LOS
ORÍGENES DE LA CIVILIZACIÓN
V.
Gordon
Childe
(1936)
*1
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ÍNDICE
Prefacio
CAPÍTULOS
I.
Historia
humana e
historia
natural
II. Evolución
orgánica y
progreso
cultural
III. Escalas
de
tiempo
IV.
Recolectores
de
alimentos
V. La
revolución
neolítica
VI. Preludio
a la
segunda
revolución
VII. La
revolución
urbana
VIII. La
revolución en
el conocimiento humano
Nota sobre
la magia,
la religión
y la
ciencia
IX. La
aceleración y
la retardación del progreso
Nota
sobre cronología
Tabla
cronológica para
Egipto y
Mesopotamia
Nota
sobre geografía
Notas (* al final)
PREFACIO
Con este
libro no se tuvo el propósito de hacer un manual de arqueología, ni menos de
historia de la ciencia. Tratamos de que resultara
legible a
quienes no
se interesan
por los problemas de
detalle que los especialistas discuten con calor. Por tanto, el libro
ignora tales problemas y evita, además, los términos técnicos y los nombres
raros, los cuales dan carácter científico a los textos sobre prehistoria
(incluyendo a los del autor), pero los hacen más difíciles de seguir. Ahora
bien, para simplificar los temas y el vocabulario hemos tenido que sacrificar
precisión. Tratándose de prehistoria, casi todos los enunciados tendrían que ir
acompañados de la frase: “con los testimonios de que disponemos hasta ahora, la
probabilidad favorece la opinión de que...” En consecuencia, pedimos al lector que
añada esta reserva, o alguna otra semejante, a la mayoría de nuestros
enunciados. Ni siquiera con esta restricción, resultarán aceptadas por todos, la
totalidad de nuestras aseveraciones; pero, ha sido imposible embrollar el texto
con explicaciones minuciosas, ajenas o la tesis
principal.

Fig.
1 Nave
egipcia del
Reino
Antiguo
Sin
embargo, sostenemos que los hechos han sido establecidos con precisión
suficiente a los propósitos de este libro, y que las enmiendas admisibles no
afectarían a las explicaciones en manera alguna.
Por
último, confesamos que, mientras los capítulos IV, V, VI y VII se basan
en estudios
de primera mano
sobre los objetos o los testimonios
originales, en cambio, para el capítulo VIII empleamos exclusivamente
traducciones y comentarios hechos por las competentes autoridades que se citan
en las notas.
Capítulo
I
HISTORIA
HUMANA E
HISTORIA
NATURAL
En el
siglo pasado, el “progreso” era aceptado como un hecho. El comercio crecía, la
productividad de la industria iba en aumento y la riqueza se acumulaba. Los
descubrimientos científicos prometían un avance ilimitado del dominio humano
sobre la naturaleza y, por consiguiente, infinitas posibilidades de ampliar la
producción. La creciente prosperidad y la
profundizaron del conocimiento inspiraban la atmósfera de optimismo, sin precedente, que se
respiraba en todo el mundo occidental. En nuestros días, este optimismo ha
recibido una ruda sacudida. La primera guerra mundial y las crisis subsecuentes,
que produjeron, en medio de una horrible miseria, un exceso aparente de
mercancías, han socavado sus fundamentos económicos. Y ahora han surgido muchas
dudas acerca de la realidad del “progreso”.
Para
esclarecer sus dudas,
los hombres
han acudido a
la historia.
Pero los propios historiadores no dejan de estar influidos por la
situación económica actual. Como lo ha puesto al descubierto el profesor Bury, la idea misma de
progreso constituyó una novedad, enteramente ajena a quienes se ocuparon de
escribir la historia en la edad media y en la antigüedad. En nuestros días, se
advierte una actitud pesimista o mística en los escritos de autores muy leídos,
en el campo de la historia como en el
de la ciencia natural. Algunos se
inclinan, como los antiguos griegos y romanos, a buscar ansiosamente en el
pasado una “edad de
oro” de
primaveral simplicidad. La
“escuela histórica”
alemana de misioneros católicos y sus maestros en arqueología y
antropología, ha resucitado la doctrina medieval de la “caída del hombre” por
haber probado el fruto del árbol del saber, revistiéndola con terminología
científica. Un punto de vista análogo se encuentra implícito en algunos escritos
de los divulgadores ingleses.
Por otro lado,
la filosofía fascista, expuesta más abiertamente por Herr Hitler y
sus defensores académicos, y disimulada a veces bajo el disfraz de eugenesia en
Gran Bretaña y en los Estados Unidos, identifica el progreso con una
evolución biológica concebida en forma no menos mística.
Uno de
los propósitos de este libro es el de señalar cómo, la historia, enfocada desde
un punto de vista científico impersonal puede aún justificar la confianza en el
progreso, tanto en los días de depresión como en el apogeo de la prosperidad del
siglo pasado. Pero, para hacernos con la necesaria actitud científica, tenemos
que estar dispuestos a modificar nuestra
concepción, tanto del
progreso como
de la historia. En su esencia, la actitud científica consiste, realmente,
en abandonar los prejuicios personales, así como la subordinación a las
preferencias y aversiones particulares.
“La
función de la ciencia es la clasificación de los hechos y el reconocimiento de
su concatenación y de su significación
relativa”.
La
actitud científica se muestra en el hábito de formular juicios imparciales sobre
los hechos, dejando a un lado los sentimientos personales. “El hombre de
ciencia”, dice Karl Pearson, “tiene que esforzarse por eliminarse a sí mismo de
sus juicios.” Por cierto que la importancia atribuida por los hombres de ciencia
al número y a la mensuración, no
deja de
tener relación
con la
exigencia de
adoptar una actitud
impersonal. “Los resultados de la mensuración”, según hace notar en determinada
página el profesor Levy:
“serán
enteramente independientes de cualquier prejuicio religioso, ético o social. Ya
sea que el lector simpatice o no con el texto de esta página, estará de acuerdo
en que su número es 322.”
No es
cosa fácil aproximarse a la historia con ese espíritu humilde y objetivo. Como
hombres de ciencia, no podemos preguntarle:
“¿Existe
el progreso humano? ¿Acaso la multiplicación de los inventos mecánicos
representados por los aeroplanos, las plantas hidroeléctricas, los gases
venenosos y los submarinos, es lo que constituye el progreso?”
Semejante
planteamiento de un problema, carece de significación científica. No se puede
esperar acuerdo alguno sobre su respuesta. Ésta dependería por completo del
capricho del investigador, de su situación económica presente y aún del estado
de su salud. Sólo unas cuantas personas llegarían a coincidir en la misma
conclusión.
Quienes
gustan de la velocidad y aprovechan la superación de las limitaciones de tiempo
y espacio que ofrecen las modernas facilidades de transporte y de iluminación,
podrán contestar por la afirmativa. Pero no quienes se encuentren en una
situación económica que les impida gozar de tales facilidades, ni tampoco
aquellos que tengan arruinados los pulmones por el gas mostaza o aquellos
cuyos hijos hayan sido despedazados por una granada. Las personas que sientan un
afecto romántico por la “campiña incorruptible” y no tengan pasión alguna por
asomarse hacia tierras extrañas o por convertir las noches en días
para estudiar, dudarán de la realidad de un progreso atestiguado de esa
manera y añorarán desconsolados los días “más tranquilos” del pasado, de hace
uno o dos siglos. Olvidarán convenientemente las desventajas de la vida simple
–las sabandijas que habitan en las bardas pintorescas,
los gérmenes
patógenos que
bullen en
los pozos y en los manantiales
abiertos, los bandidos y la multitud de pandillas que acechan en los bosques y en los
caminos–. Si se les trasladara de improviso a una población en el Turquestán,
tendrían que reconsiderar su opinión. El ratero debe considerar, desde un punto
de vista profesional, que la luz eléctrica, el teléfono y los automóviles
–cuando son utilizados por la policía– constituyen síntomas de retroceso.
Seguramente suspirará
por las
callejuelas oscuras y
estrechas del siglo pasado. Las
personas que sean adeptas a las formas más brutales de la crueldad, no aceptarán
la supresión de la tortura legal y la eliminación de las ejecuciones públicas
como signos de progreso, sino al contrario.
No es
científico preguntar si existe el progreso humano, simplemente porque no hay dos
personas que lleguen necesariamente a la misma respuesta; ya que sería muy
difícil eliminar la ecuación personal. En cambio, se puede preguntar
legítimamente, “¿qué es el progreso?”; y
la respuesta aún puede tomar, en algo, la forma numérica que la ciencia
aprecia con tanta justicia, Pero, ahora, el progreso se convierte en
lo que
ha ocurrido
realmente, es decir,
en el
contenido de la
historia. La tarea del historiador será poner al descubierto lo que es
esencial y significativo
en
la
sucesión
prolongada
y
compleja
de
los
acontecimientos que coteja. Sin
embargo, para poder distinguir y recoger los hilos del progreso, cuando éstos
existen, recorriendo el curso de la historia, se requiere tener una perspectiva
de la historia muy diferente a la que se establecía en los libros de texto
formales de mi época de estudiante.
En primer
lugar, es fundamental tener una perspectiva amplia y penetrante. Cuando
solamente se exploran períodos cortos o regiones limitadas, es probable que la
multiplicidad de los acontecimientos separados obscurezca algún rasgo esencial.
Por lo
menos, antes de 1914 la mayor parte de los ingleses entendían por historia, “la
historia británica”. Comenzaba con los anglosajones, o bien con la conquista
normanda, y abarcaba así un período de 1.500 años cuando mucho, y a menudo de
sólo 800. Únicamente contadas personas tenían conocimiento de que hubiera otra
parte de la historia, denominada “historia antigua”. Ésta se ocupaba de las
aventuras de los griegos –o, más
exactamente, de dos ciudades griegas, Atenas y Esparta– y de los romanos.
Generalmente, eran concebidas y presentadas como si
no tuvieran conexión vital
con la historia británica, como si las separara un abismo misterioso. En
la actualidad, muchas personas están
enteradas de
que estas
dos partes,
que todavía
son las más conocidas, no son
realmente completas ni independientes, sino que forman una pequeña porción de
una sucesión concatenada. Al menos, tienen noticia de algunas partes anteriores,
en las cuales figuran los cretenses, los hititas,
los egipcios y los sumerios.
El período abarcado ahora por la sucesión entera, es cuatro veces mayor que el
de la historia británica en su más amplio sentido. Sólo en fecha
reciente la prehistoria se ha hecho familiar, como una parte
introductoria. Ella reconstruye los destinos –o algunos de sus aspectos– de los
pueblos que no dejaron documentos escritos. En particular,
se ocupa de la época anterior al comienzo de la escritura en los
documentos más antiguos de Egipto y de Babilonia. Con la
inclusión de la prehistoria, la historia ha centuplicado su extensión. De
esta manera exploramos un período de más de
500.000 años, en lugar de sólo 5.000.
Además, la historia humana se ha unido, al mismo tiempo,
con la historia natural. A
través de la
prehistoria, se está
viendo ya cómo la
historia se
origina en
las “ciencias naturales”, en
la biología, la paleontología
y la geología.
Mientras
la historia limita su perspectiva a periodos comparativamente breves, como el de
la historia británica o el de la historia antigua, los altibajos
parecen mucho
más notables
que cualquier
progreso en
firme. En la historia antigua nos enteramos del “ascenso y la caída” de
Atenas, Esparta y Roma. Por nuestra parte, confesamos que nunca estuvimos
completamente seguros
de lo
que era
un “ascenso”
o
una “caída”. La historia de Atenas,
entre los años 600 y 450 a.C., era presentada como un ascenso, en tanto que el
siguiente siglo era la caída. Los siglos subsecuentes, omitidos del todo en los
libros escolares, había que suponerlos como una era de tinieblas y de muerte.
Por tanto,
nos desconcertó el saber que
Aristóteles floreció por el año
325 a.C. y que algunos de los más grandes hombres de ciencia griegos –médicos,
matemáticos, astrónomos y geógrafos– trabajaron en la época en que,
supuestamente, ya había desaparecido la historia “clásica” griega. La
civilización griega no había muerto, aun cuando Atenas hubiera declinado en su
poder político; y sobrevivían las contribuciones atenienses
a un
helenismo más amplio. El
“ascenso” de Roma era representado por ese período en el cual, por la
crueldad y aún por el engaño, un grupo de obscuros aldeanos de las márgenes
del Tíber la convirtieron en capital de un imperio que comprendía toda la
cuenca del Mediterráneo, Francia, Inglaterra y una buena tajada de Europa
Central. Por último, este vasto dominio fue pacificado y Roma aseguró a sus
súbditos dos siglos de paz relativa, sin precedente en Europa. No obstante, se
nos llevaba a imaginar que estos doscientos años, omitidos discretamente de los
libros escolares, habían constituido
una era de “decadencia”.
En la
historia británica, los altibajos se hacían solamente un poco menos notorios o
más racionales. La época de Isabel había sido “de oro”, a causa de que los
ingleses tuvieron fortuna como piratas en
contra
de
los
españoles,
y
porque
quemaron
en
hogueras
principalmente a los católicos,
y se mostraron condescendientes con las obras de Shakespeare. En comparación,
los siglos XVII y XVIII carecieron de gloria, a pesar de que Newton le dio
realce al primero y James Watt al segundo.
De hecho,
se tendía a presentar la historia antigua, y la historia británica,
exclusivamente como una historia política –como un registro de las intrigas de
reyes, gobernantes, soldados y preceptores religiosos, de las guerras y
persecuciones, y del desarropo de las instituciones políticas y los sistemas
eclesiásticos–.
Es claro
que, incidentalmente, se hacía alusión a las condiciones económicas, los
descubrimientos científicos o los movimientos artísticos de cada “período”, pero
los períodos eran definidos en términos políticos por los nombres de las
dinastías o de las facciones de partidos. Esta clase de historia difícilmente
podía hacerse en forma científica. Ninguna norma de comparación se manifiesta en
ella, a no ser los prejuicios individuales de cada maestro. La época de Isabel
es “de oro”, sobre todo para un miembro de la Iglesia Anglicana. A un católico,
le parecen preferibles, de un modo inevitable, aquellos períodos en los cuales
se quemaba a los protestantes. Semejante historia tiene que restringir,
irremediablemente, su propio campo. La prehistoria no puede encontrar sitio en
él. Porque, como la prehistoria carece de todo testimonio escrito, nunca puede
rescatar los nombres de sus personajes, ni tampoco analizar los detalles de sus
vidas privadas. Incluso, sólo raras veces pueden darse los nombres de los
pueblos cuya trayectoria tratan de reconstruir los prehistoriadores.
Por
fortuna, la pretensión de considerar exclusivamente a la historia política ya no
es incontrovertible. Marx insistió en la importancia primaria que tienen las
condiciones económicas, lea fuerzas sociales de producción y las aplicaciones de
la ciencia, como factores en el cambio social. Su concepción realista de la
historia viene ganando aceptación en círculos académicos muy alejados de las
pasiones de partido que encienden otros aspectos del marxismo. Para el público en general, lo mismo que para los
investigadores, se viene tendiendo a convertir la historia en historia cultural,
con gran disgusto de fascistas como el Dr. Frick.
Este tipo
de historia puede eslabonarse, naturalmente, con lo que se llama prehistoria. El
arqueólogo colecta, clasifica y compara los utensilios y las armas de nuestros
precursores, examina las casas que edificaron, los campos que cultivaron y los
alimentos que comieron –o, más bien, que arrojaron–. Tales son las herramientas
e instrumentos de producción
característicos de sus sistemas económicos, que no se encuentran descritos en
ningún documento escrito. Al igual que las máquinas o las
construcciones modernas, estas
reliquias y
monumentos antiguos son aplicaciones del conocimiento contemporáneo o de
la ciencia existente cuando fueron hechos. En un barco mercante, los resultados
de la geología (petróleo, metales), la botánica (madera), la química
(aleaciones, petróleo refinado), y la física (equipo eléctrico, motores, etc.),
se encuentran combinados y aplicados. Esto es igualmente cierto para la canoa o
piragua construida por el hombre de la edad de piedra, valiéndose de un simple
tronco de árbol.
Además,
la embarcación y las herramientas empleadas en su construcción, simbolizan todo
un sistema económico y social. La embarcación moderna requiere la reunión y la
concentración de una variedad de materias primas llevadas desde muchos sitios, a
menudo distantes, lo cual presupone un sistema amplio y eficiente de
comunicaciones. Su construcción implica la cooperación de grandes grupos de
trabajadores, especializados en distintos oficios, que deben actuar
conjuntamente, de acuerdo con un plan común y bajo una dirección centralizada.
Además de esto, ninguno de dichos
trabajadores producirá sus propios alimentos, cazando, pescando o cultivando la
tierra. Se nutrirán con los excedentes producidos por
otros especialistas dedicados exclusivamente a la producción o a la
recolección de
materias alimenticias, quienes, por
su parte,
podrán vivir también lejos. La
canoa, antecesora en línea directa de nuestro barco mercante, también implica
una economía y una organización social, pero muy diferentes y mucho más simples.
La única herramienta requerida es una azuela de piedra, la cual pudo haber sido
hecha por el trabajador
en su bogar, de algún guijarro del
arroyo más cercano. La madera para
la embarcación
procede de
un árbol local.
Para derribar
el árbol, desbastarlo y empujar la embarcación hasta el agua, pudo
haberse necesitado la cooperación de varios trabajadores, Pero el número
requerido, habrá sido bastante corto, sin exceder los límites de grupo familiar.
Finalmente, la canoa puede ser hecha perfectamente bien por pescadores o
agricultores, en los intervalos que íes deja su ocupación principal de
procurarse los alimentos para sí mismos y para sus hijos. No presupone materias
alimenticias importadas, ni un excedente comunal acumulado, sino que es el
símbolo de una economía de comunidades
o familias
autosuficientes. Una
economía como
esa puede encontrarse operante,
en la actualidad, entre las tribus bárbaras. Los arqueólogos pueden definir un
período en el cual era, al parecer, la única economía, la única organización de
la producción vigente sobre toda la superficie terrestre. De esta manera, la
historia, ampliada hacia el pasado por la prehistoria, puede comparar los
sistemas de producción más extendidos, en puntos muy separados dentro del gran
intervalo de tiempo que explora.
La
arqueología puede observar cambios en el sistema económico y adelantos en los
medios de producción, presentándolos en una sucesión cronológica. Las divisiones
arqueológicas del período prehistórico en edades de piedra, de bronce y de
hierro, no son del todo arbitrarias. Se basan en los materiales utilizados para
fabricar los utensilios cortantes, particularmente las hachas, ya que tales
utensilios se encuentran entre los más importantes instrumentos de producción.
La historia realista insiste en la significación que tienen para modelar y
determinar el sistema social y la organización económica. Además, el hacha de
piedra, instrumento distintivo de una época, al menos, de la edad de piedra, es
el producto doméstico que podía ser fabricado y utilizado por cualquiera, dentro
de un grupo autosuficiente de cazadores o agricultores. No implica
especialización del trabajo, ni comercio fuera del grupo. El hacha de bronce que
la substituye, no solamente es un utensilio superior, sino que también presupone
una estructura económica y social más compleja. La fundición del bronce
es un proceso muy complicado para ser ejecutado por cualquier persona, en
los intervalos que le deja el cultivo o la captura de sus alimentos, o el
cuidado de sus hijos. Es un trabajo que deben ejecutar especialistas, y éstos
necesitan contar para la satisfacción de sus necesidades elementales, como es la
de alimentarse, de un excedente producido por
otros especialistas. Además de
esto, el
cobre y el
estaño de que se compone el hacha de bronce, son relativamente raros y muy pocas veces se encuentran juntos. Casi con seguridad, uno
de los constituyentes, o los dos, tendrán que ser importados. Tal importación
sólo es posible cuando se ha establecido alguna especie de comunicación y de
comercio, y cuando existe excedente de algún producto local para permutarlo por
los metales.
Hasta
este grado corresponden los cambios en que los arqueólogos acostumbran insistir,
a los cambios en las fuerzas de producción, en la estructura económica y
en la organización social, los cuales se registran en documentos escritos y son
considerados como fundamentales por la historia realista. En efecto, la
arqueología puede señalar, y de hecho lo hace, los cambios radicales
sobrevenidos en la economía humana, o sea, en el sistema social de producción.
Estos cambios son de tipo semejante a aquellos en los cuales insiste la
concepción realista de la historia, considerándolos como factores del cambio
histórico. Por
sus efectos
sobre el
conjunto de la
humanidad, los cambios prehistóricos, o por lo menos algunos de ellos,
resultan comparables a esa
transformación dramática que tan bien conocemos: la Revolución Industrial del
siglo XVIII, en Gran Bretaña. Su significación debe estimarse con los mismos
criterios, y sus resultados deben juzgarse con arreglo a normas semejantes. En
realidad, para el caso de las revoluciones prehistóricas, puede ser más fácil
establecer un juicio imparcial, justamente porque sus efectos han dejado de
afectarnos individualmente.
Ahora
bien, la prehistoria no solamente amplía la historia escrita hacia el pasado,
sino que también hace avanzar a la historia natural. En
rigor, si una de las raíces de la arqueología prehistórica es la historia
antigua, la otra es la geología. La prehistoria constituye un puente
entre la historia humana y las ciencias naturales de la zoología, la
paleontología y la geología. La geología ha reconstruido la formación de la
tierra en que habitamos; y, en su rama de la paleontología, ha seguido el
desarrollo de las distintas formas de vida surgidas a través de varios y enormes
períodos geológicos de tiempo. En su última era, la prehistoria incluye la
narración. La antropología prehistórica, que se ocupa de los restos corpóreos de
los “hombres” primitivos, es justamente una rama de la paleontología o de la
zoología. La arqueología prehistórica, en cambio, estudia lo que el hombre
realizó. Investiga los cambios ocurridos en la cultura humana. Estos cambios,
cuyos detalles hemos de exponer más adelante, toman el lugar de las
modificaciones físicas
y de
las mutaciones
que producen
el surgimiento de nuevas
especies entre los animales, las cuales son estudiadas por la paleontología.
En
consecuencia, el “progreso” de los historiadores puede ser el equivalente de la
evolución de los zoólogos. Asimismo, es de esperar que las normas aplicables a
esta última disciplina puedan auxiliar al historiador para obtener la misma
objetividad e impersonalidad de juicio
que caracteriza al zoólogo y a cualquier otro científico natural. Ahora bien,
para el biólogo, el progreso –si es que emplea este término– significará el
éxito en la lucha por la existencia. La supervivencia del más apto es un buen
principio evolutivo. Sólo que la aptitud significa justamente el éxito en la
vida.
Una
prueba provisional de la aptitud de una especie, sería la de contar el número de
sus miembros durante varias generaciones. Si el número total resultara ser
creciente, se podría
considerar que la
especie ha tenido buenos
resultados; si su número disminuye, estará condenada
al fracaso.
Los
biólogos han dividido el mundo orgánico en reinos y subreinos. Estos últimos los
subdividen en phyla, los phyla en clases, las clases en familias, las
familias en géneros, y los géneros en especies. La paleontología investiga el
orden en que los diversos phyla, géneros, etc., surgieron en nuestro planeta,
Están dispuestos, en cierto modo, dentro de una jerarquía evolutiva. En el reino
animal, el phylum de los cordados está clasificado en rango superior a los phyla
de los protozoarios (que incluyen gérmenes, algunos animales marinos y otros) y
de los anélidos (lombrices de tierra). Dentro del phylum, los vertebrados ocupan
la posición más elevada y, entre los vertebrados, los mamíferos (animales de
sangre caliente que amamantan a sus crías) tienen un rango superior a los peces,
las aves y los reptiles. Aquí, el
rango depende puramente del orden de su aparición. “Superior”
significa aparición
posterior en
el registro de
las rocas; en
un corte geológico ideal, las formas más antiguas de la vida ocuparían
las capas más profundas, mientras que las más recientes harían su aparición muy
cerca de la superficie. Si el biólogo se aparta de algún modo de esta ordenación
puramente cronológica, se expone a quedar involucrado en controversias
metafísicas, en las cuales, como científico, se encuentra poco dispuesto a
embarcarse. Bien haría el historiador en seguir su ejemplo.
Con todo,
tal vez sería permisible sugerir que, en ciertos casos, se atribuyan valores a
los rangos evolutivos, y que estos valores sean susceptibles de expresión
numérica. Podrían ser útiles para estimar el significado de un cambio cultural,
si no es que para rescatar al progreso
de todo sentido metafísico. La noción de aptitud difícilmente puede excluirse
por completo del dominio biológico, aun cuando dicha aptitud signifique
justamente el logro de
la supervivencia. Desde
luego, muchas formas inferiores todavía sobreviven –con buenos
resultados, obvios en el caso de los gérmenes, y muy afortunados en el caso de
las lombrices de tierra–. Por otro lado, las rocas revelan un número incontable
de especies, géneros y hasta familias, cuya supervivencia
se ha
frustrado, a
pesar de
que en su momento estuvieran
colocados a la cabeza de la jerarquía evolutiva. Los reptiles gigantescos,
como los dinosaurios e ictiosauros,
que pululaban durante la
era jurásica, se han extinguido
ahora. Florecieron
en condiciones
geográficas particulares.
La era
jurásica tuvo un clima caliente y húmedo, y vastas extensiones de mares y de
pantanos: en ella no existían bestias más inteligentes que pudieran competir con
los inmensos lagartos. Dentro de estas condiciones, en este medio ambiente, los
reptiles se habían adaptado con buenos resultados. El propio medio ambiente
perduró un tiempo tan largo, que carece de sentido calcularlo en años. Pero, por
último, las regiones sumergidas bajo el agua se hicieron más restringidas; el
clima se volvió más seco y más frío, y surgieron nuevos géneros y nuevas
especies. Relativamente, fueron
pocos los
reptiles que
lograron sobrevivir en el
nuevo medio
ambiente. Los más
no se
pudieron ajustar al cambio de
las condiciones, y perecieron. Cuando el antiguo medio ambiente jurásico
desapareció, las mismas cualidades que habían asegurado su éxito y constituido
su “aptitud”, se convirtieron en un impedimento.
Estaban especializados
en exceso,
demasiado adaptados
estrechamente a un conjunto limitado de condiciones. Con la desaparición de
estas condiciones, sucumbieron. La especialización excesiva es, a la larga,
desventajosa desde el punto de vista biológico. Su resultado final no es la
supervivencia, ni el incremento en el
número, sino la extinción o el estancamiento.
También
como un
tanteo, podemos
llamar la
atención acerca
de la idea de economía en relación con lo que hace referencia a los
medios por los cuales queda asegurada la supervivencia. Muchos de los organismos
inferiores sobreviven, manteniendo su
número, únicamente gracias a
una prodigiosa fecundidad. Cada individuo, o pareja de individuos,
produce millones
de descendientes.
No obstante,
la especie tiene una aptitud
tan pobre para sobrevivir, que sólo uno o dos individuos, en cada puesta,
alcanzan a vivir hasta la madurez. El abadejo, el bacalao y algunos otros peces,
por ejemplo, logran mantener su número casi constante, durante largos períodos
de tiempo. En este sentido, obtienen buenos resultados. Pero, para sostener
este equilibrio precario, una
pareja de
abadejos
produce 6.000.000
de huevos, y
una de
bacalaos 28.000.000.
Si una
proporción importante de estos huevos
alcanzara la madurez,
el mar
se convertiría pronto en una
masa sólida de bacalaos. En realidad, sólo dos o tres bacalaos logran llegar a
la madurez en cada puesta. La probabilidad individual que tiene cada huevo de
sobrevivir, o sea su perspectiva de vivir, es de 1 entre 14.000.000,
aproximadamente. Los conejos son mucho más económicos.
Un conejo
hembra puede
producir
setenta descendientes al año. Como el
total de la población de conejos se mantiene constante, es claro que la
probabilidad individual de sobrevivir es del orden de 1 entre 70. Una pareja humana no
produce más que
un hijo
al año,
y las
familias que
exceden de
10 miembros
son raras. Sin embargo, la especie humana sigue aumentando todavía su
número. La probabilidad de supervivencia que tiene el niño es incomparablemente
mayor que la del pequeño conejo.
Dentro de
ciertos límites, la economía en la reproducción, la probabilidad individual de
supervivencia, aumenta al ascender en la escala evolutiva. Y estos conceptos
–aptitud, probabilidad de supervivencia– son esencialmente numéricos. En la
medida en que se les aplica, constituyen criterios investidos con toda la
objetividad de los números, dentro del dominio de la clasificación biológica.
Por desgracia, este argumento no debe generalizarse. Porque, mientras algunos
“organismos inferiores” aseguran su supervivencia por medio de una fecundidad
desmedida, otros, que
ocupan posiciones
no menos humildes en la escala
evolutiva, muestran en la reproducción una economía tan estricta como la del
hombre o la de los elefantes y. sin embargo, mantienen su número.
Sería
imprudente proseguir estas discusiones más adelante, por temor a introducir
ideas de valor ajeno al de la ciencia pura. Con todo, al menos habrán servido
para señalar que la continuidad entre la historia natural y la historia humana
puede permitir la introducción de
conceptos numéricos en esta última. Los cambios históricos pueden
ser juzgados por
la medida en que hayan ayudado a
la supervivencia y a la multiplicación de nuestra especie. Se trata de un
criterio numérico que es expresable en las cifras de población. En la historia,
nos encontramos con acontecimientos para los cuales es aplicable directamente
este criterio numérico. El ejemplo más claro es el de la Revolución Industrial
en Gran Bretaña. Las estimaciones hechas acerca de la población de la isla
indican un crecimiento absoluto y gradual, después de la peste negra del siglo
XIV. Cómputos fidedignos fijan la
población en 4.160.221 para el año de 1570, 5.773.646 para 1670, y 6.517.035
para 1750. Entonces, con la Revolución Industrial comienza
un dramático
crecimiento que produce
16.345.646 habitantes en 1801, y 27.533.755 en 1851.
El efecto
que producen estas cifras es aún más impresionante si las dibujamos en papel
cuadriculado para formar una gráfica o “curva de población”. La dirección
general de la línea es casi recta hasta 1750, sin ser afectada por las
revoluciones políticas y los movimientos religiosos de los siglos XVII y XVIII,
que ocupan tanto espacio en los viejos libros de historia. Entre 1750 y 1800, la
dirección de la línea se modifica, formando un ángulo de unos 30°. Los
arrolladores cambios en la cultura
material y en el equipo, las nuevas fuerzas sociales de producción y la
reorganización económica llevada a cabo por la Revolución Industrial, reactuaron
sobre la masa de la población británica en su conjunto, de una manera que ningún
acontecimiento político o religioso había logrado. Obviamente, uno de sus
efectos fue el de hacer posible un incremento gigantesco en su número. Las
personas se multiplicaron como nunca antes
lo habían hecho, desde
la llegada de los sajones. Juzgándola con arreglo a la norma biológica
que antes hemos sugerido, la Revolución Industrial ha constituido un éxito. Ha
facilitado la supervivencia y la multiplicación de la especie
respectiva.

Fig.
2. Gráfica
de la
población de la
Gran Bretaña,
1500-1800
Las
cifras suministran un criterio objetivo para poder juzgar un acontecimiento de
este tipo. Es inútil insistir en el brillo de las conquistas intelectuales de la
ciencia, las cuales sólo el nuevo sistema de producción hizo posible, o en los
horrores del trabajo de los niños, de los barrios bajos y de la opresión que
trajo aparejados. Lo primero puede ser opacado por esto último. Pero los males
no pueden ser enfocados en su verdadera perspectiva, por carecer de normas de
comparación. Puede suceder que estemos bien informados de la miseria, las
enfermedades y la perversidad, que el sistema fabril ha impuesto al
proletariado. Pero, es sorprendente lo poco que sabemos sobre la verdadera
situación de la mayor parte de los campesinos, de los mineros y de los
jornaleros, en los siglos anteriores. En tanto que conocemos, en buena parte,
los gremios de artesanos urbanos –que, en realidad, constituían una clase
privilegiada y relativamente pequeña–
no nos
atrevemos a
presentar una
imagen precisa de la vida de un siervo
durante la Edad Media, ni menos de un esclavo en la Roma antigua o en Grecia.
Cuando se vislumbra un destello de la verdad, en la página de una cédula
medieval o de una oración antigua, quienes son dados al sentimentalismo, cierran
sus ojos con prudencia, completamente horrorizados. Así pues, en general podemos
tener confianza en nuestras cifras.
Teniendo
presente la lección obtenida de las cifras y las curvas anteriores, seremos capaces
de discernir
otras “revoluciones”
ocurridas en las edades primitivas de la historia humana. Se pondrán de
manifiesto de una manera semejante a la de la Revolución Industrial: por un
cambio de dirección, hacia arriba, de la curva de población, Deberemos juzgarlas
con arreglo a la misma norma. El principal propósito de este libro consiste en
examinar la prehistoria y la historia desde
este punto
de vista.
Es de
esperar que
la consideración de
estas revoluciones, tan remotas que es imposible que nos produzcan
irritación o entusiasmo, pueda servir para vindicar la idea de progreso, en
contra de los sentimentales y de los místicos.
Capítulo
II
EVOLUCIÓN ORGÁNICA Y PROGRESO CULTURAL
Hemos
sugerido que la prehistoria es una continuación de la historia natural, y que
existe una analogía entre la evolución orgánica y el progreso de la cultura. La
historia universal indaga la aparición de nuevas especies, cada
vez mejor
adaptadas para
sobrevivir, más
aptas para conseguir alimento y abrigo, y para multiplicarse. La historia
humana muestra al hombre creando nuevas industrias y nuevas economías que han
promovido el incremento de su especie y, con
esto, ha vindicado el mejoramiento de su aptitud.
El
carnero montaraz es apto para sobrevivir en el clima frío de la montaña, por su
grueso abrigo de pelo y lana. El hombre puede adaptarse a vivir
en el
mismo medio
ambiente, fabricándose
abrigos de piel o de lana de carnero. Con sus patas y su hocico, los
conejos pueden excavarse madrigueras, procurándose abrigo contra el frío y
contra sus enemigos. Con picos y palas, el hombre puede construirse refugios
semejantes, y aún mejores, empleando tabiques, piedra y madera. Los leones
tienen garras y dientes, los cuales les aseguran la comida
que necesitan. El hombre
hace flechas
y lanzas,
para matar
los animales de caza. Un instinto innato, una adaptación heredada de su
sistema nervioso rudimentario, permite, hasta a la más humilde medusa,
apoderarse de su presa cuando ésta se encuentra realmente a su alcance. El
hombre aprende métodos más eficaces y más diferenciados para obtener su
alimento, a través de las enseñanzas y del ejemplo de sus mayores.
En la
historia humana, los vestidos, herramientas, armas y tradiciones, toman el lugar
de las pieles, garras, colmillos e instintos, para la búsqueda de alimento y
abrigo. Las costumbres y prohibiciones, condensando siglos de experiencia
acumulada y transmitida por la tradición social, ocupan el lugar de los
instintos heredados, facilitando la supervivencia de nuestra especie.
Se trata,
ciertamente, de una analogía. Pero, es esencial no perder de vista las
importantes diferencias que existen entre el proceso histórico
y la evolución orgánica, entre la cultura humana y el apresto corpóreo
del animal, entre la herencia social y la herencia biológica.
El
lenguaje figurado, que se basa en la admisión de analogías, expone al incauto a
llegar a conclusiones erróneas. Así,
por ejemplo, podemos leer:
“En la
época jurásica, la lucha por la vida debe haber sido muy rigurosa… el
Triceratops tenía cubiertas su cabeza y su pescuezo con una especie de
casquete óseo, con dos cuernos sobre los ojos.”
El pasaje
sugiere esas cosas que se ven en tiempo de guerra. Entre 1915 y 1918, cuando los
beligerantes se encontraron amenazados desde
el aire,
inventaron los cascos
blindados, los cañones
antiaéreos, los refugios contra bombardeos y otros artificios
protectores. Ahora que, este proceso de invención no es, en modo alguno,
semejante a la evolución del Triceratops, tal como la conciben los
biólogos. Su casquete óseo formaba parte de su cuerpo; lo había heredado de sus
antecesores; y se había ido desarrollando en forma muy lenta, como resultado de
pequeñas modificaciones espontáneas en la envoltura corpórea de los reptiles,
acumuladas durante centenares de generaciones. La razón de que el Triceratops
sobreviviera no se encuentra en su voluntad, sino en el hecho de que sus
antecesores provistos de tal apresto corpóreo, en su forma rudimentaria,
obtuvieron mejores resultados en la adquisición de alimentos y pudieron eludir
mejor los peligros, que aquellos que carecían de él. Los aprestos y las defensas
del hombre son externos a su cuerpo,
pudiendo ponérselos o introducirse en ellos a voluntad. Su empleo no es
heredado, sino aprendido, más bien con lentitud, del grupo social al cual
pertenece cada individuo. La herencia social del hombre es una tradición que él
empieza a adquirir sólo después de que ha surgido del seno de su madre. Las
modificaciones a la cultura y a la tradición, pueden ser iniciadas, controladas
o retardadas por la opción conciente y
deliberada de sus autores y ejecutores humanos. La invención no es una mutación
accidental del plasma germinativo, sino una nueva síntesis
de la
experiencia acumulada, de la
cual es
heredero el
inventor únicamente por la tradición. Es bueno esclarecer, tanto como sea
posible, las diferencias que subsisten entre los procesos que venimos
comparando.
No es
necesario describir en sus detalles el mecanismo de la
evolución, tal como lo conciben los biólogos. Por otra parte, ya ha sido
esbozado por los expertos, en libros accesibles y legibles. El punto de vista
más generalizado parece ser, en breves palabras, el que sigue a continuación. Se
supone que la evolución de nuevas formas de vida y de nuevas especies de
animales es el resultado de la acumulación de cambios hereditarios en el plasma
germinativo. (La naturaleza exacta de estos cambios es algo que se encuentra tan
oscuro para los científicos, como pueden serlo las palabras plasma germinativo
para el lector ordinario). Tales cambios, en tanto que faciliten la vida y la
reproducción de la criatura, estarán fundados en lo que se llama la “selección
natural”. Las criaturas que no resultan afectadas por los cambios en cuestión,
sencillamente mueren o quedan confinadas en algún rincón, dejando a las nuevas
especies en posesión del campo. Un ejemplo concreto, y parcialmente ficticio,
ilustrará su significado mejor que varias páginas más de términos abstractos.
Hace
aproximadamente medio millón de años, Europa y Asia fueron azotadas por periodos
de intenso frío –las llamadas Edades de Hielo– que duraron millares de años. En
ese tiempo existían varias especies de elefantes, antecesores de los modernos
elefantes africanos e hindúes. Al sufrir los rigores de la Edad de Hielo, en
algunos elefantes se desarrolló un abrigo de pelos, lanudos, convirtiéndose por
último en lo que llamamos mamuts.
Esto no
significa que
un elefante ordinario
se hubiera dicho un buen día: “siento un frío terrible, me pondré un
abrigo de lana”, ni tampoco que le hubieran brotado misteriosamente pelos para
cubrirse, a fuerza de desearlo continuamente. Lo que se supone que ocurrió,
sería más bien esto:
El plasma
germinativo está expuesto a cambios, y cambia constante- mente. Entre los
elefantes nacidos sin pelo, y en la medida en que la Edad de Hielo se fue
haciendo más rigurosa y como resultado de ciertos cambios en el plasma
germinativo, empezaron a nacer algunos con la tendencia a tener la piel velluda
y que, cuando crecieron, se volvieron realmente peludos.
En las
latitudes frías,
los elefantes
peludos prosperaron más que los del tipo común y engendraron familias
mayores, también provistas de pelo. Por lo tanto, aumentaron a costa de los
otros, A más de esto, en algunos de sus descendientes, el plasma germinativo
pudo sufrir cambios misteriosos análogos a los anteriores,
de tal
modo que
se hicieran
aún más
peludos que
sus antecesores y que sus contemporáneos. Los cuales, a su vez,
siendo los más aptos para soportar el frío, prosperaron mejor y se
multiplicaron aún más que los otros. De esta manera, después de muchas
generaciones, se debe haber formado una raza de elefantes peludos, o mamuts,
como resultado de la acumulación de las variaciones hereditarias sucesivas que
hemos descrito. Y únicamente esta
raza fue
capaz de
resistir las
condiciones glaciales de las
regiones septentrionales de Europa y
Asia. Así adquirió el mamut
abrigo de lana permanente, como resultado de un proceso que abarcó muchas
generaciones y millares de años, porque los elefantes de todas las especies se
reproducen lentamente.

Fig.
3. Mamut
grabado por
un artista contemporáneo
suyo en
una cueva
de
Francia
Durante
las Edades de Hielo, ya existían varias especies de hombres, contemporáneos del
mamut: ellos cazaron a esas bestias y dibujaron sus imágenes en las cavernas.
Pero no
heredaron abrigos de pieles, ni
desarrollaron cosa alguna semejante para hacer frente a la crisis; algunos de
los pobladores humanos de Europa, durante la Edad de Hielo, pasarían actualmente
inadvertidos dentro de una muchedumbre. En lugar de someterse a los lentos
cambios físicos que acabaron por hacer capaces a los mamuts de resistir el frío,
nuestros ancestros descubrieron la manera de controlar el fuego y el modo de
hacerse abrigos de pieles. Así fueron capaces de enfrentarse al frío con tan
buenos resultados como los mamuts.
Desde
luego, mientras las crías de mamut nacían con la tendencia a tener un abrigo de
pelo, y éste crecía ineludiblemente al mismo tiempo que la cría, las crías del
hombre no nacían ya afectas al fuego o a la hechura de abrigos. Los mamuts
transmitían sus abrigos a su progenie,
por herencia.
Cada generación de
hombres, en cambio,
tenía que aprender por entero el arte de mantener el fuego, lo mismo que
el de hacer abrigos, desde sus rudimentos mismos. El arte era
transmitido de padres a hijos, sólo por medio de la enseñanza y del
ejemplo. Se trataba
de una
“característica adquirida”; y,
de acuerdo
con los zoólogos, las características adquiridas no son hereditarias. Un
niño, por sí solo, el día de
su nacimiento es tan afecto al fuego como lo era
el hombre hace
medio millón
de años,
cuando comenzó
a alimentar las llamas, en vez
de huir de ellas como lo hacían las otras bestias.
El relato
anterior puede ser expuesto en términos técnicos, como
sigue: algunos miembros del género Elephas se adaptaron al medio
ambiente de las Edades de Hielo, y evolucionaron a la especie
Elephas primigenias. La
especie Homo sapiens
fue capaz
de sobrevivir en el mismo
medio ambiente, mejorando su cultura material. Tanto la evolución como el cambio
cultural, pueden ser considerados como adaptaciones al medio ambiente. Desde
luego, el medio ambiente significa el conjunto de la situación en la cual tiene
que vivir una criatura: no
abarca únicamente
el clima
(calor, frío,
humedad, vientos)
y las características fisiográficas, como las montañas, mares, ríos y
pantanos, sino también factores tales como la provisión de alimentos, enemigos
animales y, en el caso del hombre, aún las tradiciones, costumbres y leyes
sociales, la posición económica y las creencias
religiosas.
Tanto el
hombre como el mamut, se adaptaron con éxito al medio ambiente de las Edades de
Hielo. Ambos florecieron y se multiplicaron en esas condiciones climáticas
peculiares. No obstante, su historia diverge
al final.
La última
Edad de
Hielo pasó
y, con
ella, se
extinguió el mamut. El hombre
ha sobrevivido. El mamut se había adaptado demasiado bien a un conjunto de
condiciones en particular; estaba especializado
en exceso.
Cuando, con
la aparición de
condiciones más benignas, los bosques cubrieron las extensas tundras en las
cuales había vagado el mamut, y la vegetación templada substituyó a la
desmedrada vegetación ártica por la cual ramoneaba el mamut, entonces, la bestia
se encontró desvalida.
Todos los
caracteres corpóreos que lo habían capacitado para prosperar en las
Edades de
Hielo –el
abrigo de
pelo, el
aparato digestivo adaptado
para alimentarse con musgo y sauces enanos, las pezuñas y la trompa
constituidas para hozar en la nieve–, se convirtieron en otras tantas
desventajas, dentro de los climas templados. El hombre, por su parte, se
encontraba en libertad de abandonar su abrigo, si sentía demasiado
calor, de
inventar otras
herramientas y
de optar
por la carne de vaca, en lugar
de la de mamut.
El
párrafo anterior nos conduce a
extraer una lección que ya habíamos apuntado. A la larga, la adaptación
exclusiva a un medio ambiente peculiar no resulta provechosa. Ella impone
restricciones rigurosas y, en último término, tal vez fatales, a las
posibilidades de vivir y de multiplicarse.
Dentro de
una perspectiva amplia,
lo que
es ventajoso
es la capacidad de adaptarse a las circunstancias cambiantes. Tal
adaptabilidad obliga al desarrollo de un sistema nervioso y, por último, de un
cerebro.
Hasta el
organismo más elemental está provisto de un sistema
nervioso rudimentario, el cual
le permite
ejecutar uno
o dos movimientos
simples, como respuesta a los cambios ocurridos en el mundo que le codea. El
cambio exterior excita o estimula lo que sirve a la criatura cono “órgano
sensorial” y este estímulo impulsa ciertos movimientos o cambios determinados en
el cuerpo de la criatura. La proximidad de un ave deprecatoria –o de cualquier
otro objeto– cuando alcanza el órgano
sensorial de una ostra, estimula su nervio de tal manera que produce una
contracción de los músculos que cierran su concha. El sistema nervioso de la
ostra le suministra una especie de recurso automático para su propia protección,
pero carece de capacidad para hacer variar el movimiento de acuerdo con las
diferencias en los cambios externos que lo suscitan. El sistema nervioso se
encuentra adaptado para ejecutar una clase de movimientos musculares, en todas las ocasiones en que un objeto externo cualquiera afecte
sus extremidades sensoriales. Todas las respuestas automáticas, para cuya
ejecución se encuentra adaptado un organismo ante cualquier cambio que ocurre en
su medio ambiente, pueden ser llamadas instintos.*2
Desde luego, éstos son hereditarios, exactamente en la misma
manera en
que lo
es la
forma física
de la
criatura.
Constituyen consecuencias necesarias e
inevitables de la estructura de su sistema nervioso, el cual forma parte de su
mecanismo corpóreo.
Mientras
más nos elevemos en la escala evolutiva, encontraremos que se hace más complicado el
sistema nervioso. Los órganos se habilitan y especializan para
descubrir diferentes clases de cambios
en el
medio ambiente –presiones ejercidas sobre el cuerpo de la criatura,
vibraciones en el aire, rayos de luz, y otros movimientos–. Así surgen los
sentidos diversificados del tacto, del oído, de la vista, y el resto de órganos
corpóreos apropiados para conectarlos con el cuerpo mismo. Al propio tiempo, se
incrementa el número y la variedad de los movimientos que la criatura puede
realizar, por el desarrollo y la especialización de los nervios motores que
controlan músculos o conjuntos de músculos. En los organismos superiores, se
desenvuelve un mecanismo que conecta, con creciente finura, los nervios
sensoriales, afectados
por los
cambios ocurridos
en el
medio ambiente, y los nervios
motores que controlan los movimientos de los músculos.
El
resultado de tal desenvolvimiento es el de hacer capaz a la criatura de variar sus
movimientos, su “conducta”,
de acuerdo
con las
pequeñas variaciones ocurridas en los cambios exteriores que afectan a
sus nervios. Entonces puede adaptar sus reacciones. La mayor parte de este
mecanismo de adaptación se encuentra localizado en el cerebro. Los organismos
inferiores tienen meros nodos o nudos, en donde se reúnen los diferentes nervios
sensoriales y motores. A partir de estos rudimentos se inicia el desarrollo de
un cerebro, ascendiendo en la escala evolutiva. Crece y se desarrolla una trama
compleja de líneas que conectan los diversos nervios sensoriales y transmiten
los impulsos que los afectan a los
nervios motores apropiados. De esta manera, las sensaciones, que en un principio
pueden haber sido simplemente impresiones efímeras, llegan a conectarse
permanente- mente entre sí y con algunos movimientos y, por tanto, pueden ser
“recordadas”.
Finalmente, en vez de un par de
movimientos muy simples, ejecutados sin discriminación ante cualquier cambio
ocurrido en el medio que lo rodea, el mamífero puede dar respuestas diferentes,
apropiadas a una amplia variedad
de objetos
y condiciones
exteriores que lo
afecten. Así, es capaz de
enfrentarse, con éxito, a una mayor diversidad de circunstancias. Puede obtener
su alimento con más regularidad y seguridad,
esquivar a
sus enemigos
con mejores
resultados,
y propagar su especie de manera más
económica. El desenvolvimiento de un sistema nervioso y de un cerebro, hace que
la vida sea posible en condiciones más variadas. Y, como tales condiciones están
cambiando constantemente, es obvio que esta adaptabilidad facilita la
supervivencia y la multiplicación.
El hombre
aparece muy tarde en los registros geológicos. Ningún esqueleto fósil al cual se
le pueda dar el nombre de “hombre” es anterior a la penúltima parte de la
historia terrestre, o sea, a la era del “pleistoceno”.
Aún entonces,
los fósiles
siguen siendo
excepcionalmente raros hasta los períodos más recientes, y pueden
contarse con los dedos los “hombres” fósiles de la era inferior del pleistoceno.
En la actualidad, todos los hombres pertenecen a una sola especie, la del
Homo sapiens, y todos se pueden cruzar libremente entre sí; pero, en cambio,
los “hombres” primitivos del pleistoceno pertenecían a varias especies distintas. Algunos,
en realidad,
divergían tanto de
nosotros en su estructura
corpórea, que los antropólogos se inclinan a asignarles distintos géneros. Los
miembros primitivos de la familia humana a que nos referimos, los homínidos
fósiles que a menudo son llamados paleontrópicos, no fueron ancestros directos
en nuestra evolución; en el árbol genealógico del Homo sapiens, ellos representan
ramas laterales del tronco principal. Aún más, sus cuerpos se encontraban mejor
provistos que
los nuestros
para ejecutar
ciertas funciones
físicas, como el combate. Por ejemplo, los caninos de la dentadura del
Eoanthropus, u hombre de Piltdown, deben haber sido armas formidables. Pero,
por el momento, podemos ignorar las diferencias dentro de nuestra familia.
El hombre
no se encuentra, en la actualidad –y,
al parecer, tampoco lo estaba desde su primera aparición en el pleistoceno–,
adecuadamente adaptado para sobrevivir en un medio ambiente particular
cualquiera. Sus defensas corpóreas para enfrentarse a un conjunto específico de
condiciones cualesquiera, son inferiores a las que poseen la mayor parte de los
animales. El hombre no tiene, y posiblemente nunca tuvo, un abrigo de piel
semejante al del oso polar, para
conservar el calor de su cuerpo en un ambiente frío. Su cuerpo no está bien
adaptado, particularmente, para la huida, la defensa propia o la cacería.
No tiene, por ejemplo, una excepcional ligereza de pies, y sería dejado atrás,
en una carrera, por una liebre o por un avestruz. No tiene un color que lo
proteja, como
el tigre
o el
leopardo moteado;
ni una
armadura corpórea, como la
tortuga o el cangrejo. Tampoco posee alas para escapar y contar con ventaja para
acechar y atrapar su presa. Carece del pico y de las garras del halcón, lo mismo
que de su vista penetrante. Para coger su presa y para defenderse, su fuerza
muscular, su dentadura y sus uñas, son incomparablemente inferiores a las del
tigre.
En su
historia evolutiva relativamente corta, que se encuentra atestiguada por los
restos fósiles, el hombre no ha mejorado sus aprestos hereditarios por cambios
corpóreos que puedan descubrirse en su esqueleto. No obstante lo cual, ha sido
capaz de adaptarse a una
variedad de
ambientes mayor
que casi
todas las
otras criaturas, de multiplicarse con
más rapidez
que cualquier
otro de
sus parientes
entre los mamíferos superiores, y de vencer al oso polar, a la liebre, al
halcón y al tigre, en sus habilidades específicas. Por medio de su
control del fuego y de su habilidad para hacerse vestidos y habitaciones, el
hombre puede, y de hecho lo realiza, vivir y prosperar desde el círculo Ártico
hasta el ecuador. Con los trenes y automóviles que construye, el hombre puede
aventajar la mayor ligereza de la
liebre o del avestruz. En los aeroplanos el hombre puede subir más alto que el
águila y,
con telescopios, puede
ver más
lejos que
el halcón. Con las armas de
fuego, puede abatir animales a los que el tigre no se atreve a atacar.
Con todo
debemos repetir, que el fuego, los vestidos, las casas, los trenes, los
aeroplanos, los telescopios y las armas de fuego, no son parte del cuerpo
humano. El hombre puede tomarlos y dejarlos a voluntad. No son hereditarios en
el sentido biológico, sino que la habilidad necesaria para producirlos y
utilizarlos, forma parte de nuestra herencia social, siendo resultado de una
tradición acumulada por muchas generaciones y que no se transmite por la sangre,
sino a través de la palabra hablada y escrita.
La
compensación del hombre por su cuerpo pobremente dotado, comparado con el
de otros
animales, ha sido
la posesión
de un
cerebro grande y complejo, el cual constituye el centro de un extenso y
delicado sistema nervioso. Esto le permite ejecutar una gran variedad de
movimientos controlados con
precisión, que se
adaptan exactamente a los
impulsos recibidos por los afinados órganos sensoriales. Únicamente así es como
el hombre ha sido capaz de hacerse abrigos contra el clima y las vicisitudes del
tiempo, lo mismo que instrumentos y armas ofensivas y defensivos, los cuales,
debido a que se pueden adaptar y ajustar,
son realmente superiores a las corazas corpóreas, a los dientes o a las
garras.
En cierto
sentido, la posibilidad de construir substitutos artificiales para las defensas
corpóreas, es una consecuencia de su carencia. Por ejemplo, mientras los huesos
de la caja craneana tienen que soportar los poderosos músculos que son
necesarios para la masticación con una fuerte mandíbula, y para esgrimir los
dientes en el combate, como ocurre en el caso del chimpancé, el cerebro dispone
de poco espacio para dilatarse; ya que los huesos de la caja craneana deben ser
gruesos y macizos. Si el peso del cuerpo tiene que ser soportado normalmente por
las patas delanteras y traseras, ya sea para caminar o para trepar, entonces resultarán imposibles los movimientos
finos y delicados de los dedos humanos para coger y hacer cosas. A la vez, sin
manos para asir los alimentos y para hacer las herramientas y las armas
que le
permiten asegurarse
el alimento
y repeler
los ataques,
las mandíbulas poderosas y los dientes agresivos, tales como los poseen
nuestros parientes
los monos,
difícilmente hubieran disminuido
de peso y de tamaño. Así, los
cambios evolutivos que han contribuido a la formación del hombre, se encuentran
conectados, de una manera muy íntima, tanto entre sí como con los cambios
culturales que el hombre mismo ha producido. Por lo cual no resulta sorprendente
que, en sus intentos primitivos, el hombre haya progresado en diferentes grados
relativos. El hombre de Piltdown (Eoanthropus), por ejemplo, poseía una
caja craneana comparable por sus dimensiones a la nuestra, pero conservaba la
poderosa mandíbula inferior y los caninos prominentes que son propios del mono.
El
hombre, entonces, está dotado por la naturaleza con un cerebro, grande en
comparación con su cuerpo, y esta dote es la condición que habilita al hombre
para hacer su propia cultura. Otras dotes naturales se asocian luego y
contribuyen al mismo resultado. Elliot Smith ha expuesto
brillantemente el
significado de
la “visión
binocular”, heredada de
humildes ancestros cuadrumanos muy remotos. Dorothy Davidson ha hecho una
síntesis tan hábil del argumento, que su recapitulación aquí resulta
innecesaria. De un modo general, establece que nosotros, y nuestros ancestros
en el desarrollo evolutivo,
vemos con los dos
ojos una sola
imagen, cuando
otros mamíferos ven dos.
Ciertas sensaciones musculares
inadvertidas, indispensables para enfocar
y unificar
las imágenes recibidas por los dos ojos, constituyen un factor importante
para estimar la distancia y para ver los objetos como sólidos
(estereoscópicamente), en lugar de planos.
En el
hombre y en los primates superiores, la asociación de las imágenes
estereoscópicas con las sensaciones táctiles y la actividad muscular, hace
posible la perfecta estimación de las distancias y profundidades. Sin esto, la
finura de las manos
y de los dedos no sería
suficiente para hacer instrumentos. Es la cooperación perfectamente ajustada,
aunque inconsciente, de la mano y el ojo, lo que permite al hombre hacer
instrumentos, desde el neolítico más tosco hasta el sismógrafo de mayor
sensibilidad. Tal cooperación es posible debido a la delicadeza del sistema
nervioso y a la complejidad de las
trayectorias de asociación en el cerebro de gran tamaño. Sólo que el
mecanismo nervioso se ha establecido de tal manera, que funciona ahora sin
atraer nuestra atención.
El
lenguaje se ha hecho posible por dotes similares –un control delicado y preciso
de los nervios motores sobre los músculos de la lengua y de la laringe, y una
correlación exacta de las sensaciones musculares debidas a los movimientos de
esos órganos con las sensaciones
auditivas–.
El
establecimiento de las conexiones necesarias entre los diversos nervios
sensoriales y motores correspondientes, se efectúa en
regiones bien
definidas del
cerebro, particularmente en aquellas
que se encuentran
inmediatamente encima de los oídos. En las cajas craneanas de ensayos muy
primitivos de hombre, como el Pithecanthropus (hombre de Java), el
Sinanthropus (hombre de Pekín) y el Eoanthropus (hombre de Piltdown),
son visibles los rasgos de protuberancias rudimentarias en esta porción del
cerebro. Aún estos miembros tan primitivos de nuestra familia podían “hablar”.
Sin
embargo, en
el Homo sapiens, este
desenvolvimiento del
cerebro y del sistema nervioso
ocurre do concierto con ciertas modificaciones en la disposición para el enlace
de los músculos de la lengua, las cuales no se encuentran en los antropoides, ni
tampoco en otros géneros o especies de “hombre”. A consecuencia de
esto, el hombre es capaz de articular una variedad de sonidos mucho mayor que
cualquier otro animal.
El
mecanismo por el cual las sensaciones visuales, musculares,
auditivas
y
otras
sensaciones
y
movimientos,
se
encuentran
coordinados de una manera tan
sutil que, normalmente, no tenemos conciencia de los elementos separados, es un
mecanismo que se desarrolla en el cerebro mayormente después del nacimiento.
Esto puede ocurrir así, debido únicamente a que los huesos del cráneo son
relativamente blandos y están trabados sin mucha cohesión en el niño, de tal
modo que el cerebro se puede dilatar dentro de ellos. Pero, durante este
proceso, el niño se encuentra bastante desvalido y puede sufrir daño con
facilidad. De hecho, depende enteramente de sus padres. Lo anterior también
resulta cierto para las crías de cualquier mamífero y
de la mayor parte de las aves. Sólo que, en el caso del hombre, la
condición de dependencia dura un tiempo excepcionalmente largo. El
endurecimiento y la solidificación del cráneo humano se retardan mucho
más que en
los otros
animales, para permitir la
mayor dilatación del
cerebro. Al mismo tiempo, el hombre nace con relativamente pocos instintos
heredados. Es decir, que existen comparativamente pocos movimientos y respuestas
precisas para cuyo estímulo se encuentre ajustado automáticamente nuestro
sistema nervioso; los instintos del hombre son, en su mayor parte, tendencias
muy generalizadas.
Por lo
tanto, al igual que cualquier otro animal joven, el niño tiene que “aprender por
experiencia”, la respuesta apropiada a una situación específica. Debe encontrar
los movimientos correctos a ejecutar en relación
con cualquier acontecimiento
externo, formando en su
cerebro las conexiones apropiadas entre los nervios sensoriales y
motores. Y, como en el caso de los mamíferos jóvenes, el proceso de aprendizaje
es ayudado por el ejemplo de los padres. Así, el gazapo tratará de imitar a su
madre, para aprender el modo de elegir su alimento y de evitar los peligros que
le acechan en la realidad. Tal educación es común a las familias humanas y
animales. Pero, en el caso del hombre,
este proceso de educación se transforma.
El
hombre no
solamente puede
enseñar a sus
hijos por
el ejemplo,
sino también con el precepto.
La facultad de hablar –esto
es, la constitución
fisiológica de la lengua,
la laringe y el sistema
nervioso humanos– dota a la infancia prolongada de una importancia única.
Por una
parte, la infancia prolongada implica la vida familiar, la asociación continua
de padres e hijos por varios años. Por otro lado,
las condiciones fisiológicas, como ya indicamos antes, permiten al hombre
emitir una Rían variedad de sonidos articulados distintos. De esta
manera, un sonido específico o un
grupo de sonidos, una palabra,
puede ser asociada
con un
acontecimiento particular o
con un
grupo de acontecimientos en el
mundo exterior. Por ejemplo, el sonido
o palabra “oso” puede conjurar la imagen de una especie particular de animal
peligroso, pero
cuya piel
se aprovecha
y cuya
carne se
come, junto
con la disposición para actuar de manera apropiada en el caso de un
encuentro con tal animal. Desde luego, las primeras palabras pueden haber
sugerido por
sí mismas,
en cierta
medida, los
objetos denotados. Así, la
pronunciación inglesa de la palabra “morepork” se asemeja aproximadamente
al chillido de cierta lechuza australiana a la cual se da este nombre. Pero, aún
en ese caso, la convención es un factor importante para limitar el significado y
darle precisión. Únicamente como resultado de un convenio tácito, aceptado por
los primeros pobladores blancos de Australia, es como la palabra “morepork”
ha venido a representar una especie de lechuza y no, por ejemplo, una
gaviota. Generalmente, el elemento convencional es el que domina en absoluto. Es
obvio que la extensión en la cual los sonidos pueden, por sí mismos, sugerir o
imitar a las cosas, es verdaderamente muy limitada. En realidad, el lenguaje es,
esencialmente un producto social; únicamente en la sociedad y por tácito
convenio entre sus miembros, es como las palabras pueden tener significado y
sugerir cosas y acontecimientos. Y la familia humana es una unidad social
necesaria (aun cuando no es necesariamente, o probablemente, la única unidad
original).
Ahora
bien, una parte integrante de la educación humana consiste en enseñar a hablar
al niño. Lo cual significa enseñarlo a articular,
de una manera reconocida, ciertos sonidos o palabras, y a conectados con
aquellos objetos o acontecimientos a los cuales se refieren, según se ha
convenido. Una vez hecho esto, los padres pueden, con ayuda del lenguaje,
instruir a sus hijos sobre corno entendérselas en situaciones que no es posible
ilustrar convenientemente con ejemplos reales concretos. El niño no necesita
esperar a que un oso ataque a
la familia para aprender cómo eludirlo. En tal caso, la instrucción
recurriendo sólo al ejemplo podría
resultar fatal para alguno de los discípulos. En cambio, el lenguaje permite a
los viejos enseñar el peligro a los jóvenes cuando no está presente y demostrarles, entonces, la
conducta a seguir.
Por lo
demás, el habla no es únicamente un vehículo por medio del cual los padres
transmiten sus propias experiencias a los hijos. También
es un
medio de
comunicación entre
todos los
miembros de
un grupo humano que habla el mismo lenguaje, o sea, que observa
convenciones comunes respecto a la pronunciación de los sonidos y a los
significados atribuidos a ellos. Cada uno de los miembros puede comunicar a los
demás lo que ha visto y hecho, y todos pueden comparar sus acciones y
reacciones. Así se mancomunan las experiencias de todo el grupo. Lo que los
padres imparten a sus hijos no son simplemente las lecciones de su propia
experiencia personal, sino algo mucho más amplio; la experiencia colectiva del
grupo. Tal es la tradición que pasa de generación en generación, cuyo método de
transmisión, con ayuda del lenguaje, parece ser una peculiaridad de la familia
humana, Y esta peculiaridad constituye la diferencia vital definitiva entre la
evolución orgánica y el progreso humano.
El
miembro de una especie animal hereda, en forma de instintos, la experiencia
colectiva de su especie. La disposición para reaccionar de modo particular en
situaciones determinadas, es innata en él, justamente porque ha fomentado la
supervivencia de la especie. Otros animales de la misma especie, dotados con
instintos diferentes, han sido menos afortunados y, por lo tanto, han sido
extirpados por selección natural.
La
formación
de
los
instintos
hereditarios,
beneficiosos para la especie,
puede considerarse como un proceso lento y, más bien, de despilfarro, comparable
al del mamut cuando adquirió su abrigo
de pelo.
El niño
aprende aquellas
reglas y
preceptos para
actuar que los miembros de su grupo y sus antecesores han encontrado
beneficiosos.
Ahora
bien, por lo menos en teoría, el conjunto de reglas tradicionales no es fijo, ni
inmutable. Las nuevas experiencias pueden sugerir, a los individuos, adiciones y
modificaciones. Si éstas resultan útiles, serán comunicadas a la comunidad
entera, la cual las discutirá, las someterá a prueba y podrá incorporarlas a
la tradición colectiva. Por supuesto,
el proceso está lejos de ser, en realidad, tan simple como se indica. Los
hombres se aferran apasionadamente a las viejas tradiciones y muestran
gran renuencia
a modificar
sus modos
de conducta acostumbrados, tal
como lo han experimentado a su costa los innovadores de todas las épocas. La
carga muerta del conservatismo que es, en gran manera, una aversión perezosa y
cobarde a la actividad enérgica y penosa del verdadero pensamiento, ha retardado
indudablemente el progreso humano; y todavía más en el pasado que en la
actualidad. No obstante lo cual, para la especie humana, el progreso ha
consistido fundamentalmente en el mejoramiento y en el ajuste de la tradición
social, transmitida por medio del precepto y del
ejemplo.
Los
descubrimientos y las
invenciones que parecen,
a los
arqueólogos, pruebas tangibles del progreso, son justamente, después de
todo, la incorporación concreta y la expresión de las innovaciones en la
tradición social. Cada uno de ellos se ha hecho posible, únicamente, por la
experiencia acumulada transmitida por la tradición al inventor; cada uno
significa el agregar a la tradición nuevas reglas de acción y de conducta. El
inventor del
telégrafo tuvo a su disposición
un conjunto de conocimientos
tradicionales, acumulados a partir de los tiempos prehistóricos, acerca de la
producción y la transmisión de la electricidad. Igualmente, en una época mucho
más temprana, el inventor del barco de
vela había aprendido antes a
construir piraguas y a navegar
en ellas, lo mismo que la manera de fabricar esteras o tejidos
de género.
Al propio
tiempo, los
nuevos movimientos necesarios para hacer funcionar el telégrafo y el barco de vela,
tuvieron que ser enseñados tan pronto como el invento quedó establecido. Las
reglas apropiadas se incorporaron a la tradición social, para ser aprendidas por
las generaciones siguientes.
Debemos
destacar otra
implicación del
lenguaje en
general, y
del habla en particular. Pero,
antes, tenemos que hacer notar que el lenguaje no se
limita a
los sonidos
articulados o
a su
reproducción escrita. También
incluye a los gestos y, en último término, al arte pictográfico. Los gestos, al
igual que las palabras, imitan y sugieren, en cierto sentido, los objetos
correspondientes, pero también son convencionales en gran medida; su significación, tal como la de los sonidos
hablados, tiene que limitarse por medio de un convenio tácito entre los miembros
de la sociedad. Se puede indicar un “pájaro” agitando los brazos, pero solamente
una convención puede restringir el gesto para que indique una especie particular
de pájaro, o para que señale en contraste con “pájaro”,
un
“árbol-sacudido-por-el-viento”. El
simbolismo de
los
gestos que, probablemente, fue muy
importante en la infancia de las relaciones humanas, no ha tenido un desarrollo
tan fructuoso como el lenguaje hablado. El arte pictográfico, como veremos
después, tiene los mismos
inconvenientes que la gesticulación.
La
aptitud que llamamos “pensamiento abstracto” –la cual es, probablemente, una
prerrogativa de la especie humana– depende en gran parte del lenguaje. Designar
una cosa es, enteramente, un acto de
abstracción. El oso, evocado por su nombre, estará así arrancado y separado del
complejo de sensaciones –árboles, cuevas, pájaros cantores, etc. – que podrán
acompañarlo en el caso de su encuentro real con el hombre. Y, no solamente
estará aislado, sino también generalizado. Los osos reales son siempre
individuales; podrán ser grandes o pequeños, negros o pardos; podrán estar
dormidos o trepando a un árbol. En la palabra “oso”, se ignoran tales cualidades
–aun cuando algunas de ellas sean aplicables a cualquier oso real–
concentrándose la atención en uno o dos elementos coincidentes, los cuales
han sido
descubiertos como
características comunes
a un cierto número de distintos animales individuales. Éstos quedan
agrupados dentro de
una clase
abstracta. En lenguajes
muy primitivos,
como el
de los aborígenes australianos, cosas tan abstractas o generales como oso
o canguro, carecerán de nombre. Habrá palabras diferentes, y sin relación
entre sí,
para designar
el “canguro
macho”, el
“canguro hembra”, el “canguro joven”,
el “canguro
saltando”, y así sucesivamente.
No
obstante, es característico de todo lenguaje el poseer un cierto grado de
abstracción. Pero, una vez abstraída la idea de oso de su medio ambiente real y
concreto, y despojado de muchos de sus atributos particulares, la idea puede ser
combinada con otras ideas abstractas semejantes
o ser
dotada de
atributos, a
pesar de
que nunca sea posible hallar un oso en tal medio ambiente o con esos
atributos. Se puede, por ejemplo, dotar al oso del habla, o describirlo tocando
un instrumento musical. Es posible jugar con las palabras, y este juego
contribuye a la mitología y a la magia. También puede conducir a la invención,
cuando las cosas son tratadas o pensadas atendiendo al modo como pueden ser o
llegar a ser realmente. El hablar de hombres alados precedió ciertamente, por un
largo tiempo, a la invención de máquinas voladoras practicables.
Combinaciones como las que acabamos de describir se pueden hacer, desde luego,
sin emplear palabras, ni sonidos representativos de las cosas. En su lugar se
pueden utilizar imágenes visuales (o representaciones mentales). Estas
desempeñan, en realidad, un papel importante en el pensamiento de los inventores
mecánicos. Sin embargo, en los comienzos del pensamiento humano, las imágenes
visuales deben haber desempeñado una función menos importante de lo que podría
esperarse. El pensamiento es un tipo de acción y, para muchas personas
(incluyendo al escritor), la facultad de formar representaciones mentales se
encuentra limitada por su capacidad de trazar o hacer modelos de las cosas
imaginadas. Tuvo que transcurrir largo tiempo antes de que el hombre aprendiera
a trazar o hacer modelos, pero, en cambio, tan pronto como llegó a ser hombre
pudo emitir sonidos articulados.
De
cualquier manera, las palabras y las imágenes mentales de los sonidos o de los
movimientos musculares requeridos para articularlos, pueden ser empleadas para
funciones en las cuales son inaplicables las imágenes visuales. Se pueden formar
palabras para abstracciones –como electricidad, fuerza, justicia– que no es
posible representar por imagen visual alguna. Para un pensamiento de tan elevado
grado de abstracción debe considerarse como casi indispensable el lenguaje
hablado (o escrito). Una gran parte del pensamiento incluido en el presente
libro es de este tipo. Trate el lector de imaginarse cómo sería esta página
vertida en una serie de representaciones pictóricas o de gestos imitativos. Así
comprenderá mejor la función desempeñada por el habla, una de las dotes
fisiológicas del hombre, en la peculiar actividad humana de pensar
abstractamente.
La
evolución del cuerpo humano, de sus aprestos fisiológicos, es estudiada por la
antropología prehistórica, la cual es una rama de la paleontología. Más allá de
los puntos ya considerados, sus resultados tienen poca conexión con el tema de
este libro. Dentro de nuestra especie, el mejoramiento de dichos aprestos, hecho
por el hombre mismo –es
decir,
por
la
cultura–
ha
tomado
el
lugar
de
las
modificaciones corpóreas.
La
antropología prehistórica no dispone todavía, en la actualidad, de documentos
concretos que ilustren con precisión los procesos evolutivos
que debemos
considerar como preliminares
necesarios para la creación
inteligente de
la cultura.
Ninguno de
los escasos
“hombres” fósiles, cuyos
esqueletos han sobrevivido desde las Edades de Hielo primitivas (pleistoceno),
puede clasificarse entre nuestros ancestros directos. Ellos no representan
etapas en el proceso natural de formación del hombre, sino experimentos
infructuosos –géneros y especies– que han desaparecido.
Los
esqueletos más antiguos de nuestra propia especie pertenecen a las fases finales
de la última Edad de Hielo y a los períodos culturales llamados en Francia
auriñaciense, solutrense y magdaleniense. Éstos son ya tan semejantes a nuestros
propios esqueletos, que las diferencias solamente pueden ser advertidas por
expertos. Estos hombres del pleistoceno posterior se diferencian ya en diversas
variedades o razas distintas. Es obvio que antes de ellos debe haber una larga
historia evolutiva, pero no disponemos de fósil alguno que la ilustre. Y, desde
la época en la cual aparecen por primera vez los esqueletos de Homo sapiens
en los testimonios geológicos, tal vez hace 25.000 años, la evolución
corpórea del hombre se ha detenido, al parecer,
aun cuando es justamente entonces cuando se ha iniciado su progreso
cultural.
“La
diferencia física entre los hombres de las culturas auriñaciense y
magdaleniense, por una parte, y los hombres actuales,
por la
otra, es
insignificante; en
tanto que
su diferencia cultural es
inconmensurable.”*3
En la
familia humana, el progreso en la cultura ha ocupado, en
realidad, el lugar que tenía anteriormente la evolución orgánica.
La
arqueología es la que estudia este progreso en la cultura. Sus documentos son
los utensilios, armas y chozas hechos por el hombre en el pasado, para
procurarse alimento y abrigo. Ellos ilustran el mejoramiento de la habilidad
técnica, la acumulación de conocimientos y el avance de la organización para
garantizar la subsistencia. Un utensilio terminado, hecho por manos humanas, es,
obviamente, un buen índice de la destreza manual y del desarrollo mental de su
autor. De un modo menos obvio, es la medida del conocimiento científico de su
época. No obstante, todo instrumento refleja en realidad, aun cuando sea de
manera imperfecta, la ciencia que tuvieron a su disposición los autores. Esto es
evidente en el caso de un mecanismo de
radiocomunicación o
de un
aeroplano. Y
es igualmente cierto respecto a un
hacha de bronce, sólo que, en este caso, será útil una breve explicación.
Los
arqueólogos han dividido las culturas del pasado en Edades de Piedra (Antigua y
Nueva), Edad de Bronce y Edad de Hierro, sobre la base del material empleado
generalmente, y en forma preferente, para los instrumentos cortantes. Las hachas
y cuchillos de bronce son instrumentos distintivos de la Edad de Bronce; a
diferencia de los de piedra, indicativos de una Edad de Piedra anterior, o de
los de hierro de la subsecuente Edad
de Hierro. Para la manufactura de un hacha
de bronce se tiene que aplicar un conjunto de conocimientos mayor que para una de piedra. La de bronce implica un conocimiento
básico considerable de geología (para localizar e identificar los minerales) y
de química (para reducirlos), lo mismo que el dominio de procesos
técnicos complicados. Es presumible que un pueblo de la “Edad de Piedra”, por
valerse exclusivamente de instrumentes de piedra, careciera de dichos
conocimientos. De esta manera, los criterios utilizados por los arqueólogos para
distinguir sus diversas “edades”, también sirven como índices del estado de la
ciencia.
Sin
embargo, cuando
los utensilios,
los cimientos
de las viviendas
y las otras reliquias arqueológicas no se consideran aisladamente, sino
en su conjunto, pueden mostrar mucho más. Entonces, no solo ponen de manifiesto
el nivel alcanzado por la destreza técnica y la ciencia, sino también la manera
en que sus autores obtenían su subsistencia, esto es, cuál era su economía. Y es
justamente la economía la que determina la multiplicación de nuestra especie y,
por consiguiente, su éxito biológico. Estudiadas desde esta perspectiva, las
antiguas divisiones arqueológicas adquieren un nuevo significado. Las edades
arqueológicas corresponden, aproximadamente, a las etapas económicas. Cada nueva
“edad” es introducida por una revolución económica, del mismo
tipo y con los mismos efectos
que la Revolución Industrial del siglo XVIII.
En la
“Antigua Edad de Piedra” (período paleolítico), los hombres
vivían enteramente de la caza, la pesca y la recolección de granos
silvestres, raíces, insectos y mariscos. Su número estuvo limitado a la
provisión de alimentos ofrecida por la propia naturaleza y, en realidad, parece
haber sido muy corto. En la “Nueva Edad de Piedra” (época neolítica), los
hombres controlaron su abastecimiento de alimentos, cultivando
plantas y
criando animales.
Debido a
las
circunstancias favorables, una
comunidad puede producir ya más alimentos de los
que necesita consumir, y puede aumentar su producción para satisfacer las
exigencias del aumento de la población. La comparación del
número de
entierros entre
la Antigua
Edad de Piedra y
la Nueva,
en Europa y en el Cercano Oriente, muestra el enorme incremento de la
población, como
resultado de
la revolución neolítica.
Desde el
punto de vista biológico, la
nueva economía constituyó un éxito: hizo posible la multiplicación de nuestra
especie.
El empleo
del bronce implica, asimismo, la existencia de industrias especializadas y,
generalmente, de un comercio organizado. Para procurarse utensilios de bronce,
una comunicad debe producir un excedente de artículos alimenticios y tiene que
sostener cuerpos de especialistas, mineros, fundidores y artífices, apartados de
la producción directa de alimentos. Luego, una parte del excedente tiene que
gastarse siempre en el transporte del
mineral, desde las montañas metalíferas relativamente remotas. Realmente,
en el Cercano Oriente, la Edad de Bronce se caracterizó por la formación de
ciudades populosas, en las cuales se desarrollaron industrias secundarias y el
comercio exterior, en una escala considerable. Un ejército regular de artesanos,
comerciantes y trabajadores del transporte, lo mismo que
de funcionarios, empleados, soldados y sacerdotes, era sostenido por el
excedente de artículos alimenticios producidos por los agricultores, pastores y
cazadores. Las ciudades son, incomparablemente, más extensas y más populosas que
las poblaciones neolíticas. Ha ocurrido una segunda revolución y, de nuevo, ha
dado como resultado la multiplicación de nuestra especie.
El
descubrimiento de un proceso económico para producir hierro en cantidad –signo
distintivo de la Edad de Hierro– produjo un resultado similar; en particular, en
Europa y, probablemente, también en los países tropicales. El bronce siempre ha
sido un material costoso, porque sus constituyentes, el cobre y el estaño, son
relativamente raros. Los minerales de hierro, en cambio, se encuentran
distribuidos con amplitud.
En cuanto
fue posible
fundirlo en
forma económica, todos pudieron fabricar utensilios de hierro. Y los implementos
de hierro baratos permitieron al hombre abrir nuevas tierras al cultivo,
desmontando los bosques y avenando los suelos arcillosos: para lo cual, los
instrumentos de piedra eran impotentes, y los de bronce, demasiado
raros para
ser eficaces.
Una vez
más, la
población se encontró en
condiciones de ensancharse, y así aconteció, tal como lo demuestran
dramáticamente la prehistoria de Escocia y la historia primitiva de Noruega.
Por lo
tanto, los avances culturales que forman la base de la clasificación
arqueológica, han producido la misma clase de efectos biológicos que tienen las
mutaciones en la evolución orgánica. En los capítulos siguientes consideraremos
en detalle los avances primitivos. Así se mostrará cómo las revoluciones
económicas reaccionan sobre la actitud
del hombre ante la naturaleza y promueven el desenvolvimiento
de las
instituciones, de
la ciencia
y de la literatura;
en una palabra, de la civilización en su significación más general.
Capítulo
III
ESCALAS
DE TIEMPO
Antes de
proceder a describir el contenido de las “edades” que acabamos de definir, es
conveniente tratar de dar alguna indicación acerca de su duración. Sin tal
intento no es posible estimar con
claridad el movimiento del progreso humano, ni siquiera es asequible su
realidad. Pero, es necesario hacer un gran esfuerzo imaginativo. El drama de la
historia humana ocupa un período que no es mensurable en años, ni en siglos, ni
aún en milenios. Los geólogos y los arqueólogos hablan con versatilidad de estos
grandes periodos de tiempo, como si no se dieran cuenta de que son de la misma
clase de los períodos que nosotros mismos vivimos.
Para la
mayor parte de nosotros, un año parece ser un tiempo largo; si lo contemplamos
retrospectivamente, lo encontramos lleno de acontecimientos más o menos
emocionantes que han afectado nuestras propias vidas, nuestra ciudad, nuestro
país y aún al mundo entero. Ya
una década,
o sean diez
años, sólo se puede
contemplar de una manera
poco menos
vivida. Recordamos
la última
década, llena
de sucesos notables, con las proezas aéreas, los asesinatos, las
violaciones y los divorcios que solamente son “destacados” en la prensa
popular, o
de experiencias personales de
la misma
significación histórica, o bien de acontecimientos verdaderamente
importantes, como el descubrimiento del hidrógeno pesado
o de las Tumbas
Reales de Ur. Nuestra imagen de los períodos más prolongados es más
atenuada. Han transcurrido cincuenta y dos años desde la Guerra de los Boers, la
cual podemos recordar muchos de nosotros. En el intervalo hemos sido testigos de
acontecimientos de todas clases, tos cuales han dejado una impresión permanente
en nuestras mentes. Podemos recordar las primeras máquinas voladoras, la
multiplicación de los
automóviles, los comienzos
de la
telegrafía sin hilos
comunicando a los trasatlánticos, las sufragistas, una guerra mundial, la
revolución rusa, una huelga general y otros muchos sucesos.
Pero, si
nos remontamos treinta y cuatro décadas, llegamos hasta los grandes días de la
reina Isabel. El período es justamente diez veces mayor que el que acabamos de
tratar de recordar. Sin embargo, en general,
no estaremos enterados de
que contiene
diez veces
más acontecimientos, los
cuales fueron, presumiblemente, tan importantes para sus contemporáneos, como
aquellos que hemos recordado en el transcurso de nuestras propias vidas. Sólo
unos cuantos de ellos acuden a la mente de un hombre medio, como la decapitación
de Carlos I, la declaración de independencia de los Estados Unidos, o la batalla
de Waterloo. Haciendo un esfuerzo de memoria, algunos recuerdan que durante este
período Newton formuló su ley de gravedad, que la electricidad y la química
fueron estudiadas y aplicadas científicamente por primera vez, que Linneo clasificó
el reino de la materia viva, y que Darwin enunció la doctrina de la selección
natural. Pero, es mucho más difícil darse cuenta de que cada uno de esos 340
años, cada una de esas 34 décadas, está tan nutrida de acontecimientos como el
año o la década que nosotros mismos hemos experimentado. No obstante, debemos
hacer el esfuerzo por entenderlo así.
Todavía
nos espera otro esfuerzo mayor; retrocedamos ahora, no treinta y cuatro décadas,
sino diez veces más: treinta y cuatro siglos. En Gran Bretaña, nos habremos
remontado a una época de la cual no tenemos testimonio escrito alguno, cuando
los utensilios eran hechos exclusivamente de piedra, hueso y madera, siendo
desconocidos o inasequibles el hierro y el bronce, y cuando los hombres
dedicaban más tiempo a edificar las gigantescas tumbas llamadas túmulos, que a
construcciones necesarias como
viviendas y caminos. De
hace tres
mil cuatrocientos años, únicamente quedaron testimonios escritos en
Creta. Egipto, el Cercano Oriente y, tal vez, en la India y en China. Es
particularmente difícil entender que estos siglos, sin historia escrita, hayan
estado tan llenos de importantes sucesos para los bárbaros habitantes de Gran
Bretaña, como lo pudo ser para nosotros el año pasado, aun cuando a los
civilizados egipcios o babilonios no les llegara ni un rumor siquiera. Tales
acontecimientos no atestiguados, pero no por ello inmemorables, como la erección
de un túmulo o el entierro de Stonehenge, fueron tan emocionantes y dignos de
recuerdo, al menos para quienes los ejecutaron o los presenciaron, como
lo son los sucesos inmediatos para quienes viven en el siglo actual. Con todo,
para encontrarnos en los comienzos de la
humanidad, debemos remontarnos mucho más atrás; no a 3.400 años antes, ni
a diez veces más, sino hasta unos 340.000.
En rigor,
tratándose de los remotos comienzos del progreso, un año, o aún un siglo, es una
unidad demasiado pequeña. Debemos acostumbramos a contar en milenios, esto es,
en millares de años. Cada milenio
comprenderá diez
siglos o
un centenar
de décadas.
Y cada
día, año, década o siglo, estará lleno de acontecimientos que merecieron
ser registrados en periódicos, anuarios o libros de historia.
Para
acostumbrarnos a este procedimiento de computar, intentaremos exponer la
historia escrita en milenios (haciendo caso omiso de las pequeñas fracciones).
Hace medio milenio, Colón descubría América.
Un
milenio
antes
de
nosotros,
los
normandos
todavía
no
desembarcaban en Inglaterra y
Alfredo ocupaba el trono de los sajones. Dos milenios atrás, nos encontramos en
los límites de la historia británica. Las Islas Británicas sólo eran conocidas
por los letrados, a través de las narraciones de viajeros y mercaderes, en tanto
que Cicerón preparaba y escribía sus discursos en Roma. Hace tres milenios,
tendríamos que ir fuera de Europa para encontrar testimonios escritos: Roma
todavía no era fundada, Grecia se encontraba sumida en una oscura época de
invasión bárbara, y la literatura sólo florecía en Egipto y en el Cercano
Oriente. Es la época de Salomón en Palestina.
Por
último, retrocediendo cinco milenios estaríamos en los principios mismos de la
historia escrita, en Egipto y en Babilonia. Si nos remontamos más, ya no
encontraremos testimonios históricos escritos que arrojen luz en la oscuridad o
que nos ayuden a entender la multiplicidad de los sucesos ocurridos cada año. Y,
sin embargo, la civilización ya había madurado.
Para
tener alguna idea del tiempo arqueológico, consideremos las ruinas de las
ciudades de Mesopotamia. La extensión homogénea de
la dilatada llanura aluvial comprendida entre el Tigris y el Éufrates, se
encuentra interrumpida por tells o montículos que se elevan unos 18
metros o más por encima del terreno circundante. No se trata de colinas
naturales, sino que cada uno de ellos señala el sitio de alguna construcción
antigua, y está formado enteramente por los escombros de casas, templos y
palacios arruinados. En Irak, las casas todavía se construyen
con adobes,
no cocidos
en horno,
sino secados
simplemente al sol. Estas
casas pueden
tener la
suerte de
permanecer en
pie por
un siglo. Pero, puede presentarse la contingencia de que la lluvia
penetre por debajo de los aleros o llegue hasta los cimientos, desintegrando la
arcilla plástica.
Entonces, todo
el edificio
se viene
abajo,
quedando como una masa informe o como
tierra desmoronada. El propietario ni siquiera
se molesta
en limpiar
los escombros.
Sencillamente los aplana y
construye en el mismo sitio una nueva casa, cuyos cimientos se elevan unos 60
centímetros sobre el piso de su antigua vivienda. La repetición de este proceso
en el transcurso de los siglos es lo que ha formado los tells
rompiendo la
monotonía de
la llanura
de Mesopotamia.
En Warka,
la Erech bíblica, los alemanes exploraron el centro de uno de estos tells,
por medio de un pozo profundo. La entrada del pozo se encuentra al nivel del
piso de un templo prehistórico, el cual data de unos 5.500 años. Desde este
nivel se puede descender por las
paredes de la sinuosa excavación practicada, hasta una profundidad
de más de 18 metros. En cada momento de este descenso inquietante se
pueden recoger, de las paredes del pozo, trozos de cerámica, adobes o
instrumentos de piedra. El pozo corta un montículo de 18 metros de altura, en
realidad, formado enteramente por los escombros de las
construcciones sucesivas, en
las cuales han vivido los hombres. El montículo ha crecido de la manera
descrita antes, sólo que simplemente la más reciente de las construcciones que
lo constituyen, las cuales son atravesadas al descender por el pozo, tiene más
de cinco milenios.
En el
fondo, llegamos al sucio virgen –un suelo pantanoso emergido
del Golfo Pérsico–. La construcción inferior representa los remotos
comienzos de la vida humana en el sur de Mesopotamia. No obstante, cuando hemos
descendido hasta ella, nos encontramos tan alejados como antes de los comienzos
del progreso humano. Para alcanzarlos, debemos sumergirnos en el tiempo
geológico. Pero, entonces, las cifras pierden casi su sentido (y se vuelven
principalmente conjeturas). Para comprender la antigüedad del hombre, debemos
considerar los amplios cambios ocurridos en la superficie terrestre, de los
cuales ha sido testigo nuestra especie, antes de que los pobladores llegaran al
sitio en que se erigió Erech.
Grandes
láminas de hielo se extendieron sobre la mayor parte de la Gran Bretaña y del
norte de Europa, y los glaciares de los Alpes y de los Pirineos llenaron los
valles de los ríos de Francia, En la Gran Bretaña, las láminas de hielo
irradiaron de las montañas de Escocia y, algunas veces, unidas con las de
Escandinavia, cubrieron las tierras bajas de
Escocia,
se
extendieron
por
Irlanda
y
llegaron
hasta
Cambridge. Se considera que,
alrededor de Edimburgo, hielo alcanzó un espesor de más de 300 metros. Cubrió
los valles y sepultó las cumbres de las montañas de Pentland. En Francia, el
glaciar del Ródano, el cual puede verse actualmente a distancia por encima del Lago de
Ginebra, se extendió por el valle del Ródano hasta Lyon.
La
formación y extensión de estos glaciares y láminas de hielo, debe haber tomado
una cantidad asombrosa de tiempo. Un glaciar es un río de hielo y no un río
helado. La extensión del glaciar del Ródano hasta Lyon, no significa que el
Ródano se hubiese congelado bruscamente, sino
que el
glaciar escurrió desde las
alturas de
los Alpes hasta
el nivel de Lyon. Pero, un
glaciar fluye con mucha lentitud: su movimiento apenas si resulta perceptible a
simple vista. La mayor velocidad observada es de sólo 30 metros por día y, con
frecuencia, el flujo es mucho más lento. Las grandes láminas de hielo que
escurrieron sobre las llanuras de Inglaterra oriental y del norte de Alemania,
no se movieron con un ritmo semejante. En Groenlandia, tales láminas de hielo se
mueven ahora sólo unos cuantos centímetros diarios; en la Antártida, el ritmo
del flujo es de unos 500 metros al año. ¡Cuán largo debe haber sido el tiempo
transcurrido para que el glaciar del Ródano llegara a Lyon y para que las
láminas de hielo escocesas se extendieran hasta Suffolk!
La
fundición de las inmensas láminas de hielo debe haber sido igualmente lenta. Una
gran masa de hielo requiere mucho tiempo para derretirse. Es posible encontrar,
en pleno verano, algún iceberg flotando
al sur
de Nueva
York. Pero, por enorme
que sea,
ese islote de hielo es incomparablemente más pequeño y más fundible que las
inmensas láminas de hielo y los glaciares que estamos considerando. Su
derretimiento debe haber sido tan lento, que la diferencia de posición del borde
del hielo entre un verano y el siguiente, posiblemente haya sido muy difícil de
percibir para los hombres de la época.
Con todo,
la humanidad fue testigo del avance y de la desaparición de las láminas de hielo
sobre Europa, bastante tiempo antes de que la historia comenzara. Y no sólo eso.
Muchos geólogos consideran que hubo cuatro distintas Edades de hielo o
glaciaciones, durante el período pleistoceno. Cuatro veces, los glaciares y
las láminas de hielo se extendieron lentamente sobre Europa y, otras tantas
veces, se fundieron imperceptiblemente o se desecaron. Y, en cada episodio
glacial, hubo
una época
interglacial de
temperatura cálida
y de duración incierta. Los
“hombres” siguieron viviendo en Europa y en otras
partes, a
través de
estos cambios
graduales. La
consideración de su curso lento y de su extensión, es una guía mucho mejor para
estimar la duración del tiempo prehistórico, que una acumulación de números
monstruosos.
Durante
las Edades de Hielo progresaron otros cambios igualmente lentos, cuya
consideración puede fortalecer la lección suministrada por las glaciaciones.
Gran Bretaña, por ejemplo, quedó unida en diversos puntos con el continente
europeo, para separarse nuevamente después, mientras vivían hombres en su
territorio. Los movimientos que eso
implica fueron tan lentos como los que ocurren actualmente ante nuestros ojos,
sin advertirlos. Es notorio que la
costa de Inglaterra está siendo devorada por el mar. En ocasiones, el
hundimiento espectacular de algún risco cerca de Brighton o la destrucción de
una calzada, llama la atención acerca de esta erosión. Pero, en su conjunto, el proceso es imperceptible. Aún en el transcurso de
medio siglo, sus efectos son demasiado pequeños como para ser reflejados en un
mapa cuya escala fuera tan grande que cada centímetro representara un kilómetro.
Igualmente gradual, es la formación de tierras por el sedimento que arrastran
los ríos hasta los deltas o estuarios de sus desembocaduras.
A
principios del pleistoceno, una gran porción de Inglaterra oriental se
encontraba sumergida en el mar. Los llamados riscos de Norfolk son sedimentos depositados bajo
el mar
que cubría
la región
de esa
época. Gradualmente, la acumulación de tales sedimentos, junto con los
levantamientos también graduales de la corteza terrestre, unió a Gran Bretaña
con el continente y acabaron por desecar la tierra en la depresión del
Mar del
Norte. El Támesis se unió
entonces al Rín, como tributario,
fluyendo por una extensa llanura hasta el Océano Ártico, al norte del banco de Dogger.
La nueva sumersión
de esta región todavía no se había terminado cuando desaparecieron
las láminas de hielo. Al finalizar el período pleistoceno todavía pudo existir
un dique de tierra hasta Inglaterra, y el hundimiento que lo destruyó aún sigue
adelante. Su progreso es tan imperceptible ahora, como lo fue en sus primeras
etapas y en las fases previas de su elevación. Esto viene a acentuar nuevamente
la asombrosa duración del pleistoceno.
Las
consideraciones anteriores han sido hechas tratando de ayudar al lector a
estimar los períodos de tiempo que son denotados por las
“edades”
arqueológicas.
Pero,
ahora,
debemos
formular
una
advertencia sobre la
significación de tales “edades”. La Edad Paleolítica, la Edad Neolítica, la Edad
de Bronce y la Edad de Hierro, no deben ser confundidas con períodos absolutos
de tiempo, como las eras de los geólogos. En una localidad cualquiera –digamos,
el sur de Inglaterra o Egipto– cada edad
no ocupa,
realmente, un período definido de
tiempo histórico. En todas las regiones, las diversas edades se siguen
las unas a las otras en el mismo
orden. Pero, no principiaron, ni tampoco terminaron, simultáneamente en todo el
mundo. No debemos imaginarnos que, en un momento dado de la historia del mundo,
resonó una trompeta en el cielo y todos los cazadores, desde China hasta
Perú, arrojaron al punto sus armas y trampas, y comenzaron a cultivar trigo,
arroz o maíz y a criar cerdos, ovejas y pavos.
Por lo
contrario, la Edad Paleolítica, al menos en el sentido económico en el cual la
establecimos más arriba, todavía perdura en la parte central de Australia y en
la región ártica de América. La revolución neolítica inició la Nueva Edad de
Piedra, en Egipto y en Mesopotamia, hace unos 7.000 años. En Gran Bretaña y en
Alemania, sus efectos comenzaron a hacerse perceptibles tres milenios y medio
después, es decir, hacia el año 2,500 a.C. En la época en que se estableció en
Gran Bretaña la Nueva Edad de Piedra, Egipto y Mesopotamia ya tenían un
millar de años de encontrarse en la Edad de Bronce. La Nueva
Edad de
Piedra no
terminó en
Dinamarca antes
del año
1.500 a.C. En Nueva Zelanda,
todavía no terminaba cuando desembarcó el capitán Cook; los maoríes aún
empleaban utensilios de piedra pulimentada y practicaban una economía neolítica,
cuando Inglaterra estaba en los dolores de la Revolución Industrial. La economía
de los australianos era todavía “paleolítica”.
Es tan
importante recordar el carácter relativo de las “edades” arqueológicas, como lo
es la comprensión de los grandes períodos de tiempo que pueden denotar en
ciertas regiones. En realidad, la Edad Paleolítica fue tan inmensamente
prolongada, que casi puede ser tratada como un período universal, equivalente al
pleistoceno de los geólogos. Pero, considerando su terminación, el retraso entre
regiones diferentes tiene
una importancia
crucial. Muchos
arqueólogos mantienen la equivalencia entre
el pleistoceno
y el
paleolítico, por medio
de la introducción de una Edad
Mesolítica, a la cual le asignan algunas de las reliquias arqueológicas
postglaciales de países como Gran Bretaña y los del
noroeste de Europa en general,
que sólo fueron afectados por la
revolución neolítica mocho tiempo después de la terminación de la Edad de Hielo.
Entonces, al período mesolítico le serían asignadas aquellas reliquias
posteriores al pleistoceno geológico, pero anteriores al comienzo local de la
Edad Neolítica. Como la Edad Mesolítica sería, en el dominio
económico, una simple continuación
del modo
de vida
de la Edad Paleolítica, nos ha parecido inútil complicar el cuadro, en
este libro, con un período mesolítico. Teniendo cuidado de que la mente del
lector se encuentre libre de prejuicios, no identificando las “edades”
con períodos de tiempo universal, el tratamiento que se hace en los
siguientes capítulos no conducirá a conclusiones erróneas.
Tal vez
es conveniente hacer una última advertencia. Se ha descrito a los salvajes
contemporáneos como si vivieran actualmente en la Edad de Piedra. En efecto,
ellos no han progresado más allá de una economía
de la Edad
de Piedra. Pero,
esto no
justifica la suposición
de que los hombres de la Edad de Piedra, que vivieron en Europa o en el
Cercano Oriente
hace 6.000
ó 20.000
años, hayan
observado la
misma clase de normas sociales y rituales, hayan abrigado las mismas
creencias, o hayan organizado sus relaciones familiares de acuerdo con los
mismos lineamientos de los pueblos modernos que se encuentran en un nivel
comparable del desarrollo económico. Es verdad que los bosquimanos de África del
Sur, los esquimales de la región
ártica de América y los arunta
del centro de Australia, adquieren sus alimentos de la misma manera que los
hombres de la Edad de Hielo en Europa. Sus aprestos materiales, y aún su arte,
son con frecuencia notablemente semejantes a los que conocemos de los
auriñacienses o de los magdalenienses, en la Europa glacial. Un estudio de los
procedimientos seguidos por estos salvajes modernos para hacer sus utensilios y
de la manera como los emplean, es una guía ilustrativa y, probablemente, segura
de las técnicas y habilidades de nuestros remotos antecesores. El examen de los
hábitos de los esquimales, es el mejor camino para entender cómo vivían los
hombres bajo las condiciones reinantes en Europa durante las Edades de
Hielo.
Pero,
podemos ser incitados a ir más adelante y ver en las instituciones, ritos y
creencias de los
salvajes, la imagen
viviente
de aquellos aspectos de la vida y
cultura prehistóricos sobre los cuales la arqueología guarda inevitablemente
silencio. La perspectiva es tentadora, pero el
lector no
se debe engañar
por sus
atractivos.
¿Acaso
por el hecho de que la vida económica y la cultura material de estas tribus se
ha “detenido” en una etapa del desarrollo por la cual pasaron los europeos hace
10.000 años, se concluye que su desenvolvimiento mental se ha detenido por
completo en el mismo punto?
Los
arunta están satisfechos con un equipo muy simple, el cual, sin embargo, es
suficiente para suministrarles alimento y abrigo en el medio ambiente
australiano. Su equipo material se encuentra, en gran medida, al mismo nivel
técnico y, en muchos puntos es idéntico, al de los cazadores de la Edad
Paleolítica en Europa y en el norte de África. Pero, los arunta observan (para
nosotros) normas más complicadas para la regulación del matrimonio y el
reconocimiento del parentesco; ejecutan
ceremonias muy
elaboradas y,
con frecuencia; muy dolorosas, con
propósitos mágico-religiosos; profesan una mezcla de creencias misteriosas e
incoherentes, acerca del tótem, animales, ancestros y espíritus. Con seguridad,
sería precipitado el considerar tales normas sociales, ceremonias y creencias,
como una herencia no contaminada de la “primitiva condición del hombre”.
¿Por qué
atribuimos tales ideas y prácticas a los hombres de la Edad de Piedra de
hace 20.000
años? ¿Por
qué suponemos que,
cuando los arunta crearon
una cultura
material adaptada
a su
medio ambiente, a la vez, dejaron de
pensar para siempre? Ellos pueden haber seguido pensando tanto o más que
nuestros antecesores culturales, aun cuando sus pensamientos hayan seguido
trayectorias diferentes y no los hayan conducido a los mismos resultados
prácticos, a las ciencias aplicadas y a la aritmética, sino que los hayan
mantenido en lo que nosotros consideramos como callejones sin salida de la
superstición. Además, pueden haber estado expuestos a las influencias de las
grandes civilizaciones, cuyo intercambio comercial se ha filtrado hasta los más
apartados rincones de la tierra, en los últimos 5.000 años. Algunos etnógrafos
pretenden que, por lo menos, se reconozcan en la cultura material, en la
organización social y en la religión de los australianos, elementos e ideas
adquiridos y adaptados de los pueblos más avanzados del Viejo Mundo.
Otras
tribus muy
primitivas parecen
haber perdido
elementos de cultura que ya
habían poseído antes Los bosquimanos del África del Sur fueron una estirpe
sumamente desafortunada, a la cual arrojaron hacia tierras
desérticas, pobres y
áridas, otros
pueblos más
poderosos, como el bantu. En
su nuevo medio ambiente desfavorable, las artes que antes practicaban pueden
haber sido abandonadas y olvidadas. El hallazgo de multitud de viejos cacharros,
sugiere que los ancestros de los bosquimanos fabricaban antes objetos de
cerámica, que ahora ya no hacen. Al mismo tiempo, las instituciones sociales y
las creencias religiosas se pueden haber desintegrado y tergiversado. Entonces,
se trata de un grupo empobrecido, y no de un grupo primitivo.
La
suposición de que cualquier tribu salvaje actual es primitiva, en el sentido de
que su cultura refleja fielmente a la de hombres mucho más antiguos, es una
suposición gratuita. Podemos invocar frecuentemente las ideas y prácticas de los
salvajes contemporáneos, para ilustrar el modo como los pueblos antiguos, sólo
conocidos por la arqueología, ejecutaban ciertas cosas o las interpretaban.
Pero, salvo en la medida en que se utilicen las prácticas y creencias modernas,
como simples glosas o comentarios de los objetos, construcciones u operaciones
antiguos, realmente observados, este empleo es ilegítimo. Los pensamientos y las
creencias de los hombres prehistóricos han perecido irrevocablemente, salvo en
tanto que fueron expresados en acciones cuyos resultados han sido duraderos y
han podido ser rescatados por la pala del arqueólogo.
Capítulo
IV
RECOLECTORES DE ALIMENTOS
Para el
arqueólogo, la aparición del hombre sobre la tierra ha quedado señalada por los
utensilios que fabrico. Como hemos dicho el hombre necesita utensilios para
llenar las deficiencias de sus aprestos fisiológicos, asegurándose alimento y
abrigo. Está capacitado para fabricarlos, por la delicada correlación entre la
mano y el ojo, la cual, a su vez, como señalamos antes, es posible por la
constitución de su cerebro y de su sistema nervioso. Es de presumir que los
primeros utensilios fueron trozos de madera, hueso o piedra, toscamente afilados
o acomodados a la mano, rompiéndolos o astillándolos. Los utensilios fabricados
de madera han desaparecido. En cuanto a los primeros instrumentos de piedra, en
lo general, deben haber sido indistinguibles de los productos de una fractura
natural (piedras despedazadas por congelación, por calentamiento, o por haberse
destrozado en los golpes recibidos contra las rocas del lecho de un
río). No obstante, los arqueólogos han reconocido piezas de pedernal, aún
de la época anterior a la primera Edad de Hielo, que parecen
haber sido descantilladas en forma inteligente, como si hubiesen sido
adaptadas para servir de cuchillos, navajas y raspadores. La producción humana de
tales objetos
“eolíticos” todavía
se encuentra
en duda, pero es admitida por la mayoría de quienes son autoridades en
la materia.
En los
comienzos mismos del pleistoceno, existieron ciertos “hombres” que fabricaron
inconfundibles implementos de piedra y también controlaron el fuego. Se han
encontrado evidencias concluyentes en la caverna de Choukoutien, cerca de Pekín.
Allí, junto con los restos fósiles del “hombre de Pekín” y de animales extintos,
se encontraron lascas talladas con mucha rudeza, de cuarcita y de otras rocas, y
también de hueso, que habían sido expuestas indudablemente a la acción del
fuego. En depósitos geológicos de la misma edad, en el oriente de Inglaterra y
en otras partes, se han hallado utensilios superiores, aun cuando no asociados
de un modo definido con esqueletos “humanos”. Es poco lo que se ha aprendido de
esta clase de utensilios porque, sencillamente, ponen de manifiesto que algunas
criaturas semejantes al hombre adaptaron las piedras a sus rudimentarias
necesidades, pero casi es esto todo. Para qué fueron hechos tales instrumentos,
es algo que sólo se puede conjeturar. Las pieles y cueros
se han
empleado mucho
como “vestidos”, y los
salvajes contemporáneos
utilizan una
variedad de
instrumentos para
aderezarlos y servirse de ellos como abrigos y refugios. Algunos de los
utensilios empleados así para raspar los cueros, son muy similares a los
pedernales primitivos; y en consecuencia los arqueólogos se han puesto de
acuerdo en designar estos implementos rudos con el
nombre de “raspadores”. La designación implica que los hombres no sólo
fabricaban los utensilios, sino que los empleaban para preparar las pieles de sus vestidos; pero, desde luego, la validez de esta
deducción tácita no ha sido demostrada.
Lo
más probable
es que
los primeros
utensilios hayan servido
para una multitud de
propósitos. El hombre primitivo tuvo que aprender por experiencia el hecho de
que las piedras son más adecuadas para la fabricación de instrumentos, lo mismo
que el modo de tallarlas correctamente. Aún el pedernal –el mejor material
natural– es muy duro para manipularlo
con éxito, como puede comprobarlo fácilmente
el lector golpeando un pedernal contra otro, tratando de obtener una
“lasca”. En el curso de la producción de sus instrumentos, las comunidades
primitivas tuvieron que edificar una tradición científica, anotando
y transmitiendo cuáles eran
las piedras
mejores, en
dónde se las podía hallar y
cómo debían ser manipuladas. Sólo después de haber dominado la técnica de
fabricación, pudo el hombre empezar a elaborar, con éxito, herramientas
específicas para cada operación particular. En un principio, la mejor lasca
obtenible debió servir, sin discriminación, como navaja, sierra, taladro,
cuchillo o raspador. Los hechos comprobados son la fabricación de utensilios y
el control del fuego.
El
control del fuego fue, presumiblemente, el primer gran paso en la emancipación
del hombre respecto de la servidumbre a su medio ambiente. Calentado por las
ascuas, el hombre pudo soportar las noches frías y pudo penetrar en las regiones
templadas y aún en las árticas. Las llamas le dieron luz en la noche y le
permitieron explorar los lugares recónditos de las cavernas que le daban abrigo.
El fuego ahuyentó a otras bestias salvajes. Por el cocimiento, se hicieron
comestibles substancias que no lo eran en su estado natural. El hombre ya no
tuvo que limitar sus movimientos a un tipo restringido de clima, y sus
actividades no quedaron determinadas necesariamente
por la luz del sol.
Ahora
bien, al controlar el fuego, el hombre dominó una fuerza física poderosa y un
destacado agente químico. Por primera vez en la historia, una criatura de la
naturaleza pudo dirigir una de las grandes fuerzas naturales. Y el ejercicio del
poder reaccionó sobre quien lo ejercía. El espectáculo de la brillante flama
desintegrando a su vista una rama seca, cuando era introducida en las ascuas
ardientes, y de su transformación en
finas cenizas y en humo, debe haber estimulado al rudimentario cerebro del
hombre. No podemos saber qué cosas le hayan sugerido estos fenómenos, Pero,
alimentando y apagando el fuego,
transportándolo
y
utilizándolo,
el
hombre
se
desvió
revolucionaria- mente de la
conducta de los otros animales. De este modo, afirmó su humanidad y se hizo a sí
mismo.
Al
principio, desde luego, el hombre aprovechó y mantuvo los fuegos que ya
encontraba encendidos, producidos por el rayo o por otros agentes naturales.
Aún esto
ya supone alguna ciencia: observación y comparación de experiencias. El hombre
tuvo que aprender cuáles eran los efectos del fuego; lo que podía “comer”, y así
sucesivamente. Y, guardando y preservando las llamas, el hombre hizo acopio de
conocimientos. Los fuegos sagrados que nunca se apagaban, como el fuego de Vesta
en Roma, fueron mantenidos como ritos por muchos pueblos antiguos y por los
modernos salvajes. Es de presumir que se trata de supervivencias y
reminiscencias de la época en la cual el hombre todavía no aprendía a producir
el fuego a voluntad.
No
conocemos con
certeza cuando
fue hecho
este descubrimiento.
Los pueblos salvajes producen el
fuego por la chispa que resulta
al golpear el pedernal contra un trozo de pirita de hierro o de hematites, por
la fricción entre dos pedazos de madera, o por el calor generado al comprimir
aire en un tubo de bambú. La primera forma ya era
empleada en Europa durante la última Edad de Hielo. Diversas
modificaciones en el procedimiento de producir la fricción (arados de fuego,
taladros de fuego, y otros), son comunes entre los salvajes de las distintas
partes del mundo moderno, y se encuentran mencionadas en las literaturas
antiguas. La variedad de procedimientos utilizados para encender el fuego
indica, tal vez, que el descubrimiento es relativamente tardío en la historia
humana, cuando nuestra especie ya se había desperdigado en grupos aislados.
En todo
caso, el descubrimiento tuvo una importancia capital. El hombre pudo, a partir
de entonces, no sólo controlar sino también iniciar el enigmático proceso de la
combustión, el grande y misterioso poder del calor. Se convirtió conscientemente
en un creador. La evocación de la llama producida por dos garrotes, o por el
pedernal, la pirita, o la yesca, le debe haber producido la impresión de que
surgía de la nada. Cuando era un acontecimiento menos familiar, debe haber
tenido un efecto muy estimulante; cada uno de nosotros puede haber experimentado
la sensación de ser un creador, al producir el fuego. Y es claro que el hombre
era un creador cuando daba la forma de un utensilio a un pedazo de madera o de
piedra. Así afirmaba su poder sobre la naturaleza y modelaba objetos a su
voluntad.
Tales son
los únicos hechos ciertos que surgen de un estudio de los restos que realmente
dejaron los “hombres” de principios del pleistoceno y del pre-pleistoceno. Se
desconoce cómo vivían. Se supone que los hombres más primitivos tendían trampas
y cazaban animales salvajes y aves; atrapaban peces y lagartos, recolectaban
frutas silvestres, moluscos y huevos, y extraían raíces y larvas. También
se supone,
pero con
menos certidumbre,
que se
hacían sacos de
piel. Algunos se
refugiaban, con seguridad,
en las
cavernas y,
otros, deben haber levantado refugios rudimentarios de ramas. El éxito en
la caza sólo se pudo lograr por una observación prolongada y cuidadosa de los
hábitos de las presas; los resultados deben haber formado una tradición
colectiva de conocimientos sobre cacería. Asimismo, la distinción
entre plantas
nutritivas y
venenosas, es de
creer que
también fue aprendida por experiencia y, luego, incorporada a la
tradición comunal.
El
hombre debe
haber aprendido
cuáles eran
las épocas
propicias para la cacería de las diversas presas y para recolectar las
distintas especies de huevos y de frutas. Para hacerlo con éxito, debe haber
descifrado el calendario del
cielo; pudo
haber observado
las fases
de la luna
y la ascensión
de los
astros, comparándolas
con las
observaciones botánicas y zoológicas antes mencionadas. Y, como lo hemos
señalado, el hombre descubrió por medio de experimentos, cuáles
eran las mejores piedras para fabricar utensilios y en donde las podía
hallar. Para tener éxito en la vida, aún el hombre más primitivo necesitaba
tener un conjunto considerable de conocimientos astronómicos, botánicos, geológicos
y zoológicos.
Adquiriendo y transmitiendo estos conocimientos, nuestros precursores fueron
estableciendo los fundamentos de la ciencia.
Igualmente, se puede inferir que los hombres aprendieron a actuar en compañía y
cooperando unos con oíros, en la adquisición de su subsistencia. Una criatura
tan débil y tan pobremente dotada como el hombre, no podía, aisladamente, cazar
con éxito los grandes animales o las fieras, que constituían una parte
importante de su dieta. Se ha supuesto alguna forma de organización social,
además de la simple familia (en el sentido europeo moderno de esta palabra),
pero se desconoce su forma precisa.
Ningún
otro material puede añadirse al cuadro, hasta que nos acercamos a la última Edad
de Hielo en Europa. No obstante, en el intervalo podemos advertir mejoras en la
hechura de los utensilios de pedernal y divergencias regionales en los
procedimientos de fabricación. En algunas regiones, los fabricantes de
utensilios se redujeron al desprendimiento de lascas adecuadas de la masa
principal (llamada técnicamente el núcleo); y, después, las lascas eran
ajustadas para servir realmente
como herramientas.
Los procedimientos seguidos
constituían lo que los arqueólogos llaman una industria de lascas.
En otras
partes, más
bien se
puso atención
en reducir
el núcleo mismo a una forma
manuable, recortándole trozos; en este caso, el núcleo adaptado se convertía
realmente en la herramienta, y a un conjunto de este tipo se le llama una
industria de núcleos.
La
distinción parece explicarse
por tradiciones
divergentes en el
trabajo del pedernal, seguidas por dos grupos diferentes de “hombres”. En
términos generales, la industria de lascas parece haberse limitado a la región
septentrional del
Viejo Mundo; a la zona
norte del
gran espinazo montañoso señalado por
los Alpes,
los Balcanes,
el Cáucaso,
el Hindu- Kuch y el Himalaya.
En esta región se han descubierto esqueletos asociados con industrias de lascas,
pertenecientes a criaturas diferentes
de nosotros,
específica o aun
genéricamente, o de
cualquiera de nuestros posibles ancestros. Las industrias de núcleos se
han encontrado en el sur de la India, en
Siria y Palestina, en toda África, en España, Francia e Inglaterra. Quienes las
trabajaron pudieron haber pertenecido a la especie Homo sapiens o a
formas ancestrales de ella; aun cuando, hasta 1941, se carecía de una prueba
positiva de esto. Durante las Edades de Hielo, los talladores de lascas
tendieron a esparcirse más
allá de
su propio
dominio, el
cual se
iba congelando, hacia
Inglaterra, Francia y Siria y, por último, hacia África. Durante aquellas
mismas Edades,
los talladores
de núcleos
se retiraron
hacia el sur, sólo para
regresar al norte cuando las condiciones clementes volvieron. Como resultado de
estos desplazamientos de población, llegaron a vivir en vecindad comunidades que
seguían tradiciones industriales diferentes. Existen indicios de mezcla entre
las dos tradiciones, aun cuando sea difícil de concebir el trato entre criaturas
tan diferentes como, por ejemplo, el Sinanthropus y el Homo sapiens.
¡En unas
cuantas páginas, acabamos de resumir las cuatro quintas parles de la historia
humana, o sea, en una estimación modesta, unos 200,000 años!
De este
inmenso período han sobrevivido nueve o diez esqueletos incompletos e
innumerables utensilios. Las bodegas de los museos ingleses y franceses están
atestadas de utensilios recogidos en las arenas del Támesis, del Sena y de otros
ríos; y, en África del Sur, es fácil encontrar, en muchos lugares, carretadas de
utensilios sobre la superficie del suelo. Pero, el sorprendente número de
utensilios de principios del
pleistoceno, no
significa que
necesariamente haya
existido una gran población. Por el contrario, un solo individuo pudo
hacer y perder tres o cuatro utensilios al día; y 200.000 años fueron más que
suficientes para
fabricar lodos
los que
hemos recogido.
Al comienzo
y a mediados
del pleistoceno, la
familia humana
constituyó, probablemente, un
grupo numéricamente pequeño, comparable en magnitud al de los antropoides
contemporáneos.
Sólo
llegando a unos 50.000 años antes de nosotros, es posible agregar algunos
detalles importantes al vago esquema anterior. Cerca de la última Edad de Hielo,
se hicieron prominentes los “hombres” del llamado tipo musteriense. Como vivían
habitualmente en cavernas, para escapar del intenso frío, se conocen más
detalles sobre sus vidas que respecto
a los
grupos anteriores.
Industrialmente, los musterienses
seguían la tradición de las lascas, aun cuando algunos aprendieron también a
hacer utensilios de núcleos. Desde el punto de vista biológico, pertenecieron a
la especie de Neanderthal, ahora extinta. Caminaban arrastrando los pies y no
podían sostener erguida su cabeza. Su mandíbula carecía de barba, tenían una
enorme protuberancia ósea sobre los ojos y la frente inclinada hacia atrás, lo
cual daba a su rostro un aspecto bestial. Podían hablar lo suficiente para
organizar sus expediciones
cinegéticas en cooperación,
pero, a juzgar por la disposición de los músculos de su lengua, su
lenguaje debe haber sido tartamudeante.
Económicamente, los musterienses fueron cazadores y se especializaron en atrapar
a los grandes mamíferos árticos; el mamut y el rinoceronte lanudo, cuyos restos
llevaban arrastrando hasta la entrada de sus cavernas, en donde los cortaban en
pedazos. Naturalmente, estas grandes bestias no podían ser perseguidas por
individuos aislados o por familias pequeñas; la cacería del mamut es ocupación
de una comunidad social mayor, cuyos miembros cooperan con propósitos
económicos.
Históricamente, el hecho más notable acerca de los musterienses, es
el cuidado que ponían en el arreglo de los muertos. En Francia se han
descubierto más de una docena de esqueletos de Neanderthal, sepultados en forma
ritual en las cavernas que servían de habitación a su grupo. En general,
procuraban proteger el cuerpo. En La Chapelle aux Saints, varios esqueletos
están colocados en tumbas individuales de poca profundidad, excavadas en el piso
de la cueva. En algunos casos, la cabeza descansa sobre una almohadilla de
piedra, con piedras encima
y alrededor
para aliviar
el peso
de la tierra.
En un
caso, la cabeza fue separada del tronco antes del
entierro y colocada en una tumba aparte. Los muertos no sólo eran
enterrados cuidadosamente; además, sus tumbas eran colocadas cerca del hogar,
como si dieran calor a sus ocupantes. El muerto era provisto de utensilios y de
comida.
Todo este
ceremonial testimonia la actividad del pensamiento humano en sentidos
inesperados y no económicos. Enfrentados ante el aterrador hecho de la muerte,
con sus emociones primitivas sacudidas ante el aniquilamiento, debe haberse
iniciado el pensamiento imaginativo entre los musterienses de aspecto bestial.
No creyendo en el cese completo de la vida terrena, se imaginaron obscuramente
alguna especie de continuación de ella, en la cual el muerto tendría necesidad
de alimento material y de utensilios. El patético y vano cuidado de los muertos
testimoniado en esta forma precoz, se convertiría después en un arraigado hábito
de la conducta humana, el cual había de inspirar maravillas arquitectónicas como
las pirámides egipcias y el Taj Mahal.
Tal vez
se puede aventurar otra inferencia, de la disposición de las tumbas cerca de los
hogares. ¿Acaso los musterienses tenían alguna esperanza de que el calor del
fuego hiciera recuperar al muerto una cualidad cuya pérdida reconocían como
síntoma de la muerte? Si así fue, entonces practicaban la magia y hacían mal uso
de la ciencia. Habían observado correctamente que existe una asociación entre la
vida y el calor. Pudieron inferir que
el calor era una causa de la vida: la muerte se debería a un déficit de calor.
En tal caso, remediando la deficiencia se podría recuperar la vida. Así, se
podrían atribuir a las prácticas
inhumatorias musterienses
y posteriores
buenos fundamentos lógicos. Y
su error consistiría en negarse a admitir su fracaso, después de haber realizado
el experimento en forma reiterada: ya que los musterienses y sus sucesores de
nuestra propia especie han seguido encendiendo
fuego en
las tumbas,
hasta épocas
relativamente recientes.
No se
puede probar que los musterienses hayan actuado por los motivos sugeridos aquí
y, ciertamente, no pretendemos que ellos o cualquier adorador moderno de la
magia, formulara sus razonamientos en los términos que acabamos de mencionar. El
argumento aquí esbozado es el que habría llevado a un científico moderno a hacer
lo que hacían los musterienses. Sólo que el hombre de ciencia lo habría
realizado como experimento una o dos veces, para ver si obtenía el resultado
deseado. En cambio, el musteriense lo ejecutaría como un acto de fe; y esto es
lo que distingue una operación mágica de un experimento científico. Al
juzgar sus
resultados, los
casos negativos, es decir, los fracasos, son simplemente ignorados. O, más bien,
el juicio objetivo cede el lugar a la esperanza y al temor. El fervor de la fe
humana en los remedios mágicos es proporcional a su sentimiento de impotencia
ante crisis tales como la muerte. Sintiéndose impotente, el hombre no se atreve
a dejar que lo abandone la esperanza. Y, justamente en la medida en que la
naturaleza le parece ajena y desconocida, el hombre teme dejar de hacer algo que
pueda ayudarlo en este medio ambiente amenazador.
Al propio
tiempo, la magia ofrece un procedimiento abreviado de obtener poder. La clase de
argumento que hemos citado permite dar una explicación aparentemente lógica, por
así decirlo, de la vida. Pero, se ha obtenido sin un análisis penetrante y
minucioso. Aborreciendo el pensamiento, el hombre acepta la explicación que
encuentra más a la mano y se aferra desesperadamente a ella.
Algunos
milenios después, el clima glacial de Europa se mejoró ligeramente por un
tiempo. Durante este intervalo más cálido, aparecieron
por primera
vez los hombres de
nuestra propia
especie, en los testimonios
arqueológicos, en Europa, el norte de África y en el
Cercano
Oriente.
El
“hombre”
de
Neanderthal
desapareció
bruscamente; su lugar fue
ocupado por los hombres modernos, cuyos cuerpos difícilmente provocarían
comentarios en un depósito de cadáveres actual. Desde el punto de vista físico
se pueden reconocer, sólo en Europa, por lo menos cuatro variedades o razas
distintas; en tanto que las figurillas de Siberia muestran las formas peculiares
de cabello que son distintivas de las tres divisiones principales de nuestra
especie. Arqueológicamente, los productos de estos hombres modernos, las
llamadas industrias del paleolítico superior, se clasifican en varios grupos
culturales, distinguiéndose cada uno de ellos por sus propias tradiciones
peculiares en el trabajo del pedernal, en el arte, y en otras actividades. Sin
embargo, no se puede establecer una correlación exacta entre los grupos
culturales y los grupos raciales.
Todos los
grupos del paleolítico superior se encontraban mejor equipados, para luchar con
el medio ambiente, que cualquier otro
grupo anterior. Habían aprendido a fabricar una variedad de utensilios
distintos,
adaptados
a
usos
particulares;
incluso
fabricaban
herramientas para hacer
herramientas. Trabajaban el hueso y el marfil con la misma habilidad que el
pedernal; incluso, inventaron algunos artefactos mecánicos simples, como el arco
y el lanzador de dardos, para aumentar la fuerza muscular humana al arrojar las
armas. Y, por supuesto, la formación de estos nuevos instrumentos no sólo indica
un incremento en la destreza técnica, sino también una acumulación mayor
de conocimientos y más amplias
aplicaciones de
la ciencia. Una breve referencia a los predmostienses en Europa central y
oriental, y a los auriñacienses y magdalenienses en Francia, será suficiente
para ilustrar estos puntos.
A pesar
del intenso frío, el medio ambiente en Europa era altamente favorable para los
cazadores equipados con medios de enfrentarse a él. Las llanuras de Rusia y de
Europa central, eran tundras descubiertas o estepas. Durante el verano soplaban
fuertes vientos desde los
glaciares y
las láminas de
hielo, cubriendo
estas llanuras
con una capa
de polvo fino
(loess), a
través del
cual brotaba
la hierba
tierna en la primavera.
Grandes manadas
de mamuts,
renos, bisontes
y caballos salvajes, recorrían
las llanuras, rozando el pasto. Cada año, las
manadas emigraban
de los
pastos de
verano en
Rusia y en
Siberia, a los
forrajes de
invierno en
el valle
del Danubio
o en la estepa
póntica, para regresar de nuevo.

Fig. 4,
Escena de
caza, en
una pintura
de la
Edad de
Piedra del
Sureste de
España
Los
cazadores predmostienses establecían sus campamentos en los pasos a través de
las montañas cubiertas de nieve, por los cuales hacían su recorrido las manadas,
cuando las lenguas proyectadas por las láminas de hielo del norte limitaban los
movimientos de las bestias. Los sitios de estos campamentos todavía están
indicados por las inmensas cavernas descubiertas bajo el loess, en Mezina, cerca
de Kiev, en Predmost, cerca de Prerau, en Moravia, en Willendorf en la baja
Austria, y en otras partes. La magnitud de los amontonamientos
de huesos –en Predmost se han reconocido restos de más de 1.000 mamuts–
testimonian el éxito de los cazadores al procurarse carne de mamut. Había
alimento suficiente para una población vigorosa. Pero la carne sólo se podía
obtener por la cooperación efectiva de un número importante de individuos y por
el conocimiento detallado de los hábitos de las manadas; la inteligente
localización de los campamentos demuestra la aplicación de dicho conocimiento.
Los excavadores rusos han descubierto que los cazadores erigían
importantes habitaciones semi-subterráneas para vivir.
En
el centro
de Francia
prevalecían condiciones mucho
más favorables. Las mesetas de
piedra caliza eran estepas en las cuales pastaban los mamuts, renos, bisontes,
toros almizcleros, caballos y otros animales comestibles. El salmón invadía
todos los años las aguas del Dordoña, del Vezére y de otros ríos, en forma tan
abundante como en la Columbia Británica en la actualidad.
Las
laderas de
los valles estaban
horadadas con
cavernas que
ofrecen habitaciones convenientes. Aprovechando este medio ambiente con
inteligencia, los auriñacienses y sus sucesores, los magdatenienses, se multiplicaron y
crearon una rica cultura.
Dejaron de ser nómadas
sin hogar, como los kwakiutl de Columbia Británica quienes, en el siglo
pasado, a pesar de su economía “paleolítica”, vivían en casas de madera,
resistentes y hasta decoradas, agrupadas en poblaciones permanentes. Tal
prosperidad constituye una lección en contra de la subestimación de las
posibilidades que tiene la recolección de alimentos como medio de subsistencia.
Los
profundos depósitos en las cavernas y
la multitud
de utensilios
que pueden recogerse, sugieren el incremento de la población en el
paleolítico superior. El número de esqueletos del paleolítico superior
encontrados tan sólo en Francia, excede al de todos los esqueletos anteriores
juntos. Y el período en el cual se deben distribuir es únicamente la vigésima
parte de la duración de los anteriores. Sin embargo, el número de esqueletos del
paleolítico superior no llega ni a la centésima parte de los que se atribuyen al
período neolítico en Francia, el cual no duró una quinta parte del tiempo
asignado a las fases auriñaciense y magdaleniense. La explotación inteligente de
un medio ambiente eminentemente favorable, permitió a los cazadores
auriñacienses multiplicarse mucho más que todos los anteriores habitantes de
Europa occidental, pero su número fue mucho menor
que el alcanzado por sus sucesores, después de la revolución
neolítica.
Con una
caza tan abundante como para garantizar su seguridad y aún su comodidad, los
auriñacienses*4
fueron capaces de formar una variada
vida cultural,
sobre las
tradiciones heredadas de
ancestros desconocidos. En el
aspecto material, su rasgo más notable es la posesión de máquinas: el lanzador
de venablos y el arco. En realidad, no existen testimonios ciertos del uso del
arco entre los auriñacienses franceses,
pero si
fue empleado
por un pueblo contemporáneo,
aunque distinto, en el este de España. Se trata, tal vez, de la primera
máquina inventada por el hombre.
La fuerza
motriz es, en rigor, la energía muscular humana, pero, en la tensión del arco se
va acumulando gradualmente la energía gastada
en combarlo, para liberarla de una sola vez y en forma concentrada, al
disparar la
flecha. El
lanzador de
venablos multiplica ingeniosamente la
energía que el brazo humano puede impartir al proyectil, conforme al principio
de la palanca. Debe haberse inventado primero en la fase magdaleniense, como
todavía lo siguen empleando los aborígenes australianos y los esquimales. Los
magdalenienses aprendieron, además, a atrapar peces, tonto con anzuelo y cuerda,
como con arpones fabricados con la punta separable.
Estos
pueblos deben haber vivido en grandes comunidades suficientes para cazar con éxito
grandes presas, como el mamut y el bisonte. Se desconoce, desde luego, el modo
como estaban organizados. Económicamente, cada grupo era autosuficiente. Pero,
la auto- suficiencia no significa aislamiento; se han encontrado conchas
recogidas en el Mediterráneo, dentro de las cavernas del centro de Francia. Es
de presumir que fueron conducidas allá con el fin de practicar alguna forma
rudimentaria de comercio. Lo que es más, aun cuando las conchas tuvieran valor
por las virtudes mágicas que se les atribuían, lo cierto es que representan un
lujo y no una necesidad. El comercio indicado por ellas no constituía una parte
fundamental en la economía de los grupos. Esta se basaba en la caza y la
recolección y, por lo menos en la época magdaleniense, en la pesca. No se ha
descubierto indicio alguno, durante este período, de la producción de alimentos
por medio del cultivo de plantas y la cría de animales, ni en Francia ni en
otros lugares. De las costumbres de los salvajes contemporáneos, se pueden
inferir algunas medidas para la conservación de la caza, por la observancia de
temporadas de veda. No obstante, el rinoceronte lanudo se extinguió durante la
época auriñaciense, y el mamut hacia el fin del magdaleniense, tal vez por la
cacería demasiado venturosa.
El
aspecto más sorprendente y notable de las culturas del paleolítico superior, es
la actividad artística de los cazadores. Tallaron figuras redondeadas en piedra
o en marfil, modelaron animales en arcilla, decoraron sus armas con dibujos
representativos y formales, ejecutaron
bajorrelieves en las
paredes de
roca de
las cavernas
en que se guarnecían, y
grabaron o pintaron escenas en los techos de las cuevas. En muchos casos, sus
producciones poseen intrínsecamente un alto mérito artístico. Grandes artistas
modernos, como el desaparecido Roger Fry, han admirado las pinturas de las
cavernas como obras maestras, y no como meras curiosidades. En las cuevas
francesas se puede estudiar el desenvolvimiento de la facultad de dibujar. Las
representaciones más antiguas, atribuidas a la fase auriñaciense, son justamente
esbozos de contornos, trazados con el dedo en el barro, escarbados con un
pedernal en la roca, o bosquejados en carbón; sin que se intentara en modo
alguno lograr la perspectiva o representar los detalles. En la época
magdaleniense, el artista aprendió
a sugerir
la profundidad,
sombreando las figuras, y
aún logró la perspectiva en cierta medida. Ahora bien, recordemos que
vemos las cosas en tres dimensiones; siendo difícil representarlas efectivamente
en dos dimensiones. Hemos heredado la técnica para hacerlo así y para
reinterpretar los dibujos bidimensionales. Desde la niñez, nos hemos
familiarizado con las pinturas planas, aprendiendo a reconocer
en ellas los
objetos sólidos.
Algunos de
nosotros habrán
sido enseñados a invertir el proceso, reproduciendo la profundidad y la
distancia en una hoja
de papel.
Los auriñacienses,
o algunos
ancestros artísticos más remotos, carecían de tratados sobre pintura.
Ellos tuvieron que descubrir por sí mismos la técnica de representar
correctamente los sólidos sobre una superficie plana, y debieron establecer la
tradición. Y, por cierto, el dibujo es
tan importante para la ciencia moderna, como la escritura.
A más de
esto, las esculturas y dibujos paleolíticos, no son simples expresiones de un
“impulso artístico” misterioso. En realidad, el artista gozaba seguramente al
ejecutarlos, pero no los ejecutaba precisa- mente para darse
este goce,
sino por un
motivo económico importante.
Esto es cierto, en forma más obvia, para el caso de las pinturas y grabados de
las cavernas. Las pinturas están situadas, generalmente, en
las depresiones profundas de
las cavernas
de piedra
caliza, adonde no podía penetrar la luz del día. Ninguna familia habrá
vivido nunca en estas fortalezas, pues, con frecuencia, el acceso a ellas es muy
difícil. Y, para ejecutar
las pinturas,
el artista
tenía que
adoptar frecuentemente las
actitudes más incómodas, acostado de espaldas o encaramado en los hombros de un
compañero en una estrecha grieta. Por supuesto, tendría que trabajar con una
confusa luz artificial: se han hallado realmente lámparas de piedra; podemos
suponer que el combustible era la grasa animal y que el musgo servía de mecha.
Las pinturas son, casi exclusivamente, retratos muy fieles de animales
individuales. Evidentemente, el artista pasaba por grandes penalidades para
hacer naturales sus representaciones; han llegado hasta nosotros dibujos de
prueba, bosquejos toscos en pedazos de piedra sueltos, realizados como
preparación de la verdadera obra maestra que se trazaba sobre los muros de la
caverna.
Todas
estas consideraciones muestran que el arte do las cavernas tenía un propósito
mágico. La producción artística es, ante todo, un acto de creación. El artista
escarba sobre el muro liso, y he aquí que surge un bisonte en donde antes no
había nada. Para la lógica de la mentalidad precientífica, tal creación debería tener su correspondencia en el mundo exterior,
la cual podría ser saboreada, del mismo modo que vista. Con la misma seguridad
con que el artista dibujaba un bisonte en la oscuridad de la caverna, así
existiría un bisonte vivo en las estepas exteriores, para que sus compañeros lo
mataran y se lo comieran. Para asegurar el éxito, el artista dibujaba algunas
veces (aunque no con frecuencia) a su bisonte traspasado por una saeta, tal como
deseaba verlo en la realidad.
El arte
auriñaciense y magdaleniense tuvo, por lo tanto, un propósito práctico, habiendo
sido concebido para asegurar la provisión de aquellos animales de los cuales
dependía la tribu para alimentarse.
Así, los arunta australianos y otros modernos recolectores de alimentos,
ejecutan danzas y otras ceremonias, tratando de promover la multiplicación de
los dromeos, de las larvas de la acacia y de otros animales y plantas
comestibles. Si ellos pudieran comprender las implicaciones que tiene,
repudiarían indignadas el calificativo de “recolectores
de alimentos”, utilizado para
contrastarlos con los papúes “productores de alimentos”, los cuales cultivan
ñame. “Nuestros ritos mágicos”, diría un arunta, “son tan necesarios y eficaces
para mantener
el abastecimiento
de dromeos
y larvas,
como la
excavación y el desyerbe ejecutados por los despreciables labradores”.
Indudablemente, las
pinturas estaban
conectadas con
otras ceremonias mágicas. En un
nicho difícilmente accesible, en la caverna de Montespan, el barro conserva
todavía las huellas dejadas por las nalgas de jóvenes que habían estado sentados
en cuclillas ante una pintura mágica de la época magdaleniense. Lo cual indica
algo semejante a las ceremonias de iniciación practicadas por las tribus
salvajes en la actualidad.
En todo
caso, los artistas deben haber sido especialistas adiestrados. En Limeuil y en
Dordoña, se han encontrado varias piezas de ensayo, ejecutadas en guijas.
Pueden haber
sido “cuadernos
de trabajo”
de una escuela de arte; en
algunas piezas se han advertido correcciones, como ejecutadas por mano del
maestro. Los artistas-magos eran expertos, especialmente entrenados en su tarea.
Como tales, deben haber gozado de respeto, y aun de autoridad, dentro de
cualquier organización social en la cual existieran. Sin embargo, difícilmente
pudieron ser especialistas, en el sentido de estar liberados de
participar en la búsqueda activa de alimentos para el grupo; la
representación viva de los animales, en todas las actitudes naturales, sólo
pueden lograrla hombres que han estudiado cuidadosamente los hábitos originales
de las bestias, tal como lo hace un cazador.
Otras
producciones del arte paleolítico pueden ser consideradas también como mágicas,
sólo que
en sentidos
más bien
distintos. En los depósitos
predmostienses y, más raramente, en los auriñacienses, se han hallado pequeñas
figurillas femeninas, talladas en piedra o en marfil. Generalmente, los cuerpos
son excesivamente gruesos y están exagerados
los rasgos sexuales, pero
tienen el rostro casi sin tallar.
Se supone que estas figurillas eran amuletos de la fertilidad. El poder
generador de la mujer seria inherente a ellas y, a través de ellas, se
encauzaría al suministro de alimentos para la tribu, asegurando la fertilidad de
la caza y de la vegetación.
Finalmente, el arte del paleolítico superior es valioso porque proporciona un
índice aproximado del conocimiento zoológico poseído por los hombres de esta
edad. La fidelidad de su dibujo ilustra acerca de la precisión de sus
observaciones sobre los animales que les proveían de alimentos. En las pinturas
todavía es posible distinguir las diversas especies que intentaron representar, aun en el caso de peces y de ciervos. Es evidente que los
magdalenienses reconocieron las mismas
especies que
un zoólogo
moderno. Comprendían
algo de
la fisiología animal. Al
menos, entendían la importancia del corazón; se conoce la pintura de un bisonte
herido, con el corazón expuesto y traspasado por una flecha.
Por
otra
parte,
el
arte
magdaleniense
y
auriñaciense
es
extremadamente
concreto.
Los dibujos son retratos de animales individuales, en actitudes
individuales; nada generalizado
hay en
ellos. Esto
no significa que loa
magdalenienses fueran incapaces de pensar en forma abstracta (al modo como lo
definimos más arriba). Lo que, probable- mente, indica es que su pensamiento era
habitualmente tan concreto como les era posible. Las pinturas del oriente de
España, pertenecientes a un período más bien posterior, pero con una tradición
social
distinta,
son
mucho
menos
vivas
e
individuales;
son
impresionistas y sugieren al
hombre y al ciervo, mucho más que a un ciervo o a un hombre determinados. En
efecto, después de la Edad de Hielo,
llegaron a una serie de
representaciones enteramente convencionales. El artista ya no trató de retratar,
ni siquiera de sugerir, a un ciervo vivo individual; se contentó con dibujar el
menor número posible de trazos, para indicar los atributos esenciales por los
cuales se puede reconocer a un
ciervo. Por
una parte,
descubrió que un
esbozo taquigráfico
es tan eficaz, como un retrato
vivo, para multiplicar los ciervos comestibles en el mundo real. Por otro lado,
se acostumbró a pensar en forma abstracta. Llegó a entender la idea de ciervo,
en contraste con éste o aquél ciervo, y lo simbolizó en la forma más
generalizada, omitiendo todas las peculiaridades individuales que distinguen
a un
ciervo de otro o al mismo ciervo en momentos diferentes.
La
anterior explicación indicará, así sea de un modo imperfecto, la amplitud del
progreso humano durante la Edad Paleolítica, el período del pleistoceno para la
geología. La cultura magdaleniense de Francia constituye la realización más
brillante de este prolongado episodio, hasta ahora conocida por la arqueología.
Nuestra explicación proporcionará un vislumbre de la prosperidad, del
refinamiento y de la densidad de población, asequibles para una economía de
cazadores y recolectores. También indicará la amplia variedad de modos de vida
comprendidos bajo la designación general de “recolectores de alimentos”, y
servirá como advertencia para no atribuirles, indebida- mente, un sentido
contrario al que tuvieron.
Sin
embargo, la revolución neolítica no se inició entre los magdatenienses de
Europa, ni tampoco fue entre ellos donde se creó la nueva economía. Los
magdalenienses debieron su prosperidad a su adaptación venturosa a un medio
ambiente especial. Al terminar la última Edad de Hielo, cuando los bosques
invadieron las antiguas estepas y la tundra, desalojando a las manadas de
mamuts, bisontes, caballos y renos de Francia, decayó la cultura basada en la
caza de estos animales. Otros pueblos,
que no
dejaron una
estela de
recuerdos tan brillantes,
crearon la
nueva economía de productores de
alimentos. De hecho, es concebible que, desde la época de los cazadores
auriñacienses y magdalenienses en Europa, ya existían tribus en otros
continentes que habían comenzado a cultivar plantas y a criar animales. El
profesor Menghin y otros investigadores, han llegado a establecer esta
inferencia. Pero, hasta ahora, no se ha aducido
ninguna prueba positiva para confirmarla. De acuerdo con los testimonios
disponibles, durante la Edad Paleolítica, es decir, el
período del pleistoceno, los únicos métodos practicados por el hombre
para asegurar su subsistencia, fueron la recolección y la caza.
Capítulo
V
En el
transcurso de los inmensos periodos de las Edades de Hielo, el hombre no
introdujo cambio fundamental alguno en su actitud hacia la naturaleza exterior.
Se contentó con seguir tomando lo que podía coger, aun cuando mejoró enormemente
sus procedimientos de recolección y aprendió a discriminar lo que podía coger.
Pero, apenas terminada la Edad de Hielo, la actitud del hombre (o, más bien, de
algunas comunidades) hacia su medio ambiente, sufrió un cambio radical, preñado
de consecuencias revolucionarias para la especie entera. En cifras absolutas, el
período transcurrido después de la Edad de Hielo es una fracción
insignificante del total del tiempo que lleva el hombre, o criaturas semejantes
al hombre, de actuar sobre la tierra. Estimando con largueza la duración del
período post-glacial en unos quince
millares de
años, contrasta con la
atribución conservadora
de 250.000 años para la era
precedente. No obstante, en la última vigésima parte de su historia, el hombre
ha empezado a controlar la naturaleza o, por lo menos, ha logrado ejercer su
control cooperando con ella.
La manera
como se ha ido haciendo efectivo este control del hombre es a base de pasos
graduales, cuyos efectos se han ido acumulando. Pero, entre ellos, podemos
distinguir algunos que se destacan como revoluciones, juzgándolos con arreglo a
las normas explicadas en el Capítulo 1. La primera revolución que transformó la
economía humana dio al hombre el control sobre su propio abastecimiento de
alimentos. El hombre comenzó a sembrar, a cultivar y a mejorar por selección
algunas yerbas, raíces y arbustos comestibles. Y, también, logró domesticar y
unir firmemente a su persona a ciertas especies de animales, en correspondencia
a los forrajes que les podía ofrecer, a la protección que estaba en condiciones
de depararles y a la providencia que representaba para ellos. Los dos pasos se
encuentran relacionados íntimamente. En la actualidad, muchos investigadores
autorizados consideran que el cultivo de la tierra antecedió en todas partes a
la cría del ganado. Otros investigadores, particularmente los de la escuela
histórica alemana, estiman que, mientras
algunos grupos humanos comenzaron por el cultivo de las plantas, otros
grupos empezaron domesticando animales. Algunos más, sostienen que hubo una
etapa de pastoreo, precediendo universalmente a la agricultura. Simplemente con
propósitos de exposición, adoptaremos aquí la primera teoría. Aún ahora,
sobreviven muchas tribus de agricultores que no poseen animales domésticos. En
el centro de Europa y en el occidente de China, en donde la conjugación de
agricultura y ganadería ha sido
secularmente la economía prevaleciente, la pala del arqueólogo ha
puesto al descubierto que los
campesinos más antiguos contaban con muy pocos animales domésticos, si es que
tenían algunos, por lo cual vivían de los productos agrícolas y, tal vez
un poco, de la caza.
Existe
una enorme
variedad de
plantas susceptibles de suministrar
una dieta importante cuando se les cultiva. El arroz, el trigo, la
cebada, el mijo, el maíz, el ñame y la batata, respectivamente, sostienen
todavía en la
actualidad a poblaciones
considerables. Pero, en
las civilizaciones que han
contribuido de manera más directa y generosa a formar la herencia cultural de la
cual gozamos, son el trigo y la cebada los que encontramos como fundamento de su
economía. Estos dos cereales ofrecen, en efecto, ventajas excepcionales. El
alimento que producen es muy nutritivo; los granos se pueden almacenar con
facilidad, el rendimiento es relativamente elevado y, sobre todo, el trabajo
requerido para
su cultivo no es demasiado
absorbente. Es cierto que
la preparación de los campos y la siembra misma, exigen un esfuerzo
considerable; también se necesita practicar algunos desyerbes y tener cuidados
durante la maduración de las espigas; además, la cosecha demanda un esfuerzo
intensivo de la comunidad entera. Pero, todos estos esfuerzos son por temporada.
Antes y después de la siembra se tienen intervalos durante los cuales los campos
no necesitan, prácticamente, atención alguna. El cultivador de grano goza de
lapsos importantes de ocio, durante los cuales se puede dedicar a otras
ocupaciones. En cambio, el cultivador de arroz no dispone de tales treguas. Tal
vez, su faena nunca es tan intensa como la exigida
durante la cosecha del grano, pero es más continua.
Tomando
en cuenta que las civilizaciones históricas de la cuenca del Mediterráneo, del
Cercano Oriente y de la India, se edificaron sobre cereales, debemos concentrar
nuestra atención sobre las economías basadas en el trigo y en la cebada. La
historia de estos granos se ha estudiado en forma mucho más extensa que la de
otras plantas cultivadas y se puede exponer de modo breve.
Tanto el
trigo, como la cebada, son formas domesticadas de yerbas silvestres. Pero, en
cada caso, el cultivo, la selección deliberada de
las mejores plantas
con el
propósito de
sembrarlas, y
el cruce
consciente o accidental de
diversas variedades, han producido granos mayores y más nutritivos que las
semillas de cualquier hierba silvestre. Se
conocen dos yerbas silvestres que son ancestros del trigo: el alforfón y
la escanda silvestre. Ambas crecen en países montañosos, el primero en los
Balcanes, Crimea, Asia Menor y el Cáucaso; la segunda más al sur, en Palestina
y, tal vez, en Persia.
Desde
luego, la distribución actual puede ser engañosa; el clima ha cambiado mucho
desde la época en la cual se inició el cultivo y la fitogeografía depende de las
condiciones climáticas. Partiendo rigurosamente de diferentes premisas, Vavilov
ha llegado a proponer que se considere el Afganistán y el noroeste de China,
como los centros originales del cultivo del trigo. En todo caso, la escanda
silvestre está emparentada con un trigo pequeño, insatisfactorio, el
cual se cultivó extensamente en Europa Central, en épocas prehistóricas,
y todavía crece en Asia Menor. Del cultivo del alforfón (Triticum dicoccum),
se puede obtener un grano muy superior. El alforfón parece haber sido el
trigo más antiguo cultivado en Egipto, en Asia Menor y en el oeste de Europa;
regiones en las cuales, con frecuencia, crece todavía. Sin embargo, la mayoría del trigo del
cual se obtiene actualmente
harina, pertenece a
una tercera
variedad (Triticum vulgare), de la cual no se conoce ancestro
silvestre alguno. Este trigo pudo haber resultado de cruzar el alforfón con
alguna hierba desconocida. Los más antiguos granos de trigo encontrados en
Mesopotamia, Turquestán, Persia y la India, pertenecen a este grupo.
También
los ancestros silvestres de la cebada son yerbas de la montaña. Se han
hallado en
Marmárica, en
el norte
de África,
lo mismo que en Palestina, Asia Menor, Transcaucasia, Persia, Afganistán
y Turquestán. Los métodos de Vavilov señalan a
Abisinia y al sureste de Asia, como los centros primarios del cultivo de
la cebada. Los problemas de saber dónde empezó el cultivo y si fue en un solo
centro o en varios a la vez, todavía permanecen sin decidir. Por haberse
descubierto recientemente hoces en cavernas que estuvieron habitadas, en
Palestina, junto con instrumentos apropiados para una economía de
recolectores de alimentos, más bien que para una cultura asociada
normalmente con
la primera
revolución, se
arguye que
el cultivo de cereales se
inició en Palestina, o cerca de allí. Pero, no es imposible
que los moradores
de dichas
cavernas (llamados
natufienses) hayan pertenecido a una tribu atrasada, la cual hubiera
adoptado algunos elementos de cultura de agricultores más avanzados de cualquier
otra parte, pero sin que hubiese reorganizado cabalmente su
economía.
La
introducción de una economía productora de alimentos afectó,
como una revolución, a las vidas de todos los involucrados en ella lo
bastante para reflejarse en la curva de la población. Por supuesto, no se
dispone de testimonio alguno de “estadística de población”, para probar que haya
ocurrido el esperado incremento de la población.
Pero, es fácil advertir que así sucedió. La comunidad de recolectores de
alimentos tenía limitada su magnitud por la provisión de alimentos disponibles
–el número real de animales de caza, de peces, de raíces comestibles y de bayas
que crecían en su territorio–. Ningún esfuerzo humano, ni tampoco conjuro mágico
alguno, podía aumentar esta provisión. En realidad, las mejoras en la técnica o
la intensificación de la caza y de la recolección, llevadas más allá de cierto
punto, producirían la exterminación progresiva de los animales de caza y la
disminución absoluta de las provisiones. Y, en la práctica, las poblaciones
cazadoras se muestran muy bien ajustadas a los recursos de que disponen. El
cultivo rompe, de una vez, con los límites así impuestos. Para incrementar la
provisión de alimentos, sólo es necesario
sembrar más
semillas, cultivando mayor extensión
de tierras. Si
existen más bocas
por alimentar,
también se
tienen más
brazos para trabajar los
campos.
Por otra
parte, los niños se hacen económicamente útiles. Para los
cazadores,
los
niños
representan una
carga.
Tienen
que
ser
alimentados durante muchos
años, antes de que puedan empezar a contribuir efectivamente al sustento de la
familia. En cambio, desde su infancia, los
hijos de
los agricultores pueden
ayudar a
desyerbar los
campos, y
a espantar los pájaros u otros animales destructores. Si hay ovejas y
vacas, los muchachos y muchachas pueden atenderlas. Entonces, a priori,
la probabilidad de que la nueva economía trajera aparejado un incremento de la
población, es muy elevada.
En
realidad, esta población debe haberse extendido con mucha mayor rapidez que la
establecida, al parecer, por la arqueología. Únicamente así podemos explicar el
modo aparentemente repentino con el cual
surgieron
comunidades
campesinas
en
regiones
anteriormente
desiertas o sólo habitadas por
muy escasos grupos de recolectores.
Alrededor
del lago que en otro tiempo llenó la depresión del Fayum, el número de
utensilios de la Edad Paleolítica es, en verdad, imponente. Pero, tienen que ser
distribuidos a lo largo de tantos miles de años,
que la población atestiguada por ellos pudo ser exigua. Después, en forma
enteramente brusca, las orillas de un lago algo mermado se ven orladas con una
cadena de aldeas populosas, todas ellas contemporáneas, al parecer,
y dedicadas a la agricultura. El valle del Nilo, desde la Primera
Catarata hasta El Cairo, se llenó rápidamente con una cadena de poblaciones
campesinas florecientes, aparentemente surgidas
todas ellas
al mismo
tiempo y
desarrollándose continuamente,
hasta el año 3.000 a.C. O bien, tomemos las llanuras boscosas del norte de
Europa. Después de la Edad de Hielo, encontramos desperdigados caseríos de
cazadores y pescadores siguiendo los litorales, a la orilla de las lagunas y en
los claros arenosos de los bosques. Las reliquias descubiertas en tales sitios
fueron esparcidas, probablemente, en un par de millares de años; y, por lo tanto, sólo son compatibles con una población escasa. Pero
luego, en el curso de unos cuantos
siglos, primero, Dinamarca y, después, el sur de Suecia, el
norte de
Alemania y Holanda, se
llenaron de
tumbas construidas con piedras gigantescas. Se debe haber desarrollado un esfuerzo
considerable para construir tales cementerios y, en efecto, algunos llegan a
contener hasta 200 esqueletos. El crecimiento de la población debe haber sido,
entonces, rápido. Es cierto que, en este caso, se supone que los primeros
agricultores, quienes también fueron los arquitectos de las grandes tumbas de
piedra, hayan sido inmigrantes. Pero, como también se supone que llegaron en
barcas desde España, rodeando hasta las islas Órcades y pasando por el Mar del
Norte, la población inmigrante no pudo ser,
en realidad, muy grande. La multitud supuesta por las tumbas debe haber
resultado de la fecundidad de unas cuantas familias inmigrantes y de los
antiguos cazadores que se hubieran unido a ellas para explotar los recursos
agrícolas del norte virgen.
Por
último, los
esqueletos humanos
atribuidos a
la Edad
Neolítica, sólo en Europa, son varios centenares de veces más numerosos que los de la Edad Paleolítica en conjunto. No
obstante, la Edad Neolítica en Europa duró, a lo sumo, 2.000 años; menos de la
centésima parte del tiempo atribuido a la Edad Paleolítica.

Fig.
5. Azadas
neolíticas
Sería
tedioso acumular los testimonios; sus implicaciones son claras. Solamente
después de la primera revolución –pero, eso sí, inmediata- mente después de
ella– fue cuando nuestra especie comenzó realmente
a multiplicarse con toda
rapidez. Algunas
otras implicaciones y
consecuencias de esta primera revolución, o revolución “neolítica”,
las podemos considerar después. Porque, en este punto, es recomendable
hacer un paréntesis.
No debe
confundirse la adopción de la agricultura con la adopción de una vida
sedentaria. Es costumbre contrastar la vida asentada del agricultor con la
existencia nómada del “cazador sin hogar”.
El
contraste es bastante artificioso. En el siglo pasado, las tribus cazadoras y
pescadoras de las costas del Canadá, en el Pacífico, poseían aldeas permanentes
con casas de madera importantes, adornadas y casi lujosas. Los magdalenienses de
Francia ocupaban, ciertamente, la misma caverna, durante la Edad de Hielo, por
varias generaciones. Por otro lado, algunos procedimientos de cultivo imponen
una especie de nomadismo entre quienes los practican. Para muchos campesinos de
Asia, África y América del Sur, todavía en la actualidad, la agricultura
significa simplemente despejar un lugar de monte bajo o de matorrales,
escarbarlo con una azada o con una estaca, sembrarlo y, luego, recoger la
cosecha. La parcela no es barbechada, ni menos abonada, pero se le vuelve a
sembrar al año siguiente. Por supuesto, en tales condiciones, el rendimiento
declina notablemente después de un par de temporadas. Luego, se despeja otra
parcela y se repite el proceso hasta que también se agota. Bien pronto, toda la
tierra disponible cercana al poblado ha sido cultivada hasta su agotamiento.
Cuando esto ha ocurrido, los habitantes se trasladan para comenzar de nuevo en
otra parte. Sus enseres domésticos son bastante simples como para ser
transportados fácilmente. Las casas mismas son chozas endebles, probablemente
inmundas por la prolongada ocupación,
las cuales se pueden sustituir fácilmente.
Lo que
acabamos de describir es la forma más primitiva de la agricultura, llamada
frecuentemente cultivo de azada o cultivo
hortense. La naturaleza planteó pronto un problema a los agricultores: el
problema del agotamiento del suelo. El modo más sencillo de entendérselas con el
problema fue el de eludirlo, trasladándose a otro sitio. En realidad, esta
solución es perfectamente satisfactoria mientras existe tierra cultivable en
abundancia y el agricultor se contenta sin lujos ni refinamientos que estorben
la migración. Desde luego, constituía una molestia el tener que despejar una
nueva porción del bosque después de unos cuantos años; pero, con seguridad, era
menos penoso que pensar en una solución nueva. En todo caso, esta forma de
cultivo prevaleció en Europa, al norte de los Alpes, en los tiempos
prehistóricos. Pudo haber sobrevivido entre algunas tribus germánicas hasta el
comienzo de nuestra era; puesto que el geógrafo Estrabón indica la facilidad que
tenían para trasladar sus poblados. Todavía se practica
actualmente, entre los
nagas cultivadores de
arroz en Asam, entre los boro
de la cuenca del Amazonas, y aún entre los cultivadores de grano en el Sudán.
Sin embargo, es un procedimiento dispendioso
y, en
último término,
restringe la
población, ya que
la tierra disponible no es
ilimitada en ninguna parte.
Si bien
el cultivo nómada hortense es la forma más primitiva de la agricultura, no por
ello es la más simple, ni tampoco la más antigua. A través de la gran faja de
regiones actualmente áridas o desiertas, que se extiende entre los bosques
templados del norte y las selvas de los trópicos, las mejores tierras para la
agricultura se encuentran, con frecuencia, en los suelos de aluvión depositados
cuando los torrentes intermitentes fluyen de las colinas hacia las llanuras, y
en los valles de los ríos
que se
desbordan periódicamente. En
esta zona
árida, el
fango inunda las llanuras próximas a los grandes ríos, y los sedimentos,
esparciéndose en abanico a la salida de los desfiladeros del torrente, forman un
contraste agradable con las arenas infecundas o las rocas estériles del
desierto. Y, en ellas, las aguas remanentes de las cursos ocupan el lugar de las
lluvias inciertas, suministrando la humedad necesaria para la germinación y la
maduración de los cultivos. De esta manera, en el oriente del Sudán, los
hadendoa*5
esparcen las semillas de mijo
sobre el fango húmedo
depositado por la avenida
del Nilo cada otoño, y esperan,
simplemente, que broten las plantas. Cada vez que se abate una tempestad sobre
el Monte Sinaí, provocando una crecida del Wady el Arish, los árabes del
desierto se apresuran a sembrar granos de cebada en el sedimento acabado de
depositar y recogen una grata cosecha.
Ahora
bien, en
tales condiciones,
las avenidas
utilizadas de este
modo, no sólo riegan los cultivos, sino que crean un suelo nuevo. Las
aguas de las avenidas son amarillentas y fangosas, por los sedimentos recogidos
a su impetuoso paso a través de las colinas. Debido a que las aguas se esparcen,
fluyendo mansamente, el fango en suspensión se deposita como un sedimento
profundo en las tierras inundadas. El sedimento contiene los elementos químicos
que los cultivos del año anterior tomaron del suelo, de tal manera que éste es
renovado y vuelto a fertilizar.
El método
de cultivo acabado de describir es posible, justamente, en aquellas, regiones en
donde los ancestros silvestres del trigo y de la cebada son, probablemente,
nativos. Perry sostiene, en forma convincente, que la irrigación es el método
más antiguo para el cultivo de granos. Particularmente, las condiciones
existentes en el valle del Nilo han resultado excepcionalmente favorables para
el cultivo deliberado de
los cereales. El Nilo, crecido por las lluvias causadas por los monzones en la
meseta abisinia, se desborda con notable regularidad cada otoño. La avenida
llega en un momento conveniente, cuando el calor ya no es tan intenso como para
agostar los brotes tiernos. Y
así, sugiere
Perry, la
segura y
oportuna crecida
del Nilo
incitó desde luego a los hombres a plantar semillas deliberadamente, y
dejarlas crecer.
Los recolectores
de alimentos
deben haber
utilizado los granos de trigo
y cebada silvestres como alimento, antes de haberlos comenzado a cultivar. Los
puñados de estas semillas, esparcidos
sobre el sedimento húmedo de la avenida del Nilo, vendrían a ser los ancestros
directos de todos los cereales cultivados. Y la irrigación natural sería el
prototipo de todos los sistemas de cultivo.
La
explicación plausible y consecuente de Perry acerca del origen egipcio de la
agricultura es, desde luego, una teoría apoyada en testimonios todavía menos
directos que los mencionados más arriba, sobre su origen palestino. En la época
de las poblaciones agrícolas más antiguas del valle del Nilo, la precipitación
pluvial en el Cercano Oriente y en el norte de África era más generosa que en la
actualidad, de tal manera que la irrigación no era el único método para lograr
el desarrollo de los cultivos. La idea de cultivar cereales se esparció,
indudablemente, con rapidez; el norte de Siria, el Irak y la meseta
persa se encuentran tachonadas con las ruinas de poblaciones agrícolas
casi tan antiguas, si no es que son contemporáneas, como las poblaciones más
antiguas de Egipto. El cultivo migratorio hortense puede explicar esta rápida
difusión en forma bastante simple. Pero, no es fácil advertir cómo un sistema,
desarrollado en las condiciones excepcionales del valle del Nilo, haya sido
trasplantado a Persia y a Mesopotamia, en circunstancias tan diferentes y menos
favorables. Respecto a
Europa, es
muy probable
que la idea del
cultivo y
los
cereales
cultivados fueran introducidos por vez primera por los agricultores de azada que
se extendieron por el occidente de Europa, desde
el norte
de África,
y por otros que
emigraron desde la
cuenca del Danubio hacia
Bélgica y Alemania; ya no se puede esperar la existencia de ancestros silvestres
del trigo y de la cebada, al norte de los Balcanes.
Por otra
parte, la agricultura en Egipto no era una cosa tan simple. En su estado
natural, el valle del Nilo debe haber estado formado por una sucesión de
ciénagas y espesos cañaverales, en los cuales se guarecerían los hipopótamos y
otras bestias amenazantes. Para hacerlas
cultivables, las
ciénagas debieron
ser drenadas
y despejadas, ahuyentando a
sus peligrosos habitantes. Tal
empresa sólo era
posible para una comunidad de cierta magnitud y equipada con instrumentos
eficaces. Desde un punto de vista general, tal parece que el cultivo dependiente
de los cursos del Nilo fuera posterior a la simple agricultura de la azada y que
hubiera derivado de ésta. En realidad, es infructuoso especular acerca de cómo,
cuándo y en dónde se inició el cultivo de los cereales. Tal vez es algo más útil
indagar cómo la forma primaria de producir alimentos se integró y se convirtió
en agricultura mixta, adoptando la teoría enunciada arriba.
Prácticamente, en todos los más antiguos poblados productores de alimentos, de
los examinados por los arqueólogos en Europa, el Cercano Oriente y el norte de
África, la industria básica es la
agricultura mixta; además del cultivo de cereales, criaban animales para
emplearlos como alimento. Esta economía es característica de la etapa
“neolítica”, en todos los lugares en los cuales existió. Los animales
domesticados para alimentación no eran muy variados:
ganado
vacuno,
ovejas,
cabras
y
cerdos.
Pocas
especies,
relativamente, se han agregado
a las granjas en períodos subsecuentes o en otros países; siendo la más
importante la gallina. El ganado vacuno requiere pastos más bien ricos, pero
puede vivir en estepas bien provistas de agua, en
los valles irrigados
naturalmente y aún
en los
bosques que
no son demasiado espesos. Los cerdos prefieren las ciénagas o los
bosques; las ovejas
y las cabras
pueden medrar en condiciones secas, pero no absolutamente desérticos, siendo
ambas familiares en países montañosos. Probablemente, las cabras salvajes se
extendieron alguna vez a lo largo de
la cadena montañosa que divide longitudinal- mente a Eurasia,
tal vez
desde los
Pirineos o,
por lo menos,
desde
los Balcanes hasta el Himalaya. Las
ovejas salvajes vivieron a lo largo de la misma cadena, pero en tres variedades
distintas. El carnero musmón sobrevive
en las islas del Mediterráneo y en la región montañosa del Cercano Oriente,
desde Turquía hasta el occidente de Persia; hacia el este del musmón, en
Turquestán, Afganistán y el Punjab, se tiene la región del urial; y, todavía más
al oriente, en las montañas del Asia Central, vive el argalí. En África no se
conoce carnero salvaje alguno. La oveja egipcia más antigua pertenece al tronco
urial, lo mismo que los rebaños europeos más antiguos; pero,
en los monumentos primitivos de Mesopotamia, está representado el carnero
musmón al lado del urial. El
lector observará que los
ancestros de nuestros animales de granja vivieron en estado salvaje en la mayor
parte de las regiones que parecen idóneas para haber sido la cuna del cultivo de
granos. En cambio, la ausencia de carneros salvajes en África hace improbable
que Egipto haya sido el punto de partida de la agricultura mixta.
Como ya
lo indicamos, durante el período en el cual se estableció la economía productora
de alimentos, ocurrió una crisis climática, afectando en forma adversa
justamente a esa zona de países subtropicales áridos en donde aparecieron los
primeros agricultores y en donde vivían entonces los ancestros silvestres de los
cereales cultivados y de los animales domésticos. La fusión de las láminas de
hielo en Europa y la contracción sobre ellas de las presiones elevadas, o
anticiclones, implicó un cambio de dirección hacia el norte, en la trayectoria
normal de las depresiones productoras de lluvias del Atlántico, Las tormentas
que humedecían el norte de África y Arabia,
se desviaron hacia Europa, En su lugar se inició la desecación. Desde
luego, el proceso no se desarrolló en forma brusca o catastrófica. En
un principio, y por mucho tiempo, el único presagio debe haber sido la
gran severidad y la prolongada duración de las sequías periódicas. No obstante,
aún la más pequeña reducción en la precipitación pluvial produce un cambio
devastador en aquellos países que siempre han sido relativamente secos. Implica
la diferencia entre la tierra cubierta
de pastos de modo continuo, y los desiertos arenosos interrumpidos,
de cuando en cuando, por los oasis.
Una parte
de los animales que pueden vivir cómodamente con una precipitación pluvial de
treinta centímetros al año, se convierte en población sobrante cuando la
precipitación disminuye unos cinco centímetros durante dos o tres años. Los
herbívoros tienen que congregarse en un número decreciente de manantiales y
arroyos, en los oasis, para obtener alimento y agua. Así, quedan más expuestos
que antes a los ataques de las fieras –leones, leopardos y lobos– las cuales
también gravitan alrededor de los oasis para obtener agua. Y también se
enfrentarán al hombre; porque los cazadores se ven obligados, por las mismas
causas, a frecuentar los manantiales y los valles. De esta manera los cazadores
y sus presas se encontraron unidos en un esfuerzo por eludir las terribles
consecuencias de la sequía. Pero, si el cazador es al mismo tiempo agricultor,
tendrá algo que ofrecer
a las bestias hambrientas:
el rastrojo
de sus
campos recién segados podía
proporcionar la mejor pastura en el oasis. Una vez almacenados
los granos,
el agricultor
pudo tolerar
que los
musmones o los bueyes muertos
de hambre invadieran sus parcelas cultivadas. Éstos
estarían demasiado
débiles para
huir, demasiado flacos para
que valiera la pena matarlos para servir de alimento. En lugar de eso, el
hombre pudo estudiar sus hábitos, ahuyentar a los leones y lobos que podían
devorarlos y, tal vez, incluso ofrecerles alguna cantidad de grano
que sobrara
de sus provisiones.
Las bestias, por
su parte, deben haber
crecido mansamente y se acostumbraron a la proximidad del
hombre.
Los
cazadores actuales y, sin duda, también en los tiempos pre- históricos, han
estado acostumbrados a tener favoritos entre los cachorros de los animales
salvajes, con propósitos rituales o por
simple diversión. El hombre ha permitido al perro frecuentar su vivienda,
recompensándolo con los desperdicios de su cacería y con los desechos de sus
comidas. En las condiciones de la desecación incipiente,
el agricultor tuvo oportunidad
de agregar
a su
familia no
sólo cachorros aislados, sino los restos de rebaños o manadas completas,
comprendiendo animales
de ambos sexos y de todas las
edades. Si se dio cuenta entonces de la ventaja de tener un grupo de estas
bestias medio mansas rondando en las cercanías de su vivienda, como una reserva
de caza que podía coger con facilidad, pudo encontrarse en la vía de la
domesticación.
En
adelante, debió imponerse restricciones y discriminaciones en el empleo de esta
reserva de carne. Tuvo que abstenerse de espantar innecesariamente a las bestias
o de sacrificar a las más tiernas o de mayor mansedumbre. Una vez que comenzó a
sacrificar solamente a los toros o cameros más ariscos y menos dóciles, pudo
iniciar la selección de crías, eliminando a las bestias intratables y
favoreciendo, en consecuencia, a las más mansas. Pero, también debió aprovechar
las nuevas oportunidades para estudiar la vida de las bestias en forma más
estrecha. Así aprendió los procesos de reproducción de los animales y sus
necesidades de comida y bebida. Debió actuar de acuerdo con su conocimiento. En
lugar de ahuyentar simplemente al rebaño, al llegar la época de volver a sembrar
sus parcelas, el hombre siguió a las bestias, guiándolas hacia los sitios en
donde había agua y pastos apropiados, y manteniendo su protección contra los
carnívoros predatorios. De esta manera es cómo podemos imaginarnos que, con
el tiempo,
una
manada
o
un
rebaño
se
multiplicara,
no
sólo
domesticado, sino dependiendo
realmente del hombre.
Este
resultado sólo pudo ocurrir contando con la
continuación bastante prolongada de esas condiciones climáticas
peculiares y con anímales apropiados rondando en las viviendas humanas. Es
indudable que se hicieron experimentos con diversas especies; los egipcios
criaron rebaños de antílopes y gacelas, hacia el año 3.000 a.C. Tanto éste, como
otros experimentos que desconocemos, resultaron infructuosos. Venturosamente,
entre la fauna salvaje de las regiones desecadas de Asia, figuraban vacas,
carneros, cabras y cerdos. Estos animales se unieron firmemente al hombre y lo
siguieron con facilidad.
En
un principio,
es de
presumir que
las bestias
mansas o
domesticadas únicamente eran consideradas como una fuente potencial de
abastecimiento de carne, como una caza fácilmente accesible. Más tarde, debe
haberse descubierto otras maneras de servirse de ellas. Se pudo advertir que los
cultivos se desarrollaban mejor en las
parcelas que habían servido de pastura. Por último, se dieron cuenta del valor
del estiércol como fertilizante. El proceso de ordeñar la leche fue descubierto
sólo después de que el hombre tuvo amplia oportunidad de estudiar en establos
cerrados a las crías bovinas, ovinas y caprinas. Pero, una vez hecho el
descubrimiento, la leche se convirtió en otro producto principal. Podía
obtenerse sin sacrificar a la bestia,
sin mermar el capital.
La selección pudo
aplicarse de nuevo.
Se conservó a los mejores
productores de leche, prefiriendo a sus crías con respecto a las de las otras
vacas, ovejas o cabras. Más tarde, también obtuvo aprecio el pelo de las ovejas
y de las cabras. Pudo ser sometido a
varios procesos,
tal vez
de los
aplicados originalmente
a las fibras vegetales, y
tejido para hacer vestidos, o bien, convertido en fieltro. La lana es, por
entero, un producto artificial de la cría selectiva. Los carneros salvajes sólo
tienen una fina pelusa sobre la piel. Los egipcios no conocían la lana después
del año 3.000 a.C. En cambio, en
Mesopotamia, los carneros
ya eran
criados por
su lana antes
de esa fecha. El enjaezamiento
de los animales para llevar carga o tirar de arados y de vehículos, es una
adaptación posterior, la cual debemos considerar entre los pasos que condujeron
a la segunda revolución en la economía humana.
Hemos
considerado ya las características mínimas del simple cultivo. Pero, para
comprender los fundamentos de la economía puesta al descubierto por los poblados
neolíticos del norte de África, el Cercano Oriente y Europa, debemos examinarlos
ahora en combinación con la cría de ganado. Mientras el número de animales
criados siguió siendo pequeño, la explicación dada anteriormente se sostiene
bien: los animales serían puestos a pastar en el rastrojo, después de la
cosecha, y en las otras temporadas en pastos naturales, cerca del
poblado. Si se añade que algunos jóvenes eran dedicados a vigilar el rebaño, se
puede considerar ya descrita la economía comunal. Pero, tan pronto como el
rebaño excede cierto corto límite, es necesario tomar para él medidas
especiales. Se tienen que quemar árboles y matorrales para hacer lugar al pasto.
En el valle de un río puede pensarse
que vale la pena limpiar o
regar valles especiales, para
servir de pastura
al ganado.
Se pueden
cultivar, cosechar y
conservar plantas con el propósito deliberado de que sirvan exclusivamente
de forraje. O bien, se puede conducir a los animales a los lugares alejados en
el campo, buscando pasturas en la estación seca. En las tierras del
Mediterráneo, de Persia y del Asia
Menor, en el verano existen buenos
pastos en las montañas que se cubren de nieve durante el invierno. Así, las
ovejas y las vacas son llevadas hasta los pastos de las montañas durante la
primavera. Entonces, es necesario que un cierto número de habitantes del poblado
acompañe a los rebaños para protegerlos de las bestias salvajes y ordeñar a las
vacas y ovejas. Los pastores debían
llevar consigo,
generalmente, provisión de
granos y otros aprestos. En
algunos casos, la fracción de la comunidad que emigraba con sus aparejos a los
pastos de verano, era bastante pequeña. Pero, en países calurosos y secos, como
Persia, parte del oriente del Sudán y en el noroeste del Himalaya, el grueso de
la comunidad abandona su
pueblo en
el valle
asfixiante y acompaña
a los rebaños hacía las
montañas más frescas. Sólo unos cuantos son los que se quedan a vigilar los
campos y las moradas.
Esto no
se encuentra muy alejado de una economía puramente pastoril, en la cual la
agricultura juega un papel insignificante. El nomadismo pastoril puro es muy
conocido, siendo ilustrado por varios pueblos en el Viejo Mundo; entre los
ejemplos más conocidos, tenemos los
beduinos de Arabia y las tribus
mongoles de Asia Central. Cuál sea la
antigüedad de este modo de vida es algo incierto. Los pueblos pastores no son
muy afectos a dejar muchos vestigios que puedan servir a los arqueólogos para
reconocer su presencia. Tienden a emplear vasijas de cuero y cestas, en lugar de
objetos de cerámica; a vivir en
tiendas, en lugar de refugios excavados, de chozas sostenidas por sólidos postes
de madera o por muros de piedra o tabique. Por lo general, las vasijas de cuero
y las cestas no tienen oportunidad de sobrevivir; para levantar las tiendas no
es necesario cavar agujeros profundos que indiquen el sitio en el cual se
asentaron los postes. (Sin embargo, por los residuos de madera podrida, los
arqueólogos modernos pueden reconocer el agujero hecho por un poste hace 5.000
años.)
El hecho
de que no se puedan reconocer los sitios ocupados por poblados prehistóricos o
grupos de reliquias pertenecientes a pueblos puramente pastores, no constituye
en sí mismo una prueba de que no hayan existido. Hasta este punto resulta
irrefutable el postulado de la “escuda
histórica”, en
el sentido
de que el pastoreo
puro y
la agricultura de
la azada fueron
practicados originalmente en
forma independiente
y de que la agricultura mixta resultó de su fusión posterior. No
obstante, Forde ha hecho notar, recientemente, la inestabilidad del pastoreo
puro. Muchas tribus pastoras típicas de la actualidad, tal como los patriarcas
en el Génesis, cultivan en realidad el grano, aunque de una manera
incidental y, más bien, casual.
Cuando
los propios pastores nómadas no cultivan el grano por sí mismos, casi siempre
dependen económicamente de poblados de campesinos sedentarios. Los agricultores
pueden ser tributarios o siervos de los pastores, pero son esenciales para su
subsistencia.
Cualquiera que haya sido su origen, la cría de ganado dio al hombre control
sobre su propio abastecimiento alimenticio, tal como lo hizo también
la agricultura. En la
agricultura mixta, la ganadería
asumió una función equiparable a la
del cultivo, dentro de la economía productora de alimentos. Sin embargo, del
mismo modo que el término “agricultura”
incluye muchos
modos distintos
de obtener
la subsistencia, asimismo la
frase “agricultura mixta” señala igual disparidad y diversidad.
Los varios
modos diferentes
de cultivo
se pueden
combinar, en diversos grados, con distintas actitudes hacia la cría de
ganado. Se ha sugerido, justamente, la diversidad de permutaciones y
combinaciones posibles. Nunca debe olvidarse la multiplicidad de las
aplicaciones concretas de la economía productora de alimentos.
También
debemos recordar
que la
producción de
alimentos no
desalojó a la recolección de alimentos. Si bien, en nuestros días, la
cacería es únicamente un deporte ritual
y el
fruto de
la caza es
un lujo
para el
rico, en cambio, la pesca es una gran industria que contribuye
directamente a la dieta de todos. En un principio, la montería, la volatería, la
pesca, la recolección de frutas, caracoles y larvas siguieron siendo las
actividades esenciales para la obtención de alimentos de cualquier grupo
productor de alimentos. El grano y la leche se introdujeron como meros
complementos de una dieta de caza, pescado, bayas, nueces y huevecillos de
insectos. Probablemente, la agricultura comenzó como una actividad incidental de
las mujeres, mientras sus maridos estaban dedicados a la actividad
verdaderamente seria de la montería. Sólo de una manera lenta llegó a conquistar
la posición de una industria independiente y, finalmente, predominante. En la
época en la cual los testimonios arqueológicos revelan por primera vez la
existencia de comunidades neolíticas en Egipto y en el Irán, las supervivencias
del régimen de
recolección de alimentos
aparecen claramente
equiparables a las del cultivo
de granos y la cría de ganado. Sólo posteriormente fue cuando declinó su
importancia económica. Después de la segunda revolución, la montería y la
volatería se convirtieron, como entre nosotros, en deportes rituales, o bien, al
igual que la pesca, en industrias
especializadas
practicadas
por
ciertos
grupos
de
la
comunidad o por sociedades
independientes, las cuales dependían económica- mente de alguna civilización
agrícola.
Hay
otros dos
aspectos de
la simple economía
productora de alimentos que
merecen atención. En primer lugar, la producción de alimentos, aun en su forma
más simple, proporciona una oportunidad y un motivo para la acumulación de un
sobrante. Una planta cultivada no debe ser consumida tan pronto como se la
cosecha. Los granos deben conservarse y escatimarse de modo que duren hasta la
siguiente cosecha, por un año entero. Y es necesario apartar una proporción de
cada cosecha para la siembra. La conservación es fácil. Pero implica, por
una parte,
previsión y economía
y, por
otro lado,
tener receptáculos para
almacenarlos. Éstos son tan esenciales como las viviendas, y en realidad pueden
haber sido construidos con más cuidado que ellas. En los poblados neolíticos de
Fayum, tal vez los más antiguos de su especie, las construcciones más
importantes que han sobrevivido son los silos excavados, forrados con paja o con
esteras.
Por otra
parte, el ganado que se ha mantenido laboriosamente durante la temporada de
sequía no debe ser sacrificado y devorado sin discriminación. Por lo
menos, las
vacas y las
ovejas jóvenes
deben ser apartadas y criadas
para suministrar leche y aumentar la manada o el rebaño. Una vez que estas ideas
se han hecho familiares, la producción
y la
acumulación de
un excedente
se hace mucho más fácil para
los productores de alimentos que para los recolectores. El rendimiento de los
cultivos y de los rebaños pronto supera las necesidades inmediatas de la
población. El almacenamiento del grano y la conservación del ganado “en pie” son
mucho más simples, particularmente en un clima cálido, que la preservación de la
provisión de caza sacrificada. El sobrante obtenido de este modo ayudará a la
comunidad a superar las dificultades en las malas épocas, formando una reserva
para los períodos de sequía y de fracaso en las cosechas. Servirá como apoyo
para el crecimiento de la población. Finalmente, puede constituir una base para
el comercio rudimentario, allanando así el camino para la segunda revolución.
En
segundo lugar, la economía es enteramente autosuficiente. La simple comunidad
productora de alimentos no depende, para ninguna de sus necesidades vitales, del
trueque o del intercambio con otro grupo. Produce y recoge todo el alimento que
necesita. Tiene a su disposición, en
su inmediata
vecindad, las
materias primas
que requiere para su simple equipo. Sus miembros integrantes o familias
fabrican las herramientas, utensilios y armas que necesita.
Esta
autosuficiencia económica no significa necesariamente el aislamiento. Las
variaciones ya indicadas en la simple economía productora de alimentos, la
práctica simultánea de diversos métodos para obtener la subsistencia, por grupos
diferentes, obligan a las distintas comunidades a entrar en contacto recíproco.
Al conducir sus rebaños a los pastos de verano, los pastores de una población
tienen la oportunidad de reunirse con
los pastores de otro poblado. Al
realizar expediciones de cacería a través del desierto, los cazadores de un
oasis pueden efectuar partidas comunes con los cazadores de otro oasis. De esta
manera, el aislamiento de cada comunidad puede romperse. Lejos de constituir una
dispersión de unidades discontinuas, el
mundo neolítico
debe ser
considerado como una
cadena continua
de comunidades. Cada una de ellas estaba enlazada a todos sus vecinos por
contactos recurrentes, así fueran poco frecuentes e irregulares.
La simple
economía productora de alimentos acabada de describir es una abstracción.
Nuestro cuadro está basado en una selección de los rasgos supuestamente
distintivos, de los materiales aportados por las observaciones hechas por los
etnógrafos sobre los “salvajes” modernos, y de las inferencias extraídas de
sitios arqueológicos particulares. La situación exacta del desenvolvimiento
económico aquí esbozado nunca
debió realizarse precisamente en
esta forma
concreta. La arqueología únicamente puede justificar la presentación de
una economía “neolítica”,
como una
etapa histórica
universal en
el progreso hacia la
civilización moderna. Pero todo lo que puede hacer actualmente la arqueología es
aislar fases transitorias dentro de lo que fue, en realidad, un proceso
continuo. Tácitamente, hemos supuesto que, en diversas regiones, se
desarrollaron fases similares de manera casi simultánea. Sin embargo, tal
simultaneidad no se puede comprobar en los tiempos prehistóricos, ni siquiera en
el caso de regiones ligadas tan estrechamente como Tasa en el Egipto Medio, el
Fayum y el Delta. Un estricto paralelismo en el tiempo, entre Egipto y, por
ejemplo, el norte de Siria, sería difícil de establecer. Pretender que dicho
paralelismo existió entre Egipto y el norte de Europa sería algo casi
seguramente falso; nuestros mejores ejemplos de una simple economía productora
de alimentos en Gran Bretaña o en Bélgica, en términos de años solares, tal vez
datan de unos treinta siglos después de los correspondientes a Egipto. Aún más,
nosotros hemos citado deliberadamente a ciertos grupos de salvajes
contemporáneos, para ilustrar la misma etapa económica.
La
arqueología ha descubierto comunidades cuya economía se aproxima
fundamentalmente a la que hemos descrito, en el valle del Nilo, en Tasa, situada
en el borde occidental del Delta, y en las orillas de un antiguo lago de Fayum;
en la zona lluviosa del norte de Siria, entre
Alepo y Mosul,
y en las laderas de
la meseta Iraní, que tienen,
tal vez, una antigüedad de 7.000 años. En época más bien posterior, encontramos
establecida la misma economía en Creta, en la meseta del Asia Menor, en Tesalia
y en otros lugares de la tierra firme griega. Más tarde, dejó sus huellas en
España, en la región de tierra negra de Ucrania y Besarabia, alrededor del valle
inferior del Danubio, y en las llanuras húngaras y, luego, en toda la Europa
Central, en donde las porciones del llamado Ioess ofrecieron suelos
fértiles no sin estar demasiado cubiertos de bosques. La misma economía se
esparció ampliamente por el oeste de Europa, desde España hasta el sur de
Inglaterra y Bélgica. Más tarde surge en Dinamarca, el norte de Alemania y
Suecia; tal vez, no antes del año 2.000 a.C. Las comunidades análogas,
identificadas recientemente en el occidente de China, no son necesariamente
mucho más antiguas. Los maoríes de Nueva Zelanda todavía se hallaban en este
nivel económico cuando desembarcó el capitán Cook a fines del siglo XVIII.
Todos
los grupos
de simples
productores de alimentos
reconocidos por la arqueología se distinguen entre sí por diferencias
notables. Los arqueólogos los dividen en una asombrosa variedad de “culturas”.
Cada una tiene sus propios tipos distintivos de herramientas, vasijas, armas y
ornamentos, lo mismo que su arte y sus ritos funerarios peculiares. Aun las
aplicaciones de la misma economía fundamental difieren de un grupo a otro. La
agricultura nómada hortense fue, por ejemplo, dominante en el oeste de Europa,
en las tierras de loess de Europa Central, en Ucrania y en el occidente de
China; regiones templadas, todas ellas. En Creta y en Tesalia, aun los poblados
más antiguos parecen
haber sido relativamente
permanentes. Por otro
lado, en el oeste de Europa, la cría de ganado vacuno, de ovejas y de
puercos, lo mismo que la cacería, parecen haber sido, por lo menos, equiparables
al cultivo de granos. En el loess de Europa Central, los animales
domésticos parecen
haber desempeñado, en un
principio, un papel secundario en
el abastecimiento alimenticio, siendo la caza enteramente despreciable. Los
chinos neolíticos únicamente criaron cerdos.
Entre los
egipcios neolíticos, en Tasa, se encontraron abundantes huesos de vacas y
ovejas, pero ningún residuo de cerdos. En cambio, estos animales fueron
abundantes, en las poblaciones de la misma época, en el Fayum y en la ribera del
Delta. Además, también difieren los granos cultivados: alforfón en Egipto,
Asiria, el oeste y el norte de Europa, escanda en la cuenca del Danubio, tal vez
trigo propiamente dicho en Siria y en el Turquestán. Así, no existió algo que
pudiéramos llamar la civilización neolítica. Varios grupos humanos, de
composición racial diferente, viviendo en condiciones diversas de clima y de
suelo, adoptaron las
mismas ideas
básicas y
las adaptaron
en forma
diferente a sus distintos medios.
Las
diferencias que separan de manera tan clara a las culturas neolíticas no tienen
nada de asombroso, tomando en cuenta el
carácter distintivo de su economía y la autosuficiencia de cada
comunidad. Debido a que cada grupo fue económicamente independiente de sus
vecinos, pudo permanecer aislado de ellos. Y, en tal aislamiento, cada grupo
pudo elaborar sus propias artes y artesanías, sus estilos e instituciones
peculiares, independientemente del resto. Sólo el evolucionista más fanático
podría sostener que estos desenvolvimientos independientes convergerían, en
todas partes, hacia
resultados semejantes. En realidad,
lo que
se puede
observar es, justamente, lo
contrario. Si se estudian detalladamente algunos grupos neolíticos conectados de
cerca –como los del loess de Europa Central, por
ejemplo–, se advierte
una divergencia
continua, la multiplicación
de los grupos individualizados, distinguiéndose unos de otros de modo
cada vez más pronunciado en la forma adoptada para sus vasijas, en
el estilo de su decoración y así, sucesivamente, en todo.
Sin
embargo, el posible aislamiento nunca se efectuó realmente –en rigor, la
completa autosuficiencia económica tal vez no se ha logrado en ninguna parte–.
Por todas partes el arqueólogo encuentra testimonios del comercio entre grupos
adyacentes, intercambiándose objetos. Esto pudo ser resultado de contactos
accidentales entre pastores y cazadores, como los que hemos anticipado, de
visitas formales, de la práctica de buscar mujer fuera de la propia población
(exogamia) y
de otros
contactos semejantes. Ello pudo
conducir a
una especie de comercio irregular, por medio del cual los objetos
podían recorrer grandes distancias. Así, en los poblados neolíticos del lago
Fayum, se han encontrado conchas procedentes del Mediterráneo y
del Mar Rojo. Incluso en tumbas neolíticas de Bohemia y del sur de
Alemania se han encontrado brazaletes hechos de la concha de un mejillón
mediterráneo, el Spondylus gaederopi.
El hecho
es que tal comercio no formó parte integrante de la vida económica de la
comunidad; los artículos que comprendía eran, en cierto sentido, lujos, en modo
alguno esenciales. No obstante, el intercambio del cual dan testimonio, fue de
vital importancia para el progreso humano; fueron conductos por los cuales las
ideas de una sociedad pudieron llegar a otras, por los cuales se pudieron
comparar los materiales extranjeros, por los cuales se pudo difundir,
de hecho, la cultura. En realidad, la “civilización neolítica” debe su
expansión, en parte, a la existencia previa entre las comunidades todavía
esparcidas de cazadores, de un enlace comercial rudimentario.
En casos
excepcionales, la comunicación entre grupos separados del tipo que estamos
considerando, pudo llevar a un “comercio” más regular y a una especialización
intercomunal, aun dentro de la estructura de la economía neolítica. En
Inglaterra, Bélgica y Francia, los
arqueólogos han descubierto minas neolíticas de pedernal. Probablemente, en los
intervalos del trabajo en las minas, los mineros cultivaban plantas y criaban
ganado. Pero, es enteramente cierto que no sólo producían para sí mismos, sino
que exportaban sus piedras de pedernal a un mercado más amplio. Sin embargo,
cuando se interponían mares, selvas o montañas boscosas, el intercambio en los
tiempos neolíticos se debe haber hecho, en general, poco frecuente y la
filtración de ideas debe
haber sido excesivamente
lenta. Únicamente en la zona árida del
Mediterráneo y en la región vecina del Oriente, el intercambio fue completamente
rápido y extenso.
En esta
forma, al hablar de “período neolítico” se puede abarcar desde el año 6.000 a.C.
hasta el año 1.800 d.C. “Civilización neolítica” es un término peligroso, que
resulta aplicable a una enorme variedad de grupos culturales, todos ellos
situados, más o menos, en el mismo
nivel económico. Aún más, en lugares
como Tasa, el lago Fayum y los niveles inferiores de
Arpachiyah, en Asiría, la
economía que acabamos de esbozar parece representar, en realidad, la forma
superior de organización lograda
en determinados
lugares en
aquel preciso momento. En otras
partes, y posteriormente, seguimos encontrando comunidades que exhiben la misma
estructura económica fundamental.
Todas ellas tienen en común algo más que meras abstracciones económicas. Es
cierto que las otras concordancias sólo son un poco menos abstractas. Aun así,
vale la pena ignorar las diferencias entre sus aplicaciones concretas y
considerar algunos de estos rasgos generales que son comunes a muchas sociedades
“neolíticas”. Las características comunes más notables son el labrado de la
madera, la fabricación de objetos de alfarería y la industria textil.
En la
época en la cual se manifiesta la revolución neolítica, cuando la agricultura se
hace perceptible por primera vez, el norte de África y el Cercano Oriente
gozaban todavía de un régimen de lluvias superior al actual: aún crecían árboles
en regiones ahora desprovistas de ellos.
Al mismo tiempo, en Europa,
los bosques
habían substituido
a las
tundras y a las estepas de la Edad de Hielo. El hombre se vio obligado a
ocuparse de la madera. La respuesta a este estímulo fue la creación del “hacha
de piedra pulimentada” (hacha o azuela), la cual era, para los antiguos
arqueólogos, el signo distintivo del “período neolítico”.
Este instrumento es una gran laja o guija de piedra de grano fino, que
tiene uno de sus extremos pulido hasta formar un agudo borde cortante. Era
enmangada al extremo de una estaca o de un asta de venado, para formar un hacha
o azuela.
En la
última parte del período paleolítico, los instrumentos semejantes al hacha
parecen haber sido desconocidos. El hacha de piedra pulimentada no parece
derivar directamente del “hacha de mano” hecha de piedra o sílex tallados, que
era corriente antes, en el período paleolítico. Lo fundamental en el instrumento
neolítico es que su borde es aguzado por pulimento. La nueva técnica parece
haber sido sugerida por los efectos observados en las piedras empleadas como
rodillos para moler granos sobre otras piedras. 0, tal vez, al cavar las
parcelas cultivadas, una lasca suelta fue amarrada al extremo de una estaca,
formando una especie de azada; y después, el borde de la laja pudo ser pulido en
forma aguzada, frotándolo con arena.
Con todo,
a pesar de que las hachas neolíticas se encuentran, de
modo casi invariable, en los más antiguos poblados de simples productores
de alimentos, no es cierto que el instrumento sea realmente un resultado de la
nueva economía. Instrumentos parecidos al
hacha se
encuentran, por
ejemplo, en
el Báltico,
mucho tiempo
antes de que aparezcan indicios de haberse practicado la agricultura. Los
modelos parecen haber sido proporcionados por instrumentos de
hueso y de cuerno de venado, también aguzados por pulimento. Con toda
seguridad, algunos habitantes de los bosques septentrionales de Europa
utilizaron hachas y azuelas de piedra pulimentada, aun
cuando no criaban anímales para abastecerse de carne, ni cultivaban
plantas. Y, fuera de Europa, muchos recolectores típicos de alimentos,
incluyendo hasta los aborígenes australianos, han empleado hachas
de piedra pulimentada. Por otra parte, los natufienses de Palestina,
quienes cultivaban algo con certeza –presumiblemente, un cereal– no poseían
hachas. Por lo tanto, el hacha de piedra pulimentada no es un signo infalible de
la economía neolítica, en el sentido que aquí le
hemos dado, de producción autosuficiente de alimentos.
No
obstante, en todas partes en donde surgió, el hacha de piedra pulimentada
constituyó un instrumento poderoso, provisto de un filo resistente, que no se
rompía ni se embolaba con unos cuantos golpes. Permitió al hombre desbastar y
labrar la madera. Así pudo empezar la carpintería.
Arados, ruedas,
barcas de tablones,
casas de
madera, todo esto requiere
hachas y azuelas para su fabricación. La invención del hacha de piedra
pulimentada fue una condición previa esencial para lograr la fabricación de
estas cosas.
La
preparación y el almacenamiento de
alimentos hechos con cereales debe suponer el haber logrado antes la fabricación
de vasijas que pudieran contener líquidos calientes. Una característica
universal de las comunidades
neolíticas parece haber sido la fabricación de ollas. (Sin embargo, éstas no
fueron utilizadas por los natufienses de Palestina.)
En realidad, la alfarería pudo
haberse descubierto antes del
establecimiento de la economía productora de alimentos. Es posible que se haya
originado en el cocimiento accidental de una cesta recubierta con arcilla, para
poder servir de recipiente al agua. Un par
de pequeños fragmentos encontrados en una supuesta capa paleolítica, en
Kenia, sugiere esta posibilidad. Pero hasta el período paleolítico la
fabricación de piezas de alfarería no es comprobada en gran escala; un sitio
neolítico está lleno, generalmente, de restos de objetos de alfarería rotos.
La nueva
industria ha tenido gran importancia para el pensamiento humano y para el
comienzo de la ciencia. La fabricación de objetos de alfarería es, tal vez, la
primera utilización consciente, hecha por el hombre, de una transformación
química. El proceso, en su esencia, consiste en expulsar, por medio del calor,
algunas moléculas de agua (llamada el “agua de constitución”) del silicato de
aluminio hidratado, que es el nombre químico de la arcilla de los alfareros.
Cuando una masa de arcilla está húmeda, es completamente plástica; con exceso de
agua se puede desintegrar y es posible desmenuzarla en polvo, dejándola secar.
Cuando el “agua de constitución” combinada químicamente con la arcilla, es
expulsada a unos 600° C., el material pierde definitivamente su plasticidad; la
masa entera se solidifica y puede conservar su forma, ya sea mojada o seca, a
menos que de manera deliberada y laboriosa sea rola aplastándola o machacándola.
La esencia del arte de la alfarería es que puede modelar una pieza de arcilla en
cualquier forma deseada y que esta forma adquiere permanencia “cociéndola” (es
decir, calentándola a más de 600° C.).
A los ojos del hombre primitivo, esta conversión cualitativa del
material debe haber parecido como una especie de transustanciación mágica – la
transformación del barro, o de la tierra, en piedra–. Debe haber provocado
algunos problemas filosóficos, como la significación de sustancia y de
identidad. ¿Cómo pueden ser la misma sustancia la arcilla plástica y ese barro
duro pero quebradizo? La vasija puesta al fuego tiene la misma forma que se le
ha dado, pero su color ha cambiado y su textura es enteramente distinta.
El
descubrimiento de la alfarería
consiste, fundamentalmente, en hallar la manera de controlar y utilizar la
transformación química que acabamos de mencionar. Pero, al igual que cualquier
otro descubrimiento, su aplicación práctica implica otros más. Para poder
modelar la arcilla es necesario humedecerla; pero, si la vasija húmeda se pone
directamente al fuego, se quebrará. El agua agregada a la arcilla para hacerla
plástica debe dejarse secar poco a poco al sol, o cerca del fuego, antes de que
la vasija pueda ser cocida. A más de esto, la arcilla debe ser escogida y
preparada. Cuando contiene arenisca demasiado grande, no se puede modelar con
facilidad, y no se podrá
fabricar con
ella una
vasija de
buena calidad
y duradera;
debe idearse algún procedimiento de lavado, para eliminar el material
grueso.
Por otro
lado, si la arcilla no contiene arenisca, se pegará en
los dedos al modelarla y se
quebrará al ponerla al fuego. Para
evitar este peligro, se le debe agregar algún material arenoso –arena, piedra o
concha pulverizada, o paja picada, o sea, lo que se llama el “temple”–.
En el
proceso de cocimiento, la arcilla no sólo cambia de consistencia física, sino
también de color. La arcilla contiene generalmente algún óxido de hierro. Si el
aire tiene libre acceso a la vasija cuando está caliente, produce en ella un
tinte rojizo, porque oxida al hierro
formando óxido férrico rojo. En cambio, si durante el cocimiento se rodea la
vasija con carbón de leña incandescente, son reducidas las sales de hierro y el
producto resultará gris, debido a que el óxido férrico-ferroso es negro. También
se puede producir un color oscuro poniendo carbono libre en la arcilla. El
carbono se puede obtener del carboneo de las impurezas vegetales u orgánicas
contenidas en la materia prima, o del hollín producido por el fuego, embebido en
los poros de la loza calentada al rojo, o de grasas o estiércol aplicado
deliberadamente a la superficie de la vasija, cuando todavía está caliente.
El hombre
tuvo que
aprender a
controlar cambios
como éstos, y a utilizarlos
para realzar la belleza de la vasija.
En un
principio, las condiciones locales, la clase de arcilla y de combustible de los
cuales se disponía en el lugar, venían a determinar el color de la pieza.
Arcillas medias, cocidas en los fuegos humeantes de los matorrales, de las
regiones con agua abundante, producen vasijas negras o de un gris sucio. En
climas más bien secos, producen vasijas rojas o cafés. Los ardientes fuegos de
los espinos del Mediterráneo o de las plantas del desierto, producen con
facilidad piezas de color de ante pálido, rosado o verdoso. Posteriormente, el
alfarero aprendió la manera de producir tales efectos a voluntad, o de
mejorarlos, embelleciendo la vasija. Por ejemplo, podía cubrir la superficie de
la vasija con una capa delgada –una “funda” o baño– de arcilla seleccionada,
rica en óxidos de hierro, para producir una buena pieza
roja. Aún
más, podía
aplicar esta
arcilla especialmente
preparada con una brocha, esbozando un modelo pintado. Se debe recordar
que el efecto del color pintado sobre una vasija sin cocer es enteramente
diferente al del producto acabado. La pintura de las vasijas no es un arte
sencillo; el artista tiene que prever por anticipado el aspecto que tendrá la
vasija después de ser sometida al fuego. Esta hazaña fue lograda
pronto en
el Cercano
Oriente. Pero,
transcurrió mucho
tiempo antes de que la
alfarería pintada pudiera ser fabricada en regiones templadas, en donde el
combustible natural daba una llama humeante.
Allí, la
ligera capa necesaria para implantar la decoración pintada, sólo pudo lograrse
con la ayuda de una intención posterior –un horno o estufa hecha de varias
piezas, en la cual las vasijas podían alcanzar la temperatura de 900° o 1.000°
C., sin entrar en contacto con las llamas–. De esta invención no se tienen
testimonios en las comunidades neolíticas primitivas; no fue lograda en el
centro y en el oeste de Europa, sino hasta la Edad de Hierro.
De este
modo, el arte de la alfarería ya era complicado, aun en su forma más tosca y
corriente. Implicaba la apreciación de varios procesos distintos y la aplicación
de todo un conjunto de descubrimientos. Únicamente hemos mencionado unos cuantos
de ellos. Aun a riesgo de cansar al lector, debemos referirnos a otro más. El
dar forma a la vasija misma no es tan fácil como parece. Las vasijas
suficientemente pequeñas pueden ser, desde luego, amasadas y modeladas, a la
manera de un pastel de barro, de una masa de arcilla. O bien, se puede extender una
capa de arcilla sobre un cesto abierto o sobre la mitad de una calabaza;
a] secarse la arcilla se puede quitar el molde y se tendrá una vasija abierta de
bordes bajos o una fuente, listas para el cocimiento.
Pero, si
se desea una pieza más grande o una vasija de cuello estrecho, como un botellón
o un cántaro, entonces, tales procesos elementales ya no son suficientes: la
vasija debe ser construida por partes. En el período neolítico, en Europa y
Asia, se empleó generalmente el método de anillos; después de haber modelado la
base, se preparaban anillos de arcilla ron el diámetro deseado. Uno de ellos era
unido a la base, luego se colocaba otro en el borde superior del primero y, así,
sucesivamente. Se trata de un proceso lento. Los anillos deben estar bastante
húmedos y plásticos, al ser colocados, Pero, tan pronto como se coloca un
anillo, se debe hacer una pausa para dejarlo secar y endurecer –pero, no
demasiado– antes de añadir la siguiente parte. La sola construcción de una
vasija grande puede tomar varios días.
El
carácter constructivo del arte de la alfarería activó a su vez, el pensamiento
humano. La fabricación de una vasija era el ejemplo supremo de creación
por parte del hombre. La masa de arcilla era perfectamente plástica; el hombre
podía modelarla como quisiera. Al fabricar un utensilio de piedra o de hueso,
siempre estaba limitado por la forma y las dimensiones del material original;
únicamente podía quitarle porciones pequeñas. Tales limitaciones no restringen
la actividad del alfarero,
este puede dar
forma a
su masa en
la medida de sus deseos;
puede irle agregando, sin
tener dudas acerca
de la solidez de las
junturas. La libre actividad del alfarero al “producir la forma en donde no
existe forma”, repite constantemente al entendimiento humano el pensamiento de
la “creación”; las comparaciones que se hacen en la Biblia con el arte del
alfarero, ilustran este punto.
En la
práctica, la libertad que tiene el alfarero para crear, no era utilizada
plenamente. La imaginación no puede trabajar en el vacío. Lo que crea debe tener
semejanza con algo ya conocido. Además, generalmente, las vasijas eran hechas
por mujeres y para las mujeres, y las mujeres son particularmente desconfiadas
cuando se trata de innovaciones radicales. Así, las primeras vasijas eran obvias
imitaciones de vasijas familiares hechas de oíros materiales –de calabazas,
vejigas, membranas y cueros, de cestas y tejidos de mimbre, y aún de cráneos
humanos–. Para hacer resaltar la semejanza, con frecuencia se imitaba la
abrazadera de hierba con la cual se portaba la calabaza, como una botella
moderna de chianti, la costura de los “odres de vino” o las fibras entrelazadas
de la cesta, por medio de modelos grabados o pintados sobre la vasija. De esta
manera, la vasija hecha del nuevo material resultaba menos notable y extraña, a
los ojos de la prudente ama de casa.
Entre las
ruinas de las poblaciones neolíticas primitivas de Egipto y del Cercano Oriente,
encontramos los primeros indicios de la industria textil. Prendas de vestir
fabricadas con tejidos de lino, y después de lana, empiezan a competir con los
vestidos de piel o las faldas de hojas, en la protección contra el frío y el
sol. Para que esto fuera posible, se necesitó otra serie de descubrimientos e
invenciones y debió aplicarse en la práctica un conjunto de conocimientos
científicos. En primer lugar, se tuvo que disponer de un material apropiado, una
sustancia fibrosa que produjera fibras largas. Los pobladores neolíticos
del lago
Fayum ya empleaban el lino. Debieron
seleccionarlo entre otras
plantas y empezar a
cultivarlo deliberadamente,
además de los cereales cultivados. En
Asia, se debe haber descubierto y cultivado otra variedad de lino. En el
período neolítico se cultivó y utilizó, en Suiza, un lino europeo local.
Se
deben haber
ensayado otros materiales. Sabemos,
de cierto,
que el algodón
se cultivaba en
el valle
del Indo,
poco después
del año
3.000 a.C.
La lana, como
ya lo
hemos indicado,
era utilizada
en Mesopotamia en la misma
época. Antes de que se lograra obtener la oveja productora
de lana,
por medio
de la
cría selectiva, el pelo
de las
cabras y ovejas debe haber servido para la hechura de una especie de
tela, puesto que dicho pelo se puede tejer. La industria textil no sólo
requiere el conocimiento de substancias especiales como el lino, el
algodón y la lana, sino también la cría de determinados animales y el cultivo de
plantas específicas.
Entre las
invenciones previas que son necesarias, es importante el torno de hilar. Los
pequeños discos de piedra o arcilla cocida usados como
contrapesos de
la rueca, que sirven
para dar
peso al extremo del huso, como una especie de volante en miniatura, generalmente
constituyen la única prueba tangible que puede esperar el arqueólogo, acerca de
la existencia de una industria textil. Sólo en condiciones verdaderamente
excepcionales se pueden conservar los propios productos textiles o los
instrumentos de madera empleados en su
fabricación.
De dichos
instrumentos, el fundamental es el telar. En realidad, es posible producir
cierto tipo de tela con la ayuda de un marco y por medio de un proceso de trama
mezclada, semejante al que se emplea para tejer esteras. Durante el siglo
pasado, las tribus recolectoras de alimentos de la costa noroeste del Canadá,
producían de esta manera, efectivamente, sus mantas de pelo de perro. Pero, en
el Viejo Mundo, desde el período neolítico se inventó un verdadero telar.
Ahora bien, el telar es una pieza de maquinaria muy complicada –demasiado
complicada para describirla
aquí–. Su
uso no
es menos
complicado. La invención del telar ha sido uno de los grandes triunfos del
ingenio humano. Sus inventores son anónimos, e hicieron una contribución
esencial al patrimonio del conocimiento
humano, proporcionándole una
aplicación científica que solamente a un insensato le parecerá demasiado trivial
como para merecer tal nombre.
Todas las
industrias anteriores requieren para su operación de una destreza técnica que
únicamente se puede adquirir por el entrenamiento y la práctica. Sin embargo,
todos fueron oficios domésticos. En nuestra hipotética etapa neolítica, no
existía especialización en el
trabajo -–a
lo sumo, había
una división
del trabajo entre los sexos–.
Y este sistema todavía puede observarse actualmente en funciones. Entre los
agricultores de azada, las mujeres generalmente cultivan los campos, fabrican y
cuecen las vasijas, hilan y tejen; los hombres, por su parte, cuidan de los animales, cazan
y pescan, desmontan las parcelas para poder cultivar y hacen de carpinteros,
fabricando sus propios utensilios y armas. Desde luego, hay,
sin embargo,
muchas excepciones
a esta
generalización: entre
los yoruba, por ejemplo, los hombres son quienes tejen.
Todas las
industrias citadas, desde la agricultura hortense hasta los tejidos, llegaron a
ser posibles sólo por la acumulación
de experiencias y por la aplicación de
deducciones extraídas de ellas. Todas y cada
una de ellas se apoyan en la ciencia práctica. Además, el ejercicio de
cada oficio siempre es gobernado y dirigido por un conjunto de conocimientos
científicos prácticos, los cuales se amplían constante- mente. El conocimiento
logrado es transmitido de padres a hijos, de generación en generación. Por
ejemplo, el agricultor debe conocer en la práctica cuál es el suelo más adecuado
para el cultivo; cuándo debe roturarse; cómo se distinguen los brotes del grano
de las yerbas dañinas, y otra multitud de detalles. El aprendiz de alfarero debe
aprender a encontrar y escoger la arcilla apropiada, la manera de lavarla, cuál
es la proporción en que se le debe mezclar agua y arenisca y otras muchas cosas.
Así se
desarrolla cada oficio, hasta que el artesano llega a manipular una gran
cantidad de saber –puede decirse que llega a conocer fragmentos de botánica, de
geología y de química–. A juzgar por los procedimientos de los bárbaros
modernos, las deducciones correctas extraídas de la experiencia se encontraban
mezcladas, en forma inextricable, con lo
que podríamos llamar magia
inútil. Cada una de las operaciones realizadas en un oficio, debía
acompañarse con los hechizos apropiados y con los actos rituales que se
consideraban de rigor. Todo este conjunto
de reglas, prácticas
y mágicas, formaba
parte de la tradición del oficio. El padre la transmitía al hijo por medio del
ejemplo y del precepto. La hija ayudaba a la madre a fabricar vasijas, la
observaba atentamente, la imitaba, y recibía de sus labios orientaciones
verbales, advertencias y consejos. Las ciencias aplicadas eran transmitidas, en el período neolítico, por lo que
actualmente podemos llamar un sistema de aprendizaje.
Hemos
presentado los oficios neolíticos como industrias domésticas. Sin embargo, las
tradiciones artesanales no son individuales, sino colectivas. Constantemente
están contribuyendo a ellas la experiencia y el saber de todos los miembros de
la comunidad. En una población moderna de África las amas de casa no se separan
para fabricar y cocer sus vasijas. Todas las mujeres del poblado trabajan
juntas, conversando sobre sus observaciones y comparándolas; incluso se ayudan
unas a otras. La ocupación es pública; las reglas que se aplican son el resultado de la experiencia común. Así, en las
épocas prehistóricas, todas las vasijas de una población neolítica determinada
muestran una monótona uniformidad. Llevan el sello de una poderosa tradición
colectiva, más bien que un carácter individual. *6
Por lo
demás, la economía neolítica, en su
conjunto, no hubiera podido existir sin el esfuerzo cooperativo. El pesado
trabajo de desmontar parcelas en el bosque o de drenar un pantano, debe ser una
empresa colectiva. La excavación de tajeas, la defensa del poblado contra las
bestias salvajes o las inundaciones, también constituyen responsabilidades
comunes. Se ha comprobado que en las poblaciones neolíticas, tanto en Egipto
como en el oeste de Europa, las casas estaban dispuestas siguiendo un orden
regular y no esparcidas sin discriminación alguna. Todo esto implica la
existencia de cierta organización social, para coordinar y controlar las
actividades de la comunidad. Cuál haya sido esta organización, es cosa que nunca
sabremos con exactitud. Con todo, parece plausible hacer una
aseveración.
En las
épocas neolíticas puras, generalmente, la unidad efectiva de la organización
social era muy pequeña. Un poblado típico de Tesalia, correspondiente a un
período más bien avanzado de la época, cubría una superficie de 100 m. por 45
m., o sea, de menos de media hectárea. Se han explorado por completo muchos
cementerios neolíticos en Europa Central. Ninguno de ellos contenía más de
veinte tumbas. (Por
supuesto, no
sabemos cuánto
tiempo fue
habitado
el poblado, ni cuantas generaciones
se encuentran representadas en cada
cementerio.) Los etnógrafos
han observado,
entre los
exponentes modernos de la agricultura hortense, una tendencia hacia la
disolución de los
poblados. Algunos
de los habitantes
jóvenes, llevando consigo a sus mujeres, los abandonan para constituir una nueva
población propia. Buscan la libertad
que les proporciona su nuevo poblado, en el cual están exentos de la autoridad y
de la vigilancia de los ancianos. Entonces, fundando una nueva población con
porciones de selva virgen, próximas a las casas, se evitan los largos senderos
que conducen a los campos cultivados, tal como resulta necesario hacer también
cuando el poblado original es populoso y las tierras más cercanas ya han sido
utilizadas. En general, la separación resulta conveniente; suponiendo, desde
luego, que haya tierra disponible. En los períodos neolíticos no existía, sin
embargo, esta escasez.
Sin duda
alguna, las actividades cooperativas contenidas en la vida “neolítica”,
encontraban expresión visible en
las instituciones
sociales y políticas. Tampoco
cabe duda de que dichas instituciones se consolidaban y fortalecían a
través de las sanciones
mágico-religiosas, de un sistema más o menos coherente de creencias
y supersticiones, y
de lo que los marxistas llamarían una ideología. Las nuevas fuerzas
controladas por el hombre, como resultado de la revolución neolítica y del
conocimiento obtenido y aplicado en el ejercicio de los nuevos oficios, deben
haber actuado, a su vez, sobre las perspectivas humanas. Deben haber modificado
sus instituciones y su religión. No obstante, desconocemos la forma precisa que
hayan asumido las instituciones y creencias neolíticas.
Las
deducciones que pudieran hacerse acerca de cuáles instituciones y creencias hubieran sido apropiadas para la economía neolítica,
no corresponderían necesariamente a la realidad; del mismo modo que
las formas precisas de la constitución británica y del protestantismo
inglés del
siglo XIX no se pueden deducir
del sistema
capitalista. No se puede pretender
que las generalizaciones establecidas a partir de las observaciones hechas sobre
unos cuantos sitios antiguos, tengan validez universal. Las inferencias
formuladas sobre las instituciones y los ritos observados entre las tribus
bárbaras de nuestros días, con toda
seguridad no
dan indicios, ni siquiera
probables, de la
vida política y mental de otras
tribus bárbaras que alcanzaron una etapa semejante del
desarrollo económico unos
6.000 años
antes. Las
instituciones, creencias y teorías tienden, notablemente, a quedarse
rezagadas con respecto a la
realidad práctica.
No ha
existido, como
ya hemos
insistido antes, una civilización “neolítica”, sino únicamente una
multitud de aplicaciones concretas diferentes, de unos cuantos principios y
nociones generales.
Si las
tribus bárbaras actuales todavía se contentan con asegurarse el sustento por los
mismos métodos
“neolíticos” que se
empleaban
hace 6.000 años, ello no garantiza que
su vida política y religiosa se haya estancado de la misma manera. Por lo
contrario, las revoluciones posteriores han tenido
efectos de
alcance mundial,
por las razones que
indicaremos más abajo. Cinco millares de años son un amplio lapso, como para que
algunos resultados de la segunda revolución se hayan infiltrado hasta en
Australia. Existen pruebas positivas de que algunas de las conquistas materiales
resultantes de la segunda revolución, fueron adoptadas por pueblos cuya
organización económica se mantuvo inalterable en su conjunto. Por ejemplo, todos
los agricultores de azada, en África, han venido utilizando el hierro desde hace
siglos. Como veremos, la segunda revolución evocó vigorosos sistemas de
creencias mágico-religiosas. La generalización de las tumbas de grandes piedras,
entre los pueblos neolíticos del oeste y del norte de Europa, se explica de un
modo más plausible, como repercusiones de las creencias formuladas por aquel
entonces en el Antiguo Oriente. Algunos investigadores, considerados como
autoridades, pretenden haber encontrado rastros de tales creencias hasta entre
los recolectores de alimentos aborígenes de Australia y América. Pero, al
emplear las religiones bárbaras contemporáneas, como testimonios de la religión
de Egipto o del Cercano Oriente, en el año 5.000 a.C., sólo sería
posible si
quedara enteramente eliminada la
difusión de
las ideas.
Por lo
tanto, no trataremos de hacer una descripción de la “forma neolítica de
gobierno”, ni de la “religión neolítica”. En realidad, es increíble que hayan
existido tales cosas. La “revolución neolítica” no
fue una catástrofe, sino un proceso. Sus diversas etapas fueron
modificando, indudablemente, las instituciones sociales y las ideas
mágico-religiosas de los recolectores de alimentos y de los cazadores. Pero esto
debe haber ocurrido mucho tiempo antes de que cualquier otro sistema, u otros
sistemas, más adecuados a la economía
naciente, se hubieran establecido firmemente. Antes de que así sucediera,
debe haberse
iniciado la
segunda revolución. Y, tal
vez,
fue justamente la carencia de
ideologías rígidas y de instituciones profundamente enraizadas, lo que permitió
el progreso de las poblaciones autosuficientes a las ciudades industriales y
comerciales, en menos de 2.000 años.
Las
instituciones firmemente establecidas y las supersticiones mantenidas con
pasión, son notablemente hostiles a la transformación de la sociedad y a los
avances científicos que la hacen necesaria. Y
la fuerza de tal reacción, en una comunidad, parece ser inversamente
proporcional a la seguridad económica de la misma comunidad. Cuando un grupo se
encuentra al borde de la inanición, nunca se atreve a correr el riesgo de una
transformación. La menor desviación de los procedimientos tradicionales que han
servido para producir el mínimo esencial de subsistencia, puede poner en peligro
al grupo entero. Hacerlo sería tan peligroso como enemistarse con las
misteriosas fuerzas mágicas que controlan el estado atmosférico, omitiendo algún
rito o sacrificio, o como dejar de poner veneno en la punta de la flecha
destinada a matar un elefante.
Ahora
bien, aun
después de
la primera revolución,
la vida
siguió siendo muy precaria para
el pequeño grupo de campesinos autosuficientes. Una sequía, una granizada o una
plaga, podían traer consigo el hambre. Estos campesinos no tenían un mercado
mundial que permitiese compensar las deficiencias de la cosecha en una región,
con los excedentes de otra. Solamente se disponía de una reducida
variedad de fuentes de abastecimiento alimenticio. Sus diversos cultivos, sus
rebaños y su caza, podían ser afectados fácilmente por la misma
catástrofe. Las
reservas almacenadas
nunca eran
grandes. Una comunidad
campesina autosuficiente tiene plena conciencia, en forma inevitable, de su
dependencia inmediata respecto de las fuerzas que atraen la lluvia y el sol, la
tempestad y el huracán. Pero, estas fuerzas actúan de manera caprichosa y
terrible. Entonces, es necesario obligarlas, halagarlas o propiciarlas.
Una vez
que se cree haber encontrado un sistema de magia para conseguir obligarlas, o un
ritual para hacerlas propicias, la creencia se convierte en consuelo
dentro de
los terrores
de la
vida cuyo
dominio no se intenta. Cuando
estas magias y ritos se establecieron firmemente,
retardaron, con
toda
seguridad,
la
propagación
de
la
segunda
revolución. Después
de esta
revolución, las
creencias enraizadas con firmeza
–por ejemplo, la creencia en la eficacia de la astrología, en el poder de
los reyes divinos, o en los espíritus de los antepasados– impidieron el
desarrollo de la verdadera ciencia y el establecimiento de una economía
interurbana internacional. Sin embargo, tal vez la primera revolución todavía
estaba destruyendo la confianza en la necesidad de la magia de los cazadores y
en sus consecuencias políticas, cuando surgieron las perturbadoras ideas y los
descubrimientos que anunciaron la según revolución. Es posible que aún no se
hubiera establecido y consolidado algún nuevo sistema de organización y de
creencias adaptado a la economía neolítica, en el Oriente, cuando la economía
misma empezó a disolverse.
No
obstante, disponemos de algunas insinuaciones acerca de las instituciones que
subsistieron, y de las que no subsistieron, en los períodos neolíticos. Algunas
veces, parecen haber actuado, a su vez, sobre
la forma
adoptada por
la segunda
revolución. El
hecho de
que se mantuvieran muchas
instituciones del viejo orden, es
algo enteramente natural. En
el valle
del Nilo
se han
encontrado testimonios
indirectos de la
supervivencia de
un sistema
de clanes
totémicos. Parece ser
que los poblados neolíticos
más recientes sirvieron de morada a tales clanes. Posteriormente, en la época
histórica, cuando dichas poblaciones se convirtieron en capitales de provincias
(nomos), conservaron sus nombres, como Elefantina y Villa del Halcón
(Hierakonpolis), aparente- mente tomados del tótem del clan local, el elefante y
el halcón. Los estandartes de las capitales eran los emblemas del clan y, aun en
la época prehistórica, estos emblemas figuran en los vasos. Este sistema de
clan no
es raro entre los simples productores
de alimentos
actuales, y puede ser una auténtica
supervivencia de los períodos
neolíticos. Sin embargo, no se puede
afirmar que todas las comunidades neolíticas estuvieran organizadas como clanes
totémicos.
En los
cementerios o poblados neolíticos primitivos, no se ha encontrado algún
testimonio definitivo de la existencia del caudillismo. Es decir, no se han
hallado tumbas notablemente más ricas, que hubieran pertenecido evidentemente a
una persona de jerarquía, ni casas que pudieran pasar por palacios. Las tumbas
formadas con grandes piedras, del oeste y el norte de Europa, que han sido
consideradas como dignas de príncipes, pertenecen a una época en la cual se estaban
difundiendo las ideas
propias de
la segunda revolución y,
probablemente, se inspiraron
en ella.
En algunos
poblados neolíticos de
Europa, se
han observado casas más
grandes de
lo normal, pero
se debe haber tratado de
albergues de los centros comunales,
semejantes a las casas de solteros de los isleños del Pacífico, más bien que de
residencias principescas. Tampoco se tiene un testimonio inequívoco de la
existencia de guerras. Es cierto que, con frecuencia, se
han encontrado armas en
las tumbas
y poblados
neolíticos. Pero, ¿eran armas para
la guerra o, simplemente, instrumentos para la cacería? La participación
creciente de la mujer en la provisión de los alimentos para la comunidad, debe
haber elevado también la situación social de su sexo. Sin embargo, todo esto es
demasiado incierto.
En cuanto
a las nociones mágico-religiosas sostenidas por las comunidades neolíticas en
general, podemos aventurar algunas conjeturas. La asistencia a los muertos, cuyo
origen se remonta a la edad paleolítica, debe haber adquirido una significación
más profunda en la edad neolítica.
En el
caso de
varios grupos
neolíticos, en realidad no se ha descubierto entierro alguno. Pero, en general,
los muertos eran sepultados cuidadosamente en tumbas edificadas o excavadas, ya
sea, agrupada en cementerios próximos a los poblados o cavadas cerca de las
casas individuales. Normalmente, se proveía al muerto de utensilios o
armas, vasijas con comida y
bebida, y
artículos de
tocador. En el Egipto prehistórico, los vasos funerarios eran pintados,
con figuras de animales y objetos. Es de presumir que tenían el mismo
significado mágico que las pinturas y figuras talladas en las cavernas de los
cazadores de la edad paleolítica. En la época histórica, estas figuras fueron
trasladadas a los muros de las tumbas, añadiéndoseles leyendas, las cuales
muestran que tenían por objeto asegurar al
muerto el goce continuo de los servicios representados por ellas.
Tal
asistencia denota una actitud hacia los espíritus de los ante- pasados, que se
remonta hasta los períodos más antiguos, Pero, ahora, la tierra en la cual
reposan los antepasados es considerada como el suelo del cual brota cada año,
mágicamente, el sustento alimenticio de la comunidad. Los espíritus de los
antepasados deben haber sido considerados, seguramente, como cooperadores en la
germinación de las plantas cultivadas.
El culto
a la fertilidad, los ritos mágicos practicados para ayudar u obligar a las
fuerzas de la reproducción, deben haberse hecho más importantes que antes, en
los periodos neolíticos. En los campos de la edad paleolítica se han encontrado
pequeñas figurillas, talladas en piedra
o en
marfil, con
los caracteres
sexuales muy
acusados.
Figurillas semejantes, sólo que ahora modeladas generalmente en arcilla, son muy
comunes en los poblados y tumbas neolíticos. Con frecuencia se les llama “diosas
de la fecundidad”. ¿Acaso la tierra de cuyas entrañas brota el grano, fue
concebida realmente a semejanza de una mujer, con cuyas funciones generadoras
estaba familiarizado ciertamente el hombre?
Las
civilizaciones orientales primitivas celebraban periódicamente, con gran pompa,
un “matrimonio sagrado”, el enlace nupcial de un “rey” y una “reina”, quienes
eran representantes, en esta ocasión, de las divinidades. Su enlace no sólo
simbolizaba la fertilización de la tierra, sino que también la aseguraba,
obligando mágicamente a la tierra a producir sus frutos en la estación debida.
Pero, antes de que la semilla pudiera germinar y multiplicarse, era necesario
que muriera y fuera enterrada.
Entonces, tenía
que matarse
y enterrarse
a un
representante humano del grano, a un “rey de los granos”. Su lugar era
ocupado por un sucesor joven, quien procuraría el desarrollo de las plantas
cultivadas, hasta que también le llegara el turno de ser enterrado,
como la semilla, en el suelo.
En la época histórica, estos ritos mágicos, estas representaciones
dramáticas de la muerte y la resurrección del grano, se veían frecuentemente
mitigados en la práctica. Pero, detrás de ellos se pueden discernir muchos ritos
primitivos, los cuales, en la época neolítica, se deben haber observado
literalmente. Además, deben haber allanado el camino hacía el poder político. El
“rey de los granos”, podía reclamar el haber adquirido la inmortalidad, por
medio de la magia. Entonces, se convirtió en un rey profano, investido, además,
con la dignidad de un dios.
Finalmente, la agricultura debe haber requerido una observación cuidadosa de las
estaciones, una división más exacta del tiempo: el año.
Las operaciones
agrícolas son,
fundamentalmente, de
temporada, y su éxito depende, en mucho, de la oportunidad con la cual se
ejecutan. La estación apropiada es determinada por
el sol, y no por las fases de la luna que habían servido de base para el
calendario de los cazadores. En
las latitudes
septentrionales, los cambios
en el
curso del sol,
entre los solsticios,
son suficientemente
notables como
para indicar las estaciones.
La observación de tales señales debe haber acentuado el papel del sol como
gobernante de las estaciones, garantizándole la
divinidad.
Pero,
cerca de los trópicos, el movimiento del sol es menos notable. Entonces, se
tienen las estrellas, siempre visibles en estos cielos despejados, como medio
para determinar y dividir el año solar. Se
pudo advertir que ciertas estrellas de determinadas constelaciones se
colocan en una posición destacada en el cielo, en la época en que la experiencia
indica que se haga la siembra, y otras lo hacen cuando se puede esperar que
lleguen las lluvias a madurar las plantas.
Ahora
bien, al emplear a las estrellas como guías, el hombre llegó a creer que ellas
influyen realmente en los asuntos terrestres. Se confundió la conexión en el
tiempo con el enlace causal. Por el hecho de que la estrella Sirio se ve al
amanecer sobre el horizonte cuando llega la avenida del Nilo se concluyó que
Sirio causa la avenida del Nilo. La astrología se basa en esta clase de
confusiones. En Mesopotamia, el signo de la deidad era una estrella. El culto
hacia el sol y las estrellas debe haberse desarrollado, de esta manera, en la
época neolítica. Pero, en rigor,
no sabemos
hasta qué
punto el
hombre había formulado ya alguna idea de divinidad. Es difícil distinguir
entre las ideas elaboradas y divulgadas después de la segunda revolución, de las
ideas desarrolladas por la primera revolución.
Capítulo
VI
PRELUDIO A LA SEGUNDA REVOLUCIÓN
La
revolución neolítica, que acabamos de describir, constituye la culminación de un
largo proceso. La hemos presentado como un solo acontecimiento, debido a que la
arqueología únicamente ha podido descubrir el resultado; los diversos pasos que
condujeron a ella, se encuentran más allá del campo de la observación directa.
Luego, una segunda revolución convirtió algunos pequeños poblados de campesinos
autosuficientes, en ciudades populosas, alimentadas por industrias secundarias y
por el comercio, y organizadas regularmente en forma de estados. Algunos de los
episodios que llevaron a esta transformación pueden ser discernidos, así sea
obscuramente, por la prehistoria. El escenario de este drama lo tenemos en la
franja de países semi-áridos que se extiende entre el Nilo y el Ganges. En esta
época, las invenciones trascendentales parecen haberse sucedido con una rapidez
asombrosa, comparada con el lento ritmo del progreso durante el milenio anterior
a la primera revolución o, aún, durante los cuatro milenios que mediaron entre
la segunda revolución y la Revolución Industrial de la época moderna.
Entre los
años 6.000 y 3.000 a.C., el hombre aprendió a aprovechar la fuerza del
toro y la del viento, inventó el arado, el carro de ruedas y el bote de vela,
descubrió los procesos químicos necesarios para beneficiar los minerales de
cobre y las propiedades físicas de los metales, y empezó a elaborar un
calendario solar preciso. De este modo, se encontraba habilitado para la vida
urbana y tenía allanado el camino hacia la civilización, la cual requiere
de la escritura, del procedimiento de computar y de patrones fijos de medidas,
como instrumentos de una nueva manera de transmitir el conocimiento y de
ciencias exactas. En ningún otro período de la historia, hasta los días de
Galileo, fue tan rápido el progreso del conocimiento, ni fueron tan frecuentes
los descubrimientos de gran alcance.
La
revolución neolítica abarcó toda la región que se extiende desde el Nilo y el
Mediterráneo oriental, incluyendo Siria y el Irak, basta la meseta irania y el
valle del Indo, en la cual se habían desparramado
las comunidades neolíticas. Debemos suponer que en esta extensa región
reinaba una
gran variedad
de culturas,
como ocurre
todavía ahora. También debemos
sospechar la existencia de muchos grupos dispersos de cazadores y pescadores,
supervivientes de la economía pre-neolítica, de horticultores inmigrantes y
hasta de pastores nómadas. Sin embargo, no se ha llegado a conocer directamente
ninguna de estas comunidades; los arqueólogos han concentrado su atención en las
comunidades más asentadas, en los sitios de las poblaciones convertidas
frecuentemente en ciudades. Incluso estas comunidades
muestran gran
diversidad en
los oficios,
en las artes y,
en general, en la economía; pero, no obstante, todas ellas tienen en
común algunas características abstractas.
Las
poblaciones de estas comunidades son fundamentalmente sedentarias. Los sitios
preferidos siguen habitados, continuamente, hasta la época histórica. En la
medida en que fue creciendo la comunidad, deben haberse ido fundando colonias,
pero, en lo posible, el propio poblado debe haberse ensanchado basta convertirse
en una ciudad. Con facilidad se pueden suponer cuáles fueron los factores
geográficos y económicos que favorecieron la inhalación permanente.
En primer
lugar, los sitios
verdaderamente convenientes se
encuentran dentro de
una región
que se
hacía cada
vez más
árida y
que sufría
una sequía todavía peor. Las fuentes permanentes de abastecimiento de
agua –manantiales y corrientes perennes que pudieran satisfacer las necesidades
de grandes concentraciones de hombres y de ganado, y complementar las escasas
lluvias, regando los campos y jardines iban disminuyendo. Al multiplicarse la
especie humana bajo el estímulo de la
primera revolución,
tales cosas
se convirtieron en posesiones
raras y
valiosas.
Entonces,
la explotación provechosa de estos oasis naturales era una tarea particularmente
laboriosa, que requería el esfuerzo colectivo de un gran número de trabajadores.
Justamente porque el rendimiento alimenticio tenía que ser tan abundante, los
esfuerzos preliminares para preparar la tierra eran pesados y agobiantes. El
Nilo, cuya avenida anual suministra
agua y suelo, ofrece un sustento seguro y abundante. Pero el fondo del valle
cubierto por la avenida estaba formado originalmente por una serie de pantanos y
enmarañados cañaverales. Las obras de mejoramiento constituyeron una labor
estupenda: los pantanos fueron avenados por medio de tajeas, la violencia de las
avenidas fue contenida por medio de diques, los matorrales
quedaron despejados
y las
bestias salvajes
que
los habitaban fueron exterminadas.
Hubiera sido imposible que un grupo pequeño lograra superar tales obstáculos. Se
hacía necesaria una fuerza poderosa, capaz de actuar de consumo para hacer
frente a la crisis recurrente que amenazaba las tajeas y los diques. Las escasas
superficies de tierras habitables y cultivables, tuvieron que ser ampliadas
con sangre
y sudor.
El suelo,
conquistado tan duramente,
se constituyó en una herencia sagrada; nadie hubiera querido abandonar
los campos creados de modo tan laborioso. Y no era necesario abandonarlos, ya
que el mismo río renovaba cada año su fertilidad.
La
porción inferior de Mesopotamia, la región llamada Sumer en la aurora de la
historia, requirió una tarea semejante. Entre los cauces principales del Tigris
y el Éufrates se extendía una vasta comarca pantanosa, la cual sólo
recientemente se ha elevado por encima del nivel de las aguas del Golfo Pérsico,
debido a los sedimentos acarreados por dichos ríos. Los pantanos estaban
cubiertos por una maraña de cañaverales gigantescos, mezclados con palmares
datileros. Esta maraña se veía únicamente interrumpida por colinas bajas con
afloraciones rocosas o por bancos de arena sedimentada. Pero, la vida animal
pululaba perpetuamente, en tanto que a ambos lados las llanuras cuya altitud era
superior al nivel de las crecidas, permanecían agostadas y estériles durante el
prolongado y ardiente verano y el cruel invierno. Atraídos, tal vez, por los
animales de caza, las aves silvestres y los palmares de dátiles, los
proto-sumerios se echaron a cuestas la estupenda tarea de suavizar las
condiciones del delta del Tigris-Eufrates y hacerlo apto para ser habitado.
El
terreno sobre
el cual
se erigieron las grandes ciudades de
Babilonia, tuvo que ser, literalmente, creado; la antecesora prehistórica
de la Erech bíblica, fue construida sobre una especie de plataforma de carrizos
entrelazados, colocados sobre el fango aluvial. El libro hebreo del
Génesis nos
ha familiarizado con las
más antiguas
tradiciones de la condición
primordial de Sumer: un “caos” en el cual todavía eran fluidos los límites entre el agua y la tierra enjuta. Uno de los
incidentes fundamentales de “la creación” es la separación de estos elementos.
Pero, no fue dios, sino los proto-sumerios quienes crearon la tierra; ellos
excavaron canales para regar los campos y drenar los pantanos; construyeron
diques y erigieron plataformas para proteger hombres y ganados, manteniéndolos a
un nivel superior al de las avenidas; hicieron los primeros desmontes entre
los cañaverales y exploraron
los cauces existentes entre ellos. La
tenacidad con la cual persiste en la tradición el recuerdo de esta lucha, da
idea, en cierta medida, del esfuerzo que se impusieron los antiguos sumerios. Su
recompensa consistió en asegurarse el abastecimiento de dátiles nutritivos, la
generosa cosecha de los campos y los pastos permanentes para sus rebaños y
manadas.
Como es
natural, se deben haber apegado a los campos conquistados en forma tan laboriosa
y a los poblados protegidos con tanto cuidado: no desearían abandonarlos para
buscar nuevas moradas. Y partiendo de
los montículos originales y
de los
núcleos desmontados,
les fue
más fácil extender la superficie de tierra habitable y de fango
cultivable, que fundar nuevos poblados en el corazón de los pantanos sin drenar.
Los habitantes adicionales constituyeron una positiva ventaja para un poblado
pantanoso. Con su trabajo, se pudieron extender las tajeas y aumentar los
diques, para disponer de más tierra cultivable y de mayor sitio para los
poblados. Las condiciones naturales de Sumer favorecieron, todavía más que en el
Alto Egipto, la formación de una gran comunidad y exigieron la cooperación
social organizada en una escala siempre creciente. Estas mismas condiciones
deben haber prevalecido también en el Delta del Nilo (en contraste con las
condiciones imperantes en el
estrecho valle
situado arriba
de El Cairo).
En
las regiones
adyacentes –por ejemplo, en
los valles de los torrentes sirios e
iraníes– las condiciones eran, más bien, menos exigentes. Pero, aun allí, las
mejoras permanentes tenían que efectuarse por el camino de la construcción de
canales de riego y de drenaje, y esto debe haber aumentado la atracción del
sitio afectado.
De esta
manera, en todo el Cercano Oriente, los sitios más convenientes eran mejorados
por medio del trabajo constante. El capital constituido por el trabajo humano,
fue aplicado a la tierra. Su inversión hizo que el hombre se apegara al suelo;
no podía olvidar fácilmente el rendimiento creado por su trabajo reproductivo.
Además, todas las tareas implicadas eran empresas colectivas, las cuales
beneficiaban a
la comunidad en su
conjunto y
se encontraban fuera
del alcance de un individuo aislado. Generalmente, su ejecución requería
cierto capital, en la forma de una provisión de alimentos excedentes, acumulados
por la comunidad y puestos a disposición de ella. Los trabajadores empeñados en
la construcción de canales y de diques, tenían
que alimentarse, y, mientras
estuvieran ocupados en
dicho trabajo,
no podían producir
directamente los alimentos
que necesitaban consumir. En la
medida en la cual se hicieron más ambiciosos los trabajos reproductivos de una
comunidad, debe haber aumentado la necesidad de contar con una provisión de
alimentos excedentes acumulados. Esta acumulación fue una condición previa para
el crecimiento del
poblado, hasta
convertirse en
una ciudad,
conquistando cada vez mayor extensión del territorio circundante de
pantanos y desiertos.
Incidentalmente, las condiciones de vida en el valle de un río o en otra clase
de oasis, ponen en manos de la sociedad un poder coercitivo excepcional respecto a
sus miembros;
la comunidad
les puede
negar el anhelado
acceso al agua y
les puede cerrar los canales
que riegan sus campos. La lluvia cae por igual sobre justos e injustos,
pero, en cambio, el agua de riego
llega a los campos por los canales construidos por la comunidad. Y, aquello que la sociedad ha
suministrado, la propia sociedad lo puede también retirar al injusto y
destinarlo sólo para el justo. La solidaridad social que es necesaria entre los
usuarios del riego, puede ser impuesta, así, debido a las mismas condiciones que
requiere. Los miembros jóvenes no pueden escapar a la sujeción de los mayores
fundando nuevos poblados, cuando lo único que existe más allá del oasis es el
desierto sin agua. En estas condiciones, cuando la voluntad social llega a
expresarse a través de
un caudillo
o monarca,
éste no
sólo es
investido simplemente con autoridad moral, sino también con un poder
coercitivo: puede aplicar sanciones a los desobedientes.
Un tercer
factor de estabilización en el Cercano Oriente, fue el enriquecimiento
de la
dieta de
los agricultores:
a la
cebada y
al trigo, se añadieron
los dátiles, los higos, las aceitunas y otros frutos. Estos frutos son
nutritivos y fáciles de
conservar y transportar. Al
principio, se les debe
haber tomado
de los
árboles silvestres.
Un palmar
silvestre en Sumer,
o un bosque de higueras en Siria, debe haber elevado el valor, y
aún determinado la selección,
de un
sitio para
establecer un poblado. Ahora
bien, los árboles frutales producen año tras año, pero no son transportables.
Para aprovechar sus frutos es necesario vivir en su vecindad o, por lo menos,
volver a ellos cada año.
Pronto,
los árboles frutales y las vides fueron cultivados. Lo cual implicó, desde
luego, una técnica agrícola enteramente nueva. El hombre
tuvo que
aprender, por experiencia,
los secretos
de la
poda, para obtener leña o
frutos, del injerto y de la fertilización artificial. Se desconocen las etapas
de esta educación, estando todavía por esclarecer
cuáles fueron los comienzos del
cultivo de árboles frutales
y de la viticultura. Con seguridad, se remontan a la época prehistórica.
Sus consecuencias fueron obvias. Un palmar, o un huerto, es una posesión
permanente, en un sentido diferente al de la posesión de un campo de trigo. La
simiente sembrada en un campo se recupera unos cuantos meses después, pero es
necesario volver a sembrarla cada año. En cambio, una palmera, un olivo o una
vid, no producen frutos durante cinco años o más, pero, luego, da frutos tal vez
por un siglo. Estas plantaciones permanentes hacen que sus propietarios se
apeguen a la tierra de una
manera mucho más firme que en el caso de los campos de trigo o de cebada. El
poseedor de un huerto se encuentra tan profundamente enraizado al suelo, como
sus propios árboles preciosos.
La
vida sedentaria
ofreció oportunidades
para mejorar
la comodidad
de las habitaciones
y allanó
el camino
para la
arquitectura. Los agricultores
egipcios primitivos se habían contentado con simples refugios contra las
inclemencias, hechos de juncos y con argamasa de barro. Los proto-sumerios
habitaron en casas semejantes a túneles, practicadas en los cañaverales, o
hechas de esteras apoyadas en manojos de carrizos. No obstante,
pronto empezaron
a edificarse casas construidas con
barro o con terre pisée, tanto en Egipto como en Asia. Y,
bastante antes del año 3.000 a.C., fue inventado el ladrillo en Siria o
en Mesopotamia. Fundamentalmente, se trataba de una masa de barro mezclado con
paja, a la cual se daba forma, a presión, dentro de un molde de madera y, luego,
se dejaba secar al sol. Su invención hizo posible la libertad de construcción y
la arquitectura monumental.
Al igual
que la cerámica, el ladrillo puso en manos del hombre un medio de expresarse con libertad, sin tener que restringirse a la
forma o a las dimensiones del propio
material. Se puede escoger libremente la manera de colocar y juntar los
ladrillos, tal como se hace al construir una vasija. Sólo que, en este caso, el
producto puede hacerse en una escala
monumental. Y,
como tal,
ya no es una creación
individual, sino, esencialmente, el producto colectivo de muchas manos.
A
semejanza del caso de la cerámica, las primeras construcciones de ladrillos
siguieron estrechamente la forma de las estructuras obligadas por los antiguos
materiales. Sin embargo, aun así, al copiar en ladrillo la bóveda en forma de
túnel de las chozas practicadas en los cañaverales, algún sumerjo o asirio
encontró el principio del arco verdadero;
y, de
este modo,
se aplicaron
complicadas leyes mecánicas de
resistencias y empujes muchos milenios antes de que estas leyes llegaran a ser
formuladas.
La
arquitectura del ladrillo produjo pronto, en forma incidental, una contribución
a las matemáticas aplicadas. Un rimero de ladrillos ilustra, admirablemente, el
volumen del paralelepípedo. A pesar de que los ladrillos antiguos difícilmente
eran cúbicos, resultó fácil advertir que el número de ladrillos comprendidos en
un rimero podía encontrarse contando el número de ellos en tres lados adyacentes
y multiplicando estas cantidades entre sí.
Los
prósperos agricultores establecidos en los oasis y en los valles de los
ríos del
Cercano Oriente,
parecen haber
sido mucho
más inclinados
a
abandonar
su autosuficiencia
económica,
que
las
pobres
comunidades consideradas como
neolíticas en Europa, Su disposición para hacer este
sacrificio fue un
corolario de
la variedad de
economías practicadas en la
región. Como ya lo indicamos antes, al lado de los poblados prósperos de los
agricultores establecidos, debemos suponer la existencia de comunidades de
pescadores, cazadores y pastores seminómadas, en
las
regiones
intermedias.
Ahora
bien,
las
comunidades agrícolas pueden
fácilmente producir más grano del que necesitan
para su consumo doméstico. Es muy probable que hayan empezado a compartir
de buen
grado el
sobrante, cambiándolo por pescado,
presas de caza o productos del pastoreo. Y, por su parte, los nómadas,
más pobres, deben haber permutado con gusto sus provisiones por productos
agrícolas. Con facilidad puede haber surgido cierta interdependencia entre las
poblaciones agrícolas, por una parte, y los grupos de pescadores, cazadores o
pastores, por otro lado. Esta interdependencia existe actualmente en un grado
notable. Los árabes nómadas criadores de camellos, por ejemplo, dependen de los
agricultores sedentarios para proveerse de grano y de artículos fabricados. No
sabemos, de cierto, desde cuando se desenvolvió la especialización económica de
grupos diferentes hasta llegar a esta clase
de interdependencia.
Se encuentra
ya supuesta
en los
relatos históricos más antiguos; y se puede inferir que haya sido
bastante anterior. Los agricultores primitivos también fueron cazadores, y sus
armas eran enterradas con ellos. En las tumbas más recientes, pertenecientes
al mismo
poblado, ya
no se
encuentran los instrumentos de
cacería. Una explicación de su ausencia puede ser la de que los habitantes
posteriores encontraron más conveniente el permutar sus productos agrícolas
excedentes por las piezas de caza, que cazarlas ellos mismos, como lo habían
hecho sus antepasados.
Un
testimonio positivo de la desaparición gradual del aislamiento, lo ofrece la
creciente abundancia de materiales importados en los cementerios y poblados
prehistóricos. En las poblaciones neolíticas de Egipto se han hallado conchas
del Mar Rojo y del Mediterráneo. Tumbas
egipcias más
recientes contienen, además, malaquita
y resina; luego, aparecen
también el lapislázuli y la obsidiana; después, y en forma creciente, se agregan
la amatista y la turquesa. Ahora bien, la malaquita debe haber sido llevada del
Sinaí o del Desierto Oriental de Nubia; la resina de las montañas boscosas de
Siria o del sureste de Arabia; la obsidiana de Milo en el Mar Egeo, de Arabia,
de Armenia o, posiblemente, de Abisinia; el lapislázuli, probablemente, de la
meseta irania.
En Sumer,
la obsidiana se encuentra en los poblados más antiguos, junto con cuentas de
amazonita que deben haber sido llevadas de la India o, por lo menos, de Armenia.
En el norte de Siria y en Asiría, la obsidiana era importada en la misma época
que en Sumer, y pronto aparecieron el
lapislázuli y la
turquesa. Materias
extranjeras importadas también se encuentran muy pronto en Anau, en el
Turquestán ruso, y en Susa, en Elam, al oriente del Tigris.
La
transmisión de materias extranjeras en el Oriente, a través de distancias
tan grandes,
se explica
mejor suponiendo
que, al
lado de
los poblados agrícolas permanentes, vivían otras poblaciones más
movibles; ellas servirían de contacto entre los nómadas y los agricultores.
De todos
modos, el
comienzo del
comercio es
un requisito previo para la
existencia de la metalurgia.
Es
posible pensar
que las
gemas, y piedras
semi-preciosas importadas por Sumer y Egipto fueran artículos de lujo, no
fundamentales, pero sí accesorios para el tocado. No obstante, esta
consideración sería, probablemente,
incorrecta; en
todo caso,
estos materiales llegaron a
convertirse, muy pronto, en artículos necesarios. Los egipcios emplearon la
malaquita para pintarse los párpados, por lo cual se desarrolló en torno a esta
costumbre todo un conjunto de servicios, como ocurre entre nosotros con la
costumbre de fumar tabaco. Era conducida en bolsas de cuero ricamente
ornamentadas y se pulverizaba en espátulas talladas
en forma
de animales.
Su color
verde contrarrestaba el brillo del sol, y el carbonato de cobre actuaba
como desinfectante, en contra de las enfermedades oftálmicas que son acarreadas
por las moscas en los países cálidos. Sin embargo, a los egipcios les parecían
mágicos estos efectos; estimaban la malaquita por la propiedad mística, o
mana, que radicaba en
ella. A esto se debía que su preparación constituyera un rito, que las bolsas
estuvieran decoradas con amuletos y que las espátulas fueran talladas en
forma de animales. Lo mismo ocurría con los otros materiales “importados”;
consideraban que todos ellos poseían alguna virtud mágica. La concha del cauris
se asemejaba a la vulva. Por lo tanto, el llevar consigo un cauris aseguraba la
fecundidad. La concha se convirtió en un talismán. El carácter sagrado que se le
atribuyó, hizo que las conchas de cauris substituyeran a la moneda en varias
partes de África y de Asia. El oro nativo y las guijas brillantes del desierto
–cornerina, ópalo y ágata– lo mismo que otras piedras más raras,
como la
turquesa y
el lapislázuli, también
fueron estimadas,
no sólo
por su hermosura, sino por los poderes mágicos que residían en ellas. Las
virtudes mágicas de las joyas son mencionadas con frecuencia en las literaturas
antiguas, y esas
viejas ideas persistieron en
Europa hasta
la Edad Media.
Así, las joyas no eran
deseadas como
meros ornamentos, sino como
medios prácticos para conseguir éxitos, riqueza, larga vida, o
descendencia. Desde
este punto
de vista,
no se
trataba de
lujos, sino de artículos
necesarios.
La
virtud mágica
inherente a
la materia
se debía
acrecentar cuando era tallada a
semejanza de algo que poseyera por si mismo mana. Si una pieza
de lapislázuli recibía
la forma
de un
toro, a
su portador no
sólo se le comunicaba la
claridad del cielo azul, sino también la potencia del toro. Así surgió la
práctica de fabricar amuletos. Ella inspiró el desarrollo del nuevo y difícil
oficio de tallador de piedras preciosas; la perforación y el labrado de piedras
duras, para hacer cuentas y amuletos, es notablemente un rasgo común a todas las
culturas antiguas del Oriente, desde Creta hasta el Turquestán. Esto condujo a
la explotación de los cristales. Al parecer, la loza esmaltada azul fue
descubierta antes de la aurora de la historia. No era considerada como un
substituto de
la turquesa,
sino como
un resultado
de la
transmutación mágica de la arena y el álcali en turquesa; podemos decir,
en turquesa sintética. Poseía la ventaja práctica de que podía ser
modelada.
En lugar
de tallar la piedra preciosa en forma de amuleto, se podía acrecentar su virtud
grabando en ella la representación de algún
objeto, o un símbolo mágico, como la cruz gamada. Estas cuentas grabadas
tenían un mérito peculiar: cuando eran oprimidas sobre
arcilla suave, se transferían al material plástico los diseños tallados
en ellas. Tal procedimiento
constituía, desde
luego, una
operación mágica. Junto con el
símbolo, se impartía algo del mana inherente a la piedra. La
magia de una
persona se
transmitía al
objeto estampado. Esto tenía el efecto
de lo que los etnógrafos llaman interponer un tabú; quienquiera que lo
violara, estaría en peligro por la magia de esa persona. De este modo, la piedra
tallada se convirtió en un sello. Cuando tenía estampado el sello, la masa de
arcilla colocada en la boca de una jarra se convertía en el guardián mágico de
su contenido. Hacía que todos se abstuvieran de romper el sello, porque era
tanto como quebrantar un tabú e incurrir en sanciones mágicas. El sello
se transformó, así,
en un
medio de
asegurar la
posesión y
de proclamar la propiedad. Cuando se inventó la escritura, debió asumir el
papel de la firma.
El empleo
de piedras grabadas como sellos se encuentra testimoniado en Asiría, desde los
poblados neolíticos más antiguos. En la época primitiva, se acostumbraban los
sellos en la región que se extiende desde el Éufrates hacia el oriente,
incluyendo el Irán; en tanto que, en la misma época, se usaban los amuletos en
Egipto y en las costas del Mediterráneo. Sin embargo, los dos artificios se
empezaron a interpenetrar pronto, siendo difícil distinguir una frontera que los
separara.
La
estimación por el oro, las piedras y las conchas, debido a las propiedades
mágicas que supuestamente residían en ellas, tuvo consecuencias prácticas
importantes. Fue un factor poderoso para el quebrantamiento del aislamiento
económico de las comunidades campesinas. Para hacerse con las substancias
mágicas, necesarias para asegurar la fertilidad de sus campos y su propia buena
suerte, los campesinos florecientes
tuvieron que
disponerse a
compartir
sus granos y sus frutos con los
nómadas del desierto. Para estos últimos, las gemas y la malaquita constituían
artículos portátiles que podían permutarse
por productos
agrícolas. Las cuentas
deben haber
sido uno de los artículos
principales del comercio regular más primitivo.
La
elevada estimación por las substancias mágicas bien pudo haber llevado a la
búsqueda activa de ellas. W. J. Perry ha llegado a la conclusión de que, en una
época posterior, los antiguos egipcios emprendieron una búsqueda en escala
mundial de oro, piedras preciosas, ámbar y otras substancias supuestamente
mágicas. Esta búsqueda debe haber sido un factor importante en la difusión de la
civilización. Aun cuando su pretensión debe tenerse por exagerada, la estimación
por tales substancias bien pudo haber impulsado a la realización de una especie
de exploración geológica en regiones que, de otra manera, no resultaban
atractivas. A más de esto, tenemos un
hecho importante: la malaquita es un carbonato de cobre y la turquesa es un
fosfato de aluminio matizado con cobre; tanto la malaquita como la turquesa se
encuentran en los sitios donde hay minerales de cobre,
y muchos de estos minerales tienen,
por sí mismos, brillantes
colores y se les presumen
virtudes mágicas. La recolección de malaquita, turquesas y otras piedras de
color, provocó, por consiguiente, que el hombre frecuentara las regiones
metalíferas y puso en sus manos los minerales de cobre. En este sentido, el
surgimiento de la metalurgia, la cual fue uno de los factores dominantes en la
segunda revolución, vendría a ser un resultado indirecto de las ideas mágicas
que acabamos de considerar.
El
trabajo de los metales implica dos grupos o conjuntos de descubrimientos: 1) que
el cobre, cuando es calentado, se funde y puede vaciarse en cualquier molde
deseado, y que, al enfriarse, se hace tan duro como una piedra y se le puede
sacar un filo tan bueno como a ésta; y 2), que este metal resistente, cortante y
rojizo se puede producir calentando
ciertas piedras o tierras cristalinas, poniéndolas en contacto
con carbón
vegetal. En
realidad, el
cobre se
puede hallar,
aun cuando sólo raramente, en estado metálico, como cobre nativo. Los
indios precolombinos de la región de los Grandes Lagos, en EEUU empleaban
intensivamente los depósitos locales de cobre dativo para fines industriales.
Trataban el metal como una especie superior de piedra y aun llegaron a descubrir
su maleabilidad, produciendo objetos de cobre batido.
Pero, nunca
trataron de
fundirlo o
de colarlo.
Subprocedimientos no
condujeron a la metalurgia inteligente, siendo improbable que el cobre nativo
haya desempeñado algún papel importante en el desarrollo de la industria en el
Viejo Mundo. Esto dependió del comienzo de la reducción de minerales de cobre.
El
descubrimiento que eso implica pudo haberse hecho fácilmente. Algún egipcio
prehistórico pudo haber abandonado algún trozo de malaquita en las cenizas
incandescentes de su fogón, observando cómo salían los glóbulos resplandecientes
de cobre metálico. Un incendio, iniciado por algún buscador de joyas en un sitio
metalífero, para hacer aflorar una veta a la superficie, pudo haber reducido una
porción de mineral. En el distrito de Kananga*7,
los exploradores han tenido noticias
de cuentas
de cobre,
coladas de
esta manera
accidental entre las cenizas de los campamentos de los negros. La
reducción del cobre pudo haber sido descubierta más de una vez, sin que su
significado fuera apreciado necesariamente de inmediato. En las tumbas egipcias
más antiguas, aparecen esporádicamente pequeños objetos de cobre –alfileres y
hasta puntas de arpón–. Pero no reveían aún
una comprensión inteligente de
las propiedades
del metal.
El cobre ha sido martillado en
delgadas varillas, encorvado o batido en tiras y recortado; de hecho, se le ha
sujetado a los procesos aplicados comúnmente para trabajar el hueso, las piedras
o las fibras –cortar, martillar y combar–.
La
verdadera superioridad del metal consiste en que es fusible y se puede colar. La
fusibilidad confiere al cobre algunos de los méritos de la arcilla de los
alfareros. Al trabajarlo, el artífice inteligente se encuentra libre de las
restricciones de magnitud y de forma, impuestas por el hueso
y la
piedra. Un
hacha de
piedra, una
punta de
lanza hecha de pedernal o un
arpón de hueso, sólo se pueden fabricar puliendo, astillando o cortando trozos
de la pieza original. En cambio, el cobre fundido es completamente plástico y se
puede adaptar a llenar cualquier molde deseado; puede vaciarse en un molde de
una forma cualquiera y puede asumir, y mantener al enfriarse, precisamente la
forma contorneada por el molde. El único límite para su tamaño es la capacidad
del molde; se puede colar tanto cobre como se quiera. Además de esto, los moldes
mismos pueden hacerse de arcilla de alfarero, cuyas potencialidades hemos
examinado más arriba.
Por otro
lado, a pesar de ser tan plástico cuando está caliente, el
metal, al enfriarse, posee las virtudes fundamentales de la piedra y del
hueso; es igualmente sólido y también se puede afilar o aguzar finamente.
Además, tiene la ventaja adicional de ser maleable. Y, por último,
es más
durable que
la piedra
o el hueso. Un
hacha de
hueso se puede astillar
fácilmente con el uso, echándose a perder; en el mejor de los casos, habrá
necesidad de afilarla con frecuencia, quedando reducida bien pronto, a un tamaño
que la hace inútil. En cambio, un hacha de cobre se puede volver a fundir una y
otra vez, quedando siempre tan buena como cuando estaba nueva. El empleo
inteligente del metal –es decir, de la metalurgia simple– se inicia cuando estas
ventajas han sido entendidas.
Pero,
esta comprensión requiere un reajuste de las formas de pensar. La transformación
del cobre sólido y resistente en metal fundido y, luego, su vuelta al estado
sólido de nuevo, es un proceso
dramático, el cual debe haber
parecido misterioso. En un principio, la identidad entre la masa informe del
cobre en bruto, el líquido en el crisol y la pieza fundida bien formada, debe
haber sido difícil de entender. El hombre estaba controlando, así, un notable
proceso de transformación física. Tuvo que reajustar las ingenuas ideas que
había mantenido sobre la sustancia, cualquiera que hayan sido, para reconocer la
identidad a través de sus diversos cambios.
A más de
esto, el
control del
proceso únicamente fue posible
por medio de todo un conjunto
de descubrimientos e invenciones. Para fundir el cobre, es necesario alcanzar
una temperatura de cerca de 1.200° C. Esto requiere un fuelle. Tuvo que
inventarse algún artificio para dirigir una corriente de aire sobre la llama; la
solución correcta la constituyeron los fuelles, pero no se tienen pruebas
directas de ellos hasta el año 1.600 a.C. Hubo necesidad de inventar hornos,
crisoles y tenazas. El vaciado requiere moldes. Es bastante fácil reproducir,
por colado, un objeto que sea plano de un lado, imprimiéndolo en arcilla y
vertiendo el metal fundido en el hueco dejado por el modelo. Pero, el
procedimiento es inútil para hacer una daga sólida con ambas caras acanaladas
para darle mayor resistencia. Tal instrumento requiere un molde de dos piezas,
cuyas mitades deben corresponder y unirse o acoplarse con exactitud. Hacia el
año 3.000 a.C. se empleó en Mesopotamia el ingenioso procedimiento de la cera
perdida. Primero, se hace en cera un modelo del objeto deseado, y luego se
reviste con arcilla; después se pone a calentar hasta que se cuece la arcilla, a
la vez que se escurre
la cera; entonces,
se vacía el metal
en la cavidad
y, por último, se rompe el molde de arcilla, poniéndose al descubierto el
metal vaciado reproduciendo la forma del modelo de cera.
Esta
breve exposición podrá sugerir cuán intrincado es, en realidad, el proceso del
colado. Pero, las operaciones reales son mucho más tediosas e
intrincadas de
lo que puede indicar una
página impresa. Por ejemplo, es necesario tomar precauciones para evitar que el
metal líquido oxide el molde o se adhiera a él. En un molde cerrado, existe el
peligro de que se formen burbujas de aire, las cuales pueden causar una
debilidad fatal en el colado. Además, después de ser fundido, el instrumento
tiene que ser martillado y pulido con una lima o con algún
abrasivo.
Evidentemente, el forjador debe disponer de un formidable cuerpo de
conocimientos industriales; las tradiciones de su oficio incluyen los resultados
de una larga experiencia y de muchos experimentos deliberados.
Representan una
nueva rama
de la
ciencia aplicada
–cuyos elementos se han incorporado a la química y a la física modernas–
pero, mezclada con una maraña de magia que nosotros hemos olvidado, felizmente.
La transmisión de este saber era del mismo tipo que la del arte de la cerámica.
Sin embargo, la tarea del forjador era más complicada y exigente que aquélla, y
el conocimiento requerido era más especializado. Es muy dudoso que la metalurgia
se haya podido practicar en alguna parte, como una industria doméstica, en los
intervalos dejados
por el
trabajo agrícola.
Entre los
bárbaros modernos, los
forjadores son, normalmente, especialistas; y, probablemente, el trabajo de los
metales siempre ha sido una labor que ocupa todo el tiempo de quien la realiza.
El forjador debe haber sido, por tanto, el artesano que se especializó primero,
con excepción del hechicero, Pero, una comunidad sólo puede mantener un forjador
cuando posee un excedente de alimentos; estando apartado de la producción
alimenticia, el forjador tiene que alimentarse del sobrante no consumido por los agricultores.
El uso
industrial del metal debe ser considerado como una señal de la especialización
del trabajo,
del hecho
de que
la provisión
alimenticia de una comunidad excede felizmente sus necesidades normales.
En
general, significa todavía más; comúnmente trae aparejado el sacrificio
definitivo de la independencia económica. El cobre está lejos de ser algo común;
sus minerales no se encuentran en las llanuras de aluvión
o de
loess, preferidas por los agricultores
neolíticos, sino en
los terrenos boscosos o rocosos. Muy pocas comunidades agrícolas
deben haber poseído minas de cobre en su territorio propio; la gran
mayoría, siempre tuvo que importar el metal o su mineral. En último término, lo
obtenían produciendo un excedente alimenticio, por encima del nivel necesario
para su consumo doméstico.
Las
implicaciones científicas y económicas de la extracción del metal de sus
minerales son, tal vez, de mayor trascendencia que las resultantes del trabajo
de los metales. Los minerales de cobre son una materia cristalina o pulverizada,
que se presenta generalmente en forma de vetas, en rocas antiguas y duras. La
transformación de los minerales en
cobre es
un proceso químico
bastante simple.
Pero, ¡cuán asombroso resultó
esto para el hombre primitivo! La apariencia del mineral no es, en modo alguno,
semejante a la del metal. La transformación que sufre en contacto con el carbón
incandescente, es milagrosa; con seguridad, debe haber sido considerada como un
cambio de sustancia, como una transustanciación. El reconocimiento de la
continuidad de la sustancia debe haber sido algo muy difícil, ya que una
explicación racional no se logró sino con el surgimiento de la química moderna;
y, aun entonces, pudieron subsistir las ideas de la alquimia
acerca de
la transmutación.
Con todo,
independientemente de cuáles hayan sido sus teorías, el hecho es que el hombre
aprendió suficiente química práctica como para distinguir cuáles clases de
piedra producen cobre al ser calentadas con carbón.
Como
antes lo señalamos, las clases de piedras apropiadas no eran nada comunes. Una
vez que hubo comprendido el valor del metal y la posibilidad de transmutar las
piedras en metales, el hombre debe
haber buscado deliberadamente minerales adecuados y hecho numerosos
experimentos, ensayando sucesivamente con una gran variedad de piedras. Muchos
experimentos fueron infructuosos, pero, en la indagación se descubrieron otros
metales. La plata y el oro se encuentran ya en las tumbas prehistóricas de
Egipto, y fueron extensamente utilizados en Mesopotamia, antes del año 3.000
a.C. En las tumbas egipcias se encuentran cuentas de hierro meteórico, poco
antes del año 3.000 a.C.; y, un poco más tarde, se fundían ocasionalmente
minerales de hierro en Mesopotamia. Sin embargo, el hierro no fue fundido ni
trabajado en ninguna parte, en una escala industrial, antes del año 1.400 a.C.
El estaño era conocido para los metalúrgicos de Sumer y del valle del Indo, poco
después del año 3.000 a.C., empleándose principalmente como aleación del cobre,
para simplificar el proceso del colado.
Los
primeros minerales de cobre que fueron explotados procedían, presumiblemente, de
vaciamientos superficiales. Deben haber existido muchas vetas de esta clase, pero
todas ellas se agotaron mucho antes de
que empezaran las exploraciones geológicas modernas. Sin embargo,
ocasionalmente, el hombre debe haber tenido que seguir las vetas por debajo de
la superficie, dando comienzo a la minería. El minero del cobre tuvo que
aprender la manera de partir las rocas
duras, encendiendo fuego sobre ellas y arrojando agua encima de sus superficies
calientes. Se tuvieron que inventar sistemas de apuntalar y de ademar, para
sostener los muros y los techos de las galerías. Fue necesario fragmentar el
mineral, separarlo de la roca por medio del lavado y transportarlo a la
superficie. Sin embargo, no han sobrevivido testimonios que ilustren los pasos
seguidos en la formación de la ciencia de la minería; pero, hacia el año 1.000
a.C., aun en la Europa todavía bárbara, los mineros del cobre aplicaban una
ciencia que, en nuestros días, produciría la admiración de las personas ajenas a
la profesión minera, sólo que no podemos intentar exponerla aquí.
El arte
de fundir no es menos difícil. Como en el caso del colado, es fundamental contar
con alguna especie de fuelle. Y, para
la producción en gran escala, tuvo que
inventarse un horno. Solamente
los minerales superficiales de
cobre se pueden reducir directamente, calentándolos con carbón vegetal; los
minerales más profundos son, generalmente, sulfuros y
tienen que ser calcinados a
descubierto, para
que se oxiden, antes de poderlos fundir. Otros metales requieren
tratamientos diferentes. El plomo, por ejemplo, se volatiliza y desaparece con
el humo, cuando se le calienta en el horno abierto empleado para fundir
cobre.
Los
exploradores, mineros y fundidores debían dominar, por lo tanto, una suma de
conocimientos todavía más
compleja que
la requerida por el
forjador. Tenían que clasificar las distintas clases de minerales, aprendiendo
las características más notables para reconocerlos y las técnicas más apropiadas
para su tratamiento.
El
conocimiento requerido sólo se pudo obtener por medio de la experimentación y de
la comparación de resultados, en una escala mucho mayor de la que había exigido
el trabajo de los metales. La minería tuvo que ser un oficio aún más
especializado que el del forjador. En general, los mineros nunca deben haber
sido productores de alimentos, sino que deben haber contado con el excedente de
alimentos producidos por quienes empleaban sus productos.
La
metalurgia inteligente debe haber sido ampliamente conocida en el Antiguo
Oriente, poco después del año 4.000 a.C. No obstante, el
metal substituyó a la piedra con mucha lentitud. Las ventajas que hemos
expuesto antes, no deben ser exageradas. Para escardar la tierra, las azadas
de piedra
servían bien al agricultor; aunque
tenía que substituirlas con
frecuencia, pero, generalmente, esto era fácil. Una hoja de
pedernal sirve, en forma excelente, para descuartizar las reses muertas, para segar
los granos, para aderezar las pieles y hasta para rasurar; se desgasta
rápidamente, pero, cuando abunda el pedernal,
se puede fabricar un nuevo cuchillo o una nueva navaja, en unos cuantos
minutos. Las hachas o azuelas de piedra sirven para derribar árboles, labrar
postes o desbastar una canoa, casi con tanta rapidez y destreza como con las de
cobre; lo único que se necesita es tener periódicamente una tregua para fabricar
un hacha nueva de una guija conveniente. El principal defecto de los instrumentos de piedra era que se
desgastaban con mucha rapidez. Pero, cuando la materia prima se encontraba a
mano y el tiempo no era tan absurdamente precioso, no era un
trabajo intolerable el tener
que fabricar nuevas herramientas, de cuando en cuando. Fueron necesarias
las condiciones geográficas especiales de una llanura de aluvión, en donde las
piedras adecuadas eran raras,
para que
se hiciera
común la
estimación por el
nuevo y
más durable material, y para que se creara una demanda efectiva y general
por el metal. Y, para dar satisfacción a esta posible demanda, fue necesario
mejorar los medios de transporte. Lo cual se tradujo en el aprovechamiento de la
fuerza motriz de tracción animal y de los vientos. Ambas cosas fueron, como el
descubrimiento del metal y la invención de la metalurgia, condiciones previas a
la segunda revolución, las cuales se conquistaron antes que ella aconteciera.
El
aprovechamiento de la fuerza de los bueyes o de los asnos y de la del viento,
fue el primer ensayo eficaz hecho por el hombre para lograr que las fuerzas
naturales trabajaran para él. Cuando lo consiguió, se encontró, por primera vez,
controlando y aun dirigiendo fuerzas continuas no suministradas por sus propios
músculos. Estaba en el camino
correcto para
aliviar a su
cuerpo de
las formas
más brutales
del trabajo físico –camino que condujo al motor de combustión interna, al
motor eléctrico, al martinete de vapor y a la excavadora mecánica–. Al mismo
tiempo, aprendió nuevos principios de la mecánica y de la
física.
Los
agricultores-ganaderos tenían a su disposición una fuerza motriz apropiada en
el ganado
que ya habían domesticado.
Tal vez
fue el
toro el primer animal al cual se le puso a tirar de un arado. Pero, desde
luego, tenía que haberse inventado el arado –el azadón de cuchilla larga
de los
egipcios prehistóricos,
la azada
de tracción,
semejante a la que todavía se
utiliza en el Japón, o el arado de pie análogo al empleado el siglo pasado en
las Hébridas, pueden haber constituido el modelo–. El arado fue el heraldo de
una revolución agrícola. Arando la tierra se revuelven esos elementos fértiles
del suelo, que en las regiones semi-áridas están expuestos a hundirse fuera del
alcance de las raíces de las plantas. Con dos bueyes y un arado, un hombre pudo
cultivar en un día una superficie mucho mayor de la que podía cultivar una mujer
con la azada. La parcela cedió su
lugar al campo y se inició, en realidad, la agricultura (del latín ager,
“campo”). Y todo esto se tradujo en mayores cultivos, más alimentos y el
crecimiento de la población. Incidentalmente, el hombre substituyó a la mujer en
la función principal de la
agricultura. Se desconoce
por completo
la época en
la cual se
consumó esta
revolución. Fin
el Cercano
Oriente, Egipto
y la región del Mar Egeo, se consumó bastante antes de la aurora de la
historia. Pero, en Alemania, hacia el año 2.000 a.C., el cultivo de pequeñas
parcelas con azada todavía seguía siendo la economía
única.
En pleno
desierto y en las estepas, se deben haber empleado los bueyes para tirar de
narrias o trineos, tal como lo hacen todavía las primitivas tribus cazadoras para
transportar sus tiendas
y su
equipo, de un campamento a
otro. (Como el perro se apegó al hombre mucho antes de que las vacas o las
ovejas fueran domesticadas, los trineos tirados
por perros
deben ser
más antiguos
que las
carretas y
las narrias tiradas por bueyes.) Las narrias tiradas por bueyes
todavía seguían siendo empleadas en Ur, hacia el año 3000 a.C., para
conducir a su última morada los cadáveres reales. Sin embargo,
mucho antes de esa fecha, la narria había sido transformada por una
invención que revolucionó la locomoción terrestre. La rueda fue la conquista
culminante de la carpintería prehistórica; constituyó la condición previa para
la maquinaria moderna y, aplicada al transporte, convirtió la narria en una
carreta o furgón; los cuales fueron los ancestros directos de la locomotora y
del automóvil.
Es fácil
hacer conjeturas acerca de la manera de cómo se pudo haber inventado la rueda,
pero los datos reales al respecto son difíciles de obtener. Como los objetos de
madera no pueden durar, generalmente, muchos siglos, el arqueólogo sólo se puede
informar acerca de los vehículos por medio de los dibujos o modelos que hicieron
de ellos los contemporáneos, en algún material durable, como la arcilla cocida o
la piedra. Su testimonio claramente defectuoso y unilateral, justifica las
siguientes consideraciones positivas: Los vehículos con ruedas están
representados en el arte sumerio hacia el año 3.500 a.C., y en el norte de
Siria, tal vez, un poco antes.

Fig.
6. Arando,
ordeñando y segando
en el
antiguo
Egipto.
Hacia el
año 3000 a.C., se usaban comúnmente carretas, furgones y hasta carrozas, en
Elam, Mesopotamia y Siria. En el valle del Indo las carretas con ruedas se
empleaban ya cuando empezaron a quedar testimonios arqueológicos, hacia el año
2.500 a.C., y, por esa misma época, también eran usadas en el Turquestán. Unos
cinco siglos después, por lo menos, aparecen testimonios de ellas en Creta y en
Asia Menor. Por otro lado, este invento no fue utilizado, ciertamente, por
los egipcios
hasta el
año 1.650
a.C., cuando
fueron obligados
a ello por los invasores
asiáticos, los hiksos.
Como es
natural, los primeros vehículos con ruedas eran artefactos muy toscos. Todavía
en el año 3.000 a.C., las carretas y furgones sumerios tenían ruedas sólidas,
compuestas de tres piezas de madera empalmadas y atadas con llantas de cuero,
tachonadas con clavos de cobre. Las ruedas giraban en una sola pieza con el eje,
el cual estaba fijado a la parte inferior del carro con tiras de cuero. Las
carretas de bueyes de los pueblos del valle del Indo, repiten fielmente esta
estructura en la actualidad.
La rueda
no sólo revolucionó el transporte, sino que también fue aplicada en la industria
manufacturera, hacia el año 3.500 a.C.; siendo necesario hacer una
breve digresión para explicar esto.
Con una rueda horizontal, en
cuyo centro podía poner a girar la masa de arcilla, el alfarero podía dar forma,
en un par de minutos, a una vasija que le llevaría varios días de trabajo cuando
la hacía a mano. Además, el objeto resultaba más simétrico. La fabricación de
vasijas fue la primera industria
mecanizada, la primera en aplicar la rueda a la maquinaria manufacturera. El
resultado fue que el oficio mismo se transformó. La etnografía demuestra que,
entre los pueblos actuales más simples, la fabricación de vasijas a mano es un
arte doméstico practicado por las mujeres, en tanto que la manufactura con rueda
giratoria es un oficio especializado reservado a los hombres. Los testimonios de
que disponemos sugieren que ocurría lo mismo en la antigüedad. De esta manera,
la introducción de la rueda en la industria de la cerámica señala otro paso en
la especialización del trabajo; los alfareros son ahora especialistas, apartados
del trabajo primordial de la producción de alimentos, que cambian sus efectos
por una parte del sobrante comunal.
Es
posible que estos dos usos primordiales de la rueda hayan surgido en forma
independiente, aun cuando no parece muy verosímil. En todo caso, no siempre
coexistieron desde un principio. En el Cercano Oriente y en la India, en
realidad, las ruedas, giratorias para hacer vasijas son, ciertamente, tan
antiguas como los vehículos con ruedas. Pero, en Egipto, la rueda de los
alfareros fue adoptada antes que el carro
con ruedas; mientras
que, en
Creta, los
modelos de
furgones son anteriores en
unos dos siglos a los más antiguos tornos de alfareros. En
Europa, la
rueda de
los alfareros no se
empleó al
norte de
los Alpes hasta después del
año 500 a.C., en
tanto que los vehículos con ruedas ya se
utilizaban, tal vez, desde un millar de años antes. Pero, esto no es, después de
todo, sino una digresión.

Fig.
7. Primitivo
carro de
guerra
sumerio.
La
introducción de carros con ruedas tirados por bueyes u otras bestias, aceleró
las comunicaciones y simplificó enormemente el transporte de mercancías. Sin
embargo, los vehículos no representan el único método de emplear la fuerza
motriz animal en los transportes. Las mercancías pueden cargarse directamente a
lomo de bestias y el hombre puede
montarse en
ellas. Hacia
el año 2.000 a.C.,
el transporte de mercancías
entre Babilonia y Asia Menor se hacía, normalmente, a lomo de asno. La historia
de esta clase de transporte todavía es difícil de
descifrar en los
testimonios arqueológicos que se
refieren al tránsito de vehículos. El
asno es nativo del nordeste de África y debe haber sido domesticado mucho antes
del año 3.000 a.C., presumiblemente para servir como bestia de carga. Por la
fecha que acabamos de mencionar, se registran en Egipto asnos domesticados y, en
esa misma época, eran utilizados para
tirar de los arados en Mesopotamia. Desde entonces, el asno ha seguido siendo la
bestia de carga y el animal de silla más común del Cercano Oriente.
Forde
considera que el caballo también pudo haber sido domesticado, primero, como
animal lechero y de silla. Pero, excepción hecha de algunos dudosos modelos de
sillas de montar del valle del Indo,
hechos hacia el año 2.500 a.C., no existe realmente ningún testimonio
satisfactorio de
la equitación
sino hasta
un poco
antes del
año 1.000 a.C. Se supone que esta bestia es nativa de las estepas
del Asia Central y de Europa. En el Cercano Oriente, los caballos aparecieron
con certeza por el
año 2.000 a.C., y de allí
fueron introducidos a Egipto por los hiksos, hacia el año 1.650 a.C. Pero, en
todos los casos, aparecieron exclusivamente como animales de tiro, enjaezados
para los carros de guerra. Aun
en una
fecha más
remota, hacia el
año 3.000 a.C. o antes, se
representó en los monumentos sumerios a una
especie de equino, tirando de carros. Sin embargo, la identidad de estas
bestias es discutible. Algunos investigadores autorizados, como Frankfort, dicen
que el animal representa un caballo; otros dicen que
se trata de una mula; la mayoría, incluyendo a Hilzheimer y a Woolley,
sostienen ahora que debe considerarse como un onagro, el asno salvaje de Asia.
Entre paréntesis, debemos hacer notar que las guarniciones empleadas en los
carros sumerios y en otros vehículos antiguos, parecen seguir el diseño
inventado originalmente para enganchar los bueyes a la carreta. Y, debido a las
diferencias anatómicas entre los bovinos y los equinos, este antiguo arnés debe
haber sido muy molesto para los caballos y, en consecuencia, muy
ineficaz.
La
domesticación de los caballos debe haber incrementado, en forma importante,
tanto las distancias recorridas como la velocidad de las comunicaciones. Aun
cuando puede parecer, de acuerdo con los testimonios disponibles, que esta
aceleración se sale enteramente del período considerado en este capítulo, el
transporte por medio del caballo debe estimarse como una posibilidad, antes de
la segunda revolución: al borde de las regiones bien exploradas de los valles
pueden haber existido pueblos que ya contaran con la movilidad garantizada por
el dominio sobre los caballos. Estos pueblos hipotéticos pueden haber servido
como agentes para la propagación de
ideas e invenciones, a distancias y velocidades inconcebibles para las carretas
de bueyes y los asnos que habían sido los más rápidos medios disponibles para el
transporte.
Debemos
tener en cuenta otra posibilidad: los camellos o dromedarios pueden haber sido
domesticados antes del año 3.000 a.C.
Y, contando con los camellos, los
desiertos dejan de ser barreras para el intercambio y se convierten, al igual
que los mares, en eslabones que enlazan los centros de población.
Paralelamente a las importantes mejoras en los medios de transporte terrestre,
se desarrolló también la navegación. Pero, a este respecto, los testimonios son
todavía más
escasos. Los
pescadores deben
haber usado piraguas y canoas de cuero, antes de la primera revolución.
Poco después, las pinturas de los vasos prehistóricos egipcios representan
embarcaciones importantes, hechas de haces de papiros atados, impulsadas por
cuarenta o más remeros o bogadores, y equipadas con una especie de cabina cerca
del centro. No obstante, los barcos de vela no se encuentran en Egipto sino
hasta poco después del año 3.500 a.C.,
y parecen ser de un tipo extraño al Nilo. En cambio, es casi seguro que hacia el
año 3.000 a.C., cuando más tarde, los barcos de vela navegaban libremente en el
Mediterráneo oriental. Lo mismo puede decirse del
Mar de Omán, a pesar
de que los testimonios directos son todavía menores.
Así,
el hombre
empezó a
vencer las
dificultades mecánicas
surgidas en el desarrollo del
transporte marítimo (es decir, tuvo que aprender a construir embarcaciones de
tablones y a enjarciar velas), y tuvo que adquirir conocimientos topográficos y
astronómicos suficientes para utilizar los caminos del mar. Tanto por agua, como
por tierra, los pueblos del Oriente estaban ahora en condiciones de compartir
sus recursos naturales y la experiencia que había adquirido cada uno de
ellos.
Los
oficios, procedimientos e invenciones antes enumerados, son las expresiones más
destacadas de un conjunto de conocimientos científicos y aplicaciones
de la
experiencia acumulada. Su
propagación significó también la participación de este conocimiento
práctico. Con ella, los pueblos del Oriente adquirieron el equipo técnico
necesario para controlar a la naturaleza, lo cual fue un requisito para la
consumación de la segunda revolución, con el consiguiente establecimiento de un
nuevo tipo de economía y de sociedad. Sin embargo, todavía intervinieron otros
factores antes de que el conocimiento así adquirido fuera aplicado realmente en
la práctica.
En las
páginas anteriores, hemos tratado, en realidad, a la extensa región situada
entre el Nilo y el Ganges, como si formara una sola unidad, a pesar de nuestra
insistencia en la diversidad de economías existentes dentro de ella; el
desarrollo que hemos trazado, lo presentamos como un proceso continuo y
pacífico. Pero, esta explicación difícilmente corresponde a los hechos
arqueológicos. En realidad, en los montículos de los poblados de Irán,
Mesopotamia y Siria, y en los cementerios de Egipto, se pueden discernir cambios
radicales y, a veces, catastróficos, en la cerámica y en la arquitectura
doméstica, en el arte y en los ritos funerarios. Se considera, generalmente, que
estos cambios indican desplazamientos de la población, o la infiltración de
nuevos pueblos, ya sea por conquista o por invasión.
En
una región
expuesta a
las sequías y a
las inundaciones,
es obligado que ocurran
migraciones, particularmente cuando sus habitantes dependen por entero de la
naturaleza, respecto a sus cultivos y a su alimentación. Entonces, una sequía
inesperada podía significar el hambre para los campesinos a quienes se les
secaban sus cultivos y para los pastores que apacentaban sus rebaños en la
estepa. Y el espectro del hambre debe haber impulsado a sus víctimas a buscar
alimento en los valles de los ríos, en donde podían obtener grano para los
hombres y pastura para el ganado; deben haber llegado como suplicantes, tal como
los “hijos de Israel”, y aceptado alguna clase de servidumbre a cambio del
sustento o, desde luego, pueden haber encontrado refugio por la fuerza de las
armas, llegando en calidad de conquistadores. En todo caso, los habitantes de la
estepa, puestos así en movimiento, llegaron a mezclarse con la antigua población
de los valles, cuando no a substituirla o a dominarla.
Los
cambios en
la cultura material, en
el arte
y en la
religión, reflejados en los testimonios arqueológicos del Oriente, en
muchos casos, se debieron justamente a las emigraciones y conquistas antes
señaladas; y los libros relativos a la prehistoria oriental se preocupan mucho
por tratar de determinar y seguir los movimientos de los pueblos que se muestran
de esta manera. Para nuestros propósitos, es suficiente con recordar al lector
que los testimonios de tales migraciones realmente existen, y basta con sugerir
algunas consecuencias respecto al desarrollo de la economía humana.
Se
considera que el
“choque de
culturas”, provocado
por las
invasiones y las emigraciones, facilita la propagación de las nuevas
ideas, quebrantando la rigidez de las sociedades establecidas. Para sobrevivir,
toda sociedad debe conseguir un ajuste con su medio ambiente;
ya que
vive de
la explotación de los
recursos naturales
de su territorio. Pero, precisamente
en la medida
en que
el ajuste
conseguido tiene éxito, la comunidad respectiva tenderá a hacerse
conservadora. Cuando un grupo disfruta de alimentos suficientes, de comodidades
y de periodos de descanso, ¿por qué ha de cambiar su conducta? Habiendo
aprendido penosamente los artificios y ardides, las artes y
los oficios necesarios para obtener de la naturaleza una mediana
prosperidad, ¿por qué hacer más? En realidad, el cambio puede resultar
peligroso. El éxito de las sociedades equipadas simplemente depende de que cada
uno de sus miembros haga aquello que se ha comprobado como conveniente, en el
momento apropiado y del modo adecuado; esto impone toda una pauta de conducta
para la totalidad de los miembros de la sociedad. Tal pauta encuentra su expresión
en las instituciones sociales, en las normas tradicionales y en las
prohibiciones. Es consagrada por las creencias y los temores mágico- religiosos.
De la
misma manera
que las
actividades prácticas de
la vida se acompañan con ritos
y ceremonias apropiadas, se supone también que las fuerzas místicas vigilan el
cumplimiento de las normas tradicionales y vindican cualquier trasgresión de
ellas. La economía establecida se fortalece con una ideología apropiada.
El poder
de las supersticiones, que consolidan y mantienen las instituciones sociales y
la organización económica establecidas, es enorme en las sociedades más simples
de nuestros días. También debe haber sido así en el Antiguo Oriente. El ajuste
logrado entonces, aun en el caso de las comunidades más favorecidas, era,
después de todo, muy precario. Una crecida insuficiente o excesiva, una
intempestiva granizada, o una plaga de langosta, podían poner en peligro a la
comunidad entera; porque sus recursos eran limitados y sus reservas pequeñas. Los desastres que amenazaban su vida eran
misteriosos, y todavía en la actualidad son incalculables. Con toda facilidad se
les pudo considerar como intervenciones sobrenaturales, infligidas para vindicar
la violación de las normas de conducta acostumbradas.
Cualquier
divergencia respecto a la práctica establecida, la menor trasgresión a la línea
de conducta probada como segura y eficaz, podía provocar, teóricamente, tales
castigos. Por lo tanto, toda innovación resultaba peligrosa y la opinión pública
era adversa a los cambios.
Pero,
cuando una comunidad inmigrante se mezclaba con otra asentada de antiguo, este
espíritu conservador, tímido y
complaciente, se perturbaba. Los recién llegados se habían desarrollado, ex
hypothesi, en condiciones diferentes; por consiguiente, se habían creado una
economía adecuada a su propio medio ambiente. Tenían necesidades diferentes y,
tal vez, complementarias de las experimentadas por los habitantes más antiguos.
Por ejemplo, si se trataba de pastores, estarían acostumbrados a comer más carne
de la que consumen comúnmente los campesinos. Podrían haber llegado a apreciar
la obsidiana para la fabricación de sus cuchillos y no se sentirían satisfechos
con el pedernal, el cual es menos suave. O bien, podrían considerar
indispensables ciertas substancias –como el lapislázuli, por ejemplo– que se
podían obtener con facilidad en su territorio original. De este modo, los recién
llegados añadirían nuevas exigencias a las de los antiguos habitantes.
A más de
esto, los nuevos pobladores traerían consigo sus propias instituciones
y su
propia ideología.
Probablemente, las prescripciones
y prohibiciones, los ritos
y ceremonias,
tenidos como
fundamentales para vivir en su
medio ambiente anterior, no coincidirían enteramente con
los correspondientes a los habitantes originales del territorio ocupado.
En estas condiciones, habría dos pautas de conducta, dos tipos de instituciones,
dos conjuntos de ideas, operando paralelamente y entrando en competencia. Lo
cual debe haber demostrado, a ambas partes, que las desviaciones de las maneras
tradicionales de actuar consideradas como obligatorias para una u otra, no eran,
después de todo, tan peligrosas. La tierra seguía produciendo sus frutos, aun
cuando fuera un hombre quien revolviera la tierra, guiando un arado,
en lugar de que lo hiciera una mujer esgrimiendo una azada.
Finalmente, se ha sugerido que la conquista es un requisito, previo y
fundamental, para la acumulación del capital comunal necesario para
la consumación de la segunda revolución. Lo cual implica que una
proporción importante de la comunidad se aparte, en forma permanente,
de la
actividad primaria de
obtener el
alimento,
para dedicarse a trabajos
reproductivos, en las industrias secundarias, los transportes, el comercio y la
administración. Esto únicamente es posible cuando ya se dispone de un excedente
de artículos alimenticios, para sostener a aquellos miembros de la comunidad que
no producen sus propios alimentos. Además, en la práctica, se hace necesario
tener un sobrante para permutarlo por las materias primas que no se pueden
conseguir en la localidad.
Ahora
bien, los agricultores del valle del Nilo o de
Mesopotamia podían producir
fácilmente el excedente requerido. Indudablemente, deben haber producido lo
suficiente, por encima de sus necesidades inmediatas,
como para
hacer frente
a las malas temporadas.
Pero, ¿por
qué habían de
producir más? Se dice que
el hombre
es un
animal perezoso y que prefiere llevar una vida sencilla a disfrutar de
los lujos conseguidos por el trabajo asiduo e incesante. La conquista pudo
constituir, ciertamente, una manera de superar esta inercia natural.
Una tribu de
pastores podía
conquistar, por ejemplo,
el territorio de
una comunidad agrícola. Les dejarían la tierra a los campesinos y hasta
los protegerían de otros enemigos, a condición de que les pagaran un tributo en
productos agrícolas. Con lo cual, el campesino se vería obligado a producir más
de lo necesario para sostener a su propia familia; debía entregar una parte
importante, tal vez superior a la que dejaba para sí, a sus nuevos “amos”. Así
se forma una especie de “aristocracia”
rural, una clase
que vive del
tributo de
los campesinos. El
sistema es bien conocido; sobrevive en una forma muy simple en el oriente
de África;
constituyó una característica de la
Europa medieval y se extendió
ampliamente en la antigüedad.
Ahora
bien, semejante “aristocracia” se convierte también, general- mente, en una
oligarquía; sus miembros son
mucho menos numerosos que los campesinos los cuales siguen siendo los
productores primarios. No obstante,
los señores de la tierra pueden obligarlos a producir mucho más de lo que ellos
consumen. De este modo, disponen de un excedente de artículos alimenticios; una
parte del cual es utilizado para sostener a los trabajadores que producen
artículos manufacturados, destinados al consumo de los aristócratas y al
comercio exterior.
Pues
bien, debemos admitir que la realización de la segunda
revolución exigió una acumulación de capital, principalmente en la forma
de artículos alimenticios; que dicha acumulación tuvo que concentrarse, en
cierta medida, para hacerla aprovechable efectiva- mente para fines sociales; y
que, en Egipto, la primera acumulación de este tipo, y su correspondiente
concentración fueron, al parecer, resultado de una conquista. Sin embargo, no se
puede demostrar que, en todos los casos, la causa efectiva de la acumulación y
la concentración necesarias de capital, haya sido la conquista. Como lo veremos,
en Mesopotamia era, nominalmente, un dios nativo (en la práctica, desde luego,
la corporación de sacerdotes que se atribuía esta función) quien administraba
las riquezas acumuladas en una ciudad sumeria; sólo hay indicios muy vagos y
equívocos de una aristocracia que debiera su riqueza a la conquista, más bien
que al prestigio religioso y a la tradición social desarrollada internamente. En
las ciudades más antiguas de la India, sencillamente ignoramos el modo como se
acumularon o controlaron los excedentes comunales.
La
conquista militar es uno de los medios de asegurar la acumulación de un
excedente de riqueza, Pero, tas teorías que la consideran como una condición
previa y fundamental de la segunda revolución, deben ser consideradas con
reserva.
Hay otros
corolarios a las perturbaciones producidas en el desarrollo pacífico, según se
desprende de los indicios suministrados por los testimonias arqueológicos, que
se encuentran mejor confirmados. Sobre el emplazamiento de una aldea encontramos
otra cuya disposición, arquitectura y equipo son tan diferentes de los de su
antecesora, que suponen un verdadero rompimiento de la tradición social; esto
debe señalar el arribo de un nuevo pueblo, el cual vino a sustituir o a dominar
a los anteriores habitantes. Pero tal substitución o dominio difícilmente puede
haberse realizado en forma pacífica. Con seguridad, se debe haber logrado por la
fuerza, es decir, por medio de la guerra. En tal caso, antes de que la segunda
revolución se llegara a consumar, debe haberse sostenido alguna especie de
guerra.
Esto,
desde luego, lo niegan Elliot Smith y Perry,
no siendo fácil probar que haya habido guerras, recurriendo a los
testimonios arqueológicos. Por supuesto, en las tumbas y poblados anteriores a
la revolución se han hallado armas. Sin embargo, no es fácil distinguir entre
las armas de guerra
y los
utensilios de cacería,
entre las
armas para
matar hombres y las que sirven
para matar animales de caza. Además, algunos poblados muy antiguos –por ejemplo,
Susa– estaban protegidos, ciertamente, con
una especie
de murallas.
Lo más
probable es que se tratara de defensas en contra de enemigos humanos,
pero, también, es concebible que hayan tenido simplemente por objeto el de
protegerse de las bestias salvajes que merodeaban entonces. En general, se tiene
que admitir que hubiera incursiones bélicas, de parte de los pueblos nómadas o
desarraigados. Asimismo, es igualmente necesario admitir la existencia de
defensas organizadas, hasta cierto grado, en contra de tales incursiones, por
parte de las comunidades establecidas y prósperas. En suma, tiene que admitirse
la guerra, aun cuando sea en
pequeña escala
y en
una forma
irregular. Es
más, debió constituirse en una
industria. El ganado y el grano robados a los campesinos, sirven tan bien de
sustento como el criado y cultivado por propia mano. Por lo tanto, la protección
de los cultivos y de los rebaños, en
contra de los merodeadores, constituía una parte de la economía comunal, tan
importante como la
siembra de
los campos y
el cuidado del ganado.
Ahora
bien, la
guerra debe
haber tenido
repercusiones económicas.
Tal vez, estimuló la demanda de metal en una forma sin precedentes. No
importaba mucho que un cuchillo de pedernal se rompiera al destazar un animal.
Pero, era una cosa mucho más seria cuando el accidente ocurría en un combate
mano a mano con el enemigo. Fue, sobre todo, en las batallas, en donde se puso
de manifiesto la superioridad del cobre y el bronce duros y resistentes, sobre
el pedernal y la piedra quebradizos.
Además, la
guerra dio
oportunidades excepcionales a los individuos prominentes, para demostrar
valor y aptitud para dirigir, ganando así prestigio y autoridad. De esta manera,
se convirtió en un factor decisivo y coadyuvante para la aparición de caudillos
investidos con un poder temporal efectivo y, por último, de monarcas.
Finalmente, la guerra ayudó a hacer un gran descubrimiento: que el hombre podía
ser domesticado, al igual que los animales. En lugar de matar al enemigo
derrotado, éste podía ser reducido a la esclavitud; como recompensa a la gracia
de su vida, se le podía obligar a desempeñar
un trabajo.
La importancia
de este descubrimiento
ha sido comparada con la que
tuvo la domesticación de los animales. En todo caso,
en la época histórica
primitiva, la esclavitud constituyo una de
las bases de
la industria antigua
y un
instrumento poderoso para
la acumulación de capital. En
algunos de los más antiguos documentos de Mesopotamia, adornados con figuras (en
los sellos), se tienen representaciones
de cautivos
atados, las
cuales son
tan antiguas
como las escenas de batallas.
Con todo,
la guerra no fue necesariamente la única fuente para proveerse de esclavos. Los
miembros más pobres o débiles de la comunidad se podían someter a la servidumbre
de los miembros más prósperos, a
cambio de
obtener sustento
o protección.
Los exiliados
de otras comunidades
podían ser
aceptados en
las mismas
condiciones. A comunidades
enteras de refugiados, que llegaban huyendo de la sequía, se les podía
permitir que se establecieran
en los
valles y en
los oasis, a cambio de tributos o de prestación de servicios; los “hijos
de Israel” no fueron la única tribu asiática que encontró refugio en Egipto en
tales condiciones, de acuerdo con los testimonios arqueológicos contemporáneos.
El reclutamiento de esclavos o siervos, por medios distintos a la captura, se
encuentra confirmado entre diversos pueblos bárbaros y salvajes de la época
moderna, y está sugerido en textos escritos bastante antiguos. La guerra y el
hambre eran, igualmente, agentes potenciales de reclutamiento de fuerza de
trabajo, que estaba a disposición de las ciudades, después de la segunda
revolución. Las grandes obras públicas emprendidas entonces y la variedad de
oficios practicados, ocupaban a una multitud de trabajadores. La situación de
éstos es difícil de determinar. No
sabemos cuántos de ellos trabajaban “libremente” obteniendo un salario como
remuneración, o puramente por piedad, o como conscriptos, en cumplimiento de
obligaciones acostumbradas para con la comunidad o, finalmente, como esclavos,
como propiedades absolutas de un individuo, de un templo o de un Estado.
Todo lo
que sabemos
acerca de
la época primitiva
es que
cada trabajador tenía que ser alimentado de alguna manera y sustentado
por el sobrante reunido por los productores primarios.
Enfrentadas a los posibles esclavos, tenemos que reconocer la existencia de
clases privilegiadas; es decir, de caudillos y reyes. Los egipcios mantuvieron
explícitamente las tradiciones de las dinastías independientes que gobernaron el
Alto y el Bajo Egipto, antes de la unificación del territorio bajo un solo
soberano, el primer faraón, Menes,
quien fue originalmente rey del Alto Egipto. Esta unificación parece haber
coincidido con la realización de la segunda revolución en Egipto. En tal
caso, debemos
admitir la
existencia de reyes
en
Egipto, antes de la revolución. Tal
vez, debemos extraer la misma conclusión de las tradiciones sumerias relativas a
las dinastías que gobernaron “antes del Diluvio”, de cualquier tipo que hayan
sido. En todo caso, debe haberse abierto un camino hacia el poder real, antes de
que se iniciara la vida urbana. La conquista no fue la única senda hacia el
trono; el éxito económico y, más que nada, el prestigio mágico- religioso,
pueden haber llevado a esta gloria. El hechicero debe haber sido el primer
artesano independiente, el primer miembro de la comunidad que tuvo derecho a
participar de los productos excedentes de la tarea colectiva de hacerse con
alimentos, sin contribuir a ella con su actividad física. Pero, la varita mágica es un
embrión del cetro, y los reyes
históricos aún conservan muchos rasgos de su oficio mágico.
La
primera revolución no abolió la magia. Por el contrario, la fortaleció. El
hombre, como hemos insistido antes, seguía dependiendo de los cambios
incalculables de la lluvia, las inundaciones y la luz del sol; seguía expuesto a
los desastres causados por la sequía, los terremotos, las granizadas y otras
catástrofes naturales, pero imprevisibles. Se veía obligado a controlar las
fuerzas benéficas y a evitar las potencias perniciosas, por medio de ritos,
hechizos y encantamientos. Cualquiera que pudiera proclamar con éxito el control
de los elementos, a través de su magia, adquiría, desde luego,
prestigio y autoridad inmensos. Es innecesario mostrar en detalle las
enormes oportunidades de engrandecimiento, por medio de supuestas proezas
mágicas, que se presentaban en las sociedades antiguas;
pero consideramos acertado cerrar
el capítulo
haciendo referencia
a un gran descubrimiento: el
calendario solar, el cual, además de ser una teoría, se constituyó en una de las
fuentes del poder real en Egipto.
La
agricultura en el valle del Nilo depende enteramente de la crecida anual del
río; su llegada es la señal para iniciar todo el ciclo de las operaciones
agrícolas. La predicción exacta del día de su llegada y la advertencia a los
campesinos para que se prepararan, era, y sigue siendo, una gran ventaja para la
población del valle. Al mismo tiempo, debe haber parecido una prueba de alguna
especie de conocimiento y poder sobrenaturales; la distinción entre la
predicción y el control, es una cosa demasiado sutil para las personas simples.
Además, la predicción se
podía hacer,
en realidad,
con una precisión
considerable. La avenida se produce en función del movimiento anual de la
tierra alrededor del
sol; en
rigor, depende
del monzón
suroeste que
se disuelve en las montañas de Abisinia, Normalmente, llega a un
lugar determinado, en el mismo punto de la trayectoria recorrida por la tierra
alrededor del sol; es
decir, el
mismo día
de cada
año solar.
Por lo
tanto, todo lo que se necesita para poder hacer la predicción es conocer
la duración del año solar y calcular este año, tomando como punto de partida una
suerte de estadística de crecidas ya observadas.
Ahora
bien, los pueblos más simples que solo han contado con alguna especie de
calendario, lo han computado por meses lunares, y no por años solares; y tenemos
testimonio de que los egipcios no constituían excepción a esta regla. No hay un
número fijo de meses lunares (lunaciones) que corresponda exactamente a un año
solar. Para poder predecir la crecida, los egipcios tuvieron que determinar, en
consecuencia, la duración del año solar en días e inventar un calendario
artificial para conciliar el año lunar con el año solar. Pues bien, las
observaciones registradas durante un período de cincuenta años, deben haber sido
suficientes para demostrar que el intervalo medio entre las crecientes era, muy
aproximadamente, de 365 días. Sobre
esta base, se introdujo un calendario
oficial, muy
probablemente en la época de la unificación de Egipto bajo el gobierno de
Menes, en el cual el año de 365 días
quedó dividido en diez meses, de treinta y seis días cada uno, con un período
adicional de cinco días que se intercalaba al final del año. Es difícil entender
cómo se pudo obtener este resultado sin llevar registros escritos; pero, el
hecho es que representa el primer triunfo de la astronomía matemática y la
primera justificación de la pretensión científica de predecir. Pero, por
supuesto, hubo un error en el cómputo, de unas seis horas, y la acumulación de
este error hizo que, con el tiempo, el calendario resultara enteramente
anacrónico respecto a las estaciones reales y fuera inútil como guía para la
realización de los trabajos agrícolas de los campesinos. El día de Año Nuevo
coincidía originalmente con la llegada de la avenida; pero, después de un siglo,
ésta no podía ser esperada sino hasta el
25° día
del primer
mes. Los
funcionarios reales descubrieron
la manera de corregir este
error, observando la trayectoria aparente de la estrella Sirio
(llamada Sothis,
por los
egipcios), la
cual, en
la latitud
de El Cairo, es la última estrella que aparece en el horizonte, antes
de que la aurora
oculte a
todas las
estrellas, en la
época de
la crecida.
Entonces, utilizaron sus
observaciones sobre la
“ascensión helíaca” de
Sirio, para dar
la señal
del comienzo
de las operaciones agrícolas;
pero, en
ese momento, era demasiado tarde para reformar el calendario oficial –la
reforma requerida hubiera despertado la misma oposición, aunque naturalmente
mucho más enconada, que ha frustrado todas las tentativas de hacer fija la fecha
de la pascua florida–. Así, se tuvo que mantener el viejo calendario oficial, a
pesar de que los egipcios consideraban como ciclos de Sothis a los períodos de
1461 años en que el día oficial de Año Nuevo coincidía realmente con la
ascensión helíaca de Sirio.

Fig.
8. Mapa
esquemático de las
cunas de
la
civilización.
Los reyes históricos de Egipto, lo mismo que en
Babilonia y en todas partes, estuvieron conectados íntimamente con la regulación
del calendario. Se ha sugerido que ellos debieron su autoridad, por lo menos en
parte, a esta primera aplicación de la predicción científica, al establecimiento
del calendario. Aún más, los faraones pueden haber mantenido en secreto el
descubrimiento posterior de la utilidad de la ascensión helíaca de Sirio, como
señal de la proximidad de la avenida, para explotarla en beneficio de su propio
prestigio. Este conocimiento permitió al faraón predecir a los fellahin la
llegada de la avenida, afirmando, de esta manera, sus poderes mágicos de control
sobre las estaciones y las cosechas. Esta es, tal vez, una especulación sutil.
La determinación del año solar y la creación de un calendario solar dependiente
de esta
medida, constituyen hechos históricos
de la
mayor importancia para la historia de la ciencia. Y, según se admite
general- mente, los egipcios fueron los padres de todos los calendarios solares
del Viejo Mundo, incluyendo el empleado ahora.
Capítulo
VII
Hacia el
año 4.000 a.C., la enorme comarca de tierras semi-áridas que bordea el
Mediterráneo oriental y se extiende basta la India, se encontraba poblada por un
gran número de comunidades. Entre ellas, debemos
imaginar que
existía una
diversidad de
economías, adecuadas a la
variedad de condiciones locales; comprendiendo cazadores y pescadores,
agricultores de azada, pastores nómadas y agricultores sedentarios. A
su alrededor, podemos añadir otras tribus dispersas en la inmensidad del
desierto. Entre todas estas comunidades, se había aumentado el capital cultural
del hombre, con los descubrimientos e invenciones señalados en el capítulo
anterior. Habían acumulado laboriosamente un conjunto importante de
conocimientos científicos –topográficos, geológicos, astronómicos, químicos,
zoológicos y botánicos– de saber y destreza prácticos, aplicables a la
agricultura, la mecánica, la metalurgia y la arquitectura, y de creencias
mágicas que también eran consagradas como verdades científicas. Como resultado
del comercio y de las migraciones de pueblos que hemos indicado, la ciencia,
las técnicas
y las
creencias se
habían propagado con amplitud; el
conocimiento y la destreza eran aprovechados. Al propio tiempo, se venía
quebrantando la exclusividad de los grupos locales, se relajaba la rigidez de
las instituciones
sociales y
se sacrificaba la
independencia económica de las comunidades autosuficientes.
Este
desarrollo
avanzaba
con
mayor
rapidez
en
las
grandes
depresiones
de los
ríos, en el valle del Nilo, en las grandes llanuras de aluvión comprendidas
entre el
Tigris y el Eufrates, y
en las que bordean
el Indo y sus afluentes, en las regiones de Sind y Penjab. En
ellas, una dotación generosa e infalible de agua y un suelo fértil renovado cada
año por las avenidas, aseguraba un abastecimiento superabundante
de alimentos y permitía el crecimiento de la población. Por otra parte,
tanto el drenaje original de los pantanos y cañaverales que crecían junto a los
ríos, como la subsecuente conservación de los vados y de los diques de
protección, imponían exigencias excepcionalmente pesadas, requiriendo un
esfuerzo continuo y disciplinado de las comunidades que disfrutaban de estas
ventajas. Como lo explicamos más arriba, la irrigación puso en manos de las
comunidades un medio eficaz para fortalecer la disciplina.
A pesar
de su abundancia de alimentos, los valles de aluvión son extraordinariamente
pobres en otras materias primas fundamentales para la vida civilizada. El valle
del Nilo carecía de madera para construcción, de piedra suelta, de minerales y
de piedras preciosas. Sumer se encontraba en condiciones todavía peores. La
única madera nativa era la suministrada por las palmeras datileras, las canteras
de piedra para construcción estaban más alejadas y eran menos accesibles que en
Egipto; no sólo faltaban yacimientos de cobre, sino que el mismo pedernal, del
cual había una excelente provisión en los farallones del Nilo. era igualmente difícil
de obtener.
En realidad,
en las llanuras
de aluvión y
en los
pantanos, hasta las
lajas duras,
apropiadas para fabricar hachas, eran cosa rara. Desde un principio, los
sumerios tuvieron que importar obsidiana armenia u otras piedras exóticas, para
tallar instrumentos. El Sind y el Penjab sufrían de la misma escasez de materias
primas esenciales, como Sumer.
En las
extensas llanuras de aluvión y en los terrenos llanos de las riberas, la
necesidad de realizar grandes obras públicas para drenar y regar la tierra y
proteger los poblados, hizo que la organización social tendiera a consolidarse y
el sistema económico a centralizarse. Al mismo
tiempo, los
habitantes de
Egipto, Sumer
y la
cuenca del
Indo, se vieron obligados a
organizar algún sistema regular de comercio o de trueque, para asegurarse el
abastecimiento de materias primas esenciales. La fertilidad de las tierras dio a
sus habitantes los medios de satisfacer su necesidad de importaciones. Pero,
tuvieron que sacrificar
su autosuficiencia
económica
y
crear
una
estructura
económica completamente nueva.
El
excedente de productos domésticos no sólo debió ser suficiente para intercambiarlo por materiales exóticos; también debió servir
para sostener un cuerpo de comerciantes y de trabajadores de los transportes,
encargados de obtenerlos, y un cuerpo de artesanos especializados para trabajar
las preciosas importaciones con mejor provecho.
Pronto se
hicieron necesarios
los soldados
para proteger
por la fuerza los convoyes y la retaguardia de los comerciantes, los
escribas para llevar registro de las transacciones cada vez más numerosas y
complicadas y los funcionarios del Estado para conciliar los intereses en
conflicto.
Así,
hacia el año 3.000 a.C., el cuadro arqueológico de Egipto, Mesopotamia y el
valle del Indo, ya no concentra la atención sobre las comunidades
de simples
agricultores, sino
en Estados
que comprenden varias
profesiones y clases. El primer plano está ocupado por sacerdotes, príncipes,
escribas y funcionarios, y por un ejército de artesanos especializados, soldados
profesionales y trabajadores de diversos oficios, todos ellos apartados de la
ocupación primaria de producir los alimentos. Loa objetos más notables que se
desentierran ahora ya no son instrumentos para la agricultura y la cacería u
otros productos de la industria doméstica, sino ornamentos de los templos,
armas, vasijas hechas a torno, joyas y otros objetos producidos en
gran escala por expertos artesanos. Como monumentos, en vez de chozas y
caseríos, tenemos tumbas grandiosas, templos, palacios y talleres. Y,
en ellos, encontramos toda suerte de substancias exóticas, no como
rarezas, sino como cosas importadas regularmente y utilizadas en la vida
cotidiana.
Obviamente, el cambio en el material arqueológico refleja una transformación en
la economía que produjo el material. También es obvio
que la
transformación debió
estar acompañada
por el
crecimiento de la población.
Los sacerdotes,
funcionarios, mercaderes, artesanos
y soldados, representan nuevas clases que, como tales, no podían
encontrar su subsistencia en una comunidad autosuficiente de productores de
alimentos, ni aun en una partida de cazadores. La sola evidencia arqueológica es
suficiente para confirmar esto. Las nuevas ciudades ocupan más espacio y tienen
capacidad para una población más densa que los poblados agrícolas absorbidos por
ellas o que siguen subsistiendo a su lado. Mohenjodaro, en Sind, por ejemplo, se
extendía sobre una milla cuadrada de superficie, y estaba formada por una
estrecha aglomeración de casas de dos pisos, dispuestas pulcramente a lo largo
de amplias calles o de estrechos callejones. A más de esto, los cementerios
urbanos testimonian no sólo un incremento de la riqueza, sino también la
multiplicación de la población. En el
Nilo, no encontramos únicamente aldeas sepulcrales que se remontan a la época
prehistórica, sino también grandes cementerios con tumbas monumentales
reservadas a las personas reales y a los funcionarios. El llamado “cementerio
real” de Ur probablemente fue utilizado solamente por una parte de la
corporación urbana y, de acuerdo con
la estimación más amplia, durante menos de tres siglos la mayor parte de los
investigadores autorizados reducen esta cifra a la mitad). No obstante,
comprende más de 700 entierros, todavía reconocibles en el momento de su
descubrimiento; número superior con mucho al de los que se han hallado en
cualquier cementerio puramente prehistórico.
La
conversión de la producción autosuficiente de alimentos a una economía basada
también en la manufactura especializada y en el comercio exterior, promovió, en
consecuencia, un notable crecimiento de la población. Tuvo un efecto tal sobre
la estadística demográfica, como para merecer el título de revolución, en el
sentido en que la definimos en el comienzo.
En el
dominio económico, los resultados de la secunda revolución en Egipto,
Mesopotamia y la India, fueron semejantes, pero sólo de un modo abstracto, Sus
resultados concretos fueron notablemente diferentes en cada una de estas
regiones. Los detalles de la estructura económica
y de
los sistemas
políticos y
religiosos que se apoyan
sobre ella, divergen en forma notable. Esta divergencia se extiende hasta
los objetos arqueológicos más simples. En cada región, los forjadores trabajaban
las mismas substancias químicas, valiéndose de procedimientos simples análogos,
para fabricar instrumentos y armas destinadas a satisfacer necesidades humanas
comunes. Pero, sus productos –hachas, cuchillos, dagas y puntas de lanza– asumen formas enteramente distintas en el Nilo, en el Éufrates y en el
Indo. No es menor el contraste entre la cerámica hindú, sumeria y egipcia, a
pesar de que el oficio de alfarero fue común a las tres regiones. Parecidos
contrastes pueden descubrirse en todos los aspectos de la actividad humana. Por
lo tanto, una explicación abstracta de la revolución en general no puede
sustituir a la descripción de su desarrollo en las diversas regiones.
En
Mesopotamia, el arqueólogo puede observar las diversas fases de la revolución,
en varios sitios diferentes del sur, en Sumer, Eridu, Ur, Erech, Lagash, Larsa y
Shuruppak; las etapas posteriores también pueden observarse en el norte, en
Akkad, Kish, Jemdet Nasr, Opis, Eshnunna y Mari. En Sumer, en todos los sitios,
los sistemas económicos no sólo son similares desde el principio hasta el fin,
sino que son idénticos; y, en último término, se demuestra que esta identidad
se fundaba
en la
comunidad de
lengua, religión
y organización social.
Los acontecimientos
revelados por las
excavaciones hechas
en Erech deben tomarse, por lo tanto,
como ilustrativos de lo que ocurrió en otros sitios.
Erech fue
primero un poblado de agricultores neolíticos. El derrumbe y la renovación
sucesiva del poblado, en la forma descrita más arriba, formó gradualmente un
montículo o tell, el cual se elevó lentamente sobre el nivel del terreno
cenagoso. Los primeros quince metros de esta colina artificial están formados,
por entero, con las ruinas de chozas de carrizo o de casas de adobe. Las simples
reliquias que allí se han encontrado ilustran el progreso sintetizado en el
capítulo anterior; tal como el empleo creciente del metal, la introducción del
torno de alfarería y otras cosas semejantes. El poblado fue creciendo en
magnitud y en riqueza, pero siguió siendo un poblado.
Después,
en sustitución de los muros y fogones de chozas modestas, aparecen los cimientos
de construcciones verdaderamente monumentales –de un templo o de un grupo de
templos–. Y, cercada por otras alturas. Una colina artificial, el prototipo del
“zigurat”, o torre escalonada, el cual era parte indispensable de un templo
sumerio histórico. Este primer zigurat está enteramente construido con terrones
de barro formados a mano y unidos con capas de betún. Aun así, se elevaba más de
diez metros sobre la superficie del suelo –el nivel de las calles del poblado
actual– y medía en su cúspide más de 800 m.2 Las pronunciadas laderas
tenían el relieve de los contrafuertes, alternados con nichos, y estaban
adornadas y consolidadas con millares de pequeñas copas de arcilla cocida. Éstas
eran colocadas unas al lado de otras en hileras cerradas, dentro del barro del
zigurat, cuando todavía estaba húmedo. Servían para consolidar las caras al
secarse y, luego, formaban dibujos decorativos de hoyuelos redondos, cuando se
terminaba el monumento.
En la
cumbre del montículo estaba ubicada una capilla pequeña, con muros de adobe
Encalados y una escalera por la cual pudiera descender la deidad del cielo. Al
pie de la colina había otros templos más imponentes.
La
erección de la colina artificial y de los templos; la extracción y el transporte
de los materiales, y la fabricación de millares de copas y adobes, requería un
conjunto, grande y disciplinado, de trabajadores y artesanos. Como éstos no
tomaban parte activa en la producción de alimentos,
tenían que
ser mantenidos, o recibir
algún pago,
de
algún depósito común de
alimentos excedentes.
¿De quién
era este
depósito? Es de presumir que ya estaba controlado por el poder,
diciéndose, tal vez, que pertenecía a la “deidad”, a cuyo honor y gloria estaba
dedicada la construcción. La fertilidad del suelo y las piadosas supersticiones
de sus cultivadores, deben haber aportado riquezas a
su divino señor, por lo menos en productos alimenticios excedentes.
Pero, la
erección de un monumento semejante, no sólo requirió trabajadores y alimentos.
Todo fue
planeado cuidadosamente:
la colina artificial tiene sus
cuatro esquinas orientadas hacia los puntos cardinales. Para ello, se necesitó
de una fuerza dirigente centralizada. Siendo el dios una proyección ficticia de
la voluntad comunal, esta fuerza tenía que ser suministrada por sus servidores.
Naturalmente, el dios imaginario encontraba bastantes representantes e
intérpretes dispuestos a administrar y a ensanchar sus posesiones territoriales,
a cambio de una modesta participación en sus ingresos. Los magos y hechiceros,
cuya existencia hemos supuesto en los poblados
neolíticos, han llegado a constituir una corporación sacerdotal,
santificada con la autoridad divina y emancipada de cualquier trabajo mundano en
la agricultura o en la ganadería. Los sacerdotes interpretan la voluntad divina
para las masas trabajadoras, o, dicho en otras palabras, embrollan las
ceremonias mágicas, por medio de las cuales la sociedad cree obligar a las
fuerzas naturales, convirtiéndolas en ritos cada vez más complicados para
conciliar la potencia que ellos personifican ahora. Y es en este proceso de
invención donde son revelados los planos de los templos, tal como los reyes
históricos relatan que se les ha revelado en sueños el plano de un templo.
Entonces,
podemos suponer que, como en el período histórico más primitivo, a este primer
templo corresponde ya una corporación de sacerdotes. Por analogía con las
constancias de los documentos escritos,
estos
sacerdotes
también
deben
haber
sido
los
administradores del tesoro
divino. Ahora bien, la administración de los ricos tesoros del templo impone una
nueva tarea a las personas que se ocupan de ella. Los documentos escritos
pondrán pronto al descubierto en qué consistía esta tarea: se hizo necesario
inventar alguna manera de registrar las diversas ofrendas recibidas y el modo
cómo se utilizaban, por temor de que la deidad pidiera cuentas a
sus sacerdotes acerca de la
administración. Y, en efecto, en las excavaciones de la capilla del zigurat se
encontró una tablilla en la cual se conserva la impresión de un
sello y
las huellas de
algunas cifras numéricas. Se
trata de la
tablilla de cuentas más antigua del mundo, precursora inmediata de una
larga serie de cuentas halladas en los templos sumerios.
De este
modo, el primer templo de Erech revela la existencia de una comunidad, elevada
al rango de ciudad, teniendo a su disposición un excedente de riqueza real,
acumulada en manos de una deidad y administrada
por una
corporación sacerdotal. Su existencia
implica una fuerza organizada
de trabajadores, industrias especializadas y algún sistema rudimentario de
comercio y transportes. Es en este momento crucial cuando surgen los rudimentos
del cálculo y aun de la escritura. Desde luego, Erech no se encontraba aislada;
en las minas de las otras grandes ciudades sumerias se han encontrado reliquias de la
misma etapa cultural y de una
antigüedad absolutamente semejante.
A partir de entonces, el desarrollo de la civilización urbana puede
seguirse continuamente hasta el momento en que la plena luz de la historia
escrita irrumpe en su interior. Su curso comprende la acumulación de riqueza, el
mejoramiento de la habilidad técnica, la creciente especialización del trabajo y
la dilatación del comercio.
El templo
de Erech sufrió averías y fue reconstruido, por lo menos, cuatro veces. En cada
ocasión, el templo se hacía más grande que el anterior. Las copas incrustadas en
los muros del primer zigurat, fueron substituidas por conos de arcilla cocida,
cuyos extremos estaban pintados de negro, rojo y blanco. Estos conos incrustados
forman dibujos en mosaico sobre los muros de adobe. Al iniciarse la época
histórica, el mosaico de conos de arcilla es substituido por nácar y cornerina
embutidos en betún negro. En un principio, el interior de los muros del
santuario estaba decorado con figuras de animales modeladas en arcilla. Luego,
fueron substituidas por frisos de platos decorativos labrados en piedra o en
concha y montados en betún. En la
aurora de la historia, las figuras modeladas en arcilla son
substituidas por grupos de animales de grandes dimensiones, hechos en
cobre colado o batido, y colocados sobre un fondo de betún.
La etapa
representada por la tercera fase principal de reconstrucción en Erech, se
reconoce igualmente en Akkad (al norte de Babilonia), particularmente en Jaradet
Nasr. Para esta época, el aumento de la riqueza, el conocimiento más profundo de
la química y la geología aplicadas, y un comercio más regular y extendido, se
muestran en la importación y
el empleo
de plomo,
plata y
lapislázuli. El desarrollo de la destreza
técnica se señala en la fabricación de artículos de pasta vidriada
y de
carros ligeros
de guerra.
Los símbolos
son principalmente retratos
–aun cuando incluyen también signos convencionales, cuya semejanza con objetos
concretos es difícilmente reconocible–, pero, deben haber tenido ya una
significación convencional. Hay diversos signos numéricos para las unidades, las
decenas y las centenas, o bien las
unidades sexagesimales. En
las tablillas ya aparecen
fórmulas simples de aritmética –por ejemplo, se tiene la fórmula para
hallar la superficie de un terreno, por el producto de dos lados adyacentes.
El
incremento en las
rentas del dios,
con el consiguiente aumento en
la complejidad de las
cuentas, deben
haber obligado
a los administradores sacerdotales a inventar sistemas de escritura y
de notación numérica, que resultaran inteligibles para sus colegas y sucesores,
dentro de la corporación permanente
de los
funcionarios del templo.
Para simplificar y abreviar
sus labores, tuvieron que descubrir y formular reglas para calcular y “leyes” de
geometría.
En la
fase siguiente, bastante después del año 3.000 a.C., el “cementerio real” de Ur
ilustra brillantemente la culminación de este proceso. Los orfebres pueden hacer
hilos y soldar, produciendo cadenas delicadas y elaborados ornamentos, en
trabajos de granalla y de filigrana. El artífice del cobre es maestro en el
martilleo y en el colado, y, probablemente, emplea el procedimiento de la
cera perdida. Así, puede suministrar a los otros artesanos una variedad de
instrumentos delicados y especializados –hachas, azuelas, cinceles, gubias,
taladros, cuchillos, sierras, clavos, grapas, agujas y otras cosas–. Los joyeros
podían taladrar ahora las piedras más duras y tallarlas
para hacer
sellos. Los
escultores comenzaron a cincelar
copas y estatuillas de piedra caliza y aun de basalto. El carpintero pudo
construir barcas, carros y lechos, lo mismo que arpas y liras. Naturalmente,
existen músicos profesionales para tocar los instrumentos; y tienen
efectivamente asignados sus lugares, al lado de sus señores reales.
Todo este
lujo y refinamiento significa algo más que la acumulación de la riqueza y la
intensificación de la especialización. Se funda en el enriquecimiento del saber
artesano y en nuevos descubrimientos de ciencia aplicada. Los finos vaciados de
los forjadores sumerios no hubieran
podido
lograrse
con
cobre
puro.
Difícilmente
serían
concebibles si
no se hubiera
descubierto la aleación
de cobre
y estaño
a la
cual damos
el nombre de
bronce y,
en realidad,
el análisis
ha demostrado
el empleo de esta aleación. Sin embargo, no por ello se debe atribuir a
los sumerios ese descubrimiento; por esa misma fecha, el bronce era usado
también en la India. Presumiblemente, empezó como una aleación accidental,
resultante de la fusión de un mineral de cobre que contuviera estaño, como
impureza natural, o de la mezcla casual de minerales de cobre y de estaño. Pero,
sólo una industria urbana que utilizara “cobre” proveniente de diversas fuentes,
pudo descubrir por comparación la superioridad del “cobre” de una región o de un
yacimiento. Tal observación debe haber
sido el primer paso para llegar a aislar la impureza causante de tal
superioridad, para poder preparar después la aleación en forma deliberada. El
bronce únicamente se pudo descubrir por medio de la comparación y de la
experimentación deliberadas.
Otra
prueba de experimentación la tenemos en una pequeña daga de hierro,
perteneciente al mismo período. No está hecha de hierro meteórico o telúrico
natural, sino de metal reducido de un mineral. Debe haber sido el resultado de
un experimento aislado, y no hay prueba de que el descubrimiento fuera seguido
después. No fue sino hacia el año 1.300 a.C. cuando el hierro se empleó
industrialmente de un modo regular; y no sólo en Mesopotamia, sino en toda Asia
Menor. Otro descubrimiento de la misma época fue el del vidrio transparente. Las
piedras vidriadas y
la loza esmaltada ya habían sido
conocidas por los egipcios
prehistóricos, y el arte de su manufactura fue introducido en Mesopotamia antes
del año 3000 a.C. Un poco después de esta fecha, tenemos ejemplares de vidrio
transparente. Debemos considerarlo como un descubrimiento sumerio, resultante de
los experimentos hechos con otros vidrios, y dependiente de las propiedades de
los silicatos alcalinos.
El empleo
de una variedad tan amplia de substancias importadas, extrañas a las
tierras de
aluvión, implica
el hecho de
que las
relaciones comerciales, apuntadas en época más primitiva, se habían
extendido y eran más regulares. Parte del cobre provenía de Omán, al sur del
Golfo Pérsico. La plata y el plomo eran traídos, probablemente, de las
montañas del
Tauro, en
Asia Menor; ya que existen testimonios de
que esta región se convirtió en un gran centro exportador, poco después
del año 2.500 a.C. Las grandes conchas eran extraídas del Golfo Pérsico
y del
Mar de
Omán. La
madera se
obtenía de
las
montañas que recogen las lluvias: de
Zagros o, tal vez, del Líbano o de la costa mediterránea. Se cree que el
lapislázuli era traído desde Afganistán.
El
comercio no se limitó a las materias primas. En Egipto y la India, ya se había
consumado la segunda revolución; las ciudades de Sumer mantenían relaciones
comerciales con las del Nilo y el Indo. Las mercancías fabricadas por las
industrias especializadas de un centro urbano, eran vendidas en los bazares de
otro. En varias ciudades mesopotámicas se han hallado algunos sellos, cuentas y
hasta vasijas cuyas características no son sumerias; pero que, por lo demás,
eran comunes en
las ciudades
contemporáneas del
Sind y
del Penjab.
Estos objetos constituyen una prueba concluyente del comercio
internacional que enlazaba al Tigris con el Indo, salvando una distancia de
cerca de 2.000 km. Nos señalan la existencia de caravanas que cruzaban
regularmente la desmesurada distancia y los desiertos salados que separan ambos
valles, o bien, de flotas de embarcaciones que navegaban siguiendo el árido
litoral del Mar de Omán, entre las desembocaduras de los dos ríos.
Ahora
bien, en el Oriente, esta clase de comercio no consiste, ni ha podido consistir
nunca, en el mero transporte de los fardos de mercancías, de un lugar a otro. En
las estaciones terminales y en las de tránsito, las caravanas y los barcos
mercantes deben haber hecho escalas prolongadas. Los representantes del país
exportador, probablemente colonos, deben haber recibido las mercancías en el
lugar de su destino y preparado cargas para el viaje de regreso, entreteniendo a
los viajantes mientras tanto. Del mismo modo que existen colonias permanentes de
comerciantes británicos en Oporto, Estambul y Shanghai, debemos imaginar
colonias de mercaderes hindúes establecidas en Ur y en Kish. En tales
condiciones, el comercio
es verdaderamente
un medio
de intercambio,
una cadena
por la cual se pueden propagar las ideas en una escala internacional.
Además,
las
caravanas
no
sólo
transportaban
mercancías
–realizaciones concretas
de
las
nuevas
invenciones–,
sino
también
hombres
–artesanos
e
inventores–. En el Oriente, el trabajador experto es, por tradición,
extraordinariamente móvil.
Los artesanos
gravitan alrededor
de centros en los cuales pueden
practicar provechosamente su destreza. Y esto debe haber ocurrido así desde la
antigüedad. La nueva clase de hábiles artesanos, creada por la segunda
revolución, se había liberado de las
tareas de
la producción
primaria de
alimentos y,
por consiguiente, del apego al
suelo. Tal vez, se había liberado al mismo tiempo de los vínculos tribales, sin
adherirse con firmeza a los Estados locales nacientes. Así, los artesanos podían
ir a cualquier parte en donde se les ofreciera ocupación conveniente. O bien,
cuando se trataba de esclavos, eran enviados como mercancías a donde su destreza
hacía que se pagara el precio más alto por sus personas. En todo caso, este
movimiento explica la rápida propagación de los procedimientos técnicos.
Tales
fueron las etapas de la segunda revolución en Mesopotamia, y esas fueron sus
consecuencias industriales y económicas para la cultura material del hombre. Las
diversas etapas son, indudablemente, momentos de un proceso orgánico de
acumulación económica y de avance
científico y
técnico. Sin
embargo, esta
continuidad no
se aplica, necesariamente, a
los dominios etnológico y político. En rigor, existen indicaciones de que esta
acumulación y este avance fueron interrumpidos
o acelerados, por el
advenimiento de nuevos
pueblos, tal vez en la forma de
conquistas o invasiones.
Así, por
ejemplo, cambiaron los ritos funerarios. Los agricultores neolíticos eran
enterrados, generalmente, tendidos, descansando por completo sobre sus espaldas.
En la fase cultural (representada en Jemdet Nasr), los muertos eran enterrados
en cuclillas, con la barba descansando encima de las rodillas; en el cementerio
real de Ur, los esqueletos se hallan encorvados, en actitud de dormir, mientras
que algunos personajes, supuestamente reales, descansan en tumbas monumentales,
rodeados de víctimas humanas, sacrificadas en sus funerales. Algunos cambios
arquitectónicos también parecen indicar algo más que nuevos progresos técnicos.
El segundo conjunto de templos en Erech se apoya en cimientos formados por
bloques de piedra caliza, material que parece ser exótico en las llanuras de
aluvión. En el siguiente grupo se abandonó la piedra, utilizándose en
su lugar ladrillos planos cocidos en horno. En cambio, el último grupo de
templos, al igual que todos los monumentos de la época, está construido con
absurdos ladrillos plano-convexos, o
sea, planos por un lado y en forma de almohadilla por el otro. Se considera
que los nuevos recursos
arquitectónicos representan estilos extranjeros, introducidos en Sumer por
algunos invasores. Los sellos dan indicios ciertos de guerras y batallas. Por
último, cuando los testimonios escritos
se tornan
explícitos, nos encontramos
a Babilonia ocupada
por dos grupos lingüísticos distintos: una parte de sus
habitantes habla un dialecto semítico
–el acadio–
conectado con el
hebreo y
el árabe, pero,
radicalmente diferente del sumerio.
No es
posible determinar con precisión la naturaleza y los efectos de las
perturbaciones étnicas y raciales, más bien problemáticas. Con certeza, ellas no
interrumpieron seriamente la continuidad de la cultura material. Por su parte,
los dioses y sus templos sobrevivieron a las crisis; las corporaciones
sacerdotales conservaron su identidad, independientemente de lo que ocurriera a
las otras estructuras sociales. Y esto ha sido cierto también para toda la
historia subsecuente. Las
relaciones escritas de
Babilonia describen
frecuentes cambios de dinastía y conquistas repetidas por parte de
invasores extranjeros. En estas catástrofes, los templos podían ser saqueados y
destruidos; pero, generalmente, el nuevo rey, o el conquistador victorioso,
mostraba justamente su piedad y su poder, reconstruyendo
y enriqueciendo con nuevas rentas al templo de la ciudad. Todavía en el
año 323 a.C., Alejandro de Macedonia selló su conquista del Asia con la
reconstrucción de Esagila, el gran templo de Babilonia. La reconstrucción
repetida de los templos prehistóricos en Erech y en otras ciudades, constituye
un testimonio concreto de esa misma continuidad de las corporaciones religiosas,
con sus tradiciones culturales inquebrantables, que la historia atestigua
inequívocamente después.
A medida que
las corporaciones
sacerdotales continuaron
aumentando sus riquezas, a través de todas las vicisitudes, se hizo cada vez más
pesada la tarea de administrar los crecientes ingresos. Los administradores
tuvieron que inventar medios todavía mejores para registrar sus complicadas
transacciones comerciales. Por último, llegaron a crear un sistema de escritura
que no sólo pudieron leer sus colegas y sucesores inmediatos, sino también los
investigadores modernos. En la época del cuarto conjunto de templos de Erech,
surgen los primeros documentos escritos descifrables, para complementar las
inferencias de la arqueología prehistórica.
Poco
después del año 3000 a.C., los primeros textos escritos nos proporcionan un
cuadro de la organización social y económica de Sumer y Akkad. El territorio
estaba dividido entre quince o veinte ciudades-estados, cada una de ellas
autónoma desde el punto de vista
político, pero
disfrutando todas
de una
cultura material
común,
lo mismo que de una religión y un lenguaje también comunes, y
siendo económicamente interdependientes en gran medida. El centro de cada una de
estas ciudades lo constituía el templo sagrado, o sea, la ciudadela, que
contenía los templos del dios de la ciudad y de otras deidades. Si así nos
parece, podemos inferir que el dios es una personificación
de las
fuerzas mágicas;
las representaciones dramáticas de la muerte y la resurrección de la vegetación, de la
siembra y la cosecha, se deben haber ejecutado como ritos mágicos destinados a
lograr la germinación de las simientes. Con el tiempo, los actores que
simbolizaban el grano y su mágica fertilidad, deben haber sido considerados como
desempeñando el papel de una deidad que controlaba a las
fuerzas mágicas. La fuerza mágica
a la
cual el
hombre había tratado de obligar, debe haber sido personificada como un
dios, al cual se le debía servir y propiciar.
Antes del comienzo de la historia, la sociedad proyectó su voluntad
colectiva, sus temores y esperanzas generales, en esta persona ficticia, a la
cual veneraba como Señor de su territorio.
En todo
caso, cada dios tenía su morada terrena; el templo en la ciudad, una propiedad
territorial, servidores humanos, y la corporación sacerdotal. Los documentos
descifrables más antiguos
de Mesopotamia son, en efecto,
las cuentas llevadas por los sacerdotes acerca de los ingresos de los templos.
Por ellas se pone de manifiesto que el templo no sólo era el centro de la vida
religiosa de la ciudad, sino también el núcleo de la acumulación de capital. El
templo funcionaba como un gran banco;
el dios era el
principal capitalista
del territorio. Los archivos más
antiguos de
los templos registran
los préstamos
hechos por
el dios a los agricultores, en simientes o animales de labranza;
los campos concedidos a los arrendatarios, los salarios pagados a los
cerveceros, a los constructores de
embarcaciones, a los hilanderos y a otros empleados, y los adelantos hechos, en
grano o en metálico, a los comerciantes viajeros. El dios era el miembro más
rico de la comunidad. Su riqueza se encontraba a disposición de la comunidad, de
cuya piedad, en
rigor, provenía. Pero, la misma
piedad exigía que
el deudor no sólo debiera pagar lo prestado, sino que añadiera una
pequeña limosna
en agradecimiento.
Los ministros del dios
recordaban escrupulosamente,
sin duda,
las deudas
contraídas y hasta
estipulaban previamente lo que la decencia requería ofrecer como limosna.
Tales limosnas serían llamadas
réditos en
la actualidad y
es posible
que la tarifa del templo fuera
considerada como usuraria, por parte de los
impíos.
Este
sistema económico que hizo del dios un gran capitalista y terrateniente,
convirtiendo su templo en un banco urbano, se originó, evidentemente, en una
remota época prehistórica. La tablilla de yeso con figuras del primer templo de
Erech y las tablillas de Jemdet Nasr, con sus inscripciones, son, sin duda,
precursoras de las cuentas de templos que ahora podemos leer. En consecuencia,
estas últimas justifican la descripción del desarrollo económico de Sumer que
antes hemos inferido. Asimismo, servirán de base para el análisis de las
consecuencias científicas de la segunda revolución, que exponemos
en el capítulo siguiente.
Hacia el
año 3.000 a.C., ya había surgido en cada ciudad, junto con la deidad, un
potentado temporal. Se presentaba humildemente como “vicegerente” del dios, aun
cuando también se ostentaba como “rey”. Tal vez, había personificado
anteriormente al dios, en aquellos dramas sagrados que hemos imaginado
anteriormente como factores en la génesis de la deidad. En realidad, seguía
representando el papel del dios en algunos actos del drama. Pero se había
emancipado del destino del actor original –el ser enterrado en una tumba, tal
como se hace con la semilla–. Lo cierto es que usurpó una buena parte del poder
temporal del dios sobre los hombres. Desde los primeros documentos, aparece
oprimiendo a sus súbditos. En realidad, el
Estado había “surgido de la sociedad, colocándose por encima y
aparte de ella”.
Con todo,
el rey desempeñó ciertas funciones económicas esenciales en el desarrollo
de la
sociedad sumeria.
Se encontraba en posesión
del poder material de un gobernante civil y de un comandante militar. Uno
de los usos de este poder debe haber sido el de velar que “los antagonismos”
generados por la revolución, “las clases con intereses en conflicto, no se
consumieran a sí mismas y a la propia sociedad, en una lucha estéril”. Pero,
acerca de esto, las relaciones guardan
silencio. Lo que se menciona en ellas es el empleo del poder estatal para
complementar la obra de las “empresas privadas”, satisfaciendo las necesidades
económicas del país. Los primeros reyes se jactaban de sus actividades
económicas –la excavación de canales, la construcción
de templos, la importación de madera
de Siria, y de
cobre y granito
de Omán–.
Algunas veces
se les
representaba en
los monumentos, con vestiduras de
enladrilladores o albañiles, o de arquitectos recibiendo del dios los planos de
un templo.
Indudablemente, el poder real aceleró la acumulación de capital, en forma de
alimentos y de verdaderas riquezas. Con el excedente así obtenido, eran
mantenidos los cortesanos, ministros, músicos y hombres de armas. Y el ejército
cumplía una función económica al proteger la ciudad, sus canales y sus campos
cultivados y de pastura, contra las incursiones de los nómadas hambrientos de
las estepas circundantes o de las tribus salvajes de las montañas. Al final,
acabó por crear un orden político más compatible con las realidades económicas
que el sistema de las ciudades-estados.
La parte
inferior de Mesopotamia es una unidad geográfica que depende, para la
vida, de las
aguas de sus
ríos gemelos y, para la
vida civilizada, de la importación de las mismas substancias exóticas de
fuentes comunes. Precisamente por su dependencia respecto a las aguas de los
mismos ríos, las diversas ciudades autónomas estaban expuestas al surgimiento de
disputas, sobre tierras y acerca de sus derechos al uso de las aguas. Debido,
justamente, a que todos confiaban en el mismo comercio exterior para hacerse de
los artículos necesarios para sus industrias, eran inevitables las rivalidades
comerciales entre los distintos estados soberanos: la contradicción entre un
sistema económico que debería ser unitario y el separatismo político,
se ponía
de manifiesto
en las
interminables guerras dinásticas.
Los documentos más antiguos de que disponemos, después de las cuentas de los
templos, registran las guerras entre las ciudades adyacentes y los tratados que
las hacían cesar temporalmente. La ambición de cada una de las dinastías urbanas
consistía en obtener la hegemonía sobre sus vecinos.
Sin
embargo, no se logró resultado permanente alguno por estos conflictos
intestinos, sino hasta el año 2.500 a.C. (o después). Entonces, el gobernante
semita o acadio, a quien conocemos con el nombre de Sargón de Agade, estableció
un imperio sobre toda Babilonia, el cual duró cerca de un siglo, con algunos
intervalos de sublevaciones. Su proeza fue imitada después, con mayor o menor
éxito, por los reyes de Ur y de otras ciudades. Pero, sólo un poco después (o
antes) del año 1.800 a.C., se convirtió Babilonia en una realidad política,
constituyéndose en una nación unificada con una capital
común, un
código común
de leyes
escritas, un
calendario común y un sistema permanente de gobierno, bajo el dominio de
Hammurabí, rey de Babilonia. Entonces fue cuando las ciudades- estados quedaron
absorbidas dentro del territorio de un estado, el cual correspondía por entero a
la realidad de las necesidades económicas.
En
Egipto, parece ser que la unificación política coincidió con la consumación de
la segunda revolución económica. Geográficamente, el valle del Nilo constituye
una unidad económica natural, en forma todavía más acusada que la planicie del
Tigris y el Éufrates; y, por lo tanto, los factores
naturales que
tendían a unificarla, eran
también más eficaces. Al
propio tiempo, el contraste que existe entre el estrecho valle del Alto Egipto,
y la amplitud del Delta, en el Bajo Egipto, es fundamental. Desde el punto de
vista histórico, la unificación de Egipto significa la unión de estos dos
territorios en un solo reino. Este acontecimiento antecedió a la unificación de
Babilonia, por parte de Sargón, en unos cinco siglos; así que la segunda
revolución es aproximadamente contemporánea, en ambas regiones.
A más de
esto, Egipto depende menos de las importaciones
extranjeras que Mesopotamia.
Particularmente, los yacimientos
locales de pedernal excelente, hicieron que el metal resultara menos fundamental
para propósitos industriales; en
realidad, los
agricultores y artesanos
egipcios todavía seguían utilizando la piedra un millar de años después de que
los babilonios venían empleando únicamente instrumentos de metal. En efecto, lo
que Egipto tuvo que importar, primordialmente, fueron artículos de lujo y de
magia –malaquita, gemas, oro, especias–. Por lo tanto, sólo la demanda en gran
escala de dichas substancias fue lo
que hizo inevitable la organización sistemática del comercio exterior y la
especialización de las industrias
manufactureras.
Tal
demanda se hizo efectiva únicamente por el surgimiento de una clase que concedió
un valor extravagante a los materiales exóticos, para fines mágicos, y que, al
mismo tiempo, disponía del excedente
de riqueza necesario para satisfacer sus deseos.
En estas
condiciones, las reservas de provisiones requeridas para la transformación del
sistema económico, no se acumularon en los templos de una deidad comunal, sino
en manos de un monarca, quien ya se había colocado por encima de la sociedad de
la cual había surgido. La
unificación de Egipto
y la
creación de
un estado basado
en una industria y en un
comercio secundarios, al igual que en la producción de alimentos, se
lograron finalmente cuando un rey
del Alto Egipto, Menes,
conquistó el Delta. Sus antecesores no dejaron memorias concretas de su ascenso
al poder, comparables a las de los templos prehistóricos de Sumer. Por
consiguiente, tenemos que reconstruir el curso de la revolución, y el
establecimiento de la monarquía, por medio de arriesgadas inferencias hechas a
partir de textos escritos posteriores, por no disponer de testimonios concretos
en las reliquias arqueológicas.
A
continuación damos una explicación aceptable de la génesis de la monarquía
egipcia, aun cuando es más bien especulativa y, con seguridad, demasiado
simplificada. En los poblados prehistóricos, las comunidades autosuficientes de
clanes productores de alimentos, cuyos cementerios se alinean en el valle del
Nilo, deben haber caído bajo el dominio de
una clase
de hechiceros.
Por aquel
tiempo, la
mayor parte de los pobladores, habiendo visto que sus magias individuales
eran ineficaces, estaban dispuestos a confiar en la magia de personas más
hábiles, y algunos de ellos adquirieron cierta autoridad al tener éxito en sus
pretensiones de influir la fertilidad de los campos, el
estado atmosférico y la avenida
del Nilo. La
invención de
un calendario que hacía
posible la predicción exacta de la llegada de la avenida, como se sugiere
más arriba, debe haber sido seguramente un medio de justificar tales
pretensiones y de consolidar esa autoridad. El poder de interrumpir
verdaderamente el curso de las aguas, obstruyendo los canales de riego, debe
haber sido un medio eficaz para esa consolidación.
No
obstante, es
probable que
nuestros hipotéticos caudillos-hechiceros sólo hayan gozado de una autoridad
limitada, como ocurría con los caudillos que gobernaban las tribus del Nilo en
el siglo pasado.
Sus
poderes mágicos
deben haber
sido considerados como correlativos a sus
poderes físicos, únicamente un caudillo saludable y vigoroso podía ejecutar con
eficacia los ritos requeridos; antes de que la vejez dañara su potencia, se le
tenía que matar, para dejar el sitio a un sucesor joven y viril.
Este
destino sólo se eludía cuando el
caudillo lograba convencer a sus secuaces de que su magia secreta le permitía
asegurarse inmunidad respecto a
los achaques
físicos. Uno
de los antecesores
de
Menes debe haber establecido, en
efecto, tal pretensión de rejuvenecimiento mágico. De cualquier manera, todos
los faraones históricos ejecutaban periódicamente un rito –el festival de Sed–,
cuyo propósito parece haber sido el de asegurar !a renovación de la juventud,
por medio de una muerte y resurrección simuladas. Con este rito, inspirado en
los festivales agrícolas que hemos mencionado, el faraón después de su muerte
simbólica, surgía con la juventud restaurada mágicamente, tal como el grano que
se siembra.
Tal vez.
el caudillo-hechicero trataba, al mismo tiempo, de identificarse con el tótem de
su clan, monopolizando la comunión con el animal u objeto que todos los miembros
del clan veneraban como antecesor común. En todo caso, Menes y sus sucesores se
identificaron con el halcón, Horus, que era justamente el tótem de su clan.
Pero, como indicamos antes,
los otros
clanes tenían
distintos tótems.
La unificación de Egipto
significó, por lo tanto, la victoria de Horus, personificado ahora en el
caudillo del clan del halcón, sobre lodos los otros tótems; estos últimos fueron
degradados al rango de dioses de segunda categoría o deidades locales.
Ahora
bien, los egipcios siempre mantuvieron ideas particularmente vivas acerca de la
continuación de la existencia después de la muerte. En las épocas prehistóricas,
se comportaron como si creyeran que el hombre muerto necesitaba tener en su
tumba los alimentos, vasijas y ornamentos de que había disfrutado o utilizado en
la vida real... En la época histórica, actuaban como si el cadáver del rey les
pudiera todavía asegurar, desde su tumba, los beneficios que les había conferido
en vida. Y, por su parte, el rey procedía como si pudiera seguir gozando después
de la muerte, por medios mágicos, de los importantes placeres de que había
disfrutado sobre la tierra.
La
monarquía egipcia debía su poder, por un lado, a las victorias materiales –al
haber vencido a los caudillos y reyezuelos rivales– de
las cuales fue la última la conquista del Delta; y, por otra parte, debía
su autoridad a las ideas, más bien contradictorias, que acabamos de describir
acerca de las inmortalidad del rey. La conquista hizo de Menes el amo de
estupendos recursos –del botín de sus conquistas y, por consiguiente, del
tributo permanente de las tierras, de las cuales era, teóricamente, propietario
absoluto, y, prácticamente, señor
feudal–. Por lo demás, esta riqueza concentrada era empleada, primordial
mente, para
salvaguardar la
inmortalidad que
la garantizaba.
Por
supuesto, los reyes morían realmente y eran sucedidos por sus hijos o hermanos.
Incluso, llegó a haber cambios de dinastías, en circunstancias que eludiremos
aquí. Sin embargo, la idea del rey
divino, la jerarquía de funcionarios designados por el rey, y la organización
del Estado creado por él y administrado por ellos, constituyeron efectivamente
elementos de continuidad. A través del Antiguo Imperio, la autoridad del faraón
como dios y su poder mágico para garantizar la prosperidad del territorio, se
consolidaron continua- mente con la invención de nuevos ritos y el
acrecentamiento de atributos. Con el encumbramiento de la 3a dinastía
y el traslado de la capital, de
Abidos en
el Alto
Egipto, a
Menfis cerca
del vértice
del Delta, el rey empezó a
absorber las cualidades vivificantes del sol; de la fuerza que aparecía a los
ojos de los egipcios, junto con el Nilo, como la fuente de
fertilidad y de
abundancia. Ya en
la 5a
dinastía, el faraón
se había convertido
en Hijo
del Sol,
y se
le tenía
como consubstancializado con
esta fuerza benéfica.
Desde
luego, el faraón no se captaba la obediencia de sus súbditos
con sólo otorgarles beneficios ficticios. Su autoridad se consolidaba
con los beneficios económicos tangibles que concedía a su reino. Al igual
que las deidades inmateriales de Mesopotamia, este dios corpóreo dedicaba parte
de su poder y de sus riquezas a lograr la prosperidad material de su reino; una
porción de sus rentas era invertida en empresas auténticamente reproductivas.
Existe la representación de un faraón de la dinastía, “dando el primer
azadonazo” para un nuevo canal de riego. Tenemos mención de las operaciones
instituidas por el rey para el control de las avenidas.
Desde la fundación del imperio unificado, bajo Menes. se construyó
una escala graduada especial, el nilómetro, para medir la altura
del caudal de agua del Nilo, llevándose registro de las crecidas. Estas
mediciones y registros tenían el propósito primordial de servir de base para la
imposición de impuestos. Pero al igual que el calendario, ayudaban al
agricultor, indirectamente, al mismo tiempo que al recaudador de impuestos.
La
importación de materias
primas, necesarias
para el
desenvolvimiento de la; industrias egipcias y para las ceremonias
funerarias, era financiada con las rentas reales. El cobre y la turquesa
provenían de las minas del Sinaí. Con el propósito de extraerlos se enviaban
periódicamente expediciones, a
través del
desierto, equipadas por el Estado y
escoltadas por soldados reales. Lo mismo ocurría con la importación de madera de
cedro y las resinas, traídas del norte de Siria. Los buques que hacían la
travesía a Biblos eran equipados y provistos de mercancías por el Estado.
Análogamente, eran funcionarios del
gobierno quienes dirigían las expediciones al
Alto Nilo, para retornar con oro y especias.
El
objeto principal de este comercio exterior era, indudablemente, el
de hacerse con substancias de lujo o mágicas y con materiales de guerra;
en tanto que los campesinos y operarios seguían empleando instrumentos de
piedra, los soldados ya usaban armas metálicas. A más de esto, el comercio trajo
consigo materiales fundamentales para el progreso de la civilización y de la
ciencia. Ofreció maneras de vivir a clases nuevas –comerciantes, marineros,
conductores de bestias, soldados, artesanos y empleados– mantenidas con las
rentas excedentes recaudadas por el faraón.
Finalmente, desde su fundación, la monarquía aportó a los egipcios beneficios
reales, de los cuales carecían los sumerios. El conjunto de poblados situados en
las márgenes de un mismo río, estaba expuesto
a verse
envuelto en
mutuas disputas
sobre límites
y derechos
al uso
de las aguas. En realidad, durante toda la historia egipcia, hasta los
tiempos modernos, estas disputas provinciales adquirieron un carácter violento,
cada vez que el gobierno central se mostraba débil. Menes y sus sucesores
reprimieron estos ruinosos conflictos, mientras se mantuvo el Antiguo Imperio.
Además de mantener la paz interior, los faraones protegieron al territorio de
las agresiones extranjeras. Las áridas mesetas que se extienden a ambos lados
del valle del Nilo, estaban pobladas por tribus desparramadas de pastores y
cazadores pobres, las que se encontraban dispuestas a invadir, en cualquier
momento, el fértil valle. El Delta estaba expuesto al ataque de los
libios, por el oeste, y de los beduinos, por el este. Los nubios, tal vez
todavía en la etapa de la agricultura hortense nómada, estaban presionando
constantemente, aguas abajo, dentro del Alto Egipto. El ejército, que había sido
el instrumento de la unificación forzosa, era empleado después para detener a
estos saqueadores y violadores. En textos primitivos, se revela la organización
de un sistema regular de defensa, por medio del establecimiento de puestos
fronterizos, con guarniciones permanentes, dominando los accesos al valle del
Nilo.
Por
supuesto, fueron estas medidas realistas las que promovieron el extraordinario
crecimiento de la riqueza y de la población, reflejado en los testimonios
arqueológicos posteriores a la conquista de Menes. Pero, ha sido necesario
explicar la peculiar ideología asociada con
dichas
medidas,
ya
que
las
conquistas
económicas
y
los
descubrimientos científicos
sólo aparecen, en los testimonios arqueológicos, como aplicados a fines mágicos
y desfigurados en un medio ideológico.
Antes del
año 2.000 a.C., los testimonios arqueológicos consisten casi solamente
en tumbas
y sus
accesorios. Aproximadamente entre
el
año 5.000 y el 3.000 a. C., se
extendieron los cementerios pre-dinásticos
de simples tumbas excavadas en el suelo, equipadas más o menos
suntuosamente con
artículos de
manufactura doméstica. Las modestas mejoras
en la construcción de las tumbas, la aparición de artículos de lujo en número
creciente, y, ocasionalmente, de
instrumentos de cobre y de
cuentas de
loza esmaltada, ilustran los
avances y
descubrimientos descritos en el cap. VI. La unificación de Egipto, con
Menes y sus sucesores inmediatos (1a dinastía), se encuentra
simbolizada por la construcción, cerca de Abidos, de tumbas monumentales, las
cuales únicamente tienen precursoras remotas y vagas entre las tumbas pre-
dinásticas más recientes.
Las
tumbas reales de Abidos eran palacios en miniatura de ladrillo y madera, construidos en
el fondo de grandes fosos
cavados en
la arena del desierto.
También existen
mastabas de
adobe, construidas sobre el terreno, para
servir como capillas funerarias en el culto al muerto y como almacenes para las
ofrendas mortuorias. Las tumbas están equipadas con una riqueza enteramente sin
precedentes, incluyendo gran variedad de accesorios exquisitamente trabajados,
de armas, vasijas, artículos
de tocador
y ornamentos
labrados con
una perfección magistral, de
madera de cedro, oro, cobre, alabastro, obsidiana, lapislázuli, turquesa y otros
selectos materiales, tanto nativos como extranjeros. Las despensas están
atestadas de vasijas muy bien hechas, conteniendo aceite, cerveza, grano y otros
alimentos. Las inscripciones en sellos y en tablillas de madera, registrando los
acontecimientos más destacados del reinado, demuestran que ya se había inventado
un sistema de escritura, aun cuando los signos todavía son primitivos. Los servidores y funcionarios están
enterrados en aposentos adyacentes a la real cámara mortuoria, y es de presumir
que se les dio muerte para acompañar a su señor.
Se debe
haber empleado una multitud de operarios para excavar los fosos de las tumbas,
preparar y transportar los ladrillos y tablones y erigir las tumbas y mastabas.
La delicadeza en la fabricación de los artículos
depositados allí,
es, indudablemente,
resultado de
la existencia de carpinteros, forjadores, canteros, grabadores,
orfebres y joyeros especializados y con gran adiestramiento. Estos operarios y
artesanos expertos, apartados de la producción primaria, eran pagados con el
excedente recaudado por el monarca –el botín de las conquistas y los tributos
regulares–. Este sobrante debe haber sido empleado para obtener los materiales
extranjeros, como la madera de cedro, el cobre, la obsidiana y el lapislázuli,
que se utilizaban con tanta prodigalidad. Las inscripciones en las
tumbas atestiguan ya la existencia de
escribas y funcionarios encargados de la recaudación y la administración
de las rentas reales, de la planeación y dirección de las obras de construcción,
y de otras funciones. La unificación de Egipto evoca, en efecto, las mismas
clases nuevas y las mismas profesiones también nuevas, que surgieron con la
revolución urbana en Sumer. Pero, al parecer,
sus servicios se destinaban
primordialmente a la
conservación de los cuerpos reales.
A este
mismo fin se aplicaron los crecientes recursos y los nuevos descubrimientos
científicos de los subsecuentes reinados. Para dar mayor seguridad y permanencia
a la última morada del rey, se tallaron las
tumbas en
la roca
viva, durante
la dinastía.
El cantero
aprendió, así, a tallar las rocas más duras con instrumentos
rudimentarios; los arquitectos tenían que planear y proyectar una serie de
galerías y fosos complicados que nunca
les era dable observar en su conjunto
(es decir,
debían resolver
los mismos
problemas que
se presentan para
perforar un túnel o la galería de una mina). Las bóvedas en voladizo, hechas
de adobe,
se siguieron
empleando hasta la
2a dinastía; durante la dinastía, se logró dominar y aplicar
el principio del arco verdadero (con clave).
Los
monumentos edificados sobre el suelo –mastabas y capillas funerarias– se
construían de una manera análoga. Durante la 3a dinastía, la piedra
substituyó al adobe, para dar mayor permanencia a la estructura. Los haces de
tallos secos de papiro que soportaban
antes el palacio terrenal del rey, se convirtieron así en columnas estriadas de
piedra imperecedera –idea que hemos heredado, a través de Grecia, de la dinastía
egipcia–. Las esteras de carrizo pintado que se suspendían anteriormente en las
columnas de papiro, se copiaron en azulejos vidriados, durante el gobierno de
Zoser. Con el mismo monarca, se
amplió la
mastaba, construida ahora de
piedra, convirtiéndose en la llamada pirámide escalonada. Durante la
dinastía, Keops la transformó en verdadera pirámide.
La
ejecución de estas obras requirió una gigantesca fuerza de trabajo. Los inmensos
bloques de piedra caliza o de granito empleados en la pirámide, algunos de los
cuales pesan más de 350 toneladas, fueron extraídos de las canteras de Tura, en
la margen derecha del Nilo, llevados en balsas, aguas abajo, hasta Gizeh, arriba
de El Cairo, y, luego, arrastrados sobre una rampa hasta el nivel de la meseta,
elevada unos 30 metros por encima del río. Herodoto dice que, sólo para extraer
los bloques de las canteras, se
utilizaron continuamente 100.000
hombres, durante diez años. A pesar de que el ejército de canteros, albañiles y
conductores no estaba formado por “trabajadores libres”, todos ellos tuvieron
que ser provistos de alimentos y abrigos, con cargo a las rentas reales. Aun
cuando muchos de ellos deben haber perecido, es de presumir que esta
distribución de riqueza promovió el crecimiento de la población.
Con todo,
no fueron los trabajadores lo único
requerido: los arquitectos tuvieron
que aprender a coordinar y controlar esta enorme fuerza de trabajadores, y a
resolver los diversos problemas mecánicos planteados por la aplicación de esta
fuerza humana al levantamiento de
bloques pesados y difíciles de manejar.
A más de esto, parece que se
atribuyó una significación mística
a la
exactitud en
la orientación y
la proporción de la estructura. El éxito obtenido es sorprendente.
Se tuvo
la intención de que la base de la gran pirámide fuera un cuadrado perfecto de
236,45 metros de lado. De acuerdo con las mediciones modernas, el error no
excede de dos centímetros en ningún
lado.
La
precisión de la mano de obra egipcia fue lograda con una paciencia inagotable, a
base de ensayos y equivocaciones. Monumentos tales como
las pirámides, deben haber
sido planeados
previamente a escala y medidos
con exactitud. Es difícil concebir su ejecución sin la previa realización de
cálculos que implican fórmulas geométricas. Los textos matemáticos que han
llegado a nosotros confirman esta suposición. Contienen, por ejemplo,
todo un
grupo de
problemas dedicados
a calcular los taludes de una pirámide. Los monumentos sepulcrales
implican, en realidad, la aplicación de un considerable conjunto de
conocimientos matemáticos. Las peculiares creencias de los egipcios acerca de
los reyes muertos, parecen haber inspirado descubrimientos científicos, los
cuales también tuvieron más aplicaciones prácticas.
La
preocupación de la dinastía por la conservación de los cuerpos, condujo al
desenvolvimiento de la momificación, dando ocupación a toda una clase de
embalsamadores y ofreciendo oportunidades excepcionales para la acumulación de
conocimientos sobre anatomía humana. En las tumbas pre-dinásticas, el contacto
con la seca arena del desierto fue suficiente para preservar la carne y el
cabello de los cuerpos. Naturalmente, los cuerpos encerrados en féretros de
madera o de alabastro y en las tumbas construidas después de la revolución, no
se podían preservar de la putrefacción. Para impedir sus estragos, se elaboraron
gradualmente procedimientos químicos de embalsama- miento y un ritual de
conjuros mágicos. La supervivencia del muerto se podía asegurar, además,
tallando su efigie en madera o en piedra; es decir, haciendo estatuas que lo
representaran. Éstas tenían que ser “animadas” por medios mágicos. Y, para que
resultaran efectivas, debían ser tan semejantes al vivo como fuera posible. De
aquí el soberbio naturalismo de algunas estatuas y bajorrelieves del Antiguo
Imperio.
El muerto
necesitaba en el otro mundo de los objetos y servicios de
que había disfrutado en éste. Por lo tanto, no sólo se proveía a las
tumbas, con liberalidad, de accesorios y ofrendas, sino que se destinaban
algunas propiedades a abastecer permanentemente al muerto de las ofrendas
requeridas. Para garantizar el disfrute de esta provisión, se pintaban en los
muros de la tumba representaciones mágicas de esas propiedades; esta costumbre
ya se seguía durante la 4a dinastía y se generalizó después. Estos
cuadros constituyen ahora la mejor
fuente para conocer la vida secular y la organización económica de Egipto, en
los últimos días del Antiguo Imperio. Representan una unidad económica que no es
una ciudad, sino una gran finca, semejante un feudo medieval. La finca es
trabajada por campesinos, bajo la administración de mayordomos o sobrestantes.
Las escenas incluyen
las labores del
campo, la cría de
ganado, la
caza y la pesca. Podemos ver a los campesinos yendo a pagar sus rentas o
sus deudas, siempre
en especie,
en tanto
que un
escriba anota
en
un papiro lo que cada hombre entrega
y un sobrestante provisto de un látigo comprueba lo entregado
por los
tributarios. Pero,
la propiedad
no era puramente agrícola; incluía talleres de alfarería, forja,
carpintería y joyería. Así
vemos, también,
a los
sobrestantes pesando las
cantidades de material entregadas a los artesanos, y a los escribas
anotándolas en su registro.

Fig.
9. Taller
de un
orfebre, según
la pintura
mural de
una tumba
del Reino
Antiguo.
La
comunidad
feudal
parece
una
unidad
autosuficiente,
con
trabajadores
especializados y clases jerárquicas. En realidad, es inconcebible aislada del
gran sistema económico formado por el Estado egipcio. Este sistema suministra
los artesanos al feudo, con sus materias primas, y absorbe los productos
excedentes de la finca. Además, sabemos que en esta época existieron ciudades
auténticas, aun cuando las excavaciones hechas hasta ahora no hayan descubierto
todavía ninguna.
Con la
unificación política de Egipto, surge en el valle del Nilo un sistema
económico en
el cual la
manufactura y el
comercio ocupan
una posición semejante a la producción de alimentos, por medio de la
agricultura, la ganadería, la caza y la pesca. Esta revolución en Egipto tuvo
los mismos efectos sobre la población, que la ocurrida en las ciudades de
Mesopotamia. Igualmente, coincidió con la iniciación del desarrollo de la
escritura y de las matemáticas No obstante, ahora que los hemos examinado en sus
detalles, los dos sistemas muestran notables diferencias. El contraste no se
limita a los productos individuales de los diversos oficios, sino que también
afecta a los fundamentos: en una región el foco de la concentración es una
corporación sacerdotal, en la otra es un monarca individual; en Sumer, la
unidad económica
es una
ciudad con
campos distantes y aldeas
que pueden funcionar, y funcionan, por sí mismas. En Egipto, por lo
contrario, la
unidad es
el imperio
como una
propiedad real; los
feudos o ciudades en los
cuales se subdivide, dejarían de funcionar si se aislaran o, más bien, volverían
a convertirse en comunidades auto- suficientes de campesinos. La civilización
egipcia no es, en sentido alguno, una avanzada colonial de la civilización
sumeria, ni viceversa.
Eclipsando todas las coincidencias abstractas, se revelan probable- mente los mismos contrastes en los documentos escritos, complementados por
los testimonios arqueológicos, en el valle del Indo. La segunda revolución fue,
probablemente, contemporánea de las revoluciones en Egipto y Sumer y, en todo
caso, ya sé había consumado para el año 2.500 a.C. Para está fecha ya se habían
establecido grandes ciudades en el Sind y el Penjab. Su superficie debe haber
sido de más de 260 hectáreas. La construcción de los edificios era,
principalmente, de ladrillos cocidos en horno, y su altura era, por lo menos, de
dos pisos. Las calles y los callejones en los cuales se alineaban, estaban
trazados, evidentemente, conforme a un plan
preconcebido,
que
se
conservó
a
través
de
varias
reconstrucciones. Los edificios
cantaban con el servicio de un sistema de alcantarillado. Entre los edificios se
pueden distinguir talleres y fábricas, las
suntuosas moradas de los comerciantes ricos y de los funcionarios, y las
chozas de los artesanos y de los trabajadores del transporte.
Los
edificios y artículos hallados fueron construidos por artesanos especializados
–ladrilleros, carpinteros, alfareros, forjadores de cobre, vidrieros, canteros,
orfebres y joyeros–. La regularidad de las calles implica la existencia de una
autoridad cívica, con funcionarios encargados de hacer cumplir sus decisiones.
Se requerían servidores públicos para limpiar los drenajes. Debe haber existido
una clase de empleados, ya que se utilizaba un sistema de escritura y de
notación numérica, y existían normas de pesas y medidas.
Todas
estas clases, evidentemente muy numerosas, se deben haber mantenido con el
excedente de alimentos producidos por los campesinos que vivían en la ciudad o
en las aldeas suburbanas. Pero, hasta los pescadores que vivían en los sitios
más alejados del Mar de Omán, hacían
su contribución; ya que se
importaba pescado seco. Los artesanos urbanos, por su parte, deben haber
producido un sobrante de artículos manufacturados, para permutarlos por las
materias primas necesarias a
la industria,
que no
se podían
obtener en
la llanura
de aluvión. No sólo en las
ciudades de
esta llanura había
objetos labrados en madera de
cedro, importada del Himalaya, lo mismo que objetos de metal y de piedras
preciosas traídas de montañas distantes; sino que también
se han
encontrado en los
poblados prehistóricos
de las
colinas de Beluchistán y hasta en Mesopotamia, artículos fabricados en
aquellas ciudades.
La
prehistoria de la civilización hindú sigue siendo desconocida; las aldeas y
poblados más simples, de las cuales surgieron las ciudades, no se han podido
identificar. Hada el año 2.500 a.C., se extiende la misma civilización uniforme, desde la desembocadura del
Indo hasta el pie de las
montañas, pasando por las tierras bajas del Penjab; pero no se conoce cuál haya
sido la unidad política correspondiente a esta uniformidad cultural. Todavía no
se ha podido determinar cuál fue el núcleo para la acumulación de capital.
Tenemos indicaciones de una división en clases ricas y clases pobres, pero es
incierto el saber si tal jerarquía estaba encabezada por un rey o por un dios.
Entre las ruinas no se
destacan realmente construcciones que
puedan ser
consideradas como templos o
palacios, de tal manera que existen
dudas hasta de su misma existencia.
Las
revoluciones que hemos descrito ocurrieron casi simultáneamente en Egipto y en
Sumer y, probablemente, también en la India. En cada caso, la revolución se apoyó en
los mismos descubrimientos científicos y resultó del hecho de haber
surgido entre la población las mismas clases nuevas. Es difícil creer en la
independencia de estos acontecimientos, particularmente cuando recordamos las
pruebas del prolongado
intercambio
entre
dichas
regiones.
Además,
este
intercambio se hizo más
estrecho que nunca en el momento de ocurrir la revolución, o inmediatamente
después de ella. Justamente en la época de la unificación de Egipto, algunas
invenciones cuyo origen debe ser considerado lógicamente como mesopotámico
–sellos cilíndricos, ciertos motivos artísticos, arquitectura almenada de
ladrillo, un nuevo tipo de embarcación– aparecen por primera vez en el Nilo.
Poco después de
la revolución,
los artículos
manufacturados en la
India eran exportados a Sumer.
Obviamente, existía algún medio de propagación; No obstante,
ninguna teoría de dependencia unilateral es compatible con los contratos
que revela un examen más minucioso. La civilización urbana no fue simplemente
trasplantada de un
centro a
otro, sino
que en
cada uno de ellos constituyó un
desarrollo orgánico enraizado en su suelo.
Si quisiéramos establecer una analogía moderna, no nos sería útil el caso
de la introducción de la industria mecanizada y de la producción fabril, hecha
por los capitalistas europeos en África y en la India. Más bien, debemos
referirnos al surgimiento este sistema de producción en los países situados en
ambos lados del Atlántico. Estados Unidos,
Gran Bretaña, Francia y los Países Bajos, compartían una tradición
científica, cultural y mercantil común, desde mucho antes de la Revolución
Industrial. A pesar de las guerras y de las barreras migratorias, se realizaba
un intercambio continuo de mercaderías, ideas y personas.
En
realidad, Inglaterra fue el país que se colocó a la vanguardia de la Revolución;
pero, las otras naciones no se limitaron a copiar simplemente
sus invenciones
mecánicas o su
organización económica; todas ellas habían estado experimentando conforme a
los mismos lineamientos y habían hecho contribuciones independientes, cuando
llegó el momento. En cambio, el establecimiento de fábricas y ferrocarriles, en
China e incluso en Rusia, de acuerdo con la experiencia occidental y con la
dirección de administradores y técnicos europeos y norteamericanos, fue un
proceso enteramente diferente.
Así,
Egipto,
Sumer
y
la
India,
no
se
mantenían
aislados
o
independientes
antes de
la revolución. Todos ellos compartían, más o menos, una tradición cultural
común, a la cual había contribuido cada uno. Y ésta
se había conservado y enriquecido por una relación continua, que
comprendía el intercambio de mercancías, ideas y artesanos. Tal es la
explicación del paralelismo observado en su desarrollo.
Pero, una
vez que la nueva economía se hubo establecido en los tres centros primarios, se
extendió hacia los centros secundarios, de un modo más similar a la dilatación
del capitalismo occidental en las colonias y en los países económicamente
dependientes. Primero, en los sitios cercanos a las fronteras de Egipto,
Babilonia y el valle del Indo –en Creta y las islas griegas, Siria, Asiría, Irán
y Beluchistán– y, luego, en lugares más alejados, en la Grecia continental, la
meseta de Anatolia y el sur de Rusia, vemos a los poblados convertirse en
ciudades y a los productores autosuficientes de alimentos volverse hacia
la especialización
industrial y
el comercio
exterior. Y
este proceso se repitió en
órbitas cada vez más amplias, alrededor de cada núcleo secundario o terciario.
En las
nuevas ciudades no sólo las coincidencias abstractas en la estructura económica
y en la ciencia subyacente, sino también la identidad en las formas de los
productos artificiales, como amuletos, sellos y cartas, demuestran cuántos
elementos vitales de la civilización habían sido tomados de los centros
primarios del Nilo, el Éufrates y el Indo. La segunda revolución se propagó,
obviamente por difusión; en los Centros secundarios, la economía urbana se
inspiró o fue impuesta por los focos
primarios. Y es fácil mostrar que este proceso era inevitable. Las
civilizaciones de las llanuras aluviales dependían de la importación de materias
primas del exterior; parte de su riqueza excedente
tenía que
ser consumida
en la obtención de
las importaciones requeridas.
Pero, los
materiales apetecidos rara vez
se encontraban
en yermos deshabitados. Por consiguiente, las comunidades dentro de cuyos
territorios se encontraban los materiales, reclamaban una participación en los
beneficios. En realidad, debe haber sido necesario persuadirlas para que
produjeran cantidades mayores de las necesarias para su consumo doméstico, de
sus metales, maderas, especias o
piedras preciosas, con objeto
de permutarlas
a los
egipcios, sumerios o hindúes;
o por
lo menos,
para que
prestaran sus servicios a estos
últimos, como guías, conductores y operarios.
De
esta manera
se abrieron
nuevas oportunidades
en modos
de vivir,
a los poseedores de los materiales industriales. Pero, para aprovechar
estas oportunidades, se hizo necesaria la especialización industrial. La riqueza
excedente en las llanuras de aluvión servía para mantener a
las familias
que habitaban
las montañas
metalíferas, siempre que
éstas abandonaran la producción
de alimentos
para dedicarse
a la
extracción y el transporte de minerales. En la práctica, desde luego, la
producción local de alimentos no se detuvo, sino que la nueva riqueza fue
empleada para mantener una nueva población, la cual, en la economía anterior,
hubiera resultado superflua y se hubiese visto condenada a la inanición o
a la emigración. La nueva función de proveedores de materias primas, se tradujo
en el incremento de la población y,
también, en la división en clases. Un par de ejemplos servirá pata ilustrar el
proceso operado.
Los
egipcios necesitaban
grandes cantidades de madera
de cedro
para sus tumbas,
sus embarcaciones y sus
muebles. La
obtenían del
Líbano y del norte de Siria, embarcándola en el puerto de Biblos (cerca
de Beyrut). Pero,
desde mucho
antes del
establecimiento de
las
dinastías egipcias, Biblos, al igual
que otros puertos sirios, era el asiento de un poblado. Sus habitantes, los
gibleos de la Biblia, presumiblemente,
eran pescadores y agricultores más o menos autosuficientes. Ellos participaron
en el intercambio esbozado en el capítulo VI y estuvieron en contacto con Egipto
y, probablemente, también con Mesopotamia, antes de la segunda revolución.
Por
efecto de la revolución en Egipto, se debe haber producido una tremenda demanda
de las materias primas que Biblos podía suministrar. Al satisfacerla, los
gibleos tuvieron oportunidad de participar en la riqueza sobrante de Egipto; su
consumo inauguró medios de vivir para familias a las cuales no podía ofrecer
sustento la agricultura y la pesca locales. Pero, su aceptación significó el
definitivo abandono
de su
autosuficiencia
económica.
Biblos
debió
su
prosperidad, por lo tanto, a la
producción para un mercado exterior.
Los
artículos importados de manufactura egipcia encontrados en Biblos,
se remontan
al período
inmediato anterior
a la
unificación hecha por Menes
ilustran la participación de los gibleos en la prosperidad de Egipto. Desde
luego, mercaderes o funcionarios egipcios tuvieron que instalarse allí para
vigilar este comercio vital, de la misma manera que las casas comerciales
inglesas tienen sus representantes en Oporto. Los
egipcios instruyeron a los
gibleos en
la administración de
su ciudad en crecimiento y en
el manejo de sus ingresos; aún más, deben haber establecido una especie de
protectorado. Se edificó un templo de piedra en la ciudad, siendo decorado por
artesanos egipcios emigrados. Para hacer frente a las necesidades del comercio,
los gibleos aprendieron la escritura egipcia.
De este
modo, los gibleos adoptaron los descubrimientos de los egipcios, asimilaron su
economía a las normas de la segunda revolución y aumentaron su número. Su
poblado se transformó en una ciudad y, pronto, fue suficientemente grande como
para convertirse en mercado de materias primas provenientes de otras regiones, o
sea, que llegó a ser uno de los
núcleos secundarios para la difusión de la nueva economía. Sin embargo, la
civilización giblense no fue precisa- mente
un trasplante de la
egipcia; se
conservaron las
tradiciones nativas en la
arquitectura, en la alfarería y otras artesanías, así como en la vestimenta y en
la religión. Lo que tomaron de Egipto fueron los refinamientos sobreañadidos.
Además su inspiración también debe haber
tenido otros
orígenes. Por
otro lado,
la civilización giblense siguió siendo provincial, comparada con la egipcia. Los
refinamientos de que se apropiaron no se desarrollaron como en el sitio de su
procedencia. Los egipcios, por ejemplo, mejoraron su escribirá con el transcurso
del tiempo; en cambio, los gibleos conservaron los caracteres arcaicos adoptados
durante las primeras dinastías y los mantuvieron inmutables por cerca de un
millar de años.
En forma
enteramente análoga, la importación de cobre, plata y plomo de las montañas
del Tauro
a Mesopotamia,
produjo el desenvolvimiento de
una civilización urbana en Capadocia, sobre la meseta del Asia Menor. Antes del
año 2.500 a.C., los poblados nativos apenas si
habían avanzado un poco más allá de la economía neolítica. Los aldeanos
locales o los habitantes de los poblados, se contentaban con los utensilios de
piedra y las vasijas hechas a mano por una industria doméstica no especializada.
Poco después del año 2.500 a.C., sabemos de comerciantes asirios radicados en
los poblados nativos y dedicados a comerciar con minerales. Unos cuantos siglos
después, la correspondencia de dichos comerciantes muestra que se dedicaban a
permutar productos manufacturados en Babilonia por metales y otros artículos
locales.
Evidentemente, el excedente de riqueza de Mesopotamia abastecía a los mineros y
fundidores que no
contribuían directamente a
la provisión comunal de
alimentos. Al propio tiempo, las excavaciones revelan que los poblados
convertidos en ciudades dependían de la industria y del comercio. El metal se
hizo común y las vasijas fueron fabricadas en torno
por profesionales
del oficio,
en lugar
de ser
hechas en
la casa por la mujer. Las
invenciones mesopotámicas fueron copiadas para satisfacer las exigencias de la
nueva situación económica. El sello cilíndrico fue adoptado como medio de marcar
la propiedad y de firmar los
documentos, Pronto
se adaptó
la escritura
babilonia para
transcribir las lenguas locales. Sin embargo, la civilización de
Capadocia, al igual que la giblense, conservó sus peculiaridades locales.
Asimismo, los elementos apropiados se desenvolvieron mucho más lentamente que en
Mesopotamia. Los sellos locales, por ejemplo, seguían repitiendo
los mismos diseños, un millar de años después de que se había tomado la
idea de Babilonia.
Con
frecuencia, la segunda revolución se propagó por medio de la violencia y fue
impuesta por la fuerza del imperialismo. Algunas comunidades
estaban demasiado
atrasadas y eran
demasiado poco emprendedoras para
apreciar las ventajas de la nueva economía y de sus productos. Los nómadas que
cazaban o apacentaban sus rebaños en los flancos del Sinaí, no se dejaron
seducir por los cereales o las chucherías que les ofrecían los egipcios a cambio
del cobre de su suelo. Las
minas eran
explotadas, entonces, por trabajadores
enviados desde Egipto, y el ejército real tenía que protegerlos contra
los nómadas. Desde
la dinastía,
los faraones
eran representados
sobre las rocas del Sinaí
“destruyendo al miserable beduino”. En este caso, la intervención armada no
extendió la civilización, ni creó nuevos centros
urbanos.
En
otros casos,
no obstante,
las víctimas
del imperialismo
se educaban de ese modo para
competir, con los agresores en cultura material. Los sumerios tenían que
importar sus materias primas de territorios habitados por comunidades avanzadas,
como los elamitas, enviando hasta ellos sus caravanas a través de territorios
similares. Con frecuencia, las comunidades afectadas de este modo habitaban
territorios adecuadamente regados y habían prosperado bajo el régimen neolítico.
En consecuencia, adoptaron los inventos, como el carro con ruedas y el torno de
los alfareros, e importaron oro,
lapislázuli y otros artículos de lujo.
Pero, en
general, quedaban satisfechos con los productos de fabricación doméstica y
podían vivir con sus propios recursos, dentro de una modesta comodidad. Su
demanda de artículos de lujo era demasiado débil para persuadirlos a producir
madera o metal en las grandes cantidades requeridas por las ciudades sumerias, o
para tolerar que las caravanas perturbaran sus campos de cultivo o de pastura.
En último término, pueden haber resistido a las insinuaciones de los mercaderes
sumerios, atacando sus caravanas. Entonces, los sumerios enviarían expediciones
punitivas para asegurarse el abastecimiento de materias primas y proteger sus
rutas comerciales.
Textos
muy antiguos
refieren las
guerras emprendidas por las
ciudades de Sumer y Akkad, en contra de los elamitas y otros vecinos
“bárbaros”. Estas noticias se pueden referir tanto a irrupciones de los
montañeses empobrecidos sobre las ricas llanuras, como pueden indicar,
igualmente, luchas de la natural era que acabamos de mencionar. Además de haber
unificado a Babilonia, Sargón de Agade se embarcó en campañas de conquista sobre
las regiones circundantes, cuyos
motivos económicos eran bastante
claros.
Sus propias inscripciones mencionan
explícitamente como objetivos las Montañas de Plata (del Tauro) y los Bosques de
Cedro (¿el Líbano?). Un documento posterior relata cómo fue invitado a Capadocia
para apoyar a los comerciantes en
metal radicados allí y, también, se refiere a una montaña de lapislázuli. En una
tablilla más reciente se proclama a la
“Tierra del
Estaño”, entre
las conquistas de Sargón.
Evidentemente, sojuzgó a la región metalífera de Elam y extendió sus
dominios desde el Mar Superior (el Mediterráneo o el Caspio) hasta el Mar
Inferior (el Golfo Pérsico), abarcando así las regiones de las cuales dependía
Babilonia.
En
algunos casos, por lo menos, las conquistas tuvieron como resultado el que se
implantara por la fuerza la civilización urbana, convirtiendo a los poblados más
o menos autosuficientes en ciudades industriales y comerciales. En Nínive,
Asiría (frente a Mosul), el nieto de
Sargón fundó un templo a Ishtar, el cual fue el primero de una larga serie
de templos
erigidos en
el mismo sitio.
Tal fundación
simbolizó una revolución económica;
ya que, como en Sumer, el
templo constituyó un centro
permanente para la acumulación de
la riqueza y el desarrollo de la industria. Su construcción y
ornamentación implicó el consumo un excedente, para mantener a un proletariado
prolífico, aunque en situación de servidumbre. Así, se debe haber creado una
nueva demanda de lapislázuli, madera, metal y otros artículos, convirtiendo a
Nínive en un centro secundario de propagación. Este mismo proceso se debe haber
repetido, bajo el gobierno de Sargón o un poco
después, en
otros poblados
asirios. Por
la misma
época se
introdujeron en Asiría la escritura babilonia y otras invenciones, ya
enteramente constituidas.
De esta
manera, Sargón y sus sucesores pudieron proclamarse “fundadores de ciudades”, a
pesar que los poblados ya existieran desde mucho tiempo atrás. Es realmente
cierta la frase bíblica: “De aquesta tierra (Shinar, o Sumer) salió Assur, y
edificó a Nínive, y a Rehoboth, y a
Calah...”. El pueblo
asirio no provenía de
Babilonia, pero los templos más
primitivos de las ciudades históricas de Asiria fueron fundados por acadios
(Nínive) o por sumerios o, por lo menos, estuvieron provistos para el culto de
estatuas de tipo sumerio (Assur).
Ahora
bien, ciertamente, Siria y Asiria eran países populosos mucho antes del año
3.000 a.C. y, al parecer, aún antes de que Sumer fuera colonizada. Pero aquellos
países esteparios
gozan de
una
precipitación pluvial regular, de tal
manera que no existe el incentivo para estrechar la organización social, que
operó de modo tan eficaz en la porción inferior de Mesopotamia. La población se
repartía entre numerosas aldeas permanentes, que se habían desarrollado a partir
de poblados pequeños, como ocurre actualmente con las aldeas kurdas. Sus
prósperos habitantes
adoptaron la rueda
y otros
inventos, utilizando,
en forma ocasional, substancias importadas,
como el
lapislázuli, el oro
y el cobre. No obstante, por lo
menos hasta el año 3.000 a.C., mantuvieron su independencia económica; se
siguieron contentando con utensilios y, armas de piedra, y no hicieron nada para
contar con materiales importados. Pero, después del año 3.000 a.C. –tal vez, en
realidad, en la época de Sargón– comenzaron, de pronto, a emplear el metal con
regularidad. Todas sus herramientas y armas son de una forma sumeria
inconfundible, no
dejando dudas
acerca de
quiénes fueros
sus instructores en metalurgia. El sacrificio, así atestiguado, de su
autosuficiencia, se encuentra acompañado por otros signos familiares de la
segunda revolución; pronto, algunos poblados crecieron hasta convertirse en
ciudades, y otros quedaron absorbidos por sus vecinos, más prósperos. Es
enteramente incierto que la revolución se haya producido aquí como resultado de
la conquista real por parte de Sargón
o de alguno de sus precursores sumerios. Aun las ciudades que se pueden
considerar más probablemente fundadas por los acadios, no se mantuvieron en
calidad de colonias durante mucho tiempo. Nunca perdieron su cultura nativa, y
pronto se convirtieron en centros de sublevaciones, hasta transformarse,
finalmente, en capitales de nuevos
Estados, como ocurrió con la propia Assur.
Sin
embargo, el imperialismo económico no propagó la segunda revolución únicamente
por medio de la conquista. La resistencia venturosa a sus ataques o a sus
amenazas, sólo fue posible asimilando, en parte, la civilización de los
agresores. Las armas de piedra; no pudieron contender con el armamento de bronce
de las tropas babilonias, del mismo modo como los arcos y las hachas de los
indios pieles rojas no resultaron eficaces contra las armas de fuego de los
europeos. Para tener éxito en la defensa de su independencia, los pueblos que
hasta entonces se contentaban con los utensilios neolíticos, tuvieron necesidad
de adoptar las armas de metal. Lo cual significó, en la práctica, el aprendizaje
de la metalurgia y el ajuste de su
economía a
las exigencias de
ella. No
fue suficiente
con comprar
o arrebatar algunas hachas,
lanzas y yelmos fabricados en Babilonia; sino que debieron capturar algunos
forjadores para encargarlos de adiestrar a los propios trabajadores; tuvieron
que producir un excedente de
alimentos, para mantener a los nuevos artesanos y asegurar el abastecimiento de
las materias primas requeridas; se vieron obligados a organizar el comercio,
para contar con un aprovisionamiento
regular. En
una palabra, tuvieron
que someterse
a la segunda revolución y
debieron adoptar una economía urbana.
Los
comienzos de la metalurgia y de una vida urbana rudimentaria en Asiria, se deben
explicar muchas veces de esta manera. Y no sólo en Asiria: en todas las regiones
abarcadas por las rutas comerciales sumerias y expuestas a las campañas de
Sargón –en el norte de Siria, en el Luristán y en Elam– encontramos centros
metalúrgicos, surgidos poco después del año 3.000 a.C., en donde eran copiados
localmente los tipos
sumerios y,
con frecuencia,
modificados conforme
a los gustos del lugar. De una manera o de otra, el comercio sumerio y
el imperialismo inspirado en él, propagaron la metalurgia y la nueva economía
implicada por ella.
Entre el
año 3.000 y el 2.000 a.C., se establecieron civilizaciones que empleaban el
bronce, en Creta, en la Grecia continental, en Troya, en los Dardanelos, en la
cuenca del Kubán al norte del Cáucaso, en la meseta del Asia Menor, en Palestina
y Siria, en Irán y en Beluchistán. Cada una de estas civilizaciones tenía un
carácter propio, pero todas ellas mostraban tantos rasgos concretos de
coincidencia con los productos de Egipto, de Sumer, de la cuenca del Indo o de
alguno de los centros secundarios, que sus deudas con focos más antiguos de
civilización son indudables.
Esas
civilizaciones secundarias y terciarias no son originales, sino que resultaron
de la adopción de tradiciones, ideas y procedimientos recibidos por propagación
desde los
centros más
antiguos. En
la mayor parte de los casos, se
ha perdido el mecanismo de esta transmisión. Las páginas anteriores deben haber
revelado cuán efectivos fueron los mecanismos de propagación operantes.
Una vez establecida, la segunda revolución tuvo que esparcirse. Y cada uno de
los poblados, convertido en ciudad por esta propagación, se transformó a su vez
en un nuevo centro de contagio. Antes de 1.500 a.C., la nueva estructura
industrial llegó hasta España, Gran Bretaña y Alemania. Y únicamente cinco
siglos después, había penetrado hasta Escandinavas y Siberia.
Sin
embargo, en este proceso de propagación, la cultura se fue degradando. Quienes
aprendieron la nueva técnica, la aplicaban en forma
desmañada; la
pericia requiere
varias generaciones
de práctica
y de disciplina. Además de esto, la civilización superior no se adoptó en
su integridad; el pueblo receptor siente la necesidad de asimilar sólo algunos
aspectos del nuevo equipo cultural, y así lo hace. Por ejemplo, es
posible aprender bastante de la metalurgia y del modo de extraer
los minerales para fabricar armamentos, sin aprender a escribir o a
establecer una organización comercial tal que haga indispensable la escritura.
De este modo, surgen diferentes grados de civilización,
varios niveles de aproximación a las normas establecidas por los centros
primarios. Y estos grados tienden a ordenarse en zonas, alrededor de los núcleos
primarios.
Hacia el
año 2.500 a.C., los minoanos de Creta habitaban en ciudades y vivían de la
industria y el comercio. Con estas ocupaciones aprovechaban, en realidad, el
excedente de riqueza de Egipto y Siria, llegando a levantar una ciudad en una
pequeña isla, carente de tierra cultivable, únicamente porque ofrecía un puerto
conveniente. Los minoanos se apropiaron de varios elementos del necesario equipo
técnico de Egipto o Sumer, ya sea directamente o a través de Siria. Desde una
época muy primitiva habían adoptado el sello como artificio para marcar sus
tinajas de aceite y sus fardos de mercancía. Pero, los primitivos sellos nativos
eran productos más bien burdos. Más tarde, inventaron una escritura pictográfica
desmañada, para auxiliarse en sus
cuentas. Sabían fundir y trabajar los metales, empleando el tipo sumerio de
hacha, con un agujero para introducir el mango. Sólo que los utensilios
metálicos de los minoanos parecen demasiado toscos, al lado de los modelos
originales. Utilizaron los carros con ruedas, pero no los tornos de alfarero.
El pueblo
heleno de la Grecia continental comenzó a vivir en ciudades después que los
cretenses, dependiendo menos del comercio y la
manufactura.
Carecía
de
sellos
de
su
propia
invención,
presumiblemente debido a que el
comercio lo practicaban en una escala demasiado pequeña como para hacerlos
necesarios. Naturalmente, no sabían escribir.
La piedra
todavía competía efectivamente con el cobre, como material para fabricar
instrumentos, y las armas metálicas eran pobres imitaciones de las minoanas.
Finalmente, hacia
el año
2.000 a.C.,
los bárbaros
que vivían al
norte de los
Balcanes, en la
región que
llegaría a
ser después el
Imperio Austro- Húngaro,
principiaban apenas a utilizar el metal para armas y ornamentos y,
ocasionalmente, para fabricar utensilios. Pero, seguían viviendo en poblados
pequeños, formando comunidades casi auto- suficientes. Por supuesto, no sabían
escribir, ni siquiera tenían sellos. La metalurgia la habían aprendido de los
griegos y los troyanos, sólo que estaban muy lejos de alcanzan el nivel de sus
maestros. Por lo demás, sus vecinos del norte todavía eran neolíticos.
Capítulo
VIII
LA REVOLUCIÓN EN EL CONOCIMIENTO HUMANO
La
revolución económica descrita en el capítulo anterior sólo fue posible debido a
que los sumerios, los egipcios y los hindúes dispusieron de un conjunto de
experiencias acumuladas y de ciencia aplicada. La revolución inauguró un nuevo
método de transmitir la experiencia, nuevas maneras de organizar el conocimiento
y ciencias más exactas. La ciencia requerida por la revolución se había
transmitido en la forma de un saber artesano, por medio del precepto oral y del ejemplo.
Los comienzos de
la escritura, de
las matemáticas y del establecimiento de normas para pesar y medir,
coinciden con la época de la revolución. Este sincronismo no fue accidental. De
hecho, las necesidades prácticas de la nueva economía fueron las que evocaron
las innovaciones.
Como lo
hemos expuesto, en Sumer, los recursos necesarios para transformar la organización
económica se acumularon
en los
templos y fueron administrados
por los sacerdotes. Los administradores no eran individuos aislados, sino
corporaciones permanentes. Tampoco los templos eran unidades aisladas. En la
época histórica primitiva, encontramos templos dedicados a la misma deidad en
varias ciudades sumerias. Los dioses adorados en ellos no eran deidades locales
o, por lo menos, no lo eran
exclusivamente; eran comunes a todo el territorio, tal como ocurre con muchos de
los santos a los cuales se encuentran dedicados los templos cristianos.
Presumiblemente, sus sacerdotes no limitaban completamente su fidelidad a una
sola ciudad, sino que
tenían una
especie de
ciudadanía internacional en “el
reino de los cielos”,
semejante a la de los clérigos medievales. Probablemente estas condiciones se
remontan hasta la época prehistórica, aun cuando no tenemos certeza de ello. La soberanía de las mismas
deidades sobre el territorio entero, debe haber sido la correlación
teológica-política de la uniformidad de la cultura material en toda la extensión
de Sumer (y, después, de toda Babilonia).
Cada
templo sumerio disponía, como hemos dicho, de grandes propiedades territoriales,
rebaños, manadas y rentas enormes. Esta riqueza se empleaba y crecía, ayudando a
sus adeptos con anticipos y empréstitos. Los sacerdotes que administraban estos
ingresos, tenían que dar cuenta a su divino señor del manejo de su propiedad,
asegurando la conservación y el enriquecimiento de la misma. Ante ellos se
planteaba un problema sin precedentes en la historia humana; nunca antes había
habido semejante riqueza concentrada bajo un control unitario. Para llevar
registro de los tributos del dios y de sus transacciones, el sacerdote no se
atrevía a confiar en su memoria. No le podía servir artificio mnemotécnico
alguno; como, por ejemplo, el de hacer nudos en un pañuelo.*8
El sacerdote era individualmente mortal, pero, la corporación a la cual
pertenecía era inmortal, como el dios al que servía. El sacerdote podía morir
antes de que el préstamo fuera pagado
a su
señor, pero
su deber
de acreedor
exigente, sería cumplido por
algún colega o sucesor. El ministro
del dios debía registrar cuántas tinajas de semilla, y de qué calidad, había
entregado como anticipo, lo mismo que el
número de
ovejas y de
crías entregadas a un
pastor. Y
la transacción tenía que registrarse de tal manera que todo el sacerdocio
y no sólo el propio sacerdote, pudiera interpretar el registro y asegurar al
dios su cumplimiento. En suma, la escritura como sistema socialmente reconocido
de registro, resultó fundamental para llevar satisfactoriamente las cuentas del
templo.
Debemos
recordar que en el primer templo de Erech, el cual señala la transformación del
poblado en ciudad, se ha encontrado una tablilla primitiva de cuentas.
Los símbolos
inscritos en
ella testimonian, sino
un sistema de escritura, por lo menos un sistema de anotación numérica.
Posteriormente (pero, no después del año 3.000 a.C,) las tablillas de arcilla
conteniendo cuentas no sólo existían en Erech, sino también en Jemdet Nasr y en
otros sitios.
El
sacerdote trazaba caracteres y también signos numéricos sobre la arcilla. Los
caracteres son, en su mayor parte, dibujos taquigráficos – una tinaja, una
cabeza de toro, dos triángulos, y otras cosas semejantes–. Por consiguiente,
esta clase de escritura se llama pictográfica.
El significado de los
signos queda
indicado con
sólo mirarlos. Sin embargo, ya
son convencionales, en cierta medida. La sociedad ha escogido y sancionado,
entre varias posibles representaciones, una sola para representar, por ejemplo,
al toro. Algunos signos significan ya algo más que la simple representación
indicada: la tinaja significa una tinaja conteniendo una cantidad determinada,
es decir, de hecho, una unidad de
medida. Tal signo, establecido para representar una idea, se llama ideograma;
porque se dice que su valor es ideográfico
(por ej.
nuestros signos
matemáticos +, -,
x, ÷ y
otros, son ejemplos de
ideogramas).
Finalmente, se tienen también algunos signos a los
cuales no se puede considerar
como representaciones directas de un objeto específico. El significado de estos
ideogramas es puramente convencional. El sacerdote, ante la dificultad, de
indicar con unos trazos la distinción entre las diversas clases de carneros
adoptó, en su lugar, signos convencionales para denotar al carnero musmón, al
morueco, al castrado y a las ovejas. Tales signos deben haber sido invenciones
deliberadas de sacerdotes individuales. Pero, para tener utilidad, tuvieron que
recibir la aprobación de la corporación, o sea, la sanción social.
Precisamente porque las cuentas no eran documentos privados y porque los signos
eran algo más recordatorios para un individuo, el sistema de escritura empleado
tuvo que ser convencional. Fue necesario contar con un canon para los signos,
establecido y autorizado por la sociedad. Y, efectivamente, se han encontrado,
en realidad, tanto relaciones de signos, como cuentas pertenecientes a esa
época. Todos los administradores debían estar iniciados en la convención. El
proceso de iniciación es lo que llamamos aprender a leer y a escribir. (Lo cual
consiste, desde luego, en aprender el significado o, más bien dicho, la
pronunciación que nuestra sociedad acostumbra atribuir a veintiocho símbolos
arbitrarios, y en aprender a representar estos caracteres del modo aprobado por
nuestros semejantes). Deben haber existido, por lo tanto, escuelas para
escribas. Las relaciones de signos que se han hallado, bien pueden haber servido
como textos escolares.
Además,
como se empleaban los mismos signos en Erech, de Sumer, y en Jemdet Nasr, de Akkad, debe haber habido un intercambio de
alumnos y maestros entre las distintas ciudades.
El
sistema de escritura no era una conveniencia peculiar a la corporación de un
templo en particular, sino que era reconocida y estaba autorizada por toda la
sociedad sumeria.
Una gran
colección de tablillas desenterradas en Shuruppak (Fara), ilustran el
desenvolvimiento de la escritura sumeria, al iniciarse la época histórica,
después del año 3.000 a.C. Estos documentos son, exclusivamente, cuentas de
templos y relaciones de signos utilizados como textos escolares. En el más
reciente, los signos se encuentran agrupados por temas; por ejemplo, las
diferentes clases de peces se encuentran inscritas consecutivamente. Después de
cada signo, se agregó el nombre del funcionario o sacerdote que lo inventó.
Los
signos se han hecho enteramente convencionales. Los pictogramas se han
simplificado y abreviado tanto, que apenas si es posible
reconocer, y
eso en
algunos casos,
al objeto
indicado. Además, los signos se
emplean ahora tanto para representar sonidos, como ideas o cosas; han dejado de
ser ideogramas, por lo menos en parte, para convertirse en fonogramas.

Este
signo significaba cabeza barbada y, a la vez, representaba la
palabra sumeria
ka,
rostro. Ahora
bien,
era
empleada
para
denotar
la
sílaba
‘ka,
sin
ninguna
referencia
a
cabezas
o
rostros.
Haciendo
una
selección
de signos con valor fonético propio, resultó posible deletrear
palabras – nombres propios o términos que denotaban conceptos de acciones
difícilmente representabas por medio de dibujos–. (En la práctica, el signo
anterior también debe haber sido usado para expresar las ideas de “hablar”,
“gritar”, “palabra”, etc., y los equivalentes sumerios, dug, gug,
enim.)
Sin
embargo, se siguieron usando los signos con un valor ideográfico propio (para
denotar cosas o conceptos, en vez de sonidos). Y, aun cuando se deletreaban
fonéticamente las palabras, frecuentemente se les añadía un ideograma, para
indicar al lector la clase de palabra señalada. Los ideogramas usados de ese
modo se llaman determinativos.
Después
del año
3.000 a.C.,
empezamos a
encontrar otros
documentos que no son cuentas, contratos o relaciones de signos –primero,
principalmente nombres e inscripciones, luego, pactos, textos litúrgicos e
históricos, hechizos y fragmentos de códigos legales–. Además de esto, la
escritura se simplifica; en lugar de ser dibujados, los distintos elementos del
signo eran estampados sobre la arcilla blanda con un punzón en forma de cuña.
Debido a que los signos se componían de impresiones
en forma
de cuñas,
esta escritura
babilonia clásica
ha sido llamada cuneiforme. Se
siguió usando casi hasta el principio de
nuestra era,
y fue adaptada
posteriormente para escribir
varias lenguas extranjeras
–el hitita (en Asia Menor), el
vannico (en Armenia), el persa y otros–.
Ya desde
antes del año 2.500 a.C., la escritura inventada por los sumerios era usada para
transcribir la lengua de los acadios, sus vecinos semitas. Este empleo de los
caracteres sumerios para escribir los nombres semitas, debe haber acelerado la
conversión de los signos, de ideográficos en fonéticos. Pero, también, complicó
el resultado. Un signo determinado servía ahora para representar uno o más
conceptos, el sonido del nombre sumerio de los conceptos y el sonido de la
correspondiente palabra semita. (En realidad, la complejidad era mucho mayor, ya
que un mismo signo podía representar, aun en sumerio, varías palabras y, por lo
tanto, varios sonidos). Probablemente, los sumerios y babilonios nunca
experimentaron en esto dificultad alguna; pero, para los investigadores
modernos, la transliteración de los nombres sumerios en los alfabetos europeos,
siempre es difícil, Uriana se
ha convertido en
Ur-nanshe, Ur- engur en Ur-nammu, y así sucesivamente.
La
venturosa circunstancia de que los sumerios adoptaran la arcilla como material
para escribir y de que hicieran imperecederos sus documentos cociendo la
arcilla, nos
ha permitido seguir
la historia
de la escritura desde sus
comienzos mismos, en Mesopotamia. Nos
permiten seguir paso a paso el desarrollo de la escritura y el de la vida
urbana. No es accidental que los documentos escritos más antiguos
del mundo sean cuentas y diccionarios. Con ellos se ponen al descubierto
las necesidades rigurosamente prácticas que produjeron o impulsaron la invención
de la escritura sumeria.
En
ninguna otra parte se ha podido demostrar tan claramente el origen económico y
práctico de la escritura, ya que en ningún otro lugar se ha podido seguir este
arte desde su punto de partida. Probablemente, otros pueblos empezaron a
escribir sobre materiales perecederos y sólo aplicaron su escritura para hacer
inscripciones en substancias más
duraderas, cuando ya la habían hecho avanzar bastante. Los documentos egipcios
más antiguos que han sobrevivido, son nombres e inscripciones en sellos y vasos,
notas de cuentas o inventarios, y breves relatos de acontecimientos inscritos en
trozos de madera, encontrados en Abidos en las tumbas reales de la 1a
y 2da
dinastías. Para esta época (3.000 o 2.590 a.C., el más antiguo de dichos
objetos), el sistema ya tenía mayor madurez que el de los documentos
sumerios más antiguos. Los signos son, en realidad,
representaciones completamente reconocibles y deben haber sido,
originalmente, pictogramas. En algunos nombres de reyes y otras inscripciones
primitivas, las
figuras “cobran
vida” verdaderamente.
Algunos caracteres conservan su
valor como ideogramas; y, realmente, fueron usados como
determinativos, durante
todo el tiempo que
se empleó
la escritura
egipcia.
Sin
embargo, ya desde la época de Menes, muchos signos dibujados tenían un valor
puramente fonético, y las palabras eran deletreadas, generalmente, en vez de
indicarse solamente por ideogramas. Había pasado
ya la etapa
puramente pictográfica
y perduró
únicamente como motivo de inferencias. Muy pronto, los egipcios lograron
poseer un alfabeto, adoptando veinticuatro signos, cada uno de los cuales
representaba una sola consonante (las vocales no se escribían). No obstante, a
pesar de que las palabras se podían deletrear de esta manera, los ideogramas y
los signos determinativos nunca fueron
abandonados.
Desde
luego, los propios signos dibujados, aun cuando eran más realistas que los
pictogramas sumerios, se conformaban a una convención social. Además de esta
escritura jeroglífica, los escribas egipcios pronto inventaron otra escritura
cursiva (llamada hieratica), que se podía
trazar a mano
con mayor rapidez y cuyos
caracteres eran mucho más simplificados, de tal manera que los objetos representados ya no resultaban
reconocibles.
Los
nombres, inscripciones y resúmenes históricos que constituyen los documentos
supervivientes más antiguos de la literatura egipcia, difícilmente pueden servir
para poner de manifiesto las causas que inspiraron la invención de la escritura
en el Nilo. Los usos prácticos del arte están testimoniados desde
la época
de las primeras dinastías.
Los escribas son mencionados
explícitamente entre los
funcionarios reales. Las
observaciones sobre
el nivel
de las
aguas en
el Nilo
y la
imposición de contribuciones basadas en ellas, deben haberse hecho por
escrito. En las pinturas de las tumbas más recientes, vemos a los escribas
atareados, anotando la renta o tributo llevado por los arrendatarios o pastores.
En las escenas de talleres, están registrando los materiales tomados de las
bodegas, para ser trabajados por los artesanos
individuales.
Los
escribas eran funcionarios, miembros de un servicio público organizado y
permanente. Sus cuentas y registros debían ser inteligibles para sus colegas y
superiores y, en último caso, para su supremo señor, que era un dios terrenal.
Como en Sumer, tenían que conformarse a una convención social; y debían aprender
a leer y a escribir.
Nada
podemos decir acerca de la escritura hindú, ya que únicamente han sobrevivido
inscripciones breves y no descifradas, en sellos o en tablillas de cobre.
Debemos hacer notar que en Creta, donde los minoanos comenzaron a desarrollar
una escritura, antes del año 2.000 a.C., la inmensa mayoría de los documentos
encontrados son tablillas de cuentas o inventarios. Así, es probable que la
invención de la escritura se haya inspirado, en todas partes, en las necesidades
prácticas peculiares de la economía urbana. Reconocidamente, la escritura
sumeria fue inventada y utilizada
primero, en forma exclusiva, por una clase de sacerdotes. Pero, los sacerdotes
sumerios no inventaron la escritura en su calidad de ministros de una
superstición, sino como administradores de un estado mundano. Estos
sacerdotes, al igual que los escribas egipcios y minoanos, no emplearon primero
la invención con propósitos mágicos o litúrgicos, sino para los negocios
prácticos y para la administración.
La
invención de la escritura (tal como la hemos definido) realmente señala una
época en el progreso humano. Para los modernos, esta invención resulta
importante, principalmente porque ofrece la oportunidad
de penetrar
en el
pensamiento mismo
de
nuestros ancestros culturales, en
lugar de tratar de inferir dichos pensamientos de sus imperfectas
incorporaciones en los hechos. No obstante, la verdadera
importancia de
la escritura
radica en
que estaba
destinada a revolucionar la transmisión del conocimiento humano.
Valiéndose de ella, el hombre pudo inmortalizar su experiencia y transmitirla
directa- mente a
sus contemporáneos lejanos y a
las generaciones que todavía no han
nacido. Constituye el primer paso para elevar a la ciencia por encima de los
límites del espacio y del tiempo.
La
utilidad prestada por los primeros sistemas de escritura a esta alta misión, no
debe ser exagerada. La escritura no se inventó como medio de publicidad, sino
para servir a las necesidades prácticas de las corporaciones administrativas.
Las primeras escrituras sumerias y egipcias
eran, claramente, instrumentos
desmañados para
expresar las ideas. Todavía después de
pasar por
un proceso
de simplificación,
que duró más
2.000 años,
la escritura cuneiforme empleaba
entre 600
y 1.000
caracteres distintos. Antes de
poder leer
o escribir, era
necesario memorizar este formidable aparato de símbolos y aprender las
enmarañadas reglas de su combinación. Las escrituras jeroglífica y hierática de
Egipto, no obstante que contaban con elementos alfabéticos, seguían embrolladas
con una confusa multitud de ideogramas y signos determinativos, de tal manera
que el número de caracteres requeridos llegaba, aproximadamente, a 500.
En estas
condiciones, era inevitable que la escritura fuera un arte verdaderamente
difícil y especializado, para cuyo dominio se requería un largo aprendizaje.
La
lectura seguía siendo una iniciación misteriosa, únicamente era obtenible por
una instrucción prolongada. Sólo unos cuantos gozaban del ocio o del talento
necesarios para penetrar en los secretos de la literatura. En la antigüedad
oriental, los escribas formaban una clase relativamente
restringida, como
los escribientes en la
Edad Media.
Esta clase, en verdad, nunca se convirtió en una casta. La admisión en
las escuelas no dependía del nacimiento, aun cuando no sabemos el número
de alumnos;
admitidos. Lo
cierto es
que el
“público de
lectores” debe haber constituido una pequeña minoría, dentro de una
enorme población de analfabetas.
La
escritura era, de hecho, una profesión, como la metalurgia, el arte de tejer o
la guerra. Pero, era una profesión que disfrutaba de una posición privilegiada y
que ofrecía perspectivas de ascender a los empleos, el poder y la riqueza. La
capacidad de leer y escribir no era estimada como una llave para el
conocimiento, sino como un escalón hacia la prosperidad y la posición social
elevada.
Un
pasaje, bastante
trillado, de
la literatura egipcia posterior,
nos ilustra acerca de una
actitud que, en modo alguno, podemos considerar privativa del valle del Nilo o
de la época del texto.
Un
divertido grupo de documentos egipcios, que data del Nuevo Imperio, muestra el
contraste del prestigio y los privilegios de un escriba,
con las
penalidades de
un artesano
o de un agricultor.
Adoptan la forma de admoniciones paternales, pero incluyen los
sentimientos que podrían expresar actualmente un agricultor o un comerciante, al
escribir a su hijo sobre la conveniencia de escoger entre adquirir una educación
superior o conseguirse empleo en una empresa industrial.
Escribe
en tu corazón que debes evitar el trabajo duro, de cualquier tipo, y ser un
magistrado de elevada reputación. El escriba está liberado de las tareas
manuales; él es quien da órdenes... ¿No quieres adquirir la paleta del escriba?
Ella es la que establece la diferencia entre tú y el hombre que maneja un
remo.
Yo he
visto al metalúrgico cumpliendo su tarea en la boca del horno, con los dedos
como los de un cocodrilo. Hiede peor que la hueva del pescado. Todo artesano que
maneja un escoplo, sufre más que los hombres dedicados a roturar la tierra; la
madera es su campo y el escoplo su zapapico. En la noche, cuando está libre, se
afana más de lo que sus brazos pueden hacer (¿horas extraordinarias de
trabajo?); todavía de noche enciende (su lámpara para trabajar). El cantero sé
esfuerza por labrar las duras piedras; cuando ha hecho la mayor parte de su
trabajo, sus brazos están exhaustos, se encuentra fatigado... El tejedor en su
taller, lo pasa peor que una mujer: (se acurruca) con las rodillas en el vientre
y no prueba el aire (fresco). Necesita dar hogazas de pan a los porteros para
ver la luz.
Las
perspectivas de ascenso social
implicadas en
estas admoniciones, no deben
haber sido
tan brillantes
o definidas
en las
primeras épocas
o en otros
países. Pero,
la actitud
general hacia
los empleos
burocráticos y la ciencia teórica, contrastados con el trabajo manual y
las ciencias aplicadas, probablemente, se remonta a las primeras fases de la
vida urbana, y fue la misma en Sumer que en Egipto. El pasaje anterior recuerda,
por consiguiente, el hecho de que la segunda revolución produjo, o acentuó, la
división de la sociedad en clases. En la práctica, los reyes, sacerdotes, nobles
y generales, se colocaron en posición opuesta a los campesinos, pescadores,
artesanos y operarios. Y en esta división en clases, los escribas pertenecían a
la primera clase; la escritura era una profesión “respetable”.
Ahora
bien, el progreso en la época prehistórica se había debido, principalmente, a
las mejoras introducidas en la técnica, hechas presumiblemente por los artesanos
y los agricultores. Pero, en la división
de clases
de la
sociedad urbana,
los escribas
pertenecían a las “clases
superiores”, en contraste con quienes trabajaban como artesanos o agricultores;
la escritura era una profesión respetable, en tanto que la agricultura, la
metalurgia y la carpintería no lo eran. Las ciencias prácticas aplicadas a la
botánica, la química y la geología, no estaban comprendidas, por lo tanto; en la
tradición literaria, cuyos exponentes despreciaban el trabajo manual; el saber
artesano no se ponía por escrito, ni se manejaba en forma de libro.
Por otra
parte, algunas ciencias y pseudociencias –matemáticas, cirugía, medicina,
astrología, alquimia, adivinación– servían de tema a tratados escritos. De este
modo, formaban un cuerpo de ciencias eruditas, sólo accesibles para quienes
estaban iniciados en los misterios de la lectura y la escritura. Por este mismo
hecho, las disciplinas en cuestión estaban expuestas a divorciarse de la vida
práctica. Al entrar a
la escuela,
el alumno
volvía la
espalda al
arado y
al banco del carpintero; y no tenía deseos de regresar a ellos.
También,
en forma inevitable, las palabras escritas con tanta dificultad y descifradas de
modo tan laborioso, deben haber parecido como si poseyeran autoridad en
sí mismas.
La inmortalización
de la
palabra por medio de la
escritura, se debe haber tomado como un proceso sobrenatural; seguramente era un
acto mágico el que un hombre, desaparecido del mundo de los vivos desde mucho
tiempo atrás, pudiera todavía hablar desde una tablilla de barro o un rollo de
papiro.
Las
palabras expresadas
de esta
manera deberían
poseer una
especie de mana. Así, los hombres eruditos del Oriente, al igual
que los escolásticos de la Edad Media, se inclinaban a volverse a los libros, de
preferencia a la naturaleza. En Egipto, los libros sobre matemáticas, cirugía y
medicina, compuestos durante el Antiguo Imperio (antes del año 2.400 a.C.)
fueron copiados servilmente, y con frecuencia por manos incompetentes, después
del año 2.000. Entre los años 800 y 600 a.C., los reyes advenedizos de Asiria se
tomaron el trabajo de adquirir para
sus bibliotecas, copias de
los textos que se remontaban a
la época de Hammurabí (hacia 1.800 a.C.) o de Sargos de Agade (2.350 a.C.).
En lugar
de exigir libros que estuvieran al corriente e incluyeran los descubrimientos
más recientes, los estudiantes egipcios o babilonios los estimaban por su
antigüedad. Un editor no anunciaría sus efectos, entonces, como “nuevas
ediciones revisadas”, sino como copias fidedignas de textos fabulosamente
antiguos. Así, la “cubierta” del papiro matemático de la colección Rhind, dice:
“Reglas para interrogar a la naturaleza y para conocer todo lo que existe.
Escritos en el trigésimo tercer año del reinado de Aauserre, de conformidad con
un escrito antiguo, de la época del rey Nemare (1880-1850 a.C.). Él
escriba Ahmosis hizo esta copia”. Uno de los tratados incluidos en el papiro
médico Ebers lleva el título de “El libro de la curación de las enfermedades,
descubierto en un
escrito antiguo
encerrado en
un cofre a los pies de Anubis,
de la época del rey Usafais” (monarca de la 1ra
dinastía).
Sin
embargo, las escuelas de escribas funcionaban, en realidad, como lo que
llamaríamos un instituto de investigación. Aun para propósitos de enseñanza, fue necesario organizar y sistematizar el
conocimiento por impartir.
El desempeño
del cargo
de profesor
acarreó oportunidades y
estímulos para ensanchar el conocimiento, por una especie de “investigación
teórica”.
Particularmente en Mesopotamia, esa actitud “escolástica” que hemos criticado,
dio aliento
a la
organización del aprendizaje.
Desde el
año 2.500 a.C., un pueblo avanzado de habla semita venia pugnando
por conquistar la hegemonía en Babilonia. La primera dinastía que logró
unificar, finalmente, a Sumer y Akkad, hacia el año 1.800 a.C., era semita. Así,
la lengua semita acadia se convirtió desde entonces en el idioma oficial del
reino. El sumerio quedó como una lengua muerta.
Pero, los
venerados textos antiguos estaban escritos en sumerio. Y, entonces, el sumerio
siguió siendo el lenguaje de la religión, como ocurrió con el latín en la Edad
Media. Los sacerdotes de los templos, conservando la identidad de su corporación
desde la época pre- histórica de Sumer, aprendían la tradición sumeria,
independiente- mente del habla nativa que hubieran tenido antes de ordenarse.
Naturalmente, consideraban que los antiguos dioses del país debían seguir siendo
propiciados con la liturgia sumeria; los antiguos poderes mágicos sólo podían
ser invocados con hechizos sumerios. Las escuelas de los templos tenían
necesidad de enseñar y estudiar el sumerio, como hacían con el latín los
colegios medievales. Además de la enseñanza de
la lectura
y la
escritura, tenían que
dar, por
lo menos
a algunos de sus alumnos, una “educación superior” que comprendía temas
sin utilidad práctica en los asuntos murcianos. En el curso de estos estudios
aprendieron a hacer gramáticas y diccionarios, para facilitar la comprensión y
la recitación correcta de los viejos himnos y encantamientos
sumerios, lo
mismo que la compilación y
la ordenación de los textos
antiguos. Aun cuando se inspiraba en la esperanza de obtener beneficios
sobrenaturales, este trabajo adiestraba a los eruditos en la organización del
conocimiento y en la investigación; y es esto lo que nos ha permitido a los
modernos el poder leer el sumerio.
También
en Egipto, la veneración por las tradiciones antiguas se remonta a la gloriosa
época de las pirámides, como lo atestiguan las inscripciones citadas en más
arriba, incitando a las generaciones posteriores al estudio sistemático de los
documentos formulados en un lenguaje
y con
una escritura
en desuso,
como puede
ser para
un inglés moderno la lengua de
Chaucer.
La
educación del escriba no se limitaba, en ningún país, a la lectura y
la escritura. Para desempeñar las funciones que se le exigían
normalmente, tenía necesidad de estudiar también matemáticas. Algunos deben
haber aprendido, igualmente, astrología, medicina, cirugía y,
tal vez, hasta alquimia. Probablemente, la mayor parte de los papiros y
tablillas que los investigadores modernos llaman “matemáticos” y “médicos”, se
formularon y emplearon en esas escuelas.
A ellos debemos añadir cómputos y planos topográficos, calendarios
y otros documentos que ilustran las aplicaciones de la aritmética, la geometría,
la astronomía y otras ciencias. De estas fuentes hemos inferido cómo estaba
organizada la enseñanza; cómo se transmitía el conocimiento y cuáles eran los
conocimientos que se habían logrado.
Obviamente, los cómputos y calendarios tienen, con la ciencia de la matemática,
justamente la misma relación que guardan las escorias y piezas fundidas con la
ciencia de la química. De cada uno de ellos podemos inferir la cantidad de
conocimientos científicos que el calculista
o el
metalúrgico aplicaba
realmente en
el curso
de su
trabajo. Los planos topográficos no se diferencian del material manejado
por el “arqueólogo de la prehistoria”, por el hecho de que tengan figuras y
palabras escritas.
En
segundo lugar,
entre los
textos “científicos” se incluyen
varias tablas comparables a
nuestras tablas de multiplicación y de cálculo de intereses. Son, desde luego,
ayudas para hacer cuentas e instrumentos de cálculo. Aun cuando la inmensa mayoría de los
ejemplares existentes están hechos para ser utilizados en las “escuelas”, todos
ellos son rigurosamente comparables a los instrumentos empleados por un artesano
en la aplicación de su disciplina científica. Las tablas de multiplicación
cumplen la misma función de los hornos, los crisoles y los fuelles. El
discernimiento que permiten acerca del conocimiento matemático, es justamente de
la misma clase del que se puede obtener sobre los conocimientos de química
aplicada, al examinar una reliquia arqueológica sin
inscripciones.
Sin
embargo, los textos que se han conservado no tienen una correspondencia exacta en
el material
utilizado por
la arqueología pura, como
ilustración de las ciencias aplicadas. Estos documentos son los instrumentos
reales de la transmisión del conocimiento científico. Ocupan el lugar que entre
nosotros tienen los textos escolares, los libros de consulta y, tal vez, las
comunicaciones hechas a las revistas especializadas. Pero, son radicalmente
distintos de los libros de texto modernos, los cuales aspiran a
explicar la teoría general
y los métodos de una
disciplina entera; y, asimismo, son diferentes de las monografías en las cuales
se pretende exponer y demostrar un descubrimiento o una generalización
particulares.
Los
textos matemáticos son, simplemente, ejemplos concretos de diferentes problemas
resueltos por completo. Ilustran al lector acerca de cómo hacer sumas de varias
clases. Pero, en sí mismas, tales series de ejemplos difícilmente podían bastar
para instruir a un novicio acerca de métodos nuevos, o para impartirle un nuevo
conocimiento. Deben haber tenido el propósito de complementar la instrucción
oral. Lo mismo ocurre en el caso de los textos médicos. En el mejor de los
casos, contienen un resumen de los síntomas, recapitulado en una diagnosis y
seguido de una prescripción. Parecen,
así, las anotaciones tomadas por un estudiante, sobre los casos vistos
durante su práctica en el hospital. Suponen alguna especie de instrucción oral,
dada por el profesor.
Entonces,
tal parece
como si no hubiera
una verdadera
distinción entre la transmisión de las ciencias eruditas y la de las
ciencias aplicadas u oficios; la clase de instrucción dada a un estudiante de
matemáticas o de medicina era, esencialmente, la misma que se daba a un aprendiz
en metalurgia o en tejeduría. El aprendiz observaba el trabajo de su maestro,
quien te mostraba la manera de ejecutar la operación y,
luego, él mismo se ponía a trabajar, bajo la vigilancia de su maestro,
quien le corregía cuando lo hacía mal. Precisamente de este modo, el estudiante
de escriba o de médico, en Egipto o en Babilonia, debe haber observado a su
profesor resolver ejemplos simples de casos realmente tratados. Los documentos
no indican si esta instrucción práctica era precedida o complementada por una
exposición razonada de los principios generales y de la teoría abstracta, tal
como ocurre en la actualidad, distinguiendo la enseñanza universitaria, por
ejemplo en ingeniería, del simple aprendizaje de un oficio.
Las
ciencias eruditas, en el Antiguo Oriente, estaban conectadas en sus propósitos
con los oficios, todavía de una manera más obvia. Las matemáticas, la medicina y la astrología, en Egipto y en Babilonia, tenían el
propósito manifiesto de satisfacer necesidades existentes en el seno de las
sociedades egipcia y babilonia. Trataban de resolver los problemas
surgidos realmente
en el
curso de
las transacciones y de
las construcciones, de la curación de las enfermedades conocidas, de la
determinación de las temporadas agrícolas y, más aún, de la
predicción de la fortuna de los hombres.
La
matemática; es una consecuencia de las necesidades económicas de la revolución
urbana, de una manera tan obvia como lo es la escritura. Las transacciones
comerciales de las corporaciones de los templos y la administración de las
rentas por un servicio público, requerían patrones fijos de pesas y medidas, un
sistema de notación numérica y reglas para facilitar las cuentas, del mismo modo
que necesitaban la escritura.
Naturalmente, la medición no empezó con la revolución. Nos referimos a la simple
comparación de objetos respectos en longitud, anchura, peso
y otras
magnitudes. En cierta
forma, debe
ser tan
antigua como
la industria humana. No se puede ajustar la cuerda a un arco, ni el hacha
a su mango, sin medir. Primero, los
objetos por ajustar se comparaban directamente entre sí. Pero, tan pronto como
las operaciones industriales se hicieron más complicadas, resultó más
conveniente comparar cada parte con un patrón. En la construcción de
embarcaciones, hubiera sido muy inconveniente el tener que comparar cada tablón
por cortar, directamente, con la quilla ya colocada y hasta con
el último
tablón ya cortado.
Era mucho
más fácil
comparar la
quilla, por ejemplo, con el brazo del constructor, y cortar cada tablón a
la longitud del número de brazos comprendidos en la quilla.
En un
principio, los patrones para comparar eran objetos naturales individuales.
Los dedos,
la palma
de la
mano y
el antebrazo
(la ana
o el codo) servían, por así
decirlo, de unidades personales de longitud. En los intercambios, un grano de
cebada o un saco lleno de grano, deben haberse usado como unidades de peso.
Pero, como el trabajo social requiere precisión y necesita de la cooperación de
varios trabajadores, las medidas individuales resultaron inadecuadas; dos
trabajadores no tenían los brazos, necesariamente, de una longitud exactamente
igual. Asimismo, el
intercambio de
cantidades de
granos de
cebada de
pesos diferentes y la
desproporción en el contenido
de los
sacos, provocaban transacciones injustas. Se hizo necesario fijar
patrones de pesos y medidas. Esto es, que la sociedad debió convenir en asignar
un valor fijo al dedo, la palma y el codo, lo mismo que al grano y al saco
lleno. Los patrones sociales de longitud se marcaron, entonces, sobre varas de
medir; y se hicieron pesas de piedra o de metal para representar
convenientemente al grano y al saco lleno.
Pronto se
convino en que las diversas unidades convencionales de longitud, volumen, peso y
otras magnitudes, guardaran entre sí determinadas relaciones matemáticas
simples, aunque conservaron sus viejos
nombres. El
codo se
convirtió en
simple múltiplo
del palmo,
y así sucesivamente. Por tanto, el establecimiento normas para pesar y
medir se apoya, como el lenguaje y la escritura, en una convención. Las
pesas y
las medidas,
al igual
que las
palabras y
letras, deben
estar autorizadas por el uso social.
Incidentalmente, la medición por
medio de patrones convencionales es más abstracta
que la comparación de objetos individuales concretos. Y todas las mediciones implican pensamiento abstracto. Al medir
la longitud de los objetos, se ignoran sus materiales; colores, formas, texturas
y otras propiedades, para concentrarse en la longitud. Este proceso conduce,
finalmente, a los conceptos de “cantidad pura” y de “espacio euclidiano”.
Pero, no
se debe suponer que las sociedades antiguas estuvieran interesadas en longitudes
infinitas o en espacios vacíos. Sus abstracciones estaban limitadas por sus
intereses prácticos. Las antiguas medidas sumerias de superficie tenían, en
algunos casos, los mismos nombres que las medidas de peso; en particular, la
unidad menor en ambas “tablas” es el se o grano; en otras palabras, la
“medida sumeria de superficie” era, originalmente, una medida para áridos. El
interés de los sumerios se refería a la cantidad de simiente necesaria para
sembrar sus campos. No consideraban el campo como ocupando
cierta magnitud
de “espacio
vacío”, sino
como necesitado de determinada cantidad de semillas. De la superficie de las
porciones de desierto incultivable o de cielo azul, no se ocupaban.
Debemos
hacer notar
la acción de pesar también exigió la intención de un instrumento
especial, la balanza. En las tumbas egipcias pre- históricas se han descubierto
objetos que Petrie supone deben ser pesas. Si Petrie está en lo justo, debemos
admitir que la invención de la balanza
y el establecimiento de patrones para pesar, comenzaron algún tiempo antes de la
revolución.
Tal cosa
es probable, intrínsecamente. En todo caso, las diversas comunidades entre las
cuales reconstruimos la revolución en el
capítulo VIII, llegaron a atribuir valores convencionales más bien
diferentes a
sus diversas
unidades. Después
de la
revolución, lo
que encontramos es esto: diferentes
sistemas de pesas y medidas en Egipto, Mesopotamia y la India. Dentro de la
misma Mesopotamia, las diferencias de
menor cuantía en las pesas, deben tener
su origen en la adopción de patrones
divergentes en varias ciudades autónomas. El comercio fue suficientemente
internacional, sin embargo, para que los patrones de pesas y medidas de un país
fueran reconocidos y utilizados en otros. Así los egipcios medían algunas veces
con unidades babilónicas de peso, en lugar de emplear sus propias
unidades.
El contar
debe remontarse a las primeras sociedades humanas, a pesar de que algunos
salvajes modernos no pueden, según se afirma, contar arriba de cinco.
Presumiblemente, el hombre empezó a contar con sus dedos. De aquí el sistema
decimal tan extendido, en el cual tienen distintos nombres los números del uno
al diez.
Desde
luego, en todos los casos, el hombre numeraba objetos reales –salmones
atrapados, ovejas en un aprisco, hilos en una trama–. Las modestas cantidades
que un cazador paleolítico, o un pastor neolítico, podía tener necesidad de
recordar, se registraban bien haciendo incisiones en una estaca. En cambio, para
registrar los enormes ingresos de un templo sumerio o de un faraón egipcio,
tales series de incisiones resultaban
demasiado incómodas.
La corporación sacerdotal y el servicio civil tuvieron que adoptar un sistema
convencional para anotar cantidades grandes. Tanto en Sumer como en Egipto,
existen documentos, en los cuales se utiliza un sistema convencional de
numeración, más antiguos que los primeros ejemplos existentes de
escritura.
En ambos
países, lo mismo que en la India (y, posteriormente, en Creta), las convenciones
adoptadas para anotar cantidades grandes fueron, esencialmente, las mismas; Las
unidades eran representadas con un signo, repetido tantas veces como se hacía
necesario para denotar los números comprendidos entre 1 y 9. Se adoptó un
símbolo diferente para denotar el número 10 y los múltiplos de 10, y así se
siguió con las unidades superiores. En Egipto, desde la 1a dinastía
se tienen testimonios de los siguientes símbolos:

En
Mesopotamia, el sistema se desarrolló con lineamientos diferentes. En las
tablillas de cuentas más antiguas, en Erech y Jemdet Nasr, ocurren los
siguientes numerales D= 1, o = 10, O = 100. Pero, en otros textos de las
mismas ciudades, que son más bien posteriores, los numerales tienen los valores
siguientes: D = 1, o=
10, D = 60, O =
600. Este es el llamado sistema sexagesimal utilizado por los sumerios y,
después por los babilonios, mientras sobrevivió su civilización. Naturalmente,
las formas de los numerales se simplificaron con el transcurso del tiempo, como
sucedió también en Egipto. Pero, en Babilonia, esta simplificación tuvo
consecuencias asombrosas.
Cuando la
huella de un punzón en forma de cuña tomó el lugar de los signos dibujados, en
la inscripción, la D
se convirtió en
, la
o en
, la
D en
, y la O en
(o
bien, en los “textos matemáticos”, en
.) Por lo tanto, hacia el año 2.000 a.C., un
mismo signo representaba a cualquier potencia de sesenta (incluyendo el número
base y otro signo representaba al
número 10
y a
las decenas.
Sólo el
orden de
los signos servía
para distinguir
sus valores:
significaba
2
X 60
+ 3
x 10 +
1 o
sea, en
nuestra notación,
el número
151.
Los babilonios
se encontraron, así,
en posesión
de un
sistema en
el cual se utilizaba el
“valor de posición”, tal como se hace en el nuestro. Su sistema tenía un
defecto, no había signo para representar el cero; pero, algún tiempo después del año 1.000 a.C., esta deficiencia
fue subsanada.
Todos
estos sistemas eran más bien difíciles de manejar; por ejemplo, para escribir
879 en egipcio tenían que emplearse veinticuatro signos distintos. Por otra
parte, la suma y la resta eran casi tan fáciles cómo contar con los dedos:
III más
suma, evidentemente,
IIII. La multiplicación y la división por el número 10, también se
representaban con facilidad. La multiplicación de 2 por 10, se hacía simplemente
cambiando
por
.
Los
“documentos matemáticos” más
antiguos, las
tablillas pictográficas de cuentas, ilustran únicamente las operaciones
matemáticas más simples. En ellas están anotados números de ovejas realmente
existentes, mediciones de cebada o cántaros de cerveza. Los tales se obtenían
sumando y restando superficies de los campos (en el sentido definido antes), se
calculaban por el producto de dos lados. En tales condiciones; no había ocasión
para que surgieran las fracciones. El escriba
contaba ovejas
y hombres
reales. Por
consiguiente,
hubiera carecido de sentido el
considerar un octavo de oveja o cinco octavos
de hombre. Respecto a la medición de longitudes y volúmenes, la variedad
de unidades utilizadas, teniendo cada una de ellas distinto nombre, ocupaba el
lugar de las fracciones; tal como la aritmética elemental
expresa las
fracciones de
libra en
onzas, escrúpulos, granos, etc. De este modo, en Sumer, el valor de “unidades
naturales” de longitud se fijó convencionalmente, de tal manera que 15 dedos
equivalían a 1 palmo, 2 palmos a 1 codo, y así sucesivamente. En las escrituras
sumeria y egipcia, los numerales simples, cuando no iban acompañados
por algún
otro signo
o palabra,
deben haber
sido usados para denotar
unidades de peso o de longitud; así, en la escritura sumeria se podía emplear D
por 1 gan, y o por 1 bur (es decir, por 18 gan). Tal vez,
de esta práctica se originaron los “signos individuales” utilizados para denotar
ciertas fracciones:
En
Egipto

En
Babilonia
Con todo,
las complicaciones introducidas en la vida social por la revolución urbana,
plantearon problemas cuya solución satisfactoria exigió procedimientos
matemáticos más avanzados. Para ejecutar las gigantescas obras públicas se
reunían, grandes ejércitos de trabajadores,
debiendo
tenerse
por
anticipado
las
provisiones
requeridas para mantenerlos.
Era necesario calcular
las cantidades
de alimentos
y materias primas que debían reunirse; por consiguiente, tenía que
estimarse el tiempo probable durante el cual se iban a ocupar. Esto implicaba el
cálculo del contenido volumétrico de los diques de tierra
en talud, o de las pirámides, o bien el número de ladrillos necesarios
para formar los muros de una cisterna. La paga de las cuadrillas tenía que ser
prorrateada conforme a la calidad del trabajo o al rendimiento de cada uno de
sus integrantes.
El grano
era almacenado en graneros, cuya forma podía ser cilíndrica
o piramidal; y los sobrestantes y funcionarios recaudadores de rentas
necesitaban conocer cuánto grano se podía guardar en ellos. El comercio estaba
organizado a base de sociedades, y las ganancias tenían que ser prorrateadas de
acuerdo con las aportaciones hechas. Una deidad sumeria era apaciguada
diariamente con cuantiosas ofrendas de
cerveza, cuya
concentración era
señalada por
el uso
ritual.
El
cervecero del templo necesitaba conocer las cantidades de grano requeridas para
preparar la malta y para fabricar la cerveza; y el sobrestante debía averiguar
cuánto grano, era necesario entregar en cada caso para cada elaboración. La
superstición egipcia exigía una precisión extremada en la construcción de las
pirámides; el albañil debía conocer las medidas
exactas de
los bloques individuales
que era necesario labrar para
revertir tales monumentos.
La clase
de problemas que debían resolver un escriba egipcio es expresada en un papiro
más reciente, que data del año 1.260 a.C. Se supone que el escriba está
reconviniendo a un rival por su
incompetencia:
Dices tú;
“soy el escriba que da órdenes a los reclutas”. Has dado a excavar un depósito.
Pero, vienes a mí para indagar las raciones
de los soldados y me dices: “calculalas”.
Abandonas tu cometido y haces recaer en mí la carga de enseñártelo.
Tú eres
el escriba hábil que encabeza a los reclutas. Se debe construir una rampa
de 730 codos de longitud y 55 codos de anchura, conteniendo 120 compartimientos
y rellenada con carrizos y estacas... Los generales preguntan la cantidad de
ladrillos requerida, y los escribas están reunidos, sin que ninguno de ellos
sepa nada. Ellos ponen en ti su confianza, diciendo;
“tú eres
el escriba
hábil, amigo
mío...
Respóndenos ¿cuántos
ladrillos se
necesitan?”
Se te ha
dicho: “vacía el depósito, bajo el monumento de tu señor, que está lleno de
arena traída de la Montaña Roja. Mide 30 codos cuando se encuentra extendido
sobre el suelo y 20 codos de ancho. El depósito consta de varias divisiones,
cada una de ellas de 50 codos de altura. Se te comisiona para hallar cuántos
hombres lo demolerán en seis horas”.
(Por
supuesto, tal como está planteado, el problema no tiene solución; pero, esto
forma parte de la broma.)
Los
problemas que se resuelven en los textos existentes de Egipto y Babilonia, son
justamente del tipo anterior. La mayor parte de los problemas nos parecen
triviales; sólo unos cuantos dejarían
seriamente perplejo, en la actualidad, al alumno de una escuela elemental. Pero,
seria enteramente absurdo juzgar a los escribas que vivieron hace 5.000 años,
conforme a las pautas modernas. Las operaciones que les preocupaban nos son
familiares precisamente porque hemos heredado las técnicas inventadas por ellos,
a través de los griegos y de los árabes.
En
realidad, los escribas sumerios y egipcios estaban experimentando en un dominio
totalmente desconocido y no explorado, que habían abierto los acontecimientos
sin precedentes de la revolución urbana.
Los
problemas que
ellos debían
resolver eran
absolutamente nuevas,
y nunca antes se habían presentado, precisamente porque fueron creados
por la revolución misma. Al igual que los otros resultados, nos son familiares
porque constituyen la base de nuestra propia
civilización. Sólo que los matemáticos antiguos tuvieron que inventar,
realmente, los métodos para resolverlos.
En primer
término, tuvieron que crear el mecanismo para calcular. El primer paso fue el de
inventar un sistema de notación, para reducir a escritura todos los números,
para los cuales, después de todo, ya existían nombres en el lenguaje
hablado. El paso siguiente consistió en mejorar la técnica de calcular. Sumar y
restar es, simplemente, contar en forma abreviada, memorizando los resultados
obtenidos con anterioridad. Al “sumar” 5 y 3, recordamos que el resultado (el
cual, presumiblemente, se
obtuvo primero
contando) es
8, en
lugar de
contar una por una las unidades contenidas en dichos números. Como ya lo
hemos expuesto, las notaciones egipcia y sumeria daban expresión gráfica a este
hecho.
La
multiplicación es, por su parte, una abreviación de la suma. Multiplicar 5 por 3
significa sumar tres veces cinco. En la escuela aprendemos que el resultado es
15. Los egipcios no parecen haber considerado
este resultado como algo
que debiera
ser memorizado.
En todo caso, nunca aplicaron el procedimiento que a nosotros nos es
familiar. Ellos siempre operaron con el método de “duplicación”. Sumaban el
multiplicando consigo mismo. Pero, recordaban que 12 + 12 (es decir, 12 X 2) es
24, y abreviaban el procedimiento hasta esté grado. Un ejemplo servirá para
ilustrar el método. Así es como los egipcios encontraban los productos 12 X 12 y
14 X 80:
|
1 |
12 |
|
1 |
80 |
|
2 |
24 |
|
√10 |
800 |
|
√4 |
48 |
|
2 |
160 |
|
√8 |
96 |
|
√4 |
320 |
|
Total |
144 |
Total |
|
1120 |
(Se
escribe 1 al lado del multiplicando y se van duplicando ambos términos, hasta
tener en la primera columna números cuya suma sea
el multiplicador, poniendo una
contraseña en los
renglones pertinentes.
Entonces, se suman las cifras correspondientes de la segunda columna. En el
segundo caso, el proceso se simplificó con la notación decimal a la cual ya nos
hemos referido).
Para
dividir, se invertía el procedimiento. La división de 19 entre 8, la cual
hubiera sido expresada por el egipcio como “calcular con 8 para encontrar 19”,
sería obtenida así:
Resultado 2
+ 4
+
8
(En este caso, se duplica y se dimidia
el divisor hasta tener en la segunda columna números cuya suma sea el dividendo,
se pone una contraseña a los enteros y fracciones de la primera columna y,
luego, se suman las cifras señaladas. ½
y ¼ se pueden escribir como 2 y
4, de conformidad con la notación empleada por los egipcios para las
fracciones.)
Es
probable que los sumerios hayan usado, en un principio, métodos “aditivos”
similares. Sin embargo, desde antes del año 2.000 a.C., los babilonios estaban
familiarizados con la multiplicación, en la forma conocida por nosotros. Lo cual
significa que poseían tablas de multiplicación, mismas que han llegado hasta
nosotros. Es decir, que habían anotado los resultados obtenidos valiéndose de
métodos aditivos, y los habían tabulado para memorizarlos o tenerlos como
referencia para consultarlos.
De esa
manera, se hicieron con instrumentos para calcular con facilidad y, en
consecuencia, aclararon enormemente y aceleraron el trabajo del cálculo.
Posiblemente, la gran importancia que tuvo el comercio para Babilonia fue lo que
suscitó esta simplificación del procedimiento aritmético. En la época prehistórica, Mesopotamia había dependido más que Egipto
del comercio exterior y, después,
continuó en tal situación. Su posición geográfica hace de ella una confluencia
natural de rutas comerciales, mientras que Egipto se encuentra relativamente
aislado. Con seguridad, la transacción de los negocios exteriores en gran escala
se debe haber expeditado con el nuevo procedimiento. Al propio tiempo,
la compilación de las tablas, es decir, el registro sistemático y la
ordenación de los resultados obtenidos con cálculos más simples, la debemos
acreditar a la “organización de la investigación” existente en las escuelas de
los templos.
Las
tablas conservadas dan el producto del multiplicador por todos los enteros comprendidos entre
1 y
20 y,
además, por
30, 40 y
50; estando arregladas y
ordenadas como las nuestras. Al parecer, entre los multiplicadores se incluyen
también números elevados, como 1,15 y, aun, como 44, 26, 40 (todos ellos
expresados, por supuesto, en la notación sexagesimal). Por lo tanto, estas
tablas podían servir asimismo para dividir, tal como lo explicamos adelante.
Igualmente, han sobrevivido tablas de
cuadrados, cubos y otras potencias, de raíces cuadradas, raíces cúbicas, etc.
Evidentemente, los problemas prácticos afrontados por los escribas, tales como
el de dividir raciones entre les trabajadores, los deben
haber obligado a ocuparse,
después, de las cantidades fraccionarias. Para comprender lo que esto significó,
sería bueno recordar las molestias que nos causaron las fracciones cuando
asistíamos a la escuela elemental. Para los egipcios y babilonios, se trataba de
algo absolutamente nuevo.
No es
posible representar
convenientemente las
fracciones, como se hace con los enteros, con los dedos de la mano o con las
bolas de un ábaco. Se hizo necesario invernar otra notación para estas
cantidades que no se podían imaginar concretamente de ese modo.
Los egipcios denotaron las fracciones
(cuyo numerador era siempre 1) colocando
un signo
sobre el
denominador, el
cual podemos
representar en nuestra notación con una raya. (Por supuesto, tenían
signos especiales para representar ½ y
⅓ , y ⅔, como lo referimos antes). Es claro que sería difícil escribir con esta
notación 2/5 o 7/10.
Y, en efecto, los egipcios
nunca escribieron
tales fracciones.
Siempre las
expresaron como la suma de varias fracciones cuyo numerador era 1 o, como
diríamos ahora, como la suma de sus partes alícuotas, con excepción de la
fracción ⅔ que podía ser introducida entre los sumandos. Por lo tanto, nuestros
ejemplos se resolverían de esta manera:
2/5 = ⅓ + 1/15 (o sea, 3 + 15, en la notación egipcia), y 7/10
= ⅔
+ 1/30. Los egipcios compilaron tablas, dando la solución correcta de
todas las fracciones cuyo numerador es 2 y cuyo denominador es un número impar
comprendido entre 3 y 101. La primera parte del papiro de la colección Rhind
contiene esta tabla, añadiendo “modos de usarla”.
Los
egipcios entendían difícilmente, por tanto, que las fracciones estuvieran
sujetas precisamente a las mismas reglas que los enteros. La omisión se debía,
principalmente, a su primitiva técnica de calcular; la división ejecutada de
acuerdo con el procedimiento egipcio lleva, automáticamente, a una suma de
partes alícuotas. La notación defectuosa fue una causa que contribuyó a la
perpetuación de este procedimiento.
La
transformación del sistema numérico, descrito más arriba, dio a los matemáticos
babilonios, incidentalmente, el completo dominio de las cantidades fraccionarias, hacia
el año
2.000 a.C.
La simplificación de
la escritura significó que el valor de un numeral pasó a depender de su
posición relativa, respecto a los otros. Entre nosotros, un mismo guarismo, 5,
es utilizado para denotar 5x10, 5x1,5 x 5/10 y así sucesivamente. El valor que
posee queda determinado, en cada caso, por la posición relativa que ocupa
respecto a los otros guarismos, incluyendo el cero y el punto decimal. De la
misma manera, hacia el año 2.000 a.C., los babilonios empezaron a emplear en sus
textos matemáticos el mismo grupo de signos,.
para
denotar 20 y 20/60; pero, carecían de signos para el cero y el punto decimal, y
usaban una escala sexagesimal. Partiendo de esto, estuvieron en condiciones de
extender su dominio de los números a toda la esfera de los números racionales.
Las fracciones las podían expresar de una manera análoga a nuestros “decimales”:
1/6 se podía escribir como; 12 (para
nosotros, es conveniente insertar un punto y coma, para representar el “punto”,
del cual carecían los babilonios), 2/6 como 24, y así
sucesivamente. Y estas fracciones sexagesimales las trataban exactamente como si
fueran enteros.
Esta
notación simplificó la difícil operación de dividir. Los babilonios formularon
tablas de recíprocos de los números comprendidos entre 1
y 60:
|
2 |
30 |
|
3 |
20 |
|
4 |
15 |
|
5 |
12 |
|
6 |
10 |
|
8 |
7,30 |
Y así
sucesivamente. Por lo tanto, en lugar de dividir, digamos entre 5, multiplicaban
por su recíproco; (12/60). Sin embargo, nada sabemos de lo que hacían cuando el
reciproco no era un número finito –como, por ejemplo, 60/7.
El
sistema de
las fracciones
sexagesimales y
los nuevos
procedimientos iniciados con él, fueron consecuencias incidentales de un
cambio en la escritura. Pero, la comprensión de sus posibilidades y su
aprovecha- miento fueron, al parecer, conquistas logradas por las escuelas de
los templos. Según parece, el uso del sistema se limitó, de hecho, a los “textos
matemáticos”, compilados en dichas escuelas y utilizados en ellas. No obstante,
fue empleado en los textos más antiguos para resolver problemas de arquitectura
y de ingeniería militar, y para calcular intereses y capitales colocados a
rédito. A lo que parece, sólo un
millar de años más tarde fue aplicada la nueva matemática a los cómputos
astronómicos, a pesar de la importancia atribuida a la astrología en los
estudios que se hacían en los templos.
Para
enseñar y aplicar los nuevos métodos de calcular, resultó conveniente adoptar
términos convencionalmente uniformes para las diversas operaciones; para hacer
una ciencia de las matemáticas, fue esencial
contar con una terminología
precisa. La definición de términos es,
por
supuesto,
una
función
social,
siendo
las
escuelas
las
instituciones encargadas
de seleccionar la expresión
única que
debería ser aceptada como
designación o indicador de cada operación. Por lo que se refiere a Egipto, en el
papiro de la colección Rhind existe considerable divergencia entre las
expresiones utilizadas para denotar la
suma, la
resta y
las otras
operaciones; la
multiplicación de 5
por 4
se puede expresar “contar con 4, 5 veces” o “calcular con 4, 5 veces”. En
el papiro de Moscú la terminología es menos variable, pero no es enteramente
fija.
Por
su parte,
los textos
babilonios empezaron a
emplear; desde
el
año 2.000 a.C., una terminología muy
explícita. En realidad, los babilonios se hallaban en el buen camino para crear
un simbolismo matemático que pudiera acelerar materialmente el cálculo. En
primer lugar, los términos empleados para designar las distintas operaciones
eran palabras de una sola sílaba, que se expresaban con un solo signo
cuneiforme. Luego, aunque los babilonios hablaban una lengua semítica,
utilizaban los antiguos términos sumerios para expresar operaciones
tales como
“multiplicado por”
y “encontrar el recíproco
de”. Por último, muchos de sus vocablos técnicos eran escritos como
ideogramas, en lugar de ser deletreados. (Nuestros símbolos aritméticos y
geométricos +, x, ∆, π, son, obviamente, verdaderos ideogramas). Mientras
menos antiguos son los textos y, por consiguiente, mientras más en desuso se
encontraba la lengua sumeria, se emplea mayor cantidad de térmicos e ideogramas
sumerios. Llegaron a convertirse en símbolos completamente abstractos,
independientes de las nociones concretas de “tener inclinada la cabeza” o
“desaparecer”, que eran inherentes a los términos egipcios. Sin embargo, hasta
en Egipto se emplearon, algunas veces,
ideogramas como símbolos matemáticos; en el papiro de la colección Rhind, un par
de piernas puede denotar + o -, de acuerdo con la dirección de los pies.
La
terminología de las que nosotros llamaríamos proporciones, era curiosa. Los
textos babilonios y egipcios se refieren frecuentemente al “talud” o “pendiente”
de las caras de una pirámide. Nosotros lo expresaríamos como una proporción,
como decimos 1 a 10 para la pendiente de una colina.

Fig.
10. Diagrama
para ilustrar
la fórmula
de una
“pendiente”.
Los
egipcios la
expresaban siempre
como una
longitud, por ejemplo,
5- 1/25 palmos.
Lo cual
significaba, en
realidad, que
eran horizontalmente 5-1/25
palmos por cada codo de altura, o sea, por decirlo así, “AE/ED, en donde ED es
una unidad de longitud, un codo”. Los babilonios lo expresaban con mayor
claridad: “para 1 codo, el valor del talud es 1” (siempre calculado este último
en gar). Ambas expresiones ilustran lo concreto que seguía siendo el
pensamiento matemático.

Fig.
11. Plano
babilonio de un
campo.
Las
condiciones de la
economía urbana,
apuntadas más
arriba, exigían algunos conocimientos sobre
las relaciones
geométricas. Era necesario
determinar la superficie de los campos, para estimar la simiente requerida para
sembrarlos y la renta o el impuesto que podía
esperarse respecto a ellos. Para tales estimaciones y avalúos, no era
necesaria una precisión absoluta: el
mayordomo sólo
necesitaba saber aproximadamente cuanto grano debía tener disponible para
cada campo; y al recaudador de impuestos únicamente le interesaba tener una
idea general
de la
cosecha esperada.
Ya hemos
visto como,
desde antes del
año 3.000
a.C., los
sumerios calculaban las superficies
de los campos multiplicando la
longitud por la anchura; esto es, aplicando la fórmula
geométrica correcta para
obtener la
superficie de
un rectángulo.
En
documentos posteriores, se calculan superficies de cuadrángulos irregulares
valiéndose de diversas aproximaciones; generalmente, utilizando la media de los
productos de los dos pares de lados adyacentes. Los campos poligonales se
dividían en cuadrángulos y triángulos, cuyas superficies eran calculadas en
forma similar. En Egipto, aun en las escrituras del Nuevo Imperio, la superficie
de un campo de cuatro lados se obtenía
multiplicando la mitad de la suma de
dos lados adyacentes, por la mitad de la suma de los otros dos lados. En el caso
de un campe triangular, se sumaban las longitudes de dos lados, se obtenía la
semisuma, y este resultado era multiplicado por la mitad de la longitud del
tercer lado.
Los
documentos anteriores contienen, generalmente, planos de los campos en cuestión.
Junto a los lados están escritas sus longitudes, pero los planos no
están dibujados a escala, ni
con exactitud. La teoría de que la geometría exacta surgió da la agrimensura, en
Egipto o en Babilonia, no se apoya en los testimonios que tenemos a nuestra
disposición.
Además,
debe haber
sido útil,
como comprobación,
conocer la
cantidad de grano que podía contener un silo rectangular con las caras
inclinadas, pero no era fundamental una precisión absoluta. Así, para estimar el
contenido de un foso, en forma de pirámide truncada, los babilonios se
contentaban con hacer un cálculo que podría expresarse con la fórmula:

Aun
cuando esta
fórmula no
es la correcta
para obtener
el volumen
de un tronco de pirámide.
Por otro
lado, los arquitectos y los ingenieros requerían con frecuencia cálculos más
exactos para cumplir con las tareas que tenían a su cargo. En una pirámide, la
precisión era un asunto de significación ritual. Para asegurarla, las
dimensiones de los bloques que la
recubrían debían calcularse con exactitud. Por consiguiente, los escribas
egipcios tuvieron que descubrir y utilizar la fórmula correcta para obtener el
volumen de la pirámide truncada. En el papiro de Moscú hay un problema famoso,
el cual dice así:
Ejemplo
cálculo de
una pirámide truncada
(?).
Si se
te habla de una pirámide truncada (?) de 6 codos) de altura
por 4
(codos) en
el lado inferior
y 2
(codos) en
el lado superior.
Calcula
con este
4 elevándolo
al cuadrado,
lo cual
da 16.
Duplica
el 4, lo cual da 8.
Calcula
con este
2 elevándolo
al cuadrado,
lo cual
da 4.
Suma este
16 con este 8 y con este, 4. Lo cual da 28.
Calcula
⅛ de
6; lo
cual da
2, Calcula
con 28,
2 veces;
lo cual
da 56.
Mira:
es 56.
Has obtenido
la respuesta.
El
procedimiento seguido aquí, se puede expresar: V= ⅓ h (a2
+ ab + b2) ; que es la fórmula correcta para calcular
el volumen de un tronco de pirámide. La tosca figura que acompaña al ejemplo,
sugiere una pirámide irregular; de hecho, los bloques forman pirámides regulares
(Fig. 12) .
Los
problemas que implican la relación entre la circunferencia y el diámetro de un
círculo, la cantidad irracional que llamamos π, surgen inevitablemente.
En su solución, los babilonios se contentaron con una aproximación muy burda,
π = 3; debiendo presumir que la obtuvieron por medición directa. Los
egipcios, por su parte, utilizaron una aproximación asombrosamente mayor, para
calcular la superficie de los
círculos. Un ejemplo,
tomado del
papiro de
la colección Rhind, dice:
Método
para calcular
una porción
circular de
tierra de
9 khet
de diámetro. ¿Cuál es su superficie?
Réstale
⅛ a
9, a
saber, 1.
Quedan
8.
Calcula
con 8,
8 veces?
resultan 64.
Esta es
su superficie en tierra: 6 millares de tierras y 4 setat.

Fig. 12.
Reproducción exacta de
una figura
del Papiro
de Moscú,
invertida y
con los símbolos en caracteres modernos
La
fórmula empleada es: (d ― ⅛d)2; de donde, π
= (16/9)2. El resultado del teorema de
Pitágoras (en un triángulo rectángulo, el cuadrado del lado
opuesto al
ángulo recto
es igual
a la
suma de
los cuadrados
de los otros
dos lados), era
perfectamente familiar para
los babilónicos,
desde el año 2.000 a.C. Desde luego, no lo podían aplicar en todos los
cálculos, ya que ellos no sabían manejar cantidades irracionales. Cuando la suma
de los dos cuadrados producía un número que no era un cuadrado perfecto, tenían
que recurrir a otros métodos, para
obtener un resultado aproximado. Una tablilla existente en Berlín presenta dos
cálculos de la diagonal de una puerta, de; 40
gar de altura y; 10 gar de ancho. Las operaciones dan,
respectivamente, los valores; 41.15 y; 42,13,20, y se puede representar con las
fórmulas:

La
primera fórmula es la media aritmética entre dos aproximaciones al valor de:
√
k2 + w2
En
Egipto, no existe testimonio directo alguno de la aplicación del teorema de
Pitágoras. La afirmación, frecuentemente repetida, de que utilizaban un triángulo de
lados 3,
4 y 5, para
trazar un ángulo recto, es
enteramente infundada.
Los
babilonios sabían calcular, además, la altura de un arco, partiendo de la
longitud de su cuerda y del diámetro del círculo. El procedimiento empleado se
puede expresar, realmente, por medio de la fórmula h =½ (d - √
d2- a2)
y es perfectamente correcta. Lo cual implica la apreciación de las propiedades
de los triángulos semejantes; pero no significa, desde luego, que los babilonios
hubieran ejecutado los diversos pasos, dentro de la geometría pura, por los
cuales Euclides dedujo la fórmula.
De hecho,
no sabemos cómo fueron obtenidas las reglas geométricas anteriores. Pero, con
seguridad no las dedujeron a priori de las propiedades del espacio
abstracto, como lo fueron en la geometría de Euclideana. Porque, de tal
“geometría pura” no existe absolutamente indicio alguno. Con frecuencia, los
problemas geométricos van acompañados con figuras, en los papiros y tablillas
matemáticos; pero, dichas figuras no están dibujadas a escala, como ocurre
también con los planos topográficos de las escrituras. Por otro lado, los
dibujos que decoran los productos de la artesanía, las construcciones de
ladrillo y las cajas de madera compuestas de piezas, frecuentemente ofrecen
demostraciones oculares muy notables de proposiciones geométricas. Los escaques
que se forman, casi espontáneamente, en las cestas y esteras, ilustran
concretamente la fórmula geométrica de la superficie de un rectángulo. Por
cierto que los vasos pintados con escaques eran populares precisamente en la
misma época de las primeras tablillas pictografiadas, en las cuales aplicaron
esta fórmula los sumerios.
El arte
decorativo más antiguo del Oriente fue, en gran medida, geométrico. Los dibujos
de triángulos y escaques, en los tejidos o mosaicos podrían ilustrar fácilmente
el teorema de Pitágoras. Los diseños basados
en círculos que se cortan o
en cuadrados y
triángulos inscritos en círculos, eran muy populares, y podían mostrar la
manera de calcular la altura de un arco. Sólo que estos dibujos eran hechos y
artistas y artesanos, y no por matemáticos.
Ni una
sola vez se encuentra en los textos matemáticos el enunciado de una regla o
fórmula general.
No
se establece
regla para
hallar la
superficie de
un rectángulo o de
un círculo, ni el volumen de un cendro o de un tronco de pirámide. No
existe ninguna formulación, fuera de las operaciones reales que se exponen
en los
dos ejemplos
egipcios citados.
Ningún otro
texto
da mayor explicación sobre la razón
de tales operaciones, a no ser la incluida en los problemas a los cuales nos
referimos. En realidad, las cantidades con que operan, rara vez son números
puros y, generalmente, tratan con hogazas de pan, codos o celemines.
De hecho,
los textos matemáticos consisten, por entero, en problemas concretos,
surgidos probablemente en
la vida real
y desarrollados
paso a paso, como se hace con los ejemplos aritméticos en la escuela. Y,
como ocurre en las lecciones de aritmética, los valores reales de los problemas
se han escogido para hacer que se obtengan resultados claros, empleando los
métodos que el escriba tenía a su disposición: los diámetros de los círculos
siempre son exactamente divisibles entre nueve, y la extracción de raíces
cuadradas no conduce a números irracionales. Los ejemplos no ilustran acerca de
la manera como las deducciones de una matemática pura se podrían aplicar a los
problemas de la vida cotidiana. Más bien, ilustran sobre el modo como se han
resuelto satisfactoriamente los problemas surgidos en la
práctica.
Sin
embargo, la actividad que produjo estos textos matemáticos, no se limitaba a
anotar los problemas que se habían planteado al escriba y los métodos utilizados
para resolverlos. Mucho menos consistían, meramente, en hacer versiones
simplificadas de tales problemas, para la instrucción de los principiantes.
Los
ejemplos parecen
haber sido
construidos en
forma deliberada. Dan la impresión de que los investigadores planteaban a sí mismos
dichos problemas, en los centros de enseñanza superior,
para comprobar que los podían resolver con destreza. En este sentido,
estarían formulando técnicas que posteriormente serían aplicadas, no sólo a las
tareas familiares de las cuales tratan los ejemplos, sino también a las que
afrontaban otros colegas, como los astrólogos.
Las
tablillas matemáticas babilonias muestran, hasta este punto, una ciencia tan
estrictamente “teórica”, como lo puede hacer cualquier comunicación presentada a
la Real Sociedad Británica. Era teórica en el sentido de que resultaba de
investigaciones no encaminadas, deliberadamente, a la solución de algún problema
práctico específico. Pero, en su conjunto, las cuestiones investigadas se
conformaban estrictamente a los problemas de la vida real, de los cuales
partían. En realidad, tal
parece como
si las
investigaciones que
ponen
de manifiesto estuvieran
verdaderamente limitadas en sus alcances por las posibilidades, concebidas
conscientemente, de su aplicación práctica. En todo caso, no se hacía intento
alguno de generalizar los resultados.
A estimar el valor científico de la matemática egipcia y babilonia
puede ayudamos el conocer exactamente la manera como se ordenaban los resaltados
de las investigaciones. En una aritmética científica, los ejemplos se agruparían
actualmente de acuerdo con los métodos empleados, independientemente de que los
problemas se refirieran a tenderos,
constructores, agrimensores o
generales. El material
existente suministra escasas
indicaciones acerca
de los
principios de ordenación
seguidos en Egipto y
Babilonia. En el
papiro de
Moscú, es
enteramente imposible reconocer alguna ordenación sistemática. En el
papiro de la colección Rhind,
los ejemplos
están agrupados
deliberada-mente como sigue:
Problemas
I) 1-6.
División de 10
hogazas de
pan entre 1,2,6,7,8
y 9 hombres.
II) 7-20.
”Consumaciones”: multiplicado» de fracciones
comunes e
impropias.
III)
21-23. “Consumaciones”:
resta de
fracciones.
IV)
24-38. Ecuaciones
simples.
V) 39-40.
División de
hogazas de
pan en
proporciones
desiguales.
VI)
41-47, Cantidades
de grano
contenidas en receptáculos
de varias formas.
VII)
48-55. Superficies
de terrenos
de formas
variadas.
VIII)
56-68. Taludes de
pirámides.
IX)
69-78. Problemas
de
cerveceros.
Los
grupos VI-IX se relacionan principalmente por el objeto, de su aplicación –los
materiales o las ocupaciones a que atañen–. Es cierto que la similitud de
materias implica, con frecuencia, la similaridad en el método de solución.
Pero, las-
superficies del grupo VIl incluyen rectángulos, triángulos y círculos; y los
receptáculos del grupo VI, cubos, cilindros y otras formas. El término
“consumación” se aplica, al parecer, a dos operaciones completamente distintas.
Tal
parece como si los ejemplos egipcios se hubieran ordenado convenientemente para
ser consultados por patrones de empresas, sobrestantes de graneros, agrimensores
y cerveceros, más bien que por alguna afinidad lógica.
En
Babilonia nos encontramos, generalmente, con pequeños grupos
de problemas en una tablilla. Una tablilla de Estrasburgo contiene
treinta problemas, todos ellos relativos a la división de terrenos triangulares.
Tres de ellos se podrían resolver actualmente por medio de ecuaciones lineales,
otros siete requerirían ecuaciones de segundo grado.
En una
tablilla del
Museo Británico
son descifrables
treinta y
dos problemas. Estos se refieren a:
1) masas de tierras movidas y
tareas por asignar a los trabajadores individuales en obras complicadas de
ingeniería;
2) número de ladrillos
para los
muros de
una cisterna
cilíndrica;
) división de los
relojes de
agua;
4) tiempo ocupado por
las operaciones
de
tejer;
5) estimación de las cosechas en
campos de diferentes superficies; y
6) altura del arco de un
círculo.
Estos problemas implican una
gran variedad de relaciones geométricas. Pero, estando familiarizados con ellas,
todos los problemas se podrían expresar, ya sea como simples proporciones o como
cálculos sencillos de superficies y volúmenes. ¿Acaso el redactor de la tablilla
tuvo conciencia de la relación interna existente entre problemas
superficialmente tan diferentes?
En
general, debemos juzgar el valor científico de los trabajos incluidos en los
textos, por sus resultados. Estos muestran una habilidad considerable en la
formulación de los problemas. El estudio de los ejemplos
debe haber acostumbrado al
investigador a ordenar los datos que
la práctica profesional podía plantear, de una manera adecuada para su
tratamiento matemático.
En
consecuencia, los ejemplos ilustran acerca de la capacidad de sus compiladores.
Los egipcios estaban lastimosamente trabados por su simbolismo imperfecto y su
tosca técnica de calcular. A pesar de que podían manipular las fracciones con
asombroso éxito, sus trabas retardaron el
progreso. En matemática pura, sus esfuerzos máximos, a juzgar por los
ejemplos existentes, serían lo que llamamos ahora proporciones compuestas o
ecuaciones lineales simples. Una de estas últimas la tenemos en el papiro de la
colección Rhind 34):
Una
cantidad a la cual se le suma su mitad y su cuarta parte, se convierte en 10:
|
√
1 |
1
+ ½
+
¼ |
|
2 |
3 +
½ |
|
√
4 |
7 |
|
√
1/7 |
¼ |
|
¼
+
1/28 |
½ |
|
√
½ +
1/14 |
1 |
En
total, esta
cantidad es:
5 +
½ +
1/7 +
1/14.
El método
adoptado aquí es, justamente multiplicar 1 + ½ + ¼ hasta obtener 10. Sigue una
“prueba”, la cual consiste en sacar mitad y
cuarta parte a la solución, sumando los resultados con ella, para mostrar
que su suma es 10.
Los
babilonios, ayudados por sus fracciones sexagesimales, pudieron tener propósitos
más elevados que los egipcios; y, realmente, resolvieron con entera claridad
problemas que implican ecuaciones de segundo grado, y,
aun, de tercero. Una de las más simples ecuaciones de segundo grado es la
siguiente. (Hacemos notar que la profundidad siempre es dada en gar, y
las otras dimensiones en codos, o sea, en doceavos de gar).
Longitud,
Anchura. 1:40
la longitud. La 7a
parte de
aquello por
lo cual la longitud
excede a
la anchura
y un codo
añadido a
ello es también la profundidad; 50 el volumen excavado. ¿Cuáles son la anchura y la profundidad?
Tú:
multiplica 1,40, la longitud, por 12, la fracción de la profundidad; tú ves 20.
Encuentra el recíproco de 20; 3 veces
tú. Multiplica
3 por 50 :
2, 30
tú ves.
Multiplica: 2,
30 por
7 ;
17, 30
tú ves.
Multiplica 7
por 5;
1 codo;
35 tú
ves.
Resta;
35
de 1;40
la longitud.
1,5 tú
ves. Desprende
½ de
1;5 (;32,
30).
Eleva
al cuadrado; 32, 30. ;17,
36, 15
tú ves.
Quita
de eso:17,
30; 0,
0,15
tú ves;
2, 30
la raíz
(cuadrada) súmala a;
32, 36
y resta
(de eso);
35 y ;30
tú ves
como anchura.
7 35 5
profundidad.
El
procedimiento, (la “suma” está sin terminar).
Este y
otros procedimientos técnicos fueron transmitidos a los griegos, directa o
indirectamente, para formar la base de sus matemáticas superiores. Los
babilonios, por su parte, siguieron limitados por sus propósitos utilitarios.
Como sus generales y mercaderes se contentaban con estimaciones toscas, quedaron
satisfechos con fórmulas incorrectas
para el
volumen de
una pirámide truncada
y con
la ridícula aproximación de π = 3.
Los
movimientos de los cuerpos celestes tuvieron que ser estudiados por los hombres
primitivos, por necesidades
prácticas de
la navegación y de la agricultura. Favorecidos por los cielos daros
de que se dispone normalmente entre los 10° y los 35° de latitud, pronto fue
reconocida la regularidad de los acontecimientos celestiales y su
conexión con los mundanos. Los éxitos obtenidos en la predicción del tiempo de
la cosecha o de
la llegada
de la
avenida, valiéndose
de las
observaciones de los cuerpos celestes, los condujeron, luego, a proseguir
tales observaciones, con
la
vana
esperanza
de
predecir
otros
acontecimientos que afectan la
fortuna de los hombres. Después de la revolución urbana, la astronomía siguió
siendo estudiada, tanto por el legítimo propósito de regular las faenas
agrícolas y los festivales conectados con ellas, como con la inútil pretensión
de hacer pronósticos astrológicos. El estudio era apoyado, ahora, por la
autoridad de los Estados organizados; estaba equipado con los artefactos que
podían producir los nuevos oficios, y sus resultados quedaban registrados por
escrito.
En
Egipto, la astronomía siguió siendo necesaria para gobernar las operaciones agrícolas. Es
cierto que
los egipcios,
probablemente hacia el año 2.900 a.C., inventaron realmente un calendario,
tratando de reconciliar el viejo cómputo por meses limares con el año solar.
Pero este calendario resultó inexacto y no se le pudo utilizar con éxito para
regular el trabajo en el
campo. Durante las primeras dinastías, parecen haberse hecho intentos
para reformarlo, pero fueron abandonados, no sabemos
si por incompetencia o
por la
oposición de los
sacerdotes. No obstante, al lado del indefinido año oficial, era reconocido
el año verdadero.
Una
inscripción hecha hacia el año 2.000 a.C., habla de: “ofrendas en la fiesta del
Principio del Año, en la fiesta de
Año Nuevo, del Gran
Año, del Año
Pequeño...”. El
primer año
mencionado es
el incierto
año oficial del calendario. El
Año Nuevo es el determinado astronómicamente por la ascensión de Sirio.
El Gran Año debe ser un ciclo sóthico de 1461 años; el Año Pequeño era, tal vez,
un ciclo cuadrienal para corregir el calendario al principio de los años
bisiestos. La regulación de estos embarazosos cómputos contradictorios se confió
a los funcionarios reales y, después, a los sacerdotes del sol. En Babilonia, la
observación organizada del cielo era todavía más necesaria. Porque
los babilonios nunca establecieron un calendario solar para propósitos
oficiales, sino que reconocieron siempre un calendario lunar de 354 días. Aun el
principio de los meses se fijaba empíricamente. En la correspondencia del rey
Hammurabí (hacia 1800 a.C.) leemos los informes de los funcionarios que tenían a
su cargo vigilar la aparición de la luna nueva. El nuevo mes no comenzaba
oficialmente hasta que dichos funcionarios anunciaban al rey la reaparición de
la luna. Teniendo a su cargo tal
tarea, los
astrónomos reales se
acostumbraron a efectuar observaciones penetrantes y, en efecto, llegaron
a ser asombrosamente expertos.
El
calendario lunar abandonado a sí mismo podría haber causado, desde luego, un
completo caos en la vida religiosa de la comunidad, ligada a los festivales de
las estaciones agrícolas. En la práctica, era corregido por la intercalación
periódica de un mes extraordinario. No obstante, nunca se estableció
oficialmente ningún sistema de intercalación.
Se dejó
al rey
la facultad
de ordenar
la adición
de un
mes extraordinario al año oficial, cada vez que se hacía necesario. Es de
presumir que el rey lo hacía siguiendo el consejo de los astrónomos. Estos
últimos deben haber conocido el equivalente del año solar, determinándolo, como
en Egipto, por la observación de las estrellas.
De esta
manera, en Egipto y en Babilonia, se observaban sistemática- mente los
movimientos de los cuerpos celestes, tanto con fines prácticos como
supersticiosos. Para reducir esas observaciones, convirtiéndolas en material
para una ciencia exacta, era esencial uniformar las divisiones del tiempo e
inventar instrumentos para medirlas. Además, esta división y esta medida eran
igualmente necesarias para la vida en una civilización urbana.
Para el
trabajo en los talleres y en el campo, debe haber sido de la mayor utilidad el
contar con divisiones iguales para el día y la noche. De hecho, las únicas
divisiones reconocidas por los egipcios fueron éstas.
Ellos dividieron la claridad
del día
y la
oscuridad de
la noche en doce partes
iguales (hora de estación), las cuales, naturalmente, variaban su duración
absoluta con las estaciones del año. Los babilonios, por su parte, dividieron el
día y la noche, es decir, el período
completo de
la rotación de
la tierra,
en doce
horas dobles
(biru). En ambos casos, probablemente el número doce fue sugerido por los
doce meses del año.
Para
determinar las horas de la claridad del día, los dos pueblos utilizaron los
movimientos de la sombra arrojada por objetos fijos. Los cuadrantes solares egipcios que
nos han llegado
(que datan del Nuevo Imperio
en adelante)
usaban la
anchura de
la sombra de
un bloque.
En los ejemplares
más antiguos
no parece
haber habido
corrección por las variaciones en
la altura del sol. En Babilonia era empleado el gnomon, usándose la sombra de
una vara vertical, pero no existe de ellos
ningún ejemplar.
Para la
división de la noche, se empleaban clepsidras en ambos países. Los periodos de
tiempo se medían por las cantidades de agua que habían entrado o salido, en
vasijas uniformes y graduadas. En Egipto,
las vasijas de las cuales fluía
lentamente el agua eran
de forma cónica y, por
consiguiente, nunca daban resultados precisos; porque únicamente de una vasija
cuyas paredes sigan una curva parabólica, descenderá el nivel del agua
distancias iguales en tiempos iguales. A más de esto, el instrumento se
complicaba con las desigualdades estacionales de las horas que tenía que medir.
En un
principio, los “relojes” se ajustaban poniéndoles dos o más orificios
accesorios, presumiblemente de diámetros diferentes. Entre
los años
1557 y
1541 a.C..,
se introdujo
en ellos
una mejora.
Un alto funcionario,
Araenemhat, nos habla en su epitafio de que él descubrió, en los escritos
antiguos, la observación de que las noches de invierno eran, a las noches de
verano, como la relación de 14 a 12. Él construyó entonces para su soberano un reloj con un solo
orificio, el cuál daba divisiones correctas de la noche en todas las estaciones
del año. Esta notable inscripción atestigua la existencia y el empleo de
colecciones de observaciones, heredadas de las generaciones
anteriores. Pero,
también
es
testimonio
de
una
invención
que
únicamente se
pudo lograr como
resultado de
experimentos deliberados, ejecutados teniendo en
perspectiva un fin determinado. Es
igualmente notable que la invención se haya debido a un funcionario que no
se dedicaba profesionalmente a medir
el tiempo, y que
él mismo
se enorgullezca de haberla
hecho. Parece haber sido producto de una investigación desinteresada, llevada a
cabo por Amenemhat en sus horas de descanso.
Las
clepsidras babilonias eran de forma cilíndrica. En una tablilla matemática, ya
mencionada por nosotros, se encuentran problemas relativos a su graduación. No
se requería ajustarlas a la variación de las estaciones. Sin embargo, disponemos
de una tabla para la conversión de biru (horas dobles) en horas simples, mes por
mes. la cual data de la época asiría.
Inspirados en los motivos ya mencionados y armados con el equipo que hemos
descrito, los astrónomos orientales se encontraban en condiciones de apreciar
hasta las regularidades menos visibles en los movimientos de los cuerpos
celestes, y de acumular datos para la construcción de una astronomía matemática.
Los
egipcios formaron cartas del cielo, redactaron relaciones de estrellas y
agruparon a los astros en constelaciones. Las estrellas cercanas al polo
recibieron atención especial, y los conocimientos obtenidos parecen haber tenido
desde muy pronto aplicaciones prácticas. Desde el Reino Antiguo, el faraón
ejecutaba una ceremonia llamada “estiramiento de la cuerda”. Ha sobrevivido la
fórmula tradicional pronunciada por el rey en esta ocasión, y es la siguiente:
“Yo he
empuñado la estaca con el mango del martillo. Tomé la cuerda de medir con la
Diosa Safekhabui. Vigilé el movimiento ascendente de las estrellas. Mi ojo
estuvo fijo en la Osa (?). Yo calculé el tiempo, comprobé la hora, y determiné
los bordes de tu templo... Volví mi rostro al curso de las estrellas. Dirigí mis
ojos hacia la constelación de la Osa (?). En ella puse de
acuerdo el indicador del tiempo con la hora. Yo determiné los bordes de
tu templo.”
La
ceremonia se refería, evidentemente, a la orientación de un templo.
Aparentemente, su objeto era la determinación del meridiano, observando en el
cénit algún astro equivalente a la “estrella polar”. La aproximación de tales
determinaciones se podrá juzgar por la orientación de la Gran Pirámide, cuyos
lados se desvían del norte verdadero únicamente en 0o 02' 30'' y 0o
05' 30'', respectivamente. La determinación precisa del meridiano sirvió de
base, por supuesto, para otras observaciones más exactas.
Antes
del año
2000 a.C.,
los egipcios
hicieron experimentos
con relojes astrales, o sea,
calendarios construidos conforme al principio de la diagonal. Únicamente se
conocen por los vistos en los ataúdes, los cuales los tienen pintados en la
parte interior de la tapa, para que el muerto pudiera computar el tiempo. La
tapa se dividía en treinta y seis columnas verticales, cada una de las cuales
representaba una década –es decir, una semana de diez días– con una división
entre las columnas 18a y 19a, para representar, tal vez,
el solsticio de verano. Horizontalmente,
había doce casillas, representando
las doce horas de la noche,
con una línea entre la 6a y la 7a casillas, para señalar
la medianoche. Las decanas (constelaciones que cumplían la función de los signos
del zodiaco, pero situadas en el ecuador celeste), ascendiendo entre la
oscuridad de la noche y el amanecer, en las horas cortas del verano, están
entrando en las casillas apropiadas, en las columnas 18a y 19a.
En las restantes columnas, se encuentran repetidas en otras casillas dispuestas
en direcciones diagonales.
Tales
tablas, ignorando los cinco días epagómenos la variación en la duración de las horas debido
a las estaciones y otros factores, estaban lejos de
ser exactas, aun en
el mejor de
los casos. Los
decoradores de los ataúdes, por no ser astrónomos, caricaturizaron el esquema.
Con todo, las tapas de los ataúdes dan un indicio de los conocimientos poseídos
por los egipcios y de la manera como trataban de aplicarlos.
Cinco
siglos después, la tumba de Senmut se encuentra decorada con una especie de
planetario. La astronomía que revela, no se diferencia, fundamentalmente, de la
mostrada en las tapas de los ataúdes anteriores.
Tiene varios pares de orificios, para denotar el
polo. Lo cual parece ser una disposición adoptada para la precisión de
los equinoccios. La latitud de Tebas está tomada como altura del polo.
Estos
monumentos funerarios son las únicas fuentes existentes sobre la astronomía
egipcia, ya que no se ha descubierto texto astronómico alguno. Con seguridad, en
ellos se sintetizaron los resultados de las observaciones sistemáticas
efectuadas y registradas durante muchos siglos. Pero de ninguna manera dan
indicios de una astronomía matemática que sirviera para hacer predicciones, con
la ayuda de cálculos complicados. De Egipto, no ha sobrevivido registro alguno
de un eclipse. Al parecer, realmente prestaron poca atención a los movimientos
de la luna y de los planetas, tal vez debido a su temprana adopción de un
calendario no lunar y a la suprema importancia concedida al dios sol en la
religión del Estado.
En
Babilonia, se hacían cartas de los astros tan cuidadosas como en Egipto, tomando
el zodiaco como plano de referencia. Sin embargo, el calendario lunar y los
prejuicios astrológicos enderezaron la atención
de los astrónomos, particularmente, a los movimientos de la luna y de los
planetas, a los eclipses y las ocultaciones. Las escrupulosas observaciones de
estos fenómenos, registradas con fidelidad, permitieron a los babilonios
descubrir regularidades que están lejos de ser obvias. Por ejemplo, poco después
del año 2000 a.C., ya habían notado que, aproximadamente, en odio años, Venus
retoma cinco veces al mismo lugar sobre el horizonte.
Un millar
de años después, o poco más, los babilónicos comenzaron a aplicar las
matemáticas descritas arriba, a la astronomía, realizando, entonces, prodigios
de mediciones, cálculos y predicciones. Esta astronomía matemática se desarrolló
fuera del período abarcado en este libro –por fortuna, ya que su explicación se
llevaría varios capítulos–. No obstante, debemos insistir en que todas estas
investigaciones se emprendían principalmente, como en Egipto, teniendo
en perspectiva
falsas metas
astrológicas. Aun
así, acumularon datos precisos, sin
los cuales
sería inconcebible
la astronomía griega y, luego, la moderna.
Desde
siglos antes de la revolución urbana, se deben haber hecho intentos para curar
las enfermedades. Presumiblemente, como ocurre entre los salvajes en la
actualidad, la teoría médica primitiva fue esencialmente mágica, y la práctica
médica estuvo ligada inextricable- mente a los hechizos y actos de
prestidigitación; la explicación de los ritos funerarios paleolíticos, presta
colorido a esta suposición. Aun en tales condiciones, se debe haber acudido al
auxilio de linimentos, pociones y manipulaciones; descubriéndose, de esta
manera, algunos remedies verdaderamente eficaces. Tan pronto como los
especialistas en magia surgieron en la sociedad, tomaron a su cargo el monopolio
del arte de curar.
Después
de la segunda revolución encontramos, por lo tanto, que los médicos en
Mesopotamia son también sacerdotes y, en Egipto, las funciones sacerdotales y
curativas se encuentran ligadas estrecha- mente. Sin embargo, Imhotep, el primer
nombre que figura en los anales de la medicina, había sido arquitecto del rey
Zoser y, después, se convirtió en dios de la curación. Siendo funcionarios, los
médicos sumerios y egipcios ponían por escrito sus observaciones, como los
astrólogos. En el valle del Nilo, los primeros libros médicos son mencionados en
la época de la dinastía. Algunos ejemplos de tales libros han llegado hasta
nosotros, de una época muy poco posterior al año 2000 a.C. En Mesopotamia, los
textos médicos existentes fueron escritos después del año 1000 a.C.; pero
posiblemente algunos de ellos se copiaron de tablillas redactadas un millar de
años antes.
En ambos
países, los textos médicos existentes tienen la forma de libros de casos
tratados, como ya lo explicamos. No ha sobrevivido tratado alguno de anatomía o
de fisiología. Sin embargo, particular- mente los egipcios deben haber adquirido
un conocimiento muy preciso de
anatomía humana, a través de la práctica de la momificación. A pesar de ello, los signos jeroglíficos para los órganos
corporales están tomados de la anatomía animal, y no de la humana.
El signo para el “corazón” es un corazón de buey,
y para el útero es el órgano de una vaca. Por consiguiente, es de
presumir que la literatura médica en Egipto se remonta a una época anterior a la
generalización de la práctica de la momificación.
En
realidad, la medicina se afectó poco con el conocimiento logrado
por los embalsamadores, quienes pertenecían a un oficio distinto y
especializado. A
pesar de que se reconoció en el corazón el centro del sistema vascular, el
conocimiento fisiológico implicado
por los
textos es rudimentario. La
misma consideración se aplica a la literatura médica babilonia. Aun en los
textos asirios, las funciones de los órganos eran, frecuentemente, mal
comprendidas; la vejiga nunca es mencionada y los nervios no son distinguidos de
los tendones.
Tanto en
Egipto como en Mesopotamia, las enfermedades eran consideradas,
fundamentalmente, como obra de demonios o de potencias mágicas indefinidas. Por
lo mismo, la medicina consistía esencialmente en la expulsión de los malos
espíritus, por medio de hechizos y de actos rituales. Pero,
con frecuencia, los actos
tomaron la forma de la aplicación o la administración de linimentos o
pociones. Mientras más repugnante era la poción, más pronto salía expulsado el
demonio; frecuentemente, se
prescribían en
particular los excrementos de
hombres y animales. La tradición de que las medicinas deben ser desagradables es
una supervivencia de la teoría demoníaca de la enfermedad, cuyas huellas se
encuentran en los más antiguos textos médicos existentes. La misma teoría
aprobaba, naturalmente, los purgantes y eméticos poderosos, como medios de
expulsar a los agentes maléficos.
Bajo el
dominio de esta teoría, los médicos egipcios y babilonios no tuvieron incentivos
para estudiar las causas objetivas de las enfermedades
o para
investigar sistemáticamente el funcionamiento
de los órganos corporales. La conservación de la teoría estaba enlazada
con todos los privilegios del sacerdocio, de tal manera que cualquier oposición
a ella hubiera sido una traición y una herejía. La atribución
de los libros médicos a un dios, “colocó el saber de medicina fuera del
dominio de
la observación humana, como
algo de
origen sobrenatural”. No debe sorprender, entonces, que fuera del
descubrimiento de unas cuantas drogas útiles y del reconocimiento de algunas
verdades fisiológicas obvias, sea de valor muy escaso lo que se puede atribuir a
la medicina oriental.
La
cirugía estaba colocada en una posición diferente, que la aproximaba más a un
oficio que a una rama de la religión. El cirujano debía tratar heridas
infligidas por agentes físicos, enteramente obvios, sin
que hubiera
ocasión para
atribuirlos a potencias
sobrenaturales.
Por lo
tanto, era de esperar que la cirugía se hubiese librado del dominio de las ideas
mágicas, más que la mediana, y, por
consiguiente, que fuera más objetiva y científica.
El código
de leyes de Hammurabi (1.900 a.C.) prescribe honorarios para los cirujanos (de 2
a 10 shekeles, cuando el salario anual de un mecánico era de
8 shekeles)
y castigos
cuando practicaban
operaciones desafortunadas. Sin embargo, no ha llegado hasta nosotros
texto quirúrgico alguno de Mesopotamia. ¿Acaso
se deba
al hecho
de que
la cirugía era un oficio, y a que el saber artesano no se transmitía por
escrito?
De
Egipto, poseemos un valioso tratado, conocido como el papiro de Edwin Smith. En
su presente forma, data de la primera mitad del 2° milenio a.C.; pero, Breasted
ha presentado argumentos de peso, para considerar
que está
basado en
otro original,
el cual
se remonta
hasta la época de las pirámides
(2500 a.C.). Este tratado confirma nuestras suposiciones: no contiene fórmulas
mágicas; atestigua observaciones objetivas y, para las curaciones, confía
enteramente en remedios materiales y en manipulaciones.
Al igual
que los textos médicos, consiste en una colección de casos tratados; pero, a
diferencia de todos los papiros médicos egipcios, los casos se encuentran
ordenados sistemáticamente. Están agrupados
de acuerdo con la parte afectada, principiando con la cabeza y siguiendo
hasta los pies; sistema seguido también por los textos médicos asirlos y, aun,
por los tratados medievales. En cada caso, se da primero una clasificación de la
lesión, luego un examen de ella, empleando el palpamiento cuando era necesario,
después un pronóstico o dictamen y, finalmente, las reglas para el tratamiento.
Lo más notable es que después de describir detalladamente catorce casos, son
dictaminados, sin embargo, como incurables, como “casos que no se pueden
tratar”. El registro y la descripción minuciosa de lesiones que el cirujano no
debe intentar curar, parece demostrar una actitud más desinteresada hacia el
conocimiento, lo cual no es común en la literatura primitiva. Breasted, en
realidad, llega a describir el papiro como “el testimonio conocido más antiguo
de un grupo de observaciones de ciencias naturales” y llama a su autor “el
primer naturalista científico”.
La
anterior descripción exagera el carácter desinteresado de las observaciones. Era
obviamente importante saber cuándo un caso era incurable,
particularmente si
las operaciones
que causaban
la muerte
o inhabilitación perpetua eran severamente castigadas, como en Babilonia
y Egipto. Con todo, las observaciones registradas son penetrantes. Se hace notar
cómo la dislocación de las vértebras cervicales es
acompañada por
parálisis y por una erección
del pene.
El pasaje siguiente merece citarse por entero:
Instrucciones concernientes a una fractura en el cráneo, bajo la piel de la
cabeza. Si examinas a un hombre que tenga una fractura en su cráneo...
Ahora bien, tan pronto descubras que la fractura que está en su cráneo
como las arrugas que se forman en el
cobre derretido y algo allí
dentro se esté agitando y palpite debajo de tus dedos, como el logar débil de la
coronilla de un niño antes de
unirse, cuando
ha ocurrido
que ya no
palpita, bajo tus dedos...
Declara de él: “es un caso que no se puede tratar”.
Se trata
de una descripción muy buena y precisa del cerebro. Las observaciones
registradas aquí no
pueden ser
hechas en
el curso de
la momificación, sino que se deben al estudio inteligente de un soldado o
de un trabajador herido.
Hasta
aquí, el tratado produce una impresión favorable de la cirugía egipcia. Pero, si
está basado en un original que se remonta a la época de las pirámides, como
piensa Breasted, entonces, la cirugía en Egipto se encontraría, con mucho, en la
misma situación de las otras ciencias eruditas. Así, no tendríamos testimonio de
progreso alguno desde el año 2.500 a.C. No se trataría de ningún
desenvolvimiento del espíritu científico
mostrado por
el autor
anónimo, sino
únicamente de
una copia servil de resultados anteriores y
de una
apelación a “la sabiduría de los antiguos”. Desde luego, los absurdos contenidos en los
papiros médicos posteriores no pueden servir como prueba del estado de la
cirugía de la época, pero tampoco existe testimonio positivo alguno de progreso.
En general, el examen de la “literatura científica” egipcia y babilonia, no
demuestra una aceleración en el progreso, como podía esperarse, de primera
impresión; después de que la escritura revolucionó
los métodos
de transmitir
el conocimiento.
Los documentos disponibles
son, como todos admiten, demasiado escasos para servir de fundamento a
conclusiones definitivas.
Por
otro lado,
las fuentes
literarias dan testimonio
de la
acumulación de conocimientos, y de su propagación, tal como lo describimos
en los capítulos anteriores, respecto de las ciencias eruditas. Tal como las
hemos
descrito,
las matemáticas,
la
astronomía
y
la
medicina
asumieron, ciertamente, formas
completamente distintas y se desarrollaron, en general, de acuerdo con
lineamientos autónomos, en Egipto y en Babilonia. Esto no excluye la posibilidad
de un intercambio de ideas, el cual no
vino a
afectar la
estructura fundamental de las
ciencias en
cada uno de estos países. Los matemáticos egipcios, por ejemplo, pudieron
aprender de los
babilonios algunas fórmulas
geométricas, sin tener
que modificar su sistema de notación, su terminología o su concepción de
las fracciones. En efecto, en un papiro médico egipcio se cita una
prescripción médica cretense (?); y en el papiro de Ebers aparece copiada
una receta de un asiático de Biblos.
Los
intercambios de médicos, astrólogos y magos, entre las diversas cortes, son
mencionados en los archivos del Ministerio de Negocios Extranjeros de Egipto
(descubiertos en Tell el Amarna), hacia el año 1350 a.C., y en los de los
hititas de Boghaz Keui, de un siglo después. Poco después del año 1500 a.C., los
hombres eruditos viajaban libremente entre las capitales de Egipto, Asia Menor,
Siria y Mesopotamia; tal como ocurriría también un millar de años después. Los
propios documentos del Ministerio de Negocios Extranjeros son resultado de la
propagación. El akkadio fue el lenguaje diplomático de todas las monarquías
orientales, y la escritura cuneiforme de Babilonia fue adoptada en forma
universal. Los faraones egipcios y los reyes hititas deben haber importado
escribas babilonios para escribir, o para instruir a funcionarios nativos.
Y, junto
con el lenguaje y la escritura, deben haber llegado las ideas incorporadas
a su
literatura. Los hititas,
en particular,
hicieron lo
posible por asimilar todos los resultados de la ciencia babilonia, y los
divulgaron también mucho en Egipto. Por otra parte, las concepciones babilonias
y egipcias se encuentran reflejadas en los primeros documentos fenicios. Si bien
los egipcios hicieron suyas las prescripciones cretenses, los minoanos deben
haber debido mucho más al Nilo. Mucho antes de que los griegos emergieran de su
‘Edad Obscura’, en
las costas
del Egeo
ya eran
familiares los resultados
de la ciencia babilonia y
egipcia.
El
posible alcance de la propagación no se agota con eso. El arte decorativo de las
ciudades hindúes, con sus círculos trazados a compás,
con triángulos y cuadrados
inscritos, ilustrarían
“proposiciones geométricas” hacia el año 2.500 a.C. Dos millares de años
después, los manuales rituales
escritos en sánscrito darán testimonio de extensas aplicaciones de la geometría.
En
el intervalo, es enteramente
posible que
la India
hubiera contribuido al
desenvolvimiento de la
matemática babilonia. Sin
embargo, no
existe realmente prueba positiva alguna de ello, o en su contra. Lo
cierto es que después, el sistema numérico con un signo para el 0, utilizado por
nosotros, fue tomado por los árabes de la India. Los tres núcleos primarios de
la civilización urbana deben haber estado contribuyendo continuamente,
por lo
tanto, a la formación de
la tradición
científica que los griegos desarrollaron y nos transmitieron a nosotros.
NOTA
SOBRE LA
MAGIA, LA
RELIGIÓN Y
LA
CIENCIA
Antes
hablamos de los ritos mágicos, como inspirados por la misma clase de razonamiento
que podría
sugerir un
experimento científico. No pretendemos que el proceso lógico fuera concebido como podría
serlo en un laboratorio moderno; pero, sí aceptamos la explicación dada por
Tylor y Frazer sobre los orígenes de la magia. Esta teoría se refiere únicamente
a los orígenes, y no se ha propuesto como descripción de los motivos que
impulsan al practicante de la magia. Como teoría de los orígenes, no es incompatible con las conclusiones basadas en
el estudio de los salvajes modernos –un hombre ejecuta un rito mágico porque
cree en la magia, y no para observar lo que ocurrirá–. Su sociedad se encuentra
convencida de la eficacia de la magia; la comprobación es inconcebible. La
actitud del hechicero es diametral- mente opuesta a la del científico
experimental.
Además,
ha sido
conveniente dar explicaciones
simplificadas y, de
este modo, racionalizadas, de los procedimientos mágicos. Debemos
insistir, entonces en
que ningún exorcista moderno, ni
hechicero-artista paleolítico, ni mago egipcio, podría formular una
teoría lógica y coherente de la magia. Esto se desprende
con bastante claridad
de las inconsecuencias
mencionadas sobre su conducta. Únicamente por conveniencia
distinguimos la magia,
en la
cual las
fuerzas
místicas impersonales son controladas
directamente, de la religión, en la cual las fuerzas son personificadas y pueden
ser influidas, por tanto, de la misma manera como lo son los hombres, con ruegos
o halagos. Pero, en realidad, no existe una distinción acusada. La mayor parte
de los rituales llevan la intención, también mágicamente, de obligar o, por lo
menos, asistir a los dioses. Este es el sentido, por ejemplo, de los numerosos
dramas rituales y también de la comida y la bebida ofrecidas a los dioses. Es
completamente obvio que la ciencia no surgió, ni podía surgir, directamente de
la magia o de la religión. Hemos
mostrado en detalle que se originó en los oficios prácticos, y
fue idéntica a ellos, al
principio. En la medida en que un
oficio, como el arte de curar o la astronomía, fue unido a la religión, se hizo
estéril respecto a su valor científico.
Capítulo
IX
LA ACELERACIÓN Y LA RETARDACIÓN DEL PROGRESO
Con
anterioridad a la revolución urbana, comunidades comparativa- mente pobres e
ignorantes habían hecho una serie de contribuciones grandiosas al progreso
humano. En los dos milenios inmediatamente anteriores al año 3.060 a.C., se
hicieron descubrimientos en ciencia aplicada que, directa o indirectamente,
afectaron la prosperidad de millones de hombres y fomentaron de modo manifiesto
el bienestar de nuestra especie, facilitando su multiplicación. Ya hemos
mencionado las siguientes aplicaciones de la ciencia: el riego artificial
utilizando canales y presas; el arado; los aparejos para emplear la fuerza
motriz animal; el bote de vela; los vehículos con ruedas; la agricultura
hortense; la fermentación;
la producción
y el
uso del
cobre; el
ladrillo; el arco; la
vidriería; el sello; y –en las primeras etapas de la revolución– un calendario
solar, la escritura, la notación numérica y el bronce.
Los dos
millares de años inmediatamente posteriores a la revolución – es decir, de 2600
a 600 a.C.– produjeron pocas contribuciones, de importancia comparable, para
el progreso
humano. Tal
vez, sólo cuatro hazañas merecen ser colocadas
en la misma
categoría de las dieciséis que
acabamos de enumerar. Ellas son: la “notación decimal” de Babilonia hacia el año
266 a.C.; un método económico para fundir hierro en gran escala (1.400 a.C.);
una escritura verdaderamente alfabética (1.300 a.C.); y los acueductos para
proveer de agua a las ciudades (700 a.C.).
La
“notación decimal” permitió a los babilonios tratar efectivamente cantidades
fraccionarias y establecer una astronomía matemática. Pero, el valor de posición
desapareció junto con su escritura, aun cuando sus fracciones sexagesimales
sobrevivieron para inspirar las “decimales”,
en el
año 1590
de nuestra
era. La fundición económica
del hierro hizo a los instrumentos metálicos tan baratos, que se pudieron
utilizar universalmente para despejar bosques y drenar pantanos. En las
latitudes templadas, las nuevas herramientas abrieron al cultivo extensas
comarcas de tierras hasta entonces no habitables, haciendo
posible un
gran
aumento
de
la
población.
Sin
embargo,
el
descubrimiento crucial no se
produjo en las comunidades ricas y muy civilizadas de Babilonia o de Egipto,
sino en una comunidad desconocida hasta entonces, dependiente del Imperio
Hitita.
El
alfabeto puso la lectura y la escritura al alcance de todos e hizo
potencialmente popular a la literatura. No obstante, esta simplificación
revolucionaria de la escritura se realizó en los viejos centros eruditos, sino
en las ciudades comerciales relativamente jóvenes de Francia.
Los acueductos, con
su abastecimiento de agua pura, debieron
reducir la mortalidad entre los habitantes de las ciudades, aumentando
así el total de
la humanidad. El acueducto
más antiguo
que se
ha descubierto es el
construido por Sennaquerib, rey de Asiria, para abastecer a su
capital.
Por
consiguiente, dos de los descubrimientos no se pueden atribuir a las sociedades
que habían iniciado y aprovechado por primera vez los frutos de la revolución
urbana. Las mejores técnicas, tales como el agregar un
timón fijo
a las
embarcaciones o
el vitrificar la arcilla cocida, las
debemos pasar por alto aquí, por ser meros desarrollos lógicos de procedimientos
iniciados antes de la revolución. Por esta misma razón, debemos ignorar algunos descubrimientos
médicos, astronómicos y químicos hechos en el Oriente, los cuales, una vez
purificados de la escoria de magia que los rodeaba, fueron incorporados a la
ciencia griega.
Quedan,
entonces, sólo dos descubrimientos de primera importancia hechos por las
sociedades que estaban equipadas con todas las ventajas de las dieciséis
mutaciones unidas a la revolución urbana. Consideradas bajo esta luz, las
realizaciones de Egipto, Babilonia y
sus dependencias culturales inmediatas, parecen defraudarnos, desde el punto de
vista del progreso humano. Contrastando el progreso logrado antes y después de ella,
la segunda revolución parece
señalar, no la aurora de una nueva era de avance acelerado, sino la
culminación y la detención de un período anterior de crecimiento. Sin embargo,
las sociedades orientales fueron equipadas por la revolución con recursos sin
precedentes y con una nueva facultad para transmitir
y acumular el conocimiento.
Una
explicación parcial de tal detención en el crecimiento, la debemos encontrar en
las contradicciones internas suscitadas en el seno de las sociedades por la
misma revolución.
Debemos
recordar que la revolución se hizo posible, no sólo por una acumulación absoluta
de riqueza real, sino también por su concentración
en manos
de los
dioses o
de los
reyes y
de
una pequeña clase
dependiente de
ellos. Esta concentración fue, probable- mente,
esencial para asegurar la producción de los recursos excedentes requeridos
y para hacer a éstos
aprovechables para el uso social
efectivo.
La
concentración significó asimismo, en la práctica, la degradación económica de la
masa de la población. La situación de los productores primarios –agricultores,
pastores, pescadores–, debe haber mejorado, en realidad, con las obras públicas
promovidas por el Estado y con la regular seguridad garantizada por el gobierno.
Pero, materialmente, su participación en la nueva riqueza resultó mínima y,
desde el punto de vista social, se hundieron hasta quedar colocados en la
condición de arrendatarios o aun de siervos. El nuevo ejército de artesanos y
trabajadores especializados no podía haber encontrado sustento, de cierto, sino
consumiendo el sobrante creado por la revolución. No obstante, la parte
destinada: a ellos era insignificante. Un tanto por ciento,
que no
conocemos, de los
nuevos artesanos,
estaba constituido en realidad
por esclavos, quiénes trabajaban por una paga que simplemente les permitía
seguir viviendo; el resto, a pesar de ser legalmente
libre, se
debe haber
empobrecido por la
competencia de los trabajadores
esclavos y, en último término, debe haber quedado reducido a la estrechez
descrita por aquel padre egipcio que hemos citado más arriba.
El saldo
importante del nuevo sobrante era retenido por unos cuantos –los reyes,, los
sacerdotes, sus parientes y sus favoritos–. La
sociedad se dividió en clases económicas. Una “clase dirigente” de reyes,
sacerdotes y funcionarios, quedó contrastada con las “clases inferiores” de campesinos y trabajadores manuales. La división
está simbolizada para el arqueólogo, en Egipto, en el contraste entre la
magnificencia abrumadora de las tumbas reales y la simplicidad de las sepulturas
privadas; o entre las lujosas casas de los mercaderes y las chozas de los
artesanos, en una cuidad hindú. Comparadas con ellas, las sepulturas de un
cementerio pre-dinástico, o las chozas de un poblado neolítico, revelan
igualdad, aunque sea una igualdad en la
pereza.
Ahora
bien, conforme
a la
pauta biológica
que hemos
adoptado aquí,
la revolución urbana se justificó ampliamente por sus efectos, a pesar de
que entre dichos efectos se incluya la división en clases antes esbozada.
Lo cual
no significa
que tal
división en
clases haya
resultado conveniente para acelerar el progreso. Por lo contrario, debe
haberlo retardado. Antes de la revolución, el progreso consistió en mejorar los
procesos productivos, es de presumir que por obra de loa verdaderos productores,
y a despecho, además, de las supersticiones que se oponían a todas las
innovaciones por considerarlas peligrosas.
En
cambio, por
la revolución, los
verdaderos productores,
anteriormente tan fecundos en inventiva, quedaron, inducidos a la situación de
“clases inferiores”. Las clases
dirigentes, surgidas ahora, debían su poder, en gran parte, a la explotación de
aquellas retardatarias supersticiones. El faraón egipcio debe haber sido mago,
en un principio; en todo caso, pretendía ser un dios y dedicaba gran parte de su
tiempo a ejecutar ritos mágicos. Los primeros beneficiarios de la revolución,
en Sumer,
fueron los
sacerdotes; el rey,
cuando surge aquí, se encuentra
asociado estrechamente con el dios, a quien él personifica en ceremonias
periódicas. Difícilmente se podría esperar que las clases dirigentes, con tales
filiaciones, patrocinaran la ciencia racional;
estaban implicadas,
demasiado profundamente, en el
fomento de esperanzas, que la experiencia demostraba reiteradamente como
ilusorias, pero que disuadían todavía a los hombres de proseguir el arduo camino
de pensar de modo sostenido e intenso.
En
realidad, aquellos gobernantes tenían pocos incentivos para promover la
invención. Muchos de los pasos revolucionarios en el progreso –los aparejos para
aprovechar la fuerza motriz de los animales, la vela, los instrumentos de metal–
surgieron originalmente como “invenciones de
trabajadores diligentes”. Pero,
ahora, los nuevos dirigentes tenían a su disposición reservas casi
ilimitadas de trabajadores, reclutados entre los
sujetos inflamados
de fe
supersticiosa y entre los prisioneros tomados en la guerra; de tal
manera, que no tenían necesidad de molestarse en buscar invenciones que
ahorrasen mano de obra.
Al
mismo tiempo, la nueva clase
media de
escribas y hombres eruditos
estaba unida con firmeza a la clase dirigente. Muchas veces, eran realmente
“funcionarios de
las órdenes
sacerdotales” y,
como tales,
tan estrechamente interesados como los gobernantes en el
mantenimiento de supersticiones vanas. Las profesiones eruditas eran
“respetables” y ofrecían, en
realidad, oportunidades para elevarse
y llegar
a pertenecer a la propia clase
dirigente. Finalmente, los intereses privados de los “hombres
sabios” los
inducían, como
clase, a
tener un
celo
excesivo por el aprendizaje libresco y
a estar en contra del experimento y de la observación en
el mundo
viviente. Las
nuevas ciencias a las cuales
dio lugar la revolución, se encontraban así, con demasiada frecuencia,
atadas por su subordinación a la superstición, y divorciadas de las ciencias
aplicadas que producían resultados.
Los
exponentes prácticos de
estas últimas se encontraban
relegados a las clases inferiores. Las mejoras técnicas, que difícilmente
podían ser apreciadas por las clases dirigentes, no ofrecían salida para su
situación de inferioridad; en tales condiciones, y en el mejor de los casos, se
unían a la clase media pare apoyar a “la iglesia establecida”.
De esta
manera, desde el punto de vista del progreso, las sociedades egipcia y babilonia
se vieron envueltas, por la revolución urbana, en una contradicción
irremediable. Y esta contradicción la legaron a los varios Estados sucesores
–hititas, asirios, persas, macedonios-– que las tomaron como modelos. El trabajo
creador de los griegos en ciencias aplicadas y teóricas, comenzó macho antes de
la “edad de oro”, cuando la democracia nominal se había convertido, más bien, en
una minoría privilegiada, la cual vivía, en gran medida, del trabajo de
extranjeros y esclavos y del tributo de Estados sometidos. Y fue, justamente,
cuando los griegos emergieron de la edad obscura, después de la caída de la
civilización minoano-micénica cuando las tradiciones científicas del Oriente se
transformaron, con un nuevo espíritu. En esta época, en las ciudades ya
reorganizadas por el comercio y la industria, la riqueza proveniente de estas
ocupaciones equilibró a la de las aristocracias terratenientes, pero sin ser
concentrada indebidamente; y, a la
vez, una escritura alfabética simple hacía accesible el aprendizaje a amplias
capas de la población.
A la
contradicción interna en la cual se encontraban envueltas las antiguas
civilizaciones orientales, debemos agregar otra contradicción de naturaleza
semejante, sólo que externa. Como ya hemos visto, ni
el valle del Nilo, ni Babilonia, eran autosuficientes. Aun cuando estaba
unido en un solo sistema político y económico, cada país se veía obligado a
contar, para hacerse de materias primas esenciales, con importaciones
provenientes de regiones ocupadas por sociedades
diferentes.
Los
materiales importados se obtuvieron primero, presumiblemente, del libre intercambio de productos excedentes. Pero, se han
expuesto varias razones para considerar que el abastecimiento así obtenido no
era suficiente para satisfacer las exigencias de los egipcios y de los sumerios,
enriquecidos por la revolución urbana.
Por lo
tanto, trataron de facilitar y regularizar las expediciones por la fuerza; los
ejércitos recorrieron las rutas abiertas por las caravanas de mercaderes.
Después hicieren intentos por posesionarse de las
fuentes de abastecimiento y por conquistar a los países exportadores. Tal
como los gobernantes de las ciudades sumerias habían pretendido dar forma
política a la unidad geográfica de Babilonia, subyugando a las ciudades vecinas,
así trataron de extender sus dominios, posesionándose de regiones,
geográficamente distintas, que eran fundamentales para la estabilidad de su
economía. De este modo, se embarcaron
en una serie de conquistas imperialistas. El imperio fundado por Sargón de
Agade, hacia el año 2.500 a.C., es la primera realización de este empeño que
conocemos.
Por
supuesto, no estamos afirmando que el conquistador se hubiera inspirado
conscientemente en proyectos económicos deliberados.
Pero, sus conquistas sí tendieron, en los hechos, a los resultados antes indicados. Además, el imperio de Sargón, aun cuando fue
transitorio, se convirtió en el modelo de todos los imperialismos orientales. A
través de todo el Antiguo Oriente, las conquistas de Sargón se transformaron en
un ideal y el propio conquistador en un héroe fabuloso. Un millar de años
después de la desintegración de su imperio, circulaban por todo el Mundo Antiguo
panegíricos literarios de sus proezas. De estas composiciones se han
desenterrado algunos fragmentos en la capital egipcia de Tell el Amarna y en la
capital hitita de Boghaz Keui. Sargón estableció una pauta que sus sucesores
inmediatos, los
reyes de
Ur, luego los
de Babilonia
y, después
de 1.600 a.C., los egipcios,
hititas, asirios, libios, medas, persas y macedonios, imitaron de buena gana.
Ahora
bien, estos imperios sucesivos; aunque de corta duración, contribuyeron,
indudablemente, al progreso humano. Mientras se mantuvieron en pie, garantizaron
en extensas regiones la
paz interna y seguridad, las
cuales favorecieron la acumulación de riqueza. Suministraron a los grandes
centros industriales el abastecimiento adecuado
de materias
primas. Propagaron
en el
exterior las
ventajas económicas de la
revolución urbana y los avances hechos en las ciencias aplicadas, que la
acompañaron. Las vías de comunicación, esenciales para el mantenimiento del
imperio, sirvieron como conductos de propagación. Por ellas fue por donde
viajaron los hombres eruditos en los siglos XV y XIV a.C., y los médicos
y geógrafos griegos fueron a Babilonia y a Susa, un millar de años
después. Los propios generales imperiales estudiaron la botánica y la zoología
de los territorios conquistados, y anotaran sus observaciones al volver a sus
lugares. Así, se acumuló y se registró el conocimiento.
Con todo,
la inestabilidad de estos imperios, pone al descubierto una contradicción
interna; la persistencia de los pueblos subyugados en rebelarse, es una medida
de su gratitud por los beneficios recibidos y, tal vez, del valor de ellos. Es
de presumir que los beneficios fueron superados, con mucho, por los perjuicios.
En realidad, un imperio del tipo del
de Sargón,
probablemente, debe haber
destruido directa-mente más
riqueza de las
que creó
indirectamente. De
lo primero
que se jacta un conquistador oriental, en sus inscripciones, es del
botín de animales, metal, joyas y
esclavos que ha llevado a su corte. Este saqueo no aumentaba el total de riqueza
disponible para el disfrute humano. En el mejor de los casos, se efectuaba una
redistribución de los recursos existentes y ponía en circulación tesoros
ocultos. Pero, la mayor parte de las veces significo la transferencia de
riquezas de sociedades más pobres a cortes ya hartas de cosas superfluas.
Después de esto, la principal preocupación del vencedor consistía en imponer un
tributo regular a los pueblos vencidos.
En
general, los imperios así establecidos eran simples mecanismos recolectores de
tributos. Normalmente, el gobierno imperial se entrometía en los asuntos
internos de los pueblos sometidas, únicamente en la medida necesaria para
asegurar la obediencia y el pago regular de los tributos. El monarca sólo se
ocupaba de la prosperidad y del buen gobierno de sus dominios, cuando tales
condiciones fomentaban la recaudación de rentas. Por lo demás, las monarquías
orientales eran creadas por la guerra, mantenidas por guerras continuas, y
destruidas por la guerra.
Ahora
bien, es
indudable, que la guerra
sirvió como poderoso incentivo
para hacer nuevos descubrimientos, los cuales también se podían aplicar a fines
pacíficos; en el capítulo anterior hemos visto cómo esas exigencias estimularon
la inventiva hasta de hasta de los matemáticos.
Asimismo,
debemos admitir
que el
militarismo fue
necesario, tanto
para proteger las conquistas de la civilización de los codiciosos ataques
lanzados por los bárbaros perezosos, canto para propagar los beneficios de la
propia civilización. No obstante, no siempre cumplió con ambas funciones. A
pesar de sus ejércitos permanentes y de su equipo militar; los estados sumerio y
akkadio fueron impotentes para repeler las agresiones de pueblos menos prósperos
y menos civilizados. El Imperio de Sargón se derrumbó ante los invasores de
Gutium y, después, el territorio fue invadido, sucesivamente, por los elamitas,
los amorreos, los hititas, los kassitas, los asirios, los medas, los persas y
los macedonios.
Las
expediciones punitivas y las complicadas defensas fronterizas de los Reinos
Antiguo y Medio no pudieron defender permanentemente el valle del Nilo de las
invasiones. El Nuevo Imperio se fundó más bien para defender las fronteras, que
para hacerlas avanzar. Se derrumbó ante
las embestidas de los
filisteos, los libios,
y otros
bárbaros, quienes habías sido
adiestrados en la “guerra civilizada”, sirviendo como mercenarios en los
ejércitos imperiales. A partir de entonces, el mismo valle del Nilo fue ocupado
por libios, nubios, asirios, persas y macedonios. Esta fue la seguridad que se
obtuvo con hacer crecer continuamente
los gastos destinados a armamentos y con la aplicación del precepto: “La mejor defensa es el
ataque”.
También
como fuerza civilizadora nos defrauda el militarismo en sus hazañas. Para
resistir ante la agresión imperialista, los bárbaros se vieron inducidos, como
explicamos más arriba, a adoptar algunos artificios de la civilización,
particularmente la metalurgia. Pero, en la mayor parte
de los casos, únicamente
adoptaron la cultura superior,
en la medida que la necesitaban para equipararse militarmente. Y este
equipo se alineó, muy pronto, en contra de los apóstoles imperialistas de la
civilización. Los resultados finales de las “misiones civilizadoras” emprendidas
por Sargón y sus imitadores, fueron las incursiones victoriosas de los bárbaros
en los centros de la civilización; ya mencionamos antes algunas de ellas,
Y cada una de estas
incursiones e invasiones, acarreaba la destrucción de los hombres, el
despilfarro de la riqueza y, por lo
menos temporalmente, el hacer retroceder el reloj del progreso. La manifiesta
detención del progreso, a que ya hemos
aludido, puede
haberse debido,
en parte,
a esas
circunstancias. El periodo posterior a la revolución urbana es,
ciertamente, una época en la cual la guerra organizada se encuentra atestiguada
tanto por los testimonios escritos, como
por la
prominente aposición asumida
por los armamentos, a partir
de entonces, en los testimonios arqueológicos. Antes de la revolución, como ya
lo explícanos antes, apenas si se hacían notar las armas destinadas
inequívocamente a la guerra. No obstante, fue entonces cuando el progreso avanzó
con mayor rapidez. Si la guerra organizada hubiera sido un acicate tan esencial
para el progreso, lo que hubiera sido de esperar era justamente lo inverso de
las relaciones antes apuntadas.
Desde el
punto de vista biológico, la matanza, en número creciente, de los miembros de la
especie humana, no pudo haber promovido la multiplicación de esta
especie. Y,
no obstante, tal
multiplicación ha sido nuestra
prueba definitiva del progreso.
Casi
desde la iniciación de su curso, según parece, el hombre ha utilizado sus
facultades humanas peculiares no sólo para fabricar instrumentos valiosos que le
permitan actuar sobre el mundo real, sino también para imaginar fuerzas
sobrenaturales que podría emplear en él. Es decir, que ha tratado de comprender,
y de utilizar, los procesos naturales y, simultáneamente, de poblar el mundo
real con seres ilusorios, concebidos a su propia imagen, a los cuales ha tratado
de obligar o halagar. Así, ha edificado la ciencia y la superstición, una al
lado de la otra.
Las
supersticiones inventadas por el hombre y las entidades ficticias que ha
imaginado fueron, presumiblemente, necesarias para hacerlo sentirse en su medio
ambiente como si estuviera en su hogar, y para hacer llevadera la vida. Sin
embargo, la persecución de vanas esperanzas y de atajos ilusorios, sugeridos por
la magia y por la religión, apartaron
reiteradamente al hombre
del camino,
más difícil,
de controlar a la naturaleza por medio de la comprensión. La magia
parece ser más fácil que la ciencia, de
la misma manera que el recurrir al tormento significa tomarse menos
molestias que reunir pruebas.
La magia
y la religión constituyen los andamios necesarios para sostener la creciente
estructura de la organización social y de la ciencia. Por desgracia, los
andamios han obstaculizado, repetidas veces, la ejecución del proyecto y han
impedido el avance del edificio permanente. Incluso, han servido para apoyar una
fachada postiza, detrás de la cual la estructura principal ha estado amenazada de
ruina.
La
revolución urbana, cuya posibilidad fue establecida por la ciencia, fue
explotada por la superstición. Los principales beneficiarios de las proezas
hechas por los agricultores y los artesanos, fueron los sacerdotes y los reyes.
Con lo cual, fue la magia, más bien que la ciencia, la que resultó entronizada e
investida, temporalmente, con la autoridad del poder.
Es inútil
deplorar las supersticiones del pasado, como lo es el lamentarse de la fealdad de
los andamios que son fundamentales para poder erigir un hermoso edificio.
Es pueril preguntarse por qué el hombre no progresó en línea recta, desde la
sordidez de una sociedad “anterior a
la división en clases” a
los deleites
de un
paraíso sin clases, no realizado por completo en parte alguna, hasta
ahora.
Tal vez,
los mismos conflictos y contradicciones, antes apuntados, constituyen la
dialéctica del progreso. En todo caso, son hechos de la historia. Si no resultan
de nuestro agrado, eso no significa que el progreso sea una ilusión, sino
simplemente que no hemos comprendido
los hechos ni el progreso, ni al hombre. El hombre estableció las supersticiones
y las instituciones de opresión, del
mismo modo que construyó las ciencias y los instrumentos de producción. En ambos
casos se ha expresado igualmente a sí mismo, se ha encontrado a sí mismo.
Como el
lector habrá notado, la palabra “raza” casi no ha sido mencionada en este
libro. Particularmente,
en el
intento de
explicar, así fuera brevemente,
el surgimiento de la agricultura, la fundación de los Estados o el crecimiento
de las ciencias, resultó innecesario invocar dotes psicológicas peculiares,
heredados junto con características corporales, por los grupos humanos que
realizaron dichas actividades.
Hay una
teoría bien conocida que atribuye una “incapacidad para el mando” a una
hipotética “raza nórdica”. Hubiera sido fácil “explicar” de esta manera el
progreso de
las matemáticas en
Babilonia, diciendo que se debió
al “talento matemático” ingénito en los sumerios o en los semitas. (En obras
enteramente serias se habla, con frecuencia, del “genio de los egipcios
para...).” Pero, siguiendo tal procedimiento no habríamos dado una explicación
científica. En la práctica, es sólo una manera de volver a afirmar, en lenguaje
pomposo, el hecho de que algunos sumerios fueron realmente buenos contadores. En
el mejor de los casos,
podría significar
que alguna
mutación inexplicable
e indemostrable en el plasma
germinativo de ancestros hipotéticos, transmitida a los sumerios, produjo en
ellos un cerebro y un sistema nervioso que facilitó los procesos de calcular.
Asimismo,
hemos evitado aquí los postulados indemostrables y los términos altisonantes,
que producen confusión por su apariencia
lógica. En cambio, hemos tratado de mostrar cómo algunas sociedades,
dentro del proceso de ajustarse a su medio ambiente, se vieron conducidas a
crear Estados y ciencias matemáticas, aplicando las facultades humanas
distintivas, que son comunes a todos los hombres. Bajo ciertas condiciones, el
Estado y las matemáticas resultaron necesarios para permitir al hombre vivir,
prosperar y multiplicarse. No hemos tenido que suponer cambio alguno en el
plasma germinativo que hubiera sido introducido por desconocidos agentes no
humanes.
Al mismo
tiempo, las realizaciones que hemos debido explicar, no fueron respuestas
automáticas al medio ambiente, ni tampoco ajustes impuestos sin discriminación a
todas las sociedades, por fuerzas exteriores a ellas. Todos los ajustes que
hemos considerado con detalle, fueron hechos por sociedades específicas, cada
una de ellas con su propia historia distintiva. En el curso de su historia, la
sociedad ha establecido reglas
tradicionales de conducta y un conjunto de
saber artesanal o de ciencias prácticas. Y ha sido la aplicación de estas
reglas y ciencias al medio ambiente particular, lo que determinó la forma del
ajuste que hemos analizado.
Las
diferencias entre las organizaciones políticas y las técnicas matemáticas, en
Egipto y en Sumer, son explicables por las historias divergentes de las dos
sociedades; y no simplemente por el contraste entre el valle del Nilo y la
llanura del Tigris y el Éufrates y, menos aún, por disparidades hereditarias en
sus mecanismos nerviosos.
Pues
bien, las tradiciones sociales, formadas por la historia de la comunidad, son
las que determinan la conducta general de los miembros de la sociedad. Las
diferencias de conducta mostradas por los miembros de las dos sociedades,
enfocados colectivamente, se deben a las historias divergentes de ambas
sociedades. Y es justamente esta conducta media lo que podría estudiar una
ciencia de la psicología racial; únicamente por una perversión de sus propósitos
científicos, podría deducir, de ahí, “facultades innatas”.
Ya
hemos visto
que esta
conducta realmente
no es
innata. Tampoco
es fijada, de modo inmutable, por el medio ambiente. Está condicionada
por la tradición social y, justamente porque la tradición es creada por
sociedades; de hombres y transmitida por medios peculiarmente humanos y
racionales, es por lo que no es fija ni inmutable; está cambiando
constantemente, a medida que la sociedad se enfrenta a circunstancias siempre
nuevas. La tradición hace al hombre, circunscribiendo su conducta dentro de
ciertos límites; pero, es igualmente cierto que el hombre hace las tradiciones.
Y, por lo tanto, podemos repetir con una comprensión más profunda: “El hombre se
hace a sí mismo”.
Las fechas anteriores al año 3000 a.C., se basan en
conjeturas, por lo cual rara vez se citan, Para los 1000 años siguientes se
emplean varios sistemas de cronología,
tanto para Egipto como para Mesopotamia. Nosotros hemos adoptado, para cada uno
de estos países, lo que se llama una cronología corta: en Egipto, aceptamos las
reducciones propuestas por Scharff al sistema de Berlín y, en Mesopotamia, hemos
seguido a Sidney Smith y a Frankfort. Por lo tanto, las fechas que damos aquí
difieren, de 200 a 450 años, de las dadas
por Breasted,
Hall o
Peet para
Egipto, y
por Contenau o
Woolley para Mesopotamia. En nada afecta a ninguna argumentación de este
libro el que se adopte una cronología larga o corta, siempre que se aplique por
igual a Egipto y a Mesopotamia. Tengo plena confianza en que son correctas para
los dos países las fechas relativas que
he dado en el texto.
Ha resultado conveniente seguir, en cada caso, a
los cronistas nativos de ambos países, dividiendo la historia, sobre una base
política, en dinastías. Para Egipto, también, hemos seguido la práctica moderna
de designar los períodos de grandeza como Reinos Antiguo, Medio y
Nuevo. La
tabla que damos a
continuación explicará el empleo de estos términos y sus fechas. Todas
las fechas están dadas en cifras redondeadas.

Egipto es
el valle del Nilo, desde la Primera Catarata hasta el Mediterráneo. La
parte que se extiende al sur de El Cairo es, aproximadamente, el Alto
Egipto; la que se encuentra al norte es el Bajo Egipto.
A Mesopotamia
la consideramos equivalente al
moderno Irak;
incluye:
Asiria
–aproximadamente, el triángulo formado entre el Tigris y el Zab, alrededor de
Mosul.
Babilonia
–la
región comprendida entre el
Tigris y
el Éufrates, al
sur de Samarra–, la cual se subdividía en:
Akkad, al norte
de Diwaniyek
Sumer, hacia el
sur.
NOTAS
*1 Primera edición en inglés, 1936. Primera edición
en español, 1954
*2 Deberíamos hacer una distinción entre los
instintos y los actos reflejos; pero ello implicaría aquí la introducción de
deferencias sutiles que carecen de importancia nuestra argumentación inmediata.
*3
Leakey, Adan´s Ancestors, p. 224.
*4 Auriñaciense: que pertenece al Paleolítico
superior. La cultura auriñaciense sustituyó a partir del 38.000 a.C. aprox., a
la cultura Musteriense y en otros lugares al Châtelperroniense, en el inicio del
Paleolítico Superior. En la actualidad se conviene en reconocer que la llamada
cultura auriñaciense corresponde, en realidad, a tres culturas distintas.
*5 Hadendoa es el nombre de una subdivisión nómada
de la gente de Beja. El área históricamente habitada por los Hadendoa es hoy
parte de Sudán, Egipto y Eritrea
Bajo las condiciones de la irrigación natural, el
agricultor no necesita ser nómada. Puede cultivar, año con año, la misma parcela
que es inundada por la avenida entre una cosecha y otra.
*6 No obstante. algunas comunidades "neolíticas"
actuales reconocen derechos de propiedad de individuos o familias sobre modelos,
ceremonias o procesos especiales.
*7 En la actual República Democrática del Congo.
*8 Es de esperar que la persona sepa el significado
del nudo hecho en un pañuelo; pero no se puede esperar que un policía descubra,
al registrar un cadáver y encontrar un pañuelo anudado, cual haya sido la idea
por recordar, ente las innumerables posibilidades imaginables.