¿Por qué socialismo? Por Albert
Einstein
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En mayo de 1949, Monthly Review publicó (en
Nueva York) un artículo de Albert Einstein titulado ¿Por qué el socialismo? en
el que reflexiona sobre la historia, las conquistas y las consecuencias de la
"anarquía económica de la sociedad capitalista", artículo que hoy sigue teniendo
vigencia. Una parte muy citada del mismo habla del papel de los medios privados
en relación a las posibilidades democráticas de los países.
La anarquía económica de la sociedad
capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal.
(...). El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido
a la competencia entre los capitalistas, y en parte porque el desarrollo
tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan la formación de
unidades de producción más grandes a expensas de las más pequeñas. El resultado
de este proceso es una oligarquía del capital privado cuyo enorme poder no se
puede controlar con eficacia incluso en una sociedad organizada políticamente de
forma democrática. Esto es así porque los miembros de los cuerpos legislativos
son seleccionados por los partidos políticos, financiados en gran parte o
influidos de otra manera por los capitalistas privados quienes, para todos los
propósitos prácticos, separan al electorado de la legislatura. La consecuencia
es que los representantes del pueblo de hecho no protegen suficientemente los
intereses de los grupos no privilegiados de la población. (...)
Estoy convencido de que hay solamente un camino
para eliminar estos graves males, el establecimiento de una economía socialista,
acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales.
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¿Debe quién no es un experto en cuestiones
económicas y sociales opinar sobre el socialismo? Por una serie de razones creo
que si.
Permítasenos primero considerar la cuestión
desde el punto de vista del conocimiento científico. Puede parecer que no hay
diferencias metodológicas esenciales entre la astronomía y la economía: los
científicos en ambos campos procuran descubrir leyes de aceptabilidad general
para un grupo circunscrito de fenómenos para hacer la interconexión de estos
fenómenos tan claramente comprensible como sea posible. Pero en realidad estas
diferencias metodológicas existen. El descubrimiento de leyes generales en el
campo de la economía es difícil por que la observación de fenómenos económicos
es afectada a menudo por muchos factores que son difícilmente evaluables por
separado. Además, la experiencia que se ha acumulado desde el principio del
llamado período civilizado de la historia humana --como es bien sabido-- ha sido
influida y limitada en gran parte por causas que no son de ninguna manera
exclusivamente económicas en su origen. Por ejemplo, la mayoría de los grandes
estados de la historia debieron su existencia a la conquista. Los pueblos
conquistadores se establecieron, legal y económicamente, como la clase
privilegiada del país conquistado. Se aseguraron para sí mismos el monopolio de
la propiedad de la tierra y designaron un sacerdocio de entre sus propias filas.
Los sacerdotes, con el control de la educación, hicieron de la división de la
sociedad en clases una institución permanente y crearon un sistema de valores
por el cual la gente estaba a partir de entonces, en gran medida de forma
inconsciente, dirigida en su comportamiento social.
Pero la tradición histórica es, como se dice,
de ayer; en ninguna parte hemos superado realmente lo que Thorstein Veblen llamó
"la fase depredadora" del desarrollo humano. Los hechos económicos observables
pertenecen a esa fase e incluso las leyes que podemos derivar de ellos no son
aplicables a otras fases. Puesto que el verdadero propósito del socialismo es
precisamente superar y avanzar más allá de la fase depredadora del desarrollo
humano, la ciencia económica en su estado actual puede arrojar poca luz sobre la
sociedad socialista del futuro.
En segundo lugar, el socialismo está guiado
hacia un fin ético-social. La ciencia, sin embargo, no puede establecer fines e,
incluso menos, inculcarlos en los seres humanos; la ciencia puede proveer los
medios con los que lograr ciertos fines. Pero los fines por si mismos son
concebidos por personas con altos ideales éticos y --si estos fines no son
endebles, sino vitales y vigorosos-- son adoptados y llevados adelante por
muchos seres humanos quienes, de forma semi-inconsciente, determinan la
evolución lenta de la sociedad.
Por estas razones, no debemos sobrestimar la
ciencia y los métodos científicos cuando se trata de problemas humanos; y no
debemos asumir que los expertos son los únicos que tienen derecho a expresarse
en las cuestiones que afectan a la organización de la sociedad. Muchas voces han
afirmado desde hace tiempo que la sociedad humana está pasando por una crisis,
que su estabilidad ha sido gravemente dañada. Es característico de tal situación
que los individuos se sienten indiferentes o incluso hostiles hacia el grupo,
pequeño o grande, al que pertenecen. Como ilustración, déjenme recordar aquí una
experiencia personal. Discutí recientemente con un hombre inteligente y bien
dispuesto la amenaza de otra guerra, que en mi opinión pondría en peligro
seriamente la existencia de la humanidad, y subrayé que solamente una
organización supranacional ofrecería protección frente a ese peligro. Frente a
eso mi visitante, muy calmado y tranquilo, me dijo: "¿porqué se opone usted tan
profundamente a la desaparición de la raza humana?"
Estoy seguro que hace tan sólo un siglo nadie
habría hecho tan ligeramente una declaración de esta clase. Es la declaración de
un hombre que se ha esforzado inútilmente en lograr un equilibrio interior y que
tiene más o menos perdida la esperanza de conseguirlo. Es la expresión de la
soledad dolorosa y del aislamiento que mucha gente está sufriendo en la
actualidad. ¿Cuál es la causa? ¿Hay una salida?
Es fácil plantear estas preguntas, pero difícil
contestarlas con seguridad. Debo intentarlo, sin embargo, lo mejor que pueda,
aunque soy muy consciente del hecho de que nuestros sentimientos y esfuerzos son
a menudo contradictorios y obscuros y que no pueden expresarse en fórmulas
fáciles y simples.
El hombre es, a la vez, un ser solitario y un
ser social. Como ser solitario, procura proteger su propia existencia y la de
los que estén más cercanos a él, para satisfacer sus deseos personales, y para
desarrollar sus capacidades naturales. Como ser social, intenta ganar el
reconocimiento y el afecto de sus compañeros humanos, para compartir sus
placeres, para confortarlos en sus dolores, y para mejorar sus condiciones de
vida. Solamente la existencia de éstos diferentes, y frecuentemente
contradictorios objetivos por el carácter especial del hombre, y su combinación
específica determina el grado con el cual un individuo puede alcanzar un
equilibrio interno y puede contribuir al bienestar de la sociedad. Es muy
posible que la fuerza relativa de estas dos pulsiones esté, en lo fundamental,
fijada hereditariamente. Pero la personalidad que finalmente emerge está
determinada en gran parte por el ambiente en el cual un hombre se encuentra
durante su desarrollo, por la estructura de la sociedad en la que crece, por la
tradición de esa sociedad, y por su valoración de los tipos particulares de
comportamiento. El concepto abstracto "sociedad" significa para el ser humano
individual la suma total de sus relaciones directas e indirectas con sus
contemporáneos y con todas las personas de generaciones anteriores. El individuo
puede pensar, sentirse, esforzarse, y trabajar por si mismo; pero él depende
tanto de la sociedad -en su existencia física, intelectual, y emocional- que es
imposible concebirlo, o entenderlo, fuera del marco de la sociedad. Es la
"sociedad" la que provee al hombre de alimento, hogar, herramientas de trabajo,
lenguaje, formas de pensamiento, y la mayoría del contenido de su pensamiento;
su vida es posible por el trabajo y las realizaciones de los muchos millones en
el pasado y en el presente que se ocultan detrás de la pequeña palabra
"sociedad".
Es evidente, por lo tanto, que la dependencia
del individuo de la sociedad es un hecho que no puede ser suprimido --
exactamente como en el caso de las hormigas y de las abejas. Sin embargo,
mientras que la vida de las hormigas y de las abejas está fijada con rigidez en
el más pequeño detalle, los instintos hereditarios, el patrón social y las
correlaciones de los seres humanos son muy susceptibles de cambio. La memoria,
la capacidad de hacer combinaciones, el regalo de la comunicación oral ha hecho
posible progresos entre los seres humanos que son dictados por necesidades
biológicas. Tales progresos se manifiestan en tradiciones, instituciones, y
organizaciones; en la literatura; en las realizaciones científicas e
ingenieriles; en las obras de arte. Esto explica que, en cierto sentido, el
hombre puede influir en su vida y que puede jugar un papel en este proceso el
pensamiento consciente y los deseos.
El hombre adquiere en el nacimiento, de forma
hereditaria, una constitución biológica que debemos considerar fija e
inalterable, incluyendo los impulsos naturales que son característicos de la
especie humana. Además, durante su vida, adquiere una constitución cultural que
adopta de la sociedad con la comunicación y a través de muchas otras clases de
influencia. Es esta constitución cultural la que, con el paso del tiempo, puede
cambiar y la que determina en un grado muy importante la relación entre el
individuo y la sociedad como la antropología moderna nos ha enseñado, con la
investigación comparativa de las llamadas culturas primitivas, que el
comportamiento social de seres humanos puede diferenciar grandemente,
dependiendo de patrones culturales que prevalecen y de los tipos de organización
que predominan en la sociedad. Es en esto en lo que los que se están esforzando
en mejorar la suerte del hombre pueden basar sus esperanzas: los seres humanos
no están condenados, por su constitución biológica, a aniquilarse o a estar a la
merced de un destino cruel, infligido por ellos mismos.
Si nos preguntamos cómo la estructura de la
sociedad y de la actitud cultural del hombre deben ser cambiadas para hacer la
vida humana tan satisfactoria como sea posible, debemos ser constantemente
conscientes del hecho de que hay ciertas condiciones que no podemos modificar.
Como mencioné antes, la naturaleza biológica del hombre es, para todos los
efectos prácticos, inmodificable. Además, los progresos tecnológicos y
demográficos de los últimos siglos han creado condiciones que están aquí para
quedarse. En poblaciones relativamente densas asentadas con bienes que son
imprescindibles para su existencia continuada, una división del trabajo extrema
y un aparato altamente productivo son absolutamente necesarios. Los tiempos --
que, mirando hacia atrás, parecen tan idílicos -- en los que individuos o grupos
relativamente pequeños podían ser totalmente autosuficientes se han ido para
siempre. Es sólo una leve exageración decir que la humanidad ahora constituye
incluso una comunidad planetaria de producción y consumo.
Ahora he alcanzado el punto donde puedo indicar
brevemente lo que para mí constituye la esencia de la crisis de nuestro tiempo.
Se refiere a la relación del individuo con la sociedad. El individuo es más
consciente que nunca de su dependencia de sociedad. Pero él no ve la dependencia
como un hecho positivo, como un lazo orgánico, como una fuerza protectora, sino
como algo que amenaza sus derechos naturales, o incluso su existencia económica.
Por otra parte, su posición en la sociedad es tal que sus pulsiones egoístas se
están acentuando constantemente, mientras que sus pulsiones sociales, que son
por naturaleza más débiles, se deterioran progresivamente. Todos los seres
humanos, cualquiera que sea su posición en la sociedad, están sufriendo este
proceso de deterioro. Los presos a sabiendas de su propio egoísmo, se sienten
inseguros, solos, y privados del disfrute ingenuo, simple, y sencillo de la
vida. El hombre sólo puede encontrar sentido a su vida, corta y arriesgada como
es, dedicándose a la sociedad.
La anarquía económica de la sociedad
capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal.
Vemos ante nosotros a una comunidad enorme de productores que se están
esforzando incesantemente privándose de los frutos de su trabajo colectivo -- no
por la fuerza, sino en general en conformidad fiel con reglas legalmente
establecidas. A este respecto, es importante señalar que los medios de
producción --es decir, la capacidad productiva entera que es necesaria para
producir bienes de consumo tanto como capital adicional-- puede legalmente ser,
y en su mayor parte es, propiedad privada de particulares.
En aras de la simplicidad, en la discusión que
sigue llamaré "trabajadores" a todos los que no compartan la propiedad de los
medios de producción -- aunque esto no corresponda al uso habitual del término.
Los propietarios de los medios de producción están en posición de comprar la
fuerza de trabajo del trabajador. Usando los medios de producción, el trabajador
produce nuevos bienes que se convierten en propiedad del capitalista. El punto
esencial en este proceso es la relación entre lo que produce el trabajador y lo
que le es pagado, ambos medidos en valor real. En cuanto que el contrato de
trabajo es "libre", lo que el trabajador recibe está determinado no por el valor
real de los bienes que produce, sino por sus necesidades mínimas y por la
demanda de los capitalistas de fuerza de trabajo en relación con el número de
trabajadores compitiendo por trabajar. Es importante entender que incluso en
teoría el salario del trabajador no está determinado por el valor de su
producto.
El capital privado tiende a concentrarse en
pocas manos, en parte debido a la competencia entre los capitalistas, y en parte
porque el desarrollo tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan
la formación de unidades de producción más grandes a expensas de las más
pequeñas. El resultado de este proceso es una oligarquía del capital privado
cuyo enorme poder no se puede controlar con eficacia incluso en una sociedad
organizada políticamente de forma democrática. Esto es así porque los miembros
de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos,
financiados en gran parte o influidos de otra manera por los capitalistas
privados quienes, para todos los propósitos prácticos, separan al electorado de
la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo de hecho no
protegen suficientemente los intereses de los grupos no privilegiados de la
población. Por otra parte, bajo las condiciones existentes, los capitalistas
privados inevitablemente controlan, directamente o indirectamente, las fuentes
principales de información (prensa, radio, educación). Es así extremadamente
difícil, y de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible, para el
ciudadano individual obtener conclusiones objetivas y hacer un uso inteligente
de sus derechos políticos.
La situación que prevalece en una economía
basada en la propiedad privada del capital está así caracterizada en lo
principal: primero, los medios de la producción (capital) son poseídos de forma
privada y los propietarios disponen de ellos como lo consideran oportuno; en
segundo lugar, el contrato de trabajo es libre. Por supuesto, no existe una
sociedad capitalista pura en este sentido. En particular, debe notarse que los
trabajadores, a través de luchas políticas largas y amargas, han tenido éxito en
asegurar una forma algo mejorada de "contrato de trabajo libre" para ciertas
categorías de trabajadores. Pero tomada en su conjunto, la economía actual no se
diferencia mucho de capitalismo "puro". La producción está orientada hacia el
beneficio, no hacia el uso. No está garantizado que todos los que tienen
capacidad y quieran trabajar puedan encontrar empleo; existe casi siempre un
"ejército de parados". El trabajador está constantemente atemorizado con perder
su trabajo. Desde que parados y trabajadores mal pagados no proporcionan un
mercado rentable, la producción de los bienes de consumo está restringida, y la
consecuencia es una gran privación. El progreso tecnológico produce con
frecuencia más desempleo en vez de facilitar la carga del trabajo para todos. La
motivación del beneficio, conjuntamente con la competencia entre capitalistas,
es responsable de una inestabilidad en la acumulación y en la utilización del
capital que conduce a depresiones cada vez más severas. La competencia ilimitada
conduce a un desperdicio enorme de trabajo, y a ése amputar la conciencia social
de los individuos que mencioné antes.
Considero esta mutilación de los individuos el
peor mal del capitalismo. Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal. Se
inculca una actitud competitiva exagerada al estudiante, que es entrenado para
adorar el éxito codicioso como preparación para su carrera futura.
Estoy convencido de que hay solamente un camino
para eliminar estos graves males, el establecimiento de una economía socialista,
acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales. En una
economía así, los medios de producción son poseídos por la sociedad y utilizados
de una forma planificada. Una economía planificada que ajuste la producción a
las necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo a realizar entre todos
los capacitados para trabajar y garantizaría un sustento a cada hombre, mujer, y
niño. La educación del individuo, además de promover sus propias capacidades
naturales, procuraría desarrollar en él un sentido de la responsabilidad para
sus compañeros-hombres en lugar de la glorificación del poder y del éxito que se
da en nuestra sociedad actual.
Sin embargo, es necesario recordar que una
economía planificada no es todavía socialismo. Una economía planificada puede
estar acompañada de la completa esclavitud del individuo. La realización del
socialismo requiere solucionar algunos problemas sociopolíticos extremadamente
difíciles: ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del
poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y
arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo
asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?