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¿Sueñan los Androides con
Ovejas Eléctricas?
1968
Autor
Phillip K. Dick.
(1928-1982)
CAPÍTULOS
(01) - (02) -
(03) - (04) - (05) - (06)
- (07) - (08) - (09) - (10)
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- (17) - (18) - (19) - (20)
- (21) - (22)
Sinopsis
Datos Clave de la
Novela
Autor: Philip K. Dick.
Título original: Do Androids Dream of
Electric Sheep?
Año de publicación: 1968.
Protagonista: Rick Deckard, un
cazarrecompensas en una Tierra postapocalíptica y arruinada por la guerra
nuclear.
Premio: Nominado al premio Nébula en
1968.
La novela inspiró
la película Blade Runner.
Introducción
Auckland (REUTERS, 1966). Ayer
murió una tortuga que el capitán Cook había regalado en 1777 al rey de Tonga.
Tenía casi 200 años. El animal, llamado Tu’Imalila, murió en el parque del
palacio real de la capital tongana de Nuku, Alofa.
El pueblo de Tonga daba a la tortuga las consideraciones de
un jefe; tenía guardias especiales y hace pocos años había quedado ciega durante
un incendio forestal.
Radio Tonga anunció que los restos de Tu’Imalila serían
enviados al museo de Auckland, en Nueva Zelandia.
A Maren Augusta Bergrud
10 de agosto de 1923 - 14 de junio de 1967.
Y aún sueño que pisa la hierba caminando espectral entre
el rocío atravesado por mi canto alegre.
1
Una alegre y suave oleada eléctrica silbada por el
despertador automático del órgano de ánimos que tenía junto a la cama despertó a
Rick Deckard. Sorprendido —siempre le sorprendía encontrarse despierto sin aviso
previo— emergió de la cama, se puso en pie con su pijama multicolor, y se
desperezó. En el lecho, su esposa Irán abrió sus ojos grises nada alegres,
parpadeó, gimió y volvió a cerrarlos.
—Has puesto tu Penfield demasiado bajo —le dijo él—Lo
ajustaré y cuando te despiertes...
—No toques mis controles —su voz tenía amarga dureza—No
quiero estar despierta.
El se sentó a su lado, se inclinó sobre ella y le explicó
suavemente:
—Precisamente de eso se trata. Si le das bastante volumen
te sentirás contenta de estar despierta. En C sobrepasa el umbral que apaga la
conciencia.
Amistosamente, porque estaba bien dispuesto hacia todo el
mundo —su dial estaba en D— acarició el hombro pálido y desnudo de Irán.
—Aparta tu grosera mano de policía —dijo ella.
—No soy un policía —se sentía irritable, aunque no lo había
discado.
—Eres peor —agregó su mujer, con los ojos todavía
cerrados—Un asesino contratado por la policía.
—En la vida he matado a un ser humano.
Su irritación había aumentado, y ya era franca hostilidad.
—Sólo a esos pobres andrillos —repuso Irán.
—He observado que jamás vacilas en gastar las
bonificaciones que traigo a casa en cualquier cosa que atraiga momentáneamente
tu atención —se puso de pie y se dirigió a la consola de su órgano de ánimos—No
ahorras para que podamos comprar una oveja de verdad, en lugar de esa falsa que
tenemos arriba. Un mero animal eléctrico, cuando yo gano ahora lo que me ha
costado años conseguir —en la consola vaciló entre marcar un inhibidor talámico
(que suprimiría su furia), o un estimulante talámico (que la incrementaría lo
suficiente para triunfar en una discusión.)
—Si aumentas el volumen de la ira —dijo Irán atenta, con
los ojos abiertos— haré lo mismo. Pondré el máximo, y tendremos una pelea que
reducirá a la nada todas las discusiones que hemos tenido hasta ahora. ¿Quieres
ver? Marca... Haz la prueba —se irguió velozmente y se inclinó sobre la consola
de su propio órgano de ánimos mientras lo miraba vivamente, aguardando.
El suspiró, derrotado por la amenaza.
—Marcaré lo que tengo programado para hoy —examinó su
agenda del 3 de enero de 1992: preveía una concienzuda actitud profesional—Si me
atengo al programa —dijo cautelosamente—, ¿harás tú lo mismo? —esperó; no estaba
dispuesto a comprometerse tontamente mientras su esposa no hubiese aceptado
imitarlo.
—Mi programa de hoy incluye una depresión culposa de seis
horas — respondió Irán.
—¿Cómo? ¿Por qué has programado eso? —iba contra la
finalidad misma del órgano de ánimos—Ni siquiera sabía que se pudiera marcar
algo semejante —dijo con tristeza.
—Una tarde yo estaba aquí —dijo Irán—, mirando,
naturalmente, al Amigo Buster y sus Amigos Amistosos, que hablaba de una gran
noticia que iba a dar, cuando pasaron ese anuncio terrible que odio, ya sabes,
el del Protector Genital de Plomo Mountibank, y apagué el sonido por un
instante. Y entonces oí los ruidos de la casa, de este edificio, y escuché
los... —hizo un gesto.
—Los apartamentos vacíos —completó Rick; a veces también él
escuchaba cuando debía suponerse que dormía. Y sin embargo en esa época, un
edificio de apartamentos en comunidad ocupado a medias tenía una situación
elevada en el plan de densidad de población. En lo que antes de la guerra habían
sido los suburbios, era posible encontrar edificios totalmente vacíos, o por lo
menos eso había oído decir... Como la mayoría de la gente, dejó que la
información le llegara de segunda mano; el interés no le alcanzaba para
comprobarla personalmente.
—En ese momento —continuó Irán—, mientras el sonido de la
TV estaba apagado, yo estaba en el ánimo 382; acababa de marcarlo. Por eso,
aunque percibí intelectualmente la soledad, no la sentí. La primera reacción fue
de gratitud por poder disponer de un órgano de ánimos Penfield; pero luego
comprendí qué poco sano era sentir la ausencia de vida, no sólo en esta casa
sino en todas partes, y no reaccionar... ¿Comprendes? Me figuro que no. Pero
antes eso era una señal de enfermedad mental. Lo llamaban “ausencia de respuesta
afectiva adecuada”. Entonces, dejé apagado el sonido de la TV y empecé a
experimentar con el órgano de ánimos. Y por fin logré encontrar un modo de
marcar la desesperación —su carita oscura y alegre mostraba satisfacción, como
si hubiese conseguido algo de valor—La he incluido dos veces por mes en mi
programa. Me parece razonable dedicar ese tiempo a sentir la desesperanza de
todo, de quedarse aquí, en la Tierra, cuando toda la gente lista se ha marchado,
¿no crees?
—Pero corres el riesgo de quedarte en un estado de ánimo
como ése —objetó Rick—, sin poder marcar la salida. La desesperación por la
realidad total puede perpetuarse a sí misma...
—Dejo programado un cambio automático de controles para
unas horas más tarde —respondió suavemente su esposa—El 481: conciencia de las
múltiples posibilidades que el futuro me ofrece, y renovadas esperanzas de...
—Conozco el 481 —interrumpió él; había discado muchas veces
esa combinación, en la que confiaba—Oye —dijo, sentándose en la cama y
apoderándose de las manos de Irán, a la que atrajo a su lado—, incluso con el
cambio automático es peligroso sufrir una depresión de cualquier naturaleza.
Olvida lo que has programado y yo haré lo mismo. Marcaremos juntos un 104,
gozaremos juntos de él, y luego tú te quedarás así mientras yo retorno a mi
actitud profesional acostumbrada.
Eso me dará ganas de subir al terrado a ver la oveja y de
partir enseguida al despacho. Y sabré que no te quedas aquí, encerrada en ti
misma, sin TV —dejó libres los dedos largos y finos de su mujer y atravesó el
espacioso apartamento hasta el living, que olía suavemente a los cigarrillos de
la noche anterior. Allí se inclinó para encender la TV.
Desde el dormitorio llegó la voz de Irán:
—No puedo soportar la TV antes del desayuno.
—Disca el 888 —respondió Rick mientras el receptor se
calentaba—Quiero ver la TV, haya lo que hubiere.
—En este momento no quiero discar nada —dijo Irán.
—Entonces marca el 3 —sugirió él.
—No puedo pedir un número que estimula mi corteza cerebral
para que desee discar otro. No quiero discar nada, y el 3 menos aún, porque
entonces tendré el deseo de discar, y no puedo imaginar un deseo más
descabellado. Lo único que quiero es quedarme aquí, sentada en la cama, y mirar
el suelo —su voz se afiló con el acento de la desolación mientras dejaba de
moverse y su alma se congelaba: el instintivo y ubicuo velo de la opresión, de
una inercia casi absoluta, cayó sobre ella.
Rick elevó el sonido del televisor, y la voz del Amigo
Buster estalló e inundó la habitación.
—Hola, hola, amigos. Ya es hora de un breve comentario
sobre la temperatura de hoy. El satélite Mongoose informa que la radiación será
especialmente intensa hacia el mediodía y que luego disminuirá, de modo que
quienes os aventuréis a salir...
Irán apareció a su lado, arrastrando levemente su largo
camisón, y apagó el televisor.
—Está bien, me rindo. Discaré lo que quieras de mí. ¿Goce
sexual extático?
Me siento tan mal que hasta eso podría soportar. Al diablo.
¿Qué diferencia hace...? —Yo marcaré por los dos —dijo Rick, y la condujo al
dormitorio.
En la consola de Irán disco 594: reconocimiento
satisfactorio de la sabiduría superior del marido en todos los temas. Y en la
propia pidió una actitud creativa y nueva hacia su trabajo, aunque en verdad no
la necesitaba; ésa era su actitud innata y habitual sin necesidad de estímulo
cerebral artificial del Penfield.
... Y después de un apresurado desayuno —había perdido
tiempo a causa de la discusión— subió vestido para salir, incluso con su
Protector Genital de Plomo Mountibank, modelo Ayax, a la pradera cubierta del
terrado. Ahí “pastaba” su oveja eléctrica; por más que fuera un sofisticado
objeto mecánico, ramoneaba con simulada satisfacción y engañaba al resto de los
ocupantes del edificio.
Por supuesto, también algunos de sus animales eran
imitaciones electrónicas. De eso no había duda, pero él, por supuesto, jamás
había curioseado al respecto, así como ellos no espiaban para descubrir el
verdadero carácter de su oveja. Nada habría sido más descortés. Preguntar “¿Es
auténtica su oveja?” era todavía peor que averiguar si los dientes, el pelo o
los órganos internos de una persona eran genuinos.
El aire gris de la mañana, lleno de partículas radiactivas
que oscurecían el sol, ofendía su olfato. Aspiró involuntariamente la corrupción
de la muerte. Bueno, eso era una descripción algo excesiva, observó mientras se
dirigía hacia el sector particular de césped que poseía juntamente con el
inmenso apartamento situado más abajo. La herencia de la Guerra Mundial Terminal
había disminuido su poder. Los que no pudieron sobrevivir al polvo habían sido
olvidados años antes; entonces el polvo, ya más débil y con sobrevivientes más
fuertes, sólo podía alterar la mente y la capacidad genética. A pesar de su
protector genital de plomo, era indudable que el polvo se filtraba y traía cada
día —mientras no emigrara— su pequeña carga de inmundicia. Hasta ahí, los
exámenes médicos mensuales confirmaban su normalidad: podía procrear dentro de
los márgenes de tolerancia que la ley establecía. Pero cualquier mes el examen
de los médicos del Departamento de Policía de San Francisco podía dictaminar lo
contrario. Continuamente el polvo omnipresente convertía a los normales en
especiales. Esa basura del correo oficial, los posters y los anuncios de TV
vociferaban: “¡Emigra o degenera! ¡Elige!” Era verdad, pensó Rick mientras abría
la puerta de su minúscula dehesa y se acercaba a su oveja eléctrica. Pero no
puedo emigrar, se dijo, a causa de mi trabajo.
El propietario de la parcela adyacente, su vecino Bill
Barbour, lo saludó. Igual que Rick, se había vestido para ir a trabajar, y
también se había detenido a ver cómo estaba su animal.
—Mi yegua está preñada —declaró Barbour encantado, y señaló
el gran ejemplar de percherón que miraba el espacio con expresión vacía—¿Qué me
dice?
—Que pronto tendrá usted dos caballos —respondió Rick. Ya
estaba al lado de su oveja, que rumiaba con los ojos clavados en él por si le
había traído avena arrollada. La presunta oveja estaba equipada con un circuito
sensible a la avena, de modo que a la vista del cereal se mostraba
convincentemente interesada y se acercaba—¿Y quién la ha preñado? —le preguntó a
Barbour—¿El viento?
—He comprando el plasma fertilizante de mayor calidad que
se puede conseguir en California —informó Barbour—Por medio de algunos contactos
internos que poseo en la Junta Ganadera del Estado. ¿Recuerda que la semana
pasada vino un inspector a examinar a Judy? Están impacientes por ver el
potrillo, porque ella es un animal incomparable —palmeó cariñosamente el cuello
de la yegua, que inclinó la cabeza.
—¿No ha pensado en venderla? —preguntó Rick; mucho deseaba
poseer un caballo, o cualquier otro animal. Mantener una imitación era
gradualmente desmoralizador, de algún modo. Y sin embargo, dada la ausencia de
un animal verdadero, era socialmente necesario. Por lo cual no le quedaba otra
opción que seguir como hasta entonces. Aunque él mismo no se preocupara por las
apariencias, estaba su esposa. Irán se preocupaba, y mucho.
Barbour respondió:
—Sería inmoral.
—Venda el potrillo, entonces. Tener dos animales es más
inmoral que no tener ninguno.
—¿Cómo? —respondió Barbour, confundido—Mucha gente posee
dos animales, o tres o cuatro y, como en el caso de Fred Washborne, el dueño de
la planta procesadora de algas donde trabaja mi hermano, hasta cinco. ¿No leyó
ayer en el Chronicle el artículo acerca de su pato? Parece que es el moscovy más
grande y pesado de toda la Costa Oeste —sus ojos se tornaron vidriosos al
imaginar semejante riqueza. El hombre caía poco a poco en trance.
Explorando los bolsillos de su chaqueta, Rick halló su
arrugado y muy leído ejemplar del suplemento de enero del Catálogo de Aves y
Animales de Sidney. Buscó “potrillos” en el índice (véase Caballos, progenie), y
halló el precio nacional vigente.
—Puedo comprar un potrillo percherón en Sidney por cinco
mil dólares — dijo en voz alta.
—No —respondió Barbour—No podrá. Vuelva a mirar la lista:
está en bastardilla. Eso significa que no tienen existencias de potrillos, pero
eso valdrían si las hubiera.
—¿Qué le parecería si le pagara quinientos dólares
mensuales durante diez meses? —dijo Rick—La cifra entera del catálogo.
—Deckard —repuso compasivamente Barbour—, usted no entiende
de caballos. Hay una razón para que Sidney no tenga potrillos percherón. No son
animales que pasen de mano en mano, por lo menos al precio del catálogo. Son
demasiado raros, incluso los relativamente inferiores —se inclinó sobre la cerca
común, gesticulando—Hace tres años que tengo a Judy: en todo ese tiempo no he
visto una yegua percherón de su calidad. Para comprarla tuve que volar a Canadá,
y la traje aquí personalmente para asegurarme de que no la robaran. Si anda
usted con un animal como éste cerca de Wyoming o Colorado, le darán un golpe y
se lo quitarán. ¿Sabe por qué? Porque antes de la Guerra Mundial Terminal había
allí, literalmente, centenares.
—Pero si usted posee dos caballos y yo ninguno —interrumpió
Rick—, eso viola toda la estructura moral y teológica del Mercerismo.
—Usted tiene su oveja, demonios. Puede seguir la Ascensión
en su vida individual y, cuando coge las dos asas de la empatía, puede también
acercarse honorablemente. Si no tuviera usted esa vieja ovejita, vería alguna
lógica en su posición. Por supuesto, si yo poseyera dos animales y usted
ninguno, le impediría fundirse verdaderamente con Mercer. Pero todas las
familias de este edificio... Veamos, unas cincuenta. Una por cada tres
apartamentos, calculo. Todos nosotros tenemos un animal de alguna clase.
Graveson tiene esa gallina —señaló hacia el norte—Oakes y su esposa son dueños
de ese gran perro colorado que ladra por las noches —meditó—Creo que Ed Smith
tiene un gato en su apartamento, por lo menos eso dice, aunque nadie lo ha visto
nunca. Quizá sea mentira.
Rick se inclinó sobre su oveja, buscando algo entre la
gruesa lana blanca (al menos los vellones eran auténticos), hasta que lo
encontró: el panel de control oculto. Mientras Barbour miraba, abrió el panel.
—¿Ve? —le dijo a Barbour—¿Comprende ahora por qué quiero su
potrillo?
Después de una pausa, Barbour respondió:
—Lo siento mucho. ¿Siempre ha sido así?
—No —dijo Rick, cerrando nuevamente el panel de su oveja
eléctrica— Originalmente era una oveja verdadera —se enderezó, se volvió y
enfrentó a su vecino—El padre de mi mujer nos la regaló cuando emigró. Pero hace
un año la llevé al veterinario. ¿Recuerda? Usted estaba aquí esa mañana que subí
y la encontré echada. No se podía poner de pie.
—Usted la levantó —repuso Barbour, asintiendo—Sí, consiguió
levantarla; pero después de andar uno o dos minutos volvió a caer.
—Las ovejas tienen enfermedades extrañas —dijo Rick—O mejor
dicho, las ovejas tienen una cantidad de enfermedades, pero los síntomas son
siempre los mismos. El animal no se puede poner en pie y no se sabe si es sólo
una torcedura, o si se va a morir de tétanos. De eso murió la mía.
—¿Aquí? —preguntó Barbour—¿En el terrado?
—El heno —explicó Rick—Esa vez no arranqué todo el alambre
del fardo. Dejé un trozo y Groucho —ése era su nombre— sufrió un rasguño y
contrajo el tétanos. La llevé al veterinario, y allí murió; y yo reflexioné y
por fin fui a una de esas tiendas que fabrican animales artificiales y les
mostré una foto de Groucho. Y aquí está su obra —señaló al sucedáneo, que
continuaba rumiando y aguardando, alerta, algún indicio de avena—Es un trabajo
excelente. Y le dedico tanto tiempo y atención como a la verdadera. Pero... —se
encogió de hombros.
—No es lo mismo —concluyó Barbour.
—Es casi lo mismo. Uno se siente igual. Hay que ocuparse
del animal exactamente como si fuera de verdad. Además, se descompone; y todo el
mundo sabe, en la casa, que lo he llevado seis veces al taller de reparación.
Pequeños inconvenientes, pero si alguien los advierte... Por ejemplo, una vez la
cinta de la voz se rompió o se atascó y balaba sin cesar... Cualquiera comprende
que se trata de un desperfecto mecánico. Naturalmente el camión del taller pone
“Hospital de Animales Algo” —agregó—Y el conductor viste de blanco, como un
veterinario — miró de pronto su reloj—Debo ir a trabajar. Lo veré esta noche.
Mientras se dirigía a su vehículo, Barbour lo llamó.
—Este... No le diré nada a nadie de la casa.
Rick se detuvo y empezó a darle las gracias. Pero un
remanente de esa desesperación a que Irán se había referido le golpeó en el
hombro y respondió:
—No sé. Quizá no haga ninguna diferencia.
—Pero le tendrán en menos. No todos; algunos. Usted sabe
cómo piensa la gente de quien no cuida un animal; consideran que eso es inmoral
y antiempático. Quiero decir, técnicamente. No es un crimen, como después de la
G. M. T. Pero el sentimiento perdura.
—Por Dios —dijo Rick, gesticulando vanamente con las manos
vacías— Querría tener un animal; estoy tratando de comprar uno. Pero con mi
salario, con lo que gana un funcionario municipal... —y pensó: si tan sólo
volviera a tener suerte en mi trabajo, como hace dos años, cuando capturé cuatro
andrillos en un mes... Si en ese momento hubiera sabido que Groucho iba a
morir...
Pero eso había sido antes del tétanos, antes de ese trozo
de alambre puntiagudo de cinco centímetros en el fardo de heno.
—Podría comprar un gato —sugirió Barbour—Los gatos no son
caros. Consulte su catálogo de Sidney. Rick respondió tranquilamente:
—No quiero un animal doméstico. Quiero lo que tenía al
comienzo, un animal grande. Una oveja, y si tengo dinero una vaca, un buey, o
como usted, un caballo —con la bonificación correspondiente al retiro de cinco
andrillos alcanzaría, pensó. Mil dólares por cabeza, aparte del salario. Así
podría encontrar en alguna parte lo que deseo. Incluso si la mención del
Animales y Aves de Sidney estuviera en bastardilla. Cinco mil dólares. Pero
antes, los cinco andrillos deberían llegar a la Tierra desde alguno de los
planetas-colonia. No puedo controlar eso, se dijo; no puedo hacer que los cinco
vengan. Y aun si pudiera, hay otros cazadores de bonificaciones pertenecientes a
otras agencias policiales de todo el mundo. Los andrillos deberían establecerse
específicamente en California del Norte, y el decano de los cazadores de
bonificaciones de zona, Dave Holden, debería morir o retirarse...
—Compre un grillo —propuso ingeniosamente Barbour—O una
rata. Por veinticinco dólares puede comprar una rata adulta.
Rick respondió:
—Su yegua podría morir sin aviso previo, como Groucho.
Cuando vuelva a su casa del trabajo, esta noche, podría encontrarla echada con
las patas al aire, como un bicho. Como lo que usted ha dicho: un grillo —se
alejó con la llave de su vehículo en la mano.
—No quería ofenderlo —dijo nerviosamente Barbour.
En silencio, Rick Deckard abrió la puerta de su coche
aéreo. No tenía nada más que decir a su vecino. Su mente estaba fija en su
trabajo, en el día que le aguardaba.
2
En un ruinoso edificio, vacío y gigantesco, que en su día
había alojado a miles, un solitario aparato de televisión pregonaba sus
mercancías en un salón deshabitado.
Esa ruina sin dueño había sido bien cuidada y mantenida
antes de la Guerra Mundial Terminal. Allí estaban antes los suburbios de San
Francisco, a muy poco tiempo por el monorriel rápido. Toda la península
parloteaba como un árbol lleno de pájaros, de vida, de quejas y opiniones; pero
los cuidadosos propietarios habían muerto ya o emigrado a un mundo colonia.
Especialmente lo primero. Había sido una guerra costosa a pesar de las valientes
predicciones del Pentágono y de su presumida criada científica, la Rand
Corporation, que en efecto había tenido su sede cerca de ese lugar. Como los
propietarios de los edificios, la corporación se había marchado, evidentemente
para siempre. Nadie extrañaba su ausencia.
Además, nadie recordaba hoy por qué había estallado la
guerra, ni quién —si alguien— había ganado. El polvo que había contaminado la
mayor parte de la superficie del planeta no se había originado en ningún país
particular, y nadie lo había previsto, ni siquiera el enemigo durante la guerra.
Primero habían muerto — era extraño— los búhos. Eso había parecido entonces casi
divertido: esas aves gruesas, plumosas, blancas, caídas en los parques y las
calles... Como no aparecían antes del crepúsculo, y así había ocurrido cuando
vivían, los búhos pasaron inadvertidos. Del mismo modo se manifestaron las
plagas medievales. Muchas ratas muertas. Sin embargo, esa plaga había descendido
desde lo alto. Y después de los búhos, por supuesto, todas las demás aves; pero
para ese momento el misterio ya había sido comprendido. Antes de la guerra había
un pequeño programa de colonización; ahora que el sol había dejado de brillar
sobre la Tierra, la colonización entraba en una nueva fase. Y en relación con
ella, un arma de guerra se modificó: el Luchador Sintético por la Libertad. El
robot humanoide —o, expresado con propiedad, el androide orgánico—, capaz de
funcionar en un mundo extraño, se convirtió en la máquina esencial del programa
de colonización. Según las leyes de la ONU todo emigrante debía recibir un
androide civil a su elección; y en 1990 la variedad de androides civiles excedía
todo lo imaginable, como había ocurrido con los coches americanos en la década
de 1960.
Ese había sido el incentivo básico de la emigración. El
androide era la zanahoria, y la lluvia radiactiva el látigo. La ONU hizo que
emigrar fuera fácil, y difícil —cuando no imposible— quedarse. Permanecer en la
Tierra significaba la posibilidad de ser clasificado en cualquier momento como
biológicamente inaceptable, una amenaza contra la herencia prístina de la
estirpe humana. Una vez calificado especial, un ciudadano quedaba, aunque
aceptara la esterilización, al margen de la historia. Cesaba de pertenecer a la
humanidad. Y sin embargo, aquí y allá había personas que se negaban a emigrar:
eso constituía una irracionalidad sorprendente incluso para los propios
interesados. Lógicamente, todos los normales tenían que haber emigrado ya.
Quizás, a pesar de su deformación, la Tierra seguía siendo familiar e
interesante. O quizá quienes permanecían imaginaban que la nube de polvo
terminaría por caer. De todos modos, miles de personas se habían quedado,
agrupadas en su mayoría en zonas urbanas donde podían verse físicamente, y
animarse mutuamente con su presencia. Estos parecían relativamente cuerdos; pero
además —una dudosa adición— había en los suburbios, virtualmente abandonados,
seres ocasionales y peculiares.
Uno de ellos era John Isidore, que se afeitaba en el cuarto
de baño mientras la televisión se quejaba en el living. Simplemente había
vagabundeado hasta ahí en los días que siguieron a la guerra. En esa infortunada
época nadie sabía, realmente, qué estaba haciendo. La gente desquiciada por la
guerra, errante, se establecía primero en una región y luego en otra. En ese
momento la lluvia de polvo era esporádica y variable; algunos estados se habían
visto casi libres de ella, y otros habían quedado saturados. La población
desplazada se movía con el polvo. La península, al sur de San Francisco, había
estado inicialmente limpia de polvo; y mucha gente se había instalado allí.
Cuando el polvo llegó, algunos murieron y otros se marcharon. J. R. Isidore se
quedó.
El televisor gritaba: “ ¡Nuevamente, los días felices de
los estados sureños antes de la Guerra Civil! Ya sea como un criado personal, o
un campesino incansable, el robot humanoide hecho a su medida, diseñado
SOLAMENTE PARA USTED Y PARA SUS EXCLUSIVAS NECESIDADES, se le entrega a su
llegada absolutamente gratis y completamente equipado, de acuerdo con sus
propias especificaciones formuladas antes de su partida. Este compañero leal,
sin problemas, ha de constituir, en la mayor y más osada aventura humana de la
historia moderna...” Y seguía.
Me pregunto si llegaré tarde al trabajo, pensaba Isidore
mientras se afeitaba. No tenía reloj; generalmente dependía de las señales
horarias de la televisión, pero hoy debía ser el Día de los Horizontes
Espaciales, sin duda. La TV afirmaba que era el quinto (o el sexto) aniversario
de la fundación de la Nueva América, el principal establecimiento de Estados
Unidos en Marte. Y su aparato de televisión, roto en parte, sólo cogía el canal
que había sido nacionalizado durante la guerra y era todavía nacional. Isidore
estaba obligado a escuchar únicamente al gobierno de Washington con su programa
de colonización.
—Oigamos ahora a la señora Maggie Klugman —sugirió el
comentarista a John Isidore, que sólo deseaba saber la hora—La señora Klugman
acaba de llegar a Marte, y se ha instalado en Nueva Nueva York donde contesta
así a nuestras preguntas: Señora Klugman: ¿cuál es la principal diferencia entre
su vida en la Tierra contaminada y su nueva vida aquí, en este mundo que da
todas las posibilidades imaginables?
Después de una pausa, la voz seca y fatigada de una mujer
de edad mediana respondió:
—Lo que más nos ha llamado la atención a nosotros tres, me
parece, es la dignidad.
—¿La dignidad, señora Klugman?
—Sí —respondió la señora Klugman, de Nueva Nueva York,
Marte—Es difícil de explicar, pero tener un criado de confianza en esta época
tan turbulenta..., devuelve la seguridad.
—Y en la Tierra, señora Klugman, anteriormente, ¿no temía
ser clasificada como... como especial?
—Mi marido y yo nos moríamos de miedo. Y por supuesto, una
vez que emigramos ese temor desapareció, afortunadamente para siempre.
John Isidore pensó con amargura: y también para mí, sin
necesidad de emigrar. Era un especial desde el año anterior, y no sólo por sus
genes afectados. No había logrado aprobar el test de facultades mentales
mínimas, lo que hacía de él, según la expresión corriente, un cabeza de
chorlito. Tres planetas lo menospreciaban, pero él sobrevivía a pesar de todo.
Tenía un trabajo: conducía el camión de una empresa de reparación de animales de
imitación, el Hospital de Animales Van Ness, cuyo jefe, el gótico y sombrío
Hannibal Sloat, lo aceptaba como un ser humano, cosa que él apreciaba. Mors
certa, vita incerta, solía decir el señor Sloat. Isidore, que había oído muchas
veces la expresión, apenas tenía una oscura noción de su significado. Después de
todo, si un cabeza de chorlito pudiera aprender latín dejaría de serlo. El señor
Sloat reconoció la verdad de este aserto cuando lo escuchó. Y había cabezas de
chorlito infinitamente más tontos que Isidore, incapaces de trabajar, recluidos
en lugares que recibían el extraño nombre de Institutos de Oficios Especiales de
América donde, como era habitual, se deslizaba de algún modo la palabra
especial.
—Y su marido, señora Klugman, ¿se sentía seguro usando
continuamente un costoso e incómodo protector genital a prueba de radiaciones?
—Mi marido —empezó la señora Klugman; pero en ese punto
Isidore, que había terminado de afeitarse, entró en la habitación y apagó el
televisor.
Un silencio que emanaba del suelo y de las paredes y
parecía generado por una vasta usina lo golpeó con tremenda energía. Brotaba de
la moqueta gris en jirones, de los utensilios total o parcialmente destrozados
de la cocina, de las máquinas muertas que no habían funcionado en ningún momento
desde que Isidore había llegado. Rezumaba de la inútil lámpara de pie del cuarto
de estar, combinándose con el que descendía, vacío y sin palabras, del
cielorraso manchado por las moscas. En realidad, surgía de todos los objetos que
tenía a la vista, como si él —el silencio— se propusiera reemplazar todos los
objetos tangibles. Por eso no solamente afectaba sus oídos sino también sus
ojos: mientras contemplaba el aparato de televisión inerte sentía el silencio
como algo visible y, a su modo, vivo. ¡Vivo! Con frecuencia había percibido
antes la severidad de su cercanía: cuando llegaba, irrumpía sin delicadeza,
evidentemente incapaz de esperar. El silencio del mundo no podía refrenar su
codicia. Y menos ahora, cuando ya virtualmente había vencido.
Se. preguntó entonces si las demás personas que se habían
quedado experimentaban el vacío de la misma manera. O bien, esto podría deberse
a su peculiar identidad biológica, una degeneración determinada por su inepto
aparato sensorial. Vivía solo en ese ruinoso edificio de mil apartamentos
deshabitados que, como todos los demás, se derrumbaba de día en día en un
deterioro entrópico creciente. Finalmente, todo lo que había en su interior se
fundiría, sería idéntico e irreconocible, mero desecho amorfo, kippel apilado
hasta el cielorraso de cada apartamento. Y después el edificio mismo perdería su
forma y quedaría sepultado bajo el polvo ubicuo. En ese momento él,
naturalmente, estaría muerto. Este era otro hecho que resultaba interesante
prever mientras permanecía en esa lamentable habitación, a solas con el silencio
mundial que imperaba omnipresente y sin pulmones.
Quizá fuera mejor encender de nuevo la televisión. Pero los
anuncios, dirigidos a los normales que quedaban, lo asustaban. Le decían en una
interminable procesión de maneras que él, un especial, era indeseable. No
servía. No podía emigrar aunque lo deseara. Entonces, ¿para qué escucharlos?, se
decía irritado. Al diablo con ellos y con su colonización... Espero que allá
también haya una guerra —después de todo era teóricamente posible— y que todo
termine como en la Tierra. Y que los emigrantes se conviertan en especiales.
Basta, pensó; me voy a trabajar. Buscó el picaporte para
salir al pasillo a oscuras, y retrocedió al percibir la vacuidad del resto del
edificio. Allí lo acechaba la fuerza que se empeñaba en penetrar en su casa.
Dios mío, pensó. Y volvió a cerrar la puerta. No estaba preparado para
enfrentarse a las resonantes escaleras que conducían al terrado desierto donde
no tenía un animal. El eco de sus pasos, el eco de la nada. Es hora de empuñar
las asas, se dijo. Y atravesó el living hasta la caja negra de empatía.
La encendió y surgió el suave olor habitual de los iones
negativos; lo aspiró con avidez, reanimado. Luego el tubo de rayos catódicos
brilló con una imagen débil de TV: se formó un dibujo de rasgos, colores y
configuraciones aparentemente aleatorios que no se modificaba hasta que se
empuñaban las asas gemelas. Respiró profundamente para tranquilizarse, y las
cogió.
Apareció una imagen. Vio un famoso paisaje: la vieja cuesta
oscura y desierta, con sus matas de hierbas secas, como hechas de huesos, que
hurgaban oblicuamente un cielo sombrío y sin sol. Una sola figura, de aspecto
más o menos humano, subía penosamente. Era un hombre anciano con ropas oscuras y
sin formas, que parecían arrancadas del hostil vacío del cielo. El hombre,
Wilbur Mercer, avanzaba con dificultad y John Isidore, aferrando las asas, iba
experimentando poco a poco el desvanecimiento del mundo real donde se
encontraba. Los destrozados muebles y paredes se esfumaron, dejó de percibirlos.
Se halló en cambio, como siempre le ocurría, en aquel paisaje de sierra y cielo
parduscos. Y dejó de ver al hombre anciano que subía la cuesta. Eran ahora sus
propios pies los que resbalaban y buscaban apoyo entre las familiares piedras
desprendidas. Sintió aquella antigua aspereza irregular debajo de sus pies;
nuevamente sintió el olor acre del cielo, pero no el cielo de la Tierra sino el
de un lugar extraño, distante aunque inmediatamente alcanzable merced a la caja
de empatía.
Había llegado allí de un modo habitual y asombroso. La
fusión física, acompañada por la identificación mental y espiritual con Wilbur
Mercer, había vuelto a producirse. Como le estaría sucediendo a todo aquel que
en ese momento estuviera aferrado a las asas, en la Tierra o en los
planetas-colonia. Sintió a los demás, escuchó en su mente el rumor de sus
existencias individuales y el parloteo de sus pensamientos. Ellos y él se
preocupaban sólo de una cosa: la fusión de sus mentes orientaba su atención
hacia la cuesta, el ascenso, la necesidad de subir. Paso a paso la elevación
continuaba, tan lentamente que era casi imperceptible. Pero real. Más alto,
pensó mientras las piedras rodaban hacia abajo. Hoy estamos más arriba que ayer,
y mañana... El, la imagen compuesta de Wilbur Mercer, miró hacia arriba. Era
imposible ver el final. Estaba demasiado lejos. Pero llegaría.
Una piedra que le arrojaron le golpeó el brazo. Sintió
dolor. Se volvió a medias y otra piedra le erró y pasó a su lado: dio contra el
suelo y el sonido le sorprendió. Se preguntó quién sería, y trató de ver a su
atormentador. Los viejos antagonistas aparecían en la periferia de su visión:
ellos —o eso— lo perseguirían todo el camino hacia arriba hasta que en la
cumbre...
Recordó la cumbre. La cuesta se nivelaba de repente, la
ascensión terminaba y comenzaba la otra parte. ¿Cuántas veces lo había hecho ya?
Las diversas experiencias se tornaban borrosas, así como el pasado y el futuro;
lo que había sentido y lo que eventualmente sentiría se fundían de modo que
solamente quedaba ese momento de inmovilidad y reposo en que se tocaba la herida
causada en el brazo por la piedra. Dios mío, pensó, fatigado; ¿cómo es esto
justo? ¿Por qué estoy aquí, solo, castigado por algo que ni siquiera puedo ver?
Y luego, en su interior, el murmullo de los demás seres que participaban de la
fusión rompió la impresión de soledad.
También tú participas, pensó. Sí, respondían las voces.
Hemos sido heridos en el brazo izquierdo. Duele como el infierno. Está bien, se
dijo. Será mejor empezar a moverse nuevamente. Avanzó, y todos los demás lo
acompañaron de inmediato.
Una vez, recordó, había sido diferente. Antes de la
maldición, en alguna parte de la vida anterior y más feliz. Ellos, sus padres
adoptivos, Frank y Cora Mercer, lo habían encontrado a flote en una balsa
inflable salvavidas, cerca de la costa de Nueva Inglaterra... ¿O había sido en
México, cerca del puerto de Tampico? No recordaba las circunstancias. La
infancia había sido maravillosa. Amaba todas las cosas vivas y sobre todo a los
animales; y en cierta época había sido capaz de traer de vuelta, tal como habían
sido, animales muertos. Vivía rodeado dé bichos y conejos, dondequiera que
fuese, en la Tierra o en un mundo colonia; pero hasta eso había olvidado.
Recordaba a los asesinos, porque lo habían arrestado por anormal, por ser más
especial que todos los demás especiales. Y debido a eso todo había cambiado.
Las leyes locales prohibían la facultad de invertir tiempo
en devolver seres muertos a la vida; se lo dijeron claramente cuando tenía
dieciséis años. Pero había continuado haciéndolo secretamente durante un año
más, en los bosques que aún quedaban. Y entonces, una anciana a la que jamás
había visto ni oído, habló. Y sin el consentimiento de sus padres, ellos —los
asesinos— bombardearon aquel nódulo único que se había formado en su cerebro, lo
destrozaron con cobalto radiactivo y eso lo hundió en un mundo diferente, de
cuya existencia jamás había sospechado. Era un pozo de huesos y cadáveres de
donde había salido tras años de esfuerzo. El burro, y en especial el sapo, las
criaturas que más le importaban, habían desaparecido, se habían extinguido. Sólo
quedaban fragmentos podridos, una cabeza sin ojos, parte de una mano. Por fin un
ave que había ido a morir allí le dijo dónde estaba. Había caído en el
mundo-tumba. No podría salir mientras los huesos dispersos a su alrededor no
volvieran a ser criaturas vivientes: él estaba unido al metabolismo de otras
vidas, y no volvería a vivir mientras ellas no vivieran.
No sabía cuánto había durado esa parte del ciclo. Como en
general nada ocurría, era imposible medirla. Pero finalmente los huesos se
recubrieron de carne; en las cuencas vacías aparecieron ojos que podían ver, y
las bocas y picos restaurados eran capaces de ladrar, cloquear, maullar. Quizás
él lo había hecho, quizás el nódulo extrasensorial de su cerebro había vuelto a
crecer. O tal vez no hubiese sido él; bien podía tratarse de un proceso natural.
De cualquier modo, ya no se estaba hundiendo, sino que comenzaba a ascender con
los demás. Hacía mucho que ya no los veía; ascendía, evidentemente, solo. Pero
ellos estaban allí. Todavía lo acompañaban, los sentía dentro de sí.
Isidore retenía las dos asas, y sentía que llevaba en su
interior a todas las cosas vivas. De mala gana las soltó. Tenía que terminar,
como siempre.
Además, le dolía y le sangraba el brazo donde la piedra lo
había golpeado.
Examinó la herida, y se dirigió, vacilante, al cuarto de
baño para lavarse. No era la primera que recibida durante las fusiones con
Mercer, y probablemente no sería la última. Algunas personas, sobre todo
ancianas, habían muerto, casi siempre en la cumbre de la colina, cuando el
tormento arreciaba en su rigor. Yo mismo no sé si podría volver a soportarlo, se
dijo mientras se curaba. Podía venir un paro cardíaco. Sería mejor si viviera en
la ciudad, reflexionó, donde cerca hubiera un médico con esas máquinas de
chispas eléctricas. En un lugar aislado como ése era demasiado peligroso.
Pero sabía que correría el riesgo. Siempre lo había hecho
antes. Como la mayoría de la gente, incluso ancianos físicamente frágiles.
Con un kleenex se secó el brazo.
Y oyó, lejana y tenuemente, la televisión.
Hay alguien más en esta casa, pensó muy excitado,
incrédulo. No es mí TV, no la dejé encendida y sentiría la resonancia en el
suelo... Es más abajo, en otro piso.
Ya no estoy solo aquí, comprendió. Otra persona ha ocupado
un apartamento abandonado, bastante cerca para que pueda oír. Debe ser en el
segundo o el tercer piso, no más abajo. Veamos, pensó rápidamente. ¿Qué se hace
cuando llega un nuevo ocupante? Visitarlo, regalarle algo, ¿no es así? No podía
recordar. Esto no le había ocurrido nunca allí, ni en ningún otro lugar. La
gente se iba, emigraba, pero jamás venía nadie. Lleva algo, se dijo. Un vaso de
agua, o mejor leche... Sí, leche, o harina, o quizás un huevo. O mejor dicho,
sus correspondientes sustitutos.
Buscó en la nevera. El compresor había dejado de funcionar
hacía mucho. Encontró un sospechoso paquete de margarina. Y con él partió hacia
abajo, excitado, con el corazón sobresaltado. Tengo que mantener la calma, se
decía. No tiene que saber que soy un cabeza de chorlito. Si llegara a saberlo no
querrá hablarme. Siempre pasa así... ¿Por qué será?
Recorrió el pasillo deprisa.
3
Camino de su trabajo, Rick Deckard, como sabe Dios cuántas
otras personas solían hacer, se detuvo un momento ante una de las mayores
tiendas de animales de San Francisco. En el centro del escaparate, a lo largo de
toda la manzana, había un avestruz dentro de una caja de plástico transparente y
calentada. Según la placa-informe de la caja, acababa de llegar del zoológico de
Cleveland. Era el único avestruz de la Costa Oeste. Después de contemplarlo,
Rick permaneció unos minutos mirando el precio con expresión sombría. Luego se
dirigió hacia la Corte de Justicia de la calle Lombard, adonde llegó con un
cuarto de hora de retraso. Mientras abría la puerta de su despacho, su jefe, el
Inspector de Policía Harry Bryant, lo llamó. Tenía la cara roja, orejas
salientes e iba vestido descuidadamente; sus ojos revelaban perspicacia y
conciencia de casi todo lo que tenía importancia.
—Lo espero a las nueve y media en el despacho de Dave
Holden —el inspector hojeaba rápidamente los papeles de copia mecanografiados
que llevaba sujetos a una tablilla—Holden está en el Horpital Mount Zion con una
herida de láser en la columna. Tiene por lo menos para un mes, hasta que
consigan una de esas nuevas secciones plásticas de columna.
—¿Que” ocurrió? —preguntó Rick, pasmado. El día anterior el
jefe de cazadores de bonificaciones del departamento estaba perfectamente. Al
terminar la jornada había partido en su coche aéreo, como de costumbre, a su
piso situado en Nob Hill, la populosa zona de mayor prestigio de la ciudad.
Bryant murmuró algo por encima del hombro acerca de las
nueve y media en el despacho de Dave, y abandonó a Rick. Y cuando éste entró en
el suyo, escuchó la voz de su secretaria, Ann Marsten, a su espalda.
—¿Sabe qué le ocurrió al señor Holden, señor Deckard? Le
dispararon — siguió a su jefe al interior del despacho, encerrado y repleto, y
puso en marcha la unidad de filtrado del aire.
—Sí —respondió él, ausente.
—Habrá sido uno de esos nuevos andrillos superinteligentes
que está fabricando la Rosen Association —dijo la señorita Marsten—¿Ha leído el
folleto de la compañía y el manual de instrucciones? El cerebro Nexus-6 que
emplean tiene dos trillones de elementos y puede seleccionar diez millones de
caminos neurales distintos —bajó la voz—¿No le han dicho nada de la llamada de
esta mañana? La señorita Wild me contó: exactamente a las nueve.
—¿Alguien llamó aquí? —preguntó Rick.
—No —respondió la señorita Marsten—El señor Bryant llamó a
la WPO, en Rusia, y les preguntó si estaban dispuestos a enviar una protesta
formal por escrito al representante en el este de la Rosen Association.
—¿Todavía quiere Harry que retiren del mercado la unidad
cerebral Nexus¿? —no le extrañaba; desde la presentación de sus características
y estudios de rendimiento en agosto de 1991, la mayoría de las agencias
policiales que se ocupaban de androides fugados estaba protestando—La policía
soviética no puede hacer más que nosotros —dijo; legalmente, los fabricantes del
Nexus-6 estaban amparados por las disposiciones coloniales, puesto que su casa
matriz estaba en Marte—Mejor sería aceptar la nueva unidad como un hecho
consumado. Siempre ha ocurrido lo mismo con cada unidad cerebral mejorada.
Recuerdo los aullidos de sufrimiento ciando la gente de Sudermann presentó el
viejo T-14 en el 89. Todas las policías del hemisferio occidental gimieron que
ningún test podía detectar su presencia en caso de entrada ilegal. Y en verdad
durante un tiempo fue así.
Más de cincuenta androides T-14, según recordaba, habían
conseguido llegar a la Tierra de una u otra manera, sin ser detectados durante
un año entero, en algunos casos. Pero luego el Instituto Pavlov, de la Unión
Soviética, creó un test de empatía de Voigt; y ningún androide T-14, por lo que
se sabía, había logrado burlarlo.
—¿Quiere saber lo que ha dicho la policía rusa? —preguntó
la señorita Marsten—También lo sé —su cara pecosa y anaranjada resplandecía.
—Se lo preguntaré a Harry Bryant —respondió Rick, irritado.
Los chismes le desagradaban porque siempre eran más precisos que la verdad. Se
sentó ante su mesa y deliberadamente se puso a buscar algo en un cajón. La
señorita Marsten comprendió la insinuación y se retiró.
Rick extrajo un viejo y arrugado sobre de papel de manila.
Se echó atrás en su sillón de estilo importante, y hurgó en su contenido hasta
que encontró lo que buscaba: los datos existentes sobre el Nexus-6.
Un momento de lectura justificó la afirmación de la
señorita Marsten: el Nexus-6 poseía efectivamente los dos trillones de
elementos, así como la posibilidad de optar entre diez millones de combinaciones
de actividad cerebral. En 45 centésimas de segundo un androide equipado con esa
estructura cerebral podía asumir una cualquiera entre catorce actitudes de
reacción. En otras palabras, los androides con la nueva unidad cerebral Nexus-6
—desde un punto de vista pragmático y nada disparatado— sobrepasaban a una
considerable porción de la humanidad, aunque fueran los del nivel inferior. Para
bien o para mal. En algunos casos los criados superaban a los amos. Pero había
nuevos criterios, por ejemplo el test de empatía de Voigt-Kampff. Un androide,
por dotado que estuviera en cuanto a capacidad intelectual pura, no podía
encontrar el menor sentido en la fusión que experimentaban rutinariamente los
seguidores del Mercerismo, y que tanto él mismo como prácticamente todo el
mundo, incluso los cabezas de chorlito subnormales, lograban sin dificultad.
Se había preguntado, como casi todos en un momento u otro,
por qué precisamente los androides se agitaban impotentes al afrontar el test de
medida de la empatía. Era obvio que la empatía sólo se encontraba en la
comunidad humana, en tanto que se podía hallar cierto grado de inteligencia en
todas las especies, hasta en los arácnidos. Probablemente la facultad empática
exigía un instinto de grupo sin cortapisas. A un organismo solitario, como una
araña, de nada podía servirle. Incluso podía limitar su capacidad de
supervivencia, al tornarla consciente del deseo de vivir de su presa. Y en ese
caso, todos los animales de presa, incluso los mamíferos muy desarrollados, como
los gatos, morirían de hambre.
En una ocasión había pensado que la empatía estaba
reservada a los herbívoros o a los omnívoros capaces de prescindir de la carne.
En última instancia, la empatía borraba las fronteras entre el cazador y la
víctima, el vencedor y el derrotado. Como en el caso de la fusión con Mercer,
todos ascendían juntos y una vez terminado el ciclo, juntos caían en el abismo
del mundo-tumba. Curiosamente, esto parecía una especie de seguro biológico,
aunque de doble filo. Si alguna criatura experimentaba alegría, la condición de
todas las demás incluía un fragmento de alegría. Y si algún ser humano sufría,
ningún otro podía eludir enteramente el dolor. De este modo, un animal gregario
como el hombre podía adquirir un factor de supervivencia más elevado; un búho o
una cobra sólo podían destruirse.
Evidentemente, el robot humanoide era un cazador solitario.
A Rick le gustaba pensar así: su trabajo se tornaba más
aceptable. Si retiraba —o sea, mataba— a un andrillo, no violaba la regla vital
establecida por Mercer. Sólo matarás a los Asesinos, había dicho Mercer el año
en que las cajas de empatía aparecieron en la Tierra. Y en el Mercerismo, a
medida que se desarrollaba hasta construir una teología completa, el concepto de
los que matan, los Asesinos, había crecido insidiosamente. En el Mercerismo, un
mal absoluto tironeaba el deshilachado manto del anciano que subía, vacilante;
pero no se sabía quién ni qué era esa presencia maligna. Un merceriano sentía el
mal sin comprenderlo. De otro modo, un merceriano era libre de situar la
presencia nebulosa de los Asesinos donde le parecía más conveniente. Para Rick
Deckard, un robot humanoide fugitivo, equipado con una inteligencia superior a
la de muchos seres humanos, que hubiera matado a su amo, que no tuviera
consideración por los animales ni fuera capaz de sentir alegría empática por el
éxito de otra forma de vida, ni dolor por su derrota, era la síntesis de los
Asesinos. Pensar en los animales le trajo el recuerdo del avestruz que había
visto en la tienda. Apartó por el momento la información referente a la unidad
cerebral Nexus-6, tomó una pulgada de rapé del señor Siddon, números 3 y 4, y
reflexionó. Luego consultó su reloj y, viendo que tenía tiempo, cogió el
videófono de su mesa y pidió a su secretaria:
—Con la tienda de animales Happy Dog, de la calle Sutter.
—Sí, señor —respondió la señorita Marsten, abriendo la
agenda.
No pueden pedir tanto por ese avestruz, se dijo Rick.
Esperan que uno regatee, como en los viejos tiempos.
—Happy Dog —declaró una voz masculina. En la pantalla
apareció una diminuta cara feliz. Se oían chillidos de animales.
—Ese avestruz que está en el escaparate —empezó Rick, que
jugaba con su cenicero de cerámica—¿Cuál debería ser el pago inicial?
—Un segundo —dijo el vendedor de animales, buscando bloc y
bolígrafo—La tercera parte del total —reflexionó—¿Puedo preguntarle, señor, si
piensa ofrecer algún animal como parte de pago?
Cautelosamente, Rick respondió:
—Aún no lo he decidido.
—Podríamos vender ese avestruz a treinta meses —dijo el
comerciante—Con un interés muy bajo, el seis por ciento mensual. Por lo tanto,
con un pago inicial razonable, las cuotas serían de...
—Baje el precio —dijo Rick—Si le quita dos mil no habrá
pago a crédito, pagaré en efectivo. —Dave Holden está fuera de juego, pensó. Eso
podría significar mucho..., según la cantidad de misiones que aparezcan el mes
próximo.
—Señor —repuso el vendedor de animales—, nuestro precio
está mil dólares por debajo del corriente. Consulte su Sidney. Esperaré. Deseo
que vea por usted mismo que el precio es el correcto.
Dios mío, pensó Rick. Se mantiene firme. Sin embargo, por
no dar su brazo a torcer, extrajo del bolsillo el Sidney plegado, y buscó
Avestruz coma machohembra, joven-viejo, sano-enfermo, perfecto-con fallas, y
examinó los precios.
—Perfecto, macho, joven, sano —informó el hombre—.
Treinta mil dólares —también él tenía el Sidney a la
vista—Estamos exactamente mil dólares por debajo. Entonces, el pago inicial...
—Lo pensaré —interrumpió Rick—, y volveré a llamar.
—¿... su nombre, señor? —preguntó el vendedor vivamente.
—Frank Merriwell —dijo Rick.
—Y su dirección, señor Merriwell. Por si no me encontrara
cuando llame...
Inventó una dirección y colgó el videófono. Cuánto dinero,
pensó. Y sin embargo, la gente los compra. Hay quien tiene esas cantidades...
Cogió nuevamente el aparato y dijo con dureza:
—Una línea exterior, señorita Marsten. Y no escuche la
conversación; es confidencial —la miró severamente.
—Sí, señor —replicó la secretaria—Puede llamar —se retiró
del circuito y dejó que él enfrentara solo el mundo exterior.
Rick llamó de memoria al número de la tienda de animales
falsos donde había comprado su falsa oveja. En la pequeña pantalla apareció un
hombre vestido de veterinario.
—Doctor McRae.
—Soy Deckard. ¿Cuánto vale un avestruz eléctrico?
—Diría que algo menos de ochocientos dólares. ¿Cuándo lo
quiere? Habrá que hacerlo especialmente, no tenemos muchos pedidos...
—Lo llamaré más tarde —repuso Rick, y al mirar su reloj
descubrió que eran ya las nueve y media—Hasta luego —colgó deprisa, se puso en
pie y muy pronto se hallaba ante la puerta del despacho del inspector Bryant.
Pasó junto a la recepcionista, atractiva, con trenzas de pelo plateado hasta la
cintura, y a la secretaria del inspector, un antiguo monstruo de las ciénagas
jurásicas, taimada y glacial, semejante a una aparición del mundo-tumba. Ninguna
de las mujeres le habló, ni él a ellas. Abrió la puerta interior y saludó a su
superior, que videofoneaba. Se sentó, con las informaciones sobre Nexus-6, que
había llevado consigo, y las releyó.
Se sentía deprimido. Y sin embargo, dado el descanso
forzoso de Dave, lo natural habría sido que estuviese al menos secretamente
complacido.
4
Quizá me preocupa que pueda ocurrirme lo mismo que a Dave
—conjeturó Rick Deckard—Un andrillo bastante inteligente para herirlo también a
mí puede vencerme. Sin embargo, no era eso.
—Veo que ha traído los datos de la nueva unidad cerebral
—dijo el inspector Bryant, colgando el videófono.
—Sí, me enteré por los rumores. ¿Cuántos son los andrillos,
y hasta dónde llegó Dave?
—Ocho, por ahora —dijo Bryant, mirando sus notas—Dave cogió
a dos.
—¿Y los seis restantes están aquí, en California del Norte?
—Por lo que sabemos, Dave cree que sí, hablaba con él.
Tengo sus anotaciones, estaban en su escritorio. Dice que aquí está todo lo que
sabía —Bryant tocó una pila de papeles. Hasta ese momento no parecía dispuesto a
entregarle las notas a Rick. Por alguna razón, continuaba hojeándolas, con el
ceño fruncido, mientras se pasaba la lengua por los labios.
—No tengo nada que hacer —dijo Rick—Estoy listo para
reemplazar a Dave.
Bryant, pensativo, replicó:
—Dave utilizó la escala modificada de Voigt-Kampff para
poner a prueba a los sospechosos. Usted comprende, debe comprender, que este
test no es aplicable, específicamente, a las unidades cerebrales. Ningún test lo
es. Todo lo que tenemos es la escala de Voigt, modificada por Kampff hace tres
años —hizo una pausa meditativa—Dave la considera adecuada. Tal vez lo sea. Pero
le sugeriría una cosa, antes de que empiece a perseguir a esos seis —nuevamente
golpeó los papeles— Vuele a Seattle y hable con la gente de Rosen. Haga que le
den una muestra representativa de los tipos de androide que emplean la nueva
unidad Nexus-6.
—¿... para someterlos al Voigt-Kampff? —preguntó Rick.
—Parece tan fácil —dijo Bryant, medio para sus adentros.
—¿Cómo?
—Creo que yo mismo hablaré con la organización Rosen,
mientras usted está en camino —agregó Bryant. Luego miró en silencio a Rick. Por
fin gruñó, se mordió una uña, y finalmente puso en orden su decisión—Voy a
estudiar con ellos la posibilidad de mezclar a los nuevos androides con seres
humanos. Todo debería estar preparado para cuando usted llegue —señaló
bruscamente a Rick, con aire severo—Es la primera vez que va a desempeñarse como
un cazador de bonificaciones senior. Dave sabe mucho. Tiene años de experiencia.
—También yo —respondió Rick, tenso.
—Ha tenido misiones encargadas por Dave. El siempre
resolvía qué casos confiarle. Pero ahora tiene en sus manos seis que él pensaba
retirar, y uno de ellos disparó primero. Este. Max Polokov —Bryant hizo girar
las notas para que Rick pudiera leer—Al menos, ése es el nombre que se da a sí
mismo. Suponiendo que Dave tuviera razón. Todo, toda esta lista, se funda en esa
suposición. Y sin embargo, la escala modificada de Voigt-Kampff sólo se le
aplicó a los primeros tres, a los dos que Dave retiró y luego a Polokov. Este
disparó contra Dave mientras le hacía el test.
—Lo que demuestra que Dave tenía razón —contestó Rick—De
otro modo, Polokov no habría tenido ningún motivo.
—Vaya a Seattle —ordenó Bryant—No hable primero, yo me
ocuparé. Y escuche —se puso en pie y encaró a Rick serenamente—Si cuando esté
probando allí la escala Voigt-Kampff alguno de los humanos no logra pasar...
—Eso no puede ocurrir —respondió Rick.
—Un día, hace unas semanas, hablé con Dave de eso. El
pensaba lo mismo. Yo había recibido un memorándum de la policía soviética, la
WPO, que ha circulado en la Tierra y en las colonias. Un grupo de psiquiatras de
Leningrado pidió a la WPO que aplicara el método de perfil de la personalidad
más moderno y preciso para determinar la presencia de un androide, o sea la
escala de VoigtKampff, a un grupo cuidadosamente seleccionado de pacientes
humanos, esquizoides y esquizofrénicos. Especialmente aquellos que revelan lo
que se denomina un “achatamiento del afecto”. Seguramente habrá oído hablar de
eso...
—Es lo que mide la escala, específicamente —dijo Rick.
—Entonces, sabe por qué están preocupados.
—El problema ha existido siempre. Desde que por primera vez
encontramos androides que se hacían pasar por humanos. Usted conoce el consenso
de la opinión policial por el artículo de Lurie Kampff, escrito hace ocho años:
El bloqueo de la asunción de roles en el esquizofrénico no deteriorado. Kampff
distinguía entre la facultad empática disminuida del enfermo mental humano y la
superficialmente similar, pero...
—Los psiquiatras de Leningrado —interrumpió Bryant— creen
que una pequeña proporción de seres humanos no podría pasar la prueba de Voigt-Kampff.
Si los sometiera usted al test en el curso de una tarea policial, quedarían
clasificados como robots humanoides. Más tarde se descubriría el error, pero ya
estarían muertos —calló, en espera de la respuesta de Rick.
—Pero esas personas deberían estar en...
—En instituciones —continuó Bryant—No podrían moverse en el
mundo exterior, y ciertamente se advertiría que son psicóticos graves. Salvo si
su enfermedad se hubiera manifestado reciente y bruscamente, y nadie la hubiera
observado todavía. Esto podría ocurrir.
—Una vez en un millón —objetó Rick. Pero había comprendido.
—Lo que le preocupa a Dave —dijo Bryant— es este aspecto
del tipo avanzado Nexus-6. La organización Rosen nos había asegurado, como usted
sabe, que era posible distinguir un Nexus-6 con el test corriente del perfil.
Les creímos. Pero ahora debemos establecerlo por nuestra cuenta, como yo me
imaginaba. Y eso es lo que hará usted en Seattle. Ya comprende que esto puede
salir mal de las dos maneras: si no es posible catalogar a todos los robots
humanoides, no tenemos un instrumento de análisis confiable y jamás
descubriremos a los que ya se han escapado. Y si clasifica como androide a un
sujeto humano... Sería lamentable — Bryant lo miró con frialdad—, aunque nadie,
y ciertamente tampoco la Rosen Association, publicaría la noticia. En realidad,
podemos permanecer inmóviles por tiempo indefinido, aunque será necesario
informar a la WPO, que a su vez avisará a Leningrado. Llegará un momento en que
la cosa haga explosión, pero para entonces quizás hayamos desarrollado un test
mejor —cogió el videófono— ¿Partirá ahora mismo? Utilice un coche del
departamento y el combustible de nuestros surtidores.
—¿Puedo llevarme las notas de Dave Holden? —pidió Rick,
poniéndose en pie—Querría leerlas por el camino.
—Esperaremos hasta que haya probado el test en Seattle
—respondió Bryant. Rick advirtió que el tono de su voz era curiosamente
despiadado.
Cuando el coche aéreo del departamento de policía aparcó en
el terrado del edificio de la Rosen Association en Seattle, una muchacha lo
esperaba. Delgada, de pelo negro, con las nuevas y enormes gafas para filtrar el
polvo, se acercó al coche con las manos hundidas en los bolsillos del largo
abrigo a rayas de colores vivos. En su cara pequeña, de rasgos bien definidos,
había una expresión de hosquedad.
—¿Qué ocurre? —preguntó Rick al descender. La chica
respondió oblicuamente.
—No sé. La forma en que nos trataron, supongo. No tiene
importancia —le tendió la mano, que él cogió reflexivamente—Soy Rachael Rosen.
Usted es el señor Deckard, ¿verdad?
—No ha sido idea mía.
—Bueno, es lo que nos dijo el inspector Bryant. Pero
oficialmente usted es el departamento de policía de San Francisco, y no cree que
nuestra actividad sea un servicio público —lo miró por debajo de sus largas
pestañas oscuras, probablemente artificiales.
—Un robot humanoide es como cualquier otra máquina
—respondió Rick—
Puede oscilar entre el beneficio y el riesgo. Como
beneficio no es nuestro problema.
—Pero sí como riesgo —dijo Rachael Rosen—¿Es verdad, señor
Deckard, que usted es un cazador de bonificaciones? De mala gana, Rick se
encogió de hombros y asintió.
—Considera que un androide es una cosa inerte —continuó la
chica—Algo que se puede “retirar”, como se acostumbra decir.
—¿Ya está seleccionado el grupo? Me gustaría...
Rick se interrumpió cuando de repente vio los animales.
Por supuesto que una poderosa corporación tenía que ser
capaz de permitirse una cosa semejante, comprendió. Y en el fondo, había
previsto sin lugar a dudas esa colección: no sentía sorpresa sino más bien una
especie de ansiedad. Se apartó de la muchacha en silencio y se dirigió a los
corrales. Podía percibir los diversos olores de las criaturas que se movían o
permanecían echadas, y de una que dormía, y aparentemente era un coatí.
Nunca en su vida había visto un coatí. Conocía al animal
por las películas 3-D que pasaba la televisión. Por alguna razón, el polvo había
afectado a esa especie tanto como a las aves, de las que casi no quedaban
sobrevivientes. Cogió automáticamente su gastado ejemplar del Sidney y buscó el
coatí. Los precios estaban, desde luego, en bastardilla: como en el caso de los
caballos percherón, no había ninguno en el mercado, a cualquier precio. El
catálogo Sidney se limitaba a reproducir la cifra de la última venta. Era
astronómica.
—Se llama Bill —dijo la chica desde atrás—Bill, el coatí.
Lo compramos el año pasado a una corporación subsidiaria —señaló algo un poco
más lejos.
Rick vio entonces una compañía de guardias armados con
pequeñas ametralladoras Skoda de tiro rápido. Los ojos de los guardias estaban
fijos en él. Y mi coche lleva bien a la vista las insignias de los vehículos
policiales..., pensó.
—Un fabricante de androides —observó, pensativo—invierte
sus excedentes en animales vivos.
—Mire el búho —dijo Rachael Rosen—Allá. Lo voy a despertar
—indicó una jaula a cierta distancia. En su centro había un árbol muerto.
Estaba a punto de decir que no había más búhos. O eso nos
han dicho... Sidney los considera extinguidos en su catálogo. Llevan la E, esa
letra pequeña y precisa. Mientras la muchacha se adelantaba, comprobó que estaba
en lo cierto. Sidney jamás se equivoca, se dijo. ¿En qué otra cosa podemos
confiar?
—Es artificial —exclamó de pronto con certeza. Pero su
decepción era intensa y aguda.
—No —sonrió ella, y Rick vio que sus dientes pequeños y
parejos eran tan blancos como negros eran el pelo y los ojos.
—Pero Sidney —objetó, tratando de mostrarle el catálogo,
para probar sus palabras.
—No le compramos a Sidney —respondió Rachael—, ni a ningún
vendedor de animales. Nuestras compras son privadas y no comunicamos el precio.
Además, tenemos nuestros propios naturalistas. En este momento están trabajando
en Canadá. Allá todavía quedan bosques relativamente grandes. Al menos, lo
bastante para animales pequeños y alguna que otra ave.
Durante largo tiempo contempló al búho, que dormitaba en su
rama. Mil pensamientos brotaron de su mente acerca de la guerra, de los días en
que los búhos caían del cielo, muertos. Recordó que en su infancia había
alcanzado a comprobar la extinción de una especie tras otra. Los periódicos
anunciaban un día la desaparición de los zorros, el siguiente la de los tejones,
hasta que la gente dejó por último de leer aquellos perpetuos obituarios.
Pensó también en su necesidad de un animal verdadero. Una
vez más se manifestaba el odio que le inspiraba su oveja eléctrica, que debía
cuidar y atender como si estuviera viva. La tiranía de los objetos, pensó. Ella
no sabe que yo existo. Como los androides, carece de la capacidad de apreciar la
existencia de otro ser. Jamás había pensado antes en la semejanza entre los
animales eléctricos y los andrillos. Un animal eléctrico era una forma inferior,
un robot de menor calidad. O a la inversa, un androide era una versión altamente
desarrollada del seudoanimal.
Las dos ideas le resultaban repulsivas.
—Si Rosen vendiera ese búho —dijo—, ¿cuánto pediría?
—Jamás venderíamos nuestro búho —Rachael lo contempló con
una mezcla de placer y piedad; la menos eso le pareció a Rick—Y aunque así
fuera, nunca podría pagar el precio. ¿Qué animal tiene en su casa?
—Una oveja —respondió él—Una Suffolk de cara negra.
—Entonces debería sentirse satisfecho.
—Lo estoy —dijo él—Pero siempre he querido un búho, incluso
antes de que todos murieran... Excepto el suyo —se corrigió.
—Nuestro programa actual prevé la obtención de otro búho
—agregó ella—, para aparearlo con Scrappy —señaló al ave posada en su percha y
que por un instante abrió los ojos, unas hendiduras amarillas que se
desvanecieron cuando reanudó su reposo. El pecho del búho subió y bajó
conspicuamente, como si el ave hubiese suspirado en su estado hipnagógico.
Apartándose de la imagen, que había agregado amargura a su
anterior reacción de sorpresa y anhelo, Rick dijo:
—Querría iniciar la prueba. ¿Podemos bajar?
—Mi tío recibió la llamada de su jefe y probablemente ya...
—¿Su tío? ¿Una corporación de estas dimensiones es un
negocio familiar?
Rachael continuó su frase:
—... habrá reunido un grupo de androides y uno de control.
Vamos —se dirigió al ascensor sin mirar atrás, metiendo nuevamente las manos en
los bolsillos de su abrigo.
Rick vaciló un momento, con fastidio, antes de seguirla.
—¿Qué tiene usted contra mí? —preguntó mientras descendían.
Ella reflexionó, como si no lo hubiera pensado antes.
—Pues bien —dijo—, usted, un funcionario de un pequeño
departamento policial, tiene en este momento una situación única. ¿Comprende lo
que quiero decir? —lo miró de costado, maliciosamente.
—¿Qué parte de la producción actual representan los
androides equipados con el Nexus-6?
—El total —respondió Rachael.
—Estoy seguro de que la escala Voigt-Kampff puede
descubrirlos.
—Y si no es así, tendremos que retirar del mercado todos
los modelos de Nexus-6 —sus ojos negros ardían mientras se abrían las puertas
del ascensor detenido—Y todo porque la policía no puede resolver una cosa tan
simple como la detección de una minúscula cantidad de Nexus-6 que...
Un hombre mayor, pulcro y delgado, se acercó a ellos.
Llevaba la mano extendida y una expresión de preocupación, como si todo hubiese
empezado a desarrollarse con excesiva rapidez.
—Soy Eldon Rosen —dijo mientras daba un apretón de manos a
Rick— Escuche, Deckard: usted sabe que no fabricamos nada aquí en la Tierra,
¿verdad? Simplemente no podemos llamar al sector de producción y pedir una serie
distinta de artículos. No es que no nos propongamos o no queramos colaborar con
ustedes. Sea como fuere, he hecho todo lo posible —su mano izquierda,
temblorosa, rozó su pelo, que empezaba a ralear.
Rick indicó su cartera y dijo:
—Estoy listo para comenzar.
La nerviosidad de Rosen acrecentó su confianza en sí mismo.
Me temen, pensó con asombro. Incluso Rachael. Probablemente
podría obligarles a abandonar la producción de los modelos Nexus-6. Lo que yo
haga en las próximas horas afectará el carácter de sus operaciones, y puede
llegar a determinar el futuro de la Rosen Association aquí, en los Estados
Unidos, en Rusia y en Marte.
Los dos miembros de la familia Rosen lo miraron
aprensivamente y Rick pudo sentir la duplicidad de sus maneras. Con él habían
entrado en la casa el vacío y la llamada al silencio de la ruina económica.
Poseen un poder desmesurado, pensó Rick. Su empresa es considerada uno de los
ejes del sistema industrial. En realidad, la manufactura de androides ha llegado
a ligarse tanto con el desarrollo de la colonización que si aquella se
derrumbara, éste la seguiría a su vez. Naturalmente, la Rosen Association
comprendía esto perfectamente. Y Eldon Rosen tenía plena conciencia de ello
desde que Harry Bryant había llamado.
—No hay motivo para preocuparse —dijo Rick mientras los dos
Rosen lo guiaban por un amplio corredor muy iluminado. El mismo se sentía
tranquilo. La situación le agradaba más que cualquier otra que pudiera recordar.
Todos sabrían muy pronto lo que el método de prueba podía hacer, y lo que no
podía—Si ustedes no tuvieran confianza en el test de Voigt-Kampff —observó—,
probablemente su organización habría tratado de descubrir otro superior. Podría
decirse que parte de la responsabilidad recae sobre la Rosen Association. Sí,
gracias —le indicaron una habitación elegante, un salón alfombrado, con
lámparas, divanes y mesas modernas donde estaban las últimas revistas e incluso,
advirtió, el suplemento de febrero del catálogo Sidney, que él aún no había
visto. En realidad, ese suplemente sólo aparecería dentro de tres días. Era
obvio que la Rosen Association tenía una relación especial con Sidney. Irritado,
cogió la publicación.
—Esto significa una violación de la confianza pública.
Nadie debe tener información anticipada de los cambios de precio.
Y también, seguramente, violaba una ley federal. Pero en
vano trató de recordarla.
—Me lo llevaré conmigo —dijo, y guardó el suplemento en su
cartera.
Después de una pausa, Eldon Rosen dijo con hastío:
—Nuestra política jamás ha sido la de obtener anticipación
de nada como...
—Yo no soy un funcionario judicial —interrumpió Rick—Soy un
cazador de bonificaciones —de su cartera extrajo el equipo Voigt-Kampff, y
sentándose junto a una mesa baja de palo de rosa, empezó a preparar el sencillo
instrumento poligráfico—Puede usted enviar al primer sujeto —le dijo a Eldon
Rosen, que parecía aún más inquieto.
—Me gustaría mirar —dijo Rachael, sentándose—Nunca he visto
realizar un test de empatía. ¿Qué mide este aparato?
—Esto —dijo Rick, sosteniendo en alto un disco chato,
adhesivo, de donde partían varios cables—, mide la dilatación capilar en la
región facial. Sabemos que ésta es una respuesta autónoma y primaria, lo que
llamamos “vergüenza” o “rubor” ante un estímulo moralmente inquietante. Esto no
se puede controlar voluntariamente, como ocurre en cambio con la conductividad
de la piel, la respiración o el ritmo cardíaco —le mostró el otro elemento, de
donde brotaba un fino haz de luz—Y esto registra la tensión en los músculos
oculares. Al mismo tiempo que se produce el fenómeno del rubor hay generalmente
un pequeño desplazamiento de...
—¿Y eso no se verifica en los androides?
—Aunque biológicamente podría llegar a darse, las
preguntas-estímulo no generan estas respuestas.
—Hágame el test —dijo Rachael.
—¿Por qué? —dijo Rick, confundido. Eldon Rosen dijo con voz
ronca:
—La hemos elegido como
primer sujeto. Podría ser un androide. Esperamos que nos lo pueda decir —se
sentó con varios movimientos torpes, sacó un cigarrillo, lo encendió y se quedó
mirando fijamente.
5
El pequeño haz de luz blanca iluminaba el ojo izquierdo de
Rachael Rosen. El disco de malla metálica estaba adherido a su mejilla. La
muchacha parecía serena.
Rick Deckard estaba sentado en una posición que le permitía
leer los dos medidores del aparato Voigt-Kampff.
—Describiré una serie de situaciones sociales, y usted
expresará su reacción lo más rápidamente que pueda. Mediré el tiempo, por
supuesto.
—Y también por supuesto, lo que yo diga no tendrá
importancia. Sólo valdrá la reacción capilar y la del músculo ocular. Pero
igualmente responderé. Quiero pasar por esto y... Adelante, señor Deckard.
Rick eligió la pregunta número tres.
—Le regalan una billetera de piel de becerro para su
cumpleaños — inmediatamente las agujas saltaron a la zona roja, y luego
regresaron.
—No la aceptaría —respondió Rachael—Y denunciaría a la
policía a la persona que me la regalara.
Después de hacer una anotación, Rick pasó a la pregunta
número ocho de la escala de perfiles del Voigt-Kampff.
—Tiene usted un niño pequeño que le muestra su colección de
mariposas, y también el frasco donde las mata.
—Lo llevaría al médico —la voz de Rachael era baja pero
firme. Nuevamente las agujas se movieron, pero menos. Rick hizo la
correspondiente anotación y preguntó:
—Está viendo la TV. De pronto advierte que una avispa
avanza por su brazo.
—La mataría —respondió Rachael; esta vez las agujas apenas
registran un débil y corto temblor.
Rick escribió su observación y eligió cuidadosamente la
pregunta siguiente.
—Encuentra en una revista la foto a página entera y a todo
color de una chica desnuda —se detuvo.
—¿Es un test para saber si soy androide o si soy lesbiana?
—preguntó ácidamente Rachael. Las agujas no se movieron.
—A su marido le gusta la foto —continuó Rick; no hubo
respuesta. Y agregó—: La chica está tendida boca abajo sobre una enorme y
bellísima piel de oso —los medidores no registraron cambios, y Rick piensa: una
respuesta de androide, no ha reparado en el elemento principal, la piel del
animal muerto. Se concentra en otros factores—Su marido cuelga la foto en la
pared de su estudio — concluyó. Entonces la reacción se manifestó.
—Ciertamente no se lo permitiría —dijo Rachael.
—Está bien —asintió Rick—Ahora está usted leyendo una
novela escrita en los viejos tiempos, antes de la guerra. Los personajes visitan
el muelle de pescadores de San Francisco. Sienten hambre, y entran en un
restaurante. Uno de ellos pide langosta; el chef arroja una langosta a una olla
de agua hirviente a la vista de los personajes.
—Dios mío —dijo Rachael—Pero eso es terrible, depravado.
¿Cómo pueden hacer eso? ¿Quiere usted decir, una langosta viva?
Las agujas permanecieron inmóviles. La respuesta era
formalmente correcta, pero simulada.
—Ha alquilado una casita de troncos de pino en la montaña
—continuó Rick—La zona es todavía exuberante. En la casa hay un gran hogar.
—Sí —respondió Rachael, impaciente.
—Alguien ha colgado viejos mapas en las paredes, grabados
por Currier e Ives. Encima del hogar hay una cabeza de ciervo con grandes astas.
La gente que la acompaña admira el ambiente y entre todos deciden...
—Yo no, si es que hay una cabeza de ciervo —interrumpió
Rachael. Pero los medidores no han sobrepasado la zona verde.
—Ha quedado usted embarazada —dijo Rick— de un hombre que
le ha prometido casamiento. Pero él se marcha con otra, con su mejor amiga.
Usted aborta y...
—Jamás lo haría —respondió Rachael—Y por otra parte, no se
puede. La condena es a perpetuidad y la policía vigila permanentemente.
Las dos agujas se desplazaron al rojo con violencia.
—¿Cómo lo sabe? ¿Cómo sabe que es difícil obtener
autorización para abortar? —preguntó Rick, con curiosidad.
—Todo el mundo lo sabe —repuso Rachael.
—Me pareció que hablaba usted por experiencia personal
—Rick miró los medidores, que mostraban intensas
fluctuaciones—Una más. Ha salido con un hombre que la invita a visitar su casa.
Una vez allí le ofrece una copa. Mientras está bebiendo, de pie, ve el
dormitorio: está decorado con atractivos cartelones taurinos, y se acerca a
mirar. El la sigue, cierra la puerta, la rodea con el brazo y le dice...
—¿Qué es un cartelón taurino? —interrumpió Rachael.
—Un dibujo, generalmente muy grande, de colores, que
muestra a un torero con su capa y a un toro que intenta atacarlo —Rick dudó—¿Qué
edad tiene usted? —podía ser un factor importante.
—Dieciocho años —contestó Rachael—Está bien: él cierra la
puerta y me abraza. ¿Qué dice entonces?
—¿Sabe usted cómo terminaban las corridas de toros?
—Me figuro que alguien quedaba herido...
—Siempre mataban al toro, al final —Rick esperó, observando
las agujas, que apenas palpitaron con inquietud; la reacción había sido
débil—Una pregunta final, en dos partes —agregó—Usted ve una vieja película en
la TV, anterior a la guerra.
Los participantes en un banquete comen ostras crudas.
—Ugh —dijo Rachael. Las agujas se movieron vivazmente.
—El entrante consiste en perro cocido, relleno de arroz
—continuó Rick. El desplazamiento de las agujas fue
menor—¿Para usted las otras son menos aceptables que la carne de perro?
Evidentemente no —dejó su bolígrafo, apagó el haz de luz y le quitó de la
mejilla el disco adhesivo—Usted es una androide —dijo—Este es el resultado del
test —agregó, dirigiéndose a “ella” y a Eldon Rosen, que lo miraba con inquietud
avasalladora.
La cara del anciano se contraía plásticamente de furia.
Rick prosiguió con su indagación:
—Es así, ¿verdad? —no hubo respuesta de ninguno de los
Rosen—Nuestros intereses no están en conflicto —agregó, razonablemente—Que el
test de VoigtKampff funcione bien es tan importante para ustedes como para mí.
—Ella no es androide —dijo Rosen.
—No lo creo —respondió Rick.
—¿Por qué habría de mentir? —preguntó Rachael con
vehemencia—En todo caso mentiríamos al revés.
—Quiero un análisis de médula ósea —contestó Rick—Es
posible determinar orgánicamente si alguien es o no un androide. Sé que es largo
y doloroso, pero...
—En términos legales —dijo Rachael—, no puedo ser obligada
a sufrir un análisis de médula. La corte no lo permite, por considerar que se
trata de autoacusación. Y de todos modos, en una persona viva, no en el caso de
un androide retirado, lleva largo tiempo. Usted puede aplicar ese maldito test
de Voigt-Kampff a causa de los especiales, a los que hay que vigilar
constantemente. Aprovechando que el gobierno debería ocuparse de esto, la
policía ha logrado introducir el Voigt-Kampff. Pero lo que dijo usted antes es
verdad: éste es el fin del test —la muchacha se puso en pie, se apartó y se
detuvo de espaldas a él, con las manos en las caderas.
—La cuestión no es la legalidad del análisis de médula ósea
—dijo Eldon Rosen con voz ronca—, sino el fracaso del test de empatía en el caso
de mi sobrina. Puedo explicarle por qué sus respuestas son las de un androide.
Rachael creció a bordo del Salader 3. Nació en él, y durante catorce de sus
dieciocho años sólo supo de la Tierra lo que encontró en la videoteca y lo que
el resto de la tripulación, nueve adultos, le contó. Y después, como recordará,
cuando la nave había recorrido la sexta parte del camino a Próxima, inició el
retorno. De lo contrario, Rachael habría tenido que esperar hasta una edad muy
mayor para conocer la
Tierra.
—Y la policía podría retirarme —agregó Rachael por encima
del hombro—En una redada me matarían. Lo sé desde mi llegada, hace cuatro años.
Esta no es la primera vez que me aplican el Voigt-Kampff. En verdad, rara vez
salgo de casa. El peligro es enorme, a causa de los controles policiales y las
pinzas voladoras para capturar especiales no clasificados.
—Y androides —terminó Eldon Rosen—Aunque, naturalmente, eso
no se le dice a la población. Se supone que debe ignorar la presencia de
androides en la Tierra.
—No creo que los haya —respondió Rick—Sin duda la policía
los ha cogido a todos, tanto aquí como en la Unión Soviética. Ahora la población
es pequeña. Y tarde o temprano todo el mundo ha de pasar por los puntos de
control establecidos al azar.
O, por lo menos, eso era lo que cabía esperar.
—¿Cuáles son sus instrucciones en el caso de que el test
clasifique como androide a un ser humano? —preguntó Eldon Rosen.
—Eso es asunto oficial —Rick empezó a guardar su equipo en
la cartera, mientras ambos Rosen lo miraban en silencio—Pero, naturalmente, debo
cancelar toda prueba subsiguiente. Si hay un fracaso, de nada sirve continuar
—cerró de un golpe su cartera.
—Podríamos haberlo engañado —dijo Rachael—Nada nos obliga a
admitir que el resultado ha sido incorrecto. O el resultado obtenido con los
otros nueve sujetos elegidos. Nos habría bastado con dejarle seguir con las
pruebas sin decir nada.
—Yo habría insistido en que me dieran una lista previa, en
sobre cerrado, para comparar los resultados y obtener una confrontación
concluyente.
Pero no la habría obtenido, pensó. Bryant tenía razón.
Gracias a Dios que no he seguido cazando androides sobre la base del test.
—También nosotros pensamos que lo haría —observó Eldon
Rosen mirando a Rachael, que asentía—Habíamos estudiado esa posibilidad
—reconoció.
—Este problema procede de su forma de operar, señor Rosen
—dijo Rick— Nadie obligó a su organización a desarrollar los robots humanoides
hasta un punto en que...
—Nosotros producimos lo que desean los colonos —repuso
Eldon Rosen— Hemos seguido un principio, respetado por el tiempo, que ha
justificado siempre el éxito comercial. Si nuestra empresa no hubiera construido
modelos cada vez más humanos, otras lo habrían hecho. Conocíamos los riesgos
existentes cuando desarrollamos la unidad cerebral Nexus-6. Pero el test de
Voigt-Kampff era un fracaso antes de que distribuyéramos los nuevos androides.
Si usted hubiese fallado en clasificar a un androide Nexus-6 como androide, si
lo hubiese registrado como un ser humano... Pero no es eso lo que ha ocurrido
—su voz era dura y penetrante—El departamento policial a que usted pertenece,
así como otros puede haber retirado, y es probable que lo haya hecho, a
verdaderos seres humanos de capacidad empática no desarrollada, como mi sobrina.
Su posición, señor Deckard, es muy grave en términos morales. La nuestra no lo
es.
—En otras palabras —dijo agudamente Rick—, no me concederá
usted la posibilidad de aplicar el test a un solo Nexus-6. Para anticiparse a
ella ha presentado en primer término a esta chica esquizoide.
Y mi test ha sido derrotado, pensó. Debí haberme negado.
Pero ahora es demasiado tarde.
—Le hemos ganado, señor Deckard —dijo Rachael Rosen con voz
serena y razonable, y se volvió hacia él, sonriendo.
Todavía no lograba comprender cómo la Rosen Association
había logrado engañarlo tan fácilmente. Una corporación gigantesca como ésa
atesoraba gran experiencia, poseía en realidad una especie de mente colectiva.
Eldon y Rachael Rosen eran tan sólo los portavoces de esa entidad múltiple. Su
error, evidentemente, había consistido en considerarlos como meros individuos.
Era un error que no volvería a cometer.
—Su jefe, el inspector Bryant —dijo Rosen—, hallará difícil
comprender cómo sucedió que nos permitiera usted anular su método de prueba
antes de comenzar el test —señaló el cielorraso, y Rick vio la lente de una
cámara: el error cometido con los Rosen había sido registrado—Creo que lo más
conveniente para todos — agregó Eldon— será que nos sentemos y... Podemos llegar
a un acuerdo, señor Deckard —hizo un gesto afable—No hay motivo de preocupación.
El modelo de androide Nexus-6 es un hecho. Así lo reconocemos en la Rosen
Association, y creo que también usted lo reconoce ahora.
Rachael se inclinó sobre Rick.
—¿Le gustaría ser dueño de un búho?
—Creo que jamás lo seré —comprendía perfectamente lo que
ella había querido insinuar; sabía qué transacción se proponía realizar la Rosen
Association. Sintió en su interior una tensión que no había experimentado hasta
entonces, y que explotaba suavemente en todas las zonas de su cuerpo. La
conciencia de lo que estaba ocurriendo se apoderó de él por completo.
—Pero eso es precisamente lo que desea: un búho —dijo Eldon
Rosen, que miró interrogativamente a su sobrina—Creo que no comprende.
—Por supuesto que comprende —repuso ella—Sabe con toda
exactitud adonde lleva esto. ¿No es así, señor Deckard? —volvió a inclinarse
sobre él, tanto que Rick percibió una suave fragancia y quizá su calidez—Pues
prácticamente lo ha conseguido, señor Deckard; podríamos decir que el búho ya es
suyo —y agregó, dirigiéndose a su tío—: Es un cazador de bonificaciones,
¿recuerdas? Por lo tanto, vive de las bonificaciones que gana, y no sólo del
sueldo. ¿No es así, señor Deckard?
Rick asintió.
—¿Cuántos androides se han escapado esta vez? —preguntó
Rachael.
—Eran ocho, originariamente. Dos ya han sido retirados. No
por mí.
—¿Cuánto recibe por cada androide?
—Según —respondió Rick, encogiéndose de hombros. Rachael
continuó:
—Si no dispone de un test, no tiene forma de identificar a
los androides ni, por consiguiente, de cobrar sus bonificaciones. De modo que si
abandona la escala de Voigt-Kampff...
—Otra nueva la reemplazará —dijo Rick—Ya ha ocurrido antes
—
exactamente, tres veces. Pero esta vez era diferente,
porque el nuevo test, el instrumento analítico más moderno, ya estaba a su
disposición.
—Naturalmente, el test de Voigt-Kampff terminará por ser
anticuado —dijo Rachael—Pero todavía no. Estamos convencidos de que es apto para
distinguir a los modelos equipados con el Nexus-6 y querríamos que, en su
peculiar tarea, continuara usted trabajando sobre esta base —la chica lo miraba
intensamente, balanceándose y con los brazos cruzados apretados; trataba de
medir su reacción.
—Dile que puede quedarse con el búho —sugirió Eldon Rosen.
—Así es —dijo Rachael, sin dejar de mirarlo—El que ha visto
en el terrado. Scrappy. Pero si conseguimos un macho, debe permitir que se
aparee con ella. Y que quede bien en claro que la descendencia será nuestra.
—Dividiremos la nidada —propuso Rick.
—No —repuso instantáneamente Rachael, y Eldon Rosen negó
con la cabeza en señal de apoyo a su sobrina—De ese modo tendría usted derecho a
la única familia de búhos hasta el fin de los tiempos. Y hay otra condición: no
puede cederlo en herencia. A su muerte, volverá a manos de la Rosen Association.
—Eso parece una invitación a que me maten —contestó Rick—Bonita
forma de recuperar inmediatamente el búho... No puedo aceptar. Es demasiado
peligroso.
—Usted es un cazador de bonificaciones —dijo Rachael—Sabe
usar un arma láser. En este preciso instante lleva una. Si no es capaz de
defenderse, ¿cómo piensa retirar a los seis andrillos Nexus-6 restantes? Son
bastante más inteligentes que los viejos W-4 de la Gozzi Corporation.
—Pero yo los persigo a ellos —replicó Rick—En cambio, si
acepto la cláusula de reversión, alguien me perseguiría a mí —no le gustaba la
idea de que lo persiguieran. Había visto el efecto que esto provocaba incluso en
los androides.
—Está bien —dijo Rachael—Cederemos en ese punto, y podrá
legar el búho a sus descendientes. Pero insistimos en conservar la nidada
completa. Si no está de acuerdo con esto, vuelva a San Francisco, reconozca ante
sus superiores que el test de Voigt-Kampff, al menos en la forma en que usted lo
aplica, no puede distinguir entre un andrillo y un ser humano. Y luego búsquese
otro trabajo.
—Querría un poco de tiempo para decidir —dijo Rick.
—Está bien —respondió Rachael, y miró su reloj—Puede
quedarse aquí.
—Media hora —agregó Eldon Rosen, como aclaración.
Ambos Rosen se dirigieron hacia la puerta.
Ellos ya habían hablado, pensó Rick. Ahora le correspondía
a él dar una respuesta. Cuando Rachael se disponía a cerrar la puerta, Deckard
le habló con dureza:
—Estoy perfectamente atrapado. Tienen la prueba de que me
he equivocado con usted. Saben que mi trabajo depende del test de Voigt-Kampff.
Y además está ese maldito búho.
—Es suyo, ¿recuerda? —dijo Rachael—Le pondremos en la pata
una cintila con su dirección y lo despacharemos a San Francisco. Lo recibirá en
su casa cuando regrese del trabajo.
—Un momento —dijo Rick.
—¿Ya ha tomado su decisión? —preguntó Rachael, deteniéndose
en la puerta.
—Querría hacerle otra pregunta del Voigt-Kampff. Rachael
miró a su tío, que asintió. De mala gana, volvió a sentarse como antes.
—¿Para qué? —preguntó con las cejas elevadas por el
desagrado y también por el temor. Rick advirtió, profesionalmente, la tensión de
su cuerpo.
Nuevamente dirigió el haz de luz al ojo derecho de la
muchacha y puso el disco adhesivo en contacto con su mejilla. Rachael estaba
rígida. Su expresión de extremo disgusto no había desaparecido.
—Bonita cartera, ¿verdad? —dijo Rick mientras buscaba los
formularios impresos del test—Es del departamento.
—Sí, ¿eh? —respondió Rachael, ausente.
—Es de piel de bebé —agregó Rick, acariciando la piel negra
de la cartera— Cien por ciento genuina —vio que después de una pausa las agujas
se pusieron a fluctuar con frenesí. La reacción había llegado tarde. El conocía
el tiempo exacto de reaccionar, en fracciones de segundo. Sabía que no debía
haber demora—Gracias, señorita Rosen. Eso era todo —recogió de nuevo su equipo.
—¿Se marcha? —preguntó Rachael.
—Sí. He terminado. Cautelosamente, Rachael preguntó:
—¿... y los otros nueve?
—El test ha funcionado adecuadamente en su caso —explicó
Rick—Puedo deducir de esto que evidentemente es aún efectivo —se dirigió a Eldon
Rosen, que estaba inerte, junto a la puerta—: ¿Ella lo sabe? —a veces no era
así: en muchas ocasiones se los dotaba de una falsa memoria, con la errónea
esperanza de que alterara las reacciones ante el test.
—No —contestó Eldon Rosen—La hemos programado
completamente. Pero creo que hacia el final ha empezado a sospechar —a la
muchacha le dijo—: ¿No fue así, cuando él te pidió una nueva prueba?
Rachael, muy pálida, asintió.
—No temas —le dijo Eldon Rosen—No eres un androide escapado
ilegalmente. Eres propiedad de la Rosen Association, que te emplea como muestra
para las ventas a futuros emigrantes —se acercó a la chica y apoyó la mano en su
hombro. Rachael se apartó del contacto.
—Es verdad —observó Rick—No la retiraré, señorita Rosen.
Buenos días — empezó a avanzar hacia la puerta, y se detuvo—¿El búho es real?
Rachael dirigió una rápida mirada a su tío.
—Se marchará de todos modos —contestó Rosen—Da lo mismo. El
búho es artificial. No quedan búhos.
—Hmmm —murmuró Rick, mientras salía al pasillo. Nadie dijo
nada más. No había nada que decir. Así operan los grandes fabricantes de
androides, se dijo Rick. De una manera sinuosa que jamás había observado
anteriormente. Demostraban un tipo nuevo de personalidad, compleja y extraña. No
era difícil
comprender que la justicia tuviera dificultades con el
Nexus-6
El Nexus-6. Finalmente lo había conocido. Rachael era un
Nexus-6, sin duda alguna. El primer androide de ese tipo que he visto, se dijo.
Y poco había faltado para que los Rosen minaran nuestra confianza en el test de
Voigt-Kampff, único instrumento que permite descubrirlos. Casi lo habían
logrado. La Rosen Association había hecho un buen trabajo, o al menos un buen
intento, para defender sus productos.
Y yo debo enfrentar a otros seis, para terminar la tarea,
reflexionó Rick. Se ganaría cada centavo de esas bonificaciones.
Suponiendo que llegara vivo
a! final.
6
El televisor atronaba. Mientras descendía las grandes
escaleras desiertas y cubiertas de polvo hacia el nivel inferior, John Isidore
distinguía la voz familiar y burbujeante del Amigo Buster, que se dirigía
eufórico a su audiencia de todo el sistema.
—Hola, hola, amigos. ¡Zip, clip, zip! Es la hora de nuestro
breve comentario sobre el tiempo de mañana. Primero la Costa Este de los Estados
Unidos. El satélite Mungoose comunica que la radiación aumentará hacia el
mediodía y disminuirá luego, gradualmente. De modo que todos los queridos amigos
que deseen salir deberán esperar hasta la tarde, ¿en? Y hablando de esperar,
faltan sólo diez horas para el anuncio de una gran noticia, en mi informe
especial. Decid a vuestros amigos que no se pierdan el programa. Revelaré algo
que os asombrará. Quizás algunos conjeturen que, como de costumbre...
Isidore golpeó la puerta y la voz cesó. No era meramente
que hubiese callado; había dejado de existir, aterrorizada hasta la muerte por
el golpe.
Isidore sintió, detrás de la puerta cerrada, la presencia
de vida. Sus sentidos alerta percibían, o fabricaban, el miedo silencioso y
terrible de alguien que se alejaba, que se apretujaba contra la pared opuesta
para escapar de él.
—Eh —dijo—Yo vivo arriba. He oído la TV. Deberíamos
conocernos, ¿no le parece? —esperó mientras escuchaba; ni un sonido, ni un
movimiento. Sus palabras no habían logrado tranquilizar al vecino—Le he traído
un paquete de margarina —agregó, acercándose a la puerta para que le oyeran
mejor—Mi nombre es J. R. Isidore y trabajo para el conocido veterinario, el
señor Hannibal Sloat, sin duda habrá oído hablar de él. Soy una persona
honorable, y tengo un trabajo: conduzco el camión del señor Sloat.
La puerta se entreabrió y vio la figura fragmentaria,
torcida y encogida de una chica que al mismo tiempo trataba de alejarse y de
mantenerse cogida de la puerta, como buscando apoyo físico. El miedo le daba el
aire de una persona enferma, distorsionaba las líneas de su cuerpo, como si
alguien lo hubiese roto y luego lo hubiera armado deliberadamente en desorden.
Sus ojos, enormes, lo miraban fijamente mientras intentaba sonreír.
Isidore comprendió de repente y dijo:
—Usted creía que aquí no vivía nadie. Pensó que la casa
estaba abandonada...
—Sí —susurró la muchacha.
—Pero es una suerte tener un vecino —respondió Isidore—Hasta
su llegada, yo no tenía ninguno —y eso no era nada divertido, bien lo sabía.
—¿Es usted el único? —preguntó la chica—¿En todo el
edificio, aparte de mí? —estaba perdiendo la timidez, su cuerpo se enderezó y se
alisó el pelo con la mano.
El advirtió que tenía una bonita silueta, aunque pequeña, y
bellos ojos subrayados por largas pestañas. Cogida de sorpresa, sólo tenía
puestos los pantalones de un pijama. Más atrás se veía una habitación en
desorden. Había maletas abiertas aquí y allá, con el contenido medio
desparramado por el suelo cubierto de cosas. Era natural: acababa de llegar.
—Sí, soy el único —respondió Isidore—Y no quiero molestarla
—se sentía alicaído; su ofrenda, que tenía el carácter de un auténtico rito de
preguerra, no había sido aceptada. En realidad, la chica ni siquiera se había
dado cuenta. O tal vez no sabía qué era un paquete de margarina. El tuvo esa
intuición. La muchacha parecía, sobre todo, asombrada, como si acabara de
emerger de las profundidades y flotara ahora a la deriva entre el oleaje
menguante del miedo—El viejo amigo Buster —agregó, tratando de deponer su
actitud rígida—¿Le gusta? Yo lo veo todas las mañanas y también a la noche,
cuando vuelvo a casa. Mientras ceno, y también el programa final. Es decir, lo
veía antes de que se me rompiera el televisor.
—¿Quién...? —empezó la chica, y se interrumpió. Se mordió
el labio, evidentemente furiosísima con ella misma.
—El Amigo Buster —explicó Isidore. Le parecía extraño que
esa muchacha nunca hubiera oído hablar del cómico de TV más chistoso de la
Tierra—¿De dónde ha venido usted? —preguntó.
—No me parece que eso tenga importancia —la chica alzó
rápidamente la vista hacia él y vio algo que aparentemente le devolvió la
serenidad pues su cuerpo se relajó—Cuando esté más instalada, me encantará su
compañía. Pero... ahora mismo, no puede ser.
—¿Por qué no puede ser? —estaba sorprendido. Todo en ella
le sorprendía. Quizás he vivido solo demasiado tiempo, pensó, y me he vuelto
raro. Dicen que eso ocurre a los cabezas de chorlito. La idea lo entristeció aún
más—Podría ayudarle a desempacar —sugirió. La puerta estaba casi cerrada—Y con
sus muebles.
—No tengo muebles —respondió ella, y agregó, señalando—:
Todo eso ya estaba aquí.
—No servirá —dijo Isidore. Bastaba con una mirada. Las
sillas, las mesas, la alfombra, todo estaba deteriorado, amontonado, era víctima
de la fuerza despótica del tiempo. Y del abandono. Nadie había vivido en ese
apartamento durante años; la ruina era casi completa. No podía imaginar cómo esa
chica se proponía vivir allí—Escuche —le dijo con seriedad—, si recorremos el
edificio, probablemente encontraremos cosas en mejor estado. Una lámpara en un
piso, una mesa en otro...
—Gracias —replicó ella—Lo haré yo misma.
—¿Y va a entrar sola en los apartamentos? —no lo podía
creer.
—¿Por qué no? —volvió a estremecerse, e hizo una mueca,
consciente de haberse equivocado.
—Una vez lo hice —dijo Isidore—Después me metí en mi casa y
no volví a pensar en el resto. Apartamentos donde nadie vive..., son centenares.
Están llenos de cosas de la gente; fotos de familia, ropas... Los que murieron
no pudieron llevarse nada, y los que emigraban no querían... Aparte de mi piso,
este edificio está completamente kippelizado.
—¿Kippelizado? —ella no entendía.
—Kippel son los objetos inútiles, las cartas de propaganda,
las cajas de cerillas después de que se ha gastado la última, el envoltorio del
periódico del día anterior. Cuando no hay gente, el kippel se reproduce. Por
ejemplo, si se va usted a la cama y deja un poco de kippel en la casa, cuando se
despierta a la mañana siguiente hay dos veces más. Cada vez hay más.
—Comprendo —la chica lo miraba con duda, no sabía si creer
o no, ni siquiera si él hablaba en serio.
—Esa es la primera Ley de Kippel —dijo él—El kippel expulsa
al no-kippel. Como la ley de Gresham acerca de la mala moneda. Y en estos
apartamentos no hay nadie para compartir el kippel.
—De modo que se ha apoderado de todo —concluyó la
muchacha—Ahora comprendo.
—Este lugar —continuó Isidore—, este apartamento que ha
elegido, está demasiado kippelizado para vivir en él. Podemos rechazar el factor
Kippel; podemos hacer lo que le dije, buscar en los otros apartamentos. Pero...
Se interrumpió.
—¿Pero qué?
—No podemos ganar.
—¿Por qué no? —la chica salió al pasillo cerrando la puerta
tras de sí. Cruzó los brazos modestamente sobre sus senos altos y pequeños, y
enfrentó a Isidore, ansiosa por comprender. Al menos eso le pareció a él. Se la
notaba atenta.
—Nadie puede vencer al kippel —continuó—, salvo, quizás, en
forma temporaria y en un punto determinado, como mi apartamento, donde he
logrado una especie de equilibrio entre kippel y no-kippel, al menos por ahora.
Pero algún día me iré, o moriré, y entonces el kippel volverá a dominarlo todo.
Es un principio básico: todo el universo avanza hacia una fase final de absoluta
kippelización. Con la única excepción del ascenso del Wilbur Mercer.
La muchacha lo miró.
—No veo qué tiene eso que ver...
—Pues es la base del Mercerismo —nuevamente se sintió
sorprendido—¿No participa usted de la fusión? ¿No tiene una caja de empatía?
Después de una pausa, la chica dijo cuidadosamente:
—No la he traído. Pensé que encontraría una aquí.
—Pero una caja de empatía es... es la cosa más personal que
alguien puede poseer —dijo él, tartamudeando de excitación—Es una extensión del
cuerpo, la forma de tocar a todos los demás seres humanos y dejar de estar solo.
Usted lo sabe, todo el mundo lo sabe... Mercer permite que incluso gente como
yo... —se interrumpió, pero era demasiado tarde. Pudo ver en la cara de la chica
un destello de brusco rechazo; era evidente que había comprendido—Casi pasé el
test de CI — continuó en voz baja y temblorosa—No soy muy especial, sólo
moderadamente, y no como otros. Pero a Mercer no le importa.
—Para mí —respondió ella—, ése es un grave defecto del
Mercerismo —su voz era clara y neutra, sólo se proponía enunciar un hecho: cómo
consideraba ella a los cabezas de chorlito.
—Creo que volveré arriba —dijo Isidore, y empezó a
alejarse, con su paquete de margarina, que en contacto con su mano se había
puesto húmedo y blando. La chica lo miró con la misma expresión neutra, y luego
lo llamó.
—Espere.
—¿Por qué —preguntó él, volviéndose.
—Lo necesito. Para buscar muebles adecuados, en otros
pisos, como usted dijo —avanzó hacia él. Su cuerpo desnudo de la cintura para
arriba, delgado, perfecto, no tenía un solo gramo de grasa de más—¿A qué hora
vuelve a su casa del trabajo? Cuando regrese me ayudará.
—¿No podría preparar usted la cena para los dos..., si yo
traigo lo necesario?
—No, tengo mucho que hacer —la chica rechazó el pedido sin
esfuerzo y, como él pudo advertir, sin haberlo comprendido; ahora que el miedo
había desaparecido, empezaba a brotar de ella algo más, algo extraño. Y
deplorable, pensó Isidore. Cierta frialdad, semejante al hálito del vacío entre
los mundos habitados, algo venido de ninguna parte. No era lo que ella decía o
hacía, sino más bien lo que no hacía ni decía—En alguna otra oportunidad —agregó
la chica, retrocediendo hacia la puerta de su apartamento.
—¿Entendió mi nombre? —preguntó él—John Isidore. Trabajo
para...
—Ya me lo ha dicho —se detuvo junto a la puerta y la
abrió—Una persona llamada Hannibal Sloat, que no sé si existe fuera de su
imaginación. Y mi nombre es —lo miró sin calidez, vacilando, mientras entraba—
Rachael Rosen.
—¿... de la Rosen Association? —preguntó él—Es el mayor
fabricante en todo el sistema, de los robots humanoides que se emplean en
nuestro programa de colonización —una complicada expresión pasó fugazmente por
su rostro y desapareció enseguida.
—No —respondió ella—Nunca he oído hablar de ellos. No sé
nada de eso. Me figuro que serán sólo fantasías de un cabeza de chorlito. John
Isidore y su caja de empatía privada, pobre señor Isidore.
—Pero su nombre...
—Mi nombre es Pris Stratton —dijo la chica—Es mi nombre de
casada, el que siempre uso. Puede llamarme Pris —reflexionó—No. Será mejor que
me llame señora Stratton, porque en realidad no nos conocemos. Al menos yo no lo
conozco —la puerta se cerró e Isidore se encontró solo en el pasillo oscuro y
cubierto de polvo.
7
Pues bien, así será, pensó J. R. Isidore, con su blando
paquete de margarina aferrado en la mano. Aunque quizá cambie de idea y me
permita que la llame Pris. Y también acerca de la cena, si puedo conseguir un
bote de hortalizas de antes de la guerra.
Puede ser que no sepa cocinar, se dijo de pronto. Está
bien, pero yo puedo. Prepararé la cena para los dos. Y le enseñaré, para que
ella también pueda hacerlo en el futuro si lo desea. Y sin duda querrá, cuando
haya aprendido. Por lo que sé, a la mayoría de las mujeres, incluso las jóvenes
como ella, le agrada cocinar. Es un instinto.
Subió las escaleras oscuras y regresó a su apartamento.
Verdaderamente ella no sabe nada, pensó mientras se ponía
su blanco uniforme de trabajo. Incluso si se daba prisa llegaría tarde a su
trabajo y el señor Sloat se enfadaría, pero ¿qué importaba? Por ejemplo, no
había oído hablar del Amigo Buster. Eso era imposible: Buster era la persona
viva más importante, a excepción, por supuesto de Wilbur Mercer... Pero Mercer
no era humano, reflexionó; evidentemente se trataba de una entidad arquetípica
de las estrellas, impresa en nuestra cultura por un troquel cósmico... Al menos
eso es lo que he oído decir a algunas personas, al señor Sloat, por ejemplo. Y
Hannibal Sloat tenía que saberlo.
También era extraño que ella no hubiese podido ponerse de
acuerdo acerca de su propio nombre. Quizá necesitaba ayuda. ¿Podré ayudarla de
alguna manera?, se preguntó. Un especial, un cabeza de chorlito, ¿qué puede
hacer? No puedo casarme.
Una hora más tarde, en el camión de la compañía, recogía el
primer animal averiado del día: un gato eléctrico. Lo había dejado en la parte
posterior del camión, una caja plástica a prueba de polvo. Y allí estaba
jadeando en forma extraña. Cualquiera pensaría que es real, se dijo Isidore
mientras regresaba al hospital de animales Van Ness, esa pequeña empresa de
nombre cuidadosamente simulado que apenas lograba sobrevivir en el duro y
competitivo sector de la reparación de animales falsos.
El gato gemía.
Por Dios, se dijo Isidore. Verdaderamente, parece que se
está muriendo. Quizá su batería de diez años ha sufrido un corto circuito y se
le están quemando todas las conexiones. Un trabajo importante: Milt Borogrove,
el encargado de reparaciones del hospital, tendría mucho que hacer. Y yo no pude
hacerle un presupuesto al propietario, recordó Isidore, preocupado. El hombre
simplemente me arrojó el animal: dijo que había empezado a fallar durante la
noche, y luego se fue a trabajar. Bruscamente, el momentáneo intercambio verbal
había cesado; el dueño del gato había desaparecido en el cielo, en su hermoso
coche aéreo a la medida, de último modelo. Y era un cliente nuevo.
—¿Puedes aguantar hasta que lleguemos? —le dijo al gato,
que seguía jadeando—Te recargaré en el camino —Isidore, después de adoptar esta
decisión, aparcó el camión aéreo en el primer terrado que vio, lo dejó con el
motor en marcha, fue a la parte posterior, y abrió la caja plástica a prueba de
polvo, que junto con su traje blanco y con el nombre del hospital impreso en el
camión daban perfectamente la impresión de un verdadero veterinario que estaba
curando a un verdadero animal.
El gato eléctrico, con su piel de estilo auténtico, echaba
espuma por sus fauces metálicas apretadas, y tenía los ojos vidriosos. Siempre
le habían sorprendido los circuitos de “enfermedad” que les ponían a los
animales falsos: el aparato que tenía en el regazo había sido construido de tal
manera que si un elemento esencial fallaba, la cosa parecía no estar rota sino
orgánicamente enferma. El mismo habría podido confundirse. Buscó en el estómago
el panel oculto del control (muy pequeño en ese tipo de seudo-animal), y los
terminales de carga rápida de la batería; no los encontró. Y no podía perder
mucho tiempo, porque el mecanismo estaba a punto de detenerse. Si realmente es
un cortocircuito, pensó, debería arrancar uno de los cables de la batería. Se
detendrá, pero no seguirá deteriorándose. Y luego, en la tienda, Milt volverá a
cargarlo.
Pasó diestramente los dedos por la columna vertebral. Allí
tendrían que estar los cables, pero ni siquiera tras un minucioso examen logró
descubrirlos. Una obra maestra, una imitación absolutamente perfecta. Debía de
ser de Wheelright & Carpenter; eran más caros, pero estaba a la vista la calidad
del trabajo.
Se dio por vencido. El falso gato había dejado de
funcionar; sin duda el cortocircuito —si de eso se trataba— había agotado la
reserva de energía y dañado el mecanismo básico. Eso significaba dinero, pensó.
Pero el dueño evidentemente no había procedido al lavado y engrasado preventivo,
tres veces por año, que era esencial. Tal vez ahora aprendería, por las malas.
Isidore retornó al asiento del conductor, llevó los mandos
a la posición de ascenso y el aparato zumbó nuevamente hacia el cielo, para
continuar el viaje hasta la tienda de reparaciones.
Ya no tenía que oír el estertor del gato eléctrico, y podía
relajarse. Es curioso, pensó; sé racionalmente que es falso, pero con todo, los
ruidos que hace un animal eléctrico cuando se le quema el motor me producen un
nudo en el estómago. Me gustaría conseguir otro empleo. Si no hubiera fracasado
en el test del CI no estaría obligado a cumplir esta vergonzosa tarea, con todas
sus secuelas emocionales. Por otra parte, los sufrimientos sintéticos de los
seudo-animales en nada afectan a Milt Borogrove ni a su jefe Hannibal Sloat. Así
que quizá sea todo cosa mía, se dijo John Isidore. Tal vez, cuando uno retrocede
en la escala de la evolución, como yo he hecho; cuando uno se hunde en el
pantanoso mundo-tumba de ser un especial..., lo mejor es no preocuparse por ese
tipo de inquietudes. Nada le deprimía más que las evocaciones de la capacidad
mental que una vez había poseído, en comparación con su estado presente. Cada
día era menos fuerte y sagaz, así como miles de otros especiales que, en toda la
Tierra, se dirigían hacia el montoncito final de cenizas hasta convertirse en
kippel viviente.
En busca de compañía, encendió la radio y buscó el show del
Amigo Buster que, como la versión de TV, duraba veintitrés horas continuadas por
día. La hora restante era ocupada por una señal religiosa de ajuste, diez
minutos de silencio, y otra señal religiosa que indicaba el comienzo del
programa siguiente.
—... felices de que vuelva a estar con nosotros —decía el
Amigo Buster—
Veamos, Amanda: hace dos días que no vienes. ¿Has iniciado
una huelga, querida?
—Vien, yo estó por hacer una velga aier, pero me iamarron a
las siete...
—¿A las siete AM? —preguntó el Amigo Buster.
—Sí, a las siete “am”, Vuster —Amanda Werner soltó esa
famosa risa, tan falsa como la del mismo Buster.
Amanda Werner y varias otras damas extranjeras, hermosas,
elegantes, de senos cónicos, provenientes de países no especificados ni bien
definidos, junto con unos pocos presuntos humoristas rurales, constituían el
perpetuo grupo del Amigo Buster. Las mujeres como Amanda Werner nunca aparecían
en películas ni obras de teatro: vivían sus extrañas y alegres vidas como
huéspedes del interminable show de Buster, donde aparecían unas setenta horas
semanales, según lo que una vez había calculado Isidore.
¿Cómo hacía el Amigo Buster para realizar sus dos shows, el
de radio y el de TV? ¿Y cómo encontraba tiempo Amanda Werner para participar día
por medio en el show, mes tras mes y año tras año? ¿Cómo hacían para hablar todo
el tiempo? Porque jamás se repetían. Sus réplicas, siempre nuevas e ingeniosas,
no podían haber sido ensayadas. Amanda tenía el pelo, los ojos, los dientes
brillantes. Nunca estaba decaída o cansada, nunca dejaba de hallar una respuesta
graciosa para el tiroteo de chistes y agudezas del Amigo Buster. El Show del
Amigo Buster, transmitido y televisado a toda la Tierra vía satélite, llegaba
también a los emigrantes en los planetas-colonia. Se habían hecho transmisiones
de prueba a Próxima, por si la colonización humana se extendía hasta allá. Si el
Salander 3 hubiese llegado a su destino, sus pasajeros habrían de encontrar ahí
el Show del Amigo Buster. Y se alegrarían.
Pero había algo de Buster que irritaba a Isidore, una cosa
muy particular. De un modo sutil, casi imperceptiblemente, ridiculizaba a las
cajas de empatía. Lo había hecho muchas veces, y lo estaba haciendo precisamente
en ese momento.
—... Nada de rocas para mí —le decía a Amanda Werner—Y si
tengo que trepar a una montaña, me llevaré un par de botellas de cerveza
Budweiser —el público se rió y aplaudió—Y allí en la cima, revelaré una gran
noticia cuidadosamente documentada. ¡Faltan exactamente diez horas para el
informe especial!
—¿Y yo, querrido? —exclamó Amanda—¡Llévame consigo! Yo
protejo ti si nos tirran piedra —el público volvió a aullar de risa y John
Isidore sintió una furia sorda e impotente que le subía por la nuca. ¿Por qué el
Amigo Buster siempre atacaba al Mercerismo? A nadie más parecía molestarle.
Hasta las Naciones Unidas aprobaban. Y eso que la policía soviética y la
americana habían declarado públicamente que el Mercerismo reducía la
delincuencia al tornar a los ciudadanos más conscientes de sus vecinos. Titus
Corning, el Secretario General de las Naciones Unidas, había repetido varias
veces: “La humanidad necesita más empatía”. Quizá Buster esté celoso, pensó
Isidore. Eso sería una explicación. Wilbur Mercer y él competían. Pero, ¿por qué
competían?
Por nuestras mentes, se respondió Isidore. Luchan por el
control de nuestro yo psíquico; por una parte la caja de empatía y por otra las
burlas y risotadas del Amigo Buster. Debo decirle esto a Hannibal Sloat y
preguntarle si es cierto, pensó. El ha de saberlo.
Aparcó su camión en el terrado del hospital de animales Van
Ness y llevó rápidamente la caja plástica con el seudo-gato inerte al despacho
de Hannibal Sloat. Apenas entró, el señor Sloat despegó la vista de un catálogo
de repuestos. Su cara gris parecía ondulada como el mar. Hannibal Sloat, aunque
no era un especial, era demasiado viejo para emigrar y estaba condenado a pasar
el resto de su vida en la Tierra. A lo largo de los años, el polvo radiactivo lo
había desgastado. Había tornado grises sus facciones y sus pensamientos, débiles
sus piernas e incierto su andar. Veía el mundo a través de unas gafas
literalmente cubiertas de polvo. Por alguna razón jamás las limpiaba, era como
si estuviese resignado: se había sometido al polvo que, mucho antes, había
emprendido la tarea de sepultarlo. Ya oscurecía su visión, y durante los pocos
años que le restaban corrompería sus otros sentidos hasta que sólo quedara su
voz de pájaro, y ella también terminaría por desaparecer.
—¿Qué es eso? —preguntó el señor Sloat.
—Un gato con un cortocircuito en la batería —respondió
Isidore, depositando la caja sobre la mesa cubierta de papeles de su jefe.
—¿Y por qué me lo traes a mí? —preguntó Sloat—Llévaselo
abajo a Milt.
A pesar de lo que había dicho, Sloat abrió la caja y sacó
el gato. En un tiempo se había ocupado de las reparaciones. Y por cierto que muy
bien.
Isidore dijo:
—Se me ha ocurrido que el Amigo Buster y el Mercerismo
están en pugna por el control de nuestro yo psíquico.
—Si es así —repuso Sloat mientras examinaba al gato—,
Buster está ganando.
—Por ahora sí —dijo Isidore—, pero finalmente perderá.
Sloat alzó la cabeza y lo miró fijamente.
—¿Por qué?
—Porque Wilbur Mercer se renueva continuamente. Es eterno.
En la cima de la colina cae derribado; se hunde en el mundo-tumba, y luego,
inevitablemente, vuelve a elevarse. Y nosotros con él. Así que también nosotros
somos eternos —se sentía bien, y hablaba claramente. Normalmente, en presencia
del señor Sloat tartamudeaba.
Sloat respondió:
—Buster es inmortal, como Mercer. No hay ninguna
diferencia.
—Pero ¿cómo puede ser? Si es un hombre...
—No sé —dijo Sloat—Pero es cierto. Por supuesto, jamás han
dicho nada.
—¿Será por eso entonces que Buster puede hacer cuarenta y
seis horas de show por día?
—Así es —respondió Sloat.
—¿Y Amanda Werner, y las demás mujeres?
—También son inmortales.
—¿Son alguna forma superior de vida, de otro sistema?
—Nunca he podido determinarlo con seguridad —dijo el señor
Sloat, que continuaba examinando al animal—, como lo he hecho de modo
concluyente en el caso de Wilbur Mercer —se quitó las gafas cubiertas de polvo y
miró sin ellas la boca entreabierta del gato. Luego soltó una maldición, una
larga retahíla de improperios que duró, ajuicio de Isidore, un minuto
completo—Este gato no es falso —dijo finalmente—Siempre supe que podía ocurrir
una cosa así. Y está muerto —miró el cadáver del gato y volvió a maldecir.
En la puerta del despacho apareció Milt Borogrove,
corpulento, de piel granulada, con la sucia bata de lona azul.
—¿Qué ocurre? —preguntó. Al ver al gato, entró en el
despacho y lo alzó.
—Lo acaba de traer el cabeza de chorlito —respondió Sloat.
Nunca había usado esa expresión en presencia de Isidore.
—Si viviera —dijo Milt—, podríamos llevarlo a un verdadero
veterinario. Me pregunto cuánto valdrá... ¿No hay un ejemplar del Sidney?
—¿Sss-ssu ss-sseg-gugugu seguro lo cucucucubre? —le
preguntó Isidore al señor Sloat. Le temblaban las piernas, y sentía que la
habitación se tornaba castaño oscuro con manchitas verdes.
—Sí —respondió finalmente Sloat—Pero me duele la pérdida,
la pérdida de otra criatura viviente. ¿No te diste cuenta, Isidore? ¿No veías la
diferencia?
—Yo creí que era una imitación de primera —logró articular
Isidore—, tan buena que me engañó. Quiero decir, que parecía vivo y que...
—No creo que Isidore pudiera ver la diferencia —dijo
bonachonamente Milt—Para él, todos están vivos, incluso los seudo-animales. Y
seguramente intentó salvarlo. ¿Qué hiciste? Trataste de recargar la batería...,
¿verdad? — preguntó a Isidore—¿O de localizar el cortocircuito?
—Sí—admitió Isidore.
—Probablemente ya era tarde para salvarlo —agregó Milt—Deja
en paz a Isidore, Han. No le falta razón: los seudo-animales están empezando a
ser casi reales, con esos circuitos de enfermedad que les ponen a los últimos
modelos. Y los animales de verdad se mueren: ése es el riesgo de tener uno. Lo
que sucede es que nosotros no estamos acostumbrados porque sólo nos ocupamos de
los falsos.
—Una maldita pérdida —insistió Sloat.
—Pero según Mmemercer —observó Isidore—, to-toda vida
retorna. Y los animales ta-también cucumplen el ciclo. Quiero decir, todos
ascendemos con él, morimos y...
—Eso se lo dirás al dueño del gato —repuso Sloat. Sin saber
si su jefe hablaba seriamente, Isidore dijo:
—¿Quiere decir que yo debo hacerlo? Pero siempre se ocupa
usted mismo del videófono —le tenía fobia al videófono; y hacer una llamada,
sobre todo a un desconocido, le resultaba virtualmente imposible. Y el señor
Sloat, naturalmente, lo sabía.
—No lo obligues —dijo Milt—Yo lo haré. ¿Cuál es el número?
—Lo he metido en alguna parte —replicó Isidore, buscando en
los bolsillos de su bata.
—Quiero que llame el cabeza de chorlito —ordenó Sloat.
—Pero no puedo usar el videófono —protestó Isidore,
angustiado—Porque soy feo, agachado, peludo, ceniciento y de dientes separados.
Y además me siento mal a causa de la radiación. Creo que me voy a morir.
Milt sonrió y dijo:
—Creo que si yo me sintiera así tampoco usaría el
videófono. Vamos, Isidore; si no me dices el número del dueño no podré llamar y
tendrás que hacerlo tú.
—O llama el cabeza de chorlito, o está despedido —Sloat no
se dirigía a Milt ni a Isidore, sólo miraba al frente.
—Vamos —protestó Milt.
—Nonono quiero queque me llame ca-cabeza de chor chorlito.
El pol polvo le ha hecho daño a us usted también. Aunque no en el cerebro, como
a mí —estoy despedido, pensó. No puedo hacer esa llamada. Pero entonces recordó
que el dueño del gato se había marchado a trabajar. No habría nadie en la casa—Buebueno,
llamaré —dijo, sacando la tarjeta con el número.
—¿Ves? —le dijo el señor Sloat a Milt—Si tiene que hacerlo,
lo hace.
Sentado ante el videófono, con el receptor en la mano,
Isidore llamó.
—Sí —respondió Milt—Pero no deberías exigírselo. Y tiene
razón: también a ti te ha afectado el polvo. Estás casi ciego y dentro de un par
de años no oirás nada.
—Y tu cara parece alimento para perros —le recordó Sloat.
En la pantalla apareció una cara de mujer centroeuropea, de aire ansioso, con el
pelo atado en un rodete alto.
—¿Sí? —dijo.
—¿Ss-señora Pilsen? —dijo Isidore, presa del pánico. No
había previsto que el propietario del gato pudiera tener una esposa que estaba
en su casa—Le hablo por el g-g-g-g-... —se interrumpió y se frotó el mentón para
reprimir el tic—Por su gato.
—Ah, sí. Usted se llevó a Horace —dijo la señora
Pilsen—¿Era finalmente neumonitis? Eso es lo que pensaba el señor Pilsen.
—Su gato se murió —dijo Isidore.
—Oh, no, por Dios.
—Lo reemplazaremos. Tenemos seguro —miró al señor Sloat,
que parecía estar de acuerdo—El director de nuestra firma, señor Hannibal Sloat,
se ocupará personalmente de...
—No —objetó Sloat—Le daremos un talón. Por el precio del
catálogo de Sidney.
—... de elegir un nuevo animal para usted —después de
comenzar una conversación que no podía soportar, tampoco podía retroceder. Lo
que decía estaba dotado de una lógica intrínseca que no podía interrumpir, y que
debía llegar hasta su propia conclusión. Tanto el señor Sloat como Milt
Borogrove lo miraban mientras continuaba—: Por favor, dígame que clase de gato
desea. El color, el sexo, el tipo, como persa, siamés, abisinio...
—Horace ha muerto —dijo la señora Pilsen.
—Padecía de neumonitis —dijo Isidore—Murió durante el viaje
al hospital. Nuestro médico jefe, el doctor Hannibal Sloat, expresó la opinión
de que, dado su estado, nada habría podido salvarlo. Pero, ¿no es afortunado,
señora Pilsen, que lo podamos reemplazar? ¿No cree usted?
Con lágrimas en los ojos, la señora Pilsen respondió:
—No hay otro gato como Horace. Cuando era un gatito, solía
pararse y miramos como si preguntara algo. Nunca supimos cuál era la pregunta.
Quizás ahora sepa la respuesta —brotaron más lágrimas—Y finalmente a todos nos
ocurrirá lo mismo.
Isidore tuvo una inspiración.
—¿No querría un duplicado exacto de su gato, eléctrico?
Podríamos ofrecerle un magnífico trabajo artesanal de Wheelright & Carpenter en
que cada detalle del animal desaparecido sea fielmente...
—Pero eso es terrible —protestó la señora Pilsen—¿Qué me
dice usted? No se lo proponga a mi esposo; si Ed se enterara se enfurecería.
Amaba a Horace más que a cualquier otro gato de los que ha tenido, y ha tenido
gatos desde su infancia...
Cogiendo el videófono, Milt dijo:
—Podemos entregarle un talón por la cantidad estipulada en
el catálogo de Sidney, o como ha sugerido el señor Isidore, elegir un gato nuevo
para usted. Lamentamos mucho la muerte de su gato, pero como le ha dicho el
señor Isidore, el animal tenía neumonitis, que es casi siempre fatal —su tono
era profesional. De los tres miembros del hospital de animales Van Ness, Milt
era el mejor cuando de llamadas videofónicas se trataba.
—No me atreveré a contárselo a mi marido —respondió la
señora Pilsen.
—Muy bien, señora —dijo Milt, con un mohín—Nosotros lo
llamaremos. ¿Quiere decirme el número de su despacho? —buscó papel y un
bolígrafo, que el señor Sloat le alcanzó.
—Escuche —dijo la señora Pilsen, que parecía más
compuesta—Tal vez el otro señor tuviera razón. Tal vez debería pedir un
sustituto eléctrico de Horace. Pero Ed no debería saberlo nunca. ¿Es posible una
reproducción tan fiel que mi marido no se dé cuenta?
—Si usted lo desea —respondió Milt, dudando—Pero según
nuestra experiencia, el propietario del animal nunca se engaña. Observadores
casuales, como los vecinos, sí; pero si uno se acerca mucho a un animal falso...
—Ed nunca se acercaba físicamente a Horace, aunque lo
quería. Yo me he ocupado siempre de todas las necesidades materiales de Horace,
incluso de su caja de arena. Creo que me gustaría hacer la prueba con un animal
falso. Si eso no diera resultado, pediría un gato verdadero... No quiero que mi
esposo se entere, no podría soportarlo. Por eso no se acercaba nunca a Horace.
Le daba miedo. Y cuando se enfermó, de neumonitis, como me han dicho, Ed se
aterrorizó. Simplemente, no quería reconocer el hecho. Por eso esperamos tanto
antes de llamar. Demasiado... Y yo lo sabía..., antes de que me llamaran. Lo
sabía —ahora sus lágrimas estaban dominadas—¿Cuánto tiempo le llevaría?
—Podríamos tenerlo listo en diez días —calculó Milt—Se lo
entregaremos de día, mientras su marido está en el trabajo. Se despidió, colgó,
y luego le dijo al señor Sloat:
—El marido se dará cuenta en cinco segundos. Pero eso es lo
que ella quiere.
—Los propietarios de animales, cuando los quieren —observó
sombríamente el señor Sloat—, quedan destrozados en estos casos. Me alegro de no
tener nada que ver con animales reales. ¿Comprendéis que los veterinarios se
vean obligados a hacer llamados como éste todo el tiempo? —miró a John Isidore—Después
de todo, en algunos aspectos no eres tan estúpido. Has llevado el asunto
bastante bien. Aunque Milt tuviera que intervenir.
—Lo estaba haciendo muy bien —dijo Mil—Ha sido terrible,
por Dios — recogió el cadáver de Horace—Lo llevaré abajo. Han, llama a
Wheelright & Carpenter y haz que venga el constructor a fotografiarlo y tomar
las medidas. No les permitiré que se lo lleven a su taller; quiero comparar
personalmente el resultado.
—Será mejor que llame Isidore —resolvió el señor Sloat—El
empezó con este asunto. Si pudo arreglarse con la señora Pilsen podrá también
tratar con Wheelright & Carpenter.
—Haz que no se lleven el cuerpo original —dijo Milt,
alzando a Horace— Querrán hacerlo porque les facilitaría la tarea. Tendrás que
ser firme.
—Está bien —respondió Isidore, parpadeando—Quizá será mejor
que llame ahora mismo, antes de que empiece a decaer. ¿No decaen, o algo así,
los cuerpos muertos?
Estaba feliz.
8
Después de aparcar el veloz coche aéreo del departamento en
el terrado de la Corte de Justicia de San Francisco, en la calle Lombard, el
cazador de bonificaciones Rick Deckard, con su cartera en la mano, bajó al
despacho de Harry Bryant.
—Vuelve usted muy pronto —dijo su jefe, echándose atrás en
su sillón y cogiendo una pizca de rapé Specific No. 1.
—He logrado hacer lo que usted me ha pedido —Rick se sentó
ante la mesa y en ella puso la cartera. Estoy cansado, se dijo; ya de regreso,
la fatiga había caído sobre él. Se preguntó si podría recobrarse para afrontar
la tarea que le aguardaba— ¿Cómo está Dave? ¿Podré hablar con él? Querría
hacerlo antes de empezar con los andrillos.
—Antes tendrá que ocuparse de Polokov, el que disparó
contra Dave.
Conviene hacerlo ahora mismo, porque sabe que lo estamos
siguiendo.
—¿Antes de hablar con Dave?
Bryant cogió una hoja de papel muy fino, una borrosa
tercera o cuarta copia.
—Polokov ha conseguido un empleo oficial como recolector de
basuras.
—¿Pero no son solamente los especiales quienes hacen ese
tipo de trabajo?
—Polokov imita a un especial muy deteriorado. Eso engañó a
Dave. Creo que Polokov es tan parecido a un cabeza de chorlito que por eso Dave
no lo tomó en consideración. ¿Está usted seguro del test de Voigt-Kampff? ¿Le
consta absolutamente, por lo ocurrido en Seattle, que...
—Sí —respondió Rick, sin dar más explicaciones.
—Acepto su palabra —dijo Bryant—Pero no debe haber el menor
error.
—Como siempre en la caza de andrillos. Este caso no es
distinto.
—El Nexus-6 es distinto.
—Ya he conocido uno —dijo Rick—Y Dave ya ha visto a dos.
Tres, si contamos a Polokov. Está bien. Retiraré hoy a Polokov, y quizás esta
noche o mañana hable con Dave.
Cogió la copia borrosa, el informe sobre el androide
Polokov.
—Otra cosa —agregó Bryant—Un policía soviético de la WPO
viene hacia aquí. Llamó mientras usted estaba en Seattle; viaja en un cohete de
Aeroflot que ha de llegar dentro de una hora. Su nombre es Sandor Kadalyi.
—¿Qué quiere? —los policías de la WPO no venían con
frecuencia a San Francisco.
—La WPO está bastante interesada en los nuevos modelos
Nexus-6, tanto como para enviar un observador. Además, si es que puede, le
ayudará. Usted decidirá si acepta o no su ayuda, y en qué momento. Yo ya le he
dado permiso. —¿Y la bonificación? —preguntó Rick.
—No tendrá usted que dividirla —respondió Bryant, con una
sonrisa arrugada.
—No me parecería justo —Rick no tenía la menor intención de
compartir sus ganancias con un bandido de la WPO. Estudió el informe sobre
Polokov: daba una descripción del hombre (del andrillo) y el nombre y dirección
de la empresa en que trabajaba: la Bay Área Scavenger Company, de Geary.
—¿Prefiere esperar al policía soviético antes de retirar a
Polokov? —preguntó Bryant.
—Siempre he trabajado solo —respondió Rick, irritado—Por
supuesto, la decisión es suya y haré lo que me diga. Pero me gustaría coger
ahora mismo a Polokov, sin esperar a Kadalyi.
—Adelante, entonces —aprobó Bryant—Podrá trabajar con
Kadalyi en el caso siguiente, un tal Luba Luft... Aquí está el informe.
Rick guardó los papeles en su cartera, abandonó el despacho
de su jefe y regresó al terrado, donde estaba aparcado su coche aéreo.
Ahora, se dijo, a visitar al señor Polokov.
Acarició su tubo láser y subió.
Como primer paso en su cacería del androide Polokov, Rick
descendió en la Bay Scavengers Company.
—Estoy buscando a uno de sus empleados —dijo a la mujer,
severa y de pelo gris, que atendía la recepción.
El edificio le impresionó: era grande, moderno, y en su
interior trabajaba gran cantidad de personal administrativo de alta categoría.
Las gruesas alfombras y los costosos escritorios de auténtica madera le
recordaron que la recogida y eliminación de basura era, después de la guerra,
una de las industrias más importantes. Todo el planeta había empezado a
desintegrarse, y para mantenerlo habitable era preciso limpiarlo de vez en
cuando, o bien, como solía decir el Amigo Buster, la Tierra desaparecería bajo
una capa de kippel, y no de polvo radiactivo..., como sería de esperar.
—El señor Ackers es el jefe de personal —dijo la mujer de
la recepción, indicándole un impresionante escritorio de roble (aunque de
imitación), donde un individuo pequeño, estirado, de gafas, aparecía hundido
entre pilas de papeles.
Rick presentó al jefe de personal su carnet policial.
—¿Dónde se encuentra en este momento el empleado Polokov?
¿En su casa o en el trabajo?
Después de consultar de mala gana sus registros, el señor
Ackers respondió:
—Polokov debe de estar trabajando en este momento. Se ocupa
de prensar viejos coches aéreos en nuestra desguazadora de Daly City, y de
arrojar los restos a la Bahía. Sin embargo... —el hombre consultó otro
documento, cogió el videófono y llamó a otra persona del edificio— Entonces, no
está —dijo, después de una breve consulta; y dirigiéndose a Rick, agregó—:
Polokov no ha venido hoy, ni ha dado aviso. ¿Qué ha hecho?
—Si aparece —ordenó Rick—, no le diga que he estado aquí.
¿Comprendido?
—Sí —dijo Ackers, resentido porque sus profundos
conocimientos en materia policial no eran demasiado apreciados.
Con el coche aéreo del departamento, Rick se dirigió luego
a la casa de Polokov, en el Tenderloin. Nunca lo cogeremos, pensó. Los dos —Bryant
y Holden— han perdido tiempo. En lugar de enviarme a Seattle, Bryant debió de
haberme ordenado que persiguiera a Polokov. Anoche mismo, apenas Dave fue
herido.
Qué lugar inmundo, se dijo mientras se dirigía por el
terrado hacia el ascensor. Corrales abandonados, cubiertos por una capa de polvo
de meses. En una jaula, un seudo-animal, una gallina que no funcionaba... El
ascensor descendió hasta el piso de Polokov, halló el pasillo sin luz, como una
galería subterránea. Utilizando su linterna policial sellada, de energía A,
iluminó el lugar y releyó su copia al carbón. A Polokov se le había hecho el
test de Voigt-Kampff; por lo tanto, podía ahorrarse ese punto y abocarse
directamente a la tarea de destruirlo.
Lo mejor era atacar desde fuera, resolvió. Abrió su equipo
de armas, sacó un transmisor no-direccional de ondas Penfield, y marcó el código
de catalepsia protegiéndose contra la emanación de ánimo correspondiente por
medio de una contra-transmisión dirigida a sí mismo.
Ahora deben estar todos congelados, se dijo mientras
cerraba el transmisor; todos los humanos y andrillos que se encuentren cerca. No
corre el menor peligro. Sólo debo entrar y atacar con el láser. Suponiendo,
desde luego, que esté en casa, lo cual no es probable.
Con una llave infinita, capaz de analizar y abrir todas las
cerraduras conocidas, entró en el apartamento de Polokov, con su arma láser en
la mano.
Polokov no estaba. Solamente muebles semiarruinados, un
lugar habitado por la decadencia y el kippel. No había artículos personales:
sólo los restos sin dueño heredados por Polokov al instalarse, y legados a su
partida al próximo ocupante, si lo había.
Era obvio, se dijo. La primera bonificación de mil dólares
se había esfumado; Polokov estaría ahora en el Círculo Antártico, fuera de su
jurisdicción, y otro cazador de bonificaciones de otra agencia policial se
ocuparía de retirarlo y de recibir el dinero.
Habrá que continuar con los androides que no estén sobre
aviso, como Luba Luft.
De regreso en el terrado, llamó desde el coche aéreo a
Harry Bryant.
—No tuve suerte con Polokov. Probablemente, se ha marchado
después de atacar a Dave —consultó su reloj—¿Quiere que busque a Kadalyi en el
aeropuerto? Ganaré tiempo, y estoy ansioso por comenzar con la señorita Luft —ya
tenía el informe a la vista, y empezaba a estudiarlo.
—Buena idea —respondió Bryant—Sólo que el señor Kadalyi ya
está aquí. El cohete de Aeroflot llegó temprano, como de costumbre, según
Kadalyi. Un momento —hubo un diálogo invisible— Dice que irá a buscarlo adonde
usted se encuentra ahora —agregó Bryant cuando reapareció en la pantalla—
Mientras tanto, infórmese sobre la señorita Luft.
—Cantante de ópera, procedente de Alemania, al parecer.
Actualmente pertenece a la Opera de San Francisco —asintió reflexivamente,
abstraído en el informe— Debe tener buena voz, para haber conseguido una
conexión tan rápida. Está bien, esperaré aquí a Kadalyi —dio su situación a
Bryant y cortó.
Me presentaré como un amante de la ópera, resolvió Rick. Me
encantaría verla como Doña Ana en Don Giovanni. Tengo en mi colección registros
de antiguas divas como Elisabeth Schwarzkopf, Lotte Lehmann y Lisa della Casa;
eso me dará tema mientras preparo el equipo Voigt-Kampff.
Sonó el videófono del coche y cogió la llamada. La
telefonista policial dijo:
—Señor Deckard, hay una llamada de Seattle para usted. El
señor Bryant me pidió que se la pasara. Es de la Rosen Association.
—Está bien —respondió Rick. ¿Qué querrán? Hasta el momento,
de los Rosen, sólo malas noticias. Y nada hacía presumir que eso cambiaría en
adelante, sea como fuese lo que le propusieran.
En la pequeña pantalla apareció la cara de Rachael Rosen.
—Hola, agente Deckard —el tono parecía conciliatorio, lo
cual le llamó la atención—¿Está ocupado o podemos hablar?
—Continúe.
—En la compañía hemos estado pensando en usted y en los
modelos Nexus-6 fugitivos. Creemos que tendría usted mejores probabilidades si
uno de nosotros, que los conocemos bien, trabajara con usted.
—¿De qué manera?
—Pues, si le acompañara durante la persecución.
—¿Por qué? ¿Qué cambiaría con eso?
—Un Nexus-6 se asustaría si un ser humano se acercara —dijo
Rachael—Pero si fuera otro Nexus-6...
—Se refiere usted a sí misma, ¿no?
—Sí —asintió ella, gravemente.
—Ya tengo suficiente ayuda.
—Pero de verdad, creo que me necesita.
—Lo dudo. Lo pensaré y volveré a llamarla.
En algún momento remoto e indeterminado, se dijo. O quizá
nunca. Eso es lo que me faltaba: Rachael Rosen brotando del polvo de cada paso.
—No piensa hacerlo — replicó Rachael— No me llamará. Y no
comprende cuan eficiente es un Nexus-6 ilegal y fugitivo. Usted solo no podrá. Y
nosotros pensamos que se lo debemos a causa de... Usted sabe..., de lo que
hicimos.
—Tendré en cuenta el consejo —se dispuso a cortar.
—Sin mí —agregó Rachael—, uno de ellos se le adelantará.
—Adiós —dijo Rick, y colgó. ¿Adonde hemos llegado? ¿Es
posible que un androide le ofrezca ayuda a un cazador de bonificaciones? Llamó a
la telefonista policial.
—No me pase más comunicaciones de Seattle —ordenó.
—Está bien, señor Deckard. ¿Ha llegado el señor Kadalyi?
—Aún lo estoy esperando. Y será mejor que se dé prisa, no
pienso estar mucho tiempo aquí...
Colgó, y mientras continuaba su lectura del informe sobre
Luba Luft, un taxi aéreo descendió en el terrado a pocos metros. Descendió un
hombre de cara roja y angelical, de unos cincuenta y tantos años, con un pesado
e imponente abrigo ruso. Se acercó con la mano tendida.
—¿El señor Deckard? —preguntó con acento eslavo—¿El cazador
de bonificaciones del departamento de policía de San Francisco? —el taxi se
elevó y el ruso lo miró partir, con aire ausente—Yo soy Sandor Kadalyi —se
presentó, al tiempo que abría la puerta para sentarse al lado de Rick.
Mientras ambos cambiaban un apretón de manos, Rick advirtió
que el representante de la WPO llevaba un tipo de arma láser que jamás había
visto hasta ese momento.
—Ah, ¿esto? —dijo Kadalyi—Interesante, ¿verdad? —la extrajo
de la funda— Lo conseguí en Marte.
—Pensé que ya conocía todas las armas cortas —se lamentó
Rick—Incluso las fabricadas en las colonias.
—Esta la hacemos nosotros —dijo Kadalyi, resplandeciente
como un Santa Claus eslavo, con su cara rubicunda llena de orgullo—¿Le gusta? La
única diferencia funcional es que... Tome, examínelo.
Le entregó el arma a Rick, que la estudió con la pericia de
años de experiencia.
—¿Cuál es la diferencia? —preguntó Rick, con un marcado
interés.
—Apriete el gatillo.
Apuntando hacia afuera, por la ventanilla, Rick lo hizo. No
ocurrió nada.
Sorprendido, miró a Kadalyi.
—El circuito disparador no está en el arma —explicó
alegremente el ruso—Lo tengo conmigo, ¿ve? —abrió la mano y dejó ver una
minúscula unidad—Y además, puedo dirigir el rayo, dentro de ciertos límites,
aunque el arma apunte a otro lado.
—Usted no es Polokov, sino Kadalyi —dijo Rick.
—¿No será al revés? Parece usted confundido...
—Quiero decir que usted es Polokov, el androide, y no un
hombre de la policía soviética —Rick oprimió con el pie el botón de emergencia
que había en el suelo del coche.
—¿Por qué no funciona mi tubo láser? —preguntaba Kadalyi-Polokov
mientras oprimía reiteradamente el aparato miniaturizado de disparo y puntería
que tenía en la palma de la mano.
—Por la onda sinusoidal —explicó Rick—Una onda sinusoidal
desfasa el rayo láser y lo convierte en luz ordinaria.
—Entonces tendré que romperle el cuello —el androide soltó
el aparato y se lanzó contra Rick, gruñendo.
Mientras las manos del androide buscaban su garganta, Rick
disparó desde la pistolera su revólver de reglamento de estilo antiguo; la bala
de calibre 38 magnum atravesó la cabeza de Polokov y destrozó su caja cerebral.
La unidad Nexus-6 voló hecha añicos, causando una furiosa corriente de aire en
el interior del coche: Rick se vio rodeado de un torbellino de minúsculos
elementos y polvo radiactivo. Los restos del androide retirado cayeron hacia
atrás, rebotaron en la puerta, lo golpearon y Rick tuvo que luchar para quitarse
de encima el cuerpo, que se sacudía con movimientos espasmódicos. Tembloroso,
llamó por fin a la corte de
Justicia.
—Deseo elevar un informe. Avise a Harry Bryant que he
retirado a Polokov.
—El señor Bryant sabrá de qué se trata, ¿verdad? —Sí.
Rick cortó la comunicación. Por Dios, había faltado poco.
Ante la advertencia de Rachael Rosen, pasé al otro extremo. Me descuidé y el
androide casi termina conmigo, se dijo, recapitulando. Pero he vencido. Sus
glándulas adrenales dejaron gradualmente de secretar en el torrente sanguíneo;
sus latidos ya retornaban a la normalidad, así como su respiración. Pero aún
temblaba.
De cualquier modo, se recordó, acabo de ganar mil dólares.
Valía la pena. Y he reaccionado con mayor velocidad que Dave Holden. Aunque,
naturalmente, estaba preparado por lo que le había ocurrido a él. Dave, debo
admitirlo, no tuvo ningún aviso.
Nuevamente cogió el videófono y llamó a su casa, a Irán.
Logró encender un cigarrillo: el temblor había empezado a desvanecerse.
La cara de su mujer, agotada por las seis horas de
depresión culposa que se había programado, apareció en la pantalla.
—Oh, hola, Rick.
—¿Qué ocurrió con el 594 que marqué antes de salir...,
reconocimiento satisfecho de...?
—Volvía discar apenas te marchaste. ¿Qué quieres? —su voz
se convirtió en un monótono ronroneo abatido—Estoy tan cansada... No me quedan
esperanzas; ni en nuestro matrimonio ni en ti, que en cualquier momento puedes
ser víctima de un andrillo... ¿Qué quieres decirme, Rick? ¿... que te ha
disparado un andrillo? — en el fondo se oía, borrando casi las palabras de Irán,
la baraúnda del Amigo Buster.
Rick veía el movimiento de los labios de Irán, pero oía
solamente la TV.
—Escucha —dijo—¿Me oyes? Tengo una misión: un nuevo tipo de
androide que nadie más puede manejar. Ya he retirado uno, lo que significa mil
dólares para empezar. ¿Sabes lo que nos compraremos?
Irán lo miró sin verlo.
—Ah —dijo.
—Aún no te lo he dicho —esta vez su depresión era tanta que
ni siquiera podía oír, era como hablar en el vacío—Te veré por la noche
—concluyó amargamente Rick, y dejó caer con violencia el receptor. Maldito sea,
se dijo. ¿De qué sirve que arriesgue mi vida? No le importa que tengamos o no un
avestruz. Nada le interesa. Habría sido mejor que nos separáramos hace dos años,
cuando lo habíamos resuelto. Y todavía estoy a tiempo.
Se inclinó, recogió los papeles caídos, incluido el informe
sobre Luba Luft. No tengo apoyo, pensó. La mayoría de los androides que he
conocido tenían más deseo de vivir que mi esposa. Irán no tiene nada que
ofrecerme.
Eso le hizo recordar a Rachael Rosen. Su advertencia acerca
de los Nexus-6 era justificada. Si no le interesaba la bonificación, quizá
podría aceptar su ofrecimiento.
El encuentro con Kadalyi-Polokov había modificado
decisivamente sus puntos de vista.
Rick encendió el motor del coche aéreo y se elevó
rápidamente en dirección a la Opera, construida en memoria de la guerra, donde,
según las notas de Dave Holden, podía encontrar a esa hora a Luba Luft.
Se preguntó cómo sería. Ciertos androides femeninos no le
disgustaban: en varios casos se había sentido atraído físicamente. Era una
sensación curiosa la de saber intelectualmente que eran máquinas, y experimentar
sin embargo reacciones emocionales.
¿Y Rachael Rosen? No, es demasiado delgada, pensó. No está
bien desarrollada, no tiene senos. Una figura como la de un chico, lisa y suave.
Podía encontrar algo mejor. ¿Cuántos años tenía Luba Luft según el informe? Alzó
los arrugados folios y buscó “edad”: veintiocho años, decía el informe, que
también agregaba como aclaración, “en apariencia”; no había otra forma de juzgar
a los androides.
Es una suerte saber algo de ópera, reflexionó Rick. Esa es
otra ventaja que tengo sobre Dave; sentir más interés por la cultura.
Probaré con otro andrillo antes de pedir ayuda a Rachael,
decidió. Si la señorita Luft resulta demasiado competente... Pero tenía la
intuición de que no sería así. El más peligroso era Polokov. Los demás, sin
saber que alguien los perseguía, se derrumbarían uno tras otro.
Mientras descendía hacia el amplio y adornado terrado de la
Opera cantó en voz alta un potpourri de arias con palabras seudo italianas
improvisadas en el momento. Incluso sin un órgano de ánimos Penfield a mano su
espíritu estaba lleno de optimismo, de ávida y jubilosa anticipación.
9
En el inmenso vientre de ballena de piedra y metal que era
el interior de la Opera, Rick Deckard veía que se estaba desarrollando un ensayo
ruidoso, resonante y no del todo logrado. Inmediatamente reconoció la música: La
flauta mágica, de Mozart. Las últimas escenas del primer acto. Los esclavos, es
decir el coro, se habían adelantado un compás, estropeando así el ritmo sencillo
de las campanas milagrosas.
Un placer. Le encantaba La flauta mágica. Se sentó en una
butaca de la platea (nadie parecía reparar en él) y se instaló allí cómodamente.
En ese momento, Papageno, con su fantástica pelliza de plumas, se unía a Pamina
para cantar un dúo que a Rick le llenaba los ojos de lágrimas cada vez que lo
evocaba.
Könnte jeder brave Mann solche Glöckchen finden, seine
Feinde würden dann ohne Mühe schwinden.
En la vida real, pensaba Rick, no hay campanillas mágicas
como ésas para hacer que el enemigo desapareciera sin el menor esfuerzo. Era una
lástima.
Mozart había muerto poco después de terminar La flauta
mágica, a causa de una enfermedad renal. Y había sido enterrado en la fosa
común, sin identificación.
Al recordarlo, se preguntó si Mozart habría tenido la
intuición de que el futuro no existía, de que ya había utilizado todo su breve
tiempo. Quizá también yo lo haya hecho, pensó Rick mientras contemplaba el
ensayo. Este ensayo terminará, la representación también, los cantantes morirán
y finalmente la última partitura de la música será destruida de un modo u otro,
el nombre de Mozart se desvanecerá y el polvo habrá vencido, si no en este
planeta en otro cualquiera. Sólo podemos escapar por un rato. Y los andrillos
pueden escapar de mí, y sobrevivir un rato más. Pero los alcanzaré, o lo hará
algún otro cazador de bonificaciones. En cierto modo, observó, yo soy una parte
del proceso de destrucción entrópica de las formas. La Rosen Association crea y
yo destruyo. O al menos, eso debe parecerle a los androides.
En el escenario, Papageno y Pamina dialogaban: interrumpió
sus reflexiones para escuchar.
Papageno: Hija mía, ¿qué debemos decir ahora?
Pamina: La verdad. Eso es lo que diremos.
Rick se inclinó hacia adelante y estudió a Pamina. Un
pesado manto la envolvía, y el velo que caía de su tocado cubría su cara y sus
hombros. Volvió a examinar el informe y se echó atrás, satisfecho. Este es el
tercer androide Nexus-6 que veo, pensó: Luba Luft. El sentimiento que exige su
rol parece levemente irónico. Un androide fugitivo puede parecer una mujer
vital, activa y hermosa; pero difícilmente puede decir la verdad acerca de sí
mismo.
Luba Luft cantaba, y a Rick le asombró la calidad de su
voz. Estaba a la altura de las mejores de su colección de antiguos registros. No
se podía negar que la Rosen Association la había construido maravillosamente. Y
una vez más se vio a sí mismo sub-especie aeternitatis como un destructor de
formas obligado a actuar por lo que allí oía y veía. Tal vez soy tanto más
necesario cuanto mejor cantante sea, se dijo, cuanto mejor funcione. Si los
androides se hubiesen mantenido en el nivel discreto del antiguo Q-40, de Derain
Associates, por ejemplo, entonces no habría ningún problema ni sería necesaria
mi habilidad. Me pregunto cuándo atacaré. Lo antes posible, supongo. Al final
del ensayo, cuando ella vuelva a su camarín.
El ensayo quedó interrumpido al final del primer acto. El
director dijo en inglés, francés y alemán que continuarían una hora y media más
tarde, y se marchó. Los músicos abandonaron sus instrumentos y también salieron.
Rick se puso de pie y se dirigió a los camarines por detrás del escenario,
siguiendo a los últimos miembros del elenco, y tomándose tiempo para
reflexionar. Lo mejor es resolverlo de inmediato, se dijo. Me demoraré lo menos
posible en hablar con ella y aplicarle el test. Apenas esté seguro... Pero,
técnicamente, no podía estar seguro mientras no hiciera el test. Dave podía
haberse equivocado. Ojalá. Pero lo dudaba. Su sentido profesional le decía que
estaba en lo cierto. Y en los años que llevaba en el departamento jamás había
cometido un error...
Detuvo a un comparsa y le preguntó por el camarín de la
señorita Luft. El hombre, maquillado y vestido como un lancero egipcio, se lo
indicó. Rick llegó a la puerta señalada y vio una tarjeta escrita con tinta que
ponía MISS LUFT. PRÍVATE. Golpeó.
—Adelante.
Entró. La muchacha estaba sentada ante su tocador, con una
usada partitura abierta sobre las rodillas haciendo señales aquí y allá con un
bolígrafo. Todavía conservaba su maquillaje y su ropa, excepto su toca, colocada
en una percha.
—¿Sí? —dijo ella, alzando la vista. La pintura facial
agrandaba sus ojos; castaños, enormes, se clavaron en él sin vacilar—Estoy
trabajando, como usted puede ver —su inglés no tenía el menor acento extranjero.
—Usted es superior a la Schwartkopf —dijo Rick.
—Y usted, ¿quién es? —su tono expresaba una fría reserva, y
también ese otro frío que había encontrado en tantos androides. Siempre lo
mismo. Un intelecto maravilloso, la capacidad de hacer muchas cosas, pero
también esa frialdad. Lo lamentaba. Y sin embargo, sin ella no le habría sido
posible rastrearlos. —Pertenezco al departamento de policía de San Francisco
—respondió.
—¿Sí? ¿Y qué desea aquí? —los intensos ojos no parpadearon
en la respuesta. La voz, curiosamente, parecía cortés. Rick se sentó en una
silla y abrió su cartera.
—He venido a hacerle un test de perfil de personalidad. No
llevará más de unos minutos.
—¿Es necesario? —señaló su partitura—Tengo mucho que hacer
— comenzaba a mostrarse aprensiva.
—Es necesario —Rick extrajo los instrumentos de Voigt-Kampff
y empezó a prepararlos.
—¿Un test de CI?
—No. De empatía.
—Tengo que ponerme las gafas —se movió para abrir una
gaveta de su tocador.
—Si puede anotar su partitura sin las gafas también puede
hacer sin ellas el test. Le mostraré algunas figura y le haré unas preguntas.
Mientras tanto... —se puso de pie, se acercó a ella e inclinándose, ajustó el
disco adhesivo de malla metálica sensible a su mejilla—Y esta luz —agregó,
ajustando el ángulo del haz de luz—, y ya está.
—¿Cree que soy una androide? ¿Es por eso? —su voz parecía
desvanecida— No lo soy. Jamás he estado en Marte, jamás he visto siquiera un
androide —sus pestañas alargadas temblaron involuntariamente; él advirtió que
trataba de mostrarse tranquila—¿Ha recibido usted la información de que hay un
androide en el elenco? Me gustaría ayudarle. Si fuera una androide no querría
hacerlo.
—A un androide no le importa lo que le ocurra a otro
androide —respondió él—Esa es una de las señales que buscamos.
—Entonces —dijo la Luft—, usted debe ser un androide. Eso
lo detuvo. La miró.
—Puesto que su trabajo consiste en matarlos, ¿no es verdad?
Es usted lo que llaman... —trató de recordar.
—Un cazador de bonificaciones. Pero no un androide.
—Y el test que quiere aplicarme —dijo, recuperando la voz—,
¿se lo han hecho a usted?
—Sí. Hace mucho, mucho tiempo. Cuando empecé a trabajar en
el departamento.
—Podría ser una falsa memoria. ¿No se implantan, a veces,
falsas memorias en los androides?
—Mis superiores conocen mi test —dijo Rick—Es obligatorio.
—Pero quizás había una persona que se le parecía, y de
algún modo usted lo mató y ocupó su lugar. Y sus jefes no tendrían por qué
saberlo —sonrió, como invitándolo a estar de acuerdo.
—Continuemos con el test —dijo él, sacando los folios de
preguntas.
—Haré el test —dijo Luba Luft—, si antes lo hace usted.
Nuevamente la miró. Se detuvo en seco.
—¿No sería eso más justo? —preguntó ella—Así también yo
estaría segura de usted. No sé. Me parece un hombre tan duro y extraño... —se
estremeció y volvió a sonreír, con esperanza.
—No podría usted hacerme el test de Voigt-Kampff; exige una
experiencia considerable. Ahora escuche atentamente. Las preguntas se refieren a
situaciones sociales en que usted podría verse; deseo que me conteste usted qué
haría en ese caso. Y que la respuesta sea lo más rápida posible. Uno de los
factores que tenemos en cuenta es la demora, cuando la hay —eligió la pregunta
inicial—Está usted mirando la TV y repentinamente descubre que una avispa trepa
por su brazo — miró el reloj para contar los segundos, y también los medidores
gemelos.
—¿Qué es una avispa? —preguntó Luba Luft.
—Un bicho volador que pica.
— ¡Qué extraño! —sus ojos inmensos se llenaron de
reconocimiento infantil, como si le hubieran revelado el misterio cardinal de la
creación—¿Todavía existen? Jamás he visto una.
—Murieron a causa del polvo. ¿No sabe, realmente, qué es
una avispa? Sin embargo, usted nació cuando todavía había avispas; sólo
desaparecieron en...
—Dígame cómo se llaman en alemán.
Trató en vano de recordar la palabra, y dijo irritado:
—Su inglés es perfecto.
—Mi acento es perfecto —corrigió ella—Es necesario; de otro
modo no podría cantar Purcell, Walton o Vaughan Williams. Pero mi vocabulario no
es muy extenso —miró a Rick con modestia.
—Wespe —recordó él, de repente.
—Ach, sí, eine Wespe —se rió—Pero, ¿cuál era la pregunta?
—Probaremos con otra —era imposible obtener una respuesta
significativa-. Usted ve una vieja película, anterior a la guerra, en la TV. El
entrante -omitió la primera parte- consiste en perro cocido, relleno de arroz.
—Nadie mataría ni comería un perro -dijo Luba Luft—Valen
una fortuna. Pero sería un perro de imitación, un ersatz, ¿verdad? Aunque
entonces estaría hecho de cables y motores y no se podría comer.
—Antes de la guerra —subrayó él.
—Pero yo no había nacido.
—Ha visto viejas películas en TV.
—¿Esa estaba filmada en las Filipinas?
—¿Por qué?
—La gente comía perro cocido relleno de arroz en las
Filipinas. Recuerdo haberlo leído.
—Pero su respuesta —insistió Rick—Quiero su reacción
social, emocional, moral...
—¿A la película? —Luba reflexionó—Cambiaría de programa y
vería el del Amigo Buster.
—¿Porqué?
—¿A quién puede interesarle una vieja película filmada en
las Filipinas? — dijo ella vivamente—Sólo una cosa recuerdo que haya ocurrido
allá: la Marcha de Bataán. ¿Vería usted eso? —lo miró irritada; las agujas
giraban en todas direcciones.
Después de una pausa, él dijo cuidadosamente:
—Ha alquilado una casita en la montaña.
—Ja. Continúe. Estoy esperando.
—La zona es todavía exuberante.
—¿Cómo? —ahuecó la mano en torno del oído—Perdón, no
conozco el término.
—Todavía crecen árboles y arbustos. La casita es de nudosos
troncos de pino y hay un gran hogar. Alguien ha colgado viejos mapas en las
paredes, grabados por Currier e Ives. Encima del hogar hay una cabeza de ciervo
con grandes astas. La gente que la acompaña admira el ambiente y...
—No comprendo “Currier”, “Ives” ni “ambiente” —respondió
Luba Luft, que parecía esforzarse por localizar las palabras—Un momento —alzó la
mano, con gravedad—Con arroz, como el perro... Currier es lo que hace, del
arroz, arroz con currier... Pero se dice curry en alemán.
Rick no podía determinar si la niebla semántica de Luba
Luft era deliberada. Después de consultarlo consigo mismo decidió intentar un
nuevo punto del cuestionario. ¿Qué otra cosa podía hacer?
—Ha salido con un hombre que la invita a visitar su casa.
Una vez allí...
—Oh, nein —estalló Luba—Jamás iría. Eso es fácil de
responder.
— ¡Pero no es ésa la pregunta!
—¿Se ha equivocado de pregunta? ¡Si ésa yo la
comprendía...! ¿Por qué cuando yo comprendo una pregunta dice usted que ésa no
es? ¿Acaso se trata de que yo no comprenda? —agitada, nerviosa, se frotó la
mejilla y arrancó el disco adhesivo, que cayó al suelo, rodó y se metió debajo
del tocador—Ach Gott — murmuró, inclinándose para recogerlo.
Se oyó un ruido de tela rasgada, su elaborado traje...
—Yo lo buscaré —dijo Rick. La ayudó a incorporarse, y se
arrodilló. Hurgaba a ciegas debajo del mueble, y por fin sus dedos encontraron
el disco.
Cuando se puso de pie, estaba frente a un tubo láser.
—Sus preguntas estaban empezando a referirse al sexo —dijo
Luba Luft en voz frágil y formal—Ya lo veía venir. Usted no es un policía; es un
maniático sexual.
—Puede mirar mi carnet —llevó la mano al bolsillo de la
chaqueta; era una mano temblorosa, como cuando había enfrentado a Polokov.
—Si toca el bolsillo lo mataré —dijo Luba Luft.
—Lo hará de todos modos —se preguntó qué habría ocurrido si
hubiera esperado a que Rachael Rosen se reuniera con él. Pero de nada valía
pensar en eso ahora.
—Quiero ver el resto del cuestionario —ella tendió la mano
y él, de mala gana, le alcanzó los folios—“Encuentra en una revista la foto a
página entera y a todo color de una chica desnuda”. Está bien claro. “Ha quedado
usted embarazada de un hombre que le ha prometido casamiento. El hombre se
marcha con otra mujer, su mejor amiga. Usted aborta.” La intención de su
cuestionario es obvia. Voy a llamar a la policía.
Sin dejar de apuntarle con el tubo láser, atravesó la
habitación, cogió el videófono y pidió a la operadora:
—Llame al departamento de policía de San Francisco.
Necesito que venga un agente.
—Ha tenido usted una excelente idea —dijo Rick, con alivio.
Sin embargo, le parecía extraño que Luba hubiera adoptado esa decisión. ¿Por qué
no lo mataba directamente? Una vez que el policía de la patrulla estuviese allí,
ella no tendría ninguna posibilidad y él triunfaría.
Debe creer que es humana, se dijo. Obviamente no sabía.
Unos minutos más tarde —Luba lo mantuvo cuidadosamente
encañonado con el tubo láser— llegó un agente de policía. Era de gran
corpulencia, y llevaba el arcaico uniforme azul con la estrella y la pistola.
—Muy bien —dijo al llegar—Aparte eso —Luba depositó el tubo
láser, que el policía examinó para ver si tenía carga—¿Qué ha ocurrido aquí? —le
preguntó a ella, y antes de que pudiera contestarle se volvió hacia Rick y le
preguntó—:
¿Quién es usted?
Luba Luft respondió:
—Entró en mi camarín; no lo había visto en mi vida. Dijo
que venía a hacer una encuesta y que deseaba hacerme unas preguntas. Pensé que
era normal y le dije que sí. Y entonces empezó a hacerme preguntas obscenas.
—Documentos —dijo el agente, con la mano extendida.
Mientras extraía su carnet, Rick dijo:
—Soy cazador de bonificaciones del departamento.
—Conozco a todos los cazadores de bonificaciones —dijo el
policía mientras examinaba los papeles de Rick—¿Del departamento de San
Francisco?
—Mi jefe es el inspector Bryant —respondió Rick—He tomado a
mi cargo la misión de Dave Holden, ahora que Dave está en el hospital.
—Como le he dicho, conozco a todos los cazadores de
bonificaciones —dijo el hombre—Y jamás he oído hablar de usted —le devolvió el
carnet.
—Llame al inspector Bryant —pidió Rick.
—No hay ningún inspector Bryant —repuso el agente. Rick
comprendió bruscamente qué ocurría.
—Usted es un androide —le dijo al agente—Igual que la
señorita Luft —se dirigió al videófono y cogió el receptor—Voy a llamar al
departamento —se preguntaba hasta dónde llegaría antes de que los dos androides
lo detuvieran.
—El número es... —dijo el policía.
—Lo conozco —replicó Rick mientras llamaba. Cuando apareció
la telefonista, pidió—: Con el inspector Bryant.
—¿Quién habla, por favor?
—Rick Deckard —se quedó esperando mientras el policía le
tomaba declaración a Luba Luft. Ninguno de ambos le prestaba atención. Después
de una pausa apareció en la pantalla la cara de Harry Bryant.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Hay algunas complicaciones —repuso Rick—Uno de los que
estaba en la lista de Dave logró llamar para que viniera un supuesto patrullero.
No puedo probarle quién soy; dice que conoce a todos los cazadores de
bonificaciones del departamento, pero que jamás ha oído hablar de mí. Y tampoco
de usted.
—¿No puedo hablar con él? —dijo Bryant.
—El inspector Bryant desea hablar con usted —Rick extendió
el receptor del videófono al hombre, que se acercó después de interrumpir su
interrogatorio a Luba Luft.
—Agente Crams —dijo el hombre, hubo una pausa—¿Hola?
—escuchó, dijo “hola” varias veces, aguardó y luego se volvió hacia Rick—No hay
nadie en la línea. Y tampoco en la pantalla —señaló.
Rick comprobó que era cierto, y cogiendo el receptor de sus
manos, dijo:
—¿Señor Bryant? —escuchó y esperó, pero sin
resultados—Volveré a llamar —colgó y luego marcó el número familiar. La
campanilla sonaba, pero nadie atendía. Sonó largamente.
—Permítame hacer la prueba —dijo el agente Crams—Debe haber
marcado mal. El número es 842...
—Conozco el número —interrumpió Rick.
—Agente Crams —dijo el policía—¿Hay en el departamento un
inspector Bryant? —una breve pausa—¿Y un cazador de bonificaciones llamado Rick
Deckard? —otra pausa—¿No hay ninguna duda? ¿No podría ser que hubiera ingresado
hace poco? Ah, está bien. Perfecto. Gracias. No, está bajo mi control —el
policía colgó y miró a Rick.
—El inspector estaba en la línea —dijo Rick—Yo hablé con
él, y pidió hablar con usted. Debe de haber un desperfecto en el videófono. Por
algún motivo se habrá cortado la conexión. ¿No vio usted a...? La cara de Bryant
apareció en la pantalla y luego desapareció —se sentía confundido.
—Aquí tengo la declaración de la señorita Luft, Deckard.
Acompáñeme a la corte de justicia.
—Está bien —respondió Rick. Y agregó, dirigiéndose a Luba
Luft—: Volveré dentro de un rato. Aún no he terminado con el test.
—Es un obseso —le dijo Luba Luft al agente Crams—Me da
miedo.
—¿Qué ópera está ensayando? —preguntó Crams.
—La flauta mágica —contestó Rick.
—Se lo he preguntado a ella, no a usted —el policía lo miró
con disgusto.
—Estoy ansioso por llegar a la corte de justicia —dijo Rick—,
y porque este asunto se resuelva de una vez —se dirigió hacia la puerta del
camarín con su cartera.
—Antes lo voy a examinar —Crams procedió a hacerlo,
diestramente, y se apoderó del revólver y del tubo láser de Rick. Olió el caño
del arma reglamentaria y afirmó—: Ha sido disparado hace poco.
—Acabo de retirar un andrillo —reconoció Rick—Los restos se
encuentran todavía en mi coche, en el terrado.
—Muy bien. Iremos a ver.
Mientras los dos hombres salían del camarín, la Luft los
siguió hasta la puerta.
—No volverá, ¿verdad, agente? Tengo verdaderamente miedo de
él. Es una persona muy extraña.
—Si tiene en su coche el cadáver de un ser humano, no
volverá —respondió Crams. Empujó con el codo a Rick y ambos se dirigieron al
ascensor.
Subieron al terrado de la Opera. El agente Crams abrió la
puerta del coche de Rick e inspeccionó silenciosamente el cuerpo de Polokov.
—Un androide —explicó Rick—Me enviaron a abatirlo. Estuvo a
punto de matarme. Pretendía ser...
—Ya le tomarán declaración en la corte de justicia
—interrumpió Crams, y condujo a Rick a su propio coche policial. Desde allí
llamó para pedir que vinieran a recoger el cuerpo de Polokov-. Pues bien,
Deckard —dijo, poniendo en marcha el coche—Vamos.
El patrullero aéreo se elevó del terrado y se dirigió al
sur.
Rick advirtió que algo no marchaba como debía. Crams no
llevaba la dirección correcta.
—La corte de justicia está hacia el norte —dijo—, en la
calle Lombard.
—Esa era la vieja corte de justicia —repuso Crams—La nueva
está en la calle Mission. Ese antiguo edificio se está desintegrando; nadie lo
usa desde hace años. ¿Tanto tiempo ha pasado desde la última vez que estuvo en
la cárcel?
—Lléveme allá —insistió Rick—, a la calle Lombard —ahora lo
comprendía todo; esto era obra de los androides, que trabajaban conjuntamente.
No sobreviviría a este viaje. Era el fin. A Dave casi le había ocurrido, y
probablemente terminaría por morir así.
—Esa chica no está mal —comentó Crams—Por supuesto, con esa
ropa no se puede apreciar su figura. Pero yo diría que está muy bien.
—¿Por qué no reconoce que es usted un androide? —preguntó
Rick.
—No veo por qué. Yo no soy un androide. ¿Así que usted anda
por ahí, matando gente, convencido de que son androides? Ya veo por qué estaba
asustada la señorita Luft. Ha sido un acierto que nos llamara.
—Entonces lléveme a la calle Lombard.
—Como le he dicho...
—Nos llevará tres minutos —continuó Rick—Quiero ver la
corte. Voy a trabajar allá todas las mañanas. Me gustaría ver si está abandonada
hace años, como usted dice.
—Quizá sea usted un androide —contestó Crams—, con una
falsa memoria, como los hacen ahora. ¿Nunca se le ha ocurrido? —sonrió fríamente
mientras continuaba rumbo al sur.
Consciente de su derrota y su fracaso, Rick se echó atrás
en el asiento, y esperó los acontecimientos. Cualquiera que fuese el plan de los
androides, estaba físicamente en poder de ellos.
Pero he logrado matar a uno, se dijo. A Polokov.
Y Dave mató a dos...
Sobre la calle Mission, el
coche aéreo policial se preparó para el descenso.
10
El edificio de la corte de justicia de la calle Mission, en
cuyo terrado se aprestaba a aterrizar, estaba coronado por una serie de
ornamentadas y barrocas agujas. La hermosa estructura, moderna y compleja,
atrajo a Rick, excepto por un detalle. Jamás la había visto antes.
El patrullero se posó. Pocos minutos después le tomaban los
datos.
—Artículo 304 —dijo Crams al sargento sentado detrás del
alto escritorio—Y también 612,4 y además..., veamos: hacerse pasar por
policía...
—406,7 —dijo el sargento, llenando un formulario. Escribía
lentamente, con cierto aire de aburrimiento. Su expresión parecía decir “asunto
de rutina, nada importante”.
—Venga aquí —ordenó Crams, llevando a Rick hasta una
pequeña mesa blanca donde un técnico manipulaba un equipo conocido—El registro
cefálico — explicó—Para su identificación.
—Ya lo sé —respondió Rick, con brusquedad. En los viejos
tiempos, cuando él era un mero agente, había conducido a numerosos sospechosos a
una mesa semejante. Pero no a esta misma.
Una vez obtenido el registro cefálico lo llevaron a una
habitación igualmente familiar. Con filosofía empezó a reunir los objetos de
valor que llevaba para entregarlos. No tiene sentido, se repetía. ¿Quién es esta
gente? Y si este lugar ha existido siempre, ¿cómo no sabíamos nada? ¿Y por qué
ellos no nos conocen? Dos agencias policiales paralelas, se dijo. La nuestra y
esta otra. Y por lo que sé, jamás han estado en contacto. Hasta ahora. O quizás
haya sido así, y no sea ésta la primera vez. Pero es difícil creer que eso no
hubiera ocurrido antes. Siempre que esto realmente sea una institución policial,
como pretende ser.
Un hombre en traje de paisano se acercó a Rick Deckard con
paso sereno y medido.
—¿Y éste? —preguntó a Crams.
—Sospechoso de homicidio —respondió el nombrado—Encontramos
un cuerpo en su coche, y él afirma que es un androide. Hemos pedido el análisis
de médula al laboratorio. Se hacía pasar por un policía, un cazador de
bonificaciones. Y así logró penetrar en el camarín de una actriz para hacerle
preguntas inmorales. Ella sintió dudas y nos llamó —Crams retrocedió un paso y
agregó—: ¿Quiere usted ocuparse de él, señor?
—Sí, está bien —el oficial de paisano tenía ojos azules,
nariz fina y boca inexpresiva; miró a Rick y luego cogió su cartera—¿Qué tiene
usted aquí, señor Deckard?
—El equipo necesario para el test de personalidad de Voigt-Kampff
— respondió Rick—Aplicaba el test a una persona sospechosa cuando fui arrestado
—miró cómo el oficial revisaba el contenido de la cartera, examinando cada
objeto—Las preguntas que le hice a la señorita Luba Luft son el cuestionario
corriente del test de Voigt-Kampff, impreso en...
—¿Conoce usted a George Gleason y a Phil Resch? —preguntó
el funcionario.
—No —replicó Rick. No conocía ninguno de esos dos nombres.
—Son los cazadores de bonificaciones de California del
Norte. Ambos pertenecen a nuestro departamento. Quizá los conocerá aquí. ¿Es
usted un androide, señor Deckard? Se lo pregunto porque en varias ocasiones
hemos visto andrillos fugitivos que se hacían pasar por cazadores de
bonificaciones de otro estado. Decían haber venido aquí en busca de un
sospechoso.
—No soy un androide —dijo Rick—Puede aplicarme el test de
Voigt-Kampff. Ya me lo han hecho y no me importa repetirlo. Pero sé cuál será el
resultado. ¿Puedo telefonear a mi esposa?—
Está autorizado para hacer una sola llamada. ¿Prefiere
hablar con ella y no con un abogado?
—Llamaré a mi esposa —respondió Rick—Ella me conseguirá un
abogado.
El oficial de paisano le alcanzó una moneda de cincuenta
céntimos y le indicó:
—Ahí está el videófono —siguió a Rick con la mirada y
continuó examinando el contenido de la cartera.
Rick metió la moneda y llamó a su casa. Esperó lo que le
pareció una eternidad.
—Hola —dijo una cara de mujer que apareció en la pantalla.
No era Irán.
Colgó y retornó lentamente al lado del funcionario.
—¿No ha tenido suerte? —preguntó éste—Puede hacer otra
llamada. Tenemos una política abierta en ese sentido. No puedo ofrecerle la
oportunidad de llamar a un fiador, porque su delito no es excarcelable, por
ahora. Sin embargo, cuando se inicie el proceso...
—Lo sé —dijo secamente Rick—Estoy familiarizado con los
procedimientos policiales.
—Aquí está su cartera —dijo el oficial,
extendiéndosela—Venga a mi despacho... Me gustaría hablar más con usted —se
dirigió a un pasillo lateral, seguido por Rick. En el despacho, se volvió—Mi
nombre es Garland —le tendió la mano y cambiaron un apretón—Siéntese —dijo
Garland, dirigiéndose hacia el lado opuesto de un gran escritorio muy ordenado.
Rick se sentó.
—Este test de Voigt-Kampff a que usted se refiere, y el
material que trae — Garland indicó la cartera de Rick mientras llenaba y
encendía una pipa—, ¿es un instrumento analítico para detectar androides? —echó
una bocanada.
—Es nuestro método básico —respondió Rick—El único que
empleamos normalmente, y el único que puede distinguir la nueva unidad cerebral
Nexus-6. ¿No ha oído hablar de él?
—Conozco varios métodos de análisis de perfil aplicables a
los androides. Pero éste no continuó estudiando a Rick con interés. Su rostro
inexpresivo no permitía que Rick adivinara sus pensamientos—Y esas copias al
carbón que tiene usted en la cartera —continuó Garland—, Polokov, señorita Luft...
Sus misiones como cazador... Según esa lista, el próximo soy yo.
Rick lo miró y cogió su cartera.
En un momento las copias estuvieron desplegadas ante sus
ojos. Garland había dicho la verdad. Rick examinó la hoja. Ningún hombre, o al
menos ni él ni Garland, habló durante un tiempo. Finalmente, Garland carraspeó y
tosió nerviosamente.
—No es una sensación agradable encontrar de repente que uno
se cuenta entre las personas que debe retirar un cazador de bonificaciones. O lo
que sea usted, Deckard —oprimió una tecla en su intercomunicador y habló—:
Envíeme a alguno de los cazadores de bonificaciones, no me importa cuál. Está
bien, gracias —soltó la tecla—Phil Resch estará aquí dentro de un momento. Me
gustaría ver su lista antes de proseguir.
—¿Cree usted que yo podría figurar en la lista de él?
—preguntó Rick.
—Es posible. Pronto lo sabremos. En un asunto crítico, como
éste, es mejor asegurarse y no dejar nada librado a la casualidad. Ese informe
—señaló la copia al carbón— no me cita como inspector de policía. Erróneamente
afirma que mi profesión es la de vendedor de pólizas de seguro. En otros
aspectos la descripción física, la edad, los hábitos personales, la dirección
personal, es correcto. Sin duda se trata de mí. Examínelo usted mismo —le
extendió el folio a Rick, que lo cogió y lo leyó.
Se abrió la puerta y entró un hombre alto, delgado, de
rasgos duros, con gafas de asta y una enmarañada barba a lo Van Dick. Garland se
puso de pie y presentó a Rick.
—Phil Resch, Rick Deckard. Por ser ambos cazadores de
bonificaciones, conviene que os conozcáis.
Mientras apretaba la mano de Rick, Phil Resch dijo:
—¿En qué ciudad trabaja? Garland respondió por Rick:
—En San Francisco. Mire las instrucciones que tiene, y el
próximo caso que se le encomienda —alcanzó a Phil Resch el folio que Rick había
estado examinando.
—Pero ¿cómo Gar? —dijo Phil Resch—Es usted.
—Y hay más —continuó Garland—También está Luba Luft, la
cantante de ópera, y Polokov. ¿Recuerda a Polokov? Ahora está muerto. Este
cazador de bonificaciones o androide o lo que sea lo ha matado, y en este
momento están haciendo el análisis de médula en el laboratorio, para ver si hay
algún motivo de...
—He hablado con Polokov —recordó Phil Resch—Es esa especie
de Santa Claus de la policía soviética, ¿verdad? —reflexionó, tironeando de su
barba—No me parece mala idea hacerle un análisis de médula.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Garland, visiblemente
fastidiado—Lo hacemos solamente para eliminar toda posible base legal del
crimen. De otro modo este hombre, Deckard, podría afirmar que no ha matado a
nadie, que se ha limitado a “retirar un androide”.
—Polokov me pareció un hombre muy frío —dijo Resch—Extremadamente
cerebral, calculador, distante...
—Muchos policías soviéticos son así —repuso Garland con
irritación.
—A Luba Luft no la he visto nunca —continuó Resch—, pero he
oído sus grabaciones. ¿Le hizo el test? —preguntó a Rick.
—Había empezado —respondió éste—, pero no pude obtener
resultados concluyentes. Llamó a un policía que me detuvo.
—¿Y a Polokov?
—No tuve la posibilidad.
—Y supongo que tampoco la ha tenido para hacerle el test al
inspector Garland —dijo Resch, casi para sí mismo.
—Por supuesto que no —exclamó Garland, con la cara
contraída de indignación, en tono amargo y cortante.
—¿Qué test emplea?
—El de Voigt-Kampff.
—No lo conozco —tanto Resch como Garland parecían sumidos
en rápidas y profundas reflexiones profesionales, aunque muy distintas—Pero
siempre he creído que el lugar más seguro para un androide era una gran
organización policial como la WPO. Desde que lo conocí, siempre quise aplicarle
el test a Polokov, pero no había un pretexto válido. Y jamás habría existido.
Por eso digo que un lugar así sería ideal para un androide emprendedor.
Poniéndose lentamente de pie, Garland encaró a Phil Resch.
—Y ha pensado también en aplicarme el test a mí, ¿verdad?
En la cara de Resch apareció una discreta sonrisa. Empezó a
responder, luego se encogió de hombros y guardó silencio. No parecía temer a su
superior, a pesar de la evidente furia de Garland.
—Este hombre —dijo Garland—, o este androide, Rick Deckard,
dice venir de una institución policial fantasmagórica, alucinatoria,
inexistente, que funciona en el viejo cuartel de la calle Lombard. Emplea un
test del que nadie ha oído hablar. No tiene una lista de androides, sino de
seres humanos. Ya ha matado a uno. Y si la Luft no hubiese logrado adelantarse,
probablemente la habría matado, para venir luego a olisquear a mi alrededor.
—Hm —dijo Resch.
—Hm —imitó Garland, enfadado. Parecía estar al borde de la
apoplejía— ¿Eso es todo lo que se le ocurre? Una voz de mujer dijo por el
intercomunicador:
—Inspector Garland: ha llegado el informe del laboratorio
acerca del cadáver del señor Polokov.
—Deberíamos enterarnos —dijo Resch.
Garland lo miró indignado. Luego se inclinó y tocó la
tecla.
—Díganos, señorita French.
—El análisis de médula revela que el señor Polokov era un
robot humanoide —dijo la señorita French—¿Desea usted el informe detallado?
—No, es suficiente —Garland se sentó en su sillón mirando
hacia la pared opuesta, en silencio. Resch preguntó:
—¿Cuál es el fundamento del test de Voigt-Kampff, señor
Deckard?
—La respuesta empalica en varias situaciones sociales. En
su mayoría relacionadas con animales.
—El nuestro es probablemente más sencillo —dijo Resch—El
arco reflejo que se produce en los ganglios superiores de la columna vertebral
demora varios microsegundos más en el robot humanoide que en el sistema nervioso
humano — se inclinó sobre el escritorio del inspector Garland y cogió un bloc de
Papel, en el que trazó un esbozo con un bolígrafo—Utilizamos una señal sonora o
un flash luminoso. El entrevistado oprime un botón y se mide el tiempo
transcurrido. Por supuesto, hay que hacer varias medidas, porque ese tiempo
varía tanto en el andrillo como en el ser humano. Pero después de diez ensayos
el resultado puede considerarse digno de confianza. Y como le ha ocurrido a
usted en el caso de Polokov, el análisis de médula confirma ese resultado.
Hubo un intervalo de silencio. Luego, Rick dijo:
—Puede aplicarme su test. Estoy listo. Y naturalmente, me
agradaría ponerlo a usted a prueba, si está de acuerdo.
—Naturalmente —respondió Resch, mientras miraba a Garland—Durante
años he sostenido que el test del Arco Reflejo de Boneli debería ser aplicado
rutinariamente al personal policial, y de modo especial en el personal de alta
graduación. ¿No es así, inspector?
—Así es —reconoció Garland—Y yo me he opuesto siempre por
considerar que afectaría la moral del departamento.
—Pues se me ocurre que ahora
debería usted reconsiderarlo —dijo Rick—, en vista del informe de su laboratorio
acerca de Polokov.
11
—Supongo que sí —dijo Garland. Señaló con el dedo al
cazador de bonificaciones Phil Resch—Pero le advierto una cosa: no le gustará a
usted el resultado del test.
—¿Acaso sabe cuál será? —preguntó Resch, visiblemente
sorprendido y algo disgustado.
—Con absoluta seguridad —contestó el inspector Garland.
—Está bien. Subiré a buscar el equipo del test de Boneli
—se dirigió a la puerta, la abrió y dijo—: Volveré en unos minutos.
Desapareció en el pasillo y la puerta se cerró.
El inspector Garland abrió el cajón derecho de su
escritorio, buscó algo, y sacó un tubo láser que hizo girar hasta que apuntó a
Rick.
—Eso no cambiará las cosas —dijo Rick—Resch ordenará un
análisis postmortem de mi cuerpo, como el que le han hecho a Polokov. Y seguirá
insistiendo en que usted y él mismo se sometan al... ¿Cómo es que se llama? Test
de Arco Reflejo de Boneli.
El tubo láser no cambió de posición.
—Hoy ha sido un mal día —dijo Garland—Especialmente desde
que entró Crams con usted. Tuve una intuición, y por eso intervine —bajó el arma
poco a poco; por fin se encogió de hombros, la guardó nuevamente en el cajón, lo
cerró y se puso la llave en el bolsillo.
—¿Qué demostrarán los tests? —preguntó Rick.
—Resch es un maldito idiota —dijo Garland.
—Realmente, ¿no lo sabe?
—No, no lo sabe. No tiene la menor idea. De otro modo no
podría trabajar corno un cazador de bonificaciones. Es una profesión para seres
humanos, no para androides —Garland señaló la cartera de Rick—Conozco a todos
los demás sospechosos a quienes usted debía someter al test y retirar —hizo una
pausa y continuó—: Todos vinimos de Marte en la misma nave. Resch no. Se quedó
allá una semana más, mientras le ajustaban la memoria sintética.
El —o mejor, esa cosa— guardó silencio.
—¿Y qué hará cuando lo sepa? —preguntó Rick.
—No tengo la menor idea —respondió Garland—Desde el punto
de vista intelectual, será interesante saberlo. Puede matarme, matarse, o quizá
lo mate a usted. Puede matar a cualquiera, humano o androide. He oído decir que
esas cosas ocurren cuando un androide posee una memoria sintética y cree que es
un ser humano.
—Pero usted está dispuesto a correr el riesgo...
—Escapar ya era un riesgo. Y también venir a la Tierra,
donde ni siquiera se nos considera animales, donde un gusano es más deseable que
todos nosotros juntos —Garland, irritado, tironeaba de su labio inferior—Usted
se encontraría en mejor posición si Resch lograra aprobar el test. Entonces el
resultado sería predecible: para él yo sería un andrillo que es preciso retirar
cuanto antes. Pero no será así, y usted correrá tanto peligro como yo, Deckard.
¿Sabe usted por qué me equivoqué? No sabía que Polokov era un androide. Debe de
haber llegado antes. Sin duda ha sido así. En otro grupo, sin el menor contacto
con el nuestro. Ya estaba cómodamente instalado en la WPO cuando nosotros
llegamos. Y yo pedí un análisis que no tendría que haber pedido. Desde luego,
Crams cometió el mismo error.
—Polokov estuvo a punto de liquidarme —observó Rick.
—Sí, tenía algo especial. No creo que hubiera poseído el
mismo modelo de unidad cerebral que nosotros. O tal vez ésta ha sido manipulada
o mejorada, de modo que era desconocida hasta para nosotros. Sea como fuere, el
resultado era muy bueno. Casi demasiado bueno.
—Cuando llamé a mi casa —dijo Rick—, no conseguí
comunicación. ¿Por qué?
—Todas las líneas de videófono son internas, y están
conectadas con varios despachos dentro del edificio. Esta es una empresa
homeostática, Deckard; un sistema cerrado separado del resto de San Francisco.
Conocemos a los demás, pero ellos no nos conocen. A veces alguna persona aislada
llega hasta aquí, o traemos a alguien, como hicimos con usted, para protegernos
—señaló convulsivamente la puerta—Aquí viene Phil Resch, muy contento con su
equipo Boneli portátil. ¿No es un encanto? Y sólo conseguirá destruir su propia
vida, la mía y posiblemente también la suya.
—Los androides no parecen capaces de ampararse unos a otros
en momentos difíciles.
—Tiene usted razón. Aparentemente carecemos de un don
específico de los humanos. Creo que se llama empatía.
Se abrió la puerta. Apareció Phil Resch con un objeto del
que pendían cables. —Aquí está —dijo, cerrando la puerta. Luego se inclinó y
conectó el aparato.
La mano derecha de Garland apuntó a Resch, quien junto con
Rick Deckard se dejó caer. Mientras lo hacía. Resch disparó su tubo láser contra
Garland.
El rayo láser, dirigido con una precisión que era fruto de
años de adiestramiento, partió la cabeza de Garland, que cayó sobre su
escritorio. Su láser miniaturizado rodó de su mano. El cuerpo resbaló del sillón
y cayó de lado al suelo pesadamente.
—No tuvo en cuenta que éste es mi trabajo —dijo Resch,
poniéndose de pie— Puedo prever lo que se propone hacer un androide. Supongo que
a usted también le ocurre —dejó su arma, se inclinó y examinó con curiosidad el
cuerpo del inspector—¿Qué le dijo mientras yo no estaba?
—Que era un androide. Y que usted —Rick se interrumpió,
mientras su mente calculaba, seleccionaba posibilidades y resolvía decir otra
cosa— se daría cuenta en unos minutos.
—¿Nada más?
—Que este edificio está infestado de androides.
—Eso hará difícil que usted y yo podamos salir de aquí. Por
supuesto, yo tengo autoridad para salir cuando quiero, incluso llevando un
prisionero — escuchó: no llegaba ningún ruido del exterior—Creo que nadie ha
oído nada. Y no hay micrófonos ni monitores, como tendría que haber —rozó
cuidadosamente el cuerpo caído con la punta del pie—Es notable la capacidad
psiónica que se desarrolla con este trabajo: yo sabía que estaba decidido a
disparar antes de abrir la puerta. Y me sorprende que no lo haya matado a usted.
—Estuvo a punto de hacerlo —dijo Rick—Me apuntó con un gran
tubo láser utilitario; pero era usted quien le preocupaba, y no yo.
—El androide huye cuando el cazador de bonificaciones
persigue —dijo Resch sin el más leve humor—A propósito, usted debería volver a
la Opera y sorprender a Luba Luft antes que nadie de aquí tenga la oportunidad
de ponerla sobre aviso. Tal vez debería decir ponerlo sobre aviso. ¿Los
considera usted objetos?
—Lo hacía, antes —respondió Rick—Cuando tenía problemas de
conciencia con mi trabajo. Me preservaba pensando que eran objetos. Pero ya no
es necesario. Está bien. Iré directamente a la Opera, suponiendo que usted pueda
sacarme de aquí.
—Deberíamos poner a Garland en su sillón —dijo Resch, y
alzó el cuerpo. Lo colocó ante el escritorio en una postura razonablemente
natural, si no se miraba de cerca. Apretó la tecla correspondiente del
intercomunicador y dijo—: El inspector Garland ordena que no se le pasen
llamadas durante media hora. Está realizando una tarea que no admite
interrupciones.
—Muy bien, señor Resch. Phil Resch soltó la tecla y dijo:
—Voy a esposarlo. Naturalmente, será sólo mientras estamos
en el edificio: cuando estemos en el coche aéreo quedará libre —extrajo unas
esposas y las cerró sobre la muñeca de Rick y sobre la propia—Vamos ahora.
Terminemos con esto — cuadró los hombros, respiró hondo y abrió la puerta del
despacho.
En todas partes había policías uniformados; ninguno prestó
particular atención a Phil Resch ni a Rick mientras atravesaban el pasillo hacia
el ascensor.
—Lo que temo es que Garland tenga en el cuello una de esas
piezas que advierten de la muerte —dijo Resch mientras esperaban—Pero —se
encogió de hombros— la alarma ya debería de haber sonado... Esas cosas no valen
de nada.
El ascensor llegó: varios hombres y mujeres de aire
vagamente policial descendieron y se dirigieron ruidosamente por los pasillos a
sus diversas ocupaciones sin prestar atención a Rick ni a Resch.
—¿Cree que su departamento policial me aceptaría? —preguntó
Resch mientras las puertas del ascensor se cerraban y ambos quedaban aislados.
Oprimió el botón del terrado y el ascensor subió silenciosamente—Después de
todo, me he quedado sin trabajo, para decir lo menos.
Con cautela, Rick respondió:
—No veo inconveniente, aunque ya tenemos dos cazadores de
bonificaciones —y pensó que debería decírselo, que no hacerlo era cruel y poco
ético. Señor Resch: usted es un androide. Me saca de este lugar, y ésta es su
recompensa. Enterarse de que es usted lo que para nosotros dos es una
abominación, la esencia misma de lo que nos hemos comprometido a destruir.
—No logro recobrarme —dijo Phil Resch—Me parece imposible.
Durante tres años he estado trabajando a las órdenes de un androide. ¿Cómo no
tuve una sospecha y no hice algo antes?
—Quizá no haya sido tanto tiempo. Tal vez se han infiltrado
recientemente.
—Han estado aquí todo el tiempo. Garland es mi jefe desde
el comienzo, hace ya tres años.
—Por lo que él me dijo, llegaron juntos, en grupo, a la
Tierra. Y eso no fue hace tres años, sino unos pocos meses.
—Entonces en algún momento existió un Garland auténtico
—respondió Phil Resch—, que fue reemplazado —su rostro delgado se torció,
esforzándose por comprender—En caso contrario, debo pensar que me han colocado
un sistema de falsa memoria, y que mi idea de tres años con Garland es un
recuerdo impreso — su cara estaba convulsionada por el creciente
sufrimiento—Pero sólo a los androides les ponen memorias sintéticas; el método
se ha revelado ineficaz en los seres humanos.
El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron. Al frente
se encontraba el mínimo aeropuerto del departamento policial. La única presencia
era la de los coches aéreos aparcados.
—Este es mi coche —dijo Phil Resch abriendo la puerta y
urgiendo a Rick a entrar. Sentado ante los mandos encendió el motor y un momento
más tarde se elevaban con dirección al norte, hacia la Opera. Resch, preocupado,
conducía impulsado por sus reflejos. Su atención estaba centrada en una serie de
reflexiones cada vez más sombrías.
—Escuche, Deckard —dijo de repente—Después de retirar a
Luba Luft querría que usted... Usted sabe —su voz ronca y atormentada estalló—:
Que me aplique el test de Boneli o el de empatía. Tengo necesidad de saber.
—Podemos ocuparnos de eso más tarde —respondió evasivamente
Rick.
—No quiere hacerlo, ¿verdad? —Phil Resch lo miró con
perspicacia—Pienso que usted sabe cuál será el resultado. Algo le ha dicho
Garland, algún hecho que yo ignoro.
—Va a ser difícil incluso para los dos juntos resolver el
caso de Luba Luft. Yo solo jamás podría. Deberíamos atender a eso antes que
nada.
—No es solamente una falsa memoria —dijo Resch—Yo tengo un
animal, no un seudo-animal sino uno verdadero, una ardilla. Y quiero a esa
ardilla, Deckard. Todas las mañanas le doy de comer y limpio su jaula. Y por la
noche, cuando vuelvo del trabajo, la dejo en libertad en mi piso y ella corre
por todas partes. Tiene una rueda en la jaula. ¿Alguna vez ha visto correr una
ardilla dentro de una rueda? Corre y corre, y la rueda gira, pero la ardilla
siempre está en el mismo lugar. Y sin embargo, a Buffy eso le gusta.
—Supongo que las ardillas no son muy inteligentes —dijo
Rick. Continuaron el viaje en silencio.
12
En la Opera les informaron que el ensayo había terminado, y
que la señorita Luft se había marchado.
—¿Dijo adonde pensaba ir? —preguntó Phil Resch, mostrando
su carnet policial.
El hombre, un tramoyista, lo examinó.
—Fue al museo. Dijo que deseaba ver la exposición de Edvard
Munch, que termina mañana.
Pero Luba Luft termina hoy, pensó Rick.
Mientras ambos caminaban por la acera hacia el museo, Phil
Resch dijo:
—¿Qué quiere usted apostar? Seguro que ha huido. No la
encontraremos.
—Tal vez —respondió Rick.
Llegaron al museo, averiguaron en qué piso estaba la
exposición de Munch y subieron. Muy pronto se encontraron vagando entre pinturas
y grabados. Había mucha gente, incluso un grupo de escolares. La voz aguda de la
maestra se escuchaba por todas las salas, y Rick pensó: Esa es la voz, y la
figura, que debería tener un andrillo. Y no las de Rachael Rosen o Luba Luft. O
el hombre —o la cosa— que iba a su lado.
—¿Ha visto alguna vez un andrillo que tuviera un animal?
—preguntó Phil Resch.
Por alguna razón oscura Rick sentía la necesidad de ser
brutalmente sincero. Quizás había empezado a prepararse para la tarea que le
esperaba.
—En dos casos que he conocido, los androides tenían y
cuidaban animales. Pero es muy raro. Por lo que sé, suele fallar. El andrillo es
incapaz de mantener al animal con vida. Los animales exigen un ambiente de
cariño, excepto los reptiles y los insectos.
—¿Y una ardilla necesita una atmósfera de amor? Porque
Buffy está espléndida y lustrosa como una nutria. La peino día por medio.
Phil Resch se detuvo ante un cuadro al óleo; mostraba a una
criatura pelada y oprimida, con una cabeza semejante a una pera invertida, que
apretaba sus manos horrorizadas contra sus oídos, con la boca abierta en un
vasto grito mudo. Las olas encrespadas de su dolor, los ecos del grito, ocupaban
el espacio que la rodeaba. El hombre, o la mujer, estaba encerrado dentro de su
propio aullido. Se cubría los oídos para protegerse de su propia voz. La
criatura estaba de pie en un puente, y no había nadie más. Gritaba a solas.
Aislada por el grito o a pesar de él.
—También hay un grabado con este tema —observó Rick,
leyendo la tarjeta colocada debajo de la pintura.
—Se me ocurre que así deben sentirse los androides —dijo
Phil Resch, y trazó en el aire los ecos, visibles en la pintura, del grito de la
criatura—Yo no me siento así, por lo tanto quizá no sea un...
Se interrumpió porque varias personas se acercaban a ver el
cuadro.
—Allí está Luba Luft —Rick la señaló, y Phil Resch abandonó
sus oscuros pensamientos y defensas. Ambos avanzaron hacia ella a paso mesurado,
tomándose su tiempo, como si nada. Era vital, en todo caso, que mantuvieran un
aire trivial. Había que proteger a cualquier precio, incluso el de perder la
presa, a los seres humanos inconscientes de la presencia de androides.
Luba Luft sostenía un catálogo impreso; vestía unos
brillantes pantalones que se afinaban hacia los tobillos, y un chaleco dorado y
pintado. Parecía absorta en un cuadro, el dibujo de una jovencita sentada al
borde de una cama, con las manos unidas y expresión de asombro y de un pánico
nuevo y creciente.
—¿Quiere que se la compre? —le preguntó Rick a Luba Luft,
cogiéndole suavemente el brazo. Le expresaba así que se había apoderado de ella,
y que no le era preciso esforzarse para detenerla. Del otro lado, Phil Resch,
Phil Resch le apoyó en el hombro una mano en la que resaltaba el bulto de un
tubo láser. Resch no pensaba correr riesgos, después de lo sucedido con Garland.
—No está en venta —Luba Luft lo miró distraída, luego
intensamente, cuando lo reconoció. Su mirada se torno opaca y los colores
abandonaron su rostro, que adoptó un tono cadavérico, como si ya hubiera
empezado a pudrirse, como si su vida se hubiese retirado a un recóndito lugar en
su interior, dejando su cuerpo abandonado a la ruina.
—Señorita Luft —respondió Rick—, éste es el señor Resch.
Phil Resch, le presento a la célebre cantante de ópera Luba Luft. El policía que
me arrestó es un androide, como su jefe. ¿Conocía usted al inspector Garland? Me
dijo que habían venido juntos en la misma nave, en grupo.
—El departamento policial adonde usted llamó —explicó Phil
Resch— y que funciona en un edificio de la calle Mission, es aparentemente el
centro orgánico que utiliza su grupo para mantenerse en contacto. Y hasta se
sienten suficientemente confiados para contratar a un cazador de bonificaciones
humano. Es evidente...
—¿Usted? —dijo Luba Luft—Usted no es humano. No más que yo:
también es un androide.
Hubo una pausa y Phil Resch dijo en voz grave y controlada:
—Ya nos ocuparemos de eso a su debido tiempo —luego se
dirigió a Rick— Llevémosla a mi coche.
Los tres, con Luba en el centro, se dirigieron hacia el
ascensor. Luba Luft no se movía por su propia voluntad, pero tampoco se resistía
de un modo activo. Parecía resignada. Rick había visto esto en otros androides,
en situaciones graves.
La energía artificial que los animaba declinaba cuando se
les exigía demasiado. En algunos casos, pues en otros, esa energía estallaba con
furia.
Los androides tenían, como él sabía, el deseo innato de
pasar inadvertidos. En el museo, rodeada de gente, Luba Luft probablemente no
intentaría nada. El verdadero encuentro, sin duda el último para ella, ocurriría
en el coche, donde nadie pudiera verla. Allí era posible que se liberara
violentamente de sus inhibiciones. Rick se preparó, sin pensar por el momento en
Phil Resch. Tal como él mismo había dicho, ya habría que ocuparse de eso a su
tiempo.
Al final del pasillo, junto a los ascensores, había un
pequeño puesto donde vendían copias y libros de arte. Luba se detuvo.
—Un momento —le dijo a Rick; el color había retornado a su
rostro, en parte, y una vez más parecía vivir..., al menos
momentáneamente—Cómpreme una reproducción de la obra que estaba mirando cuando
me encontraron; la de la chica sentada en la cama.
Después de una pausa. Rick se dirigió a la vendedora, una
mujer de mediana edad, con la quijada prominente y el pelo gris sujeto por una
redecilla.
—¿Tiene una reproducción de Pubertad, de Munch?
—Sólo en el libro de la obra completa —respondió la
vendedora, cogiendo el hermoso volumen satinado—Veinticinco dólares, señor.
—Lo llevaré.
—Mi sueldo no alcanza para... —dijo Phil Resch.
—Yo lo compraré —respondió Rick. Pagó a la mujer y dio el
libro a Luba— Vamos.
—Se lo agradezco mucho —dijo Luba mientras entraban en el
ascensor—Hay algo misterioso y conmovedor en los seres humanos. Un androide
jamás habría hecho eso —miró glacialmente a Phil Resch—A él no se le habría
ocurrido —su mirada era de verdadera hostilidad y aversión—La verdad es que no
me gustan los androides. Desde que llegué de Marte, mi vida ha consistido en
imitar a los seres humanos, en hacer lo que hacen las mujeres humanas,
imaginando que tenía sus impulsos y pensamientos, tratando de asemejarme a lo
que considero una forma de vida superior. A usted, Resch, ¿no le ocurre lo No
trata de...
—No puedo tolerarlo —dijo Phil Resch, buscando algo en su
abrigo.
—No —dijo Rick. Trató de cogerle la mano, pero Resch
retrocedió y lo evitó. El test de Boneli, recordó Rick.
—Ha admitido que es una androide —dijo Resch—No tenemos por
qué esperar.
—Pero retirarla sólo porque lo ha agredido... Déme eso dijo
Rick, tratando de apoderarse del tubo láser, que siguió en la mano de Resch,
quien se desplazó en el pequeño ascensor para eludirlo, y con la atención
concentrada exclusivamente en Luba Luft—Está bien —agregó—Retírela, mátela.
Demuéstrele así que ella ha dicho la verdad —se interrumpió al advertir que
Resch pensaba realmente hacerlo—;Espere!
Phil Resch disparó, mientras Luba Luft, en un gesto de
frenético terror, giraba, trataba de apartarse, caía. El rayo erró. pero cuando
Resch bajó su arma perforó silenciosamente un pequeño agujero en el estómago de
la cantante. Luba empezó a gritar, agazapada contra la pared del ascensor. Como
la chica del dibujo, pensó Rick. Y la remató con su propio tubo láser. El cuerpo
cayó hacia adelante, boca abajo, en montón. Ni siquiera se estremeció.
—Podría haberse quedado con el libro —dijo Resch—Le ha
costado...
—¿Cree usted que los androides tienen alma? —interrumpió
Rick, viendo que Phil Resch lo miraba aún más asombrado y con la cabeza ladeada.
Luego continuó—: Puedo permitirme comprar ese libro. Hoy he ganado tres mil
dólares, y aún no he terminado.
—Pero a Garland lo maté yo, no usted —dijo Phil Resch—Usted
simplemente estaba allí. Y a Luba también le disparé.
—Pero no podrá cobrar el dinero, ni en su departamento
policial ni en el nuestro. Cuando lleguemos a su coche le haré el test de Boneli
o el de VoigtKampff, y entonces veremos. Pese a no estar incluido en mi lista
—con manos templorosas abrió su cartera, y buscó en las arrugadas copias al
carbón—No, no está. Así que legalmente no puedo perseguirlo. En todo caso
reivindicaré el retiro de Garland y el de Luba Luft.
—¿Está seguro de que soy un androide? ¿Es eso realmente lo
que Garland le dijo?
—Eso es lo que Garland me dijo.
—Quizá mentía —observó Phil Resch—Para separarnos. Para que
estuviéramos como ahora. Es una tontería permitir que algo nos distancie. Y
usted tiene razón acerca de Luba Luft: no debí de haber perdido la serenidad.
Debo ser demasiado sensitivo... O quizás, eso es natural en un cazador de
bonificaciones. Tal vez usted reacciona del mismo modo. Por otra parte,
tendríamos que haber retirado a Luba Luft de todas maneras, media hora más
tarde. Sólo media hora. Y no habría tenido tiempo de mirar el libro que usted le
regaló. Y que no debió destruir. Eso fue un despilfarro. No comprendo, no es
razonable.
—Abandonaré este oficio —dijo Rick.
—¿Para hacer... qué?
—Cualquier cosa. Seguros, como Garland, según el informe. O
emigraré. Sí — afirmó—Me iré a Marte.
—Pero alguien tiene que hacer esto.
—Pueden emplear androides. Sería mucho mejor. Yo ya no
puedo, he hecho demasiado. Luba era una cantante maravillosa, todo el planeta
podía disfrutar de sus dotes. Esto es una locura.
—Es necesario. Recuerde que han matado a seres humanos para
escapar. Recuerde que si yo no lo hubiera sacado del departamento policial de la
calle Mission, lo habrían matado. Por eso me llamó Garland, por eso hizo que
fuera a su despacho. Y Polokov, ¿no estuvo a punto de matarlo? ¿Y Luba Luft?
Estamos actuando para defendernos. Ellos están en nuestro planeta, son
extranjeros ilegales, criminales que se disfrazan de...
—De policías —dijo Rick—De cazadores de bonificaciones.
—Pues..., aplíqueme el test de Boneli. Quizá Garland haya
mentido. Yo creo que lo ha hecho; una memoria falsa no puede ser tan buena. ¿Y
mi ardilla?
—Sí, su ardilla. Me había olvidado.
—Si soy un andrillo y usted me mata —dijo Phil Resch—,
puede quedarse con mi ardilla. Se la dejaré en herencia, con un documento
firmado.
—Los andrillos no pueden dejar nada en herencia. No poseen
cosa alguna.
—Entonces quédesela —dijo Resch.
—Quizás acepte —respondió Rick. El ascensor había llegado a
la planta baja y las puertas se abrieron—Llamaré a un patrullero para que lleven
el cuerpo al laboratorio. Le harán el análisis de médula. Quédese aquí, con Luba
—buscó una cabina, entró, puso una moneda con las manos temblorosas y marcó el
número. Mientras tanto, la gente que esperaba el ascensor se reunía curiosa en
torno de Phil Resch y del cuerpo de Luba Luft.
Había sido una cantante maravillosa, se dijo después de
llamar. No comprendo cómo un don semejante puede ser un riesgo para la sociedad.
Pero no era su don; era ella misma el riesgo. Como Phil Resch. El representa la
misma amenaza y por las mismas razones. De modo que no puedo marcharme ahora,
concluyó Rick.
Salió de la cabina, se abrió paso entre la gente hasta el
ascensor, donde estaban Phil y la figura caída de la muchacha. Alguien la había
cubierto con un abrigo. No era el de Resch.
El estaba a un lado, fumando vigorosamente un pequeño
cigarro gris.
—Espero de todo corazón que sea usted un androide —dijo
Rick.
—Me odia, de verdad —dijo Phil Resch, sorprendido—Y es
ahora, repentinamente; no me odiaba en la calle Mission, cuando le salvé la
vida.
—Veo una estructura. La manera en que mató a Garland, la
manera en que mató a Luba. Usted no mata como yo, no trata de —ya sé por qué—A
usted le gusta matar, lo único que necesita es un pretexto. Si tuviera un
pretexto me mataría a mí. Por eso le gustó la posibilidad de que Garland fuera
un androide: así podía matarlo. Me pregunto qué hará si fracasa en el test de
Boneli. ¿Se matará? A veces, los androides lo hacen.
Era una situación extraña.
—Sí, yo me encargaré de hacerlo —repuso Phil Resch—Usted
sólo tendrá que hacerme el test.
Llegó un patrullero. Dos policías descendieron, vieron la
multitud reunida y se abrieron camino. Uno de ellos reconoció y saludó a Rick.
Ahora podemos irnos, pensó él. Finalmente, nuestra tarea aquí está terminada.
Volvió con Resch a la Opera, en cuyo terrado se encontraba
el coche aéreo.
—Le daré mi tubo láser —dijo Resch—Así no tendrá que
preocuparse por mis reacciones, ni por su seguridad personal —entregó el arma a
Rick, quien la aceptó.
—¿Y cómo se mataría? —preguntó Rick.
—Conteniendo la respiración.
—Por Dios —dijo Rick—No es posible.
—En los androides, el nervio vago no puede actuar
automáticamente, como en los seres humanos. ¿No se lo enseñaron durante su
instrucción? Yo lo aprendí hace años.
—Pero... morir de esa... manera —protestó Rick.
—Es indolora. ¿Qué tiene de particular?
—Es...
Rick hizo un gesto vago, incapaz de hallar palabras.
—Y además, no creo que lo necesite. Subieron al terrado de
la Opera y al coche aéreo de Phil Resch.
—Me gustaría que empleara el test de Boneli —dijo Resch, ya
sentado ante los mandos, cerrando la puerta.
—No puedo. No sé cómo se hace el cómputo —en verdad, pensó
Rick, tendría que confiar en él para interpretar los datos. Y eso estaba fuera
de la cuestión.
—¿Me dirá la verdad? —preguntó Phil Resch—Si soy un
androide, ¿me lo dirá?
—Por supuesto.
—Porque realmente quiero saberlo. Debo saberlo —Phil Resch
volvió a encender su cigarro, y cambió de posición en su asiento, tratando de
acomodarse. Pero no podía—¿Le gustaba de verdad el dibujo de Munch que Luba Luft
estaba mirando? —preguntó—A mí no me interesa el realismo en el arte. Me gusta
Picasso y...
—Pubertad es una obra de 1894 —respondió brevemente Rick—En
esa época sólo se conocía el realismo, conviene tenerlo en cuenta.
—Pero el otro, el del hombre que se cubría las orejas y
gritaba... Ese no es figurativo.
Rick abrió su cartera y empezó a preparar su equipo.
—Complicado —observó Phil Resch—¿Cuántas preguntas tiene
que hacer para obtener resultados?
—Seis o siete —le dio el disco adhesivo a Phil Resch—Póngaselo
en la mejilla. Que quede firme. Y esta luz —dirigió el haz—Debe quedar enfocada
en el ojo. Trate de no mover la pupila.
—Movimientos reflejos —dijo Resch—Pero usted no mide la
dilatación, por ejemplo. Es decir, no tiene en cuenta la reacción a un estímulo
físico. Sólo a las preguntas. Es lo que llamamos, respuesta de titubeo.
—¿Cree que podría controlarla?
—No. En algún momento, podría ser. Pero no la amplitud
inicial: eso está fuera de control consciente. Si no fuera así... —se
interrumpió—Adelante. Perdone que hable demasiado, estoy nervioso.
—Hable todo lo que quiera —repuso Rick. Hasta la muerte. Si
eso le agrada, se dijo. A él no le importaba.
—Si soy un androide —continuó Phil Resch, recuperará usted
la fe en la raza humana. Pero como no lo creo, le sugiero que empiece a definir
una ideología capaz de justificar que...
—La primera pregunta —dijo Rick. Todo estaba en orden; las
agujas de ambos medidores temblaban—El tiempo de reacción es un factor, así que
conteste lo antes que pueda.
Eligió de memoria una pregunta para comenzar. El test
estaba en marcha.
Al concluir, Rick permaneció un momento en silencio. Luego
reunió su equipo y lo metió de nuevo en la cartera.
—Puedo leer el resultado en su cara —dijo Phil Resch, con
absoluto y crispado alivio—Está bien. Puede devolverme el arma —extendió la mano
con la palma hacia arriba.
—Es evidente que tenía usted razón acerca de los motivos de
Garland —dijo Rick—Deseaba distanciarnos, como usted dijo —se sentía física y
psicológicamente agotado.
—¿Ha logrado establecer una ideología que me incluya como
miembro de la especie humana? —preguntó Resch.
—Hay un defecto en su capacidad empática —dijo Rick—, pero
no hace al test. Se refiere a sus sentimientos hacia los androides.
—Por supuesto que no hace al test.
—Tal vez deberíamos incluirlo —jamás había pensado en ello
anteriormente. Nunca había sentido empatía hacia los androides que mataba.
Suponía que, para su mente, un androide era una máquina inteligente. Igual que
para su conciencia. Y sin embargo, observaba una diferencia en Phil Resch, y
sentía instintivamente que él tenía razón. ¿Empatía hacia un aparato artificial?
¿Hacia algo que meramente pretende estar vivo? Sin embargo, Luba Luft parecía
auténticamente viva. No tenía aire de simulación.
—Ya se imaginará usted el resultado —observó calmosamente
Phil Resch—Si incluyéramos a los androides entre los objetos de identificación
empática, como hacemos con los animales...
—No podríamos defendemos.
Es obvio. Los modelos Nexus-6..., caerían sobre nosotros y
nos aplastarían. Usted, yo, y todos los cazadores de bonificaciones estamos
entre los Nexus-6 y la humanidad, somos la barrera que los mantiene apartados.
Además... —se interrumpió al advertir que Rick volvía a extraer su equipo—Creí
que el test había terminado.
—Quiero formularme una pregunta a mí mismo —dijo Rick—Usted
me leerá el registro de las agujas. Sólo la medida, yo puedo interpretarla
—colocó el disco adhesivo en su mejilla, y dispuso el haz de luz de modo que
cayera sobre su ojo— ¿Está preparado? Mire los medidores. No tendré en cuenta el
tiempo transcurrido, sólo me interesa la magnitud.
—Muy bien, Rick.
—Rick dijo en voz alta:
—Desciendo en un ascensor con un androide que he capturado.
De repente, sin aviso, alguien lo mata.
—No hay respuesta notable —dijo Phil Resch.
—¿Qué indican las agujas?
—La izquierda 2,8 y la derecha 3,3 —Rick continuó:
—Un androide hembra.
—Ahora están en 4,0 y 6,0 respectivamente.
—Es bastante significativo —dijo Rick; se quitó el disco
adhesivo y apagó el haz de luz—Es una respuesta claramente empática.
Aproximadamente la misma que muestran los seres humanos ante la mayoría de las
preguntas, con la única excepción de las más exageradas..., las que se refieren
a pieles humanas usadas como adorno, por ejemplo, y que exponen situaciones
verdaderamente patológicas.
—Y eso, ¿qué significa?
—Soy capaz de sentir empatía por ciertos androides
—respondió—No por todos, sino específicamente por... uno, o dos —por Luba Luft,
desde luego, se dijo. En definitiva, me he equivocado. No hay nada de
antinatural ni de inhumano en las reacciones de Phil Resch. El problema soy yo.
Me pregunto si algún ser humano ha experimentado esto con
un androide. Naturalmente, quizá no vuelva a ocurrir. Es posible que sea una
anomalía vinculada con mis sentimientos, por ejemplo, acerca de La flauta
mágica. O de la voz de Luba, o de su profesión. Lo cierto es que jamás le había
ocurrido, al menos conscientemente. Ni con Polokov, ni con Garland, por ejemplo.
Y si Phil Resch hubiese sido un androide, habría podido matarlo sin la menor
emoción, especialmente después de la muerte de Luba.
Estaba en juego la diferencia entre los verdaderos seres
humanos y los objetos humanoides. Pero en el ascensor del museo, se dijo Rick,
yo estaba entre dos criaturas, una humana y otra androide... Y mis sentimientos
eran exactamente opuestos a lo previsto, a lo que estoy acostumbrado a
experimentar. A lo que debo sentir.
—Está en un aprieto, Deckard —dijo Phil Resch. Parecía
divertido.
—¿Qué es esto? —preguntó Rick.
—Sexo —respondió Phil Resch.
—¿Sexo?
—Luba Luft era físicamente atractiva. ¿Nunca le había
ocurrido antes? —Phil Resch rió—Me han enseñado que es un problema básico para
los cazadores de bonificaciones. ¿No sabe, Deckard, que los hombres de las
colonias suelen tener amantes androides?
—Eso no es legal —replicó Rick, que conocía las normas al
respecto.
—Por supuesto que no. Muchas variaciones de la sexualidad
no lo son. Y la gente las practica igual.
—¿Y si se trata de amor, y no de sexo?
—El amor es un nombre del sexo.
—Como el amor al país —insistió Rick—, o a la música.
—Si es amor a una mujer, o a una imitación androide, es
sexo. Despierte y enfréntese con usted mismo, Deckard. Lo que quería era irse a
la cama con un tipo femenino de androide. Ni más ni menos. Yo también he sentido
eso en cierta ocasión, cuando acababa de iniciarme en el oficio. No se preocupe:
curará. Sólo que en esta ocasión ha invertido usted el orden. No tendría que
matarla, o estar presente cuando la mataban, y sentirse físicamente atraído
después. Trate de que sea al revés.
Rick lo miró.
—Que me acueste con ella primero...
—Y la mate después —dijo lacónicamente Phil Resch, siempre
con su sonrisa dura.
Es un buen cazador de bonificaciones, se dijo Rick. Su
actitud lo demuestra.
Pero..., ¿lo soy yo?
Por primera vez en su vida empezaba a dudarlo.
13
Como un arco de puro fuego, John R. Isidore atravesaba el
cielo de la tarde mientras retornaba a su casa. Me pregunto si todavía estará
allí, se dijo. En ese viejo piso de kippel, mirando al Amigo Buster en la TV, y
temblando de miedo cada vez que creía oír pasos en el pasillo. Incluso los míos.
Había pasado por una tienda de mercado negro. A su lado en
el asiento había una bolsa llena de cosas deliciosas como queso de soja,
melocotones maduros, queso blando y maloliente, que se mecían cuando aceleraba o
frenaba con su coche aéreo. Como esa tarde estaba nervioso, conducía algo
erráticamente. Y su coche recientemente reparado tosía y trastabillaba como
antes de enviarlo a componer. Maldición, pensó Isidore.
El olor de los melocotones y el queso fluctuaba en el
interior del coche y llenaba de placer su nariz. En esos raros productos había
invertido dos semanas de salario, que había pedido adelantadas al señor Sloat.
Además, debajo del asiento, donde no podía rodar ni romperse, había una botella
de Chablis. Isidore la había tenido guardada en un depósito de seguridad del
Bank of América, sin venderla pese a las ventajosas ofertas recibidas para el
caso de que alguna vez apareciese una chica. Lo cual no había ocurrido hasta el
momento.
El terrado de su edificio, desierto, lleno de desperdicios,
le deprimió como de costumbre. Mientras descendía y entraba en el ascensor
limitó su visión periférica, para concentrarse en los valiosos objetos que
llevaba: la bolsa y la botella, para no resbalar y precipitarse en un abismo
económico. Cuando el ascensor llegó, crujiendo, no bajó hasta su piso sino al
nivel inferior donde residía ahora la nueva ocupante, Pris Stratton. Llamó a su
puerta golpeando con el borde de la botella de vino, mientras su corazón latía
locamente.
—¿Quién es? —a pesar de que la puerta la amortiguaba, la
voz era clara. Y su tono asustado era sin embargo agudo como una navaja.
—Quien le habla es J. R. Isidore —dijo, con la nueva
autoridad que había adquirido recientemente merced al videófono del señor Sloat—Traigo
algunas cosas buenas, y pienso que podríamos organizar juntos una cena bastante
razonable.
La puerta se entreabrió un poco. No había luces en el
interior. Pris examinó el oscuro pasillo.
—Parece usted diferente —dijo—Más adulto.
—He tenido que realizar algunos asuntos de rutina durante
mis horas de trabajo. Lo normal. Si me permite usted pasar...
—Igual puede hablar —sin embargo, dejó la puerta
suficientemente abierta para que él pudiera entrar. Y al ver lo que él traía,
dejó escapar una exclamación.
En su rostro se encendió una traviesa y exuberante alegría
que, casi de inmediato, fue reemplazada por una letal amargura. Sus facciones
parecían vaciadas en concreto y la alegría se desvaneció.
—¿Qué ocurre? —preguntó Isidore. Dejó bolsa y botella en la
cocina y regresó deprisa al lado de la chica. En tono monocorde, Pris respondió:
—No puedo apreciar esto.
—¿Por qué?
—Oh —se encogió de hombros, con las manos metidas en los
bolsillos de su falda pesada y bastante anticuada—Algún día se lo diré —alzó la
mirada—De cualquier modo, ha sido usted muy amable. Ahora me gustaría que se
marchara; no estoy de ánimos para ver a nadie —se movió hacia la puerta de la
sala de modo casual; arrastraba los pies y parecía agotada, como si sus reservas
de energía se hubieran terminado.
—Yo sé qué le ocurre —dijo él.
—¿Sí? —abrió la puerta; su voz iba tornándose aún más
gastada, seca y estéril.
—No tiene amigos. Está mucho peor que cuando la vi más
temprano; y eso es porque...
—Tengo amigos —en su voz surgió una súbita autoridad.
Recobró la energía—O al menos los tenía. Siete. Era
suficiente para empezar, pero ahora los cazadores de bonificaciones han tenido
tiempo de iniciar su tarea. De modo que algunos de ellos, quizá todos, estarán
muertos —fue hacia la ventana, miró la oscuridad y las pocas luces diseminadas
aquí y allá—Tal vez sea la única sobreviviente de nosotros ocho.
—¿Qué es un cazador de bonificaciones?
—Ah, sí. Se supone que la gente lo ignora. Un cazador de
bonificaciones es un asesino profesional al que se le da una lista de personas
que debe matar. Se le paga una suma: tengo entendido que la tarifa corriente es
de mil dólares por cada una. Y normalmente trabaja para el ayuntamiento, de modo
que recibe también un salario, que se mantiene bajo para que el hombre tenga un
incentivo.
—¿Está usted segura? —preguntó Isidore.
—Sí. ¿... quiere decir, de que tiene un incentivo? Pues sí,
lo tiene. Le gusta hacer lo que hace.
—Eso no es posible —respondió Isidore. Jamás había oído
hablar de una cosa semejante. Por ejemplo, el Amigo Buster nunca lo había
mencionado—No concuerda con la actual ética merceriana —señaló—Todas las vidas
son una; “ningún hombre es una isla”, como dijo Shakespeare una vez.
—No; John Donne.
Isidore hizo agitadamente un gesto.
—Es lo peor que he oído decir. ¿No puede llamar a la
policía?
—No.
—¿Y la están siguiendo? ¿Alguien puede venir aquí, a
matarla? —estaba comprendiendo por qué la chica se mostraba tan reservada—No me
extraña que tenga miedo y que no desee ver a nadie —pero pensó: debe ser una
alucinada, una psicótica con delirios de persecución. Daño cerebral provocado
por el polvo radiactivo... Quizá sea una especial—Yo los atacaré primero —dijo.
—¿Con qué? —la muchacha sonrió suavemente, mostrando sus
dientes suaves, blancos, parejos.
—Conseguiré una licencia para usar un rayo láser. No es
difícil cuando uno vive aquí, donde no hay nadie. La policía no patrulla y se
supone que todo el mundo debe defenderse solo.
—¿Y cuando esté en su trabajo?
—Pediré vacaciones.
—Muchas gracias, J. R. Isidore. Pero si los cazadores de
bonificaciones han cogido a los demás, a Max Polokov, a Garland. a Luba, a
Hasking y a Roy Baty — se interrumpió—, Roy e Irmgard Baty... Si ellos han
muerto, ya nada me importa. Son mis mejores amigos. ¿Por qué no he recibido
noticias de ellos? —dejó escapar una furiosa maldición.
En la cocina, Isidore encontró fuentes, boles, vasos
polvorientos, sin uso desde hacía largo tiempo. Empezó a lavarlos en el
fregadero dejando correr el agua caliente coloreada por la herrumbre, hasta que
se aclaró. Pris apareció y se acercó a la mesa. El abrió la botella de Chablis,
y repartió los melocotones, el queso, el tufu.
—¿Qué es eso? —dijo ella, señalando.
—Está hecho de soja. Me gustaría tener un poco de... —se
interrumpió, ruborizado—Antes se comía con salsa de carne.
—Esos son los errores que cometen los androides —murmuró
Pris—Por eso se delatan —se acercó a Isidore, se detuvo a su lado y le pasó el
brazo por la cintura sorpresivamente, oprimiéndose contra él por un
segundo—Quiero un poco de melocotón —dijo, y cogió delicadamente con sus largos
dedos una tajada mórbida y resbalosa de color entre naranja y rosado. Mientras
se la comía empezó a llorar; frías lágrimas bajaban por sus mejillas y caían
sobre su pecho. Como Isidore no sabía qué hacer, continuó en la repartición de
los alimentos—Al diablo con todo —agregó Pris, apartándose de él y empezando a
caminar lentamente, a pasos medidos, por la habitación, le contaré. Nosotros
vivíamos en Marte. Por eso he podido conocer a los androides —su voz temblaba,
pero logró continuar. Obviamente era muy importante para ella tener alguien con
quien conversar.
—Y las únicas personas que usted conoce en la Tierra —dijo
Isidore—, son sus amigos inmigrantes.
—Nos conocíamos antes del viaje; vivíamos todos cerca de
Nueva Nueva York. Roy Baty e Irmgard tenían una farmacia; él es farmacéutico y
ella se ocupa de cremas y cosméticos. Las mujeres de Marte están obligadas a
usar una cantidad de acondicionadores de la piel. Y yo —vaciló—, tomaba las
drogas que me daba Roy. Al principio las necesitaba porque... De todos modos es
un lugar horrible — con un gesto violento indicó sus habitaciones—Usted piensa
que yo sufro porque me siento sola. Pero esto no es nada: todo Marte es un lugar
solitario. Mucho peor.
—Y los androides, ¿no son una compañía? He oído un
anuncio... Yo creía que los androides ayudaban —Isidore se sentó y comió, ella
alzó su vaso de vino y bebió inexpresivamente.
—Los androides también se sienten solos —respondió Pris.
—¿Le gusta el vino?
—Es muy bueno —Pris apoyó el vaso sobre la mesa.
—Es la primera botella que veo en tres años.
—Volvimos —continuó ella—, porque nadie debería vivir allá.
No ha sido nunca un lugar habitable, al menos durante el último billón de años.
Es tan viejo..., uno siente esa terrible vejez en las mismas piedras. Al
principio, Roy me daba drogas. Yo lograba sobrevivir merced a un nuevo
analgésico sintético, la silenicina. Y conocí entonces a Horst Hartman, que
tenía una tienda de sellos, de viejos sellos de correo. Hay mucho tiempo
disponible y uno necesita un hobby, algo que ocupe infinitamente la atención. Y
Horst logró que yo me interesara por la ficción precolonial.
—¿Quiere decir, libros antiguos?
—Narraciones de viajes espaciales, escritas antes de los
viajes espaciales.
—¿Y cómo podía haber narraciones antes de...?
—Los escritores sabían.
—Pero, ¿en qué se fundaban?
—En la imaginación. Muchas veces se equivocaban. Por
ejemplo, contaban que Venus era una jungla paradisíaca con enormes monstruos y
mujeres con corazas brillantes —Pris lo miró—¿No le gusta la idea? ¿Mujeres de
largas trenzas rubias y refulgentes placas pectorales del tamaño de melones?
—No —respondió Isidore.
—Irmgard es rubia, pero pequeña —continuó Pris—Pues bien,
sea como fuere, es posible ganar fortunas con el contrabando de ficción pre-colonial,
de revistas, libros y películas, a Marte. No hay cosa más excitante que leer
historias de ciudades y empresas industriales inmensas o de una colonización
verdaderamente lograda. Uno se imagina cómo podría haber sido todo. Cómo habría
tenido que ser Marte. Los canales...
—¿Canales? —Isidore recordaba oscuramente haber leído algo
al respecto.
Antiguamente se creía que había canales en Marte.
—Cruzaban el planeta en todas direcciones —siguió Pris—Y
otros cuentos hablan de seres infinitamente sabios, de otras estrellas. Y otros
de la Tierra en el futuro, en nuestra época, y más adelante. Cuando ya no haya
más polvo radiactivo.
—Y leer eso, ¿no hace que uno se sienta peor? —preguntó
Isidore.
—No —respondió sencillamente Pris.
—¿Ha traído algún material de lectura pre-colonial? —pensó
que podía leer algo.
—Aquí no tiene valor, no está de moda. Y de todas maneras,
las bibliotecas están repletas. Nosotros lo conseguimos así; se roba en las
bibliotecas de la Tierra y se envía por cohete automático a Marte. Y una está
vagando por el espacio, a la noche, y ve de improviso un destello, y un cohete
llega y se abre y de su interior se derraman las viejas revistas de ficción pre-colonial.
Una fortuna. Y por supuesto, las leemos antes de venderlas —cada vez le
entusiasmaba más el tema—Y de todas...
Un golpe en la puerta.
Palideciendo, Pris susurró:
—No puedo abrir. No haga ruido, no se mueva —intentó
escuchar—Me pregunto si cerré la puerta —dijo en voz casi inaudible—Espero que
sí —sus ojos, muy grandes, se fijaron en él, como si le rogaran que convirtiera
su deseo en realidad.
Una voz distante dijo:
—Pris, ¿estás aquí?
—Somos Irmgard y Roy —dijo una voz de hombre—Recibimos tu
mensaje.
Pris se puso de pie, fue hasta el dormitorio, y reapareció
con papel y lápiz.
Volvió a sentarse y rasguñó unas palabras:
VAYA A LA PUERTA
Isidore, nerviosamente, cogió el lápiz y escribió:
¿QUE LES DIGO?
Pris respondió:
VEA SI DE VERDAD SON ELLOS.
Isidore se dirigió a la sala. ¿Cómo haré para saber si son
ellos? Abrió la puerta.
Había dos personas. Una mujer pequeña, de ojos azules y
pelo rubio claro, con un encanto que evocaba el de Greta Garbo. El hombre era
más alto; sus ojos eran inteligentes pero sus achatados rasgos mongólicos le
daban un aire brutal. La mujer vestía un abrigo a la moda, altas botas
brillantes y pantalones; el hombre llevaba una camisa arrugada y unos pantalones
manchados, como si buscara deliberadamente un aspecto vulgar. Le sonrió a
Isidore, pero sus ojos pequeños, brillantes, eran huidizos.
—Estamos buscando... —dijo la rubia pequeña, y en ese
momento miró más allá de Isidore y su rostro se iluminó de felicidad. Pasó
velozmente al lado del hombre, exclamando—: ¡Pris! ¿Cómo estás?
Isidore se volvió. Las dos mujeres se abrazaban. Se hizo a
un lado, y entró el sombrío y corpulento Roy Baty, con su sonrisa torcida e
inexpresiva.
14
—¿Podemos hablar? —dijo Roy, señalando a Isidore. Pris,
vibrante de júbilo, respondió:
—Sí. Hasta cierto punto —luego se dirigió a Isidore—:
Perdón —se apartó con los Baty para decirles algo en voz baja. Luego los tres
regresaron y se acercaron a J. R. Isidore, que se sentía incómodo y fuera de
lugar—Os presento al señor Isidore —dijo Pris—, que ha estado cuidándome —las
palabras estaban teñidas de una ironía casi maliciosa, que hizo parpadear a
Isidore—¿Veis? Me ha traído comida natural.
—Comida —repitió Irmgard Baty mientras trotaba ágilmente
hacia la cocina para averiguar de qué se trataba—Melocotones —dijo, mientras
cogía un bol y una cuchara. Dedicó una sonrisa a Isidore y comió a pequeños
bocados, voraces y animales. Su sonrisa era distinta de la de Pris. Contenía una
sencilla calidez y carecía de connotaciones veladas. Isidore la siguió a la
cocina, atraído.
—Viene de Marte..., ¿no?
—Sí, abandonamos la partida —su voz subía y bajaba de tono;
sus ojos azules, perspicaces, como de pájaro, centelleaban—Este edificio es
horrible. No vive nadie más, ¿verdad? No hemos visto otras luces.
—Vivo arriba —dijo Isidore.
—Ah, pensé que vivía con Pris —no había desaprobación en la
voz de Irmgard Baty. Sólo enunciaba un hecho.
—Cogieron a Polokov —dijo Roy Baty con amargura, pero sin
dejar de sonreír. E inmediatamente en el rostro de Pris se desvaneció la alegría
de haber encontrado a sus amigos.
—¿Ya alguien más?
—A Garland —continuó Roy Baty—Y a Anders y a Gitchel y hoy
mismo, hace un rato, a Luba —dejaba caer las noticias como si perversamente le
complaciera hacerlo—No creía que pudieran sorprender a Luba. ¿Recuerdas que te
lo dije en la nave?
—De modo que quedamos...
—Sólo nosotros tres —agregó Irmgard, como urgida.
—Y por eso hemos venido —dijo Roy Baty en voz cálida y
sonora. Cuanto peor era la situación, más a gusto parecía sentirse. Isidore no
comprendía por qué.
—Dios mío —respondió Pris, afligida.
—Primero fue un investigador, un cazador de bonificaciones
llamado Dave Holden —dijo Irmgard, y su boca parecía escupir veneno—Polokov
estuvo a punto de matarlo.
—A punto —repitió Roy. Su sonrisa era inmensa.
—Y ahora está en el hospital —continuó Irmgard—, ese Holden.
Pero sin duda le dieron su lista a otro cazador de bonificaciones, a quien
Polokov también atacó, pero la cosa terminó con la muerte de Polokov. Y después
el nuevo cazador persiguió a Luba. Esto lo sabemos porque ella logró comunicarse
con Garland; él envió a una persona que capturó al cazador de bonificaciones y
lo llevó al edificio de la calle Mission. Luba nos llamó después de que el
hombre de Garland se llevara al cazador. Estaba segura de que todo marcharía
bien y de que Garland lo mataría. Pero es evidente que algo anduvo mal en
Mission. No sabemos qué, y tal vez jamás lo sabremos.
—Y el nuevo cazador de bonificaciones, ¿tiene nuestros
nombres? —preguntó Pris.
—Lo más probable es que sí, querida —respondió Irmgard—Pero
no sabe dónde estamos. Roy y yo no volveremos a nuestro apartamento. Tenemos en
el coche todo lo que pudimos meter, y estamos decididos a instalarnos en uno de
los pisos abandonados de este inmundo edificio.
—¿Y eso será lo mejor? —preguntó Isidore, reuniendo su
valor—¿Estar todos en el mismo lu-lugar?
—Bueno, han atrapado a todos los demás —dijo Irmgard, con
serenidad. También ella parecía resignada a pesar de su agitación superficial.
Todos eran extraños, pensó Isidore. Lo sentía, pero no podía explicárselo. Como
si sus procesos mentales estuvieran afectados por un peculiar y maligno carácter
abstracto. Excepto Pris, en todo caso, que estaba verdaderamente asustada. Pris
parecía casi natural, pero...
—¿Por qué no te quedas con él? —dijo Roy—Podría darte
alguna protección.
—¿Un cabeza de chorlito? —exclamó Pris—Yo no voy a vivir
con un cabeza de chorlito.
—Me parece una tontería que te pongas snob en un momento
como éste — respondió rápidamente Irmgard—Los cazadores de bonificaciones se
mueven velozmente. Quizá trate de atacar esta noche, quizá le den un premio
especial si termina con nosotros antes de...
—Por Dios, cerremos la puerta —dijo Roy, al tiempo que lo
hacía con un golpe de la mano. Luego dio vuelta la llave—Pris, lo mejor es que
te instales con Isidore, y que Irm y yo nos quedemos en el mismo edificio. Así
podremos ayudarnos mutuamente. Tengo en el coche algún equipo electrónico que
traje de la nave. Instalaré un par de micrófonos para que tú puedas oírnos, y
nosotros a ti, y un sistema de alarma que cualquiera de los cuatro pueda poner
en marcha. Es evidente que las identidades sintéticas no han funcionado, ni
siquiera la de Garland. Desde luego, Garland metió la cabeza en el lazo cuando
llevó a ese cazador de bonificaciones al edificio de la calle Mission. Fue un
error. Y Polokov, en lugar de permanecer lo más lejos posible del cazador, fue a
su encuentro. Nosotros no haremos nada de eso: nos quedaremos escondidos.
Parecía que no sentía la menor preocupación. El angustioso
aprieto sólo excitaba en él una crepitante energía casi maníaca.
—Pienso... —continuó, inspiró con fuerza, y atrajo la
atención de todo el mundo, incluso de Isidore—Pienso que si estamos vivos es por
una razón. Porque si él tuviera alguna idea de dónde estamos, ya habría
aparecido. Para cazar bonificaciones hay que trabajar rápido. En eso radica la
eficacia.
—Si se demora —continuó Irmgard, acordando—, podemos
escapar, como hemos hecho ahora. Creo que Roy tiene razón. Debe saber nuestros
nombres, pero no nuestra situación. Pobre Luba... En la Opera, totalmente en
descubierto, no era difícil atraparla.
—Ella lo quiso así —observó Roy—Pensaba que estaría más
segura si se convertía en una figura pública. —Tú le dijiste lo contrario.
—Sí —reconoció Roy—Y también le aconsejé a Polokov que no
adoptara el rol de un hombre de la WPO. Y le dije a Garland que uno de sus
cazadores de bonificaciones lo descubriría, como es muy probable que haya
ocurrido —se mecía sobre sus talones; su rostro tenía expresión de profundidad.
—Entiendo po-por lo que ha dicho, señor Baty —dijo Isidore—,
que usted es el lí-líder natural del grupo.
—Sí, es nuestro líder —dijo Irmgard.
—El organizó el viaje de Marte a la Tierra —explicó Pris.
—Entonces —continuó Isidore—, será mejor hacer lo que él
sugiere —su voz estaba llena de tensión y de esperanza—Sería espléndido, Pris,
que viniera a vivir conmigo. Yo podría dejar de ir a trabajar durante un par de
días, para estar seguro de que todo marcha bien —y tal vez Milt, que era muy
hábil, podría construir un arma. Algo ingenioso, capaz de matar a los cazadores
de bonificaciones, sean como fueran. El tenía una impresión distinta,
oscuramente vislumbrada, de un ser despiadado que llevaba un arma y una lista
impresa, y desempeñaba mecánica, burocráticamente la tarea de matar. Un ser sin
emociones y ni siquiera un rostro. Y que cuando moría era inmediatamente
reemplazado por otro similar. Y así sucesivamente, hasta que murieran todas las
personas vivas y reales.
Es increíble que la policía no pueda hacer nada, pensó. No
puedo creerlo. Esta gente tiene que haber hecho algo. Quizás han regresado
ilegalmente a la Tierra. La TV pide que denunciemos cualquier nave que aterrice
fuera de los aeropuertos aprobados. Seguramente la policía los busca por algo
como eso. Pero aún así, ya no se mataba deliberadamente a nadie. Era contrario
al Mercerismo.
—Creo que le gusto al cabeza de chorlito —dijo Pris.
—No lo llames así, Pris —reprochó Irmgard, mirando
compasivamente a Isidore—Piensa cómo podría llamarte él a ti. Pris no respondió.
Su expresión se tornó enigmática.
—Empezaré a colocar los micrófonos —dijo Roy— Irmgard y yo
nos quedaremos aquí. Tú, Pris, te instalarás con... el señor Isidore —se dirigió
a la puerta, con movimientos sorprendentemente veloces para un hombre de tal
corpulencia. La abrió con violencia y en ese instante Isidore tuvo una extraña y
breve alucinación: vio una estructura de metal, una caja de poleas, circuitos,
baterías, engranajes, y luego la desaliñada figura de Roy Baty reapareció.
Isidore estuvo a punto de reír, sofocó nerviosamente el impulso y se sintió
aturdido.
—Un hombre de acción —observó Pris, abstraída—Es una
lástima que no tenga más habilidad manual con las cosas mecánicas.
—Si nos salvamos —contestó Irmgard en tono severo—, será
gracias a Roy.
—¿Valdrá la pena? —dijo Pris para sí misma. Luego se
encogió de hombros y se dirigió a Isidore—Está bien, J. R. Me iré a su casa y
podrá protegerme.
—A todos vosotros —respondió Isidore de inmediato. En tono
formal y solemne, Irmgard le dijo:
—Quiero que sepa, señor Isidore, que se lo agradecemos
mucho. Pienso que es usted el primer amigo que hemos encontrado en la Tierra. Su
actitud es muy noble, y ojalá podamos pagarle algún día —se acercó a él y lo
cogió del brazo.
—¿No tiene alguna novela pre-colonial que pueda leer?
—¿Eh? —Irmgard Baty miró inquisitivamente a Pris.
—Esas revistas viejas —respondió Pris. Había reunido
algunas cosas para llevarse e Isidore las cogió en sus brazos, con la peculiar
alegría de haber alcanzado una meta.
—No, J. R. No trajimos ninguna, por las razones que le
expliqué .
—Ma-mañana iré a una bi-bib lio teca —dijo, mientras salían
al pasillo—Y traeré algunas, para que tenga algo en qué entretenerse además de
esperar.
Condujo a Pris a su propio apartamento, escaleras arriba,
oscuro, vacío, tibio y cerrado. Puso en el dormitorio las cosas de la muchacha,
y encendió inmediatamente las luces, la calefacción y la TV con su único canal.
—Me gusta —dijo Pris en el mismo tono distante mientras
recorría el lugar con las manos metidas en los bolsillos de su falda y una
expresión de desagrado que no concordaba.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
—Nada —se detuvo ante la ventana, descorrió las cortinas y
miró hacia afuera.
—Si piensa que la están buscando... —empezó Isidore.
—Es todo un sueño —dijo Pris—Provocado por las drogas que
me dio Roy. —¿Cómo?
—¿Usted cree realmente que los cazadores de bonificaciones
existen?
—El señor Baty dijo que habían matado a sus amigos.
—Roy Baty es tan loco como yo —respondió Pris—Nuestro viaje
ha sido desde un hospital mental de la Costa Este hasta aquí. Somos todos
esquizofrénicos, con vidas emocionales defectuosas. Achatamiento de los afectos,
le llaman a eso. Y tenemos alucinaciones de grupo.
—Ya me parecía que no era cierto —dijo él, con alivio.
—¿Y por qué le parecía? Pris giró y lo miró intensamente.
Su examen fue tan riguroso que Isidore enrojeció.
—Po-porque esas cosas no pueden ocurrir. El go-gobierno
nunca mata a nadie, por ningún crimen. Y el Mercerismo...
—Pero si usted no es humano —dijo Pris—, todo es diferente.
—No es cierto. Incluso los animales, incluso las anguilas y
los topos y las arañas y las serpientes son sagrados.
—Así que no puede ocurrir, ¿verdad? —dijo Pris, que
continuaba mirándolo fijamente—Como usted dice, incluso los animales están
protegidos por la ley. Toda forma de vida. Cualquier cosa orgánica que repta o
se agita o cava trincheras o vuela o pone huevos o... —se interrumpió cuando Roy
Baty abrió bruscamente la puerta y entró arrastrando unos cables.
—Los insectos son especialmente sagrados —dijo Roy, sin
mostrarse incómodo por haberlos oído. Quitó un cuadro de la pared de la sala,
puso en el clavo un pequeño objeto electrónico, retrocedió, lo miró y volvió a
colocar el cuadro en su lugar—Ahora la alarma —recogió el cable, que conducía a
un complejo aparato. Con su sonrisa discordante lo mostró a Pris y a John
Isidore—La alarma. Estos cables quedarán ocultos debajo de la alfombra; son
antenas que pueden registrar la presencia de —vaciló— una entidad mental que no
sea ninguno de nosotros cuatro.
—Entonces suena —dijo Pris—, ¿y qué? Tendrá un arma. No
podemos caer sobre él y morderlo hasta que muera.
—Esto contiene una unidad Penfield —continuó Roy—Cuando la
alarma entra en funcionamiento irradia un estado de ánimo, y en este caso el
intruso sentirá pánico, salvo en el caso de que actúe con gran rapidez. Un
pánico terrible. El volumen está en el punto máximo. Ningún ser humano podrá
permanecer más de unos segundos. El terror conduce a una huida a ciegas, a
movimientos circulares al azar, a espasmos musculares y neurales. Y esto nos
dará la oportunidad de atacarlo. Tal vez. Todo depende de su capacidad...
—Y la alarma, ¿no nos afectará? —preguntó Isidore.
—Es verdad —dijo Pris a Roy Baty—Afectará a Isidore.
—Y con eso, ¿qué? —respondió Roy, mientras instalaba el
sistema—Los dos saldrán corriendo de aquí, aterrorizados. Eso nos dará
igualmente tiempo para reaccionar. Y no matarán a Isidore, porque no está en su
lista. Por eso podemos aprovechar su protección.
—¿No puedes hacer nada mejor, Roy? —dijo bruscamente Pris.
—No —contestó él—No puedo.
—Qui-quizá yo pueda co-conseguir un arma ma-mañana —dijo
Isidore.
—¿Estás seguro de que la presencia de Isidore no activará
la alarma? — preguntó Pris—Después de todo, él es..., sabes...
—He compensado sus emanaciones mentales —explicó Roy—La
suma no alcanza para activar el sistema. Es necesaria la presencia de otro
humano. Otra persona —rectificó con el seño fruncido, mirando a Isidore,
consciente de lo que había dicho.
—Ustedes son androides —dijo Isidore; no le importaba, le
era igual—Y ahora comprendo por qué los persiguen —agregó—En realidad, no son
seres vivos —todo tenía sentido para él: los cazadores de bonificaciones, la
muerte de sus amigos, el viaje a la Tierra, todas aquellas precauciones...
—Cuando usé la palabra “humano” —dijo Roy Baty—, me
equivoqué.
—Es verdad, señor Baty. Pero para mí es lo mismo. Quiero
decir, yo soy un especial. A mí tampoco me tratan demasiado bien. Por ejemplo,
no puedo emigrar —dijo Isidore, hablando muy deprisa—Ustedes no pueden venir
aquí, yo no...
Después de una pausa, Roy Baty dijo lacónicamente:
—No le gustaría Marte. No se pierde usted nada.
—Me preguntaba cuánto tardaría usted en darse cuenta —le
dijo Pris a Isidore—Somos diferentes, ¿verdad?
—Eso es lo que perdió a Garland y a Max Polokov —afirmó Roy
Baty— Estaban tan neciamente seguros de que podían pasar inadvertidos... Y Luba
también.
—Son intelectuales —dijo Isidore; había comprendido, y eso
lo excitaba y envanecía—Piensan de modo abstracto —gesticulaba y hablaba
atropelladamente—, y no... Yo querría tener una inteligencia igual. Entonces
podría pasar el test y no sería un cabeza de chorlito. Yo creo que son seres
superiores. Podría aprender mucho de ustedes.
Después de una pausa, Roy Baty dijo:
—Terminaré de conectar la alarma.
—Todavía no comprende cómo salimos de Marte —dijo Pris en
voz aguda y sonora—Ni lo que hicimos allá.
—Lo que no podíamos dejar de hacer —gruñó Roy. Irmgard Baty
estaba en la puerta. Lo advirtieron cuando habló.
—No creo que sea necesario preocuparse por el señor Isidore
—dijo sinceramente. Se acercó a él y lo miró en la cara—A él tampoco lo tratan
demasiado bien, como nos ha dicho. Y no le importa lo que hemos hecho en Marte.
Nos conoce, no le disgustamos, y la aceptación emocional es todo para él. Para
nosotros, es difícil comprenderlo. Sin embargo, así es —y agregó para él,
acercándosele mucho y sin dejar de mirarlo—: Podría ganar mucho dinero si nos
denuncia, ¿lo comprende? —se volvió y se dirigió a su marido—¿Ves? Comprende
perfectamente, pero no dirá nada.
—Usted es un gran hombre, Isidore —dijo Pris—Un crédito
para su raza.
—Si fuera un androide, nos denunciaría a eso de las diez de
mañana, antes de ir a trabajar —dijo Roy—Estoy lleno de admiración —su tono era
indescifrable, por lo menos para Isidore—Y nosotros imaginábamos que éste era un
mundo enemigo, un planeta de caras hostiles —su risa parecía un ladrido.
—Yo no tengo miedo —declaró Irmgard.
—Pues tendrías que tener miedo hasta las suelas de tus
zapatos —respondió Roy.
—Votemos —sugirió Pris—Como hacíamos en la nave cuando no
estábamos de acuerdo.
—Está bien —dijo Irmgard—No diré nada más. Pero si dejamos
esto, no creo que encontremos otro ser humano que nos acoja y nos ayude. El
señor Isidore es un... —buscó la palabra.
—Especial —completó Pris.
15
Solemnemente procedieron a la votación.
—Nos quedaremos aquí —afirmó Irmgard, resueltamente—En este
apartamento, en este edificio.
—Yo voto porque matemos al señor Isidore y nos vayamos a
otro lugar —dijo Roy Baty; su mujer, él mismo, y John Isidore, miraron tensos a
Pris.
—Yo voto porque nos quedemos —dijo en voz baja—Creo que el
valor de J. R. para nosotros supera el peligro de que sepa la verdad. Es
evidente que no podemos vivir entre los humanos sin ser descubiertos. Eso fue lo
que terminó con Polokov, con Garland, Luba, Anders. Con todos.
—Tal vez ellos hicieron lo mismo que nosotros —sugirió Roy
Baty—: confiar en algún ser humano que les parecía diferente. O como has dicho
tú, especial.
—No podemos saberlo —respondió Irmgard—Eso es sólo una
conjetura. Yo creo que ellos andaban por ahí —hizo un gesto—, o cantaban en un
escenario..., como Luba. Nosotros confiamos... Te diré en qué cosa confiamos y
nos traiciona, Roy. En nuestra maldita inteligencia superior —miró a su marido;
sus senos altos y pequeños subían y bajaban con rapidez—Somos tan
inteligentes..., maldito sea, Roy. Tú estás cometiendo el mismo error...
—Creo que Irm tiene razón —dijo Pris.
—De modo que confiaremos nuestras vidas a un infradotado —Roy
no terminó la frase, y luego cedió—Estoy cansado. Ha sido un largo viaje,
Isidore — dijo sencillamente—Y no hemos estado mucho tiempo aquí,
infortunadamente.
—Espero contribuir a que vuestra estancia en la Tierra sea
agradable —dijo Isidore, feliz. Estaba seguro de poder... Además, le parecía
algo espléndido, la culminación de toda su vida. Y de la nueva autoridad que
había asumido ese mismo día en su trabajo, ante el videófono...
Apenas concluidas sus tareas de esa tarde, Rick Deckard
voló al mercado de animales. Las tiendas de los grandes vendedores de animales,
con sus enormes escaparates y sus fantásticos letreros, ocupaban varias
manzanas. La novedosa y horrible depresión que había sufrido antes, temprano, no
se había disipado aún. Pero ver lo animales y tratar con los vendedores podía
perforar esa depresión, crear en ella una falla que le permitiría asirla y
exorcizarla. En otros tiempos, ver animales y enterarse de las costosas ventas
le había sido de gran ayuda. Quizá también ocurriera ahora.
—Sí, señor —dijo un joven vendedor elegantemente vestido,
mientras Rick miraba los animales expuestos con una especie de manso asombro—¿Ha
visto algo que le agrade?
—Muchos me agradan —respondió Rick—Lo que me preocupa es el
precio.
—Usted puede elegir la forma de compra —dijo el vendedor—Me
indica qué quiere llevarse a casa y cómo quiere pagar. Yo le llevaré la
propuesta al gerente de ventas y haré que la apruebe.
—Tengo tres mil en efectivo —al final de la jornada, el
departamento le había pagado su bonificación—¿Cuánto vale esa familia de
conejos?
—Señor, si usted puede hacer un pago inicial de tres mil,
podría también ser propietario de algo bastante mejor que un par de conejos.
¿Qué le parece una cabra?
—Nunca me han gustado mucho las cabras.
—¿Puedo preguntarle si esto significa para usted, un nuevo
punto de vista en materia de precios?
—Bueno, normalmente no poseo tres mil dólares —respondió
Rick.
—Eso es lo que pensé, señor, cuando usted habló de conejos.
Lo malo es que todo el mundo tiene un conejo. Y me gustaría que ascendiese usted
a la clase de los poseedores de cabras, como considero justo. Con franqueza,
usted me parece aun mucho más que un poseedor de cabras.
—¿Qué ventajas tiene una cabra? El vendedor de animales
dijo:
—La ventaja específica de una cabra es que se le puede
enseñar a embestir a cualquier persona que intente robarla.
—Salvo que le disparen un hipnodardo y los ladrones
desciendan por la escalinata de un coche aéreo suspendido... El vendedor,
impertérrito, continuó:
—La cabra es leal. Posee un alma libre que ninguna cárcel
puede contener. Y hay además otra ventaja, que quizá no recuerde usted: con
frecuencia, cuando se hace una inversión en un animal, se descubre cualquier
mañana que ha comido algo radiactivo y ha muerto. A una cabra no le afectan los
alimentos cuasicontaminados; puede comer eclécticamente, incluso cosas que
matarían a una vaca o un caballo, y más específicamente, a un gato. Consideramos
que, puesto que se trata de una inversión a largo plazo, una cabra, y en
particular una hembra, ofrece ventajas incomparables a todo propietario de
animales verdaderamente serio.
—¿Es una hembra? —Rick había visto una gran cabra negra en
el centro de su jaula. Se dirigió hacia ella, seguido por el vendedor.
—Sí, es una hembra. Una cabra negra, nubia, muy grande,
como puede ver. Es una verdadera competidora en el mercado de este año, señor. Y
la tenemos en oferta a un precio muy atractivo y muy, muy bajo.
Rick extrajo su arrugado ejemplar del Sidney y buscó el
precio de lista de la cabra nubia negra.
—¿Pagará usted en efectivo? —preguntó el vendedor—¿O
entrega como parte de pago un animal usado?
—Efectivo —respondió Rick.
El vendedor escribió un precio en un papel y se lo mostró
casi furtivamente a Rick.
—Es demasiado —dijo Rick, escribiendo en el mismo papel una
cifra más modesta.
—No podríamos vender una cabra por ese precio —protestó el
vendedor mientras escribía otra cifra—Esta cabra no tiene todavía un año. Su
expectativa de vida es muy elevada —le mostró la cantidad a Rick.
—Trato hecho.
Firmó el contrato y los documentos aplazados, entregó sus
tres mil dólares — todas las bonificaciones que había ganado— corno aporte
inicial, y se encontró junto a su coche aéreo mientras los empleados de la
tienda cargaban a bordo una gran cesta con la cabra.
Ahora soy dueño de un animal, se dijo. Un animal vivo, no
eléctrico... Por segunda vez en mi vida.
Le estremecía el gasto, la deuda asumida. Pero tenía que
hacerlo, se dijo. La experiencia con Phil Resch... Debo recuperar mi confianza,
mi fe en mí mismo y en mi capacidad. De lo contrario, no podré conservar mi
trabajo.
Con manos temblorosas elevó su coche al cielo y se dirigió
a su casa. Irán se enfadará, pensó. La responsabilidad la abrumará. Y como ella
es la que está todo el día en casa, gran parte del mantenimiento quedará en sus
manos. Nuevamente se sintió angustiado.
Cuando aterrizó en el terrado de su casa se quedó un
momento en su asiento, tratando de componer mentalmente una justificación
verosímil. Es por mi trabajo, pensó, por el prestigio. No podíamos seguir con
esa oveja eléctrica: minaba mi moral. Quizá pueda decirle eso a Irán.
Descendió con esfuerzo, jadeando, bajó la cesta del asiento
trasero al suelo. La cabra se movió y los miró con ojos brillantes, pero no
emitió sonido alguno.
Rick fue a su apartamento, y siguió el familiar camino por
los pasillos hasta su puerta.
—Hola —dijo Irán, atareada con la cena, desde la
cocina—¿Por qué llegas tan tarde?
—Ven al terrado —le dijo—Quiero mostrarte una cosa.
—Has comprado un animal —Irán se quitó el delantal, alisó
su cabello en un gesto maquinal y salió con él. Ambos caminaban con pasos largos
y alegres— Deberías haberme llevado a comprarlo contigo —susurró—Tengo derecho a
participar en la decisión... Es la compra más grande que nunca...
—Quería darte una sorpresa —respondió Rick.
—Has ganado alguna bonificación —dijo ella.
—Sí. He retirado tres andrillos —entraron en el ascensor y
se acercaron un poco a Dios—Tenía necesidad de comprar esto —explicó—Hoy hubo
algo que no marchó bien, me refiero al retiro de los andrillos. Y no podré
continuar si no tengo un animal —el ascensor llegó al terrado y entonces guió a
su mujer en la oscuridad de la noche hacia la pequeña dehesa. Encendió las luces
que mantenían todos los ocupantes del edificio en comunidad, y silenciosamente
señaló a la cabra mientras espiaba su reacción.
—Oh, Dios mío —dijo suavemente Irán. Avanzó hacia la cesta,
miró el interior, y luego giró en torno, para ver la cabra desde todos los
ángulos—¿Es real? —preguntó—¿No es falsa?
—Absolutamente real —respondió él—Si no me han engañado
—pero eso no solía suceder. La multa por falsificación era enorme: dos veces y
media el valor total del animal auténtico—No, no me han engañado.
—Es una cabra —dijo Irán—Una cabra nubia negra.
—Y es hembra —observó Rick—De modo que más adelante
podremos cruzarla, tendremos leche y con ella haremos queso.
—¿No podemos sacarla? ¿Ponerla junto a la oveja?
—Tiene que estar atada, al menos por unos días.
—Irán dijo, en voz baja y extraña:
—”Mi vida es amor y placer”. Es una canción vieja, muy
vieja, de Josef Strauss. ¿Recuerdas? La primera vez que nos encontramos —le puso
delicadamente una mano en el hombro, se apretó contra él y lo besó—Mucho amor y
placer.
—Gracias —respondió Rick, abrazándola.
—Bajemos a agradecerle a Mercer. Luego volveremos y le
pondremos un nombre. Tiene que tener un nombre. Y quizá puedas encontrar una
soga para atarla.
Bill Barbour, el vecino, que estaba atendiendo y peinando a
su yegua Judy, les dijo:
—Es hermosa esa cabra, Deckard. Buenas noches, señora
Deckard. Felicitaciones. Quizá tenga cabritos... Y cambiaría mi potrillo por un
par de cabritos...
—Gracias —contestó Rick. Siguió a Irán hacia el
ascensor—¿Sirve esto para curar tu depresión? —preguntó—Cura la mía.
—Naturalmente. Ahora podemos reconocer que la oveja es
falsa.
—No es indispensable —observó él, cautelosamente.
—Pero podemos —insistió Irán—Ahora no tenemos nada que
ocultar. Lo que siempre hemos querido se ha hecho realidad. ¡Es un sueño! —una
vez más se irguió en puntas de pie y lo besó; su respiración ansiosa le
cosquilleaba en el cuello. Luego oprimió el botón del ascensor.
Rick sintió una especie de advertencia. Algo le hizo decir:
—No bajemos todavía. Quedémonos con la cabra. Podemos
sentarnos y mirarla, y quizá darle algo de comer. Me dieron un saco de avena
para comenzar. Y deberíamos leer el manual de cuidado de las cabras; lo
incluyeron sin cargo...
Podríamos llamarla Euphemia...
El ascensor había llegado. Irán entró en él.
—Espera, Irán —dijo Rick.
—Sería inmoral no fundirse con Mercer en acto de gratitud
—dijo Irán—Hoy cogí las asas de la caja y vencí un poco mi
depresión. Un poco, no como ahora. Pero de cualquier modo recibí una pedrada,
aquí —alzó la muñeca y mostró a Rick un pequeño moretón oscuro—Y recuerdo que
pensé en cuánto mejor estamos cuando nos fundimos con Mercer. A pesar del dolor.
Duele físicamente, pero estamos espiritualmente juntos. Sentí a todos los demás
que, en todo el mundo, se fundían en ese momento —retuvo abierta la puerta del
ascensor—Ven Rick. Será sólo un momento. Casi nunca te fundes. Y hoy querría que
transmitieras a todos los demás el ánimo en que te encuentras. Es algo que les
debes; sería inmoral que te lo guardaras para ti.
Tenía razón, por supuesto. De modo que entró en el
ascensor, y ambos fueron a su piso.
En el living, Irán encendió la caja de empatía con el
rostro animado por una alegría creciente. Como una luna nueva.
—Quiero que todos lo sepan —dijo—Una vez me ocurrió: me
fundí y alguien acababa de adquirir un animal. Y otro día —sus rasgos se
oscurecieron por un instante; el placer se había disipado—, sentí a una persona
cuyo animal había muerto. Otros tenían alegrías que compartir... Yo no tenía
ninguna, como sabes; pero eso reanimó a esa persona. Uno puede llegar hasta un
suicida en potencia; lo que uno tiene, lo que uno siente, puede...
—Ellos recibirán nuestra alegría —replicó Rick—, pero
nosotros cambiaremos lo que sentimos por lo que ellos sienten y la perderemos.
La pantalla de la caja de empatía mostraba una corriente de
vivos colores sin forma; conteniendo la respiración, Irán cogió con fuerza las
asas.
—No perderemos realmente lo que sentimos, si lo tenemos
claramente en el espíritu. Nunca has sentido del todo la fusión, ¿verdad, Rick?
—Supongo que no —contestó. Pero por primera vez comprendía
el bien que la gente como Irán recibía del Mercerismo. Probablemente, su
experiencia con el cazador de bonificaciones Phil Resch había alterado alguna
diminuta sinapsis de su cerebro, había cerrado una conexión neural y abierto
otra; tal vez esto había iniciado una reacción en cadena—Irán —dijo
enérgicamente, apartándola de la caja—Escucha; quiero hablarte de lo que me ha
ocurrido hoy —la condujo hasta un diván y le indicó que se sentara—Conocí a otro
cazador de bonificaciones. Uno que no conocía, y a quien aparentemente le gusta
matar a los androides. Y por primera vez, después de estar con él, los empecé a
ver de otra manera. Quiero decir que yo, antes, los veía como él.
“Me hice el test, una pregunta, y pude verificar que he
empezado a empatizar con los androides. ¿Comprendes lo que eso significa? Tú
misma lo dijiste esta mañana, “esos pobres andrillos”. Así que sabes de qué
estoy hablando. Y por eso compré la cabra. Jamás lo había sentido antes. Podría
ser una depresión como las tuyas. Ahora comprendo cómo sufres cuando estás
deprimida. Yo pensaba que te gustaba sentirte así, y que siempre podías salir de
la depresión, al menos con ayuda del órgano de ánimos. Pero cuando la depresión
es muy profunda, no te importa. Sientes apatía, porque has perdido toda
sensación de valor. Y no te importa sentirte mejor porque, si no tienes valor...
—¿Y tu trabajo? —la dureza del tono de Irán hizo parpadear
a Rick—Tu trabajo. ¿De cuánto son las cuotas mensuales?
Pensativo, Rick sacó el contrato que había firmado y se lo
alcanzó.
—Tanto... Dios mío, el interés —dijo ella—, sólo el
interés... Y lo hiciste porque estabas deprimido; no para darme una sorpresa,
como me habías dicho — le devolvió el contrato—Está bien; no importa. De todos
modos estoy contenta. Me encanta la cabra. Pero será una carga pesada —se había
puesto triste.
—Podría pasar a otro despacho —dijo Rick—El departamento se
ocupa de unas diez actividades diferentes. Puedo pedir que me transfieran a
robos de animales.
—Pero el dinero de las bonificaciones... Lo necesitarnos;
de lo contrario, se llevarán la cabra.
—Llevaré el contrato de treinta y seis meses a cuarenta y
ocho —cogió un bolígrafo e hizo un rápido cálculo en el dorso del contrato—Así
sólo tendremos cincuenta y dos con cincuenta dólares menos por mes.
Sonó el videófono.
—Si no hubiéramos bajado —dijo Rick—, si nos hubiésemos
quedado en el terrado, con la cabra, no habríamos recibido esta llamada.
Irán se dirigió al videófono.
—¿De qué tienes miedo? Todavía no vendrán a llevarse la
cabra —cogió el receptor.
—Es el departamento. Diles que no he llegado —Rick se
dirigió al dormitorio.
—Hola —dijo Irán.
Rick estaba pensando en los tres androides que debería
estar persiguiendo en ese momento, en lugar de haber vuelto a casa. En la
pantalla se había formado el rostro de Harry Bryant, de modo que era muy tarde
para alejarse. Se acercó con los músculos de las piernas rígidos.
—Sí, está aquí —decía Irán—Nos hemos comprado una cabra.
¿Cuándo vendrá a verla, señor Bryant? —después de una pausa le entregó el
receptor a Rick—Tiene algo urgente que decirte —luego retornó a la caja de
empatía, se sentó ante ella y nuevamente aferró las asas gemelas. Inmediatamente
se concentró.
Rick, con el receptor en la mano, sintió el alejamiento
mental de Irán, y su propia soledad.
—Hola —dijo.
—Tenemos la pista de dos de los androides —informó Harry
Bryant. Llamaba desde su despacho; Rick podía ver el escritorio conocido,
cubierto de documentos y papeles—Es evidente que sabían lo ocurrido. Abandonaron
la dirección que Dave nos dio y ahora están en... Un momento —Bryant buscó y
encontró la dirección, mientras Rick, automáticamente, cogía el bolígrafo y el
contrato de la cabra.
—Edificio Conapt 3967”C” —dijo el inspector Bryant—Vaya
allá tan pronto como pueda. Debemos suponer que conocían el retiro de Garland,
Luft y Polokov.
Por eso se han fugado ilegalmente.
—Ilegalmente —repitió Rick. Para salvar sus vidas.
—Irán me contó que se ha comprado una cabra. ¿Fue hoy
mismo? ¿Después del trabajo?
—Mientras regresaba a casa.
—Iré a verla apenas haya retirado a los androides
restantes. Ah, acabo de hablar con Dave. Le hablé de las dificultades que había
tenido usted; le envía sus felicitaciones y le aconseja que sea más cuidadoso.
Dice que los modelos Nexus-6 son más inteligentes de lo que había previsto...
Apenas podía creer que usted hubiese despachado tres en un solo día.
—Tres son bastante por hoy. No puedo hacer más. Tengo que
descansar.
—Mañana se habrán ido —señaló el inspector Bryant—Se
marcharán de nuestra jurisdicción.
—No tan pronto...
—Vaya esta misma noche, antes de que se preparen —insistió
Bryant—No esperarán que usted se mueva tan rápidamente.
—Me estarán esperando...
—¿Tiene miedo? ¿Por qué Polokov...
—No tengo miedo —respondió Rick.
—Entonces, ¿qué ocurre?
—Está bien. Iré —se dispuso a cortar la comunicación.
—Llámeme apenas tenga resultados. Estaré en mi despacho.
—Si los retiro, me compraré una oveja.
—Ya tiene una. Desde que lo conozco tiene una oveja.
—Es eléctrica —respondió Rick, y colgó. Esta vez será una
verdadera, se dijo.
Tengo que tener una, en compensación.
Irán estaba agachada sobre la caja negra de empatía,
extasiada. Rick permaneció a su lado un momento. Le apoyó una mano en el pecho,
lo sintió subir y bajar, sintió la vida que palpitaba en Irán, pero ella no se
dio cuenta. La fusión con Mercer era, como siempre le ocurría, completa.
En la pantalla, la figura de Mercer, anciano, con su manto,
subía trabajosamente. De repente una piedra voló a su lado. Rick se dijo: Dios
mío, mi situación es peor. Mercer no debe hacer nada ajeno a él; sufre, pero al
menos no se le obliga a violar su propia identidad.
Se inclinó, desprendió suavemente los dedos de Irán de las
asas, la apartó y ocupó su lugar. Por primera vez en semanas. Era un impulso, no
lo había planeado, simplemente había sucedido.
Estaba entre malezas desoladas. El aire olía a flores
rústicas. Era el desierto, donde jamás llueve.
Había un hombre. En sus ojos doloridos brillaba una luz
piadosa.
—Mercer —dijo Rick.
—Soy tu amigo —dijo el anciano—Pero debes continuar tu
camino como si yo no existiera. ¿Puedes comprender? —abrió sus manos vacías.
—No —repuso Rick—No puedo comprender. Necesito ayuda.
—¿Y cómo podré salvarte si no puedo salvarme? —sonrió—¿Ves?
No hay salvación.
—Entonces, para qué sirve todo? ¿Para qué estás tú?
—Para demostrarte que no estás solo —respondió Wilbur
Mercer—Estoy aquí, contigo, y aquí estaré siempre. Ve y haz tu tarea, aunque
sepas que está mal.
—¿Por qué? —preguntó Rick—¿Por qué debo hacerla? Dejaré mi
trabajo, emigraré.
—Adondequiera que vayas, te obligarán a hacer el mal —dijo
el anciano—Esa es la condición básica de la vida, soportar que violen tu
identidad. En algún momento, toda criatura viviente debe hacerlo. Es la sombra
última, el defecto de la creación, la maldición que se alimenta de toda vida, en
todas las regiones del universo.
—¿Eso es todo lo que puedes decirme?
Una piedra silbó en el aire. Se inclinó, pero le golpeó el
oído. Dejó escapar las asas y nuevamente se encontró en el living de su casa,
junto a su esposa y a la caja de empatía. Le dolía la cabeza por el golpe; se
tocó la cara y vio que le caían grandes gotas brillantes de sangre. Irán, con un
pañuelo, las enjugó.
—Creo que me alegro de que me hayas apartado. No puedo
soportar las pedradas. Gracias por recibir el golpe en mi lugar.
—Me marcho —dijo Rick.
—¿Un trabajo?
—Tres trabajos —cogió el pañuelo de Irán y se dirigió a la
puerta. Se sentía aún mareado y con náuseas.
—Buena suerte —dijo Irán.
—No he recibido nada de esa caja. Mercer me habló pero no
me ayudó. No sabe más que yo; es solamente un anciano que trepa por una cuesta
hasta su muerte.
—Y no es ésa la revelación?
—Yo la conocía de antemano —dijo Rick, y abrió la
puerta—Hasta luego — salió y cerró; Conapt 3967”C”, dijo para sus adentros,
leyendo la anotación en el dorso del contrato. Es en los suburbios... Una zona
prácticamente desierta. Buen lugar para esconderse, excepto por el alumbrado
nocturno. Seguiré las luces, pensó.
Un cazador fototrópico, como la mariposa de la calavera. Y
después, nunca más. Haré otra cosa, me ganaré la vida de otra manera. Estos tres
serán los últimos. Mercer tiene razón: debo acabar con ellos... Sólo que no sé
si podré. Dos androides juntos no son un problema moral sino un problema
práctico.
Lo más probable es que no pueda retirarlos, aunque me lo
proponga. Estoy demasiado fatigado y hoy han ocurrido muchas cosas. Quizá Mercer
lo sabía; tal vez pueda preverlo todo.
Pero yo sé a quién pedirle ayuda. A quien me la ha ofrecido
antes, aunque yo la haya rehusado.
Llegó al terrado y un momento más tarde se encontraba en la
cabina de su coche aéreo, a oscuras, marcando un número.
—Rosen Association —dijo una recepcionista.
—Rachael Rosen.
—¿Cómo, señor?
—Quiero hablar con Rachael Rosen.
—¿La señorita Rosen espera...?
—Naturalmente —respondió. Esperó.
Unos minutos después el rostro pequeño y oscuro de Rachael
Rosen aparecía en la pantalla.
—Hola, señor Deckard.
—¿Está ocupada ahora o podemos hablar? —preguntó—Así como
me dijo usted más temprano —no parecía el mismo día. Una generación debía de
haber nacido y declinado desde su conversación con ella. Y todo el peso, toda la
fatiga, se habían concentrado en su cuerpo. Se sentía agotado. Quizá fuera a
causa de la piedra. Con el pañuelo secó su oreja, que aún sangraba.
—Tiene un corte en la oreja —dijo Rachael—Qué vergüenza.
—¿Creía verdaderamente que no la llamaría, como me dijo?
—Le dije que sin mí, alguno de los Nexus-6 se le
anticiparía.
—Pues estaba equivocada.
—Sin embargo, me llama. ¿Quiere que vaya a San Francisco?
—Esta misma noche.
—Oh, es demasiado tarde. Iré mañana. Es un viaje de una
hora.
—Me han ordenado que los ataque esta noche —hizo una
pausa—De los ocho quedan tres.
—Tiene aspecto de haberlo pasado muy mal.
—Si no viene esta noche —dijo Rick—, iré solo y no podré
retirarlos. Me acabo de comprar una cabra —agregó—Con las bonificaciones por los
tres de hoy.
—Oh, los seres humanos —rió irónicamente Rachael—Las cabras
huelen mal.
—Los chivos solamente. Lo leí en el manual de
instrucciones.
—Está demasiado cansado —observó Rachael—Parece ofuscado.
¿No es una locura que ataque a otros tres Nexus-6 el mismo día? Nadie ha
retirado seis androides en un día.
—Franklin Powers —respondió Rick—Hace más o menos un año,
en Chicago. Y fueron siete.
—La variedad McMillan Y-4, obsoleta —recordó Rachael—Esto
es otra cosa... No puedo, Rick. Ni siquiera he cenado.
—Te necesito —dijo él. Si no vienes, pensó, voy a morir. Lo
sé; Mercer lo sabía; ella también lo sabe. Y es perder el tiempo pedirle nada a
un androide; nada hay que pueda ser conmovido en su interior.
—Lo siento, Rick, pero esta noche no. Tiene que ser mañana.
—Venganza de androide.
—¿Porqué?
—Porque te sorprendí con el test de Voigt-Kampff.
—¿Crees eso, de verdad? —Rachael tenía los ojos muy
abiertos.
—Adiós —dijo Rick, y se dispuso a colgar.
—Oye —dijo Rachael rápidamente—No estás usando tu cabeza.
—Piensas eso porque el modelo Nexus-6 es más inteligente
que los seres humanos.
—No, de verdad no entiendo —suspiró Rachael—Estoy segura de
que no quieres hacer ese trabajo esta noche, o tal vez nunca. ¿Quieres que te
ayude a retirar a los tres restantes? ¿O que te convenza de no intentarlo?
—Ven. Ocuparé una habitación en un hotel.
—¿Porqué?
—Por algo que he oído decir hoy —respondió Rick, en voz
grave—Acerca de las relaciones entre hombres humanos y mujeres androides. Ven ya
mismo a San Francisco y olvidaré por el momento a los tres fugitivos. Haremos
otra cosa.
Ella lo miró y contestó bruscamente:
—Está bien. ¿Dónde te encuentro?
—En el St. Francis. Es el único hotel decente que hay a
mitad de camino, en la zona de la bahía.
—No hagas nada hasta que llegue.
—Sólo ver al Amigo Buster en la TV, en la habitación. Su
artista invitada en los últimos tres días ha sido Amanda Werner. Me gusta,
podría mirarla toda la vida. Sus senos sonríen —colgó y permaneció inmóvil un
momento, con la mente en blanco. Por fin sintió frío, puso el coche en marcha y
voló hacia la parte baja de San Francisco. Hacia el St. Francis.
16
En la enorme y suntuosa habitación del hotel, Rick leía las
copias al carbón con los informes acerca de los androides Roy e Irmgard Baty.
Esta vez disponía de fotos telescópicas, borrosas copias 3-D en color que apenas
permitían ver los detalles. La mujer parecía atractiva; Roy Baty era otra cosa.
Peor.
Había sido farmacéutico en Marte, leyó. O al menos había
usado esa cobertura. Probablemente era en realidad un trabajador manual, un
campesino, con aspiraciones de algo mejor. ¿Sueñan los androides?, se preguntó
Rick. Era evidente: por eso de vez en cuando mataban a sus amos y venían a la
Tierra. A vivir una vida mejor, sin servidumbre. Como Luba Luft, a cantar Don
Giovanni y Le nozze en lugar de labrar un campo árido y sembrado de rocas, en un
mundocolonia básicamente inhabitable.
El informe agregaba:
“Roy Baty tiene un aire agresivo y decidido de autoridad
ersatz. Dotado de preocupaciones místicas, este androide indujo al grupo a
intentar la fuga, apoyando ideológicamente su propuesta con una presuntuosa
ficción acerca del carácter sagrado de la supuesta Vida” de los androides.
Además, robó diversos psicofármacos y experimentó con ellos; fue sorprendido y
argumentó que esperaba obtener en los androides una experiencia de grupo similar
a la del Mercerismo que, según declaró, seguía siendo imposible para ellos.”
La descripción era patética. Un androide frío, duro,
aspiraba a una experiencia que le resultaba inasequible a causa de un defecto
deliberadamente incluido en su diseño.
Sin embargo, Roy Baty no logró preocuparlo mucho. Según las
notas de Dave, tenía cierta cualidad repulsiva. Baty había tratado de lograr la
fusión. Como no pudo, organizó la matanza de varios seres humanos y la fuga a la
Tierra. Y ahora, hoy mismo, había logrado como resultado que del grupo original
de ocho sólo quedaran tres. Y éstos, los miembros principales del grupo ilegal,
también estaban condenados. Si él fracasaba, alguien lo lograría. El tiempo y la
marea, se dijo Rick. El ciclo de la vida y, al final, el último crepúsculo antes
del silencio de la muerte.
Un micro-universo completo.
La puerta de la habitación se abrió violentamente.
— ¡Qué vuelo! —dijo Rachael Rosen, sin aliento. Vestía un
largo abrigo sedoso y sostén y shorts de la misma tela. Traía su enorme bolso de
piel, semejante al del cartero, y una bolsa de papel—Esta habitación es hermosa
—miró su reloj— Menos de una hora; he venido deprisa —le dio la bolsa a Rick—He
traído una botella. Bourbon.
—El peor de los ocho está vivo. El que los organizó —le
alcanzó el informe sobre Roy Baty; Rachael dejó la bolsa en el suelo y cogió el
folio.
—¿Lo has localizado? —preguntó, después de leer.
—Tengo la dirección de un edificio en los suburbios. Es un
lugar donde sólo puede haber algún especial deteriorado, un cabeza de chorlito,
viviendo su versión de la vida.
—¿Y los demás?
—Son dos mujeres —le dio los informes, uno acerca de
Irmgard Baty, y otro que se refería a un androide femenino llamado Pris Stratton.
—Oh —dijo Rachael al mirar el último. Arrojó lejos los
folios, fue hasta la ventana y contempló el panorama de San Francisco—Pienso que
ella podría derrotarte... O tal vez no, tal vez no te importe —estaba pálida y
su voz temblaba. De repente parecía curiosamente insegura.
—¿Qué quieres decir, exactamente? —recogió las copias y las
estudió. Se preguntaba qué la habría turbado.
—Abramos el whisky —Rachael fue con la bolsa de papel al
cuarto de baño y regresó con dos vasos. Su aire inseguro y preocupado no se
disipaba. Rick advirtió la rápida lucha interior, sus veloces pensamientos: se
veían en su ceño y en su expresión tensa—¿Puedes abrirlo? —pidió—Tú comprendes
que vale una fortuna... No es sintético, es auténtico; de antes de la guerra.
Rick cogió la botella, la abrió y sirvió el bourbon.
—Dime qué te preocupa.
Rachael lo encaró con aire desafiante.
—Dime tú qué vamos a hacer en lugar de preocuparnos por
esos tres Nexus-6 —se quitó el abrigo y lo llevó hasta el armario para colgarlo
de una percha. Rick tuvo así la primera oportunidad de contemplarla
detenidamente.
Las proporciones de Rachael eran extrañas. La pesada mata
de pelo negro parecía agrandar su cabeza; sus senos pequeños daban a su cuerpo
un aspecto desgarbado y casi infantil. Los grandes ojos, las largas pestañas
eran sin embargo de mujer adulta; allí terminaba la adolescencia. Rachael se
paraba levemente sobre la punta de los pies, y sus brazos colgaban apenas
doblados en la articulación: la actitud de un cazador alerta, quizás un Cro-Magnon.
La raza de los cazadores esbeltos, pensó. Ni el menor exceso: vientre liso,
trasero pequeño, senos aún más exiguos. El tipo céltico, anacrónico y atractivo.
Debajo de sus shorts las piernas delgadas tenían un carácter neutro, asexuado,
sin demasiadas curvas. Y sin embargo la impresión total era de belleza; eso sí,
la de una muchacha, no la de una mujer. Excepto por la mirada aguda e inquieta.
Bebió un sorbo. El sabor y el olor, fuertes, autoritarios,
poderosos, se le habían tornado poco familiares, y tragó con dificultad. En
contraste, Rachael apuró tranquilamente su bourbon.
Ahora, sentada en la cama, alisaba el cobertor, ausente. Su
expresión era melancólica. Rick dejó su vaso en una mesilla y se sentó a su
lado. La cama cedió bajo su peso, y Rachael cambió de posición.
—¿Qué es? —preguntó él. Se apoderó de su mano; estaba fría,
levemente húmeda—¿Qué te ha turbado?
—Esa última Nexus-6 —respondió Rachael, con cierto
esfuerzo—, es el mismo tipo que yo —cogió una hebra suelta del cobertor y empezó
a formar una bolita—¿No leíste la descripción? Podría ser la mía. Tal vez vista
y se peine de otra manera. Hasta puede que lleve una peluca. Pero cuando la veas
comprenderás lo que te digo —se rió sardónicamente—Menos mal que la asociación
explicó que soy una androide. De otro modo, te enfurecerías al ver a Pris
Stratton. O creerías que soy yo.
—¿Y por qué eso te molesta tanto?
—Dios, estaré contigo cuando la retires.
—Tal vez no. Quizá no la encuentre.
—Conozco la psicología de los Nexus-6 —explicó Rachael—Por
eso puedo ayudarte. Los últimos tres están juntos. Las dos mujeres rodean a ese
androide trastornado que se hace llamar Roy Baty, y que prepara la defensa
definitiva —sus labios se torcieron—Jesús —dijo.
—No te entristezcas —dijo él. Cogió su barbilla aguda,
pequeña, ahuecando la palma de la mano, y alzó suavemente su cabeza hasta que
estuvo a su altura. Se preguntaba cómo sería besar a una androide. Y se inclinó
a besar los labios secos de Rachael. No hubo reacción; ella quedó impasible,
como si no le importara. Y sin embargo él sentía que no era así. O tal vez fuera
solamente lo que habría querido...
—Si lo hubiera sabido antes —dijo Rachael—, no habría
venido. Me estás pidiendo demasiado. ¿Sabes lo que siento por esa androide? ¿Por
Pris?
—Empatía —aventuró él.
—Algo parecido. Identificación. Dios mío, piensa en lo que
podría ocurrir. En la confusión me retiras a mí, no a ella. Y Pris regresa a
Seattle y vive mi vida. Nunca había sentido esto antes. Somos máquinas,
estampadas como tapones de botella. Es una ilusión ésta de que existo realmente,
personalmente. Soy sólo un modelo de serie.
Rick no pudo evitar cierta diversión. Rachael parecía tan
morosamente sentimental...
—Las hormigas no sienten lo mismo —dijo—, y son físicamente
idénticas.
—Las hormigas no sienten. Eso es todo.
—Los gemelos idénticos humanos; ellos no...
—Pero se identifican mutuamente. He leído que tienen un
lazo empático especial —Rachael se puso de pie y trajo la botella de bourbon;
volvió a llenar su vaso y a beber con rapidez. Anduvo por la habitación con los
hombros caídos durante un momento, tenía aún el ceño oscuro y fruncido. Luego,
como si se hubiera deslizado allí por casualidad, se instaló nuevamente en la
cama. Pero esta vez alzó las piernas y se estiró, apoyándose contra las grandes
almohadas, suspirando—Olvida a los tres andrillos —dijo en voz fatigada—Estoy
cansada, debe ser el viaje. Y todo lo que ha pasado hoy. Querría dormir —cerró
los ojos— Tal vez, si me muero —murmuró—, volveré a nacer cuando la Rosen
Association fabrique la próxima unidad de mi subserie —abrió los ojos y miró a
Rick con ferocidad—, ¿Sabes realmente por qué he venido? ¿Por qué Eldon y los
demás Rosen, los humanos, querían que estuviera contigo?
—Para observar —respondió él—Para saber exactamente qué
impide al Nexus-6 aprobar el test de Voigt-Kampff.
—O diferenciarse de algún modo. Después elevaré un informe
y la Rosen Association modificará los elementos DNS del baño de cigotas. Y
entonces tendremos el modelo Nexus-7. Y cuando éste sea sorprendido, lo
modificarán; y finalmente la empresa tendrá un tipo imposible de distinguir.
—¿Conoces el test del Arco Reflejo de Boneli?
—También piensan en los ganglios de la columna. Algún día
el test de Boneli desaparecerá bajo el manto venerable del olvido —sonreía con
inocencia, en contraste con sus palabras. Rick no podía discernir acerca del
grado de seriedad de Rachael. El tema tenía suficiente importancia para hacer
temblar al mundo, pero ella lo trataba alegremente. Tal vez, una característica
androide: una carencia emocional, falta de sentimientos acerca del significado
de lo que decía. Sólo definiciones huecas, formales, intelectuales, de cada
término.
Además, Rachael había empezado el contraataque. Había
pasado imperceptiblemente de quejarse de su condición a zaherir a Rick por la
propia.
—Vete al diablo —respondió él. Rachael se echó a reír.
—Estoy ebria. No puedo acompañarte. Si te vas —hizo un
gesto de despedida— me quedaré a dormir, y luego me contarás qué ha ocurrido.
—No habrá ningún luego. Roy Baty me vencerá.
—No te puedo ayudar porque he bebido demasiado. De todos
modos, ya conoces la verdad, la dura, irregular y resbalosa superficie de la
realidad. Yo soy solamente una observadora y no intervendré para salvarte. No me
importa que ganes tú o Roy Baty. Quiero estar yo misma a salvo —abrió mucho los
ojos—Dios mío, siento empatía por mí misma. Y no quiero ir a ese derruido
edificio suburbano —se estiró y cogió un botón de la camisa de Rick. Luego, con
lentos y fáciles movimientos giratorios empezó a desabotonarle la camisa—No me
atrevo. Los androides no sienten la menor lealtad recíproca, y esa maldita Pris
Stratton me destruirá y ocupará mi lugar, ¿sabes? Quítate la chaqueta.
—¿Para qué?
—Para acostarte conmigo —respondió Rachael.
—Me he comprado una cabra nubia negra —dijo—Debo retirar a
esos tres andrillos para terminar mi tarea y volver a casa, con mi esposa —se
puso de pie y dio la vuelta a la cama hasta la botella de bourbon. Se sirvió
cuidadosamente un segundo vaso. Sus manos apenas temblaban, observó.
Probablemente por la fatiga. Los dos estamos cansados; demasiado, para cazar a
tres androides, dirigidos por el más temible.
En ese instante comprendió que tenía un miedo manifiesto e
invencible al androide principal. Todo dependía de Baty; todo había dependido de
él desde el comienzo. Hasta ese momento solamente había encontrado y retirado a
sus reemplazantes: faltaba el propio Baty. El miedo creció y lo rodeó por
completo, ahora que le había permitido acercarse a su mente consciente.
—No puedo ir sin ti —dijo—Ni siquiera salir de aquí.
Polokov vino a enfrentarme. Garland, en definitiva, también.
—¿Crees que Roy Baty vendrá? —Rachael dejó en la mesilla su
vaso vacío, se incorporó, buscó algo en su espalda y desprendió su sostén. Se lo
quitó. No lograba mantenerse erguida, y eso le hacía sonreír—En mi bolso tengo
un objeto que nuestra fábrica automática de Marte produce como un... —hizo una
mueca— dispositubo-dispositivo de seguridad de emergencia, cuando se hace la
inspección de rutina de cada nuevo androide. Búscalo. Parece una ostra.
Rick empezó a buscar en el bolso. Como cualquier chica
humana, Rachael tenía toda clase de objetos inconcebibles, y él revolvía
interminablemente.
Mientras tanto, ella se había sacudido las botas y corrido
la cremallera de sus shorts. Ahora, se balanceaba sobre un pie, recogía con el
otro la prenda caída y la arrojaba al otro extremo de la habitación. Luego caía
sobre la cama, rodaba en busca de su vaso, al que accidentalmente derribó sobre
la alfombra.
—Maldición —dijo, y una vez más se puso de pie sin mucha
estabilidad. En bragas, miraba a Rick, atareado con su bolso. Y con cuidadosa
deliberación, abrió la cama, se metió dentro y se cubrió.
—¿Es esto? —Rick alzaba una esfera metálica con una
palanquita.
—Eso provoca la catalepsia en los androides —dijo Rachael,
con los ojos cerrados—Durante unos segundos. Suspende la respiración. También la
tuya, pero los humanos pueden funcionar sin respirar ¿o transpirar? unos
minutos. En cambio, el nervio vago de un androide...
—Ya sé. El sistema nervioso autónomo de un androide no
puede abrir y cerrar el paso con tanta flexibilidad como el nuestro. Pero esto
sólo puede servir para cinco o seis segundos.
—Bastante para salvarte la vida —murmuró Rachael, que se
incorporó y se sentó en la cama—Si Roy Baty aparece, basta con apretar la
palanquita. Y mientras él se queda helado, sin aire en la sangre, mientras sus
células cerebrales se deterioran, lo matas con tu láser.
—En tu bolso hay uno...
—Una imitación de juguete. Los androides no pueden usar un
láser — Rachael bostezó, con los ojos nuevamente cerrados.
Rick se acercó a la cama.
Rachael se echó y se retorció hasta quedar boca abajo, con
el rostro hundido en la blanca sábana bajera.
—Es una cama limpia, noble, virginal —dijo—Sólo una niña
limpia, noble, virginal... —reflexionó—Los androides no pueden tener niños. ¿Es
una pérdida grave?
Rick la desnudó del todo, dejando expuestas sus nalgas
claras y frescas.
—¿Es una pérdida? —repitió ella—No puedo saberlo. ¿Cómo es
tener un hijo? ¿Y cómo es nacer? Nosotros no nacemos, no crecemos. En lugar de
morir de vejez o enfermedad nos vamos desgastando. Como hormigas, eso es lo que
somos.
No hablo de ti, sino de mí. Máquinas quitinosas, con
reflejos, que no viven de verdad —movió la cabeza de lado y dijo en voz sonora—:
¡No estoy viva! No te vas a acostar con una mujer. No te decepciones, ¿quieres?
¿Alguna vez has hecho el amor con una androide?
—No —respondió él mientras se quitaba la camisa y la
corbata.
—Me han dicho que es bueno si no piensas demasiado. Si lo
piensas, no sale. Por razones... hm, fisiológicas. El la besó en el hombro
desnudo.
—Gracias, Rick —dijo suavemente—Recuerda: ven y no pienses.
No te pongas filosófico. Porque filosóficamente es aburrido. Para los dos.
—Más tarde iré a buscar a Roy Baty —dijo él—Y necesitaré
que me acompañes. Sé que el láser que tienes en tu bolso es...
—¿Crees que retiraré a algún androide en tu lugar?
—Creo que, pese a lo que me has dicho, me ayudarás en todo
lo que puedas. De otro modo no estarías ahora en esta cama.
—Me gustas —respondió Rachael—Si entrara en una habitación
y viera un sillón tapizado con tu piel marcaría un punto muy alto en la escala
de VoigtKampff.
Esta noche retiraré a una androide Nexus-6 que es
exactamente igual a esta chica desnuda, pensó Rick mientras apagaba la luz. Dios
mío, es lo que decía Phil Resch. Primero acuéstate con ella, luego mátala.
—No puedo —dijo, retrocediendo.
—Yo quisiera —dijo Rachael. Le temblaba la voz.
—No es por ti. Es por Pris Stratton, y por lo que debo
hacerle.
—No somos la misma. Y a mí no me importa Pris Stratton. Oye
—Rachael giró y se incorporó: en la penumbra, Rick podía distinguir la figura
elegante de pequeños senos—Ven, y yo me ocuparé de la Stratton, ¿quieres? No es
posible estar tan cerca y que luego...
—Gracias —replicó Rick. El agradecimiento, debido en parte
al bourbon, sin duda, le hizo un nudo en la garganta. Dos, pensó. Sólo debo
retirar a dos. A los Baty. ¿Lo haría Rachael? Evidentemente. Los androides
pensaban y actuaban así. Y sin embargo, jamás había visto nada igual. —Ven a la
cama. Pronto —ordenó Rachael. Rick se metió en la cama.
17
Más tarde, se concedieron un lujo. Rick pidió que les
subieran el café. Permaneció largo rato en un gran canapé de hojas verdes,
negras y doradas, sorbiendo el café y meditando en las próximas horas. Rachael,
en el cuarto de baño, canturreaba, chillaba y chapoteaba debajo de la ducha
caliente.
—No has hecho un mal trato —dijo ella cuando cerró la
ducha, y apareció desnuda, goteando, el pelo atado con una banda de goma, en la
puerta del baño— Nosotros, los androides, no podemos controlar nuestras pasiones
físicas, sensuales. Probablemente lo sabías y te has aprovechado de mí —pero no
parecía en modo alguno enfadada sino, por el contrario, alegre y ciertamente tan
humana como cualquier chica que Rick hubiese conocido—Realmente, ¿tienes que
perseguir a esos andrillos esta noche?
—Sí —respondió Rick; yo a dos, tú a una. Como acabas de
confirmar, hemos hecho un trato.
Envolviéndose en un gigantesco toallón, Rachael agregó:
—¿Te gusto?
—Sí.
—¿Volverías a acostarte con un androide?
—Si fuera una chica. Si fuera como tú.
—¿Sabes cuánto dura un robot humanoide como yo? He vivido
dos años.
¿Cuántos calculas que me quedan?
—Un par de años, tal vez.
—Nunca han podido resolver ese problema, quiero decir, el
reemplazo de las células. Perpetuo, o al menos de larga duración. Así es...
Rachael empezó a secarse vigorosamente, sin expresión en el
rostro.
—Lo siento —dijo Rick.
—Al diablo —exclamó Rachael—Siento haber hablado de eso. De
cualquier modo, evita que los humanos se vayan a vivir con los androides.
—¿Es igual para los modelos Nexus-6?
—El problema es el metabolismo, no la unidad cerebral
—anduvo unos pasos, recogió sus bragas, empezó a vestirse.
También Rick se vistió. Juntos, hablando apenas, subieron
al terrado, donde el coche aéreo había sido aparcado por el encargado, humano,
amable, vestido de blanco.
Mientras se dirigían a los suburbios de San Francisco,
Rachael observó:
—Es una hermosa noche.
—Sin duda, mi cabra estará dormida —dijo él—O tal vez las
cabras sean nocturnas. Hay animales que nunca duermen. Las ovejas no lo hacen
jamás, al menos yo no la he visto. Cuando las miras, te miran. Esperan que les
des algo de comer.
—¿Cómo es tu mujer? Rick no respondió.
—¿Te has...?
—Si no fueras una androide —interrumpió Rick—, si pudiera
casarme legalmente contigo, lo haría.
—También podríamos vivir en el pecado —repuso Rachael—Sólo
que yo no estoy viva.
—Legalmente, no. Pero biológica y verdaderamente, sí. No
eres un conjunto de circuitos transistorizados como un seudo-animal; eres una
entidad orgánica —y dentro de dos años te habrás gastado y morirás, pensó.
Porque no se ha podido resolver el problema de reemplazo de las células, como tú
misma decías. Así que, de todos modos, no importa.
Y se dijo: para mí, es el fin. Como cazador de
bonificaciones. Después de los Baty, ninguno más. Después de esta noche, se
acabó.
—Estás muy triste —dijo Rachael.
Rick extendió la mano y le acarició la mejilla.
—No podrás seguir cazando androides —dijo ella
serenamente—No estés triste, por favor.
El la miró.
—Ningún cazador de bonificaciones ha podido actuar después
de estar conmigo —continuó Rachael—Excepto uno, un hombre muy cínico: Phil Resch.
Está loco, trabaja por su cuenta.
—¿Sí? —dijo Rick. De repente, sintió que todo su cuerpo se
paralizaba.
—Pero este viaje no será una pérdida de tiempo, porque
conocerás a un hombre espiritual y maravilloso.
—Roy Baty —dijo Rick—¿Los conoces a todos?
—Los conocía, cuando vivían. Ahora conozco a tres.
Intentamos detenerte esta mañana, antes de que comenzaras con la lista de Dave
Holden. Volví a intentarlo, justamente antes de que Polokov te atacara. Y
después tuve que esperar. —A que yo me derrumbara y te llamara.
—Luba Luft y yo fuimos muy, muy amigas durante casi dos
años. ¿Qué te pareció? ¿Te gustaba?
—Sí.
—Pero la mataste.
—La mató Phil Resch.
—Ah, entonces Phil te acompañó de vuelta a la Opera. No lo
sabíamos. Ese es el momento en que nos quedamos incomunicados. Sabíamos que
estaba muerta, y pensábamos que tú la habías retirado.
—A juzgar por las notas de Dave —dijo Rick—, pienso que
puedo retirar todavía a Roy Baty. Quizá no a Irmgard Baty —y ciertamente,
tampoco a Pris Stratton. Ni siquiera ahora, sabiendo lo que sé—De modo que todo
lo que sucedió en el hotel...
—La Rosen Association quería llegar a los cazadores de
bonificaciones — explicó Rachael—, aquí y en la Unión Soviética. Y este método
parecía funcionar..., por razones que yo no comprendo del todo. Nuestras
limitaciones, supongo.
—Me pregunto si funcionará tan bien como dices.
—Contigo ha servido.
—Veremos.
—Yo ya lo sé —dijo Rachael—Esa expresión en tu rostro, esa
tristeza. Eso es lo que busco.
—¿Cuántas veces has hecho esto?
—No recuerdo... Siete, ocho, no; creo que nueve
—asintió—Sí, nueve.
—Es una idea antigua —observó Rick.
—¿Cómo? —dijo Rachael, asombrada. Rick echó los mandos
adelante para que el coche descendiera.
—Al menos, es lo que siento. Además, te voy a matar
—agregó—Y luego, solo, me ocuparé de Roy e Irmgard Baty y de Pris Stratton.
—¿Por eso aterrizas? —respondió, con aprensión—: Hay una
multa. Yo soy una propiedad legal de la Rosen Association, y no un androide
escapado de Marte.
No soy como los otros.
—Sí. Pero si te mato a ti, podré matar a los demás.
Las manos de Rachael se hundieron frenéticamente en su
bolso repleto de cosas y de kippel. Finalmente, abandonó el intento.
—Maldito bolso —dijo—Jamás puedo encontrar nada en él. ¿Me
matarás de modo que no duela? Quiero decir, hazlo con cuidado. Si no peleo, se
comprende. Te prometo no pelear. ¿De acuerdo?
—Ahora comprendo por qué Phil Resch dijo eso —repuso Rick—No
era cinismo. Simplemente, sabía demasiado. Y después de pasar por esto, no puedo
reprocharle nada. Cambió.
—Pero no como debía —Rachael parecía más compuesta,
exteriormente, aunque su tensión interior era frenética. Pero el oscuro fuego
había disminuido, la fuerza vital la abandonaba, como Rick había visto en tantos
androides. La resignación clásica. La aceptación mecánica, intelectual, de algo
que ningún organismo, después de dos billones de años de vivir y evolucionar,
podía conciliar consigo mismo.
—No puedo soportar la forma en que ceden los androides
—dijo con furia. El coche casi se precipitó al suelo. Tuvo que aferrar el timón
para evitar un choque.
Frenó y logró un aterrizaje brusco y de lado. Detuvo el
motor y cogió el tubo láser. —En la base del cráneo, en el hueso occipital —dijo
Rachael—Por favor —se dio vuelta para no ver el láser; quería que el rayo
penetrara sin que ella lo advirtiera.
Rick apartó el arma.
—No puedo hacer lo que decía Phil Resch.
Volvió a poner el motor en marcha y se elevaron.
—Si lo vas a hacer, hazlo ahora —pidió Rachael—No me hagas
esperar.
—No te mataré —Rick puso proa nuevamente a la parte baja de
San Francisco—Tu coche quedó en el St. Francis, ¿verdad? Te llevaré allá, para
que puedas regresar a Seattle —no tenía más que decir, y condujo en silencio.
—Gracias por no matarme —dijo Rachael.
—De cualquier modo, sólo te quedan dos años de vida. Y a mí
cincuenta.
Viviré veinticinco veces más que tú.
—De verdad, me desprecias —respondió Rachael—Por lo que
hice — recuperaba la seguridad, y la letanía de su voz ganaba ritmo—Has obrado
como los demás. Los otros cazadores de bonificaciones. Se ponían furiosos y
hablaban de matarme, pero finalmente no podían. Como tú, ahora —encendió un
cigarrillo y aspiró con deleite—Sabes lo que eso significa, ¿verdad? Que yo
tenía razón: no podrás retirar más androides. Ni a mí, ni a los Baty, ni a la
Stratton. Así que vuelve con tu cabra y descansa un poco —repentinamente sacudió
con violencia el abrigo—Oh, ¡una brasa del cigarrillo! Ya se apagó —se echó
atrás en el asiento, relajada.
Rick no habló.
—Esa cabra —continuó Rachael—La quieres más que a mí. Y
probablemente más que a tu esposa. Primero la cabra, después tu esposa, y
finalmente... —se rió con alegría—¿Qué se puede hacer sino reír?
El no respondió. Siguieron su camino en silencio un rato y
luego Rachael buscó y halló la radio, y la encendió.
—Apaga —dijo Rick.
—¿Al Amigo Buster y sus Amigos Amistosos? ¿A Amanda Werner
y a Oscar Scruggs? Es hora de escuchar el informe sensacional de Buster, que
debe estar a punto de comenzar —se inclinó para ver su reloj a la luz de la
radio—Falta poco.
¿Sabes? Hace dos días que está hablando de esto, preparando
al público para...
La radio dijo, en voz caricaturesca:
—... y sólo quiero decir una cosa, amigos; estoy aquí con
el Amigo Buster, y hemos estado hablando y pasándolo la mar de bien, mientras
esperamos cada segundo del reloj hasta que llegue una noticia que, según
entiendo, es la más importante de...
Rick apagó la radio.
—Osear Scruggs —dijo—La voz del hombre inteligente.
Instantáneamente, Rachael volvió a encenderla.
—Quiero escuchar. Y pienso escuchar: lo que anunciará el
Amigo Buster en su show de esta noche es muy importante.
La voz estúpida continuó balbuceando, y Rachael Rosen se
instaló cómodamente. En la oscuridad, la brasa de su cigarrillo ardía como el
trasero de una luciérnaga contenta. Era un claro indicio del éxito de Rachael
Rosen: su victoria sobre él.
18
—Traiga aquí el resto de mis cosas —ordenó Pris a J. R.
Isidore—En particular, quiero la TV, para ver el informe especial de Buster.
—Sí —agregó Irmgard Baty, con los ojos brillantes como los
de un pájaro— Necesitamos la TV. Hace tiempo que esperamos ese anuncio y ahora
falta poco.
—Mi aparato coge el canal del gobierno —dijo Isidore.
Desde un ángulo del living, sentado en un sillón como si
pensara quedarse allí permanentemente, como si estuviese alojado en el sillón,
Roy Baty observó con paciencia:
—Queremos ver al Amigo Buster y a sus Amigos Amistosos, Iz.
¿O prefiere que lo llame J. R.? Y de todos modos, ¿comprende? Entonces, vaya a
buscar la otra TV.
Isidore recorrió el pasillo solitario y resonante hasta las
escaleras. Todavía no se había desvanecido en él la potente fragancia de la
felicidad, la sensación de ser útil por primera vez en su oscura vida. Ahora,
hay seres que dependen de mí, se dijo, encantado, mientras bajaba los
polvorientos escalones. Y además, será bueno ver nuevamente al Amigo Buster en
la TV, en lugar de escucharlo por la radio del camión de la tienda. Y hoy el
Amigo Buster debe revelar su informe especial, cuidadosamente documentado. De
modo que merced a Pris y a Roy y a Irmgard podré ver la presentación de una
noticia que es probablemente la más importante en mucho tiempo. ¿Qué tal?
La vida, para J. R. Isidore, había cobrado definitivamente
nuevo ímpetu.
Entró en el antiguo apartamento de Pris, desconectó la TV y
la antena. El silencio era penetrante, y sintió que sus brazos se debilitaban.
En ausencia de Pris y de los Baty se desvanecía, se tornaba extrañamente
parecido a la TV inerte que acababa de desconectar. Uno tiene que vivir con
otras personas para vivir de verdad, pensó. Antes de que llegaran, podía vivir
solo; ahora todo había cambiado, y no había posibilidad de retroceso. No se
puede ir y volver entre la gente y la nogente. Con cierto temor, se dijo:
dependo de ellos; gracias a Dios que se han quedado.
Se requerían dos viajes para subir todas las pertenencias
de Pris. Alzando el aparato decidió llevarlo antes que las maletas y las demás
ropas.
Pocos minutos después estaba arriba. Con los dedos
doloridos, depositó la TV sobre una mesa baja de su living. Pris y los Baty
miraban impasibles.
—En este edificio se reciben bien las señales —dijo,
jadeante, mientras enchufaba el cable y la antena—Cuando podía oír al Amigo
Buster y...
—Encienda la TV y no hable más —dijo Roy Baty. Así lo hizo,
y regresó a la puerta.
—Un viaje más será suficiente —se demoraba; el calor de la
presencia de ellos lo alimentaba.
—Está bien —respondió distraídamente Pris.
Isidore salió. Creo que se aprovechan de mí, en cierta
forma, pensó. Pero no me importa. Es bueno tener amigos, a pesar de todo.
En el piso inferior, recogió las ropas de la chica, las
metió en las maletas y volvió al pasillo y a las escaleras.
De repente, un escalón más adelante vio que algo pequeño se
movía entre el polvo. Dejó caer las maletas y extrajo un frasco de plástico que,
como todo el mundo, llevaba, siempre para esto mismo. Era una araña. Con los
dedos temblorosos, la empujó hacia el frasco y ajustó la tapa, perforada con una
aguja.
Arriba, en la puerta de su apartamento, se detuvo para
recobrar el aliento.
—Sí, amigos. Este es el momento. Aquí el Amigo Buster,
quien espera y confía que todos estéis ansiosos por compartir un descubrimiento
que he realizado, y que he hecho verificar por un equipo de investigadores
capacitados durante toda la semana pasada. Aquí está, amigos.
—He encontrado una araña —dijo John Isidore. Los tres
androides lo miraron, desviando por un instante su atención de la pantalla de
TV.
—A ver —dijo Pris, extendiendo la mano.
—Callad cuando habla Buster —dijo Roy Baty.
—Nunca he visto una araña —respondió Pris. Cogió el frasco
y miró la criatura que había dentro—Tantas patas... ¿Para qué las necesita,!.
R.?
—Así están hechas las arañas —dijo Isidore; su corazón
latía fuertemente y respiraba con dificultad—Tienen ocho patas.
—¿Ocho? —preguntó. Irmgard Baty—¿Y no podría andar con
cuatro? Córtale cuatro y veamos —impulsivamente abrió su bolso y sacó unas
tijerillas de uñas, brillantes y afiladas, que entregó a Pris.
J. R. Isidore experimentó un insondable terror.
Pris llevó a la cocina el frasco y se sentó ante la mesa de
J. R. Isidore. Quitó la tapa y dejó caer la araña.
—Probablemente no podrá correr tan rápido..., pero de todos
modos aquí no tendría nada que cazar —dijo—Igual se morirá —se dispuso a usar
las tijeras.
—Por favor —dijo Isidore.
Pris alzó la vista con curiosidad.
—¿Vale algo?
—No la mutile —dijo pesadamente, implorante, Isidore. Pris
cortó una de las patas de la araña. En el living, Buster decía:
—Mirad esta ampliación de una parte del paisaje. Este es el
cielo que veis habitualmente. Un momento; aquí está Earl Parameter, jefe de mi
equipo de investigadores, que explicará un descubrimiento que asombrará al
mundo.
Pris cortó otra pata, conteniendo a la araña con el canto
de la otra mano. Sonreía.
—Grandes ampliaciones de las imágenes de video —dijo en la
TV otra voz—, sometidas a un riguroso análisis en el laboratorio, revelan que
ese fondo gris de cielo y luna diurna, sobre el cual se mueve Mercer, no sólo
pertenece a la Tierra sino que es artificial.
—Te lo estás perdiendo —dijo Irmgard, corriendo a la cocina
en busca de Pris. Vio lo que ésta había empezado a hacer y agregó—: Puedes hacer
eso más tarde. Lo que dicen es importantísimo; prueba que todo lo que
creíamos...
—Silencio —dijo Roy Baty.
—... es verdad —concluyó Irmgard.
—La “luna” está pintada —decía la TV—; en las ampliaciones,
como todos pueden ver, se distinguen las pinceladas. Y hay incluso pruebas de
que las matas salvajes y el suelo triste y estéril son también trucadas —y quizá
también las piedras que personas invisibles le arrojan a Mercer—Es muy posible
en verdad que esas “piedras” sean de un plástico relativamente blando, para no
causar verdaderas heridas.
—En otras palabras —interrumpió el Amigo Buster—, Wilbur
Mercer no padece ningún sufrimiento.
El jefe del equipo de investigadores continuó:
—Finalmente, señor Buster, hemos logrado descubrir a un
viejo especialista en efectos de Hollywood, un tal señor Wade Cortot, quien
aseguró que la figura de Mercer bien podía ser la de un actor de segundo orden
de un estudio de sonido. Cortot ha llegado a declarar que reconocía el estudio
como uno perteneciente a un cineasta en pequeña escala con el que él tuvo tratos
hace varias décadas.
—De modo que según Cortot —subrayó el Amigo Buster—, no hay
prácticamente ninguna duda.
Pris había amputado ya tres patas de la araña, que se
deslizaba penosamente por la mesa de la cocina buscando en vano un camino hacia
la libertad.
—Con franqueza, creímos lo que decía Cortot —afirmó la voz
seca y pedante— y pasamos bastante tiempo examinando filmes publicitarios donde
aparecían los actores antiguamente empleados por la hoy desaparecida industria
cinematográfica de Hollywood...
—¿Y qué se descubrió?
—Escucha esto —dijo Roy Baty.
Irmgard miraba fijamente la TV y Pris había interrumpido la
mutilación de la araña.
—Después de estudiar miles y miles de fotos y películas,
pudimos localizar a un hombre ahora muy anciano, llamado Al Jarry, que trabajó
en papeles menores en numerosos filmes anteriores a la guerra. Enviamos un grupo
de personas del laboratorio a casa de Jarry, en East Harmony, Indiana. Uno de
ellos describirá ahora lo que encontró —silencio y luego una nueva voz,
igualmente pedestre—La casa está en la Avenida Lark, de East Harmony, en un
lugar de las afueras de la ciudad donde no habita nadie, excepto Al Jarry. Es
una casa sucia y medio derruida. Jarry nos invitó cordialmente a entrar y,
mientras estábamos en una sala húmeda, maloliente y llena de kippel, exploré por
medios telepáticos la mente confusa, brumosa y también repleta de residuos de Al
Jarry.
—Escuchad —urgió Roy Baty, sentado en el borde del sillón,
como en disposición de saltar.
—Descubrí que en realidad —continuó el técnico—, el anciano
había participado en una serie de filmaciones de quince minutos, en video, para
un cliente a quien jamás conoció. Como habíamos previsto, las “rocas” eran de un
plástico semejante a la goma. La “sangre” era ketchup y —el técnico rió—el único
dolor del señor Jarry consistió en pasar un día entero sin beber whisky.
—Al Jarry —dijo el Amigo Buster, cuyo rostro había
retornado a la pantalla— Muy bien, muy bien. Un anciano que ni siquiera en su
juventud había hecho nada que él o nosotros pudiéramos respetar. Al Jarry fue
pues el actor de un oscuro y repetitivo serial; no sabía entonces ni sabe ahora
quién era su cliente. Los partidarios del Mercerismo han dicho muchas veces que
Wilbur Mercer no es un ser humano, que en verdad es una entidad arquetípica
superior, tal vez proveniente de otra estrella. Y bien, en cierto sentido, esto
se ha revelado exacto. Wilbur Mercer no es humano, y en realidad no existe. El
mundo en que se desarrolla su ascensión es un estudio barato y corriente de
Hollywood, convertido en kippel hace muchos años. Entonces, ¿quién es el autor
de este fraude contra todo el sistema solar? Pensad en esto, amigos.
—Tal vez no lo sabremos nunca —murmuró Irmgard.
—Tal vez no lo sabremos nunca —dijo el Amigo Buster. Y no
podemos, tampoco, determinar cuál es el propósito de esta superchería. Sí,
amigos, superchería: el Mercerismo es pura superchería.
—Era obvio, lo sabíamos —dijo Roy Baty—El Mercerismo
apareció...
—Pero conviene pensar qué produce el Mercerismo —continuó
el Amigo Buster—Según sus fíeles, la experiencia funde...
—Es la empatía de los humanos —dijo Irmgard.
—... a los hombres y mujeres de todo el sistema solar, en
una sola entidad. Una entidad controlada por la supuesta voz telepática de “Mercer”.
Basta pensar qué ocurriría si una especie de Hitler en potencia, ambicioso, con
sentido político...
—El problema está en la empatía —insistió vigorosamente
Irmgard. Con los puños apretados se dirigió a la cocina y enfrentó a Isidore—¿Acaso
no es la forma de demostrar que los humanos pueden hacer una cosa que nosotros
no podemos? Sin la experiencia de Mercer, sólo tenemos la palabra de los seres
humanos. Sólo su palabra de que sienten esa empatía, esa cosa compartida, de
grupo. ¿Cómo está la araña? —se inclinó sobre el hombro de Pris, que estaba
terminando de cortar otra pata con sus tijeras.
—Ahora tiene cuatro —empujó al animal—No quiere moverse.
Pero puede.
Roy Baty apareció en la puerta, respirando con fuerza, con
expresión de triunfo.
—Es un hecho. Buster lo ha dicho claramente, y casi todos
los seres humanos del sistema deben haberlo escuchado. El Mercerismo es una
superchería. Toda la experiencia de la empatía es una superchería —miró con
curiosidad a la araña.
—No quiere andar —dijo Irmgard.
—Yo haré que camine —Roy Baty sacó unas cerillas, encendió
una y la sostuvo más y más cerca de la araña, hasta que por fin, débilmente, el
insecto se apartó.
—Yo tenía razón —exclamó Irmgard—¿No dije que podía caminar
con cuatro patas? —miró con interés a Isidore—¿Qué le ocurre? —le tocó el
brazo—No ha perdido nada; le pagaremos lo que dice el catálogo de... ¿Cómo se
llama? Sidney. ¿Por qué se ha puesto así? ¿Es por lo de Mercer? ¿Por lo que se
ha descubierto? ¿Por esa investigación? Eh, contésteme —le golpeó el brazo
insistentemente con un dedo.
—Está muy afectado —dijo Pris—, porque tiene una caja de
empatía en la otra habitación. ¿La usa, J. R.?
—Por supuesto que la usa. Todos lo hacen o al menos lo
hacían. Tal vez ahora empiecen a pensarlo mejor.
—No creo que esto acabe con el culto a Mercer —dijo Pris—Pero
con seguridad, en este momento debe haber una cantidad de humanos que se sienten
infelices —se dirigió a Isidore—Hemos esperado durante meses. Todos sabíamos lo
que Buster estaba preparando —vaciló y agregó—: ¿Por qué no decirlo? Buster es
uno de los nuestros.
—Un androide —explicó Irmgard—Nadie lo sabe. Quiero decir,
los humanos.
Pris, con las tijeras, cortó otra pata más a la araña.
Bruscamente, John Isidore la hizo a un lado, cogió a la criatura mutilada y la
llevó al fregadero. Allí la ahogó, y mientras tanto se ahogaban también su mente
y sus esperanzas, tan rápidamente como la araña.
—Está realmente perturbado —observó nerviosamente Irmgard—¿Por
qué no dice algo, J. R.? También me perturba a mí que esté ahí, junto al
fregadero, en silencio. No ha dicho una palabra desde que encendimos la TV.
—No es la TV —respondió Pris—Es la araña. ¿No es así, John
R. Isidore? Ya se le pasará —le dijo a Irmgard, que había ido a apagar la TV.
Roy Baty miraba a Isidore con tranquila diversión.
—Ya terminó todo Iz. Quiero decir, para el Mercerismo —con
las uñas recogió del fregadero el cadáver de la araña—Tal vez ésta era la última
araña — dijo—La última araña viva de la Tierra —reflexionó—En ese caso, todo
terminó también para las arañas.
—No... No me siento bien —dijo Isidore. Cogió una taza del
armario de la cocina; la sostuvo sin saber exactamente cuánto tiempo. Y luego
preguntó a Roy Baty:
—El cielo, detrás de Mercer, ¿es pintado? ¿No es real?
—Ya ha visto las ampliaciones en la TV, las pinceladas...
—El Mercerismo no se ha terminado —dijo Isidore. A los
androides les ocurría algo, algo terrible, pensó. Y la araña. Tal vez había sido
realmente la última de la Tierra. La araña se había ido, Mercer se había ido...
Isidore vio el polvo y la ruina extendiéndose por el apartamento. Oyó la llegada
del kippel, del desorden final de todas las formas, de la ausencia triunfadora,
mientras estaba allí, de pie, con la taza de cerámica vacía en la mano. Los
armarios de la cocina crujieron y se partieron; el suelo cedió bajo sus pies.
Se movió y tocó la pared. Su mano quebró la superficie.
Trozos grises se desprendieron y cayeron, fragmentos de enlucido semejantes al
polvo radiactivo del exterior. Se sentó junto a la mesa; las patas de la silla
se torcieron como tubos huecos y podridos. Se puso de pie enseguida, dejó la
taza y trató de componer la silla, de hacer que volviera a su forma anterior.
Pero se desarmó entre sus manos: los tornillos que habían sujetado sus partes
estaban sueltos. Vio sobre la mesa cómo a la taza le aparecía una grieta, cómo
se extendía una fina red de líneas y caía un trozo y a la vista quedaba la
materia interior, que no era vítrea.
—¿Que” hace? —dijo la voz de Irmgard Baty, distante—¡Está
rompiendo todo! ¡Basta, Isidore!
—No soy yo quien lo hace —respondió él. Avanzó con pasos
inciertos hacia el living, para estar solo. Se detuvo junto al diván y miró la
pared, y las manchitas que habían dejado los bichos muertos, y pensó nuevamente
en la araña muerta con sus tres patas. Todo aquí es viejo, pensó. Hace tiempo
comenzó el derrumbe, y ya no se detendrá. Los restos de la araña se han
apoderado de todo.
En el suelo hundido aparecían ahora partes de animales; la
cabeza de un cuervo, unas manos momificadas que habían pertenecido a un mono.
Muy cerca había un burro, inmóvil pero aparentemente vivo. Por lo menos no había
empezado a deteriorarse. Se dirigió hacia él, sintiendo que débiles huesos,
secos como ramitas caídas, se quebraban bajo sus pies. Pero antes de llegar al
burro — una de las criaturas a la que más amaba— un brillante cuervo azul
descendió y se posó en el hocico de la bestia. No lo hagas, dijo en voz alta,
pero el cuervo picoteó rápidamente los ojos del burro. Otra vez, pensó: me está
ocurriendo otra vez.
Estaré aquí largo tiempo, como antes. Siempre es muy largo,
porque aquí nada cambia nunca. Llega un momento en que ni siquiera la
podredumbre avanza.
Oyó el susurro de un viento seco, y los huesecillos
amontonados se partieron. Hasta el viento los destruye, observó. En esta etapa.
Inmediatamente antes de que el tiempo se acabe. Querría ser capaz de recordar
cómo se sale de aquí, pensó. Miró hacia arriba y no vio nada de qué asirse.
Mercer, dijo en voz alta. ¿Dónde estás? Este es el
mundo-tumba, y estoy en él de nuevo, pero esta vez no estás tú aquí.
Algo se movió junto a uno de sus pies. Se arrodilló para
mirar, y vio por qué se movía tan lentamente. La araña mutilada avanzaba con
gran dificultad con sus patas restantes. La alzó y la sostuvo en la palma de la
mano. Los huesos se han invertido, pensó. La araña ha vuelto a vivir. Mercer
debe estar cerca.
El viento sopló con fuerza, destruyendo y arrastrando los
huesos restantes, y sintió la presencia de Mercer. Ven, aquí. Trepa por mis
pies, le dijo, o busca algún otro modo de acercarte, ¿quieres? Mercer, pensó. Y
gritó: “ ¡Mercer!”
Las hierbas salvajes avanzaban; penetraban como tirabuzones
en las paredes, a su alrededor, y luego se convertían en sus propias semillas,
que creían, se expandían y reventaban los corrompidos metales y trozos de
concreto que antes habían sido las paredes. Pero una vez desvanecidas las
paredes, la desolación continuaba; la desolación era lo único que quedaba.
Aparte de la figura leve y borrosa de Mercer. El anciano lo miró entonces, con
expresión plácida.
—¿El cielo está pintado? —preguntó Isidore—¿Hay realmente
pinceladas que se ven en las ampliaciones?
—Sí —respondió Mercer.
—No las veo.
—Estás demasiado cerca —dijo Mercer—Debes colocarte a más
distancia, como hacen los androides. Ellos tienen mejor perspectiva.
—¿Y por eso dicen que eres un fraude?
—Yo soy un fraude —repuso Mercer—Son sinceros; su
investigación es verídica. Desde su punto de vista, yo soy un viejo actor
jubilado, llamado Al Jarry. Todo eso, todas esas revelaciones, son ciertas. Me
han entrevistado en mi casa, como dicen. Y les dije todo lo que deseaban saber,
es decir, todo.
—¿Y lo del whisky también? Mercer sonrió.
—Sí, es verdad. Hicieron un buen trabajo, y desde su punto
de vista, la revelación del Amigo Buster ha sido convincente. Les costará
comprender, eso sí, por qué nada ha cambiado; porque tú estás aquí, y yo también
—Mercer señaló con un gesto amplio la cuesta empinada y desierta, el paisaje
familiar—Ahora mismo, acabo de alzarte desde el mundo-tumba, y continuaré
haciéndolo hasta que ya no te interese y desees marcharte. Pero tendrás que
dejar de buscarme, porque yo nunca cesaré de buscarte.
—No me gustó eso del whisky —dijo Isidore—No está bien.
—Tú eres una persona de elevada moral. Yo no lo soy. No
juzgo a nadie, ni siquiera a mí mismo —Mercer alzó su mano, cerrada, con la
palma hacia arriba—Y antes de que lo olvide, tengo aquí algo que es tuyo —abrió
los dedos. En la palma estaba la araña, con sus patas restauradas.
—Gracias —dijo Isidore, cogiendo la araña. Y empezó a
agregar algo...
Sonó la campanilla de alarma.
—Un cazador de bonificaciones en el edificio —rugió Roy
Baty—Pronto, apagad todas las luces... Apartadlo de la caja de empatía; su
puesto está en la puerta. Vamos, haced que se mueva.
19
John Isidore bajó la vista y vio sus manos, aferradas a las
asas gemelas de la caja de empatía. Mientras la miraba, absorto, las luces del
living de su casa se apagaron. Vio que Pris corría a la cocina, para apagar la
lámpara de la mesa.
—Oye, J. R. —susurraba ásperamente Irmgard mientras le
cogía por el hombro y le clavaba las uñas. Parecía no tener conciencia de lo que
hacía. A la escasa luz que se filtraba del exterior, el rostro de Irmgard se
veía distorsionado, con los ojos pequeños, huidizos, sin párpados—Tienes que ir
a la puerta — susurró—, cuando golpee, si golpea. Y debes mostrarle tu
identificación, y decirle que ésta es tu casa, y que aquí no hay nadie más. Y
pedirle que te muestre una orden judicial.
Pris, de pie, del otro lado, con el cuerpo arqueado,
murmuró:
—No lo dejes entrar, J. R. Haz cualquier cosa para que no
entre. ¿Sabes lo que haría aquí un cazador de bonificaciones? ¿Comprendes lo que
nos haría?
Isidore se apartó de las dos androides y se dirigió a la
puerta. Encontró sin dificultad, a oscuras, el picaporte, y se detuvo a
escuchar. Podía sentir que el pasillo estaba como siempre: vacío, resonante, sin
vida.
—¿Oye algo? —preguntó Roy Baty, inclinándose. Isidore
percibió el olor de su cuerpo; olor a miedo, un miedo que casi se materializaba
en una niebla—Salga a mirar.
Isidore abrió la puerta y contempló el pasillo. El aire
parecía limpio, a pesar del polvo. Todavía tenía en la mano la araña que Mercer
le había dado. ¿Era realmente la misma que Pris había mutilado con las tijeras
de uñas de Irmgard? Probablemente no, y nunca lo sabría. Pero estaba viva. Se
movía dentro de su mano cerrada, sin picarle. Las mandíbulas de las arañas
pequeñas no pueden atravesar la piel humana.
Llegó al extremo del pasillo, descendió las escaleras y
salió al exterior, a lo que había sido un sendero rodeado por un jardín. El
jardín había muerto con la guerra, y el sendero estaba roto por todas partes.
Pero Isidore conocía su superficie; sus pies la recorrían con agrado y la
siguieron, junto al lado más largo del edificio, hasta el único punto verde de
los alrededores. Era un metro cuadrado de hierbas cubiertas de polvo. Ahí
depositó a la araña. Miró su ondulante camino una vez que hubo abandonado su
mano. Pues bien, pensó, ya está. Y se incorporó.
La luz de una linterna enfocó las hierbas. Las hojas y
ramitas, que apenas lograban sobrevivir, parecían severas y amenazantes. Pudo
ver a la araña, sobre una hoja de borde aserrado.
—¿Qué estaba haciendo? —preguntó el hombre de la linterna.
—Traje una araña —respondió, sin comprender cómo el hombre
no la veía. A la luz amarillenta, la araña parecía de mayor tamaño—Para que
pueda escapar.
—¿Y por qué no se la ha llevado a su apartamento? Debería
guardarla en un frasco. Según el Sidney de enero, la mayoría de las arañas han
aumentado un diez por ciento. Podría conseguir algo más de cien dólares.
—Si la llevara arriba, ella volvería a cortarla en pedazos
—respondió Isidore—Una pata tras otra, para ver qué hace.
—Cosa de androides —dijo el hombre. Sacó de su chaqueta
algo que abrió y mostró a Isidore.
En la penumbra, el cazador de bonificaciones parecía un
hombre corriente, no peligroso. Cara redonda, lampiña, rasgos suaves, como de
burócrata. Metódico pero informal. Y no tenía el aspecto de un semidiós, como
Isidore esperaba.
—Soy investigador del departamento de policía de San
Francisco. Deckard. Rick Deckard —cerró su carnet y se lo metió en el
bolsillo—¿Están arriba? ¿Los tres?
—La verdad es que yo los estaba cuidando —repuso Isidore—Hay
dos mujeres. Son los últimos del grupo; el resto ha muerto. Subí la TV de Pris
desde su apartamento al mío, para que pudieran ver al Amigo Buster. Buster
demostró sin lugar a dudas que Mercer no existe —Isidore se sentía excitado:
sabía una cosa muy importante que el cazador de bonificaciones ignoraba.
—Subamos —dijo Deckard. Tenía un tubo láser apuntado contra
Isidore; lo desvió—Usted es un especial, ¿verdad? Un cabeza de chorlito...
—Pero tengo un trabajo. Me ocupo de conducir el camión de
—con horror, descubrió que se le había olvidado el nombre— del hospital de
animales... El Hospital de Animales Van Ness, de propiedad de... de... Hannibal
Sloat.
—¿Quiere indicarme en qué apartamento están? Hay más de mil
en el edificio. Puede ahorrarme una buena cantidad de tiempo —su voz revelaba
fatiga.
—Si los mata no podrá volver a fundirse con Mercer —dijo
Isidore.
—¿No me quiere decir? ¿O indicarme el piso? Dígame sólo en
qué piso es. Yo buscaré el apartamento.
—No —respondió Isidore.
—Según la ley federal y del estado —empezó Deckard, pero
inmediatamente interrumpió y abandonó el interrogatorio—Buenas noches —se alejó
y entró en el edificio, precedido por el sendero difuso y amarillento que
esparcía su linterna.
Una vez dentro, Rick Deckard la apagó. Recorrió el pasillo
a la escasa luz de las lamparillas embutidas, meditando. El cabeza de chorlito
sabe que son androides. Lo sabía antes de que yo se lo dijera. Pero no
comprende. Y por otra parte, ¿quién comprende? ¿Acaso yo? Y antes, ¿comprendía?
Uno de ellos es un duplicado de Rachael, pensó. Tal vez el especial vivía con
ella... ¿Le gustaría? Tal vez fuera precisamente ella la que, según él,
despedazaría a la araña. Podría volver a coger esa araña; nunca he encontrado un
animal vivo. Debe ser una experiencia maravillosa inclinarse y ver una cosa viva
que se escabulle. Quizás algún día me ocurra.
Había traído un aparato para escuchar. Lo encendió; era un
detector giratorio con una pantalla de centelleo. No se veía nada en ella. En la
planta baja no es, se dijo. Pero en sentido vertical el detector daba una
pequeña señal. Arriba. Con el aparato y su cartera subió las escaleras hacia el
primer piso. Una figura acechaba en las sombras.
—Si se mueve lo retiro —dijo Rick. El hombre, esperándolo.
Sentía en los dedos la dureza del tubo láser, pero ya no podía alcanzarlo ni
apuntar. Había sido cogido de sorpresa.
—No soy un androide —dijo la figura—Mi nombre es Mercer
—dio un paso y entró en una zona iluminada—Estoy en este edificio a causa del
señor Isidore. El especial de la araña; has hablado unas palabras con él afuera.
—¿Es verdad lo que dijo el cabeza de chorlito? —preguntó
Rick—¿Quedaré fuera del Mercerismo si hago lo que debo hacer dentro de unos
minutos?
—El señor Isidore habló por él y no por mí —dijo Mercer—Lo
que piensas hacer debe ser hecho; ya te lo he dicho antes —alzó el brazo y
señaló las escaleras, a espaldas de Rick—Vine a decirte que uno de ellos está
detrás de ti, abajo, y no en el apartamento. Es el más peligroso de los tres, y
el que debes retirar primero —la vieja voz cascada se tornó urgente—Rápido,
Deckard. En los escalones.
Con el tubo láser en la mano, Rick giró y se agachó. Por
las escaleras subía una mujer. La conocía. Bajó el tubo.
—Rachael —dijo, asombrado. ¿Lo habría seguido hasta aquí,
en su propio coche? ¿Por qué?—Vuelve a Seattle. Déjame tranquilo —dijo—Mercer
dice que debo hacerlo —advirtió entonces que no era exactamente Rachael.
—Por todo lo que nos hemos dado el uno al otro —dijo la
androide con los brazos extendidos, como para aferrarlo.
La ropa no es la misma, pensó Rick. Pero los ojos son los
mismos ojos. Y hay más, toda una legión, cada una con su nombre, pero todas son
Rachael Rosen, el prototipo utilizado por la fábrica para proteger a las demás.
Disparó su arma mientras ella, con ademán suplicante, se lanzaba contra él. El
cuerpo se dispersó en añicos; Rick se cubrió la cara; luego miró y vio el tubo
láser que ella traía, rebotando escalón por escalón. El ruido del tubo metálico
resonó, se alejó, se tornó más lento. El más peligroso de los tres androides,
había dicho Mercer. Buscó a Mercer, pero el anciano se había marchado.
Quizá me persigan con copias de Rachael Rosen hasta
matarme, pensó, o hasta que el modelo quede obsoleto, lo que ocurra primero.
Pero ahora, los otros dos. Mercer me dijo que ella estaba en la escalera. Mercer
me salvó. Se manifestó y me ayudó. Si Mercer no me hubiera avisado, ella me
habría matado. Ahora puedo ocuparme del resto. Ella sabía que yo no podía
atacarla; que para mí era imposible. Y ahora todo ha terminado, en un instante.
He hecho lo que no podía hacer. A los Baty los puedo atacar del modo corriente.
Serán difíciles, pero no de esta manera.
Estaba a solas en el pasillo, junto a la escalera. Mercer
había terminado su obra y se había marchado. Rachael —o mejor dicho, Pris
Stratton— yacía diseminada, de modo que estaba solo. Pero en alguna parte del
edificio los Baty lo esperaban. Sabían lo que él había hecho. Probablemente
estaban asustados. Esa había sido su defensa, la respuesta a su presencia en el
edificio. Y sin la ayuda de Mercer, ellos habrían triunfado. Pero para ellos
había llegado el invierno.
Hay que proceder velozmente, se dijo. Avanzó por el pasillo
y de repente su detector registró la cercanía de la actividad cerebral. Había
encontrado el apartamento. Ya no necesitaba el aparato; lo dejó en el suelo y
golpeó la puerta.
—¿Quién es? —preguntó una voz de hombre.
—Soy Isidore —respondió Rick—Yo los estoy cuidando, a usted
y a las dodo-dos mu-mujeres.
—No abriremos —dijo una voz femenina.
—Quiero ver al Amigo Buster en la TV de Pris —continuó Rick—Ahora
que Mercer no existe es muy importante ver su pro-programa. Yo me ocupo de
conducir el camión del Hospital de Animales Van Ness, cuyo propietario es el
señor Hannibal Sloat... Abran... Esta es mi casa —aguardó y la puerta se abrió.
En la oscuridad vio dos formas indistintas.
—Debe hacernos el test —dijo la forma más pequeña, la
mujer.
—Es demasiado tarde —repuso Rick. La figura más alta
intentó cerrar la puerta y poner en marcha algún aparato electrónico—Voy a
entrar —dijo Rick. Dejó que Roy Baty disparara primero, y eludió el rayo—Ahora
han perdido sus derechos legales. Deberían haberme obligado a aplicar el test de
Voigt-Kampff. Pero ya no tiene importancia —Roy Baty disparó de nuevo, erró y
desapareció en el interior del apartamento, quizás en otra habitación,
abandonando el equipo electrónico.
—¿Por qué Pris no lo mató? —preguntó la señora Baty.
—No hay ninguna Pris —respondió Rick—Sólo Rachael Rosen,
una tras otra —vio el tubo láser en la mano de ella, en la penumbra: Roy Baty se
lo había dado, tratando de atraerlo al interior mientras ella lo atacaba por la
espalda—Lo siento, señora Baty —dijo Rick, y disparó.
En la otra habitación, Roy Baty lanzó un grito angustioso.
—Sí, la amaba usted —dijo Rick—Y yo amaba a Rachael, y el
especial amaba a la otra Rachael —avanzó y disparó contra Roy Baty; su gran
cuerpo estalló y se desmoronó como una pila mal asentada de pequeños objetos
separados y quebradizos. Cayó sobre la mesa de la cocina y arrastró platos y
tazas en su caída.
Algunos circuitos reflejos hacían que partes del cuerpo
caído se movieran, pero estaba muerto. Rick lo ignoró. No lo miró, ni tampoco al
cuerpo de Irmgard Baty. Era el último, pensó Rick. Seis en un día. Casi un
récord. Ahora todo ha terminado, puedo irme a casa, puedo regresar a Irán y a la
cabra. Y por una vez tendremos un poco de dinero.
Se sentó en el diván, y en medio del silencio apareció en
la puerta el señor Isidore, el especial.
—Es mejor que no mire —dijo Rick.
—La vi en la escalera. A Pris —el especial lloraba.
—No se lo tome usted así —dijo Rick. Se puso de pie con
esfuerzo, mareado—¿Dónde está el videófono?
El especial no contestó. Permanecía inmóvil. Rick buscó el
videófono, lo encontró y llamó al despacho de Harry Bryant.
20
—Muy bien —dijo Harry Bryant cuando se enteró de las
noticias—Vaya a descansar un rato. Enviaré un patrullero a recoger los cuerpos.
Rick colgó.
—Los androides son estúpidos —dijo sin contemplaciones—Roy
Baty no podía diferenciarme de usted; creyó que era usted quien estaba en la
puerta. La policía vendrá a limpiar esto, ¿por qué no se queda en otro
apartamento hasta que terminen? Supongo que no querrá quedarse aquí, ahora...
—Me iré de esta casa —dijo Isidore—Buscaré un lugar en el
centro, donde haya más gente.
—Creo que hay un piso vacío en mi edificio —dijo Rick.
—No qui-qui-quiero vivir cerca de usted.
—Váyase —aconsejó Rick—No se quede aquí.
El especial titubeó, sin saber qué hacer. Una serie de
expresiones mudas recorrió su rostro. Luego giró y se marchó. Dejó solo a Rick.
Qué trabajo horrible, se dijo Rick. Soy un flagelo, como
las plagas, como el hambre. Adonde voy llevo la vieja maldición. Mercer lo dijo:
estoy obligado a hacer el mal. Todo lo que he hecho, ha sido siempre malo. Desde
el comienzo. Es hora de irse a casa. Quizá, cuando vea a Irán, podré olvidar.
Irán lo esperaba en el terrado de su casa. Lo miró con una
extraña angustia; en todos los años que había pasado con ella jamás la había
visto así.
—Ya se ha terminado todo —dijo, y la abrazó—Y he estado
pensando: quizás Harry Bryant pueda transferirme a...
—Rick —dijo ella—Debo decirte algo. Lo siento. La cabra ha
muerto.
Por alguna razón, eso no lo sorprendió. Simplemente le hizo
sentirse peor, era una mera cantidad que se sumaba al peso que lo oprimía en
todas partes.
—Creo que hay una cláusula de garantía —repuso Rick—Si el
animal enferma antes de los noventa días, el vendedor...
—No se enfermó. Alguien vino —Irán carraspeó y continuó en
tono grave—, la sacó de su cesta y la llevó hasta el borde del terrado.
—¿Y la empujó?
—Sí.
—¿Viste quién era?
—Con toda claridad —respondió Irán—Barbour estaba aquí
todavía; bajó conmigo y llamamos a la policía, pero el animal estaba muerto y
ella se había marchado enseguida. Era una muchacha de cara muy joven, pelo
negro, ojos negros grandes, delgada. Tenía un abrigo largo de seda, un bolso
grande, como de cartero. Y no hizo nada por ocultarse..., como si no le
importara.
—No, no le importaba —dijo Rick—A Rachael seguramente no le
importaba que la vieras. Sin duda, quería que la vieras, para que yo supiera
quién había sido —la besó—¿Y me has estado esperando aquí todo el tiempo?
—Sólo media hora. Fue hace media hora —Irán, con ternura,
le devolvió el beso—Es horrible. Y tan inútil...
Rick retornó a su coche aéreo, abrió la puerta y se instaló
ante los mandos.
—No fue inútil —respondió—Ella tenía una razón; lo que le
parecía una razón —una razón de androide, pensó.
—¿Adonde vas? ¿No quieres bajar y quedarte conmigo? La TV
ha dado noticias tremendas; el Amigo Buster dijo que Mercer es un impostor. ¿Qué
piensas, Rick? ¿Crees que pueda ser verdad?
—Todo es verdad —dijo Rick—Todo lo que las personas han
pensado alguna vez —puso el motor en marcha.
—¿Estás bien?
—Estoy bien —respondió Rick, y pensó: voy a morir. Estas
dos cosas también son ciertas. Cerró la puerta, dirigió a Irán un gesto cariñoso
y se elevó en el cielo nocturno.
En otros tiempos habría
visto las estrellas, pensó. Hace años. Pero ahora sólo está el polvo y nadie ve
nunca una estrella, al menos desde la Tierra. Quizás allá donde voy se vean las
estrellas, se dijo mientras el coche ganaba velocidad y altura, y se alejaba de
San Francisco hacia la deshabitada desolación del norte. Hacia un lugar adonde
no iría ninguna criatura viva mientras no sintiera que el fin había llegado.
21
A la temprana luz de la mañana vio un suelo gris que
parecía infinito, cubierto de escombros. Unos cantos rodados grandes como casas
se habían detenido al chocar unos con otros. Rick pensó: es como un almacén de
cargas cuando ya han retirado todas las mercaderías. Sólo quedan fragmentos de
embalajes, de cajas que no significan nada en sí. Una vez había habido allí
cosechas y rebaños. Era notable que los animales hubiesen pastado allí alguna
vez.
Era también notable elegir ese lugar para morir.
Descendió un poco y siguió volando casi a ras del suelo.
¿Qué diría de mí Dave Holden?, se preguntó. En cierto sentido, soy el mejor
cazador de bonificaciones que ha existido nunca. Nadie ha retirado seis modelos
Nexus-6 en menos de veinticuatro horas. Y probablemente nadie volverá a hacerlo.
Debería llamar a Dave, pensó.
Una colina irregular se le acercó; elevó el coche a medida
que el mundo se aproximaba. Estoy cansado, pensó. No debería continuar. Apagó el
motor, planeó un momento, y luego aterrizó en una cuesta, brincando,
desparramando piedras, hasta que el avance hacia arriba lo detuvo, rechinando.
Cogió el videófono del coche aéreo y llamó a la operadora
de San Francisco.
—Con el Hospital Mount Zion —dijo. Apareció en la pantalla
otra mujer.
—Hospital Mount Zion.
—¿Podría hablar con un paciente? Dave Holden. ¿Se encuentra
suficientemente bien?
—Un momento, señor —la pantalla quedó en blanco. Pasó el
tiempo. Rick cogió un poco de Rapé Dr. Johnson y se estremeció; la temperatura
de la cabina, sin calefacción, había descendido—El doctor Costa dice que el
señor Holden no puede recibir llamadas —dijo la operadora cuando reapareció.
—Es un asunto policial —repuso, colocando su carnet junto a
la pantalla.
—Un segundo —la operadora se desvaneció nuevamente. Rick
volvió a aspirar el Rapé Dr. Johnson; el mentol que le agregaban sabía mal a
esta hora de la mañana. Bajó el cristal de la ventanilla y arrojó al suelo la
pequeña caja de lata— No, señor —dijo la operadora—El doctor Costa piensa que el
estado del señor Holden no permite que atienda llamadas, ni siquiera urgentes,
por lo menos durante...
—Está bien —respondió Rick, y cortó la comunicación.
También el aire olía mal, y volvió a subir el cristal. Dave
había quedado realmente fuera de combate. Me pregunto por qué no me mataron;
quizá porque me moví con rapidez. Contra todos el mismo día. No podían
esperarlo. Harry Bryant tenía razón.
Hacía tanto frío ahora en la cabina, que abrió la puerta y
descendió. Un viento nocivo e inesperado atravesó sus ropas, y empezó a caminar
restregándose las manos.
Habría sido gratificante hablar con Dave. El aprobará lo
que hice, sin duda. Y además comprenderá la otra parte, que ni siquiera Mercer
debe comprender. Para Mercer todo es fácil, pensó, porque lo acepta todo. Nada
es ajeno a él. Pero lo que yo he hecho, eso es ahora ajeno a mí. En verdad todo
en mí es ajeno. Me he convertido en un ser ajeno.
Caminó por la cuesta. Cada paso le costaba más. Estaba
demasiado fatigado para subir. Se detuvo a secar el sudor que caía sobre sus
ojos y las lágrimas saladas, con todo el cuerpo dolorido. Enfadado consigo mismo
escupió, con furia, desdén y odio a sí mismo, sobre el suelo yermo. Luego siguió
trepando por aquella elevación solitaria y poco familiar, alejada de todo. Nada
estaba vivo allí, aparte de él mismo.
El calor. Ahora hacía calor. Era evidente que había pasado
el tiempo. Y sentía hambre. No había comido en sabe Dios cuánto tiempo. El
hambre y el calor se combinaban en un sabor venenoso que recordaba a la derrota.
Sí, eso es lo que ocurre, pensó: de alguna oscura manera, he sido derrotado.
¿Por haber matado a los androides? ¿Por Rachael, que había matado a la cabra? No
sabía. Mientras avanzaba, un manto vago y casi alucinante nubló su mente. Sin
saber cómo estaba en un punto situado a un paso de un precipicio ciertamente
fatal, de una caída humillante y desesperada. Y tenía que proseguir, aun cuando
nadie lo viera. No había nadie allí que registrara su degradación ni la de
nadie; y el orgullo o el valor que pudiera finalmente exhibir también pasaría
inadvertido. Las piedras muertas, las agonizantes hierbas envenenadas por el
polvo no lo verían ni recordarían.
En ese momento la primera piedra —y no era de espuma de
goma ni de plástico— lo golpeó en la región inguinal. Y el dolor, el
conocimiento esencial de la soledad y la pena, llegó hasta él en su forma
desnuda y verdadera.
Se detuvo. Pero un impulso, un impulso invisible pero real,
irresistible, lo indujo a continuar la ascención. A rodar hacia arriba, como las
piedras, pensó. Hago lo que hacen las piedras, sin voluntad, sin que esto tenga
el menor sentido.
—Mercer —dijo, jadeando. Se detuvo. Podía distinguir al
frente una figura borrosa, inerte—¿Wilbur Mercer? ¿Eres tú? —Dios mío, es mi
sombra..., pensó. Tengo que salir de aquí, descender esta cuesta.
Trastabillando inició el retorno. En un momento cayó. Las
nubes de polvo oscurecían el paisaje. Se alejó del polvo, corriendo, resbalando,
tropezando en las piedras sueltas. Muy cerca estaba su coche aéreo. He vuelto,
se dijo, he bajado de la colina. Abrió la puerta y entró en la cabina. ¿Quién
habrá arrojado la piedra?, se preguntó. Nadie. Pero, ¿por qué me importa tanto?
Ya lo he sufrido antes, durante la fusión, mientras utilizo mi caja de empatía,
como hacen todos. Esto no es nuevo. Y sin embargo, lo era. Tal vez, se dijo,
porque lo he hecho solo.
Temblando, sacó de la guantera una lata nueva de rapé;
quitó la banda protectora, la abrió y cogió una gran pulgada que aspiró mientras
estaba mitad en la cabina y mitad fuera, con los pies en suelo árido y
polvoriento. Es el último lugar adonde ir, pensó. No debí venir aquí... Ahora se
sentía demasiado cansado para regresar.
Si tan sólo pudiera hablar con Dave, pensó, me sentiría
mejor. Podría salir de aquí, irme a casa, dormir. Todavía tengo mi trabajo y mi
oveja eléctrica. Habrá otros andrillos que retirar, mi carrera no está
terminada, no he retirado el último androide. Tal vez se trate de eso; temo que
no haya más...
Miró el reloj. Las nueve y treinta.
Llamó por el videófono a la corte de justicia de la calle
Lombard.
—Quiero hablar con el Inspector Bryant —le dijo a la
señorita Wild, la operadora.
—El inspector Bryant no está en su despacho, señor Deckard.
Salió en su coche, pero en este momento no se encuentra en él. No responde.
—¿No dijo adonde pensaba ir?
—Era algo relacionado con los androides que retiró usted
anoche.
—Póngame con mi secretaria.
Poco después, la cara triangular y anaranjada de Ann
Marsten aparecía en la pantalla.
—Oh, señor Deckard. El inspector Bryant ha estado tratando
de comunicarse con usted... Creo que ha propuesto su nombre al señor Cutter, el
jefe, para una mención especial, por haber retirado a esos seis...
—Ya sé lo que he hecho —repuso Rick.
—Pero eso nunca había pasado antes. Ah, además, señor
Deckard: ha llamado su esposa. Quiere saber si se encuentra usted bien. ¿Está
bien?
Rick no respondió.
—De todos modos —continuó la señorita Marsten—, debería
usted llamarla.
Dijo que estaría en casa, esperando noticias...
—¿Sabe usted lo que le ocurrió a mi cabra?
—No. Ni siquiera sabía que tenía una.
—Me la quitaron.
—¿Quién, señor Deckard? ¿Ladrones de animales? Acabamos de
recibir la denuncia de una nueva pandilla, probablemente muy jóvenes, que opera
en...
—Ladrones de vida.
—No comprendo, señor Deckard —dijo la señorita Marsten,
mirándolo con atención—Señor Deckard, tiene usted muy mal aspecto. Parece
fatigado y... Dios, su mejilla está sangrando.
Rick se llevó una mano a la cara. Una piedra, seguramente.
Le habían arrojado más de una.
—Se parece a Wilbur Mercer —dijo la señorita Marsten.
—Soy Wilbur Mercer —respondió Rick—Me he fundido
permanentemente con él y no puedo salir de la fusión. Estoy esperando a que eso
ocurra, aquí, en algún lugar de la frontera de Oregon.
—¿Quiere que le envíe a alguien? ¿Un coche del
departamento?
—No —dijo—Ya no estoy en el departamento.
—Ayer ha trabajado demasiado, señor Deckard —dijo la
señorita Marsten, en tono de reproche—Lo que necesita es dormir bien. Señor
Deckard, usted es nuestro mejor cazador de bonificaciones, y el mejor que hemos
tenido nunca. Yo le avisaré cuando llegue. Váyase a su casa y a la cama. Y llame
a su esposa, señor Deckard: está muy preocupada. Era evidente. Y usted tampoco
está bien.
—Es por la cabra —dijo Rick—No por los androides. Rachael
estaba equivocada. No tuve ninguna dificultad en retirarlos. Y en especial
también se equivocó cuando dijo que no podría fundirme nuevamente con Mercer. El
único que estaba en lo cierto era Mercer.
—Vuelva a la zona de la bahía, señor Deckard; a donde haya
gente. No hay nada viviente cerca de Oregon, ¿verdad? ¿Está solo?
—Es curioso —respondió Rick—He tenido la ilusión,
completamente real, de que era Mercer, y de que me arrojaban piedras. Pero no
del modo en que se siente ante la caja de empatía. Con la caja de empatía uno
siente que está con Mercer. La diferencia es que yo no estaba con nadie; estaba
solo.
—Ahora dicen que Mercer es un impostor.
—Mercer no es ningún impostor —contestó Rick—A menos que la
realidad sea una impostura —la sierra, pensó, el polvo, las piedras, todas
diferentes—Temo que no podré dejar de ser Mercer. Una vez que se comienza, ya es
demasiado tarde para retroceder —¿tendré que subir nuevamente? Para siempre,
como Mercer...
Atrapado por la eternidad—Adiós —dijo.
—¿Llamará a su mujer? ¿Me lo promete?
—Sí. Gracias, Ann —colgó. Una cama, pensó. La última vez
que estuve en una cama fue con Rachael. Infracción al estatuto. Cópula con
androides; absolutamente ilegal, aquí y en los mundos-colonia. Ahora debe estar
de vuelta en Seattle, con los demás Rosen, reales y humanoides. Querría poder
hacerte lo que tú me has hecho; pero no se puede, porque a los androides no les
importa. Si te hubiera matado anoche mi cabra estaría viva. Ese fue mi error.
Sí, pensó; todo surgió de allí. De eso y de acostarme contigo... Una cosa que me
dijiste era verdad.
He cambiado. Pero no del modo que tú habías previsto.
De otro modo peor.
Y sin embargo, no me importa. Ya no me importa. No, después
de lo que me ha ocurrido, cerca de la cumbre de la colina. Me pregunto qué
habría pasado si hubiera seguido subiendo. Porque allí es donde Mercer muere, y
donde su triunfo se manifiesta, al final del gran ciclo sideral.
Pero si soy Mercer no puedo morir, ni siquiera en diez mil
años. Mercer es inmortal.
Una vez más cogió el videófono, para llamar a Irán.
Y se quedó congelado.
22
Dejó el receptor en su lugar, sin apartar la vista del
punto donde había observado un movimiento, fuera del coche. Una cosa en el
suelo, entre las piedras; un animal. Le latió con fuerza el corazón, demasiado
cargado por el asombro. Yo sé qué es. Nunca he visto uno, pero lo sé por las
viejas películas sobre la naturaleza que pasa la TV del gobierno.
Están extinguidos, se dijo. Buscó su arrugado Sidney, y
pasó las páginas con dedos temblorosos.
SAPO (Bufonidae), todas las variedades... E
Extinguidos. El sapo era la criatura más preciosa para
Wilbur Mercer, junto con el asno. Pero prefería el sapo.
Necesito una caja, se dijo. Giró; en el asiento trasero de
coche aéreo no había nada. Saltó al exterior, fue a la baulera y la abrió. Había
una caja de cartón que contenía una ampolla de combustible de repuesto; sacó la
ampolla, puso dentro de la caja las hojas de una enredadera que encontró, y se
acercó lentamente al sapo, sin separar de él la vista.
El sapo se combinaba perfectamente con la textura y el
matiz del polvo omnipresente. Quizás había evolucionado, adaptándose al nuevo
clima así como se había adaptado antes a todos los climas. Si no se hubiera
movido no lo habría visto; sin embargo no estaba a más de dos metros de
distancia. ¿Qué ocurre cuando se encuentra un animal al que se cree extinguido?
Era muy raro. Algo así como una estrella de honor de las Naciones Unidas y
dinero, una recompensa de millones de dólares. Y entre todas las posibilidades,
hallar precisamente la criatura preferida por Mercer. Dios mío, pensó, no puede
ser.
Debe tratarse de un defecto cerebral mío, provocado por la
exposición a la radiactividad. Soy un especial, pensó. Me ha ocurrido algo. Como
al cabeza de chorlito Isidore con su araña. Lo que le pasó a él me pasa a mí.
¿Lo quiso así Mercer? Pero yo soy Mercer. Yo lo he querido así. He encontrado al
sapo, porque veo a través de los ojos de Mercer.
Se puso en cuclillas al lado del sapo. Había apartado las
piedrecillas con el trasero, cavándose un hoyo, de modo que sólo se veían el
cráneo y los ojos a ras del suelo. Estaba como en trance, con su metabolismo
disminuido al mínimo. Sus ojos no revelaban lo que hubiese visto. Rick pensó,
horrorizado: se ha muerto, quizá de sed. Pero no; se había movido.
Depositó la caja en el suelo y con gran cuidado tocó unas
piedrecillas cerca del animal, que aparentemente no se oponía. Por supuesto,
ignoraba su existencia.
Cuando lo alzó sintió su peculiar frialdad. El cuerpo
parecía seco y arrugado; y tan frío como si hubiera vivido siempre en una gruta
a muchas millas de profundidad, lejos del sol. Ahora el animal se retorcía; con
sus débiles patas traseras intentaba liberarse instintivamente, y saltar. Era un
sapo grande, adulto, inteligente. Capaz a su modo de sobrevivir en un mundo
donde el hombre, realmente, no podía. Me pregunto dónde encuentra el agua para
sus huevos...
De modo que esto es lo que ve Mercer, pensó mientras
cerraba cuidadosamente la caja, con muchas vueltas de cordel. La vida que
nosotros ya no podemos distinguir, la vida cuidadosamente enterrada hasta los
ojos en un mundo muerto. En cada ceniza del universo Mercer percibe seguramente
la vida escondida. Y después de haber visto a través de los ojos de Mercer,
probablemente a mí también me ocurrirá.
Y ningún androide le cortará las patas a este sapo, como
hicieron con la araña del cabeza de chorlito.
Depositó su caja en el asiento y se sentó ante los mandos.
Es como volver a ser un muchacho. La carga que había sentido se había disipado;
había desaparecido aquella fatiga opresora y monumental. Cuando Irán se
entere... Cogió el videófono, pero se detuvo.
Será una sorpresa. Y sólo llevará treinta o cuarenta
minutos volver a casa. Encendió el motor, remontó y puso rumbo a San Francisco,
mil kilómetros al sur.
Irán Deckard estaba ante el órgano de ánimos Penfield, con
el índice de la mano derecha apoyado en el dial numerado. Pero no lo hacía
girar. Se sentía demasiado angustiada. Su inquietud clausuraba el futuro y todas
las posibilidades que contuviera. Y pensaba: si Rick estuviera aquí, me haría
marcar el 3, y eso me infundiría el deseo de marcar algo importante, como júbilo
incontenible, o quizás un 888: deseo de ver televisión sin reparar en el
programa. Me pregunto qué programa habrá... Y adonde habrá ido Rick. Puede
volver, y también es posible que no vuelva.
Oyó un golpe en la puerta.
Dejó a un lado el manual Penfield y se puso en pie de un
salto, pensando: No necesito marcar nada: Ya tengo todo lo que quiero, si es
Rick.
Corrió a la puerta y la abrió de par en par.
—Hola —dijo él. Tenía un tajo en la mejilla, la ropa gris y
arrugada, hasta el pelo estaba saturado de polvo. Las manos, la cara..., había
polvo por todas partes, excepto en los ojos, que brillaban como los de un chico.
Parecía que hubiera estado jugando y que hubiera decidido volver a casa, que ya
era hora... A descansar, bañarse y contar los maravillosos sucesos del día.
—Cuánto me alegro —dijo ella.
—He traído algo —sostuvo en alto la caja de cartón con
ambas manos. Entró sin soltarla, como si hubiera en ella algo muy frágil o
valioso. Quería tenerla perpetuamente en las manos.
—Te prepararé una taza de café —dijo Irán. Apretó el botón
de café de su cocina y en un instante tuvo una gran jarra. El se sentó sin
separarse de su caja, y sin perder la mirada de asombrada alegría. Nunca, desde
que lo conocía, le había visto esa expresión. Le había ocurrido algo desde su
partida, la noche anterior. Y ahora había vuelto, y la caja había vuelto, y la
caja había venido con él. En la caja estaba lo que le había ocurrido.
—Voy a dormir —anunció Rick—Todo el día. Hablé con Harry
Bryant, me dijo que me tomara el día libre, y eso es exactamente lo que haré
—con cuidado colocó la caja en la mesa y bebió el café, como ella quería. Irán
estaba sentada frente a Rick.
—¿Qué hay en la caja? —preguntó.
—Un sapo.
—¿Puedo verlo?
El desató la caja y alzó la tapa.
—Oh —dijo Irán al ver el sapo; por alguna razón, se
asustó—¿Muerde?
—Cógelo. No muerde; los sapos no tienen dientes —Rick alzó
el sapo y se lo alcanzó.
Ella lo cogió, ocultando su aversión.
—Pensé que estaban extinguidos —dijo ella, mientras lo daba
vuelta y miraba con curiosidad sus patas traseras: parecían casi inútiles—¿Los
sapos saltan como las ranas? Quiero decir, ¿saltará de repente?
—Las patas de los sapos son débiles —respondió Rick—Esa es
la principal diferencia entre un sapo y una rana. Eso y el agua. Las ranas viven
cerca del agua, pero los sapos pueden sobrevivir en el desierto. Lo encontré en
el desierto, cerca de la frontera de Oregon, donde no hay nada vivo —estiró la
mano para coger el animal.
Pero Irán había descubierto algo: mientras lo sostenía,
cabeza abajo, y tocaba su abdomen, abrió con la uña el diminuto panel de
control.
—Oh —dijo Rick, demudado—; ah, ya veo, tienes razón —miraba
en silencio al seudo-animal. Lo cogió en su mano, y jugó con sus patas; y
todavía en ese momento parecía no comprender. Luego lo puso cuidadosamente en su
caja—Me pregunto cómo habrá llegado a esa desolada región de California...
Alguien tiene que haberlo puesto allí, y no encuentro forma de explicarme por
qué.
—Quizá no debí haberte dicho que era eléctrico —Irán le
tocó el brazo. Se sentía culpable por el efecto, el cambio que había provocado
en él.
—No —respondió Rick—Me alegro de saberlo. O mejor dicho,
prefiero saberlo.
—¿Quieres usar el órgano de ánimos, para sentirte mejor?
Siempre te ha servido, mucho más que a mí.
—Estoy bien —sacudió la cabeza, como si tratara de aclarar
sus ideas, aún sorprendido—La araña que Mercer le dio a Isidore, el cabeza de
chorlito, también debía ser artificial. Pero no importa. Las cosas eléctricas
también tienen su vida, por pequeña que ella sea.
—Parece que hubieras caminado cien millas —dijo Irán.
—Ha sido un día largo —respondió él.
—Ve a la cama y duerme.
—Ya ha terminado todo, ¿verdad? —Rick la miró con expresión
de sorpresa. Parecía esperar a que ella se lo dijese, como si lo supiera. Como
si oírselo a sí mismo no significara nada. Sentía duda ante sus propias
palabras. No se tornaban significativas mientras ella no las confirmara.
—Ha terminado —dijo Irán.
—Dios, qué tarea maratónica —dijo Rick—Una vez empezada no
había forma de concluir... Me llevaba adelante, hasta que finalmente retiré a
los Baty, y no tuve nada que hacer. Y —vaciló, evidentemente asombrado por lo
que había empezado a decir— esa parte fue la peor. Después de terminar, no me
podía detener porque no quedaría nada si me detenía. Tenías razón tú, esta
mañana, cuando dijiste que soy sólo un policía de manos groseras.
—Ahora no lo creo —respondió Irán—Sólo estoy feliz de que
hayas vuelto a casa, a tu lugar —lo besó, y eso pareció gustarle a Rick. Su cara
se iluminó, casi tanto como antes, antes de que ella le mostrara que el sapo era
eléctrico.
—¿Crees que he hecho mal? Lo que hice hoy, ¿está mal?
—No.
—Mercer dijo que estaba mal, pero que igual debía hacerlo.
Es extraño que a veces sea mejor hacer algo malo que bueno.
—Es la maldición que pesa sobre nosotros —respondió Irán—A
eso se refiere Mercer.
—¿El polvo?
—Los asesinos que encontraron a Mercer cuando tenía
dieciséis años y le dijeron que no podía invertir el tiempo ni traer de vuelta
animales a la vida. Entonces, ahora, lo único que puede hacer es moverse al paso
de la vida, e ir adonde ella va, a la muerte. Los asesinos arrojan las piedras.
Son ellos quienes lo hacen, siempre lo persiguen... Así como a todos nosotros.
¿Fue una piedra la que te hirió la mejilla?
—Sí —respondió Rick débilmente.
—¿Te irás a la cama? ¿Quieres que te ponga el órgano de
ánimos en 670?
—¿Qué es eso?
—Descanso reparador y merecido —dijo Irán.
Rick se puso de pie, dolorido, con el rostro soñoliento y
confuso, como si una sucesión de batallas se lo hubiera disputado durante muchos
años. Poco a poco, avanzó en la ruta al dormitorio.
—Está bien —contestó—Descanso reparador y merecido —se
tendió en la cama. Sus ropas y su pelo desprendieron polvo sobre las sábanas
blancas.
Mientras apretaba el botón que tornaba opacas las ventanas
del dormitorio, Irán pensó que no sería necesario encender el órgano de ánimos.
La luz grisácea del día desapareció.
Un instante después, Rick dormía.
Irán se quedó a su lado un rato, hasta que tuvo la
seguridad de que no despertaría ni se quedaría sentado, asustado, como le pasaba
a veces por las noches. Luego regresó a la cocina y se sentó ante la mesa.
El sapo eléctrico se movía en su caja. Irán se preguntó qué
“comería”, y si necesitaba mantenimiento. Moscas artificiales, pensó.
Abrió la guía telefónica y buscó en las páginas amarillas
accesorios para animales eléctricos. Llamó, y cuando la vendedora atendió, dijo:
—Quiero medio kilo de moscas artificiales que zumben y
revoloteen.
—¿Para una tortuga eléctrica, señora?
—Para un sapo.
—Entonces, le sugiero nuestro surtido mixto de bichos
reptantes y voladores, que incluye...
—Prefiero las moscas —respondió Irán—¿Puede enviarlas? No
quiero salir: mi marido duerme y no quiero dejarlo solo. La vendedora agregó:
—Le recomendaría nuestra charca perpetua, salvo si se trata
de un escuerzo, en cuyo caso tenemos un equipo completo de arena, piedrecillas
multicolores y seudo-desechos orgánicos. Y si piensa usted alimentarlo
regularmente, le sugiero que nuestro servicio de mantenimiento realice un ajuste
periódico de la lengua. En un sapo, la lengua es vital.
—Muy bien —contestó Irán—Quiero que funcione perfectamente.
A mi marido le encanta —dio su dirección y colgó.
Y ya sintiéndose mejor, se sirvió por fin una taza de café
negro y caliente.
FIN
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