De cazadores a agricultores:

la transición demográfica del neolítico

Capítulo extraído de la obra de Maxximo Livi-Bacci:

Historia mínima de la población mundial (1990)


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A partir del décimo milenio a.C. se desarrolla la revolución del neolítico «que dio al hombre el control sobre la disponibilidad de alimentos ...El hombre empezó a sembrar y a cultivar y a mejorar, con la selección, las cualidades nutritivas de los granos, raíces y árboles. Consiguió domesticar y asociarse con algunas especies animales a cambio del alimento que podía obtener».

En definitiva, los cazadores-recolectores se hacen agricultores, y con el tiempo se convierten de nómadas en sedentarios.

La transición, naturalmente, se produce a un ritmo desigual, y aún en nuestro siglo algunos grupos aislados sobreviven de la caza y la recolección. La transición se desarrolló de forma autónoma en tiempos y lugares separados por miles de años y de kilómetros, tales como el Cercano Oriente, China y Mesoamérica.

Las causas de esta transición son ciertamente complejas y las analizaremos a continuación, en lo concerniente a la demografía. Asimismo es difícil indicar cifras, aunque la población ciertamente acelera su ritmo de crecimiento, como lo demuestra la difusión del poblamiento y el aumento de la densidad de las zonas ya pobladas. Biraben estima que antes de la aparición de la agricultura había seis millones de habitantes, que se convirtieron en 250, aproximadamente, a principios de nuestra era, con una tasa de crecimiento de 0,37 unidades por cada mil habitantes (una centésima parte del ritmo de incremento alcanzado recientemente en muchos países en vías de desarrollo).

Esta tasa es varias veces superior a la hipotética acaecida entre la aparición de los primeros habitantes y el año 10000 a.C., en el caso de que esta comparación tuviese sentido. Un hecho, por consiguiente, incontrovertible aunque su interpretación no está establecida, es que al difundirse la agricultura, la población se multiplica varias veces, y el límite de los recursos, impuesto por el ecosistema o los cazadores-recolectores, aumenta considerablemente.

Una vez en presencia de estas certezas numéricas, antropólogos y demógrafos han discutido por largo tiempo las causas de esta aceleración, elaborando dos explicaciones diametralmente opuestas. Una teoría clásica parte del supuesto de que la aceleración del crecimiento es consecuencia del mejor nivel nutritivo asegurado por el sistema agrícola y, por consiguiente, de la disminución de la mortalidad. Otra teoría más reciente considera, por el contrario, que la dependencia de cultivos poco variados disminuye la calidad de la alimentación, que la sedentarización y la mayor densidad aumentarían los riesgos de transmisión de enfermedades infecciosas y su incidencia, y que disminuiría el «coste» de la crianza de los hijos y aumentaría la fecundidad. En otros términos, con el desarrollo de la agricultura habría aumentado la mortalidad, pero aún habría aumentado más la fecundidad, permitiendo un crecimiento más rápido. Si éstos son, en extrema síntesis, los postulados de las dos teorías, es interesante e instructivo discutir brevemente las argumentaciones en que se sostienen.

La teoría «clásica» reposa sobre un razonamiento simple pero convincente. La sedentarización y el inicio de la agricultora y la ganadería permiten un aprovechamiento más regular y protegen a las poblaciones que viven del fruto del ecosistema del «estrés» nutritivo relacionado con la inestabilidad del clima y la alternancia de estaciones. El cultivo de trigo, cebada, mijo, arroz —cereales altamente nutritivos y fácilmente conservables— aumenta considerablemente las disponibilidades alimentarias y ayuda a superar los períodos de penuria. Mejora la salud y la supervivencia, disminuye la mortalidad, la capacidad de crecimiento se refuerza y se estabiliza.

En los últimos decenios esta teoría se ha puesto en duda invirtiendo los términos: en las poblaciones agrícolas sedentarias aumenta tanto la mortalidad como la fecundidad, aunque la segunda  más que la primera, lo que explica la aceleración más elevada entre los agricultores que entre los cazadores? Esto sucedería principalmente, por dos tipos de causas.

El primero estaría en relación con el hecho de que el nivel nutritivo, desde el punto de vista de la calidad (y según algunos, también de la cantidad) habría empeorado con la transición la agricultura. La alimentación de los cazadores-recolectores, constituida por raíces, hierbas, bayas, frutas y animales, habría sido mucho más completa que la de los agricultores sedentarios, con una alimentación calórica suficiente aunque pobre y monótona, debido a la gran prevalencia de los cereales. La prueba de ello se encontraría en los exámenes de esqueletos: las dimensiones corporales, la estatura y la fortaleza ósea disminuirían cuando los cazadores se hacen agricultores estables» Así, Armelagos y otros llegan a la conclusión de que «los cambios en el sistema de supervivencia tuvieron una influencia significativa en la adaptación biológica de los antiguos nubios. El desarrollo de la agricultura comportó una disminución de las dimensiones faciales y un cambio simultáneo de la morfología del cráneo. Además, la intensificación de la agricultura provocó malnutrición. Los ritmos de crecimiento y desarrollo de los huesos, la existencia de anemias debidas a deficiencia en hierro (demostrada por la hiperostosis porótica), defectos en la dentadura y la osteoporosis en las mujeres jóvenes y adultas prueban que las poblaciones nubias más reciente dedicadas a la agricultora intensiva sufrían deficiencias nutritivas». Citamos este pasaje, no porque la experiencia de los nubios sea extensible a todos los tipos de transición (admitiendo que los esqueletos hallados fuesen representativos de las diversas épocas, que no hubiesen inmigraciones ni errores de estimación), sino para ilustrar el tipo de pruebas aducidas en apoyo de la hipótesis nutritiva.

El segundo soporte de la teoría es distinto, pero quizá más convincente. Con la sedentarización se establecen las condiciones para la aparición, difusión y conservación de enfermedades infecciosas y parasitarias desconocidas, menos frecuentes en poblaciones móviles y con baja densidad. La mayor concentración demográfica actúa como «incubador» de los agentes patógenos, que se mantienen en estado latente en espera de ocasiones favorables para manifestarse. Las enfermedades transmisibles por contacto se ven favorecidas en su difusión por una alta densidad. Ésta, por otra parte, aumenta la contaminación del suelo y el agua, facilitando una nueva infección. Con la sedentarización, muchos animales, domésticos o no, se instalan de forma estable en el nicho ecológico humano, pudiendo infectarlo con agentes patógenos específicos y aumentando, en cualquier caso, la incidencia del parasitismo. Algunas técnicas agrícolas serían responsables de la difusión de determinadas patologías como, por ejemplo, la malaria, alimentada por el desarrollo de la irrigación y por la creación artificial de depósitos de agua estancada. La menor incidencia de las enfermedades infecciosas agudas en las poblaciones preagrarias se comprobaría, por ejemplo, por los estudios realizados sobre los aborígenes australianos en condiciones de aislamiento y en ausencia de contacto con la población blanca. Por lo demás, se recordará que muchos investigadores consideran que el grado de complejidad biológica del ecosistema (muy complejo en los trópicos, simple en las zonas desérticas, árticas, etc.) está en relación directa con la variedad y la incidencia de las infecciones en las poblaciones.

En definitiva, una alimentación más pobre y menos variada y condiciones favorables a las patologías infecciosas justificarían la hipótesis de una mayor mortalidad de los agricultores respecto a sus ascendientes cazadores. Pero si la mortalidad de los agricultores era mayor, su aumento numérico más rápido sólo podía derivar de una mayor fecundidad. Esta hipótesis está fundamentada en las modificaciones del orden social que intervinieron en las sociedades convertidas en sedentarias por el desarrollo de la agricultura. La alta movilidad de los cazadores-recolectores, debida a los continuos desplazamientos en amplias áreas de captura, convertía en extremadamente oneroso y peligroso para la mujer el transporte de los niños no autónomos. Por esta razón, el intervalo entre partos habría sido bastante largo, de manera que un nuevo nacimiento tuviera lugar únicamente cuando el hijo nacido anteriormente fuese capaz de valerse por sí mismo. En una sociedad sedentaria esta necesidad sería menos imperiosa, el «coste» de los hijos, en términos de inversión parental, sería menor y su aporte económico mayor en el trabajo de la casa, del campo y como guardianes de los animales».

La hipótesis de un aumento de la fecundidad con el paso de la caza a la agricultura es algo más que una simple conjetura. En efecto, ésta se ha confirmado mediante investigaciones concernientes a diversas poblaciones contemporáneas. Entre 1963 y 1973, un grupo de investigadores, dirigido por R.B. Lee, estudiaron los kung-san, una población nómada que vivía de la caza y la recolección en el norte de Botswana, en el África meridional, y que iniciaba entonces un proceso de sedentarización. Se observó que aproximadamente la mitad de los vegetales comestibles los proveían las mujeres, que a lo largo de un año sumaban varios miles de kilómetros en desplazamientos. En la mayoría de éstos debían llevar a la espalda los niños menores de cuatro años.

Entre las mujeres kung la edad de la pubertad era tardía, entre 15 y 17 años, y una larga esterilidad pos-puberal conducía a que el primer nacimiento llegase entre los 18 y 22 años, seguido de embarazos a intervalos de 3-5 años. Estos intervalos son muy largos para poblaciones que no practican el control moderno de la natalidad, y se producían como consecuencia del amamantamiento prolongado, que llegaba hasta el tercer o cuarto año de vida del niño. El desarrollo del cuerpo del niño era lento, lo que constituía una ventaja adaptativa muy notable que permitía su fácil transporte en el curso de los desplazamientos diarios de la madre. La consecuencia de estas características era un número muy reducido de hijos por mujer (4,7 de media). Esta baja fecundidad, impuesta por el modo de vida de la caza-recolección, sería típica de otros grupos como los pigmeos africanos. Aún más interesante es el hecho de que, a lo largo del proceso de sedentarización, la fecundidad de los kung-san parece aumentar; las mujeres sedentarias, en efecto, presentaban intervalos entre partos (36 meses) sensiblemente inferiores a los de las mujeres no sedentarias (44 meses), tal como postulan los que sostienen la teoría del aumento de la fecundidad con el paso de la caza a la agricultura. Los postulados de las dos teorías se resumen en la figura 2.1.

Figura 2.1

Postulados de las dos teorías de la transformación demográfica neolítica

 

Las pruebas que los corroboran son, en su mayoría, conjeturales, y la acumulación de elementos factuales es lenta y no pocas veces contradictoria. La hipótesis relativa a las variaciones del nivel de nutrición es objeto de respuestas opuestas en las dos teorías; aun cuando es posible que los cazadores-recolectores se nutriesen de manera más variada (en épocas contemporáneas raramente mal nutridos), es difícil admitir que el nivel nutritivo empeora con el desarrollo de la agricultura considerando, entre otras, la capacidad de extender los cultivos en caso de ser necesario, de acumular provisiones, de integrar los productos del suelo a la caza y la pesca, de mejorar las técnicas de preparación y conservación de alimentos. Podría ser, además, que el nivel de nutrición fuese mucho menos influyente sobre la mortalidad de cuanto se piensa, puesto que sólo en casos de penuria aguda y de grave desnutrición se acrecientan los riesgos de contraer enfermedades infecciosas o de ser víctima de ellas. Por el contrario, está más fundada la hipótesis de la mayor incidencia y transmisibilidad de las infecciones con el incremento de la densidad y la estabilidad, aunque la cuestión sea lo suficientemente compleja como para rechazar toda simplificación.

En lo concerniente a la fecundidad, las observaciones de grupos preagrarios supervivientes en la actualidad es un elemento de prueba a favor de un aumento de la prolificidad al producirse la sedentarización. Pero, por otra parte, con la agricultura «los hijos se convierten en económicamente útiles. Para los cazadores, los hijos constituyen, presumiblemente, una carga», como observó Childe, exponente de la teoría «clásica».

FIN


Anexo

Evolución de la población total Mundial

 AÑOS 10000 Año Año Año Año
  a.C. 0 1750 1950 1988
Población (millones)  6 252 771 2.530 5.040
Incremento:  % anual 0,01 0,04 0,06 0,60 1,81
Número años duplicación población 8.369 1.854 1.083 116 38

Fuente: Maxximo Livi-Bacci. Elaboración propia

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Selección realizada por:

Javier Colomo Ugarte

Doctor en Geografía e Historia

 

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