Karl von Clausewitz
De la guerra
El general prusiano Karl von Clausewitz,
historiador especializado en temas bélicos y destacado profundizador del
fenómeno de la guerra, nació en 1780 en Burg, cerca de Magdeburgo (Alemania).
Hijo de un miembro del ejército de Federico el Grande, ingresó muy joven en la
carrera de soldado. En 1801 siguió los cursos de la Academia Militar de Berlín,
bajo la dirección del general Gerhard von Scharnhorst, gran reorganizador del
ejército prusiano. Después fue nombrado ayudante de campo del príncipe Augusto
de Prusia, junto al cual sirvió en el infortunado encuentro con las tropas de
Napoleón en Jena (1806). Caído en poder de los franceses, permaneció prisionero
hasta 1809. Tras recuperar la libertad, actuó como profesor en la misma academia
militar berlinesa donde había consolidado su experiencia, y con posterioridad
asumió el cargo de jefe de sección del Ministerio de la Guerra alemán. En 1812
decidió formar parte del ejército ruso. Tan dramática iniciativa permite captar
a las claras el concepto de la ética militar que Clausewitz poseía, pues la
confrontación con su propio país no constituía para él más que el recurso de
valerse de la guerra para liberar a aquél del dominio francés. Federico
Guillermo III se había visto obligado a someterse a la presión de Napoleón, y
Prusia se había convertido en aliada forzosa de Francia. Clausewitz alimentaba
la esperanza de que el zar Alejandro I redimiría a su nación de la atadura
napoleónica, y esa expectativa fue la que le impulsó a ocupar el bando contrario
a sus mismos compatriotas, con el fin de conseguir la anhelada liberación. En
efecto, la batalla de Leipzig significó la extinción de la influencia francesa
sobre Alemania, y él, tras escribir, por encargo de otra gran personalidad
militar prusiana, el mariscal de campo August von Gneisenau, el libro
La campaña de 1813 hasta el armisticio, se
incorporó de nuevo, en 1814, al ejército prusiano, con el que pudo asistir a la
batalla triunfal de Waterloo. De 1816 a 1830 ejerció la dirección de la Academia
Militar de Berlín, la cual sólo dejó para ocupar un cargo en el Estado Mayor
alemán. Falleció en 1831 en Breslau, fulminado por el cólera, cuando contaba 51
años. Su obra De la guerra, que le
procuraría la fama, tuvo una publicación póstuma, a instancias de su viuda.
De la guerra comprende ocho libros, de los que
la edición que se ofrece recoge íntegramente los tres primeros. De los libros IV
y V se incluye un resumen del contenido, mientras que del libro VI, dedicado a
La defensa, se reproducen los capitales capítulos I, II, III y XXVI, y se
hace lo propio con el libro VII, relativo al Ataque,
del que se incluye el capítulo XXII, no sin dar
siempre noticia de lo omitido. Finalmente, del libro VIII, siguiendo la misma
pauta, se ofrece el concluyente capítulo VI, en sus dos partes.
Se presenta de este modo la parte más esencial
de la obra de Clausewitz, cuya influencia sobre la concepción de la guerra no
sólo constituyó la base del pensamiento militar alemán hasta la ascensión al
poder del nacionalsocialismo, sino que fue tenida en cuenta por un pensador
marxista como Engels, y luego por gerifaltes de la misma tendencia, como Lenin o
Mao Zedong, en la delineación de su estrategia revolucionaria. No así por
Stalin, quien, como vencedor de la
Wehrmacht, no dudó en rebatirla
tajantemente.
Sin embargo, la vigencia de las doctrinas de
Clausewitz no ha cesado de ponerse de manifiesto en los numerosos estudios
especializados que se les han dedicado y en el hecho de que hayan contribuido a
asentar los principios que conforman la teoría actual de la guerra.
Índice
PREFACIO DEL AUTOR
LIBRO I
Sobre la naturaleza de la guerra
Cap. I. ¿En qué consiste la guerra?
Cap. II. El fin y los medios en la guerra
Cap. III. El genio para la guerra
Cap. IV. Del peligro en la guerra
Cap. V. Del esfuerzo físico en la guerra
Cap. VI. La información en la guerra
Cap. VII. Las fricciones en la guerra
Cap. VIII. Consideraciones finales al libro I
LIBRO II
Sobre la teoría de la guerra
Cap. I. Introducción al arte de la guerra
Cap. II. Sobre la teoría de la guerra
Cap. III. Arte de la guerra o ciencia de la guerra
Cap..IV. Metodología
Cap. V. Crítica
Cap. VI. De los ejemplos
LIBRO III
Sobre la estrategia en general
Cap. I. La estrategia
Cap. II. Elementos de la estrategia
Cap. III. Las fuerzas morales
Cap. IV. Las principales potencias morales
Cap. V. Virtud militar de un ejército
Cap. VI. La audacia
Cap. VII. La perseverancia
Cap. VIII. La superioridad numérica
Cap. IX. La sorpresa
Cap. X. La estratagema
Cap. XI. Concentración de fuerzas en el espacio
Cap. XII. Concentración de fuerzas en el tiempo
Cap. XIII. Las reservas estratégicas
Cap. XIV. La economía de fuerzas
Cap. XV. El elemento geométrico
Cap. XVI. Sobre la suspensión de la acción en la
guerra
Cap. XVII. Del carácter de la guerra moderna
Cap. XVIII. Tensión y reposo
LIBRO IV. El
encuentro
LIBRO V.
Las fuerzas militares
LIBRO VI.
La defensa
Cap. I. Ataque y defensa
Cap. II. Las relaciones mutuas del ataque y la
defensa en la táctica
Cap. III. Las relaciones mutuas del ataque y la
defensa en la estrategia
Cap. XXVI. El pueblo en armas
LIBRO VII. El ataque
Cap. XXII. Sobre el punto culminante de la
victoria
LIBRO VIII.
Plan de una guerra
Cap. VI. A. Influencia del objetivo político sobre
el propósito militar
B. La guerra como instrumento de la política
EPÍLOGO. Clausewitz en la
actualidad
PREFACIO DEL AUTOR
Hoy en día, el hecho de que el concepto de ciencia
no se resume de manera única y esencial en un sistema o método de enseñanza no
requiere sin duda ser puesto en claro. En una primera impresión, en la presente
exposición no se hallará ningún sistema y, en vez de un método definitivo de
enseñanza, no se pondrá en evidencia sino un cúmulo de materiales reunidos.
La parte científica que le corresponde radica en
la intención de poner a examen la esencia de los fenómenos que caracterizan la
guerra, de demostrar de qué modo se vinculan con la naturaleza de las cosas. El
autor no ha rehuido en todo caso establecer conclusiones filosóficas. Sin
embargo, en el momento en que ha percibido que el hilo de su pensamiento se
apartaba de su objetivo, ha preferido romperlo y relacionarlo más bien con los
fenómenos que atañen a la experiencia. Porque de la misma manera que ciertas
plantas no producen fruto más que cuando no experimentan una sobrecarga
excesiva, se requiere que las hojas y las flores teóricas de las artes prácticas
no crezcan demasiado, sino más bien relacionarlas con la experiencia, que es su
ámbito natural.
Constituiría un error absoluto intentar servirse
de los componentes químicos de un grano de trigo para estudiar la forma de una
espiga: más fácil resulta acudir a los campos para ver allí las espigas ya
formadas. Jamás la investigación y la observación, la filosofía y la experiencia
deben menospreciarse o excluirse mutuamente: todas ellas encierran una garantía
una para con la otra. Las proposiciones que se ofrecen en la presente obra y la
estricta estructura de su necesidad interna tienen su fundamento en la
experiencia o en el concepto mismo de la guerra, considerado desde el punto de
vista externo, de tal modo que no se ven privadas de base.
Quizá no resulte imposible establecer una teoría
sistemática de la guerra, pródiga en ideas y de gran altura, pero el hecho
cierto es que hasta el presente todas cuantas disponemos se apartan muy lejos de
ese objetivo. Sin tomar en consideración el espíritu acientífico que las
caracteriza, no constituyen más que un hatillo de trivialidades, lugares comunes
y sandeces que pretenden ser coherentes y absolutas. De ello cabe hacerse una
idea con la lectura del siguiente párrafo de un reglamento referido a casos de
incendio, debido a Lichtenberg:
«Cuando una casa es presa del fuego, ante todo hay
que tratar de proteger el muro derecho del edificio de la izquierda; porque si
se intentara, por ejemplo, proteger el muro de la izquierda del edificio de la
izquierda, el muro de la derecha de la propia casa se encontraría a la derecha
del muro de la izquierda, y como el fuego está a la derecha de ese muro y del
muro de la derecha (porque suponemos que la casa está situada a la izquierda del
incendio), el muro de la derecha estará más cerca del fuego que el de la
izquierda y el muro de la derecha de la casa podría ser destruido por el fuego
si no fuese protegido antes de que el fuego alcance el muro de la izquierda, que
está protegido; en consecuencia, algo que no esté protegido podría ser
destruido, y destruido más rápidamente que otra cosa, incluso aunque no
estuviera protegido; por lo tanto es preciso abandonar aquél y proteger éste.
Para representarse la cosa, debemos notar además: si la casa está a la derecha
del incendio, es el muro de la izquierda y si la casa está a la izquierda, es el
muro de la derecha.»
Para no provocar el cansancio del lector, sin duda
hombre de espíritu, con la relación de otras paparruchadas como ésta, y no
restar sabor a lo que tengan de bueno, diluyéndoselo, el autor se ha inclinado a
presentar, como si de pequeños granos de metal puro se trataran, las ideas que
largos años de reflexión sobre la guerra, el trato con hombres inteligentes que
la conocían y un considerable número de experiencias personales han hecho nacer
y han quedado fijadas en su ánimo.
Este es el origen de los diferentes capítulos que
forman este libro, cuya unidad podrá parecer débil, si bien confío en que no
carecerán de cohesión interna. Tal vez no habrá que esperar mucho tiempo para
ver cómo un espíritu superior al del autor sabe presentar, en lugar de estos
granos dispersos, un conjunto fundido y exento de toda aleación.
LIBRO PRIMERO
SOBRE LA NATURALEZA DE LA GUERRA
Capítulo I
¿EN QUÉ CONSISTE LA GUERRA?
-
Introducción
Nos proponemos considerar, en primer lugar, los
distintos elementos que conforman nuestro tema; luego las diversas partes o
miembros que los componen y, finalmente, el todo en su íntima conexión. Es
decir, iremos avanzando de lo simple a lo complejo. Pero en la cuestión que nos
ocupa, más que en ninguna otra, será preciso comenzar con una referencia a la
naturaleza del todo, ya que aquí, más que en otro lado, cuando se piensa en la
parte debe pensarse simultáneamente en el todo.
2. Definición
No queremos comenzar con una definición
altisonante y grave de la guerra, sino limitarnos a su esencia, el duelo. La
guerra no es más que un duelo en una escala más amplia. Si quisiéramos concebir
como una unidad los innumerables duelos residuales que la integran, podríamos
representárnosla como dos luchadores, cada uno de los cuales trata de imponer al
otro su voluntad por medio de la fuerza física; su propósito siguiente es abatir
al adversario e incapacitarlo para que no pueda proseguir con su resistencia.
La guerra constituye, por tanto, un acto de
fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad.
La fuerza, para enfrentarse a la fuerza, recurre a
las creaciones del arte y de la ciencia. Se acompañan éstas de restricciones
insignificantes, que apenas merecen ser mencionadas, las cuales se imponen por
sí mismas bajo el nombre de usos del derecho de gentes, pero que en realidad no
debilitan su poder. La fuerza, es decir, la fuerza física (porque no existe una
fuerza moral fuera de los conceptos de ley y de Estado) constituye así el
medio; imponer nuestra voluntad al enemigo es el objetivo. Para estar
seguros de alcanzar este objetivo tenemos que desarmar al enemigo, y este
desarme constituye, por definición, el propósito específico de la acción
militar: reemplaza al objetivo y en cierto sentido prescinde de él como si no
formara parte de la propia guerra.
3. Caso extremo del uso de la fuerza
Muchos espíritus dados a la filantropía podrían
fácilmente imaginar que existe una manera artística de desarmar o abatir al
adversario sin un excesivo derramamiento de sangre, y que esto sería la
verdadera tendencia del arte de la guerra. Se trata de una concepción falsa que
debe ser rechazada, pese a todo lo agradable que pueda resultar. En temas tan
peligrosos como es el de la guerra, las falsas ideas surgidas del
sentimentalismo son precisamente las peores. Siendo así que el uso de la fuerza
física en su máxima extensión no excluye en modo alguno la cooperación de la
inteligencia, el que se sirva de esta fuerza sin miramiento ni recato ante el
derramamiento de sangre habrá de obtener ventaja sobre el adversario, siempre
que éste no actúe del mismo modo. Así, cada uno justifica al adversario y cada
cual impulsa al otro a adoptar medidas extremas, cuyo límite no es otro que el
contrapeso de la resistencia que le oponga el contrario.
Forzosamente tenemos que darle al tema este
enfoque, ya que tratar de ignorar como elemento constitutivo la brutalidad
porque despierta repugnancia significaría una tentativa inútil o algo peor.
Si las guerras entre naciones civilizadas son
presuntamente menos crueles y destructoras que las que enfrentan a unas no
civilizadas, la razón estriba en la condición social de los Estados considerados
en sí mismos y en sus relaciones recíprocas. La guerra estalla, adquiere sus
rasgos y limitaciones y se modifica de acuerdo con esa condición y sus
circunstancias. Pero tales elementos no constituyen una parte de la guerra, sino
que existen por sí mismos. En la filosofía de la guerra no se puede introducir
en absoluto un principio modificador sin acabar cayendo en el absurdo.
En las luchas entre los hombres intervienen en
realidad dos elementos dispares: el sentimiento hostil y la intención hostil.
Hemos elegido el último de ellos como rasgo distintivo de nuestra definición
porque es el más general. Es inconcebible que un odio salvaje, casi instintivo,
exista sin una intención hostil, mientras que se dan casos de intenciones
hostiles que no van acompañados de ninguna hostilidad o, por lo menos, de ningún
sentimiento hostil que predomine. Entre los seres salvajes prevalecen las
intenciones de origen emocional; entre los pueblos civilizados, las determinadas
por la inteligencia. Pero tal diferencia no reside en la naturaleza intrínseca
del salvajismo o de la civilización, sino en las circunstancias en que están
inmersos, sus instituciones, etc. Por lo tanto, no existe indefectiblemente en
todos los casos, pero prevalece en la mayoría de ellos. En una palabra, hasta
las naciones más civilizadas pueden inflamarse con pasión en un odio recíproco.
Vemos, pues, cuán lejos nos hallaríamos de la
verdad si atribuyéramos la guerra entre hombres civilizados a actos puramente
racionales de sus gobiernos, y si concibiésemos aquélla como un acto libre de
todo apasionamiento, de tal modo que en definitiva no tendría que ser necesaria
la existencia física de los ejércitos, sino que bastaría una relación teórica
entre ellos, o lo que podría ser una especie de álgebra de la acción.
La teoría empezaba a orientarse en esta dirección
cuando los acontecimientos de la última guerra nos hicieron ver un camino mejor.
Si la guerra constituye un acto de fuerza, las emociones están necesariamente
implicadas en ella. Si las emociones no son las que dan origen a la guerra, ésta
ejerce, sin embargo, una acción de carácter mayor o menor sobre ellas, y la
intensidad de la reacción depende no del estado de la civilización, sino de la
importancia y la permanencia de los intereses hostiles.
Por lo tanto, si constatamos que los pueblos
civilizados no liquidan a sus prisioneros, no saquean las ciudades ni arrasan
los campos, ello se debe a que la inteligencia desempeña un papel importante en
la conducción de la guerra, y les ha enseñado a aquéllos a aplicar su fuerza
recurriendo a medios más eficaces que los que pueden representar esas brutales
manifestaciones del instinto.
La invención de la pólvora y el perfeccionamiento
constante de las armas de fuego muestran por sí mismos, de manera
suficientemente explícita, que la necesidad inherente al concepto teórico de la
guerra, la destrucción del adversario, no se ha visto en modo alguno debilitada
o desviada por el avance de la civilización. Reiteramos, pues, nuestra
afirmación: la guerra es un acto de fuerza, y no hay un límite para su
aplicación. Los adversarios se justifican uno al otro, y esto redunda en
acciones recíprocas llevadas por principio a su extremo. Es esta la primera
acción recíproca que se nos presenta y el primer caso extremo con que
nos encontramos.
4. El
objetivo es desarmar al enemigo
Hemos afirmado que el desarme del enemigo es el
propósito de la acción militar, y ahora conviene mostrar que esto es
necesariamente así, por lo menos en teoría. Para que al oponente se so meta a
nuestra voluntad, debemos colocarlo en una tesitura más desventajosa que la que
supone el sacrificio que le exigimos. Las desventajas de tal posición no tendrán
que ser naturalmente transitorias, o al menos no tendrán que parecerlo, pues de
lo contrario el oponente tendería a esperar momentos más favorables y se
mostraría remiso a rendirse. Como resultado de la persistencia de la acción
militar, toda modificación de su posición tiene que conducirlo, por lo menos
teóricamente, a posiciones todavía menos ventajosas. La peor posición a la que
puede ser conducido un beligerante es la del desarme completo. Por lo tanto, si
hemos de obligar por medio de la acción militar al oponente a cumplir con
nuestra voluntad, tenemos o bien que desarmarlo de hecho, o bien colocarlo en
tal posición que se sienta amenazado por la posibilidad de que lo logremos. De
ahí se desprende que el desarme o la destrucción del adversario (sea cual fuere
la expresión que escojamos) debe consistir siempre el objetivo de la acción
militar.
Pero no cabe considerar la fuerza como la acción
de una fuerza viva sobre una masa inerte (el aguante absoluto no sería guerra en
modo alguno), sino que es siempre el choque entre dos fuerzas vivas. En ese
sentido, lo que hemos afirmado sobre el objetivo último de la acción militar es
aplicable a uno y otro bando. De nuevo nos hallamos aquí ante una acción
recíproca. Mientras no haya derrotado a mi oponente, tengo que albergar el temor
de que sea él quien pueda derrotarme. Por tanto, no soy ya dueño de mí mismo,
sino que aquél me justifica, al tiempo que yo lo justifico a él. Es esta la
segunda acción recíproca que conduce a un
segundo caso extremo.
5. Caso
extremo de la aplicación de las fuerzas
Si queremos abatir a nuestro oponente, tenemos que
regular nuestro esfuerzo de acuerdo con su poder de resistencia. Tal poder se
pone de manifiesto como producto de dos factores indisolubles: la magnitud de
los medios con que el oponente cuenta y la fuerza de su voluntad. Será
posible calcular la magnitud de los medios de que dispone, ya que ésta se basa
en números (aunque no del todo); pero la fuerza de la voluntad no se deja medir
tan fácilmente y sólo en forma aproximada, por la fortaleza del motivo que la
impulsa. Si mediante esta apreciación lográramos calcular de manera
razonablemente aproximada el poder de resistencia de nuestro oponente, podríamos
regular nuestros esfuerzos de acuerdo con dicho cálculo y estar en disposición
de intensificarlos para obtener una ventaja o bien extraer de ellos el máximo
resultado posible, en caso de que nuestros medios no fueran suficientes como
para asegurarnos esa ventaja. Pero nuestro oponente procederá del mismo modo, y
a tenor de ello se produce entre nosotros una nueva puja que, desde el punto de
vista de la teoría pura, nos conduce una vez más a un punto extremo. Es la
tercera acción recíproca que se presenta, y el tercer caso extremo
con el que nos encontramos.
6.
Modificaciones en la práctica
En el ámbito abstracto de las concepciones puras,
el pensamiento reflexivo no descansa hasta alcanzar el punto extremo, porque es
con casos extremos con los que tiene que enfrentarse, con un conflicto de
fuerzas libradas a sí mismas y que no obedecen a otra ley que la propia. Por lo
tanto, si pretendemos deducir de la concepción puramente teórica de la guerra un
propósito absoluto, que podamos tener presente, así como los medios a poner en
uso, estas acciones recíprocas mantenidas de forma continua nos conducirán a
extremos que no serán más que un juego de la imaginación elaborado por el
encadenamiento apenas entrevisto de sutilezas de la lógica. Si, al ceñirnos
estrechamente a lo absoluto, pretendemos librarnos de una tacada de la totalidad
de las dificultades, y con rigor lógico insistimos en estar preparados para
ofrecer en toda ocasión el máximo de resistencia y aportar el máximo de
esfuerzo, esa intención derivará en una simple norma carente de valor y sin
aplicación en la práctica.
Asimismo, en el supuesto también de que ese máximo
de esfuerzo sea una cantidad absoluta, fácilmente determinable, habremos de
admitir no obstante que no resulta fácil que la mente humana se someta al
dominio de esas elucubraciones. En muchos casos, el resultado redundaría en un
derroche inútil de fuerza que se vería limitado por otros principios del arte de
gobernar. Esto requeriría un esfuerzo desproporcionado en relación con el
objetivo a fijar, devenido de imposible realización. Efectivamente, la voluntad
del hombre no extrae nunca su fuerza de las sutilezas lógicas.
Todo cambia de aspecto, empero, al pasar del mundo
abstracto a la realidad. En la abstracción, todo permanecía supeditado al
optimismo; era preciso concebir que ambos campos no sólo se inclinarían por la
perfección, sino también por lograr conseguirla. ¿Sucede esto siempre en la
práctica? Las condiciones para ello tendrían que ser las siguientes:
1. Que la guerra fuera un hecho totalmente
aislado; que se produjera de improviso, y sin conexión con la previa vida
política.
2. Que el conflicto bélico dependiera de una
decisión única o de varias decisiones simultáneas.
3. Que su decisión fuera definitiva y que la
consecuente situación política no fuera tenida en cuenta ni influyera sobre
ella.
7. La
guerra nunca constituye un hecho aislado
Al referirnos al primero de estos puntos hemos de
recordar que ninguno de los dos oponentes es para el otro un ente abstracto, ni
aun considerándolo como factor de la capacidad de resistencia, que no depende de
algo externo, o sea, de la voluntad. Tal voluntad no constituye un hecho
totalmente desconocido; lo que ha sido hasta hoy nos indica lo que puede ser
mañana. La guerra nunca estalla de improviso ni su preparación tiene lugar en un
instante. De ese modo, cada uno de los oponentes puede, en buena medida,
formarse una opinión del otro por lo que éste realmente es y hace, y no por lo
que teóricamente debería ser y hacer. Sin embargo, debido a su imperfecta
organización, el hombre suele mantenerse por debajo del nivel de la perfección
absoluta, y así estas deficiencias, inherentes a ambos bandos, se convierten en
un principio reductor.
8. La
guerra no consiste en un golpe insostenido
El segundo de los tres puntos enumerados nos
sugiere las observaciones que siguen.
Si el resultado de la guerra dependiera de una
decisión única, o de varias decisiones tomadas simultáneamente, los preparativos
para esa decisión o para esas decisiones diversas deberían ser llevados hasta el
último extremo. Nunca podría recuperarse una oportunidad perdida; la sola norma
que podría aportarnos el mundo real para los preparativos a efectuar sería, en
el mejor de los casos, la medida de los preparativos que lleva a cabo nuestro
oponente, o lo que de ellos alcanzáramos a conocer, y todo lo demás tendría que
quedar de nuevo relegado al terreno de la abstracción. Si la decisión
consistiera en varios actos sucesivos, cada uno de éstos, con las circunstancias
que lo acompañan, podría suministrar una norma para los siguientes y, así, el
mundo real ocuparía el lugar del mundo abstracto, modificando, de acuerdo con
ello, la tendencia hacia el extremo.
Sin embargo, si toda guerra tuviese que limitarse
indefectiblemente a una decisión única o a una serie de decisiones simultáneas,
si los medios disponibles para la beligerancia fueran puestos en acción a un
tiempo o pudieran serlo de este modo, una decisión adversa tendería a reducir
estos medios, y, de haber sido éstos todos empleados o agotados en la primera
decisión, no habría porqué pensar en que se produjera una segunda. Todas las
acciones bélicas que pudieran producirse después formarían, en esencia, parte de
la primera, y sólo constituirían su persistencia.
Pero tal como hemos visto, en los preparativos
para la guerra el mundo real ocupa el lugar de la idea abstracta, y una medida
real el lugar de un caso extremo hipotético. Cada uno de los oponentes, aunque
no fuera por otra razón, se detendrá por tanto, en su acción recíproca, alejado
del esfuerzo máximo y no pondrá en juego al mismo tiempo la totalidad de sus
recursos.
Sin embargo, la naturaleza misma de tales
recursos, y de su mismo empleo, torna imposible su entrada en acción simultánea.
Estos recursos comprenden las fuerzas militares propiamente dichas, el país,
con su superficie y su población, y los
aliados.
El país, con su superficie y su población, no sólo
constituye la fuente de las fuerzas militares propiamente dichas, sino que es,
en sí mismo, también una parte integrante de los factores que actúan en la
guerra, aunque sólo sea aquel que proporciona el teatro de operaciones o tiene
marcada influencia sobre él.
Ahora bien, los recursos militares móviles pueden
ser puestos en funcionamiento simultáneamente, pero esto no concierne a las
fortalezas, los ríos, las montañas, los habitantes, etc., en una palabra, al
país entero, a menos que éste sea tan pequeño que la primera acción bélica lo
afecte totalmente. Además, la cooperación de los aliados no es algo que depende
de la voluntad de los beligerantes, y con frecuencia resulta, por la misma
naturaleza de las relaciones políticas, que no se hace efectiva sino con
posterioridad, cuando de lo que se trata es restablecer el equilibrio de fuerzas
alterado.
Más adelante intentaremos explicar con todo
detalle que esta parte de los medios de resistencia que no puede ser puesta en
acción a un tiempo es, en muchos casos, una parte del total mucho más grande de
lo que podría pensarse y que, por lo tanto, es capaz de restablecer el
equilibrio de fuerzas, aun cuando la primera decisión se haya producido con gran
violencia y aquél haya sido alterado seriamente. Por ahora bastará con dejar
sentado que resulta contrario a la naturaleza de la guerra el que todos los
recursos entren en juego al mismo tiempo. Esto, en sí mismo, no tendrá que ser
motivo para disminuir la intensidad de los esfuerzos en la toma de decisión de
las acciones iniciales. Ya que un comienzo desfavorable significa una desventaja
a la cual nadie querría exponerse por propia voluntad, dado que, si bien la
primera decisión es seguida por otras, mientras más decisiva resulte aquélla,
mayor será su influencia sobre las que la sigan. Pero el hombre suele eludir el
esfuerzo excesivo amparándose en la posibilidad de que se produzca una decisión
subsiguiente y, por lo tanto, no concreta ni pone en acción todos sus recursos a
efectos de la primera decisión, en la medida en que hubiera podido hacerlo de no
mediar aquella circunstancia. Lo que uno de los oponentes no hace por debilidad
se convierte para el otro en base real y motivo para reducir sus propios
esfuerzos y, así, de resultas de esta acción recíproca, la tendencia hacia el
caso extremo conduce una vez más a efectuar un esfuerzo limitado.
9. La
guerra, con su resultado, no es nunca algo absoluto
Finalmente, tengamos en cuenta que la decisión
final de una guerra no siempre es considerada como absoluta, sino que el estado
derrotado a menudo ve en ese final un mal transitorio al que cabe encontrar
remedio en las circunstancias políticas posteriores. Es evidente que también
esto minora, en gran medida, la violencia de la tensión y la intensidad del
esfuerzo.
10. Las
probabilidades de la vida real ocupan el lugar de lo extremo y absoluto de la
teoría
Así, todo el acto de la guerra deja de estar
sujeto a la ley estricta de las fuerzas impulsadas hacia el punto extremo. Dado
que no se teme ni se busca ya el caso extremo, se deja que la razón determine en
vez de ello los límites del esfuerzo, y esto sólo puede ser llevado a cabo de
acuerdo con la ley de las probabilidades, por deducción de los datos que
suministran los fenómenos del mundo real. Si los dos oponentes no son ya
abstracciones puras sino estados o gobiernos individuales, y si la guerra no es
ya un desarrollo ideal de los acontecimientos, sino uno determinado de acuerdo
con sus propias leyes, entonces la situación real suministra suficientes datos
como para determinar lo que se espera, la incógnita que tiene que ser despejada.
De acuerdo con las leyes de la probabilidad, por
el carácter, las instituciones, la situación y las circunstancias que definen al
oponente, cada bando extraerá sus conclusiones respecto de cuál será la acción
del contrario y, a tenor de ello, determinará la suya propia.
11. El
objetivo político asume de nuevo el primer plano
Requiere ahora de nuevo nuestra atención un tema
que habíamos obviado, o sea, el que se refiere al objetivo político de la
guerra. Hasta ahora, esto había sido absorbido, por así decir, por la ley
del caso extremo, por el intento de desarmar y abatir al enemigo. El objetivo
político de la guerra debe aflorar nuevamente a un primer plano a medida que la
ley pierde su vigor y la posibilidad de realizar aquel intento se aleja. Si toda
la consideración es un cálculo de probabilidades tomando como base unas personas
y unas circunstancias determinadas, el objetivo político, como causa original,
tiene que asumir el papel de factor esencial en este proceso. Cuanto menor sea
el sacrificio que exijamos de nuestro oponente, debemos esperar que sean tanto
más débiles los esfuerzos que haga para realizar ese sacrificio. Sin embargo,
cuanto más débil sea su esfuerzo, tanto menor podría ser el nuestro. Por
añadidura, cuanto menor sea nuestro objetivo político, tanto menor será el valor
que le asignaremos y tanto más pronto estaremos dispuestos a dejarlo a su
arbitrio. Por ello, también por ello
nuestros propios esfuerzos serán más débiles.
Así, el objetivo político, como causa original de
la guerra, será la medida tanto para el propósito a alcanzar mediante la acción
militar como para los esfuerzos necesarios para cumplir con ese propósito. En sí
misma, esa medida no puede ser absoluta, pero, ya que estamos tratando de cosas
reales y no de simples ideas, lo será en relación con los dos Estados
oponentes. Un mismo objetivo político puede originar reacciones diferentes,
en diferentes naciones e incluso en una misma nación, en diferentes épocas. Por
lo tanto, cabe dejar que el objetivo político actúe como medida, siempre que no
olvidemos su influencia sobre las masas a las que afecta. Corresponde
considerar, por tanto, también la naturaleza de estas masas. Será fácil
comprobar que las consecuencias pueden variar en gran medida según que la acción
resulte fortalecida o debilitada por el sentimiento de las masas. En dos
naciones y estados pueden producirse tales tensiones y tal cúmulo de
sentimientos hostiles que un motivo para la guerra, insignificante en sí mismo,
puede originar, no obstante, un efecto totalmente desproporcionado con su
naturaleza, como es el de una verdadera explosión.
Esto resulta cierto en relación con los esfuerzos
que el objetivo político pueda exigir en uno y otro estado y en relación con el
fin que pueda asignarse a la acción militar. Algunas veces puede convertirse en
ese fin, por ejemplo, cuando se trata de la conquista de cierto territorio.
Otras, el objetivo político no se ajustará a la necesidad de proporcionar un fin
para la acción militar y en tales casos tendremos que recurrir a una elección de
ese tipo, capaz de servir de equivalente y de ocupar su lugar para firmar la
paz. Pero también en estos casos siempre se presupone que tiene que guardarse la
consideración debida al carácter de los estados interesados. Hay circunstancias
en las que el equivalente debe tener mucha más importancia que el objetivo
político, si es que éste ha de ser alcanzado por su mediación. Cuanto mayor sea
la indiferencia presente en las masas y menos grave la tensión que se produzca
en otros terrenos tanto de los dos estados como en sus relaciones, mayor será el
objetivo político, como norma y por su propio carácter decisorio. Hay casos en
los que, casi por sí mismo, constituye el factor determinante.
Si el fin de la acción militar se erige en
equivalente del objetivo político, aquélla disminuirá, en general, en la medida
en que lo haga el objetivo político. Más evidente resultará esto mientras más
claro aparezca el objetivo. Así se explica por qué razón, sin que exista
contradicción interna, pueden producirse guerras de todos los grados en
importancia e intensidad, desde la de exterminio a la simple vigilancia armada.
Pero ello nos conduce a una cuestión de otro tipo, que deberemos analizar y
explicitar.
12. La
suspensión de la acción militar no se ha explicado hasta ahora
¿Es posible que una acción militar pueda ser
suspendida, aun por un momento, sea cual fuere el carácter y la medida de las
reclamaciones políticas hechas por cualquiera de los dos bandos, sea cual fuere
la debilidad de los medios puestos a disposición, o sea cual fuere la futileza
del fin perseguido por esa misma acción? Es esta una pregunta que atañe a la
esencia misma del tema.
Cada acción requiere para su realización cierto
tiempo, que es lo que llamamos persistencia. Esta puede ser más larga o más
corta, según quienes actúen en ella se muestren más o menos rápidos en sus
movimientos.
No vamos a detenernos aquí en esto. Cada cual
realiza las cosas a su manera, pero lo cierto es que la persona lenta no actúa
lentamente porque quiera emplear más tiempo, sino porque, debido a su propia
naturaleza, necesita más tiempo, y si hubiera de hacerlo con mayor rapidez no lo
haría tan bien. En consecuencia, ese tiempo depende de las causas subjetivas, o
queda reflejado en la duración real de la acción.
Si a cada acción de la guerra se le reconoce una
duración, tenemos que admitir, por lo menos al pronto, que todo gasto de tiempo
más allá de esa duración, o, lo que es lo mismo, cualquier suspensión de la
acción militar, parece ser absurda. En relación con ello, tendremos que recordar
siempre que la cuestión no se centra en el progreso de uno u otro de los
oponentes, sino en el progreso de la acción militar como un todo.
13. Existe únicamente una causa que puede
suspender la acción, y esto parece
ocurrir siempre tan sólo en un solo bando
Si dos bandos se han armado para la lucha, tiene
que existir un motivo hostil que los haya impulsado a hacerlo. Así, pues,
mientras se mantengan en pie de guerra, es decir, mientras no hagan la paz, este
motivo permanecerá presente y sólo dejará de actuar en cualquiera de los dos
oponentes por una sola razón, la de que se prefiere esperar un momento más
favorable para la acción. Obviamente esta razón sólo puede surgir en uno de
los dos bandos, debido a que, por su propia naturaleza, se opone diametralmente
a la del otro. Si a uno de los que ejercen la jefatura le conviene actuar, al
otro le convendrá esperar.
Un equilibrio cabal de fuerzas no puede producir
jamás una interrupción de la acción, porque una tal suspensión supondría
necesariamente la minoración de iniciativa del que tenga el propósito positivo,
es decir, el atacante.
Pero de concebir un equilibrio en el que quien
asume la finalidad positiva, y por tanto el motivo más poderoso, es al mismo
tiempo quien dispone de menor número de fuerzas, de manera que la ecuación
surgiría del producto de las fuerzas y de los motivos, aun así tendríamos que
afirmar que si no se vislumbra un cambio en este estado de equilibrio, ambos
bandos tienen que firmar la paz. Pero de vislumbrar un cambio, éste redundaría
en favor de uno de los bandos solamente y, por la misma razón, el otro se vería
obligado a actuar. Constatamos, por tanto, que la idea de un equilibrio no puede
justificar una suspensión de las hostilidades, pero sirve para fundamentar la
espera de un momento más favorable. Por ejemplo, supongamos que uno de los dos
estados oponentes tiene un propósito positivo, o sea, el de conquistar un
territorio del adversario que podría ser usado como moneda de cambio en la
negociación de la paz. Lograda esa conquista, se ha alcanzado el objetivo
político; la acción ya no resulta necesaria y cabe tomarse un descanso. Si el
oponente acepta el resultado, deberá firmar la paz; en caso contrario, debe
actuar. Si en ese momento cree que en un período de tiempo determinado se
encontrará en mejores condiciones para hacerlo, entonces cuenta con razones
suficientes como para posponer su acción.
Pero desde ese momento, la necesidad de actuar
parece por lógica recaer en su oponente, a fin de no darle tiempo al que se
halla en desventaja para que se prepare para la acción. Todo ello, por
descontado, en el supuesto de que tanto uno como otro bando tengan un
conocimiento cabal de las circunstancias.
14. La acción militar tendría de este modo una
continuidad que de nuevo impulsaría todo hacia una situación extrema
Si la acción militar estuviera realmente dotada de
esa continuidad, todo sería empujado de nuevo hacia el caso extremo. Porque,
además de que tal actividad sostenida enconaría aún más los sentimientos e
impregnaría al todo de un mayor apasionamiento y un mayor grado de fuerza
elemental, también haría surgir, en la continuidad de la acción, un
encadenamiento aún más fuerte de acontecimientos y una conexión causal más
consecuente entre ellos. En consecuencia, cada acción llegaría a ser más
importante y, por lo tanto, más peligrosa.
Pero la experiencia nos dice que la acción militar
rara vez, o nunca, presenta esta continuidad, y que en muchas guerras la acción
asume la menor parte del tiempo, mientras que la inactividad ocupa el resto.
Esto quizá no siempre constituya una anomalía. La suspensión de la acción
militar debe ser posible, es decir, no implica una contradicción. Que esto es
así y por qué ocurre así, lo mostraremos a continuación.
15. Surge
aquí por tanto la evidencia de un principio de polaridad
Al suponer que los intereses de uno de los que
ejercen la jefatura son siempre diametralmente opuestos a los del otro, dejamos
sentada la existencia de una verdadera polaridad. Más adelante
dedicaremos todo un capítulo a este principio, pero mientras tanto nos parece
oportuno hacer una observación con referencia a ello.
El principio de polaridad sólo es válido si, como
tal, es la misma cosa, en la que lo positivo y su contrario, lo negativo, se
destruyen mutuamente. En una batalla, cada uno de los bandos oponentes desea
vencer, lo que constituye una verdadera polaridad, porque la victoria del uno
resulta la derrota del otro. Pero si nos referimos a dos cosas diferentes entre
las que exista una relación común objetiva, no serán las cosas, sino sus
relaciones, las que posean polaridad.
16. El
ataque y la defensa son cosas de clase distinta y de fuerza desigual. Debido a
ello no pueden ser objeto de polaridad
Si sólo existiera una forma de guerra, digamos la
que corresponde al ataque del enemigo, no habría defensa; ello es tanto como
decir que si hubiera de distinguirse al ataque de la defensa sólo por el motivo
positivo que el uno posee y del que la otra carece, si los métodos de lucha
fueran siempre invariablemente los mismos, en tal empeño, cualquier ventaja de
un bando tendría que representar una desventaja equivalente para el otro,
existiendo entonces una verdadera polaridad.
Pero la acción militar adopta dos formas
distintas, la de ataque y la de defensa, que son muy diferentes y de fuerza
desigual, como mostraremos más adelante con detalle. La polaridad reside, pues,
en que ambos bandos guardan una relación, como es la decisión, pero no en el
ataque o en la defensa mismos. Si uno de los comandantes en jefe deseara
posponer la decisión, el otro debería desear acelerarla, pero, por supuesto,
solamente en la misma forma de conflicto. Si a A le interesara no atacar a su
oponente inmediatamente, sino cuatro semanas más tarde, el interés de B se
centraría en ser atacado inmediatamente y no cuatro semanas más tarde. Se trata
de una oposición directa; pero no se desprende necesariamente de ello que a B le
beneficie atacar a A de inmediato. Evidentemente, es algo muy distinto.
17. El efecto de la polaridad es anulado a
menudo por la superioridad que muestra la defensa sobre el ataque. Ello explica
la suspensión de la acción militar
Si la forma de defensa se muestra más fuerte que
la de ataque, como vamos a demostrar, se plantea la cuestión de saber si la
ventaja de una decisión diferida es tan grande para el bando que se
apresta a atacar como la de la defensa lo es para el otro. Cuando no lo
es, no puede esa ventaja, mediante su contrario, superar éste e influir de ese
modo en el curso de la acción militar. Comprobamos, por lo tanto, que la fuerza
impulsiva inherente a la polaridad de intereses puede ser anulada por la
diferencia existente entre la fuerza del ataque y la de la defensa, y dejar así
de tener eficacia.
Por lo tanto, si el bando para el cual el momento
presente es favorable se muestra demasiado débil hasta el punto de renunciar a
la ventaja de permanecer a la defensiva, debe resignar se a afrontar un futuro
menos favorable. Porque puede ser mejor librar un combate defensivo en un futuro
desfavorable que uno defensivo en el momento presente, o que entablar la paz. Al
estar convencidos de que la superioridad de la defensa (correctamente entendida)
es muy grande, mucho más de lo que al pronto podría parecer, se explica la
notable proporción que ocupan en la guerra los períodos carentes de acción, sin
que esto implique necesariamente una contradicción. Cuanto más débiles sean los
motivos para la acción, tanto más serán neutralizados por esa diferencia entre
el ataque y la defensa. Por lo tanto, la acción militar será impulsada con harta
frecuencia a una pausa, que es en realidad lo que nos muestra la experiencia.
18. Una
segunda causa reside en el conocimiento imperfecto de la situación
Todavía existe otra causa que puede suspender la
acción militar, y es la del conocimiento imperfecto de la situación. Cada
comandante en jefe sólo tiene un conocimiento personal exacto de su propia
posición y no conoce la de su adversario más que por informes inciertos. Puede
cometer errores de interpretación y, como consecuencia de ello, puede llegar a
creer que la iniciativa corresponde a su oponente, cuando en realidad le
corresponde a él mismo. Esta merma de conocimientos podría, en verdad, dar lugar
tanto a acciones inoportunas como a inoportunas inacciones, y contribuir por sí
misma a causar tanto retrasos como aceleramientos en la acción militar. Pero
siempre deberá ser considerada como una de las causas naturales que, sin que
implique una contradicción subjetiva, puede llevar a la acción militar a un
estancamiento. Así como consideramos, sin embargo, que por lo general nos
sentimos más inclinados e inducidos a deducir que la fuerza de nuestro oponente
es demasiado grande antes que demasiado pequeña, ya que hacerlo así es propio de
la naturaleza humana, tendremos que admitir también que el conocimiento
imperfecto de la situación en general deberá contribuir sensiblemente a detener
la acción militar y a perturbar los principios en que se basa su dirección.
La posibilidad de una pausa introduce una nueva
reducción en la acción militar, diluyéndola, por así decir, en el factor tiempo,
lo que corta el avance del peligro y aumenta la capacidad de restablecer el
equilibrio de fuerzas. Cuanto más grandes sean las tensiones que han determinado
la explosión de la guerra y cuanto mayor sea, en consecuencia, la energía que se
imprime a esta última, más breves serán los períodos de inacción; cuanto más
débil sea el sentimiento hostil, más largos serán aquéllos. En efecto, los
motivos más poderosos acrecientan nuestra fuerza de voluntad y ésta, como se
sabe, constituye siempre un factor, un producto de nuestras fuerzas.
19. Los
períodos frecuentes de inacción alejan aún más a la guerra del ámbito de la
teoría absoluta y la convierten todavía más en un cálculo de probabilidades
Cuanto mayor sea la lentitud con que se desarrolle
la acción militar y cuanto más largos y frecuentes sean los períodos de
inacción, tanto más fácilmente se podrá rectificar un error. El comandante en
jefe se aventurará a ampliar sus suposiciones y al propio tiempo se mantendrá
con mayor holgura por debajo del punto extremo que preconiza la teoría, y basará
todas sus deducciones en la probabilidad y la conjetura. En consecuencia, el
curso más o menos pausado de la acción militar dejará más o menos tiempo para
aquello que la naturaleza de la situación concreta reclame por sí misma, es
decir, un cálculo de probabilidades acorde con las circunstancias que concurran
en el caso.
20. El azar es el único elemento que falta para
hacer de la guerra un juego, y es de este elemento del que menos carece
Lo que se ha expuesto hasta aquí nos ha mostrado
cómo la naturaleza objetiva de la guerra hace de ella un cálculo de
probabilidades. Ahora sólo se requiere un elemento más para considerarla como un
juego, y ciertamente ese elemento no le falta en absoluto: es el azar.
Ninguna actividad humana guarda una relación más universal y constante con el
azar como la guerra. El azar, juntamente con lo accidental y la buena suerte,
desempeña un gran papel en la guerra.
21. Tanto
por su naturaleza subjetiva como por su naturaleza objetiva, la guerra se
convierte en un juego
Si reparamos ahora en la naturaleza
subjetiva de la guerra, o sea, en las fuerzas necesarias para llevarla a
cabo, se nos mostrará todavía más como un juego. El elemento dentro del cual se
mueve la acción bélica es el peligro; pero ¿cuál es, en el peligro, la cualidad
moral que predomina? El valor. Este es por cierto compatible con el
cálculo prudente, pero el valor y el cálculo son distintos por naturaleza y
pertenecen a ámbitos dispares del espíritu. Por otro lado, la osadía, la
confianza en la buena fortuna, la intrepidez y la temeridad son todas
manifestaciones del valor, y tales esfuerzos del espíritu tienden hacia lo
accidental, porque es su propio elemento.
Vemos, pues, que, desde el principio, el factor
absoluto, el llamado matemático, no cuenta con ninguna base segura en los
cálculos del arte de la guerra. De entrada nos hallamos ante un juego de
posibilidades y de probabilidades, de buena y de mala suerte, que hace acto de
presencia en todos los hilos, grandes o pequeños, de su trama y es el
responsable de que, de todas las ramas de la actividad humana, sea la guerra la
que más se parece a un juego de cartas.
22. Cómo
esto concuerda mejor, en general, con el espíritu humano
Aunque nuestro entendimiento se siente por lo
general inclinado a asentarse en la certeza y la claridad, nuestro espíritu es
preso a menudo de la incertidumbre. En lugar de abrirse camino de la mano de la
inteligencia por el estrecho sendero de la investigación filosófica y de la
deducción lógica, prefiere moverse con lentitud, con la imaginación puesta en el
dominio del azar y de la suerte, a fin de llegar, casi de modo inconsciente, a
un terreno donde se siente extraño y donde todos los objetos que le son
familiares parecen abandonarlo. En lugar de sentirse aprisionado, como en el
primer caso, por la necesidad elemental, goza ahora de toda una gama de
posibilidades. Extasiado, el valor alza el vuelo, y la osadía y el peligro se
convierten en el elemento al que aquél se precipita, del mismo modo que un
nadador audaz se arroja a la corriente.
¿Tiene la teoría que abandonar aquí ese punto y
seguir satisfecha hasta establecer reglas y conclusiones absolutas? Si es así no
tiene una aplicación práctica. La teoría debe tener en cuenta el elemento humano
y destinar el lugar que les corresponde al valor, al arrojo e incluso a la
temeridad. El arte de la guerra tiene que vérselas con fuerzas vivas y morales,
de donde se deriva que lo absoluto y lo seguro le resultan inaccesibles; siempre
queda un margen para lo accidental, tanto en las cosas grandes como en las
pequeñas. Así como por un lado aparece ese elemento accidental, por el otro el
valor y la confianza en uno mismo deben hacer acto de presencia y llenar el
hueco abierto. Cuanto mayor sea el valor y la confianza en uno mismo, más grande
será el margen que cabe dejar para lo accidental. Por lo tanto, el valor y la
confianza en uno mismo son elementos absolutamente esenciales para la guerra. Y
en consecuencia, la teoría sólo debe formular aquellas reglas que ofrezcan un
libre campo de acción para esas virtudes militares más necesarias y
esclarecidas, en todos sus grados y variaciones. Hasta en la osadía hay
sabiduría y prudencia, pero su apreciación responde a una escala diferente de
valores.
23. La
guerra sigue siendo todavía un medio serio para alcanzar un objetivo serio
Así es la guerra, así el jefe que la dirige y así
la teoría que le atañe. Pero la guerra no constituye un pasatiempo, ni una
simple pasión por la osadía y el triunfo, ni el fruto de un entusiasmo sin
límites; es un medio serio para alcanzar un fin serio. Todo el encanto del azar
que exhibe, todos los estremecimientos de pasión, valor, imaginación y
entusiasmo que acumula, son tan sólo propiedades particulares de ese medio.
La guerra entablada por una comunidad ––la guerra
entre naciones enteras––, y particularmente entre naciones civilizadas, surge
siempre de una circunstancia política, y no tiene su manifestación más que por
un motivo político. Es, pues, un acto político. Ahora bien, si en sí misma fuera
un acto completo e inalterable, una manifestación absoluta de violencia, como
hubo que deducir considerándola en su concepción pura, en cuanto se pusiera de
manifiesto por medio de la política ocuparía el lugar de ésta y, como algo
completamente independiente de ella, la descartaría y sólo se regiría por sus
propias leyes. Algo parecido a lo que ocurre cuando se acciona una mina y no
puede variarse su rumbo hacia otra dirección como no sea la marcada en el ajuste
previo. Hasta ahora, también en la práctica esto ha sido considerado de esta
forma, siempre que la carencia de armonía entre la política y la conducción de
la guerra ha llevado a distinciones teóricas de esta naturaleza. Pero tal idea
es básicamente falsa. Como hemos visto, la guerra, en el mundo real, no es un
acto extremo que libera su tensión mediante una sola descarga; es una acción de
fuerzas que no se desarrollan en todos los casos de la misma forma y en la misma
proporción, pero que en un momento preciso llegan a un extremo suficiente como
para vencer la resistencia que les oponen la inercia y la fricción, mientras que
a la par son demasiado débiles para producir efecto alguno. La guerra
constituye, por así decir, un embate regular de violencia, de mayor o menor
intensidad y vehemencia, y que, a consecuencia de ello, libera las tensiones y
agota las fuerzas de una forma más o menos rápida o, en otras palabras, conduce
al objetivo propuesto con mayor o menor rapidez. Pero siempre tiene una duración
suficiente como para ejercer, durante su transcurso, una influencia sobre ese
objetivo, de modo que puede hacerlo cambiar en uno u otro sentido. En
definitiva, puede durar lo suficiente como para estar sujeta a la voluntad de
una inteligencia directora. Si es cierto que la guerra tiene su origen en un
objetivo político, resulta que ese primer motivo, que es el que la promueve,
constituye, de modo natural, la primera y más importante de las consideraciones
que deben ser tenidas en cuenta en la conducción de la guerra. Pero el objetivo
político no se convierte, por ello, en una regla despótica. Debe adaptarse a la
naturaleza de los medios a su disposición, y, de ese modo, cambiará a menudo por
completo. Pero siempre deberá ser considerado en primer término. La política,
por lo tanto, asumirá un papel en la acción total de la guerra, y ejercerá una
influencia continua sobre ella, hasta donde lo permita la naturaleza de las
fuerzas explosivas que contiene.
24. La
guerra es una mera continuación de la política por otros medios
Vemos, pues, que la guerra no constituye
simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una
continuación de la actividad política, una realización de ésta por otros medios.
Lo que resta de peculiar en la guerra guarda relación con el carácter igualmente
peculiar de los medios que utiliza. El arte de la guerra en general, y el jefe
que la conduce en cada caso particular, pueden determinar que las tendencias y
los planes políticos no encierren ninguna compatibilidad con estos medios. Esta
exigencia no resulta baladí; pero, por más que se imponga poderosamente en casos
particulares sobre los designios políticos, debe considerársela siempre sólo
como una modificación de esos designios, ya que el propósito político es el
objetivo, mientras que la guerra constituye el medio, y nunca el medio cabe ser
pensado como desposeído de objetivo.
25.
Naturaleza diversa de las guerras
Cuanto más intensos y poderosos sean los motivos y
las tensiones que justifiquen la guerra, más estrecha relación guardará ésta con
su concepción abstracta. Cuanto más encaminada se halle en la destrucción del
enemigo, tanto más coincidirán el propósito militar y el objetivo político, y la
guerra aparecerá más como puramente militar y menos como política. Pero cuanto
más débiles sean las motivaciones y las tensiones, la tendencia natural del
elemento militar, o sea la tendencia a la violencia, coincidirá menos con las
directrices políticas; por tanto, cuanto más se aparte la guerra de su
trascendencia natural, mayor será la diferencia que separa el objetivo político
del propósito de una guerra ideal, y mayor apariencia tendrá la guerra de ser
política.
Pero con el fin de impedir que el lector llegue a
conclusiones erróneas, es preciso hacer notar que por esa tendencia natural de
la guerra entendemos solamente la tendencia filosófica, estrictamente lógica, y
de ningún modo la de las fuerzas que realmente intervienen en el conflicto,
hasta el punto de que, por ejemplo, deberíamos incluir todas las emociones y
pasiones de los combatientes. Es cierto que éstas pueden, en muchos casos, ser
avivadas hasta tal extremo que sólo con dificultad cabrá mantenerlas reducidas
al campo político; pero por lo general no se plantea esta contradicción, porque
la existencia de emociones tan fuertes implica también la elaboración de un gran
plan que las englobe. Si este plan se dirige tan sólo hacia un objetivo vano, la
agitación emotiva de las masas será tan débil, que en todo caso necesitará ser
alentada antes que contenida.
26. Todas
las guerras tienen que ser consideradas como actos políticos
En relación con nuestro tema principal, podemos
apreciar que, si bien es verdad que en cierta clase de guerras la política
parece haber desaparecido por completo, mientras que en otras aparece de forma
bien definida, cabe afirmar, sin embargo, que unas son tan políticas como las
otras. Efectivamente, si consideramos la política como la inteligencia del
Estado personificado, entre las combinaciones de circunstancias que deben ser
tenidas en cuenta en los cálculos debemos incluir aquella en que la naturaleza
de las circunstancias provoca una guerra de la primera clase. Pero si el término
política no es entendido como un conocimiento amplio de la situación, sino como
la idea convencional de una añagaza cautelosa, astuta y hasta deshonesta,
contraria a la violencia, es en este caso cuando el último tipo de guerra
correspondería, más que el primero, a la política.
27.
Consecuencias de este punto de vista para la comprensión de la historia de la
guerra y para los fundamentos de la teoría
En primer lugar vemos, pues, que en toda
circunstancia tiene que considerarse a la guerra no como algo independiente,
sino como un instrumento político. Tan sólo si adoptamos este punto de vista
podremos evitar caer en contradicción con toda la historia de la guerra y hacer
una apreciación inteligente de su totalidad. En segundo lugar, este mismo punto
de vista nos muestra cómo pueden variar las guerras de acuerdo con la naturaleza
de las motivaciones y de las circunstancias de las cuales aquéllas surgen.
El primer acto de discernimiento, el mayor y el
más decisivo que llevan a cabo un estadista y un jefe militar, es el de
establecer correctamente la clase de guerra en la que están empeña dos y no
tomarla o convertirla en algo diferente de lo que dicte la naturaleza de las
circunstancias. Este es, por lo tanto, el primero y el más amplio de todos los
problemas estratégicos. Más adelante, en el capítulo referente a la
planificación de la guerra, procederemos a examinarlo con mayor detención.
Contentémonos por ahora con haber expuesto el tema
y establecido, al hacerlo, el punto de vista principal desde el cual deben ser
examinadas tanto la guerra como su teoría.
28.
Conclusión para la teoría
La guerra no es, pues, no sólo un verdadero
camaleón, por el hecho de que en cada caso concreto cambia de carácter, sino que
constituye también una singular trinidad, si se la considera como un todo, en
relación con las tendencias que predominan en ella. Esta trinidad está integrada
tanto por el odio, la enemistad y la violencia primigenia de su esencia,
elementos que deben ser considerados como un ciego impulso natural, como por el
juego del azar y de las probabilidades, que hacen de ella una actividad
desprovista de emociones, y por el carácter subordinado de instrumento político,
que la inducen a pertenecer al ámbito del mero entendimiento.
El primero de estos tres aspectos interesa
especialmente al pueblo; el segundo, al comandante en jefe y a su ejército, y el
tercero, solamente al gobierno. Las pasiones que deben prender en la guerra
tienen que existir ya en los pueblos afectados por ella; el alcance que lograrán
el juego del talento y del valor en el dominio de las probabilidades del azar
dependerá del carácter del comandante en jefe y del ejército; los objetivos
políticos, sin embargo, incumbirán solamente al gobierno.
Estas tres tendencias, que se ponen de manifiesto
al igual que lo hacen muchas diferentes legislaciones, se asientan profundamente
en la naturaleza de la cuestión y, al mismo tiempo, varían en magnitud. Una
teoría que rehuyera tomar en cuenta cualquiera de ellas o fijara una relación
arbitraria entre ellas incurriría en tal contradicción con la realidad que por
este solo hecho debería ser considerada como nula.
El problema consiste, pues, en mantener a la
teoría en equilibrio entre estas tres tendencias, como si fueran éstas tres
polos de atracción.
En el libro que trata sobre la teoría de la guerra
nos proponemos investigar la manera de resolver tal problema del modo más
concluyente. Esa definición del concepto de la guerra se convierte para nosotros
en el primer rayo de luz que ilumina los fundamentos de la teoría, que
evidenciará por vez primera sus rasgos principales y nos permitirá
distinguirlos.
Capítulo II
EL FIN Y LOS MEDIOS EN LA GUERRA
Al haber determinado en el capítulo anterior la
naturaleza compleja y variable de la guerra, corresponde ahora considerar qué
influencia ejerce ésta sobre el fin y los medios de la guerra.
De inquirir, en primer término, cuál es el
propósito hacia el cual debe encaminarse la guerra total, de modo que sea el
medio adecuado para alcanzar el objetivo político, nos encontramos con que aquél
es tan variable como lo son el objetivo político y las circunstancias
particulares de la guerra.
De comenzar ateniéndonos, una vez más
estrictamente, a la teoría pura de la guerra, estamos obligados a decir que el
objetivo político debe ser situado realmente fuera de la esfera de la guerra. En
efecto, siendo la guerra un acto de violencia para obligar al enemigo a acatar
nuestra voluntad, entonces, en cada caso, todo dependerá sólo y necesariamente
de derrotar al enemigo, es decir, de desarmarlo. Este objetivo, que se deduce de
la teoría pura, pero que cuenta en realidad con muchos casos similares, será
examinado ante todo a la luz de esa realidad.
Más adelante, cuando consideremos la planificación
de una guerra, abordaremos con mayor detención lo que significa desarmar a un
estado; pero ahora tenemos que diferenciar en principio tres cosas que, como
tres objetos generales, incluyen todo lo demás: son las fuerzas militares,
el territorio y la voluntad
del enemigo.
Las fuerzas militares tienen que ser
destruidas, es decir, deben ser situadas en un estado tal que no puedan
continuar la lucha. Aprovechamos la ocasión para aclarar que la expresión
«destrucción de las fuerzas militares del enemigo» debe ser siempre interpretada
únicamente en este sentido.
El territorio debe ser conquistado, porque
de un país pueden extraerse siempre nuevas fuerzas militares.
Pero, a pesar de que se hayan producido estas dos
cosas, la guerra, es decir, la tensión hostil y el efecto de las fuerzas
hostiles, no puede considerarse como finalizada hasta que la voluntad del
enemigo no haya sido sometida. Es decir, hasta que el gobierno y sus aliados
hayan sido impelidos a firmar la paz, o hasta que la población haya sido
sometida. En efecto, aunque se cuente con una posesión completa del país, el
conflicto puede estallar nuevamente en el interior o mediante la ayuda de los
aliados. Sin duda esto puede suceder también después de firmada la paz,
pero ello demostrará tan sólo que no todas las guerras admiten una decisión y
una componenda completas. Incluso en este caso, la firma de la paz extingue
siempre, por su mera eclosión, una serie de chispas que pueden haber permanecido
ocultas, y las tensiones se aflojan porque el ánimo de aquellos que se sienten
abocados a la paz, de los que siempre abundan en todas las naciones y en todas
las circunstancias, se aparta por completo de la idea de resistencia. Sea como
fuere, hay que considerar siempre que con la paz se llega a un fin, y que con
ella la guerra finaliza.
De los tres puntos que hemos enumerado, las
fuerzas militares son las destinadas a la defensa del país. El orden natural
marca que son ellas las que deben ser destruidas primero; luego habrá que
conquistar el territorio, y, como resultado de estos dos triunfos y de la fuerza
que entonces se posea, el enemigo será impelido a firmar la paz. Por lo general,
la destrucción de las fuerzas militares del adversario se produce de manera
gradual y es sucedida de inmediato por la conquista del país en una medida
pertinente. Estos dos hechos reaccionan por lo común uno respecto del otro, ya
que la pérdida de territorio contribuye a debilitar a las fuerzas militares.
Pero este orden no es en absoluto indispensable y no siempre ocurre así. Las
fuerzas enemigas, incluso antes de haber sido debilitadas de modo notable,
pueden retroceder al extremo opuesto del país, o bien penetrar en territorio
extranjero. Cuando esto ocurre, por tanto, una gran parte, o incluso todo el
país, puede ser conquistado.
El desarme del enemigo, como objetivo de la
guerra considerado en abstracto, y último medio de alcanzar el objetivo
político, en el cual deben englobarse todos los demás, de ningún modo se produce
siempre en la práctica, ni es condición necesaria para la paz. De ninguna forma,
por lo tanto, se le puede teóricamente dar la categoría de ley. Existen un
sinnúmero de tratados de paz que fueron concluidos antes de que cualquiera de
los dos bandos pudiera considerarse desarmado, e incluso antes de que el
equilibrio de fuerzas hubiese sido alterado de forma más o menos evidente. E
incluso la observación de los casos reales nos induce a admitir que en toda una
serie de ellos, especialmente en los que las fuerzas del enemigo son
evidentemente más fuertes, la derrota comportaría un juego vano de ideas.
La razón por la cual el objetivo de la guerra,
según la teoría, no siempre concuerda con la guerra real, reside en la
diferencia existente entre ambos, a la cual nos hemos referido en el capítulo
anterior. Según la teoría pura, una guerra entre Estados de fuerza desigual
evidente quedaría abocada a un absurdo y, en consecuencia, no sería posible. La
desigualdad en la fuerza física no tendría que ser mayor, todo lo más, que lo
neutralizable por la fuerza moral, y esto no significaría mucho en Europa, en
nuestra situación social actual. Por lo tanto, si es un hecho probado que
ciertas guerras se producen entre estados de poderío desigual, esto se debe a
que, en la realidad, la guerra tiende a alejarse en gran medida de nuestra
concepción teórica original.
Existen dos motivos que inducen a firmar la paz,
susceptibles, en la práctica, de sustituir la imposibilidad de ofrecer mayor
resistencia: el primero es lo aleatorio que pueda resultar el éxito y el
segundo, el precio excesivo que haya que pagar por él.
Como se ha explicado en el capítulo anterior, la
guerra tiene que verse libre, desde el principio hasta el fin, de la ley
estricta de la necesidad interna, y someterse al cálculo de probabilidades. Ello
será tanto más evidente cuanto más se adapte a las circunstancias de las que ha
surgido, o sea, mientras menos entidad tengan los motivos para ello y para las
tensiones existentes. Siendo así, cabe perfectamente concebir que incluso el
motivo para firmar la paz puede surgir de un cálculo de probabilidades. En la
guerra no es necesario, por lo tanto, luchar hasta que uno de los bandos sea
derrotado, y cabe suponer que, cuando las motivaciones y las tensiones son
débiles, una ligera probabilidad, apenas perceptible, es suficiente como para
hacer que el bando que se halla en desventaja ceda en sus propósitos.
En caso de que el otro bando estuviera convencido
de antemano de ello, entra en la lógica que se esforzaría tan sólo en inclinar
tal probabilidad a su favor, en lugar de preocuparse por obtener la derrota
completa del adversario.
La consideración del gasto de fuerzas que se haya
hecho y del que todavía se requiera influirá también en la decisión de firmar la
paz. No siendo la guerra un acto de pasión ciega, sino que está dominada por el
objetivo político, la entidad y la importancia de ese objetivo determinan la
medida de los sacrificios que hay que realizar para obtenerlo. Lo cual se
refiere no solamente al alcance de esos sacrificios, sino también a su duración.
En consecuencia, tan pronto como el gasto de
fuerzas sea tan grande que el objetivo político no lo compense, ese objetivo
tenderá a ser abandonado y el resultado lógico será la paz.
Vemos, pues, que en las guerras en las que un
bando no puede desarmar completamente al otro, los motivos para la paz emergerán
y desaparecerán en ambos frentes a tenor de las probabilidades de ulteriores
éxitos y del gasto de fuerzas que se requiera. Si los motivos son igualmente
fuertes en ambos bandos, se harán patentes en medio de sus diferencias
políticas. Lo que ganarán en fuerza en un lado lo perderán en el otro. Cuando la
suma de su adición sea suficiente, el resultado será la paz, pero, como es
lógico, con ventaja para el bando cuyos motivos sean más débiles.
A estas alturas, pasamos adrede por alto la
diferencia que indefectiblemente debe originar en la práctica el carácter
positivo o negativo del objetivo político. Si bien ello asume la mayor
importancia, como mostraremos más adelante, aquí tenemos que atenernos a una
consideración más general, porque las intenciones políticas originales varían
mucho en el transcurso de la guerra y al final pueden ser totalmente diferentes,
precisamente porque están condicionadas
en parte por los éxitos que se obtienen y sujetas por otra a los resultados
aleatorios.
Surge ahora el problema de cómo se puede influir
sobre la probabilidad de éxito. En primer lugar, se puede conseguir, como es
lógico, utilizando los mismos medios aplicados para derrotar al enemigo, es
decir, la destrucción de sus fuerzas militares y la conquista de su territorio,
si bien ninguno de ellos sería igual a este respecto como cuando se utilizaran
con este objetivo. El ataque a las fuerzas enemigas será algo muy distinto si
tratamos de reforzar el primer golpe con una sucesión de otros hasta alcanzar la
total destrucción, o bien si nos contentamos con una victoria destinada tan sólo
a quebrantar el sentimiento de seguridad del enemigo, haciéndole percibir
nuestra superioridad y suscitando así la desconfianza en su futuro. Si esta es
nuestra intención, proseguiremos con la destrucción de las fuerzas enemigas
solamente hasta donde sea necesario para el logro de ese propósito. De manera
análoga, la conquista de territorio enemigo resultará una medida diferente, y el
objetivo no consistirá en derrotar al adversario. Si tal fuera nuestro objetivo,
la destrucción de las fuerzas enemigas sería una acción realmente efectiva y la
apropiación de sus territorios sería mera consecuencia de ello. El hecho de
apoderarse de esos territorios antes de que las fuerzas contrarias hayan sido
desmembradas tiene que ser siempre considerado sólo como un mal necesario. Por
otro lado, si nuestro propósito no fuera el de derrotar por completo a las
fuerzas enemigas y si tenemos la convicción de que el enemigo no busca, sino que
incluso teme llevar la lucha a un terreno sangriento, el hecho de apoderarse de
una parte de su territorio, parcial o completamente desguarnecido, constituirá
en sí mismo una ventaja. Y si esta ventaja es suficientemente grande como para
que el enemigo desconfíe del resultado final, habrá que considerar entonces ésta
como una vía más corta hacia la paz.
Veamos ahora otros medios especiales de influir
sobre la probabilidad de éxito sin recurrir a la derrota de las fuerzas
enemigas, es decir, aquellas actividades que surten efecto inmediato sobre la
política. Si es posible realizar acciones tendentes a desbaratar las alianzas
del enemigo o volverlas ineficaces, a atraer nuevos aliados a nuestro bando, a
estimular las actividades políticas en nuestro favor, y otras parecidas,
resultará fácil concebir entonces que tales actividades pueden acrecentar la
probabilidad de éxito y convertirse en una vía mucho más corta para el logro de
nuestro objetivo que el que puede implicar la derrota de las fuerzas enemigas.
La segunda cuestión es cómo influir sobre el
desgaste de esas fuerzas del enemigo, o sea, cómo hacer más costoso el precio de
sus éxitos. El desgaste de las fuerzas enemigas reside en la merma de su
poder, o sea, en su destrucción, así como en la pérdida de territorio,
por lo tanto, en su conquista por nuestra parte.
Un examen más preciso pondrá de nuevo en evidencia
que el significado de cada uno de estos términos tiende a variar, y que cada
operación difiere en su carácter según el objetivo que tenga en perspectiva.
Aunque estas diferencias sean por regla general nimias, ello no debe ser motivo
de asombro, ya que en la práctica, cuando los motivos carecen de fuerza, resulta
a menudo que los matices diferenciales más insignificantes son decisivos a la
hora de escoger tal o cual método de aplicar la fuerza. Por ahora sólo nos
interesa mostrar que, bajo ciertas condiciones, existen otras vías posibles para
alcanzar nuestro objetivo, no siendo ni contradictorias, ni absurdas, y ni
siquiera erróneas.
Además de aquellos dos medios, se pueden también
llevar a cabo tres maneras especiales de acrecentar en forma directa el
desgaste del enemigo. En primer término aludiremos a la invasión, es
decir, la ocupación del territorio enemigo, no con el propósito de permanecer
en él, sino para exigir una contribución sobre él o para devastarlo. El
objetivo inmediato no es aquí ni la conquista del territorio enemigo ni la
derrota de sus fuerzas, sino solamente el de causarle daño en un sentido
general. La segunda vía es la que dirige nuestra acción con preferencia
hacia allí donde cabe causar mayores daños al adversario. Nada resulta más fácil
que concebir dos direcciones distintas en las que pueden ser empleadas nuestras
fuerzas, la primera de las cuales debe ser preferida si nuestro objetivo es
derrotar al enemigo, mientras que la otra es más ventajosa si no constituye esa
nuestra intención. A tenor de nuestro modo de expresarnos, la primera sería
considerada como la forma más militar, mientras que la segunda sería la más
política. Pero, desde un punto de vista más elevado, ambas son igualmente
militares, y cada una resultará efectiva si se adapta a las condiciones
presentes. La tercera vía, sin duda en mayor grado la más importante, debido al
gran número de casos en que se aplica, es el desgaste del enemigo.
Elegimos esta expresión, no sólo para dar con ella una definición verbal, sino
porque la representa exactamente, y no es tan figurada como de pronto parece. La
idea de desgaste en una lucha implica un
agotamiento gradual del poder físico y de la
voluntad del adversario por la prolongada continuidad de acción.
Ahora bien, si por nuestra parte queremos
sobrevivir al enemigo en esa continuidad de la lucha, debemos limitarnos a fijar
objetivos lo más modestos posibles, porque es evidente que un objetivo de altos
vuelos exige un gasto de fuerzas mayor que uno pequeño. El objetivo más modesto
que podemos plantearnos, empero, es la resistencia pura, es decir, una lucha sin
ninguna intención positiva. En este caso, por tanto, nuestros medios serán
utilizados casi al máximo y la seguridad de éxito será mayor. ¿Hasta que punto
es posible perseverar en este modo negativo de actuar? Evidentemente, no hasta
llegar a la pasividad absoluta, porque un simple aguante cesaría de ser un
combate; pero la resistencia es algo activo, y mediante ella es posible que la
destrucción causada surta efecto, hasta el punto de lograr que el enemigo
abandone su intento. Este será nuestro único propósito en cada caso aislado, y
en ello residirá, en rigor, el carácter negativo de nuestra intención.
Sin duda la intención negativa, en su acción
aislada, no tiene la misma eficacia que una acción positiva realizada en el
mismo sentido, siempre, por descontado, que esta última sea victoriosa; pero
precisamente la diferencia en su favor es la de lograr el éxito con mayor
facilidad que la positiva, y, en consecuencia, ofrecer mayor seguridad. Lo que
pierde en eficacia en su acción aislada puede ser recuperado con el tiempo, esto
es, con la continuidad de la lucha; por tanto, esa intención negativa, que
constituye la esencia de la resistencia pura, es también el medio natural de
sobrevivir al enemigo en la continuación de la lucha, o sea, de rendirlo por
cansancio.
En ello reside el origen de la diferencia entre
ofensiva y defensiva, tema dominante en todo el ámbito de la guerra. Sin
embargo, en su análisis no cabe ir aquí más allá de la observación de que esa
intención negativa encierra todas las ventajas y las formas más potentes de
combate que aparecen como propias de la defensiva, en las cuales queda englobada
esa ley filosófico––dinámica que establece una relación constante entre la
magnitud y la seguridad del éxito. Más adelante procederemos a resumir estas
consideraciones.
Por tanto, si la intención negativa, o sea, la
concentración de todos los medios en una resistencia pura, permite alcanzar una
superioridad en el combate, y si esto resulta suficiente para equilibrar
cualquier ventaja que pueda haber adquirido el enemigo, entonces la simple
continuidad del combate será suficiente para conseguir, de forma gradual,
que la pérdida de fuerzas sufrida por el enemigo llegue a un punto en que su
objetivo político no tenga una adecuada compensación, y en este punto tenderá
por tanto a abandonar la lucha. Este método de agotar al enemigo es el que
caracteriza el gran número de casos en los que el más débil se impone ofrecer
resistencia al más fuerte.
Federico el Grande nunca habría podido derrotar a
la monarquía austriaca, en la guerra de los Siete Años, y de haber intentado
llevarlo a cabo a la manera de Carlos XII habría termina do inevitablemente en
el desastre; pero la inteligente destreza con la que economizó sus fuerzas,
durante siete años, hizo ver a las potencias aliadas que se le oponían que el
gasto de fuerzas que estaban realizando superaba en gran medida el nivel que se
habían fijado al comienzo, y firmaron la paz. Vemos, pues, que en la guerra
existe más de una vía para alcanzar nuestros objetivos; que en ello no siempre
está necesariamente implicada la derrota del enemigo; que la destrucción de las
fuerzas del adversario, la conquista de sus territorios, su simple ocupación, o
invasión, las acciones dirigidas directamente a afectar las relaciones políticas
y, finalmente, la espera pasiva del ataque enemigo, son todos ellos medios, cada
uno en particular, que cabe utilizar para doblegar la voluntad del adversario,
de acuerdo con las circunstancias especiales que concurren, al tiempo que nos
permiten esperar más de uno que del otro. A ello todavía cabe agregar toda una
serie de objetivos, a modo de medios más breves de lograr nuestro propósito, que
podríamos denominar argumentos ad bominem. ¿En qué momento del curso de
la vida humana no dejan de aparecer estos destellos de personalidad, que superan
todas las circunstancias materiales? Y a buen seguro no pueden dejar de aparecer
en la guerra, donde la personalidad de los combatientes desempeña un papel tan
significativo, ya sea en los despachos como en el campo de batalla. Sólo nos
limitamos a señalarlo, pues nos parecería una pedantería tratar de clasificarlo.
Con la inclusión de éstos, puede afirmarse que la cantidad de vías que cabe
emprender para alcanzar el objetivo deseado se eleva al infinito.
Con el fin de no subestimar el valor que entrañan
esas diversas vías más cortas para la consecución de nuestros fines, ya sea por
considerarlas simplemente como raras excepciones, ya por sostener que los
cambios que ocasionan en la dirección de la guerra son insignificantes, sólo
debemos tener en cuenta la diversidad de objetivos políticos que pueden ser
causa de una guerra, o medir la distancia que separa una lucha a muerte por la
existencia política, de una guerra en que una alianza forzada o dudosa la
convierte en un deber desdeñable. En la práctica, entre ambas pueden existir un
gran número de gradaciones. Si rechazamos una de éstas, con el mismo derecho
podemos rechazarlas todas, es decir, podemos dejar de ver por completo el mundo
real.
En general, tal es la sustancia del fin a
perseguir en una guerra. Dediquemos ahora nuestra atención a los medios. Uno
solo es el que existe: es el combate. Cuales fueren las diferencias que
presente en su forma, cuan lejos se mantenga de la explosión de odio y de
animosidad propia del encuentro cuerpo a cuerpo, cualesquiera que sean los
factores que se le agreguen y que no sean en realidad formas del combate mismo,
en la concepción de la guerra resulta siempre implícito que todos los efectos
que en ella puedan manifestarse tienen su origen en el combate.
Que esto será siempre así, a pesar de la
diversidad y complicación que ofrece la realidad, es algo que puede ser probado
por una vía muy sencilla. Todo cuanto ocurre en la guerra, lo hace mediante las
fuerzas militares; allí donde se emplea una fuerza, es decir, hombres armados,
la idea del combate tiene que prevalecer necesariamente por encima de todo.
Por tanto, todo cuanto se relaciona con las
fuerzas militares y, en consecuencia, todo lo que pertenece a su creación,
mantenimiento y empleo, es propio de la actividad de la guerra.
La creación y el mantenimiento constituyen,
evidentemente, sólo los medios, mientras que el empleo corresponde al objetivo a
perseguir.
En la guerra, el combate no es una lucha de
individuos contra individuos, sino un todo organizado que integran muchas
partes. En este gran conjunto tienen que diferenciarse unidades de dos tipos:
una, la determinada por el sujeto, la otra, por el objeto. En un ejército, las
masas de combatientes constituyen siempre nuevas unidades, cuyos miembros forman
una ordenación superior. El combate que llevan a cabo cada uno de esos miembros
da lugar, en consecuencia, a unidades más o menos diferenciadas. Además, el
propósito del combate ––y por lo tanto, su objetivo–– convierte a éste en una
unidad.
Cada una de estas unidades que se diferencian en
el combate se distinguen con el nombre de
un encuentro.
Siendo así que la idea de combate tiene como
fundamento el empleo de fuerzas armadas, entonces el empleo en general de estas
fuerzas no es otra cosa que la determinación y la ordenación de cierto número de
encuentros.
De modo que toda actividad militar se refiere
necesariamente a los encuentros, ya sea en forma directa como indirecta. El
soldado es reclutado, vestido, armado, adiestrado, se le hace dormir, comer,
beber y marchar, solamente para combatir
en el lugar indicado y en el momento oportuno.
En consecuencia, si todos los hilos de la
actividad finalizan en el encuentro, podremos también aferrarlos todos cuando
dispongamos los preparativos de los encuentros; los efectos provienen solamente
de estos preparativos y de su ejecución, y nunca proceden en forma directa de
las condiciones que los han motivado. Ahora bien, en el encuentro, toda
actividad está dirigida a destruir al enemigo, o, más bien, de privarle de su
capacidad de luchar, ya que esto es inherente a su concepción. La
destrucción de las fuerzas contrarias constituye siempre, en consecuencia, el
medio de alcanzar el objetivo que busca el encuentro.
Tal objetivo puede ser asimismo la simple
destrucción de las fuerzas del enemigo; pero esto no es, de ningún modo,
necesario, y puede adoptar también una forma bastante diferente. Ya que, por
ejemplo, como hemos señalado, la derrota del enemigo no constituye el único
medio de alcanzar el objetivo político, pues hay otras cosas que pueden
conformar el objetivo de la guerra, se desprende de ello que esas cosas pueden
convertirse en objetivos de actos bélicos aislados, y, por tanto, en objetivos
también de esos encuentros.
Pero ni siquiera esos encuentros, que, como actos
subordinados, están destinados, en el estricto sentido de la palabra, a la
derrota de las fuerzas enemigas, precisan tener como objetivo inmediato la
destrucción de éstas.
Si tomamos en consideración la compleja
organización que entraña una gran fuerza armada, y la cantidad de detalles que
entran en acción en cuanto se la emplea, percibiremos que el combate de una
fuerza tal tiene que corresponder también a una organización compleja, con
partes subordinadas las unas a las otras y que actúan correlativamente. Es
posible que surja, y tiene que surgir, cierto número de objetivos aislados que
en sí mismos no persiguen la destrucción de las fuerzas del enemigo y, que, aun
cuando contribuyan sin duda a esa destrucción, no lo harán más que
indirectamente. Si, por ejemplo, se ordena a un batallón desalojar al enemigo de
una cota o de un puente, la ocupación de esa posición es, por norma, el objetivo
real, y la destrucción del enemigo apostado en ella será una cuestión de nivel
secundario. El objetivo se alcanza de igual manera si el enemigo puede ser
desalojado mediante una simple escaramuza, pero esa cota o ese puente serán
ocupados únicamente con el propósito de causar más tarde una destrucción mayor a
las fuerzas del enemigo. Si así es como se presenta en el campo de batalla, debe
ocurrir en mayor medida en todo el ámbito de la guerra, en donde no se trata
solamente de la oposición de un ejército contra otro, sino de la pugna entre un
estado, una nación o un país contra otro. Entonces habrá que multiplicar
notablemente el número de relaciones posibles, y, en consecuencia, el de
combinaciones. La diversidad de los preparativos se verá aumentada y, por la
misma graduación de los objetivos, cada uno subordinado al otro, el medio
original se alejará todavía más del objetivo final.
Es muy posible, por tanto, que, por muchas
razones, el objetivo de un encuentro no se ciña a la destrucción de las fuerzas
enemigas o de aquéllas que se nos oponen directamente, sino que esto se ofrezca
sólo como un medio. En tales casos, no se tratará de lograr una destrucción
completa, puesto que el encuentro no será entonces más que una prueba de
fuerza. La destrucción no tiene valor en sí misma, sino por sus resultados, es
decir, por la decisión que entraña.
Pero en los casos en que las fuerzas sean muy
desiguales, unas y otras pueden ser medidas por simple cálculo. Entonces cabe
que no haya encuentro, y la fuerza más débil se dará inmediatamente por vencida.
Si el objetivo de un encuentro no busca siempre la
destrucción de las fuerzas enemigas en combate y si es posible alcanzar aquél
sin que el encuentro se produzca, por el simple cálculo de sus resultados y de
las circunstancias que podrían llegar a concurrir, será dado comprender cómo
pueden emprenderse campañas enteras sin que en ellas desempeñe el encuentro real
un papel significativo.
Cientos de ejemplos en la historia, de la guerra
demuestran que así puede ocurrir. No nos detendremos a considerar cuántos han
sido los casos en que se produjo una decisión incruenta justificada, es decir,
que no encerraron una contradicción manifiesta, y dedicaremos nuestra atención a
determinar si algunas de las imputaciones fundamentadas resisten la crítica, ya
que todo cuanto nos interesa ahora es establecer la posibilidad de que ocurra un
semejante tipo de desarrollo bélico.
En la guerra se dispone de un solo medio: el
encuentro. Pero este medio, debido a las múltiples vías por las que puede
ser empleado, nos conduce a esa diversidad de senderos que da lugar a la
multiplicidad de objetivos, hasta tal punto que parecería que no hubiéramos
ganado nada. Pero no es este el caso, ya que de esta unidad de medios proviene
un hilo que podemos observar en su recorrido por toda la trama de la actividad
bélica y que es la que la mantiene realmente unida.
Anteriormente hemos considerado la destrucción de
las fuerzas enemigas como uno de los objetivos que cabe buscar en la guerra;
pero no hemos hablado de la importancia que debe asignárseles en relación con
los otros objetivos. En casos determinados, esto dependerá de las circunstancias
y es por un principio general por lo que hemos dejado sin determinar su valor.
Ahora nos referiremos de nuevo a este tema y analizaremos el valor que
forzosamente hay que atribuirle.
En la guerra, el encuentro es la única actividad
efectiva; en él, la destrucción de las fuerzas oponentes es el medio para
alcanzar el fin. Esto es así, aun cuando en realidad no llegue a producirse el
encuentro, ya que, sea como fuere, en la raíz de la decisión yace el supuesto de
que tal destrucción debe ser llevada a cabo sin paliativos. Así, la destrucción
de las fuerzas del enemigo constituye la piedra fundamental de todas las
combinaciones que descansan sobré la actividad bélica, al igual que el arco
descansa sobre sus pilares. En consecuencia, todas las acciones se llevan a cabo
sobre la base de que, si la decisión por la fuerza de las armas hubiera de tener
una traducción en los hechos, habría de ser una decisión favorable. En la
guerra, la decisión por las armas equivale, tanto en las operaciones grandes
como en las pequeñas, al pago al contado en las transacciones comerciales. Por
remotas que sean estas relaciones, por más que las liquidaciones rara vez se
produzcan, al final tienen que realizarse.
Si la decisión por la fuerza de las armas se halla
en la base de todas las combinaciones posibles, resulta que nuestro oponente
podrá hacer impracticable cualquiera de ellas, no sólo mediante una decisión
semejante a la que atañe directamente a nuestra combinación, sino también a
través de cualquier otra, siempre que ésta tenga suficiente entidad. Pues toda
decisión armada significativa, vale decir, la destrucción de las fuerzas del
enemigo, reacciona respecto de todas las que la precedieron, puesto que, como si
de un líquido se tratara, tiende a alcanzar su nivel.
Así se presenta la destrucción de las fuerzas
enemigas siempre como el medio superlativo y más eficaz, al que deben ceder paso
todos los demás.
Sin embargo, sólo cabe asignar una superior
eficacia a la destrucción de las fuerzas oponentes cuando exista una supuesta
igualdad en las demás condiciones. Sería, por lo tanto, un grave error concluir
que un ataque a ciegas tendría que imponerse invariablemente a la destreza
prudente. Atacar sin ton ni son conduciría no a la destrucción de las fuerzas
enemigas, sino a la de las nuestras, lo cual no puede ser nunca nuestro
propósito. La eficacia mayor corresponde no al medio, sino al fin, y
al decir esto sólo comparamos el efecto de un fin alcanzado con el otro.
Al referirnos a la destrucción de las fuerzas
enemigas tenemos que dejar expresamente indicado que no se está obligado a ceñir
esta idea a la simple fuerza física. Por el contrario, la fuerza moral resulta
del mismo modo necesariamente implícita, debido a que, en efecto, ambas están
entrelazadas hasta en los menores detalles y, por tanto, no pueden ser realmente
separadas. En relación con el efecto inevitable sobre las otras decisiones por
las armas, al que nos hemos referido al mencionar un gran acto de destrucción
(una gran victoria), es precisamente el elemento moral el que presenta mayor
fluidez, si es que cabe usar esta expresión, y el que se distribuye con mayor
facilidad por todas las demás partes. En oposición al valor superior que tiene
la destrucción de las fuerzas enemigas respecto de todos los demás medios se
encuentran el gasto y el riesgo que éste implica, provocando el empleo de otros
métodos sólo con el propósito de evitarlo.
Es razonable que los medios en cuestión tengan que
ser los más costosos, ya que, si bien otras cosas son equiparables, el gasto de
nuestras fuerzas será siempre mayor cuanto mayor sea el propósito de destruir
las del enemigo. El riesgo de este medio reside empero en el hecho de que,
cuanto mayor sea la eficacia que se busque, si fracasamos se volverá contra
nosotros, lo cual representa una gran desventaja. Otros medios serán, por lo
tanto, menos costosos cuando determinen el éxito y menos arriesgados cuando
conduzcan al fracaso; pero esto implica necesariamente la condición de que deben
oponérseles otros semejantes, es decir, que el enemigo emplee los mismos
métodos. Porque si éste resolviera adoptar el método de tomar una gran decisión
por las armas, bastaría ese solo hecho para que tuviéramos que cambiar
nuestro propio método, incluso contra nuestra voluntad, por uno similar.
Todo depende, pues, del resultado del acto de destrucción. Es evidente que,
siendo otras cosas equiparables, en este caso estaremos en desventaja en todos
los aspectos, porque nuestras intenciones y nuestros métodos han tenido que ser
dirigidos parcialmente hacia otras cosas, lo que no ha ocurrido en el caso del
enemigo. Dos objetivos diferentes, de los cuales uno no forma parte del otro, se
excluyen entre sí, y, de ese modo, la fuerza aplicada a alcanzar uno de esos
objetivos no puede servir al mismo tiempo para el otro. Por lo tanto, si uno de
los beligerantes está decidido a adoptar una gran decisión por las armas, cuenta
con muchas posibilidades de obtener éxito tan pronto como tenga la certeza de
que el otro no quiere seguir ese camino, sino que busca alcanzar un objetivo
diferente. Y, cualquiera que se decida por ese otro objetivo, sólo podrá hacerlo
razonablemente en el supuesto de que su adversario tenga tan pocas intenciones
como él mismo de adoptar una gran decisión por las armas.
Pero la mención que hasta ahora hemos hecho sobre
otra dirección de las intenciones y las fuerzas sólo se refiere a otros
objetivos positivos que, aparte del de la destrucción de las fuerzas
oponentes, pudiéramos proponernos en la guerra, y de ninguna manera a la
resistencia pura, que puede adoptarse con el fin de agotar las fuerzas del
enemigo. En la resistencia pura falta la intención positiva, y, por lo tanto, en
este caso nuestras fuerzas no pueden ser dirigidas hacia otros objetivos, sino
que deben limitarse a hacer fracasar las intenciones del enemigo.
Ahora corresponde considerar el lado negativo de
la destrucción de las fuerzas enemigas, o sea, la conservación de las nuestras.
Estos dos esfuerzos siempre van juntos, puesto que re accionan uno respecto del
otro; son partes integrantes de una idéntica intención y sólo habrá que examinar
los efectos producidos por el predominio de uno o de otro. El esfuerzo destinado
a destruir las fuerzas enemigas tiene un objetivo positivo y conduce a
resultados positivos, cuyo propósito final sería la derrota del adversario. La
conservación de nuestras propias fuerzas tiene un objetivo negativo, y consiste
en intentar desbaratar las intenciones del enemigo, es decir, conduce a la
resistencia pura, cuyo propósito último no puede ser otro que el de prolongar la
duración de la contienda, para que el enemigo agote sus propias fuerzas.
El esfuerzo con objetivo positivo da por resultado
el acto de destrucción; el esfuerzo con objetivo negativo permanece a su espera.
Cuando nos ocupemos ampliamente de la teoría del
ataque y de la defensa, en cuyo origen aún nos encontramos, consideraremos con
mayor detalle cuál tendrá que ser la duración de esa espera y hasta dónde podrá
llevarse a cabo. Por ahora tenemos que limitarnos a decir que la espera no debe
ser un simple aguante pasivo, y que la acción ligada a ella para la destrucción
de las fuerzas enemigas involucradas en el conflicto puede ser uno de los
propósitos, tanto como cualquier otro. Sería un grave error relativo a los
principios fundamentales suponer que el esfuerzo negativo tiene como
consecuencia impedirnos elegir como objetivo la destrucción de las fuerzas del
enemigo, viéndonos obligados a preferir una decisión incruenta. Sin duda el
mayor peso del esfuerzo negativo puede conducir a esto, pero solamente a riesgo
de que no sea el método más conveniente, cuestión esta que depende de
condiciones totalmente diferentes, que yacen no en nosotros mismos, sino en
nuestro oponente. Esta otra vía, la incruenta, no puede, por lo tanto, ser
considerada de ninguna manera como el medio natural de satisfacer la creciente
necesidad de conservar nuestras propias fuerzas. Por el contrario, en los casos
en que esa vía no fuera la adecuada a las circunstancias imperantes, lo más
probable sería que condujera a una ruina total. Gran número de generales en jefe
han cometido este error y se han visto arrastrados al fracaso por él. La demora
en tomar una decisión es el único efecto que necesariamente resulta de ese mayor
peso que corresponde al esfuerzo negativo, de modo que el defensor se refugia,
por así decir, en la espera del momento decisivo. Por lo general, esto tiene
como consecuencia el retraso de la acción en el tiempo y también en el
espacio, hasta donde éste está relacionado con ello, tanto como lo permitan las
circunstancias. Si ha llegado el momento en que ya no es posible seguir haciendo
esto sin caer en una aplastante desventaja, debe considerarse que la ventaja del
esfuerzo negativo se ha esfumado, y entonces surge inalterado el esfuerzo
encaminado a destruir las fuerzas del enemigo, reservado como contrapeso, y
nunca descartado.
Las consideraciones anteriores nos han hecho ver
que en la guerra existen muchas vías para alcanzar su propósito, es decir, para
cumplir con el objetivo político; se ha comprobado, sin embargo, que el
encuentro es el único medio y que, por tanto, todo debe estar sometido a una ley
suprema: la decisión por las armas; que, cuando la acción del enemigo
exige esta decisión, ese recurso no puede ser rechazado, y que, por lo tanto,
cuando uno de los bandos beligerantes se propone tomar otra vía, debe estar
seguro de que su oponente no echará mano de ese recurso, a no ser que quiera
correr el riesgo de perder su caso ante ese tribunal supremo. Vemos, pues, en
suma, que la destrucción de las fuerzas enemigas se presenta siempre como el
objetivo primordial entre todos los otros que puedan perseguirse en la guerra.
Más adelante, pero sólo de manera gradual, nos
será dado definir lo que es posible lograr en la guerra mediante combinaciones
de otra naturaleza. Aquí nos limitaremos a reconocer, en términos generales, su
posibilidad como algo que refleja la desviación de la práctica respecto del
concepto que otorga jurisdicción a las circunstancias particulares. Pero no
podemos dejar de señalar, ya aquí, que cabe atribuir a la solución sangrienta
de la crisis, el esfuerzo por destruir las fuerzas del enemigo, el carácter
y la condición de hijo primogénito de la guerra. Es posible que ante unos
objetivos políticos carentes de relevancia, ante motivaciones débiles y reducida
tensión de las fuerzas, un general en jefe cuya característica sea la prudencia
intente otras vías por las cuales, sin caer en grandes crisis ni soluciones
sangrientas, puede inclinarse la balanza hacia la paz, tomando por base las
debilidades características de su contrario, tanto en los despachos como en el
campo de batalla. No tendríamos derecho a vituperarlo si sus suposiciones
contaran con un buen fundamento y fueran susceptibles de alcanzar el éxito, pero
deberemos exigirle, no obstante, que sea consciente de que está recorriendo
caminos sinuosos en los que el dios de la guerra puede sorprenderlo, y que debe
vigilar constantemente al enemigo, a fin de que cuando éste empuñe una afilada
espada, él no tenga que defenderse con un espadín.
En nuestras consideraciones futuras, debemos
observar y tener siempre presentes las consecuencias que entraña la naturaleza
de la guerra, la forma como actúan en ella los medios y los fines, la manera
como las desviaciones de la práctica hacen que la guerra se aparte, unas veces
más y otras menos, de su estricta concepción original, sus fluctuaciones tanto
hacia adelante como hacia atrás, a la vez que su constante permanencia bajo esa
concepción estricta, a modo de ley suprema, si es que deseamos ajustarnos a una
correcta comprensión de sus relaciones verdaderas y de su cabal importancia,
para no vernos envueltos en evidentes contradicciones con la realidad y, en
definitiva, con nosotros mismos.
Capítulo III
EL GENIO PARA LA GUERRA
Para ser realizada con cierta perfección, toda
actividad de carácter especial exige cualidades especiales de entendimiento y
temperamento. Cuando estas cualidades poseen un alto grado de excelencia y se
ponen de manifiesto a través de realizaciones extraordinarias, se distingue al
espíritu al cual pertenecen con el término de «genio».
No nos cabe la menor duda que este término tiene
significados que varían en gran manera, tanto en su aplicación como en su
naturaleza, y que constituye una labor muy ardua distinguir la esencia del genio
en muchos de estos significados. Pero como no pretendemos ejercer ni de
gramáticos ni de filósofos, nos será permitido atenernos al sentido usual en el
lenguaje corriente, y entender por «genio» una capacidad mental eminente para la
ejecución de ciertas actividades.
Conviene dedicar por un momento la atención sobre
este valor y esta aptitud del espíritu humano, para señalar con más precisión su
justificación y conocer con más detalle el contenido que entraña su concepto.
Pero no podemos ocuparnos del genio que ha obtenido su título gracias a un
talento superlativo, del genio propiamente dicho, porque este es un
concepto que no presenta unos límites definidos. Lo que tenemos que hacer es
considerar todas las tendencias combinadas de las fuerzas del espíritu hacia la
actividad militar, y considerar entonces a éstas como la esencia del genio
militar. Decimos tendencias combinadas, porque el genio militar no
consiste en una cualidad única para la guerra, por ejemplo, el valor, al tiempo
que pueden faltar otras cualidades del entendimiento o del carácter, o tomar una
dirección inútil para la guerra, sino que resulta una combinación armoniosa
de fuerzas, en la cual puede predominar una u otra, pero ninguna debe
hallarse en oposición.
Si se exigiera que cada combatiente poseyese en
una medida u otra genio militar, probablemente nuestros ejércitos serían muy
débiles, dado que, justamente porque el genio implica una tendencia especial de
las fuerzas del espíritu, sólo se dará en raras ocasiones, allí donde en un
pueblo se presenten y sean adiestradas en aspectos muy diversos. Pero cuantas
menos actividades diferentes ofrezca un pueblo, y cuanto más predomine en ellas
la militar, tanto más predominante será en ese pueblo el genio militar. Esto,
sin embargo, sólo determina su alcance y de ninguna manera su grado, pues este
último depende por lo general del desarrollo espiritual general del pueblo. Si
dirigimos nuestra mirada a un pueblo agreste y belicoso, comprobaremos que el
espíritu guerrero de sus individuos es mucho más patente que entre los pueblos
civilizados, pues en el primero casi todos los combatientes lo poseen, mientras
que en los últimos hay toda una multitud de personas que han sido movilizadas
tan sólo por necesidad, y de ningún modo por su inclinación interior. En
realidad, en los pueblos agrestes nunca encontraremos a un gran general en jefe,
y muy raramente lo que podríamos denominar un genio militar, porque esto exige
un desarrollo de las fuerzas intelectuales que no puede darse en un pueblo poco
civilizado. De más está decir que incluso los pueblos civilizados pueden
presentar también una tendencia y un desarrollo más o menos belicosos, y, cuanto
mayores sean éstos, con mayor persistencia aparecerá el espíritu militar en los
individuos que componen sus ejércitos. Cuando ello coincide con el más elevado
grado de civilización, esos pueblos proporcionan un brillante cuadro de
realizaciones militares, como lo demostraron los romanos y los franceses. En
estos y en el resto de los pueblos famosos por sus empresas guerreras, los
grandes nombres surgen siempre tan sólo en épocas de elevado nivel de formación.
De aquí podemos inferir en seguida la importancia
de participación que las fuerzas intelectuales tienen en el genio militar
superior. Examinaremos esto con más atención.
La guerra implica un peligro, y, en consecuencia,
el valor es, por sobre todas las cosas, la primera cualidad que debe
caracterizar a un combatiente. El valor puede ser de dos clases: en primer
lugar, el que hace acto de presencia ante un peligro contra la persona, y en
segundo, el que requiere la existencia de una responsabilidad, ya sea ante el
tribunal de una autoridad externa ya ante el de una autoridad interna, que es la
conciencia. Nos referiremos aquí únicamente a la primera clase.
El valor ante un peligro personal comporta también
dos clases. En la primera, puede consistir en una indiferencia hacia el peligro,
debida ya sea a la forma en que está constituido el individuo, ya al desprecio
por la muerte o al hábito; en cualquiera de estos casos el valor debe
considerarse como una condición permanente. En la segunda, el valor puede
proceder de motivos positivos, como la ambición, el patriotismo, el entusiasmo
de cualquier naturaleza; en este caso, el valor es más bien una emoción, un
sentimiento, antes que una condición permanente.
Cabe comprender que estas dos clases de valor
actúan de forma diferente. La primera es más segura, pues, habiéndose
transformado en una segunda naturaleza, nunca abandona al hombre; la segunda, a
menudo lo induce a ir más allá. La primera pertenece más a la constancia, la
intrepidez, a la segunda. La primera procura más sosiego al entendimiento; la
segunda, a veces acrecienta su poder, pero también a menudo le causa
perplejidad. Las dos clases combinadas constituyen la forma más perfecta del
valor.
La guerra implica un esfuerzo físico y un
sufrimiento. Para no verse desbordados por ellos se necesita cierta fortaleza de
cuerpo y de espíritu que, de manera natural o adquirida, produzca indiferencia
ante uno y otro.
Dotado de estas cualidades, entre las cuales se
encuentra el simple sentido común, el hombre puede constituir un buen
instrumento para la guerra, y así es como estas cualidades se encuentran muy
comúnmente entre los pueblos semicultivados y agrestes. Si ahondamos en las
exigencias que la guerra plantea a sus secuaces, encontraremos que predominan en
ellas las cualidades intelectuales. La guerra implica una incertidumbre; tres
cuartas partes de las cosas sobre las que se basa la acción bélica yacen
ofuscadas en la bruma de una incertidumbre más o menos intensa. Por tanto, aquí
se precisa, antes que nada, un entendimiento fino y penetrante que perciba la
verdad con un juicio atinado.
Una inteligencia normal puede ocasionalmente dar
con esta verdad, y por azar, un valor anormal puede, en ocasiones, enmendar un
error; pero en la mayoría de los casos el promedio de los resultados revelará
siempre un entendimiento escaso.
La guerra es el territorio del azar. En ningún
otro ámbito de la actividad humana hay que dejar tanto margen para ese intruso,
porque ninguno esta en contacto tan constante con él, en todos sus aspectos. El
azar aumenta la incertidumbre que preside todas las circunstancias y llega a
trastornar el curso de los acontecimientos.
Debido a esta incertidumbre respecto de todas las
informaciones y suposiciones, y a esta continua incursión del azar, el individuo
que actúa en la guerra suele encontrarse con que las cosas son distintas de lo
que esperaba que fueran. Esto no deja de ejercer influencia sobre su plan, o en
todo caso, sobre las esperanzas cifradas en él. Si esta influencia es tan grande
como para desbaratar los planes prefijados, por regla general deberán
substituirse éstos por otros nuevos; pero a menudo se carece de los datos
necesarios para hacerlo al momento, porque, en el curso de la acción, las
circunstancias pueden exigir una decisión inmediata y no dejar tiempo para una
observación del entorno, y, a veces, ni mucho menos para una atenta
consideración. Pero con mayor frecuencia ocurre que la corrección de las
premisas y el conocimiento de los elementos azarosos que se han entremetido no
permiten que se derrumbe nuestro plan, pero sí hacerlo vacilar. Nuestro
conocimiento de las circunstancias ha mejorado, pero nuestra incertidumbre no ha
disminuido por ello, sino que se ha intensificado. La razón de esto estriba en
que no adquirimos tales experiencias de modo simultáneo, sino por grados, porque
nuestras decisiones se ven incesantemente asediadas por ellas y nuestra mente
tiene que permanecer siempre «en armas», por así decir.
Si pretendemos permanecer a salvo de este continuo
conflicto con lo inesperado, son indispensables dos cualidades: en primer lugar,
un entendimiento que, aun en medio de la oscuridad más intensa, no deje de
contar con vestigios de una luz interior que conduzcan a la verdad y, en segundo
lugar, el valor para seguir los trazos de esa tenue luz. A la primera se la
conoce figuradamente por la expresión francesa coup d'oeil; la
segunda es la determinación.
Ya que en la guerra los encuentros son su rasgo
distintivo y a tenor de ello se les prestó una atención prioritaria, y dado que
en los encuentros el tiempo y el espacio son elementos determinantes, y lo eran
más aún en el tiempo en que la caballería, con su poder de decisión rápida, era
el arma principal, la idea de una decisión correcta y rápida se basó desde el
principio en el cálculo de estos dos elementos, adoptándose para significar esta
idea una expresión que se aplica solamente al correcto juicio visual. Gran
número de maestros en el arte de la guerra le han dado asimismo por ello este
sentido limitado. Pero no hay duda de que todas las decisiones justas tomadas en
el momento de la ejecución pronto pasan a ser sobreentendidas por esa expresión,
como, por ejemplo, al reconocer el momento justo para el ataque, etc. En
consecuencia, lo que se entiende por coup d'oeil se refiere no
sólo al aspecto físico, sino, con mayor frecuencia, al mental. Es lógico que
esta expresión, al igual que el hecho en sí, ocupe siempre una mejor situación
en el terreno de la táctica, lo que no la excluye del de la estrategia, pues
también aquí son necesarias a menudo las decisiones rápidas.
Despojar a este concepto de los dos elementos
figurados y limitados que se le adjudican con tal expresión equivale simplemente
a establecer una verdad no visible para la mente común o que sólo aparece
después de un largo examen y de notable reflexión.
La determinación constituye un acto de valor
desplegado en un caso particular, que si se transforma en rasgo característico
será un hábito mental. Pero aquí no nos referimos al valor para afrontar el
peligro físico, sino al que hace falta para hacer frente a las
responsabilidades, o sea, para encarar, en cierta medida, el peligro moral. A
esto se le ha llamado con frecuencia courage d’esprit, teniendo en cuenta
que surge del intelecto, pero que no por ello es un acto del intelecto, sino del
sentimiento. El simple entendimiento no implica todavía valor, ya que a menudo
se comprueba que la gente más clarividente carece de determinación. Así, el
entendimiento debe despertar primero el sentimiento de valor que él mismo
mantendrá y afirmará, porque en un momento de emergencia el hombre es dominado
más por sus sentimientos que por sus pensamientos.
Hemos asignado a la determinación la labor de
eliminar el tormento de la duda y los peligros de la indecisión cuando se carece
de una orientación suficiente. Es cierto que el lenguaje familiar no duda en
denominar «determinación» a la simple propensión a la osadía, el arrojo, la
intrepidez o la temeridad. Pero cuando un hombre alberga motivos suficientes,
tanto subjetivos como objetivos, tanto verdaderos como falsos, no hay razón para
referirse a su determinación, porque al hacerlo nos colocaríamos en su lugar y
cargaríamos el platillo de la balanza con dudas de las que carece.
Se trata tan sólo de una cuestión de fuerza y de
debilidad. No caeremos en la pedantería de discutir el lenguaje familiar que da
un mal uso a esta palabra; nuestra observación tiene únicamente por objeto
rehuir las objeciones injustificadas.
Esta determinación; que supera el eventual estado
de duda, sólo puede ser llevada a la práctica por el entendimiento, y, de hecho,
por una dirección de éste totalmente particular. Sostenemos que la mera unión de
un raciocinio superior y de los sentimientos necesarios no basta para dar lugar
a la determinación. Hay personas que poseen una capacidad muy aguda para
percibir los problemas más difíciles y que no carecen de valor para afrontar
graves responsabilidades, y que, sin embargo, en casos difíciles no saben tomar
una determinación. Su valor y su entendimiento permanecen como ajenos al hecho,
no se prestan ayuda mutua, y a causa de ello no forman una determinación. Esta
sólo surge de un acto del raciocinio, que hace evidente la necesidad de la
audacia, y en consecuencia determina la voluntad. Esta dirección completamente
particular del entendimiento, que combate y anula todos los otros temores del
hombre con el temor a la irresolución o a la vacilación, es la que origina la
determinación en las mentalidades fuertes. Por ello los hombres con escaso
raciocinio no pueden distinguirse por su determinación, de acuerdo con el
sentido que le damos a esa palabra. En situaciones difíciles pueden actuar sin
vacilar, pero entonces lo hacen sin reflexión, y un hombre que actúa sin
reflexionar no es atormentado por duda alguna. Este desarrollo de la acción
puede resultar correcto de vez en cuando, pero consideramos, ahora como antes,
que el resultado medio es el que denota la existencia del genio militar. Si esta
afirmación resultara impropia para quien conozca a muchos oficiales de húsares
que se caracterizan por su decisión, pero que carecen de profundidad de
pensamiento, tenemos que recordar que se trata aquí de una dirección particular
del raciocinio y no de una disposición para la meditación profunda.
Creemos, por tanto, que la determinación debe su
existencia a una dirección particular del entendimiento, una dirección propia de
una mentalidad fuerte, antes que de una brillante. Para confirmar esta
genealogía de la decisión, cabe añadir que han habido muchos hombres que han
demostrado una gran determinación en escalas inferiores pero que han dejado de
tenerla en posiciones más elevadas. Mientras en una ocasión ven la necesidad de
obrar con determinación, en otra comprenden los peligros que entraña tomar una
decisión errónea y, como no están familiarizados con las cosas que les
interesan, su entendimiento pierde la fuerza original, y se vuelven tanto más
tímidos cuanto más conscientes sean del peligro de la vacilación que los
mantiene como petrificados, y cuanto más sostenida haya sido su costumbre de
actuar por impulsos momentáneos.
El coup d'oeil y la determinación
nos llevan, por lógica, a ocuparnos de su cualidad hermana, la presencia de
ánimo, que debe desempeñar un papel importante en la guerra, como sede que
es de lo inesperado; porque no es, en efecto, más que el magno ejemplo de la
conquista de lo inesperado.
Así como admiramos la presencia de ánimo
manifestada en una réplica oportuna a algo expresado de manera inesperada, así
también la admiramos en la rapidez para echar mano de un recurso en un momento
de peligro inopinado. Ni la réplica ni el recurso necesitan ser extraordinarios
en sí mismos, porque lo que como resultado de una reflexión madura no sería nada
excepcional, incluso pudiéndose tildar de insignificante, puede complacernos
como acto instantáneo del entendimiento. La expresión «presencia de ánimo»
significa de manera muy apropiada la rapidez y la prontitud de la ayuda prestada
por el entendimiento.
De la naturaleza del caso depende que esta excelsa
cualidad de un individuo sea atribuida más a la calidad particular de su
inteligencia que a la firmeza de su equilibrio emocional, aun que ninguna de las
dos puede faltar por completo. Una réplica certera es más bien propia de un
ingenio veloz; un contragolpe que contrarresta un peligro inopinado entraña más
que nada un equilibrio emocional estable.
Si tomamos en su forma amplia los cuatro
componentes del ambiente en que se desarrolla la guerra, el peligro, el
esfuerzo físico, la incertidumbre y el azar, fácil será comprender que se re
quiere una gran fuerza moral y mental para que avance con seguridad y
posibilidades de éxito en este elemento desconcertante una fuerza que los
historiadores y cronistas de los hechos militares describen como energía,
firmeza, constancia, fortaleza de espíritu y de carácter, de acuerdo con las
diferentes modificaciones introducidas por las circunstancias. Todas estas
manifestaciones de la naturaleza heroica pueden ser consideradas como producto
de la fuerza de voluntad y su equivalente, con las modificaciones que dictan las
circunstancias; pero por más relacionadas que estén una con la otra, no son, sin
embargo, idénticas, por lo cual creemos conveniente diferenciar con más detalle
estas cualidades morales y su relación mutua.
En primer lugar, para fijar nuestras ideas es
esencial observar que el peso, la carga, la resistencia, o como quiera que
quiera llamársele, por lo cual se pone de manifiesto la fuerza espiritual de la
persona que actúa, sólo en una mínima medida tiene que ver con la actividad del
enemigo, la resistencia del enemigo, la acción del enemigo. La actividad del
enemigo sólo afecta directamente al general en jefe, en primer lugar en relación
con su persona, sin afectar a su acción como comandante. Si el enemigo resiste
cuatro horas en lugar de dos, el jefe se hallará en peligro durante cuatro horas
en lugar de dos. Esta es una consideración que cede en importancia a medida que
se eleva la jerarquía de la jefatura. ¿Qué importancia tiene para el que ocupa
la posición de general en jefe? Sin duda, ninguna.
En segundo lugar, la resistencia del enemigo surte
un efecto directo sobre el jefe, debido a la pérdida de medios en que incurre
cuando aquélla se prolonga y a la responsabilidad que con trae en relación con
esa pérdida. Es precisamente en este momento, debido a la carga de ansiedad de
sus consideraciones, donde se manifiesta y se pone a prueba su fuerza de
voluntad. Afirmamos, sin embargo, que dista de ser esta la carga más pesada que
el jefe debe soportar, pues es algo que tiene que resolver solo por sí mismo,
mientras que todos los otros efectos de la resistencia del enemigo actúan sobre
los combatientes que están bajo su mando e influyen en él a través de éstos.
Mientras los hombres henchidos de coraje luchan
con ardor guerrero, su jefe raramente tendrá ocasión de hacer alarde de gran
fuerza de voluntad en la prosecución de sus objetivos. Pero en cuanto surgen las
dificultades, y esto nunca deja de ocurrir cuando tienen que alcanzarse grandes
resultados, las cosas dejan de funcionar como una máquina bien engrasada, sino
que esta misma comienza a ofrecer resistencia y, para superar el trance, el jefe
tiene que actuar con gran fuerza de voluntad. Tal resistencia no debe
interpretarse como si se tratara de una desobediencia o una réplica, aunque
éstas se presenten con bastante frecuencia en los individuos, sino que la lucha
que debe librar el jefe en su interior es con la impresión general de la
disolución de todas las fuerzas físicas y morales y el espectáculo angustioso
del sacrificio sangriento, y luego con todos aquellos que, directa o
indirectamente, depositan en él sus impresiones, sus sentimientos, sus
ansiedades y sus esfuerzos. A medida que los individuos, uno tras otro, van
agotando sus fuerzas, y cuando su propia voluntad ya no basta para alentarlos y
mantenerlos, la inercia de toda la masa comienza a descargar su peso sobre las
espaldas del comandante. Será la fuerza de su aliento, la llama de su espíritu,
la firmeza de su propósito las que harán brillar de nuevo la luz de la esperanza
en los otros. Sólo en la medida en que sea capaz de hacerlo, el jefe dominará a
las masas y seguirá comandándolas. Cuando ocurra un descalabro, y su valor no
tenga la fuerza suficiente como para hacer revivir el valor de los demás, las
masas lo arrastrarán consigo hacia el abismo, hacia las profundas regiones de la
más baja animalidad, en las que se rehuye el peligro y no se concibe vergüenza
alguna. Tal es la carga que deben soportar el valor y la fuerza espiritual de un
jefe en la lucha si éste desea realizar algo extraordinario. Esta carga aumenta
en relación con las masas que se hallan bajo su mando, y, en consecuencia, para
que las fuerzas en cuestión continúen igualando el peso que recae sobre sus
hombros, deberán aumentar en proporción con el rango que ocupe.
La energía en la acción expresa la fuerza
de la motivación por la cual la acción se pone de manifiesto, ya tenga el móvil
su origen en una convicción propia del entendimiento, ya en un impulso de los
sentimientos. Este último difícilmente puede estar ausente cuando haya que hacer
una gran demostración de fuerza. Debemos admitir que, de todos los excelsos
sentimientos que colman el pecho humano en ––el esfuerzo cruel de la lucha, no
hay ninguno tan poderoso y constante como el de la sed de honores y de fama, a
los que tan injustamente trata el idioma alemán, que no se recata en
menospreciarlos con dos indignas asociaciones: Ehrgeiz (codicia de
honores) y Ruhmsucht (búsqueda de gloria). Sin duda, el mal uso de estas
gallardas aspiraciones del espíritu produjo, especialmente en la guerra, más de
una insoportable injusticia para la especie humana, pero por su origen estos
sentimientos deben ser considerados entre los más nobles de nuestra naturaleza,
y en la guerra constituyen el verdadero soplo de vida que anima a ese cuerpo
gigantesco. Aunque otros sentimientos pueden ejercer una influencia más general,
y muchos de ellos, como el amor a la patria, la sujeción fanática a una idea, la
venganza, el entusiasmo de cualquier índole, etc., parecería que ocuparan una
posición más elevada, no convierten en superfluas la ambición y la búsqueda de
la fama. Esos otros sentimientos pueden animar en general a grandes masas, e
inspirarles sentimientos sublimes, pero no producen en el jefe el deseo de
descollar entre sus compañeros, lo cual constituye el requisito esencial de su
posición, si es que se propone lograr algo digno de mención. A diferencia de la
ambición, estos sentimientos no convierten al acto militar individual en una
propiedad particular del jefe, quien se esfuerza luego en utilizarlos para sacar
una mayor ventaja, labrando trabajosamente y sembrando con cuidado para poder
recoger una abundante cosecha. Estas aspiraciones, compartidas por todos los
jefes, desde el de mayor graduación hasta el menos importante, esta especie de
diligencia, este espíritu de emulación, este acicate, son los que determinan en
particular la eficiencia de un ejército y lo hacen triunfar. Y en lo que
respecta a los hombres de vértice, preguntamos: ¿ha habido alguna vez un gran
general en jefe desprovisto de ambición, o puede siquiera concebirse tal
circunstancia?
La firmeza
denota la capacidad de resistencia de la voluntad
frente a la dureza de un choque, la constancia en relación con la
duración. A pesar de la analogía existente entre ambas, así como de la
frecuencia con que una es usada en vez de la otra, existe sin embargo una
diferencia notable entre ellas que no se presta a confusión, puesto que la
firmeza frente a una impresión poderosa puede tener su raíz en la simple
intensidad de su experimentación, pero la constancia debe estar más bien
sostenida por el raciocinio, ya que con la duración de una acción se acrecienta
su regularidad, y la constancia extrae en cierto modo de ello su fuerza.
Examinemos ahora lo que entendemos por
fortaleza de espíritu y de ánimo.
Es evidente que no se trata de la intensidad en la
expresión del sentimiento o de la emotividad, porque esto se opondría a todos
los usos del idioma, sino del poder de obedecer al raciocinio, incluso en medio
de la excitación más intensa, en medio de la tormenta de las más enconadas
emociones. ¿Dependerá este poder únicamente de la fuerza del raciocinio? Es
dudoso. El hecho de que haya hombres de inteligencia sobresaliente que no saben
controlarse a sí mismos no prueba lo contrario, pues cabe decir que esto tal vez
requiera una inteligencia más bien de índole fuerte que de un carácter
comprensivo; pero tal vez nos acercamos más a la verdad si suponemos que,
incluso en los momentos de la expresión más intensa de los sentimientos, la
fuerza, para someterse al control del raciocinio, que llamamos dominio sobre
uno mismo, hinca sus raíces en el espíritu. Se trata en realidad de otro
sentimiento que, en los hombres de espíritu fuerte, equilibra la emotividad
desaforada sin destruirla, y sólo gracias a este equilibrio queda asegurado el
dominio del raciocinio. Como contrapartida no existe nada más que el sentimiento
de dignidad del hombre, ese orgullo excelso, esa necesidad oculta del alma, que
actúa siempre como un ser dotado de juicio y capacidad de raciocinio. En
consecuencia, puede decirse que un espíritu fuerte es aquel que no pierde su
equilibrio ni aun por el impulso de los estímulos más intensos.
Si tendemos una mirada a la gran diversidad
existente entre los hombres, desde el punto de vista sentimental, encontramos en
primer término personas que muestran escasa capacidad de excitación, a las que
se las llama flemáticas o indolentes; en segundo lugar, otras personas son muy
excitables, con unos sentimientos, sin embargo, que no exceden nunca de cierto
límite, y en este caso se conocen como sensibles, pero calmosas; en tercer
lugar, otras se excitan con facilidad, y sus sentimientos se inflaman con la
rapidez y la intensidad de la pólvora, pero sin perdurar; en cuarto lugar,
finalmente, existen quienes no se conmueven por causas pequeñas, y que por lo
general entran en acción de forma gradual y no súbitamente, demostrando unos
sentimientos que llegan a ser muy poderosos y mucho más duraderos, personas con
pasiones fuertes, ocultas en lo más profundo de su ser.
Esta diferencia entre los hombres en relación con
su constitución emocional linda con las fuerzas físicas que actúan en el
organismo humano, y pertenece a esa organización dual que llamamos sistema
nervioso, relacionado por un lado con la materia y por el otro con el espíritu.
Nuestra frágil filosofía no pretende buscar nada más en este ámbito de penumbra;
pero conviene a nuestros planteamientos dedicar un momento a calibrar el efecto
que estas diferencias producen sobre la acción en la guerra y hasta qué punto
cabe esperar de ellas una gran fortaleza de carácter.
A los hombres indolentes no se les saca de sus
casillas con facilidad, pero indudablemente no puede decirse que existe
fortaleza de carácter donde hay una ausencia total de manifestación de fuerza.
No obstante, tampoco cabe negar que tales hombres muestran cierta eficacia,
siquiera parcial en la guerra, justamente debido a su inmutable equilibrio. Con
frecuencia carecen de motivos positivos para la acción, o sea, de fuerza
impulsora, y, por tanto, de actividad; pero no acostumbran a echar a perder
nada.
La peculiaridad del segundo tipo, como se ha
dicho, es la de excitarse con facilidad ante asuntos insignificantes, pero
frente a cuestiones relevantes se quedan también en suspenso. Los hombres de
este tipo muestran una gran actividad cuando se trata de ayudar a un semejante
en desgracia, pero el peligro que amenaza a una nación no hace más que
deprimirlos en lugar de animarlos a la acción.
En la guerra, tales hombres no dejarán de
mostrarse activos ni carentes de equilibrio, pero no realizarán nada de
envergadura, a menos que un planteamiento inteligente muy poderoso les procure
los motivos para ello. Pero muy raramente tales temperamentos van ligados a una
inteligencia muy fuerte e independiente.
Los sentimientos excitables e inflamables no
suelen adaptarse a la vida práctica, y, por tanto, no son muy apropiados para la
guerra. Es cierto que cuentan con la ventaja de promover impulsos fuertes pero
éstos no duran. No obstante, si la vitalidad de tales hombres se inclina por el
valor y la ambición, pueden llegar a ser muy útiles en la guerra cuando ocupan
posiciones inferiores, simplemente porque en la acción bélica que controlan los
jefes situados en una escala inferior tiene por lo general una duración más
corta. A veces bastará con una decisión valerosa, una expansión de las fuerzas
del espíritu. Un ataque intrépido, un fuerte embate son cuestiones de pocos
minutos, mientras que la valerosa lucha en el campo de batalla puede
desarrollarse durante todo un día, y una campaña abarcar como tarea todo un año.
Debido a la rápida evolución de sus sentimientos,
resulta doblemente difícil para los hombres que hemos descrito mantener el
equilibrio emocional, y pierden por ello con frecuencia la cabeza. Es este, por
tanto, el peor de sus defectos respecto de su capacidad para la conducción de la
guerra. Pero sería ir en contra de la experiencia afirmar que los hombres de
temperamento explosivo no son nunca fuertes, es decir, que no son capaces de
mantener su equilibrio bajo el efecto de un estímulo poderoso. ¿Por qué no
habría de existir en ellos el sentimiento de su propia dignidad, ya que por lo
general son de naturaleza noble? Tal sentimiento raramente falta en ellos, pero
lo que ocurre es que no tiene tiempo de manifestarse. En su mayoría, después de
un arranque son presa de un sentimiento de humillación. Si gracias a la
educación, a la vigilancia de sus propios actos y a la experiencia aprenden
tarde o temprano a defenderse de sí mismos, y en momentos de excitación desatada
alcanzan con rapidez a tener conciencia del choque de sus fuerzas interiores,
pueden también llegar a ser capaces de dar fe de una gran fortaleza de espíritu.
Por último, encontramos a hombres que difícilmente
se conmueven, pero que por esa misma razón tienden a hacerlo en profundidad;
hombres que con respecto a los precedentes están en la misma relación que el
calor con la llama. Son los más indicados para poner en movimiento, haciendo uso
de su fuerza titánica, masas ingentes, entre las cuales caben ser representadas
figurativamente las dificultades que entraña la acción en la guerra. El efecto
de sus sentimientos se equipara al movimiento de grandes masas, que, aunque más
lento, resulta sin embargo avasallador.
Aunque tales hombres no se ven tan desbordados por
sus sentimientos ni tan arrastrados por la propia vergüenza como los anteriores,
sería también contrario a la experiencia creer que no pueden perder nunca el
equilibrio o que nunca pueden ser objeto de una pasión ciega. Por el contrario,
esto ocurrirá tan pronto como falte el noble orgullo del dominio de uno mismo o
cuando éste no tenga un peso suficiente. Muy a menudo nos lo demuestran hombres
eminentes pertenecientes a pueblos agrestes, en los que el escaso cultivo de la
inteligencia favorece el predominio de la pasión. Pero, incluso entre las clases
más elevadas de los pueblos cultivados, la vida rebosa de este tipo de ejemplos,
de hombres obnubilados por la violencia de sus pasiones, del mismo modo que el
cazador furtivo de la Edad Media, atraído por el venado, se sentía arrastrado a
internarse en la floresta.
Repetimos, pues, que un espíritu fuerte no es
simplemente aquel que se muestra capaz de sentir emociones fuertes, sino el que
mantiene su equilibrio incluso bajo el peso de las emociones más intensas, de
modo que, a pesar de las tormentas que se libran en su interior, la convicción y
el entendimiento pueden actuar con perfecta libertad, como la aguja de la
brújula en un barco sacudido por la tormenta.
La expresión fortaleza de carácter, o
simplemente carácter, significa una tenaz convicción, ya sea ésta el
resultado de nuestro propio juicio o el de otros, ya esté basada en principios,
opiniones, inspiraciones momentáneas o cualquier otro producto del
entendimiento. Pero es bien cierto que esta clase de firmeza no puede
manifestarse si los mismos juicios están sujetos a cambios frecuentes. Esta
variabilidad no necesita ser el resultado de alguna influencia exterior. Puede
surgir de la actividad continua de nuestro propio entendimiento, pero, en ese
caso, indica sin duda una inestabilidad peculiar de la inteligencia. No
afirmaremos en verdad que un hombre tiene carácter cuando cambia de opinión a
cada momento, por mucho que este cambio pueda provenir de su interior. Por
tanto, sólo diremos que posee esta cualidad aquel que ponga de manifiesto una
convicción muy constante, ya sea porque esté arraigada profundamente, y poco
expuesta por sí misma a sufrir cambios, ya porque escasea la actividad mental,
como es el caso de las personas indolentes, y por ello se carezca de motivos
para el cambio o, por último, porque un acto explícito de la voluntad,
proveniente de un principio imperioso del entendimiento, rechaza cualquier
cambio de opinión.
En la guerra, más que en ninguna otra actividad
humana, ocurren acontecimientos que pueden desviar a un hombre del camino que se
ha trazado, haciéndole dudar de sí mismo y de los demás, a causa de las muchas y
poderosas impresiones que acosan al espíritu y de la incertidumbre en que se ve
envuelto el entendimiento.
El espectáculo desgarrador del peligro y del
sufrimiento conduce fácilmente a sentimientos que ganan ascendiente sobre la
convicción del entendimiento, y, en medio de las tinieblas que ofuscan todo a su
alrededor, la claridad de juicio profundo resulta tan problemático que provoca
que el cambio sea más comprensible y disculpable. Se tiene que actuar siempre
con conjeturas y suposiciones sobre la verdad. Por esta razón, en ningún otro
lugar son tan grandes como en la guerra las diferencias de opinión, y en ella no
cesa de fluir la corriente de impresiones que van en contra de nuestras propias
convicciones. Ni siquiera la flema del intelecto más intensa sirve para
defenderse de ellas, porque tales impresiones son demasiado fuertes y vívidas, y
siempre al mismo tiempo contrarias al temperamento.
Sólo los principios generales y modos de ver las
cosas que gobiernan la actividad desde el punto de vista más elevado pueden ser
el fruto de un claro y profundo juicio, y en ellos descansa, a manera de pivote,
la opinión que se forme respecto de un caso particular considerado de manera
inmediata. Sin embargo, la dificultad reside precisamente en afirmarse en estos
resultados de reflexión previa, en oposición a la corriente de opiniones y
fenómenos que aporta el presente. Entre el caso particular y el principio se
crea a menudo una larga distancia, que no siempre puede ser recorrida mediante
una cadena visible de conclusiones, y en la que es necesaria cierta confianza en
uno mismo y es útil cierta dosis de escepticismo. Con frecuencia, poca ayuda se
encuentra aquí fuera del principio imperioso que, independiente de la reflexión,
la controla; es un principio que, en todos los casos dudosos, tiene que avenirse
a nuestra primera opinión y no abandonarla hasta que se esté convencido de la
necesidad de hacerlo. Se tiene que estar firmemente convencido de la autoridad
superior que entrañan los principios contrastados, y no permitir que el brillo
de las apariencias momentáneas nos lleve a olvidar que su verdad siempre
pertenece a un nivel inferior. Nuestras acciones adquirirán esa estabilidad y
consistencia que llamamos carácter, por esta preferencia que otorgamos, en casos
dudosos, a nuestras convicciones previas, y por la avenencia que les atribuimos.
Fácilmente vemos cómo un temperamento bien
equilibrado estimula en gran medida la fortaleza de carácter; es por eso,
también, por lo que hombres de gran fortaleza espiritual tienen por lo general
mucho carácter.
La fortaleza de carácter nos conduce a una de sus
formas degeneradas: la obstinación.
En ciertos casos resulta a menudo muy difícil
dilucidar cuándo termina una y cuándo empieza la otra; en el terreno abstracto,
por contra, no parece difícil determinar la diferencia entre ellas.
La obstinación no es un defecto del entendimiento.
Usamos ese término para significar la resistencia a un juicio mejor, y ésta no
puede, sin implicar una contradicción en sí misma, emplazarse en el intelecto,
que es precisamente la capacidad de juzgar. La obstinación constituye un
defecto del temperamento. Este carácter inflexible de la voluntad, ese
encono en oponerse a réplicas ajenas tienen su fundamento simplemente en un tipo
particular de egolatría, que sitúa por encima de cualquier otro placer el de
gobernarse a sí mismo y a los demás, únicamente por el propio capricho.
Podríamos denominar esto una forma de vanidad, si no fuera, por supuesto, algo
mejor; la vanidad encuentra satisfacción en la apariencia, pero la obstinación
descansa sobre el deleite de la circunstancia.
Afirmamos, por tanto, que la fortaleza de carácter
se convierte en obstinación tan pronto como la resistencia a un juicio ajeno
proviene de un sentimiento de oposición y no de una convicción mejor o de la
confianza en un principio más elevado. Si bien esta definición, como ya hemos
admitido, poca ayuda presta en la práctica, impide, no obstante, que la
obstinación sea considerada meramente como la intensificación de la fuerza de
carácter, siendo así que es algo esencialmente diferente, algo que, si bien es
verdad que se le acerca hasta lindar con ella, al mismo tiempo se halla tan
alejado de una forma más intensa, que hay hombres muy obstinados que, por falta
de entendimiento, se muestran dotados de poca fortaleza de carácter.
En nuestro análisis de los elevados atributos que
caracterizan a un gran conductor hemos considerado como corrientes aquellas
cualidades en las cuales participan el intelecto y el temperamento. Nos hallamos
ahora ante una peculiaridad de la actividad militar que cabe estimar quizá como
la más influyente, aunque no sea la más importante, y que sólo exige una cierta
capacidad mental, a despecho de las cualidades temperamentales. Se trata de la
relación que existe entre la guerra y el lugar y el terreno.
En primer lugar, esta relación se encuentra
presente de manera constante, haciendo por completo inconcebible que una acción
bélica por parte de nuestro ejército en formación se produzca de otro modo que
no sea en un espacio definido; en segundo lugar, tal relación asume una
importancia muy decisiva porque modifica, y a veces la altera por entero, la
acción de todas las fuerzas; y, en tercer lugar, mientras que por un lado puede
alcanzar a los detalles más nimios de la localidad, por otro puede abarcar los
más amplios espacios.
Así, la relación que existe entre la guerra y el
terreno y el lugar otorga a la acción de aquélla un carácter muy particular. Si
hiciéramos mención de otras actividades humanas que guardan relación con estos
elementos (la horticultura, la agricultura, la construcción, las obras
hidráulicas, la minería, la caza, la silvicultura, etc.), veríamos que todas
ellas se efectúan en espacios ciertamente limitados, que pueden ser explorados y
determinados con exactitud suficiente. Pero el jefe en la guerra tiene que ceñir
la tarea en que está empeñado dentro de un espacio que le obliga a limitarse,
que sus ojos no pueden abarcar, que el celo más aguzado no puede explorar
siempre y con el cual rara vez puede familiarizarse adecuadamente, a causa de
los cambios constantes que se producen. Es cierto que el oponente se encuentra
por lo general en la misma situación; sin embargo, en primer lugar, la
dificultad, aunque sea común a ambos, no deja de constituir por ello una
dificultad, y el que la domine con su talento y su experiencia adquirirá una
gran ventaja; en segundo lugar, esta igualdad en las dificultades se produce
sólo de modo general y no necesariamente en un caso particular, en el cual, como
norma, uno de los dos combatientes (el defensor) suele tener un mayor
conocimiento del lugar que el otro.
Esta dificultad tan peculiar debe ser superada
mediante un tipo especial de capacidad mental, llamado sentido del lugar,
que no deja de ser un término muy restringido. Consiste en la capacidad para
formarse con rapidez una representación geométrica correcta de cualquier
porción de territorio y, en consecuencia, para encontrar en cualquier
momento, de modo ajustado y fácil, una posición en él. Esto constituye,
evidentemente, un acto de la imaginación. La percepción está formada, sin duda,
en parte por la apreciación visual y en parte por la del intelecto, el cual, por
medio de juicios derivados del conocimiento de la ciencia y de la experiencia,
proporciona los datos que faltan y forma un todo con los fragmentos visibles
para el ojo. Pero, para que este todo se presente vívidamente a nuestra mente, y
se convierta en una imagen en el mapa dibujado en el cerebro, para que esta
imagen sea permanente y los detalles no se dispersen de nuevo, todo esto sólo
puede efectuarse por medio de la facultad mental que llamamos imaginación. Si
algún poeta o pintor se sintiera herido porque atribuimos a su diosa una
tarea semejante, si se encoge de hombros ante la idea de que a un hábil
guardabosque se le tiene que reconocer, por ese motivo, una imaginación de
primer orden, admitiremos de buena gana que en ese caso nos referimos sólo a una
aplicación muy limitada del término, y a su uso en una tarea realmente inferior.
Pero, por pequeño que sea su servicio, tiene que ser, no obstante, obra de ese
don natural, porque si éste faltara, sería difícil formarse una idea clara y
coherente de las cosas, como si las tuviéramos delante de los ojos. Admitimos
sin vacilar que una buena memoria resulta una gran ayuda para ello, pero tenemos
que dejar pendiente de decisión si la memoria ha de ser considerada como una
facultad independiente de la mente, o si se trata tan sólo de una capacidad para
formar imágenes que fijan mejor estas cosas en la mente; en efecto, resulta
realmente difícil pensar en estas dos facultades mentales separadas una de la
otra.
No negamos que la práctica y una conclusión
inteligente tienen mucho que ver con el sentido del lugar. Puysegur, el
administrador militar del famoso general Luxemburg, solía afirmar que al
principio tenía poca confianza en sí mismo a este respecto porque había notado
que, si tenía que dar la contraseña a distancia, siempre se desviaba del camino.
El ámbito para la aplicación de este talento
aumenta, naturalmente, cuanto más nos elevamos en la jerarquía. Así como el
húsar o el cazador al mando de una patrulla tienen que ser capaces de localizar
fácilmente su posición en veredas y atajos apartados, necesitando para este
propósito pocas señales y sólo un don limitado de observación e imaginación, el
general en jefe, por su parte, que se ve obligado a poseer un conocimiento de
los rasgos geográficos generales de una región o de un país, ha de tener siempre
vívidamente ante sus ojos la dirección de los caminos, de los ríos y de las
montañas, pudiendo prescindir, al mismo tiempo, del sentido limitado del lugar.
Sin duda, en líneas generales constituirán una gran ayuda las informaciones de
toda clase que pueda poseer, mapas, libros o memorias, y, para los detalles, la
colaboración de su entorno; sin embargo, es evidente que la posesión de un
talento capaz de comprender rápida y claramente las características de un
terreno presta a su acción un desarrollo más fácil y más firme, lo libra de
cierta orfandad mental y lo convierte en menos dependiente de los demás.
Si esta capacidad es atribuida en definitiva a la
imaginación, será casi el único servicio que la actividad militar exige de esa
diosa excéntrica, cuya influencia resulta más dañina que útil.
Creemos haber pasado revista a aquellas
manifestaciones de las fuerzas de la mente y del espíritu que la actividad
militar exige de la naturaleza humana. En todas las cuestiones, el entendimiento
aparece como una fuerza cooperadora primordial, y por ello podemos comprender
porqué la tarea de la guerra, aunque parece simple y sencilla, no puede ser
nunca dirigida con éxito por personas que no posean una capacidad intelectual
sobresaliente.
Desde este punto de vista, no precisamos
considerar como el resultado de un gran esfuerzo mental algo tan natural como
conseguir un cambio de posición del enemigo, lo cual ha sido realizado mil
veces, u otras cien acciones como ésa.
Evidentemente estamos acostumbrados a ver en el
soldado simple y eficiente algo opuesto a las mentes reflexivas, a esos hombres
que rebosan de capacidad de invención y de ideas, esos espíritus esplendentes
que nos deslumbran con su prodigalidad intelectual. Tal antítesis no está en
modo alguno reñida con la realidad, pero no nos dice que la eficiencia del
soldado consista simplemente en su valor ni que no exija asimismo una cierta
energía especial y una eficiencia mental para ser algo más que lo que se llama
un buen espada. Tenemos que insistir una y otra vez en que no hay nada más común
que la existencia de hombres que pierden su capacidad de acción al ser
promocionados a una posición superior, para la cual sus facultades ya no obran
de la misma manera. Pero tenemos que recordar también que estamos hablando de
hazañas notables, que dan lustre a la rama de la profesión a la que pertenecen.
Cada grado de mando en la guerra crea, pues, su propio tipo de cualidades
necesarias del espíritu, su honor y su fama.
Existe un inmenso abismo entre un general en jefe,
es decir, un general que asume el mando supremo de toda una guerra o del teatro
de la guerra, y su segundo en el escalafón, por la simple razón de que este
último está sometido a una dirección y supervisión mucho más detallada y está
limitado, en consecuencia, a un ámbito mucho menor de actividad mental
independiente. Es por ese motivo por el cual la opinión corriente no aprecia que
se requiera una actividad intelectual notable, excepto en las posiciones
superiores, y piensa que basta una inteligencia ordinaria para ocupar las
inferiores; es por eso también por lo que la gente común se siente inclinada a
otorgar un punto de incapacidad a un jefe subalterno que ha envejecido en el
servicio y cuyas actividades exclusivas han producido en él un evidente
empobrecimiento del espíritu, y, con todo respeto hacia su valentía, se mofan de
su simplicidad. No constituye nuestro objetivo intentar conseguir para esta
brava gente una mejor distinción; ello no contribuiría en nada a su eficiencia y
muy poco a su felicidad. Deseamos únicamente presentar las cosas tal como son y
apercibir contra el error de suponer que un simple valentón desprovisto de
entendimiento puede prestar servicios remarcables en la guerra.
Si consideramos que, incluso, en las posiciones
más inferiores, el jefe llamado a sobresalir debe poseer cualidades espirituales
notables y que, cuanto más elevado sea su rango, más eleva das habrán de ser sus
capacidades, se deduce por sí mismo que tenemos formada una opinión por completo
distinta respecto de aquellos que ocupan debidamente la posición de segundos en
el mando de un ejército; y que su aparente simplicidad, en comparación con un
polígrafo universal, o con un poderoso hombre de negocios dado a la pluma, o con
un estadista conferenciante, no debería llamarnos a engaño sobre su inteligencia
práctica. Sucede a veces que los hombres llevan consigo, al acceder a una
posición más elevada, la reputación que han alcanzado en una inferior, y no se
hacen merecedores de ella en la posición más alta. Si entonces no son muy
utilizados y por tanto no corren el riesgo de ponerse de manifiesto, el juicio
no distingue tan claramente qué clase de mérito se les tiene que reconocer.
Tales hombres constituyen a menudo la causa de que se forme una opinión pobre
sobre su personalidad, la cual en ciertas posiciones puede, sin embargo, brillar
con todo merecimiento.
Se requiere un genio particular en cada rango,
desde el más bajo hasta el más alto, para poder prestar servicios notables en la
guerra. Sin embargo, la historia y el juicio de la posteridad confieren por lo
general el título de genio sólo a aquellos hombres que han desempeñado con gran
brillantez la función de general en jefe. La razón reside en que para ello, en
efecto, se requiere una aportación mucho mayor de cualidades mentales y morales.
Dirigir la guerra o sus grandes acciones, llamadas campañas, hasta un fin
brillante, demanda una aguda perspicacia para comprender la política de Estado
en sus relaciones más encumbradas. Coinciden aquí la conducción de la guerra y
la política de Estado, y el general se convierte al mismo tiempo en estadista.
Se le niega a Carlos XII de Suecia el título de genio porque no pudo poner el
poder de su espada al servicio de un juicio superior, y la sabiduría no pudo
alcanzar, por su intermedio, un objetivo glorioso. Se niega ese título a Enrique
IV de Francia porque no vivió lo suficiente como para influir con sus proezas en
el desarrollo histórico de varios estados, y adquirir experiencia en ese ámbito
en el cual los sentimientos nobles y el carácter caballeresco son menos eficaces
para dominar a un enemigo que para superar un conflicto interno.
Si se desea corroborar todo lo que un general en
jefe tiene que comprender y prever correctamente de una sola mirada, remitimos
al lector al capítulo primero. Afirmamos que ese general se convierte en
estadista, pero que no debe dejar de ser lo primero. Por un lado debe ser capaz
de captar todas las relaciones de Estado; por el otro, conocer exactamente lo
que puede hacer con los medios que están en su mano.
La diversidad y los límites indefinidos de todas
las relaciones existentes en la guerra ponen en evidencia un gran número de
factores. Dado que muchos de ellos pueden ser calculados apelando a las leyes de
la probabilidad, y si, en consecuencia, la persona que actúa no percibiera las
cosas con el brillo de una mente capaz de inquirir intuitivamente la verdad en
todas las circunstancias, se produciría una confusión tal de opiniones y
consideraciones que daría como resultado que su juicio ya no sabría encontrar
una salida. En este sentido, a Napoleón le asistía por completo la razón cuando
afirmaba que muchas de las decisiones que tiene que tomar un general constituyen
un problema de cálculo matemático, digno del talento de un Newton o de un Euler.
De entre las fuerzas superiores de la mente, las
que aquí se exigen son un sentido de la unidad y el juicio, elevado hasta un
extremo maravilloso de visión mental, que en su ámbito de actividad elabore
rápidamente y aparte miles de ideas confusas, que un entendimiento normal no
descubre si no es con gran esfuerzo y desgaste hasta el agotamiento. Pero estas
actividades superiores de la mente, ese alarde de genialidad, no adquieren una
trascendencia histórica a menos que estén sostenidas por aquellas cualidades de
temperamento y carácter a las que nos hemos referido.
La verdad sola no resulta más que un motivo muy
débil en el hombre, y por esta razón existe siempre una gran diferencia entre el
conocimiento y el acto de voluntad, entre saber qué hacer y la capacidad para
hacerlo. El hombre adquiere en cada momento el estímulo más fuerte para la
acción a través de sus emociones, y consigue su apoyo más poderoso, si se nos
permite la expresión, de esa aleación entre temperamento e inteligencia que
hemos identificado como decisión, firmeza, constancia y fortaleza de carácter.
Sin embargo, si esta actividad exaltada del
corazón y del cerebro en el general en jefe no tuviera una traducción práctica
en el éxito final de su empeño y fuera aceptada solamente a título gratuito,
rara vez llegaría a adquirir una trascendencia histórica.
Todo cuanto llega a percibirse en la guerra sobre
el curso de los acontecimientos es, por lo general, muy simple y presenta en
apariencia una gran uniformidad. Por la simple narración de estos
acontecimientos, nadie puede apreciar toda la dificultad que ofrecen y que debe
ser vencida. Solamente en alguna ocasión, en las memorias de los generales o de
aquellos que gozaban de su confianza, o en el caso de que se someta un
acontecimiento a una investigación histórica especial, se descubre una parte de
los muchos hilos que componen la trama. La mayoría de las reflexiones y de las
pugnas mentales que preceden a la ejecución de un gran plan son ocultadas a
propósito, porque afectan a intereses políticos o porque su recuerdo se ha
perdido accidentalmente, por ser consideradas como un simple andamiaje que tiene
que ser retirado cuando se haya culminado la construcción del edificio.
Como conclusión, si bien obviamos dar una
definición más ajustada de las fuerzas superiores del espíritu, tenemos que
admitir, sin embargo, una distinción en la facultad intelectual misma, de
acuerdo con las interpretaciones fijadas en el idioma. En este sentido, si se
plantea la pregunta sobre cuál es la clase de intelecto que se halla más
íntimamente asociado con el genio militar, una visión general sobre este tema,
tanto como la experiencia, nos muestra que en tiempos de guerra preferiríamos
confiar el bienestar de nuestros hermanos y nuestros hijos y el honor y la
seguridad de nuestro país antes a una mente inquisidora que a una creadora, más
a una mente generalizadora que a la que se empecina en una sola dirección, más a
una cabeza fría que a una ardorosa.
Capítulo IV
DEL PELIGRO EN LA GUERRA
Por lo general, antes de experimentar lo que
constituye en realidad el peligro nos formamos de él una idea que resulta más
atractiva que repulsiva. En la embriaguez entusiasta que nos embarga cuando
acosamos al enemigo en el ataque, ¿quién se preocupa de los proyectiles y de los
hombres que van cayendo? ¿Es posible que, a ojos cerrados, nos libremos por un
momento a los fríos brazos de la muerte, ignorando si seremos nosotros u otros
los que escaparán de ella, cuando nos hallamos cercanos a la meta dorada de la
victoria, próximos al fruto reconfortante al que aspira la ambición? No será
esto difícil, y menos aún lo parecerá. Pero tales momentos, que no proceden, sin
embargo, de un único impulso, como se podría suponer, sino que son algo así como
los tónicos recetados por los médicos, que deben ser diluidos y tomados a
intervalos de tiempo, tales momentos, repetimos, son los que más escasean.
Acompañemos al militar bisoño en el campo de
batalla. A medida que nos acercamos a éste, el tronar de los cañones se hace más
intenso y pronto es acompañado por el estampido de los disparos, que acapara
ahora la atención de los inexpertos. Los proyectiles empiezan a batir contra el
suelo, cerca de nosotros, por delante y por detrás. Nos dirigimos hacia el cerro
donde se encuentra el comandante en jefe y su nutrida escolta. Aquí, el fragor
cercano de los obuses y el estallido de las granadas son tan frecuentes que la
trascendencia de la vida se impone por encima del cuadro juvenil de la
imaginación. De pronto cae alguien que nos es conocido. Una granada explota
entre la tropa y causa algunos movimientos involuntarios. Empezamos a sentirnos
incómodos e intranquilos, e incluso el más valiente se muestra aturdido, por lo
menos hasta cierto punto. Luego nos adentramos más en la batalla que se
desarrolla ante nosotros, y nos dirigimos al siguiente general de división, tal
como si estuviéramos en un escenario teatral. Aquí las balas suceden a las
balas, y el tronar de nuestros propios cañones acrecienta el grado de confusión.
Del general de división al brigadier. Éste, hombre
de probada bravura, se mantiene precavidamente detrás de una loma, una casa o
unos árboles, segura señal de que existe un peligro creciente. La metralla
estalla sobre los techos de las casas y en los campos; los obuses zumban por
encima de nosotros, en todas direcciones, y ya se siente un constante silbido de
balas de mosquete. Otro paso más hacia la tropa, hacia esa aguerrida infantería
que, con indescriptible resistencia, se ha mantenido durante horas bajo el
fuego, aferrada a su terreno. Aquí el aire se colma con el silbido de las balas
que, al pasar a poca distancia del oído, la cabeza o el pecho, anuncian su
proximidad con un ruido seco y breve. A todo ello se agrega el sentimiento de
compasión que agita nuestros corazones, la piedad que nos inspira la
contemplación de los heridos y los que se desploman con lamentos de
desesperación.
El militar bisoño no pasará por ninguna de estas
etapas de peligro creciente sin tener la sensación de que la luz de la razón se
mueve aquí a través de otros medios, y se refleja por otra forma que cuando se
encuentra imbuida por la actividad. Más todavía, tendrá que ser un hombre muy
extraordinario aquel que, bajo la presión de esas primeras impresiones, no
pierda la capacidad de tomar una decisión rápida. Es cierto que el hábito suele
embotar con prontitud esas impresiones; a la media hora empezamos a mostrarnos
más indiferentes, en mayor o menor grado, a todo lo que ocurre en nuestro
entorno. Pero el hombre común nunca alcanza una plena frialdad y una elasticidad
de espíritu natural. Comprobemos, por tanto, una vez más, que no bastan las
cualidades comunes, lo cual será tanto más cierto en cuanto se amplíe el ámbito
de actividad que haya de ser abarcado. Se requiere una entusiasta, estoica e
innata valentía, una ambición imperiosa, o una dilatada familiaridad con el
peligro, para que todos los efectos producidos en este medio cada vez más
agravante no escapen a la medida que desde un despacho puede aparecer solamente
como común.
El peligro pertenece a la fricción propia de la
guerra. Para comprenderlo de manera real se precisa apreciarlo correctamente, y
es por esta razón por la que nos hemos referido a él en este capítulo.
Capítulo V
DEL ESFUERZO FÍSICO EN LA GUERRA
Si no se consintiera que nadie pudiese dar su
opinión sobre los acontecimientos de la guerra excepto en el momento en que se
encontrara entumecido por el frío, sofocado por el calor y la sed o dominado por
el hambre y la fatiga, sin duda contaríamos con muy pocos juicios correctos
objetivamente, pero lo serían por lo menos subjetivamente, es decir, expondrían
la relación exacta entre la persona que juzga y el objeto juzgado. Esto lo
percibimos con claridad cuando vemos cuán despreciativo, pobre y falto de
espíritu es el juicio que, sobre los resultados de un hecho enojoso, manifiestan
los que han sido sus testigos oculares, especialmente si han estado involucrados
en él. Según nuestra opinión, ello indica la influencia que ejerce el esfuerzo
físico y la importancia que debe darse a éste al emitir un juicio.
El esfuerzo físico tiene ante todo que ser
incluido en la guerra entre los muchos factores cuyo valor no puede tasarse de
forma tajante. A condición de que no se lo malgaste, es el coeficiente que
regula la eficacia de todas las fuerzas, y nadie puede decir con precisión hasta
dónde puede ser llevado. Pero la cuestión más interesante es que del mismo modo
que solamente un músculo fuerte permite al arquero estirar al máximo la cuerda
de su arco, sólo de un espíritu fuerte cabe esperar que extraiga el máximo
posible de la potencia de su ejército. Una cosa es que un ejército, tras haber
sufrido un grave descalabro y verse acosado por el peligro, se desmorone como se
derrumba un muro, y que solamente pueda encontrar su salvación en el esfuerzo
máximo de sus fuerzas físicas, y otra cosa completamente distinta es que un
ejército victorioso, llevado solamente por sentimientos de orgullo, sea
conducido por su jefe con libre arbitrariedad. El mismo esfuerzo, que, en el
primer caso, podría como máximo provocar nuestra conmiseración, en el último no
deja de colmarnos de admiración porque resulta mucho más difícil de mantener.
A los ojos del inexperto, esto iluminará una de
las cosas que traban en la oscuridad, por decirlo así, los movimientos del
pensamiento y agotan reservadamente las fuerzas del alma.
Si bien sólo se trata aquí del esfuerzo que un
comandante en jefe exige de su ejército, o que un jefe exige de sus
subordinados, y se refiere, por lo tanto, al valor para recabar ese esfuerzo y
al arte para mantenerlo, no debemos, sin embargo, pasar por alto el esfuerzo
físico exigible al mismo comandante. Tras haber efectuado escrupulosamente hasta
aquí el análisis de la guerra, debemos tener en cuenta también el peso que
entraña este extremo residual.
Nos referimos al esfuerzo físico en particular
porque, lo mismo que el peligro, pertenece a las causas fundamentales de la
fricción, y porque su indefinida magnitud lo convierte en una masa elástica cuya
fricción resulta, evidentemente, difícil de calcular.
Para evitar caer en un mal uso de estas
consideraciones y de este examen de las condiciones que empeoran las
dificultades de la guerra, la naturaleza nos proporciona, junto con nuestros
sentimientos, una guía segura para emitir un juicio. Del mismo modo que un
individuo no puede aludir con ventaja a sus imperfecciones personales si es
difamado o maltratado, pero puede hacerlo si ha contrarrestado la difamación con
éxito o se ha vengado de ella de manera brillante, del mismo modo ningún general
en jefe ni ningún ejército cambiarán el signo de una derrota vergonzosa
describiendo el mismo peligro, la angustia y el esfuerzo en que han incurrido,
ya que no harían más que acrecentar indefinidamente la brillantez del que ha
conseguido la victoria. Así, nuestro sentimiento, que constituye al fin y al
cabo una forma superior de juicio, nos impide realizar un acto de aparente
equidad, hacia el que ese mismo juicio se sentiría inclinado.
Capítulo VI
LA INFORMACIÓN EN LA GUERRA
Con el término «información» significamos todo el
conocimiento que poseemos sobre el enemigo y su territorio. De hecho constituye,
por tanto, el fundamento de todos nuestros planes y nuestras acciones.
Considérese la naturaleza de este fundamento, su incertidumbre y su volubilidad
y bien pronto se tendrá la impresión de que la guerra es una estructura
peligrosa, que puede desmoronarse fácilmente y sepultarnos entre sus escombros.
Aunque en todos los libros se nos dice que sólo debemos confiar en la
información segura y que no tenemos que dejar de ser desconfiados, esto no es
más que un consuelo libresco, producto de esa sabiduría en que se refugian los
artífices de sistemas y de compendios cuando no tienen nada mejor que decir.
Una gran parte de la información que se obtiene en
la guerra resulta contradictoria, otra parte más grande es falsa, y la parte
mayor es, con mucho, un tanto dudosa. Lo que en este caso se puede exigir de un
oficial es la posesión de cierto poder de discriminación que sólo puede
obtenerse gracias al juicio y al conocimiento de los hombres y de las cosas. La
ley de la probabilidad tiene que ser su guía. Esta no representa una dificultad
insignificante, ni siquiera con referencia a los primeros planes, aquellos que
se preparan en los despachos y que permanecen todavía fuera del ámbito real de
la guerra; pero aquélla se acrecienta enormemente cuando en el fragor de la
batalla un informe sigue al otro. Hay que dar gracias a la fortuna si estos
informes, al contradecirse unos a los otros, producen una especie de equilibrio
y provocan por sí mismos la crítica. El inexperto se encuentra en una situación
conflictiva cuando la suerte no le presta tal servicio, sino que un informe
sirve de fundamento al otro, lo confirma, lo magnifica, y aporta al cuadro un
nuevo colorido, hasta que la necesidad, con urgente prisa, le obliga a tomar una
decisión que bien pronto se revelará como un desatino, dado que todos esos
informes no eran más que falsedades, exageraciones, errores, etc. En pocas
palabras: la mayoría de los informes son falsos, y la timidez de los hombres
insufla nueva fuerza a las mentiras y las falacias. Como regla general, todo el
mundo se siente inclinado a creer más en lo malo que en lo bueno. Todos tienden
a magnificar lo malo en cierta medida y, aunque los peligros así proclamados se
apacigüen como las olas en el mar, pueden, lo mismo que éstas, cobrar altura sin
causa aparente. El jefe confiado en su mejor conocimiento interno debe
mantenerse firme y no ceder, como la roca contra la cual rompe la ola. La
coyuntura no es fácil. Aquel que por naturaleza no sea de estirpe débil, o se
haya ejercitado con la experiencia en la guerra y fortalecido en su juicio,
puede adoptar como regla inclinarse fuertemente, es decir contra el íntimo nivel
de sus propias convicciones, desde el lado del temor al lado de la esperanza.
Sólo así será capaz de mantener un equilibrio verdadero. La dificultad de ver
las cosas de manera correcta, que es una de las mayores fuentes de fricción en
la guerra, hace que las cosas parezcan completamente distintas de lo que se
esperaba. La impresión de los sentidos es más poderosa que la fuerza de las
ideas procedentes de un cálculo fundamentado, y esto llega tan lejos que
probablemente no se ha ejecutado nunca un plan de cierta importancia sin que el
comandante en jefe, en los primeros momentos de la ejecución, no haya tenido que
dominar nuevas dudas surgidas en su pensamiento. Debido a ello, los hombres
comunes, que suelen hacer caso de las sugestiones de los demás, por lo general
se tornan indecisos cuando han de entrar en acción; creen que las circunstancias
con que se encuentran son distintas a lo que habían esperado, en mayor medida en
cuanto de nuevo ceden aquí ante las sugestiones de los demás. Pero incluso el
hombre que traza por sí mismo sus planes pierde fácilmente la fe en su primera
opinión cuando alcanza a ver las cosas con sus propios ojos. La firme confianza
que tenga en sí mismo puede armarle contra la presión aparente del momento. Su
primera convicción quedará confirmada por el mismo desarrollo de los
acontecimientos, cuando sea descartada la decoración inicial que el destino
introduce, con sus formas exageradas de peligro, en el escenario de la guerra, y
el horizonte se amplíe. Esta es uno de las grandes honduras que separa la
concepción de la ejecución.
Capítulo VII
LAS FRICCIONES EN LA GUERRA
Mientras no se tenga un conocimiento personal de
la guerra no se podrá apreciar dónde residen las dificultades que encierra, ni
la importancia que realmente asumen el genio y las extraordinarias cualidades
espirituales que se le exigen a un comandante en jefe. Todo parece tan simple,
parecen tan sencillas las formas de conocimiento requeridas, y tan fútiles sus
combinaciones, que, en comparación con ellas, el problema más elemental de
matemáticas superiores adquiere una significación científica evidente. Pero en
cuanto se conoce la guerra, todo se vuelve inteligible. Sin embargo, resulta
extraordinariamente difícil describir qué es lo que produce este cambio y
designar con un nombre ese factor invisible y universalmente operativo.
Todo es muy simple en la guerra, pero hasta lo más
simple resulta difícil. Estas dificultades se acumulan y causan una fricción, de
la cual nadie que no haya asistido a una guerra puede formarse una idea
ajustada. Supongamos que un viajero decide, al final de una jornada, realizar
dos etapas más, lo que puede significarle cuatro o cinco horas por carretera,
con caballos de posta. Al cubrir la penúltima etapa, no encuentra caballos o los
encuentra en deficiente estado; luego le espera un terreno montañoso, caminos en
mal estado, etc.; la oscuridad ya es completa, y el viajero, tras muchas
dificultades, se alegra de haber alcanzado la próxima parada y de encontrar allí
alguna comodidad, por escasa que sea. Del mismo modo ocurre en la guerra, debido
a la influencia de innumerables circunstancias cuya insignificancia ha hecho que
no las tomáramos en cuenta de antemano; todo nos deprime y nos aleja de nuestro
propósito. Una poderosa voluntad de hierro supera esta fricción: pulveriza los
obstáculos, pero al mismo tiempo destruye a la máquina. Nos encontraremos a
menudo ante esta coyuntura. Como un obelisco hacia el cual convergen las
principales calles de una ciudad, del mismo modo la firme voluntad de un
espíritu orgulloso se yergue imperiosa en el centro del arte de la guerra.
La fricción es la única concepción que de un modo
bastante general corresponde a lo que distingue la guerra real de la guerra
sobre el papel. La máquina militar, el ejército y todo lo que le corresponde, es
en el fondo muy simple, y por esa razón parece fácil de manejar. Pero hay que
tener presente que ninguna parte de esa máquina se compone de una sola pieza,
sino que está compuesta de múltiples individuos, cada uno de los cuales mantiene
su propia fricción hacia todas las direcciones. En teoría, esto suena muy bien:
el jefe de un batallón es responsable de ejecutar la orden recibida, y como el
batallón, por su disciplina, está como fundido en una sola pieza, y su jefe
tiene que ser un militar de reconocida diligencia, la palanca gira sobre ese
pivote de hierro con poca fricción.
Pero no ocurre así en la realidad, y todo lo que
encierra de exagerado y falso la concepción se pone inmediatamente de manifiesto
en la guerra. El batallón sigue estando compuesto de un número determinado de
hombres, y, si el azar lo dicta, el menos significado de ellos es capaz de
causar una demora o una anomalía. Los peligros que la guerra entraña, los
esfuerzos físicos que exige intensifican de tal forma la posibilidad de un
infortunio, que unos y otros deben ser considerados como sus causas más
importantes.
Esta terrible fricción, que no se halla
concentrada, como en la mecánica, en unos pocos puntos, aparece por lo tanto en
todas partes en contacto con el azar, y produce así incidentes casi imposibles
de prever, justamente porque corresponden en gran medida al azar. Un ejemplo de
ese azar lo constituye el tiempo. Aquí la niebla provoca que el enemigo sea
descubierto a destiempo, que un fusil se dispare en el momento menos oportuno, o
que un informe no llegue a manos del general en jefe; allí, la lluvia impide la
llegada de un batallón y hace que otro no aparezca en el momento exigido, porque
tal vez ha tenido que marchar ocho horas en lugar de tres, o no deja que la
caballería ataque eficazmente, porque la pesadez del terreno la tiene como
anclada en el suelo.
Estos detalles se dan a guisa tan sólo de ejemplo
y con el fin de que el lector pueda seguir al autor en este tema, pues de otro
modo deberían escribirse volúmenes enteros sobre tales dificultades. Para dar
una idea de la multitud de los pequeños obstáculos a los que hay que hacer
frente en la guerra podríamos apelar a un sinnúmero de ejemplos, pero confiamos
que bastarán los pocos que hemos dado para evitar el riesgo de resultar pesados.
La acción en la guerra equivale a un movimiento en
un medio penoso. Al igual que un hombre sumergido en el agua es incapaz de
ejecutar incluso el más simple y natural de los movimientos, como es el de
caminar, del mismo modo, en la guerra, mediante el uso de las fuerzas corrientes
no podemos mantenernos siquiera en el plano de la medianía. Esta es la razón por
la cual el teórico que actúa con corrección es como el maestro de natación que
manda hacer en seco los movimientos que serán necesarios en el agua, los cuales
pueden parecer ridículos y exagerados a quienes no piensan en la naturaleza del
agua. También es esta la razón por la cual los teóricos que nunca se han
sumergido en ese elemento, o que no saben abstraer ninguna generalización de sus
experiencias, se muestran faltos de práctica y hasta devienen absurdos, porque
solamente enseñan algo que cualquiera sabe: caminar.
Por añadidura, toda guerra abunda en aspectos
individuales. En consecuencia, es como un mar inexplorado, repleto de escollos,
que el juicio del comandante en jefe, aunque nunca los haya visto con sus
propios ojos, puede presentir, de tal modo que sea capaz de esquivarlos en la
noche oscura. Si se desencadena un viento adverso, o sea, si se produce
accidentalmente un grave acontecimiento en su contra, deberá realizar denodados
esfuerzos, mostrar presencia de ánimo y la habilidad más consumada para hacerle
frente, en tanto que para un observador distante todo parecerá desarrollarse por
sí mismo. El conocimiento de esta fricción constituye una parte principal de esa
experiencia bélica de la que tanto se alardea y que se exige a todo buen
general. Es cierto que no es el mejor el que la tenga en mayor medida presente y
por tanto la tema (es el tipo de generales inquietos en exceso, que tanto abunda
entre los más experimentados). Pero el general en jefe tiene que ser consciente
de la existencia de esa fricción, para poder superarla hasta donde le sea
posible, y a fin de no confiar en que sus acciones posean tal grado de precisión
en sus efectos como el que no cabe obtener precisamente por la existencia de esa
fricción. Además, nunca se alcanzará ese conocimiento por la vía teórica, e
incluso si ello fuera posible, faltaría siempre ese juicio práctico que llamamos
instinto y cuya necesidad resulta mayor en ese ámbito repleto de minucias
diversas que en situaciones mayores y más decisivas, ante las cuales solemos
deliberar con nosotros mismos y con los demás. Del mismo modo que el juicio
instintivo, que se convierte casi en hábito, hace que el hombre mundano hable,
actúe y se mueva sólo en la forma que corresponde a cada ocasión, así también
será sólo el oficial experimentado en la guerra quien decida y actúe siempre en
forma adecuada a cada situación, sea grande o pequeña, a cada pulsación,
desearíamos decir, de la guerra. De esta experiencia y de esta práctica nace por
sí misma en su mente la reflexión sobre lo que funciona y lo que no. Y así le
será posible evitar caer con facilidad en situaciones que le lleven a mostrar
debilidad, lo cual, si ocurre con frecuencia en la guerra, hace tambalear la
base fundamental de la confianza y resulta extremadamente peligroso.
En consecuencia, la fricción, o lo que aquí hemos
denominado así, constituye lo que en la realidad convierte en difícil aquello
que parece fácil. A medida que prosigamos con nuestra exposición saldrá a
relucir más de una vez este tema, y por ello ha de resultar evidente que, además
de la experiencia y una firme voluntad, se requieren algunas otras cualidades
especiales del espíritu para hacer que un general se distinga por su excelencia.
Capítulo VIII
CONSIDERACIONES FINALES AL LIBRO I
Hemos designado al peligro, al esfuerzo físico, a
la información y a la fricción como elementos que concurren en la atmósfera de
la guerra y hacen de ésta un medio penoso para la realización de toda actividad.
En consecuencia, por los efectos obstructores que presentan, tales elementos
pueden ser incluidos nuevamente dentro de la idea colectiva de fricción general.
¿No existe, pues, ningún lubricante capaz de aminorar esa fricción? Se cuenta
sólo con uno, que no siempre se halla al dictado del comandante en jefe y de su
ejército: es el hábito de la guerra.
El hábito fortalece el cuerpo sometido a los
esfuerzos extremos, otorga fuerzas al pensamiento ante el peligro, afirma el
juicio frente a las primeras impresiones. Por su intermedio se adquiere una
valiosa presencia de ánimo en todos los niveles, desde el húsar y el tirador
hasta el general de división, lo cual no deja de facilitar la tarea del general
en jefe.
Así como en una estancia sumida en la oscuridad el
ojo humano dilata su pupila, capta la escasa luz existente, distingue los
objetos de forma gradual e imperfecta y al final los ve con bastante exactitud,
lo mismo ocurre en la guerra con el soldado experimentado, mientras al novel
sólo le rodea la noche cerrada. No hay ningún general en jefe que pueda
proporcionar a su ejército el hábito de la guerra, y los ejercicios en tiempo de
paz sólo proporcionan un débil sucedáneo; débil en comparación con la
experiencia que otorga la participación real en la guerra, pero no en relación
con los ejercicios que en otros ejércitos se limitan a simples actos mecánicos
de rutina. Por lo tanto, efectuar esos ejercicios en tiempo de paz de modo que
se incluyan en ellos alguna de las causas de fricción para que el juicio, la
prudencia y hasta la decisión de los distintos jefes puedan ser puestos en
práctica encierra un valor mucho más grande de lo que piensan los que no conocen
la cuestión por experiencia. Resulta enormemente importante que el soldado,
cualquiera que sea su rango, superior o inferior, no se enfrente por primera vez
en la guerra con esos fenómenos que, al ser contemplados con nuevos ojos,
asombran y confunden. Si de algún modo los experimenta con anterioridad, aun
cuando sólo sea una vez, se sentirá ya medio confiado ante ellos. Esto se aplica
incluso a los esfuerzos físicos, que deben ser practicados, no tanto para
acostumbrar el cuerpo a ellos, sino para adiestrar la mente. En la guerra, el
soldado novel tiende a considerar los esfuerzos desusados como una consecuencia
de faltas serias, errores y dificultades en la conducción del conjunto, y por
esa razón se siente doblemente deprimido. Esto no le sucederá si ha sido
preparado de antemano mediante ejercicios en tiempo de paz.
Otro medio menos amplio, pero sin embargo
importante, a efectos de habituarse a la guerra en tiempo de paz, es fomentar la
incorporación a las propias filas de oficiales de ejércitos extranjeros que
tengan una experiencia bélica. La paz reina rara vez en toda Europa, y nunca en
todo el mundo. Un estado que goce de paz durante largo tiempo tratará siempre,
por lo tanto, de asegurarse la colaboración de oficiales que hayan actuado en
los teatros de guerra, por supuesto, sólo de quienes hayan acreditado un buen
desempeño, o bien enviará a esos escenarios a algunos de sus propios oficiales
para que puedan extraer la debidas lecciones del conflicto bélico.
Por muy reducido que parezca el número de
oficiales de este tipo, en relación con la gran masa de un ejército, su
influencia se hará no obstante sentir con todo vigor. Su experiencia, su manera
de ser, el desarrollo de su carácter influirán sobre sus subordinados y sus
camaradas. Además, aunque no ocupen posiciones de mando superior, siempre podrán
ser considerados como hombres familiarizados con el tema, a los cuales cabrá
consultar en muchos casos particulares.
LIBRO II
SOBRE LA TEORÍA DE LA GUERRA
Capítulo I
INTRODUCCIÓN AL ARTE DE LA GUERRA
Guerra, en su significado real, es sinónimo de
combate, porque únicamente el combate es el principio válido en la actividad
múltiple que llamamos en un sentido amplio guerra. El combate es una prueba de
la intensidad que adquieren las fuerzas espirituales y físicas por su
intermedio. Es de por sí evidente que la parte espiritual no puede ser omitida,
porque el estado de ánimo es el que ejerce la más decisiva influencia sobre las
fuerzas que se emplean en la guerra.
Las necesidades del combate han conducido a los
hombres a efectuar invenciones particulares con el fin de decantar en su favor
las ventajas que aquél puede depararles. Como consecuencia de estos hallazgos,
el combate ha experimentado grandes cambios, pero cualquiera que sea la
dirección por la que se encamine, su concepto permanece inalterado, siendo él el
que define a la guerra.
Los inventos se refieren, en primer término, a
armas y equipos para uso de los combatientes individuales. Tienen que ser
suministrados y aprendidos en su manejo antes de entrar en combate. Se crean de
acuerdo con la naturaleza de éste y, por lo tanto, se supeditan a él; pero es
evidente que su invención se aparta del combate en sí: se trata tan sólo de una
preparación para el combate, y no de su ejecución. De ello se desprende que ni
las armas y ni los equipos forman una parte esencial del concepto de combate, ya
que una simple lucha constituye asimismo un combate.
El combate determina todo cuanto se refiere a las
armas y los equipos, y éstos a su vez modifican la esencia del combate. En
consecuencia, existe una relación recíproca entre unos y otro.
No obstante, el combate constituye una forma
bastante peculiar de actividad, tanto más cuanto que se desarrolla en torno a un
elemento muy especial, como es el peligro.
Por lo tanto, si en algún lugar se presenta la
necesidad de trazar una línea entre dos actividades diferentes, ese lugar es
éste, y para darnos claramente cuenta de la importancia práctica que encierra
esta idea bastará con recordar cuán a menudo la aptitud personal, capaz de
obtener un buen resultado en un terreno, no se manifiesta en otros, por grande
que sea, sino en forma de pedantería trivial.
Tampoco resulta difícil hacer una distinción en su
aplicación en una actividad u otra, si consideramos a las fuerzas armadas y
equipadas como unos medios que nos son dados. Para el uso eficaz de esas fuerzas
no necesitamos conocer otra cosa que sus resultados más importantes.
En consecuencia, el arte de la guerra, en su
verdadero sentido, es el arte de hacer uso en combate de los medios dados, y a
ello no cabe asignarle un nombre mejor que el de «conducción de la guerra». Por
otra parte, en el más amplio de los sentidos, todas aquellas actividades que
concurren, por descontado, en la guerra ––todo el proceso de creación de las
fuerzas armadas, es decir, el reclutamiento, el armamento, el equipamiento y el
adiestramiento–– pertenecen a ese arte de la guerra.
Para establecer una teoría ajustada a la realidad
resulta fundamental separar esas actividades de conducción y preparación, ya que
fácilmente se advierte que, si todo el arte de la guerra se agotara en cómo
organizar y adiestrar las fuerzas armadas para la conducción de la guerra, de
acuerdo con las exigencias de ésta, tan sólo sería posible su aplicación en la
práctica a los pocos casos en que las fuerzas realmente existentes respondieran
exactamente a esas exigencias. Si, por otro lado, nuestro deseo se encamina a
disponer de una teoría que se adecue a la mayoría de los casos y sea aplicable a
todos ellos, debe tener ésta como fundamento la gran mayoría de los medios
usuales que sirven para hacer la guerra, y, con respecto a ellos, basarse sólo
en sus resultados más importantes.
La dirección de la guerra equivale, por lo tanto,
a la preparación y la conducción del combate. Si éste fuera un acto único, no
habría necesidad de ninguna otra subdivisión. Pero el combate está compuesto de
un número más o menos grande de actos aislados, cada uno completo en sí mismo,
que llamamos encuentros (como hemos señalado en el libro I, capítulo I) y que
forman unas nuevas unidades. Se derivan de aquí dos actividades distintas:
preparar y conducir individualmente estos encuentros aislados, y
combinarlos unos con otros para alcanzar el objetivo de la guerra. La
primera de estas actividades es llamada táctica, la segunda se denomina
estrategia.
Tal división en táctica y estrategia se usa ahora
de forma bastante general, de manera que todos saben medianamente bien en qué
parte cabe colocar cualquier hecho aislado, sin necesidad de conocer con
claridad sobre qué base se efectuó esa división. Pero para que esa distinción
entre una y otra sea adoptada ciegamente en la práctica, tiene que existir una
razón profunda. Nuestras inquisiciones nos permiten afirmar que ha sido tan sólo
el uso de la mayoría el que nos ha hecho tener conciencia de ella. Por otro
lado, debemos considerar como ajenas al uso corriente ciertas definiciones
arbitrarias y fuera de lugar nacidas de la búsqueda realizada por algunos
escritores.
Por lo tanto, siempre de acuerdo con nuestra
clasificación, la táctica constituye la enseñanza del uso de las
fuerzas armadas en los encuentros, y la estrategia, la del uso
de los encuentros para alcanzar el
objetivo de la guerra.
Porqué la idea del encuentro aislado e
independiente es más concretamente definida, y sobre qué condiciones descansa
esta unidad, será cosa difícil de elucidar, hasta tanto no examinemos con más
detalle el encuentro. Por ahora nos limitaremos a decir que, en relación con el
espacio, esto es, en el caso de encuentros simultáneos, la unidad se extiende
sólo hasta el mando personal, pero en relación con el tiempo, o sea, en
el caso de encuentros sucesivos, aquélla se prolonga hasta que haya terminado
por completo la crisis presente en todo encuentro.
El hecho de que puedan surgir casos dudosos, en
los cuales varios encuentros pueden ser igualmente considerados como una unidad,
no bastará para desestimar el principio de clasificación que hemos adoptado,
porque comparte esa peculiaridad con todos los principios similares que se
aplican a las realidades que, aunque distintas, tienen siempre lugar siguiendo
uno a otro tipo de transición gradual. Así podrá haber, por descontado, casos
particulares de acción que cabe también considerar, sin que ello implique cambio
alguno en nuestro punto de vista, como pertenecientes tanto a la táctica como a
la estrategia: por ejemplo, posiciones muy amplias, semejantes a cadenas de
puestos, disposiciones efectuadas para ciertos cruces de ríos, y casos análogos.
Nuestra clasificación comprende y agota solamente
el uso de las fuerzas armadas. Pero existe en la guerra cierto número de
actividades, subordinadas y sin embargo diferentes, que están relacionadas con
este uso más o menos estrechamente. Todas ellas se refieren al mantenimiento
de las fuerzas armadas. Así como la creación y el adiestramiento de estas
fuerzas precede a su uso, así su mantenimiento es inseparable y resulta una
condición necesaria para él. Pero, en un sentido estricto, todas esas
actividades relacionadas entre sí deben ser consideradas siempre como
preparativos para el combate. Por supuesto, por estar relacionadas muy
estrechamente con la acción, están presentes en todo el desarrollo de la guerra
y aparecen alternativamente durante el uso de las fuerzas. En consecuencia,
podemos con todo derecho excluirlas del arte de la guerra en su sentido
estricto, es decir, de la conducción de la guerra propiamente dicha, y tenemos
que proceder así si queremos cumplir con el principio original de toda teoría:
la separación de las cosas que son distintas. ¿Quién incluiría en la conducción
misma de la guerra cosas tales como la manutención o la administración? Es
cierto que se hallan en constante relación recíproca con el uso de las tropas,
pero difieren esencialmente de él.
Hemos afirmado en el libro I, capítulo II, que
mientras se defina el combate o el encuentro como la única actividad
directamente eficaz, los hilos conductores de todas las actividades estarán
incluidos en él, porque en él finalizan. Con esto queremos significar que así
queda fijado el objetivo de todas las demás, y que éstas tratan entonces de
alcanzarlo de acuerdo con las leyes que las atañen. Aquí convendrá dar una
explicación más detallada.
Los temas de las actividades existentes, excluido
el encuentro, son de naturaleza muy variada.
En un aspecto, una parte todavía se halla en
relación con el combate mismo, y se identifica con él, mientras que en otro
sirve para el mantenimiento de las fuerzas armadas. La otra parte pertenece
exclusivamente al mantenimiento y, como consecuencia de su acción recíproca,
sólo ejerce una influencia condicionante sobre el combate por medio de sus
resultados.
Aquello que depende de su relación con el
encuentro son las marchas, los campamentos y los cuarteles, porque los
tres comprenden situaciones diferentes en que pueden encontrarse las tropas, y
al referirnos a éstas siempre debemos tener presente la idea de un encuentro.
Las otras cuestiones que sólo pertenecen al
mantenimiento son: el abastecimiento, el
cuidado de los enfermos y el suministro y la reparación de las armas y los
equipos.
Las marchas se identifican por completo con el uso
de las tropas. Es cierto que la acción de marcha en el encuentro, llamada
generalmente maniobra, no equivale al uso real de las armas, pero se relaciona
con él en forma tan estrecha y necesaria, que forma una parte integral de lo que
llamamos encuentro. Pero, fuera de éste, la marcha no consiste en otra cosa que
la ejecución de un plan estratégico. Por medio de este plan se establece
cuándo, dónde y con qué fuerzas se librará la batalla, y la marcha es el
único medio por el cual esto puede llevarse a cabo.
En consecuencia, la marcha es, fuera del
encuentro, un instrumento de la estrategia, pero por esa razón no consiste sólo
en un tema estratégico, sino que su realización se halla asimismo sometida tanto
a leyes tácticas como a leyes estratégicas, porque las fuerzas que llevan a cabo
la marcha se pueden ver involucradas en todo momento en un encuentro. Si
ordenamos a una columna que siga el camino que queda de este lado de un río o de
una montaña, ésta será una medida estratégica, porque contiene la intención de
presentar batalla al enemigo en este lado más bien que en el otro, si durante la
marcha se produjera un encuentro.
Pero si una columna, en lugar de seguir el camino
a través del valle, avanza a lo largo de las cimas que corren paralelas a él, o,
por conveniencia de la marcha, las fuerzas se dividen en varias columnas,
entonces estas acciones responderán a unas medidas tácticas, porque se
relacionan con la forma como deseamos usar nuestras fuerzas en el caso de
producirse un encuentro.
La ordenación particular de la marcha guarda una
relación constante con la disposición para el encuentro, y por lo tanto presenta
una naturaleza táctica, porque no es más que la primera disposición preliminar
que puede tomarse con vistas al encuentro.
Como la marcha es el instrumento mediante el cual
la estrategia dispone los elementos en que se basa su eficacia para los
encuentros, y éstos suelen valer tan sólo por lo que valen sus resultados y no
por el curso real que tomen, ocurre a menudo que, al considerar los encuentros,
el instrumento es colocado en lugar del elemento efectivo. Nos referimos
entonces a una marcha decisiva, hábilmente concebida, y con ello queremos
significar la forma en que fue librado el encuentro al cual condujo esa marcha.
Esta sustitución de una idea por otra es demasiado lógica y la concisión de la
expresión demasiado expresa para ser rechazada, pero se trata únicamente de un
encadenamiento abreviado de ideas, y al recurrir a él no debemos dejar de tener
presente su significado estricto, si no deseamos caer en el error.
Tal error consistiría en atribuir a las
combinaciones estratégicas un poder independiente de los resultados tácticos.
Las marchas y las maniobras se combinan, el objetivo es alcanzado y sin embargo
no se trata de ningún encuentro; la conclusión que extraemos es que existen
medios para vencer al enemigo sin que se produzca un encuentro. Sólo más
adelante podremos mostrar toda la magnitud de este error, tan proclive a
funestas consecuencias.
Pero aunque una marcha pueda ser considerada
absolutamente como una parte integral del combate, existen no obstante ciertas
cuestiones relacionadas con ella que no pertenecen al combate y que, en
consecuencia, no son ni tácticas ni estratégicas. Se trata de todos los
preparativos concernientes al alojamiento de las tropas, a la construcción de
puentes, a la apertura de vías de tránsito, etc. Éstos constituyen tan sólo
requisitos previos; en numerosos casos pueden asemejarse mucho al uso de las
tropas y llegar casi a ser idénticos a él, como es el de la construcción de un
puente bajo el fuego enemigo, pero en sí mismos siempre serán actividades
ajenas, cuya teoría no forma parte de la correspondiente a la conducción de la
guerra.
Los campamentos, que responden a la disposición de
las tropas en concentración, o sea, listas para el combate, son lugares donde
las tropas descansan y se reponen. Al mismo tiempo entrañan también la decisión
estratégica de presentar batalla en el mismo lugar donde están situados, de modo
que la forma en que son establecidos indica ya a las claras el plan general del
encuentro, condición ésta de la cual se desprende todo encuentro defensivo. Los
campamentos son, por lo tanto, partes esenciales de la estrategia y de la
táctica.
Los cuarteles reemplazan a los campamentos en la
función de lograr que las tropas puedan recuperar sus fuerzas. Como los
campamentos, corresponden a la estrategia en relación con su posición y
extensión, y a la táctica con respecto a su organización interna, cuyo propósito
es el aprontamiento para la batalla. Los campamentos y los cuarteles, además de
contribuir a la recuperación de fuerzas, tienen generalmente otro objetivo; por
ejemplo, el dominio sobre una parte del territorio o el mantenimiento de una
posición. Pero también pueden centrarse en cumplir sólo con aquel primer
objetivo. No cabe olvidar que los objetivos que persigue la estrategia pueden
ser extremadamente variados, porque todo lo que parece constituir una ventaja
puede ser el objetivo de un encuentro, y la conservación del instrumento con el
cual se conduce la guerra se convierte, muy a menudo, en el objetivo de
combinaciones estratégicas especiales.
En consecuencia, si en un caso así la estrategia
procura solamente la conservación de las tropas, no nos encontraremos por ello
en un país extraño, por así decir, por el hecho de estar considerando todavía el
uso de las fuerzas armadas, ya que este uso engloba toda disposición de esas
fuerzas en cualquier punto del teatro de la guerra.
El mantenimiento de las tropas en campamentos y
cuarteles pone de manifiesto actividades que no corresponden al uso de las
fuerzas armadas propiamente dichas, como la construcción de barracones,
levantamiento de tiendas, servicios de subsistencia y de sanidad, de tal modo
que no forman parte ni de la táctica ni de la estrategia.
Incluso las mismas trincheras, cuya situación y
excavación integran evidentemente el orden de batalla y son, por lo tanto, una
cuestión de táctica, no pertenecen a la teoría de la conducción de la guerra en
cuanto a la realidad de su construcción. El conocimiento y la habilidad
necesarios para esa tarea deben existir de antemano en una fuerza adiestrada. La
técnica del encuentro lo da por sobrentendido.
Entre las cuestiones que corresponden al mero
mantenimiento de las fuerzas armadas, dado que ninguna parte de ellas se
identifica con el encuentro, la que se halla, sin embargo, más próxima a él es
la alimentación de las tropas, porque ésta debe funcionar diariamente y para
cada individuo. Así ocurre que afecta por completo a la acción militar en las
partes constitutivas de la estrategia, y decimos «constitutivas de la
estrategia» porque, en un encuentro en particular, la alimentación de las tropas
muy rara vez tendrá una influencia suficientemente intensa como para modificar
el plan de aquél, aunque esto sea bastante concebible. La preocupación por el
sustento de las fuerzas guardará por lo tanto una especial acción recíproca con
la estrategia, y no hay nada más corriente que proyectar los principales
lineamientos de una campaña o una guerra tomando en consideración tal sustento.
Pero por más que esta consideración sea tenida en cuenta con frecuencia y por
más importante que sea, la provisión del sustento de las tropas sigue
constituyendo, sin embargo, una actividad esencialmente diferente del uso de
éstas, y sólo influye en ella por los resultados que obtenga.
Las otras ramas de la actividad administrativa que
hemos mencionado se encuentran mucho más alejadas del uso de las tropas. El
cuidado de los enfermos y heridos, a pesar de ser sumamente importante para el
bienestar de un ejército, lo afecta en forma directa sólo en una pequeña porción
de los individuos que lo componen y, en consecuencia, tiene una influencia
escasa e indirecta sobre el uso del resto. La renovación y la reparación de las
armas y de los equipos, que, excepto en lo que se refiere a la organización de
las fuerzas, constituyen una actividad continua implícita en ésta, se producen
sólo periódicamente y, por lo tanto, rara vez afectan a los planes estratégicos.
No obstante, tenemos que precavernos de caer aquí
en un malentendido. En casos individuales, estos temas pueden asumir realmente
una importancia decisiva. La distancia que separa al grueso del ejército de
hospitales y depósitos de municiones puede ser considerada con razón como el
único motivo para tomar decisiones estratégicas muy importantes. No pretendemos
discutir este punto ni subestimar su importancia. Pero aquí nos estamos ocupando
no de los hechos concretos de un caso particular, sino de la teoría abstracta.
En consecuencia, aducimos que tal influencia no resulta tan común como para
asignar a las medidas sanitarias y de aprovisionamiento de municiones y armas
una importancia significativa en la teoría sobre la dirección de la guerra, de
modo que valga la pena incluir los diferentes métodos y sistemas que puedan
componer las teorías correspondientes, juntamente con sus resultados, igual como
es ciertamente necesario hacerlo con respecto al sustento de las tropas.
Si revisamos una vez más las conclusiones a que
hemos llegado con nuestras reflexiones, veremos que las actividades presentes en
la guerra están divididas en dos clases principales: aquellas que sólo
constituyen preparativos para la guerra y aquellas que son la guerra
misma. Esta división, por lo tanto, también tiene que ser establecida en la
teoría.
Los conocimientos y las habilidades comprendidos
en los preparativos para la guerra tendrán que ver con la creación, el
adiestramiento y el mantenimiento de todas las fuerzas armadas. Dejamos abierta
la cuestión de la denominación que debe darse a estos preparativos, pero es
evidente que en ellos están incluidas la artillería, el arte de la
fortificación, las llamadas tácticas elementales y toda la organización y la
administración de las fuerzas armadas así como todas las materias similares.
Pero la teoría de la guerra en sí misma se ocupa del uso de tales elementos para
su aplicación a los fines de la guerra. Reclama de los primeros solamente sus
resultados, esto es, el conocimiento de los elementos de los que se ha adueñado
a tenor de sus principales propiedades. En sentido restringido, a esto lo
llamamos arte de la guerra o teoría de la conducción de la guerra o teoría del
uso de las fuerzas armadas, lo cual tiene para nosotros un significado idéntico.
La teoría tratará en consecuencia de los
encuentros, como si tuvieran carácter de combate real, y de las marchas, los
campamentos y los alojamientos en cuarteles, como materiales más o menos
identificadas con aquéllos. El mantenimiento de las tropas será tenido en cuenta
únicamente como otras determinadas circunstancias en relación con sus
resultados, y no como una actividad perteneciente a la teoría propiamente dicha.
Este arte de la guerra, en su sentido más
restringido, se divide a su vez en táctica y estrategia. La primera está
dedicada a la forma de los encuentros aislados y la segunda a sus usos. Ambas
tienen que ver con las circunstancias de las marchas, los campamentos y los
alojamientos en cuarteles sólo en relación con el encuentro, y serán tácticas o
estratégicas según sea la relación con la forma o con el significado del
encuentro.
No cabe duda que habrá muchos lectores que
considerarán innecesaria esta cuidadosa separación de dos cosas que se hallan
tan cerca una de la otra, como son la táctica y la estrategia, por que ello no
afecta directamente a la dirección de la guerra en sí. Habría que ser en
realidad muy pedante para esperar que puedan encontrarse en el campo de batalla
efectos directos de una distinción teórica.
Pero la primera tarea de toda teoría es aclarar
conceptos y puntos de vista que hayan sido confundidos o que, se podría decir,
se presentan muy confusos y mezclados. Solamente cuando hayamos llegado a una
comprensión respecto a términos y concepciones podremos abrigar la esperanza de
avanzar con claridad y facilidad en el terreno de la discusión de las cosas a
que se refieren, y tener la seguridad de que tanto el autor como el lector
consideran las cosas bajo el mismo punto de vista. La táctica y la estrategia
son dos actividades que se imbrican mutuamente en el tiempo y en el espacio,
pero constituyen asimismo actividades esencialmente diferentes, y, a menos que
se establezca un concepto claro de la naturaleza de cada una de ellas, las leyes
que les son propias y sus relaciones mutuas serán difícilmente inteligibles para
el intelecto.
Aquel para quien todo esto carezca de significado
deberá desestimar cualquier consideración teórica o no preocuparse en absoluto
por la confusión en que ésta se halla inmersa, manteniendo puntos de vista
titubeantes que suelen conducir a resultados insatisfactorios, a veces oscuros,
a veces fantásticos, fluctuando en vanas generalidades, como las que a menudo
tenemos que escuchar o leer respecto a cómo debe conducirse la guerra de forma
adecuada, debido a que, hasta ahora, la investigación científica apenas si se ha
ocupado del tema.
Capítulo II
SOBRE LA TEORÍA DE LA GUERRA
1.
Al principio se entendía
por arte de la guerra tan sólo la preparación de las fuerzas armadas
Antiguamente se calificaba con el término de «arte
de la guerra» o «ciencia de la guerra» sólo aquellas ramas del conocimiento y de
la habilidad que atañen a las cosas materiales. La adaptación, la preparación y
el uso de las armas, la construcción de fortificaciones y trincheras, la
organización del ejército y el mecanismo de sus movimientos, constituían el tema
de esos conocimientos y habilidades y conducían a la descripción de una fuerza
armada que pudiera ser utilizada en la guerra.
Aquí había que entender sobre cosas materiales y
sobre una actividad unilateral que, en el fondo, no era otra cosa que una
actividad que se elevaba gradualmente desde el trabajo manual hasta un refinado
arte mecánico. La relación de todo ello con el combate recordaba mucho más a la
que existe entre el arte de forjar espadas y el de esgrimirlas. Hasta aquel
entonces no se hacía cuestión del empleo del combate en un momento de peligro y
bajo el constante efecto recíproco de los movimientos reales del pensamiento y
del valor en la dirección que se les marcaba.
2.
La conducción de la
guerra hizo su primera aparición en el arte del asedio
En el arte del asedio fue donde, por vez primera,
se aludió a la conducción de la guerra en sí y a los movimientos del pensamiento
a los que eran confinadas esas cuestiones materiales; pero, en líneas generales,
se evidenció como tal por sus resultados, en la medida en que el pensamiento
incorporaba nuevos objetos materiales, como son los ataques, las trincheras, los
contraataques, las baterías, etc. Lo único que hacía falta era cómo ensartar
todas estas creaciones materiales aisladas. Dado que en esta clase de guerra la
mente encuentra su expresión casi únicamente en esas cosas, la forma de
encararlas fue, por lo tanto, más o menos adecuada.
3.
Entonces la táctica trató de abrirse camino en la misma dirección
Más tarde, la táctica trató de imponer al
mecanismo de sus combinaciones el carácter de un orden universalmente válido y
fundado en las propiedades particulares del instrumento. Sin duda ello conduce
al campo de batalla, pero no a una libre actividad mental. Por el contrario, con
un ejército convertido en autómata, debido a la rigidez de la formación y del
orden de batalla, y que sólo se ponía en movimiento gracias a la voz de mando,
se entendía que su actividad debía ser como el movimiento de un reloj.
4. La
conducción real de la guerra apareció tan sólo de forma incidental y de manera
solapada
La conducción de la guerra propiamente dicha, el
libre uso de los medios disponibles, preparados con anterioridad ––y libres en
el sentido de su adaptabilidad a las necesidades más específicas––, se pensó que
no podía constituir el material para una teoría, sino que debía ser dejada en
las únicas manos del talento natural. De manera gradual, al igual como se pasó
de la guerra de los encuentros cuerpo a cuerpo medievales a una forma más
regular y compuesta, las reflexiones erradas sobre esta materia se impusieron en
el pensamiento de los hombres, pero en la mayor parte de los casos solamente
aparecieron en memorias y narraciones, en forma incidental y, por así decirlo,
de manera solapada.
5. Las
reflexiones sobre los acontecimientos militares pusieron en evidencia la
necesidad de contar con una teoría
A la vez que tales reflexiones se hicieron más
numerosas y la historia adquirió un carácter cada vez más crítico, surgió la
necesidad urgente de contar con principios y reglas básicas que pusieran fin, de
algún modo, a la controversia que, como es lógico, se había entablado respecto
de la historia militar, resultado del conflicto de opiniones. Esa vorágine de
opiniones, sin un punto central sobre el cual girar y sin leyes reconocidas a
las cuales obedecer, no podía sino desagradar al pensamiento humano.
6.
Intentos para establecer una teoría positiva
Surgió entonces el intento de establecer
principios, reglas y hasta sistemas para la conducción de la guerra. Se
estableció, en consecuencia, un fin positivo, sin que se vislumbraran de forma
apropiada las innumerables dificultades que, en relación con ello, presenta la
conducción de la guerra. Tal conducción no tenía, como hemos demostrado, límites
fijos en ninguna dirección. Sin embargo, todo sistema, toda construcción teórica
posee la naturaleza limitante de una síntesis, y el resultado es una oposición
irrefragable entre esa teoría y la práctica.
7.
Limitación a los objetivos materiales
Los autores de teorías experimentaron muy pronto
las dificultades que implicaba el. tema y encontraron la excusa para evitarlas
limitando sus principios y sus sistemas a las cosas materiales y a una actividad
unilateral. Pretendían, como ocurre en las ciencias que tratan de la preparación
para la guerra, llegar a resultados perfectamente establecidos y positivos y,
como resultado de ello, tomar en consideración solamente aquello que pudiera
convertirse en materia de cálculo.
8. La
superioridad numérica
La superioridad numérica, al consistir en un tema
material, fue la escogida entre todos los factores que pueden conducir a la
victoria, debido a que, mediante combinaciones de tiempo y de espacio, podía ser
incluida en una codificación matemática. Se pensó que cabía abstraerla de
cualquier otra circunstancia, mediante la suposición de creer que era igual por
uno y otro lado y que, en consecuencia, producía una neutralización mutua. Esto
habría sido en cierto modo correcto si se hubiera tenido la intención de ceñirlo
a unos límites temporales, con el fin de llegar a conocer ese factor según sus
relaciones; pero hacerlo en forma permanente ––considerar la superioridad
numérica como la única ley y pensar que todo el secreto de la guerra radicaba en
la fórmula: lograr superioridad numérica en cierto lugar, en determinado
momento––, constituía una restricción totalmente insostenible frente al
poder de la realidad.
9.
Sustento de las tropas
En un desarrollo más que nada teórico, se intentó
sistematizar otro elemento material, convirtiendo al sustento de las tropas, de
acuerdo con la proposición de cierto carácter orgánico del ejército, en árbitro
supremo de la conducción de la guerra en la cúspide.
Por esta vía se llegó realmente a cifras
definidas, pero eran cifras basadas en un cúmulo de suposiciones bastante
arbitrarias, que no pudieron superar la prueba de la experiencia.
10. La
base
Un autor agudo trató de conjugar en una sola
concepción, la de base, todo un conjunto de cosas entre las que también
se abrieron camino algunas relaciones con las fuerzas espirituales. La lista
comprendía el sustento del ejército, el mantenimiento de su número y de sus
medios de avituallamiento, la seguridad de las comunicaciones con el propio país
y, finalmente, la seguridad de la retirada en caso de que ésta se hiciera
necesaria. Primero trató de sustituir esta concepción de una base por la de
todas esas funciones por separado, y luego, nuevamente, por la base misma para
que substituyera a su propia magnitud y, finalmente, al ángulo que las fuerzas
armadas formaban con esta base. Y todo ello para llegar a meros resultados
geométricos, lo que carece totalmente de valor. Efectivamente, esta última
cuestión es inevitable, si consideramos que no cabe realizar ninguna de esas
substituciones sin violentar la verdad y sin excluir algunas de las cuestiones
que figuraban en las concepciones iniciales. Para la estrategia, la concepción
de una base es una necesidad real, y sin duda constituye un mérito haberla
establecido; pero hacer un uso tal de ella, como el que se ha indicado, es
totalmente inadmisible, y sólo podía conducir a conclusiones unilaterales, que
es lo que indujo a esos teóricos a tomar una dirección absurda, como la
asignación, por ejemplo, de una eficacia superior a la forma envolvente de
ataque.
11. Líneas
internas
Como reacción frente a esta falsa dirección se dio
preponderancia a otro principio geométrico, es decir, el de las llamadas líneas
internas. A pesar de que este principio reposa sobre una base justa, la de que
el encuentro es el único medio eficaz en la guerra, sin embargo, debido
precisamente a su simple naturaleza geométrica, no constituye sino una nueva
parcialidad que de ningún modo debe privar sobre la vida real.
12. Todos
estos intentos son reprobables
Todos estos intentos de establecer una teoría
tienen que ser considerados como un progreso en el terreno de la verdad sólo en
la medida en que son analíticos; en su parte sintética son inútiles tanto en sus
progresos como en sus reglas.
Se ciñen a cantidades determinadas, mientras que
en la guerra todo es indeterminado, y los cálculos deben ser realizados con
cantidades claramente variables.
Dirigen su atención sólo a cantidades materiales,
mientras que la acción militar está por completo impregnada de fuerzas y efectos
espirituales.
Consideran sólo la acción unilateral, mientras que
la guerra es una acción recíproca constante entre un bando y el otro.
13.
Excluyen al genio de las reglas
Todo ello no podía ser abarcado por esa sapiencia
escatimosa que desestimaba cualquier elemento, excepto uno que se situaba fuera
del coto cerrado de la ciencia, el correspondiente al ámbito del genio, que se
eleva por sí mismo por encima de todas
las reglas.
¡Ay del guerrero que tenga que arrastrarse en ese
mezquino mundo de las reglas, carentes de valor para el genio, quien se
considera superior a ellas y de las cuales en todo caso puede burlarse! Lo que
el genio haga será siempre la más hermosa de las reglas, y la teoría no puede
hacer nada mejor que mostrar cómo y por qué esto es así.
¡Ay de la teoría que se oponga al espíritu! No
podrá compensar esta contradicción con sumisión alguna, y cuanto más sumisa se
muestre, tanto más pronto el menosprecio y el ridículo la alejarán de la vida
real.
14.
Dificultades de la teoría en cuanto se consideran las magnitudes espirituales
Cualquier teoría encuentra fenomenales
dificultades en el momento en que trata con magnitudes espirituales. La
arquitectura y la pintura son conscientes del lugar que ocupan, mientras tengan
que vérselas sólo con la materia; no hay discusión acerca de la construcción
óptica y la mecánica. Pero estas reglas se diluyen en conceptos vagos tan pronto
como empiezan a actuar los efectos espirituales, tan pronto como aparecen
impresiones y sentimientos.
Por su lado, el arte de la medicina se
circunscribe, en su mayor parte, a fenómenos físicos. Tiene que tratar con el
organismo animal, que está sujeto a cambios continuos y no es nunca enteramente
igual en dos momentos diferentes. Esto dificulta en gran medida su tarea y
coloca el juicio del médico por encima de su conocimiento. ¡Qué difícil resulta
su tarea, por tanto, cuando intervienen los efectos espirituales, y qué
excelsitud tenemos que atribuirle al médico del alma!
15. En la guerra no cabe excluir las magnitudes
espirituales
En cuanto a la guerra, su actividad nunca es
dirigida únicamente contra la materia, sino siempre, al mismo tiempo, contra la
fuerza espiritual que da vida a esa materia, y es imposible separar una de la
otra. Pero las magnitudes espirituales pueden apreciarse únicamente por medio de
la visión interior, y ésta difiere en cada individuo y a menudo varía en la
misma persona en distintos momentos y épocas.
Como el peligro es, en la guerra, el elemento
general en cuyo entorno se desarrolla toda la acción, nuestro juicio es influido
de distintas maneras, pero principalmente por el valor, por el sentimiento de
nuestra propia fuerza. El valor constituye en cierto modo la lente a través de
la cual se filtran todas las representaciones antes de llegar al entendimiento.
Y, sin embargo, no cabe poner en duda de que hay
que atribuir a estas cosas cierto valor objetivo, aunque sólo sea a través de la
experiencia.
Son bien conocidos los efectos morales que causa
un ataque por sorpresa, o uno efectuado por el flanco o por la retaguardia. Todo
el mundo piensa que el valor del enemigo disminuye tan pronto como retrocede, y
que se arriesga mucho más cuando se persigue que cuando se es perseguido. Se
juzga al oponente por su supuesta capacidad, por su edad y por su experiencia, y
se actúa de acuerdo con ello. Todo el mundo dirige una mirada crítica a la moral
y al espíritu de sus propias tropas y a las del enemigo. En el terreno de la
naturaleza espiritual del hombre, todos esos efectos, y otros similares, han
sido verificados por la experiencia y se repiten constantemente. Por lo tanto,
resulta justificado que se consideren en su género como magnitudes reales. ¿Qué
restaría, pues, de una teoría que quisiera ignorarlos?
Evidentemente, estas verdades tienen que ser
refrendadas por la experiencia. Ninguna teoría ni ningún general en jefe tienen
que ocuparse de sutilezas psicológicas y filosóficas.
16.
Dificultad principal que entraña una teoría de la conducción de la guerra
Para comprender claramente la índole del problema
que implica una teoría de la conducción de la guerra y para deducir de ello el
carácter que debe corresponder a dicha teoría, habrá que examinar más de cerca
las principales particularidades que determinan la naturaleza de la acción
bélica.
17.
Primera característica: fuerzas y efectos espirituales
La primera de esas particularidades consiste en la
presencia de fuerzas y efectos espirituales.
Por su origen, el combate es la expresión de un
sentimiento hostil, pero en nuestros grandes combates, que llamamos guerras,
ese sentimiento hostil se convierte, a menudo, en simplemente una intención
hostil, y, al menos en términos generales, no existe sentimiento hostil de
un individuo contra otro. Mucho menos por ello, el combate no se produce nunca
sin que actúen tales sentimientos. El odio nacional, que rara vez tampoco falta
en nuestras guerras, se convierte en un substituto más o menos poderoso de la
hostilidad personal de un individuo en contra de otro. Pero en el caso de que
éste falte o bien no exista la animosidad al comienzo, el combate mismo será el
que prenda la llama del sentimiento hostil. Si por orden de su superior alguien
realizara un acto de violencia contra nosotros, excitaría nuestro deseo de
desquitarnos y de vengarnos antes del ejecutor que del poder superior bajo cuyo
mando ese acto fue realizado. Esto es humano, animal, si se quiere, pero es un
hecho cierto. Teóricamente, tendemos a considerar el combate como una prueba
abstracta de fuerza, como un fenómeno aislado en el cual los sentimientos no
tienen intervención. Éste es uno de los muchos errores en que caen
deliberadamente las teorías, porque nunca están dispuestas a apreciar las
consecuencias de ello.
Además de esa exacerbación de los sentimientos que
nace de la propia naturaleza del combate, existen otros que no pertenecen
esencialmente a él ––la ambición, el deseo de dominio, exaltaciones de cualquier
clase, etc.––, pero que pueden asociársele fácilmente por la afinidad de que
hacen gala.
18. Las
impresiones del peligro
Por último, el combate origina el elemento que
conforma el peligro, en el cual se desarrollan todas las actividades de la
guerra, como lo hacen el pájaro en el aire y el pez en el agua. Pero los efectos
del peligro influyen en las emociones, ya sea de modo directo, es decir,
instintivamente, ya por medio del entendimiento. En el primer caso se provocaría
el deseo de escapar al peligro, y, si esto no pudiera lograrse, podría surgir el
miedo y la inquietud. Si este efecto no se produce, es el valor el que actúa
como un contrapeso para ese instinto. Sin embargo, el valor no constituye en
forma alguna un acto del entendimiento, sino un sentimiento, del mismo modo que
lo es el miedo. Este último persigue la preservación física, mientras que el
valor busca la preservación moral. El valor es un instinto más noble. Pero,
precisamente por serlo, no puede ser usado como un instrumento inanimado, que
cause sus efectos en un grado exactamente predeterminado. Por lo tanto, el valor
no constituye un simple contrapeso del peligro, para contrarrestar los efectos
que produzca, sino una magnitud en sí mismo.
19.
Alcance de la influencia que ejerce el peligro
Sin embargo, para poder apreciar correctamente la
influencia que en la guerra ejerce el peligro sobre los jefes, no cabe limitar
su esfera de acción al peligro físico del momento. El peligro domina al jefe no
sólo porque lo amenaza a él personalmente, sino también mediante la amenaza a
todos aquellos que se hallan bajo sus órdenes; no sólo en el momento en que se
hace presente en realidad, sino por medio de la imaginación en todos los
momentos relacionados con el presente, y, por último, no sólo directamente, por
sí mismo, sino también de manera indirecta, por la responsabilidad que asume, la
cual provoca que en la mente del jefe el peligro adquiera un peso diez veces
mayor. ¿Quién podría afrontar o resolver una gran batalla sin sentir su espíritu
más o menos excitado y paralizado por el peligro y la responsabilidad que
implica ese gran acto de decisión? Cabe afirmar que la acción en la guerra,
siempre que se trate de una acción verdadera y no de una simple presencia, no se
halla nunca por entero fuera del ámbito del peligro.
20. Otras
fuerzas emotivas
Si consideramos como características de la guerra
esas fuerzas emotivas que son excitadas por la hostilidad y el peligro, no
podemos excluir de ella, por lo tanto, todas las otras que acompañan al hombre
durante su vida. Aquí también harán a menudo acto de presencia esas fuerzas. Es
cierto que, en la dura tarea que compone la vida, se silencia más de una
mezquina manifestación pasional; pero esto se aplica sólo a los que ocupan los
grados inferiores, los cuales, fluctuando de un estado de esfuerzo y de peligro
a otro, pierden de vista las otras cosas de la vida y se acostumbran al
engaño, porque se lo dicta la cercanía de la muerte, y adquieren así esa
simplicidad de carácter del soldado, que ha sido siempre la cualidad mejor y más
característica de la profesión militar. No ocurre lo mismo en los grados
superiores, ya que, cuanto más elevada sea la posición que ocupa un hombre,
tanto más tiene que preocuparse de sí mismo. Entonces surgen por todas partes
los intereses y la actividad múltiple de las pasiones, las buenas y las malas.
La envidia y la nobleza de espíritu, el orgullo y la humildad, la cólera y la
compasión, todas pueden hacer su aparición como fuerzas activas en el gran
drama.
21.
Cualidades mentales
Las peculiaridades del espíritu en aquel que
actúa, junto con las emotivas, ejercen también una gran influencia. Cabe esperar
cosas muy diferentes de una mente imaginativa, extravagante e inexperta, en
comparación con las que proceden de un entendimiento frío y poderoso.
22. La
diversidad de caminos que conducen al fin entrevisto surge de la diversidad de
características espirituales del individuo
La diversidad de caminos para alcanzar un fin,
indicada en el libro I, es producida principalmente por la gran diversidad
existente en la individualidad de las características espirituales, cuya
influencia se hace sentir sobre todo en los grados superiores, porque se
acrecienta a medida que se asciende en la escala jerárquica. Es esto asimismo lo
que da lugar a que el juego de la suerte y la probabilidad participe en forma
tan desigual en el desarrollo de los acontecimientos.
23.
Segunda cualidad: la rapidez de reacción
La segunda cualidad en un soldado gira en torno a
su rápida reacción y la acción recíproca que ésta origina. No nos referimos aquí
a la dificultad de calcular dicha reacción, pues ésta se halla incluida en la
dificultad, ya mencionada, de tener que tratar con cualidades espirituales
consideradas como magnitudes. Lo que se debe tener presente es el hecho de que
la acción recíproca se opone a ser sometida a cualquier regularidad. El efecto
que cualquier medida produce sobre el enemigo es el más particular de todos los
casos que figuran entre los datos necesarios para determinar la acción. Pero
toda teoría debe ceñirse estrictamente a la categoría del fenómeno y no puede
ocuparse nunca del caso realmente individual; éste debe quedar sujeto siempre al
discernimiento y a la capacidad. Por lo tanto, es lógico que, en asuntos como
los de la guerra, cuyo plan, trazado con tanta frecuencia sobre circunstancias
generales, resulta a menudo alterado por lo imprevisto, los acontecimientos
particulares tengan que dejarse librados generalmente al talento, y en tales
casos la guía teórica será menos seguida que en cualquier otro.
24.
Tercera cualidad
Por último, la gran incertidumbre que rodea los
datos disponibles en la guerra constituye una dificultad característica, porque,
hasta cierto punto, la acción debe ser dirigida prácticamente a oscuras, lo que,
por añadidura, como la niebla y la luz de la luna, otorga con frecuencia a las
cosas un contorno exagerado y una apariencia engañosa.
Todo aquello que esa débil luz prive de una clara
visión debe ser adivinado por el talento o quedar librado a la suerte. Es así
como, una vez más, el talento o el simple vaivén de la fortuna tendrán que
servir de guía a falta de un saber objetivo.
25. Resulta imposible establecer un sistema
positivo de reglas
Ante esta naturaleza de la cuestión, hay que
admitir como imposibilidad pura el dotar al arte de la guerra, mediante un
conjunto de reglas positivas, una estructura que pueda apuntalar, como si de un
andamiaje se tratara, por todos lados la posición del que actúa. En todos los
casos en que queda librado a su capacidad, éste se encontrará fuera de ese
armazón de reglas e incluso en oposición a él. Por versátil que pudiera ser su
construcción, se obtendría un resultado idéntico a aquel del cual ya hemos
hablado: el talento y el genio actuarían por encima de la ley, y la teoría se
apartaría por completo de la realidad.
26. Vías
posibles para una teoría
Se presentan ante nosotros dos maneras de afrontar
esta dificultad.
En primer lugar, lo que hemos indicado respecto de
la naturaleza de la acción militar en general no se corresponde del mismo modo a
la acción en todos sus grados. En los inferiores se requiere mayor coraje para
la abnegación, pero son infinitamente menores las dificultades que afrontan el
entendimiento y el juicio. El ámbito en el que se desarrollan los
acontecimientos es mucho más limitado, y es menor el número de fines y de
medios. Los datos son más precisos y, en la mayor parte de los casos, se deducen
incluso de visiones reales. Pero, cuanto más nos elevemos, serán cada vez
mayores las dificultades, que culminarán cuando lleguemos al comandante en jefe,
a tal punto que, en lo que a él se refiere, casi todo habrá de quedar librado al
genio.
Pero también con una división objetiva del
tema las dificultades no son las mismas en todas partes, sino que disminuyen en
la medida en que los efectos se ponen de manifiesto en el mundo material y se
acrecientan en la medida en que pasan a serlo del espiritual, y se transforman
en motivos determinantes de la voluntad. En razón de ello resulta más fácil
determinar la ordenación interna, el plan y la dirección de un encuentro
mediante reglas teóricas que fijar el uso que cabe hacer del encuentro mismo. En
el encuentro, las fuerzas físicas se enfrentan entre ellas y, si bien no estarán
ausentes los elementos espirituales, también hay que otorgarle a lo material sus
derechos. Sin embargo, en el efecto del encuentro, donde los resultados
materiales pasan a ser motivos, sólo tenemos que vérnoslas con la naturaleza
espiritual. En suma, la táctica dispondrá con menos dificultad de una
teoría que la estrategia.
27. La
teoría debe ser una consideración, no una regla para la acción
La segunda vía para la posibilidad de establecer
una teoría es adoptar el principio de que no hace falta que ésta sea un cuerpo
de reglas positivas, es decir, que no sea indefectiblemente una guía para la
acción. Siempre que una actividad, en su mayor proporción, se halle referida a
las mismas cosas, a los mismos fines y los mismos medios, incluso con pequeñas
diferencias y la correspondiente variedad de combinaciones, esas cosas deberán
disponer de la capacidad de transformarse en objetos de consideración mediante
la razón. Sin embargo, tal consideración constituye la parte más esencial de
toda teoría y reclama con todo derecho ese nombre. Es una investigación
analítica de la cuestión; conduce a un conocimiento exacto y, si tuviera que
basarse en la experiencia, que en nuestro caso sería la historia de la guerra,
nos llevaría a familiarizarnos con él.
Cuanto más cerca se halle de la obtención de este
último objetivo, mayor será su paso de la forma objetiva de conocimiento a la
forma subjetiva de poder hacer; y, en consecuencia, demostrará en mayor medida
su efectividad en casos en que la naturaleza de la cuestión no admita otra
decisión que la que emana del talento; surtirá efecto sobre el talento en sí
mismo. Si la teoría investiga las cuestiones que constituyen la guerra; si
distingue claramente aquello que a primera vista parece confuso; si explica
totalmente las propiedades de los medios; si permite elucidar sus probables
efectos; si define con exactitud la naturaleza de los propósitos; si arroja
sobre el escenario de la guerra la luz de una predominante observación crítica,
entonces habrá logrado el objetivo principal en la tarea que le corresponde.
Entonces se convertirá en guía para todo aquel que quiera familiarizarse con la
guerra a través de los libros, y en todo momento iluminará su camino, facilitará
sus progresos, educará su juicio y evitará que se desvíe de él.
Si un experto ocupa la mitad de su vida con el
intento de esclarecer en todos sus detalles un asunto oscuro, llegará
probablemente a conocer más sobre el tema que una persona que dedique poco
tiempo a su estudio. La teoría, por tanto, sirve para que cada uno no tenga que
explorar el terreno y estudiarlo de nuevo, sino que pueda encontrarlo ya
desbrozado y ordenado. Tendrá que adiestrar la mente del futuro jefe en la
guerra, o por lo menos guiarlo en su autoeducación, pero no acompañarlo al campo
de batalla. De manera semejante, un tutor inteligente guía y procura el
desarrollo intelectual del joven, sin que por ello lo tenga que llevar con
andadores el resto de su vida.
Si los principios y las reglas se evidencian por
las consideraciones que fundamenta la teoría; si su propia verdad cristaliza en
esas formas, entonces la teoría no se opondrá a esa ley natural del espíritu.
Por el contrario, si el arco termina en esa clave, le dará mayor relieve; pero
lo hará tan sólo para cumplir con la ley filosófica del pensamiento, con el fin
de mostrar con claridad el punto hacia el cual convergen todas las líneas, y no
con el propósito de construir sobre esa base una fórmula algebraica para ser
usada en el campo de batalla. Porque incluso esos principios y esas reglas
revelan su más alto valor al determinar en el espíritu reflexivo las
características principales de sus movimientos usuales, que, a manera de señales
de tránsito, indican la vía que hay que tomar para su ejecución.
28. Bajo
este punto de vista, la teoría se convierte en posible y deja de contraponerse a
la práctica
Este punto de vista posibilita el establecimiento
de una teoría satisfactoria de la dirección de la guerra, es decir, una teoría
que sea útil y no se contraponga con la realidad. La conciliación con la
práctica dependerá tan sólo de que sea utilizada de manera inteligente, haciendo
desaparecer por completo esa diferencia absurda entre teoría y práctica,
producida a menudo por teorías erróneas, alejadas del sentido común, y que han
sido con frecuencia manejadas por mentes ignorantes y de criterio estrecho que
insisten en continuar en su ineptitud.
29. La
teoría, pues, toma en consideración la naturaleza de los fines y de los medios.
Fines y medios en la táctica
La teoría, por lo tanto, tiene que considerar la
naturaleza de los medios y los fines.
En la táctica, los medios están constituidos por
las fuerzas armadas adiestradas, que han de llevar a cabo el combate. El fin es
la victoria. Más adelante, al considerar el encuentro, explicaremos esta idea de
manera más precisa. Por ahora nos limitaremos a calificar la retirada del
enemigo del campo de batalla como un indicio de victoria. A través de esta
victoria, la estrategia logra el objetivo fijado para el encuentro, el cual
constituye su significado real. Este significado ejerce una influencia indudable
en la naturaleza de la victoria. Una victoria que tenga por objeto debilitar las
fuerzas del enemigo difiere de la que se propone simplemente dominar una
posición. En consecuencia, el significado de un encuentro puede ejercer una
influencia notable en su planeamiento y en su dirección, y de ahí que sea un
elemento a considerar al tratar de la táctica,
30. Circunstancias que acompañan siempre el uso
de los medios
Dado que existen determinadas circunstancias que
acompañan siempre al encuentro y ejercen sobre él una mayor o menor influencia,
tenemos que tomarlas también en consideración al referirnos al uso de las
fuerzas armadas.
Estas circunstancias son el lugar del encuentro
(el terreno), la hora del día y el estado del tiempo.
31. El
lugar del encuentro
El lugar del encuentro, que conviene limitar a la
idea de región y de terreno, podría no ejercer, en términos estrictos,
influencia alguna si el encuentro se produjera en una llanura árida y
completamente uniforme.
Ese caso puede ocurrir en regiones provistas de
grandes estepas, pero en las comarcas cultivadas de Europa es casi una ficción.
En consecuencia, difícilmente puede concebirse entre naciones civilizadas un
encuentro en el cual la región y el terreno no tengan influencia.
32. La
hora del día
La hora influye en el encuentro por la diferencia
existente entre el día y la noche; pero esa influencia se extiende, como es
lógico, más allá de los simples límites de estos períodos, pues cada encuentro
transcurre en un cierto plazo de tiempo y las grandes batallas suelen durar
muchas horas. Al planear una gran batalla, el que ésta comience por la mañana o
por la tarde constituye una diferencia esencial. Sin embargo, en muchas la
cuestión de la hora no tiene casi importancia, y en la mayoría de los casos su
influencia es irrelevante.
33. Estado
del tiempo
Resulta aún mucho más infrecuente que el tiempo
ejerza una influencia decisiva, y, en la mayoría de los casos, esto sólo ocurre
cuando se levanta la neblina.
34. Fines
y medios en la estrategia
La victoria, es decir, el éxito táctico, en
principio es tan sólo un medio para la estrategia y en última instancia, los
hechos que han de conducir a la paz son los que constituyen su objetivo final.
El empleo de ese medio para alcanzar el objetivo va acompañado también de
circunstancias que ejercen más o menos influencia sobre él.
35.
Circunstancias que acompañan el uso de los medios de la estrategia
Estas circunstancias son la región y el terreno,
incluyendo en primer lugar el territorio y los ocupantes del escenario de la
guerra; luego, la hora del día y la época del año; y, finalmente, el tiempo, en
particular en sus manifestaciones menos comunes, como las heladas pertinaces,
etcétera.
36. Estas
circunstancias posibilitan la adopción de nuevos medios
Al combinar estas cosas con el resultado de un
encuentro, la estrategia ––y por lo tanto el encuentro–– da un significado
particular a este resultado, asignándole un objetivo especial. Pero tal
objetivo tendrá que ser considerado como un medio, por cuanto no conduce
directamente a la paz y es, en consecuencia, un objetivo subordinado. Por lo
tanto, en la estrategia, los encuentros afortunados o las victorias, con todos
sus distintos significados, tienen que ser considerados como medios. La
conquista de una posición es el éxito de un encuentro aplicado al terreno. Pero
no sólo han de ser considerados como medios los diferentes encuentros con sus
fines particulares. Siempre que en la combinación de los encuentros para
alcanzar un fin común se ponga de manifiesto un juicio más profundo, éste ha de
ser también concebido como un medio. Una campaña invernal constituye una
combinación de ese tipo aplicada a la época del año.
En consecuencia, restarán sólo como objetivos los
que conduzcan directamente a la paz. La teoría ha de abarcar todos estos
fines y medios de acuerdo con la naturaleza de sus efectos y de sus relaciones
recíprocas.
37. La
estrategia extrae únicamente de la experiencia los fines y los medios que han de
ser abarcados
La primera pregunta que se plantea es la
siguiente: ¿cómo llega la estrategia a una enumeración completa de estas cosas?
Si la investigación filosófica hubiera de conducir a un resultado absoluto,
quedaría enmarañada en todas las dificultades que excluyen la necesidad lógica
de la dirección de la guerra y de su teoría. Por lo tanto, recurrirá a la
experiencia y dirigirá su atención hacia esos precedentes que ya ha desvelado la
historia militar. De esta forma se tratará, sin duda, de una teoría limitada,
que se ajustará solamente a las circunstancias, tal como las presenta la
historia de la guerra. Pero desde el comienzo, esta limitación resultará
inevitable, debido a que aquello que la teoría afirme de las cosas en cada caso
tiene que haber sido extraído de la historia de la guerra o, por lo menos,
comparado con esa historia. Además, tal limitación será, en todo caso, más
teórica que real.
Una de las grandes ventajas de este método es que
la teoría no puede perderse en sutilezas, artificios y ficciones, sino que debe
continuar siendo práctica.
38. Hasta dónde debería abarcar el análisis de
los medios
He aquí otra cuestión: ¿hasta dónde debería
abarcar la teoría en el análisis de los medios? Es evidente que sólo hasta el
punto en que los diferentes componentes se pongan en evidencia para el uso que
se considere oportuno. El alcance y los efectos de las distintas armas tienen
especial importancia para la táctica; su formación, aunque tales efectos
resulten de esta última, es una cuestión que no tiene ningún interés. Porque la
conducción de una guerra no consiste en la producción de pólvora y de cañones
sobre la base de determinadas cantidades de carbón vegetal, azufre y salitre, de
cobre y de estaño; las cantidades precisas para la conducción de la guerra son
las armas ya terminadas y sus efectos. La estrategia hace uso de mapas, sin
preocuparse por la triangulación; no investiga qué instituciones debe tener un
país y cómo deber ser adiestrado y gobernado un pueblo para que dé los mejores
resultados en la guerra, sino que toma estos extremos tal como se encontrarán en
el conjunto de los estados europeos y advierte acerca de dónde la existencia de
unas condiciones muy diferentes puede ejercer una influencia notable sobre la
guerra.
39.
Necesidad de una gran simplificación del conocimiento
Así, resulta fácil percibir que se ve muy
simplificado el número de materias que puede elaborar la teoría y que es muy
limitado el conocimiento requerido para la conducción de la guerra. La gran masa
de conocimientos prácticos y de habilidades que sirven para la actividad militar
en general, y que son necesarias antes de que entre en acción un ejército
armado, se concentran en unos cuantos grupos principales, antes de alcanzar el
punto en que se presente en la guerra la finalidad última de su utilización, del
mismo modo que las corrientes de agua de un país se unen en ríos antes de dar al
mar.
El estudioso que desee canalizar el curso de estas
actividades sólo debe familiarizarse con las que desembocan directamente en el
mar de la guerra.
40. Esto
explica por qué se forman tan rápidamente los grandes generales y por qué los
generales no son hombres de estudio
El resultado de nuestra investigación resulta, en
efecto, tan evidente, que cualquier otro no podría sino restar confianza en su
exactitud. Solamente así se explica que muy a menudo hayan aparecido hombres,
incluso en los rangos elevados del mando supremo, que lograron grandes éxitos en
la guerra, cuando sus actividades anteriores habían sido de una naturaleza
totalmente diferente; que los más destacados generales no hayan surgido de entre
la clase de oficiales más instruidos o realmente eruditos, sino que en su
mayoría fueron hombres que, por las posiciones que ocupaban, no tuvieron ocasión
de alcanzar un gran nivel de conocimientos. Es por esa razón por la cual los que
han considerado necesario, o por lo menos útil, comenzar la educación de los
futuros generales mediante una enseñanza pormenorizada, siempre han sido
tildados de presuntuosos absurdos. Resulta muy fácil demostrar que esta
formación les sería perniciosa, debido a que el entendimiento humano se ejercita
con el tipo de conocimientos que se le imparte y por la dirección que se imprime
a sus ideas. Únicamente lo que es grande puede crear grandeza: lo pequeño
determinará sólo pequeñez, si es que la mente no lo rechaza como algo que le
repugna.
41.
Primera contradicción
Debido a que no se tuvo en cuenta esta simplicidad
del conocimiento requerido para la guerra, sino que fue confundido con todo el
enojoso conjunto de conocimientos y habilidades subordinadas de que está
provisto, sólo se pudo solucionar la contradicción obvia en que se vio sumergido
ante las manifestaciones del mundo real, asignando toda la tarea al genio, que
no necesita ninguna teoría y para el cual se descartaba que ésta debiera haberse
formulado.
42. Por
esta razón fue negado el uso del conocimiento y todo fue atribuido al talento
natural
Las personas dotadas de sentido común
comprendieron cuán distante se halla el genio de orden superior del pedante
ilustrado. En cierta manera se convirtieron en librepensadores, rechazaron toda
creencia en la teoría y sostuvieron que la conducción de la guerra era una
función natural del hombre, que éste ejecuta más o menos bien de acuerdo con las
aptitudes mayores o menores que posea para esa tarea. No puede negarse que tales
personas se hallaban más cerca de la verdad que los que asignaban un valor al
falso conocimiento, pero al mismo tiempo cabe advertir que el punto de vista del
cual partían no es sino una exageración. No existe actividad alguna de la mente
humana que no posea cierto caudal de ideas, y, por lo menos en su mayor parte,
éstas no son innatas sino adquiridas y son lo que constituye el conocimiento. La
única pregunta que restaría, por tanto, se centra en cuáles deberían ser estas
ideas, y creemos haberla contestado al afirmar que, en relación con la guerra,
habrían de ser aquellas concernientes a las cuestiones que, en la guerra, atañen
al hombre de forma inmediata.
43. El
conocimiento debe variar con el grado
En el campo de la actividad militar, el
conocimiento requerido debe variar de acuerdo con la posición que ocupa el jefe.
Si es de grado inferior, su conocimiento estará dirigido hacia objetivos menos
importantes, y más limitados, mientras que, si su posición es más elevada, los
objetivos serán mayores y más amplios. Muchos comandantes en jefe no hubieran
sobresalido si hubiesen estado al mando de un regimiento de caballería, y
viceversa.
44. En la
guerra el conocimiento es muy simple, pero no muy fácil
Pero aunque en la guerra el conocimiento es muy
simple, es decir, está relacionado con muy pocas cuestiones y las abarca
solamente en su resultado final, en realidad llevarlo a la práctica no resulta
muy fácil. Ya nos hemos referido en el libro I a las dificultades a que por lo
general está sujeta la acción en la guerra; pasaremos aquí por alto aquellas que
sólo pueden ser superadas mediante el valor y mantendremos que la actividad
adecuada de la inteligencia únicamente es simple y fácil en las posiciones
inferiores, pero que su dificultad se acrecienta a medida que nos elevamos de
grado, y la posición más encumbrada, la del general en jefe, es considerada como
una de las cosas más difíciles de asumir por la mente humana.
45.
Naturaleza de este conocimiento
El jefe de un ejército no necesita ser ni un
erudito estudioso de la historia ni un ensayista, pero debe estar familiarizado
con las cuestiones más importantes de Estado; debe reconocer y ser capaz de
juzgar correctamente las tendencias tradicionales, los intereses en juego, los
asuntos en disputa y las personalidades sobresalientes. No necesita ser un
observador sutil de los hombres, ni un hábil analista de las mentes humanas,
pero debe conocer el carácter, la manera de pensar y los hábitos, así como los
puntos fuertes y débiles de aquellos a quienes tiene que dirigir. No necesita
entender un ápice de la construcción de un vehículo ni de aparejar caballerías,
pero ha de saber cómo calcular exactamente, en diferentes circunstancias, la
marcha de una columna, de acuerdo con el tiempo que ésta requiera. Es todo ello
una clase de conocimiento que no puede obtenerse mediante un complejo de
fórmulas y maquinarias científicas; solamente puede ser adquirido a través de un
juicio preciso para observar las cosas en la vida y de un talento especial para
comprenderlas.
Por lo tanto, el conocimiento idóneo para ocupar
una posición elevada en la actividad militar se distingue por el hecho de que
solamente puede ser adquirido mediante un talento especial para la observación,
es decir, para el estudio y la reflexión, el cual, como instinto intelectual,
sabe cómo extraer la esencia de los fenómenos de la vida, del mismo modo que las
abejas preparan la miel, cuya esencia han extraído de las flores. Este instinto
también puede ser adquirido a través de la experiencia de la vida, tanto como
por el estudio y la reflexión. La vida, con sus ricas enseñanzas, no producirá
nunca un Newton o un Euler, pero puede muy bien producir el poder superior de
cálculo que poseían un Condé o un Federico el Grande.
En consecuencia, no es necesario que para defender
la dignidad intelectual de la actividad militar tengamos que caer en la falsedad
y en la presuntuosa pedantería. No ha habido nunca un jefe eminente y notable
que tuviera una inteligencia inferior, pero son muy numerosos los ejemplos de
hombres que, después de haberse distinguido sirviendo en posiciones inferiores,
se mostraron mediocres en posiciones más elevadas, debido a su insuficiente
capacidad intelectual. Es natural que incluso entre los que ocupan la posición
de general en jefe puedan hacerse distinciones, de acuerdo con el nivel de su
capacidad.
46. El
conocimiento tiene que convertirse en capacidad
Es preciso considerar todavía una condición que es
más necesaria que cualquier otra para el conocimiento de la conducción de la
guerra: la de que este conocimiento tiene que llegar a formar por completo parte
de uno mismo. En casi todas las otras artes y actividades de la vida, la persona
que actúa puede servirse de verdades que ha aprendido una sola vez, pero de las
cuales ya no percibe su sentido ni su espíritu, sino que las extrae de libros
polvorientos. Incluso las verdades que maneja y usa diariamente pueden
convertirse para ella en algo completamente externo. Si el arquitecto toma la
pluma para determinar, por medio de un cálculo complicado, la resistencia de un
contrafuerte, la verdad que obtiene como resultado no es una emanación de su
propia mente. En primer lugar, ha tenido que buscar los datos laboriosamente y
someterlos a una operación mental cuya regla no ha descubierto y de cuya
necesidad en ese momento sólo es consciente en parte, pero que por lo general
aplica mecánicamente. Esto no sucede nunca en la guerra. La reacción mental, la
forma siempre cambiante de las cosas, hacen necesario que la persona que actúa
sea portadora de la totalidad de su provisión mental de conocimientos y sea
capaz de tomar por sí misma las decisiones oportunas, en todas partes y en
cualquier momento. Por lo tanto, al asimilar completamente el conocimiento y
acoplarlo a su propia mente y a su propia vida, lo transformará en una habilidad
real. Esta es la razón de que parezca tan fácil el conocimiento en los hombres
que descuellan en la guerra y de que todo sea atribuido a su talento natural; y
lo denominamos talento natural para diferenciarlo del que se forma y madura
gracias a la observación y al estudio.
Creemos haber explicado, mediante estas
reflexiones, el problema que entraña una teoría de la conducción de la guerra e
indicado cómo puede ser éste resuelto. De los dos ámbitos en que hemos dividido
la conducción de la guerra, la táctica y la estrategia, la teoría de la segunda,
como hemos manifestado antes, es la que presenta, sin duda alguna, las
dificultades mayores, porque la primera está limitada casi enteramente a un
conjunto circunscrito de objetos, mientras que la última, en lo que se refiere a
los objetivos que conducen directamente a la paz, tiene ante sí un campo
indefinido de posibilidades. Pero como es el general en jefe el único que no ha
de perder de vista estos fines, la parte de la estrategia en la que actúa estará
también particularmente afectada por esta dificultad.
En la estrategia, especialmente cuando se trate de
realizar actos de primera magnitud, la teoría se detendrá mucho menos que la
táctica en la pura consideración de las cosas. Se contentará con proporcionar a
la persona que actúa una visión de las cosas que, mezclada con la totalidad del
pensamiento, otorgue a su desarrollo soltura y seguridad, sin ponerla jamás en
oposición consigo misma, a fin de mantenerse adherida a una verdad objetiva.
Capítulo III
ARTE DE LA GUERRA O CIENCIA DE LA GUERRA
1. El uso que hace de ello el idioma todavía no
es conforme
Parece ser que todavía no ha recaído la elección
entre los términos de arte y ciencia y que nadie sabe sobre qué base ha de ser
decidida, pese a la sencillez que preside el tema. Ya hemos afirmado en otra
parte que el conocimiento es algo distinto de la capacidad. La diferencia es
tal, que no debería confundirse uno con otra. La capacidad no puede ser
contenida, en forma adecuada, en los límites de un texto y el «arte» nunca
tendría que figurar, en consecuencia, en el título de un libro. Pero, debido a
que nos hemos acostumbrado a colocar juntas las ramas de conocimiento requeridas
para la práctica de un arte (ramas que por separado pueden constituir una
ciencia entera) bajo la denominación de «teoría del arte», o simplemente «arte»,
resulta coherente mantener esta distinción y llamar arte a todo, cuando el
objetivo es la capacidad creadora ––por ejemplo, el arte de edificar––, y
ciencia, cuando se trata simplemente de conocimiento ––como en las matemáticas,
por ejemplo, y en la astronomía––. Es evidente, y convendría no confundirse en
ello, el hecho de que en cada teoría individual del arte puedan aparecer
ciencias enteras. Pero también cabe hacer notar que resulta casi imposible la
existencia de un conocimiento sin arte. En matemáticas, por ejemplo, el empleo
de la aritmética y del álgebra constituye un arte, pero no representa esto
ningún límite. La razón reside en que, pese a lo claramente perceptible que
pueda ser la diferencia existente entre conocimiento y capacidad, dentro de la
combinación de diferentes ramas del conocimiento humano, resulta difícil para el
hombre mismo trazar una clara línea de demarcación.
2.
Dificultades para separar el conocimiento del juicio
Todo pensamiento constituye, en verdad, un arte.
Allí donde la lógica traza una línea, allí donde encuentran su límite las
premisas que son el resultado del conocimiento, y comienza a actuar el juicio,
allí empieza el arte. Pero todavía más: incluso el conocimiento del espíritu es
juicio y, en consecuencia, arte, y finalmente lo es también el conocimiento
mediante los sentidos. En suma, resulta tan imposible imaginar a un ser humano
que posea tan sólo la facultad del conocimiento sin la del juicio como lo
inverso, y así el arte y el conocimiento nunca pueden separarse completamente el
uno del otro. En cuanto esos sutiles elementos iluminadores tomen en mayor
medida la forma corporal de cosas del mundo exterior, mayor será la separación
existente entre sus reinos. Afirmémoslo una vez más: allí donde se trata de
creación y de producción, allí se encuentra el ámbito del arte. Si el objetivo
es la investigación y el conocimiento, allí reina la ciencia. En consecuencia,
resulta evidente que corresponde más hablar de «arte de la guerra» que de
«ciencia de la guerra».
Con esto debería ser suficiente, ya que no se
puede prescindir de esas concepciones. Pero ahora sale a nuestro encuentro la
constatación de que la guerra no es ni arte ni ciencia en el verdadero sentido
de la palabra, y que es precisamente por haber adoptado ese punto de partida
ideológico por lo que se ha tomado una falsa dirección, y lo que ha determinado
que se colocara a la guerra al nivel de otras artes y otras ciencias, y
conducido a establecer muchas analogías erróneas.
Ciertamente se había advertido ya antes sobre ello
y a partir de esa base se había sostenido que la guerra es un oficio. Pero con
esta afirmación fue más lo que se perdió que lo que se ganó, ya que un oficio es
tan sólo un arte inferior y, como tal, está sujeto a leyes más definidas y
rígidas. Para ser exactos, el arte de la guerra tuvo, en cierto momento, el
espíritu de un oficio, por ejemplo, en el tiempo de los condottieri. Pero
si tomó esta dirección fue por razones externas, no internas, y la historia de
la guerra demuestra cuán antinatural e insatisfactoria fue esa circunstancia.
3. La
guerra constituye una acción de la relación humana
Afirmamos, en consecuencia, que la guerra no
pertenece al terreno de las artes o de las ciencias, sino al de la vida social.
Es un conflicto de grandes intereses, resuelto mediante derramamiento de sangre,
y solamente en esto se diferencia de otros conflictos. Sería mejor si, en vez de
equipararlo a cualquier otro arte, lo comparáramos con el comercio, que es
también un conflicto de intereses y actividades humanas; y se parece mucho más a
la política, la cual, a su vez, puede ser considerada como una especie de
comercio en gran escala. Todavía más, la política constituye la matriz en que se
desarrolla la guerra, dentro de la cual yacen esbozadas sus formas generales, al
igual que las cualidades de las criaturas vivientes se contienen en su embrión.
4.
Diferencia
La diferencia esencial consiste en que la guerra
no constituye una actividad de la voluntad que se ejerza, como en las artes
mecánicas, sobre la materia inerte, ni como el entendimiento y las emociones
humanas en las bellas artes, sobre objetos que, si bien vivientes, son, sin
embargo, pasivos e inactivos, sino que atañe a elementos vivientes y capaces de
reaccionar. En seguida nos llama la atención cuán reducido es el número de
esquemas mentales de las artes y las ciencias que son aplicables a tal actividad
y podemos entender, por ello, la razón por la cual la constante búsqueda de
leyes y su seguimiento, similares a aquellas que pueden extraerse del mundo
inerte de la materia, no podría sino conducirnos a caer constantemente en el
error. Y, sin embargo, ha sido precisamente la forma mecánica de arte la que se
ha querido tomar como modelo para el arte de la guerra, debido a que ésta muy
raramente establece leyes y reglas, y cuando se ha tratado de hacer,
invariablemente se ha reconocido que eran insuficientes y limitadas, y
continuamente se han visto desvirtuadas y reducidas por las corrientes de
opinión, los sentimientos y las costumbres.
En este libro se analizará, en parte, si ese
conflicto de elementos vivientes, tal como surge y se resuelve en la guerra,
está sujeto a leyes generales, y si esas leyes pueden facilitar una guía útil
para la acción. Pero esto es, en gran medida, de por sí evidente, o sea que, al
igual que cualquier otro tema que no exceda nuestra capacidad de comprensión,
puede ser enfocado o más o menos esclarecido en sus íntimas relaciones por una
mente inquisidora, y esto solo resulta suficiente para establecer el concepto de
la teoría.
Capítulo IV
METODOLOGÍA
Para exponer con claridad la idea de método y de
«metodología», que tan importante papel desempeñan en la guerra, nos detendremos
a considerar rápidamente la jerarquía lógica por medio de la cual es gobernado
el mundo de la acción, como si fuera mediante autoridades regularmente
constituidas.
La ley, la más general entre las
concepciones válidas para el conocimiento y la acción, contiene evidentemente,
en su significado literal, algo subjetivo y arbitrario y, no obstante, expresa
con exactitud aquello de lo que dependemos tanto nosotros como las cosas
externas. Como sujeto del conocimiento, la ley contiene la relación entre
las cosas y sus efectos entre sí; como sujeto de la voluntad, constituye una
determinante de la acción y equivale entonces a
mandato y prohibición.
El principio es también una ley para la
acción, con la diferencia de que no dispone del significado formal y definido
que la ley posee, sino que sólo constituye el espíritu y el sentido de la ley,
que de esta manera permite al juicio una mayor libertad de aplicación, cuando la
diversidad del mundo real no puede ser incluida dentro del concepto definido de
una ley. Como el juicio debe encontrar razones para explicar los casos en que no
es aplicable el principio, éste se convierte, en ese sentido, en una verdadera
ayuda o destello orientador para la persona que actúa.
El principio es objetivo cuando es el resultado de
verdades objetivas y, por tanto, adquiere igual valor para todos los hombres; es
subjetivo, llamándose entonces por lo general axioma, o sea, una
regla de conducta propia, si contiene relaciones subjetivas y, por lo tanto,
adquiere un valor positivo sólo para la persona que lo formula.
La regla es tomada con frecuencia en el
sentido de ley, significando entonces lo mismo que el principio,
ya que decimos «no hay regla sin excepción», pero no que «no hay ley sin
excepción», lo que demuestra que con la regla conservamos una mayor
libertad de aplicación.
En otro sentido, regla constituye el medio
utilizado para reconocer la verdad que subyace en el fondo de un signo
particular más próximo, a fin de aplicar a este signo la ley de acción que atañe
a la verdad en su conjunto. De este tipo son todas las leyes que rigen los
juegos, todas las formas abreviadas de procedimiento en matemáticas, etcétera.
Las regulaciones e instrucciones son hechos
determinantes de la acción que se refieren a circunstancias menores, que serían
demasiado numerosas e insubstanciales para ser abarcadas por las leyes
generales, pero que ayudan a indicar con mayor claridad el camino a seguir.
Por último, el método, o modo de procedimiento,
constituye una forma de acción que se repite constantemente y es elegida entre
varias posibles. Por metodología entendemos la determinación de la acción por
medio de métodos y no de principios generales o regulaciones individuales.
Cuando ello ocurre, hay que suponer necesariamente que los casos tratados con
dicho método serán iguales en sus rasgos esenciales. Como esto difícilmente será
así, el problema consiste en que deberían serlo tanto como fuera posible; en
otras palabras, el método debería basarse en los casos más probables. Por lo
tanto, la metodología no se funda en premisas particulares y definidas, sino en
la probabilidad media de casos análogos, y su tendencia final es establecer una
verdad media, cuya aplicación uniforme y constante adquiera, a medida que
avanza, la naturaleza de una destreza mecánica, que termina por actuar con
competencia casi inconscientemente.
Para la conducción de la guerra descartamos la
idea de la ley relacionada con el conocimiento, porque los fenómenos complejos
de la guerra no son tan regulares y los fenómenos regulares tan complejos como
para que avancemos algo más mediante esta concepción que por la simple verdad. Y
donde son suficientes la concepción simple y el lenguaje sencillo, recurrir a lo
complejo resulta afectado y presuntuoso. La idea de ley en relación con la
acción no puede ser usada por la teoría de la conducción de la guerra, porque,
debido a la variabilidad y diversidad de los fenómenos, no hay en ella una
determinación de naturaleza general que pueda adoptar el nombre de ley.
Pero los principios, las reglas, las regulaciones
y los métodos son concepciones indispensables para una teoría de la conducción
de la guerra, en cuanto esa teoría lleve a una instrucción positiva, porque en
ésta la verdad sólo puede residir en esas formas de cristalización.
Como la táctica es la parte de la conducción de la
guerra donde la teoría puede llevar con mayor frecuencia a enseñanzas positivas,
estas concepciones aparecerán también más frecuentemente en ella.
No utilizar la caballería contra la infantería
incólume excepto en caso de necesidad; no emplear las armas de fuego hasta que
el enemigo se halle dentro del radio de su alcance efectivo, para economizar
tantas fuerzas como sea posible; estos son principios tácticos. Ninguno de ellos
puede ser aplicado en forma absoluta en todos los casos, pero el jefe debe
tenerlos siempre presentes para que la ventaja de la verdad que contienen no se
desvanezca en aquellos en que esa aplicación sea posible.
Si de una actividad inusitada en el campo enemigo
deducimos que nuestro oponente está a punto de entrar en acción, o si la
exposición intencional de tropas en un encuentro nos indica que se trata sólo de
un amago, entonces esta manera de reconocer la verdad de las cosas es llamada
regla, debido a que el propósito al que sirve se deduce de una circunstancia
visible determinada.
Si constituye una regla atacar al enemigo con
dureza tan pronto como se observe que coloca el armón en el encuentro, es porque
se liga a este hecho particular una línea de acción dirigida a la situación
general del enemigo tal como se deduce de ella misma, o sea, que está en trance
de desistir del encuentro, que está comenzando a retirar sus tropas y no es
capaz ni de oponer una resistencia seria mientras prepara su retirada, ni de
contrarrestar el acoso del oponente en su transcurso.
Las regulaciones y los métodos son incorporados a
la conducción de la guerra por las teorías de la preparación, en la medida en
que se insuflen, a modo de principios activos, en las tropas ya formadas. Todas
las instrucciones para las formaciones, los ejercicios y los servicios de
campaña son regulaciones y métodos. En los ejercicios de instrucción predominan
las primeras, y en las instrucciones de servicios de campaña, los últimos. La
conducción real de la guerra va unida a ellos; recurre a ellos, por tanto, a
modo de formas dadas de procedimiento, y raíz de tal carácter tienen que
integrar la teoría de la conducción de la guerra.
Pero para aquellas actividades que conserven una
libertad de uso de esas fuerzas no puede haber regulaciones, esto es, no puede
haber instrucciones definidas, precisamente porque esto excluiría la libertad de
acción. Los métodos, por otra parte, constituyen una forma general de realizar
una tarea, a medida que vayan apareciendo, sobre la base, tal como ya pusimos de
relieve, de la probabilidad media. Como conjunto que aporta principios y reglas
aptos para ser aplicados, pueden formar ciertamente parte de la teoría de la
conducción de la guerra, siempre que no adopten una representación diferente de
lo que son en realidad, o se presenten como leyes de acción absoluta y de
relación necesaria (sistemas), sino como la mejor forma que puede ser aplicada o
sugerida como vía más corta en lugar de una decisión individual.
Se advertirá que la aplicación de un método
constituirá con frecuencia el factor más esencial en la conducción de la guerra,
teniendo en cuenta las múltiples acciones que se realizan sobre la base de meras
conjeturas o en una completa incertidumbre. Las medidas, en la guerra, deben ser
siempre establecidas según un cierto número de posibilidades. Uno de los bandos
parece incapaz de apreciar las circunstancias que influyen en las disposiciones
del otro. Aun en el caso de que se conocieran, realmente las circunstancias que
influyen en las decisiones del oponente, uno no cuenta con tiempo suficiente
como para poner en práctica las medidas necesarias para contrarrestarlas, debido
a su extensión y complejidad. Cada acontecimiento se ve envuelto en un número de
circunstancias menores que deben ser tenidas en cuenta, y no existe otro medio
de hacerlo sino deduciendo una de la otra y basando los cálculos tan sólo sobre
lo que es general y probable. Por último, debido al aumento creciente de
oficiales, a medida que se desciende en la escala jerárquica, y cuanto más bajo
sea el ámbito de acción, tanto menor será la cantidad de cosas que pueden ser
dejadas a merced del juicio individual. Cuando se accede al grado en que no cabe
esperar otro reconocimiento que el que permiten las regulaciones del servicio y
la experiencia, se debe afrontar el acontecimiento con métodos de rutina
surgidos de esas regulaciones. Ello será válido tanto como afirmación de aquel
juicio como de dique contra las deducciones extravagantes y erróneas,
especialmente temibles en un ámbito en el que la experiencia resulta tan
costosa.
Además de su carácter indispensable, cabe asimismo
atribuir a la metodología una ventaja positiva, es decir, el hecho de que,
mediante la aplicación constante de fórmulas invariables, se gana en rapidez,
precisión y firmeza en la dirección de las tropas, lo cual conduce a una
disminución de la fricción natural y permite a la maquinaria moverse con mayor
presteza.
El método, por tanto, tendrá un uso más general y
resultará más indispensable en la medida en que las personas actuantes ocupen un
menor puesto jerárquico, mientras que, al ascender en la escala, ese uso
disminuirá, hasta desaparecer por completo en las posiciones más elevadas. Por
dicha razón, más indicado estará en la táctica que en la estrategia.
La guerra, en sus aspectos más encumbrados, no
consiste en una cantidad infinita de pequeños acontecimientos ––análogos entre
sí pese a su diversidad y, por tanto, mejor o peor controlados por métodos
mejores o peores––, sino que es un acontecimiento que ocurre de modo aislado,
grave y decisivo, que debe ser tratado en particular. No se trata de un terreno
sembrado que, mediante una guadaña más o menos eficaz, pueda ser mejor o peor
segado, independientemente de la forma en que se efectúan los tallos, sino que
se trata de un campo poblado de grandes árboles, sobre los cuales debe actuar el
hacha con buen juicio, según la naturaleza particular y la inclinación de cada
uno de los troncos.
Hasta dónde cabe asumir la metodología de las
acciones militares queda naturalmente supeditado no a la escala jerárquica, sino
a la realidad de las cosas. Y esto afecta a las posiciones más elevadas en un
grado menor, debido solamente a que esas posiciones cuentan con un mayor campo
de acción. Un orden permanente de batalla, una formación permanente de avanzada
y vanguardia, constituyen sendos ejemplos de métodos rutinarios mediante los
cuales el general no sólo coarta la capacidad de decisión de sus subordinados,
sino también, en ciertos casos, la suya propia. Es cierto que dichos métodos
pueden haber sido creados por él mismo, y los puede haber adoptado de acuerdo
con las circunstancias, pero también pueden pertenecer a la teoría, en la medida
en que se basen sobre las características generales de las tropas y los
armamentos. Por otra parte, cualquier método aplicado a delinear el plan de una
guerra o de una campaña que sea rutinario y comunicado para el uso, como si
fuera a ser ejecutado por una máquina; carecería por completo de valor.
Mientras no exista de por medio una teoría
aceptable, esto es, mientras no se disponga de una forma inteligible para la
conducción de la guerra, la metodología ––la rutina en los métodos–– debe
inmiscuirse ––aún en las esferas más elevadas de actividad, ya que los que las
integran no siempre se han formado a través del estudio y el contacto con las
capas superiores de la vida. No serán capaces de encontrar su camino entre las
discusiones estériles y contradictorias de los teóricos y los críticos; su
sentido común las rechazará de manera espontánea y, en consecuencia, no
dispondrán de otro conocimiento que el que les aporte la experiencia. Por tanto,
en aquellos casos que admitan un tratamiento libre e individual, y que también
lo requieran, echarán en seguida mano de los medios que les brinda la
experiencia, es decir, apelarán a los procedimientos característicos de los
grandes generales, ya que lo que hemos llamado metodología es algo que surge por
sí mismo. Al constatar que los generales de Federico el Grande siempre avanzaban
con el llamado orden oblicuo de batalla, al verificar asimismo que los generales
de la Revolución francesa practicaban siempre movimientos envolventes con una
línea de batalla ampliamente extendida, y que los lugartenientes de Bonaparte se
lanzaban al ataque con el sangriento despliegue de unas masas concentradas,
advertiremos en la repetición del procedimiento lo que constituye evidentemente
un método prestado y, por tanto, comprobaremos que la metodología puede
extenderse hasta ámbitos lindantes con las esferas más elevadas. Si es cierto
que una teoría evolucionada facilita el estudio de la conducción de la guerra y
favorece la educación de la mente y el juicio de los responsables de los mandos
superiores, entonces la metodología no alcanzará cimas tan elevadas, y esto será
considerado tanto más indispensable en la medida en que se deduzca de la teoría
misma y no sea un producto de la simple imitación. Por excelente que sea la
forma como un gran general haga las cosas, siempre habrá algo subjetivo en cómo
las hace, y si tiene cierta manera de hacerlas, ésta contendrá buena parte de su
individualidad, que no siempre concordará con la individualidad de la persona
que lo imite.
Al propio tiempo, no sería ni posible ni justo
eliminar por completo de la conducción de la guerra la metodología subjetiva;
por el contrario, ésta debe ser considerada como una manifestación de la
influencia que ejerce el carácter general de la guerra sobre sus acontecimientos
aislados, la cual solamente puede ser asumida de esa forma si la teoría no ha
podido preverla y tomarla en cuenta. ¿Puede haber algo más lógico que el hecho
de que la guerra de la Revolución francesa tuviera su propio modo de hacer las
cosas? ¿Qué teoría podría haber incluido ese método peculiar? El problema reside
en que esa manera de hacer las cosas, originada en un caso especial, pervive
fácilmente, debido a que continúa, al tiempo que las circunstancias cambian de
modo imperceptible. Esto es lo que la teoría tiene que prevenir, mediante una
critica precisa y racional. Cuando, en el año 1806, el príncipe Ludwig en
Saalfeld, Tauentzien sobre el Dornberg, cerca de Jena, Grawert delante y Ruchel
detrás de Kappellendorf, dispuestos a manos llenas a destruir el orden oblicuo
de Federico el Grande, se las compusieron para desarticular al ejército de
Hohenlohe de un modo como nunca fue diezmado ejército alguno en el campo de
batalla, ello se debió no sólo a una manera de actuar que pervivió en el futuro,
sino a la más patente estupidez a la que puede haber conducido jamás la
metodología.
Capítulo V
CRÍTICA
La influencia de las verdades teóricas sobre la
vida práctica siempre se ejerce más por medio de la crítica que por medio de la
instrucción, ya que la crítica equivale a la aplicación de verdades teóricas a
acontecimientos reales, de tal modo que no sólo acerca esas verdades a la vida,
sino que permite que el entendimiento se acostumbre más a éstas, gracias a una
aplicación repetida hasta la saciedad. Debido a ello, creemos necesario
establecer el punto de vista de la crítica junto con el de la teoría.
En principio tenemos que diferenciar la narración
crítica de la narración simple de los acontecimientos históricos, la cual
sitúa simplemente las cosas una al lado de la otra y a lo sumo toma en cuestión
sus relaciones causales más inmediatas.
En esa narración crítica se hacen patentes
tres actividades distintas del entendimiento.
En primer lugar, el descubrimiento y la
constatación histórica de los hechos dudosos. Nos encontramos aquí con la
investigación histórica pura, que no tiene nada en común con la teoría.
En segundo lugar, la deducción del efecto,
partiendo de sus causas. Esto es la investigación crítica propiamente dicha,
que resulta indispensable para cualquier teoría, porque, en teoría, todo lo
que ha de ser establecido, sustentado o incluso sólo explicado a través de la
experiencia únicamente puede ser resuelto de esta forma.
En tercer lugar, la constatación de los medios
empleados, es decir, la crítica propiamente dicha, que contiene elogios y
reproches. Es aquí donde la teoría resulta útil a la historia, o más bien a la
enseñanza que se deriva de ella.
En estas dos últimas partes, estrictamente
críticas, de la consideración histórica, todo depende de la investigación de las
cosas hasta sus elementos finales, o sea, hasta las verdades que permanecen
fuera de toda duda, y no de la detención a mitad de camino con suposiciones
arbitrarias o hipótesis, sin seguir adelante, como sucede tan a menudo.
Con respecto a la deducción de un efecto por sus
causas, se tropieza a menudo con la dificultad externa e insuperable de que las
causas verdaderas son apenas conocidas. En ninguna otra circunstancia de la vida
se produce ello con tanta frecuencia como en la guerra, en la cual los
acontecimientos rara vez son totalmente conocidos y aún menos lo son los
motivos, que, o bien son ocultados a propósito por las personas que han
intervenido en ellos, o bien pueden desvanecerse para la historia cuando tienen
un carácter muy transitorio y accidental. Por tanto, la narración crítica tiene
que correr parejas con la investigación histórica, e incluso así, con frecuencia
persiste una disparidad tal entre causa y efecto que no se justifica que la
historia considere los efectos como consecuencias necesarias de las causas
conocidas. En este caso, por tanto, aparecerán necesariamente lagunas, es decir,
se llegará a resultados históricos de los que no se puede extraer enseñanza
alguna. Lo único que la teoría puede exigir es que la investigación sea
conducida con rigidez hasta esas lagunas, y allí tendrá que dejar en suspenso
sus exigencias. El problema real sólo surge si, indefectiblemente, lo que se
conoce tiene que bastar para explicar los resultados, y se le atribuye así una
engañosa importancia.
Unida a esta dificultad, la investigación crítica
encuentra también otra de carácter intrínseco muy profunda en el hecho de que en
la guerra los efectos rara vez proceden de una sola causa, sino de varias causas
unidas, y, en consecuencia, no basta reconstruir con disposición sincera e
imparcial las series de acontecimientos hasta sus comienzos, sino que además es
necesario asignar el valor que les corresponde a cada una de las causas
originarias. Por lo tanto, ello conduce a una investigación más detallada de su
naturaleza, y es así como la investigación crítica puede derivar hacia el
terreno propio de la teoría.
La consideración crítica, es decir, la
constatación de los medios, lleva a la cuestión de saber cuáles son los efectos
propios de los medios aplicados, y si estos efectos eran los que se proponía la
persona actuante.
Los efectos propios de los medios conducen a la
investigación de su naturaleza y, de esta forma, nuevamente al terreno de la
teoría.
Hemos visto que, en la crítica, todo consiste en
alcanzar verdades que estén fuera de cualquier duda, es decir, no detenerse en
proposiciones arbitrarias que no sean válidas para otros, a las que se oponen
entonces otras afirmaciones quizás igualmente arbitrarias, de modo que no habrá
límite para los pros y los contras y el conjunto carecerá de resultados y, por
lo tanto, de valor como enseñanza.
Hemos visto también que la investigación de las
causas y la constatación de los medios conducen al terreno de la teoría, es
decir, al terreno de la verdad universal que no se deduzca únicamente del caso
individual que se está examinando. Si se dispone de una teoría útil, la
investigación crítica recurrirá a lo que ha sido resuelto en ella, y en ese
punto debe detenerse la investigación. Pero allí donde no se dispone de esa
verdad teórica, la investigación debe ser proseguida hasta los elementos
finales. Si aparece a menudo esta necesidad, el historiador se verá obligado a
ocuparse de detalles cada vez mayores. Se verá de este modo muy atareado y le
será casi imposible tratar todos los puntos con la debida reflexión. Como
consecuencia, para limitar su examen se detendrá en afirmaciones arbitrarias
que, aunque no lo sean realmente para él, continuarán sin embargo siéndolo para
los demás, porque no son ni evidentes por sí mismas ni han sido demostradas.
Por lo tanto, una teoría útil es el fundamento
esencial para la crítica, y sin la ayuda de una teoría razonable es imposible
que la crítica alcance el punto en que realmente comienza a ser instructiva, es
decir, a ser una demostración convincente.
Pero equivaldría a una esperanza quimérica creer
en la posibilidad de una teoría que se ocupara de toda verdad abstracta y sólo
dejara a la crítica la tarea de situar el caso individual bajo la ley que le
corresponda. Constituiría una pedantería ridícula establecer como regla que la
crítica debe siempre detenerse y girar en redondo al llegar a los límites de la
sagrada teoría. El mismo espíritu de investigación analítica, que es el origen
de la teoría, debe guiar también al crítico en su trabajo; en consecuencia,
puede y suele suceder que se desvíe hacia el terreno de la teoría y que siga
adelante hasta explicar por sí mismo esos puntos que para él tienen especial
importancia. Por el contrario, es mucho más probable que la crítica deje por
completo de alcanzar su objetivo si se convierte en una aplicación mecánica de
la teoría. Cuanto más carezcan de universalidad y de verdad absoluta los
resultados de la investigación teórica, tanto más llegarán a ser todos los
principios, reglas y métodos que pueda establecer, reglas positivas para la
práctica. Existen para el uso requerido y debe dejarse siempre que el buen
juicio decida si son adecuados o no. Esos resultados de la teoría nunca deben
ser usados en la crítica como reglas o normas fijas, sino simplemente como una
ayuda para el juicio, en la misma forma en que tendrá que usarlas la persona que
actúa. Si en la táctica es cosa decidida que, en el orden general de la batalla,
la caballería debe ser colocada detrás de la infantería y no en la misma línea,
sería sin embargo un disparate reprobar toda desviación a esa norma. La crítica
debe investigar las razones que han determinado la desviación, y sólo si éstas
son inadecuadas tendrá el derecho de hacer referencia a lo que ha establecido la
teoría. Además, si la teoría acepta que un ataque dividido disminuye la
probabilidad de éxito, siempre que se produzca ese ataque dividido y con ello un
resultado desafortunado sería poco razonable considerar este último como una
consecuencia del primero, sin investigar con más detalle si realmente ha sido
ese el caso. Del mismo modo, sería también poco razonable deducir de ello que
sea engañoso lo que afirma la teoría. El espíritu crítico investigador se niega
a asentir a cualquiera de las dos premisas. En consecuencia, la crítica se basa
esencialmente en los resultados de la investigación analítica obtenidos por
medio de la teoría. Lo que ésta ha admitido no necesita ser establecido de nuevo
por la crítica, y ha sido así para que la critica pueda encontrarlo ya
establecido.
Esta tarea de la crítica de investigar qué efecto
ha sido producido por una causa, y si el medio empleado ha sido el que se
necesitaba para alcanzar su fin, resultará fácil si se hallan próximos la causa
y el efecto, el fin y los medios.
Si un ejército es sorprendido y no puede por tanto
hacer uso normal e inteligente de sus fuerzas y recursos, el efecto de esa
sorpresa no será dudoso. Si la teoría ha establecido que, en una batalla, un
ataque envolvente conduce a un mayor éxito pero con menor seguridad, la
cuestión, entonces, radica en saber si quien emplea el ataque envolvente ha
considerado como principal objetivo la magnitud del éxito. En ese caso, el medio
fue elegido correctamente. Pero si el deseo del atacante sólo fuera asegurar el
éxito y si esta esperanza estuviese basada no en circunstancias particulares,
sino en la naturaleza del ataque envolvente, entonces se habría equivocado al
calibrar la naturaleza de ese medio y habría cometido un error, como ha sucedido
cientos de veces.
Aquí resulta fácil el trabajo de investigación
militar y demostrativo, y siempre lo será, si se limita a los efectos y los
fines inmediatos. Se podrá hacer esto exactamente a gusto de cada cual, a
condición de que se consideren las cosas separadamente de su relación con el
conjunto, y que sólo se estudien así separadas.
Pero en la guerra, lo mismo que en general en el
mundo común, existe una relación entre todo lo que pertenece al conjunto; en
consecuencia, toda causa, por pequeña que sea, debe influir con sus efectos
sobre el resto de la guerra y modificar en cierto grado el resultado final, por
más débil que pueda ser ese grado. Del mismo modo, todo medio puede ejercer su
influencia hasta la obtención del fin último.
Por lo tanto, podemos deducir los efectos de una
causa, hasta donde se observen señales indicativas, y, de la misma manera, no
sólo se puede poner a prueba un medio para su fin inmediato, sino también probar
este mismo como medio para un fin más elevado y ascender así a lo largo de un
encadenamiento, subordinado cada fin al superior, hasta que lleguemos a uno que
no requiera ser puesto a prueba, porque su necesidad es indudable. En muchos
casos, especialmente si se trata de medidas importantes y decisivas, el examen
tendrá que extenderse hasta el fin último, o sea, el que dé lugar a la paz.
Es evidente que, al ascender de este modo, en cada
nuevo tramo al que se llegue se adaptará para el juicio un punto de vista nuevo,
de forma tal que el mismo medio que parece ventajoso desde un punto de vista
inmediato debe ser rechazado cuando se considera desde un punto de vista más
alejado.
Al analizar en forma crítica un capítulo de la
historia, siempre deben ir acompasadas la investigación de las causas de los
fenómenos y la constatación de los medios, de acuerdo con los fines a los que
sirven, porque sólo la investigación de la causa nos conduce a objetos dignos de
ser puestos a prueba.
Este intento de recorrer de un extremo a otro el
encadenamiento causal implica una dificultad considerable, porque, cuanto más
lejos de un acontecimiento se halle la causa que se busque, tanto mayor habrá de
ser el número de otras causas que, al mismo tiempo, deben ser examinadas y
analizadas en relación con la participación que puedan haber tenido en dar forma
a los acontecimientos, y eliminadas en consecuencia; porque cuanto más elevado
se halle un fenómeno en esa cadena causal, más numerosas serán las fuerzas y
circunstancias separadas que lo condicionan. Si hemos dilucidado las causas de
una batalla perdida, también habremos dilucidado, sin duda, parte de las causas
que corresponden a las consecuencias de esa batalla perdida en el conjunto de la
guerra. Pero sólo habremos dilucidado una parte, porque los efectos de otras
causas contribuirán en mayor o menor medida, de acuerdo con las circunstancias,
a determinar el resultado final.
En la constatación de los medios, a medida que
nuestros puntos de vista se eleven sucesivamente se presentará la misma
multiplicidad en lo que habremos de tratar, porque cuanto más elevados sean los
fines, más cuantiosos tendrán que resultar los medios empleados para
alcanzarlos. El fin último de la guerra es perseguido simultáneamente por todos
los ejércitos y, por lo tanto, se tiene también que tomar en consideración
cuanto a su respecto ha sido llevado a cabo, o hubiera podido ser llevado a
cabo.
Evidentemente, ello puede conducir, a veces, a un
terreno muy amplio de investigación, donde es fácil perderse y en el que
prevalecen las dificultades, porque deben avanzarse gran número de suposiciones
sobre cosas que no han sucedido realmente, pero que eran probables y, en este
sentido, no pueden dejar de ser consideradas.
Cuando, en 1797, Bonaparte, a la cabeza del
Ejército de Italia, avanzó desde el río Tagliamento contra el archiduque Carlos,
lo hizo con la intención de obligarle a tomar una decisión antes de que éste
recibiera los refuerzos que esperaba procedentes del Rin. Si consideramos
solamente la decisión inmediata, el medio fue bien elegido. Y el resultado lo
demostró, pues el archiduque quedó tan debilitado que no efectuó más que un
intento de resistencia sobre el Tagliamento. Cuando vio la resolución y
fortaleza de su adversario, abandonó el campo de batalla y los pasos que
conducían a los Alpes Nórdicos. Ahora bien, ¿qué se había propuesto Napoleón con
esta acción? ¿Penetrar en el corazón mismo del imperio austríaco? ¿Facilitar el
avance de los ejércitos del Rin al mando de Moreau y Hoche y lograr una estrecha
comunicación con ellos? Esta fue la posición adoptada por Bonaparte y desde este
punto de vista actuó con acierto. Pero si la crítica se sitúa en un punto de
vista más elevado, o sea, el del Directorio francés, cuyo mando era incapaz de
ver, y debió haber visto, que la campaña del Rin no tenía que haberse iniciado
hasta seis semanas más tarde, entonces el avance de Napoleón sobre los Alpes
Nórdicos sólo puede ser considerado como una baladronada extemporánea, porque si
los austríacos hubieran hecho intervenir en masa a sus ejércitos del Rin para
reforzar su presencia en Estiria, permitiendo de este modo que el archiduque se
arrojara sobre el Ejército de Italia, no sólo ese ejército probablemente habría
sido derrotado, sino que quizá se habría perdido para Francia toda la campaña.
Fue esta consideración, que se impuso por sí misma a Napoleón en Villach, la que
indujo a éste a firmar con tanta celeridad el armisticio de Leoben.
Si la crítica parte de una posición aún más
elevada y se sabe que los austriacos no poseían reserva alguna desplegada entre
el ejército del archiduque Carlos y la ciudad de Viena, se deduce, entonces, que
la capital austriaca habría caído bajo la amenaza del Ejército de Italia.
Supongamos que Bonaparte hubiera sabido que Viena
se hallaba de esa forma desprotegida y también que contaba en Estiria con esa
decisiva superioridad numérica sobre el archiduque.
Entonces, su precipitado avance contra el corazón
de los estados austríacos ya no habría carecido de propósito, puesto que su
valor habría dependido sólo de aquel que los austríacos hubieran asignado a la
conservación de Viena. Si ese valor hubiese sido para ellos tan grande como para
haberles inducido a aceptar las condiciones de paz que Bonaparte estaba
dispuesto a ofrecerles, antes que perder la ciudad, la amenaza contra Viena
debería ser considerada como el propósito esencial del avance. Si por alguna
razón Bonaparte hubiera sabido esto, la crítica podría detenerse aquí; pero si
se hubiera mostrado indeciso a ese respecto, la crítica debería situarse en una
posición aún más elevada y preguntarse qué habría ocurrido si los austríacos
hubieran abandonado Viena y se hubiesen retirado más allá, en el confín de las
vastas extensiones cuyo dominio todavía poseían. Pero resulta fácil advertir que
esta cuestión no puede ser contestada sin tomar en consideración el curso
probable de los acontecimientos en la confrontación de los ejércitos del Rin por
ambos bandos. En vista de la decidida superioridad numérica del lado de los
franceses ––130.000 contra 80.000––, no cabrían muchas dudas respecto del
resultado. Pero entonces surgiría otra cuestión: ¿qué uso habría hecho el
Directorio de esa probable victoria? ¿Habría ampliado su triunfo hasta alcanzar
los límites de la monarquía austriaca, intentando desmembrar y destruir, por lo
tanto, ese poder, o se habría contentado con la conquista de una parte
considerable del territorio, que le pudiera servir como garantía de la paz? Debe
estimarse, en cada caso, el resultado probable, a fin de llegar a una conclusión
sobre la plausible elección del Directorio. Supongamos que el resultado de estas
consideraciones hubiera sido el de que las fuerzas francesas eran demasiado
débiles para derrotar completamente a la monarquía austriaca, de suerte que el
intento por sí mismo habría invertido completamente la situación, y que incluso
la conquista y ocupación de una parte considerable del territorio de aquélla
habría colocado a los franceses en una posición estratégica para la cual sus
fuerzas probablemente eran insuficientes. Entonces ese resultado habría
condicionado su juicio sobre la situación del Ejército de Italia, hasta hacerle
ver la conveniencia de disminuir sus posibilidades. Sin duda, esto fue lo que
indujo a Bonaparte ––aun cuando pudo darse cuenta, a primera vista, de la
impotencia del archiduque a firmar la paz de Campoformio, que no impuso a los
austríacos mayores sacrificios que los de la pérdida de regiones que no habrían
reconquistado ni tras las campañas más afortunadas. Pero los franceses no
podrían haber contado siquiera con el moderado tratado de Campoformio, y, por lo
tanto, no podrían haberlo fijado como objetivo de su osado avance, si no
hubieran entrado en consideración dos cuestiones. La primera, determinar qué
valor habrían asignado los austríacos a cada uno de los resultados antes
mencionados; si, no obstante la probable obtención de un resultado satisfactorio
en cualquiera de los dos casos, habría valido la pena hacer el sacrificio que
implicaban, es decir, continuar la guerra, cuando ese sacrificio podría haber
sido ahorrado mediante una paz basada en cláusulas no demasiado humillantes. La
segunda, saber si el gobierno austriaco habría sopesado seriamente el posible
resultado final de una resistencia continuada, y si no se habría dejado llevar
por el desaliento bajo la impresión causada por los descalabros del momento.
La consideración que entraña la primera cuestión
no constituye una sutileza baladí, sino que tiene una importancia práctica tan
decisiva que surge siempre que se discute un plan para llevarlas cosas hasta sus
últimos extremos. Esto es lo que con gran frecuencia evita que esos planes se
ejecuten.
La segunda cuestión es igualmente necesaria,
porque la guerra se entabla no con un oponente abstracto, sino con uno real, que
siempre debe ser tenido en cuenta. Podemos estar seguros de que el audaz
Bonaparte no descuidaba este punto de vista, es decir, no desdeñaba la confianza
basada en el temor que despertaba en sus enemigos. Esta misma confianza fue la
que, en 1812, lo condujo a Moscú, y allí lo abandonó en el infortunio. El terror
que inspiraba se había evaporado en cierto modo en las gigantescas luchas en las
que se vio implicado. Por supuesto, no había sufrido ningún desgaste en 1797 y
no se había revelado todavía el secreto de su fuerza de resistencia llevada
hasta el último extremo. Sin embargo, incluso en 1797 su intrepidez lo habría
conducido a un resultado negativo si, como ya hemos dicho, gracias a una especie
de presentimiento, no hubiera elegido la paz moderada de Campoformio como una
tabla de salvación.
Tenemos que examinar esto de manera terminante.
Bastará mostrar con un ejemplo la amplia esfera de actividad, la diversidad y la
dificultad que puede presentar un examen crítico si nos adentramos en los fines
esenciales, es decir, si nos referimos a medidas de carácter importante y
decisivo que necesariamente deben influir sobre ellos. Este examen revelará que,
además de la comprensión teórica de la cuestión, el talento natural debe también
ocupar su lugar a la hora de enjuiciar el valor del examen crítico, porque de él
dependerá principalmente la posibilidad de aclarar la relación de las cosas,
distinguiendo las que son esenciales de las incontables relaciones recíprocas de
los acontecimientos.
Pero el talento se emplea todavía de otra manera.
La consideración crítica no constituye una mera constatación de los medios
empleados realmente, sino un examen de todos los posibles, que, por lo tanto,
primero deben ser descubiertos y especificados; y, evidentemente, no estamos en
disposición de desdeñar ningún medio en particular, a menos que seamos capaces
de especificar uno mejor. Sin embargo, por pequeño que sea el número de
combinaciones posibles en la mayoría de los casos, debe admitirse que señalar
las que no han sido usadas no constituye un simple análisis de las cosas reales,
sino una realización espontánea que no se deja prescribir sino que depende de la
capacidad de producción de la mente.
Estamos lejos de considerar que un caso en el cual
todo debe ser investigado hasta que se llega a unas pocas combinaciones
prácticamente posibles y muy simples constituye el terreno abonado para el
genio. Encontramos sumamente ridículo considerar, como ha ocurrido tan a menudo,
el cambio de una posición como un descubrimiento que revela la presencia de un
gran genio; sin embargo, este acto de realización espontánea es necesario y el
valor del examen crítico es determinado esencialmente por él.
Cuando, el 30 de julio de 1796, Bonaparte decidió
levantar el sitio de Mantua para contrarrestar el avance de Wurmser y con toda
su fuerza caer sobre sus filas, separadas por el lago de Garda y el río Mincio,
esta pareció la vía más segura para alcanzar una brillante victoria. Tal
victoria se produjo realmente, y después se repitió con los mismos medios y con
éxito todavía más fulminante cuando se reanudó el intento de asediar aquella
fortaleza. Nos consta sólo una opinión sobre estas hazañas, la cual se rinde
completamente a la admiración.
Pero Bonaparte no pudo seguir ese rumbo el 30 de
julio sin abandonar completamente la idea del asedio de Mantua, porque era
imposible apoyar a las tropas ocupadas en ello, las cuales no podían ser
reemplazadas por otras en esa campaña. En realidad, el asedio se convirtió en un
simple bloqueo. La ciudad, que habría caído pronto si la acción hubiera
continuado, resistió durante seis meses, pese a los éxitos de Bonaparte en el
campo de batalla.
Los críticos generalmente han considerado esto
como un mal más bien inevitable, porque no han sido capaces de sugerir ningún
medio de resistencia mejor. La resistencia a un ejército de relevo, dentro de la
circunvalación, ha caído en tal descrédito, que no se la considera en absoluto
como un medio. Sin embargo, en los tiempos de Luis XIV esa medida era usada tan
a menudo con éxito, que si cien años más tarde no se le ocurrió a nadie que por
lo menos cabía tomarla en cuenta, esto sólo tiene que ser considerado como un
capricho de la moda. Si esta posibilidad hubiera sido admitida, una
investigación más atenta de las circunstancias habría demostrado que los 40.000
hombres de la mejor infantería del mundo, bajo el mando de Bonaparte, colocados
detrás de la fuerte circunvalación de Mantua, tenían tan poco que temer de los
50.000 austriacos que acudían en socorro de la ciudad, al mando de Wurmser, que
era muy improbable que se hubiera realizado ni siquiera un solo intento de
ataque sobre sus líneas. No trataremos aquí de demostrar este punto, pero
creemos que se ha dicho lo bastante como para mostrar que este medio tiene
derecho a ser considerado. No discutiremos tampoco si, durante la acción,
Bonaparte mismo pensó en este medio. No se encuentra indicio alguno de ello en
sus memorias ni en otras fuentes impresas. Ninguno de los críticos posteriores
reparó en él, porque esa medida quedó por completo fuera del alcance de su campo
visual. El mérito de recordarlo no es tan grande, porque para pensar en él sólo
hemos tenido que rehuir el engreído capricho de la moda. No obstante, es
necesario tenerlo en cuenta y compararlo con los medios que empleó Bonaparte.
Sea cual sea el resultado de esta comparación, la crítica no debería omitirla.
Cuando, en febrero de 1814, Bonaparte se distanció
del ejército de Blücher, al que había derrotado en los encuentros de Étogues,
Champ-Aubert, Montmirail, etc., y acosó nuevamente a las tropas de
Schwarzenberg, a las que venció en Montereau y Mormant, todo el mundo se mostró
rendido de admiración, porque Bonaparte, con sólo utilizar su fuerza
concentrada, primero sobre un adversario y luego sobre el otro, aprovechó
brillantemente el error cometido por los Aliados al avanzar con sus fuerzas
divididas. Generalmente se ha considerado que al menos no fue su culpa si estos
ataques fulminantes en todas direcciones no sirvieron para ponerlo a salvo.
Nadie ha formulado todavía esta pregunta: ¿cuál habría sido el resultado si, en
lugar de atacar nuevamente a Schwarzenberg, Bonaparte hubiera continuado
apremiando a Blücher y lo hubiese presionado hasta el Rin? Estamos convencidos
de que se habría producido una inversión completa de la campaña y que el
ejército de los Aliados, en lugar de marchar hacia París, se habría retirado
detrás del Rin. No pretendemos que otros compartan nuestra convicción, pero ya
que esta alternativa ha sido mencionada, ningún experto pondría en duda que esa
crítica tendría que ser considerada junto con las demás posibilidades.
En este caso los medios de comparación se
encuentran también mucho más cerca que el primero. Fueron igualmente pasados por
alto, porque se siguió ciegamente una tendencia determinada, sin recurrir a un
juicio imparcial.
De la necesidad de proponer un medio mejor en
lugar del que fue rechazado ha surgido una clase de crítica que es casi la única
que se usa y que se contenta con señalar un procedimiento supuestamente mejor,
sin aducir la verdadera prueba para ello. Consecuencia de esto es que mientras
algunos no están convencidos, otros actúan exactamente de la misma forma y
surge, entonces, una controversia que no proporciona base ninguna para la
discusión. Toda la literatura de la guerra abunda en esta clase de ejemplos.
La prueba que solicitamos es siempre necesaria
cuando la posibilidad que pone de manifiesto el medio no es tan evidente como
para desechar todas las dudas, y consiste en investigar cada uno de los medios
sobre la base de sus propios méritos y compararlo con el fin propuesto. Si, de
esta forma, la cuestión ha sido investigada hasta alcanzar la simple verdad, la
controversia debería cesar, o por lo menos conducir a nuevos resultados,
mientras que, en la otra forma de procedimiento, los pros y los contras siempre
se destruyen entre sí. Si, por ejemplo, no nos satisface la afirmación hecha en
el caso antes mencionado, y deseamos probar que haber persistido en perseguir a
Blücher hubiera sido mejor que acosar a Schwarzenberg, debemos tener en cuenta
las realidades siguientes:
1. En general, resulta más ventajoso perseverar en
los golpes en una misma dirección que golpear en diferentes direcciones, porque
esto último implica una pérdida de tiempo, y, además, porque cuando la fuerza
moral del enemigo se ha visto debilitada por haber sufrido bajas considerables,
es más fácil obtener nuevos éxitos. En ese sentido, por lo tanto, la
superioridad ya ganada es aprovechada íntegramente.
2. Blücher, aun siendo más débil que
Schwarzenberg, debido a su espíritu combativo era todavía el adversario más
importante; por lo tanto, en él se encontraba el centro de gravedad en el que
confluía todo lo demás.
3. Las pérdidas sufridas por Blücher equivalían a
una derrota y habían otorgado a Bonaparte un tal predominio en la situación, que
casi no podía dudarse de la retirada de aquél sobre el Rin, porque en la zona en
que se hallaba no existían refuerzos de importancia.
4. Ningún otro éxito posible hubiera parecido tan
formidable o hubiera adquirido proporciones tan gigantescas para la imaginación;
tener que enfrentarse a un Estado Mayor indeciso y timorato, como era
notoriamente el de Schwarzenberg, constituía una ventaja inmensa. El príncipe
Schwarzenberg tenía que conocer bastante aproximadamente las pérdidas sufridas
por el príncipe de Eugenio de Württemberg, en Montereau, y por el conde
Wingenstein en Mormant. Por otro lado, de la serie de descalabros que Blücher
habría experimentado en su zona completamente separada e inconexa, que se
extendía desde el Marne hasta el Rin, sólo le habrían llegado noticias a través
de rumores. El movimiento desesperado que Bonaparte realizó sobre Vitry, a
finales de marzo, para probar qué efectos ejercería sobre los Aliados la amenaza
de un movimiento envolvente, estaba basado, evidentemente, en el principio de
terror sorpresivo, pero bajo circunstancias bastante diferentes a las que le
llevaron a la derrota en Laon y Arcis, y cuando Blücher, con sus 100.000
hombres, estaba secundando a Schwarzenberg.
Sin duda habrá muchos que no se mostrarán
convencidos ante estos argumentos, pero, por lo menos, no podrán replicarnos
diciendo que «mientras Bonaparte, al avanzar hacia el Rin, amenazaba la base de
Schwarzenberg, éste, al mismo tiempo, amenazaba París, base de Bonaparte»,
porque creemos haber demostrado, con las razones antes expuestas, que no estuvo
nunca en el ánimo de Schwarzenberg marchar contra París.
En relación con el ejemplo que hemos citado,
extraído de la campaña de 1796, podríamos exponer lo siguiente: Bonaparte
consideraba el plan que había adoptado como el camino más seguro para derrotar a
los austríacos. Incluso si hubiera sido así, el objetivo que se hubiese logrado
habría constituido una gloria militar inútil, que apenas podría haber ejercido
una influencia perceptible en el asedio de Mantua. A nuestro entender, el camino
indicado habría llevado con mayor seguridad a impedir la ayuda a Mantua. Pero
aun en contra de esta opinión, como pensó el general francés, esto no sucedió, y
si prefiriéramos considerar menor la seguridad de éxito, la cuestión llegaría a
ser, una vez más, la de contrapesar, en un caso, un éxito probable, pero casi
inútil y, por lo tanto, débil, y, en el otro, un éxito no del todo probable,
pero mucho más productivo. Si el asunto es presentado de esta forma, la
intrepidez habría tenido que pronunciarse en favor de la segunda solución, que
es exactamente lo contrario de lo que nos hubiera inducido a creer un punto de
vista superficial sobre la cuestión. Sin duda, Bonaparte no pensó en acometer
ninguna acción audaz, y nos caben dudas sobre si no habría apreciado la
naturaleza del caso, ni comprendido sus consecuencias, con la misma claridad con
que la experiencia nos ha permitido hacerlo a nosotros.
Naturalmente, al considerar los medios, a menudo
el crítico debe recurrir a la historia militar, ya que en el arte de la guerra
la experiencia tiene mayor valor que cualquier verdad filosófica. Pero sin duda
esta evidencia histórica se halla sujeta a sus propias condiciones, que
trataremos en un capítulo especial; y por desgracia, estas condiciones se
cumplen tan raras veces que, por lo general, las referencias históricas sólo
sirven para aumentar la confusión de las ideas.
Debemos considerar todavía un asunto muy
importante, que es el siguiente: al juzgar un acontecimiento en particular,
tenemos que ver hasta dónde está obligada o le es permitido a la crítica hacer
uso de su modo superior de ver las cosas y, por lo tanto, de lo que han
establecido los resultados, o cuándo y dónde se ve obligada a dejar de
considerar estas cosas, para colocarse exactamente en el lugar de la persona que
actúa.
Si la crítica quiere loar o censurar a la persona
actuante, es evidente que tiene que colocarse exactamente en su lugar, es decir,
debe recoger todo lo que esa persona conocía y todos los móviles que la
impulsaron a actuar y, por otro lado, tiene que hacer caso omiso de todo lo que
aquélla desconocía o no podía conocer, o sea, ante todo, el resultado que se
produjo. Pero este es sólo un fin por el que nos esforzamos pero que nunca
podemos alcanzar por completo, porque el estado de cosas del cual surge un
acontecimiento nunca se presenta ante los ojos del crítico como lo hizo ante los
de la persona actuante. Se han desvanecido por completo una multitud de
circunstancias menores que pudieron haber influido sobre la decisión tomada, y
muchas de las motivaciones subjetivas nunca se ponen de relieve. Tales móviles
sólo pueden ser conocidos a través de las memorias de la persona actuante o de
sus relaciones muy íntimas y, a menudo, en tales memorias, estas cuestiones son
tratadas de forma muy vaga, o incluso son tergiversadas a propósito. En
consecuencia, la crítica siempre tendrá que renunciar a saber por completo qué
es lo que pasaba por la mente de la persona que actuaba.
Por otro lado, todavía le resulta más difícil
renunciar a lo que conoce tal vez demasiado. Esto solamente es fácil respecto de
las circunstancias accidentales, es decir, de aquellas que no guardaban
necesariamente una relación con la situación, sino que habían llegado a estar
mezcladas con ella. Pero, en todas las cuestiones esenciales, la crítica resulta
extremadamente difícil y nunca se logra llevarla a cabo por completo.
Consideremos en primer lugar el resultado. Si éste
no proviniera de circunstancias accidentales, sería casi imposible que su
conocimiento no influyera sobre el juicio de las circunstancias de las que
provenía realmente porque vemos estas circunstancias desde el punto de vista de
ese resultado, y en cierto modo, solamente gracias a él adquirimos nuestro
conocimiento de las circunstancias y establecemos nuestra opinión sobre su
importancia. La historia de la guerra, con todos sus acontecimientos, constituye
una fuente de enseñanza para la propia crítica, y es natural que ésta arroje
sobre las cosas la misma luz que ha obtenido de la consideración del conjunto.
Por lo tanto, si en muchos casos la crítica hubiera intentado prescindir por
completo de ello, nunca lo habría conseguido plenamente.
Pero esto ocurre no sólo en lo que se refiere al
resultado, es decir, a lo que no se produce hasta más tarde, sino también en lo
que respecta a lo que ya existe, o sea, a los datos que determinan la acción. En
la mayoría de los casos, la crítica dispondrá de un mayor número de datos que el
que tenía la persona que actuaba. Ahora bien, podríamos suponer que habría sido
fácil descartarlos por completo, y sin embargo no es así. El conocimiento de las
circunstancias anteriores y simultáneas no descansa sólo sobre informaciones
definidas, sino sobre un amplio número de conjeturas y suposiciones. En
realidad, apenas no hay una información referente a las cosas que no son
puramente accidentales, que no haya sido precedida por conjeturas o
suposiciones, las cuales substituirán a la información auténtica, si ésta
continúa faltando. Entonces puede concebirse que la crítica, que en una época
posterior tiene delante de sí, como hechos, todas las circunstancias precedentes
y presentes en el acto, no se sienta con ello prevenida cuando se pregunta qué
parte de las circunstancias desconocidas habría considerado como probable en el
momento de la acción. Mantenemos que, en este caso, como en el de los
resultados, y por la misma razón, es imposible llegar a una abstracción.
En consecuencia, si el crítico quiere loar o
censurar cualquier acto aislado, sólo hasta cierto punto logrará colocarse en la
posición de la persona que actuaba. En muchísimos casos estará en disposición de
hacer esto hasta un grado suficiente como para alcanzar un propósito práctico,
pero en otros no podrá hacerlo en forma alguna, lo cual no debemos perder nunca
de vista.
Pero no es necesario ni deseable que la crítica se
identifique completamente con la persona actuante. En la guerra, como en todas
las actividades que exigen cierta capacidad, se requiere una aptitud natural que
llamamos maestría. Esta puede ser grande o pequeña. En el primer caso,
fácilmente puede ser superior a la del crítico, porque, ¿qué crítico pretenderá
poseer la maestría de un Federico el Grande o de un Bonaparte? Por lo tanto, si
la crítica no tiene que abstenerse de emitir su opinión en lo que respecta a un
talento eminente, se le debe permitir hacer uso de la ventaja que le proporciona
la visión de un amplio horizonte. En consecuencia, la crítica no puede verificar
la solución dada por un gran general a su acción con los mismos datos como se
verifica una suma en aritmética, sino que, estudiando el resultado, estudiando
la forma en que invariablemente éste es confirmado por los acontecimientos, debe
reconocer con admiración lo que corresponda a la actividad superior del genio, y
aprender a considerar como un hecho establecido la relación esencial que éste
presiente con su visión.
Pero incluso para las manifestaciones más pequeñas
de virtuosidad es necesario que la crítica adopte un punto de vista más elevado,
para que, rica en las razones que han conducido a la decisión, sea lo menos
subjetiva posible, y para que la limitación mental del crítico no se convierta
en medida para el juicio.
La posición superior de la crítica, sus loas y sus
censuras, emitidas de acuerdo con el conocimiento completo de las
circunstancias, no encierran en sí mismas nada que ofenda nuestros sentimientos;
solamente lo hacen cuando el crítico se adelanta y se expresa como si toda la
sabiduría obtenida por su conocimiento cabal del acontecimiento considerado
fuera debida a su propio talento. Por más burdo que pueda ser este engaño, la
vanidad lo comete con facilidad y esto, naturalmente, molesta a los demás. Pero
con gran frecuencia, aunque no se halle en la intención del crítico caer en esa
autoexaltación presuntuosa, el lector apresurado se la atribuye, a menos que
expresamente se ponga en guardia contra ello, y, en ese caso surge la acusación
de falta de juicio crítico.
Por lo tanto, cuando el crítico señala un error
cometido por un Federico el Grande o un Bonaparte, esto no significa que él
mismo no lo habría cometido. En realidad podría admitir que, de haber ocupado el
lugar de esos generales, habría podido cometer errores mucho más grandes, pero
no deja de saber cuáles son estos errores, y, por la relación general de los
acontecimientos, exige de la sagacidad del general en cuestión que haya reparado
en ellos.
En consecuencia, se trata de una opinión formada
sobre la base de la relación de los acontecimientos y, por lo tanto, también
sobre la base del resultado. Pero el resultado en sí tiene sobre el
juicio otro efecto bastante diferente, es decir, cuando es usado simplemente
como evidencia, en pro o en contra de la procedencia de una medida. Esto puede
ser llamado juicio de acuerdo con el resultado. A primera vista, este
juicio parece inútil, y sin embargo, no lo es en absoluto.
Cuando Bonaparte, en 1812, marchó sobre Moscú,
todo dependía de si, gracias a la toma de la ciudad y los acontecimientos
precedentes, habría sido capaz de llevar al emperador Alejandro a firmar la paz,
como había hecho después de la batalla de Friedland en 1807, y como había
obligado a hacer al emperador Francisco I en 1805 y 1809, después de Austerlitz
y Wagram. Porque si Bonaparte no obtenía la paz en Moscú, no le quedaba otra
alternativa que el regreso, o sea, una derrota estratégica. Omitiremos lo que
hizo Bonaparte para llegar a Moscú y si, en su avance, habría perdido muchas
oportunidades de inducir al emperador Alejandro a firmar la paz. Excluiremos
también toda consideración sobre las circunstancias desastrosas que jalonaron su
retirada y que tal vez tuvieron su origen en la conducción general de la
campaña. La cuestión será siempre la misma, porque, aunque el resultado hasta el
momento de llegar a Moscú podría haber sido mucho más brillante, siempre quedará
la incertidumbre de saber si el emperador Alejandro se habría atemorizado y
habría firmado la paz. Y aun si la retirada no hubiera contenido en sí misma
esos gérmenes de desastre, nunca hubiese podido ser sino una gran derrota
estratégica. Si el emperador Alejandro hubiera convenido en una paz desventajosa
para él, la campaña habría estado al nivel de las de Friedland, Austerlitz y
Wagram. Pero éstas, si no hubieran conducido a la paz, probablemente habrían
terminado también en catástrofes similares. Por lo tanto, por grandes que fueran
la fuerza, la habilidad y la sabiduría con que el conquistador del mundo encaró
su tarea, esta última «cuestión expuesta al azar» continuó siendo la misma.
¿Descartaremos, entonces, las campañas de 1805, 1807 y 1809 y, a causa de la de
1812, diremos que fueron actos de imprudencia, que su éxito iba en contra de la
naturaleza de las cosas y que en 1812 la justicia estratégica finalmente
encontró por sí misma expedito el camino contra la ciega fortuna? Sería esta una
conclusión injustificable, un juicio muy arbitrario al que le faltaría
necesariamente parte de la prueba, porque ningún ser humano puede investigar el
hilo que enlaza el encadenamiento necesario de los acontecimientos, hasta llegar
a la decisión tomada por los generales vencidos.
Tampoco podemos decir que la campaña de 1812
merecía el mismo éxito que las otras y que la razón por la que dio uno resultado
distinto residía en algo que era antinatural, pues difícilmente la firmeza de
Alejandro puede ser considerada como tal.
¿Qué más natural que decir que, en 1805, 1807 y
1809, Bonaparte juzgó correctamente a sus oponentes, y que en 1812 se equivocó?
Por lo tanto, en los primeros casos tuvo razón; en el último, cayó en el error,
y debemos admitir que la justificación para nuestra opinión reside siempre en el
resultado.
Como ya hemos afirmado, en la guerra las acciones
no se rigen por resultados seguros, sino por los probables. Todo lo que adolece
de incertidumbre debe quedar siempre librado al destino o al azar, como se
quiera llamar. Podemos pedir que esto ocurra lo menos posible, pero sólo en
relación con el caso particular, es decir, tan poco como sea posible en este
caso particular, pero no podemos pedir que se prefiera siempre el caso en que la
incertidumbre sea menor. Esto sería un craso error, como cabe deducir de todos
nuestros puntos de vista teóricos. Hay casos en que la osadía más grande
constituye la sabiduría más grande.
Ahora bien, en todo aquello que la persona que
actúa debe dejar librado a la suerte parece haberse agotado completamente su
mérito personal y, por lo tanto, extinguido su responsabilidad.
No mucho menos sabemos reprimir un íntimo
sentimiento de satisfacción cuando nuestras esperanzas se realizan y, si éstas
han sido defraudadas, nos quedamos embargados por un cierto malestar. Y aun el
juzgar si una medida es justa o equivocada no debería significar nada más que lo
que deducimos del simple resultado, o, más bien, de lo que encontramos en él.
Pero no puede negarse que la satisfacción que nos
produce el éxito, así como el disgusto que causa el fracaso, reposan sobre el
vago sentimiento de que existe una relación sutil, invisible para los ojos del
espíritu, entre el éxito atribuido a la suerte y el que cabe atribuir al genio
de la persona que actúa, y esta suposición nos proporciona placer. Lo que tiende
a confirmar esta idea es el hecho de que nuestra simpatía aumenta y se convierte
en un sentimiento más definido si el éxito o el fracaso se repiten
frecuentemente en el caso de la misma persona. Así, llega a comprenderse por qué
en la guerra el azar adquiere un carácter mucho más noble que en el juego. Por
lo general, nos complacerá seguir al militar afortunado siempre que no afecte a
nuestros intereses a lo largo de su carrera.
Por lo tanto, la crítica, después de haber
sopesado todo lo que integra el cálculo y la convicción humanos, permitirá que
el resultado sea la norma para juzgar esa parte donde la correlación profunda y
misteriosa de las cosas no da forma a fenómenos visibles, y por un lado
protegerá a este juicio sereno ante una autoridad superior basada en un tumulto
de opiniones imperfectas, mientras que, por el otro, rechazará el burdo abuso
que pueda hacerse de esa instancia suprema. Este veredicto del resultado tiene,
en consecuencia, que proporcionarnos lo que la sagacidad humana no puede
descubrir, y esto será exigido, principalmente, por las condiciones y las
actividades de la mente, en parte porque lo menos que éstas admiten es que se
forme con ellas un juicio aceptable, y en parte debido a que su íntima relación
con la voluntad les permite ejercer más fácilmente una mayor influencia. Cuando
el miedo o el valor precipitan una decisión, no hay nada objetivo que permita
decidir entre ellos y, en consecuencia, no hay nada gracias a lo cual la
sagacidad y el cálculo puedan llegar al resultado probable.
Incluiremos ahora aquí algunas observaciones sobre
el instrumento de la crítica, o sea, el lenguaje que usa, porque en cierto
sentido éste se halla estrechamente relacionado con la acción en la guerra, ya
que el examen crítico no es otra cosa que la deliberación que tiene que haber
precedido a esa acción. Por lo tanto, consideramos muy esencial que el lenguaje
de la crítica tenga el mismo carácter que debe asumir el de la deliberación en
la guerra, porque, de otro modo, dejaría de ser práctico y no proporcionaría a
la crítica acceso a las realidades de la vida.
Al considerar la teoría de la conducción de la
guerra, afirmamos que debe educar la mente del jefe, o, más bien, que debe guiar
su educación, lo cual no tiene por objeto suministrarle enseñanzas y sistemas
que podría usar como instrumentos mentales. Pero así como en la guerra, para
juzgar el caso que se plantee, no se necesita apelar a la ayuda científica, o
por lo menos en escala tal como sea admisible, si la verdad no ha de participar
en ello, por lo menos en forma sistemática, y si no ha de encontrársela nunca en
forma indirecta, sino de modo directo, mediante la visión mental librada a sí
misma, esto también habrá de ocurrir en el examen crítico.
Es verdad que, como ya hemos observado, en todos
los casos en que sería muy complicado definir la naturaleza real de las
circunstancias la crítica debe confiar en las verdades que la teoría ha
establecido sobre ese punto. Pero del mismo modo que en la guerra la persona que
actúa se somete a estas verdades teóricas, no porque las considere como leyes
exteriores e inflexibles, sino porque ha asimilado el espíritu de esas verdades,
también la crítica debería utilizarlas no como ley exterior o fórmula algebraica
cuya verdad no necesita ser demostrada en cada caso, sino que debería permitir
que esas verdades brillaran desde el principio hasta el fin, dejando sólo a la
teoría la prueba más pormenorizada y circunstancial. Así evitaría la fraseología
misteriosa y oscura y adoptaría el camino de un lenguaje sencillo y de un claro
encadenamiento de ideas, o sea, siempre visible.
Es evidente que esto no puede ser obtenido en todo
momento de forma completa, pero aun así tiene que ser el propósito que se
imponga la exposición crítica. Ésta habrá de usar las formas complejas del
conocimiento lo menos posible y no deberá nunca apelar a la interpretación
científica como si se tratara de un aparato que contuviese en sí mismo la
verdad, sino que habrá de realizar todo mediante una percepción interior libre y
natural.
Pero, lamentablemente, hasta ahora rara vez ha
prevalecido en los exámenes críticos tal intención piadosa, si se nos permite
esta expresión; la mayoría de ellos, encabezados por la vanidad, hacen gala más
bien de un ostentoso despliegue de ideas.
El primer defecto con el que nos encontramos
indefectiblemente es la aplicación torpe, totalmente inadmisible, de ciertos
sistemas unilaterales como si se tratara de un verdadero código de leyes. Pero
no resulta problemático mostrar la unilateralidad de este sistema, y no se
necesita nada más para rechazar definitivamente su veredicto. Aquí tenemos que
tratar con un objetivo definido, y como, después de todo, el número de sistemas
posible no puede ser grande, también en sí mismos sólo constituyen un mal menor.
Una desventaja mucho más seria reside en el hecho
de que estos sistemas se acompañan ostentosamente de términos técnicos,
expresiones científicas y metáforas, que son llevados a uno y otro lado como si
fueran el populacho alborotado o los civiles que siguen sin jefe visible a un
ejército. Todo crítico que no haya adoptado todavía un sistema completo, ya sea
porque ninguno le satisface o porque aún no ha conseguido dominar uno a fondo,
querrá al menos aplicarlo en forma fragmentaria, del mismo modo que uno
aplicaría una regla a fin de mostrar las equivocaciones cometidas por un
general. La mayoría de estos críticos son incapaces de razonar sin apoyarse,
siquiera en un fragmento, en teorías militares científicas. Los fragmentos más
insignificantes, que consisten en meras palabras científicas y metáforas, a
menudo no son más que artificios decorativos de la narración crítica.
Naturalmente, todas las expresiones técnicas y científicas que pertenecen a un
sistema pierden su propiedad, si alguna vez la han tenido, tan pronto como son
separadas de ese sistema para ser usadas como preceptos generales, o como
diminutas aristas de verdad que rivalizan en fuerza de demostración con el
lenguaje sencillo.
Así ha sucedido que nuestros libros teóricos y
críticos, en lugar de ser simples y sencillos, en los cuales el autor por lo
menos siempre sabe lo que dice y el lector lo que lee, rebosan de términos
técnicos que constituyen puntos oscuros de intersección, donde el autor y el
lector se alejan uno de otro. Pero con gran frecuencia son algo todavía peor:
cáscaras huecas sin germen alguno. El mismo autor no tiene una percepción clara
de lo que desea decir, y recurre entonces a ideas vagas que si fueran expresadas
con claridad no serían satisfactorias ni siquiera para él.
El tercer defecto de la crítica es el del abuso
de los ejemplos históricos y el gran despliegue de material de lectura y
erudición. Ya hemos definido qué entendemos por historia del arte de la guerra,
y en capítulos especiales desarrollaremos nuestros puntos de vista sobre los
ejemplos y sobre la historia de la guerra en general. El uso a la ligera y en
forma precipitada de un hecho puede conducir a sostener los puntos de vista más
opuestos, y cuando se describen en la forma más heterogénea tres o cuatro de
estos hechos, evidenciados a tenor de tierras lejanas y tiempos remotos, y
puestos juntos, sólo conducen por lo general a distraer y conturbar el juicio,
sin que se obtenga demostración alguna; porque, al ser expuestos a la luz,
resultan ser sólo floreos y hojarasca, que sirvieron de material para que el
autor hiciera alarde de erudición.
¿Qué beneficio para la vida práctica puede
deducirse de estas concepciones oscuras, parcialmente falsas, confusas y
arbitrarias? Tan escaso es el beneficio, que por causa de ellas la teoría
siempre fue la verdadera antítesis de la práctica, y con frecuencia cayó en el
ridículo ante aquellos cuyas cualidades militares en el campo de batalla los
colocaban por encima de toda cuestión.
Sería imposible que esto hubiera ocurrido si la
teoría, con lenguaje sencillo y mediante un modo natural de tratar las cosas que
constituyen la conducción de la guerra, hubiera tratado simplemente de demostrar
sólo lo que admitía ser demostrado; si, evitando todas las pretensiones falsas y
el despliegue extemporáneo de formas científicas y paralelos históricos, se
hubiera limitado a tratar el tema y hubiese actuado al unísono con los que deben
conducir los asuntos en el campo de batalla, sirviéndose de su íntima percepción
natural.
Capítulo VI
DE LOS EJEMPLOS
Los ejemplos históricos aclaran todas las
cuestiones y proporcionan, por añadidura, el tipo de prueba más convincente en
el terreno empírico del conocimiento. Esto reza para el arte de la guerra más
que para cualquier otro. El general Scharrihorst, cuyo compendio sobre la guerra
real es el mejor de todos cuantos hayan sido escritos, declara que los ejemplos
históricos constituyen en este tema la parte más importante, y los utiliza de
forma admirable. Si hubiera sobrevivido a la gran guerra en la que cayó, nos
habría proporcionado una prueba aún más explícita del espíritu observador y
esclarecedor con el que trataba todas sus experiencias.
Pero rara vez los escritores teóricos hacen un uso
adecuado de los ejemplos históricos. En su mayoría, la forma en que los utilizan
más bien está planteada no sólo para dejar descontenta a la inteligencia, sino
incluso para ofenderla. En consecuencia, creemos que es importante considerar en
especial el uso correcto y el abuso de los ejemplos.
Sin duda, los conocimientos que constituyen la
base del arte de la guerra pertenecen a las ciencias empíricas. Pero si bien
derivan principalmente de la naturaleza de las cosas, sin embargo, en su mayor
parte sólo partiendo de la experiencia podemos llegar a conocer la esencia de
esa naturaleza. Además, la aplicación práctica es modificada por tantas
circunstancias, que los efectos nunca pueden ser percibidos por completo a
partir de la mera naturaleza de los medios.
Los efectos de la pólvora, ese gran agente de la
actividad militar, sólo fueron aprehendidos a través de la experiencia, y hasta
la fecha se realizan continuamente experimentos para investigarlos de forma más
completa. Es obvio, sin duda, que una bala de plomo a la que por medio de la
pólvora se le ha dado una velocidad de 1000 pies por segundo, tiene que
destrozar todas las cosas vivientes que alcanza en su recorrido.
No necesitamos que la experiencia nos lo
demuestre. Pero, al determinar este efecto, ¡cuántas circunstancias conexas se
hallan implicadas, algunas de las cuales sólo pueden ser percibidas por medio de
la experiencia! Y no consideramos únicamente el efecto físico; nos interesa
también el efecto moral, y el único camino para percibirlo y calcularlo es el de
la experiencia. En la Edad Media, cuando las armas de fuego acababan de ser
inventadas, su efecto físico, debido a su construcción imperfecta, era
insignificante, como es lógico, comparado con el que tiene ahora, pero su efecto
moral era mucho mayor. Uno tendría que haber visto realmente la firmeza de esas
masas adiestradas y conducidas por Bonaparte, en su ciclo de conquistas, bajo el
cañoneo más intenso e ininterrumpido, para comprender lo que pueden realizar
tropas curtidas por la extensa práctica en el peligro, cuando una retahíla de
victorias las ha llevado a actuar siguiendo la excelsa regla de exigir de sí
mismas el máximo posible. Esto nunca sería verosímil para la simple imaginación.
Por otra parte, es bien sabido que, aún hoy, en los ejércitos europeos existen
tropas que pueden ser dispersadas fácilmente con algunos disparos de cañón, como
son las de los tártaros, los cosacos, los croatas, etc.
Pero ningún campo empírico del conocimiento, y en
consecuencia ninguna teoría de la guerra, puede complementar siempre sus
verdades con pruebas históricas; en cierta medida, también sería difícil
ilustrar cada caso individual con la única base de la experiencia.
Si en la guerra cierto medio se muestra muy
eficaz, se tiende a repetirlo. Uno copia al otro, y el medio llega a ser una
forma corriente y de uso, con base en la experiencia ocupando su lugar en la
teoría, que se contenta con recurrir a la experiencia, para indicar su origen,
pero no para demostrar su eficacia.
Pero cosa distinta es si la experiencia ha de ser
usada para reemplazar un medio en uso, para demostrar la eficacia de uno dudoso,
o para introducir uno nuevo; entonces los ejemplos particulares extraídos de la
historia deben citarse como prueba.
Si consideramos más detenidamente el uso de un
ejemplo histórico, podemos distinguir fácilmente cuatro puntos de vista.
En primer lugar, cabe ser usado simplemente como
explicación de una idea. En toda discusión abstracta resulta muy fácil
ser mal comprendido o completamente ininteligible. Cuando un autor teme incurrir
en ello, recurre a los ejemplos históricos, que servirán para presentar más
claramente sus ideas y asegurarse de que es comprendido por sus lectores.
En segundo lugar, puede servir como aplicación
de una idea, porque por medio de un ejemplo se crea la ocasión de mostrar la
acción de esas circunstancias menores que no pueden ser percibidas por la
expresión general de una idea, ya que en ello consiste, precisamente, la
diferencia entre la teoría y la experiencia. En uno y otro caso nos referimos a
ejemplos verdaderos.
En tercer lugar, podemos considerar especialmente
el hecho histórico para fundamentar lo antes dicho. Esto basta en todos los
casos en que se desea comprobar la mera posibilidad de un fenómeno o un
efecto.
En cuarto y último lugar, cabe deducir alguna
teoría de la presentación circunstancial de unos hechos históricos y de la
comparación entre alguno de ellos, teoría que encuentra entonces su prueba
verdadera en este mismo testimonio.
Para el primero de estos propósitos, todo lo que
se requiere generalmente es una mención rápida del caso, porque sólo es usado
desde un único punto de vista.
Incluso la exactitud histórica resulta ser una
consideración secundaria. Un caso inventado puede asimismo servir a ese
propósito; pero los ejemplos históricos tienen que ser siempre preferidos porque
acercan más la idea que ilustran a la vida práctica misma.
El segundo uso presupone una presentación más
circunstancial de los hechos, pero de nuevo la exactitud histórica tiene aquí
una importancia secundaria, y en relación con este punto podemos decir lo mismo
que en el primer caso.
Para el tercer propósito, por lo general basta la
simple mención de un hecho indudable. Si se afirma que las posiciones
fortificadas pueden cumplir su objetivo bajo ciertas circunstancias, sólo es
necesario mencionar la posición de Bunzelwitz en apoyo de esa afirmación.
Pero si tiene que ser demostrada una verdad
general por medio de la narración de un caso histórico, entonces todo lo que se
relacione con la afirmación debe ser analizado exacta y cuidadosamente; por así
decir, debe ser reconstruido minuciosamente ante los ojos del lector. Cuanto
menor sea la eficacia con que esto puede ser realizado, más débil será la prueba
y se hará más necesario compensar el poder demostrativo del que adolece el caso
aislado, citando un número más amplio de casos, porque tenemos el derecho de
suponer que los detalles más minuciosos que nos es imposible mencionar se
neutralizan recíprocamente en relación con sus efectos, en cierto número de
casos.
Si queremos probar, por medio de la experiencia,
que la caballería está mejor situada detrás de la infantería que en idéntica
línea con ella: que es muy peligroso, si no se cuenta con una decidida
superioridad numérica, efectuar un movimiento envolvente con columnas
ampliamente separadas, ya sea en el campo de batalla o en el teatro de la
guerra, o sea, táctica o estratégicamente, entonces, en el primero de estos
casos, no bastaría con citar algunas derrotas en las cuales la caballería se
encontraba en los flancos de la infantería y algunas victorias en las que la
caballería se hallaba en la retaguardia, y, en el último caso, no sería
suficiente remitirnos a las batallas de Rívoli y Wagram, al ataque de los
austríacos sobre el teatro de la guerra en Italia en 1796 o al de los franceses
en el teatro de la guerra alemán, en el mismo año. Por medio de la investigación
detallada de las circunstancias y de los acontecimientos considerados uno por
uno debe ser mostrada la forma en que estos diferentes ataques y posiciones
pudieron contribuir a que se produjera el mal resultado en cada uno de estos
casos. Sólo entonces sabremos en qué medida pueden ser censuradas esas formas,
punto que es muy necesario señalar, ya que una censura total, efectuada de
cualquier modo, no se correspondería con la verdad.
Ya ha sido demostrado que, cuando es imposible un
relato detallado de los hechos, una prueba deficiente puede ser reemplazada en
alguna medida por la cita de un cierto número de casos; pero es indudable que es
este un recurso peligroso y del cual se ha hecho demasiado abuso. En lugar de un
ejemplo expuesto con gran detalle, se tratan ligeramente tres o cuatro, dándose
así la apariencia de una prueba convincente. Pero hay cuestiones en las que no
se prueba nada por mucho que se presenten una docena de casos similares, como
son aquellas que se producen con frecuencia, frente a las cuales pueden ser
presentados con la misma facilidad otros doce casos de resultado opuesto. Si se
enumeran doce batallas perdidas en las que el bando derrotado atacó en columnas
separadas, podemos citar otras doce ganadas en las que se usó el mismo orden. Es
evidente que por este camino no puede obtenerse ningún resultado.
Mediante la cuidadosa consideración de estas
diferentes circunstancias podemos ver con cuánta facilidad cabe hacer mal uso de
los ejemplos.
Un acontecimiento que es mencionado en forma
superficial, en lugar de ser reconstruido minuciosamente en todas sus partes, es
como un objeto observado a gran distancia, que presenta la misma apariencia por
todos sus lados y en el que no puede distinguirse su verdadera composición.
Tales ejemplos han servido en realidad para fundamentar las opiniones más
contradictorias. Para algunos, las campañas de Daun constituyen un modelo de
restricción. Para otros no son otra cosa que un ejemplo de timidez y falta de
resolución. El paso de Bonaparte por los Alpes Nórdicos, en 1797, puede parecer
la más eximia de las resoluciones, pero también un acto de pura temeridad. La
derrota estratégica de Bonaparte en 1812 puede ser interpretada como la
consecuencia ya sea de un exceso de energía como de una falta de ella. Estas dos
opiniones han sido expresadas, y es fácil ver que pueden haber surgido porque
cada una interpretó la relación existente entre los acontecimientos de forma
diferente. Al propio tiempo, estas opiniones antagónicas no pueden reconciliarse
recíprocamente y, por lo tanto, una de las dos debe ser necesariamente falsa.
Por más que agradezcamos al excelente Feuquiéres
los numerosos ejemplos que incluye en sus memorias ––en parte porque con ello se
han conservado gran número de incidentes históricos que de otra forma se habrían
perdido, y en parte porque fue el primero en relacionar las ideas teóricas, o
sea abstractas, con la vida práctica, hasta donde los casos presentados pueden
considerarse que explican y definen con mayor precisión lo que es afirmado
teóricamente––, no obstante, de acuerdo con la opinión de los lectores
imparciales de nuestros días, apenas alcanzó el objetivo que se propuso a sí
mismo: el de probar los principios teóricos por medio de ejemplos históricos.
Porque, aunque a veces describe los hechos con gran minuciosidad, sin embargo
deja de mostrar que las deducciones extraídas provienen necesariamente de la
relación existente entre estos acontecimientos.
Otro mal que resulta de la observación superficial
de los acontecimientos históricos es el de que algunos lectores no tienen
suficiente conocimiento o memoria de ellos como para ser capaces ni siquiera de
captar la intención del autor; de modo que no les queda otro remedio que aceptar
ciegamente lo que el autor afirma o continuar careciendo de una verdadera
convicción.
Es cierto que resulta extremadamente difícil
reconstruir o desarrollar los acontecimientos históricos delante de los ojos del
lector de forma adecuada, de tal modo que aquéllos puedan ser usados como
pruebas, ya que el escritor carece, por lo general, tanto de los medios como del
tiempo o del espacio para obrar así. Pero mantenemos que, cuando nuestro
objetivo se centra en sancionar una opinión nueva o dudosa, un solo
acontecimiento, analizado a fondo, resulta ser mucho más instructivo que diez
tratados superficialmente. El defecto de este tratamiento superficial no es que
el escritor presente su historia con la pretensión injustificada de querer
probar algo por medio de ella misma, sino que no ha conocido los acontecimientos
en forma adecuada, y de esta manera descuidada y veleidosa de encarar la
historia surgen puntos de vista falsos e intentos de elaboración de teorías que
nunca habrían aparecido si el escritor hubiera considerado como un deber deducir
de la estricta relación de los acontecimientos todo lo nuevo de la historia que
quisiera ofrecer y buscara probar, y ello de modo concluyente.
Cuando estemos convencidos de las dificultades que
entraña el uso de los ejemplos históricos y, al mismo tiempo, de la necesidad de
exigirlos, también coincidiremos en que la historia de la guerra más
sobresaliente ha de ser siempre el campo más natural de donde seleccionar
ejemplos, con la sola condición de que esa historia sea conocida y haya sido
recopilada de forma satisfactoria.
No se trata sólo de que los períodos más remotos
guardan relación con circunstancias diferentes y, por lo tanto, con una
conducción distinta de la guerra, y que, en consecuencia, los acontecimientos
producidos en esos períodos son menos instructivos para nosotros, ya sea teórica
o prácticamente, sino también que es lógico que la historia de la guerra, como
cualquier otra, pierde gradualmente cierto número de pequeños rasgos y detalles
que existían originariamente, que cede cada vez más en vida y en colorido, al
igual que una pintura oscurecida o desvaída, de la que al final sólo se
conservan las grandes masas y los rasgos sobresalientes, adquiriendo de este
modo proporciones excesivas.
Si consideramos el estado actual de la conducción
de la guerra, podemos decir que, desde la guerra de Sucesión austriaca, las
contemporáneas a ella son casi las únicas que guardan una considerable similitud
con el presente, al menos en lo que respecta al armamento, y que, a pesar de los
muchos cambios que se han producido, en circunstancias grandes y pequeñas, están
suficientemente cerca de las guerras modernas como para proporcionarnos
enseñanzas considerables. Bastante distinto es el caso de la guerra de Sucesión
española, ya que en aquel tiempo el uso de las armas de fuego no estaba todavía
bien desarrollado y la caballería era aún el arma más importante. Cuanto más
retrocedemos, a medida que la historia de la guerra se hace más árida y más
pobre en detalles, menos útil nos resulta. Necesariamente la historia más
estéril tiene que ser la de los tiempos antiguos.
Pero esta inutilidad no es en verdad absoluta; se
relaciona sólo con esas cuestiones que dependen del conocimiento de detalles
minuciosos o con aquellas en que ha variado el método de conducción de la
guerra. Aunque conocemos muy poco sobre la táctica empleada en las batallas
entabladas entre suizos y austríacos, o en las de los borgoñones contra los
franceses, encontramos sin embargo en ellas la evidencia inequívoca de que
fueron las primeras en las que se puso de manifiesto la superioridad de una
buena infantería sobre la mejor caballería. Una mirada general a la época de los
condottieri nos enseña cómo el método total de conducir la guerra depende
del instrumento que se use, porque en ningún otro período las fuerzas utilizadas
en la guerra habían presentado en tal alto grado las características de un
instrumento especializado y habían sido separadas en forma tan completa del
resto de la vida civil y política. La forma extraordinaria como los romanos, en
la segunda guerra púnica, atacaron a los cartagineses en España y África,
mientras Aníbal se encontraba en Italia sin haber sido todavía derrotado, puede
ser estudiada como un caso muy instructivo, ya que se conocen suficientemente
bien las relaciones generales de los estados y los ejércitos en las cuales
residía la eficacia de esa resistencia indirecta.
Pero cuanto más descienden las cosas a lo
particular y más se desvían de las generalidades puras, tanto menos podremos
buscar ejemplos y experiencias en los períodos muy remotos, porque no tenemos el
medio de juzgar en forma adecuada acontecimientos análogos, ni podemos
aplicarlos a nuestros medios, por completo diferentes.
Lamentablemente, sin embargo, siempre ha existido
una gran tendencia al apriorismo al tratar los acontecimientos de los tiempos
antiguos. No discutiremos qué participación pudieron haber tenido en ello la
vanidad y la palabrería, pero en la mayoría de los casos no somos capaces de
descubrir ninguna intención honesta ni ningún esfuerzo serio para enseñar y
convencer y, en consecuencia, sólo podemos considerar esas alusiones como
adornos floreados destinados a tapar resquicios y ocultar defectos.
Sería de inmensa utilidad enseñar el arte de la
guerra por medio de ejemplos históricos, como se propuso hacer Feuquiéres. Pero
sería este un trabajo que ocuparía toda una vida, si hemos de concluir en que el
que lo emprendiera debería primero adquirir la competencia para la tarea
mediante una larga experiencia personal en la guerra real.
Quienquiera que, llevado por convicciones íntimas,
desee emprender esa tarea, tiene que prepararse para cumplirla como si tuviera
que efectuar un largo peregrinaje. Tendrá que sacrificar su tiempo, no
retroceder ante esfuerzo alguno, ni temer a ningún poder temporal, y habrá de
elevarse por encima de todo sentimiento de vanidad personal y de falso pundonor,
para decir, de acuerdo con el código francés,
sólo la verdad, toda la verdad y nada más que la
verdad.
LIBRO III
SOBRE LA ESTRATEGIA EN GENERAL
Capítulo I
LA ESTRATEGIA
El concepto de estrategia ha sido definido en el
capítulo II del libro II. La estrategia es el uso del encuentro para alcanzar el
objetivo de la guerra. Propiamente hablando, sólo tiene que ver con el
encuentro, pero su teoría debe tener en cuenta, al mismo tiempo, al agente de su
propia actividad, o sea, las fuerzas armadas, consideradas en sí mismas y en sus
relaciones principales; el encuentro es determinado por éstas y, a su vez,
ejerce sobre ellas unos efectos inmediatos. El encuentro mismo debe ser
estudiado en relación tanto con sus resultados posibles como con las fuerzas
espirituales y del carácter, que son las más importantes en el uso de ese
encuentro.
La estrategia es el uso del encuentro para
alcanzar el objetivo de la guerra. Por lo tanto, debe imprimir un propósito a
toda la acción militar, propósito que debe concordar con el objetivo de la
guerra. En otras palabras, la estrategia traza el plan de la guerra y, para el
propósito aludido, añade la serie de actos que conducirán a ese propósito; es
decir, traza los planes para las campañas por separado y prepara los encuentros
que serán librados en cada una de ellas. Como todas estas son cuestiones que en
gran medida sólo pueden ser determinadas sobre la base de suposiciones, algunas
de las cuales no se materializan, mientras que cierto número de decisiones
referentes a detalles no pueden ser tomadas de antemano en forma alguna, es
evidente que la estrategia debe estar presente en el campo de batalla, para
concertar esos detalles sobre el terreno y hacer las modificaciones al plan
general, cosa que es en todo momento necesaria. En consecuencia, la estrategia
no puede ni por un instante dejar de ejercer su tarea.
Tal punto de vista no siempre había sido adoptado,
al menos en cuanto al conjunto, lo cual se pone de manifiesto por la antigua
costumbre de mantener a la estrategia en los despachos y no en el seno del
ejército. Esto sólo es aceptable si el despacho permanece tan próximo al
ejército que puede ser considerado como su cuartel general.
En consecuencia, la teoría seguirá a la estrategia
en este plan, o, hablando con mayor propiedad, arrojará luz tanto sobre las
cosas mismas como sobre sus relaciones recíprocas, y hará hincapié en lo poco
que se desprendía de ellas como principios o reglas.
Si recordamos lo expresado en el primer capítulo
del libro I, en el sentido de que la guerra atañe a tantas cuestiones de la
mayor importancia, comprenderemos que la consideración de todas ellas presupone
una singular intervención del espíritu.
Un príncipe o un general que sabe cómo organizar
la guerra exactamente de acuerdo con sus objetivos y sus medios, los cuales no
utiliza ni demasiado ni muy poco, proporciona con ello la prueba más grande de
su genio. Pero los efectos de esa genialidad se ponen de manifiesto no tanto en
la invención de nuevas formas de acción, que podrían causar una inmediata
impresión, como en la conclusión afortunada del conjunto. Lo que debería ser
admirado es el cumplimiento exacto de las suposiciones silenciosas, la armonía
sosegada de toda acción que únicamente se hace patente en el resultado total.
El investigador que, partiendo del resultado
total, no perciba esa armonía es el que buscará la genialidad donde ésta no
existe y donde no puede existir.
En realidad, los medios y las formas que utiliza
la estrategia son tan extremadamente sencillos, tan bien conocidos por su
repetición constante, que resulta ridículo para el sentido común que los
críticos se refieran a ellos con tanta frecuencia y presuntuoso énfasis. La
acción de rodear un flanco, que ha sido realizada miles de veces, es considerada
por unos como indicio de la genialidad más brillante, y por otros como prueba de
la penetración más profunda y hasta del conocimiento más amplio. ¿Es posible que
se caiga en el mundo libresco en aberraciones tan absurdas?
Esto resulta todavía más risible si pensamos en
que los mismos críticos, de acuerdo con la opinión más común, excluyen de la
teoría todas las fuerzas espirituales y no le permiten a ésta considerar más que
las fuerzas materiales, de modo que todo queda limitado a algunas relaciones
matemáticas de equilibrio y preponderancia, de tiempo y de espacio, y a algunas
líneas y ángulos. Si sólo se tratara de esto, entonces no cabría siquiera
formular, partiendo de una premisa tan desdeñable, un problema científico para
usos escolares.
Pero admitamos que no se trata aquí de fórmulas
científicas ni de problemas. Las relaciones entre las cosas materiales son todas
muy sencillas. Más difícil resulta la comprensión de las fuerzas que entran en
juego. Pero aun respecto de ellas, las complicaciones intelectuales y la gran
diversidad de cantidades y relaciones sólo han de ser buscadas en los ámbitos
superiores de la estrategia. A este nivel, la estrategia limita con la política
y con el gobierno, o, más bien, pasa a ser ambos a la vez, y, como hemos
observado antes, éstos tienen más influencia sobre lo mucho o lo poco que ha de
hacerse que sobre cómo ha de realizarse. Allí donde es esta la cuestión
principal, como en los actos aislados de la guerra, tanto grandes como pequeños,
las magnitudes espirituales se reducen a un número muy reducido.
Así, en la estrategia todo resulta muy simple,
pero no por ello muy fácil. Una vez que, por las relaciones de Estado, se
determina lo que la guerra podrá y tendrá que ser, entonces el camino para
alcanzar esto será fácilmente encontrado; pero seguirlo en línea recta, llevar a
cabo el plan sin verse obligado a desviarse mil veces por mil influencias
variables, requiere, además de fuerza de carácter, una gran claridad y firmeza
mental. De mil hombres que puedan sobresalir, unos por su espíritu, otros por su
agudeza y otros por su intrepidez o por su fuerza de voluntad, quizá ninguno
podrá aunar en sí mismo las cualidades que lo eleven por encima de la
mediocridad en la carrera de general.
Podrá parecer extraño que se necesite mucha mas
fuerza de voluntad para tomar una decisión importante en la estrategia que en la
táctica, pero es un hecho fuera de duda para todos los que conocen la relación
que guarda la guerra con ello. En la táctica se cae en el entusiasmo con
rapidez; el que actúa se siente arrastrado por un remolino contra el cual no
debe luchar sin tener que afrontar las consecuencias más destructivas, reprime
las dudas que puedan conturbarlo y se aventura a avanzar intrépidamente. En la
estrategia, donde todo se mueve con mayor lentitud, hay mucho más lugar para
nuestras propias dudas y las de los demás, para las objeciones y las protestas,
y, en consecuencia, también para los remordimientos inoportunos. Y ya que en la
estrategia no vemos con nuestros propios ojos ni siquiera la mitad de las cosas
que percibimos en la táctica, pues todo debe ser conjeturado y supuesto, también
en ella la convicción es menos firme. El resultado es que la mayoría de los
generales, en el momento en que deberían actuar, se aferran fuertemente a dudas
estériles.
Dirigiendo nuestra mirada a la historia, nos
referiremos a la campaña de 1760 de Federico el Grande, que se ha hecho famosa
por la excelencia de sus marchas y maniobras, una perfecta obra maestra de
habilidad estratégica, como nos dicen los críticos. ¿Nos sentiremos, entonces,
embargados por la admiración al ver cómo el rey prusiano intentó primero rodear
el flanco derecho de Daun, luego el izquierdo, después nuevamente el derecho,
etc.? ¿Hemos de ver una profunda sabiduría en esto? Evidentemente, no, si hemos
de formular nuestra opinión naturalmente y sin afectación. Más bien debemos
admirar, por encima de todo, la sagacidad de ese rey, quien, al perseguir un
objetivo grande con medios muy limitados, no emprendió nada que estuviera más
allá de sus fuerzas, sino sólo lo suficiente para lograr su
objetivo. Su sagacidad no sólo se hizo patente en esta campaña, sino durante las
tres guerras que libró posteriormente.
Su objetivo fue llevar a Prusia al puerto seguro
de una paz con garantías.
Puesto a la cabeza de un pequeño estado, que se
parecía a los otros en la mayoría de las cosas y sólo estaba más adelantado que
éstos en algunos aspectos de la administración, no podía llegar a ser un
Alejandro, pero sí podía, como Carlos XII de Suecia, acabar sumido en el
desastre. Por lo tanto, en la totalidad de su conducción de la guerra
encontramos un poder restringido, siempre bien equilibrado y nunca falto de
vigor, que en los momentos críticos se elevó hasta realizar proezas asombrosas e
inmediatamente después osciló de manera paulatina, ajustándose al juego de las
influencias políticas más sutiles. Ni la vanidad, ni la sed de gloria, ni las
ansias de desquite pudieron hacerle desviar de su camino, y sólo este proceder
lo condujo a la feliz conclusión de la contienda.
¡Qué poca justicia hacen estas palabras a ese
aspecto de la genialidad de un gran general! Sólo si observamos cuidadosamente
el resultado extraordinario de la guerra en que estaba empeñado e investigamos
las causas que produjeron su resultado, llegaremos a la convicción de que
únicamente su discernimiento agudo fue lo que condujo al rey a sortear todos los
peligros.
Este es el rasgo de ese gran jefe que admiramos en
la campaña de 1760 ––y también en todas las otras, pero en ésta en especial––,
porque en ninguna otra mantuvo el equilibrio contra una fuerza hostil tan
superior haciendo un sacrificio tan pequeño.
Otro rasgo se refiere a la dificultad de
ejecución. Las marchas para rodear un flanco derecho o izquierdo tienen un fácil
planteamiento; la idea de mantener siempre una pequeña fuerza bien concentrada
para poder enfrentar al enemigo disperso, en iguales condiciones y en cualquier
punto, y la de multiplicar una fuerza por medio de movimientos rápidos, es
concebida con tanta facilidad como es expresada. En consecuencia, su
descubrimiento no puede despertar nuestra admiración, y con respecto a estas
cosas sencillas basta con admitir que son sencillas.
Pero dejemos que un general trate de imitar en
estas cosas a Federico el Grande. Algunos autores que fueron testigos oculares
se han referido mucho tiempo después al peligro, o, más aún, a la imprudencia
con que fueron establecidos los campamentos del rey, y, sin duda, en la época en
que los levantó, el peligro parecía tres veces mayor que en épocas ulteriores.
Lo mismo sucedió con sus marchas, realizadas a
cuerpo descubierto, e incluso bajo el fuego de los cañones enemigos. El rey
Federico levantó sus campamentos y realizó esas marchas porque, en el modo de
proceder de Daun, en su método de formar el ejército, en su sentido de
responsabilidad y en su carácter, encontró esa seguridad que hizo que sus
marchas y sus campamentos fueran aventurados pero no temerarios. Pero para ver
las cosas desde este punto de vista se requeriría poseer la audacia, la
determinación y la fuerza de voluntad que caracterizaron a ese rey, y no dejarse
intimidar por el peligro del que la gente todavía escribía y hablaba treinta
años después. En esta situación, pocos generales hubieran considerado
practicables estos simples medios estratégicos.
En aquella campaña se planteaba además otra
dificultad de ejecución, a saber, que el ejército del rey prusiano se mantenía
en constante movimiento. El ejército se desplazó dos veces por vericuetos en
pésimas condiciones, desde el Elba hasta Silesia, detrás de Daun y perseguido
por Lascy (principios de julio y de agosto). Tenía que estar preparado para la
batalla en cualquier momento, y sus marchas tenían que ser organizadas con un
grado de habilidad que necesariamente conduciría a un esfuerzo igualmente
grande. Aunque contó con él pese a ser demorado en sus movimientos por el
desplazamiento de miles de vehículos, su sistema de mantenimiento era todavía en
extremo insuficiente. En Silesia, durante los ocho días anteriores a la batalla
de Liegnitz tuvo que realizar constantemente marchas nocturnas y se vio forzado
a dirigirse de modo alternativo hacia la derecha y hacia la izquierda, a lo
largo del frente enemigo. Esto le costó un gran esfuerzo y le impuso asimismo
inmensas privaciones.
¿Cabe suponer que todo esto pudo hacerse sin
producir una gran fricción en la maquinaría? ¿Puede un general en jefe realizar
esos movimientos con la misma facilidad con que la mano de un topógrafo maneja
la alidada? ¿No se sentirá conmovido mil veces el corazón del jefe y el de sus
generales a la vista de los sufrimientos de sus soldados hambrientos y
sedientos? ¿No habrán de llegar a sus oídos las quejas y dudas que éstos
manifiesten? ¿Tendrá un hombre corriente el valor de exigir tales sacrificios?
¿No desmoralizarían inevitablemente al ejército esos esfuerzos, no destruirían
su disciplina y, en suma, no minarían sus virtudes militares si no los
compensara una sólida confianza en la grandeza e infalibilidad del jefe? Por lo
tanto, ante eso es ante lo que habremos de inclinarnos; estos milagros de
ejecución son los que tenemos que admirar. Pero no es posible comprender esto en
toda su magnitud sin haberlo experimentado de antemano. Para la persona que
conoce la guerra sólo por los libros y los campos de adiestramiento, no existe
en realidad ninguno de estos efectos paralizantes sobre la acción; por lo tanto,
le pedimos que acepte de nosotros, con fe y confianza, todo lo que ella es
incapaz de aportar por experiencia personal.
Por medio de este ejemplo nos propusimos
clarificar el desarrollo de nuestras ideas, y al cerrar este apartado nos
apresuramos a decir que, al considerar la estrategia, describiremos los aspectos
individuales que nos parezcan más importantes, sean de naturaleza material o
espiritual. Procederemos de lo simple a lo complejo y concluiremos con la
relación interna de todo el acto de la guerra, en otras palabras, con el plan
para una guerra o para una campaña.
Un encuentro llega a ser posible por la mera
disposición de las fuerzas armadas en un punto, pero no siempre se produce
realmente allí. ¿Debe considerarse esa posibilidad como una realidad y por lo
tanto como algo factible? Evidentemente. Es así en virtud de sus consecuencias,
y estos efectos, cualesquiera que sean, no pueden faltar nunca.
1. Los
encuentros posibles han de ser considerados como reales debido a sus
consecuencias
Si un destacamento es enviado para cortar la
retirada del enemigo que huye y éste se rinde sin ofrecer mayor resistencia, su
decisión se debe al encuentro que podría provocar ese destacamento.
Si una parte de nuestro ejército ocupa una zona
enemiga que estaba indefensa y priva así al enemigo de medios considerables con
los que podría reforzar su propio ejército, continuamos en posesión de esa zona
solamente gracias al encuentro, ya que, en el caso de que el enemigo se
propusiera recuperar la zona, ese destacamento haría que el enemigo preyera la
posibilidad de ese encuentro.
Por lo tanto, en ambos casos, la mera posibilidad
de un encuentro ha producido consecuencias y, por consiguiente, ha accedido a la
categoría de cosa real. Supongamos que en estos casos el enemigo hubiese opuesto
a nuestras tropas otras superiores en fuerza, y de este modo hubiera obligado a
las nuestras a abandonar su objetivo sin que se produjese el encuentro;
entonces, sin duda, nuestro plan habría fallado, pero el encuentro que
propusimos al enemigo no habría dejado de surtir efecto, porque habría atraído a
las fuerzas enemigas. Incluso si toda la empresa hubiera significado una pérdida
para nosotros, no podremos decir que estas posiciones, estos encuentros
posibles, no hayan surtido efecto. Tales efectos, por lo tanto, son similares a
los de un encuentro perdido.
Así, vemos que solamente se logra la destrucción
de las fuerzas militares del enemigo y la aniquilación del poder enemigo por
medio de los efectos del encuentro, ya sea que el encuentro se produzca
realmente o que sólo sea propuesto y no aceptado.
2. El
objetivo doble del encuentro
Pero estos efectos también son dobles, o sea,
directos e indirectos. Son indirectos si intervienen otras cuestiones que pasan
a ser el objetivo del encuentro, cuestiones que en sí mismas no pueden ser
consideradas como la destrucción de las fuerzas enemigas, sino que sólo se
supone que conducen a ella, sin duda en forma indirecta, pero con mayor fuerza.
La posesión de zonas, ciudades, fortalezas, caminos, puentes, polvorines, etc.,
puede ser el objeto inmediato de un encuentro, pero nunca el objetivo
final. Cosas como las descritas sólo deben ser consideradas como un medio de
lograr una superioridad, para que el encuentro pueda ser finalmente propuesto al
oponente, de tal forma que éste se vea imposibilitado de aceptarlo. Por lo
tanto, todas estas cuestiones solamente deben ser consideradas como pasos
intermedios, o sea, como guías para el principio efectivo, pero nunca como el
principio mismo.
3. Ejemplos
En 1814, con la conquista de la capital de
Bonaparte se alcanzó el objetivo de la guerra. Las divisiones políticas que
tenían sus raíces en París se hicieron efectivas; una profunda resquebradura
causó el derrumbamiento del poder del emperador. Sin embargo, es necesario
considerar esto desde el punto de vista de que por este medio fueron reducidos
en un instante la fuerza militar de Bonaparte y su poder de oposición, y que la
superioridad de los Aliados aumentó proporcionalmente, haciendo imposible para
aquél ofrecer más resistencia. Fue esta imposibilidad la que dio lugar a la paz.
De suponer que las fuerzas militares de los Aliados hubieran sido reducidas
proporcionalmente en ese momento por influencia de causas externas, la
superioridad habría desaparecido y con ella también todo el efecto y la
importancia de la conquista de París.
Hemos examinado con detención esta cadena de
argumentos para mostrar que es ese el único punto de vista verdadero y natural,
del que se deriva su importancia. Ello nos conduce de nuevo a la siguiente
cuestión: ¿cuál tendrá que ser, en cualquier momento dado de la guerra o de la
campaña, el resultado probable de los encuentros grandes y pequeños que los dos
bandos puedan proponerse mutuamente? En la consideración del plan para una
campaña o una guerra, sólo esta cuestión es decisiva, por lo que respecta a las
medidas que deben ser tomadas desde un principio.
4. Cuando
no se adopta este punto de vista, se otorga entonces un valor falso a otras
cosas
Si no consideramos la guerra y las campañas
aisladas de la guerra como una cadena compuesta sólo de encuentros, de los
cuales uno siempre es causa del otro; si aceptamos la idea de que la conquista
de ciertos puntos geográficos o la ocupación de zonas indefensas constituyen
algo en sí mismas, entonces es muy probable que consideremos esto como una
ventaja que puede ser obtenida como de pasada; y si lo consideramos así y no
como un eslabón de toda la serie de acontecimientos, no nos preguntaremos si esa
posesión puede acarrearnos más tarde una desventaja. ¡Cuán a menudo vemos
repetirse este error en la historia de la guerra! Podemos decir que, del mismo
modo que, en el comercio, el comerciante no puede poner aparte y a buen recaudo
ganancias provenientes de una transacción aislada, tampoco en la guerra puede
separarse una ventaja aislada del resultado del conjunto. De la misma manera que
el comerciante no puede operar siempre con la suma total de sus medios,
igualmente en la guerra sólo el total final decidirá si un caso particular
constituye una ganancia o una pérdida.
Pero si la mente no deja de considerar las series
de encuentros hasta donde sea posible advertirlo de antemano, entonces ha
escogido el camino que lleva directamente a su objetivo y, por lo tanto, nuestro
poder adquiere esa rapidez o, lo que es igual, nuestros actos de voluntad y
nuestras acciones adquieren ese vigor que reclama la ocasión y que no se ve
ensombrecido por influencias extrañas.
Capítulo II
ELEMENTOS DE LA ESTRATEGIA
Las causas que condicionan el uso del encuentro en
la estrategia caben ser divididas convenientemente en elementos de distinta
clase, es decir, en elementos morales, físicos, matemáticos, geográficos y
estadísticos.
La primera clase incluye todo lo que se pone de
manifiesto por medio de cualidades y efectos espirituales; la segunda abarca la
magnitud de la fuerza militar, su composición, la proporción de armamentos,
etc.; la tercera comprende el ángulo de las líneas de operación, los movimientos
concéntricos y excéntricos, en cuanto su naturaleza geométrica adquiere algún
valor en el cálculo; la cuarta considera la influencia del terreno, como son los
puntos dominantes, las montañas, los ríos, los bosques, los caminos; y, por
último, la quinta clase incluye todos los medios de abastecimiento, etc. El
hecho de que por el momento consideremos separadamente estos elementos tiene la
ventaja de que aclara nuestras ideas y nos ayuda a calcular el valor más alto o
más bajo de las diferentes clases a medida que avanzamos. Porque, al
considerarlas por separado, muchas de ellas pierden espontáneamente su
importancia. Por ejemplo, vemos con bastante claridad que, si no deseamos
considerar más que la posición de la línea operativa, el valor de una base de
operaciones, aun incluso bajo esa simple forma; depende mucho menos del elemento
geométrico, del ángulo que esas operaciones constituyen entre sí, que de la
naturaleza de los caminos y del país que éstos atraviesan.
Sin embargo, sería una idea de las más
desafortunadas tratar la estrategia de acuerdo con estos elementos, pues por lo
general son múltiples y están relacionados íntimamente unos con otros en cada
operación aislada de la guerra. En tal caso nos perderíamos en el análisis más
deslabazado y, como en una pesadilla, en vano buscaríamos trazar un arco que
relacionara estos fundamentos abstractos con los hechos pertenecientes al mundo
real. ¡Que el cielo proteja a todo teórico que intente esta empresa! Nosotros
nos ocuparemos del mundo de los fenómenos complejos, y en cada ocasión no
llevaremos nuestro análisis más allá de lo necesario para dar claridad a la idea
que deseamos exponer; idea que nos hemos formado no mediante una investigación
especulativa, sino a través de la impresión surgida de la realidad de la guerra
en su totalidad.
Capítulo III
LAS FUERZAS MORALES
Tenemos que referirnos de nuevo a esta cuestión,
que fue tratada ligeramente en el libro II, capítulo III, porque las fuerzas
morales constituyen uno de los temas más importantes en la guerra. Son el
espíritu que impregna toda el ámbito bélico. Se adhieren más tarde o más
temprano, y con conformidad mayor, a la voluntad que activa y guía a toda la
masa de fuerzas y, por así decir, se confunden con ella en un todo, porque ella
misma es una fuerza moral. Lamentablemente tratan de apartarse de la ciencia
libresca, porque no pueden ser ni medidas en números ni agrupadas en clases,
mientras que, al mismo tiempo, requieren ser vistas y sentidas.
El espíritu y otras cualidades morales de un
ejército, de un general o de un gobierno, la opinión pública en las zonas donde
se desarrolla la guerra, el efecto moral de una victoria o de una derrota, son
cosas que en sí mismas varían mucho de naturaleza y que pueden ejercer también
una influencia muy diferente, según como se planteen con respecto a nuestro
objetivo y nuestras relaciones.
Aunque poco o nada cabe encontrar en los libros
sobre estas cosas, pertenecen sin embargo a la teoría del arte de la guerra
tanto como todo lo demás que constituye esta última. Porque tenemos que repetir
aquí una vez más que nuestra filosofía sería mezquina si, de acuerdo con los
viejos moldes, estableciéramos reglas y principios prescindiendo de todas las
fuerzas morales, y después, tan pronto como estas fuerzas fueran apareciendo,
comenzáramos a considerar las excepciones, que de tal modo formularíamos hasta
cierto punto científicamente, o sea, erigiríamos en regla; o si recurriéramos a
hacer una llamada al genio, que está por encima de todas las reglas, con lo cual
daríamos a entender que las reglas no sólo fueron hechas para los necios, sino
que en sí mismas tienen que constituir realmente una necedad.
Aun cuando la teoría de la guerra no hiciera en
realidad más que recordar estas cosas, mostrando la necesidad de adjudicar todo
su valor a las fuerzas morales y tomándolas siempre en consideración, aun así
habría abarcado dentro de sus límites este ámbito de las fuerzas inmateriales y,
al adoptar dicho punto de vista, habría condenado de antemano a todo el que
hubiera tratado de justificarse ante sí mismo apelando a las meras condiciones
físicas de las fuerzas.
Además, en consideración a todas las otras
susodichas reglas, la teoría no puede desterrar a las fuerzas morales de su
campo de acción, porque los efectos de las fuerzas físicas y morales están
completamente fusionados y no pueden ser separados como una aleación por medio
de un proceso químico. En toda regla relacionada con las fuerzas físicas, la
teoría debe tener presente al mismo tiempo la participación que cabe asignar a
las fuerzas morales, si no quiere caer en el error de establecer proposiciones
categóricas, que son a veces tan demasiado pobres y limitadas como demasiado
amplias y dogmáticas. Aun las teorías menos espirituales han perdido su rumbo,
inconscientemente, dentro de este ámbito de la moral, porque, por ejemplo, los
efectos de una victoria nunca pueden ser totalmente explicados sin considerar
las impresiones morales. En consecuencia, la mayoría de las cuestiones que
examinaremos en este libro están compuestas de causas y efectos, mitad físicos,
mitad morales, y podemos decir que lo físico no es casi nada más que el asa de
madera, mientras que lo moral es el metal noble, la verdadera arma,
brillantemente pulida.
El valor de las fuerzas morales y la influencia
que ejercen, a menudo increíble, se hallan muy bien ejemplificados en la
historia. Con respecto a ello, debe tenerse en cuenta que los gérmenes de la
sabiduría, que habrán de producir sus frutos en el pensamiento, son sembrados no
tanto por medio de demostraciones, exámenes críticos y tratados eruditos, sino
por medio de sentimientos, impresiones generales y rasgos de intuición aislados
y clarificadores.
Podemos examinar los fenómenos morales más
importantes en la guerra y tratar de ver, con todo el esmero de un maestro
diligente, lo que podríamos afirmar sobre cada uno, ya fuera algo bueno o malo.
Pero al aplicar tal método caeríamos con mucha facilidad en lo vulgar y común,
mientras que desaparecería el verdadero espíritu del análisis y, sin saberlo, no
haríamos más que repetir las cosas que todo el mundo conoce. Por lo tanto, aquí
más que en ninguna otra parte preferimos ser incompletos y permanecer estables,
contentándonos con haber atraído la atención sobre la importancia de la
cuestión, en un sentido general, y con haber señalado el espíritu del que han
surgido los puntos de vista desarrollados en este libro.
Capítulo IV
LAS PRINCIPALES POTENCIAS MORALES
Las principales potencias morales son las
siguientes: las capacidades del jefe, las virtudes militares del ejército y
su espíritu nacional. Nadie puede determinar de forma general cuál de es tas
potencias tiene mayor valor, porque resulta muy difícil aseverar algo
concerniente a su fuerza y más aún comparar la fuerza de una con la de la otra.
Lo mejor es no subestimar a ninguna de ellas, defecto en el que incurre el
juicio cuando se inclina, en vacilación caprichosa, ora a un lado, ora al otro.
Es mejor basarse en la historia para poner en evidencia suficiente la eficacia
innegable de estas tres potencias.
Sin embargo, es cierto que en los tiempos modernos
los ejércitos de los estados europeos han alcanzado casi el mismo nivel en
relación con la disciplina y el adiestramiento. La conducción de la guerra se ha
desarrollado con tal naturalidad, como expresarían los filósofos, que ha pasado
a ser una especie de método, común a casi todos los ejércitos, haciendo que ni
siquiera en lo que al jefe se refiere podamos contar con la aplicación de planes
especiales en el sentido más limitado. En consecuencia, no puede negarse que la
influencia del espíritu nacional y del hábito de un ejército para la guerra
proporciona una mayor capacidad de acción. Una paz prolongada podría alterar de
nuevo las cosas.
El espíritu nacional de un ejército (el
entusiasmo, el fervor fanático, la fe, la opinión) se pone de manifiesto sobre
todo en la guerra de montaña, donde todo el mundo, hasta el último sol dado,
depende de sí mismo. Por esta razón las montañas constituyen los mejores campos
de batalla para unas fuerzas populares.
La habilidad técnica en un ejército y ese valor
bien templado que mantiene unida a la tropa, como si hubiera sido fundida en un
molde, muestran claramente su ventaja máxima en la llanura abierta.
El talento de un general tiene un mayor campo de
acción en terrenos quebrados y ondulados. En las montañas surte muy poco efecto
sobre las partes separadas, y la dirección de todas ellas desborda su capacidad;
en llanuras abiertas resulta ésta muy sencilla y no agota esa capacidad.
Los planes deben ser formulados de conformidad con
estas afinidades electivas evidentes.
Capítulo V
VIRTUD MILITAR DE UN EJÉRCITO
Ésta se diferencia de la simple valentía, y aún
más del entusiasmo que despierta la causa de la guerra. La valentía constituye,
por supuesto, una parte necesaria de la virtud militar, pero así como la
valentía, que en el hombre común es un don natural, también puede hacer acto de
presencia en el soldado, como miembro de un ejército, a través del hábito y del
adiestramiento, del mismo modo la virtud militar ha de adoptar en él una
dirección diferente de la que toma en el hombre común.
Debe perder ese impulso hacia la desenfrenada
actividad y manifestación de fuerza que es su característica en el individuo, y
tiene que someterse a exigencias de nivel superior, como son la obediencia, el
orden, la regla y el método. El entusiasmo por la causa proporciona vida y mayor
ardor a la virtud militar de un ejército, pero no constituye una parte necesaria
de ella.
La guerra es una ocupación determinada. Y por más
general que pueda ser su relación y aun si hubiera de practicarla toda la
población masculina de un país en condiciones de llevar armas, sin embargo
continuaría siendo diferente y permanecería separada de todas las demás
actividades que ocupan la vida del hombre. Estar imbuido del espíritu y la
esencia de esta ocupación, adiestrar, mover y asimilar las fuerzas que habrán de
ser activas en ella, abrirse camino en ella con inteligencia, adquirir confianza
y destreza en su desarrollo por medio del ejercicio, compenetrarse con ella en
cuerpo y alma, identificarse con el papel que se nos ha asignado en ella, esta
es la virtud militar de un ejército en particular.
Por más escrupuloso que se sea en concebir la
coexistencia del ciudadano y del soldado en un mismo individuo, por más que
consideremos las guerras como cuestiones nacionales, y por más alejadas que
estén nuestras ideas de las de los condottieri de los tiempos antiguos,
no será nunca posible suprimir la individualidad de la rutina profesional. Y si
esto no puede hacerse, entonces todos los que pertenecen a dicha profesión, y
mientras pertenezcan a ella, se considerarán siempre como una especie de
corporación, en cuyas regulaciones, leyes y costumbres se manifiesta de forma
predominante el espíritu de la guerra. Así es esto en la realidad. Aun si nos
inclináramos de forma decidida a considerar la guerra desde el punto de vista
más elevado, sería muy erróneo menospreciar ese espíritu corporativo, ese
esprit de corps que puede y debe existir en mayor o menor grado en todo
ejército. Este espíritu corporativo forma, por así decir, el lazo de unión entre
las fuerzas naturales que están activas en lo que hemos llamado virtud militar.
Los gérmenes de la virtud militar fructifican más fácilmente en el espíritu
corporativo.
Un ejército que mantiene su formación usual bajo
el fuego más intenso, que nunca vacila ante temores imaginarios y resiste con
todas sus fuerzas a los bien fundados, que, orgulloso de sus victorias, no
pierde nunca el sentido de la obediencia, el respeto y la confianza en sus
jefes, aun en medio del descalabro de la derrota; un ejército con sus potencias
físicas templadas en la práctica de las privaciones y el esfuerzo, como los
músculos de un atleta; un ejército que considera todas sus tareas como medios
para conseguir la victoria, no como una maldición que se posa sobre sus hombros,
y que siempre recuerda sus deberes y virtudes mediante el código conciso de una
sola idea, o sea, el honor de sus armas, un ejército como este se halla imbuido
del verdadero espíritu militar.
Los soldados pueden luchar con valentía, como los
vandeanos, y realizar grandes proezas, como los suizos, los americanos o los
españoles, sin desarrollar esta virtud militar. Un jefe puede alcanzar el éxito
a la cabeza de ejércitos permanentes, como el príncipe Eugenio de Saboya o
Marlborough, sin gozar de los beneficios de su ayuda. Por lo tanto, no cabe
decir que sin esa virtud no puede ser imaginada una guerra victoriosa. Prestamos
una atención especial a este punto para poder proporcionar mayor
individualidad a la concepción aquí expuesta, a fin de que nuestras ideas no se
diluyan en generalizaciones vagas y no caigamos en la consideración de que la
virtud militar es lo único que importa. Esto no es así. La virtud militar en un
ejército aparece como una potencia moral definida que puede ser dilucidada y con
una influencia, en consecuencia, que cabe considerar como un instrumento cuya
fuerza puede ser calculada.
Habiéndola caracterizado de este modo, nos
referiremos a su influencia y a los medios con los que ésta puede ser adquirida.
La virtud militar es siempre para las partes lo que el genio del jefe es para el
todo. El general sólo puede dirigir el conjunto, no cada parte por separado, y
allí donde no pueda dirigir la parte, el espíritu militar debe convertirse en
conductor. Un general es elegido por la fama de sus cualidades sobresalientes;
los jefes más distinguidos de grandes masas lo son tras un examen cuidadoso. La
consistencia de este examen disminuye a medida que se desciende en la escala
jerárquica y, precisamente, en la misma medida cabe confiar cada vez menos en
las capacidades individuales; pero lo que falta a este respecto debe ser
suministrado por la virtud militar. Este papel está representado justamente por
las cualidades naturales del pueblo movilizado para la guerra: bravura,
aplomo, capacidad de resistencia y entusiasmo. En consecuencia, estas
propiedades pueden sustituir la virtud militar y viceversa, de lo que puede
deducirse que:
1. La virtud militar es sólo una cualidad propia
de los ejércitos permanentes, y éstos están muy necesitados de ella. En las
insurrecciones nacionales y en la guerra, las cualidades naturales que se
desarrollan con mayor rapidez son substituidas por la virtud militar.
2. Los ejércitos permanentes que se enfrentan con
ejércitos permanentes pueden renunciar a esta virtud con más facilidad que un
ejército permanente que se opone a una insurrección nacional, porque en este
caso las tropas están más dispersas y las partes dependen más de sí mismas. Pero
allí donde el ejército pueda mantenerse concentrado, el genio del general
desempeña un papel muy importante y compensa lo que falta en el espíritu del
ejército. En consecuencia, la virtud militar por lo general se hace más
necesaria cuanto más se complica la guerra y más se dispersan las fuerzas debido
al escenario de las operaciones y a otras circunstancias.
La única lección que ha de extraerse de estas
realidades es que si un ejército cede en esa potencia debería hacer todo lo
posible para simplificar sus operaciones bélicas o duplicar la atención puesta
en otros puntos del dispositivo militar y no esperar de su simple nombradía como
ejército permanente lo que sólo las circunstancias mismas pueden dar.
Por lo tanto, la virtud militar de un ejército
constituye una de las fuerzas morales más importantes en la guerra, y donde ha
faltado esta virtud vemos que o bien ha sido reemplazada por una de las otras,
como son la superior grandeza del jefe o el entusiasmo del pueblo, o bien se han
producido resultados que no guardaban relación con el esfuerzo realizado. En la
historia de los macedonios bajo Alejandro Magno, de las legiones romanas bajo
César, de la infantería española bajo Alejandro Farnesio, de los suecos bajo
Gustavo Adolfo y Carlos XII, de los prusianos bajo Federico el Grande y de los
franceses bajo Bonaparte, vemos cuántas hazañas grandiosas se llevaron a cabo
gracias a este espíritu, este valor genuino del ejército, este refinamiento del
mineral que se transforma en metal brillante. Si nos negáramos a admitir que los
éxitos magníficos de estos generales y su gran capacidad para hacer frente a
situaciones de extrema dificultad sólo fueron posibles con ejércitos que, por
medio de la virtud militar, adquirieron un poder de eficacia superior,
mentalmente habríamos echado a propósito un cerrojo a todas las pruebas
históricas.
Este espíritu sólo puede surgir de dos fuentes, y
éstas sólo pueden engendrarlo si se presentan juntas. La primera implica una
serie de guerras y resultados afortunados; la otra es la práctica de hacer
rendir frecuentemente al ejército hasta la última partícula de su ser. Sólo al
realizar este esfuerzo el soldado aprende a conocer sus fuerzas. Cuanto más
exija el general de sus tropas, más seguro estará de que sus exigencias serán
satisfechas. El soldado se siente tan orgulloso de los escollos vencidos como lo
está del peligro superado. Por lo tanto, este germen sólo florecerá en el
terreno de la actividad y del esfuerzo incesantes, pero lo hará también sólo
bajo los rayos de la victoria. Una vez que se haya transformado en un árbol
consistente, resistirá las tormentas más intensas de la desgracia y la derrota
y, al menos por un tiempo, incluso la indolente inactividad de la paz. En
consecuencia, sólo puede originarse en la guerra y bajo el mando de grandes
generales, pero indudablemente puede ser duradero por lo menos durante varias
generaciones, incluso a lo largo de períodos de paz considerables.
No cabe comparar ese esprit de corps
excelso y comprensivo de un grupo de veteranos marcados por las cicatrices y
endurecidos por la guerra, con el amor propio y la vanidad de los ejércitos
permanentes que sólo se mantienen unidos por el lazo de las regulaciones de
servicio y disciplinarias.
Una severidad inflexible y la disciplina estricta
pueden mantener vigente la virtud militar de una tropa, pero no la crean. Sin
embargo, por más que estas cosas conserven cierto valor, tampoco conviene
exagerarlo. El orden, la habilidad, la buena disposición y también cierto grado
de orgullo y un sobresaliente temple son cualidades de un ejército adiestrado en
época de paz que deben ser valoradas, pero que, sin embargo, no tienen una
importancia por sí mismas. El conjunto sostiene al conjunto y, al igual que el
cristal que es enfriado muy rápidamente, una sola grieta puede quebrar toda la
masa. En especial, el temple más firme del mundo se sume con demasiada facilidad
en la depresión ante la primera desgracia, o, podríamos decir, en una especie de
jactancia temerosa, en el sauve qui peut francés. Un ejército como ese
sólo puede lograr algo por medio de su jefe, pero nunca por sí mismo. Debe ser
conducido con doble precaución, hasta que gradualmente, en la victoria y en el
esfuerzo, vaya adquiriendo fortaleza en su severa preparación. ¡Cuidado entonces
con confundir el espíritu de un ejército con su temple!
Capítulo VI
LA AUDACIA
En el capítulo sobre la certidumbre del éxito se
ha determinado el lugar y el papel que la audacia representa en el sistema
dinámico de fuerzas, donde se opone a la previsión y a la prudencia, para
mostrar, con ello, que la teoría no tiene derecho a restringirla tomando como
pretexto su legislación.
Pero esta excelsa desenvoltura con la que el alma
humana se eleva por encima de los peligros más extraordinarios tiene que ser
considerada en la guerra como un agente activo aislado. En realidad, ¿en qué
terreno de la actividad humana tendría la audacia derecho de ciudadanía si no
fuera en la guerra?
Es la más excelsa de las virtudes, el verdadero
acero que da al arma su agudeza y brillantez, tanto en el corneta y en el
ciudadano que sigue al ejército como en el general en jefe.
Admitamos, en efecto, que goza hasta de
prerrogativas especiales en la guerra. Además del resultado que se obtenga del
cálculo del espacio, el tiempo y la magnitud, debemos conceder le cierto
porcentaje de participación, que siempre, cuando se muestra superior, se
aprovecha de la debilidad de los demás. Constituye, por tanto, una verdadera
potencia creadora, lo cual no resulta difícil de demostrar, ni siquiera
filosóficamente. Allí donde la audacia encuentre indecisión, las probabilidades
de éxito se decantarán necesariamente a su favor, debido a que ese estado de
indecisión implica una pérdida de equilibrio. Se encuentra únicamente en
desventaja, podríamos decir, cuando se enfrenta con una cautelosa previsión, que
resulta tan audaz, tan fuerte y poderosa en cada caso como lo es ella misma;
pero estos casos difícilmente se presentan. Entre los hombres cautelosos hay una
considerable mayoría que se muestran sujetos a la timidez.
En las grandes masas, la audacia constituye una
fuerza cuyo cultivo especial nunca puede ejercerse en detrimento de otras
fuerzas, debido a que aquéllas se hallan ligadas a una voluntad superior, a
través del armazón y la estructura del orden de batalla y del servicio, y están
en consecuencia guiadas por una inteligencia ajena. Así, la audacia equivale
aquí solamente a un resorte, que se mantiene bajo presión hasta el momento en
que es liberado.
Mientras más elevado sea el orden jerárquico,
mayor será la necesidad de que la audacia vaya acompañada por la reflexión, o
sea, que no debería ser la expresión ciega de una pasión sin finalidad, ya que
con el aumento de jerarquía se trata cada vez menos de un autosacrificio y cada
vez más de la preservación de otros y del bien común de la gran totalidad. Lo
que las regulaciones del servicio prescriben a manera de segunda naturaleza para
las grandes masas debe ser prescrito para el general en jefe por la reflexión, y
en este caso la audacia individual en actos aislados puede convertirse muy
fácilmente en un error. De todas maneras, será un estupendo error que no debe
ser considerado de la misma forma que cualquier otro. ¡Feliz del ejército en el
que se manifieste la audacia con frecuencia, aunque sea de manera inoportuna! Es
una floración excesivamente esplendorosa, pero que indica la presencia de un
rico suelo. Incluso la temeridad, que equivale a la audacia sin objetivo alguno,
no tiene que menospreciarse; fundamentalmente, es la misma fuerza de carácter,
pero usada a modo de pasión sin ninguna participación de las facultades
intelectuales. La audacia deberá ser reprimida como un mal peligroso únicamente
cuando se rebele contra la obediencia del espíritu, cuando se manifieste de
manera categórica en contra de una autoridad superior competente; pero habrá de
serlo no por ella misma, sino en relación con el acto de desobediencia que
cometa, ya que nada en la guerra tiene mayor importancia que la obediencia.
Decir que, a igual nivel de inteligencia, en la
guerra se pierde mil veces más por causa de la timidez que de la audacia sólo
cabe expresarlo para asegurarnos la aprobación de nuestros lectores.
Substancialmente, la intervención de un motivo
razonable facilitaría la acción de la audacia y, en consecuencia, aminoraría el
mérito que puede encerrar; pero en realidad resulta todo lo contrario.
La participación del pensamiento lúcido y, más
aún, la supremacía del espíritu despojan a las fuerzas emotivas de una gran
parte de su intensidad. Por esa causa, la audacia pasa a ser menos frecuente,
mientras más se asciende en la escala jerárquica, ya que, si bien es posible
que la perspicacia y el entendimiento no aumenten con la jerarquía, también es
cierto que las magnitudes objetivas, las circunstancias y las consideraciones se
imponen a los jefes en sus distintas fases de tal forma y con tanta fuerza desde
el exterior, que el peso que recae sobre ellos por estas causas aumenta en la
medida en que disminuye su propia perspicacia. Esto, por lo que a la guerra se
refiere, es el fundamento básico de la verdad que encierra el proverbio francés:
Tel brille au second qui s'éclipse au
premier.
Casi todos los generales que la historia nos ha
presentado como simples mediocridades y como carentes de decisión, mientras
estaban a cargo del mando supremo, fueron hombres que sobresalieron por su
audacia y decisión cuando ocupaban un lugar inferior en la escala jerárquica.
Debemos hacer una distinción con los motivos de un
comportamiento audaz que surge bajo la presión de la necesidad. La necesidad
presenta diversos grados de intensidad. Si es inmediata, si la persona que actúa
en persecución de un objetivo se ve acosado por un grave peligro cuando intenta
escapar de otros peligros igualmente grandes, entonces lo único digno de admirar
es la determinación, la cual, no obstante, tiene también de por sí su valor. Si
un joven salta por encima de un profundo abismo para mostrar su habilidad como
jinete, entonces es audaz, pero si da el mismo salto al verse perseguido por un
grupo de turcos desaforados, sólo muestra determinación. Pero cuanto más lejana
se encuentre la necesidad de acción y mayor sea el número de circunstancias que
tenga que considerar el espíritu para realizarla, tanto mayor será el descrédito
de la audacia. Si Federico el Grande consideró, en el año 1756, que la guerra
era inevitable y solamente pudo rehuir la destrucción adelantándose a sus
enemigos, tuvo la necesidad de comenzar él la guerra, pero al mismo tiempo es
evidente que fue muy audaz, ya que muy pocos hombres en su lugar hubieran
decidido hacerlo.
Aunque la estrategia pertenece solamente al
terreno propio de los comandantes en jefe o de los generales en las posiciones
más elevadas, la audacia sigue siendo en todos los demás miembros del ejército
una cuestión tan indiferente para ellos como lo son las otras virtudes
militares. Con un ejército proveniente de un pueblo audaz y en el que siempre se
haya alimentado el espíritu de audacia, todas las cosas pueden ser emprendidas,
menos aquellas que sean extrañas a esa virtud. Por esta razón es por la que
hemos mencionado la audacia en conexión con el ejército. Pero nuestro objetivo
se centra en la audacia del comandante en jefe y, sin embargo, todavía no hemos
manifestado gran cosa sobre ello, después de haber descrito esa virtud militar
en un sentido general, de la mejor forma como hemos sabido hacerlo.
Cuanto más nos elevamos en las posiciones de
mando, mayor será el predominio del intelecto y de la perspicacia en la
actividad de la mente, y, por ello, tanto más será dejada de lado la audacia,
que es una propiedad del temperamento. Por esta razón la encontramos tan
raramente en las posiciones elevadas, pero es en ellas donde más merecedora es
de admiración. La audacia dirigida por el predominio del espíritu es el signo
del héroe: no consiste en ir contra la naturaleza de las cosas, en una clara
violación de las leyes de la probabilidad, sino en un enérgico apoyo de esos
elevados cálculos que el genio, con su juicio instintivo, realiza con la
velocidad del rayo e incluso a medias consciente cuando toma su decisión. Cuanto
más preste la audacia alas a la mente y a la perspicacia, mayor altura
alcanzarán éstas en su vuelo y mucho más amplia será la visión y mayor la
posibilidad de corrección del resultado; pero, evidentemente, sólo en el sentido
de que a mayores objetivos, mayores serán los peligros. El hombre común, para no
hablar del débil y del indeciso, llega a un resultado correcto en la medida en
que es posible hacerlo sin una experiencia vivida, y mediante una eficacia
concebida en su imaginación, alejado del peligro y de la responsabilidad. En
cuanto el peligro y la responsabilidad lo acosen desde todas direcciones,
perderá su perspectiva, y si la mantuviera en cualquier medida debido a la
influencia ajena, habría perdido no obstante su poder de decisión, debido
a que en este punto no hay quien pueda ayudarle.
Creemos, entonces, que no puede pensarse en un
general distinguido carente de audacia, es decir, éste no puede surgir de un
hombre que no haya nacido con esta fortaleza de temperamento, que consideramos,
en consecuencia, como requisito puntual de esa carrera. La segunda cuestión es
la de establecer qué grado de fortaleza innata, desarrollada y moldeada por la
educación y las circunstancias de la vida le resta al hombre cuando alcanza una
elevada posición. Cuanto mayor sea la conservación de este poder, mayor será el
vuelo del genio y más altura ganará. El riesgo se hace mayor, pero el objetivo
se acrecienta también en concordancia. Que las líneas emanen y adopten su
dirección de una necesidad distante, o que converjan hacia la base fundamental
de un edificio que la ambición ha levantado, que sea un Federico el Grande o un
Alejandro quienes actúen, es prácticamente lo mismo desde el punto de vista
crítico. Si la última alternativa alimenta más la imaginación porque es la más
audaz, la anterior satisface más al entendimiento porque contiene en sí misma
una mayor necesidad.
Resta, sin embargo, considerar aún una
circunstancia muy importante.
En un ejército puede hacer acto de presencia el
espíritu de audacia, ya sea porque exista en el pueblo o porque haya surgido de
una guerra victoriosa conducida por generales audaces. En este último caso habrá
que convenir, sin embargo, que faltaba al comienzo.
En nuestros días, difícilmente habrá otro modo de
educar el espíritu de un pueblo, a este respecto, como no sea mediante la guerra
y bajo una dirección audaz. Únicamente esto puede contrarrestar ese sentimiento
de lasitud y esa inclinación a gozar de las comodidades en que se sumerge un
pueblo en condiciones de creciente prosperidad y de floreciente actividad
comercial.
Una nación puede confiar en alcanzar una posición
firme en el mundo político únicamente si el carácter nacional y el hábito de la
guerra se apoyan uno al otro en una constante acción recíproca.
Capítulo VII
LA PERSEVERANCIA
El lector espera oír hablar de ángulos y de líneas
y encuentra, en vez de esos integrantes del mundo científico, solamente gente de
la vida común, tal como las que ve a diario por la calle. Sin embargo, el autor
no puede mostrarse ni un ápice más matemático de lo que el tema parece
requerirle y no teme el asombro que pueda causar.
En la guerra, más que en cualquier otra actividad
en este mundo, las cosas ocurren en forma distinta de lo que hubiéramos
esperado, y vistas desde cerca éstas aparecen diferentes de lo que parecían a
distancia. ¡Con qué serenidad el arquitecto puede observar la forma gradual en
que surge su trabajo y toma la que contiene en sus planos! El médico, aunque
situado más a merced de contingencias y aconteceres inexplicables que el
arquitecto, conoce sin embargo a la perfección las formas y los efectos de sus
medios. Por otro lado, en la guerra, el jefe de un gran conjunto se enfrenta al
constante embate de datos falsos y verdaderos, de errores que se derivan del
temor, de la negligencia, de la falta de atención, o de actos de desobediencia a
sus órdenes, cometidos ya sea por apreciaciones erróneas o correctas, por mala
voluntad, por un sentido cierto o falso del deber, o por indolencia o
agotamiento, por accidentes que no cabe de ningún modo prever. En suma, es
víctima de cientos de miles de impresiones, de las cuales la mayoría tienen una
propensión intimidatoria y la minoría alentadora. El instinto, que permite
apreciar rápidamente el valor de esos incidentes, se adquiere mediante una
prolongada experiencia de la guerra; gran valentía y fortaleza de carácter son
sus soportes, al igual que las rocas resisten los golpes de las olas. El que
ceda a esas impresiones nunca llevará a término ninguna de sus empresas, y a
este respecto la perseverancia en el camino decidido es un necesario
contrapeso, en tanto que las razones contrarias más concluyentes no se hagan
presentes. Más todavía, difícil resulta que haya empresa gloriosa en la guerra
que no sea lograda mediante inagotables esfuerzos, penurias y privaciones; y
como aquí la debilidad física y espiritual propia de la naturaleza humana está
siempre dispuesta a ceder, sólo una gran fuerza de voluntad, puesta de
manifiesto con esa perseverancia admirada ahora y en la posteridad, conducirá a
lograr el objetivo propuesto.
Capítulo VIII
LA SUPERIORIDAD NUMÉRICA
Tanto en la táctica como en la estrategia es este
el más general de los principios de la victoria, y será desde ese punto de vista
general como empezaremos a examinarlo. A tal fin nos aventuramos a ofrecer la
siguiente exposición.
La estrategia determina el lugar donde habrá de
emplearse la fuerza militar en el combate, el tiempo en que ésta será utilizada
y la magnitud que tendrá que adquirir. Esa triple determinación asume una
influencia fundamental en el resultado del encuentro. Así como es la táctica la
que ha podido dar lugar al encuentro, en cuanto al resultado, sea éste tanto la
victoria como la derrota, es guiado por la estrategia como corresponde, de
acuerdo con los objetivos finales de la guerra, que son, por naturaleza, muy
distantes y se hallan muy raras veces al alcance de la mano.
A ellos se subordinan como medios una serie de
otros objetivos. Éstos, que son al propio tiempo medios para uno mayor, pueden
ser en la práctica de varias clases, e incluso el objetivo final de toda la
guerra es casi siempre distinto en cada caso. Nos familiarizaremos con estas
cuestiones en cuanto vayamos conociendo los apartados de los que forman parte,
de modo que no nos proponemos abarcar aquí todo el tema y dar de él una completa
enumeración, aun en el caso de que esto fuera posible. En consecuencia, no
consideraremos por ahora el uso de encuentro.
Esas cosas por medio de las cuales la estrategia
influye sobre el resultado del encuentro, dado que son las que lo determinan (en
cierta medida lo imponen), no son tampoco tan simples como para poder ser
abarcadas en una sola investigación. Si es cierto que la estrategia indica el
tiempo, el lugar y la magnitud de la fuerza, en la práctica puede hacerlo de
muchas formas, cada una de las cuales influye en forma diferente, tanto sobre el
desenlace como sobre el éxito del encuentro. Por lo tanto, nos familiarizaremos
con esto sólo gradualmente, es decir, a través de los temas que la práctica
determina de modo más preciso.
Si despojamos al encuentro de todas las
modificaciones que puede sufrir, de acuerdo con su finalidad y con las
circunstancias de las que procede, si, finalmente, dejamos de lado el valor de
las tropas, porque éste se da por sobreentendido, sólo queda la mera concepción
del encuentro, o sea, un combate sin forma, del que no distinguimos más que el
número de combatientes.
Este número determinará, en consecuencia, la
victoria. Ahora bien, por la cantidad de abstracciones que hemos tenido que
realizar para llegar a este punto, se deduce que la superioridad numérica sólo
es uno de los factores que producen la victoria y que, por lo tanto, lejos de
haberlo conseguido todo o ni siquiera lo principal mediante esa superioridad,
quizá hayamos obtenido muy poco con ella, de acuerdo con lo que varíen las
circunstancias concurrentes.
Pero esta superioridad numérica presenta diversos
grados: puede ser imaginada como doble, triple o cuádruple, y es fácil
comprender que, al aumentar de esta forma, debe imponerse a todo lo demás.
En este sentido convenimos en que la superioridad
numérica es el factor más importante a la hora de determinar el resultado del
encuentro; pero debe ser suficientemente grande como para contrapesar todas las
demás circunstancias. Consecuencia directa de esto es la conclusión de que en el
punto decisivo del encuentro debería ponerse en acción el mayor número posible
de tropas.
Sean estas tropas suficientes o insuficientes, se
habrá hecho a este respecto todo lo que permitían los medios. Este es el primer
principio de la estrategia y, en la forma general en que aquí ha sido formulado,
puede ser aplicado tanto a los griegos y los persas o a los ingleses y los
hindúes, como a los franceses y los alemanes. Pero dediquemos nuestra atención a
las condiciones militares propias de Europa, a fin de llegar a algunas ideas más
concretas sobre este asunto.
Aquí encontramos ejércitos que se parecen mucho
más a equipos, en organización y habilidad práctica de todo tipo. Sólo cabe
distinguir todavía una diferencia momentánea en la virtud militar del ejército y
en el talento del general. Si estudiamos la historia de la guerra en la Europa
moderna, no encontramos en ella ninguna batalla como la de Maratón.
Federico el Grande, con aproximadamente 30.000
hombres, venció en Leuthen a 80.000 austríacos y en Rossbach, con 25.000, hizo
lo propio frente a unos 50.000 de los Aliados. Pero estos son los únicos
ejemplos de victorias obtenidas contra un enemigo que contaba con una
superioridad numérica doble o aun mayor. No cabe citar con propiedad la batalla
que Carlos XII libró en Narva, porque en esa época los rusos apenas podían ser
considerados como europeos, y, además, las circunstancias principales de esta
confrontación no son demasiado bien conocidas. Bonaparte contaba en Dresde con
120.000 hombres contra 220.000 y, por lo tanto, la superioridad no llegaba a
duplicar su propio número. En Kollin, Federico el Grande, con 30.000 hombres, no
alcanzó el éxito contra 50.000 austríacos, ni tampoco triunfó Bonaparte en la
batalla de Leipzig, donde se encontró luchando con 160.000 hombres contra
380.000, siendo por lo tanto la superioridad del enemigo mucho más del doble.
Podemos deducir de esto que, en la Europa actual,
resulta muy difícil, incluso para el general más dotado de talento, alcanzar una
victoria sobre un enemigo dos veces más fuerte. Ahora bien, así como vemos que
la superioridad numérica doble demuestra tener un peso de envergadura en la
balanza, incluso contra los generales más sobresalientes, podemos estar seguros
de que, en los casos comunes, tanto en los encuentros grandes como en los
pequeños, por más desventajosas que puedan ser otras circunstancias, para
asegurar la victoria será suficiente con disponer de una superioridad numérica
importante, sin que necesite ser mayor del doble. Por supuesto podemos concebir
el caso de un paso en la montaña, en el que ni siquiera una superioridad diez
veces mayor sería suficiente para doblegar al enemigo, pero entonces no cabría
hablar de ningún modo de un encuentro.
Por lo tanto, creemos que, en nuestras propias
circunstancias tanto como en todas las similares, la acumulación de fuerza en el
punto decisivo es una cuestión de capital importancia y que, en la mayoría de
los casos, resulta categóricamente lo más importante de todo. La fuerza en el
punto decisivo depende de la fuerza absoluta del ejército y de la habilidad con
que ésta se emplea.
En consecuencia, la primera regla sería adentrarse
en el campo de batalla con un ejército lo más fuerte posible. Esto parecerá una
perogrullada, pero en realidad no lo es.
Para demostrar que durante largo tiempo la
magnitud de las fuerzas militares de ningún modo fue considerada como una
cuestión vital, sólo necesitamos observar que en la historia de la mayoría de
las guerras del siglo XVIII, incluso en las más reseñadas, no se menciona en
absoluto la magnitud de los ejércitos, o sólo se hace ocasionalmente, y en
ningún caso se le adjudica un valor especial. Tempelhoff, en su historia sobre
la guerra de los Siete Años, es el primer escritor que se refiere a ella con
regularidad, pero sólo lo hace muy superficialmente.
Incluso Messenbach, en sus múltiples observaciones
criticas sobre las campañas prusianas de 1793-1794 en los Vosgos, da una amplia
referencia de las colinas y los valles, de los caminos y los senderos, pero
nunca dice una palabra sobre la fuerza que integraba uno y otro bando.
Otra prueba reside en una idea portentosa que
obsesionaba las mentes de muchos críticos, de acuerdo con la cual existía cierta
medida que era la mejor para un ejército, una cantidad normal, más allá de la
cual las fuerzas excesivas eran más gravosas que útiles.
Por último, encontramos cierto número de casos en
los que todas las fuerzas disponibles no fueron usadas realmente en la batalla,
o en el transcurso de la guerra, porque no se consideró que la superioridad
numérica tuviera esa importancia que corresponde a la naturaleza de las cosas.
Si estamos convencidos de que por medio de una
superioridad numérica manifiesta se puede obtener cualquier victoria, no cabe
dejar de señalar esa convicción ante los preparativos de la guerra, a fin de que
se pueda afrontar la batalla con tantas tropas como sea posible y obtener una
supremacía o por lo menos contrarrestar la que demuestre poseer el enemigo. Eso
basta en cuanto a la potencia absoluta con la que debe conducirse la guerra.
La medida de esta potencia viene determinada por
el gobierno, y si bien con esta determinación comienza la verdadera actividad
militar, si bien forma una parte esencial de la estrategia de la guerra, todavía
en la mayoría de los casos el general responsable del mando debe considerar su
fuerza absoluta como algo fijado de antemano, bien porque no hubiera intervenido
en su determinación, bien porque las circunstancias hubiesen impedido darle una
magnitud suficiente.
Por lo tanto, en el caso de que no pudiera
lograrse una superioridad absoluta, no queda otra cosa que conseguir una
relativa en el punto decisivo, por medio del hábil uso de la que se posea.
El cálculo del espacio y del tiempo aparece
entonces como la cuestión más importante. Ello ha inducido a considerar que esta
parte de la estrategia abarca casi todo el arte de utilización de las fuerzas
militares. En realidad, algunos han ido tan lejos como para atribuir la
estrategia y la táctica de los grandes generales a un órgano interno adaptado
particularmente a este propósito.
Pero aunque la coordinación del tiempo y del
espacio reside en los fundamentos de la estrategia, y es, por así decir, su
sustento diario, sin embargo no constituye ni la más difícil de sus tareas, ni
la más decisiva.
Si recorremos con una mirada imparcial la historia
de la guerra, veremos que son muy raros los casos en los que los errores en
dicho cálculo han demostrado ser la causa de pérdidas serias, al menos en la
estrategia. Pero si el concepto de una correlación hábil del tiempo y del
espacio hubiera de explicar todos los casos en que un comandante en jefe activo
y resuelto vence con el mismo ejército a varios de sus oponentes, por medio de
marchas rápidas (Federico el Grande, Bonaparte), entonces no haríamos más que
crear una confusión innecesaria con un lenguaje convencional. Para que las ideas
sean claras y útiles, es necesario que las cosas sean siempre llamadas por sus
justos nombres.
La correcta estimación de los oponentes (Daun,
Schwarzenberg), la audacia para hacerles frente con sólo una fuerza pequeña
durante corto tiempo, la energía en emprender marchas prolongadas, la osadía en
ejecutar los ataques repentinos, la actividad intensificada de que hacen gala
los espíritus selectos en momentos de peligro, estos son los fundamentos de sus
victorias. ¿Qué tienen éstos que ver con la capacidad para coordinar
correctamente dos cosas tan simples como el tiempo y el espacio?
Pero si queremos ser claros y exactos debemos
señalar que sólo rara vez se produce en la historia esa repercusión de fuerzas,
por la cual las victorias en Rossbach y Montmirail determinaron las victorias en
Leuthen y Montereau, y en la que a menudo han confiado grandes generales que se
mantenían a la defensiva. La superioridad relativa, o sea, la concentración
hábil de fuerzas que devienen superiores en el punto decisivo, se basa con harta
frecuencia en la apreciación correcta de tales puntos, en la dirección apropiada
que por esos medios se les da a las fuerzas desde un principio y en la decisión
requerida, si se ha de sacrificar lo insignificante en favor de lo importante, o
sea, si se ha de mantener las fuerzas concentradas en una masa abrumadura. En
este sentido son particularmente característicos los logros de Federico el
Grande y de Bonaparte.
Con esto creemos haberle asignado a la
superioridad numérica su debida importancia. Debe ser considerada como la idea
fundamental, así como buscada siempre antes que cualquier otra cosa y llevar su
investigación tan lejos como sea posible.
Pero designarla por esta razón como una condición
necesaria para la victoria constituiría una mala interpretación de nuestra
exposición. Como conclusión que cabe extraer de todo ello no resta más que el
valor que deberíamos asignar a la fuerza numérica en el encuentro. Si hacemos
que esa fuerza sea lo más grande posible, concordará entonces con el principio y
sólo el estudio de la situación general decidirá si el encuentro habrá o no de
ser rehuido por falta de una fuerza suficiente.
Capítulo IX
LA SORPRESA
El esfuerzo general por lograr una superioridad
relativa, que ocupó como tema el capítulo precedente, es seguido de otro
esfuerzo que, por ser correlativo, tiene que ser de naturaleza igualmente
general: este es la sorpresa que se causa en el enemigo, la cual constituye, más
o menos, la base de todas las iniciativas, porque sin ella no cabe concebir que
se cree una superioridad en el punto decisivo.
La sorpresa deviene, pues, el medio con el cual
puede lograrse la superioridad numérica; pero también cabe considerarla en sí
misma como un principio independiente, a causa del efecto moral que provoca.
Cuando la sorpresa consigue alcanzar el éxito en alto grado, las consecuencias
que acarrea son la confusión y el desaliento en las filas enemigas, y esto
multiplica el efecto del éxito, como puede ser mostrado mediante suficientes
ejemplos, tanto grandes como pequeños. No nos referimos ahora a una súbita
irrupción, que corresponde al capítulo correspondiente al ataque, sino al
esfuerzo para sorprender al enemigo por medio de medidas generales y, en
especial, por la distribución de las fuerzas, que es igualmente concebible en
posiciones de defensa y constituye un factor importante, sobre todo cuando se
trata de una defensa táctica.
Afirmamos que la sorpresa constituye, sin
excepción alguna, el fundamento básico de todas las iniciativas, sólo que en
grados muy diferentes, de acuerdo con la naturaleza de cada iniciativa en
particular y de otras circunstancias.
Esta diferencia comienza ya con las
características tanto del ejército como de su jefe, y hasta con las del
gobierno.
El secreto y la rapidez con que se emprende son
los dos factores fundamentales de este producto. Ambos presuponen una gran
energía por parte del gobierno y del general en jefe, así como un sentido
elevado del deber por parte del ejército. Es inútil contar con la sorpresa
cuando se dan elementos de molicie e indicios de relajamiento. Pero por más que
este esfuerzo sea general y, todavía más, realmente indispensable, y si bien es
verdad que nunca será totalmente ineficaz, no es menos cierto que rara vez
alcanza el éxito en grado notable, lo que deriva de su naturaleza misma.
Por lo tanto, se formaría un concepto erróneo
quien creyera que a través de este medio, por encima de todos los demás, se
halla en disposición de alcanzar grandes logros en la guerra.
Teóricamente promete mucho; en la práctica, con la
fricción se atasca toda la máquina.
En la táctica, la sorpresa se halla mucho más en
su elemento, en razón de que los tiempos y las distancias son en ella más
cortos. Por lo que respecta a la estrategia, ésta será más factible cuanto más
se aproximen sus medidas al terreno de la táctica, y más difícil cuanto más se
acerquen al de la política.
Los preparativos para la guerra requieren, por lo
general, varios meses; la concentración del ejército en sus posiciones
principales exige usualmente el establecimiento de depósitos, almacenes y
movimientos considerables, cuya dirección puede ser deducida con bastante
presteza.
En consecuencia, muy rara vez un estado sorprende
a otro con una guerra o con la dirección general de sus fuerzas. Durante los
siglos XVII y XVIII, cuando la guerra estaba relacionada principalmente con los
asedios, el rodear una fortaleza en forma inesperada constituía un objetivo
frecuente y un capítulo bastante característico e importante del arte de la
guerra, pero aun en estos casos sólo rara vez se alcanzaba el éxito.
Por otro lado, la sorpresa resulta mucho más
concebible en cosas que pueden realizarse en uno o dos días. En consecuencia, no
es difícil a menudo sorprender a un ejército en marcha y con ello apoderarse de
una posición, un punto del territorio, un camino, etc. Pero es evidente que lo
que de esta forma gana la sorpresa en fácil ejecución lo pierde en eficacia, al
tiempo que esta eficacia aumenta en la parte opuesta. El que busque relacionar
los grandes resultados con esas sorpresas en pequeña escala, como, por ejemplo,
ganar una batalla puntual, hacerse con un importante depósito, etc., parte de
algo que, sin duda, es bastante concebible, pero para lo cual no existen
testimonios fehacientes en la historia, siendo en general muy pocos los casos en
que se ha obtenido algo significativo de esos hechos. Cabe deducir, pues, con
justicia, que existen dificultades que son inherentes a la cuestión.
Es evidente que quien recurra a la historia para
estudiar estos temas no debe depositar su confianza en ciertas obras
espectaculares de algunos críticos históricos, muy dados a anunciar sabios
aforismos y en autocomplacerse pomposamente con la utilización de términos
técnicos, sino que debe encarar los hechos con toda buena fe. Por ejemplo,
existe cierta jornada en la campaña de Silesia, en 1761, que, en este sentido,
ha alcanzado una especial notoriedad. Es el 22 de julio, el día en que Federico
el Grande sorprendió la marcha de Laudon hacia Nossen, cerca del Neisse, con lo
cual, como se afirma, fue abortada la unión de los ejércitos austriaco y ruso en
la Alta Silesia. Con ello el rey prusiano ganó un período de cuatro semanas.
Quienquiera que lea cuidadosamente en las principales historias todo lo
referente a este acontecimiento y lo considere de modo imparcial, no acabará de
encontrar este significado en la marcha del 22 de julio; por lo general, en
todas las argumentaciones en torno a esta cuestión no verá nada más que
contradicciones, puesto que tenderá a observar en las acciones de Laudon,
durante este famoso período, decisiones sin objeto. ¿Cómo podrá aceptar tal
evidencia histórica quien anhele adquirir una convicción clara y conocer la
verdad?
Cuando esperamos grandes efectos del principio de
sorpresa en el curso de una campaña, pensamos que los medios para producirla son
una gran actividad, resoluciones rápidas y marchas forzadas. Sin embargo, aun
cuando estos elementos estén presentes en alto grado, no siempre causarán el
efecto deseado. Ello puede verse en sendos ejemplos que afectan a Federico el
Grande y a Bonaparte, quienes pueden ser considerados como los generales que
usaron esos medios con mayor despliegue de talento. Cuando Federico el Grande se
precipitó desde Bauzen sobre Lascy, en julio de 1760, y atacó luego Dresde, no
ganó ningún terreno en todo ese intervalo, sino que más bien empeoró su
situación de forma notable, ya que, mientras tanto, la fortaleza de Glatz cayó
en manos del enemigo.
Por su parte, cuando Bonaparte se abalanzó en 1813 por dos veces repentinamente
desde Dresde contra Blücher, para no mencionar la invasión de Bohemia desde la
Alta Lusacia, en ninguna de las dos ocasiones alcanzó el objetivo deseado.
Fueron golpes en el aire, que sólo le costaron tiempo y potencia y podrían
haberlo colocado en el mismo Dresde en una posición peligrosa.
En consecuencia, una sorpresa que alcance un
elevado grado de éxito tampoco proviene, en este terreno, de la mera actividad,
la energía y la resolución del comandante en jefe. Debe verse favorecida por
otras circunstancias. En forma alguna negamos que pueda tener éxito; sólo
deseamos relacionarla con la necesidad de que concurran circunstancias
favorables, que, por supuesto, no se presentan con demasiada frecuencia, y que
rara vez pueden ser producidas por el comandante en jefe.
Los mismos generales que hemos mencionado nos
proporcionan un ejemplo extraordinario sobre ello. Consideraremos primero a
Bonaparte en su famosa acción contra el ejército de Blücher, en 1814, cuando,
separado del ejército principal, éste se dirigía a lo largo del Marne río abajo.
Una marcha de dos días para sorprender al enemigo difícilmente podría haber dado
mejores resultados. El ejército de Blücher, desplegado sobre un terreno
equivalente a la distancia recorrida en una marcha de tres días, fue derrotado
parte a parte, y sufrió una pérdida igual a la que provoca la derrota en una
batalla más importante. Esto fue debido, por completo, al efecto de la sorpresa,
porque, si Blücher hubiera imaginado que la posibilidad de un ataque de
Bonaparte se hallaba tan cercana, habría organizado su marcha de forma
completamente diferente. El resultado debe ser atribuido al error en que cayó
Blücher. Por supuesto, Bonaparte desconocía estas circunstancias, por lo que, en
lo que a él respecta, el éxito tiene que achacarse a la intervención de la buena
fortuna.
Algo semejante ocurrió en la batalla de Liegnitz,
en 1760. Federico el Grande alcanzó esta victoria admirable al cambiar, durante
la noche, la posición que había conquistado justamente un momento antes. Con
esto Laudon fue tomado completamente por sorpresa, y el resultado fue la pérdida
en sus filas de setenta piezas de artillería y 10.000 hombres. Aunque Federico
el Grande había adoptado en esa época el principio de avanzar y retroceder, para
impedir con ello el planteamiento de una batalla, o por lo menos para
desconcertar al enemigo, sin embargo, los cambios introducidos en la noche del
14-15 no fueron realizados exactamente con esa intención, sino porque la
posición del 14 no le satisfacía, como declaró el mismo rey. Por lo tanto, aquí
también el azar desempeñó un gran papel. El resultado no habría sido el mismo
sin la feliz coincidencia del ataque y del cambio de posición durante la noche.
También en el terreno supremo de la estrategia
existen algunos ejemplos de sorpresas que han dado lugar a importantes
resultados. Citaremos solamente las brillantes marchas del Gran Elector contra
los suecos, desde Franconia hasta Pomerania y desde el Mark (Brandeburgo) hasta
el Pregel, en la campaña de 1757. Y el famoso paso de los Alpes efectuado por
Bonaparte en 1800. En este último caso, un ejército entero capituló dejando
atrás todo su equipo de guerra; y en 1757, otro ejército estuvo a punto de
abandonar todos sus pertrechos y darse por vencido. Por último, como ejemplo de
acción totalmente inesperada, podemos citar la invasión de Silesia por Federico
el Grande. Culminantes y arrolladores fueron los éxitos en todos estos casos,
pero estos acontecimientos no son corrientes en la historia, si no incluimos en
ellos los casos en que un Estado, por falta de actividad y energía (Sajonia en
1756 y Rusia en 1812), no completó a tiempo sus preparativos.
Todavía resta una observación a hacer referente a
la esencia de la cuestión.
La sorpresa sólo puede ser efectuada por la parte
que dicta la ley a la otra; y el que realiza la acción justa dicta
esta ley. Si sorprendemos al enemigo con un despliegue erróneo, entonces, en
lugar de obtener un buen resultado, podríamos tener que soportar un fuerte
contraataque. En todo caso, el adversario no precisará prestar mucha atención a
nuestra sorpresa, porque habría encontrado en nuestro mismo error el medio de
evitar la acción adversa. Como la ofensiva contiene una acción positiva mucho
mayor que la defensiva, la sorpresa encontrará por lo tanto un lugar más idóneo
en el ataque, pero de ninguna manera de forma exclusiva, como veremos más
adelante. Pueden producirse sorpresas mutuas tanto en la ofensiva como en la
defensiva, y entonces el que sepa acertar será el que triunfe.
Esto debería ser así, pero la vida práctica no
sigue exactamente esta línea, por una razón muy simple. Los efectos morales que
acarrea la sorpresa transforman a menudo el peor de los casos en uno favorable
para el lado que disfruta de su asistencia, y no permiten al otro tomar la
decisión adecuada. Aquí, más que en ninguna otra parte, tenemos en cuenta no
sólo al comandante en jefe principal, sino a cada uno de los individuos, porque
la sorpresa surte el efecto muy peculiar de desatar violentamente el vínculo de
unión, de modo que aflora rápidamente la individualidad de cada jefe por
separado.
En gran medida depende el resultado de la relación
general que las dos partes guardan entre sí. Si uno de los bandos, gracias a una
superioridad moral de conjunto, es capaz de intimidar e imponerse al otro,
entonces podrá usar la sorpresa con mayor éxito, y hasta logrará buenos
resultados allí donde en realidad le acechaba el desastre.
Capítulo X
LA ESTRATAGEMA
La estratagema presupone una intención oculta y,
por lo tanto, es opuesta al modo de obrar recto, simple y directo, del mismo
modo que la respuesta ingeniosa se opone a la argumentación directa. Por lo
tanto, no tiene nada en común con los medios de persuasión, del interés y de la
vehemencia, pero tiene mucho que ver con el engaño, porque éste también oculta
su intención. Incluso es un engaño en sí misma, pero sin embargo difiere de lo
que comúnmente se considera como tal, por la razón de que no constituye una
directa violación de una promesa. Quien emplee la estratagema deja que la
persona a la que desea engañar cometa por sí misma los errores del entendimiento
que, al final, confluyendo en un efecto, modifican de pronto la naturaleza de
las cosas ante sus ojos. Por lo tanto, podemos decir que así como la respuesta
ingeniosa es una prestidigitación basada en las ideas y los conceptos, del mismo
modo la estratagema es una prestidigitación con los modos de obrar.
A primera vista parece como si, no sin
justificación, la estrategia hubiera derivado su nombre de la estratagema y que,
pese a todos los cambios aparentes y reales que ha sufrido la guerra desde la
época de los griegos, este término indicara todavía su verdadera naturaleza. Si
confiamos a la táctica la tarea de asestar realmente el golpe, el encuentro
propiamente dicho, consideraremos a la estrategia como el arte de usar con
habilidad los medios concernientes a ello. Así, además de las fuerzas del
espíritu, tales como una ambición que suele actuar como un resorte, o la
voluntad enérgica, que se somete con dificultad, etc., no parece existir otro
don subjetivo de la naturaleza que sea tan apropiado como la estratagema para
guiar e inspirar la acción estratégica. La tendencia general a la sorpresa,
tratada en el capítulo anterior, lleva a esta conclusión, porque existe un grado
en la estratagema, aunque sea muy pequeño, que se encuentra en el fundamento de
todo intento de sorpresa.
Pero por más que deseemos ver que los que actúan
en la guerra se eclipsen mutuamente en su astucia, habilidad y capacidad de
estratagema, tenemos que admitir, sin embargo, que tales cualidades se ponen muy
poco de manifiesto en la historia, y raramente han logrado abrirse camino entre
el cúmulo de acontecimientos y circunstancias.
La razón de ello puede percibirse con bastante
facilidad y resulta casi idéntica a la del tema del capítulo precedente.
La estrategia no conoce otra actividad que los
preparativos para el encuentro, junto con las medidas que se relacionan con
ellos. A diferencia de la vida común, no se ocupa de acciones que consisten
simplemente en palabras, es decir, declaraciones, enunciados, etc. Pero es con
estos medios, nada difíciles de obtener, con los que la persona que echa mano de
la estratagema suele embaucar a la gente.
Lo que en la guerra cabe considerar como similar,
como son los planes y las órdenes enunciadas sólo para salvar las apariencias,
los falsos informes divulgados a propósito para que lleguen a oídos del enemigo,
etc., tiene por lo general un efecto tan pequeño en el campo de la estrategia,
que sólo se recurre a ello en casos particulares, surgidos de manera espontánea.
Por lo tanto, no puede ser considerado como una actividad libre emanada de la
persona que actúa.
Pero representaría un gasto considerable de tiempo
y de fuerzas llevar a cabo ciertas medidas, como son los preparativos para un
encuentro, hasta un grado tal que pudiera producir una impresión sobre el
enemigo; por supuesto, cuanto mayor tuviera que ser la impresión, mayor sería el
gasto. Pero como casi nunca estamos dispuestos a realizar el sacrificio
requerido, muy pocas de las llamadas demostraciones producen en la estrategia el
efecto deseado. En realidad, resulta peligroso usar fuerzas considerables
durante cualquier lapso de tiempo sólo como apariencia, porque siempre existe el
riesgo de que esto sea efectuado en vano, y que entonces estas fuerzas puedan
estar faltando en el punto decisivo.
La persona que actúa en la guerra conoce siempre
esta prosaica verdad y, por lo tanto, no está interesada en participar en este
juego de ágil astucia. La amarga seriedad que entraña la necesidad obliga
generalmente a la acción directa, de modo que no hay lugar para ese juego. En
una palabra, las piezas que se encuentran sobre el tablero de ajedrez
estratégico carecen de esa agilidad que constituye uno de los elementos de la
astucia y la estratagema.
La conclusión a extraer es que, para el general en
jefe, el discernimiento correcto y penetrante constituye una cualidad mucho más
necesaria y útil que la estratagema, aunque ésta no sea nociva mientras no se
lleve a cabo a expensas de las cualidades del espíritu, cosa que se produce
demasiado a menudo.
Pero cuanto más se debiliten las fuerzas que
gobiernan la estrategia, tanto más se adaptarán para la estratagema, de modo que
ésta se ofrece como último recurso para las fuerzas muy débiles y pequeñas, en
momentos en que ni la prudencia ni la sagacidad llegan a bastarles y todas las
artes parecen abandonarlas. Cuanto más desesperada sea la situación y más se
concentre todo en un golpe temerario, tanto más dispuesta estará la estratagema
en secundar a la audacia. Desprovistas de todo cálculo ulterior, liberadas de
toda retribución subsiguiente, la audacia y la estratagema podrán reforzarse
mutuamente y concentrar en un solo punto un rayo imperceptible que pueda servir
de destello para prender una llama.
Capítulo XI
CONCENTRACIÓN DE FUERZAS EN EL ESPACIO
La mejor estrategia consiste en ser siempre muy
fuerte, primero en un sentido general, y luego en el punto decisivo. Por lo
tanto, aparte del esfuerzo en crear las fuerzas suficientes y que no siempre
corresponde al general en jefe, no hay ley más simple y más imperativa para la
estrategia que la de mantener concentradas las fuerzas. Nada tiene que
ser separado del conjunto principal, a menos que lo exija algún objetivo
perentorio. Nos mantenemos firmes en este criterio y lo consideramos como
guía en la que se puede y se debe confiar. Veremos muy pronto sobre qué bases
razonables puede ser realizada la separación de fuerzas. Comprobaremos entonces
que este principio no puede producir en todas las guerras los mismos resultados
generales, sino que éstos difieren de acuerdo con los medios y el fin.
Parece increíble, y sin embargo ha sucedido
cientos de veces, que unas fuerzas puedan haber sido divididas y separadas
solamente a causa de una adhesión nebulosa a ciertas costumbres tradicionales,
sin que se supiera claramente la razón por la cual se actuaba de esa forma.
Si se reconoce como norma la concentración de toda
la fuerza, y toda división y separación como la excepción que tiene que ser
justificada, no sólo se evitará por completo ese desatino, sino que también
serán eliminadas muchas de las razones erróneas que conducen a separar a las
fuerzas.
Capítulo XII
CONCENTRACIÓN DE FUERZAS EN EL TIEMPO
Abordaremos aquí una concepción que, cuando se
aplica a la vida activa, contribuye a crear una serie de ilusiones engañosas.
Por lo tanto, consideramos que es necesario formular una definición clara de la
idea y de su desarrollo, y confiamos en que nos sea permitido efectuar otro
breve análisis.
La guerra es el choque de unas fuerzas opuestas
entre sí, de lo que resulta, en consecuencia, que la más fuerte no sólo destruye
a la otra, sino que la arrastra en su movimiento. Básicamente, esto no admite la
acción sucesiva de fuerzas, sino que establece como ley principal de la guerra
la aplicación simultánea de todas las fuerzas destinadas a intervenir en el
choque.
Esto es así en la realidad, pero sólo en la medida
en que la lucha tenga también una semejanza real a un choque mecánico. Siempre
que consista en una duradera acción recíproca de fuerzas destructivas podremos
imaginar por supuesto la acción sucesiva de esas fuerzas. Este es el caso en la
táctica, principalmente porque las armas de fuego forman la base de toda
táctica, pero también por otras razones. Si en un encuentro con armas de fuego
se utilizan 1.000 hombres contra 500, entonces el total de las pérdidas será la
suma de las sufridas por las fuerzas enemigas y por las nuestras. Mil hombres
disparan dos veces más tiros que quinientos hombres, pero los disparos
alcanzarán más a los 1.000 que a los 500, porque hemos de suponer que permanecen
en un orden más cerrado que estos últimos. Si supusiéramos que el número de
impactos es doble, entonces las pérdidas en cada bando serían iguales. De los
500 habría, por ejemplo, 200 heridos, y de los 1.000 habría la misma cantidad;
ahora bien, si los 500 han mantenido otro cuerpo de igual número en reserva,
completamente alejado del fuego, entonces ambos bandos tendrían 800 hombres
disponibles; pero de éstos, por un lado permanecerían 500 frescos, completamente
equipados con municiones y en posesión de su fuerza y de su vigor; por el otro
lado habría sólo 800, todos igualmente desorganizados, sin municiones
suficientes y con su fuerza física debilitada. La suposición de que 1.000
hombres, sólo debido a que su número fuera mayor sufriesen pérdidas dos veces
mayores que las que en su lugar habrían experimentado 500 no es por supuesto
correcta; en consecuencia, tiene que ser considerada como una desventaja la
pérdida mayor que sufre el bando que ha mantenido en reserva la mitad de su
fuerza. Además, ha de admitirse que, en la mayoría de los casos, los 1.000
hombres podrían obtener al pronto la ventaja de hacer abandonar su posición al
adversario y obligarlo a retirarse. Pero si estas dos ventajas son equivalentes
o no a la desventaja de encontrarse con 800 hombres desorganizados en cierta
medida por el encuentro, que se oponen a un enemigo que al menos es
materialmente más débil en número y que cuenta con 500 hombres completamente
frescos, es una cuestión que no podrá ser decidida por medio de nuevos análisis.
Debemos aquí confiar en la experiencia, y será raro encontrar un oficial con un
cierto historial bélico que, en la mayoría de los casos, no conceda la ventaja
al bando que cuenta con las tropas frescas.
De esta forma se hace evidente cómo puede ser
desventajoso el empleo de demasiadas fuerzas en un encuentro; porque, sean
cuales fueren las ventajas que en el primer momento pueda proporcionar la
superioridad, luego se tendrá que pagar caro por ello.
Pero este peligro llega sólo hasta donde alcanzan
el desorden, el estado de desintegración y la debilidad, en una palabra, hasta
la crisis que todo encuentro acarrea, incluso para el vencedor. Mientras dure
ese estado de debilidad será decisiva la aparición de cierto número adecuado de
tropas frescas.
Pero donde termina este efecto desintegrante de la
victoria, y por lo tanto sólo resta la superioridad moral que esa misma
proporciona, ya no es posible que las tropas frescas subsanen esas pérdidas,
pues se verían arrastradas por el movimiento general. Un ejército derrotado no
puede ser conducido de improviso a la victoria mediante la aportación de fuertes
reservas. Nos encontramos aquí en el origen de la diferencia más esencial entre
táctica y estrategia.
Los resultados tácticos, obtenidos durante el
encuentro, y antes de su culminación, se encuentran en su mayor parte dentro de
los límites de ese período de desintegración y debilidad. Pero el resultado
estratégico, es decir, el resultado del encuentro considerado en su conjunto, el
resultado de la victoria alcanzada, ya sea grande o pequeña, se halla fuera de
los límites de ese período. Solamente cuando los resultados de los encuentros
parciales se han combinado en un todo independiente se logra el éxito
estratégico, pero entonces el estado de crisis ha terminado, las fuerzas han
recobrado su forma original y sólo han sido debilitadas en la medida de las
pérdidas reales que hayan sufrido.
La consecuencia de esta diferencia es que la
táctica puede usar las fuerzas de forma sucesiva, mientras que la estrategia lo
hace de modo simultáneo.
Si, en la táctica, no puedo decidir todo por el
primer éxito obtenido, si he de temer el momento próximo, resulta lógico que
emplee mi fuerza sólo lo necesario para obtener el éxito del primer momento y
que mantenga el resto fuera de los efectos de la lucha, tanto por las armas como
en el cuerpo a cuerpo, para poder oponer tropas frescas a las tropas frescas del
enemigo o vencer con ellas a las que están debilitadas. Pero no sucede así en la
estrategia. En parte, como acabamos de demostrar, porque no tiene tantos motivos
para temer una reacción después de haber logrado el éxito, ya que con ese éxito
la crisis llega a su fin; y en parte porque no resulta indefectible que todas
las fuerzas empleadas estratégicamente estén debilitadas. Sólo lo están por la
estrategia las que tácticamente hayan entrado en conflicto con la fuerza del
enemigo, o sea, las que hayan intervenido en un encuentro parcial. En
consecuencia, a menos que la táctica las haya gastado inútilmente, sólo se
debilitan en la medida en que es inevitablemente necesario, pero de ningún modo
todas las que estratégicamente se hallen en conflicto con el enemigo. Muchas
unidades que debido a su superioridad numérica general han intervenido muy poco
o nada en la lucha, cuya mera presencia ha contribuido a determinar una
decisión, después de ésta se encontrarán tal como estaban con anterioridad y se
hallarán tan preparadas para intervenir en nuevas iniciativas como si hubieran
permanecido completamente inactivas. Resulta de por sí evidente en qué gran
medida estas unidades, que constituyen nuestra superioridad, pueden contribuir a
alcanzar el éxito total; en realidad, es fácil ver que incluso pueden hacer que
disminuya considerablemente la pérdida de fuerzas de nuestro bando, comprometido
en el conflicto táctico.
Por lo tanto, si en la estrategia la pérdida no se
acrecienta con el número de tropas empleadas, sino que, por el contrario, a
menudo incluso disminuye, y si, como resultado lógico, la decisión a nuestro
favor es más segura por ese medio, se deducirá, naturalmente, que nunca serán
demasiadas las fuerzas que podamos emplear y que, en consecuencia, las que se
encuentran disponibles para la acción deberán ser utilizadas de forma
simultánea.
Pero deberemos justificar esta proposición sobre
otra base. Hasta aquí sólo nos hemos referido al combate mismo, que es la
actividad realmente propia de la guerra. Pero también deben ser tenidos en
cuenta los hombres, el tiempo y el espacio, que aparecen como agentes de esa
actividad, e igualmente han de ser considerados los efectos de su influencia.
La fatiga, el esfuerzo y las privaciones
constituyen en la guerra un agente especial de destrucción, que no pertenece
esencialmente al combate, pero que está ligado con él en forma más o menos
inseparable y que, por supuesto, corresponde de modo especial a la estrategia.
Sin duda existen también en la táctica, y tal vez en grado más elevado; pero
desde el momento en que la duración de las acciones tácticas es más corta, los
efectos del esfuerzo y de la penuria no podrán ser tomados en cuenta. Por el
contrario, en la estrategia, donde el tiempo y el espacio asumen una escala
mayor, su influencia no sólo es siempre digna de atención, sino que muy a menudo
resulta completamente decisiva. El hecho de que un ejército victorioso pierda
muchos más hombres por enfermedad que en el campo de batalla no es de ningún
modo excepcional.
Por lo tanto, si en la estrategia consideramos
este ámbito de destrucción en la misma forma en que hemos tenido en cuenta la
lucha por las armas y cuerpo a cuerpo en la táctica, podremos entonces imaginar
perfectamente que todo lo que se exponga a ese nivel de destrucción habrá de ser
debilitado, al final de la campaña o en cualquier otro período estratégico, lo
que torna decisiva la llegada de fuerzas nuevas. En consecuencia, podemos
deducir que existe un motivo, tanto en el primer caso como en el segundo, para
esforzarse en obtener el primer éxito con las menores fuerzas posibles, y poder
así reservar esta nueva fuerza para intentar alcanzar el éxito final.
Para determinar exactamente el valor de esta
conclusión, que en numerosos casos de la vida real tendrá grandes visos de
verdad, debemos dirigir nuestra atención a las ideas aisladas que contiene. En
primer lugar, no debemos confundir la idea de un simple refuerzo con la de unas
tropas frescas no utilizadas. Existen pocas campañas en cuyo tramo final no
sería sumamente deseable cierto aumento de las fuerzas, tanto para un bando como
para el otro, y en realidad parecería decisivo; pero este no es el caso aquí,
porque ese aumento no sería necesario si la fuerza hubiera sido suficientemente
grande al comienzo del encuentro.
Sin embargo, sería ir en contra de toda
experiencia suponer que un ejército recién llegado al campo de batalla haya de
ser tenido en más alta estima, desde el punto de vista del valor moral, que el
ejército que se encontraba ya en aquél, como si una reserva táctica tuviera que
ser más valorada que un cuerpo de tropas baqueteado en el encuentro. Así como
una campaña infortunada afecta al valor y a la fuerza moral del ejército, del
mismo modo una campaña victoriosa acrecienta ese valor. Por lo tanto, en la
mayoría de los casos, estas influencias se equilibran entre sí, y entonces queda
el hábito para la guerra como ganancia adicional. Además, debemos considerar
aquí antes las campañas con un resultado favorable que las que no lo ofrecen,
porque, si bien el curso de estas últimas puede ser previsto con mayor
probabilidad, las fuerzas faltarán ya de todos modos y, por lo tanto, no puede
pensarse en reservar parte de ellas para su uso ulterior.
Habiendo dejado establecido este punto, queda
todavía la siguiente cuestión: ¿las pérdidas que sufre una fuerza por la fatiga
y las penurias se acrecientan en proporción a la magnitud de esa fuerza, como
sucede en el encuentro? A esto tenemos que contestar negativamente.
La fatiga proviene en mayor grado de los peligros
que en todo momento acechan y se hacen más o menos presentes en el acto de la
guerra. Enfrentarse con estos peligros en todos los puntos, avanzar con
seguridad en el camino trazado, es el objeto de gran número de actividades que
constituyen el dispositivo táctico y estratégico del ejército. Este dispositivo
encierra tanta más dificultad cuanto más débil sea el ejército, y resulta más
fácil a medida que aumenta la superioridad numérica sobre la del enemigo. ¿Quién
dudará de ello? La campaña contra un enemigo mucho más débil costará menos
fatiga, por lo tanto, que contra un enemigo igualmente fuerte o mucho más
fuerte.
Esto basta en cuanto a la fatiga. Sucede algo
diferente con las penurias. Estas consisten principalmente en dos cosas: falta
de alimento y falta de refugio para las tropas, ya sea por alojamiento en
cuarteles o en campamentos adecuados. Por supuesto, cuanto mayor sea el número
de hombres que se encuentran en un lugar, mayores podrán ser estas deficiencias.
Pero, ¿no proporciona también la superioridad numérica mejores medios para
ocupar más lugar y, por lo tanto, para conseguir más medios de subsistencia y de
cobijo?
Si en su avance hacia el interior de Rusia, en
1812, Bonaparte concentró su ejército en grandes masas en un único
desplazamiento, de forma nunca vista hasta entonces, y de este modo produjo una
penuria igualmente única, debemos atribuirlo a la aplicación de su principio de
que, por fuerte que sea el ejército en el punto decisivo, nunca lo es demasiado.
Estaría fuera de lugar decidir aquí si en ese caso no extremó demasiado el
alcance de ese principio. Pero es evidente que si se hubiera propuesto evitar
las penalidades así causadas sólo habría tenido que avanzar en un frente más
amplio. No era precisamente lugar para este fin lo que faltaba en Rusia, y en
muy pocos casos sería escaso en cualquier otra parte. Por lo tanto, ello no
puede servir como prueba de que el empleo simultáneo de fuerzas muy superiores
produzca obligadamente una mayor debilidad. Pero supongamos ahora que el viento,
el estado del tiempo y las fatigas inevitables de la guerra hubieran producido
pérdidas incluso en esa parte del ejército que, como fuerza suplementaria,
pudiese haberse reservado para un uso ulterior en cualquier caso. Entonces, pese
a la eventual ayuda que podía proporcionar al conjunto dicha fuerza, nos vemos
obligados, no obstante, a examinar de forma amplia y general toda la situación,
y por lo tanto, preguntarnos: ¿afectará esa disminución a la compensación de
fuerzas que tenemos que ser capaces de lograr a través de más de un medio,
gracias a nuestra superioridad numérica?
Pero todavía queda por hacer mención de uno de los
puntos más importantes. En un encuentro limitado, cabe determinar
aproximadamente, sin mucha dificultad, la fuerza necesaria para obtener el
resultado que ha sido planeado, y, en consecuencia, del mismo modo
determinaremos la que sería superflua. En la estrategia esto es prácticamente
imposible, porque el éxito estratégico no tiene unos objetivos tan bien
definidos ni unos límites tan circunscritos como el táctico. Así, lo que en la
táctica puede considerarse como exceso de fuerzas, en la estrategia tiene que
adoptarse como un medio de ampliar el éxito, si se presenta la oportunidad. Con
la magnitud de ese éxito aumenta al mismo tiempo el porcentaje de ganancia, y de
esta forma la superioridad numérica pronto alcanzaría un punto que nunca hubiera
proporcionado la más esmerada economía de fuerzas.
De resultas de su enorme superioridad numérica,
Bonaparte pudo llegar hasta Moscú en 1812 y apoderarse de esa capital. Si,
además de esto, por medio de su superioridad hubiera logrado aniquilar
completamente al ejército ruso, con toda probabilidad habría podido imponer en
Moscú una paz que hubiese sido mucho menos posible por cualquier otra vía. Este
ejemplo sirve sólo para explicar la idea, no para probarla, ya que ello
requeriría su demostración circunstancial, y no es este el lugar adecuado para
efectuarla.
Todas estas reflexiones se refieren tan sólo a la
idea del empleo sucesivo de fuerzas y no a la concepción de la reserva
propiamente dicha, que aquéllas en realidad contemplan, pero que está
relacionada con otras ideas, como veremos en el capítulo siguiente.
Lo que deseamos dejar aquí sentado es que,
mientras en la táctica la fuerza militar sufre, por la simple duración de su
empleo real, una disminución de poder, y, por lo tanto, el tiempo aparece como
un factor determinante en el resultado, no es este básicamente el caso de la
estrategia. Los efectos destructivos, que también produce el tiempo sobre las
fuerzas de la estrategia, disminuyen en parte por el volumen de esas fuerzas, y
en parte mejoran en otro sentido. En la estrategia, por lo tanto, el objetivo no
puede consistir en convertir el tiempo en un aliado a favor, al hacer entrar a
las tropas en acción de manera sucesiva.
Decimos «a favor» porque, a causa de otras
circunstancias que también produce, pero que son diferentes, el valor que el
tiempo pueda tener, o más bien el que debe tener necesariamente para una de las
partes, puede variar en cada caso, pero nunca será insignificante o irrelevante.
Esto es una cuestión que consideraremos más adelante.
Por lo tanto, la ley que estamos tratando de
establecer es la de que todas las fuerzas que se disponen y destinan para
alcanzar un objetivo estratégico deberían ser aplicadas a él de modo simultáneo.
Y esta aplicación será tanto más completa cuanto más concentrado esté todo en un
acto único y en un solo momento.
Pero en la estrategia se produce, sin embargo, una
presión posterior y una acción sucesiva que obligan a descuidar lo menos posible
el que se erige en el medio esencial para alcanzar el éxito final. Nos referimos
al desarrollo continuo de nuevas fuerzas. También esto constituye el tema de
otro capítulo, y sólo aludimos aquí a ello para salir al paso de la impresión
que pueda producir en el lector el hecho de no mencionarlo.
Consideraremos ahora un punto que se relaciona muy
estrechamente con lo que hemos estado tratando y cuyo conocimiento arrojará
completa luz sobre el conjunto: se trata de las
reservas estratégicas,
Capítulo XIII
LAS RESERVAS ESTRATÉGICAS
Las reservas tienen dos objetivos que se
diferencian claramente uno del otro; o sea, en primer lugar renovar y prolongar
el combate, y en segundo ser usadas en caso de cualquier acontecimiento
imprevisto. El primer objetivo implica la utilidad de la aplicación sucesiva de
fuerzas y, a causa de ello, no puede aparecer en la estrategia. Los casos en los
que un cuerpo de ejército es enviado a cierto lugar que está a punto de ser
conquistado tienen que ser incluidos, evidentemente, en la categoría del segundo
objetivo, ya que la resistencia que cabe encontrar en él pudo no haber sido
suficientemente prevista. Sin embargo, un cuerpo de ejército que sólo tuviera
por objeto prolongar el combate, y que con ese propósito se mantuviera en la
retaguardia, estaría situado fuera del alcance del fuego, pero permanecería en
el encuentro bajo el mando y a disposición del comandante en jefe y, por
consiguiente, constituiría una reserva táctica y no estratégica.
Pero también puede surgir en la estrategia la
necesidad de disponer de una fuerza para hacer frente a un acontecimiento
imprevisto y, en consecuencia, también pueden existir reservas estratégicas,
pero sólo allí donde se conciba la posibilidad de un acontecimiento de esa
naturaleza. En la táctica, donde las medidas que haya tomado el enemigo
generalmente se descubren sólo de forma visual directa y pueden ser encubiertas
por bosques o valles en terrenos ondulados, siempre habremos de estar preparados
de algún modo para afrontar la posibilidad de que se produzcan acontecimientos
imprevistos, a fin de poder fortalecer los puntos que se hayan debilitado y
modificar, de hecho, la disposición de nuestras tropas, de manera que su
emplazamiento corresponda mejor al que hayan adoptado las enemigas.
Tales casos se producirán asimismo en la
estrategia, porque el acto estratégico se halla directamente ligado al acto
táctico. En la estrategia se adoptan también muchas medidas como consecuencia de
la comprobación visual, por los informes inciertos que llegan de día en día o
aun de hora en hora y, en último extremo, por los resultados reales de los
encuentros. Por lo tanto, una condición esencial del mando estratégico es que
las fuerzas deben ser mantenidas en reserva para ser usadas más tarde, de
acuerdo con el grado de incertidumbre existente.
Como es sabido, esto es algo que se presenta
constantemente en la defensa en general, pero en particular en la defensa de
ciertas partes del terreno, como son los ríos, las colinas, etc.
Pero esta incertidumbre disminuye
proporcionalmente a medida que la actividad estratégica se aparta de la táctica
y cesa casi por completo allí donde limita con la política.
La dirección en que el enemigo conduce sus
columnas al campo de batalla sólo puede ser percibida por la visión directa. Por
algunos preparativos que son revelados poco tiempo antes sabemos en qué punto el
enemigo intentará cruzar el río; la parte desde la cual invadirá nuestro país es
anunciada generalmente por todos los periódicos antes de que se haya disparado
un solo tiro. Cuanto más grande es la magnitud de la medida, menos posible será
producir una sorpresa con ella. El tiempo y el espacio son tan considerables,
las circunstancias que determinan la acción son tan públicas y están tan poco
sujetas a cambios, que el resultado, o bien es conocido a tiempo, o bien puede
ser descubierto con toda certeza.
Por otro lado, el uso de reservas en este campo de
la estrategia, en el caso de que una estrategia fuera realmente posible, será
también siempre menos eficaz cuanto más general tienda a ser la naturaleza de la
medida.
Hemos visto que la decisión de un encuentro
parcial apenas implica algo en sí misma, pero que todos los encuentros parciales
sólo encuentran su solución completa en la decisión del encuentro total.
Pero incluso esta decisión del encuentro total
sólo tiene una importancia relativa, con gradaciones muy diferentes, según que
la fuerza sobre la que ha sido obtenida la victoria constituya una parte más o
menos amplia e importante del todo. La pérdida de una batalla por un cuerpo de
ejército puede ser subsanada con la victoria de un ejército en su conjunto.
Incluso la pérdida de una batalla por un ejército puede ser contrarrestada no
sólo por una victoria obtenida en una batalla más importante, sino que podría
ser transformada en un acontecimiento afortunado (los dos días de Kulm, el 29 y
30 de agosto de 1813). Nadie puede ponerlo en duda; pero es completamente
evidente que el peso de cada victoria (el resultado afortunado de cada encuentro
total) es tanto más independiente cuanto más importante resulte la parte
conquistada y que, en consecuencia, disminuye en la misma proporción la
posibilidad de remediar la pérdida por los acontecimientos subsecuentes.
Tendremos que examinar esto con más detalle en otro lugar, pero por el momento
bastará con haber llamado la atención sobre la existencia incuestionable de esta
progresión.
Por último, si añadimos a estas dos
consideraciones la tercera, o sea, si en la táctica el uso sucesivo de las
fuerzas siempre traslada la decisión principal hacia el final de toda la acción,
por el contrario, en la estrategia, la ley del uso simultáneo de las fuerzas
invita a dejar que la decisión principal (que no necesita ser la final) tenga
lugar casi siempre al principio de la acción principal.
Con estas tres conclusiones contamos, pues, con un
fundamento suficiente para considerar que las reservas estratégicas son tanto
más superfluas, inútiles y peligrosas cuanto más general sea su propósito.
No resulta difícil determinar el punto donde
comienza a hacerse insostenible la idea de las reservas estratégicas: ese punto
es la decisión principal. Todas las fuerzas tienen que ceñirse a la
decisión principal y es absurda cualquier reserva (fuerzas activas
disponibles) que sólo esté destinada a ser usada después de esa decisión.
Por lo tanto, así como la táctica dispone en sus
reservas no sólo de un medio para enfrentar disposiciones imprevistas de parte
del enemigo, sino también para subsanar las que nunca pueden ser previstas, o
sea, el resultado del encuentro, en caso de ser éste desfavorable, la
estrategia, por el contrario, al menos en lo que al fin principal se refiere,
debe renunciar al uso de estos medios. Como regla general, sólo en algunos
casos, por medio del movimiento de tropas de un lugar a otro, la estrategia
puede remediar las pérdidas sufridas en cierto punto por ventajas adquiridas en
otro. La idea de prepararse de antemano para esos reveses, manteniendo las
fuerzas en reserva, no debe nunca ser tomada en consideración en la estrategia.
Hemos señalado como absurda la idea de una
existencia de reservas estratégicas que no estén en disposición de cooperar en
la decisión principal. Como esto está tan fuera de duda, no habríamos sido
conducidos al análisis que hemos hecho en estos dos capítulos si no fuera porque
esa idea aparece con frecuencia enmascarada por otros conceptos y parece
entonces tener una apariencia mejor.
Una persona la considera el colmo de la sagacidad
y la cautela estratégicas; otra la rechaza y con ello la idea de cualquier clase
de reservas, aun las de carácter táctico. Esta confusión de ideas se traslada a
la vida real, y para demostrarlo sólo tenemos que recordar que Prusia, en 1806,
dejó una reserva de 20.000 hombres acuartelada en el Mark (Brandeburgo), bajo el
mando del príncipe Eugenio de Württemberg, que no pudo llegar al Saale a tiempo
para prestar su colaboración, y que otra fuerza de 25.000 hombres, perteneciente
al mismo poder militar, permaneció en el este y el sur del país, a la espera de
ser puesta en pie de guerra como reserva.
Estos dos ejemplos bastarían para rechazar la
acusación de haber estado pugnando con molinos de viento.
Capítulo XIV
LA ECONOMÍA DE FUERZAS
El hilo de la razón, como ya hemos dicho, rara vez
admite ser reducido por principios y opiniones a una mera línea. Siempre queda
cierto margen. Es lo que sucede en todas las artes prácticas de la vida. Para
las líneas de la belleza no existen abscisas y ordenadas; los círculos y las
elipses no se producen por medio de sus fórmulas algebraicas. Por lo tanto, la
persona que actúa en la guerra debe confiar en un momento dado en el juicio
instintivo y sutil que, fundado en la sagacidad natural y formado en la
reflexión, encuentra la vía justa casi de manera inconsciente; en otro momento
debe simplificar la ley, reduciéndola a rasgos distintivos sobresalientes que
constituyen su regla, y, aun en otro, la rutina establecida debe pasar a ser la
norma a la que cabe adherirse.
Consideremos el principio de procurar
continuamente la cooperación de todas las fuerzas o; en otras palabras, de
cuidar constantemente que ninguna parte de ellas permanezca ociosa, como uno de
esos rasgos distintivos simplificados o como un asidero para el espíritu. Será
un mal administrador de sus fuerzas quienquiera que las mantenga en lugares
donde su adaptación a las actuaciones del enemigo no les dé suficiente
destinación, quien tenga parte de sus fuerzas sin ningún uso ––es decir, que les
permita estar ociosas––, mientras que las del enemigo permanecen en pie de
guerra. En este caso existe un derroche de fuerzas que es peor que su uso
inapropiado. Si tiene que producirse una acción, la primera necesidad, entonces,
sería que actuaran todas las partes, porque incluso la actividad más inadecuada
ocupa y contrarresta una parte de las fuerzas del enemigo, mientras que las
tropas completamente inactivas son neutralizadas en todo momento de forma total.
Es evidente que esta idea guarda relación con los
principios contenidos en los tres últimos capítulos. Es la misma verdad, pero
considerada desde un punto de vista algo más amplio y resumida en una sola
concepción.
Capítulo XV
EL ELEMENTO GEOMÉTRICO
En el arte de la fortificación, donde la geometría
asume la dirección de casi todas las cosas, grandes o pequeñas, es donde puede
verse en qué medida cabe ser usado el elemento o la forma geométrica como
principio básico para la disposición de las fuerzas militares. También en la
táctica ese elemento desempeña un gran papel, ya que constituye su base en el
sentido más estricto de la teoría del movimiento de tropas. En la fortificación
de campaña, lo mismo que en la teoría de las posiciones y del modo de atacarlas,
rigen los ángulos y las líneas de ese elemento geométrico como si fueran
codificadores que tuvieran que decidir la contienda. Muchas teorías han sido
aquí mal aplicadas y otras constituyen simples banalidades. Sin embargo, incluso
en la táctica actual, en la que el propósito de todo encuentro es el de cercar
al enemigo, el elemento geométrico ha alcanzado nuevamente una gran influencia.
Pero en la táctica, donde todo es más movible, donde las fuerzas morales, los
rasgos individuales y el azar asumen mayor importancia que en la guerra de
asedio, el elemento geométrico nunca puede alcanzar el mismo grado de supremacía
que logra en esta última. Su influencia es menor aún en la estrategia. Sin duda
alguna, aquí también tienen gran influencia la disposición de las tropas y la
configuración de los países, pero el elemento geométrico no es tan decisivo como
lo es en el arte de las fortificaciones, ni tan importante como en la táctica.
La forma en que se manifiesta esta influencia sólo podrá ser mostrada más
adelante en los puntos donde aparezca y merezca ser considerada. Aquí más bien
procedemos a dirigir nuestra atención hacia la diferencia que en esta cuestión
existe entre la táctica y la estrategia.
En la táctica, el tiempo y el espacio disminuyen
con rapidez hasta llegar a un mínimo absoluto. Si un cuerpo de ejército es
atacado por el enemigo en el flanco y en la retaguardia, pronto se alcanzará un
punto en el que la retirada ya no es factible, tal posición estará muy próxima a
la imposibilidad total de continuar la lucha. Por lo tanto, ese ejército
intentará rehuir esa dificultad o evitar caer en ella. Así, todos los recursos
que se utilicen para lograr este propósito resultarán, desde el comienzo, muy
eficaces, principalmente a causa del efecto moral que sus consecuencias producen
en el enemigo. Por esta razón, la disposición geométrica de las fuerzas deviene
un factor de máxima importancia con vistas al resultado.
Esto sólo se manifiesta débilmente en la
estrategia, debido a que abarca tiempos y espacios mayores. En efecto, en ella
no nos precipitamos de un teatro de guerra al otro; y, a menudo, pasan semanas y
meses antes de que pueda ser ejecutado un movimiento estratégico destinado a
cercar al enemigo. Además, las distancias son tan grandes que, aun adoptando los
mejores preparativos, la probabilidad de acertar al fin con el punto justo
resulta escasa.
Por lo tanto, en la estrategia es mucho menor el
alcance de tales recursos, o sea, el del elemento geométrico y, por la misma
razón, será mucho mayor el efecto de la ventaja realmente obtenida en cualquier
punto. Esta ventaja tendrá tiempo de mostrar sus efectos antes de que sea
superada o más bien neutralizada por golpes de efecto contrarios. En
consecuencia, en la estrategia no vacilamos en considerar como verdad comprobada
que todo depende más del número y de la magnitud de los encuentros victoriosos
que de la forma general en que éstos se relacionan.
La teoría moderna ha tendido a adoptar como tema
central un punto de vista justamente opuesto, porque de este modo ha supuesto
que se otorgaba mayor importancia a la estrategia. En la estrategia se ha
considerado que intervienen las funciones mentales más elevadas, y con ello se
ha pensado ennoblecer la guerra y hacerla más científica, por así decir,
mediante una nueva substitución de ideas. Sostenemos que uno de los servicios
más útiles que puede prestar toda teoría completa es el de poner de manifiesto
esas conclusiones caprichosas, y como por lo general el elemento geométrico
resulta la idea fundamental de la que provienen, hemos hecho expresamente
hincapié en este punto.
Capítulo XVI
SOBRE LA SUSPENSIÓN DE LA ACCIÓN EN LA GUERRA
Si consideramos a la guerra como un acto de
destrucción mutua, debemos imaginar necesariamente que ambas partes realizan por
lo general algún progreso. Pero, al mismo tiempo, en relación con lo que
corresponde a cada momento, hay que suponer igualmente que una parte se mantiene
a la espera y que sólo la otra avanza en realidad, porque las circunstancias
nunca pueden ser absolutamente las mismas en ambos bandos o no pueden continuar
siéndolo. Con el tiempo debe producirse un cambio, de lo que se deduce que el
momento presente es más favorable para un bando que para el otro. Si suponemos
que ambos comandantes en jefe tienen un conocimiento completo de esta
circunstancia, entonces uno de ellos tendrá un motivo para la acción, que al
mismo tiempo será para el otro motivo para la espera. De acuerdo con esto, los
dos no podrán tener interés en avanzar al mismo tiempo, ni lo tendrán en
mantenerse a la espera al mismo tiempo. Esta exclusión mutua del mismo objetivo
no se deduce aquí del principio de polaridad general y, por lo tanto, no está en
contradicción con la aseveración efectuada en el libro I, capítulo I, pero surge
del hecho de que, en realidad, la misma cuestión llega a ser un motivo decisivo
para uno y otro jefe, o sea, la probabilidad de mejorar su posición por medio de
una acción futura, o la eventualidad de que aquélla empeore.
Pero incluso si entreviéramos que existe una
igualdad perfecta de las circunstancias a este respecto, o si los dos jefes
creyesen que existe esa igualdad debido al conocimiento imperfecto de su mutua
posición, la diferencia de objetivos políticos suprimiría esa posibilidad de
suspensión. Por necesidad tenemos que dar por sentado que políticamente uno de
los dos bandos ha de ser el agresor, porque ninguna guerra podría originarse de
una intención defensiva por parte de ambos bandos. Pero el agresor es el que
fija el objetivo positivo; el defensor, sólo el negativo. Al primero le
corresponde entonces la acción positiva, porque sólo por ese medio podrá
alcanzar el objetivo positivo; en los casos en que ambas partes estén
precisamente en circunstancias similares, el agresor tendrá por tanto la
obligación de actuar en virtud de su objetivo positivo.
Desde este punto de vista, la suspensión de la
acción en la guerra se halla, estrictamente hablando, en contradicción con la
que es la naturaleza de ésta, porque los dos ejércitos, al igual que dos
elementos incompatibles, deben destruirse uno al otro incesantemente, del mismo
modo que el agua y el fuego nunca pueden permanecer en equilibrio entre sí, sino
que accionan y reaccionan mutuamente, hasta que uno de ellos desaparece por
completo. ¿Qué diríamos de dos luchadores que permanecieran durante varias horas
abrazados fuertemente sin hacer ningún movimiento? Por lo tanto, la acción en la
guerra, como el reloj al que se le ha dado cuerda, se irá gastando en un
movimiento constante. Pero, por salvaje que sea la naturaleza de la guerra, se
encuentra sin embargo en la cadena de las debilidades humanas, y no asombrará a
nadie la contradicción que vemos aquí: es decir, que el hombre busca y crea los
peligros que teme al mismo tiempo.
Si encaramos la historia militar en general,
encontraremos con tanta frecuencia precisamente lo contrario del avance
incesante hacia el objetivo, que se nos hace patente que la suspensión y
la inactividad son sin duda la condición normal del ejército
en medio de la guerra y que la acción constituye la excepción. Esto
cabría provocar dudas sobre la justeza de la concepción que nos hemos formado.
Pero si la historia militar nos lleva a estas dudas cuando se toma en cuenta el
grueso de sus acontecimientos, las últimas series de estos acontecimientos
confirmarán la posición adoptada por nosotros. La guerra de la Revolución
francesa muestra palpablemente su realidad y prueba su necesidad. En dicha
guerra, y especialmente en las campañas de Bonaparte, la conducción de la guerra
alcanzó ese grado ¡limitado de energía que hemos representado como su ley
natural y elemental. Por lo tanto, este grado es posible; y, si es posible,
entonces es necesario.
¿Cómo podría alguien justificar de hecho, a la luz
de la razón, el gasto de fuerzas en la guerra si la acción no fuera el objetivo?
El panadero sólo calienta su horno si tiene una hogaza para introducir en él;
los caballos sólo son enjaezados si se pretende proceder a la conducción. ¿Por
qué entonces realizar el esfuerzo enorme de una guerra, si no intentamos con
ello producir nada más que esfuerzos similares de parte del enemigo?
Esto en cuanto a la justificación del principio
general. Volvemos ahora a sus modificaciones, en la medida en que residan en la
naturaleza de la cuestión y no dependan de casos especiales.
Podemos mencionar aquí tres causas que aparecen
como contrapesos implícitos e impiden el movimiento demasiado rápido e
ininterrumpido de las ruedas de la máquina.
La primera, que produce la tendencia constante a
la dilación y por esto llega a convertirse en una influencia retardadora, es la
timidez natural y la falta de determinación que alberga la mente humana, una
especie de fuerza de gravedad en el mundo moral que, sin embargo, se produce no
por fuerzas de atracción, sino, por el contrario, de repulsión; es decir, por
temor al peligro y a la responsabilidad.
Las condiciones normales tienen que aparecer como
más penosas en la conflagración de la guerra; por lo tanto, los impulsos deben
ser más fuertes y han de repetirse con más frecuencia si el movimiento tiene que
ser continuo. La simple concepción del objetivo por el que han sido empuñadas
las armas rara vez basta para vencer esta fuerza resistente, y si en la cima no
se halla un espíritu emprendedor y belicoso que se sienta en la guerra como en
su elemento natural, al igual que el pez en el agua, o si no presiona desde
arriba alguna responsabilidad grande, la suspensión de la acción será la regla,
y el avance la excepción.
La segunda causa es la imperfección del
entendimiento y el juicio humanos, que es mayor en la guerra que en parte
alguna, porque una persona difícilmente puede conocer con cierta exactitud su
propia posición de un momento a otro, y sólo puede presumir sobre una base débil
la del enemigo, que permanece oculta. A menudo esto da lugar a que ambos bandos
consideren un mismo objetivo como ventajoso, cuando en realidad debe predominar
el interés de uno sobre el otro; es así, entonces, cómo cada uno de ellos puede
pensar que está en lo justo, si aguarda otro momento para actuar, como ya hemos
expresado en el libro I, capítulo I.
La tercera causa engrana como una rueda dentada
dentro de la maquinaria, produciendo de vez en cuando la suspensión completa,
que es la fuerza suprema de la defensa. A puede sentirse demasiado débil para
atacar a B, de lo que no se deduce que B sea bastante fuerte como
para atacar a A. La suma de fuerzas que otorga la defensa no sólo se pierde al
iniciar la ofensiva, sino que, además, pasa al enemigo, del mismo modo que, si
nos expresamos figuradamente, la diferencia de a + b y a - b es igual a 2b. Por
lo tanto, puede suceder que ambas partes no sólo se sientan al mismo tiempo
demasiado débiles para atacar, sino también que lo sean en realidad.
Así, en medio del mismo arte de la guerra, la
perspicacia anhelante y el temor ante un peligro demasiado grande encuentran
bases de opinión suficientes como para hacer valer sus derechos y aminorar la
violencia propia de aquélla.
Sin embargo, estos factores difícilmente pueden
explicar, sin ser violentos, las largas suspensiones que sufrían las acciones en
las guerras primitivas, las cuales no se veían perturbadas por ninguna causa
importante y en las que la inactividad consumía las nueve décimas partes del
tiempo en que las tropas permanecían en pie de guerra. Este fenómeno tiene que
provenir, principalmente, de la influencia que ejercen en la conducción de la
guerra las exigencias de un bando y las condiciones y sentimientos del otro,
como hemos observado en el capítulo sobre la esencia y el objetivo de la guerra.
Estas cuestiones pueden adquirir tal
preponderancia que lleguen a hacer de la guerra un asunto frío y carente de
entusiasmo. A menudo la guerra no es más que una neutralidad armada o una
actitud amenazadora destinada a entablar unas negociaciones, o un intento
moderado de ganar alguna ventaja y esperar luego el resultado, o bien una
obligación desagradable impuesta por una alianza y que se cumple en la forma
menos onerosa posible.
En todos estos casos en que el impulso que motiva
el interés es débil y asimismo lo es el principio de hostilidad, en que no se
desea causar gran daño al contrario, y tampoco éste es de temer, en suma, en
donde no haya motivos poderosos que impulsen y presionen, los gobiernos no
tenderán a violentar el juego. De ahí esa forma suave de propiciar una guerra,
en la que se mantiene agazapado el espíritu hostil de una guerra verdadera.
De esta manera, cuanto más se transforme la guerra
en una cuestión fría e irrelevante, tanto más llegará a estar su teoría
desprovista del sostén y del soporte necesarios para el razonamiento; lo
necesario disminuye constantemente, lo accidental aumenta igualmente de forma
constante.
Sin embargo, en este tipo de guerra actuará
también cierta sutileza; en realidad, su acción se halla quizá más diversificada
y ejercida en un ambiente más amplio que en el otro tipo de guerra. El juego de
azar que se lleva a cabo con monedas de oro parece haberse transformado en un
intercambio comercial efectuado con centavos. Y en este terreno, donde la
conducción de la guerra dilata el tiempo, medio en serio y medio en broma, con
cierta cantidad de pequeños artificios, con escaramuzas en las avanzadas, con
prolongadas maniobras carentes de sentido, con posiciones y marchas, que después
son llamadas científicas sólo porque sus causas infinitamente pequeñas han sido
olvidadas y el sentido común no repara en ellas, aquí, en este terreno, muchos
teóricos sitúan el elemento del arte de la guerra.
En estas fintas, estos desplazamientos y estos
ataques incompletos de las guerras pasadas encuentran la base para toda teoría,
la supremacía del espíritu sobre la materia. Las guerras modernas son para ellos
simples luchas salvajes, de las que nada puede ser aprendido y que deben
considerarse como meros progresos hacia la barbarie. Esta opinión es tan
superficial como banales son los objetivos a que se refiere. Por supuesto, donde
falte una gran fuerza y una gran pasión será más fácil que la sagacidad ponga de
manifiesto su destreza. Pero dirigir grandes fuerzas, llevar el timón con mano
firme en medio del embate de las olas y de la tempestad, ¿no es en sí mismo un
ejercicio superior de las facultades del espíritu?, ¿no está incluido e
implícito en la otra forma de conducir la guerra esa especie de maniobra de
esgrima convencional?, ¿no guarda la misma relación con ella que la de los
movimientos que se producen sobre un barco con respecto al movimiento del barco
mismo? Ciertamente sólo puede suceder bajo la condición tácita de que el
adversario no actúe mejor. ¿Podemos asegurar hasta cuándo optará éste por
respetar esas condiciones? ¿No se desencadenó sobre nosotros la Revolución
francesa en medio de la seguridad imaginaria de nuestro viejo sistema de guerra
y nos condujo desde Chalons hasta Moscú? ¿Y no sorprendió Federico el Grande de
la misma forma a los austríacos que se escudaban en sus viejas tradiciones
militares e hizo temblar a su monarquía? ¡Pobre del gobierno que con una
política de paños tibios y un sistema militar atenazado por las cadenas acosara
a un adversario que no conozca otra ley que la de su fuerza intrínseca! De este
modo, toda deficiencia en la actividad y el esfuerzo resulta en la balanza un
peso a favor del enemigo. Entonces no resulta tan fácil cambiar la actitud del
esgrimista por la de un atleta, y el golpe más débil bastará a menudo para echar
todo por tierra.
Se desprende de todas las causas que acabamos de
mencionar que la acción hostil de la campaña no se desarrolla mediante un
movimiento continuo, sino de forma intermitente y que, por lo tanto, entre las
acciones sangrientas aisladas hay un período presidido por la expectativa,
durante el cual ambos bandos permanecen a la defensiva, y también que, por lo
común, un objetivo de mayor enjundia hace que en un bando predomine el principio
de agresión, permitiéndole en líneas generales permanecer en una posición de
avanzada, con lo que sus decisiones se modifican en cierta medida.
Capítulo XVII
DEL CARÁCTER DE LA GUERRA MODERNA
La atención que requiere el carácter de la guerra
moderna ejerce una gran influencia sobre los planes, especialmente los
estratégicos.
Todos los métodos convencionales fueron
trastocados por la suerte y la audacia de Bonaparte, y fuerzas de primer orden
fueron aniquiladas casi de un solo golpe. Los españoles, con su obstinada
resistencia, mostraron lo que puede realizar la movilización general de una
nación y las medidas insurgentes en gran escala, pese a la debilidad y falta de
consistencia que evidenciaban en ciertos aspectos particulares. Rusia, en la
campaña de 1812, nos enseñó que un imperio de grandes dimensiones no puede ser
conquistado (lo que fácilmente podría haberse sabido antes) y, además, que la
probabilidad del éxito final no disminuye en todos los casos en la misma medida
en que se pierden batallas, regiones y capitales (lo que constituía antiguamente
un principio irrebatible para todos los diplomáticos y hacía que estuvieran
siempre prontos a aceptar cualquier paz temporal por onerosa que fuera). Por el
contrario, Rusia probó que a menudo una nación es más poderosa en el corazón de
su propio país cuando el poder ofensivo del enemigo se ha agotado y permite
poner en evidencia con qué enorme fuerza la defensa puede pasar entonces a la
ofensiva. Además, Prusia (1813) demostró que los esfuerzos súbitos pueden
multiplicar seis veces un ejército por medio de la milicia y que esta milicia es
tan apta para el servicio en el extranjero como en su propio país. Estos
acontecimientos mostraron que el corazón y los sentimientos de una nación pueden
ser un factor influyente en su total fuerza política y militar, y, puesto que
los gobiernos han descubierto todas estas ayudas adicionales, no cabe esperar
que en las guerras futuras dejen de utilizarlas, va sea porque el peligro
amenace su propia existencia, ya porque los impulse una ambición fervorosa.
Es fácil percibir que la guerra librada con todo
el peso del poder nacional en ambos bandos debe ser organizada sobre la base de
otros principios que aquellos en los que todo estaba calculado de acuerdo con
las relaciones recíprocas de los ejércitos permanentes. En otros tiempos, los
ejércitos permanentes guardaban una cierta relación con las flotas, la fuerza
terrestre se asemejaba a la fuerza naval en sus lazos de unión con el resto del
Estado, y por esto el arte de la guerra terrestre tenía algo de la táctica
naval, que ahora casi ha perdido.
Capítulo XVIII
TENSIÓN Y REPOSO
La ley dinámica de la guerra
En el capítulo XVI de este libro hemos visto que,
en la mayoría de las campañas, se solía pasar mucho más tiempo en suspensión e
inactividad que en acción. Ahora bien, aunque, como hemos observado en el
capítulo anterior, la forma actual de la guerra tiene un carácter bastante
diferente, sin embargo es indudable que la acción real quedará siempre
interrumpida por pausas más o menos largas, y esto conduce a la necesidad de
examinar más detalladamente la naturaleza de estas dos fases bélicas.
Si en la guerra hay una suspensión de la acción,
es decir, si ningún bando aspira a algo positivo, habrá reposo y, en
consecuencia, equilibrio; pero, por supuesto, un equilibrio en el sentido más
amplio, en el que se toman en consideración no sólo las fuerzas militares,
morales y físicas, sino todas las circunstancias e intereses concurrentes. Tan
pronto como uno de los oponentes se propone un objetivo positivo y da los pasos
necesarios para lograrlo, aunque sólo sea por medio de preparativos, y en cuanto
el adversario se opone a esto, se creará una tensión de fuerzas. Esto perdurará
hasta que se produzca la decisión, o sea, hasta que un bando abandone su
objetivo o bien el otro le permita alcanzarlo.
Esta decisión ––cuya base siempre reside en la
eficacia de las combinaciones de encuentros que se originan en ambos bandos–– es
seguida por un movimiento en una u otra dirección.
Cuando este movimiento se haya agotado, ya sea por
las dificultades que ha tenido que superar para vencer su propia fricción
interna, ya por la intervención de nuevos contrapesos, entonces, o bien se llega
nuevamente al estado de reposo o se produce una nueva tensión y una nueva
decisión, y, luego, un nuevo movimiento, en dirección opuesta en la mayoría de
los casos.
Esta distinción teórica entre equilibrio, tensión
y movimiento es más importante para la acción práctica de lo que pudiera parecer
a simple vista.
En el estado de reposo y equilibrio pueden
prevalecer varias clases de actividad que resultan de meras causas accidentales,
y no cambian mucho en sus objetivos. Esta actividad puede incluir encuentros
importantes ––incluso grandes batallas––, pero en ese caso su naturaleza es muy
diferente, y por eso actúa por lo general de modo distinto.
Si existe un estado de tensión, los efectos de la
decisión siempre serán más grandes, en parte porque se pone de manifiesto una
mayor fuerza de voluntad y una presión más grande de las circunstancias, en
parte porque todo ha sido preparado y dispuesto para un movimiento notable. La
decisión en tales casos recuerda el efecto de una mina bien afirmada y
apisonada, mientras que el acontecimiento, tal vez igualmente grande en sí
mismo, que se produjera en el estado de reposo sería más o menos un montón de
pólvora, cuyo efecto se disipa al aire libre.
Además, el estado de tensión debe ser concebido,
por supuesto, con diferentes grados de intensidad, con el resultado de que en
las últimas gradaciones puede hallarse tan próximo al estado de reposo que
exista muy poca diferencia entre uno y otro. El beneficio más significativo que
se deriva de estas reflexiones es la conclusión de que toda medida tomada
durante un estado de tensión es más apreciable y más eficaz que lo que habría
sido la misma medida tomada en estado de equilibrio, y que esta importancia
aumenta enormemente en los grados de tensión más elevados.
Por ejemplo, el cañoneo de Valmy fue más decisivo
que la batalla de Hochkirch.
Si el enemigo abandona una parte del territorio
porque no puede defenderla, podemos establecernos en ella de forma muy diferente
de la que habríamos adoptado si la retirada del enemigo sólo hubiera sido
efectuada con el propósito de tomar una decisión bajo circunstancias más
favorables. Una posición imperfecta, una sola marcha equivocada pueden tener
consecuencias decisivas contra el ataque estratégico en vías de ejecución;
mientras que, en un estado de equilibrio, tales errores habrán de ser muy
evidentes para estimular de alguna manera la actividad del enemigo.
Como ya hemos expresado, la mayoría de las guerras
pasadas transcurrían casi todo el tiempo en este estado de equilibrio o, al
menos, en tensiones pequeñas con intervalos largos entre ellas y de efectos tan
débiles que los acontecimientos que se producían rara vez tenían grandes
consecuencias. A menudo se trataba de representaciones teatrales para celebrar
el aniversario del nacimiento del rey (Hochkirch), o bien de una simple
satisfacción del honor militar (Kunersdorf), o de la vanidad personal del
comandante en jefe (Freiberg).
Mantenemos que constituye un requisito importante
que el jefe comprenda a fondo estas circunstancias, que posea el instinto para
actuar de acuerdo con su espíritu, instinto que a veces falta en gran medida,
como hemos puesto en evidencia al comentar la campaña de 1806. Durante ese
tremendo período de tensión, cuando todo presionaba para que se produjera la
decisión suprema, y sólo esto, con todas sus consecuencias, debería haber
acaparado la atención del jefe, se propusieron, e incluso en parte se llevaron a
cabo medidas que en estado de equilibrio todo lo más podrían haber producido una
especie de oscilación suave (como podía ser el reconocimiento de Franconia). Las
medidas verdaderamente necesarias, con las que podría haberse mantenido la
fuerza, se perdieron entre esquemas y propósitos confusos que absorbieron por
completo la actividad del ejército.
Pero la distinción teórica que hemos hecho es
necesaria también para poder avanzar en la elaboración de nuestra teoría, porque
todo lo que tenemos que decir sobre la relación del ataque y la defensa y sobre
el cumplimiento de esta acción bilateral concierne al estado de crisis en que
las fuerzas han de encontrarse durante la tensión y el movimiento, y porque toda
la actividad que puede desarrollarse durante el estado de equilibrio sólo será
considerada y tratada como corolario.
Porque esa crisis es la guerra real y ese estado
de equilibrio sólo constituye su reflejo.
LIBRO IV
EL ENCUENTRO
El libro IV trata del
ENCUENTRO
que produce la batalla. El encuentro es el momento en el que el recurso a la
fuerza para dominar al contrario es directo: es preciso destruir su voluntad y
su posibilidad de combatir. Deben ser examinadas sucesivamente la ruptura del
equilibrio y la duración del encuentro, el desenlace y después el papel que
asume la batalla principal, y esencialmente sus efectos derivados, es decir, la
explotación estratégica de la victoria o la retirada después de un descalabro o
de una derrota.
LIBRO V
LAS FUERZAS MILITARES
El libro V está consagrado a las
FUERZAS MILITARES,
estudiadas según su potencia y su composición, su
estado fuera del encuentro y en relación con su mantenimiento, así como en su
relación general con la localidad y el terreno. Son examinados sucesivamente los
conceptos del teatro de guerra y de la campaña, las relaciones entre las
diversas fuerzas y armas, el orden de batalla y la disposición general del
ejército, las diferentes formas de los cuerpos avanzados, los campamentos, las
marchas y el alojamiento en cuarteles, el avituallamiento y las nociones
generales, ya expuestas por Jomini, de bases de operaciones y de líneas de
comunicaciones. Finalmente, se analiza la naturaleza del terreno, en particular
la de las alturas dominantes.
LIBRO VI
LA DEFENSA
Capítulo I
ATAQUE Y DEFENSA
1.
Concepto de la defensa
¿Qué concepto define a la defensa? La detención de
un golpe. ¿Cuál es, entonces, su signo característico? La espera de ese golpe.
Este es el rasgo que hace de cualquier acto un acto defensivo, y sólo mediante
él la defensa puede distinguirse, en la guerra, del ataque. Pero debido a que la
defensa absoluta contradice por completo el concepto sobre la guerra, pues
entonces sólo un bando llevaría a cabo la lucha, si fuese que en la guerra la
defensa sólo puede ser relativa, y el signo característico mencionado sólo debe
aplicarse, por lo tanto, al concepto considerado como un todo; no debe
extenderse a todas sus partes. Un encuentro parcial es defensivo si esperamos la
acometida, la carga del enemigo; una batalla es defensiva si esperamos el
ataque, o sea, la aparición del enemigo ante nuestra posición, de tal modo que
se ponga al alcance de nuestro fuego; la campaña es defensiva si esperamos que
el enemigo entre en nuestro teatro de guerra. En todos estos casos, el signo de
esperar y de detener el golpe corresponde a la concepción general, sin que surja
contradicción alguna con la concepción sobre la guerra, porque puede constituir
una ventaja para nosotros esperar la carga contra nuestras bayonetas o el ataque
a nuestra posición y a nuestro teatro de guerra. Pero, puesto que estamos
obligados a devolver los golpes del enemigo si hemos de librar realmente la
guerra en nuestro lado, esta acción ofensiva en la guerra defensiva hay que
definirla, pues, en cierto sentido, con el título de defensa, es decir, que la
ofensiva, de la que hacemos uso, se adscribe al concepto de posición o teatro de
la guerra. Por lo tanto, podemos guerrear atacando en una campaña defensiva; en
ella podemos usar algunas fuerzas con propósitos ofensivos, y, por último,
mientras permanecemos simplemente en posición, aguardando la acometida del
enemigo, podemos enfrentarnos con él, atacando sus filas con nuestro fuego de
fusilería. En consecuencia, en la guerra, la forma defensiva no es un simple
escudo, sino un escudo que va acompañado de golpes asestados con habilidad.
2.
Ventajas de la defensa
¿Cuál es el objetivo de la defensa? La
preservación. Preservar es más fácil que ganar, de donde se deduce que, si
se supone que los medios en ambos bandos son iguales, la defensa será más fácil
que el ataque. ¿Pero en qué reside la facilidad mayor de la preservación y la
protección? En que todo plazo de tiempo que transcurre sin actividad pesa en la
balanza en favor del defensor. El defensor cosecha donde no ha sembrado. Toda
tregua en el ataque, ya sea debida a puntos de vista erróneos, al temor o a la
negligencia, favorece al defensor. Así se salvó más de una vez de la ruina el
estado de Prusia en la guerra de los Siete Años. Derivada de la concepción y del
objetivo de la defensa, esa ventaja se encuentra en la naturaleza de toda
defensa, tanto como en otros ámbitos de la vida. En los asuntos legales, que
muestran tanta semejanza con la guerra, está expresada por el proverbio latino
beati sunt possidentes. También surge de la naturaleza de la guerra la
ventaja que proporciona la composición del terreno, de la que la defensa hace un
uso preferente.
Una vez establecidos estos conceptos generales,
volveremos a considerar la cuestión de forma más directa.
En la táctica, todo encuentro, grande o pequeño,
resulta un encuentro defensivo si dejamos la iniciativa al enemigo y
esperamos que se adentre en nuestro frente. Desde ese momento en adelante
podemos hacer uso de todos los medios ofensivos sin perder las dos ventajas de
la defensa mencionadas arriba, es decir, la de espera y la del terreno. En la
estrategia, en primer lugar, la campaña ocupa el lugar de la batalla, y el
teatro de la guerra el de la posición; más tarde, toda la guerra toma el lugar
de la campaña y todo el país el lugar del teatro de la guerra, y en ambos casos
la defensa sigue siendo lo que era en la táctica.
Hemos dicho antes, de forma general, que la
defensa resulta más fácil que el ataque. Pero, ya que la defensa tiene un
objetivo negativo, el de preservar, y el ataque uno positivo, el de
conquistar, y ya que el último aumenta nuestros propios recursos bélicos,
cosa que no hace el primero, a fin de expresarnos con claridad debemos decir
que, en abstracto, la forma defensiva de guerra es más poderosa que la
ofensiva. Este es el resultado al que queríamos llegar, porque, si bien es
absolutamente natural y ha sido confirmado miles de veces por la experiencia, es
todavía contrario por entero a la opinión predominante, lo que prueba cómo las
ideas pueden confundirse en manos de escritores superficiales.
Si la defensiva contiene la forma más poderosa de
conducir la guerra, pero tiene un objetivo negativo, es evidente por sí mismo
que sólo debemos hacer uso de ella cuando estemos obligados a ello por nuestra
debilidad, y que debemos abandonarla tan pronto como nos sintamos
suficientemente fuertes como para proponernos el objetivo positivo. Ahora bien,
como nuestra fuerza relativa mejora por lo general si alcanzamos una victoria
mediante el sostén de la defensa, por lo tanto, el curso natural de la guerra es
comenzar con la defensa y terminar con el ataque. En consecuencia, se halla tan
en contradicción con el concepto de la guerra suponer que la defensa constituye
su objetivo fundamental, como era una contradicción entender que la pasividad
pertenece no sólo a la defensa como un todo, sino también a todas las partes de
la defensa. En otras palabras: una guerra en la que las victorias son usadas
meramente para detener los golpes, y donde no se intenta devolver éstos, sería
tan absurda como una batalla en la que prevaleciera la defensa más absoluta
(pasividad) en todas las medidas que se tomasen.
Contra la exactitud de este punto de vista general
pueden ser citados muchos ejemplos de guerras en las que la defensa continuó
siendo tal hasta el fin y no se intentó nunca una reacción ofensiva; pero sólo
podríamos hacer esa objeción si perdiéramos de vista el hecho de que aquí se
trata de una concepción general, y que todos los ejemplos que cabe oponer a ella
deben ser considerados como casos en los que todavía no se había presentado la
posibilidad de una reacción ofensiva.
Por ejemplo, en la guerra de los Siete Años, al
menos en sus últimos tres años, Federico el Grande no pensó nunca en atacar. En
realidad, creemos que el rey prusiano incluso llegó a considerar el ataque en
esta guerra sólo como un medio mejor para defenderse. Toda su situación le
obligó a seguir este caminó, siendo natural que sólo tuviera en cuenta aquello
que guardaba relación inmediata con ella. Sin embargo, no podemos considerar
este ejemplo de ––defensa en gran escala sin suponer que la idea de una posible
reacción ofensiva contra Austria se encontraba en el fondo de todo ello, y sin
pensar que el momento para esa reacción ofensiva simplemente todavía no había
llegado. La conclusión de la paz muestra que, aun en este caso, esta idea no
carece de fundamento; porque nada podría haber inducido a los austríacos a
firmar la paz, excepto el pensamiento de que no estaban en condiciones de hacer
frente al talento del rey prusiano únicamente con sus propias fuerzas; que en
cualquier caso sus esfuerzos habrían de ser aún más grandes que los realizados
hasta entonces y que el relajamiento más leve en sus filas podía conducirles a
nuevas pérdidas de territorio. Y, en efecto, ¿quién puede dudar que Federico el
Grande habría tratado de conquistar de nuevo Bohemia y Moravia si Rusia, Suecia
y el Sacro Imperio Romano no hubieran desviado sus fuerzas?
Definida de este modo la concepción de la defensa
en su verdadero significado, y habiendo establecido sus límites, recalcamos
nuestra afirmación de que la defensa es
la forma más poderosa de hacer la guerra.
Esto aparecerá con perfecta claridad si examinamos
y comparamos más de cerca el ataque y la defensa. Pero por el momento nos
limitaremos a observar que un punto de vista opuesto estaría en contradicción
consigo mismo y con los resultados de la experiencia. Si la forma ofensiva fuera
la más fuerte, no habría nunca ocasión para usar la defensa. Pero como la
defensa en todos los casos tiene sólo un objetivo negativo, todos necesariamente
querrían atacar, y la defensa resultaría un absurdo. Por otra parte, es muy
natural que el objetivo más elevado tenga que ser logrado con un sacrificio
mayor. Quien se sienta suficientemente fuerte como para hacer uso de la forma
más débil puede proponerse el objetivo más grande; quien se proponga el objetivo
más pequeño sólo puede hacer esto a fin de obtener el beneficio de la forma más
fuerte. Si recurrimos a la experiencia, sería probablemente algo raro que, en el
caso de dos teatros de la guerra, la ofensiva fuera adoptada por el ejército más
débil y la defensa fuera dejada en manos del más fuerte. Pero si en todas partes
y en todo tiempo se ha producido precisamente lo contrario, ello indica con
claridad que los generales responsables sostienen todavía que la defensa
constituye la forma más fuerte, aunque su propia inclinación los impulse al
ataque. En los capítulos próximos procederemos a explicar algunos puntos
adicionales.
Capítulo II
LAS RELACIONES MUTUAS DEL ATAQUE Y LA DEFENSA
EN LA TÁCTICA
En primer término tenemos que investigar cuáles
son las condiciones que conducen a la victoria en un encuentro.
No nos referiremos aquí a la superioridad numérica
ni a la valentía, a la disciplina y a otras cualidades de un ejército, porque,
por norma, dependen de cosas que se encuentran fuera del ámbito del arte de la
guerra, en el sentido en que lo estamos considerando ahora. Además, habrían de
ejercer el mismo efecto en la ofensiva que en la defensiva. Ni siquiera puede
considerarse aquí la superioridad numérica en general, ya que el número
de tropas es también una cantidad dada y no depende de la voluntad del general.
Estas cosas no guardan una relación particular con el ataque y la defensa. Pero,
aparte de éstas, sólo existen otras tres cuestiones que nos parecen de
importancia decisiva, y son la sorpresa, las ventajas del terreno y el ataque
desde varios lados. La sorpresa produce su efecto al oponer al enemigo, en
algún punto particular, muchas más tropas que las que éste esperaba. La
superioridad numérica en este caso es muy diferente de la superioridad numérica
general; es el agente más poderoso en el arte de la guerra. La forma en que la
ventaja del terreno contribuye a la victoria es en sí misma bastante
comprensible, y sólo tenemos que observar que no se trata simplemente de una
cuestión de obstáculos que obstruyan el avance del enemigo, como pudieran ser
los terrenos empinados, las montañas elevadas, las corrientes de agua cenagosas,
los setos, etc., sino que también puede provenir de que el terreno nos
proporcione la oportunidad de organizarnos sin ser vistos. En realidad, podemos
decir que, incluso si el terreno no presenta unas características especiales, la
persona que conoce el terreno puede extraer de él un buen partido. El ataque
desde varios lados incluye todos los movimientos tácticos envolventes, grandes y
pequeños, y sus efectos derivan, en parte, de la eficacia duplicada del fuego, y
en parte del temor que pueda albergar el enemigo de verse aislado.
¿Cómo se relacionan entre sí el ataque y la
defensa con respecto a estas cosas?
Teniendo en cuenta los tres principios de la
victoria recién descritos, la respuesta a esta pregunta es que sólo una pequeña
parte del primero y del último de ellos se inclina a favor de la ofensiva,
mientras que la parte más grande de ambos y el segundo están exclusivamente a
disposición de la defensa.
El agresor sólo cuenta con la ventaja de la
sorpresa real de toda la masa con el todo, mientras que el agredido está en
condición de sorprender de forma incesante, durante el curso del encuentro, por
la intensidad y la forma que dé a sus ataques.
El agresor encuentra mayores facilidades que el
defensor para rodear y aislar al conjunto del enemigo, ya que el defensor ocupa
una posición fija, mientras que aquél está en estado de movimiento con
referencia a esa posición. Pero este movimiento envolvente se aplica nuevamente
al conjunto, porque en el curso del encuentro, y para las secciones separadas,
un ataque desde varios lados resulta más fácil para el defensor que para el
agresor, porque, como dijimos más arriba,
la defensa está en mejores condiciones para
sorprender, mediante la intensidad y la forma de sus ataques.
Es evidente que el defensor goza en un grado más
elevado de la ayuda del terreno; su superioridad en la sorpresa, mediante la
intensidad y la forma de sus ataques, resulta del hecho de que el agresor está
obligado a acercarse por caminos y senderos donde puede llegar a ser observado
con facilidad, mientras que el defensor oculta su posición y permanece casi
invisible para su agresor hasta el momento decisivo. En el momento en que el
método correcto de defensa se ha hecho general, los reconocimientos casi han
pasado de moda, es decir, han llegado a ser irrelevantes. Es verdad que a veces
se practican todavía reconocimientos, pero raras veces proporcionan mucha
información. Siendo tan considerable la ventaja de poder elegir el terreno para
disponer las tropas y de llegar a familiarizarse perfectamente con él antes de
la batalla, no es menos evidente que el defensor que acecha en esa posición
elegida puede sorprender a su adversario mucho más fácilmente que lo que podría
hacerlo el agresor. Sin embargo, hasta este momento no ha sido descartada
todavía la vieja concepción de que una batalla aceptada es una batalla medio
perdida. Esto se debe al antiguo tipo de defensa practicado hace veinte años y
también, en parte, durante la guerra de los Siete Años, cuando la única ayuda
que se esperaba del terreno era que formaba un frente que sólo con dificultad
pudiera ser atravesado (laderas empinadas, etc.), donde la falta de profundidad
en la disposición y la dificultad de mover los flancos produjera tal debilidad
que los ejércitos se esquivasen mutuamente de una montaña a la otra, haciendo
con esto que las cosas empeoraran cada vez más. Si se encontraba cierto apoyo
sobre el que descansaran las alas, todo dependía entonces de impedir que el
ejército, extendido entre estos puntos, al igual que un delicado trozo de tela
en un bastidor, pudiera ser roto y en parte atravesado. El terreno ocupado
poseía valor directo en cada punto y, por lo tanto, en todas partes se
necesitaba una defensa directa. En estas circunstancias, estaba fuera de
cuestión cualquier movimiento o sorpresa durante la batalla; era precisamente lo
opuesto a lo que constituye una buena defensa y a lo que ésta es en realidad en
la guerra moderna.
En verdad, el menosprecio por la defensa fue en
todo momento el resultado de una época en la que perduró cierto estilo
defensivo; y este fue también el caso del método arriba mencionado, porque, en
épocas anteriores al período a que nos hemos referido, ese método se consideraba
superior a la ofensiva.
Si estudiamos el desarrollo del arte moderno de la
guerra, encontramos que al principio, o sea, en la guerra de los Treinta Años y
en la de Sucesión española, el despliegue y la disposición del ejército
constituía uno de los puntos más importantes en la batalla. Revelaban la parte
más significativa del plan de acción. Esto otorgaba al defensor, por norma, una
gran ventaja, puesto que se encontraba ya en su posición y estaba desplegado
antes de que el ataque pudiera comenzar. Tan pronto como las tropas adquirieron
una capacidad mayor de maniobra, cesó esta ventaja y por un tiempo la
superioridad se decantó hacia el lado de la ofensiva. Entonces, la defensa buscó
protección detrás de los ríos o valles profundos, o en las montanas. Recuperó de
este modo una ventaja decisiva y continuó manteniéndola hasta que el agresor
adquirió tal movilidad y tal destreza en los movimientos que pudo aventurarse en
terrenos quebrados y atacar en columnas separadas, y por lo tanto fue capaz
de atacar de flanco a su adversario. Esto condujo a una expansión que iba
continuamente en aumento, como resultado de la cual sucedió, naturalmente, que
la ofensiva se concentró en algunos puntos y se abrió paso entre las líneas
débiles del enemigo. Así, por tercera vez, la ofensiva alcanzó la superioridad y
la defensa se vio obligada de nuevo a alterar su sistema. Esto lo realizó en las
guerras más recientes, manteniendo sus fuerzas concentradas en grandes masas sin
desplegar la mayor parte de ellas y ocultándolas donde era posible, ocupando
simplemente una posición y aprestándose a actuar de acuerdo con las medidas que
tomara el enemigo, tan pronto como se pusieran de manifiesto de forma
suficiente.
Esto no excluye por completo una defensa
parcialmente pasiva del terreno; su ventaja es demasiado grande como para
impedir que fuera usada cientos de veces en una campaña. Pero esta defensa
pasiva del terreno, por lo común, deja de constituir el punto principal, el
punto que aquí nos interesa.
Si la ofensiva descubriera algún método nuevo y
poderoso que pudiese otorgarle una ventaja decisiva ––hecho este no muy
probable, si consideramos que ahora todo tiende y marcha hacia la sencillez y la
necesidad esencial––, entonces la defensa tendría que alterar nuevamente su
método. Pero siempre contará con la ayuda del terreno, que le asegurará en
general su superioridad natural, ya que las características especiales del país
y del terreno ejercen ahora más influencia que nunca en la guerra.
Capítulo III
LAS RELACIONES MUTUAS DEL ATAQUE Y LA DEFENSA
EN LA ESTRATEGIA
En primer lugar, séanos permitido formular de
nuevo la siguiente pregunta: ¿cuáles son las circunstancias que aseguran la
victoria en la estrategia?
Como hemos dicho antes, en la estrategia no hay
victoria. Por una parte, el éxito estratégico es la preparación ventajosa de la
victoria táctica: cuanto más grande es este éxito estratégico, tanto menos
dudosa será la victoria en el encuentro. Por otra parte, el buen éxito
estratégico reside en hacer uso de la victoria ganada. Después de ganar una
batalla, cuantos más éxitos pueda incluir la estrategia, mediante sus
combinaciones, en los resultados obtenidos, tanto más podrá elevarse de los
escombros que ha provocado la lucha; cuanto más recaude en grandes trazos lo que
en la batalla ha debido ser ganado trabajosamente, parte a parte, mayor será su
éxito. Los factores que conducen principalmente al éxito o lo facilitan, los
principios fundamentales, por lo tanto, de la eficacia estratégica, son los
siguientes:
1. La ventaja del terreno.
2. La sorpresa, ya sea en forma de un verdadero
ataque o por la disposición inesperada, en ciertos puntos, de fuerzas
superiores.
3. El ataque desde varios lados (tres, como en la
táctica).
4. La ayuda del teatro de la guerra, mediante la
instalación de fortificaciones y todo lo que corresponde a ellas.
5. El apoyo del pueblo.
6. La utilización de fuerzas morales importantes.
Ahora bien, ¿cuáles son las relaciones que
mantienen el ataque y la defensa con respecto a estas cuestiones?
El defensor cuenta con la ventaja del terreno; el
agresor, con la del ataque por sorpresa. Este es el caso tanto en la estrategia
como en la táctica. Pero, en lo concerniente a la sorpresa, tenemos que observar
que en estrategia constituye un medio infinitamente más eficaz e importante que
en la táctica. En la táctica, el ataque por sorpresa raras veces alcanza el
nivel de una gran victoria, mientras que en la estrategia a menudo ha conseguido
terminar con toda la guerra de un golpe. Pero debemos observar nuevamente que el
uso ventajoso de este medio depende de que por parte del adversario se cometan
errores de envergadura, inusitados y decisivos, por lo cual no puede
decantar la balanza en gran medida en favor de la ofensiva.
La sorpresa del enemigo, obtenida al colocar
fuerzas superiores en ciertos puntos, representa de nuevo una gran semejanza con
el caso análogo en la táctica. Si el defensor fuera obliga do a distribuir sus
fuerzas en varios puntos de acceso a su teatro de la guerra, entonces el agresor
tendría claramente la ventaja de poder caer sobre un punto con todo su peso.
Pero también aquí el nuevo arte de la defensa ha aplicado imperceptiblemente
nuevos principios mediante un procedimiento diferente. Si el defensor no se
percata de que el enemigo, al utilizar un camino indefenso, se arrojará sobre
algún almacén o depósito importante, o sobre alguna fortificación desguarnecida,
o sobre la capital, y si, por esta razón, no cree estar obligado a oponerse al
enemigo en el camino que él mismo ha elegido, porque de otra manera tendría
cortada su retirada, entonces no tendrá ningún motivo para dividir sus fuerzas.
Porque si el agresor elige un camino diferente de aquel que cubre el defensor,
entonces, algunos días después, este último podrá todavía salir a su encuentro
con todas sus fuerzas en ese camino; en verdad, en muchos casos puede incluso
estar seguro de que él mismo tendrá el honor de ser buscado por su adversario.
Si este último está obligado a avanzar con sus fuerzas divididas en columnas, lo
cual a menudo resulta casi inevitable debido a las imposiciones del sustento,
entonces, evidentemente, el defensor cuenta con la ventaja de ser capaz de caer
con todo su peso sobre una parte del enemigo.
En la estrategia, los ataques por los flancos y
por la retaguardia, que se relacionan con los lados y la espalda del teatro de
la guerra, cambian en gran medida de carácter.
1. No se coloca al enemigo bajo dos fuegos, porque
no podemos hacer fuego desde un extremo del teatro de la guerra hasta el otro.
2. La aprensión a perder la línea de retirada es
mucho menor, porque en la estrategia las extensiones son tan grandes que no
pueden ser obstruidas como ocurre en la táctica.
3. En la estrategia, debido a que abarca una
extensión más grande, la eficacia de las líneas interiores, o sea, las más
cortas, es mucho más considerable, y esto constituye una gran oposición contra
los ataques desde varias direcciones.
4. Un nuevo principio hace su aparición en la
sensibilidad de las líneas de comunicación; o sea, en el efecto que se produce
simplemente al interrumpirlas.
Sin duda cae por su base que, en la estrategia,
debido a la extensión más grande que se abarca, el ataque envolvente, o desde
varios lados, sólo es posible como norma para el bando que mantiene la
iniciativa, o sea, la ofensiva, y que el defensor, en el curso de la acción, no
está en condiciones, como no lo está en la táctica, de devolver el golpe al
enemigo cercándolo a su vez. No puede hacer esto porque no es capaz ni de
alinear sus fuerzas en esa profundidad relativa ni tampoco de maniobrar con
ellas en secreto. Pero, entonces, ¿qué utilidad tiene para el agresor la
facilidad de cercar al enemigo, si sus ventajas no son evidentes? En
consecuencia, no cabría en la estrategia considerar de ningún modo el ataque
envolvente como un principio para alcanzar la victoria si no pasa por la
influencia que ejerce sobre las líneas de comunicación. Pero este factor raras
veces es significativo en un primer momento, cuando el ataque y la defensa se
hallan enfrentados y todavía opuestos uno a la otra en su posición original.
Sólo adquiere importancia a medida que avanza la campaña, cuando el atacante
situado en territorio enemigo se convierte más y más en defensor. Entonces, las
líneas de comunicación de este nuevo defensor se debilitan y la parte que
originariamente se encontraba en la defensiva, al tomar la ofensiva, puede
extraer una ventaja de esa debilidad. ¿Pero quién no ve que esta superioridad de
la ofensiva no cabe atribuírsela como algo general, ya que en realidad ha sido
creada en una gran proporción por la defensa?
El cuarto principio, la ayuda que proporciona
el teatro de la guerra, constituye, naturalmente, una ventaja para el bando
de la defensa. Si el ejército atacante inicia la campaña, se aleja de su propio
teatro de la guerra y, de este modo, se debilita; o sea, deja tras de sí
fortificaciones y depósitos de todas clases. Cuanto más grande es el campo de
operaciones que ha de atravesar, más se debilitará el ejército atacante
(mediante marchas y establecimiento de guarniciones); el ejército defensor
continúa manteniendo todas sus conexiones; o sea, cuenta con el apoyo de sus
fortificaciones, no se debilita en forma alguna y se mantiene próximo a sus
fuentes de abastecimiento.
En cuanto al quinto principio, el apoyo del
pueblo, es verdad que no cabe encontrarlo en todas las defensas, porque una
campaña defensiva puede ser llevada a cabo en territorio enemigo; pero en
realidad, este principio deriva solamente de la idea de defensa y se aplica en
la gran mayoría de los casos. Además, tiene que ver principalmente, aunque no de
forma exclusiva, con la eficacia del llamamiento general y del armamento
nacional, aportando por añadidura una disminución de la fricción y haciendo que
las fuentes de abastecimiento estén más próximas y fluyan con mayor abundancia.
La campaña napoleónica de 1812 nos proporciona,
como a través de un cristal de aumento, un ejemplo muy claro de la eficacia que
entrañan los medios especificados en los principios tercero y cuarto. Medio
millón de hombres cruzaron el Nieman, 120.000 lucharon en Borodino, y muchos
menos llegaron a Moscú.
Podemos decir que el efecto mismo de ese asombroso
intento fue tan grande que los rusos, incluso si no hubieran emprendido ninguna
ofensiva, se habrían visto durante un tiempo considerable fuera del peligro de
enfrentar cualquier nuevo intento de invasión. Es verdad que, con excepción de
Suecia, no hay país en Europa que se halle en una posición similar a la de
Rusia, pero el principio eficaz es siempre el mismo, y la única distinción que
puede hacerse se refiere al grado mayor o menor de su intensidad.
Si añadimos a los principios cuarto y quinto la
consideración de que estas fuerzas de la defensa corresponden a la defensa
original, o sea, a la defensa llevada a cabo en nuestro propio suelo, y que
resultan mucho más débiles si aquélla se produce en territorio enemigo y está
mezclada con operaciones ofensivas, entonces de ello se deriva una nueva
desventaja para la ofensiva, casi como la mencionada arriba, con respecto al
tercer principio. Porque la ofensiva está compuesta por entero de elementos
activos en escala tan pequeña como la defensa lo está de elementos destinados
simplemente a detener los golpes del adversario. En realidad, todo ataque que no
conduce de modo directo a la victoria debe terminar inevitablemente en defensa.
Ahora bien, si todos los elementos defensivos
utilizados en atacar son debilitados por su naturaleza, o sea, por pertenecer al
ataque, entonces esto deberá también ser considerado como una desventaja general
de la ofensiva.
Esta circunstancia está tan lejos de ser una
sutileza banal que, por el contrario, diremos más bien que en ella reside la
principal desventaja de la ofensiva en general. Por lo tanto, en todo plan para
un ataque estratégico debe prestarse desde el principio la mayor atención a este
punto, o sea, a la defensa que le seguirá. Esto lo veremos con mayor claridad
cuando tratemos sobre el plan de la
guerra.
Las grandes fuerzas morales, que a veces impregnan
el elemento de la guerra como un singular germen fermentativo y que, por lo
tanto, el comandante en jefe puede usar en ciertos casos para fortalecer los
otros medios a su disposición, cabe suponer que existen tanto en el bando de la
defensa como en el del ataque. Al menos las que relucen más especialmente en el
ataque, tales como la confusión y el desconcierto en las filas enemigas, no
aparecen por lo general hasta después que se haya asestado el golpe decisivo, y,
en consecuencia, raras veces contribuyen a imprimir a éste una dirección.
Creemos haber expuesto ya de forma suficiente
nuestra proposición de que la defensa es una forma más poderosa de guerra que
el ataque. Pero queda todavía por mencionar un pequeño factor pasado por
alto hasta ahora. Es el valor, el sentimiento de superioridad en un ejército,
que surge de la conciencia de pertenecer a la parte atacante. Es algo que
constituye en sí mismo un hecho, pero ese sentimiento muy pronto se funde con
otro más poderoso y general, que es inculcado al ejército por la victoria o por
la derrota, por el talento o por la ineptitud de su general.
Los capítulos siguientes (IV al XXX) del libro
VI tratan del carácter concéntrico y excéntrico del ataque y de la defensa; del
alcance de los medios de defensa desde el punto de vista estratégico y en su
acción recíproca con el ataque; de la defensa en la montaña y a lo largo de ríos
y corrientes de agua; de las nociones de cordón, de llave del país, de acción
contra un flanco y de la retirada hacia el interior del propio país, lo cual
conduce a la noción del «teatro de la guerra» (capítulos XXVII y XXVIII).
Capítulo XXVI
EL PUEBLO EN ARMAS
La guerra del pueblo en la Europa civilizada es
una manifestación del siglo XIX. Tiene sus partidarios y sus opositores; los
últimos, porque la consideran, o bien en sentido político, como un medio
revolucionario, un estado de anarquía declarado legal, tan peligroso para el
orden social de nuestro país como para el del enemigo, o bien, en sentido
militar, como un resultado que no guarda proporción con la fuerza empleada. El
primer punto no nos interesa aquí, porque estamos considerando la guerra del
pueblo simplemente como un medio de lucha y, por consiguiente, en su relación
con el enemigo; pero, con referencia al segundo punto, cabe observar que, en
general, una guerra del pueblo ha de ser considerada como consecuencia de la
forma en que, en nuestros días, el elemento bélico ha roto sus antiguas barreras
artificiales; por consiguiente, como una expansión y un fortalecimiento de todo
el proceso fermentativo que llamamos guerra. El sistema de requisiciones, el
enorme aumento del volumen de los ejércitos mediante ese sistema, el
reclutamiento general y el empleo de la milicia son cosas que siguen todas la
misma dirección, si tomamos el limitado sistema militar de épocas anteriores
como punto de partida; y la levée en masse, o el pueblo en armas, se
encuentra también en la misma dirección. Si las primeras de estas nuevas ayudas
para la guerra son una consecuencia natural y necesaria de las barreras
derribadas y si han acrecentado en forma tan enorme el poder de aquellos que las
utilizaron en primer término, hasta el punto que el enemigo fue arrastrado por
la corriente y obligado a adoptarlas de la misma forma, también ocurrirá lo
mismo con las guerras nacionales. En la mayoría de los casos, la nación que hace
un uso acertado de este medio adquirirá una superioridad proporcional sobre
aquellos que lo desprecian. Si esto es así, entonces el único problema consiste
en saber si esta nueva intensificación del elemento bélico es, en conjunto,
beneficioso o no para la humanidad, problema éste que resultaría casi tan fácil
de solucionar como el de la guerra misma. Dejamos ambos problemas en manos de
los filósofos. Pero cabe adelantar la opinión de que los recursos que requiere
la guerra del pueblo podrían ser empleados más provechosamente si se utilizaran
para proporcionar otros medios militares; por tanto, no se necesita una
investigación muy profunda para convencerse de que tales fuerzas, en su mayor
parte, no se hallan a nuestra disposición y no pueden ser utilizadas a voluntad.
No sólo esto, sino que una parte esencial de esas fuerzas, o sea, el elemento
moral, solamente se pone de manifiesto cuando se emplea de esta forma.
Por consiguiente, ya no nos preguntamos ¿cuánto
cuesta a la nación la resistencia que todo el pueblo en armas es capaz de
ofrecer?, sino ¿cuál es la influencia que puede tener esa resistencia? ¿Cuáles
son sus condiciones y cómo ha de ser usada?
Naturalmente, una resistencia realizada en forma
tan amplia no es apropiada para efectuar golpes de magnitud notable, que
requieran una acción concentrada en el tiempo y en el espacio.
Su acción, como el proceso de evaporación en la
naturaleza, depende de la extensión de la superficie expuesta. Cuando mayor sea
ésta, mayor será el contacto con el ejército enemigo, y cuanto más se extienda
ese ejército, tanto mayores serán los efectos de armar a la nación. Al igual que
un fuego que continúa ardiendo silenciosamente, destruye los fundamentos del
ejército enemigo. Como necesita tiempo para producir sus efectos, existe,
mientras los elementos hostiles actúan uno sobre otro, un estado de tensión que,
o bien cede gradualmente si la guerra del pueblo se extingue en algunos puntos y
prosigue lentamente su acción en otros, o bien conduce a una crisis, si las
llamas de esta conflagración general envuelven al ejército enemigo y lo obligan
a evacuar el país antes de quedar destruido totalmente.
Que una simple guerra del pueblo pueda producir
esa crisis presupone o bien que la extensión superficial del estado invadido
excede la de cualquier país de Europa, excepto Rusia, o bien que existe una
desproporción entre la fuerza del ejército invasor y la extensión del país, que
nunca se presenta en la realidad. Por lo tanto, para evitar aferrarnos a una
cuestión irreal, debemos imaginar siempre una guerra del pueblo en combinación
con una llevada a cabo por un ejército regular, y que ambas se realicen de
acuerdo con un plan que abarque las operaciones del conjunto.
Las condiciones bajo las cuales la guerra del
pueblo puede llegar a ser eficaz son las siguientes:
1. que la guerra se realice en el interior del
país;
2. que no la decida una catástrofe aislada;
3. que el teatro de la guerra abarque una
extensión considerable del país;
4. que el carácter nacional favorezca las medidas
a tomar;
5. que el terreno del país sea muy accidentado e
inaccesible, ya sea a causa de las montañas, o de los bosques y los pantanos, ya
por el tipo de cultivo que se utilice.
Que la población sea o no numerosa tiene poca
importancia, ya que hay menos probabilidad de que exista escasez de hombres que
de cualquier otra cosa. Que los habitantes sean ricos o pobres tampoco es un
punto relevante, o al menos no debería serlo. Pero cabe admitir que, por lo
general, una población pobre, acostumbrada al trabajo duro y pesado y a las
privaciones, se muestra más vigorosa y se adapta mejor a la guerra.
Una peculiaridad del país, que favorece en gran
medida la acción de la guerra del pueblo, es la distribución diseminada de los
núcleos habitados, tal como la que se da en muchas partes de Alemania. De este
modo, el país está más dividido y más protegido; los caminos se vuelven peores,
aunque más numerosos; el alojamiento de las tropas se acompaña de dificultades
infinitas, pero especialmente se repite en pequeña escala esa peculiaridad que
una guerra del pueblo posee en gran escala, a saber, que el espíritu de
resistencia existe en todas partes, pero no es perceptible en ninguna.
Si los habitantes viven en aldeas, muchas veces
las tropas son acuarteladas donde se encuentran los más rebeldes, o bien como
castigo aquéllas son saqueadas, sus casas quemadas, etc., sistema que no podría
llevarse a cabo con mucha facilidad en la comunidad campesina de Westfalia.
Las levas nacionales y las masas de campesinos
armados no pueden ni deben ser empleadas contra el cuerpo principal del ejército
enemigo, ni siquiera contra ninguna fuerza considerable; no deben intentar
romper el núcleo central, sino atacar sólo la superficie y por sus límites.
Deberían actuar en regiones situadas a los lados del teatro de la guerra y allí
donde el agresor no aparezca con toda su fuerza, a fin de alejar a esas regiones
de su influencia. Donde todavía no hace acto de presencia el enemigo no falta el
valor para oponérsele, y el grueso de la población se enardece gradualmente con
ese ejemplo. De este modo, el fuego se propaga como en un brezal y llega
finalmente a esa parte de terreno en la que se encuentra el agresor; se apodera
de sus líneas de comunicación y destruye el hilo vital mediante el cual se
mantiene en pie. Porque incluso si no abrigáramos una idea exagerada sobre la
omnipotencia de una guerra del pueblo, incluso si no la consideráramos como un
elemento inagotable e inconquistable, sobre el cual la simple fuerza de un
ejército tuviera tan poco control, como la voluntad humana tiene sobre el viento
o la lluvia, en otras palabras, aunque nuestra opinión no estuviera fundada en
opúsculos retóricos, debemos admitir que no cabe conducir delante dé nosotros a
los campesinos armados como si se tratara de un cuerpo de soldados que se
mantienen unidos al igual que un rebaño y que por lo común unos siguen a otros.
Por el. contrario, los campesinos armados, cuando están desparramados, se
dispersan en todas direcciones, para lo cual no se requiere ningún plan
elaborado. Con esto se hace muy peligrosa la marcha de cualquier pequeño grupo
de tropas en territorio montañoso, muy boscoso o accidentado, porque en
cualquier momento la expedición puede convertirse en un encuentro. En realidad,
aun si durante algún tiempo no se hubiera sabido nada de estos cuerpos armados,
no obstante, los campesinos que hayan sido ahuyentados por la cabeza de una
columna pueden en cualquier momento hacer su aparición en su retaguardia. Si se
trata de destruir caminos y bloquear desfiladeros estrechos, los medios que las
avanzadas y los destacamentos de incursión de un ejército pueden aplicar para
ese propósito guardan más o menos la misma relación con los medios suministrados
por un cuerpo de campesinos insurgentes que la que tienen los movimientos del
autómata en relación con los del ser humano. El enemigo no cuenta con otros
medios de oponerse a la acción de las levas nacionales, excepto el de destacar
numerosas partidas para proporcionar escoltas a los convoyes, para ocupar
puestos militares, desfiladeros, puentes, etc. Si los primeros esfuerzos de las
levas nacionales no son intensos, serán, en proporción, numéricamente débiles
los destacamentos enviados por el enemigo, porque éste teme dividir mucho sus
fuerzas. En estos cuerpos débiles prende entonces con mucha más fuerza el fuego
de la guerra nacional. El enemigo se ve superado numéricamente en algunos
puntos, el valor se acrecienta, la combatividad gana fuerza y la intensidad de
la lucha aumenta hasta que se acerca al punto culminante que ha de decidir el
resultado.
Según la idea que tenemos sobre la guerra del
pueblo, ésta, al igual que una esencia en forma de nube o de vapor, no se
condensa en ninguna parte ni forma un cuerpo sólido. De otro modo el enemigo
enviaría una fuerza adecuada contra su centro, lo aplastaría y tomaría muchos
prisioneros. A consecuencia de ello el valor se extinguiría, todos pensarían que
la principal cuestión se hallaba ya decidida, y que cualquier otro esfuerzo
sería inútil y las armas caerían de las manos del pueblo. Es, pues, necesario
que ese valor se reúna en algunos puntos en masas más densas y forme nubes
amenazadoras desde las cuales de vez en cuando se produzca un relámpago
formidable. Estos puntos se encuentran principalmente en los flancos del teatro
de la guerra del enemigo, como hemos dicho antes. Allí el levantamiento nacional
debe organizarse en unidades más amplias y más ordenadas, apoyadas por una
fuerza reducida de tropas regulares de modo que se le dé la apariencia de una
fuerza regular y la adecue para que pueda aventurarse en empresas de mayor
envergadura. Partiendo de estos puntos, la organización del pueblo en armas debe
adquirir un carácter más irregular en la proporción en que haya que hacer más
uso de él en la zona de retaguardia del enemigo, donde pueda aplicar sus golpes
más contundentes. Las masas mejor organizadas sirven para caer sobre las
guarniciones que el enemigo deja tras de sí. Además, permiten crear un
sentimiento de desasosiego y de temor y aumentan el efecto moral del conjunto;
sin ellas, el efecto total carecería de fuerza y el enemigo no sería colocado en
una situación suficientemente penosa.
El camino más fácil que debe seguir un general en
jefe para producir esta forma más eficaz de levantamiento nacional es apoyar el
movimiento por medio de pequeños destacamentos procedentes del ejército. Sin ese
apoyo de algunas tropas regulares, que actúa como estímulo, los habitantes, por
lo general, carecen del impulso y la confianza suficientes para empuñar las
armas. Cuanto más fuertes sean los cuerpos destacados para este propósito, mayor
será su poder de atracción, y más grande será la concurrencia que ha de
producirse. Pero esto tiene sus límites, en parte porque sería perjudicial
dividir a todo el ejército para cumplir con ese objetivo secundario,
disolviéndolo, por así decir, en un cuerpo de irregulares, y formar con él una
línea defensiva extensa y débil, mediante cuyo procedimiento podemos estar
seguros de que tanto el ejército regular como las levas nacionales resultarían a
la postre destruidos; y en parte, porque la experiencia parece indicarnos que
cuando existen demasiadas tropas regulares en una región, la guerra del pueblo
cede en vigor y en eficacia. Las causas de esto son, en primer lugar, que
demasiadas tropas del enemigo son atraídas de este modo a esa región; en segundo
lugar, que los habitantes confían entonces en sus propias tropas regulares; y,
en tercer lugar, que la presencia de cuerpos notables de tropas exige demasiado
del pueblo en otros sentidos, o sea, en el suministro de alojamientos,
transporte, contribuciones, etcétera.
Otro medio de prevenir cualquier reacción
demasiado seria de parte del enemigo contra la guerra del pueblo constituye, al
mismo tiempo, un principio capital en el método de usar esas levas. Tal es la
regla, o sea, que con estos poderosos medios estratégicos de defensa, la defensa
táctica no se produciría nunca o muy raras veces. El carácter de los
encuentros librados por levas nacionales es el mismo que el de todos los
encuentros de tropas de calidad inferior: gran impetuosidad y ardor vehemente al
principio, pero poca serenidad o firmeza si el combate se prolonga. Además, si
bien no asume gran importancia el hecho de que una fuerza de la leva nacional
sea derrotada o dispersada, puesto que ha sido formada para eso, un cuerpo de
esas características no debería ser desmembrado o dividido por pérdidas
demasiado grandes en muertos, heridos o prisioneros, ya que un estrago de esta
clase pronto enfriaría su ardor. Pero dichas peculiaridades son totalmente
contrarias a la naturaleza de la defensa táctica. En el encuentro defensivo se
requiere una acción sistemática, lenta, persistente, y en él se corren grandes
riesgos. Un simple intento, del cual podemos desistir tan pronto como queramos,
nunca conducirá a resultados positivos en la defensa. Por lo tanto, si la leva
nacional ha de encargarse de la defensa de cualquier obstáculo natural, su
objetivo nunca tendrá que ser entablar un encuentro decisivo; porque, por más
favorables que sean las circunstancias, la leva nacional será derrotada. Por
consiguiente, puede y debería defender, mientras fuera posible, los accesos a
las montañas, los diques de los pantanos, los pasos sobre los ríos; pero en el
caso de que haya quedado debilitada, deberá dispersarse y continuar su defensa
mediante ataques inesperados, antes que concentrarse y permitir que la encierren
en algún último reducto, en una posición defensiva regular. Por más valerosa que
sea una nación, por más guerreras que sean sus costumbres, por más intenso que
sea el odio que sienta por el enemigo, por más favorable que sea la naturaleza
del terreno en el que se opera, constituye un hecho innegable que la guerra del
pueblo no puede mantenerse viva en un ambiente cargado de peligro. Por
consiguiente, si su material combustible ha de ser aventado para que produzca
una llama considerable, debe serlo en puntos lejanos, donde disponga de aire y
donde no pueda ser extinguido mediante un golpe poderoso.
Estas consideraciones son antes una percepción de
la verdad que un análisis objetivo, porque el tema todavía no ha sido en
realidad puesto en evidencia y muy poco tratado por aquellos que lo han
observado desde hace tiempo personalmente. Sólo tenemos que añadir que el plan
de defensa estratégico puede incluir la cooperación de una leva general de dos
formas diferentes, ya sea como último recurso, después de una batalla perdida,
ya como ayuda natural antes que se haya librado una batalla decisiva. El último
caso supone una retirada hacia el interior del país, en un tipo de acción
indirecta del que ya nos hemos ocupado anteriormente. Por lo tanto, sólo
dedicamos algunas palabras a la convocatoria de la leva nacional después de que
se haya perdido una batalla.
Ningún estado debería creer que su destino, o sea,
toda su existencia, pueda depender de una batalla, por más decisiva que ésta
sea. Si es derrotado, la llegada de nuevos refuerzos y el debilitamiento natural
que sufre toda ofensiva pueden, a la larga, producir un vuelco de la suerte, o
se puede recibir ayuda del exterior. Siempre hay un tiempo para morir, y del
mismo modo que el impulso natural del hombre que se está ahogando es el de
asirse a la más pequeña rama, ocurre de manera similar en el orden natural del
mundo moral, y el pueblo apelará a los últimos medios de salvación cuando se vea
situado al borde del abismo.
Por más pequeño y débil que sea un estado en
comparación con su enemigo, si renuncia a realizar un último esfuerzo supremo,
deberemos convenir en que ya no queda alma alguna en su interior. Esto no
excluye la posibilidad de que se salve de la destrucción completa mediante la
conclusión de una paz colmada de sacrificio. Pero ni siquiera este propósito
extinguirá la utilidad de las nuevas medidas para la defensa; éstas harán que la
paz no sea ni más difícil ni peor, sino más fácil y mejor.
Todavía son más necesarias esas medidas si se
espera una ayuda de aquellos que están interesados en mantener nuestra
existencia política. Por lo tanto, cualquier gobierno que después de la pérdida
de una gran batalla se apresure a permitir que su pueblo goce de los beneficios
de la paz, y, abrumado por un sentimiento de esperanza defraudada, no sienta
dentro de sí el valor y el deseo de estimular y aguijonear todas y cada una de
sus fuerzas, se hace culpable por debilidad de una grave inconsecuencia y
demuestra que no merece la victoria, y tal vez precisamente por esa razón fue
completamente incapaz de obtenerla.
Por más decisiva que sea la derrota experimentada
por un Estado, será preciso, pues, que mediante la retirada del ejército hacia
el interior del país, ponga en acción sus fortificaciones y sus levas
nacionales. En relación con esto, resultará ventajoso que los flancos del
principal teatro de la guerra estén limitados por montañas o partes de
territorio que sean muy accidentadas. Estas se presentan entonces como bastiones
cuyo fuego de flanqueo estratégico podrá castigar al agresor.
Si el enemigo se dedica tras su victoria a
acciones de asedio, si ha dejado tras de sí fuertes guarniciones para asegurar
sus comunicaciones o, más aún, si ha destacado tropas para obtener un más amplio
espacio y mantener bajo control a las zonas adyacentes, si ya está debilitado
por diversas pérdidas en hombres y en material de guerra, entonces ha llegado el
momento de que el ejército defensivo se apreste de nuevo y, mediante un golpe
bien dirigido, haga tambalear al agresor en la posición desventajosa en la que
se halla.
LIBRO VII
EL ATAQUE
El libro VII está dedicado al
ATAQUE.
Clausewitz declara en este sentido: «Si dos ideas forman una exacta antítesis
lógica, es decir, si una es el complemento de la otra, entonces,
fundamentalmente, una estará implícita en la otra». Y añade: «Creemos que los
primeros capítulos sobre la defensa arrojan suficiente luz sobre los puntos de
ataque que no tratan más que ligeramente».
En relación con los otros temas, el autor
examina la búsqueda del punto culminante del ataque» y las diferentes posiciones
en que se encuentra el atacante (frente a obstáculos como ríos, posiciones
fortificadas, montañas, bosques, etc.). Precisa asimismo lo que debemos entender
por «acciones de diversión» e «invasión». Finalmente, define deforma penetrante
el .punto culminante de la victoria», que es, para él, la resultante del ataque.
Capítulo XXII
SOBRE EL PUNTO CULMINANTE DE LA VICTORIA
En la guerra, el agresor no está siempre en
condiciones de derrotar por completo a su oponente. A menudo, y de hecho la
mayoría de las veces, se produce un punto culminante de la victoria. La
experiencia nos lo muestra de forma suficiente. Pero como el tema tiene una
particular importancia para la teoría de la guerra y para la base de casi todos
los planes de campaña, mientras que, al mismo tiempo, campa por su superficie,
ondeando con los colores del arco iris, la llama vacilante de las
contradicciones aparentes, queremos examinarlo con más detención y considerar
sus causas esenciales.
Como regla general, la victoria surge de una
supremacía en la suma de todas las fuerzas materiales y morales y sin duda en
ella esta supremacía aumenta, de lo contrario no se buscaría y se pagaría por
ella tan alto precio. La misma victoria lo hace así sin pensar y también
lo hacen sus consecuencias, pero éstas no hasta el fin último, sino, por lo
general, sólo hasta cierto punto. Este punto puede estar muy próximo, y a veces
se halla tan cerca, que todos los resultados de una batalla victoriosa pueden
reducirse a un simple acrecentamiento de la superioridad moral. Examinaremos
ahora cómo se produce esto.
Durante el desarrollo de la acción en la guerra,
la fuerza militar se encuentra constantemente con elementos que la acrecientan y
con otros que la disminuyen. En consecuencia, se trata de la supremacía de los
unos o de los otros. Como toda disminución de fuerza en un bando ha de
considerarse como un aumento en el bando enemigo, se deduce, por supuesto, que
esta doble corriente, este flujo y reflujo, tiene lugar igualmente tanto si las
tropas avanzan como si retroceden.
Sólo bastará encontrar en un caso la causa
principal de esta alteración para determinar la otra.
Al avanzar, las causas más importantes del
aumento de fuerza en el bando del agresor son:
1) La pérdida que sufre la fuerza militar del
enemigo, porque, por lo general, esa pérdida es más grande que la del agresor.
2) Las pérdidas que sufre el enemigo en cuanto a
los recursos militares materiales, como son almacenes, depósitos, puentes, etc.,
y que el agresor no comparte con él de ninguna forma.
3) Desde el momento en que el agresor penetra en
territorio enemigo, la defensa sufre la pérdida de ciertas zonas y, en
consecuencia, la de fuentes de renovación de las fuerzas militares.
4) El ejército que avanza gana parte de esos
recursos; en otras palabras, obtiene la ventaja de vivir a expensas del enemigo.
5) La pérdida de la organización interna y de los
movimientos normales en el bando enemigo.
6) Los aliados del enemigo pueden abandonar a éste
y otros unirse al agresor.
7) Por último, el desaliento que invade al enemigo
hace, en cierta medida, que deje caer las armas de sus manos.
Las causas de la disminución de fuerza en
el ejército atacante son:
1) Que se esté obligado a sitiar las
fortificaciones enemigas, a bloquear su acceso y a vigilarlas; o que el enemigo
haya hecho lo mismo antes del desenlace y en el curso de la retirada atraiga
estas tropas hacia el cuerpo principal.
2) Desde el momento en que el agresor penetra en
territorio enemigo, cambia la naturaleza del teatro de la guerra; éste se hace
hostil; se tiene que ocupar porque sólo nos pertenece mientras lo ocupemos, lo
cual crea dificultades a toda la maquinaria en todas partes y tenderá
necesariamente a debilitar sus efectos.
3) Nos alejamos mucho de nuestras fuentes de
recursos, mientras que el enemigo se acerca a las suyas; esto causa un retraso
en la reposición de las fuerzas gastadas.
4) El peligro que amenaza a la nación enemiga
provoca en ella el reclutamiento de otras fuerzas para su protección.
5) Finalmente, los esfuerzos más grandes que
realiza el adversario, debido a la intensificación del peligro; por otro lado,
se produce en el bando de la nación agresora un debilitamiento de esos
esfuerzos.
Todas estas ventajas y desventajas pueden
coexistir, encontrarse unas con otras, por así decir, y proseguir su camino en
direcciones opuestas. Sólo las últimas se enfrentan como verdaderos contrarios;
no pueden complementarse y, por lo tanto, se excluyen mutuamente. Esto muestra
de por sí cuán diferente puede ser el efecto de la victoria, según que el
vencido sea aplastado o estimulado a realizar un esfuerzo más grande.
Trataremos ahora de precisar por separado los
puntos que afectan al aumento de fuerzas, haciendo algunas observaciones.
1) Las pérdidas de las fuerzas enemigas pueden
alcanzar el nivel máximo en el primer momento de la derrota y luego disminuir
diariamente en cantidad, hasta que lleguen a un punto en el que se equilibren
con las nuestras; pero también pueden aumentar cada día en progresión
geométrica. Esto viene determinado por la diferencia de las situaciones y las
condiciones. En general, podemos decir que el primer caso se producirá con un
buen ejército, y el segundo con uno malo. Además del estado de ánimo de las
tropas, el del gobierno constituye aquí uno de los factores más relevantes. En
la guerra es muy importante distinguir entre los dos casos, a fin de no
detenernos en el punto donde precisamente deberíamos comenzar, y viceversa.
2) Las pérdidas que sufre el enemigo en lo
referente a los recursos naturales pueden aumentar y disminuir de la misma
forma, y esto dependerá de la situación eventual y de la naturaleza de los
depósitos. Sin embargo, este asunto, en la actualidad, no tiene una importancia
comparable con la de los otros.
3) La tercera ventaja debe acrecentarse
necesariamente a medida que avanza el ejército. En realidad cabe decir que no se
la toma en consideración hasta que el ejército haya penetrado profundamente en
territorio enemigo. Es decir, hasta que haya sido dejado atrás un tercio o un
cuarto del territorio. Además, el valor intrínseco que tenga la zona, en
relación con la guerra, debe tomarse también en consideración.
Del mismo modo, la cuarta ventaja debe aumentar
con el avance.
Pero con respecto a las dos últimas tiene que
observarse también que raras veces se siente de forma inmediata su influencia
sobre las fuerzas militares que intervienen en la lucha; éstas sólo actúan
lentamente y de forma vaga e indirecta. En consecuencia, no deberíamos
aventurarnos a tensar el arco, es decir, no deberíamos colocarnos en una
posición demasiado peligrosa a causa de ellas.
La quinta ventaja es de nuevo considerada cuando
se ha realizado un avance considerable y cuando, por la forma del territorio
enemigo, algunas zonas pueden separarse de la parte principal, ya que éstas, al
igual que los miembros unidos a un cuerpo, si se desmembran tienden a dejar de
existir.
En cuanto a los puntos 6 y 7, cuando menos resulta
probable que se produzcan con el avance. Volveremos a ocuparnos de ellos más
adelante.
Consideremos ahora las causas que llevan al
debilitamiento.
1) El asedio, ataque o bloqueo de las
fortificaciones aumentará por lo general a medida que avanza el ejército. Esta
sola influencia debilitante actúa en forma tan poderosa sobre la condición
inmediata de las fuerzas militares que puede contrapesar con facilidad todas
las ventajas obtenidas. Es evidente que en las épocas modernas se ha introducido
el sistema de atacar las fortificaciones con un número pequeño de tropas o de
vigilarlas con un número aún más reducido. En estas fortificaciones el enemigo
suele mantener guarniciones, constituyendo sin duda un gran elemento de
seguridad. La mitad de las guarniciones están integradas, por lo general, por
hombres que no han tomado parte previamente en la lucha. Para el asedio de estas
plazas fuertes, situadas por lo común cerca de las líneas de comunicación, el
agresor tiene que dedicar una fuerza que duplique al menos la de la guarnición;
y si se desea sitiar seriamente una fortificación importante o vencerla por el
hambre, se requerirá para ese propósito un pequeño ejército.
2) La segunda causa, el establecimiento del teatro
de la guerra en territorio enemigo, aumenta necesariamente con el avance y surte
todavía un efecto mayor sobre la situación permanente de las fuerzas militares,
aunque no sobre sus condiciones momentáneas.
Sólo debemos considerar como nuestro teatro de la
guerra la parte de aquel territorio enemigo que podamos ocupar; es decir, allí
donde hayamos dejado pequeños destacamentos a cielo descubierto o guarniciones
diseminadas en las ciudades más importantes, o puestos militares a lo largo de
los caminos, etc. Por más pequeñas que sean las guarniciones que dejamos atrás,
debilitan, sin embargo, de manera considerable a las fuerzas militares. Pero
este es el menor de los males.
Todo ejército presenta unos flancos estratégicos,
o sea, el territorio que limita ambos lados de sus líneas de comunicación. Sin
embargo, como el ejército del enemigo posee igualmente esos flancos, la
debilidad de estas partes no se pone de relieve de manera ostensible. Pero ello
sólo puede ocurrir en tanto nos encontremos en nuestro propio territorio; tan
pronto como nos adentremos en el del enemigo se percibe en gran manera la
debilidad, porque de la operación más insignificante cabe esperar algún
resultado cuando va dirigida contra una línea muy larga protegida sólo
débilmente, o que no lo está en forma alguna; y estos ataques pueden realizarse
desde cualquier dirección en el territorio enemigo.
Cuanto más se avanza, tanto más dilatados se hacen
esos flancos, y el peligro que surge de ellos crece en progresión geométrica.
Porque no sólo son difíciles de proteger, sino que tienden a activar el espíritu
combativo del enemigo, haciendo que éste se aproveche de las largas e inseguras
líneas de comunicación, cuya pérdida puede ocasionar, en caso de una retirada,
consecuencias extremadamente graves.
Todo esto contribuye a imponer una nueva carga
sobre el ejército atacante, en cada etapa de su avance. De manera que si no ha
iniciado su ataque con una gran superioridad, se verá cada vez más impedido para
realizar sus planes. Su fuerza de ataque se debilitará gradualmente y, por
último, podrá caer en un estado de incertidumbre y de angustia con respecto a su
situación.
3) La tercera causa, o sea, la distancia hasta la
fuente desde la cual la fuerza militar en constante disminución tiene que ser
también constantemente reforzada, aumenta con el avance. A es te respecto, el
ejército atacante es como una lámpara: cuanto más disminuya el aceite en el
recipiente y se aleje del centro de luz, tanto más pequeña se hará esa luz,
hasta que al fin se extingue por completo.
La riqueza de las zonas conquistadas puede hacer
disminuir en gran medida este perjuicio, pero no lo hará desaparecer por
completo, porque siempre existe un cierto número de cosas que tienen que
obtenerse del propio país, en especial los hombres. Los suministros que
proporciona el territorio del enemigo no llegan en la mayoría de los casos ni
con tanta rapidez ni tanta seguridad como los aportados por el nuestro, siendo
así que los medios para hacer frente a cualquier necesidad inesperada no pueden
ser obtenidos con tanta diligencia; y porque las confusiones y los errores de
toda índole no pueden ser descubiertos y remediados tan pronto.
Si el príncipe no conduce personalmente su
ejército, como sucedió habitualmente en las últimas guerras, o si no se
encuentra siempre cerca de él, surgirá entonces otro inconveniente muy grande,
debido a la pérdida de tiempo que representa el ir y venir de las
comunicaciones, porque los plenos poderes conferidos a un comandante de ejército
nunca son suficientes como para encarar cada caso con la amplitud que alcanzan
sus actividades.
4) Si los cambios en las alianzas políticas,
nacidos de la victoria, llegaran a ser desventajosos para el atacante, lo serían
probablemente en relación directa con su avance, del mismo modo que lo serían si
fueran de naturaleza ventajosa. Todo depende aquí de las alianzas políticas
existentes, de los intereses, las costumbres y las tendencias de los príncipes,
los ministros, los favoritos y otros. En general, sólo cabe decir que cuando se
conquista un gran Estado que cuenta con aliados más pequeños, éstos por lo común
rompen muy pronto sus alianzas, de suerte que el triunfador, en este aspecto, se
hace más fuerte con cada golpe. Pero si la nación conquistada es pequeña, surgen
mucho más pronto los protectores cuando su existencia se ve amenazada, y otros,
que habían contribuido a hacer flaquear su estabilidad, cambiarán de frente para
impedir su caída completa.
5) La resistencia creciente, puesta de manifiesto
por parte del enemigo. Algunas veces, el enemigo, aterrorizado y atónito, deja
que las armas caigan de sus manos. Otras veces se apodera de él un entusiasmo
exacerbado: todo el mundo se apresura a tomar las armas y, después de la primera
derrota, la resistencia es mucho más firme y fuerte de lo que lo fue
anteriormente. El carácter del pueblo y del gobierno, la naturaleza del país y
sus alianzas políticas son los datos de los cuales cabe predecir un efecto
probable.
¡Cuántos cambios infinitamente diferentes no
producen estos dos últimos puntos en los planes que pueden y deberían trazarse
en la guerra, en uno y otro caso! Mientras en uno despilfarramos y dejamos
escapar la mejor oportunidad de éxito, debido a nuestros escrúpulos y al llamado
procedimiento metódico, en el otro nos precipitamos de bruces en la destrucción,
llevados por la temeridad y la imprudencia.
Además, cabe mencionar la lasitud y la debilidad
que experimenta el triunfador en su propio país cuando ha pasado el peligro, en
el momento en que, por el contrario, sería necesario mantener el esfuerzo para
llevar la victoria hasta el fin. Si echamos una mirada general sobre estos
principios diferentes y antagónicos, podemos deducir, sin duda, que en la
mayoría de los casos, la persecución de la victoria final, la marcha hacia
adelante en una guerra de agresión, provocan a la postre la disminución de la
supremacía con la que se partió al comienzo o que ha sido obtenida mediante un
triunfo.
Nos enfrentamos necesariamente con la siguiente
pregunta: si esto es así, ¿qué es entonces lo que impulsa al atacante a
proseguir su senda victoriosa, a continuar la ofensiva? ¿Puede esto llamarse en
realidad persecución de la victoria? ¿No sería mejor detenerse en el punto en el
que aún no se pone de manifiesto una disminución de la supremacía obtenida?
A esto debemos responder, lógicamente, lo
siguiente: la supremacía de las fuerzas militares no es un fin, sino sólo un
medio. El fin consiste, ya sea en derrotar al enemigo, ya sea al menos en
apoderarse de parte de sus tierras, a fin de colocarse con ello en posición de
hacer que las ventajas ganadas puedan tener peso en la conclusión de la paz. Aun
si nuestro propósito fuera la derrota completa del enemigo, debemos conformarnos
con el hecho de que quizá con cada paso que damos en nuestro avance disminuye
nuestra supremacía. Sin embargo, no se deduce de esto, necesariamente, que la;
supremacía se reduzca a cero antes de la derrota del enemigo. Esta puede tener
lugar antes, y si ha de obtenerse con el mínimo posible de supremacía,
constituiría un error no utilizarla para ese propósito.
Por consiguiente, la supremacía con que contemos o
que adquiramos en la guerra constituye sólo el medio, no el objetivo, y debe
ponerse en juego y arriesgarla para lograr ese objetivo. Pero es necesario saber
hasta dónde llegará, a fin de no ir más allá de ese punto, y de no cosechar
infortunios en vez de nuevas ventajas.
No es necesario recurrir a los ejemplos especiales
que nos proporciona la experiencia a fin de probar que este es el camino por el
cual la supremacía estratégica se agota durante el ataque estratégico; más bien
ha sido la gran cantidad de esos ejemplos la que nos ha inducido y forzado a
investigar las causas de ello. Sólo a partir de la aparición de Bonaparte
tuvieron lugar campañas entre naciones civilizadas en las cuales la supremacía
condujo, sin dilación, a la derrota del enemigo. Antes de esa época, todas las
campañas terminaban del mismo modo: el ejército victorioso buscaba conquistar un
punto donde pudiera simplemente mantenerse en estado de equilibrio. En este
punto se detenía el movimiento de la victoria, si es que no llegaba a ser
necesario proceder a una retirada. Este punto culminante de la victoria
aparecerá también en el futuro, en todas las guerras en las que la derrota del
enemigo no sea el objetivo militar de la guerra; y la mayoría de las guerras
serán todavía de esta clase. La meta natural de todo plan de campaña es el punto
en el cual la ofensiva se transforma en defensa.
Ir más allá de esta meta constituye no sólo un
simple gasto de fuerza inútil, que no produce ya un resultado significativo,
sino que resulta un gasto ruinoso, que causa ciertas reacciones, las cuales, de
acuerdo con la experiencia universal, producen siempre unos efectos
descomunales. Este último hecho es tan común y parece tan lógico y fácil de
comprender que no necesitamos inquirir meticulosamente sus causas. Las causas
principales, en todo caso, son la falta de acomodación en la tierra conquistada
y el violento contraste de sentimientos que se produce cuando se malogra el
nuevo éxito perseguido. Por lo general comienzan a entrar en acción de forma muy
activa las fuerzas morales; por un lado, la exaltación, que se convierte a
menudo en arrogancia, y por otro, el abatimiento extremo. Con ello aumentan las
pérdidas durante la retirada, y el hasta entonces bando triunfador eleva sus
preces al cielo si puede salir de ello con la única pérdida de lo que haya
ganado, sin tener que abandonar parte de su propio territorio.
Aclaremos ahora una contradicción aparente.
Se podría pensar, por supuesto, que desde el
momento que la continuidad del avance en el ataque implica la existencia de una
supremacía y dado que la defensa, que comenzará al final del avance victorioso,
es una forma de guerra más poderosa que el ataque, habrá tanto menos peligro de
que el triunfador se convierta inesperadamente en la parte más débil. Sin
embargo, este peligro existe, y, teniendo en cuenta la historia, debemos admitir
que el peligro más grande de que se produzca un revés no aparece a menudo hasta
el momento en que cesa la ofensiva y ésta se convierte en defensa. Trataremos de
averiguar la causa de ello.
La superioridad que hemos atribuido a la forma de
guerra defensiva consiste en lo siguiente:
1) la utilización del terreno;
2) la posesión de un teatro de la guerra preparado
de antemano;
3) el apoyo de la población;
4) la ventaja de permanecer a la espera del
enemigo.
Es evidente que estas ventajas no pueden aparecer
siempre y ser activas en igual grado; que, en consecuencia, una defensa no es
siempre igual a otra, y que, por lo tanto, la defensa no tendrá siempre esta
misma superioridad sobre la ofensiva. Este debe ser particularmente el caso en
la defensa que comienza después de la consumación de la ofensiva y que tiene
situado su teatro de la guerra, por lo común, en el vértice del triángulo
ofensivo dirigido muy hacia adelante. De las cuatro ventajas mencionadas arriba,
esta defensa sólo mantiene la primera sin alterar, o sea, la utilización del
terreno. La segunda desaparece por completo, la tercera se convierte en negativa
y la cuarta resulta en gran manera debilitada. A manera de explicación, nos
extenderemos un poco más con respecto al último punto.
Bajo la influencia de un equilibrio imaginario,
campañas enteras se desarrollan a menudo sin que se produzca resultado alguno,
porque el bando que debería asumir la iniciativa carece de la resolución
necesaria. Precisamente en esto reside la ventaja de mantenerse a la espera.
Pero si este equilibrio es alterado por una acción ofensiva, si se acosa al
enemigo y su voluntad es incitada a la acción, entonces disminuirá en gran
medida la probabilidad de que permanezca en ese estado de indecisión indolente.
La defensa que se organiza en territorio conquistado tiene un carácter mucho más
desafiante que la que se desarrolla sobre nuestro propio suelo; el principio
ofensivo se inserta en ella, por así decir, y con ello se debilita su
naturaleza. La paz que Daun concedió a Federico II en Silesia y Sajonia nunca le
habría sido otorgada a éste en Bohemia.
De este modo se hace evidente que la defensa, que
está entretejida con una acción de carácter ofensivo, se debilita en todas sus
principales principios y, por consiguiente, no contará ya con la superioridad
que se le atribuía originariamente.
Así como ninguna campaña defensiva está totalmente
compuesta de elementos defensivos, del mismo modo ninguna campaña ofensiva está
constituida por entero de elementos ofensivos; porque, además de los cortos
intervalos que existen en toda campaña, en los cuales ambos bandos permanecen a
la defensiva, todo ataque que no conduzca a la paz debe terminar necesariamente
en una defensa.
De este modo, la defensa misma es la que
contribuye al debilitamiento de la ofensiva. Esto está lejos de constituir una
sutileza estéril; por el contrario, la consideramos la principal desventaja que
encierra el ataque, debido a que, una vez efectuado, quedamos a causa de ello
reducidos a una defensa muy desventajosa.
Y esto explica de qué modo en la guerra se reduce
en forma gradual la diferencia que existe originariamente entre la fuerza de la
forma ofensiva y la de la defensiva. Mostraremos ahora que esta diferencia puede
desaparecer por completo y que, por corto tiempo, la ventaja puede transformarse
en desventaja.
Si se nos permitiera utilizar un concepto extraído
de la naturaleza para explicar nuestro punto de vista, podríamos expresarnos con
más concisión. Es el tiempo que requiere toda fuerza del mundo material para
producir su efecto. La fuerza que, aplicada lentamente y por grados, basta para
que un cuerpo en movimiento pase al estado de reposo, será vencida por este
mismo, si se decide de nuevo a actuar. Esta ley del mundo material es una imagen
sorprendente de muchos de los fenómenos de nuestra vida interior. Si nuestro
pensamiento sigue cierta dirección, no todas las razones, suficientes en sí
mismas, serán capaces de cambiar o de detener esa corriente. Se requiere tiempo,
tranquilidad e impresiones duraderas sobre nuestra conciencia. Lo mismo ocurre
en la guerra. Cuando la mente ha adoptado una tendencia decidida hacia cierto
objetivo o bien retrocede hacia un bastión de refugio, puede suceder con
facilidad que los motivos que obligan a un hombre a detenerse, y que desafían a
otro a entrar en acción y a arriesgarse, no se hagan sentir inmediatamente con
toda su fuerza; y mientras continúa desarrollándose la acción, esos hombres son
arrastrados por la corriente del movimiento más allá de los límites del
equilibrio, más allá del punto culminante, sin siquiera darse cuenta de ello. En
verdad, hasta puede suceder que, pese al agotamiento de sus fuerzas, el agresor,
apoyado por las fuerzas morales que residen principalmente en la ofensiva,
encuentre que le resulta menos difícil avanzar que detenerse, al igual que un
caballo que lleva su carga cuesta arriba. Creemos haber demostrado, sin caer en
contradicción alguna, cómo el agresor puede rebasar ese punto que, en el momento
en que se detiene y asume la forma defensiva, le promete todavía buenos
resultados, o sea, el equilibrio. Por lo tanto, la determinación de ese punto es
importante al proyectar el plan de campaña, tanto para el agresor, de modo que
no emprenda lo que está más allá de sus fuerzas y no incurra en débitos, por
decirlo así, como para el defensor, de suerte que pueda percibir y sacar
provecho de ese error, si lo cometiera el agresor.
Si echamos una mirada retrospectiva a todos los
puntos que el comandante en jefe debe tener presente al tomar su decisión, y si
recordamos que sólo puede estimar la tendencia y el valor de los que sean más
importantes, gracias a la consideración de muchas otras circunstancias cercanas
y lejanas, que en cierta medida deberá adivinar ––adivinar si el ejército
enemigo, después del primer golpe, mostrará un núcleo central más fuerte y una
solidez que se acrecienta firmemente o si, al igual que un frasco boloñés,
quedará pulverizado tan pronto como se dañe su superficie; adivinar el grado de
debilidad y de paralización que producirá en la situación del enemigo el
agotamiento de ciertas fuentes, la interrupción de ciertas comunicaciones;
adivinar si el enemigo se desplomará impotente debido al dolor intenso que le
produzca el golpe asestado, o si, al igual que un toro herido, se excitará hasta
entrar en un estado de furia, y por último adivinar si las otras potencias serán
presas del terror o se encolerizarán y qué alianzas políticas serán disueltas o
se formarán––, entonces diremos que tiene que apuntar con tino y acertar con su
juicio en todo esto y mucho más aún, del mismo modo que el tirador da en el
centro del blanco, y concederemos que esa proeza del espíritu humano no
constituye ninguna menudencia. Miles de sendas diferentes que corren en una u
otra dirección se presentan ante nuestro juicio; y lo que no consiguen el
número, la confusión y la complejidad de las materias lo logran el sentido del
peligro y la responsabilidad.
Esto explica que la gran mayoría de los generales
prefieran mantenerse muy alejados de la meta, antes que aproximarse a ella
demasiado. De este modo suele suceder que un espíritu dotado de iniciativa y
valor actúe por encima de sus límites y, por lo tanto, no logre cumplir con su
objetivo. Sólo aquel que realice grandes hechos con medios pequeños habrá
acertado felizmente.
LIBRO VIII
PLAN DE UNA GUERRA
El libro VIII ofrece una reconsideración de los
conceptos generales expuestos anteriormente, al hablar de la guerra en
cualquiera de sus variantes. En los diversos apartados de que consta, se expone
la verdadera esencia de la guerra, con sus características más amplias e
importantes. Así, en el capítulo II, Clausewitz afirma: «Si la gente actuara
sabiamente, ninguna guerra comenzaría, o al menos no debería comenzar, sin que
se
encontrara primero respuesta a la siguiente
pregunta: ¿qué es lo que tiene que lograrse por la guerra y en la guerra? El
primero es el objetivo final, el otro es el propósito intermedio (...) Dijimos
en el primer capítulo que la derrota del enemigo es el propósito natural de todo
acto de guerra y que si nos mantuviéramos dentro de los límites estrictamente
filosóficos de la concepción, no podría fundamentalmente existir otro objetivo.
Como esta idea debe aplicarse a ambas partes beligerantes, se deduciría que no
puede existir la suspensión del acto militar, y que esa suspensión no puede
tener lugar hasta que una u otra de las partes resulte realmente derrotada».
Esto debiera ser una verdad irreversible,
porque la guerra posee una cohesión interna que canaliza todo el conjunto de
factores que la componen hacia la consecución del fin propuesto (capítulos III,
IV y V). Pero la historia ha demostrado suficientemente que no es así y
Clausewitz expone una de las causas principales en el capítulo VI (el que sigue
a continuación).
Capítulo VI
A.
INFLUENCIA DEL OBJETIVO POLÍTICO SOBRE EL PROPÓSITO MILITAR
Nunca se verá que un estado que abraza la causa de
otro tome ésta tan seriamente como si se tratara de la suya propia. Por lo
general, lo que hace es enviar un ejército auxiliar de fuerza moderada y, si
éste no tiene éxito, entonces el aliado considera que el asunto está, en cierta
forma, zanjado, y trata de desembarazarse de él en las mejores condiciones
posibles.
En la política europea es cosa establecida que los
Estados convengan entre sí una asistencia mediante alianzas ofensivas. Esto no
tiene tal alcance como para que uno participe en los intereses y las disputas
del otro, sino sólo constituye la promesa, hecha de antemano, de prestar una
ayuda mutua mediante un contingente de tropas determinado, por lo general muy
modesto, sin tomar en consideración el objetivo de la guerra o las intenciones
puestas de manifiesto por el enemigo. En un tratado de alianza de este tipo, el
aliado no se considera involucrado en la guerra, propiamente dicha, con el
enemigo, la cual, necesariamente, tendrá que comenzar con una declaración formal
y terminar con un tratado de paz. Más aún, esta idea no está fijada con claridad
en parte alguna y su uso varía aquí y allá.
La cuestión presentaría cierta coherencia y la
teoría de la guerra tendría menos dificultad en relacionarse con ella, si el
contingente de 10.000, 20.000 o 30.000 hombres fuera puesto en su totalidad a
disposición del Estado que lleva a cabo la guerra, de modo que éste pudiera
utilizarlo de acuerdo con sus necesidades; podría entonces considerarse como una
fuerza alquilada. Pero la manera usual es por completo diferente. Por lo común,
la fuerza auxiliar tiene su propio jefe, que depende exclusivamente de su
gobierno, el cual le fija el objetivo que mejor convenga a los planes
circunscritos que tiene en perspectiva.
Pero incluso en el caso de que dos Estados
entablen realmente una guerra con un tercero, no siempre consideran ambos en la
misma medida que deban destruir a ese enemigo común o arriesgarse a ser
destruidos por él. A menudo la cuestión se arregla al igual que una transacción
comercial. Cada uno de los estados, de acuerdo con el riesgo que corre o con el
provecho que puede esperar, participa en la empresa con 30.000 o 40.000 hombres,
y actúa como si no pudiera perder más que la cantidad que ha invertido.
No sólo se adopta este punto de vista cuando un
Estado acude en ayuda de otro en una causa que le es más bien ajena, sino que,
aun cuando ambos pongan en juego intereses considerables y comunes, nada podrá
hacerse sin un apoyo diplomático, y las partes contratantes, por lo general,
sólo convienen en suministrar un pequeño contingente estipulado, a fin de
reservar el empleo del resto de sus fuerzas militares para los fines especiales
hacia los cuales puede conducirlos su política.
Esta forma de considerar la guerra de alianza
prevaleció durante mucho tiempo, y sólo en la época moderna se vio obligada a
dejar paso al punto de vista natural, cuando el peligro evidente condujo los
sentimientos por esa senda (como contra Bonaparte) y cuando el poder
ilimitado los obligó a seguirla (como bajo Bonaparte). Fue una acción a
medias, una anomalía, porque la guerra y la paz son en el fondo conceptos que no
pueden tener ninguna gradación. Sin embargo, no era una simple práctica
diplomática a la cual la razón podía dejar de tener en cuenta, sino una
profundamente arraigada en las limitaciones naturales y en las debilidades de la
naturaleza humana.
En definitiva, incluso cuando se entabla sin
aliados, la causa política de una guerra siempre tiene gran influencia sobre la
manera como ésta es dirigida.
Si no exigimos del enemigo más que un pequeño
sacrificio, estaremos satisfechos con sólo obtener, mediante la guerra, un
pequeño equivalente y esperaremos alcanzarlo por medio de esfuerzos moderados.
El enemigo razona más o menos de la misma forma. Si uno u otro encuentra que ha
errado en sus cálculos, que, en lugar de ser ligeramente superior a su enemigo,
como supuso, es algo más débil, en ese momento, el capital y todos los otros
medios, al igual que el impulso moral requerido para los grandes esfuerzos, son
muy a menudo insuficientes. En ese caso, el implicado se arreglará lo mejor que
pueda y esperará que se presenten, en el futuro, acontecimientos favorables,
aunque no tenga la más ligera base para esa esperanza. Y mientras tanto, la
guerra se arrastrará penosa y débilmente, al igual que un cuerpo agostado y
rendido por la enfermedad.
De este modo llega a suceder que la acción
recíproca, el esfuerzo para imponerse, la violencia y la idefectibilidad de la
guerra se esfumen por el hecho de estancarse en móviles débiles y secundarios, y
porque ambas partes sólo se mueven con cierta seguridad en ámbitos muy
reducidos.
Si se permite la imposición de esta influencia del
objetivo político sobre la guerra, como debe ser, no quedará ya ningún límite y
habrá que tolerar que se recurra a ese método de guerra que consiste en la
simple amenaza al enemigo y en la negociación. Es evidente que la
teoría de la guerra, si ha de constituir y seguir siendo una reflexión
filosófica, se encontrará aquí en dificultades. Parece escapar de ella todo lo
inherente al concepto de lo que es esencial en la guerra, y cae en el peligro de
restar sin ningún punto de apoyo. Pero pronto aparece la solución natural. A
medida que el principio moderador se impone sobre el acto de guerra o, más bien,
a medida que los motivos para la acción se tornan más débiles, tanto más se
convierte la acción en una resistencia pasiva, tanto menos se produce y tanto
menos necesita de principios conductores. El arte militar se convierte entonces
en mera prudencia, y su principal objetivo será apercibirse de que el equilibrio
inconstante no se vuelva súbitamente en contra de nosotros y esa guerra a medias
no se convierta en una guerra verdadera.
B. LA
GUERRA COMO INSTRUMENTO DE LA POLÍTICA
Hasta aquí hemos tenido que considerar, ya sea de
un lado o del otro, el antagonismo en que se halla la naturaleza de la guerra
con relación a los demás intereses de los hombres, considerados individualmente
o en grupos sociales, a fin de no descuidar ninguno de los elementos opuestos,
antagonismo que se funda en nuestra propia naturaleza y que, en consecuencia,
ninguna razón filosófica puede descifrar y aclarar. Nos ocuparemos ahora de esa
unidad a la cual confluyen, en la vida práctica, estos elementos antagónicos, al
neutralizarse en parte uno al otro. Habríamos considerado esta unidad desde el
comienzo, si no hubiera sido tan necesario subrayar estas contradicciones
evidentes como considerar también separadamente los diferentes elementos. Esta
unidad es la concepción de que la guerra
es sólo una parte del intercambio político y, por lo tanto, de ninguna manera
constituye algo independiente en sí mismo.
Sabemos, por supuesto, que la guerra sólo se
produce a través del intercambio político de los gobiernos y de las naciones.
Pero en general se supone que ese intercambio queda interrumpido con la guerra y
que sigue un curso de las cosas totalmente diferente, no sujeto a ley alguna
fuera de las suyas propias.
Sostenemos, por el contrario, que la guerra no es
más que la continuación del intercambio político con una combinación de otros
medios. Decimos «con una combinación de otros medios» a fin de afirmar, al
propio tiempo, que este intercambio político no cesa en el curso de la guerra
misma, no se transforma en algo diferente, sino que, en su esencia, continúa
existiendo, sea cual fuere el medio que utilice, y que las líneas principales a
lo largo de las cuales se desarrollan los acontecimientos bélicos y a las cuales
éstos están ligados son sólo las características generales de la política que se
prolonga durante toda la guerra hasta que se concluye la paz. ¿Cómo podría
concebirse que esto fuera de otra manera? ¿Acaso la interrupción de las notas
diplomáticas paraliza las relaciones políticas entre los diferentes gobiernos y
naciones? ¿No es la guerra, simplemente, otra clase de escritura y de lenguaje
para sus pensamientos? Es seguro que posee su propia gramática, pero no su
propia lógica.
De acuerdo con esto, la guerra nunca puede
separarse del intercambio político y si, al considerar la cuestión, esto sucede
en alguna parte, se romperán en cierto sentido todos los hilos de las diferentes
relaciones, y tendremos ante nosotros algo sin sentido, carente de objetivo.
Esta forma de considerar la cuestión sería de
rigor incluso si la guerra fuera una guerra total, un elemento de hostilidad
completamente desenfrenado. Todas las circunstancias sobre las cuales descansa y
que determinan sus características principales, es decir, nuestro propio poder,
el poder del enemigo, los aliados de ambas partes, las características del
pueblo y del gobierno respectivamente, etc., tal como han sido enumeradas en el
libro I, capítulo I, ¿no son acaso de naturaleza política, y no están conectadas
tan íntimamente con todo el intercambio político que es imposible separarlas de
él? Pero este punto de vista es doblemente indispensable si pensamos que la
guerra real no consiste en un esfuerzo consecuente que tiende hacia el último
extremo, como debería serlo de acuerdo con la teoría abstracta, sino que es algo
hecho a medias, una contradicción en sí misma; que, como tal, no puede seguir
sus propias leyes, sino que debe ser considerada como una parte de un todo, y
este todo es la política.
La política, al hacer uso de la guerra, evita
todas las conclusiones rigurosas que provienen de su naturaleza; se preocupa
poco por las posibilidades finales y sólo se atiene a las probabilidades
inmediatas. Si, debido a ello, toda la transacción está envuelta en la
incertidumbre, si la guerra se convierte con ello en una especie de juego, la
política de cada gobierno alimenta la creencia segura de que en este juego
superará a su adversario en habilidad y discernimiento.
De este modo, la política convierte a los
elementos poderosos y temibles de la guerra en un simple instrumento; la
formidable espada de las batallas, que debería empuñarse con ambas manos y
descargarse con toda la fuerza del cuerpo, para que diera un solo golpe, es
convertida por ella en un arma liviana y manejable, que a veces no es nada más
que un espadín que la política usa, a su vez, para las acometidas, las fintas y
las paradas.
Así es como se pueden solventar las
contradicciones en las que el hombre, naturalmente tímido, se ve envuelto en la
guerra, si aceptamos esto como una solución.
Si la guerra pertenece a la política, adquirirá
naturalmente su carácter. Si la política es grande y poderosa, igualmente lo
será la guerra, y esto puede ser llevado al nivel en que la guerra alcanza su
forma absoluta.
Al concebir la guerra de esta manera, no debemos
por tanto perder de vista la forma de guerra absoluta, mejor dicho, su imagen
debe estar siempre presente en el fondo de la cuestión.
Solamente gracias a esta forma de concebirla la
guerra se convierte una vez más en una unidad, solamente así podemos considerar
todas las guerras como cuestiones de una sola clase; y sólo así el juicio podrá
obtener las bases y los puntos de vista reales y exactos con los cuales habrán
de trazarse y juzgarse los grandes planes.
Es verdad que el elemento político no penetra
profundamente en los detalles de la guerra. Los centinelas no son apostados ni
las patrullas enviadas a hacer sus rondas basándose en consideraciones
políticas. Pero su influencia es muy decisiva con respecto al plan de toda la
guerra, de la campaña y a menudo incluso de la batalla.
Por esta razón no nos hemos apresurado a
establecer este punto de vista desde el comienzo. Mientras nos ocupábamos de
detalles y circunstancias menores, nos hubiera servido de poca ayuda y más bien,
en cierta medida, habría distraído nuestra atención; pero no por ello resulta
menos indispensable en el plan de la guerra o de la campaña.
En general, no hay nada más importante en la vida
que establecer de forma exacta el punto de vista desde el cual deben juzgarse y
considerarse las cosas y mantenerlo luego, porque sólo podemos comprender el
conjunto de acontecimientos en su unidad, desde un punto de vista, y sólo
manteniendo estrictamente este punto de vista podemos evitar caer en la
inconsecuencia.
Por lo tanto, si al apoyar un plan de guerra no
cabe mantener dos o tres puntos de vista, desde los cuales las cosas podrían
considerarse ––por ejemplo, en un momento determinado, adoptar el punto de vista
del soldado, en otro momento el del gobernante o el del político, etc.––,
entonces el siguiente problema será dilucidar si la política es
necesariamente lo principal y si todo lo demás tiene que estar subordinado a
ella.
Se ha supuesto que la política une y concilia
dentro de sí todos los intereses de la administración interna, incluso aquellos
que la humanidad y todo aquello que la razón filosófica pueda poner en
evidencia, porque no es nada en sí misma, sino una mera representación de todos
esos intereses en contra de otros estados. No nos interesa aquí el hecho de que
la política pueda tomar una dirección errónea y prefiera fomentar un fin
ambicioso, unos intereses privados o la vanidad de los gobernantes, porque en
ninguna circunstancia el arte de la guerra puede considerarse como el preceptor
de la política, y sólo podemos considerar aquí a la política como la
representación de los intereses de la comunidad entera.
En consecuencia, la cuestión estriba en si, al
proyectar y trazar los planes para una guerra, el punto de vista político
debería desaparecer o supeditarse al puramente militar (si fuera concebible un
punto de vista como ese), o si aquél debería seguir siendo el rector y el
militar someterse a él.
Que el punto de vista político debiera cesar por
completo en sus funciones cuando comienza la guerra sólo sería concebible si las
guerras fueran luchas de vida o muerte, originadas en el odio puro. Tal como son
las guerras en realidad, sólo constituyen, como hemos dicho antes,
manifestaciones de la política misma. La subordinación del punto de vista
político al militar sería irrazonable, porque la política ha creado la guerra;
la política es la facultad inteligente, la guerra es sólo el instrumento y no a
la inversa. La subordinación del punto de vista militar al político es, en
consecuencia, lo único posible.
Si reflexionamos en la naturaleza de la guerra
real y recordamos lo que se ha manifestado en el capítulo III de este libro, o
sea, que toda guerra deberá ser comprendida de acuerdo con la posibilidad de
su carácter y de sus características principales, tal como ha de deducirse de
las fuerzas y de las condiciones políticas, y que a menudo, en la realidad
de nuestros días, podemos afirmar con seguridad que, casi siempre, la
guerra ha de considerarse como un todo orgánico, del cual no pueden separarse
los miembros individuales, y en el cual, por consiguiente, toda actividad
individual fluye dentro del todo y tiene también su origen en la idea de este
todo, entonces se pondrá perfectamente en claro y se afirmará con seguridad que
el punto de vista más elevado para la conducción de la guerra, del cual
provienen sus características principales, no puede ser otro que el de la
política.
A partir de este punto de vista, nuestros planes
emergen al igual que de un molde; nuestra comprensión y nuestro juicio se hacen
más fáciles y más naturales; nuestras convicciones ganan fuerza, los móviles son
más satisfactorios y la historia se hace más inteligible.
A partir de él, por lo menos, no existe ya el
conflicto natural entre los intereses militares y los políticos, y donde este
conflicto aparece ha de considerársele meramente como producto de un
conocimiento imperfecto. Que la política exigiera de la guerra lo que ésta no
puede cumplir sería contrario a la presunción de que la política conoce el
instrumento que ha de usar, contrario, por lo tanto, a una presunción que es
natural e indispensable. Pero si la política juzga correctamente el curso de los
acontecimientos militares, será de su incumbencia determinar qué acontecimientos
y qué dirección de éstos es la que corresponde a los propósitos de la guerra.
En una palabra, bajo el punto de vista más
elevado, el arte de la guerra se transforma en política, pero, por supuesto, en
una política que entabla batallas en lugar de redactar notas diplomáticas.
De acuerdo con este punto de vista, tiene que
descartarse y es incluso perjudicial admitir la distinción de que un gran
acontecimiento militar o el plan para ese acontecimiento debiera llevar a la
aprobación de un juicio puramente militar; en verdad, no resulta un
procedimiento razonable consultar a soldados profesionales acerca del plan de la
guerra, de modo que puedan dar una opinión puramente militar, tal como
hacen los gabinetes con frecuencia. Pero es aún más absurda la exigencia de los
teóricos de que deba hacerse ante el comandante en jefe una declaración sobre
los medios disponibles para la guerra, de modo que aquél pueda desarrollar, de
acuerdo con esos medios, un plan puramente militar para la guerra o la campaña.
La experiencia nos enseña también que, pese a la gran diversidad y el desarrollo
del sistema de guerra actual, el esquema principal de una guerra ha sido
determinado siempre por el gobierno, o sea, expresado en lenguaje técnico, por
un organismo puramente político y no por uno militar.
Esto se halla completamente en la naturaleza de
las cosas. Ninguno de los planes principales que son necesarios para la guerra
pueden ser trazados sin tener conocimiento de las condiciones políticas, y
cuando la gente se refiere, como hace a menudo, a la influencia perjudicial de
la política en la conducción de la guerra, expresa realmente algo muy diferente
de lo que se propone decir. No es esta influencia, sino la política misma, la
que debería ser censurada. Si la política es justa, es decir, si logra sus
fines, sólo podrá afectar a la guerra favorablemente, en el sentido de esa
política. Allí donde esa influencia se desvía del fin, la causa tiene que
buscarse en una política errónea.
Sólo cuando la política espera equivocadamente un
determinado efecto de ciertos medios y medidas militares, un efecto opuesto a su
naturaleza, podrá ejercer, mediante el curso que imprime a las cosas, un efecto
perjudicial sobre la guerra. Así como una persona que no domina por completo un
idioma dice muchas veces lo que no se proponía, del mismo modo la política dará
con frecuencia órdenes que no corresponden a sus propias intenciones. Esto ha
sucedido muy a menudo y muestra que cierto conocimiento de los asuntos militares
es esencial para la administración del intercambio político.
Pero antes de seguir adelante debemos apercibirnos
contra una interpretación errónea que se insinúa con prontitud. Estamos lejos de
sostener la opinión de que un ministro de la guerra, enfrascado en sus papeles
oficiales, o un ingeniero erudito, o hasta un militar que ha sido bien
adiestrado en el campo de batalla constituirían, necesariamente, el mejor
ministro de Estado en un país donde el soberano no actuara por sí mismo. En
otras palabras, no queremos decir que esta familiaridad con los asuntos
militares sea la cualidad principal que deba poseer un ministro de Estado. Las
principales cualidades que tienen que caracterizar a éste son una mente
extraordinaria, de índole superior, y fortaleza de carácter; ya que el
conocimiento de la guerra le puede ser suministrado de una u otra forma. Francia
nunca fue peor aconsejada en sus asuntos militares y políticos que cuando lo
estaba por los dos hermanos Belleisle y el duque de Choiseul, aunque los tres
eran buenos soldados.
Si la guerra tiene que concordar por entero con
los propósitos de la política y la política ha de adaptarse a los medios
disponibles para la guerra, en el caso en que el estadista y el soldado no estén
conjugados en una sola persona sólo quedará una alternativa satisfactoria, que
es la de integrar al general en jefe en el gabinete, de suerte que pueda tomar
parte en sus consejos y decisiones en ocasiones importantes. Pero esto sólo es
posible si el gabinete, o sea, el mismo gobierno, se halla próximo al teatro de
la guerra, de modo que las cosas puedan decidirse sin gran pérdida de tiempo.
Esto es lo que hicieron el emperador de Austria en
1809 y los soberanos aliados en 1813, 1814 y 1815, y esta disposición resultó
ser completamente satisfactoria.
La influencia que sobre el gabinete ejerce
cualquier militar, a excepción del general en jefe, es peligrosa en extremo; muy
raras veces conduce a una acción sana y vigorosa. El ejemplo de Francia entre
1793 y 1795, cuando Carnot, mientras residía en París, asumía al propio tiempo
la conducción de la guerra, es completamente censurable, porque un sistema de
terror no está a disposición de nadie que no sea un gobierno revolucionario.
Terminaremos con algunas reflexiones extraídas del
estudio de la historia.
En la última década del siglo pasado, cuando se
produjo en Europa un cambio notable en el arte de la guerra, a raíz de lo cual
los mejores ejércitos vieron que una_ parte de su manera de conducir la guerra
se tornaba ineficaz y los éxitos militares se producían con una magnitud que
hasta entonces nadie había podido concebir, parecía, sin duda, que todos los
cálculos erróneos debían ser atribuidos al arte de la guerra. Era evidente que,
mientras se hallaba limitada por la costumbre y la práctica dentro de un círculo
de ideas estrechas, Europa había sido sorprendida por posibilidades que se
hallaban fuera de este círculo, pero que sin lugar a dudas no eran ajenas a la
naturaleza de las cosas.
Los observadores que adoptaron un punto de vista
más amplio atribuyeron la circunstancia a la influencia general que la política
había ejercido durante siglos sobre el arte de la guerra, para su gran
detrimento, y como resultado de lo cual había llegado a ser una cuestión a
medias, a menudo un simple simulacro de lucha. Tenían razón en cuanto al hecho,
pero se equivocaban al considerarlo como una condición evitable que surgía por
casualidad.
Otros pensaron que todo tenía su explicación por
la influencia momentánea de la política particular desarrollada por Austria,
Prusia, Inglaterra, etc.
Pero ¿era verdad que la sorpresa real
experimentada se debía a un factor en la conducción de la guerra o más bien a
algo que se hallaba dentro de la política misma? O sea, según nuestra manera de
expresarnos, ¿procedía la desgracia de la influencia de la política sobre la
guerra o de una política intrínsecamente errónea?
El formidable efecto producido en el exterior por
la Revolución francesa fue causado, evidentemente, mucho menos por los nuevos
métodos y puntos de vista introducidos por los franceses en la conducción de la
guerra que por el cambio en el arte de gobernar y en la administración civil, en
el carácter del gobierno, en la situación del pueblo, etc. Que otros gobiernos
consideraran todas estas cosas desde un punto de vista inadecuado, que se
esforzaran, con sus medios corrientes, en defenderse contra fuerzas de nuevo
tipo y de poder abrumador, todo esto fue un craso error de la política.
¿Habría sido posible advertir y corregir esos
errores desde el punto de vista de una concepción puramente militar de la
guerra? No lo creemos. Porque aun cuando hubiera habido un estratega filosófico
que hubiese previsto todas las consecuencias y captado las posibilidades
remotas, partiendo simplemente de la naturaleza de los elementos hostiles,
habría sido casi imposible, sin embargo, que ese argumento totalmente teórico
produjera el menor resultado.
Solamente si se hubiera elevado hasta el punto de
efectuar una apreciación ajustada de las fuerzas que habían despertado en
Francia y de las nuevas relaciones en la situación política de Europa, la
política podría haber previsto las consecuencias que habían de sobrevenir con
respecto a las grandes características de la guerra, y sólo por este camino
podría haber llegado a adoptar un punto de vista correcto sobre el alcance de
los medios necesarios y el mejor uso que podía hacerse de ellos.
En consecuencia, podemos decir que los veinte
largos años de victorias de la Revolución francesa pueden ser atribuidos
principalmente a la política errónea de los gobiernos que se le oponían.
Es verdad que estos errores fueron puestos de
manifiesto primero en la guerra, y los acontecimientos bélicos frustraron por
completo las esperanzas que acariciaba la política. Pero esto no se produjo
porque la política descuidara consultar a sus consejeros militares. El arte de
la guerra en el que creían los políticos de esa época, es decir, el que se
desprendía de la realidad de ese tiempo, el que pertenecía a la política del
momento, ese instrumento familiar que había sido usado hasta ese entonces, ese
arte de la guerra, estaba imbuido, por naturaleza, del mismo error en que
incurría la política y, en consecuencia, no podía enseñarle a ésta nada mejor.
Es verdad que la misma guerra ha sufrido cambios
importantes, tanto en su naturaleza como en sus formas, que la han aproximado
más a su configuración absoluta; pero estos cambios no se produjeron porque el
gobierno francés se hubiera liberado, por así decir, de las andaderas de la
política, sino que surgieron de un cambio de política que provenía de la
Revolución francesa, no sólo en Francia, sino también en el resto de Europa.
Esta política había puesto de manifiesto otros
medios y otras fuerzas, mediante los cuales 'se pudo conducir la guerra con un
grado de energía que nadie hubiera imaginado factible hasta entonces.
Los cambios reales en el arte de la guerra son
también consecuencia de las alteraciones en la política, y lejos de ser un
argumento para la posible separación de una y otras constituyen, por el
contrario, una evidencia muy intensa de su íntima conexión.
Reiteramos, pues, una vez más: la guerra es un
instrumento de la política; debe incluir en sí misma, necesariamente, el
carácter de la política; debe medir con la medida de la política. La conducción
de la guerra, en sus grandes delineaciones, es, en consecuencia, la política
misma que empuña la espada en lugar de la pluma, pero que no cesa, por esa
razón, de pensar de acuerdo con sus propias leyes.
Los capítulos VII y VIII contienen unas
consideraciones generales acerca de los propósitos de la guerra ofensiva y
defensiva, según los conceptos ya expuestos anteriormente. Y el capítulo LV y
último presenta un esbozo de lo que debe ser un plan de guerra «cuando el
objetivo es la destrucción del enemigo». Clausewitz afirma que hay «dos
principios fundamentales que abarcan el conjunto del plan de guerra y que
determinan la orientación de todo lo demás. El primero es el siguiente: atraer
al grueso de las fuerzas enemigas hacia centros de gravedad tan poco numerosos
como sea posible, y si se puede a uno solo. A continuación, limitar el ataque
contra esos centros de gravedad a un número de acciones principales tan poco
numerosas como sea posible, y si se puede a una sola; finalmente, mantener todas
las acciones secundarias tan subordinadas como sea posible. En una palabra, el
primer principio es: concentrarse tanto como se pueda. El segundo es: actuar tan
rápidamente como sea posible, no permitiendo retrasos ni retrocesos sin una
razón de peso».
EPÍLOGO
CLAUSEWITZ EN LA ACTUALIDAD
¿Siguen teniendo validez las concepciones de
Clausewitz, pese a las transformaciones económicas, políticas y técnicas que se
han producido en más de siglo y medio? El armamento nuclear y el despliegue
técnico de los satélites artificiales, ¿no desvirtúan en particular los
principios y la estrategia establecidos en tiempos de Napoleón?
De creer a ciertos críticos, Clausewitz ha sido
completamente superado. Habría que buscar, por tanto, las lecciones militares en
otra dirección. Pero ¿dónde? Nadie se atreve a reivindicar el título, tan
prestigioso antaño, de «teórico de la guerra», hoy teórico de la guerra nuclear.
Los críticos son principalmente aquellos que piensan que esa conflagración tiene
que ser evitada y calibran las posibilidades de mantener un aplazamiento
indefinido.
Ciertamente Clausewitz no era un teórico de la
paz. Fue el teórico de la guerra y no de las condiciones de paz, salvo en cuanto
ésta resulta de una suspensión de los conflictos, de un equilibrio de fuerzas
estáticas y de la finalización provisional de una batalla o de una guerra. La
cuestión radica, por tanto, en saber si las teorías de Clausewitz resultan
todavía válidas en caso de guerra y no en un período de paz, un período
en el que, por definición, las acciones violentas se encuentran contenidas, y
son inoperantes.
Ya hace mucho tiempo ––casi desde el comienzo y
mucho antes de que hiciera aparición la desintegración nuclear–– que las ideas
de Clausewitz han sido impugnadas. Unos, como Thomas E. Lawrence, agente
político británico y eminencia gris de la revuelta árabe antiotomana de
1916-1918, le reprochan su omisión de los principios de la estrategia indirecta,
la maniobra político-social, la voluntad de entablar batalla, el objetivo de
aniquilación. Reivindican contra Clausewitz el espíritu de Sun Tse y de los
antiguos príncipes chinos e hindúes, del general bizantino Belisario, o de los
mariscales franceses del siglo XVIII. Aunque de una forma más tenue y cautelosa,
el historiador militar británico Liddell Hart se ha erigido en portavoz de esa
crítica.
¿Qué podemos manifestar hoy en día acerca de esta
cuestión? Lamentablemente, tenemos que convenir en que las concepciones de
Clausewitz no solamente continúan siendo válidas, sino que deben ser
recalcadas, por supuesto siempre y cuando se las considere en toda su
amplitud y complejidad. Ya que, ¿qué constituye en el fondo la amenaza de una
guerra nuclear? Ante todo es la preparación de una batalla de aniquilación
sin precedentes. Constituye, además, una maniobra para preparar esa batalla
(y sobrevivir a ella) de una envergadura y una complejidad sin parangón hasta el
presente. El «teatro de la guerra» puede llegar a ser cósmico (y no solamente
terrestre, marítimo y aéreo), gracias a la introducción de los satélites
artificiales en el arsenal de armamento; y no por ello dejará de ser un «teatro
de la guerra». Y ciertamente lo que expresa Clausewitz en relación con ello no
depende de la dimensión ni de la ordenación en el espacio de los antagonistas de
hace más de ciento cincuenta años.
Otros autores han hecho referencia a las
transformaciones experimentadas por el armamento, a la formidable multiplicación
de la «potencia de fuego» y la casi absoluta omnipresencia de los puntos de
ataque. No hay zona del planeta que pueda escapar a una impacción. A ello se
suma que la acción de los medios de destrucción nuclear, química o bioclimática,
no pueda ser interrumpida. De lo que se deduce que resultaría imposible librar
una batalla, o siquiera efectuar una maniobra, sin que tanto el vencedor como el
vencido no se expusieran a caer en la aniquilación.
La Historia permite contestar que el mismo
razonamiento fue planteado ya otras veces, siempre en vano. En su tiempo,
Maquiavelo salió al paso de aquellos que aducían que el empleo generalizado de
la recién aparecida artillería descartaría las batallas libradas cuerpo a cuerpo
y con presencia de infantes y de caballeros. Y lo hizo recalcando que los medios
técnicos debían integrarse en una nueva significación social y política de las
batallas. Así fue como las lecciones aportadas por Julio César le fueron de
provecho a César Borgia, a pesar de la diferencia existente entre los medios de
guerra. Siglos más tarde, las armas automáticas y de largo alcance, capaces de
destruir al enemigo fuera del campo de visión, parecieron restar toda
posibilidad de realizar combates y batallas al estilo clásico, presagiando el
final de cualquier guerra. El mismo Engels fue presa de esa ilusión técnica.
Tras la sangrienta orgía que representó la guerra europea de 1914/1918, la
inclusión del carro blindado, del avión y de los tóxicos en el arsenal de
armamento hicieron creer asimismo en la incapacidad ulterior de sostener guerras
de larga duración. Un relativo equilibrio de fuerzas alimentaba el temor a
cualquier apertura de hostilidades o cualquier intento de decidir el destino en
escaso plazo de tiempo. La guerra ––o mejor el encadenamiento de una serie de
guerras–– entre 1939 y 1945 iba a demostrar por el contrario que desde el
momento en que estalla un conflicto, y aunque sea a costa de tener que afrontar
problemas cada vez más difíciles de resolver, los nuevos medios de lucha
disponibles se ajustan a la perfección. Las dos explosiones nucleares de 1945
pusieron fin, con su inmensa combustión, a un conflicto que ya estaba dando paso
a uno nuevo.
En resumen, el aumento del poder destructivo, en
idéntica medida que el progreso de la producción, de los transportes y del
crecimiento de la población, no ha implicado nunca la imposibilidad de que se
libren nuevas guerras. Todo lo contrario podría afirmarse si se analiza la
cuestión fríamente. Apelando a la máxima de Clausewitz según la cual la
estrategia superior es la de los medios, C. Rougeron ha puesto de
relieve con acierto el punto esencial: los nuevos medios, cualesquiera que éstos
sean, promueven la estrategia adecuada, precisamente por no ser más que medios.
Es el fin, mediante la orientación de la estrategia, el que define su
utilización.
Todo consiste, pues, en saber si la guerra nuclear
puede representar todavía un fin aceptable, es decir, con palabras de
Clausewitz, una política legítima, oportuna y rentable. La objeción lleva
implícitas muchas consideraciones. En primer término, la apuesta no llega a
compensar el riesgo; en segundo lugar, el privilegio de iniciar el ataque se
torna desorbitante, ya que resulta problemático detener los satélites o el
viento en movimiento; finalmente, ninguno de los beligerantes puede esperar
extraer una ventaja unilateral de una victoria, porque cualquier iniciativa de
uno de ellos acarrearía la destrucción simultánea de ambos. En tales
condiciones, la razón debería inducir a los potenciales oponentes a preferir,
sea cual fuere el precio, la paz a la guerra. Los mecanismos de defensa y de
contraataque que los Estados juzgan indispensables con carácter inmediato
deberían ser, por tanto, ajustados y controlados de tal modo que permitieran que
las diferencias discutidas en paz fructificaran al máximo. Una simple amenaza
debería promover la negociación pacífica de los puntos de fricción. En tales
condiciones habría que renunciar a la máxima de Clausewitz según la cual la
guerra no es más que la política proseguida por medio de las armas. Sólo el
deseo de una situación de paz podría ser, pues, «la continuación» de la
política, fuera de la cual no habría más que un suicidio y una destrucción de la
civilización.
Un autor,
que ha sido secundado por otros muchos, resume como sigue la situación. «Los
postulados de Clausewitz tenían validez cuando las guerras, si bien podían poner
en peligro a la sociedad, no la sacudían hasta las raíces; es decir, cuando los
países beligerantes eran capaces de controlar no solamente el principio de la
guerra, sino también su desarrollo ulterior, hasta el final. Pero el postulado
según el cual la guerra es una continuación de la política con otros medios no
es aplicable a una guerra basada en las bombas nucleares, porque las
devastaciones que resultarían de su caso destruirían con toda probabilidad los
Estados, las naciones y las sociedades implicadas, de tal modo que no
subsistiría política alguna, del género que fuese, y ciertamente no la política
exterior».
El deseo de vivir en paz y en seguridad puede
contribuir, evidentemente, a suscribir esas afirmaciones. Pero quien haya leído
a Clausewitz como es debido dudará de su mérito y buscará una solución en otra
dirección. Lo que inspira a Clausewitz es precisamente el hecho de que las
guerras de la Revolución francesa y del imperio, de las cuales fue
contemporáneo, sacudieron la sociedad hasta las raíces, no limitándose a
«ponerla en peligro» (por otro lado, ¿qué diferencia existe entre esos dos
conceptos?). Bien es cierto que no todas las guerras son radicales hasta ese
extremo: una amplia gama de acciones de fuerza no ponen en juego ni los
fundamentos económicos de las sociedades ni los recursos políticos del Estado,
acciones tales como una amenaza, un medio de presión, de distracción a veces, de
represalia o de chantaje. De la misma manera, cuando la desigualdad entre las
fuerzas en oposición es muy grande, la guerra aparece al más fuerte como el
extremo de una acción política de objetivo limitado. Pero si se confrontan las
fuerzas políticas y sociales esenciales de una sociedad, incluso aunque no sean
conscientes de ello sus protagonistas ––como fue el caso de las guerras de la
Revolución francesa analizadas por Clausewitz––, el choque se torna decisivo, la
apuesta resulta vital y la sociedad vencida se ve «sacudida hasta las raíces»,
mientras que el vencedor continúa incólume. Esto fue así en la antigüedad
grecorromana, en Eurasia y en la América precolombina. ¿Qué fueron las empresas
de Alejandro Magno, de Gengis Kan, de Pizarro y de Cortés sino expediciones
militares que convulsionaron las relaciones sociales en los países en los que se
introdujeron y que abocaron a sus pueblos a una nueva situación de prosperidad,
o de declive?
Por otro lado, ¿es cierto que los beligerantes
controlaban siempre y de forma efectiva la guerra desde sus comienzos hasta el
final? Si se entiende por ello el que, en ciertos casos, los jefes militares o
políticos permanecían dotados hasta el final del poder de continuar los combates
o de detenerlos, esa circunstancia se observa efectivamente a menudo. Pero en la
guerra cuyo objetivo sea la aniquilación del enemigo se requiere precisamente
alcanzar ese objetivo haciéndole perder todo dominio de sus fuerzas y de sus
recursos, es decir, de todo el país. El vencido, entonces, es aquel que pierde
el control de los acontecimientos y abandona la partida porque ha cesado
de dirigirla, y aquel que, por la misma razón, queda a merced de su oponente. La
amplitud de medios de que disponen en la actualidad los grandes Estados no varía
en lo esencial esta relación. Las constantes modificaciones del armamento y de
su modo de empleo, de las normas tácticas y de las disposiciones estratégicas,
tienden a proporcionar a los estados, hoy como ayer, el medio de controlar hasta
el final, por encima de las pérdidas y la destrucción, el desarrollo de la
guerra. Y si llega el día en que ese control les parezca suficiente a ambos
bandos, los riesgos de una conflagración serán reales y amenazantes, porque
parecerán razonables. A pesar de los pesares, el desarrollo de la guerra
conducirá poco a poco a un desequilibrio y uno de los bandos terminará por
perder el control sobre el curso de los acontecimientos.
No hace falta insistir en que el trasfondo
industrial de la guerra nuclear convierte en cada vez más exigente y frágil un
control eficaz y perdurable, en el curso de las hostilidades, de la capacidad de
producción precisa y de la sujeción a una disciplina de la población. Pesé a
todo, no se comprendería qué significado tiene esa acomodación permanente de las
técnicas de destrucción, esa investigación constante o los ajustes sociales, si
dicho control pareciera realmente imposible de mantener una vez desencadenado
por ambas partes el poder de aniquilación. Las estrategias nucleares actuales,
en cualquiera de sus variantes, están basadas en la probabilidad que tendría el
vencedor de conservar el control de sus fuerzas durante «el cuarto de hora» de
Nogi, ese discípulo de Mahan y de Clausewitz. Nada prueba, salvo que los
cálculos fueran muy aleatorios, que las mutuas destrucciones hayan de ser tan
simétricas que lleguen a neutralizarse. Todo permite suponer que los
desequilibrios son previsibles y que pueden acentuarse con rapidez, aun por
encima de cualquier hecatombe. Una vez más, la guerra constituye el campo de lo
relativo, aun cuando sea monstruoso. En suma, sea cual fuere el poder de los
armamentos, cualquiera de los oponentes iniciará las hostilidades siempre que
considere factible conservar el control hasta el final, y resulta inevitable que
uno u otro termine por perderlo. Ese será el verdadero fin.
Pero algunos pueden entender la cuestión de manera
diferente. Ese exterminio de la población, esos
desarraigos, esos destrozos del trabajo del agricultor y del artesano, que eran
la se cuela de las guerras del pasado, podrían no ser más que simples episodios.
Las dos guerras mundiales del siglo XX no causaron grave daño más que a una
proporción escasa del aparato industrial y aun de forma limitada, aunque
esencial (por lo menos en Europa). Las destrucciones del pasado no hicieron más
que perturbar las esperanzas de una sociedad agraria consumida pero dispuesta a
recuperar su tono porque continuaba siendo tan vital como la guerra misma; y las
contiendas recientes no han llegado a esterilizar completamente una vitalidad
industrial que la guerra misma había estimulado hasta su punto culminante. En
las eventuales guerras futuras, por el contrario, la gran industria, médula de
la vida social, se vería devastada casi por completo y sin asistencia alguna; la
apuesta sería global y los estados industriales no sabrían ponerla sobre el
tapete sin arriesgar, con la derrota, la muerte inmediata. Más aún: la
exterminación del vencido, debido a la respuesta nuclear entrecruzada que
precedería a su agonía, alcanzaría también al vencedor. La represalia sería tan
destructiva como la agresión; lo cual, dicho sea de paso, constituye un modo de
homenaje a las virtudes que Clausewitz concede a la defensa. Las fuentes
energéticas, químicas y mecánicas de los estados industriales oponentes serían
destruidas conjunta, simultánea y recíprocamente. Ningún estado que sea capaz de
prever este final se decidiría a poner en la balanza, por defender lo que quiere
conservar, la certeza de perderlo todo en cualquier caso. Son los individuos los
que se suicidan, no así las sociedades.
Este razonamiento constituye en verdad un
razonamiento y no una experiencia. Como afirma a menudo Clausewitz, no son las
destrucciones materiales las que ponen fin a las guerras, ni su probabilidad lo
que impide que estallen. Sólo el entumecimiento de la voluntad adversa puede
detener la lucha. Eso es lo que significaba la rendición incondicional exigida
por las fuerzas armadas hitlerianas. Al margen de ciertas profecías
periodísticas sin fundamento, un conflicto nuclear mayor no provocaría de
inmediato la aniquilación completa de los dos oponentes. Las estrategias que se
han discutido en nuestros días tanto en la U.R.S.S. como en China, en los
Estados Unidos y en Europa occidental, han descansado siempre sobre la
posibilidad, en caso de una conflagración abierta, de conservar un potencial
bélico que sobreviva a las primeras destrucciones. A partir de ahí, los
principios estratégicos establecidos por Clausewitz conservan toda su validez,
incluso si sus condiciones de aplicación resultan profundamente modificadas.
Es preciso que, hoy como ayer, la guerra y la
amenaza de una guerra no puedan ser más que la continuación de la política «por
otros medios». Tal vez convenga hacer hincapié en el sentido de ese postulado:
la guerra y la amenaza de una guerra se han convertido en el medio constante
de la política y ya no constituyen su continuación excepcional. Si
observamos sin prejuicios la política internacional en lo que encierra de
obsesivo y de inevitable para el mundo entero, comprobaremos que gira
actualmente en torno a la guerra. La paz en nuestro tiempo no resulta más que el
subproducto de un estado de guerra latente, una amenaza de guerra abierta. Por
tanto, lo que debemos preguntarnos es lo siguiente: ¿no puede surgir de ese
exceso de política guerrera una política de paz? Dicho de otro modo, las
condiciones de una paz internacional duradera, ¿no pueden surgir de la
política y no de la técnica de las armas y de las combinaciones estratégicas
de la guerra? Y de ser así, ¿no podría vislumbrarse una metamorfosis de las
condiciones de la política que conducen a la guerra en el camino fijado por el
mismo Clausewitz? ¿No cabría conceder pleno significado a la idea de que es la
política la que conduce a la guerra, para extraer la consecuencia de que
cambiando el sentido mismo de esa política podría evitarse su forma más brutal,
que es la guerra?
El sentido común responde de buena gana a esas
cuestiones manifestando que bastaría con que los estados substituyeran la
política de guerra por una de paz, y que en virtud de esa política se
desarmaran. Por otro lado, ¿no es esto lo que los dos gigantes, Estados Unidos y
la U.R.S.S., proclamaban cada uno por su cuenta, tal como lo hicieron las
grandes potencias del pasado? Lo lamentable es que la política en nombre de la
cual se hacen esas proclamaciones, la misma que el propio Clausewitz propugnaba,
continúa siendo una política nacional, de Estado, y que esa política
presupone por su misma esencia una sanción suprema que sigue constituyendo la
guerra, llamada en nuestros días «defensa nacional». Las guerras que se
autotitulan de defensa, justas o legítimas, son en definitiva producto de
políticas nacionales, de las cuales provienen. Tales políticas no son por otra
parte incompatibles con las alianzas o los bloques, sino todo lo contrario. Y
sirven de alimento, asimismo, para las neutralidades temporales.
En suma, cabe presumir que sea en la modificación
profunda de las políticas nacionales donde resida la posibilidad de evitar que
una próxima guerra pueda trascender el conflicto emana do de una política
particular. El postulado de Clausewitz, por ser controvertido, no sería falso
por ello: habría caducado. O, más bien, no resultaría verdadero más que para
definir de otro modo los conflictos en curso y la política que implican,
conflictos que cabe calificarlos de sociales y que por ello mismo rebasan
las fronteras nacionales y los imperativos de Estado. Para Clausewitz, los
conflictos sociales, elemento popular de la guerra, no pueden revestir más que
una forma: la de nación. El pueblo es el Estado nacional, el de la burguesía
triunfante a principios del siglo XIX.
Pero la definición de Estado nacional ha
experimentado grandes cambios desde entonces. Ciertos añadidos «nacionales», en
el Islam, por ejemplo, sirven de cobertura para algo muy diferente a lo que es
la política burguesa y capitalista tradicional. El mundo soviético, a su vez,
atribuía al poder nacional el carácter sin precedentes del socialismo de Estado
burocrático. En el Occidente industrial, los nacionalismos se sostienen porque
no son combatidos, a pesar de la variada gama de contradicciones que subsisten
entre ellos. La razón estriba en que en todas esas políticas nacionales o
nacionalizadas subyacen corrientes profundas que revelan estructuras
sociales que son en definitiva estructuras de clase a escala internacional. Así,
la política tiende cada vez más a manifestarse en conflictos sociales que
atraviesan las fronteras. Lo que aún era simbólico a los ojos de los socialistas
del siglo XIX se ha convertido en una realidad práctica a nivel internacional. Y
en esa evolución reside el impulso primordial de una posible transformación de
las condiciones que pueden llevar al desencadenamiento de una guerra. Las
condiciones técnicas y estratégicas de la gran guerra de hoy en día y del mañana
entran en una contradicción cada vez más clara con la forma actual de los
conflictos sociales que animan la escena internacional, aparte de la forma de
oposición nacional recibida como herencia del pasado. Cabría concluir, pues, que
una guerra nuclear constituirá un recurso tanto menos probable y necesario para
la política en cuanto ésta se concilie con los conflictos sociales.
En este sentido tan amplio, los postulados de
Clausewitz todavía conservan su fuerza. Pero la contienen en un sentido mucho
más estricto. Las «guerras pequeñas» actuales, las guerras «revolucionarias»
limitadas, las guerrillas o las «expediciones» particulares demuestran poseer al
menos tantos principios establecidos por Clausewitz como los que fueron
elaborados por Lenin, Trotski o Mao Zedong. Lo cual no constituye la razón menos
convincente de su actualidad. En suma, si Clausewitz continúa siendo uno de los
grandes pensadores de la «cosa bélica» es porque fue más un lógico de los
conflictos que un técnico en armamentos, en doctrinas militares o incluso en
estrategias.
NOTAS
No es este, por lo general, el caso de los cronistas militares, sobre todo
de aquellos cuyo propósito es tratar de manera científica la guerra. Sería
suficiente hacer referencia a los numerosos ejemplos en los que el pro y el
contra de los razonamientos se fagocitan unos a otros, hasta el punto de no
restar ni la cola, como en el caso de la fábula de los leones.
Tempelhoff y Montalembert son los autores que nos vienen a la memoria con
respecto a esto, el primero expresándolo en un pasaje de la primera parte de
su obra, el segundo en su correspondencia relacionada con el plan de
operaciones ruso para 1759