poseemos la casa de los duques de Granada, de Estella, ya de hacia 1200,
en cuyos capiteles firmados por el escultor Martín de Logroño, se representa el
tema caballeresco de la lucha de Rolando y Ferragús (fig. 915).
(fig. 915) Casa de lo duques de Granada y capitel con Rolando y
Ferragús
CASTILLA: LEÓN, FRÓMISTA Y
SANTIAGO DE COMPOSTELA
.—La vieja iglesia de San Juan
Bautista, de León análoga a la de Valdediós, de la que sólo conocemos los
cimientos, es todavía de estilo asturiano.
Usada como Panteón real dedicado
ya a San Isidoro, la reina Doña Sancha, mujer de Fernando I, lo amplía
(1056-1067) por la parte de los pies, con un pórtico de tres naves cubiertas con
bóvedas de aristas, sobre columnas o pilares con medias columnas, cuyos hermosos
capiteles delatan también la presencia del nuevo estilo románico. Sobre la parte
del pórtico, situada a los pies del templo, se encuentra la tribuna abierta a
éste.
Pero el viejo templo, con su
pórtico, resulta pequeño para los monarcas leoneses, cada vez más poderosos, y
Doña Urraca, hija de Doña Sancha, hace construir, ya en el último tercio del
siglo —1072 a 1101, aproximadamente—, el actual templo de San Isidoro (fig.
916).
(fig. 916) Planta y templo de San Isidoro
Doña Urraca, conservará parte del
pórtico adicionado por su madre al antiguo edificio, que es lo que hoy conocemos
con el nombre de Panteón Real (fig. 917).
(fig. 917) Panteón Real de San Isidoro de León
El nuevo templo de San Isidoro es
ya obra plenamente románica.- y, por fortuna, de autor conocido, del maestro
Pedro Deustambem, enterrado en el templo con grandes honores. Es de tres naves,
sobre pilares con medias columnas, la central cubierta por bóveda de cañón con
arcos perpiaños, y las laterales con bóvedas de aristas. Los arcos son muy
peraltados y doblados, y los del crucero, lobulados, de influencia árabe (fig.
918). En el exterior, sus ábsides, del tipo de la catedral de Jaca, y sus
puertas tienen abundante decoración escultórica, que se describirá más adelante.
(fig. 918) Interior de San Isidoro de León
Más perfeccionado que en San
Isidoro, de León, se muestra el románico en San Martín, de Frómista (fig. 919),
escala en la ruta de la peregrinación jacobea. Se construye hacia 1065, a
expensas de Doña Mayor, la viuda del rey de Navarra. De tres naves, tiene otra
de crucero que no sobresale en planta, todas ellas cubiertas con bóveda de
cañón. Sus pilares son cruciformes, con medias columnas, y los arcos, doblados.
Su cimborrio, de tambor octogonal con ventanas, sobre trompas y con bóveda
semiesférica, es digno precedente de los que veremos en Zamora y Salamanca.
Gracias al cimborrio, el exterior del templo ofrece una variedad de volúmenes
que falta en San Isidoro, a lo que contribuye también la diferencia de altura de
sus ábsides, que repiten el tipo de Jaca. A la novedad del exterior coadyuvan,
por último, las dos torrecillas cilíndricas de la fachada de los pies, donde van
alojadas las escaleras. Se decoran los tímpanos .de sus postigos con el Crismón,
según el modelo jaqués. Esta influencia es también muy sensible en los capiteles
con decoración vegetal. Por desgracia, la iglesia de Frómista fue excesivamente
restaurada hace años.
(fig. 919) San Martín, de Frómista
La obra en que culmina el
románico de León y Frómista es la catedral de Santiago de Compostela. Comenzada
en 1075, en la puerta del crucero meridional —de las Platerías—, se lee la fecha
de 1130. Hacia 1130, está fundamentalmente terminada. De su autor sólo sabemos
que se llama Bernardo, a quien, con razón, se califica ya en el siglo XII de
«maestro admirable». Cuando se trabaja en la puerta de las Platerías, dirige las
obras el maestro Esteban (fig. 920).
(fig. 920) Figuración de la Iglesia original de Santiago de
Compostela
La catedral de Santiago es de
tres naves, con crucero larguísimo, también de tres naves, con cuatro capillas
semicirculares y girola con capillas radiales. La central de éstas es de planta
cuadrada, las dos inmediatas semicirculares y las dos últimas poligonales. De
pilares cruciformes, con medias columnas en los frentes, los arcos son, como los
de San Isidoro de León, peraltados, y se cubre en las naves laterales con
bóvedas de aristas. Sobre éstas carga la galería, que cubierta a su vez por
bóveda de cuarto de círculo, se continúa a lo largo de la girola y comunica a la
nave mayor por ventanas de dos arcos, como en San Marcial de Limoges y San
Saturnino de Tolosa. Aunque sólo llegan a construirse en su menor parte,
sabemos, por testimonio del siglo XII, que el templo se proyecta con nueve
torres: una en cada esquina del brazo de crucero, dos en la fachada principal,
dos para las escaleras en la unión del brazo mayor y el de crucero y otra en el
tramo central de éste. La única portada existente de esta época es la de las
Platerías o del crucero sur (fig. 921).
(fig. 921) Portada de las Platerías de la catedral de Santiago de
Compostela
Los precedentes de la iglesia de
Santiago se encuentran en la de tipo de peregrinación (fig. 922), formada en San
Martín de Tours, Santa Fe de Conques y San Marcial de Limoges, concluido entre
1083 y 1114, y San Saturnino de Tolosa en el que se trabaja activamente hacia
esa misma fecha de 1083, pero que no se acaba hasta 1119. Contemporánea, pues,
esta última de la de Santiago, y la que con ella guarda mayor parecido, la
prioridad de la una respecto de la otra es problema aún no resuelto en
definitiva.
(fig. 922) Exterior e interior de la catedral de Santiago de
Compostela
Aunque muy desvirtuado, el estilo
de la gran basílica compostelana inspira las catedrales de Orense y Lugo (1129),
ésta debida al maestro Raimundo de Monforte. El estilo románico, de todos modos,
arraiga profundamente en Galicia, sobreviviendo hasta fechas muy avanzadas.
A quien es preciso citar en el
tránsito del románico al gótico es al maestro Mateo, autor del Pórtico de la
Gloria y de su cripta, de la catedral santiaguesa, donde emplea ya bóvedas de
crucería góticas (fig. 923).
(fig. 923) Pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago de
Compostela
CIMBORRIOS LEONESES DEL SIGLO XII
.—En la segunda mitad del siglo
XII se construyen tres templos muy importantes, que emplean ya el arco apuntado
y la bóveda de crucería, pero que, sobre todo, lucen bellos cimborrios,
delatores de una intensa influencia bizantina.
La catedral de Zamora
(1151-1174), de tres naves, con crucero apenas sobresaliente de la anchura de
éstas y tres ábsides semicirculares, tiene bóveda gótica de crucería en la nave
central, si bien las de las laterales son todavía de aristas. En la lisura de
sus capiteles se advierte la influencia de los cistercienses. Lo verdaderamente
importante es su extraordinario cimborrio (fig. 924) sobre pechinas, con tambor
calado por un cuerpo de ventanas y bóveda semiesférica de gallones trasdosados,
reforzada por nervios que apoyan en las medias columnas situadas entre aquéllas.
(fig. 924) Cúpula catedral de Zamora
Si el interior del cimborrio es
bello, su exterior no lo es menos, belleza a que se agrega su singularidad sin
precedente en el país. El tambor se completa con cuatro torrecillas cilíndricas,
que rematan en un segundo cuerpo de menudas arquerías con bóveda bulbosa,
torrecillas que, además de enriquecer el conjunto, contrarrestan el empuje de la
gran media naranja (fig. 925).
(fig. 925) Cimborrio catedral de Zamora
Como habrá podido observarse, la
organización del cimborrio de Zamora es típicamente bizantina y responde a la
misma corriente oriental inspiradora de las iglesias cupuliformes francesas, ya
citadas, del Perigord y el Angoumois. El arquitecto, sin embargo, se ha formado
sobre modelos orientales, como la iglesia de Manasija, en Yugoslavia.
La portada es puramente
arquitectónica, y el tema principal de la misma se reduce a unos lóbulos
convexos, que se repiten en sus cuatro arquivoltas, todo ello bastante de
acuerdo con la sobriedad cisterciense del interior del templo (fig. 926).
(fig. 926) Portada catedral de Zamora
Por los mismos años que la de
Zamora, o poco después, debe de comenzarse la catedral de Salamanca (fig. 927),
en la que trabaja en los últimos años del siglo y primeros del siguiente un
cierto maestro Pedro, que se ha querido relacionar con el Pedro de Aix (1213),
sepultado en el claustro.
De planta análoga a la de Zamora,
la bóveda de crucería se emplea ya en las tres naves, y los capiteles son de
riqueza escultórica, que contrasta con la sobriedad zamorana. Como en aquélla,
lo excepcional es el cimborrio, llamado Torre del Gallo, de proporciones mucho
más esbeltas que el de la catedral hermana, pero de análoga organización.
(fig. 927) Exterior, cúpula e interior, catedral vieja de
Salamanca
Menos esbelto que el de
Salamanca, pero muy influido por él, se encuentra el cimborrio de la Colegiata
de Toro (1160-1240 (fig. 928).
(fig. 928) Cimborrio de la Colegiata de Toro
También debe incluirse en la
serie de cimborrios leoneses la cúpula de la sala capitular de la catedral d e
Plasencia (fig. 929).
(fig. 929) Bóveda de la sala capitular de la catedral vieja de
Plasencia
SEGOVIA Y LA IGLESIA DE PÓRTICOS
.—Uno de los grupos estilísticos
más uniforme del románico español es el segoviano, caracterizado por los
pórticos exteriores que rodean sus fachadas. De gran utilidad en clima frío como
el castellano, y de gran belleza, gracias a los efectos de perspectiva de sus
arquerías, este tipo de iglesia parroquial segoviano es una de las creaciones
más singulares de nuestro románico.
La iglesia de este tipo más
antigua de Segovia es San Juan de los Caballeros. Tiene pórticos en sus dos
fachadas meridional y occidental, y cornisa de arquillos trilobulados sobre
canecillos con abundante y varia decoración figurada (fig. 930).
(fig. 930) Iglesia San Juan de los Caballeros de Segovia
De fecha ya avanzada en el siglo
XII se considera la de San Millán (fig. 931), que, como la mayor parte de las
restantes iglesias, repite el modelo de la catedral de Jaca, de pilares y
columnas alternados. Abovedada solamente en el testero, presenta en el tramo del
crucero bóveda con nervios no cruzados en el centro, al gusto califal. Los
pórticos cubren las dos fachadas laterales.
(fig. 931) Iglesia de San Millán de Segovia
La iglesia más tardía parece ser
la de San Martín, ya con pórticos en sus tres fachadas y torre sobre el tramo
del crucero.
Por su esbeltísima torre, ya del
siglo XIII, tan influyente en la silueta de la ciudad, es singular la de San
Esteban (fig. 932).
(fig. 932) Iglesia de San Esteban de Segovia
Los ejemplos de iglesias con
pórticos no se reducen a las citadas. En mejor o peor estado, son varias las
existentes en la misma ciudad y en la comarca, ofreciendo particular interés
entre éstas, por estar fechadas, la de San Miguel de Sepúlveda (1093), de una
sola nave, y la de Duratón (1100), firmada por el arquitecto Michel. Aunque los
mejores ejemplares de este tipo de iglesia son los segovianos, existen también
en la provincia de Soria, y, aunque mucho menos, en la de Burgos.
Sin relación con él, debe
recordarse además la de templarios de la Veracruz (1208) de la misma Segovia (fig.
933). Es de planta dodecagonal con tres ábsides y nave en torno a un cuerpo
igualmente dodecagonal de dos pisos, el superior cubierto con bóveda de nervios
no cruzados en el centro, como la de San Millán.
(fig. 933) Bóveda, planta e Iglesia de los templarios de la
Veracruz. Segovia
SORIA
En tierra soriana, los tres
monumentos principales son la portada de Santo Domingo y las dos iglesias de
templarios de San Juan de Duero y de San Miguel, de Almazán, testimonio la
primera de influjos franceses y vivo reflejo las últimas de intenso mudejarismo.
La de San Juan de Duero (fig. 934), en las afueras de Soria, es excepcional por
su claustro de arcos apuntados cruzados, de claro abolengo morisco, si bien la
presencia de los templarios puede explicar sugestiones orientales, como las de
Amalfi o Palermo.
(fig. 934) Claustro de San Juan de Duero
El origen cordobés es, en cambio,
indiscutible en la importante bóveda califal de San Miguel de Almazán (fig.
935).
(fig. 935) Bóveda califal de San Miguel de Almazán
ÁVILA
En Ávila, las grandes empresas
del románico son las murallas, de cubos redondos y sin muestra alguna de
influencia morisca, obra de los canteros de Raimundo de Borgoña, y las iglesias
de San Vicente y San Pedro.
La de San Vicente (fig. 936), que
se construye sobre el lugar donde sufren martirio el santo y sus hermanas, es de
tres naves con otra de crucero sumamente alargada, pilares con medias columnas y
arcos de medio punto doblados. Las naves laterales se cubren con bóvedas de
aristas, y sobre ellas descansan las tribunas con ventanas hacia la nave mayor.
Románico todo lo anterior, difieren del plan primitivo las bóvedas de la nave
central, el tramo del crucero y el pórtico de los pies. Todas ellas son ya de
crucería gótica, advirtiéndose claramente en los capiteles de los pilares de la
nave mayor cómo éstos han sido construidos para recibir bóveda de cañón con
arcos perpiaños.
(fig. 936) Interior San Vicente de Ávila
En el tramo del crucero, donde
hoy se levanta una de las primeras bóvedas góticas españolas de crucería, parece
haberse proyectado cimborrio de tipo leonés. La gran portada de los pies (fig.
937) presenta en sus arquivoltas rica decoración vegetal, según el gusto
borgoñón, y tiene parteluz. Las esculturas son, como veremos, de primer orden.
(fig. 937) Portada occidental de San Vicente de Ávila
El cambio de criterio en la
cubierta se explica por la historia de la construcción, que, comenzada ya en el
XI, se paraliza a principios del siguiente, una vez terminados la cabecera, el
crucero y los muros de las naves, reanudándose unos cincuenta años después, al
parecer, bajo la dirección del arquitecto de la catedral, el maestro Fruchel.
Las obras consumen todavía el siglo XIII.
PORTUGAL
Aunque no faltan en Portugal
algunas iglesias de interés para el estudio del románico y pueda señalarse una
particular insistencia en la forma rectangular de la capilla mayor, lo que
realmente importa a un estudio de carácter general son sus catedrales. De ellas,
la única que ha llegado a nosotros en buen estado es la de Coimbra (fig. 738),
que se construye por los maestros Bernardo y Roberto durante la segunda mitad
del siglo XII. Con tres ábsides semicirculares en lugar de girola y crucero de
una sola nave, el modelo seguido es, sin embargo, la basílica compostelana, como
lo atestiguan la organización de sus naves y el triforio. Característicos de la
catedral de Coimbra son su coronamiento almenado y los resaltes de su fachada,
que prestan a su exterior más aspecto de castillo que de templo.
(fig. 938) Interior y exterior de la catedral de Coimbra
De la catedral de Lisboa (1150),
obra probablemente de los citadas Roberto y Bernardo, que después trabajan en
Coimbra, no queda sino la planta y el crucero.
Por su traza poligonal, análoga a
la de la Veracruz de Segovia, merece recordarse la «Charola» o iglesia de los
templarios, de Thomar (fig. 739).
(fig. 939) Convento y «Charola» o iglesia de los templarios, de
Thomar.
CAPÍTULO XV
ESCULTURA
ROMÁNICA
ESTILO, TEMAS, EVOLUCIÓN
FRANCIA
ESPAÑA. EL SIGLO XI.
EL SIGLO XII
LA TRANSICIÓN. IMÁGENES
ITALIA
ALEMANIA
ESTILO, TEMAS, EVOLUCIÓN
.—La escultura romana, que en los
últimos tiempos del Imperio se consume en relieves cada vez más pobres, con la
invasión de los bárbaros termina por desaparecer como escultura monumental. La
escultura prerrománica de este carácter desempeña en Occidente papel aún más
modesto que en Bizancio. La actividad escultórica se limita casi exclusivamente
a producir pequeñas placas de marfil y a la orfebrería.
Como la bizantina posterior a los
iconoclastas, la románica representa la reacción más completa frente al
naturalismo clásico. La figura humana se espiritualiza y el escultor presta
escaso interés a la anatomía y a las bellezas corporales; el ropaje domina
plenamente al cuerpo. Ahora bien, mientras el escultor bizantino continuará de
espaldas a la naturaleza hasta sus últimos tiempos, el románico se irá dejando
seducir por ella, y su estilo evolucionará constantemente hasta desembocar en el
gótico.
Otro aspecto que precisa no
olvidar en la escultura románica es su carácter decorativo, como creada que es
para decorar el templo y no como estatuaria exenta. La necesidad de adaptar la
figura a las proporciones y forma de la superficie arquitectónica es, a veces,
decisiva en la figura misma.
Esta función al servicio del
templo con que nace el nuevo estilo escultórico termina prestándole también un
carácter esencialmente monumental. Pues si bien, la creación de esta nueva
escultura de tipo monumental es la gran empresa del artista románico, que vuelve
así a repetir, aunque en forma diferente, la de los escultores griegos. Los dos
campos principales de la escultura románica al servicio de la arquitectura son
las portadas y los capiteles, tanto de aquéllas como del interior del templo y
de los claustros.
En las portadas, la parte donde
la escultura adquiere mayor desarrollo es el tímpano, y el tema preferido para
decorarlo, la visión apocalíptica del Todopoderoso —Pantocrátor— rodeado por los
símbolos de los cuatro Evangelistas —el águila de San Juan, el león de San
Marcos, el toro de San Lucas y el ángel de San Mateo— o Tetramorfos (fig. 940),
y contemplado por los veinticuatro ancianos, si bien de ordinario se prescinde
de éstos. También se presenta con frecuencia el Juicio Final. En todas esas
composiciones aparece el Todopoderoso dentro de una aureola ovalada, o
ligeramente apuntada, almendra mística —en italiano, mandorla, almendra— con que
se figura el resplandor de que habla el texto apocalíptico. A los temas
puramente apocalípticos se agregan a veces otros procedentes de los textos de
los profetas Ezequiel e Isaías.
(fig. 940) Pantocrator portada catedral de Chartres
Ignoramos los pasos seguidos
hasta decorar los tímpanos románicos con estos grandes temas. Al parecer, el
primero conservado que presenta el Cristo en Majestad es el de la iglesia de
Besalú, de la segunda mitad del siglo XI.
Pero la escultura rebasa el
tímpano mismo y, aunque en escala más menuda, suele recubrir las arquivoltas y
los capiteles. En cambio, vuelve a la escala mayor cuando se extiende a las
jambas, que se decoran con grandes estatuas adosadas (fig. 941).
(fig. 941). Estatuas en jambas de la portada en la catedral de
Chartres
Concebidas con un sentido
esencialmente arquitectónico, desde el punto de vista expresivo, se encuentran
unas aisladas de otras, y sólo en los últimos tiempos del románico se les
representa comunicándose entre sí (fig. 942).
(fig. 942) Estatuas del Pórtico de la Gloria de Santiago de
Compostela
La escultura en algunos
monumentos no se reduce a la parte abocinada de la puerta. Unas veces se
continúa lateralmente, otras forma un friso en la parte superior, y en ocasiones
cubre por completo la superficie del muro, como en Ripoll, (fig. 943), Sangüesa
y Estella (fig. 944).
(fig. 943) Estatuas de la portada de la iglesia de Ripoll
(fig. 944). Estatuas en las portadas de las iglesias de Sangüesa
y Estella
En cuanto a los capiteles, ya
queda dicho al tratar de la arquitectura la importancia que en ellos adquieren,
además de los temas vegetales, los animales y la figura humana , con frecuencia
todos ellos unidos. Los animales son en buena parte fantásticos, tales como
dragones, arpías, centauros, monstruos de dos cabezas o de dos cuerpos y una
sola cabeza, etc. Conocido el simbolismo que siempre han tenido para el hombre
los animales, es natural que para el de la época románica estos seres, hijos de
la fantasía, tengan en algunos casos, además de su función decorativa, un
significado concreto.
Las historias predominantes son,
como es lógico, las de carácter religioso, del Antiguo y del Nuevo Testamento, y
de vidas de santos. La enseñanza de estos Evangelios ilustrados, que son para
los fieles el vasto repertorio gráfico de los capiteles de portadas y claustros,
se completa con las representaciones de figuras y escenas alegóricas de vicios y
virtudes.
Pero, además de estos temas de
carácter sagrado, se esculpen otros profanos, en particular en los claustros,
bien de origen literario o de la vida diaria, tales como fábulas de animales o
escenas como la del escultor trabajando, del claustro de San Cugat, junto a
Barcelona. La escultura románica de bulto redondo se reduce sobre todo a las
imágenes del Crucificado y de la Virgen con el Niño.
El Crucificado, como en el arte
bizantino, es de cuatro clavos, es decir, tiene los pies clavados separadamente.
Impasible al dolor, tiene el cuerpo derecho y los brazos horizontales. Adopta
dos tipos: el Cristo en Majestad, como Rey de Reyes, vestido con larga túnica de
mangas, y corona (fig. 945) y el Cristo desnudo, que sólo se cubre desde la
cintura hasta las rodillas con una faldilla que cae verticalmente (fig. 946). El
Crucificado románico, por lo general, está vivo y tiene corona.
(fig. 945) Cristo en Majestad en el museo de Barcelona
(fig. 946) Cristo desnudo con faldilla del Museo de Nueva York
El naturalismo de los últimos
tiempos del románico, que anuncia ya la proximidad del gótico, hace que esas
normas antiguas cedan ante las de la nueva iconografía. El mejor ejemplo de
Majestad en España es el de Caldas de Montbuy, destruido en 1936, y que se
supone de hacia 1100 (fig. 947).
(fig. 947) Cristo en Majestad restaurado, de Caldes de Montbui
A la Virgen se la figura sentada,
derecha y de frente, con el Niño igualmente de frente y sentado sobre sus
piernas en actitud de bendecir (fig. 948).
(fig. 948). Vírgenes de Nájera, Solsona y del Sagrario de Toledo
A veces tiene también un libro o
el mundo en la otra mano. Para el artista románico, como para el bizantino la
Virgen, más que la madre, es el trono del Salvador. No existe comunicación
expresiva alguna entre madre e hijo.
Esta manera de concebir a Cristo
y a la Virgen con el Niño, que responde perfectamente a la del Cristo en
Majestad, o del Cristo Juez del Día del Juicio, de las portadas, nos dice que el
hombre románico piensa más en la idea de Dios, y en el Dios de la justicia, que
en el Dios del amor y en el Hijo del Hombre.
Tras la caída del Imperio Romano,
Desaparecida en Occidente la escultura figurada de carácter monumental, precisa
buscar el origen de la gran escultura románica en aquellas manifestaciones
artísticas donde continúa representándose la figura humana, es decir, en los
marfiles y en las obras de orfebrería. En ellos da, en efecto, sus primeros
pasos el nuevo estilo. Al lado de los relieves de las encuadernaciones de
libros, de los relicarios y de las cruces, deben de ser de importancia decisiva
los frontales de altar, que por decorar la parte más santa del templo, se
labran, cuando es posible, en metales preciosos, y se decoran en relieve con el
Cristo en Majestad, acompañado, en general, por los apóstoles. El gran mérito
del escultor románico es el haber llevado esta escultura menuda a formar parte
integrante del templo, dándole proporciones monumentales.
Otras de sus mejores fuentes de
inspiración es la miniatura, donde ya en fecha anterior se han representado
complicadas composiciones iconográficas, que, sin duda, sirven de base para los
grandes temas de las portadas. En este aspecto las de los manuscritos mozárabes
del comentario del Apocalipsis, por Beato, ejercen, al parecer, gran influencia,
pues en ellas puede verse, por ejemplo, el tema del Todopoderoso con los
símbolos de los Evangelistas y los ancianos.
El estilo de la escultura
románica, que se inicia con el siglo XI y perdura en los monumentos más
arcaizantes hasta principios del XIII, como es natural, evoluciona en sus dos
siglos de existencia.
En sus comienzos, el relieve es
muy plano —en los primeros monumentos plano casi por completo— y las escenas de
escasa complicación. Los ropajes aparecen muy ajustados al cuerpo; sólo se
indican sumariamente los plegados de las telas con trazos sencillos, paralelos y
convencionales. Con el tiempo todo ello se enriquece. Se trabaja en alto
relieve, y a veces las figuras parecen destacarse del fondo. En la segunda mitad
del siglo XII los ropajes se proyectan hacia el exterior en abundantes y
voluminosos plegados. Los personajes de las jambas de las portadas abandonan su
aislamiento y tienden a conversar entre sí.
FRANCIA
.—En Francia destaca muy en
primer plano la escuela del Languedoc, íntimamente relacionada con la española.
Sus centros principales radican en Toulouse y en Moissac. Sus monumentos más
antiguos son el Apostolado de la giróla de San Saturnino (fig. 949) (1095),
procedente de su antigua portada, y el de los pilares del claustro de Moissac (fig.
950), de relieve todavía bastante plano, miembros de perfiles rectilíneos,
modelado sumario, y ropajes con pliegues apenas acusados por somerísimos trazos
curvilíneos.
(fig. 949) Pantocrator y apóstoles de la giróla de San Saturnino
de Tolouse
(fig. 950) Apóstoles de los pilares del claustro de Moissac
Ese mismo efecto de fuerza
produce el tímpano del crucero de la iglesia de San Saturnino (1110), dedicado a
la Ascensión (fig. 951).
(fig. 951) Relieve de la Ascensión de la iglesia de San
Saturnino de Tolouse
El estilo de la puerta del
crucero se afina en la puerta de la Sala Capitular de la catedral, hoy en el
Museo, firmada por Gilabertus (1120- 1130). En ella encontramos las típicas
actitudes de las piernas cruzadas que les prestan apariencia de movimiento. El
plegado de los ropajes es también más inteligente y fino.
Pero la creación más grandiosa y
mejor conservada de la escuela tolosana es la gran portada de la iglesia de
Moissac. Presenta en el centro del tímpano (fig. 952) un dramático Cristo en
Majestad, de grandiosas proporciones, cubierto por revueltos ropajes y rodeado
por los símbolos de los Evangelistas, que vuelven apasionadamente sus cabezas
hacia El. Dos ángeles espiritualizados y alargadísimos limitan esta parte
central del tímpano, mientras los ancianos, distribuidos en tres zonas separadas
por nubes, contemplan la escena. La grandiosidad dramática de la visión
apocalíptica no ha sido nunca expresada tan intensamente como en el famoso
tímpano de la iglesia francesa.
(fig. 952) Portada de la iglesia de Moissac
La Visitación del mismo pórtico
es muy representativa del estilo tolosano, tanto por el canon alargado de la
figura como por el típico revuelo de la ropa de la Virgen al caer.
La influencia de la escuela
tolosana se extiende por el centro de Francia. En Beaulieu el tema del tímpano
es el Juicio Final, pero el resto de la portada repite la composición de Moissac.
En Souillac, el estilo tolosano es igualmente sensible en el parteluz de la
portada, donde se entremezclan, con frenesí de decorador nórdico, pájaros,
monstruos y hombres, en ritmo quebrado y violento, de intensidad tal vez no
superada en todo el arte románico (fig. 953).
(fig. 953) Pilar portada Souillac
La obra maestra de la escultura
en Borgoña es la portada de Vezelay, el monasterio cluniacense inmensamente rico
gracias a los peregrinos que acuden a visitar el cuerpo de la Magdalena. Se
representa en el tímpano el momento cuando el Salvador, rodeado por el
resplandor de su almendra mística, hace descender los rayos del Espíritu Santo
sobre los apóstoles (fig. 954). Sus amplios ropajes de fina tela se revuelven al
caer en agitados remolinos como impulsados por el viento. «El día de la
Pentecostés —dice el texto bíblico— se sintió un ruido que venía del cielo, como
el ruido de un viento que sopla con impetuosidad, y fueron llenos del Espíritu
Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras». Y ese ambiente dramático del
ruido del vendaval es el que agita a las emocionadas figuras de los discípulos.
En los compartimientos que rodean al tímpano el artista ha representado a esos
pueblos cuyas lenguas, por obra del Espíritu Santo, hablan ya los apóstoles, y
que gracias a ellos conocerán la verdadera fe. Son los partos, los caldeos, los
árabes, los egipcios, etc., de que habla el texto sagrado. Pero no contentos con
esto, los monjes de Vezelay han querido que la fe cristiana llegue a los más
remotos países, poblados por la fantasía medieval de seres monstruosos, que para
unos son simples monstruos, pero según otros, y entre ellos cuentan, sin duda,
los religiosos de Vezelay, por tener alma humana, son capaces de comprender la
palabra de Dios. Así vemos los minúsculos pigmeos, que para subir a caballo
precisan una escalera; los panocios de orejas gigantescas, los cinocéfalos con
cabeza de mono, etc. El canon de la figura humana de toda la portada, como en
Moissac, es alargadísimo, seguramente más por ansia de espiritualización y por
influencia bizantina que por exigencias decorativas.
(fig. 954) Portada iglesia de Vezelay
El hermoso pórtico de San Lázaro,
de Autun (1130), nos lleva a la última etapa de la escuela borgoñona, cuando la
exaltación expresiva y la espiritualización de la figura humana llegan a
extremos sólo igualados por el Greco. Si Vezelay se considera dueño del cuerpo
de la Magdalena, Autun cree poseer el de San Lorenzo, y con limosnas y mandas
abundantes puede labrar también un lujoso pórtico. El lema es el Juicio Final (fig.
955), y como allí, el Todopoderoso, representado en escala gigantesca, preside
dentro de su mandorla sostenida por ángeles. A su derecha, los elegidos penetran
en celestiales palacios, mientras a su izquierda, San Miguel y el diablo pesan
las almas, y los condenados marchan al Infierno. Al pie del Todopoderoso puede
aún leerse la firma del extraordinario escultor: «Gislebertus hoc fecit.»
Gilesberto, lejos de ser un artista infantil y primitivo, es un artista refinado
y aun, si se prefiere, decadente, que subordina otros valores plásticos para
alcanzar una expresión lo más intensa posible. Víctima de las duras críticas de
Voltaire, que califica la espléndida portada de Autun de obra bárbara, apenas
pudo salvarse el Juicio Final bajo una gruesa capa de yeso.
(fig. 955) Pórtico de San Lázaro, de Autun (Jucio Fina)
En la región parisiense se
producen en los últimos tiempos del románico, y en vísperas del gótico, hasta el
punto de considerarse por algunos como las primeras creaciones de éste, dos
importantes conjuntos escultóricos: el pórtico real de Chartres y el pórtico de
la abadía de Saint Denis.
La catedral de Chartres, famosa
por poseer la túnica de la Virgen, dispone en esa época de grandes recursos que
le permiten decorar ricamente la fachada principal de su primitivo templo
románico, cuya decoración escultórica es la actual del edificio gótico. Los
tímpanos están dedicados al Salvador —el Cristo en Majestad con el Tetramorfos—,
el del centro, y los laterales, a la Virgen con el Niño y la Ascensión (fig.
956); en las jambas, derechos y como queriendo participar de la rigidez
arquitectónica de las columnas ante que se encuentran, dos docenas de personajes
de canon tan alargado como los de Vezelay.
(fig. 956) Pórtico real de la catedral de Chartres
Mientras en la escuela borgoñona
el arrebato espiritual que los anima agita con violencia sus cuerpos, éstos
aparecen aquí deliberadamente impasibles, no obstante lo cual, la expresión de
los rostros revela una dulzura delatora de la proximidad del gótico. En el
estilo del Pórtico Real de Chartres se labran numerosas portadas francesas,
entre ellas, las laterales de las catedrales de Le Mans (1158), la de Santa Ana,
de la fachada principal de Notre Dame de París (fig. 957); las de Corbeil, Saint
Loup de Naud, etc.
(fig. 957) Puerta de Santa Ana de Notre Dame de París
En la portada de Saint Denis, de
París (1140), la obra de tiempos del célebre abad Suger, hacen papel de columnas
en las jambas, estatuas tan rígidas como las de Chartres.
El apogeo de la escultura en
Provenza es más tardío, y debido a los monumentos romanos conservados en la
vieja provincia romana, se distingue por un aire clásico que falta en Tolosa y
Borgoña. Al intenso dramatismo de Moissac y Vezelay reemplaza una solemne
majestuosidad de estirpe romana. La manera de plegar los ropajes, inspirada en
la escultura antigua, carece del impetuoso movimiento que agita las vestiduras
típicamente románicas de los monumentos del centro y del sur de Francia.
La portada de San Trófimo de
Arles, cobijada bajo un alero que tiene mucho de frontón, presenta en el tímpano
al Cristo en Majestad lodeado por los símbolos de los Evangelistas. El friso del
dintel se prolonga aquí, cual si de un templo clásico se tratase, por todo el
frente de la portada, y en él aparecen, como en los sarcófagos, dispuestos en
fila, un sinnúmero de personajes (fig. 958).
(fig. 958) Portada de San Trófimo de Arles
Análoga es la decoración
escultórica de San Gil, también de Arles, si bien su friso se prolonga a lo
largo de la fachada, incluso incluyendo sus tres portadas.
ESPAÑA. EL SIGLO XI.
—Los monumentos fechados más
antiguos corresponden al Rosellón, en la Cataluña francesa. Los dinteles de San
Genis les Fonts (1021 (fig.959) y de San Andrés de Sureda son testimonio de la
actividad de un escultor de vigorosa personalidad, pero que no llega a formar
escuela de cierta duración. Es artista que esculpe en plano y a bisel como en la
época visigoda, y sus personajes son de canon muy bajo, cabeza grande y de mirar
desencajado, según los modelos prerrománicos. En los fondos emplea todavía el
arco de herradura. Los dinteles, como más adelante los frontales catalanes,
presentan en el centro al Cristo en Majestad en la mandona y los apóstoles a los
lados.
(fig.959) Dintel de San Genis les Fonts
En Aragón, las mejores obras de
esta primera etapa del románico son el sepulcro de Doña Sancha (muerte-1095 (fig.
960), del Museo de Jaca, y los capiteles historiados de esta catedral.
(fig. 960) Sepulcro de Doña Sancha
Donde radica el núcleo más
vigoroso de nuestra escultura románica del siglo XI es en León y Galicia,
coincidiendo con los prósperos reinados de Fernando I y Alfonso VI. En la
naciente corte leonesa encontramos ya en el tercer cuarto de la centuria varias
obras importantes en marfil y piedra, delatoras de sorprendente actividad
escultórica de cierto carácter áulico. El grupo principal de los marfiles lo
constituye el tesoro de San Isidoro, de León, hoy en gran parte disperso e
integrado en su mayoría por donaciones reales. La pieza príncipe es el Crucifijo
de Don Fernando y Doña Sancha (fig. 961), del Museo Arqueológico Nacional,
regalado en 1063, y de 1059 es el relicario de San Juan Bautista, de San
Isidoro, de León. A esta misma escuela leonesa pertenecen el Crucifijo del Museo
de León (fig. 962), y la arqueta de las Bienaventuranzas del de Madrid (fig.
963).
(fig. 961) Crucifijo de Don Fernando y Doña Sancha
(fig. 962) Crucifijo de Carrizo del Museo de León
(fig. 963) Arqueta de las Bienaventuranzas. Museo arqueológico de
Madrid
La escultura monumental aparece
en los relieves de los capiteles del Panteón de San Isidoro de León (1504-1067)
con escenas de la vida de Jesús un tanto toscas, pero de un vigor expresivo
extraordinario (fig. 964), y deja sus creaciones principales en las portadas del
templo nuevo de San Isidoro, de fecha ya más avanzada del siglo XI.
(fig. 964) Capitel del Panteón de San Isidoro de León
En el centro de un tímpano vemos
el Cordero rodeado de ángeles, acompañado por diversas escenas, entre ellas el
Sacrificio de Isaac (fig. 965), y en el tímpano de la otra, el Descendimiento,
la Ascensión y las Mujeres en el sepulcro, en las que el avance respecto del
estilo de los capiteles del Panteón es considerable (fig. 966).
(fig. 965). Tímpano con el Cordero rodeado de ángeles de San
Isidoro de León
(fig. 966). Tímpano con el Descendimiento de Jesús de la Cruz de
San Isidoro de León
Íntimamente relacionado con el
estilo de éstas se encuentra la decoración de la Puerta de las Platerías, de
Santiago de Compostela (1103). El orden en que se distribuyen sus esculturas no
es el primitivo, y, aun disponiéndose de la descripción de un peregrino del
siglo XII, no es fácil conocerlo en forma segura. Los tímpanos, que no han
sufrido alteración, contienen escenas del Nuevo Testamento. Visto de frente, en
el de la izquierda (fig. 967) ocupan lugar principal las Tentaciones del Señor,
y junto a ellas se encuentra la sorprendente figura de la Adúltera, como nos
dice el peregrino del siglo XII, teniendo entre sus manos la fétida cabeza de su
amante, cortada por su marido, besándola dos veces al día obligada por su
esposo.
(fig. 967) Tímpano izquierdo Puerta de las Platerías, de Santiago
de Compostela
En el tímpano de la derecha (fig.
968), los temas principales son el Prendimiento, la Flagelación y la Coronación
de espinas.
(fig. 968) Tímpano derecho Puerta de las Platerías, de Santiago
de Compostela
En los estribos que flanquean la
portada aparecen personajes y escenas del Antiguo Testamento, sobresaliendo en
el contrafuerte izquierdo la figura de David (fig. 969).
(fig. 969) Figura de David en el contrafuerte izquierdo Puerta de
las Platerías, Santiago
En el muro, sobre los arcos,
vamos en las enjutas ángeles con trompetas, como si del Juicio Final se tratase;
y presididos en el centro por las hermosas figuras del Salvador y Santiago (fig.
970) —el Salvador se considera de fines del siglo XII y relacionado con el
maestro Mateo—, un sinnúmero de personajes, de los que sólo algunos deben de
conservar su colocación originaria.
(fig. 970) Parte superior Puerta de las Platerías, de Santiago de
Compostela
Como es natural, en obra
escultórica de estas proporciones trabajan varios maestros de calidad muy
diversa, el mejor de los cuales —el «Maestro Esteban»— se ha supuesto que pueda
ser el maestro del tímpano de San Isidoro de León.
Tanto las esculturas de las
portadas de León, como las de Santiago, guardan estrecho parentesco estilístico
con las ya citadas de Tolosa, de Francia.
El otro gran núcleo de escultura
del siglo XI se forma en tierra burgalesa, y también aquí encontramos varias
series de relieves de marfil. Los más antiguos (1067-1070) son los de la vida de
San Millán, de la Cogolla, en parte conservados en aquel monasterio (fig. 971).
Aunque los fondos de arquitectura con sus arcos de herradura atestiguan haberse
esculpido en España, consta que son obra de los alemanes Engelran y su hijo
Rodolfo, que se retratan en uno de los relieves, hoy en el Museo de San
Petesburgo.
(fig. 971). Relieve de marfil del arca de San Millán, de la
Cogolla,
De arte más refinado son los del
arca de San Felices (fig. 972).
(fig. 972) Relieve de marfil del arca de San Felices monasterio
de la Cogolla,
Pero la obra capital de la
escuela castellana es la parte más antigua de la decoración del claustro de
Silos, que debe de corresponder a los años de 1085-1100. Sus capiteles con
figuras de animales reales y monstruosos, afrontados al gusto oriental y
entrelazados con temas califales, que los convierten en obra netamente española.
Los relieves de los pilares (fig.
973) —Incredulidad de Santo Tomás, Camino de Emaús, Descendimiento, las Marías
en el Sepulcro, Pentecostés y Ascensión— no son del tono un tanto bronco que
suele dominar en la escultura leonesa. Su modelado es más suave, y los plegados
de los ropajes no producen efectos tan violentos de claroscuro, acusándose, en
cambio, por líneas de escasa profundidad. Sus personajes, de esbeltas
proporciones, cruzan convencionalmente las piernas; como en la escuela tolosana,
llegando a producirse rara ilusión de movimiento —Incredulidad de Santo Tomás—.
El origen del estilo de estos relieves es uno de los problemas más discutidos de
la escultura medieval, por sus relaciones estilísticas con Moissac, Souillac y
otras obras de primer orden de la escuela francesa.
(fig. 973) Relieves de los pilares de Santo Domingo de Silos
EL SIGLO XII
CATALUÑA
.—La obra de mayores proporciones
de la escuela románica catalana es la gran portada del monasterio de Ripio (fig.
974), probablemente del segundo cuarto del siglo XII. Distribuida en zonas
horizontales, la escultura cubre en ella todo el frente del muro en que se abre
la puerta. En la zona superior forman largo friso el Salvador y los viejos del
Apocalipsis, y bajo ella ocupan las tres inmediatas, santos y escenas del
Antiguo Testamento. En la gran zona siguiente, y bajo arcos, aparecen, a la
izquierda, David y los músicos, y a la derecha, otra serie de personajes en los
que se quiere ver a Jesús bendiciendo a los fundadores, el Conde Oliva Cabrera y
su hijo, el abad Oliva. Más abajo, en dos zonas, se ven fieras devorando
animales tímidos y medallones con los pecados capitales. En el estilo de este
importante conjunto escultórico se ha querido ver la influencia del tolosano
Gilabert.
(fig. 974) Portada del monasterio de Ripoll
Después de la portada de Ripoll,
las obras principales de los escultores catalanes del siglo XII son los
claustros. Aunque sin fecha segura, el más antiguo, donde la decoración
historiada se desarrolla plenamente, es el de la catedral de Gerona. Las escenas
son del Antiguo y del Nuevo Testamento. Los relieves del de San Cugat del
Valles, de análogos caracteres, son obra firmada de Arnaldus Gatell, que figura
en las nóminas de los monjes del monasterio de mediados del siglo XII y se
representa a sí mismo esculpiendo un capitel. El claustro más tardío es el de la
catedral de Tarragona (1214), donde, además de los capiteles, es importante el
Cristo en Majestad con el Tetramorfos, y el capitel central de la Epifanía, de
la portada que comunica con el templo.
NAVARRA Y ARAGÓN
La escultura navarro-aragonesa
presenta varios maestros de estilos perfectamente definidos, entre los que
figura Leodegario, que firma la gran portada de Sangüesa, en Navarra, y que, a
juzgar por su nombre y estilo, es, al parecer, un borgoñón de la comarca de
Autun. El tema figurado en el tímpano es el Juicio Final, y tanto en sus figuras
como en las de las jambas se pone bien de manifiesto esa afición al alargamiento
comentado en San Lázaro, de Autun. En las enjutas es interesante, desde el punto
de vista iconográfico, la escena de la leyenda nórdica del herrero Regin
forjando la espada y Sigurd matando al dragón Fáfner. Pero tanto esta parte de
las enjutas como la superior de la portada con el Cristo en Majestad y los
apóstoles, se deben ya a otro maestro, el de San Juan de la Peña.
Este es artista preocupado por
producir la impresión de fuerza. Sus personajes son un tanto toscos y, al
contrario de lo que sucede a los de Leodegario, de rechonchas proporciones.
Gusta de multiplicar los plegados, pero los esculpe en plano, contrastando con
lo que entonces se hace en Castilla. Sus obras principales son los claustros de
San Juan de la Peña y de San Pedro el Viejo, de Huesca (fig. 975)).
(fig. 975). Relieves en capiteles del claustro de San Pedro el
Viejo, de Huesca
A mediados del siglo XII, el
cambio de estilo de la escultura románica castellana es muy sensible, y la
sobriedad de formas y la rigidez del período anterior ceden paso al gusto por
ropajes de plegados exuberantes y proyectados hacia afuera, y por un mayor
movimiento. Obras de esa nueva etapa estilística son el friso de Santiago de
Carrión y la segunda serie de los relieves de Silos.
El friso de Carrión,
probablemente de 1165, muestra en el centro el hermoso conjunto del Cristo en
Majestad, de rostro noble y grandioso, y amplio ropaje de abundantes y rizados
pliegues, rodeado por los símbolos de los Evangelistas, todo ello de muy alto
relieve. A los lados, bajo hornacinas, se encuentran los apóstoles, algunos de
los cuales, de tipo fino y nervioso, avanzan persuasivos y llenos de vida hacia
nosotros.
De los dos relieves de Silos, el
más importante, que es el de la Anunciación (fig. 976), es típico ejemplo de ese
barroquismo de que gusta hacer alarde en los ropajes el románico de los últimos
tiempos.
(fig. 976) Relieve de la Anunciación del monasterio de Silos
A esta postrera etapa del estilo
pertenecen, en tierra alavesa, el pórtico de Armentia (1146-1190 (fig. 977),
donde se representa el Salvador en el Limbo y las Mujeres en el Sepulcro, y en
Navarra, el de San Miguel, de Estella (fig. 978).
(fig. 977) Pórtico de Armentia
(fig. 978) Tímpano San Miguel, de Estella
LA TRANSICIÓN. IMÁGENES
.—La última fase de la escultura
castellanoleonesa, ya de transición al gótico, nos ofrece tres grandes maestros
muy afines entre sí.
El de San Vicente de Ávila nos ha
dejado en la portada principal de este templo una de las creaciones más
emocionantes de nuestro arte de la Edad Media, donde el Salvador, desde el
parteluz, preside a los apóstoles, que, adosados a las columnas de las jambas,
se inclinan unos hacia otros y entablan conversación, como será ya costumbre en
el período gótico. Delgados, ligeramente encorvados, de cabeza grande y rostros
alargados, de noble aspecto, hablan entre sí (fig. 979).
(fig. 979) Apóstoles y portada de San Vicente de Ávila
Al mismo escultor de la portada
de San Vicente se atribuye la bella serie de relieves del sepulcro de los santos
Vicente, Sabina y Cristeta (fig. 980), que representan varias historias de su
martirio y de la vida de Jesús. Las escenas de martirio, gracias a la natural
carencia de precedentes iconográficos, son las de inspiración más fresca y
personal, destacando entre ellas, por la elegancia de sus desnudos, el pasaje de
los tres hermanos despojados de sus vestiduras, y, por su dramatismo, el del
brutal aplastamiento de sus cabezas por el judío, y el del momento cuando éste,
atacado por la serpiente, implora clemencia. En el del judío labrando el
sepulcro, podemos imaginar al anónimo artista de San Vicente.
(fig. 980) Relieves del cenotafio de los santos: Vicente, Sabina
y Cristeta
En Asturias, adicionada la Cámara
Santa, de Oviedo, a fines del siglo XII, con una segunda planta, se decoran las
columnas pareadas que reciben los arcos transversales de su bóveda con un
apostolado distribuido también por parejas, que, como en San Vicente de Ávila,
casi son de bulto redondo, y conversan entre sí. Algo más duro de expresión que
el maestro de Ávila, pero indudablemente relacionado con él, el de la Cámara
Santa es otro gran artista de primera calidad. Los apóstoles se completan con
las bellas historias de los capiteles, y en las basas, con las parejas de
animales, que el escultor trata con particular cariño (fig. 981).
(fig. 981) Relieves de la Cámara Santa, de Oviedo
El tercer gran escultor,
íntimamente relacionado con los anteriores, que cierra el ciclo románico y
preludia el gótico, es el maestro Mateo. Las cuentas de la basílica compostelana
nos dicen que en 1168 se encuentra al frente de las obras del templo, y la
inscripción que hace grabar en el famoso Pórtico de la Gloria (fig. 982), que en
1183 se coloca el dintel de éste. Cinco años después queda terminado, y el rey
de León le concede una pensión de cien morabetinos de oro anuales. Todavía en
1217 continuamos teniendo noticias de su vida.
Consta el pórtico de una gran
puerta central y dos laterales más pequeñas. En el tímpano de la primera el
Salvador, acompañado por los Evangelistas, con sus correspondientes símbolos,
preside la composición total; ángeles con instrumentos de la Pasión forman la
fila inferior, y sobre ellos se ordenan en otras dos los elegidos; en las
arquivoltas aparecen dispuestos radialmente los ancianos del Apocalipsis. En las
jambas, ante las columnas, y conversando entre sí por parejas, como en Ávila y
Oviedo, aparecen los profetas y los apóstoles, que se continúan en las portadas
laterales y que constituyen la parte más bella y lograda del pórtico.
Bajo el Salvador, y sobre rica
columna recubierta por el árbol de Jessé (lám. 407), la noble figura de
Santiago, sentado y apoyado en su báculo, recibe a los peregrinos ante el pilar
central. En la base de éste, pero mirando hacia el interior del templo, el
propio maestro Mateo reza humildemente arrodillado.
(fig. 982) Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela
El maestro Mateo, al contrario de
lo que hicieran los de Ávila y Oviedo, concentra la vida de sus personajes en
sus típicos rostros de expresión amable y bondadosa. Modela sus cuerpos con
blandura, pero no gusta de animarlos con el dinamismo un tanto nervioso del
escultor de Oviedo. Personajes de formas llenas, contrastan también con el
enflaquecimiento y misticismo de los apóstoles de Ávila.
Lo más sorprendente y seductor de
algunas de sus esculturas es su expresión alegre y de franca sonrisa y
movimiento de piernas cruzadas en la que se anuncia decididamente ese sentido
optimista de la vida que inspirará la escultura gótica de Reims. Los rostros de
Daniel y de San Juan son los más significativos como precedentes del nuevo
estilo.
(fig. 983) Figuras del evangelio del Pórtico de la gloria de
Santiago
Más fácil que precisar el origen
del estilo del maestro Mateo es descubrir su influencia. Desde Santiago, meta de
la gran peregrinación jacobea, los ecos de su obra se extienden más allá del
Pirineo. En Lausanne se ha seguido bastante de cerca todo el pórtico, y tanto en
Chartres como en Amiens y Reims se ha señalado el reflejo de su estilo. Pero,
como es natural, ese influjo es más intenso en el noroeste de España, y buenos
testimonios de ello son la portada de la catedral de Orense, donde se copia con
bastante fidelidad el modelo santiagués, y la de Ciudad Rodrigo.
Además de la gran escultura
monumental en piedra, se conserva en España un buen número de imágenes en
madera. La mayoría son de carácter no poco popular, pero no faltan algunas
excelentes.
En cuanto al Crucificado, cuyos
caracteres en el período románico ya quedan descritos, existen varios ejemplares
de Cristo en Majestad. El más bello e importante es el de Caldas de Montbuy (fig.
984), que sobre la túnica lleva pallia clásica, como en las Majestades
bizantinas más antiguas.
(fig. 984) Santa Majestad de Caldes de Montbui
La Majestad de Batlló, del Museo
de Barcelona, conserva su policromía bizantina (fig. 985). Los Crucificados
desnudos con sudario cubriendo los muslos son ya más abundantes.
(fig. 985) Majestad de Batlló, del Museo de Barcelona
Los escultores en madera no se
reducen a representar la figura del Crucificado. Por suerte, han llegado hasta
nosotros los importantes grupos del Descendimiento, de San Juan de las Abadesas
(fig. 986) y de Erile, éste en el Museo de Barcelona.
(fig. 986) Descendimiento de Cristo crucificado. San Juan de las
Abadesas
Entre las Vírgenes, destacan las
de Bastanit y Ujué; las del Sagrario de la catedral de Toledo y la tan venerada
de Montserrat (fig. 987).
(fig. 987) Vírgenes de Bastanit, de Ujué, del Sagrario de Toledo
y de Montserrat
Las vírgenes de Solsona y Nájera
(fig. 988), con el Niño no de frente, sino sobre una de las piernas, anuncian ya
la interpretación más humanizada del gótico.
(fig. 988) Vírgenes de Solsona y Nájera
La de Solsona es de piedra, se
considera obra importada y se ha atribuido a Gilabertus de Tolosa, aunque
algunos la creen ya de principios del XIII.
ITALIA
.—La escultura románica no llega
a crear en Italia las grandes composiciones que hemos visto en Francia; y
España. Por lo general, se reduce a frisos o estatuas adosadas, todo ello dotado
de ese reposo clásico ya comentado en Provenza.
La comarca más rica en escultura
románica es el Norte. En Verona y Módena vemos profetas, escenas bíblicas y
temas caballerescos, como los de Rolando y Oliveros, y el ataque de un castillo
del rey Arturo por varios caballeros bretones. Son obras firmadas que nos
conservan los nombres de los maestros Nicolás y Guillermo.
La segunda etapa de esta
escultura lombarda la representa Benedetto Antelami, que deja a fines del siglo
varias obras en las catedrales de Parma (1178-1196) y Borgo San Donnino. De
estilo un tanto monótono y poco expresivo, puede servir de ejemplo el relieve
del Descendimiento de la catedral de Parma (fig. 989).
(fig. 989) Descendimiento de Cristo crucificado de la catedral de
Parma
Aunque no de grandes vuelos
escultóricos, forman un pequeño capítulo en la escultura románica italiana los
relieves de las puertas de bronce. La importación de varios ejemplares traídos
de Bizancio da lugar, en la segunda mitad del XII, a una escuela de fundidores,
entre los que descuellan Barisanus de Trani, en el Sur, y Bonnanus de Pisa, en
Toscana. A este último se deben las puertas de las catedrales de su Pisa (fig.
990) y de Monreale, en Palermo.
(fig. 990) Puertas de bronce de la catedral de Pisa
ALEMANIA
En Alemania, la creación capital
del período románico corresponde a comienzos del siglo XI, y por ello es del
mayor interés. Ese temprano florecimiento va unido al nombre del obispo Bernward
de Hildesheim, la persona de confianza del emperador. A su iniciativa se deben
las puertas de la catedral (1015), con relieves del Viejo Testamento y de la
vida de Jesús. Casi de bulto redondo, la composición es diáfana y los personajes
están dotados de vida extraordinaria (fig. 991).
(fig. 991) Puertas de bronce de la catedral de Hildesheim
De estilo algo más tosco, el
obispo Bernward hace levantar además ante su catedral una columna de bronce
(1012), de cerca de cuatro metros de altura, con escenas evangélicas en un
relieve continuo dispuesto en espiral. Aunque la técnica de la fundición se
conserva en el período carolingio, se piensa respecto de estas dos obras en la
influencia bizantina (fig. 992).
(fig. 992) Columna de bronce, Hildesheim.
CAPÍTULO XVI
PINTURA ROMÁNICA
ORFEBRERÍA ESTILO. TEMAS
PINTURA MURAL EN CATALUÑA
PINTURA MURAL EN ARAGÓN Y
CASTILLA
FRONTALES
PINTURA ROMÁNICA EXTRANJERA
ORFEBRERÍA
ORFEBRERÍA ESTILO. TEMAS
.—En la pintura románica, como en
la bizantina, persiste la actitud antinaturalista que hemos visto predominar en
el período prerrománico, y, como en ella, la perspectiva no existe. De carácter
decorativo, el pintor concibe su obra como parte integrante del edificio. Es
pintura en la que el dibujo y los colores planos se yuxtaponen, produciendo
intensos contrastes cromáticos. Lo que se procura es crear composiciones
sencillas, pero impresionantes, cuyo contenido se perciba desde el primer
momento. Lo puramente narrativo, que seducirá al pintor gótico, ofrece todavía
escaso interés para el románico.
Concentrada la atención en la
figura animada, el fondo es fundamentalmente liso. A lo sumo, aparecen en él la
rama de un árbol o un trozo de edificio para sugerirnos la idea de un paisaje o
de un escenario arquitectónico; pero lo corriente es que aparezca el fondo
subdividido en amplias zonas de diversos colores planos, en los que se cree ver
la consecuencia de antiguas fórmulas en la interpretación del paisaje. Según el
llamado ilusionismo latino, los varios azules del cielo terminan sintetizándose
en dos fajas, y el paisaje en otras dos, verdes o amarillas u ocre y verde.
La figura se traza con líneas muy
gruesas, negras o de color rojo oscuro, subrayando así su valor decorativo, que
realza a su vez lo plano del colorido. Dentro de este convencionalismo, no falta
un sistema de modelado sumario y también convencional de origen bizantino. Tal
es el sombreado por medio de líneas paralelas y el modelado de los rostros a
base de manchas rojas redondas en mejillas, frente y barba.
Pero la pintura románica no es
sólo decorativa. Este sentido del dibujo y del color está al servicio de ese
deseo de expresión estática intensa y penetrante, y de ese ansia de
grandiosidad, de eternidad y de infinito ya comentado en la escultura románica.
El esquema iconográfico de la
decoración pictórica del interior del templo, de origen bizantino, tiene su
centro en la capilla mayor (fig. 993), que para la pintura es lo que la portada
para la escultura. Cubierta por un cuarto de esfera y limitada por el
abocinamiento semicircular del ábside, se compone de dos partes, equivalentes al
tímpano y a las jambas de la portada. La bóveda, como el tímpano, se consagra al
tema apocalíptico del Pantocrátor o Todopoderoso —Cristo en Majestad—, como Dios
Hijo, Creador y Juez, dentro de la almendra mística y rodeado por los símbolos
de los Evangelistas o Tetramorfos, a veces acompañados por los Evangelistas
mismos, ángeles o profetas. El Pantocrátor, en alguna ocasión, cede su puesto a
la Virgen con el Niño, a la que vemos incluso adorada por los Reyes Magos (fig.
994). La superficie cilíndrica del ábside suele estar dedicada a profetas o
santos, simétricamente distribuidos, derechos y de frente, aunque también se
representa alguna escena. En la parte del zócalo se pinta, por lo común, un
lienzo pendiente o una composición decorativa (fig. 995).
(fig. 993) Ábside de San Clemente de Tahull
(fig. 994) Ábside de Santa María de Tahull
(fig. 995) Ábside de Santa María de Mur
Los muros laterales del templo se
cubren con historias dispuestas en grandes zonas horizontales, subdivididas en
cuadros.
Aunque en la formación de la
escultura y de la pintura románica deja honda huella el arte prerrománico, este
esquema de composición iconográfica es de origen bizantino. En las iglesias
bizantinas de la segunda edad de oro —siglos XI a XIII— encontramos, en efecto,
sus precedentes. La gran cúpula central se dedica allí al Pantocrátor, el cuarto
de esfera del ábside a la Virgen, acompañada por San Miguel y San Gabriel, y el
muro cilíndrico, a profetas y santos, dispuestos en dos filas. En España no
faltan ejemplares, como el del Panteón de San Isidoro, de León (fig., 996), o
capillas de una nave sin ábside, como las de San Martín de Fenollar y Maderuelo,
donde el Pantocrátor aparece en el centro de la bóveda de la nave, es decir, en
el lugar equivalente a la cúpula; pero lo que sucede, por lo general, es que,
como no suele existir cúpula, se pinta en la única bóveda esférica —evocadora
del cielo—, que es la del ábside. Y, por otra parte, no faltan templos
bizantinos —Monreale— en los que el Pantocrátor ocupa esa bóveda absidal.
(fig., 996) Pantocrátor del Panteón de San Isidoro, de León
PINTURA MURAL EN CATALUÑA
.—Gracias al gran interés sentido
en Cataluña desde principios de siglo por su arte medieval, poseemos en el Museo
de Barcelona tal vez la más importante colección de pintura románica que existe.
La pintura románica ofrece en
España dos capítulos: el de la pintura mural y el de la pintura en tabla o
pintura de frontales.
Aunque en los primeros tiempos no
es fácil ordenar cronológicamente las pinturas murales catalanas, después de las
de Tarrasa, anteriores al siglo XI, suelen considerarse como las más arcaicas
las de San Juan de Bohí, del Museo de Barcelona, al que pertenecen todas las que
siguen, salvo indicación en contrario. Lo conservado es poco, pero el trozo de
la Lapidación de San Esteban (fig. 997) revela en el pintor un sentido dramático
nada corriente. Su firma se ha creído ver, sin verdadero fundamento, en el
nombre de Teodoros, que en él aparece.
(fig. 997) Lapidación de San Esteban
Del valle de Bohí procede la
pintura del ábside de San Clemente de Tahull (1123), una de las obras maestras
de nuestra pintura románica. En él muestra al Pantocrátor, luz del mundo,
acompañado por los símbolos de los Evangelistas, que, contra lo que es
corriente, aparecen sostenidos por los Evangelistas mismos. En la parte del
muro, y bajo arcos, vemos a la Virgen con la copa de sangre del Salvador, que
despide rayos luminosos, San Juan mostrándonos su Evangelio, y otros apóstoles.
La figura del Todopoderoso, grandiosa, es obra muy de primer orden, y tanto su
rostro como el de la Virgen son modelos de estilización y de exaltación
estática, Los fondos están distribuidos en fajas de diverso color.
De estilo muy parecido son las
pinturas del ábside de Santa María de Tahull aunque su calidad algo inferior y
algunas pequeñas diferencias hacen considerarlas de otro artista, al que, por su
semejanza con las del Museo del Prado, se ha denominado recientemente Maestro de
Maderuelo. En el ábside de Santa María, la Virgen con el Niño, adorada por los
Reyes Magos, reemplaza al Pantocrátor, como en el mosaico de la fachada de la
iglesia de la Natividad, de Belén. Los Reyes con coronas y edad decreciente,
según sucederá hasta mediados del XV, no reflejan todavía diferencia alguna de
color de piel. Santos en arquerías y, bajo ellos, medallones con animales
inspirados en tejidos, cubren la parte del muro.
Dentro de la bizantina, que
informa toda esta pintura románica catalana, se considera como principal
representante de la influencia francesa al Maestro de Mur, cuyo ábside se guarda
en el Museo de Boston. La gran composición del Pantocrátor con el Tetramorfos
ofrece la novedad de las siete lámparas representativas de las siete iglesias, y
de los versos del Carmen Paschale, del escritor del siglo V Sedulio, en los que
se ofrece el sentido espiritual de los símbolos de los Evangelistas. En el muro
aparece el apostolado completo sin fondos de arquerías, y por bajo, en el
zócalo, la historia del Nacimiento y otras figuras ilustradas con textos también
de Sedulio. Se supone que el Maestro de Mur conoce la portada de Chartres, y su
obra se considera ya de la segunda mitad del siglo XII.
Pintor de amplia influencia, y al
que se atribuyen varias obras importantes, es el de Pedret, así llamado por sus
pinturas de esta iglesia. Las mejor conservadas son las de la parábola de las
Vírgenes prudentes y fatuas. Entre las obras que recientemente se han atribuido
al Maestro de Pedret, la más importante es el ábside de Santa María, de Esterri
de Aneu (fig. 998), en la que el cuarto de esfera, como en Santa María de Tahull,
se dedica a la Virgen con el Niño recibiendo el homenaje de los Reyes Magos,
aquí flanqueados por los arcángeles Miguel y Gabriel. El primero presenta aún su
estandarte y el letrero «Petitius», en su calidad de oferente de las oraciones
de los fieles. La parte más singular es la del muro, donde dos enormes serafines
purifican con brasas no sólo al profeta Isaías, sino también a Elías, entre los
cuales aparecen las ruedas de fuego que serán las del carro del primero o las de
la visión de Ezequiel. Limitan la escena, de un lado, San Rafael, y de otro, dos
religiosos tonsurados, tal vez los patronos de la obra.
(fig. 998) Ábside de Santa María, de Esterri de Aneu
Artista de primera fila dentro de
la pintura románica catalana es también el Maestro de Urgel, autor del ábside de
San Pedro de aquella ciudad. Está distribuido como de costumbre: el Pantocrátor
con el Tetramorfos, en la bóveda; la Virgen y apóstoles, por parejas en animada
conversación, en el muro. Pintor, al parecer, todavía de la primera mitad del
XII, deja sentir su influencia en un número de obras bastante crecido, alguna
como la de Román deis Bons, particularmente interesante por estar fechada (1167
(fig. 999).
(fig. 999) Ábside de San Pedro Urgel
Maestro más de segunda fila es el
de Esterri de Cardos (fig. 1000), con grandes serafines a los lados del
Todopoderoso. En el Tetramorfos se observa la torpe interpretación del león, que
más semeja un oso.
(fig. 1000) Ábside de Esterri de Cardos
El ábside de Santa María, de
Tarrasa (fig. 1001), conservado in situ, es curioso, por estar dedicado a un
santo, y además tan reciente como Tomás de Canterbury, canonizado en 1173. Se
narra en el muro su martirio y la ascensión de su alma, mientras en la bóveda
aparece ya con su diácono Grim, honrado por el Todopoderoso, que toca sus
cabezas con el texto sagrado.
(fig. 1001) Ábside de Santa María, de Tarrasa
PINTURA MURAL EN ARAGÓN Y
CASTILLA
.—La invasión de lo narrativo es
lo que presta su principal interés a la pintura aragonesa del ábside de San
Juan, de Uncastillo. Obra ya del siglo XIII, funde la bóveda y el muro en un
escenario único. Como veremos en los frontales, el Todopoderoso cubre la parte
del centro de uno y otro, aprovechándose los cuatro espacios laterales para
historias de Santiago.
La obra principal de la pintura
románica en Aragón es el espléndido conjunto de la Sala Capitular de Sigena (fig.
1002), por desgracia casi totalmente perdida en el incendio de 1936, pero de la
que poseemos buenas fotografías anteriores. Grises y medio monocromas en la
actualidad, eran de un colorido de brillantez impresionante. Cubierta la sala
por grandes arcos transversales, mostraban éstos en sus enjutas escenas
bíblicas, en su casi totalidad referentes a Adán, Noé y Moisés, y en los
intradoses, dos series de los patriarcas antepasados de San José, en cada uno de
cuyos cuadros aparece uno acompañado de su hijo, que, ya mayor, y acompañado por
el suyo, vemos en el siguiente. Ejecutado todo ello en temple, su estilo difiere
del de todos los monumentos anteriores. Recientemente se ha relacionado su
estilo con el de ciertas miniaturas inglesas contemporáneas, habiéndose
advertido una estrecha coincidencia en la interpretación de algunos temas.
(fig. 1002) Restos restaurados de la Sala Capitular de Sigena
Pese a la importancia de los
templos románicos castellanos, su decoración pictórica conocida es hasta ahora
muy escasa, pero como, probablemente, queda aún mucho cubierto por encalados y
enjalbegados, tal vez sea prematuro negar la existencia de una gran escuela de
pintura románica castellana. Algunos de los principales monasterios conservados
hacen pensar, sin embargo, en artistas forasteros. Este es el caso del Maestro
de Maderuelo y, tal vez, del de San Isidoro, de León. El Maestro de Maderuelo,
según los más recientes estudios, es pintor que inicia su carrera en nuestro
país con las pinturas ya citadas de Santa María de Tahull, y al que se atribuyen
en Castilla las de Maderuelo y San Baudelio.
Santa Cruz de Maderuelo, cuyas
pinturas se encuentran desde hace pocos años en el Museo del Prado, es una
capilla pequeña de planta rectangular y bóveda de cañón, con el Pantocrátor en
la parte central de ésta (fig. 1003).
(fig. 1003). Pantocrátor en la parte central de la bóveda
A los lados, y todavía en la
bóveda, aparecen en fila los símbolos de los Evangelistas, arcángeles,
serafines, ángeles y santos; (ya en el muro, y bajo arcos, como en Santa María
de Tahull, los apóstoles. El medio punto del testero lo ocupa la Santa Cruz
—advocación del templo— con el Cordero en el centro, al que hacen su ofrenda
Caín y Abel.
Bajo el Cordero, en la ventana,
el Espíritu Santo, y a los lados, ya en el muro, la Magdalena y Jesús, y la
Virgen adorada por uno de los Reyes (fig. 1004).
(fig. 1004) Pinturas del conjunto de la bóveda
En el medio punto de los pies, la
Creación de Adán y el Pecado Original (fig. 1005).
(fig. 1005) Medio punto del pie de la bóveda
Las pinturas de San Baudelio (fig.
1006), vergonzosamente vendidas y distribuidas hoy entre particulares y los
Museos de Boston y del Prado, y sólo en su mínima parte, in situ, cubrían por
completo el interior del original monumento mozárabe. Los muros estaban
distribuidos en dos grandes zonas, de las cuales la superior contiene diversas
historias de la vida de Jesús, entre ellas la Cena, las Marías en el sepulcro y
la Curación del ciego. La zona inferior, que es la más original, está dedicada a
temas de caza.
(fig. 1006) Pinturas de San Baudelio
En la continuación de esta zona
inferior, por el antepecho de la tribuna, los temas son igualmente profanos: un
gran oso, un elefante con su torre, un camello, un soldado, una hermosa tela de
ruedas con águilas. En la capilla, como en Maderuelo, presiden el testero el
Cordero, al que ofrendan Caín y Abel, y el Espíritu Santo.
El importante ciclo de las
pinturas de San Isidoro de León, es extraordinario por su calidad y por decorar
una serie de paños de bóvedas rectangulares que, por lo general, se subdividen,
con gruesas líneas de color oscuro, en diversos campos o compartimientos,
algunos tan pequeños que sólo encuadran un trozo de decoración vegetal. Aunque
lo apocalíptico pierde terreno, la bóveda se consagra al tema de rigor. El
pantocrátor (fig. 1007) de San Isidoro es una de las obras maestras de la
pintura románica. Sobre un fondo de luz sembrado de estrellas que todo lo inunda
y en vano tratan de ocultar las nubes circundantes, vemos la gran aureola del
Todopoderoso, que sostenida por las robustas figuras del Tetramorfos, llena la
superficie de la bóveda. El Tetramorfos, contra lo hasta ahora visto, tiene el
cuerpo humano y la cabeza del símbolo, es decir, según se emplea ya en Occidente
en el siglo VIII y es frecuente en la miniatura mozárabe. El pintor, que al
elegir este modelo monstruoso ha procurado intensificar la nota de lo
sobrenatural, al convertir las anchas fajas de color diverso, corriente en los
fondos, en los dos husos de luz y de sombra que se cruzan diagonalmente tras el
Tetramorfos, procura reforzar el grandioso efecto de luces y tinieblas sobre el
que se nos aparece el Todopoderoso, la Lux Mundi del libro que nos muestra
abierto mientras nos bendice.
(fig. 1007) Pantocrátor de San Isidoro de León
Con la grandiosidad y sentido
espectacular del Pantocrátor forma el más vivo contraste la Anunciación a los
Pastores (fig. 1008), a la que el pintor, cautivado por lo bucólico del tema, ha
concedido desusada amplitud. Seguramente es una de las creaciones más bellas y
atractivas de toda la pintura románica, tanto por la claridad y belleza de su
composición, como por el hondo sentido poético con que el pintor ha sabido
interpretar cada una de sus escenas.
(fig. 1008) Anuncio a los pastores
A juzgar por le retratos de los
reyes Fernando II y Urraca, que aparecen en la Crucifixión, precisa considerar
estas pinturas de entre 1164 y 1188, fechas de la boda con su primera mujer, de
ese nombre, y de la muerte del monarca.
Las restantes pinturas románicas
castellanas conservadas son de mucho menos interés. Las del Cristo de la Luz, de
Toledo (1187), presentan los restos de un Pantocrátor con el Tetramorfos en la
bóveda y santos y un clérigo en varias hornacinas (fig. 1009).
(fig. 1009) Cristo de la Luz, de Toledo
FRONTALES
.—La pintura románica en tabla,
que se prepara con una primera capa de yeso, comprende frontales, baldaquinos y
pequeños retablos. Los baldaquinos conservados, tanto en la forma tradicional de
cimborrio o templete, como de tablero oblicuamente dispuesto sobre una viga son
escasísimos, y lo mismo sucede con los retablos, que no deben comenzar a
emplearse hasta fecha muy tardía (fig. 1010).
(fig. 1010) Ábside con Baldaquino y frontal
La pintura románica en tabla se
reduce, pues, casi por completo a los frontales destinados a decorar el frente
de la mesa del altar. Al parecer, tienen su origen en los más costosos de
metales preciosos o simplemente de madera en relieve.
Por su organización sencilla y
clara en que parece reflejarse más intensamente el estilo de la gran pintura
mural, conviene citar en primer término los dos frontales del Salvador y los
Apóstoles, del Museo de Barcelona, procedentes de la región de Urgel, y que se
suponen nacidos bajo el influjo del maestro de este nombre (fig. 1011), (fig.
1012). Divididos en tres calles, los apóstoles ocupan las laterales, en un caso
formando dos grupos simétricamente dispuestos y en otros distribuidos por
parejas en pequeños compartimientos, uno de ellos dedicado a San Martín con el
pobre. En la calle central, la almendra que rodea al Todopoderoso es de cierto
interés iconográfico. La gran aureola, que debe ser alargada e incluir la
inferior, que es símbolo del mundo y debe servirle de trono, ha disminuido de
tamaño y es en la que, efectivamente, se asienta. La explicación de tal
anomalía, no del todo convincente, es que el pintor ignora ya el simbolismo de
ambas formas. El Todopoderoso apoya los pies en escabel esférico cubierto de
follaje, y en uno de los frontales tiene entre sus dedos una bolita, en la que
se alude a cómo maneja el mundo. Aparte de su valor puramente artístico, estos
dos frontales son buenos ejemplos del simbolismo románico.
(fig. 1011) Frontales del Salvador y los Apóstoles, del Museo de
Barcelona
(fig. 1012) De una amplia región, que tiene por centro Ripoll,
procede una serie de frontales de estilo más dispar, pero en los que perdura la
sobriedad de la pintura mural.
A este grupo se asigna el de San
Martín (fig. 1013), hasta ahora considerado del XI, y, por tanto, el más antiguo
de todos los conservados, pero que, al parecer, corresponde al XII, y el de San
Andrés de Sagars (fig. 1014), ambos en el Museo de Vich. Tanto en uno como en
otro, mientras la parte central continúa reservándose al Pantocrátor, los
pequeños compartimientos laterales se dedican a historias diversas de los santos
respectivos. Los fondos son de colores alternados.
(fig. 1013) Frontal de San Martín
(fig. 1014) Frontal de San Andrés de Sagars
De rasgos mucho más definidos es
el grupo de frontales que se caracteriza por la complicación de los plegados de
sus ropajes, en los que se multiplican rizos y espirales, llegando incluso a
dibujar flores muy esquematizadas. Obras, al parecer, de fecha bastante tardía,
los ejemplos más representativos son el de la Virgen (fig. 1015) y el de Santa
Margarita (fig. 1016), del Museo de Vich. Los dos consagran la parte central a
la Virgen.
(fig. 1015) Frontal de la Virgen del museo de Vich
(fig. 1016) Frontal de altar de Santa Margarita de Vilaseca del
museo de Vich
De época también tardía, como lo
atestiguan la dedicación a la Virgen y, sobre todo, el transformarse la mandorla
en un cuadrilóbulo, e incluso el desaparecer, son los frontales de Llusá (fig.
1017) y de Avia (fig. 1018).
(fig. 1017) Frontal de Llusá
(fig. 1018) Frontal de Avia
Al siglo XIII pertenece, por
último, una serie en la que la pintura por el deseo de emular la riqueza de los
frontales metálicos, se reduce a los personajes, que quedan perfilados por el
fondo de yeso dorado en relieve y decorado con temas geométricos o vegetales muy
esquematizados. La almendra mística suele sustituirse por un arco lobulado sobre
columnas, y también, como en los anteriores, es la Virgen, y sobre todo santos,
quienes presiden el frontal. La mayor parte de estos frontales proceden de la
región de Lérida y el más importante es el de San Martín (fig. 1019), firmado
por el pintor Juan.
(fig. 1019) Frontal de San Martín del museo de Barcelona
PINTURA ROMÁNICA EXTRANJERA
.—De la gran pintura anterior al
siglo XI son escasos los monumentos conservados. Las murales más antiguas e
interesantes son las de la iglesia de Oberzell, en la isla de Reichenau (lago de
Constanza), de fines del siglo X o de comienzos del siguiente, que representan
escenas de la vida de Jesús. El otro grupo es el italiano, que se caracteriza
por su bizantinismo, pues ya hemos visto los importantes y numerosos mosaicos de
ese estilo existentes en Italia. En San Angelo in Formis decora el ábside el
Cristo en Majestad con los símbolos de los Evangelistas, mientras en la nave
aparecen las escenas del Nuevo Testamento y las correspondientes del Antiguo, y
a los pies el Juicio Final, según seguirá siendo costumbre hasta el
Renacimiento.
Aunque la miniatura sólo puede
darnos cierta idea de la gran pintura contemporánea, es indudable que en este
primer período de románico produce obras más valiosas que aquélla.
La escuela de miniaturistas más
importante es la alemana. Vigorosa, en ella la tradición carolingia, a mediados
del siglo X comienza a producir bajo los Otones obras de primera calidad. Su
foco principal radica en la abadía de Constanza, que, por ser escala de los
emperadores en la ruta de Italia, es largamente favorecida por ellos.
Los miniaturistas de los Otones,
lo mismo que son capaces de pintar escenas de una grandiosidad majestuosa y
severa como la del emperador en el trono rodeado de sus consejeros recibiendo el
homenaje del Imperio —Otón II, en el Museo de Chantilly, y Otón III, en su
Evangeliario de la Biblioteca de Munich— (1010) (fig. 1020).
(fig. 1020) Otón II, M. Chantilly. Otón III, Evangeliario, B. de
Munich
Maravilloso juego de imágenes,
hace presentir la Resurrección, de Matías Grünewald (fig. 1021)
(fig. 1021). La Resurrección, de Matías Grünewald
A mediados del siglo XI pasan a
ocupar el primer plano de la miniatura alemana Tréveris y Echternach, en la
región del Mosela. A esta escuela de Echternach se atribuye el hermoso
Evangeliario de Conrado y Gisela o Codex Aureus, de la catedral de Spira, hoy en
El Escorial, de hacia 1035, (fig. 1022).
(fig. 1022) Codex Aureus, de la catedral de Spira. Escorial
Del siglo XII poseemos ya
bastantes pinturas murales, sobre todo en Francia, donde pueden distinguirse dos
grupos: el de Poitou y de la región del Loira, de fondos claros, y el de Borgoña
y el centro de Francia, de fondo oscuro y acusada influencia bizantina. El
principal monumento del primer grupo lo constituyen las pinturas murales de San
Javier de Gartempe, de la primera mitad del siglo. En su nartex se representa al
fondo el Todopoderoso en la almendra mística y en la nave del templo, historias
bíblicas (fig. 1023).
(fig. 1023) Pinturas murales de la nave de San Javier de Gartempe
También son importantes las
pinturas de Vic. En la pintura borgoñona debe de desempeñar papel primordial la
cluniacense. Perdidas las del gran templo matriz, quiere verse el reflejo de su
estilo en los frescos de la iglesia de Berzé la Ville. En la bóveda del ábside
nos muestran al Todopoderoso; en el zócalo, los retratos de los abades de Cluny,
y bajo los arcos, martirios de Santos. Las finas y numerosos líneas de las
sombras, y el plegado menudo de las telas, son claras muestras de la influencia
bizantina (fig. 1024).
(fig. 1024) Frescos de la iglesia de Berzé la Ville
ORFEBRERÍA
.—Uno de los aspectos más
interesantes de la orfebrería de este período es el del esmalte. El esmalte se
cultiva en diversas partes de Occidente, pero en un principio se distingue, por
su finura, el de la región del Rhin y del Mosela. Más tarde, a fines del siglo
XII, la producción, o al menos la distribución, se concentra en Limoges, hasta
tal punto, que durante mucho tiempo se han creído los esmaltes románicos
producto exclusivo de los talleres de la ciudad francesa. Menos finos que los
renanos, se imponen probablemente por su baratura, y tienen tal aceptación, que
todavía en el período gótico se continúa empleando el estilo románico
tradicional.
El esmalte llamado de Limoges no
es tabicado como el bizantino. Los alvéolos donde se coloca la pasta vitrea, que
en el horno se convierte en esmalte, no están formados por laminillas o tabiques
colocados sobre la superficie metálica, sino excavándose en la lámina misma de
cobre. Es el procedimiento que en francés se llama champlevé, ahuecado. Estos
esmaltes son opacos. Con frecuencia la figura humana es exclusivamente de cobre
dorado, y el fondo esmaltado, y hasta se hacen de relieve cabezas, manos y pies.
Los productos de la industria de
Limoges son muy variados: tapas de libros, arquetas, frontales, báculos,
cálices, copones, etc. El nivel medio, naturalmente, es de carácter bastante
industrial. Hoy parece seguro que en España se cultiva también este tipo de
esmalte, distinguiéndose por sus colores menos limpios. Se piensa que puedan ser
producción española el hermoso frontal de la urna de Silos, del Museo de Burgos
(fig. 1025), y retablo de San Miguel in Excelsis, obras capitales del esmalte
del tipo de Limoges conservadas en nuestro país (fig. 1026).
(fig. 1025) Frontal de la urna de Silos, del Museo de Burgos
(fig. 1026) Retablo de San Miguel in Excelsis. San Miguel de
Aralar. Navarra
La obra maestra de la escuela
renana es el Arca de las reliquias de los Reyes Magos, de la catedral de
Colonia, ejecutada por Nicolás de Verdun en los últimos veinte años del siglo
XII. Bajo la forma de un templete de tres naves cubierto a dos aguas, presenta
todos sus frentes decorados con arcos, cada uno de los cuales encuadra un
personaje casi de bulto redondo. No son esculturitas de tipo industrial, sino de
la más fina calidad (fig. 1027).
(fig. 1027). Arca de las reliquias de los Reyes Magos, de la
catedral de Colonia
CAPÍTULO XVII
ARQUITECTURA
GÓTICA
EL ESTILO GÓTICO
EL ARCO Y LA BÓVEDA DE CRUCERÍA
PILARES Y ARBOTANTES
DECORACIÓN. PUERTAS Y VENTANAS
E L TEMPLO
EVOLUCIÓN DEL ESTILO
FRANCIA: EL ESTILO CISTERCIENSE
LAS PRIMERAS CATEDRALES GÓTICAS
ARQUITECTURA GÓTICA DEL SIGLO XV
EN FRANCIA Y FLANDES
ESPAÑA: EL ESTILO CISTERCIENSE.
CATEDRALES CASTELLANAS DEL SIGLO XIII
CATEDRALES CATALANAS DEL SIGLO
XIV. PORTUGAL
ULTIMAS CATEDRALES GÓTICAS DE LOS
SIGLOS XV Y XVI
ESCUELA DE TOLEDO: ANEQUIN EGAS,
JUAN GUAS Y ENRIQUE EGAS
BURGOS: JUAN Y SIMÓN DE COLONIA.
LONJAS DE LEVANTE
PORTUGAL
ALEMANIA E INGLATERRA
ITALIA
EL ESTILO GÓTICO
.—El absurdo nombre de gótico con
que se conoce al estilo que como consecuencia de la evolución del románico
impera durante los tres últimos siglos de la Edad Media, se debe al gran
historiador del arte italiano del siglo XVI, Vasari, que lo cree de origen
germánico. El estilo gótico adquiere una difusión geográfica más amplia que el
románico, pues de una parte los cruzados llevan sus fronteras por Oriente hasta
Tierra Santa y Chipre, y en sus últimos momentos, los españoles, por Occidente,
al otro lado del Atlántico.
Cronológicamente comprende desde
fines del siglo XII hasta muy entrado el siglo XVI, e incluso en Inglaterra, por
un extraño fenómeno de tradicionalismo, sobrevive sin evolucionar hasta enlazar
con su resurrección romántica del siglo XIX.
No obstante, aunque el estilo
gótico es la consecuencia lógica de la evolución del románico, desde el punto de
vista estético refleja una actitud espiritual y un gusto completamente
distintos, y en muchos aspectos opuestos. Si las características fundamentales
del románico son debidas al dominio de la masa sobre el vano, y en los
interiores la sombra casi triunfa sobre la luz, el resorte que mueve al
arquitecto gótico es su ansiedad de elevación y de luz y el consiguiente horror
el macizo. Contribuyen a crear esta nueva sensibilidad, de una parte, ese eterno
movimiento pendular del gusto, que llega ahora a una de sus metas más extremas,
y de otra, la natural evolución del sistema de presiones y contrarrestos
concentrados en determinados puntos, que se inicia en los últimos tiempos del
Imperio romano.
El afán de luz hace al arquitecto
gótico prescindir del muro en grado no superado en Occidente hasta que se
comienza a emplear el hierro y el cemento, los dos nuevos materiales que
revolucionan la arquitectura contemporánea. En la arquitectura gótica, el muro
llega a perder su función esencial de soporte y, como sólo sirve de cerramiento,
se reemplaza por vidrieras. Los amplísimos ventanales góticos son el extremo
opuesto de las ventanas románicas, a veces simples saeteras.
Los arquitectos romanos y
bizantinos construyen edificios de no menor altura que muchas catedrales góticas
—Termas de Caracalla, Santa Sofía—, pero para ellos la altura es un factor más
de su aspiración fundamental, que es la monumentalidad. Para el arquitecto
gótico, en cambio, lo primero es la elevación y el hacer sentir ese movimiento
ascendente, que en el fondo es ansia de Dios, con la mayor intensidad posible.
Soportes y cubiertas parecen concebidos para servir a ese efecto. Las columnas
pierden materia, se adelgazan y espiritualizan hasta transformarse en finísimos
baquetones, y con ellas las molduras verticales producidas por las aristas de
los antiguos pilares cruciformes. Gracias al paralelismo de unos y otras, la
mirada, y con ella nuestro espíritu, se sienten fácilmente impulsados hacia las
alturas, donde los arcos apuntados de las bóvedas nos señalan el camino del
cielo. La tensión espiritual hacia las alturas es decisiva en el monumento
gótico, y a ella se subordinan todos sus valores formales. En el exterior del
edificio una serie de elementos arquitectónicos nuevos, a que nos referimos
seguidamente, coadyuvan a ese mismo fin, y las torres, para servir a ese deseo,
terminan agudas como flechas.
No obstante, la gran importancia
que durante el período gótico conserva la arquitectura monástica, vivificada de
nuevo por el nacimiento de las grandes Ordenes mendicantes de San Francisco y de
Santo Domingo, el monumento donde el gótico alcanza su expresión más plena es la
catedral, el edificio que se levanta en el centro de la gran ciudad, y en cuya
altura y magnificencia cifran todo su orgullo los vecinos. Si la obra magna del
románico ha sido el monasterio, pequeña ciudad en sí, es decir, la obra del
monacato, la catedral es el templo de las grandes masas burguesas formadas en
los últimos siglos medios. Es la manifestación plástica más perfecta de cuanto
hay de espiritualidad en la Edad Media.
EL ARCO Y LA BÓVEDA DE CRUCERÍA
ARCOS
.—Como en el románico, el germen
de la evolución del gótico se encuentra en la cubierta. Las innovaciones son
consecuencia de las novedades introducidas en la bóveda.
El arco apuntado, que, empleado
ya por los abasíes en el siglo IX, se utiliza en el románico borgoñón, es,
gracias a su mayor verticalidad, de presiones laterales menores que el
semicircular. Se le dan diversos nombres, según la proporción entre su altura y
su luz (fig. 1028). Así se llaman de todo punto (A) cuando sus centros están en
los arranques; de tercio punto (B) cuando, dividida su anchura en cinco partes,
los centros se encuentran en los extremos de los tres quintos centrales, y de
cuarto punto (C) si, dividida esa anchura en cuatro, se hace centro en los
extremos de los dos cuartos interiores.
(fig. 1028) Arcos góticos
—A-D, arcos góticos apuntados; E,
conocopial; F, carpanel.— Pilar del siglo XV.
El arco gótico nace con capacidad
de transformación sólo equiparable a la del arco árabe. En el siglo XV se
generaliza el arco apuntado conopial (E) o cóncavo-convexo de cuatro centros,
dos dentro, a la altura de las impostas, y dos fuera, en la parte superior. Poco
posterior es la aparición del arco rebajado del tipo carpanel o de tres centros,
dos en la línea de las impostas y uno muy por bajo de ella Típico de Inglaterra
es el llamado Tudor (D). También se emplea en vanos secundarios de la
arquitectura gótica el arco escarzano, que no llega al semicírculo (F). Propio
de los últimos tiempos del gótico es, finalmente, el arco mixtilíneo, producido
por la introducción de pequeños trozos rectilíneos dentro del arco.
La sección del arco gótico, como
consecuencia de las molduras cada vez más ricas de las aristas del románico, es
apuntada, y se decora con las mismas molduras que el pilar (fig. 1029).
(fig. 1029) BÓVEDAS GÓTICAS
A, B, bóveda de crucería sin y
con plementería; C, bóveda de cañón con estribos; a, estribo; D, bóveda de
crucería contrarrestada con arbotantes; b, arbotante; c, estribo; d, pináculo.
La bóveda de crucería o de ojivas
góticas deriva de la bóveda de aristas románica, pero se diferencia
esencialmente de ella. El arquitecto gótico descompone la bóveda en dos
elementos (fig. 1029 A-B): los arcos que cruzan diagonalmente como antes las
aristas, que son los arcos cruceros, ojivos u ojivas —de la palabra hispanoárabe
aljibe—: los formeros y los fajones o perpiaños, todos los cuales constituyen el
esqueleto de la bóveda, y los plementos, paños o témpanos, que, apoyándose en
ese esqueleto, cierran la bóveda. Según la teoría tradicional, hija de los
estudios realizados hace un siglo por el arquitecto francés Viollet-le-Duc, la
desaparición de una sola dovela de los arcos de ese esqueleto lleva consigo el
derrumbamiento de la bóveda, y eso se ha repetido hasta que la ruina de las
catedrales francesas producida por la primera guerra europea demuestra la
falsedad de la teoría, y que los plementos de por sí constituyen una bóveda con
vida propia. Debido a ello hoy se apunta la idea de que tanto como las razones
de orden mecánico deben influir las de orden estético en el nacimiento de la
bóveda de crucería.
Resuelta la organización de la
bóveda de nervios gótica sobre los dos arcos cruceros en diagonal y los cuatro
exteriores, gracias a los cuales, lo mismo que en la de arista, la carga se
concentra en cuatro puntos, no tardan en introducirse sobre este patrón primario
novedades que van enriqueciendo su traza (fig. 1030).
(fig. 1030) Modificaciones de las bóvedas góticas
G-L, bóvedas de ojivas; H, bóveda
sexpartita; I, de terceletes; J-L, estrelladas.
Al agregarse un nervio que una
las claves de dos arcos laterales con la de la bóveda, se crea la bóveda
sexpartita (H), así llamada por los seis plementos en que resulta subdividida.
Cuando, para subrayar la continuidad de la nave, se dispone un nervio en el
sentido del eje de ésta, uniendo las claves de todas sus bóvedas, ese nervio se
denomina combado. De más importantes consecuencias es la novedad (I) de trazar
por las bisectrices de los ángulos inferiores de cada témpano una pareja de
nervios, que en su punto de convergencia se unen con otro nervio secundario o
ligadura, que desciende de la clave. Este tipo de bóveda, llamada de terceletes,
es de gran valor decorativo y representa una paso capital en el proceso de
enriquecimiento de la bóveda, e incluso en la transformación misma de su
estructura.
La transformación de terceletes y
nervios intermedios termina dando lugar a las bóvedas estrelladas (J, L), cuya
traza semeja, efectivamente, una estrella. Su uso se generaliza en el siglo XV.
Papel también decisivo en el enriquecimiento de la bóveda de crucería desempeñan
los múltiples nervios curvos que ligan las naves secundarias. En Inglaterra,
evolucionándose en ese sentido, se crea la bóveda de abanico y en Alemania la
reticulada, en la que se prescinde de los nervios cruceros e incluso perpiaños.
Como es natural, la bóveda de
crucería ofrece otros aspectos interesantes, aunque de menor importancia desde
el punto de vista decorativo. Tales son los de la altura y forma de los arcos
cruceros y el despiece de los plementos, en todos los cuales se manifiestan
notables diferencias entre las diversas escuelas.
Los precedentes de la bóveda de
ojivas son varios y, al parecer, bastante antiguos. Para algunos tienen ese
valor las bóvedas de aristas reforzadas de las Termas de Diocleciano y de otros
monumentos romanos. En la arquitectura árabe hemos visto las bóvedas de la
mezquita de Córdoba del siglo X. Pero, tal vez, el precedente más valioso es el
grupo de bóvedas con nervios decididamente constructivos de Armenia que comienza
en el siglo X en la iglesia de Ani y conserva su vitalidad hasta el XIII. Este
tipo de bóveda de Armenia ofrece, además, el especial interés de su semejanza
con el de las bóvedas de Lombardía, la más antigua de las cuales, la de
Sannazaro Sesia, se considera comenzada en 1040. Precisa, sin embargo, reconocer
que ninguna de estas escuelas ha sido capaz de sacar las consecuencias que a
principios del siglo XII permiten crear en el norte de Francia la arquitectura
gótica que después se difunde por toda Europa.
En esos comienzos de la bóveda de
ojivas propiamente gótica debe de desempeñar papel decisivo la escuela
anglonormanda, ya que la catedral de Durham, en el norte de Inglaterra, la
utiliza en su capilla mayor en 1096.
En la primera mitad del siglo XII
existen ya varios monumentos importantes en Normandía —catedral de Evreux, 1119—
que se cubren con bóvedas de ojivas.
Algo análogo sucede en las
provincias de la Corona francesa —Domaine royal— y limítrofes. Las de Morienval
(1133) se han considerado hasta fecha no lejana como las más antiguas bóvedas de
ojivas.
Al segundo cuarto del siglo
pertenecen ya Saint Denis (1144) y la catedral de Sens (1140) (fig. 1031) (fig.
1032).
(fig. 1031) Primeras iglesias con formas arquitectónicas góticas
(fig. 1032) Interior exterior de la catedral de Sens (1140)
PILARES Y ARBOTANTES
.—Consecuencia inmediata de
multiplicar los nervios secundarios de la bóveda de crucería es la
transformación del pilar, que, en el fondo, se limita a continuar el proceso
iniciado en el pilar románico. Si en un principio las columnas adosadas
conservan toda su personalidad y su sección semicircular, a medida que avanza el
tiempo, al multiplicarse para recibir los nervios de las bóvedas, se van
haciendo más finas y transformando su sección circular en apuntada. Convertida
así la columna en simple baquetón, la sección de éste continúa evolucionando y
adoptando formas semejantes a las descritas en los arcos. Como es natural, la
pérdida de personalidad de las columnas adosadas y el convertirse en delgados
baquetones, lleva consigo la desaparición del capitel individual y su fusión en
una estrecha faja, que es ya el capitel corrido del pilar En las basas, no se
llega a esta fusión, pero, en cambio, se labran alternativamente a diversa
altura (fig. 1033).
(fig. 1033) Pilares góticos
De mayor importancia aún son las
consecuencias que el contrarresto de los empujes laterales de la bóveda tiene en
el exterior del edificio. La gran elevación del templo gótico y el deseo de
crear interiores luminosos impide utilizar los estribos empleados por el
románico. Los maestros góticos, para resolver el problema siguen el camino
iniciado por los maestros tolosanos al cubrir sus tribunas con esa bóveda de
cuarto de círculo que sirve, al mismo tiempo, de contrarresto de los empujes de
la de cañón de la nave central. El sistema es revolucionario, porque, en lugar
de oponer a la fuerza siempre viva de la bóveda la masa inerte del estribo,
dispone la fuerza no menos viva de otro arco, y este equilibrio de fuerzas
contrapuestas es lo que convierte al monumento gótico en un ser viviente.
El arquitecto gótico reduce la
vieja bóveda románica de cuarto de círculo a un simple arco, el arbotante o
botarel (b), que, apoyado en su parte superior en el arranque de la bóveda de
ojiva, conduce su empuje lateral a un estribo (c) situado en el muro de la nave
inmediata, sin restar luminosidad al ventanal abierto en el muro de la nave cuya
bóveda contrarresta. Para evitar el desplazamiento del estribo por el empuje del
arbotante, sin elevarlo excesivamente en su totalidad, y contribuir al mismo
tiempo a ese efecto ascendente, inspirador de la arquitectura gótica, se le
corona con el pináculo (d) o pilar terminado en forma apiramidada en su parte
superior. El arbotante, además de esta función mecánica, sirve para conducir al
exterior, a través de los pináculos, el agua de lluvia de las bóvedas. Cuando
por la gran altura de la nave se emplean dos arbotantes superpuestos, el más
alto desempeña aquella función. Las bocas o cañones de desagüe, por lo general
decorados con figuras animadas, son las gárgolas (fig. 1034).
(fig. 1034) Gárgolas
DECORACIÓN. PUERTAS Y VENTANAS
.—Mientras en lo constructivo el
gótico, revoluciona el muro por su interés en abrir en el mismo grandes
ventanales, pero a su vez es consecuencia de la evolución del románico, en lo
decorativo esa continuidad no existe. Sin perjuicio de llegar en los últimos
momentos a extremos de riqueza y exuberancia que superan a los del estilo
anterior, la decoración gótica nace después de la reacción cisterciense, uno de
cuyos postulados es, como veremos, el raer todo ornamento.
Los temas geométricos preferidos
son los que nacen del arco mismo, por la combinación de curvas de uno o varios
centros. El dibujo geométrico o tracería gótica comienza yuxtaponiendo círculos
o triángulos curvos, decorados en su interior con arquillos de medio punto o
apuntados. El empleo del arco conopial con su doble curva abre en el siglo XV
una nueva etapa en la decoración geométrica gótica. El entrecruzamiento de sus
líneas crea una serie de curvas y contracurvas que, por semejar el ondulante
movimiento de la llama, ha dado el nombre de flamígero al gótico en que se
emplea. Los temas decorativos, que hasta entonces son circulares o triangulares,
se transforman en una serie de óvalos apuntados de las más diversas proporciones
(fig. 1035).
(fig. 1035) Formas de ventanales góticos
Si la decoración geométrica
gótica está llena de novedad, donde se advierte que la actitud espiritual del
decorador gótico no sólo es diferente, sino opuesta a la del románico, es en la
de carácter vegetal. San Francisco ha predicado el amor a la naturaleza y a sus
más humildes criaturas, y ese aliento vital que anima la época hace que el
decorador descubra la belleza natural de las plantas y no sienta la necesidad de
transformarlas (fig. 1036) al esculpirlas en sus edificios.
(fig. 1036) Decoración capiteles góticos
Las preferidas, sobre todo en los
primeros tiempos, son las hojas de hiedra, de vid, de roble y de trébol. A su
lado va ganando terreno la hoja de cardo (fig. 1037), llamada modernamente
cardina, que los castellanos de la época llamaban berza, y que termina
convirtiéndose en el tema vegetal corriente para decorar arquivoltas, jambas y
capiteles.
(fig. 1037) Cardina
En los capiteles de la figura
1036 pueden verse las típicas frondas del siglo XIII, frondas que se repiten en
los ganchos de esa misma época de la (fig. 1038). En ésta puede observarse cómo
esa fronda cede el paso al follaje posterior.
(fig. 1038) Frondas del siglo XIII
Además de estos temas de follaje,
en los últimos tiempos del gótico se pone de moda otro, también vegetal, que
refleja el agudo realismo característico del gótico tardío. Los troncos de
plantas erizados de nudos y muñones y de rugosas cortezas deleitan el cincel
minucioso del decorador del siglo XV. Son además, frecuentes la flor del cardo y
la granada, que se emplean sobre todo en los tejidos.
La decoración de animales se
distingue igualmente por el naturalismo de su interpretación, aunque no por ello
se representen monstruos y seres fantásticos, que aparecen entremezclados con el
follaje o formando pequeñas escenas o aislados en gárgolas, remates de
barandales, etc.
La decoración gótica, como la
románica, se concentra en las puertas, ventanas y claustros, si bien los
capiteles son mucho menos importantes desde el punto de vista decorativo. En
cambio, en el interior del templo se abren tres nuevos campos, que son las
vidrieras de los grandes ventanales, el retablo y la sillería del coro.
Las portadas góticas son
abocinadas, como las románicas; pero el tímpano suele dividirse en varias zonas
horizontales, la decoración escultórica de las arquivoltas no se dispone
radialmente, sino en el sentido de su curva, y las esculturas de arquivoltas y
jambas suelen protegerse con chambranas o doseletes. La forma apuntada de la
portada gótica suele completarse con el gablete o moldura angular que le sirve
de coronamiento (fig. 1039). El gablete se aplica también a otros elementos
arquitectónicos, como la parte superior de los estribos, pilares decorativos,
etc.
(fig. 1039) Gabletes
La ventana, por su gran amplitud,
ofrece problemas inexistentes en el estilo románico. Para cerrar y decorar su
gran vano se levantan en su interior una o varias columnillas o baquetones
unidos en su parte superior por arcos sobre los que descansa una tracería calada
(fig. 1040). En los primeros tiempos esa tracería se limita a uno o varios
óculos circulares tangentes; después se enriquece el interior con arquillos
decorativos; por último, se introduce la tracería flamígera. En los ventanales
del templo los vanos de la tracería se cierran con vidrios de colores.
(fig. 1040) Ventanales
E L TEMPLO
.—Las principales novedades de la
planta del templo gótico son debidas al reflejo que sobre ella tiene la
cubierta. En la planta gótica desaparecen las formas curvas debido a las
dificultades de construir grandes ventanales en muros de esa forma, y,
naturalmente, donde esto se hace más sensible es en la parte de la cabecera. Los
ábsides, las girólas y las capillas de ésta y del crucero dejan de ser
semicirculares y se hacen poligonales (fig. 1041).
(fig. 1041) Esquema catedral gótica
El empleo de la forma poligonal
en la capilla mayor produce en la giróla una serie de tramos trapezoidales que,
al cubrirse con bóvedas dé crucería, obligan a que la clave no se encuentre en
el centro o a que las ojivas se quiebren para que su cruce tenga lugar en él (fig.
1042). En este caso, no es raro que para reforzarla se trace un nervio desde la
clave al arco del testero.
(fig. 1042) Clave de la bóveda
Entre las soluciones
excepcionales se encuentran la de la catedral de París, consistente en tramos
trapezoidales con nervios en triángulo, y la de la catedral de Toledo, que
reemplaza los tramos trapezoidales por otros rectangulares y triangulares (fig.
1043).
(fig. 1043) Crucería catedrales de Toledo y París
En cuanto a la sección del
templo, es frecuente que la nave central se eleve mucho sobre las laterales
exteriores.
Como los arbotantes hacen
innecesarias las bóvedas laterales de contrarresto, que el románico aprovecha en
segunda planta para la tribuna, ésta pierde importancia y el arquitecto gótico
la convierte en simple galería o triforio a través del grosor de los pilares, ya
que la presión de las bóvedas se transmite en buena parte por los baquetones
adosados a él. Ese triforio, como sucede en algunas catedrales francesas, se
continúa exteriormente en la fachada principal.
En la torre se renuncia al
sistema de conservar la misma planta en toda su altura, estableciéndose acusada
diferencia entre el cubo o parte inferior, y el campanario. En éste, la planta
cuadrada se hace octogonal, o recibe grandes vanos que aligeran su masa. Como
veremos, en algunas escuelas tiene por remate un cuerpo de forma apiramidada más
o menos definida, que constituye el chapitel, y que a veces se enriquece con
caladas tracerías (fig. 1044).
(fig. 1044) Chapiteles de las catedrales de Chartres y Burgos
Los monumentos de carácter civil,
tanto domésticos como públicos, adquieren ahora mayor importancia, pero será
preferible aludir a ellos en los países respectivos a que pertenecen.
EVOLUCIÓN DEL ESTILO
.—Como es natural, tratándose de
un estilo que vive más de tres siglos, la evolución de las formas
arquitectónicas góticas es grande, y, según es frecuente, esa evolución se
realiza en el sentido de su progresiva complicación y de su creciente riqueza
decorativa. Después de una etapa transitoria representada por el estilo
cisterciense, suelen distinguirse tres períodos principales, que corresponden en
España aproximadamente a los siglos XIII, XIV y XV. Aunque ya al tratar de los
diversos elementos constructivos y decorativos se ha hecho referencia a su
evolución propia, bueno será recapitular brevemente esas observaciones, para
tener una idea clara del desarrollo general del estilo.
En cuanto a la estructura, pueden
distinguirse en Francia, el país que marcha a la cabeza, las etapas siguientes:
Una inicial de iglesias con tribunas de la segunda mitad del siglo XII. Otra
correspondiente a los siglos XIII y XIV, de iglesias con triforio, primero sólo
con ventanas al interior de la nave y después con fondo de vidriera al exterior
del templo. Y una tercera que comienza a fines del siglo XIV, en la que se
suprime el triforio, y el gran ventanal cerrado de la vidriera ocupa toda la
altura de la nave mayor hasta la cubierta de las laterales (fig. 1045).
(fig. 1045) Evolución del estilo de las catedrales góticas
Durante el siglo XIII, las
columnas adosadas a los pilares conservan toda su personalidad y sus capiteles
son independientes. Es típico el capitel formado por dos cogollos angulares y
uno central, y los de hojas diversas, muy separadas entre sí. No se pasa de la
bóveda de terceletes y sexpartita, y las tracerías de los ventanales se reducen
a un círculo liso sobre dos arcos apuntados o poco más.
La segunda etapa es propiamente
transitoria, en la que las formas se van complicando y la decoración
enriqueciéndose. Por ser la época en que los círculos se decoran en su interior
con arquillos, subrayándose con gran claridad y reiteradamente su distribución
radiada, se le ha dado por algunos el nombre de radial a esta etapa (fig. 1046).
(fig. 1046) Columnas radiales. (Colegiata de Medina del Campo)
En el último período, la fusión
de las columnas en el pilar es completa y los capiteles, o son minúsculos, o se
unen en una faja corrida; las basas se disponen a distinta altura. A veces los
baquetones no se continúan en los nervios de la bóveda. La traza de la bóveda se
puebla de nervios secundarios curvos y de ligamentos.
Nacen las bóvedas estrelladas y
reticulares y se hacen grandes alardes técnicos, labrándose algunas
extraordinariamente planas. Aparecen los arcos conopial, carpanel y escarzano, y
la decoración geométrica flamígena, cuyo origen es, al parecer, inglés,
considerándose iniciada en Inglaterra a mediados del siglo XIV, e introducida en
Francia durante la guerra de los Cien Años. La decoración vegetal, en particular
la de cardina, es abundantísima, poblándose de figuras animadas y llegando a
rebasar las molduras que la encuadran. Se introduce el tema de los troncos, la
flor del cardo y la granada.
FRANCIA: EL ESTILO CISTERCIENSE
.—Antes de tratar de las
catedrales de fines del XII de la región parisiense, en las que se inicia la
evolución del gótico, que continuará a lo largo de las centurias siguientes,
conviene referirse al estilo de los cistercienses de Borgoña de esta misma
época, que se difunde con rapidez por Occidente, y es de uniformidad
extraordinaria.
Más preocupados los benedictinos
cluniacenses de la austeridad de su propia vida que de la sencillez y sobriedad
decorativa de sus edificios, sus templos se hacen cada vez más lujosos. Ya hemos
visto el gran número de torres de la iglesia de Cluny, y a ese tenor crece en
las portadas, en el interior del templo y en el claustro la complicación de sus
follajes y sus figuras monstruosas.
Tan desmedido lujo no tarda en
provocar protestas dentro de la misma Orden. A principios del siglo XII, San
Bernardo emprende la reforma de los benedictinos, que termina con la fundación
de los benedictinos bernardos o monjes blancos, así llamados por el color que
adoptan para distinguirse de los no reformados, que visten de negro. Las
innovaciones de San Bernardo no se reducen al aspecto espiritual. En el libro de
la Constitución de la Orden, de 1119, se dictan normas concretas sobre los
nuevos templos. Se prohíben las torres, se quiere que las puertas se pinten
simplemente de blanco, y se protesta con energía contra la exuberante decoración
vegetal, poblada de centauros y otras figuras monstruosas, que para el
reformador, además de ser ridículas, sólo sirven para distraer la piedad y
apartarse de la pobreza evangélica. Debe, pues, abandonarse toda esa riqueza
decorativa y limitarse el arquitecto a las formas puramente constructivas. Y
esta actitud, en el fondo, de orden moral, termina por producir una importante
revolución de carácter artístico. La reforma se extiende con rapidez asombrosa,
y, al cabo de algún tiempo, el monasterio matriz del Císter cuenta con
numerosísimas filiales.
El estilo monástico difundido por
los cistercienses corresponde, en el fondo, a una etapa transitoria del románico
al gótico, pues, aparte de su austeridad decorativa, que le lleva a no admitir
más formas que las creadas por la construcción misma, acepta desde fecha muy
temprana la bóveda de ojivas. El arco apuntado es frecuente. Sólo emplea
columnas de fuste y capitel lisos; las columnas adosadas a veces no llegan hasta
el suelo, sino que se interrumpen a cierta altura (fig. 1047) y las portadas se
decoran repitiendo sus columnas y arquivoltas.
(fig. 1047) Columnas cortadas en el pilar. Iglesia de Alcobaca
El patrón de los monasterios
cistercienses admite pocas variantes, que se refieren, sobre todo, a la forma de
la cabeza del templo. Los modelos son el monasterio de Clairvaux o Claraval,
fundado por el propio San Bernardo, siguiendo modelos benedictinos de ábside
semicircular con giróla y capillas, y el del Císter (fig. 1048), de cabecera
cuadrada. Debido a ello, la uniformidad de los monasterios cistercienses es muy
grande (fig. 1049).
(fig. 1048) Planta de las iglesias de Clairvaux y Cister o
Citeaux
(fig. 1049) Abadía del Cister
LAS PRIMERAS CATEDRALES GÓTICAS
.—Los primeros templos
propiamente góticos son Saint Denis (1144) y la catedral de Sens (1140),
anteriores a mediados de siglo. En Saint Denis (fig. 1050) la obra del célebre
abad Suger, por desgracia muy restaurada, lo más importante es la parte de la
giróla (fig. 1051).
(fig. 1050) Catedral de Saint Denis (1144)
(fig. 1051) Girola de Saint Denis
La catedral de Sens (fig. 1052),
que, en cambio, se conserva en perfecto estado, es la primera gran catedral
gótica. Como las inmediatamente posteriores —Noyon, Laon y París— se cubre con
bóvedas sexpartitas en la nave central, correspondiendo a cada una dos en las
laterales.
(fig. 1052) Catedral de Sens (1140)
Lo mismo que en la de Noyon
(1152) (fig. 1053), que le sigue en fecha, los pilares alternan con las
columnas.
(fig. 1053) Catedral de Noyon
En las de Laon (1174) y París
(1163) sólo se emplean gruesas columnas, lo que contribuye poderosamente a
producir el efecto de un interior ligero y diáfano. Sobre la arquería que en
ellos cabalga marchan, en Laon (fig. 1054), tres cuerpos de vanos: el de la
tribuna, que carga sobre las naves laterales; el del triforio y el de las
ventanas. Es templo, carece de giróla, y sus tres naves terminan en un mismo
plano.
(fig. 1054) Interior y planta Catedral de Laon
La fachada (fig. 1055) ofrece una
composición de origen normando que hará fortuna: un primer cuerpo de tres
profundos pórticos, claraboya, arquería y dos grandes torres mochas de planta
cuadrada y último cuerpo octogonal con torrecillas también octogonales en las
ochavas. Además de estas dos torres, tiene otras dos menores en cada brazo del
crucero, y un elevado cimborrio en el tramo central de éste.
(fig. 1055) Catedral de Laon
Notre Dame de París (fig. 1056)
es de cinco naves, tiene tribuna y en la giróla los tramos trapezoidales se
encuentran cubiertos por bóvedas muy originales de nervios en triángulo. La nave
de crucero, como en Laon, casi en el centro del templo y alejada de la capilla
mayor, no sobresale lateralmente, por lo que la anchura, salvo en la parte de
las torres, es uniforme. Las capillas que se abren a la giróla, y que son de
testero plano y no poligonal —con lo que la cabecera del templo resulta
semicircular—, se agregan en el siglo XIII.
(fig. 1056) Interior Catedral de Notre Dame de París
La fachada (fig. 1057), obra ya
también del siglo XIII, presenta triple pórtico, friso de estatuas, claraboya
circular y arquería. Las torres son 24 de sección uniforme y terminan en plano,
aunque se proyectan con flecha de coronamiento.
(fig. 1057) Catedral de Notre Dame de París (Fachada principal)
Como es lógico, la catedral de
París (fig. 1058) ejerció influencia decisiva no sólo en la comarca, sino en
catedrales más lejanas, como las de Bourges y Le Mans.
(fig. 1058) Planta y alzado de la Catedral de Notre Dame de París
La giróla de la catedral de Le
Mans (fig. 1059) es particularmente interesante para la arquitectura gótica
española por estar formada por bóvedas de planta rectangular y triangular
alternadas, como en la catedral de Toledo.
(fig. 1059) Cabecera y planta de la catedral de Le Mans
Las principales novedades de los
grandes monumentos del siglo XIII consisten, en cuanto a la planta, en la mayor
importancia concedida a la cabecera —recuérdese que en el siglo XIII se completa
la giróla de Notre Dame, de París, con capillas radiales— y en la construcción
de capillas entre los estribos de la nave. Se vuelve al pilar con columnas
adosadas, ahora de forma cilíndrica, y termina desapareciendo la tribuna sobre
las naves laterales, conservándose solamente el triforio alojado en el grueso
del muro. En la segunda mitad del XIII la ventana se prolonga tras el triforio,
que así produce el efecto de formar parte de aquélla. El primer paso en este
sentido parece que se da en San Urbano de Troyes. En la cubierta se abandona la
bóveda sexpartita y se emplea la de planta rectangular de cuatro témpanos, con
lo que a cada bóveda de la nave central corresponde otra en las laterales y no
dos, como cuando se emplea la sexpartita.
Las tres principales catedrales
francesas de la primera mitad del siglo XIII son las de Chartres (1194), Reims
(1210) y Amiens (1220), todas ellas de cinco naves desde el crucero.
En Chartres el impulso
ascensional del gótico es ya manifiesto. No sólo porque su nave del centro
alcanza treinta y siete metros de altura, sino porque las columnillas adosadas
no arrancan, como en Laon y París, de los capiteles de las gruesas columnas,
sino del suelo (fig. 1060).
(fig. 1060) Catedral de Chartres
La de Reims es el ejemplar más
representativo de catedral gótica francesa. Aproximadamente de la misma altura
que la de Chartres, pero mucho más larga —ciento cincuenta metros—, no se
termina hasta principios del XIV, fecha a que corresponde la fachada de los
pies. Sin la sobriedad de Notre Dame, de París, la composición de esa fachada
principal responde, sin embargo, al mismo esquema. Las diferencias consisten en
que el friso de los reyes ha desaparecido para incorporarse a la galería que
corre por encima del gran rosetón, y, sobre todo, en que mientras la fachada de
París está concebida en plano, la de Reims, como la de Laon, delata un deseo de
profundidad manifiesto en las hornacinas, los pináculos que se anteponen a los
estribos, y principalmente en el avance del pórtico, cuyo frente, destacado del
de la fachada, subrayan agudos gabletes. Ligados los gabletes de las tres
puertas y los de los arcos ciegos de los estribos inmediatos, el conjunto del
pórtico adquiere personalidad extraordinaria. Los campanarios, inspirados en los
de Laon, parece que se conciben con chapiteles apiramidados. Además de estas dos
torres de fachada, se proyectan dos en cada extremo de la nave del crucero y un
elevado cimborrio en el tramo central de éste. El primer maestro, y
probablemente el autor de la traza del templo, es Jean d'Orbaís. Se conocen los
nombres de sus sucesores hasta principios del siglo XIV (fig. 1061).
(fig. 1061) Catedral de Reims
La catedral de Amiens,
aproximadamente del mismo tamaño y apenas unos metros más alta, ha ejercido
mayor influencia que la de Reims. El espacio entre el crucero y el presbiterio
es aún más grande y a su giróla abren siete capillas de testero poligonal, la
del centro más profunda que sus compañeras. En la fachada, la galería y el friso
de los reyes se encuentran superpuestos y bajo el rosetón (fig. 1062). Su
estructura interior es muy semejante, consistiendo la principal novedad en que
el muro del fondo del triforio en la capilla mayor y en el crucero es
reemplazado por la continuación de la vidriera de los ventanales, gracias a lo
cual la luminosidad y ligereza del templo aumentan considerablemente (fig.
1063).
(fig. 1062) Catedral de Amiens
(fig. 1063) Perspectiva del interior de la catedral de Amiens
El gótico de la segunda mitad del
siglo XIII cuenta con dos monumentos insignes, en los que las dos grandes
aspiraciones de la arquitectura gótica, la ligereza unida a la luminosidad y la
elevación, alcanzan sus metas extremas. La Sainte Chapelle (1245 (fig. 1064), o
Santa Capilla, del antiguo Palacio Real de París, construida por el arquitecto
Pierre de Montreuil, para guardar la reliquia de la Corona de espinas enviada
por el emperador de Bizancio, es de una sola nave de esbeltas proporciones; pero
lo más importante es que la vidriera casi ha reemplazado totalmente al muro,
descendiendo hasta el suelo.
(fig. 1064) Santa Capilla. París
La catedral de Beauvais (1247 (fig.
1065) representa, en monumento de proporciones y complicación mayores, el mismo
afán de luminosidad, bien manifiesto en el prolongarse las vidrieras tras el
triforio y en el extraordinario adelgazamiento de los soportes (fig. 1066). Su
altura supera a la de Amiens, llegando hasta los cuarenta y ocho metros, no
obstante lo cual, todavía se eleva sobre su crucero, en el siglo XVI, un
cimborrio en forma de torre de no menos de ciento cincuenta y tres metros, que
termina hundiéndose y no vuelve a reconstruirse. Incompleta, la catedral de
Beauvais es la víctima del ansia desmedida de luz y altura del gótico.
(fig. 1065) Catedral de Beauvais
(fig. 1066) Interior catedral de Beauvais
En el sur de Francia se forma un
tipo de templo de características bastante definidas, y de especial interés para
la arquitectura gótica española, por servir de modelo a la escuela catalana. Es
de una nave muy amplia, con capillas alojadas entre los numerosos estribos que
contrarrestan los grandes empujes de aquélla. Sirvan de ejemplo los franciscanos
de Toulouse y la catedral de Albi (fig. 1067).
(fig. 1067) Catedral de Albi
ARQUITECTURA GÓTICA DEL SIGLO XV
EN FRANCIA Y FLANDES
.—La guerra de los Cien Años
significa un paréntesis en la actividad arquitectónica francesa, pero en los
últimos años del siglo XV y comienzos del XVI se construyen ya de nuevo
monumentos tan importantes como la torre de la catedral de Rúan (1480) y
fachadas tan típicamente flamígeras como la de la Trinidad, de Vendóme (1485).
El capítulo más valioso de la
arquitectura gótica de este período corresponde al norte de Francia y a Bélgica;
en particular a los estados de Borgoña y Flandes. En la actual Bélgica se
construyen monumentos religiosos de tanto interés como la catedral de Amberes
(1387), de siete naves y bella torre de esbeltísimas proporciones y sabia
composición, como la torre de San Rambaut, de Malinas.
Pero lo que constituye la
verdadera gloria de la escuela son los monumentos de carácter civil, natural
consecuencia de la intensa vida municipal y gremial de los industriosos
flamencos. La prosperidad y riqueza de sus gremios da lugar a edificios tan
inmensos como la Lonja de los Paños (fig. 1068), de Yprés, en realidad anterior
a este último período del gótico. De planta rectangular, con cubierta a dos
aguas muy pendiente, SE levanta en su parte central una gruesa torre, a la que
se subordinan los cuatro torreoncillos de los ángulos. De menores proporciones,
pero de estilo análogo, las casas góticas de los diversos gremios son frecuentes
en las ciudades flamencas.
(fig. 1068) Lonja de los Paños, de Yprés
Aún más bellos que las casas
gremiales son los Ayuntamientos. De planta también rectangular, la cubierta a
dos aguas, muy apuntada, y las torres desempeñan en ellos papel de primer orden.
Mientras en el de Bruselas (1455), con esbeltísima torre central, se repite el
esquema de la composición de la Lonja de Yprés, en el de Lovaina (1448)
desaparece la gran torre; pero, en cambio, las menores de los ángulos adquieren
mayor tamaño y se ven acompañadas por una tercera en el ángulo mismo del piñón (fig.
1069).
(fig. 1069) Lonja de Lovaina
La Casa del Ayuntamiento, de
Bruselas, sigue un sistema mixto (fig. 1070).
(fig. 1070) Ayuntamiento, de Bruselas
ESPAÑA: EL ESTILO CISTERCIENSE.
CATEDRALES CASTELLANAS DEL SIGLO XIII
.—Protegidos los cistercienses
por los monarcas como lo fueran antes los cluniacenses, levantan durante la
segunda mitad del siglo XII numerosos monasterios. Destacan entre ellos el de
Moreruela, copia directa del de Claraval, y el de Las Huelgas, de Burgos, de
fundación real y panteón de los monarcas castellanos. Una de sus partes más
bellas es la sala capitular (fig. 1071).
(fig. 1071) Sala capitular del monasterio de Las Huelgas, de
Burgos
En Cataluña, el de Poblet (1166),
obra de Bernardo de Portaregia, igualmente de fundación real, es, a su vez,
panteón de los reyes aragoneses. Destaca la nave mayor de la Iglesia, (fig.
1072).
(fig. 1072) Nave mayor de la iglesia del Monasterio de Poblet
El monasterio de Santes Creus
(1177-1223) se distingue, en cambio, por su cabecera rectangular, como el del
Císter (fig. 1073).
(fig. 1073) Planta de la iglesia del Monasterio de Santes Creus
En Portugal, el de Alcobaca
(1140-1225 (fig. 1074), del tipo de Claraval, es, como los de las Huelgas y
Poblet, panteón real.
(fig. 1074) Planta e interior iglesia del convento de Alcobaca
Todos ellos con sus múltiples
dependencias dispuestas en torno al claustro, son buenos ejemplos de la
organización de la vida monástica. También es importante el de Oliva, en Navarra
(fig. 1075).
(fig. 1075) Monasterio de la Oliva. Navarra
Empleado el estilo cisterciense
en monumentos tan importantes patrocinados por la Corona, no tarda en influir en
algunas catedrales, y ya quedan citadas las de Lérida,. Tarragona Zamora, que
son, sin embargo, fundamentalmente románicas. Entra de lleno, en cambio, en esta
etapa de transición la de Ávila, comenzada en 1172 (al parecer, por el maestro
Eruchel o Fruchel (muerte 1279 (fig. 1076). De tres naves y soportes, en cuyos
lisos capiteles deja su huella el estilo cisterciense, tiene doble giróla sobre
columnas con capillas que, cual enormes nichos, en lugar de manifestarse al
exterior, quedan englobadas dentro del grueso muro de la gran torre semicircular
que defiende por esta parte las murallas de la ciudad. Se supone que en su
origen esta parte de la giróla tuvo tribuna cubierta por bóveda de cuarto de
círculo, y que ésta fue posteriormente reemplazada por arbotantes, con la
natural desaparición del triforio y la conversión de sus balcones interiores en
las actuales ventanas exteriores. En la (fig. 1077) pueden verse los caminos de
ronda y de defensa de la parte de la muralla.
(fig. 1076) Interior y planta de la catedral de Ávila.
(fig. 1077) Catedral de Ávila vista desde el exterior de la
muralla
Como en Francia, la arquitectura
gótica es en España arquitectura de grandes catedrales, si bien en el siglo XV
la de carácter civil adquiere notable importancia. Durante su primera etapa, que
corresponde al siglo XIII, deja sus monumentos principales en Castilla
—catedrales de Burgos, León y Toledo—, desplazándose el centro de gravedad en la
centuria siguiente a Levante —catedrales de Barcelona, Palma y Gerona—, para
volver desde el XV a manifestar su mayor vitalidad en Castilla —catedrales de
Sevilla, Salamanca, Segovia, escuelas de Burgos y Toledo—, si bien en Levante
crea espléndidos edificios de administración pública —Lonjas de Barcelona,
Valencia y Palma— y numerosas casas de amplias proporciones y aspecto
monumental.
Las dos grandes catedrales
castellanas de Burgos y Toledo se comienzan, aproximadamente, en el segundo
cuarto del siglo XIII, y aunque algunas portadas y las torres se terminan en
fecha muy tardía, en lo esencial responden a la traza primitiva. Todas ellas son
obra de primer orden dentro de la arquitectura de su época, y tienen rasgos muy
definidos que las distinguen entre sí.
La catedral de Burgos (1221-1260)
(fig. 1078) se debe a los deseos del obispo y gran viajero don Mauricio, y del
propio San Fernando, y se atribuye al maestro Enrique (muerte 1271), aunque, en
realidad, no es probable que haya hecho su traza primitiva. Templo de tres
naves, con brazo de crucero muy alargado, tiene giróla de tramos trapezoidales
de ojivas quebradas y reforzadas por un nervio secundario, de la clave central a
la del arco exterior, y dobles arbotantes. Fundándose en la gran longitud del
brazo del crucero y en otros pormenores, se ha supuesto que la primitiva
catedral se comienza con arreglo a una traza anterior, de inspiración
cisterciense, debida a algún maestro discípulo del de las Huelgas, sin giróla y
con cinco capillas abiertas al crucero, de las que sólo se conservaría una. Esta
traza se cree transformada en la gótica actual, probablemente por el maestro
Enrique. Con posterioridad se ha pensado que no ha existido tal transformación.
Tiene triforio y arbotantes dobles.
(fig. 1078) Figuración Catedral de Burgos
Las fachadas de los brazos del
crucero terminan en tupida arquería con estatuas, y las puertas mismas, llamadas
del Sarmental (fig. 1079) y de la Coronería, tienen rica decoración escultórica,
de que se tratará más adelante. Completa la serie de portadas la del claustro,
ya de hacia 1300, y también con historias y estatuas y ajedrezado de castillos y
leones. Las caladas agujas que coronan sus torres son ya obra del siglo XV.
(fig. 1079) Puerta del Sarmental. Catedral de Burgos
La de Toledo, por la influencia
árabe que existe en la arquería de su triforio (fig. 1080) y por la honda huella
que deja en la arquitectura posterior, resulta la más española. Es templo de
cinco naves más dos capillas, y otra de crucero que no sobresale lateralmente en
planta, es decir, es de anchura uniforme, diferenciándose en ello de las
catedrales de Burgos y León. Pero su parte más interesante es la organización de
su giróla doble, distribuida en tramos rectangulares y triangulares, que dan
lugar a una serie de capillas alternadas, grandes y pequeñas.
(fig. 1080) Planta y girola doble de la catedral de Toledo
De sus torres sólo llega a
construirse una, que se termina en el siglo XV. De sus portadas, aunque de
estilo bastante avanzado, corresponden todavía a este período las tres de la
fachada principal, con escultura y decoración ajedrezada de castillos y leones (fig.
1081), y la del crucero o del Reloj, con tímpano distribuido en fajas y profusa
decoración escultórica.
(fig. 1081) Portada principal de la catedral de Toledo
El arquitecto que figura en los
primeros años, y a quien se debe probablemente su traza, es el maestro Martín
(1227-1234), citándose después a Petrus Petri (muerte 1291), a quien se ha
querido identificar con el francés Pierre de Corbie, aunque, en realidad,
ignoramos su patria. Si fuese español, su nombre sería Pedro Pérez. El débil
fundamento para la identificación ha sido la remota semejanza de la giróla
toledana con el proyecto que figura en el álbum de dibujos del arquitecto
contemporáneo Villard d'Honnecourt, inventado por el autor, en colaboración con
Pierre de Corbie (fig. 1082).
(fig. 1082) Bocetos de giróla del cuaderno de Villard
d'Honnecourt
En él falta la gran novedad de
alternar tramos rectangulares y triangulares, que cuenta, en cambio con modelos
hispanoárabes, como la Torre del Oro, de Sevilla. La giróla de la catedral de
Toledo sirve de modelo a las de la Magistral de Alcalá (fig. 1083), de Santiago,
de Bilbao (fig. 1084), en el siglo XV, y en el XVI, a la catedral de Granada (fig.
1085).
(fig. 1083) Capillas y planta de la catedral Magistral de Alcalá
(fig. 1084) Nave central y planta de la catedral de Santiago de
Bilbao
(fig. 1085) Planta de la Catedral de Granada
La catedral de León (fig. 1086),
terminada hacia 1280, es la más luminosa de las españolas. En ella el muro se
reduce a lo más indispensable y las vidrieras ocupan amplísimas superficies. El
único nombre de arquitecto conocido en la época de su construcción es el del
maestro Enrique (muerte 1277) (fig. 1087).
(fig. 1086) Catedral de León
(fig. 1087) Alzado de la catedral de León
De tres naves, las tiene también
en el crucero, más otra transversal entre éste y el comienzo de la girola, que
es de tramos trapezoidales con nervios quebrados, pero sin el nervio de refuerzo
de la catedral de Burgos (fig. 1088), (fig. 1089).
(fig. 1088) Planta de la catedral de León
(fig. 1089) Interior de la catedral de León
Las torres, contra lo que sucede
en ésta y en la de Toledo, se encuentran adosadas a los pies del templo. El
triforio, que se aloja en el grosor del pilar, tiene por fondo las vidrieras (fig.
1090).
(fig. 1090) Vidrieras de la Catedral de León
En la fachada principal (fig.
1091) se abre gran pórtico triple sumamente abocinado, con arcos muy apuntados
en los machones que separan cada una de sus tres puertas.
(fig. 1091) Portada fachada occidental de la Catedral de León
El cuerpo central que le sirve de
remate es invención moderna, pues a finales del siglo XIX, debido al estado de
la catedral se realizaron importantes obras de restauración, (fig. 1092) Al
parecer sólo existirían en su lugar tres grandes gabletes, y de las torres que
la encuadran una es del siglo XIV y la otra de fines del siglo XV.
(fig. 1092) Restauración de la Catedral de León a finales del
siglo XIX
Las portadas del crucero, como
las anteriores, tienen rica decoración escultórica. La catedral francesa más
semejante a la de León es la de Reims
Menos conocida, pero de gran
interés, y muy de principios del siglo XIII, es la catedral de Cuenca. En la (fig.
1093) (1) se reproduce la obra primitiva antes de adicionársele en el siglo XV
su gran giróla actual en la que se copia el sistema toledano de bóvedas
rectangulares y triangulares (2). Tanto la nave central como la de crucero se
cubren con bóvedas sexpartitas.
(fig. 1093) Planta antigua (1) y actual (2) de la catedral de
Cuenca
CATEDRALES CATALANAS DEL SIGLO
XIV. PORTUGAL
.—Mientras los castellanos se
dedican durante buena parte del siglo XIV a terminar las grades catedrales
comenzadas en el anterior, en Levante se acomete la gran empresa de dotar de
templos catedralicios a las principales capitales de la diócesis que aún carecen
de ellos.
El templo levantino, inspirado en
el del sur de Francia, se distingue por la gran anchura de su nave central, el
aprovechamiento de los espacios comprendidos entre los contrafuertes para alojar
las capillas, su deficiente iluminación y la escasa importancia concedida a los
arbotantes, lo que hace los exteriores macizos y faltos de esa ligereza
característica del gótico. Las torres suelen ser poligonales y terminar en
plano.
La catedral de Barcelona es de
tres naves, más dos de capillas alojadas entre los estribos y otra de crucero
que no sobresale de las fachadas laterales. La giróla es de tipo corriente. En
cuanto a su sección, la nave central es más elevada, pero las laterales tienen
la misma altura que las grandes tribunas que descansan sobre las capillas. Tan
interesante como estas tribunas es la distribución de sus torres, a las que, al
parecer, se ha querido dar el valor simbólico de los clavos de la cruz, pues
mientras dos de ellas se levantan en los extremos de la nave del crucero, la
tercera, que en realidad es un cimborrio, se encuentra a los pies de la nave
mayor. Todas ellas son poligonales.
Trazada la catedral de Barcelona
por Bertrán Riquer en 1298, sus torres se deben, probablemente, al maestro de
Santo Domingo de Mallorca, Jaime Fabré, que se hace cargo de la obra en 1317. La
fachada principal es del siglo XIX (fig. 1094).
(fig. 1094) Catedral de Barcelona, planta alzado principal y
sección transversal
La catedral de Gerona (fig.
1095), que no se comienza hasta 1312, sólo se construye de tres naves hasta el
crucero, y a principios del siglo XV se decide continuarla de una sola nave, de
gigantescas proporciones, a cuyo efecto se verifica una famosa junta de los
principales arquitectos de la Corona de Aragón.
(fig. 1095) Catedral de Gerona / Catedral de Gerona, planta y
alzado interior
Aunque la de Palma de Mallorca se
principia ya en la segunda mitad del siglo XII, las obras se prolongan hasta el
siglo XVI. Es como la de Barcelona, de tres naves (fig. 1096), con capillas
entre los estribos. En la cabecera se encuentra la capilla de Jaime I, en cuyo
fondo se abre, además, la tribuna regia. Sus notas más destacadas son la gran
anchura de su nave central y la estrechez de sus tramos, que tiene como
consecuencia la gran proximidad de los estribos cuya masa contribuye tan
poderosamente al efecto exterior del templo.
(fig. 1096) Planta, alzado y catedral de Palma
Como es natural, además de estas
catedrales, se labra un crecido número de templos, algunos tan importantes como
los de Santa María del Mar (1328) y Santa María del Pino, de Barcelona (fig.
1097).
(fig. 1097) Santa María del Mar y Santa María del Pino, de
Barcelona
Ee esta época, claustro de gran
belleza de delgadísimas columnas típicamente catalanas, es el de Pedralbes, en
Barcelona (fig. 1098).
(fig. 1098) Claustro de Pedralbes, en Barcelona.
En Portugal, la gran empresa de
la arquitectura gótica de este período es el monasterio de Batalla (fig. 1099),
comenzado a construir en los últimos años del siglo XIV para conmemorar la
victoria de Aljubarrptá. Templo erigido a la independencia del país, es un
monumento nacional que la Corona portuguesa continúa enriqueciendo en la
centuria siguiente (fig. 1100). Su planta es de tipo cisterciense, de tres
naves, con otra de crucero, a la que abren tres capillas.
(fig. 1099) Planta monasterio de Batalha
(fig. 1100) Monasterio de Batalha
La decoración de su fachada con
numerosos baquetones y otros aspectos delata acusada influencia inglesa,
explicable por las estrechas relaciones políticas existentes entre ambos países
(fig. 1101).
(fig. 1101) Estatuas de los Apóstoles a la izquierda del portal
gótico
Una de sus partes más
interesantes es la gran capilla del fundador a los pies del lado de la Epístola.
De planta cuadrada, se cubre en su parte central con bella bóveda estrellada
sobre ocho pilares (fig. 1102). Como veremos, hacia 1500 se agrega al templo por
su testero una nueva capilla funeraria, que no llega a concluirse. Dirigen la
obra del templo Alfonso Domingues y más tarde el maestro Huguet, al parecer
inglés.
(fig. 1102) Gran capilla del fundador
ULTIMAS CATEDRALES GÓTICAS DE LOS
SIGLOS XV Y XVI
.—Con el siglo XV la actividad
arquitectónica cobra nueva vida, emprendiéndose la construcción de las últimas
grandes catedrales góticas. Pero, además, al calor de la obra de las lujosas
capillas familiares, y de las torres de las viejas catedrales de Burgos y
Toledo, se forman dos importantes escuelas, que producen varios monasterios,
hospitales y casas, de primera importancia para la historia de nuestra
arquitectura gótica. En Levante ya no se labran nuevas catedrales, pero, en
cambio, la arquitectura civil produce en sus hermosas Lonjas los interiores más
amplios de ese carácter de toda la Edad Media española.
El último siglo de las catedrales
góticas españolas lo inicia en sus primeros años la de Sevilla (1402), de
proporciones tan exageradamente grandes que el mismo cabildo, al decidir su
construcción, manifiesta el propósito de levantar una catedral tal, y tan grande
que las generaciones futuras lo tengan por loco, y, en efecto, es uno de los
templos de mayor tamaño de la cristiandad (fig. 1103).
(fig. 1103) Catedral de Sevilla
Es de cinco naves, más dos de
capillas y una de crucero que no rebasa las fachadas laterales, cubiertas por
bóvedas tan sencillas que, no obstante lo avanzado de su fecha, se reducen a las
ojivas, salvo en el tramo mismo del crucero y en los cuatro inmediatos, donde se
cargan de nervios secundarios, ligamentos y follaje decorativo (fig. 1104).
(fig. 1104) Interior catedral de Sevilla
Concebido el templo en su traza
primitiva con giróla, y, contra lo que es costumbre, comenzado por los pies para
respetar el mayor tiempo posible la capilla real situada en la vieja mezquita en
la parte de la cabecera, cuando se llega a ésta se termina por renunciar a la
giróla. Se forma entonces la cabecera plana que hoy existe, con un ábside
central para la capilla real, que proyectada en estilo gótico, concluye
haciéndose, según veremos, en el renacentista. Las naves laterales dobles son de
la misma altura (fig. 1105).
(fig. 1105) Planta y alzado de la Catedral de Sevillla
De sus portadas, las más antiguas
y bellas son las laterales de los pies, con tímpano de tema único, según es
norma en el siglo XV, y elegante gablete sobre fondo de sencillos baquetones
paralelos. Las compañeras del testero, inspiradas en ellas, son ya de hacia 1500
(fig. 1106).
(fig. 1106) Decoración de las portadas de: Las Campanillas, San
Cristobal y el Perdón
Proyectada sin torres, gracias al
buen criterio de conservar la de la mezquita almohade, la catedral sevillana
resultaba de perfil plano y poco movido. A causa de ello, e influido por el
cimborrio con proporciones de torre de la catedral de Burgos, de que se trata
más adelante, se levanta (1506) en su crucero uno tan elevado que llega a la
altura del actual cuerpo de campanas de la Giralda; pero, desgraciadamente, se
hunde a los pocos años, reconstruyéndose poco después en la forma que hoy vemos,
aunque el actual es copia, a su vez, de este segundo, que vuelve a hundirse a
fines del siglo pasado (fig. 1107).
(fig. 1107) Giralda de Sevilla
No sabemos con seguridad cómo se
llama el autor de la catedral de Sevilla, pero los maestros que figuran en este
primer período, a juzgar por sus nombres, deben de ser franceses o flamencos. El
que aparece en fecha más antigua es Isambret. Hacia 1500 merece recordarse el de
Alonso Rodríguez, autor del cimborrio, quien mientras éste se mantiene en pie,
disfruta de gran prestigio.
Las otras grandes catedrales de
este período gótico corresponden ya al siglo XVI. De 1512 data el comienzo de la
de Salamanca (fig. 1108), obra del arquitecto Juan Gil de Hontañón. De cinco
naves, incluidas las capillas, se concibe con giróla, pero a fines del siglo XVI
se renuncia a ésta, terminándose en plano, como la de Sevilla.
(fig. 1108) Planta de la catedral vieja y nueva de Salamanca
Aunque hasta entonces se respeta
en lo fundamental la traza primitiva, parte de su decoración es renacentista (fig.
1109). Tanto la cúpula como la torre son ya barrocas, del siglo XVIII.
(fig. 1109) Interior de la catedral de Salamanca
Al mismo Juan Gil de Hontañón se
deben las trazas de la catedral de Segovia (fig. 1110), que se comienza aún más
tarde, en 1525. De proporciones más pequeñas, la obra avanza más rápidamente. Su
interior es muy semejante al de la de Salamanca.
(fig. 1110) Planta e interior (Vía Sacra) de la catedral de
Segovia
Dos años antes que la de Segovia
se comienza por el burgalés Hernán Ruiz el Viejo la que con la oposición del
Concejo Municipal y por empeño del Obispo se levanta absurdamente en el centro
de la Mezquita de Córdoba, destruyendo buena parte de sus naves (fig. 1111).
Terminada en fecha muy tardía (1607), gran parte de su nave se cubre en el
estilo renacentista de esta época.
(fig. 1111) Planta mezquita y catedral de Córdoba
Aunque no se edifica de nueva
planta, la obra arquitectónica de más empeño del siglo XV, en Aragón, es la Seo,
de Zaragoza (fig. 1112). En 1490 se le transforma en amplio templo, de
proporciones casi cuadradas, de cinco naves de igual altura, más dos de
capillas, conservándose en la cabecera los tres ábsides del antiguo edificio
románico. Siguiéndose la moda burgalesa, se le dota de un hermoso cimborrio
(1498), al parecer, obra del maestro Gombau, cubierto por una bóveda de nervios
que no se cruzan en el centro, de tipo califal.
(fig. 1112) Planta e interior Seo de Zaragoza
ESCUELA DE TOLEDO, MAESTROS
ARQUITECTOS:
ANEQUIN EGAS, JUAN GUAS Y ENRIQUE
EGAS
.— Ya queda dicho cómo las dos
escuelas principales del siglo XV nacidas al calor de la terminación de sus
catedrales son las de Toledo y Burgos. En Toledo, al mediar el siglo, introduce
el estilo flamígero el flamenco Anequin Egas, autor de la Puerta de los Leones
(1459), y a este estilo pertenecen las dos hermosas capillas sepulcrales de San
Ildefonso y de Don Álvaro de Luna, que se abren a la giróla de la catedral
toledana, ambas cubiertas con bóvedas estrelladas.
Formado probablemente con Egas,
el gran arquitecto de tiempos de los Reyes Católicos, en Toledo, es el francés
Juan Guas, cuya obra maestra es el convento de San Juan de los Reyes (fig.
1013), mandado construir para conmemorar la victoria de Toro (1476). Su templo
es, por su organización, ejemplar típico de este momento. De una sola nave muy
ancha, como los catalanes, tiene capillas entre los estribos; los brazos del
crucero no rebasan tampoco la profundidad de éstos, y la capilla mayor es
ochavada. El coro se encuentra en alto y tiene cimborrio, que, en su origen, se
concibe de mayor altura.
(fig. 1013) San Juan de los Reyes. Toledo
Por su decoración es también
monumento de primera calidad. En los brazos del crucero el tema heráldico, tan
usado por el gótico castellano del siglo XIII, adquiere gigantesco desarrollo en
los enormes escudos que, tenidos por el águila de San Juan y acompañados por
leones y las divisas de los monarcas, llenan toda su zona central (fig. 1114).
La epigrafía, tan importante, como veremos, en el arte granadino, da lugar a una
larga inscripción histórica de gran tamaño, que corre a lo largo del templo, y
hasta en las cornisas parecen distinguirse los mocárabes.
(fig. 1114) Interior San Juan de los Reyes. Toledo
No menos rico es el claustro (fig.
1115), de arquerías mixtilíneas, tracerías flamígeras y letrero corrido en el
interior de la galería.
.
(fig. 1115) Claustro San Juan de los Reyes. Toledo
Obra también de Juan Guas, o al
menos hecha en colaboración con él, es la casa del Duque del Infantado, de
Guadalajara (fig. 1116). Aunque en su fachada se deja sentir ya la influencia
renacentista, en su conjunto es fundamentalmente gótica.
(fig. 1116) Fachada de la casa del Duque del Infantado, de
Guadalajara
Su patio (fig. 1117), de columnas
helicoidales, arcos mixtilíneos y riquísima decoración, es una de las creaciones
más características del barroquismo gótico que precede a la muerte del gran
estilo.
(fig. 1117) Patio de la casa del Duque del Infantado, de
Guadalajara
Centro del maravilloso palacio,
escenario de las fiestas dadas por los Mendoza a Francisco I, prisionero camino
de Madrid, era el hermoso Salón de Linajes, cubierto por enorme bóveda de
mocárabes, destruida por desgracia en 1936. Volada cornisa de mocárabes pone
todavía la nota morisca en la fachada, cuya galería de balcones de coronamiento
ha de tener prolongados ecos en las casas castellanas. Su almohadillado delata
ya la influencia renacentista.
A la misma familia de los Mendoza
se debe el bello castillo del Real de Manzanares (1479) (fig. 1118), con
paramento decorado en forma análoga y cornisa de arquillos, que semejan
mocárabes.
(fig. 1118) Castillo del Real de Manzanares
Aunque en sus últimos tiempos
debe de cultivar también el estilo renacentista, el otro gran arquitecto de la
escuela toledana es Enrique Egas, maestro mayor de la catedral. Obras seguras
suyas son la planta de la catedral de Granada, en la que copia la de Toledo, y
que se construye después en estilo Renacimiento, y la Capilla Real de la misma
ciudad andaluza.
A Enrique Egas se debe además,
probablemente, la traza de los tres grandes hospitales que se edifican en
tiempos de los Reyes Católicos en Toledo (fig. 1119), Granada y Santiago de
Compostela, con una distribución análoga a la del hospital de Milán, obra del
arquitecto y tratadista renacentista Filarete. Constan de dos largas naves que
se cruzan en ángulo recto, y cuatro patios en los ángulos formados por la cruz.
Gracias a esa disposición, los enfermos pueden oír desde sus lechos la misa
dicha en el altar del crucero. Mientras en el de Toledo el piso de la segunda
planta no se continúa en el tramo mismo del crucero, que forma así un patio
interior cubierto por la bóveda de esa segunda planta, y tiene barandal en su
torno, en los de Granada y Santiago ese patio no existe. Este tipo de hospital
cruciforme, como veremos, está destinado a tener gran fortuna no sólo en España,
sino en la América española, donde continúa evolucionando hasta fines del siglo
XVIII.
(fig. 1119) Planta hospital de Santa Cruz de Toledo
De estilo toledano son los
principales templos que se levantan en Segovia durante esa época, entre los que
figura en primer plano el Monasterio del Parral (fig. 1120).
(fig. 1120) Interior iglesia del monasterio de Santa María del
Parral
Muy bella es la portada de Santa
Cruz (fig. 1121).
(fig. 1121) Portada de Santa Cruz, Segovia
De un recargamento equiparable al
de Juan Guas, se construye en esta época en la catedral de Murcia la capilla de
los Vélez, una de las obras más representativas del barroquismo gótico
castellano (fig. 1122).
(fig. 1122) Capilla de los Vélez de la catedral de Murcia
En Ávila, el maestro de mayor
relieve es Martín Carpintero, autor del monasterio de Santo Tomás (1482-1492),
fundado por los Reyes Católicos. Labrado en granito, es de sobriedad decorativa
extraordinaria, sobre todo comparado con San Juan de los Reyes. De una sola nave
y con la típica organización de las iglesias conventuales de tiempos de los
Reyes Católicos, tiene la novedad de que la capilla mayor se encuentra, como el
coro, en segunda planta (fig. 1023), gracias a lo cual la comunidad puede ver
mejor los oficios y no ser distraída por el público.
(fig. 1023) Capilla mayor del monasterio de Santo Tomás de Ávila
Obra muy bella es también la
capilla de Mosén Rubín (fig. 1024).
(fig. 1024) Capilla de Mosén Rubín. Ávila
BURGOS: JUAN Y SIMÓN DE COLONIA.
LONJAS DE LEVANTE
.—La introducción de la última
etapa del estilo gótico en Burgos se debe al arquitecto Juan de Colonia (muerte
1481), traído por el obispo Don Alonso de Cartagena al regresar del Concilio de
Basilea, de tan trascendentales consecuencias artísticas. Sus primeras obras son
los esbeltísimos chapiteles octogonales calados (1442-1458) de las torres (fig.
1125) de la catedral, que se proyectan para ser coronados por las estatuas de
San Pedro y San Pablo.
(fig. 1125) Chapiteles de la catedral de Burgos
El perfil de la catedral, ya tan
alterado con los chapiteles de las torres, se transforma además radicalmente,
gracias a su elevadísimo cimborrio y a la elegante capilla del Condestable
levantada en su cabecera. El templo, de líneas tendidas y torres chatas, queda
así convertido en un edificio desarrollado en altura. El cimborrio actual es,
como veremos, la reconstrucción hecha a mediados del siglo XVI, al hundirse el
de Juan de Colonia. De planta octogonal y varios cuerpos, se cubre con bella
bóveda estrellada y calada (fig. 1126), en la que llega a su máximo desarrollo
el tipo de bóveda introducido por Colonia en el primitivo cimborrio arruinado.
(fig. 1126) Cúpula del cimborrio de la catedral de Burgos
Por su elegancia y por la
luminosidad que presta al interior del templo, es una de las creaciones más
bellas de nuestro gótico de última hora. Obra técnicamente difícil, deslumbra a
sus contemporáneos, y se imita en varias catedrales, aunque la realidad, como
hemos visto en Sevilla, pone freno al exagerado afán de altura (fig. 1127).
(fig. 1127) Cimborrio de la catedral de Burgos
A Juan de Colonia se debe,
además, la Cartuja de Miraflores, con bóveda estrellada y calada en el crucero (fig.
1128).
(fig. 1128) Cúpula de la Cartuja de Miraflores
La obra y el estilo de Juan de
Colonia tiene su continuación en su hijo Juan de Colonia (muerte 1511), que
llena con su actividad el último tercio del siglo XV. A él se debe la hermosa
capilla del Condestable (1482). Como las ya citadas de la catedral de Toledo, se
abre en la giróla, en el eje del templo, y se cubre también con rica bóveda
octogonal estrellada y calada, aunque sólo en su parte central (fig. 1129). Sus
arcos tienen riquísima decoración igualmente calada, y los muros se encuentran
decorados por enormes escudos.
(fig. 1129) Cúpula capilla del Condestable. Catedral de Burgos
Recuérdese entre la bella serie
burgalesa de bóvedas estrelladas la de la capilla de la Presentación (fig. 1130)
de la catedral.
(fig. 1130) Cúpula capilla de la Presentación. Catedral de Burgos
Problema aún no resuelto es el si
deben incluirse en la escuela burgalesa o en la toledana las magníficas fachadas
de San Pablo y del Colegio de San Gregorio, de Valladolid, hecho construir éste
por fray Alonso de Burgos, y sin duda una de las obras maestras de nuestra
arquitectura. En la portada de San Gregorio, en particular, la decoración escala
extremos de riqueza extraordinarios, revistiendo el arquitecto el paramento de
menuda labor de cesta, convirtiendo los baquetones en haces de varas erizadas de
muñones y haciendo que flanqueen el ingreso estatuas de salvajes cubiertos de
pelo, el típico tema hijo de la fantasía gótica de los últimos tiempos (fig.
1131)
(fig. 1131) Portada de San Gregorio en Valladolid
El patio, de belleza y elegancia
también excepcionales, es de columnas helicoidales y decora su friso con una
cadena corrida (fig. 1132).
(fig. 1132). Patio de San Gregorio en Valladolid
Claro está que, además de las
grandes catedrales citadas y de las dos escuelas principales de Toledo y Burgos,
existen otros focos regionales y tipos de monumentos producto de esta última
etapa gótica, como, por ejemplo, el de iglesia sobre columnas y rica cubierta de
crucería.
Aparte de estos grandes
monumentos, se construye en las principales ciudades castellanas un sinnúmero de
casas en las que se crea un modelo de fachada que, gracias a su sentido de las
proporciones y a su sobria decoración, produce sorprendente efecto de gravedad y
nobleza. Rasgos característicos de ellas son el enorme tamaño y lisura de las
dovelas de sus sencillos arcos de medio punto y el alfiz que a veces encuadra no
sólo la puerta, sino el balcón. El escudo suele ser también elemento importante
en el conjunto. Sirvan de ejemplo la de Doña María la Brava de Salamanca, y la
de los Dávila, en Ávila (fig. 1133).
(fig. 1133). Casas de Doña María la Brava, en Salamanca, y de los
Dávila, en Ávila
Y también, las de Juan Bravo, en
Segovia, y la muy restaurada del Cordón, en Burgos (fig. 11134).
(fig. 1134) Casas de Juan Bravo, en Segovia, y del Cordón, en
Burgos
Aunque ya coronan sus pilares
festones renacentistas, es todavía de franca concepción gótica el patio de la
Casa de las Conchas, de Salamanca, y buena parte de su fachada (fig. 1135).
(fig. 1135) Patio y fachada de la Casa de las Conchas, Salamanca
La arquitectura religiosa
levantina produce en el siglo XV alguna obra tan conocida como el Miquelete o
torre de planta poligonal de la catedral de Valencia y tan interesante como la
iglesia de Villena, de pilares helicoidales (fig. 1136).
(fig. 1136) Miquelete de la catedral de Valencia y alzado iglesia
de Villena
Pero los interiores más bellos y
amplios son los civiles, a cuya cabeza figura el Salón del «Tinell» (1370) del
Palacio de Barcelona (fig. 1137).
(fig. 1137) Salón del Tinell del Palacio de Barcelona
La Lonja de Barcelona (1380-1392)
de tres naves y con techumbre de madera (fig. 1138).
(fig. 1138) Lonja de Barcelona
La lonja de Palma de Mallorca
(1426-1448 (fig. 1139), obra del gran arquitecto Guillermo Sagrera, que
interviene en la junta de la catedral de Gerona, ya citada, y que, como veremos,
es también escultor de primera fila, es seguramente el ejemplar más bello de la
serie y el único puro de adiciones posteriores. Cubierto por bóvedas de crucería
de una misma altura, sobre esbeltos pilares helicoidales, sin más decoración que
sus aristas vivas, su interior es de simplicidad y elegancia de proporciones
admirables. Exteriormente delata ese amor por las superficies lisas tan propio
del gótico levantino, reduciéndose su decoración a varios torreoncillos
octogonales que refuerzan las esquinas y dividen en grandes paños el lienzo de
muro, y al ligero coronamiento de ventanales. El ángel que decora la portada
principal es obra del propio Sagrera.
(fig. 1139) Lonja de Palma de Mallorca
La Lonja de la Seda, de Valencia
(1482-1498 (fig. 1140), es muy posterior y se debe al arquitecto Pedro Compte. A
semejanza de la de Palma, su gran sala es de pilares helicoidales, aquí con
baquetones en sus aristas. Pero, además, se completa con un amplio cuerpo de
edificación, donde se encuentran la capilla y la cárcel de mercaderes en
quiebra. El ala del Consulado, que se termina en pleno siglo XVI, deja ver la
influencia renacentista.
(fig. 1140) Lonja de la Seda, de Valencia
El tipo de casa gótica catalana
se crea en el siglo anterior, pero es ahora cuando se producen sus ejemplares
más valiosos. Su parte más original es el patio, de escalera sobre alargados
arcos rampantes, arcos rebajados sobre saledizos y bellas galerías de finas
columnas. Ninguno tan bello como el de la Generalitat (fig. 1141) (1425), de
Barcelona, obra de Marcos Safont, a quien se debe también la capilla de la
misma.
(fig. 1141) Generalitat de Barcelona
De no menor finura y elegancia es
la fachada (1400-1402) de la Casa de la Ciudad o Ayuntamiento (fig. 1142).
(fig. 1142) Fachada gótica del ayuntamiento de Barcelona
De fines del siglo XIV merece
recordarse la monumental Puerta de Serranos de Valencia, donde la ciudad recibe
a los monarcas (fig. 1143).
(fig. 1143) Puerta con torres y puertas interiores de Serranos
de Valencia
PORTUGAL
.—La gran creación del arte
medieval portugués es su arquitectura gótica de última hora, ya con frecuencia
muy mezclada con formas renacentistas. Corresponde, pues, al momento en que el
estilo gótico se sobrecarga de decoración, exuberancia decorativ favorecida en
este caso por la gran prosperidad material de Portugal, cuyos afortunados
descubrimientos marítimos vuelcan sobre el puerto de Lisboa los más codiciados
productos de Oriente, y al parecer, también por el gusto de la ampulosidad que
distingue al genio portugués en no pocas de sus manifestaciones. Por coincidir
con el momento de máximo poderío político de Portugal, se considera como el
verdadero estilo nacional, y por corresponder en buena parte al reinado de Don
Manuel el Afortunado (1495-1521) se le denomina, desde hace ya un siglo, estilo
manuelino. Absurdamente discutida durante mucho tiempo la personalidad del
estilo, ésta es innegable, manifestándose en sus momentos más característicos,
dentro del recargamiento decorativo propio de esta última etapa del gótico, por
su empleo de temas marítimos, como la cuerda con la arandela de la red y las
velas hinchadas por el viento. La esfera armilar, emblema real, y la cruz de la
Orden de Cristo se repiten también con frecuencia.
A la cabeza de los monumentos
manuelinos figura el monasterio de los Jerónimos de Belem, construido a orillas
del Tajo, en la misma playa de que partiera Vasco de Gama y a los pocos años de
su regreso, quedando así ligada la obra más completa del arte manuelino con la
mayor empresa marinera de la nación. Trazado (1503) y dirigido durante bastantes
años por el francés Boytac, gran parte de la obra se debe, sin embargo, a su
sucesor, Juan del Castillo, que ya emplea el Renacimiento. El templo, de tres
naves, con pilares revestidos por rica decoración y crucero de amplia bóveda de
crucería, es panteón, en la capilla mayor, de Don Manuel, y en las laterales, de
Don Enrique, Don Sebastián, Vasco de Gama y Camoens. Pero lo más bello del
monasterio es él claustro (fig. 1144), donde a la obra gótica de dos plantas, de
Boytac, de rica tracería sobre columnas torsas, agrega Castillo un cuerpo bajo
más avanzado, que, al crear una terraza en la planta alta, aumenta los intensos
efectos de claroscuro del conjunto.
(fig. 1144) Monasterio y claustro de los Jerónimos. Portugal
En el monasterio de Batalha según
hemos visto, la obra maestra de la arquitectura portuguesa de la primera mitad
del XV, se agrega ahora en el eje de la iglesia y adosada a la capilla mayor,
como la de San Ildefonso de la catedral de Toledo, otra octogonal con capillas
en los lados dedicada a sepulcro de Don Duarte, que queda inconclusa, y cuya
profusa decoración es primorosa (fig. 1145). Comenzada en 1509, como no llega a
terminarse, se le llama las Capelhas imperfeitas. Con su obra se relacionan los
nombres de Mateo Fernandes y Juan del Castillo. A esta misma época corresponden
las bellas tracerías del claustro.
(fig. 1145) Capelhas imperfeitas. Portugal
La tercera gran obra del estilo
manuelino, y la que resulta más original, es la iglesia de la Orden de Cristo,
de Tomar. Rematada por crestería en la que triunfan las esferas armilares y la
cruz de la Orden, se concentra su decoración en la ventana de los pies (fig.
1146), donde, coronadas por los mismos emblemas heráldicos, las gruesas maromas
marineras se retuercen con énfasis barroco, y las formas se hinchan y se
recubren de menudos temas rugosos que no dejan espacio libre alguno. Se ignora
el nombre del genial autor de esta decoración —se ha pensado en Ayres de Quental—,
pues, aunque Juan de Castillo firma en 1515 la portada del templo, su estilo es
diferente del de ésta.
(fig. 1146) Ventana manuelina, de Tomar
De carácter diferente,
recuérdese, por último, la torre de Belem (fig. 1147), de Lisboa, en la orilla
del Tajo.
(fig. 1147) Torre de Belem de Lisboa
ALEMANIA E INGLATERRA
.—En Alemania se construyen en el
siglo XIII dos grandes catedrales, la de Colonia y la de Estrasburgo, ambas muy
influidas por los modelos franceses.
La de Colonia (1248 (fig. 1148),
aunque ampliando a cinco el número de sus naves, está inspirada en la de Amiens
y en la de Beauvais. Se comienza al mismo tiempo por la cabecera y por la
fachada principal, pero queda por varios siglos sin la parte del centro y con
las torres sin terminar, hasta que en la segunda mitad del siglo XIX se
concluye con arreglo a los planos primitivos. De proporciones ingentes, su
interior, de cinco naves, es uno de los más grandiosos creados por la
arquitectura gótica, y su exterior, con las dos largas agujas de sus torres,
pese a su inevitable sensación de obra moderna, es también impresionante (fig.
1149).
(fig. 1148) Planta y catedral de Colonia
(fig. 1149) Interior catedral de Colonia
En la catedral de Estrasburgo (fig.
1150), de capilla mayor románica y nave análoga a la de Saint Denis, lo más
bello y de mayor originalidad es su fachada principal debida a Erwin de
Steinbach (1284-1318), (fig.s. 1151). Luce en sus dos cuerpos inferiores
delicadísima decoración calada, de finísimos baquetones, arquillos y gran rosa,
que más producen el efecto de obra de orfebrería que de labor realizada en
piedra. Las calles laterales, con sus prolongadísimos baquetones, hacen pensar
en un gigantesco instrumento de música. En la aguja de la torre —la compañera no
llega a levantarse—, obra de Juan Hülte de Colonia (1398-1439), se hace el mismo
alarde de calar la piedra. Las agujas caladas de las torres son precisamente las
creaciones más bellas de la arquitectura gótica alemana del siglo XV.
(fig. 1150) Planta y catedral de Estrasburgo
(fig.s. 1151) Fachada principal de la catedral de Estrasburgo
Catedrales con torres de parecida
importancia son las de Ulm, Friburgo y Viena (fig. 1152).
(fig. 1152) Torres de la catedrales de Ulm, Friburgo y Viena
La arquitectura inglesa, que,
como hemos visto, cubre ya hacia 1100 con bóvedas de ojivas la catedral de
Durham.
En el siglo XIII crea dos
catedrales particularmente importantes y típicamente inglesas: la de Salisbury (fig.
1153) y la de Lincoln (fig. 1154). Ambas tienen doble crucero, testero plano,
gran fachada cubierta de arquerías distribuidas en zonas horizontales, cimborrio
y sala capitular poligonal con pilar en el centro.
(fig. 1153) Planta y catedral de Salisbury
(fig. 1154) Planta y catedral de Lincoln
En Lincoln, se levantan en el
frente dos gruesas torres de sección cuadrada, uniforme en toda su altura, y
otra análoga aún más gruesa en el crucero, todas ellas terminadas en plano. La
de Salisbury, que es única y se encuentra en el crucero, termina, en cambio, en
agudo chapitel, formando contraste con la voluminosa torre anterior de la
catedral de Ely.
La última etapa del gótico
inglés, la del llamado estilo perpendicular, se distingue por el predominio de
líneas verticales y seguidas, con escasas curvas e interrumpidas por otras
horizontales, y por el empleo de las bóvedas de abanico, así denominadas por
dibujar esa forma sus nervios radiales y uniformes al irse abriendo desde su
arranque. El estilo perpendicular aparece ya creado en la reconstrucción de la
catedral de Gloucester, a mediados del siglo XIV. La gran capilla del ábside
(1360), con el sepulcro de Eduardo II, muestra en su testero plano, tan típico
de la escuela, amplísima red de piedra formada casi exclusivamente por
baquetones verticales y horizontales (fig. 1155), mientras las galerías del
claustro (1370) se cubren con bóvedas de abanico (fig. 1156).
(fig. 1155). Sepulcro de Eduardo II en la catedral de Gloucester
(fig. 1156) Claustro de la catedral de Gloucester
El estilo perpendicular, que
continúa en pleno vigor a fines del XV, produce en este último momento las tres
bellas capillas reales del Colegio del Rey (fig. 1157), de Cambridge (1540-1515
(fig. 1158); la de San Jorge, de Windsor y la de Enrique VII, de la iglesia de
Westminster, de Londres (fig. 1159).
(fig. 1157) Capilla real del Colegio del Rey, de Cambridge
(fig. 1158) Capilla de San Jorge, de Windsor
(fig. 1159) Capilla Enrique VII, de la iglesia de Westminster, de
Londres
Los historiadores ingleses,
además de estos dos estilos —al del XIII le llaman inglés primitivo—, distinguen
uno intermedio (1250-1350), que denominan curvilíneo o decorado.
ITALIA
.—Aún menos que en el período
románico se incorpora Italia al estilo dominante en el resto de Occidente. En
primer lugar, desde principios del siglo XV abandona las formas góticas y,
entregada plenamente a la imitación de los monumentos clásicos, crea el estilo
Renacimiento. Pero en el siglo y medio anterior, sin perjuicio de construirse en
tierra italiana algún templo de estilo puramente cisterciense, como el de
Fossanova, obra de arquitectos franceses, o gótico, como el de San Francisco de
Asís, sólo se aceptan algunos, aspectos del gótico, y más en lo decorativo que
en lo constructivo. Es estilo que no entusiasma a los arquitectos italianos,
pues no en vano es la antítesis del clasicismo, siempre vivo en su país.
En primer lugar, la arquitectura
gótica italiana no siente el ansia de subrayar el movimiento ascendente, tan
esencial en el estilo, y, además, su afición al empleo de mármoles de diversos
colores, heredada del período anterior, le lleva a recorrer el edificio con
fajas paralelas y horizontales o con cuadrículas que no favorecen, en verdad, su
movimiento ascendente. Por otra parte, en los interiores es el efecto de
espacio, y no la lógica trabazón de los elementos constructivos, lo que
impresiona al visitante. Los arbotantes y los pináculos se reducen a su mínimo
desarrollo y los gabletes son reemplazados con frecuencia por apuntados
frontones. Las ventanas tampoco adquieren la amplitud que hemos visto en Francia
y, como consecuencia de ello, se conservan amplios lienzos del muro, que
favorecen en el interior el cultivo de la gran pintura mural, tipo de pintura
que, en cambio, casi desaparece en el resto de Europa.
El tipo de templo corriente es de
origen cisterciense, sin giróla y con gran brazo de crucero al que abren varias
capillas. De él son buenos ejemplos los de Santa Cruz (fig. 1160) y Santa María
Novella (fig. 1161), de Florencia, de franciscanos y dominicos, respectivamente.
Ambas son obras de hacia 1300, la primera debida a Arnolfo de Cambio.
(fig. 1160) Iglesia de Santa Cruz. Florencia
(fig. 1161) Iglesia de Santa María Novella. Florencia
Las grandes empresas
arquitectónicas de este período son las catedrales. La de Siena, comenzada a
mediados del siglo XIII, es de pilares con medias columnas en los frentes y
arcos de medio punto. En su interior, de gran amplitud, las hiladas de colores
alternados son de influencia pisana, y su fachada, obra del escultor Juan
Pisano, es una de las creaciones más bellas y más características de la
transformación esencial que sufre la arquitectura gótica en Italia (fig. 1162).
(fig. 1162) Catedral de Siena
La reacción frente al gótico es
aún más intensa en la catedral de Santa María de la Flor (fig. 1163), de
Florencia, que, comenzada en 1296 por Arnolfo de Cambio, el autor de Santa Cruz,
es después objeto de múltiples innovaciones en su plan primitivo, terminando por
recibir en su crucero la gran cúpula (1420), considerada, según veremos, como la
obra magna donde se inicia la arquitectura renacentista. En su exterior, el
gótico sólo se manifiesta tímidamente en el encuadramiento de sus pequeños
vanos, mientras que las placas de mármoles de colores, como en el estilo
románico toscano, crean menuda retícula rectangular.
(fig. 1163) Catedral de Santa María de la Flor de Florencia
El interior es excepcional, pues
su cuerpo, de tres naves, desemboca en un tramo en forma octogonal de mayor
anchura que aquél, correspondiente a la cúpula y al que desembocan tres ábsides
poligonales, con pequeñas capillas (fig. 1164).
(fig. 1164) Interior catedral de Santa María de la Flor de
Florencia
La torre —el Campanile—, aislada
del templo, y cuya traza primitiva se debe al pintor Giotto, se encuentra
también revestida con placas de mármoles de colores, y presenta varios cuerpos
de ventanas cuya amplitud aumenta con la altura, favoreciendo así el efecto de
ligereza (fig. 1165).
(fig. 1165) Torre -el Campanile-
Recuérdese, por último, la
iglesia de Santa María de la Espina, de Pisa (fig. 1166) (1325), construida en
mármol a orillas del Arno.
(fig. 1166) Iglesia de Santa María de la Espina, de Pisa
La arquitectura civil crea,
igualmente por mano de Arnolfo de Cambio, el Ayuntamiento de Florencia (1299)
—el Palazzo Vecchio o de la Signoria—, con coronamiento volado de almenas y
elevadísima torre, que forma contraste con las proporciones cúbicas del edificio
(fig. 1167).
(fig. 1167). Ayuntamiento de Florencia
En estilo más avanzado, y época
más tardía, pero aún con decoración gótica, se levanta, inmediata al
Ayuntamiento, la Lonja, Logia de la Signoria o Logia dei Lanzi (fig. 1168).
(fig. 1168) Logia dei Lanzi, Florencia
No menos bello es el Ayuntamiento
de Siena (fig. 1169).
(fig. 1169) Ayuntamiento de Siena
En el valle del Po, más sujeto a
las influencias nórdicas, el gótico se mantiene con mayor pujanza. El monumento
de carácter religioso de mayor empeño es la gigantesca catedral de Milán (1388),
en la que, pese a sus pináculos y arbotantes, el mármol en que está labrada hace
que sus formas góticas no dejen de producir un efecto extraño (fig. 1170) (fig.
1171).
(fig. 1170) Catedral de Milán
(fig. 1171) Interior y planta de la catedral de Milán
En el orden civil, Venecia nos
presenta su gran palacio de los Dux (fig. 1172), de amplias galerías de tracería
gótica.
(fig. 1172) Palacio de los Dux, Venecia
Por influencia española, el
gótico deja también monumentos de estilo bastante puro en el sur de Italia y en
Sicilia.
CAPÍTULO XVIII
ESCULTURA,
PINTURA Y ARTES INDUSTRIALES GÓTICAS
ALEGRÍA Y DOLOR
EVOLUCIÓN DEL ESTILO. EL RELIEVE.
RETABLOS, SILLERÍAS Y SEPULCROS
FRANCIA. SIGLOS XIII Y XIV
ESCULTURA BORGOÑONA Y FLAMENCA
ESPAÑA: EL ESTILO GÓTICO FRANCÉS
EN CASTILLA
ESCULTURA DEL SIGLO XIV Y PRIMERA
MITAD DEL XV EN LEVANTE
LA ESCULTURA DE LA SEGUNDA MITAD
DEL SIGLO XV
ALEMANIA E INGLATERRA
PINTURA DE ESTILO GÓTICO FRANCÉS.
ESPAÑA
ARTES INDUSTRIALES D E ESTILO
GÓTICO. HIERROS Y ORFEBRERÍA
VIDRIERAS, GRABADOS, TELAS Y
MUEBLES
ALEGRÍA Y DOLOR
.—El resorte que mueve al gótico
en las artes figurativas es el creciente interés por la naturaleza, la nueva
actitud espiritual, cuyo hijo más preclaro es el Santo de Asís (muerte 1226). La
naturaleza, los montes, los árboles y los animales son obras del Creador, son
bellos de por sí y dignos de ser representados por los artistas, tal como se
muestran a nuestra vista.
La escultura, sobre todo en sus
primeros tiempos, conserva el carácter monumental y el sentido de la
grandiosidad heredado del románico, pero después el artista procura, cada vez
más, dotar a sus personajes de expresión humana. Estos personajes no son ya
seres deshumanizados, insensibles al amor y al dolor, creados para hacer pensar
en la eternidad y la grandiosidad divinas, sino la encarnación del Dios del
dolor. El grandioso tema, tan típicamente románico, del Pantocrator rodeado por
el Tetramorfos termina por desaparecer. Lo mismo que el Olimpo griego después
del siglo V, la corte celestial cristiana se humaniza gracias al gótico.
En pocos aspectos se expresa tan
claramente este cambio de actitud como en la manera de representar los dos temas
capitales del arte cristiano: la Virgen con el Niño y el Crucificado, en los que
el artista gótico sólo quiere ver el amor materno y el dolor humano.
La impasible Virgen románica,
trono de Dios, gracias al naturalismo gótico, llega a convertirse en la madre
que contempla amorosamente a su Hijo y juega con él. Abandona el frontalismo y
la verticalidad románicas e inclina ligeramente su cuerpo hacia un lado para
poder contemplar al Hijo que tiene en sus brazos. Cuando está sentada, en vez de
colocar al Niño entre las piernas y de frente, lo sienta sobre una de ellas,
para hacer posible el diálogo. Por el influjo de la tradición románica, pese a
este cambio en la posición del Niño, la Virgen continúa durante algún tiempo con
el cuerpo erguido y mayestático, aunque no tarda en inclinar su rostro e
intensificar su diálogo cada vez más expresivo. El escultor se deleita entonces
interpretando graciosos gestos maternales e infantiles (fig. 1173). La Virgen
acaricia al Niño, que a su vez juega con la mano de la Virgen o con la fruta o
el pajarito que le ofrece. En los últimos tiempos del gótico, el Niño llegará a
abrazar la cruz que le muestran los ángeles; que el dolor de la Pasión, cada vez
más obsesionante para el artista gótico, termina cargando de melancólico
presentimiento el tierno idilio maternal.
(fig. 1173) Virgen Blanca siglo XIII. Catedral de Toledo
Descubierto el fecundo filón
expresivo del amor materno, se comprenden los amplios horizontes abiertos al
artista gótico, sobre todo cuando cultiva el relieve o la pintura, mucho más
apropiados para representar emotivos comentarios piadosos de la escena
principal. La literatura mística es a este respecto, tanto para los temas
idílicos del amor divino como para los trágicos de la Pasión y de los martirios
de Santos, fuente inspiradora de primer orden y de influencia decisiva en el
desarrollo de la escultura y de la pintura gótica. Los místicos, al describirnos
sus visiones de la vida y muerte de Jesús, respondiendo a la creciente ansiedad
de los devotos por conocerlas en todos sus detalles, nos las cuentan con los más
menudos pormenores, en los que no hacen sino referir al Salvador los de la vida
diaria.
La Virgen, como tema artístico,
adquiere ahora importancia extraordinaria, no sólo como Madre de Jesús, sino en
los momentos gloriosos de su Tránsito, Asunción y Coronación, dedicándosele
portadas de catedrales, hasta el punto de que en la de Reims preside la puerta
principal.
El Crucificado románico, lo mismo
que el bizantino, se nos muestra insensible al dolor. Derecho, con los brazos
horizontales, sin sentir el peso del cuerpo, nos contempla con expresión serena.
El artista gótico, en cambio, ve en el Crucificado al Hijo del Hombre que sufre
en el Calvario (fig. 1174).
(fig. 1174) Crucifijo siglo XIII. Catedral de Astorga
Al representarlo, se inspira en
las dramáticas descripciones de los místicos. Ya no tiene un clavo en cada pie;
para que su dolor sea más intenso, uno solo le atraviesa los dos. El Cristo
gótico es de tres clavos, y no de cuatro, como el románico. Esta superposición
de los pies hace desaparecer el paralelismo de las piernas, y para expresar su
dolor, el cuerpo abandona su sereno verticalismo y se arquea desplazando las
caderas. Se llega a crear unas fórmulas que imperan hasta fines del siglo XIV, y
según las cuales hasta la cintura se mantiene casi vertical, mientras las
piernas aparecen dobladas hacia un lado o el cuerpo se arquea.
En la centuria siguiente el
cuerpo de Cristo recobra su verticalidad. Típica creación del gótico del siglo
XV, en que al tema trágico del Jesús muerto se agrega el dolor de su Madre, es
el tema de la Piedad (fig. 1175).
(fig. 1175) Piedad de Valladolid de comienzos del siglo XV
Novedad del gótico es también la
importancia que en el repertorio iconográfico adquieren las vidas de los santos,
es decir, la hagiografía.
Reflejo de este mismo deseo de
humanizar la escultura es la tendencia a que las estatuas de las jambas de las
portadas no permanezcan incomunicadas entre sí. Ya hemos visto cómo en los
últimos tiempos del románico se manifiesta el gótico haciendo conversar a los
apóstoles de San Vicente de Ávila y sonreír a los rostros del maestro Mateo.
El afán expresivo del gótico
lleva al artista, sobre todo en el siglo XV, a preocuparse por lo secundario y
anecdótico, antes considerado indigno de la representación artística. En la
segunda mitad de esa centuria, por último, el interés del escultor alcanza a lo
satírico y burlesco, llegando a representar temas obscenos como en los últimos
tiempos helenísticos.
EVOLUCIÓN DEL ESTILO. EL RELIEVE.
RETABLOS, SILLERÍAS Y SEPULCROS
.— A lo largo de sus tres siglos
de vida la escultura gótica evoluciona intensamente. En su primera etapa se
reacciona contra los amanerados, abundantes y retorcidos plegados del estilo
románico de última hora y los ropajes se tornan sencillos, de escasos pliegues
angulosos y de composición clara y grandiosa. En esta época se crea ya el tipo
de rostro triangular, de mentón agudo, ojos rasgados y expresión sonriente que
perdurará hasta mediados del siglo XIV. Es estilo creado en el norte de Francia,
que se extiende con rapidez a toda la Europa gótica (fig. 1176).
(fig. 1176) Virgen Blanca, catedral de León
A fines del XIV y comienzos del
XV se manifiesta decidido deseo por alargar las figuras, a las que se hace
describir curvas y contracurvas cada vez más intensas e inspiradas por un
criterio también cada vez más decorativo. Este amor por lo curvilíneo y lo
decorativo es sensible, sobre todo, en los ropajes, en los que, perdida la
simplicidad primitiva, los pliegues se convierten a veces en pura sinuosidad
curvilínea (fig. 1177).
(fig. 1177) Estatuas, catedral de Amiens
Es la etapa del estilo llamado
internacional, cuyas restantes características se tratarán en la pintura
contemporánea, por haber dejado en ella sus creaciones más importantes. Entrado
ya el siglo XV, en Borgoña y Flandes, y en el resto de la Europa gótica, desde
mediados del mismo se reacciona contra ese estilo curvilíneo tan convencional.
La figura humana recobra el aplomo perdido y el naturalismo da un paso capital,
procurando individualizar los rostros, que se convierten en verdaderos retratos.
Formando contraste con esta actitud naturalista respecto de la figura humana,
por influencia de los pintores Van Eyck, los plegados de los ropajes se quiebran
en ángulos y contraángulos (fig. 1178), como si fuesen de una materia rígida y
no blanda como la tela. En esta última etapa del gótico no es ya Francia, sino
Flandes, la que fija el estilo.
(fig. 1178) Santa Brígida, final del siglo XV. Museo de N. York
El relieve, que durante los
primeros tiempos continúa desarrollándose, como en la época románica, en un
plano y ante un fondo sin preocupación por la perspectiva, ve nacer hacia 1400
el paisaje. A lo largo del XV, sobre todo en los compartimientos de los
retablos, el escenario se hace cada vez más profundo, y en él se ordenan en
escala decreciente, según las leyes de la perspectiva, y en varios planos,
montes, árboles, edificios y personajes. Los relieves bajos del retablo mayor de
la catedral de Toledo son buenos ejemplos de esta última etapa de la evolución
del relieve gótico (fig. 1179).
(fig. 1179) Retablo mayor de la catedral de Toledo
La escultura gótica continúa,
como la románica, decorando las portadas y claustros de los templos, aunque en
estos últimos las escenas son cada vez menos importantes. Pero ahora se abren
nuevos campos de actividad al escultor. El retablo, pequeño todavía en el siglo
XIII, se desarrolla considerablemente en el XIV, y más aún en el XV, sobre todo
en España, donde adquiere proporciones gigantescas. Consta de varias calles o
zonas verticales, y varios cuerpos o zonas horizontales, La inferior de éstas,
que sirve como de pedestal al retablo, es el banco —se usa también la palabra
italiana predella—. La escena que suele coronar la calle del centro es el
Calvario. Los múltiples compartimientos, por lo común rectangulares, en que
están subdivididas las calles, son las casas o encasamientos. El marco
ligeramente oblicuo que suele encuadrar el retablo se llama guardapolvo o
polsera. Aunque algún retablo se hace de piedra —en Levante, alabastro—, lo
corriente es que sean de madera policromada y dorada sobre fino revestimiento de
yeso.
Las sillerías de coro en el siglo
XV tienen a veces los respaldos de sus sillas decorados con grandes relieves, y
los bancos y parte inferior de sus asientos —misericordias—, con figuras y
grupos decorativos. Los de las misericordias son con frecuencia de carácter
burlesco, llegando a representarse escenas de sorprendente obscenidad. El
sepulcro, por último, se convierte en uno de los géneros escultóricos
principales, bien en forma de túmulo o lecho funerario rodeado de estatuillas, o
de arco rehundido en el muro (fig. 1180).
(fig. 1180) Sepulcro, catedral de León
FRANCIA. SIGLOS XIII Y XIV
.—La gran labor de los escultores
franceses del siglo XIII es la decoración de las portadas de las catedrales de
Chartres, París, Amiens y Reims.
Las portadas que ahora se decoran
en Chartres son las del crucero (1205-1235), cada una con tres puertas. La del
crucero meridional presenta en el tímpano del centro el Juicio Final como se
perpetuará en las interpretaciones posteriores del tema.
El Cristo-juez, acompañado por la
Virgen y el Bautista intercediendo por los mortales —la Decís (fig. 1181)— y
ángeles con los instrumentos de la Pasión; en el dintel, el peso de las almas
por San Miguel, y los grupos de los elegidos y los condenados. En el parteluz,
el Cristo juez se encuentra reemplazado por el Cristo maestro, de expresión
noble y bondadosa, que preside la asamblea de santos mártires y confesores que
decoran las jambas (fig. 1182).
(fig. 1181) Déesis, arte prerrománico. Museo de Louvre
(fig. 1182) El Salvador, arte gótico, catedral de Chartres
En el crucero septentrional, la
puerta del centro está dedicada a la Virgen bajo la presidencia de Santa Ana,
incluyendo las historias de su Tránsito, Asunción y Coronación.
Si comparamos la escultura de
estas portadas del crucero con la del pórtico principal o de los Reyes, veremos
cómo nos encontramos ante un nuevo mundo, el del gótico. Las proporciones de los
personajes son las normales y una franca expresión de vida real anima los
rostros. Humano, reposado, tranquilo, el San Teodoro (fig. 1183) refleja todo el
espíritu de la nueva época.
(fig. 1183) San Teodoro, catedral de Chartres
Desgraciadamente, las esculturas
de las portadas de la catedral de París no se encuentran tan bien conservadas
como las de Chartres. La Revolución y las restauraciones apenas han dejado parte
alguna en su estado primitivo. En la fachada principal, las puertas laterales
están consagradas a la Virgen. En una aparece entronizada, presidiendo con el
Niño de frente sobre las piernas, y acompañada por los fundadores de la
catedral, Luis VII y el obispo Sully; pero esta parte del tímpano es de hacia
1170 (fig. 1184). En la otra, de hacia 1220, se representa su Tránsito, Asunción
y Coronación (fig. 1185).
(fig. 1184) Finales del románico. Puerta de Santa Ana de Notre
Dame de París, año 1170
(fig. 1185) Inicios del gótico. Puerta de la Coronación de Notre
Dame de París, año 1260
El Juicio Final de la puerta del
centro está sumamente restaurado. En las puertas de las fachadas laterales lo
más importante es la bella estatua de la Virgen del parteluz, ya de hacia 1260,
y de estilo más avanzado.
La espléndida decoración
escultórica de la catedral de Amiens ha llegado a nosotros en muy buen estado.
Las tres puertas de su fachada se terminan hacia 1235.
La central, según costumbre, está
dedicada al Juicio; una de las laterales, a la Virgen, con la Coronación, en
forma muy análoga a la parisiense, y la otra, a San Fermín (fig. 1186), el Santo
hijo de Pamplona, evangelizador de Amiens.
(fig. 1186) Escultura de San Fermín de la Catedral de Amiens
Además de las hermosas estatuas
que decoran las jambas, cubren sus zócales medallones con preciosos relieves de
los vicios y virtudes, los signos del Zodíaco y las artes y oficios. El estilo
de Amiens se relaciona estrechamente con el de París, y tal vez, por su
excelente estado de conservación, produce el efecto de calidad muy superior. En
los ropajes se advierte, ya bastante lejano, el plegado menudo del momento de
tránsito, pero aún no se crean grandes efectos de claroscuro; en la Anunciación
(fig. 1187) y la Visitación, de las jambas, perdida toda rigidez, los personajes
se mueven y accionan, aunque con la mayor sobriedad.
(fig. 1187) Anunciación y visitación, puerta sur, catedral de
Amiens
Pero las dos obras más bellas del
numeroso conjunto son el Divino Maestro —el llamado Beau Dieu de Amiens—que
preside desde el parteluz de la puerta principal, en el que desaparece esa
cierta rigidez y alargamiento románico que se advierte en el de Chartres (fig.
1188).
(fig. 1188) Beau Dieu de Chartres y Amiens
Las portadas del crucero son
posteriores y nos dan a conocer una nueva etapa en la evolución de la escultura
francesa del siglo XIII. La estatua más bella, y una de las más conocidas del
arte medieval, es la Virgen Dorada del parteluz, de la catedral de Reims de
hacia 1290 (fig. 1189). En ella desaparecen los rasgos comentados en la de la
fachada de los pies, medio siglo anterior, y se anuncia con claridad el estilo,
más gracioso que monumental, de la centuria siguiente. La Virgen Dorada inclina
la mitad superior de su cuerpo hacia atrás para poder contemplar mejor y sonreír
a su Hijo.
(fig. 1189) Virgen Dorada de la catedral de Reims
La fachada principal de la
catedral de Reims es obra posterior a 1250. En sus tres puertas se ha
prescindido de los tímpanos, que han sido reemplazados por vidrieras,
trasladando sus historias a los gabletes, siendo interesante advertir cómo en el
centro no aparece ya el Juicio, que ha pasado a un lado, sino la Coronación de
la Virgen. Otro se dedica a la Crucifixión. Pero lo más valioso escultóricamente
son las estatuas de las jambas. Las de la puerta central, inclinando ligeramente
sus cuerpos y rostros unas hacia otras, nos ofrecen varias escenas evangélicas,
sin romper, sin embargo, el sentido arquitectónico del conjunto. En la
Anunciación, mientras la Virgen es un admirable ejemplo de recato femenino, el
ángel sonríe abiertamente con esa típica expresión que distingue los rostros de
Reims, y que después se generalizará. En la Visitación, en cambio, sorprende el
extraordinario clasicismo de los ropajes, e incluso de la actitud, que hace
pensar en la influencia inmediata de modelos antiguos, habiéndose llegado a
pensar que su autor pudiese haber participado en la cuarta Cruzada y visto el
Partenón (fig. 1190).
(fig. 1190) Grupo escultórico de la Anunciación y la Visitación
Las portadas del crucero son de
la primera mitad del siglo XIII, y a ese estilo pertenece alguna estatua de la
fachada principal. Pero la escultura monumental de Reims no se reduce a estas
portadas, sino que comprende un sinnúmero de bellas esculturas, en las partes
altas y en las torres, y toda una serie de esculturitas en los nichos que
decoran el interior entre ellas las que representan la Comunión del Caballero.
La labor en marfil de la época
gótica no tiene para la historia de la escultura tanto interés como la
prerrománica y románica, ya que la gran escultura gótica es abundante. Mas, como
es natural, ello no le resta belleza.
La mayor parte consiste en
relieves, por lo general en forma de dípticos o polípticos, subdivididos en
compartimientos con escenas evangélicas. Pero también se labran relieves para
tapas de libros y para decorar cajitas, tanto de carácter religioso como
profano. Los de éste son particularmente interesantes, por no tener
correspondencia en la escultura monumental. Son temas de carácter literario,
entre los que destacan los de Alejandro, Aristóteles sirviendo de caballo a su
concubina, los de la Tabla Redonda, los caballerescos y los amatorios.
Las estatuas más abundantes y
bellas son las de la Virgen con el Niño, ligeramente arqueadas para adaptarse a
la forma de colmillo. El centro de producción más fecundo de marfiles góticos es
París, y su época de mayor florecimiento, los siglos XIII y XIV. Como es de
suponer, dado su pequeño tamaño, los relieves de carácter religioso son de
capital importancia para la difusión del estilo gótico francés.
ESCULTURA BORGOÑONA Y FLAMENCA
.—El último gran capítulo de la
escultura gótica francesa no se escribe en la región parisiense, sino en
Borgoña. No es una consecuencia exclusiva del arte francés anterior, pero es
indudable que a él debe buena parte de su ser. Lo que constituye su verdadera
personalidad viene de los Países Bajos. Aunque los artistas flamencos colaboran
en la corte parisiense de Carlos V de Francia, el casamiento de su hermano, el
duque de Borgoña, con Margarita de Gante contribuye poderosamente al empleo de
artistas de aquel origen en la corte borgoñona de Dijón, y el hecho es capital
para la historia del arte, porque en ella es donde da sus primeros pasos la
pintura flamenca, de tan glorioso futuro. En calidad de grandes mecenas,
conviene recordar los nombres de sus duques: Felipe el Atrevido (muerte 1404),
hermano de Carlos V de Francia, y Juan Sin Miedo (muerte 1439). Ese amor a la
Naturaleza que hemos visto ir transformando las esculturas románicas en las
sonrientes y humanas Vírgenes góticas, da su paso decisivo en pro de la
conquista del individuo en la escultura borgoñona. Con ella se abre la gran era
del naturalismo flamenco que dominará en Occidente durante todo el siglo XV.
El creador de la escuela, Claus
Sluter, trae la sensibilidad observadora y ansiosa de realidad del temperamento
de los Países Bajos. Escultor de primer orden, nace en Utrech, y sabemos que
trabaja en Bruselas antes de trasladarse a Dijón. Su obra maestra es el llamado
Pozo de Moisés (1399), del Museo de esta ciudad. De forma prismática (fig.
1191), sirve de pedestal al Calvario monumental —casi totalmente perdido— que se
levantaba en el centro de la fuente de la Cartuja de Champol, hecho construir
por Felipe el Atrevido a dos tiros de ballesta de la ciudad de Dijón. Decoran
sus lados los profetas que anuncian la muerte de Jesús, con lo que la fuente da
al Crucificado el sentido de la Fons Vitae. Las estatuas de los profetas, con
sus rótulos, son ya verdaderos retratos, aunque animados por ese sentido de la
grandiosidad heroica con que sólo los genios saben dotar sus creaciones. El
Moisés con sus amplias vestiduras que caen en hermosos plegados, su mirada
grandiosa y sus larguísimas barbas, es el más ilustre predecesor del de Miguel
Ángel. Isaías, con su gran cabeza calva y sus rasgos personales acusadísimos,
nos dice el extremo a que llega el naturalismo gótico gracias a la sensibilidad
holandesa. Lo variado y el ímpetu de sus actitudes y gestos prueban el largo
camino recorrido por la escultura gótica desde los días de Chartres. Pero lo que
nos pone de manifiesto el rango de su autor es que, pese a su interés por
ofrecernos los rasgos del modelo, ha creado verdaderos prototipos de los
personajes representados.
(fig. 1191) Pozo de Moisés. Museo de Dijón
La otra gran obra de Claus Sluter
es el sepulcro de Felipe el Atrevido (muerte 1404) (fig. 1192). El escultor, por
encargo del duque, realiza viajes para buscar ricos materiales y estudiar otros
sepulcros, decidiéndose por la forma de lecho funerario de mármol negro, con
estatua yacente y numerosas estatuillas en sus lados, unas y otras de mármol
blanco.
(fig. 1192) Sepulcro de Felipe el Atrevido
Lo más interesante es esta
galería de personajes que acompañan al difunto. Como los profetas, ofrecen la
más rica variedad de actitudes y de expresiones. Figuran a los familiares y
servidores del difunto, verdaderos retratos de los numerosos miembros de la
corte ducal, y no simples llorones profesionales. Sus ropajes son amplios, y
caen con naturalidad, bien ajenos al sentido caligráfico corriente en el gótico
de esta época.
Aunque obra ya del sobrino y
principal discípulo de Claus Sluter, Claus de Werve (muerte 1439), vivo reflejo
de su estilo es el sepulcro de Juan Sin Miedo. Del mismo tipo que el anterior,
nos ofrece al difunto acompañado por su esposa. Muerto Claus de "Werve sin
terminarlo, consta que la continúa el aragonés de Daroca Juan de la Huerta, de
quien se consideran las estatuillas de los encapuchados, terminándolo el
escultor de Avignon Antonio Le Moiturier (fig. 1193).
(fig. 1193) Sepulcro de Juan Sin Miedo
El tema del encapuchado adquiere
mayor importancia en el impresionante sepulcro de Felipe Pot (fig. 1194).
(fig. 1194) Sepulcro de Felipe Pot
De Claus Sluter son, en cambio,
las estatuas de la Virgen y de Felipe el Atrevido y su esposa, con sus santos
protectores, de la portada de la Cartuja, todas ellas con hermosos y abundantes
ropajes (fig. 1195).
(fig. 1195). Portada de la Cartuja
La Virgen, con el gran dramatismo
de su actitud, nos dice que es hermana de las estatuas de los profetas, y tanto
los santos protectores como los retratos, son de grandiosidad que nos anuncia el
estilo de los Van Eycks.
ESPAÑA: EL ESTILO GÓTICO FRANCÉS
EN CASTILLA
.—La escultura gótica francesa
forma en España sus dos escuelas principales al calor de la decoración de las
grandes catedrales de León y Burgos.
La de León ofrece el grandioso
conjunto escultórico de su triple portada de la fachada principal y las del
crucero. Esta numerosa serie de relieves y estatuas se debe a varios escultores,
cuya participación se ha tratado de delimitar. Los principales son el del Juicio
Final y el de la Virgen Blanca (fig. 1196), (fig. 1197). En la puerta central
del crucero y en la del lado opuesto, o del Dado, se deja ya sentir la
influencia de la escuela burgalesa.
(fig. 1196) Portada del Juicio Final de la catedral de León
(fig. 1197) Virgen Blanca de la puerta occidental de la Catedral
de León.
Capítulo importante de la
escultura leonesa lo constituyen los sepulcros, entre los que destaca el del
obispo Don Rodrigo (muerte 1232), cuyo tipo hace escuela más tarde en Salamanca
y Ávila. En el relieve del frente del sepulcro suele representarse la escena del
reparto de pan a los pobres (fig. 1198).
(fig. 1198) Sepulcro del obispo Don Rodrigo. Catedral de León
En la catedral de Burgos se
decoran las dos puertas del crucero del Sarmental y de la Coronería, y la
posterior del claustro. La primera (fig. 1199), que es, probablemente, la más
antigua, presenta en el tímpano al Salvador bendiciendo, mientras los
evangelistas, de formas delicadas y esbeltas proporciones, escriben en sus
pupitres acompañados por sus símbolos respectivos, con arreglo a un modelo
empleado en la Isla de Francia. Los Apóstoles conversan en las jambas, mientras
la estatua del parteluz, una de las mejores de su tiempo en España, dirige su
mirada al frente.
(fig. 1199) Puerta del crucero del Sarmental. Catedral de Burgos
La puerta de los Apóstoles, que
decora su tímpano con el Juicio Final, es anterior a 1257 (fig. 1200).
(fig. 1200) Puerta de los Apóstoles. Catedral de Burgos
En la puerta del claustro el
estilo varía y se nos muestra más avanzado. En uno de los lados de las jambas
las estatuas de la Virgen y el Arcángel forman un verdadero grupo, y el relieve
del Bautismo del tímpano está concebido con una gracia que hace pensar ya en el
siglo XIV (fig. 1201).
(fig. 1201) Puerta del claustro de la Catedral de Burgos
A esta misma etapa de la escuela
deben de corresponder las hermosas estatuas reales y la Adoración de los Reyes
del interior del claustro (fig. 1202).
(fig. 1202) Adoración de los Reyes del interior del claustro
Aunque sin parentesco directo con
la escuela burgalesa, y ya de hacia 1300, es importante la decoración
escultórica de la catedral de Vitoria.
Como es lógico, además de esta
escultura de carácter monumental, abundan las imágenes de madera, sobre todo del
Crucificado y de la Virgen sentada con el Niño. De éstas, son bellos y numerosos
los ejemplares de la región burgalesa. De ese origen debe ser la de la catedral
de Sevilla (fig. 1203).
(fig. 1203) Virgen sentada con el Niño. Retablo mayor de la
catedral de Sevilla
ESCULTURA DEL SIGLO XIV Y PRIMERA
MITAD DEL XV EN LEVANTE
.—Mientras la escultura del siglo
XIV y de la primera mitad del XV es de escaso interés escultórico en Castilla,
en Levante se producen obras importantes, sobre todo desde los últimos años del
primero. Con anterioridad a esa fecha no poseemos ninguna extraordinaria, aunque
no faltan nombres de artistas, como el del maestro Bartolomé, autor de la Virgen
de la portada de la catedral de Tarragona, de hacia 1278, y el de Beltrán Riquer,
a quien, al parecer, se deben los sepulcros de Pedro el Grande (1306) y de Jaime
II y su mujer (1312) en el monasterio de Santa Creus, que no superan en calidad
a la Virgen del maestro Bartolomé. En cambio, ya a fines del siglo XIV, se
labran monumentos funerarios tan importantes como el de Fernández de Luna
(1382), de la Seo de Zaragoza, obra de Pedro Moragues, en el que el lecho
funerario aparece cubierto por la comitiva fúnebre formada por numerosas
estatuillas y se crean retablos de piedra igualmente interesantes y típicamente
levantinos. En 1366 esculpe el maestro Aloy en la catedral de Tarragona el de la
capilla de los Sastres (fig. 1204), que señala la meta última anterior al gran
florecimiento de la primera mitad del siglo XV.
(fig. 1204) Retablo de los Sastres. Catedral de Tarragona
Como veremos más detenidamente al
tratar de la pintura, en los comienzos del siglo XV la fusión de la influencia
italiana —obras importadas capitales de ese origen se consideran el sarcófago de
Santa Eulalia, en la catedral de Barcelona, y los relieves ghibertianos (1416),
de la de Valencia—, y la flamenca, produce en Cataluña una de las escuelas más
valiosas del estilo llamado internacional.
Las dos grandes figuras de esta
etapa estilística son Guillermo Sagrera y Pedro Juan, que corresponden ya al
siglo XV. Sagrera, mallorquín de nacimiento y, según vimos, también arquitecto
de primera fila, es autor de la estatua de San Pedro (1426 (fig. 1205), de la
puerta de la catedral de Palma, en la que el apóstol, envuelto en su gran manto
de amplios plegados curvos, sostiene con la derecha el ropaje.
(fig. 1205) Estatua de San Pedro, de la puerta de la catedral de
Palma
También es muy hermoso el ángel
que con sus grandes alas decora el tímpano de la Lonja. Así como las rígidas
estatuas del siglo XV se convierten, en manos de Sagrera, en figuras humanas
llenas de vida, bajo el cincel de Pedro Juan los retablos antes citados se
cubren de amplios relieves donde las figuras se mueven con todo el delirio de
una miniatura borgoñona. Su obra más antigua es el San Jorge (1416), del Palacio
de la Generalidad, de Barcelona, que, seguro en su corcel, alancea al dragón con
impetuoso movimiento, muy propio del estilo (fig. 1206).
(fig. 1206) San Jorge del Palacio de la Generalidad, de Barcelona
Pero lo más importante es el
retablo mayor (1426) de la catedral de Tarragona dedicado a su titular, Santa
Tecla (fig. 1207), cuyos relieves, animados por una inquietud y un dramatismo
muy característico de este momento, son los más bellos que se esculpen en España
durante la primera mitad del siglo.
(fig. 1207) Retablo de Santa Tecla de la catedral de Tarragona
En el retablo mayor de la Seo de
Zaragoza, que comienza poco después (1434), sólo termina el banco. Ambos
retablos, según es normal en Cataluña, están esculpidos en alabastro.
NAVARRA
.—No menos espléndida, pero con
área de expansión más reducida y carácter menos nacional, se nos presenta la
otra gran escuela de este período. Regida Navarra en esta época por una dinastía
francesa, nada tiene de extraño que sean franceses los principales escultores
que trabajan en su corte. En efecto, de Tournai es Janin de Lomme, que en 1416
comienza el sepulcro de Carlos el Noble y su mujer, de la catedral de Pamplona.
Sus hermosas estatuas yacentes de mármol blanco, sobre el lecho de mármol negro
rodeado por las estatuillas del cortejo fúnebre, de mármol de aquel color, lo
relacionan con el sepulcro de Felipe el Atrevido, en Dijón, terminado muy poco
antes (fig. 1208).
(fig. 1208) Sepulcro de Carlos el Noble, catedral de Pamplona
Importante es también el tímpano
con la Muerte de la Virgen de la puerta de la Virgen del Amparo de la catedral
de Pamplona (fig. 1209).
(fig. 1209) Muerte de la Virgen de la catedral de Pamplona
Es, por tanto, jalón
principalísimo para la historia del llamado Renacimiento borgoñón. Pero el
sepulcro con que guarda mayor analogía es el del duque de Berry (1433), en
Bourges, algo posterior. La presencia de Janin de Lomme en Navarra explicaría el
que el daroqués Juan de la Huerta pudiera encargarse en Dijón, en 1443, del
sepulcro de Juan el Bueno.
En Portugal, las obras maestras
de la escultura gótica del siglo XIV son los sepulcros de Pedro I y Doña Inés de
Castro (muerte 1355), en el monasterio de Alcobaca. Sus frentes aparecen
cubiertos por numerosas escenas, en bellos encuadramientos arquitectónicos, y
ángeles rodean a la famosa reina coronada después de morir (fig. 1210).
(fig. 1210) Sepulcros de Pedro I y Doña Inés de Castro en el
monasterio de Alcobaca
LA ESCULTURA DE LA SEGUNDA MITAD
DEL SIGLO XV
.—Como en toda la Europa gótica,
al mediar el siglo, el llamado estilo internacional cede el paso al flamenco de
influencia eyckiana. Con él recobra Castilla la importancia artística que
perdiera en el siglo XIV, y de nuevo Burgos es sede de una de las escuelas más
importantes, coincidiendo con el florecimiento de la arquitectura ya comentado.
El monumento que inicia el nuevo estilo es el sepulcro de Don Alonso de
Cartagena, el propulsor de las grandes reformas que se emprenden en la catedral.
En él encontramos ya el estilo rico de los grandes maestros de la escuela: Gil
de Siloé —Gilíes de Siloé— y su colaborador, Diego de la Cruz, tal vez los
escultores más representativos de esta última fase espléndida y ostentosa del
gótico, no sólo español, sino europeo.
En 1486 aparece ya Siloé
trabajando en el extraordinario sepulcro de Juan II y Doña Isabel de Portugal (lám.
474), de la Cartuja, de planta de estrella de ocho puntas, con escenas bíblicas
en sus frentes y estatuillas sobre los ángulos. Los monarcas, lujosamente
vestidos, reposan su cabeza sobre ricos almohadones y bajo doseles prolijamente
esculpidos. De análoga riqueza decorativa se hace alarde en el sepulcro del
príncipe Don Alonso, orante ante su sitial, en el mismo templo (fig. 1211).
(fig. 1211) Sepulcro de Juan II e Isabel de Portugal y Retablo,
Cartuja, Burgos
Si la vida intensa que anima las
estatuillas del sepulcro de Don Juan y Doña Isabel no vuelve a superarla el
propio Siloé, el efecto de riqueza deslumbrante alcanza extremos tal vez
superiores en el retablo mayor de la misma Cartuja formando así, con los
enterramientos citados, el conjunto más fastuoso de la escultura gótica del XV
en toda Europa.
El retablo, comenzado por Siloé,
en colaboración con Diego de la Cruz, en 1499, tiene su cuerpo principal una
enorme corona de ángeles con el Crucificado en el centro, que incluye y es
rodeada por otras menores de nubes con diversas historias en su interior. En el
banco aparecen orantes Juan II y Doña Isabel de Portugal.
A Siloé y Diego de la Cruz se
debe, además, el retablo de Santa Ana, de la catedral burgalesa, también de
riqueza excepcional.
Eco del lujo desplegado en estos
retablos existen otros en Burgos, el más importante de los cuales es el de la
iglesia de San Nicolás. Como sepulcro, es obra también muy destacada y digna de
Siloé, el de Don Juan de Padilla (1491), en el Museo de Burgos, muerto en la
flor de su juventud en la guerra de Granada, y representado en actitud orante,
como el del príncipe Don Alonso, de la Cartuja.
La otra gran escuela castellana
de la última etapa gótica radica en Toledo, y es su primer maestro conocido Juan
Alemán, autor de las esculturas de la Virgen, las Santas Mujeres y los
Apóstoles, y de los relieves de los tímpanos de la puerta de los Leones, de la
catedral (1495), de elegancia rogeriana y típicos plegados angulosos flamencos,
pero sin el recargamiento burgalés.
Sin el lujo excepcional de la
escultura funeraria burgalesa, los sepulcros toledanos del último tercio del
siglo son también del mayor interés. Representado el difunto a veces medio
incorporado, leyendo en su lecho mortuorio; si es varón, suele acompañarle un
paje con el casco, y si es dama, una dueña, uno y otra en escala menor. El mejor
ejemplo de este tipo es el sepulcro, en la catedral de Sigüenza, de Don Martín
Vázquez de Arce, mal llamado el Doncel (muerte 1486) muerto, como Don Juan de
Padilla, en plena juventud en la guerra de Granada (fig. 1212).
(fig. 1212) Sepulcro de Martín Vázquez de Arce, en la catedral de
Sigüenza
Sepulcros de tipo diferente son
los tumulares de Don Álvaro de Luna y de su esposa, en la catedral de Toledo,
obra de Sebastián de Almonacid, uno de los principales escultores de este
momento.
En el campo del relieve, las dos
grandes creaciones de la escultura toledana son el retablo mayor de la catedral,
que traza, pero no puede terminar, el francés Peti Juan (muerte 1507), y la
sillería baja del coro del mismo templo (1489-1495), obra ésta del alemán
Rodrigo Duque. Los temas representados en sus respaldos no son de carácter
religioso, sino escenas de la conquista de Granada. Es, pues, la crónica gráfica
de la gran guerra (fig. 1213).
(fig. 1213) Escenas de la guerra de Granada. Catedral de Toledo
Sevilla cuenta en el tercer
cuarto de siglo con un escultor de primera calidad. Lorenzo Mercadante de
Bretaña (1453-1467) es, probablemente, el que con mayor pureza, aplicados a la
escultura, sigue los ideales eyckianos. Nacido en Bretaña, debe de haberse
formado en tierra flamenca, o muy próxima a ella. En el sepulcro del cardenal
Cervantes (1458), que firma haciendo constar su origen, el rostro de] prelado,
seco y nervioso, es de realismo tan sorprendente que hace pensar en la
utilización de la mascarilla. Sin este carácter funerario, el sentimiento
naturalista de estirpe eyckiana es más sensible en la espléndida serie de
estatuas de barro cocido de las portadas del mismo templo. Los santos prelados,
en particular, concebidos con sin igual nobleza, sumidos en la lectura de los
libros que tienen en sus manos, son obras no superadas por ningún escultor
gótico de su tiempo (fig. 1214).
(fig. 1214) Estatua de Prelado. Catedral de Sevilla
La gran empresa del último cuarto
del siglo XV y principios del siglo XVI es el retablo mayor de la catedral. De
gigantescas proporciones, y subdividido en varias calles y cuerpos, el último
volado formando enorme guardapolvo, lo traza (1482), al parecer, el maestro
Dancart. Buena parte de los relieves que llenan sus múltiples compartimientos
son ya de principios del siglo XVI, y obra de Jorge Fernández, el escultor más
activo de estos años en Sevilla (fig. 1215).
(fig. 1215) Retablo, catedral de Sevilla
ALEMANIA E INGLATERRA
.—En los comienzos del gótico, la
catedral de Estrasburgo no sólo ofrece una importante decoración escultórica,
sino que nos ha conservado el nombre de una escultora admirable. Los hermosos
relieves de la portada del crucero, todavía románico, dedicados a la Virgen,
están firmados por Savina. Sus personajes mueven sus cuerpos con la blanda
flexibilidad del gótico, si bien en el plegado menudo de sus telas se advierte
aún la influencia del románico de última hora. Obra suya o de su taller son,
además, las esbeltas estatuas de la Iglesia y de la Sinagoga, muy semejantes a
las de la catedral de Reims.
En la escultura de la fachada
principal el estilo es ya típicamente gótico, siendo interesante observar cómo
la moderación mímica francesa cede paso con frecuencia a la exaltación expresiva
alemana. Las estatuas principales son las Vírgenes prudentes y fatuas y las
Virtudes alanceando los vicios. Adviértase, sin embargo, que, víctima de la
Revolución francesa, la escultura de la catedral de Estrasburgo se restaura
después en forma tal que no es fácil distinguir en la actualidad lo primitivo de
lo moderno.
Los otros conjuntos principales
de la escultura alemana de este período son los de las catedrales de Bamberg y
Naumburgo, donde las violentas luchas del Imperio y el abuso del régimen feudal
ponen una nota profana y violenta que no existe en Francia. En la portada de
Bamberg, de hacia 1220, Adán y Eva se nos presentan bajo los doseles de gran
tamaño, totalmente desnudos y formando juego en la jamba frontera con las
estatuas de los emperadores. En el Juicio Final de otra portada de la misma
catedral aparecen entre los condenados el emperador Otón y sus amigos, y entre
los elegidos, su competidor Felipe, que muere asesinado en Bamberg, y retrato de
éste se considera la bella estatua ecuestre que decora uno de los pilares del
interior del templo (fig. 1216).
(fig. 1216) Estatua ecuestre, catedral de Bamberg
En la catedral de Naumburgo, lo
profano gana aún más terreno. Los protectores de la catedral se hacen retratar
en su interior, y no con la expresión austera que distingue al jinete de Bamberg.
Los rostros de Etta y Regelindis sonríen y miran con desenfado humano (fig.
1217).
(fig. 1217) Etta y Regelindis. Catedral de Naumburgo
En el último tercio del siglo XV
y principios del XVI, la escultura alemana vive una época brillante y de mayor
originalidad. Es escultura en madera, de retablos y de imágenes policromadas, y
excusado es el insistir en su carácter naturalista, en sus intensos efectos de
claroscuro y en el barroquismo de sus ropajes, quebrados en millares de menudos
pliegues angulosos. Los maestros más realistas son los del sur de Alemania.
En el Tirol, Miguel Pacher es
autor del hermoso retablo de la Coronación de la Virgen, de Gries, donde la
escena, en un relieve que es, en realidad, bulto redondo, se desarrolla con todo
el lujo de una gran fiesta litúrgica (fig. 1218).
(fig. 1218) Retablo de la Coronación de la Virgen, de Gries
Con excepción de Pacher, todos
los grandes escultores alemanes de este período, que viven ya en los comienzos
del Renacimiento, son de Franconia. Del mismo Nuremberg son Veit Stoss, Adán
Kraft y Pedro Vischer. Veit Stoss es el más representativo del estilo gótico
alemán de fin de siglo. De temperamento dramático, apasionado, con dominio
extraordinario de la técnica de su arte, le gusta insistir en los menores
detalles. Su obra maestra es el retablo de la Virgen, de Cracovia, de
grandiosidad no frecuente en retablos góticos (fig. 1219).
(fig. 1219) Retablo de la Virgen, de Cracovia
Algo de lo que Vcit Stoss
representa como escultor en madera significa para la escultura en piedra Adán
Kraft, autor del Sagrario de San Lorenzo (1493), de su ciudad natal, subdividido
en varios cuerpos, en el inferior de los cuales se retrata el propio artista
sosteniendo el monumento en unión de dos de sus compañeros. Peter Vischer es, en
cambio, escultor en bronce, en el que las formas góticas se mezclan ya
claramente con las renacentistas. El baldaquino del arca de San Sebaldo, de San
Lorenzo de Nuremberg (1507), fundido con arte admirable, contiene relieves de la
vida del santo y numerosas esculturitas de santos diversos, fundidas con
verdadero primor, a las que se agrega la del propio autor trabajando.
Lo más singular de la escultura
inglesa son, probablemente, sus relieves de alabastro, de tamaño más bien
pequeño, y de estilo muy uniforme, que se exportan en grandes cantidades a las
ciudades costeras europeas, desde Escandinavia hasta Italia. Debido, al parecer,
a la persecución iconoclasta de tiempos de la Reforma, son escasos los
conservados en la misma Inglaterra. De tipo muy industrial, su florecimento
comienza a fines del siglo XIV.
PINTURA DE ESTILO GÓTICO FRANCÉS.
ESPAÑA
.—Los reducidos espacios de muro
conservados en los templos góticos hacen innecesaria la gran pintura mural, cuyo
papel pasa a desempeñar la vidriera. Muy pequeño todavía el retablo, el campo
principal de la pintura se reduce, durante los siglos XIII y XIV, a las
miniaturas de los códices.
Pintura aún sin sentido de la
profundidad, su manera de interpretar la figura humana —proporción, movimiento,
mímica, tipos de rostro, plegados—, es la comentada en la escultura
contemporánea, por la que se encuentra intensamente influida. Desde el punto de
vista pictórico, es todavía estilo en el que el dibujo desempeña papel de primer
orden y el modelado es aún muy somero, aunque desaparecen los convencionalismos
de los pintores románicos y los escenarios arquitectónicos son análogos a los de
los relieves. Con frecuencia, como en la miniatura románica, son de oro,
aplicado en panes.
La pintura gótica francesa de los
siglos XIII y XIV, lo mismo que la escultura, se impone al Occidente, y con una
uniformidad que lo nacional apenas se percibe.
En la primera mitad del siglo
XIII es frecuente, como en las vidrieras, representar las historias dentro de
medallones circulares —Salterio de San Luis, de Leyde; Biblia de San Luis, de la
catedral de Toledo—, y a medida que avanza el tiempo se va formando en las orlas
una caprichosa y fina ornamentación vegetal y figurada, reflejo de la
arquitectónica, que continúa evolucionando hasta fines del gótico. Entre las
obras encargadas por San Luis, que ejercen influencia decisiva en la formación
de la miniatura gótica, figuran los Evangelios de la Santa Capilla, de la
Biblioteca Nacional de París, hacia 1270. A fines del siglo la personalidad más
destacada de la miniatura parisiense es el maestro Honoré, autor del Breviario
de Felipe el Bueno (1296), igualmente en la Biblioteca Nacional de París (fig.
1220).
(fig. 1220) Breviario de Felipe III el Bueno
A principios del siglo XIV,
precedido en la evolución por los miniaturistas ingleses, Jean Pucelle
—Breviario de 1317 y Biblia de 1327, ambos en la Biblioteca Nacional de París—
intensifica en la miniatura parisiense el elemento pintoresco y la riqueza de
las márgenes, y más que por el color se preocupa por el dibujo y por los grises.
La influencia de su estilo perdura unos cincuenta años. La etapa de fines de
siglo enlaza con el nacimiento de la pintura flamenca.
Los monumentos verdaderamente
interesantes de la pintura de caballete francesa corresponden ya a la segunda
mitad del siglo XIV, aunque, por desgracia, son escasísimos los conservados. El
paramento de Narbona (1375), del Museo del Louvre, es de lo más importante (fig.
1221).
(fig. 1221) El paramento de Narbona, del Museo del Louvre
La pintura española de la segunda
mitad del siglo XIII y primera del XIV, como toda la gótica de este período,
sigue el estilo francés, estilo que sobrevive en gran parte en España hasta
cerca del año 1400.
Con el triunfo del vano, la
pintura mural también aquí casi desaparece. Las más importantes de carácter
religioso son las murales firmadas por Antón Sánchez de Segovia, en la catedral
de Salamanca, que figuran un retablo en torno a un nicho central para una imagen
(fig. 1222). Algo irregular en su distribución, por exigencias de su
emplazamiento, presenta en sus diversos espacios varios profetas, santos y
ángeles que ofrecen música a la imagen, o llaman la atención sobre ella. Dentro
de la clara traza arquitectónica, las figuras, de dibujo seguro y hermosos ojos
rasgados, son de grandiosidad no corriente; se mueven sin amaneramiento, y los
ángeles, con sus alas enhiestas, revelan fino sentido decorativo. Fechadas estas
pinturas en 1262, lo avanzado de su estilo hace pensar en época algo posterior.
(fig. 1222) Pintura mural, catedral de Salamca
Las principales de carácter
profano no se conservan en tierra cristiana, sino en las bóvedas de las Salas de
los Reyes de la Alhambra. Aunque están pintadas en cuero, sobre preparación de
yeso, como la de las tablas, por su función deben agruparse con las pinturas
murales. De las tres bóvedas, la central presenta a varios reyes, que, por
considerarse los de la dinastía nazarí, permiten fechar las pinturas entre 1396
y 1408. Las más atrayentes son, sin embargo, las laterales, con escenas de
caballería y de amor, inspiradas en algún texto literario novelesco aún no
identificado. Cristianos la casi totalidad de los personajes, y cristiana la
arquitectura del fondo, el caballero moro que figura en lugar preeminente presta
a la composición sabor de romance fronterizo.
El capítulo de la pintura en
tabla está representado en Castilla por el retablo de Quejana (1396), hoy en el
Museo de Chicago, particularmente interesante, no sólo desde el punto de vista
artístico, sino desde el histórico, como mandado pintar por el canciller Pedro
López de Ayala, el gran escritor y hombre político de fines del XIV. Dividido en
dos anchas zonas, se figuran en él diversas escenas de la Pasión, cuyo orden
sólo se interrumpe en la parte central para intercalar en el centro el Crucifijo
y el lugar para la custodia. Tanto el canciller como sus familiares aparecen
representados en actitud orante (fig. 1223).
(fig. 1223) Retablo de Quejana
Pero lo más bello de la pintura
gótica francesa en España es la miniatura alfonsina. El fruto más valioso del
taller cortesano de Alfonso el Sabio es la ilustración de las Cantigas, de que
conservamos el códice de El Escorial y el incompleto de la Biblioteca de
Florencia. Por los seis cuadros en que se encuentran subdivididos sus hermosos
folios vemos desfilar gran parte de la Castilla de entonces, ofreciéndonos un
arsenal gráfico que no poseemos de ningún otro período de nuestra Edad Media.
Como cada una de esas series de escenas ilustra el texto de un cantiga en loor
de la Virgen, terminan casi todas ellas con la oración de gracias a María por
sus milagrosos favores. Como es natural, la vida religiosa desempeña papel de
primer orden: obispos, monjes, religiosas y peregrinos con sus grandes
sombreros, la venera y el bordón, camino de Santiago, son representados en sus
más varias ocupaciones. Las escenas guerreras, con sus escuadrones de jinetes
afrontados, sus infantes protegidos por enormes escudos, y sus ballesteros,
ocupan también bastante espacio. Pero al mismo tiempo vemos tiendas, boticas,
pintores trabajando, niños que juegan, cazadores, etc. Y, como es natural, en
sociedad tan compleja como la castellana de la época, judíos y moros desfilan
con frecuencia por el escenario de las Cantigas perfectamente caracterizados (fig.
1224).
(fig. 1224) Miniaturas de las Cantigas, Alfonso X el Sabio
ARTES INDUSTRIALES DE ESTILO
GÓTICO. HIERROS Y ORFEBRERÍA
.—El arte del hierro forjado en
el período románico deja sus principales manifestaciones en las rejas interiores
de los templos y en las guarniciones de las puertas de madera. En ambos el tema
decorativo dominante es el mismo: el roleo o espiral, que se repite
reiteradamente como elemento casi exclusivo de la decoración (fig. 1225). La
reja románica es muy tupida y el roleo suele desempeñar papel más importante que
el barrote vertical. Sirva de ejemplo la de Santa María del Mercado, de León, y
la de la catedral de Palencia.
(fig. 1225) Rejas románicas de Santa María del Mercado, de León
Con el gótico, la reja adquiere
carácter monumental hasta entonces desconocido y cierra las más amplias
capillas. El barrote, que es de sección circular, sólo se encuentra interrumpido
por estrechas planchas de hierro horizontales, caladas, que, por lo común,
cubren las barras dispuestas en ese sentido que traban los barrotes verticales.
La decoración que se concentra en la parte superior es la crestería y en los
tipos más antiguos está formada por grandes flores. Existen buenos ejemplos de
este tipo en el claustro de la catedral de Barcelona. Pero cuando la reja toma
proporciones monumentales, y en ellas ningún país supera a España, es en los
últimos tiempos del gótico. La edad de oro de nuestra rejería se prolonga hasta
el Renacimiento. En el tránsito del Renacimiento la barra de hierro es con
frecuencia de sección cuadrada, y en el deseo de enriquecerla se retuerce y se
abre en rombos de lados curvos u ojos acorazonados. En la crestería, los
pináculos y los arcos de chapa calada, todo ello dispuesto en un plano,
reemplazan a las flores que antes extendían sus pétalos y hojas en todos los
sentidos. La reja de la Cartuja del Paular es una obra excelente de este momento
(fig. 1226).
(fig. 1226) Reja de la Cartuja del Paular
Entre las de carácter civil deben
recordarse las de la fachada de la Casa de las Conchas, de Salamanca (fig.
1227).
(fig. 1227) Rejas de la fachada de la Casa de las Conchas, de
Salamanca
De la orfebrería gótica poseemos
numerosos monumentos, tanto religiosos, que son los más abundantes, como de
carácter civil, y, como es natural, reflejan las formas arquitectónicas del
estilo. Los pies y secciones de las piezas son poligonales y mixtilíneos, y los
cuerpos se revisten con pináculos, arbotantes y hojas de cardo. Las cruces
procesionales adquieren gran tamaño, tienen en su parte inferior voluminoso
ensanchamiento o manzana, y los brazos terminan con bastante frecuencia en
perfil de flor de lis. La creación de la fiesta del Corpus, en 1319, como
resultado del milagro de haber sangrado la Sagrada Forma de Bolsena a fines del
siglo anterior, hace que el ostensorio para exponer el Santísimo cobre
desarrollo extraordinario. Este ostensorio o custodia adopta dos tipos: el de
tubo, frecuente en Alemania, y el del disco. Tanto uno como otro descansan sobre
un pie de las características dichas.
La orfebrería gótica no se limita
a crear este ostensorio que en las de menor tamaño, el sacerdote lleva en sus
manos, sino que labra, para colocarlo en su centro, un gran templete o torre, en
el que se multiplican estribos, pináculos, arbotantes y toda suerte de
ornamentación. Donde estas custodias monumentales llegan a su máxima riqueza es
en nuestro país, y la más importante de estilo gótico es la de la catedral de
Toledo (1515), obra de Enrique de Arfe, primer miembro de una familia de
orfebres. A él se debe, además, la custodia de la catedral de Córdoba, obra
también de primer orden (fig. 1228).
(fig. 1228) Custodias catedral de Toledo y de Córdoba
En la orfebrería civil son muy
características del gusto por la riqueza decorativa del gótico de última hora,
las formas abullonadas y torsas. En este aspecto las creaciones más típicas son
las copas alemanas, a veces de gigantescas proporciones. También son frecuentes
las naves para centros de mesa. La copa real de Santa Inés es una copa sólida
recubierta de oro, magníficamente decorada con esmalte y perlas. Fue hecha para
los miembros de la familia real francesa a finales del siglo XIV, y más tarde
perteneció a varios monarcas ingleses antes de pasar casi 300 años en España.
Desde 1892 se encuentra en el Museo Británico (fig. 1229).
(fig. 1229) Copa real de Santa Inés
El esmalte gótico es translúcido,
representándose en él historias de numerosos personajes y complicadas
composiciones. El sombreado se obtiene haciendo más profunda la incisión en el
metal para que, al ser más gruesa la capa de esmalte, su color resulte más
oscuro. El esmalte de este período alcanza gran perfeccionamiento en Italia. En
España se cultiva principalmente en Cataluña y Valencia, donde se emplea con
profusión en cruces procesionales como la de Játiva.
VIDRIERAS, GRABADOS, TELAS Y
MUEBLES
.—El espacio cada vez mayor
concedido a las ventanas por la arquitectura gótica hace que prospere el arte de
la vidriería, que crea ya obras valiosas en el período románico —catedral de
Chartres (fig. 1230).
(fig. 1230) Vidrieras de la catedral de Chartres
Lo mismo entonces que en el
período gótico, los trozos de vidrio, que forman un verdadero mosaico, se
encuentran dispuestos dentro de una red irregular de tiras de plomo con dos
canales o rehundimientos laterales en los que encajan sus bordes. En la época
románica y en los comienzos de la gótica son frecuentes los medallones
circulares con escenas en su interior. En la gótica, una figura de gran tamaño
suele ocupar el espacio antes dedicado a varios medallones, y por lo general se
le corona con estrecho y alto gablete o dosel y encuadra con baquetones o
columnillas. El dibujo de rostros, plegados de ropas y demás pormenores, se
obtiene pintando sobre el trozo de vidrio con un color de carácter metálico que,
sometido a cocción, se adhiere a aquél (fig. 1231).
(fig. 1231) Vidriera de la catedral de Saint Denis
En España, la serie más rica de
vidrieras góticas de los primeros tiempos es la de la catedral de León. Del
siglo XV existen en otras varias catedrales españolas.
Creación también del gótico es el
grabado, que ya en la segunda mitad del siglo XV produce obras de gran belleza.
El grabado en madera o xilografía se dibuja en un tablero, rebajándose el fondo
en forma que el dibujo queda en relieve. Embadurnado con negro de humo disuelto
en aceite de linaza, pueden obtenerse copias en hojas de papel húmedo
presionándolas sobre él con un rodillo. Este tipo de reproducción industrial,
que sirve de punto de partida a la imprenta, da sus primeros pasos con las hojas
de la Biblia Pauperum o Biblia de los Pobres, y otras obras religiosas análogas
en que se representan gráficamente todas las historias que el buen cristiano
debe conocer-
El grabado en bronce es creación
de orfebres. Al contrario que en la xilografía, el dibujo no queda en relieve,
sino inciso en la lámina, siendo las ranuras las que se entintan. Tanto en el
grabado en madera como el grabado en metal, la figura resulta invertida en la
copia. Como no pocos grabadores son grandes pintores —recuérdense los nombres de
Durero, Rembrandt y Goya—, y el país donde el grabado alcanza en esta época
mayor perfección es Alemania, se tratará de los principales en el capítulo
dedicado a su pintura.
La influencia del Extremo
Oriente, que gracias a la dominación mongólica en Persia termina por desterrar
del tejido árabe la vieja decoración bizantina de ruedas, produce el mismo
resultado en Occidente. Donde se crea el nuevo estilo es en la ciudad toscana de
Lucca, que recibe la seda de Oriente por el puerto de Pisa. Abandonándose las
ruedas, se crean patrones asimétricos en que se oponen perros, águilas, ciervos,
leones y garzas reales, y se figuran castillos rodeados de agua, rayos de luz,
hojas, etc.
El apogeo de este estilo
corresponde al siglo XV. En época más avanzada, y perdida ya la hegemonía por
Lucca, se generaliza el patrón de tallo ondulante y oblicuamente dispuesto con
follaje, flores y frutos. Este tipo de decoración da lugar a la llamada de
granadas, en la que ese fruto, al principio pequeño, aumenta de tamaño en tales
proporciones que termina ocupando la mayor parte de la tela.
Característicos de los últimos
tiempos del gótico son los brocados de oro y plata, en los que con los hilos de
seda de colores se entretejen otros de esos metales, los damascos o telas de un
solo color, cuyo dibujo se forma por medio de diverso ligamento, y los
terciopelos.
El otro gran capítulo del arte
textil es el de la tapicería, que se inicia en el norte de Francia y Flandes a
principio del siglo XIV, y llega a tal perfección a fines del mismo en Arras,
que mucho tiempo después de perdida su preponderancia en este arte, continúa
llamándose a los tapices paños de Arras y todavía en italiano se les denomina
arrazi. Es de técnica por completo diversa de la del tejido, relacionándose
íntimamente con la pintura, ya que para labrarlo se precisa un cartón que, hecho
por un pintor y puesto tras el telar, copia el operario. Creado este arte al
calor de la lujosa vida cortesana de París y Borgoña, las escenas en ellos
representadas son religiosas, de historia antigua, mitológicas, alegóricas, de
amor, etc. Entre los monumentos más antiguos e importantes figuran los tapices
del Apocalipsis de la catedral de Angers, hechos todavía en el siglo XIV por
cartones del pintor del rey de Francia.
El mueble, que durante el período
románico emplea, sobre todo, la técnica del torneado, y del que conservamos
escasísimos monumentos, bajo el gótico se enriquece y generaliza. Del siglo XV
poseemos ya bastantes ejemplos.
La gran novedad de carácter
técnico es que al simple carpintero sucede el ebanista, que emplea el
ensamblaje, la cola y la chapa de madera. La sierra y el cepillo son ya
instrumentos esenciales. Gracias a estos progresos técnicos, los tableros
decorados desempeñan papel de primer orden. Aparte de las formas decorativas
usuales en la arquitectura gótica, es específico del mueble el tema de los
pergaminos plegados. Entre los muebles figura en primer plano el arcón, del que
derivan todos los de guardar. Pero en el siglo XV son ya corrientes los
armarios, con la mitad superior cerrada. Análoga al armario es la credencia,
que, ordenada también en altura en su tipo más puro, consta de varios cuerpos
abiertos donde exponer la vajilla rica. Con frecuencia se funde con el armario.
Los sillones y bancos de este último período gótico son de formas macizas, y
revisten sus frentes, como los arcones, con decoración arquitectónica de arcos y
tracerías. Si la parte inferior del asiento sirve de arca, se llama sillón de
caja. La cama tiene en la cabecera respaldo alto, a veces con anaqueles, y las
de mayor lujo se completan con un dosel.
CAPÍTULO XIX
ARTE ÁRABE Y
MUDÉJAR
ARQUITECTURA ORIENTAL POSTERIOR
AL SIGLO XI
CERÁMICA, TEJIDOS, ALFOMBRAS
LA MINIATURA PERSA
ARQUITECTURA GRANADINA. LA
COLUMNA Y EL ARCO
TEMAS DECORATIVOS. YESERÍAS.
ALICATADOS
LA ALHAMBRA
GENERALIFE. OTROS MONUMENTOS
CERÁMICA, ARMAS Y TELAS
ARQUITECTURA MUDÉJAR. EL ROMÁNICO
DE LADRILLO
ARQUITECTURA MUDÉJAR DE LOS
SIGLOS XIV Y XV. LA DECORACIÓN. ARMADURAS
MUDÉJAR TOLEDANO
MUDÉJAR ANDALUZ. EL ALCÁZAR DE
SEVILLA
ARAGÓN
LOZA DE MANISES. CUEROS Y
ALFOMBRAS
ARQUITECTURA ORIENTAL POSTERIOR
AL SIGLO XI
.—La infiltración de los turcos,
primero en la guardia del califa, y después monopolizando el cargo de visir o
primer ministro, termina con la conquista del califato mismo. Realizada ésta por
los descendientes del jefe turco Seldyuk, el arte islámico oriental vive desde
mediados del siglo XI un período seldyucí de duración diversa en las varias
partes del califato.
Desde el punto de vista
decorativo, su principal novedad consiste en el empleo y difusión de la mukarna,
o prisma cortado en su parte inferior en forma curva (fig. 1232).
(fig. 1232) Cortes de mocárabes
Dispuestas en filas,
superponiéndose y elevándose progresivamente (fig. 1233).
(fig. 1233) Alzado mocárabes
Son de gran importancia no sólo
para decorar un friso o un capitel, sino incluso para recubrir el interior de
una cubierta simulando una bóveda (fig. 1234).
(fig. 1234) Bóveda de la sala de los Abencerrajes
Ya veremos el porvenir de este
elemento decorativo, que en España llamamos mocárabe, en la arquitectura
granadina del siglo XIV. Su origen, al parecer, se encuentra en la trompas de
las bóvedas. Las más antiguas conocidas son las de estuco de Nishapur, en
Persia, del siglo IX, y bóvedas ricamente decoradas con ellas existen en Bagdad
en la centuria siguiente. En Mesopotamia llegan a cubrirse con mucamas incluso
el exterior de algunas cubiertas, lo que, como veremos, nunca sucede en España.
Buen ejemplo de bóveda de mucamas seldyucí es la del sepulcro de Nurendino en
Damasco (1154).
Gran parte de los monumentos
islámicos a que debe El Cairo su fisonomía es obra de los sucesores de los
seldyucíes —ayubíes y después mamelucos— que gobiernan en Egipto y Siria.
Lo más llamativo son los
alminares, en los que el tipo abasí se alarga hasta convertirse en verdaderas
agujas de sección poligonal, que suelen variar en sus diversos cuerpos, por lo
común separados por cornisas de mucamas. El que inicia la serie es el de la
mezquita de Al-Hakim, de 1025, englobado posteriormente en su parte baja en un
gran macizo cúbico para evitar su ruina. Además de los alminares es
característico el perfil apuntado de sus cúpulas de elevados tambores y trasdós
con rica decoración, con frecuencia de lacería. Gloria de los califas seldyucíes
son las madrasas (fig. 1235), o centros de enseñanza religiosa y política,
integradas por una mezquita y las dependencias necesarias para el estudio, todo
ello ordenado en torno a un patio. Muy favorecidas por califas y emires, ya
desde el siglo XI, son lugar preferido para construir sus mausoleos. A medida
que el tiempo avanza, estos mausoleos adquieren desarrollo y lujo tales, que
terminan por empequeñecer la madrasa misma.
(fig. 1235) Planta Madrasa de Hassan. El Cairo (1356)
La mezquita sufre ahora en Persia
transformación radical. Tierra de arquitectura abovedada, el amplio espacio con
armadura de madera se convierte en un gran salón de proporciones cuadradas,
cubierto por hermosa bóveda cupuliforme sobre trompas formadas por grandes
mucamas y con el mihrab al fondo. Sus proporciones cuadradas y sus tres vanos
reales o ciegos de cada frente, es decir, doce en total, lo relacionan con el
templo zoroástrico del fuego y con los signos zodiacales. En su fachada se abre
gran pórtico, formado por un monumental arco apuntado con media bóveda de
mucamas. Especie de hornacina gigantesca de escasa profundidad, con la puerta al
fondo, es lo que se llama el livan (fig. 1236).
(fig. 1236) Portada Mezquita Persa
La decoración, con frecuencia de
riqueza extraordinaria, es de ataurique, epigráfica y de lacería, ejecutada en
estuco y cerámica vidriada, análoga a la que veremos en Granada.
En Persia, son importantes la
mezquita de Kaslim, del siglo XII, por sus estucos, y la de Yedz (1326), por sus
alicatados.
La conquista de Persia por los
mogoles produce desde tiempos de Timurlán o Tamerlán, de mediados del siglo XIV,
un nuevo período de florecimiento en la arquitectura, que dura hasta 1500. Los
livanes adquieren bajo los mogoles proporciones no menos gigantescas. Las
mezquitas más importantes por la riqueza de su decoración son la Azul de Tabriz
y la de Meshed, el templo más visitado por los siitas, donde está enterrado
Harum-al-Raschid. Su livan, de elevadísimas proporciones, es de excepcional
belleza.
En el Turquestán, la cúpula
abandona, bajo los mogoles, su perfil de arco apuntado y se hace bulbiforme. Así
aparece ya en los enterramientos reales de los descendientes de Tamerlán en
Samarcanda.
Del estilo islámico persa derivan
el turco y el del norte de la India. Con la conquista de Constantinopla la
arquitectura turca se deja influir por la bizantina, hasta el punto de que las
grandes mezquitas constantinopolitanas —la de Bayaceto II, la de Solimán, la de
Ahmed I— evocan inmediatamente el recuerdo de Santa Sofía. Los alminares
seldyucíes en manos de los turcos otomanos se espigan, acanalan y terminan en
punta cónica, a manera de lanzas, y tienen balcones circulares a diversa altura
(fig. 1237).
(fig. 1237) Alminares mezquita turca
La extensión del poderío mogol al
norte de la India crea una nueva provincia del arte islámico persa, que ya en el
siglo XVI produce monumentos importantes. La obra más bella es el mausoleo de
Mahal (fig. 1238) en Agrá, hermoso edificio de mármol con gran livan central y
otros menores, gran cúpula y cuatro torres cilíndricas, todo ello sobre elevado
basamento. De composición clara y justas proporciones, es uno de los edificios
más hermosos de la arquitectura islámica.
(fig. 1238) Mausoleo de Mahal en Agrá
La mezquita del Fuerte de la
misma población se distingue, en cambio, por sus bellas perspectivas de arcos
lobulados (fig. 1239).
(fig. 1239) Mezquita del Fuerte en Agrá
CERÁMICA, TEJIDOS, ALFOMBRAS
.—Una de las manifestaciones
artísticas que bajo los árabes alcanza mayor perfección es la cerámica vidriada,
cultivada ya en la antigüedad, principalmente en Mesopotamia. El hallazgo
técnico que permite crear ahora obras de extraordinaria belleza es el
descubrimiento de la llamada loza dorada. Se ignora dónde y cuándo comienza a
fabricarse, pero sabemos que aparece ya en Samarra, y es probable que su origen
sea mesopotámico. En el siglo XI, El Cairo es centro productor importante.
Pero donde la cerámica islámica
produce sus más bellas creaciones es en Persia. Su población ceramista por
excelencia es Kashán, cuya fama raya a tal altura, que su nombre llega a ser
sinónimo de loza vidriada. El dorado es la gran especialidad de Kashán,
obteniéndose los más variados matices en una misma pieza, desde el rojizo hasta
el amarillo pálido. Con esta técnica se fabrican piezas de carácter
arquitectónico, como pequeños mihrabs —la pieza capital de la cerámica de Kashán
es el mihrab de 1226 del Museo de Berlín—, frisos y azulejos de forma estrellada
con un tema figurado en la parte central (fig. 1240), en los que el ceramista
pone tanto empeño, que los considera dignos de su firma.
(fig. 1240) Azulejo de Kashán
En la vajilla se representan con
frecuencia temas literarios, como el del encuentro de Cosroes y la bella Sirín
en el baño la escena que veremos interpretar a los miniaturistas persas. Los
personajes son de rostro redondo y ojos rasgados. El apogeo de la loza de Kashán
corresponde, al siglo XIII.
El otro centro ceramista persa es
el de Ragges, cuyo máximo florecimiento corresponde también al siglo XIII.
Mientras en Kashán los fondos se llenan con temas vegetales, los ceramistas de
Ragges prefieren dejarlos lisos. Las figuras se hacen más menudas, semejando
pequeños muñecos en un desfile teatral. El plato del Museo de Nueva York nos
presenta al cazador Bahram que sale con su amada a la grupa (fig. 1241). Al ser
menospreciada por ésta su excepcional puntería, que le permite coser con su
flecha la pata y la oreja de una gacela en el momento de rascarse, la pisotea
con su camello.
(fig. 1241) Plato con escena de caza del cuento del rey Bahram V
y Azadeh
Tardío capítulo de la cerámica
islámica oriental es el turco. En ella los fondos son blancos, casi con calidad
de porcelana, y los colores escasos, pero intensos, dominando el rojo, el azul y
el verde. Sus temas corrientes son grandes hojas alargadas o árboles de copa
igualmente estrecha. Entre éstos el preferido es el ciprés, que en el Islam
simboliza a la mujer. A esta clase de cerámica, la más típica de Turquía, es a
la que, al parecer, por error, se llama de Rodas, por creérsela fabricada en
aquella isla.
Los tejidos árabes del período
abasí suelen estar decorados, como los bizantinos, con grandes ruedas con
animales muy estilizados, reales o fantásticos, en su interior y por lo general
afrontados. Como es natural, en la elección de estos temas es aún más sensible
que en Bizancio, la influencia mesopotámica y persa; así vamos el simurg persa,
las luchas del animal fiero y el tímido, el grifo o el caballo del sol, etc.
Letreros en alfabeto cúfico desempeñan también papel importante. Los tiraz son
las telas que llevan en las cenefas los nombres del monarca, y cuyo uso está
reservado a su persona o a los funcionarios por ellos autorizados. Un tiraz de
Hixem II de Córdoba se conserva en la Academia de la Historia.
Buenos ejemplos de telas abasíes
de ruedas son la de los elefantes de San Isidoro, de León; la del sudario de San
Bernardo Calvó, de Vich, hoy en Nueva York y el llamado Trapo de las Brujas, del
Museo de Vich. En el siglo XIV la influencia de las telas chinas transforma la
decoración textil árabe haciendo triunfar los patrones de composición
asimétrica.
Probablemente ningún producto
artístico del Oriente islámico tiene tan universal aceptación en Europa como las
alfombras, que aparecen ya reproducidas en las pinturas de los siglos XIV y XV.
Es muy dudoso que conservemos ninguna de esa época, y del siglo XVI sólo existen
contados ejemplares.
Las alfombras persas, de
perfección técnica admirable, son de belleza cromática extraordinaria. En cuanto
a los temas, además de los vegetales de simple valor decorativo, animales reales
y animales fantásticos, hay otros de sentido simbólico y de origen diverso.
Entre los temas vegetales exóticos es particularmente importante el tschi, hongo
chino incorruptible, símbolo de la eternidad; entre los animados, como siempre
en el arte persa, es frecuente el de fiera devorando al animal tímido. De los
animales reales, los más corrientes son leones, panteras, chacales, caballos,
etc.; y de los fantásticos, el dragón chino o klyn. De los temas inanimados
deben recordarse las nubes.
En cuanto a la composición
general de la alfombra, unas veces todos estos motivos se encuentran
distribuidos ocupando totalmente la superficie de la alfombra y otras la
composición varía en el centro y en la orla lateral. Además de estos tipos de
alfombra es frecuente el de medallón central rodeado por seis zonas
concéntricas, que simbolizan los siete cielos —el medallón central representa el
lugar recóndito—, y el de lámpara, así llamado por la que ocupa su centro y que
es el utilizado al hacer oración.
En el arte del vidrio se
distinguen Egipto y Siria, siendo el producto más bello las lámparas esmaltadas
de mezquitas (fig. 1242).
(fig. 1242) Lámpara de mezquita de vidrio esmaltado (1294-1341)
LA MINIATURA PERSA
.—En los orígenes de la miniatura
árabe —la gran pintura prácticamente no existe— adquiere fama casi legendaria
Mani, el fundador de la saeta maniquea, que vive en Persia en el siglo III e
ilustra sus libros con escenas para que puedan aprender sus doctrinas quienes no
saben leer. Su fama aumenta con el tiempo, hasta el punto de que todavía diez
siglos después, cuando en Oriente se quiere elogiar a un pintor, se le compara
con Mani, como los occidentales lo hacen con Apeles.
La miniatura islámica, lo mismo
que la arquitectura y la cerámica, gracias a la fina sensibilidad irania,
adquiere en Persia vuelos extraordinarios. Fecundada, gracias a la dominación
mogólica, por la influencia de la pintura china, se crea un estilo nuevo, a
espaldas de los cánones occidentales, de personalidad y encanto excepcionales.
El miniaturista persa gusta de
disponer numerosas figuras en amplios escenarios arquitectónicos, y con mucha
frecuencia de paisaje, en los que, sin embargo, no se pretenden efectos de
perspectiva. Muy influido por el estilo chino en la manera de interpretar
árboles, rocas y nubes, los paisajes son de belleza decorativa inigualada, como
la miniatura que representa al profeta Mahoma ascendiendo a los cielos, un viaje
que se conoce como Miraj (fig. 1243). Menudos y graciosos como deliciosos
muñecos, el miniaturista distribuye sus personajes con una aparente ingenuidad,
lo que no es uno de los menores encantos de la composición. Ellos encarnan el
ideal de belleza persa. Las mujeres son, cual las cantan sus poetas, de rostro
redondo y pálido como la luz de la luna, cuerpo esbelto y flexible como el
ciprés, y cuello de gacela.
(fig. 1243) Miniatura persa. Miraj de Mahoma
Pero además de su fantasía para
concebir las escenas, el miniaturista persa posee un sentido cromático tan fino,
que convierte sus obras en un verdadero regalo para la vista.
Los temas representados son de
carácter histórico, por lo común, de tono legendario, o puramente literarios,
prefiriéndose las escenas románticas y religiosas. Los libros ilustrados con
mayor frecuencia y con más bellas miniaturas son el Libro de los Reyes —el Shah
Namah—, del poeta Ferdusi, verdadera epopeya de la Persia legendaria, y los
Cinco Poemas —el Khamsa—, de Nizami, de la segunda mitad del siglo XII, de
carácter más sentimental y de posible interpretación mística.
La escuela importante más antigua
florece en el siglo XIV en Tabriz, y su obra principal es el Libro de los Reyes,
de la colección Demothe, de París. Más tarde el centro de gravedad se desplaza a
Herat, haciéndose miniatura aún más fina y delicada, prefiriéndose los temas
románticos de Nizami y otros poetas persas. Su primera gran figura es Bihzab,
que trabaja a fines del siglo XV y comienzos del siglo XVI, y la última Riza
Abbasi, excelente dibujante bajo cuyo pincel el colorido espléndido de Bihzab
cede el paso a colores más claros y a un dibujo más acusado.
ARQUITECTURA GRANADINA. LA
COLUMNA Y EL ARCO
.—La formación del reino nazarí
en la segunda mitad del siglo XIII, como consecuencia de las conquistas
andaluzas de San Fernando, da lugar a un nuevo período de florecimiento del arte
hispanoárabe, que llega a su máximo esplendor en el siglo XIV y deja sentir su
influencia en el africano contemporáneo de los meriníes.
Ahora llega a su punto culminante
esa predilección por lo decorativo, que diera pasos decisivos en la maxura de la
mezquita de Córdoba y en el palacio de la Aljafería. La mayoría de los arcos
interiores son puramente decorativos y falsos, los muros se cubren por completo
de yeserías, y e r las partes que éstas dejan libres aparece la cerámica
vidriada. Las cubiertas se nos muestran igualmente revestidas de yeserías o con
armaduras de madera labradas con la mayor riqueza.
La arquitectura granadina vuelve
de nuevo a la columna, y por primera vez, dentro de la escuela hispanoárabe,
emplea un tipo propio (fig. 1244). Es de fuste cilíndrico muy fino. Descansa en
basa con gran moldura cóncava muy abierta en forma de escocia y tiene en su
parte superior numerosas anillas o collarines. El capitel tiene sobre un primer
cuerpo cilíndrico otro de forma de paralelepípedo de proporciones algo cúbicas,
con los ángulos inferiores ligeramente redondeados, y se cubre con la decoración
vegetal que después se estudiará o con mocárabes. El abaco suele presentar una
moldura cóncava muy abierta —nácela—, interponiéndose entre él y el arco un
cuerpo cúbico que a veces se convierte en especie de pilar.
(fig. 1244) Capiteles y columnas granadinas
Para los arcos no falsos, que
generalmente se reducen al exterior y a las puertas de las murallas, suele
preferirse la forma de herradura apuntada. Los arcos del interior (fig. 1245)
son, en realidad, vanos adintelados con revestimiento de yeserías sobre ligero
esqueleto de madera en el que se simulan diversas formas de arcos. El de
herradura prácticamente desaparece, pues sólo el peso de la tradición lo
conserva en el mihrab de los oratorios, abandonándose también el de grandes
lóbulos de los últimos tiempos del califato, y el mixtilíneo.
(fig. 1245) Arcos falsos. Granada
El tipo más corriente es el
peraltado de lóbulos numerosos y menudos, consecuencia de las novedades en el
siglo XI, y el de mocárabes, con frecuencia de tipo angular (fig. 1246) o
semejando en su perfil las caídas de los cortinajes, como los almohades que le
sirven de punto de partida.
(fig. 1246) Mirador de Daraja
La arquitectura granadina emplea
la armadura de par y nudillo y la bóveda. Las armaduras, que, al parecer,
reciben sus rasgos decisivos en el período africano, y que tanto desarrollo
adquieren en las escuelas mudéjares, se estudian más adelante. Baste advertir
que llegan a crearse cubiertas de madera de superficies curvas con decoración de
lacería. En cuanto a las bóvedas, aparte de las esquifadas, por aristas,
gallonadas, etc. empleadas ya en las épocas anteriores, las más
característicamente nazaríes son las falsas de mocárabes, ya comentadas, con las
que ahora se cubren amplias superficies. Las dos obras maestras de este género
son las de las salas de las Dos Hermanas (fig. 1247) y de los Abencerrajes de la
Alhambra, ambas sobre un cuerpo de luces, especie de tambor que en aquélla es
octogonal y en ésta estrellado, y uno y otro sobre trompas falsas igualmente de
mocárabes.
(fig. 1247) Sala de las Dos Hermanas
TEMAS DECORATIVOS. YESERÍAS.
ALICATADOS
.—La decoración de lazo, que
existe en forma incipiente en el arte clásico, se desarrolla en Jascelosías del
califato, y se encuentra formada a fines del siglo XII; pero cuando llega a su
completo perfeccionamiento es en el siglo XIV, en el que produce, bajo los
nazaríes, sus creaciones más bellas y complicadas. El lazo es una decoración
geométrica constituida por líneas o cintas que se entrelazan formando polígonos
o estrellas ordenados simétricamente, con arreglo a ciertas leyes geométricas.
Unas veces esos polígonos aparecen nada más que yuxtapuestos (fig. 1248), pero
otras se encuentran separados por cintas o fajas (fig. 1249) que los rodean y se
cruzan entre sí pasando alternativamente por debajo y por encima.
(fig. 1248) Yeserías de ataurique
(fig. 1249) Alicatados de lacería
Cuando el lazo llega a una cierta
complicación, como es lo normal en el arte hispanoárabe, se crea la rueda (fig.
1250), (fig. 1251), (fig. 1252).
(fig. 1250) f. 793-f.794-f.795.—Ruedas de ocho, de doce y de ocho
sesgado
(fig. 1251) f. 796 - f.797.—Ruedas de seis y de doce.
(fig. 1252) f. 798-f.799- f.800.—Esquema de lazos de ocho (f.
793) y de doce (f. 794); de seis (f. 796) y de doce (f. 797)
Las piezas alargadas que parten
radialmente del centro del lazo son los alfardones. El lazo es directo si los
alfardones cubren el eje vertical (f.793) o sesgado (f.795) si se desvían de él.
El alfardón es arpado si termina en dos ángulos entrantes y uno saliente (f.
793). Los de la f. 795 no son arpados.
En la f. 793 la rueda es de ocho.
Como múltiplo de cuatro, se encuentra en una red de cuadrados. En los vértices
del cuadrado se forma un lazo de cuatro, y en el centro de los lados otro de
dos. Véase la f. 799. En la f. 794 la rueda es de doce, que, como múltiplo de
cuatro, se encuentra en una red de cuadrados con lazos de cuatro y de dos en los
vértices y centros de los lados del cuadro (f. 798). Tanto los centros de estas
ruedas de doce como los de las de ocho, ocupan los vértices de un cuadro
imaginario, formando también, por tanto, una cuadrícula.
En la f. 796 la rueda es de seis,
es decir, múltiplo de tres, y se encuentra- en una red de hexágonos (f. 799),
múltiplo también de tres. En los vértices del hexágono los lazos son de tres, y
en los centros de los lados, de dos. Los centros de estas ruedas de seis ocupan
los vértices de un triángulo imaginario, constituyendo una red triangular. En la
f. 797 la rueda es de doce, que, como además de ser múltiplo de cuatro lo es de
tres, puede ordenarse también en una red triangular (f. 800), con lazos de tres
y de dos en los vértices y centros de los lados de los hexágonos que las
encuadran.
Las ruedas o estrellas mayores
ocupan, por tanto, el centro de una red imaginaria, en cuyos vértices y centros
de lados se sitúan otras estrellas o motivos geométricos de menor número de ejes
de simetría. Según esa red sea de cuadrados, de triángulos o de polígonos de un
número de ángulos múltiplo de cuatro o tres, el número de ejes de simetría de
las ruedas colocadas en sus centros habrá de ser múltiplo de .cuatro o de tres.
La decoración de lazo,
aparentemente tan caprichosa, está, pues, sujeta a las más estrictas normas. La
continuidad de las cintas en la complicada red de lazos crea un ritmo
indefinido, en el que, como en una composición musical, se ordenan, debidamente
subordinados, los temas mayores y menores. Los polígonos o estrellas, contra lo
que algunos supusieron, carecen de significado alguno concreto. A la importancia
del mocárabe queda hecha referencia al tratar de capiteles, arcos y bóvedas (fig.
1253).
(fig. 1253) f.801-f.802 - —Yeserías con red de rombos de arcos y
de hojas.—f.803.Hojas.
Tema decorativo también de
primera categoría, sobre todo en las yeserías, es la red de rombos (f. 801) en
que desembocan los arcos superpuestos de la maxura de la mezquita de Córdoba.
Los decoradores granadinos, olvidados del origen de esa ornamentación reticular,
sustituyen con frecuencia los arcos por hojas (f. 802), y además desarrollan el
principio, empleado ya en la Giralda, de superponer dos redes, una de elementos
más gruesos y otra de elementos más finos.
El ataurique, o motivos
vegetales, adquieren en el período granadino caracteres propios y, sobre todo,
se emplea con profusión hasta entonces ignorada en el arte hispanoárabe. El tema
usado con mayor insistencia y uniformidad es la hoja alargada (f. 803 A),
especie de vaina como la del haba o del algarrobo, con su cáliz o capullo y
ligeramente arqueada o retorcida en su extremo, y el de las dos hojas de tipo
análogo, pero de desigual longitud (C, D). La duplicación de ese tema da lugar
al lirio (E). Esos temas que aparecen lisos o están decorados interiormente (F,
G) tienen su origen en el follaje de tiempos del Califato, y adquieren esta
fisonomía bajo los almohades. Recuérdese el intradós de la puerta de la mezquita
de Sevilla.
Tema decorativo que goza también
de gran favor es el epigráfico, que si ya sirvió para encuadrar el mihrab de la
gran mezquita cordobesa, se utiliza ahora con profusión hasta entonces
desconocida. Se emplea tanto la escritura cúfica como la cursiva, si bien ésta,
por su mayor elasticidad, se adapta mejor para llenar los campos decorativos de
formas más ingratas. Suelen incluirse en medallones rectangulares. Aunque con
frecuencia se reducen a ensalzar el nombre de Alah, contienen a veces largas
poesías o cortesanas alabanzas a los triunfos del monarca.
A estos elementos decorativos se
agregan otros menos importantes, como los escudos de la dinastía, las veneras,
etc.
Donde los maestros nazaríes hacen
alarde de todo este repertorio decorativo es principalmente en las yeserías y en
los zócalos de cerámica vidriada de los interiores. En las yeserías, que por lo
común cubren toda la superficie dejada libre por el zócalo, la trama general es
de lacería o una red de rombos formada por arcos u hojas, trama general cuyo
fondo se llena de ataurique. Las partes altas del muro se decoran con mocárabes.
Dispuestas en largas fajas rectangulares, las inscripciones encuadran los
diversos paños. Una policromía de colores planos y simples en los que predominan
el azul y el rojo realza la riqueza del conjunto.
El barro vidriado no adquiere
pleno desarrollo en España hasta la época granadina, en la que se utiliza, sobre
todo, para formar zócalos. La técnica más usada es la del alicatado o especie de
mosaico en que cada elemento decorativo es una pieza independiente de barro
vidriado (fig. 1249). Salvo excepciones, la decoración del alicatado es de
lacería, llegándose a producir a veces, además de la traza formada por el dibujo
puramente ideal de las cintas y piezas, otra más amplia, creada por los colores
de las piezas mayores. Tal es el caso de algunos alicatados de la Alhambra
—mirador de Daraja— y el Alcázar de Sevilla.
Aunque el azulejo o loseta
rectangular o cuadrada de barro vidriado —azulejo, en realidad, sólo significa
barro vidriado— con la parte correspondiente de la decoración general, se emplea
en el arte nazarí, no se generaliza hasta más adelante en las escuelas
mudéjares.
LA ALHAMBRA
.—El gran monumento de la
arquitectura nazarí es el conjunto de construcciones del palacio de la Alambra (fig.
1254), que corona una de las últimas estribaciones de Sierra Nevada. En la proa
de ese monte, desde donde se domina la vega, y a cuyo pie corre el Darro, se
levanta ya en el siglo IX una fortaleza que por el color rojo de sus muros
recibe el nombre de Calat Alhamrá, o Castillo rojo. Para afianzarse en su poder,
Mohamed I no sólo reconstruye esa fortaleza, que es la actual Alcazaba con la
monumental torre de la Vela en el mismo extremo de su recinto triangular, sino
que continúa la muralla hasta cercar por completo la meseta del monte, y
construye en el interior, junto a la Alcazaba, su palacio. El conjunto de la
Alhambra incluye, pues, la fortaleza propiamente dicha o Alcazaba, en el extremo
del recinto amurallado, y la Casa real o palacio.
La historia de la Alhambra está
ligada al lugar geográfico donde se encuentra, Granada; sobre una colina rocosa
de difícil acceso, en los márgenes del río Darro, protegida por las montañas y
rodeada de bosque, entre los barrios más antiguos de la ciudad, la Alhambra se
levanta como un castillo imponente de tonos rojizos en sus murallas que ocultan
al exterior la belleza delicada de su interior.
Concebida como zona militar al
principio, la Alhambra pasa a ser residencia real y de la corte de Granada, a
mediados del s XIII, tras el establecimiento del reino nazarí y la construcción
del primer palacio, por el rey fundador Mohammed ibn Yusuf ben Nasr, más
conocido por Alhamar.
A lo largo de los s. XIII, XIV y
XV, la fortaleza se convierte en una ciudadela de altas murallas y torres
defensivas, que alberga dos zonas principales: la zona militar o Alcazaba,
cuartel de la guardia real, y la medina o ciudad palatina, donde se encuentran
los célebres Palacios Nazaríes y los restos de las casas de nobles y plebeyos
que habitaron allí. El Palacio de Carlos V, (que se construye después de la toma
de la ciudad en 1492 por los Reyes Católicos), también está en la medina.
El conjunto monumental cuenta
también con un palacio independiente frente a la Alhambra, rodeado de huertas y
jardines, que fue solaz de los reyes granadinos, el Generalife.
(fig. 1254) La Alhambra
Partes interesantes en el
conjunto monumental de la Alhambra son: el palacio de CarloV (fig. 1255); La
Medina, (fig. 1256); El Generalife, (fig. 1257), y la Alcazaba (fig. 1258).
(fig. 1255) Palacio de Carlos V
(fig. 1256) La Medina
(fig. 1257) El Generalife
(fig. 1258) La Alcazaba
Son también interesantes las
puertas exteriores. Las más grandiosas son la de la Justicia (1348) (fig. 1259)
de tiempos de Jusuf I, con paso quebrado en recodo, y la de Armas (fig. 1260) La
del Vino (fig. 1261) se encuentra ya dentro del actual recinto. Entre las
puertas de la ciudad recuérdese la de Bibarrambla (fig. 1262), desgraciadamente
destruida.
(fig. 1259) Puerta de la Justicia
(fig. 1260) Puerta de las armas
(fig. 1261) Puerta del Vino
(fig. 1262) Puerta de Bibarrambla
GENERALIFE. OTROS MONUMENTOS
. — Además del gran palacio de la
Alhambra, con sus palacetes anejos, existían, y aún existen, otros emplazados en
diversos lugares. El más rico es el Generalife (fig. 1263) —Djemat-el-Arif,
huerto elevado—, que, dominando también el cauce del Darro, corona el monte
hermano del de la Alhambra. Labrado por Aben Walid Ismail en 1319, es, por lo
tanto, anterior al Cuarto de Comares, y presenta dos cuerpos de edificación
situados en los extremos de un gran patio, que tiene estrecha alberca en el
centro, y largo pórtico corrido por el lado de la vega.
(fig. 1263) El Generalife
Interesantes son, además, el
Alcázar Genil (fig. 1264), de tiempos de Jusuf I (1333-1355), en la parte baja
de la ciudad, y el de Daralhorra, en el interior del convento de Santa Isabel,
que es ya del segundo cuarto del siglo XV.
(fig. 1264) Alcázar Genil
En la Alcazaba de Málaga se
conservan restos del palacio de época nazarí.
Aunque el capítulo principal del
arte nazarí es el de su arquitectura doméstica, poseemos algún monumento de otra
índole.
El más importante es la Alhóndiga
(fig. 1265) de Granada, o Casa del Carbón, de gran portada monumental con arco
de herradura, de trasdós lobulado, y rica decoración. Su patio de tres plantas,
con galerías adinteladas sobre pilares, a que se abren las cámaras destinadas a
la venta y a hospedería, es, en cambio, muy sencillo.
(fig. 1265) La Alhóndiga de Granada, o Casa del Carbón
Más interesante aún era el
Maristán, hospital, destruido el siglo pasado, y que tan alto habla del soberano
que lo hizo edificar a mediados del XIV. Con gran alberca en el centro, su
portada ofrecía en el dintel dos anchas inscripciones cúficas, encajada una en
otra.
De la Mezquita de Granada sólo
conocemos descripciones literarias, conservándose, en cambio, en las afueras de
la ciudad una rábita o ermita (fig. 1266), hoy dedicada a San Sebastián. De
planta cuadrada, se cubre con bóveda esquifada de dieciséis paños sobre trompas,
y decorada con finos nervios de tradición almohade.
(fig. 1266) Ermita de San Sebastián
Un estilo arquitectónico paralelo
al granadino florece bajo los meriníes en el norte de África, que allí continúa
evolucionando después de la caída del reino nazarí.
CERÁMICA, ARMAS Y TELAS
.—Arquitectura esencialmente
decorativa, ya hemos visto el papel de primer orden que en ella juega la
cerámica vidriada. Es natural que este florecimiento de la cerámica se refleje
también en la vajilla. En cuanto a procedimientos técnicos, debe recordarse el
empleo de la cuerda seca, conocida anteriormente, pero que ahora deja ejemplos
tan importantes como el de las albanegas de la Puerta del Vino, de la Alhambra.
La cuerda seca es una línea oscura de manganeso que, por fundirse a más alta
temperatura que los otros óxidos metálicos con que se hacen los colores, sirve
para separar a éstos, evitando que se mezclen. La cerámica de lujo es la
vidriada de reflejo metálico, cuyo uso en España data de tiempos del Califato.
Su florecimiento corresponde a esta época. El centro de fabricación es Málaga,
que exporta sus productos a los más lejanos puertos musulmanes y cristianos,
hasta el punto de convertirse el nombre de la ciudad —Málica— en sinónimo de
este tipo de cerámica. De Málica deriva la palabra maiolica con que en Italia se
designa la cerámica vidriada. A la loza dorada malagueña pone fin la valenciana
de Manises, que se inicia en el XIV, y gracias a la ruina del reino granadino y
al apogeo aragonés, termina conquistando sus mercados. En realidad, es su
continuadora.
Piezas cumbres de la loza dorada
malagueña son los jarrones de un metro y medio aproximadamente de altura y forma
de ánfora de cuerpo apuntado, largo cuello y asas planas. Su tipo es bastante
uniforme, y a veces agregan al dorado el color azul. El de la Alambra (fig.
1267), además de la decoración de ataurique, lazo y epigráfica, presenta dos
grandes jirafas afrontadas.
(fig. 1267) Jarrón de la Alhambra
Entre los escasos ejemplares
conservados recuérdense, a más del ya citado, los del Museo Arqueológico
Nacional y del Instituto Valencia de Don Juan, de Madrid. Aunque no es vajilla,
debe citarse entre las más bellas obras de la loza dorada malagueña el gran
azulejo de Fortuny, de la colección últimamente mencionada.
Las telas granadinas, de colores
muy vivos, se decoran con frecuencia, como los zócalos de la Alhambra, con
lacerías, letreros, medallones, almenas, etc., distribuidos en fajas
horizontales. Posee bellos ejemplos de ellas el Instituto Valencia de Don Juan,
de Madrid.
De la orfebrería, que con tanta
profusión usa la mujer nazarí, es muy poco lo conservado; pero, en cambio,
existen unas cuantas espadas cuyas empuñaduras, de riqueza extraordinaria, son
obras maestras de este arte. Se utilizan en su decoración los más variados
materiales y técnicas. El oro y la plata alternan con el marfil y el hierro, y
junto al damasquinado, o hilo de oro incrustado en hierro, vemos el nielado, o
sulfuro de plata, también embutido en hierro; el esmalte opaco y el translúcido,
el dorado a fuego, etc. La pieza más bella de la serie es la del Museo del
Ejército (fig. 1268), que a su elevado valor artístico agrega el interés
histórico de ser la que entrega Boabdil al ser hecho prisionero en la batalla de
Lucena. Sólo poseemos unas diez espadas, y pertenecen al siglo XV.
(fig. 1268) Espada de Boadil
ARQUITECTURA MUDÉJAR. EL ROMÁNICO
DE LADRILLO
.—Se conoce con el nombre de
mudéjar el arte hispanoárabe, casi siempre mezclado con formas cristianas, al
servicio de los cristianos, desde que Amador de los Ríos propone esa
denominación, hace cerca de un siglo, fundándose en que así se llama a los
árabes sometidos a los cristianos. El nombre ha hecho fortuna, y hoy se acepta
generalmente, aunque también se aplica el de morisco, por ser el que se da a los
moros convertidos oficialmente en 1502.
Aunque, en realidad, el mozárabe
no deja de ser un arte hermano del mudéjar, ya que en él las formas árabes
introducidas en el Norte se funden con las cristianas, se considera que aquél
comienza en el período románico y perdura hasta bien entrado el siglo XVi, sin
perjuicio de que en algunos aspectos parciales, como el de las armaduras,
continúe viviendo dos siglos, e incluso en algún país americano, hasta mediados
del XIX.
El mudéjar, como hijo del
hispanoárabe, es estilo esencialmente decorativo y amigo de crear obras
deslumbrantes, por su riqueza aparente y por su color, pero sobre la base de
materiales baratos, como el yeso, el ladrillo y el barro vidriado. Por eso,
frente a la cantería del románico y del gótico, se distingue como arquitectura
de albañilería, y frente a los sistemas abovedados de aquéllos, como de
armadura.
El primer estilo cristiano que
acoge formas árabes es el románico. Unas veces son simples temas decorativos,
como los modillones de tipo cordobés que se infiltran incluso en monumentos
románicos de allende los Pirineos. Otras, esa influencia adquiere mayores
proporciones. A ella se debe el bello claustro de arcos entrelazados de San Juan
de Duero, en Soria (fig. 1269), y una importante serie de bóvedas de nervios no
cruzados- en el centro de traza cordobesa, como la de San Miguel de Almazán (fig.
1270), y en la de la capilla de Talavera, en la catedral de Salamanca (fig.
1271), etc.
(fig. 1269) Claustro de arcos entrelazados de San Juan de Duero,
en Soria
(fig. 1270) Bóveda nervios no cruzados en el centro, de San
Miguel de Almazán
(fig. 1271) Bóveda Capilla de Talavera, en la catedral de
Salamanca
El contacto del románico con el
árabe crea un estilo perfectamente definido, que se ha denominado también
románico de ladrillo, y al que pertenecen numerosos templos de ambas Castillas.
Su núcleo más vigoroso radica en las provincias de León, Ávila y Segovia.
Los muros de estos edificios son
muy gruesos y están formados por un esqueleto de arquerías ciegas de escasísima
proyección, superpuestas en varias zonas, constituyendo, por tanto, una especie
de muro compuesto. Como consecuencia de la naturaleza del material, la columna
pierde toda su importancia, y son los resaltes planos los que suelen hacer sus
veces. Los templos son de proporciones pesadas, y producen la impresión de gran
solidez, a lo que contribuye poderosamente la gruesa torre que suele levantarse
en su crucero, cubierta a cuatro aguas y a veces con columnillas en sus vanos.
Sus interiores son abovedados, sobre pilares con resaltes de escaso relieve, y
los ábsides semicirculares decorados exteriormente con varias filas de arquerías
ciegas. La decoración se reduce a filas de ladrillos esquinados, que sólo
muestran uno de sus ángulos.
Uno de los grupos más importantes
de estas iglesias es el de Sahagún, al que pertenecen la de San Tirso (1184 (fig.
1272) y la de San Lorenzo (fig. 1273) ya de principios del siglo XIII. En
Arévalo, la de la Lugareja se distingue por el extraordinario grosor de su
torre, que más bien semeja cimborrio, y entre las segovianas, las más
interesantes son las de Cuéllar.
(fig. 1272) San Tirso de Sahagún
(fig. 1273) San Lorenzo de Sahagún
ARQUITECTURA MUDÉJAR DE LOS
SIGLOS XIV Y XV. LA DECORACIÓN. ARMADURAS
.—En las iglesias de ladrillo de
Castilla la Vieja, antes citadas, la decoración árabe desempeña realmente un
papel mínimo. Cuando esa decoración adquiere ya cierta importancia, es de tipo
almohade; pero, salvo casos excepcionales —capilla de la Asunción, en las
Huelgas de Burgos—, se reduce al exterior de las torres y a las portadas, como
suele suceder en Toledo y Sevilla. El exorno interior se confía, en cambio, a
las yeserías y alicatados granadinos.
La gran aportación del arte árabe
a la arquitectura mudéjar, y la más perdurable, es la armadura de par y nudillo
decorada con lacería, que parece iniciarse bajo los almohades y encontramos
plenamente formada en el período granadino. Gracias al arte mudéjar continúa
viviendo siglos de esplendor extraordinario, a través de los cuales conserva su
vieja nomenclatura árabe, que el sevillano Diego López de Arenas emplea en su
Carpintería de lo Blanco, publicada en 1620. Así, los pares se llaman alfardas (fig.
1274); el paño horizontal o harneruelo, formado por los nudillos, almizate, y la
tablazón que decora el paso de la armadura hacia el muro, arrocabe.
(fig. 1274) Armaduras mudéjares
Las principales novedades se
refieren a que se duplican los tirantes, que descansan en canes, a los tirantes
de ángulo y a la lima o bordón, pieza importante de la armadura que forma la
esquina o arista de los paños o faldones contiguos donde apoyan las alfardas
menores o péndolas. Si la lima, en lugar de encontrarse en el ángulo mismo, es
doble, dejando en el centro la esquina, se llama lima mohamar; la faja
comprendida entre ellas, en que se forma la esquina, es la calle de limas.
El artesón creado por el almizate
y los faldones de las alfardas puede ser simplemente cuadrangular u ochavado.
Cuando, para mayor riqueza de la cubierta, los faldones se quiebran en dos
planos, el artesón se llama de cinco paños.
La decoración varía desde la
armadura llana o de jaldetas, sin más temas que sus alfardas y nudillos, hasta
aquellas otras cuya lacería lo cubre todo. Lo corriente, sin embargo, es que el
lazo se concentre y adquiera su mayor desarrollo en el almizate y decore las
partes superior e inferior de las alfardas y, a veces, la central.
Normalmente, las cintas, b mismo
que las alfardas, destacan sobre el tablero que les sirve de fondo, produciendo
los consiguientes huecos poligonales. Cuando esos huecos se encuentran cubiertos
por tableros que enrasan con las cintas y alfardas, la armadura se denomina
ataujerada. La decoración de la armadura se completa con racimos o senos de
mocárabes en el almizate.
Naturalmente, además de la
armadura de par y nudillo, existen techumbres de estructura más sencilla, como
las simplemente adinteladas, pero que también pueden decorarse con gran riqueza,
y entonces reciben la denominación de alfarjes (fig. 1275).
(fig. 1275) Alfarjes
MUDÉJAR TOLEDANO
.—Las tres grandes escuelas del
arte mudéjar de este período radican en Toledo, Andalucía y Aragón.
El mudejarismo toledano, en su
aspecto más puramente arquitectónico, se relaciona con la arquitectura en
ladrillo de Castilla la Vieja ya comentada, si bien concede papel de primer
orden a la mampostería. Los muros de mampostería, con esquinas y verdugadas de
ladrillo, son típicamente toledanos. Una de las iglesias principales es la de
Santiago del Arrabal, con rico paño de arcos lobulados enlazados al exterior y
piñón de fachada escalonado. Pero el capítulo más abundante en bellos ejemplares
es el de las torres, por lo general, con cubo de mampostería y campanario de
ladrillo. Según el modelo almohade, tiene ancha faja de arquerías ciegas, a
veces sobre columnillas de barro vidriado, y arcos de herradura apuntada o
lobulados cortados por alargadísimos alfices. Buenos ejemplares son la torre de
Santo Tomé (fig. 1276), de Toledo, y la de Illescas.
(fig. 1276) Torre de Santo Tomé
Bella creación del mudéjar
toledano del siglo XV es también la Puerta del Sol (fig. 1277), que daba paso a
un camino de ronda entre la muralla y un adarve, hoy desaparecido. Abierta en
alargadísimo cubo de mampostería terminado en semicírculo, se compone de un
cuerpo central, de sillería en la parte inferior, con bellos arcos de herradura
apuntada, y de ladrillo en la superior con arcos ciegos enlazados. El resto es
de mampostería y ladrillo.
(fig. 1277) Puerta del Sol. Toledo
Las decoraciones más ricas nos
las ofrecen, como es natural, las yeserías interiores de las sinagogas y casas.
La sinagoga más antigua es la de Santa María la Blanca (fig. 1278), de hacia
1200, es decir, de tiempos de Alfonso VIII, el gran protector de los judíos, y,
tal vez, la construida por su embajador Ibrahim Alfajer.
(fig. 1278) Sinagoga de Santa María la Blanca. Toledo
Importante templo de cinco naves
formadas por arcos de herradura sobre pilares ochavados, se encuentra claramente
inspirado en las mezquitas de tipo almorávide y almohade. Los pilares tienen
capiteles muy ricos decorados con pinas, pero, sobre todo, en los discos de las
enjutas y sobre los arcos encontramos las composiciones de lacería ya plenamente
formada más antiguas de España. El primer disco de la (fig. 1279) tiene lazos de
ocho, con otros de cuatro en los ángulos, y de dos en los centros de los lados,
dispuestos, por tanto, en cuadrícula. En el segundo disco los lazos son de seis,
y, en consecuencia, están ordenados en red triangular.
(fig. 1279) Lazos de la Sinagoga de Santa María la Blanca. Toledo
Siglo y medio posterior es la
sinagoga hecha construir por Samuel Leví (1357), el almojarife de Don Pedro el
Cruel, y convertida por los Reyes Católicos en iglesia de Nuestra Señora del
Tránsito (fig. 1280). Hermosa nave única de planta rectangular, tiene su testero
y la parte alta de sus cuatro muros cubiertos de ricas yeserías.
(fig. 1280) Sinagoga de Samuel Leví, o Iglesia de Virgen del
Tránsito
Labradas éstas cuando el arte
nazarí se encuentra en pleno apogeo, su estilo es el de la Alhambra. Las
principales novedades respecto de éste consisten no sólo en sus grandes
inscripciones en caracteres hebraicos, sino en que sobre el ataurique árabe
aparecen tallos y grandes hojas interpretados en el estilo naturalista gótico (fig.
1281). Esta mezcla del gótico y del árabe es una de las características que
distinguen a las yeserías mudéjares toledanas.
(fig. 1281) Yeserías Sinagoga de Samuel Leví
Las de la sinagoga de Samuel Leví
no son las únicas conservadas. Aún existen algunas casas, con amplios salones o
tarbeas, con alcobas en los extremos, como los de la Alhambra, y como ellos, con
amplias fajas de yeserías en la parte superior del muro y en el encuadramiento
de las puertas. Los más importantes son los del llamado Taller del Moro, que
pertenece a la familia Ayala, y los de la Casa de Mesa. Aunque sumamente
restaurado después del incendio del siglo último, todavía en 1939 podía dar idea
de su riqueza primitiva el Salón de Concilios del Palacio Arzobispal de Alcalá
de Henares, construido por el arzobispo Tenorio y ampliado en 1424.
Por desgracia destruidos, aunque
poseemos de ellos reproducciones, eran también estancias lujosísimas, en cuya
cubierta triunfaba el mudejarismo, el Salón del Solio (fig. 1282), del Alcázar
de Segovia, y el de Linajes del Palacio del Infantado, de Guadalajara, ambos del
siglo XV. La bóveda de mocárabes de este último sólo admitía comparación con las
de la Alhambra misma.
(fig. 1282) Salón del Solio del Alcázar de Segovia
A mitad de camino entre Toledo y
Sevilla, el monasterio de Guadalupe, sujeto, por lo común, a la influencia de
ambas ciudades, construye a fines del siglo XIV su gran claustro mudéjar de
arcos de herradura, de claro abolengo almohade, con lujoso templete central para
cobijar la fuente, firmado por fray Juan de Sevilla en 1405 (fig. 1283). Mucho
más sencillos y con arcos peraltados y muy semejantes entre sí, son el claustro
de San Isidoro del campo, en las cercanías de Sevilla, y el de la Rábida, en
Huelva.
(fig. 1283) Claustro y fuente del monasterio de Guadalupe
MUDÉJAR ANDALUZ. EL ALCÁZAR DE
SEVILLA
.—La arquitectura morisca
andaluza ofrece, como la toledana, dos capítulos: el de los templos y el de la
casa.
El tipo de templo parroquial
sevillano formado a raíz de la conquista es de formas muy sobrias, en las que se
funde el gótico con el almohade. Es de tres naves sobre pilares con pequeños
resaltos, arcos apuntados y armadura morisca del tipo descrito. Los ábsides y
las portadas son, en cambio, góticos, manifestándose el mudejarismo en sus
almenas de gradas, y a veces, en el doble listel, y en las fajas de arcos
entrelazados de las fachadas. En los templos donde ese mudejarismo es más
intenso, los arcos de las naves son de herradura apuntada, como sucede en las
iglesias de Lebrija.
De las creaciones más bellas de
la escuela son las bóvedas esquifadas sobre trompas y cubiertas de lacería.
Ultima evolución de los viejos modelos califales, derivan de las almohades de
nervios delgados y múltiples, que ahora se convierten en finas cintas de
lacería, cuyas estrellas se enriquecen con pinturas y azulejos —bóvedas
alboaires—. Estas bóvedas sólo suelen emplearse en capillas funerarias, cuyos
mejores ejemplares son los de las iglesias de San Pablo y Santa Marina. De
influencia sevillana deben de ser algunas capillas de este tipo conservadas en
Castilla. El caso de Santa María de Lebrija, totalmente cubierta con bóvedas
esquifadas octogonales, es excepcional (fig. 1284).
(fig. 1284) Bóveda de Santa María de Lebrija
Las torres sevillanas, labradas
de ladrillos, se inspiran también en los modelos almohades.
La influencia nazarí, que después
de la conquista de Granada se mezcla ya con la renacentista, y se pone de moda
en las grandes casas sevillanas, se remonta a mediados del siglo XIV en el
Alcázar.
Aunque Alfonso XI realiza obras
importantes en el viejo palacio almohade, de las que aún se conserva el gran
salón cuadrado de Justicia, el actual Alcázar (fig. 1285) es el construido por
su hijo Don Pedro, probablemente sobre el núcleo del almohade, valiéndose de los
artífices enviados por su amigo el rey de Granada, y en alguna parte de artistas
toledanos.
(fig. 1285) Planta de los reales Alcázares de Sevilla
Su portada tiene rico alero, como
el del Cuarto de Comares, de la Alambra (fig. 1286), cornisa de mocárabe, y dos
inscripciones encajada una en otra, según modelos granadinos. El resto de la
portada lo decoran amplios paños de arcos superpuestos y cruzados sobre
columnas, según modelos almohades.
La puerta misma se cubre con
anchísimo dintel adovelado, cuya rica decoración vegetal es, en cambio, de tipo
gótico.
(fig. 1286) Puerta de la Montería del Alcázar de Sevilla
Un amplio vestíbulo da paso, en
forma acodada al gran patio central o de las Doncellas (fig. 1287), que así
queda aislado del exterior. Aunque las yeserías de sus arcos lobulados, también
de estirpe almohade, se rehacen en tiempos del Emperador, y entonces se traen de
Génova las columnas renacentistas que hoy vemos, este patio es el primitivo del
palacio de Don Pedro, de cuyo tiempo son sus ricos alicatados, varios de los
cuales son de ese tipo tan poco frecuente de la Sala de las Dos Hermanas, en los
que el color crea una segunda traza de lazos de mayor escala.
(fig. 1287) Patio central o de las Doncellas
A los lados del patio se abren
dos grandes salas interiores con sus correspondientes alcobas en los extremos, y
por el testero desemboca en el gran salón cuadrado del trono, o salón de
Embajadores (fig. 1288). Se cubre éste con hermosísima armadura (1427)
semiesférica, totalmente cubierta de lacería, sobre trompas de mocárabes, obra
del maestro Diego Ruiz, sin duda, una de las creaciones capitales de la
carpintería mudéjar.
(fig. 1288) Salón de Embajadores
Cierran el paso al patio dos
hermosas puertas de madera (1366) de rica lacería labrada por artistas
toledanos, mientras en los otros tres frentes se abren otros tantos arcos de
herradura sobre columnas y capiteles califales, que permiten suponer el
aprovechamiento de una obra más antigua. Por ellos se pasa a otros salones que
circundan este central, uno de ellos decorado con yeserías de influencia
toledana, con pavos reales (fig. 1289) y escenas caballerescas. Excesivamente
restaurado en el siglo XIX, el patio llamado de las Muñecas tiene capiteles
califales aprovechados.
(fig. 1289) Puerta decorada con yeserías, con pavos reales
Anterior al Alcázar de Sevilla,
y, al menos en parte, obra de artistas sevillanos, es el Palacio Real de
Tordesillas (1340-1344), hecho construir por Alfonso XI y hoy convento de
Clarisas (fig. 1290).
(fig. 1290) Interior Palacio Real de Tordesillas
ARAGÓN
.—En Aragón el mudejarismo tiene
vitalidad extraordinaria gracias a la densa población musulmana que continúa
afincada en el valle del Ebro y de sus afluentes meridionales. El prestigio y la
participación de los maestros de ese origen en monumentos de primera categoría
es cosa bien sabida. Recuérdese, por ejemplo, el maestro Muza Abdomalic, autor
de la Iglesia de San Pedro Mártir, de Calatayud, y de Santa María, de Maluenda.
En el mudéjar aragonés la decoración geométrica de ladrillo y el azulejo invaden
el exterior de los edificios religiosos en proporciones desconocidas en Castilla
y Andalucía. Tal sucedía en la ya citada iglesia de San Pedro, de Calatayud,
destruida en el siglo pasado, y en la que los temas moriscos se mezclan con las
formas góticas. En la misma Zaragoza puede servir de ejemplo la parte de la
cabecera de la Seo, que, comenzada en piedra y en estilo románico, se termina de
ladrillo y azulejo en estilo morisco.
Pero lo más valioso del
mudejarismo aragonés son sus torres de planta cuadrada u octogonal, o cuadrada
en su parte inferior y octogonal en la superior. Contra lo que es corriente en
Castilla y Andalucía, la decoración suele invadir el cubo. Uno de los ejemplares
más antiguos es el de la catedral de Teruel (1259), edificada sobre una bóveda
que permite el tránsito bajo ella. Su decoración, todavía bastante sencilla,
adquiere pleno desarrollo en las de San Martín y el Salvador (fig. 1291), de la
misma ciudad, donde se ordena ya en una serie de paños apaisados, de lazos y
arcos superpuestos, todo ello sembrado de azulejos.
(fig. 1291) Torre de San Martín y el Salvador. Teruel
Se consideran ya del siglo XIV,
y, lo mismo que la anterior, son de planta cuadrada. El modelo más rico de torre
de planta octogonal era la llamada Torre Nueva (fig. 1292) (1504), de Zaragoza,
derribada en el siglo último, y de cuyos cinco maestros consta que tres son
moros. Entre las conservadas de ese tipo deben recordarse las de San Pablo, de
Zaragoza, y la de San Andrés, de Calatayud. Del tipo mixto aludido es la de
Utebo.
(fig. 1292) Torre Nueva de Zaragoza (fotografía de 1876)
El mudejarismo crea todavía en
Aragón, en el siglo XVI, los tres importantes cimborrios de las catedrales de la
Seo de Zaragoza (fig. 1293), de Teruel (fig. 1294) y de Tarazona (fig. 1295) con
bóvedas de tradición califal.
(fig. 1293) Cimborrio de la catedral de la Seo de Zaragoza
(fig. 1294) Cimborrio de la catedral de Teruel
(fig. 1295) Cimborrio de la catedral de Tarazona
LOZA DE MANISES. CUEROS Y
ALFOMBRAS
Lo mismo que la arquitectura, el
estilo árabe persiste en las artes industriales, entre las que ocupa lugar
preferente la cerámica. En Sevilla se fabrica cerámica arquitectónica análoga a
la granadina, pero lo más valioso es la vajilla de la loza dorada de Manises, el
lugar donde, como vimos, arraiga la obra de Málica o Málaga. Aunque, en
realidad, se produce también en otras poblaciones cristianas, la que alcanza
verdadero prestigio, haciendo que sus obras conquisten el mercado internacional,
incluso el de Oriente, como cerámica de lujo, es la suya. Su época de máximo
apogeo corresponde a la segunda mitad del siglo XV.
En la zona de Manises el color
dorado, a medida que avanza el tiempo, se hace más rojizo, y el único color que
sobre el fondo blanco alterna frecuentemente con él es el azul. Su decoración es
de ataurique de hojas diversas, entre las que destacan las de carrasca y vid, y
tallos muy finos, letreros árabes y cristianos, fondos de menudas espirales,
etcétera. En el último tercio del XV es frecuente que se decore la vajilla, por
influencia de la metálica, con gallones y cordones en relieve. Sobre ese fondo
decorativo menudo suele trazarse en la parte del centro un motivo de gran
tamaño, como las armas del propietario, una figura animal, letras, etc. La
colección más rica de loza dorada de Manises es la del Instituto Valencia de Don
Juan, de Madrid.
Industria artística que alcanza
también gran esplendor bajo los árabes y continúan los mudéjares es la del
cuero, que se mantiene floreciente hasta el siglo XVII. La decoración árabe sólo
perdura, sin embargo, en algún tipo de obras como las encuadernaciones, donde se
sigue empleando durante bastante tiempo la lacería. Con cueros repujados y
grabados, estampados, dorados, pintados y enriquecidos por otros múltiples
procedimientos técnicos, se recubren los más diversos objetos, se hacen tapetes
y se revisten paredes. Aunque los cordobanes y guadamecíes de Córdoba son los
más famosos, se labran también en otras ciudades.
Por último, deben recordarse las
alfombras de nudo, así llamadas por el que se hace sobre el hilo de la urdimbre.
Uno de sus centros de fabricación más activos es Alcaraz. Se distinguen
principalmente dos tipos: el del Almirante, así llamado por presentar sus
mejores ejemplares las armas del que lo fue de Castilla en el siglo XV, y el de
Holbein, por reproducirlas el gran pintor alemán en varios de sus cuadros. El
primer tipo presenta una decoración reticular de polígonos diversos con animales
o temas geométricos en su interior, y el colorido es oscuro, mientras el segundo
está distribuido en zonas subdivididas en cuadros con octógonos decorados con
lazos y su colorido es más alegre. Son de la segunda mitad del XV y del siglo
XVI.
CAPÍTULO XX
ARQUITECTURA DEL
RENACIMIENTO EN ITALIA Y FRANCIA
EL RENACIMIENTO
LA ARQUITECTURA CUATROCENTISTA.
FLORENCIA. BRUNELLESCHI
LOMBARDÍA, VENECIA Y NÁPOLES
EL «CINQUECENTO»: BRAMANTE Y
MIGUEL ÁNGEL
ANTONIO SANGALLO, EL JOVEN
EL BAJO RENACIMIENTO: VIGNOLA Y
PALLADIO
FRANCIA
EL RENACIMIENTO
.—El recuerdo del mundo clásico
como dechado de perfecciones artísticas, científicas y técnicas, en realidad, no
llega a extinguirse en el occidente de Europa durante la Edad Media, aunque a
los dioses paganos se les figure con armaduras e indumentaria medievales, y la
bella cabeza de la Gorgona se transforme en la barbada testa del gigante Algol.
En los albores de la Edad Moderna ese recuerdo es ya amor exaltado, y ese amor
no tarda en convertirse en verdadero culto. Los dioses paganos penetran en el
interior de los palacios de los Papas y alternan con los santos en la decoración
de algunas catedrales. Al calor de este entusiasmo por la antigüedad, el arte
europeo cambia de rumbo y se esfuerza por imitar los modelos clásicos.
Arquitectos, escultores y pintores creen que en sus obras renace el arte de
aquellas ruinas romanas por ellos tan admiradas. Pero esto, que ellos consideran
simple renacimiento del mundo clásico, como siempre que en las épocas fecundas
se estudian con talento las creaciones ejemplares de tiempos pasados, es, en
realidad, un arte nuevo y original.
Aunque este proceso de
supervivencia clásica no es exclusivo de Italia, e incluso en algún aspecto es
más intenso fuera de ella, el Renacimiento artístico es creación puramente
italiana, y es natural que así sea. Los grandes estilos occidentales de la Edad
Media encuentran en Italia manifiesta resistencia. La sensibilidad del pueblo
que creara el gran arte romano, alentada por el recuerdo de un pasado glorioso,
y alimentada por la contemplación constante de las grandiosas ruinas existentes
en toda la península, se limita a transigir con formas que le son ajenas, pero
nunca las acepta con entusiasmo. Los arquitectos italianos no precisan, por
tanto, un gran esfuerzo para liberarse de ellas.
La parte de Italia donde este
fervor por el arte antiguo adquiere más temprano y amplio desarrollo es Toscana.
Dividida la península en pequeños Estados, sus príncipes y tiranos pugnan por
distinguirse como mecenas de artistas, escritores y humanistas. Pero,- entre
todos, descuella la familia de los Médicis, que, aunque propiamente no son
señores de la bella ciudad del Arno hasta el siglo XVI, rigen sus destinos
durante la centuria anterior. La casa de Cosme de Médicis es un verdadero museo
de escultura clásica, centro de reunión de artistas y literatos, cuyas
conversaciones son un continuo elogio de la antigüedad. Academia artística en
que se forman los jóvenes florentinos —entre ellos el propio Miguel Ángel—,
alcanza su máximo esplendor bajo su nieto Lorenzo el Magnífico, persona de
sensibilidad exquisita y poeta de primer orden. Este exaltado entusiasmo por el
mundo antiguo termina provocando la más violenta reacción religiosa, y el propio
Lorenzo él Magnífico puede contemplar cómo, impulsadas por la arrebatadora
oratoria del dominico Savonarola, las turbas y aun sus propios autores queman en
las calles de Florencia algunas de las obras en que el paganismo triunfa. La
propaganda de Savonarola, que paga en la hoguera su demagogia, no pone fin, sin
embargo, al culto por la antigüedad. Pero, pocos años después, Florencia pierde
la hegemonía artística que disfrutara en Italia durante cerca de dos siglos.
En la evolución del Renacimiento
suelen distinguirse tres etapas correspondientes a sus tres siglos de vida: la
del siglo XIV —en italiano, mille e trecentó—, o Trecento; la del XV, o
Quattrocento, y la del XV, o Cinquecento. (Se pronuncia: trechento, cuatrochento
y chincuecento.)
LA ARQUITECTURA CUATROCENTISTA.
FLORENCIA. BRUNELLESCHI
.—Aunque durante algún tiempo se
conservan formas góticas, el nuevo estilo representa un cambio radical en los
elementos arquitectónicos y en los temas decorativos. Mientras que el gótico es
la consecuencia de la evolución del románico, el Renacimiento rompe con el
estilo precedente y toma por modelo el de la Roma antigua, muerto hace muchas
centurias.
El Renacimiento vuelve a emplear
los elementos constructivos y decorativos clásicos, claro que con una libertad y
unas preferencias que son la base de su originalidad. La decoración de tipo
fantástico, en la que el artista funde caprichosamente los diversos reinos de la
Naturaleza creando seres monstruosos, en parte animales, en parte humanos, y en
parte vegetales, recibe ahora el nombre de grutescos, por haberse difundido su
uso a raíz del descubrimiento de las pinturas murales de ese tipo del palacio
imperial, cuyos salones, por estar soterrados, semejan grutas. Ordenada con
frecuencia esa decoración en torno a un vástago vertical que le sirve de eje, se
llama de candelabro —a candelieri—. Los tallos ondulantes ascendentes, por lo
general, con roleos laterales que suelen usarse en las pilastras, se denomina
subientes. Flores, frutos, trofeos y objetos diversos pendientes de cintas,
festones, coronas y medallones, son también temas frecuentes en la decoración
renacentista. En las artes industriales se emplea, además, el arabesco (fig.
1296).
(fig. 1296) Grabados decorativos de grutescos, candelabros y
arabescos.
El artista que sienta las bases
del nuevo estilo es el florentino Felipe Brunelleschi (muerte 1446), cuya
actividad llena el segundo cuarto del siglo XV. El es quien abre el capítulo de
la arquitectura del Renacimiento con la cúpula de la catedral de Florencia,
quien construye las primeras iglesias del nuevo estilo, y quien crea el tipo de
palacio renacentista.
El viejo edificio gótico de la
catedral florentina está por terminar. Le falta el cimborrio que debe cubrir la
enorme anchura de sus tres naves (fig. 1297). Su diámetro ha de ser como la
media naranja del Panteón de Roma, pero Brunelleschi, a pesar de su entusiasmo
por el arte romano, al tener que resolver el aspecto técnico de su cúpula, idea
un sistema de contrarresto netamente medieval, disponiendo una bóveda cuyos
empujes laterales contrarresta con la carga de otra exterior, si bien, para
mayor seguridad, cincha aquélla con poderosos anillos de madera. Gracias a su
apuntamiento y al tambor octogonal en que cabalga la cúpula florentina, se
distingue por la elegancia de sus proporciones. Su construcción consume más de
veinticinco años de la vida de Brunelleschi, que muere cuando se comienza la
linterna.
(fig. 1297) Catedral y San Lorenzo, Florencia
Si en la cúpula de la catedral,
Brunelleschi resuelve un gran problema técnico creando una obra de las más
bellas proporciones, donde se nos muestra realmente en posesión del nuevo estilo
es en las dos iglesias hermanas de San Lorenzo (1420) y del Espíritu Santo
(1436), y en la capilla de los Pazzi, en Santa Cruz. En todas ellas desaparecen
las formas medievales, y tanto los elementos constructivos como los decorativos
son clásicos. El pilar y el baquetón góticos ceden su puesto a la columna y a la
pilastra romanas, coronadas por ricos capiteles corintios o compuestos; el
entablamento reaparece, los arcos son de medio punto y las bóvedas, vaídas o
cupuliformes, se decoran con grandes casetones al gusto romano, lo mismo que las
cubiertas adinteladas.
Aunque Brunelleschi no consigue
crear el tipo de iglesia renacentista, San Lorenzo y Santo Espíritu representan
también en este sentido un esfuerzo de primer orden (fig. 1298), (fig.1299).
Tomando por modelo las basílicas cristianas, las traza de tres naves sobre
columnas, la central con cubierta adintelada con grandes casetones, y las
laterales, abovedadas. Los arcos no descansan directamente sobre las columnas,
sino que se interpone un trozo de entablamento a guisa de capitel, cosa que los
romanos sólo habían hecho sobre soportes adosados.
(fig. 1298) Planta de la iglesia de San Lorenzo, Florencia
(fig. 1299) Interior de la iglesia de San Lorenzo, Florencia
En la capilla Pazzi vuelve
Brunelleschi a la cúpula, que, como veremos, será una de las obsesiones de los
arquitectos renacentistas. Pero esta cúpula está mucho más inspirada en los
modelos romanos, y, sobre todo, se asienta en una fábrica de proporciones casi
cuadradas. La capilla Pazzi es el primer templo renacentista de este tipo (fig.
1300).
(fig. 1300) La capilla Pazzi, Florencia
El deseo de disfrutar de las
ventajas del templo de cruz latina sin perder las propias del más cuadrado de
cruz griega, o de planta central, tendrá como consecuencia, según veremos, la
creación de la iglesia jesuítica de Vignola y la forma definitiva de San Pedro
de Roma.
En el palacio Pitti (fig. 1301)
(1440), ampliado considerablemente en el siglo XVI, crea Brunelleschi por último
el nuevo tipo de palacio renacentista. Aunque al prescindir de la torre
defensiva de las casas florentinas medievales le preste un mayor carácter
urbano, toma de la arquitectura romana el fuerte paramento almohadillado,
recubre con él toda la fachada y traza en la planta baja las ventanas pequeñas y
a gran altura.
(fig. 1301) Palacio Pitti
Esta fachada, con cierto aspecto
de fortaleza, pero rica al mismo tiempo, hace escuela. Los restantes palacios
florentinos no son sino consecuencia del modelo brunelleschiano. En el palacio
Riccardi (fig. 1302), la residencia de los Médicis durante el siglo XV, su
discípulo Michelozzo procura introducir ciertas novedades subrayando la
diferencia entre el almohadillado de las dos plantas y enriqueciendo los vanos
con unos parteluces, mientras en el palacio Strozzi otro discípulo, B. da
Majano, introduce un elemento tan importante como la gran cornisa de
coronamiento, donde el autor hace alarde de su dominio de la ornamentación
romana.
(fig. 1302) Palacio Strozzi
De la influencia brunelleschiana
fuera de Toscana es buen ejemplo el llamado palacio de los Diamantes de Ferrara
y el de Bravilacqua de Bolonia (fig. 1303). Ya veremos el eco de estos
paramentos almohadillados en España. Además de estos paramentos almohadillados,
no faltan los esgrafiados (fig. 1304).
(fig. 1303) Palacio de Bolonia
(fig. 1304) Detalle de esgrafiados de la fachada del Palacio
Lanfredini en Florencia
En la generación siguiente, el
otro gran arquitecto florentino es León Bautista Alberti (muerte 1472). Profundo
conocedor de la arquitectura romana, sabe presentir mejor que Brunelleschi lo
que ha de ser el futuro templo cristiano. Su San Andrés de Mantua (fig. 1305),
de una sola nave cubierta por poderosa bóveda de cañón, con pequeñas capillas
laterales y cúpula en el crucero, es el precedente ilustre de la iglesia
jesuítica de Vignola. Corona la fachada, distribuida a semejanza de un arco de
triunfo romano, gran frontón, como un siglo más tarde hará Palladio.
(fig. 1305) San Andrés de Mantua
A Alberti se debe también el
templo levantado en Rímini por Segismundo Malatesta en recuerdo de su amada
Isolda, dejándonos así uno de los testimonios más elocuentes del paganismo
renacentista (fig. 1306).
(fig. 1306) Templo Malatestiano, Rímini
En cuanto a la arquitectura
civil, introduce novedades de interés en la fachada del palacio, reaccionando en
el palacio Rucellai (fig. 1307) contra la uniformidad del almohadillado
brunelleschiano al trazar pilastras entre los vanos de sus tres plantas.
(fig. 1307) Palacio Rucellai
Es el mismo sistema empleado en
el Palacio de la Cancillería de Roma (fig. 1308), que se le ha atribuido, al
parecer sin demasiado fundamento. Su tratado De re aedificatoria nos dice que
Alberti, además de arquitecto práctico, es uno de los grandes teóricos del
Renacimiento.
(fig. 1308) Palacio de la Cancillería de Roma
Aunque sin la categoría de los
dos grandes arquitectos anteriores, trabajan en Florencia otros varios, entre
los que destaca G. de Sanga11o (muerte 1516), autor de dos bellos edificios de
planta central o de varios ejes de simetría iguales: la iglesia de Santa María
delle Carceri (fig. 1309), de Prato, de forma de cruz griega, y la Sacristía de
S. Spirito de Florencia, octogonal, ambas de los últimos años del siglo.
(fig. 1309) Santa María delle Carceri, de Prato
Su hermano, Antonio Sangallo el
Viejo levanta, ya muy entrado el siglo XVI y, por tanto, influido por el estilo
de la nueva etapa renacentista, la iglesia de Montepulciano (fig. 1310), de cruz
griega, como la de Prato, pero con ábside semicircular.
(fig. 1310) Exterior e interior de la iglesia de Montepulciano
LOMBARDÍA, VENECIA Y NÁPOLES
.—Como es natural, el nuevo
estilo no tarda en rebasar las fronteras de Toscana. En Lombardía, gracias a la
actividad del arquitecto Giovanni Antonio Omodeo, se forma una escuela deseosa,
sobre todo, de crear grandes efectos decorativos. Llevada de su afán de riqueza,
no se contenta con la columna cilíndrica de tipo clásico, sino que la estrangula
transformándola en una especie de balaustre que, como veremos, ejercerá gran
influencia en los arquitectos españoles. Su obra maestra es la Cartuja de Pavía
(fig. 1311) (1491).
(fig. 1311) La Cartuja de Pavía
La principal aportación de
Venecia a la arquitectura renacentista de este período es su tipo de palacio,
diferente del florentino. Con dos fachadas, una al canal y otra a la calle de
tierra, carece de patio, y mientras la planta baja está dedicada a la vida
comercial, el centro de la alta es un gran salón de fiestas, que ocupa toda la
profundidad del edificio. Contra lo que sucede en Florencia, el muro de fachada
casi desaparece y se reduce a encuadrar los numerosos y amplios ventanales que
iluminan los salones de las plantas superiores, siguiendo en ello los modelos
góticos del palacio de los Dux y de la casa Pisani. El ejemplo más bello de este
tipo de vivienda es el palacio Vendramín Calerghi (1481), obra de P. Lombardo (fig.
1312).
(fig. 1312) Palacio Vendramín Calerghi
El tipo de Iglesia veneciana
cuatrocentista se distingue, sobre todo, por terminar sus fachadas en
semicírculos y cuartos de círculo, como en Santa María de los Milagros (fig.
1313).
(fig. 1313) Santa María de los Milagros
En NÁPOLES no llega a formarse
una escuela tan claramente definida como en Lombardía y Venecia, pero se labra
una de las obras más representativas del Renacimiento. Alfonso V el Magnánimo,
al ocupar el trono de NÁPOLES, se convierte en uno de los grandes mecenas del
Renacimiento. Monarca espléndido, hace decorar el viejo castillo gótico con una
portada de mármol (1461-70), que, concebida como una especie de arco de triunfo
con victorias en las enjutas, le permite mostrarse en ella cual un emperador
romano desfilando en su carro triunfal (fig. 1314).
(fig. 1314) Arco de Alfonso V, Nápoles
EL «CINQUECENTO»: BRAMANTE Y
MIGUEL ÁNGEL
.—Al comenzar el siglo XVI
Florencia deja de ser la capital artística de Italia, y Roma pasa al primer
plano. La Ciudad Eterna no es ya el lugar de peregrinación de los artistas
florentinos que van a estudiar las ruinas de la antigüedad, sino la población
donde se emprenden las obras más importantes de la época. Elegido Pontífice en
los primeros años del siglo, Julio II no duda en ordenar la demolición de la
antiquísima basílica de San Pedro, cabeza de la cristiandad, y da comienzo a la
ingente mole que hoy admiramos. El es quien llama a su corte a artistas como
Rafael y Miguel Ángel. A su muerte le sucede León X, tan amigo de las artes como
su padre, Lorenzo el Magnífico, y fastuoso como un emperador romano.
El arquitecto de Julio II es un
hombre del Norte, el urbinense Bramante (muerte 1514). Al terminar el siglo es
hombre viejo, frisa en los sesenta años y ha hecho en Lombardía obras como San
Sátiro, donde alardea de riqueza decorativa al gusto cuatrocentista (fig. 1315).
(fig. 1315) San Sátiro, Milan
Pero al trasladarse a Roma no son
los temas ornamentales los que le interesan. Lo que atrae toda su atención es la
grandiosidad de la arquitectura romana, la simplicidad y la armonía de las masas
-del teatro Marcelo y del Coliseo, lo puramente constructivo. Y el año 1499
labra un pequeño templete, que es algo así como el manifiesto de la nueva etapa
renacentista, la del Cinquecento. El bello monóptero de San Pietro in Montorio (fig.
1316), costeado por los Reyes Católicos; es un descendiente directo de los
templos de Vesta y de la Sibila, a los que, como no puede menos de suceder en
momento tan culminante del Renacimiento, se corona con una media naranja. Sobre
unas gradas descansan las lisas columnas, en su entablamento dórico se dibujan
levemente algunos objetos litúrgicos, y en el segundo cuerpo alternan sencillos
nichos de dos tipos, ambos igualmente desornamentados.
(fig. 1316) San Pietro in Montorio, Roma
Poco después Julio II le
encomienda la obra del nuevo templo de San Pedro. Realmente, no puede existir
empresa de mayor responsabilidad para un arquitecto. Bramante, hijo legítimo del
Renacimiento, tenía la obsesión de la cúpula, como Brunelleschi en la catedral
de Florencia y en la Capilla Pazzi, y Alberti en San Andrés de Mantua.
Trabajando en Roma y para Roma, el hermoso interior del Panteón viene a reforzar
ese anhelo renacentista con fuerza avasalladora, y él mismo dice que desea hacer
cabalgar la bóveda de aquel monumento sobre dos naves abovedadas, como las de la
basílica de Constantino. En la alternativa entre el modelo de cruz latina de San
Andrés de Mantua o el de la Capilla Pazzi, adopta el de cruz griega, más en
consonancia con las proporciones cuadradas de la cúpula (fig. 1317).
(fig. 1317) Plantas de San Pedro, Roma: de Bramante, Miguel Ángel
y Maderna
Aunque no definitivamente, la
cruz griega triunfa sobre la cruz latina en este momento culminante del
Renacimiento. Proyecta cada uno de los brazos terminado en ábside semicircular y
con pórtico al exterior. En los ángulos formados por las naves, e inmediatas a
la cúpula central, dispone otras cuatro menores, y más al exterior, otras tantas
torres de gran altura (fig. 1318). En el proyecto de Bramante el tambor de la
cúpula central estaba rodeado por una columnata.
(fig. 1318) Proyecto de Bramante de San Pedro de Roma
Empresa de proporciones
gigantescas, las obras avanzan lentamente con arreglo al proyecto de Bramante.
Más tarde la obra se encomienda sucesivamente a varios arquitectos, que, como
veremos, introducen en aquél novedades esenciales.
A Bramante se deben, además, en
Roma, el bello claustro de Santa María de la Paz (fig. 1319), de admirable
simplicidad, y, sobre todo, el arreglo del Belvedere, en cuyo fondo levanta
gigantesca exedra (fig. 1320).
(fig. 1319) Claustro de Santa María de la Paz, Roma
(fig. 1320). Pórtico de Belvedere
Entre las obras de su escuela
merece recordarse, por adoptar el tipo de cruz griega con cuatro ábsides, como
San Pedro, la iglesia de Todi (fig. 1321).
(fig. 1321) Iglesia de Santa María de la Consolación (Todi)
Discípulos de Bramante son Rafael
de Urbino y Baltasar Peruzzi. Rafael, de quien se tratará más adelante como
pintor, dirige la obra de la iglesia de San Pedre durante algún tiempo y es el
autor de la Villa Madama y de su propia casa (fig. 1322), que no se conserva.
(fig. 1322) Figuración de la casa de Rafael
A Peruzzi se debe el palacio
Máximo (fig. 1323), en cuya fachada las columnas desempeñan importante papel.
(fig. 1323) Palacio Massimo
Cuando Paulo II decide, en 1546,
encomendar la dirección de las obras de San Pedro a Miguel Ángel, éste ha
cumplido los setenta. El gran florentino se resiste cuanto puede, pero, al fin,
acepta, si bien recabando plena libertad para introducir en el proyecto todas
las novedades que estime convenientes. Consisten éstas en la desaparición de
tres ingresos laterales con pórticos y de las sacristías, alojadas en las
torres, y, sobre todo, en la transformación de la cúpula (fig. 1324).
(fig. 1324) Fachada y cúpula de San Pedro. (Miguel Ángel)
Miguel Ángel, educado en la
contemplación de la de Brunelleschi, la cúpula la hace de proporciones mucho más
elegantes y la eleva hasta alcanzar los 131 metros. Gracias a él, lo mismo que
en Florencia, la cúpula se convierte en el rasgo más característico del perfil
de la ciudad. Decora su tambor con columnas pareadas y frontones triangulares y
curvilíneos alternados, y a este tema de frontones de dos tipos, juntamente con
las hornacinas bramantescas, reduce la decoración de las fachadas exteriores,
recorridas por gigantescas pilastras lisas (fig. 1325). La influencia de la
cúpula miguelangelesca en los arquitectos posteriores será decisiva. Pocas dejan
de ser simples variantes en mayor o menor grado de la creación miguelangelesca.
(fig. 1325) Ilustración de San Pedro de Roma de Miguel Ángel
Además de la gran empresa del
Vaticano precisa recordarse, dentro de la reducida labor arquitectónica de
Miguel Ángel, el proyecto de fachada de San Lorenzo (fig. 1326), de Florencia.
(fig. 1326) Proyecto de fachada de San Lorenzo de Miguel Ángel
La escalera de la biblioteca
Laurenciana (fig. 1327), donde es notable el efecto de dinamismo contenido que
producen sus elementos constructivos.
(fig. 1327) Escalera de la biblioteca Laurenciana de Miguel Ángel
La capilla de los Médicis (fig.
1328), también en Florencia, para la que labra sus famosos sepulcros de que se
trata más adelante.
(fig. 1328) Capilla de los Médicis
La regularización de la plaza del
Capitolio (fig. 1329), con el palacio de los Conservadores.
(fig. 1329) Plaza del Capitolio
La Puerta Pía (fig. 1330), de
Roma.
(fig. 1330) La Puerta Pía
ANTONIO SANGALLO, EL JOVEN
.—Sin la genialidad de Miguel
Ángel, Sangallo, nacido ya en Roma y contemporáneo suyo, deja también huella
perdurable en la historia de la arquitectura renacentista. Formado en las normas
del arte austero y grandioso de Bramante, es el creador del tipo de palacio
cinquecentista. En el palacio Farnesio (1514 (fig. 1331), que construye para el
futuro Paulo III, renuncia al almohadillado de Brunelleschi, limitando el efecto
de claroscuro al encuadramiento de los vanos. Para evitar una excesiva
reiteración, cubre las ventanas bajas con simples cornisas horizontales,
mientras en la planta principal alterna los frontones curvos con los
rectilíneos. La enorme cornisa que corona el edificio es obra de Miguel Ángel.
(fig. 1331) Fachada y patio del palacio Farnesio
La misma grandiosa sobriedad
típicamente cinquecentista-impera en el patio, donde, según los modelos clásicos
del teatro Marcelo y él Coliseo, se superponen los órdenes y el arco se encuadra
en un sistema adintelado. Las grandes familias romanas no se reducen a construir
casas monumentales como ésta, sino que labran otras de recreo, como la Villa
Farnesina, la Villa Médicis, la Villa Julia, etc.
En Venecia, el principal
representante del pleno Renacimiento es J. Sansovino (muerte 1570), quien, a
pesar de haberse formado con Bramante, no olvida la riqueza decorativa del siglo
anterior, como puede observarse en la librería de San Marcos (1536 (fig. 1332) y
en la Loggeta (fig. 1333). A él se debe, además, el palacio Correr (fig. 1334).
(fig. 1332) Librería de San Marcos, Venecia
(fig. 1333) La Loggeta, Venecia
(fig. 1334) Palacio Correr
EL BAJO RENACIMIENTO: VIGNOLA Y
PALLADIO
.—Bramante muere en 1514, y
Sangallo antes de mediar el siglo, y aunque Miguel Ángel vive aún hasta 1564,
sus coetáneos hace mucho tiempo que han desaparecido. Además, ya inicia su
carrera una nueva generación, que comienza a dar sus frutos poco antes de 1550.
Es la que llena la última etapa renacentista, que muchos denominan Bajo
Renacimiento. Durante ella la arquitectura pierde ese sentido de la claridad en
la composición y esa simplicidad grandiosa que distingue al siglo XVI del
cuatrocentismo, y comienza a multiplicar innecesariamente los elementos
arquitectónicos. La decoración, en general, sin embargo, no es ni más rica ni
más profusa, pero se tiende a subdividir la superficie de la fachada en varios
campos independientes y aislados.
Por otra parte, después de un
siglo de construir en el estilo antiguo, los arquitectos italianos creen llegado
el momento de sistematizar sus conocimientos y experiencias. Sebastián Serlio
publica en 1537 su después famosa Arquitectura, de que tantas ediciones y
traducciones han de hacerse y que tan profunda influencia ha de tener en toda la
arquitectura occidental, y grandes teóricos son también, como veremos, los
principales arquitectos de esta época.
Vignola (muerte 1573), discípulo
de Miguel Ángel, es el verdadero creador del primer tipo de iglesia renacentista
verdaderamente original. En la de Jesús de Roma (1568), labrada para la recién
fundada Compañía, en vez de colocar la cúpula sobre un templo de cruz griega lo
hace sobre uno de cruz latina; ahora bien, los brazos del crucero son muy poco
profundos y la nave central se ensancha a costa de las laterales, que se reducen
a dos filas de capillas bajas, pequeñas y comunicadas entre sí. Muy apropiadas
por su recogimiento y oscuridad para la oración, la luz, en cambio, inunda la
capilla mayor y el crucero. La escasa altura de las capillas laterales permite
disponer sobre ellas unas tribunas, desde las cuales la comunidad puede asistir
a los oficios sin ser molestada por los fieles (fig. 1335), (fig. 1336).
(fig. 1335) Interior de la Iglesia de Jesús de Roma
(fig. 1336) Planta de la Iglesia de Jesús de Roma
El Jesús de Roma es el prototipo
de la llamada iglesia jesuítica, que tanto se generaliza en el período barroco.
Dadas la gran anchura de su nave y la intervención en la obra de San Francisco
de Borja, se ha pensado en la posible influencia del tipo de iglesia gótica del
Levante español.
La portada (fig. 1337) se debe al
discípulo de Vignola, Giacomo della Porta, quien, inspirándose en el viejo
modelo de Alberti, la corona con un gran frontón y establece el tránsito entre
el cuerpo bajo y el alto por medio de unos grandes mensulones.
(fig. 1337) Fachada de la Iglesia de Jesús de Roma
Obra de Vignola es, además, el
palacio de Caprarola, de planta pentagonal y patio circular (fig. 1338) y la
Villa Julia (fig. 1339), de Roma. Los conocimientos adquiridos por Vignola, al
medir los monumentos romanos por encargo de la Academia Vitrubiana, sirven de
base a su Trattato degli Ordini, de tan perdurable influencia en el futuro.
(fig. 1338) Figuración palacio de Caprarola
(fig. 1339) Villa Julia de Roma
Andrea Palladio (muerte 1580),
autor de la obra, I quattro Hbri dell'Architectura (1570), deja huella no menos
profunda, sobre todo en la arquitectura civil. Discípulo también de Miguel
Ángel, se establece en Vicenza, su patria, y trabaja principalmente en el norte
de Italia. La fachada de la basílica (fig. 1340) de aquella población está
concebida con sobriedad casi bramantesca, pero su gran novedad consiste en el
empleo simultáneo en su fachada de columnas de dos escalas, unas bajo los arcos,
y otras que recorren toda la planta y que al contacto de aquéllas resultan
mayores de lo que realmente son.
(fig. 1340) Exterior y planta de la Basílica de Vicenza
En el Teatro Olímpico (fig.
1341), resucita el modelo clásico. Sus villas de recreo, a las que dedica uno de
los libros de su tratado, semejan verdaderos templos de gran empaque monumental,
con grandiosas columnatas, amplios frontones y nobles gradas de acceso.
.
(fig. 1341) Teatro Olímpico de Vicenza
La Villa Capra (fig. 1342), de
Vicenza, construida para un alto empleado pontificio y conocida por la Rotonda,
puede servir de modelo.
(fig. 1342) La Villa Capra de Vicenza
En sus palacios (fig. 1343) se
multiplican columnatas y, sobre todo, frontones y áticos para crear grandes
efectos monumentales, en que la sensación de reposo, no exenta a veces de
amontonamiento, es decisiva en el conjunto.
(fig. 1343) Palacio Chiericati
Sus templos más conocidos son los
del Redentor y de San Jorge, ambos de Venecia (fig. 1344), (fig. 1345).
(fig. 1344) El redentor, Venecia
(fig. 1345) San Jorge, Venecia
La influencia de Talladio es
particularmente intensa en Inglaterra, y a través de ella, en los Estados
Unidos, donde perdura casi todo el siglo XIX. Por su simplicidad y reposo de
líneas, es también fuente de inspiración de no pocos arquitectos neoclásicos.
FRANCIA
.—La introducción del
Renacimiento en Francia aparece ligada con las expediciones reales a Italia en
demanda de NÁPOLES y del Milanesado. Carlos VIII reúne, ya en 1495, un
importante núcleo de artistas italianos en el castillo de Amboise, a la cabeza
de los cuales figura Fra Giacondo, primer editor de Vitrubio y uno de los
arquitectos de San Pedro de Roma, y desde entonces no faltan artistas italianos
en la corte francesa, y en Francia pasan sus últimos años algunos tan insignes
como Leonardo de Vinci y el tratadista Serlio. La llamada escuela de
Fontainebleau, constituida por los artistas italianos y sus discípulos franceses
allí reunidos, es el gran centro irradiador del nuevo estilo, bajo Francisco I y
Enrique II; pero, pese al decidido favor del monarca y a los hermosos palacios
que se construyen, el Renacimiento no alcanza en Francia un desarrollo tan
extraordinario como en España.
La arquitectura renacentista
francesa es principalmente de carácter civil y, más concretamente, palaciega,
como presintiendo el futuro de su gran florecimiento barroco. Los reyes
franceses no emprenden, sin embargo, en los primeros tiempos, la construcción
del gran palacio de la Monarquía, y se dedican a reformar y ampliar en el nuevo
estilo los castillos-palacios del valle del Loira. La gran empresa de este tipo
es el ala agregada por Francisco I al castillo de Blois (fig. 1346), en la que
la gran escalera helicoidal y las cubierta violentamente inclinada, con sus
numerosas chimeneas, desempeñan papel de primer orden. El dragón coronado y
lanzando llamas por las fauces, emblema de Francisco I, es simple tema
ornamental en el centro de los recuadros, sin adquirir el desarrollo
extraordinario que concederán a los temas heráldicos los arquitectos
castellanos.
(fig. 1346) Castillo de Blois, Francia
Aún más representativo del
renacimiento cortesano de Francisco I es el castillo de Chambord (fig. 1347),
edificio concebido para el lucimiento de una doble escalera helicoidal en el
interior y la ostentación de un bosque de chimeneas en el exterior; en realidad,
un escenario pensado para la apoteosis de un monarca amigo de cacerías y
fiestas. Obra de Pedro Trinqueau, es, como se ha dicho, para Francisco I lo que
El Escorial para Felipe II y Versalles para Luis XIV.
(fig. 1347) Castillo de Chambord
Al mediar el siglo se emprende,
ya en París, la gran obra del palacio del Louvre. Su arquitecto, Pierre Lescot
(muerte 1578) lo traza (1546) con un patio cuadrado del que sólo llega a
construir un ángulo, si bien al completarse se sigue, al menos en rasgos
generales, su modelo (fig. 1348).
(fig. 1348) Evolución de las trazas del palacio de Louvre, París
Es éste de dos plantas corintias,
la baja con arcos y la alta con ventanas cubiertas con frontones triangulares y
curvos. Sobre ellas carga una tercera más baja, a manera de ático, con empinada
cubierta muy visible exteriormente (fig. 1349).
(fig. 1349) Fachada renacentista de Pierre Lescot del palacio de
Louvre
A Lescot, en colaboración con el
escultor Goujon, se debe la bella Fuente de los Inocentes (fig. 1350).
(fig. 1350) Fuente de los Inocentes, París
Equiparable en mérito a Lescot es
su contemporáneo Filiberto de l'Orme (muerte 1570), que construye a cierta
distancia del palacio del Louvre el de las Tullerías -—en francés Tuileries,
tejerías— (1564) (fig. 1348 II), donde emplea lo que él mismo denomina —pues
además de arquitecto práctico es un teórico— el orden francés, cuyos rasgos más
característicos son las fajas decoradas que interrumpen el fuste estriado de sus
columnas (fig. 1351).El palacio de las Tullerías fue destruido durante la
revolución de 1871.
(fig. 1351) Fachada con columnas de orden francés del palacio de
Tullerías
Estas dos obras de los dos
principales arquitectos renacentistas franceses son el núcleo del Louvre actual.
Todavía en el siglo XVI se construye el ala del lado del río de la actual plaza
del Carroussel, que llega hasta las Tullerías (fig. 1348 III y IV). Bajo Luis
XIII y Luis XIV se cierra el patio cuadrado comenzado por Lescot (fig. 1348 VI y
VII). Napoleón I construye parte de la segunda ala del patio citado (fig.ura
1348 IX), y Napoleón III lo completa con varios patios menores (fig.ura 1348 X).
El siglo XVI, fue uno de los más
turbulentos de la historia de Francia azotada por las guerras de religión que
impidieron culminar el conjunto arquitectónico de los palacios de Louvre y las
Tullerías. Sin embargo, fueron las obras insignes del renacimiento francés (fig.
1352).
(fig. 1352) Conjunto arquitectónico de los palacios de Louvre y
Tullerías
PALACIO DE LOUVRE
Evolución del palacio de Louvre,
durante los siglos XV y XVI (fig. 1353), (fig. 1354), (fig. 1355), (fig. 1356),
(fig. 1357).
(fig. 1353) Imagen figurada del Louvre del siglo XV
(fig. 1354) Primer proyecto (no realizado) de Pierre Lescot para
el Louvre, 1546
(fig. 1355) Diseño de Lescot para la fachada oeste del patio
interior
(fig. 1356) Planta de las nuevas construcciones renacentistas:
1566
(fig. 1357) Figuración. El Louvre hacia 1580
PALACIO DE LAS TULLERÍAS
El palacio y el jardín recibieron
el nombre de Tuileries, a causa de las fábricas de tejas (tuiles en francés) que
antes se alzaban en su lugar. Las obras se empezaron en 1564 (fig. 1358), (fig.
1359), (fig. 1360), (fig. 1361).
(fig. 1358) Planta proyecto original de Philibert Delorme para
las Tuileries.
(fig. 1359) Alzado proyecto original de Philibert Delorme para
las Tuileries.
(fig. 1360) Mapa de las Tuileries y del Louvre hacia 1580.
(fig. 1361) Las Tuileries (inacabadas) (izquierda) y de las
murallas de París (derecha) Ilustración de Theodor Hoffbauer.
CAPÍTULO XXI
ARQUITECTURA DEL
RENACIMIENTO EN ESPAÑA
EL PLATERESCO
MONUMENTOS IMPORTADOS
TOLEDO: LORENZO VÁZQUEZ, GUMIEL Y
COVARRUBIAS
SALAMANCA: ÁLAVA Y HONTAÑÓN.
LEÓN. BURGOS
GRANADA Y JAÉN: MACHUCA, SILOE Y
VANDELVIRA
SEVILLA Y CÓRDOBA. ARAGÓN.
AMÉRICA
EL ESTILO HERRERIANO. CATEDRALES
AMERICANAS
PORTUGAL
EL PLATERESCO
.—La introducción del
Renacimiento en España es una consecuencia natural de nuestras relaciones con
Italia. Desde mucho antes de mediar el siglo XV, Alfonso V de Aragón es también
rey de Nápoles, y al terminar esa centuria no es sólo Aragón, sino toda España
la que recorre Italia a las órdenes del Gran Capitán. Hace mucho tiempo, por
otra parte, que los artistas italianos han traído la buena nueva renacentista, y
no faltan españoles que han estado en la vecina península. A las obras labradas
en el nuevo estilo se les llama «del romano» u «obra a la antigua», para
distinguirlas de las ejecutadas en el que hoy denominamos gótico y en el siglo
XVI se calificaba de «obra moderna». El Renacimiento arraiga con tal fuerza
entre nosotros, que en España se escribe el primer tratado del nuevo estilo
arquitectónico impreso fuera de Italia. Lo publica Diego de Sagredo, en Toledo,
en 1526, con el nombre de Medidas del Romano (fig. 1362). Unos cuarenta años más
tarde aparece una traducción del célebre libro de Serlio.
(fig. 1362) Medidas del Romano
El Renacimiento cuatrocentista se
difunde en España cuando en Italia toca a su término, es decir, cuando allí se
inicia la reacción bramantesca, reacción que no tiene lugar entre nosotros hasta
mediados del siglo XVI. El estilo correspondiente al cuatrocentismo italiano,
aunque con las naturales diferencias, es el plateresco; el de inspiración
bramantesca, es el herreriano. El plateresco llena los dos primeros tercios del
siglo; el herreriano, el último. La obra en que se crea el segundo es El
Escorial, cuya primera piedra se pone en 1563.
El plateresco, al parecer, debe
su nombre al analista de Sevilla, del siglo XVII, Ortiz de Zúñiga, quien, al
elogiar la primorosa decoración de un monumento de ese estilo, la califica de
«fantasía plateresca». Se distingue por su extraordinaria riqueza decorativa, y,
en realidad, buena parte de nuestros arquitectos de este período son más bien
grandes decoradores que propiamente arquitectos. Como en la escuela lombarda,
cubren las fachadas temas decorativos que en Toscana se reducen a puertas,
retablos y sepulcros. Candelabros, subientes, festones, seres fantásticos o
bichas, como suelen denominarse las figuras monstruosas (fig. 1363) y, en suma,
todo el caprichoso repertorio del grotesco, se emplean con profusión
extraordinaria y, a medida que avanzan los años, con dramatismo creciente.
(fig. 1363) Decoración con grutesco
Algún elemento, como la columna
abalaustrada (fig. 1364), adquiere tan temprana y rápida difusión, que llega a
convertirse en uno de los temas característicos del plateresco. Es lo que
Sagredo denomina columna monstruosa, cuyo fuste consta de una parte superior
terminada en su base en forma bulbosa y revestida de hojas, que por su semejanza
con la flor del granado se llama balaustre —del latín balaustium, granado—; de
partes rehundidas o estranguladas —degolladuras o retraimientos, según Sagredo—,
vasos y cajas o cuerpos cilíndricos superpuestos, con capiteles decorados (fig.
1365).
(fig. 1364) Columnas del tratado de Medidas del Romano de Sagredo
(fig. 1365) Capiteles del tratado de Medidas del Romano de
Sagredo
Elementos decorativos que se
emplean también con particular insistencia, son los medallones con bustos o
cabezas, especialmente en enjutas, basamentos, entablamentos y entrepaños. País
donde el gótico tiene raíces tan profundas, es frecuente, hasta muy avanzado el
siglo, que mientras el exterior del edificio se engalana con todo el repertorio
renacentista, en el interior continúan empleándose las bóvedas de crucería.
Como es natural, el estilo
plateresco no permanece estacionario en sus sesenta años largos de vida, y,
aunque no siempre sea fácil fijar con precisión el cambio del estilo, hacia el
año 1530 suelen advertirse ya las novedades delatoras de su segunda etapa.
Durante el primer período la decoración es más plana, más menuda, menos movida,
y los temas animales y humanos también menos frecuentes. Con posterioridad a
1530 esa decoración se proyecta más, su escala aumenta, se nos muestra dotada de
un mayor dramatismo, y los elementos fundamentales de la composición
arquitectónica se destacan más intensamente.
MONUMENTOS IMPORTADOS
.—Aunque no sean los monumentos
más antiguos del estilo, conviene recordar, en primer lugar, un grupo de obras
importadas de Italia, total o parcialmente, que demuestran el entusiasmo con que
la nobleza española acoge el nuevo estilo. Una de las más típicas es el patio
del castillo de la Calahorra (fig. 1366), construido al pie de Sierra Nevada,
cerca de Guadix, por el marqués de Cénete.
(fig. 1366) Patio del castillo de Calahorra
El marqués de Cénete no sólo trae
de Italia un crecido número de elementos decorativos ya labrados, sino que hace
venir al conocido decorador genovés Miguel Carlone en 1509. Labrados en Italia,
las familias de marmolistas de Carrara, de los Aprile, los Gazzini y los Carona,
envían también a la Península, hacia 1520, toda una serie de grandes sepulcros
riquísimamente decorados, entre los que merecen recordarse los de los Ribera, el
de los marqueses de Ayamonte y el del obispo Ruiz en San Juan de Toledo.
TOLEDO: LORENZO VÁZQUEZ, GUMIEL Y
COVARRUBIAS
LORENZO VÁZQUEZ
.—La personalidad más destacada
que aparece a la cabeza de la escuela toledana, y aun de todo el Renacimiento
español, es Lorenzo Vázquez de Segovia, el arquitecto de los Mendoza, que emplea
el estilo brunelleschiano poco antes de terminar el siglo. En la fachada del
Colegio de Santa Cruz (1491) (fig. 1367), fundado por el Gran Cardenal, y en el
palacio de Cogollado (fig. 1368), introduce, con las formas renancentistas, el
almohadillado florentino, que tomará desde entonces carta de naturaleza en el
Renacimiento castellano.
(fig. 1367) Fachada del Colegio de Santa Cruz en Valladolid
(fig. 1368) Fachada del palacio de Cogolludo. Guadalajara
En el patio del convento de la
Piedad (fig. 1369), de Guadalajara, hoy Instituto, crea uno de los prototipos de
la hermosísima serie de patios renacentistas toledanos. Es de galerías
arquitrabadas sobre columnas con grandes zapatas y cornisas con canecillos.
(fig. 1369) Patio del convento de la Piedad, de Guadalajara
GUMIEL
A esta primera etapa del
plateresco corresponde la actividad de Pedro Gumiel, el arquitecto del cardenal
Cisneros. De personalidad mal conocida y formado en la tradición toledana,
ofrece una versión morisca de esta primera etapa del plateresco. Sus cubiertas
son lujosos artesonados mudéjares y las decoraciones de yeso o estuco. Obra suya
de riqueza extraordinaria es la Sala Capitular de la catedral de Toledo (1504) (fig.
1370).
(fig. 1370) Sala Capitular de la catedral de Toledo
A él se deben, además, el
Paraninfo de la Universidad de Alcalá (fig. 1371) y el patio de San Juan de la
Penitencia, destruido en 1936, fundaciones ambas del cardenal Cisneros.
(fig. 1371) Paraninfo de la Universidad de Alcalá
Otro de los introductores de la
decoración cuatrocentista en Castilla es Vasco de la Zarza (muerte 1524), autor,
en la catedral de Ávila, del sepulcro del Tostado y de la restante decoración de
la giróla.
ALONSO COVARRUBIAS
Después de estos maestros
introductores del Renacimiento en Castilla, la gran figura que llena el segundo
tercio del siglo es el toledano Alonso de Covarrubias (muerte 1570), que se nos
presenta como el continuador de Alonso Vázquez. Así, en los dos patios hermanos
del Hospital de Santa Cruz, de Toledo (1524 (fig. 1372), y del Palacio
Arzobispal, de Alcalá (fig. 1373), este último consumido por las llamas hace
unas décadas, nos ofrece dos hermosísimas escaleras de gran aparato, donde el
almohadillado de Vázquez gana en riqueza e importancia.
(fig. 1372) Patio del hospital de Santa Cruz, de Toledo
(fig. 1373) Patio del palacio Arzobispal, de Alcalá (fotografía
de 1863)
El gran desarrollo de las
escaleras es uno de los rasgos que distinguen a nuestra arquitectura
renacentista de la italiana. De medio punto las arquerías de las dos plantas del
patio toledano, en la segunda del de Alcalá, adopta las zapatas y el sistema
dintelado de su maestro.
Después de esta etapa de gran
riqueza ornamental, de que son también buenos ejemplos la portada de San
Clemente (1534) y la capilla de los Reyes Nuevos, cubierta con bóveda de
crucería, al encargarse de la fachada principal del Alcázar de Toledo (fig.
1374) parece iniciar un estilo más sobrio. Comprendida entre los dos torreones
de las esquinas, aunque conserva el almohadillado en la galería alta, en el
cuerpo principal reduce la decoración al encuadramiento de las ventanas, y la de
la puerta misma es sumamente sobria.
(fig. 1374) Fachada principal del Alcázar de Toledo
Un paso más en el mismo sentido
representan la Puerta de Bisagra (1559 (fig. 1375), y la iglesia de Getafe (fig.
1376).
(fig. 1375) Puerta de Bisagra Nueva. Toledo
(fig. 1376) Interior de la iglesia de Getafe
Aunque de autor desconocido,
deben recordarse en la bella serie de patios renacentistas de escuela toledana
los del monasterio de Luliana (fig. 1377) y de San Pedro Mártir, de Toledo (fig.
1378).
(fig.s. 1377) Patio del monasterio de Lupiana, de Toledo
(fig. 1378) Patio de San Pedro Mártir, de Toledo
Las portadas de frontón curvo muy
repetidas en la ciudad, y la rica portada del Hospital de Santa Cruz, aún con no
pocos resabios góticos (fig. 1379).
(fig. 1379) Portada del Hospital de Santa Cruz de Toledo
La creación segoviana más
importante de esta segunda etapa renacentista es el tipo de casa con patio
dintelado sobre columnas con zapatas, cuyas galerías sólo suelen ocupar tres de
los lados. En algún caso el muro del cuarto lado presenta decoración esgrafiada
de viejo abolengo en la ciudad. Los ejemplares más importantes son las casas del
marqués del Arco y del marqués de Lozoya (1563 (fig. 1380).
(fig. 1380) Casa del marqués de Lozoya, Segovia
En Ávila debe recordarse la de
Polentinos, actual Academia Militar, de patio dintelado (fig. 1381).
(fig. 1381) Palacio de Polentinos, Ávila
SALAMANCA: ÁLAVA Y HONTAÑÓN.
LEÓN. BURGOS
.—En ninguna población de la
Península tiene el estilo plateresco acogida tan entusiasta como en la vieja
ciudad universitaria. Salamanca es la ciudad plateresca por excelencia, tanto
por el número de sus monumentos como por la exquisita finura de su decoración,
debida en gran parte a la excelente calidad de su piedra, ligeramente rosada.
El Renacimiento se inicia en
algunas casas concebidas todavía en gótico, como la de las Conchas (1512 (fig.
1382), donde la decoración del romano enriquece el dintel de las puertas o los
antepechos de las ventanas. Por desgracia, ignoramos el nombre del principal
maestro de este momento.
(fig. 1382) Casa de las Conchas, Salamanca
Sin su importancia, a esta etapa
pertenece, entre otras, la casa del médico Abarca.
JUAN DE ÁLAVA
El arquitecto de nombre conocido
que trabaja ya en esos años y llena todo el primer tercio del siglo es Juan de
Álava (muerte 1537). Recibida probablemente su primera formación en el gótico,
tal vez con Juan Gil de Hontañón, alarga y emplea a veces los elementos
arquitectónicos renacentistas con un sentido de las proporciones aún del gótico.
Como es natural todavía en estos años, su decoración está concebida muy en plano
y los elementos se proyectan poco. En la portada de San Esteban (1524 (fig.
1383), obra de madurez del artista, aparecen bien de manifiesto esos caracteres.
(fig. 1383) Portada de San Esteban, Salamanca
De estos mismos años es la
bellísima portada de la Universidad (fig. 1384). No obstante ser una de las
obras maestras de la arquitectura plateresca, ignoramos el nombre de su autor.
Limitada por dos pilastras que terminan a la altura de las impostas, la
decoración se distribuye en varias calles y cuerpos, en los que la escala
aumenta con la altura. Sobre el fondo de grutescos de admirable finura de
ejecución se recortan medallones con los retratos de los Reyes Católicos, bustos
y estatuas de héroes y deidades paganas, y tal vez símbolos de las disciplinas
universitarias.
(fig. 1384) Portada de la Universidad de Salamanca
La Casa de las Muertes, de hacia
1515, es, por su calidad, digna del autor de la Universidad (fig. 1385).
(fig. 1385) La Casa de las Muertes, Salamanca
A esta etapa se debe la formación
de un tipo de portada muy característico de la escuela, que se distingue porque
los soportes que encuadran el vano quedan suspendidos antes de descender hasta
tierra. Algunas, como las de la casa de los Maldonado (fig.1386) y la del
convento de las Dueñas (fig.1387), recuerdan mucho el estilo de Juan de Álava.
(fig.1386) Portada casa de los Maldonado, Salamanca
(fig.1387) Convento de las Dueñas de Salamanca
RODRIGO GIL DE HONTAÑÓN
Rodrigo Gil de Hontañón (muerte
1577), hijo del arquitecto Juan Gil de Hontañón y que sucede a Juan de Álava en
la maestría mayor de la catedral, es la gran figura de la escuela durante el
segundo tercio del siglo. Pocos arquitectos trazan y dirigen tantas obras como
él. Su labor, lejos de limitarse a la región salmantina, se extiende por toda
Castilla y deja un monumento tan importante como la Universidad de Alcalá (1549
(fig. 1388). Su fachada es de composición clara y grandiosa. Corónala galería
corrida como la del Alcázar de Toledo, y su gran calle central remata en
frontón, bajo el cual campean en la gran escala acostumbrada en Castilla las
armas imperiales, que con los dos grandes ventanales constituyen uno de los
principales elementos del conjunto. Todo lo demás es secundario y aparece
totalmente subordinado a estos grandes temas principales. La menuda y abundante
decoración de Álava ha desaparecido, el paramento liso del muro luce con fuerza
y las mismas columnas casi han perdido totalmente su carácter monstruoso.
(fig. 1388) Universidad de Alcalá
A este mismo arquitecto se debe
la casa de los Guzmanes, de León.
Obra conjunta suya y de fray
Martín de Santiago se considera el palacio de Monterrey (1539) (fig. 1389), del
que sólo llega a construirse una de sus fachadas. Las galerías corridas, y las
riquísimas cresterías caladas que coronan tanto sus dos torreones como los muros
por ellos flanqueados, son de las creaciones más afortunadas del Renacimiento
salmantino.
(fig. 1389) Palacio de Monterrey, Salamanca
Deficientemente conocido, Pedro
de Ibarra (muerte 1570) es, sin embargo, un contemporáneo de Hontañón, de gran
valía, a quien se atribuye el patio del Colegio de los Irlandeses (fig. 1390),
sin duda el de más bellas proporciones de Salamanca. Sus arcos, en lugar de
cabalgar directamente sobre las columnas, como en los de Covarrubias, siguen ya
el sistema romano de la columna adosada al pilar.
(fig. 1390) Patio del Colegio de los Irlandeses, Salamanca
Ibarra, en unión de otros
arquitectos, interviene además en la casa de Fonseca o de la Salina (fig. 1391),
con fachada de amplias galerías que le prestan cierto aire de edificio público,
y patio de forma irregular, con curiosa galería volada sobre enormes y ricos
mensulones.
(fig. 1391) Palacio de Fonseca o de la Salina, Salamanca
LEÓN
El plateresco produce en León
obras tan ricas e importantes como el convento de San Marcos —la sacristía es
obra de Juan de Badajoz (1549 (fig. 1392)— y en Extremadura una bella serie de
casas, entre las que destaca en Cáceres la de los Golfines.
(fig. 1392) Sacristía del convento de San Marcos, León
BURGOS
En Burgos, el último miembro de
la familia de los Colonia, Francisco, inicia el estilo en la Puerta de la
Pellejería (1516 (fig. 1393) de la catedral.
(fig. 1393) Puerta de la Pellejería, Burgos
El arquitecto de mayor
personalidad es Juan de Vallejo, que sucede en la gran empresa de la
reconstrucción del cimborrio de la catedral, hundido en 1539, a Felipe de
Borgoña o Vigarni, de quien se tratará más adelante como escultor. A Vallejo se
ha atribuido la portada dé San Cosme, la iglesia donde reposan sus restos.
Entre los monumentos civiles
sobresalen la casa de Miranda, de patio dintelado, con especie de zapatas,
formadas por capiteles y ménsulas a los lados, y la de Ángulo. La del Cubo se
distingue, en cambio, por el movimiento de sus temas decorativos (fig. 1394).
(fig. 1394) Casas todelanas de Miranda; Ángulo, y del Cubo
De estilo burgalés muy discutido,
hasta el punto de pensarse también en algún maestro toledano, es el hermoso
palacio de Peñaranda de Duero. La menuda labor de su portada (fig. 1395), de
finura admirable, sitúa el monumento en la misma etapa de Francisco de Colonia.
Conserva uno de los salones más bellos de nuestro Renacimiento, con rica
chimenea, tribuna de músicos cerrada por tracería aún gótica, y lujoso
artesonado (fig. 1396):
(fig. 1395) Palacio de Peñaranda de Duero, Burgos
(fig. 1396) Salón del palacio de Peñaranda de Duero, Burgos
En la vecina Navarra, la
grandiosa portada de la iglesia de Viana (1549 (fig. 1397), con enorme hornacina
ante la puerta principal, es una de las creaciones españolas más monumentales de
la época. Es, al parecer, obra de Juan de Goyaz.
(fig. 1397) Portada de la iglesia de Santa María de Viana,
Navarra
GRANADA Y JAÉN: MACHUCA, SILOE Y
VANDELVIRA
.—Las catedrales y el gran número
de templos que precisa construir en el recién conquistado reino nazarí, atraen a
varios arquitectos que no tardan en convertir su capital en el centro de mayor
actividad arquitectónica de Andalucía. Sus dos figuras principales son Machuca y
Siloe.
PEDRO MACHUCA
Pedro Machuca (muerte 1572) es un
toledano que ha estado largos años en Italia. En 1530 se le encomienda el
palacio de Carlos V (fig. 1398). En sus fachadas, de gran monumentalidad,
almohadilladas en su planta baja, y con balcones encuadrados por pilastras en la
alta, dispone dos portadas con relieves que celebran, en el lenguaje de la
fábula antigua, las victorias del César. Inconcluso el palacio, los planos
conservados muestran los dos grandes patios con pórticos que se proyectaron ante
sus fachadas. Se desentiende de las exuberancias decorativas platerescas,
entonces en pleno apogeo, y traza con gran originalidad un patio circular
dintelado, de sobriedad bramantesca, cuya encanto reside en las bellas
proporciones de las columnas y el entablamento, y en el claroscuro que prestan a
sus galerías algunas hornacinas (fig. 1399).
(fig. 1398) Palacio de Carlos V, Granada
(fig. 1399) Patio circular dintelado del palacio de Carlos V
DIEGO DE SILOE
Este episodio bramantesco de
Machuca apenas tiene eco. El fundador de la escuela es el burgalés Diego Siloe
(muerte 1563), hijo del escultor Gil Siloe, que también ha estado en Italia,
donde se conserva alguna obra suya. En la catedral de Burgos labra la Escalera
Dorada (fig.1400), en el pueblo de Santa María del Campo una esbelta torre (fig.1401),
y en Salamanca se le atribuye la portada del Colegio de los Irlandeses (fig.
1402).
(fig.1400) Escalera Dorada de la catedral de Burgos
(fig. 1401) Torre de Santa María del Campo
(fig. 1402) Portada del Colegio de los Irlandeses
Pero lo que le hace famoso es la
catedral de Granada, que se le encomienda en 1528, cuando ya ha construido sus
cimientos Enrique Egas, inspirándose muy de cerca en la de Toledo (fig. 1403).
Deseoso de respetar las elevadas proporciones de aquel proyecto de templo
gótico, pero considerando indispensable el empleo de la columna clásica, labra
unos pilares con medias columnas en los frentes, dispone sobre ellos un trozo de
entablamento a guisa de capitel (fig. 1404), según la transformación del modelo
de Brunelleschi en la catedral de Pienza, e inspirándose en la Mezquita de
Córdoba, labra encima un segundo soporte, duplicando así la altura.
(fig.s. 1403) Fachada y planta de la catedral de Granada
(fig. 1404) Pilares y columnas interior de la catedral de Granada
Obsesionado, además, como buen
renacentista, por la media naranja, convierte la capilla mayor semipoligonal (fig.
1405) en circular, para lo que sacrifica la primera nave de la giróla. Pensada
para capilla funeraria, los enterramientos irían sobre los primeros arcos. A
ejemplo de la catedral primada, y por las mismas razones, las capillas son
alternativamente grandes y pequeñas.
(fig. 1405) Interior y dibujo de la capilla mayor de la catedral
de Granada
Aplicado a templo de una sola
nave, aunque ejecutado por Vandelvira, repite el mismo tipo de capilla circular
en el Salvador, de Úbeda, algo anterior a 1540 (fig. 1406).
(fig. 1406) Capilla circular de El Salvador, de Úbeda
Siloe ejecuta o intervine en
otras muchas obras, entre las que destaca la iglesia de San Jerónimo (fig.
1407), panteón familiar del Gran Capitán.
(fig. 1407) San Jerónimo de Granada
Pero lo más trascendente de su
labor es la importancia de la catedral granadina como prototipo de templos
posteriores renacentistas, en los que se renuncia, sin embargo, a su solución de
la capilla mayor. La catedral de Málaga, hecha probablemente por su traza, se
distingue por la elegancia de sus pilares y sus bellos efectos de perspectiva (fig.
1408) (fig. 1409).
(fig. 1408) Portada de la catedral de Málaga
(fig. 1409) Interior de la catedral de Málaga
En forma más simplificada, la de
Guadix (1549 (fig. 1410) repite también su modelo y hasta en la lejana
Guadalajara, de México, se imitan sus pilares.
(fig. 1410) Interior de la catedral de Guadix
Obra contemporánea de Siloe, pero
no suya, es la casa de Castril (fig. 1411), de Granada.
(fig. 1411) Casa de Castril, Granada
ANDRÉS DE VALDEVIRA
En estrecho contacto con la
granadina de Siloe, la escuela renacentista de Jaén es también del mayor
interés. Su gran personalidad es Andrés de Vandelvira (muerte 1575), que en la
catedral de Jaén (1540) adopta el pilar de Siloe, si bien cubre todas las naves
a la misma altura, y la traza de planta rectangular, como la de Sevilla. Sus
bóvedas son váidas, el tipo de cubierta que hace fortuna en la escuela y para el
que crea un género de decoración muy característico de molduras concéntricas (fig.
1412), (fig. 1413). Partes importantes en la misma catedral son la sacristía y
la sala capitular (fig. 1414).
(fig. 1412) Catedral de Jaén
(fig. 1413) Interior de la catedral de Jaén
(fig. 1414) Sacristía y sala capitular de la catedral de Jaén
Ya hemos visto la intervención de
Vandelvira en el Salvador de Úbeda, al que, si no el plano general del templo,
deben atribuirse las portadas laterales, el empleo de telamones y cariátides y
la sacristía (fig. 1415).
(fig. 1415) Puerta de la sacristía de El Salvador de Úbeda
Su influencia en toda la comarca
es profunda (fig. 1416). Tanto Úbeda como Baeza son de las ciudades más ricas en
monumentos renacentistas, pudiendo distinguirse una primera etapa anterior a la
llegada de Vandelvira, y una posterior, en que la influencia de éste es bastante
sensible.
(fig. 1416) Casas de los Vela Cobos, y del Conde de Guadiana en
Úbeda
SEVILLA Y CÓRDOBA. ARAGÓN.
AMÉRICA
SEVILLA
.—Contra lo que haría suponer la
enorme riqueza que significa el monopolio del comercio de Indias, Sevilla,
aunque construya en el siglo XVI lujosos monumentos, no consigue formar una
escuela como la granadina. El vallisoletano Diego de Riaño (muerte 1534),
durante sus breves permanencias en la ciudad, traza el Ayuntamiento y lo dirige
breve tiempo. Muy gótico todavía en las partes más antiguas el interior, sus
fachadas constituyen uno de los conjuntos decorativos más ricos de nuestro
Renacimiento (fig. 1417).
(fig. 1417) Ayuntamiento de Sevilla
El segundo gran monumento del
plateresco en Sevilla es la sacristía mayor de la catedral (1532), atribuida
corrientemente a Riaño, pero que, al menos en gran parte, se debe a inspiración
de Siloe. De planta de cruz griega, casi cuadrada, se cubre con enorme cúpula
sobre bóvedas cónicas muy abiertas, enriquecidas con relieves en casetones.
Grandioso y rico, su interior es una de las creaciones más bellas de nuestro
plateresco (fig. 1418).
(fig. 1418) Sacristía mayor de la catedral de Sevilla
A Martín de Gaínza (muerte 1555),
nombrado maestro mayor de la catedral a la muerte de Riaño, se debe la capilla
real (1544) (fig. 1419), de traza nada vulgar, donde la gran cúpula,
continuándose en la gigantesca venera del ábside, crea también uno de los
efectos de espacio abovedado más grandioso de nuestro Renacimiento. De autor
desconocido es la hermosa sala capitular (fig. 1420).
(fig. 1419) Capilla real de la catedral de Sevilla
(fig. 1420) Sala capitular de la catedral de Sevilla
Aparte de este tipo de
arquitectura de estilo castellano en piedra, se emplea otro durante la primera
mitad del siglo, en el que el nuevo estilo se mezcla con la tradición morisca,
siempre vigorosa. Ya en 1504 el italiano Niculoso Pisano decora con bellos
grutescos esmaltados en azulejos la portada gótica de ladrillo en limpio de
Santa Paula (fig. 1421).
(fig. 1421). Portada de Santa Paula, Sevilla
Pero la creación más importante
del estilo es la llamada Casa de Pilatos (1533), donde a las columnas y portadas
renacentistas de mármol traídas de Italia se agregan altísimos zócalos de
azulejos trianeros y riquísimos artesonados mudéjares (fig. 1422).
(fig. 1422) Casa de Pilatos, Sevilla
Del mismo estilo es la Casa de
las Dueñas (fig. 1423).
(fig. 1423) Casa de las Dueñas
Frente a la dispersión sevillana,
Córdoba presenta la familia de arquitectos de los Fernán Ruiz, que se suceden en
tres generaciones. De origen burgalés Fernán Ruiz I (muerte 1547) trabaja en
gótico y es el autor de la catedral (1523) que se construye en el interior de la
Mezquita. A Fernán Ruiz II, maestro mayor de la catedral de Sevilla, se debe la
iglesia del Hospital de la Sangre, cubierta con bóvedas váidas, y con tribunas
sobre las capillas laterales y el bello campanario con que se corona (1568) la
vieja torre almohade, que, al ser rematada por la estatua giratoria de la Fe,
recibe el nombre de Giralda. Y Fernán Ruiz III (muerte 1604), quien, al revestir
el viejo alminar de la Mezquita de Córdoba, crea la última gran torre del siglo
XVI, intensamente influida ya por el estilo herreriano (fig. 1424).
(fig. 1424). Torre de la catedral de Córdoba
ARAGÓN
Pese a las viejas relaciones
políticas y comerciales de Aragón y Cataluña con Italia, el Renacimiento no
adquiere en esta parte de la Península el desarrollo que en Castilla y en
Andalucía. En su primera etapa produce la portada de la iglesia de Santa
Engracia (fig. 1425), de Zaragoza, obra de finura exquisita y que se considera
de una fecha tan temprana como la de 1504. Se cree de Morlanes, padre e hijo.
(fig. 1425) Portada de la iglesia de Santa Engracia de Zaragoza
El capítulo más original del
Renacimiento aragonés es el de su arquitectura civil. Juan de Sariñena, en el
hermoso edificio de la Lonja (1541 (fig. 1426) de Zaragoza, nos ofrece en su
interior la versión renacentista de los grandiosos interiores de las lonjas
góticas levantinas, donde las columnas con capiteles clásicos reemplazan a los
pilares de baquetones, si bien las bóvedas continúan siendo de crucería. Su
exterior, de ladrillo, remata en galería corrida de arcos, bajo alero de grandes
proporciones típicamente aragonesa (fig. 1427).
(fig. 1426) Lonja de Zaragoza
(fig. 1427) Interior de la lonja de Zaragoza
Tudelilla (muerte 1566) es el
autor de la casa de Zaporta (1546), el banquero de Carlos V, cuyo patio se
encontraba en París hace años y últimamente ha vuelto a Zaragoza. Según es
corriente en Aragón, su planta baja es adintelada y descansa sobre escaso número
de columnas, mientras la alta es de arquería de vanos estrechos y numerosos. El
antepecho, ricamente decorado, contiene grandes relieves con los trabajos de
Hércules.
De menos importancia decorativa,
también es típico ejemplo de casa aragonesa la de los Luna, hoy Audiencia. Es
igualmente de mediados de siglo y tiene la característica galería de arcos en la
parte superior, patio con columnas anilladas y rica portada con las estatuas de
Hércules y Teseo (fig. 1428).
(fig. 1428) Palacios de Zaporta y de los Luna, Zaragoza
En Cataluña y Valencia el
entusiasmo por la arquitectura renacentista es menor, aunque no faltan casas tan
bellas como la destruida de Gralla, en Barcelona.
AMÉRICA
En América, la creación
arquitectónica más interesante de la primera mitad del siglo es el tipo de
iglesia conventual fortificada, de México. De una nave con cubierta de crucería
gótica y coronada de almenas (fig. 1429).
(fig. 1429) Convento de Actopan, México
Como resulta insuficiente para la
numerosísima población indígena que precisa evangelizar, se forma ante ella un
enorme patio con cerca almenada, en cuyos cuatro ángulos se labran otros tantos
templetes o posas para enseñar la doctrina y hacer estación las procesiones que
en él se celebran (fig. 1430).
(fig. 1430) Posa de Huejotzingo
Al fondo de ese patio se
construye, además, un a capilla abierta para decir misa a los indios en él
reunidos. Ejemplo típico de esta clase de convento es el de Huejotzingo. Entre
las capillas abiertas de indios, que pueden ser de formas muy diversas, merecen
recordarse las de Cholula y Teposcolula. A veces, la capilla se encuentra
situada en alto, como en Tlahuelilpa (fig. 1431).
(fig. 1431) Convento de Tlahuelilpa
El estilo propiamente plateresco
deja, además, en América varias obras tan importantes como la portada de la
catedral de Santo Domingo, cuyo interior es gótico, y la de San Agustín Acolman
(fig. 1432) y la de Yuririapúndaro, en México.
(fig. 1432) San Agustín Acolman, México
Entre las casas renacentistas
figura en primera línea la de Montejo, en Mérida.
Al lado de estas obras de estilo
peninsular créanse otras donde la influencia indígena da origen a una escuela
con caracteres propios. La portada de San Andrés Calpan (México), cargada
todavía de goticismo, nos ofrece temas de la flora indígena, como el quiote del
maguey. En la capilla de indios de Tlalmanalco, también en México, el grutesco
renacentista, interpretado por artistas aborígenes, adquiere ritmo y expresión
desconocidos en la Península.
EL ESTILO HERRERIANO. CATEDRALES
AMERICANAS
.—A mediados de siglo, sin
perjuicio de que se continúen labrando fachadas con grutescos y columnas
monstruosas, el gusto comienza a fatigarse de tanta decoración, y algunos
arquitectos se deciden a emplear un estilo más sobrio y exclusivamente
arquitectónico. En realidad, no hacen sino incorporarse con retraso a la
reacción iniciada en Italia cincuenta años antes por Bramante, cuyas
consecuencias sacan por aquellos años los discípulos de Miguel Ángel.
Las figuras más representativas
de este momento propiamente preherreriano son Juan de Toledo (muerte 1567) y
Bartolomé Bustamante (muerte 1570), autor este último del hospital de Tavera, de
hermosos patios gemelos y bellas perspectivas (fig. 1433). Toledo permanece
largo tiempo en Italia, principalmente en Nápoles, pero en 1563 es llamado a
España por Felipe II para dirigir las obras reales.
(fig. 1433) Hospital de Tavera, Toledo
El monumento que hace triunfar
esa reacción contra el plateresco e impone al nuevo estilo sus rasgos propios en
España es el monasterio de San Lorenzo de El Escorial (fig. 1434).
(fig. 1434) Monasterio de San Lorenzo de El Escorial
Concebido por Felipe II para
panteón real, palacio y monasterio, encomienda su traza a Juan de Toledo, quien,
siguiendo el precedente del Alcázar de la ciudad imperial, dispone una gran
planta cuadrada con una torre en cada ángulo (fig. 1435). Dividida en tres zonas
verticales, traza en la central el gran patio de los Reyes, así llamado por las
estatuas de los de Judá que decoran la fachada del templo, situado al fondo.
Bajo el testero de aquél se encuentra la cripta, y tras él, en un cuerpo
saliente, parte del palacio, que, además, ocupa la zona lateral izquierda. La
zona lateral derecha es la dedicada a convento, con varios patios, de los cuales
el mayor y más bello es el de los Evangelistas.
Debido al sistema de cuadrícula
con arreglo al cual se ordenan dependencias y patios, y el cuerpo saliente
situado en la parte central tras el templo, la forma de parrilla del conjunto ha
hecho pensar en su posible valor simbólico como atributo del santo titular. La
parte anterior del monasterio, formada por el gran patio central de los Reyes y
cuatro patios menores a cada lado, está inspirada en el hospital de Milán, de
Filarete.
(fig. 1435) Planta del monasterio de San Lorenzo de El Escorial
JUAN DE HERRERA
Comenzado el edificio en 1563, al
morir Juan de Toledo cuatro años después, Felipe II encomienda la dirección a su
auxiliar, el montañés Juan de Herrera (muerte 1597), hombre estudioso que hace
con aquél su tardía formación. Deseoso el monarca de ampliar la capacidad del
monasterio, se decide a elevar considerablemente la altura del edificio, al
parecer por sugestión de fray Antonio de Villacastín, el gran cerebro
organizador, gracias al cual la magna construcción puede ser realidad en breve
tiempo.
Parte capital en el conjunto es
el templo. (1574), para el que se presentan varios proyectos, entre ellos alguno
italiano, que deben servir de base a Herrera para trazar el definitivo. Es de
cruz griega, con gran cúpula central, cañones en los brazos y cúpulas rebajadas
en los ángulos, según el esquema vaticano, si bien los brazos terminan en plano.
La capilla mayor (fig. 1436) es profunda y muy elevada, para albergar bajo ella
la cripta de los enterramientos reales, y a los pies se prolonga el templo en
toda su anchura.
(fig. 1436) Interior capilla mayor de El Escorial
Gracias a esta prolongación, que
apenas influye en el efecto interior del templo, se forma un coro alto casi al
nivel de la capilla mayor. A los lados de ésta se encuentran los monumentos
funerarios de Carlos V y Felipe II (fig. 1437).
(fig. 1437) Sepulcro de Felipe II
Debido a la gran elevación de la
capilla, la planta alta del palacio queda a su nivel, en forma tal, que el
monarca puede presenciar los oficios desde su dormitorio con vistas al altar
mayor, cuyo retablo de mármol es obra del italiano Jacometrezo. La gran cúpula
del crucero y las dos torres de los pies del templo, juntamente con las cuatro
de los ángulos del monasterio, rematadas en chapiteles de pizarra de gusto
flamenco y que tanta influencia tendrán en la arquitectura castellana posterior,
son elementos decisivos en el efecto de conjunto del exterior del monumento.
Herrera renuncia, tanto en las
fachadas exteriores como en el interior, a toda decoración que no resulte del
mero encuadramiento de los vanos o del orden dórico de sus portadas (fig. 1438).
(fig. 1438) Portada de la Iglesia de El Escorial
Los temas vegetales desaparecen,
los figurados se convierten en grandes estatuas y los geométricos se reducen a
pirámides y bolas. Pero Herrera tiene un exquisito sentido de las proporciones y
de las formas, que le permite ordenar éstas con sabiduría admirable. Gracias a
ese talento, empleado en edificio ya de por sí gigantesco, y teniendo por norte
el ideal de lo grandioso, pocos monumentos lo son en tan alto grado como El
Escorial.
Obra también de Juan de Herrera,
pero que deja inconclusa, es la catedral de Valladolid (1585 (fig. 1439), de
planta rectangular, como la de Jaén, con dos torres grandes a los pies y dos
menores en el testero, reflejo del modelo de Bramante para San Pedro de Roma.
(fig. 1439) Catedral de Valladolid
A Herrera se atribuye la traza de
la Casa Lonja de Sevilla (fig. 1440), donde el ladrillo alterna con la piedra y
la mayor riqueza decorativa revela la presencia de arquitectos de sensibilidad
muy diferente.
(fig. 1440) Casa Lonja de Sevilla
Uno de los continuadores más
destacados en Castilla del estilo de Herrera es Juan de Nates, autor de Santa
Cruz de Ríoseco (fig. 1441) y de las Angustias, de Valladolid.
(fig. 1441) Santa Cruz de Ríoseco
AMÉRICA ESPAÑOLA
Cuando, al comenzar el último
tercio del siglo XVI, se trazan las primeras catedrales americanas, se ha
iniciado en la Península la reacción contra el plateresco y se coloca la primera
piedra de El Escorial. Ellas constituyen el último capítulo de las catedrales
renacentistas españolas. Son de planta rectangular, como las de Jaén y
Valladolid. A Claudio de Arciniega- se debe la de México (1563 (fig. 1442), de
tres naves más dos de capillas. De pilares cruciformes con medias columnas
dóricas en sus frentes, es probable que se concibiesen en un principio según el
modelo de Siloe, con un trozo de entablamento por capitel, pero se terminan
alargando los fustes a toda la altura del templo y aun continuándolas en el
intradós de los arcos; gracias a ese alargamiento, el interior es de
proporciones muy elegantes. Terminadas las torres y rehecha la cúpula ya en
época neoclásica, la catedral de México es la obra magna de la dominación
española.
(fig. 1442) Catedral de México
La catedral de Puebla (fig. 1443)
repite en lo esencial el mismo modelo, y tanto una como otra se proyectan con
cuatro torres, aunque sólo se terminan las de los pies.
(fig. 1443) Catedral de Puebla
En la de Guadalajara, de México,
se sigue en los pilares, en parte, la solución de Siloe, y se cubre de crucería.
Las grandes catedrales peruanas
de Lima (1572-1578) y el Cuzco (1573- 1578 (fig. 1444) son hermanas, y consta
que traza la primera F. Becerra. En ambas se conserva el trozo de entablamento
granadino en los pilares, pero se reemplazan las medias columnas por pilastras,
como presintiendo los gustos seiscentistas. Las bóvedas son de crucería.
(fig. 1444) Catedrales peruanas de Lima y el Cuzco
A la misma etapa estilística de
las catedrales corresponde la hermosa fachada de San Francisco de Quito (fig.
1445).
(fig. 1445) Fachada de San Francisco de Quito
PORTUGAL
.—Después del estilo manuelino,
entre cuya desbordante decoración gótica se pierden los candelabros y grutescos
italianos, la fecundidad arquitectónica decae, y sólo se construyen algunos
monumentos de estimable valor, pero que no prueban la existencia de una nueva
escuela de rasgos muy precisos.
La iglesia de Gracia, de Evora
(1529), hace pensar, por sus proporciones, más en modelos septentrionales que
italianos (fig. 1446).
(fig. 1446) La iglesia de Gracia, de Evora
Estan entre las obras más
antiguas la iglesia de Marvila, de Santarem, y la catedral de Leiría, aún con
bóvedas de ojivas, no obstante datar de mediados de siglo XVI (fig. 144).
(fig. 1447) Iglesia de Marvila, de Santarem, y la catedral de
Leiría
El español Diego de Torralba es
el arquitecto del claustro (1562) del monasterio de Thomar, mal llamado de los
Felipes (fig. 1448). Veinte años después, se rehace bajo la soberanía de los
Felipes españoles
(fig. 1448) Claustro del monasterio de Cristo de Thomar
El gran templo de San Vicente de
Fora de Lisboa (fig. 1449), es debido al italiano Terzi.
(fig. 1449) Templo de San Vicente de Fora de Lisboa.
CAPÍTULO XXII
ESCULTURA DEL
RENACIMIENTO EN ITALIA Y FRANCIA
ITALIA:
SIGLO XIV (TRECENTO) LOS PÍSANOS
EL SIGLO XV (QUATTROCENTO).
GHIBERTI
SIGLO XV (QUATTROCENTO).
DONATELLO
SIGLO XV (QUATTROCENTO) JACOPO
DELLA QUERCIA
SIGLO XV (QUATTROCENTO) LOS DELLA
ROBBIA
SIGLO XV. OTROS ESCULTORES
CUATTROCENTISTAS
SIGLO XVI (CINQUECENTO). MIGUEL
ÁNGEL.
SIGLO XVI (CINQUECENTO). OTROS
ESCULTORES
FRANCIA:
COLOMBE
GOUJON
ITALIA
SIGLO XIV (TRECENTO). LOS PÍSANOS
.—La imitación de las formas
clásicas comienza en la escultura antes que en las otras artes. La arquitectura
exige, salvo en lo puramente ornamental, un cambio en los procedimientos
técnicos, y los monumentos pictóricos, que pudieran servir de modelo, por su
carácter más deleznable, apenas se conservan. En cambio, las estatuas y los
relieves abundan en las principales ciudades italianas y son un canto perenne de
las perfecciones de la escultura clásica. El arte románico y el bizantino han
impedido a los italianos estimar la belleza de aquellos modelos, pero cuando el
sentimiento naturalista del gótico difundido por Occidente invade Italia, no les
es difícil apreciar el naturalismo de la escultura romana, que, además, s« les
ofrece realzada por el halo cada vez más brillante con que la rodea el creciente
humanismo. Influida por el estilo gótico en algunos momentos de sus primeras
etapas, la escultura italiana evoluciona inspirándose en los modelos clásicos.
Pero, como en el caso de la arquitectura, el hilo vital nace del espíritu de
unas cuartas generaciones artísticas fecundas que, deseando resucitar el estilo
de los romanos, crean otro completamente nuevo.
Donde la imitación de la
escultura clásica comienza de manera más consciente es en el sur de Italia, en
la corte de Federico II, el emperador alemán enamorado de la Antigüedad y del
mediodía, que pasa gran parte de su vida en tierras napolitanas rodeado de
hombres de letras. Los restos conservados de la escuela artística nacida bajo su
protección son muy escasos, pero los suficientes para descubrirnos el entusiasmo
de sus escultores por los modelos romanos. Así, en la estatua que se le erige
sobre el puente de Capua aparece el emperador envuelto en vestidura de aspecto y
factura clásicos (fig. 1500).
(fig. 1500) Federico II, puente de Capua
Estos primeros destellos del
Renacimiento escultórico no tienen consecuencias en el sur de Italia. Sus
verdaderos frutos se recogen en Toscana, que desde este momento asume el papel
director, que conservará hasta fines del siglo XVI. Hasta 1400 es Pisa la que
marcha a la cabeza. El Prometeo que trae del sur de Italia el fuego del nuevo
estilo es Nicolás de Plugia, quien, al establecerse en Pisa, termina firmando
sus obras como Nicolás Pisano (muerte 1280). El año 1269, es decir, cuando no
pocas regiones de Europa cultivan todavía el estilo románico y comienzan a
emplear el gótico, recibe el escultor forastero el encargo del púlpito del
baptisterio de la catedral de Pisa (fig. 1501), obra con la que durante mucho
tiempo se ha comenzado la historia de la escultura del Renacimiento.
(fig. 1501) Púlpito del baptisterio de la catedral de Pisa
En realidad, es sólo su primera
gran creación. De planta hexagonal y .de formas arquitectónicas todavía
románicas, en sus grandes relieves la imitación de los modelos de la antigüedad
es manifiesta, y, a veces, tan fiel, que se ha podido comprobar cómo la Virgen
de la Adoración de los Reyes (fig. 1502) está directamente inspirada en un
sarcófago pagano aún conservado en la catedral. La monumentalidad y la
corrección clásica de los tipos les hace distinguirse de cuanto hasta entonces
se ha esculpido en Italia.
(fig. 1502) Relieve de la Adoración de los Reyes, púlpito
baptisterio de Pisa
Al púlpito del baptipsterio de
Pisa sigue el octogonal, más grande y más lujoso, de la catedral de Siena
(1265). El estilo de sus relieves, menos uniforme, delata ya la existencia de
una escuela en la que acusa bastante claramente la mano de los diversos
discípulos. Frente al tono reposado y sereno suyo, de Arnolfo y de fray
Guillermo, destaca ya el dramatismo de su hijo Juan.
Juan de Pisa es el segundo gran
maestro de la escuela. La admiración producida por los púlpitos esculpidos por
Nicolás no tarda en despertar en otros templos de Toscana el deseo de poseer una
joya de mármol análoga, y así las obras principales de Juan son también
púlpitos. En el de San Andrés de Pistoya (fig. 1503), como de templo pequeño,
continúa empleando columnas con arreglo a los modelos paternos,
(fig. 1503) Púlpito de San Andrés de Pistoya
En el de la catedral de Pisa hace
evolucionar ese prototipo reemplazando aquéllas por estatuas o grupos de
estatuas que prestan al conjunto una mayor riqueza.
Juan de Pisa hereda de su padre
el talento y la técnica, pero no el temperamento artístico, que es completamente
opuesto al suyo, y, por otra parte, sin abandonar el estudio de los modelos
clásicos, se deja seducir por el encanto de la escultura gótica contemporánea,
más movida y flexible que la paterna. El reposo y parsimonia clásicos de Nicolás
se tornan en él dramatismo y violencia. Sus personajes se mueven bruscamente, y
se agitan con nervio que tiene más de gótico que de clásico, no sólo en
historia, como la de la Degollación de los Inocentes (fig. 1504), en donde su
estilo alcanza las notas más agudas, sino incluso en obras de tono menos
violento, como, por ejemplo, sus Vírgenes con el Niño.
(fig. 1504) Degollación de los Inocentes, iglesia de Pistoya
Los otros discípulos de Nicolás
de Pisa agregan poco a lo creado por el maestro. Fray Guillermo, de dotes más
limitadas, lleva el nuevo estilo a Bolonia al hacerse cargo del arca funeraria
de Santo Domingo, mientras el florentino Arnolfo lo difunde en Italia central y
Roma. Arquitecto al mismo tiempo que escultor, Arnolfo crea en el sepulcro del
cardenal Braye, en Orvieto, el primer tipo de sepulcro renacentista, que bajo
formas todavía góticas, inicia ahora su historia espléndida. Tiene forma de
baldaquino, cuyas cortinas recogen dos ángeles. Sus discípulos lo introducen en
Nápoles, donde labran la importante serie de monumentos funerarios de los
príncipes anjevinos.
De personalidad más vigorosa que
los anteriores son Andrés Pisano, autor de las primeras puertas de bronce del
baptisterio de Florencia, y Niño Pisano, que esculpe deliciosas Vírgenes con el
Niño, y Anunciaciones de primoroso modelado, todo ello bastante influido por el
estilo de la escultura gótica francesa.
Para completar el cuadro del
trecentismo italiano recuérdese, por último, aunque al margen de las novedades
pisanas comentadas, los maestros campionenses que cultivan en el norte de Italia
la estatuaria monumental aislada, cuyo ejemplo más representativo es la estatua
ecuestre de Cangrande de la Scala, de Verona. De formas artísticas muy simples,
es, sin embargo, ilustre precedente de las obras renacentistas posteriores de
este género.
EL SIGLO XV (QUATTROCENTO).
GHIBERTI
.—A la muerte de Juan de Pisa, el
cetro de la escultura italiana pasa a la ciudad de Florencia, que plenamente
consciente de su misión, limpia el estilo renacentista de este lastre medieval,
aún tan manifiesto en el período anterior. La escultura, gracias a la
maravillosa fecundidad florentina en artistas de primer orden, emprende ahora
una de las jornadas más progresivas de su historia, sólo equiparable a la
recorrida por el pueblo griego en los siglos V y IV. En siglo y medio los
florentinos, partiendo de una escultura como la pisana, no sólo terminan
dominando el relieve, el "bulto redondo", el retrato de busto y ecuestre y
cultivando los más diversos temas, sino que hacen evolucionar su estilo hasta
crear el manierismo de los discípulos de Miguel Ángel de la segunda mitad del
siglo XVI. En cuanto a los materiales, el mármol, aunque nunca deja de emplearse
en Italia, debido ahora a la influencia de los monumentos romanos, se convierte
en el material preferido, y, junto a él, y también por sugestión clásica, el
bronce ocupa puesto de honor, revelando a los florentinos todos sus secretos
técnicos. En menos escala se emplea también el barro vidriado.
Si la arquitectura del
Renacimiento se inicia en la cúpula de la catedral de Florencia, el primer
capítulo de la escultura cuatrocentista comienza con las puertas del vecino
baptisterio. Posee éste ya unas hermosas puertas de bronce (1330) labradas por
Andrés Pisano, en la centuria anterior, pero necesita aún dos más, y el comercio
florentino, deseoso de que se termine lo antes posible el bello monumento, abre
un concurso en 1401, al que acuden, entre otros escultores toscanos,
Brunelleschi, que hasta esta fecha ha cultivado con igual interés la
arquitectura y la escultura, y el joven Lorenzo Ghiberti (muerte 1455), que
acaba de cumplir los veinte años y ha hecho su formación en el taller de un
orfebre. Aún se conservan en el Museo Bargello los relieves de bronce del
Sacrificio de Isaac, interpretados por ambos artistas con arreglo a un programa
bastante preciso en cuanto a la forma de encuadramiento y al número de las
figuras. Las diferencias no son grandes: Brunelleschi se inspira para uno de los
personajes en la estatua griega del Niño de la Espina (fig. 1505). Pero el
jurado ve en Ghiberti al gran escultor que, efectivamente, se manifestará
después (fig. 1506), y le adjudica la obra.
(fig. 1505) Brunelleschi. El sacrificio de Isaac, 1401. Museo del
Bargello, Florencia
(fig. 1506) Ghiberti. El sacrificio de Isaac, 1401. Museo del
Bargello, Florencia
Una vez terminada por Ghiberti
las primeras puertas, en 1424, se le encarga otras, en la que invierte también
unos veinte años.
En estas puertas, que
prácticamente son la labor de su vida, Ghiberti hace dar al relieve renacentista
un paso gigantesco. Habiendo tomado por modelos los sarcófagos romanos, el
relieve ha sido para Andrés y Juan de Pisa una superficie totalmente cubierta de
figuras, de actitudes reposadas en el uno y violentamente agitadas en el otro,
pero tanto unas como otras situadas en primer término.
Las primeras puertas Norte,
realizadas de 1403 a 1424, consta de 28 paneles. Dedica los 8 inferiores al
tetramorfos y a 4 de los 33 Doctores de la Iglesia. A continuación y de forma
ascendente aparecen 20 episodios de la vida de Jesucristo. En primer lugar
aparecen los episodios de la infancia: Anunciación, Natividad, Epifanía, etc.,
para proseguir con la iconografía de los milagros de Jesús y terminar en la
parte superior con las escenas de la Pasión y Resurrección de Cristo (fig. 1507)
(fig. 1508 (fig. 1509).
(fig. 1507) Primeras puertas de Ghiberti del Baptisterio de
Florencia (1403 a 1424)
(fig. 1508) Relieves de recuadros superiores de la primera puerta
izquierda de Ghiberti
(fig. 1509) Relieves de recuadros superiores de la primera puerta
derecha de Ghiberti
Para Ghiberti, el relieve se
transforma en un amplio escenario donde los numerosos personajes se mueven con
holgura, sea un dilatado paisaje o una hermosa perspectiva arquitectónica. En
cierta ocasión dice sentirse orgulloso por haber introducido en uno no menos de
un centenar de personajes. A ese deseo de amplitud se debe, sin duda, el aumento
de tamaño de los compartimientos de las segundas puertas, lo que le obliga,
naturalmente, a incluir en un mismo escenario varias historias.
En las segundas puertas o Puertas
del Paraíso, realizadas en 27 años (1425-1452). Ghiberti adoptó la división en
10 paneles de las escenas del Antiguo Testamento (fig.1510), (fig. 1511), (fig.
1512),
(fig. 1510) Segundas puertas de Ghiberti del Baptisterio de
Florencia (1425 a 1452).
(fig. 1511) Relieve del recuadro superior de la segunda puerta
izquierda de Ghiberti
(fig. 1512) Relieve del recuadro superior de la segunda puerta
derecha de Ghiberti
El nuevo concepto del relieve se
debe al estudio de la perspectiva, una de las grandes preocupaciones de los
artistas florentinos del siglo XV, preocupación que, como veremos, culminará en
el pintor Pablo Ucello. El mismo Ghiberti, que no sólo es un artista práctico,
sino un teórico, nos dice cómo «observando las leyes de la óptica he llegado a
darles una apariencia de realidad que a veces, vistas de lejos, las figuras
parecen de bulto redondo». Es decir, con un sentido esencialmente pictórico
gradúa, en los diversos planos del escenario, el relieve de las figuras para
producir el efecto de profundidad. El sistema no es nuevo en la historia de la
escultura; se emplea por el arte helenístico de tiempos de Augusto, y de él
recibe probablemente la inspiración. Sus figuras son de elegantes proporciones,
como en la pintura de principios de siglo, pero la belleza de las actitudes
descubre el estudio de los modelos clásicos. Su arte de componer y su manera de
enlazar los movimientos curvilíneos de las figuras en que el ritmo del estilo
internacional se funde con el clásico, son realmente admirables.
SIGLO XV (QUATTROCENTO).
DONATELLO
.—Donato di Nicolo di Betto Bardi
(muerte 1466) es sólo diez años más joven que Ghiberti, pero avanza mucho más
que él en el dominio del natural y en la asimilación de las formas clásicas.
Artista más polifacético que Ghiberti, no se limita casi exclusivamente al
relieve, al que hace dar, sin embargo, pasos decisivos, sino que esculpe con no
menor entusiasmo en bulto redondo y, al cultivar un gran número de géneros
escultóricos hasta ahora intactos, ensancha considerablemente el campo de la
escultura.
Lo decorativo, tan vigoroso en
Ghiberti, pasa a segundo término, y es la figura humana lo que sobre todo
concentra su atención. Tal vez no haya existido artista que se haya lanzado con
el entusiasmo de Donatello al descubrimiento del hombre. El interpreta la figura
humana en las más diversas edades y tipos, en los más variados gestos y
actitudes y expresando los estados espirituales más dispares. Su personalidad
artística es, desde este punto de vista, de una riqueza de facetas
verdaderamente admirable.
Donatello es un o de los grandes
intérpretes de la alegría infantil. Ningún otro escultor le ha superado en este
aspecto. Unas veces hace de la risa de un niño el tema de un busto, y otras,
como en las famosas tribunas de las catedrales de Florencia (1433) y de Prato,
desarrolla ese tema de la alegría infantil en un grupo de niños que, rebosantes
de vida, y de rostros más graciosos y expresivos que correctos desfilan ante
nosotros saltando y cantando en el más bello desorden. Si los comparamos con los
graves cantores que precisamente por estos mismos años pinta Van Eyck en San
Bavón de Gante, se percibirá toda la alegría y todo el optimismo que anima ahora
al Renacimiento florentino. En la tribuna de Prato, que es de planta circular,
los grupos se encuentran separados por pilastras pareadas, mientras en la de
Florencia, el delicioso tropel infantil aparece tras ricas columnillas
revestidas de mosaico, que con su verticalismo subrayan el movimiento de los
inquietos personajes.
La elegancia y la vida del
adolescente cuyas gráciles formas aún no ha comenzado a deformar la musculatura,
es su preocupación en el San Juanito (fig. 1513) del palacio Martelli de
Florencia, y casi lo mismo podría decirse del David vestido y del David desnudo
(fig. 1514), sin duda una de las obras maestras del Renacimiento.
(fig. 1513) San Juanito, museo de Florencia
(fig. 1514) David, museo de Florencia
En el San Jorge se enfrenta con
el hombre en la plenitud de la vida. Las piernas seguras en tierra, el gran
escudo romboidal recorrido por la señal de la cruz, la cabeza erguida y la
mirada iluminada por la fe y fija en el porvenir, hacen de la bella estatua la
versión perfecta del caballero cristiano (fig. 1515).
(fig. 1515) San Jorge
Si en el San Jorge es la
gallardía del héroe, en el San Juan Evangelista viejo, de la catedral, lo que
nos ofrece es la grandiosidad del profeta en forma tan inspirada, que hasta los
días del Moisés de Miguel Ángel los italianos no podrán contemplar nada análogo
(fig. 1516).
(fig. 1516) San Juan Evangelista, Catedral de Florencia
Pero el afán insaciable de
Donatello por interpretar nuevos tipos y expresiones humanos no se limita a
estas obras, donde la gracia y lo heroico triunfan. No se le oculta el valor
expresivo de lo feo, como en María Magdalena penitente, en madera (1455 (fig.
1517).
(fig. 1517) María Magdalena penitente
Donatello es también el creador
del retrato renacentista. En el de Nicolás de Uzzano (fig. 1518), de acusado
realismo y gran gesto a la italiana, define el tipo de busto renacentista
cortado horizontalmente y no a la clásica sobre el pedestal,
(fig. 1518) Busto de Nicolás de Uzzano
En el del condottiere Gattamelata
(fig. 1519) nos ofrece el primer gran retrato ecuestre escultórico del
Renacimiento. Por sus grandes proporciones y su temprana fecha es también obra
cumbre en la historia de la fundición de bronce.
(fig. 1519) Condottiere Gattamelata
En el campo del relieve, por
último, la huella de Donatello es igualmente profunda. Ya quedan citados los
famosos de la cantoría de Florencia y de la tribuna de Prato. Aunque en ellos la
preocupación ghibertiana por la amplitud del escenario desaparece, no deja de
proponerse el problema en obras como en el Banquete de Herodes, de San Juan de
Siena, donde a la ingravidez ghibertiana opone la monumentalidad romana. Además,
en el relieve es donde ha dado las notas más agudas de su cuerda trágica, que no
en vano el de bronce del Calvario de San Antonio de Padua (1443) es una de las
creaciones más dramáticas del arte italiano.
SIGLO XV (QUATTROCENTO). JACOPO
DELLA QUERCIA
.—De la misma generación que
Ghiberti, Jacopo della Quercia (muerte 1438) es el tercer gran maestro de la
escultura toscana de la primera mitad del siglo. Su estilo viril y grandioso
forma contraste con el de Ghiberti. Los relieves de la portada de San Petronio
(1425), de Bolonia (fig. 1520), esculpidos por los mismos años que las segundas
puertas del baptisterio florentino, con sus figuras de aspecto hercúleo trazadas
en gran tamaño sobre fondos sencillos, son la antítesis del estilo menudo y
pintoresco de aquéllas.
.
(fig. 1520) Creación de Adán
En sentido de la monumentalidad
de Della Quercia y su grandiosa manera de concebir la escena lo convierten en
uno de los más dignos precedentes de Miguel Ángel. A él se deben también la
Fonte Gaia, en Siena, su patria, y el sepulcro de Hilaria del Carreto (fig.
1521), en Luca.
(fig. 1521) Sepulcro de Hilaria del Carreto
SIGLO XV (QUATTROCENTO). LOS
DELLA ROBBIA.
.—Más famoso que J. della Quercia,
Luca della Robbia (muerte 1482) es el más joven de los grandes escultores de
esta época. Nacido justamente en 1400, aunque su vida se prolonga hasta fines
del siglo y sus familiares continúan su taller hasta comienzos del siguiente, su
estilo es creación anterior a 1450. El es quien introduce en la escultura la
técnica del barro vidriado.
En barro vidriado (fig. 1522)
labran él y su escuela desde el busto y el pequeño relieve hasta el gran retablo
de numerosas figuras, ricamente decorado con guirnaldas y festones de frutas y
flores. Las figuras son, por lo general, de color blanco y el fondo azul, y
aunque a veces el color invade los ropajes, donde la policromía hace alarde de
toda sus galas desde un principio es en la decoración vegetal.
(fig. 1522) Virgen y santos, catedral de Sevilla
Luca es principalmente el
escultor de la Virgen adorando al Niño en tierra o sobre las piernas. De
temperamento mucho menos inquieto que Donatello, sólo parece gozarse en el lado
amable de la vida, prefiriendo representar figuras bellas y correctas en
actitudes elegantes y graciosas.
No obstante su entusiasmo por el
barro vidriado, no abandona el mármol ni el bronce. En el primero de esos
materiales esculpe una tribuna (1431) de la catedral de Florencia, cuya
comparación con la de Donatello pone bien de manifiesto el temperamento de uno y
otro. Los relieves robbianos nos presentan grupos de esbeltos muchachos que
cantan, hacen música y ríen (fig. 1523), pero incluso en las escenas más movidas
es la gracia de algunos de los más pequeños presenciada por los demás lo que
interesa al escultor y no, como a Donatello, el movimiento desenfrenado del
grupo.
(fig. 1523) Cantoría, catedral de Florencia
El mejor dotado de los sucesores
de Luca es su sobrino Andrea della Robbia (muerte 1525), a quien se deben los
tondos o medallones circulares de Niños, de la Casa de Misericordia de
Florencia.
SIGLO XV. OTROS ESCULTORES
CUATROCENTISTAS
Durante la segunda mitad del
siglo, el número de escultores es grande. Aunque ninguno es equiparable a
Donatello, son varios los capaces de crear obras, si no tan originales como las
anteriores, sí de gran belleza.
El de mayor personalidad es
Andrea Verrocchio (muerte 1488), que en sus obras capitales nos deja ver el
deseo de emular a Donatello. Tanto el David joven (1476) del Bargello (fig.
1524), como la estatua ecuestre del candottiere Colleone (fig. 1525), de Venecia
(1479), no pueden por menos de suscitar la comparación con las famosas estatuas
de aquél. Más inquieto y nervioso en el David, subraya en el Colleone la
expresión de energía del personaje. A él se debe también la Incredulidad de
Santo Tomás.
(fig. 1524) David joven
(fig. 1525) Candottiere Colleone, Venecia
Antonio Pollaiuolo (muerte 1498)
cultiva, sobre todo, la escultura funeraria, siendo de especial interés, como
precedente de sepulcros españoles, el de bronce de Sixto IV, en el Vaticano. Es
un túmulo en forma de pirámide truncada, de lados algo cóncavos con relieves de
las Virtudes y estatua yacente.
Agostino di Duccio (muerte 1481),
Desiderio de Settignano (muerte 1464), Mino de Fiésole (muerte 1484), los
Rosellino y Benedetto de Majano (muerte 1497), Laurana, etc., son escultores
ilustres, autores de imágenes deliciosas de la Virgen con el Niño, de bustos
donde resplandece toda la elegancia florentina, de lujosos sepulcros y ricos
conjuntos de escultura decorativa, en que continúa floreciendo el lado amable de
la fecunda personalidad de Donatello.
EL SIGLO XVI (CINQUECENTO).
MIGUEL ÁNGEL.
.—Ya nos hemos referido al Miguel
Ángel arquitecto y aún hemos de tratar de su obra pictórica, pero lo que él se
considera es escultor. No en vano escribe en una ocasión que no existe idea que
no pueda expresarse en un bloque de mármol: Non ha l'ottimo artista alcun
concetto, che un sol marmo in se non circonscriva. Si el paso de Miguel Ángel
por el campo de la arquitectura y de la pintura es decisivo para el destino de
ambas artes, en el de la escultura lo es aún más. No sólo todos los escultores
del siglo resultan a su lado, verdaderos pigmeos, sino que en su estilo se
encuentra ya todo el manierismo posterior a él, y en germen el estilo barroco.
Miguel Ángel, nacido en las
cercanías de Florencia, es hombre de mediano cuerpo, de movimientos rápidos,
ojos claros y perfil correcto, hasta que su condiscípulo Torrigiano se lo
quiebra en una disputa. De temperamento esencialmente poético, e incluso
altísimo poeta de arrebatos místicos, es de genio inclinado al pesimismo y a la
meditación y tiene la gran desgracia de que los continuos encargos no le
permitan dar cima al sepulcro de Julio II, la obra en que pone sus mayores
ilusiones y considera la empresa de su vida. Por otra parte, su profundo
patriotismo le hace sentir en el fondo de su alma las constantes desventuras de
su patria. Los gritos de dolor y desesperación abundan en sus cartas: Se si
potessi moriré de vergogna e di dolore io non sarei piu vivo, nos dice en una de
ellas. Y en otra escribe al pie de su escultura de la Noche de los amargos
versos:
Caro mi e'l sonno e piu l'esser
di sasso /
Mentre ch'l danno e la vergogna
dura /
Non verer, non sentir mi é gran
ventura.
En su edad madura la vida de
Miguel Ángel encuentra un remanso espiritual en el amor platónico que siente por
Victoria Colonna, la viuda del marqués de Pescara, de «cuyo divino espíritu
estaba enamorado», según permite escribir a su primer biógrafo. El recuerdo de
Victoria Colonna continúa inspirando sus poesías en los veinte años de su
prolongada vejez, posteriores a la muerte de aquélla, y en su creciente
misticismo llegará a deplorar el tiempo restado por el arte a la contemplación
de Dios.
El mundo soñado por Miguel Ángel
es un mundo de gigantes, de actitudes grandiosas, facciones perfectas y gestos
terribles, la terribilitá de los gestos que tanto celebran en Miguel Ángel sus
contemporáneos. El sentido de la grandiosidad que hemos visto apuntar en Nicolás
Pisano e inspirar la obra de Jacopo della Quercia y no pocas creaciones de
Donatello, se intensifica ahora en Miguel Ángel en proporciones insospechadas.
Su reacción frente al estilo amable y a las sonrisas femeninas e infantiles de
fin de siglo no es menos brusca que la de Bramante ante la graciosa decoración
cuatrocentista.
En sus criaturas, gigantescos
arquetipos humanos hijos de su exaltado idealismo, la vida late en todas partes
y su alma apasionada borra de los rostros toda expresión de superficialidad. En
los cuerpos la musculatura, cada vez más acusada, revela los largos años
dedicados por el artista al estudio de la anatomía y la honda impresión en él
producida por el grupo del laoconte, la obra maestra del barroquismo
helenístico, recién descubierta (1506). Los desnudos miguelangelescos están
dotados de una fuerza en tensión sin igual en la historia de la escultura. Los
músculos viven y pugnan por acusarse bajo la piel, y el cuerpo todo, rebosante
de dinamismo contenido, se revuelve sobre sí mismo, adoptando posiciones ricas
en movimiento. Las actitudes nuevas y grandiosas al servicio de ese ideal de
dinamismo son una de sus principales preocupaciones. En este afán de movimiento
recogido sobre sí mismo, como veremos, se encuentra sustancialmente todo el
manierismo posterior.
Miguel Ángel comienza su carrera
de escultor con un donatelliano, y desde muy joven estudia con empeño la
escultura clásica. Siendo todavía casi un niño, el propio Lorenzo el Magnífico
le enseña camafeos y medallas antiguas para educarle el gusto en las formas
clásicas, y una de sus mejores creaciones juveniles es el Cupido que entierra y
hace pasar por escultura antigua durante algún tiempo. La Batalla de los
Centauros (1493), (fig. 1526), tema clásico sugerido por Poliziano, el humanista
de Lorenzo el Magnifico, es, sin duda, su obra maestra de este período. Pero si
en las dos anteriores expresa sus preocupaciones por el mundo clásico, en la
Virgen de la escalera (1493 (fig. 1527) aparece dueño del arte del relieve de
tipo donatelliano.
(fig. 1526) Batalla de los Centauros
(fig. 1527) La Virgen de la escalera
El viaje a Bolonia en 1494, al
tener que abandonar Florencia a la caída de los Médicis, le permite conocer el
estilo de J. della Quercia, que deja en él profunda huella; al año siguiente
marcha a Roma, cerrando así su etapa florentina. En sus primeros años romanos,
en los que con la contemplación constante de la escultura antigua se perfecciona
su sentido clásico, esculpe la Piedad (fig. 1528) (1497). En ella, según él
mismo dice, representa a María «joven, más joven que el Hijo, para mostrarse
eternamente Virgen; mientras que el Hijo, incorporado a nuestra naturaleza
humana, debía aparecer como otro hombre cualquiera en sus despojos mortales». El
rostro de la Virgen es de una belleza perfecta y en el cuerpo de Jesús aún no se
advierte exageración anatómica alguna.
(fig. 1528) La piedad, San Pedro, Roma
La Virgen de Brujas, de hacia
1500, refleja las mismas preocupaciones estéticas, con la nota original de
presentar al Niño de pie en tierra. Poco después esculpe el David (1501 (fig.
1529), la obra culminante de su época juvenil. De tamaño colosal, nada ha
producido hasta ahora en el Renacimiento de actitud más grandiosa. Con el aire
clásico del Apolo del Belvedere, la obra más admirada por sus contemporáneos,
refleja ya en su rostro esa vida interior tan apasionada y característica de su
amor. El típico gesto de la terribilitá miguelangelesca es tan manifiesto en el
rostro, como en el cuerpo la preocupación por la musculatura.
(fig. 1529) David, Florencia
Al David sigue el primero de los
grandes conjuntos de la época romana. Julio II le encarga el magno monumento
sepulcral que desea hacerse construir en el crucero mismo de San Pedro. Miguel
Ángel marcha a Carrara y dirige el corte de bloques de mármol colosales; los
mármoles llegan a Roma y Miguel Ángel acaricia en su fantasía las gigantescas
estatuas que ha de esculpir. Este sueño es la gran ilusión de su vida. Lo
imagina rectangular, con cámara funeraria en el interior, estatuas en los
frentes y un profeta de remate en cada esquina (fig. 1530).
(fig. 1530) Proyectos monumento sepulcral de Julio II
Pocos años después (1512) se ve
obligado a disminuir las proporciones del proyecto. Ya tendrá que ser adosado,
aunque todavía muy grande. Pero los años continúan transcurriendo y los encargos
no le dejan avanzar en la obra. El propio Julio II le obliga a interrumpirlo
para que pinte la capilla Sixtina. Además, la nueva empresa pictórica transforma
su estilo. En ella adquieren forma definida sus grandes gestos terribles, sus
actitudes violentas; en suma, su arte se enriquece considerablemente, y se carga
aún más de dramatismo. Y, por otra parte, a poco de encomendársele el sepulcro
se descubre el Laoconte (1506), que era conocido por las descripciones de Plinio.
El entusiasmo de las gentes es extraordinario, y el efecto producido en Miguel
Ángel, profundo. El Pontífice lo adquiere, y a la serenidad del Apolo del
Belvedere viene a agregarse, con el prestigio y la fuerza ejemplar de un
monumento clásico, el movimiento, el dolor, el retorcerse las formas, el intenso
claroscuro de la vigorosa musculatura, es decir, los valores presentidos por el
artista florentino. Los años continúan pasando y, al cumplirse los cuarenta del
encargo, escribe: io mi trovo auer perduto tuta la mia giovinezza legato a
questa sepoltura. Muy poco después, en 1547, muerto el Pontífice que se lo
encomendara, el viejo artista ve reducida la empresa de su vida a un modesto
monumento en forma de fachada (fig. 1531), en la iglesia de San Pedro in Vincoli,
con Moisés (1513), el único profeta que llega a terminar, en el centro, y las
estatuas de Lía, o la vida activa, y Raquel, o la vida contemplativa, a los
lados.
(fig. 1531) Monumento sepulcral de Julio II
En el Moisés (fig. 1532),
representado en el momento de contempla r la adoración del becerro de oro, la
impresión del movimiento contenido del David alcanza extremos aún superiores.
Ninguna escultura le aventaja en grandiosidad.
(fig. 1532) Moisés
De las figuras laterales sólo
termina los Esclavos, del Louvre (1513), dejándonos otros comenzados a
desbastar. El propio Condivi, que escribe su biografía en vida del maestro,
mientras nos dice en una ocasión que representan las Artes liberales, en otras
los cita como las Virtudes encadenadas a la muerte de Julio II, por no existir
ya quien las defienda. Si en el Moisés Miguel Ángel representa todo el noble
arrebato del conductor de un pueblo que se levanta contra la idolatría, en los
gigantescos desnudos nos expresa todo el dolor de su anhelo artístico encadenado
por el destino adverso, o, lo que es lo mismo, el drama interior de su vida.
Los sepulcros de los Médicis (fig.
1533), en San Lorenzo de Florencia (1521), encargados por Clemente VII, son la
otra gran empresa escultórica de su vida, a que tampoco puede dar cima, y que, a
su vez, le impiden terminar el sepulcro de Julio II. En su origen deben
dedicarse a Cosme y a Lorenzo el Magnífico, y a los Médicis que ocupan el solio
pontificio, pero al fin sólo ejecuta los de otros dos miembros de la familia por
los que no puede sentir gran entusiasmo: Julián y Lorenzo de Médicis, hermano y
sobrino, respectivamente, de León X. Los presenta sentados: a Lorenzo, como
escribe el Vasari, pensativo, Pensieroso, y a Julián, «de perfil divino», según
el mismo biógrafo, en actitud arrogante. Recostados a sus pies sobre las tumbas,
forman pareja las figuras alegóricas de la Aurora y el Crepúsculo, el Día y la
Noche, espléndidos estudios de desnudo y movimiento, en contrapuestas actitudes,
ya que el Día muestra la espalda y la Noche el frente.
(fig. 1533) Sepulcros de los Médicis, Julián y Lorenzo
El final de su carrera de
escultor está representado por dos temas dolorosos: la Piedad, de la catedral de
Florencia (1550), que deja sin concluir, y la del palacio Rondanini (1564), que
sólo se encuentra comenzada (Museo de Milán (fig. 1534). Los tiempos henchidos
de entusiasmo por la belleza clásica de la Piedad del Vaticano están ya muy
lejos. Han transcurrido muchos años cargados de desilusiones. El artista, en sus
arrebatos místicos de la vejez, sólo quiere pensar en el espíritu, y en esas dos
figuras del grupo Rondanini es eso lo que quiere expresarnos: espíritu y dolor,
y no bellezas corporales.
(fig. 1534) Piedad de la catedral de Florencia y Piedad del
palacio Rondanini
Así termina su vejez el escultor
que en su mocedad había esculpido una bellísima estatua de Cupido que sus
contemporáneos toman por obra de un escultor pagano.
EL SIGLO XVI (CINQUECENTO). OTROS
ESCULTORES
Los restantes escultores
italianos quedan, naturalmente, oscurecidos por el genio de Miguel Ángel. Varios
de ellos, sin embargo, dejan alguna obra famosa. Andrés Sansovino, algo mayor
que Miguel Ángel, emplea un estilo muy clásico, pero un tanto frío, y es el
autor del Sepulcro del Cardenal Sforza (fig. 1535) en Roma.
(fig. 1535) Sepulcro del Cardenal Sforza
Su discípulo, Jacobo Sansovino
(muerte 1570), a quien ya conocemos como arquitecto, es el difundidor del estilo
miguelangelesco en Venecia, donde trabaja principalmente, aunque su obra más
bella es el Baco, que esculpe en su época florentina. Benvenuto Cellini (muerte
1571), orfebre famoso, cuya célebre autobiografía es obra literaria de primera
calidad, es el autor de Perseo con la cabeza de Medusa (fig. 1536), en que
simboliza el triunfo de los Médicis sobre la República florentina.
(fig. 1536) Perseo con la cabeza de Medusa
Al francés Juan de Bolonia
(muerte 1608), de Boulogne de Francia, que también es un gran maestro en el arte
de fundir, se debe la popular estatua de bronce de Mercurio elevándose en los
cielos con el caduceo, y Rapto de las Sabinas (fig. 1537). Obra suya es la
estatua ecuestre de Felipe III, de la Plaza Mayor de Madrid, fundida después de
muerto el artista (fig. 1538).
(fig. 1537) Rapto de las Sabinas
(fig. 1538) Estatua ecuestre de Felipe III, de la Plaza Mayor de
Madrid
Grandes fundidores en bronce y de
particular interés para nosotros, por haber trabajado principalmente para Felipe
II, son los escultores León Leoni (muerte 1590) y su hijo Pompeyo Leoni,
naturales de Arezzo, en Toscana, y establecidos en Milán. Pompeyo pasa casi toda
su vida en Castilla, y a ellos me referiré al tratar de la escultura española.
FRANCIA: COLOMBE
.—En Francia la escultura del
Renacimiento no alcanza seguramente el amplio desarrollo que en España, pero si
se tiene presente la devastación de templos durante la Revolución y la presencia
de escultores franceses en la Península, es muy probable que su importancia sea
mayor de lo que a primera vista permiten suponer los monumentos conservados.
Durante la primera etapa
renacentista, la escuela más vigorosa radica en Troyes, y su cabeza es el
escultor Miguel Colombe (muerte 1512), en cuyas encantadoras estatuas de la
Virgen y en las de su escuela, se funde en forma admirable la gracia de los
últimos días del cuatrocentismo florentino con el sentido francés de lo
femenino. A Colombe se debe el rico sepulcro de Francisco de Bretaña con las
estatuas de las "Virtudes en los ángulos (fig. 1539).
(fig. 539) Sepulcro de Francisco de Bretaña
Como en España, no faltan
italianos establecidos en el país, descollando entre ellos la familia florentina
de los Giusti, que conserva su vitalidad artística en Francia durante varias
generaciones. A ellos se debe el hermoso sepulcro de Luis XII, en San Dionisio,
en forma de templete de dos plantas, con las estatuas orantes en la superior y
las yacentes en la baja (fig. 1540).
(fig. 1540) Sepulcro de Luis XII
FRANCIA: GOUJON
Pero cuando la escultura francesa
del Renacimiento desarrolla su máxima personalidad es en la etapa siguiente,
durante la que, al contrario de lo que sucede en España, se aceptan con
entusiasmo los temas paganos, contribuyéndose así a la formación del futuro arte
francés. La personalidad más insigne es Juan Goujon, al servicio de la corte.
Decidido entusiasta del mundo antiguo, es en ella el gran difundidor de las
formas clásicas y de los temas paganos. A él se deben las hermosas cariátides de
mármol que sostienen la tribuna de los músicos del gran salón de baile del
Louvre (fig. 1541), y los bellos relieves de las Ninfas (fig. 1542) de la fuente
de los Inocentes (1550).
(fig. 1541) Cariátides tribuna de los músicos del Louvre
(fig. 1542) Relieves de las Ninfas de la fuente de los Inocentes
Tanto en aquéllas como en éstos,
los hermosos cuerpos femeninos viven bajo paños plegados a la romana, con un
sentido netamente clásico. Pero donde el paganismo se refleja de manera más
patente es en el elegante retrato de Diana de Poitiers, la favorita de Enrique
II, representada como la diosa de la caza, de cuerpo entero, desnuda y recostada
sobre un ciervo (fig. 1543). Vivo reflejo del tono renacentista de la escuela de
Fontainebleau, por su belleza y por sus proporciones, este retrato es uno de los
ejemplos más antiguos e importantes del tipo mitológico que, como veremos, hará
fortuna en el barroco francés.
(fig. 1543) Diana cazadora de Poitiers
Germán Pilón (muerte 1590) es
autor también de obras importantes, donde el amor al desnudo y a la belleza
femenina resplandecen. Para el monumento funerario de Enrique II esculpe el
bello grupo de las Tres Gracias (fig. 1544), hoy en el Museo del Louvre, que los
religiosos encargados de su custodia consideran de las tres Virtudes.
(fig. 1544) Las Tres Gracias del monumento funerario de Enrique
II.
CAPÍTULO XXIII
ESCULTURA DEL
RENACIMIENTO EN ESPAÑA
LA POLICROMÍA
EL PRIMER TERCIO DEL SIGLO.
ESCULTORES ITALIANOS: FANCELLI Y TORRIGIANO. OBRAS IMPORTADAS
VASCO DE LA ZARZA, FELIPE VIGARNI
Y PERRIN
ARAGÓN: MORLANES, FORMENT Y YOLY.
CATALUÑA
LA ESCULTURA CASTELLANA DEL
SEGUNDO TERCIO DEL SIGLO. ORDÓÑEZ Y SILOE
ALONSO BERRUGUETE
JUAN DE JUNI. OTROS ESCULTORES
EL ÚLTIMO TERCIO DEL SIGLO:
BECERRA Y ANCHETA
LA POLICROMÍA
.—Durante el primer tercio del
siglo XVI los escultores españoles abandonan el estilo gótico y se entregan con
entusiasmo a las formas renacentistas. Algunos marchan a Italia, pero a la
difusión del nuevo estilo contribuyen también artistas italianos y franceses,
que, atraídos por la prosperidad económica y política, realizan obras
importantes o afincan definitivamente en nuestro país.
Pasados los primeros momentos, la
sensibilidad española se recobra y, partiendo de las formas recibidas de la
vecina península, no tarda en producirse un estilo renacentista intensamente
expresivo y original. Se emplean el mármol y el bronce en los monumentos
funerarios, pero fuera de ellos, nuestros escultores continúan aferrados, como
los del período gótico, al uso de la madera policromada, y gracias a ese
material y a ese procedimiento, el gusto por lo dramático y por la riqueza, tan
propio de nuestra manera de ser, puede manifestarse plenamente y sin gran
esfuerzo. La escultura de madera policromada renacentista aspira a producir el
efecto de riqueza deslumbrante de una gigantesca obra de orfebrería y la ilusión
de vida real de una representación de teatro. El color no se da directamente
sobre la madera, sino sobre una primera capa de yeso. En la parte
correspondiente a los ropajes, y es la técnica llamada del estofado, se aplican,
además, los panes de oro. Para incrementar la riqueza del estofado se raya en la
capa de color dada sobre el oro el dibujo deseado, y, al dejar descubierto ese
fondo de oro, se obtiene una primera decoración general de tipo esgrafiado.
Sobre el resto de la capa de color puede pintarse una segunda decoración. La
parte de policromía de rostros, manos y desnudos es el encarnado.
Este tipo de policromía, como es
natural, hace que no sea el escultor, sino el pintor, quien termine la obra, con
los naturales inconvenientes que de ello se derivan. Y esto explica que el
escultor del siglo XVII Martínez Montañés, insista textualmente al contratar una
de sus obras en que los «rostros y carnes de las figuras... se han de aparejar
—es decir, prepararlas para recibir el color— con tanto primor y curiosidad que
parezca que no se han hecho el tal aparejo, sino que está como cuando salió de
las manos del escultor», para «que no encubra ninguna cosa del primor con que
está acabada la obra».
La técnica de la policromía en
madera, como veremos, sigue cultivándose por nuestros escultores barrocos. El
tratado antiguo sobre la materia es el contenido en los capítulos que le dedica
en su libro Arte de la Pintura el pintor sevillano de fines del siglo XVI y
principios del XVII Francisco Pacheco.
EL PRIMER TERCIO DEL SIGLO XV.
ESCULTORES ITALIANOS: FANCELLI Y TORRIGIANO. OBRAS IMPORTADAS
.—Los comienzos de la escultura
italiana cuatrocentista no tardan en ser conocidos en España, pues todavía en
vida de Ghiberti, Giuliano de Poggibonsi, a quien se llama en Valencia Julián
Florentino, esculpe en la catedral de la ciudad levantina toda una serie de
relieves (1417) influidos por el estilo de aquél. Pero, en realidad, es
necesario esperar hasta fines de siglo para que la escultura renacentista se
difunda en nuestro país. A la cabeza de quienes la introducen figura, tanto por
su renombre como por lo temprano de la fecha en que, según sus biógrafos, viene
a la Península, Andrea Sansovino. El Vasari nos dice que pasa su juventud en
Portugal y que se encuentra ya de vuelta en Italia antes de terminar el siglo.
Es posible que sea el Andrea Florentino que se cita interviniendo en la catedral
de Toledo, pero el hecho es que no conocemos ninguna obra suya segura labrada en
España. Con él se ha querido relacionar el Sepulcro del Gran Cardenal Mendoza
(1495- 1503) (fig. 1545), el magnífico mecenas del Renacimiento en España, en la
catedral de Toledo. Cierra uno de los lados de la capilla mayor, y mientras
presenta en el frente interior el sarcófago con la estatua yacente del cardenal,
en el exterior forma un retablo con el relieve del cardenal arrodillado ante
Santa Elena, bajo la protección de San Pedro.
(fig. 1545) Sepulcro del Cardenal Mendoza
El principal propagador del nuevo
estilo, o, al menos, el de labor más conocida, es Micer Domenico Alessandro
Fancelli de Settignano (muerte 1519), que trabaja para los Reyes Católicos y las
personas más allegadas a su corte. Con escaso tiempo de diferencia, emprende sus
dos primeras obras conocidas: el sepulcro del arzobispo de Sevilla, don Diego
Hurtado de Mendoza (1509), sobrino del Gran Cardenal, y la tumba del príncipe
don Juan (1511 (fig. 1546), en Santo Tomás de Ávila. El sepulcro sevillano, que
es un arco rehundido en el muro con la estatua yacente sobre el sarcófago,
estatuillas y relieves, parece derivar en su composición general del de Paulo II
por Mino da Fiésole y Giovanni Dálmata en el Vaticano.
El del príncipe adopta, en
cambio, el tipo de túmulo. La novedad respecto de los modelos medievales se debe
a la inclinación de sus frentes, que hace pensar en el de bronce de Sixto IV,
por Antonio Pollaiuolo, y que se encuentran decorados con grandes «tondos» o
círculos, figuras entronizadas, trofeos y guirnaldas, todo ello de muy bajo
relieve. La esbelta figura del príncipe que yace sobre el lecho mortuorio se
adapta a la envolvente general del sepulcro.
(fig. 1546) Tumba del príncipe don Juan del mismo tipo, pero más
lujoso, es de los Reyes Católicos de la Capilla Real de Granada (1517) (fig.
1547).
(fig. 1547) Sepulcro de los Reyes Católicos de la Capilla Real de
Granada
Poco antes de morir recibe el
encargo de labrar el de Cisneros (fig. 1548), pero escasamente llega a trazarlo.
Como veremos, es en lo fundamental obra de Bartolomé Ordóñez. Fancelli, típico
representante del gracioso arte florentino de fines del XV, tal vez formado en
el círculo de Mino da Fiésole, más que un gran escultor con personalidad en su
patria es, sobre todo, un excelente decorador.
(fig. 1548) Sepulcro del cardenal Cisneros
Su compatriota, el florentino
Pietro Torrigiano, es, por su vida borrascosa, una de las figuras más
representativas del Renacimiento. Condiscípulo de Miguel Ángel, el desgraciado
escultor tiene la mala suerte de chocar en violento altercado con él, hasta el
punto de llegar a golpearle. Torrigiano abandona Florencia, y, después de hacer
vida de soldado durante algún tiempo en Italia, aparece en Londres esculpiendo
el sepulcro de Enrique VII y su mujer (fig. 1549), en la Abadía de Westminster.
(fig. 1549) Sepulcro de Enrique VII y su mujer en la Abadía de
Westminster
Con su intranquilidad
característica se ausenta de la corte inglesa y le encontramos en Sevilla
(1521), donde pocos años después retrata a la emperatriz Isabel con ocasión de
su boda. De creer al Vasari, su fin no puede ser más trágico, pues habiéndole
discutido el duque de Arcos el precio de una estatua de la Virgen, enojado el
artista, destruye violentamente la imagen, dando lugar a que intervenga la
Inquisición, en cuyas cárceles se deja morir de hambre. Su obra maestra en
nuestro país es el San Jerónimo (fig. 1550) del Museo de Sevilla. De barro
cocido, el material tan en boga en la ciudad andaluza desde el siglo XV, en él
nos ha dejado Torrigiano tal vez la versión más perfecta en la escultura
italiana de un cuerpo de anciano. La anatomía está exquisitamente estudiada, y
la figura toda, compuesta con ponderación admirable. Pesé al fogoso temperamento
del artista, la expresión de la imagen no refleja el apasionamiento de su autor.
(fig. 1550) San Jerónimo, Museo de Sevilla
La otra obra que de él
conservamos es la Virgen sentada con el Niño, también de barro cocido y en el
mismo museo (fig. 1551). De prestancia cinquecentista, tampoco deja sentir la
vehemencia que arruinara la vida de su autor.
(fig. 1551) Virgen sentada con el Niño, Museo de Sevilla
El tercer maestro italiano
importante de este primer período de la escultura renacentista en España es
Jacobo Florentino, el Indaco (muerte 1526), que aparece trabajando en Granada
después de la muerte de Fancelli, coincidiendo con la presencia de Torrigiano en
Sevilla. A él se atribuye el hermoso grupo del Santo Entierro (fig. 1552) de
Granada, en una de cuyas figuras —uno de los Santos Varones— es manifiesta la
influencia del Laoconte.
(fig. 1552) Grupo del Santo Entierro de Granada
Simultáneamente con la actuación
de estos artistas se importan obras de Italia desde fecha bastante remota.
Figuran entre ellas relieves y aun retablos de cerámica vidriada robbianos, tan
importantes como los de la catedral de Sevilla y del Museo Arqueológico
Nacional, y, sobre todo, grandes sepulcros de mármol labrados en la costa
genovesa, en los talleres de los Gazini y de los Aprili, y transportados por
mar. Para Sevilla se esculpen varios. Los de los padres del primer marqués de
Tarifa (1524), encargados por éste a su paso por Génova, de regreso de Tierra
Santa, que se encuentran en la iglesia de la Universidad, son del mismo tipo de
arco rehundido del de Hurtado de Mendoza, de Fancelli, pero con largos relieves
en el fondo. Están firmados en Genova, el uno por Pace Gazini y el otro por
Antonio María Aprile de Carona. El gran monumento sepulcral del Marqués de
Ayamonte (1525) (fig. 1553), que hace para San Francisco, de Sevilla, se
encuentra hoy en San Lorenzo, de Compostela.
(fig. 1553) Monumento sepulcral del Marqués de Ayamonte
Pero la importación de estos
grandes monumentos marmóreos no se reduce a las ciudades accesibles por vía
marítima. En Bellpuig, en la provincia de Lérida, se conserva el no menos
valioso del virrey de Nápoles Ramón de Cardona (1524 (fig. 1554), obra del
napolitano Giovanni da Nola.
(fig. 1554) Tumba de Ramón de Cardona, Virrey de Nápoles
y hasta que fue destruido, en
1936, existió en Toledo el del obispo de Ávila (1526) debido a los Aprili, Giov.
Antonio y P. A. Bernardino. También de grandes proporciones y rehundido en el
muro, era, sin embargo, de tipo bastante diferente a los anteriores.
VASCO DE LA ZARZA, FELIPE VIGARNI
Y PERRIN
.—Al lado de estos escultores
italianos renacentistas que trabajan en España, y de estas obras importadas,
antes de que termine el primer tercio del siglo, es preciso citar a los
españoles Vasco de la Zarza y Bartolomé Ordóñez y al francés Vigami.
Vasco de la Zarza (muerte 1524),
que trabaja en Ávila y Toledo, se mantiene dentro de los límites estilísticos
cuatrocentistas, como Fancelli, y como él, es, sobre todo, un decorador. A este
aspecto decorativo se reduce, en efecto, su intervención en el retablo mayor de
Ávila, en los primeros años del siglo, donde aplica sus nerviosas
ornamentaciones renacentistas a una estructura gótica. Pero sus obras
principales son los monumentos funerarios. El de don Alonso Carrillo, de la
catedral de Toledo, obedece al tipo ya comentado de gran arco rehundido en el
muro con la estatua yacente del difunto sobre el sarcófago, coronado por ancho
entablamiento y flanqueado por ricas columnas.
Su obra de más empeño y la que
llena los últimos años de su corta carrera conocida es la decoración del
trasaltar mayor (1518) y los altares del crucero (1521-1524) de la catedral de
Ávila, que no termina De la Zarza, cubre los muros interiores de la giróla
abulense con grandes paños de rica ornamentación renacentista, encuadrados por
sencillas portadas y con relieves de los Evangelistas en medallones. En el gran
paño central dedicado al sepulcro del Tostado (fig. 1555) don Alonso de
Madrigal, la estatua del difunto, que aparece escribiendo, es completamente
exenta, y la escena del gran medallón, casi de bulto redondo. Completan la
decoración escultórica del sepulcro las figuras alegóricas de las Virtudes.
(fig. 1555) Sepulcro de Alonso de Madrigal
Obra de Zarza es también el
sepulcro de doña María Dávila (muerte 1511) en el convento de las Gordillas, de
Ávila, y a él se atribuyen, además, los restos del sepulcro del tesorero Núñez
de Arnalte, en Santo Tomás, de la misma población. Zarza forma escuela en Ávila,
pudiendo recordarse entre sus discípulos y colaboradores a Juan Arévalo, Lucas
Giraldo y Juan Rodríguez, este último uno de los decoradores de la capilla mayor
de la iglesia del Parral, de Segovia (1518).
Aunque la actividad del burgalés
Bartolomé Ordóñez (muerte 1520), que muere joven, corresponde a estos mismos
años, como su estilo renacentista es más avanzado, es preferible estudiarlo al
comienzo de la etapa siguiente.
No sucede lo mismo al borgoñés
Felipe Biguerny (muerte 1543), conocido en Castilla con el nombre de Vigarni. Su
labor llena medio siglo, y aunque la segunda parte de su carrera delata su deseo
de incorporarse a las nuevas modas renacentistas, la parte más valiosa de su
producción corresponde a este primer período. Establecido en Burgos, donde
organiza un taller muy activo, trabaja para toda Castilla la Vieja hasta los
últimos años de su vida, en los que, para atender a la obra de la sillería del
coro de la catedral de Toledo, se traslada a esta población. Cuando aparece en
Burgos, lo vemos esculpiendo los grandes relieves en piedra (fig. 1556) de la
giróla de la catedral (1498- 1513), en el más antiguo de los cuales, que es el
del Camino del Calvario, emplea ya en los fondos formas arquitectónicas
renacentistas.
(fig. 1556) Camino del Calvario
El estilo de estos relieves
descubre a un artista formado en el círculo de Tours, con fina sensibilidad para
interpretar los ropajes y cierta rigidez mantegnesca en las actitudes y en las
agrupaciones. Sus amplios fondos de paisaje de elevada línea de horizonte, con
su sentido eminentemente pintoresco, nos dejan ver la influencia del gótico de
los últimos tiempos.
Pero Vigarni no se contenta con
seguir expresándose en el estilo cuatrocentista, y, al mediar la tercera década,
comienza a transformarse. En el retablo mayor de la Capilla Real de Granada
(1520 (fig. 1557) los personajes pierden la ingenuidad cuatrocentista de sus
obras burgalesas, se hacen más grandiosos y movidos, y ganan en dramatismo,
probablemente por sugestión de Berruguete.
(fig. 1557) Retablo mayor de la Capilla Real de Granada
Dedicado a los Santos Juanes,
además de las escenas de los encasamientos centrales, son muy interesantes los
bajos relieves del banco, donde se representa la Entrega de la ciudad (fig.
1558) y el Bautismo de los moriscos. Las estatuas orantes de los Reyes Católicos
que flanquean el retablo, son, al parecer, de Diego Siloe; las esculpidas por
Vigarni se encuentran hoy en la sacristía de la Capilla.
(fig. 1558) Entrega de Granada y Bautismo de los moriscos
Otro gran retablo, inmediatamente
posterior, es el de la Capilla del Condestable (1523-1525), de la catedral de
Burgos, que hace a medias con Diego Siloe. La división del trabajo entre los dos
artistas alcanza incluso a la gran historia central de la Presentación, donde se
cree que Vigarni ejecuta las esculturas del gran sacerdote y de la profetisa Ana
a la derecha, y Siloe el grupo de la izquierda.
La obra más representativa de su
esfuerzo por incorporarse a las nuevas modas estilísticas es la ya citada
sillería de la catedral de Toledo (1538-1543). En sus numerosos relieves se
advierte cómo seduce al viejo escultor el afán de movimiento de la nueva
generación, pero es incapaz de asimilarlo. El encargo de la mitad de la sillería
es, sin duda, un reconocimiento a la fama del anciano maestro, pero su arte ha
pasado ya de moda; sus relieves resultan arcaizantes frente a los de su nuevo
copartícipe, que es ahora Alonso Berruguete, de quien se tratará más adelante.
De origen francés es también
Miguel Perrin, que inicia su carrera en Sevilla, por los mismos años en que
trabaja Torrigiano y se importan los lujosos sepulcros de mármol de los Aprili y
los Gazini. Como en el caso de Vigarni, sus obras principales, las que realmente
representan una novedad, corresponden a esta etapa estilística, aunque las
conocidas apenas remontan más allá del año 1520. Él es el autor de los grandes
relieves de la Adoración de los Reyes y de la entrada de Jesús en Jerusalén (fig.
1559), y de las estatuas de las dos portadas orientales de la catedral, todo
ello de barro cocido, según la tradición sevillana.
(fig. 1559) Entrada de Jesús en Jerusalén, catedral de Sevilla
Como en el caso de Vigarni, los
fondos del paisaje delatan el lastre gótico de su origen nórdico. Algunas de sus
figuras nos hablan de su formación, al menos en gran parte, francesa. A Perrin
se deben, además, el relieve y las estatuas de la Puerta del Perdón de la misma
catedral (1519) y una Quinta Angustia (1529) en la de Santiago de Compostela.
ARAGÓN: MORLANES, FORMENT Y YOLY.
CATALUÑA
.—A esta etapa del primer tercio
del siglo corresponde también la actuación de los principales escultores
renacentistas que trabajan en Aragón. No obstante las viejas e intensas
relaciones de la monarquía aragonesa con Italia, no se establecen en ella
artistas de ese origen, como los arriba citados, y la única obra traída de la
vecina península es el sepulcro de Bellpuig, en Lérida.
Los comienzos de la escultura
renacentista aragonesa están representados por Morlanes el Viejo, cuya obra más
fidedigna es el retablo de Montearagón (1506-1512), en la catedral de Huesca.
Pero el verdadero creador de la escuela es el valenciano Damián Forment (muerte
1540), cuya labor es extensa, y, como es corriente en artistas a quienes se pide
más de lo que pueden producir, en no pequeña parte de taller.
Forment inicia su carrera
conocida con las esculturas del retablo de la Colegiata de Gandía (1501-1507);
pero su primera obra importante es el retablo mayor del Pilar de Zaragoza (1509
(fig. 1560), comenzado (1484) por Gilbert. La impresión de conjunto es la de un
retablo gótico, y gótica es, en efecto, toda su parte arquitectónica. El deseo
de emular al de la Seo ya es explícito en el contrato, y la propia obra nos lo
confirma. La distribución es la misma. El bancal, compuesto de siete casas con
escenas del Nuevo Testamento en relieve, el sotabanco y dos grandes estatuas
laterales, forman el cuerpo inferior; sobre él, tres grandes calles, la central
mucho más alta para dar espacio a la claraboya del típico sagrario aragonés, con
escenas cubiertas por amplios doseles o chambranas, constituyen el cuerpo
principal. Las laterales figuran la Presentación y el Nacimiento, mientras la
central nos muestra a María con los apóstoles en primer término, interpretada
con tan notable grandiosidad que hace pensar en el pleno Renacimiento. En las
escenas del banco, los fondos arquitectónicos son renacentistas. Los retratos
del escultor y de su esposa, en sendos medallones, decoran el banco.
(fig. 1560) Retablo mayor del Pilar de Zaragoza
La claridad de la composición del
cuerpo principal del retablo del Pilar, con sus tres amplias calles, disminuye
considerablemente, en cambio, en el de la iglesia de San Pablo (1511-1517), al
multiplicarse aquéllas hasta cinco. En el de San Miguel de los Navarros (1519)
la traza varía ya por completo, tal vez por deberse a otro artista. Las
composiciones, antes amontonadas en estrechas casas góticas, se desarrollan
ahora en amplios escenarios apaisados.
El prestigio del retablo gótico
de la Seo, aumentado, además, por el ejemplo del retablo del Pilar, es, sin
embargo, demasiado grande para que, al encargársele poco después el de la
catedral de Huesca, la hojarasca del «estilo moderno» no encuadre de nuevo sus
figuras. Salvo en el banco, donde el artista vuelve a retratarse, en este caso
con su hija, la distribución es idéntica a la del retablo del Pilar. Su cuerpo
principal está dedicado a las tres grandes escenas del Cristo con la Cruz, el
Calvario (fig. 1561) y el Descendimiento.
(fig. 1561) Calvario, Catedral de Huesca
En la última parte de su vida,
Forment esculpe el magno retablo de Poblet (1527-1529), cuyo estilo denota ya,
en lo arquitectónico, un manifiesto cambio de rumbo artístico. El gótico
desaparece, y tanto las escenas en relieve como las estatuas sorprenden por su
mayor clasicismo, como contagiadas por el estilo renacentista de su
arquitectura.
En el de Santo Domingo de la
Calzada (1538), del que Forment labra una gran parte, vemos la típica claraboya
aragonesa de la custodia como apresada en una organización renacentista extraña.
El barroquismo con que las numerosas figuras de los encasamientos se desbordan
por las entrecalles, nos habla del estilo más avanzado de la escultura
castellana.
Tampoco es hijo de la tierra el
segundo maestro del Renacimiento aragonés. Gabriel Yoly (muerte 1538), que así
se españoliza su nombre, es francés. Aparece trabajando en nuestro país algunos
años después de Forment, pero muere hacia la misma fecha. Se le ha atribuido la
estatua de San Miguel (1519), del retablo del santo ya citado, y el retablo de
San Agustín, de la Seo de Zaragoza (1520), donde la arquitectura es también del
romano, y la escultura nos lo muestra más comedido en la expresión que Forment.
La última parte de su vida transcurre en Teruel, donde esculpe el retablo mayor
(1536) de la catedral, cuya gran escena de la Asunción se encuentra influida por
el retablo de Forment en el Pilar (fig. 1562). Sus numerosos relieves revelan
gracia y vida en el arte de componer y gran dominio de la técnica de la
escultura en madera.
(fig. 1562) Retablo catedral de Teruel
El tercer gran maestro de la
escuela parece haber sido Morlanes el Mozo, muerto ya a mediados de siglo, que
termina la portada de Santa Engracia, de Zaragoza. Obra de más fama que calidad
es, por último, la de los relieves de la sillería de la catedral del Pilar,
debidos a los escultores Obray y Lobato.
En Cataluña, donde hemos visto
trabajar a Forment en el retablo de Poblet, el principal escultor es el vasco
Martín Diez de Liatzasolo, que se establece en Barcelona al comenzar el segundo
tercio del siglo. Sus obras principales son el Tránsito de la Virgen, del Museo
de Barcelona, y el Entierro de Cristo, de la iglesia de Tarrasa (1539).
LA ESCULTURA CASTELLANA DEL
SEGUNDO TERCIO DEL SIGLO. ORDÓÑEZ Y SILOE
.—La escultura castellana de esta
nueva etapa del Renacimiento se distingue por abandonar el estilo
cuatrocentista, dominante en el primer tercio del siglo, y mostrarse cada vez
más influido por el dramatismo miguelangelesco.
Aunque la verdadera capital de la
escultura castellana radica ahora en Valladolid, preciso es citar a la cabeza de
los propagadores del nuevo estilo a los burgaleses Bartolomé Ordóñez y Diego
Siloe, que estudian en Italia. Ordóñez (muerte 1520) es un escultor de primer
orden, que, desgraciadamente, muere joven. El es, probablemente, el primero que
de una manera franca emplea las formas miguelangelescas. Las primeras noticias
que de él tenemos le presentan en Nápoles esculpiendo, en unión de su paisano
Diego Siloe, el retablo de mármol de San Giovanni a Carbonara, donde, al
parecer, se le debe el gran relieve de la Adoración de los Reyes. Dos años más
tarde se encuentra ya en Barcelona trabajando, también en unión de su paisano,
en el trascoro y en la sillería de la catedral. En los bellísimos relieves de
mármol de aquél, dedicados a la vida de Santa Eulalia, y en los de madera de la
sillería, de carácter más decorativo, nos dice cómo sabe fundir los gestos
terribles miguelangelescos con no pocos recuerdos donatellianos, inspirados por
una gracia todavía típicamente cuatrocentista. Entre los relieves de la sillería
merece destacarse el del Entierro de Cristo, digno de Donatello, y entre los del
trascoro, el de Santa Eulalia (fig. 1563) ante el magistrado.
(fig. 1563) Relieve de de Santa Eulalia, Catedral de Barcelona
Colabora con Ordóñez en el coro
barcelonés, entre otros, el escultor de Metz, Juan Monet, uno de los principales
introductores del Renacimiento en Bélgica y Holanda, donde goza de gran fama.
El deseo de adelantar la
ejecución de estos relieves y de varios monumentos sepulcrales decide a Ordóñez
a trasladarse a Carrara, donde muere poco después. El más importante de estos
últimos es el de Don Felipe y Doña Juana (fig. 1564), de la Capilla Real de
Granada, en que emplea el tipo tumular de frentes verticales y no inclinados,
como los de Fancelli. Agrega al modelo de éste una urna con las estatuas
yacentes de los monarcas; es decir, un segundo cuerpo, que rompe con la
simplicidad del de los Reyes Católicos, en la misma capilla. Lo decoran relieves
tan bellamente compuestos como los de Barcelona.
(fig. 1564) Relieve sepulcral de Don Felipe y Doña Juana, Granada
Aunque no llega a terminarlo,
también es obra de primer orden de nuestro Renacimiento el sepulcro del Cardenal
Cisneros (fig. 1565), de Alcalá de Henares, muy dañado en la guerra civil. Como
obra de bulto redondo, merece recordarse la Virgen con el Niño, de la catedral
de Zamora.
(fig. 1565) Sepulcro del Cardenal Cisneros, de Alcalá de Henares,
Escultor también de muchos
quilates es su compañero Diego Siloe (muerte 1563). Aunque su vida es larga,
como abandona la escultura en plena juventud, al marchar como arquitecto a
Granada (1528), su labor escultórica es muy reducida. Ya hemos visto corno
colabora en Nápoles y Barcelona con Ordóñez. En Burgos, además de la decoración
de la Escalera Dorada de la catedral, ejecuta con Vigarni el retablo mayor
(1523) de la capilla del Condestable, donde, además del grupo de la
Presentación, esculpe en el banco la Visitación. El Cristo muerto y el San
Jerónimo penitente de los retablos laterales de la misma capilla ponen bien de
manifiesto sus dotes de escultor. Pero, aparte de estas obras de la catedral
burgalesa, existen otras importantes en diversas partes de Castilla. Sirvan de
ejemplo el sepulcro de frentes cóncavos en talud del patriarca Fonseca, de Santa
Úrsula, de Salamanca, y el bello relieve del Bautista del Museo de Valladolid (fig.
1566).
(fig. 1566). Relieve del Bautista del Museo de Valladolid
No obstante que en Granada se
consagra a la arquitectura, pueden recordarse el Cristo a la columna, de San
José, de Granada, de dramatismo extremado, y el relieve de la Virgen con el
Niño, de la sillería del coro de San Jerónimo, en el que resucitan sus recuerdos
donatellianos.
ALONSO BERRUGUETE
.—Ausente Siloe de Burgos y
muerto joven Bartolomé Ordóñez, el porvenir de la escuela burgalesa se trunca, y
la gran escuela renacentista castellana termina formándose en Valladolid gracias
a la presencia de Alonso Berruguete y, desde pocos años más tarde, del francés
Juan de Juni, animados ambos, pese a sus diferencias esenciales, por el mismo
fuego miguelangelesco. Una importante serie de escultores de segunda fila,
influidos por estos dos grandes maestros, completa el cuadro de la escuela
vallisoletana.
Alonso Berruguete (1488-1561),
natural de Paredes de Nava, en Tierra de Campos, es hijo del pintor Pedro
Berruguete y se forma en Florencia y en Roma. No faltan en él huellas de
escultores florentinos como Ghiberti, pero su principal fuente de inspiración es
Miguel Ángel, pues hasta es posible que sea el joven español que copia el cartón
de la guerra de Pisa de aquél, citado por el Vasari. Consta, además, y sus obras
son testimonio de ello, que copia también el grupo del Laoconte recién
descubierto (1506) en Roma. Toda esta serie de modelos no hace sino dar forma a
su afán de movimiento y a su temple intensamente dramático, que movimiento y
expresión dramática son las aspiraciones a que sacrifica casi todos los demás
valores plásticos. Berruguete es artista que trabaja de prisa. El intenso
arrebato de sus personajes habla más del fuego impetuoso con que fueron
trazados, que de un deseo de perfección, y tan es así, que, aun no debiendo
olvidarse que los más de sus relieves y estatuas se hacen para retablos de
ciertas proporciones y que forman parte de un gran conjunto decorativo, adolecen
con frecuencia de lamentables incorrecciones. Sin embargo, también debe tenerse
presente que esas estatuas de retablos han sido concebidas para ser contempladas
en el marco de éstos, y que salvo en contados casos, no ofrecen más que muy
pocos puntos de vista. Al parecer, los retablos decorados por sus esculturas son
también obra suya, pudiendo notarse en algunos de ellos su esfuerzo por romper
con la estrecha cuadrícula tradicional, y su deseo de crear grandes escenarios
de columnas muy finas que apenas se advierten entre el remolino e ímpetu de sus
figuras.
Berruguete, tan original en
tantos aspectos, como veremos, llega a crear escenarios esencialmente barrocos.
El retablo más antiguo que
conocemos del artista es el de Olmedo (1527), hoy en el Museo de Valladolid,
donde se nos muestra con todo su intenso sentido dramático y con sus frecuentes
incorrecciones. En 1532 crea una de sus primeras obras maestras: el retablo de
San Benito, conservado en el mismo museo. Se compone de varias escenas en
relieve, figuras de bulto redondo e historias de pintura. Los relieves
representan historias benedictinas y de la vida de Jesús; no obstante la vida
intensa de algunas figuras y de la expresión de las cabezas, como la de los
caballos de la conversión de Totila o la de San Benito moribundo, están, en
general, torpemente compuestos. Su parte más bella son las estatuitas y grupos
de los intercolumnios. El San Sebastián (fig. 1567), con el movimiento de huida
de su cuerpo de adolescente hacia el tronco del árbol, ofrece una mezcla de
temor y de gracia que hace pensar en Donatello y en el Miguel Ángel joven.
(fig. 1567) San Sebastián, museo de Valladolid
Pero donde su sentido dramático
se expresa en forma más aguda es en el grupo de Abraham e Isaac (fig. 1568)
—inspirado en modelos de Donatello y Miguel Ángel— y en el San Jerónimo (f),
cuyo arrebato místico alcanza alturas a que sólo sabrá elevarse años después el
Greco.
(fig. 1568) Sacrificio de Abraham
Antes de terminar esta misma
década, en 1537, esculpe el retablo de la Adoración de los Reyes (fig. 1569), de
Santiago de Valladolid. Las grandes columnas que en Olmedo recorren sus dos
cuerpos encuadrando el retablo, aunque más delgadas, persisten aquí, pero las
pequeñas llegan a desaparecer en el gran cuerpo principal para crear un amplio
escenario de toda la anchura, donde poder desarrollar la escena de la Adoración,
animada por el más intenso movimiento y por las más arrebatadas actitudes,
inspirados por los frescos de Miguel Ángel en la Sixtina.
(fig. 1569) Retablo de la Adoración de los Reyes
Este mismo fuego anima el choque
de las figuras de la Virgen y de Santa Isabel en la escena de la Visitación, de
la iglesia de Santa Úrsula, de Toledo, choque violento en que transforma nuestro
escultor el elegante saludo cortesano en que convierte el tema Ghirlandajo.
En el camino de sus geniales
atisbos de barroquismo, que tantos años tardarán todavía en sospechar los
italianos, el límite máximo lo acusan sus dos magnas Transfiguraciones de la
catedral de Toledo (1543-1548) y del Salvador de Úbeda (1559 (fig. 1570), las
dos creaciones capitales de bulto redondo de su última época.
(fig. 1570) La Transfiguración del Salvador de Úbeda
Pero la obra capital de este
período, de que forma parte la Transfiguración toledana, es la hermosa serie de
relieves (fig. 1571) de la mitad de la sillería del coro, cuya otra mitad
ejecuta Vigarni. Son figuras de santos y profetas que, arrebatados por una
intensa vida interior, constituyen la galería de místicos más maravillosa
producida hasta entonces por el arte español y cuya fecunda semilla ha de
florecer pocos años después en el Greco. Labrados en madera sin policromía
alguna, puede apreciarse en ellos la finura de modelado de que es capaz el
escultor de Paredes de Nava.
(fig. 1571) Bautista, catedral de Toledo
Berruguete, con el sepulcro del
Cardenal Tavera, del hospital de Afuera, de Toledo, agrega un nuevo eslabón a la
brillante serie iniciada por Fancelli. En el rostro del Cardenal, interpretado
con intenso realismo, utiliza la mascarilla del difunto (fig. 1572).
(fig. 1572) Sepulcro del Cardenal Tavera
JUAN DE JUNI. OTROS ESCULTORES
.—El otro gran maestro de la
escuela, o, como dice un contemporáneo suyo vallisoletano, «uno de los mejores
maestros de escultor que hay en España, quitando a Berruguete», es el francés
Juan de Juni (muerte 1577). Como hemos dicho, desliza su carrera por los mismos
cauces miguelangelescos que Berruguete. Pero qué abismo no le separa del
escultor castellano, Qué frescura y qué ingenuidad no respiran las obras de
Berruguete, siempre hechas de prisa, y qué cantidad de preparación y de estudio
no se ven tras las creaciones del francés. Un escultor de su tiempo le acusa de
haber necesitado cinco años para hacer «tan poca cosa» como el Entierro de
Cristo, del convento de San Francisco, y con frecuencia se le reprocha, con
motivo del ruidoso pleito del retablo de la Antigua, su falta de fecundidad. En
cambio, uno de sus testigos dice de su proyecto para aquel retablo, como
queriendo traslucir algo de las teorías artísticas de Juni, «que tiene en sí
otro secreto y entendimiento más de lo que parece». Juni es Un enamorado de lo
grandioso; más aún: de lo gigantesco. Sus personajes, de rostros anchos y
hermosos, son siempre corpulentos. No son de temperamento nervioso, como los de
Berruguete, capaces de dispararse hacia el mundo exterior en el primer arrebato,
en un rápido y fácil movimiento corporal. Por el contrario, se retuercen sobre
sí mismos con esos movimientos angustiosos del que prefiere consumir en su
interior el fuego de su pasión. En el fondo, es uno de los grandes manieristas
del Renacimiento, en el que al sentido de lo gigantesco de Miguel Ángel se
agregan esa inquietud y esa angustia de espacio que distinguen a la pintura
florentina de la segunda década del siglo. Es muy probable que, además, haya
influido, en su manera de plegar los ropajes, J. della Cuercia, y en algunas
actitudes, modelos venecianos.
En la cuarta década del siglo le
encontramos en León (1533-1538), trabajando en San Marcos, y a esa época deben
de pertenecer el Descendimiento y un retablo del claustro, ambos de piedra. En
el retablo de la Concepción de Ríoseco (1538) crea ya una de sus obras maestras.
En el Abrazo (fig. 1573) en la Puerta Dorada, que ocupa el primer cuerpo,
encontramos una de esas compactas composiciones tan típicamente suyas, de
grandiosas figuras angustiosamente apretadas por la arquitectura. Y con análogo
esfuerzo se abre paso en su hornacina del segundo cuerpo la Inmaculada (fig.
1574), fruto de aquella simbólica unión.
(fig. 1573) El Abrazo de San Joaquín y Santa Ana
(fig. 1574) La Inmaculada. Retablo de Río Seco
Su obra de mayores proporciones
es el ya citado retablo de la iglesia de Santa María de la Antigua (1544-1562),
hoy en la catedral, cuya traza, debida al propio Juni, carece de precedentes en
la escuela. La forma admirable cómo se encuentran enlazadas entre sí la
arquitectura general, las esculturas, los relieves y las diversas piezas
decorativas, lo convierten en el retablo más orgánico y original que el
Renacimiento ha dejado entre nosotros. Pero sus dos creaciones más conocidas son
el Santo Entierro y la Piedad, que con diferencia de casi treinta años esculpe
para Valladolid (1543) y para la catedral de Segovia (1571).
El Santo Entierro (fig. 1575), de
Valladolid, hoy en el museo, es de bulto redondo, y a la vista de figuras como
éstas se explica que afirmase un contemporáneo que «vale más el espíritu de una
de las hechas por Juni que todo lo hecho por Giralte». Presos del más intenso
dolor se retuercen en angustiosas actitudes en torno al gigantesco cuerpo de
Cristo muerto, seis personajes concebidos como para encajar unos en otros.
(fig. 1575) Santo Entierro, Museo de Valladolid
Y este mismo sentido típicamente
manierista culmina en el cristo muerto (fig. 1576), de Segovia, donde los
soldados de los intercolumnios reiteran el tema un tanto sansonista de los
cuerpos humanos pugnando por vencer la presión de los elementos arquitectónicos.
(fig. 1576) Cristo muerto, Catedral de Segovia
La escultura más popular de Juan
de Juni es la Virgen de los Cuchillos (fig. 1577), de la iglesia de las
Angustias, de Valladolid, donde la expresión trágica, el sentido del movimiento
típico de su autor, de pura estirpe miguelangelesca —piénsese en la Virgen de
San Lorenzo de Florencia— y el ansia de grandiosidad, se aúnan para crear una de
las obras maestras de la escultura renacentista.
(fig. 1577) Virgen de los Cuchillos de la iglesia de las
Angustias, Valladolid
De los escultores vallisoletanos
de segunda fila merecen recordarse los discípulos y colaboradores de Berruguete,
Francisco Giralte (muerte 1576) e Isidro de Villoldo, autores, respectivamente,
del retablo y sepulcros de la Capilla del Obispo, de Madrid, y del retablo de la
sacristía de la catedral de Ávila. A los Corral se deben las yeserías de la
capilla de los Benavente (1551), de Ríoseco, en la que la decoración escultórica
renacentista alcanza extremos de riqueza inigualados hasta ahora.
En Andalucía no se forma una
verdadera escuela. Deben citarse, sin embargo, en Sevilla, al flamenco Roque
Balduque, autor de Vírgenes con el Niño (fig. 1578) bastante uniformes e
inspiradas, entre las que destaca la del hospital de la Misericordia (1558), y
al castellano Bautista Vázquez (muerte 1589), autor de varios de los relieves de
la sala capitular de la catedral (1581-1586).
(fig. 1578) Virgen con el Niño del hospital de la Misericordia,
Sevilla
EL ÚLTIMO TERCIO DEL SIGLO:
BECERRA Y ANCHETA
.—Las obras de El Escorial dan
lugar en nuestra escultura a un nuevo capítulo italiano, en el que se proscribe
la madera y se emplea el bronce. Es el de los ya citados León Leoni (muerte
1590) y su hijo Pompeyo Leoni. Del primero poseemos en España la estatua de
Carlos V (fig. 1579), del Museo del Prado, donde la contraposición entre la
figura triunfante del César y la del Furor vencido está expresada con
grandiosidad. La armadura, que se desmonta, permite convertir la estatua en un
retrato desnudo como los de los emperadores romanos.
(fig. 1579) Carlos V, museo del Prado
Por sus modelos se funden las
esculturas del retablo mayor (1582- 1590) de El Escorial, pero lo más importante
son los grupos funerarios de Carlos V (fig. 580) y de Felipe II , con sus
respectivas familias, concebidos con solemnidad más española que italiana. El
bronce dorado y las incrustaciones de colores de las estatuas hacen que los
grupos destaquen suavemente en la media luz de la capilla mayor, y su actitud y
expresión graves, encuadradas por las monumentales columnas, las incorporan al
ambiente majestuoso del templo.
(fig. 580) Sepulcro Carlos V en El Escorial
Obra exclusiva de Pompeyo es la
escultura orante, de mármol, de la infanta doña Juana, de las Descalzas Reales
de Madrid. Muerto ya Felipe II, da el modelo (1601) de las estatuas orantes de
bronce de los duques de herma, del Museo de Valladolid.
Al lado de este escultor italiano
trabaja, en piedra, para El Escorial el toledano Juan B. Monegro (muerte 1621),
cuyas principales obras son los Evangelistas y los Reyes de Judá (1584), en los
patios de esos nombres.
La reacción que esta estatuaria
escurialense significa con su clasicismo y con su tono solemne, contra el
dramatismo y el afán de movimiento de la del segundo tercio del siglo, se había
manifestado antes fuera de la corte. Uno de los rasgos más destacados de esta
última etapa renacentista es su entusiasmo por los tipos hercúleos del Miguel
Ángel del Juicio final y de la Capilla Paolina. Figura a la cabeza del nuevo
estilo el andaluz Gaspar Becerra (1520 - 1570), pintor y escultor educado en
Roma, que, al regresar a su patria, poco antes de 1560, se establece en
Valladolid y entra como pintor al servicio del monarca. Su obra principal de
escultura es el retablo de la catedral de Astorga (1588 (fig. 1581), donde hace
buen alarde de los hercúleos modelos miguelangelescos y de las composiciones
escalonadas típicamente manieristas, todo ello en un tono frío, que hoy nos
entusiasma mucho menos que a sus contemporáneos, entre los que Becerra goza de
gran fama.
(fig. 1581) Retablo de la catedral de Astorga
Este mismo estilo miguelangelesco
encuentra otro ilustre cultivador en Ancheta (muerte 1592), que trabaja en las
provincias vascas en el norte de Castilla la Vieja y en Aragón. Al parecer,
comienza su carrera en el retablo de Santa Clara, de Briviesca, figurando entre
sus obras posteriores las de Valmaseda y Aoiz. Tal vez su creación más perfecta
sea el de alabastro, de la Trinidad de Jaca (fig. 1582), donde nos pone de
manifiesto que no sólo asimila las formas del maestro, sino su ideal de
grandiosidad.
(fig. 1582) La Trinidad, catedral de Jaca
Sin el exaltado miguelangelismo
de los escultores anteriores, representa esta etapa de reacción clásica, en
Valladolid, Esteban Jordán (1535 - 1600), a quien se debe el retablo de la
Magdalena, en la misma capital.
CAPÍTULO XXIV
PINTURA DEL
RENACIMIENTO EN ITALIA HASTA FINES DEL SIGLO XV
LOS PREGIOTESCOS
FLORENCIA: GIOTTO
SIENA: DUCCIO, SIMONE MARTINI Y
LOS LORENZETTI
ESCUELA FLORENTINA DEL SIGLO XV
FRA ANGÉLICO
MASOLINO, MASACCIO, P. UCELLO Y
A. DEL CASTAGMO
FRA FILIPPO LIPPI, B. GOZZOLI Y
P. DELLA FRANCESCA
LA ÚLTIMA GEKERACIÓN: GHIRLANDAJO
BOTTICELLI. OTROS PINTORES
ESCUELA DE UMBRÍA: PERUGINO Y
PINTORICCHIO. SIGNORELLI
PADUA: SQUARCIONE Y MANTEGNA.
FERRARA
VENECIA: LOS BELLINI. CARPACCIO.
SICILIA: ANTONELLQ DE MESINA
LOS PREGIOTESCOS
.—La pintura italiana del siglo
XIII anterior a Giotto se mantiene fundamentalmente dentro de las normas
generales del estilo bizantino de la centuria anterior, es decir, del estilo que
los italianos del Renacimiento denominan la maniera greca. Cultivador de ese
estilo en Roma a fines del siglo XIII es Torriti, a quien se debe el mosaico de
la Coronación (fig. 1583) de Santa María la Mayor.
(fig. 1583) Mosaico de la Coronación de Santa María la Mayor.
Roma
Más progresivo es Pietro
Cavallini, que vive en Roma y se forma con los maestros romanos del mosaico. El
mismo emplea preferentemente esa técnica hacia 1300. En sus mosaicos de escenas
evangélicas, de Santa María in Transtevere, dentro de la monumentalidad propia
de este género de pintura, se distingue por su grandiosidad romana, pero, sobre
todo, por la expresión de los rostros, donde apunta ya el naturalismo de la
nueva era. Esa expresión naturalista se intensifica considerablemente en los
frescos de la iglesia de Santa Cecilia, donde las formas se hacen más redondas y
blandas (fig. 1584).
(fig. 1584) Frescos de la iglesia de Santa Cecilia. Roma
Pero esa ráfaga de vida que anima
las figuras del artista romano puede decirse que casi desaparece en el resto de
la pintura italiana, cuya calidad es, por otra parte, notablemente inferior. La
misma Toscana, donde habrá de producirse la gran revolución pictórica al
comenzar la centuria siguiente, no crea nada equiparable. Por su interés
iconográfico, sobre todo, merecen recordarse los Crucificados, recortados en
tabla, y a veces con ensanchamientos laterales para escenas de la Pasión. A
mediados del siglo XIII, el cuerpo se arquea hacia la izquierda, adoptando una
actitud muy típica de la escuela toscana de la segunda mitad de esa centuria, y
distinta de la más generalizada en Occidente de la escuela gótica francesa. El
pintor de nombre conocido más ilustre de este período es Giunta Pisano, autor
del Crucifijo firmado el segundo cuarto del siglo XIII, de la Basílica de Asís (fig.
1585). Durante la segunda mitad del siglo la actividad pictórica en la región es
grande y no faltan obras firmadas, pero ninguna de ellas aporta novedad de mayor
interés.
(fig. 1585) Crucifijo de la Basílica de Asís
El único artista que sabe
percibir muy levemente el norte de la nueva era es Cenni Cimabue, que debe de
nacer a mediados del siglo XIII. Florentino, y formado, al parecer, con ciertos
pintores de Bizancio que trabajan en la ciudad del Arno, aunque viene dándosele
desde el Renacimiento papel preponderante en la renovación pictórica, se mueve,
sin embargo, dentro de la maniera greca, dejando ver solamente en la expresión
de algunos rostros el deseo de inspirar en la naturaleza. En su gran tabla de
los Uffizi nos presenta a la Virgen (fig. 1586) en su trono sostenido por cuatro
ángeles simétricamente dispuestos, con la cabeza inclinada y dirigiendo la
mirada hacia el espectador a la manera bizantina, e igualmente bizantinos los
convencionales pliegues realzados con oro de sus ropajes. La pintura mural
renacentista italiana es al fresco, y la de caballete, al temple.
(fig. 1586) Tabla de los Uffizi
FLORENCIA: GIOTTO
.—El artista que reacciona de
manera decidida contra los convencionalismos y el amaneramiento de la maniera
greca es el discípulo de Cimabue, Giotto di Bondone (muerte 1337), cuya
actividad corresponde ya a la primera mitad del siglo XIV. Lo revolucionario de
su estilo y la sorpresa que causa a sus contemporáneos dan lugar a una leyenda
que dos siglos más tarde, cuando ese estilo por él iniciado ha producido la gran
pintura del Renacimiento, nos refiere el Vasari en términos análogos a éstos:
En un pueblecito próximo a
Florencia nace a fines del siglo XIII un niño que al cumplir los doce años es
enviado por su padre a cuidar de un rebaño de ovejas. Pero la inclinación por el
dibujo es en él tan profunda, que entretiene sus largas horas en representar
sobre la tierra o sobre las piedras cuanto tiene a la vista. Cierto día pasa
junto a él Cimabue, precisamente en el momento en que dibuja una oveja.
Asombrado el entonces famoso pintor de que la copiase del natural —ritraeva una
pécora di naturale, senza avere imparato de aítri che della natura— le invita a
marchar con él, a lo que el joven Giotto accede gustoso.
Trasladado a Florencia, no sólo
aprende con rapidez el estilo de su maestro, sino que, entregado al estudio de
la Naturaleza, logra desterrar la maniera greca y crear la buena pintura
moderna, o, lo que es lo mismo, pintura renacentista.
Como tantas otras leyendas, es
probablemente falsa en sus detalles, pero en el fondo refleja exactamente lo que
Giotto representa en la historia de la pintura. Giotto vuelve valientemente la
espalda a los convencionalismos y formulismos del estilo bizantino y mira cara a
cara a la naturaleza. Claro que como la historia de la pintura no es sino una
parte de la historia del espíritu humano, ese amor de Giotto por la naturaleza
no es un fenómeno aislado, sino el reflejo de las doctrinas de San Francisco de
Asís, muerto en 1226, que predica el amor de Dios en sus criaturas, por humildes
que sean, y San Francisco, a su vez, no es sino uno de los portavoces de la gran
corriente espiritual que en arte produce el estilo gótico. Giotto es el
intérprete genial de la nueva iconografía, impregnada de sentido humano, de los
predicadores y escritores franciscanos.
El naturalismo no impide a Giotto
concebir las escenas con monumentalidad extraordinaria. La monumentalidad es
categoría propia de la pintura en mosaico de sus predecesores, pero en él
responde también a su propia sensibilidad y adquiere caracteres diferentes: ante
sus corpulentos personajes se adivinan ya las grandiosas figuras de Masaccio y
Miguel Ángel. En este tono mayor es la cabeza de una familia gloriosa. La otra
nota más destacada del temperamento de Giotto quizá sea su hondo sentido
dramático. Nadie representa antes que él en forma tan intensamente expresiva el
tema de la Piedad (fig. 1587); los gestos y las actitudes de los personajes no
los copia de sus predecesores, sino que los ve en los momentos de dolor y
desesperación de sus convecinos.
(fig. 1587) Lamentaciones, Arena de Padua
Contemporáneo y paisano de Dante,
ofrece con él, en este aspecto, indudable parentesco espiritual. Testimonio de
su mutua estimación son los versos en que el poeta nos dice cómo Giotto ha
superado el estilo de Cimabue:
Credete Cimabue nella pintura
Tener lo campo, ed ora ha Giotto
el grido
Si che la fama de colui oscura
Y el retrato de Dante, por
Giotto, del palacio del Podestá.
En su interpretación del paisaje,
aun utilizando los convencionalismos bizantinos, se distingue por su sobriedad y
su monumentalidad características.
La obra principal de Giotto es la
serie de pinturas al fresco de la iglesia de la Arena de Padua (1303). En sus
paredes laterales representa en varias filas diversas historias evangélicas (fig.
1588) y a los pies el Juicio Final, en cuya parte inferior retrata al donante,
Enrique Scrovegni, ofreciendo el templo a la Virgen.
(fig. 1588) Pinturas al fresco de la iglesia de la Arena de Padua
Aparte de este gran ciclo de
pinturas murales, se conserva en Florencia alguna capilla decorada por él, como
la Bardi (1316), de Santa Croce; pero, contra lo que se ha supuesto por mucho
tiempo, no parece que pueda atribuirse sino a sus discípulos la gran serie de
historias de San Francisco, de la iglesia alta del santo de Asís, donde por no
tratarse de la rígida iconografía evangélica, anquilosada por varios siglos de
repetición, sino de temas que se interpretan por primera vez, y cuyo
protagonista ha muerto poco más de medio siglo antes, la inspiración naturalista
del pintor puede manifestarse sin el freno de la tradición. Allí aparecen
representados los típicos temas de la iconografía del Poverelto de Asís
predicando a los hermanos pájaros, partiendo la capa con el pobre, etc. Es la
ilustración gráfica más elocuente y completa de la literatura piadosa que tan
rápidamente nace al calor del recuerdo del apóstol de la pobreza; el gran
homenaje que la nueva pintura rinde a uno de sus padres espirituales.
Giotto cultiva también la pintura
en tabla. Su Virgen con el Niño (fig. 1589), del Museo de los Uffizi, es pintura
hecha al temple y, como sucederá hasta mediados del siglo XV en Italia, sobre
fondo de oro. Verdadera matrona romana sobre un trono gótico, su comparación con
la de Cimabue pone bien de relieve la novedad del estilo giottesco.
(fig. 1589) Virgen con el Niño del Museo de los Uffizi
Durante el resto del siglo, la
pintura florentina es esencialmente giottesca, sin que, en realidad, aporte
novedades importantes, no obstante, predomina la indudable valía de sus
cultivadores. Figuran entre éstos, todavía en la primera mitad del siglo, Tadeo
Gaddi (muerte 1366), a quien se debe la decoración de la capilla Baroncelli de
Santa Croce, y Andrea Orcagna (muerte 1368), autor del políptico del Salvador,
de Santa María Novella (1359) y miembro de una activa familia de pintores, a la
que se deben las grandes figuras murales del Paraíso, el Juicio Final y el
Infierno, de la misma iglesia. De Tadeo Gaddi se consideran las historias de San
Eloy, del Museo del Prado. A Orcagna se atribuye también, aunque sin fundamento,
el popular fresco del Triunfo de la Muerte, del camposanto de Pisa, de
sorprendente realismo. En la segunda mitad del siglo, la figura más progresiva
es Andrea Bonaiuti, de Florencia, que se deja influir por la -vecina escuela
senesa y pinta al fresco la importante alegoría de las Artes liberales (1365),
de la capilla de los españoles de Santa María Novella, donde al pie de cada una
de aquéllas figura a su más ilustre cultivador.
SIENA: DUCCIO, SIMONE MARTINI Y
LOS LORENZETTI
.—La otra gran escuela
trecentista radica en la misma Toscana, en la vecina Siena, la rival de
Florencia.
La mística ciudad de Siena
disfruta en esta época de intensa actividad pictórica. De vida tan corta que no
rebasa el fin de siglo, sus rasgos más destacados son su sentido lírico y su
apego al estilo tradicional o, lo que es igual, su bizantinismo. Se agrega a
ello en su segunda etapa la influencia del gótico francés, que contribuye en no
pequeña medida a crear un sentido de la forma más blando y flexible. Frente al
tono giottesco fuerte y dramático, se distingue la escuela senesa por su gracia
y elegancia ligera. Debido al estilo más arcaizante del fundador y a la gran
personalidad de sus sucesores, el estilo evoluciona más que en Florencia.
DUCCIO
El patriarca de la escuela es
Duccio de Buoninsegna (muerte 1311), quien ya en 1285 pinta la Madonna Rucellai
(fig. 1590), la que, dentro de su aspecto esencialmente bizantino, descubre una
leve expresión de ensueño que persistirá en la escuela.
(fig. 1590) Madonna Rucellai
Pero su gran obra es la Maestá (fig.
1591), cuyo traslado (1310) procesional desde el estudio del pintor al altar
mayor de la catedral resulta un acontecimiento. Es un gran tablero ligeramente
apaisado, en cuyo anverso aparece la Virgen en majestad sentada en su trono y
rodeada por los ángeles y santos patrones y mártires de la ciudad.
(fig. 1591) Virgen y santos (anverso) Catedral de Siena
Mientras en el reverso se
presentan numerosas escenas de la vida de Jesús.
Pese al tono grave y solemne de
la gran composición de la Virgen rodeada de santos, cuyo bizantinismo es
patente, tanto en el conjunto como en los menores detalles, el aire fino y
elegante que anima a las figuras es vivo reflejo de la delicada sensibilidad
senesa. Y esa misma gracia leve y sutil se hace aún más sensible en la
interpretación de las deliciosas y pequeñas historias del dorso.
SIMONE MARTINI
El segundo gran maestro de la
escuela es Simone Martini (muerte 1344). De una generación posterior a Duccio,
su estilo es considerablemente más avanzado. El bizantinismo pierde tanto
terreno que, de ser el elemento preponderante, pasa muy a segundo término. El
sentido senes de la elegancia, derivado por sugestión del gótico en pro de lo
curvilíneo, hace que sus figuras, al abandonar la rigidez bizantina, se tornen
Mandas y flexibles, y sus rostros graciosos y expresivos. La nota suave y
femenina da un paso decisivo en Simone Martini.
Lo mismo que Duccio, pinta una
Maestá (fig. 1592), la gran pintura mural de la Virgen rodeada de santos y bajo
palio sostenido por ángeles (1315), del Ayuntamiento. Sólo cinco años posterior
a la de Duccio, la diferencia es notable, tal vez no menor que la existente
entre Cimabue y Giotto. En la divina asamblea ha desaparecido todo rasgo de
rigidez; las figuras que rodean a la Virgen se mueven con suavidad y soltura, y
la monotonía y reiteración de las actitudes han disminuido también
considerablemente.
(fig. 1592) Virgen y Santos, ayuntamiento de Siena
Pero donde el fino sentido de lo
curvilíneo alcanza valor decorativo extraordinario es en su delicadísima tabla
de la Anunciación (1333 (fig. 1593), una de sus últimas obras y sin duda de las
creaciones más seductoras de la pintura trecentista.
(fig. 1593) La Anunciación, Uffizi, Florencia
Si en la Anunciación culmina la
elegancia y el sentido decorativo del autor, en los frescos de San Martín
(1316), de la iglesia baja de Asís, vuelca toda la delicada poesía de su
temperamento. En el gran fresco de Guidoriccio (1328), del Ayuntamiento de Siena,
al mismo tiempo que nos reitera su admirable sentido de lo decorativo y de la
elegancia, ofrece el primer gran retrato ecuestre de la pintura moderna (fig.
1594).
(fig. 1594) Figura ecuestre de Guidoriccio da Fogliano
Con motivo del cisma de
Occidente, Simone Martini se traslada a Aviñón, lo que, al mismo tiempo que le
permite conocer más de cerca el arte gótico, contribuye a difundir la influencia
de su propio estilo.
LOS LORENZETTI
La última etapa de la escuela
está representada por los hermanos Lorenzetti, quienes con frecuencia parecen
haber heredado el sentido poético de Simone Martini. Ambroggio es el continuador
de las grandes composiciones murales del Ayuntamiento. A él se deben (1337) las
cuatro grandes alegorías de la Paz (fig. 1595), representada bajo la forma de
una joven matrona acompañada en su estrado por la Fortaleza y la Prudencia.
(fig. 1595) La Paz
Del Buen gobierno (fig. 1596) en
la ciudad; del Buen gobierno en el campo y del Mal gobierno. Lorenzetti pinta
con este motivo gran número de figuras alegóricas y de escenas de vida profana,
donde comenta los efectos del buen y del mal gobierno, ordenándolas con
grandiosidad y gracia narrativa.
(fig. 1596) Del Buen gobierno en la ciudad
De Pietro Lorenzetti es la bella
pintura de la Virgen entre dos santos, de San Francisco de Asís, donde, bajo la
suavidad de expresión y el blando modelado típicamente senes, se percibe un
dramatismo que parece aprendido en Giotto.
Como queda dicho, después de
estos cuatro grandes pintores, todos ellos de acusada personalidad no obstante
su estrecho parentesco espiritual, la vena pictórica senesa se agota y no vuelve
a producir ningún pintor de categoría. La fecundidad florentina al comenzar la
nueva centuria, por el contrario, es cada vez mayor.
ESCUELA FLORENTINA DEL SIGLO XV
.—Durante el siglo XV el
naturalismo que inspira la gran renovación giottesca continúa siendo resorte de
primer orden en la evolución renacentista. Los pintores aprenden a representar
cada vez mejor el cuerpo humano, y los rostros, conforme avanza el tiempo, son
también más variados. Por primera vez se hacen verdaderos retratos en los que se
copian fielmente los rasgos del retratado. Paralelamente a esta sana inspiración
naturalista, la escultura clásica ejerce en tos pintores cuatrocentistas una
influencia altamente beneficiosa, tanto en las actitudes y en la mímica como en
la interpretación de los ropajes, aunque, en cuanto a la primera, no debe
olvidarse la gran parte que corresponde al pueblo mismo florentino, tan
naturalmente elegante en sus movimientos. En realidad, la figura humana se
transforma siguiendo un proceso análogo al visto en la escultura. Y, lo mismo
que en la figura humana, se avanza en la interpretación del paisaje. Aunque a
principios del siglo continúan estilizándose los montes según la tradición
bizantina, las formas redondeadas, mucho más naturales, terminan por desplazar
los convencionales cortes de los montes giottescos, y a fines del siglo el
paisaje se convierte, en alguna escuela, en elemento capital del cuadro. Los
ingenuos escenarios arquitectónicos trecentistas, por otra parte, además de
trocar sus formas góticas por las renacentistas, gracias a la honda preocupación
de los florentinos por la perspectiva, concluyen siendo de perfección admirable.
La luz interesa ya como elemento de primer orden en el cuadro, e incluso,
cargada de poesía, constituye la preocupación fundamental de uno de los
principales maestros. En Venecia, por último, se descubre que el porvenir de la
pintura está en el predominio del color sobre la línea. Nunca la pintura ha
evolucionado tanto en el espacio de un siglo.
Como en arquitectura y escultura,
la primera generación es decisiva para los destinos de la pintura
cuatrocentista. Es la generación que termina cuando Cosme de Médicis (muerte
1464) rige los destinos de la ciudad. Gracias a su habilidad y talento,
Florencia goza de largo período de paz y prosperidad, y la presencia en la
ciudad del patriarca de Constantinopla, del emperador bizantino e incluso del
propio Pontífice con motivo del concilio, contribuyen a realzar su esplendor.
Cosme, que los tiene de huéspedes, robustece su prestigio, que redunda en
beneficio de las artes. Él llega a ser el primer gran mecenas del Renacimiento.
Nadie simboliza mejor que él estos primeros años dorados del cuatrocentismo.
Bajo su mandato construye Brunelleschi la cúpula de la catedral, y las iglesias
de San Lorenzo y del Espíritu Santo; por su encargo labra Michelozzo, para su
familia, el palacio Ricardi, y decora Fra Angélico el convento de San Marcos. Su
escultor preferido es Donatello, que le esculpe la Judit, símbolo de su triunfo.
FRA ANGÉLICO
.—Después de un primer momento en
que Fra Lorenzo Monaco (muerte 1425), siguiendo el gusto del estilo
internacional coetáneo, exalta el amor a lo curvilíneo, ya comentado en Simone
Martini, y alarga las figuras con criterio esencialmente decorativo, aparece una
figura de primer orden: Guidolino Di Pietro (1387 - 1455), que al vestir el
hábito de Santo Domingo toma el nombre de Fra Ciovanni da Fiésole, y después
será conocido con el de Fra Angélico. Es en cierto grado un maestro de
transición, y, desde luego, menos progresivo que otros pintores contemporáneos,
quizá en buena parte porque su temperamento místico no es el más apropiado para
dejarse obsesionar por el modelo ni por las actitudes y gestos grandiosos. Es
pintor esencialmente religioso y su actitud ante los temas que representa es la
de la más humilde reverencia. Ningún pintor ha interpretado de manera más pura,
serena y devota los temas religiosos. En realidad, la pintura es para Fra
Angélico una especie de oración, una manera de ejercitar su propia devoción.
Según nos refiere uno de sus biógrafos, él mismo dice que el pintor de Cristo
debe estar siempre con Cristo. La Iglesia lo ha considerado digno de figurar
entre sus beatos.
Aunque no sea tan progresivo como
algunos de sus contemporáneos, es, sobre todo, desde el punto de vista formal y
técnico, artista de primerísima categoría. Su lastre trecentista se manifiesta
en la importancia que todavía concede al oro y en el alargamiento y lo
curvilíneo de sus figuras. Su sentido del volumen es, en cambio, típicamente
cuatrocentista.
Espíritu contemplativo, Fra
Angélico es el pintor por excelencia de la Virgen con el Niño, de las visiones
celestiales como la Coronación de la Virgen, y del Paraíso. Por eso al
representar el Juicio final, mientras copia con amor franciscano las múltiples y
menudas florecillas de las praderas donde los elegidos se mueven felices
acompañados por ángeles, despliega un entusiasmo que falta cuando pinta los
condenados y los martirios infernales.
Que no siente lo trágico lo
prueba el que al representar el Descendimiento (fig. 1597), que es una de sus
obras principales, lo hace sin gritos ni estridencias. No es el dolor, sino los
gestos de la veneración de los santos varones al tomar las piernas del Salvador,
o los clavos que horadaron sus manos y pies, lo que le importa subrayar.
(fig. 1597) El Descendimiento, Florencia
El cortejo de su Descendimiento
con el de su contemporáneo "Van der Weyden pone bien de manifiesto toda la
intensidad de su lirismo.
Sus pinturas murales más
numerosas se encuentran en el convento de San Marcos, de Florencia, cuyo
claustro, salones y celdas decora con historias y figuras, algunas tan bellas
como la de San Pedro Mártir imponiendo silencio, o la de Dos dominicos
recibiendo a Jesús peregrino. En cada celda pinta además una escena, que con
frecuencia es el Crucificado. Convertido hoy el convento en Museo de Fra
Angélico, en él se han reunido después buena parte de sus retablos.
El tema de la Virgen con el Niño
es uno de los que Fra Angélico interpreta con mayor deleite. La Virgen de la
Estrella es de simplicidad admirable. Recortado su esbelto contorno sobre fondo
de oro, lo que subyuga a quien la contempla es la ternura infinita del amor que
resplandece en María y el Niño. Otras veces imagina la Virgen sentada, ante rica
tela sostenida por ángeles, y luciendo amplio manto que cae en suaves curvas al
gusto de principios de siglo (fig. 1598)
(fig. 1598) María en su trono con el Niño
En la Sagrada Conversación, del
convento de San Marcos, se muestra menos arcaizante, y traza un sencillo fondo
arquitectónico de puro estilo Renacimiento y ante él la divina asamblea reunida,
todo ello dotado de un sentido plástico típico del nuevo siglo.
Pocas visiones celestiales tan
puras y supraterrenas como las suyas de la Coronación de la Virgen. La de ese
mismo convento de San Marcos está pintada sobre deslumbrante fondo de oro, cuya
lisura sólo rompen los rayos que parten del grupo central. La numerosa corte de
santos y ángeles se ordena a uno y otro lado en amplio círculo, con sencillez
tal, que hace pensar todavía en composiciones trecentistas.
En la Coronación del Museo del
Louvre (fig. 1599), el escenario se convierte en elevadísimo trono sobre
numerosas gradas jaspeadas de alegre y luminoso colorido, muy de acuerdo con la
rebosante beatitud de los rostros de quienes presencian la celestial ceremonia;
todo ello en el tono de la más extasiada contemplación divina.
(fig. 1599) La Coronación del Museo del Louvre
También repite el tema de la
Anunciación en varias ocasiones. Tanto en la de Cortona (fig. 1600), como en la
del Museo del Prado, la Virgen María, sentada bajo un pórtico de finas columnas
renacentistas, acata sin sorpresa ni temor el divino mensaje.
(fig. 1600) La Anunciación, Cortona
En Cortona las delicadas y
elegantes manos del ángel dicen con admirable ingenuidad cómo ese mensaje viene
de las alturas; en Madrid, al cruzar sus brazos sobre el pecho, al mismo tiempo
que la reverencia del saludo, parece expresar el homenaje a la que será la Madre
de Dios. En le versión madrileña, por otra parte, se concede mayor espacio al
Paraíso terrenal por cuya pradera sembrada de menudas flores salen acongojados y
pudorosamente vestidos nuestros primeros padres. En el banco se representa cinco
escenas marianas que comienzan en los Desposorios y terminan en el Tránsito de
la Virgen. En la Anunciación de Montecarlo (Toscana), el escenario
arquitectónico pierde importancia y el paisaje desaparece.
MASOLINO, MASACCIO, P. UCELLO Y
A. DEL CASTAGMO
MASOLINO
.—De la misma generación de Fra
Angélico es Masolino da Panicale, y como él, conserva rastros del trecentismo
tardío. El, sin embargo, es considerado el maestro del gran innovador de este
momento, Masaccio, cuyo estilo es muy semejante al suyo. Con él colabora en los
frescos de] Carmen, donde pinta el Pecado original y dos historias de San Pedro.
A él se deben, además, los frescos de Castiglione de Olona.
MASACCIO
Si Fra Angélico se limita a
contarnos en forma maravillosa sus sueños místicos, Tomás Masaccio (muerte 1428)
se siente impulsado por fuerza irresistible hacia un arte grandioso y dramático
como el de Donatello, poco mayor que él, y con quien pronto entra en relación.
Desgraciadamente, Masaccio muere al cumplir los veintiséis años, pero le bastan
para crear un estilo lleno de novedad. Se diría que en él reencarna el espíritu
de Giotto o, al menos, en él parece aprendido el sentido de la monumentalidad de
las grandes masas y su vigoroso arte de componer. Su obra maestra son los
frescos de la capilla Brancacci (1422), de la iglesia del Carmen, que, copiados
durante varias generaciones por los jóvenes pintores, convierten esta capilla en
una verdadera escuela. La historia de San Pedro sanando con su sombra está
concebida con grandiosidad extraordinaria y sentido plástico sorprendente. En la
estrecha calle, de la que sólo vemos uno de los lados, los enfermos se escalonan
en diversas actitudes, mientras el santo avanza majestuoso y con todo el sentido
plástico de una escultura, pero con expresión que no deja dudas sobre su poder
sobrenatural. Esa fuerza que aparece como ahogada en el estrecho escenario
anterior, se manifiesta más ampliamente en el Tributo de la Moneda (fig. 1601),
representado ante un extenso paisaje de las más sobrias formas, y con edificios
igualmente simples. Sus personajes envueltos en sencillas vestiduras, sabiamente
iluminados, sorprenden por la sensación de volumen que producen, por la fuerza
extraordinaria, y el aplomo con que están plantados en tierra, y, sobre todo,
por sus gestos grandiosos, con los que el joven Masaccio se nos presenta como
uno de los más gloriosos predecesores de Miguel Ángel. De gran intensidad
dramática es el grupo de Adán y Eva (fig. 1602).
(fig. 1601) Tributo de la Moneda
(fig. 1602) Adán y Eva
Masaccio no termina los frescos
de la capilla Brancacci, que concluye Filippino Lippi. Según algunos, tampoco
los comienza él, sino su maestro Masolino, cuyos frescos en Castiglone de Olona,
aunque carecen de la monumentalidad de los de Masaccio, descubren a un artista
muy progresivo en quien precisa reconocer a uno de los creadores del estilo
cuatrocentista. Él es discípulo, a su vez, del pintor de fines de siglo Starnina,
que, como veremos, trabaja en España.
PAOLO UCELLO
De temple heroico como Masaccio,
es su coetáneo Paolo di Dono, a quien se conoce con el nombre de Paolo Ucello
(muerte 1475). Comienza su carrera en el arte de la platería, figurando como
auxiliar o garzone de botega de Ghiberti cuando labra sus segundas puertas y de
él debe aprender el interés por la perspectiva que después se convierte para P.
Ucello en verdadera obsesión. Cuenta de él, Vasari, que, cuando dedicado a sus
estudios de perspectiva hasta altas horas de la noche, su mujer le invitaba al
descanso, exclamaba: ¡O che dolce cosa e la propettiva! Pero para él la
perspectiva no es algo blando e impalpable, una ilusión de espacio sin aristas,
como para su maestro Ghiberti; hermano legítimo de Masaccio, para él es, sobre
todo, volúmenes y masa. Si en la historia de San Jorge, de la colección
Lanckorouski, de Viena, nos dice de cuánto es capaz su fino sentido poético al
contraponernos en una dilatada llanura el monumental corcel blanco del santo en
violento escorzo, y la gentil y delicada figura de la princesa, su ansia de
volumen y monumentalidad, servidos por su perfecto dominio de la perspectiva,
triunfa en el fresco del condottiero inglés Hawkwood (1436), que, colocado a
gran altura, produce plenamente la deseada ilusión de una estatua ecuestre.
Cuatro años anterior a la de Gattamelata, de Donatello, es su digno precedente.
El tema del caballo de concepción monumental, y visto en los más violentos
escorzos, es el que desarrolla en sus tres cuadros de Batallas (fig. 1603) que
pertenecieron a los Médicis y hoy se encuentran repartidos entre los museos de
Florencia, París y Londres.
(fig. 1603) Batalla, Uffizi, Florencia
ANDREA DEL CASTAGMO
De la generación siguiente, pero
muerto muy joven, Andrea del Castagno (muerte 1457) es quien parece haber
heredado el estilo intensamente plástico y el sentido de la grandiosidad de
Masaccio y Ucello. Es el autor de los frescos de la Cena, donde abandona la
interpretación iconográfica giottesca, y de los Varones ilustres (fig. 1604) del
convento de Santa Apolonia, hoy museo dedicado al artista.
(fig. 1604) Pippo Spano
FRA FILIPPO LIPPI, B. GOZZOLI Y
P. DELLA FRANCESCA
.—De la misma generación que
Masaccio y Ucello, Fra Filippo Lippi (muerte 1469) es otro de los grandes
creadores del estilo cuatrocentista. Ingresado muy niño en la Orden de los
carmelitas, no siente vocación religiosa y su vida es el reverso de la de Fra
Angélico. En cierta ocasión sufre tormento por haber falsificado una firma, y
poco después rapta del convento en que es capellán a una novicia, Lucrecia Butti,
que le sirve de modelo. Fra Filippo frisa en los cincuenta años, y el fruto de
esos amores, que legitima el Pontífice relevándole de sus votos, es el delicado
pintor de fin de siglo Filippino Lippi.
Fra Filippo siente con demasiada
fuerza el encanto de la naturaleza para dejarse llevar por el estilo de Fra
Angélico. Aunque aprende de sus dos grandes contemporáneos el sentido del
volumen y el encanto de la perspectiva, lo que constituye el nervio de su estilo
es ese sentido humano, en cierto modo análogo al de Donatello, que sabe infundir
a sus escenas religiosas. Aunque sin la pureza de las de Fra Angélico, sus
Vírgenes son, sin embargo, de un encanto extraordinario (fig. 1605). La de los
Uffizi, en que unos ángeles elevan al Niño hasta la altura de su Madre, es una
de las obras maestras de la pintura italiana, no sólo por su preciosa
composición, sino por la vida de los rostros, más expresivos que correctos.
(fig. 1605) Virgen, Uffizi, Florencia
En el Nacimiento (fig. 1606), del
que poseemos tres importantes interpretaciones —Museos de Berlín y Florencia—,
lo esencial es el tema de la Virgen adorando al Niño, de gusto italiano. En
cuanto al fondo, mientras en el primer término figura una pradera donde, como
Fra Angélico, representa con verdadero amor las flores y las hojas más menudas,
en el último plano crea una zona de misterio, donde la luz ilumina los derechos
troncos de un bosquecillo.
(fig. 1606) El nacimiento de Jesús, museo de Berlín
La Coronación de la Virgen (1447
(fig. 1607), de los Uffiizi, probada por gran número de personajes, es otra de
sus obras principales. Inspirada su composición en la de Fra Angélico, su
sentido plástico dota de intenso relieve a las figuras, mientras su arrebatado
naturalismo convierte en retratos a los más de sus modelos. Hasta nos ofrece en
primer plano su propio rostro, de escasa expresión mística, con el letrero: Is
perfecia opus.
(fig. 1607) Coronación de la Virgen
Como buen florentino, Fra Filippo
cultiva también el fresco. La serie más importante decora la catedral de Prato
(1452), cuya escena más movida es la del Banquete de Herodías, donde el espíritu
profano del pintor se desenvuelve sin trabas y sus aficiones naturalistas se
encuentran a tono con el tema. Salomé danzando y las dos jóvenes hablándose al
oído son buena prueba de ello.
B. GOZZOLI
El espíritu profano y naturalista
de Fra Filippo encuentra su continuador durante la segunda generación en Benozzo
Gozzoli (muerte 1498), que es, en realidad, un discípulo de Fra Angélico, de
quien hereda, al par que no pocos de sus modelos y convencionalismos, el gusto
por el paisaje poblado de figurillas y escenas anecdóticas. Benozzo es el gran
narrador del quattrocento florentino. Al encargarle los Médicis la decoración de
la capilla de su palacio (1459), cuyo retablo es el Nacimiento, de Fra Filippo
Lippi, del Museo de Berlín, imagina, sobre todo, un paisaje rico en accidentes y
poblado de elegantes cipreses y menudos caseríos por donde desfilan por uno y
otro lado las larguísimas cabalgatas de los Reyes Magos (fig. 1608), en las que,
al parecer, retrata a los dueños de la casa, a la Florencia de su tiempo, e
incluso nos deja su propio retrato.
(fig. 1608) Reyes Magos
Importantes eran también los
destruidos frescos del Campo de Pisa, entre los que sobresalía el de Noé ebrio.
Concebida con tal lujo de pormenores que nos permite contemplar todas las
escenas de la Vendimia en el valle del Arno, era una de las obras más
representativas del interés por lo anecdótico del cuatrocentismo, que desaparece
en la centuria siguiente. Al lado de figuras de elegancia clásica, como las
jóvenes que llevan sobre sus cabezas las canastas de uvas, nos ofrece rasgos
naturalistas, como el de la hija de Noé que, al cubrirse el rostro con la mano
aparentando no querer contemplar a su padre ebrio, entreabre los dedos para
hacerlo disimuladamente.
P. DELLA FRANCESCA
Si este discípulo infiel de Fra
Angélico representa el triunfo de lo anecdótico en la pintura florentina
cuatrocentista, su coetáneo Piero della Francesca (muerte 1492) es el pintor
enamorado de la luz —que quizá por haberla amado tanto muere ciego sin poder
contemplarla—. Ningún artista ha tenido hasta ahora en Italia su preocupación
por elemento de tan capital importancia en la pintura. Pues aunque desde pocos
años antes vienen interesándose por su representación con particular empeño los
pintores flamencos, es con un sentido naturalista completamente distinto. Para
Piero della Francesca la luz es esencialmente poesía; su actitud ante la luz
tiene algo de estática. Ella le sirve para ilustrar el milagro de Constantino (fig.
1609) en su lecho y para henchir de luz blanca opalina los cuerpos de sus
personajes. Gracias a ella tiene transparencia de aparición.
(fig. 1609) El milagro de Constantino
Y es curioso advertir cómo al
ablandar esa luz suave y difusa los volúmenes de sus cuerpos, no obstante la
erguida apostura de la figura, sus creaciones pierden el tono épico de Ucello y
Masaccio y se convierten en un mundo de formas ligero y casi transparente. De su
interés por la perspectiva es buen testimonio su tratado: De prospectiva
pingendi. Su obra capital son las historias de la Santa Cruz (1452-1466), que
pinta al fresco en Arezzo.
LA ÚLTIMA GEKERACIÓN: GHIRLANDAJO
.—La Florencia cuatrocentista
ofrece uno de los espectáculos más admirables de fecundidad de la historia del
arte. Por los mismos años en que esta segunda generación produce sus obras
decisivas, nace una tercera que hace recorrer al cuatrocentismo su última etapa.
Es la de Lorenzo el Magnífico (muerte 1492), el nieto de Cosme, en quien el amor
a las artes es aún más intenso que en su antecesor. Él es la figura central en
torno a la cual gira la Florencia de fines de siglo, apasionada por las artes y
la literatura y ansiosa de revivir los tiempos clásicos. Amigo también de la
Filosofía, es uno de los más asiduos de la Academia Platónica y además es poeta.
Enamorado de las flores, como Fra Angélico o Fra Filippo, dedica un soneto a la
violeta. Pero, sobre todo, sabe presentir en esa inconsciente alegría de la
juventud y del artista los días tristes de Savonarola y del destierro de los
suyos. Nos lo dice en los versos admirables de sus Canti carnascialeschi:
Quant'e bella giovinezza
che si fugge tuttavia
Chi vuol esser lieto sia!
Di doman non c'e certezza.
Es la gota de pesimismo que,
convertido en honda tragedia, inspira a Botticelli, el más sensible y fino de
sus pintores. Rodeado de artistas maduros de primer orden, su casa continúa
siendo, como en los días de Cosme, el palacio de las artes y las letras, y la
academia de los jóvenes en que, como hemos visto, el propio Lorenzo enseña sus
camafeos a Miguel Ángel niño. Al morir el año mismo en que Colón descubre el
Nuevo Mundo, Florencia sólo continúa siendo la capital artística de Occidente
por muy breve tiempo. Sus dos hijos más ilustres, Leonardo y Miguel Ángel, la
abandonan al comenzar el siglo, y Rafael, que a ella acudiera deslumbrado por su
prestigio, se traslada también a la Ciudad Eterna.
GHIRLANDAJO
El espíritu narrativo y profano
que hemos visto constituir el nervio de Benozzo Gozzoli, parece continuarse en
Domenico Ghirlandajo (muerte 1494). Amigo de imaginar grandes conjuntos de
numerosos personajes, apuestos y elegantes, de una elegancia un tanto rígida, y
de rostros a veces algo inexpresivos, hace que lo profano invada las historias
religiosas en proporciones hasta ahora desconocidas. A veces parece que el tema
religioso es simple excusa para desarrollar una escena profana, en la que, por
otra parte, lo secundario y anecdótico adquiere extraordinaria importancia.
Buena parte de los personajes de sus escenas suelen ser retratos de los patronos
y sus amistades. Como digno fondo de sus agrupaciones numerosas, gusta de
imaginar amplias arquitecturas, ricas en perspectivas y decoración, arcos de
triunfo, etc.
Su obra principal es la hermosa
serie de grandes frescos de Santa María Novella (1486), dedicados a las vidas de
la Virgen y de San Juan, y encargados por la familia Tornabuoni, que se hace
retratar en varias historias. El Nacimiento de la Virgen (fig. 1610), por
ejemplo, está representado en el interior de un lujoso palacio renacentista,
donde Santa Ana se incorpora sobre su lecho para recibir al elegante grupo de
damas, la primera de las cuales es Ludovica Tornabuoni, que avanza majestuosa
hacia ella, como en una escena de corte. El tema secundario de la joven echando
agua para lavar a la recién nacida adquiere importancia de primer orden.
(fig. 1610) El Nacimiento de la Virgen
De sus pinturas en tabla merecen
recordarse la Visitación (fig. 1611), del Museo del Louvre, que está
interpretada como un saludo de corte, y la Adoración de los pastores (fig.
1612), donde el pesebre es un sarcófago romano, y aparece al fondo un arco de
triunfo con dedicatoria a Pompeyo Magno.
(fig. 1611) La Visitación
(fig. 1612) Adoración de los pastores
Entre sus retratos, que, de
acuerdo con la moda florentina de la época, son de riguroso perfil y con el
cuerpo erguido, es excelente el de Giovana degli Albizzi (fig. 1613), de
propiedad particular, si bien es más atractivo el del Abuelo y el nieto, del
Museo del Louvre (fig. 1614), donde poesía y realidad se contraponen y
equilibran en forma admirable.
(fig. 1613) Retrato de Giovana degli Albizzi
(fig. 1614) El Abuelo y el nieto, museo de Louvre
BOTTICELLI. OTROS PINTORES
BOTTICELLI
.—Sandro Botticelli (muerte 1510)
es un temperamento artístico profundamente sensible y apasionado. Lejos de la
inexpresión y rigidez de que a veces peca Ghirlandajo, la emoción guía su dibujo
nervioso, agita los cuerpos de sus personajes y se desborda en sus rostros,
expresivos y cargados de pesimismo.
Botticelli es además el gran
pintor de fábulas paganas de la Florencia de Lorenzo el Magnífico. Aunque sus
contemporáneos creen ver resucitado en sus representaciones mitológicas el arte
antiguo, sólo tienen de clásico el tema. En realidad, son una creación
renacentista, y su tono, un tanto enfermizo y romántico, es puramente
botticelliano. Botticelli pone en su interpretación tal entusiasmo y cree él
mismo llegar tan lejos, que cuando sobreviene la reacción antipagana, movido por
la arrebatadora palabra de Savonarola, parece ser que él mismo lleva a la
hoguera alguna de sus obras de este tipo.
Botticelli es uno de los más
inspirados pintores de la Virgen. Después de las de Fra Angélico, en las que la
beatitud de la contemplación divina se expresa en forma nunca superada y de las
ya mucho más humanas de Fra Filippo, las de Botticelli pierden la alegría y la
tranquilidad y su expresión se torna melancólica. Sus rostros son tristes, su
mirar de ensueño. Cuando contemplan al Niño parecen pensar ya en el Gólgota. Sus
tondos —pinturas circulares— de la Virgen del Maggificat y de la Granada (fig.
1615) figuran entre las creaciones más inspiradas del Renacimiento y típicas del
pintor.
(fig. 1615) La Virgen del Maggificat y la granada en su mano
En la de San Bernabé (fig. 1616)
presenta a la Virgen de cuerpo entero, rodeada de santos de diversas épocas, es
decir, formando lo que se llama una Sagrada Conversión, presenciando cómo
muestran al Niño los instrumentos de la Pasión.
(fig. 1616) Pala de San Bernabé
Ese dramatismo que se manifiesta
en la expresión de los rostros mueve también las actitudes, a veces con
violencia tal que parece quebrar las figuras, como sucede en la Anunciación y,
en la Piedad (fig. 1617).
(fig. 1617) La Piedad
La historia religiosa concebida
con mayor originalidad y arrebato místico más intenso, quizá sea su Nacimiento,
de la Galería Nacional de Londres, donde los ángeles se abrazan en primer
término, mientras otros, en los aires, con coronas y azucenas pendientes, danzan
en corro.
En el Nacimiento de Venus (fig.
1618), trata de reconstruir una pintura perdida de Apeles, descrita en una
poesía de Poliziano. Inspirándose probablemente en la Venus de Médicis, su
propio sentido de la belleza, totalmente diferente, la dota de una cabellera
espléndida que aspira a ser velo de oro impulsado por la brisa que arquea
levemente su cuerpo. Para algunos el modelo ha sido Simonetta, la amiga de
Lorenzo el Magnífico, nacida en Porto Venere, lugar donde la diosa toma tierra
al nacer.
(fig. 1618) El Nacimiento de Venus
La Primavera (fig. 1619) es
composición alegórica inspirada en textos de Lucrecio y Poliziano. Sobre un
fondo de verdura, Venus preside el despertar de la Naturaleza. Mientras por la
derecha penetra la elegante figura de Flora seguida de la Primavera temprana,
temerosa de morir en los brazos de Céfiro, el viento de marzo, a la izquierda
aparece el bello grupo de las Gracias asaetadas por un amorcillo. De larguísimas
cabelleras de oro y cubiertas por leves y transparentes velos, son los más
bellos cuerpos de mujer del cuatrocentismo florentino. Espigados y casi de
adolescente, reflejan un ideal de la belleza que desaparece en la generación
siguiente. El nervioso dibujo botticelliano, que anima esos cuerpos, crispa sus
dedos, que se entrecruzan inquietos, y convierte las onduladas vestiduras de las
Bacantes clásicas en un bello rizo cargado de emoción. En el extremo del grupo,
el dios Mercurio.
(fig. 1619) La Primavera
La Calumnia (fig. 1620), de
ejecución primorosa y de brillante colorido, es, como el Nacimiento de Venus, un
ensayo de reconstrucción de una pintura de Apeles, sólo conocida por un texto
griego traducido por Alberti. Es una composición alegórica, en la que la
Calumnia, cuya cabeza engalanan con flores la Traición y el Engaño, guiada por
la Envidia, arrastra a la víctima, medio desnuda, a los pies del trono del rey
Midas, que con sus grandes orejas de asno escucha los consejos de la Ignorancia
y la Sospecha. En el extremo opuesto, separados del grupo, aparecen, envuelto en
negras vestiduras, el Remordimiento, y más allá, desnuda, la Verdad, con los
ojos en el cielo, confiada en su triunfo final.
(fig. 1620) La Calumnia
Dentro de este género alegórico
es también importante la pintura de Minerva dominando al centauro, que simboliza
la inteligencia venciendo las fuerzas brutas y, según algunos, a los Médicis
triunfando del desorden popular.
Aunque escasas, también son
importantes, dentro del género profano las pinturas inspiradas en novelas
renacentistas, como la serie del Museo del Prado, que ilustra la historia de
Nastagio degli Onesti, del Decamerón de Boccaccio. Representa en las dos
primeras tablas (fig. 1621), cómo Nastagio, desesperado por el desdén de la que
no quiere ser su prometida, marcha a un pinar próximo a la ciudad, donde se ve
sorprendido por el espectáculo de otro enamorado, que, habiéndose quitado la
vida en análogas circunstancias, ha sido condenado a perseguir eternamente a su
amada y arrancarle el corazón, que devoran unos perros (fig. 1622).
(fig. 1621) Historias de Nastagio, museo del Prado (1)
(fig. 1622) Historias de Nastagio, museo del Prado (2)
Nastagio, en vista de ello,
organiza en aquel lugar una comida (fig. 1623), a la que invita a la desdeñosa
joven, quien, aleccionada por el espectáculo, que no tarda en reproducirse ante
su vista, accede a los deseos de Nastagio.
(fig. 1623) Historias de Nastagio, museo del Prado (3)
El banquete de bodas (fig. 1624),
que es el tema de la cuarta tabla, pertenece a una colección inglesa.
(fig. 1624) Historias de Nastagio, (4)
Como testimonio de sus dotes de
pintor de retrato, puede recordarse el de Lorenzo el Magnífico, el de su hermano
Giuliano y el que se supone de Simonetta Vespucci.
FILIPPINO LIPPI
El temperamento nervioso de
Botticelli se transforma en verdadero desequilibrio en Filippino Lippi (muerte
1504), el hijo de Fra Filippo. De dotes muy inferiores a las de Botticelli, de
quien puede considerarse discípulo, es, sin embargo, una de las personalidades
más significativas del arte florentino de fin de siglo. A la monumentalidad, a
la sensación de masa y de estabilidad, aspiraciones supremas de Masaccio, opone
el gusto por cuerpos demacrados y raquíticos, y por la inestabilidad,
complaciéndose en forzar el equilibrio hasta el límite mismo del desequilibrio.
La exaltación de Botticelli en su Anunciación es el tono normal de Filippino. La
despreocupación de aquél por la belleza como corrección le lleva a él, por la
ruta de lo expresivo, a complacerse en lo feo y deliberadamente incorrecto (fig.
1625).
(fig. 1625) San Juan, y La Magdalena
Ya en su Virgen y San Bernardo
(1480), en la que muestra su estilo formado, no obstante haberla pintado a los
veintitrés años, puede verse cómo el modelo paterno se ha transformado en una
lánguida florentina de alargadas proporciones, cuello esbelto y expresión
romántica. Su estilo se extrema aún más, sin embargo, en los frescos de San
Felipe, de Santa María Novella, donde, al representar el martirio del santo,
elige precisamente el momento cuando la cruz a medio elevar y sostenida por
cuerdas se encuentra en el instante de mayor peligro.
ANDREA VERROCCHIO
Pintor también de gran valía,
aunque más conocido como escultor, es Andrea de Verrocchio (muerte 1488), que
cuenta entre sus méritos haber sido maestro de Leonardo. Su obra pictórica más
importante es el Bautismo de Cristo (fig. 1626), de la Academia de Florencia,
terminado con la colaboración de aquél. Al joven Leonardo parece que se deben
principalmente las figuras de los ángeles.
(fig. 1626) Bautismo de Cristo
ESCUELA DE UMBRÍA: PERUGINO Y
PINTORICCHIO. SIGNORELLI
.—En la segunda mitad del siglo
XV se forma una nueva escuela pictórica en el centro de Italia, que tiene por
sede Umbría, el país amplio, de suaves colinas iluminadas por el resplandor del
lago Trasimeno. Sus dos principales maestros mueren muy entrada la centuria
siguiente.
PERUGINO
Aunque formado en Florencia,
Pietro Vannucci, él Perugino (muerte 1524), no tarda en crear un estilo propio
poco variado, pero completamente personal. El imagina un mundo poblado de
personajes de formas blandas y redondeadas, siempre un tanto femeninas;
actitudes indolentes y mirar dulce y sentimental (fig. 1627). Si está ya muy
lejos del estilo fuerte de mediados de siglo, su expresión superficial es, en
cambio, el reverso del apasionamiento botticelliano.
(fig. 1627) San Sebastián, museo de Louvre
El Perugino no es hombre de
grandes crisis ni tormentas espirituales. Aunque su misma fe flaquea —el Vasari
nos dice que no hubo medio de hacerle creer en la inmortalidad del alma—, sus
Vírgenes candorosas son una de sus creaciones más populares y el punto de
partida para las de Rafael. Solas con el Niño y de medio cuerpo, o rodeadas de
santos y bajo un pórtico, como la de Senigallia (1498), siempre están dotadas de
la misma expresión de ensueño.
Amigo extremado de la simetría y
de la ponderación de masas, ante algunas de sus obras se piensa en un
trecentista que emplea formas cuatrocentistas. En cambio, aporta a la pintura de
su tiempo el amor a los escenarios amplios (fig. 1628).
(fig. 1628) Virgen y San Bernardo, museo de Munich
Se diría que, lo mismo cuando
pinta fondos de paisaje recordando la dilatada campiña umbría, poblada de finos
arbolillos cuyas copas se transparentan tenues sobre el azul del cielo, como el
de la Crucifixión, que cuando imagina fondos de arquitectura, tiene ansia de
espacio. En su Entrega de las llaves a San Pedro (1483 (fig. 1629), jalón
capital para la historia de la perspectiva, dispone una gran plaza, donde se
pierde la vista, y levanta en ella un templo octogonal y dos arcos de triunfo,
escalonando en profundidad diversos personajes sobre un pavimento de gran
cuadrícula. Así terminan a fin de siglo los desvelos de Paolo Ucello por la
perspectiva.
(fig. 1629) Entrega de las llaves a San Pedro (Vaticano)
PINTORICCHIO
Pintoricchio (muerte 1513), sólo
ocho años más joven que el Perugino, siente, como él, gran amor por los
escenarios amplios. Pero ya en sus comienzos, cuando su estilo es muy semejante
al de éste, descubre una manifiesta inclinación por el lujo y un deseo de
acumular elementos anecdóticos y pintorescos, que hacen desaparecer el reposo y
la claridad de las composiciones peruginescas. Después de las historias que
pinta en el Vaticano, en las que colabora con el Perugino y los florentinos más
ilustres de fin de siglo —la más importante es la Disputa de Santa Catalina—,
pinta por encargo del futuro Pío II, el Papa humanista, en la librería de la
catedral de Siena (1503), una serie de grandes frescos consagrados a recordar
los hechos más gloriosos de la vida de aquél. Por la belleza de su composición y
por el lujo representado, es probablemente, el más atractivo el que figura la
Partida para Basilea (fig. 1630).
(fig. 1630) Partida para Basilea de Silvio II
SIGNORELLI
Artista de temple espiritual
completamente distinto de los dos anteriores es Signorelli (muerte 1523), que
nace en un pueblecito del valle del lago Trasimeno, muy próximo ya a Toscana, y
marcha muy joven a Arezzo, donde entra en el taller de Piero della Francesca. De
él aprende la sencillez y la monumentalidad. En este sentido ninguna obra suya
es superior a la Escuela del dios Pan, sin duda una de las creaciones
mitológicas más bellas del cuatrocentismo (fig. 1631). Pintada para Lorenzo el
Magnífico, representa un concierto de pastores presidido por el dios, y con
asistencia de la ninfa Eco, en que nos contrapone las carnes luminosas femeninas
y el cuerpo tostado del dios.
(fig. 1631) Escuela del Dios Pan, mueseo de Berlín
Su gigantesca pasión por lo
trágico y por el movimiento convierte, en cambio, su serie de pinturas murales
de la catedral de Orvieto (1499-1508) en algo así como el prólogo de la Capilla
Sixtina de Miguel Ángel. Los temas —los Signos que anuncian el fin del mundo, la
Predicación del Anticristo, la Resurrección de la carne, el Infierno— dan pie a
ello, y donde la expresión dramática alcanza sus notas más agudas es en el
Infierno. El dolor y el movimiento llegan bajo su pincel al frenesí. Es una
enorme masa humana en la que todos gritan de dolor, donde demonios de carnes
verdosas estrangulan a los mortales, los hacen pedazos, o los pisotean. Los
episodios rebosantes de dolor y crueldad se enlazan hasta el infinito con arte
insuperable que borra toda posible monotonía (fig. 1632).
(fig. 1632) Condenados
Desde los días de Dante no se
expresan con tal grandiosidad y tan hondo dramatismo las torturas infernales. Si
Fra Angélico, que sólo llega a pintar la bóveda de esta capilla, había de
representar esos temas en los muros, hizo bien en ceder los pinceles a
Signorelli. Son pinceles que sólo Miguel Ángel volverá a emplear en su Juicio
final.
PADUA: SQUARCIONE Y MANTEGNA.
FERRARA
.—Padna se concierte a mediados
de siglo en el foco artístico más vigoroso, por donde el Renacimiento florentino
irradia al norte de Italia. El terreno para un arte fuerte y monumental lo
prepara Donatello al levantar allí la estatua ecuestre de Gattamelata, y el
interés que Padua manifiesta por la perspectiva es semilla sembrada, a su paso
por la ciudad, por sus dos grandes campeones: Ucello y Piero della Francesca.
Pasa por ser el fundador de la escuela Francesco Squarcione (muerte 1474),
persona extraña que, en forma algo misteriosa, enseña la perspectiva a sus
discípulos, cuyas obras, al parecer, vende como suyas, hasta que se hacen
independientes.
MANTEGNA
La gran figura de la escuela es
Andrea Mantegna (muerte 1506), la antítesis del Perugino. Su pintura, aún más
que escultura, quiere ser arquitectura, el arte donde la masa y la
monumentalidad dominan. Sus personajes son fuertes y se apoyan en tierra,
rígidos como fustes de columnas, con el decidido propósito de producir la
impresión de fuerza. Los plegados de sus ropajes se dirían las huellas de las
lascas saltadas al labrar la piedra. Los fondos de arquitectura no le interesan
para crear espacio, como al Perugino, sino para producir la sensación de masa,
para producir volúmenes, y ese mismo sentido de dureza y de masa hace que sus
fondos de paisaje, como el de La Oración del Huerto (fig. 1623), sean desoladas
canteras en que las entrañas pétreas de la Tierra se hinchan para mostrarnos
rocas que quieren ser sillares.
(fig. 1623) La Oración del Huerto
Al servicio de su ansia de masa y
de monumentalidad, Mantegna pone un dominio profundo de la perspectiva y, sobre
todo, del escorzo. Su Cristo muerto (1501 (fig. 1634) de la Pinacoteca de Brera,
de Milán, es en este último aspecto la obra más representativa del Renacimiento
cuatrocentista, en la que el maestro paduano parece recoger el guante de Paolo
Ucello.
(fig. 1634) Cristo Muerto
Típico de Mantegna, e hijo de
estas mismas preocupaciones, es el bajo punto de vista que toma ante el modelo,
que así gana considerablemente en grandiosidad. Buen ejemplo de ello es el
Desfile de César, de Hampton Court. Mantegna es además uno de los
cuatrocentistas que con mayor fidelidad han representado la decoración
arquitectónica romana.
Todavía a las órdenes de
Squarcione, pinta en la Capilla Ovetari de San Agustín las monumentales
historias de Santiago, cuyo bajo punto de vista realza la grandiosidad del fondo
y de las figuras. El resto de la capilla lo decoran en un estilo muy semejante
sus compañeros del taller de Squarcione. La visita a Padua del veneciano
Giovanni Bellini, que se casa con su hermana, al mismo tiempo que enriquece el
colorido de Mantegna, le decide a abandonar a Squarcione y marchar a Mantua,
donde pasa el resto de su vida al servicio de los Gonzaga. Su obra principal en
esta ciudad (1474) son las pinturas murales de la Cámara degli Sposi de aquel
palacio, una de cuyas partes más interesantes es el techo, en que finge una
claraboya circular con balaustrada, donde niños y aves se asoman. Fuente de
inspiración del Correggio, es en esta obra el precursor de las grandes
perspectivas arquitectónicas barrocas.
Para el teatro del Palacio pinta
la serie del Triunfo de César (1492), ya citada, para cuya preparación hace un
viaje a Roma. En ella nos deja la obra maestra de la erudición arqueológica
renacentista, representando soldados, prisioneros, carros, trofeos, etc. La más
importante de tema mitológico es el Parnaso, que pinta igualmente para la corte
de Mantua. El Museo del Prado posee de su mano el Tránsito de la Virgen (fig.
1635).
(fig. 1635) Tránsito de la Virgen
En la vecina Ferrara, la
influencia de Mantegna forma, en la segunda mitad del siglo, al representante
más puro y exaltado del manierismo cuatrocentista.
COSME TURA
En Cosme Tura (muerte 1495), los
vigorosos personajes del paduano, consumidos en una atmósfera enrarecida que les
oprime, se convierten en unos seres nerviosos, que, sin embargo, continúan
queriendo ajustarse a una clara trama de líneas y ángulos rectos. Obras típicas
suyas son la Piedad, del Museo del Louvre, y la Primavera, de la Galería
Nacional, que, lejos de estar simbolizada en una joven llena de vida, es una
mujer cuya frescura han agotado los años (fig. 1636).
(fig. 1636) La Primavera
VENECIA: LOS BELLINI. CARPACCIO.
SICILIA: ANTONELLQ DE MESINA
.— La sensibilidad veneciana es
muy diferente de la florentina. Mientras el toscano no olvida nunca en la obra
pictórica el dibujo y conserva siempre un cierto sentido escultórico de la
forma, el veneciano experimenta mayor entusiasmo por el color. A lo preciso y
terso de la forma de aquél, opone una cierta imprecisión y un decidido amor por
la blandura. Suele aducirse como explicación de esta distinta manera de
interpretar la forma, el aire húmedo y cargado de vapor, propio de una ciudad
construida en el mar, que siempre la esfuma. Y es indudable, por otra parte, que
la vida veneciana, en directo y continuo contacto comercial con Oriente, es más
lujosa y rica de color que la toscana. La puerta de Italia hacia Oriente es
Venecia, y los pintores venecianos ven desfilar constantemente por sus calles a
orientales de grandes turbantes y vistosas vestiduras. Nada tiene, pues, de
extraño que el lujo de la vida ciudadana se refleje en sus pinturas, hasta el
punte de constituir una de sus características más destacadas. Más lejanos de
Roma, menos en contacto con la antigüedad clásica y menos preocupados por la
escultura romana que los florentinos, los pintores venecianos buscan su fuente
de inspiración en la vida misma. Incluso cuando cultivan temas mitológicos lo
hacen con naturalidad que sorprendería en Toscana. Este interés predominante por
el color y este sentido más naturalista son los que convierten a la escuela
veneciana en la más progresiva del siglo XVI y de más fecundas consecuencias
para la formación de la gran pintura europea de la centuria siguiente.
En Venecia se desarrolla, desde
fecha bastante temprana, una intensa actividad pictórica, que produce en el
segundo cuarto de siglo artistas como Antonio Vivarini, en quien se dan ya
algunas de las características que distinguirán a la escuela. Así, en él y en
sus contemporáneos se pone bien de manifiesto el gusto veneciano por el color y
por las formas blandas y redondeadas, por la riqueza —fondos de oro en relieve—
y por las escenas de numerosos personajes. Obra típica de ese momento es la
Coronación de la Virgen (1444), de la iglesia de San Pantaleón, en la que los
personajes celestiales se acumulan hasta el infinito. A esta época corresponde
también la presencia en Venecia del pintor umbrío Gentile da Fabriano (muerte
1427), en cuya Adoración de los Reyes, influida por el estilo internacional, se
manifiesta el mismo amor por la riqueza y por la abundancia de personajes.
Pero los que encauzan la
sensibilidad veneciana y fijan los caracteres de la escuela son los Bellini,
cuyo progenitor, Jacopo (muerte 1470), se forma con Gentile da Fabriano. Pintor
de Vírgenes de estilo todavía bastante hierático, en sus dibujos de tema profano
con fondos arquitectónicos poblados de figurillas nos muestra ese gusto
narrativo y por los aparatosos escenarios que distinguirá a su sucesor. De su
hijo Gentile (muerte 1507), que desarrolla esta faceta del arte paterno,
poseemos grandes lienzos donde, sobre ricos escenarios arquitectónicos, medio
bizantinos y medio góticos, típicamente venecianos, desfilan o se detienen a ver
lo que sucede en las calles innumerables personajes. El Milagro de la Santa Cruz
(fig. 1637) es la réplica veneciana a las grandes escenas de B. Gozzoli o
Ghirlandajo, en las que el tema del cuadro se pierde en la numerosa concurrencia
que llena el escenario. En este caso el asunto es la historia de la Cruz con la
reliquia, que, al ser trasladada, cae al canal e intentan recuperarla en vano
varios venecianos, hasta que, al fin, lo consigue el guardián de la Cofradía,
Andrés Vendramin. Entre los que contemplan la escena se encuentra Catarina
Cornaro, la reina de Chipre.
(fig. 1637) El Milagro de la Santa Cruz
En otra de las historias, el
Sermón de San Marcos en Alejandría, que hoy sólo se considera de su escuela,
personajes y escenarios se cargan de orientalismo. En el templo del fondo, al
recuerdo de la iglesia del santo en Venecia, se agregan los finos alminares
turcos, y el público se cubre con enormes turbantes blancos. Si el orientalismo
y la presencia de los orientales es la nota que, con sus canales, más distingue
a Venecia de las restantes ciudades italianas, en Gentile Bellini ese
orientalismo se ve reforzado por su viaje a la corte de Mahomet II, que le honra
con el título de Bey, y de quien hace el fino y penetrante retrato (1480) de la
Galería Nacional de Londres.
GIOVANNI BELLINI
Giovanni Bellini (muerte 1516),
hijo también de Jacopo, colabora con él y con su hermano Gentile. Los datos que
poseemos de su vida nos lo presentan rodeado del mayor prestigio. Cuando Durero
lo conoce, ya viejo, escribe que, pese a su edad, es el mejor pintor de Venecia,
y Ariosto lo cita a la altura de Mantegna y Leonardo. Así como Gentile, en sus
cuadros de numerosos personajes, nos muestra la vena narrativa y espectacular
que animará a Veronés, Canaletto y Guardi, Giovanni es el predecesor del Tiziano.
Influido en los primeros tiempos por Mantegna, reacciona después contra sus
formas secas y duras, y, como buen veneciano, las ablanda paulatinamente y las
hace más redondeadas. De aquel momento son la Oración del Huerto (fig. 1638),
obra del mayor interés para conocer el punto de partida del paisaje veneciano,
que terminará en las suavidades de Giorgione y Tiziano.
(fig. 1638) Oración en el huerto
la Piedad, en la que las formas
se definen con precisión y aun dureza y la expresión es intensa. En su retablo
de la Virgen (fig. 1639), con las dos parejas de santos, que después servirá de
inspiración a Durero, la influencia de las rígidas actitudes de Mantegna es aún
más sensible.
(fig. 1639) Retablo Virgen y Santos
Si esas obras descubren la honda
huella dejada en Bellisi por el maestro paduano, sus numerosas representaciones
de la Virgen de medio cuerpo con el Niño (fig. 1640) permiten ver cómo se libera
de esa influencia y va humanizando progresivamente sus modelos femeninos, cada
vez menos espigados y más semejantes a los del Tiziano.
(fig. 1640) Virgen con el Niño Jesús
Su complacencia en recrearse en
su fino cutis femenino o en las blandas carnes del Niño es ya puramente
veneciana. Nos ha dejado también algún retrato excelente (fig. 1641). Giovanni
Bellini, gracias a su larga vida, es uno de los maestros que más han hecho
evolucionar la escuela.
(fig. 1641) El Dux Loredan
VITTORIO CARPACCIO
El cronista de la vida veneciana
que hay en Gentile Bellini encuentra su más ilustre continuador en Vittorio
Carpaccio (muerte 1525), que en la encantadora serie de la vida de Santa Úrsula
(fig. 1642) traduce el viejo texto medieval de la Leyenda Dorada al lenguaje
rico y fastuoso de la vida veneciana de su tiempo. El escenario es Venecia, con
sus canales, plazas y palacios de mármol, y venecianos son los embajadores y su
séquito, que piden la mano de la hija del rey, se despiden y regresan; el
público que los contempla y el dormitorio de la escena del Sueño de la Santa,
donde Carpaccio, con amor de primitivo flamenco, se deleita representando la luz
suave que ilumina el interior y un sinnúmero de minucias, desde los zapatos al
pie del lecho y la corona hasta el perrillo que vela el sueño de la santa.
(fig. 1642) Vida de Santa Úrsula
Contemporáneo de Gentile y
Giovanni Bellini es Carlos Crivelli (muerte 1495), que en la Anunciación, de la
Galería Nacional de Londres, se expresa con locuacidad narrativa típicamente
veneciana. Su dibujo, preciso, es, sin embargo, de ascendencia paduana.
El sur de Italia, desde mediados
del siglo de la Corona de Aragón y sujeto antes a la dominación francesa, al par
que la influencia toscana recibe la flamenca, con el consiguiente empleo de la
técnica del óleo, desconocido en el resto de Italia. El representante más
refinado de esta escuela es Antonello de Mesina, que une a la brillantez y
profundidad del colorido flamenco el sentido plástico y de la belleza italianos.
Sus retratos de busto además de poseer en el más alto grado ambos valores,
delatan su fina sensibilidad para penetrar en el alma del retratado. En
Antonello la influencia de Venecia, donde permanece unos dos años en la octava
década del siglo, es profunda. El sentido de la luz se expresa en su San
Jerónimo (fig. 1643).
(fig. 1643) San Jerónimo.
CAPÍTULO XXV
PINTURA DEL
RENACIMIENTO EN ITALIA DURANTE EL XVI
EL SIGLO XVI
LEONARDO DE VINCI
MIGUEL ÁNGEL
RAFAEL
CORREGGIO
EL MANIERISMO
ESCUELA DE VENECIA:
GIORGIONE
TIZIANO
VERONÉS
TINTORETTO
LOS BASSANOS
EL SIGLO XVI
—Como en arquitectura y en
escultura, el estilo pictórico del siglo XVI se distingue por un decidido deseo
de simplificación, claridad y grandiosidad, sobre todo en las escuelas
florentina y romana. Este proceso de simplificación significa el destacar el
tema principal, con la consiguiente pérdida de importancia de lo secundario y
anecdótico, que tanto interesa a los cuatrocentistas. La inmediata consecuencia
de ello es la claridad de las composiciones, en las que se perciben desde el
primer momento las líneas y planos fundamentales. Es el arte de componer que
culmina en los grupos inscritos en triángulos equiláteros. Paralela a este
proceso de depuración de lo secundario y de lo anecdótico es la reacción
idealista, que, inspirada por el platonismo, lleva a los pintores a crear tipos
humanos de una corrección suma. Estos personajes adoptan actitudes decididamente
elegantes, pero de elegancia mucho más flexible que la de Ghirlandajo, y su
mímica gana en grandilocuencia lo que pierde en ingenuidad. La grandilocuencia
llega a convertirse en la ya aludida terribilitá miguelangelesca. Al mismo
tiempo, la figura se hace más rica en movimiento, hasta que la preocupación por
éste termina desembocando en el manierismo. En suma, la figura humana evoluciona
en la misma forma ya comentada en la escultura.
El escenario arquitectónico
apenas interesa como fondo de amplias y ricas perspectivas. Dominada la
perspectiva y pasada la fiebre producida por el entusiasmo de su descubrimiento,
la arquitectura importa ahora por su masa para acompañar y aun realzar la
monumentalidad de la figura. Cuando se trata de una sola o de un grupo sencillo,
un gran pedestal y un trozo de columna suele servir de fondo. El escorzo
continúa, sin embargo, interesando, aunque más que en la figura en reposo
—Cristo muerto, de Mantegna, en la figura en movimiento, y en este aspecto el
avance es considerable. Los cinquecentistas hacen también nuevas conquistas en
el campo de la luz, que ya no sirve sólo para crear volúmenes de formas precisas
como a Masaccio y Ucello.
El estudio de la luz y de la
sombra hace que la línea vigorosa de los cuatrocentistas florentinos se esfume y
el modelo se ablande, ganando en riqueza expresiva —Vinci, Correggio—; se
descubre en la luz un valor dramático de primer orden y, antes de terminar el
siglo, se dan los primeros pasos de la perspectiva aérea —Tintoretto—.
En la pintura italiana del siglo
XVI se distinguen varias escuelas: la florentina, cuyos principales maestros se
trasladan pronto a la Ciudad Eterna, donde fundan la romana; la milanesa, que
es, en realidad, la de los discípulos de Leonardo; la de Parma y la veneciana.
LEONARDO DE VINCI
(muerte 1519) —Es, de los
artistas del siglo XVI, el que da los primeros pasos hacia la conquista del
nuevo ideal. Nacido en el pueblecito florentino de Vinci al mediar el siglo XV,
se forma en el taller de Verrocchio, y al cumplir los treinta entra al servicio
de Ludovico el Moro, en Milán, donde permanece cerca de veinte años. El
destronamiento de aquél le hace recorrer Italia en diversas comisiones durante
el resto de su vida, hasta que, agotado para el trabajo, cruza los Alpes al
servicio de Francisco I, en cuyos brazos muere paralítico tres años después.
Leonardo, por su notable afán de saber, de poseer todas las artes, de dominar
todas las técnicas y de inventar, es quizá el genio más representativo del
Renacimiento. El deseo de conocer todo profundamente es el fuego genial que
consume su vida y malogra su obra. En la carta que escribe a L. Moro, al
ofrecerle sus servicios le promete construir máquinas de guerra, cañones de
forma inusitada, barcos incombustibles, hacer caminos, puentes y túneles,
trabajar como arquitecto; y en escultura y pintura, realizar cualquier trabajo
al igual de quien pudiera hacerlo mejor. Los manuscritos y los innumerables
dibujos que de él conservamos nos hablan, por otra parte, de sus hondas
inquietudes científicas, en particular mecánicas, como la que le lleva a
concebir una máquina para volar. Como artista le interesa sobremanera conocer el
cuerpo humano, tanto en su contextura interna, de lo que son buena prueba sus
dibujos anatómicos, como en su aspecto expresivo y en sus movimientos. Leonardo
lo mismo estudia la sonrisa leve de un rostro perfecto, que persigue lo
característico, insistiendo en los rasgos decisivos. En este aspecto da en sus
dibujos un paso más allá que Donatello, y de lo feo 1 pasa a lo monstruoso. Las
actitudes de sus personajes son mucho más complicadas y ricas en movimientos que
las de sus predecesores, y en este aspecto su influencia en los maestros
posteriores y en la formación del estilo cinquecentista es decisiva. El interés
por la mímica y por el movimiento de la actitud le lleva a preocuparse
sobremanera por el arte de enlazar unas figuras con otras, tanto formal como
espiritualmente. Es el arte que culmina en su famosa Cena. Pero Leonardo no se
limita a estudiar el cuerpo humano. En el estudio del caballo pone también el
mayor entusiasmo. En el destinado a la estatua ecuestre de Ludovico el Moro, de
la que sólo termina el modelo en yeso, invierte varios años, y en el intenso
movimiento del cartón para la Batalla de Aghiari, del palacio viejo de
Florencia, se encuentra en germen el barroquismo de las batallas y cacerías de
Rubens.
Parejo de este interés por la
mímica y el movimiento es el que siente por la luz y la sombra. El tránsito
suave de una a la otra es una de sus principales preocupaciones. A la rigurosa
línea de los cuatrocentistas florentinos reemplaza el suave paso de la
superficie iluminada a la superficie en sombra, y de los colores vivos a la
tonalidad vaga; en suma: el típico esfumado leonardesco. Pero en Leonardo,
aparte de su valor primario para acusar el relieve, tiene un valor esencial para
dulcificar la expresión.
Leonardo es, además, el gran
teórico renacentista que nos deja expuestas sus doctrinas en su Tratado de la
Pintura.
Después de sus obras juveniles,
como la Anunciación, cuyo estilo se encuentra aún muy próximo al de Verrocchio,
o los ángeles que se le atribuyen en el Bautismo de éste, poco antes de
abandonar Florencia, emprende la pintura de la Adoración (fig. 1644), que deja
sin terminar, y en la que nos ofrece ya una estudiadísima composición rica en
nuevas actitudes.
(fig. 1644) La Adoración de los Reyes
En su primera gran obra milanesa,
la Virgen de las Rocas (1483 (fig. 1645), del Museo del Louvre, inscribe las
figuras en un triángulo, y al encanto de su claroscuro agrega el misterio de las
rocas recortadas en la vaporosa lejanía.
(fig. 1645) La Virgen de las Rocas
Pero donde su arte de componer se
manifiesta plenamente es en la famosa Cena (1495 (fig. 1646), poco anterior a su
salida de Milán. Pintada en el testero del refectorio de Santa María delle
Grazie, las paredes y el techo de éste se continúan en la fingida arquitectura
del cuadro. Abandonada ya por Andrea del Castagno la forma tradicional
trecentista de agrupar los apóstoles en torno a la mesa. Leonardo los presenta
tras ella, incluso a Judas; a quien en un principio pensó colocar, como aquél,
en primer término. El momento elegido, al igual que en la Cena de Ghirlandajo,
no es el tradicional de la institución de la Eucaristía, sino aquél cuando
anuncia que uno de los presentes le traicionará. Pero mientras Ghirlandajo no
sabe aprovechar el hondo dramatismo de la situación, él, gracias a su fino
sentido de la expresión y a su dominio de la mímica, interpreta de manera
admirable el efecto de aquellas palabras en el temperamento de cada personaje, y
enlaza sus actitudes formando dos grupos a cada lado, cuyo movimiento contrasta
con la serenidad del Salvador, que, aislado en el centro, y con los brazos
extendidos, destaca su figura sobre la luz de la gran ventana del fondo.
Pésimamente conservado, el fresco de la Cena es, en realidad, una ruina.
(fig. 1646) Sagrada Cena
El interés de Leonardo por el
arte de componer, aunque en menor escala, se manifiesta en su Santa Ana, la
Virgen y el Niño (fig. 1647).
(fig. 1647) Santa Ana, la Virgen y el Niño
Su última gran obra es el retrato
de Mona Lisa, La Gioconda (1505 (fig. 1648), mujer bellísima de unos treinta
años, así llamada por ser esposa de Francesco del Giocondo. Animado por la
típica expresión leonardesca, dulce y casi sonriente, se asegura que el pintor
ha rodeado a la retratada de músicos que borren de su rostro toda huella de
melancolía. Relativamente erguida al gusto cuatrocentista, está ya dotada de una
dignidad propia del nuevo siglo, y tanto la posición de sus brazos como la
colocación de su cuerpo, y el estar representada de media figura, son novedades
en el arte del retrato. Pero sus valores estéticos más absolutos son la suave
expresión de su rostro, hija del admirable modelar del claroscuro leonardesco, y
el vaporoso paisaje de formas vagas e indeterminadas que le sirve de fondo.
Recientemente se ha pensado que la retratada pueda ser Constanza Dávalos.
(fig. 1648) Retrato de Mona Lisa, La Gioconda
Leonardo pinta poco en Milán,
pero los discípulos que deja son numerosos. La escuela lombarda posterior es la
constituida por sus discípulos e imitadores. El más fecundo es Luini (muerte
1532), autor, entre otras, de la poética composición de Santa Catalina
depositada por los ángeles en el sepulcro (fig. 1649), y de La Sagrada Familia
con San Juan, del Museo del Prado. Solario pinta una obra tan bella como la
Virgen del cojín, y de los restantes merecen recordarse Boltraffio y Sodoma.
(fig. 1649) Santa Catalina depositada por los ángeles en el
sepulcro
MIGUEL ÁNGEL
.—Ya hemos visto cómo Miguel
Ángel se considera, ante todo y sobre todo, escultor, y la realidad es que sus
pinturas tienen mucho de escultura, por su predominio absoluto del dibujo y su
decidido desinterés por el color. De su período florentino apenas poseemos más
que La Sagrada Familia (1503 (fig. 1650), del Museo de los Uffizi. Concebida
casi como un bloque escultórico, su comparación con las interpretaciones
florentinas de fin de siglo, del mismo tema, pone bien de manifiesto su
extraordinaria novedad. En complicación y riqueza de movimientos sólo puede
compararse, en un estilo completamente distinto, con las composiciones
leonardescas.
(fig. 1650) La Sagrada Familia
Pero la gran obra de este primer
período es la pintura mural, para el palacio de la Señoría, de la Batalla de
Caseína (1505 (fig. 1651). Desgraciadamente, sólo se conservan copias del cartón
donde representa el momento cuando los soldados, sorprendidos en el baño por el
enemigo, se visten rápidamente, pero por ellas podemos ver cómo son el desnudo y
el movimiento sus dos principales preocupaciones.
(fig. 1651) Batalla de Caseína
Sin apenas haber practicado la
pintura, y sin dominar bien la técnica del fresco, Julio II le encarga en 1508,
por sugestión de Bramante, que termine la capilla que Sixto IV hiciera decorar a
los mejores maestros cuatrocentistas de su tiempo. Miguel Ángel se niega y huye
de Roma, pero al fin tiene que transigir, y, al cabo de cuatro años de trabajar
solo en su alto andamiaje, descubre la enorme pintura de la bóveda (fig. 1652).
(fig. 1652) Bóveda Capilla Sixtina
Imagina ésta sostenida por varios
arcos transversales apoyados en pilastras, entre las cuales representa
alternativamente lunetos con los precursores del Salvador y figuras gigantescas
de profetas y sibilas. Sobre los capiteles de los pilares dispone una serie de
jóvenes desnudos en variadísimas y violentas actitudes, los Ignudi (fig. 1653),
que sostienen grandes relieves circulares de bronce, y en los tramos de la
bóveda misma pinta escenas del Génesis en cuadros alternados mayores y menores.
El número de figuras y de historias es considerable, y hemos de agradecer a
Bramante que obligase a Miguel Ángel a desarrollar este amplísimo programa que
seguramente nunca hubiese realizado en escultura. Nunca se ha representado hasta
ahora, ni se representará al Creador, tan radiante de fuerza y poder como en
estas historias. Grandioso como una gigantesca nube cargada de tormenta, y veloz
como una exhalación, recorre el espacio infundiendo vida con su sola presencia a
un mundo de titanes. Si en escultura sólo nos deja un Moisés, en los profetas y
sibilas nos ofrece veintitantos miembros de la misma familia, todos ellos en
actitudes de grandiosidad y variedad hasta ahora desconocidas, y animados por el
más profundo dramatismo. En los Ignudi —desnudos— es el tema del desnudo y del
movimiento lo que le obsesiona. Terminado el techo de la Sixtina en 1512, su
influencia en los destinos del Renacimiento es decisiva.
(fig. 1653) Ignudi. Creación de Eva
Muchos años después, en 1543, le
hace pintar el Pontífice, en el gran lienzo del muro de la misma capilla, el
Juicio final (fig. 1654). El Dios de Justicia, totalmente desnudo, con su
poderoso brazo en alto, está rodeado por una humanidad de gigantes, aterrorizada
por su presencia. Hasta los elegidos y la misma Virgen parecen atemorizados por
su tremenda justicia. El amor al desnudo y al movimiento que triunfa en el techo
de la capilla, se exalta aún más.
(fig. 1654) El Juicio Final
Es una inmensa masa humana que se
mueve con dramatismo apocalíptico, con una fuerza que sólo ha sentido hasta
ahora Signorelli. Comparado con todas las interpretaciones anteriores, este
Juicio final sorprende por el arrollador movimiento ascendente de los elegidos,
y por el hundirse en el abismo de los condenados, por su lanzamiento en el
espacio, en los que Miguel Ángel nos deja ver todo su entusiasmo por el escorzo.
Reflejo de la belleza del cuerpo humano de la perfección divina, Miguel Ángel no
duda en conceder a la desnuda amplitud sin precedentes, y, limpio en su
idealismo de toda impureza, lo lleva hasta el mismo cuerpo del Todopoderoso.
Pero las protestas no se hacen esperar, y el desvergonzado Aretino, alardeando
de honestidad, no duda en decir que si él escribe cosas impúdicas es con
palabras decentes. Es, en realidad, la consecuencia de la nueva reacción contra
el culto renacentista del desnudo, aun despojado de toda impureza. No se produce
tan violenta como en los días de Savonarola, pero el Pontífice hace cubrir a
Volterra, parte del cuerpo del Salvador.
En los frescos de la inmediata
capilla Paolina, obra diez años posterior, la preocupación por la corpulencia de
los modelos le lleva a crear un tipo hercúleo, que deja honda huella en sus
imitadores, pero que carece de la vida y energía del Juicio final y de la
belleza de las escenas del techo. Están dedicados a San Pedro y a San Pablo.
RAFAEL
. —Si Leonardo es el pintor que,
formado en la Florencia cuatrocentista, logra a costa de dolorosos fracasos
crear en unas cuantas obras el estilo del pleno Renacimiento, Rafael es el genio
fecundo que concibe con claridad admirable y ejecuta con decisión y perfección.
El es quien con paso seguro y firme sabe sacar las consecuencias del arte
leonardesco, e incorporando la grandiosidad, el dramatismo y la terribilitá
miguelangelesca, da forma al Renacimiento del siglo XVI. Rafael, como todos los
genios, se apoya en el estilo de sus predecesores y contemporáneos, pero lo hace
fundiendo esos estilos en el crisol de su propia personalidad, nacida bajo el
signo de la proporción y de la medida, de la belleza ideal y de la elegancia.
Espíritu permeable a las sugestiones ajenas, sería injusto negarle por ello una
capacidad creadora verdaderamente extraordinaria y rara vez igualada en la
historia del arte.
La vida de Rafael, pasados sus
primeros años, es una carrera ininterrumpida de triunfos. Nace en Urbino en
1483. Es persona de complexión débil, más bien pequeño de cuerpo, de ojos
grandes, de mirar dulce y expresión ingenua, de color pálido y largos cabellos
negros. Hijo del pintor Giovanni Santi, queda huérfano a los doce años y le toma
bajo su protección el discípulo de Francia, Timoteo Viti, que apenas le dobla la
edad. Cuatro años después, en 1499, ingresa en el taller del Perugino, donde
permanece hasta que cumple los veintiuno. Rafael regresa entonces a su patria,
pero los días felices de Urbino han pasado. El buen duque Federico ya no vive,
un Borja ha vaciado sus arcas y es necesario emigrar. Al trasladarse a Florencia
se inicia un nuevo período en su carrera artística.
Genio extraordinariamente precoz,
antes de marchar a Florencia produce ya obras notables que prueban la rapidez y
talento con que asimila el estilo peruginesco. Es la época del Rafael de las
composiciones simétricas, de las figuras de suaves movimientos, casi femeninos,
rostros redondos y mirada de ensueño. En su Virgen con el Niño, de Berlín
(1501), no sólo son peruginescos los modelos, sino la ingenuidad de la
composición y la sencillez de las actitudes. Las obras más personales de esta
época son El sueño del caballero y Las tres Gracias, inspiradas éstas en modelos
clásicos. Ya en Florencia pinta los admirables Desposorios (1504), de la
Pinacoteca de Milán (fig. 1655), donde crea una vasta perspectiva de amplísimos
horizontes al gusto peruginesco.
(fig. 1655) Desposorios
Rafael, más adelante,
transformará totalmente este estilo, todavía en buena parte cuatrocentista, pero
conservará de su etapa umbría el arte de componer con claridad, en gran parte el
gusto por las amplias perspectivas, y el sentido de la solemnidad aprendido del
Perugino. A estos años corresponde el San Jorge (fig. 1656).
(fig. 1656) San Jorge y el Dragón
Sus cuatro años florentinos son
decisivos para su formación. Es la época en que Miguel Ángel esculpe el David y
decora, en competencia con Leonardo, la Sala del Consejo. A la vista del estilo
de estos maestros, es natural que encuentre el suyo umbrío, ingenuo y
excesivamente sencillo. Rafael fija sus ojos ávidos de saber en el autor de la
Cena, y sus personajes, hasta ahora reposados, blandos y concebidos en plano,
comienzan a moverse con nervio, a enriquecer sus actitudes con escorzos y
efectos de claroscuro, a disponerse también en profundidad, y gracias a todo
ello, a enlazarse unos con otros en forma mucho más sabia. Simultáneamente, la
expresión de sus rostros gana en variedad. A la influencia leonardesca, tan
decisiva en su arte, se agrega la de Fra Bartolommeo, y la de la propia mímica
elegante y graciosa del pueblo florentino.
Durante su estancia en Florencia,
Rafael se forma como pintor de Vírgenes, uno de sus más legítimos títulos de
gloria. En sus Vírgenes con Niño se funden en equilibrio admirable el sentido
pagano renacentista de la belleza humana, depurado por el idealismo platónico, y
la devoción cristiana. A la ingenuidad peruginesca de la Virgen de Berlín (1501
(fig. 1657) suceden ahora los tipos propiamente rafaelescos: la grave actitud
rebosante de nobleza y grandiosidad cinquecentista de la Madonna del Granduca
(1505 (fig. 1658) —Virgen del Gran Duque—, la composición leonardesca de la
Virgen de Terranova —compárese la mano en escorzo con la de la Virgen de las
Rocas, de Leonardo— y el arrebato maternal casi donatelliano de la Madonna de la
casa de Tempi.
(fig. 1657) Virgen con el niño (Museo de Berlín
(fig. 1658) Madonna del Granduca
El nuevo estilo, intensamente
influido por el arte de componer de Leonardo, es aún más sensible en la Virgen
de la Pradera (1505), del Museo de Viena, en la Virgen del Jilguero (1506) del
de Florencia y en la Bella Jardinera (1507 (fig. 1659), del Louvre, donde el
deseo de inscribir el grupo en la equilibrada forma triangular es bien patente.
(fig. 1659) La Bella Jardinera
De esta misma fecha es la Sagrada
Familia del Cordero, del Museo del Prado. Todas ellas nos dicen cómo la
agrupación de los personajes es problema que obsesiona a Rafael, y su obra
posterior nos confirma cómo continuará preocupándole a lo largo de toda su vida.
La creación más importante del período florentino, en la que se revela
impresionado por el dramatismo miguelangelesco, es el Santo Entierro (1507),
obra maestra, de numerosas figuras, que le muestra ya en pleno dominio del arte
de componer. Recuérdense los Desposorios y se comprenderá el largo camino
recorrido en el breve espacio de tres años.
No obstante las obras capitales
que pinta en Florencia, no llega a considerársele en la ciudad del Arno artista
de primer orden.
En 1508 marcha Rafael con una
presentación para Julio II de su sobrino favorito, el nuevo señor de Urbino.
Acogido, además, favorablemente por su paisano Bramante, se le confía la
decoración de la Sala del Sello —La stanza delta segnatura— del Vaticano, lo que
significa su consagración. Es la época en que Miguel Ángel pinta el techo de la
capilla Sixtina. Rafael cuenta veintiséis años y ya no sale de Roma. Rodeado de
admiradores y solicitado por todos, sólo vive días de gloria. Pero esos días no
son largos. El Viernes Santo de 1520, cuando cumple los treinta y siete años,
muere rodeado de admiración, a la que sólo falta el carácter divino para ser
verdadero culto.
La serie de grandes pinturas
murales, que, auxiliado por un activo taller, pinta en el Vaticano, es uno de
los conjuntos más grandiosos de la pintura renacentista, y en él culmina el
género iniciado por Giotto en la Arena de Padua. Es donde su arte de componer
alcanza plena madurez, haciendo gala de una fantasía rara vez igualada, y donde
florecen todas las grandes dotes de su genio. En ellas es también cada vez más
sensible la influencia del dinamismo y de la grandiosidad miguelangelescos. En
la estancia antes citada pinta (1508-1511) las cuatro grandes alegorías: la
Teología —Disputa del Sacramento—, la Filosofía —La Escuela de Atenas—, la
Poesía —El Parnaso— y la Jurisprudencia —Gregorio IX y Justiniano publicando sus
códigos.
La Disputa del Sacramento (fig.
1660), que representa el triunfo de Cristo en su cuerpo glorioso y bajo la forma
de la Eucaristía, está concebida con grandiosidad extraordinaria, como un
amplísimo escenario de abolengo umbrío, en realidad, un gigantesco presbiterio,
donde se ordenan en semicírculo, a uno y otro lado del altar, pontífices,
cardenales y prelados que discuten acaloradamente adoptando nobles actitudes.
Ligados por su mímica, todos ellos aparecen intensamente incorporados a esa
corriente de atención que converge en el ostensorio, como la de los Apóstoles de
Santa Maria delle Grazie en la persona del Salvador. Incluso los personajes que
aparecen tras el antepecho del primer término se encuentran incorporados a ese
movimiento. A ese deseo obedece, por ejemplo, el gesto del que, abismado en la
lectura de su gran libro, mueve su rostro violentamente hacia atrás.
(fig. 1660) La Disputa del Sacramento
Esta misma grandiosidad
majestuosa, que nos dice cómo Rafael ha sabido asimilar el tono de las ruinas
gigantescas de la Ciudad Eterna, lo mismo que antes la gracia florentina, es la
que inspira La Escuela de Atenas (fig. 1661). El gracioso templete de los
Desposorios, de ligereza umbría se transforma en las masas ingentes de unos
muros que reciben una enorme bóveda, ante la que Platón con el Timeo señalando
el cielo, y Aristóteles con la Ética, presiden a un sinnúmero de personajes. En
el primer término se ha retratado el pintor en unión del Sodoma y del geógrafo
Ptolomeo, con el globo en la mano. El Arquímedes que, junto a él, dibuja en
tierra sus geometrías, parece ser también retrato de su protector Bramante.
(fig. 1661) La Escuela de Atenas
Al terminar la primera Estancia,
Julio II le encomienda la llamada de Heliodoro (1514), en cuyas historias,
aunque indirectamente, se glorifica la persona de aquel Pontífice. En sus dos
principales composiciones, Heliodoro expulsado del templo y el Encuentro de León
I y Atila, dedicadas a recordar el castigo de los príncipes expoliadores de los
Estados Pontificios, y la defensa de éstos, nos ofrece el contraste entre la
majestuosidad y la severidad pontificia, y el movimiento impetuoso del grupo de
los jinetes, que inspirará a tantas generaciones de pintores. Muerto Julio II al
comenzarse la segunda historia, hubo de retratar en León I a León X. En la
tercera cámara (1514-1517) pinta el Incendio del Borgo (fig. 1662), en el cual
el movimiento y el dramatismo de las gentes aterrorizadas por el peligro, son la
preocupación principal del pintor, que nos hace alarde de su fantasía trazando
un sinnúmero de variadas y elegantísimas actitudes.
(fig. 1662) Incendio del Borgo
La colaboración del taller, ya
considerable en los restantes frescos de esta cámara, es preponderante en la
Sala de Constantino, cuya historia principal es la Batalla del Puente Milvio,
ejecutada en su mayor parte, con arreglo a sus dibujos, por su discípulo Julio
Romano, y terminada después de su muerte.
De no menor importancia que estas
grandes composiciones murales es la hermosa serie de cartones (1515) que pinta
para ser copiados en los tapices que el Pontífice hace ejecutar en Flandes.
Están consagrados a los Hechos de los Apóstoles.
Entre sus restantes pinturas
murales deben recordarse especialmente las de las Logias del Vaticano (1513),
por las numerosas escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento que contienen y por
sus decoraciones de grutescos, que, ejecutadas por sus discípulos, en particular
por Giov de Udine, son el repertorio más rico y más utilizado por los artistas
posteriores para este tipo de ornamentación. Son también muy bellas las del
palacio de la Farnesina, dedicadas a la fábula antigua, y cuyo tema principal es
el Triunfo de Galatea.
Este considerable número de
grandes composiciones murales pintadas en poco más de diez años no impide a
Rafael continuar cultivando la pintura de caballete, en la que su estilo,
naturalmente, continúa evolucionando en forma análoga. A su etapa romana
corresponden la Virgen del Pez (fig. 1663) y la Virgen de San Sixto (1515)
(lámina 170), de simplicidad de composición y grandiosidad romana típicamente
cinquecentista, y la Virgen de la Silla.
(fig. 1663) Virgen del Pez
La composición de sus Sagradas
Familias se complica también a tenor del estilo de sus primeras pinturas
murales. La de Francisco I, del Museo del Louvre, es buena prueba de ello. La
del Roble (fig. 1664), del Museo del Prado, con sus mármoles clásicos y sus
actitudes, nos dice cómo Roma ha entrado en Rafael.
(fig. 1664) Sagrada Familia del roble (Museo del Prado)
En las grandes composiciones del
Pasmo de Sicilia, del mismo museo, y de la Transfiguración, es particularmente
sensible la influencia miguelangelesca.
Lo mismo que en la pintura de
historia, Rafael deja su huella genial en el arte del retrato, donde también
puede seguirse su evolución admirable desde los primeros, de los Doni (fig.
1665), o del Joven, de Budapest, hasta el del Cardenal de grandiosidad y
simplicidad romanas; el de Juana de Aragón y el de la Donna Vellata, cada vez
más ampulosos y de gesto más arrogante. Ellos sirven de punto de partida a los
grandes retratistas barrocos.
(fig. 1665) Retrato de los Doni
CORREGGIO
. —El pintor de Parma Antonio
Allegri, llamado el Correggio (muerte 1534), muere, como Rafael, antes de
cumplir los cuarenta años. Correggio es el más barroco de la primera fase del
pleno Renacimiento. Aunque se supone que después de estudiar con pintores
modestos se encierra en Parma y no conoce a sus grandes contemporáneos antes
citados, es indudable que no se ha formado solo. En sus obras más antiguas es
sensible la huella de Mantegna, no sólo en la manera de colocar los personajes,
sino en los mismos tipos de éstos. De su conocimiento de la obra de Rafael es
testimonio su famosa exclamación: Anch'io sonó pittore al contemplar"' la
Madonna de San Sixto, de aquél; y de su admiración por Leonardo nos habla su
interés por el claroscuro y por la blandura del modelado, tan esenciales en su
estilo.
Pero, por encima de todas esas
influencias, está la propia sensibilidad del Correggio. Como se ha dicho muy
bien, mientras en Miguel Ángel todos los seres se convierten en gigantes, en el
pintor de Parma todo se hace infantil, y, sobre todo, femenino; frente a los
gestos terribles del florentino, su expresión típica es la sonrisa. Sus
personajes masculinos tienen a veces formas casi femeninas —recuérdese el
Salvador del Noli me tangere, del Museo del Prado.
Pese a la influencia de Mantegna
en alguna obra temprana, como la Judit del Museo de Estrasburgo, Correggio tiene
ya creado su estilo propio hacia 1515. La Virgen de San Francisco, del Museo de
Dresde, concebida todavía dentro del tipo rafaelesco, manifiesta claramente, en
las actitudes de los personajes y en la expresión de sus rostros, sus
características propias. De estos mismos años se considera la Virgen del Museo
del Prado (fig. 1666), donde su amor por el claroscuro le lleva a imaginar la
escena en una especie de cueva con entrada al fondo, y su deseo de movimiento se
deja sentir en la actitud de la Virgen y en los plegados de su ropaje.
(fig. 1666) Virgen del Museo del Prado
De fecha algo más avanzada son
los Desposorios místicos de Santa Catalina (fig. 1667), del Museo del Louvre,
una de las obras más bellas del Renacimiento, donde la gracia y la ternura tan
características del pintor se nos muestran en toda su plenitud.
(fig. 1667) Desposorios místicos de Santa Catalina
El Noli me tangere, del Museo del
Prado, que se considera de estos mismos años, nos ofrece un paisaje
aterciopelado con bellísimo celaje, ante el que el pintor expresa el arrebato de
la Magdalena en una figura intensamente movida. Pero cuando ese amor por el
movimiento, que le convierte en uno de los padres del barroco, adquiere mayor
desarrollo en sus cuadros de caballete es en las composiciones de numerosas
figuras, como las Vírgenes de San Sebastián, de San Roque, de San Jorge y de San
Jerónimo, donde la claridad, el equilibrio y el sentido arquitectónico
rafaelescos de la Virgen de San Francisco desaparecen en violentos escorzos.
Representadas desde punto de vista muy bajo, las figuras se entrecruzan y
superponen, produciendo una impresión de movimiento y alegría sin precedentes.
Lejos de contrapesar los personajes, gusta de agruparlos desequilibradamente, de
modo que domine en su composición una violenta línea oblicua, situando en uno de
los lados, en el borde mismo del cuadro, y en primer plano, a algún personaje,
para que el grupo decrezca rápidamente en el sentido opuesto. Esta misma forma
de componer inspira su Nacimiento (fig. 1668), del Museo de Dresde, en el que
ese efecto resulta más patente gracias al resplandor del Niño en la oscuridad
que justifica la denominación de la Noche con que se conoce el famoso cuadro.
(fig. 1668) Nacimiento (La Noche)
En el Descanso en la huida a
Egipto, conocida por la Virgen de la escudilla, del Museo de Parma, son notables
la luminosidad de nubes y personajes, la expresión de los rostros y el
movimiento general de la composición.
El movimiento y los escorzos
alcanzan su máximo desarrollo en las pinturas murales de sus bóvedas, pues, no
en vano, bastantes de las características comentadas en sus cuadro de caballete
tienen su origen en este género pictórico. En las del locutorio de San Pablo de
Parma (1518), encargadas por la mundana abadesa donna Giovanna, nos muestra en
unos nichos fingidos esculturitas monocromas paganas, mientras hace desfilar por
las claraboyas una encantadora serie de niños con perros, flechas y trofeos de
caza del séquito de Diana, la diosa de la virginidad, que, guiando su carro,
preside la sala sobre la chimenea. En 1520, cuando sólo cuenta veintiséis años,
pinta la cúpula y el ábside de San Juan de Parma, donde su estilo avanza
considerablemente en el sentido barroco de la composición, reduciéndose ya al
mínimo el encuadramiento arquitectónico, existente todavía en San Pablo (fig.
1669).
(fig. 1669) Ascensión. Cúpula y el ábside de San Juan de Parma
Las nubes y los escorzos de los
personajes vistos desde abajo lo invaden todo. En la cúpula representa la visión
de San Juan, que aparece escribiendo en un luneto, con el Todopoderoso,
inspirado en el Salvador de la Transfiguración de Rafael, rodeado por numerosos
personajes en escorzos violentísimos. De la Coronación de la Virgen del ábside
sólo se conserva en el Museo de Parma el grupo central, y aún más barroca es la
Asunción de la Virgen, que pinta (1526) en la cúpula de la catedral. Nubes,
escorzos y desnudos en desenfrenado movimiento cubren toda la superficie de la
bóveda.
La pintura barroca tendrá que
esperar más de un siglo para crear algo equiparable. En la parte inferior, ante
el fingido tambor, presencian el portento los apóstoles, mientras los ángeles
sostienen candelabros e incensarios.
Enamorado del desnudo como buen
renacentista, y cultivador de la fábula mitológica, no posee el equilibrio y el
reposo espiritual que veremos en Tiziano. Entre la Dánae recibiendo la lluvia de
oro, de éste, y la suya, existen diferencias fundamentales. Su Dánae es una
figurilla menuda e inquieta en que existe mucho del estilo Luis XV francés. Esa
intención, ajena a la pura contemplación de la belleza del desnudo femenino
tizianesco, aumenta en grado hasta ahora desconocido en su lo del Museo de
Viena, donde la voluptuosidad del pintor se pone a tono con la fina fantasía
griega creadora de la fábula representada. Obra también muy conocida es el Rapto
de Ganímedes, del mismo museo (fig. 1670).
(fig. 1670) Rapto de Ganímedes
EL MANIERISMO
. —Muerto Leonardo en 1519,
Rafael el año siguiente, y terminado poco después, hacia 1540, el Juicio Final
de Miguel Ángel, el gran arte del Renacimiento florentino ha llegado a su
momento culminante. La enorme capacidad creadora de la ciudad del Arno queda
agotada, y ya no produce artistas de primer orden que hagan avanzar la pintura
como hasta ahora.
Después del traslado a Roma de
Miguel Ángel y Rafael, queda en Florencia algún pintor de tan gran valía como
Andrea del Sarto (muerte 1531), que, sin el genio de aquéllos, es, sin embargo,
artista de primer orden, cultivador tanto de la pintura al fresco como de la de
caballete. Las grandes composiciones murales del claustro de los Descalzos de
Florencia son buenos ejemplos de cómo sin dejarse subyugar por el arte
rafaelesco sabe cultivar el género en forma muy original y con grandiosidad
plenamente cinquecentista. Ese mismo estilo inspira su pintura en la tabla de la
Virgen de las Arpías, y en tal grado que, por lo claro y majestuoso de su
composición, puede considerarse como una de las obras más representativas del
Renacimiento cinquecentista. Sus Sagradas Familias y sus Vírgenes con el Niño,
de formas un tanto angulosas, y su personal sentido del color, alcanzan una gran
aceptación. El Asunto místico del Museo del Prado, típica composición triangular
cinquecentista, es también, por la delicadeza del colorido, una de sus obras
maestras. Ejemplo de retrato, que le coloca a la altura de Rafael, es el que se
supone de la mujer del artista, Lucrecia de FEDE (fig. 1671), del mismo museo.
(fig. 1671) Lucrecia de Fede
Aun sin producir personalidades
de la categoría de Leonardo y Miguel Ángel, la pintura florentina continúa
evolucionando. El nuevo estilo es el manierista, que intensifica algunos
aspectos de la obra de los grandes maestros anteriores y agrega nuevos valores.
Figura entre los primeros el intenso dinamismo contenido miguelangelesco, que da
lugar a las más rebuscadas y contorsionadas actitudes. El deseo de acoplar unas
figuras en el espacio libre dejado por las otras aumenta en grado
extraordinario, y a los grandes grupos antes enlazados con soltura y gracia
sucede el escalonamiento o distribución en zonas superpuestas. Entre los más
destacados manieristas florentinos deben recordarse Pontormo (muerte 1556),
Rosso (muerte 1541), Bronzino (muerte 1572) y Vasari (muerte 1574). Pontormo (fig.
1672) es pintor de gran sensibilidad, cuyo intenso manierismo va unido a un
sentido de la elegancia típicamente florentino.
(fig. 1672) Descendimiento
Rosso, menos preocupado por el
ritmo ligero de las formas curvilíneas, prefiere los planos quebrados de colores
vivos y fuertemente iluminados; Bronzino, excelente retratista, y Vasari
representan una etapa más avanzada del manierismo, en la que se deja sentir la
influencia de la monumentalidad romana. Una de las últimas etapas del manierismo
florentino está representada por los Zúccari, que Felipe II llamará a El
Escorial.
En Roma, el manierismo sigue dos
tendencias a veces muy diferenciadas, pero que, con frecuencia, se funden: la de
Rafael y la de Miguel Ángel. Aparte de los discípulos, debe recordarse entre los
seguidores del primero, por su gran influencia, a Salviati, que tanta huella
deja en los rafaelistas españoles, y entre los del segundo a Daniel de Volterra
(muerte 1566), en cuyas obras maestras, el Descendimiento y la Resurrección de
Lázaro (fig. 1673), encontramos los tipos hercúleos y las actitudes grandiosas
de la capilla Sixtina.
(fig. 1673) Resurrección de Lázaro
Tardío representante de este
manierismo miguelangelesco es el bolones Tibaldi, que, como veremos, viene a fin
de siglo a decorar El Escorial.
Como es lógico, el manierismo no
se circunscribe a Florencia y Roma. Al norte de los Apeninos, dentro del cuadro
general de características del estilo, los pintores de este período se
distinguen por la influencia del Correggio. El Parmigianino (muerte 1540) nos
deja en su Virgen del cuello largo (fig. 1674) una de las más típicas creaciones
del manierismo, en las que las formas se alargan desmedidamente.
(fig. 1674) Virgen del cuello largo
Federico Barocci (muerte 1612),
hijo de Urbino, a su regreso de Roma se encuentra más atraído por el arte
gracioso y femenino del Correggio que por la grandiosidad miguelangelesca, y
crea un estilo muy personal y poético, de colores claros con calidad de pastel,
personajes menudos, de andar leve y rostros sonrientes, y composiciones en que
dominan el escorzo y los efectos de luz. El Nacimiento (fig. 1675), del Museo
del Prado, es buen ejemplo de su manera de pintar.
(fig. 1675) Natividad
ESCUELA DE VENECIA:
GIORGIONE
. —En la Venecia de Giovanni
Bellini, pletórica de color y de lujo, surge a fines del siglo XV un artista
que, como Leonardo en el centro de Italia, es capaz de crear un nuevo estilo.
Ese artista es Giorgio de Castelfranco, o Giorgione (muerte 1510), que muere de
la peste antes de cumplir los treinta. Dotado de un temperamento esencialmente
poético, percibe como los grandes florentinos el sentido de la claridad y de la
simplicidad de la composición del cinquecento, y crea el tipo humano que Tiziano
empleará después. Transforma el paisaje, dotándole de poesía hasta ahora
desconocida en Venecia, y escribe uno de los capítulos más bellos del desnudo
femenino. De lo que significa para la transformación en la escuela veneciana en
pro de la grandiosidad del Renacimiento pleno es buen ejemplo su Virgen de
Castelfranco, sentada en elevado trono sobre bello fondo de paisaje, y
acompañada de dos santos en la mitad inferior del cuadro. En un solo plano
presenta también a la Virgen con dos santos, del Museo del Prado, que, discutida
por unos y defendida por otros, es indudablemente obra de excelente calidad,
animada por el más puro espíritu giorgionesco. Pero donde se manifiestan toda la
novedad del estilo del joven pintor y su fino sentido poético es en sus obras de
tema profano. En el Concierto campestre (fig. 1676), del Museo del Louvre, nos
muestra en la más admirable unión el blando y aterciopelado paisaje por él
creado, el desnudo femenino de formas llenas que heredará Tiziano y la música.
(fig. 1676) Concierto campestre
Desnudo y paisaje es lo que nos
ofrece de nuevo en La tempestad y en su Venus dormida (fig. 1677), de Dresde. De
cuerpo más esbelto que las jóvenes del Concierto, es, probablemente, el desnudo
renacentista donde de manera más perfecta se hermanan la admiración por la
belleza del cuerpo juvenil femenino y el sentido de la castidad. En ninguna otra
pintura se ha interpretado tampoco mejor el reposo del sueño sereno y libre de
toda preocupación.
(fig. 1677) Venus dormida
El paisaje, que, al parecer,
termina Tiziano, acompaña con su horizontalidad y su blandura el cuerpo juvenil
de la diosa. Desde el punto de vista de la iconografía del tema, la
interpretación de Giorgione inaugura el tipo de la Venus echada que adoptará
Tiziano y que tan larga descendencia tendrá en toda la pintura posterior.
TIZIANO
. —Muerto en plena juventud
Giorgione, el pintor en quien florece su ideal artístico es Tiziano Vecellio
(muerte 1576), que muere, en cambio, casi centenario. Nacido en un pueblecito de
los Alpes vecinos, es discípulo de Bellini, aunque deba realmente la formación
de su personalidad a Giorgione. Tiziano es artista que recibe las mayores
distinciones de los príncipes extranjeros —el emperador Carlos le nombra conde
de Palatino—, pero que no se decide a abandonar Venecia sino obligado por las
circunstancias o para realizar trabajos muy concretos, como la marcha a Bolonia
y Augsburgo para retratar al César; la visita que hace a Roma en edad avanzada
se debe a asuntos familiares y no artísticos. Su vida transcurre holgada y
plácida en su casa de Venecia, frecuentada por sus amistades, entre las que
figuran el Ariosto y el Aretino, entregado a su arte y a la música, por la que
siente gran afición.
Gracias a su larguísima vida, el
estilo de Tiziano evoluciona profundamente, hasta el punto de que, mientras sus
primeras obras son de tipo bellinesco, de superficies acariciadas y terminadas,
en las últimas emplea una técnica deshecha, casi impresionista, en que utiliza
pinceles, al decir de algún testimonio, como «escobas», y para terminar el
cuadro, más que de ellos se vale de los dedos. La Virgen y santos de medio
cuerpo y el Jesús con la Cruz, del Museo del Prado, son buenos ejemplos de los
estilos de juventud y de vejez del maestro.
Entre sus obras juveniles,
animadas ya plenamente por el espíritu giorginesco, figuran Las tres edades, de
propiedad particular inglesa, y, sobre todo, El amor divino y el amor profano,
de la Galería Borghese, de Roma (fig. 1678), cuyo sentido concreto no conocemos
con seguridad, y entre cuyas interpretaciones figura la que representa a Venus
despertando en Medea el amor por Jasón. Apoyadas en una fuente de mármol con
relieves alegóricos alusivos al tema, Tiziano nos contrapone las dos bellas
jóvenes, vestida la una y desnuda la otra, viva reencarnación de las del
Concierto campestre giorgionesco.
(fig. 1678) El amor divino y el amor profano
La música que hemos visto
aparecer en éste, y por la que el Tiziano siente tanta afición, le inspira el
Concierto del Museo de los Uffizi, de Florencia, ahora que con figuras de medio
cuerpo y sobre fondo oscuro. Obras también tempranas, animadas por el mismo
espíritu giorgionesco, son la Bacanal (fig. 1679) y la Ofrenda a Venus, del
Museo del Prado, pareja que, con el Baco y Ariadna (fig. 1680), de la Galería
Nacional de Londres, constituye la serie pintada para el duque de Ferrara. En la
Bacanal, sobre un fondo donde el azul intenso del mar y las hermosas nubes
doradas son personajes de primer orden, nos muestra la sana alegría y la laxitud
que el vino produce. Levantándolo en bella jarra de vidrio veneciano, nos dice
cómo hace dormir profundamente, tanto al viejo tendido en la colina del fondo
como a la joven que en el primer término nos deleita con su hermoso desnudo, e
inspira la alegría de los que beben y danzan en el grupo central. También aquí
dedica Tiziano su recuerdo a la música, y precisamente en la persona de su amada
Violante, que, situada en primer plano, tiene la flauta en la mano y decora su
pecho y su cabeza con las emblemáticas violetas.
(fig. 1679) La Bacanal
(fig. 1680) Baco y Ariadna
El capítulo de la fábula pagana
incluye otra importante serie, que tiene su origen en la Venus dormida de
Giorgione. La más antigua de su mano, y en la que la derivación del modelo del
maestro resulta más patente, es la de Urbino, del Museo de los Uffizi. Sus
formas son todavía tan juveniles como en la Venus de Dresde, y su colocación,
salvo en uno de los brazos, la misma.
Pero no reposa en el campo; está
en la habitación de un palacio, al fondo de la cual unas servidoras buscan en un
arcón las vestiduras que ocultarán su bello desnudo. En las interpretaciones
posteriores, sus Venus pierden juventud, y de acuerdo con su ideal de belleza
femenina, son de formas más llenas. Colocadas más de frente, parecen hacer gala
de ello. Los dos ejemplares del Museo del Prado nos dicen que para Tiziano, el
digno compañero del amor es la música. Obras no menos bellas que las anteriores
son, en el mismo museo, Dánae recibiendo a Júpiter en forma de lluvia de oro,
uno de los más hermosos desnudos salidos de su pincel, y Venus y Adonis, lienzo
en el que, para formar juego y completar el anterior, según escribe el propio
Tiziano al enviarlo a Felipe II, en vez de presentar a la diosa de frente, como
a Dánae, la muestra de espaldas. Y todavía puede recordarse, entre sus obras
maestras de tema mitológico de las antiguas colecciones reales españolas, la
llamada Venus del Pardo, hoy en el Museo del Louvre.
Pero Tiziano es también pintor de
primer orden de temas religiosos. De época bastante temprana son dos grandes
cuadros en los que nos muestra cómo sabe mover un crecido número de personajes
con ese sorprendente sentido de la monumentalidad típicamente cinquecentista. En
la hermosa Asunción de Santa María dei Frari, la Virgen asciende, en actitud
majestuosa, sobre el grupo de las gigantescas figuras de los apóstoles, que
llenan la parte baja en torno al sepulcro vacío. Esa misma nota de
monumentalidad impera en la Virgen de los Pésaro (1526) del mismo templo, donde
dos enormes columnas, vistas desde muy lejos, como la Virgen misma, prestan al
escenario un tono monumental muy de acuerdo con los gustos de la época.
Presentados por San Pedro, los Pésaro celebran su victoria sobre los franceses,
enarbolando la bandera de los Borjas coronada de laurel. Alternando con los
temas de carácter mitológico, Tiziano continúa pintando a lo largo de su vida
cuadros religiosos, entre los que ocupa destacado lugar la Gloria (1554), del
Museo del Prado (fig. 1681). Sobre un paisaje que se pierde en la profundidad,
imagina suspendidos en el espacio, en primer término, a los profetas y santos,
que, escalonándose y alejándose hacia arriba, encuadran a la Trinidad y a la
Virgen, que, envuelta en su manto azul, se dirige hacia las alturas. Dándoles
frente en el lado opuesto, cubiertos por sus sudarios, imploran perdón por sus
pecados el Emperador, Doña Isabel y Felipe II.
(fig. 1681) La Gloria
En el mismo museo se guardan el
Santo Entierro y la Santa Margarita, el Ecce Homo y las Dolorosas. Obra
religiosa muy característica de los últimos tiempos por su factura aborronada es
la Coronación de Espinas, de la Pinacoteca de Munich.
Tiziano es, además, pintor de
retratos de primera calidad, y también de este género guarda el Museo del Prado
varios de los mejores, que no en vano la colección de cuadros del pintor que
conserva nuestra primera pinacoteca carece de rival. De Carlos V posee dos. El
más antiguo es el que le presenta de pie y de cuerpo entero —el Tiziano es el
que impone el retrato de cuerpo entero—, acompañado por un gran mastín y vestido
con el traje de corte que luce al ser coronado rey de Lombardía. El otro es el
pintado en Augsburgo, después de la batalla de Mühlberg (fig. 1682), a cuyo
efecto se traslada Tiziano expresamente a la ciudad alemana.
(fig. 1682) Carlos V (pintado en Augsburgo)
Los años transcurridos entre uno
y otro retrato no son muchos, pero el César, todavía joven, aparece en el
segundo avejentado y cargado de preocupaciones, como, efectivamente, sabemos que
lo estaba en esos días. El pintor renuncia al paso de desfile según la norma
impuesta por la estatua ecuestre de Marco Aurelio, y lo imagina dirigiéndose
rápidamente a algún lugar de peligro de la batalla, con ese tono de naturalidad
tan propio del estilo tizianesco. Tanto el color del caballo como el atavío del
retrato responden plenamente a los por él llevados el día de la batalla. El
tercer retrato de Carlos V, que nos lo muestra en un sillón como hombre de
Estado, pertenece a la Pinacoteca de Munich.
De Felipe II existen en el Museo
del Prado, uno de joven con armadura (fig. 1683), y otro, de gran tamaño,
compañero del de Carlos V en Mühlberg, donde el monarca ofrece a su hijo en
acción de gracias por la victoria de Lepanto.
(fig. 1683) Felipe II con armadura
El retrato de la Emperatriz
Isabel, de medio cuerpo, no está hecho del natural. Retratos también de primer
orden conservados en el mismo museo son el del Marqués del Vasto arengando a sus
tropas y, sobre todo, el Autorretrato (fig. 1684) del pintor, ya viejo, pero
firme, ejecutado con esa aparente simplicidad que sólo se alcanza al final de
una gloriosa carrera artística.
(fig. 1684) Tiziano. Autoretrato
VERONÉS
. —El amor al lujo y la
fastuosidad, tan típicamente veneciano, unido al interés por lo secundario y
anecdótico, propio del estilo cuatrocentista, son los rasgos esenciales que
definen la personalidad artística de Pablo Veronés (muerte 1588), la segunda
gran figura de la escuela. Veronés es el pintor de los escenarios grandiosos con
amplias columnatas y blancas fachadas de mármol, donde se mueven numerosos
personajes que, en actitudes elegantes, visten lujosas vestiduras de ricos rasos
y terciopelos. Para él, las historias religiosas son motivos para imaginar
aparatosas composiciones, por lo general de tono profano, animadas por una serie
de escenas secundarias que alegran y entretienen la vista, pero que no
contribuyen a concentrar la atención en el tema principal. En este aspecto, es
el heredero directo de la tradición de Gentile Bellini y Carpaccio. No deja de
ser significativo el que la Inquisición estime irreverente en alguno de sus
cuadros la presencia de ciertos personajes secundarios.
Obras muy representativas de la
personalidad de Veronés son las Bodas de Cana y la Comida en casa de Simón, del
Museo del Louvre, cuadros que además, por sus enormes proporciones, son buena
prueba de cómo la pintura veneciana en lienzo sabe emular el tamaño de los
frescos florentinos y romanos. Las Bodas de Cana tienen por fondo un escenario
arquitectónico monumental de fastuosos edificios marmóreos con largas
balaustradas, entre los que se mueven un sinnúmero de personajes. Ante la mesa
del banquete se encuentra la orquesta, y junto a ella, servidores que trasiegan
vino de unas vasijas a otras, un negrillo que ofrece la bebida, perros, etc., y,
como si no fuese suficiente el escenario, algunos personajes suben por las
columnas y cornisas para contemplar mejor el espectáculo. La Comida en casa de
Simón, aunque no produce el efecto de aglomeración del cuadro anterior y su
columnata de planta curva da una sensación de mayor claridad, responde a la
misma manera de sentir. Cuadro también de este tipo es el de la Comida en casa
de Leví, (fig. 1685) de la Academia de Venecia.
(fig. 1685) Comida en casa de Leví
Entre la excelente colección de
obras del Veronés, del Museo del Prado, destaca muy en primer plano el Jesús
perdido en el templo discutiendo con los doctores, donde el Salvador niño se
dirige con aire majestuoso a unos doctores ataviados como ricos mercaderes
venecianos, y el de Jesús y el centurión de Cafarnaum (fig. 1686), en el que,
ante un escenario monumental, con dos grandes columnas en el primer término, el
centurión cae en tierra y, sostenido por dos soldados, se postra a los pies de
Jesús, que, acompañado por los apóstoles, viene del fondo.
(fig. 1686) Jesús y el centurión de Cafarnaum
Cuadro también de numerosas
figuras es el del Martirio de San Menas. Importante por su belleza e interesante
porque permite compararlo con la interpretación del mismo tema de Tiziano, es el
de Venus y Adonis. De pequeñas proporciones, el Hallazgo de Moisés es de un
colorido muy rico y está compuesto con gran maestría (fig. 1687).
(fig. 1687) El Hallazgo de Moisés
TINTORETTO
. —El tercer gran maestro de la
escuela es Jacopo Robusti, llamado el Tintoretto (muerte 1594) por lo corto de
su cuerpo y ser hijo de un tintorero. Con él desaparece de la pintura veneciana
ese reposo clásico que distingue al Tiziano y al mismo Veronés. Temperamento
extraordinariamente apasionado y violento —que la Venecia de su tiempo no llega
a comprender—, no consigue que se le estime como pintor del rango de Tiziano ni
de Veronés. Y es que Tintoretto reacciona frente a la placidez de Tiziano, y no
obstante ser como él un colorista de primer orden, siente admiración por Miguel
Ángel. Aunque se asegura que escribe en la pared de su estudio el lema: «El
dibujo, de Miguel Ángel; el colorido, de Tiziano», no es sólo el dibujo del
maestro florentino, sino su sentido dramático, lo que le hace proponerlo de
modelo. En su preocupación por el escorzo, no contento con estudiar la obra de
Miguel Ángel, hace figurillas de cera y barro, que, colocadas en cajitas de
madera, copia desde abajo. También es novedad importante en la escuela, que
contribuye a intensificar el dramatismo de sus creaciones y facilita el efecto
de los escorzos, su interés por el claroscuro, que no en vano, al decir del
cronista clásico de los pintores venecianos, los mejores colores, según el
Tintoretto, son el blanco y el negro, porque éste da profundidad a las sombras y
aquél realza el relieve.
Después de varias pinturas de
menos importancia, en su deseo de realizar algunas obras de grandes proporciones
en que poder dar rienda suelta al fuego de su fantasía, consigue que le
encarguen, sin más remuneración que el pago de los materiales, los enormes
lienzos de Santa María dell'Orto (1546). En la Adoración del becerro de oro, y
sobre todo, en el Juicio Final, nos deja ya ver, juntamente con la influencia de
Miguel Ángel, todo el dramatismo de su temperamento y su amor al movimiento, a
la violencia de los escorzos y a los contrastes de luces y sombras. El cotejo de
la Presentación de la Virgen, de esta serie, concebida en profundidad y
violentamente iluminada, con la del Tiziano, desarrollada en plano y bajo una
iluminación uniforme, nos dice el abismo que los separa. Pocos años más tarde
comienza sus pinturas para cofradías o scuole. La primera es la serie de la de
San Marcos, para donde hace la historia del Santo liberando a un esclavo del
suplicio (fig. 1688). Es una revuelta masa humana, que ante un fondo luminoso
muestra las más movidas actitudes subrayadas por vivos contrastes de claroscuro,
masa sobre la que desciende el santo con ímpetu arrollador, iluminado el manto,
el rostro en sombra y radiante de luz la cabeza, mientras el esclavo yace
desnudo en tierra, en escorzo no menos violento, y el verdugo, con los brazos en
alto, enarbola los instrumentos de martirio hechos pedazos.
(fig. 1688) San Marcos liberando al esclavo
La serie más importante es, sin
embargo, la de Scuola di S. Rocco, que consume buena parte del final de su
carrera. La obra que en el Museo del Prado puede dar idea de estas grandes
pinturas es el Lavatorio (fig. 1689), en el que Tintoretto desplaza el tema
principal del Salvador a un extremo del cuadro, situando, en cambio, en el
centro el motivo secundario del esfuerzo por despojar de sus calzas a uno de los
apóstoles. Pero, aparte de esta interpretación tan veneciana, lo verdaderamente
importante para la historia de la pintura es la maravillosa realidad de que sabe
dotar al aire bajo la sombra de la mesa y en la luminosa lejanía. Para la
historia de la perspectiva aérea, que culminará en nuestro Velázquez, es jalón
capital.
(fig. 1689) Lavatorio
Además de esta obra de grandes
proporciones, posee el Museo del Prado, entre otras, un Bautismo de intenso
efecto de claroscuro, una bella serie de escenas del Antiguo Testamento, de un
techo cuyo centro es la Purificación de las Vírgenes madianitas, y varios
retratos. El del Caballero de la cadena, de movida actitud, con el rostro vuelto
hacia el espectador y con las manchas de luz en sus partes esenciales, al
compararlo con el autorretrato de Tiziano, tan reposado y de iluminación
uniforme, nos reitera el abismo que media entre uno y otro (fig. 1990).
(fig. 1990) Caballero de la cadena
Del tono diferente de su paleta
es buena muestra el fino retrato de Dama que descubre el pecho.
LOS BASSANOS
La última etapa de la escuela
veneciana renacentista está representada por los Bassanos, en los cuales el
gusto por lo secundario y anecdótico inspirador de Veronés da un paso más. La
escena de género invade con ellos la pintura veneciana, que pierde el tono
elegante y distinguido que caracteriza a los temas de esa índole interpretados
por el pincel de Veronés. En muchos de sus cuadros, el asunto general es simple
motivo para reunir las más variadas viandas, animales diversos, escenas de
cocina, vasijas, etc (fig. 1991).
(fig. 1991) Adán
A veces el personaje principal de
la historia se encuentra en lugar tan secundario, que al pronto no se le
distingue. Este tipo de pintura explica la preferencia por temas como el de las
Cuatro estaciones, la Expulsión de los Mercaderes, etc., que justifican la
presencia de los más variados enseres y de múltiples faenas. En los Bassanos, el
modelo humano, que con Tintoretto se había alargado, se hace rechoncho, y sus
actitudes, a tono con la inspiración general de su estilo, pierden distinción.
Su técnica enlaza con la tizianesca de la segunda parte de su carrera, y a veces
manifiesta acusado interés por los efectos de claroscuro, aspecto, como veremos,
particularmente valioso, como precedente del tenebrismo de Caravaggio (fig.
1692).
(fig. 1692) Nacimiento (Museo del Prado)
El éxito del género de pintura
por ellos cultivado hace que se industrialicen, repitan sus composiciones y no
les falten imitadores. Piénsese, en España, en Orrente.
Aunque el nombre familiar de
estos artistas es Da Ponte, se les conoce por el de Bassano, la población en que
nacen. El más importante es Jacopo (muerte 1592), que nacido a comienzos de
siglo, muere casi veinte años después que Tiziano. Tiene en el Museo del Prado
varios cuadros tan típicos como la Primavera, el Invierno, Jesús expulsando a
los mercaderes y la Entrada de los animales en el Arca de Noé. De Francesco, su
hijo, es interesante la Cena, porque permite ver el cambio de tono que la
pintura religiosa tizianesca sufre en sus manos. De Leandro (muerte 1624), hijo
también y discípulo de Jacopo, que continúa el taller hasta bien entrado el
siglo XVII, es buen ejemplo, en el mismo museo, la Vista de Venecia con el
embarco del Dux. En él no sólo vuelve al tipo de cuadro de Bellini, de amplio
escenario, sino que anuncia el género dieciochesco de Canaletto, si bien no
tiene inconveniente en llenar el muelle del primer término con canastas de
verduras. El Rico avariento y La vuelta del hijo pródigo nos lo muestran, en
cambio, más dentro del género corriente en el taller familiar.
CAPÍTULO XXVI
PINTURA FLAMENCA
Y HOLANDESA
EL ESTILO INTERNACIONAL. LAS
CORTES DE PARÍS Y BORGOÑA
LOS PRIMITIVOS FLAMENCOS
LOS HERMANOS VAN EYCK
ROBERTO CAMPIN
VAN DER WEYDEN
DIRCK BOUTS
LA ESCUELA DE BRUJAS:
MEMLING
GERAD DAVID
PATINIR
EL BOSCO
EL SIGLO XVI. LA INFLUENCIA
LEONARDESCA:
QUINTÍN METSYS
MANIERISTAS DE AMBERES
EL RAFAELISMO:
GOSSAERT
VAN ORLEY
LA REACCIÓN NATURALISTA
BRUEGHEL
EL RETRATO:
ANTONIO MORO
EL ESTILO INTERNACIONAL. LAS
CORTES DE PARÍS Y BORGOÑA
.—El traslado de la corte
pontificia al sur de Francia en 1377 y la presencia en ella de Simone Martini,
influyen decisivamente en la formación del estilo internacional al producir un
mejor conocimiento mutuo entre los artistas seneses y franceses. Cada vez parece
más indudable que el amor al movimiento ondulante de la pintura de Siena,
posterior a Duccio, es debido al gótico francés, y que el interés creciente por
el color que termina con el predominio del dibujo propio de este estilo, a fines
del siglo XIV, es de origen senes. Y es que el estilo de la pintura senesa
influye por esta fecha no sólo, como hemos visto, en la misma Florencia, sino en
buena parte de Europa. Gracias a esta fecundación senesa del gótico francés, y a
la presencia por estos años de artistas flamencos y holandeses en las refinadas
cortes de París y Borgoña, nace lo que desde hace años viene denominándose el
estilo internacional, por las estrechas analogías que presenta en los varios
países que lo cultivan. Donde alcanza mayor florecimiento es en las citadas
cortes de París y Borgoña, en el este de España, en el noroeste de Alemania y en
el norte de Italia. Corresponde a fines del siglo XIV y al primer cuarto del XV.
El estilo internacional se
manifiesta principalmente en la tendencia al alargamiento y espiritualización de
las figuras, en las que se llega en algunos casos a preferir tipos demacrados y
enfermizos, y en el amor por el movimiento y por lo curvilíneo. El pintor se
recrea imaginando largos ropajes, que al caer producen un sinnúmero de curvas y
contracurvas de carácter decorativo. El colorido es claro y brillante. De gran
importancia para el futuro es también el creciente interés naturalista, que se
atribuye a la colaboración flamenca. Además de producir el retrato —los donantes
hasta ahora apenas tienen rasgos individuales—, se deja sentir en el gusto por
representar temas de la vida diaria y por lo episódico, es decir, por lo que, en
su día, dará lugar a la pintura de género. Y dentro de esta misma tendencia
conviene subrayar el gusto por lo caricaturesco y extravagante, que, a veces,
manifiesta el pintor al interpretar algunos de esos temas.
En cuanto al escenario, la mayor
novedad consiste en el gran desarrollo que se concede al paisaje, a cuyo efecto
suele elevarse considerablemente la línea del horizonte. Ahora se crea el tipo
de jardín místico, pleno de verdor y esmaltado de flores, donde el Niño juega
con los ángeles. Pero, pese al impulso naturalista que inspira al paisaje del
estilo internacional, es un paisaje esencialmente romántico, en el que las
peñas, lo mismo que los personajes, se alargan y se curvan, participando de ese
mismo afán de espiritualización y de ese mismo sentido decorativo que animan a
todo el estilo.
El estilo internacional
representa el término del ciclo evolutivo del gótico francés. Ya veremos cómo el
gótico flamenco, al reaccionar contra esta última etapa del francés, inicia otra
evolución que concluirá en forma bastante análoga.
Como queda indicado, en la
formación de esta fase estilística desempeñan papel de primer orden los pintores
de la corte francesa. Tanto Carlos el Sabio, rey de Francia, como sus hermanos
el duque de Borgoña y conde de Flandes, y el duque de Berry, son entusiastas de
la pintura y, sobre todo, de la miniatura. Los libros para ellos decorados son
de lujo extraordinario, y sus ilustraciones verdaderos cuadros. Es muy poco lo
conservado de la pintura de caballete de este momento, si bien algunas de ellas
son tan excelentes como la Trinidad y el Martirio de San Dionisio, del Museo del
Louvre, atribuidos a Juan de Malouel o Malwel, procedente de la región del Mosa.
Pero donde puede conocerse la
pintura de este momento es en los códices. De 1371 es la Biblia del Museo de La
Haya, que pinta Juan de Brujas para Carlos V. Uno de los miniaturistas
principales es J. Coene de Brujas, a quien se atribuyen Las Horas del Duque de
Berry, de la Biblioteca de Bruselas, y las del Mariscal de Boucicault, del Museo
André, de París. De belleza extraordinaria es el códice de las Horas del Duque
de Berry, del Museo de Chantilly, cuya miniatura de la Coronación de la Virgen
es de las creaciones más bellas y características del estilo. Para el mismo
Duque de Berry, el más entusiasta y el que llega a poseer los códices más ricos,
se pinta el libro de horas de la Biblioteca de Turín. Ejecutado en los primeros
años del siglo XV, intervienen ya en su decoración los Van Eyck.
LOS PRIMITIVOS FLAMENCOS
. —Cuando ya la pintura
renacentista italiana, después de despojarse de los rígidos formulismos
bizantinos, cuenta con cerca de un siglo de vida, se forma en lo que hoy es
Bélgica y Holanda una escuela que producirá durante trescientos años artistas de
primera calidad. Inspirándose fundamentalmente unas veces en ellos y otras en
los italianos, vivirán las restantes escuelas europeas hasta bien entrado el
siglo XIX. Salvo en contados momentos., no se producirá pintura verdaderamente
original más que en Italia y Flandes.
En Flandes y los Países Bajos, lo
mismo que en toda Europa, exceptuada Italia, se pierde la tradición de la gran
pintura mural de los tiempos románicos. Los grandes ventanales de las iglesias
góticas hacen desaparecer los amplios muros de las iglesias, y la pintura tiene
que confinarse a los retablos. Los retablos medievales son, en general,
pequeños, y a los flamencos no les gusta, como a los españoles, multiplicar el
número de sus tablas. El tipo más corriente es el de tríptico, que consta de una
tabla mayor central, y de dos laterales movibles, de la mitad de anchura, que
sirven de portezuelas. Pintadas éstas por ambas caras, la exterior es con
frecuencia monocroma, de color gris, simulando esculturas. La pintura flamenca
es, por tanto, de caballete, de pequeño tamaño, y, en consecuencia, para ser
vista de cerca, no como las grandes composiciones murales italianas. Su factura
es minuciosa y detallista, carácter a que contribuye el intenso desarrollo
adquirido por la miniatura de códices en la corte de los duques de Borgoña, a
quienes pertenecen estos Estados a fines del siglo XIV. Y tan es así, que el
fundador de la escuela cultiva también magistralmente el arte de la miniatura.
Puestos al servicio de esa técnica minuciosa un fino sentido de observación y
una innata tendencia naturalista, se comprende que los pintores primitivos
flamencos y holandeses alcancen perfecciones difícilmente superadas en la
interpretación de las calidades de las telas, piezas de orfebrería, metales,
vidrios, pieles, etcétera, y en géneros como el retrato y el paisaje.
Aunque los temas son casi
exclusivamente de carácter religioso, no obstante su emoción y su recogimiento,
el artista flamenco los interpreta en un tono de vida diaria muy lejano del
idealismo. Los pormenores del interior que sirve de escenario a la historia
merecen del pintor flamenco casi tanta atención como la historia misma; y en el
cariño con que los trata descubre la poesía del tema humilde de la casa y de la
vida doméstica. En las pinturas religiosas de los primitivos maestros flamencos
se pueden adivinar ya, en efecto, las grandes escuelas flamenca y holandesa con
sus numerosos géneros de carácter profano, hijos de su inclinación naturalista y
de su espíritu observador, más amigo de buscar la poesía en la realidad
inmediata que en las creaciones de la imaginación.
La gran novedad técnica de la
escuela es el empleo de la pintura al óleo, pues aunque el aceite se usa en
Flandes desde principios del siglo XIV, y es procedimiento que se registra en
fecha bastante antigua, no se sabe hacerlo secar con la rapidez necesaria. En
esto consiste precisamente el gran descubrimiento de los fundadores de la
escuela flamenca. Aunque aún se tarde mucho tiempo en adoptarse la técnica del
óleo de forma integral, ya ellos demuestran todo el dilatadísimo horizonte que
con el nuevo procedimiento se abre a la pintura.
LOS HERMANOS VAN EYCK
. —Los verdaderos creadores de la
escuela son los hermanos Huberto (muerte 1426) y Juan Van Eyck (muerte 1441). De
Huberto apenas sabemos sino que recibe el encargo de pintar el célebre políptico
de la Adoración del Cordero Místico de San Bavón de Gante, (fig. 1693), y que
muere antes de terminarlo.
(fig. 1693) Políptico de la Adoración del Cordero Místico de San
Bavón de Gante
De Juan, su hermano menor, que lo
concluye en 1432, se sabe que antes de esa fecha vive en La Haya, y que, al
servicio del duque de Borgoña, va a Portugal a retratar a la infanta con quien
su señor desea casarse. Pero de Juan poseemos, además, varias obras firmadas que
nos permiten conocer con seguridad su estilo, que es fundamentalmente el del
políptico de San Bavón. La inscripción que se lee en éste suscita un problema
que tal vez nunca llegará a resolverse satisfactoriamente. Dice así: «Pictor
Hubertus... Eyck major quo nemo repertus incipit pondas quod Johannes, arte
secundas, frater perfecit... J432», «Huberto Van Eyck, pintor sin igual, comenzó
esta obra, que terminó su hermano Juan, segundo en el arte.» Unos críticos creen
poder distinguir en una parte un estilo distinto del de Juan, que atribuyen a
Huberto, mientras otros juzgan el políptico de Juan, considerando el tono de la
inscripción, simple muestra de amor fraternal. La diferencia de estilo es, de
todos modos, muy pequeña, e incluso en el caso de ser Huberto el creador
exclusivo del estilo, las obras conservadas de Juan prueban que no le es
inferior y que llega a convertirlo en el suyo propio.
El retablo de San Bavón es un
gran tríptico, dividido en dos zonas, tanto en la tabla central como en las
puertas. En la zona alta del interior, los personajes son de gran tamaño.
Presididos por el Todopoderoso, aparecen a uno y otro lado San Juan Bautista y
la Virgen —la vieja Déesis bizantina—, a los que acompañan en las alas dos coros
de ángeles cantores y ángeles músicos, y en los extremos, Adán y Eva. En la
mitad inferior vemos, en una amplia pradera esmaltada de flores, el altar donde
el Cordero adorado por los ángeles con los instrumentos de martirio, nos redime
del pecado con su sangre; más en primer término se encuentra la Fuente de la
Vida. Grupos numerosos de pontífices, santas, santos, ermitaños, etc., acuden a
adorar el Cordero, mientras profetas y apóstoles rodean la Fuente. Por la
portezuela izquierda acuden los soldados de Cristo y los jueces íntegros, y por
la derecha, los santos ermitaños y los santos peregrinos. Es la interpretación
del texto del Evangelista de Patmos: «Después de estas cosas miré, y he aquí
gran compañía, la cual ninguno podía contar, de todas gentes y linajes y pueblos
y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero vestidos
de ropas blancas y palmas en sus manos.» En el exterior de las portezuelas
aparecen la Anunciación, primer capítulo de la Redención, y los Santos Juanes
adorados por los donantes Jodocus Vydt y su mujer.
En esta obra magna, la pintura
flamenca se nos ofrece plenamente formada. Los Van Eyck han representado con
precisión y vida admirables no sólo la hierba y las florecillas de la pradera de
la Adoración, sino los bosques del fondo —donde aparecen las palmeras y los
naranjos que Juan vería en su viaje a Portugal—, es decir, el paisaje. En las
figuras de los donadores nos han dejado dos verdaderos retratos de primer orden.
Y en las vestiduras, armaduras y joyas de los personajes, hacen pleno alarde del
interés que distinguirá a la escuela por pintar la calidad de las cosas.
Campeones decididos del naturalismo, preocupados por interpretar la diversa
calidad de las telas, su forma de plegarlas es, sin embargo, totalmente
convencional. Son telas que se quiebran en ángulos y contraángulos, como si se
tratase de tela encolada o de papel. Hermanos en su reiteración de las
caligrafías curvilíneas del estilo internacional, se diría que sus pliegues son
hijos de la reacción contra ellas. Una coexistencia análoga, de verdad en las
calidades y de convencionalismo en la forma de plegar, no volverá a darse hasta
los días de Zurbarán. En cuanto a la figura humana, los Van Eyck gustan de
dotarla de un aplomo y monumentalidad que forma contraste con la levedad e
inestabilidad del estilo internacional.
De Juan Van Eyck conservamos
varias tablas de tema religioso, entre las que sobresalen la Virgen del
canciller Rollin (fig. 1694) y la del canónigo Van der Paele, la primera con
magnífico fondo de paisaje, y la segunda en un interior maravillosamente
interpretado; ambas coinciden en los retratos de primer orden de los donadores.
(fig. 1694) Virgen del canciller Rollin
Pero, además, pinta una galería
de retratos no superada por sus sucesores, en la que sobresalen el del
matrimonio italiano Arnolfini (fig. 1695), que es, al mismo tiempo, espléndido
estudio de interior; el del Hombre del clavel (fig. 1696) y el del Legado
Albergan. La importancia que el retrato ha de tener en Flandes y los Países
Bajos durante el siglo XVII se manifiesta plenamente en el fundador de la
escuela.
(fig. 1695) Matrimonio italiano Arnolfini
(fig. 1696) Hombre del clavel
ROBERTO CAMPIN
. —La gran personalidad de la
escuela, que sigue en importancia a los Van Eyck y llena con su actividad el
segundo tercio del siglo, es Roger van der Weyden (muerte 1464). Íntimamente
ligado con su estilo, pero anterior a él, existe un grupo de pinturas muy
valiosas y tan análogas a las suyas que hasta se consideran por algunos su obra
juvenil. En realidad, parece casi seguro que se trata de la obra de otro
artista, probablemente su maestro, a quien se denomina el Maestro de Flémalle,
por proceder de aquel monasterio sus pinturas (fig. 1697), del Museo de
Francfort, una de las obras principales del grupo.
(fig. 1697) Buen Ladrón
Fundándose en esa analogía de
estilo y en su mayor arcaísmo, se cree que el anónimo pintor de Flémalle no es
sino Roberto Campin (muerte 1444), que, establecido en Tournai en los primeros
años del siglo, tiene por discípulo a Roger van der Weyden. Su obra más
inspirada es, probablemente, la Santa Bárbara (1438 (fig. 1698), del Museo del
Prado, que lee en su habitación, mientras al fondo construyen la torre que le
servirá de prisión. Si no supiéramos el destino de la torre, creeríamos que se
trata de un bello estudio de interior, con una joven leyendo y un singular
efecto de luz roja proyectada por el fuego de la chimenea.
(fig. 1698) Santa Bárbara
En el tríptico de la Anunciación
de Mérode, del Museo Metropolitano de Nueva York, la preocupación por las
calidades y por lo anecdótico es igualmente sensible (fig. 1699).
(fig. 1699) La Anunciación
VAN DER WEYDEN
Mientras en los Van Eyck domina
la sangre holandesa, Weyden nace en tierra de lengua francesa, en Tournai, y se
llama, en realidad, Roger de la Pasture, apellido que, traducido al flamenco al
marchar al Norte, se convierte en Weyden. Goza pronto de gran fama, puesto que
cuando sólo cuenta treinta y dos años, posee ya el Pontífice una obra de su
mano. Cerca de veinte años después hace un viaje a Roma, que deja muy poca
huella en su estilo.
El es el gran creador de
composiciones de la escuela, la cantera inagotable en que se inspiran casi todos
sus sucesores hasta principios del siglo XVI. Su influencia en este aspecto es
enorme; bien directamente o bien a través de sus imitadores flamencos, las
formas del pintor de Tournai se difunden rápidamente por toda la Europa dominada
por el arte gótico. Más unilateral que los Van Eyck, se preocupa especialmente
de la figura humana y de sus ropajes. Estudia cuidadosamente las actitudes y la
disposición y distribución de los plegados de las telas, desde el extremo de la
toca que cubre a medias el cuello de la Virgen hasta el gran manto que se rompe
en hermosa cascada de quebrados pliegues a los pies de los personajes en la
Adoración de los Reyes (fig. 1700).
(fig. 1700) Adoración de los Reyes
En su deseo de concentrar la
atención en la figura humana, en el Descendimiento (fig. 1701), del Prado, una
de sus obras maestras, imagina la escena sobre un fondo liso dorado, como si se
tratase del alto relieve de un retablo. La correspondencia del movimiento en
sentido inverso de las dos figuras extremas, que cierran el grupo por ambos
lados, y el paralelismo entre el cuerpo de la Virgen y del Cristo, así como las
estudiadas y elegantes actitudes de todos los personajes, nos ponen de
manifiesto su preocupación por el arte de componer.
(fig. 1701) El Descendimiento
Pero Weyden no es un pintor de
muñecos elegantes e inexpresivos. Por el contrario, posee un fino sentido de la
expresión y, en particular, sabe hacer sentir la emoción de los temas trágicos.
En el Descendimiento, por ejemplo, procura distinguir entre la palidez mortal
del cuerpo del Cristo y la palidez del rostro desvanecido de la Virgen, e
insiste en el enrojecimiento producido por el llanto en el rostro de la
Magdalena. Como es natural, Weyden es también un gran intérprete de la Piedad,
en la que sirve de modelo a casi todos sus sucesores, que no en vano lo trágico
es una de las categorías del gótico del XV, y él es una de sus personalidades
más representativas. La visión dramática de San Buenaventura, del dolor de la
Virgen abrazada a su Hijo muerto, logra en Van der Weyden su intérprete más
perfecto.
Otras obras capitales suyas, como
el retablo de Miraflores, o el de los Sacramentos, imaginan las escenas
encuadradas por el pórtico de una iglesia gótica, decorado con grupos
escultóricos. También es importante, por el desarrollo de su composición, el
Juicio Final de Beaune.
DIRCK BOUTS
.—Ya en la primera mitad del
siglo XV se advierten diferencias de sensibilidad artística entre flamencos y
holandeses, diferencias que, con el andar del tiempo, producirán dos escuelas
perfectamente definidas y con caracteres propios. Dirck Bouts (muerte 1475),
natural de Harlem y contemporáneo de Weyden, es buen ejemplo de ello; tal vez el
heredero de más talento de los Van Eyck, es un holandés que posee todas las
cualidades que distinguen a los de su país. Es el pintor de las telas ricas y de
las joyas aterciopeladas; pero, sobre todo, el pintor de la luz y de los colores
intensos, a quien subyugan los fondos de paisajes y los bellos efectos
crepusculares. Sus personajes, de elegantes proporciones, no lanzan gritos
agudos como los de Weyden, sino que se mueven con parsimonia. En el Juicio del
Emperador Otón, una de sus obras principales, en el que, víctima del amor
decepcionado de la emperatriz, es injustamente decapitado un caballero, los que
presencian la escena permanecen impasibles. En el hermoso tríptico del
Descendimiento, de la catedral de Granada, si tanto en el encuadramiento en
forma de pórtico como en la ligereza de las actitudes se encuentra influido por
Weyden, el sentido del color y los bellos efectos crepusculares son típicamente
suyos. Obra de juventud se considera el políptico del Museo del Prado (fig.
1702).
(fig. 1702) Anunciación y Nacimiento de Jesús
A este mismo sector holandés del
primitivismo pertenece Ouwater, autor de la Resurrección de Lázaro, uno de cuyos
principales valores es el estudio de la luz.
En la línea ascendente del
primitivismo flamenco sólo puede citarse en la segunda mitad del siglo XV el
nombre de Van der Goes (muerte 1482), artista de vigorosa personalidad, que
muere loco cuando probablemente aún no ha cumplido los cincuenta años. Sus
Adoraciones de los Reyes (fig. 1703) y de los Pastores, de Berlín, procedentes
de España, y la de los Pastores del Museo de los Uffizi, pintada para la familia
florentina de los Portinari, ponen bien de manifiesto toda su originalidad en el
arte de componer.
(fig. 1703) Adoración de los Reyes
LA ESCUELA DE BRUJAS:
MEMLING
. —Al establecerse en Brujas Hans
Memling (muerte 1494), originario de tierras del Rhin, poco después de mediar el
siglo, la pequeña y romántica ciudad de los canales se convierte en la capital
artística de Flandes, hasta que ya a comienzos del siguiente la capitalidad se
desplaza al gran puerto de Amberes. Memling, que durante la pasada centuria
disfruta de popularidad no superada por ningún otro artista flamenco, es, en
realidad, el gran difundidor de las formas y composiciones creadas por Van der
Weyden. Con cierta falta de nervio y con delicadeza casi femenina, propensa a
veces a una sincera melancolía, traduce a un estilo romántico el sano y fuerte
dramatismo del viejo maestro de Tournai. Lo que en éste es severa elegancia,
deriva en sus pinceles hacia lo precioso, menudo y pequeño. Su Adoración de los
Reyes (fig. 1704), del Museo del Prado, no es sino una interpretación libre del
cuadro de Weyden del mismo tema, de la Pinacoteca de Munich.
(fig. 1704) Adoración de los Reyes
Memling es famoso por sus
interpretaciones de la Virgen con el Niño, en las que también sigue los pasos de
Weyden. De busto, o de cuerpo entero en su trono con rico brocado por fondo,
sola con el Niño y un ángel ofreciéndole una manzana, o rodeada de santos, es
siempre de facciones menudas y graciosas, y de expresión melancólica. Entre los
numerosos ejemplares conservados puede recordarse, por el mayor desarrollo de su
composición, la Virgen de la familia Floreyns, del Louvre. Pero Memling, además
de su fina sensibilidad para expresar temas líricos como éstos, en la bella
arqueta de Santa Úrsula (fig. 1705), decorada con historias de su vida, nos
descubre un sentido narrativo igualmente lleno de encanto.
(fig. 1705) Arqueta de Santa Úrsula
GERAD DAVID
El estilo flamenco, libre aún de
la influencia italiana, recorre una de sus últimas etapas en el holandés Gerard
David (muerte 1523), que se establece también en Brujas. Mucho menos sensible a
la influencia de Weyden que Memling, sus personajes no se preocupan tanto de los
gestos graciosos y de las actitudes complicadas como los de aquél. Son,
generalmente, más bien bajos y manifiestan decidida propensión al verticalismo.
Sus rostros, de corrección casi clásica comparados con los de aquél, tal vez
resulten algo inexpresivos. Pero su aspecto, unido a la sobriedad de las
actitudes y al fino sentido que, como holandés, posee del claroscuro, le permite
a veces crear efectos de intensidad dramática tan acentuada como en el Calvario,
de Génova, o en el Juicio de Cambises. En un tema mucho más lírico, como en el
Reposo en la huida a Egipto (fig. 1706), del Museo del Prado, es interesante ver
cómo su amor al verticalismo inspira desde los troncos del bosque del fondo
hasta el grupo de la Virgen y sus ropajes.
(fig. 1706) Descanso en la huida a Egipto
PATINIR
. —El primitivismo flamenco
produce todavía dos pintores de personalidad vigorosa y llenos de novedad,
Patinir y el Bosco, aunque ambos mueren entrado el siglo XVI. El paisaje tiene
excelentes cultivadores entre los grandes maestros del siglo XV, especialmente
entre los holandeses. Van Eyck, Dirck Bouts y Gerard David son grandes
paisajistas, pero en todos ellos el paisaje se limita a servir de fondo de sus
composiciones religiosas. Ahora, al terminar el siglo Joaquín Patinir (muerte
1524), discípulo para algunos de Gerard David, que se establece ya al final de
su carrera en Amberes, lo convierte en género independiente, aunque continúa
animándolo con alguna historia religiosa de escasa importancia dentro del
conjunto, y con frecuencia de mano ajena. El paisaje de Patinir es convencional
(fig. 1707). De horizonte por lo general muy alto, se levanta en él, como
bambalinas de teatro, enhiestos picachos de esbeltas proporciones, verdaderas
agujas de piedra que le prestan fantástico aspecto, considerados por algunos de
influencia leonardesca, y por otros, reflejo del paisaje de Dinant.
(fig. 1707) Tentación de San Jerónimo
Animados por las largas entradas
de mar de azules aguas, castillos y un sinnúmero de figurillas, sus paisajes
están dotados de profundo sentido poético. Los mejores pertenecen a los museos
de Viena y de Madrid. Entre éstos es particularmente importante el de las
Tentaciones de San Antonio, cuyas figuras son de Quintín Metsys, y la Laguna
Estigia, uno de cuyos torreones, de fantástica arquitectura, descubre la
influencia del Bosco.
EL BOSCO
Jerónimo Bosch van Aeken, el
Bosco (muerte 1516), es, como tantos otros pintores de esta escuela, de
ascendencia holandesa. Su estilo es de originalidad extraordinaria, no sólo por
los temas que representa, sino por su sentido de la forma, que rompe totalmente
con el estilo tradicional y precisamente en una época en la que con tanto
desenfado se repiten total o parcialmente las composiciones y figuras ajenas. El
Bosco representa en este aspecto el reverso de la medalla de Memling. Pero,
aparte de esta actitud, en el fondo, de vuelta a la Naturaleza, el Bosco
interpreta sus temas con un sentido humorista y burlesco completamente
desconocido de sus predecesores, y que desemboca en un tipo de pintura alegórica
y moralista, cuyo significado concreto en alguna ocasión no se ha podido
explicar todavía satisfactoriamente.
En realidad, los «sueños» del
Bosco son la consecuencia de esa misma fantasía medieval que decora los
capiteles, las gárgolas y las misericordias de los templos románicos y góticos;
es la ridícula monstruositas contra la que clama San Bernardo, y que el Bosco no
duda en llevar a la amplia superficie de un cuadro. Se agrega a esa actitud
burlesca tradicional la influencia de los bestiarios o colecciones de
interpretaciones alegóricas religiosas y morales de los diversos reinos de la
Naturaleza, tan de moda en los últimos tiempos de la Edad Media, y la del
Apocalipsis.
El estilo del Bosco adquiere
rápida popularidad. Ya en vida suya el grabado difunde sus obras, y no tarda en
formarse toda una serie de imitadores. España es uno de los países donde
encuentra más admiradores, y nuestros reyes quienes más y mejores obras suyas
adquieren. En algunas pinturas, como la Adoración de los Reyes (fig. 1708), del
Prado, el Bosco, más que por sus comentarios burlescos, que no faltan en alguna
figura secundaria, sorprende por la novedad extraordinaria de su estilo,
completamente diverso del de sus contemporáneos.
(fig. 1708) Adoración de los Reyes
Ese tono burlesco se carga de
intención en los Pecados capitales, que, después de presentar la escena del
moribundo cuya alma se disputan un ángel y un demonio, contiene en torno al ojo
de Dios varias historias representativas de esos pecados.
El texto de Isaías de que la
carne es heno y toda la gloria como la hierba de los prados, le inspira el Carro
del heno (fig. 1709), sobre el que corre a su perdición una pareja de
enamorados, entre las preces de un ángel y la regocijada música burlesca de un
demonio. Tirado el carro por un tropel infernal de las más fantásticas formas,
tratan de ascender a él para disfrutar de los placeres materiales las más
diversas clases sociales, desde un pontífice y un emperador de aire farisaico
hasta un villano que apuñala abiertamente a quien se le interpone en el camino.
(fig. 1709) Carro del heno
De interpretación poco clara es,
en cambio, su gran tríptico del Jardín de las delicias. Presenta en su tabla
central (fig. 1710) un paisaje con fondo de montañas fantásticas de peñascos
atravesados por tubos de cristal y terminadas en caprichosos equilibristas, y un
desfile de hombres desnudos cabalgando en animales y monstruos en torno a un
lago central, donde unas jóvenes se bañan, mientras múltiples grupos de ambos
sexos, igualmente desnudos, aparecen en primer término con enormes fresas, en
las que se quiere ver el símbolo de lo pasajero de las delicias terrenas.
(fig. 1710) Jardín de las delicias
En la portezuela izquierda figura
el Paraíso, y en la derecha, el Infierno. Pintor de los martirios infernales,
como Fra Angélico lo es de las glorias celestes, hace alarde en esta última
puerta de su prodigiosa imaginación. Su iluminación fantástica y su fino
colorido son valores igualmente de primer orden. El sentido burlesco del Bosco
se ejercita también comentando refranes y creencias populares. En la Piedra de
la locura, del Museo del Prado, el doctor, con un embudo por birrete, extrae al
enfermo la piedra de la frente ante la admiración de una mujer, dominada por el
peso de la ciencia contenida en el libro que tiene sobre la cabeza (fig. 1711).
(fig. 1711) Piedra de la locura
EL SIGLO XVI. LA INFLUENCIA
LEONARDESCA:
QUINTÍN METSYS
. —Hacia 1500 comienza a dejarse
sentir en la pintura flamenca la influencia italiana. El primero que la
manifiesta con toda claridad es Quintín Metsys (muerte 1530), que, establecido
en Amberes poco antes de terminar el siglo, se muestra ya conocedor del estilo
leonardesco. Su formación es flamenca, pero su prurito de finura en el modelado
y su interés por la composición son de aquel origen. Su Virgen de la colección
Raczinski, por ejemplo, está claramente inspirada en la Santa Ana del maestro
florentino, y en sus obras capitales, como la Familia de Santa Ana o el Santo
Entierro (fig. 1712), además de un modelado exquisito, ofrece una flexibilidad
en las formas y una blandura hasta entonces ignoradas por los maestros
flamencos.
(fig. 1712) Familia de Santa Ana
Metsys muestra particular empeño
en representar lo característico, probablemente también por sugestión
leonardesca. En el Ecce Homo, del Museo del Prado, insiste especialmente en
diferenciar el temperamento de los personajes del primer término, y en el
retrato de la Galería Nacional de Londres se complace pintando una mujer
monstruosamente fea. Pero el fruto más fecundo de esta faceta de su personalidad
es la creación del cuadro de costumbres, en El cambista y su mujer (fig. 1713),
y El abogado y su cliente.
(fig. 1713) El cambista y su mujer
Llegando hasta descubrir en El
viejo enamorado (fig. 1714) la veta picaresca, que también tendrá larga
descendencia en la pintura flamenca barroca.
(fig. 1714) El viejo enamorado
El imitador de Metsys, Marinus,
inspirándose en este tipo de cuadros de figuras de medio cuerpo, caricaturiza el
estilo de Metsys en su San Jerónimo (fig. 1715) que repite con insistencia.
(fig. 1715) San Jerónimo
MANIERISTAS DE AMBERES
En vida todavía de Metsys, y
cuando el rafaelismo invade ya el país, se produce una reacción gracias a la
cual el estilo tradicional flamenco trata de remozarse creando un estilo nuevo.
El esfuerzo lo realiza un grupo de pintores denominados los manieristas de
Amberes, de hacia 1520, cuyas obras se atribuyeron en un tiempo, erróneamente, a
Henri Met de Bles. En realidad, es un estilo de decadencia, que descubre una
sensibilidad no poco enfermiza, pero ansiosa de novedad (fig. 1716). Esa novedad
se busca, sobre todo, en el movimiento y, con frecuencias, en el alargamiento de
personajes y arquitecturas. Delgadas y nerviosas hasta la exageración, y de
rostros a veces feos pero expresivos, las figuras adoptan actitudes inestables y
lucen cendales flotantes.
(fig. 1716) Adoración de los Reyes
Los fondos de arquitectura, de
caprichosos arcos parabólicos, participan del mismo espíritu.
Extraordinariamente fecundos, estos pintores montan varios talleres muy activos,
que inundan con sus producciones el occidente de Europa.
EL RAFAELISMO:
GOSSAERT
. —A la influencia leonardesca
sigue la de Rafael, ya mucho más intensa, y al fin completamente arrolladora.
El introductor del rafaelismo es
Juan Gossaert (muerte 1535), llamado también Mabuse. Gossaert, después de haber
hecho su formación en el país y pintado obras de estilo personal, como la
Adoración de los Reyes, de Londres, marcha a Italia en 1508, en el séquito de
Felipe de Borgoña, para dibujarle aquellos monumentos romanos que considere más
interesantes. El estilo de Gossaert, sin embargo, no cambia inmediatamente. A su
regreso continúa pintando obras como la Virgen, del Museo de Palermo, sobre un
fondo de aparatosa arquitectura gótica, pero el prestigio cada vez más
arrollador del Renacimiento en general, y del pintor de Urbino en particular, le
deciden al fin a cambiar de estilo.
Ahora bien, las elegantes formas
y las ligeras composiciones rafaelescas se hacen en él rechonchas y gruesas y se
enlazan trabajosa y pesadamente. La desventajosa comparación de sus obras de
tipo rafaelesco con las juveniles ofrece un caso típico del artista víctima en
su edad madura del noble deseo de asimilar un estilo ajeno más moderno. Sus
nuevas obras, sin embargo, logran gran fama. El destruido Descendimiento, de
Middelburg, al que dedica cerca de quince años, es una especie de Meca de los
pintores flamencos —el propio Durero va a visitarlo—, y sus Vírgenes con el
Niño, en las que el desnudo triunfa y que se encuentran tan lejanas del
recogimiento gótico de Memling y David, se copian reiteradamente (fig. 1717).
(fig. 1717) Virgen con el Niño
Gossaert es, además, el primer
cultivador flamenco de la fábula mitológica y, en consecuencia, del desnudo
clásico. A él se deben temas como Neptuno y Anfitrite y Dánae recibiendo la
lluvia de oro (fig. 1718). Y claro está que, tanto en estas historias paganas
como en las religiosas, las arquitecturas son renacentistas, aunque tan poco
esbeltas como generalmente sus personajes.
(fig. 1718) Dánae recibiendo la lluvia de oro
VAN ORLEY
Algo más joven que Gossaert, y
pintor de cámara de la regente, es Bernardo van Orley (muerte 1542), que aunque
comienza pintando como aquél en el estilo gótico flamenco, no tarda en adoptar
las formas renacentistas. La Sagrada Familia (1522 (fig. 1719), del Prado, es
una de sus más bellas creaciones, pero la gran obra en que ofrece un verdadero
muestrario de modelos y actitudes rafaelescos —llegando incluso a copiar algunas
figuras de Rafael, como la de Heliodoro—, es el Retablo de Job.
(fig. 1719) La Sagrada Familia
Van Orley dibuja también gran
número de cartones para la floreciente industria tapicera bruselense. Entre
estos tapices, que en buena parte pertenecen a la corona de España, es
particularmente bello el llamado Dosel de Carlos V.
El Renacimiento italiano, después
de muerto Gossaert, domina casi totalmente en la pintura flamenca, sobre todo en
la de carácter religioso. Entre los principales cultivadores del estilo en esta
segunda fase más específicamente manierista, figuran el bruselés Peter Kempeneer,
que trabaja en España, donde transforma su nombre en Campaña; Frans Floris y
Coxie. En la parte holandesa trabajan algunos manieristas tan exaltados como
Scorel y Heemskerck.
LA REACCIÓN NATURALISTA
BRUEGHEL
. —No obstante la intensa
influencia italiana, la capacidad creadora de la escuela flamenca no se agota.
La poderosa personalidad de Peter Brueghel (muerte 1569), que cierra el
primitivismo e inicia la gran pintura naturalista flamenca barroca, lo pone bien
de manifiesto. Nacido cuando terminan su carrera Gossaert y Van Orley, hace una
breve visita a Italia al mediar el siglo y muere en Bruselas, cuando apenas ha
cumplido los cuarenta años y su estilo se encuentra todavía en su curva
ascendente. El viaje a Italia, lejos de convertirle en un rafaelista, no deja en
él huella notable. Comprende que el porvenir de la pintura flamenca está en el
estudio de la naturaleza, y se dedica con entusiasmo a pintar los aldeanos y
campos flamencos y a frecuentar sus fiestas, para poder representar con mayor
propiedad las escenas populares. En algunos de sus dibujos podemos ver cómo
tomaba minuciosas notas de su indumentaria. La Boda es buen testimonio de cómo,
vuelto de espaldas al idealismo italiano, estudia con el mayor cariño esa
indumentaria y los tipos de sus paisanos. La glotonería y el espíritu festivo
flamencos, que han de inspirar tantas pinturas del siglo XVII, aparecen ya en
las obras de Brueghel como temas dignos de ser pintados (fig. 1720).
(fig. 1720) Fiesta aldeana
El encargo recibido hacia 1555 de
hacer dibujos de obras del Bosco para grabarlas, abre una nueva época en su
carrera artística. Su interés se concentra en la figura humana, que observa
ahora con fino espíritu humorista. Pinta, como el Bosco, una operación de la
Piedra de la locura, pero sobre todo, inicia una serie de los Proverbios, y lo
mismo en ella que en la de las Estaciones multiplica las figuras para recrearse
en su interpretación naturalista. De su sensibilidad para lo trágico son buenas
pruebas su emocionante composición de Los ciegos (fig. 1721) y las escenas del
Triunfo de la Muerte.
(fig. 1721) Los ciegos
Con anterioridad a este último
período de influencia del Bosco, Brueghel cultiva con particular empeño el
paisaje. En realidad, de su viaje a Italia lo único que deja huella en su obra
son los profundos valles de los Alpes vistos desde las alturas. Algún cuadro
religioso, como la Conversión de San Pablo, es un inmenso paisaje de montaña,
donde las diminutas figurillas se pierden. Pero lo principal es que el paisaje
estático de Patinir, formado por una serie de planos paralelos, se convierte en
una superficie bajo la cual late la vida como bajo la piel de un animal
gigantesco. Es el sentido cósmico del paisaje que, una vez muerto Brueghel, no
vuelve a dar un paso hasta los días de Rubens.
Esta renovación del paisaje de
Brueghel tiene como consecuencia el nacimiento de una pequeña escuela de
paisajistas que, inspirándose en él y en Patinir, llena el último tercio del
siglo. Sus nombres más ilustres son los de Valkemburgh (muerte 1597) y Pablo
Bril (muerte 1626), en quien se deja sentir ya la nueva era. Influidos desde el
punto de vista estilístico por los italianizantes de la segunda mitad del siglo,
pero animados por el mismo espíritu de Brueghel, pintan Peter Aertsen y su
discípulo Beuckelaer escenas de cocina y de mercado, en las que las viandas y
las frutas son tan importantes como la cocinera o la vendedora, por lo general
de media figura.
EL RETRATO:
ANTONIO MORO
.—Mientras Brueghel abre a
mediados de siglo el camino hacia el naturalismo barroco flamenco, el holandés
Antonio Moro (muerte 1576), discípulo del manierista Scorel, crea el nuevo tipo
de retrato flamenco. En realidad, casi todos los primitivos flamencos pintan
excelentes retratos; pero, salvo en casos como el de Arnolfini, el retrato como
género independiente se reduce a una cabeza o a un busto. Moro, aunque alguna
vez cultiva la pintura religiosa, se dedica al retrato, y, siguiendo el ejemplo
del Tiziano, los pinta ya de cuerpo entero. Mas lo que constituye su principal
valor es su penetrante mirada para captar el carácter del retratado, cuyos
rasgos representa con admirable seguridad. Pintor del cardenal Granvela, pasa
algún tiempo en Portugal y España retratando a la familia real, a Maximiliano II,
a Doña María y a Doña Juana, madre del rey Don Sebastián. Pero donde su mirada
inquisitiva se extrema es en los retratos de hombres de placer, como el del
manco Pejerón, del Museo del Prado, y el del Enano de Granvela con su perro (fig.
1722), del Museo del Louvre, dignos predecesores de las famosas creaciones
velazqueñas.
(fig. 1722) Enano de Granvela con su perro
No menos hondamente sincero es,
sin embargo, Moro en retratos como el de María Tudor (fig. 1723), del Museo del
Prado. Ya veremos la huella dejada por Moro en la pintura española.
(fig. 1723) María Tudor.
CAPÍTULO XXVII
PINTURA ESPAÑOLA
DE LOS SIGLOS XIV Y XV
LA PINTURA TRECENTISTA EN
CATALUÑA: FERRER BASSA
LOS SERRA
EL ESTILO INTERNACIONAL EN
CATALUÑA: BORRASSÁ Y MARTORELL
EL ESTILO INTERNACIONAL EN
VALENCIA Y ARAGÓN
CASTILLA DURANTE LA PRIMERA MITAD
DEL SIGLO: TOLEDO
NICOLÁS FRANCÉS Y DELLO DELLI.
SEVILLA
LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XV. LA
INFLUENCIA FLAMENCA. CATALUÑA: DALMAU Y HUGUET
VALENCIA. BALEARES
BARTOLOMÉ BERMEJO
ARAGÓN Y NAVARRA
CASTILLA: JORGE INGLÉS Y GALLEGO
EL RESTO DE CASTILLA Y ANDALUCÍA
JUAN DE FLANDES Y MIGUEL ZITTOW
LA PINTURA TRECENTISTA EN
CATALUÑA: FERRER BASSA
. —El trecentismo italiano se
introduce en Cataluña en fecha temprana. Antes de mediados del siglo, en 1348,
muere ya Ferrer Bassa, a quien en la actualidad hemos de considerar su primer
cultivador. Del prestigio que gozara en vida son buenos testimonios no sólo sus
trabajos para el monarca y la importancia de los monasterios que le confían
obras, sino el que se le haga pintar en las tres grandes capitales de la
monarquía aragonesa, Barcelona, Zaragoza y Valencia.
Si hubiésemos de juzgar por su
única obra conservada, podría pensarse que se abre para nosotros un gran
capítulo de pintura al fresco, como el comentado en el Renacimiento italiano.
Pero la realidad es muy otra. Los contratos conocidos nos dicen que, como sus
sucesores españoles, es sobre todo pintor de retablos.
Ferrer Bassa es artista de
temperamento intensamente dramático. Sus personajes son pequeños, poco esbeltos,
y se mueven con cierta violencia. Posee el sentido del volumen giottesco, pero
no su monumentalidad, pues no en vano su formación es más senesa que florentina.
Senesa es, en efecto, la blandura de su modelado, y hace pensar en Simone
Martini el gran alargamiento de los rostros de sus personajes. La única obra
segura que conocemos de su mano es el bello conjunto de las pinturas murales de
la salita del claustro del monasterio de Pedralbes, en las afueras de Barcelona,
ejecutada tres años antes de su muerte. Bastante irregular la estancia, se
distribuye las pinturas de los tres lienzos del fondo en dos zonas, dedicada la
superior a la pasión de Jesús y la inferior a la vida de la Virgen, mientras en
el lienzo de entrada aparecen santos y figuras alegóricas. Típicamente toscaza
es la composición de la Virgen con el Niño (fig. 1724) en el trono, rodeada de
ángeles dispuestos en fila. Su bello y largo rostro de ojos rasgados y suave
modelado es de pura estirpe senesa; igual origen delata el movimiento de la
escena de la Anunciación. El Prendimiento es interesante, porque además de
mostrar su interpretación del paisaje giottesco, deja bien de relieve su
sensibilidad dramática al oponer a la serenidad del rostro del Salvador la sorna
un tanto infantil de los soldados. En el Descendimiento, de composición
efectista, se destaca la figura del santo varón que arranca el clavo de los
pies. El intenso claroscuro contribuye a subrayar el dramatismo del tema.
(fig. 1724) Virgen de Pedralbes
Si Ferrer Bassa es el heraldo del
trecentismo senes, el anónimo autor del retablo de Estopiñán, del Museo de
Barcelona, es el representante más puro en Cataluña de la escuela florentina,
aunque de la época en que los discípulos de Giotto sufren ya la influencia
senesa.
LOS SERRA
. —Los verdaderos creadores del
trecentismo catalán no son, sin embargo, Ferrer Bassa ni el maestro de Estopiñán,
sino los hermanos Jaime y Pedro Serra, que trabajan ya en el último tercio del
siglo XIV. Además del estilo que sirve de base a la futura escuela catalana, en
ellos encontramos formado el retablo, y no pocas composiciones iconográficas que
perdurarán toda la centuria siguiente. Su estilo no continúa el de Ferrer Bassa.
Tiene de común con él su origen senes; pero mientras en aquél la derivación es
directa, en ellos es más remota, probablemente a través de algún imitador de los
seneses de fuera de Toscana. Por otra parte, su temperamento carece del
dramatismo del de Ferrer Bassa. Los personajes de los Serra son de rasgos
menudos, delgaditos y de rostro redondo. Su expresión es dulce, tranquila y, a
veces, pensativa. En las obras más tardías, el ropaje se ondula ya con cierto
sentido decorativo que anuncia el estilo llamado internacional, de hacia 1400.
El oro abunda en los fondos. Entre los temas que servirán de base para
interpretaciones posteriores figuran en primer término la Virgen con el Niño,
que se describirá más adelante, y el Calvario. En éste, tema obligado para la
espina o último compartimiento de la calle central del retablo, suelen
presentar, en el lado del Evangelio a la Virgen, desfallecida y con los brazos
rígidos, pero de pie, sostenida por las Marías, una de las cuales acostumbra a
mirar al Salvador, mientras en el lado opuesto aparece San Juan sentado o
también de pie, y con frecuencia dirigiéndose al espectador. También se imita
bastante su versión del Nacimiento, y, aunque sólo en los pintores de su
escuela, la Venida del Espíritu Santo.
No siempre es fácil distinguir el
estilo de Jaime del de Pedro Serra, si bien poseemos obras seguras de uno y de
otro que permiten advertir el mayor arcaísmo del primero y el estilo más
avanzado del segundo.
Obra documentada de Jaime es el
retablo del Museo de Zaragoza (1361), y en él, de particular interés, el
Descenso al Limbo y la Resurrección. Imagina la entrada de aquél como las fauces
de un monstruo de afilados dientes, al que unos demonios tiran con cadenas de su
mandíbula inferior cual si del puente levadizo de un castillo se tratase. Como
será costumbre en el período gótico, salvo San Juan Bautista, que tiene nimbo
circular, los demás personajes, que pertenecen a la Antigua Ley, lo tienen
poligonal. La Resurrección está compuesta con gran simetría, sólo rota por la
figura del donante fray Martín de Alpartil, de cabeza redonda y voluminosa y
ojos pequeños, igualmente redondos y saltones. Probablemente es también de Jaime
el retablo de Sigena, del Museo de Barcelona, en cuya tabla central vemos a la
Virgen con el Niño, adorada por el donante. Es la más antigua interpretación
conocida del tema por los Serra. Abandona el autor en ella el tipo de los muchos
ángeles de Ferrer Bassa y concede mayor importancia al trono de madera, rico,
pero sobrio de líneas, sin curvas ni pináculos. Ya veremos cómo, tanto el grupo
de la Virgen con el Niño como el trono y los ángeles, ahora tan reposados y
simétricos, se irán moviendo a impulsos del estilo internacional.
De especial interés histórico e
iconográfico es también la Virgen de Tobed, de propiedad particular, pues
incluye los retratos de Enrique II y su familia, por lo que se le supone exvoto
del monarca en acción de gracias por haber salvado la vida en la batalla de
Nájera (1367). Sentada la Virgen sobre un almohadón, en el suelo, y en actitud
de dar el pecho al Niño, repite puntualmente la composición de la Virgen de la
Humildad italiana, cuyo culto debe difundirse por entonces rápidamente entre
nosotros.
La obra maestra de Pedro Serra es
el retablo de Manresa (1394), dedicado a la Venida del Espíritu Santo, que ocupa
la gran tabla central. Con la Virgen de tamaño mayor en el centro, y los
apóstoles agrupados detrás, salvo los dos que aparecen en primer término, se
fija aquí el prototipo del tema, que los continuadores de los Serra repetirán en
varias ocasiones. Por su concepción, que se diría aprendida en el románico, es
curiosa la Creación del Mundo, en la que el Todopoderoso, como arquitecto del
Universo, aparece con enorme compás ante el mundo. En cuanto a los temas más
frecuentes de la vida de Jesús, son importantes el Nacimiento y la Adoración de
los Reyes, base de interpretaciones posteriores.
Aunque es probablemente obra más
de taller que del propio Pedro Serra, el retablo del monasterio de San Cugat,
del Museo Diocesano de Barcelona, es interesante, sobre todo por las series de
ángeles, personajes del Viejo Testamento, santos y santas que, agrupados por
categorías, acuden por las tablas laterales a rendir homenaje a la Virgen con el
Niño, que en tamaño mucho mayor y sentada en su trono ocupa la gran tabla
central.
El discípulo de nombre conocido
más próximo a Pedro Serra es Jaime Cabrera, autor del retablo de San Nicolás, de
Manresa (1406). Su obra más bella es, sin embargo, la poética composición de la
Virgen con el Niño rodeada de ángeles, del Museo de Vich. Sentada en tierra
sobre un almohadón, contempla cómo el Niño juega con un pajarito que, prendido
por un hilo, pugna en vano por escapar volando, mientras los ángeles, con
instrumentos diversos, obsequian con su música al divino infante. Aunque el
fondo es de oro, no puede por menos de hacer pensar en los jardines místicos tan
de moda hacia 1400.
A la etapa de los Serra
corresponde en Mallorca Juan Daurer, que firma en 1373 la Virgen del pueblo de
Inca. De fecha algo más avanzada son el retablo de Santa Eulalia y el de
Montesión, la obra capital de este momento.
EL ESTILO INTERNACIONAL EN
CATALUÑA: BORRASSÁ Y MARTORELL
.—En los primeros años del siglo
XV trabaja en Cataluña un grupo de pintores que continúan cultivando el estilo
de los Serra, pero que, sin llegar a la etapa francamente internacional
representada por Bernardo Martorell, de hacia 1430, se encuentran influidos por
el nuevo estilo que ya se deja sentir en alguna obra del propio Pedro Serra. La
figura más importante de este momento de transición es Borrassá. En su obra
fechada más antigua el retablo de Guardicla (1404), aunque la tabla central está
dedicada al tema ya tan desusado del Pantocrátor con el Tetramorfos, los
abundantes plegados curvilíneos del manto del Todopoderoso son claro indicio del
nuevo estilo.
El Calvario es aún más
representativo del cambio de gusto, sobre todo si se compara con la
interpretación de Serra, de que deriva. Los personajes adoptan actitudes
espectaculares, y sus gestos son violentos. La Virgen se ha desplomado y el
grupo de los soldados se transforma en una serie de tahúres tirados en tierra
que nos muestran sus piernas descarnadas, obedeciendo a ese gusto por lo
característico, propio del estilo internacional. La obra más importante de
Borrassá es, sin embargo, el retablo de Santa Clara (1415), del mismo Museo, una
de cuyas historias principales es la de los Santos Simón y Judas presentando al
rey de Edesa la Santa Faz y una carta de Jesús. El nutrido grupo de cortesanos
del fondo es bello muestrario de lujosas vestiduras.
Artistas de segundo orden de este
momento son el Maestro de la Cena de Solsona y el de Allbatárrech, muy parecidos
entre sí, y Ortoneda (1417-1425), influido todavía por los Serra, que firma el
retablo de la Virgen, del Museo Diocesano de Tarragona.
La etapa inmediatamente posterior
a Borrassá está representada por Ramón de Mur, el antes llamado maestro de
Guimerá, que se nos muestra ya casi totalmente desligado del estilo de los
Serra. La comparación de la Virgen de Cervera, cuyo manto es aún más movido que
el del Pantocrátor de Borrassá, con las de los Serra, deja ver el largo camino
recorrido. El movimiento de la composición es mucho mayor y las actitudes de los
ángeles, aunque no están inspiradas por la exquisita fantasía de los maestros
valencianos coetáneos, reflejan claramente una nueva etapa estilística. El mismo
trono, todavía un poco pesado, descansa ya, sin embargo, en delgadas
columnillas. La obra de mayor amplitud de Ramón de Mur es el retablo de Guimerá,
del Museo de Vich.
En el segundo cuarto de siglo
encontramos una de las grandes figuras del primitivismo español, Bernardo
Martorell, en quien culminan casi todas las características del estilo
internacional. Su retablo de San Jorge (fig. 1725), por el que hasta fecha
reciente se le conoció con el nombre de Maestro de San Jorge, se encuentra
repartido entre el Museo de Chicago y el del Louvre. Pertenece al primero la
gran tabla del titular, en la que, tanto el amplísimo fondo del paisaje, de
línea de horizonte muy elevada, como el ímpetu curvilíneo de la figura del
caballo y el flotar del manto del jinete, son buenos testimonios del estilo
internacional. Las tablas menores del Museo del Louvre, que forman el banco del
retablo, narran la historia del santo. Tal vez sólo de su escuela, pero de
excelente calidad y con escenas muy inspiradas, son los retablos de Ciérvoles y
de Púbol.
(fig. 1725) Retablo de San Jorge
EL ESTILO INTERNACIONAL EN
VALENCIA Y ARAGÓN
. —La pintura valenciana, que a
fines del siglo XIV es simple reflejo del estilo de los Serra, inicia un período
de inesperado florecimiento que comienza hacia 1400. Antes de citar las dos
grandes personalidades del primer tercio de la nueva centuria, debe recordarse
la presencia en la ciudad levantina del pintor florentino Gherardo di Jacopo, lo
Starnina, el maestro de Masolino, que huye de su patria a España, donde consta
que trabaja, además, en Toledo. Con él se ha querido poner en relación, sin más
base que su excelente calidad y lo italiano de su estilo, el bello retablo del
Calvario, del Museo de Valencia, costeado por fray Bonifacio Ferrer, que ingresa
en la Orden cartuja al perder trágicamente a casi toda su familia, y se hace
retratar con ella en el banco o predela del mismo. El alargamiento de las rocas
de la escena del Bautismo, el sentido decorativo de la composición y la poética
interpretación de la azucena de la Anunciación, son vivo reflejo del espíritu
que anima al estilo internacional.
Tal vez el capítulo más atractivo
de la pintura valenciana del primer tercio del siglo XV es el de sus Vírgenes
con el Niño, sin duda una de las creaciones más bellas y características del
estilo internacional. El sobrio trono de las Vírgenes de los Serra, de macizas
paredes, se cala ahora, dando lugar a arquillos, delgados pilares y apuntados
pináculos, e incluso el ligero baldaquino de la Virgen de Cervera desaparece
para ser reemplazado por un palio de rica tela dorada que flota sobre las puntas
mismas de los pináculos, o descansa en largas varas sostenidas por ángeles. La
estrecha tela de oro que sirve de fondo a la imagen subraya con su estrechez y
alargamiento la ligereza de la figura de María, y ese mismo tono de levedad
persiste en los ángeles que la rodean. Pese a que llegan a veces al crecido
número de doce, su delgadez y sus rasgos menudos evitan toda sensación de masa.
Pero lo que contribuye también poderosamente a ese efecto de ligereza y de
espiritualidad son el movimiento y la expresión efusiva de estos ángeles. Sus
ropajes se mueven en innumerables curvas y contracurvas, como seres con vida
propia; las plumas de sus alas se alargan y arquean, y sus mismos cuerpos, al
volverse hacia nosotros para ofrecernos su música, crean nuevas curvas, que
terminan por convertir la tranquila composición de la Virgen de Sigena, de
Serra, en el flamear de la Virgen de la colección Gualino de Turín.
Los ejemplares más importantes
son la Virgen de Sarrión, la de Gualino y la del Museo del Louvre, las dos
primeras, por lo menos, de la misma mano. Desgraciadamente, sólo hay motivos, y
no muy seguros, para atribuir la de Sarrión al pintor Pedro Nicolau, que goza de
gran renombre en su tiempo.
La otra gran personalidad de la
escuela valenciana del primer tercio del siglo es Marsal de Sax, autor del
hermoso retablo de San Jorge, del Museo Victoria y Alberto, de Londres, en cuya
tabla de la Virgen con el Niño (fig. 1726), se acusan aún más las
características comentadas en el grupo anterior, llegando a distribuirse
asimétricamente los ángeles. El afán de movimiento, como es natural, triunfa
plenamente en la gran escena de la batalla en que el santo lucha del lado del
rey de Aragón. Pero lo que hace verdaderamente singular esta obra maestra de
nuestra pintura medieval es el fino sentido poético del autor, al presentar al
santo como paradigma de la interpretación romántica de la vida que significa la
caballería.
(fig. 1726) Retablo de San Jorge
En la tabla en que San Jorge es
armado caballero, vemos cómo la Virgen le entrega la espada, mientras dos
ángeles le ponen el casco y otro le calza las espuelas.
El capítulo sangriento es también
importante y representativo. El intenso naturalismo de la escena del martirio,
en que cortan su cuerpo con una sierra o lo destrozan entre dos ruedas con
cuchillas, mostrándonos sus vísceras y a los espectadores haciendo gestos
delatores del mal olor, convierten a este gran artista en digno predecesor de
Ribera. La historia de la Degollación es de violencia difícil de superar; y el
tema de los demonios desgarrando las bocas de los pecadores, buen ejemplo de la
intensidad expresiva del estilo.
Desgraciadamente ignoramos el
nombre de maestro tan extraordinario. Se ha supuesto que pueda ser Andrés Marsal
de Sax, por su semejanza con el estilo de la Incredulidad de Santo Tomás, de la
catedral, pero la documentación referente a ésta como obra de Marsal de Sax es
muy insegura. Obra del autor del retablo de San Jorge o de algún discípulo es el
de la Santa Cruz, del Museo de Valencia.
Influidas por los supuestos
Nicolau y Marsal de Sax existen unas cuantas obras de excelente realidad, entre
las que descuellan los retablos de Santa Bárbara y de San Cristóbal, del Museo
de Barcelona.
Después de crear figuras de
cuerpo ingrávido y de ropajes flotantes y sinuosos, y movidas Vírgenes y escenas
de martirio, también inicia la escuela valenciana la reacción en el sentido
contrario. Lo prueba el retablo de San Martín, del Museo de Valencia.
La pintura aragonesa durante este
período se encuentra muy influida por la catalana y la valenciana —recuérdese
cómo Ferrer Bassa y Serra trabajan en Zaragoza—; así, el Relicario del
Monasterio de Piedra, de la Academia de la Historia, de Madrid (1390), descubre
un cierto reflejo del estilo de los Serra.
Los pintores principales de la
primera mitad del siglo XV son el Maestro de Lanaja, Solana y el Maestro de
Arguis. El de Lanaja, autor del retablo de aquella población y del de Ontiñea,
es probablemente el introductor en Aragón del tipo de Virgen atribuido a Nicolau.
Sirvan de ejemplo la del Caballero Speradeo, del Museo Lázaro, de Madrid, y la
del Museo de Zaragoza. Nicolás Solana, que firma unos Apóstoles de propiedad
particular, es el autor de la Adoración de los Reyes, del Instituto Valencia de
Don Juan, de Madrid. Amigo de ropajes de abundante plegado y movidas actitudes,
su estilo es menos provincial que el de sus dos compañeros. El Maestro de Arguis,
así llamado por el retablo de San Miguel, de esa población, hoy en el Museo del
Prado, es pintor más original y preocupado por la expresión. Sus ingenuidades,
cargadas a veces de cierto humorismo, constituyen su principal atractivo. La
historia de San Miguel pesando las almas, con el demonio cubierto de cuernos por
todas partes, el terror que inspira al alma que está en el peso, y la forma cómo
los elegidos ascienden por las escaleras puestas en los arbotantes del templo,
es tal vez la más representativa de su estilo.
Entre los varios pintores
aragoneses de nombre conocido, pero de menor importancia, figura Pedro Zuera,
que firma el retablo de la Coronación de la catedral de Huesca; Juan de Leví,
autor del de Santa Catalina, de Tarragona, y Benito Arnaldin, del de San Martín,
de Torralba de Ribota.
En Navarra, la obra más
importante de este período es el retablo del Canciller Villaespesa, de la
catedral de Tudela; de procedencia navarra parece ser la Santa Úrsula, firmada
por Jacobus, de propiedad particular de Barcelona.
CASTILLA DURANTE LA PRIMERA MITAD
DEL SIGLO: TOLEDO
. —El trecentismo italiano en
Castilla ofrece caracteres muy diferentes de los que presenta en Cataluña. En
primer lugar, no conocemos ningún monumento que acredite su presencia ya en el
segundo tercio del siglo, y, por otra parte, en su primera etapa es más
florentino que senes, y los principales maestros hasta ahora identificados son
extranjeros.
El grupo de pintores más antiguos
es el toledano, integrado por varios retablos y las pinturas murales de la
capilla de San Blas, todo ello en la catedral primada.
Las pinturas murales de esta gran
capilla cuadrada son ya, probablemente, de los primeros años del XV. Su parte
más importante y mejor conservada es la alta, en la que figuran diversos asuntos
del Nuevo Testamento, que, aunque no ilustran todas las frases del Credo, se
relacionan indudablemente con su texto. Bajo la que presenta al Hijo sentado a
la derecha del Padre, se lee, en efecto: Ascendit ad coelos, sedet ad dexteram
Dei Patris Omnipotentis. La historia más antigua es, de todos modos, el
Nacimiento, y una de las más importantes, la del Calvario, poblada por numerosos
personajes voluminosos y monumentales de abolengo giottesco.
De los retablos, el principal es
el del Salvador, también de hacia 1400, y que, no obstante sus muchos repintes,
deja ver su estilo florentino de los últimos años del trecento, más progresivo y
de más fina calidad que los frescos citados. En él se advierte ya levemente el
comienzo de la formación del estilo cuatrocentista. Ignoramos los nombres de los
autores de estas pinturas, pero es muy probable que con alguna de ellas
—especialmente con el retablo del Salvador— pueda relacionarse la actividad del
italiano Starnina en la catedral de Toledo, documentada hacia 1390. El viaje de
Starnina a España queda comentado al tratar de la pintura valenciana.
Muy poco posterior a las pinturas
de la capilla de San Blas es el Maestro de don Sancho de Rojas, así llamado por
el retablo de la Vida de Jesús, del Museo del Prado, encargado por aquel
arzobispo de Toledo (1415-1422). Probablemente es artista español que se forma
al calor de las obras recién citadas, y, como en éstas, su estilo es de estirpe
florentina. La comparación de su tabla central de la Virgen con las
interpretaciones coetáneas valencianas pone de manifiesto el arcaísmo de su
estilo, todavía fundamentalmente trecentista. Las filas perfectamente
horizontales en que se ordenan los ángeles del fondo hacen pensar en los días de
Ferrer Bassa. A los pies de la Virgen retrata, formando juego con don Sancho, a
un personaje que se ha identificado con don Fernando el de Antequera. Del
Maestro de don Sancho de Rojas se conoce además una Virgen, hoy en el Museo de
Valladolid. Antes de abandonar Toledo se precisa recordar al Maestro de
Sigüenza, que aunque carece de relación con las obras anteriores y ofrece
algunas lejanas analogías con pinturas aragonesas, debe ser citado aquí. Su obra
más bella es el Retablo del Bautista y de Santa Catalina, del Museo del Prado.
Como en otros retablos valencianos y catalanes, los dos titulares comparten la
tabla central de la pintura castellana. De colorido brillante y claro, sus
personajes son de muy elegantes proporciones, pero su estilo no es ya tan
florentino como en las obras anteriores. De su mano se conservan otras pinturas
en la catedral de Sigüenza.
En el segundo cuarto de siglo las
dos grandes figuras son Nicolás Francés, en León, y el italiano Dello Delli, en
Salamanca.
NICOLÁS FRANCÉS Y DELLO DELLI.
SEVILLA
. —Nicolás Francés, que trabaja
durante unos treinta años (1434-1468) en tierra leonesa, es seguramente un
extranjero, y, como indica su nombre, del Norte. Su estilo es, en efecto, el
internacional, sin ningún particular contacto con el arte italiano, y su obra
más fina, el retablo de la catedral, dedicado a la vida de San Froilán, anterior
a 1434. Una de las escenas más interesante es la Visita de Alfonso III al Santo,
en la que la escala diminuta en que han sido representados los personajes del
primer término es buena muestra del curioso sentido de la perspectiva del estilo
internacional. Su otra gran obra del templo leonés, en la que invierte diez
años, son las pinturas murales (1451) del claustro dedicadas a la Pasión, en las
que lo narrativo adquiere mayor desarrollo. A Nicolás Francés, sin duda con
bastante parte de taller, se debe el retablo de la Virgen, del Museo del Prado.
De distribución nada corriente, las escenas laterales están dedicadas a la vida
de San Francisco y a la infancia de Jesús. En éstas, sobre todo, el pintor
concede a lo anecdótico un desarrollo característico de la etapa internacional.
En una de las escenas vemos, por ejemplo, cómo un ángel saca agua de un pozo, y
otros pormenores no menos sabrosos. Dello Delli, propiamente Dello di Niccolo
Delli, es un florentino, amigo de viajar, cuyas andanzas por nuestro país
merecen ser recordadas por Vasari. Su estilo es el de la Florencia de Masolino,
pero sus años venecianos y su contacto con el arte del Norte le hacen gustar del
estilo internacional que desvirtúa su primitiva formación toscana. Narrador
fácil, es amigo de escenarios arquitectónicos de abundantes términos, de calles
con numerosos grupos y personajes, terrazas con macetas y hasta pavos reales y
gentes que curiosean lo que sucede, de paisajes ricos en pormenores, de fijarse
en las deformaciones de leprosos y enfermos, etc.
En 1445 pinta el Juicio Final, de
la bóveda de la capilla mayor de la catedral vieja de Salamanca, y de su mano es
también el enorme retablo que reviste el resto del ábside. Subdividido en
innumerables tablas, si como tal retablo es un sin sentido, consideradas
aquéllas aisladamente constituyen una espléndida colección de pinturas que
confirman plenamente los caracteres antes apuntados. Obra muy de última hora y
de pobre calidad es la Adoración de los Reyes (1469), de la catedral de
Valencia. Aunque muy perdida, se conserva alguna pintura mural suya en Santa
María Novella, de Florencia.
En Andalucía, dentro de los
escasos monumentos existentes, se advierte cierto interés por la pintura al
fresco. La obra de mayor desarrollo es la de la Coronación de la Virgen, de
Arcos de la Frontera, probablemente de hacia 1400, no obstante el arcaísmo de su
composición y de estilo más florentino que senes.
En Sevilla se conservan sobre
todo dos pinturas de la Virgen, no entronizada y rodeada de ángeles, como las
levantinas, sino de pie y solitaria con el Niño. Una de ellas es la Virgen de la
Antigua, de la catedral, cuya futura devoción había de multiplicar sus copias
por toda América. Del tipo bizantino de Hodegetria, descubre también la
influencia de modelos góticos. De estilo más puramente senes es la Virgen de
Rocamador, en San Lorenzo.
En el segundo cuarto del siglo
encontramos una interesante serie de pinturas murales de hacia 1435 en San
Isidoro del Campo, en Santiponce —la Cena, San Jerónimo dictando su doctrina,
santos diversos—, donde las formas italianas tienen por fondo bellas
decoraciones de tracería morisca. Guardan estrecha semejanza con el Maestro de
los cipreses, el principal miniaturista que decora por esos mismos años
numerosos libros de coro en la catedral de Sevilla.
Las pinturas en tabla andaluzas
de la primera mitad del siglo nos han conservado el nombre de dos pintores: el
de Garci Fernández, autor de un retablo en Santa Úrsula, de Salamanca, y Juan
Hispalense, que firma el bello tríptico de la Virgen del Museo Lázaro.
LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XV. LA
INFLUENCIA FLAMENCA. CATALUÑA: DALMAU Y HUGUET
. —Justamente un año antes de que
Van Eyck feche el retablo del Cordero (1432) llega a Flandes Luis Dalmau, pintor
del rey en Valencia, enviado por el monarca para que aprenda el estilo de aquél.
Su obra maestra, la Virgen de los Conselleres (1443), del Museo de Barcelona,
nos dice, en efecto, que, salvo en la brillantez del colorido flamenco, asimila
el estilo del maestro hasta convertirse en un verdadero discípulo. El contraste
de la Virgen de los Conselleres (fig. 1727) con las Vírgenes valencianas y con
el estilo de Martorell es tan violento como el que existe entre el estilo
internacional y el de los Van Eyck, ya comentado.
(fig. 1727) Virgen de los Conselleres
A la ligereza de las Vírgenes
valencianas, de sus ángeles y de sus tronos, sucede ahora un ideal en el que la
masa y la monumentalidad triunfan; las telas ya no se pierden en curvas y
contracurvas, sino que se quiebran al gusto eyckiano. Pero Dalmau no se limita a
traernos el nuevo concepto estético, sino que copia fielmente los modelos del
maestro. El grupo de la Virgen y el Niño sigue muy de cerca al de la Virgen Van
der Paele, y los ángeles músicos y cantores que la rodean son fiel reflejo de
los del retablo del Cordero. Como en aquél, los rostros de los donantes, en este
caso los conselleres de la ciudad, son ya verdaderos retratos al gusto eyckiano,
que copian con rigurosa fidelidad los rasgos individuales del personaje. Como en
el caso de Ferrer Bassa un siglo antes, Dalmau, en los comienzos de este nuevo
período de la pintura catalana, hace concebir un futuro que no tiene realidad.
La pintura de la segunda mitad del siglo no es tan exclusivamente flamenca como
permitiría presumir Dalmau. La verdadera personalidad que llena ese período es
Jaime Huguet, que se encuentra, en cambio, íntimamente enlazado con la tradición
catalana de Martorell.
Jaime Huguet (muerte 1492),
miembro de una familia de pintores, es la figura más importante de la pintura
catalana del siglo XV. Artista que comienza a pintar poco antes de mediar el
siglo, sus notas más destacadas son su admirable capacidad expresiva y la finura
y delicadeza de su temperamento. Los personajes por él creados son finos y
elegantes, con frecuencia graves y solemnes —la cualidad tan española—, y sus
rostros llenos de vida, a veces melancólicos, pero siempre de un equilibrio
perfecto. Sin copiar los modelos eyckianos, como Dalmau, no ofrece duda que
Huguet se incorpora decididamente al naturalismo flamenco. Pese a esa actitud
naturalista, selecciona entre los varios tipos de la región catalana alguno que
impone a sus discípulos y que todavía tiene eco bien entrado el siglo XVI. Es de
rostro bastante alargado, huesudo, de nariz levemente arqueada, labios más bien
finos y altos, lo que produce buena distancia entre la nariz y el mentón. Los
fondos, nimbos y piezas de orfebrería, suelen ser de oro, en relieve muy
acusado. Entre los varios retablos conservados de su mano merece recordarse el
de San Vicente Mártir (1450-1460 (fig. 1728), del Museo de Barcelona, cuya
escena del santo en la hoguera, al mismo tiempo que descubre en el alargamiento
del cuerpo desnudo del mártir el recuerdo de los modelos de Bernardo Martorell,
ofrece una de las colecciones de cabezas más extraordinarias que ha producido la
pintura catalana. Aunque en su conjunto la tabla del santo en la cruz es
inferior, el grupo del juez, el verdugo y los espectadores, es también admirable
por la estupefacción que a esos mismos personajes produce la caída del ídolo, en
la tabla correspondiente.
Artista de sensibilidad exquisita
para los más diversos aspectos expresivos, en la Ordenación del Santo pinta una
galería de cabezas de cantores que serían suficientes para considerarlo uno de
los maestros más insignes de la escuela española.
En el retablo de San Abdón y San
Senén, de Santa María de Tarraso (1460), es particularmente bella por su
sencillez y elegancia, la gran tabla central, en que los dos mártires persas
aparecen en el proscenio de una amplia terraza, elegantemente vestidos como dos
caballeros catalanes, conscientes de su destino. Pensativos ambos, San Abdón
considera lo que significa la espada que tiene entre sus manos. Sus rostros,
ligerísimamente modelados, sorprenden por la finura y simplicidad de su
ejecución. Las escenas laterales de su martirio contienen también bellos
estudios de rostros finamente expresivos. En el retablo del Condestable don
Pedro de Portugal, de la capilla real de Santa Águeda (1464), la más importante
es la tabla central de la Adoración de los Reyes, en el más importante de los
cuales ha querido verse el retrato de aquel personaje. Retablo de magnas
proporciones, varias de cuyas pinturas son obra de taller, es el de San Agustín,
del Museo de Barcelona, costeado por el gremio de los curtidores. La
Consagración, solemne y grandiosa, según es costumbre en Huguet, muestra algunas
cabezas admirables.
Destruido en 1909, aunque, por
suerte, se conservan fotografías, era también obra capital de Huguet y de fecha
bastante temprana, el retablo de San Antonio Abad (1455). Recientemente se ha
atribuido a Huguet una importante serie de obras, que se consideran fruto de una
etapa juvenil aragonesa, entre las que destacan dos tablas procedentes de
Alloza, del Museo de Zaragoza, y la Virgen de Vallmoll, de la colección Muntadas,
en el Museo de Barcelona.
A este mismo período corresponden
la actividad de Miguel Nadal, autor de los retablos de San Cosme y San Damián y
de Santa Clara y Santa Catalina, de la catedral, artista formado, al parecer, en
el taller de Martorell, y la de Pedro García de Benabarre, que firma una Virgen
del Museo de Barcelona. A la escuela de Huguet pertenecen, por último, Gabriel
Guardia —retablo de Santa María de Manresa, 1501— y Francisco Solibes, que
trabaja principalmente en Aragón —retablos en Maluenda y Daroca.
Entre los contemporáneos de
Huguet figura la familia de los Vergós, a los que durante mucho tiempo se ha
atribuido buena parte de la obra de aquél. Los miembros de la familia son, en la
primera mitad del siglo, Jaime Vergós I, y en la segunda, su hijo, Jaime Vergós
II y los dos hijos de éste: Pablo y Rafael. A juzgar por los documentos, el de
mayor prestigio artístico es Pablo Vergós (muerte 1495), que contrata el retablo
de San Esteban, del Museo de Barcelona, retablo que al morir se comprometen a
terminar su padre y su hermano. La delimitación de las diversas manos que
intervienen en él es problema aún no resuelto. Contemporánea de esta escuela
barcelonesa, existe otra mucho más provinciana en Lérida, cuya principal figura,
el Maestro de la Pahería, debe su nombre al retablo del Museo de aquella ciudad,
en cuya tabla central se encuentran retratados los pahers o concelleres de la
ciudad. Aunque no poco arcaizante, el estilo es ya flamenco. A ese mismo momento
corresponde el Maestro Verdú, cuyo retablo, procedente de esta población, se
guarda en el Museo de Vich.
VALENCIA. BALEARES
. — La escuela valenciana de la
segunda mitad del XV no posee en los primeros tiempos una figura de la calidad
de Jaime Huguet; pero al comenzar el último cuarto del siglo abre sus puertas al
cuatrocentismo italiano, iniciando una nueva era de esplendor, que corresponde
ya al período renacentista.
Hasta hace poco tiempo, el nombre
que llenaba la historia de la pintura valenciana de mediados del siglo XV era el
de Jaime Baco, conocido por el sobrenombre de Jacomart. Artista muy estimado por
Alfonso V, trabaja para éste en Nápoles; pero al mediar el siglo se encuentra
establecido de nuevo en Valencia, donde muere en 1461, a poco de contratar el
retablo del pueblo de Catí.
La gran semejanza del retablo de
Catí, que ha servido de base para atribuirle un cierto número de obras, con el
de Cubells, del Museo de Barcelona, firmado por Reixach, hace desvanecerse su
personalidad artística en provecho de Reixach, si bien por ahora tal vez
convenga considerar todas estas obras como producto de la personalidad conjunta
Jacornart-Reixach. En su estilo, la influencia flamenca es patente, y en algunos
aspectos eyckiana, descubriendo un gran deseo de riqueza en fondos y vestiduras
de oro, y en pavimentos de losas muy decoradas. Entre las mejores creaciones de
la escuela figura el retablo de San Martín, del Museo de Segorbe (1447-1457), en
el que el titular es una figura monumental y grandiosa que, al mismo tiempo que
manifiesta la reacción contra el afán de levedad del estilo internacional,
anuncia el de Bartolomé Bermejo. Tal vez más sensible es el contraste entre la
Virgen entronizada, rodeada de ángeles, del mismo retablo, y las
interpretaciones internacionales. Según costumbre valenciana, se encuentra en la
calle central, entre la escena principal y el Calvario. También es obra de
calidad el retablo de Santa Ana, de la Colegiata de Játiva, con el retrato del
futuro Calixto III, don Alonso de Borja. En el de la Cena, de la capilla
episcopal de Segorbe, lo más importante es la Virgen de la Porciúncula,
excelente ejemplo del nuevo gusto en la interpretación del tema, con los ángeles
formando compacto grupo, extremo opuesto de las ligeras composiciones del estilo
internacional valenciano.
De calidad inferior es el retablo
de Cubells (1468), dedicado a Santa Úrsula y firmado por Reixach, y el de la
Adoración de los Reyes, de Rubielos de Mora.
Aunque, con criterio
exclusivamente cronológico precisaría referirse en este lugar a Osona el Viejo y
Pablo de San Leocadio, es preferible, por su estilo, incluirlos en el capítulo
renacentista y citar, en cambio, al Maestro de los Perea, que si bien trabaja a
fines de siglo y, naturalmente, se deja influir por el Renacimiento, es más
tradicional. Debe su nombre al retablo de la Adoración de los Reyes, del Museo
de Valencia, costeado en los últimos años del siglo por la viuda de don Pedro de
Perea, trinchante mayor del Rey Católico. Es, además, interesante
iconográficamente, por contener la escena de Jesús con los patriarcas ante
Virgen, que no deja de ser frecuente en Valencia.
Pintor muy fecundo, su influencia
es considerable. Entre sus numerosos discípulos, que ya son renacentistas,
figuran los Maestros de Artes, de Borbotó, de Játiva y de Martínez Vallejo, este
último el más fino y la figura más atractiva del grupo. Lleva el nombre de la
persona que dona el retablito de la Virgen de la Leche al Museo de Valencia, y a
él se debe, probablemente, el gran retablo de la Purísima Concepción, del mismo
Museo.
En Baleares, el pintor más
importante es Pedro Nisart. Su San Jorge (1468), del Museo de Palma, con amplio
fondo de paisaje de tipo eyckiano, se ha supuesto eco del cuadro del mismo
asunto del pintor flamenco, comprado en Valencia unos veinte años antes.
BARTOLOMÉ BERMEJO
.—Actuando tanto en Cataluña como
en Valencia y Aragón, pero sin que pueda incluirse exclusivamente en la escuela
de ninguna de esas regiones, Bartolomé Bermejo es un pintor de primer orden, al
que es preciso mencionar dentro de la Corona de Aragón, no obstante su origen
cordobés. Amigo de latinizar su nombre —en alguna obra se firma Rubeus—, su
verdadero apellido es Cárdenas. Se le cita por primera vez en Daroca (1474);
unos doce años después le encontramos en Barcelona contratando una obra
conjuntamente con Huguet, y allí continúa en 1495.
Bermejo es el más monumental de
los pintores españoles de su tiempo. Sus personajes son fuertes, de rostro
rectangular, facciones enérgicas, nariz recta, boca rectilínea y están modelados
con pocos planos. La sensación de fuerza, energía y masa es esencial en Bermejo.
Y a esa preocupación por la monumentalidad y por la fuerza se une un decidido
deseo de riqueza. El gusto por los efectos de luz en los interiores y el dominio
del paisaje, que muestra en el fondo de una de sus obras, completan los rasgos
más esenciales de su personalidad artística.
Su formación es todavía un
problema. En Andalucía nada se conoce que pueda explicarla. Artista amigo de
viajar, debe haber visitado los Países Bajos y estudiado con especial interés a
los maestros holandeses.
El Santo Domingo de Silos (1474 (fig.
1728), del Museo del Prado, sobre su rico trono de taracea morisca y su fondo de
oro, es la figura más monumental y la que produce mayor efecto de estabilidad de
todo nuestro siglo XV. Ninguna mejor que ella encarna la reacción contra la
movilidad de un Nicoláu o de un Marsal de Sax. Si Mantegna se hubiese formado en
el estilo gótico, su sentido de la riqueza y de la estabilidad y su sobriedad
expresiva le hubiesen hecho pintar en forma muy parecida.
(fig. 1728) Santo Domingo de Silos
En el San Miguel, de colección
particular inglesa, que tanto revuelo produjo en la crítica —se ignoraba al ser
descubierto el estilo de Bermejo y no se sabía a qué escuela atribuirlo—, nos
prueba cómo, no obstante su preocupación por la masa, tiene también un fino
sentido de la elegancia que le permite crear tan esbeltos personajes como un
Dirck Bouts. El oro, que tan preponderante papel desempeña en los dos cuadros
anteriores, desaparece, en cambio, en la Piedad (fig. 1729), de la catedral de
Barcelona (1490), para dejarnos ver el paisaje más importante de mano española
de la segunda mitad del siglo.
(fig. 1729) La Piedad
Aunque de estilo muy personal,
el eyckianismo de su concepción es evidente. El retrato del donante —el canónigo
Desplá— es también jalón capital en la historia de nuestra pintura. El Tránsito
de la Virgen, del Museo de Berlín, ofrece, por último, el mejor ejemplo de su
interés por los interiores con efectos de luz al gusto flamenco.
ARAGÓN Y NAVARRA
. —Como en la primera mitad del
siglo, Aragón continúa en la segunda sometido a la influencia del litoral,
siendo el estilo de Huguet, no obstante ser su temperamento artístico tan
opuesto al aragonés, el que encuentra mayor eco. Pero a estas influencias
tradicionales se agrega ahora, poderosa, la de Bermejo, que no en vano su
personalidad artística, varonil y fuerte, ofrece íntimos puntos de contacto con
la sensibilidad aragonesa. No se produce ningún pintor de primer orden que
imponga su estilo a sus compañeros, pero se pinta mucho, probablemente más que
nunca, en Aragón. Por eso los rasgos más destacados son los más permanentes. Sus
personajes son recios y varoniles, se mueven con esa falta de suavidad que hemos
visto en Bermejo, y no delatan especial interés por expresar matices
espirituales. El afán de riqueza hace prodigar el oro en relieve con la misma
profusión que los lazos en sus edificios mudéjares, hasta el punto de que el
modelado de rostros, manos y telas se pierde a veces en el continuo relampagueo
de sus dorados relieves. Este estilo, en el fondo de origen catalán, más
decorativo que pictórico, arraiga tan profundamente en Aragón, que persiste
hasta bien entrado el siglo XVI.
Entre los pintores principales
figuran Miguel Jiménez, su hijo Juan Jiménez y Martín Bernat, todos ellos muy
influidos por Bermejo, y que con frecuencia colaboran entre sí; Miguel Jiménez,
que muere en los primeros años del siglo XVI, es el autor del retablo de San
Miguel y Santa Catalina, cuyo banco firmado- se encuentra en el Museo del Prado,
y del de Tamarite de Litera, que pinta en colaboración con su hijo. A éste se
debe el retablo de Blesa, del Museo de Zaragoza. Martín Bernat es pintor de
cierto rango social, puesto que se le da tratamiento de infanzón y honorable,
que colabora con los mejores pintores de su tiempo. Su obra principal es el
retablo de la Purificación, de la catedral de Tarazona (1493), donde el oro en
relieve adquiere desarrollo extraordinario. En el profuso empleo del oro es, sin
embargo, superado por Jaime Lana, que en el retablo de Borja alcanza uno de los
puntos culminantes de este proceso de enriquecimiento. Tal vez estos pintores
aragoneses no concedan más superficie al oro que los valencianos, pero lo
emplean menos discretamente y hacen mucho más alarde de él.
Mientras los Jiménez y Bernat
reflejan, sobre todo, la influencia de Bermejo, el Maestro del Prelado Mur,
autor del retablo de la Adoración de los Reyes, de Daroca, es el principal
representante del estilo catalán de Huguet. A él se atribuye el San Vicente
Mártir, del Museo del Prado. Martín de Soria, que pinta el retablo de Palíamelo
de Monegros (1485), pertenece a esta misma corriente estilística.
En Navarra, la pintura de este
período presenta caracteres muy semejantes a los de la aragonesa, aunque en ella
se advierte una cierta influencia castellana. El mejor testimonio de ello lo
ofrece su pintor más importante, Pedro Díaz de Oviedo, que en su retablo de la
catedral de Tudela (1489) parece fundir el estilo castellano con el de los
discípulos de Bermejo.
CASTILLA: JORGE INGLÉS Y GALLEGO
.—Sin haber llegado a formar una
floreciente escuela propia durante la primera mitad del siglo XV, como Cataluña
y Valencia, Castilla, al iniciarse la segunda mitad del mismo, se entrega más
plenamente al gótico flamenco, bajo cuyo égida se forman varias escuelas, que
radican, principalmente, en Palencia, Valladolid, Burgos, León, Toledo y
Sevilla. En general, la pintura castellana se distingue por su mayor
aferramiento al estilo flamenco. Ello no obstante, aunque no falta algún maestro
que renuncia al oro, los fondos dorados continúan empleándose con la misma
amplitud que en el resto de la Península. Ahora bien, son raros los de relieve y
nunca se utilizan con la profusión catalana o aragonesa.
JORGE INGLÉS
El maestro a quien es preciso
registrar a la cabeza de la pintura de Castilla la Vieja de este período es
Jorge Inglés, cuyo nombre no sabemos en qué grado sea indicio de origen
extranjero inmediato. De todos modos, nada existe en su estilo que hable en pro
de su origen británico y sí de su formación flamenca más o menos directa, pues
tampoco es fácil precisar su parentesco concreto con ninguno de los grandes
maestros de los Países Bajos. Su obra capital es el retablo de la Virgen de los
Ángeles (1455), de la colección del duque del Infantado. Encargado por el
célebre marqués de Santillana en 1455 de encuadrar una escultura de la Virgen,
por él comprada en la feria de Medina para su hospital de Buitrago, es la obra
fechada más antigua del estilo flamenco. Consta de dos grandes tablas, con
ángeles que cantan los Gozos de la Virgen, compuestos por el Marqués; de los
retratos de éste (fig. 1730) y su mujer, acompañados, respectivamente, por su
paje y por su doncella, y del banco con santos de medio cuerpo. Los retratos,
que son lo mejor del retablo, responden al estilo plenamente naturalista
flamenco.
(fig. 1730) Marqués de Santillana
De su mano, o de su escuela, es
el retablo de San Jerónimo, del Museo de Valladolid.
El segundo gran pintor que
trabaja en tierra vallisoletana es el Maestro de San Ildefonso, así llamado por
la hermosa tabla de la Imposición de la casulla al santo (fig. 1731), del Museo
del Louvre. Lo mismo que Jorge Inglés, con el que tiene no pocos puntos de
contacto, no gusta del empleo del oro, y su estilo tiene también un tono fuerte,
que en algunos personajes llega a producir una impresión de energía y virilidad
extraordinarias. De rostros huesudos y corpulentos y de mirada penetrante, son
figuras que se graban en la memoria de quien las contempla, dejando ver la
poderosa personalidad del artista. Los ropajes se quiebran ya en él con esa
intensidad que será típica de no pocas obras castellanas. A este Maestro de San
Ildefonso se deben varios santos del Museo de Valladolid.
(fig. 1731) Imposición de la casulla a San Ildefonso
FERNANDO GALLEGO
Más conocido de antiguo, y famoso
por haber firmado sus obras, es Fernando Gallego, que trabaja, sobre todo, en
Salamanca. Como su nombre no se pierde, a él, o a su escuela, se han atribuido
hasta fecha reciente buena parte de las pinturas castellanas del XV. Es, sin
embargo, estrella de primera magnitud en el cielo de nuestra pintura gótica.
Como los dos maestros anteriores,
renuncia al oro en los fondos, gracias a lo cual concede cierta amplitud al
paisaje, pero el rasgo más destacado de su personalidad es su temperamento
intensamente dramático, que le lleva a complacerse en lo trágico, lo que, como
buen hijo de la última etapa del gótico, contempla a veces con visión crudamente
realista. Así, pinta con especial deleite figuras de verdugos, tipos populares
de rasgos incorrectos pero expresivos, gentes contrahechas y gestos de dolor y
muerte. Sus personajes son altos y secos, como los de Dirck Bouts, pero sin su
melancolía, su aire soñador ni su fragilidad. No obstante el carácter general
flamenco de su estilo, sus modelos humanos y su manera de plegar los ropajes
descubren su contacto con el pintor alemán Conrado Witz.
Uno de los retablos más
importantes de Gallego es el de San Ildefonso, de la catedral de Zamora, en el
que es particularmente representativa de su sensibilidad la forma realista como
interpreta al pobre contrahecho que se arrastra por el suelo para acudir hasta
el sepulcro del santo. Pero donde desarrolla más ampliamente esta nota aguda
realista es en el retablo de Santa Catalina, de la catedral de Salamanca.
Dedicada la tabla central a la santa en su trono, se representan en las tablas
laterales dos historias de su vida. En la escena de su martirio en las ruedas,
lo que principalmente importa a Gallego es el efecto del castigo divino en los
verdugos. Así, con realismo impresionante, pinta a uno de ellos derribado en
primer término con las manos agarrotadas, el cuello torcido y su boca
entreabierta de dolor, como si quisiera recordarnos alguna escena macabra por él
contemplada. En la tabla de la degollación se desborda de nuevo su gusto por lo
trágico, y le vemos complacerse con el tipo flaco y desagradable, de expresión
patibularia, del verdugo, y en el rostro agonizante de la santa, que se desploma
hacia atrás (fig. 1732).
(fig. 1732) Retablo de Santa Catalina
En el Camino del Calvario, de la
misma catedral, es lo grotesco y la bellaquería de los verdugos lo que
constituye el nervio de la interpretación.
Por la gran amplitud concedida al
paisaje, es particularmente interesante la Piedad, del Museo del Prado, y por su
contenido astrológico la gran pintura de la bóveda de la antigua biblioteca de
la Universidad de Salamanca, donde vemos a los dioses paganos, titulares de los
planetas, vestidos a la moda de fines del XV. El Museo del Prado posee también
de su mano un Salvador entronizado. En realidad, es el Todopoderoso en el centro
del Tetramorfos, el tema iconográfico tan frecuente en el período románico, pero
ya muy raro. Le acompañan las figuras alegóricas de la Iglesia triunfante y de
la Sinagoga vencida. En la obra que se atribuye a F. Gallego tiene buena parte
su taller. Entre sus colaboradores se cita a Francisco Gallego, su hijo o
hermano, a quien se ha querido adjudicar la parte más expresionista de su obra.
EL RESTO DE CASTILLA Y ANDALUCÍA
. —En la región burgalesa, donde,
a pesar de la intensa importación de pinturas flamencas, se pinta mucho en la
segunda mitad del siglo XV, se han podido distinguir varias personalidades de
segundo orden. Entre ellas merecen recordarse el anónimo, a quien
provisionalmente se le llama Juan Flamenco, por haberse creído algún tiempo de
éste la obra principal del grupo, que es la serie del Bautista, del Museo del
Prado. La escena de la Degollación es interesante para ilustrar el traje
femenino de la época. El Maestro de San Nicolás debe su nombre al retablo del
santo en la iglesia burgalesa de esa advocación, y es pintor bastante fecundo,
aunque probablemente no hace todas las obras que se le atribuyen. De fecha ya
tardía, pues aunque sus personajes son góticos emplea ya fondos de arquitectura
con decoración renacentista, es Alonso Sedaño, cuya obra principal es el antiguo
retablo mayor de la catedral de Burgos, de figuras grandotas y un tanto
inexpresivas. Su obra documentada es, sin embargo, un San Sebastián, conservado
en la catedral de Palma de Mallorca.
En Ávila trabaja un maestro
relacionado con el de San Ildefonso, al que se ha dado el nombre de la
población, que es autor de un tríptico del Nacimiento, del Museo Lázaro. Aunque
la tabla central es bastante bella, por lo general sus personajes son
desproporcionados y un tanto rústicos. A él se asemeja, a su vez, el Maestro de
la Sisla, en cuyas pinturas del Museo del Prado, que se consideran procedentes
de aquel monasterio toledano, hay trozos muy hermosos. Tres de ellas
—Anunciación, Adoración de los Reyes y Tránsito de la Virgen— están fielmente
inspiradas en estampas de Schongauer, como se comprueba en la Presentación (fig.
1733).
(fig. 1733) La presentación
En Toledo, el maestro más activo
es el de don Álvaro de Luna, autor del retablo del infortunado favorito de Juan
II, en la catedral (1488). Pintor que se inspira muy directamente en los modelos
flamencos, en la Virgen de la leche, de ese retablo, toma por modelo a Dirck
Bouts. Aunque no copiado del natural, es interesante desde el punto de vista
iconográfico el retrato de don Álvaro de Luna. Consta que la pintura del retablo
es de Sancho de Zamora o de Juan de Segovia, pero ante la duda, se le conoce
provisionalmente con el nombre citado. Un model de Virgen de ese pintor, se
encuentra en el Museo del Prado (fig.1734).
(fig.1734) Virgen con el Niño
En Andalucía son escasas las
pinturas conservadas del siglo XV, y aunque manifiestan la existencia de una
escuela, sobre todo en Sevilla, no cabe hablar de un pintor que haya ejercido en
sus contemporáneos la influencia de un Huguet o un Gallego. En cambio, para el
reducido número de obras existentes, son proporcionalmente abundantes las
firmadas, entre las que predomina el apellido Sánchez. El más celebrado de
antiguo es Juan Sánchez de Castro, autor de la Virgen de Gracia, de la catedral,
(fig. 1735) y otras pinturas hoy destruidas (1454-1484) y que estuvieron
firmadas.
(fig. 1735) Virgen de Gracia
Otro Juan Sánchez es el que firma
el dramático Calvario, conservado en la misma catedral. La serie de los Sánchez
sevillanos cuenta además con un Antón y un Diego Sánchez, y con dos Pedro
Sánchez, uno de ellos de menor categoría. Antón y Diego son los autores de la
importante tabla del Camino del Calvario, del Museo de Cambridge, en la que
Jesús se desploma derribado por el golpe de un sayón. Pedro Sánchez, que firma
el Santo Entierro, de Budapest, es artista cuyo estilo deja más huella en sus
contemporáneos que sus compañeros. A Juan Núñez se debe, por último, la Piedad,
de la catedral de Sevilla. Obra sevillana de este período es el San Miguel, del
Museo del Prado, procedente de Zafra.
En Córdoba, la obra más
importante de este período es la Anunciación, de la catedral (1475), firmada por
Pedro de Córdoba. En forma nada corriente, el pintor ha imaginado un escenario
en alto, donde se desarrolla la historia, mientras en un nivel más bajo, y en
primer término, aparecen arrodillados como orantes, además de los donadores,
varios santos.
JUAN DE FLANDES Y MIGUEL ZITTOW
. —Entre los varios pintores
flamencos que visitan Castilla, en tiempo de los Reyes Católicos, precisa
destacar los nombres de Juan de Flandes (muerte 1519) y de Miguel Zittow, ambos
al servicio de la corona. Del primero ignoramos el apellido. Trabaja, sobre
todo, en Palencia, donde pinta el retablo mayor de la catedral, contribuyendo
con esta y otras obras, en unión de P. Berruguete, a formar la escuela palentina
de principios del siglo XVI. Pinta para Isabel la Católica, con pequeña
colaboración de Zittow, las numerosas tablitas de la Vida de Jesús, conservadas
en el Palacio Real (fig. 1736).
(fig. 1736) Resurreción de Lazaro
Juan de Flandes, formado tal vez
en el campo de la miniatura, es un excelente colorista, de fina sensibilidad
para crear efectos de luz, y un paisajista que sabe dotar los fondos de sus
historias de notable encanto poético.
De Miguel Zittow, a quien sus
contemporáneos castellanos llaman Maestro Michel, nace en Rusia, a orillas del
Báltico. Su formación es, sin embargo, en todo flamenca, y se distingue por sus
retratos, entre los que figuran el de Don Diego de Guevara (fig. 1737) y el de
Doña Catalina de Aragón.
(fig. 1737) Don Diego de Guevara
CAPÍTULO XXVIII
PINTURA ESPAÑOLA
DEL SIGLO XVI Y PORTUGUESA DE LOS SIGLOS XV Y XVI
EL PRIMER TERCIO DEL SIGLO.
VALENCIA: LOS OSONA
YÁÑEZ Y LLANOS
CATALUÑA
ARAGÓN Y NAVARRA
CASTILLA: PEDRO BERRUGUETE
TOLEDO: JUAN DE BORGOÑA
ANDALUCÍA: ALEJO FERNÁNDEZ
EL SEGUNDO TERCIO DEL SIGLO.
VALENCIA: VICENTE MASIF- Y JUAN DE JUANES
CATALUÑA, ARAGÓN Y CASTILLA
SEVILLA. PEDRO DE CAMPAÑA
LUIS DE VARGAS Y VILLEGAS
MARMOLEJO. GRANADA: MACHUCA
MORALES
EL ÚLTIMO TERCIO DEL SIGLO. EL
RETRATO: SÁNCHEZ COELLO Y PANTOJA
BECERRA Y NAVARRETE
LOS PINTORES ITALIANOS DE EL
ESCORIAL
FRESQUISTAS ITALIANOS EN LA
MANCHA Y ANDALUCÍA
EL GRECO
PINTORES CASTELLANOS Y ANDALUCES
DE FINES DE SIGLO
PACHECO
ARAGÓN Y LEVANTE. AMÉRICA
PINTURA PORTUGUESA DE LOS SIGLOS
XV Y XVI
EL PRIMER TERCIO DEL SIGLO.
VALENCIA: LOS OSONA
. —La región donde el
renacimiento cuatrocentista se introduce en fecha más temprana es la levantina.
A la cabeza de los propagadores del nuevo estilo figura Rodrigo de Osona el
Viejo, autor del Calvario (1476 (fig. 1738), de la iglesia de San Nicolás, de
Valencia, donde vemos fundirse la influencia de los squarcionescos de Padua con
la holandesa. El fondo del paisaje es llano, con el mar al fondo, como la costa
valenciana, pero está poblado de caprichosos picachos.
(fig. 1738) El Calvario
Su hijo Osona el Joven, que
trabaja ya en el primer cuarto del siglo XVI y forma su estilo en el de su
padre, se entrega decididamente a los fondos de arquitectura, en los que procura
crear efectos de perspectiva de típico abolengo cuatrocentista, como sucede en
la Adoración de los Reyes (fig. 1739), de la Galería Nacional de Londres,
firmada «lo fil de mestre Rodrigo», y en la serie de San Dionisio, de la
catedral de Valencia. En una de las historias de ésta, el escenario es una calle
flanqueada de casas de agudos piñones, donde la luz lateral de las que en ella
desembocan, con su alternar de zonas iluminadas y en sombra, intensifica el
efecto de profundidad. Al fondo se levanta la puerta de la muralla, y a través
de su arco, todavía es conducida nuestra mirada por un camino que serpenteando
se pierde en el horizonte. En la escena del santo caminando con su cabeza en las
manos, el fondo del paisaje refleja el tipo creado por Osona el Viejo en el
Calvario; el Montmartre le da ocasión para levantar un aparatoso cabezo, a cuyo
pie nos cuenta, con ese gusto por lo narrativo propio del cuatrocentismo, cómo
un aficionado cita a un toro raspeándole la capa por el suelo.
(fig. 1739) Adoración de los Reyes
Contemporáneo de Osona el Viejo
es el italiano Pablo de San Leocadio, nacido en Emilia, que en 1472 trabaja en
la catedral por encargo del difunto Alejandro VI y permanece en España el resto
de su vida. Probablemente su obra más antigua es la Sagrada Conversación, de la
Galería Nacional de Londres, pero donde puede conocerse mejor su estilo es en el
retablo de Gandía, ya de sus últimos años, y cuyas numerosas tablas descubren
una locuacidad en la que probablemente coinciden su propio temperamento y el
gusto del cuatrocentismo tardío. Los personajes, con los gestos de sus rostros,
las actitudes de sus miembros y el movimiento de sus cuerpos; las rocas y
cabezos de sus paisajes; las nubes de caprichosas formas, y, en suma, cada uno
de los elementos de la composición, reclaman ser contemplados con el mismo
interés. Muy representativos a este efecto son el Camino del Calvario y el Santo
Entierro.
De atribución muy discutida, es
probablemente de Pablo de San Leocadio, la Virgen del Caballero de Montesa (fig.
1740), del Museo del Prado. Su semejanza con el maestro italiano es evidente,
pero como no faltan diferencias, algunos la creen de un pintor anónimo al que se
ha denominado el Maestro de la Virgen de Montesa, a quien se atribuyen otras dos
obras menos importantes. Lo cierto es que en esta hermosa tabla, en la que
acompañan al grupo central, de la Virgen con el Niño, San Benito y San Bernardo,
patronos de la Orden de Montesa, y un caballero de la Orden, se rompe con la
tradición de las Vírgenes valencianas del XV. El escenario es puramente
renacentista.
(fig. 1740) Virgen del Caballero de Montesa
YÁÑEZ Y LLANOS
. —Cuando el estilo
cuatrocentista de los Osona y de Pablo de San Leocadio domina en Valencia,
surgen en escena en 1506 dos pintores castellanos propagadores de una nueva
etapa estilística: la de Leonardo de Vinci, el más viejo de los grandes
creadores del Renacimiento pleno. Se llaman Fernando Yáñez de la Almedina y
Fernando Llanos, y, al parecer, uno de ellos puede identificarse con el Ferrante
Spagnolo, que en 1505 trabaja en Florencia en el taller de Leonardo. Muy unidos
durante buena parte de su vida y con taller común, no es siempre fácil
distinguir sus respectivos estilos.
Las notas más destacadas de ambos
maestros, y en particular de Yáñez, son el amor a la claridad y amplitud en las
composiciones, y al reposo material y espiritual. Gustan de arquitecturas y
personajes dispuestos en planos paralelos a la superficie del cuadro, o formando
ángulos rectos con ella en el sentido de la profundidad, gracias a lo cual la
composición del conjunto se percibe desde el primer momento. En los fondos
arquitectónicos no se hace alarde de rica ornamentación renacentista, como en
los de Osona el Joven, sino de masa y monumentalidad. Los personajes se mueven
en general pausadamente.
La obra conjunta más importante
de ambos artistas son las puertas del retablo mayor de la catedral de Valencia
(1507). Entre las historias que se consideran de Yáñez merecen recordarse
especialmente la Presentación de la Virgen en el templo, donde el sentido
arquitectónico de la composición se impone de forma obsesionante, y la Adoración
de los Pastores (fig. 1741), en la que el reposo majestuoso en la actitud de las
figuras y la claridad en el componer, antes comentados, lucen como en ninguna
obra del pintor. Colocados los personajes del primer término en planos
perfectamente definidos, los pastores del fondo acuden pausadamente encuadrados
por muros gruesos y sin más decoración que unos nichos bramantescos. En la
escena del Abrazo de San Joaquín y Santa Ana, el gusto por lo pastoril hace al
autor colocar en primer plano a un pastor que, influido por el Espinario, se
saca una espina del pie. También es muy bello el Tránsito de la Virgen.
(fig. 1741) Adoración de los Pastores
Entre las historias del retablo
valenciano atribuidas a Llanos, las más representativas de su formación
leonardesca son el Descanso en la huida a Egipto y la Adoración de los Reyes,
directamente inspirada ésta en la del maestro florentino (fig. 1742).
(fig. 1742) Descanso en la huida a Egipto
En general, las pinturas de
Llanos en estas puertas se distingue de las de Yáñez por las actitudes menos
firmes de sus personajes y por su mayor inclinación hacia lo característico que
hacia lo correcto.
El estilo tardío de Yañez lo
conocemos gracias a sus pinturas, veinte años posteriores, de la catedral de
Cuenca, en que trabaja solo. Tanto en la Adoración de los Reyes como en la
Piedad se advierte cómo el arte de componer rafaelesco ha conquistado a Yáñez,
tanto en la manera de agrupar a la Virgen con el Niño como en la actitud de la
Magdalena inspirada por el Rafael de los tapices. El Museo del Prado posee de
Yáñez una Santa Catalina vestida con telas moriscas y que cuenta entre lo mejor
de su autor (fig. 1743).
(fig. 1743) Santa Catalina
CATALUÑA
. —Aunque el centro de gravedad
de la pintura de la antigua corona de Aragón pasa antes de terminar el siglo a
"Valencia, en Cataluña continúan trabajando durante el primer tercio del XVI
pintores de gran valía.
Está a su cabeza Anye Bru, al que
en alguna ocasión se le cita como pintor alemán. Séalo, y en este caso su
apellido será Brun, o no, su ascendencia nórdica parece indiscutible. Sólo
poseemos de él una obra segura, el Martirio de San Cucufate (1502-1506 (fig.
1744), del Museo de Barcelona, pero de calidad tan excelente, que sitúa a su
autor en el primer plano de nuestra pintura del Renacimiento. Artista que sin
duda viaja mucho, su estilo revela enseñanzas muy varias, septentrionales e
italianas, plenamente asimiladas. La expresión de los que componen el martirio,
la intensidad dramática de la degollación y la naturalidad del perro durmiendo
están interpretadas con maestría nada corriente.
(fig. 1744) Martirio de San Cucufate
El centro pictórico más
interesante del primer tercio del siglo radica en Gerona, o al menos es en su
región donde se encuentran las obras principales. La personalidad más destacada
es el Maestro de San Félix de Gerona, cuya obra capital es el retablo dedicado
al santo en su iglesia de aquella población. Es pintor más preocupado por lo
expresivo y característico que por la belleza. A veces, encuentra evidente
complacencia no sólo en lo feo, sino en lo monstruoso. El tipo del verdugo de
ese retablo, enorme mole de carne, con morrillo de toro, vientre caído, frente
abultada y ojos perdidos en un mar de adiposidades, es buen ejemplo del interés
del pintor por lo característico. El perfil incisivo del personaje, flaco y
nervioso, que condena al santo, atrae también su atención, y con gran acierto lo
contrapone al verdugo para que se realcen mutuamente. La expresión de
complacencia en el mal de los que martirizan al santo nos dice igualmente dónde
está el norte de sus valores artísticos.
Trabajando en la Costa Brava, le
seducen los paisajes montañosos con fondo de mar, hasta el punto de ser el gran
paisajista de la escuela. Su formación artística parece valenciana, relacionada
con Llanos, y es muy probable que a él se deban la serie de tablas de la vida de
Sen Andrés, de la capilla del Milagro, de Valencia. Recientemente se ha
propuesto la identificación de este maestro con un Juan de Borgoña —en los
documentos catalanes Joan de Borgunya— que trabaja en Cataluña en esta época.
También de Gerona es Matas. Lo
que le distingue dentro de nuestra pintura renacentista es su arte narrativo de
escenas con personajes que lucen vestiduras de telas alistadas o de traza
morisca, elegantes tocados, damas que nos muestran bellos abanicos de última
moda, es decir, un arte que le convierte en una especie de Carpaccio catalán. Su
ciclo de historia más representativo es el de la Vida de la Magdalena, de la
catedral de Gerona.
Pintor de facultades mucho más
modestas, pero muy fecundo, es el navarro que catalaniza su nombre bajo la forma
de Gaseó, y que trabaja principalmente en Vich.
ARAGÓN Y NAVARRA
. —En Aragón alcanza gran fama a
principios de siglo Pedro de Aponte, pintor de Fernando el Católico, al que
parece debe atribuirse el retablo de Bolea (Huesca), indudablemente una de las
obras más importantes de la primera década del siglo. Si efectivamente le
pertenece, Aponte resultaría un artista muy influido por el estilo toledano de
Juan de Borgoña, y, como él, de formación cuatrocentista. En cambio, emplea
estilo más avanzado el Maestro de Agreda, así llamado por el retablo de San
Miguel de aquella población.
Pintor de temperamento muy
dramático, ofrece cierto parentesco espiritual con el Maestro de San Félix,
pudiendo considerarse como uno de los manieristas más interesantes de la primera
etapa de nuestro Renacimiento. La historia del santo expulsando al demonio del
sepulcro de Moisés nos dice que las deformidades de sus personajes, las
incorrecciones de sus rostros, el escaso garbo de sus cuerpos y el
agarrotamiento de sus manos, son valores deseados por el pintor.
Por su amaneramiento aún más
intenso se "distingue el Maestro de Sigena, en cuyo monasterio pinta el retablo
de la Piedad. Ningún otro pintor de su tiempo le supera en España en decisión
para retorcer las figuras, hacerlas adoptar actitudes violentas y complicar los
plegados de los ropajes.
En Navarra, el Maestro de Ororbia,
del que sólo conocemos el bello retablo de San Julián de aquel pueblo, tiene un
interés por el paisaje más septentrional que español, y un sentido narrativo que
convierte la trágica historia del santo cazador en una de las obras más
seductoras de esta primera parte renacentista, por la minuciosidad con que se
nos describen sus diversas escenas. La Muerte de los padres del Santo la
Construcción de la Capilla y el paisaje nocturno del Paso del río son
particularmente atractivos. Juan Bustamante, autor, entre otros, del retablo de
Zizur (1538), es de temple mucho menos delicado, y se esfuerza sobre todo por
crear hercúleos personajes y escenas de intenso dramatismo.
CASTILLA: PEDRO BERRUGUETE
. —El patriarca de los
renacentistas castellanos es Pedro Berruguete. Formado en el estilo flamenco de
hacia 1470, antes de terminar esa década se encuentra ya en Italia, donde
permanece varios años, y aunque no abandonará la trama flamenca aprendida en su
juventud, la enriquece con tales novedades renacentistas que le convierten en el
introductor del estilo en su patria. El es probablemente el que, en fecha más
temprana, incluidos los arquitectos, emplea escenarios arquitectónicos del
romano, alguna vez en forma tan exclusiva, que parece haber renunciado
decididamente al gótico. Pero sus obras posteriores nos dicen que continúa
aferrado al viejo estilo, que seguirá alternando con el nuevo hasta el final de
su vida. De gran novedad es también su preocupación por la luz, que es para él
personaje de primer orden. De origen eyckiano, según unos, se debe, según otros,
a la influencia de Piero della Francesca.
Pero lo curioso es que este
Berruguete, que siente como ningún otro español del siglo XV la poesía de la luz
de los interiores, con frecuencia se deja seducir por el deseo de crear
escenarios de riqueza deslumbradora, y no sólo los corta muy en primer término
con una tela de brocado de oro, sino que hace descender el techo y pinta un
alfarje de grandes lazos de oro. El escenario se transforma así en una especie
de estuche dorado en que es la riqueza y no la profundidad y el espacio lo que
procura realzar.
Su carrera artística conocida se
inicia en Urbino, la ciudad entonces feliz bajo el gobierno de Federico de
Montefeltro. En su palacio, escenario de las conversaciones del Cortesano, de B.
Castiglione, las salas de mayor empeño son el «Studiolo», o cámara de trabajo
del Duque, y la librería. Para la primera, comienza el pintor flamenco Justo de
Gante, una serie de retratos de sabios de la antigüedad y de los tiempos medios,
que concluye Berruguete; en el libro que lee alguno de ellos, el texto está
escrito en castellano. Y, al parecer, el propio Berruguete pinta el retrato de
cuerpo entero de Federico, que preside la serie. A él se deben también algunas
de las tablas de las Artes liberales pintadas para su librería.
En España, la obra que de manera
más integral representa la adhesión del artista al cuatrocentismo italiano,
tanto en el escenario como en el empleo de la luz, es la Degollación del
Bautista (fig. 1745), de Santa María del Campo, en la provincia de Burgos.
(fig. 1745) Degollación de San Juan Bautista
Para Paredes de Nava, su pueblo,
pinta el hermoso retablo de la Concepción. Su historia más bella es, sin duda,
la de la Visita del Sacerdote con los pretendientes a la Virgen para comunicarle
que debe abandonar el templo y elegir esposo. Con su apego a lo tradicional,
imagina a la Virgen y a sus compañeras no en bancos y junto a una chimenea, como
hubiera hecho el maestro de Flemalle —recuérdese su Santa Bárbara—, sino en
almohadones sobre la tarima de la «gloria», calentada con aire caliente; el
sistema de calefacción que, como supervivencia del hipocausto romano, se emplea
todavía en la comarca. De pie, María se encuentra absorta en las razones que
expone el sacerdote para convencerla; tiene la vista baja, fijos los ojos en las
manos con que aquél enumera los argumentos que le está exponiendo. Su compañera,
en cambio, pierde en el infinito su mirada cargada de melancolía (fig. 1746).
Inmediatos sus rostros, se realzan mutuamente.
(fig. 1746) La Virgen y los pretendientes
De primer orden son también los
profetas de medio cuerpo del banco del retablo, espléndidos retratos cuyo tono
noble y grave, y la sensación de realidad que producen, los convierten en dignos
precedentes de los que en los siglos posteriores pintarán Sánchez Coello y
Velázquez.
La serie de retablos de
Berruguete se completa con los del convento de Santo Tomás y el mayor de la
catedral, ambos de Ávila. En el primero es particularmente bella la historia de
las Tentaciones del Santo, en la que, triunfante éste del pecado, después de
trazar la cruz en la pared con el carbón del braserillo que tiene al pie, recibe
de los ángeles el cinturón de castidad, mientras la cortesana introducida por
sus familiares para seducirle vuelve el rostro desde la puerta. De los retablos
menores dedicados a Santo Domingo y San Pedro Mártir, del mismo templo, proceden
casi todas las tablas del pintor que se exhiben en el Museo del Prado. Son de
especial interés la escena del Sepulcro de Santo Domingo, por el estudio de las
luces; San Pedro Mártir en oración, por la simplicidad de la composición, digna
de un Fra Angélico, y por su composición y su valor histórico, el Auto de fe en
que Santo Domingo indulta al hereje Raimundo.
En el retablo de la catedral
(1499-1504), que al morir deja sin terminar, el banco nos muestra a los
Evangelistas y Padres de la Iglesia tras una galería corrida, en los que hace un
verdadero derroche de oro y color, y entre las tablas del cuerpo del retablo
destaca la de la Flagelación, por el movimiento de los verdugos y la luz que se
interpone entre los personajes.
De sus obras sueltas merecen
recordarse, por su fina calidad, la Virgen, del Ayuntamiento de Madrid, y por su
estudio perfecto de la luz interior, la Anunciación, de Miraflores.
Influida por Berruguete y Juan de
Flandes, se forma en tierras de Palencia una activa escuela, cuyos
representantes más interesantes son el llamado Maestro de Becerril, que en su
retablo de San Pelayo, hoy en la catedral de Málaga, ofrece una de las más
curiosas páginas del empleo de la fábula pagana como comentario de un tema
religioso —en la historia del amor brutal del Califa por el niño Pelayo
introduce relieves de fábulas mitológicas de este carácter—, y en el Maestro de
Astorga, que en su Nacimiento, del Museo Lázaro, se deja seducir por las
perspectivas arquitectónicas peruginescas.
En Burgos merece recordarse León
Picardo, entusiasta del Renacimiento, pero que, como puede verse en sus tablas
del Museo del Prado, sólo nos trae la versión castellana de los modelos de Van
Orley.
TOLEDO: JUAN DE BORGOÑA
. —Ciudad de gran actividad
pictórica durante el primer tercio del siglo XVI, es Toledo la sede de una
escuela muy uniforme, que de hecho se reduce a Juan de Borgoña y sus discípulos.
Formado, a juzgar por su estilo,
en Italia, y principalmente en Florencia, aparece en España al morir Ghirlandajo,
con quien debe de estudiar. Es probablemente de una generación posterior a
Berruguete, y, desde luego, el primer pintor que en Castilla se entrega
plenamente al Renacimiento en su etapa cuatrocentista. Amigo de la corrección de
los modelos, compone con claridad y, aunque acaso por influencia de Berruguete
suele conceder gran espacio a los fondos de oro, encuentra también especial
deleite en los amplios fondos de paisaje.
Su obra maestra es la hermosa
serie de pinturas murales de la espléndida Sala Capitular de la catedral
primada, en la que, tras fingida galería de columnas, nos muestra diversas
escenas del Nuevo Testamento sobre fondos de arquitectura, tanto gótica como
renacentista, a veces con techos dorados de carpintería morisca. En las tres del
Calvario que ocupan el testero de la sala, el escenario es un amplio paisaje. A
los pies de la sala todo el muro está dedicado a la escena única del Juicio
Final. El otro ciclo de pinturas murales es el de la Conquista de Oran por
Cisneros, que decora la capilla mozárabe.
Entre sus retablos, son muy
bellos los de la Concepción y de la Adoración de los Reyes, de la misma
catedral. En el mayor de la de Ávila (1508), dejado sin terminar por Pedro
Berruguete, pinta la mayor parte de sus tablas, entre las que descuellan, por su
gran perfección, la Anunciación, la Purificación y el Nacimiento (fig. 1747); la
profundidad del escenario en que se ordenan con claridad los diversos términos y
el afrontamiento de los personajes principales, de riguroso perfil, son buenos
ejemplos de su arte de componer.
(fig. 1747) Nacimiento de la Virgen (Catedral de Toledo)
Entre los discípulos de Juan
Borgoña de cierta personalidad figura Antonio de Comontes, cuya obra principal
son los retablos de San Andrés de Toledo. A esta época corresponde Rincón,
pintor un tiempo famoso, del que sólo conocemos sus excelentes dotes de
retratista, gracias al busto firmado de don F. Fernández de Córdoba, del Museo
del Prado.
ANDALUCÍA: ALEJO FERNÁNDEZ
. —El maestro que impone su
estilo a la escuela sevillana durante una generación es Alejo Fernández (muerte
1545), que aparece trabajando en Córdoba antes de terminar el siglo. De origen
nórdico, probablemente alemán no obstante su apellido, se traslada a poco de
comenzar el XVI a Sevilla, donde no tarda en conquistar amplia clientela. Es un
genuino representante de la generación puente del cambio de siglo, que apoya uno
de sus estribos en Flandes y otro en Italia. Los nombres de Metsys y de
Pintoricchio son los que principalmente evoca su estilo.
Obra típica de su época cordobesa
es el Tríptico de la Cena, del Pilar de Zaragoza, en el que el escenógrafo
domina sobre el pintor de figuras. En la tabla central nos ofrece un escenario
de arquitectura clásica interpretada con gracia genuinamente cuatrocentista,
mientras en la portezuela de la Oración del huerto conduce nuestra mirada entre
los blandos cabezos de un paisaje nocturno cargado de tristeza. La seca
geometría de la perspectiva se convierte en él en poesía. Análoga preocupación
por el escenario manifiesta en el Cristo a la columna, del Museo de Córdoba.
Al trasladarse a Sevilla, su
interés se concentra en la figura humana, como lo prueban sus grandes tablas de
la Adoración de los Reyes y del Nacimiento de la Virgen, que pinta para la
catedral.
Su excelente calidad es causa de
que se le encarguen poco después varios retablos, entre los que sobresale el del
Colegio Mayor de Santa María de Jesús, la futura universidad hispalense,
dedicado a la Virgen de la Antigua, que aparece acompañada por el fundador,
Maese Rodrigo, ofreciéndole el edificio del colegio. Preside el cuerpo superior
la Venida del Espíritu Santo. La Virgen de la Rosa (fig. 1748), de Santa Ana de
Triana, es su obra más conocida, y, con razón, una de las más celebradas. Dos
ángeles descorren los cortinajes para mostrarnos en su trono a la Rosa de las
Rosas, que dos siglos antes cantara en una cantiga el rey poeta fundador del
templo. Su rostro tiene esa expresión levemente melancólica de que rara vez sabe
despojarse el primitivismo septentrional, mientras dos ángeles contemplan al
Niño, el uno con gesto de curiosidad y el otro con místico arrobamiento cargado
del pesimismo del que presiente la Pasión.
(fig. 1748) Virgen de la Rosa
Entre las obras en que el estilo
de Alejo Fernández se pierde por la participación de colaboradores y discípulos,
ya en la tercera década del siglo, debe recordarse especialmente, por su doble
interés artístico e histórico, la Virgen de los navegantes (fig. 1749),
conservada en el Alcázar de Sevilla. Pintada para la capilla de la Casa de
Contratación, responde al tipo iconográfico de la Virgen de la Misericordia que
acoge bajo el manto a sus devotos, pero con el gran acierto de haber introducido
el mar con las embarcaciones en su parte inferior. La identificación de los
personajes protegidos por la Virgen es problema sin resolver, aunque parece
indudable que casi todos son retratos. Es muy probable que lo sea de Cristóbal
Colón el que aparece en el borde mismo del cuadro, a la izquierda del
espectador.
(fig. 1749) Virgen de los navegantes
En Granada, la personalidad más
destacada de esta primera fase renacentista es el miniaturista Ramírez, a quien
se debe buena parte de las hermosas viñetas que ilustran la rica serie de
corales de la catedral. Entre ellas merecen recordarse las de la Degollación de
los inocentes y de la Crucifixión de San Pedro. No sabemos si a él se deben
también algunos de los retablos conservados de esta época. Uno de los
principales es el de Santa Ana, hecho pintar por Hernando del Pulgar, el de las
Hazañas, en la iglesia del Sagrario, en memoria de la más famosa de las suyas,
la de clavar con su puñal el pergamino con el «Ave María» en las puertas de la
mezquita, tomando posesión de ella cuando la ciudad es todavía de moros. Y, en
efecto, al pie de la escena del tierno idilio familiar, aparece al borde mismo
del cuadro el potente puño del héroe manteniendo enhiesto un grueso cirio.
EL SEGUNDO TERCIO DEL SIGLO.
VALENCIA: VICENTE MASIF- Y JUAN DE JUANES
.—Al comenzar el segundo tercio
del siglo, el estilo rafaelesco, que hasta ahora sólo se ha manifestado
esporádicamente dentro de un fondo general de cuatrocentismo tardío, se impone
plenamente a nuestros pintores.
La escuela donde el rafaelismo
triunfa en fecha más temprana es la de Valencia, gracias a Vicente Masip y a su
hijo Juan de Juanes. Aunque padre e hijo, en realidad, constituyen una sola
personalidad artística, debe recordarse que el primero muere poco antes de
mediar el siglo (1545-1550), mientras del hijo, que propiamente se llama Juan
Masip Navarro (muerte 1579), ignoramos si nace a principios del siglo o en 1523
como estiman algunos. Esta notable diferencia es capital para poder atribuir a
él y no a su padre algunas obras importantes. Los hijos de Juan de Juanes,
Vicente Juan Masip y Margarita Juanes (muerte 1613), son también pintores.
No obstante que la fama
únicamente ha celebrado a Juan de Juanes, el creador del estilo es con seguridad
el padre, autor del retablo de Segorbe (1530), en el que sólo puede haber
colaborado el hijo en el caso de haber nacido a principios de siglo. Sus tablas
del Nacimiento {lámina 291) y de la Natividad de la Virgen, enlazan en ciertos
aspectos con el estilo de Yáñez, y su estilo refaelesco es de una monumentalidad
y sobriedad técnica que desaparecerá en Juanes. Análogos caracteres ofrece el
Bautismo del Salvador, de la catedral de Valencia, muy posterior, donde la
actitud devota del pintor, comparada con las interpretaciones italianas
contemporáneas del tema, pone bien de manifiesto una de las características que
distinguen al rafaelismo español.
Probablemente son de su mano, en
el Museo del Prado, los fondos o pinturas circulares del Martirio de Santa Inés
—su composición, en parte, inspirada en el Pasmo, de Rafael —y la Visitación,
cuyo fondo de paisaje menudo, preciso y rico en pormenores, descubre un lastre
nórdico prerrafaelesco que no existe en los de Juan de Juanes. Juan de Juanes es
el creador de varios tipos iconográficos que alcanzan popularidad. Con la
carencia de pinturas de la Virgen con el Niño y de la Sagrada Familia, de
nuestros rafaelistas, forma contraste la serie relativamente abundante de sus
interpretaciones, entre las que destacan las Sagradas Familias, de San Andrés,
de Valencia, y de la Academia de San Fernando, de Madrid. Ese mismo tema de la
Virgen con el Niño sirve de centro a sus Desposorios del Venerable Agnesio, en
realidad la sagrada conversación más bella de nuestra pintura renacentista, en
la que acompañan a la Virgen con el Niño, Santa Dorotea y San Teófilo, y Santa
Inés desposándose con el V. Agnesio.
Establecida la Compañía de Jesús
pocos años antes, el P. Martín Alberro, jesuita de vida ejemplar y confesor de
Juan de Juanes, rezando cierto día las palabras: «Tota pulchra es María et
macula non est in te» recibe el celestial regalo de contemplar la figura
gloriosa de María. Encargado Juan de Juanes de perpetuar la peregrina aparición,
se inspira en un grabado de Kerver, editado a principios de siglo en París y la
pinta con las manos unidas, con túnica blanca y manto azul, y encuadrada por los
símbolos de la letanía lauretana. Gracias a la simplicidad de la figura, la
suavidad del amarillo, el rosa y el azul del resplandor y de las nubes, la
Concepción (fig. 1750), de la iglesia de la Compañía, de Valencia, tiene el
aspecto de extasiada contemplación mística pedido al artista. Es obra en que
Juanes se acerca a Fra Angélico.
(fig. 1750) La Concepción
Otra de las pinturas más
populares de Juanes es la Cena (fig. 1751), cuyo ejemplar más conocido es el del
Prado. Influido, naturalmente, por Leonardo —de él procede el aislamiento de la
figura del Salvador—, se inspira, en algunos aspectos, en la estampa de Marco
Antonio Raimondi, imitador, a su vez, de Rafael. La diferencia fundamental con
la interpretación leonardesca se debe al distinto momento elegido por el
artista, pues mientras en aquélla se representa el estupor de los apóstoles al
anunciárseles la traición y su contraste con la serenidad del Salvador, la tabla
española prefiere el momento culminante de la historia cuando Jesús expone a la
adoración de sus discípulos la carne de su propio cuerpo. El tema no es la
sorpresa, sino el fervor y la devota adoración a las Sagradas Formas.
(fig. 1751) La Sagrada Cena
Con el tema de la Cena se
relacionan también sus pinturas del Salvador Eucarístico, de medio cuerpo, que
alcanzan gran popularidad. Entre sus historias de santos, la más conocida es la
serie de San Esteban, del Museo del Prado, en que manifiesta su arte para crear
composiciones de numerosos personajes. En la escena del Santo en la sinagoga,
los ecos rafaelescos son patentes en algunos personajes, y el mismo sacerdote
sentado en el centro se inspira en el Isaías de Miguel Ángel, de la capilla
Sixtina.
En el Entierro del Santo, el
joven de barba negra que, ajeno a la escena, mira fijo al frente, se considera
autorretrato del artista por encontrarse a sus pies un escudo con un águila
negra sobre campo de oro, que es el de los Juanes.
Aunque probablemente es de
Vicente Masip, se considera de Juanes el retrato del supuesto don Luis de
Castellá (fig. 1752), del Museo del Prado.
(fig. 1752) Luis de Castellá
CATALUÑA, ARAGÓN Y CASTILLA
. —En Cataluña, el principal
pintor de este período es el portugués Pedro Núñez, cuyo rafaelismo se encuentra
bastante influido por su versión holandesa. El más importante de los numerosos
retablos que pinta es, probablemente, el de la Pasión, de la iglesia de San
Justo; pero el más atractivo es el de San Eloy, del Museo de Barcelona, donde la
influencia flamenca es muy sensible.
En Aragón, la gran personalidad
del segundo tercio del siglo es Jerónimo Cosida, que, de creer a los
historiadores de la centuria siguiente, se preció siempre de hidalgo caballero.
Aunque no están documentadas, obras suyas deben de ser los retablos del
Bautista, de Calcena, y de la catedral de Tarazona (1547), cuyas tablas
centrales se encuentran dedicadas a la degollación del Santo, y para la última
de las cuales se inspira en la estampa del tema de Durero. En Calcena es muy
bella la escena del Banquete. Las obras que sirven de base para conocer su
estilo son los destruidos retablos de Caspe y Monzón, de los que se conservan
deficientes fotografías.
En Toledo, los dos pintores más
fecundos del segundo tercio del siglo, cuyo estilo enlaza, en cierto grado, con
el de Juan de Borgoña, son Francisco Comontes (muerte 1565) y Juan Correa de
Vivar, tan análogos a veces entre sí, que no siempre es fácil distinguir la obra
del uno de la del otro. Comontes es autor del retablo de San Juan de los Reyes y
Correa del de Almonacid de Zorita (1554). El Museo del Prado posee obras de
ambos.
La personalidad más atractiva de
la escuela toledana, si es que efectivamente pertenece a ella, es el autor del
bello retablo de Santa Librada, de la catedral de Sigüenza (1525), que se cree,
no con mucho fundamento, de Juan de Pereda. Artista de primera fila en nuestra
pintura renacentista, hace alarde frente a Juan de Borgoña, a mediados de la
tercera década del siglo, de toda la riqueza de actitudes del maestro de Urbino,
de que torna actitudes —el verdugo procede del Pasmo de Sicilia— e incluso
escenarios. Entusiasta de la antigüedad, comenta en el lenguaje de la fábula
pagana la fortaleza de espíritu de la Santa, decorando una de sus tablas con
relieves de los Trabajos de Hércules.
Valladolid posee también un grupo
de pintores, entre los que descuella Alonso Berruguete. Conocido principalmente
como escultor, es también pintor muy original, aunque su obra pictórica, muy
corta, no tiene la trascendencia de la escultórica. Devoto de Miguel Ángel, en
su pintura existe un fondo miguelangelesco análogo al de su escultura; pero lo
que le hace especialmente interesante es su evidente contacto con los comienzos
del manierismo florentino, en los que, tal vez, desempeña papel de creador. Sus
pinturas más conocidas son las del retablo de San Benito, del Museo de
Valladolid.
SEVILLA. PEDRO DE CAMPAÑA
. —El rafaelismo se introduce en
Sevilla en forma un tanto brusca. Al entrar en la quinta década del siglo, nos
encontramos ante varios pintores desprovistos de todo rastro cuatrocentista y
sin enlace alguno sensible con los maestros que trabajan durante la etapa
anterior. Los principales son el flamenco Kempeneer y el holandés Storn, que son
llamados, entre nosotros, Pedro de Campaña y Fernando Esturmio.
Campaña visita Italia, donde debe
de permanecer bastante tiempo, y llega a nuestra patria plenamente formado.
Típico artista del Renacimiento, domina también la arquitectura y la escultura,
y, en su noble afán de saber, conoce las matemáticas, la astronomía y la
ingeniería. Hijo de Flandes, sabe atemperar su formación italiana y el estudio
de la escultura clásica mirando la Naturaleza, lo que, unido a su sensibilidad
para lo dramático y para los efectos de luz, le permite crear un estilo
renacentista lleno de vida y novedad. Si, como rafaelista, es el pintor que en
nuestra patria sabe mover y enlazar mejor las numerosas figuras de una gran
escena, por su sentido exuberante de las formas y, sobre todo, por el movimiento
de su paisaje, se nos muestra como un importante predecesor de Rubens.
Su Descendimiento (fig. 1753), de
la catedral de Sevilla (1547), aunque sigue el mismo esquema general que el del
Museo de Montpellier, que pintara años antes inspirándose en una estampa de
Marcantonio, acusa diferencias fundamentales. La escena se simplifica y el tono
dramático se hace más intenso. Campaña concentra la composición, antes mucho más
dispersa, y gracias a ello esa composición gana en sencillez y monumentalidad.
La nota trágica culmina en el grupo de la Virgen. El pintor, en vez de elegir,
como Van der Weyden, el momento en que la Madre de Jesús, transpuesto el
sentido, cae desfallecida, y en que a la tortura del dolor sigue la laxitud,
prefiere el momento más agudo del drama: la expresión del dolor mismo. Sentada
en tierra, sus espasmos agitan su cuerpo en descargas casi epilépticas. Su
cuello se arquea, y, loca de dolor, fija sus ojos desorbitados en el rostro de
su Hijo. Si la iluminación triste y misteriosa de la cabeza del Salvador subraya
su silencio letal, la del busto de la Virgen hace que nuestro interés se fije en
su rostro descarnado, y en sus ojos enormemente abiertos y desencajados.
(fig. 1753) El Descendimiento
En el retablo de la Purificación,
de la catedral de Sevilla, imagina Campaña un interior monumental, en el que
ordena, en torno al grupo de la Virgen y Simeón con el Niño en brazos, a las
Virtudes, cada una de ellas con sus correspondientes atributos (fig. 1754). Como
en tantas otras obras de Rafael, las actitudes de los personajes crean una línea
muy acusada y quebrada, que conduce nuestra vista al corazón de la historia. El
pordiosero echado en tierra, situado en primer término, con el movimiento de su
brazo implorante, lleva nuestra mirada al grupo central de Simeón con el
Salvador, a través del Niño que le ofrece la manzana y de los brazos de la
Virgen. Esta doble línea quebrada, recogida en su extremo, inicia de nuevo su
ascenso en la joven que con su mirar parece dirigirla al cielo.
(fig. 1754) Retablo de la Purificación
Su última gran obra es el retablo
mayor de la iglesia de Santa Ana, en que deja varios importantes estudios de luz
de interior, como en la tabla de San Joaquín abandonando la casa, y un paisaje
tan lleno de novedad como el del Aviso del ángel al santo dormido en el campo.
Esturmio, natural de Ziricsee, en
Holanda, como él orgullosamente suele firmarse, es artista de muchos menos
quilates. Su estilo seco, nervioso y violento, participa de la sequedad y el
amaneramiento de Scorel y Heemskerck. Su obra maestra es el gran retablo de los
Evangelistas (1555) de la catedral de Sevilla. La tabla central de la
Resurrección es un conjunto de cuerpos secos y musculosos en actitudes
violentas, combinados con gruesos sillares, lápidas y troncos de árboles que
surgen en desorden, y realzados por violentos efectos de claroscuro. Más
agradables son las Santas Justa y Rufina, en cuyo paisaje se copia con gran
minuciosidad la Giralda, todavía sin el cuerpo de campanas agregado por Fernán
Ruiz.
LUIS DE VARGAS Y VILLEGAS
MARMOLEJO. GRANADA: MACHUCA
. —Lo mismo que Campaña, Luis de
Vargas es celebrado en nuestra literatura artística a poco de morir. Muy joven
todavía, marcha a Italia, donde permanece muchos años —se asegura que cerca de
treinta—, hasta el punto de escribir en italiano el libro de sus Memorias, por
desgracia perdido. Según los testimonios más antiguos, se forma con Perino del
Vaga, y, efectivamente, la semejanza de su estilo con el de este pintor así
parece atestiguarlo.
Su obra más bella y antigua
fechada es el retablo del Nacimiento (fig. 1755), de la catedral de Sevilla
(1555), que, sin embargo, es sólo trece años anterior a su muerte. Por eso su
antefirma no puede por menos de resultar desconcertante, pues en ella dice que
cuando pinta esta obra está aprendiendo: «Tune discebam, Luisius de Vargas». Los
personajes, incluido el Salvador, dirigen a la Virgen los fervores de su
devoción, contraponiendo el sentido ascendente del grupo de los pastores al
verticalismo de María. Esta, con la mirada baja y las manos unidas y desplazadas
hacia un lado, adopta actitud de recogimiento tan bella y elegante que,
probablemente, sugerirá a Martínez Montañés la de sus Concepciones. Entre tanto
gesto y actitud rafaelescos, Vargas se siente, sin embargo, atraído por temas
secundarios, como el del cordero, que uno de los pastores lleva sobre los
hombros, o el del encuentro del niño y la cabra, al que Vargas no duda en
conceder desarrollo casi veronesiano.
(fig. 1755) Nacimiento y adoración de los pastores
Sigue en importancia al
Nacimiento el retablo de la Generación temporal de Cristo (1561), cuya tabla
central se conoce con el nombre de cuadro de la Gamba, a causa del supuesto
elogio que el italiano Pérez de Alesio, autor del gigantesco fresco vecino de
San Cristóbal, dirigiera a la pierna —gamba, en italiano— de Adán.
En el retablo de la Piedad, de
Santa María la Blanca, su última obra fechada, bien sea por la colaboración de
discípulo, o por su propia decadencia, se nos muestra por debajo del nivel de
las dos obras anteriores. Según Pacheco, Luis de Vargas es el introductor de la
nueva manera italiana del fresco; pero, por desgracia, las pinturas de este tipo
que hace en la catedral se encuentran casi perdidas. Mejor idea de lo que sería
su estilo permite formar el Juicio Final, del Hospital de la Misericordia
(1567), de su discípulo Valdivieso.
Sin ninguna obra de calidad de
las de Vargas, Pedro Villegas Marmolejo (muerte 1596), de la generación
siguiente, se nos presenta en rango menos elevado. Su producción, en conjunto,
es, sin embargo, poco inferior a la suya, y su vida nos dice que no es persona
vulgar. Gran amigo de Arias Montano, gusta de los escritores clásicos y de los
toscanos. Aunque su obra más conocida, por encontrarse en la catedral, es el
retablo de la Visitación, la más interesante es la Virgen de los Remedios, de la
iglesia de San Vicente, que por la pérdida de sus hermanas mayores se nos ofrece
hoy como la primera interpretación rafaelista sevillana del tema de la Virgen
con el Niño. En su trono de nubes, su novedad respecto de las de Alejo Fernández
es grande; a su lado, las de éste nos ponen de manifiesto todo su
cuatrocentismo.
En Granada, la gran personalidad
es el toledano Pedro Machuca, cuya actuación como arquitecto queda ya comentada.
Su Madona del Sufragio (fig. 1756), del Museo del Prado —la Madre de Dios, que
con el néctar de sus pechos alivia las penas de las almas del Purgatorio—
firmada en Italia, dentro de la concepción general rafaelesca del grupo de la
Virgen con el Niño, delata en las parejas de ángeles la influencia
miguelangelesca, y, sobre todo en el claroscuro, la del marienis senes Beccafumi.
(fig. 1756) Madona del Sufragio
En el mismo museo ha ingresado
recientemente un hermoso Descendimiento. Sus pinturas de la Capilla Real de
Granada evocan el recuerdo del Correggio.
Aunque principalmente se dedican
a pinturas de carácter decorativo, deben recordarse también en Granada, Julio de
Aquilis y Alejandro Mayner, que pintan al fresco, poco antes de mediar el siglo,
el Tocador de la Reina, de la Alambra. Encuadradas por la decoración de
grutesco, allí pueden verse todavía cuatro escenas pequeñas de Faetón y ocho
grandes historias de la conquista de Túnez (1535) por el Emperador.
MORALES
. —Ensalzado las más de las
veces, y ligeramente criticado algunas, es artista cuyo nombre no se olvida.
Pero, aparte de este interés de los eruditos, Morales goza ya en vida de
bastante popularidad, sobre todo en ciertos temas. Si Juanes es el pintor del
Salvador Eucarístico, y el Greco lo es en Castilla de San Francisco, Morales es
el pintor del Ecce Homo y de la Piedad. De su vida sabemos muy poco. Una vez
terminados sus estudios, debe residir habitualmente en Badajoz, de donde consta
que hace algunas ausencias para pintar retablos en poblaciones no muy lejanas.
En una ocasión se compromete, con ese fin, a trasladarse a Evora. De creer a
Palomino, llamado por Felipe II visita El Escorial, donde se presenta con
excesivo lujo, y después de pintar algunos cuadros, regresa a su tierra. Y el
mismo tratadista refiere que, al encontrarle el monarca a su paso para Portugal,
viejo y pobre, le concede una pensión, cosa que no parece muy probable.
Morales es figura singular dentro
de nuestra pintura del Renacimiento. Formado en la etapa rafaelista, bajo la
influencia de Sevilla y del toledano Correa, no encaja plenamente en ella,
presentándosenos un tanto aislado. El encarna, tal vez exageradamente, la
reacción española contra el rafaelismo, en cuanto éste representa el triunfo de
la belleza corporal. En su pincel la figura humana se alarga y se espiritualizo
como en el Greco. El desbordamiento de los encantos de la belleza femenina de no
pocas Vírgenes italianas se transforma en Morales en recato y recogimiento
extremados, de acuerdo con el sentido devoto castellano.
Entre las varias influencias que
desvirtúan en Morales el rafaelismo imperante, figuran el sentido del movimiento
y de la luz de los leonardescos; el manierismo, tanto florentino como holandés;
las estampas de Duero, en las que se inspira en más de una ocasión, y aprende a
componer, y la técnica minuciosa, amiga de peletear las cabelleras, de maestros
flamencos como Gossaert. Sobre todos estos modelos forma Morales su estilo
propio, esencialmente manierista, en que nos expresa sus ansias de fervor
místico.
Al enfrentarse con el tema de la
Virgen con el Niño, Morales llega a renunciar a los fondos tanto de arquitectura
como de paisaje. Desea que la mirada de los fieles se concentre en los
personajes divinos, y salvo en las Vírgenes de cuerpo entero, las imagina sobre
negro fondo liso, lo mismo que al Ecce Homo y la Piedad. La huella de Rafael es
patente en la Virgen del pajarito (1546), de San Agustín, de Madrid, la obra
fechada más antigua que de él conocemos. El sentido del claroscuro y de la
composición leonardesca se intensifican, en cambio, en las Vírgenes hermanas, de
la catedral de Salamanca y de Roncesvalles. En las Vírgenes de medio cuerpo, el
estilo de Morales aparece más puro. La Virgen del sombrero, inspirada o no en la
del Gran Duca, es su versión castellana: la Virgen de media figura que nos
muestra su Hijo, ella con la mirada baja y el Niño con los ojos clavados en
nosotros. La gran dama florentina se transforma en una joven menuda, de rasgos
finos y nerviosos. El hermoso descote recto desaparece, y la bella curva del
cuello, continuada en el hombro, queda cortada antes de nacer por fruncida
gorguera. El mismo Niño apenas muestra desnuda la parte superior de su cuerpo.
Los varios ejemplos y copias conservados son buen testimonio de la popularidad
de esta obra.
En la Virgen de la leche (fig.
1757), del Museo del Prado, inspirada en una estampa de Durero, desaparece la
galanura del sombrero de aquélla, el Niño nos vuelve las espaldas y la Virgen
hunde la mirada en su rostro. Concentrada formal y espiritualmente en sí misma,
el espíritu de Morales se vacía en ella íntegramente.
(fig. 1757) Virgen de la leche
Otro tipo que pinta en más de una
ocasión es el de la Virgen enseñando a leer al Niño, cuyo mejor ejemplar es el
del Museo de Méjico; pero más popularidad alcanza, a juzgar por el número de los
ejemplares y copias conocidos, la Virgen de la rueca, rueca en que el Niño
contempla la futura cruz. Tema también muy repetido por Morales es el del Ecce
Homo. En la Academia de San Fernando lo vemos de medio cuerpo, acompañado por el
representante de la justicia y el esbirro, en los que pone de manifiesto su
interés por lo característico. Otras veces es el centro de un tríptico, desde
cuyas portezuelas la adoran la Virgen y San Juan. Pero los más frecuentes, de
los que las copias e imitaciones son numerosísimas, se reducen a la cabeza, como
siempre sobre fondo negro.
No menos populares que sus Ecce
Homo son sus pinturas de la Piedad (fig. 1758), también, por lo general, de
busto, aunque no faltan las de medio cuerpo. Entre éstas debe recordarse la de
la Academia de San Fernando, en la que la angustia de espacio, típicamente
manierista, es más sensible que en ninguna otra, y la superposición de los
cuerpos pone bien de manifiesto el miguelangelismo —recuérdese la Piedad
Rondanini— inspirador del grupo.
(fig. 1758) La Piedad
De sus dotes como pintor de
retrato da cumplida idea la bella cabeza de San Juan de Ribera, del Museo del
Prado, un día obispo de Badajoz, para quien Morales pinta bastante.
EL ÚLTIMO TERCIO DEL SIGLO. EL
RETRATO: SÁNCHEZ COELLO Y PANTOJA
. —Las principales novedades de
los comienzos de este último período de nuestra pintura renacentista son la
aparición de pintores dedicados casi exclusivamente al retrato; la introducción
del miguelangelismo del Juicio Final y de la Capilla Paolina, y del colorismo
veneciano.
Alonso Sánchez Coello (muerte
1588), valenciano de nacimiento y de familia, marcha a Portugal, por lo que se
le ha considerado durante algún tiempo portugués. Formado con Antonio Moro en
los Países Bajos, se traslada después a la corte de Felipe II, donde recibe la
influencia del Tiziano, que, a través de sus obras de las colecciones reales, se
convierte en su segundo maestro. Los retratos de Sánchez Coello carecen del tono
penetrante de los de Moro, y del color y prestancia de los del gran maestro
veneciano; pero en ellos sentimos la persona retratada quizá más real y próxima
a nosotros. El es, en este aspecto, el gran predecesor de Velázquez.
Seguramente posa ante él toda la
familia real; pero, por desgracia, no conservamos ninguno de los retratos que
hace del monarca, ya que debe ser de Italia del Norte el tan conocido que se le
atribuye en el Museo del Prado. En cambio, poseemos varios excelentes de sus
hijos. En el de Don Carlos (fig. 1759), del mismo museo, uno de los más antiguos
del pintor, bien porque no se hubiesen manifestado aún en el retratado, o bien
por falta de sinceridad en el retratista, no se advierte rasgo alguno de
desequilibrio mental ni "de esa mirada llena de descontento, languidez y
suspicacia de que nos hablan los contemporáneos.
(fig. 1759) Don Carlos, infante
El descontento, aunque
dulcificado, apunta ya en el Don Carlos, mucho menos infantil, de Viena (1564).
De Isabel Clara Eugenia, la hija preferida de Felipe II, pinta igualmente varios
retratos. En uno de los del Prado aparece todavía muy niña, pero vestida como
una mujercita, acompañada por su hermana Catalina Micaela, con una corona de
flores en la mano; en el otro, es ya una muchacha fina, elegante, con rico traje
cuajado de adornos, descansando su mano en un sillón. Los hijos del último
matrimonio del monarca dan lugar a algunos retratos que nos hablan, en el tono
triste del pintor y de la corte, de las ternuras del padre al hacer representar
en el lienzo de las Descalzas de 1579 a Don Diego, de cuatro años, y al futuro
Felipe III, aún más joven, jugando con su lanza de caña y su adarga.
De un original de Sánchez Coello
parece que son copia los varios retratos de Don Juan de Austria, con el león al
pie. Importante es también, por su posible eco en Velázquez, el retrato de la
Duquesa de Béjar, a quien ofrece un refresco una enana, propiedad del Duque de
Montellano. Sánchez Coello cultiva también el género religioso, como lo
atestiguan las pinturas conservadas en El Escorial y en el Museo del Prado.
El principal continuador de
Sánchez Coello es su discípulo Juan Pantoja de la Cruz, o simplemente Juan de la
Cruz (1553-1608), del que sólo conocemos las obras de sus últimos años, es
decir, del reinado de Felipe III. Época ésta en la que el lujo en el vestir,
tanto en los caballeros como en las damas, alcanza extremos extraordinarios. Sus
retratos femeninos de hacia 1600 son bellos conjuntos decorativos, donde su
pupila, tan sensible a las finuras plásticas de un rostro o la vida de una
mirada, pugna con las exigencias de una moda que cifra su principal empeño en
menudos y riquísimos encajes y bordados, lazos, botones, piedras y collares, y
en ocultar las formas del cuerpo. Como en los iconos bizantinos, el vestido se
convierte en marco y soporte del rostro, sensación que nunca producen los
retratos de Sánchez Coello. El de Isabel Clara Eugenia, de la Pinacoteca de
Munich (1599), y el de la Duquesa de Braganza (1603), de propiedad particular
madrileña, son buenos ejemplos de este tipo de retrato de Pantoja (fig. 1760).
(fig. 1760) Duquesa de Braganza
Los retratos de Felipe III y de
Doña Margarita (1606), del Museo del Prado, dicen, en cambio, que esa
desconexión entre rostro y ropa termina por desaparecer. Su tardía preocupación
por la luz le hace recobrar la concepción unitaria del retrato.
De estilo diferente al de estos
retratos oficiales, el de Fray Hernando de Rojas (1595), de propiedad'
particular, sorprende por el fino y penetrante sentido naturalista que delata en
Pantoja. Aunque no se ha identificado con seguridad ninguno, consta que hizo
muchos retratos diminutos en chapillas de bronce y plata, y en naipes.
De sus pinturas religiosas, son
interesantes la Natividad de la Virgen (1603) y la Adoración de los Pastores
(1605), del Museo del Prado, por haber retratado en sus personajes a diversos
miembros de la familia real; pero, sobre todo, la Resurrección (1605 (fig.
1761), del Hospital de Valladolid, por mostrarlo entregado al claroscurismo.
(fig. 1761) La Resurrección
BECERRA Y NAVARRETE
. —El campeón del miguelangelismo
en España es el andaluz Gaspar Becerra, a cuyo estilo y labor escultórica ya nos
hemos referido. Comienza su obra pictórica conocida en Roma, en 1545, ejecutando
los cartones que le confía el Vasari, en una de las salas principales del
Palacio de la Cancillería; pero, como es natural, su estilo se pierde en el de
aquél, y, por otra parte, el fresco que pinta en la Trinidad del Monte, de la
misma ciudad, se conserva en muy mal estado. En 1562 entra ya al servicio de
Felipe II y decora al fresco varios salones del antiguo Alcázar de Madrid y del
Palacio del Pardo; mas, por desgracia, muere joven, cuando tal vez se abre para
su carrera pictórica, en El Escorial, el más amplio de los horizontes.
Becerra es en la historia de
nuestra pintura renacentista el cultivador del fresco, técnica casi siempre
reservada a los italianos. Los frescos del techo de la torre del Pardo (1563)
están dedicados a la fábula del Perseo y las Gorgonas (fig. 1762). Subdividido
en nueve compartimientos, presenta en el central al héroe triunfante con la
cabeza de la Medusa, y en los ocho restantes, diversas historias de su vida,
entre las que destacan: Dánae recibiendo la lluvia de oro de que concebirá a
Perseo; Dánae y Perseo confiados al mar; Perseo recibiendo de Mercurio y Minerva
la hoz y el escudo que le hará invencible, y Perseo degollando a la Gorgona
Medusa. Esta obra, que constituye uno de los conjuntos más importantes de
pintura mitológica en España, revela con su amor al dibujo, a los escorzos y a
las figuras corpulentas, todo el miguelangelismo de su autor.
(fig. 1762) Frescos de del techo de la torre del Pardo
El colorismo veneciano irrumpe en
la pintura española protegido por el propio monarca, gran admirador del Tiziano,
del que llega a reunir la espléndida colección de cuadros, orgullo hoy del Museo
del Prado. Ello no obstante, produce violentas protestas en los pintores de
tradición florentina y romana. Pacheco llama a este estilo modo de pintar
«acabado» y «dulcemente colorido», mientras que el veneciano lo califica de
pintura «a borrones» y de pinturas «confusas». Olvidados sus partidarios del
dibujo, llega a calificarlos de «hijos bastardos de la pintura, llamados
nuevamente empastadores o manchadores».
El introductor del colorismo
veneciano es Juan Fernández Navarrete, llamado el Mudo (muerte 1579), porque,
sordo a los tres años, no puede aprender a hablar. Acogido en un monasterio
riojano, le enseñan allí los rudimentos de su arte, y termina sus estudios en
Italia. De salud muy precaria, las enfermedades le aquejan de continuo, y su
vida de dolor apenas debe de tener más consuelo que el ejercicio de su arte. Su
primera obra conocida, el Bautismo, que presenta cuando entra a trabajar en El
Escorial, y que hoy se encuentra en el Museo del Prado, lo muestra aún entregado
a un estilo florentino de aire miguelangelesco. La ductilidad de su temperamento
le permite cambiar rápidamente y entregarse en la forma más decidida al
colorismo veneciano. En el Martirio de Santiago (1571), sin duda su obra más
dramática, descubre su gran entusiasmo por el Tintoretto. De él proceden, en
efecto, la concepción general de la escena, con su elevado punto de vista y su
alto horizonte, la violencia de los escorzos y el intenso efecto del claroscuro.
Pero el haber elegido el momento mismo de la muerte del Santo, y la intensidad
expresiva al interpretarlo, son netamente españoles. Obra tan hondamente sentida
como ésta, nos dice que Navarrete no es un simple manierista repetidor de
fórmulas ajenas.
La preocupación por la luz se
convierte en tema fundamental en el Nacimiento (1575 (fig. 1763), que como casi
la totalidad de su obra se guarda en El Escorial, y aún más en el Entierro de
San Lorenzo.
(fig. 1763) El nacimiento
LOS PINTORES ITALIANOS DE EL
ESCORIAL
.—Capítulo importante en la
pintura de este período es el constituido por los italianos, en su mayor parte
fresquistas, que por esta época vienen a nuestro país llamados para trabajar en
El Escorial, o con la esperanza más o menos remota de lograrlo.
Los llamados por Felipe II al
Monasterio escurialense llenan poco más de quince años (1580-1595), y, por
desgracia, no obstante el entusiasmo del monarca por la pintura veneciana, sólo
vienen manieristas de formación florentina o romana, que no le dejan muy
satisfecho. Entre los que se encontraban ya en nuestro país en 1580, son los más
importantes Francisco de Urbino (muerte 1582), artista malogrado que muere
joven, y cuya obra principal es el fresco del Juicio de Salomón, donde deja ver
su amor por los amplios escenarios de grandiosas arquitecturas, y el florentino
Rómulo Cincinato, discípulo del Salviati. A él se debe, en El Escorial, entre
otras varias obras, el gran lienzo de San Mauricio, que pinta para reemplazar el
del Greco. En la Academia de San Fernando se conserva una Circuncisión. Nicolás
Gránelo es el decorador de la sala de las Batallas, de El Escorial.
Hacia 1585 acuden a El Escorial
tres nuevos pintores. El primero es el genovés Lucas Cambiaso (muerte 1586),
pintor de escasa inspiración y que trabaja de prisa, al que se deben las
monótonas decoraciones de las bóvedas de la capilla mayor y del coro alto.
Mejora, sin embargo, en sus lienzos, a pesar de lo cual Felipe II hace retirar
algunos de los altares del templo. Recientemente se ha subrayado la importancia
de Cambiaso en los orígenes del claroscurismo. A su muerte vienen a reemplazarle
Tibaldi y Zúccaro, pintores famosos en la Italia de fines de siglo.
Peregrino Tibaldi es un bolones
entregado tan servilmente al estilo miguelangelesco, que la generación siguiente
llega a llamarle el Miguel Ángel reformado. Cuando entra en El Escorial cuenta
los sesenta años, y prácticamente en él pasa el resto de su vida. Desde el punto
de vista del estilo, lo que hace es traernos, con veinte años de retraso, el
mismo que hemos visto practicar ya a Gaspar Becerra. El es, sin embargo, uno de
los decoradores más estimables del Monasterio. A él se deben, en primer lugar,
los frescos de la bóveda de la Biblioteca, con las alegorías de (fig. 1764), de
la Teología y de la Filosofía, acompañadas por cultivadores eminentes de esas
disciplinas.
(fig. 1764) Frescos biblioteca de El Escorial
Otros son, los frescos de los
claustros y tres historias del retablo mayor, que pinta para reemplazar a las
rechazadas de Zúccaro: la Adoración de los pastores, la Adoración de los Reyes y
el Martirio de San Lorenzo.
Mucho más famoso que Tibaldi es
en Italia Federico Zúccaro. Deseoso de ver mundo y de aumentar sus ganancias,
recorre buena parte de Europa ejecutando siempre obras importantes. Rodeado de
la aureola del genio, según nos dice un contemporáneo, sólo falta que la
comunidad salga a recibirle bajo palio cuando llega a El Escorial. Su estilo,
sin embargo, no gusta ni al monarca ni a los religiosos, y su fracaso no se hace
esperar. En 1588 Felipe II, después de recompensarle largamente, le concede
permiso para regresar a Italia, y manda retirar del retablo mayor varios de sus
cuadros y retocar otros. En el Nacimiento y en la Adoración de los Reyes, que
como hemos visto son reemplazados por los de Tibaldi, lo más importante es el
interés que manifiesta por la luz, aspecto en que pudo influir en la pintura
española, entonces en vías de transformación hacia el tenebrismo (fig. 1765).
(fig. 1765) Adoración de los pastores
El único de los discípulos de
Zúccaro que permanece en España es Bartolomé Carducho (muerte 1608), autor de un
Descendimiento y de una Cena, ambas en Museo del Prado.
FRESQUISTAS ITALIANOS EN LA
MANCHA Y ANDALUCÍA
.—Entre los fresquistas italianos
que trabajan fuera de la Corte figuran en primer termina los Peroli, entre
nosotros conocidos por los Perolas, a quienes se debe la espléndida decoración
al fresco de la casa del célebre marino, el Marqués de Santa Cruz, situada en el
Viso, al pie de Sierra Morena. Destruido el Alcázar de Madrid, él nos ofrece el
más importante ciclo de pinturas murales profanas renacentistas conservado en
España. En las galerías del patio aparecen representadas las principales plazas
conquistadas o liberadas por el Marqués, y las figuras alegóricas de las
naciones escenario de sus triunfos. En los salones se celebran también sus
hazañas —tal sucede en el de la conquista de Portugal—, pero la mayor parte
están dedicados a la fábula antigua, siendo particularmente importantes el
consagrado al mito de Calixto, algunas de cuyas escenas están interpretadas con
sorprendente crudeza, y el del Rapto de Proserpina, con las Estaciones. De
carácter muy distinto, uno de los más impresionantes es el Salón de los Linajes,
donde, tras una alta galería, vemos en escorzo al gusto veronesiano a los más
ilustres antepasados del marqués.
Mateo Pérez de Alesio, en
realidad Mateo de Lecce, es pintor amigo de largos viajes. Muy influido por
Salviati, lo encontramos primero en Roma, pintando en la Capilla Sixtina;
después, en Malta, decorando su Palacio con la gran serie del Asedio turco, y,
por último, en Sevilla, donde pinta el gigantesco San Cristóbal (1583) de la
catedral (fig. 1766), que confirma la justificada fama que gozan los italianos
de buenos dibujantes y cultivadores del fresco.
(fig. 1766) San Cristóbal
Genio intranquilo, pasa
posteriormente al Perú y ejecuta en la catedral de Lima otro San Cristóbal, que
conserva.
Cesare Arbasia es un piamontés de
escasas facultades, que pinta en la catedral dé Málaga los frescos de la capilla
mayor y un tríptico de la Anunciación, y decora al fresco la capilla del
Sagrario de la de Córdoba.
EL GRECO
. —La excepcional personalidad
del Greco, resultante de su formación en Italia —no en el sector florentino y
romano de los anteriores, sino en Venecia—, de su sangre griega y de su
transformación espiritual en la España de Felipe II, merece un lugar aparte,
aunque inmediato al de los manieristas italianos que acuden atraídos por la obra
de El Escorial.
Descendiente de una familia al
parecer bizantina establecida en la isla después de la ocupación veneciana,
Domenicos Theotocopoulos nace en Creta en 1541, pero se traslada muy joven a
Venecia, donde su nombre se transforma en Domenico Theotocopuli, con el
sobrenombre de El Greco —el Griego—, que conservará en España, si bien
convirtiéndose el Domenico en Dominico. En Venecia estudia con el Tiziano. Nos
lo dicen su estilo y el texto ya clásico en la biografía del pintor, en que el
miniaturista Julio Clovio comunica haber conocido a «un joven candiota,
discípulo del Tiziano, que, a mi juicio, me parece excepcional en la pintura».
En 1577 se encuentra ya en Toledo, pintando el retablo de Santo Domingo el
Antiguo. Por desgracia, su maravilloso lienzo de San Mauricio no gustó a Felipe
II, y las puertas de El Escorial no se le abren; pero no tarda en formar
clientela en la ciudad del Tajo, donde pasa el resto de su vida, no sólo con
holgura, sino con regalo. Los que le conocieron hablan de la «ostentación de su
casa, hasta tener músicos asalariados para, cuando comía, gozar de toda
delicia». Persona de gran finura de espíritu e ingenioso, nos refiere el pintor
Pacheco « gran filósofo, de agudos dichos, y escribió de pintura, escultura y
arquitectura». Seguramente conocemos su aspecto físico, pues será alguno de los
personajes cuya fisonomía se repite en sus cuadros, pero no tenemos seguridad de
saber cuál sea.
La naturaleza mística del Greco,
el ambiente artístico bizantino en que transcurre su primera juventud, el
contacto con el exaltado medio religioso español de fines del siglo, y, en
cierto grado, también con la obra de Alonso Berruguete, hacen que su arte, en
sus años ya maduros, sólo conserve de Venecia el extraordinario sentido del
color, en que es maestro de primer orden —lo que no es poco—. Su tensión
espiritual, cada vez más aguda desde que se establece en Toledo, hace que sus
personajes se vayan desmaterializando, y, al espiritualizarse, se alarguen hasta
desembocar en tipos de proporciones equiparables a los modelos bizantinos o a
los románicos de Vezelay, Chartres o Autun, que no en vano había de declarar,
pocos años antes de morir, que el ser «enano... es lo peor que puede tener
cualquier género de forma». Sus actitudes y su manera de componer son, en buena
parte, manieristas, aunque su arrebato espiritual, siempre poderoso, sabe dotar
de vida propia lo que en sus contemporáneos son meras fórmulas. Paralelamente a
ese proceso de exaltación expresiva, se manifiesta en el Greco un progresivo
desinterés por el escenario, tanto arquitectónico como paisajístico, conservando
sólo su importancia los celajes, que, cargados ahora de intensa emoción mística,
adquieren valor que nunca antes han tenido.
Sus obras más importantes y
representativas del período italiano son el tríptico firmado de la Coronación,
de la Galería Estense, de Módena; la Curación del ciego, de la Pinacoteca de
Dresde, y la Expulsión de los mercaderes (fig. 1767) , de la colección Cook, de
Londres.
(fig. 1767) Expulsión de los mercaderes del templo
Aunque la escena de la Coronación
lo muestra plenamente en la órbita veneciana, el paisaje del Sinaí, y aun la
forma misma del tríptico, descubren el recuerdo de modelos cretenses. De estilo
más avanzado, aunque probablemente de época poco posterior, los fondos
arquitectónicos de la Circuncisión y la Expulsión, de perspectivas muy
violentas, delatan entusiasmo por el Tintoretto. Cuando repite la escena de la
expulsión —y lo hace con casi todas sus composiciones, varias veces— pone en su
ángulo inferior los retratos de Tiziano y de Miguel Ángel, pero no el de
Tintoretto. A estos años, o a época poco posterior, debe de corresponder la
Anunciación, del Museo del Prado, donde el fondo de arquitectura desempeña
todavía importante papel.
El capítulo español del Greco se
abre con el retablo mayor de Santo Domingo el Antiguo (1577), para el que pinta
los grandes lienzos de la Trinidad (fig. 1768) y de la Ascensión, hoy en los
Museos del Prado y de Chicago. En el primero nos deja ver su admiración por
Miguel Ángel. La grandiosidad del cuerpo del Salvador, su belleza clásica y su
sentido escultórico, su doblamiento y la posición de su brazo, tienen su origen
en el artista florentino, pero el tono expresivo es ya absolutamente del Greco.
Los colores plenos, la manera de contraponerlos y el importante papel que
desempeñan el morado y el amarillo, dicen cómo se ha transformado la paleta
veneciana.
(fig. 1768) La Trinidad
En la Asunción, ese sentido
clásico desaparece, y ello resulta más patente comparándola con la del Tiziano:
la Virgen es una figura gigantesca que asciende por su falta de peso, mientras
que los Apóstoles, que llenan todo el espacio, dialogan sobre el proscenio
(teatro griego). Sus ropajes ya no son medios de subrayar las formas del cuerpo,
sino fundamentalmente valores cromáticos. En la actualidad, los únicos lienzos
primitivos que se conservan en el retablo son los Santos Juanes, el San
Bernardina, el San Benito y la Santa Faz. En el Nacimiento, vendido
recientemente a un particular, y en la Resurrección, de los retablos laterales
del mismo templo, el Greco se muestra muy interesado por los efectos de luz.
A esta primera época pertenece
también el llamado erróneamente Sueño de Felipe II, de El Escorial, que en
realidad conmemora la batalla de Lepanto, como lo indica la presencia de Felipe
II, el Pontífice y el Dux de Venecia.
La transformación española del
Greco se intensifica en el Expolio (fig. 1769), de la catedral de Toledo. El
escenario casi desaparece totalmente, y salvo la espléndida túnica carmín de
Jesús y el acero de la armadura del capitán, todo se reduce a una maravillosa
galería de cabezas rebosantes de expresión, en que al odio del coro se opone el
amor y la bondad infinitos del Salvador.
(fig. 1769) El Expolio
Dos años más tarde pinta el Greco
el Martirio de San Mauricio (1579 (fig. 1770), de El Escorial. La legión tebana,
convertida al cristianismo, al negarse a rendir culto a los dioses paganos, va a
ser diezmada; los legionarios tienen las armas en la mano, pero como cristianos,
prefieren morir a tener que matar.
(fig. 1770) Martirio de San Mauricio
El Greco, en lugar de elegir,
como Navarrete en el martirio de Santiago, el momento de la decapitación, centra
su interés en las palabras del santo a sus compañeros diciéndoles que entreguen
su vida con mansedumbre. Los colores son claros, fríos y luminosos.
En 1586 le encarga el párroco de
Santo Tomé, de Toledo, la que será su obra más famosa: el Entierro del señor de
Orgaz (fig. 1771), don Gonzalo Ruiz, el piadoso caballero del siglo XIV que por
haber favorecido a los agustinos de San Esteban, merece tanto de San Agustín
como del santo diácono que acudan personalmente el día de su muerte a
depositarlo en la tumba. El Greco renuncia de nuevo aquí a los amplios
escenarios venecianos y, desentendiéndose del fondo, desarrolla la historia en
primer plano; imagina una larga fila de personajes que no dejan ante sí más que
el espacio indispensable. Vestidos todos ellos de negro, forman una superficie
muerta coronada por un friso luminoso de rostros puntiagudos enmarcados por
blancas lechuguillas, que comentan en voz baja el portento y dirigen la mirada
al cielo. Sobre ese fondo negro hace concentrar nuestra mirada en las ricas
vestiduras de los dos santos y en la armadura por ellas encuadrada, vestidura
cuya riqueza cromática realzan aún más, de una parte, los pobres hábitos del
franciscano y del agustino, y de otra, el blanco roquete del cuajutor. En la
parte alta del lienzo, en el fondo de gloria, el Todopoderoso, con la Virgen y
el Bautista, reciben el alma del señor de Orgaz, que en forma de niño es llevada
por un ángel, todo ello según hemos visto en el arte medieval. Los que asisten
al entierro consta que son retratos de personas conocidas del Toledo de fin de
siglo, aunque sólo se ha podido identificar a don Antonio Covarrubias y al
párroco que lee los oficios, que será Andrés Núñez, el que encarga el cuadro al
Greco. Autorretrato se supone el que se encuentra sobre San Esteban, y es muy
probable que sea retrato de su hijo Jorge Manuel el niño del primer término.
(fig. 1771) Entierro del señor de Orgaz
En las proximidades de 1600 crea
el Greco varias obras —como la "Resurrección (fig. 1772), el Calvario y el
Bautismo, del Museo del Prado— en las que las características de su estilo se
acusan cada vez más. El ascender del cuerpo ingrávido del Salvador de la
Resurrección, por simple virtud de su espíritu, sin esfuerzo muscular alguno, es
el mejor testimonio de la radical metamorfosis que su misticismo ha hecho sufrir
a los gigantes del Juicio Final, de la Sixtina.
(fig. 1772) La Resurrección
A esta misma época corresponde la
serie del Hospital de Illescas (1603), de la que forman parte el San Ildefonso
escribiendo y la Virgen de la Caridad, motivo de curioso pleito. Obra típica de
su última etapa estilística es la Asunción, del Museo de San Vicente, de Toledo
(1607), en la que el alargamiento de los cuerpos llega" a extremos no superados
por él.
El Greco repite casi todas sus
composiciones religiosas, y sabemos que conserva en su taller cuadros pequeños
que le sirven de modelo en esa labor. Entre los temas más repetidos en su taller
figuran, por ejemplo, el Apostolado —los mejores son el de la catedral y el del
Museo del Greco—, San Francisco, del que hace varios modelos, que lo convierten
en el mejor intérprete del San Francisco místico; la Magdalena, San Pedro
penitente, la Expulsión de los mercaderes, la Oración del huerto, etc.
El Greco es, por último, pintor
de retratos de primer orden. De su época italiana es ejemplo típico el de Julio
Clovio, del Museo de Nápoles, todavía muy tizianesco. Ya de época española, pero
bastante antiguo, debe recordarse el del Caballero de la mano en el pecho (fig.
1773), del Museo del Prado.
(fig. 1773) Caballero de la mano en el pecho
Característicos de los últimos
tiempos son el del licenciado Cevallos, del mismo museo, y el del supuesto Jorge
Manuel, del Museo de Sevilla.
PINTORES CASTELLANOS Y ANDALUCES
DE FINES DE SIGLO
. —Los pintores castellanos del
último cuarto de siglo son de escasa categoría. La personalidad más interesante
es Blas de Prado, que, por encargo de Felipe II, marcha a Marruecos para hacer
retratos en aquella corte y regresa rico, vistiendo a la africana y comiendo en
el suelo, a usanza mora. Su pintura de la Virgen, con el retrato de Alonso de
Villegas, autor del Flos Sanctorum (1569), le eleva sobre los pintores
anteriores, por su sentido colorista. Gregorio Martínez, que es el principal
pintor de Valladolid de fines del siglo —Anunciación, en aquel museo—, sigue, en
cambio, la tradición romana.
La pintura andaluza coetánea
cuenta con dos figuras en las que sus méritos literarios son tal vez superiores
a los pictóricos.
Pablo de Céspedes (muerte 1608)
marcha muy joven desde Córdoba, su patria, a la Universidad de Alcalá, donde
adquiere amplia cultura humanística. Pocos años después se encuentra en Roma,
gestionando asuntos del desgraciado arzobispo Carranza, y allí permanece mucho
tiempo cultivando la amistad de anticuarios y artistas, hasta que regresa a su
patria a ocupar una prebenda en su catedral (1577). De su época italiana se
conservan las pinturas murales de la Trinidad del Monte, de Roma, y aunque es
mucho lo que se le atribuye en Córdoba, es muy poco lo que realmente le
pertenece. Su obra más valiosa es la Cena (1595), de la catedral, típica
creación manierista de estudiadas actitudes grandilocuentes (fig. 1774).
(fig. 1774) La Santa Cena
En la Sala Capitular de la
catedral de Sevilla pinta una serie de Virtudes, en cuyas forzadas actitudes se
pone bien de manifiesto el estilo de fin de siglo. Artista de gran cultura y
erudición, y poeta de muchos quilates, es además uno de nuestros mejores
tratadistas, si bien su obra literaria se conserva muy fragmentada. Su Poema de
la Pintura cuenta entre los mejores de nuestra poesía didáctica.
En Sevilla la figura más conocida
es Francisco Pacheco, pero no menos representativos del manierismo del último
tercio del siglo son Vasco Pereira y Alonso Vázquez. Exponentes ambos, tal vez
los más característicos, de ese estilo en el que la fogosidad y la vida
rafaelesca latentes en la anterior generación de Campaña y Vargas, se marchitan,
y el interés del pintor se pierde en dibujar pequeños músculos y en plegar telas
quebradizas. Vasco Pereira es portugués, y su obra típica es el San Onofre, del
Museo de Dresde (1583). Alonso Vázquez es autor de varias Historias mercedarias,
del Museo de Sevilla, donde también se guarda el Tránsito de San Hermenegildo
(1603 (fig. 1775), que es uno de los primeros grandes lienzos de la escuela
sevillana con la subdivisión de cielo y tierra.
(fig. 1775) Tránsito de San Hermenegildo
Consta que lo deja sin terminar
al marchar a Méjico, donde debe de terminar sus días. Es muy posible que también
sea suya la Cena atribuida a Céspedes, del mismo museo sevillano.
PACHECO
. —Francisco Pacheco (muerte
1654) entra muy pronto en las tertulias literarias, viviendo un ambiente que
será decisivo en su porvenir. Hace dos viajes a Madrid, en el primero de los
cuales visita al Greco en Toledo, y en el segundo, ya con sesenta años, puede
vanagloriarse de la formación de Velázquez, casado con su hija. Su vida se
prolonga aún hasta mediados de siglo, cuando ya su yerno ha pintado varias de
sus obras famosas, y Murillo otras no menos típicas de su estilo. Pacheco, sin
embargo, continúa aferrado al suyo de fines del XVI, algo semejante al de Alonso
Vázquez, seco de color y, en general, poco inspirado.
Inflamada la Sevilla de su tiempo
por el fervor concepcionista, Pacheco nos ha dejado varias Inmaculadas (fig.
1776). Las que tienen al pie el retrato de su cantor Miguel del Cid —en la
catedral —y la del canónigo Vázquez de Leca, responden a un mismo tipo.
(fig. 1776) Inmaculada con el cantor Miguel del Cid
En otra de 1630, de propiedad
particular, Pacheco se esfuerza, en cambio, por producir la impresión de la
intemporalidad más absoluta. Artista preocupado por problemas de iconografía,
pinta un Cristo con cuatro clavos (1614), de propiedad particular, ilustre
precedente por su serenidad del de Velázquez. Además de varias historias
mercedarias del Museo de Sevilla, deben recordarse sus pinturas mitológicas del
techo de la casa de Pilato (1603), dedicado a la Apoteosis de Hércules en el
Olimpo.
La parte hoy más útil de la obra
de Pacheco es la literaria. En Arte de la Pintura son particularmente
importantes, además de las noticias de obras y de artistas, los capítulos
dedicados a la técnica pictórica, a la policromía escultórica, que él mismo
practica en esculturas de Martínez Montañés, y a la manera de representar los
temas religiosos. Muy valioso es también el Libro de retratos de ilustres y
memorables varones, donde colecciona los que va haciendo durante cincuenta años
de su vida, entre los que asisten y desfilan por su tertulia. Ilustrados por un
largo elogio del retratado, no precisa encarecer el valor iconográfico e
histórico de esta obra. Por desgracia, sólo se conserva aproximadamente una
tercera parte de los que hizo, en su casi totalidad en el Museo Lázaro, de
Madrid.
ARAGÓN Y LEVANTE. AMÉRICA
. —En la antigua corona de Aragón
la figura de mayor relieve es el flamenco Rolan de Mois, a quien trae el duque
de Villahermosa al regresar de los Países Bajos con Felipe II. Con esa vida y
sentido cromático que suele distinguir a sus coterráneos, aunque mucho menos que
nuestro Navarrete, se encuentra influido por la escuela veneciana. Sus obras
principales son los grandes retablos de los monasterios de Tafalla (1571) y
Fitero (1590). El enorme lienzo central de la Asunción, de Tafalla, está
compuesto con indiscutible grandiosidad, y sus ángeles, pletóricos de vida y
alegría, hablan más de Venecia que de Roma. La Adoración de los Reyes, del
primer retablo, la repite, con ligeras variantes, en el de Fitero y en otros dos
ejemplares del Museo de Zaragoza.
Rolan de Mois goza también en
Zaragoza de gran fama de retratista, y de su mano se consideran algunos retratos
de los antepasados del duque de Villahermosa, en la colección de sus
descendientes en Madrid.
En esta misma época pintan, en
Aragón y Navarra, el italiano Pedro Morone —pinturas murales de la capilla de
Zaporta, de La Seo— y Pedro Pertus (muerte 1583) —historias de Santa Lucía
(1576), en el Museo de Zaragoza—.
En Valencia trabajan los Sariñena,
de los cuales el más importante es Juan (muerte 1634), autor del retablo de la
Diputación (1607) y de dos grandes retratos corporativos —de la Generalidad
(1597) y de los Jurados— de la sala de honor de aquel edificio. Los restantes
retratos corporativos de la misma sala son obra también de los principales
pintores de ese momento: Vicente Requena, el saboyano Francisco Pozzo, Vicente
Maestre, Luis Mota y Sebastián Zaidia. Mientras estos grandes lienzos hacen
también pensar más en Venecia que en Roma, el conquense Bartolomé Matarana, en
sus pinturas murales del Colegio del Patriarca (1597), produce la impresión
contraria.
En Cataluña trabaja el romano
Isaac Hermes Vermey, que pinta retablos para la iglesia del palacio, de
Barcelona (1582), y para Santo Domingo, de Valencia.
La pintura hispanoamericana
comienza con el Renacimiento, pues aunque no faltan en Méjico algunas obras aún
influidas por el gótico, constituyen minoría de escasa importancia. El
Renacimiento ofrece en Méjico dos grandes capítulos: el de la pintura mural y el
de la pintura de caballete.
Reducida la decoración del
interior de los conventos a la pintura mural, adquiere ésta en la Nueva España
desarrollo sin paralelo en la Península. Buenos ejemplos de este tipo de
decoración conservan los conventos de Huejotzingo y de Actopan, siendo
particularmente notable en el primero la Sala de Profundis, con la candorosa
escena de los Doce franciscanos que comienzan la evangelización del país, y en
el segundo, la escalera.
Entre los pintores de retablos
figuran el flamenco Pereyns, el vasco Echave y el anónimo Maestro de Santa
Cecilia. Simón Pereyns, cuyo nombre no tarda en castellanizarse en Perinés,
llega a Méjico en 1566; aunque, protegido por el virrey, no tarda en abrirse
camino, la envidia de sus compañeros y su falta de prudencia le obligan a
comparecer ante el Santo Oficio, e incluso a sufrir tormento. En el retablo
mayor de Huejotzingo (1585), su obra maestra, se inspira a veces con bastante
fidelidad en su paisano Martín de Vos. Artista más importante probablemente que
Peryns, es el desconocido autor del hermoso cuadro de Santa Cecilia, del Museo
de Méjico, una de las más bellas creaciones de toda la pintura española de este
momento. A él se debe también la Sagrada Familia, del mismo museo. Baltasar
Echave Orio llega en 1573 a Méjico, donde muere hacia 1620, y es cabeza de una
familia de pintores. Hombre erudito, autor de unos Discursos sobre la antigüedad
de la lengua cántabra, es un renacentista tardío, formado probablemente en
Toledo, que no hubiera desentonado en El Escorial, y que por su estilo, aunque
sus obras fechadas son posteriores a 1600, corresponde plenamente a la centuria
anterior. Dentro de su amaneramiento, de estirpe florentina y romana, se
distingue de sus compañeros mejicanos por su sentido colorista, que a veces
delata clara influencia veneciana. En el Museo de Méjico tiene varias pinturas,
entre ellas, el Martirio de San Aproniano (fig. 1777) y la Presentación en el
templo. A él se debe también el retablo de Xochimilco.
(fig. 1777) Martirio de San Aproniano
En América del Sur, aunque no
faltan pintores españoles, como el sevillano Alonso de Narváez, autor de la
venerada Virgen de Chiquinquirá (1555), en Colombia, los nombres más conocidos
son los de los italianos Mateo Pérez Alesio, a quien ya nos hemos referido, y
que pinta el San Cristóbal de la catedral de Lima, destruido por el terremoto de
1746, y Angelino Medoro, que trabaja en Bogotá y Lima. En el convento de San
Francisco, de esta última población, se conserva un San Buenaventura suyo.
PINTURA PORTUGUESA DE LOS SIGLOS
XV Y XVI
. —La pintura renacentista
italiana tiene en Portugal menos eco que en Castilla. Es cierto que produce un
Álvaro Pires de Evora, que se traslada a Italia y deja allí, en la primera mitad
del siglo XV, pinturas de estilo tan italiano como la Virgen del Museo de Pisa,
pero no se conserva en Portugal un grupo de obras de estilo trecentista
equiparable al citado en la catedral de Toledo.
En cambio, después de mediar el
siglo XV encontramos un artista de indiscutible primer orden, incorporado de una
manera decidida a la nueva tendencia flamenca. Su nombre es Nuño Goncalves, y
consta que en 1463 es pintor del rey. A juzgar por su estilo, parece razonable
suponerlo formado en Flandes. Al par que la técnica y los convencionalismos de
la escuela, debe de aprender allí lo que es mucho más importante: que el nuevo
rumbo de la pintura septentrional es un naturalismo decidido, y el valor del
arte del retrato. Artista de poderosa personalidad, dota su naturalismo de un
tono grave típicamente hispano, que contribuye en no pequeña medida al aire
heroico que distingue a su obra maestra. Y el hecho es tanto más sorprendente
porque es un galería de retratos modelos de la clase social a que cada personaje
pertenece o, lo que es lo mismo, el retrato del pueblo portugués en los días de
su gran empresa de la conquista del mar.
Ese es, en efecto, el verdadero
tema del políptico: el pueblo portugués en el momento de sus gloriosas hazañas
marítimas reunido en torno a San Vicente. Aunque al ser descubiertas hace muchos
años, se supuso que esta serie de tablas procedía de dos trípticos, hoy se
prefiere ordenarlas, de acuerdo con la convergencia de las líneas de la solería,
y con la composición general, formando un gran políptico, con las dos tablas más
anchas en el centro y las cuatro más estrechas a los lados. En él vemos al Santo
diácono adorado por todo el pueblo portugués, desde el pescador, que envuelto en
su red aparece en uno de los extremos, hasta la familia real, que en primer
término rodea al Santo. A la derecha le adoran el rey Alfonso V el Africano, el
futuro Juan II, niño todavía, y el gran don Enrique el Navegante, tío del
monarca y alma de los estudios y empresas marítimas, que tanta gloria y
beneficios materiales reportan al país (fig. 1778).
(fig. 1778) Poliptico de San Vicente
A Nuño Goncalves se atribuyen
además los cartones de los hermosos tapices flamencos de la Conquista de Ardía,
conservados en el pueblo de Pastrana (Guadalajara).
La pintura portuguesa no vuelve a
producir ningún otro artista del genio de Nuño Goncalves; pero, en cambio, en el
siglo XVI el número de sus cultivadores se multiplica hasta formar una verdadera
escuela. Las riquezas de Oriente, que inundan el puerto de Lisboa, no sólo
permiten dar trabajo abundante a un crecido número de pintores hijos de la
tierra, sino que mantienen una colonia de flamencos establecidos en la gran
ciudad, y todavía es necesario importar de Flandes numerosas obras para
satisfacer la necesidad de nuevos retablos. Como es natural, no obstante el
estilo renacentista de la escuela así formada, la influencia en ella
predominante es la flamenca; en ocasiones tan intensa que no siempre es fácil
precisar si se trata de obra importada o hecha en el país, máxime cuando, como
queda dicho, son varios los pintores flamencos avecindados en Portugal.
Entre la pléyade de pintores de
la primera mitad del siglo XVI destacan: Vasco Fernández, autor del San Pedro,
del Museo de Viseo (fig. 1779), y de la Venida del Espíritu Santo, de Santa Cruz
de Coimbra (1535).
(fig. 1779) San Pedro
Frey Carlos, de sangre flamenca,
aunque nacido en Lisboa, pinta el retablo del convento de Espinheiro, donde
profesa en 1519, una de cuyas obras más bellas es la Virgen de la leche , del
Museo de Lisboa. Cristóbal de Figueiredo, que en la historia de Heraclio con la
cruz (1522) sabe reflejar todo el lujo en la indumentaria de la época.
Por desgracia, ignoramos el
nombre del Maestro llamado de Santa Auta, por la encantadora serie de escenas de
la vida de esta santa del convento de Madre de Dios (1520), de Lisboa. Pintada
en ocasión del donativo de las reliquias de la compañera de Santa Úrsula hecho
por el emperador Maximiliano, se narra en ella, con encanto e ingenuidad
admirables, la conocida historia del viaje, esmaltada de pintorescos pormenores,
terminándose con la procesión del traslado de las reliquias al monasterio (fig.
1780).
(fig. 1780) Santa Auta
Gregorio Lopes, por último, hace
gala de su sentido poético en la Virgen con el Niño rodeada de ángeles (fig.
1781), del Museo de Lisboa, donde nos ofrece en el lenguaje renacentista una
versión rebosante de vida y fervor del jardín místico de los viejos maestros
góticos.
(fig. 1781) Virgen con el Niño rodeada de ángeles
Después de tan deslumbrante
florecimiento, la vena pictórica portuguesa disminuye durante la segunda mitad
del siglo hasta casi agotarse.
CAPÍTULO XXIX
PINTURA ALEMANA Y
FRANCESA DEL RENACIMIENTO
PINTURA ALEMANA ANTERIOR A DURERO
DURERO
CRANACH Y GRÜNEWALD
HANS HOLBEIN
FRANCIA
PINTURA ALEMANA ANTERIOR A DURERO
. —Como se ha dicho, uno de los
países donde el estilo internacional arraiga más profundamente y produce obras
más bellas es en el noroeste de Alemania. Colonia, que conservará su fecundidad
hasta fines de siglo, produce alguna de las obras más representativas, entre las
que descuella la Verónica, con ángeles diminutos, de la Pinacoteca de Munich. La
gran figura de la escuela es Esteban Lochner, que trabaja en el segundo cuarto
del siglo y se siente ya influido por el estilo flamenco. Su obra maestra es la
Adoración de los Reyes, de la Catedral; pero la más representativa de este
momento es la Virgen del Rosal (fig. 1782), del Museo de aquella población.
(fig. 1782) Virgen del Rosal
Plenamente dentro del estilo
internacional se encuentra, en Hamburgo, el Maestro Francke, cuyo Nacimiento es
de las interpretaciones más poéticas del tema. Aunque de autor desconocido, es
típica creación de esta fase estilística el Jardín del Paraíso, del Museo de
Francfort.
Después de este florecimiento de
la pintura alemana de principios del siglo XV, la actividad pictórica no decae.
Antes al contrario, adquiere amplitud geográfica mucho mayor. A la vieja escuela
de Colonia se agregan ahora otras varias en el Alto Rhin y en Baviera, todas
ellas dominadas desde mediados del siglo XV por la influencia flamenca.
Colonia, debido a su proximidad a
los Países Bajos, se distingue por la mayor intensidad de esa influencia. En el
Maestro de la Vida de María, por ejemplo, se advierte claramente que el modelo
inspirador es Dirck Bouts, si bien la claridad del color y la expresión más
dulce responden a la sensibilidad ancestral de la región. En el Alto Rhin, en
Basilea, trabaja ya antes de mediar el siglo Conrado Witz en un estilo de tipo
francamente eyckiano, de intenso valor plástico y modelos muy personales (fig.
1783). Sus obras más importantes y numerosas se conservan en el Museo de aquella
población, y ya hemos visto cómo su estilo influye en nuestro Gallego.
(fig. 1783) Santas
Una etapa más avanzada de la
influencia flamenca representa en Nuremberg Miguel Wohlgemut, que gracias a su
activo taller, en que entra el joven Alberto Durero, pinta gran número de
retablos, a uno de los cuales corresponden las historias de la Pasión, de la
Pinacoteca Vieja, de Munich. De calidad artística más fina y de mayor
personalidad es el tirolés Miguel Pacher, que parece recoger algo de la
tradición de Witz; pero, sobre todo, próximo a Italia, aprende de Mantegna el
interés por el escorzo y por el volumen, y se hace eco de los efectos de
perspectiva de cuatrocentismo italiano. Sus historias de San Wolfgango, en
Salzburgo, ponen bien de manifiesto todos estos valores.
Capítulo valioso del primitivismo
alemán es el de sus grabadores, que ya en esta época revelan excepcionales
aptitudes para este género pictórico. Bien en madera —xilografía— o en cobre
—calcografía—, producen ya obras de primer orden. El Maestro E. S., en la Virgen
de los Ermitaños, descubre las grandes posibilidades del grabado en cobre; pero
el gran maestro del grabado alemán anterior a Durero es Martín Schongauer
(muerte 1491), dibujante admirable, de fecundísima fantasía y de profundo
sentido dramático. Sus estampas de la Vida de Jesús tienen tal aceptación, aun
fuera de Alemania, que sugieren composiciones al propio Rafael, y popularizan su
nombre, que en Italia se convierte en «II bel Martino», y en Francia en el «Beau
Martin». En España se copian con extraordinaria frecuencia. Tanto Schongauer
como el maestro E. S. trabajan en el sur de Alemania.
DURERO
. —La intensa actividad pictórica
gótica, influida ya por el Renacimiento, culmina en las grandes figuras de la
primera mitad del siglo XVI, para, prácticamente, desaparecer después y no
producir pintores de interés general hasta tiempos muy recientes. Salvo, tal
vez, en Holbein, el Renacimiento penetra poco en los pintores alemanes, y aun
tratando temas mitológicos, continúan teniendo un sentido de la forma y una
expresión típicamente germánicos.
Alberto Durero (muerte 1528) nace
en el corazón de Alemania, en Nuremberg, la ciudad germánica por excelencia,
rodeada de murallas, con calles empinadas y casas de agudos piñones, que, a
pesar de sus edificaciones renacentistas, continúa siendo gótica. Hijo de un
orfebre, estudia con Wolhgemut, e impulsado por el deseo de saber, emprende
largos viajes. Siendo ya pintor famoso, visita los Países Bajos, donde trata a
Patinir y Van Orley; pero, sobre todo, recorre dos veces el norte de Italia,
deteniéndose principalmente en Venecia. Giovanni Bellini, según el mismo nos
dice, es quien le produce mayor admiración.
En Durero, el afán de saber
renacentista se une al temperamento germánico, igualmente ansioso de nuevos
conocimientos y de superarse. Cuando tiene noticia de algún animal desconocido
llegado de Indias, acude presuroso a dibujarlo, y con el mismo interés de
naturalista copia las flores y plantas de su país. Tal vez los dibujos de
Leonardo delatan mirada y estilo tan penetrantes como los suyos. Y ese mismo
deseo de saber es el que le lleva a convertirse en uno de los teóricos del
Renacimiento. La superioridad del arte clásico es, según él, debida a la teoría,
y lamenta que no se conserven los tratados de los grandes artistas de la
antigüedad. Como estima que el artista no debe dejarse dominar por los impulsos
de la imaginación, y cree que la manera de evitar la arbitrariedad es conocer
bien las proporciones, escribe un Tratado de las proporciones y unas
Instrucciones sobre la manera de medir, que no son sino partes de una obra mayor
dedicada a la formación del artista. Allí expone las diversas proporciones que,
en su opinión, debe de tener el cuerpo humano masculino y femenino en las
diversas edades, proporciones que son citadas como artículo de fe por no pocos
tratadistas posteriores. Sus hermosos desnudos de Adán y Eva (fig. 1784), del
Prado, son buen testimonio de estas preocupaciones.
(fig. 1784) Eva y Adán
Con igual interés estudia las
medidas del caballo, a que dedica uno de sus grabados. Pero pese a esas
preocupaciones y a sus elucubraciones teóricas para lograr las formas clásicas,
precisa reconocer las diversas edades, proporciones que son citadas como
artículo de su temperamento excesivamente analítico, intensamente expresivo y
falto de gracia y ligereza.
Durero ha sido uno de los más
grandes dibujantes que han existido. Pocos han manejado el lápiz con su firmeza
y con su seguridad desde su primera juventud, como lo prueba su extraordinario
autorretrato hecho a los trece años. Formado con un orfebre, debe de entrar
pronto en contacto con el arte del grabado, para el que la seguridad del pulso
es uno de los requisitos indispensables. En ese arte logra perfección no
alcanzada por ningún grabador anterior a él, y será necesario esperar a los días
de Rembrandt para que nazca otro de su categoría.
De sus pinturas juveniles, la más
importante es la Adoración de los Reyes, de los Uffizi (1504), en la que se
manifiesta el artista enamorado del dibujo, y formado en un ambiente gótico (fig.
1785).
(fig. 1785) Adoración de los Reyes
A raíz de su viaje a Venecia, en
1506, durante el que pinta algunos de sus mejores cuadros religiosos, su estilo
se hace más jugoso y su colorido se enriquece notablemente. En la Fiesta del
Rosario, que pinta para el «Fondaco dei tedeschi» de la ciudad de las lagunas,
hoy en el Museo de Praga, es fácil advertir cómo quiere mostrar a los venecianos
que no es sólo el grabador detallista y de dibujo seguro. Las formas se hacen
más blandas, y hasta en algunos personajes es patente la influencia de Giovanni
Bellini, por quien tanta admiración siente. Composiciones de numerosas figuras
son también la Coronación y la Trinidad.
Pero las más monumentales de
todas sus figuras son las dos tablas de los Cuatro Santos (1526 (fig. 1786),
poco anteriores a su muerte. Convertido recientemente al luteranismo, coloca en
primer plano a San Pablo y a San Juan, los santos preferidos por el reformador,
y nos los presenta de perfil, mientras sus dos compañeros aparecen de frente; es
decir, inspirándose directamente en las tablas laterales de la Virgen, de
Bellini, inspiradas a su vez en Mantegna. Pero si la monumentalidad se remonta,
en su origen, al maestro de Padua, el dramatismo de la expresión de los rostros
es germánico. El hondo estudio expresivo de las cabezas explica que estas cuatro
figuras se hayan denominado «los cuatro temperamentos»: el sanguíneo, el
colérico, el flemático y el melancólico. Realmente, en ninguna obra alcanza en
tal grado la fusión del sentido italiano de la grandiosidad de la forma con la
intensidad expresiva germánica.
(fig. 1786) Tablas de los Cuatro Santos
Durero es también gran pintor de
retratos. Él mismo se retrató en repetidas ocasiones; a los trece años, en
dibujo con punta de plomo, hoy en Viena; en 1493, en pergamino, en el Louvre, de
tres cuartos, y sobre fondo negro, con unas hojas de cardo en la mano; cinco
años más tarde, en el Museo del Prado (fig. 1787), con larga melena y ventana al
fondo, y en 1506 —Museo de Munich—, de frente, con cabellera aún más abundante,
mirar clavado en el espectador, y mano nerviosa, sobre el pecho, en primer
término.
(fig. 1787) Autorretrato (Museo del Prado)
El retrato dureriano, con el
viaje a los Países Bajos y el avanzar de los años, adquiere más suave modelado
y, en cierto grado, una expresión más dulce. El retrato de Van Orley (1521), del
Museo de Dresde, y el de Desconocido del Museo del Prado, son buena prueba de
ello.
Mucho más que la pintura de
caballete difunden la fama de Durero fuera de Alemania sus grabados, en los que
hace gala no sólo de sus dotes de dibujante, sino de su gran imaginación y
fuerza expresiva. En los primeros años del siglo (1418-1506) graba en madera las
tres grandes series: el Apocalipsis (fig. 1788), la Gran Pasión y la Vida le la
Virgen, a las que siguen otras en cobre, que descubren la influencia del viaje a
Italia, no sólo en los modelos, sino en la mayor claridad en la composición.
Mientras en el Apocalipsis patentiza la profundidad del genio dramático de su
raza, en las historias del Nuevo Testamente deja uno de los repertorios
iconográficos más consultados por los artistas de los siglos posteriores.
(fig. 1788) Apocalipsis
Además de estas series, graba
estampas sueltas, algunas tan famosas como el Caballero y la muerte (1513), la
Melancolía o el San Jerónimo (1514). Suele firmar con un monograma formado por
una D encajada en una A, ambas capitales.
CRANACH Y GRÜNEWALD
. —El pintor Lucas Cranach
(muerte 1533), de la misma generación de Durero, es, como él, de Franconia, pero
trabaja principalmente en la Corte del elector de Sajonia. Amigo de Lutero, a
quien retrata, es el pintor de la Reforma. Cranach no es artista de la categoría
de Durero. No obstante, su interés por los temas mitológicos y por el desnudo,
su concepto de la belleza es menos clásico que el de aquél. Sus Venus (fig.
1789) están casi tan lejanas del ideal clásico como las Evas de Van der Weyden,
y otro tanto sucede a su París, barbado y tocado al gusto de la época; pero, con
todo, sus pinturas de este género constituyen una de las manifestaciones más
curiosas del renacimiento pictórico alemán.
(fig. 1789) Venus
De escasa fantasía, su ideal
humano lo repite con tanta insistencia que hace su obra no poco monótona; mas a
pesar de ella, sus composiciones religiosas tienen gran aceptación, a juzgar por
las muchas que se conservan de su estilo. Cranach pinta también retratos, entre
los que pueden recordarse los de Lutero y del Elector de Sajonia. El Museo del
Prado posee dos Paisajes de Cranach con escenas de cacería y los retratos de
Carlos V y del Elector de Sajonia., Suele acompañar su firma con un dragoncillo.
De mayor valía que Cranach es
Matías Grünewald (muerte 1530), algo más joven que él, que muere al cumplir
cuarenta y cinco años. Es el pintor en quien la expresión trágica alcanza su
máxima intensidad. Pocos han forzado las proporciones de la figura humana y
violentado los gestos como él en el Calvario (fig. 1790), del Museo de Colmar.
En el deseo de intensificar la sensación de muerte, clava en unos maderos mal
encuadrados un cuerpo gigantesco, cosido de espinas y salpicado de sangre, cuyos
pies y manos se retuercen como las raíces de un olivo milenario. Su realismo,
unido a la exaltación dramática del grupo de la Virgen y San Juan, y a la
despreocupación más absoluta por la belleza clásica, más hace pensar en el
barroquismo expresivo del gótico de última hora que en una obra renacentista.
(fig. 1790) Calvario
La deslumbrante historia de la
Resurrección descubre además en Grünewald a un colorista de primera calidad,
amigo de los efectos de luz. Sandrart, el Vasari tudesco, le llama «el Correggio
alemán».
Formando contraste con la nota
trágica de Grünewald, trabaja en el sur de Alemania un grupo de pintores que se
dedica a cantar la belleza del frondoso paisaje alpino. La figura más destacada
de esta escuela, llamada del Danubio, es Alberto Altdorfer (muerte 1538), autor
de la Batalla de Alejandro, de la Pinacoteca Vieja de Munich.
HANS HOLBEIN
. —Holbein (muerte 1543) es
bávaro como Durero, pero de una generación más joven que él. Es hijo de
Augsburgo, el balcón del mundo germánico sobre Italia. Si Durero es el vivo
reflejo del fuerte temperamento de Franconia, Holbein parece encarnar la blanda
sensibilidad suaba. Marcha muy joven a Basilea, la población donde convergen
Alemania, Francia y los Países Bajos, famosa por sus impresores y por su
Universidad. Allí trata a Erasmo, y provisto de cartas de éste para Tomás Moro,
marcha a los pocos años, antes de cumplir los treinta, a Londres, consiguiendo,
al fin, retratar al monarca y convertirse en el pintor de la aristocracia
inglesa.
Sin la inquietud espiritual de
Durero y Grünewald, es el temperamento más clásico que ha producido la pintura
alemana de esta época. Es, en realidad, el más internacional y el que asimila
más intensamente el Renacimiento, aunque lo mismo que Durero, sólo visita el
norte de Italia. La huella dejada en él por Leonardo es, sin embargo, fecunda.
Su principal obra de carácter religioso, en la Virgen del burgomaestre Meyer
(1526 (fig. 1791), sin duda la Virgen más renacentista de toda la pintura
alemana, descubre su admiración por Rafael. En El Cristo muerto, del Museo de
Basilea, no obstante lo que el tema se presta a ello, se limita a expresar con
fuerza, pero sin estridencia, la idea de la muerte.
(fig. 1791) Virgen del burgomaestre Meyer
Holbein es, sobre todo, pintor de
retratos. Su vista para penetrar en el modelo es tan inquisitiva como la de
Durero, pero sabe subordinar el detalle al conjunto, y, aunque con precisión
admirable, dibuja con blandura tal que presta vida nada corriente al retrato.
Sus dibujos preparatorios, hechos con minuciosidad de obra definitiva, son
retratos de delicadeza extraordinaria. El conocido retrato de Erasmo (1523)
pintado para Tomás Moro es obra juvenil, en la que descubre su compenetración
con el retratado, para quien ilustra el «Elogio de la locura». Debido en buena
parte a la influencia de los retratistas flamencos, y particularmente de Metsys,
su concepto del retrato se enriquece, y de ello es buena prueba el de Su mujer y
sus hijos (1528), que permite imaginar lo que seria el de Tomás Moro y su
familia, sólo conocido por un dibujo. En ellos sienta las bases de lo que será
el retrato del grupo al norte de los Alpes. A su primera etapa inglesa
corresponde el espléndido retrato de Jorge Gize (1532 (fig. 1792), alemán
establecido en Londres, que aparece en su gabinete de trabajo con un sinnúmero
de pormenores en el fondo, pero donde la finura del modelado del rostro
contribuye a subrayar la distinción con que Holbein procura presentarnos a sus
modelos.
(fig. 1792) Retrato de Jorge Gize
Esta nota de distinción, que
caracteriza a sus personajes, será semilla que, como veremos, echará hondas
raíces en la escuela inglesa. En el retrato de Enrique VIH, que pinta cuatro
años después y que le franquea la entrada en la Corte, se ve cómo ese deseo de
elegancia lucha con modelo poco apropiado para satisfacerlo. Siguen a éste los
de las reinas Juana Seymour y Ana de Cleves, el de Juana de Cleves y el del
Príncipe de Gales, niño, género infantil de tan brillante porvenir en la pintura
inglesa. En el de los Dos embajadores (fig. 1793), de la Galería Nacional de
Londres, crea el tipo de retrato doble, también de fecundas consecuencias en
Inglaterra.
(fig. 1793) Los dos embajadores
FRANCIA
. —La pintura francesa del siglo
XVI, aunque en realidad sólo es de interés nacional, descubre ya algunos de los
rasgos que la distinguirán en las dos centurias siguientes. Las fuentes de
inspiración principales son la italiana y la flamenca. La presencia de Leonardo
de Vinci y de Andrea del Sarto, en Francia, es de escasa influencia. La difusión
del nuevo estilo italiano se debe a la escuela de Fontainebleau, formadas por
artistas italianos allí establecidos, entre los que sobresalen los manieristas
florentinos Rosso y Primaticcio y el paisajista Niccolo del'Abbate. Gracias a
ellos, la mitología y el desnudo se introducen en Francia. De los franceses que
se forman con los italianos debe recordarse a Juan Cousin, autor del Juicio
final, del Louvre.
El otro capítulo de la pintura
renacentista francesa está constituido por los retratistas. El gusto por
retratarse se difunde con rapidez en Francia, y si la costumbre de dibujar
previamente al modelo con la mayor precisión resta valor al colorido en el
retrato al óleo, da lugar a que se considere retrato definitivo el simplemente
dibujado. Hechos a punta de plomo y a veces tocados al pastel, suelen ser de una
precisión y, al mismo tiempo, de una delicadeza y blandura de modelado dignas de
Holbein. Aunque en los pintados al óleo no falte la influencia italiana, el
retrato francés de este período es ante todo de inspiración flamenca.
Considerados durante mucho tiempo los más de estos retratos obra de Clouet,
sabemos hoy que bajo ese nombre se oculta la actividad de varios pintores, entre
ellos dos Clouet (fig. 1794), de origen flamenco; Corneille de Lyon, que
propiamente es de La Haya, etcétera.
(fig. 1794) Retrato de Isabel de Austria
CAPÍTULO XXX
ARTES
INDUSTRIALES DEL RENACIMIENTO
EL MUEBLE. EL TAPIZ
CERÁMICA
EL VIDRIO
HIERROS. ORFEBRERÍA
ESMALTE. ARTE LAPIDARIO
EL MUEBLE. EL TAPIZ
. —Así como en el arte del tapiz
es Flandes el país que marcha a la cabeza, el mobiliario renacentista es
creación italiana.
Como en el período gótico, el
mueble más importante es el arcón, el cassone, en el que se guarda no sólo la
ropa, sino todos los objetos de valor. Los labrados en ocasión de bodas son
particularmente lujosos y se decoran en forma diversa. Aunque lo más frecuente
es conservar la madera al descubierto, no falta, sobre todo en el siglo XV, el
tipo de cassone recubierto de estuco con decoración ligeramente en relieve. De
gran valor artístico son los que presentan en su frente historias de pintura.
Ejecutadas en muchos casos por artistas de primer orden, son verdaderos cuadros,
y como tales, arrancadas del arca para la que se pintaron, figuran en no pocos
museos.
Decoraciones de cierto carácter
pictórico son las perspectivas de playas y calles en taracea, o mosaicos de
madera de diversos colores. Esta es la técnica llamada en italiano intarsia, con
la que se cubren también grandes superficies en algunas sillerías de coro. Labor
igualmente de taracea es la llamada a la certosina —a la cartujana—, o de piezas
geométricas muy menudas, con las que se forman filetes, estrellas y polígonos
para decorar arcones y otros muebles. Dada la semejanza formal del cassone y el
sarcófago pagano, y el florecimiento de la escultura en el siglo XVI, se
enriquecen también su frentes con relieves; la base entonces suele cargar en
garras de león. Cierto parentesco con el cassone tiene el banco, hasta el punto
de que, con frecuencia, es mueble qué sirve ambos fines. El banco-arcón se
denomina en italiano cassapanca. También suele hacer oficio de arcón la alta
tarima en que descansa la cama italiana del Renacimiento.
Aunque la silla de patas cruzadas
en aspa es conocida desde la Edad Media, ahora se generaliza bastante la silla
de tijera, plegable o fija, y respaldo y asiento de cuero o tela. En la mesa, lo
más característico es que apoya en dos patas sobre un larguero, entre las cuales
se introduce ya en época avanzada una serie de balaustres. Para escribir se
emplea, además, un mueble con tapa móvil, como nuestros bargueños, que se
describen a continuación.
En España, el mueble más típico
es el bargueño o arquimesa. Consta de una mesa con patas sobre dos travesaños
unidos por un larguero en el que descansa una arquería sobre columnillas, y de
una especie de arca, cuyo frente anterior abatible, al quedar horizontal, sirve
para escribir. Su interior está distribuido en numerosos cajoncillos. Debe su
nombre al pueblo toledano de Bargas, que se distingue en su fabricación.
En cuanto a las telas, la
principal novedad consiste en que al gran tallo asimétrico ondulado y oblicuo
reemplaza una traza de óvalos apuntados perfectamente simétricos.
Del florecimiento de la tapicería
en Flandes se trató en el período gótico. Baste decir que durante el
Renacimiento la perfección de sus talleres es reconocida en toda Europa, como lo
demuestra el hecho de que el Pontífice envíe a Bruselas, para que sean
reproducidos en tapices, los cartones de Rafael de los Hechos de los Apóstoles.
Para esa fábrica pinta cartones Van Orley. Las mejores colecciones de tapices
son las del Palacio Real de Madrid y del Palacio Imperial de Viena.
CERÁMICA
. —Pocas artes industriales
alcanzan tan alto grado de esplendor durante el Renacimiento como la cerámica.
La italiana es de barro cocido y vidriado, que en Italia adquiere, como hemos
visto al tratar de la medieval hispanoárabe, el nombre de mayólica. Los colores
que se emplean son: azul, amarillo, rojo, violeta y verde, obtenidos,
respectivamente, de los óxidos de cobalto, cromo, hierro, manganeso y de la
mezcla de cobalto y cromo. El manganeso permite, además, obtener tonos que van
desde el castaño al negro. En un principio estos óxidos se dan sobre la capa del
vidriado de estaño antes de la cochura, vidriado con que se funde el color de
los óxidos metálicos durante ésta. En el siglo XVI, para que el color resulte
aún más brillante, sobre este vidriado coloreado de estaño se da una segunda
capa de vidriado de plomo, llamado la coperta.
La diferencia entre el vidriado
de plomo y el de estaño consiste en que el primero es transparente, y el
segundo, después de cocido, resulta blanco. Debido a ello, en un principio, los
ceramistas italianos que sólo emplean el primero, para que no se transparente el
color del barro, recubren éste con una capa muy fina de arcilla blanca llamada
engobio, capa sobre la que dan el color, y que, a su vez, cubren con el vidriado
transparente de plomo. Es la cerámica denominada media mayólica y que florece en
el siglo XV.
La necesidad de competir con la
cerámica vidriada morisca española, mucho más brillante, hace preferir la
mayólica a la media mayólica. Al parecer, la ciudad que a fines del siglo XV se
adelanta en su fabricación es Faenza, y la realidad es que ese nombre es en
Italia sinónimo de mayólica. La mayólica italiana fabrica piezas muy variadas,
pero predominan los grandes platos, y los tarros de botica o albareíli. Aunque
en la segunda mitad del siglo XVI el ceramista italiano también se preocupa
bastante de la forma del vaso, con anterioridad su principal interés se cifra en
la decoración. Esta consiste en bustos, por lo general de mujer, con frecuencia
con su nombre y el calificativo de Bella, historias por lo común mitológicas y
grutescos.
En Italia existen varias ciudades
alfareras con estilo propio, aunque, naturalmente, no falten influencias mutuas
y tipos comunes. Figuran entre las principales las que siguen: la ya citada
Faenza, con bustos y figuras femeninas y vidriado de fondo azul, cuyo taller más
importante es la casa Pirota; Cafaggiolo, próxima a Florencia, es la fábrica de
los Médicis, y gusta de grutescos y del empleo del azul intenso junto al rojo
oscuro; Venecia se distingue por sus vasos gallonados influidos por los
metálicos y por sus colores azulados, que, por imitar las porcelanas de Extremo
Oriente, se denominan alia pocellana; Deruta, que durante bastante tiempo se
considera la manufactura más antigua de Italia, fabrica grandes platos con
bustos sobre fondo azul y bordes con imbricaciones y roleos alternados. Típica
de Deruta es la teórica alia madre perla, de influencia morisca, consistente en
el empleo de un azul tornasolado con reflejos dorados. En Gubbio son frecuentes
bustos de Bellas, o escudos en el centro de la pieza, pero lo más singular es el
empleo del reflejo metálico de color rubí, descubierto por su maestro Giorgio
Andreloi. El apogeo de las manufacturas citadas corresponde a la primera mitad
del siglo XVI; en la segunda se destaca sobre todas ellas Urbino, gracias a la
presencia de Nicolás Pellipario. Corsagrado principalmente a los platos,
prescinde en ellos de la distinción entre fondo y borde, trazando la decoración
por toda la superficie. Esa decoración suele ser de historia, por lo que se le
denomina mayólica historiada, y, por lo común, copia grabados rafaelescos. En el
colorido prepondera el amarillo naranja (fig.1795).
(fig. 1795) Cerámica italiana. Platos
En España, la cerámica
renacentista se fabrica principalmente en Triana, barrio de Sevilla, y en
Talavera de la Reina.
En Sevilla, el introductor de la
cerámica, al estilo de Italia es el artista de aquel origen Niculoso Pisano, que
firma en 1504 la decoración de la portada de Santa Paula, de azulejos cubiertos
de grutescos y medallones con relieves. Pero su obra de mayor empeño es el
retablo de la capilla del Alcázar, igualmente cubierto de grutescos y con un
gran cuadro central de la Visitación, de estilo gótico, probablemente copiado de
una estampa. Sigue la tradición de Niculoso Pisano, en la segunda mitad del
siglo, Cristóbal de Augusta, que firma unos hermosos zócalos en el Alcázar (1577
(fig. 1796).
(fig. 1796) Retablo de la capilla del Alcázar. Sevilla
La cerámica renacentista
sevillana, aunque, naturalmente, cultiva también la vajilla, es, sobre todo,
cerámica de azulejo. Al menos son la casi absoluta totalidad de lo conservado.
Durante el siglo XVI, a más de la técnica plana de tipo italiano, emplean, con
decoración renacentista, la de cuenca, y, en mucho menor grado, la de cuerda
seca. La colección más hermosa es la de la casa de Pilato. Los alfareros
sevillanos no trabajan sólo para la ciudad, sino que exportan al resto de España
e incluso a América, y su época de florecimiento se prolonga hasta la primera
mitad de la centuria siguiente. A esta época corresponden ya los hermosos
zócalos de Santa Clara, y los mejores frontales conservados, de que hay buenos
ejemplos en el Museo de Sevilla. Se imitan en éstos los bordados. La cerámica de
Talavera, durante el siglo XVI, es también sobre todo de azulejo. Su coloración
es más pobre que la trianera. Mientras en ésta los fondos son de color melado,
allí se prefiere el blanco. Entre los zócalos más importantes figuran los de la
Generalidad de Valencia y los del santuario de Nuestra Señora del Prado, de
Talavera.
En Francia debe recordarse al
ceramista Bernardo Palissy, cuyas obras más características se distinguen por su
decoración vegetal y animal de tipo naturalista y en relieve. El procedimiento
seguido explica ese tono naturalista, pues consiste en vaciar fuentes con
animales muertos —serpientes, salamandras, peces, frutos, hojas, etc.—, para
sacar el positivo que después se vidria y policroma.
EL VIDRIO
. —La ciudad donde el arte del
vidrio alcanza mayor perfección durante el Renacimiento es Venecia. Concentrada
la industria a fines del XIII en la isla de Murano, y muy protegida por las
leyes, en un principio imita las formas de la orfebrería, y el vidrio es azul,
verde o rojo oscuro, siendo raros todavía el blanco lechoso, y aún más el
incoloro. Se decoran con temas geométricos o vegetales esmaltados, y, a veces,
con escenas figuradas, decoración enriquecida en ocasiones con panes de oro (fig.
1797).
(fig. 1797) Copa de vidrio veneciano
En el siglo XVI se prefiere el
vidrio incoloro, y la industria veneciana se esfuerza por producir vasos de
paredes lo más finas y transparentes posible y de las más bellas formas. Típicos
de esta época son los vidrios de filigrana o recorridos por un sinnúmero de
hilos de vidrio de color lechoso. Cuando éstos se cruzan se produce el hilo
reticulado o reticella. No obstante el menor interés por el color, se fabrican
piezas muy importantes con la técnica antigua ya citada de mille fiori, y con la
llamada de venturina, que consiste en introducir un compuesto de cobre en el
vidrio líquido para dar así a la pieza el aspecto de estar espolvoreada con
laminillas de cobre.
Fuera de Venecia, tal vez la
población en que se fabrica vajilla de vidrio más fina es Barcelona. Es
esmaltada en colores, procurando, por lo general, emular los modelos venecianos.
En Alemania, el vidrio es verdoso
hasta mediados del siglo XVI, en que se aprende a fabricar el incoloro.
Típicamente alemanes son los grandes vasos cilíndricos, con el emperador y los
electores o el águila con los escudos de los Estados del Imperio, todo ello
pintado en esmalte de colores.
Como es natural, en el siglo XVI
siguen haciéndose vidrieras de colores, y a él pertenecen la mayor parte de las
conservadas en España. En algún país, como Alemania, el entusiasmo por el vidrio
incoloro lleva absurdamente a reemplazar algunas policromas antiguas por otras
incoloras.
HIERROS. ORFEBRERÍA
. —El arte de trabajar el hierro
continúa produciendo en la España del Renacimiento obras de primer orden. En las
rejas, las barras adoptan forma abalaustrada, y los relieves repujados de los
cuerpos y las cresterías representan historias de gran desarrollo. El carácter
decorativo del plateresco, por otra parte, permite a los rejeros conceder
extraordinaria amplitud a las cresterías, que semejan verdaderos encajes
metálicos. Uno de los maestros más antiguos es Juan Francés, autor de varias
rejas en la catedral de Toledo, entre ellas la de la capilla mozárabe. Cristóbal
de Andino, que trabaja en Burgos, es autor de la reja firmada de la capilla del
Condestable (1523), de la catedral, su obra más fina; labra también la de la
capilla mayor de la catedral de Palencia.
A estos mismos años corresponde
la actividad en Sevilla de fray Francisco de Salamanca y fray Juan de Ávila,
autores de la reja del coro de aquella catedral (1518). Al primero, en unión de
otros varios rejeros, se debe la aún más hermosa de la capilla mayor (fig.
1798), rica en temas figurados y de esbeltísimas proporciones. Discípulo de fray
Francisco parece que es Bartolomé de Jaén, que firma la de la Capilla Real de
Granada. Rejero también de primer orden es, por último, Francisco de
Villalpando, que ejecuta la de la capilla mayor de la catedral de Toledo (1548).
De Villalpando son, además, las hojas de bronce de la Puerta de los Leones del
mismo templo.
(fig. 1798) Rejería capilla mayor catedral de Sevilla
Aunque el descubrimiento de la
pólvora disminuye la importancia de la armadura, ésta, lejos de desaparecer con
el Renacimiento, adquiere más valor artístico gracias a los torneos. Se decora
con relieves, no sólo geométricos o vegetales, sino incluso con historias de
complicada composición. El complemento del relieve es el grabado y el
damasquinado. Los dos centros productores principales radican en Milán y
Baviera; y las dos colecciones más ricas son la imperial de Viena y la de la
Real Armería de Madrid.
En el Renacimiento continúan
cultivándose en la orfebrería las mismas técnicas que durante el período gótico.
La personalidad más famosa es Benvenuto Cellini, ya estudiado como escultor.
Trabaja para los pontífices, y en Francia, para Francisco I; pero, por
desgracia, de las muchas obras que se le atribuyen sólo se considera segura el
salero del Museo de Viena.
En España, la orfebrería tiene
durante el siglo XVI su época de mayor florecimiento. En él adquiere su máximo
desarrollo su creación más genuina, que son las custodias. Entre los plateros
más afamados descuella la familia de los Arfe, el más viejo de los cuales,
Enrique, alemán de nacimiento, del valle del Rhin, trabaja todavía en gótico y
es autor de las hermosas custodias de Toledo (1515) y Córdoba (1518). Su hijo
Antonio emplea ya las formas renacentistas en la custodia de Santiago de
Compostela (1539 (fig. 1799), que, sobre un basamento hexagonal con relieves,
presenta cuatro cuerpos de planta de igual forma y altura decreciente, el
inferior de los cuales decora sus ángulos con pequeños pórticos.
(fig. 1799) Custodia Santiago de Compostela
A él se debe también la de
Ríoseco. El tercer miembro de la familia, Juan de Arfe Villafañe, estudia las
proporciones del cuerpo humano de su Varia conmensuración (1585). Si Antonio
emplea el estilo plateresco, su hijo pertenece a una etapa más avanzada del
Renacimiento, en la que la reacción bramantesca hace desaparecer las columnas
abalaustradas. A él se debe la custodia de la catedral de Ávila (1564), de seis
cuerpos alternados, de planta hexagonal y circular; pero su obra magna es la
gran custodia de Sevilla (1587 (fig. 1800), la mayor de todas. En ella, el
número de los cuerpos disminuye y, sobre todo, con criterio más unitario, se
abandona la forma poligonal, de tradición gótica, y tienen todos, planta
circular.
(fig. 1800) Custodia Catedral de Sevilla
Aunque anónimas, existen otras
custodias dignas de los Arfe, tales como las de Fuenteovejuna y la de la
catedral de Santo Domingo en la República Dominicana, de estilo semejante al de
Antonio de Arfe. A esa misma etapa correspondía la de Jaén, de Juan Ruiz,
bárbaramente fundida en 1936. Pero, además, tenemos noticia de varios plateros
de nombre conocido que dejan obras de primer orden. Cuentan entre ellos, en
Cuenca, los Becerriles, por uno de los cuales —Cristóbal— está firmada la
custodia de la «Hispanic Society», de Nueva York (1585 (fig. 1801), de estilo,
no obstante su fecha, todavía muy plateresco; en Madrid, Francisco Álvarez,
autor de la rica custodia (1560) del Ayuntamiento de esta ciudad, y en Zaragoza,
Pedro Lamaison, que lo es de la de aquella catedral.
(fig. 1801) Custodia de la «Hispanic Society», de Nueva York
En el Renacimiento, las piezas de
orfebrería tienen ya con gran frecuencia la marca de la población donde se
labran, consistente en una figura o en un letrero, o en ambas cosas a la vez.
Así, en Sevilla es la Giralda; en Segovia, el Acueducto, etc.
La orfebrería alcanza también
gran florecimiento en Alemania, donde se hacen copas que a veces tienen
proporciones gigantescas. Así las hay desde las grandes de «bienvenida», que el
recién llegado apura de un trago, hasta las de gremios, de no menos de un metro
de altura. A veces adoptan forma de mujer. Tal es el caso de las «copas
nupciales», en las que la estatuilla con los brazos en alto sostiene una copa
pequeña, de la que bebe la desposada, mientras el marido lo hace simultáneamente
en la formada por las faldas de aquélla. Entre los plateros conocidos, el más
famoso es Wenceslao Jamnitzer, que trabaja en Nuremberg. De él se conserva una
arqueta firmada en las Descalzas Reales de Madrid.
ESMALTE. ARTE LAPIDARIO
. —El esmalte de Limoges vive una
nueva etapa de esplendor. Ahora se fabrican vasijas de cobre cubiertas con
esmalte blanco opaco, sobre el que, en un principio, se pintan historias con
esmaltes de colores diversos, y después en gris y oro. Además se esmaltan
láminas con historias que constituyen verdaderos cuadros de pequeño tamaño.
Tanto en unas como en otras, la superficie metálica y la del esmalte son lisas,
sin tabiques ni separaciones. Los principales artistas son los Penicaud y P.
Reymond.
El arte de trabajar las piedras
preciosas y finas adquiere en Italia durante el Renacimiento gran desarrollo.
Como consecuencia del amor al arte antiguo se imitan los camafeos clásicos, que
se labran en ónice, cornalina, lapislázuli, etc. El arte lapidario dedica
particular interés al cristal de roca, en el que se tallan vasos, a veces en
forma de naves y de animales. El centro de esta industria es Milán, donde
trabajan Leone Leoni y Jacopo da Trezzo, nuestro Jacometrezo, que, trasladado
después a Madrid, hace retratos en camafeo de varios miembros de la familia
real. En el trabajo del cristal de roca se distinguen V. Belli (muerte 1546), A.
Fontana (muerte 1587) y los hermanos Sarachi, aunque la identificación de sus
obras ofrece grandes problemas. Una de las mejores colecciones de vajilla de
cristal de roca de esta escuela es la del Tesoro del Delfín, del Museo del
Prado.
CAPÍTULO XXXI
ARQUITECTURA
BARROCA
EL ESTILO BARROCO
ITALIA: BERNINI
BORROMINI, GUARINI Y JUVARA
FRANCIA
AUSTRIA, ALEMANIA E INGLATERRA
EL ESTILO BARROCO
.—Hemos visto cómo es frecuente
en el desenvolvimiento de los estilos arquitectónicos occidentales, que en su
última etapa los elementos constructivos se multipliquen y empleen con criterio
esencialmente decorativo, hasta el punto de adquirir formas caprichosas, ajenas
y aun opuestas a la función que les da vida, y que la decoración, para crear
efectos de gran riqueza, lejos de limitarse a subrayar las formas fundamentales,
las confunda, haciendo perder claridad al conjunto de la obra. Pues bien: este
proceso que transforma la arquitectura románica y gótica en sus últimos tiempos,
se da con intensidad aún mayor en el Renacimiento. A esta etapa de la
arquitectura moderna que se inicia en los últimos años del siglo XVI y dura
hasta el segundo tercio del siglo XVIII, y en algunos países hasta fines del
mismo, se denomina barroca. Al nombre de barroco se le atribuye un sentido
peyorativo, por considerarle derivado de la voz portuguesa barrueco, que
significa perla irregular, o del modo del silogismo barroco caracterizado por lo
artificioso. Formado el siglo pasado en el culto del neoclasicismo, que nace
como reacción contra el barroco, ha sido frecuente considerar éste como un
estilo abominable, simple degeneración del Renacimiento. Superada la limitación
de esta actitud sectaria, precisa considerar al barroco como una de las
creaciones más importantes del arte, en no pocas ocasiones de las más bellas, y
sin duda, tan representativa de su época como la que más.
Consecuencia de la evolución de
las formas renacentistas, influye, además, de manera decisiva en su creación, de
una parte, el movimiento religioso de la Reforma católica o Contrarreforma, que,
como protesta contra el luteranismo, procura fomentar la devoción,
intensificando el lujo del templo y creando conjuntos lo más efectistas posible,
y, de otra, el extraordinario desarrollo del boato de los monarcas absolutos,
que se hacen construir palacios en cuyas grandes proporciones y lujo
deslumbrante reflejan su poder.
Desde el punto de vista formal,
el nuevo estilo se manifiesta tanto en los elementos arquitectónicos y
decorativos como en el conjunto. Los entablamentos se incurvan y los frontones
se parten, y describen curvas, contracurvas y espirales. Este amor desenfrenado
por lo curvilíneo triunfa en la columna salomónica, quintaesencia del estilo,
que, como veremos, define el Bernini. Pero estos ritmos ondulados seiscentistas
provocan, incluso en lo constructivo, la reacción hacia lo quebrado. La escuela
española e hispanoamericana, que alcanza las metas más avanzadas en esta etapa
del proceso estilístico, hace triunfar el estípite barroco, donde se unen el
cubo y la pirámide invertida, símbolo de la inestabilidad, y hace describir al
arco mixtilíneo los trazados más inestables y caprichosos.
En cuanto a la decoración, dentro
de un proceso general de enriquecimiento progresivo, conserva los temas
vegetales corrientes del arte clásico, advirtiéndose desde mediados del siglo
XVII la tendencia a un tipo cada vez más naturalista. De los temas geométricos
heredados del Renacimiento, quizá el más importante sea la tarja, que en España
termina convirtiéndose en follaje vegetal, mientras en Holanda adquiere aspecto
cartilaginoso, preparando el advenimiento de la rocalla. Pero, salvo en España,
donde, como veremos, invade las fachadas de los edificios, la decoración barroca
arquitectónica se manifiesta, sobre todo, en los interiores y en las artes
industriales.
Como es natural, el nuevo estilo
altera no sólo los elementos arquitectónicos y decorativos, sino también la
concepción general del edificio. Al llevar el gusto por las líneas curvas y
mixtas a las plantas de los edificios, los muros dejan de ser rectilíneos y de
cruzarse en ángulos rectos, y sus tramos o salas dejan de ser rectangulares o
cuadrados. Este nuevo tipo de planta, al ofrecer a la mirada numerosos planos
oblicuos, crea, junto a una sensación de movimiento, abundantes efectos de luz y
ricos juegos de perspectiva, preocupaciones principales del arquitecto al
concebir el edificio. Tal vez el tercer gran deseo que inspira la creación del
conjunto arquitectónico sea la ilusión del espacio en el interior de la
cubierta. El artista barroco parece ahogarse bajo la bóveda de la obra de
fábrica. Necesita que el cielo invada el interior del templo. Las pinturas que
cubren parcialmente la bóveda no son simples cuadros como los que enriquecen la
pared de sus habitaciones, sino escenas que se desarrollan en el cielo o en
escenarios arquitectónicos imaginarios de colosales proporciones que nos
permiten contemplarlo a través de un marco fingido de atrevidos y sabios
escorzos. Los sueños del Correggio en Parma tienen ahora pleno desarrollo en las
arrebatadas perspectivas arquitectónicas del P. Pozzo o en los cielos de Lucas
Jordán, donde el ansia de lo infinito borra todo rastro arquitectónico y el
escenario se reduce a las nubes (fig. 1802).
(fig. 1802) Bóveda Palacio Barberini. Roma
Italia continúa durante el
barroco a la cabeza de la arquitectura europea. Ella da los pasos decisivos en
la concepción general del estilo y en la transformación de los elementos
arquitectónicos y del templo. Ella es también la creadora del palacio barroco,
si bien en este último aspecto es Francia la que produce las obras más
representativas, y, sobre todo, la que en la decoración interior y en el
mobiliario ejerce influencia más amplia. España, aunque no alcanza influencia
análoga fuera de sus fronteras, por su exuberancia decorativa y por el
barroquismo con que trata los elementos arquitectónicos, es la que sabe sacar en
estos aspectos las últimas conclusiones del estilo.
ITALIA: BERNINI
. —En la evolución de la
arquitectura barroca italiana pueden distinguirse tres momentos principales. El
anterior al Bernini, que comprende desde 1580 hasta 1624, año en que éste
comienza su famoso baldaquino; el del pleno barroco de Bernini, Borromini y el
P. Pozzo, que llena el resto del siglo, y el del barroco setecentista, que dura
hasta mediados del XVIII, y cuya figura más destacada es Juvara.
La gran obra de la primera etapa
es la transformación de la iglesia de San Pedro (1605) por Carlos Maderna
(muerte 1629), quien, siguiendo los deseos de Paulo V, prolonga la planta de
cruz griega por la parte de los pies, llegando así a un compromiso entre el tipo
de cruz latina y el de cruz griega (fig. 1803).
(fig. 1803) Evolución de la Planta de San Pedro de Roma
Dispone en primer término una
especie de nartex, y levanta ante él una gran fachada con frontón central y
ático coronado por estatuas, en la que se desentiende de la organización general
del interior. Obra de Maderna, y muy representativa de esta primera fase barroca
preberninesca, es la portada de Santa Susana (1603 (fig. 1804).
(fig. 1804) Portada de Santa Susana
Los verdaderos creadores del
estilo son Lorenzo Bernini (muerte 1680) y Francisco Borromini (muerte 1667),
ambos nacidos el año último del siglo anterior. Bernini es un napolitano de
sangre florentina, que comienza su carrera como escultor cultivando también la
pintura. En el Baldaquino (1624 (fig. 1805), que en el crucero de San Pedro d e
Roma cubre el altar situado sobre la tumba del apóstol, lanza el manifiesto del
nuevo estilo arquitectónico. Es un templete sobre cuatro columnas de fustes
torneados en espiral, inspiradas en la que se conserva en el mismo Vaticano, y
que se supone en esta época procedente del templo de Salomón. De ahí el nombre
de salomónica con que se conoce este tipo de columna. Con el prestigio del viejo
templo de Jerusalén, y respondiendo al gusto por el movimiento ondulante del
barroco, Bernini no duda en copiarla en lugar tan preeminente de la primera
iglesia del mundo cristiano. Y es que el barroquismo del arte helenístico
creador de aquella columna viene, al cabo de los siglos, a coincidir con el de
la etapa seiscentista del arte europeo. Bernini divide el fuste con anillos
horizontales en tres partes, la inferior de las cuales decora con estrías en
espiral, mientras cubre las otras dos con tallos y hojas menudas. Tanto de esos
anillos como de la base, hace surgir una fila de grandes hojas de acanto. La
basa es ática, y el capitel de orden compuesto.
(fig. 1805) Baldaquino
Con ligeras variantes, este tipo
de columna será, durante siglo y medio, el preferido en los retablos cristianos,
en particular españoles. También es importante, por la fortuna que logrará en la
decoración barroca posterior, el tema de la guardamalleta con borlas pendientes
con que cubre el entablamento.
Si en el baldaquino se distingue
Bernini por la novedad de los elementos arquitectónicos, en la Scala Regia del
Vaticano y en la plaza de San Pedro (1667 (fig. 1806) se preocupa principalmente
de los juegos de perspectiva y de intensificar el efecto de profundidad. En la
Scala Regia interrumpe la subida con varios rellanos y dispone dos estrechas
naves laterales formadas por gruesas columnas.
(fig. 1806) Scala Regia del Vaticano
En la plaza procura que el templo
nos produzca la impresión de encontrarse lo más al fondo posible. Así, dispone
en primer término una amplísima plataforma. Las alas de la gran plaza actúan de
bastidores, y los numerosos cuerpos cilíndricos de su columnata contribuyen
también con su perspectiva a empujar hacia el fondo la fachada del templo (fig.
1807).
(fig. 1807) Columnata de San Pedro
A Bernini se debe, además, la
iglesia de San Andrés. En el palacio Odescalchi (fig. 1808) deja creado en sus
rasgos esenciales el tipo de palacio barroco, con su planta baja concebida como
basamento y las dos superiores recorridas en toda su altura por pilastras
gigantescas.
(fig. 1808) Palacio Odescalchi
Menos novedad ofrece, en cambio,
el Palacio Montecitorio. Hace un proyecto de fachada para el Palacio del Louvre,
que no es aceptado.
BORROMINI, GUARINI Y JUVARA
. —Francisco Borromini (muerte
1667), colaborador primero y competidor después de Bernini, es el que lleva a la
concepción general del templo el ansia barroca de dinamismo. En San Carlos
(1640), de Roma (fig. 1809), en vez de acumular en la fachada columnas y
frontones, como sus predecesores, prefiere con verterla en una superficie
ondulada donde la parte central avanza en forma convexa, mientras las laterales
se retraen, describiendo sus contracurvas.
(fig. 1809) San Carlos de Roma
En su interior, las formas curvas
y rectas crean una traza mixtilínea (fig. 1810).
(fig. 1810) Interior San Carlos de Roma
En San Ivo (fig. 1811), la
fachada sólo describe una curva, pero su planta es mixtilínea, alternando las
superficies cóncavas con las convexas y las rectas; movimiento de superficies
que se continúa en el interior de sus bóvedas. Al exterior son representativos
del nuevo estilo el desarrollo en espiral del trasdós de la bóveda de la
linterna y la llama del remate, quintaesencia de la ondulación ascendente del
barroco, como la pirámide herreriana lo es de la estabilidad del pleno
Renacimiento.
(fig. 1811) San Ivo
Obra también capital de Borromini
es el Colegio de Propaganda Fide (1649 (fig. 1812), en cuya fachada mueve
intensamente el encuadramiento de los vanos y emplea pilastras esquinadas
apuntadas hacia abajo.
(fig. 1812) Colegio de Propaganda Fide
A Borromini se debe, al parecer,
la fachada de Santa Inés (1653 (fig. 1813), con la parte central cóncava y dos
campanarios.
(fig. 1813) Fachada de Santa Inés
Uno de los aspectos más
interesantes de la arquitectura romana de esta época es el que se refiere a las
portadas de los templos. Ya queda citada la de Santa Susana de C. Maderna,
próxima todavía a la de Giacomo de la Porta, del Jesús.
La de San Vicente y Atanasio
(1650) de M. Lunghi, es buen ejemplo de cómo en medio siglo se han multiplicado
las columnas y los frontones hasta producir un efecto de recargamiento muy
propio del barroco. Representativa en ese orden es también la portada de Santa
María en Campitelli (1665), de C. Rainaldi (fig. 1814).
(fig. 1814) Santa María en Campitelli
La obra cumbre de la arquitectura
veneciana seiscentista es la iglesia de Santa María de la Salud (1631 (fig.
1815), que a la entrada del Canal Grande se convierte en uno de los monumentos
más representados en las pinturas panorámicas de la ciudad de las lagunas. Se
debe a Baltasar Longhena (muerte 1682) y se distingue por su cúpula que cabalga
en un cuerpo prismático cuyas aristas subrayan grandes volutas. El pórtico tiene
frontón y es de gusto paladiano.
(fig. 1815) Santa María de la Salud
De menos categoría y algo más
joven que Borromini, Guarino Guarini (muerte 1683) tiene particular interés para
nosotros, porque, dentro de su estilo borrominesco, delata en varios de sus
monumentos admiración por el arte hispanoárabe. Así, por ejemplo, en San Lorenzo
de Turín construye una bóveda de tipo califal, de nervios no cruzados en el
centro.
Felipe Juvara (muerte 1736) es el
principal arquitecto italiano del siglo XVIII. Sus obras más características nos
dicen cómo el gusto italiano comienza a cansarse del afán de movimiento
borrominesco y a preferir composiciones más reposadas y de aire más clásico. Su
gran papel en el barroco italiano es como arquitecto de palacios. El primero que
le da fama de tal es el Palacio Madama, de Turín (1718 (fig. 1816), donde,
siguiendo la pauta de Bernini, sobre un cuerpo bajo, que sirve como de
basamento, levanta un orden gigantesco que recorre varias plantas, y, con
arreglo a la vieja fórmula paladiana, dispone sobre el ático de coronamiento una
serie de estatuas en las que termina el movimiento ascendente de los soportes.
Muy notable es también la escalera.
(fig. 1816) Palacio Madama, de Turín
Como veremos, Juvara logra su
consagración como arquitecto de palacios cuando se le encarga la traza del Real
de Madrid. A él se debe también en Turín el templo de la Superga.
FRANCIA
. —La arquitectura barroca
francesa es, sobre todo, palaciega, y en cuanto a su exterior, de composición en
general muy clásica. Durante la primera mitad del siglo XVII, iglesias como la
de Val de Gráce (1645), en París (fig. 1817), trazada por Francisco Mansart, son
buena prueba de la influencia de la arquitectura italiana preborrominesca.
(fig. 1817) Iglesia de Val de Gráce
Debido a las enseñanzas de las
Academias de Escultura, Pintura y Arquitectura fundadas por Luis XIV, que vienen
a intensificar el sentido de la medida tan propio del genio francés, y a la
influencia de las creaciones italianas menos borrominescas y más monumentales,
se forma el estilo de las grandes fachadas de la época de Luis XIV, de
composición clara y de nobles proporciones. Uno de los definidores del nuevo
estilo francés es Claudio Perrault (muerte 1688), traductor de Vitrubio, que
termina el patio renacentista del palacio del Louvre, revistiendo su fachada
exterior con monumental galería de gigantescas columnas (fig. 1818).
(fig. 1818) Patio renacentista del palacio del Louvre
El gran arquitecto de Luis XIV
es, sin embargo, Luis Ardouin Mansart (muerte 1708), autor de la elegante
iglesia de los Inválidos, cuya cúpula de doble tambor domina el conjunto, y,
sobre todo, del palacio de Versalles. Comenzado en 1661 por al arquitecto Luis
Le Vau con el revestimiento de un pequeño pabellón de caza de tiempos de Luis
XIII, es continuado después por Mansart, a cuya traza se debe la gran fachada
del jardín (fig. 1819). Con un gran patio abierto en el centro del lado opuesto
—el patio Real, Cour Royale, y el patio de Mármol, Cour de Marbre—, se extiende
la edificación a ambos lados, formando dos alas prolongadísimas.
(fig. 1819) Fachada del jardín del palacio de Versalles
El interior del palacio es una
interminable serie de salones ricamente decorados, donde los tapices de la
fábrica de los Gobelinos alternan con los cuadros, los espejos, el bronce dorado
y los mármoles de colores. El director de toda esta decoración es Carlos Lebrun,
cuya obra maestra es el gran Salón de los Espejos que da frente al jardín; a un
lado y otro se encuentran los salones de la Paz de la Guerra. Obra también de
Mansart es la capilla (fig. 1820), de testero semicircular con tres naves sobre
columnas y amplia tribuna corrida sobre las laterales.
(fig. 1820) Capilla de Versalles
El complemento de la arquitectura
del palacio de Versalles es el jardín, para hacer el cual Luis XIV tiene la
suerte de disponer de Andrés Lenótre (muerte 1700), que lo concibe de tipo
arquitectónico, trazado a escuadra y compás, con recortados setos que simulan
muros. Con gran camino central de no menos de cinco kilómetros, terrazas y
estanques a diversos niveles, fuentes y estatuas y partes dedicadas a
espectáculos especiales, como el Salón de Baile, al aire libre, y la Columnata,
será el modelo que se imite en las cortes europeas. El tipo de jardín francés
queda en Versalles definitivamente creado.
Si la arquitectura barroca
francesa ofrece en su exterior escasas novedades esenciales respecto de la
italiana, en la decoración interior su importancia es grande y su personalidad
cada vez mayor. La talla en madera, los yesos, las aplicaciones de bronce, las
telas y los tapices que revisten las paredes hasta donde comienzan las pinturas
de los techos, responden a una traza general en la que el mobiliario es parte
integrante de primer orden. Los historiadores franceses denominan las varias
etapas de la evolución de este estilo decorativo barroco por el nombre de sus
reyes, distinguiendo las de Luis XIII, Luis XIV, Regencia, Luis XV y Luis XVI.
El estilo Luis XIV cuenta con un decorador de gran personalidad llamado Berain,
que en sus composiciones delata gusto muy acusado por lo mixtilíneo y cuyas
creaciones dejan sentir su influencia fuera del país. Con las naturales
diferencias en la forma de los temas ornamentales, traza grandes tableros de
grutescos, de tradición renacentista.
Cuando la decoración francesa
crea un estilo verdaderamente original es bajo Luis XV, pues el breve período de
la Regencia es como un primer capítulo del mismo. El barroco todavía un tanto
pesado y solemne de Luis XIV se hace ligero y gracioso bajo su nieto. El sentido
dinámico del barroco termina creando una ornamentación donde la asimetría o, lo
que es lo mismo, el desequilibrio, triunfa. El tema más característico es la
rocaille, rocalla, especie de trozo de concha irregular y asimétrica. La
rocaille no es, en realidad, invención francesa; es la creación de un grupo de
decoradores, en gran parte extranjeros, entre los que figura en primer plano el
holandés Oppenord. Aunque las formas cartilaginosas que adquiere en Holanda
guardan cierto parentesco con el nuevo motivo, debió de ser decisiva en su
formación la influencia del arte chino, ahora tan en boga. Como definidor de la
rocalla puede considerarse, sin embargo, al italiano Meissonier. Igualmente
típico es un ornamento de forma arriñonada, que en posición vertical es también
asimétrico y que forma con frecuencia parte de la rocalla. Como es natural, en
esta ornamentación desaparece todo rastro de clasicismo, y, en consecuencia,
cuanto signifique rigidez de proporciones. Ella sirve de marco a los
innumerables espejos de grandes dimensiones con que se quiere evitar la
sensación de masa, y a los entrepaños cubiertos de telas y tapices.
Al mismo tiempo que estos temas
puramente ornamentales, el estilo Luis XV pone de moda otros figurados no menos
importantes y representativos. En primer lugar, las escenas chinescas, las
chinoiseries, que entran en Europa con las porcelas, telas y lacas importadas
del Extremo Oriente. Los paisajes con ligeros pabellones, grandes puentes sin
más finalidad que la decorativa, faisanes, comerciantes vendiendo porcelanas, es
decir, todo el repertorio chinesco con su típica asimetría, se pone de moda en
los palacios europeos. Junto a ello desempeñan papel importante los temas
pastoriles y galantes, a los que se agregan a veces los de la comedia italiana.
Tal vez nunca se ha llegado a
concebir una arquitectura interior donde los problemas trascendentales de la
vida se sientan más lejanos. La vida frívola y despreocupada de la corte
francesa de la Regencia y de Luis XV, donde las favoritas de empolvadas pelucas,
hermosos descotes y alegres vestiduras de seda son los personajes principales, y
en la que sólo se piensa en minués, rigodones, aventuras amorosas y fiestas
campestres, encuentra su expresión más perfecta y su marco más adecuado en el
estilo descrito. Depurada creación del estilo es el palacio de Biron, hoy Museo
Rodin, obra del gran decorador Jacques Gabriel, a quien se debe en Versalles el
salón del Rey, el de la Reina y el gabinete del Péndulo del Reloj.
El estilo Luis XV es el que los
alemanes dominan Rococó.
AUSTRIA, ALEMANIA E INGLATERRA
. —El estilo barroco, en su
modalidad borrominesca, encuentra en el arquitecto vienes Fischer de Erlach
(muerte 1763) uno de sus más ilustres intérpretes. Su iglesia de San Carlos
(1715), de Viena (fig. 1821), es, con su larga fachada y sus torres en forma de
columna, como la Trajana, de las más bellas creaciones del estilo.
(fig. 1821) Iglesia San Carlos de Viena
Pero donde la arquitectura
germánica alcanza una de las metas extremas del barroco, no lograda en ningún
otro país, es en algunas iglesias bávaras de Baltasar Neumann (1753), como las
de Neresheim (fig. 1822) y de Vierzehnheiligen donde el estilo
predominantemente palaciego de la época llega a transformar el templo, borrando
en el cuanto significa recogimiento y favorece la meditación. Concebido como un
gran salón de fiestas, los pilares se ordenan caprichosamente como participando
en una danza de corte, y la luz lo inunda todo.
(fig. 1822) Iglesia de Neresheim
A Neumann se debe también el
palacio de Wurzburgo, cuyos techos decora el veneciano Tiépolo. La iglesia de
Santa María, de Dresde (fig. 1823), es un buen ejemplo de templo protestante
barroco.
(fig. 1823) Iglesia de Santa María, de Dresde
Dividida Alemania en numerosos
Estados, la arquitectura palaciega dieciochesca es rica en monumentos. El estilo
Luis XV encuentra en sus pequeñas cortes clientes numerosos y entusiastas, y no
pocos de sus principales decoradores son franceses. Uno de los conjuntos más
originales, y en parte más bellos, es el Zwinger, de Dresde (1711- 1722), obra
de Mateo Póppelmann. Entre los conjuntos palaciegos y de jardinería más
interesantes figuran el de Nymphenburg en Munich, y el de Sanssouci (1745), en
Berlín. De nombre francés este último —Sans Souci—, lo hace construir Federico
el Grande de Prusia, el gran admirador de lo francés y protector de Voltaire (fig.
1824).
(fig. 1824). Palacio Sanssouci. Berlín
Debido al arraigo del gótico en
Inglaterra, el Renacimiento se introduce en fecha sumamente tardía. Su principal
y más antiguo representante, Iñigo Jones, que muere en 1652, es un entusiasta
paladiano. Gracias a su prestigio, el tratadista italiano será desde ahora la
fuente de inspiración constante de los arquitectos anglosajones. Su obra capital
es el palacio de Whitehall (fig. 1825), de Londres, parte sólo del enorme
edificio por él proyectado.
(fig. 1825) Palacio de Whitehall de Londres
Ese mismo estilo renacentista
tardío es el del otro gran arquitecto inglés Cristóbal Wren (muerte 1723), que
trabaja en pleno período barroco. En la catedral de San Pablo, de Londres (1675
(fig. 1826), la obra maestra de la arquitectura inglesa del siglo XVII, es bien
sensible su clasicismo. La cúpula procede del proyecto de Bramante para San
Pedro, y el gran frontón de su fachada es de origen paladiano.
(fig. 1826) Catedral de San Pablo, de Londres
Este paladianismo tan arraigado
desde tiempo de Jones y que gracias a él enlaza sin esfuerzo con el
neoclasicismo, es trasplantado a los actuales Estados Unidos, donde, vivificado
por el neoclásico, continúa pujante hasta mediados del siglo XIX. El es el
estilo de las casas de Nueva Orleáns.
CAPÍTULO XXXII
ARQUITECTURA
BARROCA ESPAÑOLA
EL SIGLO XVII
LOS CHURRIGUERA Y PEDRO DE RIBERA
LOS ARQUITECTOS CORTESANOS
EXTRANJEROS DEL SIGLO XVIII: JUVARA, SACCHETTI, BONAVÍA Y CARLIER. VENTURA
RODRÍGUEZ
ANDALUCÍA: ACERO, LOS FIGUEROA Y
HURTADO IZQUIERDO
GALICIA: ANDRADE, CASAS NÓVOA,
SIMÓN RODRÍGUEZ Y SARELA. LEVANTE
MÉJICO: LORENZO RODRÍGUEZ Y
GUERRERO Y TORRES. PUEBLA
AMÉRICA CENTRAL Y MERIDIONAL
PORTUGAL Y BRASIL
EL SIGLO XVII
. —Aun siendo la riqueza
decorativa una de las características más acusadas de toda la arquitectura
barroca, la escuela española se distingue entre todas las contemporáneas
precisamente por la acentuación de esta riqueza ornamental, que no se limita,
como en Italia y en Francia, al interior, sino que cubre las fachadas con
profusión y abundancia desconocidas en aquellos países, llevando así a sus
últimas consecuencias uno de los aspectos más peculiares del estilo. En ninguna
parte se llega a un descoyuntamiento tan radical de las formas y conjuntos
renacentistas como en las portadas y retablos españoles. Pero, en cambio, ese
dinamismo barroco que se siente tan intensamente en lo decorativo, no llega en
nuestros arquitectos a la concepción general del templo. Las movidas plantas
borrominescas no hacen fortuna en la arquitectura española. Los ejemplos
existentes de este tipo son tardíos, excepcionales y, como veremos, debidos a
razones especiales. Distintivas también del barroco español son las notables
diferencias que distinguen a sus diversas escuelas, no solamente ultramarinas,
sino peninsulares, a pesar de sus acusadas características comunes.
En la arquitectura barroca
española, y particularmente en la castellana del primer tercio del siglo, la
influencia de Herrera es todavía profunda. La figura más representativa de este
momento es Juan Gómez de Mora (muerte 1648), cuya portada de la Encarnación
(1611), de Madrid (fig. 1827) es de sobriedad casi escurialense.
(fig. 1827) Portada de la Encarnación (1611). Madrid
Pocos años después construye la
Clerecía (1617), de Salamanca, iglesia de jesuitas, en que sigue el conocido
modelo de Vignola, si bien las torres y partes altas son ya del siglo XVIII.
Gómez de Mora traza algunas de las principales construcciones civiles de su
tiempo, como la Plaza Mayor (1617 (fig. 1828), la fachada meridional del
destruido Alcázar, que sólo conocemos por reproducciones y el Ayuntamiento
(1640), todo ello de tradición aún bastante herreriana, aunque en este último el
proyecto primitivo sufre después grandes alteraciones.
(fig. 1828) Plaza Mayor (1617) de Madrid
Contemporáneos de Gómez de Mora
son los hermanos de la Compañía Francisco Bautista y Pedro Sánchez, autores de
la hermosa iglesia del antiguo Colegio Imperial, hoy catedral (1622 (fig. 1829),
de tipo jesuítico derivado del modelo de Vignola y que debe compararse con la
Clerecía de Salamanca. A Pedro Sánchez se atribuye la novedad de las cúpulas
falsas encamonadas madrileñas, con armazón de madera y tambor octogonal.
(fig. 1829) Colegio Imperial
A esta misma etapa barroca
corresponde la iglesia de las Bernardas de Alcalá de Henares (1617), de planta
ovalada. Atribuida sin especial fundamento a Gómez de Mora, es posible que la
trazase su constructor, Sebastián de la Plaza. De planta también ovalada y muy
poco posterior es la iglesia de San Antonio de los Portugueses, debida al ya
citado Pedro Sánchez. Aunque edificio de distinta naturaleza, el Panteón de El
Escorial (1617 (fig. 1830), obra de Alonso Carbonell, decorada por el italiano
J. Bautista Crescenzi, se relaciona con los dos monumentos anteriores por la
forma de su planta, prácticamente circular, y por su fecha.
(fig. 1830) Panteón de El Escorial
Al aproximarnos a mediados del
siglo, la arquitectura madrileña abandona la sobriedad decorativa anterior, y a
esa nueva fase que ahora se inicia corresponde la capilla de San Isidro, en San
Andrés (1642 (fig. 1831). La traza Pedro de la Torre, pero intervienen en su
obra varios de los principales arquitectos de la época. Tiene cúpula sobre
tambor octogonal, y su interior, era de la mayor riqueza. Su entablamento
exterior es ya plenamente barroco, habiéndose transformado los triglifos en
estrechos mutuos cubiertos de follaje.
(fig. 1831) Capilla de San Isidro en la Iglesia de San Andrés
Además de los monumentos de
carácter civil de Gómez de Mora, ya citados, debe recordarse en primer lugar el
Ayuntamiento de Toledo (1612 (fig. 1832), obra de Jorge Manuel, el hijo del
Greco, en cuya fachada campean dos torres con chapiteles de tradición
escurialense, como los empleados por Gómez de Mora.
(fig. 1832) Ayuntamiento de Toledo
La mayor empresa del segundo
cuarto del siglo es el Palacio del Buen Retiro (1631), construido por iniciativa
del Conde-Duque de Olivares y dirigido por Alonso Carbonell. Pero del amplísimo
conjunto formado por grandes patios con torres en los ángulos sólo se conserva
el llamado Casón, dedicado a representaciones teatrales, y una de las alas
principales, el hoy Museo del Ejército (fig. 1833). Flanqueado por dos torres
con agudos chapiteles, su larga sala central es el Salón de Reinos, que estuvo
decorado con grandes cuadros de batallas, entre ellos la Rendición de Breda, de
Velázquez.
(fig. 1833) Palacio del Buen Retiro
Pero el edificio que puede dar
mejor idea de la nobleza de proporciones y del aspecto de la arquitectura
palaciega de tiempos de Felipe IV es la Cárcel de Corte, actual Ministerio de
Asuntos Exteriores (1629 (fig. 1834), al parecer, obra también de Carbonell, y
flanqueado por agudos chapiteles escurialenses y gran escudo en el centro. Sus
dos patios gemelos, como los del Hospital de Afuera, de Toledo, aquí separados
por amplia escalera, ofrecen en la planta alta bellos efectos de perspectiva. A
juzgar por los monumentos anteriores, Carbonell es la segunda gran figura de la
escuela madrileña de la primera mitad del siglo.
(fig. 1834) Ministerio de Asuntos Exteriores
La iglesia de las Carmelitas de
Loeches (1635), cuya fachada es muy semejante a la de la Encarnación, de Gómez
de Mora, lo presenta como un seguidor de éste.
El tratadista de este período es
fray Lorenzo de San Nicolás, autor del Arte y uso de Arquitectura, obra de que
se hacen varias ediciones. En el avance del barroco influye decisivamente el
granadino Alonso Cano (muerte 1667), que priva a las pilastras de capitel y,
sobre todo, crea un follaje carnoso y de grandes hojas que impera en la segunda
mitad del siglo en Castilla y Andalucía oriental, y una decoración de tableros
superpuestos con entrantes curvilíneos y angulosos, de intensos efectos de
claroscuro. Su obra más característica es la iglesia de la Magdolena, y la más
conocida, la portada de la catedral, una y otra de Granada (fig. 1835).
(fig. 1835) Portada de la catedral de Granada
Dos artistas que a comienzos del
último tercio del siglo hacen dar también pasos decisivos a la arquitectura
madrileña en pro de un mayor barroquismo son Herrera el Mozo (muerte 1685) y
José Jiménez Donoso (muerte 1690), ambos, pintores. Herrera interviene en la
obra del Pilar, de Zaragoza, de planta rectangular y con una torre en cada
esquina, y es, al parecer, quien introduce en Madrid el empleo de la columna
salomónica. Su destruido retablo de Montserrat (1674) es, por lo menos, uno de
los más antiguos en que los numerosos cuerpos horizontales renacentistas se
reducen a banco, cuerpo principal y remate, cuerpo principal que es recorrido
por columnas salomónicas de proporciones gigantescas, a ejemplo de la fachada
del palacio barroco italiano. A Donoso se debe la reconstrucción de la Casa de
la Panadería (1672), en el centro de la Plaza Mayor, uno de cuyos arcos
decorativos termina en roleos. La portada de la destruida iglesia de San Luis
(1716) hoy en la del Carmen, aunque posterior a su muerte, es probable que se
labrase por traza suya. Tiene columnas de curiosa superficie poliédrica y arco
con roleos en los salmeres.
LOS CHURRIGUERA Y PEDRO DE RIBERA
. —A fines del siglo XVI se
inicia la última etapa del barroco madrileño, que perdura hasta mediados del
siguiente, y es la denominada churrigueresca. Aunque es excesivo extender esta
denominación a toda la arquitectura española de esta época y posterior, parece
seguro que la influencia de los Churriguera se extiende a buena parte del país,
y lo es, desde luego, que existe un estilo churrigueresco estricto perfectamente
definido.
Los Churriguera constituyen una
familia que comienza trabajando en la corte en el siglo XVII y que en la
centuria siguiente se traslada a Salamanca. Sus miembros principales son José
Churriguera, madrileño de nacimiento e hijo y nieto de ensambladores, y sus
nietos Joaquín (muerte 1724) y Alberto Churriguera (muerte 1740), cuya actividad
se desarrolla en Salamanca ya en pleno siglo XVIII.
Las únicas obras de fábrica
seguras que poseemos de José Churriguera son el palacio de Nuevo Baztán (1709),
junto a Loeches, adornado con gruesos baquetones de escasa proyección y anchas
fajas resaltadas, y la actual Academia de San Fernando. Construida ésta para
casa de Goyeneche, aunque bastante sencilla, tenía por zócalo grandes peñascos,
como la fachada del Louvre, proyectada por Bernini. Tanto el zócalo como el
encuadramiento de los vanos se retallan bajo la influencia del neoclasicismo al
establecerse en ella la Academia. Capítulo importante de su obra lo constituyen
los retablos, pero tanto en el de San Esteban, de Salamanca (1693), como en los
restantes conocidos, se limita a emplear las columnas salomónicas de
proporciones gigantescas, según hiciera ya Herrera el Mozo veinte años antes. El
mismo catafalco funerario (1687) de la reina María Luisa tan celebrado por sus
novedades barrocas, sólo ofrece la de terminar los salmeres del arco en roleos o
espirales.
Joaquín Churriguera dirige hasta
su muerte las obras de la cúpula de la catedral de Salamanca, pero su obra
principal es el Colegio de Calatrava (1717). Su hermano Alberto termina la
portada de la catedral de Valladolid (1729); es autor de la iglesia de San
Sebastián (1731), de Salamanca, y traza la bella Plaza Mayor (1729), en uno de
cuyos frentes levanta Andrés García de Quiñones el Ayuntamiento (1755).
Pedro de Ribera (muerte 1742) es
el difundidor del estilo churrigueresco, llevándolo a sus últimos extremos e
imponiéndole un sello personalísimo. Formado probablemente con José Churriguera,
emplea con particular preferencia dos temas que serán característicos de la
escuela madrileña, el estípite y el grueso baquetón de sección asimétrica, y,
sobre todo, concibe las portadas con movimiento y riqueza hasta entonces
desconocidos en la arquitectura europea. El soporte en forma de aguda pirámide
invertida tiene su precedente en el Hermes clásico, y el mismo Miguel Ángel lo
emplea como tema decorativo secundario.
Pero la transformación en pro de
su forma barroca se opera en el siglo XVII. En fecha al parecer bastante
temprana de esa centuria, y con características muy semejantes a las que
presentará en España, se encuentra en la iglesia de Bückeburg, en Alemania.
Churriguera lo emplea en algún dibujo, y, en pequeño tamaño, en el tabernáculo
del retablo de San Esteban. El estípite —del latín stipes, estaca, tronco—,
según aparece en manos de Ribera, tiene basa y capitel, como todo soporte
clásico, pero su fuste consta de un primer cuerpo en forma de pirámide
invertida, de otro de proporciones cúbicas y de un tercero pequeño y apiramidado
en posición vertical. El estípite barroco es frecuente en los retablos de todo
el mundo hispánico, pero sólo lo emplean sistemáticamente en las fachadas Ribera
y sus discípulos y, como veremos, alguna escuela mejicana. Al baquetón, que como
encuadramiento de vanos adquiere ya gran desarrollo en el barroco anterior, le
concede Ribera importancia de primer orden, proyectándolo considerablemente para
crear sombras violentas y prolongándolo para que, como el alfiz de tiempos de
los Reyes Católicos, encuadre varios elementos de la fachada.
En la iglesia de Montserrat
(1720), una de sus primeras obras, nos muestra ya los estípites en el
campanario, cuyo chapitel bulboso es ejemplo característico de la evolución
dieciochesca de los rectilíneos modelos escurialenses. Pero donde el estilo de
Ribera alcanza su plena expresión es en las portadas de sus edificios civiles y,
sobre todo, en la del Hospicio (1722 (fig. 1836), su obra maestra. El violento
ímpetu ascendente, tan propio del barroco, eleva todo el conjunto, curvando la
cornisa del entablamento y rompiendo la de la fachada, cuyo trozo central, a
manera de penacho, sirve de remate a la portada. Caprichosas claraboyas horadan
las amplias enjutas, mientras ante las del segundo cuerpo dispone unos vasos con
típico sentido barroco del contraste.
(fig. 1836) Portada del Hospicio de Madrid
Concebida la portada como un
retablo, un gran cortinaje la encuadra lateralmente. Por su planta de tipo
central, por el efecto de los chapiteles de las torres y del cimborrio, es muy
interesante la iglesia de Nuestra Señora del Puerto.
Sin el recargamiento
extraordinario de la del Hospicio, aún se conserva en Madrid toda una serie de
portadas debidas a Ribera y sus discípulos. En ellas el balcón suele aparecer
ligado a la puerta principal, y el conjunto se corona con el escudo familiar.
Elemento decorativo capital es el gran baquetón cada vez más prominente y
quebrado en complicadas formas mixtilíneas. Sirvan de ejemplo la casa de
Miraflores y la del marqués de Perales. A Pedro de Ribera se debe también el
templete puente de Toledo (fig. 1837).
(fig. 1837) Templete puente de Toledo en Madrid (foto de 1905)
La iglesia de San José (1742) es
obra anónima que se construye en el estilo tradicional madrileño cuando ya
comienzan a imponer su estilo los arquitectos extranjeros de los Borbones.
Los TOMÉ. —Si Ribera representa
el punto culminante del barroquismo español peninsular en cuanto a decoración,
quien encarna de manera más exaltada entre nosotros el ansia de espacio del
barroco es el leonés Narciso Tomé, cabeza de la familia de arquitectos
decoradores de ese nombre. Es el autor del Transparente de la catedral de Toledo
(1721 (fig. 1838), que cantan sus admiradores contemporáneos como la octava
maravilla. Su hermoso retablo es de ricos mármoles y bronces, y está trazado en
perspectiva para fingir una profundidad que no existe. Para favorecer esa
perspectiva con un violentísimo efecto de luz, cala una de las bóvedas de la
giróla y labra sobre ella una enorme linterna, donde la parte superior del
retablo se hace escultura para terminar fundiéndose en una gloria de pintura.
Sumido en la media sombra del templo gótico, el efecto teatral y deslumbrante
típicamente barroco del Transparente señala una de las metas alcanzadas por el
estilo.
(fig. 1838) Transparente de la catedral de Toledo
A Tomé se debe también el retablo
mayor de la catedral de León, hoy en las Capuchinas de esta población. En unión
de sus hijos decora la fachada de la Universidad de Valladolid, obra de Fray
Pedro de la Visitación (1715).
LOS ARQUITECTOS CORTESANOS
EXTRANJEROS DEL SIGLO XVIII: JUVARA, SACCHETTI, BONAVÍA Y CARLIER. VENTURA
RODRÍGUEZ
. —Paralelamente a la
arquitectura barroca nacional, que se mantiene pujante en casi toda la Península
durante el siglo XVIII, trabaja en la corte, al servicio de la nueva dinastía
borbónica, un grupo de arquitectos extranjeros, en su mayoría italianos,
enemigos decididos de las exuberancias decorativas españolas. Sus empresas
principales son los nuevos palacios reales, aunque también ejecutan algunos
templos. No obstante su parquedad decorativa y su respeto a los cánones
clásicos, que los convierten en los patrocinadores del neoclasicismo español, a
ellos se deben las únicas plantas verdaderamente barrocas de tipo borrominesco
creadas en España.
El incendio de 1734, que destruye
el viejo Alcázar de los Austrias, obliga a levantar un nuevo palacio, y para
construirlo se acude a Juvara (muerte 1736), el arquitecto italiano que, como
queda dicho más se ha distinguido como constructor de palacios, y que con su
moderación casi clásica representa la antítesis del estilo de Pedro de Ribera.
Pero muerto poco después, sólo tiene tiempo de trazar un enorme edificio de
planta cuadrada, de cerca de medio kilómetro de lado, con numerosos patios y
coronado por una balaustrada rematada en estatuas. De proporciones muy
apaisadas, al gusto francés, al morir Juvara y encomendarse las obras a su
discípulo Juan B. Sacchetti (muerte 1764), el edificio gana en altura lo que
pierde en superficie, con la consiguiente multiplicación de las plantas. El
palacio adquiere así proporciones italianas (fig. 1639). Se completa con cuatro
cuerpos salientes a manera de torreones en los ángulos y otros en los centros, y
los múltiples patios de Juvara se reducen a uno grande central. La ordenación de
la fachada responde al modelo del palacio Madama, de Turín, ya citado.
(fig. 1839) Antiguo alcázar de los Austrias reconstruido en
Palacio Real de Madrid
Comenzado con anterioridad el de
La Granja (1721), según las trazas del madrileño Teodoro Ardemans (muerte 1726),
se concede en él gran importancia al templo, que, como en El Escorial, se coloca
en el centro y se remata con chapiteles bulbosos desconocidos hasta entonces en
España. Su gran fachada, obra ya de Juvara, es de grandes pilastras y columnas
de orden gigantesco que arrancando de tierra recorren las dos plantas del
edificio. Frente a ella se extiende el gran jardín de estilo francés debido a
Renato Carlier, en cuyo trazado geométrico aparecen distribuidas numerosas
fuentes, abundantemente surtidas de agua por el estanque situado en la montaña
vecina.
El palacio de Aranjuez es, bajo
Felipe V y sus hijos, objeto de tan grandes ampliaciones, que puede considerarse
obra de esta época, aunque se procura ajustarse en cierto modo al estilo del
edificio, construido por Felipe II. Dirige las obras principalmente el italiano
Santiago Bonavía (1760), si bien las largas alas laterales (1775), ligeramente
oblicuas para fingir una mayor profundidad son obra de Sabatini, el arquitecto
de Carlos III. Pero Aranjuez no es sólo el Palacio, sino un pueblo construido
para su servicio, con una gran plaza con la capilla de San Antonio (fig. 1840)
al fondo, y un dilatadísimo parque, que tiene su origen en el siglo XVI, y donde
se levantan más tarde bellos palacetes de estilo neoclásico.
(fig. 1840) Palacio de Aranjuez
La decoración y amueblamiento del
gran palacio de Madrid, que comienza hacia 1760, y de los restantes palacios
reales, obliga a crear varias industrias de lujo, que quedan, según norma
corriente del despotismo ilustrado, bajo el patronato real. Carlos III, al venir
de Nápoles (1759), traslada a Madrid su fábrica de porcelana de Portici y la
establece en los jardines del palacio del Buen Retiro, bajo la dirección del
italiano Gricci. Allí no sólo se labran jarrones y grupos decorativos, sino las
placas y relieves de temas chinescos con que se revisten las salas de porcelana
de los palacios de Madrid (1765) y Aranjuez (1760), ambas con rocalla. En La
Granja se instala la Fábrica de Vidrio (1734), donde se labran los innumerables
espejos y arañas necesarios para los palacios reales, y en el Buen Retiro de
Madrid (1721) la Fábrica de Tapices para las sedas y tapices. El salón Gasparini
es una de las piezas más bellamente decoradas de Palacio.
Estos arquitectos extranjeros no
se limitan a construir palacios. El gran innovador de la arquitectura religiosa
es Bonavía, quien en la iglesia pontificia de San Miguel (1739 (fig. 1841) deja
ver sus entusiasmos borrominescos en su fachada convexa, su capilla mayor de
curva indefinida, sus pilastras dispuestas oblicuamente, sus arcos fajones
cruzados, sus cúpulas ovaladas de sección en arco carpanel y sus caprichosas
claraboyas treboladas. Análogo deseo de novedades y de movimiento inspira a su
capilla de San Antonio de Aranjuez.
(fig. 1841) Iglesia pontificia de San Miguel. Madrid
En las Salesas Reales (1750 (fig.
1842), obra del francés Francisco Carlier (muerte 1760), la fundación religiosa
real más importante, esos deseos de novedad y de movimiento borrominesco se
atemperan notablemente. A él se debe además la iglesia del Pardo.
(fig. 1842) Salesas Reales
Ventura Rodríguez (muerte 1785),
formado con los maestros de los palacios reales y profesor de Arquitectura de la
Academia de San Fernando, es el primer arquitecto español que se adhiere al
neoclasicismo, llegando a ser considerado como el restaurador de la arquitectura
española. Su formación, sin embargo, es barroca, y a él se debe nuestro templo
más típicamente borrominesco; por eso, aunque suele ser incluido en el período
neoclásico, dado el carácter barroco italianizante de la mayor parte de su obra,
es preferible estudiarlo en este lugar.
La iglesia de San Marcos (1749),
construida para conmemorar la batalla de Almansa, y que no tiene más precedente
entre nosotros que la de San Justo y Pastor, describe en su planta una serie de
no menos de cinco elipses y un arco carpanel, con el consiguiente movimiento de
muros y pilastras (fig. 1843).
(fig. 1843) Iglesia de San Marcos. Madrid
Análogo sentir barroco inspira
las bóvedas elipsoidales y las claraboyas treboladas de la capilla de la Virgen
del Pilar (1750), de Zaragoza. El clasicismo de Ventura Rodríguez se manifiesta,
en cambio, en el revestimiento con que reemplaza, en 1753, la decoración barroca
del interior del templo. Ese ideal neoclásico se intensifica en la iglesia de
los Filipinos, de Valladolid (1760), de planta circular, y en la fachada de la
catedral de Pamplona (1783 (fig. 1844).
(fig. 1844) Fachada de la catedral de Pamplona
Ventura Rodríguez proyecta además
numerosos monumentos que, por unas razones o por otras, no llega a ejecutar,
pero de los que conservamos los planos. De gran belleza y originalidad son los
del Santuario de Covadonga (1780), cuya construcción se suspende apenas
comenzada. Los de San Francisco el Grande, de Madrid, revelan el gran empeño
puesto en esta obra, que hubiera sido la suya más importante, pero que es
encomendada al lego franciscano Francisco Cabezas (muerte 1773), a quien se debe
el templo circular existente, cubierto por enorme bóveda de treinta y tres
metros de diámetro. De sus obras civiles, la más importante, aunque no
íntegramente suya, es el palacio de Liria (1770), donde se siguen las normas del
palacio barroco italiano.
Buen ejemplo del mismo barroco
clasicista, cultivado por Ventura Rodríguez bajo el patrocinio de la Academia de
San Fernando, es la fachada de la catedral de Lugo, construida por Julián
Sánchez Bort (muerte 1784).
Además de los arquitectos
extranjeros anteriores establecidos en la corte, deben quedar citados aquí otros
que dejan obras en otras partes del país; en primer lugar, todavía dentro del
siglo XVII, los italianos Juan Bautista Contini y Carlos Fontana. Contini es el
autor de la torre de la Seo de Zaragoza (1683 (fig. 1845), coronada por chapitel
de tipo estrangulado, como, al parecer, no se emplea en Castilla hasta la
centuria siguiente.
(fig. 1845) Torre de la Seo de Zaragoza
Fontana, da las trazas del
Colegio de Loyola (1684), cerca de Azpeitia, de planta circular. Al alemán
Conrado Rodulfo se debe la portada de la catedral de Valencia (1703), que en la
convexidad de su calle central delata una intensa influencia borrominesca que
emplean los arquitectos cortesanos sólo varias décadas más tarde.
ANDALUCÍA: ACERO, LOS FIGUEROA Y
HURTADO IZQUIERDO
. —En Andalucía se construye la
última gran catedral española. Centralizado en Cádiz el comercio de Indias, se
hace necesario reemplazar el viejo templo por otro a tono con la riqueza
creciente de la ciudad. Se comenzó en 1729, y el artista elegido es Vicente
Acero, quien, al trazarlo , conocedor de la tradición renacentista española,
elige por modelo la catedral de Granada, tomando de ella la capilla mayor
circular y, simplificándola, la organización de los pilares, aunque, como hijo
de su siglo, procura mover la fachada principal siguiendo las normas
borrominescas. Por desgracia, no llegan a ejecutarse las torres por él
concebidas, y la fachada sólo en parte responde a su traza (fig. 1846).
(fig. 1846) Catedral de Cádiz
En Sevilla, el estilo barroco
produce ya en el siglo XVII obras de cierto interés. La iglesia del Sagrario
(1618), de Miguel de Zumárraga, de hermosas proporciones, revela en su cubierta
de bóvedas váidas y en las tribunas sobre las capillas cómo su autor se inspira
en la iglesia renacentista del Hospital de Fernán Ruiz. Desde el punto de vista
decorativo, son jalones principales las yeserías de los interiores de San
Buenaventura y de Santa María la Blanca.
Pero cuando la escuela crea sus
obras más representativas es a fines de siglo. Los materiales preferidos son el
ladrillo en limpio, los paramentos enlucidos y avitolados y el policromo barro
vidriado. Leonardo de Figueroa es el autor de la iglesia de San Pablo (1691),
donde el movimiento ondulante de la columna salomónica alcanza al anillo de la
cúpula principal, y de la de San Luis (1699) de planta de cruz griega. La cúpula
de ésta, también con anillo ondulado, ofrece una de las más bellas e importantes
decoraciones pictóricas del tipo del P. Pozzo que poseemos en España. Pero su
obra más conocida es el Colegio de San Telmo (1722 (fig. 1847), cuya gran
portada de piedra es la creación más monumental de la escuela.
(fig. 1847) Colegio de San Telmo
Antonio Matías de Figueroa
(muerte 1792), que gusta de incurvar las molduras de las portadas con
característico ritmo dieciochesco, crea en la iglesia de Palma del Condado
(1780) otra de las obras más típicas de la escuela; su portada de ladrillo en
limpio es de gran finura de ejecución, y su esbelta torre encalada realza sus
líneas con azulejos.
La arquitectura civil cuenta con
la Fábrica de Tabacos (1750), uno de los edificios dedicados a la industria más
amplios y bien pensados de esta centuria. Es obra del holandés Van der Beer, y
al presente está siendo transformada para adaptarla a Universidad. Mucho más
representativas del estilo dieciochesco de la escuela son, en cambio, las
numerosas casas conservadas en los grandes pueblos de la comarca. Entre las de
Ecija, la del marqués de Peñaflor se distingue por su balcón corrido, su gran
alero, su patio y sus caballerizas. La del conde de la Gomera, de Osuna, tiene
cornisa rizada de cierto aire hispanoamericano y torreón con mirador.
Personalidad de primera fila
dentro de la arquitectura barroca andaluza, aún no bien conocida, es Francisco
Hurtado Izquierdo (muerte 1725), maestro mayor de la catedral de Córdoba, pero
que deja sus principales obras en Granada. En ella traza el Sagrario (1705) de
planta de cruz griega, con gran cúpula y muy sobria decoración, y, al parecer,
la sacristía de la Cartuja (1730-1742), donde, en cambio, la decoración barroca
posterior a su muerte crea una de sus obras maestras. Flanqueada por especie de
estípites, las molduras mixtilíneas recubren íntegramente sus bóvedas y muros,
con modelos siempre diversos. Completan la riqueza decorativa del deslumbrante
interior lujoso zócalo de mármol de Lanjarón y cajoneras de maderas ricas,
concha, marfil y plata primorosamente labradas por fray José Manuel Vázquez.
Obras anteriores y seguras de Hurtado son, en cambio, el tabernáculo de mármol
de la misma cartuja, cuyas bóvedas gallonadas de intradós pendiente marcan una
meta en el barroquismo de nuestra arquitectura, y el Sagrario de la Cartuja del
Paular.
Los otros dos maestros
principales que trabajan en el reino granadino son José Bada, que emplea
estípites en el antiguo trascoro de la catedral, traza la iglesia de San Juan de
Dios y alguien piensa que la Sacristía de la Cartuja, y Gaspar Cayón, que
interviene en la rica portada de la catedral de Guadix.
GALICIA: ANDRADE, CASAS NÓVOA,
SIMÓN RODRÍGUEZ Y SARELA. LEVANTE
. —Fundamentalmente dieciochesca,
una de las escuelas barrocas de mayor personalidad es la gallega, que, como la
madrileña, emplea con frecuencia el granito. Pueden distinguirse en ella dos
etapas. Con anterioridad a 1740, se caracteriza por el deseo de crear edificios
de elegantes proporciones, por sus soportes de tradición clásica y por su
decoración plenamente subordinada al conjunto arquitectónico. El fundador de la
escuela es el santiagués Domingo Antonio Andrade (muerte 1712), autor de un
libro sobre arquitectura y a quien se debe la Torre del Reloj de la catedral de
Santiago. El cubo, recorrido por una serie de pilastras que hacen sus
proporciones más esbeltas, y el campanario, con sus linternas laterales y su
bella decoración, forman un conjunto elegante y rico, sin recargamiento.
Pero el gran maestro de la
arquitectura compostelana es Fernando Casas Nóvoa (muerte 1751), formado en las
enseñanzas de Andrade. A él se debe la espléndida fachada del Obradoiro (1738 (fig.
1848), que se antepone al viejo templo románico, y que es, probablemente, la
creación más grandiosa del barroco peninsular, dotada de un movimiento
ascendente casi gótico. Perfil de fachada de gran catedral gótica es, en efecto,
el de sus cinco agudos piñones decrecientes, que, como otras tantas flechas,
lanzan nuestra mirada al cielo, y a ese mismo anhelo de altura responde el
movimiento de las columnas que, cual camino de luz y sombra, la recorren en toda
su altura. Tras la espléndida fachada, falsa como una decoración de teatro, se
levantan los ricos campanarios suspendidos en el aire por el ímpetu ascendente
de los cubos, mientras la monumental escalera sirve de magnífico pedestal al
maravilloso conjunto, preparándonos con sus líneas oblicuas par a gozar de la
teatral escenografía.
(fig. 1848) Fachada del Obradoiro
A Casas se deben, además, el
retablo mayor del templo y la fachada de la iglesia de Villanueva de Lorenzana.
Los sucesores de Casas Nóvoa
carecen de su talento y de su sentido de la medida y de la elegancia. Deseosos
de crear un estilo nuevo, es a veces la extravagancia uno de sus rasgos más
acusados. En quien más se acusa la tendencia es en Simón Rodríguez, quien,
siguiendo la misma ruta anticlásica que Alonso Cano, se esfuerza en crear
intensos efectos de claroscuro, renunciando radicalmente a la decoración vegetal
y se entregan en brazos de sencillas pilastras, placas recortadas, óvalos y
discos lisos, que hacen pensar en una obra de marquetería gigantesca. En su
fachada de Santa Clara, los elementos decorativos se simplifican de tal forma y
adquieren tales proporciones, que se diría concebida por un cubista. Aunque
mucho menos extremado, a esta misma tendencia pertenece Ferro Caaveiro, autor
del Ayuntamiento de Lugo (1736), y Fernández Sarela, cuya obra principal es el
Cabildo santiagués (1758). Pero esta segunda etapa de la arquitectura barroca
compostelana termina de una manera dramática cuando, encargado Sarela de la obra
de la puerta de la Azabachería de la catedral, trazada por Ventura Rodríguez, al
permitirse ciertas libertades barrocas en la interpretación de los planos, es
destituido fulminantemente por la Academia de San Fernando, baluarte ya del
neoclasicismo triunfante. A Sarela se debe, además, la Puerta del Deán.
Al lado de estas grandes escuelas
no faltan en otras regiones arquitectos de valía mal conocidos o grupos de obras
que revelan la existencia de otras tantas escuelas menores. Este último es el
caso, por ejemplo, de una curiosa serie de iglesias y capillas aragonesas,
cubiertas con bóvedas revestidas por ricas yeserías, en las que el lazo morisco
rectilíneo y curvo es elemento decorativo predominante, delatándonos la
supervivencia del mudejarismo, siempre tan vigoroso en Aragón. El monumento
principal es la iglesia de San Ildefonso, de Zaragoza, pero deben recordarse
además las cúpulas de la Seo, y de las Iglesias de Calatayud y Maluenda.
En Murcia trabajan el anónimo
autor de la portada con estípites de la Santa Cruz de Caravaca (1722); Jaime
Bort, a quien se debe la fachada de la catedral de Murcia (1737), sin duda una
de las obras más monumentales de nuestra arquitectura , y el italiano Baltasar
Canestro, autor del bello Palacio Episcopal (1748) de la misma ciudad.
En Valencia, J. B. Viñes levanta
a fines del siglo XVII la esbelta torre octogonal de Santa Catalina (1688),
decorada con columnas salomónicas; pero la obra de verdadero relieve, dentro de
la arquitectura barroca española, es la casa del marqués de Dos Aguas (1740 (fig.
1849), debida al pintor Rovira, quien, como Churriguera en la Academia de San
Fernando, labra unos grandes peñascos en el zócalo.
(fig. 1849) Casa del marqués de Dos Aguas
En Mallorca, inspirándose el
barroco en las viejas casas góticas de patios con amplísimos arcos rebajados
crea un nuevo tipo de casa típicamente mallorquína, entre cuyos principales
ejemplares figura el Palacio Morell (1763), obra de Gaspar Palmer.
MÉJICO: LORENZO RODRÍGUEZ Y
GUERRERO Y TORRES. PUEBLA
. —El barroco español no se
limita al ámbito peninsular. España, hasta principios del siglo XIX, se extiende
al otro lado del Atlántico por casi toda América, y aún comprende en los
confines de Asia las Islas Filipinas. Pobladas estas dilatadas tierras en su
mayor parte por mestizos e indígenas que paulatinamente se han incorporado a la
civilización europea, esta enorme masa de sangre no española que se mezcla con
la de los conquistadores deja sentir ya en la época barroca, y en proporciones
notables, su presencia en la interpretación del nuevo estilo.
Aunque produce monumentos de
primer orden durante el siglo XVII, la arquitectura barroca mejicana es, sobre
todo, dieciochesca. Comienza a gustar del arco poligonal en el siglo XVII, y
manifiesta en la centuria siguiente un entusiasmo sin igual en ninguna otra
arquitectura moderna europea por los arcos y claraboyas mixtilíneas, cuyos
precedentes más inmediatos son los hispanoárabes y góticos de fines del siglo XV.
En cuanto al conjunto del templo, el rasgo más característico es el
abundantísimo empleo de la cúpula sobre tambor octogonal, con frecuencia con
rica decoración de cerámica vidriada en la bóveda. Las torres son de
esbeltísimas proporciones.
Entre las varias escuelas que
pueden distinguirse en la antigua Nueva España, que, además del actual Méjico,
comprende todo el oeste de los Estados Unidos, la más importante es,
probablemente, la de la capital, cuyos monumentos suelen distinguirse por la
sobria policromía de su piedra clara de Chiluca y la volcánica oscura o rojiza
del tezontle. Al primer tercio del siglo pertenece el arquitecto Pedro de
Arrieta (muerte 1738), maestro formado todavía en el estilo seiscentista, autor
de la basílica de Guadalupe, de planta rectangular, como el Pilar de Zaragoza,
con una torre octogonal en cada ángulo. Los arcos de sus puertas son
semioctogonales (fig. 1850).
(fig. 1850) Basílica de Guadalupe
Introducido el estípite riberesco
por Balbás en el retablo de la capilla de los Reyes (1718), al emplearlo el
granadino Lorenzo Rodríguez (muerte 1774) en las fachadas del Sagrario (1749),
lo hace arraigar en la Nueva España con más fuerza que en su patria original.
Sus riquísimas portadas, cubiertas de estípites, destacan sobre el tezontle
oscuro del muro, que, como consecuencia de un proceso típicamente mejicano, más
que soporte es ya un cerramiento, y puede así rematar en una caprichosa moldura
mixtilínea, en la que ha desaparecido todo recuerdo clásico. A Lorenzo Rodríguez
se atribuyen las dos fachadas de la Trinidad y San Martín de Tepozotlán, de no
menor riqueza que las del Sagrario. Arquitecto de estos mismos años y autor de
otra hermosa obra de la arquitectura hispanoamericana es Diego Duran. Su
espléndida iglesia del pueblecito minero de Tasco nos ofrece otra faceta del
barroco mejicano dieciochesco, casi tan rica como la de Rodríguez y de no menor
personalidad. Guerrero y Torres (muerte 1792), la última gran figura de la
escuela, representa dentro del estilo una cierta reacción. Al menos renuncia al
monstruoso estípite y, pese a sus trazas generales barrocas, reentroniza la
columna en su hermosa portada de la Enseñanza (1778), último eslabón de la
brillante serie de las de la ciudad. Aunque inspirándose en una planta romana,
crea en la capilla del Pocito (1777) una de las obras más típicas de la
arquitectura mejicana. Emplea en su fachada el arco mixtilíneo y la claraboya en
el último momento de su evolución, y cubre el edificio con una bella serie de
bóvedas revestidas de azulejo. La casa mejicana, que a lo largo del siglo ha
venido definiendo cada vez más sus caracteres propios, encuentra también en
Guerrero uno de sus principales creadores. A él se debe la del conde de San
Mateo y la llamada de Iturbide. De autor desconocido es la Casa de Azulejos.
Puebla es sede de otra de las
escuelas de mayor personalidad de la Nueva España. Durante el siglo XVII da vida
a varios talleres de yeseros que crearon decoraciones interiores tan ricas como
la de Santo Domingo de Oaxaca, y tan originales, ya en fines del siglo, como la
de la capilla del Rosario, de Santo Domingo de Puebla (1690). En la centuria
siguiente los interiores de los templos poblanos llegan a extremos de
recargamiento no superados. Pero los decoradores poblanos no se contentan con
esas policromías interiores, sino que recubren las fachadas de sus casas y
templos con ladrillos rojizos puestos de plano alternando con azulejo. Más
tarde, esos pequeños azulejos u holambrillas se convierten en amplios tableros
con escenas, todo ello fabricado en la misma Puebla, la patria americana de la
cerámica vidriada. Típicas creaciones de la escuela poblana son el Santurio de
Ocotlán, donde, sin embargo, el azulejo no se emplea; San Francisco y Guadalupe,
de Puebla, decorada con grandes tableros de azulejo, y San Francisco Acatepec,
de Cholula, en la que el azulejo cubre totalmente la portada, revistiendo
incluso columnas y estípites. En las casas, a la policroma decoración del tipo
citado se agregan los tejaroces, que desempeñan papel de primer orden en el
conjunto.
Las grandes fachadas con
estípites no se limitan a las de la capital. El estilo de Lorenzo Rodríguez se
extiende tan rápidamente por la región de Guanajuato y se construyen en sus
principales poblaciones tantas y de tales proporciones, que no ceden en riqueza
a las de la capital y comarca. Las fabulosas riquezas hechas rápidamente en las
minas no tardan en reflejarse en monumentos como los de Guanajuato y de las
bocaminas de sus alrededores. Incluso en pequeños pueblos agrícolas como Dolores
se labran lujosísimas fachadas cuajadas de estípites.
En realidad, casi todas las
grandes poblaciones de la Nueva España son sede de una escuela barroca con
caracteres propios. Salvo la de Michoacán, que se distingue por su sobriedad y
dota a su catedral de dos majestuosísimas torres, todas tienen por denominador
común la riqueza. Fachada de primer orden, no superada en riqueza decorativa por
ninguna otra, es la de la catedral de la famosa ciudad minera de Zacatecas,
donde el estilo del follaje es de clara inspiración indígena. En Potosí, la obra
maestra de la escuela es el Carmen (1749), e igualmente ricas son las catedrales
de Saltillo, Chihuahua, etc. Querétaro alcanza una de las metas del barroco
mejicano por el capricho de sus arcos mixtilíneos. En Oaxaca, los terremotos
hacen que los edificios pierdan la elegancia típica del barroco de Nueva España.
Aunque de rango artístico más
modesto, las misiones franciscanas establecidas al norte de la actual frontera
mejicana dejan dos interesantes series de monumentos. En Nuevo Méjico, en el
siglo XVII, emplean un tipo de iglesia de gruesas paredes, generalmente de
tapial o adobe, dispuestas en talud y cubiertas por rollizos con los extremos
salientes por las fachadas laterales.
Las misiones de California,
fundadas por los PP. Junípero Serra y Lasuén, que se escalonan desde San Diego
(1769), al Sur, hasta la actual San Francisco, son construcciones mucho más
amplias, que, además del templo, eco muy apagado de los mejicanos coetáneos,
tienen un gran patio, con salones para graneros, almacenes, carpintería,
herrería, en suma, todas las dependencias necesarias para la educación de la
población indígena y la explotación agrícola, cuyo centro es la Misión.
AMÉRICA CENTRAL Y MERIDIONAL
. —En América central —la vieja
Capitanía General de Guatemala—, la ciudad que crea el estilo es la Antigua
Guatemala, o simplemente Antigua. Muy influido por el de la Nueva España, los
intensísimos y frecuentes terremotos que arruinan la ciudad en repetidas
ocasiones hacen que el esbelto canon mejicano desaparezca y las torres apenas
superen la altura de la fachada. Los edificios son achaparrados y sus muros
gruesísimos. Después de la fachada de la catedral, de sobriedad casi herreriana,
el barroco seiscentista cubre ya de rica decoración la iglesia de la Merced. En
el siglo XVIII, el estípite, que adopta formas propias en Guatemala, es el tema
constante de las portadas. Monumentos representativos son Santa Rosa y San José,
de Antigua, y los principales maestros, Porres, probable autor del Santuario de
Equipulas, con una torre en cada ángulo y gran cúpula central, y José M.
Ramírez, que lo es de la Universidad de Antigua.
En Cuba, la nota más destacada de
su arquitectura barroca es el arraigo del mudejarismo, que da lugar a un tipo de
iglesia, al parecer de influencia canaria, con artesón en que se multiplican los
canes decorativos. Se prefieren los artesones pequeños y múltiples a las
armaduras muy prolongadas, como puede observarse en las iglesias de Guanabacoa.
Hacia 1770, la construcción de los Palacios de Gobierno, hoy Ayuntamiento, y de
Correos, hoy Tribunal Supremo, introduce un estilo, tal vez de ascendencia
gaditana, de movidas molduras, pero sin decoración vegetal. La fachada más
barroca es la de los jesuitas, hoy catedral, cuyo interior se cubre de bóveda de
crucería de madera, por desgracia destruida recientemente. En estos años se
forma la casa barroca cubana de patio, entresuelo, portadas de encuadramiento
mixtilíneo, grandes balcones de madera y ricas armaduras moriscas.
En Colombia y Venezuela, los
arquitectos de los siglos XVII y XVIII siguen aferrados a las armaduras
moriscas. En la primera son característicos los interiores decorados con grandes
temas florales, como las iglesias de Tunja y de Santa Clara, de Bogotá. Tal vez
lo más típico del barroco venezolano sean sus casas de una planta con ricos
arcos mixtilíneos de menuda traza y columnas bulbosas.
En el Ecuador, donde el
mudejarismo tan hermosas armaduras produce durante el siglo XVI, se cubren la
bóveda y los muros de la Compañía con ornamentación geométrica de lazo. La
fachada es de columnas salomónicas de tipo berninesco. De mayor trascendencia es
el alternar de arcos de dos tamaños del claustro de San Agustín, primer paso de
la evolución que se continúa en el Perú.
En este país, como tierra más
castigada por los terremotos que Méjico, los edificios barrocos carecen de las
elegantes proporciones de los de allí, y las torres, por lo común, son de más
escasa altura. En cuanto a las características generales del estilo, mientras el
de Nueva España adquiere sus formas barrocas definitivas en el siglo XVIII, aquí
conserva, incluso en esta centuria, un cierto aire seiscentista. La portada de
la catedral de Lima, obra de Martínez Arrona y de P. Noguera, inspirada en
retablos sevillanos de principios del XVII, ejerce influencia decisiva, y la
columna salomónica se emplea en otras posteriores con insistencia tal, que llega
a convertirse en una de las características del barroco peruano.
En el amplio virreinato peruano
se forman varias escuelas, y como es lógico, la limeña es la creadora del estilo
más difundido. La fachada de San Francisco (1624) ofrece ya los elementos que
después serán más constantes: el paramento almohadillado de gran tamaño, el
frontón roto de brazos enhiestos muy poco curvos y la gran claraboya ovalada. En
el siglo XVIII, en la Merced, a esos elementos se agregan la columna salomónica
y la hornacina; en San Agustín todas esas características se intensifican, y la
columna salomónica y la claraboya adquieren extraordinario énfasis. Por otra
parte, en los conventos limeños, y en los peruanos en general, contra lo que
sucede en Méjico, se concede particular atención a los claustros. En ellos se
sacan las consecuencias del esquema de arcos alternados de dos tamaños de San
Agustín, de Quito. En el de San Francisco, los arcos menores se macizan para
abrir después en ellos grandes claraboyas ovaladas, y todo el paramento es
almohadillado. La arquitectura barroca limeña, siguiendo modelos medievales
peninsulares, crea un bello tipo de fachada en que los volados balcones
cubiertos de celosías de maderas duras son el elemento más rico y
característico. La Casa de Torre Tagle (fig. 1851), hoy Ministerio de Asuntos
Exteriores, sin duda el ejemplar más lujoso de casa limeña, tiene, además, un
bello patio, donde el sistema de arcos alternados de diversos tamaños, propio de
los claustros conventuales, alcanza en su trazado mixtilíneo y en sus
contracurvas la última etapa de su evolución.
(fig. 1851) Casa de Torre Tagle
En el Cuzco, como consecuencia
del terremoto de 1650, se forma una escuela que labra numerosas portadas como la
de la catedral y de la Compañía y templos como el de San Sebastián, y extiende
su influencia a la región del lago Titicaca o del Collao: iglesias de Ayaviri y
Tampa. En el siglo XVIII la prosperidad de esta última comarca da vida a una
escuela propia, cuyo rasgo más acusado es su riquísima decoración de mano
indígena labrada a bisel. Sirvan de ejemplo las iglesias de Pomata y Juli.
También se distingue por su rica decoración plana de labor indígena la escuela
de Arequipa, la ciudad del Sur, situada en la ruta del mar a las tierras del
Collao. Se crea a fines del siglo XVII, fecha a que corresponde la fachada de la
Compañía, pero sus monumentos más numerosos son ya de la centuria siguiente,
entre los que figura la iglesia de Yanahuara (fig. 1852).
(fig. 1852) Iglesia de Yanahuara
En Bolivia, la decoración
arquitectónica es de tipo análogo a la del Collao, siendo una de las obras
principales la portada de San Lorenzo de Potosí (fig. 1853). Por la originalidad
de la organización de su patio debe recordarse, además, la Casa de Diez de
Medina.
(fig. 1853) San Lorenzo de Potosí
En la Argentina, la arquitectura
barroca dieciochesca se encuentra principalmente en manos de los jesuitas
italianos Primoli y Bianchi, cuyo nombre es españolizado en Blanqui. Debido a
ello, aunque la catedral de Córdoba con su cúpula flanqueada por cuatro
torrecillas, como las románicas leonesas, es de acusado acento español, los
monumentos de primera mitad del siglo en que ellos intervienen son da un barroco
muy comedido. A Blanqui sé deben, entre otros, los templos de San Francisco y la
Merced, de Buenos Aires. Obras también interesantes de este período barroco son
las Casas del Cabildo, de Buenos Aires y otras poblaciones.
PORTUGAL Y BRASIL
. —El barroquismo portugués se
hace ya sensible en San Benito, de Oporto, obra de Diego Marqués. Pero, lo mismo
que en España, la decoración no tarda en invadirlo todo, llegando a su plenitud
en el siglo XVIII. Aunque no faltan monumentos importantes en todo el país, la
región más rica es la septentrional, y en particular la ciudad de Oporto, donde
en esta época se decoran con la mayor riqueza edificios medievales como San
Francisco y Santa Clara. Su principal arquitecto es el italiano Nicolás Nasoni,
autor de la iglesia de los Clérigos (1732), bastante cargada de decoración y,
sobre todo, con esbeltísima torre (1748 (fig. 1854), que, al decir de los
escritores portugueses, es para la ciudad lo que la Giralda para Sevilla.
(fig. 1854) Iglesia de los Clérigos
Entre las numerosas casas
portuguesas del siglo XVIII es de las más bellas, y de líneas más movidas, la de
San Lázaro, o del Mejicano, de Braga.
La arquitectura portuguesa, como
la española, tiene también un capítulo cortesano menos nacional debido a las
fabulosas riquezas que, llegadas del Brasil y de Oriente, convierten a Juan V
(1706-1750) en el monarca más rico y ostentoso de la Europa de su tiempo. Como
Felipe II hiciera en El Escorial, se hace construir en Mafra un enorme edificio
que es al mismo tiempo palacio y monasterio (fig. 1855). El monarca prefiere a
los planos de Juvara los del bávaro Ludwig, y el inmenso edificio, de
proporciones cuadradas, tiene, como el de El Escorial, la iglesia en el centro,
aunque en primer plano, y las múltiples dependencias ordenadas en torno a tres
grandes patios.
(fig. 1855) Palacio de Mafra
Discípulo de Ludwig es el
portugués Matheus Vicente, autor de la Basílica de la Estrella de Lisboa,
construida por orden de la reina, en la que es muy sensible la influencia de la
iglesia de Mafra.
En Brasil no faltan los
monumentos de los dos primeros siglos, algunos de líneas tan clásicas como los
claustros de San Francisco de Olinda y de San Francisco, de Bahía, pero el
apogeo de su arquitectura barroca, lo mismo que en Portugal, corresponde al
siglo XVIII. En la región de la costa la ciudad de Bahía levanta, entre otras
muchas, las iglesias del Pilar y del Rosario, y decora con riqueza el convento
de San Francisco ya citado, conociéndose gran importancia al azulejo. En Recife,
San Pedro es obra de Manuel Ferreira, y en Belem trabaja el italiano Landi,
autor de la catedral, del palacio de los gobernadores y de otros varios
edificios importantes. Río de Janeiro no tiene verdadera importancia
arquitectónica hasta la segunda mitad del siglo XVIII, lo que, unido a su
capitalidad, hace que se distinga por su estilo metropolitano. Recuérdense las
iglesias del Carmen y de San Francisco de Paula. El descubrimiento de oro y de
diamantes en la región de Minas Geraes da lugar a la construcción de una serie
de templos en los que termina creándose un estilo característico de la región.
Se distingue por el movimiento borrominesco de sus plantas, de curvas y
contracurvas. Se da a este estilo, al parecer no con toda propiedad, el nombre
de Aleijadinho —en castellano lisiadito—, por el apodo del escultor Antonio
Francisco Lisboa (muerte 1814), que interviene en uno de estos templos. La
ciudad más rica en monumentos de esta escuela es Ouro-Preto y el santuario de
ese nombre (fig. 1856), debiendo recordarse también Congonhas do Campo, cuyo
templo del Buen Jesús es el verdadero santuario de toda esta comarca minera.
(fig. 1856) Santuario de Ouro Preto
CAPÍTULO XXXIII
ESCULTURA BARROCA
ITALIA: BERNINI. OTROS MAESTROS
FRANCIA
ITALIA: BERNINI. OTROS MAESTROS
. —El deseo de movimiento del
barroco, cuyas consecuencias hemos visto en la arquitectura, llega a convertirse
también en una obsesión para los escultores. Miguel Ángel llega al último
extremo en la expresión del movimiento contenido en sí mismo, y ese sentido del
movimiento es el que heredan sus imitadores manieristas. Ahora el movimiento se
dispara hacia el exterior, y los miembros de las figuras y los ropajes se
desplazan hacia afuera. Los cuerpos rompen esos planos invisibles con que el
manierismo los tenía aprisionados, y se mueven con mayor naturalidad. En ese
ímpetu hacia afuera, en esa liberación, los ropajes adquieren personalidad que
nunca han tenido. Sus formas se hinchan, sus plegados se multiplican y
arremolinan, y como impulsado por un vendaval cuya fuerza crece a medida que
avanzan los años, el escultor atiende más al movimiento del paño mismo que a
subrayar con él las formas de la figura humana.
A la concepción puramente
escultórica del Renacimiento, de planos precisos y líneas vigorosas que parecen
palparse con la vista, sucede otra de carácter más pictórico que procura
representar más la apariencia que la realidad misma de la forma, y ya veremos
cómo en el deseo de fingir calidades, contrapone superficies pulidas a otras
someramente desbastadas.
Debido a ese movimiento hacia
afuera que inspira a la escultura barroca, ésta no suele concebirse para ser
vista aislada y delimitada en sí. Por lo general, necesita un marco en que ese
movimiento se continúe. Con frecuencia es escultura esencialmente decorativa y
forma parte de retablos, cuyas líneas acompañan sus actitudes.
Otra gran aspiración que rige en
las artes figurativas barrocas es el naturalismo de que se tratará al estudiar
la pintura de este período. Conviene, sin embargo, dejar consignado aquí, que,
como el barroco es estilo amigo de extremos, y gusta en su naturalismo de
interpretar expresiones particularmente exaltadas, es dado a interpretar los
transportes místicos, que no en vano el éxtasis es uno de los frutos más
abundantes de la Reforma católica.
Como todo el arte barroco, la
escultura, por último, es efectista y procura con frecuencia sorprender la
atención del que la contempla, sobre todo en el género funerario. Unas veces es
un esqueleto el que inesperadamente surge de una cortina para mostrarnos el
reloj de la vida, otras es el mismo difunto el que parece salir de su nicho o
medio se incorpora en su tumba.
Entre los últimos manieristas
miguelangelescos y el nuevo gran estilo del arte italiano, debe destacarse a
Esteban Maderno (muerte 1636), de la generación anterior al Bernini, que no duda
en representar a Santa Cecilia con el realismo típicamente barroco, tendida en
tierra con un gran corte en el cuello y el rostro vuelto lo mismo que aparece en
su sepulcro (fig. 1857)
(fig. 1857) Santa Cecilia
Veamos cómo los caracteres más
destacados de la escultura barroca aparecen plenamente definidos en el verdadero
creador del estilo. Si para explicar la arquitectura barroca italiana, Bernini
(muerte 1680) necesita el complemento de Borromini, él es, en cambio, el padre
indiscutible de la escultura barroca. Establecido en Roma, aunque napolitano de
nacimiento, es artista precoz, de gran fantasía y decisión, que no tarda en
crear el estilo que impondrá al resto de Europa.
Formado con su padre, colabora ya
con él en el Rapto de Proserpina (fig. 1858)
(fig. 1858) Rapto de Proserpina
Si recordamos que es tema análogo
al interpretado por el manierista Juan de Bolonia , se observará cómo se relaja
la composición, al mismo tiempo que el movimiento gana en intensidad. Pero donde
su estilo se manifiesta sin trabas es en el David (1619). El joven héroe que
imaginara Miguel Ángel derecho, concentrado en sí mismo, con la mirada fija en
el blanco, se convierte en sus manos en una figura de actitud violenta,
representada en el momento mismo en que va a lanzar la mortífera piedra (fig.
1859).
(fig. 1859) David
El modelado de su cuerpo delata
ya también al gran virtuoso del cincel. Ambos valores, movimiento expansivo y
finura de modelado, se acusan aún más en el famoso grupo de Apolo y Dafne (1621
(fig. 1860), que esculpe a los veintitrés años. Bernini ha elegido el momento
mismo del final de la persecución, cuando, al abrazar el dios a la ninfa, los
níveos brazos de ésta se hacen follaje y su blando cuerpo se recubre de duras
cortezas. Interpretado múltiples veces el poético tema de los rayos del sol y la
fuente por pintores y grabadores, nunca se ha representado como aquí lo leve del
cuerpo que corre ni el contraste entre el suave cutis de la ninfa y la seca y
quebradiza corteza del árbol.
(fig. 1860) Apolo y Dafne
Muchos años después, Bernini
vuelve a tratar otro tema del amor y crea la que será su obra maestra. Pero no
de amor pagano, sino de amor divino: El éxtasis de Santa Teresa (1644),
concebido como un cuadro (fig. 1861) a pesar de ser bulto redondo. Presenta a la
Santa suspendida en el espacio, desfallecida sobre un trono de nubes
horizontales y superficie rugosa, que al contacto con la superficie pulida de
los ropajes adquieren calidad vaporosa. El hábito de la Santa con sus grandes
plegados barrocos no acusa las formas del cuerpo. Lo único que de él vemos nos
dice del modo más patético que ese cuerpo no vive: el menudo pie desnudo
pendiente en el espacio, la mano entreabierta que aún apoya sobre el muslo, y,
sobre todo, el rostro con los ojos cerrados y la boca entreabierta. En contraste
con la Santa desfallecida, la fina túnica del ángel flamea y el rostro rebosa de
vida y alegría al lanzar el dorado dardo del amor divino en el alma cristiana
anonadada en presencia del Amado.
(fig. 1861) Éxtasis de Santa Teresa
Al final de su vida, en la Beata
Albertoni vuelve a tratar el tema del transporte místico en forma más sencilla,
pero con no menor intensidad.
El sentido teatral y efectista
del barroco inspira a Bernini otra serie de obras de primer orden. En el San
Longino (1638) ese movimiento expansivo tan propio del estilo, le hace extender
sus brazos en grandiosa actitud, que será ejemplar para sus sucesores.
Pero donde la grandiosidad, la
teatralidad y el efectismo del barroco escalan su máxima altura es en sus
monumentos funerarios. En el de Urbano VIII (fig. 1862) crea el gran sepulcro
barroco de ricos materiales. Preséntanos en él la estatua de bronce del
Pontífice, con el brazo en alto, en elevado pedestal, mientras a sus pies,
esculpidas en mármol, las figuras alegóricas de la Caridad y la Justicia se
apoyan en el sarcófago, del que se incorpora la Muerte para escribir en negra
lámina el nombre del difunto.
(fig. 1862) Sepulcro Urbano VIII
En el de Alejandro VII abandona
el recuerdo miguelangelesco del sarcófago e imagina una gran cortina que
levanta, de la manera más teatral y efectista, la Muerte, todavía medio oculta
entre sus plegados, para descubrirnos la puerta del sepulcro y mostrarnos el
reloj de arena que cuenta nuestros días. Cuatro grandes figuras alegóricas
femeninas de mármol blanco, perdidas entre el cortinaje de color oscuro, ocupan
los cuatro ángulos (fig. 1863).
(fig. 1863) Sepulcro Alejandro VII
Incluso sepulcros tan sencillos
como el de Fonseca, los concibe con sorprendente originalidad. De media figura y
lleno de vida, parece querer salir del nicho cuadrado en que se encuentra. En
realidad, el escultor se limita a ofrecernos un retrato, género éste en que deja
también la profunda huella de su excepcional talento artístico. Aunque monumento
de otra naturaleza, debe recordarse en este lugar la Cátedra de San Pedro,
conjunto apoteósico típicamente barroco. En el busto de Constanza Buonarelli y
en el del Cardenal Borghese, tan llenos de vida, puede advertirse no sólo cómo
el naturalismo propio del barroco encuentra en el retrato uno de sus géneros más
propios, sino también la mirada penetrante de retratista que distingue al
Bernini. En el tardío retrato de Luis XIV (1665 (fig. 1864) es, sin embargo, la
idea del movimiento lo decisivo en el aspecto general.
(fig. 1864) Retrato de Luis XIV
En la estatua de Constantino, del
Vaticano (1663 (fig. 1865), que puede considerarse un retrato ecuestre, rompe
con el patrón clásico y adopta el barroco del caballo apoyado sobre las patas
traseras.
(fig. 1865) Estatua ecuestre de Constantino
La Fuente del Tritón es un bello
ejemplo de cómo se funden en Bernini el arquitecto y el escultor (fig. 1866).
(fig. 1866) Fuente del Triton
La escultura barroca italiana
posterior al Bernini es, en realidad, de estilo berninesco, y, como en tiempos
del gran artista, sus principales cultivadores continúan establecidos en Roma.
Entre sus contemporáneos debe recordarse al flamenco Duquesnoy (muerte 1643),
que pasa gran parte de su vida en la Ciudad Eterna, y que, inspirado quizá más
por el barroquismo rubeniano que por el berninesco, esculpe el espléndido San
Andrés (1640) de San Pedro, cuya grandiosa actitud es hermana de la del San
Longino; Alejandro Algardi (muerte 1654), italiano de la misma generación del
Bernini, es su principal competidor. Formado en el manierismo se deja influir
por él, como se pone bien de manifiesto en el relieve de Atila y el Papa León
(1650), en San Pedro. Su busto de Olimpia Pamphui, aunque sin la vida
desbordante de los berninescos, es de un realismo netamente barroco. Entre los
cultivadores de la tradición berninesca durante el siglo XVIII, los dos nombres
más ilustres son Camilo Rusconi (muerte 1728) y Felipe della Valle (muerte
1770), que trabajan en Roma. En Palermo, Giacomo Serpotta (muerte 1732) se
distingue por su gran sentido decorativo.
FRANCIA
. —En la escultura barroca
francesa el género religioso pasa a último término, mientras los temas de
carácter mitológico y alegórico, más de acuerdo con el tono de las lujosas
construcciones reales y del parque de Versalles, ocupan el primer plano. Así
como en España e incluso en Italia continúa siendo la Iglesia el principal
cliente de los escultores, en la Francia barroca, siguiendo el proceso iniciado
en el siglo XVI, son el monarca y sus cortesanos quienes solicitan
principalmente sus obras. Dado este carácter profano, es natural que el retrato
encuentre especial favor y constituya uno de los capítulos más interesantes del
barroquismo francés, particularmente en forma de busto.
Los escultores barrocos franceses
trabajan preferentemente en mármol y en bronce, como los italianos, y su estilo
se encuentra intensamente influido por el de éstos. El más importante del siglo
XVII, Puget (muerte 1694), que vive en Marsella al margen del estilo oficial de
la corte, es una buena prueba de la profunda influencia berninesca en Francia.
Estudia en Italia y crea en el relieve de Alejandro y Diógenes una obra de
grandiosidad típicamente barroca, en la que la huella del Bernini es bien
patente. Esa misma grandiosidad es la que caracteriza al Milón de Trotona (fig.
1867), el tema clásico de dolor y de fuerza.
(fig. 1867) Milón de Crotona
Mientras Puget esculpe estas
obras inspiradas por un sano naturalismo barroco, los escultores de la corte,
bajo la dictadura del pintor Lebrun, director de la decoración de Versalles,
trabajan en un estilo hinchado y aparatoso. El más representativo es Francisco
Girardon (muerte 1715), autor de la gran estatua ecuestre de Luis XIV de la
plaza Vendóme, de París, destruida durante la Revolución. De él conservamos
grupos de carácter mitológico como el del Rapto de Proserpina y el de Apolo y
las ninfas, de Versalles, y el sepulcro del cardenal Richelieu, de la iglesia de
la Sorbona. Esculpido éste por Girardon siguiendo un boceto de Lebrun, presenta
al cardenal acompañado por las figuras alegóricas de la Religión y de la
Ciencia, con toda la teatralidad del estilo berninesco.
Antonio Coysevox (muerte 1720) es
el gran retratista en el que ese estilo adquiere gracia y elegancia francesas,
como demuestran, entre otros varios, el busto de Colbert (fig. 1868).
(fig. 1868) Busto de Colbert
Entre los retratos de tipo
mitológico merece recordarse el de María de Saboya, representada como Diana.
Cultiva también el género funerario en forma análoga a la de Girardon.
De los Coustou, discípulos de
Coysevox, lo más importante son los Caballos, del jardín de las Tullerías, obra
de Guillermo (fig. 1869).
(fig. 1869) Caballo de Marly
Bajo Luis XV, bien avanzado el
siglo XVIII, persiste el estilo de la gran escultura de los días del Rey Sol, y
los géneros en que se producen las creaciones más bellas y características son
el desnudo de tema mitológico y el retrato. Uno de los escultores más
representativos es Falconet (muerte 1791), cuyas estatuas del Amor y de bañistas
tienen toda la gracia y ligereza propia del rococó. Concebidas en pequeño,
participan del mismo espíritu que inspira a las porcelanas, que no en vano
termina siendo el artista director de la Fábrica de Sévres.
El neoclasicismo gana terreno en
los principales escultores del último tercio del siglo que mueren ya en la
centuria siguiente. Figura entre ellos Pajou (muerte 1809), cuyas obras más
atractivas son, sin embargo, las animadas por el espíritu de la corte de Luis XV,
como lo prueban su Psique y el retrato de busto de la Du Barry, del Louvre. J.
A. Houdon (muerte 1828) esculpe la Diana, del mismo museo, uno de los desnudos
más elegantes y que mejor expresan el movimiento de la carrera en la escultura
francesa. Pero su labor más valiosa es la numerosa serie de bustos en que nos
descubre su sano sentido naturalista y sus dotes extraordinarias para sentir y
expresar la vida de sus retratados, que son casi todos los hombres célebres de
su tiempo. Por la vida rebosante de su expresión merece recordarse especialmente
el de Voltaire, en cuyo rostro brilla en forma admirable la sonrisa burlona del
viejo enciclopedista (fig. 1870).
(fig. 1870) Voltaire
CAPÍTULO XXXIV
ESCULTURA BARROCA
ESPAÑOLA
VALLADOLID: GREGORIO FERNÁNDEZ
SEVILLA: MARTÍNEZ MONTAÑÉS. JUAN
DE MESA
FELIPE DE RIVAS Y JOSÉ DE ARCE
PEDRO ROLDAN, RUIZ GIJÓN, LA
ROLDANA Y DUQUE CORNEJO
GRANADA: ALONSO CANO
PEDRO DE MENA Y JOSÉ DE MORA
MADRID
EL SIGLO XVIII. MURCIA: FRANCISCO
SALZILLO
MADRID: LOS ESCULTORES DE LA
ACADEMIA DE SAN FERNANDO. —PORTUGAL
VALLADOLID: GREGORIO FERNÁNDEZ
. —La escultura barroca española
del siglo XVII continúa empleando la madera con carácter aún más exclusivo que
la renacentista y, como ella, también la continúa policromando. En realidad, el
casi total abandono del mármol es debido a la escasa importancia que ahora tiene
la escultura funeraria, pues la desaparición del sentido pagano renacentista de
la gloria terrena hace renunciar a los grandes monumentos funerarios del período
anterior. Lo que principalmente se cultiva, como en el siglo XVI, es la
escultura de retablo, pero junto a ella adquiere cada vez mayor desarrollo la de
carácter procesional. En el primer tercio del siglo XVII las procesiones cobran
inusitada importancia. Recuérdese que en ese corto plazo de tiempo tienen lugar
las beatificaciones y canonizaciones de San Ignacio, Santa Teresa, San Francisco
Javier, San Isidro Labrador, San Francisco de Borja, etc., y que se da un paso
decisivo en el culto de la Inmaculada después de un sin número de procesiones y
rogativas públicas. Las procesiones son espectáculos a cielo abierto que vive
toda población, y cuyo centro es la imagen escultórica. Para responder al tono
eminentemente escenográfico de que forma parte, el escultor, más que delicadezas
de modelado, acusa ciertos valores expresivos muy de acuerdo con el estilo
barroco. Aunque las imágenes de vestir no son invención de esta época, no faltan
escultores de primera fila que hacen imágenes en que sólo se terminan cabeza,
manos y pies, mientras el resto del cuerpo es un mero maniquí para ser
recubierto con vestiduras reales.
El siglo XVII es, en efecto, el
de los grandes imagineros vallisoletanos y andaluces, y cuando cristaliza la
iconografía de la Inmaculada.
Con esta centuria cambia otra vez
el panorama escultórico peninsular. La escuela de Valladolid, después de su
decadencia de fines del XVI, cobra nueva vida con Gregorio Fernández, para
consumirse después rápidamente; pareja a ella llega a su máximo florecimiento,
en la primera mitad del siglo, la sevillana, de la que deriva la de Granada. En
Madrid, ya muy en segundo término, se puede citar un pequeño grupo de menor
importancia, sujeto a la influencia de la escuela vallisoletana primero y a la
de Cano más tarde.
De Gregorio Fernández
(1576-1636), que ha de imponer su personalidad a la escultura castellana de la
primera mitad del siglo, sabemos que aparece trabajando en Valladolid en 1605,
pero ignoramos su vida anterior, y, sobre todo, dónde y con quién se forma.
Después de personalidades artísticas como Berruguete y Juni se nos presenta
Fernández como escultor de preocupaciones estéticas menos complicadas. Hijo del
naturalismo barroco, su principal interés está en interpretar la realidad en el
estilo más directo posible, sin detenerse ante el horror trágico de la muerte.
Impulsado por este mismo afán naturalista, gusta de recrearse en el modelado de
sus desnudos. En cambio, obedeciendo a esa extraña coincidencia que se da
también en la era naturalista del gótico flamenco, interpreta los ropajes con un
convencionalismo en cierto modo análogo al de los Van Eyck. Probablemente en su
deseo de crear violentos contrastes de luces y sombras —como veremos, el estilo
pictórico coetáneo es el claroscurista del «tenebrismo»— quiebra los ropajes en
grandes ángulos y contraángulos como si fuesen de tela almidonada.
Su primera obra de fecha
conocida, el Cristo yaciente de la iglesia del Pardo (1605), lo presenta
completamente formado y en una de sus más típicas creaciones. El Cristo desnudo,
de un modelado exquisito, reclina hacia la derecha su cabeza sobre un almohadón,
mostrándonos su boca y ojos entreabiertos, interpretados con tan vivo realismo,
que llegan a producir una impresión espeluznante, casi desagradable. El Cristo
yaciente es uno de sus temas más repetidos, en el que se hermanan la
sensibilidad del artista y la de los castellano de su época (fig. 1871).
(fig. 1871) Cristo yaciente
Buenos ejemplares son también los
de la Encarnación y de San Plácido, de Madrid, y el del Museo de Valladolid.
Ese mismo sentido trágico es el
que inspira el Cristo de la Luz (fig. 1872), del Colegio de Santa Cruz, pues
mientras en su cuerpo hace gala el autor de su acostumbrada maestría en la
interpretación del desnudo, en el rostro expresa en forma impresionante el
horror de una muerte dolorosa.
(fig. 1872) Cristo de la Luz
En la Piedad, del Museo, el tono
decrece, y es más la soledad y la quietud de la muerte lo que procura
interpretar. La Dolorosa, de la iglesia de la Cruz, nos dice, por su parte, cómo
con su lenguaje declamatorio es capaz de mantener dignamente la competencia con
la de Juni.
Menos afortunado es, en cambio,
en sus Inmaculadas —un ejemplar en la Encarnación de Madrid—, que tanto se
difunden por toda Castilla. Inmóvil en su ropaje dispuesto con simplicidad
rayana con la monotonía, represéntala muy niña, con el rostro y las manos unidas
dirigidos al frente.
Entre sus estatuas de santos
destacan por su monumentalidad la Santa Teresa, del Museo de Valladolid, y el
San Francisco Javier (1606), de la iglesia de San Miguel.
Gregorio Fernández es también
escultor de retablos, entre los cuales son los principales el ya citado de San
Miguel, de Valladolid, el de la Concepción, de Vitoria, y el de la catedral de
Plasencia. Pero lo más bello en este tipo de escultura es el hermoso relieve del
Bautismo, del Museo de Valladolid (fig. 1873).
(fig. 1873) Relieve del Bautismo
Gregorio Fernández es, por
último, el escultor de los enormes pasos de historias de la Pasión, con
numerosos personajes, que recorren la ciudad de Valladolid en los días de Semana
Santa. Como es natural en obras de estas proporciones, la parte de taller, que
no se debe a su gubia, es grande. Entre las más antiguas cuentan el Cirineo y la
Verónica (1614), aquél todavía muy dentro del tardío estilo renacentista de fin
de siglo y ésta con la mímica franca y decidida, propia de Fernández. No sabemos
en qué grado puede atribuírsele el origen de la nota grotesca tan ostensible en
algunas estatuas de los pasos vallisoletanos de su estilo.
SEVILLA: MARTÍNEZ MONTAÑÉS. JUAN
DE MESA
. —En Andalucía, la escuela más
floreciente durante la primera mitad del siglo XVII es la sevillana. Antes de
que imponga su estilo Martínez Montañés, trabajan en la ciudad andaluza dos
artistas que en el tránsito de una centuria a otra mantienen el estilo
manierista derivado de Bautista Vázquez. Núñez Delgado, que colabora con
escultores de la generación anterior y con el propio Montañés, es amigo de
escorzos, perspectivas, actitudes violentas, y telas quebradas con acritud. Su
obra maestra es el retablo del Bautista (1614), de San Clemente, de Sevilla. Se
distingue también como escultor en marfil. Andrés de Ocampo (muerte 1623) es
autor del retablo de Santa María, de Arcos de la Frontera (1608).
El gran maestro de la escuela es
Juan Martínez Montañés (1568-1649), que, nacido en Alcalá la Real, en la
provincia de Jaén, se forma en Granada con Pablo de Rojas y se encuentra ya en
Sevilla, por lo menos, antes de contar los treinta años. Montañés es de los
artistas que llegan a gozar en vida de fama extraordinaria, y cuyo nombre
perdura a través de los siglos. Tirso dice de él que «por sólo en el mundo se
señala», y otro contemporáneo suyo le califica por los mismos años de «asombro
de los siglos presentes y admiración de los por venir». El escultor jienense no
tarda en asimilar el tono espiritual de su nueva patria y en expresarnos con la
gubia algunas de las notas esenciales que siempre han caracterizado a las más
importantes manifestaciones artísticas de la región sevillana. Formado en el
manierismo de la última etapa renacentista, sabe captar esa serenidad y ese
equilibrio que constituyen una de las facetas de lo sevillano. La comparación de
su obra con las estridencias expresivas de su contemporáneo Gregorio Fernández
pone bien de manifiesto ese sentido clásico que distingue su personalidad en
estos días de barroquismo. El orden y la ponderación presiden su obra. En el
mundo soñado por Montañés los personajes no realizan acción alguna si no es con
gracia, y con una gracia muy parecida a la que será el principal encanto de
Murillo o la que constituye el mérito de no pocas Vírgenes sevillanas del siglo
XVI. Sus mismos santos en actitud contemplativa, antes dejan ver en el rostro un
cierto sentimiento de tristeza, sumamente velado por el típico mimo montañesiano,
que un profundo arrebato místico.
Como su obra más antigua
conservada se considera el San Cristóbal (1597), de la iglesia del Salvador,
donde, si efectivamente es suya, se nos muestra cultivando el estilo sevillano
de fin de siglo antes comentado. Pero su primera gran creación y la que ha
servido de base para reconstruir su verdadera personalidad es el retablo de San
Isidoro del Campo, de Santiponce (1609), en las proximidades de Sevilla.
Contiene en el centro el relieve de San Jerónimo penitente, y a los lados los
relieves de la Adoración de los Pastores y la Adoración de los Reyes; otros
relieves y estatuas decoran los cuerpos superiores. La Adoración de los Pastores
(fig. 1874), compuesta con verdadero primor, deja ver como en pocas creaciones
su sentido innato de la ponderación y de la belleza. Todas las figuras están
agrupadas para dejarnos ver un bello gesto o un bello perfil. La pareja de
ángeles con las alas enhiestas, como Victorias clásicas, es de lo más hermoso
que ha producido nuestra escultura, y la correspondencia de su movimiento con el
del pastor del lado opuesto y el de la Virgen con el del otro pastor en torno al
eje central formado por San José y el Niño, es buen ejemplo de lo que Montañés
conserva del manierismo renacentista. Completan el conjunto escultórico del
retablo las estatuas orantes, también de madera policromada, de Guzmán el Bueno
y su mujer, que, siguiendo el ejemplo de El Escorial, se encuentran en
hornacinas en los muros laterales.
(fig. 1874) Adoración de los Pastores
De mayor amplitud es la obra de
Montañés en la iglesia de Santa Clara, de Sevilla, para donde esculpe el gran
retablo mayor (1621) y los cuatro pequeños laterales. En el mayor, los relieves
principales están dedicados a la vida de la titular —la Toma de hábitos, la
Bendición del pan, Santa Clara con la custodia seguida por la comunidad— en los
que se manifiesta como uno de nuestros mejores intérpretes de historias
monjiles. Los retablos laterales, mucho más sencillos, sólo contienen una
estatua y un pequeño relieve. Están dedicados a la Concepción, a los Santos
Juanes y a San Francisco. El cuerpo de éste, sin duda la estatua mejor de la
serie, delata su estudio de la escultura clásica, y su rostro de emocionada
expresión es excelente ejemplo del mimo montañesiano. La Concepción presenta las
características de las que después comentaremos.
En nada inferiores a los de Santa
Clara son los grandes retablos de los Santos Juanes, de la iglesia de San
Leandro, de Sevilla. La figura del Bautista, casi de bulto redondo, es
seguramente de las mejores esculturas de Montañés, y su cabeza de lo más clásico
que salió de su gubia. En el gran retablo de San Miguel, de Jerez, sólo llega a
esculpir el relieve central de la Batalla de los Ángeles.
Las obras que han hecho popular
el nombre de Montañés no han sido sus retablos, sino sus imágenes y, en primer
lugar, sus Concepciones. Ya queda citada la de Santa Clara, en buena parte de
taller, pero la mejor es la de la catedral (1630), en la que el artista pone
empeño excepcional. El mismo dice, cuando la estaba esculpiendo, que sería «una
de las primeras cosas que haya en España», y Rodrigo Caro, al contemplarla el
año mismo de su terminación, escribe con manifiesta exageración que es «la
primera cosa que se ha hecho en el mundo, con que Martínez Montañés está muy
envanecido». Con un leve movimiento ascendente gracias a la inclinación de la
caída del manto, y desviadas sus manos finas y elegantes para que podamos
admirar su bello rostro, es, indudablemente, una obra maestra de nuestra
escultura. La Concepción de la Universidad es digna de figurar junto a la de la
catedral.
En cuanto a imágenes de Cristo
consta que le pertenece el de la Clemencia (1606 (fig. 1875), de la catedral. Al
comprometerse a labrarlo ofrece el artista que tendría «la cabeza inclinada
mirando a cualquiera persona que estuviera orando al pie de él como que le está
el mismo Cristo hablando», dejándonos así en estas líneas uno de los textos más
expresivos que ilustran la historia de nuestra escultura barroca. Sus pies
aparecen cruzados según la mística visión de Santa Brígida, habiéndose inspirado
para ello en la copia de un Cristo de Miguel Ángel existente en Sevilla. Al
decir de Montañés, sería la obra suya de empeño, que desea que no salga de
España, como otras que ha "hecho para Indias, y, en efecto, es probablemente el
cuerpo más esbelto y bello, y el rostro más finamente expresivo que conocemos de
su mano.
(fig. 1875) Cristo de la Clemencia
De Montañés es casi seguramente
la imagen procesional del Jesús de Pasión con la cruz a cuestas, de la iglesia
del Salvador. Su cuerpo es un maniquí, para ser cubierto con vestiduras reales.
En la plenitud de su gloria va a
Madrid (1636) para hacer una cabeza de Felipe IV que sirva de modelo a la
estatua ecuestre que ha de esculpir en Florencia Pietro Tacca, y que hoy se
levanta ante el Palacio Real de Madrid. El original de Montañés no se conserva.
El único gran escultor que
asimila plenamente el estilo de Montañés, sin salirse de los rasgos esenciales
de su estilo, aunque con indiscutible personalidad, es el cordobés Juan de Mesa
(1583 - 1627), que entra en su taller a poco de cumplir los veinte años y muere
cuando aún le quedaban al maestro otros tantos de vida. Es, sobre todo, escultor
de imágenes procesionales, en las que, partiendo de los modelos de Montañés,
descubre un temperamento más dramático y una cierta tendencia a la hinchazón de
las formas. Sus principales creaciones son Crucificados de cofradías, todos
ellos esculpidos en un breve período de cuatro años: el Cristo del Amor, al
parecer de 1618; el de la Conversión del Buen Ladrón (1619), el de la Buena
Muerte (1620 (fig. 1876), el de la Misericordia (1622), conservados en diversas
iglesias sevillanas, y el de la Agonía, de Vergara, en Vizcaya. En casi todos,
el paño de pureza difiere del de la Clemencia de Montañés, haciéndose más
voluminoso, pero dejándonos ver, para excitar mejor la piedad, la cuerda que
lastima sus carnes. El Cristo que ha hecho popular el nombre de Juan de Mesa es
el del Gran Poder (1620), con la cruz a cuestas, de la Iglesia de San Lorenzo,
que como el de Pasión de Montañés, es también de vestir.
(fig. 1876) Cristos de la Buena Muerte y Gran Poder
FELIPE DE RIVAS Y JOSÉ DE ARCE
.—En vida todavía de Montañés, al
principiar el segundo tercio del siglo, comienzan a trabajar algunos escultores
que abandonan el estilo del maestro, y abren una etapa de transición al pleno
barroco de fines del mismo.
Felipe de Rivas (muerte 1648) que
muere un año antes que Montañés, en el retablo del Bautista, del convento de
Santa Paula, reacciona contra el plegar menudo y el modelado preciso de aquél,
delatando también un gusto por el movimiento ajeno al estilo del viejo maestro.
La comparación del relieve del Bautismo y la cabeza cortada de San Juan, con
esos mismos temas de Montañés en San Leandro, pone bien de manifiesto la
diferencia. Pero el gran escultor de este momento es el flamenco José de Arce
(muerte 1666) —probablemente Aaerts o Aerts—, autor del Apostolado (1637), de la
Colegiata de Jerez y del retablo de San Miguel, de la misma población, que
comenzara Martínez Montañés. La subida calidad de ambas obras delata a un
artista muy de primera fila, y el barroquismo de su estilo debe convertirlo, a
los ojos de los escultores sevillanos coetáneos, en un revolucionario. El rompe
con ese mundo de actitudes reposadas, de cabelleras minuciosamente interpretadas
y paños quebrados en mil dobleces de Montañés, y tan es así, que, para encontrar
figuras compuestas con el desenfado de las de Arce, es necesario llegar a los
días de Pedro Roldan. Contemporáneo del Bernini, es muy posible que haya sufrido
su influencia, pero tal vez sea más probable que, como su paisano Duquesnoy, se
formase al calor del barroquismo rubeniano. Sus últimas obras son las
gigantescas estatuas de piedra de la iglesia del Sagrario, de Sevilla.
Alonso Martínez, a juzgar por sus
obras conocidas, se incorpora en fecha más tardía a esta nueva etapa del
barroquismo escultórico sevillano. Su obra maestra es la Concepción Grande
(1655), de la catedral (fig. 1877).
(fig. 1877) La Concepción Grande. Catedral de Sevilla
PEDRO ROLDAN, RUIZ GIJÓN, LA
ROLDANA Y DUQUE CORNEJO
.—El último tercio del siglo lo
llena el antequerano Pedro Roldan (muerte 1700), que pasa su juventud en
Granada, en el taller de Alonso de Mena, donde debe de ser compañero de su hijo,
el después tan famoso Pedro de Mena. Trasladado a Sevilla, llega a ser, con sus
grandes retablos, el principal representante del pleno barroco en la capital de
Andalucía, no sólo por el carácter gigantesco de la concepción de sus
composiciones, sino por la factura sumaria y pictórica, de tipo berninesco, con
que interpreta sus personajes.
Su obra maestra es el retablo
mayor (1679 (fig. 1878) de la iglesia del Hospital de la Caridad, cuya
arquitectura se debe a Bernardo Simón de Pineda, el gran ensamblador de la
época. Se representa en la calle central el Santo Entierro, mientras el segundo
cuerpo, que es en realidad simple remate, se adorna con las Virtudes. La
historia del Santo Entierro está interpretada con criterio esencialmente
pictórico. Dentro del orden gigantesco de las columnas salomónicas, el artista,
valiéndose de la perspectiva, finge un espacio cuadrado sobre columnas más
pequeñas y cubierto por una cúpula. En este espacio realmente rectangular, pero
aparentemente cuadrado, dispone Pedro Roldan no menos de nueve figuras de tamaño
mucho mayor que el natural. El fondo es de paisaje de bajísimo relieve, cuyo
efecto de profundidad y de incorporación a la escena se ve favorecido por la
perspectiva arquitectónica de la fingida cúpula.
(fig. 1878) Retablo mayor de la iglesia del Hospital de la
Caridad
Obra menos lograda, pero también
de grandes proporciones, es el retablo mayor de la iglesia del Sagrario,
dedicado al Cristo muerto sobre las piernas de la Virgen, acompañado por los
santos varones y las santas mujeres. Pedro Roldan es, además, el autor de una de
las principales imágenes de la Semana Santa sevillana, el Salvador en el momento
del Descendimiento, de la iglesia de la Magdalena, que pendiente de unos lienzos
de tela real, y recortada su quebrada silueta en el espacio, patentiza los
extremos a que llega el barroquismo escultórico sevillano seiscentista.
Quien pone término a la escultura
procesional sevillana del siglo XVII es el discípulo de Roldan, Francisco Ruiz
Gijón. Su Cristo de la Expiración (fig. 1879), sin duda una de las imágenes más
populares de la Semana Santa, es también una de las más bellas y perfectas
esculturas de la escuela. Para prestarle movimiento y vida, Gijón aprovecha la
técnica suelta y valiente de Roldan. Como en los místicos de Mena, muerto un año
antes, todo lo que significa peso y esfuerzo desaparece. Es el solo espíritu, el
simple anhelo divino, el que impulsa hacia arriba la imagen. El paño de pureza
que, como un bello marco, encuadra el esbelto cuerpo del Cristo de la Clemencia
de Montañés, y que con sus moñas y su abundancia oculta el de los Cristos de
Juan de Mesa, se convierte en el de Ruiz Gijón en un trozo de tela que, al
presentársenos como agitado por un vendaval que descendiese de las alturas,
produce la impresión de que el cuerpo del Salvador se eleva en sentido
contrario. Si se el compara con el de Vergara, de Mesa —también de la
Expiración—, fácilmente se advierte cómo desaparecen el esfuerzo corporal
reflejado en la contorsión de la musculatura al apoyar los pies para elevar el
tórax, y la hinchazón del cuello, producida por el esfuerzo y el deseo. Como los
Cristos del Greco, el de Gijón asciende porque su anhelo espiritual lo hace
ingrávido.
(fig. 1879) Cristo de la Expiración
A esta última fase de la
escultura seiscentista corresponde la actividad de la hija de Pedro Roldan,
Luisa, la Roldana (muerte 1704), que se distingue, sobre todo, por sus grupos
pequeños de barro cocido.
En el siglo XVIII la escultura
decae en Sevilla considerablemente. La figura con verdadera personalidad es
Duque Cornejo (muerte 1757), amigo de actitudes violentas, y paños muy volados y
agitados por impetuosos remolinos, pero lo mismo que en Sevilla, trabaja en
Granada y Córdoba. En Sevilla deben recordarse sus santos jesuitas, de la
iglesia de San Luis, en Granada, la Magdalena, de la Cartuja, y en Córdoba, los
relieves de la sillería de la catedral, su última obra.
GRANADA: ALONSO CANO
. — La otra gran escuela barroca
andaluza es la granadina, y el artista que le impone su estilo personal, Alonso
Cano, que, formado en Sevilla, no retorna a su patria hasta mediados de siglo.
Con anterioridad a esa fecha sólo merecen recordarse en Granada los nombres ya
citados de Pablo de Rojas, maestro de Montañés y autor de un hermoso Crucifijo
de la catedral (1612), y de Alonso de Mena (muerte 1646).
Alonso Cano (1601 - 1667) estudia
con Martínez Montañés, y permanece en Sevilla hasta 1638, en que marcha a
Madrid. Si, efectivamente, son suyas las dos Concepciones, de San Andrés y de
San Julián —ésta destruida hace años al ser incendiado el templo—, Alonso Cano
tiene un primer período en que sigue con bastante fidelidad los modelos del
maestro. En la de San Julián, se advierte una inclinación en el rostro que
permite pensar en otras obras más tardías, indudablemente suyas. En una y otra,
como en las de Montañés, el manto cae ampliamente sobre ancha peana.
De todas las obras que se
consideran fruto de sus años sevillanos, la única en que está documentada su
intervención es el retablo de Lebrija (1628-1638). En su hermosa escultura de la
Virgen con el Niño (fig. 1880), se manifiesta ya una personalidad artística
completamente distinta de la de Montañés, con rasgos que perduran en su obra
posterior. Como en sus futuras Concepciones, la esbelta figura de la Virgen,
colocada con admirable aplomo, se mantiene en un perfecto verticalismo. En la
mitad inferior del cuerpo, Cano abandona las anchas proporciones y el menudo
plegado de Montañés, y adopta la fórmula no menos convencional, que seguirá
empleando en lo sucesivo, de recoger sus vestiduras, apuntando así la imagen
hacia los pies. La superficie del manto se ondulará más y se hará más barroca,
pero las líneas generales continuarán siendo las mismas.
(fig. 1880) Virgen con el Niño. Lebrija
Alonso Cano marcha después a
Madrid, y aunque conocemos alguna escultura ejecutada en la Corte, como el
Crucifijo, hoy en Lecároz (Navarra), y el Nazareno niño, de San Fermín de los
Navarros, en realidad abandona la gubia y se dedica casi exclusivamente a la
pintura. En ella crea nuevos tipos y nuevas formas, que son las que, al regresar
a Granada y cultivar de nuevo la escultura, nos ofrece en tres dimensiones. Sus
obras principales del período granadino se conservan en la catedral, donde goza
de un beneficio eclesiástico. La diminuta imagen de la Concepción (1656),
dedicada primitivamente a coronar el facistol, con el continuo fluir y refluir
de la superficie de su manto nos dice que hemos franqueado la mitad del siglo.
El verticalismo de la Virgen de Lebrija no ha desaparecido en ella, pero el
enérgico mirar de matrona romana renacentista se ha tornado meditación
pesimista. La Virgen de Belén (1658), también de tamaño pequeño, se nos muestra
envuelta en amplios ropajes de aire muy berninesco. En la catedral se guardan
además las cabezas de tamaño mayor que el natural de Adán y Eva y de San Pablo.
La de Adán, con el magnífico encuadramiento de la gran masa de su cabellera,
esculpida valientemente en amplios mechones, demuestra que el escultor de
figuritas menudas vuelve a sentir la seducción de lo grandioso que le inspira la
Virgen de Lebrija. Ese mismo tono heroico, cargado de grandiosidad
miguelangelesca, persiste en el San Pablo, que vuelve el rostro sobre el hombro
como el David del escultor florentino. Eva tiene cierto aire de diosa pagana
vista por un seiscentista bolones. El grupo de mármol del Ángel Custodio, del
Museo de Granada, está muy bellamente compuesto.
PEDRO DE MENA Y JOSÉ DE MORA
. —El más importante de los
discípulos de Alonso Cano es Pedro de Mena (1628 - 1688), que refleja mejor que
su maestro algunas de las facetas de la sensibilidad española. Ultimo de los
grandes escultores andaluces, es un temperamento artístico muy diferente del de
Cano. Como escultor de la segunda mitad del siglo, se le imaginaría colaborando
en grandes retablos barrocos, como el de la Caridad de Pedro Roldan; pero lejos
de ser así, lo que conocemos de él son imágenes, no complicados relieves, ni
grandes composiciones.
Pedro de Mena expresa en sus
esculturas los estados del alma, con una decisión y un estilo tan directo como
en vano buscaríamos en Montañés o Alonso Cano. Las dota de un realismo que aquél
no siente y que éste, tal vez, no gusta de dejarnos ver. Gracias a su
maravilloso dominio de la gubia, la galería de estudios realistas de niños,
bellas jóvenes, ancianos de rostros surcados de arrugas, cuerpos consumidos por
la enfermedad y rostros transidos de dolor que nos ha dejado, no tiene igual en
nuestra escultura.
En realidad, Pedro de Mena se
forma con su padre Alonso de Mena, y no con Alonso Cano, puesto que, cuando éste
llega a Granada, cuenta él ya los veinticinco. La influencia de Cano es, sin
embargo, tan intensa que, durante no poco tiempo, se mueve dentro de sus normas
artísticas, y en algunos tipos, como el de la Concepción, no llega nunca a
abandonar sus modelos, A este período corresponde la Concepción del pueblecito
de Alhendín y los cuatro santos del convento del Ángel Custodio, de Granada, en
los que casi se limita a seguir a Cano.
La gran obra de su época juvenil
es la sillería de la catedral de Málaga (1656-1662), en la que esculpe no menos
de cuarenta tableros. En ella se advierte la liberación de Mena de su maestro,
quien, por otra parte, tampoco puede ofrecerle prototipos para las numerosas
imágenes que precisa representar. Aunque ya esboza aquí el tipo de los santos en
actitud contemplativa, a que más adelante dará forma definitiva, su verdadero
mérito está en los sorprendentes estudios que nos ofrece del natural en figuras
como el San Antonio, en cabezas como la de San Isidoro o en grupos conmovedores
como el de San Juan de Dios con el pobre a cuestas. Equiparable en calidad a los
mejores trozos de la sillería era el bellísimo «tondo» de la Virgen de Belén de
Santo Domingo, de Málaga, destruido en 1931. Quizá su obra concebida y ejecutada
con más amor, en ella inicia sus espléndidos estudios de bellas mujeres.
La década siguiente a la
terminación de la sillería del coro debe de ser fecunda en la labor creadora de
Mena. Entonces parece que cristalizan sus principales representaciones de
místicos, santos penitentes, de la Dolorosa y del Ecce Homo. Se ha supuesto que
el Greco y Gregorio Fernández han influido en sus tipos de místicos, pero, en
realidad, son los de Zurbarán los que ofrecen mayor parentesco espiritual con
los suyos. Son obras cumbres en este género el San Pedro de Alcántara, cuya más
perfecta versión es la de San Antón, de Granada —el de la catedral de Córdoba
está fechado en 1673— y el San Francisco de Asís, de la catedral de Toledo,
inspirado éste en un original perdido de Alonso Cano, y en el aspecto del santo
cuando se abre su sepulcro. Mucho más humanas, aunque dotadas del más arrebatado
fervor místico, son sus estatuas de la Magdalena, del Museo de Valladolid,
firmada en 1664, y del convento de la Visitación, de Madrid. Sus Dolorosas son
esculturas de bellas mujeres que expresan su dolor o su tristeza con gestos cada
vez más teatrales. Simplemente de busto algunas de ellas, sus ejemplares más
característicos son de medio cuerpo, tipo que, si no inventa Mena, interpreta de
forma definitiva en nuestra escultura, inspirándose probablemente en creaciones
pictóricas. Cubre su cabeza con el manto azul terminado en punta, acompañando el
dolor del rostro con las manos, siempre expresivas y con frecuencia de gran
belleza. Buenos ejemplares son las Dolorosas de Alba de Tormes y de las
Descalzas Reales, de Madrid (fig. 1881). En los Ecce Homo, que suelen formar
pareja con las Dolorosas, es menos afortunado.
(fig. 1881) Dolorosa
Muerto Pedro de Mena, los dos
escultores que mantienen más dignamente en Granada la tradición de la escuela,
en el tránsito del siglo XVII al XVIII, son José de Mora (1642 t 1724) y José
Risueño (muerte 1721). Mejor conocido el primero, su Concepción, de los Santos
Justo y Pastor, se mantiene fiel al prototipo de Alonso Cano, mientras sus
Dolorosas y Ecce Homo se relacionan con los de Mena, aunque su exaltado sentido
trágico, un tanto lagrimoso, delata una sensibilidad totalmente distinta. Sirvan
de ejemplo el Ecce Homo y la Dolorosa de la Capilla Real. Sus obras más
inspiradas son la Soledad de la iglesia de Santa Ana, que, si bien se inspira en
la pintura del tema de Alonso Cano, debe a Mora los verdaderos valores que hacen
de ella una de las mejores esculturas de la escuela, y el Crucificado, de San
José, de bello desnudo, en cuyo hermoso rostro el autor expresa con la mayor
intensidad y fortuna su hondo sentido trágico.
En la segunda mitad del siglo
XVIII la figura más destacada es Torcuata Ruiz del Peral (muerte 1773).
MADRID
. —Comparada con las escuelas
vallisoletana y andaluzas, la escultura cortesana ofrece aspecto muy pobre. Para
Madrid trabajan Gregorio Fernández y Pedro de Mena, y ya hemos visto que para
hacer una buena cabeza de Felipe IV se llama a Martínez Montañés. El iónico gran
escultor que vive algunos años en la corte es Alonso Cano y, como hemos visto,
durante ese período de su vida prefiere los pinceles a la gubia. Quien afinca en
ella de forma definitiva es el portugués Manuel Pereira, que se establece a
mediados de siglo. Su obra más conocida es el San Bruno, de la Academia de San
Fernando, y a él se atribuye el Crucifijo de los Marqueses de Lozoya en la
catedral de Segovia. Se conserva también imágenes de su mano en la iglesia de
San Plácido. Escultor de primer orden, pero prácticamente desconocido, es Alonso
Villabrille y Ron, que firma en Madrid en 1707 la excelente cabeza de San Pablo,
del Museo de Valladolid, sorprendente por su expresión y por su primor técnico.
A Madrid llegan en esta época los
dos grandes monumentos ecuestres de Felipe III (1613) y Felipe IV de la Plaza
Mayor y de la Plaza de Oriente, obra el primero de Juan de Bolonia, escultor,
como hemos visto, todavía renacentista, que presenta el caballo al paso, y el
segundo de Pedro Tacca, según dibujo de Velázquez, que lo imagina levantado
sobre las patas traseras haciendo corvetas. De Bernini se conservan en El
Escorial un Crucifijo, y en el Palacio Real dos estatuitas de bronce de Hércules
y de Verseo. El Museo del Prado posee una estatua ecuestre de Carlos II, de su
escuela.
EL SIGLO XVIII. MURCIA: FRANCISCO
SALZILLO
. —A medida que avanza el siglo
XVIII se van agotando las grandes escuelas de la centuria anterior. La de
Valladolid, muerta al desaparecer Gregorio Fernández, apenas vuelve a dar
señales de vida. La sevillana, de un florecimiento más largo, no rebasa con
vigor los comienzos del siglo, y la granadina, la más joven de todas en su etapa
barroca, aunque produce todavía obras interesantes en los primeros años del
XVIII, tampoco da vida a ningún escultor de primera fila. Evidentemente, el
clasicismo de las influencias francesa e italiana imperantes en la corte, no
favorece el cultivo de nuestra escultura tradicional, pero el hecho es que la
arquitectura, que lucha con iguales inconvenientes, continúa durante bastante
tiempo creando obras importantes en varias comarcas españolas. La realidad es
que en el siglo XVIII la escultura policroma sólo vive, con rango digno de la
centuria anterior, en la escuela murciana, y en el escultor castellano Luis
Salvador Carmona.
Murcia, no lejos de Granada, que,
como hemos visto, conserva su vitalidad escultórica hasta bien entrado el siglo
XVIII, es ahora la sede de una nueva escuela, que, en realidad, es la de
Francisco Salzillo (1707-1783). Hijo de un escultor napolitano establecido muy
joven en la ciudad, en ella parece que se forma con su padre y en ella trabaja
durante medio siglo. Es, sobre todo, un escultor de pasos procesionales formados
por numerosos personajes, a diferencia de los sevillanos del siglo XVII. Las
estatuas de Salzillo, en general bien modeladas, de hermosas cabezas y actitudes
con frecuencia muy elegantes, suelen producir la impresión de estar concebidas
en pequeño. Ante muchas de ellas se piensa en los Belenes y en las porcelanas,
las típicas creaciones dieciochescas. Incluso en las escenas más trágicas y más
hondamente sentidas por el escultor, suele percibirse siempre esa sensación de
lo bonito, tan dieciochesca. Después de su labor en el convento de Santo Domingo
(1727-1730), que data de cuando apenas cuenta los veinte años, esculpe ya para
la iglesia de Jesús, que más adelante le encarga sus obras principales y más
conocidas, el paso del Prendimiento (1736). Si bien la creación en que culmina
todo este período de lucha es el grupo de las Angustias (1741), de la iglesia de
San Bartolomé, que le ganó gran popularidad.
El San Antón (1746), de la Puerta
de Castilla, inicia su época más brillante, durante la que esculpe varios pasos,
para la ya citada iglesia de Jesús. En el paso de la Caída (1752) el bello
rostro del Salvador, dirigido al cielo, atrae todo el interés de la escena, y la
colocación de los sayones, que encuadran su figura para que luzca con todo su
poder emotivo, prueba cómo Salzillo sabe componer sus grupos. El de la Oración
del Huerto es seguramente su obra cumbre. La expresión del desfallecimiento del
Salvador, cuya espalda descansa sobre la pierna del ángel; la hermosura de la
cabeza de éste que con el brazo señala la palmera, y la perfecta armonía con
que enlazan las líneas generales del grupo, convierten este paso en una de las
creaciones más bellas de nuestra escultura. A estos dos grandes pasos siguen las
tres bellas imágenes de San Juan, la Dolorosa (1756) y la verónica. El San Juan,
que es una de sus estatuas más elegantes y mejor plantadas, está representado en
actitud de marchar, recogiendo su amplia túnica y señalando con el brazo
extendido el Camino del Calvario, hacia donde vuelve también la cabeza.
Con posterioridad hace el paso de
la Cena, y, por último, pocos años antes de su muerte, el de los Azotes (1777),
con que se cierra la serie de los de la iglesia de Jesús. El San Jerónimo
penitente (fig. 1882) debe compararse con el renacentista de Torrigiano para
valorar mejor la dispersión barroca de la forma.
(fig. 1882) San Jerónimo penitente
Discípulo y continuador de
Salzillo es Roque López (muerte 1811).
En Cataluña se distingue, por sus
Belenes o Nacimientos, Ramón Amadeu (1745-1821), si bien sus figuras son valor
artístico sólo mediano.
MADRID: LOS ESCULTORES DE LA
ACADEMIA DE SAN FERNANDO
. —Bajo la influencia de la nueva
dinastía, la escultura se desarrolla en la Corte de espaldas al estilo
tradicional. En primer término, precisa recordar la actividad del pequeño grupo
de escultores franceses que trabajan, durante el reinado de Felipe V, en el
palacio de La Granja, cuyos jardines pueblan de figuras mitológicas, al gusto de
la Regencia. Se llaman Frémin, Thiérry y Pitué.
Con la fundación de la Academia
de San Fernando (1752) y los viajes de nuestros escultores a Roma, organizados
de un modo sistemático, comienza a difundirse el barroco tardío extranjero, que
termina desembocando en el neoclasicismo. Las tres personalidades de esta
primera fase son el gallego Castro y los castellanos Mena y Carmona. Felipe de
Castro (1711-1775), que marcha a Roma por consejo de Frémin, a pesar de ser más
joven que Mena y Carmona, es el primer director de la Academia, y no deja de ser
significativo que sea él quien esculpa el relieve conmemorativo del acto
inaugural de la institución. En su fondo aparatoso, como el de un cuadro de Van
Loo, y en sus figuras dispuestas en diversos términos, se refleja todo el
barroquismo del arte italiano y francés de la primera mitad del siglo. En la
Academia se conservan también sus bustos más importantes, entre los que destacan
los de los fundadores: Fernando VI y Doña Bárbara.
El toledano Juan Pascual de Mena
(1707-1784), fundador de la Academia y su director desde 1770, sufre en sus
comienzos la influencia de los escultores franceses de La Granja, que, aunque
bastante aminorada, no deja de ser sensible en su monumental fuente de Neptuno (fig.
1883), del paseo del Prado, de Madrid.
(fig. 1883) Fuente de Neptuno. Madrid
Pese a su formación en los
modelos extranjeros, Mena cultiva también la escultura policromada.
El tercero de los escultores
citados, Luis Salvador Carmona (muerte 1767), es la personalidad más destacada
de la escultura castellana del siglo XVIII. Aunque muere mucho más joven, es de
la misma generación que Pascual de Mena, y como él, cultiva la escultura en
piedra de carácter monumental; pero lo que constituye su verdadero mérito es la
de madera policromada. Sus creaciones más conocidas son las Piedades de la
catedral de Salamanca y del Oratorio del Olivar, de Madrid; pero su obra,
todavía casi inédita, no deja de ser numerosa.
Los principales representantes de
la generación siguiente son Manuel Álvarez (muerte 1797) y Francisco Gutiérrez
(muerte 1782). Álvarez, discípulo de Castro, es el autor de la fuente de Apolo,
del paseo del Prado, cuya arquitectura contribuye en no pequeño grado a la
gracia del conjunto, todavía esencialmente barroco. Gutiérrez, que pasa doce
años en Roma, se nos presenta, en cambio, más dominado por el neoclasicismo en
el monumento de Cibeles (fig. 1884), del paseo del Prado, donde la diosa aparece
entronizada en su carro. Los leones son obra del francés Roberto Michel.
(fig. 1884) Monumento de Cibeles
En el Sepulcro de Fernando VI, en
mármol negro y blanco, en la iglesia de las Salesas Reales, trazado por Sabatini,
el eco barroco berninesco es, en cambio, bastante fuerte.
A esta misma etapa de nuestra
escultura dieciochesca pertenece el valenciano Manuel Tolsá, brillante discípulo
de la Academia de San Fernando, que marcha a Méjico para hacerse cargo, en la
recién creada de San Carlos, de la enseñanza de la escultura. Tanto el relieve
de su mano, conservado en la Academia madrileña, como la Concepción, de la
Profesa de Méjico, hablan de su formación más barroca que neoclásica. La estatua
ecuestre de bronce de Carlos IV, en la que aparece el monarca español vestido a
la romana, de seguro el mejor monumento de este género producido por nuestra
escultura, obliga a concederle puesto muy destacado en la historia del arte
español (fig. 1885).
(fig. 1885) Estatua ecuestre de bronce de Carlos IV. México
En Portugal, el escultor más
insigne del siglo XVIII es Joaquín Machado de Castro (1731-1822), que se forma
en Mafra con el italiano Giusti. Es el decorador de la basílica de la Estrella y
del palacio de Ajuda, de Lisboa, pero se distingue principalmente por sus
estatuas de barro, el material empleado con frecuencia en Portugal. Sirva de
ejemplo la de la Caridad, del Museo de aquella población. Por el especial cariño
con que modela sus figuras y escenas populares de pequeño tamaño, se hace famoso
Antonio Ferreira.
CAPÍTULO XXXV
PINTURA BARROCA
ITALIANA
EL ESTILO
LA ESCUELA BOLOÑESA: LOS CARRACCI
GUIDO RENI, EL GUERCINO,
DOMENICHINO Y ALBANI
EL TENEBRISMO: CARAVAGGIO
LOS DECORADORES BE LA SEGUNDA
MITAD DEL SIGLO
NÁPOLES Y GÉNOVA
SIGLO XVIII. VENECIA: TIÉPOLO,
CANALETTO Y GUARDI
EL ESTILO
. —Como arte figurativo, la
pintura barroca participa de la mayoría de los caracteres comentados al tratar
de la escultura; es decir, del naturalismo, del afán de movimiento y del gusto
por lo efectista y teatral. La pintura, cansada de la perfección clásica
renacentista e impulsada por el naturalismo, no duda en representar con la mayor
crudeza tipos deformes, como El niño cojo, de Ribera, e incluso cadáveres en
putrefacción, como los de Las postrimerías, de Valdés Leal. Ese mismo deseo
barroco de realidad hace al pintor considerar como tema suficiente de un cuadro
unos trozos de pescado o la carne sangrando de una vaca abierta en canal, e
interpretar en el tono de la vida diaria muchos asuntos religiosos. Su interés
por los más diversos aspectos de la naturaleza y de la vida le lleva, como
veremos, a ampliar considerablemente el número de los géneros pictóricos.
El estudio de la expresión
preocupa sobremanera al pintor barroco. Si Leonardo escribe sobre la sonrisa del
ebrio, ahora se pinta un cuadro en que la sonrisa concentra toda la atención del
artista, y otros en que se representan la risa plena, el grito, el terror y el
dolor. Este interés por la expresión deja honda huella en la pintura religiosa.
El ansia mística se pinta con más frecuencia aún que se esculpe, y, en general,
con mayor intensidad. Mientras el Renacimiento procura evitar la expresión del
dolor, el barroco se complace en representarlo en las escenas de martirio como
medio más eficaz para fomentar la devoción. Las persecuciones de los católicos
ingleses y la muerte de los evangelizadores de América y Asia ponen de
actualidad la era heroica de los mártires de los primeros tiempos del
Cristianismo, a lo que contribuyen también el descubrimiento, a fin de siglo,
del cementerio de Priscila, y la publicación del martirologio de Baronio.
La necesidad de representar las
glorias celestes contempladas por los místicos o los mártires en el momento de
su tránsito, crea un tipo de composición efectista y espectacular, en la que el
cielo, cargado de luz y músicas angélicas, y orlado de aparatosas nubes, ocupa
la parte superior del cuadro, mientras abajo campea la sombra o la miseria
terrena. Esta ansiedad celestial y este deseo de liberarse de la limitación
terrena da lugar al nuevo tipo de pintura decorativa, ya aludida al tratar de
los caracteres del templo barroco. En un principio, las superficies de las
bóvedas se decoraban con pinturas donde las escenas aparecen de perfil, como en
un lienzo o pintura mural, pero después se contemplan en escorzo, como vistas
desde abajo, y encuadradas por un celaje de hermosas nubes. En realidad, la
pintura barroca se limita en este aspecto a seguir los pasos dados por Correggio.
El movimiento de la composición
se intensifica, y al tranquilo esquema del triángulo equilátero, todo
equilibrio, de las Vírgenes rafaelescas sucede el deseo de crear esas grandes
líneas diagonales o simplemente oblicuas que cruzan violentamente las
composiciones rubenianas.
En cuanto a los elementos más
puramente pictóricos, es ahora de capital importancia la luz. Si la luz
leonardesca hace desaparecer el fuerte dibujo del contorno florentino, creando
su típico esfumado, ahora se reemprende el problema creando una pintura
simplista de planos de luz y de planos de sombra, donde las formas se dibujan
con precisión escultórica, pero se termina matizando perfectamente el efecto del
aire iluminado en la forma y en el color. Si la pintura debe al Renacimiento la
conquista de la perspectiva lineal, tiene que agradecer al barroco el dominio de
la perspectiva aérea. Al desvalorizarse la línea y, como consecuencia de ello,
el plano, viéndose cada uno en función del anterior y del posterior, a la visión
renacentista por planos reemplaza la visión en profundidad del barroco.
El pintor barroco aprende de la
escuela veneciana no sólo el valor primordial del color como tinta, sino el
valor del modo de ser aplicado como creador de forma y de su intensidad
cromática. El proceso de la factura colorista barroca va, en general, de la lisa
y uniforme, creadora de superficies exaltadoras de los valores plásticos, a la
cada vez más suelta y desenfadada con que se persigue la apariencia de la forma.
Este proceso de desintegración de la factura llega a mediados del siglo XVII en
alguna escuela a extremos que sólo se superarán dos siglos después. En la obra
de un mismo artista es también frecuente advertir una evolución análoga.
Aunque la pintura barroca, sobre
todo en Italia, continúa empleando el fresco, éste se reduce principalmente a la
decoración de las bóvedas. En cambio, se abandona el temple y se generalizan el
óleo y el lienzo. Este último permite la pintura de cuadros de proporciones
mucho más grandes que la tabla, y gracias a él los cuadros de los retablos
mayores son todo lo gigantescos que exige el sentido de la grandiosidad de los
arquitectos barrocos.
Ya queda indicado cómo los temas
pictóricos se multiplican en el período barroco. La misma iconografía cristiana
se enriquece. Los católicos, combatidos por los protestantes, insisten en la
representación de los asuntos condenados por éstos. Así vemos tomar forma
definitiva a la Inmaculada, y pintarse series de escenas alegóricas del
Santísimo Sacramento. De acuerdo con el espíritu de los Ejercicios espirituales
de San Ignacio, se desmenuzan al máximo los pasajes evangélicos, y Tiépolo llega
a ofrecernos un crecido número de escenas de la historia de la Huida a Egipto.
Las historias de santos se hacen también más numerosas, y son frecuentes las
series de lienzos a ellos dedicados para decorar iglesias y claustros de
conventos. La conquista de Holanda, tierra de fecunda actividad pictórica, por
el protestantismo da lugar a un mayor interés por los temas del Antiguo
Testamento.
La fábula pagana continúa
cultivándose, sobre todo, en Flandes y Francia, donde conserva el tono idealista
de tradición italiana, mientras en España y Holanda se interpreta en el plano de
la vida diaria. Pero los que ganan más terreno son los otros géneros profanos.
El retrato se difunde
considerablemente, generalizándose el de cuerpo entero y creándose de forma
definitiva el de grupo. En alguna escuela, como la francesa, se pone de moda el
retratarse de dios pagano; mientras en otras—la española sobre todo—no falta
algún retrato de dama con atributos de santa. El paisaje, convertido en género
independiente, adquiere importancia extraordinaria, y dentro de él se crean los
más específicos de marinas, de batallas navales, etc. Aparece el cuadro de
arquitectura, el de interior con escenas caseras, galantes, etcétera; el de
bodegón con figuras, por lo general de medio cuerpo, comiendo, bebiendo o
jugando; el de naturaleza muerta, de carnes, pescados o frutas; el de flores, el
de animales, etc. Todo ello trae como consecuencia la especialización en cada
uno de esos géneros pictóricos de numerosos artistas.
LA ESCUELA BOLOÑESA: LOS CARRACCI
.—La reacción contra el
manierismo florentino y romano que ve en ciertos aspectos de Miguel Ángel,
Rafael y Correggio, la única fuente del verdadero arte radica en Bolonia,
precisamente la ciudad dominada por Peregrino Tibaldi (muerte 1595), el artista
que pasa su vida repitiendo más o menos fielmente el estilo de la Capilla
Sixtina. Este movimiento bolones que propugna un estilo ecléctico de base más
amplia y produce sus primeras obras importantes hacia 1580, sólo es estilo de
vanguardia durante unos treinta años, si bien la escuela perdura e incluso crea
algunas de sus personalidades más destacadas en el segundo cuarto del siglo XVII.
El eclecticismo bolones es obra
de un pintor de más fuerza de voluntad que dotes artísticas excepcionales. Luis
Carracci (muerte 1619) no se descorazona cuando, en Bolonia, su primer maestro
quiere quitarle las ilusiones de dominar la pintura, ni cuando, en Venecia, el
Tintoretto no le concede atención alguna. Marcha entonces a Florencia y a Parma,
y, a la vista de las obras allí existentes, forma su propio estilo, en el que
trata de fundir todo lo que considera más excelente en cada maestro. Al regresar
a Bolonia, después de imponerse a sus paisanos, hace que sus dos primos más
jóvenes, Agustín (muerte 1602) y Aníbal (muerte 1609), viajen también por Italia
y adquieran un estilo igualmente ecléctico, formado, sobre todo, en los frescos
de Correggio y en los lienzos del Veronés. Generalmente unidos los tres,
comienzan a trabajar en su patria hacia 1580, constituyendo un verdadero
triunvirato pictórico que termina por extender su estilo a casi toda Italia y a
buena parte de España y Francia. En 1585 fundan la famosa Accademia dei Desirosi
o degli Incaminnati, el centro de enseñanza que sirve de modelo a las modernas
escuelas de Bellas Artes. Con ella los Carracci reemplazan el viejo sistema del
maestro que enseña en su taller al aprendiz por una institución donde, además de
las enseñanzas puramente técnicas, se dan clases de anatomía, en las que un
médico explica sobre el modelo vivo, de diversas enseñanzas teóricas y de
historia de la pintura. Periódicamente, por último, se distribuyen premios entre
los alumnos más aventajados.
Hasta fecha reciente se ha creído
en la autenticidad de un soneto de Agustín Carracci elogiando a Nicolo dell
Abate que se consideraba el programa del eclecticismo bolones. Según ese soneto
quien quisiese hacerse buen pintor habría de aprender el dibujo en la escuela
romana, del terrible camino de Miguel Ángel, la verdad del Tiziano, el estilo
puro de Correggio y la verdadera simetría, es decir las proporciones de Rafael.
Hoy sabemos que ese soneto es pura invención del siglo XVIII, con lo que el
eclecticismo carracciesco resulta más intuitivo que programático.
Luis Carracci, en su Virgen con
santos, tenida por su obra maestra, descubre, por encima de los escorzos, del
movimiento de algunas figuras y de la iluminación de estirpe correggiesca, un
cierto sentido barroco de la grandiosidad. Encontrándose muy lejos de ser un
temperamento apasionado, es indudable que a la premiosidad y al preciosismo
manierista ha sucedido un moderado ímpetu barroco.
La Comunión de San Jerónimo, de
la misma Pinacoteca de Bolonia, de Agustín Carracci, dotada también de indudable
grandiosidad, muestra, en cambio, las preferencias de su autor por el arte
jugoso de los venecianos. Aníbal se hace famoso por sus numerosos asuntos de
composición sencilla y estilo tan falto de nervio y tan dulzón, que llega a
empalagar. El Sueño del Niño Jesús, el llamado «Silencio de Carracci», es una de
sus creaciones más típicas de este género.
Después de haber pintado al
fresco los tres Carracci varios palacios de Bolonia, Agustín y Aníbal marchan en
1595 a Roma para decorar el del cardenal Farnesio. Se comprende su triunfo sobre
el manierismo agonizante representado por Federizo Zúccaro. El único que puede
hacerles sombra es Caravaggio, y no cultiva ese género de pintura. El
eclecticismo bolones entronizado así en la capital del mundo artístico, se
difunde rápidamente. Los Carracci, inspirándose en Miguel Ángel, Rafael y el
Correggio, y estudiando las antigüedades romanas, son quienes realmente sacan,
en esta decoración de carácter mitológico de la galería del Palacio Farnesio,
las últimas consecuencias del arte pagano de Rafael, que la Reforma Católica
impide desarrollar en sus cuadros religiosos. El genio director debe de ser
Agustín, cuyo temperamento se encuentra tan lejano de los ideales reformistas
católicos, que llega a abrir algún grabado de carácter lascivo. En el arranque
de la bóveda del Palacio alternan los atlantes simulados de mármol, con desnudos
y medallones bronceados, mientras en el gran cuadro central se desarrolla la
historia de Baco y Ariadna (fig. 1886), que avanzan en alegre tropel exhalando
en sus desnudos la sensualidad de un paganismo plenamente asimilado. Animado por
el mismo espíritu.
(fig. 1886) Historia de Baco y Ariadna
El Triunfo de Galatea es otra de
las escenas más decorativas y mejor compuestas de los Carracci. Ambas están
vistas lateralmente, como en una pintura de caballete. La trascendencia de estas
grandes composiciones es considerable. Son el jalón inmediatamente anterior al
barroquismo de Rubens y principal fuente de inspiración del arte francés de Luis
XIV.
GUIDO RENI, EL GUERCINO,
DOMENICHINO Y ALBANI
. —Las dos grandes figuras de la
segunda generación de la escuela boloñesa y las que le inyectan nueva vida, son
Reni y el Guercino.
Guido Reni (muerte 1642) es un
discípulo de los Carracci que duda en un principio entre el estilo de éstos y el
naturalismo de intensos contrastes de luces y sombras del Caravaggio, hasta el
punto de que llega en sus comienzos a pintar alguna obra tan plenamente
caravaggiesca como la Crucifixión de San Pedro, del Vaticano. Decidido, al fin,
por el gran estilo decorativo de colores claros y de hermosas figuras con bellos
rostros de aquéllos, llega a ser uno de los principales cultivadores del
eclecticismo bolones. De gran capacidad técnica, aunque un poco frío de
inspiración, prueba su talento el que Aníbal Carracci, celoso de su valer, no le
deje colaborar en el Palacio Farnesio.
Al terminar su pintura de la
Aurora (1609 (fig. 1887), el mismo año de la muerte de Aníbal Carracci, todos le
consideran en Roma el sucesor de éste. Nadie duda que aquella gran composición
al fresco con que decora la bóveda del Casino Rospigliosi es obra de la
categoría de la del Palacio Farnesio y digna heredera de las grandes pinturas
murales de Rafael. Concebido a semejanza de Baco y Ariadna, como un gran lienzo
sin muchas preocupaciones por escorzos y efectos de perspectiva, presenta al
dios Apolo en un carro tirado por briosos corceles avanzando al galope sobre las
nubes, rodeado por el bello cortejo de las Horas y precedido por la Aurora
sembrando flores sobre la tierra.
(fig. 1887) La Aurora
Guido Reni es también uno de los
grandes pintores barrocos de temas religiosos (fig. 1888). Algunas de sus
creaciones, como la Magdalena en actitud extática y teatral, tan fofa de carnes
como de expresión, alcanzan gran popularidad a juzgar por el gran número de
copias conservadas. La Judit del Palacio Spada, de Roma, muestra la honda huella
dejada en él por Caravaggio, y el retrato del Cardenal Spada, en la misma
colección, habla de sus dotes para cultivar este género.
(fig. 1888) La Magdalena
Si Guido Reni se mantiene, en lo
esencial, fiel a las normas de los Carracci, Francisco Barbieri, el Guercino
(muerte 1666), algo más joven que él, trae nueva vida al eclecticismo bolones
vivificando el estilo decorativo de aquéllos con el claroscurismo y el amor a la
naturaleza de Caravaggio y el colorido veneciano. Su gran pintura de la Aurora
(1621 (fig. 1889), del Casino Ludovisi, de Roma, es la última gran creación de
este tipo de la escuela boloñesa, donde, debido probablemente a la influencia
veneciana, se abandona ya el punto de vista lateral adoptado por los Carracci y
Guido Reni y se presenta la escena contemplada desde abajo, en violento escorzo
sobre un celaje en el que la mirada se pierde. El claroscuro es también más
intenso que en sus predecesores.
(fig. 1889) La Aurora
Ese claroscurismo de influencia
caravaggiesca es todavía mucho más sensible en su gran lienzo del Entierro de
Santa Petronila (fig. 1890), que se considera su obra maestra. Comparado con el
Santo Entierro, de Caravaggio, al mismo tiempo que descubre el origen de lo bajo
del punto de vista, delata, con el mayor aparato de sus composición, todo lo que
ha prosperado el barroquismo. Su estilo colorista revela cómo Guercino ha sabido
asimilar la blandura veneciana.
(fig. 1890) Entierro de Santa Petronila
Discípulos de menos categoría de
los Carracci son el Domenichino y Albani. Domenico Zampieri, el Domenichino
(muerte 1641), aunque la falta de nervio corriente en la escuela se hace en él
bastante sensible, crea en la Comunión de San Jerónimo (1614) una de las
principales obras de la pintura barroca (fig. 1891). Copia bastante fiel de la
de Agustín Carracci, lo monumental del fondo presta mayor grandiosidad al
conjunto y la luz destaca las diversas partes del grupo haciendo su composición
más clara; pero es el agotamiento físico del rostro del santo, expresado con
intensidad típicamente barroca, lo que centra rápidamente el interés del que
contempla el cuadro.
(fig. 1891) Comunión de San Jerónimo
Cultiva también el género
mitológico —Triunfo de Diana, de la Galería Borghese, de Roma—, género en que se
distingue especialmente Francisco Albani (muerte 1660). Pintor éste que concibe
todo en pequeño, sus personajes son unos graciosos muñecos de rostros
angelicales e infantiles en los que el espíritu pagano que inspira al Correggio
muere esterilizado por el sentimiento de castidad de la Reforma Católica. Sin el
grano de sensualidad renacentista, sus insípidas creaciones mitológicas le
conquistan, sin embargo, fama muy superior a sus propios méritos. La Danza de
Amores, de la Pinacoteca Brera, de Milán, es muy representativa de su
personalidad artística.
EL TENEBRISMO: CARAVAGGIO
. —Un año después que Aníbal
Carracci, muere en la playa de Porto Ercole, rodeado por unos pescadores,
víctima de la fiebre y de las heridas recibidas en su último altercado, Miguel
Ángel Caravaggio (muerte 1610). Nacido en el norte de Italia, después de
estudiar en Milán se establece en Roma, pero su carácter violento y pendenciero
convierte su vida, sobre todo en su última parte, en una serie ininterrumpida de
duelos, muertes, fugas huyendo de la justicia y peticiones de indulto. Así,
cuando el porvenir se le presenta ya diáfano en la Ciudad Eterna, tiene que
abandonarla y huir a Nápoles. Desde allí marcha a Malta, y después peregrina por
Sicilia. Al permitírsele regresar a Roma, muere antes de cumplir los cuarenta.
Lo mismo que su vida, la actitud
artística del Caravaggio es de franca rebeldía frente al arte ecléctico bolones.
Caravaggio ve la obra pictórica desde un ángulo mucho más estrecho, pero también
desde un punto de vista más original. Al situar en el primer plano de su interés
el problema de la luz, inicia una de las grandes conquistas del arte barroco.
Comenzada su formación en tierra lombarda, fecundada por el estilo leonardesco,
es natural que se sienta atraído por el claroscurismo. Pero mientras en el
maestro florentino el claroscuro está ligado al esfumado de los perfiles y a la
suavidad en el tránsito de la luz a la sombra, en el Caravaggio la luz se
proyecta sobre la forma con violencia y su contraste con la sombra es brusco e
intenso. Si la de Leonardo es una luz suave como la sonrisa de sus rostros, la
del Caravaggio es intensa como la luz artificial en la noche o el rayo de sol en
la oscuridad. Para crear estos intensos efectos de luces y sombras refiere uno
de sus biógrafos que pintaba con luz de sótano, es decir, con iluminación muy
alta y única, a fin de que las paredes permaneciesen en la sombra. A ello se
debe el nombre de tenebrismo con que se conocen su estilo y el de sus
imitadores.
Su actitud no es menos decidida
frente al idealismo renacentista, hasta el punto de convertirle en un temprano
campeón del naturalismo barroco. Poco amigo de la noble arrogancia con que el
Renacimiento gusta de imaginar sus personajes, los interpreta él en tono tan
naturalista que, sobre todo en alguna historia religiosa, llega a provocar
airadas protestas. Salvo en casos muy aislados, más que el deseo de ahondar en
la representación realista, se advierte en Caravaggio el de humanizar los
personajes divinos, aunque manteniéndose dentro de los límites propios del
idealismo italiano. Ello no obstante, no pocas de sus obras descubren en él un
prurito de rebuscamiento en la composición para crear violentos escorzos, de
estirpe poco naturalista.
Su primer grupo de obras
importantes es la serie de San Mateo. En la historia de San Mateo y el ángel, si
el tipo poco distinguido de aquél explica las protestas antes aludidas, la
rebuscada actitud del ángel habla de su preocupación por el escorzo. De gran
tamaño, las figuras ocupan la casi totalidad del lienzo. En la Vocación del
Santo ofrece la escena, corriente en el tenebrismo, de varios personajes en una
oscura sala en torno a una mesa violentamente iluminada desde la parte alta de
uno de los lados.
En los dos cuadros compañeros de
la Crucifixión de San Pedro y de la Conversión de San Pablo (1600) se muestra
aún más lejano de las normas renacentistas. Las figuras, proporcionalmente
mayores, llenan la superficie, y si en el primero, las actitudes, dentro de sus
intensos escorzos, procuran ser vulgares, en el segundo, el caballo, en violento
escorzo, con la grupa vuelta al espectador y el santo con los brazos clamantes
hacia el cielo, delatan una preocupación efectista netamente barroca.
El rebuscamiento en la
composición y en el punto de vista es manifiesto en el Santo Entierro (1602 (fig.
1892), donde el autor imagina el sepulcro en primer lugar y al espectador muy
debajo, casi en la fosa misma, para que contemple la escena en escorzo muy
acusado. Los gestos y los tipos son poco distinguidos. Si se vuelve la mirada al
Santo Entierro, de Rafael, imaginado como un desfile de bellas actitudes, se
comprenderá el largo camino recorrido por Caravaggio para llegar a llamarnos la
atención, incluso sobre las deformidades de los pies de uno de los santos
varones.
(fig. 1892) Santo Entierro
Donde su arte de componer se
muestra menos rebuscado, su iluminación más típicamente tenebrista y más
efectista y su realismo más insolente es en el Entierro de la Virgen (1605 (fig.
1893). El tomar por modelo para la figura de María a una pobre mujer ahogada en
el Tíber, con el vientre hinchado, es superior a lo que puede soportar el
ambiente clásico romano, y la protesta termina por hacer retirar el lienzo del
templo para donde se pinta. Ni la grandiosidad de la composición, dentro de su
aparente sencillez, ni la forma admirable como el intenso claroscuro valoriza el
contenido trágico del tema, creando uno de los cuadros más impresionantes de la
pintura barroca, logran compensar a sus contemporáneos del desacato que
significa el realismo de Caravaggio para el sentido clásico y para la piedad.
(fig. 1893) Entierro de la Virgen
Dadas sus preocupaciones
naturalistas, es lógico que Caravaggio cultive el cuadro de costumbres, que
tanto éxito tiene entre sus sucesores. Ya en los primeros tiempos pinta la Mujer
tocando el laúd y unos Jugadores de cartas, a los que siguen otros como la Mujer
diciendo la buenaventura, todos ellos de figuras de medio cuerpo. Su Cesta de
frutas, de la Pinacoteca Ambrosiana de Milán, es testimonio de la amplitud de su
interés naturalista. Con este mismo criterio interpreta el tema mitológico de
Baco (fig. 1894).
(fig. 1894) Baco
La influencia del tenebrismo y
del naturalismo caravaggiesco durante la primera mitad del siglo XVII es
extraordinaria, no sólo en Italia, sino en el resto de Europa. Etapa no bien
conocida de la pintura italiana, cuenta con nombres como Manfredi, Gentileschi,
Caracciolo, etc. Pero el único tenebrista que trabaja en Italia capaz de
competir en personalidad con Caravaggio es el español Ribera, que pasa casi toda
su vida en Nápoles, y de quien se trata más adelante.
LOS DECORADORES DE LA SEGUNDA
MITAD DEL SIGLO
. —La principal creación de la
escuela romana de la segunda mitad del siglo es la pintura decorativa de bóvedas
y techos, en la que el barroquismo triunfante alcanza una de sus últimas metas.
En ella se continúa el estilo decorativo bolones. El que abre francamente esta
nueva etapa barroca es Pietro de Cortona (muerte 1669), casi riguroso coetáneo
del Guercino. Inspirándose aún más en las bóvedas del Correggio que en las
decoraciones boloñesas, concede al escorzo de la figura humana y a las nubes
toda la importancia que resta a la trama arquitectónica. En su gran techo del
Palacio Barberini (1633), de Roma, que pinta por los mismos años en que Bernini
traza el Baldaquino, echa las bases del nuevo estilo decorativo del pleno
barroco (fig. 1895).
(fig. 1895) Techo del Palacio Barberini
Pero quien le hace recorrer el
último estadio de su evolución es el jesuita Andrea Pozzo (muerte 1709), cuya
actividad corresponde ya al último tercio del siglo XVII. El pone al servicio de
ese deseo de espacio infinito, tan característico del barroco triunfante, un
dominio excepcional de la perspectiva arquitectónica. Gracias al gran
escenógrafo que en él existe, sus bóvedas producen la ilusión de que los muros
del templo se prolongan en pisos y más pisos, con galerías, columnas y
entablamentos, hasta perderse en las nubes. El Triunfo de San Ignacio, de la
bóveda de su iglesia de Roma, es su obra cumbre y la que, por tanto, representa
la meta de este tipo de pintura decorativa (fig. 1896).
(fig. 1896) Triunfo de San Ignacio. Roma
Ilustre cultivador del mismo
estilo es su coetáneo el genovés Baciccia (muerte 1709), autor del gran fresco
del Triunfo de Jesús, de la iglesia de Jesús, también de Roma.
Con ese tipo de pintura
decorativa del pleno barroco, aunque corresponda ya al siglo XVIII, se encuentra
relacionada la de escenografía, cuya ilusión suprema en este período es la
ficción de espacio. Su gran maestro es el bolones Fernando Bibbiena (muerte
1743), quien a su dominio de la perspectiva une una imaginación extraordinaria y
fecundísima para inventar enormes interiores de grandiosas proporciones, de los
que se conservan dibujos y estampas.
NÁPOLES Y GÉNOVA
. —Al tenebrismo, que tan hondas
raíces echa en Nápoles gracias a la presencia de Ribera, sucede el estilo de
Luca Giordano, a quien ya en vida se le llama, en España, Lucas Jordán (muerte
1705). Artista que pasa de la concepción a la ejecución con rapidez vertiginosa,
y que a su fantasía extraordinaria une una facilidad de pincel igualmente
excepcional, es quizá el pintor más fecundo que ha existido. Su desconcertante
rapidez en el trabajo hace que sus contemporáneos le denominen «Luca fa presto».
Aunque, a veces, su estilo pueda resultar algo monótono por falta de empeño, sus
dotes de colorista son de primera categoría, siendo también sorprendente su
habilidad para imitar los estilos ajenos, de los que hace verdaderas
falsificaciones. Entre sus pinturas de caballete son particularmente bellas las
de influencia veneciana. Pero donde despliega todas sus excepcionales facultades
es en sus enormes frescos de bóvedas y techos. Su punto de partida es el estilo
de Pietro de Cortona, cuyos modelos y actitudes ejercen en él profunda y
perdurable influencia. Lucas Jordán renuncia a escorzos arquitectónicos, y arma
sus amplísimas composiciones sobre bambalinas de nubes que se suceden hasta
perderse en el infinito. Trasladado en los últimos años de su vida a Madrid,
pinta en España bóvedas tan importantes como la de la sacristía de la catedral
de Toledo (fig. 1897), las de la iglesia y escalera de El Escorial, la del Casón
del Buen Retiro de Madrid, donde representa la historia del Toisón de Oro, etc.
(fig. 1897) Sacristía de la catedral de Toledo
Algo más joven que Jordán, merece
también recordarse en la escuela napolitana el nombre de Salvator Rosa (muerte
1673), que lleva al paisaje el estilo riberesco y que se distingue como pintor
de batallas.
En Génova, el naturalismo
barroco, unido a un gran desenfado técnico, produce la interesante personalidad
de Bernardo Strozzi (muerte 1644), que cultiva temas como el de la Cocinera, del
Palazzo Rosso, que se pensaría más propio de la escuela holandesa (fig. 1898).
(fig. 1898) Cocinera, del Palazzo Rosso
SIGLO XVIII. VENECIA: TIÉPOLO,
CANALETTO Y GUARDI
. —En el siglo XVIII, aunque
continúa trabajando en Roma algún pintor de fama en su tiempo, es Venecia la que
marcha a la cabeza de la pintura italiana. En la primera mitad de la centuria
aparecen ya varios artistas en quienes revive el rico colorido de la escuela, al
servicio de un barroquismo gracioso y elegante, típicamente dieciochesco. Se
llama Sebastián Ricci (muerte 1734), que trabaja en las cortes de Viena y
Londres, y J. B. Piazzetta (muerte 1754). La gran pintura veneciana de esta
época es de carácter profano, y su verdadero creador, Giambattista Tiépolo
(muerte 1770), en quien la opulencia decorativa y el sentido del lujo venecianos
y el espíritu narrativo cuatrocentista y veronesiano se ponen al servicio de una
imaginación ampulosamente barroca. Aunque cultiva también el género religioso,
la mayor parte de sus obras y la más representativa es la de tema profano (fig.
1899).
(fig. 1899) Charlatán
Así, en la villa Marmarana, de
Vicenza, deja una importante serie de escenas de la Eneida y de la Odisea.
Decorador el más distinguido en su tiempo, pinta las bóvedas del Palacio de
Wurzburgo, en Alemania, una de sus obras maestras. En 1762 se traslada a Madrid,
donde pasa el resto de su vida manteniendo gloriosamente el pabellón de la gran
pintura colorista barroca frente al neoclásico Mengs. De su labor madrileña y de
la de sus hijos se trata más adelante, en el capítulo dedicado a la escuela
española.
Si en Tiépolo predominan la
fastuosidad y el lujo veronesiano, en Canaletto y en Guardi lo esencial es el
gusto por la ciudad de Venecia y por la vida veneciana que inspirara a los
Bellini y a Carpaccio. El iniciador de este nuevo tipo de pintura setecentista
es Antonio Canal, Canaletto (muerte 1768), quien, después de visitar Roma y
cultivar la escenografía, se dedica a pintar desde amplios puntos de vista los
canales venecianos con sus góndolas, puentes y plazas, poblados de diminutas
figurillas. El Palacio de los Dux (fig. 1900), la plaza de San Marcos, la
iglesia poligonal de Sta. Maria della Salute con sus típicos mensulones, la
paladiana fachada de San Giorgio Maggiore, son el fondo corriente de sus alegres
y luminosas composiciones.
(fig. 1900) Palacio de los Dux
De sus continuadores, mientras
Bellotto (muerte 1780) se limita a repetir su estilo, Francesco Guardi (muerte
1793), aun manteniéndose dentro de las características generales del mismo,
emplea técnica más suelta y nerviosa que presta nueva vida al género creado por
Canaletto. Pietro Longhi (muerte 1785) es el cronista de la vida veneciana que
se interesa más por la escena que por el bello escenario de canales y plazas (fig.
1901).
(fig. 1901) Lección de Baile
Frente a estas bellas vistas
venecianas sin preocupación arqueológica de ninguna especie, las de G. P. Panini
(muerte 1764) se distinguen por incluir ruinas de templos clásicos, relieves y
vasos de mármol en los que sobrevive el espíritu del paisaje romano seiscentista.
Nápoles, la hermosa ciudad del
sur, conserva cierta vitalidad durante el siglo XVIII gracias a sus decoradores
Francisco Solimena (muerte 1747) y Corrado Giaquinto (muerte 1765), quienes con
estilo diferente conservan la gran tradición de Lucas Jordán. El último, lo
mismo que Tiépolo, es llamado por Carlos III a decorar el Palacio Real de
Madrid.
CAPÍTULO XXXVI
PINTURA BARROCA
FLAMENCA Y HOLANDESA
ESCUELA FLAMENCA: RUBENS
VAN DYCK
JACOB JORDAENS
PINTURA DE GÉNERO: BROUWER Y
TENIERS. EL PAISAJE
BODEGONES Y ANIMALES
HOLANDA: FRANS HALS. VAN DER
HELST
REMBRANDT
MAESTROS MENORES: PINTORES DE
INTERIORES
ARQUITECTURA, PAISAJE Y MARINA
ANIMALES, FLORES Y BODEGONES
ESCUELA FLAMENCA: RUBENS
. —La escuela flamenca, que hemos
visto en trance de perder su personalidad, dominada por la influencia italiana,
renace en el siglo XVII para figurar de nuevo en primera fila. Pero las guerras
de religión abren una profunda sima entre los artistas del Norte y los del Sur,
antes apenas diferenciados por pequeñas preferencias técnicas como el interés
por la luz. Católica la actual Bélgica debido a la ocupación española, la
pintura religiosa continúa teniendo en ella importancia de primer orden,
mientras la protestante Holanda reduce su capítulo religioso a unas cuantas
escenas de la vida de Jesús y al Antiguo Testamento, y dedica casi toda su
actividad a los géneros de carácter profano.
La escuela flamenca es, en gran
parte, la escuela de Rubens. Su personalidad arrolladora crea un gran número de
discípulos que conservan su estilo hasta fines de siglo.
Pedro Pablo Rubens (muerte 1640)
nace todavía en pleno siglo XVI en tierra alemana, aunque de padres flamencos, y
al cumplir los diez años se traslada a Amberes, donde se forma con los
italianizantes Van Noort y Otto van Veen. En 1600, al cumplir los veintitrés
años, marcha a Italia, donde permanece no menos de ocho. Allí entra al servicio
del duque de Mantua, en cuya corte inicia su vida de hombre de gran mundo, que
tan decisiva ha de ser en su porvenir; en Florencia asiste a las bodas de
Enrique IV con María de Médicis, bodas que en sus años maduros serán el tema de
una de sus series más importantes. Pasa después cerca de tres años en Roma. En
1603 hace su primer viaje a Madrid por encargo del duque de Mantua, y en 1609
regresa a su patria con la aureola de sus éxitos italianos, y, nombrado pintor
de los archiduques, se casa con Isabel Brandt, la joven con quien aparece en su
primer Autorretrato de la Pinacoteca de Munich. Rodeado de antigüedades romanas
y de cuadros italianos, trabaja sin cesar en un hogar feliz hasta que se queda
viudo. Rubens viaja de nuevo durante varios años, alternando los pinceles con
las gestiones diplomáticas. Entonces hace una nueva estancia en Madrid (1628) y
visita Londres y Holanda. Cumplidos los cincuenta, contrae segundo matrimonio
con la joven de dieciséis años Elena Fourment, con quien, en unión de su hijo
menor, le vemos en el segundo Autorretrato de la Pinacoteca de Munich. Elena
Fourment es el modelo que repite en los diez años que le restan de vida.
Comenzada su formación con los
romanistas flamencos, donde se forja la personalidad artística de Rubens es en
Italia, bajo la influencia de los grandes maestros del siglo XVI. En Rafael y
Leonardo estudia principalmente el arte de componer; en los venecianos, no pocas
composiciones, pero, sobre todo, el color; en Miguel Ángel, el sentido de la
grandiosidad; en el Caravaggio, la luz, y en los Carracci, el sentido decorativo
de las grandes composiciones. Prueba de su interés por los maestros italianos
son las numerosas copias que poseemos de su mano. Todavía en el Prado se
conserva alguna de las que hace de los Tizianos de las colecciones reales. Pero
mientras los boloñeses, inspirándose en esas mismas fuentes, forman un estilo
frío y de escasa originalidad, Rubens crea un estilo personalísimo lleno de
vida, y llega a ser el maestro más representativo del barroco en cuanto a
movimiento, abundancia y desbordamiento de la forma. Bajo su pincel todo se
hincha, se inflama y se retuerce como la columna salomónica. No sólo el cuerpo
humano, sino los caballos, las telas, los troncos de los árboles y aun el
terreno de sus paisajes. Muy distante su prototipo de belleza femenina del ideal
cuatrocentista florentino, se debe probablemente, tanto a sus gustos personales
como a los modelos del país, a la influencia de Tiziano y a su sentido de la
forma desbordante y dinámica. En él lo dramático es más movimiento y actitud que
expresión del rostro.
Al servicio de su sentido de la
forma pone Rubens una de las imaginaciones más fecundas que ha poseído pintor
alguno. Su facilidad para componer es extraordinaria. Aparte de los cuadros que
ejecuta por sí mismo o con escasa colaboración ajena, aquellos en que se limita
a dibujar la composición, a indicar los colores y a dar los toques finales,
confiando su ejecución a colaboradores, son numerosos. Gracias a su fecundidad
excepcional puede mantener en constante producción un activo taller donde
trabajan sus excelentes discípulos. Especializados varios de ellos en diversos
géneros como el paisaje, los animales, las frutas o las flores, cada uno ejecuta
en el lienzo la parte de su especial competencia. Este taller es la escuela en
que se forman los principales pintores de las generaciones siguientes y el medio
por donde ejerce decisiva influencia en esos varios géneros pictóricos. Gracias
a la colaboración de ese taller, Rubens nos deja una de las obras más amplias
producidas por pintor alguno, obra que no sólo abarca todos los temas:
religiosos, mitológicos, profanos, históricos, etc., sino que desarrolla algunos
de ellos en grandes series de lienzos de notables proporciones. Como es lógico,
su obra es desigual, porque, además, Rubens trabaja deprisa y con frecuencia no
se preocupa por la exactitud de las proporciones o la corrección de los
escorzos. Lo que le importa es el juego general de la composición, las formas
desbordantes y la riqueza colorista del conjunto. Y en este aspecto pocos
pintores le superan.
Rubens, después de sus primeras
obras, como las de Grasse (1602) y el Apostolado, del Museo del Prado, en las
que la influencia tenebrista es todavía sensible, forma su estilo definitivo más
movido y de colorido más claro y brillante, al que hace evolucionar
relativamente poco. Como pintor de temas religiosos es uno de los más
importantes y representativos del barroco. Quizá ninguno sabe crear
composiciones tan efectistas e impresionantes como las suyas. Así, en la
Adoración de los Reyes (fig. 1902), del Prado, la riqueza y el poder de los
Reyes de Oriente ofrendada a Jesús nos anonada y abruma.
(fig. 1902) Adoración de los Reyes. Museo del Prado
En los Condenados y en el Juicio
Final, de Munich, los cuerpos caen en el espacio como una catarata de carne
humana; en el Descendimiento (fig. 1903), de la catedral de Amberes, el cuerpo
del Salvador que se desploma, y el grupo de los que le reciben, están concebidos
con grandiosidad típicamente barroca.
(fig. 1903) El Descendimiento
En los Milagros de San Ignacio y
de San Francisco Javier lo espectacular del portento se encuentra interpretado
con intensidad y arrebato extraordinarios. Rubens es también el gran pintor de
alegorías religiosas. La ocasión de aplicar su genio a este tipo de pintura se
la proporciona el convento de las Descalzas Reales de Madrid al pedirle (1628)
los cartones para grandes tapices de temas eucarísticos que cubran su retablo
mayor y las paredes de su claustro. Al ejecutarlos nos refleja Rubens, con todo
el fuego de su barroquismo, el espíritu batallador de la Reforma Católica,
representando el Triunfo de la Iglesia, los de la Eucaristía sobre la Idolatría
y sobre la Filosofía, el del Amor divino, etc. Se conserva la mayor parte de sus
bocetos de tamaño pequeño en el Museo del Prado.
Su amor al desnudo y su notable
cultura clásica le convierten, por otra parte, en el gran intérprete barroco de
la fábula pagana, en lo que debe de tener no pequeña parte su admiración por el
Tiziano. Lo mismo que éste, no tiene grandes preocupaciones arqueológicas. La
mitología es para él un repertorio inagotable que permite representar desnudos y
más desnudos de blandas carnes nacaradas o bronceadas musculaturas, movidos por
el hilo de una fábula cuyo intenso tono dramático justifica con frecuencia las
más violentas actitudes. Su gran empresa de este tipo es la numerosa serie que
pinta por encargo de Felipe IV, que siente por él tanta admiración como su
abuelo por Tiziano, para decorar la Torre de la Parada, donde el monarca
acostumbraba a descansar en sus cacerías de El Pardo. En la actualidad,
constituye el fondo más rico de los cuadros de Rubens existentes en el Museo del
Prado. Pero, aparte de esta serie, sus cuadros de tema mitológico abundan.
Sirven de ejemplo el de Las tres Gracias (fig. 1904), una de sus últimas obras,
el Juicio de París y los Sátiros persiguiendo a las ninfas, también en el mismo
museo.
(fig. 1904) Las tres Gracias
Directamente relacionados con
este capítulo mitológico se encuentran los cuadros de tema de historia clásica,
entre los que figura en primer término el hermoso ciclo de Decio Mus, del Museo
de Viena, que narra la historia del héroe romano con la acostumbrada
ampulosidad. Y con igual dominio que la historia antigua, sabe desarrollar
Rubens la historia contemporánea. Su obra maestra en este orden es la importante
serie de grandes lienzos del Museo del Louvre, dedicados a glorificar a María de
Médicis, viuda ya de Enrique IV, cuyas bodas presencia en su juventud en
Florencia. En ella nos cuenta, con el hinchado lenguaje barroco, el tono
halagador del cortesano y el rodeo de la alegoría, los triunfos que como mujer y
reina alcanza a lo largo de su vida.
En la pintura de costumbres deja
también huella profunda. En su Danza de aldeanos, del Museo del Prado (fig.
1905), de sus últimos tiempos, la sana alegría flamenca que inspira el genio
humorístico de Brueghel el Viejo, se transforma en remolino humano retozón y
lleno de vida, cuyo ritmo violento nos dice lo lejanos que nos encontramos ya de
los jóvenes que danzan en la Bacanal, del Tiziano.
(fig. 1905) Danza de aldeanos
En su Jardín del Amor (fig.
1906), del mismo museo, el tono de la fiesta se eleva, e imagina Rubens una
serie de parejas de gentes elegantes que se hablan de amor, el tema que
adquirirá pleno desarrollo en la escuela francesa de la centuria siguiente.
(fig. 1906) Jardín del Amor
El paisaje, estacionado a fines
del siglo en el estilo de los imitadores de Patinir y Brueghel, adquiere ahora
nueva vida impulsado por el afán rubeniano de movimiento. La superficie
terrestre se ondula y sentimos la impresión de que los caminos serpentean como
seres vivos para hundirse en el fondo del cuadro, y que los árboles se retuercen
como columnas salomónicas. Las manchas de luces y sombras repartidas en su
superficie, al mismo tiempo que intensifican el dramatismo del paisaje, le dotan
de profundidad, típicamente barroca. El germen de vida arrojado por Brueghel
sobre el paisaje flamenco florece plenamente en Rubens.
Artista tan enamorado del
movimiento, aunque no cultiva propiamente el cuadro de batalla, gusta de
expresar el barroquismo de la fuerza desbordante del caballo al galope, haciendo
corvetas, encabritándose o derrumbándose en tierra. En sus cacerías pone de
manifiesto cómo le seduce el tema, desarrollando todo el dinamismo de los
dibujos leonardescos para la batalla de Anghiari.
Rubens es, por último, gran
pintor de retratos, si no siempre muy veraces, sí llenos de vida y de novedad en
su concepción general. El es el primer gran artista barroco que rompe con el
retrato rafaelesco cuyas líneas generales terminan su movimiento dentro del
cuadro. Aunque pinta alguno de cuerpo entero, suele hacerlos de media figura,
pero sus líneas parecen salir del cuadro y prolongan su movimiento fuera del
marco. Uno de los mejores es el de María de Médicis (1622 (fig. 1907),
espléndida y elegante figura cuyas carnes nacarinas realzan sus negras
vestiduras;
(fig. 1907) María de Médicis
Muy bello es también el de Ana de
Austria, igualmente en el Prado. Entre sus retratos ecuestres, el del Cardenal
Infante, triunfante en Nordlingen, es curioso compararlo con el de su bisabuelo
Carlos V por el Tiziano, para ver cómo la pradera brumosa y solitaria del Elba y
las nubes tristes pero tranquilas del celaje de éste se transforman en un campo
de batalla con resplandores de fuego, y en nubes que se revuelven para dar paso
a la Victoria que fulminando rayos y acompañada por el águila de los Austrias
viene a decidir la lucha.
Gracias a su tremenda fecundidad,
a la calidad de sus discípulos, a sus numerosos imitadores, a las copias y a la
rápida y amplia difusión de sus obras por medio del grabado, la influencia del
estilo de Rubens es extraordinaria en toda Europa y particularmente en España.
VAN DYCK
. —De una generación posterior a
Rubens, Van Dyck (muerte 1641) muere, sin embargo, sólo un año después de aquél.
Es casi un niño prodigio. A los dieciséis años tiene discípulos, y dos años
después es el principal auxiliar de Rubens. Hijo predilecto de la Fortuna, su
vida es una ininterrumpida carrera de triunfos. Hace un viaje a Italia,
deteniéndose principalmente en Génova, Venecia, Roma, y llega hasta Palermo.
Como Rubens, estudia con ahínco a los principales maestros, y su libro de
apuntes muestra cómo acostumbraba a copiar la composición de los cuadros que
llaman su atención. Los grandes éxitos logrados en Italia no tardan en llevar su
fama hasta la corte inglesa, y la oferta por Carlos I del puesto de primer
pintor, de un hotel en Londres y de una villa de verano en las cercanías de la
ciudad, le deciden a trasladarse a la capital de Inglaterra (1632), donde pasa
el resto de su vida. Es todavía hombre joven. Un escritor nos dice que en su
tipo había algo de querubín y algo de Don Juan. Después de una brillante cadena
de aventuras y de éxitos artísticos, se casa con una noble dama inglesa, y muere
a poco de cumplir los cuarenta años, habiendo hecho dar de sí a su arte todas
sus posibilidades.
Van Dyck es un discípulo dé
Rubens con personalidad propia, pero de dotes más limitadas, y sin sus grandes
ambiciones artísticas. Más correcto que él en el dibujo, carece, en cambio, de
su enorme fuerza creadora, de su poderosa fantasía. El reacciona contra el ideal
humano del maestro, y aunque conserva tipos que a veces es difícil distinguir de
los de aquél, dota a los suyos, en general, de proporciones más alargadas y
elegantes, que no en vano la elegancia de las proporciones y la distinción de
los gestos son las notas más destacadas de su estilo. Es un compositor cuidadoso
que estudia sin prisas las actividades de sus personajes y la forma de
relacionarlos. Sus composiciones carecen del fuego de las rubenianas, pero son
tan armónicas y tan agradables, que difundidas por el grabado se copiarán casi
tanto como las de Rafael. Con el tono impuesto por su propio temperamento, la
obra de Van Dyck es, en cierto grado, la prolongación de la rubeniana en su
faceta religiosa y del retrato.
En sus primeras obras de carácter
religioso, el influjo de Rubens es intenso, pero ya en su Apostolado los modelos
carecen de la corpulencia de los del maestro y delatan gran preocupación por las
actitudes elegantes. El ímpetu rubeniano, unido a su correcto sentido de la
forma, le permite crear en su época juvenil una obra tan de primer orden como el
Prendimiento, que el propio Rubens conserva hasta su muerte y en cuya
testamentaría lo compra Felipe IV. La contraposición entre el grupo que sigue a
Judas y la serenidad del Salvador, está sentida con admirable vigor trágico (fig.
1908).
(fig. 1908) El Prendimiento
De origen rubeniano y típicamente
barroca por el movimiento en diagonal de la composición, y por el huir de sus
líneas principales fuera del lienzo, es su Piedad, del Museo del Prado. Su
cotejo con la tan centrada y recogida en sí misma de Miguel Ángel, es buen
índice de los extremos a que llega la sensibilidad barroca. El gran número de
copias e imitaciones que de ella se conservan prueban lo bien que debe de
interpretar el gusto de la época. Van Dyck es estimado, sobre todo, como pintor
de retrato. En los de sus años juveniles, lo mismo que en el género religioso,
la influencia rubeniana es notable. En el de su compañero Snyders y su mujer,
aunque ya se apunta su tendencia a realzar la elegancia del retratado, tanto la
sombra del maestro como el respeto al natural son aún bastante sensibles. Pero
Van Dyck abandona pronto el taller de Rubens y marcha a Italia. Su permanencia
en Génova (1622-1627) deja huella perdurable en su arte del retrato, pues si la
técnica la aprende en Rubens, donde se forma el verdadero retrato vandyckiano es
en los salones de los palacios genoveses. La burguesía y sus amigos flamencos
son reemplazados ahora en sus lienzos por la nobleza italiana. Su estilo se hace
más halagador y las actitudes elegantes y graciosas suceden a la naturalidad
flamenca. En personajes italianos como la marquesa de Spinola, los Brignole
Sale, los Adorno o el Cardenal Bentivoglio, de cuerpo esbelto y rostro fino y
distinguido, encuentra el joven pintor flamenco los modelos por él soñados (fig.
1909).
(fig. 1909) Princesa Grimaldi
Al trasladarse a Inglaterra, Van
Dyck disfruta todavía de los últimos años del rey coleccionista, enamorado de
las bellas artes, que preceden a la aparición de Cromwell. A la nobleza italiana
sucede en sus lienzos la aristocracia inglesa, y el tipo de retrato nacido en
Génova continúa produciendo frutos cada vez más sazonados. Dos retratos famosos
hace de Carlos I, el del museo del Louvre, de pie sobre fondo de parque, vestido
de sedas con amplio sombrero y la mano en el bastón, y el del Palacio de Windsor
(fig. 1910), marchando plácidamente de paseo en un caballo que avanza en suaves
movimientos. Visto casi de frente, no son la masa y la fuerza del bruto, sino
las esbeltas proporciones del conjunto, y ese elegante andar del bello animal,
lo que seduce en este retrato del monarca que pocos años después ha de morir en
el patíbulo. Análoga distinción avalora el retrato de la reina Enriqueta, cuya
gentil figura, envuelta en finas sedas y rasos, parece flotar en el ambiente.
(fig. 1910) Carlos I de Inglaterra a caballo
Además del tipo de retrato
corriente de media figura, Van Dyck no sólo generaliza el tizianesco de cuerpo
entero, sino que hace triunfar el retrato doble —ya empleado por Holbein—, en el
que contrapone las actitudes de dos personajes. De este tipo es su autorretrato
del Museo del Prado de medio cuerpo, cediendo la derecha a Nendimión Porter, el
asesor artístico y amigo de Carlos I, y sobre todo el de cuerpo entero de los
condes de Bristol y Bedford, y el de John y Bernard Stuart (fig. 1911), en el
que para acusar el alargamiento del grupo coloca a cada personaje en distinto
plano.
(fig. 1911) John y Bernard Stuart
Pero esa aristocracia inglesa que
reconoce en Van Dyck al pintor especialmente dotado para retratarla, le exige
más retratos de los que puede ejecutar. Van Dyck termina limitándose a pintar
los rostros, y crea un taller al que encomienda el resto de la obra. Los
imitadores no tardan en formarse, y hoy existen en los palacios ingleses un
sinnúmero de retratos vandyckianos en los que la mano del maestro se diluye
tanto que concluye por desaparecer.
La influencia de Van Dyck en la
formación de los retratistas ingleses, como veremos, es decisiva.
Aunque de menor categoría, la
escuela flamenca produce otros varios pintores que se distinguen en el mundo del
retrato. De las grandes dotes de Cornelis de Vos (muerte 1651), muy poco más
joven que Rubens, pero que adopta el estilo de éste, es buena prueba el bello
retrato de grupo en que aparece en unión de su familia, del Museo de Amberes.
González Coques (muerte 1684) pinta retratos de grupo de tamaño pequeño y
elegancia vandyckiana, hasta el punto de que se le ha llamado el pequeño Van
Dyck. Justo Sustermans (muerte 1681), pintor de la corte de los Médicis, lleva a
Italia el arte del retrato flamenco rubeniano.
JACOB JORDAENS
. —Vivo contraste con la
personalidad de Van Dyck ofrece la de este otro discípulo (muerte 1678) de
Rubens. La sangre que en aquél se ve dominada por el culto de la distinción, y
en Rubens por su formación italiana y su cultura clásica, surge en él vigorosa.
Sin su fuerza creadora, Jordaens participa algo del genio polifacético del
maestro, y, aunque a la muerte de aquél es otro discípulo, Crayer, quien le
sucede en el puesto de pintor de los archiduques, él es estimado por todos como
el mejor pintor de Amberes. Años más tarde se hace hugonote y, partidario de los
Orange, termina pintando la Apoteosis del Príncipe de Nassau (1640).
Aunque Jordaens pinta cuadros de
asuntos religiosos, como los Desposorios de Santa Catalina; mitológicos, como el
Meleagro y Atalanta, y retratos, como el de la Familia del pintor, todos ellos
en el Museo del Prado, los que le dan más popularidad son de escenas populares,
como el del Rey bebe (fig. 1912), verdadero homenaje a la glotonería flamenca en
el estilo ampuloso rubeniano.
(fig. 1912) El Rey bebe
Teodoro Rombouts (muerte 1637),
coetáneo suyo, que muere joven, cultiva también escenas populares, aunque dentro
del estilo caravaggiesco. El mismo tema de los Jugadores de cartas, del Museo
del Prado, no deja de ser significativo.
PINTURA DE GÉNERO: BROUWER Y
TENIERS. EL PAISAJE
. —La pintura de género, hija del
amor por los temas secundarios y humildes tan característicos de la escuela
flamenca, y, sobre todo, de la holandesa del siglo XVII, tiene sus raíces en la
centuria anterior. Recuérdese el nombre de Metsys y el de Brueghel, pues
precisamente los sucesores de éste se dedican a ese género de pintura. Jan
Brueghel (muerte 1625), llamado de Velours por su afición a pintar terciopelos y
rasos, es hijo de Pedro y pinta escenas de bodas, fiestas campestres, de
mercado, etc., en las que, a veces, concede gran importancia al paisaje. Tiene a
su vez un hijo pintor del mismo nombre, que continúa el estilo.
El verdadero creador de este tipo
de pintura en su sentido más estricto, no obstante haber muerto a poco de
cumplir los treinta años, es Adrián Brouwer (muerte 1638). Discípulo de Frans
Hals en Harlem, y, por tanto, de formación holandesa, reacciona contra la
técnica minuciosa de Jan Brueghel, pero, sobre todo, se dedica exclusivamente a
representar tipos y costumbres populares. Brouwer es el pintor de las escenas de
taberna, de los campesinos y gentes del pueblo que beben, fuman y cantan (fig.
1913); que discuten o que se pelean y golpean con las vasijas en que beben o con
la banqueta donde se sientan.
(fig. 1913) Mesón
El estilo de Brouwer tiene pronto
gran número de imitadores, entre los que deben recordarse los nombres de su
compadre y discípulo Jóos van Craesbeeck (muerte 1655) y el de los David
Rickaert, que abarcan tres generaciones. Pero quienes difunden este tipo de
pintura son los David Teniers. Casi riguroso coetáneo el primero de Brouwer, y
muerto a fines de siglo el segundo de los Brouwer, su estilo extraordinariamente
afín permite considerarlos como una sola personalidad. Discípulo de Rubens,
amplía considerablemente el marco de la pintura de género. Los tres o cuatro
personajes frecuentes en los cuadros de Brouwer se multiplican hasta formar
grandes reuniones. Y lo mismo que los personajes aumenta el número de los temas,
entre los que abundan las fiestas, los desfiles populares y las escenas de la
vida campesina (fig. 1914).
(fig. 1914) Fiesta aldeana
Las Tentaciones de San Antonio,
que pinta varias veces, dicen cómo cultiva también la vena humorista que hiciera
famoso al Bosco.
El paisaje, que gracias a Rubens
se transforma en un espectáculo dinámico y cargado de dramatismo, sigue teniendo
el valor de un gran cuadro decorativo, importante por sí mismo. Entre los
principales paisajistas, nacidos a la sombra de la poderosa personalidad del
maestro, destacan sus dos colaboradores Jan Wildens (1586 - 1653), el primo de
Elena Fourment, y Lucas van Uden (1615 - 1672), a quienes se deben algunos
fondos de paisaje de los cuadros de Rubens. Cuando trabajan independientemente,
tanto ellos como los paisajistas posteriores flamencos, suelen hacer pintar a
otros artistas las figuras que animan sus composiciones.
La última etapa del paisaje
flamenco seiscentista está representada por Jacques d'Artois (1613 - 1686), ya
de la generación siguiente a la de los colaboradores de Rubens.
Un género de paisaje que tiene
algo de cartografía es el del pintor de batallas Peeter Snayers (muerte 1667),
que registra con gran precisión en los amplios panoramas de sus paisajes,
ciudades, fortalezas, caminos y emplazamientos de tropas. El Museo del Prado
posee una importante serie de cuadros de este género.
BODEGONES Y ANIMALES
. —Aunque Caravaggio, muerto en
los primeros años del siglo, elige como tema exclusivo de un cuadro un cesto de
frutas, la pintura de bodegones es, en realidad, creación flamenca. Ya hemos
visto en el siglo XVI las escenas de cocina y de mercado, de Aertsens y de su
continuador Bueckelaer, y no debe olvidarse que este género es la consecuencia
natural del interés mostrado por los primitivos flamencos en sus cuadros
religiosos por la interpretación de la calidad de las vasijas de metal y de
vidrio, de las frutas, de los terciopelos, de los brocados, etc.
El bodegón suele ser de
proporciones apaisadas. Algunas veces se reduce a representar frutas, huevos,
pescados u otra materia comestible, pero por lo común está formado por un
conjunto vario, al que se agregan aves, caza, piezas de cristal y orfebrería,
tapetes, etc. A veces completan el bodegón uno o dos personajes, e incluso
algunos pintores gustan de introducir gatos o perros, que se precipitan sobre
las viandas, pelean entre sí o se disputan algo de comer. Pese al aparente
desorden, se advierte pronto cómo el cuadro ha sido cuidadosamente compuesto. El
pintor, por lo general, no busca, al conjunto de objetos expuestos sobre la mesa
de una cocina o el despacho de un mercado, más justificación que el ofrecer un
rico muestrario de calidades diversas.
Entre los principales pintores de
bodegones figura el antuerpiano Adrián de Utrecht (muerte 1652), que firma en el
Museo del Prado una Despensa (fig. 1915) con hortalizas, frutas, aves y caza.
Frans Snyders y Jan Fyt cultivan también el cuadro de animales.
(fig. 1915) Bodegón. Museo del Prado
Íntimamente ligada con la pintura
de bodegones se encuentra la de animales, que a su vez se relaciona con la de
paisaje cuando se les representa formando parte de cacerías. Desde el perrillo
de lanas que aparece al pie del Matrimonio Arnolfini de Van Eyck, hasta el perro
mastín del Enano de Granvela por Moro, el interés de los pintores flamencos por
los animales es constante. Pero hasta ahora no llegan a considerarlos dignos de
ser el tema exclusivo de un cuadro. Aunque termina por figurar en este nuevo
género pictórico toda suerte de animales, los preferidos son los de caza: el
ciervo, el jabalí, la liebre, los perros, etc., y las aves de corral. Gran
cazador Felipe IV, reúne una espléndida colección de cuadros de animales de caza
que constituyen hoy uno de los grandes fondos del Museo del Prado.
La pintura de animales puede
decirse que nace en el taller de Rubens. Su primer gran cultivador, Frans
Snyders (muerte 1657), es uno de sus discípulos de mayor personalidad, que,
además de pintar animales en las composiciones del maestro, nos deja cuadros
sólo dedicados a ellos. Él es, bien por iniciativa propia o por sugestión de
Rubens, el creador de la pintura de animales, o al menos, quien, sacándoles del
cuadro pequeño, en que, con criterio casi de naturalista, los representan los
pintores flamencos de hacia 1600, los convierte en el tema del gran cuadro
concebido para decorar los amplios muros de las casas barrocas. Aunque el fuego
que anima estas pinturas de Snyders es de origen puramente rubeniano, es
indudable que a él deben su forma definitiva el género y las normas
fundamentales a que se ajustan los cultivadores posteriores. Sus obras en el
Museo del Prado son numerosas (fig. 1916).
(fig. 1916) Concierto de Aves
Discípulo de Snyders es Pablo de
Vos (muerte 1678), sobrino de Cornelis de Vos, y equiparable a él en calidad. El
tercer gran pintor de animales es Jan Fyt (muerte 1661), que, como hemos visto,
lo es también de bodegones. Fyt es el pintor enamorado de los animales de pelo
fino y denso y de las aves de colores intensos, que interpretados con su
pincelada menuda producen el efecto de un rico terciopelo de los más varios
colores. De ambos artistas posee también obras importantes el Museo del Prado.
HOLANDA: FRANS HALS. VAN DER
HELST
. —Iniciada por los holandeses la
lucha por su independencia poco después de mediar el siglo XVI, a fines del
mismo la separación de las provincias del Norte es un hecho. A las pequeñas
diferencias de carácter técnico que hasta ahora han distinguido a los pintores
holandeses de los flamencos se agrega ahora una frontera que es campo de batalla
hasta que España tiene que reconocer la independencia de Holanda en 1648.
El problema de la luz, que
siempre interesa a los maestros de las provincias del Norte, es, al comenzar el
siglo XVII, el que más obsesiona en todos los talleres europeos. Como es
natural, los holandeses lo afrontan con apasionamiento. Pero para ellos no es
una moda pasajera, como para los italianos; el estudio de la luz continúa siendo
tema constante de la escuela holandesa hasta sus últimos tiempos. Unas veces, es
la luz violenta y dramática que ilumina el centro de la composición; otras, la
luz clara que por amplio ventanal inunda una tranquila sala; otras, el efecto
sobre el paisaje de los planos de luz y de sombra de un cielo salpicado de
nubes.
Si este interés de orden técnico
llega a convertirse en una de las características de la escuela, el abandono del
catolicismo, como hemos dicho, tiene también sus consecuencias decisivas en el
futuro de la misma. En primer lugar, el número de pinturas religiosas disminuye
considerablemente; las de santos desaparecen por completo, e incluso son pocos
los que pintan historias de la vida de Jesús. Siendo también escaso, no deja de
ser, en cambio, proporcionalmente crecido el número de las representaciones de
temas del Antiguo Testamento, mucho menos frecuente en los países católicos. De
rechazo, la pintura de carácter profano adquiere desarrollo extraordinario. El
holandés, enamorado de sus casas pequeñas y relucientes y de sus bajas tierras
conquistadas al mar, pobladas de hermoso ganado y espléndidas flores, y
entregado a la vida marinera, encuentra en todos esos temas que le proporciona
el escenario de su vida diaria la compensación del gran vacío dejado por la
pintura religiosa. Los patronos de la pintura son la burguesía, deseosa de
decorar con cuadros pequeños sus casas, las corporaciones, gustosas también de
enriquecer sus salas de reunión con grandes retratos de grupo de sus miembros
más destacados.
Los géneros preferidos son, pues,
la pintura de interior, el paisaje, el ganado más que los animales de caza, los
bodegones, las flores, la marina, y el retrato, con su modalidad especialmente
holandesa del retrato de grupo.
La pintura holandesa seiscentista
atraviesa también su era tenebrista, distinguiéndose en ella Ter-Brugghen
(muerte 1629) y Geiard Honthorst (1590-1654), conocido en Italia con el nombre
de Gerardo della Notte. El cuadro de la Incredulidad de Santo Tomás, del Museo
del Prado, con su violenta iluminación, es típico ejemplo de este momento.
Frans Hals (1584-1666), sin duda
la primera gran figura que produce la escuela en su etapa barroca, no es artista
de grandes preocupaciones intelectuales, y el tiempo que no dedica a la pintura
lo consagra a la buena vida y a la diversión, así es que, pasado de moda su
estilo en los últimos años, muere recogido en un hospital de ancianos. «Liefde
boven al» —el amor sobre todo— se llama una de las varias sociedades de que
forma parte. Dotado de capacidad extraordinaria, es, por su técnica, uno de los
pintores más progresivos de su época y uno de los grandes patriarcas del
impresionismo moderno, al reemplazar el suave modelado renacentista por un campo
de valientes pinceladas que, dadas con desenfado y soltura extraordinarios,
crean en nuestra retina una superficie rebosante de color y vibrante de vida.
Frans Hals es, además, el
verdadero creador del retrato de grupo de corporaciones. Este género de retrato
tiene sus precedentes en el siglo XVI, pero entonces se trata más bien de una
serie de personajes silenciosos, quietos y yuxtapuestos monótonamente en un
mismo cuadro. Frans Hals les hace abandonar su mutismo, les hace moverse y
departir unos con otros. En 1616 pinta ya en torno a una mesa, en animada
conversación, a los oficiales de los Arcabuceros de San Jorge (fig. 1917), del
Museo de Harlem. Otras veces los presenta desfilando.
(fig. 1917) Arcabuceros de San Jorge
La maravillosa serie de sus
retratos corporativos se continúa con los Arcabuceros de San Adrián (1633) y
años después sus retratos de corporaciones benéficas, donde a las policromas
galas militares reemplaza la sobria indumentaria civil de blanco y negro. De
actitudes más reposadas y de colorido más sobrio, su técnica gana aún más en
sabiduría. Los Patronos del hospital de Santa Isabel (1641) es una de las obras
de este momento de plenitud; pero todavía, cuando cumplidos los ochenta años y
acogido en el hospicio, pinta los retratos de los Regentes y las Regentes de la
institución, se advierte su poderoso temperamento triunfando sobre los fallos de
su pulso.
Como es natural, además de estos
grandes retratos de grupo nos deja también otros individuales de primer orden,
pletóricos de vida y que se distinguen por el desplante de la actitud, como el
de Van Heythuysen, que con su aire desafiador encarna en forma perfecta la idea
del guapo y valentón. Con ellos se relacionan, por último, la Bohemia (fig.
1918), la Bruja de Harlem, la Hule Bobbe, del Museo de Berlín, donde el modelo,
feísimo y hombruno, lanza un grito ensordecedor, rozando así ya con el tema de
género.
(fig. 1918) La Bohemia
El fuego expresivo y el desenfado
de los retratos de Frans Hals es demasiado personal para que sea fácilmente
asimilable por la escuela. Y, por otra parte, es lógico que la mayor parte de la
burguesía prefiera verse representada en retratos de actitudes más reposadas y
distinguidas. Bartolomé van der Helst (1612-1670), reverso de la medalla de
Frans Hals, es todo comedimiento, distinción y frialdad, y quien mejor sabe
interpretar ese deseo, dejándonos una obra maestra muy característica de su
estilo en el retrato del pintor Paul Potter (fig. 1919), del Museo de La Haya.
De espaldas, suspende un momento su labor en el lienzo que tiene al fondo y
vuelve suavemente el cuerpo hacia nosotros, como en réplica muda a las violentas
actitudes de Frans Hals.
(fig. 1919) Retrato del pintor Paul Potter
Cultiva también el retrato de
grupo.
REMBRANDT
. —Casi una generación posterior
a Frans Hals, Harmensz Rembrandt van Ryn (1607 - 1699) es un coetáneo de
Velázquez, escasamente diez años más joven que él. Natural de Leyden, pasa casi
toda su vida en Ámsterdam, la gran capital sede de las principales fortunas del
país. Gracias a la rápida fama que adquiere, a los veintiséis años, con su
Lección de Anatomía (fig. 1920).
(fig. 1920) Lección de Anatomía
La primera etapa de su vida
transcurre feliz en una bella casa de un barrio elegante, entregado a la pintura
y al amor de su mujer, Saskya, que le sirve de modelo, y a la que retrata sola o
acompañada por él una y otra vez. Pero Saskya muere a los pocos años, y después
de algún tiempo, la vida de Rembrandt se complica con la presencia en su hogar
de Hendrikje, a quien toma a su servicio para cuidar de su hijo Titus. Hendrikje
llega a convertirse en el modelo que repetirá con la misma insistencia que años
antes a Saskya. Aunque la familia de ésta no lleva con paciencia sus nuevas
relaciones y le produce algunos disgustos, y aunque pierde su fortuna en los
negocios de Indias, teniendo que vender su gran colección de antigüedades,
tapices, armas, instrumentos de música y objetos raros o exóticos, de los que
tanto gusta verse rodeado, en realidad parece haberse exagerado su desgracia,
atribuyéndose a persecución de sus enemigos. Y pese a que su aislamiento, hijo
de su deseo de trabajar sin que le molesten, sus autorretratos en los más
extraños ropajes y tocados, y su costumbre de limpiarse los pinceles en las
vueltas de la blusa, rodean su vida de cierta anormalidad y misterio, no hay
motivo tampoco para hablar de desequilibrio mental. Los importantes encargos que
recibe todavía al final de su vida y la nueva casa de que dispone nos dicen que
la vida no le es tan catastróficamente adversa como se ha supuesto, aunque los
últimos años de su vida, después de ver morir a Hendrikje y Titus, no pueden ser
de alegría para él.
En una época en que el viaje a
Italia es suprema aspiración de los artistas, Rembrandt no siente deseos de
visitarla. En cierta ocasión, dice a un discípulo suyo que en los Países Bajos
hay muchas más bellezas de las que podrá pintar en toda su vida. Pero es
indudable que el estilo italiano está en el ambiente, y que en su propia
colección existen obras de maestros insignes de aquella escuela. Aparte de
inspiraciones concretas en obras de éstos, recuérdense las transformaciones que
hace sufrir a la Cena de Leonardo para componer la suya, es indudable que la
personalidad de Rembrandt sería inexplicable sin las grandes conquistas de los
pintores italianos. Como es natural, tampoco es insensible a la influencia de
Rubens, una generación anterior a él.
Rembrandt es uno de los grandes
maestros del claroscuro, pero no hace evolucionar el tenebrismo, la etapa en que
encuentra el problema de la luz en sus años juveniles, en el sentido velazqueño,
hasta liberarse de él. En cierto modo, y pese a su personalidad extraordinaria,
permanece durante toda su vida enamorado del dramatismo de los violentos
contrastes de luces y sombras. Para Rembrant, la sombra no es una zona opaca,
donde las formas desaparecen, sino un ambiente donde si los colores vibran con
menor fuerza, al aislar la escena del mundo, la perfuman con la poesía del
misterio y de la soledad, efecto poético que en vano buscaríamos en Caravaggio.
En cambio, las partes ricamente iluminadas le permiten llevar al máximo sus
maravillosos y deslumbrantes derroches de colores ricos e intensos. Rembrandt
es, indudablemente, uno de los coloristas más extraordinarios que han existido (fig.
1921).
(fig. 1921) El teólogo
Uno de los géneros cultivados con
mayor éxito por Rembrandt es el retrato, en el que la expresión, el color y los
intensos efectos de luz son valores primordiales. Sus retratos son
principalmente de rabinos, de personas dedicadas al cultivo de la inteligencia,
de personajes vestidos de orientales, de príncipes polacos. Los que más ocupan
sus pinceles son, como queda dicho, el suyo propio, con las más diversas
indumentarias, y los de Saskia (fig. 1922) y Hendrikje (fig. 1923).
(fig. 1922) Autoretrato con Saskya
(fig. 1923) Hendrikje
El retrato de grupo tiene en
Rembrandt un cultivador sólo comparable con Frans Hals. Ya en su juventud, al
retratar al gremio de cirujanos, crea la tan conocida Lección de Anatomía (1632)
del profesor Nicolás Tulp, unos quince años posterior a los Arcabuceros de San
Jorge, de Frans Hals, pero de tema y tono totalmente distintos. En la llamada
Ronda de noche (fig. 1924), que, en realidad, no representa tal Ronda, sino el
momento en que el Señor de Pumerland ordena a su lugarteniente poner en marcha
la tropa, Rembrandt sabe dar al retrato de grupo un tono tan elevado y dotarle,
dentro de su naturalismo barroco, de énfasis tan heroico que no sólo es el gran
cuadro de la escuela, sino que explica el que haya podido considerarse el
monumento al pueblo holandés tomando las armas para defender sus libertades.
Mutilado lateralmente y en la parte inferior, y mal conservado, sólo alguna
copia antigua permite conocer su estado primitivo. Pintado en 1642, es muy pocos
años posterior a la Rendición de Breda, de Velázquez.
(fig. 1924) Ronda de noche
Su último gran retrato
corporativo es el de los Síndicos de los pañeros, del Museo de Ámsterdam (1661 (fig.
1925). Obra perfecta, nos ofrece en él seis retratos extraordinarios en
actitudes tan naturales que parece no haber realizado esfuerzo alguno para
imaginar sus actitudes. Vestidos de negro los seis síndicos, el gran tapete rojo
pone la nota de riqueza en el conjunto, mientras los grandes sombreros negros
concentran la atención sobre la luz de los rostros realzados por los amplios
cuellos blancos.
(fig. 1925) Síndicos de los pañeros
El espléndido Retrato de familia
de Brunswick (1667) prueba cómo todavía dos años antes de su muerte continúa
produciendo en este género obras de primer orden.
De credo protestante, el gran
capítulo de su pintura religiosa se reduce a temas del Antiguo Testamentoy de la
vida de Jesús. En estos últimos es sensible la huella de los grandes maestros
anteriores, a pesar de la originalidad con que Rembrandt los trata. Su
Descendimiento, aunque concebido con un sentido muy diferente, tiene su punto de
partida en el de Rubens. Para la interpretación de los temas religiosos, dispone
Rembrandt de la libertad que le brindan sus creencias —perteneció a la secta
«menonita», que sólo admitía la libre interpretación de los textos—, libertad en
otros casos negada por el peso de la iconografía tradicional (fig. 1926).
(fig. 1926) Descendimiento de la Cruz
Rembrandt, que representa en
diversas ocasiones al hombre de estudio, al filósofo abstraído en su lectura, no
gusta deleitarse en la trama de la fábula mitológica. No cree en la perfección
física de los dioses del Olimpo, y cuando representa a Dánae recibiendo la
lluvia de oro (fig. 1927), nos ofrece el reverso de la medalla de la
interpretación del Tiziano. Es una mujer desnuda, nada bella, que medio cubierta
todavía por la ropa del lecho, sin preocuparse por lo elegante de su actitud al
no creerse contemplada, se nos muestra con el tono fuerte de la realidad
triunfante.
(fig. 1927) Dánae recibiendo la lluvia de oro
Y esa falta de entusiasmo tan
propensa a la burla y a traducir a la vida ordinaria las finas creaciones
helénicas, es el que le lleva a convertir el Ganímedes arrebatado por el águila
(fig. 1928), que el Correggio imaginara como un bello adolescente ascendiendo
alegre abrazado por el águila de Júpiter, en un niño de cuatro o cinco años que
no sólo llora desconsoladamente, sino que mancha el azul del firmamento con el
hilo de oro que destila su cuerpo nada garboso.
(fig. 1928) Ganímedes arrebatado por el águila
La reina Artemisa (1634) del
Museo del Prado está fechada el mismo año de su casamiento con Saskya.
Como pintor genial, Rembrandt
deja también su huella al interpretar el paisaje. Si bajo el pincel de Rubens se
convierte éste en una unidad en la que todo participa del movimiento de su
concepción dramática, en Rembrandt ese dramatismo se debe, sobre todo, a los
vivos efectos de luz.
Rembrandt es, por último, uno de
los grabadores más grandes que ha existido. Nadie antes que él, y probablemente
tampoco después, ha dominado la técnica con habilidad semejante para crear
efectos de luz y color. Sus grabados están animados por la misma poesía íntima
de sus pinturas al óleo. Los temas cultivados suelen ser los del Antiguo y Nuevo
Testamento. Sirva de ejemplo la estampa llamada de «los cien florines» de Jesús
curando a los enfermos (fig. 1929), considerada como su obra cumbre, donde el
efecto de lo sobrenatural irradia de la figura del Salvador de manera admirable,
formando el más vivo contraste con la ironía de los fariseos, y ésta con la
fervorosa devoción de los enfermos.
(fig. 1929) Jesús curando a los enfermos
La influencia de Rembrandt en la
escuela holandesa es casi tan profunda como la de Rubens en la flamenca. En
primer lugar, se forman con él varios discípulos de tan extraordinaria valía que
técnicamente suelen confundirse con el maestro. Recuérdense los nombres de
Salomón Koninck, que en realidad no estudia en su taller; Fernando Bol, Eeckhout
y Aert de Gelder, que continúan empleando su estilo en pleno siglo XVIII.
MAESTROS MENORES: PINTORES DE
INTERIORES
.—Además de estos grandes
pintores y de sus discípulos, amigos de lienzos de gran tamaño, trabaja en
Holanda un sinnúmero de maestros, no pocos de ellos igualmente de primera
calidad, que prefieren el cuadro pequeño y los temas de género, el paisaje, los
animales y los bodegones.
Un primer grupo está formado por
los cultivadores de temas profanos de la vida diaria, que por lo general tienen
por escenario el interior de la casa, la taberna o la venta. A su cabeza figura
Adrián van Ostade (1610-1685), que introduce en Holanda el género creado en
Flandes por Brouwer, si bien, gracias a la beneficiosa influencia de Rembrandt,
lo enriquece con bellos efectos de luz, y sabe dotarlo de un sentido poético, en
aquél ausente. Sus composiciones son más concentradas y el número de sus
personajes más reducido: el zapatero, el maestro de escuela, el abogado, el
sacamuelas, los aldeanos cantando o haciendo música, son temas que gusta de
repetir en sus cuadros, siempre de pequeñas proporciones (fig. 1930).
(fig. 1930) Maestro de escuela
En el Concierto de campesinos,
del Museo del Prado, por ejemplo, presenta en el interior de una cabaña, y en
torno a un barril, a dos de ellos tocando sus instrumentos, mientras un tercero
canta con tal énfasis que se cae del banco donde está sentado.
Esta misma veta popular es la que
cultiva el fecundo Jan Steen (1626-1679), unos quince años más joven que Van
Ostade. Trabajador infatigable, y dedicado a negocios ruinosos, entre los que
figura la adquisición de un cabaret, siempre está corto de fondos. Aunque nos ha
dejado algunas escenas familiares, en las que los niños lloran, ríen o juegan,
prefiere los banquetes y los espectáculos tabernarios, donde las gentes beben,
adoptan las más chabacanas actitudes y el desorden impera (fig. 1931).
(fig. 1931) Fiesta del guisante
Gerard Terborch (1617-1681) es,
en cambio, el pintor de gustos refinados y espíritu distinguido que recorre toda
Europa sin dejarse subyugar por ninguna de las escuelas extranjeras. Sabemos que
visita Madrid, donde retrata a Felipe IV. Aunque no es tan unilateral como Van
Ostade, son también los interiores, con escenas de la vida corriente, los que le
conquistan el alto renombre de que tan justamente disfruta. Pero no son escenas
populares, como las de Brouwer, Van Ostade o Steen, sino de la vida burguesa,
que le permiten satisfacer su amor por los rasos, las telas ricas, los
terciopelos y las habitaciones confortables de costosos muebles y gruesas
alfombras. En el Consejo Paterno, del Museo de Ámsterdam, por ejemplo, vemos a
los padres lujosamente ataviados dirigiendo la palabra a su hija, que, vestida
de luciente raso, tiene la mirada fija en el suelo. Y ese mismo ambiente de
apacible intimidad doméstica es el que inspira el Concierto, del Museo de
Berlín, donde una joven, vista de espaldas, cubierta de costosas sedas, toca el
violoncelo, mientras su compañera pulsa las teclas de un clave (fig. 1932).
(fig. 1932) Concierto. Museo de Berlín
El tono distinguido y delicado
impuesto a la pintura de interiores por Terborch, encuentra otro excelente
cultivador en Gabriel Metsu (1630-1667), quien, no obstante su prematura muerte
—no llega a cumplir los cuarenta años—, gracias a su fina sensibilidad y a su
temperamento, más sentimental, sabe introducir nuevos temas, como el del Niño
enfermo, en el que nos descubre un sentido poético de la vida tal vez más
sincero que el de su predecesor (fig. 1933).
(fig. 1933) Sesión de música en la intimidad del hogar
En quienes arraiga más el gusto
de Terborch, por los interiores inundados de luz tranquila, tamizada por gruesos
vidrios y rebosantes de intimidad y reposo, donde las gentes se mueven
lentamente, es en los dos pintores de Delft, Pieter de Hoogh (1629-1683) y Jan
Vermeer (1632-1675). De Hoogh es un artista pobre, que vive como criado de un
aficionado, para quien pinta. En sus primeros años, sus temas son escenas de
familias humildes, pero después pinta preferentemente las de la vida burguesa.
Vermeer es mucho más artista,
tiene un sentido más poético de la luz y más original del color. En sus
amarillos y azules claros, la misma materia de telas y muebles parece
volatilizarse. Ultima flor del viejo árbol holandés que produjera los
maravillosos interiores de Dirck Bouts, él es el poeta por excelencia de la luz
suave que llena de reposo los confortables gabinetes de la casa burguesa. En el
Pintor en su taller (fig. 1934), del Museo de Viena, la pintura holandesa llega
a su hito final en el glorioso camino iniciado por Terborch en su Concierto, de
Berlín.
(fig. 1934) Pintor en su taller
ARQUITECTURA, PAISAJE Y MARINA
. —Aunque el pintor holandés
siente más la poesía del interior como marco arquitectónico del hogar, gusta
también de contemplar los grandes edificios, calles y plazas. Recuérdese el
cariño con que sus maestros primitivos representan en los últimos términos de
sus composiciones religiosas las vistas de ciudades. Ahora, en el siglo XVII,
encontramos a maestros menores, como Emrnanuel de Witte (1692), que se dedica a
pintar el interior de los templos holandeses (fig. 1935) con el mismo amor que
Pieter de Hoogh y Vermeer, el de las limpias casas burguesas, y como Van der
Heyden (1637- 1712), quien, años más tarde, pinta incansable los canales, las
casas y las calles holandesas.
(fig. 1935) Interior de la Iglesia Nueva de Amsterdam, 1657
El verdadero creador del paisaje
holandés seiscentista, de tan gloriosos precedentes en la pintura flamenca y
neerlandesa de los dos siglos anteriores, es Jan van Goyen (muerte 1676),
artista de genio inquieto y aventurero, que trabaja principalmente en Leyden, la
ciudad intelectual de las Provincias Unidas. Con sus paisajes puede considerarse
que da su primer paso definitivo el paisaje holandés hacia 1630. En ellos, el
cielo nuboso ocupa las tres cuartas partes de la superficie del cuadro, mientras
un caserío de color ocre, con un río poblado de embarcaciones, ocupa el primer
término (fig. 1936).
(fig. 1936) Marina. Museo de Amsterdam
Papel importante en esta fase
inicial desempeña también Salomón van Ruysdael (1600-1670), casi riguroso
coetáneo suyo y de estilo muy semejante. Como queda indicado, no debe olvidarse
en la creación del paisaje holandés la fecunda influencia de un pintor genial
como Rembrandt, cuyo discípulo, F. Koninck (1619-1688), amigo de dilatadísimas
perspectivas, es paisajista de primer orden.
Pero los dos nombres más
celebrados en este género de pintura son los de Jacob van Ruysdael (1628-1682) y
Meindert Hobbema (1638-1709), ambos de la generación siguiente a Van Goyen, y
cuya actividad corresponde ya al último tercio del siglo. Con Jacob van Ruysdael,
sobrino de Salomón, el paisaje adquiere un sentido dramático sin precedentes en
la pintura holandesa. El cielo se carga en él de un valor emotivo, desconocido
para Van Goyen, e incluso desempeña en el conjunto formal un papel también
completamente distinto. Vistos sus paisajes en la realidad, están, sin embargo,
reconstruidos para reflejarnos el estado de ánimo del pintor. En la Playa de
Scheveningen, del Museo de La Haya, gracias a la sabia distribución de las nubes
grises y de amplias superficies iluminadas, el celaje hace sentir toda la
grandiosidad de la bóveda celeste. El Molino, del Museo de Ámsterdam, es una
creación no menos grandiosa, cargada de lirismo, en la que sobre todo el cielo,
cubierto de pesados nubarrones grises, destaca la esbelta figura del viejo
molino blandamente modelado por la luz pálida de la tormenta (fig. 1937).
(fig. 1937) El molino
Hobbema, diez años más joven que
Ruysdael y amigo suyo, es de sensibilidad menos fina que él, pero un conocedor
excelente de la técnica del paisaje, que nos ha dejado obras tan de primer orden
como la Avenida de Middelharnis, de la Galería Nacional de Londres, donde dos
filas de árboles perdiéndose en la lejanía de una amplia llanura, gracias a unos
admirables efectos de luz y a un colorido muy suave, invaden el espíritu de
quien los contempla, de un reposo infinito (fig. 1938).
(fig. 1938) Avenida de Middelharnis
No menos bello es el Molino, del
Museo del Louvre (fig. 1939).
(fig. 1939) Molino de agua
En esta escuela donde el paisaje,
verdadero canto a la tierra conquistada al mar con tanto esfuerzo, se convierte
en género independiente, es natural que ese mar, origen, por otra parte, de la
gran prosperidad del país, atraiga también el interés de sus pintores. Después
de varios intentos de escaso interés artístico, es la tercera generación del
siglo la que impone a la marina sus caracteres definitivos. El primer gran
cultivador del nuevo género es Juan van Capelle (1624-1679), que, formado en el
taller de Rembrandt, descubre a los holandeses como tema pictórico la
grandiosidad del mar en calma. Pero el nombre más famoso es el de Willem van de
Velde (1636-1707), amigo de contemplar las aguas tranquilas del mar pobladas de
majestuosas embarcaciones, pero que gusta igualmente de representar las
encrespadas olas del mar del Norte (fig. 1940).
(fig. 1940) Marina. Museo de La Haya
Paralelamente al paisaje puro de
un Ruysdael o un Hobbema, donde la figura humana o los animales son simple
accesorio, se desarrolla en Holanda un género pictórico en el que fondo y figura
se encuentran más equilibrados. Tal vez, el representante más típico de ese
equilibrio es Albert Cuyp (muerte 1691), el pintor de paisajes amplios inundados
de luz dorada, con campesinos y ganado a la orilla del río (fig. 1941), que, no
obstante lo que repite los mismos elementos, siempre observa matices que llenan
de novedad sus creaciones.
(fig. 1941) Ganado en la orilla de un río
En Philips Wouwerman (muerte
1668), casi riguroso coetáneo de Cuyp, el paisaje se retrae en beneficio de los
elementos animados. Los temas con que gusta de enriquecer el paisaje, hasta el
punto de reducirlo a veces a su mínima expresión, son los jinetes que hacen
parada ante la venta, las diligencias en marcha o deteniéndose en la posada, los
choques de caballería, la salida para la caza, etc. Para Wouwerman, el jinete
es, por lo menos, tan importante como el paisaje mismo. Pintor muy fecundo, el
Museo del Prado posee varias obras de su mano.
ANIMALES, FLORES Y BODEGONES
. —Tan natural como el nacimiento
del paisaje y de la marina es en Holanda el de la pintura de animales. País de
pastos abundantes, es también país ganadero. Paul Potter (muerte 1654), muerto
antes de los treinta años, al pintar su famoso Toro (1647 (fig. 1942), del Museo
de La Haya, deja creado el nuevo género en que los holandeses ven ensalzada por
un artista de primera fila una de las principales preocupaciones de su vida
material.
(fig. 1942) El toro
Como es lógico, a la pura
observación de los animales termina imponiéndose el sentido poético, sin el cual
la obra de arte no existe. Las vacas, del Museo del Prado, está firmado dos años
antes de su muerte.
Con esa asombrosa fecundidad
pictórica que caracteriza a la Holanda del siglo XVII, este interés por los
animales produce algunos artistas, que se especializan en las pinturas de aves.
El más importante es Hondecoeter (muerte 1695), el pintor de las aves de corral,
del rey del gallinero erguido y orgulloso de su corte o luchando con su rival,
cuyos rápidos movimientos, graciosas curvas e irisaciones de sus plumas
interpreta con deleite (fig. 1943).
(fig. 1943) Gallinero
En la tierra del tulipán, las
flores consumen la actividad de no pocos pintores, consagrados exclusivamente a
representarlas. Los más destacados son, ya en el siglo XVIII, R. Ruysch (muerte
1750) y Jan van Huysum (muerte 1749 (fig. 1944).
(fig. 1944) Flores
El bodegón, que, en cierto grado,
participa de varios de los géneros anteriores, es también tipo de pintura que
responde plenamente a la sensibilidad holandesa. Las flores, las telas ricas,
los vidrios, los vasos de oro y plata, las blancas plumas del cisne y las
tornasoladas del pavo real, el fino pelo de conejo y la rugosa corteza amarilla
del limón, son excelentes motivos para satisfacer ese ansia de acariciar con el
pincel las calidades de las cosas, tan manifiesta en los maestros holandeses
desde los remotos días de Dirck Bouts. El número de pintores de bodegón es muy
crecido, pero entre ellos sobresalen Juan Davidsz de Heem (muerte 1683), el
amigo de frutas relucientes y poco numerosas, bellas piezas de orfebrería y
limpios vasos de cristal de elegantes formas, entre los que suele destacar como
rasgo personal de su firma el rizo de oro de la corteza de algún limón a medio
pelar. Recuérdese además a Willen Cl. Heda (muerte 1678) y a Claeszcn (muerte
1661 (fig. 1945)
(fig. 1945) Bodegón
CAPÍTULO XXXVII
PINTURA BARROCA
ESPAÑOLA DEL SIGLO XVII
PINTURA BARROCA ESPAÑOLA
ESCUELA VALENCIANA. RIBALTA
RIBERA
ESCUELA SEVILLANA DEL PRIMER
TERCIO DEL SIGLO: ROELAS \ HERRERA EL VIEJO
FRANCISCO HERRERA EL VIEJO
ZURBARÁN
PINTURA CASTELLANA DEL PRIMER
TERCIO DEL SIGLO. TRISTAN Y ORRENTE
EL BODEGÓN: SÁNCHEZ COTÁN Y
LOARTE
LOS ITALIANOS. EL RETRATO:
BARTOLOMÉ GONZÁLEZ
VELÁZQUEZ VIDA Y OBRA
OBRAS DE JUVENTUD. LA FRAGUA DE
VULCANO
CUADROS DEL SALÓN DE REINOS
BUFONES. RETRATOS. LAS MENINAS Y
LA FÁBULA DE ARACNE
LOS DISCÍPULOS Y CONTEMPORÁNEOS
MADRILEÑOS DE VELÁZQUEZ
GRANADA: ALONSO CANO
ESCUELA MADRILEÑA POSTERIOR A
VELÁZQUEZ: CARREÑO
FRANCISCO RIZI, CEREZO, ANTOLÍNEZ
Y HERRERA «EL MOZO»
CLAUDIO COELLO
SEVILLA: MURILLO
VALDÉS LEAL
CÓRDOBA, GRANADA Y VALENCIA
PINTURA BARROCA ESPAÑOLA
.—El siglo de oro de la pintura
española es el XVII, y lo es no sólo por el número de pintores de primero y
segundo orden que en él viven, sino por ser también el más original.
Los pintores españoles se
entregan ahora con entusiasmo al naturalismo inspirador de la reacción barroca.
Les impulsa a ello su propio temperamento, que en esta ocasión coincide con los
nuevos gustos artísticos. Y en este aspecto es indudable que alcanzan algunas de
las metas a que aspira el barroco. El nombre de José Ribera, con sus modelos
buscados en las más bajas clases sociales, y su gusto en representar tipos
incluso anormales, es buen testimonio de ello.
Este apego a la naturaleza,
propio del temperamento artístico español, le hace no gustar o, tal vez, le
incapacita para esa interpretación heroica de los temas religiosos del barroco
italiano y flamenco, que para la sensibilidad española siempre tienen algo de
teatral y falso. Nuestra pintura religiosa barroca se distingue por la forma
realista y concreta y, por lo general, cargada de emoción, con que expresa los
temas, y de ello nos ofrece el mejor ejemplo Zurbarán en sus místicos.
Ya nos hemos referido a la
expresión mística en escultores como Pedro de Mena; pero es indudable que la
pintura ofrece campo más amplio para interpretarla. El amor divino es tema que
importa sobremanera, desde la simple oración hasta el arrebato místico. Como
trabajan para iglesias y conventos, donde son frecuentes los religiosos que
reciben, o creen recibir, favores divinos y que saben expresar lo que sienten en
esos trances, los pintores procuran afinar su mirada. Por eso, algunas
expresiones que hoy nos resultan tal vez demasiado arrebatadas, no hacen sino
expresar estados del alma perfectamente concretos y reales.
Se agrega a esta actitud
naturalista la sobriedad de la mímica española comparada con la italiana; esa
gravedad que suele frenar el dibujo español al desplazar los miembros de las
figuras, y aminorar el interés por crear composiciones nuevas y complicadas. Al
abandonarse, en el siglo XVII, el arte de componer rafaelesco, reaparece en los
pintores españoles su propia sensibilidad. Las composiciones se simplifican y
los personajes se mueven en los cuadros como en la vida ordinaria; lo que
pierden en ritmo lineal y movimiento de masas lo ganan en vida real. Salvo en
artistas como Ribera y Velázquez, la composición de buena parte de nuestros
cuadros se distingue por esa yuxtaposición de personajes, característica, por
ejemplo, de Zurbarán.
El naturalismo arriba comentado
no lleva, sin embargo, a ampliar considerablemente los géneros pictóricos. El
contraste es notable si comparamos nuestra pintura barroca con la holandesa. La
pintura española es, sobre todo, religiosa, y en mucho menor grado, de retrato,
aunque en este aspecto la calidad de los de Velázquez compensa con creces la
relativa escasez de pintores especializados. El retrato español es de actitud y
gestos naturales; no se acepta el de tipo mitológico; pero en cambio, aunque
rara vez, alguna dama se hace retratar con los atributos de su santa titular.
En los restantes géneros, sólo en
el bodegón se crea un tipo diferente del de las otras escuelas. Los pintores de
flores abundan, y no falta algún paisajista, algún pintor de batallas, de marina
y aun de arquitectura; pero salvo los primeros, son figuras un tanto aisladas,
que no llegan a crear escuela. Dos géneros de pintura requieren, sin embargo,
gracias a Velázquez, mención aparte: el ya citado de paisaje y el de la fábula
pagana. Los fondos de varios de sus cuadros son paisajes de primer orden y de
novedad extraordinaria; pero, por desgracia, apenas crean escuela. La mitología,
sólo excepcionalmente cultivada por nuestros pintores, ocupa, sin embargo,
amplio espacio en la obra de Velázquez, quien, como a todo lo suyo, le impone su
poderosa personalidad.
En el aspecto más puramente
técnico, lo más importante es la temprana fecha en que se entregan nuestros
pintores al estudio de la luz, y, sobre todo, que gracias a Velázquez alcanza
nuestra pintura barroca la meta, todavía no superada, en la representación del
aire.
ESCUELA VALENCIANA. RIBALTA
. —Por ser la que en fecha más
temprana comienza a cultivar en España el tenebrismo y el naturalismo, y por ser
J. Ribera, gran pontífice de ambas categorías, precisa referirse en primer
término a la escuela valenciana.
A la cabeza de la nueva tendencia
barroca figura el catalán Francisco Ribalta (muerte 1628), que se forma en El
Escorial. Allí, con Navarrete, a quien hemos visto tan preocupado por los
problemas de la luz, y en las obras de Bassano y de Tintoretto de las
colecciones reales, es donde, probablemente con independencia del Caravaggio, se
despierta su interés por el claroscuro, que le convierte en nuestro primer
tenebrista. Su obra fechada más antigua, que es el Cristo clavado en la Cruz,
del Museo de San Petersburgo (1582), está, en efecto, firmada en Madrid, y nos
muestra, a pesar de su manierismo, un interés por la luz, sin más precedente en
nuestra pintura que el de Navarrete. De esa misma formación cortesana es
testimonio, en su gran retablo de Algemesí (1603), la Degollación de Santiago,
literalmente inspirada en la del lienzo escurialense del pintor castellano, si
bien el efecto tenebrista es más intenso.
El Museo del Prado posee dos
obras importantes de su mano. La Aparición del Ángel y del Cordero a San
Francisco es, tal vez su más bello estudio de luz, mientras el Crucificado
abrazando a San Bernardo (fig. 1946), además de ser un excelente ejemplo de su
estilo tenebrista, siempre sobre la base de un colorido terroso, prueba que
Ribalta no es sólo un técnico de la luz, sino que sabe también interpretar los
más finos matices expresivos del éxtasis.
(fig. 1946) Crucificado abrazando a San Bernardo
En el Museo de Valencia, es
impresionante por el arrebato místico del santo y por la serenidad de Jesús, el
San Francisco abrazando al Crucificado, que desprecia con el pie a la pantera de
los placeres terrenos. Es el tema que hará famoso Murillo. En el mismo museo
debe recordarse el San Pedro, de intenso claroscuro, y una Cena, que conviene
comparar con la de Juanes para contemplar el largo camino recorrido por la
pintura valenciana.
Capítulo todavía algo confuso es
el de los colaboradores y discípulos inmediatos de Francisco Ribalta, entre los
que cuenta en primer término su hijo Juan, que firma ya en 1615 el Cristo
clavado en la cruz, del Museo de Valencia, si bien su corta vida no le permite
tal vez formar un estilo más personal. La obra más valiosa de esta zona
imprecisa es el espléndido retablo de Andilla, en el que se quiere ver, sobre
todo, la mano del discípulo de F. Ribalta, V. Castelló.
RIBERA
. —Aunque por su nacimiento y por
considerarse que inicia su aprendizaje con Ribalta, se le incluye en la escuela
valenciana, es, en realidad, un artista cuya personalidad se desarrolla y
florece en Italia. Sus verdaderos maestros, como es el caso de Rubens, son los
grandes pintores italianos. Su afincamiento en Nápoles, y la profunda influencia
que ejerce en la escuela napolitana posterior, obligan a incluirle también en la
escuela italiana. Mutatis mutandis, su posición respecto de aquélla y de la de
su patria, es análoga a la de los franceses Poussin y Lorena. Por su
temperamento artístico, Ribera es tan típicamente español, como Poussin lo es
francés.
De sus años juveniles sabemos muy
poco. Nacido en Játiva en 1591, se supone que estudia con Francisco Ribalta. En
fecha imprecisa, pero, al parecer, muy joven, marcha a Italia, cuyas principales
ciudades debe de visitar, y en 1616, con veinticinco años, se encuentra ya en
Nápoles, y se casa con la hija de un pintor de aquella población. Gracias a sus
grandes méritos y al favor de los virreyes, duque de Osuna y conde de Monterrey,
no tarda en conquistar buena clientela, vive holgadamente y goza de gran fama.
Pintores como Velázquez, cuando van a Italia, se consideran obligados a
visitarle, y el Pontífice le concede la Orden de Cristo. Las amarguras
familiares se encargan, sin embargo, de ennegrecer el final de su vida. Su bella
hija, cuyo rostro perfecto él copia como símbolo de pureza en una de sus mejores
Concepciones, niña todavía de diecisiete años, es seducida por Don Juan de
Austria, que sólo cuenta dos más, cuando va a Nápoles para apaciguar la
sublevación de Masaniello. El fruto de estos amores, al cumplir los dieciséis
años, profesa de monja en las Descalzas Reales, de Madrid, con el nombre de Sor
Margarita de la Cruz y Austria. A los cinco años del doloroso contratiempo
familiar muere el pintor en Nápoles. En Italia se le conoce con el sobrenombre
de «el Spagnoletto», el Españolito.
Ribera es uno de los grandes
pontífices del tenebrismo. Parece seguro que marcha a Italia con el interés
puesto ya en los efectos de luz propugnados en Valencia por Francisco Ribalta, y
es más que probable que estudie con el entusiasmo del convencido la obra de
Caravaggio, muerto poco antes de su llegada. Sus luces y sus sombras son, sin
embargo, diferentes de las del pintor italiano, en buena parte porque Ribera es
al mismo tiempo un gran colorista, y porque su sentido más exaltado del
tenebrismo le lleva a ennegrecer más intensamente las sombras (fig. 1947).
(fig. 1947) San Andrés
Desde este punto de vista, ningún
otro le supera. Pero como los más de sus correligionarios artísticos, sólo ve en
la luz su valor dramático y el elemento que presta volumen a la forma; no llega
a descubrir la posibilidad de dar vida al aire interpuesto en los diversos
términos. Cuando olvida los efectos intensos tenebristas, es para entusiasmarse
con el color aprendido en el Tiziano y en Veronés, y por eso, pese a sus enormes
diferencias, su colorismo, unido al claroscurismo, ha hecho pensar también en el
Correggio.
Ribera es dibujante de primer
orden, y frente a buena parte de sus compatriotas, se distingue por su arte en
el componer. Tan sabio en este aspecto como el mejor pintor italiano de su
tiempo, diferenciase de todos ellos por su gravedad y simplicidad netamente
españolas. Tan lejano de la torpeza constructiva, frecuente en nuestros
pintores, como del tono declamatorio de un Guido Reni, es en este equilibrio
maestro de primer orden, dotado de un gran sentido de la monumentalidad,
aprendido en Rafael —él mismo nos dice que lo estudia con ahínco en su juventud—
y en la escultura romana. Su Baco en casa de Icario es, en la composición, copia
casi literal de un relieve clásico.
Pese a este clasicismo, Ribera es
uno de los campeones más extremados del naturalismo barroco, sin reparar en las
imperfecciones físicas del modelo. Ribera se sumerge en la realidad con la misma
fruición que los autores de nuestras novelas picarescas. El niño cojo (fig.
1948), del Museo del Louvre, es de un realismo impresionante.
(fig. 1948) El niño cojo
La Barbosa de los Abruzos (1631),
de la Duquesa de Lerma, con sus largas barbas que medio cubren el pecho que da a
su hijo, mientras el marido aparece al fondo, es de una verdad que produce
repugnancia, aunque probablemente la elección del tema no deba de atribuirse, al
menos exclusivamente, al pintor. Esa sed de realidad se manifiesta a lo largo de
toda su obra en el deleite con que interpreta la ruina del cutis humano, los
rostros y manos cuajados de arrugas de gentes de edad, e incluso las carnes
sangrantes. Su factura pastosa, en la que el color muestra la huella del pincel
siguiendo la forma representada, tan típicamente riberesca, contribuye también a
producir ese efecto de realidad.
Ribera es, sobre todo, pintor de
temas religiosos. En el Nacimiento, del Museo del Louvre, es admirable su
maravilloso arte para interpretar la calidad de las cosas —el de la catedral de
Valencia es sólo de medio cuerpo— y en los Desposorios de Santa Catalina, del
Museo de Nueva York, compuesto en estilo todavía renacentista con bellos modelos
femeninos, y una fuente de cristal con frutas, se descubre de nuevo al gran
pintor de la realidad. Si pasamos a los temas de los últimos momentos de la
Pasión, el Cristo en la Cruz, de la Colegiata de Osuna, ofrece el interés de ser
una de sus obras más antiguas, y en la Piedad, de San Martín, de Nápoles, vemos
al gran compositor especialmente preocupado por el escorzo del cuerpo de Cristo
al gusto caravaggiesco, pero sobre todo dotado de un hondo sentido dramático,
todo ello dentro de un estilo grandioso y monumental. Estas últimas notas son
también las que distinguen a la Trinidad, del Prado, donde el Padre Eterno, más
que sobre las nubes, parece sentado sobre firmísimo trono de granito. Tema nada
corriente de la vida de Jesús, la Comunión de los Apóstoles, de San Martín, de
Nápoles, pintado el año antes de su muerte, está muy bellamente compuesto y es
una de las obras en que hace un alarde de riqueza de color casi veneciano. De
sus Concepciones, la más famosa y de mayor desarrollo es la de las Agustinas, de
Salamanca, pintada por encargo del virrey de Nápoles, conde de Monterrey,
extraordinariamente grandiosa y monumental (fig. 1949).
(fig. 1949) La Concepción
Algo posterior era la del
Convento de Santa Isabel, de Madrid, destruida en 1936, en cuyo rostro, al
parecer, retrata a su propia hija; rostro que, al conocer las monjas la
seducción de la joven por Don Juan de Austria, hacen repintar a Claudio Coello.
Pero Ribera es, sobre todo,
pintor de santos, y, en particular, de santos penitentes y de mártires de los
primeros tiempos del cristianismo. Todavía hoy suele el profano atribuir a
Ribera cuantos santos penitentes encuentra de tipo tenebrista. Entre sus cuadros
de martirio ninguno es comparable al de San Felipe (fig. 1950), del Museo del
Prado, donde el gran compositor triunfa sobre lo cruento del tema. El momento
elegido es aquel cuando, atadas sus manos a un madero, tratan de elevar el
cuerpo del santo para desollarlo, y son ese esfuerzo de los que pugnan por
levantar ese cuerpo y el peso de éste los dos motivos esenciales del cuadro.
(fig. 1950) Martirio de San Felipe
Poniendo, en cambio, la nota
sangrienta en primer plano, dedica Ribera a este mismo tema una estampa que
alcanzará difusión extraordinaria. Sus mejores interpretaciones de San Sebastián
—San Petersburgo, Berlín, Bilbao y Valencia— prueban que en la escena
representada interesa a Ribera más el movimiento y la dramática actitud del
cuerpo recortándose en la sombra, que lo cruento del martirio.
En los santos de cuerpo entero de
actitud reposada, su sentido de la grandiosidad aprendida en la escultura romana
es, en cambio, manifiesto. Recuérdense en el Museo del Prado el San Juan
Bautista, con el típico tronco riberesco por fondo, grueso e inclinado, cruzando
el lienzo y acompañando la figura del santo; el San Bartolomé y la Magdalena
penitente, la santa que radiante de belleza nos presenta además ascendiendo a
los cielos en la Academia de San Fernando. Porque Ribera, a quien muchos sólo
consideran pintor de mártires de rugosa piel, tiene también un exquisito sentido
de la belleza femenina, y buena prueba de ello es la Santa Inés, del Museo de
Dresde (1641). El San Jerónimo, de San Petersburgo (1626), de intenso
claroscuro, es una de sus obras fechadas más antiguas.
Bien de cuerpo entero, como el
Santiago y el San Roque, del Museo del Prado, donde la monumentalidad de la
figura se encuentra subrayada no por gruesos troncos de árboles, sino por los
grandes sillares en que se apoyan, o simplemente de medio cuerpo, como sus
apóstoles, del mismo museo —el San Andrés es una de sus obras maestras,
equiparable en luz y expresión a un buen Rembrandt—, Ribera nos ha dejado toda
una numerosa y espléndida galería de santos.
En cuanto a temas del Antiguo
Testamento, son muy bellos el Sueño de Jacob, cuya simplicidad y grandiosidad
corren pareja con la impresión de reposo que produce, y el Jacob e Isaac (1637),
donde Ribera siente más entusiasmo por el color que por el tenebrismo. Ambos
cuadros se guardan en el Museo del Prado.
Ribera es el pintor español que,
con Velázquez, ha dejado más temas mitológicos. Ya nos hemos referido al Baco en
casa de Icario, del que sólo se conserva la cabeza del dios y otra de mujer, en
el Museo del Prado. En el Museo de Nápoles se guarda Sueño ebrio (1626) y Apolo
y Marsias, éste de composición extraordinariamente movida y de impresionante
dramatismo, y en el del Prado, los gigantescos lienzos de Ixión y Ticio. Aunque
el tema representado no es antiguo, por su aspecto clásico puede recordarse en
este lugar la Lucha entre mujeres, del mismo Museo, que figura un duelo
celebrado en el siglo XVI, en Nápoles, entre dos jóvenes por el amor de Fabio de
Zeresola.
Por su tema se relacionan con los
cuadros anteriores los de sabios de la antigüedad, para los que toma a veces
modelos de las más bajas clases sociales. El Arquímedes del Prado, es, en
realidad, un pordiosero sonriente (fig. 1951).
(fig. 1951) Arquímedes
Dibujante extraordinario, tal vez
el de pulso más firme de la escuela española, cultiva también el grabado. El es
uno de nuestros pocos grabadores de primer orden. Se conoce varias estampas de
San Jerónimo, San Pedro, la ya citada de San Bartolomé, el retrato ecuestre de
Don Juan de Austria, varios estudios de bocas, ojos y orejas, etc.
ESCUELA SEVILLANA DEL PRIMER
TERCIO DEL SIGLO: ROELAS \ HERRERA EL VIEJO
. —Durante el primer tercio del
siglo trabajan en Sevilla varios pintores de genio y gusto muy dispar, y sobre
todo inician su carrera Velázquez, Zurbarán y Alonso Cano. Pero los que ahora
interesan son esos artistas de segundo orden que establecen el tránsito a la
nueva era.
En realidad, a este período
corresponde también Pacheco, que por su estilo se puede incluir todavía en el
siglo XVI, pero cuya larga vida se prolonga hasta mediados del siguiente.
Juan de Roelas o de Fuelas
(muerte 1625), que, al menos al final de su vida, abrasa el estado eclesiástico,
muriendo de beneficiado del pueblecito sevillano de Olivares, es un decidido
cultivador del colorido y del estilo naturalista venecianos. No consta que esté
en Italia, pero sí que pasa algún tiempo en la corte, donde tan bien
representados se encuentran los grandes maestros venecianos. Aunque sin su
interés por los violentos efectos de luz y de colorido más claro y alegre,
algunas de sus obras hacen pensar en Navarrete.
Su obra más representativa y
conocida, el Martirio de San Andrés (fig. 1952), del Museo de Sevilla, pone bien
de relieve que no sólo sabe asimilar de la escuela veneciana la riqueza del
colorido, sino que se deja seducir por la afición veronesiana a los temas
secundarios. El paso de la escalera bajo la cruz y los dos sayones que la llevan
en primer término es motivo casi tan importante para Roelas como el santo mismo.
El fondo de gloria poblado de alegres ángeles con instrumentos músicos y flores
es, por su amplitud, uno de los más antiguos e importantes de la pintura barroca
sevillana.
(fig. 1952) Martirio de San Andrés
Si bien en este aspecto tal vez
le supere el de la Circuncisión, de la iglesia de la Universidad, donde la
típica división entre cielo y tierra se encuentra aún más acusada. En el
Tránsito de San Isidoro, de la iglesia de su nombre, envuelve a los personajes
en una atmósfera coloreada, que descubre su preocupación por la perspectiva
aérea, aún en mayor grado que en el fondo del San Andrés. En el Museo se
conserva además una Pentecostés y una Santa Ana enseñando a leer a la Virgen, en
la que el perro y el gato y las rosquillas del primer término nos hablan de esas
licencias veronesianas, que en este caso concreto hacen fruncir el ceño a su
paisano Pacheco en su Arte de la pintura.
Más inclinado al estilo bolones,
Antonio Mohedano muere el mismo año que Roelas. Artista de obra poco conocida,
desempeña, al parecer, interesante es su modelado escultórico. A él se debe el
hermoso lienzo de la Anunciación, de la Universidad. De tipos idealizados —algún
rostro recuerda los carracciescos—, lo más interesante es su modelado
escultórico, que presiente dentro de su colorido claro los encantos del
tenebrismo, por lo que tiene particular interés en relación con Zurbarán. Se
conservan algunas obras suyas en Antequera.
FRANCISCO HERRERA EL VIEJO
Vive hasta mediados de siglo
(muerte 1656), y que debe iniciar su carrera cuando Roelas y Mohedano terminan
la suya, es pintor que se adentra más en el estilo de la generación siguiente.
Artista de vida inquieta e irregular y genio fuerte, falsifica moneda en cierta
ocasión, y es librado de la cárcel por intercesión de Felipe IV al contemplar
una de sus pinturas. En los últimos años de su vida se traslada a Madrid, donde
muere. Herrera no siente el entusiasmo de Roelas por el claro colorido veneciano
y los alegres fondos de gloria. Su estilo es más viril, más prendado de las
figuras fuertes y monumentales, de expresión un tanto ceñuda. Su factura es
valiente, y algunas veces de gran soltura y netamente seiscentista.
La Apoteosis de San Hermenegildo,
que se considera una de sus obras más antiguas, pese al interés naturalista de
sus modelos, tiene algo de la falta de movimiento de Pacheco, y el rompimiento
de gloria que ocupa casi toda la superficie del lienzo, termina bruscamente
donde comienza la zona de tierra. En la Visión de San Basilio (1639), del mismo
Museo de Sevilla, de época muy posterior, sus personajes, grandiosamente
concebidos, se mueven con bríos, y la fusión de cielo y tierra es mucho más
natural. A esta misma serie pertenece el San Basilio dictando su doctrina, del
Museo del Louvre (fig. 1953).
(fig. 1953) San Basilio dictando su doctrina
El San Buenaventura recibiendo el
hábito franciscano (1628), del Prado, es buen ejemplo de la nota fuerte y llena
de naturalismo que significa su estilo en la Sevilla del Zurbarán joven y del
Velázquez de los Borrachos.
Artista de mucha menos
personalidad de Herrera, aunque de obra abundante, es Juan del Castillo
(1548-1640), el maestro de Murillo, en cuyas obras juveniles ejerce visible
influencia. De dibujo seguro, pero colorido seco, y aun a veces agrio, es,
comparado con los maestros anteriores, el más arcaizante de todos. La Asunción,
del Museo de Sevilla, es típico ejemplo de cómo conserva todavía mucho de los
últimos tiempos renacentistas.
ZURBARÁN
. —A Zurbarán, no obstante
pertenecer a la gran generación que sigue a los maestros anteriores, es decir, a
la de Velázquez y Alonso Cano, conviene incluirlo al final de este período del
primer tercio del siglo, pues mientras sus dos compañeros comienzan a producir
entonces sus obras capitales, él ha pintado ya hacia 1640 las que constituyen su
verdadera gloria.
Francisco Zurbarán (1596 - 1664),
aunque formado y establecido en Sevilla durante casi toda su vida, nace en
Fuente de Cantos, en esa región meridional de Extremadura tan relacionada
siempre con la capital andaluza. Su nombre delata ascendencia vasca en grado que
ignoramos. En 1624, niño todavía, lo encontramos en Sevilla de aprendiz con el
pintor Pedro Díaz de Villanueva. Dos años más tarde firma ya su obra fechada más
antigua: una Concepción de propiedad particular. Y antes de cumplir los veinte
lo hallamos casado y viviendo en Llerena, donde permanece unos diez años, al
cabo de los cuales regresa a la capital andaluza a petición de su Ayuntamiento,
que, al estimar «que la pintura no es el menor ornato de la república», designa
a un caballero para que le manifieste el gusto con que le verían establecerse en
Sevilla. La protesta de Alonso Cano, fundada en la ordenanza de pintores, al
mismo tiempo que refleja el carácter inquieto del granadino, delata la clientela
que espera la llegada de Zurbarán. En efecto, a esos años y a los que siguen
corresponden varias de sus series más importantes y numerosas.
La cuarta década del siglo es la
más fecunda e inspirada de su vida. A ella corresponden su viaje a Madrid para
pintar en el Salón de Reinos del Buen Retiro, y sus trabajos decorativos en el
navío del Santo Rey Don Fernando, enviado por la ciudad de Sevilla a Su Majestad
para que pasee en el estanque del Buen Retiro. Gracias a estos servicios, se
firma alguna vez pintor del Rey. En la siguiente, en cambio, su estrella inicia
su descenso. Bien sea por la competencia que comienza a hacerle Murillo, o por
motivos de otra índole, ya no recibe encargos de la categoría de los anteriores,
aunque continúa pintando cuadros muy bellos, y al final de su vida, pasado de
moda su estilo, se traslada a Madrid, donde muere en suma pobreza.
En Zurbarán triunfan ya
conjuntamente dos valores que son decisivos en la pintura barroca de este
momento: el claroscurismo y el naturalismo. Menos radical que Ribera, si bien es
cierto que en este aspecto, tal vez nadie supera al pintor valenciano, es uno de
nuestros principales tenebristas. A diferencia de sus compañeros sevillanos
Velázquez y Alonso Cano, que también inician su carrera en el tenebrismo, se
mantiene fundamentalmente toda su vida dentro de él. Sus luces son, sin embargo,
más claras y transparentes que las de Ribera, e incluso que las de Velázquez y
Cano en su etapa similar.
No conservamos de Zurbarán
bodegones con figuras como las de Velázquez, hijos del ansia de realidad de la
nueva generación, pero sí puede advertirse a lo largo de toda su obra un interés
mantenido y profundo por expresar las calidades de las cosas. Zurbarán es un
admirable pintor de telas blancas, de rasos, de blandos y gruesos terciopelos
rojos y de bordados ricos. Los libros, piezas de orfebrería o cerámica, las
flores y las frutas que aparecen en sus cuadros podría decirse que están
retratados con el mismo entusiasmo que los rostros y las manos de los
personajes. Debido a este interés naturalista, servido por su claroscurismo y
por su deseo de volumen, casi de escultor, estos temas secundarios solicitan en
sus cuadros nuestra mirada tanto como los principales.
Zurbarán, tan enamorado del
volumen y de la calidad de las cosas, no siente, en cambio, interés alguno por
el escorzo, y es que el escorzo es fundamentalmente movimiento, y Zurbarán no
siento el movimiento. Ese gusto por las figuras que arquean su cuerpo para que
las veamos hundirse en la profundidad, comentado en Caravaggio y en Ribera, se
encuentra reñido con su amor por las composiciones reposadas y tranquilas, en
las que el esfuerzo físico no existe y los arrebatos son casi exclusivamente
espirituales. Es evidente que Zurbarán no demuestra tener un gran sentido del
espacio —sus perspectivas arquitectónicas son pobres y a veces incorrectas— y
que acaso no hubiera sido capaz de crear composiciones complicadas y movidas.
Pero es indudable también que la simplicidad y el reposo son valores deseados
por él. Tal vez en ninguna obra resulta más clara esa voluntad de sencillez y de
reposo que en sus bodegones, donde se limita a disponer en fila los objetos.
Salvo en casos en los que el movimiento y el esfuerzo físico están exigidos por
el tema, como en los Trabajos de Hércules, muy rara vez abandona Zurbarán en sus
composiciones el tono solemne y grave.
Como todos los grandes pintores
del siglo XVII, con la excepción de Velázquez, se dedica a los temas religiosos,
pero dentro de este género es, sobre todo, pintor de frailes. Si recordamos la
obra de Ribera, sorprenderá en Zurbarán la importancia de las series dedicadas a
narrarnos historias de órdenes religiosas. Estos ciclos pictóricos constituyen
uno de los más notables empeños de nuestra pintura barroca, empeño que puede
tener realidad gracias a la generalización, hacia 1600, del uso del lienzo en
grandes proporciones, pues ya sabemos que el fresco no llega a ser asimilado por
nuestros pintores. Zurbarán es, sin duda, el más eximio y genuino representante
de esta pintura cíclica destinada a decorar los templos y los claustros
conventuales. Abundan en ellas, como es lógico, las escenas en que los
religiosos son regalados con la presencia divina, que Zurbarán interpreta en el
tono grave y solemne de todo su arte, sin teatralidad, pero con la expresión
firme e intensa del creyente que no precisa de gestos aparatosos para rendir
homenaje a lo sobrenatural.
El estilo de Zurbarán llega
pronto a su madurez, y en él se mantiene hasta que cumple los cuarenta años. Al
mediar el siglo, el tono fuerte de sus composiciones comienza a decrecer,
probablemente por influencia del joven Murillo. y, en realidad, por el cambio
del gusto. Se advierte ahora acusada inclinación por las formas curvas, y las
superficies más blandas e indefinidas, abandonando su estilo viril, reflejo de
su verdadero temperamento, por acomodarse al de la segunda mitad del siglo.
Aunque evidentemente no es esta
última etapa de su obra equiparable a la anterior, probablemente se insiste con
exceso en su decadencia de estos años. Es cierto que el Cristo recogiendo las
vestiduras, de Jadraque, de 1661, de tema poco grato, y menos para él, ya que se
trata de un desnudo en movimiento, no le hace ningún favor; pero la Concepción,
del Museo de Budapest, de ese mismo año, nos dice que ni su inspiración ni sus
facultades técnicas están agotadas.
Zurbarán pinta historias e
imágenes religiosas aisladas, pero sus obras principales son retablos y series
de lienzos para decorar dependencias conventuales. Se inician éstas con las de
los dominicos, de los mercedarios y de los franciscanos de Sevilla. A la de los
mercedarios pertenecen las dos Visiones de San Pedro Nolasco (1629), del Museo
del Prado, excelentes muestras de su simplicidad en el componer y, sobre todo,
de su arte para pintar blandas telas de lana que el tiempo torna doradas.
Pero la obra maestra de este
primer momento es la serie del convento franciscano de San Buenaventura, donde
trabaja mano a mano con Herrera el Viejo. No obstante las excelencias del santo
presidiendo una reunión y del santo de cuerpo presente, la escena más
impresionante es la del santo en oración, de simplicidad admirable (fig. 1954),
mostrando el origen de su sabiduría.
(fig. 1954) San Buenaventura
De este mismo período juvenil se
considera la serie de la Cartuja de las Cuevas, del Museo de Sevilla, a que
pertenecen la Virgen, protegiendo con su manto a los religiosos; San Hugo, en el
refectorio (fig. 1955) y la Visita de San Hugo al pontífice, buenos ejemplos del
gusto del pintor por las composiciones reposadas, graves y sencillas y del
Zurbarán pintor de la vida conventual.
(fig. 1955) San Hugo, en el refectorio
La cuarta década del siglo se
abre con una obra excelente, el San Alonso Rodríguez (1630), de la Academia de
San Fernando, en la que lo místico se expresa en la forma profunda y sincera
típicamente zurbaranesca, y el colorido claro y alegre de los personajes divinos
nos ofrece una visión celestial pocas veces igualada por nuestra pintura
barroca. La Apoteosis de Santo Tomás de Aquino (fig. 1956), del Museo de Sevilla
(1631), es composición de tipo monumental. Es un enorme lienzo en el que
Zurbarán, con su apego al reposo, dispone los personajes en tres cuerpos
perfectamente definidos. En el de tierra, agobiado por las nubes del rompimiento
de gloria, nos presenta a Fray Diego de Deza, fundador del Colegio para el que
se pinta el cuadro formando pareja con el emperador, que confirma la fundación.
El santo titular, rodeado por los padres de la iglesia, ocupa el cuerpo central,
y más arriba vemos a Jesús con la Virgen y al Padre Eterno con Santo Domingo.
Pero lo verdaderamente extraordinario es la forma admirable como interpreta
Zurbarán las capas de los Padre s de la Iglesia y los terciopelos de riqueza
tizianesca.
(fig. 1956) Apoteosis de Santo Tomás de Aquino
Al final de esta misma década
corresponden, además, sus series del Monasterio de Guadalupe (1638) y de la
Cartuja de Jerez (1633- 1639). En la primera nos figura, en grande s lienzos,
historias de la orden jerónima, entre las que destacan la de Fray Gonzalo de
Illescas sentado en su mesa y dispuesto a escribir; La misa del P. Cabañuelas,
en la que Zurbarán, como en el Alonso Rodríguez, vuelve a enfrentarse con la
expresión mística del que contempla el milagro, y, sobre todo, la Aparición de
Jesús al Padre Salmerón, uno de sus cuadros más sencillos y emocionantes.
De la serie de Jerez, aunque son
importantes las historias evangélicas del retablo, hoy en el Museo de Grenoble,
los más valiosos son los cuadros de santos cartujos en oración, del Museo de
Cádiz, como el cardenal Nicolaus y el Beato Juan de Houghton (fig. 1957).
(fig. 1957) Beato Juan de Houghton
La personalidad de Zurbarán no se
agota en estas grandes series. Poseemos de su mano varios lienzos de santos o
beatos en actitud contemplativa, equiparables a lo mejor de aquéllas.
Recuérdense el Beato Enrique Sazón, del Museo de Sevilla, el San Francisco en
oración, de la Galería Nacional de Londres, o el de Bilbao (1659), éste, típico
ejemplo del blando modelado de sus últimos años.
De tono más mundano, debido a las
riquezas de las vestiduras, son sus bellos cuadros de santas. Desfilan en ellos
con paso procesional, casi siempre con expresión devota, mostrándonos el símbolo
de su martirio o santidad, pero a veces con expresión que hace pensar en la
costumbre de algunas damas de retratarse bajo la apariencia de santas —piénsese
en la Santa Casilda, del Museo del Prado—. La serie más numerosa es la del Museo
de Sevilla, y el ejemplar más bello la Santa Margarita, de la Galería Nacional
de Londres, llamada la Pastorcita (fig. 1958).
(fig. 1958) Santa Margarita
Zurbarán no es sólo pintor de
santos. Los temas evangélicos ocupan también sus pinceles. Probablemente ninguno
de esta época ha representado a la Virgen niña, interrumpiendo su bordad o para
dirigir una plegaria a las alturas, con el candor que él lo hace en el lienzo
del Museo de Nueva Cork (fig. 1959).
(fig. 1959) Virgen niña
La Concepción es tema que repite
desde sus primeros tiempos —la de propiedad particular es de 1616; la del Museo
de Budapest, de 1661.
Del Crucificado poseemos varias
excelentes interpretaciones, en alguna de las cuales su cuerpo, destacado sobre
el fondo negro, tiene relieve casi escultórico-museo de Sevilla-. En el del
Museo del Prado, con los pies cruzados, según la visión de Santa Brígida
—recuérdese lo dicho al tratar de Montañés—, el San Lucas que aparece a sus pies
se ha supuesto autorretrato de Zurbarán.
De la Virgen con el Niño y de la
Sagrada Familia poseemos varias interpretaciones de sus últimos tiempos —Museo
de San Diego, 1653; colección Unza del Valle, de Madrid, 1659; Museo de
Budapest, 1659—, en las que el tono fuerte del pintor parece ablandarse para
ponerse de acuerdo con el gusto de la nueva generación de Murillo.
Aunque mucho menos que el
religioso, Zurbarán cultiva también otros géneros pictóricos.
Son contados los bodegones que
conocemos de su mano, pero tan personales, gracias a la simplicidad suma de su
composición —varios objetos puestos en fila—, y al sentido del volumen y de la
calidad de lo representado, que tienen puesto propio en la historia del género.
Bellos ejemplos son el del Museo del Prado y el de la colección Contini, en
Italia. Como pintor de retrato puede juzgársele en el del Condesito de
Torrepalma, del Museo de Berlín, equiparable a los juveniles de Velázquez. Por
último, la magna empresa de la decoración del Salón de Reinos hace que,
solicitado sin duda por Velázquez, cultive el género histórico y la fábula
pagana en el Socorro de Cádiz, y las Fuerzas o Trabajos de Hércules (1634), todo
ello hoy en el Museo del Prado.
PINTURA CASTELLANA DEL PRIMER
TERCIO DEL SIGLO. TRISTÁN Y ORRENTE
. —El comienzo de la
transformación de Madrid en gran ciudad bajo Felipe II atrae a la corte un
número creciente de pintores, que dan lugar, a mediados de la centuria
siguiente, a una escuela de pintura netamente madrileña. Durante este período,
que precede a la llegada de Velázquez, el peso de los pintores establecidos en
la vecina Toledo es, sin embargo, tan grande, que casi es preferible hablar
simplemente de la escuela castellana.
No obstante, la presencia del
Greco en la ciudad imperial, su huella en los pintores toledanos del primer
tercio del siglo, salvo en el caso de Tristán, es poco menos que nula. Las
preocupaciones principales son el tenebrismo con un colorido dominante rojizo y
terroso que lace pensar en el de Ribalta —de él participan, en efecto, Tristán,
Orrente y Loarte— y el naturalismo.
Luis Tristán (muerte 1624) consta
que trabaja en el taller del Greco en la primera década del siglo, y a él debe
su gusto por el alargamiento de las formas y su factura colorista inquieta y
nerviosa, aunque sin la brillantez y la limpieza de color del maestro. Uno de
sus lienzos más representativos de la influencia de aquél es la Trinidad, de la
Catedral de Sevilla. Sus obras principales son los retablos de Yepes (1616 (fig.
1960) y de Santa Clara, de Toledo (1623).
(fig. 1960) Retablos de Yepes. Adoración de lo Reyes
Pedro Orrente (muerte 1645) nace
en Murcia, pero deja obras valiosas tanto en Toledo como en Valencia, sirviendo
de enlace entre las escuelas castellana y valenciana. Artista de más amplias
facultades que Tristán, emplea en sus obras el color rojizo ribaltesco. Como
pintor de temas religiosos deja, entre otros cuadros, el San Sebastián, de la
catedral de Valencia (1616), de bella composición realzada por sabio efecto de
luz, y, sobre todo, la hermosa historia de Santa Leocadia en el sepulcro (fig.
1961), de la catedral de Toledo, sólo un año posterior. Compuesto magistralmente
desde un punto de vista muy bajo, al gusto veneciano, contiene una espléndida
galería de cabezas.
(fig. 1961) Santa Leocadia en el sepulcro
Orrente cultiva además el cuadro
de género de tipo bassanesco, bien puramente pastoril o justificado por un tema
bíblico, como el Sacrificio de Isaac, de Valencia. Por esta clase de pinturas
suele denominársele el Bassano español, aunque con el pintor italiano sólo se
relaciona por los asuntos, y no por el color (fig. 1962).
(fig. 1962) Jacob
EL BODEGÓN: SÁNCHEZ COTÁN Y
LOARTE
. —Este mismo acusado interés
naturalista por los temas humildes que hemos visto inspirar a los cuadros de
género de Orrente, es el que da vida a la parte verdaderamente valiosa de los
otros dos pintores que deben incluirse en la escuela toledana de este período,
Sánchez Cotán y Loarte. Ambos cultivan la pintura de bodegón con las
características que distinguen a los de la escuela española del siglo XVII.
Nuestros bodegones, aunque rara vez llegan a la suprema simplicidad de los de
Zurbarán, son siempre de composición muy sencilla. El paralelismo de los
animales, frutas o carnes pendientes es elemento decisivo en esa composición, y
se tiende a ordenar en fila los que se colocan sobre la mesa. El contraste con
el estudiado desorden de los bodegones flamencos y holandeses salta a la vista.
Juan Sánchez Cotán (muerte 1627),
hijo de la Mancha y educado en Toledo, al parecer con B. de Prado, ya mayor se
hace cartujo. Es artista de más fina calidad que Loarte, y lo que le permite
figurar en el primer plano de nuestra pintura seiscentista son sus bodegones, en
los que se nos muestra ya en 1602 entusiasta del tenebrismo. Fecha muy anterior
a la de los restantes tenebristas castellanos, obliga a presumir una sugestión
caravaggiesca bastante directa. En el bodegón de la colección Hernani, en
Madrid, imagina el pintor una ventana con frutas y aves pendientes, un enorme
cardo y unas zanahorias en primer término (fig. 1963).
(fig. 1963) Bodegón
Sánchez Cotán siente particular
amor por estos ligeros alimentos vegetales. Ese cardo y esas zanahorias,
igualmente imaginados en una ventana, son el tema exclusivo del bodegón del
Museo de Granada, bodegón al que sólo faltan unos galápagos para ofrecer casi
todo el menú cuaresmal de los cartujos. Como se ha advertido, estos bodegones de
Sánchez Cotán son la antítesis de los flamencos, grasos y opulentos.
El bodegón desempeña a veces
papel de cierto valor en sus mismos cuadros religiosos. En La Virgen con el
Niño, de Guadix, el cardo, el trozo de queso y el pan que pinta en primer
término, se diría la ofrenda de la abstinencia del artista cartujo. La gran
serie de historias de su Orden que hace para la Cartuja de Granada (1615) es una
de las más antiguas que se pintan en España.
Pintor de bodegones excelentes,
semejantes a los de Sánchez Cotán, es Felipe Ramírez, que firma en 1628 el del
Museo del Prado.
Alejandro Loarte (muerte 1626),
aunque dentro del tipo de composición sencilla de Sánchez Cotán, gusta de
recargar más el escenario, que fundamentalmente reduce también al primer plano.
Sus dos obras principales son el bodegón del Asilo de Santamarca (1623), y,
sobre todo, la Pollería (1626 (fig. 1964), del duque de Valencia, ambos de
Madrid.
(fig. 1964) Polleria
Pintor de bodegones de este
momento es también el madrileño Juan Van der Hamen (muerte 1631), representado
en el Museo del Prado.
LOS ITALIANOS. EL RETRATO:
BARTOLOMÉ GONZÁLEZ
.—Además de estos pintores, hijos
del país, trabaja en la corte un grupo de italianos muy españolizados, algunos
de ellos incluso nacidos en España, y en parte descendientes de los traídos por
Felipe II a trabajar en El Escorial.
El más atractivo e interesante de
todos es también el de estilo más puramente italiano y el que se encuentra más
desligado del grupo. Es el dominico fray Juan Bautista Mayno (1568-1649), que
nace en Pastrana y vive en Toledo, pero trabaja en la corte, donde es, además,
profesor de dibujo del futuro Felipe IV. Mayno es un caravaggiesco, que se forma
en Italia en las obras mismas del maestro, aunque no acepta la intensidad de sus
sombras. Casi podría decirse que es un tenebrista en el que la tiniebla tiene la
oscuridad imprescindible para que percibamos un bello efecto de luz y podamos
acariciar el volumen de la forma. Su caravaggismo es más fiel en algunos modelos
humanos y en su gusto por los escorzos. De todo ello es buen ejemplo la
Adoración de los Reyes que, procedente de su convento toledano, se conserva en
el Museo del Prado. En él también se guarda el hermoso lienzo de la Reconquista
de Bahía, que pinta para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro.
El más importante de los
restantes es Vicente Carducho (1576-1638), que, aunque italiano de nacimiento,
se traslada muy niño a España y en ella aprende el arte de la pintura. De estilo
muy ecléctico, que no permite incluirle entre los tenebristas, es la figura de
mayor prestigio de la escuela madrileña anterior a la llegada de Velázquez. Con
facilidad netamente italiana para concebir y ejecutar, pinta la numerosa serie
de grandes lienzos con historias cartujanas del Monasterio del Paular (1626 (fig.
1965), hoy repartida entre diversos templos y edificios oficiales. Consta que
para prepararla va a Granada, a ver la colección de Sánchez Cotán.
(fig. 1965) Muerte de un Cartujo
Carducho, como Mayno, colabora
también en la serie de cuadros del Salón del Buen Retiro, para el que hace
varios lienzos, entre ellos la Expugnación de Rheinfelden. Además de pintor es
un teórico, y a él se debe uno de nuestros principales tratados artísticos,
Diálogos de la Pintura, publicado en 1633.
Eugenio Caxés (muerte 1634),
pintor de varias obras de carácter religioso, y Félix Castello (muerte 1656),
discípulo de Vicente Carducho y autor de cuadros de batallas para el Salón de
Reinos, son artistas que desempeñan papel más secundario. Angelo Nardi (muerte
1665), que llega de Italia ya formado y que muere en España después de medio
siglo de labor, pinta los importantes lienzos de la iglesia de las Bernardas, de
Alcalá (1621), donde a su formación veneciana se agrega la influencia
castellana.
Capítulo aparte, aunque realmente
no muy brillante, forman dentro del arte cortesano del primer tercio del siglo
los pintores de retratos, a cuya cabeza figura el vallisoletano Bartolomé
González (1564 - 1627). Como autor de temas religiosos, es uno de los
tenebristas más decididos que trabajan en Madrid, como lo atestigua la Huida a
Egipto (1627), del Museo de Valladolid, pintado el año mismo de su muerte.
En el retrato, aunque
naturalmente deja ver también sus preocupaciones claroscuristas, su estilo se
encuentra dominado por la tradición cortesana de Pantoja, sin que sea capaz de
reaccionar contra su minuciosa interpretación de encajes, bordados, telas y
joyas. A él se deben, entre otros, los retratos de Felipe III y de Margarita de
Austria (fig. 1966), del Museo del Prado.
(fig. 1966) Margarita de Austria
VELÁZQUEZ VIDA Y OBRA
. —Velázquez, un año más joven
que Zurbarán y dos más viejo que Alonso Cano, viene al mundo en 1599. Forma
parte, pues, de esa generación que nace con el siglo y a la que pertenecen,
fuera de España, Van Dyck y el Bernini. En el campo de nuestras letras es un
contemporáneo de Calderón. Su actividad corresponde, por tanto, al segundo
tercio de la centuria decimoséptima.
Ve la luz primera en Sevilla y es
hijo de Juan Rodríguez de Silva, de padres portugueses, y de Jerónima Velázquez,
de familia sevillana. Aunque al final de su vida suele firmarse Diego de Silva,
se le conoce por el apellido materno, y con él sólo figura en el nombramiento de
pintor de Felipe IV. Se asegura que comienza su aprendizaje con Herrera el
Viejo, pero lo cierto es que, al contar los doce años, lo vemos estudiando con
Francisco Pacheco, artista de no muchos quilates, pero de la suficiente
perspicacia para descubrir muy pronto el talento del discípulo, y lo
suficientemente comprensivo para saber respetar su personalidad. Pacheco lo
contempla siempre entusiasmado y termina casándole con su hija, aunque, como él
mismo escribe, tiene en más el ser su maestro que su suegro. Probablemente
Velázquez no aprende mucho de él, pero sí le debe el haberse formado en un
ambiente culto, de gentes de letras, y el que se le abran las puertas de la
corte.
Después de un primer intento en
1622, Velázquez, protegido por el Conde-duque y por los sevillanos amigos de
Pacheco, entre los que figura el poeta Rioja, es al año siguiente introducido en
la corte y, gracias al resonante triunfo del primer retrato que hace de Felipe
IV, ya no sale de ella. Nombrado por el monarca pintor de cámara, y alternando
sus actividades artísticas con sus funciones palatinas, en las que termina
siendo aposentador mayor, transcurre el resto de su vida en Palacio. A cargo
suyo las colecciones reales, son sus nuevos maestros los grandes pintores, sobre
todo los venecianos, en ellas representados por obras de primer orden. De Rubens,
el gran astro del nuevo siglo, hay ya lienzos muy importantes, pero además en
1628 el propio artista se presenta en la corte, y Velázquez le acompaña en
diversas ocasiones y recibe sus consejos. El más importante debe de ser el del
viaje a Italia, que emprende en 1629 a costa del monarca, provisto de cartas de
presentación para sus principales cortes. En Venecia se aloja en casa de nuestro
embajador, y en Roma, en el Vaticano. Después de haber visitado las principales
ciudades y haber llegado hasta Nápoles, donde debe de tratar a Ribera, regresa
al cabo de año y medio. Reintegrado al servicio real, continúa haciendo retratos
y colabora en la decoración del Palacio del Buen Retiro, construido por su
protector el todopoderoso conde-duque de Olivares. En los desgraciados días de
la guerra de Cataluña, acompaña al monarca en la jornada de Aragón (1644), y
años más tarde, en 1649, marcha de nuevo a Italia. Artista ya famoso, lo hace
ahora enviado por Felipe IV para adquirir estatuas y cuadros con que decorar las
nuevas salas del Palacio. Velázquez, sin los quehaceres palatinos, en la
plenitud de su gloria y entre tanta obra de arte de primer orden, está muy a
gusto en Italia. En Roma retrata al propio Pontífice Inocencio X. Pero Felipe IV
le necesita, le llama reiteradamente, y, al fin, le ordena que regrese. En 1651
se encuentra de nuevo en Madrid y es nombrado aposentador de Palacio, cargo
importante, que, no obstante, el tiempo que resta a sus pinceles, le permite
pintar obras como Las Meninas y Las hilanderas. En 1658, Felipe IV le concede el
hábito de Santiago. Dos años más tarde cuida, en función de su cargo, del viaje
del monarca a la isla de los Faisanes, en el Bidasoa. Son para él más de setenta
días de intenso trabajo y constante movimiento, que deben de minar su salud,
probablemente ya quebrantada. A su regreso a Madrid apenas le resta mes y medio
de vida. Felipe IV, que le sobrevive cinco años, hace pintar sobre su pecho la
cruz de Santiago en el cuadro de Las Meninas, donde le ha permitido retratarse.
A Velázquez le conocemos, sobre
todo, por su autorretrato de cuerpo entero en el citado cuadro y por otro, sólo
de la cabeza, en el Museo de Valencia. Aunque sabemos poco de su carácter, los
que le conocen elogian en él su fino ingenio y encarecen su flema. Persona
modesta y bondadosa, gusta de favorecer a otros pintores, y, nada ambicioso, no
aprovecha su trato frecuente con el monarca para prosperar desmedidamente. Su
obra, relativamente reducida, parece justificar la flema de que le tachan sus
contemporáneos.
. —Velázquez es, seguramente, el
hijo más preclaro del naturalismo que inspira al barroco. Ningún pintor ha
contemplado la naturaleza y la ha interpretado con su admirable serenidad, ni a
esa justa distancia en que nos ofrece toda la poesía de la vida o de la simple
existencia. Velázquez no gusta de contemplar la vida desde ese ángulo trágico ni
espectacular, ni tan extremadamente realista, a que tan dados son los artistas
barrocos. Cuando retrata a un pobre ser contrahecho, no se acerca a él con esa
curiosidad de naturalista tan frecuente en este género de temas, y sabe
mantenerse a la distancia en que sus lacras, sin dejar de ser vistas, no
repugnan y nos permiten sentir hacia él esa atracción que sienten sus propios
señores. Cuando interpreta una fábula como la de Aracne, prescinde de su
contenido espectacular, y nos la cuenta en el tono más llano y menos retórico
posible; cuando tiene que representar el adulterio de Venus, no piensa en el
tema fuerte del acto del adulterio, que hubiera deleitado a un Correggio, y nos
lo cuenta, en La fragua, en un tono y en un lenguaje que todos pueden oír;
cuando, en su juventud, pinta el cuadro de Baco, no es una bacanal bullanguera,
como cuadra a Dionisos recorriendo y alegrando los campos, ni la expresión de la
animalidad triunfante, sino simplemente la manifestación de la alegría que
produce el vino, sin extremos de ninguna especie. ¿Significa todo esto falta de
fantasía? Evidentemente, no. Es simple reflejo de su temperamento esencialmente
equilibrado, de su artístico sentido de la ponderación.
Este fino sentido naturalista de
Velázquez, sin estridencias y limpio de toda retórica, ha hecho pensar hasta
nuestros días que sus pinturas son especie de maravillosas instantáneas, espejos
portentosos, donde el pintor se limita a reflejar la escena que la realidad
ocasionalmente brinda a sus ojos, sin ulterior colaboración de su parte. Esto es
falso. Velázquez, como es corriente entre sus contemporáneos y continúa siéndolo
después, estudia cuidadosamente sus composiciones, y casi siempre partiendo, en
las de cierta complicación, de otras anteriores, aunque reconstruya la
composición en su taller y pinte del natural la escena por él imaginada. Como
veremos, el camino de la perfección en el arte de componer lo recorre Velázquez
con ese paso seguro y de fatalidad casi astronómica que distingue a su obra. A
las actitudes forzadas y a la simple yuxtaposición de personajes de su época de
juventud, que delatan sus esfuerzos por dominar el arte de componer, sucede en
la edad madura una laxitud en las actitudes, y una facilidad en los movimientos
y en la agrupación de las figuras, que ocultan la previa elaboración y nos hacen
pensar en la realidad misma sorprendida por el pintor.
Velázquez, como sus compañeros
Zurbarán y Alonso Cano, da sus primeros pasos en el tenebrismo; pero, mientras
el primero permanece en él toda su vida y Alonso Cano, como otros muchos, pasa a
un colorido más rico y alegre, Velázquez comprende, hacia 1630, que el
tenebrismo no es sino una primera etapa en el gran problema de la luz; que la
luz no sólo ilumina los objetos —preocupación fundamenta] de los pintores
tenebristas—, sino que nos permite ver el aire interpuesto entre ellos, y cómo
ese mismo aire hace que las formas pierdan precisión, y los colores brillantez y
limpieza. En suma, se da cuenta de la existencia de lo que llamamos la
perspectiva aérea, y se lanza decididamente a su conquista. Para Velázquez, la
perspectiva aérea no es sólo un problema técnico. Es indudable que, como Paolo
Ucello, siente la dulce poesía de la perspectiva, y que, hermanada con la luz,
la siente tan intensamente como un Piero della Francesca o los holandeses del
XVII. Sin más base, probablemente, que los cuadros del Tintoretto, Velázquez
recorre en su edad madura ese camino que va del tenebrismo a ese aire que con
verdad nunca superada se interpone entre los personajes de Las Meninas.
Al abandonar el tenebrismo,
aclara su paleta y deja el color opaco y oscuro de su juventud. El cambio no
parece que sea muy rápido. Al conocimiento de las colecciones reales se agrega
el contacto con Rubens y el primer viaje a Italia. Iniciase entonces en él una
nueva etapa, durante la cual descubre y asimila el colorido de Venecia, pero no
el caliente del Tiziano, sino el más frío y plateado de Veronés, Tintoretto y el
Greco.
Paralelo a ese cambio en el
colorido, es su manera de aplicar el color, el de su factura. Aunque nunca sigue
la forma con esa manera lisa de los caravaggiescos más puros, en su época
tenebrista la pasta de color es seguida y de grosor uniforme. Después de 1630
esa pasta de color se va desentendiendo del anterior sentido escultórico de la
forma y piensa más en la virtud del color mismo vivificado por la luz y en el
efecto que, visto a distancia, produce en nuestra retina. Al sentido de
escultura policromada de sus primeros tiempos sucede el más puramente pictórico
que culmina en Las Meninas y en el Paisaje de la Villa Médicis, donde la forma
se expresa por medio de una serie de pinceladas que, vistas de cerca, resultan
inconexas y aun destruyen la forma misma, pero que contempladas a la debida
distancia nos ofrecen la más cumplida apariencia de la realidad. Es la técnica
que en el siglo XIX constituirá el principal empeño de los impresionistas.
OBRAS DE JUVENTUD. LA FRAGUA DE
VULCANO
. —Los años sevillanos de
Velázquez son de lucha con el natural y con la luz. Pacheco nos dice que, siendo
muchacho, tiene un aldeanillo al que copia con las más varias expresiones, ya
llorando, ya riendo. Es la época de sus bodegones, de composición muy sencilla,
con dos o tres personajes de medio cuerpo en torno a una mesa. La luz en ellos
es violenta, típicamente tenebrista; el colorido oscuro; los rostros y manos
bronceados. A esa época corresponden la Comida, del Museo de San Petersburgo y
Budapest, la Vieja friendo huevos (fig. 1967), de Edimburgo.
(fig. 1967) Vieja friendo huevos
También de esa época son: Cristo
en casa de Marta, de la Galería Nacional de Londres y el Aguador, de la
colección Wellington, de esta misma ciudad. La composición más importante de
carácter religioso de este período sevillano es la Adoración de los Reyes, del
Museo del Prado (fig. 1968), también intensamente tenebrista.
(fig. 1968) Adoración de los Reyes
Durante los seis años que median
entre su traslado a la corte en 1623 y el primer viaje a Italia, su estilo
comienza a transformarse. Hace los primeros retratos de la familia real, pinta
sus primeros cuadros de tema mitológico e histórico, y probablemente inicia ya
su serie de bufones.
De esos retratos, uno de los más
antiguos es el del infante Don Carlos, en el que todavía es bastante sensible el
estilo tenebrista. Sin embargo, nos pone ya de manifiesto sus extraordinarias
dotes de pintor de retrato. La naturalidad, la elegancia sin afectación, la
nobleza de la expresión, la gravedad netamente española, y, sobre todo, ese
efecto de vida real que producirán sus retratos posteriores, se encuentran ya en
éste. En el de Felipe IV (fig. 1969), de actitud más distinguida, las sombras
del tenebrismo casi desaparecen. Ambos se encuentran en el Museo del Prado.
(fig. 1969) Felipe IV e Infante Don Carlos
A la misma época corresponde el
retrato del bufón Calabacillas, de la colección Cook. Este período se cierra con
el cuadro de Baco o de Los Borrachos, en el que el tema mitológico está
interpretado en ese plano esencialmente humano que empleará en lo sucesivo; pero
la iluminación, no obstante desarrollarse la escena al aire libre, es todavía de
violento claroscuro (fig. 1970).
(fig. 1970) Los Borrachos
El contacto con Rubens y el
primer viaje a Italia contribuyen poderosamente a la ulterior transformación del
estilo de Velázquez. A este primer momento corresponden una nueva fábula
mitológica, La fragua de Vulcano, del Museo del Prado (fig. 1971), y La túnica
de José, de El Escorial. De tema diferente, su estilo, sin embargo, es idéntico.
El tenebrismo ha desaparecido, y la precisión de la forma comienza a ceder ante
el interés por la perspectiva aérea y por la técnica impresionista. La Fragua
representa el momento en que Apolo descubre a Vulcano la infidelidad de su
esposa. El tema, tragicómico, que los anteriores intérpretes representan
insistiendo con notable crudeza en su aspecto escabroso, Velázquez,
manteniéndose en ese plano de buen gusto tan típicamente suyo, lo centra en el
efecto que la noticia produce en el marido burlado. El cotejo de su composición
con la de Los borrachos nos dice el gran progreso realizado.
(fig. 1971) La fragua de Vulcano
A estos años del primer viaje a
Italia debe también de corresponder el Cristo en la cruz, modelo de serena
majestuosidad y de emoción religiosa, con pies y manos sangrantes y con el
rostro medio oculto por la cabellera.
CUADROS DEL SALÓN DE REINOS
. —La gran obra de la cuarta
década del siglo es la constituida por los cuadros que Velázquez pinta para el
Salón de Reinos del Buen Retiro, hoy el principal del Museo del Ejército.
Empresa de altos vuelos artísticos ideada por el conde-duque de Olivares para
halagar la vanidad del monarca, consiste: en una serie de enormes lienzos
dedicados a hechos gloriosos del comienzo de su reinado, que se distribuyen
entre los principales pintores de la época —de varios queda hecha ya
referencia—, y de los que corresponde a Velázquez La rendición de Breda; en una
serie menor de los Doce trabajos de Hércules, primer rey de España que, como
vimos, pinta Zurbarán, y que en el lenguaje de la fábula son el paralelo de
aquellas hazañas recientes; y en los retratos de los monarcas reinantes, de los
padres del rey y del príncipe heredero, algunos de los cuales son de Velázquez.
En La rendición de Breda (fig.
1972) representa el momento en que Justino de Nassau, después de una valiente
defensa, entrega la llave de la ciudad a Ambrosio Spínola, marqués de los
Balbases. Velázquez, con su acostumbrada elegancia espiritual, no imagina a éste
con gesto victorioso, sino afable y caballeroso con el vencido, como elogiando
su valor. El contraste con el tono retórico de otros lienzos de la serie no
puede ser más notable.
(fig. 1972) La rendición de Breda
Para la composición general de la
escena misma parece que Velázquez toma como punto de partida un minúsculo
grabado de Abraham y Melquisedeo entregando los panes (1553), de Bernard
Salomón. Se inspira después para la del grupo de la derecha, o de los españoles,
en el Expolio, del Greco, y para el de la izquierda, o de los holandeses, en el
Centurión del Veronés. Sin verdadero fundamento, se ha creído autorretrato del
pintor el personaje que bajo la bandera y tras el caballo aparece en el extremo
derecho. El amplísimo fondo de verdes y azules plateados es uno de los paisajes
más hermosos de toda la historia de la pintura.
De las dos parejas de grandes
retratos ecuestres con que se decoran los testeros del Salón, sólo el de Felipe
IV (fig. 1973) es íntegramente de su mano. Se presenta en él al monarca sobre el
caballo en corveta, en esa actitud preferida por los escultores barrocos para
las estatuas ecuestres. El fondo es un admirable paisaje del Guadarrama. En el
retrato de su mujer, Doña Isabel de Borbón, la intervención ajena se reduce
principalmente a la parte de las telas bordadas.
(fig. 1973) Felipe IV a caballo
El de Felipe III está trazado y,
en buena parte, ejecutado por él, mientras que en el de Doña Margarita su
intervención es mucho más reducida. Sólo suyo, y una de sus obras más
encantadoras, es el retrato ecuestre del príncipe Baltasar Carlos (fig. 1974),
visto en violento escorzo, para ser colocado entre los de sus padres sobre la
puerta del testero y como presidiendo el Salón.
(fig. 1974) Retrato ecuestre del príncipe Baltasar Carlos
Aunque no forma parte de este
importante conjunto histórico, debe citarse en este lugar por su concepción
análoga el gran retrato ecuestre del conde-duque de Olivares (fig. 1975),
pintado por estos mismos años, donde el poderoso valido, más ministro que
capitán, aparece con la bengala de general en la mano y ante un fondo de
batalla.
(fig. 1975) Retrato ecuestre del conde-duque de Olivares
Las tintas plateadas de todos
estos cuadros y la maestría de la perspectiva aérea en los fondos declaran el
largo camino recorrido por el pintor.
A esta misma cuarta década
corresponden los espléndidos retratos de Felipe IV, del infante Don Fernando y
del príncipe Baltasar Carlos, en los que el atuendo de cazador le da ocasión
para regalarnos hermosos paisajes del Guadarrama, y para revelarnos sus
excepcionales dotes de pintor de perros.
BUFONES. RETRATOS. LAS MENINAS Y
LA FÁBULA DE ARACNE
. —A lo largo de esta cuarta
década y en la siguiente, pinta Velázquez otra serie de obras en la que nos
ofrece una visión menos gloriosa de la vida de la corte: la de los bufones y
hombres de placer. Ya hemos visto cómo pinta en sus primeros años madrileños a
Calabacillas de pie, y muy poco posterior a su primer viaje a Italia debe de ser
Pablo de Valladolid. En los más tardíos, como El Niño de Vallecas, Calabacillas
—erróneamente llamado el Bobo de Coria—, Sebastián Morra y el Primo, en realidad
don Diego de Acedo (1644), prefiere el tamaño pequeño y nos los presenta
sentados.
Velázquez continúa pintando
retratos: el del conde de Benavente, de gran riqueza colorista de estirpe
ticianesca; el de Felipe IV (1644), hecho en Fraga durante la campaña de
Cataluña, de la colección Frick, de Nueva York; el de la Dama del abanico (fig.
1976), de Londres.
(fig. 1976) Dama del abanico
Pero también continúa cultivando
el tema mitológico en el Mercurio y Argos, del Museo del Prado, y en la Venus
del espejo, de la Galería de Londres (fig. 1977).
(fig. 1977) Venus del espejo
Durante su segundo viaje a Italia
hace el espléndido Inocencio X y el previo y preparatorio de su criado Juan de
Pareja, de propiedad particular inglesa. Como es natural, son los retratos
reales los que consumen la mayor parte de su tiempo.
Pocos años antes de morir, se
cree que en 1656, pinta Las Meninas (fig. 1978), que, en realidad, es el retrato
de la infanta Margarita atendida por sus meninas doña Agustina Sarmiento, que le
ofrece de rodillas una bebida, y doña Isabel de Velasco. Completan el grupo en
segundo término doña Marcela de Ulloa y un guardadamas, y en primer plano los
enanos Maribárbola y Nicolás de Pertusato. Al fondo, en la puerta, aparece el
aposentador José Nieto, mientras en el espejo se ve a Felipe IV y a doña
Mariana, que, según los más, posan ante el pintor que trabaja en el caballete.
Como queda dicho, el valor esencial de este cuadro, con ser extraordinario el de
los retratos que contiene, es el de su perspectiva aérea, hasta ahora
insuperada.
(fig. 1978) Las Meninas
A estos últimos años corresponden
el retrato de busto de Felipe IV, avejentado al frisar en los cincuenta, y el de
la propia infanta Margarita, que, al parecer, no llega a terminar.
Además de los retratos citados,
Velázquez pinta en este período varias obras capitales. Durante su segunda
visita a Roma hace los paisajes de la Villa Médicis (fig. 1979), en uno de los
cuales —el del pórtico abierto— su técnica lo convierte en uno de los prototipos
del impresionismo del siglo XIX.
(fig. 1979) Paisajes de la Villa Médicis
Posterior al regreso es Las
hilanderas o Fábula de Aracne (fig. 1980), donde la perspectiva aérea es tan
esencial como en Las Meninas. Aunque hasta fecha reciente se ha supuesto que Las
hilanderas era simplemente el obrador de tapices de Santa Isabel, con unas damas
al fondo contemplando uno de ellos, es decir, un trozo de la realidad, especie
de instantánea admirable, hoy sabemos que el tema representado en la sala del
fondo es la escena en que Minerva, desafiada por la vanidosa Aracne en el arte
de tejer, al ver cómo ha figurado en su tapiz las flaquezas de los dioses, entre
ellas el rapto de Europa por Júpiter —el tema del tapiz del cuadro de Velázquez—,
va a convertirla en la araña que tejerá eternamente. Las damas que presencian la
escena son las jóvenes que, según Ovidio, acuden a contemplar las admirables
labores de Aracne, y las obreras del primer término, las del taller de la
desdichada tejedora. El grupo de éstas y, en general, la composición del cuadro,
están inspirados en dos Ignudi de la bóveda de la Capilla Sixtina, de Miguel
Ángel.
(fig. 1980) Las hilanderas o Fábula de Aracne
LOS DISCÍPULOS Y CONTEMPORÁNEOS
MADRILEÑOS DE VELÁZQUEZ
Velázquez pintor sinceramente
enamorado de su arte e incapaz de industrializarlo, no tiene, y seguramente no
quiere tener, un gran taller al estilo de Rubens o Van Dyck. Si Rubens hubiera
sido el pintor de cámara de Felipe IV, como lo fue Velázquez, es indudable que
el Salón de Reinos lo hubieran hecho sus discípulos por bocetos suyos, siguiendo
lo más fielmente su estilo, y no se hubiera distribuido entre los principales
pintores contemporáneos. Velázquez se limita a disponer de la colaboración
indispensable para hacer las copias de los retratos reales que deben enviarse a
las cortes amigas, y no deja tras sí esa serie d e imitadores que es frecuente
en artistas de su rango.
El discípulo que le sigue más de
cerca es su propio yerno Juan Bautista del Mazo (muerte 1667), cuya obra más
segura es el retrato de su Familia, del Museo de Viena (fig. 1981), donde el
propio Velázquez aparece en último término trabajando ante el caballete.
(fig. 1981) En familia
De colorido totalmente distinto
al de Velázquez, es el de su esclavo el mulato sevillano Juan de Pareja (muerte
1670), que le acompaña a la corte y continúa después viviendo con Mazo. El Museo
del Prado posee de su mano la Vocación de San Mateo (fig. 1982).
(fig. 1982) Vocación de San Mateo
Un sentido del color más próximo
al maestro tiene Jusepe Leonardo (muerte 1656), que pinta para el Salón de
Reinos la Rendición de Juliers (fig. 1983).
(fig. 1983) Rendición de Juliers
De Antonio Puga se consideran
varias escenas de género: El afilador, La taberna, etc.
Los dos principales pintores
contemporáneos de Velázquez, aunque la vida se les prolonga bastante más, son
fray Juan Rizi (muerte 1681) y Antonio de Pereda (muerte 1678). El primero, hijo
de uno de los pintores italianos que vienen en tiempos de Felipe II, de mayor
profesa en la Orden de San Benito y se dedica principalmente a pintar series de
historias benedictinas para los monasterios de su Orden, de las que la mejor
conservada es la de San Millán de la Cogolla. Se manifiesta en ella en posesión
de una técnica vigorosa y suelta y muy interesado, con frecuencia, por los
violentos efectos de luz, de que es buen ejemplo la Cena de San Benito, del
Museo del Prado. Además de estas historias de frailes, que le han merecido el
nombre del Zurbarán castellano, es buen pintor de retratos, como lo atestigua el
de Tiburcio Redín, del mismo Museo, y el de Fray Alonso de San Vítores (fig.
1984), del Museo de Burgos.
(fig. 1984) Fray Alonso de San Vítores
Antonio de Pereda es algo más
joven que Rizi, y se mantiene dentro del tono todavía grave y reposado del
segundo tercio del siglo. A él se debe el gran lienzo del Socorro de Génova por
el marqués de Santa Cruz, del Museo del Prado, que es uno de los mejores de la
serie del Salón de Reinos del Buen Retiro, para donde lo pinta, y las dos
alegorías de la Vanidad y del Sueño del Caballero, del Museo de Viena y de la
Academia de San Fernando (fig. 1985).
(fig. 1985) Sueño del Caballero
Excelentemente dotado para la
pintura de bodegones, hace buen alarde de ello en la serie de cosas ricas por
las que se pierde el alma humana, representadas en estos dos cuadros alegóricos,
de los que forman parte primordial.
GRANADA: ALONSO CANO
. —El tercer gran pintor que nace
con el siglo e inicia su formación en Sevilla antes de 1620 es el granadino
Alonso Cano (muerte 1667), cuya vida y actividad como arquitecto y escultor
quedan ya expuestas. De carácter apasionado, ya hemos visto cómo su temperamento
no se refleja en su estilo escultórico, y otro tanto sucede en su obra
pictórica. Cano, contra lo que es frecuente en nuestros pintores, estudia
cuidadosamente la composición y es buen dibujante. Sabemos de su interés por ver
todas las estampas de que tiene noticia, y conservamos numerosos dibujos suyos.
Es decir, todo ello hace pensar en un genio artístico perfectamente
disciplinado, y la realidad es que su obra pictórica tiene un tono de perfección
académica poco corriente en nuestro siglo XVII. Superior a su rival Zurbarán en
el arte de componer, en el dibujo y en la perspectiva, carece, en cambio, de su
emoción y, en suma, de su personalidad artística. La misma corrección y
moderación expresiva hace que deba considerársele como el menos típicamente
español de nuestros grandes pintores.
Inicia su carrera, como Velázquez
y Zurbarán, en los días del tenebrismo; pero, consagrado, sobre todo, a la
escultura en su época sevillana, es muy poco lo que poseemos de su labor
pictórica de esos años. En cambio, en Madrid frecuenta más los pinceles que la
gubia, y, lo mismo que en el caso de Velázquez, las obras de los grandes
maestros de las colecciones reales aclaran y enriquecen su paleta. A diferencia
de lo que le sucede a Zurbarán, se libera del tenebrismo y transforma su color;
pero, como casi todos sus contemporáneos, no pasa de ahí. El problema de la
perspectiva aérea, que de forma tan magistral desarrolla Velázquez por esos
mismos años, no tiene en él eco sensible. De su época sevillana, la obra
típicamente tenebrista es el San Francisco de Borja (1624), firmado, del Museo
de Sevilla, de encarnación cobriza e intenso sentido plástico, que recuerda las
pinturas velazqueñas cinco años anteriores. En la Santa Inés, del Museo de
Berlín, desgraciadamente destruida en 1945, el color cobrizo desaparece, y
aunque toda la coloración se aclara, es todavía patente la intensidad del
claroscuro. Con un sentido más fino y más clásico de la belleza se nos muestra
aquí más próximo a Zurbarán y recuerda a Mohedano. Pero, además de estos valores
de luz y color, que tanto la realzan, la Santa Inés sorprende por su apostura
extraordinaria, apostura que no puede por menos de evocar la grandiosidad de su
estatua de la Virgen de Lebrija.
En sus obras madrileñas de la
quinta década del siglo, ese tono escultórico y de fuerza de las dos obras
anteriores desaparece. En sus dos bellas Vírgenes sentadas con el Niño, del
Museo del Prado, muy bien construidas ambas —una de ellas inspirada en una
estampa de Durero—, no queda rastro alguno de tenebrismo, y el color es más rico
y el modelado mucho más blando. Esa mayor laxitud es bien sensible en el Cristo
muerto sostenido por un ángel, de entonación plateada. El cuadro de esta época
en que maneja mayor número de figuras es el Milagro del niño salvado del pozo
por San Isidro, como el anterior en el Museo del Prado, de factura muy suelta y
gran riqueza colorista.
El traslado a Granada, donde,
salvo una breve permanencia en Madrid, vive todavía unos quince años, abre nueva
etapa en su labor pictórica. La empresa magna es la serie de grandes lienzos de
los Gozos de la Virgen, que ejecuta para la capilla mayor de la catedral, en la
que su estilo tiene necesidad de agigantarse para cumplir su misión, y así,
concebida para muy en alto, pone de manifiesto su sentido de la perspectiva y de
la pintura de tipo mural. La Concepción (fig. 1986), que forma parte de esta
serie, ha logrado ya la forma definitiva característica que repetirán Cano y sus
discípulos, y que es la ya comentada al tratar de la escultura.
(fig. 1986) La Concepción. Catedral de Granada
El paralelismo entre su labor
escultórica y la pictórica es evidente y natural, y buena prueba son de ello el
lienzo de la Virgen con el Niño, de la Curia, y la esculturita de la Virgen de
Belén, ya citada. Si volvemos la vista a la grandiosa Santa Inés de su juventud,
y recordamos las dos Vírgenes posteriores del Museo del Prado, veremos cómo,
aparte de su evolución colorista y puramente formal, Cano olvida el tono fuerte
de la primera mitad del siglo y se deja seducir por la gracia y el sentido más
femenino, que culminará en la segunda mitad con Murillo y que anuncia el
espíritu del rococó.
ESCUELA MADRILEÑA POSTERIOR A
VELÁZQUEZ: CARREÑO
. —La escuela madrileña, en
realidad, no adquiere su fisonomía propia hasta mediados de siglo, cuando
abandona el tenebrismo y se entrega decididamente al color intenso y rico
aprendido en los venecianos y en los cuadros de Rubens, ya numerosos en las
colecciones reales. El celaje intensamente azul y las carnes nacaradas delatan
siempre a los pintores madrileños frente a los andaluces o valencianos. Contra
lo que hubiera de esperarse, la influencia del color más fino y plateado de
Velázquez es escasa.
Juan Carreño de Miranda (muerte
1685), de ilustre estirpe asturiana y de carácter bondadoso, debe de trasladarse
pronto a Castilla y formar su estilo en Madrid. Es, sobre todo, pintor de
retrato. Al servicio del monarca desde poco después de la muerte de Velázquez,
es, en realidad, su continuador. Sabemos que copia algunos de sus retratos, lo
que permite suponer en él cierta subordinación de discípulo, y consta que es
buen amigo suyo. Aunque la semejanza de los modelos reales delata más el
parentesco de sus retratos con los velazqueños, en algunos de los suyos descubre
la honda huella dejada también por los de Van Dyck. Nombrado pintor real en
1669, sus modelos constantes son el raquítico y degenerado Carlos II, de color
pálido y largos cabellos lacios, y su madre doña Mariana en el monjil aspecto de
su indumentaria de viuda. El del monarca, del Museo del Prado (fig. 1987) —el
ejemplar del Museo de Berlín está fechado en 1673—, probablemente uno de los
primeros que debe de hacerle, lo presenta, aunque niño, vestido de negro, de pie
y con un papel en la mano, como los de Velázquez. Tiene por fondo el Salón de
los Espejos del Alcázar madrileño, así llamado por los coronados por las águilas
austriacas, que, juntamente con la mesa de los leones —hoy en el Museo del
Prado— y el gran cortinaje, encuadran la menuda figura de Carlos II, en cuyo
rostro son todavía poco sensibles los estigmas de su degeneración.
(fig. 1987) Carlos II niño
Aunque este tipo de retrato de
Carlos II en negro es el más repetido por Carreño, precisa recordar también el
de la Casa del Greco, de Toledo (1681), con armadura, mucho más alegre de color,
pero también con el rostro ya más deformado.
Uno de los retratos más antiguos
de doña Mariana es, probablemente, el del Museo del Prado, que también tiene por
fondo el Salón de los Espejos, pero el más importante es el de la Pinacoteca de
Munich, obra de sus últimos tiempos, de muy buena factura y de prestancia
velazqueña.
Como es natural, al abandonar el
enlutado y triste ambiente del Alcázar, el retrato de Carreño cobra vida y
alegría. El del duque de Pastrana, del Museo del Prado (fig. 1988), muestra cómo
la gravedad española se aligera al contacto de la halagadora elegancia
vandyckiana, contrastando con el negro traje del duque el de color del escudero
que le calza las espuelas y el caballo blanco con cintas celestes del fondo.
(fig. 1988) Duque de Pastrana
De no menor elegancia, pese a su
anchísimo guardainfante, y de mayor riqueza cromática, es el de la Marquesa de
Santa Cruz, de propiedad particular, donde el recuerdo de Velázquez es, en
cambio, predominante. De gran riqueza colorista, a base de rojos, es también el
retrato del embajador ruso Iwanowitz Potemkin, del Museo del Prado. Dentro del
género de retratos de personas anormales, de tan glorioso abolengo en la pintura
española, Carreño deja los de La monstrua, niña gigante de cinco años y
monstruosamente gruesa, de la que hace un retrato vestida y otro desnuda, éste
con un racimo que, al convertirla en Baco, aminora su carácter deforme.
En sus cuadros religiosos, el
pintor barroco, amigo del movimiento y del colorido flamenco, se sobrepone al
admirador de Velázquez. Una de sus creaciones más afortunadas, a juzgar por las
varias réplicas y copias existentes —Prado, Museo de Vitoria—, es la Concepción
vista de frente, con el manto revuelto, una mano sobre el pecho y otra
extendida, y con amplia peana de ángeles. De mayor desarrollo y movimiento es su
Asunción, de Poznam. El San Sebastián, del Museo del Prado, repite la misma
actitud que el de Orrente, de la catedral de Valencia.
De sus pinturas murales, la más
importante conservada es la de la bóveda de San Antonio de los Portugueses, de
Madrid.
FRANCISCO RIZI, CEREZO, ANTOLÍNEZ
Y HERRERA «EL MOZO»
. —Después de Carreño, y antes de
Claudio Coello, debe citarse en primer término a Francisco Rizi (muerte 1685),
artista nacido casi con el siglo, y que, aunque deja algún retrato importante,
es sobre todo creador de grandes composiciones, dotadas de ese fuego decorativo
propio del barroco del último tercio del siglo. Una de sus obras principales es
el gran lienzo de la Virgen y Santos, de los Capuchinos del Pardo (1650) (fig.
1989).
(fig. 1989) Virgen y Santos, de los Capuchinos del Pardo
El Museo del Prado posee, entre
otras obras de su mano, un Auto de fe (1683), probablemente de mayor interés
histórico (fig. 1990), y una Anunciación y una Adoración de los Reyes, más
características de su estilo movido y colorista. De sus decoraciones murales
deben recordarse la que, en colaboración con Carreño, hace en la capilla de la
Virgen del Sagrario y en la del Ochavo, de la catedral de Toledo.
(fig. 1990) Auto de Fe
No menos representativos de la
escuela madrileña del tercer cuarto de siglo son Cerezo, Antolínez y Escalante,
todos ellos grandes coloristas, nacidos hacia el año 30 y muertos jóvenes, hacia
el 70. Discípulo de Carreño el primero, lo son de Rizi los dos últimos.
Mateo Cerezo es burgalés de
nacimiento, y se distingue por el fino sentido de la elegancia de que da prueba
en algunas ocasiones. Uno de sus mejores cuadros es el de los Desposorios de
Santa Catalina (fig. 1991), del Museo del Prado; pero su creación de más éxito
es la Magdalena, de que existe ejemplar en el Museo de Ámsterdam.
(fig. 1991) Desposorios místicos de Santa Catalina
El madrileño José Antolínez es
pintor de colorido aún más brillante y de producción más numerosa y variada. Es
el pintor de un tipo de Concepción, que sólo cede en popularidad en la España de
su tiempo a la de Murillo, imagen de mantos revueltos e inflados por el viento,
rasos deslumbrantes y celajes de azul intenso. Sirva de ejemplo la del Museo del
Prado (1665). A él se deben, además, el Embajador danés y su familia (fig.
1992), tipo de retrato de grupo, de influencia holandesa, insólito en nuestra
pintura, y el Corredor de cuadros de la Pinacoteca de Munich, muy influido por
Velázquez.
(fig. 1992) Embajador danés y su familia
El cordobés Juan Antonio
Escalante es otro enamorado del color, para el que tiene sensibilidad de finura
extraordinaria. Sus estudios de blanco son particularmente bellos. Su obra más
conocida es la serie de cuadros que pinta para la Merced Calzada, varios de los
cuales se conservan en el Museo del Prado.
Al sevillano Herrera el Mozo, que
trabaja principalmente en la Corte, se le considera formado en Italia, donde
pasa algunos años. Aunque su labor pictórica conocida es escasa —ya hemos visto
cómo cultiva, además, la arquitectura—, sus dos grandes lienzos apoteósicos de
San Francisco (1657) y de San Hermenegildo (fig. 1993) ascendiendo a los cielos,
el primero de la catedral de Sevilla y el segundo del Museo del Prado, nos lo
presentan como uno de los pintores más exaltadamente barrocos de la escuela
madrileña, por la violencia y movimiento de las actitudes.
(fig. 1993) San Hermenegildo ascendiendo a los cielos
CLAUDIO COELLO
. —El último gran maestro de la
escuela madrileña es Claudio Coello (1642 - 1693).
Hijo de un broncista portugués
establecido en Madrid, es, sin duda, la figura más importante de la escuela
posterior a Velázquez, aunque, por desgracia, su vida es tan corta que apenas
sobrepasa los cincuenta años. Entra al servicio del rey poco antes de morir
Carreño; le sucede en el cargo de pintor de cámara, y se dice que su muerte
prematura es debida a los éxitos de Lucas Jordán en la corte. Comenzada su
formación en Madrid con Francisco Rizi, al abrirle Carreño las colecciones
reales, su estilo se transforma. Asimila el color veneciano y flamenco y, sobre
todo, estudia a Velázquez, del que sabe recoger, aunque sólo en sus últimos
años, la parte más valiosa de su herencia artística: la perspectiva aérea. Hijo
de una etapa barroca, en la que es frecuente pintar de prisa e incluso
incorrectamente, pensando sólo en el efecto de conjunto, su manera de trabajar
es de escrupulosidad extraordinaria. Palomino, que es discípulo suyo, nos dice
que «por mejorar un contorno daba treinta vueltas al natural». Ese sentido de la
honradez profesional, su temperamento y su edad madura, explican el choque que
para él debe de significar la presencia de Lucas Jordán en la corte.
Lo mismo que Carreño, cultiva el
retrato, la pintura religiosa y el fresco; pero aunque en los tres géneros deja
buenas pruebas de su talento y escrupulosidad, donde pone su principal empeño es
en el cuadro religioso. Su obra fechada más antigua de este género, La Sagrada
Familia (1660), del Museo del Prado, muestra al Claudio Coello de dieciocho
años, atento aún al arcaizante claroscurismo un tanto bolones y de espaldas a la
técnica suelta de su maestro Rizi y de Velázquez, que muere ese mismo año. Pero
poco más tarde, estando todavía en casa de Rizi, pinta el gran lienzo de la
Encarnación, de San Plácido, de Madrid (fig. 1994), en el que se revela el
pintor barroco, amigo de amplias composiciones escenográficas y con tal pujanza
que, de no estar fechada La Sagrada Familia, del Prado, no se creería sólo tres
años anterior.
(fig. 1994) la Encarnación, de San Plácido, de Madrid
Ese mismo gran ímpetu barroco
manifestado en un movimiento no menos intenso sobre una monumental columnata, es
el que anima la Apoteosis de San Agustín (1664). En La Sagrada Familia con San
Luis, ese tono violento desaparece, y la riqueza colorista, los bellos efectos
de luces, las figuras en sombra al gusto velazqueño y la soltura del pincel,
constituyen los principales méritos. De tono aún más reposado es la Virgen con
santos y las virtudes teologales (1669), como los anteriores en el Museo del
Prado. Con sentido más velazqueño del color y de composición muy estudiada, es
análoga a La Sagrada Familia, si bien subraya más la prolongación del grupo
hacia el primer término con grandes escorzos y efectos de luz. La profundidad
del tono, animado por blancas arquerías, es de ascendencia veronesiana.
Su obra cumbre es La Sagrada
Forma, de la sacristía de El Escorial (1685 (fig. 1995). Representa el momento
en que las Sagradas Formas, llevadas en procesión a la nueva sacristía, son
expuestas a la adoración de Carlos II y de la nobleza asistente al acto. El
escenario es la misma sacristía, para cuyo testero se pinta el lienzo, dispuesto
en forma tal que la sacristía parece continuarse en la fingida perspectiva del
fondo del cuadro. La escena misma, insólita, ha sido concebida con toda la
solemne gravedad propia del tema, e interpretada con un naturalismo y un sentido
de la perspectiva aérea aprendidos en Velázquez, que nos producen la ilusión de
estar contemplando el acto. Es la primera vez que un sucesor de Velázquez es
capaz de tomar los pinceles del maestro para volver a enfrentarse, y
gloriosamente, con el problema de la perspectiva aérea. Ahora es cuando Claudio
Coello encuentra a Velázquez, y cuando está en condiciones de recoger una de las
partes más valiosas de la herencia del gran maestro.
(fig. 1995) La Sagrada Forma, de la sacristía de El Escorial
Si, en efecto, muere
prematuramente por no poder sufrir los triunfos de Lucas Jordán, es muy
discutible que las hermosas bóvedas y lienzos dejados por el maestro napolitano
en nuestra patria compensen a la pintura española de la pérdida de la actividad
de cerca de veinte años de un artista capaz de pintar el cuadro de La Sagrada
Forma. El extraordinario lienzo contiene, además, una excelente galería de
retratos de los principales personajes de la corte, y se explica que motive el
nombramiento de Claudio Coello para pintor de cámara. En calidad de tal hace
posteriormente varios retratos de la familia real, entre los que destaca el de
Carlos II, del Museo de Francfort.
Del importante papel desempeñado
por Claudio Coello en la pintura mural, que aprende con Jiménez Donoso y que
debe de contribuir poderosamente a su interés por la perspectiva, son buenos
testimonios las de la Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor de Madrid, y las
del Colegio de la Mantería, de Zaragoza.
Pintura la madrileña, como toda
la española, de historia o de retrato, los otros géneros apenas encuentran
cultivadores de cierta categoría. Precisa, sin embargo, recordar la pintura de
flores, a que se dedican con carácter exclusivo Juan de Arellano (1614-1678) y
su yerno, Bartolomé Pérez.
SEVILLA: MURILLO
. —La escuela sevillana de la
segunda mitad del siglo produce dos personalidades importantes: Murillo y Valdés
Leal, y otras de valor ya más secundario. Trasladados a Madrid bastante tiempo
antes de Velázquez y el granadino Alonso Cano, que inicia su carrera en Sevilla;
muerto poco después de mediar el siglo Herrera el Viejo, y ausente Zurbarán de
Sevilla en sus últimos años, son ellos los dos astros que iluminan la escuela
sevillana en el último tercio del siglo. Lo mismo que sus compañeros madrileños,
se desentienden de la gran novedad del estilo velazqueño, y aunque sin
beneficiarse del rico colorido de los venecianos y flamencos de las colecciones
reales, son también grandes coloristas, de técnica suelta y valiente. Pero,
sobre todo, son artistas de gran personalidad.
Bartolomé Esteban Murillo (muerte
1682), huérfano a los catorce años, forma pronto, sin embargo, una buena y
amplia clientela. Gracias a ella, a su carácter afable, bondadoso y modesto, y a
su laboriosidad, su vida transcurre en Sevilla dentro de una holgada posición
económica, entregada al arte. El hecho de confiársele, apenas cumplidos los
veinticinco años, las pinturas del claustro del importante convento de San
Francisco, prueba que en esta época la suerte le es ya propicia. Después los
encargos se multiplican, y cuando muere está ejecutando un retablo de grandes
proporciones. De su vida privada estamos poco informados. Sabemos que tiene no
menos de nueve hijos —él tiene trece hermanos—, dos de los cuales siguen la
carrera eclesiástica, en la que uno llega a canónigo; que recibe casas de sus
padres y que él adquiere otras; y que, al parecer, muere como consecuencia de un
accidente sufrido en el andamio en que pinta el retablo de los Capuchinos de
Cádiz. En realidad, no hay noticia de nada extraordinario que turbe su vida
personal.
Profesionalmente, Murillo no se
limita al simple ejercicio de su arte. Deseoso de su progreso y difusión, funda
una academia de dibujo y pintura, de la que forman parte los principales
pintores de Sevilla y de la que es su primer presidente.
Dentro de la gran pintura
barroca, Murillo es uno de los principales cultivadores del género religioso. El
interpreta los temas de esta índole con el colorido deslumbrante y el aparato
propio del estilo; pero lejos de emplear el tono ampuloso de un Rubens o la
teatralidad de tantos italianos, prefiere imaginarlos en un escenario más humano
y sencillo, y procura introducir pormenores y escenas secundarias tomadas de la
vida diaria, concediéndoles a veces gran amplitud. Sinceramente fervoroso, los
personajes por él creados expresan su amor sin arrebatos extremados, con esa
dulzura y sentimentalidad un tanto femenina que distingue a todo su arte. Los
temas trágicos despiertan en él escaso interés, manifestando, en cambio, gran
entusiasmo por las visiones celestiales, con grandes espacios de nubes pobladas
de graciosos ángeles, según el modelo de Roelas. Su comparación con los movidos
celajes de un Lucas Jordán nos revela el verdadero tono de Murillo, más de
reposada contemplación que de arrebatado movimiento barroco.
Su obra responde, como pocas, al
espíritu de la Reforma Católica, al deseo de despertar el amor fervoroso del
creyente por la contemplación de una escena humana, sentimental y tierna. Pintor
católico por excelencia, es, como veremos, el verdadero definidor del tema de la
Inmaculada y el que nos deja la más bella serie de cuadros de la Virgen con el
Niño de toda la escuela española.
Es el único pintor del siglo XVII,
sevillano, que hereda ese sentido de la medida y de la ponderación expresiva
característico de Montañés. Tan lejos del intenso arrebato místico de Zurbarán
como del agudo realismo de Valdés Leal, el mundo artístico creado por Murillo es
esencialmente equilibrado, sin estridencias ni desplantes, en el que se respira
una atmósfera apacible bajo el signo de una belleza que más tiende a lo bonito y
gracioso contemplado en el escenario de la vida diaria, que a la grandiosidad y
a la perfección ideal. Por eso Murillo es el pintor por excelencia de la mujer
andaluza y, en la escuela española, de los niños. En ese amor a lo bonito y a lo
gracioso parece presentir el espíritu del rococó.
Desde el punto de vista técnico,
aunque no puede compararse con Velázquez, es uno de nuestros grandes pintores, y
su obra dice bien claramente que su vida artística es un constante camino de
perfección. Inicia sus estudios con Juan del Castillo; pero, como es natural, no
tarda en sobreponerse a la influencia de éste la de los otros grandes maestros
sevillanos de la primera mitad del siglo. Estudia, además, las obras italianas y
flamencas de las colecciones existentes en la ciudad andaluza. Mucho se ha
discutido si, como escribe Palomino, hace un viaje a Madrid para visitar las
colecciones reales. Hoy sabemos, sin embargo, que estuvo en la Corte en 1658.
Sea en Sevilla o completando su formación en Madrid, lo indudable es que crea un
nuevo estilo, en el que, sobre la influencia conjunta de las escuelas barrocas
italianas y flamencas, destacan las de Ribera y Van Dyck. Su arte de componer se
enriquece en las estampas de aquellas dos escuelas. Su factura, cada vez más
suelta y pastosa, termina siendo de ligereza y soltura extraordinarias. Esta
clara evolución, advertida de antiguo en su estilo, hace que ya Ceán Bermúdez,
hacia 1800, distinga en su labor los tres períodos que denomina frío, cálido y
vaporoso.
Entre sus obras juveniles figura
la Virgen del Rosario, del Palacio Arzobispal, en cuyo fondo de gloria es
bastante sensible el influjo de Roelas; pero la primera serie importante es la
de San Francisco (1645), hoy dispersa en varias colecciones. En el San Diego
dando de comer a los pobres, de la Academia de San Fernando (fig. 1996) y en La
cocina de los ángeles, del Museo del Louvre, muestra ya Murillo varios de los
principales rasgos de su personalidad perfectamente definidos, aunque todavía
bajo una técnica con frecuencia poco suelta, premiosa y aun dura.
(fig. 1996) San Diego dando de comer a los pobres
Ello no obstante, en la figura de
San Diego suspendido en el aire, rodeado por celeste resplandor, y sobre todo en
la Muerte de Santa Clara, del Museo de Dresde, encontramos al Murillo de las
visiones celestiales de su mejor época. En general, además de una cierta
influencia tenebrista aún sensible, se advierte en esta etapa juvenil de Murillo
la huella de Herrera el Viejo y de Zurbarán.
Obras también bastante tempranas
de Murillo son, en el Museo del Prado, La Sagrada Familia del pajarito (fig.
1997), en que nos revela ya plenamente su manera de concebir los temas
religiosos, la Anunciación y la Adoración de los pastores, todas ellas de
claroscuro bastante intenso.
(fig. 1997) Sagrada Familia del pajarito
A la década siguiente corresponde
el enorme lienzo de San Antonio contemplando al Niño (1656), de la catedral de
Sevilla (fig. 1998), donde su preocupación por la luz, tan sensible en las
pinturas anteriores, le lleva a crear un espléndido rompimiento de gloria de luz
deslumbrante, encuadrado por numerosos ángeles y contrapuesto a la zona terrena,
donde, a su vez, gradúa sombras y luces con admirable maestría, abriéndonos
sobre el patio luminoso la puerta de la celda. Apoyándose en el esquema de los
grandes maestros de la primera mitad del siglo, crea aquí una obra capital de
estilo completamente nuevo.
(fig. 1998) San Antonio contemplando al Niño
Unos diez años después pinta para
la iglesia de Santa María la Blanca (1665) una serie de cuatro lienzos a que
pertenecen los de El sueño del patricio y la Revelación del sueño al Pontífice (fig.
1999), del Museo del Prado, que figuran escenas de la historia de la fundación
de Santa María la Mayor, de Roma, ordenada por la Virgen al patricio. En el
fondo del segundo cuadro se representa la procesión al monte Esquilino,
milagrosamente cubierto de nieve en el mes de agosto. Tanto en ella como en el
grupo del primer término, la maestría y soltura de su técnica prueban que
Murillo se encuentra ya en pleno dominio de sus facultades pictóricas.
(fig. 1999) El sueño del patricio y la Revelación del sueño al
Pontífice
Esas mismas excelencias son
patentes en numerosas pinturas que hace poco después para la iglesia de
Capuchinos, hoy en su mayor parte en el Museo de Sevilla, y algunas tan
conocidas como el San Francisco renunciando al mundo y abrazando al Crucificado,
Santo Tomás dando limosna , uno de sus mejores estudios de luz y expresión, en
el que el tema de género adquiere el amplio desarrollo corriente en el artista;
Santas Justa y Rufina con la Giralda, la Virgen de la servilleta, de medio
cuerpo, etc.
En la cúspide de su carrera
decora la iglesia recién terminada del hospital de la Caridad, para donde pinta,
entre otros, los dos enormes lienzos de el de Moisés en la peña y el milagro de
los panes y los peces (fig. 2000), para el crucero.
(fig. 2000) El milagro de los panes y los peces
Los cuadros menores de San Juan
de Dios con el pobre y de Santa Isabel y los leprosos, son para los retablos. En
El milagro de la peña interpreta el tema de la sed con ese sentido naturalista y
popular que le es tan propio, y que constituye el principal encanto del cuadro.
En el de Santa Isabel es admirable, además de su maestría técnica, la
ponderación con que su naturalismo sabe evitar el aspecto repugnante de las
lacras de los enfermos. El último encargo, que no llega a terminar, es el ya
citado retablo mayor de la iglesia de los Capuchinos, de Cádiz.
Además de estas grandes series,
jalones principales en la evolución de su estilo, la obra de Murillo presenta
otros varios capítulos importantes. De su restante obra religiosa precisa
recordar, además de interpretaciones de santos, algunas tan felices como las de
San Antonio, las Sagradas Familias, las Vírgenes con el Niño y las Inmaculadas.
Entre las Sagradas Familias recuérdense la de la Colección Wallace y la del
Louvre, en cuya composición se percibe lejano el eco rafaelesco. Sus Vírgenes
con el Niño, aún más bellas y numerosas, nos dicen que Murillo es nuestro pintor
por excelencia del tema, tan escasamente cultivado por los pintores españoles
como cuadro independiente. El Museo del Prado posee una Virgen del Rosario —de
la misma advocación hay otras en el Louvre y en Florencia— con el Niño de pie y
otra con el Niño sentado, siendo también muy bellas las de La Haya, del Museo
Metropolitano, etc. Excepcionalmente dotado Murillo para interpretar lo femenino
y lo infantil, deja en esta serie algunas de sus obras más inspiradas. Obra
paralela, aunque menos valiosa, es la de San José con el Niño. Impulsado por el
fervor popular sevillano por la Inmaculada Concepción de la Virgen, Murillo da
al tema su forma definitiva en numerosas versiones. La Concepción grande del
Museo de Sevilla, de fecha bastante temprana, se distingue por su grandiosidad
algo riberesca. En las posteriores, los ángeles se multiplican, las formas se
ablandan y esfuman, y es en la inocente gracia juvenil, en el rostro amoroso de
María y en el juego de los ángeles, donde el pintor pone su empeño. Buenos
ejemplos de ello son las tres Concepciones del Museo del Prado, la de Aranjuez,
la de San Ildefonso y la de los Venerables (fig. 2001), que durante más de un
siglo ha pertenecido al Museo del Louvre.
(fig. 2001) Concepción de los Venerables
Pintor enamorado de la infancia,
antes de referirnos a las interpretaciones de tipo profano deben recordarse sus
encantadoras pinturas del Divino Pastor niño y de San Juanito, base también muy
importante de la popularidad del pintor. Sirvan de ejemplo, en el Museo del
Prado, el Divino Pastor, San Juanito con el cordero y los Niños de la Concha (fig.
2002).
(fig. 2002) Los Niños de la Concha
El interés por el tema de género,
tan manifiesto en algunos de sus cuadros religiosos, inspira a Murillo un
capítulo nuevo en nuestra pintura, en el que, con su amor por lo intrascendente,
considerado desde el ángulo de la gracia, y con el más fino sentido poético, se
adelanta al rococó. Su comparación con los cuadros de género holandeses
seiscentistas declara lo progresivo de la actitud del pintor sevillano. El gusto
de Murillo por estos temas data de su juventud, pudiendo advertirse cómo en su
edad madura la nota triste de la pobreza y el desamparo del Niño pordiosero, del
Museo del Louvre, de fecha bastante antigua, desaparece y cede el paso a la
picaresca alegría infantil del Niño sonriente, de la Galería Nacional de
Londres, de los de la Galería Dulwich, de la misma población, y de los Niños
jugando a los dados (fig. 2003) y los Niños comiendo melón, de la Pinacoteca de
Munich.
(fig. 2003) Niños jugando a los dados
Como pintor de retrato puede
conocerse a Murillo en el del canónigo Miranda, de la colección del duque de
Alba, y en el de Caballero, del Museo del Prado.
VALDÉS LEAL
. —Personalidad artística y
humana muy diferente de la de Murillo es la de Juan Valdés Leal (muerte 1690),
casi riguroso coetáneo suyo. De temperamento nervioso y genio violento, choca
con él en diversos ocasiones en la Academia. Artísticamente, se encuentra
también muy lejos de su sentido de la medida y de su amor a la belleza. Valdés
se deja seducir por el afán de movimiento que hemos visto inspirar los pinceles
de Lucas Jordán en esta última etapa barroca seiscentista, llegando el pintor
sevillano a extremos extraordinarios. Más deseoso de expresión que de belleza,
sus modelos son con frecuencia decididamente feos, y, aunque inspirado por
minerva ajena, llega a complacerse en lo macabro y repugnante, alcanzando una de
las metas del realismo barroco. Por desgracia, Valdés es artista de labor muy
desigual. Al lado de obras excelentes, dignas de figurar en el primer plano de
nuestra pintura seiscentista, hace otras que, lejos de darle gloria, perjudican
su fama. De dibujo, en general, muy descuidado, maneja el color con gran
soltura, empleando en su edad madura una técnica muy deshecha de tipo
impresionista, equivalente a la cultivada en Madrid por Francisco Rizi y Herrera
el Mozo.
Después de pasar su juventud en
Córdoba, muy influido por Antonio del Castillo, se traslada a Sevilla, su
patria, cuando frisa en los treinta y cinco años, y en ella transcurre el resto
de su vida.
Iniciase su obra fechada con el
San Andrés (1649), de San Francisco de Córdoba, de tono grandioso, aire
monumental y buen dibujo, en el que se advierte la influencia del estilo
disciplinado de Castillo. Es obra que por su tono grave responde al gusto de la
primera mitad del siglo. Todavía al período cordobés pertenecen las pinturas de
Santa Clara, de Carmona (1653) y del retablo mayor del Carmen, de Córdoba. El
Tránsito de Santa Clara lo muestra influido por el mismo tema de Murillo, pero
el lienzo más valioso de la serie, que revela toda la enorme capacidad del
pintor para el movimiento desenfrenado y la violencia barrocos, es el de los
Moros rechazados en los muros de Asís, hoy en el Museo de Sevilla. En el Carmen,
de Córdoba, es también el movimiento arrebatado lo que inspira el gran lienzo
central de Elias en el carro de fuego.
En Sevilla, el primer gran ciclo
que pinta es el del monasterio de San Jerónimo, hoy en el Museo. En las
historias de las Tentaciones y de la Flagelación del santo, al mismo tiempo que
reitera su amor por el movimiento intenso y las actitudes violentas, deja ver en
los rostros de las diablesas que tratan de seducirle su despreocupación por la
belleza femenina. Muy hermosos son en la misma serie los lienzos dedicados a
miembros ilustres de la Orden; unos, en actitud reposada, como fray H. Yáñez;
otros, forcejeando con el monstruo del pecado, como fray Juan de Segovia, y de
aire, nervioso casi todos, vivo reflejo del temperamento de su autor.
Por los mismos años que Murillo,
es llamado a pintar para la iglesia del hospital de la Caridad. Su fundador, don
Miguel de Manara, es hombre extraordinario, extremado en su desprecio de las
glorias terrenas. En su breve e impresionante Discurso de la Verdad nos dice con
palabras del más crudo realismo lo que para él son las galas mundanas, y para
dar forma plástica a su amargo pesimismo no acude a Murillo, sino a Valdés.
Artista también amigo de extremos, se identifica con el tema y produce dos obras
cumbres del barroco, los Jeroglíficos de nuestras postrimerías. En uno de ellos
representa el esqueleto de la Muerte, que avanza hacia nosotros apoyando un pie
en el mundo, con el ataúd bajo el brazo y la guadaña en una mano, mientras apaga
con la otra la luz de nuestra vida, que se extingue en un abrir y cerrar de
ojos, «In ictu oculi», como se lee en torno de la luz del cirio. Las coronas,
cetros, mitras, báculos y armas por que lucha nuestra vanidad aparecen en primer
plano en revuelto desorden. En el otro lienzo terminado como el anterior en
medio punto, nos muestra una cripta donde se pudren en sus féretros abiertos un
obispo y un caballero calatravo; los más inmundos insectos recorren sus ricas
sedas, y más al fondo se pierden en la sombra las calaveras y huesos de los que
les precedieron. Una mano llagada sostiene la balanza en que se equilibran los
símbolos de los vicios y de las virtudes, y el búho de la sabiduría contempla la
macabra escena de la verdad en que terminan las glorias del mundo. En un rótulo
del primer término se lee el título de la historia: «Finís gloriae mundi».
Es evidente que la inspiración de
estos dos lienzos extraordinarios se deben a Manara. «Mira una bóveda —escribe
en su Discurso de la Verdad—: entra en ella con la consideración y ponte a mirar
tus padres o tu mujer, si la has perdido, o los amigos que conocías; mira qué
silencio. No se oye ruido; sólo el roer de las carcomas y gusanos tan solamente
se percibe... ¿Y la mitra y la corona? También acá las dejaron.» Pero en
contacto con Manara está también Murillo, y representa con tono y forma muy
diferentes a los leprosos en la Santa Isabel. Las Postrimerías no son, pues,
sólo dos pinturas de excelente ejecución, sino testimonio indiscutible de la
capacidad creadora de Valdés. A él se debe también el retrato de Manara ante su
mesa, conservado en la sala de juntas del hospital.
Además de estas grandes empresas,
Valdés Leal pinta cuadros sueltos, entre los que merecen recordarse sus
representaciones marianas como la Virgen de los Plateros (fig. 2004), del Museo
de Córdoba, y la Concepción y la Asunción, del de Sevilla, donde el amor al
movimiento y a la soltura técnica se agudizan en grado nada corriente.
(fig. 2004) Virgen de los Plateros
CÓRDOBA, GRANADA Y VALENCIA
. —Muy en contacto con Sevilla
existe en Córdoba una escuela de personalidad bastante definida. Durante el
primer tercio del siglo produce varios pintores, entre los que descuella Juan
Luis Zambrano (muerte 1639), que muere muy joven, y es autor del Martirio de San
Esteban, de la catedral. La figura principal es Antonio del Castillo (muerte
1688), dos años mayor que Murillo. Gran dibujante que sabe plantar los
personajes con firmeza y componer bien, es uno de los artistas españoles de
quien se conservan más y mejores dibujos. Influido a veces por Zurbarán,
practica un claroscurismo suave. En la catedral existe de su mano, entre otras
pinturas, el Martirio de San Pelagio (1645); el Museo de Córdoba posee varias
obras suyas, y el del Prado la serie de la Historia de José.
Los quince años de permanencia de
Alonso Cano en Granada dejan tras sí, lo mismo que en escultura, una escuela
pictórica, en la que, sin embargo, no existe un Pedro de Mena. No faltan, con
todo, varios pintores de segunda fila interesantes, entre los que descuella el
fecundo Pedro Atanasio Bocanegra (muerte 1681), que sobre todo hereda lo que hay
de menudo y gracioso en el maestro, y repite reiteradamente el ideal femenino
por él empleado durante su período granadino. Sus Vírgenes y santas son
graciosas muñecas, por lo general de rubia cabellera. Sirva de ejemplo su Virgen
de la Cartuja. De estilo más independiente, Juan de Sevilla (muerte 1695) es
pintor dotado de una cierta grandiosidad y modelado más justo; tiene obras
importantes en la catedral granadina, y en el Museo del Prado la historia de
Lázaro y Epulón.
Mayor novedad que estos
discípulos de Cano ofrece Miguel Manrique, que trabaja en Málaga ajeno a la
influencia granadina, siempre preponderante en esta ciudad, y de la que es
representante Niño de Guevara. Formado, al parecer, en Flandes, cultiva el
estilo rubeniano con una pureza que no se da en la misma escuela madrileña. Por
desgracia, varias obras de este estilo flamenco, algunas de notable importancia,
se destruyen en los incendios de 1931.
La escuela valenciana conserva
durante mucho tiempo después de muerto Ribalta su coloración un tanto terrosa y
rojiza, y su claroscurismo. La personalidad más representativa del segundo
tercio del siglo es Jacinto Jerónimo de Espinosa (1600 - 1667), que crea varios
cuadros de alientos típicamente seiscentistas, de composición sobria y solemne.
Figuran entre los principales la Virgen y San Pedro Nolasco (1665), una Sagrada
Familia, y, sobre todo, la Comunión de la Magdalena (1665 (fig. 2005), cuyo
rostro expresa la más intensa emoción.
(fig. 2005) Comunión de la Magdalena
Frente a esta gran pintura
religiosa debe recordarse en la escuela valenciana a Esteban March, formado con
Orrente y en el culto a Ribera. De éste proceden sus medias figuras, y de aquél
deriva el tipo de cuadro de figuras pequeñas y numerosas, es decir, sus escenas
bíblicas. Sus batallas están concebidas y ejecutadas con notable energía (fig.
2006).
(fig. 2006) Josué parando el sol en la batalla
CAPÍTULO XXXVIII
PINTURA ESPAÑOLA
DEL SIGLO XVIII
LA TRADICIÓN SEISCENTISTA
PINTORES FRANCESES E ITALIANOS:
RANC, VAN LOO, GIAQUINTO
TIÉPOLO Y MENGS
PINTORES ESPAÑOLES
GOYA: SU VIDA
EL ARTE DE GOYA
LA OBRA DE GOYA. COMPOSICIONES
EL RETRATO. EL GRABADO
LA TRADICIÓN SEISCENTISTA
. —Como las artes hermanas, la
pintura se caracteriza en este período por el importante papel que en ella
desempeñan los artistas extranjeros, pues aunque en el último tercio del siglo
la obra de Goya compensa en buena parte la infecundidad anterior, no ofrece duda
que la falta de artistas españoles de cierto rango durante estos dos primeros
tercios del siglo es un hecho que merece subrayarse. Evidentemente, la escuela
de pintura madrileña de tradición seiscentista no conserva la vitalidad que la
de arquitectura, y no puede presentar un artista de la categoría de Pedro de
Ribera. Por otra parte, las escuelas provinciales, tan florecientes en el siglo
XVII, decaen hasta el punto de apenas pesar en el conjunto del panorama
pictórico español. Los pintores extranjeros que acuden a la corte son de las más
diversas procedencias: italianos, franceses y uno de Bohemia —Mengs—. Los
primeros son, sobre todo, fresquistas; los segundos, pintores de retrato y de
caballete, y el último, cultiva el fresco y el retrato. Aunque no pueda
considerárseles de escuela española, la influencia ejercida por algunos de ellos
en en los pintores españoles es tan profunda y viven tanto tiempo en nuestro
país, que no se puede por menos de tenerlos presentes al contemplar el panorama
pictórico español dieciochesco.
Tal vez no sea fácil asegurar si
la pintura mural, como consecuencia de la gran empresa que significan las
bóvedas de los palacios reales de la nueva dinastía, se cultiva más que en el
siglo XVII; pero, desaparecido el antiguo Alcázar madrileño y no pocos
conventos, se tiene la impresión de que así es.
Gran novedad del siglo XVIII
respecto del anterior, y también consecuencia de la decoración de los palacios
reales, es el notable desarrollo de la pintura de carácter profano. El pequeño
capítulo de temas profanos de Murillo se amplía en proporciones hasta ahora
insospechadas en España, gracias a la necesidad de pintar los cartones para los
tapices, y en él deja Goya el sello de su estilo personalísimo. Es además el
género donde el espíritu del rococó se manifiesta más puramente.
Novedad también de este período
es la importancia adquirida por el grabado. Uno de los resultados de la
fundación de la Academia de San Fernando es el fomento de este arte, que produce
una figura tan estimable como Manuel Salvador Carmona, y permite que el grabado
español, gracias a Goya, conquiste puesto de primera fila.
Entre los pintores hijos del
país, que trabajan durante la primera mitad del siglo, son los más destacados en
Madrid el cordobés Antonio Palomino (muerte 1726) y Teodoro Ardemáns (muerte
1726); en Barcelona, Antonio Viladomat (muerte 1755), y en Sevilla, Domingo
Martínez. Todos ellos se forman en la tradición nacional seiscentista.
Palomino estudia en Madrid con
Claudio Coello, en quien ve más al autor de grandes composiciones barrocas que
al continuador de Velázquez en los problemas de la luz. Interesado especialmente
por la pintura mural, la presencia de Lucas Jordán en la corte deja también
huella de su estilo. Es el mejor fresquista de sangre española del pleno
barroco. Su actividad no se reduce a la corte, sino que se extiende a
poblaciones tan distantes como Valencia —bóvedas de San Juan del Mercado (1697)
y de los Desamparados (1701) —, Salamanca —gran medio punto del Triunfo de la
Iglesia (fig. 2007), de San Esteban (1705) —y Granada— Sagrario de la Cartuja—.
Junto a Madrid pinta el Sagrario del Monasterio del Paular.
(fig. 2007) Triunfo de la Iglesia
Lo que ha hecho más conocido el
nombre de Palomino es su libro Museo Pictórico (1715-1724), más importante que
por su parte teórica, por la colección de biografías de artistas españoles, que
le convierten, como se ha dicho en repetidas ocasiones, en nuestro Vasari. Es la
obra que sirve de base a los estudios histórico-artísticos posteriores. Teodoro
Ardemáns, aunque de padre alemán, es hijo de la tierra, pero practica, sobre
todo, la arquitectura. Como pintor queda bastante por debajo de Palomino, y no
poseemos de él ninguna gran obra.
Con el colorido claro de Palomino
forma contraste el de Antonio Viladomat por sus tonos oscuros y rojizos, que
parecen enlazar con la tradición seiscentista valenciana. Artista bien dotado,
la falta en su patria de buenos modelos hace que su obra resulte un tanto
provinciana y arcaizante. Su serie más conocida es la de San Francisco, del
Museo de Barcelona. En Sevilla, Domingo Martínez se limita a conservar, con una
cierta personalidad, el decoro de la tradición de la escuela.
PINTORES FRANCESES E ITALIANOS:
RANC, VAN LOO, GIAQUINTO
. —Entre los artistas extranjeros
que acuden a la corte forman grupo bastante definido los pintores de retrato.
Figura a su cabeza Juan Ranc (muerte 1735), que trae a la corte de Felipe V el
tipo de retrato ampuloso francés, aprendido en su maestro Rigaud. Uno de los más
importantes es el ecuestre del propio Felipe V (fig. 2008).
(fig. 2008) Retrato ecuestre de Felipe V
A Ranc sucede en el puesto de
pintor de cámara Luis Miguel Van Loo (muerte 1771), de familia de origen
flamenco establecida en Francia, y que cultiva un tipo de retrato oficial no
menos aparatoso que el de Ranc. Ninguno tan representativo, desde este punto de
vista, como el enorme lienzo del Museo del Prado de La familia de Felipe V (fig.
2009), donde, ante un fondo ampuloso, vemos a los reyes con sus hijos, todos
ellos interpretados en un tono oficial que mata toda intimidad.
(fig. 2009) Familia de Felipe V
A estos dos retratistas del
fundador de la dinastía sigue, en tiempos de Fernando VI, el napolitano J.
Amiconi (muerte 1752), que como tal es buen colorista y que muere a los pocos
años de su llegada. El retratista de Carlos III es A. R. Mengs, pintor de
composiciones.
Otro aspecto de la escuela
cortesana extranjera es el de la pintura de historia, cuya gran empresa es la
decoración de las bóvedas del Palacio Real. Ausente Lucas Jordán, que regresa a
su patria a principios de siglo, el primer fresquista que acude a la obra de
palacio, ya bajo Fernando VI, es el napolitano Conrado Giaquinto (muerte 1765),
formado en el estilo de su patria del que es cabeza Solimena. Con un tono ya
netamente dieciochesco y bellas entonaciones azules y verdes, su estilo
entronca, sin embargo, como es natural, con el de Lucas Jordán. A él se deben en
Palacio las grandes composiciones de España ofrendando a la Iglesia y Apolo
guiando su carro, en las bóvedas de la escalera y de uno de los salones
respectivamente, y La Trinidad y La batalla de Clavijo (fig. 2010), en la de la
Capilla.
(fig. 2010) Batalla de Clavijo
TIÉPOLO Y MENGS
. —Lo avanzado de las obras de
Palacio hace que Carlos III, a poco de subir al trono, llame a otros dos
pintores para que decoren sus bóvedas. El mejor de ellos es el ya citado Juan
Bautista Tiépolo (muerte 1770), artista, como hemos visto, el más importante de
la Italia del siglo XVIII. Con una carrera gloriosa tras sí cuenta ya los
setenta, pero su imaginación conserva la vitalidad de sus mejores años, y su
retina se encuentra tan ávida como siempre de color, de trajes ricos y de
inmensos espacios celestes con gigantescas nubes. En el gran Salón del Trono
pinta las Glorias de la Monarquía (1764), donde forman corte a España diversos
dioses de la antigüedad y figuras alegóricas, todo ello enmarcado por
hermosísimos grupos y personajes que simbolizan las diversas provincias, tanto
peninsulares como ultramarinas. Pocas obras tan bellas y optimistas como este
inmenso conjunto de espléndidos personajes, animales y nubes, sobre un dilatado
firmamento de azul purísimo. De magnificencia extraordinaria, al torbellino de
escorzos y al encrespado mar de nubes de Lucas Jordán, sucede ahora un amplísimo
cielo sereno, de enormes extensiones azules en que triunfan estáticas
gigantescas nubes blancas y doradas. En las bóvedas de otras dos salas pinta la
historia de Eneas (fig. 2011), y La Monarquía española atendida por los dioses
del Olimpo.
(fig. 2011) Triunfo de Eneas
Además de estas grandes bóvedas
cultiva en Madrid la pintura de caballete, de la que son testimonio los lienzos
de la Concepción y Abraham y el Ángel, del Museo del Prado.
Muerto en Madrid el gran pintor,
permanecen en nuestra patria sus hijos Domingo (muerte 1804) y Lorenzo (muerte
1776). Del primero se conserva en el Museo del Prado la serie de la Pasión, y
del segundo, en Palacio, varias pinturas al pastel de tipos populares, muy
bellos en sí, y muy interesantes en relación con los maestros españoles del
último tercio del siglo.
Si J. B. Tépolo es el último gran
barroco de la pintura italiana y, como buen veneciano, un enamorado del color,
Antonio Rafael Mengs es un dibujante meticuloso y seguro, de factura colorista
muy terminada y gran teorizante de la belleza ideal griega. Aunque, en realidad,
se mantiene muy dentro del rococó, es uno de los autores del triunfo del
neoclasicismo. Cuando llega a España viene rodeado de tal fama, que con el apoyo
de la corte y su tono doctrinal ejerce profunda influencia en los jóvenes
pintores españoles de su tiempo. Las tres bóvedas que pinta en Palacio están
dedicadas a las Apoteosis de Hércules y Trajano y a La Aurora. En cuanto a su
labor de retratista, el Museo del Prado posee toda una galería de personajes
reales (fig. 2012).
(fig. 2012) Carlos III
De dibujo impecable, factura
minuciosa y charolada, algunos de gracia un tanto en pugna con sus teorías. Muy
atractivo es el de la marquesa del Llano, vestida de manchega, de la Academia de
San Fernando (fig. 2013).
(fig. 2013) Marquesa del Llano
Persona de carácter engolado, y
muy poseída de su saber, choca Mengs con la sencillez de Tiépolo. Permanece en
Madrid diez años.
Además de estos pintores, que
dejan obras numerosas o de grandes proporciones, vienen a la corte otros que
ejercen también alguna influencia en la escuela madrileña posterior. El más
interesante es, al parecer, Miguel Ángel Hbuasse (muerte 1730), que hace larga
estancia en nuestra patria, y que es un ilustre precedente de Goya en su interés
por los temas populares. Debe también recordarse el nombre del discípulo de
Boucher, La Traverse.
PINTORES ESPAÑOLES
. —A mediados de siglo
encontramos ya una serie de pintores españoles que, influidos por los
principales maestros anteriores, y formados en Italia o en la recién creada
Academia de San Fernando, o en contacto con ella, practican un estilo puramente
dieciochesco. Al significado de la Academia en la evolución artística de esta
época queda ya hecha referencia. Se distingue entre ellos, como cultivadores del
fresco, los hermanos Luis, Alejandro (muerte 1772) y Antonio González Velázquez
(muerte 1793), a los que se deben bóvedas no sólo en Palacio, sino en varias
iglesias de Madrid y su región. Recuérdense las de la Encarnación, las Salesas y
San Marcos. Su estilo se relaciona más con el de Giaquinto que con el de Tiépolo.
Pintores también al fresco,
aunque se dedican además a otras técnicas, son Salvador Maella y la familia
aragonesa de los Bayeu. Formados bajo la influencia de Mengs —Maella es su
principal ayudante (fig. 2014)—, pintan bóvedas en los palacios reales, en el
Pilar de Zaragoza, catedral de Toledo (fig. 2015), etc.
(fig. 2014) Baco
(fig. 2015) Delación de Santa Casilda
Tanto Maella como Francisco Bayeu
cultivan además el retrato, el primero muy en el estilo de Mengs.
Lo que hace más atractivos a
varios pintores de la segunda mitad del siglo son los numerosos cartones con
escenas de carácter popular que pintan para la Real Fábrica de Tapices de Santa
Bárbara. Gracias a la iniciativa de Mengs, en vez de limitarse ésta a reproducir
en los tapices cuadros existentes en las colecciones reales o encargar algún
cartón que otro a los pintores de cámara, como se venía haciendo, en 1775 se
designa a un grupo de pintores jóvenes para que hagan los cartones necesarios.
Destacan entre los primeros nombrados el joven Goya, José del Castillo y Ramón
Bayeu; entre los restantes puede recordarse a un nuevo miembro de la familia
González Velázquez, Zacarías, y a Ginés de Aguirre, que después marcha a Méjico.
Pero esta pintura de carácter profano no se reduce a los cartones de tapices.
Aun mal conocidos, no faltan cuadros, en general de tamaño pequeño, en que estos
y otros artistas cultivan ese género de pintura.
Muy superior a todos ellos es
Luis Paret y Alcázar (muerte 1799), que nace en Madrid el mismo año que Goya.
Artista culto, se forma bajo la influencia del ya citado La Traverse y en sus
viajes por el extranjero. La Comida de Carlos III y el Baile de máscaras (1766),
del Museo del Prado, y la Tienda de cuadros (fig. 2016), del Museo Lázaro,
también de Madrid; de color esmaltado y concebidos con arte menudo y elegante,
típicamente dieciochesco, lo convierten en el más genuino y original
representante del estilo francés que culmina en Watteau.
(fig. 2016) Tienda de cuadros
Pintor de este momento es,
además, Antonio Carnicero.
Con estas vistosas y alegres
escenas de la vida madrileña forman vivo contraste los admirables bodegones (fig.
2017) de Luis Meléndez (muerte 1780), de ejecución segura y precisa, y excelente
calidad.
(fig. 2017) Bodegón
GOYA: SU VIDA
. —Cuando toca a su término la
primera mitad del siglo, hasta entonces tan infecundo para la pintura española,
nace en el pueblecito aragonés de Fuente de todos, Francisco de Goya y Lucientes
(1746 11828). Hijo de un dorador, comienza sus estudios en Zaragoza con el
pintor José Luzán, discípulo en Nápoles de Lucas Jordán, pero a los diecisiete
años se encuentra ya en Madrid, donde continúa su aprendizaje, intentando en
vano triunfar en los concursos de la Academia de San Fernando. De su juvenil
visita a Italia apenas sabemos sino que la Academia de Parma le concede un
segundo premio por su cuadro, hoy perdido, de Aníbal pasando los Alpes. De
regreso a Zaragoza, en 1771 recibe el primer gran encargo conocido: la pintura
de la bóveda del coreto, del Pilar. Cuatro años más tarde, su casamiento con la
hermana de Bayeu, aragonés como él, le facilita el establecimiento en la corte,
donde, como hemos visto, entra a formar parte del grupo de pintores de cartones
para la Real Fábrica de Tapices. Goya va a cumplir los treinta años.
Aunque los primeros tapices no
dan idea de sus obras posteriores, su fama va en aumento. En 1780 se le
encomienda otra bóveda en el Pilar de Zaragoza, que es causa de su rompimiento
con Francisco Bayeu, a quien debe el encargo, y por los mismos años pinta para
San Francisco el Grande de Madrid.
Pero donde su arte va
conquistando más admiradores es en la aristocracia y principales personajes de
la corte. Gracias a sus excepcionales dotes de retratista, que no tarda en
descubrir, se le abren las puertas de casas tan principales como las de Osuna y
Alba, cuya amistad frecuenta, hasta el punto de sentir por la joven duquesa
Cayetana un amor que deja patentes huellas en algunas de sus obras. Pasa algunos
días con el infante don Luis, retratando a la familia de éste, y el propio
Carlos III posa ante él. Nombrado pintor del rey y ocupando ya un distinguido
puesto en la Academia de San Fernando, los encargos de toda suerte se
multiplican. La muerte del viejo monarca, lejos de cortar su carrera, aumenta su
prosperidad, y la penúltima década del siglo es la más optimista de la vida de
Goya. Disfruta de tal holgura económica, que hasta le permite tener coche, y
según él mismo confiesa, no aspira a nada más. Es la época de las alegres
composiciones de los tapices y de los primeros retratos de las bellas damas de
la corte. Pero poco antes de 1790 sufre una enfermedad que pone en peligro "su
vida y deja honda huella en su manera de ser y en su arte. Al quedarse sordo se
aísla del exterior y su espíritu se concentra en sí mismo, manifestando una
imaginación de que hasta entonces no ha dado muestra. Ya no contempla el mundo
desde el ángulo optimista de los tapices. Siente que la humanidad tiene defectos
de toda índole y descubre sus aspectos grotescos, que se complace en representar
en sus horas de obligado recogimiento. Esa imaginación hasta ahora dormida le
sugiere toda una serie de escenas que no pueden ser pintadas para su antigua
clientela, pero que a él le proporcionan el placer de la creación sin trabas.
Son los años en que produce los Caprichos, en los que nos descubre esta nueva
faceta de su alma, que, alternando con otras más amables, continuará
inspirándole hasta el final de su vida.
Como es natural, Goya sigue
retratando a los reyes y a los principales personajes de la corte —en 1799 es
nombrado primer pintor de cámara— y pintando composiciones como los frescos de
San Antonio de la Florida, donde ese mundo de los Caprichos no tiene cabida.
La invasión napoleónica hace
pasar a Goya días amargos. Ha de transigir con los dominadores e incluso ser
pintor de cámara de José I y retratar a algún general francés. Aunque su
naturaleza de roble le conserva joven, ha cumplido los sesenta años. Pero lo
importante de esa etapa de su vida, desde el punto de vista artístico, es el
reflejo que tanta ruina, tanta crueldad y tanto dolor tienen en su obra. La veta
pesimista de su alma, despertada con el aislamiento de su sordera, le hace
dibujar ahora escenas y más escenas de lo que ve, le cuentan o imagina. Es lo
que después nos ofrecerá en los Desastres.
Restaurado en su trono Fernando
VII, Goya es mantenido en su cargo de pintor de cámara. Ahora da forma,
definitiva a sus escenas de guerra, pero sigue pintando retratos, dibuja escenas
de toros que graba en su serie de la Tauromaquia, y, sobre todo, renueva
constantemente su técnica pictórica. Viudo ya desde poco antes de cumplir los
setenta y cinco años, hacia 1820, sufre otra grave enfermedad que su poderosa
naturaleza logra vencer. Su vida afectiva se centra en su nieto Mariano y en la
niña Rosario Weiss, hija de la mujer que está al cuidado del pintor. Vive al
otro lado del Manzanares, en una casita a la que las gentes llaman Casa del
Sordo, y cuyas paredes decora con negras pinturas, en las que da rienda suelta a
su imaginación cada vez más exaltada y poblada de monstruos y brujas. El
absolutismo fernandino que sigue al breve período constitucional de 1820 a 1823
no puede por menos de despertar serios temores en el artista, que sin duda se
siente más atraído por los nuevos que por los viejos tiempos; y con permiso del
monarca se traslada al sur de Francia y se establece en Burdeos, donde frecuenta
la amistad de los refugiados españoles, entre los que se cuenta Moratín.
Continúa pintando con su acostumbrado entusiasmo y renovando siempre su técnica.
Tras breve visita a Madrid regresa definitivamente a la ciudad francesa, donde
muere.
Persona de complexión robusta,
rostro de proporciones cuadradas, frente amplia, nariz pequeña, labios gruesos y
enérgicos y ojos vivos y hundidos, Goya nos es conocido físicamente por sus
varios autorretratos y por el retrato, que, ya viejo, le hace Vicente López al
regresar de Burdeos y que se guarda en el Museo del Prado (fig. 2018).
(fig. 2018) Goya. Autorretrato
De su genio vivo, intranquilo y
desenfadado, y de su rebosante personalidad, que tan de manifiesto ponen sus
retratos, nos habla además su correspondencia con su amigo de la infancia
Zapater.
EL ARTE DE GOYA
. —Goya es figura cumbre que no
precisa el pobre fondo de la pintura española de su tiempo para resultar
gigantesca. Muy desigual, trabajando muchas veces de prisa y con desgana, sus
múltiples obras de primer orden le dan rango no inferior al de Velázquez, al que
supera en variedad y fecundidad. No es artista precoz, pero, en cambio, su arte
y su técnica no cesan de progresar a lo largo de su vida nada corta. Su
prolongada vejez es, desde el punto de vista técnico, extraordinariamente
fecunda. Mientras que su riguroso contemporáneo, el francés David, vuelto de
espaldas a la verdadera naturaleza de la pintura termina arruinándola como arte
del color, Goya es pintor esencialmente colorista, que, como los ingleses,
desoye las predicaciones del neoclasicismo y, partiendo del rococó, concluye
ejerciendo influencia decisiva en la moderna pintura del siglo XIX. Las etapas
de esa evolución no son difíciles de distinguir. La serie de los tapices, con la
gran diferencia existente entre los más antiguos y los últimos, revela cómo en
esta primera fase juvenil su arte de componer se hace cada vez más fácil y
sabio, y cómo el colorido, primero terroso y opaco, se limpia y llena de luz. En
los últimos años del siglo descubre la belleza de los grises, no obstante lo
cual siente cada vez mayor entusiasmo por los rojos y las coloraciones intensas,
y sobre todo abandona la técnica terminada a lo Mengs y se entrega decididamente
a la factura suelta de tradición barroca, cada vez más desenfadada y sumaria,
factura que refleja la rapidez de su ejecución a que él mismo atribuye gran
eficacia para la bondad del retrato. Entrado ya el siglo XIX, el negro va
ganando terreno en su paleta. Con él pinta las grandes composiciones de la
Quinta del Sordo, y él desempeña papel de primer orden en retratos de su última
época.
Lo mismo que su verdadero temple
de pintor no permite a Goya seguir el estilo tan poco colorista de los
dravidianos, su decidida vocación naturalista no le deja sentir entusiasmo por
el idealismo neoclásico. Templado ese naturalismo en su época juvenil por el
tono amable de la vida del rococó, las tremendas escenas de la Guerra de la
Independencia hace que se le imponga en todo su vigor la solera realista, y
produce trozos de pintura donde se nos muestra digno hermano de un Ribera y de
un Valdés Leal. Sus retratos reflejan, cada uno en su medida, esa misma entrega
al natural. Y es lógico que, dada esta actitud, lo mismo que enlaza con el arte
barroco, ejerza profunda influencia en la generación siguiente, educada en el
odio al neoclasicismo. Pero Goya no es sólo un pintor de temple naturalista de
primer orden. Como hemos visto, es pintor de intensa vida interior y de
imaginación extraordinaria que, partiendo del comentario satírico y humorista de
la realidad, se entrega al capricho, deformando la naturaleza en aras de la
expresión, y llega a complacerse en lo monstruoso y en lo puramente fantástico.
Desde los días del Bosco la pintura de imaginación no ha escalado alturas
equiparables a las alcanzadas por Goya. Con tan amplio horizonte, desde la
realidad más brutal hasta las fantasías más extraordinarias, se comprenderá que
la riqueza del repertorio de temas cultivados por Goya carece de precedentes en
la pintura española.
LA OBRA DE GOYA. COMPOSICIONES
. —Para la más fácil exposición
de la numerosísima obra de Goya puede ésta agruparse en historias, retratos y
grabados.
En el primer aspecto, la gran
empresa de Goya es la serie de los cartones para tapices, en la que trabaja unos
quince años.
Los temas representados son en su
mayoría populares de la vida del Madrid alegre de fines del siglo XVIII, que
bulle en verbenas y romerías luciendo trajes de colores claros, talle ajustado y
zapatos menudos, apuesto y bien plantado, que todavía no ha conocido los días
aciagos de la francesada. Goya se identifica con este ambiente y crea un mundo
de chisperos que ocultan su rostro en el embozo de la capa, de majas bellas y
risueñas que beben, bailan y se divierten. Varios de los tapices menores están
dedicados a los juegos de niños (fig. 2019).
(fig. 2019) Gigantillas
Cuentan entre los cartones más
antiguos los del Baile en San Antonio de la Florida y de La Cometa (1777). Algo
posterior es el Juego de pelota a pala. Como es lógico alcanza mayor perfección
en los últimos años, hacia 1790. Los zancos, poco anterior a esa fecha, es una
de sus composiciones más claras y naturales. En La gallina ciega (1791) (fig.
2020), La florista (fig. 2021), La vendimia (fig. 2022), La primavera, El otoño,
El pelele y El columpio, entre otros, la gracia y ligereza del rococó produce
por mano de Goya varias de sus obras más encantadoras y representativas.
(fig. 2020) Juego de la gallina ciega
(fig. 2021) La florista
(fig. 2022) La vendimia
Para un gran tapiz que no llega a
hacerse pinta el bellísimo cuadrito de la Pradera de San Isidro (fig. 2023).
(fig. 2023) Pradera de San Isidro
Animadas por el mismo espíritu
optimista dieciochesco de los cartones, pinta Goya un crecido número de obras no
menos valiosas, tales como las Majas vestida y desnuda (fig. 2024), la primera
de factura muy suelta y la segunda muy apretada y precisa, acerca de cuya
identificación se han hecho muchas suposiciones, y que, en definitiva, ignoramos
a quién representan.
(fig. 2024) Las Majas vestida y desnuda
En La maja en el balcón, de
propiedad particular, la figura de la celestina, que se dibuja en la sombra,
descubre cómo el pesimismo ha hecho ya brecha en su alegría primera.
Esta nota crítica y pesimista
aparece cada vez más poderosa en sus pinturas de carácter profano, y a las
alegres escenas de los cartones suceden cuadros como La casa de los locos y Los
disciplinantes, de la Academia de San Fernando, en los que todo optimismo ha
desaparecido. La guerra con sus horrores no inspira sólo al Goya grabador, sino
que le hace crear sus dos obras maestras de El dos de Mayo (fig. 2025) y Los
fusilamientos (fig. 2026), donde la violencia de la lucha, las cabezas
destrozadas y anegadas en sangre de los caídos en la pelea, y el terror y la
rebeldía ante la muerte inmediata de los que van a ser fusilados, aparecen con
una verdad e intensidad expresiva no imaginable en el autor de La gallina ciega
y La florista.
(fig. 2025) El dos de Mayo
(fig. 2026) Fusilamientos
Y escenas análogas de furor
bélico y de bandidaje pinta en toda una serie de cuadros pequeños menos
conocidos.
Al pasar al mundo del capricho y
de la fantasía, el pintor aragonés siente especial atracción por la brujería. A
ella dedica algunos cuadros pequeños, y es el tema de la decoración de su casa.
Pintadas en negro, como la noche en que se mueven, nos presenta a las brujas
escuchando predicaciones del macho cabrío, siniestras procesiones, discípulos de
Satanás que vuelan, viejos desdentados tomando sopas; visiones, en fin, en que
da rienda suelta a su imaginación y en que lo expresivo triunfa sobre la belleza
de las formas, como en: La romería de San Isidro (fig. 2027), El aquelarre (fig.
2028), o en Saturno devorando a su hijo (fig. 2029).
(fig. 2027) La romería de San Isidro
(fig. 2028) Aquelarre
(fig. 2029) Saturno devorando a su hijo. Tema en Goya y Rubens
Aunque lo religioso pasa a
segundo plano en el conjunto de la obra de Goya, es género que cultiva en alguna
ocasión, poniendo en él toda la pasión de que es capaz. A la época de los
cartones corresponden las bóvedas del Pilar de Zaragoza, la del coreto (1782) y
una de las cúpulas dedicada a la Reina de los Mártires (1780), obras en las que
se mantiene dentro del estilo imperante en la corte, aunque en la última se
reflejan los progresos realizados en los cartones. A esta época juvenil
pertenecen además las pinturas de la Cartuja de Aula Dei, muy inspiradas en
estampas. En la década siguiente, de 1780 a 1790, pinta varios cuadros de
carácter religioso, entre los que tiene especial interés La predicación de San
Bernardino (1784), que por ser parte de una serie de encargos para San Francisco
el Grande, hechos a los mejores pintores de la época, significa para Goya una
especie de consagración. Algo posterior es el Crucificado, del Museo del Prado.
Pero donde Goya crea una de sus obras maestras es en las bóvedas de la ermita de
San Antonio de la Florida (1798), dedicadas a la historia del Santo (fig. 2030).
(fig. 2030) Bóvedas de la ermita de San Antonio de la Florida
Han transcurrido cerca de veinte
años desde su última bóveda del Pilar, y la larga serie de cartones para tapices
que, como hemos visto, culminan en 1790, ha transformado su estilo, centrándolo
en torno a lo profano. Inspirada, tal vez, la idea general de la composición en
Mantegna, lo profano invade también aquí la escena y le presta vida y encanto
extraordinarios. La técnica es de sorprendente soltura. Con el alegre optimismo
y el carácter profano de los frescos de San Antonio de la Florida forman intenso
contraste algunas de sus pinturas religiosas de caballete de los últimos
tiempos; la espléndida Comunión de San José de Calasanz y la Oración del Huerto,
de San Antón, de Madrid, al mismo tiempo que delatan profunda emoción religiosa,
son obras importantes desde el punto de vista técnico, por estar pintadas sobre
la base de negro y por la valentía de su factura.
EL RETRATO. EL GRABADO
. —Como retratista, Goya es de
sinceridad sorprendente, a veces de sinceridad despiadada. Género que cultiva
con frecuencia, y a lo largo de toda su vida, por lo general con entusiasmo pero
también a veces con desgana, sus retratos son de valor muy desigual. En ellos
podemos contemplar a lo más principal de su tiempo y a no pocos representantes
de la clase media, artistas, actores y toreros famosos, captados en sus rasgos
más esenciales con penetración admirable, pero delatándonos también la simpatía,
el interés o la indiferencia que siente el pintor por el modelo.
Esa sinceridad antes aludida no
se cohíbe ante los reyes, y así, mientras en los retratos de Carlos IV se
advierte la limitación del monarca, en los de María Luisa pinta con fuerza el
plebeyismo de su carácter y lo picaresco de su espíritu. Recuérdense los de
cuerpo entero y los ecuestres del Museo del Prado. Los de Fernando VII descubren
la escasa simpatía que le inspira el modelo. Sus retratos reales culminan en el
de La familia de Carlos IV (1800), del mismo Museo (fig. 2031), donde se guardan
también los retratos preparatorios de busto que hace de cada uno de los
personajes. De pie todos ellos y con escaso movimiento, tal vez debido a
influencia neoclásica, aparece el monarca acompañado por su mujer, hermanos e
hijos, dando frente al espectador mientras Goya se nos presenta, como Velázquez
en Las Meninas, en segundo término y en la sombra, ante el caballete. Los
rostros de los futuros Fernando VII y del pretendiente don Carlos, el del
infante don Antonio, y los de todos los demás que componen el grupo, reflejan el
carácter del retratado.
(fig. 2031) Familia de Carlos IV
Lo femenino y la infancia tienen
para Goya particular atractivo. En su primera etapa ve la gracia femenina con
finura típicamente dieciochesca y algunos de sus retratos parecen figuras
salidas de los cartones de sus tapices —familia del duque de Osuna, retratos de
la duquesa de Alba, doña Tadea Arias—. En el de la condesa de Chinchón (fig.
2032) en estado de esperanza, crea una de sus obras maestras.
(fig. 2032) Condesa de Chinchón
El retrato de doña Isabel Cobos,
de la Galería Nacional de Londres, y el de La Tirana (fig. 2033), de la Academia
de San Fernando, nos dicen cómo le entusiasma la arrogancia femenina; el de doña
Antonia de Zarate, de grandes ojos negros melancólicos, cómo sabe penetrar en el
alma del modelo, y así un sinnúmero de retratos atestigua su fina sensibilidad
para expresar los más diversos matices de lo femenino.
(fig. 2033) La Tirana
Como pintor de retratos de niño
sólo tiene parangón en la escuela inglesa, por la que, al parecer, se deja
influir. Increíble parece que el artista que se recrea en las cruentas escenas
del Dos de Mayo y en las tenebrosas visiones de la Casa del Sordo, sea capaz de
expresar la inocencia y el encanto infantiles de los retratos de su nieto
Mariano (fig. 2034), de Pepito Corte, etc.
(fig. 2034) Nieto Goya, Mariano
La galería de retratos de hombres
es numerosa. Adviértase que con los anteriores suman cerca del medio millar.
Figura, entre los más antiguos, el del ministro Jovellanos, que realmente no
delata lo que será Goya como retratista, pero entre los posteriores abundan las
obras maestras. El del conde de Fernán Nuñez es la réplica en gallardía varonil
del de la Tirana; el de su nieto Mariano, ya mayor, y el del marqués de San
Adrián, son dechados de elegancia y de distinción; el de Llórente delata a las
claras su condición aviesa; el de don Juan de Villanueva, el del embajador
francés Guillemardet, etc., son reflejo de un carácter diferente y definido.
La personalidad de Goya quedaría
incompleta sin su obra gráfica. En ella es donde contempla la realidad desde el
ángulo crítico, pesimista y humorista, y donde se eleva más alto en el mundo de
la imaginación.
Los Caprichos, ejecutados al agua
fuerte, y recogidos a poco de publicados, por recelos del Santo Oficio, aunque
en algún caso contienen figuras monstruosas, ofrecen, en general, una serie de
tipos cuyos rasgos, certeramente subrayados, intensifican su expresión (fig.
2035).
(fig. 2035) Caprichos
El mundo de las brujas, que hace
reír a Goya en sus cartas, ocupa en ellos buen espacio. A los Caprichos siguen
los Desastres de la Guerra, en los que con sentido realista, pero desde un plano
muy general y sin dejarse impresionar por el carácter patriótico de la lucha,
desarrolla el tema de los horrores de la guerra en la que la bestia humana se
mueve sin freno. Donde su imaginación se manifiesta más libremente es en la
serie de los Disparates. Lo monstruoso, la realidad deformada por la libre
fantasía, escalan en esta serie alturas no alcanzadas en las obras gráficas
anteriores.
Su última serie de estampas es la
Tauromaquia. Los toros aparecen en más de una ocasión en su obra pintada, y
según Moratín, el propio Goya llega a torear. Recuérdese que estamos en la época
en que se crea el toreo moderno con profesionales (fig. 2036), y que él retrata
a los toreros más famosos (fig. 2037).
(fig. 2036) Corrida de toros en una plaza dividida en dos
(fig. 2037) Retratos de toreros de la época
Recién descubierta la litografía,
la emplea Goya en sus últimos años.
Entre sus discípulos, el de más
talento es Agustín Esteve, a quien se deben no pocas de las réplicas y copias de
retratos del maestro, retocadas por éste. Algunos de los. suyos, aunque sin el
fuego de los de Goya, son tan excelentes como el pequeño Marqués de Cogolludo y
sus hermanas (1819), de la colección Osuna.
CAPÍTULO XXXIX
PINTURA FRANCESA
E INGLESA DEL SIGLO XVIII
FRANCIA. EL CLAROSCURISMO.
POUSSIN
LORENA, LE BRUN Y RIGAUD
EL SIGLO XVIII. DE WATTEAU A
FRAGONARD
CHARDIN Y GREUZE. EL RETRATO
PINTURA INGLESA. HOGARTH
EL RETRATO: REYNOLDS,
GAINSBOROUGH Y ROMNEY
FRANCIA. EL CLAROSCURISMO.
POUSSIN
. —La pintura francesa, antes de
que bajo Luis XIV, en la segunda mitad del siglo, define su verdadero estilo,
recorre también su etapa tenebrista, cuyos principales representantes son
Georges de la Tour (1593 - 1652) y los hermanos Le Nain. La Tour, es un
tenebrista típico, bastante influido por los holandeses y amigo de luces rojizas
un tanto monótonas. Los hermanos Le Nain —Antonio, Luis (muerte 1648) y Mateo
(muerte 1677)—, que con frecuencia trabajan en común, agregan a su preocupación
por la luz blanca y pálida un gran interés por los temas populares y las escenas
de familias campesinas, inspirados, sin duda, por los maestros holandeses.
De menos valor para la historia
general de la pintura son otros claroscuristas como Simón Vouet (muerte 1649),
que pasa en Roma buena parte de su vida, pero que al trasladarse a Francia y
hacerse cargo de la decoración de los palacios reales y de la primera nobleza,
ejerce influencia decisiva para el futuro de la pintura decorativa de su país.
La primera gran figura de la
escuela francesa y una de las personalidades más representativas del
temperamento artístico de su patria es Poussin (1594 - 1665), casi riguroso
contemporáneo de nuestro Velázquez. Establecido a los treinta años en Roma, en
ella pasa el resto de su vida, sin que el puesto de pintor del rey de Francia y
una buena retribución le hagan abandonar sus amistades y el ambiente de la
Ciudad Eterna. En Poussin encarna como en ningún otro el espíritu académico
francés. Es el pintor por excelencia del orden y de la claridad en el componer;
la confusión, según él mismo nos dice, es tan contraria a su naturaleza como lo
son las tinieblas de la luz. Y, como es lógico, a las exigencias de su propio
temperamento se agrega una profunda asimilación de la Roma antigua, llegando a
ser uno de los grandes definidores del clasicismo. Por eso nada tiene de extraño
que sea un entusiasta del paisaje romano sembrado de ruinas clásicas (fig.
2038), hasta el punto de ser el mejor intérprete de la campiña de Roma, poblada
de templos y acueductos luchando con el tiempo y animada por historias de dioses
y héroes clásicos, en las que lucen, sin erudición impertinente, sus grandes
conocimientos de la antigüedad.
(fig. 2038) Paisaje romano
El es el creador del llamado
paisaje histórico. En los suyos, los diversos términos, perfectamente definidos,
se ordenan ante nuestra vista con la claridad de un razonamiento.
Unos veinte años posterior a
Rubens, su sentido de la fábula pagana es muy distinto, aunque, sobre todo en su
juventud, la conciba con movimiento un tanto desenfrenado, acusadamente barroco
—Bacanales, Triunfo de Pan, Rapto de las Sabinas—, y a veces no esté exenta de
cierta sensualidad. Poussin es, sobre todo, el pintor del Olimpo tranquilo y de
las solemnes reuniones del Parnaso. La interpretación de este último tema, del
Museo del Prado (1625-29 (fig. 2039), sin duda una de sus obras maestras, sin
dejarnos ver un solo trozo de arquitectura, produce el efecto de una bella obra
arquitectónica. Escalonado el terreno cual las gradas de un templo clásico, los
árboles, de troncos erguidos y casi sin ramas, semejan columnas, mientras los
personajes, de impecable perfil helénico, dispuestos en dos planos y en
actitudes claras y reposadas, al modo de las estatuas clásicas, se ajustan de
manera perfecta al admirable conjunto de la composición.
(fig. 2039) El Parnaso
Para Poussin, la fábula pagana no
es sólo la cantera inagotable del desnudo. Temperamento reflexivo, gusta a veces
del comentario moral. Sus Pastores de la Arcadia (fig. 2040), que en sus alegres
correrías leen sobre la tumba el pesimista «Et in Arcadia ego», se han
considerado con razón una de las obras más representativas del arte francés.
(fig. 2040) Pastores de la Arcadia
LORENA, LE BRUN Y RIGAUD
. —Claudio de Lorena (1600 -
1682), de la misma generación que Poussin, aunque le sobrevive cerca de veinte
años, pasa como él casi toda su vida en la Ciudad Eterna. Sus lienzos son
amplias composiciones escenográficas, donde la naturaleza sólo sirve al artista
como un punto de partida para sus ensueños poéticos de luces, arquitecturas y
árboles; pero sobre todo de luces. Enamorado de la luz, prefiere los momentos
más románticos del día, las luces rosadas del amanecer y la de la puesta del sol
y las perladas claridades del crepúsculo. Unas veces se recrea imaginando los
puertos de aguas tranquilas que se funden en el horizonte con el firmamento,
flanqueados por monumentales pórticos que se pierden en la luz difusa de la
lejanía, como en el Embarco de Santa Paula, del Museo del Prado (fig. 2041).
(fig. 2041). Embarco de Santa Paula
otras veces, son vallas suaves
con grandes masas de árboles copudos, cuyas formas atenúa en el último término
la neblina o el efecto del sol. Es siempre la luz que se desvanece suavemente o
apenas comienza a teñirse de rojo. El cielo cargado de tormenta no le interesa.
Pese a lo ficticio de su concepto del paisaje, Lorena posee un sentido tan
poético de la luz, y sabe interpretar en forma tan admirable sus más tenues
mutaciones, que sus pinceles habrán de esperar más de un siglo hasta que sea
capaz de utilizarlos el inglés Turner en la época romántica. Que no en vano del
entusiasmo de Turner arranca la gran fama de que hoy goza Claudio de Lorena.
De Claudio de Lorena se conserva
el llamado Livre de venté, cuaderno donde dibuja los croquis de los cuadros
vendidos, gracias al cual conocemos la fecha y circunstancias en que pinta
algunos de ellos. Ausentes de Francia sus dos ilustres hijos citados, la corte
necesita pintores que compongan grandes lienzos para sus palacios, cada vez más
lujosos, y dirijan su decoración. Ya hemos visto cómo ha desempeñado este papel
Simón Vouet, aunque la mayor parte de la obra de este tipo se ha perdido. El
gran decorador del siglo de Luis XIV es Le Brun (muerte 1690), quien con sólo
unos cuantos años en Italia logra asimilar el barroquismo indispensable para
cantar las glorias del Rey Sol. Miembro distinguido y después director de la
recién creada Academia, ejerce en su país, durante mucho tiempo, una verdadera
dictadura artística. Ejecutadas por él mismo o simplemente por sus modelados, a
él se deben, en Versalles, decoraciones tan importantes como la de la Galería de
los Espejos y la de los Salones de la Guerra y de la Paz, y, en su calidad de
director de la fábrica de tapices de los Gobelinos, por sus bocetos, se hacen
series como la de la Historia del Rey y la de las Casas Reales.
Después de los bellos retratos
renacentistas de la época de los Valois, Francia no produce durante toda la
primera mitad del siglo XVII nada de valor semejante. El que más contribuye a
llenar esa gran laguna es el bruselense Felipe de Champaigne (1602 - 1674),
autor de algunos retratos estimables de personajes tan de primera categoría como
Luis XIII y Richeliu; mereciendo también recordarse Sebastián Bourdon (muerte
1671), autor del retrato de Cristina de Suecia (fig. 2042), del Museo del Prado.
(fig. 2042) Cristina de Suecia
El creador del retrato francés
moderno que, como Le Brun, refleja plenamente el espíritu de la corte de Luis
XIV, es Jacinto Rigaud (1659 - 1743). Hijo de la actual Cataluña francesa cuando
aún no ha dejado de ser española, y cuyo verdadero nombre, antes de afrancesarlo
es Rigau y Ros, sabe, sin embargo, asimilar en forma tan perfecta el tono de la
corte del Rey Sol que, al dotar al retrato de tipo flamenco de la grandiosidad y
el boato cortesano de aquélla, deja creado el francés. Gracias a sus propios
valores y al prestigio de los personajes retratados, su estilo se impone en toda
Europa. Pocos artistas llegan a tener tan bien organizado su taller como él.
Cada nuevo retrato que hace del monarca o de cualquier miembro de la real
familia, despierta en los cortesanos el deseo de retratarse de igual forma.
Rigaud se limita entonces a pintar la cabeza, confiando el resto a sus
discípulos y colaboradores especializados en pintar fondos de paisaje,
armaduras, telas, etc. Gracias a su Livre de raison sabemos en muchos casos de
quiénes son esas diversas partes y cómo funciona su taller. El retrato de Luis
XIV, del Museo del Prado, es obra muy representativa de su estilo (fig. 2043).
(fig. 2043) Retrato de Luis XIV
EL SIGLO XVIII. DE WATTEAU A
FRAGONARD
. —La pintura barroca francesa
dieciochesca es la natural consecuencia de la de los grandes maestros del siglo
de Luis XIV, transformada con el espíritu ligero y sensual de la Regencia y de
Luis XV, tan opuesto a la ampulosidad y a la retórica del Rey Sol. El triunfo de
Watteau, con sus cuadros de brillante colorido y tamaño diminuto, frente a los
colores opacos y las grandes proporciones de los lienzos de Le Brun, revela el
cambio de norte en la rosa de los gustos del barroco francés. La influencia
romana es en buena parte desplazada por la holandesa y flamenca.
Buen testimonio de esta
aportación flamenca a la pintura francesa del siglo XVIII es el origen de
Antonio Watteau (1684 - 1721), que nace, como Rigaud, en tierra recién
incorporada a Francia por Luis XIV. No obstante sus largas enfermedades, que
consumen su vida antes de cumplir los cuarenta años, y su origen modesto, es el
cantor de la vida alegre de la corte francesa del primer cuarto de siglo.
Introducido en el mundo de la comedia italiana y en las tertulias donde alternan
las bellezas de la corte con la música y el ingenio, tal vez su mismo origen no
puramente francés le hace más sensible para percibir el ambiente de aquella
sociedad hasta el punto de convertirse en su mejor intérprete.
Sus escenas de la vida cortesana
francesa se desarrollan sobre fondo de paisaje, que adquiere a veces tal
importancia, que casi debe hablarse más bien de paisaje con figuras. Pero ese
paisaje no es el de Poussin, de montañas, edificios y árboles que se sopesan con
equilibrio arquitectónico. Para su sangre flamenca, el paisaje es amor a la
naturaleza viva en el verdor de sus follajes, es frondosidad, tal vez
frondosidad humanizada de parque, pero frondosidad jugosa y con blandura de
terciopelo. La comparación de sus árboles con los de Lorena, tan sensible
también para captar estas delicadezas, nos dice el profundo cambio de gusto, y
cómo la sensibilidad del rococó, ávida de inquietud y de pequeños movimientos,
penetra triunfante en la pintura francesa por la punta del pincel de este pintor
flamenco que tanto tiene de holandés. Sus personajes, menudos, delicados, en
actitudes graciosamente elegantes y vestidos de ricas sedas amarillas, rojas y
azules, de intenso colorido, forman pequeños grupos que pasan o conversan
sentados sobre el césped con el abandono del habituado a la vida fácil y
regalada, con un cierto aire de melancolía (fig. 2044).
(fig. 2044) Paisaje campestre
Como en las porcelanas
contemporáneas, los temas y tipos de la comedia italiana y del teatro
constituyen un importante capítulo de su labor. Ese origen tienen su Gilíes, del
Museo del Louvre, y el Embarque para Cythera (1717 (fig. 2045), escena de una
comedia de la época.
(fig. 2045) Embarque para la isla de Cythera
Pero con todo, sus asuntos más
corrientes son las reuniones y fiestas a cielo abierto, como la Reunión en el
parque, del Museo de Dresde, o la Fiesta en Saint Cloud, del Museo del Prado, en
que el pintor nos muestra a un grupo de cortesanos, perdidos en la fronda de un
rincón del parque, en una especie de cueva de esmeralda, donde relucen intensos
los esmaltados colores de sus sedas (fig. 2046).
(fig. 2046) Reunión en el parque
Casi una generación posterior a
Watteau, el parisiense Francisco Boucher (1704 - 1770) cubre con su actividad el
reinado de Luis XV. Si la Pompadour es la figura central de la corte, el amor es
también el eje de su pintura. A las reuniones del parque y a las sedas de
intenso colorido de Watteau, suceden ahora las amplias y decorativas visiones de
un Olimpo donde sólo reina Venus con sus carnes de nácar y rosa (fig. 2047). Ese
Olimpo cargado de intención que inspirara al Correggio, reaparece en Boucher,
interpretado por una sensibilidad francesa y al servicio de una corte donde
Venus desplaza a Juno. Boucher es, sin duda, uno de los más fecundos
comentadores de la historia erótica del Olimpo, pero siempre en un tono ligero,
gracioso y elegante, y con un sentido tan decorativo que le convierte en el gran
maestro del recocó.
(fig. 2047) Puesta del sol
Sus cuadros, en efecto, rara vez
pueden concebirse completos si no es en un salón «Louis XV». Obra muy
representativa de este doble aspecto de su personalidad en que se funden de
forma admirable bajo el signo del rococó el amor al desnudo femenino y el
sentido decorativo, es el Nacimiento de Venus, del Museo de Estocolmo (fig.
2048).
(fig. 2048) Nacimiento de Venus
La gran triada de los pintores de
la vida galante se completa con el discípulo de Boucher, Fragonard (1732 -
1806). Hijo de la última generación del siglo, la nota romántica que se percibe
vaga en Watteau se manifiesta ya más clara en él. En el Columpio, de la
colección Wallace, de Londres (fig. 2049), triunfan aún el sentido decorativo y
la intención de Boucher, hasta el punto de convertir esta obra en una de las más
representativas del rococó.
(fig. 2049) El columpio
Otro tanto sucede en El beso o en
La primera sesión de la modelo. Al completar los cuatro momentos del amor,
encargados por la Du Barry— La cita, La persecución, El recuerdo y La Coronación
del amado— con la escena del Abandono, deja ver, en cambio, su sensibilidad
romántica, precursora de los nuevos tiempos y tan opuesta a la alegría
triunfante de su maestro.
Esta actitud de nostalgia y de
contemplación de la desgracia, que le convierte en uno de los principales
precursores del romanticismo, se manifiesta aún más en otras obras suyas. Tardío
producto de una época que termina y precursor de otra época aún lejana, muere
olvidado e injustamente despreciado por los neoclásicos de los días del Imperio.
CHARDIN Y GREUZE. EL RETRATO
. —Al mismo tiempo que estos
pintores de temas galantes, trabajan en Francia otros dos, de técnica y
temperamento muy distintos, pero que, inspirados por las enseñanzas de Diderot y
Rousseau, tienen de común su interés por la vida humilde o burguesa y su
intención moral: Chardin (1699 - 1779) y Greuze, contemporáneos,
respectivamente, de Boucher y Fragonard. El primero, que aventaja en técnica al
segundo, hereda el espíritu de los Le Nain, y se recrea pintando escenas de la
vida doméstica de gente modesta, tales como La madre laboriosa, La joven con la
chocolatera, La comida (fig. 2050) etc.
(fig. 2050) La comida
Greuze (1725 - 1815), seducido
por el amor a los humildes y por la vida sentimental predicada por Rousseau, y
con la nostalgia de una felicidad malograda en el seno de su familia por la vida
licenciosa de su mujer, de la que tiene que separarse, es el pintor un tanto
monótono de la inocencia y de la virginidad, del espectáculo de la familia
feliz, o de las desgracias familiares de las gentes humildes; todo ello
expresado en un tono tierno y lagrimoso, que hace presentir la proximidad del
romanticismo. El padre de familia explicando la Biblia o El padre paralítico
rodeado de sus hijos, son títulos característicos de sus obras. Algunas, como El
cántaro roto (fig. 2051), eco de la fábula moral entonces de moda, o como La
lechera, gracias a su difusión por el grabado, han hecho su nombre popular.
(fig. 2051) El cántaro roto
El ampuloso y majestuoso retrato
francés creado por Rigaud experimenta con el espíritu del nuevo siglo profunda
transformación. Convertida la fábula, gracias a Poussin, en una segunda
naturaleza del francés culto, las damas francesas gustan de verse representadas
de Dianas, Junos, Hebes o Ninfas. El retrato mitológico es típico del barroco
francés.
Largilliére (1656 - 1746), no
obstante ser coetáneo de Rigaud, por su mayor interés por lo femenino sabe
adivinar el rumbo de los nuevos gustos que conducen al retrato de tiempos de
Luis XV. Como se ha advertido muy bien, mientras los caballeros tienen su
retratista en Rigaud, las damas prefieren a Largilliére. El retrato de María Ana
Victoria (fig. 2052), del Museo del Prado, es buen ejemplo de su sensibilidad
para percibir el encanto femenino e interpretar las relucientes superficies de
las sedas.
(fig. 2052) María Ana Victoria de Borbón
Pero el verdadero transformador
del género es Nattier (1685 - 1766). El representa en el campo del retrato lo
que Boucher en la pintura decorativa. Nadie ha pintado mejor los cuerpos
perfectos, los talles de ajustados corpiños, los reflejos de las sedas, los
bellos descotes, las faldas voladas y cortas y los pies menudos de las damas de
corte de la Pompadour y la Du Barry. Es el pintor de las favoritas del monarca.
Con Nattier, el retrato aparatoso y grandilocuente de Rigaud, incluso cuando
emplea el lenguaje de la fábula clásica, se hace, sobre todo, gracioso, ligero y
femenino. Es cierto que los rostros de sus personajes no revelan una gran
penetración en el pintor para adentrarse en el alma del modelo; los de sus damas
son rostros de hermosas muñecas, pero armonizan a maravilla con el bello
conjunto de su cuerpo y sus vestiduras. Buen ejemplo de su estilo es el retrato
de la Madame Bergeret de Frouville como Diana (fig. 2053).
(fig. 2053) Madame Bergeret de Frouville como Diana
El otro típico representante del
retrato rococó francés es Quintín La Tour (1704 - 1788), quien, aunque pinta sus
obras definitivas al óleo, lo mismo que Nattier, acostumbra a tomar los rasgos
esenciales del modelo al pastel. Estos retratos al pastel delatan, en los toques
sumarísimos y decisivos de los ojos y de los labios, habilidad excepcional en el
pintor para percibir rapidísimamente la expresión del individuo. Y en ellos, y
no en sus retratos definitivos, es donde se funda su verdadera gloria.
PINTURA INGLESA. HOGARTH
. —La inglesa es la más joven de
las grandes escuelas de la pintura moderna europea. Durante los siglos XVI y
XVII no produce ningún pintor importante, y son artistas extranjeros, como
Holbein, Moro y Van Dyck, los únicos que pintan en la isla obras de primer
orden. Pero terminada con la decimosexta centuria la guerra civil, el Tratado de
Utrecht abre para Inglaterra, a comienzos de la siguiente, una era de
prosperidad, que no tarda en reflejarse en su vida artística. Algunas de sus
manifestaciones, como la pintura y el mobiliario, rebasan el interés de lo
nacional.
País protestante, su pintura es
casi exclusivamente profana, hasta el punto de que incluso el capítulo bíblico
de la vecina escuela holandesa falta en la puritana Inglaterra del siglo XVIII.
En realidad, después de un breve preámbulo moralista y de humor, sólo hay
pintores de retratos y, muy a fines de siglo, de paisaje.
La primera gran figura es William
Hogarth (1697 - 1764), que trabaja durante el segundo tercio del siglo. Hijo de
un tipógrafo, comienza su carrera cultivando el grabado para ilustrar obras
literarias, o en colecciones de estampas en las que descubre su sentido crítico
y humorista de rancio abolengo británico. Y esa misma actitud es la que suele
inspirar toda su obra. Su serie de seis cuadros de la Carrera de la cortesana
(1731), del Museo Soane, de Londres, con que inicia su labor propiamente
pictórica, por responder a los gustos y preocupaciones inglesas, despierta
extraordinaria admiración, contribuyendo además a difundir rápidamente su fama
los grabados que hace de aquellas composiciones.
Pero la que se considera su obra
maestra es la serie del Matrimonio a la moda (1745 (fig. 2054), de la Galería
Nacional de Londres, donde presenta, desde el contrato de esponsales, en que los
padres ricos, tratan de intereses ante el notario, mientras los novios hablan de
amor en un lenguaje frío y correcto, hasta las diversas etapas de una vida
matrimonial cuyo segundo día amanece con los novios sentados y desperezándose en
un lujoso salón donde las sillas ruedan por el suelo mientras el mayordomo huye
con los brazos en alto horrorizado ante el espectáculo.
(fig. 2054) Matrimonio a la moda
La (fig. 2055) reproduce su
autorretrato.
(fig. 2055) Autorretrato William Hogarth
EL RETRATO: REYNOLDS,
GAINSBOROUGH Y ROMNEY
. —El capítulo más glorioso de la
pintura inglesa del siglo XVIII es el del retrato, que no se define con
caracteres propios hasta mediados del mismo.
Las notas más destacadas del
retrato inglés son la elegancia y la distinción. Si esas características son en
buena parte hijas de aristocracia, es indudable que contribuye a formarlas la
labor en la isla de retratistas como Holbein y, sobre todo, como Van Dyck, cuyo
innato sentido de la elegancia encuentra en la aristocracia británica los
modelos más apropiados a sus ideales estéticos. Los historiadores ingleses que
incluyen al pintor flamenco en la escuela inglesa no dejan, desde cierto punto
de vista, de tener alguna razón. El número de cuadros suyos conservados en la
isla, muchos de ellos de primer orden, es considerable, y los de escuela y las
imitaciones son realmente abundantísimos. Sin él no podemos explicarnos a los
grandes retratistas ingleses del siglo XVIII.
Sir Joshua Reynolds (1723 - 1792)
es, como Rafael, el pintor que escala pronto las alturas de la gloria, y a quien
la vida sólo depara desde entonces alegrías y placeres. Aunque de familia
modesta, sus estudios, iniciados con un pintor de escasa valía formado en la
tradición de Van Dyck, gracias a unos amigos puede completarlos en una estancia
de varios años en Italia. Al regresar a su patria, los retratos hechos para la
corte le conquistan tal renombre que se le concede el título de Sir. Sus
ingresos, cada vez más cuantiosos, le permiten establecerse con gran lujo en la
céntrica Leicester Square, y disponer, como nuestro Goya, de un vehículo que, en
su caso, es nada menos que una aparatosa carroza dorada. Su estudio se convierte
en punto de reunión de gentes distinguidas y de espíritu refinado. Gracias a sus
esfuerzos, la sociedad de pintores que viene celebrando exposiciones anuales se
transforma en 1768 en la Real Academia, de la que es presidente hasta su muerte.
En los discursos que pronuncia en
ella con motivo del reparto de premios, expone sus teorías sobre la mejor manera
de pintar y sus ideas de la belleza, que no en vano Reynolds es el artista sabio
que estudia concienzudamente las obras de los grandes maestros anteriores, y
sabe asimilar sus enseñanzas. Como pintor de retrato carece de la penetración de
un Rembrandt o un Velázquez, pero sabe siempre descubrir la actitud adecuada, y
subrayar con gran habilidad, tal vez no exenta en ocasiones de cierto
rebuscamiento, la elegancia de los modelos femeninos, y, sobre todo, interpretar
con éxito sin precedentes la gracia y la ingenuidad de los niños a quienes
retrata.
En el espléndido retrato de
Georgiana (1779), la amiga de Fox, representada en el momento de descender al
parque, cuyo suave follaje llena el fondo, por la escalera de mármol, vemos cómo
la feminidad del retrato francés, bajo la sombra de Van Dyck y tamizada por su
sensibilidad inglesa, se transforma, sobre todo, en distinción y elegancia.
En el retrato de las Hijas de Sir
William Montgomery, (1775), de la Galería Nacional de Londres, que, figuradas
como las Tres Gracias (fig. 2056), decoran la estatua de Himeneo, se nos muestra
más dentro de los gustos franceses. En realidad, y ello nos habla de la
verdadera naturaleza del arte de Reynolds, se diría una bella y elegante versión
inglesa de un original veneciano traducido al francés. Pero pese a sus profundos
conocimientos y a su entusiasmo por las escuelas continentales, Reynolds sabe
también enfrentarse con sus modelos sin convencionalismo alguno.
(fig. 2056) Las Hijas de Sir William Montgomery
El retrato de Nelly O'Brien, de
la Galería Wallace, de Londres (1760), la cortesana del comienzo del reinado de
Jorge III, con su maravilloso dominio de la luz, del color y de las calidades,
nos pone bien de manifiesto al gran pintor, que sus discursos sólo contribuyen a
enmascarar.
Si en algunas de sus pinturas de
niños, como la deliciosa Miss Bowles, de la colección Wallace (fig. 2057), puede
reconocerse el precedente de esos niños que Veronés gusta destacar en el primer
término de sus grandes composiciones.
(fig. 2057) Miss Bowles
Es indudable que sus retratos
infantiles sólo admiten parangón con los de su compatriota Gainsborough y con
los de nuestro Goya. Ahora que, mientras el maestro español se ciñe al campo del
retrato, Reynolds nos deja en la Edad de la Inocencia (fig. 2058) y en el
Pequeño Samuel la definición del candor y del fervor infantil.
(fig. 2058) La Edad de la Inocencia
Cuatro años más joven que
Reynolds, y su rival a lo largo de su carrera artística, Tomás Gainsborough
(1727 - 1788) tarda algún tiempo en triunfar, pero al fin puede establecerse en
una casa aristocrática del Pall Malí, en el centro de Londres, y al abrirle
Jorge III las puertas de la corte, sus grandes méritos son reconocidos por
todos. Su vida y su temperamento representan en cierto grado el reverso de la
medalla de Rynolds. Gainsborough, menos equilibrado que él, menos culto y poco
amigo de discursos académicos, es, en cambio, más genial. Sin las inquietudes de
aquél, no siente necesidad de salir de Inglaterra, y, salvo la perdurable
admiración que en su obra delata por Van Dyck, no se advierte en él ese estudio
permanente de los grandes maestros europeos, tan sensible en Reynolds.
Gainsborough posee exquisita
sensibilidad para concebir el paisaje, los fondos y los accesorios que
contribuyen a realzar la personalidad del modelo. El paisaje es para él tan
esencial, y lo estudia con tanto interés y cariño, que llega a cultivarlo como
género independiente, y con tal éxito que, como veremos, es uno de los creadores
del paisaje inglés. Su espíritu, esencialmente poético, amigo de lo
indeterminado y vago, hace que sus retratos favoritos, y en los que raya a mayor
altura, sean los femeninos y los infantiles, aunque no por eso haya dejado de
pintarlos de primer orden de varones.
El retrato de Perdita, de la
Galería Wallace (fig. 2059), la actriz amiga del Príncipe de Gales, conocida por
el nombre de la heroína que mejor sabe representar en escena, es uno de los
principales de Gainsborough, en el que el paisaje avanza hacia nosotros para
realzar en el primer término la esbeltísima figura de la dama acompañada por un
perrillo de sedosas lanas e inteligente perfil.
(fig. 2059) Retrato de Perdita
En el Paseo matinal (fig. 2060),
de la colección Rothschild, donde presenta al joven matrimonio Hallet
recorriendo sus propiedades acompañado por su perrito lanudo de Pomerania, la
fusión de figura y paisaje es igualmente admirable, así como el contraste entre
la mirada fija y escrutadora del marido y la de la joven, perdida en el placer
del nuevo estado. Pero lo que constituye el verdadero encanto del retrato es lo
distinguido y elegante de los personajes, y el ambiente de tranquila felicidad
que respiran los dos jóvenes recién casados. El artificio del retrato de
Reynolds desaparece, y la elegancia no se siente como creación del pintor, sino
como realidad que éste se limita a copiar.
(fig. 2060) Paseo matinal
Como Reynolds, Gainsborough es un
excelente pintor de niños y muchachos. En los retratos de Elisa Linley y su
hermana y de las Hijas del Pintor, este género, tan típicamente inglés, alcanza
su punto culminante. En el primero sabe percibir con aguda penetración, dentro
de la inocencia infantil, esa vida e intranquilidad que desembocará en el
novelesco porvenir de la futura Miss Sheridan, a la que volverá a retratar
muchos años después. Pero su retrato infantil más popular es el famoso Blue Boy
(1770 (fig. 2061), el hijo del comerciante Buttall, de la colección del duque de
Westminster, así llamado por el color azul de su traje. Con la apostura de los
modelos de Van Dyck, se diría un Carlos I del siglo XVIII. Bellamente fundida su
figura con el fondo de paisaje, que para realzarla avanza con su masa hasta el
primer plano, la perfección técnica en el manejo del color es tan admirable, que
durante mucho tiempo se le ha supuesto pintado por Gainsborough para demostrar a
Reynolds lo falso de su teoría, expuesta en uno de sus discursos, de la
imposibilidad de emplear en las masas luminosas colores fríos como el azul, el
gris o el verde.
(fig. 2061) El joven de azul
Muy bello es también el retrato
de Mrs. Siddons (fig. 2062), de la Galería Nacional de Londres.
(fig. 2062) Mrs. Siddons
La vida del tercer gran
retratista inglés de este período forma violento contraste con la de Reynolds,
el solterón de vida principesca, y con la de Gainsborough, casado con mujer rica
y con trabajo tranquilo y abundante. Romney (muerte 1802), al tener que
abandonar a su mujer y a su hijo para abrirse camino, choca en su vida
sentimental con la extraordinaria Emma Lyon, que con el nombre de Lady Hamilton.
Retratada varías veces por Romney, despierta en él tan intenso amor, que llega a
bordear los límites de la locura. Aunque sobrevive muy pocos años a sus dos
coetáneos, gran amigo de Flaxman, su estilo se deja influir por el
neoclasicismo, si bien, fiel a la tradición inglesa, conserva al color toda su
importancia (fig. 2063).
(fig. 2063) Lady Hamilton
CAPÍTULO XL
ARTES
INDUSTRIALES DE LOS SIGLOS XVII Y XVIII
LA PORCELANA
CERÁMICA: TALA VERA, ALCORA Y
PUEBLA DE LOS ÁNGELES
El VIDRIO TILLADO
EL MUEBLE
TAPICERÍA Y TEJIDOS
LA PORCELANA
. —Pocas industrias artísticas
tan representativas del siglo XVIII europeo como la de la porcelana, que recibe
en Europa ese nombre por su semejanza con la concha marina llamada en Italia «porcella».
La introducción de la del Extremo Oriente en Europa y el rápido favor que
encuentra en las más elevadas clases sociales, induce a los soberanos del
despotismo ilustrado a procurar fabricarla en sus propios países y ahorrar así
las grandes sumas que para adquirirla salen del país.
Conocida la porcelana oriental en
Europa desde tiempos de las Cruzadas, comienza a importarse en grandes
cantidades al descubrir los portugueses la vía marítima del Cabo. Desde poco
después, se inician los intentos de fabricación en Europa, siendo uno de los más
importantes el de la corte de los Médicis, en Florencia, en la segunda mitad del
siglo XVI. Aunque lo que se llega a producir propiamente no lo es, se le
denomina porcelana de los Médicis. A principios del siglo XVIII se realizan
experimentos análogos en diversas fábricas francesas, que no aventajan a los de
Florencia, pero que sirven de base a la futura manufactura de Sévres.
Donde, después de largas pruebas,
se llega al descubrimiento de la verdadera porcelana dura es en la corte del rey
Augusto el Fuerte de Sajonia, que siente pasión profunda por la de origen
oriental. Juan Federico Bottger, antes de conseguir fabricarla, descubre un
producto rojo, con el que imita la forma de los vasos orientales y de la vajilla
de plata europea. Pero en 1709 puede comunicar al soberano que ha encontrado la
fórmula eficaz para fabricar una buena porcelana blanca oriental, fundándose
seguidamente la real manufactura que, para mayor garantía del secreto de su
fabricación, se instala, no en Dresde, la capital, sino en Meissen. Durante los
diez años que vive aún Bottger, se produce principalmente vajilla, más
importante desde el punto de vista técnico que estético.
La reorganización de la
manufactura a la muerte de Bottger hace que rija sus destinos artísticos, desde
1720 hasta mediados del siglo, el pintor Herold, al que se agrega, diez años más
tarde, el escultor Kandler. Mientras aquél dirige sólo la fábrica, influido
probablemente por el propio monarca, predomina la vajilla de superficie lisa,
pintada con grandes temas orientales de flores, hojas y pájaros, a los que se
agregan escenas chinescas o inspiradas en Watteau. Las formas de los vasos son
igualmente orientales. Los servicios son todavía de escaso número de piezas, y
se limitan a los de desayuno, de té y café, bien para una persona —solitaire—,
dos personas —téte-á-téte— o poco más. La presencia de Kandler hace que en la
vajilla se imiten los modelos de la platería europea, dominando las superficies
gallonadas y prodigándose en asas y tapas la figura humana. Los servicios se
hacen, además, de numerosas piezas, tales como los de los condes Sulkowsky y
Brühl, del Museo de Artes Industriales de Berlín (1735-1741). Pero donde Kandler
puede dar rienda suelta a sus gustos de escultor del rococó es en las graciosas
estatuillas que ahora se fabrican por sus modelos, y que son, en realidad, los
productos que más rápidamente difunden la gran fama de la manufactura de Meissen.
Representan personajes o grupos reducidos, tomados de la comedia italiana, de la
ópera francesa, caballeros y damas en traje de corte, o pastores, que marchan,
danzan o figuran escenas de amor.
Aunque tanto Herold como Kandler
continúan trabajando en Meissen todavía unos veinte años, el momento culminante
de la manufactura corresponde a mediados del siglo, es decir, al pleno rococó.
El neoclasicismo triunfa después en el período Marcolini, así llamado por el
nuevo director el conde Camilo Marcolini; pero, no obstante producir muy bellas
piezas, no continúa Meissen figurando a la cabeza de la porcelana europea como
en tiempos de Herold y Kandler.
A ejemplo de la de Meissen, nacen
en diversas cortes alemanas un gran número de manufacturas de porcelana, entre
las que se distinguen por su mayor importancia las de Viena, Berlín, Hóchst y
Nymphenburg (Munich). En Francia, la principal es la de Sévres, y en Inglaterra,
la de Chelsea.
La más renombrada de Italia la
funda Carlos III en Capodimonte, junto a Nápoles. Se distingue por sus piezas de
carácter escultórico de gran tamaño, y, sobre todo, por la porcelana de tipo
arquitectónico para revestimiento de salones, de que son ejemplo los del Palacio
de Capodimonte. Al trasladarse a Madrid, Carlos III trae consigo gran parte de
los operarios de aquella manufactura, entre ellos a los escultores Scheppers y
Gricci, y establece la fábrica del Buen Retiro o, como popularmente se la
conoce, de la China, que hasta la muerte del monarca trabaja sólo para la
Corona. Después vende a particulares, y termina por desaparecer como
consecuencia de la invasión napoleónica. El Buen Retiro fabrica también grandes
revestimientos de interiores. El primero es para un salón del Palacio de
Aranjuez (1763), en que dominan los temas e historias chinescos. En el del
Palacio de Madrid (1770), la influencia neoclásica de la Academia de San
Fernando se hace sensible, tanto en los temas como en la mayor simplicidad del
colorido. Ambos son obra de Gricci y de sus colaboradores.
Además de esas decoraciones, se
modelan en la época en que dirigen la manufactura Gricci y Scheppers gran número
de estatuillas y grupos. Figuran entre éstas escenas mitológicas y populares, de
origen napolitano, grupos llamados de estilo de Teniers, otros imitados de
Sajonia, los Niños del carnero, etc. En 1804, al encargarse de la dirección
Bartolomé Sureda, se abre la segunda época en la que se produce porcelana de
mucha mayor dureza, capaz de resistir altas temperaturas sin quebrarse, lo que
permite fabricar vajilla de mejor calidad. El estilo imperante es el neoclásico,
que se manifiesta ya en los últimos tiempos del período anterior.
"La colección más rica de
porcelana del Buen Retiro se guarda en el Museo Arqueológico Nacional.
Todas las fábricas de porcelana
tienen su marca propia, garantía del producto, que suele pintarse al pie de la
pieza. Así, la de Meissen consiste en dos espadas cruzadas; la de Sévres, en dos
L enlazadas, etcétera.
CERÁMICA: TALA VERA, ALCORA Y
PUEBLA DE LOS ÁNGELES
. —La cerámica de Talavera
continúa produciendo durante el siglo XVIII azulejos y vasijas. De los primeros
existen importantes ejemplos en el Santuario de Nuestro Señora del Prado de
aquella población y en el Ayuntamiento de Toledo; pero lo que difunde más la
fama de sus alfareros son las vasijas, los grandes jarrones y cuencos, que
adquieren ahora la decoración que les será típica. Ocupa ésta la totalidad del
cuerpo del jarro o toda la superficie del interior del cuenco o fuente, y suele
consistir en temas de cacería sobre fondo de paisaje, por lo que se llama
decoración de montería. Por lo general, el cazador a caballo hunde su lanza en
el animal; pero también muestran escenas de caza con red, de pesca y de toreo.
Una de las principales fuentes de inspiración de los decoradores talaveranos
para estas escenas cinegéticas es la serie de grabados del flamenco Stradanus,
titulada Venationes ferarum, avium, piscium (1578). Contra lo que pudiera
suponerse, el advenimiento de los Borbones no benefició a la cerámica de
Talavera. La decadencia se inicia con el nuevo siglo, no pudiendo competir con
la calidad de las extranjeras ni con la nacional de Alcora. En su deseo de
responder a los gustos dieciochescos, aunque continúa empleando los modelos
antiguos, utiliza a veces los franceses de Alcora —incluso trabaja algún tiempo
en ella un ceramista procedente de aquella fábrica— y los chinescos propios del
rococó.
En Levante, como dijimos al
tratar de la cerámica de reflejo metálico, la fabricación de Manises llega, en
el siglo XVII, a su máxima decadencia. Es la época en que este reflejo metálico
es de color intensamente cobrizo, y casi sólo se labran grandes platos y cuencos
con un gran pájaro —el Pardalot— o un ramo de claveles en el centro. En la
centuria siguiente las alfarerías de Manises cobran nueva vida, si bien lo que
cultivan es la cerámica de tipo italiano, como Talavera y Sevilla. Ahora se
fabrican numerosos zócalos que decoran iglesias y casas ricas valencianas.
Típica creación del Manises dieciochesco son los revestimientos de cocinas con
temas culinarios, en los que se figuran incluso la cocinera y el mayordomo. Un
buen ejemplo posee el Museo de Artes Decorativas de Madrid.
La cerámica más fina que se
produce en esta época en la Península es la de Alcora, también en tierra
valenciana. Es debida a la exclusiva iniciativa del conde de Aranda, que funda
la fábrica en 1727. Puesta bajo la dirección de dibujantes italianos, trabajan
en ella ceramistas franceses, holandeses y del país. Lejos de imitar alguno de
los estilos españoles, sigue los modelos extranjeros de la época. Los que se
prefieren son los de Moustiers, en el sur de Francia, que se considera la
cerámica más fina de la época y en la que imperan, junto a ornamentaciones de
tipo berainiano, el repertorio corriente en el arte decorativo francés de estos
años. El director artístico, hasta que marcha a Moustiers, en 1737, es el
marsellés José Olerys, siendo sus temas preferidos los grutescos de tipo Berain
y los medallones con historias. Pero el nombre más ilustre y el autor de las
obras más bellas e importantes de la manufactura es Miguel Soliva (muerte 1755),
que firma las mejores placas y bandejas con historias religiosas y de la fábula
antigua. En la segunda época se pugna en vano por fabricar porcelana. Es época
en que el neoclasicismo es cada vez más sensible, y en que se hacen esculturas,
entre las que puede recordarse el busto del Conde fundador.
Introducida la cerámica vidriada
en Puebla de Méjico por alfareros de Sevilla y Talavera, crea allí después, bajo
la intensa influencia del Extremo Oriente, un estilo propio de gran belleza.
Gracias a los viajes de la nao de la China, que, cargada de seda y porcelana,
desembarca periódicamente sus productos en Acapulco para reembarcarlos en
Veracruz con rumbo a España, el contacto de los artistas poblanos con los
modelos de las porcelanas orientales es fecundo. De ellos toman no sólo temas
decorativos, sino incluso formas de vasos. El tibor, por ejemplo, es vasija
corriente en la loza poblana. Su época de mayor florecimiento corresponde a la
segunda mitad del siglo XVII y al XVIII, y sus dos tipos de productos son la
vajilla y el azulejo.
Para el decorador poblano, el
fondo, por lo general, no debe quedar libre. Un follaje menudo, de simples hojas
o pintas, sin tallos o líneas que las unan, pero formando ramitos o flores,
llena el fondo hasta rodear por completo las figuras animadas. Con ese follaje
se entremezclan pájaros de larga cola, conejos, perros y árboles sobre trozos de
tierra. Por lo común, una escena con varios personajes o una sola figura humana
constituyen el motivo central. Muy representativo de la influencia oriental es
el jarrón de la «Hispanic Society», de Nueva York, en que vemos a una dama en su
carroza conducida por un cochero chino. En otros vasos se emplea el sistema
decorativo, de rancio abolengo chinesco, de cubrir la superficie del vaso de
color oscuro —que en Puebla es azul—, reservando medallones en blanco, en los
que se traza nueva decoración en aquel color. A su vez, esas superficies en
azul, delimitadoras de los medallones blancos, se enriquecen con menudos motivos
vegetales sobre fondo blanco. Dos lebrillos del Museo de Filadelfia y de la
colección Bello, de Puebla, muestran en el fondo a un jinete chino con su
quitasol y a una cazadora, respectivamente.
En el siglo XVIII la técnica de
los decoradores poblanos es más nerviosa, movida y efectista. En sus canillas o
tarros de botica y en sus barriles se generaliza el tema de la contraposición de
un pájaro de larga cola y de un conejo o león, motivo sencillo, pero muy movido,
al gusto chinesco; y ese mismo gusto por la asimetría y el movimiento inspira el
del pájaro lanzándose oblicuamente sobre una flor.
El azulejo, que, como hemos
visto, tan importante papel desempeña en la arquitectura poblana, es parte no
menos capital que la vajilla en la cerámica de Puebla de los Ángeles. La obra
más valiosa a este respecto es la fachada de San Francisco Acatepec.
El VIDRIO TILLADO
. —Durante el período barroco la
vidriera historiada, que durante la primera mitad del siglo XVI produce
ejemplares tan importantes en las catedrales, casi desaparece. Por lo demás, la
industria del vidrio persiste en sus principales manifestaciones, aunque
transformando su decoración de acuerdo con el estilo de la época.
La gran novedad es la importancia
cada vez mayor que desde mediados del siglo XVII adquiere la vajilla de vidrio
pulido y tallado en Alemania. El origen de la nueva técnica es, en buena parte,
debido al deseo de emular la de cristal de roca, ya citada al tratar de las
artes industriales del Renacimiento. Quien da el paso decisivo para el empleo en
el vidrio de la técnica, hasta ahora sólo utilizada en el cristal de roca, es
Gaspar Lehmann, que precisamente trabaja en Praga hacia 1600, al servicio de
Rodolfo II, el gran entusiasta de las obras italianas de cristal de roca.
Consecuencia de la nueva técnica es que los vasos, al contrario que los
venecianos, cuyas paredes se hacen lo más finas posible, son de paredes bastante
gruesas para permitir la decoración, no sólo rehundida, sino de relieve. La
nueva técnica arraiga durante el siglo XVII en otras poblaciones, como Nuremberg,
donde se distingue la familia Schwanhardt. En el período de máximo florecimiento
del cristal tallado, los centros artísticos que figuran a la cabeza son Bohemia,
en los últimos años del siglo XVII y primer cuarto del siguiente, y después
Silesia, aunque no por ello Bohemia deja de mantenerse en estado de gran
prosperidad. Su principal producción está constituida por copas con tapa y vasos
decorados, generalmente con follaje, y también con frecuencia historiados. En el
soporte y en la parte inferior del vaso, sobre todo, son normales la sección
poligonal de lados cóncavos, los gallones y las formas poliédricas. Además de
las fábricas dieciochescas de Bohemia y Silesia, deben recordarse las de
Brandenburgo.
En España la necesidad de decorar
los nuevos palacios reales hace también renacer la industria del vidrio en el
reinado de Felipe V, quien en 1734 toma bajo su protección la fábrica fundada en
La Granja por el catalán Buenaventura Sit, que en un principio produce, sobre
todo, grandes lunas de espejos. Años más tarde la llegada de artistas franceses,
alemanes y de otras nacionalidades, amplía su actividad a la vajilla y a las
arañas, que desde tiempos de Carlos III se necesitan para los Palacios Reales.
Las últimas son de brazos de vidrio con pendientes en forma de hojas, racimos o
flores de lis. Desde tiempos de Carlos IV se generaliza la de canastilla o
corona de bronce con rosarios de cuentas poliédricas y de prismas. Típicas de la
época fernandina son las placas con vistas del Palacio de La Granja, del
grabador Félix Ramos.
EL MUEBLE
. —Como hemos visto al tratar de
la arquitectura barroca francesa, uno de los aspectos más importantes es el de
la decoración interior de los palacios reales. La influencia de ese estilo
decorativo es decisiva en el mueble, que vive también bajo los Luises una de sus
épocas más florecientes, hasta el punto de imponer sus formas, sobre todo en el
siglo XVIII, a casi todo el resto de Europa. Los mueblistas franceses tienen por
clientes no sólo al rey de Francia, sino a las cortes europeas más distinguidas.
En tiempos de Luis XIV el mueble
francés es todavía de proporciones más bien pesadas, y en su ornamentación
domina el estilo decorativo de Berain. El mueblista más famoso y que dentro de
esas características crea un tipo de mueble nuevo, es Boulle. Más que por la
forma se distinguen sus obras por la técnica de incrustaciones de bronce sobre
fondo revestido de concha de carey. El complemento del mueble de Boulle son las
aplicaciones de bronce dorado, en las que llegan a labrarse relieves y aun
estatuillas y grupos exentos. Aunque en las patas se sigue, a veces, la traza
mixtilínea del estilo de Berain, el mueble de Boulle tiende a las superficies
planas.
Además de ese tipo de mueble de
marquetería de bronce y concha, se emplea, como es natural, el tallado y dorado.
Típicas son las consolas de patas de doble curva, a veces decoradas con grandes
mascarones e incluso con bichas enroscadas.
Bajo la Regencia (1715-1723) y
Luis XV (muerte 1774), el mueble francés gana en ligereza y elegancia, mostrando
amplias superficies convexas y cóncavas . Se tiende a crear una envolvente
general que funda en un conjunto las diversas partes, ocultando la diferencia
entre soportes y soportado. Las tapas dejan de ser rectangulares y dibujan
curvas y contracurvas a tono con las inflexiones de los frentes del mueble. Las
aplicaciones de bronce, como es natural, reflejan primero las características de
la ornamentación de la Regencia, en que persiste el gusto por la simetría, y
después las del estilo Luis XV, en las que domina la rocalla. Los muebles
preferidos de este período son la mesa de escritorio —burean— y la cómoda, y se
crea toda una serie nueva de muebles, tales como los armarios de esquina —encoignure—
o rinconera, «secretaire» de señora, de patas altas y tapa oblicua, cartonnier o
armarios de cajones para papeles, coronado por un reloj. Y sobre todo se
multiplican los asientos, surgiendo el canapé, la chaise longue, etc. Bajo Luis
XV se introduce además el mueble cubierto con laca y decorado al estilo
chinesco. Ejecutados los primeros muebles de esta técnica y los más importantes
por la familia de mueblistas Martin, se designa esta técnica del «barniz Martin».
El mueblista principal de tiempos
de la Regencia es Carlos Cressent, en su juventud broncista, y el del reinado
Luis XV, el italiano Caffieri, también broncista. Hacia 1760 el gusto por las
líneas movidas del estilo Luis XV comienza a ceder, preparándose el tránsito al
neoclasicismo.
El mueble neoclásico francés
recorre su primera etapa bajo Luis XVI (1774-1789), y la segunda bajo el
Imperio, etapas caracterizadas, respectivamente, por el empleo de los elementos
decorativos de esos estilos. En cuanto a la concepción del mueble mismo, el
neoclasicismo significa el retorno al dominio de lo constructivo. Si bajo Luis
XV el ebanista parece modelar el mueble ocultando la personalidad de sus
elementos constructivos, ahora vemos subrayar de nuevo la de las patas y de cada
uno de los elementos soportados, y emplearse otra vez temas decorativos
arquitectónicos como estrías, capiteles, etc. Se retorna a los planos y líneas
rectas y a las formas cilíndricas.
El mueble de estilo Imperio,
aunque responde en sus rasgos esenciales a los mismos principios, es de aspecto
muy diferente. En su formación tienen parte decisiva los dos arquitectos del
Imperio, Perder y Fontaine, gracias a su Recueil de décorations intérieures
(1801), que es tomado como modelo por los mueblistas de las principales cortes
europeas. Se tiende a formas más macizas, en las que dominan las superficies
lisas de la madera, casi sólo interrumpidas por aplicaciones de bronce muy
planas y finas. Típica del estilo es la preferencia por la caoba en su color.
También se crean nuevos tipos de muebles.
El único país que además de
Francia, crea en el siglo XVIII y principios del XIX un tipo de mueble con
verdadera personalidad y que influye fuera de su propia patria, es Inglaterra.
Después del estilo Reina Ana, la etapa correspondiente al Luis XV es el estilo
Chippendale, así llamado por el mueblista de ese nombre que publica en 1754 un
libro de modelos que alcanza gran difusión. Chippendale conserva del mueble
inglés anterior la pata convexa en su parte alta y terminada en garra sobre una
bola, y suele trabajar la caoba maciza. Naturalmente, emplea también la rocalla
y se deja influir por el mueble francés contemporáneo. Típicos de sus sillas y
sillones son los respaldos calados de dibujos diversos. El estilo equivalente al
Luis XVI francés llena el último tercio del siglo, y también ahora es un
arquitecto quien ejerce influencia decisiva en el abandono del rococó en el
mobiliario. Se llama Roberto Adam, y sus grabados de decoraciones de interiores
y de muebles se distinguen por la sencillez y la elegancia de su forma. Dentro
de ese estilo neoclásico trabajan dos mueblistas célebres, cuyas publicaciones
de modelos alcanzan el mayor éxito. Su fama llega a borrar la de Adam, hasta el
punto de ser sus nombres los que sirven para designar el mueble inglés de este
período. Son Jorge Hepplewhite y Tomás Sheraton. El estilo del primero abandona
un tanto el clasicismo de Adam, inclinándose de nuevo hacia los tipos de
Chippendale, y crea un cierto número de muebles nuevos. Con él se intensifica el
gusto inglés por las rejillas de madera sobre puertas de cristal. El estilo de
Sheraton es muy sobrio, luciendo en él la caoba lisa o con sencillos filetes de
taracea (fig. 2064).
(fig. 2064) Muebles estilo Luis XV, Luis XVI e Imperio
TAPICERÍA Y TEJIDOS
. —La tapicería continúa
floreciendo en el período barroco. En la primera mitad del siglo figuran a la
cabeza los talleres flamencos de Bruselas, cuyo estilo renueva Rubens con sus
cartones cargados de barroquismo. Ya queda citada, al tratar de este pintor,
alguna serie tan importante como la de la Eucaristía, que se hace para la
iglesia y claustro de las Descalzas Reales de Madrid.
En la segunda mitad del siglo, la
tapicería francesa, que hasta ahora no ha conseguido figurar en primer plano, da
un paso decisivo. El deseo de crear grandes talleres reales data de tiempos de
Enrique IV, y consecuencia de su interés son el del flamenco Comans, el del
Louvre y el de la Jabonería. En 1662 Luis XIV funda la Manufactura real de
muebles de la Corona o Manufactura de los Gobelinos, para cuya dirección nombra
al pintor Le Brun. No se concibe como fábrica exclusiva de tapices, sino de arte
decorativo en general, y el nombre de Gobelinos se debe al de esta familia,
famosa ya en el siglo XV como tintoreros, y que termina después cultivando la
tapicería. En los tapices de la Manufactura parisiense de los Gobelinos se
reproducen composiciones renacentistas tan conocidas como los Hechos de los
Apóstoles, de Rafael, pero las series más representativas e interesantes son las
de cartones pintados, entre los que figuran la Historia del Rey, de Le Brun y de
Van Meulen, la Historia de Alejandro y las Estaciones, de Le Brun. Manufactura
también de gran importancia es la de Beauvais. Con la muerte de Luis XIV a
principios del siglo XVIII, el tono de la tapicería, como el de todo el arte
francés, cambia. Ya no gustan las grandes series históricas de las campañas del
monarca. Se prefieren los temas cinegéticos, hasta el punto de ser las Cacerías
de Luis XV una de las principales series producidas, agregándose a ellos los de
carácter literario, como el del Quijote, o aquellos que permiten recrear la
fantasía en el caprichoso escenario de la mitología o de países lejanos. Así se
fabrican el Tapiz de las Indias, el Tapiz chino, el de las Sultanas, el de las
Fiestas rusas, etc. Aspecto también interesante de la tapicería francesa es la
moda introducida de cubrir con tapices labrados expresamente los respaldos y
asientos de sillas, sillones y canapés.
En España, la implantación de la
tapicería es obra del reinado de Felipe V, que funda la fábrica madrileña de
Santa Bárbara en el año 1720. Su primer director es Santiago Van der Goten, cuya
familia continúa al frente de los trabajos después de su muerte. Como hemos
visto al tratar de la pintura española de esta centuria, durante mucho tiempo se
limita la fábrica a copiar series antiguas y a reproducir cuadros de las
galerías reales, en particular de Teniers. Uno de los mejores tapices de este
género es el de la Perla, de Rafael. A veces pintan cartones para los tapices
los pintores de Cámara. Y ya queda citada a este respecto la laudable iniciativa
de Mengs, que tiene como consecuencia la intervención de varios pintores
jóvenes, entre ellos Goya. Interrumpida la fabricación durante la Guerra de
Independencia, se reanuda en 1815.
La principal novedad en los
comienzos del tejido barroco es la diferenciación entre la tela de vestir, que
por la nueva indumentaria prefiere decoraciones menudas, y la tela para cubrir
paredes en la que se emplean decoraciones de cierta grandiosidad arquitectónica,
con ejes centrales, vasos y hojas dispuestos a los lados de aquéllos. Desde
fines del siglo XVII es Francia la que impone la moda, y los esquemas
diagonales, abandonados bajo el Renacimiento, vuelven a reaparecer. Uno de los
centros textiles más activos es Lyon, siendo típicas sus decoraciones de
follaje, cuyas hojas copian blondas de encaje en su interior. El Luis XV se
distingue por su interpretación naturalista de los temas vegetales y animales,
los motivos chinescos y, en resumen, por las características generales del
estilo. Con el neoclásico se ordena la decoración en fajas verticales, en las
que se alinean temas menudos, por lo común flores y hojas.
CAPÍTULO XLI
ARQUITECTURA
DESDE EL NEOCLASICISMO HASTA MEDIADOS DEL SIGLO XX
ARQUITECTURA NEOCLÁSICA
FRANCIA. LOS ESTILOS LUIS XVI E
IMPERIO
ESPAÑA: SABATINI Y VILLANUEVA
AMÉRICA ESPAÑOLA
ALEMANIA E INGLATERRA
ROMANTICISMO Y ECLECTICISMO. EL
FIN DE SIGLO
EL HIERRO y EL CEMENTO. EL ESTILO
FUNCIONAL: EL CUBISMO
ESTILO FUNCIONAL RACIONALISTA
ESTILO ORGÁNICO
ESTADOS UNIDOS. EL RASCACIELO
LA ARQUITECTURA CONTEMPORÁNEA EN
ESPAÑA. ALEMANIA HITLERIANA
ARQUITECTURA NEOCLÁSICA
. —Al mediar el siglo XVIII
Europa comienza a cansarse del movimiento barroco. Ese movimiento llega a
convertirse, en mano de los decoradores de Luis XV, en asimetría y
desequilibrio, y en general, la decoración barroca, aun sin llegar a los
extremos de la escuela española, peca de recargada. Al cabo de dos siglos y
medio, la arquitectura moderna occidental siente la necesidad de rectificar de
nuevo su camino como en los días de Bramante. Tiene ansia de simplicidad, de
equilibrio, de reposo. La reacción se produce en aquellos países, como Francia e
Italia, donde desde el comienzo del siglo el exterior de los edificios se ha
hecho más sobrio de líneas y, en suma, de mayor clasicismo.
Esa reacción, como a principios
del siglo XVI, vuelve sus ojos a los monumentos de la antigüedad clásica. La
nueva actitud estética encuentra su teorizante y principal defensor en el alemán
Juan J. Wínckelmann (muerte 1768), quien al publicar pocos años antes de morir
su famosa Historia del Arte en la Antigüedad, define como la suprema aspiración
estética e ideal artístico clásico. Dos años más tarde publica Lessing su
Laoconte. Este cambio de sensibilidad artística, que a los extremismos barrocos
opone la medida clásica y que viene fomentado de antiguo por el sentido
normativo de las Academias fundadas por los monarcas franceses y, a su
semejanza, por los del resto de Europa, se ve favorecido por el descubrimiento
de las ruinas de Herculano (1719) y de Pompeya (1748). Las excavaciones
iniciadas por Carlos III hacen que el entusiasmo de estudiosos y artistas
aumente en grado extraordinario, y el interés por el arte clásico decide al
inglés Stuart a publicar a mediados de siglo sus después tan conocidas
Antigüedades de Atenas, que durante mucho tiempo son para los arquitectos obra
de consulta indispensable.
Pese al sentido de la medida y al
reposo espiritual que reflejan sus formas artísticas, el neoclasicismo se impone
con apasionamiento raras veces superado por otras revoluciones artísticas. La
acometividad contra el barroco es tan extraordinaria, que el descrédito con que
aquel estilo llega a nuestros días arranca de la violenta lucha librada por el
neoclasicismo para imponerse. El neoclasicismo encuentra pronto favor en las
alturas, así que su lucha, más que de conquista, es de persecución y exterminio
del barroco. Por si esto fuese poco, los padres de la Revolución Francesa, al
reconocer en el neoclásico lo opuesto al rococó de los gabinetes de los palacios
reales, lo consideran el estilo del nuevo régimen.
Los neoclásicos, como los
renacentistas, se dedican a imitar a la Antigüedad, pero sólo son capaces de
producir un estilo de escasísima originalidad y de posibilidades de evolución
aún más modestas.
El nuevo estilo no se contenta
con tomar por modelo a los romanos, sino que desea imitar a los griegos.
Mientras el renacimiento, en su prurito de riqueza, prefiere el orden corintio,
y cuando busca sencillez prefiere el orden toscano, interpretación romana del
dórico, los neoclásicos gustan más de la simplicidad del jónico y del dórico
griego, que ahora se emplea por primera vez. Pero la gran novedad estriba en que
con perfecto olvido de la índole del templo griego, sanctasanctórum y no
edificio para grandes masas, tratan de adaptarlo al culto cristiano. Y hacen lo
que no había intentado el Renacimiento: copiar el templo clásico desde el
frontón, con sus grupos escultóricos, hasta sus columnatas y sus graderías, y no
sólo para templo, sino para toda suerte de monumentos civiles. El neoclasicismo,
que continúa imperando en cierto género de edificios durante mucho tiempo, aun
después de pasado de moda, llena al mundo de Partenones de todos los tamaños.
FRANCIA. LOS ESTILOS LUIS XVI E
IMPERIO
. —El arquitecto francés de más
renombre de tiempos de Luis XVI es J. Gabriel (muerte 1782), autor del Petit
Trianon de Versalles (fig. 2065), de líneas muy sobrias, pero de gracia
típicamente dieciochesca.
(fig. 2065) Versalles neoclásico
A él se deben además los dos
edificios hermanos que en la plaza de la Concordia, de París, flanquean la
entrada de la rué Royale, a cuyo fondo se levanta la iglesia de la Magdalena, el
edificio, como veremos, más representativo del neoclasicismo francés. Muy
ligados por su forma a la tradición de Perrault en el vecino Louvre, descubren,
sin embargo, claramente el espíritu del nuevo estilo. A él se debe también el
teatro de la Opera de Versalles.
La severidad clásica del barroco
francés da fácil paso en los días de Luis XVI a los grandes pórticos de los
templos griegos y romanos. Uno de los arquitectos más decididos en este aspecto
es J. G. Soufflot (muerte 1780), que ya a mediados del siglo estudia las ruinas
de Pesto, en el sur de Italia, y construye la iglesia de Santa Genoveva,
dedicada después de la Revolución a Panteón de Hombres Ilustres (fig. 2066). De
planta de cruz griega, con ostentosa columnata interior, tiene gran cúpula sobre
tambor rodeado de columnas, como el del proyecto de Bramante y el de San Pablo
de Londres, de Wren, La fachada es un pórtico de gigantescas columnas con
frontón de coronamiento al gusto antiguo.
(fig. 2066) Panteón de Hombres Ilustres. París
Aún más representativo del deseo
de emular el arte clásico es el cambio que sufre la iglesia de la Magdalena (fig.
2067), que, comenzada en 1764 bajo Luis XVI y todavía sin terminar, se
transforma por orden de Napoleón, con arreglo a los planos de Bartolomé Vignon
(muerte 1846), en templo dedicado a la Fama. En su interior es de cruz latina,
con cúpula, pero exteriormente tiene frontón y pórticos de columnas en todos sus
frentes, es decir, es un templo períptero.
(fig. 2067) Iglesia de la Magdalena
Este mismo neoclasicismo
napoleónico inspira otros monumentos no menos significativos de su deseo de
eternizar la gloria terrena. Se trata de varios arcos de triunfo que durante
algún tiempo vuelven a poner de moda la vieja costumbre romana. El más
importante es el gigantesco de la Estrella, el más grande del mundo, de un solo
vano de no menos de cincuenta metros de altura, y sin columnas, obra de Chalgrin
(muerte 1811 (fig. 2068).
(fig. 2068) Arco del Triunfo de París
El del Carroussel (1805 (fig.
2069), mucho más pequeño e inspirado en el de Septimio Severo, se debe a Percier
(muerte 1838) y Fontaine (muerte 1853), autores, además, de las ampliaciones
napoleónicas del Museo del Louvre, y, como hemos visto, los creadores del mueble
de estilo Imperio.
(fig. 2069) Arco del Carroussel
Complemento de esta arquitectura
consagrada a la Fama es la columna de Austerlitz (1806), que, coronada por la
estatua del Emperador, representa, como la de Trajano, sus campañas en.
larguísimo relieve helicoidal. Es obra de Godoin y Lepére.
El neoclásico es también estilo
de decoración interior, y en este aspecto, más que en el exterior, se acusa la
diferencia entre el Luis XVI y el Imperio. El estilo Luis XVI representa,
naturalmente, la vuelta a la simetría y a las normas y temas decorativos
generales de la arquitectura clásica y renacentista, si bien frente a ésta se
distingue por preferir los temas geométricos, por su mayor simplicidad y por su
menor recargamiento. Los tableros son rectangulares, y los medallones elípticos
se ponen de moda. Se emplean las molduras más sencillas y rectilíneas, las
estrías y los meandros, los vegetales más lisos, como hojas de palma o de
laurel, la roseta, etc., y, en general, se tiende a los ángulos rectos, a los
arcos de círculo y a las superficies cilíndricas. Los vasos son con frecuencia
simples trozos de columnas estriadas. El estilo Imperio, que culmina en los días
de Napoleón, rinde homenaje a sus triunfos en temas como el de las esfinges, la
flor de loto y las pirámides, alusivos a su campaña de Egipto. El águila
imperial es también tema corriente. En él se agudiza el deseo de simplicidad y
claridad decorativa del Luis XVI, haciéndose los ornamentos cada vez más finos y
perdiendo el resto de naturalismo que conservan en la etapa anterior. Ahora es
cuando florece la decoración llamada pompeyana, copiada de las ruinas de la
ciudad recién descubierta, en la que sobre el fondo rojo y liso se dibujan en
blanco o en negro finas decoraciones vegetales y figuras humanas o de anímales
de riguroso y limpio perfil.
ESPAÑA: SABATINI Y VILLANUEVA
. —En España, la presencia de los
arquitectos extranjeros al servicio de la corte representa ya un triunfo del
clasicismo sobre el barroco, que, en el aspecto decorativo, como se ha visto,
llega entre nosotros a extremos no superados en ninguna parte. Tal vez por esto,
si bien es cierto que el nuevo estilo no crea monumentos totalmente libres de
barroquismos, es muy probable que en pocos países sea la lucha contra el viejo
estilo tan feroz y apasionada como en España. En esta lucha, el gran baluarte de
los neoclásicos es la Academia de San Fernando, de Madrid, fundada en 1752,
justamente diez años después de la muerte de Pedro Ribera, y patrocinada por los
artistas extranjeros al servicio de la corte. A semejanza de ella se crean más
tarde las de San Carlos, de Valencia (1762), de Méjico (1780) y de Guatemala.
Los planos de los edificios públicos tienen que ser sometidos a dictamen de la
Academia, y a ella se encomienda la formación de los nuevos arquitectos. Ella
hace que sus alumnos más destacados completen sus estudios en Roma, y edita las
obras de los tratadistas que más pueden contribuir a educar en el clasicismo a
los jóvenes artistas. Antonio Ponz, en su Viaje de España, primer inventario de
nuestra riqueza artística, ataca y desacredita con apasionamiento desmedido los
monumentos barrocos, no pocos de los cuales, especialmente retablos, perecen
víctima de esta propaganda. Y al instalarse la Academia de San Fernando en su
actual casa, obra de José Churriguera, como hemos visto, se quita sin piedad
toda la ornamentación barroca de su fachada.
El siciliano Francisco Sabatini
(muerte 1797) es el arquitecto de confianza de Carlos III, y el director de sus
grandes reformas urbanas de Madrid.
Aunque con sentido más clásico,
su formación es, como la de Ventura Rodríguez, todavía barroca. A él se deben el
hermoso edificio de la Aduana, hoy Ministerio de Hacienda (fig. 2070), en el que
sigue las normas generales del palacio italiano del siglo XVI, y las puertas de
Alcalá (1764 (fig. 2071) y de San Vicente (1775), la primera de tres grandes
vanos en arco y dos menores adintelados.
(fig. 2070) Edificio de la Aduana, hoy Ministerio de Hacienda
(fig. 2071) Las puertas de Alcalá
Santa Ana, de Valladolid (fig.
2072), se distingue por su elegante simplicidad.
(fig. 2072) Santa Ana, de Valladolid
En Juan de Villanueva (muerte
1811), de la generación siguiente y que reside varios años en Italia, el
neoclasicismo se limpia de elementos barrocos. La iglesia del Caballero de
Gracia (1786), a pesar de sus pequeñas proporciones, es de tres naves, sobre
gruesas columnas, y tiene fachada «in antis» de orden jónico. Su obra cumbre es
el actual Museo del Prado (1785), construido para Museo de Ciencias Naturales (fig.
2073). De planta rectangular muy alargada, su fachada principal tiene en su
centro pórtico resaltado con columnas gigantescas, coronado por gran ático,
mientras que a los lados corren dos galerías: la baja sobre pilares y arcos y la
alta, adintelada, sobre pequeñas columnas jónicas que, comparadas con las
centrales, aumentan su gracia y ligereza.
(fig. 2073) Museo del Prado
En su interior es de notable
grandiosidad la rotonda de la entrada lateral. No menos bello sería el gran
salón transversal correspondiente al pórtico del centro, que sin su proyectada
columnata interior se ha dividido posteriormente en dos plantas. Gracias a su
fino sentido de las proporciones y al alternar de la piedra y el ladrillo,
Villanueva ejerce influencia perdurable en la arquitectura madrileña
contemporánea.
Es autor, además, del
Observatorio Astronómico (fig. 2074), tal vez su creación más puramente
neoclásica
(fig. 2074) Observatorio Astronómico
En El Escorial son obra suya las
Casas de Arriba y del Príncipe (1784).
Cultivadores más tardíos del
neoclasicismo son Isidro González Velázquez (muerte 1829), a quien se deben la
Casita del Labrador, de Aranjuez, cuyo interior puede servir de ejemplo del
estilo en España, y el Monumento al Dos de Mayo, y Antonio López Aguado (muerte
1831), que levanta el Palacio de Villahermosa y la Puerta de Toledo (fig. 2075).
(fig. 2075) Puerta de Toledo
Entre los arquitectos que
trabajan en Barcelona, destaca, sobre todo, Juan Soler (muerte 1794), autor de
la transformación y fachada de la Lonja de aquella ciudad. El neoclasicismo,
como en toda Europa, prolonga su lánguida vida hasta muy avanzado el siglo XIX.
Buena muestra de esa tardía etapa neoclásica es el Congreso (1843) (fig. 2076).
(fig. 2076) Congreso de los diputados
Obra de Narciso Colomer; y
todavía Jareño, uno de los arquitectos que trabajan a mediados de esa centuria,
corona con amplio frontón el gran edificio de la Biblioteca Nacional (1866).
AMÉRICA ESPAÑOLA
. —En Méjico triunfa el
neoclasicismo en gran parte, gracias a la influencia de la Real Academia de San
Carlos, fundada a fines del siglo. Su director, el valenciano Manuel Tolsá
(muerte 1816), termina en ese estilo la catedral de Méjico, y, sobre todo,
construye el gran Colegio de Minería, una de cuyas partes más bellas es la
escalera, de pintorescos efectos de perspectiva. Tresguerras (muerte 1833), que,
en cambio, es hijo del país, trabaja en la región de Celaya, y descubre en la
iglesia del Carmen, su obra maestra, un fino sentido de la elegancia y un estilo
más avanzado que el de Tolsá.
En América Central, la llegada
del estilo neoclásico coincide con la edificación de la nueva ciudad de
Guatemala, donde se labra la catedral (1782) por trazas de Marcos Ibáñez. Y en
ese estilo se edifican sus principales iglesias. Así como la antigua Guatemala,
es decir, Antigua, es una ciudad barroca, la nueva Guatemala es neoclásica.
El florecimiento de Cuba, como
consecuencia de la emancipación de los antiguos virreinatos, es causa de que
arraigue el neoclasicismo, que perdura hasta mediados del siglo XIX. En él se
levanta, en las poblaciones recién fundadas, un sinnúmero de templos, por lo
general de proporciones poco elegantes y escasa inspiración. En cambio, son de
gran belleza las casas decoradas con ricos zócalos de azulejos y hermosos
herrajes que se labran en La Habana y en las principales ciudades. La pintoresca
villa de Trinidad es, en gran parte, desde el punto de vista monumental, obra de
este período. Aspecto muy atractivo de la arquitectura civil cubana es el de las
casas de recreo o quintas, de que ofrece buenos ejemplos el barrio habanero de
El Cerro.
En Colombia, el mejor arquitecto
neoclásico es Domingo Petrés, por cuya traza se reconstruye (1808) la catedral
de Bogotá.
Mientras que en el Perú, tan
pletórico de hermosos edificios barrocos, el nuevo estilo no acomete ninguna
gran empresa arquitectónica, en Chile, que, víctima de terremotos y maremotos,
ha visto arruinarse sus templos y edificios públicos barrocos, el neoclasicismo
deja huella profunda. Su introductor es el italiano Joaquín Toesca, que, formado
en Madrid con Sabatini, llega a Chile en 1780 y traza la fachada de la catedral
de Santiago; reconstruye iglesias como la de la Merced, y, sobre todo, levanta
el gran edificio de la Casa de la Moneda. En ese mismo estilo neoclásico se
construyen, en la Plaza Mayor, los Palacios de la Intendencia, del Cabildo y de
los Presidentes.
En Buenos Aires, la catedral,
cuya construcción es de larga historia, recibe en 1862 su fachada neoclásica
coronada por un frontón.
Más íntegramente de ese estilo es
la catedral de Montevideo (1785), obra del portugués Saa y Faria, con la que se
relacionan las iglesias de San Carlos y de Maldonado.
ALEMANIA E INGLATERRA
. —Los pórticos de columnas
coronados por amplios frontones, los arcos de triunfo y las puertas monumentales
concebidas como tales, no tardan en difundirse por Europa. En 1788 se construye
en Berlín la Puerta de Brandenburgo (fig. 2077), uno de los monumentos más
antiguos y puros del estilo.
(fig. 2077) Puerta de Brandenburgo
Los principales cultivadores del
neoclasicismo en Alemania son Carlos F. Schinkel (muerte 1841), en Prusia, y
León von Klenze (muerte 1864), en Munich, quienes con buen acierto lo emplean,
sobre todo, en museos. Al primero se debe el Museo Antiguo de Berlín, y al
segundo, el bello conjunto de la Gliptoteca y los Propileos (fig. 2078), y la
Pinacoteca Vieja de Munich.
(fig. 2078) Gliptoteca y los Propileos
En Inglaterra, el paso al
neoclasicismo no exige grandes sacrificios, dado el hondo arraigo que el clásico
y frío estilo paladiano ha tenido en el país y el escaso desarrollo del barroco.
Los principales difundidores son los ya citados hermanos Roberto y Jaime Adam,
sobre todo en su aspecto decorativo (fig. 2079).
(fig. 2079) Museo británico de Londres
El estilo tiene también gran
aceptación en los recién independizados Estados Unidos, contribuyendo a ello
varios edificios de gobierno o capitolios, entre los que descuella el de
Washington. Trazado el primitivo por el propio presidente Jefferson (1801-1809)
con capiteles decorados con mazorcas de maíz en el deseo de crear un orden
americano, es destruido por los ingleses poco después. El actual es obra (1827)
de los arquitectos Thorton y Bulfinch, si bien las alas (1851), dedicadas el
Senado y al Congreso, se deben a Tomás Walter (fig. 2080).
(fig. 2080) Capitolio. Washington
ROMANTICISMO Y ECLECTICISMO. EL
FIN DE SIGLO
. —El romanticismo trae consigo
como natural reacción el interés por los estilos de la Edad Media. Víctor Hugo
convierte a Nuestra Señora de París en el tema de una de sus novelas más
famosas, y Chateaubriand escribe el elogio de las catedrales góticas. Por su
parte, el arquitecto Viollet-le-Duc (muerte 1871), después de estudiar con
entusiasmo la arquitectura gótica y de restaurar importantes monumentos
medievales, emprende en sus escritos la defensa de aquel estilo. Como
consecuencia de todo ello, con el mismo entusiasmo con que los neoclásicos se
han dedicado a la imitación del Partenón, se entregan ahora los románticos a
resucitar las catedrales góticas, cuyos anhelos celestiales están,
indudablemente, más a tono con la exaltada espiritualidad romántica. Pero aún
más que el neoclasicismo, el romanticismo arquitectónico carece de fuerza
creadora, y esa incapacidad hace que la imitación no tarde en extenderse a otros
estilos como el románico y el bizantino. El gótico sencillo de los primeros
tiempos será, sin embargo, desde entonces, el estilo preferido para los nuevos
templos cristianos de todo el mundo.
Dentro de este estilo
internacional neogótico, merece especial recuerdo Inglaterra, donde el gótico,
aunque sin evolucionar, no ha dejado de emplearse. Y allí, en efecto, se
construye el edificio de mayores proporciones de ese estilo, que es el
Parlamento (fig. 2081), obra de Carlos Barry (muerte 1863)
(fig. 2081) Parlamento de Inglaterra
En España, el interés por la Edad
Media se ve favorecido por la recién fundada Escuela de Arquitectura (1845),
interés que se manifiesta en obras de restauración, como la de la catedral
leonesa, debida a Juan Madrazo (muerte 1880). El templo de mayores proporciones
concebido en ese estilo es el madrileño de la Almudena (1881), trazado por el
marqués de Cubas, y del que sólo se ha llegado a construir una pequeña parte.
Época en la que se construyen pocos edificios públicos de nueva planta, debido,
en parte, al aprovechamiento de los viejos conventos expropiados, la
desorientación de nuestros arquitectos, posteriores al neoclasicismo, es
completa, y sus eclécticas creaciones cuentan entre lo más pobre del arte
español del siglo XIX.
A fines del siglo, la reacción
contra tan prolongado eclecticismo, que imita ya todos los estilos, se hace cada
vez más patente. Los nuevos materiales, el hierro y el cemento, empleados en los
edificios de carácter industrial, aconsejan buscar las formas artísticas en su
propia estructura, y no copiarlas de los estilos tradicionales.
El deseo de crear un nuevo estilo
y los primeros pasos para conseguirlo se dan en la segunda mitad del siglo. Uno
de los grupos renovadores más antiguos es el inglés, a cuya cabeza figura
William Morris (1834 - 1896), que forma una sociedad para proyectar muebles,
tejidos, vidrieras, etc., y él mismo difunde sus teorías. Simultáneamente se
manifiesta en algunos arquitectos una decidida tendencia a la simplificación de
las formas, figurando a su cabeza R. N. Shaw en Inglaterra, cuyos discípulos
crean el movimiento de Artes e Industrias —«Arts and Crafts Movement»—, que
construye casas interpretando con cierta originalidad los estilos tradicionales.
La figura más representativa es Ch. Voisey (1857 - 1941), autor de la Casa de
Colwal, en Malvern (1893). Pero este movimiento renovador se paraliza al
terminar el siglo. Un movimiento análogo representa en los Estados Unidos H. H.
Richardson (1838 - 1886), que procura simplificar las formas del románico.
En el aspecto decorativo importa
recordar el nacimiento en Bruselas, en 1893, del «Art Nouveau» influido por
precedentes ingleses, que se difunde rápidamente por Francia y Europa central.
En Alemania da lugar al «Jugendstil», así llamado por la revista de Munich
Jugend «Juventud». Se trata de un estilo decorativo de carácter vegetal, en el
que dominan las líneas ondulantes. Se le conoce también como el «Estilo 1900», y
sus centros más vitales son Munich, Berlín y Viena. Fuera de Alemania debe
recordarse especialmente Barcelona. No obstante su carácter de decoración
arquitectónica, los ecos de este estilo pueden advertirse en pintores como Van
Gogh, Gauguin, etc.
En España sólo merece recordarse,
hacia 1900, la arquitectura barcelonesa, que, gracias a las obras del ensanche
de la ciudad, a las de la Exposición Internacional de 1888 y a la abundancia de
dinero, vive años en que se construye mucho con el mayor ímpetu y originalidad.
El arquitecto con verdadero genio de todo este fin de siglo en España, y quien
siente la necesidad de crear un estilo nuevo es Antonio Gaudí (1852 - 1926). En
su templo, inconcluso de la Sagrada Familia (fig. 2082) (1882), sobre un esquema
gótico emplea arcos parabólicos, curvas de formas caprichosas y acumula en su
portada abundante decoración vegetal y figurada de un naturalismo barroco.
(fig. 2082) La Sagrada Familia
El deseo de movimiento, el otro
de los nortes de su estilo, le lleva a concebir casas como la de Milá, de] Paseo
de Gracia, cuyos vanos son simples aberturas en la ingente y ondulada masa de
piedra en que se ha perdido todo recuerdo clásico. Enemigo de «la vil imitación
del cemento», que entonces comienza a ponerse en boga, hace labrar la piedra
colocada ya en la casa. La actividad de Gaudí se extiende también a la
jardinería, gracias al conde de Güell, que le encarga el Parque (1900) que lleva
el nombre de éste. En los pabellones de entrada, a la caprichosa ondulación de
las superficies, agrega grandes espacios de mosaico de cerámica vidriada que
enriquecen el conjunto, mientras inclina las columnas de la gran terraza central
del llamado Teatro Griego y de las galerías.
Aunque muy distante del estilo de
Gaudí, y sin su originalidad, forma parte del grupo de arquitectos barceloneses
de esta época Luis Doménech, autor del Palacio de la Música Catalana (1908),
buen ejemplo del recargamiento corriente en la escuela. El estilo barcelonés
encuentra algunos imitadores en el resto de la Península, donde se le llama
catalán.
EL HIERRO y EL CEMENTO. EL ESTILO
FUNCIONAL: EL CUBISMO
. —La arquitectura moderna, que
se distingue por su deseo de simplicidad en las formas constructivas y por la
sobriedad decorativa, es hija de la reacción contra los estilos tradicionales y
de la influencia de los nuevos materiales.
Estos materiales son el hierro y
el cemento, y por la forma de su empleo, el vidrio. En hierro se construye ya en
1803 el Mercado de Granos de París, material que se generaliza después en
puentes, fábricas, estaciones, etc. En estas últimas, el vidrio reemplaza no
sólo al muro, sino también a la bóveda. Quien consagra el sistema es Héctor
Guinard, en la estación de la Plaza de la Estrella, de París, hasta el punto de
que durante mucho tiempo se habla del estilo de Guinard. Pero la obra maestra y
más famosa es la torre Eiffel, levantada con motivo de la Exposición de París de
1887, que lleva el nombre de su autor. La arquitectura de hierro no es obra de
arquitectos, sino de ingenieros, y Viollet-le-Duc, el conocido historiador de la
arquitectura medieval, al cantar las excelencias de la de estilo gótico, cuyas
formas son reflejo de su propia estructura, señala sus semejanzas con las
construcciones metálicas y cree adivinar en éstas la arquitectura del porvenir,
cuando el ingeniero dé paso al arquitecto. Ello no obstante, la arquitectura
puramente de hierro, con su complemento de vidrio, no llega a triunfar, salvo en
los edificios industriales.
El cemento con varillas de hierro
en su interior, es decir, el hormigón armado, no comienza a dominarse como
elemento constructivo hasta la segunda mitad del siglo. En la Exposición de
París de 1885 se exhibe una embarcación de armadura metálica revestida de
cemento, y en 1861, Cogniet escribe un tratado sobre este material, si bien
hasta 1876 no establece el ingeniero francés Mazas las bases de su cálculo. En
la historia de la arquitectura en hormigón armado es jalón capital el Pabellón
de torpedos de Hyéres (1908), de Hermebique, y los hangares para dirigibles de
Orly, debidos a Freyssinet. Lo mismo que los autores de las principales
construcciones de hormigón armado, tanto Hermebique como Freyssinet, son
ingenieros.
El deseo de simplicidad y
sobriedad de la forma imperante en las artes figurativas que conduce al cubismo,
encuentra en esos materiales y en estas primeras construcciones, debidas a
ingenieros, el campo más propicio. Su consecuencia es el nacimiento del estilo
llamado funcional, por estimar que la única belleza admisible es la resultante
de las formas producidas por la función que desempeñan los elementos
constructivos. En el rigor puritano de sus primeros tiempos este llamado
funcionalismo y racionalismo procura evitar el empleo de materiales que tengan
simple finalidad decorativa.
El deseo de buscar las formas
arquitectónicas en las nuevas estructuras, hijas de los nuevos materiales,
desemboca en el cubismo, que, en lugar de masas, procura crear volúmenes y a la
simetría opone la regularidad, todo ello gracias al esqueleto interno de pilares
y dinteles. Así, apoyado en ellos, el muro deja de ser soporte y se convierte en
cerramiento o mero biombo, que puede ser sustituido en tierras de sol débil por
grandes superficies de cristal. Como la cornisa no responde ya a su estructura
interna, desaparece, y la composición exterior juega con la armonía de macizos y
vanos, entrantes y salientes, luces y sombras, y procura subrayar los pisos, que
son de escasa altura. El consiguiente apaisamiento de las ventanas, apaisamiento
de origen funcional, es una de las nuevas características que imperan en el
edificio. A esta concepción del conjunto se agregan más tarde líneas tomadas de
la arquitectura naval, y, por último, las aerodinámicas.
La decoración tiende a formas más
sobrias y termina por ceder el paso a otra de tipo abstracto y más de acuerdo
con el gusto del nuevo estilo.
Los muebles, siempre que es
posible, se funden en el muro, y las luces indirectas hacen desaparecer las
aparatosas lámparas, Los interiores, asépticos como los de un hospital,
concluyen siendo de cierta monotonía.
ESTILO FUNCIONAL RACIONALISTA
. —En la arquitectura funcional
se distingue una primera etapa denominada racionalista (1920-1933) y otra
posterior, llamada orgánica.
La arquitectura racionalista
tiene sus más destacados representantes en Le Corbusier, Gropius, Van der Rohe y
Mendelsohn.
El suizo francés Le Corbusier
(1887 - 1965) es un teorizante, autor de libros que alcanzan gran difusión, como
Une maison et un palais o la Cité moderne (1922), y un constructor que en sus
obras da realidad a sus teorías. Para él la arquitectura es un juego
inteligente, correcto y magnífico de volúmenes unidos bajo la luz..., los cubos,
los conos, las esferas, los cilindros y las pirámides son las grandes formas
primarias que la luz revela bien». Por eso ve el edificio desde fuera, en su
volumen, aislado de la tierra, como una gran caja, con frecuencia sobre
sencillos fustes, con una acusada preocupación por el efecto plástico. Le
Corbusier siente, sobre todo, la poesía de los volúmenes. Enemigo de toda
arbitrariedad, fija un criterio de proporciones, y su módulo es la altura
humana, que sucesivamente dividida según la sección áurea, le brinda un
repertorio de rectángulos armónicos.
La Ville Saboya (fig. 2083), que
se considera una de sus mejores obras, es un prisma perfecto, de planta cuadrada
sobre soportes cilíndricos con una ventana corrida. Sus cuatro frentes son
iguales, y la escalera que la penetra hace visible todo el interior.
(fig. 2083) Ville Saboye
A él se debe también el Pabellón
de Suiza en la Ciudad Universitaria de París, y obra reciente de carácter
religioso es la iglesia de Ronchamp (fig. 2084).
(fig. 2084) Iglesia de Ronchamp
En el alemán Walter Gropius
culminan los esfuerzos que venían realizándose en Europa central. El camino en
pro de una arquitectura nueva lo había iniciado en Viena Otto Wagner (muerte
1917), una de cuyas obras más representativas es la iglesia del Manicomio. Sus
esfuerzos por crear grandes masas, abandonando los estilos históricos, los
siguen sus discípulos Olbrich y Hoffmann. En Alemania van en vanguardia los
arquitectos de Darmstadt, cuyas obras en la Exposición de aquella ciudad, de
1901, ejercen influencia decisiva. Figura señera es Behrens, autor de la Fábrica
A. E. G. de Berlín (1912), donde emplea el ladrillo alternando con grandes
superficies de cristal, y de mayor trascendencia, el nacimiento de la
Confederación de la Construcción —el Werkbund—, que reúne a un importante grupo
de arquitectos, decoradores y fabricantes deseosos de la creación de un nuevo
estilo.
Quien da el paso decisivo es
Walter Gropius, fundador en 1919 de la «Bauhaus», o Casa de la Construcción de
Weimar, que en 1926 traslada a Dessau. En ella forma una escuela de dibujo
abstracto al servicio de la arquitectura. Pero Gropius no confía la creación del
nuevo estilo arquitectónico e industrial a arquitectos, sino a los pintores
abstractos Kandinsky, Klee y a algún cubista, a los que hace depurar previamente
todas las tendencias abstractas anteriores de elementos que no lo sean. Obra de
Gropius es la Fábrica modelo de la Exposición de Colonia de 1914 (fig. 2085),
cuya fachada, de extremada sencillez, está flanqueada por dos cuerpos
cilíndricos, que muestran valientemente la estructura de las escaleras con ese
sentido de la transparencia típicamente cubista.
(fig. 2085) Fábrica modelo de la Exposición de Colonia de 1914
La «Bauhaus» no se limita a lo
puramente arquitectónico, sino que se extiende a toda la vida de la casa,
dedicando particular interés al mobiliario. Su consecuencia es el nacimiento del
de tipo tubular, cuya moda se extiende a todo el mundo. Gropius termina
admitiendo como materiales arquitectónicos, además del cemento, el ladrillo y la
piedra, abriendo así el camino a la llamada escuela neorromántica.
Gropius compone con mayor
flexibilidad que Le Corbusier. Menos esclavo de la simplicidad de los volúmenes,
articula éstos con mayor elasticidad, como puede observarse en el mismo edificio
de enseñanza de Dessau (fig. 2086).
(fig. 2086) Edificio de enseñanza de Dessau
Al yuxtaponer volúmenes,
enriquece los efectos de perspectiva. Traza más desde el interior que aquél,
delatando en ello, como veremos, sus relaciones con el estilo orgánico. Los
vanos tampoco los traza para subrayar las superficies, sino de acuerdo con las
necesidades interiores de la habitación. En cierto modo, Gropius es una figura
puente entre la arquitectura prerracionalista y la orgánica.
Al trasladarse a los Estados
Unidos por su incompatibilidad con el nazismo, se incorpora cada vez más a la
tendencia orgánica. Ludwig Mies van der Rohe, director de la «Bauhaus» en 1930,
pero que terminará emigrando también a los Estados Unidos, es un creador de
espacios interiores formados por muros que se continúan más allá del núcleo
central del edificio, y producen la impresión de prolongarse en el espacio. Van
der Rohe evita en lo posible la formación del volumen cerrado, gustando, por el
contrario, de la fluencia espacial. Sirva de ejemplo el Pabellón alemán en la
Exposición de Barcelona de 1929 (fig. 2087) y la Casa de la Exposción de Berlín
de 1931 (fig. 2088). A él se. debe también el monumento a Liebknecht y Rosa
Luxemburgo (fig. 2089).
(fig. 2087) Pabellón alemán en la Exposición de Barcelona de 1929
(fig. 2088) Maqueta Casa de la Exposción de Berlín de 1931
(fig. 2089) Monumento a Liebknecht y Rosa Luxemburgo
Erich Mendelsohn, por último,
concibe sus obras con todo el dinamismo propio del expresionismo, tendencia
artística de la que se tratará en la pintura. Su material preferido es el
cemento, que por su fluidez le permite dar al edificio un sentido plástico y
unitario de que carecen los de los arquitectos anteriores. Mientras sus
exteriores parecen esculpidos, los anteriores se sienten como excavados. El
proyecto de Fábrica de instrumentos ópticos (1917), la Torre de Einstein (1921)
(fig. 2090) y los más tardíos Almacenes Schocken (1926), son buenos ejemplos de
su estilo (fig. 2091).
(fig. 2090) Torre de Einstein
(fig. 2091) Almacenes Schocken
ESTILO ORGÁNICO
. —A la cabeza del estilo
orgánico es de justicia referirse al norteamericano F. Lloyd Wright (1869 -
1959), quien no sólo es el primero, sino su más destacado cultivador. Es
arquitecto que construye mucho, pero que también escribe y pronuncia frecuentes
conferencias en defensa de sus ideales artísticos. El primero en emplear la
denominación de arquitectura orgánica es, sin embargo, su maestro Sullivan en
1900; pero es Wrighl quien la difunde utilizándola reiteradamente. Como tantos
nombres de estilos elegidos por sus propios creadores, no refleja justamente sus
características, e incluso se presta al equívoco, pero es acertado en cuanto el
nuevo tipo de edificio crece de dentro hacia afuera, y se extiende de acuerdo
con las necesidades del que lo habita. Es decir, no se parte de un
paralelepípedo de bellas proporciones, que después es subdividido interiormente,
como hace Le Corbusier.
Wright es el poeta del espacio
interior de la casa, pues no en vano se declara partidario del viejo pensador
chino Lao Tse cuando escribe que «la realidad de un edificio no reside en las
cuatro paredes y el techo, sino en el espacio que éstos encierran, en el espacio
en que se vive». Por eso su gran batalla es la de la conquista del espacio,
estudiando más las zonas de tránsito que los compartimientos estancos, hasta
llegar a la sala única con la cocina y los servicios aparte. Preocupación
importante suya, sin duda de origen japonés, es la de que la casa se adapta al
paisaje, por su forma y por el empleo de materiales de la tierra. Sus grandes
cubiertas y amplias galerías hacen que el edificio se funda en el ambiente y
éste penetre en la casa. Es decir, su actitud es precisamente la contraria de la
de Le Corbusier, con sus casas-cajas aisladas de la tierra sobre soportes
cilíndricos.
En su larga carrera profesional,
que comienza a fines del siglo pasado, ha construido numerosas casas. Después de
la Casa Winslow (1893), todavía muy tradicional, recuérdense las de Willetts
(1902) y de Robie (1909), la de Taliesin (1925) y, sobre todo, la de la Cascada
(1936 (fig. 2092), donde sus principios artísticos alcanzan sus metas más
extremas.
(fig. 2092) Casa de la Cascada
Además de la arquitectura
doméstica, deben recordarse las Oficinas Johnson (1936 (fig. 2093) y el Museo
Guggenheim (fig. 2094), de Nueva York (1956), con cuya organización en espiral
procura crear la continuidad del interior.
(fig. 2093) Oficinas Johnson
(fig. 2094) Museo Guggenheim de Nueva York
En Europa, hacia el año 1933,
como hemos visto, los principales maestros del racionalismo abandonan el viejo
continente, y Le Corbusier apenas construye hasta la posguerra. Pero ya por
estos años comienza a imponerse un nuevo sentido de la arquitectura. Los
primeros pasos los da en 1930 el sueco Erik G. Asplund (1885 - 1940), que,
formado en la simplicidad del edificio del Ayuntamiento de Estocolmo (1909), de
R. Ostberg, revela tardíamente su originalidad en los pabellones de la
Exposición de Estocolmo de 1930 (fig. 2095), dando lugar a lo que se ha
denominado la «Revolución de 1930». Asplund reacciona contra la deshumanización
del estilo racionalista, y piensa, ante todo, en el interior del edificio, y en
que quien lo habite experimente ese imponderable que es sentirse en su propia
casa y no en un aséptico hospital.
(fig. 2095) Exposición de Estocolmo de 1930
Son los mismos ideales que sigue
su compatriota Sven Markelius en el pabellón sueco de Nueva York de 1939.
El más destacado representante de
la arquitectura orgánica europea es, sin embargo, el finlandés Alvar Aalto (1898
- 1976), más joven que Asplund y formado ya en el estilo funcional. Aalto no es
un teórico, sino un arquitecto que define su propio estilo construyendo en la
cuarta década del siglo el Sanatorio de Paimio (1931 (fig. 2096), el Pabellón de
Finlandia de la Exposición de París de 1937 y el de la de Nueva York de 1930 (fig.
2097).
(fig. 2096) Sanatorio de Paimio
(fig. 2097) Pabellón de la Exposición Nueva York de 1930
Aalto no se interesa por el
efecto plástico exterior, sino por los espacios en que se vive y por las
necesidades materiales y psicológicas de quienes la habitan. Así, al trazar en
forma serpentina los Dormitorios de Cambridge (EEUU (fig. 2098), piensa en que
de esta manera la visión del río inmediato será más pintoresca desde todas las
habitaciones.
(fig. 2098) Residencia de Cambridge (EEUU)
Aalto concede mucha importancia a
la madera, que además estudia hasta crear el tipo de mueble terciado y
químicamente tratado, que viene a ocupar el puesto del mueble tubular.
ESTADOS UNIDOS. EL RASCACIELO
. —La arquitectura norteamericana
merece, desde los últimos años del siglo XIX, consideración especial. En ese fin
de siglo la tendencia a la simplicidad, ya comentada en el arquitecto Richardson,
echa las bases de lo que será la llamada escuela de Chicago. En los Almacenes de
Marshall Field (1885) la decoración desaparece y el arquitecto trabaja, sobre
todo, con volúmenes. Esta tendencia a la simplicidad se intensifica en sus
discípulos. Por los mismos años se introducen dos novedades de carácter técnico,
que permitirán la creación del rascacielos. Burnham y Root, en el Edificio
Montank (1882), emplean la cimentación sobre emparrillado de vigas y acero, y W.
B. Jenney construye el edificio de la Home Insurance (1885) con armadura
metálica, sistema que se adopta después de forma normal. Holaiírd y Roche, en
1882, construyen íntegramente de ese material el edificio Tacoma. Con plena
conciencia de la nueva estructura del edificio se hacen los ventanales corridos
y el vidrio cubre de hecho la fachada.
Pero esta naciente escuela de
Chicago es aplastada por el neoclasicismo, impuesto por los directivos de la
Exposición de 1893, influidos por los arquitectos formados en París. Así quedó
muerta en flor una escuela que tal vez hubiera sido la creadora del estilo
funcional. Unos arquitectos como Burnham traicionan al ideal de la escuela, pero
otros, como Sullivan, protestan y advierten la importancia de la batalla
perdida: «El daño producido por la Exposición Universal perdurará por medio
siglo», escribió, prediciendo certeramente el retorno a los estilos históricos.
La reacción en pro del historicismo no consigue ahogar a Wright, pero se impone
hasta que, hacia 1930, gracias a la presencia de europeos como Mies van der Rohe
y Gropius, es anulada por el estilo moderno del mismo sino que el de la vieja
escuela de Chicago.
Ya hemos visto cómo el
rascacielos da sus primeros pasos en Chicago. Nueva York, cada vez más rica y
próspera, acoge el nuevo tipo de edificio con no menor entusiasmo.
El deseo de tener las oficinas en
el barrio bancario y el afán de propaganda de las grandes empresas de Nueva York,
hacen que, a principios de siglo, las edificaciones comiencen a multiplicar
progresivamente el número de sus plantas. A esa necesidad de espacio no tarda en
agregarse la emulación de sus propietarios, ansiosos de rebasar la altura de los
últimamente construidos. Gracias al empleo del hierro en gran escala, al
hormigón armado, al vidrio y a la peña viva del subsuelo de Manhattan, la parte
central de la ciudad, los arquitectos neoyorquinos pueden elevar sin temor estos
gigantescos edificios, y gracias a la electricidad, iluminarlos y hacerlos
accesibles con los ascensores. Las líneas de ascensores son como la medula del
edificio, y tan es así, que durante algún tiempo se le llama edificio de
ascensor, hasta que se generaliza su actual denominación de rascacielos.
En 1916 se publica la llamada Ley
de zonas, que obliga a respetar una cierta proporción entre la altura del
edificio y la anchura de la calle. En términos generales, el edificio no puede
salir de una pirámide ideal, cuyos lados inferiores están en el eje de la calle,
lo que produce un retranqueamiento progresivo de los cuerpos más elevados. En la
parte central del edificio, a cierta distancia de la fachada, no existe, sin
embargo, limitación de altura.
El Fíat Iron, de 1900, sólo tiene
veinte plantas. El edificio Woolworth (fig. 2099), ocho años posterior, obra de
Cass Gilbert, que con sus cuarenta y cinco plantas y sus ciento cincuenta metros
de altura es la obra maestra que fija ya las características de este tipo de
construcciones, todavía se le decora con estilos clásicos, que, naturalmente,
resultan pequeños.
(fig. 2099) Edificio Woolworth, 1912
En el Chicago Tribune (1922), de
Chicago, y en los posteriores del Washington Irving y del Empire (fig. 2100), de
Nueva York, este último de trescientos metros, las formas exteriores se inspiran
más o menos libremente en el gótico, cuyo sentido, mucho más elástico, de los
elementos arquitectónicos se adapta mejor a la gran altura del rascacielos.
(fig. 2100) Rascacielos de Nueva York, Empire State
En los edificios del Daily News
(1930), de Nueva York, de Hood y Howells, y del Saving Fund (1932), de
Filadelfia, de Howe y Lecaze, la influencia del racionalismo europeo rompe con
el convencionalismo histórico y cuenta para la composición sólo con lo
constructivo. Siguen una serie de rascacielos, en los que la sensación dé masa
del muro domina, como puede observarse en el Centro Rockefeller, de Nueva York,
recubierto de piedra.
El aspecto macizo del Centro
Rockefeller (fig. 2101) es superado en los edificios posteriores, en los que ya
no se aspira a una exagerada altura. El cristal gana importancia hasta llegar a
realizarse las aspiraciones de Van der Rohe, de 1920. Al retranquearse los
soportes de la fachada, y gracias al empleo del aluminio, el muro se convierte
en una superficie de cristal sólo interrumpida por delgados listeles.
(fig. 2101) Centro Rockefeller
En esta serie de construcciones
realizadas en el último cuarto de siglo se ha distinguido el grupo fundado por
los arquitectos Skidmore, Owings y Merrill, en Chicago, en 1936, que ha
trabajado para toda la nación. Recuérdese el edificio Lever (1952) y el del
Banco Chase, de Nueva York, y el de los Aceros Inland, de Chicago.
Aparte de la belleza de las
proporciones y de la composición de varios de estos gigantescos edificios, lo
que les convierte en obras de primer orden de la arquitectura universal es lo
colosal de su escala, gracias a la cual superan en grado difícil de concebir el
efecto de grandiosidad producido por los monumentos más extraordinarios
orientales y romanos. Probablemente, una de las impresiones más profundas que
puede producir la arquitectura es el gigantesco conjunto de los rascacielos
neoyorquinos.
LA ARQUITECTURA CONTEMPORÁNEA EN
ESPAÑA. ALEMANIA HITLERIANA
. —La arquitectura española
acepta los nuevos materiales. Recuérdese la importancia concedida al hierro en
el interior de la Biblioteca Nacional (1894). Uno de los primeros grandes
edificios construidos en hormigón es el Hotel Palace (1911). En cuanto a estilo,
el dominante en las grandes casas particulares, a principios de siglo, es el que
entonces se denomina «estilo francés». Es éste una adaptación o derivación del
francés del siglo XVIII, de barroquismo atemperado, en la que se acepta la
decoración del modernismo. Sirvan de ejemplo de esta etapa de la arquitectura en
España el citado Hotel Palace, el edificio de la Unión y El Fénix, el Casino de
Madrid, así como numerosos palacetes del paseo de la Castellana y del barrio de
Salamanca, todo ello en Madrid. Arquitectos de este momento son Saldaña y Aldama.
Contra ese estilo francés
reacciona el gusto por la monumentalidad, de inspiración alemana, que representa
Antonio Palacios (muerte 1945), autor del Palacio de Comunicaciones (1918), en
el que utiliza algunos motivos platerescos, del Banco Central y del Círculo de
Bellas Artes.
La arquitectura de hormigón
armado encuentra en España su más entusiasta propagador en Anasagasti, quien, al
emplearlo en el Monumental Cinema, deja ver en su interior toda la estructura de
la construcción. El nuevo estilo tiene, en cambio, su paladín en García Mercadal;
pero quien construye las obras capitales de un estilo funcional atemperado, que
acepta el ladrillo y emplea grandes zonas de vanos apaisados, es M. López Otero,
en la Ciudad Universitaria (1929). Sirva de ejemplo el edificio de la Facultad
de Filosofía y Letras (1931). Ese mismo apaisamiento funcional es bien sensible
en el edificio Capítol, de Eced y Feduchi.
Más atento a la tradición
renacentista, pero dentro del tono de sobriedad de los estilos vanguardistas,
Zuazo se distingue en estos mismos años por su clasicismo. A él se deben el
Palacio de la Música (1926), en cuyo interior crea, sin embargo, una decoración
inspirada en el barroco sevillano, la Casa de las Flores y los Nuevos
Ministerios.
Edificios importantes de esta
época son el de la Compañía Telefónica (1926), de Cárdenas y el norteamericano
Weeks, rascacielos de altura modesta, que se decora en su remate y en la portada
en el estilo barroco riberesco, y el Palacio de la Prensa (1928), de Pedro
Muguryza.
Buena parte de los edificios
anteriores se levantan en la Gran Vía, de Madrid. El proyecto de ésta data de
1886, pero no se comienza su apertura hasta 1910. Consta de tres trozos, que
terminan, respectivamente, en la Red de San Luis (1916), en la plaza del Callao
(1922) y en la plaza de España (1930). En ellos se reflejan las principales
etapas de la arquitectura madrileña de los últimos cuarenta años.
La arquitectura madrileña de
nuestra posguerra se distingue por el retorno a un estilo tradicional, inspirado
en Villanueva y Herrera, quienes, con su sobriedad de formas, son los que
responden mejor al gusto de la época. En estos últimos años, los hermanos
Otamendi han construido los rascacielos del Edificio España y la Torre de Madrid
(1959), ambos con revestimiento pétreo. Edificios de proporciones mucho más
modestas, pero en cuyo exterior domina el cristal, se han construido
recientemente.
Fuera de la corte, Barcelona es
la ciudad más atenta a la evolución estilística europea, aunque sin manifestar
la personalidad de los días de Gaudí. En el norte de España, en Santander y
Bilbao, los arquitectos Fernández Quintanilla, Rucabado y Smith buscan su
inspiración en el tipo de casa regional antigua, y esa misma tendencia
regionalista se adopta en Sevilla. Aníbal González, autor de los principales
edificios permanentes de la Exposición Iberoamericana inaugurada en 1929,
revaloriza dos materiales tan típicamente sevillanos como el ladrillo en limpio
y la cerámica vidriada, insistiendo particularmente en ésta. Su obra más
monumental es la Plaza de España, de inspiración renacentista, y no menos típico
del empleo de aquellos materiales es el Pabellón Mudejar. En estos últimos años,
a la inspiración ecléctica anterior ha sucedido un estilo neobarroco, en el que
se asimila, a veces con gracia, el barroco dieciochesco, en realidad el último
gran estilo que ha tenido vida propia en la región.
También representa una manifiesta
reacción, aunque de signo más tradicional, la arquitectura en la Alemania
hitleriana. La más típica es la de periodo, donde los hitlerianos clausuran la
activa escuela de Dessau, y ya veremos cómo se depuran las obras de arte
figurativo de este período anterior al advenimiento del nacional-socialismo. El
nazismo necesita una arquitectura que refleje la grandeza y fuerza del nuevo
estado, pero considera a la escuela de Dessau, y a toda la arquitectura de
carácter funcional, incapaces de lograrlo. La consecuencia de todo ello es la
vuelta al monumentalismo de tipo grecorromano. Hitler confía los destinos
arquitectónicos del Reich al arquitecto Paul Ludwig Troost, que completa el
bello conjunto neoclásico muniquiano a que sirven de ingreso los Propileos, con
el templo de la Guardia Eterna, la Casa del Führer y la Casa de la
Administración. En Nuremberg se levanta la Casa del Partido, y en Berlín, entre
otros edificios, son construidos la Cancillería, obra de Speer, el sucesor de
Troost; el Ministerio de] Aire y el Estadio Olímpico, de Werner March. Como
puede observarse, es una arquitectura de carácter oficial.
CAPÍTULO XLII
LA ESCULTURA
DESDE EL NEOCLASICISMO HASTA EL SIGLO XX
ESCULTURA NEOCLÁSICA. ANTONIO
CANOVA
ALBERTO THORWALDSEN
FRANCIA. EL ROMANTICISMO Y EL
NATURALISMO
AUGUSTO RODÍN
ESPAÑA
EL SIGLO XX
SIMPLIFICACIÓN, FORMAS CÓNCAVAS Y
MOVIMIENTO
EL CONSTRUCTIVISMO
EL SUPERREALISMO
ESCULTURA NEOCLÁSICA. ANTONIO
CANOVA
. —El estilo neoclásico significa
en escultura, lo mismo que en arquitectura, el retorno a la antigüedad, no sólo
en cuanto a los temas, que, como hemos 'visto, no han dejado de figurar en
primera fila en alguna escuela como la francesa, sino en cuanto al estilo.
Debido a su deseo de no perder la serenidad expresiva, y a la generalización del
empleo del mármol y del bronce, la escultura neoclásica es de sorprendente
uniformidad en todas partes y uno de los estilos más internacionales que ha
existido. No en vano sus dos principales maestros son del más distinto origen,
italiano el uno y danés el otro, y ambos dan forma definitiva al estilo en la
Ciudad Eterna, que continuará siendo, ya por muy poco tiempo, la capital de la
escultura.
El primero que sabe hacerse eco
de los teorizantes de la vuelta a la antigüedad es Antonio Canova (muerte 1822),
artista excelentemente dotado, en cuyo estilo pugnan su sensibilidad veneciana,
profundamente humana y plástica, y el estilo idealista e intransigente de los
neoclásicos. Canova no conoce del arte griego mucho más que los renacentistas.
Su fuente de inspiración son los museos y colecciones italianos, pues no puede
ver los mármoles del Partenón hasta 1815, poco antes de morir. Aunque entonces
quiere cambiar de estilo, es ya demasiado tarde. Pero no obstante que el gran
arte griego del siglo V a.C influye en él a través de las copias romanas que
contemplan Donatello y Miguel Ángel, es evidente que el estilo por él creado
apenas tiene semejanza con el de éstos.
Formado con escultores barrocos,
marcha a los veintidós años a Roma (1799), donde depura su estilo bajo la
influencia de Mengs y Winckelmann. En sus obras más antiguas, y, sobre todo, en
sus monumentos funerarios, el barroquismo perdura durante algún tiempo, y, como
es natural en las esculturas de tema mitológico donde se libera más pronto
gracias a la abundancia de modelos. Tal sucede en el grupo juvenil de época
veneciana de Dédalo e Icaro, pero la obra que le conquista verdadera fama es
Teseo y el Minotauro, esculpida ya en Roma (1782).
Entre sus obras maestras cuentan
sus dos interpretaciones (1792- 1800) de Eros y Psiquis, del Museo del Louvre.
En la primera, la joven tendida en tierra eleva sus brazos respondiendo al amor
de Eros. Concebido el tema con extraordinaria delicadeza y compuesto
magistralmente, si su gracia es todavía rococó, la claridad de su composición es
del más puro neoclasicismo (fig. 2102).
(fig. 2102) Eros y Psiquis
En la segunda, imagina a los dos
jóvenes de pie contemplando la mariposa, con una sensibilidad casi femenina que
se diría heredada de Praxíteles. Esa misma sensibilidad es la que inspira la
Hebe, del Museo de Berlín, de que existe réplica en el Museo de Arte Moderno de
Madrid, y las Gracias (fig. 2103).
(fig. 2103) Las Gracias
Canova cultiva también el
retrato, sobre todo desde que es llamado a París en 1802. El que hace de
Napoleón, idealizado a la manera romana, desnudo y de cuerpo entero, por no
haber complacido al modelo, pasa a poder de su rival Wellington. Y al de
Napoleón siguen los de sus familiares, el de su hermana Paulina, de Venus
Victrix, y el de su madre Leticia.
Capítulo no menos importante de
su labor es el constituido por los monumentos funerarios. El primero es el de
Clemente XIV (1787), donde con simplicidad sorprendente para los educados en el
rococó muestra al Pontífice en la parte superior bendiciendo, mientras junto al
sarcófago contrapone las actitudes de las figuras alegóricas de la Templanza y
la Mansedumbre. Más grandioso es el de Clemente XIII, en San Pedro, con dos
leones echados guardando la puerta del sepulcro y la erguida figura de la Fe y
el reposado desnudo del Genio de la Muerte, igualmente contrapuestos (fig.
2104).
(fig. 2104) Sepulcro de Clemente XIII
Su último gran monumento
funerario es el de la archiduquesa María Cristina, en Viena (1805).
ALBERTO THORWALDSEN
. —Se traslada poco antes de
cumplir los treinta años a Italia, y en ella reside el resto de su vida. Algo
más joven que Canova, y muerto mucho después(1845), su neoclasicismo es más puro
que el del escultor veneciano. De sensibilidad menos fina y de dotes técnicas
inferiores, es hombre de temperamento sistemático, y laboriosísimo. Su obra
conservada es muy abundante. Sólo el museo de su nombre, de Copenhague, cuenta
más de medio millar de piezas.
Thorwaldsen procura formar su
estilo exclusivamente en la escultura griega. Su principal fuente de inspiración
son los frontones del templo de Egina, de la Gliptoteca de Munich, aunque
también estudia con el mayor interés los mármoles del Partenón; su gran deseo es
poseer un estilo más puro que el de Canova.
En la estatua de Jasón (1801),
correcta y fría, su estilo se encuentra formado (fig. 2105).
(fig. 2105) Estatua de Jasón
Que continua en las de los dioses
y héroes más corrientes de la mitología griega: Marte, Cupido y Psiquis, Venus,
Hebe, Las Tres Gracias, etc. Pero la parte más atractiva de su labor son los
relieves, algunos tan popularizados por los vaciados como La Noche y La Aurora.
En Inglaterra, el principal
representante del neoclasicismo es Flaxman (muerte 1826), a quien se deben los
más bellos modelos de este estilo de la porcelana de Wedgwood y monumentos
sepulcrales como el de Nelson, en San Pablo de Londres. En Alemania destajan
Schadow (muerte 1850), que modela la Cuadriga de la Victoria de la puerta de
Brandenburgo, y Rauch, autor del monumento sepulcral de Luisa de Prusia. En
Francia figura, entre otros, Bosio (muerte 1845), que, como sus compañeros,
esculpe numerosos retratos. De sus estatuas de tema mitológico puede recordarse
la ninfa Salmacis, del Museo del Louvre.
FRANCIA. EL ROMANTICISMO Y EL
NATURALISMO
. —El romanticismo, aunque no
significa en escultura un retorno al gótico, sí provoca la reacción en pro de un
estilo más movido y apasionado, haciendo desaparecer los Jason, las Venus y los
Marte. Los temas, aunque no falten los de carácter alegórico, se toman de la
historia nacional o de la vida sencilla y humilde. Bajo el punto de vista
formal, la escultura de la primera mitad del XIX es, sin embargo, en buena
parte, de tradición neoclásica, y cuando la abandona parece resucitar el
barroquismo dieciochesco con un sentido naturalista más intenso. A veces dirige
también la mirada al Renacimiento italiano. El calificativo de romántica no
responde, pues, sino en muy pequeño grado al verdadero contenido de la escultura
de la primera mitad del siglo, período que es simplemente de protesta contra el
neoclasicismo y, en el fondo, de desorientación y eclecticismo.
Como en pintura, el papel
director corresponde durante el siglo XIX a Francia.
El tema de la Joven griega en la
tumba de Botzaris, elegido para una de sus obras por David d'Angers (muerte
1856), a quien se considera el padre de la escultura romántica, no deja de ser
significativo, pero el principal escultor de este período es Francisco Rude
(muerte 1855), quien en el gigantesco grupo de La Marsellesa (1832), del Arco de
la Estrella, bajo corpulentos desnudos en actitudes grandiosas de abolengo
neoclásico, descubre un ímpetu y un entusiasmo que nunca quieren expresar los
maestros de la etapa anterior. De estilo no poco declamatorio, La Marsellesa es,
sin embargo, una de las obras más bellas del siglo XIX (fig. 2106).
(fig. 2106) La Marsellesa
De inspiración más romántica es
la estatua de Carvaignac, en Montmartre.
La escultura de animales cuenta
ahora con uno de sus cultivadores más ilustres en A. L. Barye (muerte 1875).
La reacción contra el idealismo
neoclásico termina desembocando en un estilo naturalista, siguiendo así la
escultura rumbo análogo al de la pintura, que en esta época coloca a Francia a
la cabeza del arte occidental.
Representativo de la transición
es Juan B. Carpeaux (muerte 1875), quien no obstante expresarse en un estilo
naturalista desconocido en el siglo XVIII, parece reencarnar la alegría francesa
de los últimos Luises. A lo épico de La Marsellesa, de Rude, opone en su grupo
de la Danza (fig. 2107) de la fachada de la Opera, el movimiento gracioso de
unos desnudos juveniles, que, rebosantes de entusiasmo, bailan en torno del
genio del ritmo y de la danza.
(fig. 2107) Grupo de la Danza
El encanto de lo femenino retorna
de nuevo en Carpeaux al primer plano de la escultura francesa del segundo tercio
del siglo. Formado en el romanticismo, ofrece en cambio, en el grupo dantesco de
Ugolino y sus hijos, el aspecto trágico de la vida. Dentro de este tono general
naturalista trabaja ya en el último tercio del siglo un crecido número de
escultores. Entre ellos se distinguen por su singularidad algunos como el belga
Meunier (muerte 1905), que se hace eco de las preocupaciones sociales de la
época y convierte a los mineros y obreros de su país en su tema predilecto (fig.
2108).
(fig. 2108) Minero
Alberto Bartholomé, autor del
Monumento a los muertos, del cementerio del Padre Lachaise, de París. Por su
preocupación naturalista y su gusto por los temas de la vida diaria, debe
recordarse también a Julio Dalou (muerte 1902); pero la gran figura que llena
todo el último tercio del siglo con una concepción artística nueva es Augusto
Rodin.
AUGUSTO RODÍN
. —Después de una juventud
adversa, sólo logra triunfar en vísperas ya de su edad madura (muerte 1917).
Artista de fina sensibilidad, de temperamento poético, y con un dominio
excepcional de la técnica escultórica, hace seguir a ésta el rumbo emprendido
por la pintura coetánea, al mismo tiempo que eleva de la vulgaridad la
concepción general de los temas, sin caer en la retórica.
En La Edad de Bronce (1877), que
representa el esfuerzo del despertar de la Humanidad, deja ver ya, dentro de su
actitud sobriamente naturalista, el deseo de enaltecer la expresión sobre el
puro naturalismo de su época (fig. 2109).
(fig. 2109) La Edad de Bronce
Ese naturalismo, animado por una
intensa vida interior, que constituirá uno de los valores más persistentes en su
obra, se acrecienta aún más en su San Juan Bautista (1881), cuyo fino sentido
del movimiento y del valor expresivo de la actitud le conquistan definitivamente
la admiración de sus contemporáneos.
En 1880 ejecuta su célebre
escultura de El pensador, que no es, en realidad, sino el personaje central de
la Puerta del Infierno (fig. 2110) del Museo de Artes Decorativas, que no llega
a terminar.
(fig. 2110) El pensador
Cuatro años después realiza el
monumento de los Ciudadanos de Calais (fig. 2111), su obra de conjunto más
importante. La intensidad dramática del tema de aquellos vecinos de Calais que
son condenados al patíbulo, se encuentra expresada con fuerza extraordinaria
gracias a su sentido de la actitud y del gesto.
(fig. 2111) Ciudadanos de Calais
Desde que Rodin conquista la fama
con estas obras, se limita a esculpir grupos de escasas figuras o al retrato.
Entre los primeros es uno de los mejores el del Beso (fig. 2112), en el que,
como en todos ellos, es la vida más que la monumentalidad del conjunto lo que
importa al artista. En los retratos, es el deseo de sorprender la expresión
fugaz el rasgo más destacado.
(fig. 2112) El Beso
En ese deseo, Rodin, como los
pintores impresionistas, se esfuerza más por la apariencia de la forma que por
la forma misma. En su finísimo modelado del mármol, esa forma casi se esfuma,
efecto que acrecienta frecuentemente al contraponer ese modelado al mármol a
medio desbastar. En sus principales esculturas labradas en bronce, en vez de
acariciar amorosamente la superficie, la presenta sólo abocetada, como si
estuviera sin terminar, para que la luz cree en nuestra retina la forma
definitiva.
ESPAÑA
. —El siglo XIX, con el triunfo
del neoclasicismo, significa para la escultura española la desaparición de la
madera policromada y la reducción al mínimo del género religioso. Ya no son las
cofradías y los templos los principales clientes, sino las entidades oficiales,
que organizan concursos para erigir monumentos, o simplemente para favorecer al
arte. Como muchas de las obras presentadas a estos concursos sólo se modelan en
yeso y no se pasan al costoso material definitivo —mármol o bronce—, terminan
por destruirse, y lo conservado es parte mínima de lo producido. Al lado de
estos monumentos públicos prospera el retrato.
La figura más representativa del
neoclasicismo, limpio de la tradición barroca, es el cordobés José Álvarez
Cubero (muerte 1827), que después de dar los primeros pasos en la ciudad
andaluza con el francés Verdiguier, hace su formación en la Academia de San
Fernando y la completa en París y Roma, donde cultiva la amistad del propio
Canova, y pasa buena parte de su vida. Nombrado escultor de cámara, regresa a
España en 1819, aunque su vida, no larga, le impide disfrutar por mucho tiempo
del nuevo cargo. Su obra revela un decidido entusiasmo por el estilo italiano.
El grupo de la Defensa de Zaragoza (1818), del Jardín de la Biblioteca Nacional,
su creación más importante, se inspira tan directamente en los modelos griegos,
que se explica el que se le domine también Néstor y Antíloco. Representa, en
efecto, a un joven que, erguido su cuerpo, defiende a su padre herido (fig.
2113).
(fig. 2113) Defensa de Zaragoza
De tono menos heroico es el
Apolino, del Museo de Arte Moderno (fig. 2114). Sus retratos de María Luisa de
Parnía y de Isabel de Braganza, delatan la profunda influencia de Canova.
(fig. 2114) Apolo
Entre los escultores neoclásicos
formados en la Academia de San Fernando que trabajan en Madrid, el único que
ofrece algún interés es Esteban de Agreda (muerte 1842), autor de las estatuas
que decoran el pedestal del monumento del Dos de Mayo.
Barcelona es la otra ciudad donde
trabajan varios escultores neoclásicos, tampoco de gran valor, entre los que
sobresale Damián Campeny (muerte 1855), que nace por los mismos años que Álvarez
Cubero. Como éste, termina sus estudios en Roma y cultiva la amistad de Canova.
Los mismos títulos de sus obras en el Museo Moderno de Barcelona, El gladiador y
Lucrecia, son ya buenos testimonios de su neoclasicismo. Como su vida se alarga
hasta mediados de siglo, llega a sufrir la influencia del romanticismo. Algo más
joven que Campeny, su paisano Antonio Sola (muerte 1861) marcha pensionado a
Roma, donde pasa el resto de su vida gozando de cierta reputación. Su obra más
conocida es el grupo de Daoiz y Velarde, de la plaza del Dos de Mayo, de Madrid,
que, no obstante la indumentaria de la época, tal vez por la naturaleza del tema
de los que se sacrifican por la patria, no puede por menos de hacer pensar en
los Tiranicidas. A él se debe también la Caridad, del Museo Nacional de Arte
Moderno.
Formando puente entre el estilo
neoclásico y el romántico se encuentran el valenciano José Piquer (muerte 1871)
y el aragonés Ponciano Ponzano (muerte 1887). Piquer, romántico por temperamento
y de vida inquieta, viaja por Europa y América, frecuenta a los escritores de
esa tendencia y termina de director de la Academia de San Fernando y de escultor
de cámara, cargo que se extingue con él. Su relieve de La hija de Jefté descubre
su formación neoclásica. En cambio, en otras obras revela un interés por el
detalle y las calidades que manifiestan su naturalismo. Buena muestra de sus
dotes para el retrato es el de Isabel II, del Museo de Arte Moderno. Los bustos
de su mano son numerosos. Ponzano triunfa, en cambio, por su fuerza de voluntad.
De su neoclasicismo romano es buen ejemplo el frontón del Congreso, donde
representa a España y la Constitución. Contando con el favor oficial, ejecuta
gran número de obras, entre ellas buena parte de las esculturas del Panteón de
Infantes, de El Escorial, dejando ver con frecuencia un moderado interés
naturalista.
El naturalismo avanza con el
tiempo y poco después de mediar el siglo comienzan a desempeñar un papel
importante en Barcelona los Vallmitjana, el mayor, y mejor dotado de los cuales,
es Venancio (muerte 1919). Gracias al taller en que trabajan en unión de
numerosos colaboradores, producen buena parte de las estatuas y monumentos de la
capital catalana. En el Parque de la Ciudadela se les debe la gran Fuente de
Venus y los gigantescos grupos alegóricos que flanquean la entrada. El Museo
Nacional de Arte Moderno posee de Venancio, no obstante estar firmado por su
hermano, el retrato de Isabel II, y de éste un Cristo yaciente. Algo más joven y
menos industrializado es su discípulo Jerónimo Suñol (muerte 1902), cuya obra
más conocida es el Dante, del mismo Museo, que hace en Roma. Como varios
contemporáneos, esculpe Apóstoles para San Francisco el Grande, que se decora en
esta época por los principales escultores y pintores de este período.
Otros dos artistas también de
origen levantino, pero que se establecen en Madrid, son Ricardo Bellver (muerte
1924) y Agustín Querol. El primero, aunque de familia valenciana, es madrileño
de nacimiento. Es artista de gran personalidad, que sabe, dentro de su estilo
decididamente naturalista, dotar sus creaciones de gran fuerza dramática. Buena
prueba de ello es el Ángel caído (fig. 2115), del Retiro, hecho estando
pensionado en Roma, donde el desplome en el vacío y el orgullo del rebelde están
expresados con sorprendente verdad.
(fig. 2115) El Ángel caído
A él se debe también el enorme
relieve de la Asunción, de la puerta principal de la catedral de Sevilla, para
el que procura inspirarse en el estilo gótico del monumento. Bastante más joven,
Querol (muerte 1909) es un tortosino que inicia su carrera en el taller de los
Vallmitjana. Muy protegido después en las altas esferas oficiales, recibe gran
número de encargos, y para realizarlos se industrializa, malgastando sus grandes
dotes y muriendo joven. A él se debe el frontón de la Biblioteca Nacional, si
bien la ejecución es suya sólo en parte mínima. Sus creaciones más típicas se
distinguen por una gran facilidad técnica, que favorece su gusto por el modelado
blando en que las formas se esfuman y desvanecen. Considérasele por ello uno de
los más destacados cultivadores del modernismo de fin de siglo. Obras típicas
suyas son el monumento de Quevedo, el Sepulcro de Cánovas y el monumento de los
sitios de Zaragoza (fig. 2116).
(fig. 2116) Monumento de los sitios de Zaragoza
Artista también de gran facilidad
técnica es el sevillano Antonio Susillo (muerte 1896), que comienza su carrera
modelando en un taller de alfarero, alcanza grandes éxitos internacionales y se
suicida antes de cumplir los cuarenta años. Más que en lo monumental, insiste en
lo menudo y anecdótico, siendo representativo de estas facultades el Lazarillo
del Museo de Arte Moderno. A él se deben, sin embargo, algunos monumentos en
Sevilla, entre ellos, el de Daoiz.
El escultor en quien culmina el
naturalismo de la segunda mitad del siglo, con un sentido pictórico al gusto
rodiniano, es Mariano Benuiure. Excelentemente dotado para interpretar el
movimiento y la expresión infantil, sus mejores creaciones son las abocetadas y
las de tema de género. Así, una de las obras que pone más de manifiesto sus
verdaderas facultades es la del monaguillo, que al quemarse con el incensario,
mete los dedos en la boca y arquea su cuerpo presa del más vivo dolor. Se titula
el Accidente (fig. 2117).
(fig. 2117) Monaguillo. El Accidente
A este mismo tipo de tema
pertenecen sus bellos estudios de niños, entre los que merecen recordarse los de
su Fuente. Gran aficionado a los toros, dedica parte de su actividad a
interpretar sus más diversas actitudes (fig. 2118).
(fig. 2118). Toro
Autor de gran número de
monumentos, el de más empaque es el de Martínez Campos, en el Retiro, pero
probablemente el más atractivo es el funerario de Joselito, en el cementerio de
Sevilla, donde luce su arte para captar la expresión en la bella serie de
rostros de los que llevan y acompañan los restos mortales. Benlliure llena con
su actividad un largo capítulo de nuestra escultura moderna.
EL SIGLO XX
. —Si durante la segunda mitad
del siglo XIX son los franceses los que fijan el rumbo de la escultura
occidental, en lo que va de la presente centuria el estilo se internacionaliza,
y los principales innovadores son de diversas nacionalidades, si bien varios de
ellos residen en París.
La reacción contra el estilo de
la escultura rodiniana, desvalorizadora de la forma, parte precisamente del
discípulo del maestro, Antonio Bourdelle (muerte 1929), quien, después de
seguirle por algún tiempo, emprende la reconquista de aquélla, y procura
asimilar lo que de movimiento y equilibrio de fuerzas existe en el arte de
componer de los estilos históricos. En su Hércules arquero (fig. 2119), el
dinamismo del arte arcaico griego, fundido en el crisol de su poderosa
personalidad, con la fuerza y el sentido de lo grandioso miguelangelesco,
produce la obra escultórica más hermosa del siglo XX.
(fig. 2119) Hércules arquero
Esos mismos valores inspiran su
monumento ecuestre del general Alvear en Buenos Aires.
Con temple mucho menos heroico,
pero tal vez en forma no menos decidida, siguen la misma corriente los dos
escultores franceses Maillol y Bernard.
Arístides Maillol es en el
arcaísmo griego y en el arte egipcio donde aprende a sentir la belleza de las
superficies precisas, lisas y terminadas, y con ese renovado sentido de la forma
se dedica a esculpir bellas estatuas, cuya perfecta tranquilidad espiritual
pugna con el arrebato bourdeliano. El cuerpo femenino en su tema central.
José Bernard (muerte 1931) es
también otro cantor del desnudo femenino, que en su sentido de la ponderación y
de la grandeza descubre su sangre francesa. La bella Joven con la vasija (fig.
2120), en la que el esfuerzo y el peso se equilibran, es probablemente su obra
más inspirada.
(fig. 2120) Joven con la vasija
La reacción en pro de la forma y
del volumen no se detiene en el estilo equilibrado y bello de Maillol y de
Bernard, en el fondo cargado de clasicismo. El ímpetu y el dinamismo de
Bourdelle está más a tono con los años que preceden a la Revolución rusa.
En el eslavo Ivan Mestrovic la
fuerza y el dinamismo de Bourdelle dan un paso más. En los alemanes Barlach y
Lehmbruch, inspirados por el expresionismo pictórico de su país, la
simplificación de la forma va pareja con la intensidad expresiva. Ernesto
Barlach, poeta y escultor que experimenta la influencia espiritual rusa, gusta
de labrar estatuas de madera, de anchas proporciones y planos sumarios, cargadas
de apasionamiento y con frecuencia de dolor. Los títulos de sus obras, los
Desamparados y el Hambre (1921 (fig. 2121), no dejan de ser significativos.
(fig. 2121) Desamparados
En tono muy distinto, pero no
menos intenso, y más convencional, procura Lehmbruch expresarnos en sus
estatuas, de proporciones alargadísimas, la nostalgia, el renunciamiento u otros
estados espirituales, a veces cargados de misticismo.
En España, la reacción comienza a
manifestarse levemente en artistas que, sin embargo, se deleitan en la finura
del modelado rodiniano. Así, el catalán José Llimona (1864-1934), al mismo
tiempo que esculpe el acariciado desnudo femenino de Desconsuelo (fig. 2122),
muestra en otras obras un cierto deseo simplificador.
(fig. 2122) Desconsuelo
El cordobés Mateo Inurria
(1869-1924), que en el torso Forma (1920 (fig. 2123) deja tal vez el más bello
desnudo de nuestra escultura moderna.
(fig. 2123) Torso Forma
En la elegante estatua ecuestre
del Gran Capitán, se esfuerza por alcanzar una gran simplicidad.
A esta misma etapa corresponde la
corta actividad del bilbaíno Nemesio Mogrovejo (1875-1910).
El proceso simplificador ya en
plena marcha se intensifica en los escultores posteriores. El catalán José Ciará
(1878 - 1959) al esculpir en 1910 su Diosa, está en posesión del estilo clásico
y fuerte que le será propio y que anuncia una nueva etapa en nuestra escultura.
Menos conocido es también, sin
embargo, un excelente escultor, su paisano Enrique Casanovas (1882-1948), que
cultiva igualmente con preferencia el desnudo femenino. De estilo más nuevo y
progresivo es Manuel Martínez Hugué (1872-1945), catalán, de padre castellano.
Conócesele con el nombre de Manolo Hugué, o simplemente Manolo, y pasa buena
parte de su vida en Francia. La vida le fue difícil y triste, pero su amargura
no trasciende a sus estatuas de toreros, manólas, baturros y vascas, ejecutadas
con una factura sumaría y expresiva.
Aunque nacido en la provincia de
Tarragona, Antonio Rodríguez Hernández (1889-1919), «Julio Antonio», se traslada
muy pequeño a Castilla, y en ella encuentra los temas inspiradores de su obra.
En la bella serie de bustos nos ofrece en un lenguaje naturalista atemperado en
el Renacimiento cuatrocentista italiano, tipos castellanos, en los que revela su
contacto con las preocupaciones literarias de su tiempo. Quien lleva a su
extremo este proceso de simplificación es el palentino Victorio Macho (1887
-1966). Lo preciso de la forma y lo sumario del modelado son bien patentes en
sus monumentos madrileños de Galdós (fig. 2124) y de Ramón y Cajal.
(fig. 2124) Galdos
En el sepulcro del poeta Morales
la figura humana casi se transforma en arquitectura. Algo más joven, Emiliano
Barral (1896-1936), de una familia de canteros segovianos, posee un gran dominio
técnico de la piedra dura, que pone al servicio de su fuerte temperamento
artístico. Su Autorretrato es una de sus principales obras. Amigo también de
esculpir en piedras duras es el salmantino Mateo Hernández (1883-1943),
animalista, que nos ha dejado toda una numerosa fauna interpretada en formas muy
simplificadas de pulidas superficies.
En este período, aunque en algún
caso sin atenerse a las directrices de esta etapa estilística, deben recordarse
algunos artistas que emplean la madera policromada, de tan glorioso pasado en la
escuela española. Figuran en ese grupo el bilbaíno Quintín de Torre (1887-1966),
quien, además de la madera, gusta de policromar el mármol, y los gallegos F.
Asorey (1889 - 1961) y Santiago Bonome (1901 - 1995). Dentro, en cambio, de la
sobriedad formal propia de la época, cultiva la escultura policromada el
extremeño E. Pérez Comendador (1892 - 1981), autor del paso del Entierro de
Santander, pero que además tiene una amplia y sabrosa labor en piedra y en
bronce.
SIMPLIFICACIÓN, FORMAS CÓNCAVAS Y
MOVIMIENTO
.—Poco antes de 1910, la
escultura, impulsada por la misma reacción en favor de la forma comentada más
arriba, comienza a experimentar una transformación, que persiste en nuestros
días. Aunque París es el lugar donde confluyen muchos de los artistas creadores
del nuevo estilo, buena parte de ellos, y puede decirse que los de más peso en
el rumbo futuro, son extranjeros.
Una de las principales novedades
es creer que la forma escultórica es fenómeno de estructuración espacial. El
mármol y el bronce, por otra parte, pierden su rango de materiales nobles casi
exclusivos; el hierro gana buena parte del terreno que aquéllos pierden, y
aparecen a su lado otros varios. Lo abstracto desempeña papel importante, y lo
técnico e ingenieril pasa muy a primer plano, cifrando el escultor su orgullo en
crear seres con realidad propia.
Como los comienzos de este
proceso estilístico coinciden con los del cubismo pictórico, y a lo largo de su
desarrollo se deja influir con frecuencia por los movimientos pictóricos
contemporáneos, conviene que el lector vea en el capítulo posterior, dedicado a
la pintura de este período, los comentarios a los estilos pictórico- que aquí
serán aludidos.
El mismo año de 1907, en que
veremos a Picasso pintar sus Señoritas de Aviñón, punto de partida del cubismo
pictórico, el pintor francés Derain que transitoriamente cultiva ese estilo,
esculpe su Mujer sentada, en la que el bloque de piedra en que ha sido esculpida
es algo esencial, esbozándose apenas en él las formas humanas.
Si se le compara con el Sueño
(1902), de Maillol, es decir, una figura femenina en actitud análoga, se
advertirá que, no obstante los esfuerzos de éste en favor de la forma, el avance
de Derain en el proceso simplificador es considerable.
Pero quien marcha decididamente
por este camino, teniendo plena conciencia de lo que se propone, es el rumano
Brancussi (1876-1957), que llega a París en los primeros años del siglo.
Brancussi trae un fino sentido del modelado, que completa ante la obra de Rodin,
y que le lleva a pulir las formas con verdadero deleite. Mas lejos de dejarse
seducir por el estilo de éste, se lanza a la conquista de formas esenciales y
simples, renunciando a todo lo anecdótico y procurando ofrecer en sus creaciones
verdaderos símbolos. Así su Musa dormida (1909 (fig. 2125) la esculpe
ajustándola a la forma de un ovoide, donde sólo indica unos rasgos fundamentales
del rostro.
(fig. 2125) Musa dormida
El ovoide será su símbolo
central. En los temas que esculpe sólo quiere ofrecernos su ser esencial. El
pájaro es para su vuelo, y a ese sentir responde su Pájaro en el espacio (1919 (fig.
2126).
(fig. 2126) Pájaro en el espacio
Obra representativa suya es
también el Comienzo del mundo (1924), donde la simplicidad, el cariñoso
alisamiento de la forma y sus preocupaciones por superar lo puramente material
es patente. El mismo nos dice: «No busquéis formas oscuras ni enigmas. Lo que os
doy es puro deleite. Mirad hasta que lo sintáis. Los que más cerca están de Dios
lo han percibido.»
Sólo muy pocos años más jóvenes
que Brancussi otros dos escultores, italianos el uno y francés el otro, Boccioni
y Duchamp-Villon, procuran también por su parte, en los comienzos de la segunda
década del siglo, descubrir nuevas rutas a la escultura. Y los dos, aunque en
muy distinta medida y manera, aspiran a dotarla de movimiento.
Umberto Boccioni (1882-1916), más
conocido como pintor, cultiva la escultura por los años 1911 a 1913, llevando a
ella la preocupación por el movimiento, propia del estilo futurista de su
pintura. Los elementos formales sugeridores del movimiento convierten sus
figuras humanas en seres que extienden sus formas en el espacio (fig. 2127).
(fig. 2127) Velocidad
El espacio se introduce en el
cuerpo de sus criaturas. Su afán de dinamismo lo lleva incluso al bodegón, como
lo prueba el Desarrollo espacial de una botella (1912 (fig. 2128).
(fig. 2128) Desarrollo espacial de una botella
Raymond Duchamp-Villon
(1876-1916), en su amor por el dinamismo se interesa primero por el mecanismo de
los miembros del cuerpo humano, interpretándolo con la mayor precisión, y en
1914 pasa al estudio de ritmo en las formas del cuerpo de los animales, sobre
todo del Caballo. Y del modelo anatómico pasa al organismo escultórico por él
creado (fig. 2129).
(fig. 2129) El caballo
Cultiva también el retrato, que
interpreta en forma no menos personal. Véase el del Profesor Gosset (fig. 2130)
(1916).
(fig. 2130) Busto profesor Gosset
El ruso Alejandro Archipenko
(1887 - 1964), que, como Brancussi, llega a París con la formación recibida en
su patria, se deja impresionar en sus primeros años franceses por Brancussi,
pero después se dedica decididamente a abrir el volumen de las figuras, haciendo
triunfar (1912) en la escultura el juego de las formas vacías y llenas, es
decir, cóncavas y convexas, como puede observarse en su Figura de pie (1913 (fig.
2131).
(fig. 2131) Figura de pie
A él se debe también en buena
parte el triunfo de los llamados materiales viles que caracteriza a la escultura
del siglo XX. El español Pablo Gargallo (1881-1934), que marcha joven a París,
forma dentro de esta misma escultura antinaturalista un estilo muy personal.
Suele trabajar en lámina de bronce, con la que crea volúmenes imaginarios
valiéndose de los perfiles recortados en ellas y de los grandes planos de sombra
producidos en los vanos. Ejemplo de su estilo es el Profeta (fig. 2132).
(fig. 2132) El Profeta
En esta misma etapa de la
evolución escultórica trabajan Laurens, Lipchtitz y Modigliani.
El francés Henri Laurens
(1885-1954) abandona hacia 1911 su estilo naturalista, y, al contacto del pintor
Bracque, cultiva el cubismo durante tres lustros, en los que se dedica a
metamorfosear la figura humana para expresar mejor su idea. Mujer abatida (1941
(fig. 2133), el tema tan repetido desde Maillol de la mujer sentada, encarna el
dolor producido por el comienzo de la última guerra mundial.
(fig. 2133) Mujer abatida
El lituano Lipchtitz (n. 1891),
que estudia en París y vive en Estados Unidos desde 1940, es durante algún
tiempo un neto representante en escultura del llamado en pintura cubismo
sintético, como lo atestigua su Figura sentada (1922). Pero poco después su
cubismo se relaja, el espacio entra en sus creaciones y el drama humano inspira
sus temas. En el grupo de Madre e hijo (1945) expresa la ternura humana, si bien
lo dota de un sentido ambivalente que lo convierte también en una máscara
simbólica, cuyos cuernos son los brazos y los ojos están en los pechos (fig.
2134).
(fig. 2134) Madre e hijo
Su preocupación por el destino
humano le lleva a cultivar además temas mitológicos y bíblicos. Modigliani,
conocido sobre todo como pintor, se dedica unos años (1911-1915) a la escultura
bajo la enseñanza de Brancussi y crea una serie de Cabezas de rostros alargados
y melancólicos que tienen mucho de ídolos.
EL CONSTRUCTIVISMO
. —Terminada la primera gran
guerra de este siglo, al comenzar los años veinte, el escultor, impulsado
probablemente por su reacción contra los temas animados tradicionales, fija su
interés en los objetos mecánicos y aspira a crear él mismo; a producir seres
hijos de su pura facultad inventiva. La escultura adquiere así una realidad
propia de objeto creado. El impulso más decisivo de este movimiento viene de los
constructivistas rusos, a la cabeza de los cuales figura Tatlin. La meta de ese
grupo es la creación de espacio por medio de estructuras espaciales, en las que
se emplean los más diversos materiales. A él se debe, en 1920, la primera
escultura colgante y oscilante. El constructivismo es acogido también con gran
interés en Holanda y Alemania.
Las principales personalidades de
esta corriente escultórica son los hermanos Naum Gabo y Antonio Pevsner, que al
regresar a Rusia desde Occidente, en 1917, ingresan en el grupo constructivista,
si bien por razones políticas lo abandonan poco después, publicando en 1920 su
manifiesto realista, en el que, entre otras, hacen afirmaciones como éstas: «El
arte tiene que arraigar en el terreno firme de las leyes reales de la vida. Todo
fenómeno real es espacio-temporal... Negamos que el contorno sea forma del
espacio. No puede medirse el espacio con volúmenes, como no pueden medirse los
líquidos con metros. La profundidad materialmente delimitada es la única forma
del espacio. Negamos el error de diez mil años, que ha visto en la estática el
único elemento del arte. Afirmamos que la cinemática es un nuevo elemento del
arte. Decimos que es la expresión real del tiempo.» Debe de recordarse que este
aspecto cinético del arte había sido ya planteado por el cubismo.
Naum Gabo (1890 - 1977), que pasa
en Occidente sus años veinte, construye en 1916 cabezas con láminas de metal de
formas cóncavas o negativas; pero después abandona la figura humana, aspirando a
que la escultura sea un «producto de energías espacio-temporales» en el que
triunfe la impersonalidad de lo mecánico. En 1920 construye una especie de
péndulo que movido por un resorte crea al oscilar una visión directa del espacio
gracias a su metamorfosis formal. En 1930, estos reflectores de espacio, ya sin
resorte alguno, adoptan rítmicas incurvaciones de gran delicadeza, llegando a
crear ámbitos espaciales transparentes de líneas y superficies tangentes y
secantes, cargadas de tensión orgánica. Los construye sobre un armazón sobre el
que forma una especie de tela de araña de hilos de nylon, como deseando que las
tres dimensiones se transformen en irradiación (fig. 2135).
(fig. 2135) La Estirga
Antonio Pevsner (1886 - 1962) no
se dedica a la escultura hasta 1923, comenzando por el empleo de formas
cóncavas. Cuando su estilo cristaliza, a diferencia de su hermano, construye sus
estructuras con un punto de vista principal, lo que presta a sus creaciones un
cierto aspecto icónico más monumental, y hasta para algunos con un profundo
simbolismo de índole religiosa (fig. 2136).
(fig. 2136) Columna de la Victoria
Al lado de estos dos artistas
debe recordarse el húngaro Mohoso Nagy (1895-1946), que trasladado a Berlín,
sigue el constructivismo ruso y holandés, y construye moduladores espaciales en
flexible plexiglás, y el alemán Schlemmer (1888-1943), que emplea formas
cóncavas y convexas y procura sintetizar las formas geométricas con las
orgánicas. La revolución nazi, al cerrar la Bauhaus, en la que trabajan varios
de los artistas de esta tendencia, pone fin al constructivismo, que sólo llega a
contar con unos diez años de vida floreciente.
EL SUPERREALISMO
. —Hacia 1930, el constructivismo
va perdiendo vitalidad, y su estilo ingenieril y racional comienza a
extinguirse. Frente a él, sin llegar a formar un grupo organizado, y sin el
acostumbrado manifiesto, un grupo de media docena de artistas crean un nuevo
estilo, de inspiración dadaísta, pero en el lenguaje abstracto y con una buena
dosis de constructivismo. Son años en los que el superrealismo también triunfa
en la pintura, aunque no pocas de sus preocupaciones carecen de eco en la
escultura.
Una de las personalidades más
poderosas, creadoras del nuevo estilo escultórico, es el español Julio González
(1876-1942), hijo de una familia de forjadores. Trasladado a París al comenzar
el siglo, frecuenta la amistad de Picasso y Brancussi, pero no abandona los
pinceles por la escultura en hierro hasta 1926. Hacia 1930, tomando como punto
de partida las obras de su paisano Gargallo, hace una serie de cabezas o
máscaras faciales. Su estilo más personal, sin embargo, es el de las esculturas,
donde lo lineal domina sobre el de las superficies encajadas, y se conjugan el
constructivismo y el superrealismo (fig. 2137).
(fig. 2137) Mujer ante el espejo
Sus creaciones más parecen
inspiradas por un sentimiento trágico que por una actitud optimista. En ellas
apenas se percibe la figura animada, y los elementos formales que la componen,
por lo común contradictorios, se unen con dureza, aunque constituyendo conjuntos
coherentes, algunos de los cuales han evocado los temas de martirio de Kafka.
Aunque su poderosa personalidad,
como veremos, sólo se manifiesta íntegramente en la pintura, debe recordarse en
este lugar el nombre de Picasso, que también cultiva la escultura, y del que
decía Julio González que «todo lo que ve se le convierte en forma plástica».
El estrasburgués Hans Arp (1887 -
1966), que vive en contacto con los medios artísticos alemanes y franceses, y
es, como veremos, uno de los fundadores del dadaísmo en Zurich, gusta de crear
formas fluidas, especie de plasmas cósmicos en proceso de crecimiento con
movimientos germinativos. Otras veces, para crear su obra, une los objetos más
diversos (fig. 2138).
(fig. 2138) Deméter (Diosa Madre)
En vísperas del nuevo siglo nacen
dos artistas, de habla inglesa, creadores de modalidades escultóricas
originales.
El inglés Henry Moore (1898 -
1986) hace una profesión de fe artística muy representativa de los escultores de
su generación: «Toda buena obra de arte encierra elementos abstractos y
elementos superrealistas, orden y sorpresa, inteligencia, imaginación,
conciencia y subconsciencia.» Moore gusta de volúmenes indiferenciados y fluidos
como Arp, y de introducir espacio en las figuras en forma de grandes huecos.
Hijo de una familia de mineros, se ha querido ver en su contraposición de formas
exteriores e interiores (fig. 2139), de tipo cavernoso, la huella dejada en su
sensibilidad por el escenario de sus años juveniles. Sus dos temas preferidos
son la Madre y el hijo (fig. 2140) y la figura yaciente, en la que procura
expresar su concepción del cuerpo humano, paisaje y forma orgánica a un tiempo.
Bajo el signo del constructivismo crea estructuras inspiradas, sobre todo en
huesos, conchas y piedras con hilos tendidos: friso del edificio Time y Life
(1952 (fig. 2141).
(fig. 2139) Formas exteriores e interiores
(fig. 2140) Grupo Familiar
(fig. 2141) Friso del edificio Time y Life
El norteamericano Alejandro
Calder (1898 - 1976), que abandona la ingeniería en Filadelfia y forma su estilo
en París (1926), comienza por representar con alambres temas circenses, en los
que el constructivismo ruso se aúna con la caricatura y el superrealismo. Hacia
1930 crea ya el tipo de obras que ha hecho famoso su nombre: las esculturas
llamadas «mobiles», es decir, no fijas, cambiantes. Aunque no faltan
precedentes de esculturas de esta naturaleza —péndulo oscilante de Naum Gabo,
por ejemplo—, es Calder quien le da la forma artística, introduciendo
decididamente en la escultura la mutabilidad. Sus obras están labradas en
alambre y lóbulos, en parte inspirados en los del pintor Miró, y adoptan formas
que semejan animales o plantas preferentemente asimétricas, y, como queda dicho,
inestables. Aunque en un principio esa mutabilidad la confía a un motorcito,
después la ha dejado a merced del aire (fig. 2142).
(fig. 2142) Lirio
El italiano Alberto Giacometti
(1901 - 1966) procura expresar la magia del ídolo y se preocupa por crearle su
escenario adecuado. Sirva de ejemplo el Palacio a las cuatro de la madrugada
(1932).
Además de los nombres de Julio
González y Picasso, creadores del estilo, deben recordarse los de otros
escultores españoles que se hacen eco de análogas inquietudes estéticas. Así,
Ángel Ferrant (1891-1960), además de esforzarse por simplificar la forma con la
gracia y delicadeza, lleva el movimiento a la escultura —tipos regionales del
Teatro Albéniz— e incluso crea obras del tipo de Calder. El toledano Alberto
Sánchez (1897 - 1962), panadero de oficio y de fina sensibilidad artística,
expresa sus grandes preocupaciones estéticas en un lenguaje superrealista
pletórico de personalidad. El guipuzcoano Jorge Oteyza (1908 - 2003) hace que el
espacio juegue en sus esculturas un papel como en las de Moore, y el madrileño
Carlos Ferreira (1914 - 1990) se siente movido por la elegante simplicidad de
Brancussi.
CAPÍTULO XLIII
PINTURA FRANCESA
E INGLESA:
DESDE EL NEOCLASICISMO HASTA
FINES DEL SIGLO XIX
EL NEOCLASICISMO FRANCÉS DE DAVID
A INGRES
L. DAVID (1748-1825) LOS
NAZARENOS ALEMANES
EL ROMANTICISMO. DELACROIX. EL
PAISAJE
EL REALISMO: COURBET
LOS IMPRESIONISTAS. MONET
MANET
DEGAS. RENOIR
EL NEOIMPRESIONISMO: SEURAT Y
SIGNAC. VINCENT VAN GOGH. TOULOUSE-LAUTREC
LA REACCIÓN: CEZANNE. GAUGUIN. EL
SIMBOLISMO
PINTURA INGLESA DEL SIGLO XIX. EL
PAISAJE: CONSTABLE Y TURNER
EL RETRATO: RAEBURN, LAWRENCE
LOS PRERRAFAELISTAS: ROSSETTI,
HUNT, MILLAIS
EL NEOCLASICISMO FRANCÉS DE DAVID
A INGRES
. —Ya quedan expuestas, al tratar
de la arquitectura neoclásica, las características generales del nuevo estilo y
las circunstancias estéticas e históricas que favorecen su nacimiento y su
triunfo. Aunque éste sólo se consuma con el de la Revolución, los comienzos son
más remotos. Recuérdese cómo cuando Diderot ataca las pinturas de Boucher,
recomienda ya la serenidad del arte antiguo, y que el jefe de la nueva escuela,
Luis David, expone en 1785 el lienzo del Juramento de los Horacios, una de sus
obras más famosas y representativas.
Lo cierto es que con la victoria
del neoclasicismo se inicia el período que podríamos llamar francés de la
historia de la pintura, durante el cual París se convierte en el centro de donde
irradian las principales novedades estilísticas.
Los pintores neoclásicos
encuentran el grave inconveniente de no disponer de modelos importantes de la
pintura clásica. Los edificios y las esculturas abundan en Italia, pero, en
cambio, no existen las grandes obras de los maestros de la antigüedad que
permitan conocer las perfecciones alcanzadas en el color, y los pintores tienen
que buscar su fuente de inspiración en la escultura, y más concretamente, en el
relieve, es decir, en un arte monocromo. Esa monocromía de sus modelos les hace
olvidar elemento tan capital en el arte pictórico como el color, y sus
creaciones adolecen de una lamentable pobreza cromática. Porque del olvido se
pasa al desprecio, llegando algunos neoclásicos alemanes, a hacerse la
monstruosa pregunta de si deben realmente pintar sus cuadros. La pintura
incolora o monocroma será el ideal de algunos.
L. DAVID (1748-1825) . —El
verdadero creador del estilo neoclásico en pintura es el parisiense L. David,
casi riguroso coetáneo de Goya. Pese a esa serenidad que caracteriza al
neoclasicismo, ya hemos visto cómo sus propagadores son con frecuencia de
espíritu batallador e intransigencia nada comunes, y David no es una excepción.
Convertido el nuevo estilo en bandera estética de la Revolución, David, además
de pintor, es político activo. Miembro de la Asamblea Nacional que condena a
muerte a Luis XVI, ingresa en la cárcel al caer Robespierre, y entusiasta más
tarde de Napoleón, muere desterrado en Bruselas.
Discípulo de Vien, el primer
adepto al neoclasicismo, deja ver en sus primeras obras la influencia de Boucher;
pero en 1785 pinta ya el Juramento de los Horacios, en el que triunfa (fig.
2143) el nuevo estilo. Su exposición en Roma alcanza éxito extraordinario, y
desde entonces no abandona el género heroico.
(fig. 2143) Juramento de los Horacios
Dentro del campo de la historia
antigua, pinta aún el cuadro del Rapto de Las sabinas (1799), en el que,
mientras unos contemporáneos quieren ver el deseo de paz entre los partidos
políticos, otros tratan de identificar en sus bellos desnudos el retrato de las
damas parisienses más distinguidas de la época (fig. 2144 ).
(fig. 2144) Rapto de Las sabinas
David no tarda en convertirse en
el pintor de la Revolución. Superintendente de Bellas Artes bajo el Terror,
pinta el Marat muerto, del Museo de Bruselas, y el Juramento de los Horacios se
convierte, traducido al lenguaje revolucionario, en el Juramento del Juego de
Pelota, que ha de colocarse en el Salón del Consejo Legislativo, y que no llega
a terminar. Elegido más tarde pintor de cámara de Napoleón, recibe el encargo de
varios lienzos para glorificar sus triunfos, entre los que destaca el de su
Consagración (1805), del Museo del Louvre. Cuadro de proporciones gigantescas,
poblado de numerosísimos personajes, los grupos aparecen distribuidos hábilmente
para contribuir al solemne aspecto del conjunto. Para componerlo ha de luchar
con los retratados, deseosos de ocupar sitio más preeminente, con las opiniones
del gran maestro de ceremonias y con las del propio emperador.
Pese a sus teorías clásicas y a
sus intransigencias, cuando L. David pinta retratos y se enfrenta con el
natural, sus convencionalismos pierden fuerza y sus grandes dotes le hacen crear
obras de excelente calidad pictórica. El de Madame Récamier, que deja sin
concluir al saber que la retratada ha encargado otro a Gérard, es de gran
sencillez y elegancia.
El estilo de David no tarda en
imponerse a la nueva generación francesa, a la que domina durante el primer
cuarto de siglo. De sus tres principales discípulos, Gros (muerte 1835) es el
cronista gráfico que, con el tono heroico del neoclasicismo, representa los
triunfos de Napoleón, al que acompaña durante su juventud en las campañas de
Italia. En Los apestados de Jaffa (1804) deja ver, sin embargo, un gusto por el
color y por la luz ajeno a la ortodoxia davidiana, no obstante haber sido él a
quien el maestro deja al frente de su taller al partir para el destierro. Gérard
(muerte 1837), aunque crea obras tan conocidas como El Amor y Psiquis, se
distingue como el retratista del grupo, y, naturalmente, pinta a Napoleón en
repetidas ocasiones. Girodet (muerte 1824), el amigo de Chateaubriand, revela en
los temas de sus cuadros y en su afición a los efectos de luz de luna —Átala
conducida al sepulcro—, su contacto con el espíritu del romanticismo.
El último gran representante del
neoclasicismo es Juan A. D. Ingres (muerte 1867). Algo más joven que los
anteriores, y formado en el taller de David ya en los últimos años del siglo, su
larga vida le obliga a contemplar el triunfo del romanticismo y del realismo.
Pero Ingres no es un davidíano puro. Su prolongada permanencia en Italia
despierta en él profunda admiración por Rafael, a quien proclama su maestro, que
no en vano su Apoteosis de Homero (1827), pese a sus rigideces y a su falta de
movimiento netamente neoclásicos, hace pensar en el Parnaso, del pintor de
Urbino. Y, por otra parte, el mundo antiguo —ya helénico para él y no romano—
pierde el tono heroico y republicano de David, y se convierte en un rico
repertorio para cantar las perfecciones del desnudo femenino (fig. 2145).
(fig. 2145) Ruggiero libera a Angélica
Pero, pese a esa mayor
transigencia, sin excluir, por otra parte, los temas orientales o medievales,
cuando los neoclásicos ven amenazada su dictadura por el avance de los
románticos, Ingres regresa a su patria y se pone a la cabeza de los
continuadores del maestro para defenderlos de lo que llaman «invasión de los
bárbaros». Entonces será Ingres quien desde la Academia de Bellas Artes
combatirá desde el moribundo davidianismo contra el romántico Delacroix.
LOS NAZARENOS ALEMANES
.—El neoclasicismo produce en
Alemania un grupo de pintores que, reunidos en Roma hacia 1810, en un viejo
convento del Monte Pincio, no pocos de ellos protestantes convertidos al
catolicismo y con más fe y fervor religioso que talento pictórico, sienten el
encanto de los prerrafaelistas. Regidos por Federico Overbeck (muerte 1869),
cultivan con particular interés el fresco. Las dos primeras empresas que
realizan en común, en esta técnica, son una sala de la casa del cónsul de Prusia
con historias de la Vida de José y tres del Palacio Massimi, dedicadas a Dante,
Ariosto y Tasso. Obra representativa de Overbeck es el Triunfo de la Religión
sobre las Artes, del Museo de Francfort, donde se advierte el decidido deseo de
seguir los pasos de Rafael. Mejor dotado que él, Cornelius (muerte 1867) pugna
por crear un estilo alemán.
EL ROMANTICISMO. DELACROIX. EL
PAISAJE
. —Como es natural, la dictadura
de los dravidianos no puede por menos de producir las protestas inspiradas por
el cambio de gusto que el andar del tiempo lleva consigo. En los salones que
siguen a la Restauración, la corriente romántica, que al mismo tiempo que el
neoclasicismo comienza a manifestarse en pleno siglo XVIII en artistas como
Fragonard, aparece cada vez más agresiva y desafiadora. Figura señera de este
primer momento es Gericault (muerte 1824), quien al pintar en la Balsa de la
Medusa (1819 (fig. 2146) la angustia y los sufrimientos de unos náufragos, crea
el primer gran cuadro de inspiración romántica. Su influencia en el futuro de la
pintura francesa es decisiva.
(fig. 2146) En la Balsa de la Medusa
El Salón de 1824 se considera que
abre ya una nueva época en la historia de la pintura francesa. Concurren a él
por primera vez, después de las guerras napoleónicas, los pintores ingleses,
que, libres de la influencia davidiana, deslumbran al público con su rico
colorido y sus bellos paisajes, y en él expone Delacroix su cuadro de la Matanza
de Scio (fig. 2147). El contraste con el seco estilo neoclásico es demasiado
fuerte para que la reacción no cobre vuelos de triunfo.
(fig. 2147) Matanza de Scio
Al contemplar los dravidianos el
peligro, tocan a rebato y regresa Ingres precipitadamente de Italia.
El mundo antiguo comienza a pasar
a segundo plano y la Edad Media a ocupar su puesto. Junto a ella se convierte el
Próximo Oriente en tema preferido de los pintores franceses. Ese interés por el
Oriente se ve favorecido por la nueva empresa nacional de la conquista de
Argelia, y la rica policromía del pueblo árabe se convierte en el mejor antídoto
contra el pobre colorido davidiano. La contemplación de los paisajes ingleses,
por otra parte, provoca al cabo de muy pocos años el nacimiento de la escuela de
Barbizón, dedicada exclusivamente al paisaje, el género despreciado por el
neoclasicismo.
La lucha, con todo, es dura.
Dueños los dravidianos de los principales baluartes de la administración
—Academia, Escuela de Bellas Artes y Escuela de Roma—, rechazan sistemáticamente
una y otra vez el nuevo arte, que con Delacroix a la cabeza concluye por
triunfar y barrer a sus contrarios. Para los franceses del Segundo Imperio
(1848- 1870) el idealismo neoclásico sólo es un pasado.
El verdadero héroe del nuevo
estilo es, pues, Eugenio Delacroix (muerte 1863), que, nacido en los últimos
días de la Revolución, conoce muy niño los esplendores del Imperio napoleónico,
pero siente un decidido entusiasmo por la vida exuberante y el derroche de color
de Rubens y Rembrandt, antítesis del davidianismo. Mientras que su visita a
Inglaterra, como consecuencia de la Exposición de 1824, le descubre las
perfecciones técnicas de los grandes pintores ingleses, el viaje a Marruecos
deja en su fogoso temperamento huella mucho más profunda. En los mercados y
palacios marroquíes queda deslumbrado por la luz y los derroches de color de la
vida oriental.
Si en la Matanza de Scio, ya
citada, se hace eco de la corriente de simpatía por los griegos que luchan por
su independencia, y el tema es de inspiración romántica, desde el punto de vista
formal es una pintura barroca seiscentista. En la Muerte de Sardanápalo (1827),
que representa el momento en que los esclavos del monarca oriental matan a sus
mujeres y sus caballos favoritos antes de que el fuego consuma las fabulosas
riquezas de su palacio (fig. 2148), es el Oriente antiguo el que estimula su
imaginación, pero continúa siendo Rubens quien inspira sus pinceles. Lo mismo
que el pintor flamenco en sus grandes composiciones mitológicas, amontona
hermosos desnudos femeninos, corceles encabritados y aparatosas vajillas de oro.
(fig. 2148) Muerte de Sardanápalo
En 1830 terminará una de sus
obras más importantes: La libertad guiando al pueblo (fig. 1249).
(fig. 1249) La libertad guiando al pueblo
En pleno furor neoclásico, en los
últimos años del siglo XVIII, un crítico llega a escribir: «Del paisaje nada os
digo; es un género que no debiera cultivarse.» Y, en efecto, el paisaje bajo los
dravidianos casi puede considerarse que desaparece como género independiente. El
romanticismo lo vuelve a la vida, y ya hemos visto cómo uno de los beneficios de
la concurrencia de los ingleses al Salón de 1824 es el nacimiento de la llamada
escuela de Barbizón. La principal figura del paisaje francés de este momento es
Camilo Corot (1875), que formado en el paisaje clásico italiano, sabe hacerlo
evolucionar en el sentido moderno, presintiendo, antes que los impresionistas,
que es, ante todo una ordenación de valores según la lírica y la distancia.
Temperamento lírico, y enamorado, como Lorena, de las luces suaves, es el pintor
de los paisajes crepusculares y de los cambios de luz a lo largo del día (fig.
2150).
(fig. 2150) Paisaje crepuscular
El jefe del grupo de Barbizón es
Teodoro Rousseau (muerte 1867), que crea su estilo en los maestros holandeses, y
se preocupa más por lo arquitectónico del paisaje que por interpretar finos
matices. Uno de los más fecundos del grupo es Narciso Díaz de la Peña (muerte
1876), hijo de un emigrado español.
EL REALISMO: COURBET
. —La corriente realista que se
va abriendo paso dentro del romanticismo produce sus personalidades más
representativas bajo el Segundo Imperio, en el tercer cuarto de siglo. Este
movimiento artístico es de escasa novedad en el aspecto puramente técnico.
Revolucionario frente a las normas del neoclasicismo, su técnica es, sin
embargo, la tradicional barroca. Pero, en cambio, los temas preferidos delatan
una nueva actitud ante la vida. La frase de Courbet: «Si queréis que os pinte
diosas, mostrádmelas», revela claramente su deseo de atenerse al natural. En
este cambio de rumbo, la influencia de la pintura española parece que es
decisiva, influencia que se ve, además, favorecida por el Museo Español, formado
en el Louvre por Luis Felipe. Pero a esta actitud naturalista, que agrega poco a
las grandes escuelas barrocas, viene a unirse un interés social, que refleja las
preocupaciones de los nuevos tiempos. Así como el neoclasicismo quiere encarnar
la sobriedad y austeridad de costumbres de la República romana frente a la
relajación de la corte de Luis XV, para Proudhon, que en 1840 publica su famoso
trabajo ¿Qué es la propiedad?, el realismo es la esencia del arte democrático.
El tema del trabajo como problema, visto desde su ángulo doloroso, entra en la
historia de la pintura.
Como es natural, esta corriente
comienza a manifestarse en artistas cuya mano mueve un arrebato de estirpe
romántica, o cuyo espíritu está dotado de un lirismo que delata ese mismo
origen. Tal es el caso de J. Francisco Millet (1814-1875) Daumier (1808-1897),
autor del Vagón de tercera (1856) y de Las espigadoras (fig. 2151).
(fig. 2151) Las espigadoras
La preocupación social de la
época, quiere ver en éste a uno de sus paladines. Es el cantor del trabajo
monótono y duro del campesino, que él contempla como un espectáculo grandioso
henchido de reposada emoción y que interpreta sacrificando a la idea fundamental
todo lo anecdótico y secundario. Ese es el sentido de Las espigadoras y El
Ángelus (fig. 2152). En la Pastora guardando sus ovejas (fig. 2153), la hora del
crepúsculo que ilumina la llanura nos descubre su íntimo sentido poético,
principal resorte de su inspiración.
(fig. 2152) El Ángelus
(fig. 2153) Pastora guardando sus ovejas
Poco más joven que Millet y de
técnica más sabia y decidida, Courbet (1819-1877), influido por su paisano
Proudhon, considera, en cambio, que la pintura, al igual que la literatura,
tiene una finalidad social y siente el orgullo de ser llamado realista. Como
Luis David, muere en el destierro por sus actividades políticas. Comentados por
Proudhon sus Picapedreros (1849 (fig. 2154) son la «moral en acción», el fin y
el comienzo de la vida del hombre que de niño lleva piedra en una espuerta y
termina a los setenta años picándola de rodillas. El Entierro de Ornans (1851),
despierta protestas tan airadas de la oposición como aplausos entusiastas de
parte de aquél. Pero, por encima de su actitud ante los temas, sobresale entre
sus contemporáneos por su técnica vigorosa y fuerte.
(fig. 2154) Picapedreros
Las últimas grandes figuras del
realismo francés se desinteresan ya de las preocupaciones sociales de Courbet, y
a esta segunda etapa realista corresponde, como veremos, buena parte de la
carrera de Manet, pintor, además, particularmente representativo de este momento
por sus temas y su entusiasmo por los maestros españoles.
LOS IMPRESIONISTAS. MONET
.—En 1874, medio siglo después
del Salón en que el romanticismo comienza a triunfar con la Matanza de Scio, de
Delacroix, y al dar cuenta el periodista Leroy de una Exposición en la que
figura un cuadro de Claudio Monet, rotulado Soleil levant, Impression, titula su
artículo, un tanto burlonamente: «Exposición de impresionistas». Figuran en
ella, además de Monet, los después definidores de la nueva corriente artística,
Renoir y Degas, y, aunque no les agrada el apelativo, pues prefieren ser
llamados independientes, terminan por aceptarlo y organizan nuevas exposiciones
bajo ese nombre.
Rama del mismo tronco que
produjera el realismo, la denominación de impresionismo revela en el fondo algo
esencial en la nueva actitud. La realidad es para ella la apariencia puramente
transitoria de las cosas, ofrecida al pintor en el momento de contemplarlas; más
que una realidad, lo que existe es una infinita serie de realidades creadas por
la luz y por los reflejos de los cuerpos en el momento mismo en que son
contemplados.
Y como quien crea esa realidad es
la luz, la luz centra todo el interés de la nueva técnica. Mientras Courbet
pinta, como los tenebristas del siglo XVII, bajo la artificiosa iluminación del
taller, los impresionistas pintan al aire libre, y a la pintura oscura y
tenebrosa de aquél, aún más ennegrecida posteriormente por el empleo del betún,
oponen una pintura clara y luminosa.
Los descubrimientos físicos
contribuyen en no pequeña medida a que los pintores transformen la técnica
pictórica. Los estudios de Chevreul —La ley del contraste simultáneo (1839) —,
les demuestran en forma científica lo que, en parte, los grandes maestros han
realizado por experiencia: que los colores se intensifican con su
complementario, que nuestra retina tiñe la sombra con el complementario del
color del cuerpo que la proyecta, que la simple yuxtaposición de dos colores
primarios produce en la retina el secundario correspondiente, etc. Por eso, en
lugar de aplicar los colores ya mezclados en la paleta, deciden emplear la
técnica denominada de la «división del tono», es decir, el uso de los colores
puros en el cuadro para que sea nuestra retina la que realice la fusión y cree
el nuevo color. El pincel, en vez de acariciar la forma al extender el color, se
limita a dar pinceladas sueltas creadoras de vibraciones cromáticas. Vista de
cerca la factura, produce el efecto de no estar terminada; pero a cierta
distancia, esas vibraciones la hacen ligera y llena de vida y la convierten en
un incesante fluir de pequeños reflejos.
En manos de los últimos
impresionistas la forma termina escapándose de sus pinceles, y con ellos la
reacción contra el triunfo del volumen agrisado del neoclasicismo alcanza su
punto culminante.
Los precedentes históricos de la
técnica impresionista no faltan en los grandes pintores del siglo XVII, como
Frans Hals y Velázquez, y en otros más recientes, como Turner. Últimamente se ha
llamado la atención sobre la influencia ejercida por el holandés Jonkind
(1819-1871) y por Boudin (1824-1898 (fig. 2155).
(fig. 2155) Venecia, el Gran Canal
Aunque hasta hacia 1870 se mueve
bajo diversas influencias, entre ellas la del mismo Courbet, Claudio Monet
(1840-1926) es la figura más representativa del impresionismo. Hijo de El Havre,
siente un gran amor por el mar y el paisaje, amor que sus viajes a Holanda y el
estudio de la obra de Turner en Inglaterra acrecientan y que le decide a dejar
el cuadro de figura y a entregarse de lleno al paisaje, que para él es, sobre
todo, el del valle del Sena, de donde apenas sale. De acuerdo con las
características arriba apuntadas, de las que es él principal creador, lo que le
interesa no es la composición del paisaje o, lo que es lo mismo, el asunto, sino
el incesante cambiar de la luz en las diversas horas del día, que interpreta con
técnica divisionista y anima con sombras vivamente coloreadas (fig. 2156).
(fig. 2156) Paisaje en Vetheuil
En su deseo de interpretar las
más leves mutaciones de la luz y los más fugaces reflejos de unos colores en
otros, termina pintando sus conocidas series, en las que repite multitud de
veces la misma vista bajo todas las iluminaciones posibles. En las Ninfeas o
Nenúfares (fig. 2157) presenta una y otra vez las inagotables variantes del
color de los reflejos del agua del estanque de su jardín, poblado de plantas
acuáticas.
(fig. 2157) Ninfeas o Nenufares
Otra serie famosa es la de la
catedral de Rouen (fig. 2158), que pinta no menos de cuarenta veces.
(fig. 2158) Serie catedral de Rouen
Unos diez años más viejo que
Monet, y con un sentido más tectónico del paisaje, Camilo Pissarro (1831-1890)
es, sin embargo, un genuino representante del impresionismo, llegando a
practicar incluso la modalidad puntillista de que después se tratará (fig.
2159). En su obra, además del paisaje puro, abundan las vistas de ciudades.
(fig. 2159) Paisaje
La tercera gran figura es Alfredo
Sisley (1839-1899), nacido en Francia, de padres ingleses, que, gracias a su
fina sensibilidad, es probablemente el autor de los paisajes más atractivos de
la escuela (fig. 2160).
(fig. 2160) Paisaje a orillas del Sena
En cuanto a los principales
pintores de figuras, Manet, Degas y Renoir, su actitud frente al impresionismo y
su papel en la evolución del estilo es diferente. Algo mayores los dos primeros
que Monet, han desarrollado una obra importante antes de cultivar el nuevo
estilo; pero mientras Manet muere apenas cumplidos los cincuenta años, a poco de
entregarse a él. Degas, que vive más de ochenta, tiene tiempo para superarlo.
Renoir, discípulo será a veces infiel de la técnica impresionista.
MANET
. —Manet (1832-1883), antes de
aceptar el impresionismo, es la gran figura del estilo realista en su etapa más
tardía. A pesar de la mucha mayor luminosidad de sus cuadros de última época,
parece, sin embargo, haber gustado desde muy pronto de la luz de cielo abierto.
«Cuando llego a mi taller —dice— creo entrar en una tumba.» Las preocupaciones
sociales y el tono acre y un tanto bronco y pesado de Courbet, en cambio, no
dicen nada a su temperamento, mucho más delicado y, pese a esas notas realistas
de varios cuadros suyos, que tantas protestas despiertan, revela una
sensibilidad más francesa.
Una de las características más
destacadas de su estilo y de su obra es el entusiasmo que siente por la escuela
y los temas españoles. Velázquez deja en él huella perdurable, y un viaje a
España le descubre a Goya, cuya influencia es aún más profunda en él, tanto en
su manejo de color como en el arte de componer y en la elección de los temas. Su
Balcón, del Luxemburgo, no puede por menos de recordar Las majas en el balcón;
el Fusilamiento de Maximiliano es el conocido asunto goyesco, y España
continuará inspirándole su Lola de Valencia, sus toreros y sus mendigos.
La comida en el campo —Le
dejeuner sur l'herbe—, de 1863, en que representa a dos jóvenes desnudas
comiendo sobre el césped, acompañadas por dos caballeros vestidos a la moda,
provoca violentas protestas. El asunto se considera injustificadamente como una
ofensa a la moralidad, sin pensar en que se limita a poner al día el viejo tema
del Concierto campestre, de Giorgione, y, por añadidura, según se averigua
después, haciendo adoptar a los principales personajes las actitudes del Juicio
de París, de Rafael. Pero su iluminación clara y la yuxtaposición de colores sin
tonos intermedios, no puede por menos de chocar con el colorido tradicional (fig.
2161).
(fig. 2161) La comida en el campo
Las bellas armonías de blancos y
negros de la Olimpia (1865) tampoco saben apreciarla sus contemporáneos, que
sólo Ven en ella el cuerpo de una «planchadora de Batignolle» con huellas
demasiado sensibles del corsé, y en la negra con el ramo de flores, el
comentario cínico de la venalidad de la joven.
Al mediar la octava década del
siglo, la paleta de Manet se aclara y se deja seducir por el impresionismo. El
ejemplo de Monet, sin embargo, no consigue hacerle emplear, salvo
excepcionalmente, la técnica divisionista. Aunque pinta paisajes como el de
Argenteuil (1874), la figura humana continúa siendo lo esencial para él. El Bar
de Folies Bergére, pintado el año antes de su muerte, y La barca (fig. 2162),
descubren su honda preocupación por el estudio de la luz y del color planteado
por el impresionismo.
(fig. 2162) La barca
DEGAS. RENOIR
. —Degas (1834-1917) es persona
culta y de espíritu fino e inquieto, que no considera nunca haber llegado a la
meta final de su estilo. Salido del círculo de Ingres, se encuentra dotado de un
sentido clásico de la forma que es sensible, sobre todo, hasta que se incorpora
al impresionismo en sus primeros momentos, y que, en realidad, no llega a
abandonar. Renuncia entonces a los temas históricos, y, entregado al deseo de
fijar en el lienzo lo intrascendente y momentáneo propio del impresionismo, pone
su vista en temas de movimiento, que, al igual que Manet, repite con
insistencia. Las tranquilas aguas de las Ninfeas se convierten para él en los
graciosos cuerpos de las bailarinas enmarcadas por las leves gasas de sus
faldillas, vistas en los interminables pasos y ejercicios de los ensayos
teatrales (fig. 2163).
(fig. 2163) Bailarinas
Renoir (1841-1917), artista tal
vez supervalorado por la fama, es el representante en el impresionismo del amor
francés por el desnudo femenino, desnudo que en este caso tiene más de Rubens
que de Boucher, si bien carece del fuego del maestro flamenco. Sus formas poco
elegantes, a veces parecen perderse. Una de sus obras más bellas, desde el punto
de vista de la luz y del color, y como reflejo del placer de vivir francés del
siglo XIX, es Le Moulin de la Galette (fig. 2164).
(fig. 2164) Le Moulin de la Galette
Renoir, desde que se incorpora al
impresionismo, practica la técnica divisionista, emplea los tonos puros y se
preocupa de la luz a pleno cielo con el extremismo de un definidor del nuevo
estilo (fig. 2165).
(fig. 2165) Comida de los remeros
Pero en algún período de su vida
abandona esa técnica impresionista, sin perjuicio de volver a ella para dejarla
de nuevo al final de su vida y preocuparse más por el volumen de las cosas que
por la luz, hasta el punto de haber practicado entonces la escultura.
EL NEOIMPRESIONISMO: SEURAT Y
SIGNAC. VINCENT VAN GOGH. TOULOUSE-LAUTREC
. —A los diez años de haberse
celebrado la exposición de 1874, un nuevo grupo de pintores comienza a
manifestarse insatisfecho con el impresionismo puro. En 1884 se organiza el
Salón de los independientes a que pertenece Seurat, que se compromete a exponer
cuantas obras envíen sus miembros, y por esos años Cézanne se retira a Provenza,
y Gauguin a Bretaña, Toulouse-Lautrec inicia su carrera y Van Gogh llega a
Francia.
Seurat (1859-1891), partiendo de
la técnica divisionista del color del impresionismo, da un paso más en el mismo
sentido y crea el puntillismo. En vez de pintar con pinceladas más o menos
largas, aplica el color en una continuada serie de puntos. Pero lo esencial en
el movimiento representado por Seurat en el aspecto cromático es el deseo de
emplear el color con un criterio científico. Pissarro le denomina «impresionismo
científico» para diferenciarlo del de Manet y sus compañeros, al que llama
«impresionismo romántico», pero termina conociéndose bajo el nombre de
neoimpresionismo. La novedad de Seurat no se reduce a la técnica puntillista y a
su base cromática más científica. Su arte de componer claro y monumental,
inspirado a veces en la proporción áurea y en el triángulo egipcio, y su interés
por que la forma recobre el valor perdido en mano de los impresionistas puros,
le convierten en uno de los más ilustres predecesores del nuevo estilo. La
Grande Jatte (fig. 2166) y los Bañistas (1884) patentizan esos valores.
(fig. 2166) Domingo en la Grande Jatte
Aunque Seurat muere apenas
cumplidos los treinta años, su técnica puntillista no muere con él, sino que
Signac (1863-1936) continúa empleándola durante mucho tiempo (fig. 2167). Este
publica en 1899 su libro De Delacroix au Neoimpressionisme.
(fig. 2167) Barcos
Análoga novedad, aunque de signo
diferente respecto del impresionismo puro, representa Van Gogh (1853-1890), el
primer artista extranjero de verdadera importancia que aparece en el escenario
de la pintura francesa moderna. Es u n holandés que brilla con fulgor y brevedad
de meteoro en el cielo del impresionismo francés, y consumido por sus delirios
de luz y color muere pintando, recluido en el manicomio de Arles, tras una vida
artística de media docena de años, al cumplir los treinta y siete. De espíritu
desequilibrado, hijo de un pastor protestante, después de estudiar Teología y
predicar a los mineros belgas, se dedica exclusivamente a la pintura. Trasladado
a París, su paleta se aclara y, ansioso de luz, marcha a Arles, en el Mediodía
de Francia, donde su fantasía colorista se exalta cada vez más en pro de unos
tonos irreales que aplica a unos paisajes rebosantes de vida. Aplica el color en
larguísimas y vigorosas pinceladas que hacen flamear los cipreses y crear
explosivos remolinos en el celaje (fig. 2168).
(fig. 2168) Camino de los cipreses
Su concepto del retrato es
hermano del inspirador del paisaje. El mismo nos dice cómo pinta el de un buen
amigo suyo. Lo colorea arbitrariamente; exagera el rubio del cabello y le da
color limón; de fondo, en lugar de la pared blanca, pinta lo indefinido y emplea
el azul más rico y más intenso que puede. Así, la rubia y luminosa cabeza se
destaca misteriosa sobre ese fondo azul como una estrella en la noche. «El
público —declara— no verá en esto sino exageración, pero, ¿qué importa?» (fig.
2169).
(fig. 2169) Autorretrato
Al par que crece su obsesión por
el color puro y por la luz, su desequilibrio degenera en locura. En un ataque,
encontrándose con Gauguin, se corta una oreja. Recluido temporadas en el
manicomio, sigue pintando paisajes, bodegones muy sencillos, y retratándose,
hasta que, a los pocos años, se suicida.
Toulouse-Lautrec (1864-1901),
aunque algo posterior, corresponde por su estilo a este momento de tránsito a la
etapa siguiente de la recuperación de la forma. Es un artista amargado por la
gran deformidad producida por una caída que sufre en su infancia, cuya vida y
cuyas obras se desarrollan en el ambiente de cabaret de Montmartre. Moulin
Rouge, con sus danzarinas bailando el can-can, haciéndose la «toilette»,
bebiendo o conversando, todo ello contemplado, por lo general, desde el ángulo
triste y pesimista, es su tema preferido. Excelente dibujante, desde el punto de
vista técnico, hace recobrar a la línea el valor que perdiera con los
impresionistas puros, aunque, como ellos, continúa siendo colorista de primera
calidad (fig. 2170).
(fig. 2170) Moulin Rouge
LA REACCIÓN: CEZANNE. GAUGUIN. EL
SIMBOLISMO
. —Preocupado el impresionismo
por el color y por el menudo fluir de momentáneos reflejos, la sensación del
volumen y de la forma comienza a perderse. No obstante su carácter esencialmente
pictórico, la unilateralidad del impresionismo es manifiesta, y ya hemos visto
cómo reaccionan contra ella algunos de sus pontífices y los neoimpresionistas.
Pero, además, no tarda en ser acusado de superficialidad, de materialismo y de
falta de pensamiento.
La protesta más radical y de más
perdurables consecuencias para el futuro, sin renunciar por ello a un gran
interés por el color, se produce en la misma generación de Manet, Pissarro y
Renoir, y se debe al provenzal Pablo Cézanne (1839-1906). Aunque la corriente de
entusiasmo producida por su obra a raíz de su muerte es extraordinaria, no tiene
el placer de ver reconocidos sus verdaderos merecimientos en vida. Después de
hacer sus comienzos en el estilo de Ingres, como tantos de su generación, e
incorporarse más tarde al impresionismo, en la penúltima década del siglo crea
su estilo propio. Consiste éste, según sus propias palabras, en ver la
naturaleza en sus tres formas fundamentales: la esfera, el cono y el cilindro;
con lo que pugna, no por la representación de esas figuras del espacio, sino por
la renuncia de todo lo secundario y la revalorización de la forma y del volumen.
Pero, lejos de adoptar una actitud meramente escultórica, estima que la línea no
existe, que sólo hay contrastes de color y que la forma únicamente es perfecta
cuando el color está en su punto. En el fondo, su actitud delata una reacción de
tipo intelectual frente al puro goce colorista del impresionismo.
Los géneros en que pone en
práctica su nuevo concepto de la pintura son, sobre todo, el paisaje, casi
siempre de su tierra natal, y el bodegón con las repetidas manzanas (fig. 2171).
Pero también cultiva la figura humana, en particular en grupo, e incluso el
retrato.
(fig. 2171) Jarrón de flores y manzanas
Algo más joven que él, aunque
muere por los mismos años, Pablo Gauguin (1848-1903) se aparta también del credo
impresionista. Liberado de la influencia de Pissarro gracias al ejemplo de
Cézanne, es un espíritu soñador que abandona su profesión para entregarse por
completo a la pintura. Recomienda a sus discípulos «calma y pureza de alma».
Simplifica el colorido y lo dispone uniformemente en grandes superficies, como
en los esmaltes y en las vidrieras, creando intensos efectos cromáticos de
exquisita delicadeza. Los morados y amarillos toman en él un valor personal. La
forma ceñida por el dibujo recobra su prestigio, y la composición, muy
construida y reposada, se mueve con ritmo de pueblos lejanos. Después de un
período en que pinta en Bretaña, entusiasmado con los ingenuos Calvarios de
piedra del país, marcha hacia 1890 a Oceanía. En la isla de Tahití pasa el resto
de su corta vida, introduciendo este mundo primitivo e ingenuo en la pintura
europea (fig. 2172); pero, sobre todo, simplificando cada vez más el alegre e
inquieto colorido impresionista hasta convertirlo en un bello y gigantesco
esmalte de colores planos, densos y sin transparencia, que no en vano se aplica
a su estilo el término de «cloisonnismo», derivado de la técnica «cloisonné»
délos esmaltes medievales.
(fig. 2172) Tahitianas
Gauguin es cabeza del grupo de
«Les Nabis», en hebreo, profetas, así llamados por el nombre que el poeta
Casalis da a sus miembros. Se les designa además como la «escuela de Pont Aven»,
por el lugar de Bretaña donde se retira Gauguin y crea su estilo, denominado «sintetismo».
Dentro de la reacción en pro de
la línea y de la forma, aunque ajeno, por lo demás, al movimiento impresionista
y postimpresionista, puede citarse al neotradicionalismo de Puvis de Chavannes
(1824-1898), cuyas pinturas murales —historia de Santa Genoveva, del Panteón—
revelan a un gran decorador amigo de composiciones sencillas y tranquilas, en
las que las actitudes clásicas alternan a veces con una tardía nostalgia
romántica. No deja de ser significativo de su valor respecto de la pintura
contemporánea que Gauguin le considere un precursor.
En la misma tendencia contraria
al naturalismo impresionista, pero de sentido no tradicional, sino
revolucionario, se encuentra el «simbolismo», movimiento de origen literario que
nace hacia 1885, y cuya fórmula es: «revestir la idea de una forma sensible».
Los pintores simbolistas ven sus precursores en Gustavo Moreau (1828-1898), que
corresponde a los prerrafaelistas ingleses, y en Puvis de Chavannes. El más
representativo del simbolismo es Odilon Redon (1840-1916), de la misma
generación que los impresionistas.
PINTURA INGLESA DEL SIGLO XIX. EL
PAISAJE: CONSTABLE Y TURNER
. —El género que se cultiva en
Inglaterra durante el siglo XIX con verdadera originalidad es el paisaje. Y es
natural que así sea. Las persistentes lluvias, que hacen la vida desagradable en
Inglaterra, tienen la compensación de esas praderas siempre verdes y de esas
grandes masas de follaje que, para regalo de la vista, cubren buena parte de la
superficie de la isla. Ese paisaje de líneas suaves y poco accidentadas, animado
por una inagotable sinfonía de verdes, termina por seducir a los pintores
ingleses.
En un principio, el ambiente
clásico les hace considerar el paisaje italiano poblado de ruinas, al gusto de
Poussin y Lorena, como el único digno de ser trasladado al lienzo. Es la etapa
representada por Wilson (muerte 1782), en la que el paisaje inglés aún no ha
encontrado su propio estilo y que sólo interesa a la historia del género en
Inglaterra. Las Ruinas de la villa de Mecenas, de la Galería Nacional de
Londres, puede servir de ejemplo representativo. A esa base seiscentista
italiana se agrega todavía en el mismo siglo XVIII la sana influencia holandesa.
Cuando la pintura de paisaje
inglés no sólo adquiere su fisonomía propia, sino que deja sentir su influencia
al otro lado del Canal, es en el siglo XIX. Contribuye a ello en no pequeña
medida el gusto de los paisajistas ingleses por la acuarela, la técnica rápida
indicadísima para interpretar en poco tiempo fugaces impresiones de luces y
colores. Gracias al frecuente empleo de la acuarela, el paisaje inglés adquiere
una frescura de inspiración y una naturalidad que termina por desterrar el
aparato del paisaje tradicional. Adviértase, sin embargo, que estos
acuarelistas, a cuya cabeza figura Tomás Girtin (1773-1803), el llamado «padre
de la acuarela», se limitan a imitar el paisaje tradicional de tipo holandés,
sin llegar a concebir el paisaje propiamente inglés.
Esta gloria corresponde a
Constable (1776-1837), que comienza su carrera cultivando el paisaje a la
acuarela y encuentra su ídolo en Ruysdael, del que, cuando cuenta veintitrés
años, compra ya una obra. Junto a la del pintor holandés, la influencia decisiva
en su estilo es la de Gainsborough. Constable no siente la necesidad de marchar
a Italia. «He nacido para pintar un país feliz, mi amada y vieja Inglaterra»,
dice, y, en efecto, se limita a representar el bello espectáculo que le ofrece
su patria, sin artificio ni falseamiento y con minuciosidad exquisita, pero, al
mismo tiempo, con una tensión sentimental de típica estirpe romántica. Si se
agrega a esta actitud, sinceramente naturalista, un manejo del color desenfadado
y valiente que lo aplica incluso con la espátula, para producir intensos efectos
de luz, se comprenderá el efecto revolucionario y regenerador de su presencia en
la Exposición de París de 1824, tras la condena del paisaje por el neoclasicismo
francés, que lo considera género indigno de la gran pintura. Su influencia, como
hemos visto, es tan decisiva para el porvenir del paisaje francés, que Delacroix
le califica en aquella ocasión nada menos que como el «padre de nuestra escuela
francesa de paisaje».
Sus paisajes con la catedral de
Salisbury al fondo, desde diversos puntos de vista y, sobre todo, bajo los más
variados matices de luz, descubren la esencia del arte de Constable. Amenazada
unas veces por la tormenta, presenta otras su amarilla mole gótica dibujándose
nítida en la limpia atmósfera que sigue a la lluvia, sobre el verde tapiz de la
pradera circundante y encuadrada por el follaje de los gigantescos árboles de su
parque. La catedral de Salisbury después de la lluvia (fig. 2173) es,
precisamente, el título del ejemplar del Museo Victoria y Alberto.
(fig. 2173) La catedral de Salisbury después de la lluvia
En el otro gran paisajista
inglés, Turner (1775-1851), la nota romántica se intensifica en tal grado que le
convierte en el más genuino representante del paisaje de ese estilo, Hijo de la
misma generación de Constable y discípulo de Reynolds en la Real Academia,
descubre pronto sus excelentes dotes para la acuarela, que comienza cultivando
en el estilo de Girtín. Lo mismo que Castable, no tarda en encontrar su ídolo
holandés y proclamarlo públicamente. «He aquí lo que me ha hecho pintor», dice
cuando muestra sus copias de Van der Velde. Pero es indudable que no puede
olvidarse lo que debe a los esfumados paisajes de Gainsborough, a las esmaltadas
creaciones de Watteau y a las luces sonrosadas y crepusculares de Claudio de
Lorena (fig. 2174).
(fig. 2174) Marina
Con su arrebato romántico supera
los sueños de luz y color del pintor francés, para terminar en los últimos años
de su vida en una pura sinfonía de amarillos, naranjas suavísimos y azules
pálidos, donde las formas y los colores locales son puras evocaciones. Turner es
el pintor de la bruma inglesa, de los puentes del Támesis, del humo y de los
árboles que se pierden en la niebla, y el pintor de marinas. Pero también es el
cantor de las aguas tranquilas de los canales venecianos encuadrados por los
blancos mármoles de los edificios e iluminados por el resplandor sonrosado del
sol poniente, y de los paisajes fantásticos con el comentario de alguna
romántica leyenda de tema clásico o medieval. El título de una de sus últimas
obras, Lluvia, velocidad y humo (1884), de la Galería Nacional de Londres, en la
que, bajo una niebla que todo lo envuelve y borra, sólo distinguimos el fuego de
la locomotora que avanza a toda velocidad por el puente hacia nosotros, es bien
representativo de sus aspiraciones estéticas (fig. 2175).
(fig. 2175) Lluvia, velocidad y humo
EL RETRATO: RAEBURN, LAWRENCE
. —El retrato vive todavía en el
siglo XIX años de gloría dentro de la tradición colorista inglesa. El
neoclasicismo sólo se deja sentir en la indumentaria femenina y en algunas
actitudes. El sacrificio del color y de los estudios de calidades, en aras del
dibujo y del modelado escultórico del retrato davidiano, no encuentra eco en el
sano sentido pictórico de los mejores maestros ingleses.
La tradición está representada
principalmente por el escocés Henry Raeburn (muerte 1823), en quien lo
dieciochesco de su juventud se encuentra dominado por la sencillez de gesto,
actitudes e indumentaria del neoclasicismo. Amigo de proporciones a veces poco
ligeras, es pintor que maneja el pincel con decisión y sabe crear personalidades
llenas de vida. El cotejo del retrato de Mrs. Montcrief con las damas de
Gainsborough, delata, no sólo la diferencia de sensibilidad y temperamento, sino
el cambio de gusto que la nueva época significa.
La gran figura de este momento en
el campo de retrato es Thomas Lawrence (muerte 1830), artista precoz que a los
cinco años recita trozos de Shakespeare y Milton, y que a los diez despierta la
admiración pública de Londres con sus retratos al pastel a dos colores.
Protegido por el monarca, su carnet se llena rápidamente de encargos, y no tarda
en convertirse en el ídolo del público femenino, por el aire aristocrático que
infunde a sus retratos y el interés que pone en vestiduras y tocados, que,
contra la costumbre, no confía a discípulos, sino que ejecuta él mismo. Mimado
por el bello sexo, figuran entre sus admiradoras las dos hijas de la famosa Mrs.
Siddons, y, al parecer, hasta la mujer de Jorge IV. La fama del estilo fácil y
elegante de sus retratos no tarda en pasar al Continente, y posan ante él desde
el Emperador hasta Pío VIL El de Mr. Siddons es muestra espléndida de este tipo
de retrato que tan rápidamente conquista a sus contemporáneos (fig. 2176).
(fig. 2176) Retrato Mr. Siddons
LOS PRERRAFAELISTAS: ROSSETTI,
HUNT, MILLAIS
. —En el Salón de 1849 expone un
grupo de pintores jóvenes decidido a romper con el arte vigente, y, como
siempre, triunfa. Lo capitanea Rossetti, espíritu fino, de talento más literario
que pictórico, que sabe ver la falta en la pintura inglesa de un género donde
pueda recrearse ese amplio sector del público al que no satisface la objetividad
del retrato y del paisaje, incluso cultivado con el arrebato romántico de un
Turner. Los temas religiosos y medievales, interpretados con técnica minuciosa
de primitivo y emoción desbordantes, forma el nuevo género concebido a este
efecto.
Para imponerlo comprende la
necesidad de agrupar a varios pintores que sigan sus teorías y de fundar un
público —The Germ, «El germen, la semilla»— que los defienda. Como, en resumen,
consisten aquéllas en volver al arte primitivo e ingenuo de los prerrafaelistas,
según él, artistas sin convencionalismos y simples imitadores de la naturaleza,
los componentes del grupo se titulan «Hermanos Pre Rafaelistas», y deciden poner
tras sus firmas las iniciales de esas tres palabras, que en inglés —Pre
Raphaelite Brothers— son P. R. B. La nueva escuela encuentra pronto su más
entusiasta paladín literario en el fecundo John Ruskin, el gran admirador de los
primitivos italianos, crítico puritano, batallador e intransigente, pero que
sabe imponerse gracias al genio y el fuego de sus escritos.
Las tres figuras principales del
prerrafaelismo son el propio Rossetti, Hunt y Millais.
Dante Gabriel Rossetti
(1828-1882), hijo de un revolucionario italiano establecido en Inglaterra, es,
como queda dicho, más poeta que pintor, y su Anunciación de la Tate Gallery,
pintada apenas cumplidos los veinte años, sorprende, en efecto, no por su
calidad pictórica, sino por la novedad de su concepción, por la actitud de la
Virgen temerosa en su lecho y por el divino emisario que marcha sobre llamas (fig.
2177).
(fig. 2177) La Anunciación
Después de sus primeras obras, se
reduce a repetir sus figuras de santas o heroínas románticas, en cuyos rostros
repite los rasgos sensuales de Isabel Sidlab, la modista que termina siendo su
mujer. Ese fondo sensual desaparece, en cambio, bajo la espiritualidad romántica
de Hunt (1827-1910), quien, dedicado casi exclusivamente al género religioso,
logra dotar a la iconografía cristiana de una cierta emoción nueva y renovadora.
Su Salvador, coronado de espinas e iluminando el mundo con el farol que lleva en
su mano izquierda, que se venera en San Pablo, de Londres, alcanza éxito de
primer orden, y es una de las representaciones modernas de Jesús más difundida.
Se denomina la luz del mundo (fig. 2178).
(fig. 2178) La luz del mundo
En Millais (1829-1896), el más
pintor del grupo, es también en quien más se acusa el amor por la minuciosidad y
el romanticismo, tan característico de todos ellos. En su Muerte de Ofelia (fig.
2179), al romanticismo del espectáculo del cuerpo de la desgraciada joven
flotando sobre las aguas, se agrega ese minuciosísima ejecución, por la que se
acusa a los prerrafaelistas de llamar reproducción de la naturaleza al pintar un
árbol repitiendo un trocito de corteza y una hoja.
(fig. 2179) Muerte de Ofelia
CAPÍTULO XLIV
LA PINTURA
ESPAÑOLA DEL SIGLO XIX
PINTURA ESPAÑOLA. LA TRADICIÓN DE
MENGS Y EL NEOCLASICISMO. VICENTE LÓPEZ Y JOSÉ DE MADRAZO
EL ROMANTICISMO. EL RETRATO.
FEDERICO DE MADRAZO
ESQUIVEL Y OTROS PINTORES DE
RETRATOS
EL CUADRO DE COSTUMBRES: ALENZA Y
LOS BÉCQUER. EL PAISAJE: PÉREZ VILLAAMIL
EL ÚLTIMO TERCIO DEL SIGLO: LA
PINTURA DE HISTORIA
ROSALES. FORTUNY
EL TRIUNFO DEL IMPRESIONISMO.
SOROLLA. ZULOAGA
EL PAISAJE. DE CARLOS HAES A
REGOYOS
PINTURA ESPAÑOLA. LA TRADICIÓN DE
MENGS Y EL NEOCLASICISMO. VICENTE LÓPEZ Y JOSÉ DE MADRAZO
. —No obstante la poderosa
personalidad de Goya y la clarividencia con que, gracias a su aferramiento a la
técnica barroca, entra con paso firme en el que será el estilo del siglo XIX,
los pintores españoles, salvo alguna excepción, no se forman en él, sino que,
como en el resto de Europa, dirigen sus miradas a París. Mientras Goya se
desentiende de la moda imperante, tan descarriada del verdadero norte de la
pintura, ellos adoptan la actitud contraría.
Buen testimonio de esta actitud
de sometimiento al neoclasicismo es el ejemplo de los dos principales pintores
del primer tercio del siglo, que, nacidos en pleno siglo XVIII, ven comenzar una
nueva centuria entre los veinte y los treinta años. Uno de ellos es Vicente
López (1772-1850), que se educa en la tradición de Mengs y cuyo neoclasicismo
está muy cargado de rococó, y el otro, José de Madrazo (1781-1859), que, ante
los triunfos del Goya de hacia 1800, marcha a París a formarse con el propio
David.
El valenciano Vicente López es un
dibujante seguro, que apura la forma hasta el último detalle y alisa el color
hasta convertirlo en un esmalte, según la tradición de Mengs. Testimonio
elocuente de esta factura en exceso minuciosa es que, cuando retrata al viejo
Goya en el lienzo del Museo del Prado, éste no le permite terminarlo en la forma
acostumbrada, y, en efecto, sin terminar, como está, tiene más vida de la
corriente en sus obras (fig. 2180).
(fig. 2180) Retrato de Goya
Después de algunos años de
actividad en Valencia, por deseo de Carlos IV se traslada a la corte, donde
termina siendo pintor de cámara de Fernando VII Pinta cuadros de asunto
religioso, bóvedas al fresco —la del Salón de Carlos III del Palacio— y, sobre
todo, hace retratos. Vicente López es el retratista del reinado de Fernando VII
y de la Regencia. En sus lienzos, además de la familia real, podemos contemplar
a los principales políticos y generales dentro de sus casacas de opulentos
entorchados, interpretados con la misma minuciosa insistencia que las arrugas de
sus rostros. Junto a personajes como Calomarde, el duque del Infantado o
Labrador, su galería incluye a generales como Castaños, a hombres de letras que
son, al mismo tiempo, políticos, como Martínez de la Rosa, y a banqueros como el
marqués de la Remisa. Artista laboriosísimo, el número de sus retratos es
considerable. Auxiliares suyos y continuadores de su estilo en el tercer cuarto
de siglo con sus hijos Bernardo y Luis.
José de Madrazo, santanderino de
nacimiento, inicia su aprendizaje en la tradición de Mengs; pero es en París
donde se forma su estilo, libre ya de todo rastro barroco dieciochesco, en el
más puro davidianismo. No obstante lo que le distingue David, se opone en España
a José I y, después de ser encarcelado, marcha a Roma, donde le nombra Carlos IV
su pintor de cámara. Vuelto a España, se le confía la dirección del incipiente
Museo del Prado, y aunque llega a ejercer una verdadera dictadura en materias
artísticas, con laudable amplitud de criterio, recomienda a sus discípulos que
estudien a los grandes coloristas españoles, flamencos y venecianos. Como buen
davidiano, es, sobre todo, pintor de historia clásica, de la que son claros
testimonios: La muerte de Lucrecia y La muerte de Viriato (fig. 2181), pero
también cultiva el género religioso y el retrato. Recuérdese el que hace del
propio Canova y el ecuestre de Fernando VII, éste en el Museo Romántico.
(fig. 2181) La muerte de Viriato
Condiscípulo de Madrazo en el
taller de David y muy protegido también por Fernando VII, es José Aparicio
(muerte 1838), autor del patriótico Cuadro del hambre, del Museo de Arte
Moderno, en el 1811-1812, durante la ocupación francesa. No obstante, su pobreza
pictórica, despierta en su tiempo las mayores alabanzas, sin que falten tampoco
las críticas (fig. 2182).
(fig. 2182) Año del hambre
EL ROMANTICISMO. EL RETRATO.
FEDERICO DE MADRAZO
. —Aunque tanto Vicente López
como José de Madrazo continúan pintando hasta mediados de siglo, su estilo, a la
muerte de Fernando VII, carece ya de novedad. Poco antes de 1840 inician su
carrera los que nacen en los años de la Guerra de la Independencia o poco
después, seguidores, unos, de las corrientes artísticas llegadas del otro lado
del Pirineo, y continuadores, otros, de Goya y de la tradición nacional.
La gran figura de este segundo
tercio del siglo es Federico de Madrazo (1815-1894), que recibe la más sólida y
refinada educación artística con su padre y la completa en París con Ingres, y
en Roma, donde entra en contacto con el grupo alemán de los Nazarenos de
Overbeck. En París alcanza el honor de que Luis Felipe le encargue un cuadro
para Versalles —Godofredo de Bouillon en el Sinaí—, y cuando regresa a Madrid,
rodeado del mayor prestigio, con indiscutible valía y apoyado por sus
familiares, ejerce la misma dictadura artística que su padre. Técnicamente se
forma y se mantiene en el culto al dibujo de los neoclásicos, aunque en su
última fase gusta de esfumar los perfiles. Su colorido es, sin embargo, mucho
más jugoso que el de aquéllos. Fundador de El Artista, la revista romántica
madrileña que él ilustra, sus cuadros de historia ponen bien de manifiesto que
pertenece a la generación romántica. Ya queda citado el tema medieval que pinta
para Versalles, y no menos significativo es el de El Gran Capitán contemplando
el cadáver del duque de Nemours, cuadro para el que le sirve de modelo figura
tan representativa del romanticismo como Espronceda. Las Marías en el Sepulcro,
del Museo del Arte Moderno, es obra que revela su contacto con los nazarenos.
Pero el fuerte de Madrazo está en
el retrato. Es el retratista por excelencia de la España romántica, y, sin duda,
uno de los mejores de su tiempo en toda Europa. En particular, sus retratos
femeninos son de elegancia y finura, raras veces superadas. El de la Condesa de
Vilches (1853), del Museo del Prado, descubre la extraordinaria capacidad de
Madrazo para expresar la delicadeza y el encanto femeninos. En el de Leocadia
Zamora (1847), del conde de Peñalver, refleja, en cambio, su admirable sentido
de la elegancia (fig. 2183).
(fig. 2183) Leocadia Zamora
Ante Federico de Madrazo posan
desde Isabel II y el rey Francisco hasta los principales hombres de la política,
de las armas y de las letras. Es, además, como Goya, gran pintor de retratos de
niños, entre los que puede recordarse el de Ángel Loygorri vestido de escocés.
La familia Madrazo cuenta aún con
dos hermanos de Federico: Luis, que sigue los pasos de éste, y Pedro. Aunque
sólo crítico de arte, debe recordarse también el nombre de éste en su calidad de
director, durante largo tiempo, del Museo del Prado y autor de su primer
catálogo importante.
ESQUIVEL Y OTROS PINTORES DE
RETRATOS
. —Pintor de gran valía,
contemporáneo de Federico de Madrazo, aunque menos afortunado que él, que
también completa sus estudios en París y Roma, es Carlos Luis de Ribera
(1815-1891). Hace buenos retratos y decora con grandes historias el salón de
sesiones del Congreso.
Artista no menos representativo
del retrato romántico que Federico de Madrazo es el sevillano Antonio Esquivel
(1806-1857). Sin el apoyo de familia, tan bien situada como la de aquél; sin su
sólida formación inicial y sin haberla completado en París y Roma, el gran
número de retratos existentes en colecciones madrileñas prueba, sin embargo, que
llega a crearse una respetable clientela en la corte. Frecuenta el Liceo
Artístico y Literario, uno de los baluartes del romanticismo, y, aficionado a
las letras, escribe un tratado de Anatomía artística. Privado temporalmente de
la vista, en su desesperación, intenta suicidarse, y al recobrar aquélla pinta
su cuadro de la Caída de Luzbel (1841), que regala al Liceo en gratitud por los
favores recibidos durante su desgracia. Esquivel cultiva el género religioso;
pero la mayor y mejor parte de su obra la constituyen los retratos, de los que,
gracias al donativo de Siravegne, posee excelente y numerosa colección el Museo
de Sevilla. El de Arte Moderno, de Madrid, guarda uno importante, tanto
artística como iconográficamente, que representa a Zorrilla leyendo en el
estudio del artista (fig. 2184) ante numeroso grupo de literatos.
(fig. 2184) Los poetas
Muy importante es también su
Autorretrato, acompañado por sus hijos (fig. 2185).
(fig. 2185) Autorretrato
Más aferrado a la tradición
seiscentista de la escuela, el también sevillano José Gutiérrez de la Vega
(muerte 1865) se diferencia de Esquivel por su técnica más colorista y por la
mayor pastosidad de su color, que le alejan también del estilo neoclásico
cultivado por Madrazo. Como Esquivel, trabaja y tiene clientela en Madrid. El
género religioso, en el que toma por modelo a Murillo, es parte importante de su
obra, y sus retratos, en particular los femeninos, no carecen de personalidad.
Retratista excelente, formado en el neoclasicismo, es el murciano Rafael Tegeo
(1800-1865), cuyas escasas obras conocidas revelan notables dotes para el
retrato. El Museo de Arte Moderno posee de su mano el de Don Pedro Benítez y su
hija, y muy representativo de este momento y de fina calidad es el Jinete, de la
colección Adanero.
Grupo interesante, aunque mal
conocido, es el de los románticos catalanes, entre los que descuella Espalter
(1809-1880), que estudia en París, con Gros, y viaja por Italia. Pinta cuadros
de tan arrebatado romanticismo como Melancolía de un corazón virgen, y retratos
tan notables como el de Mujer, del Museo de Barcelona. El Museo Romántico de
Madrid guarda de su mano el de la Familia Flaquer. En Claudio Lorenzale
(1815-1889) el romanticismo se manifiesta, sobre todo, en su interés por los
temas de la historia medieval catalana, como la Muerte de Wifredo «el Velloso».
EL CUADRO DE COSTUMBRES: ALENZA Y
LOS BÉCQUER. EL PAISAJE: PÉREZ VILLAAMIL
. —Simultáneamente con los
pintores citados, que se dedican al retrato y al gran cuadro, trabajan otros que
podríamos llamar maestros menores, que cultivan el de costumbres en tamaño
pequeño. El cuadro de costumbres tiene la vieja solera goyesca del último tercio
del siglo anterior y no dejan de pintarlo durante el primero del XIX, además del
propio Goya, artistas tan bien dotados como José Ribelles (1778-1835), por
desgracia mal conocido, o de formación tan deficiente como el jerezano Juan
Rodríguez el Panadero (1765-1830). A los que nacen con el siglo pertenece el
madrileño Leonardo Alenza (1807-1845), que, muerto en la flor de su vida, sólo
tiene tiempo para dejarnos ver sus excelentes dotes para este género de pintura.
El gran costumbrista Mesonero Romanos, su amigo y protector, encarece ya con muy
buen sentido sus caprichos fantásticos, epigramáticos y satíricos, en los que
descubre al continuador de Goya. Sin el tono incisivo y fuerte del maestro
aragonés, pinta, en efecto, escenas como la del Joven y el bandido, del Museo de
Arte Moderno, en el que aquél, rodilla en tierra, pide clemencia con el ridículo
arrebato romántico de un enamorado. Más numerosas que estas pinturas de tono
humorístico son las simplemente de costumbres, género a que pertenece además la
serie de medio millar de dibujos de la Biblioteca Nacional. Una de las obras
que más contribuye a difundir su nombre es la destruida decoración del café
Levante, que sólo conocemos a través de sus dibujos.
También cultiva en la corte la
pintura de costumbres el andaluz José Elbo (1804-1844). Casi riguroso coetáneo
de Alenza, lo mismo que él, muere joven. La Venta y, sobre todo, Los vaqueros,
del Museo Romántico, son obras típicas suyas, pues siente particular interés por
el tema de los toros.
Donde los pintores menores de
costumbres constituyen grupo más uniforme es en Sevilla, gracias a José
Domínguez Bécquer (1810-1841), padre del poeta. El estilo por él creado será
también el de su hermano Joaquín (1819-1879), unos diez años más joven que él, y
que le sobrevive cerca de cuarenta, y el de su hijo Valeriano (1835-1870), de
vida tan corta como la de su padre y la de su hermano poeta, a quien acompaña en
el romántico retiro de Veruela. Las escenas andaluzas son los temas preferidos
por todos ellos, a los que se agregan los de tipos vascos, aragoneses, gallegos
y castellanos que pinta Valeriano. Completan el grupo sevillano el discípulo de
José D. Bécquer, Manuel Rodríguez de Guzmán (1818-1866), de técnica más suelta y
con más dotes de pintor, autor de Feria de Sevilla y de La procesión del Rocío,
del Palacio Real, y Cabral Bejarano (1827-1891), el más joven de todos, que
prolonga el estilo hasta fines de siglo. De su mano posee el Museo de Arte
Moderno La procesión del Corpus en Sevilla (1857).
Probablemente, el género
pictórico en que el romanticismo se manifiesta con mayor intensidad, en cuanto
significa alejamiento de la vida ordinaria y exaltación de la fantasía, es el
paisaje. Su principal cultivador es el ferrolano Jenaro Pérez Villaamil
(1807-1854), que abandona la Marina de Guerra para dedicarse a la pintura, y
que, ya mayor, recorre, en busca de paisajes pintorescos y evocadores, Bélgica,
Italia y hasta se asegura que Grecia y el Oriente próximo. Su tipo de paisaje es
de inspiración inglesa, habiendo ejercido influencia decisiva en él su contacto
con David Roberts, que visita España cuando él frisa los veinticinco años y
cuyas litografías ofrecen la más bella visión romántica de nuestra Patria.
Villaamil copia, como Roberts, la realidad, pero después deforma las
proporciones, imaginando profundos valles, formando gigantescas montañas y
multiplicando los pormenores pintorescos y efectistas hasta convertirla en
escenario de ensueño, donde apenas se reconocen los castillos, puertas de
ciudades ruinosas o desfiladeros que con frecuencia sirven de trampolín a su
fantasía. Amigo de Zorrilla, en una poesía que éste le dedica alude con patente
justicia a los sueños del pintor dignos de sus historias de poeta.
De fácil factura, su obra es muy
abundante, y de ella forma parte un número extraordinario de acuarelas, la
técnica preferida por los paisajistas ingleses. A semejanza de éstos, hace una
selección de sus dibujos con vistas pintorescas de España, que, copiada en
litografía, se comienza a publicar en París al final de su vida, y aparece en
España, después de su muerte, en tres tomos (1865).
Dedicado, sobre todo, a la
reproducción de monumentos antiguos, y con mayor respeto a la realidad, cultiva
la litografía F. Javier Parcerisa (1803-1875), autor de las ilustraciones de
Recuerdos y bellezas de España (1839).
EL ÚLTIMO TERCIO DEL SIGLO: LA
PINTURA DE HISTORIA
. —Los artistas nacidos hacia
1830, al iniciarse el último tercio del siglo comienzan a cambiar el aspecto de
la pintura nacional. Son todavía muchos los que conservan la técnica terminada,
transmitida por los neoclásicos a los más de nuestros románticos, pero son ya
varios los que prefieren una pintura más abocetada y en consonancia con la
tradición barroca puesta de moda en París.
Está en primer término el póstumo
discípulo de Goya, Eugenio Lucas Padilla (1824 11870), que, nacido en la misma
década en que muere el maestro aragonés, y de espaldas como él a la trasnochada
técnica neoclásica del romanticismo oficial, se entrega con entusiasmo a
estudiar su obra,- asimilando su técnica, sobre todo en el cuadro pequeño y de
figuras numerosas y abocetadas, con tal perfección, que son varios sus cuadros
que han sido catalogados como de Goya en museos importantes. Su deficiente
dominio del dibujo le hace desmerecer, en cambio, en otras obras de más empeño.
Lucas no es, sin embargo, simple copista entusiasta de Goya. Despreciado, sin
duda, por Madrazo y los de su tendencia. Lucas pinta escenas de la Inquisición y
de luchas callejeras —La revolución en la Puerta del Sol, del Museo Municipal—,
romerías, procesiones y, sobre todo, corridas, capeas y encierros. La Corrida,
del duque de Hernani, es un buen ejemplo de la gran amplitud con que sabe
desarrollar estos temas con un sentido de la escena que hace pensar en un
Tiépolo o en un Guardi (fig. 2186).
(fig. 2186) Corrida de toros
Sensible, a su manera, al tema
oriental puesto de moda por el romanticismo francés y de actualidad por nuestra
guerra de Marruecos, visita África en 1859 y pinta asuntos marroquíes.
Lucas es cuñado de Pérez
Villaamil, y sabemos que a veces compiten entre sí en pintar lo más rápidamente
posible, lo que no deja de ser testimonio de su amor a la técnica valiente y
abocetada. Su hijo y discípulo, Eugenio Lucas Villaamil, continúa, con
frecuencia magistralmente, y durante mucho tiempo, el estilo goyesco paterno.
Pero la figura de Lucas es, en
realidad, excepcional; es un rebrote goyesco tardío y aislado. El género de
pintura en que se tienen que abrir camino el futuro naturalismo, y la técnica de
Lucas es el de historia. La pintura de temas históricos, puesta de moda por los
dravidianos y que continúan cultivando los románticos franceses, aunque
reemplazando la antigüedad clásica por la Edad Media, adquiere entre nosotros
inusitados vuelos a poco de mediar el siglo. Contribuyen a ello en no pequeña
medida las exposiciones y la nefasta labor de los críticos, que sobreponen la
importancia histórica o el contenido moral del tema a la calidad de la
ejecución. Iniciadas las exposiciones en la misma Academia de San Fernando en
1835, se celebran más tarde en locales de mayor amplitud, reglamentándose poco
después de mediar el siglo y recibiendo el nombre de Exposición Nacional o
general con que desde entonces vienen teniendo lugar periódicamente.
El desorbitado encarecimiento de
la trascendencia del tema y, al parecer, el éxito alcanzado en la primera
Exposición Nacional (1856) por el Colón en la Rábida (fig. 2187), del sevillano
Eduardo Cano (1823- 1897), al presente en el Senado, por el que se le concede la
primera medalla, vuelve a poner de actualidad esta clase de temas.
(fig. 2187) Colón en la Rábida
Desde este momento, y por mucho
tiempo, el deseo de casi todos los pintores es hacer un cuadro de historia de
gran tamaño para aspirar al primer premio de la Exposición, es decir, a ser
primera medalla. Es evidente que un tema de la historia pasada no inclina tanto
a una interpretación de tipo naturalista como uno de la vida diaria; pero la
verdad es que se ha hecho culpable a este tipo de tema y al gran tamaño en que
suele desarrollarse, de lo que se debe, sobre todo, al gusto y técnica de
tradición neoclásicos conservados por los románticos. Esta tardía pintura de
historia española vive unas dos décadas especialmente fecundas, separadas por
una intermedia de obras menos importantes.
Entre sus cultivadores más
antiguos precisa citar al sevillano Eduardo Cano, quien dos años después del
Colón en la Rábida (1856) obtiene otra primera medalla con el Entierro de Con
Álvaro de Luna, en la que el romanticismo del tema es bien patente. A él
pertenece también Los Reyes Católicos en Málaga, del Museo de Sevilla. Por su
técnica, Cano pertenece todavía a la tradición neoclasicista. Aunque más joven,
en esa misma técnica se forma el alicantino Antonio Gisbert (1835-1902), cuyos
principales cuadros están dedicados a los campeones de la libertad, por lo que
recibe las mayores alabanzas de la crítica liberal. Recuérdense Los comuneros
(1860), Los puritanos (1864) y el Fusilamiento de Torrijos, todos en el Museo de
Arte Moderno.
Rival suyo por los temas que
pinta y por el color político de quienes lo corean y, en cambio, atacan a
Gisbert, es el palentino José Casado del Alisal (1832 - 1886), que, desde el
punto de vista técnico, es mucho más sensible al estilo realista, a la factura
suelta y al color, como lo prueba su Rendición de Bailen (fig. 2188). Obra
maestra del género, si la caballeresca actitud ante el tema no puede por menos
de evocar el recuerdo de La Rendición de Breda, también hace pensar en los
pintores franceses de las campañas napoleónicas.
(fig. 2188) Rendición de Bailen
A Casado se deben, además,
Fernando IV y Las Cortes de Cádiz.
Pero la serie de los pintores de
historia es numerosa, pudiendo recordarse entre los nacidos a Benito Mercado
(1821 1 1881), autor de Carlos V en Yuste y del Entierro de San Francisco;
Víctor Manzano (1831-1865), que lo es de Los Reyes Católicos administrando
justicia; Vicente Palmaron (1834-1896), que pinta El tres de Mayo, del
Ayuntamiento de Madrid, etc.
ROSALES. FORTUNY
. —Dos artistas de la generación
nacida entre 1830 y 1840 destacan sobre los numerosos pintores de historia, en
los que tan débilmente apunta a veces el realismo. Son Rosales y Fortuny. Vida
corta la de ambos —ninguno llega a cumplir los cuarenta años—, mientras el
primero sólo conoce estrecheces y alcanza la gloria cuando se le acaba la vida,
el segundo conquista la fama y disfruta de riquezas desde muy pronto.
La carrera de Eduardo Rosales
(1836-1873), hijo de un modesto empleado y presa muy joven de la tuberculosis,
es una constante lucha entre su cuerpo y su voluntad de vivir y de pintar. Su
correspondencia y sus memorias nos lo dicen claramente. Cayendo y levantándose,
sin que le falten amores y aventuras, siempre en la más angustiosa estrechez,
hace sus años de Roma y concurre a Exposiciones, hasta que triunfa en la de 1864
con el Testamento de Isabel la Católica (fig. 2189), del Museo de Arte Moderno.
(fig. 2189) Testamento de Isabel la Católica
El éxito que tiene al año
siguiente en la de París se lo comunican estando en el hospital. Poco después
tiene que luchar con la pérdida cada vez mayor de la vista; pero gracias a su
firme voluntad, produce aún obras capitales, para morir cuando, después de
tantos esfuerzos, se reconoce su excepcional valía.
Lo revolucionario del Testamento
de Isabel la Católica está en la doble naturalidad con que interpreta el tema,
que no puede por menos de sorprender en un medio acostumbrado al tono retórico,
efectista y teatral dominante en el cuadro de historia, y en su técnica amplia
de abolengo velazqueño. Como es lógico, una obra de estas características, tan
opuestas a las de un Gisbert, despierta críticas apasionadas, pero también
entusiasmo, y obtiene la primera medalla. Al éxito del Testamento sigue, en
1871, cuando ya lucha valientemente con la pérdida de la vista, el de La muerte
de Lucrecia, en que avanza aún más en el mismo camino. Pero su vida se agosta
cuando intenta nuevos caminos, cuando, según él mismo declara, desea pintar
paisajes al aire libre. En suma: donde triunfa el arte nuevo de Rosales es en el
viejo cuadro de historia, y ello prueba que lo esencial para la renovación
artística no está en el tema, sino en la pintura misma. Cultiva también el
retrato (fig. 2190).
(fig. 2190) Condesa de Santovenia
Mariano Fortuny (1838-1874), hijo
de Reus, es artista que, como Rosales, consigna en sus escritos sus impresiones
y sus deseos, revelando su constante anhelo de crear algo nuevo. Marcha joven a
Roma; pero donde encuentra el mundo lleno de color y de luz por él soñado es en
Marruecos, al que se traslada a raíz de la campaña de O'Donnell, para pintar la
Batalla de Tetuán. En Madrid le deslumbra Goya, y de regreso de Roma, el éxito
comercial de su pintura le permite habitar en un hermoso palacio antiguo y
llegar a convertirse en el pintor más celebrado de los que allí viven. Los
compradores franceses que le visitan hacen su nombre no menos conocido en París.
Al volver a España a causa de la guerra francoprusiana, se establece en Granada,
rodeado de armas, telas y azulejos antiguos; pero marcha de nuevo a Roma, donde
en plena gloria, aunque insatisfecho él mismo de su obra, muere cuando trata de
emprender nuevos derroteros. Su fallecimiento en la Ciudad Eterna tiene
resonancia internacional.
Fortuny renuncia a la pintura de
historia, pero se refugia en un mundo igualmente retrospectivo, el de las
casacas y las pelucas dieciochescas, que Meissonier crea y pone de moda en
Francia en cuadros de tamaño pequeño, años antes. Ahora bien, en los de Fortuny
no se representan historias famosas en tono teatral y grandilocuente, sino temas
sin trascendencia, vistos por lo común con cierto humorismo. Si este tipo de
cuadro le proporciona una buena clientela que le permite vivir espléndidamente,
su verdadero valor está en el virtuosismo de su pincelada menuda y certera, en
su minuciosidad de miniaturista y al mismo tiempo en la valentía y decisión de
gran pintor barroco, y en la brillantez y luz del color. Al lado de estos temas
de pelucas y casacas, los marroquíes constituyen buena parte de su labor. Obra
capital del primer género es su tabla de La Vicaría (fig. 2191), del Museo de
Barcelona, de un metro escaso de longitud y una de las pinturas más celebradas
de su tiempo, para la que posa el propio Meissonier, y a cuya gestación asisten
escritores y artistas tan ilustres como Gautier, Dumas y Doré.
(fig. 2191) La Vicaría
Siguen a La Vicaria la Elección
del modelo y El jardín de los poetas. El Idilio, del Museo del Prado (fig.
2192), es buen ejemplo de su maestría técnica.
(fig. 2192) El Idilio
La fama de Fortuny llega a ser
tan extraordinaria, que ya en vida suya se multiplican las falsificaciones de
sus obras.
La influencia de Fortuny alcanza
a no pocos pintores españoles. Entre los que siguen una ruta análoga a la suya,
terminando por imitarle, ninguno mejor dotado que el sevillano José Jiménez
Aranda (1837- 1903), un año más viejo que él, pero que le sobrevive hasta
principios de siglo. Su visita a Roma y su contacto con la obra del pintor
catalán son decisivos en su estilo, hasta el punto de que, conquistada amplia
clientela, pasa en París los últimos veinte años de su vida cultivando este
género de pintura.
EL TRIUNFO DEL IMPRESIONISMO.
SOROLLA. ZULOAGA
. —La protesta que contra la
factura terminada y de poca pasta de color representan Rosales y Fortuny es cada
vez más sensible en los artistas que nacen después del año 1840 y que componen
aún importantes cuadros de historia, como el aragonés Francisco Pradilla
(1841-1921), que pinta obras famosas del género —Doña Juana la Loca (1878 (fig.
2193), La Rendición de Granada (1882) —, ejecutadas con gran soltura técnica.
Pradilla manifiesta además cierto interés por el paisaje.
(fig. 2193) Doña Juana la Loca
El sevillano José Villegas (1844-
1921) insiste cada vez más en el aspecto técnico, en el color luminoso y cultiva
temas taurinos, entre los que destaca El torero muerto. Figura de gran
importancia de este momento, por su interés por el color y por su factura de
tradición seiscentista, pero mal conocido por haber pasado parte de su vida
fuera de España, es Francisco Domingo (1842- 1920), que prefiere el tema de
género y que sólo cultiva excepcionalmente el de historia. Junto a él debe
recordarse el nombre de Ignacio Pinazo (1849-1916).
Característica de la última
década es la preferencia por los temas tristes y pesimistas, por lo común
delatores de la preocupación social de la época, y de un contenido literario en
el que, bajo signo distinto, se refleja actitud análoga a la del pintor de
cuadro de historia.
Empleada en el viejo cuadro de
historia, en estos de contenido social y en los de género, la técnica colorista
y de factura suelta continúa abriéndose camino, y triunfa plenamente en los
últimos años del siglo XIX y primer cuarto del actual.
El pintor más importante y
representativo de esta fase es el valenciano Joaquín Sorolla (1863-1923), unos
veinte años más joven que Domingo y Pinazo. Inicia su carrera en el cuadro de
historia, pintando antes de 1900 El Dos de Mayo y El «palleter-» —levantamiento
de Valencia contra Napoleón—. En la primera mitad de la década siguiente, a raíz
de su visita a París, crea cuadros de contenido social como La trata de blancas
y ¡Aún dicen que el pescado es caro!; pero antes de entrar en la nueva centuria
ha encontrado su verdadero camino. Su pintura se despreocupa del contenido
literario y se dedica a representar la luz deslumbradora de las playas
levantinas con una técnica cada vez más suelta, valiente y sumaria. Barcas de
blancas velas que llegan a tierra, bueyes que tiran de ellas, pescadores, niños
jugando en el baño, madres contemplándolos bajo sus sombrillas; en suma: la
alegría del agua —éste es el título de unos de sus cuadros— y de la luz cegadora
mediterránea son los verdaderos temas en torno a los cuales gira el resto de su
vida fecunda (fig. 2194).
(fig. 2194) Madre con niño en la playa
Su empresa de mayor aliento es la
serie de grandes lienzos dedicados a las diversas Regiones españolas (fig.
2195), pintados por encargo del hispanista Huntington para cubrir las paredes de
una de las principales salas de la Hispanic Society, y que tan alto ponen el
nombre del artista en Nueva York.
(fig. 2195) Sevilla
Como es lógico, lo regional, con
sus trajes y sus tipos, está impuesto por el encargo, pero lo literario se
encuentra plenamente subordinado a su rebosante entusiasmo por la luz y el
color. Con este espléndido conjunto, terminado en 1920, concluye su vida
artística. Enfermo sus tres últimos años, muere en 1923. Capítulo también
valioso en su obra es el del retrato.
Mientras Sorolla se deja
arrebatar por el entusiasmo por la luz al aire libre del impresionismo, el vasco
Ignacio Zuloaga (1870-1945), durante sus estudios en París, gracias a su propio
temperamento vigoroso, percibe con entusiasmo la reacción en pro de la línea de
Toulouse-Lautrec. Zuloaga conquista pronto el estilo rebosante de energía y
virilidad que distinguirá a su obra. El retorno a España y el deseo de conocerla
y de analizarla, propia de su generación, contribuyen en no pequeña medida a
formar su personalidad. Ese deseo le lleva primero por breve tiempo, a
Andalucía, pero, sobre todo, a Segovia, donde vive muchos años. Los temas
segovianos inspiran no pocos de sus cuadros más conocidos. Zuloaga, obsesionado
por lo característico, se convierte en el pintor de una Castilla tal vez un
tanto caricaturizada. En su gusto por el carácter, como los grandes maestros del
pasado, no retrocede ante lo monstruoso y pinta cuadros como El enano Gregorio
el Botero (1906), con Ávila al fondo, y la Enana doña Mercedes (1896), ante los
que no puede por menos de recordarse a Ribera y Carreño. Ese afán por
interpretar el carácter del modelo es también el nervio del retrato de La
familia de mi tío Daniel (1910), del Museo de Boston, que consagra su fama.
Paisajista excelente, dentro de ese mismo tono fuerte y enérgico que distingue a
todo su arte, y que con frecuencia tan bien cuadra a los escenarios castellanos,
suele conceder en sus retratos e historias gran amplitud a los fondos de
paisaje. Zuloaga interpreta el alma de sus modelos con sinceridad a veces cruel.
En su galería de retratos destacan el de la Condesa de Noailles (1913), el del
escritor Barres (1913) ante una hermosa vista de Toledo, ambos del Museo de
Bilbao; el del torero Domingo Ortega (1945 (fig. 2196), menos teatral y sin duda
uno de los mejores de toda la pintura española moderna; los varios de su prima
Cándida y el de la Duquesa de Alba (1921). En los últimos años de su vida la
paleta de Zuloaga se aclara notablemente.
(fig. 2196) Torero Domingo Ortega
Muerto en el mismo año que
Zuloaga, aunque bastante más joven que él, José Gutiérrez Solana (1886-1945) es
hijo del mismo sentir pesimista del fin de siglo que inspira buena parte de la
obra de aquél. Pero es temperamento muy diferente y mucho menos equilibrado, y
más que el carácter le preocupa la faceta amarga y dolorosa de la vida, que
llega a obsesionarle hasta hacerle crear un mundo de personajes absortos en su
vida interior y nos muestra su visión del tema carnavalesco (fig. 2197).
(fig. 2197) Carnaval en un pueblo de España
Sin la exuberante vitalidad de
Sorolla, trabaja en Cataluña, por los mismos años, Ramón Casas (1867-1923),
formado en París y compañero de Rusiñol en su vida bohemia parisiense.
Temperamento artístico muy fino, dibuja y maneja el pincel con precisión
admirable. Cultiva las vistas de calles y plazas, y pinta excelentes retratos de
gran distinción e intenso carácter.
Al mismo tiempo que Sorolla y
otros pintores hacen triunfar definitivamente el impresionismo, se introduce en
España en los primeros años del siglo actual otras fases de la pintura moderna
post-impresionista.
EL PAISAJE. DE CARLOS HAES A
REGOYOS
. —Paralelamente a este género de
pintura evoluciona la de paisaje, que hemos visto cultivar en el período
romántico a Pérez Villaamil, deformando la naturaleza para crear efectos
teatrales. La renovación del paisaje en el sentido de atenerse a la naturaleza,
combinando en el taller los estudios tomados en el exterior sin violentarlos, es
debida a Carlos Haes (1829-1898). Bruselense de nacimiento, pero hijo de padre
establecido en Málaga, comienza sus estudios en ésta y se forma en su patria.
Nacionalizado español, desde la cátedra de paisaje de la Academia de San
Fernando, ganada antes de 1860, educa durante el resto de su vida a muchas
generaciones en el tipo de paisaje imperante en Francia diez años antes. Con
este sentido naturalista recorre España acompañado por sus discípulos,
despertando en ellos un interés por este género, que sólo muy esporádicamente se
había dado en nuestra historia pictórica. Su color, en general, no poco oscuro,
se aclara bastante en su época más moderna (fig. 2198).
(fig. 2198) Nieblas en los Picos de Europa. Liébana (Cantabria)
La reacción contra el paisaje
romántico no se reduce a Carlos Haes, en Madrid. Personalidad singular, que pasa
gran parte de su vida fuera de España, es Martín Rico (1835-1908), que entra en
contacto con la escuela de Barbisón y sufre la influencia de Fortuny, a quien
acompaña en Granada, inundando sus paisajes de luz.
En Cataluña, Ramón Martí, aunque
cultiva todos los géneros pictóricos, interesa especialmente por sus paisajes,
también influidos por la escuela de Barbizón. Digno de recuerdo es, por último,
en esta primera etapa del paisaje naturalista, el intento de Casto Plasencia
(1846-1890), pintor de historia, de crear una especie de Barbizón veraniego en
el pueblo asturiano de Muros.
La etapa siguiente de paisajistas
formados con Haes está representada por Jaime Morera (1854-1927), Agustín
Riancho (1841-1929), Casimiro Sainz (1853-1898) y, sobre todo, por Aureliano de
Beruete (1845- 1912), que completa sus estudios con Martín Rico y en los museos
europeos. Su paleta, cada vez más luminosa, acusa su admiración por el
impresionismo. Aunque pinta también en el extranjero, sus paisajes son
principalmente castellanos. En Cataluña, Joaquín Vayreda (1843- 1895) descubre
la belleza de los paisajes de la región de Olot, convirtiéndose en cabeza de la
escuela de ese nombre.
Con Carlos Haes inicia su carrera
el asturiano Darío de Regoyos (1857-1913), que pasa gran parte de su vida en el
extranjero, sobre todo en Bélgica y Francia, donde se incorpora al
neoimpresionismo. Es el pintor de los paisajes cantábricos. A esta misma
generación, nacida en la sexta década del siglo, pertenece Elíseo Meifrén (1859-
1940), difundidor del estilo impresionista en Cataluña, en el que triunfa más
tarde Joaquín Mir (1873-1940). Pintor de paisaje, cuya personalidad humana,
atractiva y llena de vitalidad, realza su labor artística es, por último,
Santiago Rusiñol (1864-1931), sin duda una de las figuras más representativas de
este momento (fig. 2199).
(fig. 2199) Valle de los naranjos
CAPÍTULO XLV
LA PINTURA DE LA
PRIMERA MITAD DEL SIGLO XX
LOS «FAUVES»: MATISSE, ROUAULT Y
VLAMINCK
EL CUBISMO. PICASSO
PRIMITIVISMO. FUTURISMO
EXPRESIONISMO
LA GUERRA DE 1914: EL DADAÍSMO
LA PINTURA DE 1918 A 1940
LA PINTURA ABSTRACTA EN ALEMANIA,
HOLANDA Y RUSIA, DE 1918 A 1940
EL SURREALISMO
LA ESCUELA MEJICANA
LOS «FAUVES»: MATISSE, ROUAULT Y
VLAMINCK
. —Entre la serie de grupos que
pugnan por abrir nuevos derroteros a la pintura moderna, y se asignan las más
extrañas denominaciones, destaca el capitaneado por Henri Matisse. Saludados por
la crítica del Salón de Otoño de 1905, en que hacen su presentación, como la
«Jaula de Fieras» (Cage aux fauves), sus componentes reciben el calificativo de
«fieras» (fauves), aunque probablemente les cuadra mejor el de incoherentes e
«invertebrados», que también se les da. Matisse, que defiende con el pincel y
con la pluma su credo artístico, propugna, contra lo que considera superficiales
encantos del impresionismo, una fuerte configuración interna, oponiendo a lo que
denomina la nature naturelle un estilo plano de colorido simple y contornos
definidos. «Mi sueño —dice— es un arte lleno de equilibrio y pureza, sin
contrastes intranquilizadores que exijan especia] atención» (fig. 2200).
(fig. 2200) Alegría de vivir
Lo decorativo recupera en Matisse
parte del valor perdido. Muere en 1955.
Artista muy influido por Matisse
es R. Dufy (1878-1953), que pinta principalmente escenas de las carreras y de
playa.
Al grupo de los «fauves»
pertenecen los dos compañeros de Matisse, Rouault y Vlaminck. Georges Rouault
(1871 - 1958), dedicado en su juventud a trazar vidrieras, aprende en ellas el
arte de simplificar, basado en la importancia del dibujo y en la intensidad del
color que caracteriza a su obra (fig. 2201).
(fig. 2201) Arlequin
Vlaminck (1876), de sangre
flamenca, se deja influir por Cézanne, y, aunque sin llegar al grado que Rouault,
se distingue por el dramatismo que sabe infundir a sus creaciones, en particular
a sus paisajes (fig. 2202).
(fig. 2202) Paisaje otoñal
A este momento corresponde el
comienzo de la carrera del versátil Derain (1880), quien después se entregará al
cubismo, sin perjuicio de volver más tarde a los modelos de Cézanne. Entre los «fauves»
debe citarse, por último, al holandés Van Dongen (1877), gran colorista. Aunque
no es lo mejor de su obra, cultiva con frecuencia el retrato.
El grupo de los «fauves», que
figura en vanguardia durante unos cinco años, comienza a disgregarse cuando los
nuevos discípulos de Matisse, insatisfechos con el estilo de éste, lo tachan de
puramente decorativo. Es un momento decisivo para el futuro francés de la
pintura postimpresionista. Ya hemos visto figurar en el primer plano a artistas
extranjeros de la categoría de Van Gogh. Ahora, la juventud francesa, al
advertir cómo Matisse cierra la puerta a los nuevos vanguardistas, fija su vista
en el español Picasso, en quien descubre a un artista más capaz de abrir
derroteros desconocidos a la pintura. Al poner a la cabeza de su vanguardia a un
extranjero, la escuela parisiense da un paso en pro de su internacionalismo, que
será decisivo para su futuro. Desde este momento, sólo debe hablarse de una
escuela de pintura internacional, en la que las mayores novedades se deben a
pintores no franceses. Los franceses representan papel importante en el
desarrollo de los nuevos estilos, pero no son sus inventores.
EL CUBISMO. PICASSO
. —Todos los ataques dirigidos
contra el impresionismo por sus propios hijos se mantienen, sin embargo, dentro
del culto al color, y parten de ese fondo sensual que nutre siempre a la pintura
en sus épocas más fecundas. Pero esa preocupación por el volumen, la línea y los
planos que, sin perjuicio de sus entusiasmos coloristas, hemos visto acusarse en
los maestros anteriores, termina por sugerir a algunos pintores una concepción
puramente intelectualista de su arte.
La nueva fórmula artística hace
su aparición pública en 1908, y recibe el nombre de cubismo, del calificativo
«cubista» aplicado precisamente por Matisse en tono de censura a los primeros
cuadros que ve de este estilo, nombre que los cubistas terminan por aceptar en
1911. Lo mismo que el impresionismo tiene su teórico en Mauclair, el cubismo lo
encuentra en Apollinaire, al que no tardan en agregarse otros teorizantes. El
título del libro de uno de éstos, El mundo como representación, reflejo de la
conocida obra de Schopenhauer, es tan significativo de las nuevas intenciones
artísticas como la sentencia de Braque, uno de los pintores más caracterizados
de ellos: «Los sentidos deforman; el espíritu forma.» El nuevo grupo de pintores
sólo quiere ver en la realidad el reflejo de los volúmenes fundamentales de la
geometría del espacio, y en ellos obligan a encajarse a las formas irregulares
que la naturaleza ofrece a su mirada. El artista debe partir de la idea para
comprender y dominar la naturaleza. La descomposición del cuerpo humano en sus
volúmenes esenciales tiene precedentes tan remotos como el propio Durero. Pero,
mientras no se llega al convencimiento de que la obra de arte no tiene que
reproducir la naturaleza, y ni siquiera organizarla, el cubismo no logra su
pleno desarrollo.
Después de inventada la
fotografía, se dice, no precisa copiar la naturaleza. Es preferible crear una
belleza abstracta. Además, el artista no debe limitarse a pintar lo que le
ofrece un solo punto de vista. En Du cubisme, de los pintores Gleizes y
Metzinger, los teóricos del grupo, se afirma que debe darse la vuelta «en torno
al objeto para tomar varias apariencias sucesivas, que, fundidas en una sola
imagen, la reconstituyen». En 1922 escribe Apollinaire que «la geometría es a
las artes plásticas lo que la gramática es al escritor», y que así como las tres
dimensiones euclidianas no bastan ya a la moderna geometría, los artistas
necesitan lo que en los talleres se denomina «la cuarta dimensión», es decir, la
que permite ver «la inmensidad del espacio eternizado en cualquier sentido en un
momento», o lo que es lo mismo, «la dimensión del infinito». El ambiente
estético que reflejan estas ideas sirve de base no sólo al cubismo, sino a otras
tendencias de estos años.
Los colores dominantes en el
cubismo son los pardos, verdes, amarillos y grises, renunciándose en ellos a su
valor dinámico.
Se discute la fecha del
nacimiento del estilo cubista, e incluso si su iniciación se debe a Picasso o al
francés Braque. Parece que las obras más antiguas de este estilo son las de
Picasso, de 1906-1907, que toman por punto de partida las acuarelas de Cézanne,
y en opinión de algún crítico, reflejan rasgos característicos de no pocos
paisajes españoles en los que el caserío acusa con fuerza sus nítidos volúmenes.
Incluso se ve relacionado el nacimiento del nuevo estilo con su regreso de unas
vacaciones de verano en España. De todos modos, la participación española en el
nacimiento y en el triunfo del cubismo es indiscutible, no sólo por la presencia
de Picasso, sino por la colaboración, en Francia, de numerosos compatriotas
suyos, tales como Juan Gris, Zárraga, Ortiz de Zarate, Picabía, Cossío, Bores y
Viñes. La importancia de esa participación no sólo en el cubismo, sino en otros
movimientos artísticos del presente siglo, la reconoce uno de los principales
críticos franceses actuales, en estos términos: «Los elementos más
revolucionarios y más anárquicos del arte moderno vienen del otro lado del
Pirineo.»
El verdadero definidor y quien
hace realmente triunfar al cubismo es el español Pablo Ruiz Picasso. Nacido en
Málaga en 1881 y formado en Barcelona, se traslada a París, en 1900, y en pocos
años logra ponerse a la cabeza de la vanguardia de la escuela internacional en
que ha llegado a convertirse el grupo de pintores franceses y extranjeros
radicados en aquella ciudad. Capta con habilidad y rapidez sorprendentes el
ritmo del postimpresionismo y ese espíritu de inquietud y ese ansia de novedad
del momento parisiense. Llevado por él este nuevo estilo a la cúspide de su
fama, le hace sufrir las más variadas mutaciones, abandonándolas después, para
volver a ellas más tarde y tener concentrada sobre sí la atención artística
durante medio siglo. La constante renovación y la inagotable fecundidad de
Picasso son uno de los espectáculos más sorprendentes de la pintura
contemporánea.
Formado en el ambiente
impresionista de fin de siglo, experimenta a su llegada a París la influencia de
Toulouse-Lautrec, pero reacciona pronto (fig. 2203).
(fig. 2203) Niña
Durante el primer lustro del
siglo nos descubre su cuerda sentimental, cargada de pesimismo, representando
con un dibujo fino y emotivo pobres gentes de cuerpos escuálidos, pero de aire
distinguido y expresión inteligente y melancólica. Los arlequines y personajes
de circo, vistos en su triste realidad, constituyen el tema preferido de este
período, al que por la coloración azul empleada se denomina la «época azul»
(1901-1904 (fig. 2204).
(fig. 2204) La vida
Poco después, el pesimismo
inspirador de las obras anteriores cede en intensidad, el dibujo se ablanda y
con frecuencia el modelado se simplifica. El interés por lo expresivo comienza a
dar paso al interés por lo plástico. Es la llamada «época rosa» (1905- 1906).
Coincidiendo con la muerte de Cézanne, el estilo de Picasso principia a
transformarse profundamente (fig. 2205).
(fig. 2205) La señora Canals
En 1904 se ha celebrado la
exposición de las obras de aquél, que se repite en los dos siguientes, y ese
mismo año tiene lugar la de los «fauves». Si éstos le invitan a volver la
espalda al naturalismo impresionista, Cézanne, con su simplificación de la
forma, le señala el rumbo hacia los volúmenes geométricos. Por otra parte, la
escultura de los negros, puesta de moda, le descubre un arte ya muy antiguo,
formado sobre esas mismas premisas y dotado de expresión intensa, pero
esquematizada. Es la «época negra», de 1907 y 1908 (fig. 2206).
(fig. 2206) Desnudo con toalla, año 1907
En 1907, pinta las Señoritas de
Aviñón (fig. 2207), del Museo de Arte Moderno, de Nueva York, obra capital, que
con razón se considera el punto de partida del cubismo. Descompone en ella la
realidad y la reduce a sus formas geometrizadas, rompiendo con el objetivismo
tradicional e intentando representar la tercera dimensión sin acudir a la
perspectiva.
(fig. 2207) Señoritas de Aviñón, año 1907
En la vista de Horta (1908 (fig.
2208) lleva a su último extremo el estilo de Cézanne,
(fig. 2208) Embalse Horta del Ebro, año 1908
A esta época corresponde la
formación del estilo propiamente cubista, que en su primera etapa se denomina
«cubismo analítico» (fig. 2209) (fig. 2210).
(fig. 2209) Arlequin, año 1909
(fig. 2210) Mujer joven con mandolina, año 1910
En los años sucesivos forma su
obra con trozos del modelo previamente analizado y desarticulado; abate los
planos como en los dibujos infantiles y emplea transparencias. Para realzar por
contraste esa nueva realidad y contrarrestar su posible valor decorativo,
introduce trozos de papeles impresos, rejillas de asientos, etc., que pega a la
pintura misma. Son los «collages» o parches, cuyo empleo se generaliza en 1912.
En esta época ha creado ya el
«cubismo sintético», en el que además el color es cada vez más monocromo. En el
«cubismo hermético» se aleja aún más de la pintura de asunto, que sólo puede
identificarse por algunos signos esquemáticos sobre una serie de valores
puramente plásticos, que hacen pensar en una composición musical. En las
composiciones de «Recortes de papel» llega, en 1914, a grandes extremos de
abstracción, a los que después agrega materiales tan ajenos a la pintura como la
tela, el espejo o la arena. En esto, la crítica contemporánea ve una necesidad
lírica de metamorfosear el, destino de esos materiales (fig. 2211).
(fig. 2211) Papeles pegados, año 1914
El cubismo de Picasso alcanza su
máxima depuración en el «período cristal» (1916), en el que llega a convertirlo,
como se ha dicho, en un puro juego de formas coloreadas en el espacio. Sirva de
ejemplo el Arlequín, del Museo de Nueva York (1915 (fig. 2212).
(fig. 2212) Arlequín, del Museo de Nueva York, año 1915
La permanencia de Picasso en Roma
(1917) para preparar la escenografía de un ballet ruso y el contacto con éste,
terminan en la posguerra por llevarle a representar de nuevo la figura humana
con un criterio tradicional, iniciando así «la época clásica» (fig. 2213), sin
perjuicio de seguir cultivando el estilo anterior; recuérdese los Tres músicos,
de 1921 (fig. 2214).
(fig. 2213) Mujer con hijo, año 1921
(fig. 2214) Tres músicos, año 1921
Sus modelos humanos no son ahora
los tipos finos, de la «época azul», sino otros monstruosamente corpulentos, de
pies y manos deformes, que repetirán servilmente los picassianos. En 1924,
Picasso retorna al estilo plástico puro del cubismo, y pinta bodegones,
coincidiendo, como veremos, con el manifiesto de los superrealistas. El interés
por el movimiento despertado en él por el ballet termina por producir una serie
de composiciones dinámicas abstractas que constituyen la «época de Dinard»
(1925-1928), así llamada por la población donde trabaja. Obra representativa es
Los tres bailarines (1925 (fig. 2215).
(fig. 2215) Tres bailarines, año 1925
Sigue otra nueva etapa, en que
metamorfosea la figura humana con una imaginación lírica ajena a toda razón,
dejándose guiar por el inconsciente y por lo mítico y fabuloso. Es el «estilo
escultural» del «período de las metamorfosis» (1929-1931), que coincide con la
época en que hace sus construcciones de hierro con González. Sirva de ejemplo la
Mujer a orillas del mar (1929 (fig. 2216).
(fig. 2216) Mujer a orillas del mar, año 1929
En la cuarta década continúa
metamorfoseando la figura humana —en 1931 ilustra unas metamorfosis de Ovidio—
sobre la base de líneas curvas, sobre todo elípticas —Mujer con flor (1932) —, (fig.
2217).
(fig. 2217) Mujer con flor, año 1932
Pero no tarda en manifestar un
gusto por, los trazos angulosos, que desemboca en crueles deformaciones
intensamente expresivas —Corrida de toros (1934), La musa (1935 (fig. 2218).
(fig. 2218) La musa, año 1935
Es el estilo que culmina en
Guernica (1937) (fig. 2219), que comienza a pintar a los pocos días de la
destrucción de la villa, en pleno furor bélico, y que está dotada de un
expresionismo dramático extraordinario.
(fig. 2219) Guernica, año 1937
Este expresionismo continúa
inspirando las obras principales del período de la guerra mundial. Aunque
representa la guerra misma, el sentido de la derrota y del desastre inspira el
Gato y el pájaro (1939 (fig. 2220) y la Calavera del toro (1942 (fig. 2221),
sobre el fondo morado del martirio.
(fig. 2220) El Gato y el pájaro (año 1939)
(fig. 2221) La Calavera del toro (año 1942)
La paz hace renacer el optimismo
en Picasso y, cuando se retira al Castillo de Antibes (1946), convertido en
museo, desarrolla, en una numerosa serie de composiciones, una sinfonía pastoral
de colores claros —amarillo y el azul, sobre todo— interpretada en el estilo de
las metamorfosis curvilíneas (fig. 2222).
(fig. 2222) Sinfonía pastoral, año 1946
Pero la cuerda trágica no se
agota en Picasso. La guerra desatada por EEUU Corea (1950-1953), le inspira la
Masacre de Corea, obra en la que se aprecian las claras influencias de Los
fusilamientos del 3 de mayo (1814) de Francisco de Goya (fig. 2223).
(fig. 2223) Masacre en Corea, año 1951
Entre los seguidores del cubismo
ya quedan citados Braque (1882) y el tornadizo Derain. Este lo abandona en 1911;
pero, en cambio, se incorporan a él Gleizes, Meztinger, Delaunay, Léger (fig.
2224)
(fig. 2224) Soldado
Los españoles Picabí y Juan Gris
(muerte 1927), seudónimo de José González (fig. 2225). Como grupo conserva su
unión hasta 1914.
(fig. 2225) Botella de vino
En 1918 el pintor Ozenfant
publica ya su Aprés le cubisme. Picasso continúa su carrera después de esa
fecha, abriendo nuevas rutas a la pintura, y algunos de sus compañeros y
discípulos introducen novedades en el cubismo. Así, Delaunay (1885 - 1941), ya
en vísperas de la Guerra Europea, enriquece el cubismo, al querer expresar la
simultaneidad de las sensaciones coloreadas, e intensificar el movimiento con
espirales y círculos (fig. 2226).
(fig. 2226) Disco solar
Es el «Orfismo», que como cubismo
coloreado no produce sus mejores obras hasta después de la guerra. Debe su
nombre a Apollinaire.
PRIMITIVISMO. FUTURISMO
. —Los veinte años que siguen al
cubismo son fecundos en grupos y tendencias, a veces más teóricas que reales,
todos ellos con su correspondiente título. Es la época dorada de los «ismos».
El interés por el arte de los
pueblos primitivos modernos y de los niños ha hecho valorar a una serie de
artistas de formación autodidacta, al margen de las academias y del arte de su
tiempo. Uno de los más importantes es Henri Rousseau (1844-1910), llamado
también «el aduanero», que expone en 1886 sus típicas composiciones, henchidas
de imaginación expresada en una forma ingenua. En la Comida del león, por
ejemplo, descubre su nostalgia de la selva tropical (fig. 2227).
(fig. 2227) Comida del león
En esta misma categoría de
pintores populares e ingenuos de la realidad suele incluirse a M. Utrillo
(1883), el hijo natural de la modelo de Degas. Años después le da su nombre el
pintor español Miguel Utrillo. Alcohólico como su padre desde la infancia,
mientras su vida es presa del Alcohólismo, pinta vistas de Montmartre, jugosas y
llenas de encanto. Por desgracia, al regenerar su vida, esos valores se
amortiguan y su arte pierde atractivo (fig. 2228).
(fig. 2228) Vista urbana
En Italia, el movimiento
postimpresionista, que toma el nombre de futurismo, tiene por cerebro al poeta
Marinetti, que en 1910 escribe un violento manifiesto contra el estilo
tradicional, en el que aparecen frases como éstas: «Queremos destruir los museos
y las bibliotecas. ¡Vengan los incendiarios con sus dedos oliendo a petróleo!»
La principal preocupación de los futuristas, más que la abstracción de las
formas de la naturaleza, es el representar el dinamismo de la vida, expresar
sincrónicamente diferentes momentos del movimiento, o, lo que es lo mismo, la
simultaneidad, y hacernos ver también el anverso y reverso de las cosas.
«Una motocicleta de carrera con
el cuadro adornado con grandes tubos como serpientes de aliento explosivo...,
una moto rugiente, que parece correr sobre el estallido de una bomba, es más
bella que la Victoria de Samotracia», son palabras de Marinetti. «Cada objeto,
dice, se revela por las líneas, como se resolvería siguiendo la tendencia de sus
fuerzas», y esas «líneas-fuerzas» son las que la sensibilidad del artista debe
descubrir.
Pero las obras creadas por los
futuristas apenas son capaces de expresar plásticamente esos deseos y quedan muy
por bajo de sus teorías. Nada tiene, pues, de extraño, que a los cinco años el
grupo de los futuristas, cuya sede es Milán, haya desaparecido tras las
aparatosas nubes de sus violentas soflamas estéticas. Los principales
representantes del futurismo son Severini, Baila, Boccioni, Carra. Títulos
significativos de sus obras son Visión simultánea, Traqueteo de la calesa, Lo
que nos cuenta el tranvía, etc.
Después de la guerra, el
principal superviviente, que es Carra (fig. 2229), abandona las «líneas-fuerzas»
y pinta a le Cézanne.
(fig. 2229) Gentil hombre ebrio
El futurismo no deja de influir
en algún cubista, como Gleizes y Léger (fig. 2230).
(fig. 2230) Los constructores
En Inglaterra inspira el «Vorticismo»
de Wyndam Lewis y su grupo.
EXPRESIONISMO
. —Por los años en que los «fauves»
comienzan a disgregarse, se forman en Alemania grupos de pintores que no tardan
en figurar en la vanguardia del arte internacional. Tienen como precedente el
grupo de Dresde, llamado el Puente, «Die Brücke», fundado por Schmidt-Rottluft,
Kirchner y Heckel. En Berlín fundan (1908) la Nueva Secesión, Pechstein y el
austriaco Kokoschka, y en Munich se constituye (1909) un grupo que organiza una
exposición del arte parisiense de vanguardia —Picasso, Derain, Vlaminck, etc. —,
cuyo resultado es el nacimiento, en 1911, del grupo del Jinete azul, «Der Blaue
Reiter», capitaneado por el ruso Vassily Kandinsky (1864-1944) y por Franz Marc
(1880 - 1916). La denominación del grupo se debe al título de un cuadro de
Kandinsky.
El estilo por ellos creado recibe
el nombre de expresionismo. A sus seguidores sólo importa el mundo exterior en
cuanto es indispensable para expresar el mundo interior del espíritu. Formula la
teoría el propio Kandinsky, quien, después de una larga vida infecunda, entra,
en 1908, en contacto con el neoimpresionismo francés, y termina creando una
pintura expresiva no imitativa, de naturaleza más musical que pictórica. La
pintura, según él, debe descubrir tras la corteza de la realidad los valores
universales y absolutos del espíritu y expresarlos, con la menor cantidad
posible de objetivismo. Debe seguir el camino de la música, la menos contaminada
de objetivismo, ofreciéndose así a la pintura una nueva vida como actividad
espiritual. El artista, nos dice, debe expresarse a sí mismo. Kandinsky no
deforma el objeto natural, sino que prescinde de él, esforzándose por la
abstracción más absoluta. Su obra literaria De lo espiritual en el arte (1910),
es básica para conocer el arte abstracto. La época creadora de Kandinsky de
mayor actividad está comprendida entre 1911 y 1914, fecha en que la guerra le
obliga a regresar a Rusia (fig. 2231).
(fig. 2231) Composición
Franz Marc, cuya corta vida
termina con su muerte ante Verdún, tiene tempranos contactos con los «fauves» y,
sobre todo, con los cubistas. Marc habla de la «tercera vista» con que precisa
penetrar en las esencias del mundo interior, y de la necesidad de expresar la
arquitectura cósmica de los seres. Así procura expresar «la tigridad» del tigre
por medio de contorsiones plásticas, y hace de los ritmos dinámicos de la fuerza
del caballo el tema de varias de sus obras más representativas. Sirva de ejemplo
de su estilo la Torre de caballos (1912 (fig. 2232).
(fig. 2232) La Torre de caballos
El gran trío de los
expresionistas lo completa Kokoschka (1886), que cultiva el retrato y el paisaje
(fig. 2233).
(fig. 2233) Novia del viento
A medias, entre el expresionismo
y el surrealismo, puede citarse en este lugar al suizo Paul Klee (1879-1940 (fig.
2234).
(fig. 2234) Chaleco Rojo
LA GUERRA DE 1914: EL DADAÍSMO
. —La guerra de 1914, paraliza la
producción artística europea, es causa de que surja en la neutral Suiza un
movimiento que inspirará buena parte de la actividad artística posterior.
Es el «dadaísmo», que nace en
1916 en una cervecería de Zurich, donde se reúnen varios artistas refugiados muy
de segunda fila, de diversos países, que bajo el ambiente de catástrofe de la
guerra, adoptan una actividad subversiva, cínica e irreverente, y, en suma,
destructora respecto de todo el arte anterior. Toma el nombre de la voz infantil
«dada» y tiene por cabeza al rumano Tristán Tzara (1896 - 1963), artista
insignificante y, por lo demás, desconocido, cuyo principal colaborador es el
cubista español Picabía (1878 – 1953) (fig. 2235).
(fig. 2235) Aparato amoroso
Gracias a lo que la doctrina
tiene de destructora, el «dadaísmo» no tarda en recibir el apoyo de artistas ya
famosos como Picasso y Kandinsky. Aunque se constituyen grupos «dadaístas» en
varias capitales europeas, al terminar con la paz de 1918 el pesimismo y el
desequilibrio de la guerra, «dada» se esfuma.
El «dadaísmo», en realidad, es
una actitud espiritual y no un estilo. Pero su actitud en pro del escándalo y
del ridiculizar, que lleva a Duchamps a poner bigotes a la Gioconda, y a exponer
un vaso de noche bajo el título de Fuente, inspirará al surrealismo. Los
espectáculos-provocaciones, que son tan dados al «dadaísmo», se inauguran ya en
1916 en el cabaret Voltaire, en que se convierte la primitiva cervecería de
Zurich.
LA PINTURA DE 1918 A 1940
. —Después de la terminación de
la guerra, los pintores franceses continúan cultivando sus estilos anteriores.
El más representativo es Matisse, que vive hasta 1955. Pero quien sigue
figurando a la cabeza de la vanguardia, renovándose constantemente, es Picasso,
y junto a él, son ya extranjeros los que en Francia o fuera de ella descubren
nuevos rumbos a la pintura. Un reputado crítico francés reconoce que en 1930 el
arte de su patria «ha quedado literalmente enterrado bajo un alud de
extranjeros».
La misma sede de los artistas
franceses o establecidos en París deja de ser el Montmartre de los
impresionistas, de los «fauves» y del Picasso creador del cubismo, y se
trasladan al Boulevard Montparnasse, al otro lado del río. Al «Moulin Rouge», de
Toulouse-Lautrec, suceden ahora los cafés de «La Rotonde» y de «Le Dome».
Entre los artistas extranjeros de
estilo más personal residentes en París figura el sefardita italiano Modigliani
(1884 - 1920), que se traslada a la capital francesa a poco de cumplir los
veinte años. Su vida de bohemia licenciosa y la ininterrumpida cadena de sus
amoríos, consumen su salud, le alejan del trabajo y le hunden en la miseria más
lamentable. Su obra se reduce a la labor de los últimos años de su vida y se
distingue por su estilo decorativo, de formas muy simplificadas, dominadas, por
lo general, por un solo motivo rítmico. La elegancia y la melancolía son notas
características de su estilo, muy personal, aunque intensamente influido en lo
formal por el cubismo incipiente (fig. 2236).
(fig. 2236) Desnudo
Ya queda indicado cómo el cubismo
colorista u «orfismo» de Delaunay, que se inicia poco antes de comenzar la
guerra, produce ahora sus mejores obras.
A este momento corresponde el
«purismo» de Ozenfant (1886 - 1966), que dentro de la misma tendencia abstracta
pugna por crear composiciones ordenadas y precisas con mucho dibujo de aspecto
industrial, en las que el objeto es reconocible por lo general (fig. 2237).
(fig. 2237) Bodegón con copa vino tinto
Le acompaña en esta tendencia el
arquitecto Le Corbusier, que cultiva también la pintura. Lothe y la española
María Blanchard (1881 - 1932), con su «neocubismo», vira hacia la realidad,
tratando de superponer lo abstracto a lo real (fig. 2238).
(fig. 2238) Niño enfermo
LA PINTURA ABSTRACTA EN ALEMANIA,
HOLANDA Y RUSIA, DE 1918 A 1940
. — El estilo expresionista
sobrevive a la guerra. Algunos como Beckmann y, sobre todo, como Grosz, suelen
fustigar en sus cuadros el vicio y la corrupción política, dándose además en sus
obras una curiosa coexistencia de minuciosidad realista y de intensas
deformaciones. Consecuencia de la subida al poder del partido
Nacionalsocialista, que considera el período posterior a la guerra (1914-1918)
como «una era de vergüenza de Alemania», es la depuración que realiza en 1933
del arte postimpresionista.
Ya queda citada, al tratar de la
arquitectura, la escuela de Dessau, de Walter Gropius, y el papel desempeñado en
ella por los pintores Kandinsky y Klee.
En Holanda, el discípulo de
Picasso, Mondrian (1872-1944), produce ya durante la guerra una pintura
abstracta denominada «neoplasticismo» de carácter geométrico, en la que procura
armonizar rectángulos y líneas (fig. 2239). El manifiesto que publica en París
en 1920 influye, sobre todo, en la arquitectura.
(fig. 2239) Composición en rojo amarillo y azul
En Rusia, Malevitch (1878-1935),
que se encuentra en contacto con los cubistas desde 1913, trata de alcanzar una
pintura no objetiva, liberada de toda sensación asociativa. Denomina su estilo «suprematismo»
por instaurar, son sus palabras, «la supremacía de la pura sensibilidad». «El
suprematismo —escribe— comprime toda la pintura, reduciéndola a un cuadrado
negro sobre una tela blanca. No tuve que inventar nada. Lo que yo sentía en mí
era la noche absoluta; en ella percibía la creación y le di el nombre de
suprematismo. Su expresión es el plano negro en forma de cuadrado» (fig. 2240).
(fig. 2240) Composición suprematista
Su discípulo Lissitzky convierte
la pintura en geometría. Hacia 1917, los hermanos Nahum Gabo (fig. 2241) y
Antonio Pevsner, formados en París y Munich, y ya citados como escultores, crean
el «constructivismo», influidos por el cubismo y el futurismo, que da a la obra
pictórica el aspecto de un dibujo o relieve ingenieril con palancas, ruedas,
alambres, planchas de cristal, etc.
(fig. 2241) Obra construcción 1
En Estados Unidos, el principal
representante del arte abstracto es el alemán Bauer, de formación berlinesa, y
en Inglaterra, Nash, que pinta cuadros de las dos guerras.
EL SURREALISMO
. —La creación más genuina del
período comprendido entre las dos guerras es el surrealismo. Surrealismo es la
españolización de la palabra francesa «surrealisme», inventada por Apollinaire,
y que equivale a surrealismo o suprarrealismo. Como tantos otros movimientos
artísticos contemporáneos, da a conocer sus aspiraciones en un manifiesto, que
en este caso publica el poeta Andrés Bretón, en 1924, manifiesto de franca
inspiración dadaísta.
Su novedad respecto del dadaísmo
es de estirpe freudiana, y consiste en conceder a la realidad contemplada en el
estado subconsciente e irracional, sobre todo del sueño, más valor y verdad que
a la percibida por los sentidos en estado de vigilia. El surrealismo desea
representar esa realidad liberada de la lógica del estado de vigilia, y para
conseguirlo suele seguir el camino del automatismo, que llega a convertir la
obra en una especie de cardiograma, y el onírico o del sueño, o ambos a la -vez.
La consecuencia inmediata, sobre todo del surrealismo onírico, es la vuelta al
objetivismo de la pintura de asunto. Una de las conquistas más bellas del
surrealismo onírico son los escenarios interminables, en los que el ansia de
espacio del cuatrocentismo italiano se carga del sentimiento de la soledad que
se percibe en el sueño ante la contemplación de lo infinito. A esos efectos de
infinito y de soledad contribuye el sentido plástico aprendido en el cubismo.
Debido a la inspiración dadaística, el surrealismo centra a veces su interés con
complacencia morbosa en los aspectos más escandalizadores, para el profano, de
las teorías de Freud sobre la vida erótica.
Aunque se burla del surrealismo,
el italiano Chirico (1888 -1978), formado en Alemania y en contacto con los
cubistas, cultiva algunos de los valores de la nueva tendencia con anterioridad
al manifiesto de 1924. La influencia de lo onírico es sensible en algunas de sus
obras, en las que suele representar estatuas y arquitecturas en grandes espacios
abiertos. El mismo califica su pintura de «metafísica» (fig. 2242).
(fig. 2242) El gran metafísico, año 1917
El surrealismo del judío ruso
Marc Chagall (1887 - 1985), que pasa en París la mayor parte de su carrera
artística, tiene un tono alegre, popular y hasta infantil, de cuento de hadas,
que permite a los seres humanos caminar por el cielo y a los animales leer (fig.
2243). Los expresionistas alemanes suelen considerarlo también de su grupo.
(fig. 2243) Violón
El surrealismo automatista tiene
uno de sus principales representantes en el español Miró (1893 - 1983). El mismo
Miró escribe: «Mi pintura está siempre concebida en un estado de alucinación
resultante de un choque objetivo o subjetivo, del cual yo soy totalmente
irresponsable.» Las pinturas de Miró alcanzan alto grado de abstracción,
distinguiéndose además por el valor •decorativo de la composición (fig. 2244).
(fig. 2244) Arlequinada
Semejante a Miró en el arte de
simplificar y en la precisión de los contornos es el alsaciano alemán Hans Arp
(1887 - 1966 (fig. 2245).
(fig. 2245) Montaña, mesa, anclas
Con esta tendencia se relaciona
también el suizo Klee (1879 - 1940), que, como aquél, procede del expresionismo.
Frente al automatismo y a la
abstracción de Miró y Arp, se distingue la generación más joven de Rene Magritte
(1898 – 1967) (fig. 2246).
(fig. 2246) Minotauro
Ivés Tanguy (1900 – 1955) (fig.
2247).
(fig. 2247) Horas del verano
Y de forma destacada el español
Salvador Dalí (1904 - 1989), por su interés por lo onírico.
A Dalí se deben algunos de los
mejores y más típicos escenarios creados por el estilo, donde hacen alarde de su
soledad, con vigoroso valor plástico, seres intensamente metamorfoseados, a
veces con crueldad picasiana (fig. 2248).
(fig. 2248) Presagio de la Guerra Civil en España
Dalí es técnico extraordinario,
en el que se funde la minuciosidad del miniaturista con el sentido de la calidad
de los maestros menores holandeses. Después de un largo período de inspiración
dadaística, en el que lo erótico alcanza a veces extremos ejemplares, ha
sucedido un interés por el clasicismo renacentista (1937-1938) y por el género
religioso, en que ha producido obras como el Crucifijo sobre el mundo (fig.
2249) con admirable paisaje.
(fig. 2249) Crucifijo sobre el mundo
La Virgen de Port Lligat, de
vieja solera iconográfica (fig. 2250) y Santiago (fig. 2251).
(fig. 2250) Virgen de Port Lligat
(fig. 2251) Santiago
Entre las obras anteriores,
recuérdense La sangre más dulce que la miel (fig. 2252) y Persistencia de la
memoria (fig. 2253).
(fig. 2252) La sangre más dulce que la miel
(fig. 2253) Persistencia de la memoria
El surrealismo invade el campo
del cine, una de cuyas primeras obras de ese estilo es Le Chien andalou, del
español Buñuel.
De los surrealistas alemanes,
merece recordarse Max Ernst, autor de un Tratado de pintura superrealista (fig.
2254).
(fig. 2254) Elefante Célebes
LA ESCUELA MEJICANA
. —En América, la novedad del
siglo actual en el campo de la pintura es el nacimiento de la escuela mejicana.
Formada en los años en que las
vanguardias artísticas europeas se dividen entre la abstracción y el
surrealismo, la escuela mejicana prefiere el estilo tradicional, aunque
simplificando el modelo natural para intensificar el valor de la forma.
Recuérdese que la primera visita de Rivera, uno de sus fundadores, coincide con
el «descubrimiento» de Cézanne y el nacimiento del cubismo. El triunfo de la
Revolución mejicana de 1910, en gran parte de signo socialista, y el encargo por
el gobierno, unos diez años más tarde, de una numerosa serie de grandes pinturas
murales, son decisivos para la formación de la escuela y para el carácter de su
pintura. Gracias a esos encargos, la pintura mejicana es, sobre todo, mural, y a
ello debe en no pequeña medida su tono grandioso y su monumentalidad. Nacida al
servicio de la Revolución, buena parte de sus creaciones cantan las conquistas
sociales y políticas de ésta, mezcladas con fobias de inspiración indigenista y
antirreligiosa, de signo dadaísta. La decisión gubernamental de decorar con
grandes composiciones murales los edificios públicos, coincide con el regreso a
Méjico de Rivera y Siqueiros desde Europa, y de Orozco desde los Estados Unidos.
Diego Rivera (1886 - 1957),
después de recorrer parte de Europa, llega en 1910 a París, donde participa del
entusiasmo general de Cézanne y cultiva la amistad de Picasso, de quien se dice
discípulo. Para su porvenir es decisivo el estudio que hace en 1920, en Italia,
de los frescos trecentistas, en particular de Giotto. Reintegrado a su patria,
se incorpora a la política socialista en el poder, entusiasmo político que le
lleva más tarde al comunismo. No obstante haber cultivado el cubismo, al recibir
los encargos gubernamentales, su arte vuelve a la tradición naturalista,
esforzándose por alcanzar una grandiosidad a tono con las proporciones de los
muros cuya decoración se le confía. Ello le lleva a simplificar las formas en
las que, si no faltan ecos del estilo picassiano de estos años, se siente sobre
todo el recuerdo de los grandes fresquistas del pleno Renacimiento. Se deja
sentir esa influencia más en la figura que en el arte de componer, agobiado casi
siempre por una locuacidad de primitivo, que le impide crear composiciones
monumentales y grandiosas. La alegoría y el retrato desempeñan en su obra papel
muy importante, y su verdadero mérito está en la vida y energía que sabe
infundir a no pocas de sus figuras y grupos.
De 1922 es la alegoría de la
Creación, de la Escuela Preparatoria, y de 1923 la importante serie de frescos
de los patios de la Secretaría de Educación, dedicados al Trabajo, a las
Fiestas, a las Ciencias y a las Artes. Los títulos de algunas de las
composiciones, como El reparto de las tierras, La liberación del peón y La
maestra rural, son claros ecos de los afanes de la Revolución. Los frescos de la
Sala de Actos de la Escuela de Agricultura de Chapingo, (1924-1927) que hace
después, se considera de lo mejor suyo como concepción de conjunto (fig. 2255).
(fig. 2255) Murales de Chapingo
En los muros de la escalera del
Palacio del Gobierno, antiguo de los Virreyes, pinta a manera de tríptico
gigantesco: el Méjico antiguo, la Historia de Méjico desde la Conquista hasta la
Revolución, que ocupa el centro, y el Mundo de hoy y de mañana (fig. 2256).
(fig. 2256) Murales Palacio Nacional
Artista de más personalidad es
José Clemente Orozco (n. 1885-1949), que no visita Europa hasta después de
cumplir los cuarenta y cinco años. Orozco, que es un testigo entusiasta de la
Revolución, con la que colabora desde la prensa con sus caricaturas, es un
excelente y vigoroso dibujante que avanza más que Rivera en el proceso
simplificador de la forma. Su dramatismo hondo y desgarrador, que de haberlos
conocido se diría aprendido en los frescos de Signorelli, se expresa en escorzos
violentos y con personajes vigorosos, de nervios en tensión a punto de
dispararse, y todo ello con simplicidad de medios admirable. Su arte hace sentir
más intensamente que el de Rivera el torrente arrollador de la Revolución, los
horrores de la guerra, el ímpetu del soldado del pueblo, el dolor de los
explotados y de los pobres, la insolencia y el orgullo de los ricos, etc.
Entre los frescos que pinta para
la Escuela Preparatoria (1922) figuran La destrucción del Viejo Orden (fig.
2257) y la Trinchera (fig. 2258), ésta, pletórica de energía.
(fig. 2257) La destrucción del Viejo Orden
(fig. 2258) En las Trincheras
Al igual que Rivera, Orozco deja
también importantes composiciones murales en los Estados Unidos. Recuérdese, en
el Pomona College, de California, la de Prometeo y, en Hannover, la Partida de
Quetzalcoatl, rebosante de dinamismo, y Cristo destruyendo su cruz, donde
refleja el amargo pesimismo que inspira su obra. La fuerza expresiva de Orozco
culmina en las pinturas que hace en Guadalajara, su patria (1936-1939). Figuran
entre ellas el Circo político, del Palacio de Gobierno, y la hermosa serie de
frescos de la iglesia del Hospicio, donde desarrolla temas como la España
mística y la España guerrera.
Algo más joven que Rivera y
Orozco, David Alfaro Siqueiros (nacido en 1886), pertenece también a esta etapa
creadora de la escuela.
En América del Sur, la figura más
destacada es el brasileño Cándido Portinari (1903 - 1962), hijo de italianos,
que visita Europa ya cumplidos los veinticinco años. Suele pintar escenas de
trabajadores brasileñas blancos y de color, de inspiración social (fig. 2259).
(fig. 2259) Campesinos