A) El contenido simple del sí mismo que se demuestra como el ser
B) La ciencia, como el concebirse del sí mismo
C) El espíritu concebido, en su retorno a la inmediatez que es
allí
PRÓLOGO
I. LAS TAREAS CIENTÍFICAS DEL PRESENTE
A) La verdad como sistema científico
PARECE que, en una obra filosófica, no sólo resulta superfluo, sino que es,
incluso, en razón a la naturaleza misma de la cosa, inadecuado y
contraproducente el anteponer, a manera de prólogo y siguiendo la costumbre
establecida una explicación acerca de la finalidad que el autor se propone en
ella y acerca de sus motivos y de las relaciones que entiende que su estudio
guarda con otros anteriores o coetáneos en torno al mismo tema. En efecto, lo
que sería oportuno decir en un prólogo acerca de la filosofía -algo así como una
indicación histórica con respecto a la tendencia y al punto de vista, al
contenido general y a los resultados, un conjunto de afirmaciones y
aseveraciones sueltas y dispersas acerca de la verdad- no puede ser valedero en
cuanto al modo y la manera en que la verdad filosófica debe exponerse. Además,
por existir la filosofía, esencialmente, en el elemento de lo universal, que
lleva dentro de sí lo particular, suscita más que otra ciencia cualquiera la
apariencia de que en el fin o en los resultados últimos se expresa la cosa
misma, e incluso se expresa en su esencia perfecta, frente a lo cual el
desarrollo parece representar, propiamente, lo no esencial. Por el contrario, en
la noción general de la anatomía, por ejemplo, considerada algo así como el
conocimiento de las partes del cuerpo en su existencia inerte, se tiene el
convencimiento de no hallarse aun en posesión de la cosa misma, del contenido de
esta ciencia, y de que es necesario esforzarse todavía por llegar a lo
particular. Tratándose, además, de uno de esos conglomerados de conocimientos
que no tienen derecho a ostentar el nombre de ciencia, vemos que una plática
acerca del fin perseguido y de otras generalidades por el estilo no suele
diferenciarse de la manera histórica y conceptual en que se habla también del
contenido mismo, de los nervios, los músculos, etc. La filosofía, por el
contrario, se encontraría en situación desigual sí empleara este modo de
proceder, que ella misma muestra que no sirve para captar la verdad.
Del mismo modo, la determinación de las relaciones que una obra filosófica cree
guardar con otros intentos en torno al mismo tema suscita un interés extraño y
oscurece aquello que importa en el conocimiento de la verdad. Cuando arraiga la
opinión del antagonismo entre lo verdadero y lo falso, dicha opinión suele
esperar también, ante un sistema filosófico dado, o el asentimiento o la
contradicción, viendo en cualquier declaración ante dicho sistema solamente lo
uno o lo otro. No concibe la diversidad de los sistemas filosóficos como el
desarrollo progresivo de la verdad, sino que sólo ve en la diversidad la
contradicción. El capullo desaparece al abrirse la flor, y podría decirse que
aquél es refutado por ésta; del mismo modo que el fruto hace aparecer la flor
como un falso ser allí de la planta, mostrándose como la verdad de ésta en vez
de aquélla. Estas formas no sólo se distinguen entre sí, sino que se eliminan
las unas a las otras como incompatibles. Pero, en su fluir, constituyen al mismo
tiempo otros tantos momentos de una unidad orgánica, en la que, lejos de
contradecirse, son todos igualmente necesarios, y esta igual necesidad es
cabalmente la que constituye la vida del todo. Pero la contradicción ante un
sistema filosófico o bien, en parte, no suele concebirse a sí misma de este
modo, o bien, en parte, la conciencia del que la aprehende no sabe,
generalmente, liberarla o mantenerla libre de su unilateralidad, para ver bajo
la figura de lo polémico y de lo aparentemente contradictorio momentos
mutuamente necesarios.
La exigencia de tales explicaciones y su satisfacción pasan fácilmente por ser
algo que versa sobre lo esencial. Acaso puede el sentido interno de una obra
filosófica manifestarse de algún modo mejor que en sus fines y resultados, y
cómo podrían éstos conocerse de un modo más preciso que en aquello que los
diferencia de lo que una época produce en esa misma esfera? Ahora bien, cuando
semejante modo de proceder pretende ser algo más que el inicio del conocimiento,
cuando trata de hacerse valer como el conocimiento real, se le debe incluir, de
hecho, entre las invenciones a que se recurre para eludir la cosa misma y para
combinar la apariencia de la seriedad y del esfuerzo con la renuncia efectiva a
ellos. En efecto, la cosa no se reduce a su fin, sino que se halla en su
desarrollo, ni el resultado es el todo real, sino que lo es en unión con su
devenir; el fin para sí es lo universal carente de vida, del mismo modo que la
tendencia es el simple impulso privado todavía de su realidad, y el resultado
escueto simplemente el cadáver que la tendencia deja tras sí. Asimismo, la
diversidad es más bien el límite de la cosa; aparece allí donde la cosa termina
o es lo que ésta no es. Esos esfuerzos en torno al fin o a los resultados o
acerca de la diversidad y los modos de enjuiciar lo uno y lo otro representan,
por tanto, una tarea más fácil de lo que podía tal vez parecer. En vez de
ocuparse de la cosa misma, estas operaciones van siempre más allá; en vez de
permanecer en ella y de olvidarse en ella, este tipo de saber pasa siempre a
otra cosa y permanece en sí mismo, en lugar de permanecer en la cosa y
entregarse a ella. Lo más fácil es enjuiciar lo que tiene contenido y
consistencia; es más difícil captarlo, y lo más difícil de todo la combinación
de lo uno y lo otro: el lograr su exposición.
El comienzo de la formación y del remontarse desde la inmediatez de la vida
sustancial tiene que proceder siempre mediante la adquisición de conocimientos
de principios y puntos de vista universales, en elevarse trabajosamente hasta el
pensamiento de la cosa en general, apoyándola o refutándola por medio de
fundamentos, aprehendiendo la rica y concreta plenitud con arreglo a sus
determinabilidades, sabiendo bien a qué atenerse y formándose un juicio serio
acerca de ella. Pero este inicio de la formación tendrá que dejar paso, en
seguida, a la seriedad de la vida pletórica, la cual se adentra en la
experiencia de la cosa misma; y cuando a lo anterior se añada el hecho de que la
seriedad del concepto penetre en la profundidad de la cosa, tendremos que ese
tipo de conocimiento y de juicio ocupará en la conversación el lugar que le
corresponde.
La verdadera figura en que existe la verdad no puede ser sino el sistema
científico de ella. Contribuir a que la filosofía se aproxime a la forma de la
ciencia -a la meta en que pueda dejar de llamarse amor por el saber para llegar
a ser saber real: he ahí lo que yo me propongo. La necesidad interna de que el
saber sea ciencia radica en su naturaleza, y la explicación satisfactoria acerca
de esto sólo puede ser la exposición de la filosofía misma. En cuanto a la
necesidad externa, concebida de un modo universal, prescindiendo de lo que haya
de contingente en la persona y en las motivaciones individuales, es lo mismo que
la necesidad interna, pero bajo la figura en que el tiempo presenta el ser allí
de sus momentos. El demostrar que ha llegado la hora de que la filosofía se
eleve al plano de la ciencia constituiría, por tanto, la única verdadera
justificación de los intentos encaminados a este fin, ya que, poniendo de
manifiesto su necesidad, al mismo tiempo la desarrollarían.
B) La formación del presente
Se que el poner la verdadera figura de la verdad en esta cientificidad -lo que
vale tanto como afirmar que la verdad sólo tiene en el concepto el elemento de
su existencia-, parece hallarse en contradicción con un cierto modo de
representarse la cosa y sus consecuencias, representación tan pretenciosa como
difundida en la convicción de nuestro tiempo. No creemos que resulte ocioso
detenerse a explicar esta contradicción, aunque la explicación no pueda ser,
aquí, otra cosa que una aseveración, ni más ni menos que aquella contra la que
va dirigida. En efecto, sí lo verdadero sólo existe en aquello o, mejor dicho,
como aquello que se llama unas veces intuición y otras veces saber inmediato de
la absoluto, religión, el ser -no en el centro del amor divino, sino el ser
mismo de él-, ello equivale a exigir para la exposición de la filosofía más bien
lo contrario a la forma del concepto. Se pretende que lo absoluto sea, no
concebido, sino sentido e intuido, que lleven la voz cantante y sean expresados,
no su concepto, sino su sentimiento y su intuición.
Si se toma la manifestación de una exigencia así en su contexto más general y se
la considera en el nivel en que se halla presente el espíritu autoconsciente,
vemos que éste va más allá de la vida sustancial que llevaba en el elemento del
pensamiento, más allá de esta inmediatez de su fe, de la satisfacción y la
seguridad de la certeza que la conciencia abrigaba acerca de su reconciliación
con la esencia y con la presencia universal de ésta, tanto la interna como la
externa. Y no sólo va más allá, pasando al otro extremo de la reflexión carente
de sustancia sobre sí mismo, sino que se remonta, además, por encima de esto. No
sólo se pierde para él su vida esencial; además, el espíritu es consciente de
esta pérdida y de la finitud que es su contenido. El espíritu, volviéndose
contra quienes lo degradan y prorrumpiendo en denuestos contra su rebajamiento,
no reclama de la filosofía tanto el saber lo que él es como el recobrar por
medio de ella aquella sustancialidad y aquella consistencia del ser. Por tanto,
para hacer frente a esta necesidad, la filosofía no debe proponerse tanto el
poner al descubierto la sustancia encerrada y elevarla a la conciencia de sí
misma, no tanto el retrotraer la conciencia caótica a la ordenación pensada y a
la sencillez del concepto, como el ensamblar las diferenciaciones del
pensamiento, reprimir el concepto que diferencia e implantar el sentimiento de
la esencia, buscando más bien un fin edificante que un fin intelectivo. Lo
bello, lo sagrado, lo eterno, la religión y el amor son el cebo que se ofrece
para morder en el anzuelo; la actitud y el progresivo despliegue de la riqueza
de la sustancia no deben buscarse en el concepto, sino en el éxtasis, no en la
fría necesidad progresiva de la cosa, sino en la llama del entusiasmo.
A esta exigencia responde el esfuerzo acucioso y casi ardoroso y fanático por
arrancar al hombre de su hundimiento en lo sensible, en lo vulgar y lo singular,
para hacer que su mirada se eleve hacía las estrellas, como sí el hombre,
olvidándose totalmente de lo divino, se dispusiera a alimentarse solamente de
cieno y agua, como el gusano.
Hubo un tiempo en que el hombre tenía un cielo dotado de una riqueza pletórica
de pensamientos y de imágenes. El sentido de cuanto es radicaba en el hilo de
luz que lo unía al cielo; entonces, en vez de permanecer en este presente, la
mirada se deslizaba hacía un más allá, hacía la esencia divina, hacía una
presencia situada en lo ultraterrenal, sí así vale decirlo. Para dirigirse sobre
lo terrenal y mantenerse en ello, el ojo del espíritu tenía que ser coaccionado;
y hubo de pasar mucho tiempo para que aquella claridad que sólo poseía lo
supraterrenal acabara por penetrar en la oscuridad y el extravío en que se
escondía el sentido del más acá, tornando interesante y valiosa la atención al
presente como tal, a la que se daba el nombre de experiencia. Actualmente,
parece que hace falta lo contrario; que el sentido se halla tan fuertemente
enraizado en lo terrenal, que se necesita la misma violencia para elevarlo de
nuevo. El espíritu se revela tan pobre, que, como el peregrino en el desierto,
parece suspirar tan sólo por una gota de agua, por el tenue sentimiento de lo
divino en general, que necesita para confortarse. Por esto, por lo poco que el
espíritu necesita para contentarse, puede medirse la extensión de lo que ha
perdido.
Pero a la ciencia no le cuadra esta sobriedad del recibir o esta parquedad en el
dar. Quien busque solamente edificación, quien quiera ver envuelto en lo
nebuloso la terrenal diversidad de su ser allí y del pensamiento y anhele el
indeterminado goce de esta determinada divinidad, que vea dónde encuentra eso;
no le será difícil descubrir los medios para exaltarse y gloriarse de ello. Pero
la filosofía debe guardarse de pretender ser edificante.
Y esta sobriedad que renuncia a la ciencia menos aun puede tener la pretensión
de que semejante entusiasta nebulosidad se halle por encima de la ciencia. Estas
profecías creen permanecer en el centro mismo y en lo más profundo, miran con
desprecio a la determinabilidad (el horos y se mantienen deliberadamente
alejadas del concepto y de la necesidad así como de la reflexión, que sólo mora
en la finitud. Pero, así como hay una anchura vacía, hay también una profundidad
vacía; hay como una extensión de la sustancia que se derrama en una variedad
finita, sin fuerza para mantenerla en cohesión, y hay también una intensidad
carente de contenido que, como mera fuerza sin extensión, es lo mismo que la
superficialidad. La fuerza del espíritu es siempre tan grande como su
exteriorización, su profundidad solamente tan profunda como la medida en que el
espíritu, en su interpretación, se atreve a desplegarse y a perderse. Al mismo
tiempo, cuando este saber sustancial carente de concepto pretexta haber
sumergido lo peculiar de sí en la esencia y entregarse a una filosofía verdadera
y santa, no ve que, en vez de consagrarse a Dios, con su desprecio de la medida
y la determinación, lo que hace es dejar, unas veces, que campe por sus respetos
en sí mismo el carácter fortuito del contenido y, otras veces, que se imponga la
propia arbitrariedad. Al confiarse a las emanaciones desenfrenadas de la
sustancia, creen que, ahogando la conciencia de sí y renunciando al
entendimiento, son los elegidos, a quienes Dios infunde en sueños la sabiduría;
pero lo que en realidad reciben y dan a luz en su sueño no son, por tanto, más
que sueños.
C) Lo verdadero como principio, y su despliegue
No es difícil darse cuenta, por lo demás, de que vivimos en tiempos de gestación
y de transición hacía una nueva época. El espíritu ha roto con el mundo anterior
de su ser allí y de su representación y se dispone a hundir eso en el pasado,
entregándose a la tarea de su propia transformación. El espíritu, ciertamente,
no permanece nunca quieto, sino que se halla siempre en movimiento
incesantemente progresivo. Pero, así como en el niño, tras un largo periodo de
silenciosa nutrición, el primer aliento rompe bruscamente la gradualidad del
proceso puramente acumulativo en un salto cualitativo, y el niño nace, así
también el espíritu que se forma va madurando lenta y silenciosamente hacía la
nueva figura, va desprendiéndose de una partícula tras otra de la estructura de
su mundo anterior y los estremecimientos de este mundo se anuncian solamente por
medio de síntomas aislados; la frivolidad y el tedio que se apoderan de lo
existente y el vago presentimiento de lo desconocido son los signos
premonitorios de que algo otro se avecina. Estos paulatinos desprendimientos,
que no alteran la fisonomía del todo, se ven bruscamente interrumpidos por la
aurora que de pronto ilumina como un rayo la imagen del mundo nuevo. Sin
embargo, este mundo nuevo no presenta una realidad perfecta, como no la presenta
tampoco el niño recién nacido; y es esencialmente importante no perder de vista
esto. La primera aparición es tan sólo su inmediatez o su concepto. Del mismo
modo que no se construye un edificio cuando se ponen sus cimientos, el concepto
del todo a que se llega no es el todo mismo. No nos contentamos con que se nos
enseñe una bellota cuando lo que queremos ver ante nosotros es un roble, con
todo el vigor de su tronco, la expansión de sus ramas y la masa de su follaje.
Del mismo modo, la ciencia, coronación de un mundo del espíritu, no encuentra su
acabamiento en sus inicios. El comienzo del nuevo espíritu es el producto de una
larga transformación de múltiples y variadas formas de cultura, la recompensa de
un camino muy sinuoso y de esfuerzos y desvelos no menos arduos y diversos. Es
el todo que retorna a sí mismo saliendo de la sucesión y de su extensión,
convertido en el concepto simple de este todo. Pero la realidad de este todo
simple consiste en que aquellas configuraciones convertidas en momentos vuelven
a desarrollarse y se dan una nueva configuración, pero ya en su nuevo elemento y
con el sentido que de este modo adquieren.
Mientras que, de una parte, la primera manifestación del mundo nuevo no es más
que el todo velado en su simplicidad o su fundamento universal, tenemos que, por
el contrario, la conciencia conserva todavía en el recuerdo la riqueza de su
existencia anterior. La conciencia echa de menos en la nueva figura que se
manifiesta la expansión y la especificación del contenido; y aun echa más de
menos el desarrollo completo de la forma que permite determinar con seguridad
las diferencias y ordenarlas en sus relaciones fijas. Sin este desarrollo
completo, la ciencia carece de inteligibilidad universal y presenta la
apariencia de ser solamente patrimonio esotérico de unos cuantos; patrimonio
esotérico, porque por el momento existe solamente en su concepto o en su
interior; y de unos cuantos, porque su manifestación no desplegada hace de su
ser allí algo singular. Sólo lo que se determina de un modo perfecto es a un
tiempo exotérico, concebible y susceptible de ser aprendido y de llegar a
convertirse en patrimonio de todos. La forma inteligible de la ciencia es el
camino hacía ella asequible a todos e igual para todos, y el llegar al saber
racional a través del entendimiento es la justa exigencia de la conciencia que
accede a la ciencia, pues el entendimiento es el pensamiento, el puro yo en
general, y lo inteligible es lo ya conocido y lo común a la ciencia y a la
conciencia no científica, por medio de lo cual puede ésta pasar de un modo
inmediato a aquélla.
La ciencia que, hallándose en sus comienzos, no ha llegado todavía a la plenitud
del detalle ni a la perfección de la forma, se expone a verse censurada por
ello. Pero sí esta censura tratara de afectar a su esencia sería tan injusta
como inadmisible sería el no querer reconocer la exigencia de aquel desarrollo
completo. Esta contraposición parece ser el nudo fundamental en que se afana
actualmente la formación científica, sin que hasta ahora exista la unidad de
criterio necesaria acerca de ello. Unos insisten en la riqueza del material y en
la inteligibilidad; otros desdeñan, por lo menos, esto y hacen hincapié en la
inmediata racionalidad y divinidad. Y sí aquéllos son reducidos al silencio, ya
sea por la sola fuerza de la verdad o también por la acometividad de los otros,
y se sienten vencidos en cuanto al fundamento de la cosa, ello no quiere decir
que se den por satisfechos en lo tocante a aquellas exigencias, que, siendo
justas, no han sido satisfechas. Su silencio sólo se debe por una parte a la
victoria de los otros, y por otra al hastío y a la indiferencia que suele traer
consigo una espera constantemente excitada y no el cumplimiento de lo prometido.
En lo que respecta al contenido, los otros recurren a veces a medios demasiado
fáciles para lograr una gran extensión. Despliegan en su terreno gran cantidad
de materiales, todo lo que ya se conoce y se ha ordenado y, al ocuparse
preferentemente de cosas extrañas y curiosas, aparentan tanto más poseer el
resto, aquello que ya domina el saber a su manera, y con ello lo que aun no se
halla ordenado, y someterlo así todo a la idea absoluta, que de este modo parece
reconocerse en todo y prosperar en forma de ciencia desplegada. Pero, sí nos
paramos a examinar de cerca este despliegue, se ve que no se produce por el
hecho de que uno y lo mismo se configura por sí mismo de diferentes modos, sino
que es la informe repetición de lo uno y lo mismo, que no hace más que aplicarse
exteriormente a diferentes materiales, adquiriendo la tediosa apariencia de la
diversidad. Cuando el desarrollo consiste simplemente en esta repetición de la
misma formula, la idea de por sí indudablemente verdadera sigue manteniéndose
realmente en su comienzo. Si el sujeto del saber se limita a hacer que dé
vueltas en torno a lo dado una forma inmóvil, haciendo que el material se
sumerja desde fuera en este elemento quieto, esto, ni más ni menos que
cualesquiera ocurrencias arbitrarias en torno al contenido, no puede
considerarse como el cumplimiento de lo que se había exigido, a saber: la
riqueza que brota de sí misma y la diferencia de figuras que por sí misma se
determina. Se trata más bien de un monótono formalismo, que sí logra establecer
diferencias en cuanto al material es, sencillamente, porque éste estaba ya
presto y era conocido.
Y trata de hacer pasar esta monotonía y esta universalidad abstracta como lo
absoluto; asegura que quienes no se dan por satisfechos con ese modo de ver
revelan con ello su incapacidad para adueñarse del punto de vista de lo absoluto
y mantenerse firmemente en él. Así como, en otros casos, la vacua posibilidad de
representarse algo de otro modo bastaba para refutar una representación, y la
misma mera posibilidad, el pensamiento universal, encerraba todo el valor
positivo del conocimiento real, aquí vemos cómo se atribuye también todo valor a
la idea universal bajo esta forma de irrealidad y cómo se disuelve lo
diferenciado y lo determinado; o, mejor dicho, vemos hacerse valer como método
especulativo lo no desarrollado o el hecho, no justificado por sí mismo, de
arrojarlo al abismo del vacío. Considerar un ser allí cualquiera tal como es en
lo absoluto, equivale a decir que se habla de él como de un algo; pero que en lo
absoluto, donde A = A, no se dan, ciertamente, tales cosas, pues allí todo es
uno. Contraponer este saber uno de que en lo absoluto todo es igual al
conocimiento, diferenciado y pleno o que busca y exige plenitud, o hacer pasar
su absoluto por la noche en la que, como suele decirse, todos los gatos son
pardos, es la ingenuidad del vacío en el conocimiento. El formalismo que la
filosofía de los tiempos modernos denuncia y vitupera y que constantemente se
engendra de nuevo en ella no desaparecerá de la ciencia, aunque se lo conozca y
se lo sienta como insuficiente, hasta que el conocimiento de la realidad
absoluta llegue a ser totalmente claro en cuanto a su naturaleza. Ahora bien,
teniendo en cuenta que la representación universal anterior al intento de su
desarrollo puede facilitar la aprehensión de éste, será conveniente esbozar aquí
aproximativamente esa representación, con el propósito, al mismo tiempo, de
alejar con este motivo algunas formas cuyo empleo usual es un obstáculo para el
conocimiento filosófico.
II. EL DESARROLLO DE LA CONCIENCIA HACIA LA CIENCIA
A) El concepto de lo absoluto como el concepto del sujeto
Según mi modo de ver, que deberá justificarse solamente mediante la exposición
del sistema mismo, todo depende de que lo verdadero no se aprehenda y se exprese
como sustancia, sino también y en la misma medida como sujeto. Hay que hacer
notar, al mismo tiempo, que la sustancialidad implica tanto lo universal o la
inmediatez del saber mismo como aquello que es para el saber ser o inmediatez.
Si el concebir a Dios como la sustancia una indignó a la época en que esta
determinación fue expresada, la razón de ello estribaba, en parte, en el
instinto de que en dicha concepción la conciencia de sí desaparecía en vez de
mantenerse; pero, de otra parte, lo contrario de esto, lo que mantiene al
pensamiento como pensamiento, la universalidad en cuanto tal, es la misma
simplicidad o la sustancialidad indistinta, inmóvil; y sí, en tercer lugar, el
pensamiento unifica el ser de la sustancia consigo mismo y capta la inmediatez o
la intuición como pensamiento, se trata de saber, además, sí esta intuición
intelectual no recae de nuevo en la simplicidad inerte y presenta la realidad
misma de un modo irreal.
La sustancia viva es, además, el ser que es en verdad sujeto o, lo que tanto
vale, que es en verdad real, pero sólo en cuanto es el movimiento del ponerse a
sí misma o la mediación de su devenir otro consigo misma. Es, en cuanto sujeto,
la pura y simple negatividad y es, cabalmente por ello, el desdoblamiento de lo
simple o la duplicación que contrapone, que es de nuevo la negación de esta
indiferente diversidad y de su contraposición: lo verdadero es solamente esta
igualdad que se restaura o la reflexión en el ser otro en sí mismo, y no una
unidad originaria en cuanto tal o una unidad inmediata en cuanto tal. Es el
devenir de sí mismo, el círculo que presupone y tiene por comienzo su término
como su fin y que sólo es real por medio de su desarrollo y de su fin.
La vida de Dios y el conocimiento divino pueden, pues, expresarse tal vez como
un juego del amor consigo mismo; y esta idea desciende al plano de lo edificante
e incluso de lo insulso sí faltan en ella la seriedad, el dolor, la paciencia y
el trabajo de lo negativo. En sí aquella vida es, indudablemente, la igualdad no
empañada y la unidad consigo misma que no se ve seriamente impulsada hacía un
ser otro y la enajenación ni tampoco hacía la superación de ésta. Pero este en
sí es la universalidad abstracta, en la que se prescinde de su naturaleza de ser
para sí y, con ello, del automovimiento de la forma en general.
Precisamente por expresarse la forma como igual a la esencia constituye una
equivocación creer que el conocimiento puede contentarse con el en sí o la
esencia y prescindir de la forma, que el principio absoluto o la intuición
absoluta hacen que resulten superfluos la ejecución de aquél o el desarrollo de
ésta.
Cabalmente porque la forma es tan esencial para la esencia como ésta lo es para
sí misma, no se la puede concebir y expresar simplemente como esencia, es decir,
como sustancia inmediata o como la pura autointuición de lo divino, sino también
y en la misma medida en cuanto forma y en toda la riqueza de la forma
desarrollada; es así y solamente así como se la concibe y expresa en cuanto algo
real.
Lo verdadero es el todo. Pero el todo es solamente la esencia que se completa
mediante su desarrollo. De lo absoluto hay que decir que es esencialmente
resultado, que sólo al final es lo que es en verdad, y en ello precisamente
estriba su naturaleza, que es la de ser real, sujeto o devenir de sí mismo.
Aunque parezca contradictorio el afirmar que lo absoluto debe concebirse
esencialmente como resultado, basta pararse a reflexionar un poco para descartar
esta apariencia de contradicción. El comienzo, el principio o lo absoluto, tal
como se lo enuncia primeramente y de un modo inmediato, es solamente lo
universal. Del mismo modo que cuando digo: todos los animales, no puedo
pretender que este enunciado sea la zoología, resulta fácil comprender que los
términos de lo divino, lo absoluto, lo eterno, etc., no expresan lo que en ellos
se contiene y que palabras como éstas sólo expresan realmente la intuición, como
lo inmediato. Lo que es algo más que una palabra así y marca aunque sólo sea el
tránsito hacía una proposición contiene ya un devenir otro que necesita ser
reabsorbido, es ya una mediación. Pero es precisamente ésta la que inspira un
santo horror, como sí se renunciara al conocimiento absoluto por el hecho de ver
en ella algo que no es absoluto ni es en lo absoluto.
Ahora bien, este santo horror nace, en realidad, del desconocimiento que se
tiene de la naturaleza de la mediación y del conocimiento absoluto mismo. En
efecto, la mediación no es sino la igualdad consigo misma en movimiento o la
reflexión en sí misma, el momento del yo que es para sí, la pura negatividad o,
reducida a su abstracción pura, el simple devenir. El yo o el devenir en
general, este mediar, es cabalmente, por su misma simplicidad, la inmediatez que
deviene y lo inmediato mismo. Es, por tanto, desconocer la razón el excluir la
reflexión de lo verdadero, en vez de concebirla como un momento positivo de lo
absoluto. Es ella la que hace de lo verdadero un resultado, a la vez que supera
esta contraposición entre lo verdadero y su devenir, pues este devenir es
igualmente simple y, por tanto, no se distingue de la forma de lo verdadero,
consistente en mostrarse como simple en el resultado; es, mejor dicho,
cabalmente este haber retornado a la simplicidad. Si es cierto que el embrión es
en sí un ser humano, no lo es, sin embargo, para sí; para sí el ser humano sólo
lo es en cuanto razón cultivada que se ha hecho a sí misma lo que es en sí. En
esto y solamente en esto reside su realidad. Pero este resultado es de por sí
simple inmediatez, pues es la libertad autoconsciente y basada en sí misma y
que, en vez de dejar a un lado y abandonar la contraposición, se ha reconciliado
con ella.
Lo que se ha dicho podría expresarse también diciendo que la razón es el obrar
con arreglo a un fin. La elevación de una supuesta naturaleza sobre el
pensamiento tergiversado y, ante todo, la prescripción de la finalidad externa
han hecho caer en el descrédito la forma del fin en general. Sin embargo, del
modo como el mismo Aristóteles determina la naturaleza como el obrar con arreglo
a un fin, el fin es lo inmediato, lo quieto, lo inmóvil que es por sí mismo
motor y, por tanto, sujeto. Su fuerza motriz, vista en abstracto, es el ser para
sí o la pura negatividad. El resultado es lo mismo que el comienzo simplemente
porque el comienzo es fin; o, en otras palabras, lo real es lo mismo que su
concepto simplemente porque lo inmediato, en cuanto fin, lleva en sí el sí mismo
o la realidad pura.
El fin ejecutado o lo real existente es movimiento y devenir desplegado; ahora
bien, esta inquietud es precisamente el sí mismo, y es igual a aquella
inmediatez y simplicidad del comienzo, porque es el resultado, lo que ha
retornado a sí, pero lo que ha retornado a sí es cabalmente el sí mismo y el sí
mismo es la igualdad y la simplicidad referida a sí misma. La necesidad de
representarse lo absoluto como sujeto se traduce en proposiciones como éstas:
Dios es lo eterno, a el orden moral del universo, a el amor, etc. En tales
proposiciones, lo verdadero sólo se pone directamente como sujeto, pero no es
presentado como el movimiento del reflejarse en sí mismo. Esta clase de
proposiciones comienzan por la palabra Dios. De por sí, esta palabra no es más
que una locución carente de sentido, un simple nombre; es solamente el predicado
el que nos dice lo que Dios es, lo que llena y da sentido a la palabra; el
comienzo vacío sólo se convierte en un real saber en este final. Hasta aquí, no
se ve todavía por qué no se habla solamente de lo eterno, del orden moral del
mundo, etc. o, como hacían los antiguos, de los conceptos puros, del ser, de lo
uno, etc., de aquello que da sentido a la proposición, sin necesidad de añadir
la locución carente de sentido. Pero con esta palabra se indica cabalmente que
lo que se pone no es un ser, una esencia o un universal en general, sino un algo
reflejado en sí mismo, un sujeto. Sin embargo, al mismo tiempo, esto no es más
que una anticipación. El sujeto se adopta como un punto fijo, al que se adhieren
como a su base de sustentación los predicados; por medio de él, podría el
contenido presentarse como sujeto. Tal y como este movimiento se halla
constituido, no puede pertenecer al sujeto, pero, partiendo de la premisa de
aquel punto fijo, el movimiento no puede estar constituido de otro modo, sólo
puede ser un movimiento externo. Por tanto, aquella anticipación de que lo
absoluto es sujeto no sólo no es la realidad de este concepto, sino que incluso
hace imposible esta realidad; en efecto, dicha anticipación pone el sujeto como
un punto quieto y, en cambio, esta realidad es el automovimiento.
Entre las muchas consecuencias que se desprenden de lo que queda dicho puede
destacarse la de que el saber sólo es real y sólo puede exponerse como ciencia o
como sistema; y esta otra: la de que un llamado fundamento o principio de la
filosofía, aun siendo verdadero, es ya falso en cuanto es solamente fundamento o
principio. Por eso resulta fácil refutarlo. La refutación consiste en poner de
relieve su deficiencia, la cual reside en que es solamente lo universal o el
principio, el comienzo. Cuando la refutación es a fondo se deriva del mismo
principio y se desarrolla a base de él, y no se monta desde fuera, mediante
aseveraciones y ocurrencias contrapuestas. La refutación deberá ser, pues, en
rigor, el desarrollo del mismo principio refutado, complementando sus
deficiencias, pues de otro modo la refutación se equivocará acerca de sí misma y
tendrá en cuenta solamente su acción negativa, sin cobrar conciencia del
progreso que ella representa y de su resultado, atendiendo también al aspecto
positivo. Y, a la inversa, el desarrollo propiamente positivo del comienzo es,
al mismo tiempo, una actitud igualmente negativa con respecto a él, es decir,
con respecto a su forma unilateral, que consiste en ser sólo de un modo
inmediato o en ser solamente fin. Se la puede, por tanto, considerar asimismo
como la refutación de aquello que sirve de fundamento al sistema, aunque más
exactamente debe verse en ella un indicio de que el fundamento o el principio
del sistema sólo es, en realidad, su comienzo.
El que lo verdadero sólo es real como sistema o el que la sustancia es
esencialmente sujeto se expresa en la representación que enuncia, lo absoluto
como espíritu, el concepto más elevado de todos y que pertenece a la época
moderna y a su religión. Sólo lo espiritual es lo real; es la esencia o el ser
en sí, lo que se mantiene y lo determinado -el ser otro y el ser para sí- y lo
que permanece en sí mismo en esta determinabilidad o en su ser fuera de sí o es
en y para sí. Pero este ser en y para sí es primeramente para nosotros o en sí,
es la sustancia espiritual. Y tiene que ser esto también para sí mismo, tiene
que ser el saber de lo espiritual y el saber de sí mismo como espíritu, es
decir, tiene que ser como objeto y tiene que serlo, asimismo, de modo inmediato,
en cuanto objeto superado, reflejado en sí. Es para sí solamente para nosotros,
en cuanto que su contenido espiritual es engendrado por él mismo; pero en cuanto
que es para sí también para sí mismo, este autoengendrarse, el concepto puro, es
para él, al mismo tiempo, el elemento objetivo en el que tiene su existencia; y,
de este modo, en su existencia, es para sí mismo objeto reflejado en sí. El
espíritu que se sabe desarrollado así como espíritu es la ciencia. Esta es la
realidad de ese espíritu y el reino que el espíritu se construye en su propio
elemento.
B) El devenir del saber
El puro conocerse a sí mismo en el absoluto ser otro, este éter en cuanto tal,
es el fundamento y la base de la ciencia o el saber en general. El comienzo de
la filosofía sienta como supuesto o exigencia el que la conciencia se halle en
este elemento. Pero este elemento sólo obtiene su perfección y su transparencia
a través del movimiento de su devenir. Es la pura espiritualidad, como lo
universal, la que tiene el modo de la simple inmediatez; esta simplicidad, tal y
como existe en cuanto tal, es el terreno, el pensamiento que es
solamente en el espíritu. Y por ser este elemento, esta inmediatez del espíritu,
lo sustancial del espíritu en general, es la esencialidad transfigurada, la
reflexión que, siendo ella misma simple, es la inmediatez en cuanto tal y para
sí, el ser que es la reflexión dentro de sí mismo. La ciencia, por su parte,
exige de la autoconciencia que se remonte a este éter, para que pueda vivir y
viva en ella y con ella. Y, a la inversa, el individuo tiene derecho a exigir
que la ciencia le facilite la escala para ascender, por lo menos, hasta este
punto de vista, y se la indique en él mismo. Su derecho se basa en su absoluta
independencia, en la independencia que sabe que posee en cada una de las figuras
de su saber, pues en cada una de ellas, sea reconocida o no por la ciencia y
cualquiera que su contenido sea, el individuo es la forma absoluta, es decir, la
certeza inmediata de sí mismo; y, si se prefiere esta expresión, es de este modo
ser incondicionado. Si el punto de vista de la conciencia, el saber de cosas
objetivas por oposición a sí misma y de sí misma por oposición a ellas, vale
para la ciencia como lo otro -y aquello en que se sabe cercana a sí misma más
bien como la pérdida del espíritu-, el elemento de la ciencia es para la
conciencia, por el contrario, el lejano más allá en que ésta ya no se posee a sí
misma. Cada una de estas dos partes parece ser para la otra lo inverso a la
verdad. El que la conciencia natural se confíe de un modo inmediato a la ciencia
es un nuevo intento que hace, impulsada no se sabe por qué, de andar de cabeza;
la coacción que sobre ella se ejerce para que adopte esta posición anormal y se
mueva en ella es una violencia que se le quiere imponer y que parece tan sin
base como innecesaria. Sea en sí misma lo que quiera, la ciencia se presenta en
sus relaciones con la autoconciencia inmediata como lo inverso a ésta, o bien,
teniendo la autoconciencia en la certeza de sí misma el principio de su
realidad, la ciencia, cuando dicho principio para sí se halla fuera de ella, es
la forma de la irrealidad. Así, pues, la ciencia tiene que encargarse de
unificar ese elemento con ella misma o tiene más bien que hacer ver que le
pertenece y de qué modo le pertenece. Carente de tal realidad, la ciencia es
solamente el contenido, como el en sí, el fin que no es todavía, de momento, más
que algo interno; no es en cuanto espíritu, sino solamente en cuanto sustancia
espiritual. Este en sí tiene que exteriorizarse y convertirse en para sí mismo,
lo que quiere decir, pura y simplemente, que él mismo tiene que poner la
autoconciencia como una con él.
Este devenir de la ciencia en general o del saber es lo que expone esta
Fenomenología del espíritu. El saber en su comienzo, o el espíritu inmediato, es
lo carente de espíritu, la conciencia sensible. Para convertirse en auténtico
saber o engendrar el elemento de la ciencia, que es su mismo concepto puro,
tiene que seguir un largo y trabajoso camino. Este devenir, como habrá de
revelarse en su contenido y en las figuras que en él se manifiestan, no será lo
que a primera vista suele considerarse como una introducción de la conciencia
acientífica a la ciencia, y será también algo distinto de la fundamentación de
la ciencia -y nada tendrá que ver, desde luego, con el entusiasmo que arranca
inmediatamente del saber absoluto como un pistoletazo y se desembaraza de los
otros puntos de vista, sin más que declarar que no quiere saber nada de ellos.
C) La formación del individuo
La tarea de conducir al individuo desde su punto de vista informe hasta el
saber, había que tomarla en su sentido general, considerando en su formación
cultural al individuo universal, al espíritu autoconsciente mismo. Si nos
fijamos en la relación entre ambos, vemos que en el individuo universal se
muestra cada momento en que adquiere su forma concreta y propia configuración.
El individuo singular, en cambio, es el espíritu inacabado, una figura concreta,
en cuyo total ser allí domina una determinabilidad, mostrándose las otras
solamente en rasgos borrosos. En el espíritu, que ocupa un plano más elevado que
otro la existencia concreta más baja desciende hasta convertirse en un momento
insignificante; lo que antes era la cosa misma, no es más que un rastro; su
figura aparece ahora velada y se convierte en una simple sombra difusa. Este
pasado es recorrido por el individuo cuya sustancia es el espíritu en una fase
superior, a la manera como el que estudia una ciencia más alta recapitula los
conocimientos preparatorios de largo tiempo atrás adquiridos, para actualizar su
contenido; evoca su recuerdo, pero sin interesarse por ellos ni detenerse en
ellos. También el individuo singular tiene que recorrer, en cuanto a su
contenido, las fases de formación del espíritu universal, pero como figuras ya
dominadas por el espíritu, como etapas de un camino ya trillado y allanado;
vemos así cómo, en lo que se refiere a los conocimientos, lo que en épocas
pasadas preocupaba al espíritu maduro de los hombres desciende ahora al plano de
los conocimientos, ejercicios e incluso juegos propios de la infancia, y en las
etapas progresivas pedagógicas reconoceremos la historia de la cultura
proyectada como en contornos de sombras. Esta existencia pasada es ya patrimonio
adquirido del espíritu universal, que forma la sustancia del individuo y que,
manifestándose ante él en su exterior, constituye su naturaleza inorgánica. La
formación, considerada bajo este aspecto y desde el punto de vista del
individuo, consiste en que adquiere lo dado y consuma y se apropia su naturaleza
inorgánica. Pero esto, visto bajo el ángulo del espíritu universal como la
sustancia, significa sencillamente que ésta se da su autoconciencia y hace
brotar dentro de sí misma su devenir y su reflexión.
La ciencia expone en su configuración este movimiento formativo, así en su
detalle cuanto en su necesidad, como lo que ha descendido al plano de momento y
patrimonio del espíritu. La meta es la penetración del espíritu en lo que es el
saber. La impaciencia se afana en lo que es imposible: en llegar al fin sin los
medios. De una parte, no hay más remedio que resignarse a la largura de este
camino, en el que cada momento es necesario -de otra parte, hay que detenerse en
cada momento, ya que cada uno de ellos constituye de por sí una figura total
individual y sólo es considerada de un modo absoluto en cuanto que su
determinabilidad, se considera como un todo o algo concreto o cuando se
considera el todo en lo que esta determinación tiene de peculiar. Puesto que la
sustancia del individuo e incluso el espíritu del mundo han tenido la paciencia
necesaria para ir recorriendo estas formas en la larga extensión del tiempo y
asumir la inmensa labor de la historia del mundo, en la que el espíritu del
mundo ha ido desentrañando y poniendo de manifiesto en cada una de dichas formas
el contenido total de sí mismo de que era capaz, y puesto que no le era posible
adquirir con menos esfuerzo la conciencia de sí mismo, el individuo, por
exigencia de la propia cosa, no puede llegar a captar su sustancia por un camino
más corto; y, sin embargo, el esfuerzo es, al mismo tiempo, menor, ya que en sí
todo esto ha sido logrado: el contenido es ya la realidad cancelada en la
posibilidad o la inmediatez sojuzgada, la configuración ya reducida a su
abreviatura, a la simple determinación del pensamiento. Como algo ya pensado, el
contenido es ya patrimonio de la sustancia; ya no es el ser allí en la forma del
ser en sí, sino que es solamente el en sí -no ya simplemente originario ni
hundido en la existencia-, sino más bien en sí recordado y que hay que revertir
a la forma del ser para sí.
Veamos más de cerca cómo se lleva a cabo esto.
Lo que se nos ahorra en cuanto al todo, desde el punto de vista en que aquí
aprehendemos este movimiento, es la superación del ser allí; lo que resta y
requiere una superior transformación es la representación y el conocimiento de
las formas. El ser allí replegado sobre la sustancia sólo es inmediatamente
transferido por esta primera negación al elemento del sí mismo; por tanto, este
patrimonio que el sí mismo adquiere presenta el mismo carácter de inmediatez no
conceptual, de indiferencia inmóvil, que presenta el ser allí mismo, por donde
éste no ha hecho más que pasar a la representación. Con ello, dicho ser allí se
convierte al mismo tiempo en algo conocido, en algo con que ha terminado ya el
espíritu que es allí y sobre lo que, por consiguiente, no recaen ya su actividad
ni, por ende, su interés. Si la actividad que ya no tiene nada que ver con el
ser allí es solamente, a su vez, el movimiento del espíritu particular que no se
concibe, tenemos que el saber, por el contrario, se vuelve contra la
representación que así se produce, contra este ser conocido, es la acción del sí
mismo universal y el interés del pensamiento.
Lo conocido en términos generales, precisamente por ser conocido, no es
reconocido. Es la ilusión más corriente en que uno incurre y el engaño que se
hace a otros al dar por supuesto en el conocimiento algo que es como conocido y
conformarse con ello; pese a todo lo que se diga y se hable, esta clase de
saber, sin que nos demos cuenta de por qué, no se mueve del sitio. El sujeto y
el objeto, etc., Dios, la naturaleza, el entendimiento, la sensibilidad, etc.,
son tomados sin examen como base, dándolos por conocidos y valederos, como
puntos fijos de partida y de retorno. El movimiento se desarrolla, en un sentido
y en otro, entre estos puntos que permanecen inmóviles y se mantiene, por tanto,
en la superficie. De este modo, el aprehender y el examinar se reducen a ver sí
cada cual encuentra también en su propia representación lo que se dice de ello,
sí le parece así y es o no conocido para él.
El análisis de una representación, tal y como solía hacerse, no era otra cosa
que la superación de la forma de su ser conocido. Descomponer una representación
en sus elementos originarios equivale a retrotraerla a sus momentos, que, por lo
menos, no poseen la forma de la representación ya encontrada, sino que
constituyen el patrimonio inmediato del sí mismo. Es indudable que este análisis
sólo lleva a pensamientos de suyo conocidos y que son determinaciones fijas y
quietas. Pero este algo separado, lo irreal mismo, es un momento esencial, pues
sí lo concreto es lo que se mueve es, solamente, porque se separa y se convierte
en algo irreal. La actividad del separar es la fuerza y la labor del
entendimiento, de la más grande y maravillosa de las potencias o, mejor dicho,
de la potencia absoluta. El círculo que descansa cerrado en sí y que, como
sustancia, mantiene sus momentos es la relación inmediata, que, por tanto, no
puede causar asombro. La potencia portentosa de lo negativo reside, por el
contrario, en que alcance un ser allí propio y una libertad particularizada en
cuanto tal, separado de su ámbito, lo vinculado, y que sólo tiene realidad en su
conexión con lo otro; es la energía del pensamiento, del yo puro. La muerte, sí
así queremos llamar a esa irrealidad, es lo más espantoso, y el retener lo
muerto lo que requiere una mayor fuerza. La belleza carente de fuerza odia al
entendimiento porque éste exige de ella lo que no está en condiciones de dar.
Pero la vida del espíritu no es la vida que se asusta ante la muerte y se
mantiene pura de la desolación, sino la que sabe afrontarla y mantenerse en
ella. El espíritu sólo conquista su verdad cuando es capaz de encontrarse a sí
mismo en el absoluto desgarramiento. El espíritu no es esta potencia como lo
positivo que se aparta de lo negativo, como cuando decimos de algo que no es
nada o que es falso y, hecho esto, pasamos sin más a otra cosa, sino que sólo es
esta potencia cuando mira cara a cara a lo negativo y permanece cerca de ello.
Esta permanencia es la fuerza mágica que hace que lo negativo vuelva al ser. Es
lo mismo que más arriba se llamaba el sujeto, el cual, al dar un ser allí a la
determinabilidad en su elemento, supera la inmediatez abstracta, es decir, la
que sólo es en general; y ese sujeto es, por tanto, la sustancia verdadera, el
ser o la inmediatez que no tiene la mediación fuera de sí, sino que es esta
mediación misma.
El que lo representado se convierta en patrimonio de la pura autoconciencia,
esta elevación a la universalidad en general, es solamente uno de los aspectos,
pero no es aun la formación cultural completa. El tipo de estudio de los tiempos
antiguos se distingue del de los tiempos modernos en que aquél era, en rigor, el
proceso de formación plena de la conciencia natural. Esta se remontaba hasta una
universalidad corroborada por los hechos, al experimentarse especialmente en
cada parte de su ser allí y al filosofar sobre todo el acaecer. Por el
contrario, en la época moderna el individuo se encuentra con la forma abstracta
ya preparada; el esfuerzo de captarla y apropiársela es más bien el brote no
mediado de lo interior y la abreviatura de lo universal más bien que su
emanación de lo concreto y de la múltiple variedad de la existencia. He ahí por
qué ahora no se trata tanto de purificar al individuo de lo sensible inmediato y
de convertirlo en sustancia pensada y pensante, sino más bien de lo contrario,
es decir, de realizar y animar espiritualmente lo universal mediante la
superación de los pensamientos fijos y determinados. Pero es mucho más difícil
hacer que los pensamientos fijos cobren fluidez que hacer fluida la existencia
sensible. La razón de ello es lo que se ha dicho anteriormente: aquellas
determinaciones tienen como sustancia y elemento de su ser allí el yo, la
potencia de lo negativo o la pura realidad; en cambio, las determinaciones
sensibles solamente la inmediatez abstracta impotente o el ser en cuanto tal.
Los pensamientos se hacen fluidos en tanto que el pensamiento puro, esta
inmediatez interior, se conoce como momento o en cuanto que la pura certeza de
sí misma hace abstracción de sí -no se descarta o se pone a un lado, sino que
abandona lo que hay de fijo en su ponerse a sí misma, tanto lo fijo de lo puro
concreto que es el yo mismo por oposición al contenido diferenciado, como lo
fijo de lo diferenciado, que, puesto en el elemento del pensamiento puro,
participa de aquella incondicionalidad del yo. A través de este movimiento, los
pensamientos puros devienen conceptos y sólo entonces son lo que son en verdad,
automovimientos, círculos; son lo que su sustancia es, esencialidades
espirituales.
Este movimiento de las esencialidades puras constituye la naturaleza de la
cientificidad en general. Considerado como la cohesión de su contenido, este
movimiento es la necesidad y el despliegue de dicho contenido en un todo
orgánico. El camino por el que se llega al concepto del saber se convierte
también, a su vez, en un devenir necesario y total, de tal modo que esta
preparación deja de ser un filosofar contingente que versa sobre estos o los
otros objetos, relaciones y pensamientos de la conciencia imperfecta, tal como
lo determina la contingencia, o que trata de fundamentar lo verdadero por medio
de razonamientos, deducciones y conclusiones extraídas al azar de determinados
pensamientos; este camino abarcará más bien, mediante el movimiento del
concepto, el mundo entero de la conciencia en su necesidad.
Semejante exposición constituye, además, la primera parte de la ciencia, porque
el ser allí del espíritu, en cuanto lo primero, no es otra cosa que lo inmediato
o el comienzo, pero el comienzo no es aun su retorno a sí mismo. El elemento del
ser allí inmediato es, por tanto, la determinabilidad por la que esta parte de
la ciencia se distingue de las otras. La indicación de esta diferencia nos lleva
a examinar algunos pensamientos establecidos que suelen presentarse a este
propósito.
III. EL CONOCIMIENTO FILOSÓFICO
A) Lo verdadero y lo falso
El ser allí inmediato del espíritu, la conciencia, encierra los dos momentos, el
del saber y el de la objetividad negativa con respecto al saber. Cuando el
espíritu se desarrolla en este elemento y despliega en él sus momentos, a ellos
corresponde esta oposición y aparecen todos como figuras de la conciencia. La
ciencia de este camino es la ciencia de la experiencia que hace la conciencia;
la sustancia con su movimiento es considerada como objeto de la conciencia. La
conciencia sólo sabe y concibe lo que se halla en su experiencia, pues lo que se
halla en ésta es sólo la sustancia espiritual, y cabalmente en cuanto objeto de
su sí mismo. En cambio, el espíritu se convierte en objeto, porque es este
movimiento que consiste en devenir él mismo un otro, es decir, objeto de su sí
mismo y superar este ser otro. Y lo que se llama experiencia es cabalmente este
movimiento en el que lo inmediato, lo no experimentado, es decir, lo abstracto,
ya pertenezca al ser sensible o a lo simple solamente pensado, se extraña, para
luego retornar a sí desde este extrañamiento, y es solamente así como es
expuesto en su realidad y en su verdad, en cuanto patrimonio de la conciencia.
La desigualdad que se produce en la conciencia entre el yo y la sustancia, que
es su objeto, es su diferencia, lo negativo en general. Puede considerarse como
el defecto de ambos, pero es su alma o lo que los mueve a los dos; he ahí por
qué algunos antiguos concebían el vacío, como el motor, ciertamente, como lo
negativo, pero sin captar todavía lo negativo como el sí mismo. Ahora bien, si
este algo negativo aparece ante todo como la desigualdad del yo con respecto al
objeto, es también y en la misma medida la desigualdad de la sustancia con
respecto a sí misma. Lo que parece acaecer fuera de ella y ser una actividad
dirigida en contra suya es su propia acción, y ella muestra ser esencialmente
sujeto. Al mostrar la sustancia perfectamente esto, el espíritu hace que su ser
allí se iguale a su esencia; es objeto de sí mismo tal y como es, y se sobrepasa
con ello el elemento abstracto de la inmediatez y la separación entre el saber y
la verdad. El ser es absolutamente mediado -es contenido sustancial, que de un
modo no menos inmediato es patrimonio del yo, es sí mismo o el concepto. Al
llegar aquí, termina la Fenomenología del Espíritu. Lo que el espíritu se
prepara en ella es el elemento del saber. En este elemento se despliegan ahora
los momentos del espíritu en la forma de la simplicidad, que sabe su objeto como
sí mismo. Dichos momentos ya no se desdoblan en la contraposición del ser y el
saber, sino que permanecen en la simplicidad del saber, son lo verdadero bajo la
forma de lo verdadero, y su diversidad es ya solamente una diversidad en cuanto
al contenido. Su movimiento, que se organiza en este elemento como un todo, es
la Lógica o Filosofía especulativa.
Ahora bien, como aquel sistema de la experiencia del espíritu capta solamente la
manifestación de éste, parece como sí el progreso que va desde él hasta la
ciencia de lo verdadero y que es en la figura de lo verdadero, fuese algo
puramente negativo, y cabría pedir que se eximiera de lo negativo como de lo
falso, exigiendo ser conducidos directamente y sin más a la verdad, pues para
qué ocuparse de lo falso? Ya más arriba se ha hablado de que debiera comenzarse
directamente por la ciencia, y a esto hay que contestar aquí diciendo cómo está
constituido en general lo negativo en tanto que lo falso. Las representaciones
en torno a esto entorpecen muy especialmente el acceso a la verdad. Esto nos
dará que para hablar del conocimiento matemático, que el saber afilosófico se
representa como el ideal que debiera proponerse alcanzar la filosofía, pero que
hasta ahora ha sido una vana aspiración.
Lo verdadero y lo falso figuran entre esos pensamientos determinados, que,
inmóviles, se consideran como esencias propias, situadas una de cada lado, sin
relación alguna entre sí, fijas y aisladas la una de la otra. Por el contrario,
debe afirmarse que la verdad no es una moneda acuñada, que pueda entregarse y
recibirse sin más, tal y como es. No hay lo falso como no hay lo malo. Lo malo y
lo falso no son, indudablemente, tan malignos como el diablo, y hasta se les
llega a convertir en sujetos particulares como a éste; como lo falso y lo malo,
son solamente universales, pero tienen su propia esencialidad el uno con
respecto al otro. Lo falso (pues aquí se trata solamente de esto sería lo otro,
lo negativo de la sustancia, que en cuanto contenido del saber es lo verdadero.
Pero la sustancia es ella misma esencialmente lo negativo, en parte como
diferenciación y determinación del contenido y en parte como una simple
diferenciación, es decir, como sí mismo y saber en general. No cabe duda de que
se puede saber algo de una manera falsa. Decir que se sabe algo falsamente
equivale a decir que el saber está en desigualdad con su sustancia. Y esta
desigualdad constituye precisamente la diferenciación en general, es el momento
esencial. De esta diferenciación llegará a surgir, sin duda alguna, su igualdad,
y esta igualdad que llega a ser es la verdad. Pero no es verdad así como sí se
eliminara la desigualdad, a la manera como se elimina la escoria del metal puro,
ni tampoco a la manera como se deja a un lado la herramienta después de modelar
la vasija ya terminada, sino que la desigualdad sigue presente de un modo
inmediato en lo verdadero como tal, como lo negativo, como el sí mismo. Sin
embargo, no puede afirmarse, por ello, que lo falso sea un momento o incluso
parte integrante de lo verdadero. Cuando se dice que en lo falso hay algo
verdadero, en este enunciado son ambos como el aceite y el agua, que no pueden
mezclarse y que se unen de un modo puramente externo. Y precisamente atendiendo
al significado y para designar el momento del perfecto ser otro, no debieran ya
emplearse aquellos términos allí donde se ha superado su ser otro. Así como la
expresión de la unidad del sujeto y el objeto, de lo finito y lo infinito, del
ser y el pensamiento, etc., tiene el inconveniente de que objeto y sujeto, etc.
significan lo que son fuera de su unidad y en la unidad no encierran ya, por
tanto, el sentido que denota su expresión, así también, exactamente lo mismo, lo
falso no es ya en cuanto falso un momento de la verdad.
El dogmatismo, como modo de pensar en el saber y en el estudio de la filosofía,
no es otra cosa que el creer que lo verdadero consiste en una proposición que es
un resultado fijo o que es sabida de un modo inmediato. A preguntas tales como
cuándo nació Julio César, cuántas toesas tiene un estadio, etc., hay que dar una
respuesta neta, del mismo modo que es una verdad determinada el que el cuadrado
de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los otros dos lados del
triángulo rectángulo. Pero la naturaleza de esta llamada verdad difiere de la
naturaleza de las verdades filosóficas.
B) El conocimiento histórico y el matemático
En lo que concierne a las verdades históricas, para referirse brevemente a
ellas, en lo tocante a su lado puramente histórico, se concederá fácilmente que
versan sobre la existencia singular, sobre un contenido visto bajo el ángulo de
lo contingente y lo arbitrario, es decir, sobre determinaciones no necesarias de
él. Pero incluso verdades escuetas como las citadas a título de ejemplo no son
sin el movimiento de la autoconciencia. Para llegar a conocer una de estas
verdades, hay que comparar muchas cosas, manejar libros, entregarse a
investigaciones, cualesquiera que éstas sean; incluso cuando se trata de una
intuición inmediata, sólo el conocimiento de ella unido a sus fundamentos podrá
considerarse como algo dotado de verdadero valor, aunque en puridad lo que
interesa sea solamente el resultado escueto.
En cuanto a las verdades matemáticas, aun menos podríamos considerar como
geómetra a quien, sabiendo de memoria el teorema de Euclides, lo supiese sin sus
demostraciones, no lo supiese en su interior, como cabría decir en contraste con
aquello. Y del mismo modo habría que considerar no satisfactorio el conocimiento
que alguien, midiendo muchos triángulos rectángulos, pudiera adquirir acerca del
hecho de que sus lados presentan la conocida proporción. Sin embargo, la
esencialidad de la demostración no tiene tampoco en el conocimiento matemático
el significado ni la naturaleza de ser un momento del resultado mismo, sino que
es un momento que se abandona y desaparece en este resultado. Como resultado,
indudablemente, el teorema, es un teorema considerado como verdadero. Pero esta
circunstancia sobreañadida no afecta a su contenido, sino solamente a su
relación con el sujeto; el movimiento de la demostración matemática no forma
parte de lo que es el objeto, sino que es una operación exterior a la cosa. Así,
vemos que la naturaleza del triángulo rectángulo no se desdobla de por sí tal y
como se expone en la construcción necesaria para probar la proposición que se
expresa en sus proporciones; toda la operación de la que brota el resultado es
un proceso y un medio del conocimiento.
También en el conocimiento filosófico tenemos que el devenir del ser allí como
ser allí difiere del devenir de la esencia o de la naturaleza interna de la
cosa. Pero, en primer lugar, el conocimiento filosófico contiene lo uno y lo
otro, mientras que el conocimiento matemático sólo representa el devenir del ser
allí, es decir, del ser de la naturaleza de la cosa en el conocimiento en cuanto
tal. Y, en segundo lugar, el conocimiento filosófico unifica también estos dos
movimientos particulares. El nacimiento interno o el devenir de la sustancia es
un tránsito sin interrupción a lo externo o al ser allí, es ser para otro y, a
la inversa, el devenir del ser allí el retrotraerse a la esencia. El movimiento
es, de este modo, el doble proceso y devenir del todo, consistente en que cada
uno pone al mismo tiempo lo otro, por lo que cada uno tiene en sí los dos como
dos aspectos; juntos, los dos forman el todo, al disolverse ellos mismos, para
convertirse en sus momentos.
En el conocimiento matemático la intelección es exterior a la cosa, de donde se
sigue que con ello se altera la cosa verdadera. De ahí que, aun conteniendo sin
duda proposiciones verdaderas el medio, la construcción y la demostración, haya
que decir también que el contenido es falso. Para seguir con el ejemplo
anterior, el triángulo resulta desmembrado y sus partes pasan a ser elementos de
otras figuras que la construcción hace nacer de él. Solamente al final se
restablece de nuevo el triángulo, del que propiamente se trata, que en el
transcurso del procedimiento se había perdido de vista y que solamente se
manifestaba a través de fragmentos pertenecientes a otro todo. Vemos, pues, cómo
entra aquí en acción la negatividad del contenido, a la que deberíamos llamar la
falsedad de éste, ni más ni menos que en el movimiento del concepto la
desaparición de los pensamientos considerados fijos. Ahora bien, la
defectuosidad de este conocimiento en sentido propio afecta tanto al
conocimiento mismo como a su materia en general. Por lo que al conocimiento se
refiere, al principio no se da uno cuenta de la necesidad de la construcción.
Esta necesidad no se deriva del concepto del teorema, sino que viene impuesta y
hay que obedecer ciegamente al precepto de trazar precisamente estas líneas,
cuando podrían trazarse infinidad de líneas distintas, sin saber nada más del
asunto, aunque procediendo con la buena fe de creer que ello será adecuado a la
ejecución de la demostración. La adecuación al fin perseguido se pondrá de
manifiesto con posterioridad, lo que quiere decir que es puramente externa,
porque sólo se revela más tarde en la demostración. Esta sigue, por tanto, un
camino que arranca de un punto cualquiera, sin que sepamos qué relación guarda
con el resultado que se ha de obtener. La marcha de la demostración asume estas
determinaciones y relaciones y descarta otras, sin que sea posible darse cuenta
de un modo inmediato de cuál es la necesidad a que responde esto, pues lo que
rige este movimiento es un fin externo.
La evidencia de este defectuoso conocimiento de que tanto se enorgullece la
matemática y del que se jacta también en contra de la filosofía, se basa
exclusivamente en la pobreza de su fin y en el carácter defectuoso de su
materia, siendo por tanto de un tipo que la filosofía debe desdeñar. Su fin o
concepto es la magnitud. Es precisamente la relación inesencial, aconceptual.
Aquí, el movimiento del saber opera en la superficie, no afecta a la cosa misma,
no afecta a la esencia o al concepto y no es, por ello mismo, un concebir. La
materia acerca de la cual ofrece la matemática un tesoro grato de verdades es el
espacio y lo uno. El espacio es el ser allí en lo que el concepto inscribe sus
diferencias como en un elemento vacío y muerto y en el que dichas diferencias
son, por tanto, igualmente inmóviles e inertes. Lo real no es algo espacial, a
la manera como lo considera la matemática; ni la intuición sensible concreta ni
la filosofía se ocupan de esa irrealidad propia de las cosas matemáticas. Y en
ese elemento irreal no se da tampoco más que lo verdadero irreal, es decir,
proposiciones fijas, muertas; se puede poner fin en cualquiera de ellas y la
siguiente comienza de nuevo de por sí sin que la primera se desarrolle hasta la
otra y sin que, de este modo, se establezca una conexión necesaria a través de
la naturaleza de la cosa misma. Además, por razón de aquel principio y elemento
-y en ello estriba lo formal de la evidencia matemática-, el saber se desarrolla
por la línea de la igualdad. En efecto, lo muerto, al no moverse por sí mismo,
no logra llegar a la diferenciación de la esencia ni a la contraposición
esencial o desigualdad; no llega, por tanto, al tránsito de uno de los términos
contrapuestos al otro, a lo cualitativo, a lo inmanente, al automovimiento. La
matemática sólo considera la magnitud, la diferencia no esencial. Hace
abstracción del hecho de que es el concepto el que escinde el espacio en sus
dimensiones y el que determina las conexiones entre éstas y en ellas; no se para
a considerar, por ejemplo, la relación que existe entre la línea y la
superficie, y cuando compara el diámetro con la circunferencia, choca contra su
inconmensurabilidad, es decir, contra una relación conceptual, contra un
infinito, que escapa a su determinación.
La matemática inmanente, la llamada matemática pura, no establece tampoco el
tiempo como tiempo frente al espacio, como el segundo tema de su consideración.
Es cierto que la matemática aplicada trata de él, como trata del movimiento y de
otras cosas reales, pero toma de la experiencia los principios sintéticos, es
decir, los principios de sus relaciones, determinadas por el concepto de éstas,
y se limita a aplicar sus fórmulas a estos supuestos. El hecho de que las
llamadas demostraciones de estos principios, tales como la del equilibrio de la
palanca, la de la proporción entre espacio y tiempo en el movimiento de la
caída, etc., demostraciones que tanto abundan en la matemática aplicada, sean
ofrecidas y aceptadas como tales demostraciones, no es, a su vez, más que una
demostración de cuán necesitado de demostración se halla el conocimiento, ya que
cuando carece de ella acepta la simple apariencia vacua de la misma y se da por
satisfecho. Una crítica de semejantes demostraciones resultaría a la vez notable
e instructiva, ya que, por un lado, depuraría a la matemática de estos falsos
adornos y, por otro, pondría de manifiesto sus límites, demostrando con ello la
necesidad de otro tipo de saber. En cuanto al tiempo, del que podría pensarse
que debiera ser, frente al espacio, el tema de la otra parte de la matemática
pura, no es otra cosa que el concepto mismo en su existencia. El principio de la
magnitud, de la diferencia conceptual, y el principio de la igualdad, de la
unidad abstracta e inerte, no pueden ocuparse de aquella pura inquietud de la
vida y de la absoluta diferenciación. Por tanto, esta negatividad sólo como
paralizada, a saber: como lo uno, se convierte en la segunda materia de este
conocimiento, el cual, como algo puramente externo, rebaja lo que se mueve a sí
mismo a materia, para poder tener en ella un contenido indiferente, externo y
carente de vida.
C) El conocimiento conceptual
La filosofía, por el contrario, no considera la determinación no esencial, sino
en cuanto es esencial; su elemento y su contenido no son lo abstracto o irreal,
sino lo real, lo que se pone a sí mismo y vive en sí, el ser allí en su
concepto. Es el proceso que engendra y recorre sus momentos, y este movimiento
en su conjunto constituye lo positivo y su verdad. Por tanto, ésta entraña
también en la misma medida lo negativo en sí, lo que se llamaría lo falso, sí se
lo pudiera considerar como algo de lo que hay que abstraerse. Lo que se halla en
proceso de desaparecer debe considerarse también, a su vez, como esencial, y no
en la determinación de algo fijo aislado de lo verdadero, que hay que dejar
afuera de ella, no se sabe dónde, así como tampoco hay que ver en lo verdadero
lo que yace del otro lado, lo positivo muerto. La manifestación es el nacer y el
perecer, que por sí mismo no nace ni perece, sino que es en sí y constituye la
realidad y el movimiento de la vida de la verdad. Lo verdadero es, de este modo,
el delirio báquico, en el que ningún miembro escapa a la embriaguez, y como cada
miembro, al disociarse, se disuelve inmediatamente por ello mismo, este delirio
es, al mismo tiempo, la quietud translúcida y simple. Ante el foro de este
movimiento no prevalecen las formas singulares del espíritu ni los pensamientos
determinados pero son tanto momentos positivos y necesarios como momentos
negativos y llamados a desaparecer. Dentro del todo del movimiento, aprehendido
como quietud, lo que en él se diferencia y se da un ser allí particular se
preserva como algo que se recuerda y cuyo ser allí es el saber de sí mismo, lo
mismo que éste es ser allí inmediato.
Tal vez podría considerarse necesario decir de antemano algo más acerca de los
diversos aspectos del método de este movimiento o de la ciencia. Pero su
concepto va ya implícito en lo que hemos dicho y su exposición corresponde
propiamente a la Lógica a es más bien la Lógica misma. El método no es, en
efecto, sino la estructura del todo, presentada en su esencialidad pura. Y en
cuanto a lo que usualmente ha venido opinándose acerca de esto, debemos tener la
conciencia de que también el sistema de las representaciones que se relacionan
con lo que es el método filosófico corresponden ya a una cultura desaparecida.
Si alguien piensa que esto tiene un tono jactancioso o revolucionario, tono del
que yo sé, sin embargo, que estoy muy alejado, debe tenerse en cuenta que el
aparato científico que nos suministra la matemática -su aparato de
explicaciones, divisiones, axiomas, series de teoremas y sus demostraciones,
principios y consecuencias y conclusiones derivados de ellos- ha quedado ya, por
lo menos, anticuado en la opinión. Aun cuando su ineficacia no se aprecie
claramente, es lo cierto que se hace poco o ningún uso de ella, y si no se lo
reprueba, por lo menos no se lo ve con agrado.
Y no cabe duda de que podemos prejuzgar lo excelente como lo que se abre paso en
el uso y se hace querer. Ahora bien, no es difícil darse cuenta de que la manera
de exponer un principio, aducir fundamentos en pro de él y refutar también por
medio de fundamentos el principio contrario no es la forma en que puede aparecer
la verdad. La verdad es el movimiento de ella en ella misma, y aquel método, por
el contrario, el conocimiento exterior a la materia. Por eso es peculiar a la
matemática y se le debe dejar a ella, ya que la matemática, como hemos
observado, tiene por principio la relación aconceptual de la magnitud y por
materia el espacio muerto, y lo uno igualmente muerto. Dicho método, de un modo
más libre, es decir, mezclado con una actitud más arbitraria y contingente,
puede emplearse también en la vida corriente, en una conversación o una
enseñanza histórica dirigidas a satisfacer más la curiosidad que el
conocimiento, como ocurre sobre poco más o menos con un prólogo. En la vida
corriente, la conciencia tiene por contenido conocimientos, experiencias,
concreciones sensibles y también pensamientos y principios, en general todo lo
que se considera como algo presente o como un ser o una esencia fijos y
estables. La conciencia, en parte, discurre sobre todo esto y, en parte,
interrumpe las conexiones actuando arbitrariamente sobre ese contenido, y se
comporta como si lo determinara y manejara desde fuera. Conduce dicho contenido
a algo cierto, aunque sólo se trate de la impresión del momento, y la convicción
queda satisfecha cuando la conciencia llega a un punto de quietud conocido de
ella. Pero, sí la necesidad del concepto excluye la marcha indecisa de la
conversación razonadora y la actitud solemne de la pompa científica, ya hemos
dicho más arriba que no debe pasar a ocupar su puesto la ausencia de método del
presentimiento y el entusiasmo y la arbitrariedad de los discursos proféticos
que no desprecian solamente aquella cientificidad, sino la cientificidad en
general.
Y tampoco es posible considerar como algo científico la triplicidad kantiana,
redescubierta solamente por el instinto, todavía muerta, todavía aconceptual,
elevada a su significación absoluta, para que al mismo tiempo se estableciera la
verdadera forma en su verdadero contenido y brotara el concepto de la ciencia;
el empleo de esta forma la reduce a su esquema inerte, a un esquema propiamente
dicho, haciendo descender la organización científica a un simple diagrama. Este
formalismo, del que ya hemos hablado más arriba en términos generales y cuya
manera queremos precisar aquí, cree haber concebido e indicado la naturaleza y
la vida de una figura al decir de ella una determinación del esquema como
predicado –ya sea la subjetividad o la objetividad, el magnetismo, la
electricidad, etc., la contracción o la expansión, el Este o el Oeste, y así
sucesivamente, lo que podría multiplicarse hasta el infinito, ya que, con
arreglo a esta manera de proceder, cada determinación o cada figura pueden
volver a emplearse por los otros como forma o momento del esquema y cada uno
puede, por agradecimiento, prestar el mismo servicio al otro, y tenemos así un
círculo de reciprocidad por medio del cual no se experimenta lo que es la cosa
misma, ni lo que es la una ni lo que es la otra. Por este camino, se reciben de
la intuición vulgar determinaciones sensibles que, evidentemente, deben
significar algo distinto de lo que dicen, mientras que, por otra parte, lo que
tiene en sí una significación, las puras determinaciones del pensamiento, tales
como sujeto, objeto, sustancia, causa, lo universal, etc., se emplean tan
superficialmente y con tanta ausencia de crítica como en la vida corriente, ni
más ni menos que los términos de lo fuerte y lo débil, la expansión y la
contracción, por donde aquella metafísica tiene tan poco de científico como
estas representaciones sensibles.
En vez de la vida interior y del automovimiento de su ser allí, semejante
determinabilidad simple de la intuición, que aquí quiere decir del saber
sensible, se expresa siguiendo una analogía superficial, y a esta aplicación
externa y vacía de la fórmula se le da el nombre de construcción. Ocurre con
este formalismo lo que con todo formalismo, cualquiera que él sea. Muy dura
tendría que ser la cabeza de aquel a quien no pudiera hacerse comprender en un
cuarto de hora la teoría de que existen enfermedades asténicas, esténicas e
indirectamente asténicas y otros tantos tratamientos y que, cuando tal enseñanza
bastaba hasta hace poco para alcanzar esta finalidad, esperara convertirse en
tan poco tiempo de un rutinario en un médico teórico. Si el formalismo de la
filosofía de la naturaleza quiere enseñar, digamos, que el entendimiento es la
electricidad o que el animal es el nitrógeno o es igual al Sur o al Norte, etc.
o los representa, puede enseñarlo de un modo escueto, como aquí se expresa, o
adornado con otra terminología: la inexperiencia podrá caer en el pasmo
admirativo ante esta capacidad para rimar cosas que parecen tan dispares y ante
la violencia que mediante esta combinación se impone a lo sensible inmóvil,
dándole la apariencia de un concepto, pero sin hacer lo más importante de todo,
que es el expresar el concepto mismo o la significación de la representación
sensible; puede la inexperiencia reverenciar esto como una profunda genialidad o
alegrarse y regocijarse del optimismo de tales determinaciones, que suplen el
concepto abstracto con lo intuitivo, haciéndolo así más agradabe, felicitarse de
la afinidad presentida de su espíritu con esta gloriosa manera de proceder. El
ardid de semejante sabiduría se aprende tan rápidamente como fácilmente se
aplica; su repetición, cuando ya se le conoce, resulta tan insoportable como la
repetición de las artes del prestidigitador, una vez conocidas. El instrumento
de este monótono formalismo es tan fácil de manejar como la paleta de un pintor
que tuviese solamente dos colores, digamos el rojo y el verde, destinados el
primero a las escenas históricas y el segundo a los paisajes. Resultaría difícil
decidir qué es lo más grande, si la soltura con que se embadurna con estos
colores cuanto hay en el cielo, en la tierra y bajo ésta o la fantasía en cuanto
a la excelencia de este recurso universal; lo uno se apoya en lo otro. Lo que se
consigue con este método, consistente en imponer a todo lo celestial y terrenal,
a todas las figuras naturales y espirituales las dos o tres determinaciones
tomadas del esquema universal, es nada menos que un informe claro como la luz
del sol acerca del organismo del universo; es, concretamente, un diagrama
parecido a un esqueleto con etiquetas pegadas encima o a esas filas de tarros
rotulados que se alinean en las tiendas de los herbolarios; tan claro es lo uno
como lo otro, y si allí faltan la carne y la sangre y no hay más que huesos y
aquí se hallan ocultas en los tarros las cosas vivas que contienen, en el método
a que nos referimos se prescinde de la esencia viva de la cosa o se la mantiene
escondida. Ya hemos visto cómo este método se convierte, al mismo tiempo, en una
pintura absoluta de un sólo color cuando, avergonzándose de las diferencias del
esquema, las hunde en la vacuidad de lo absoluto, como algo perteneciente a la
reflexión, para lograr así la identidad pura, el blanco carente de forma.
Aquella uniformidad de color del esquema y de sus determinaciones inertes y
aquella identidad absoluta, y el paso de lo uno a lo otro, todo es igualmente
entendimiento muerto y conocimiento externo.
Pero lo excelente no puede sustraerse al destino de verse así privado de cuerpo
y de espíritu, de ver cómo se le quita la piel para revestir con ella a un saber
inerte e infatuado. Más bien debe ver en este destino la potencia que ejerce
sobre los ánimos, ya que no sobre los espíritus, y también el perfeccionamiento
hacia la universalidad y la determinabilidad de la forma en que consiste su
acabamiento y que es lo único que hace posible el que esta universalidad se
utilice de un modo superficial.
La ciencia sólo puede, lícitamente, organizarse a través de la vida propia del
concepto; la determinabilidad que desde fuera, desde el esquema, se impone a la
existencia es en ella, por el contrario, el alma del contenido pleno que se
mueve a sí misma. El movimiento de lo que es consiste, de una parte, en devenir
él mismo otro, convirtiéndose así en su contenido inmanente; de otra parte, lo
que es vuelve a recoger en sí mismo este despliegue o este ser allí, es decir,
se convierte a sí mismo en un momento y se simplifica como determinabilidad. En
aquel movimiento, la negatividad es la diferenciación y el poner la existencia;
en este recogerse en sí, es el devenir de la simplicidad determinada. De este
modo, el contenido hace ver que no ha recibido su determinabilidad como impuesta
por otro, sino que se la ha dado él mismo y se erige, de por sí en momento y en
un lugar del todo. El entendimiento esquemático retiene para sí la necesidad y
el concepto del contenido, lo que constituye lo concreto, la realidad y el
movimiento vivo de la cosa que clasifica; o, más exactamente, no lo retiene para
sí, sino que no lo conoce, pues sí fuese capaz de penetrar en ello, no cabe duda
de que lo mostraría. Pero ni siquiera siente la necesidad de ello; si la
sintiera, se abstendría de su esquematización o, por lo menos, no sabría con
ello más que lo que es una simple indicación del contenido; sólo aporta, en
efecto, la indicación del contenido, pero no el contenido mismo. Si se trata de
una determinabilidad que es en sí concreta o real (como, por ejemplo, la del
magnetismo), se la degrada, sin embargo, a algo muerto, al convertirla en
predicado de otro ser allí, en vez de presentarla como la vida inmanente de
este ser allí o de conocer cómo tiene en ésta su autocreación intrínseca y
peculiar. El entendimiento formal deja al cuidado de otros el añadir esto, que
es lo fundamental. En vez de penetrar en el contenido inmanente de la cosa pasa
siempre por alto el todo y se halla por encima del ser allí singular del que
habla, es decir, ni siquiera llega a verla. El conocimiento científico, en
cambio, exige entregarse a la vida del objeto o, lo que es lo mismo, tener ante
sí y expresar la necesidad interna de él. Al sumergirse así en su objeto, este
conocimiento se olvida de aquella visión general que no es más que la reflexión
de saber en sí mismo, fuera de contenido. Pero sumergido en la materia y en su
movimiento, dicho conocimiento retorna a sí mismo, aunque no antes de que el
cumplimiento o el contenido, replegándose en sí mismo y simplificándose en la
determinabilidad, descienda por sí mismo para convertirse en un lado de su ser
allí y trascienda a su verdad superior. De este modo, el todo simple, que se
había perdido de vista a sí mismo, emerge desde la riqueza en que parecía
haberse perdido su reflexión.
Siendo así que, en general, como hemos dicho más arriba, la sustancia es en ella
misma sujeto, todo contenido es su propia reflexión en sí. La persistencia o la
sustancia de su ser allí es la igualdad consigo mismo, pues su desigualdad
consigo mismo sería su disolución. Pero la igualdad consigo mismo es la
abstracción pura, y ésta es el pensamiento. Cuando digo cualidad, digo la
determinabilidad simple; mediante la cualidad se distingue un ser allí de otro o
es un ser allí; este ser allí es para sí mismo o subsiste por esta simplicidad
consigo mismo. Pero es por ello por lo que es esencialmente el pensamiento. Es
aquí donde se concibe que el ser es pensamiento; aquí es donde encaja el modo de
ver que trata de rehuir la manera corriente y aconceptual de expresarse acerca
de la identidad del pensamiento y el ser. Al ser la subsistencia del ser allí la
igualdad consigo mismo o la abstracción pura, es la abstracción de sí de sí
mismo o es ella misma su desigualdad consigo y su disolución, su propia
interioridad y su repliegue sobre sí mismo, su devenir. Dada esta naturaleza de
lo que es y en tanto que lo que es posee esta naturaleza para el saber, éste no
es la actividad que maneja el contenido como algo extraño, no es la reflexión en
sí fuera del contenido; la ciencia no es aquel idealismo que, en vez del
dogmatismo de la afirmación, se presenta como un dogmatismo de la seguridad o el
dogmatismo de la certeza de sí mismo, sino que, por cuanto que el saber ve el
contenido retornar a su propia interioridad, su actividad se sumerge más bien en
este contenido, ya que es el sí mismo inmanente del contenido como lo que al
mismo tiempo ha retornado a sí, y es la pura igualdad consigo mismo en el ser
otro; esta actividad del saber es, de este modo, la astucia que, pareciendo
abstenerse de actuar, ve cómo la determinabilidad y su vida concreta,
precisamente cuando parecen ocuparse de su propia conservación y de su interés
particular, hacen todo lo contrario, es decir, se disuelven a sí mismas y se
convierten en momento del todo.
Habiendo señalado más arriba lo que significa el entendimiento visto por el lado
de la autoconciencia de la sustancia, de lo que aquí decimos se desprende su
significación con arreglo a la determinación de la misma sustancia como lo que
es. El ser allí es cualidad, determinabilidad igual a sí misma o simplicidad
determinada, pensamiento determinado; esto es, el entendimiento del ser allí.
Es, de este modo, el nus, que era, como Anaxágoras comenzó reconociendo, la
esencia. Posteriormente, se concibió la naturaleza del ser allí, de un modo
más determinado, como eidos o idea, es decir, como universalidad determinada,
como especie. La palabra especie parecerá tal vez demasiado vulgar y pobre para
referirse a las ideas, a lo bello, lo sagrado y lo eterno, que tantos estragos
causan en nuestra época. Pero, en realidad la idea no expresa ni más ni menos
que la especie. Pero, en la actualidad, solemos encontrarnos con que se
desprecia y rechaza una expresión que designa un concepto de un modo determinado
en favor de otra que, sin duda por estar tomada de una lengua extranjera,
envuelve el concepto en cendales nebulosos y le da con ello una resonancia más
edificante. Precisamente por determinarse como especie, es el ser allí un
pensamiento simple; el nus, la simplicidad, es la sustancia. Y su simplicidad o
igualdad consigo mismo lo hace aparecer como algo fijo y permanente.
Pero esta igualdad consigo mismo es también precisamente por ello, negatividad,
y de este modo pasa aquel ser allí fijo a su disolución. Al principio, la
determinabilidad sólo parece serlo por referirse a un otro, y su movimiento
parece comunicarse a ella de una fuerza extraña; pero el que tenga en sí misma
su ser otro y sea automovimiento es lo que va precisamente implícito en aquella
simplicidad del pensamiento, pues ésta es el pensamiento que se mueve y se
diferencia a sí mismo, la propia interioridad, el concepto puro.
Así, pues, la inteligibilidad es un devenir y es, en cuanto este devenir, la
racionalidad.
En esta naturaleza de lo que es que consiste en ser en su ser su concepto,
reside en general la necesidad lógica; sólo ella es lo racional y el ritmo del
todo orgánico, y es precisamente saber del contenido en la misma medida en que
el contenido es concepto y esencia o, dicho en otros términos, solamente ella es
lo especulativo. La figura concreta, moviéndose a sí misma, se convierte en
determinabilidad simple; con ello, se eleva a forma lógica y es en su
esencialidad; su ser allí concreto es solamente este movimiento y es un ser allí
inmediatamente lógico. De ahí que sea innecesario revestir de formalismo al
contenido concreto desde el exterior; aquel, el contenido, es en sí mismo el
paso a éste, al formalismo, el cual deja, sin embargo, de ser un formalismo
externo, porque la forma es ella misma el devenir intrínseco del contenido
concreto.
Esta naturaleza del método científico, consistente de una parte en no hallarse
separada del contenido y, de otra, en determinar su ritmo por sí misma encuentra
su verdadera exposición, como ya hemos dicho, en la filosofía especulativa. Lo
que aquí decimos, aunque exprese el concepto, no puede considerarse más que como
una aseveración anticipada. Su verdad no reside en esta exposición en parte
puramente narrativa; y tampoco se la refuta porque se diga, en contra de esto,
que no es así, sino que ocurre de tal o cual modo, porque se traigan a colación
y se expresen estas o las otras representaciones usuales como verdades
establecidas y conocidas, o porque se sirva y asegure algo nuevo, extraído del
santuario de la divina intuición interior. Suele ser ésta la primera reacción
del saber ante lo para él desconocido, reacción adversa que adopta para salvar
su libertad y su propia manera de ver, su propia autoridad contra otra extraña
-ya que bajo esta figura se manifiesta lo que se asimila por vez primera,y
también para descartar la apariencia y especie de vergüenza que representaría el
tener que aprender algo; así como en el caso contrario en la acogida plausible
de lo desconocido la reacción del mismo tipo consiste en algo parecido a lo que
son, en otra esfera, los discursos y los actos ultrarrevolucionarios.
IV. LO QUE
SE REQUIERE PARA EL ESTUDIO FILOSÓFICO
A) El pensamiento especulativo
Lo que importa, pues, en el estudio de la ciencia es el asumir el esfuerzo del
concepto. Este estudio requiere la concentración de la atención en el concepto
en cuanto tal, en sus determinaciones simples, por ejemplo en el ser en sí, en
el ser para sí, en la igualdad consigo mismo, etc., pues éstas son
automovimientos puros a los que podría darse el nombre de almas, sí su concepto
no designase algo superior a esto. A la costumbre de seguir el curso de las
representaciones le resulta tan perturbador la interrupción de dichas
representaciones por medio del concepto como al pensamiento formal que razona en
uno y otro sentido por medio de pensamientos irreales. Habría que calificar
aquel hábito como un pensamiento material, una conciencia contingente, que se
limita a sumergirse en el contenido y a la que, por tanto, se le hace duro
desentrañar al mismo tiempo de la materia su propio sí mismo puro y mantenerse
en él. Por el contrario, lo otro, el razonar, es la libertad acerca del
contenido, la vanidad en torno a él; se pide de ella que se esfuerce por
abandonar esta libertad y que, en vez de ser el principio arbitrariamente motor
del contenido, hunda en él esta libertad, deje que el contenido se mueva con
arreglo a su propia naturaleza, es decir, con arreglo al sí mismo, como lo suyo
del contenido, limitándose a considerar este movimiento. Abstenerse de
inmiscuirse en el ritmo inmanente de los conceptos, no intervenir en él de un
modo arbitrario y por medio de una sabiduría adquirida de otro modo, esta
abstención, constituye de por sí un momento esencial de la concentración de la
atención en el concepto.
En el comportamiento razonador hay que señalar con mayor fuerza los dos aspectos
en que se contrapone a él el pensamiento conceptual. De una parte, aquél se
comporta negativamente con respecto al contenido aprehendido, sabe refutarlo y
reducirlo a la nada. Este ver que el contenido no es así es lo simplemente
negativo; es el límite final, que no puede ir más allá de sí mismo hacía un
nuevo contenido, sino que para que pueda encontrar de nuevo un contenido, no hay
más remedio que tomar de donde sea algo otro. Esto es la reflexión en el yo
vacío, la vanidad de su saber. Esta vanidad no expresa solamente esto, el que
este contenido es vano, sino que expresa también la vanidad de este mismo modo
de ver, puesto que es lo negativo, que no ve en sí lo positivo. Y, como esta
reflexión no obtiene como contenido su misma negatividad, no se halla en general
en la cosa misma, sino siempre más allá de ésta, por lo cual cree que la
afirmación de lo vacío le permite ir más allá de una manera de ver rica en
contenido. Por el contrario, como ya se ha hecho ver más arriba, en el
pensamiento conceptual lo negativo pertenece al contenido mismo y es lo
positivo, tanto en cuanto su movimiento inmanente y su determinación como en
cuanto la totalidad de ambos. Aprehendido como resultado, es lo que se deriva de
este movimiento, lo negativo determinado y, con ello, al mismo tiempo, un
contenido positivo.
Ahora bien, si tenemos en cuenta que tal pensamiento tiene un contenido, ya se
trate de representaciones, de pensamientos o de una mezcla de ambos,
encontraremos en él otro aspecto que le entorpece la concepción. La naturaleza
peculiar de este aspecto aparece estrechamente unida a la esencia de la idea
misma a que nos referíamos más arriba o, mejor dicho, la expresa tal y como se
manifiesta en cuanto movimiento, que es aprehensión pensante. En efecto, así
como en su comportamiento negativo, del que acabamos de hablar, el pensamiento
razonador es por sí mismo el sí al que retorna el contenido, ahora, en su
conocimiento positivo, el sí mismo es, por el contrario, un sujeto representado,
con el cual el contenido se relaciona como accidente y predicado. Este sujeto
constituye la base a la que se enlaza el contenido y sobre la que el movimiento
discurre en una y otra dirección. En el pensamiento conceptual ocurre de otro
modo. Aquí, el concepto es el propio sí mismo del objeto, representado como su
devenir, y en este sentido no es un sujeto quieto que soporte inmóvil los
accidentes, sino el concepto que se mueve y que recobra en sí mismo sus
determinaciones. En este movimiento desaparece aquel mismo sujeto en reposo;
pasa a formar parte de las diferencias y del contenido y constituye más bien la
determinabilidad, es decir, el contenido diferenciado como el movimiento del
mismo, en vez de permanecer frente a él. El terreno firme que el razonar
encontraba en el sujeto en reposo vacila, por tanto, y sólo este movimiento
mismo se convierte en el objeto. El sujeto que cumple su contenido deja de ir
más allá de esto y no puede tener, además, otros predicados o accidentes. La
dispersión del contenido queda, por el contrario, vinculada así bajo el sí
mismo; no es ya lo universal que, libre del sujeto, pueda corresponder a varios.
Por tanto, el contenido no es ya, en realidad, predicado del sujeto, sino que es
la sustancia, la esencia y el concepto de aquello de que se habla. El
pensamiento como representación, puesto que tiene por naturaleza el seguir su
curso en los accidentes o predicados y el ir más allá de ellos con razón ya que
sólo se trata de predicados y accidentes, se ve entorpecido en su marcha cuando
lo que en la proposición presenta la forma de predicado es la sustancia misma.
Sufre, para representárnoslo así, un contragolpe. Partiendo del sujeto, como sí
éste siguiese siendo el fundamento, se encuentra, en tanto que el predicado es
más bien la sustancia, con que el sujeto ha pasado a ser predicado, y es por
ello superado así; y, de este modo, al devenir lo que parece ser predicado en la
masa total e independiente, el pensamiento no puede ya vagar libremente sino que
se ve retenido por esta gravitación. Por lo común, el sujeto comienza poniéndose
en la base como el sí mismo objetivo fijo; de ahí parte el movimiento necesario,
hacia la multiplicidad de las determinaciones o de los predicados; en este
momento, aquel sujeto deja el puesto al yo mismo que sabe y que es el
entrelazamiento de los predicados y el sujeto que los sostiene. Pero, mientras
que aquel primer sujeto entra en las determinaciones mismas y es el alma de
ellas, el segundo sujeto, es decir, el que sabe, sigue encontrando en el
predicado a aquel otro con el que creía haber terminado ya y por encima del cual
pretende retornar a sí mismo y, en vez de poder ser, como razonamiento, lo
activo en el movimiento del predicado, como si hubiera que atribuir a aquél este
predicado u otro, se encuentra con que, lejos de ello, todavía tiene que
vérselas con el sí mismo del contenido, sino quiere ser para sí, sino formar un
todo con el contenido mismo.
En términos formales, puede expresarse lo dicho enunciando que la naturaleza del
juicio o de la proposición en general, que lleva en sí la diferencia del sujeto
y el predicado aparece destruida por la proposición especulativa y que la
proposición idéntica, en que la primera se convierte, contiene el contragolpe
frente a aquella relación. Este conflicto entre la forma de una proposición en
general y la unidad del concepto que la destruye es análogo al que media en el
ritmo entre el metro y el acento. El ritmo es la resultante del equilibrio y la
conjunción de ambos. También en la proposición filosófica vemos que la identidad
del sujeto y el predicado no debe destruir la diferencia entre ellos, que la
forma de la proposición expresa, sino que su unidad debe brotar como una
armonía. La forma de la proposición es la manifestación del sentido determinado
o el acento que distingue su cumplimiento; pero el que el predicado exprese la
sustancia y el sujeto mismo caiga en lo universal es la unidad en que aquel
acento da su último acorde.
Para ilustrar por medio de algunos ejemplos lo ya dicho, tenemos que en la
proposición Dios es el ser el predicado es el ser; este predicado tiene una
significación sustancial, en la que el sujeto se esfuma. Ser no debe ser, aquí,
el predicado, sino la esencia, pues con ello, Dios parece dejar de ser lo que es
por la posición que ocupa en la proposición, es decir, el sujeto fijo. El
pensamiento, en vez de pasar adelante en el tránsito del sujeto al predicado, se
siente, al perderse el sujeto, más bien entorpecido y repelido hacia el
pensamiento del sujeto, porque echa de menos a éste; o bien encuentra también el
sujeto de un modo inmediato en el predicado, puesto que el predicado mismo se
expresa como un sujeto, como el ser, como la esencia, que agota la naturaleza
del sujeto; y así, en vez de recobrarse a sí mismo en el predicado y moverse
libremente para razonar, el pensamiento se encuentra todavía más hundido en el
contenido o, por lo menos, se hace presente ahora la pretensión de ahondar en
él. Del mismo modo, si se dice que lo real es lo universal, vemos que lo real se
desvanece, como sujeto, en su predicado. Lo universal no debe tener tan sólo la
significación del predicado, como sí la proposición enunciara que lo real es lo
universal, sino que lo universal debe expresar la esencia de lo real. Por tanto,
el pensamiento pierde el terreno fijo objetivo que tenía en el sujeto al ser
repelido de nuevo en el predicado y al retrotraerse, en éste, no a sí mismo,
sino al sujeto del contenido.
Sobre este entorpecimiento habitual descansan en gran parte las quejas acerca de
la ininteligibilidad de los escritos filosóficos, suponiendo que, por lo demás,
se den en el individuo las condiciones de cultura necesarias para comprenderlos.
En lo que queda expuesto encontramos la razón del reproche muy determinado que
con frecuencia se hace a estas obras, al decir de ellas que hay que leerlas
varias veces para llegar a entenderías; reproche que debe de encerrar algo de
insuperable y definitivo, puesto que, de ser fundado, no admite réplica. De lo
que dejamos dicho se desprende claramente cómo se plantea la cosa. Las
proposiciones filosóficas, por ser proposiciones, suscitan la opinión de la
relación usual entre el sujeto y el predicado y sugieren el comportamiento
habitual del saber. Y este comportamiento y la opinión acerca de él son
destruidos por su contenido filosófico; la opinión experimenta que las cosas no
son tal y como ella había creído, y esta rectificación de su opinión obliga al
saber a volver de nuevo sobre la proposición y a captarla ahora de otro modo.
Una dificultad que debiera evitarse es la confusión del modo especulativo y del
modo razonador, consistente en que lo que dice del sujeto tiene una vez la
significación de su concepto, y otra, en cambio, solamente la de su predicado o
accidente. Un modo estorba al otro, y sólo logrará adquirir un relieve plástico
la exposición filosófica que sepa eliminar rigurosamente el tipo de las
relaciones usuales entre las partes de una proposición.
De hecho, también el pensamiento no especulativo tiene su derecho, un derecho
válido, pero que no es tomado en consideración a la manera de la proposición
especulativa. El que la forma de la proposición se supere no debe acaecer
solamente de un modo inmediato, por el simple contenido de la proposición, sino
que este movimiento opuesto debe expresarse; no debe tratarse tan sólo de un
entorpecimiento interno, sino que debe exponerse este retorno del concepto a sí
mismo. Este movimiento, que en otras condiciones haría las veces de la
demostración, es el movimiento dialéctico de la proposición misma. Solamente él
es lo especulativo real, y sólo su expresión constituye la exposición
especulativa. Como proposición, lo especulativo es sólo el entorpecimiento
interior y el retorno inexistente de la esencia a sí misma. He ahí por qué las
exposiciones filosóficas nos remiten con tanta frecuencia a esta intuición
interior, con lo que se ahorra la exposición del movimiento dialéctico de la
proposición que exigíamos. La proposición debe expresar lo que es lo verdadero,
pero ello es, esencialmente, sujeto; y, en cuanto tal, es sólo el movimiento
dialéctico, este proceso que se engendra a sí mismo, que se desarrolla y retorna
a sí. En cualquier otro conocimiento, es este lado de lo interior expresado lo
que sirve de demostración. Pero, una vez separada la dialéctica de la
demostración, el concepto de la demostración filosófica se ha perdido, en
realidad.
Cabe recordar, a este propósito, que en el movimiento dialéctico entran también
proposiciones como partes o elementos; parece, pues, presentarse de nuevo a cada
paso la dificultad señalada y como sí fuera una dificultad de la cosa misma. Es
algo parecido a lo que sucede en la demostración usual, en que los fundamentos
empleados requieren a su vez una fundamentación, y así sucesivamente, hasta el
infinito.
Pero esta forma de fundamentar y condicionar corresponde a un tipo de
demostración diferente del movimiento dialéctico y, por tanto, al conocimiento
externo. El elemento del movimiento dialéctico es el puro concepto, lo que le da
un contenido que es, en sí mismo y en todo y por todo, sujeto. No se da, pues,
ningún contenido de esta clase que se comporte como sujeto puesto como
fundamento y al que su significación le corresponda como un predicado;
inmediatamente, la proposición es solamente una forma vacía. Fuera del sí mismo
intuido de un modo sensible o representado, sólo es, preferentemente, el nombre
como tal nombre el que designa el sujeto puro, lo uno carente de concepto. Por
esta razón, puede ser útil, por ejemplo, evitar la voz Dios, ya que esta palabra
no es de modo inmediato y al mismo tiempo concepto, sino el nombre en sentido
propio, la quietud fija del sujeto que sirve de fundamento; en cambio, el ser o
lo uno, por ejemplo, lo singular, el sujeto indican también de por sí, de un
modo inmediato, conceptos. Aun cuando de aquel sujeto se digan verdades
especulativas, su contenido carece del concepto inmanente, pues éste se da
solamente como sujeto en reposo, y aquellas verdades, debido a esta
circunstancia, adquieren fácilmente la forma de lo puramente edificante. Y
también por este lado nos encontramos con que podrá aumentar o disminuir por
culpa de la misma exposición filosófica el obstáculo que radica en la costumbre
de entender el predicado especulativo con arreglo a la forma de la proposición,
y no como concepto y esencia. La exposición deberá, ateniéndose fielmente a la
penetración en la naturaleza de lo especulativo, mantener la forma dialéctica y
no incluir en ella nada que no haya sido concebido ni sea concepto.
B) Genialidad y sano sentido común
Tanto como el comportamiento razonador entorpece el estudio de la filosofía la
figuración no razonable de verdades establecidas, sobre las que quien las posee
cree que no hace falta volver, sino que basta con tomarlas como base y
expresarlas y enjuiciar y condenar a base de ellas. Vista la cosa por este lado,
es especialmente necesario que la filosofía se convierta en una actividad sería.
Para todas las ciencias, artes, aptitudes y oficios vale la convicción de que su
posesión requiere múltiples esfuerzos de aprendizaje y de práctica. En cambio,
en lo que se refiere a la filosofía parece imperar el prejuicio de que, si para
poder hacer zapatos no basta con tener ojos y dedos y con disponer de cuero y
herramientas, en cambio, cualquiera puede filosofar directamente y formular
juicios acerca de la filosofía, porque posee en su razón natural la pauta
necesaria para ello, como si en su que no poseyese también la pauta natural del
zapato. Tal parece como si se hiciese descansar la posesión de la filosofía
sobre la carencia de conocimientos y de estudio, considerándose que aquella
termina donde comienzan éstos. Se la reputa frecuentemente como un saber formal
y vacío de contenido y no se ve que lo que en cualquier conocimiento y ciencia
es verdad aun en cuanto al contenido, sólo puede ser acreedor a este nombre
cuando es engendrado por la filosofía; y que las otras ciencias, por mucho que
intenten razonar sin la filosofía, sin ésta no pueden llegar a poseer en sí
mismas vida, espíritu ni verdad.
Por lo que respecta a la filosofía en el sentido propio de la palabra, vemos
cómo la revelación inmediata de lo divino y el sano sentido común que no se
esfuerzan por cultivarse ni se cultivan en otros campos del saber ni en la
verdadera filosofía se consideran de un modo inmediato como un equivalente
perfecto y un buen sustituto de aquel largo camino de la cultura, de aquel
movimiento tan rico como profundo por el cual arriba el espíritu al saber, algo
así como se dice que la achicoria es un buen sustituto del café. No resulta
agradable ver cómo la ignorancia y hasta la misma tosquedad informe y sin gusto,
incapaz de retener su pensamiento sobre una proposición abstracta, y menos aun
sobre el entronque de varias, asegura ser ora la libertad y la tolerancia del
pensamiento, ora la genialidad. Como es sabido, ésta hizo en otro tiempo tantos
estragos en la poesía como ahora hace en la filosofía; pero, en vez de crear
poesía, esta genialidad, cuando sus productos tenían algún sentido, producía una
prosa trivial o, en los casos en que se remontaba por encima de ésta, discursos
demenciales. Lo mismo ocurre ahora con el filosofar natural, que se reputa
demasiado bueno para el concepto y que mediante la ausencia de éste, se
considera como un pensamiento intuitivo y poético y lleva al mercado las
arbitrarias combinaciones de una imaginación que no ha hecho más que
desorganizarse al pasar por el pensamiento, productos que no son ni carne ni
pescado, ni poesía ni filosofía.
Y, a la inversa, cuando discurre por el tranquilo cauce del sano sentido común,
el filosofar natural produce, en el mejor de los casos, una retórica de verdades
triviales. Y cuando se le echa en cara la insignificancia de estos resultados,
nos asegura que el sentido y el contenido de ellos se hallan en su corazón y
debieran hallarse también en el corazón de los demás, creyendo pronunciar algo
inapelable al hablar de la inocencia del corazón, de la pureza de la conciencia
y de otras cosas por el estilo, como sí contra ellas no hubiera nada que objetar
ni nada que exigir. Pero lo importante no era dejar lo mejor recatado en el
fondo del corazón, sino sacarlo de ese pozo a la luz del día. Hace ya largo
tiempo que podían haberse ahorrado los esfuerzos de producir verdades últimas de
esta clase, pues pueden encontrarse desde hace muchísimo tiempo en el catecismo,
en los proverbios populares, etc. No resulta difícil captar tales verdades en lo
que tienen de indeterminado o de torcido y, con frecuencia, revelar a su propia
conciencia cabalmente las verdades opuestas. Y cuando esta conciencia trata de
salir del embrollo en que se la ha metido, es para caer en un embrollo nuevo,
diciendo tal vez que las cosas son, tal como está establecido, de tal o cual
modo y que todo lo demás es puro sofisma; tópico éste a que suele recurrir el
buen sentido en contra de la razón cultivada, a la manera como la ignorancia
filosófica caracteriza de una vez por todas a la filosofía con el nombre de
sueños de visionarios. El buen sentido apela al sentimiento, su oráculo
interior, rompiendo con cuantos no coinciden con él; no tiene más remedio que
declarar que no tiene ya nada más que decir a quien no encuentre y sienta en sí
mismo lo que encuentra y siente él: en otras palabras, pisotea la raíz de la
humanidad. Pues la naturaleza de ésta reside en tender apremiantemente hacia el
acuerdo con los otros y su existencia se halla solamente en la comunidad de las
conciencias llevada a cabo. Y lo antihumano, lo animal, consiste en querer
mantenerse en el terreno del sentimiento y comunicarse solamente por medio de
éste.
Cuando se busca una calzada real que conduzca a la ciencia, no se cree que hay
otra más segura que el confiarse al buen sentido, aunque, para ponerse a tono
con la época y con la filosofía, se lean las reseñas críticas sobre las obras
filosóficas e incluso los prólogos a ellas y sus primeros párrafos, que enuncian
los principios universales sobre lo que se basa todo, del mismo modo que las
reseñas, aparte de la información histórica, contienen además un juicio, el
cual, precisamente por ser un juicio, trasciende sobre lo enjuiciado. Se marcha
por este camino común con la bata de andar por casa, mientras el sentimiento
augusto de lo eterno, lo sagrado y lo infinito recorre con sus solemnes ropas
sacerdotales un camino que es ya de por sí más bien el ser inmediato en el mismo
centro, la genialidad de las ideas profundas y originales y de los altos
relámpagos del pensamiento. Pero, como esta profundidad no descubre aun la
fuente de la esencia, estos destellos no son todavía el empíreo. A los
verdaderos pensamientos y a la penetración científica sólo puede llegarse
mediante la labor del concepto. Solamente éste puede producir la universalidad
del saber, que no es ni la indeterminabilidad y la pobreza corrientes del
sentido común, sino un conocimiento cultivado y cabal, ni tampoco la
universalidad excepcional de los dotes de la razón corrompidas por la indolencia
y la infatuación del genio, sino la verdad que ha alcanzado ya la madurez de su
forma peculiar y susceptible de convertirse en patrimonio de toda razón
autoconsciente.
C) El autor y el público
Al sostener yo que el automovimiento del concepto es aquello por lo que la
ciencia existe, podría parecer que la consideración de que los aspectos que aquí
hemos tocado y otros aspectos externos difieren de las representaciones de
nuestra época acerca de la naturaleza y la forma de la verdad y son, incluso,
totalmente contrarios a ellas no promete prestar favorable acogida al intento de
presentar en dicha determinación el sistema de la ciencia. Creo, sin embargo,
que si a veces, por ejemplo, se ha cifrado la excelencia de la filosofía de
Platón en sus mitos carentes de valor científico, también ha habido épocas a las
que ha podido llamarse, incluso, épocas de entusiasmo exaltado, en que la
filosofía aristotélica era apreciada en razón de su profundidad especulativa y
en que el Parménides, de Platón, probablemente la más grande obra de arte de la
dialéctica antigua, pasaba por ser el verdadero descubrimiento y la expresión
positiva de la vida divina, y en la que, a pesar de la oscuridad de lo creado
por el éxtasis, este éxtasis mal comprendido no debía ser, en realidad, otra
cosa que el concepto puro. Y también me parece que lo que hay de excelente en la
filosofía de nuestro tiempo cifra su valor en la cientificidad y que, aun cuando
otros piensen de manera distinta, sólo gracias a la cientificidad se hace valer
esa filosofía. Puedo, así, confiar en que este ensayo de reivindicar la ciencia
para el concepto y de exponerla en este su elemento peculiar sabrá abrirse paso,
apoyado en la verdad interna de la cosa misma. Debemos estar convencidos de que
lo verdadero tiene por naturaleza el abrirse paso al llegar su tiempo y de que
sólo aparece cuando éste llega, razón por la cual nunca se presenta
prematuramente ni se encuentra con un público aun no preparado; como también de
que el individuo necesita de este resultado para afirmarse en lo que todavía no
es más que un asunto suyo aislado y para experimentar como algo universal la
convicción que por el momento pertenece solamente a lo particular. Ahora bien,
en este respecto hay que distinguir frecuentemente entre el público y los que se
hacen pasar por sus representantes y portavoces. Aquél se comporta, desde muchos
puntos de vista, de un modo muy distinto e incluso opuesto al de éstos. Mientras
que el público, bondadosamente, se culpa a sí mismo de que una obra filosófica
no le llega, quienes se hacen pasar por sus representantes y portavoces echan
toda la culpa a los autores, seguros ellos de su competencia. La acción de la
obra sobre el público es más callada que la de “los muertos que entierran a sus
muertos".(n.1) Y si, hoy, la penetración general se halla más cultivada, si su
curiosidad es más vigilante y su juicio se determina con mayor rapidez, de tal
modo que "quienes han de sepultarte se hallan ya a la puerta", de esto hay que
distinguir, no pocas veces, la acción más lenta que va rectificando la atención
captada por aseveraciones imponentes y corrigiendo las censuras despectivas para
entregar así, al cabo de algún tiempo, a una parte el mundo de los suyos, al
paso que los otros, tras el mundo de sus contemporáneos, carecerán de
posteridad.
Como, por lo demás, vivimos en una época en que la universalidad del espíritu se
ha fortalecido tanto y la singularidad, como debe ser, se ha tornado tan
indiferente y en la que aquélla se atiene a su plena extensión y a su riqueza
cultivada y las exige, tenemos que la actividad que al individuo le corresponde
en la obra total del espíritu sólo puede ser mínima, razón por la cual el
individuo, como ya de suyo lo exige la naturaleza misma de la ciencia, debe
olvidarse tanto más y llegar a ser lo que puede y hacer lo que le sea posible,
pero, a cambio de ello, debe exigirse tanto menos de él cuanto que él mismo no
puede esperar mucho de sí ni reclamarlo.
CIENCIA DE LA EXPERIENCIA DE LA CONCIENCIA
PROPÓSITO Y MÉTODO DE ESTA OBRA
ES NATURAL pensar que, en filosofía, antes de entrar en la cosa misma, es decir,
en el conocimiento real de lo que es en verdad, sea necesario ponerse de acuerdo
previamente sobre el conocimiento, considerado como el instrumento que sirve
para apoderarse de lo absoluto o como el medio a través del cual es contemplado.
Parece justificada esta preocupación, ya que, de una parte, puede haber diversas
clases de conocimiento, una de las cuales se preste mejor que las otras para
alcanzar dicho fin último, pudiendo, por tanto, elegirse mal entre ellas; y, de
otra parte, porque siendo el conocimiento una capacidad de clase y alcance
determinados, sin la determinación precisa de su naturaleza y sus límites
captaríamos las nubes del error, en vez del cielo de la verdad. E incluso puede
muy bien ocurrir que esta preocupación se trueque en el convencimiento de que
todo el propósito de ganar para la conciencia por medio del conocimiento lo que
es en sí sea en su concepto un contrasentido y de que entre el conocimiento y lo
absoluto se alce una barrera que los separara sin más. En efecto, si el
conocimiento es el instrumento para apoderarse de la esencia absoluta,
inmediatamente se advierte que la aplicación de un instrumento a una cosa no
deja a ésta tal y como ella es para sí, sino que la modela y altera. Y sí el
conocimiento no es un instrumento de nuestra actividad, sino, en cierto modo, un
médium pasivo a través del cual llega a nosotros la luz de la verdad, no
recibiremos ésta tampoco tal y como es en sí, sino tal y como es a través de
este médium y en él. En ambos casos empleamos un medio que produce de un modo
inmediato lo contrario de su fin, o más bien el contrasentido consiste en
recurrir en general a un medio. Podría parecer, ciertamente, que cabe obviar
este inconveniente por el conocimiento del modo como el instrumento actúa, lo
cual permitirá descontar del resultado la parte que al instrumento corresponde
en la representación que por medio de él nos formamos de lo absoluto y obtener
así lo verdadero puro. Pero, en realidad, esta corrección no haría más que
situarnos de nuevo en el punto de que hemos partido. Si de una cosa modelada
descontamos lo que el instrumento ha hecho con ella, la cosa para nosotros
-aquí, lo absoluto- vuelve a ser exactamente lo que era antes de realizar este
esfuerzo, el cual resultará, por tanto, baldío. Y sí el instrumento se limitara
a acercar a nosotros lo absoluto como la vara con pegamento nos acerca el pájaro
apresado, sin hacerlo cambiar en lo más mínimo, lo absoluto se burlaría de esta
astucia, si es que ya en sí y para sí no estuviera y quisiera estar en nosotros;
pues el conocimiento sería, en este caso, en efecto, una astucia, ya que con sus
múltiples afanes aparentaría algo completamente diferente del simple producir la
relación inmediata y, por tanto, carente de esfuerzo. O bien, si el examen del
conocimiento que nos representamos como un médium nos enseña a conocer la ley de
su refracción, de nada servirá que descontemos ésta del resultado, pues el
conocimiento no es la refracción del rayo, sino el rayo mismo a través del cual
llega a nosotros la verdad y, descontado esto, no se habría hecho otra cosa que
indicarnos la dirección pura o el lugar vacío.
No obstante, sí el temor a equivocarse infunde desconfianza hacia la ciencia, la
cual se entrega a su tarea sin semejantes reparos y conoce realmente, no se ve
por qué no ha de sentirse, a la inversa, desconfianza hacía esta desconfianza y
abrigar la preocupación de que este temor a errar sea ya el error mismo. En
realidad, este temor presupone como verdad, apoyando en ello sus reparos y sus
consecuencias, no sólo algo, sino incluso mucho que habría que empezar por
examinar sí es verdad o no. Da por supuestas, en efecto, representaciones acerca
del conocimiento como un instrumento y un médium, así como también una
diferencia entre nosotros mismos y ese conocimiento; pero, sobre todo, presupone
el que lo absoluto se halla de un lado y el conocimiento de otro, como algo para
sí y que, separado de lo absoluto, es, sin embargo, algo real reell; presupone,
por tanto, que el conocimiento, que, al ser fuera de lo absoluto es también ,
indudablemente, fuera de la verdad, es sin embargo verdadero, hipótesis con la
que lo que se llama temor a errar se da a conocer más bien como temor a la
verdad.
Esta consecuencia se desprende del hecho de que solamente lo absoluto es
verdadero o solamente lo verdadero es absoluto. Se la puede refutar alegando la
distinción de que un conocimiento puede ser verdadero aun no conociendo lo
absoluto, como la ciencia pretende, y de que el conocimiento en general, aunque
no sea capaz de aprehender lo absoluto, puede ser capaz de otra verdad. Pero, a
la vista de esto, nos damos cuenta de que este hablar sin ton ni son conduce a
una turbia distinción entre un verdadero absoluto y un otro verdadero, y de que
lo absoluto, el conocimiento, etc., son palabras que presuponen un significado
que hay que empezar por encontrar.
En vez de ocuparnos de tales inútiles representaciones y maneras de hablar
acerca del conocimiento como un instrumento para posesionarios de lo absoluto o
como un médium a través del cual contemplamos la verdad, etc. -relaciones a las
que evidentemente conducen todas estas representaciones de un conocimiento
separado de lo absoluto y de un absoluto separado del conocimiento-; en vez de
ocupamos de los subterfugios que la incapacidad para la ciencia deriva de los
supuestos de tales relaciones para librarse del esfuerzo de la ciencia,
aparentando al mismo tiempo un esfuerzo serio y celoso; en vez de torturarnos en
dar respuesta a todo esto, podríamos rechazar esas representaciones como
contingentes y arbitrarias y considerar incluso como un fraude al empleo, con
ello relacionado, de palabras como lo absoluto, el conocimiento, lo objetivo y
lo subjetivo y otras innumerables, cuyo significado se presupone como
generalmente conocido. En efecto, el pretextar, por una parte, que su
significado es generalmente conocido y, por otra, que se posee su concepto mismo
no parece proponerse otra cosa que soslayar lo fundamental, que consiste
precisamente en ofrecer este concepto. Con mayor razón, por el contrario, cabría
rehuir el esfuerzo de fijarse para nada en esta clase de representaciones y
maneras de hablar por medio de las cuales se descartaría a la ciencia misma, ya
que sólo constituyen una manifestación vacía del saber, que inmediatamente
desaparece al entrar en acción la ciencia. Pero la ciencia, al aparecer, es ella
misma una manifestación; su aparición no es aun la ciencia en su verdad,
desarrollada y desplegada. Es indiferente, a este propósito, representarse que
ella sea la manifestación porque aparece junto a otro saber o llamar a este otro
saber no verdadero su manifestarse.
Pero la ciencia tiene que liberarse de esta apariencia, y sólo puede hacerlo
volviéndose en contra de ella. En efecto, la ciencia no puede rechazar un saber
no verdadero sin más que considerarlo como un punto de vista vulgar de las cosas
y asegurando que ella es un conocimiento completamente distinto y que aquel
saber no es para ella absolutamente nada, ni puede tampoco remitirse al barrunto
de un saber mejor en él mismo. Mediante aquella aseveración, declararía que su
fuerza se halla en su ser; pero también el saber carente de verdad se remite al
hecho de que es y asevera que la ciencia no es nada para él, y una aseveración
escueta vale exactamente tanto como la otra. Y aun menos puede la ciencia
remitirse al barrunto mejor que se daría en el conocimiento no verdadero y que
en él mismo señalaría hacía ella, pues, de una parte, al hacerlo así, seguiría
remitiéndose a un ser y, de otra parte, se remitiría a sí misma como al modo en
que es en el conocimiento no verdadero, es decir, en un modo malo de su ser y a
su manifestación, y no a lo que ella es en y para sí. Por esta razón, debemos
abordar aquí la exposición del saber tal y como se manifiesta.
Ahora bien, puesto que esta exposición versa solamente sobre el saber que se
manifiesta, no parece ser por ella misma la ciencia libre, que se mueve bajo su
figura peculiar, sino que puede considerarse, desde este punto de vista, como el
camino de la conciencia natural que pugna por llegar al verdadero saber o como
el camino del alma que recorre la serie de sus configuraciones como otras tantas
estaciones de tránsito que su naturaleza le traza, depurándose así hasta
elevarse al espíritu y llegando, a través de la experiencia completa de sí misma
al conocimiento de lo que en sí misma es.
La conciencia natural se mostrará solamente como concepto del saber o saber no
real. Pero, como se considera inmediatamente como el saber real, este camino
tiene para ella un significado negativo y lo que es la realización del concepto
vale para ella más bien como la perdida de sí misma, ya que por este camino
pierde su verdad. Podemos ver en él, por tanto, el camino de la duda o, más
propiamente, el camino de la desesperación; en él no nos encontramos,
ciertamente, con lo que se suele entender por duda, con una vacilación con
respecto a tal o cual supuesta verdad, seguida de la correspondiente eliminación
de la duda y de un retorno a aquella verdad, de tal modo que a la postre la cosa
es tomada como al principio. La duda es, aquí, más bien la penetración
consciente en la no verdad del saber que se manifiesta, para el cual lo más real
reellste de todo es lo que solamente es en verdad el concepto no realizado. Este
escepticismo consumado no es tampoco, por tanto, lo que un severo celo por la
verdad y la ciencia cree haber aprestado y pertrechado para ellas, a saber, el
propósito de no rendirse, en la ciencia, a la autoridad de los pensamientos de
otro, sino de examinarlo todo por sí mismo y ajustarse solamente a la propia
convicción; o, mejor aun, producirlo todo por sí mismo y considerar como
verdadero tan sólo lo que uno ha hecho. La serie de las configuraciones que la
conciencia va recorriendo por este camino constituye, más bien, la historia
desarrollada de la formación de la conciencia misma hacía la ciencia. Aquel
propósito representa dicha formación bajo el modo simple del propósito, como
inmediatamente formado y realizado; pero este camino es, frente a la no verdad,
el desarrollo real. Ajustarse a la propia convicción es, ciertamente, más que
rendirse a la autoridad; pero el trocar una opinión basada en la autoridad en
una opinión basada en el propio convencimiento no quiere decir necesariamente
que cambie su contenido y que el error deje el puesto a la verdad. El mantenerse
dentro del sistema de las opiniones y los prejuicios siguiendo la autoridad de
otros o por propia convicción sólo se distingue por la vanidad que la segunda
manera entraña. En cambio, el escepticismo proyectado sobre toda la extensión de
la conciencia tal como se manifiesta es lo único que pone al espíritu en
condiciones de poder examinar lo que es verdad, en cuanto desespera de las
llamadas representaciones, pensamientos y opiniones naturales, llámense propias
o ajenas, pues esto le es indiferente, y que son las que siguen llenando y
recargando la conciencia cuando ésta se dispone precisamente a realizar su
examen, lo que la incapacita en realidad para lo que trata de emprender.
La totalidad de las formas de la conciencia no real reales se alcanzará a través
de la necesidad del proceso y la cohesión mismas. Para que esto se comprenda,
puede observarse de antemano, en general, que la exposición de la conciencia no
verdadera en su no verdad no es un movimiento puramente negativo. Es éste un
punto de vista unilateral que la conciencia natural tiene en general de sí
misma; y el saber que convierte esta unilateralidad en su esencia constituye una
de las figuras de la conciencia incompleta, que corresponde al transcurso del
camino mismo y se presentará en él. Se trata, en efecto, del escepticismo que ve
siempre en el resultado solamente la pura nada, haciendo abstracción de que esta
nada determina la nada de aquello de lo que es resultado. Pero la nada,
considerada como la nada de aquello de que proviene, sólo es, en realidad, el
resultado verdadero; es, por esto, en ella misma, algo determinado y tiene un
contenido. El escepticismo que culmina en la abstracción de la nada o del vacío
no puede, partiendo de aquí, ir más adelante, sino que tiene que esperar hasta
ver si se presenta algo nuevo, para arrojarlo al mismo abismo vacío. En cambio,
cuando el resultado se aprehende como lo que en verdad es, como es negación
determinada, ello hace surgir inmediatamente una nueva forma y en la negación se
opera el tránsito que hace que el proceso se efectúe por sí mismo, a través de
la serie completa de las figuras.
Pero la meta se halla tan necesariamente implícita en el saber como la serie que
forma el proceso; se halla allí donde el saber no necesita ir más allí de sí,
donde se encuentra a sí mismo y el concepto corresponde al objeto y el objeto al
concepto. La progresión hacía esta meta es también, por tanto, incontenible y no
puede encontrar satisfacción en ninguna estación anterior. Lo que se limita a
una vida natural no puede por sí mismo ir más allá de su existencia inmediata,
sino que es empujado más allá por un otro, y este ser arrancado de su sitio es
su muerte. Pero la conciencia es para sí misma su concepto y, con ello, de un
modo inmediato, el ir más allá de lo limitado y, consiguientemente, más allá de
sí misma, puesto que lo limitado le pertenece; con lo singular, se pone en la
conciencia, al mismo tiempo, el más allá, aunque sólo sea, como en la intuición
espacial, al lado de lo limitado. Por tanto, la conciencia se ve impuesta por sí
misma esta violencia que echa a perder en ella la satisfacción limitada. En el
sentimiento de esta violencia puede ser que la angustia retroceda ante la
verdad, tendiendo a conservar aquello cuya pérdida la amenaza. Y no encontrará
quietud, a menos que quiera mantenerse en un estado de inercia carente de
pensamiento, pero el pensamiento quebrantará la ausencia del pensar y la
inquietud trastornará la inercia; y tampoco conseguirá nada aferrándose a una
sensibilidad que asegure encontrarlo todo bueno en su especie, pues también esta
seguridad se vera igualmente violentada por la razón, la cual no encuentra nada
bueno, precisamente por tratarse de una especie. O el temor a la verdad puede
recatarse ante sí y ante otros detrás de la apariencia de que es precisamente el
ardoroso celo por la verdad misma lo que le hace tan difícil y hasta imposible
encontrar otra verdad que no sea la de la vanidad de ser siempre más listo que
cualesquiera pensamientos procedentes de uno mismo o de los demás; esta vanidad,
que se las arregla para hacer vana toda verdad, replegarse sobre sí misma y
nutrirse de su propio entendimiento, el cual disuelve siempre todos los
pensamientos, para encontrar en vez de cualquier contenido exclusivamente el yo
escueto, es una satisfacción que debe dejarse abandonada a sí misma, ya, que
huye de lo universal y busca solamente el ser para sí.
Dicho lo anterior, con carácter previo y en general, acerca del modo y la
necesidad del proceso, será conveniente que recordemos algo acerca del método
del desarrollo. Esta exposición, presentada como el comportamiento de la ciencia
hacia el saber tal como se manifiesta y como investigación y examen de la
realidad del conocimiento, no parece que pueda llevarse a cabo sin arrancar de
algún supuesto que sirva de base como pauta. En efecto, el examen consiste en la
aplicación de una pauta aceptada y la decisión acerca de sí estamos ante algo
acertado o no consiste en que lo que se examina se ajuste o no a la pauta
aplicada; y la pauta en general, y lo mismo la ciencia, sí ella es la pauta, se
considera aquí como la esencia o el en sí. Pero, en este momento, cuando la
ciencia aparece apenas, ni ella misma ni lo que ella sea puede justificarse como
la esencia o el en sí, sin lo cual no parece que pueda llevarse a cabo examen
alguno. Esta contradicción y su eliminación resultarán de un modo más
determinado sí recordamos antes las determinaciones abstractas del saber y de la
verdad, tal y como se dan en la conciencia. Ésta, en efecto, distingue de sí
misma algo con lo que, al mismo tiempo, se relaciona; o, como suele expresarse,
es algo para ella misma; y el lado determinado de esta relación o del ser de
algo para una conciencia es el saber. Pero, de este ser para otro distinguimos
el ser en sí; lo referido al saber es también algo distinto de él y se pone,
como lo que es, también fuera de esta relación; el lado de este en sí se llama
verdad. Aquí, no nos interesa saber, fuera de lo dicho, lo que sean propiamente
estas determinaciones, pues, siendo nuestro objeto el saber tal como se
manifiesta, por el momento tomaremos sus determinaciones a la manera como
inmediatamente se ofrecen, y no cabe duda de que se ofrecen del modo como las
hemos captado.
Si ahora investigamos la verdad del saber, parece que investigamos lo que éste
es en sí. Sin embargo, en esta investigación el saber es nuestro objeto, es para
nosotros; y el en sí de lo que resultara sería más bien su ser para nosotros; lo
que afirmaríamos como su esencia no sería su verdad, sino más bien solamente
nuestro saber acerca de él. La esencia o la pauta estaría en nosotros, y lo que
por medio de ella se midiera y acerca de lo cual hubiera de recaer por esta
comparación, una decisión, no tendría por qué reconocer necesariamente esa
pauta.
Pero la naturaleza del objeto que investigamos rebasa esta separación o esta
apariencia de separación y de presuposición. La conciencia nos da en ella misma
su propia pauta, razón por la cual la investigación consiste en comparar la
conciencia consigo misma, ya que la distinción que se acaba de establecer recae
en ella. Hay en ella un para otro, o bien tiene en ella, en general, la
determinabilidad del momento del saber; y, al mismo tiempo, este otro no es
solamente para ella, sino que es también fuera de esta relación, es en sí: el
momento de la verdad. Así, pues, en lo que la conciencia declara dentro de sí
como el en sí o lo verdadero tenemos la pauta que ella misma establece para
medir por ella su saber. Pues bien, sí llamamos al saber el concepto y a la
esencia o a lo verdadero lo que es o el objeto, el examen consistirá en ver sí
el concepto corresponde al objeto. En cambio, sí llamamos concepto a la esencia
o al en sí del objeto y entendemos por objeto, por el contrario, lo que él es
como objeto, es decir, lo que es para otro, el examen, entonces, consistirá en
ver sí el objeto corresponde a su concepto. No es difícil ver que ambas cosas
son lo mismo; pero lo esencial consiste en no perder de vista en toda la
investigación el que los dos momentos, el concepto y el objeto, el ser para otro
y el ser en sí mismo, caen de por sí dentro del saber que investigamos, razón
por la cual no necesitamos aportar pauta alguna ni aplicar en la investigación
nuestros pensamientos e ideas personales, pues será prescindiendo de ellos
precisamente como lograremos considerar la cosa tal y como es en y para sí
misma.
Pero nuestra intervención no resulta superflua solamente en el sentido de que el
concepto y el objeto, la pauta y aquello a que ha de aplicarse, están presentes
en la conciencia misma, sino que nos vemos también relevados del esfuerzo de la
comparación entre ambos y del examen en sentido estricto, de tal modo que, al
examinarse a sí misma la conciencia, lo único que nos queda también aquí es
limitarnos a ver. En efecto, la conciencia es, de una parte, conciencia del
objeto y, de otra, conciencia de sí misma; conciencia de lo que es para ella lo
verdadero y conciencia de su saber de ello. Y en cuanto que ambas son para ella
misma, ella misma es su comparación; es para ella misma si su saber del objeto
corresponde o no a éste. Es cierto que el objeto parece como sí fuera para la
conciencia solamente tal y como ella lo sabe, que ella no puede, por así
decirlo, mirar por atrás para ver cómo es, no para ella, sino en sí, por lo cual
no puede examinar su saber en el objeto mismo. Pero precisamente por ello,
porque la conciencia sabe en general de un objeto, se da ya la diferencia de que
para ella algo sea el en sí y otro momento, en cambio, el saber o el ser del
objeto para la conciencia. Y sobre esta distinción, tal y como se presenta, se
basa el examen. Si en esta comparación, encontramos que los dos términos no se
corresponden, parece como si la conciencia se viese obligada a cambiar su saber,
para ponerlo en consonancia con el objeto mismo, ya que el saber presente era,
esencialmente, un saber del objeto; con el saber, también el objeto pasa a ser
otro, pues el objeto pertenecía esencialmente a este saber. Y así, la conciencia
se encuentra con que lo que antes era para ella el en sí no es en sí o que
solamente era en sí para ella. .Así, pues, cuando la conciencia encuentra en su
objeto que su saber no corresponde a éste, tampoco el objeto mismo puede
sostenerse; o bien la pauta del examen cambia cuando en éste ya no se mantiene
lo que se trataba de medir por ella; y el examen no es solamente un examen del
saber, sino también de la pauta de éste.
Este movimiento dialéctico que la conciencia lleva a cabo en si misma, tanto en
su saber como en su objeto, en cuanto brota ante ella el nuevo objeto verdadero,
es propiamente lo que se llamará experiencia. En esta relación, hay que hacer
resaltar con mayor precisión en el proceso más arriba señalado un momento por
medio del cual se derramará nueva luz sobre el lado científico de la exposición
que ha de seguir. La conciencia sabe algo, y este objeto es la esencia o el en
sí; pero éste es también el en sí para la conciencia, con lo que aparece la
ambigüedad de este algo verdadero. Vemos que la conciencia tiene ahora dos
objetos: uno es el primer en sí, otro el ser para ella de este en sí. El segundo
sólo parece ser, por el momento, la reflexión de la conciencia en sí misma, una
representación no de un objeto, sino sólo de su saber de aquel primero. Pero,
como más arriba hemos puesto de relieve, el primer objeto cambia, deja de ser el
en sí para convertirse en la conciencia en un objeto que es en sí solamente para
ella, lo que quiere decir, a su vez, que lo verdadero es el ser para ella de
este en sí y, por tanto, que esto es la esencia o su objeto. Este nuevo objeto
contiene la anulación del primero, es la experiencia hecha sobre él. En esta
exposición del curso de la experiencia hay un momento por el que ésta no parece
coincidir con lo que se suele entender por experiencia. En efecto, la transición
del primer objeto y del saber de éste al otro objeto, aquel sobre el que se dice
que se ha hecho la experiencia, se entiende de tal modo que el saber del primer
objeto o el ser para la conciencia del primer en sí debe llegar a ser el segundo
objeto. Pues bien, ordinariamente parece, por el contrario, como sí la
experiencia de la no verdad de nuestro primer concepto se hiciese en otro objeto
con el que nos encontramos de un modo contingente y puramente externo, de tal
manera que, en general, se dé en nosotros solamente la pura aprehensión de lo
que es en y para sí. Pero, en aquel punto de vista señalado, el nuevo objeto
se revela como algo que ha llegado a ser por medio de una inversión de la
conciencia misma. Este modo de considerar la cosa lo añadimos nosotros y gracias
a él se eleva la serie de las experiencias de la conciencia a proceso
científico, aunque este modo de considerar no es para la conciencia a que nos
referimos. Nos encontramos aquí, en realidad, con la misma circunstancia de que
más arriba hablábamos, al referirnos a la relación de esta exposición con el
escepticismo, o sea la de que todo resultado que se desprende de un saber no
verdadero no debe confluir en una nada vacía, sino que debe ser aprehendido
necesariamente como la nada de aquello cuyo resultado es, resultado que
contendrá, así, lo que el saber anterior encierra de verdadero. Lo cual se
presenta aquí del modo siguiente: cuando lo que primeramente aparecía como el
objeto desciende en la conciencia a un saber de él y cuando el en sí deviene un
ser del en sí para la conciencia, tenemos el nuevo objeto por medio del que
surge también una nueva figura de la conciencia, para la cual la esencia es
ahora algo distinto de lo que era antes. Es esta circunstancia la que guía en su
necesidad a toda la serie de las figuras de la conciencia. Y es sólo esta
necesidad misma o el nacimiento del nuevo objeto que se ofrece a la conciencia
sin que ésta sepa cómo ocurre ello, lo que para nosotros sucede, por así
decirlo, a sus espaldas. Se produce, así en su movimiento, un momento del ser en
sí o ser para nosotros, momento que no está presente para la conciencia que se
halla por sí misma inmersa en la experiencia; pero el contenido de lo que nace
ante nosotros es para ella, y nosotros sólo captamos el lado formal de este
contenido o su puro nacimiento; para ella, esto que nace es solamente en cuanto
objeto, mientras que para nosotros es, al mismo tiempo, en cuanto movimiento y
en cuanto devenir.
Esta necesidad hace que este camino hacia la ciencia sea ya él mismo ciencia y
sea, por ello, en cuanto a su contenido, la ciencia de la experiencia de la
conciencia.
La experiencia que la conciencia hace sobre sí no puede comprender dentro de sí,
según su mismo concepto, nada menos que el sistema total de la conciencia o la
totalidad del reino de la verdad del espíritu; de tal modo que los momentos de
la verdad se presenten bajo la peculiar determinabilidad de que no son momentos
abstractos, puros, sino tal y como son para la conciencia o como esta conciencia
misma aparece en su relación con ellos, a través de lo cual los momentos del
todo son figuras de la conciencia.
Impulsándose a sí misma hacia su existencia verdadera, a
conciencia llegará entonces a un punto en que se despojará de su apariencia de
llevar en ello algo extraño que es solamente para ella y es como un otro y
alcanzará, por consiguiente, el punto en que la manifestación se hace igual a la
esencia y en el que, consiguientemente, su exposición coincide precisamente con
este punto de la auténtica ciencia del espíritu y, por último, al captar por sí
misma esta esencia suya, la conciencia indicará la naturaleza del saber absoluto
mismo.
A. CONCIENCIA
LA CERTEZA SENSIBLE O EL ESTO Y LA SUPOSICIÓN
EL SABER, que es ante todo o de modo inmediato nuestro objeto, no puede ser sino
aquello que es él mismo saber inmediato, saber de lo inmediato o de lo que es.
Debemos mantener aquí un comportamiento igualmente inmediato o receptivo, es
decir, no alterar nada en este saber tal y como se nos ofrece y mantener la
aprehensión completamente aparte de la concepción. El contenido concreto de la
certeza sensible hace que ésta se manifieste de un modo inmediato como el
conocimiento más rico e incluso como un conocimiento de riqueza infinita a la
que no es posible encontrar límite sí vamos mas allá en el espacio y en el
tiempo en que se despliega, como sí tomásemos un fragmento de esta plenitud y
penetrásemos en él mediante la división. Este conocimiento se manifiesta,
además, como el más verdadero, pues aun no ha dejado a un lado nada del objeto,
sino que lo tiene ante sí en toda su plenitud. Pero, de hecho, esta certeza se
muestra ante sí misma como la verdad más abstracta y más pobre. Lo único que
enuncia de lo que sabe es esto: que es; y su verdad contiene solamente el ser de
la cosa. La conciencia, por su parte, es en esta certeza solamente como puro yo,
y yo soy en ella solamente como puro éste y el objeto, asimismo, como puro esto.
Yo, éste, no estoy cierto de esta cosa porque me haya desarrollado aquí como
conciencia y haya puesto en marcha el pensamiento de diversos modos. Ni tampoco
porque la cosa de que estoy cierto sea en ella misma, atendiendo a multitud de
diversas cualidades, una relación plena de riqueza o un múltiple comportamiento
con respecto a otras. Nada de esto interesa a la verdad de la certeza sensible;
ni el yo ni la cosa tienen aquí la significación de una mediación múltiple; el
yo no significa un representarse o un pensar múltiple, ni la cosa tiene la
significación de múltiples cualidades, sino que la cosa es, y es solamente
porque es; ella es: he ahí lo esencial para el saber sensible, y este puro ser o
esta inmediatez simple constituye la verdad de la cosa. Y asimismo la certeza,
como relación, es una pura relación inmediata: la conciencia es yo y nada más,
un puro éste; el singular sabe un puro esto o lo singular.
Pero, sí nos fijamos atentamente, vemos que en el puro ser, que constituye la
esencia de esta certeza y que ésta enuncia como su verdad, se halla en juego
mucho más. Una certeza sensible real no es solamente esta pura inmediatez, sino
un ejemplo de ella. Entre las innumerables diferencias que aquí se presentan
encontramos en todos los casos la distinción fundamental, a saber: la de que en
esta certeza quedan en seguida fuera del puro ser los dos estos mencionados, el
éste como yo y el esto como objeto. Y si nosotros reflexionamos acerca de esta
diferencia, vemos que ni el uno ni lo otro son en la certeza sensible solamente
como algo inmediato, sino, al mismo tiempo, como algo mediado; yo tengo la
certeza por medio de un otro, que es precisamente la cosa; y ésta, a su vez, es
en la certeza por medio de un otro, que es precisamente el yo.
A) El objeto de esta certeza
Esta diferencia entre la esencia y el ejemplo, entre la inmediatez y la
mediación, no la establecemos solamente nosotros, sino que la encontramos en la
certeza sensible misma, y debemos acogerla en la forma como está en ella y no
tal y como nosotros acabamos de determinarla. En ella, lo uno está puesto como
lo que es de un modo simple e inmediato o como la esencia, es el objeto; en
cambio, lo otro lo esta como lo no esencial y mediado, que es allí no en sí,
sino por medio de un otro, el yo, un saber que sólo sabe el objeto porque él es
y que puede ser o no ser. Pero el objeto es, es lo verdadero y la esencia; es
indiferente a ser sabido o no; y permanece aunque no sea sabido; en cambio, el
saber no es si el objeto no es.
Deberá, pues, considerarse el objeto para ver sí es, en realidad, en la certeza
sensible misma, una esencia como la que pretende ser; si este su concepto de ser
esencia corresponde al modo como se. halla presente en dicha certeza. Para lo
cual no debemos pararnos a reflexionar y meditar sobre lo que en verdad pueda
ser, sino considerarlo solamente tal y como la certeza sensible lo tiene en
ella.
Hay que preguntarle, por tanto, a ella misma: ¿qué es el esto? Si lo tomamos
bajo la doble figura de su ser como el ahora y el aquí, la dialéctica que lleva
en él cobrará una forma tan inteligible como el esto mismo. A la pregunta de
¿qué es el ahora? contestaremos, pues, por ejemplo: el ahora es la noche. Para
examinar la verdad de esta certeza sensible, bastará un simple intento.
Escribiremos esta verdad; una verdad nada pierde con ser puesta por escrito,
como no pierde nada tampoco con ser conservada. Pero si ahora, este mediodía
revisamos esta verdad escrita, no tendremos más remedio que decir que dicha
verdad ha quedado ya vacía.
El ahora que es la noche se conserva, es decir, se le trata como aquello por lo
que se hace pasar, como algo que es; pero se muestra más bien como un algo que
no es. El ahora mismo se mantiene, sin duda, pero como algo que no es noche; y
asimismo se mantiene con respecto al día que ahora es como algo que no es
tampoco día o como un algo negativo en general. Por tanto, este ahora que se
mantiene no es algo inmediato, sino algo mediado, pues es determinado como algo
que permanece y se mantiene por el hecho de que un otro, a saber, el día y la
noche, no es. Lo que no impide que siga siendo, tan simplemente como antes, el
ahora y que sea, en esta simplicidad, indiferente hacia lo que sigue sucediendo
en torno a él; del mismo modo que la noche y el día no son su ser, tampoco él es
día ni noche; no le afecta para nada este su ser otro. A este algo simple, que
es por medio de la negación, que no es esto ni aquello, un no esto al que es
también indiferente el ser esto o aquello, lo llamamos un universal; lo
universal es, pues, lo verdadero de la certeza sensible.
Como un universal enunciamos también lo sensible; lo que decimos es: esto, es
decir, el esto universal, o: ello es, es decir, el ser en general. Claro está
que no nos representamos el esto universal o el ser en general, pero enunciamos
lo universal; o bien no nos expresamos sencillamente tal como lo suponemos en
esta certeza sensible. Pero, como advertimos, el lenguaje es lo más verdadero;
nosotros mismos refutamos inmediatamente en él nuestra suposición, y como lo
universal es lo verdadero de la certeza sensible y el lenguaje sólo expresa este
algo verdadero, no es en modo alguno posible decir nunca un ser sensible que
nosotros suponemos.
Y lo mismo ocurrirá con la otra forma del esto, con el aquí. El aquí es, por
ejemplo, el árbol. Pero si doy la vuelta, esta verdad desaparece y se trueca en
lo contrario: el aquí no es un árbol, sino que es una casa. El aquí mismo no
desaparece, sino que es permanentemente en la desaparición de la casa, del
árbol, etc., indiferente al hecho de ser casa, árbol, etc. El esto se revela, de
nuevo, pues, como una simplicidad mediada o como universalidad.
Esta certeza sensible, al mostrar en ella misma lo universal como la verdad de
su objeto, permanece, por tanto, el ser puro como su esencia, pero no como algo
inmediato, sino como algo a lo que es esencial la negación y la mediación y, por
consiguiente, no como lo que nosotros suponemos como el ser, sino como el ser
determinado como la abstracción o lo universal puro; y nuestra suposición, para
la que lo verdadero de la certeza sensible no es lo universal es lo único que
queda frente a ese ahora y aquí vacíos o indiferentes.
Si comparamos la relación en que primeramente surgían el saber y el objeto con
la relación bajo la que se presentan en este resultado, los términos se
invierten. El objeto, que debiera ser lo esencial, pasa a ser ahora lo no
esencial de la certeza sensible, pues lo universal en que se ha convertido no es
ya tal y como el objeto debiera ser esencial para ella, sino que ahora se hace
presente en lo contrario, es decir, en el saber, que antes era lo no esencial.
Su verdad está en el objeto como mi objeto o en la suposición; es porque yo sé
de él. Por tanto, la certeza sensible, aunque haya sido desalojada del objeto,
no por ello ha sido superada, sino que se ha limitado a replegarse en el yo; y
queda por ver todavía lo que la experiencia nos indica acerca de esta su
realidad. B) El sujeto de esta certeza
La fuerza de su verdad reside ahora, pues, en el yo, en la inmediatez de mi
vista, de mi oído, etc.; la desaparición del ahora y el aquí singulares que
nosotros suponemos se evita porque yo los tengo. El ahora es día porque yo lo
veo; el aquí es un árbol por lo mismo. Pero la certeza sensible en esta relación
experimenta en sí misma la misma dialéctica que en la relación anterior. Yo,
éste, veo el árbol y afirmo el árbol como el aquí; pero otro yo ve la casa y
afirma que el aquí no es un árbol, sino que es la casa. Ambas verdades encierran
el mismo titulo de legitimidad, que es el carácter inmediato del ver y la
seguridad y la aseveración de ambas en cuanto a su saber; pero una de ellas
desaparece en la otra.
Lo que aquí no desaparece es el yo, en cuanto universal, cuyo ver no es un ver
del árbol ni de esta casa, sino un simple ver mediado por la negación de esta
casa, etc., y que en ello se mantiene igualmente simple e indiferente ante lo
que en torno a ella sucede, ante la casa o el árbol. El yo sólo es universal,
como ahora, aquí o éste, en general; cierto es que lo que supongo es un yo
singular, pero del mismo modo que no podemos decir lo que suponemos en el aquí y
el ahora, no podemos decir tampoco lo que suponemos en el yo. Al decir este
aquí, este ahora, algo singular, digo todos los estos, los aquí, los ahora, los
singulares; y lo mismo, al decir yo digo este yo singular, digo en general,
todos los yo; cada uno de ellos es lo que digo: yo, este yo singular. Y cuando
se exige de la ciencia como su piedra de toque a la que sencillamente no podría
hacer frente, que deduzca, construya o descubra a priori, o como ello quiera
expresarse, una llamada esta cosa o un este hombre, sería obligado que quienes
tal exigen dijeran qué esta cosa o qué este yo suponen; pero decir esto es
imposible.
C) La experiencia de esta certeza
La certeza sensible experimenta, pues, que su esencia no está ni en el objeto ni
en el yo y que la inmediatez no es la inmediatez del uno ni la del otro, pues en
ambos lo que supongo es más bien algo inesencial, y el objeto y el yo son lo
universal en lo que no permanece o es aquel ahora y aquí y aquel yo que yo
supongo. Por donde llegamos al resultado de poner la totalidad de la certeza
sensible misma como su esencia, y no ya sólo un momento de ella, como sucedía en
los dos casos anteriores, en que su realidad debía ser primeramente el objeto
contrapuesto al yo y luego el yo. Así, pues, sólo es la certeza sensible misma
en su totalidad la que se mantiene en ella como inmediatez, excluyendo así de
ella toda la contraposición que en lo anterior se encontraba.
Por consiguiente, a esta inmediatez pura no interesa ya para nada el ser otro
del aquí como árbol que se torna en un aquí que es un no árbol, el ser otro del
ahora como día que se torna en un ahora que es noche u otro yo para el que. un
otro es objeto. Su verdad se mantiene como una relación que permanece igual a sí
misma que no establece entre el yo y el objeto diferencia alguna con respecto a
lo esencial y lo no esencial y en la que, por tanto, no puede tampoco deslizarse
ninguna diferencia. Yo, éste, afirmo por consiguiente el aquí como árbol y no me
vuelvo, evitando con ello que el aquí se convierta para mí en un no-árbol; ni me
entero tampoco de que otro yo ve el aquí como no-árbol o de que yo mismo tomo en
otra situación el aquí como no-árbol o el ahora como no-día, sino que yo soy
puro intuir; yo, para mi, me mantengo en que el ahora es día o en que el aquí es
árbol, y no comparo tampoco entre sí el aquí y el ahora, sino que me mantengo en
una relación inmediata: el ahora es día.
Y, como, según esto, esta certeza se niega ya a salir de sí cuando llamamos su
atención hacia un ahora que es noche o hacía un yo para quien es noche, vamos
nosotros hacia ella y hacemos que se nos muestre el ahora que se afirma. Y
tenemos que dejar que se nos muestre, pues la verdad de esta relación inmediata
es la verdad de este yo, que se circunscribe a un ahora o un aquí, si después
asumiésemos esta verdad o nos mantuviésemos alejados de ella, carecería ya de
toda significación, pues superaríamos con ello la inmediatez que le es esencial.
Debemos, por tanto, colocarnos en el mismo punto del tiempo o del espacio, hacer
que se nos muestre, es decir, convertirnos en este mismo yo que es el que sabe
con certeza. Veamos, pues, cómo está constituido lo inmediato que se nos
muestra. Se muestra el ahora, este ahora. Ahora; cuando se muestra, ya ha dejado
de existir; el ahora que es ya otro ahora que el que se muestra y vemos que el
ahora consiste precisamente, en cuanto es, en no ser ya. El ahora tal como se
nos muestra, es algo que ha sido, y esta es su verdad; no tiene la verdad del
ser. Su verdad consiste, sin embargo, en haber sido. Pero lo que ha sido no es,
de hecho, una esencia; no es, y de lo que se trataba era del ser.
En esta indicación vemos, pues, solamente un movimiento cuya trayectoria es la
siguiente: º Indico el ahora, que se afirma como lo verdadero, pero lo indico
como algo que ha sido o como algo superado, con lo que supero la primera verdad.
º Ahora, afirmo como la segunda verdad que lo que ha sido esta superado. º Pero
lo que ha sido no es; supero lo que ha sido o el ser superado, o sea la segunda
verdad, negando con ello la negación del ahora y retornando así a la primera
afirmación: el ahora es. El ahora y la indicación del ahora están constituidos,
pues, de tal modo que ni el ahora ni la indicación del ahora son algo
inmediatamente simple, sino un movimiento que lleva en sí momentos distintos; se
pone el esto, pero lo que se pone es más bien un otro o el esto es superado; y
este ser otro o superación de lo primero es nuevamente superado, a su vez,
retornándose así a lo primero. Pero este primero reflejado en sí no es
exactamente lo mismo que primeramente era, es decir, algo inmediato, sino que es
cabalmente algo reflejado en. Si o algo simple, que permanece en el ser otro lo
que es: Un ahora que es absolutamente muchos ahora; y esto es el verdadero
ahora, el ahora como día simple, que lleva en sí muchos ahora, muchas horas; y
un tal ahora, una hora, es también muchos minutos, y este ahora es, asimismo,
muchos ahora, y así sucesivamente. La indicación es, pues, ella misma el
movimiento que expresa lo que el ahora es en verdad, es decir, un resultado o
una pluralidad de ahoras compendiada; y la indicación es la experiencia de que
el ahora es universal.
El aquí indicado que yo retengo es también un este aquí que de hecho no es este
aquí, sino un delante y un detrás, un arriba y un abajo, un a la derecha y a la
izquierda. El arriba es, a su vez, también este múltiple ser otro en el arriba,
el abajo, etc. El aquí que se trataba de indicar desaparece en otros aquí, pero
también éstos, a su vez, desaparecen; lo indicado, retenido y permanente es un
esto negativo, que sólo es en cuanto que los aquí se toman como deben tomarse,
pero superándose en ello; es un simple conjunto de muchos aquí. El aquí supuesto
sería el punto; pero éste no es, sino que, al indicárselo como lo que es, la
indicación no se muestra como un saber inmediato, sino como un movimiento que,
partiendo del aquí supuesto, conduce a través de muchos aquí al aquí universal,
que es una simple multiplicidad de aquís, lo mismo que el día es una
multiplicidad de ahoras.
Es claro que la dialéctica de la certeza sensible no es sino la simple historia
de su movimiento o de su experiencia y, a su vez, la certeza sensible misma no
es sino esta historia. La conciencia natural llega, por ello, siempre, por sí
misma, a este resultado, lo que en ella es lo verdadero y hace la experiencia de
ello; pero en seguida vuelve a olvidarlo y reinicia el movimiento desde el
principio. Es, pues, sorprendente que, frente a esta experiencia, se presente
como experiencia universal y también como afirmación filosófica y hasta como
resultado del escepticismo, el que la realidad o el ser de las cosas exteriores,
en cuanto estos o cosas sensibles, tiene verdad absoluta para la conciencia.
Semejante afirmación no sabe lo que dice, ni sabe que dice cabalmente lo
contrario de lo que se propone decir. La verdad del esto sensible para la
conciencia debe ser experiencia universal, pero resulta que la experiencia
universal es más bien lo contrario; toda conciencia supera a su vez una tal
verdad, como por ejemplo el aquí es un árbol o el ahora es mediodía, y expresa
lo contrario de ello: el aquí no es un árbol, sino una casa; y lo que en esta
afirmación, que supera la primera, es a su vez una afirmación semejante de un
esto sensible lo supera también inmediatamente; y así, en toda certeza sensible
sólo se experimenta en verdad lo que hemos visto, es decir, el esto precisamente
como un universal, lo contrario de lo que aquella afirmación asegura que es la
experiencia universal. Y, al remitirnos a la experiencia universal, se nos
permitirá que nos anticipemos a la consideración de lo práctico. A este
respecto, cabe decir a quienes afirman aquella verdad y certeza de la realidad
Realität de los objetos sensibles que debieran volver a la escuela más elemental
de la sabiduría, es decir, a los antiguos misterios eleusinos de Ceres y Baco,
para que empezaran por aprender el misterio del pan y el vino, pues el iniciado
en estos misterios no sólo se elevaba a la duda acerca del ser de las cosas
sensibles, sino a la desesperación de él, ya que, por una parte, consumaba en
ellas su aniquilación, mientras que, por otra parte, las veía aniquilarse a
ellas mismas. Tampoco los animales se hallan excluidos de esta sabiduría, sino
que, por el contrario, se muestran muy profundamente iniciados en ella, pues no
se detienen ante las cosas sensibles como sí fuesen cosas en sí, sino que,
desesperando de esta realidad Realität y en la plena certeza de su nulidad, se
apoderan de ellas sin más y las devoran; y toda la naturaleza celebra, como
ellos, estos misterios revelados, que enseñan cuál es la verdad de las cosas
sensibles.
Sin embargo, también quienes formulan semejante afirmación dicen, con arreglo a
las anteriores observaciones, directamente lo contrario de lo que suponen, y
este fenómeno es tal vez el que mejor se presta a llevamos a reflexionar acerca
de la naturaleza de la certeza sensible. Hablan de la existencia de los objetos
externos, que cabe determinar todavía con mayor precisión como cosas reales,
absolutamente singulares, totalmente personales e individuales, cada una de las
cuales no tiene ya su igual absoluto, y dicen que esa existencia posee certeza y
verdad absolutas. Suponen este trozo de papel en que escribo, o mejor dicho he
escrito, esto; pero no dicen lo que suponen. Si realmente quisieran decir este
trozo de papel que suponen y esto es lo que quieren decir esto es imposible, ya
que el esto sensible supuesto es inasequible al lenguaje, que pertenece a la
conciencia, a lo universal en sí. Por tanto, bajo el intento real de decirlo se
desintegraría; quienes comenzaran a describirlo no podrían acabar su
descripción, sino que deberían dejarlo a cargo de otros, los cuales tendrían que
reconocer ellos mismos, a la postre, que hablaban de una cosa que no es.
Suponen, por tanto, indudablemente este trozo de papel, que aquí es
completamente otro que el de arriba; pero hablan de "cosas reales, de objetos
externos o sensibles, de esencias absolutamente individuales", etc.; es decir,
sólo dicen de ellos lo universal; por tanto, lo que se llama lo inexpresable no
es sino lo no verdadero, lo no racional, lo simplemente supuesto. Si no decimos
de algo sino que es una cosa real, un objeto externo, no decimos solamente lo
más universal de todo, y de este modo enunciamos más bien en su igualdad con
todo que su diferenciabilidad. Si digo una cosa singular, la digo más bien como
totalmente universal, pues todo es una cosa singular; lo mismo que esta cosa es
todo lo que se quiera. Y si, más exactamente, se indica este trozo de papel,
tendremos que todo papel es un este trozo de papel, y yo he dicho siempre
solamente lo universal. Pero, sí quiero echar mano del discurso que tiene la
naturaleza divina de invertir inmediatamente la suposición para convertirla en
algo distinto y no dejar, así, que se exprese en modo alguno en palabras, puedo
indicar este trozo de papel, y hago entonces la experiencia de lo que es de
hecho la verdad de la certeza sensible: lo indico como un aquí que es un aquí de
otros aquí o en él mismo un simple conjunto de muchos aquí; es decir, que es un
universal; lo tomo tal y como es en verdad y, en vez de saber algo inmediato, lo
percibo.
LA PERCEPCIÓN, O LA COSA Y LA ILUSIÓN
LA CERTEZA inmediata no se posesiona de lo verdadero, pues su verdad es lo
universal; pero quiere captar el esto. La percepción, por el contrario, capta
como universal lo que para ella es lo que es. Y siendo la universalidad su
principio en general lo son también los momentos que de un modo inmediato se
distinguen en ella: el yo es un universal y lo es el objeto. Aquel principio
nace para nosotros, por lo que nuestro modo de acoger la percepción no es ya un
acoger que se manifiesta, como el de la certeza sensible, sino necesario. En el
nacimiento del principio han devenido al mismo tiempo ambos momentos, que no
hacen más que desdoblarse en su manifestación; uno de estos momentos es el
movimiento de la indicación, el otro el mismo movimiento, pero como algo simple;
aquél es la percepción, éste el objeto. El objeto es, conforme a la esencia, lo
mismo que es el movimiento; éste es el despliegue y la distinción de los
momentos, aquel la reunión de ellos. Para nosotros o en sí, es lo universal como
principio la esencia de la percepción y, frente a esta abstracción, los dos
términos diferenciados, el que percibe y lo percibido, son lo no esencial. Pero,
de hecho, por cuanto que ambos son a su vez lo universal o la esencia, ambos son
esenciales; pero en cuanto que se relacionan el uno con el otro como
contrapuestos, en esta relación solamente el uno puede ser lo esencial, y la
diferencia entre lo esencial y lo no esencial tiene que repartirse entre ellos.
Lo uno determinado como lo simple, el objeto, es la esencia, a lo que es
indiferente el hecho de que sea percibido o no; ahora bien, el percibir como el
movimiento es lo inconstante, que puede ser o también no ser, y lo no esencial.
Este objeto debe determinarse ahora con mayor precisión y esta determinación
debe desarrollarse brevemente partiendo del resultado obtenido; el desarrollo
más detallado no es de este lugar. Como su principio, lo universal, es en su
simplicidad algo mediado, el objeto debe expresar esto en él como su naturaleza,
mostrándose así como la cosa de múltiples cualidades. La riqueza del saber
sensible pertenece a la percepción, no a la certeza inmediata, en la que, según
ya se vio, era solamente algo concomitante; pues solamente la percepción tiene
en su esencia la negación, la diferencia o la multiplicidad.
A) El concepto simple de la cosa
El esto se pone, pues, como no esto o como superado y, por tanto, no como nada,
sino como una nada determinada o una nada de un contenido, a saber, del esto. De
este modo, sigue presente aquí lo sensible mismo, pero no como debiera serlo en
la certeza inmediata, como lo singular supuesto, sino como universal o como lo
que determinará como propiedad. La superación presenta su verdadera doble
significación, que hemos visto en lo negativo: es al mismo tiempo un negar y un
mantener; la nada, como nada del esto, mantiene la inmediatez y es ella misma
sensible, pero es una inmediatez universal. Pero el ser es un universal porque
tiene en él la mediación o lo negativo; en cuanto expresa esto en su inmediatez,
es una propiedad distinta, determinada. Con ello se ponen al mismo tiempo muchas
propiedades de éstas, la una negativa de la otra. Al expresarse en la
simplicidad de lo universal, estas determinabilidades, que en rigor sólo son
propiedades por otra determinación que ha de añadirse, se relacionan consigo
mismas, son indiferentes las unas con respecto a las otras y cada una de ellas
es para sí y libre de las demás. Pero la universalidad simple igual a sí misma
es, a su vez, distinta y libre de estas sus determinabilidades; es el puro
relacionarse consigo mismo o el médium en que todas estas determinabilidades
son, y en el que, por tanto, se compenetran en una unidad simple, pero sin
entrar en contacto, pues precisamente por participar de esta universalidad son
indiferentes para sí. Este médium universal abstracto, que puede ser llamado la
coseidad en general o la esencia pura, no es sino el aquí y el ahora, tal como
se ha mostrado, o sea como un conjunto simple de muchos; pero estos muchos son
ellos mismos, en su determinabilidad, universales simples. Esta sal es un aquí
simple y, al mismo tiempo, múltiple; es blanca y es también de sabor salino, y
es también de forma cúbica, posee también determinado peso, etc. Todas estas
múltiples propiedades se dan en un simple aquí, en el que, por tanto, se
compenetran; ninguna de ellas tiene un aquí distinto del de otra, sino que cada
una de ellas se halla siempre en el mismo aquí que las demás; y, al mismo
tiempo, sin hallarse separadas por distintos aquí, no se afectan las unas a las
otras en esta compenetración; lo blanco no afecta o hace cambiar a lo cúbico, ni
lo uno a lo otro al sabor salino, etc., sino que, siendo cada una de ellas, a su
vez, un simple relacionarse consigo misma, deja tranquilas a las otras y sólo se
relaciona con ellas por el indiferente también. Este también es, por tanto, el
mismo puro universal o el médium, la coseidad que las reúne.
En esta conexión que así se desprende, sólo se observa y desarrolla,
primeramente, el carácter de la universalidad positiva; pero se ofrece, además,
otro lado que debe ser tomado también en consideración. En efecto, si las
múltiples propiedades determinadas fuesen sencillamente indiferentes y sólo se
refirieran a sí mismas, no serían propiedades determinadas; pues sólo lo son en
cuanto se distinguen y se relacionan con otras como contrapuestas. Pero, con
arreglo a esta contraposición, no pueden hallarse juntas en la unidad simple de
su médium, la cual es tan esencial para ellas como la negación; por tanto, la
distinción dentro de esta unidad, en cuanto no es una unidad indiferente, sino
excluyente, que niega a otro, cae fuera de este médium simple; por consiguiente,
éste no es solamente un también, unidad indiferente, sino que es, asimismo, uno,
unidad excluyente. Lo uno es el momento de la negación, en cuanto se relaciona
consigo mismo de un modo simple y excluye a otro y aquello que determina a la
coseidad como cosa. En la cualidad, la negación es, como determinabilidad ,
inmediatamente una con la inmediatez del ser, la que por esta unidad con la
negación, es universalidad; pero, como uno, se libera de esta unidad con lo
contrario y es en y para sí misma.
En el conjunto de estos momentos se consuma la cosa como lo verdadero de la
percepción, en la medida en que es necesario desarrollarlo aquí. Es la
universalidad pasiva indiferente, el también de las múltiples propiedades o más
bien materias, la negación asimismo como simple o lo uno, la exclusión de las
propiedades contrapuestas, y las múltiples propiedades mismas, la relación entre
los dos primeros momentos, la negación en cuanto se relaciona con el elemento
indiferente y se expande en él como una multitud de diferencias, irradiándose el
foco de la singularidad en la multiplicidad en el médium de lo subsistente. Por
el lado en que estas diferencias pertenecen al médium indiferente, ellas mismas
son universales, se relacionan solamente consigo mismas y no se afectan entre
sí; en cambio, por el lado en que pertenecen a la unidad negativa, son al mismo
tiempo excluyentes; pero esta relación de contraposición va aparejada
necesariamente a propiedades alejadas de su también. La universalidad sensible o
la unidad inmediata del ser y de lo negativo sólo es, así, propiedad en cuanto
que el uno y la universalidad pura se desarrollan partiendo de ella y se
distinguen entre sí y aquella universalidad sensible enlaza la una con la otra;
sólo esta relación de dicha universalidad con los momentos esenciales puros es
la que consuma la cosa. B) La percepción contradictoria de la cosa
Así se halla, pues, constituida la cosa de la percepción; y la conciencia, en
cuanto esta cosa es su objeto, se determina como conciencia percipiente; sólo
tiene que captar este objeto y comportarse como pura aprehensión; lo que así
obtiene es lo verdadero. Si la conciencia pusiera algo de su parte en esta
aprehensión modificaría la verdad con lo que añadiese u omitiese. Siendo el
objeto lo verdadero y lo universal lo igual a sí mismo, y la conciencia, en
cambio, lo variable y lo no esencial, a ésta puede ocurrirle que aprehenda el
objeto de un modo inexacto e incurra en ilusión. El que percibe tiene la
conciencia de la posibilidad de la ilusión, pues en la universalidad, que es el
principio, el ser otro mismo es inmediatamente para él, pero como lo nulo, como
lo superado. Su criterio de verdad es, por tanto, la igualdad consigo mismo y su
comportamiento aprehenderse como igual a sí mismo. Siendo la diversidad al mismo
tiempo para quien percibe, su comportamiento es un relacionar entre sí los
distintos momentos de su aprehensión; sin embargo, si en esta comparación se
muestra una desigualdad, no se trata de una no-verdad del objeto, ya que éste es
lo igual a sí mismo, sino de una novedad de la percepción.
Veamos ahora qué experiencia hace la conciencia en su percibir real. Esta
experiencia se contiene ya para nosotros en el desarrollo ya dado del objeto y
del comportamiento de la conciencia con respecto a él y será solamente el
desarrollo de las contradicciones presentes en él. El objeto que yo capto se
ofrece como un puro uno; mas yo descubro también en él la propiedad que es
universal, pero que, por serlo, rebasa la singularidad. Por tanto, el primer ser
de la esencia objetiva como un uno no era su verdadero ser; y, siendo el objeto
lo verdadero, la no-verdad cae en mi, y la aprehensión no era acertada. La
universalidad de la propiedad me obliga a captar la esencia objetiva más bien
como una comunidad en general. Percibo, además, la propiedad como determinada,
contrapuesta a otra y que la excluye. Por tanto, no aprehendía acertadamente la
esencia objetiva cuando la determinaba como una comunidad con otras o como la
continuidad, y debo más bien, en gracia a la determinabilidad de la propiedad,
separar la continuidad y poner aquella esencia como uno excluyente. En el uno
separado encuentro muchas propiedades de éstas que no se afectan unas a otras,
sino que son indiferentes entre sí, por tanto, no percibía acertadamente el
objeto cuando lo aprehendía como excluyente, sino que así como antes sólo era
continuidad en general, ahora es un médium común universal en el que muchas
propiedades, como universalidades sensibles, son cada una para sí y. como
determinadas, excluyen a las otras. Pero, aun con esto, lo simple y lo verdadero
que yo percibo no es tampoco un médium universal, sino la propiedad singular
para sí, pero que así no es ni propiedad ni un ser determinado; pues ahora no es
en un uno ni tampoco en relación con otros. Pero propiedad sólo lo es en el uno,
y determinada solamente en relación con otros. Como este puro relacionarse
consigo misma, ya no tiene en sí el carácter de la negatividad, permanece
solamente como ser sensible en general; y la conciencia para la que ahora hay un
ser sensible sólo es un suponer, es decir, ha salido completamente de la
percepción y retornado a sí misma. Pero el ser sensible y el suponer se forman
ellos mismos en la percepción; yo me veo repelido hacia el punto de partida y
arrastrado de nuevo al mismo ciclo, que se supera en cada uno de sus momentos y
como totalidad.
La conciencia vuelve, pues, a recorrer necesariamente este ciclo, pero, al mismo
tiempo, no lo recorre ya del mismo modo que la primera vez. Ha pasado, en
efecto, por la experiencia de que el resultado y lo verdadero del percibir son
la disolución de la conciencia o la reflexión dentro de sí misma partiendo de lo
verdadero. De este modo se ha determinado para la conciencia cómo se halla
esencialmente constituido su percibir, a saber: no es una aprehensión pura y
simple, sino que en su aprehensión la conciencia, al mismo tiempo, se refleja
dentro de sí, partiendo de lo verdadero. Este retorno de la, conciencia a sí
misma, que se mezcla de modo inmediato en la pura aprehensión -y que se ha
mostrado como algo esencial al percibir-, hace cambiar lo verdadero. La
conciencia conoce este lado, al mismo tiempo, como el suyo y lo acoge, con lo
cual se mantiene puro, por tanto, el verdadero objeto. Y así, encontramos ahora,
como ocurría en la certeza sensible, que se hace presente en el percibir el lado
de qua la conciencia se ve de nuevo empujada hacía sí misma, pero, de momento,
no en el sentido en que allí acaecía, como si la verdad del percibir cayera en
ello, sino que conoce más bien lo que cae en ello, es la no-verdad allí
presente. Ahora bien, a través de este conocimiento la conciencia es, al mismo
tiempo, capaz de superar esa no-verdad; distingue su aprehensión de lo verdadero
de la novedad de su percibir, corrige éste y, en cuanto emprende ella misma esta
rectificación, cae en ella, evidentemente, la verdad, como verdad del percibir.
El comportamiento de la conciencia que de aquí en adelante hay que considerar
está constituido de tal modo, que ya no percibe simplemente, sino que es,
además, consciente de su reflexión dentro de sí y separa esta reflexión de la
simple aprehensión misma.
Así pues, comienzo dándome cuenta de la cosa como uno y tengo que retenerla en
esta determinación verdadera; si en el movimiento de la percepción se da algo
contradictorio con aquella determinación, habrá que reconocerlo como mi
reflexión. En la percepción se dan también, ahora, diferentes propiedades, que
parecen ser propiedades de la cosa; sin embargo, la cosa es un uno, y tenemos la
conciencia de que esa diferencia, con la que ha dejado de ser uno, recae en
nosotros. Por tanto, esta cosa, de hecho, sólo es blanca puesta ante nuestros
ojos y es también, de sabor salino, en contacto con nuestra lengua, y también de
forma cúbica cuando nosotros la tocamos, etc. Toda la diversidad de estos lados
no la sacamos de la cosa misma, sino de nosotros; y los lados se presentan
diferenciados ante nuestra lengua de un modo completamente distinto que ante
nuestros ojos, etc. Somos nosotros, por consiguiente, el médium universal en el
que esos momentos se separan y son para sí. Por tanto, por el hecho de
considerar como nuestra reflexión la determinabilidad de ser médium universal,
mantenemos la igualdad de la cosa consigo misma y la verdad de la cosa de ser un
uno.
Pero estos diferentes lados que la conciencia asume, cada uno para sí,
considerados como lados que se encuentran en el médium universal, son
determinados; lo blanco es sólo por oposición a lo negro, etc., y la cosa es un
uno precisamente porque se contrapone a otras. Pero, no excluye de sí a otras en
cuanto es un uno, pues el ser uno es el universal relacionarse consigo mismo y
por el hecho de ser un uno es más bien igual a todas, sino que las excluye por
la determinabilidad. Así, pues, las cosas mismas son determinadas en y para sí;
tienen propiedades mediante las cuales se diferencian de las demás. Y, siendo la
propiedad la propiedad propia de la cosa o una determinabilidad en ella misma,
la cosa tiene varias propiedades. En efecto, la cosa es, en primer lugar, lo
verdadero, es en sí misma; y lo que es en ella es en ella misma como su propia
esencia, y no en virtud de otras cosas; en segundo lugar, por tanto, las
propiedades determinadas no sólo no son en virtud de otras cosas y para éstas,
sino que son en ella misma; pero sólo son determinadas propiedades en ella en
cuanto que son varias que se distinguen unas de otras; y, en tercer lugar, en
cuanto que son así en la coseidad, son en y para sí e indiferentes las unas
respecto a las otras.
Es, en verdad, por consiguiente, la cosa misma la que es blanca y también
cúbica, también de sabor salino, etc., o la cosa es el también o el médium
universal en el que subsisten las múltiples propiedades las unas fuera de las
otras, sin tocarse ni superarse; y así captada, la cosa se capta como lo
verdadero.
Ahora bien, en este percibir, la conciencia es, al mismo tiempo, consciente de
que se refleja también dentro de sí misma y de que en el percibir aparece el
momento contrapuesto al también. Pero este momento es unidad de la cosa consigo
misma, que excluye de sí la diferencia; es, por tanto, esta unidad la que la
conciencia tiene que asumir, pues la cosa misma es la subsistencia de múltiples
propiedades distintas e independientes. Por eso decimos de la cosa que es
blanca, y también cúbica, y también de sabor salino, etc. Pero, en cuanto es
blanca no es cúbica, y en cuanto es cúbica y también blanca, no es de sabor
salino, etc. La unificación de estas propiedades corresponde solamente a la
conciencia, la que, por consiguiente, no debe dejar que caigan como un uno en la
cosa. Es para eso para lo que introduce el en tanto que, con lo que las separa y
mantiene la cosa como el también. En rigor, la conciencia asume el ser uno
solamente cuando aquello que llamábamos propiedad se representa como materia
libre. La cosa se eleva de este modo a verdadero también al convertirse en una
suma de materias y, en vez de ser un uno, pasa a ser solamente la superficie que
las implica.
Si ahora volvemos la vista atrás para ver lo que la conciencia asumía antes y lo
que asume ahora, lo que antes atribuía a las cosas y ahora se atribuye a sí,
resulta que la conciencia hace alternativamente tanto de sí misma como también
de la cosa el uno puro y sin multiplicidad como un también disuelto en materias
independientes. La conciencia encuentra, pues, por medio de esta comparación,
que no sólo su captar lo verdadero tiene en sí la diversidad de la aprehensión y
del retorno a sí misma, sino más bien que lo verdadero mismo, la cosa, se
muestra de este doble modo. Se da, así, la experiencia de que la cosa se
presenta para la conciencia que la aprehende de un determinado modo, pero, al
mismo tiempo, es fuera del modo como se ofrece y reflejada en sí o tiene en sí
misma una verdad opuesta.
C) El movimiento hacia la universalidad incondicionada y hacia el reino del
entendimiento
La conciencia ha salido, pues, también de este segundo modo de comportarse en la
percepción, que consiste en tomar la cosa como lo verdadero igual a sí mismo,
pero tomándose a sí como lo desigual, como lo que retorna a sí partiendo de la
igualdad; ahora, el objeto es para ella todo este movimiento que antes se
distribuía entre el objeto y la conciencia. La cosa es un uno, reflejado en sí;
es para sí, pero es también para otro; y es tanto un otro para sí como ella es
para otro. La cosa es, según esto, para sí y también un uno, aunque el ser uno
contradiga a esta su diversidad; la conciencia debiera, por tanto, asumir de
nuevo esta unificación, manteniéndola alejada de la cosa. Debiera, por
consiguiente, decir que la cosa, en tanto es para sí, no es para otro. Sin
embargo, es a la cosa misma a la que corresponde el ser uno, como la conciencia
ha experimentado; la cosa se ha reflejado esencialmente en sí. El también o la
diferencia indiferente cae, evidentemente en la cosa lo mismo que el ser uno,
pero puesto que se trata de momentos diversos, no caen en la misma cosa, sino en
cosas distintas; la contradicción, que es en la esencia objetiva en general, se
distribuye entre dos objetos. La cosa es, por tanto, indudablemente, en y para
sí, igual a sí misma, pero esta unidad consigo misma se ve perturbada por otras
cosas; así se mantiene la unidad de la cosa y, al mismo tiempo, el ser otro
tanto fuera de ella como fuera de la conciencia.
Ahora bien, aunque la contradicción de la esencia objetiva se distribuya, así,
entre distintas cosas, no por ello dejará de darse la diferencia dentro de la
cosa singular y separada. Por tanto, las distintas cosas son puestas para sí, y
la pugna cae mutuamente entre ellas de tal modo, que cada cual no se diferencia
de sí misma, sino solamente de la otra. Pero cada cosa se determina ella misma
como algo diferente y tiene en ella la diferencia esencial con respecto a otras,
pero al mismo tiempo no de tal modo que esta contraposición se dé en ella misma,
sino de modo que es para sí una determinabilidad simple, que constituye su
carácter esencial, que la distingue de otras. Pero, de hecho, puesto que la
diversidad se halla en la cosa, es en ella, necesariamente, como diferencia real
de múltiple constitución. Sin embargo, como la determinabilidad constituye la
esencia de la cosa, por medio de la cual ésta se distingue de otras y es para
sí, tenemos que esta constitución diversa y múltiple es lo no esencial. Por
tanto, la cosa tiene, evidentemente, en su unidad un doble en tanto que, pero
con valores desiguales, lo que hace que este ser contrapuesto no llegue a ser la
contraposición real de la cosa misma; sino que en cuanto la cosa se pone en
contraposición a través de su diferencia absoluta, sólo se contrapone a otra
cosa fuera de ella. La multiplicidad diversa, sin embargo, se da también
necesariamente en la cosa, de tal modo que no es posible eliminarla de ella,
pero le es algo no esencial.
Esta determinabilidad, que constituye el carácter esencial de la cosa y la
distingue de todas las otras se determina ahora de modo que la cosa se halla así
en contraposición a las otras, pero debe mantenerse en ella para sí. Ahora bien,
es cosa o lo uno que es para sí sólo en cuanto no se halla en esta relación con
otras, pues en esta relación se pone más bien la conexión con lo otro, y la
conexión con lo otro es el cesar del ser para sí. Es precisamente por medio de
su carácter absoluto y de su contraposición como la cosa se comporta ante las
otras y sólo es, esencialmente, este comportarse; pero el comportarse es la
negación de su independencia, y la cosa se derrumba más bien por medio de su
propiedad esencial.
La necesidad para la conciencia de la experiencia de que la cosa se derrumba
precisamente a través de la determinabilidad, que constituye su esencia y su ser
para sí, puede resumirse, ateniéndose al concepto simple, en los siguientes
términos. La cosa se pone como ser para sí o como negación absoluta de todo ser
otro y, por tanto, como negación absoluta, relacionada solamente consigo; ahora
bien, la negación relacionada consigo es la superación de sí misma, o el tener
su esencia en un otro.
De hecho, la determinación del objeto tal como se ha manifestado no contiene
nada más que esto; dicho objeto debe tener una propiedad esencial, que
constituye su simple ser para sí, pero debe tener también en él mismo, en esta
simplicidad, la diversidad, que aun siendo necesaria, no constituya la
determinabilidad esencial. Pero ésta es una distinción que sólo reside ya en las
palabras; lo no esencial, que debe ser al mismo tiempo necesario, se supera a sí
mismo o es aquello que acaba de ser llamado la negación de sí mismo.
Desaparece así el último en tanto que, que separaba el ser para sí y el ser para
otro; el objeto es más bien, en uno y el mismo respecto, lo contrario de sí
mismo: para sí en tanto es para otro y para otro en tanto es para sí. Es para
sí, reflejado en sí, un uno; pero este para sí, este ser un uno reflejado en sí
se pone en unidad con su contrario, el ser para un otro, y, por tanto, sólo como
superado; dicho de otro modo, este ser para sí es tan no esencial como aquello
que debiera ser solamente lo no esencial, a saber: el comportarse con otro.
El objeto es superado así en sus puras determinabilidades o en las
determinabilidades que debieran constituir su esencialidad, lo mismo que cuando
en su ser sensible devenía algo superado. Partiendo del ser sensible, se
convierte en algo universal; pero este universal, puesto que proviene de lo
sensible, es esencialmente condicionado por ello mismo, y, por tanto, no es, en
general, verdaderamente igual
a sí mismo, sino una universalidad afectada de una contraposición, y esto
explica por qué se separa en los extremos de lo singular y la universal, del uno
de las propiedades y del también de las materias libres. Estas
determinabilidades puras parecen expresar la esencialidad misma, pero solamente
son un ser para sí, que lleva implícito el ser para otro; pero, al ser estos dos
momentos esencialmente en una unidad, se presenta ahora la universalidad
absoluta incondicionada y es aquí donde la conciencia entra verdaderamente por
vez primera en el reino del entendimiento.
Por tanto, aunque la singularidad sensible desaparezca en el movimiento
dialéctico de la certeza inmediata y devenga universalidad, ésta es sólo
universalidad sensible. La apreciación ha desaparecido y el percibir toma el
objeto tal y como es en sí o como algo universal en general; por consiguiente,
lo singular aparece en él como verdadera singularidad, como ser en sí del uno o
como ser reflejado en sí mismo. Pero es todavía un ser para sí condicionado,
junto al cual aparece otro ser para sí, el de la universalidad contrapuesta a lo
singular y condicionado por esto; pero estos dos extremos contradictorios no
sólo aparecen yuxtapuestos, sino en unidad o, lo que es lo mismo, lo común a
ambos, el ser para sí, lleva implícita la contraposición en general, es decir,
es al mismo tiempo lo que no es un ser para sí. La sofistiquería del percibir
trata de salvar estos momentos sustrayéndolos a su contradicción y de retenerlos
mediante la separación de los puntos de vista, mediante el también y el en tanto
que, y, por último, de captar lo verdadero por medio de la distinción de lo no
esencial y de una esencia contrapuesta a ello. Sin embargo, estos recursos, en
vez de cerrar el paso a la ilusión en el aprehender, se muestran por sí mismos
como nulos; y lo verdadero, que debe ser ganado mediante esta lógica del
percibir, resulta desde uno y el mismo punto de vista lo contrario y tiene como
su esencia la universalidad carente de toda distinción y determinación.
Estas abstracciones vacías de la singularidad y de la universalidad contrapuesta
a ella, así como de la esencia enlazada a un algo no esencial y de un algo no
esencial que es, al mismo tiempo, sin embargo, necesario, son las potencias cuyo
juego es el entendimiento humano percipiente, que con frecuencia se llama el
buen sentido; se considera como la conciencia sólida y real y sólo es, en el
percibir, el juego de estas abstracciones; y donde cree ser el más rico de todos
es siempre el más pobre. Arrastrado de un lado a otro por esta esencia nula,
empujado de los brazos de uno a los de otro y afanándose por afirmar, bajo la
acción de esa sofistiquería, alternativamente lo uno y lo contrario,
resistiéndose a la verdad, supone que la filosofía se limita a tratar de las
cosas del pensamiento. Y es cierto que trata también de ellas y las reconoce
como las esencias puras, como elementos y potencias absolutos; pero, con ellos,
las reconoce al mismo tiempo en su determinabilidad, y de este modo, las domina,
mientras que aquel entendimiento percipiente las capta como lo verdadero se ve
empujado por ellas de error en error. El mismo conocimiento percipiente no llega
a la conciencia de que las que en él rigen son esas simples esencialidades y
supone manejar siempre materias y contenidos perfectamente sólidos, del mismo
modo que la certeza sensible ignora que su esencia es la abstracción vacía del
ser puro; pero, de hecho, el entendimiento a que nos referimos va y viene a
través de toda la materia y todo el contenido apoyándose en estos elementos, que
lo mantienen en cohesión y le dan su posición dominante, y ellos solamente son
lo que hace de lo sensible la esencia para la conciencia, lo que determina su
comportamiento hacía ella y en lo que discurre el movimiento del percibir y de
lo verdadero para él. Este curso, una determinación constantemente cambiante de
lo verdadero y la superación de esta determinación, es lo que en rigor
constituye la vida y la acción diaria y constante de la conciencia percipiente y
que supone moverse en la verdad. Por este camino, dicha conciencia marcha
inconteniblemente hacía el resultado de la misma superación de todas estas
esencialidades a determinaciones esenciales, pero en cada momento singular sólo
tiene conciencia de una de estas determinabilidades como lo verdadero, para
pasarse en seguida a la opuesta. Tal parece como sí barruntase su no
esencialidad; para salvarlas del peligro que las amenaza, recurre a la
sofistiquería, afirmando ahora como lo verdadero lo que hace apenas un momento
afirmaba como lo no verdadero. A lo que la naturaleza de estas esencias no
verdaderas quiere, en rigor, empujar a este entendimiento es a agrupar los
pensamientos de aquella universalidad y singularidad, del también y del uno, de
aquella esencialidad necesariamente enlazada a una no esencialidad y de algo no
esencial que es sin embargo necesario, los pensamientos de estas no-esencias,
superándolos así; en cambio, el entendimiento a que nos referimos trata de
resistir, apoyándose para ella en el en tanto que y en los distintos puntos de
vista o recurriendo a asumir uno de los pensamientos para mantener el otro
separado y como lo verdadero. Pero la naturaleza de estas abstracciones las
agrupa en y para sí, y el buen sentido es presa de esos pensamientos, que lo
arrastran en su torbellino. Trata de infundirles el carácter de la verdad
asumiendo unas veces la no-verdad de ellas y otras veces llamando a la ilusión
una apariencia nacida de la inseguridad de las cosas, separando lo esencial de
algo que les es necesario y que, sin embargo, debe ser no esencial, y reteniendo
aquello frente a esto como su verdad, pero, al proceder de este modo, no
mantiene en ellos su verdad y se da a sí, la no-verdad.
FUERZA Y ENTENDIMIENTO, FENÓMENO Y MUNDO SUPRASENSIBLE
EN LA dialéctica de la certeza sensible han desaparecido en el pasado, para la
conciencia, el oído, la visión, etc., y como percepción la conciencia ha
arribado a pensamientos que, no obstante, agrupa primeramente en lo universal
incondicionado. Ahora bien, este algo incondicionado, sí se lo tomase como
simple esencia quieta, no sería, a su vez, más que el extremo del ser para sí
puesto de un lado, pues frente a él aparecería la no-esencia, pero referido a
ésta él mismo será algo no esencial y la conciencia no saldría de la ilusión del
percibir; sin embargo, ha resultado ser algo que ha retornado a sí, partiendo de
un ser para sí condicionado. Este universal incondicionado que es a partir de
ahora el verdadero objeto de la conciencia sigue siendo objeto de ella; aun no
ha captado su concepto como concepto. Hay que establecer una distinción esencial
entre ambas cosas; para la conciencia, el objeto ha retornado a sí desde el
comportamiento hacia otro, y con ello ha devenido concepto en sí; pero la
conciencia no es todavía para sí misma el concepto, por lo cual no se reconoce
en aquel objeto reflejado. Este objeto deviene para nosotros a través del
movimiento de la conciencia de tal modo que la conciencia se ha entrelazado con
este devenir y la reflexión es en ambos lados la misma o solamente una. Pero,
como la conciencia, en este movimiento, tendría como contenido solamente la
esencia objetiva, y no la conciencia como tal, tenemos que para ella hay que
poner el resultado en una significación objetiva y la conciencia como lo que se
repliega de lo que ha devenido, de modo que esto es para ella, como lo objetivo,
la esencia.
El entendimiento ha superado así, evidentemente, su propia novedad y la
no-verdad del objeto; y resultado de ello es para él el concepto de lo
verdadero, como verdadero que es en sí y que aun no es concepto o que carece del
ser para sí de la conciencia; algo verdadero que el entendimiento deja hacer sin
saberse en él. Este algo verdadero impulsa su esencia para sí misma; de tal modo
que la conciencia no participa para nada en su libre realización Realisierung,
sino que se limita a contemplarla y la aprehende, puramente. Lo que nosotros,
según esto, tenemos que hacer, ante todo, es ponernos en su lugar y ser el
concepto que plasma lo que se contiene en el resultado; es en este objeto
plasmado, que se presenta ante la conciencia como algo que es, donde la
conciencia deviene ante sí misma conciencia concipiente.
El resultado era lo universal incondicionado, primeramente en el sentido
negativo y abstracto de que la conciencia negaba sus conceptos unilaterales y
los convertía en algo abstracto, es decir, los abandonaba. Pero el resultado
tiene en sí la significación positiva de que en él se pone de un modo inmediato
como la misma esencia la unidad del ser para sí y del ser para otro o la
contraposición absoluta. Por ahora, esto sólo parece afectar a la forma de los
momentos, el uno con respecto al otro; pero el ser para sí y el ser para otro es
igualmente el contenido mismo, puesto que la contraposición no puede tener en su
verdad más naturaleza que la que se ha mostrado en el resultado, a saber: la de
que el contenido tenido por verdadero en la percepción sólo pertenece de hecho a
la forma y se disuelve en su unidad. Y este contenido es al mismo tiempo
universal; no puede haber allí ningún otro contenido que por su especial
constitución se sustraiga al retorno a esta universalidad incondicionada.
Semejante contenido sería un modo determinado cualquiera de ser para sí y de
comportarse hacia otro. Sin embargo, ser para sí y comportarse hacia otro en
general constituyen la naturaleza y la esencia de un contenido cuya verdad es la
de ser universal incondicionado; y el resultado es pura y simplemente universal.
Ahora bien, como este universal incondicionado es objeto para la conciencia, se
manifiesta en él la diferencia entre la forma y el contenido, y en la figura del
contenido los momentos tienen el aspecto en el que primeramente se ofrecían: de
una parte, el de médium universal de múltiples materias subsistentes y, de otra
parte, el de uno reflejado en sí, en el que queda aniquilada su independencia.
Aquél es la disolución de la independencia de la cosa o la pasividad, que es un
ser para otro; éste, empero, el ser para sí. Hay que ver cómo estos momentos se
presentan en la universalidad incondicionada, que es su esencia. Se comprende
claramente, ante todo, que dichos momentos, por el hecho de que sólo tienen su
ser en esta universalidad, no pueden ya en general mantenerse el uno aparte del
otro, sino que son, esencialmente, lados que se superan en ellos mismos y sólo
se pone el tránsito del uno al otro.
A) La fuerza y el juego de las fuerzas
Uno de los momentos se presenta, pues, como la esencia dejada a un lado, como
médium universal o como la subsistencia de materias independientes. Pero la
independencia de estas materias no es sino este médium; o bien, este universal
es totalmente la multiplicidad de aquellos diversos universales. Pero el que lo
universal forme en él mismo una unidad inseparable con esta multiplicidad
significa que estas materias son cada una de ellas donde la otra es; se penetran
mutuamente, pero sin tocarse, ya que, a la inversa, la multiplicidad
diferenciada es igualmente independiente. Con lo cual se establece también su
pura porosidad o su ser superadas. Y, a su vez, este ser superadas o la
reducción de esta diversidad al puro ser para sí no es otra cosa que el médium
mismo, y éste la independencia de las diferencias. Dicho de otro modo: las
diferencias establecidas como independientes pasan de modo inmediato a su
unidad; ésta pasa a ser también de modo inmediato el despliegue, y el despliegue
retorna, a su vez, a la reducción. Este movimiento es lo que se llama fuerza:
uno de los momentos de ella, o sea la fuerza en cuanto expansión de las materias
independientes en su ser, es su exteriorización; pero la fuerza como el
desaparecer de dichas materias es la fuerza que desde su exteriorización se ve
repelida de nuevo hacia sí, o la fuerza propiamente dicha. Pero, en primer
lugar, la fuerza replegada sobre sí misma necesita exteriorizarse; y, en segundo
lugar, en la exteriorización, la fuerza es una fuerza que es en sí misma, del
mismo modo que en este ser en sí misma es exteriorización. Al obtener así ambos
momentos en su unidad inmediata, el entendimiento, al que pertenece el concepto
de fuerza, es propiamente el concepto que lleva en sí los momentos diferentes,
como diferentes, ya que deben ser distintos en la fuerza misma; la diferencia
sólo es, por tanto, en el pensamiento. Dicho en otros términos: lo único que se
ha establecido más arriba es el concepto de fuerza, no su realidad Realität.
Pero, de hecho, la fuerza es lo universal incondicionado que es en sí mismo lo
que es para otro o que tiene en él mismo la diferencia, pues no es otra cosa que
el ser para otro. Así, pues, para que la fuerza sea en su verdad hay que dejarla
completamente libre del pensamiento y establecerla como la sustancia de estas
diferencias, es decir, de una parte, como fuerza íntegra que permanece
esencialmente en y para sí y, de otra parte, sus diferencias como momentos
sustanciales o que subsisten para sí. La fuerza como tal o como fuerza repelida
hacía sí es, según esto, para sí como un uno excluyente para el que el
despliegue de las materias es otra esencia subsistente, con lo que se establecen
dos lados distintos independientes. Pero la fuerza es también el todo, o sigue
siendo lo que es con arreglo a su concepto; lo que vale decir que estas
diferencias siguen siendo puras formas, momentos superficiales que van
desapareciendo. Las diferencias entre la fuerza propiamente dicha repelida hacía
sí misma y el despliegue de las materias independientes no podrían, al mismo
tiempo, darse en ningún caso sí no subsistieran, o la fuerza no se daría sí no
existiese de este modo contrapuesto; sin embargo el que exista de este modo
contrapuesto no quiere decir sino que ambos momentos son al mismo tiempo, uno y
otro, independientes. Este movimiento del constante independizarse de ambos
momentos para superarse luego de nuevo es, por tanto, el que tenemos que
considerar aquí. Se ve claro, en general, que este movimiento no es sino el
movimiento de la percepción, en el que ambos lados, el que percibe y lo
percibido, al mismo tiempo, se hallan de una parte, como la aprehensión de lo
verdadero, unidos e indistintos, pero en el que, al mismo tiempo, cada lado se
refleja en sí o es para sí. Estos dos lados son aquí momentos de la fuerza; son
en una unidad como la unidad, que aparece como el medio con respecto a los
extremos que son para sí y se escinde siempre precisamente en estos extremos,
los cuales sólo son de este modo. Por tanto, el movimiento, que antes se
presentaba como el destruirse a sí mismos de conceptos contradictorios, reviste
aquí la forma objetiva y es movimiento de la fuerza, como resultado del cual
brotará lo universal incondicionado como lo no objetivo o el interior de las
cosas.
La fuerza, tal como ha sido determinada, representada en cuanto tal o como
reflejada dentro de sí, es uno de los lados de su concepto; pero establecida
como un extremo sustantivado, y precisamente como el extremo puesto bajo la
determinabilidad del uno. La subsistencia de las materias desplegadas queda,
así, excluida de esta fuerza y es algo otro que ella. Y, como es necesario que
ella misma sea esta subsistencia o que se exteriorice, su exteriorización se
presenta de modo que aquello otro la aborda y la solicita. Pero, de hecho,
puesto que se exterioriza necesariamente, lleva en sí misma lo que se establecía
como otra esencia. Hay que retirar aquello de que la fuerza se establecía como
un uno y su esencia, el exteriorizarse, como un otro, añadido desde fuera; ella
misma, la fuerza, es más bien este médium universal en el que subsisten los
momentos como materias; en otros términos: se ha exteriorizado, y es más bien
ella misma lo que debiera ser lo otro que la solicita. Existe ahora, por tanto,
como el médium de las materias desplegadas. Pero tiene también esencialmente la
forma del ser superado de las materias subsistentes o es esencialmente un uno; y
este ser uno es ahora, por tanto, establecida la fuerza como el médium de las
materias, un otro que ella y tiene esta su esencia fuera de ella. Pero, como
tiene necesariamente que ser tal como no ha sido todavía puesta, este otro se
añade y la solicita a la reflexión en sí misma o supera su exteriorización.
Pero, de hecho, ella misma es este ser reflejado en sí o este ser superado de la
exteriorización; el ser uno desaparece como aparecía, es decir, como un otro; la
fuerza es ella misma, la fuerza repelida de nuevo hacía sí.
Lo que aparece como otro y solicita la fuerza tanto para la exteriorización como
para el retorno a sí mismo es ello mismo fuerza, según el resultado inmediato,
ya que lo otro es tanto como médium universal cuanto como uno y de tal modo que
cada una de estas figuras aparece al mismo tiempo solamente como un momento que
va desapareciendo. Según esto, la fuerza no ha salido, en general, de su
concepto por el hecho de que otro es para ella y ella es para otro. Pero se dan,
al mismo tiempo, dos fuerzas y, aunque el concepto de ambas sea el mismo, han
pasado de su unidad a la dualidad. En vez de que la contraposición totalmente
esencial sólo siguiera siendo un momento, parece como si por el desdoblamiento
en fuerzas completamente independientes se sustrajera al imperio de la unidad.
Qué clase de independencia es ésta, hay que examinarlo más de cerca. De momento,
tenemos que la segunda fuerza aparece como la solicitante y, además, en cuanto a
su contenido, como médium universal frente a la que se determina como
solicitada; pero, en cuanto que aquélla es esencialmente la sucesión alternada
de estos dos momentos y ella misma es fuerza, esto quiere decir que, de hecho,
sólo es también el médium universal en tanto que se la solicita para serlo; en
cambio, en cuanto es aquella esencial sucesión alternativa de estos dos momentos
y en sí misma fuerza, es que de hecho es solamente médium universal cuando se la
solicita para que lo sea, y también y del mismo modo es sólo una unidad negativa
o que solicita que la fuerza sea repelida hacia sí por el hecho de ser
solicitada. Y, consiguientemente, se transforma en el mismo trueque de las
determinabilidades entre sí la diferencia que mediaba entre ambas y que
consistía en que la una fuese la solicitante y la otra la solicitada.
El juego de las dos fuerzas subsiste, por tanto, en este contrapuesto ser
determinado de ambas, en su ser la una para la otra dentro de esta determinación
y del trueque absoluto e inmediato de las determinaciones, tránsito sin el cual
no podrían ser estas determinaciones, en las que las fuerzas parecen presentarse
de un modo independiente. La que solicita se pone, por ejemplo, como médium
universal y, por el contrario, la solicitada como fuerza repelida; pero aquélla
sólo es, a su vez, médium universal porque la otra es fuerza repelida; en otras
palabras, ésta es más bien la solicitante con respecto a aquélla y la que la
convierte en médium. Aquélla sólo adquiere su determinabilidad a través de la
otra y sólo es solicitante en cuanto es solicitada por la otra para que lo sea;
y vuelve a perder de un modo igualmente inmediato esta determinabilidad que se
le ha dado, la cual pasa a la otra o, mejor dicho, ya ha pasado; lo ajeno, lo
que solicita la fuerza, aparece como médium universal, pero sólo porque la
fuerza le ha solicitado que sea así; es decir, es ella la que lo pone así
precisamente porque ella misma es esencialmente médium universal; pone lo que la
solicita así precisamente porque esta otra determinación le es esencial, es
decir, porque ella misma es más bien esta otra determinación.
Para penetrar en su totalidad en el concepto de este movimiento, podernos llamar
todavía la atención hacia el hecho de que las diferencias se muestran de por sí
bajo una doble diferencia: de una parte, como diferencias del contenido, en
cuanto que uno de los extremos es la fuerza reflejada en sí y el otro el médium
de las materias; y, de otra parte, como diferencias de la forma, en cuanto que
una es la solicitante y otra la solicitada, aquélla activa y ésta pasiva. Si nos
fijamos en la diferencia del contenido, vemos que los extremos son distintos en
general o son distintos para nosotros; en cambio, con arreglo a la diferencia de
la forma son independientes, tajantemente distintos el uno del otro en su
relación, y contrapuestos. El que los extremos no son nada en sí según estos dos
lados, sino que estos lados en que debería subsistir su esencia diferencial no
son más que momentos que tienden a desaparecer, el paso inmediato de cada uno de
los lados al lado opuesto, es algo que deviene para la conciencia en la
percepción del movimiento de la fuerza. Pero, para nosotros, como ya hemos
dicho, las diferencias desaparecían en sí como diferencias del contenido y de la
forma, y, del lado de la forma, conforme a la esencia, lo activo, lo solicitante
a la que es para sí era lo mismo que del lado del contenido, como fuerza
repelida hacia sí misma, y lo pasivo, lo solicitado a lo que es para otro del
lado de la forma lo mismo que del lado del contenido se presentaba como médium
universal de las múltiples materias. De donde se desprende que el concepto de
fuerza deviene real al desdoblarse en dos fuerzas y también cómo llega a esto.
Estas dos fuerzas existen como esencias que son para sí; pero su existencia es
ese movimiento de la una con respecto a la otra en cuanto su ser es más bien un
puro ser puesto por un otro, es decir en cuanto su ser tiene más bien la pura
significación del desaparecer. No son en cuanto extremos que hayan retenido algo
fijo para sí limitándose a transmitirse una cualidad externa el uno respecto al
otro en el término medio y en su contacto, sino que lo que son lo son solamente
en este término medio y contacto. Hay en ello, de un modo inmediato, tanto el
ser repelido hacía sí mismo o el ser para sí de la fuerza como la
exteriorización, tanto el solicitar como el ser solicitado; por tanto, estos
momentos no aparecen distribuidos entre dos extremos independientes que se
enfrenten sólo en sus vértices contrapuestos, sino que su esencia consiste pura
y simplemente en esto: en que cada uno sólo es por medio del otro y en no ser
inmediatamente en tanto que el otro es. Por tanto, no tienen de hecho ninguna
sustancia propia que las sostenga y mantenga. El concepto de fuerza se mantiene
más bien como la esencia en su realidad misma; la fuerza como real sólo es pura
y simplemente en la exteriorización, que no es, al mismo tiempo, otra cosa que
un superarse a sí misma. Esta fuerza real, representada como libre de su
exteriorización y como algo que es para sí, es la fuerza repelida hacía sí
misma; pero esta determinabilidad es, de hecho, a su vez, como ha resultado,
sólo un momento de la exteriorización. La verdad de la fuerza se mantiene, pues,
solamente como el pensamiento de ella; y los momentos de su realidad, sus
sustancias y su movimiento, se derrumban sin detenerse en una unidad indistinta
que no es la fuerza repelida hacía sí misma (ya que ésta sólo es, a su vez, uno
de tales momentos), sino que esta unidad es su concepto como concepto. La
realización Realisierung de la fuerza es, por consiguiente, al mismo tiempo, la
pérdida de la realidad Realität; la fuerza ha devenido así más bien algo
totalmente otro, a saber: esta universalidad que el entendimiento conoce
primeramente o de un modo inmediato como su esencia y que también como su
esencia se muestra en su realidad Realität que debiera ser, en las sustancias
reales.
B) Lo interior
Si consideramos el primer universal como el concepto del entendimiento, en el
que la fuerza no es todavía para sí, el segundo será ahora su esencia, tal y
como se presenta en y para sí. O, a la inversa, si consideramos el primer
universal como lo inmediato, que debiera ser un objeto real para la conciencia,
tenemos que el segundo se halla determinado como lo negativo de la fuerza
sensible objetiva; es la fuerza tal y como es en su verdadera esencia, solamente
en cuanto objeto del entendimiento; aquel primero sería la fuerza repelida hacía
sí misma o la fuerza como sustancia; este segundo, en cambio, lo interior de las
cosas como interior, que es lo mismo que el concepto como concepto.
C) El mundo suprasensible
Lo interior, el fenómeno, el entendimiento Esta esencia verdadera de las cosas
se ha determinado ahora de tal modo que no es inmediatamente para la conciencia,
sino que ésta mantiene un comportamiento mediato hacía lo interior y, como
entendimiento, contempla, a través de este término medio del juego de las
fuerzas, el fondo verdadero de las cosas. El término medio que enlaza los dos
extremos, el entendimiento y lo interior, es el ser desarrollado de la fuerza,
que de ahora en adelante es para el entendimiento mismo un desaparecer. Por eso
se le da el nombre de manifestación Erscheinung, ya que llamamos apariencia
Schein al ser que es en él mismo, de modo inmediato, un no- ser. Pero no es
solamente una apariencia sino un fenómeno, la totalidad de lo que aparece. Esta
totalidad, como totalidad o lo universal, es lo que constituye lo interior, el
juego de fuerzas, como reflexión de ese juego en sí mismo. En él, las esencias
de la percepción son puestas para la conciencia de un modo objetivo tal y como
son en sí, es decir, como momentos que sin descanso ni ser se truecan de un modo
inmediato en lo contrario, lo uno inmediatamente en lo universal, lo esencial
inmediatamente en lo no esencial, y a la inversa. Este juego de fuerzas es, por
tanto, lo negativo desarrollado; pero la verdad de él es lo positivo, a saber:
lo universal, el objeto que es en sí. El ser del mismo para la conciencia es
mediado por el movimiento de la manifestación, en el que el ser de la percepción
y lo objetivo sensible en general tiene solamente una significación negativa y
la conciencia, por tanto, se refleja en sí, partiendo de ello, como en lo
verdadero, pero como conciencia vuelve a convertir este algo verdadero en
interior objetivo, distinguiendo esta reflexión de las cosas de su reflexión en
sí misma, del mismo modo que el movimiento mediador sigue siendo para ella algo
objetivo. Este interior es, por tanto, para la conciencia, un extremo frente a
ella; pero es también, para ella, lo verdadero, puesto que en ello tiene, al
mismo tiempo, como en el en sí, la certeza de sí mismo o el momento de su ser
para sí; sin embargo, no es aun consciente de este fundamento, ya que el ser
para sí que lo interior debería tener en él mismo no sería otra cosa que el
movimiento negativo; pero, para la conciencia, este movimiento negativo sigue
siendo el fenómeno objetivo que va desapareciendo y no es todavía su propio ser
para sí; lo interior es, para él, por tanto, concepto, pero la conciencia no
conoce aun la naturaleza del concepto.
En este verdadero interior, como lo universal absoluto depurado de la
contraposición de lo universal y lo singular y devenido para el entendimiento,
se revela ahora por ver primera más allá del mundo sensible como el mundo que se
manifiesta, un mundo suprasensible como el mundo verdadero, por encima del más
acá llamado a desaparecer el más allá permanente; un en sí que es la
manifestación primera de la razón, manifestación todavía, por tanto, imperfecta
o solamente el puro elemento en que la verdad tiene su esencia.
Nuestro objeto será, por tanto, en lo sucesivo, el silogismo que tiene como
extremos el interior de las cosas y el entendimiento y como término medio el
fenómeno; pero el movimiento de este silogismo suministra la ulterior
determinación de lo que el entendimiento contempla en el interior a través de
aquel término medio y la experiencia que hace acerca de este comportarse de lo
enlazado por el razonamiento. D) Lo suprasensible, como manifestación
Lo interior sigue siendo un puro más allá para la conciencia, ya que ésta no se
encuentra aun por sí misma en él; es vacío, pues es solamente la nada del
fenómeno y, positivamente, es lo universal simple. Este modo de ser de lo
interior asiente de un modo inmediato a quienes dicen que el interior de las
cosas es incognoscible; pero el fundamento de esto debiera captarse de otro
modo. De este algo interior tal y como es aquí de un modo inmediato no se da,
evidentemente, conocimiento alguno, pero no porque la razón sea para ello
demasiado corta de vista, limitada, o como quiera llamársela, acerca de lo cual
aun no sabemos nada, por ahora, pues no hemos penetrado tan a fondo; sino por
virtud de la simple naturaleza de la cosa misma, a saber: porque en lo vacío no
se conoce nada o, expresando lo mismo del otro lado, porque se lo determina
precisamente como el más allá de la conciencia. El resultado es, evidentemente,
el mismo sí se sitúa a un ciego en medio de la riqueza del mundo suprasensible
-suponiendo que este mundo tenga tal riqueza, ya se trate del contenido peculiar
de este mundo o ya sea la conciencia misma este contenido- que sí se coloca a un
hombre que ve en medio de las puras tinieblas o, sí se quiere, en la pura luz,
suponiendo que el mundo suprasensible sea esto; el hombre dotado de visión no
verá ni bajo la pura luz ni en medio de las puras tinieblas, lo mismo que el
ciego no alcanzaría a ver nada de la plétora de riquezas desplegadas ante él. Si
no se pudiera hacer nada con lo interior y el entrelazamiento con él mediante el
fenómeno, no quedaría más camino que atenerse al fenómeno mismo, es decir, tomar
como verdadero algo de lo que sabemos que no lo es; o bien, para que en este
vacío, devenido primeramente como vaciedad de cosas objetivas, pero que luego,
como vaciedad en sí, debe tomarse como vacío de todos los comportamientos
espirituales y diferencias de la conciencia como conciencia, para que en este
vacío total a que se da también el nombre de lo sagrado, haya algo, por lo
menos, lo llenamos de sueños, de fenómenos que la conciencia misma engendra; y
tendría que contentarse con recibir ese trato, no siendo digno de otro mejor, ya
que, después de todo, los mismos sueños son preferibles a su vaciedad.
Pero lo interior o el más allá suprasensible ha nacido, proviene de la
manifestación y ésta es su mediación; en otros términos, la manifestación es su
esencia y es, de hecho, lo que la llena. Lo suprasensible es lo sensible y lo
percibido, puestos como en verdad lo son; y la verdad de lo sensible y lo
percibido es, empero, ser fenómeno. Lo suprasensible es, por tanto, el fenómeno
como fenómeno. Si se pensara que lo suprasensible es, por tanto, el mundo
sensible o el mundo tal y como es para la certeza y la percepción sensibles
inmediatas, lo entenderíamos al revés, pues el fenómeno más bien no es el mundo
del saber y la percepción sensibles como lo que son, sino puestos como superados
o en verdad como interiores. Suele decirse que lo suprasensible no es la
manifestación; pero, al decir esto, no se entiende por manifestación la
manifestación, sino más bien el mundo sensible, mismo, como realidad real reelle
Wirklichkeit.
E) La ley como la verdad de la manifestación}
El entendimiento, que es nuestro objeto, se halla cabalmente en el lugar en que
para él lo interior ha devenido en sí solamente en cuanto lo universal todavía
no lleno; el juego de fuerzas sólo tiene, cabalmente, esta significación
negativa de no ser en sí y la positiva de ser lo mediador, pero fuera del
entendimiento. Pero su relación con lo interior se llenará para el
entendimiento. El juego de fuerzas es algo inmediato para el entendimiento, pero
lo verdadero es para él lo interior simple; el movimiento de la fuerza sólo es,
por tanto, asimismo, lo verdadero como lo simple en general. Ahora bien, por lo
que a este juego de fuerzas se refiere, hemos visto que, según su constitución,
la fuerza solicitada por otra es, al mismo tiempo, la solicitante con respecto a
ésta, la cual se convierte en solicitante, a su vez y por ello mismo. Aquí sólo
se da el trueque inmediato o la mutación absoluta de la determinabilidad, que
constituye el único contenido de lo que aparece; el ser o bien médium universal
o bien unidad negativa. Lo que aparece de un modo determinado deja de ser
inmediatamente lo que es al aparecer; mediante este modo determinado de aparecer
solicita al otro lado, que así se exterioriza; es decir, este otro lado es
inmediatamente, ahora, lo que el primero debiera ser. Estos dos lados, el
comportamiento del solicitar y el comportamiento del contenido determinado
opuesto, son cada uno para sí la inversión y el trueque absolutos. Pero estos
dos comportamientos son, a su vez, uno y el mismo; y la diferencia de la forma,
el ser lo solicitado y lo solicitante, es lo mismo que la diferencia del
contenido, lo solicitado en cuanto tal, a saber; el médium pasivo, y lo
solicitante, en cambio, el médium activo, la unidad negativa o lo uno.
Desaparece con ello toda diferencia entre las fuerzas particulares que, la una
frente a la otra, debieran darse en general en este movimiento, ya que se
basaban exclusivamente en aquella diferencia; y la diferencia entre las fuerzas
forma, a su vez, una unidad con ambas. Aquí no se da ya, pues, ni la fuerza ni
el solicitar y el ser solicitado, ni la determinabilidad de ser médium
subsistente y unidad reflejada en sí, ni algo singular para sí ni diversas
contraposiciones; en este cambio absoluto sólo se da ya la diferencia como
universal o como la diferencia a que han quedado reducidas las múltiples
contraposiciones. Esta diferencia como universal es, por tanto, lo simple en el
juego de la fuerza misma y lo verdadero de él; es la ley de la fuerza.
A través de su relación con la simplicidad de lo interior o del entendimiento,
la manifestación absoluta cambiante se convierte en la diferencia simple. Lo
interior, primeramente, sólo es lo universal en sí; este simple universal en sí
es, sin embargo, esencialmente, de un modo no menos absoluto, la diferencia
universal, pues es el resultado del cambio mismo, o el cambio es su esencia;
pero el cambio, como puesto en lo interior, como en verdad es, es acogido en
este interior como diferencia asimismo absolutamente universal, aquietada, que
permanece igual a sí. En otras palabras, la negación es momento esencial de lo
universal y ella o la mediación son, por tanto, en lo universal, diferencia
universal. Dicha diferencia se expresa en la ley como la imagen constante del
fenómeno inestable. El mundo suprasensible es, de este modo, un tranquilo reino
de leyes, ciertamente más allá del mundo percibido, ya que este mundo sólo
presenta la ley a través del constante cambio, pero las leyes se hallan
precisamente presentes en él, como su tranquila imagen inmediata.
F) La ley, como diferencia y homonimia
a) Las leyes determinadas y la ley universal
Este reino de las leyes es, ciertamente, la verdad del entendimiento, que tiene
su contenido en la diferencia que es en la ley; pero, al mismo tiempo, sólo es
su primera verdad y no agota totalmente la manifestación. La ley se halla
presente en él, pero no es toda su presencia; bajo circunstancias sin cesar
distintas, tiene una realidad siempre otra. Esto hace que la manifestación para
sí tenga un lado que no es en lo interior; en otros términos, la manifestación
no aparece puesta todavía en verdad como manifestación, como ser para sí
superado. Y este defecto de la ley necesariamente tiene que manifestarse también
en la ley misma. Lo que parece faltarle es que, aun teniendo en sí misma la
diferencia, sólo la tiene como diferencia universal, indeterminada. Pero, en
cuanto que no es la ley en general, sino una ley, tiene en ella la
determinabilidad, con lo cual se da una multiplicidad indeterminada de leyes.
Sin embargo, esta multiplicidad es más bien, ella misma, un defecto, pues
contradice al principio del entendimiento para el que, como conciencia de lo
interior simple, lo verdadero es la unidad universal en sí. De ahí que tenga que
hacer coincidir más bien las múltiples Leyes en una sola ley, por ejemplo en la
ley según la cual la piedra cae o en la que rige el movimiento de las esferas
celestes concebidas como una sola ley. Pero, en esta coincidencia, las leyes
pierden su determinabilidad; la ley se torna cada vez más superficial, con lo
que se encuentra, de hecho no la unidad de estas leyes determinadas, sino una
ley que elimina su determinabilidad; como la ley única que agrupa en sí las
leyes de la caída de los cuerpos en la tierra y la del movimiento celeste no
expresa en realidad las dos. La unificación de todas las leyes en la atracción
universal no expresa más contenido que el mero concepto de la ley misma, que
aquí se pone como algo que es. La atracción universal nos dice que todo tiene
una diferencia constante con lo otro. El entendimiento supone haber descubierto
aquí una ley universal que expresa la realidad universal como tal, pero sólo ha
descubierto, de hecho, el concepto de la ley misma, algo así como si declarara
que toda realidad es en ella misma conforme a ley. La expresión de la atracción
universal tiene, por tanto, gran importancia en cuanto que va dirigida contra
esa representación carente de pensamiento para la que todo se presenta bajo la
figura de lo contingente y según la cual la determinabilidad tiene la forma de
la independencia sensible. La atracción universal o el concepto puro de la ley
se enfrentan, así, a las Leyes determinadas. En cuanto este concepto puro se
considera como la esencia o como lo interior verdadero, la determinabilidad de
la ley determinada misma sigue perteneciendo al fenómeno a más bien al ser
sensible. Sin embargo, el concepto puro de la ley no sólo va más allá de la ley,
la cual, como ley determinada, se enfrenta a otras Leyes determinadas, sino que
va también más allá de la ley como tal. La determinabilidad de que se hablaba
sólo es en sí misma, propiamente, un momento que tiende a desaparecer y que aquí
no puede ya presentarse como esencialidad, pues sólo se da la ley como lo
verdadero, pero el concepto de ley se vuelve contra la ley misma. Y en la ley
precisamente se aprehende la diferencia misma de un modo inmediato y se acoge en
lo universal, con lo cual subsisten los momentos cuya relación expresa la ley
como esencialidades indiferentes y que son en sí. Pero estas partes de la
diferencia en la ley son sin embargo, al mismo tiempo, lados a su vez
determinados; el concepto puro de la ley como atracción universal, en su
verdadera significación, debe aprehenderse de tal modo que en él, como en lo
absolutamente simple, las diferencias que se dan en la ley como tal retornen de
nuevo a lo interior como unidad simple; esta unidad es la necesidad interna de
la ley.
b) Ley y fuerza
La ley se presenta, pues, de dos modos, de una parte como ley en la que las
diferencias se expresan como momentos independientes; de otra parte, en la forma
del simple ser retornado a sí mismo, que a su vez puede llamarse fuerza, pero de
tal modo que no se entiende por tal fuerza repelida hacía sí misma, sino la
fuerza en general o el concepto de la fuerza, es decir, una abstracción que
atrae hacía sí las diferencias entre lo que es atraído y lo que atrae. Así, por
ejemplo, la electricidad simple es la fuerza; pero la expresión de la diferencia
corresponde a la ley; esta diferencia es la electricidad positiva y la negativa.
En el movimiento de caída, la fuerza es lo simple, la gravedad, que responde a
la ley según la cual las magnitudes de los momentos diferentes del movimiento,
el tiempo transcurrido y el espacio recorrido, se comportan entre sí como la
raíz y el cuadrado. La electricidad misma no es la diferencia en sí o, en su
esencia, no es la doble esencia de la electricidad positiva y negativa; por eso
suele decirse que tiene la ley de ser de ese modo y también que tiene la
propiedad de exteriorizarse así. Esta propiedad es, ciertamente, esencial y la
única propiedad de esta fuerza o le es necesaria. Pero la necesidad es, aquí,
una palabra vacua; la fuerza debe desdoblarse así sencillamente porque debe.
Claro está, que, si se pone la electricidad positiva, también la negativa en sí
es necesaria, ya que lo positivo sólo es como relación a algo negativo, o lo
positivo es en él mismo la diferencia de sí mismo, ni más ni menos que lo
negativo. Pero el que la electricidad en cuanto tal se divida así no es en sí lo
necesario; como simple fuerza, la electricidad es indiferente con respecto a su
ley de ser como positiva y negativa; y sí llamamos a lo necesario, su concepto y
a esto, a la ley, empero, su ser, entonces su concepto es indiferente con
respecto a su ser; la electricidad sólo tiene esta propiedad: lo que cabalmente
significa que ella no le es en sí necesaria. Esta indiferencia se presenta bajo
otra forma cuando se dice que de la definición de la electricidad forma parte el
ser como positiva y negativa o que esto es sencillamente su concepto y esencia.
Su ser significaría entonces su existencia en general; pero en aquella
definición no va implícita la necesidad de su existencia; ésta es o porque se la
encuentra, lo que significa que no es para nada necesaria, o bien responde a
otras fuerzas, es decir, su necesidad es externa. Pero al situar la necesidad en
la determinabilidad del ser por medio de otro recaemos de nuevo en la
multiplicidad de las leves determinadas, que habíamos abandonado para considerar
la ley como ley; con ésta solamente hay que cotejar su concepto como concepto o
su necesidad, que en todas estas formas se había mostrado, sin embargo, ante
nosotros solamente como una palabra vacua.
La indiferencia de la ley y de la fuerza o del concepto y del ser se presenta,
además, de otro modo, distinto del que acabamos de indicar. Por ejemplo, en la
ley del movimiento es necesario que éste se divida en tiempo y espacio o también
en distancia y velocidad. Al ser solamente la relación entre aquellos momentos,
el movimiento, es lo universal, aquí, evidentemente, dividido en sí mismo; pero
estas partes, tiempo y espacio, o distancia y velocidad, no expresan en ellas
este origen de lo uno; son indiferentes entre sí, el espacio es representado
como sí pudiera ser sin el tiempo, el tiempo sin el espacio y la distancia, al
menos, sin la velocidad, del mismo modo que son indiferentes entre sí sus
magnitudes, puesto que no se comportan como lo positivo y lo negativo ni se
relacionan, por tanto, las unas con las otras por su esencia. La necesidad de la
división se presenta, pues, aquí, pero no la de las partes como tales, la una
con respecto a la otra. Lo que quiere decir, empero, que aquella primera
necesidad no pasa de ser una falsa necesidad disfrazada de tal; en efecto, el
movimiento no es representado él mismo como simple o como pura esencia, sino ya
como dividido; tiempo y espacio son sus partes independientes o esencias en
ellas mismas, o distancia y velocidad modos del ser o del representarse cada uno
de los cuales puede ser sin el otro, por lo que el movimiento sólo es su
relación superficial, pero no su esencia. Representado como simple esencia o
como fuerza, el movimiento es, ciertamente, la gravedad, la cual, sin embargo,
no encierra en ella para nada estas diferencias.
c) La explicación
En ninguno de los dos casos es la diferencia, por tanto, una diferencia en sí
misma; o bien lo universal, la fuerza, es indiferencia con respecto a la
división que es en la ley, o bien las diferencias, las partes de la ley, son
indiferentes las unas con respecto a las otras. Pero el entendimiento tiene el
concepto de esta diferencia en sí, cabalmente porque la ley es, de una parte, lo
interior, lo que es en sí y porque, de otra parte, es en ella, al mismo tiempo,
lo diferente. El que esta diferencia sea una diferencia interna viene dado en el
hecho de que la ley es fuerza simple o como concepto de la diferencia, de que
es, por tanto, una diferencia del concepto. Pero esta diferencia interna, al
principio, corresponde solamente al entendimiento; no aparece todavía puesta en
la cosa misma. El entendimiento expresa, pues, solamente la propia necesidad;
una diferencia que sólo puede establecer en tanto que expresa al mismo tiempo
que la diferencia no es una diferencia de la cosa misma. Esta necesidad, que
sólo radica en las palabras, es, de este modo, la descripción de los momentos
que forman el ciclo de dicha necesidad; se los distingue, evidentemente, pero al
mismo tiempo, superada; este movimiento se llama explicación. Así, pues, se
enuncia una ley, de la que se distingue como la fuerza su en sí universal o el
fundamento; pero de esta diferencia se dice que no es tal, sino que el
fundamento se halla más bien constituido como la ley. Por ejemplo, el suceso
singular del rayo es aprehendido como universal y este universal se enuncia como
la ley de la electricidad; la explicación resume luego la ley en la fuerza, como
la esencia de la ley. Esta fuerza se halla, ahora, constituida de tal modo que,
al exteriorizarse, brotan electricidades de signo opuesto, las cuales
desaparecen de nuevo la una en la otra; es decir, que la fuerza se halla
constituida exactamente lo mismo que la ley; se dice que no existe entre ambas
diferencia alguna. Las diferencias son la pura exteriorización universal o la
ley y la pura fuerza; pero ambas tienen el mismo contenido, la misma
constitución; se revoca, por tanto, la diferencia como diferencia del contenido,
es decir, como diferencia de la cosa.
En este movimiento tautológico, el entendimiento permanece, como se ve, en la
unidad quieta de su objeto y el movimiento recae solamente en el entendimiento,
y no en el objeto; es una explicación que no sólo no explica nada, sino que es
tan clara, que, tratando de decir algo distinto de lo ya dicho, no dice en rigor
nada y se limita a repetir lo mismo. En la cosa misma no nace con este
movimiento nada nuevo, sino que el movimiento sólo se toma en consideración como
movimiento del entendimiento. Sin embargo, en él reconocemos cabalmente aquello
cuya ausencia se echaba de menos en la ley, a saber: el cambio absoluto mismo,
pues este movimiento, si lo consideramos más de cerca, es de un modo inmediato
lo contrario de sí mismo. Pone, en efecto, una diferencia que no sólo no es para
nosotros ninguna diferencia, sino que él mismo supera como diferencia. Es el
mismo cambio que se presentaba como el juego de fuerzas; en éste se daba la
diferencia entre lo solicitante y lo solicitado, entre la fuerza exteriorizada y
la fuerza repelida hacia sí misma, pero se trataba de diferencias que en
realidad no eran tales y que, por tanto, volvían a superarse de un modo
inmediato. Lo que se halla presente no es solamente la mera unidad, como si no
se pusiera en ella diferencia alguna, sino este movimiento, que establece
ciertamente una diferencia, pero una diferencia que, por no serlo es nuevamente
superada. Así, pues, con la explicación los cambios y mutaciones, que antes sólo
se daban fuera de lo interior, en el fenómeno, han penetrado en lo suprasensible
mismo; pero nuestra conciencia ha pasado de lo interior como objeto al otro
lado, al entendimiento y encuentra aquí el cambio.
d) La ley de la pura diferencia, el mundo invertido
Este cambio no es aun un cambio de la cosa misma, sino que se presenta más bien
precisamente como cambio puro porque el contenido de los momentos del cambio
sigue siendo el mismo. Pero, en cuanto el concepto como concepto del
entendimiento es lo mismo que lo interior de las cosas, este cambio pasa a ser,
para el entendimiento, la ley de lo interior. El entendimiento experimenta,
pues, que es ley del fenómeno mismo el que lleguen a ser diferencias que no son
tales o el que cosas homónimas se repelan de sí mismas; lo mismo que el que las
diferencias son solamente aquellas que no lo son en verdad y que se superan o
que las cosas no homónimas se atraigan. Una segunda ley, cuyo contenido se
contrapone a lo que antes llamábamos ley, es decir, a la diferencia que
permanecía constantemente igual a sí misma; pues esta nueva ley expresa más bien
el convertirse lo igual en desigual y el convertirse lo desigual en igual. El
concepto induce a la ausencia de pensamiento a reunir ambas leyes y a cobrar
conciencia de su contraposición. Claro está que también la segunda se pone como
ley o como un ser interior igual a sí mismo, pero una igualdad consigo mismo más
bien de la desigualdad, una constancia de lo inconstante. En el juego de
fuerzas, esta ley resultaba precisamente como este tránsito absoluto y como puro
cambio; el homónimo, la fuerza, se descompone en una contraposición que
primeramente se manifiesta como una diferencia independiente, pero que de hecho
no demuestra ser tal diferencia; pues es lo homónimo lo que de sí mismo se
repele, y lo repelido se atrae, por tanto, esencialmente, porque es lo mismo;
por consiguiente, la diferencia establecida vuelve a superarse, puesto que no es
tal diferencia. Esta se presenta, así como diferencia de la cosa misma o como
diferencia absoluta, y esta diferencia de la cosa no es, pues, sino lo homónimo
que se ha repelido de sí mismo y pone, de este modo, una contraposición que no
lo es.
Por medio de este principio, el primer suprasensible, el reino quieto de las
leyes, la imagen inmediata del mundo percibido, se torna en su contrario; la ley
era, en general, lo que permanecía igual, como sus diferencias; pero ahora se
establece que ambas cosas, la ley y sus diferencias, son más bien lo contrario
de sí mismas; lo igual a sí se repele más bien de sí mismo y lo desigual a sí se
pone más bien como lo igual a sí. Sólo con esta determinación tenemos, de hecho,
que la diferencia es la diferencia interna o la diferencia en sí misma, en
cuanto lo igual es desigual a sí y lo desigual igual a sí. Este segundo mundo
suprasensible es, de este modo, el mundo invertido; y ciertamente, en cuanto que
un lado está presente ya en el primer mundo suprasensible, el mundo invertido de
este primer mundo. Por donde lo interior se consuma como fenómeno. En efecto, el
primer mundo suprasensible no era sino la elevación inmediata del mundo
percibido al elemento universal; tenía su contraimagen necesaria en este mundo,
que aun retenía para sí el principio del cambio y de la mutación; el primer
reino de las leyes carecía de esto, pero lo adquiere ahora como mundo invertido.
Según la ley de este mundo invertido, lo homónimo del primero es, por tanto, lo
desigual de sí mismo y lo desigual de dicho mundo es asimismo desigual a sí
mismo o deviene igual a sí. En determinados momentos resultará que lo que en la
ley del primero era dulce es en la de este invertido en sí amargo y, lo que en
aquélla ley era negro es en éste blanco. Lo que en la ley del primero era el
polo Norte de la brújula es en su otro en sí suprasensible (es decir, en la
tierrael polo Sur, y lo que allí es polo Sur es aquí polo Norte. Del mismo modo,
lo que en la primera ley de la electricidad es el polo del oxígeno se convierte,
en su otra esencia suprasensible, en el polo del hidrógeno; y, viceversa, lo que
allí es el polo del hidrógeno se convierte aquí en el polo del oxígeno. En otra
esfera, vemos que, con arreglo a la ley inmediata, el vengarse del enemigo
constituye la más alta satisfacción de la individualidad atropellada. Pera esta
ley, según la cual debo mostrarme como esencia contra quien se niega a tratarme
como esencia independiente, y suprimirlo a él más bien como esencia, se invierte
por el principio del otro mundo en lo opuesto, y la restauración de mí mismo
como esencia mediante la superación en la esencia del otro se convierte en
autodestrucción. Ahora bien, sí esta inversión que se representa en el castigo
del delito se convierte en ley, tampoco ésta es sino la ley de un mundo que
tiene que enfrentarse a un mundo suprasensible invertido, en el que se honra la
que en aquel se desprecia y se desprecia lo que en aquél se honra. La pena, que
según la ley del primero infama y aniquila al hombre, se trueca en su mundo
invertido en el perdón que mantiene a salvo su esencia y lo honra.
Visto superficialmente, este mundo invertido es lo contrario del primero, de tal
manera que lo tiene fuera de él y lo repele de sí como una realidad invertida;
de modo que uno es el fenómeno y el otro, en cambio, el en sí, el uno el mundo
como es para otro, el otro, por el contrario, como es para sí; por donde, para
seguir empleando los anteriores ejemplos, lo que sabe dulce es, propiamente o en
el interior de la cosa, amargo, o lo que en la brújula real del fenómeno es el
polo Norte es en el ser interior o esencial el polo Sur; y lo que en la
electricidad fenoménica se manifiesta como el polo del oxigeno sería en la no
fenoménica el polo del hidrógeno. O bien un acto que como fenómeno es un delito
debería en su interior poder ser propiamente bueno (un acto malo animado por una
intención buena y la pena ser un castigo solamente como manifestación, pero en
sí o en otro mundo constituir un beneficio para el delincuente. Sin embargo,
aquí ya no se dan esos antagonismos entre lo interno y lo externo, el fenómeno y
lo suprasensible, como dos tipos de realidades. Las diferencias repelidas ya no
se reparten de nuevo entre dos sustancias de éstas que sean portadoras de ellas
y les confieran una subsistencia separada, de tal modo que el entendimiento,
brotando de lo interior, se reintegrara a su puesto anterior. Uno de los lados o
una de las sustancias volvería a ser el mundo de la percepción, en el que
ejercería su esencia una de las dos leyes, y frente a él aparecería un mundo
interior, que sería exactamente un mundo sensible como el primero, pero en la
representación; no podría ser mostrado, visto, oído ni gustado como mundo
sensible, pero sería representado como un mundo sensible semejante. Pero, de
hecho, si uno de los elementos puestos es algo percibido y su en sí, como lo
invertido de ello es asimismo algo representado de un modo sensible, tenemos que
lo amargo, que sería el en sí de la cosa dulce, es una cosa tan real como ella
una cosa amarga; lo negro, que sería el en sí de lo blanco es lo negro real; el
polo Norte, que es el en sí del polo Sur, es el polo Norte presente en la misma
brújula; el polo de oxígeno que es el en sí del polo de hidrógeno, es el polo de
oxígeno presente en la misma columna. Y el delito real tiene su inversión y su
en sí, como posibilidad, en la intención como tal, pero no es una buena
intención, pues la verdad de la intención es sólo el hecho mismo. Y, según su
contenido, el delito tiene su reflexión en sí mismo o su inversión en la pena
real; ésta es la reconciliación de la ley con la realidad que se le opone en el
delito. Por último, la pena real tiene su realidad invertida en ella misma, que
es una realización de la ley, de tal modo que la que tiene ésta como pena se
supera a sí misma, se convierte de nuevo de ley activa en ley quieta y vigente,
cancelándose el movimiento de la individualidad en contra de la ley y el de ella
en contra de la individualidad.
e) La infinitud
Así, pues, de la representación de la inversión, que constituye la esencia de
uno de los lados del mundo suprasensible hay que alejar la representación
sensible del afianzamiento de las diferencias en un elemento distinto de la
subsistencia y representarse y concebir en su pureza este concepto absoluto de
la diferencia como diferencia interna, como el repeler de sí mismo lo homónimo
como homónimo y el ser igual de lo desigual como desigual. Hay que pensar el
cambio puro o la contraposición en sí misma, la contradicción.
En efecto, en la diferencia que es una diferencia interna lo opuesto no es
solamente uno de dos -pues, de otro modo, sería un algo que es, y no un
opuesto-, sino que es lo opuesto de algo opuesto; lo otro es dado inmediatamente
en él mismo. Indudablemente, coloco lo contrario del lado de acá y del lado de
allá lo otro, con respecto a lo cual es lo contrario; por tanto, pongo lo
contrario de un lado, en y para sí sin lo otro. Pero, cabalmente al tener aquí
lo opuesto en y para sí, es lo contrario de sí mismo o tiene ya de hecho
inmediatamente lo otro en él mismo. Y así, el mundo suprasensible, que es el
mundo invertido, ha sobrepasado al mismo tiempo al otro y lo ha incluido en sí
mismo; es para sí el mundo invertido, es decir, la inversión de sí mismo; es él
mismo y su contraposición en una unidad. Solamente así es la diferencia, como
diferencia interna o diferencia en sí misma, o como infinitud.
A través de la infinitud vemos que la ley se ha realizado plenamente en ella
misma como necesidad y que todos los momentos del fenómeno han sido recogidos
ahora en su interior. El que lo simple de la ley es la infinitud significa, como
resultado de lo que antecede: que la ley es algo igual a sí mismo, que es, sin
embargo, la diferencia en sí, o que es un homónimo que se repele de sí mismo o
se desdobla. Lo que se llamaba fuerza simple se duplica a sí misma y es por su
infinitud la ley. Lo desdoblado, que constituye las partes representadas en la
ley, se presenta como subsistente; estas partes, consideradas sin el concepto de
la diferencia interna, son el espacio y el tiempo o la distancia y la velocidad
que brotan como momentos de la gravedad, indiferentes y no necesarios tanto el
uno con respecto al otro como en relación con la misma gravedad, lo mismo que
esta gravedad simple con respecto a ellos o la electricidad simple con respecto
a la electricidad positiva 'y negativa indiferente. Ahora bien, a través del
concepto de la diferencia interna este algo desigual e indiferente, espacio y
tiempo, etc., es una diferencia que no es tal diferencia o sólo es diferencia de
lo homónimo y su esencia es la unidad; esos elementos son animados el uno con
respecto al otro como lo positivo y lo negativo, y su ser es más bien el ponerse
como no ser y superarse en la unidad. Ambos términos diferentes subsisten y son
en sí, son en sí como contrapuestos, es decir, son cada uno de ellos lo
contrapuesto a sí mismo, tienen su otro en ellos y son solamente una unidad.
Esta infinitud simple o el concepto absoluto debe llamarse la esencia simple de
la vida, el alma del mundo, la sangre universal, omnipresente, que no se ve
empañada ni interrumpida por ninguna diferencia, sino que más bien es ella misma
todas las diferencias así como su ser superado y que, por tanto, palpita en sí
sin moverse, tiembla en sí sin ser inquieta. Esta infinitud simple es igual a sí
misma, pues las diferencias son tautológicas; son diferencias que no lo son. Por
tanto, esta esencia igual a sí misma se relaciona consigo misma solamente;
consigo misma, por donde esto es un otro al que la relación tiende, y la
relación consigo misma es más bien el desdoblamiento, o bien aquella igualdad
consigo misma es diferencia interna. Estos términos desdoblados son, por tanto,
en y para sí mismos, cada uno de ellos un contrario de otro, por donde el otro
se enuncia ya al mismo tiempo que él. Dicho en otros términos, cada término no
es el contrario de un otro, sino solamente el contrario puro; de este modo, por
tanto, es en él mismo lo contrario de sí. O bien no es en general un contrario,
sino que es puramente para sí, una esencia pura igual a sí misma, que no tiene
en ella diferencia alguna; de este modo, no necesitamos presentar, y menos aun
considerar como filosofía el atormentarnos con esta indagación, o incluso
considerar como insoluble el problema de saber cómo brota la diferencia o el ser
otro partiendo de esta esencia pura y fuera de ella; pues el desdoblamiento se
ha producido ya y la diferencia ha quedado excluida de lo igual a sí mismo y ha
sido dejada a un lado; por tanto, lo que debiera ser lo igual a sí mismo se ha
convertido ya en uno de los términos del desdoblamiento, en lugar de ser la
esencia absoluta. Decir que lo igual a sí mismo se desdobla equivale, pues, a
decir, exactamente lo mismo, que se supera como ya desdoblado, que se supera
como ser otro. La unidad, de la que suele decirse que de ella no puede brotar la
diferencia, no es de hecho, ella misma, solamente momento del desdoblamiento; es
la abstracción de la simplicidad enfrentada a la diferencia. Pero, al ser la
abstracción, solamente uno de los elementos contrapuestos, queda dicho con ello
que es el desdoblamiento, pues sí la unidad es algo negativo, algo contrapuesto,
cabalmente es puesto así como lo que tiene en él la contraposición. Por tanto,
las diferencias entre el desdoblamiento y el devenir igual a sí mismo son
también, por consiguiente, tan sólo este movimiento del superarse; pues en
cuanto lo igual a sí mismo que debe desdoblarse o convertirse en su contrario es
una abstracción o él mismo algo ya desdoblado, tenemos que su desdoblamiento es,
con ello, una superación de lo que es y, por ende, la superación de su ser
desdoblado. El devenir igual a sí mismo es igualmente un desdoblarse; lo que
deviene igual a sí mismo se enfrenta, así, al desdoblamiento; es decir, se pone
a sí mismo de lado a deviene más bien algo desdoblado.
La infinitud o esta inquietud absoluta del puro moverse a sí misma, según lo
cual lo determinado de algún modo, por ejemplo, como ser, es más bien lo
contrarío de esta determinabilidad, es, ciertamente, el alma de todo el
recorrido anterior, pera solamente en el interior ha surgido ella misma
libremente. La manifestación o el juego de fuerzas la presenta ya a ella misma,
pero sólo surge libremente por vez primera como explicación; y como, por último,
es objeto para la conciencia como lo que ella es, la conciencia es
autoconciencia. La explicación del entendimiento sólo es, de momento, la
descripción de lo que la autoconciencia es. El entendimiento supera las
diferencias presentes en la ley, ya convertidas en diferencias puras, pero
todavía indiferentes, y las pone en una unidad, que es la fuerza. Pero este
devenir igual es también, no menos inmediatamente, un desdoblamiento, pues sólo
supera las diferencias y pone lo uno de la fuerza al establecer una nueva
diferencia, la de ley y fuerza, que, empero, al mismo tiempo no es tal
diferencia; y precisamente porque esta diferencia, al mismo tiempo, no lo es, el
entendimiento procede él mismo una vez más a la superación de esta diferencia;
haciendo que la fuerza se halle constituida del mismo modo que la ley. Pero,
así, este movimiento o esta necesidad siguen siendo todavía necesidad y
movimiento del entendimiento o no son, en cuanto tales, su objeto, sino que el
entendimiento tiene como objetos, la electricidad positiva y negativa, la
distancia, la velocidad, fuerza de atracción y mil cosas más, que forman el
contenido de los momentos del movimiento. En la explicación encontramos
cabalmente mucha autosatisfacción, porque aquí la conciencia, para decirlo así,
se halla en coloquio inmediato consigo misma, gozándose solamente a sí misma;
parece ocuparse de otra cosa, pero de hecho sólo se ocupa de sí misma.
En la ley opuesta, como la inversión de la primera ley, o en la diferencia
interna, es cierto que la infinitud misma deviene objeto del entendimiento, pero
éste la pierde de nuevo en cuanto tal, al repartir de nuevo en dos mundos o en
dos elementos sustanciales la diferencia en sí, el repelerse a sí mismo de lo
homónimo y los términos desiguales que se atraen; el movimiento tal y como es en
la experiencia es aquí, para el, un acaecer y lo homónimo y lo desigual son
predicados cuya esencia es un substrato que es. Lo mismo que para el
entendimiento es un objeto bajo envoltura sensible, es para nosotros, en su
figura esencial como concepto puro. Esta aprehensión de la diferencia como en
verdad es o la aprehensión de la infinitud como tal es para nosotros o en sí. La
exposición de su concepto corresponde a la ciencia; pero la conciencia, en
cuanto lo posee de un modo inmediato, reaparece como forma propia o nueva figura
de la conciencia, que en lo que precede no conoce su esencia, sino que ve en
ella algo completamente distinto. Al convertirse en su objeto este concepto de
la infinitud, ella es, por tanto, conciencia de la diferencia, como diferencia
también inmediatamente superada; la conciencia es para sí misma, es la
diferenciación de lo indistinto o autoconciencia. Yo me distingo de mí mismo, y
en ello es inmediatamente para mí el que este distinto no es distinto. Yo, lo
homónimo, me repelo de mí mismo; pero este algo diferenciado, puesto como algo
desigual, no es de modo inmediato, en cuanto diferenciado, ninguna diferencia
para mi. La conciencia de un otro, de un objeto en general, es, ciertamente,
ella misma, necesariamente autoconciencia, ser reflejado en sí, conciencia de sí
misma en su ser otro. El proceso necesario de las figuras anteriores de la
conciencia, para la que lo verdadero era una cosa, un otro que ella misma,
expresa cabalmente que no sólo la conciencia de la cosa sólo es posible para una
conciencia de sí, sino, además, que solamente ésta es la verdad de aquellas
figuras. Pero esta verdad sólo se da para nosotros, aun no para la conciencia.
La conciencia de sí sólo ha devenido para sí, pero aun no como unidad con la
conciencia en general.
Vemos que en el interior de la manifestación el entendimiento no es en verdad
otra cosa que la manifestación misma, pero no tal y como es en cuanto juego de
fuerzas, sino más bien este mismo juego de fuerzas en sus momentos absolutamente
universales y en el movimiento de éstos, y de hecho, el entendimiento sólo se
experimenta a sí mismo. Elevada por sobre la percepción, la conciencia se
presenta unida a lo suprasensible por medio de la manifestación, a través de la
cual mira a este fondo. Los dos extremos, uno el del puro interior y otro el del
interior que mira a este interior puro, se juntan ahora y, lo mismo que
desaparecen ellos como extremos, desaparece también el término medio, en cuanto
algo distinto que ellos. Se alza, pues, este telón sobre lo interior y lo
presente es el acto por el que lo interior mira lo interior; la contemplación
del homónimo no diferenciado que se repele a sí mismo se pone como lo interior
diferenciado, pero para lo cual es igualmente inmediata la no diferenciabilidad
de ambos términos, la autoconciencia. Y se ve que detrás del llamado telón, que
debe cubrir el interior, no hay nada que ver, a menos que penetremos nosotros
mismos tras él, tanto para ver, como para que haya detrás algo que pueda ser
visto. Pero se muestra, al mismo tiempo, que no era posible pasar directamente
hacia allí, sin preocuparse de todas estas circunstancias, ya que este saber que
es la verdad de la representación del fenómeno de su interior sólo es, a su vez,
el resultado de un movimiento circunstanciado, a lo largo del cual desaparecen
los modos de la conciencia, el modo de ver, la percepción y el entendimiento; y
se mostrará, al mismo tiempo, que el conocimiento de lo que la conciencia sabe,
en cuanto se sabe a sí misma, exige todavía mayores circunstancias, que pasarnos
a examinar a continuación.
B. AUTOCONCIENCIA
LA VERDAD DE LA CERTEZA DE SÍ MISMO
EN LOS modos de la certeza que preceden lo verdadero es para la conciencia algo
distinto a ella misma. Pero el concepto de este algo verdadero desaparece en la
experiencia de él; el objeto no se muestra ser en verdad como era de un modo
inmediato en sí, como lo que es de la certeza sensible, la cosa concreta de la
percepción, la fuerza del entendimiento, sino que este en sí resulta ser un modo
en que es solamente para otro; el concepto del objeto se supera en el objeto
real o la primera representación inmediata en la experiencia, y la certeza se
pierde en la verdad. Pero, ahora ha nacido lo que no se producía en estos
comportamientos anteriores: una certeza que es igual a su verdad, pues la
certeza es ella misma su objeto y la conciencia es ella misma lo verdadero. Y en
ello es también, ciertamente, un ser otro; en efecto, la conciencia distingue,
pero distingue algo que para ella es, al mismo tiempo, algo no diferenciado. Si
llamamos concepto al movimiento del saber y objeto al saber, pero como unidad
quieta o como yo, vemos que, no solamente para nosotros, sino para el saber
mismo, el objeto corresponde al concepto. O bien, si, de otro modo, llamamos
concepto a lo que el objeto es en sí y objeto a lo que es como objeto o para
otro, vemos que es lo mismo el ser en sí y el ser para otro, pues el en sí es la
conciencia; pero es también aquello para lo que es otro (el en sí); y es para
ella para lo que el en sí del objeto y el ser del mismo para otro son lo mismo;
el yo es el contenido de la relación y la relación misma; es él mismo contra
otro y sobrepasa al mismo tiempo este otro, que para él es también sólo el
mismo.
A) La autoconciencia en sí
Con la autoconciencia entramos, pues, en el reino propio de la verdad. Hay que
ver cómo comienza surgiendo esta figura de la autoconciencia. Si consideramos
esta nueva figura del saber, el saber de sí mismo, en relación con la anterior,
con el saber de otro, vemos que este último ha desaparecido, ciertamente, pero
sus momentos, al mismo tiempo, se han conservado, y la pérdida consiste en que
dichos momentos están presentes aquí tal y como son en sí. El ser de la
suposición, lo singular y, contrapuesta a ella, la universalidad de la
percepción, al igual que el interior vacío del entendimiento no son ya como
esencias, sino como momentos de la autoconciencia, es decir, como abstracciones
o diferencias que para la conciencia son ellas mismas, al mismo tiempo, nulas o
no son tales diferencias, sino esencias que tienden puramente a desaparecer.
Así, pues, sólo parece haberse perdido el momento principal mismo, a saber: la
subsistencia simple independiente para la conciencia. Pero, de hecho, la
autoconciencia es la reflexión, que desde el ser del mundo sensible percibido,
es esencialmente el retorno desde el ser otro. Como autoconciencia, es
movimiento; pero, en cuanto se distingue solamente a sí mismo como el sí mismo
de sí, la diferencia es superada para ella de un modo inmediato como un ser
otro; la diferencia no es, y la autoconciencia es solamente la tautología sin
movimiento del yo soy yo; en cuanto que para ella la diferencia no tiene tampoco
la figura del ser, no es autoconciencia. Así, pues, para ella el ser otro es
como un ser o como un momento diferenciado; pero para ella es también la unidad
de sí misma con esta diferencia como segundo momento diferenciado. Con aquel
primer momento la autoconciencia es como conciencia y para ella se mantiene toda
la extensión del mundo sensible, pero, al mismo tiempo, sólo como referida al
segundo momento, a la unidad de la autoconciencia consigo misma; por
consiguiente, el mundo sensible es para ella una subsistencia, pero una
subsistencia que es solamente manifestación o diferencia, que no tiene en sí ser
alguno. Pero esta contraposición entre su fenómeno su verdad sólo tiene por su
esencia la verdad, o sea la unidad de la conciencia consigo misma; esta unidad
debe ser esencial a la autoconciencia; es decir, que ésta es, en general,
apetencia. La conciencia tiene ahora, como autoconciencia, un doble objeto: uno,
el objeto inmediato de la certeza sensible y de la percepción, pero que se halla
señalado para ella con el carácter de lo negativo, y el segundo, precisamente
ella misma, que es la verdadera esencia y que de momento sólo está presente en
la contraposición del primero. La autoconciencia se presenta aquí como el
movimiento en que esta contraposición se ha superado y en que deviene la
igualdad de sí misma consigo misma.
B) La vida
El objeto, que para la autoconciencia es lo negativo, es a la vez, para nosotros
o en sí, algo retornado a sí mismo, como por su parte la conciencia. A través de
esta reflexión, en sí mismo, el objeto ha devenido vida. Lo que la
autoconciencia distingue de sí misma como lo que es tiene también en sí, en
cuanto se lo pone como lo que es, no sólo el modo de la certeza sensible y de la
percepción, sino que es ser reflejado en sí mismo, y el objeto de la apetencia
inmediata es algo vivo. En efecto, el en sí o el resultado universal del
comportamiento del entendimiento hacia el interior de las cosas es la
diferenciación de lo diferenciable o la unidad de lo diferenciado. Pero esta
unidad es, asimismo, como hemos visto, el repelerse de sí misma; y este concepto
se escinde en la contraposición entre la autoconciencia y la vida; aquella es la
unidad para la que es la unidad infinita de las diferencias; pero ésta es
solamente esta unidad misma, de tal modo que no es al mismo tiempo para sí
misma. Tan independiente, por tanto, como la conciencia lo es en sí su objeto.
La autoconciencia, que es simplemente para sí y que marca de un modo inmediato
su objeto con el carácter de lo negativo o es ante todo apetencia, será más bien
la que pase por la experiencia de la independencia de dicho objeto.
La determinación de la vida, tal como se deriva del concepto o del resultado
universal con que hemos entrado en esta esfera basta para caracterizar la vida,
sin necesidad de seguir desarrollando su naturaleza; su ciclo se cierra con los
siguientes momentos. La esencia es la infinitud como el ser superado de todas
las diferencias, el puro movimiento de rotación alrededor de su eje, la quietud
de sí misma como infinitud absolutamente inquieta; la independencia misma, en la
que se disuelven las diferencias del movimiento; la esencia simple del tiempo,
que tiene en esta igualdad consigo misma la figura compacta del espacio. Pero,
en este médium simple y universal, las diferencias son también como diferencias,
pues esta fluidez universal sólo tiene su naturaleza negativa en cuanto es una
superación de ellas; pero no puede superar las diferencias sí éstas no tienen
subsistencia. Y es precisamente dicha fluidez la que, como independencia igual a
sí misma, es ella misma la subsistencia o la sustancia de ellas, en la cual
ellas son, por tanto, como miembros diferenciados y partes que son para sí. El
ser no tiene ya el significado de la abstracción del ser, ni la esencialidad
pura de dichos miembros la de la abstracción de la universalidad, sino que su
ser es cabalmente aquella simple sustancia fluida del puro movimiento en sí
mismo. Pero la diferencia de estos miembros entre sí como diferencia, no
consiste en general en ninguna otra determinabilidad que la determinabilidad de
los momentos de la infinitud o del puro movimiento mismo.
Los miembros independientes son para sí; pero este ser para sí es más bien del
mismo modo inmediato su reflexión en la unidad, en cuanto esta unidad es, a su
vez, el desdoblamiento en las figuras independientes. La unidad se ha
desdoblado, porque es una unidad absolutamente negativa o infinita; y por ser la
subsistencia, tenemos que la diferencia sólo tiene también independencia en
ella. Esta independencia de la figura aparece como algo determinado, como algo
para otro, pues es algo desdoblado; y, en este sentido, la superación de la
escisión se lleva a cabo por medio de un otro. Pero, dicha superación se da
también en ella misma, ya que cabalmente aquella fluidez es la sustancia de las
figuras independientes; pero esta sustancia es infinita; por consiguiente, en su
subsistencia misma es la figura el desdoblamiento o la superación de su ser para
sí.
Si distinguimos más de cerca los elementos que aquí se contienen, vemos que
tenemos como primer elemento la subsistencia de las figuras independientes o la
represión de lo que es la diferenciación en sí, es decir, el no ser en sí y el
carecer de subsistencia propia. El segundo elemento es la sujeción de aquella
subsistencia bajo la infinitud de la diferencia. En el primer elemento la figura
subsistente es: como algo que es para sí o sustancia infinita en su
determinabilidad, se aparece en contra de la sustancia universal, niega esta
fluidez y continuidad con ella y se afirma como algo que no ha sido disuelto en
este universal, sino que más bien se mantiene al disociarse de esta su
naturaleza inorgánica y devorándola. En el médium fluido universal, que es un
despliegue quieto de las figuras, la vida deviene precisamente por ello el
movimiento de las mismas, se convierte en la vida como proceso. La fluidez
simple y universal es el en sí y la diferencia entre las figuras lo otro. Pero
esta fluidez deviene ella misma, por medio de esta diferencia, lo otro; pues
ahora es para la diferencia, que es en y para sí misma y, por tanto, el
movimiento infinito por el que es devorado aquel medio quieto, la vida como lo
vivo. Pero esta inversión es, por ello, a su vez, la inversión en sí misma; lo
devorado es la esencia; la individualidad, que se mantiene a costa de lo
universal y que se asigna el sentimiento de su unidad consigo misma supera
precisamente por ello su oposición con respecto a lo otro, por la que es para
sí; la unidad consigo misma que se da es cabalmente la fluidez de las
diferencias o la disolución universal. Pero, a la inversa, la superación de la
subsistencia individual es también su producción. En efecto, como la esencia de
la figura individual es la vida universal y lo que es para sí es en sí sustancia
simple, al poner en sí lo otro supera esta simplicidad o su esencia, es decir,
la desdobla, y este desdoblamiento de la fluidez indiferenciada es precisamente
el poner la individualidad. Por tanto, la sustancia simple de la vida es el
desdoblamiento de esta misma en figuras y, al mismo tiempo, la disolución de
estas diferencias subsistentes; y la disolución del desdoblamiento es, asimismo,
desdoblamiento o articulación de miembros. De este modo, los dos lados de todo
el movimiento que han sido diferenciados, a saber: la plasmación de figuras
quietamente desplegadas en el médium universal de la independencia, de una
parte, y de otra el proceso de la vida caen el uno en el otro; el segundo es
tanto configuración como superación de la figura; y el primero, la plasmación de
figuras, es tanto superación como articulación de miembros. El elemento fluido
es él mismo solamente la abstracción de la esencia; en otras palabras, sólo es
real como figura; y al articularse en miembros desdobla, al mismo tiempo, lo
articulado o lo disuelve. Todo este ciclo constituye la vida, que no es lo que
primeramente se había dicho, la continuidad inmediata y la solidez de su
esencia, ni la figura subsistente y lo discreto que es para sí, ni el puro
proceso de ellos, ni tampoco la simple agrupación de estos momentos, sino el
todo que se desarrolla, disuelve su desarrollo y se mantiene simplemente en este
movimiento.
C) El yo y la apetencia
En cuanto que, partiendo de la primera unidad inmediata y pasando por los
momentos de la configuración y del proceso de retorno a la unidad de estos dos
momentos y, con ello, a la primera sustancia simple, es que esta unidad
reflejada es otra que la primera. Frente a aquella unidad inmediata o expresada
como un ser, esta segunda es la unidad universal, que tiene en ella, como
superados, todos estos momentos. Es el género simple, que en el movimiento de la
vida misma no existe para sí como esto simple, sino que en este resultado la
vida remite a un otro de lo que ella es precisamente, a la conciencia, para la
que la vida es como esta unidad o como género.
Ahora bien, esta otra vida, para la que el género es como tal y que es para sí
misma género, la autoconciencia sólo comienza siendo para sí como esta esencia
simple y se tiene por objeto como yo puro; a, lo largo de su experiencia, que
ahora hay que pararse a considerar, este objeto abstracto se enriquecerá para
ella y adquirirá el despliegue que hemos visto en la vida.
El simple yo sólo es este género o lo simple universal para lo que las
diferencias no lo son en cuanto es la esencia negativa de los momentos
independientes que se han configurado; por donde la autoconciencia sólo está
cierta de sí misma mediante la superación de este otro, que aparece ante ella
como vida independiente; es una apetencia. Cierta de la nulidad de este otro,
pone para sí esta nulidad como su verdad, aniquila el objeto independiente y se
da con ello la certeza de sí misma como verdadera certeza, como una certeza que
ha devenido para ella misma de modo objetivo. Pero, en esta satisfacción la
autoconciencia pasa por la experiencia de la independencia de su objeto. La
apetencia y la certeza de sí misma alcanzada en su satisfacción se hallan
condicionadas por el objeto, ya que la satisfacción se ha obtenido mediante la
superación de este otro; para que esta superación sea, tiene que ser este otro.
Por tanto, la autoconciencia no puede superar al objeto mediante su actitud
negativa ante él; lejos de ello, lo reproduce así, como reproduce la apetencia.
Es, en realidad, un otro que la autoconciencia, la esencia de la apetencia; y
gracias a esta experiencia ha devenido para ella misma esta verdad. Pero, al
mismo tiempo, la autoconciencia es también absolutamente para sí, y lo es
solamente mediante la superación del objeto y éste tiene que llegar a ser su
satisfacción, puesto que es la verdad. Por razón de la independencia del objeto,
la autoconciencia sólo puede, por tanto, lograr satisfacción en cuanto que este
objeto mismo cumple en él la negación; y tiene que cumplir en sí esta negación
de sí mismo, pues el objeto es en sí lo negativo y tiene que ser para otro lo
que él es. En cuanto que el objeto es en sí mismo la negación y en la negación
es al mismo tiempo independiente, es conciencia. En la vida, que es el objeto de
la apetencia, la negación o bien es en un otro, a saber, en la apetencia, o es
como determinabilidad frente a otra figura indiferente, o como su naturaleza
inorgánica universal. Pero esta naturaleza universal independiente, en la que la
negación es como negación absoluta, es el género como tal o como autoconciencia.
La autoconciencia sólo alcanza su satisfacción en otra autoconciencia.
Solamente en estos tres momentos se ha cumplido el concepto de la autoconciencia
de sí: a) el puro yo no diferenciado es su primer objeto inmediato. b) Pero esta
inmediatez es ella misma mediación absoluta, sólo es como superación del objeto
independiente, o es la apetencia. La satisfacción de la apetencia es,
ciertamente, la reflexión de la autoconciencia en sí misma o la certeza que ha
devenido verdad. c) Pero la verdad de esta certeza es más bien la reflexión
duplicada, la duplicación de la autoconciencia. Es un objeto para la conciencia,
que pone en sí mismo su ser otro o la diferencia como algo nulo, siendo así
independiente. La figura diferenciada solamente viva supera indudablemente su
propia independencia en el proceso de la vida misma pero al desaparecer su
diferencia también ella deja de ser lo que es; el objeto de la autoconciencia,
en cambio, sigue siendo tan independiente en esta negatividad de sí mismo; y, de
este modo, es para sí mismo género, fluidez universal en la peculiaridad de su
propia distinción; es una autoconciencia viva.
Es una autoconciencia para una autoconciencia. Y solamente así es, en realidad,
pues solamente así deviene para ella la unidad de
si misma en su ser otro; el yo, que es el objeto de su concepto, no es en
realidad objeto; y solamente el objeto de la apetencia es independiente, pues
éste es la sustancia universal inextinguible, la esencia fluida igual a sí
misma. En cuanto una autoconciencia es el objeto, éste es tanto yo como objeto.
Aquí está presente ya para nosotros el concepto del espíritu. Más tarde vendrá
para la conciencia la experiencia de lo que el espíritu es, esta sustancia
absoluta que, en la perfecta libertad e independencia de su contraposición, es
decir, de distintas conciencias de sí que son para sí, es la unidad de las
mismas: el yo es el nosotros y el nosotros el yo. La conciencia sólo tiene en la
autoconciencia, como el concepto del espíritu, el punto de viraje a partir del
cual se aparta de la apariencia coloreada del más acá sensible y de la noche
vacía del más allá suprasensible, para marchar hacía el día espiritual del
presente.
INDEPENDENCIA Y SUJECIÓN DE LA AUTOCONCIENCIA; SEÑORÍO Y SERVIDUMBRE
La autoconciencia es en y para sí en cuanto que y porque es en sí y para sí para
otra autoconciencia; es decir, sólo es en cuanto se la reconoce. El concepto de
esta unidad de la autoconciencia en su duplicación, de la infinitud que se
realiza en la autoconciencia, es una trabazón multilateral y multívoca, de tal
modo que, de una parte, los momentos que aquí se entrelazan deben ser mantenidos
rigurosamente separados y, de otra parte, deben ser, al mismo tiempo en esta
diferencia, tomados y reconocidos también como momentos que no se distinguen o
tomados en esta diferencia, y reconocidos siempre en su significación
contrapuesta. El doble sentido de lo diferenciado se halla en la esencia de la
autoconciencia que consiste en ser infinita o inmediatamente lo contrario de la
determinabilidad en la que es puesta. El desdoblamiento del concepto de esta
unidad espiritual en su duplicación presenta ante nosotros el movimiento del
reconocimiento.
A) La autoconciencia duplicada
Para a autoconciencia hay otra autoconciencia; ésta se presenta fuera de sí. Hay
en esto una doble significación; en primer lugar, la autoconciencia se ha
perdido a sí misma, pues se encuentra como otra esencia; en segundo lugar, con
ello ha superado a lo otro, pues no ve tampoco a lo otro como esencia, sino que
se ve a sí misma en lo otro.
Tiene que superar este su ser otro; esto es la superación del primer doble
sentido y, por tanto, a su vez, un segundo doble sentido; en primer lugar, debe
tender a superar la otra esencia independiente, para de este modo devenir
certeza de sí como esencia; y, en segundo lugar, tiende con ello a superarse a
sí misma, pues este otro es ella misma.
Esta superación de doble sentido de su ser otro de doble sentido es, igualmente,
un retorno a sí misma de doble sentido, pues, en primer lugar, se recobra a sí
misma mediante esta superación, pues deviene de nuevo igual a sí por la
superación de su ser otro, pero, en segundo lugar, restituye también a sí misma
la otra autoconciencia, que era en lo otro, supera este su ser en lo otro y
hace, así, que de nuevo libre a lo otro.
Este movimiento de la autoconciencia en su relación con otra autoconciencia se
representa, empero, de este modo, como el hacer de la una; pero este hacer de la
una tiene él mismo la doble significación de ser tanto su hacer como el hacer de
la otra; pues la otra es igualmente independiente, encerrada en sí misma y no
hay en ella nada que no sea por ella misma. La primera autoconciencia no tiene
ante sí el objeto tal y como este objeto sólo es al principio para la apetencia,
sino que tiene ante sí un objeto independiente y que es para sí y sobre el cual
la autoconciencia, por tanto, nada puede para sí, si el objeto no hace en sí
mismo lo que ella hace en él. El movimiento es, por tanto, sencillamente el
movimiento duplicado de ambas autoconciencias. Cada una de ellas ve a la otra
hacer lo mismo que ella hace; cada una hace lo que exige de la otra y, por
tanto, sólo hace lo que hace en cuanto la otra hace lo mismo; el hacer
unilateral sería ocioso, ya que lo que ha de suceder sólo puede lograrse por la
acción de ambas.
El hacer, por tanto, no sólo tiene un doble sentido en cuanto que es un hacer
tanto hacia sí como hacia lo otro, sino también en cuanto que ese hacer, como
indivisible, es tanto el hacer de lo uno como el de lo otro. En este movimiento
vemos repetirse el proceso que se presentaba como juego de fuerzas, pero ahora
en la conciencia. Lo que en el juego de fuerzas era para nosotros es ahora para
los extremos mismos. El término medio es la conciencia de sí, que se descompone
en los extremos; y cada extremo es este intercambio de su determinabilidad y el
tránsito absoluto al extremo opuesto. Pero, como conciencia, aunque cada extremo
pase fuera de sí, en su ser fuera de sí es, al mismo tiempo, retenido en sí, es
para sí y su fuera de sí es para él. Es para él para lo que es y no es
inmediatamente otra conciencia; y también para él es este otro para sí solamente
cuando se supera como lo que es para sí y es para sí solamente en el ser para sí
del otro. Cada extremo es para el otro el término medio a través del cual es
mediado y unido consigo mismo, y cada uno de ellos es para sí y para el otro una
esencia inmediata que es para sí, pero que, al mismo tiempo, sólo es para sí a
través de esta mediación. Se reconocen como reconociéndose mutuamente.
Hay que considerar ahora este puro concepto del reconocimiento, de la
duplicación de la autoconciencia en su unidad, tal como su proceso aparece para
la autoconciencia. Este proceso representará primeramente el lado de la
desigualdad de ambas o el desplazamiento del término medio a los extremos, que
como extremos se contraponen, siendo el uno sólo lo reconocido y el otro
solamente lo que reconoce. B) La lucha de Las autoconciencias contrapuestas
La autoconciencia es primeramente simple ser para sí, igual a sí misma, por la
exclusión de sí de todo otro; su esencia y su objeto absoluto es para ella el
yo; y, en esta inmediatez o en este ser su ser para sí, es singular. Lo que para
ella es otro es como objeto no esencial, marcado con el carácter de lo negativo.
Pero lo otro es también una autoconciencia; un individuo surge frente a otro
individuo. Y, surgiendo así, de un modo inmediato, son el uno para el otro a la
manera de objetos comunes; figuras independientes, conciencias hundidas en el
ser de la vida -pues como vida se ha determinado aquí el objeto que es-,
conciencias que aun no han realizado la una para la otra el movimiento de la
abstracción absoluta consistente en aniquilar todo ser inmediato para ser
solamente el ser puramente negativo de la conciencia igual a sí misma; o, en
otros términos, no se presenta la una con respecto a la otra todavía como puro
ser para sí, es decir, como autoconciencias. Cada una de ellas está bien cierta
de sí misma, pero no de la otra, por lo que su propia certeza de sí no tiene
todavía ninguna verdad, pues su verdad sólo estaría en que su propio ser para sí
se presentase ante ella como objeto independiente o, lo que es lo mismo, en que
el objeto se presentase como esta pura certeza de sí mismo. Pero, según el
concepto del reconocimiento, esto sólo es posible sí el otro objeto realiza para
él esta pura abstracción del ser para sí, como él para el otro, cada uno en sí
mismo, con su propio hacer y, a su vez, con el hacer del otro.
Pero la presentación de sí mismo como pura abstracción de la autoconciencia
consiste en mostrarse como pura negación de su modo objetivo o en mostrar que no
está vinculado a ningún ser allí determinado, ni a la singularidad universal de
la existencia en general, ni se está vinculado a la vida. Esta presentación es
el hacer duplicado; hacer del otro y hacer por uno mismo. En cuanto hacer del
otro cada cual tiende, pues, a la muerte del otro. Pero en esto se da también el
segundo hacer, el hacer por sí mismo, pues aquél entraña el arriesgar la propia
vida. Por consiguiente, el comportamiento de las dos autoconciencias se halla
determinado de tal modo que se comprueban por sí mismas y la una a la otra
mediante la lucha a vida o muerte. Y deben entablar esta lucha, pues deben
elevar la certeza de sí misma de ser para sí a la verdad en la otra y en ella
misma. Solamente arriesgando la vida se mantiene la libertad, se prueba que la
esencia de la autoconciencia no es el ser, no es el modo inmediato como la
conciencia de sí surge, ni es su hundirse en la expansión de la vida, sino que
en ella no se da nada que no sea para ella un momento que tiende a desaparecer,
que la autoconciencia sólo es puro ser para sí. El individuo que no ha
arriesgado la vida puede sin duda ser reconocido como persona, pero no ha
alcanzado la verdad de este reconocimiento como autoconciencia independiente. Y,
del mismo modo, cada cual tiene que tender a la muerte del otro, cuando expone
su vida, pues el otro no vale para él más de lo que vale él mismo; su esencia se
representa ante él como un otro, se halla fuera de sí y tiene que superar su ser
fuera de sí; el otro es una conciencia entorpecida de múltiples modos y que es;
y tiene que intuir su ser otro como puro ser para sí o como negación absoluta.
Ahora bien, esta comprobación por medio de la muerte supera precisamente la
verdad que de ella debiera surgir, y supera con ello, al mismo tiempo, la
certeza de sí misma en general; pues como la vida es la posición natural de la
conciencia, la independencia sin la negatividad absoluta, la muerte es la
negación natural de la misma conciencia, la negación sin la independencia y que,
por tanto, permanece sin la significación postulada del reconocimiento. Por
medio de la muerte llega a ser, evidentemente, la certeza de que los dos
individuos arriesgaban la vida y la despreciaban cada uno en sí mismo y en el
otro, pero no se adquiere para los que afrontan esta lucha. Superan su
conciencia puesta en esta esencialidad ajena que es el ser allí natural o se
superan a sí mismos, y son superados como extremos que quieren ser para sí.
Pero, con ello, desaparece del juego del cambio el momento esencial, consistente
en desintegrarse en extremos de determinabilidades contrapuestas; y el término
medio coincide con una unidad muerta, que se desintegra en extremos muertos, que
simplemente son y no son contrapuestos; y los dos extremos no se entregan ni se
recuperan el uno al otro, mutuamente, por medio de la conciencia, sino que
guardan el uno con respecto al otro la libertad de la indiferencia, como cosas.
Su hacer es la negación abstracta, no la negación de la conciencia, la cual
supera de tal modo que mantiene y conserva lo superado, sobreviviendo con ello a
su llegar a ser superada.
En esta experiencia resulta para la autoconciencia que la vida es para ella algo
tan esencial como la pura autoconciencia. En la autoconciencia inmediata, el
simple yo es el objeto absoluto, pero que es para nosotros o en sí la mediación
absoluta y que tiene como momento esencial la independencia subsistente. La
disolución de aquella unidad simple es el resultado de la primera experiencia;
mediante ella, se ponen una autoconciencia pura y una conciencia, que no es
puramente para sí sino para otra, es decir, como conciencia que es o conciencia
en la figura de la coseidad. Ambos momentos son esenciales; pero, como son, al
comienzo, desiguales y opuestos y su reflexión en la unidad no se ha logrado
aun, tenemos que estos dos momentos son como dos figuras contrapuestas de la
conciencia: una es la conciencia independiente que tiene por esencia el ser para
sí, otra la conciencia dependiente, cuya esencia es la vida o el ser para otro;
la primera es el señor, la segunda el siervo.
C) Señor y siervo. El señorío El señor es la conciencia que es para sí, pero ya
no simplemente el concepto de ella, sino una conciencia
que es para sí, que es mediación consigo a través de otra conciencia, a saber:
una conciencia a cuya esencia pertenece el estar sintetizada con el ser
independiente o la coseidad en general. El señor se relaciona con estos dos
momentos: con una cosa como tal, objeto de las apetencias, y con la conciencia
para la que la coseidad es lo esencial; y en cuanto que él, el señor, a) como
concepto de la autoconciencia, es relación inmediata del ser para sí, pero, al
mismo tiempo, b) como mediación o como un ser para sí que sólo es para sí por
medio de un otro, se relaciona a) de un modo inmediato, con ambos momentos y b)
de un modo mediato, a cada uno de ellos por medio del otro. El señor se
relaciona al siervo de un modo mediato, a través del ser independiente, pues a
esto precisamente es a lo que se halla sujeto el siervo; ésta es su cadena, de
la que no puede abstraerse en la lucha, y por ella se demuestra como
dependiente, como algo que tiene su independencia en la coseidad. Pero el señor
es la potencia sobre este ser, pues ha demostrado en la lucha que sólo vale para
él como algo negativo; y, al ser la potencia que se halla por encima de este ser
y este ser, a su vez, la potencia colocada por encima del otro, así en este
silogismo tiene bajo sí a este otro. Y, asimismo, el señor se relaciona con la
cosa de un modo mediato, por medio del siervo; el siervo, como autoconciencia en
general, se relaciona también de un modo negativo con la cosa y la supera; pero,
al mismo tiempo, la cosa es para él algo independiente, por lo cual no puede
consumar su destrucción por medio de su negación, sino que se limita a
transformarla. Por el contrario, a través de esta mediación la relación
inmediata se convierte, para el señor, en la pura negación de la misma o en el
goce, lo que la apetencia no lograra lo logra él: acabar con aquello y encontrar
satisfacción en el goce. La apetencia no podía lograr esto a causa de la
independencia de la cosa; en cambio, el señor, que ha intercalado al siervo
entre la cosa y él, no hace con ello más que unirse a la dependencia de la cosa
y gozarla puramente; pero abandona el lado de la independencia de la cosa al
siervo, que la transforma. En estos dos momentos deviene para el señor su ser
reconocido por medio de otra conciencia; pues ésta se pone en ellos como algo no
esencial, de una parte en la transformación de la cosa y, de otra parte, en la
dependencia con respecto a una determinada existencia; en ninguno de los dos
momentos puede dicha otra conciencia señorear el ser y llegar a la negación
absoluta. Se da, pues, aquí, el momento del reconocimiento en que la otra
conciencia se supera como ser para sí, haciendo ella misma de este modo lo que
la primera hace en contra de ella. Y otro tanto ocurre con el otro momento, en
el que esta acción de la segunda es la propia acción de la primera; pues lo que
hace el siervo es, propiamente, un acto del señor; solamente para éste es el ser
para sí, la esencia; es la pura potencia negativa para la que la cosa no es nada
y, por tanto, la acción esencial pura en este comportamiento, y el siervo, por
su parte, una acción no pura, sino inesencial. Pero, para el reconocimiento en
sentido estricto falta otro momento: el de que lo que el señor hace contra el
otro lo haga también contra sí mismo y lo que el siervo hace contra sí lo haga
también contra el otro. Se ha producido solamente, por tanto, un reconocimiento
unilateral y desigual.
Para el señor, la conciencia no esencial es aquí el objeto, que constituye la
verdad de la certeza de sí mismo. Pero, claramente se ve que este objeto no
corresponde a su concepto, sino que en aquello en que el señor se ha realizado
plenamente deviene para él algo totalmente otro que una conciencia
independiente. No es para él una conciencia tal, sino, por el contrario, una
conciencia dependiente; el señor no tiene, pues, la certeza del ser para sí como
de la verdad, sino que su verdad es, por el contrario, la conciencia no esencial
y la acción no esencial de ella.
La verdad de la conciencia independiente es, por tanto, la conciencia servil. Es
cierto que ésta comienza apareciendo fuera de sí, y no como la verdad de la
autoconciencia. Pero, así como el señorío revelaba que su esencia es lo inverso
de aquello que quiere ser, así también la servidumbre devendrá también, sin
duda, al realizarse plenamente lo contrario de lo que de un modo inmediato es;
retornará a sí como conciencia repelida sobre sí misma y se convertirá en
verdadera independencia.
D) El temor
Sólo hemos visto lo que es la servidumbre en el comportamiento del señorío. Pero
la servidumbre es autoconciencia, y debemos pararnos a considerar ahora lo que
es en y para sí misma. Primeramente, para la servidumbre, el señor es la
esencia; por tanto, la verdad es, para ella, la conciencia independiente y que
es para sí, pero esta verdad para ella no es todavía en ella. Sin embargo, tiene
en ella misma, de hecho, esta verdad de la pura negatividad y del ser para sí,
pues ha experimentado en ella misma esta esencia. En efecto, esta conciencia se
ha sentido angustiada no por esto o por aquello, no por este o por aquel
instante, sino por su esencia entera, pues ha sentido el miedo de la muerte, del
señor absoluto. Ello la ha disuelto interiormente, la ha hecho temblar en sí
misma y ha hecho estremecerse cuanto había en ella de fijo. Pero este movimiento
universal puro, la fluidificación absoluta de toda subsistencia es la esencia
simple de la autoconciencia, la absoluta negatividad, el puro ser para sí, que
es así en esta conciencia. Este momento del puro ser pata sí es también para
ella, pues en el señor dicho momento es su objeto. Además, aquella conciencia no
es solamente esta disolución universal en general, sino que en el servir la
lleva a efecto realmente; al hacerlo, supera en todos los momentos singulares su
supeditación a la existencia natural y la elimina por medio del trabajo.
La formación cultural Pero el sentimiento de la potencia absoluta en general y
en particular el del servicio es solamente la disolución en sí, y aunque el
miedo al señor es el comienzo de la sabiduría, la conciencia es en esto para
ella misma y no el ser para sí. Pero a través del trabajo llega a sí misma. En
el momento que corresponde a la apetencia en la conciencia del señor, parecía
tocar a la conciencia servidora el lado de la relación no esencial con la cosa,
mientras que ésta mantiene su independencia. La apetencia se reserva aquí la
pura negación del objeto y, con ella, el sentimiento de sí mismo sin mezcla
alguna. Pero esta satisfacción es precisamente por ello algo que tiende a
desaparecer, pues le falta el lado objetivo o la subsistencia. El trabajo, por
el contrario, es apetencia reprimida, desaparición contenida, el trabajo
formativo. La relación negativa con el objeto se convierte en forma de éste y en
algo permanente, precisamente porque ante el trabajador el objeto tiene
independencia. Este término medio negativo o la acción formativa es, al mismo
tiempo, la singularidad o el puro ser para sí de la conciencia, que ahora se
manifiesta en el trabajo fuera de sí y pasa al elemento de la permanencia; la
conciencia que trabaja llega, pues, de este modo a la intuición del ser
independiente como de sí misma.
Ahora bien, la formación no tiene solamente esta significación positiva de que,
gracias a ella, la conciencia servidora se convierte, como puro ser para sí, en
lo que es, sino que tiene también una significación negativa con respecto a su
primer momento, al temor. En la formación de la cosa, la propia negatividad, su
ser para sí, sólo se convierte para ella en objeto en tanto que supera la forma
contrapuesta que es. Pero este algo objetivamente negativo es precisamente la
esencia extraña ante la que temblaba. Pero, ahora destruye este algo negativo
extraño, se pone en cuanto tal en el elemento de lo permanente y se convierte de
este modo en algo para sí mismo, en algo que es para sí. En el señor, el ser
para sí es para ella un otro o solamente para ella; en el temor, el ser para sí
es en ella misma; en la formación, el ser para sí deviene como en propio ser
para ella y se revela a la conciencia como es ella misma en y para sí. Por el
hecho de colocarse hacía afuera, la forma no se convierte para ella en algo otro
que ella, pues esta forma es precisamente su puro ser para sí, que así se
convierte para ella en la verdad. Deviene, por tanto, por medio de este
reencontrarse por sí misma sentido propio, precisamente en el trabajo, en que
sólo parecía ser un sentido extraño. Para esta reflexión son necesarios los dos
momentos, tanto el del temor y el del servicio en general como el de la
formación, y ambos, de un modo universal. Sin la disciplina del servicio y la
obediencia, el temor se mantiene en lo formal y no se propaga a la realidad
consciente de la existencia. Sin la formación, el temor permanece interior y
mudo y la conciencia no deviene para ella misma. Si la conciencia se forma sin
pasar por el temor primario absoluto, sólo es un sentido propio vano, pues su
negatividad no es la negatividad en sí, por lo cual su formarse no podrá darle
la conciencia de sí como de la esencia. Y si no se ha sobrepuesto al temor
absoluto, sino solamente a una angustia cualquiera, la esencia negativa seguirá
siendo para ella algo externo, su sustancia no se vera totalmente contaminada
por ella. Si todos los contenidos de su conciencia natural no se estremecen,
esta conciencia pertenece aun en sí al ser determinado; el sentido propio, es
obstinación, una libertad que sigue manteniéndose dentro de la servidumbre. Y,
del mismo modo que la pura forma no puede devenir esencia, tampoco esta forma,
considerada como expansión más allá de lo singular, puede ser formación
universal, concepto absoluto, sino una habilidad capaz de ejercerse sólo sobre
algo, pero no sobre la potencia universal y la esencia objetiva total.
LIBERTAD DE LA AUTOCONCIENCIA; ESTOICISMO, ESCEPTICISMO Y LA CONCIENCIA
DESVENTURADA
Introducción. La fase de conciencia a que aquí se llega: el pensamiento Para la
autoconciencia independiente, de una parte, sólo la pura abstracción del yo es
su esencia y, de otra parte, al desarrollarse y asumir diferencias esta pura
abstracción, este diferenciarse no se convierte para dicha autoconciencia en la
esencia objetiva que es en sí; esta autoconciencia no deviene, por tanto, un yo
verdaderamente diferenciable en su simplicidad o que en esta diferencia absoluta
permanezca igual a sí mismo. Por el contrario, la conciencia repelida sobre sí,
se convierte en la formación, como forma de la cosa plasmada, en objeto e intuye
en el señor el ser para sí al mismo tiempo como conciencia. Pero ante la
conciencia servidora en cuanto tal, estos dos momentos -el de sí misma como
objeto independiente y el de este objeto como una conciencia y, por tanto, como
su propia esencia- se disocian. Ahora bien, en cuanto que para nosotros o en sí
la forma y el ser para sí son lo mismo y en el concepto de la conciencia
independiente el ser en sí es la conciencia, tenemos que el lado del ser en sí o
de la coseidad, que ha recibido su forma en el trabajo no es otra sustancia que
la conciencia y deviene para nosotros en una nueva figura de la autoconciencia;
una conciencia que es ante sí la esencia en cuanto la infinitud o el movimiento
puro de la conciencia; que piensa o es una autoconciencia libre. Pues pensar se
llama a no comportarse como un yo abstracto, sino como un yo que tiene al mismo
tiempo el significado del ser en sí, o el comportarse ante la esencia objetiva
de modo que ésta tenga el significado del ser para sí de la conciencia para la
cual es. Ante el pensamiento el objeto no se mueve en representaciones o en
figuras, sino en conceptos, es decir, en un indiferenciado ser en sí que, de
modo inmediato para la conciencia, no es diferente de ella. Lo representado, lo
configurado, lo que es como tal tienen la forma de ser algo otro que la
conciencia; pero un concepto es al mismo tiempo algo que es, y esta diferencia,
en cuanto es en la conciencia misma, es su contenido determinado, pero, por el
hecho de que este contenido es, al mismo tiempo, concebido conceptualmente
permanece inmediatamente consciente de su unidad con este algo que es
determinado y diferente y no como en la representación, en la que la conciencia
tiene que recordar, además, especialmente que ésta es su representación; el
concepto, en cambio, es inmediatamente para mí mi concepto. En el pensamiento yo
soy libre, porque no soy en otro, sino que permanezco sencillamente en mí mismo,
y el objeto que es para mí la esencia es, en unidad indivisa, mi ser para mi; y
mi movimiento en conceptos es un movimiento en mí mismo. Pero en esta
determinación de esta figura de la autoconciencia es esencial retener con
firmeza que es conciencia pensante en general o que su objeto es la unidad
inmediata del ser en sí y del ser para sí. La conciencia homónima consigo misma
que de sí misma se repele deviene elemento que es en sí; pero es en este
elemento primeramente sólo como esencia universal en general, y no como esta
esencia objetiva en el desarrollo y movimiento de su múltiple ser.
A) El estoicismo
Como es sabido, esta libertad de la autoconciencia, al surgir en la historia del
espíritu como su manifestación consciente, recibió el nombre de estoicismo. Su
principio es que la conciencia es esencia pensante y de que algo sólo tiene para
ella esencialidad o sólo es para ella verdadero y buena cuando la conciencia se
comporta en ella como esencia pensante.
La múltiple expansión, singularización y complejidad de la vida diferenciada en
sí misma es el objeto sobre el que actúan la apetencia y el trabajo. Esta
múltiple acción se ha condensado ahora en la simple diferencia que se da en el
movimiento puro del pensamiento. No es la diferencia que se manifiesta como cosa
determinada o como conciencia de un determinado ser allí natural, como un
sentimiento o como apetencia y fin para ella, ya sea puesta por la conciencia
propia o por una conciencia ajena, la que tiene más esencialidad, sino solamente
la diferencia que es una diferencia pensada o que no se distingue de mí de un
modo inmediato. Esta conciencia es, por tanto, negativa ante la relación entre
señorío y servidumbre; su acción no es en el señorío tener su verdad en el
siervo ni como siervo tener la suya en la voluntad del señor y en el servicio a
éste, sino que su acción consiste en ser libre tanto sobre el trono como bajo
las cadenas, en toda dependencia de su ser allí singular, en conservar la
carencia de vida que constantemente se retrotrae a la esencialidad simple del
pensamiento retirándose del movimiento del ser allí, tanto del obrar como del
padecer. La obstinación es la libertad que se aferra a lo singular y se mantiene
dentro de la servidumbre; el estoicismo, en cambio, la libertad que, escapando
siempre inmediatamente a ella, se retrotrae a la pura universalidad del
pensamiento; como forma universal del espíritu del mundo, el estoicismo sólo
podía surgir en una época de temor y servidumbre universales, pero también de
cultura universal, en que la formación se había elevado hasta el plano del
pensamiento.
Ahora bien, aunque para esta autoconciencia la esencia no sea ni algo otro que
ella ni la pura abstracción del yo, sino el yo que lleva en él el ser otro, pero
como diferencia pensada, de tal modo que en su ser otro se ha retrotraído de un
modo inmediato a sí mismo, lo cierto es que esta esencia suya sólo es, al mismo
tiempo, una esencia abstracta. La libertad de la autoconciencia es indiferente
con respecto al ser allí natural, por lo cual ha abandonado también libremente a
éste y la reflexión es una reflexión duplicada. La libertad en el pensamiento
tiene solamente como su verdad el pensamiento puro, verdad que, así, no aparece
llena del contenido de la vida, y es, por tanto, solamente el concepto de la
libertad, y no la libertad viva misma, ya que para ella la esencia es solamente
el pensamiento en general, la forma como tal, que, al margen de la independencia
de las cosas, se ha retrotraído a sí misma. Pero, puesto que la individualidad,
como individualidad actuante, debería presentarse como una individualidad viva
o, como individualidad pensante, abrazar el mundo vivo como un sistema del
pensamiento, tendría necesariamente que encontrarse en el pensamiento mismo,
para aquella expansión, un contenido de lo que es bueno y para ésta un contenido
de lo que es verdadero; para que en lo que es para la conciencia no entre
absolutamente ningún otro ingrediente que el concepto, que es la esencia. Pero,
como el concepto, en cuanto abstracción, se separa aquí de la multiplicidad de
las cosas, no tiene contenido alguno en él mismo, sino un contenido dado. Es
cierto que la conciencia cancela el contenido, como un ser ajeno, en tanto que
lo piensa; pero el concepto es concepto determinado, y esta determinabilidad del
concepto es lo ajeno que tiene en él. De ahí que el estoicismo cayera en la
perplejidad cuando se le preguntaba, para emplear la terminología de la época,
por el criterio de la verdad en general, es decir, propiamente hablando, por un
contenido del pensamiento mismo. Preguntado sobre qué era bueno y verdadero, no
daba otra respuesta, una vez más, que el pensamiento mismo sin contenido: lo
verdadero y lo bueno debía consistir, según él, en lo racional. Pero esta
igualdad del pensamiento consigo mismo no es, a su vez, más que la forma pura en
la que nada se determina; de este modo, los términos universales de lo verdadero
y lo bueno, de la sabiduría y la virtud, en los que necesariamente tiene que
detenerse el estoicismo son también, sin duda, en general, términos edificantes,
pero no pueden por menos de engendrar pronto el hastío, ya que en realidad no
pueden conducir a una expansión del contenido. Esta conciencia pensante, tal y
como se ha determinado como la libertad abstracta, no es, por tanto, más que la
negación imperfecta del ser otro; no habiendo hecho otra cosa que replegarse del
ser allí sobre sí misma, no se ha consumado como negación absoluta de la misma.
El contenido vale para ella, ciertamente, tan sólo como pensamiento, pero
también, al mismo tiempo, como pensamiento determinado y como la
determinabilidad en cuanto tal.
B) El escepticismo
El escepticismo es la realización de aquello de que el estoicismo era solamente
el concepto -y la experiencia real de lo que es la libertad del pensamiento;
ésta es en sí lo negativo y tiene necesariamente que presentarse así. Con la
reflexión de la autoconciencia en el simple pensamiento de sí misma el ser allí
independiente o la determinabilidad permanente se sale con respecto a ella, de
hecho, de la infinitud; ahora bien, en el escepticismo devienen para la
conciencia la total inesencialidad y falta de independencia de este otro; el
pensamiento deviene el pensar completo que destruye el ser del mundo
múltiplemente determinado, y la negatividad de la autoconciencia libre se
convierte, ante esta múltiple configuración de la vida, en negatividad real.
Claramente se ve que así como el estoicismo corresponde al concepto de la
conciencia independiente, que se revelaba como la relación entre el señorío y la
servidumbre, el escepticismo corresponde a la realización de esta conciencia,
como la tendencia negativa ante el ser otro, es decir, a la apetencia y al
trabajo. Pero, mientras que la apetencia y el trabajo no podían llevar a término
la negación para la autoconciencia, esta tendencia polémica contra la múltiple
independencia de las cosas alcanzará, en cambio, su resultado, porque se vuelve
en contra de ellas como autoconciencia libre ya previamente lograda; de un modo
más preciso, porque esta tendencia lleva en sí misma el pensamiento a la
infinitud, por lo cual las independencias, en cuanto a sus diferencias, no son
para ella sino magnitudes que tienden a desaparecer. Las diferencias que en el
puro pensamiento de sí mismo son solamente la abstracción de las diferencias se
convierten, aquí, en todas las diferencias y todo ser distinto se convierte en
una diferencia de la autoconciencia.
Hemos determinado así la acción del escepticismo en general y su modo de operar.
El escepticismo pone de manifiesto el movimiento dialéctico que son la certeza
sensible, la percepción y el entendimiento; y pone de manifiesto, asimismo, la
inesencialidad de lo que es válido en la relación entre señorío y servidumbre y
de lo que vale como algo determinado para el pensamiento abstracto mismo.
Aquella relación entraña al mismo tiempo un determinado modo en el que se dan
también preceptos morales como mandamientos del señorío; pero las
determinaciones que se dan en el pensamiento abstracto son conceptos de la
ciencia, en los que el pensamiento carente de contenido se expande y atribuye el
concepto de un modo en realidad puramente externo a un ser independiente de él
que constituye su contenido y sólo considera como válidos los conceptos
determinados, aunque se trate también de puras abstracciones.
Lo dialéctico, como movimiento negativo, tal y como es de un modo inmediato,
empieza revelándose a la conciencia como algo a lo que está entregada y que no
es por medio de ella misma. Por el contrario, como escepticismo, dicho
movimiento es un momento de la autoconciencia, a quien no acaece que desaparezca
ante ella, sin que sepa cómo, lo que para ella es lo verdadero y lo real, sino
que, en la certeza de su libertad, hace que desaparezca este otro mismo que se
presenta como real; no sólo lo objetivo en cuanto tal, sino su propia actitud
ante ello, en la que lo objetivo vale y se hace valer en cuanto tal y, por
tanto, así su percepción como su consolidación de lo que está en peligro de
perder, la sofistería y lo verdadero determinado y fijado por medio de ella; a
través de esta negación autoconsciente, la autoconciencia adquiere para sí misma
la certeza de su libertad, hace surgir la experiencia de ella y la eleva de este
modo a verdad. Lo que desaparece es lo determinado o la diferencia que, del modo
que sea y de dondequiera que venga, se establece como una diferencia firme e
inmutable. Semejante diferencia no tiene en sí nada de permanente y tiene
necesariamente que desaparecer ante el pensamiento, ya que lo que se diferencia
consiste cabalmente en no ser en sí mismo, sino en tener su esencialidad
solamente en un otro; el pensamiento, en cambio, es la penetración en esta
naturaleza de lo diferente, es la esencia negativa como simple.
Por tanto, la autoconciencia escéptica experimenta en las mutaciones de todo
cuanto trata de consolidarse para ella su propia libertad como una libertad que
ella misma se ha dado y mantenido; la autoconciencia escéptica es para sí esta
ataraxia del pensamiento que se piensa a sí mismo, la inmutable y verdadera
certeza de sí misma. Esta certeza no brota de algo ajeno que haga derrumbarse en
sí misma su múltiple desarrollo, como un resultado que tuviera tras sí su
devenir; sino que la conciencia misma es la inquietud dialéctica absoluta, esa
mezcla de representaciones sensibles y pensadas cuyas diferencias coinciden y
cuya igualdad se disuelve también de nuevo, ya que es ella misma la
determinabilidad con respecto a lo desigual. Pero precisamente por ello, esta
conciencia, en realidad, en vez de ser una conciencia igual a sí misma, sólo es
una confusión simplemente fortuita, el vértigo de un desorden que se produce
constantemente, una y otra vez. Y dicha conciencia es esto para sí misma, pues
ella misma mantiene y produce esta confusión en movimiento. Por eso confiesa que
es esto, que es una conciencia totalmente contingente y singular, una conciencia
que es empírica, que se orienta hacia lo que no tiene para ella ninguna
realidad, que obedece a lo que no es para ella esencia alguna, que hace y
convierte en realidad lo que no tiene para ella ninguna verdad. Pero, del mismo
modo que se hace valer así como una vida singular y contingente, que es, de
hecho, vida animal, y autoconciencia perdida, se convierte al mismo tiempo, por
el contrario, en autoconciencia universal e igual a sí misma, ya que es la
negatividad de todo lo singular y de toda diferencia. De esta igualdad consigo
misma o más bien en ella misma recae de nuevo en aquel estado contingente y en
aquella confusión, pues precisamente esta negatividad en movimiento sólo tiene
que ver con lo singular y se ocupa solamente de lo contingente. Esta conciencia
es, por tanto, ese desatino inconsciente que consiste en pasar a cada paso de un
extremo a otro, del extremo de la autoconciencia igual a sí misma al de la
conciencia fortuita, confusa y engendradora de confusión, y viceversa. Ella
misma no logra aglutinar estos dos pensamientos de ella misma; de una parte,
reconoce su libertad como elevación por encima de toda la confusión y el
carácter contingente del ser allí y, de otra parte, confiesa ser, a su vez, un
retorno a lo no esencial y a un dar vueltas en torno a ello. Hace desaparecer en
su pensamiento el contenido no esencial, pero es por ello mismo la conciencia de
algo inesencial; proclama la desaparición absoluta, pero esta proclamación es, y
esta conciencia es la desaparición proclamada; proclama la nulidad del ver, el
oír, etc. y ella misma ve, ove, etc.; proclama la nulidad de las esencialidades
éticas y ella misma las erige en potencias de su conducta. Su acción y sus
palabras se contradicen siempre y, de este modo, ella misma entraña la
conciencia doble y contradictoria de lo inmutable y lo igual y de lo totalmente
contingente y desigual consigo misma. Pero mantiene disociada esta contradicción
de sí misma y se comporta hacia ella como en su movimiento puramente negativo en
general. Si se le indica la igualdad, ella indica la desigualdad; y cuando se le
pone delante esta desigualdad, que acaba de proclamarse, ella pasa a la
indicación de la igualdad; su charla es, en realidad, una disputa entre
muchachos testarudos, uno de los cuales dice A cuando el otro dice B y B si
aquél dice A y que, contradiciéndose cada uno de ellos consigo mismo, se dan la
satisfacción de permanecer en contradicción el uno con el otro.
En el escepticismo, la conciencia se experimenta en verdad como una conciencia
contradictoria en sí misma; y de esta experiencia brota una nueva figura, que
aglutina los dos pensamientos mantenidos separados por el escepticismo. La
carencia de pensamiento del escepticismo acerca de sí mismo tiene necesariamente
que desaparecer, ya que es en realidad una sola conciencia que lleva en sí estos
dos modos. Esta nueva figura es, de este modo, una figura tal, que es para sí la
conciencia duplicada de sí como conciencia que, de una parte, se libera y es
inmutable e idéntica a sí misma y que, de otra parte, es la conciencia de una
confusión y una inversión absolutas -y que es así la conciencia de su propia
contradicción. En el estoicismo, la autoconciencia es la simple libertad de sí
misma; en el escepticismo, esta libertad se realiza, destruye el otro lado del
determinado ser allí, pero más bien se duplica y es ahora algo doble. De este
modo, la duplicación que antes aparecía repartida entre dos singulares, el señor
y el siervo, se resume ahora en uno sólo; se hace de este modo presente la
duplicación de la autoconciencia en sí misma, que es esencial en el concepto del
espíritu, pero aun no su unidad, y la conciencia desventurada es la conciencia
de sí como de la esencia duplicada y solamente contradictoria.
C) La conciencia desventurada. Subjetivismo piadoso
Esta conciencia desventurada, desdoblada en sí misma, debe ser, por tanto,
necesariamente, puesto que esta contradicción de su esencia es para sí una sola
conciencia, tener siempre en una conciencia también la otra, por donde se ve
expulsada de un modo inmediato de cada una, cuando cree haber llegado al triunfo
y a la quietud de la unidad. Pero su verdadero retorno a sí misma o su
reconciliación consigo misma se presentará como el concepto del espíritu hecho
vivo y entrado en la existencia, porque ya en ella es, como una conciencia
indivisa, una conciencia doble; ella misma es la contemplación de una
autoconciencia en otra, y ella misma es ambas, y la unidad de ambas es también
para ella la esencia; pero, para sí no es todavía esta esencia misma, no es
todavía la unidad de ambas.
D) La conciencia mudable
Por cuanto que primeramente esa conciencia no es sino la unidad inmediata de
ambas, pero de tal modo que no son para ella lo mismo, sino que son
contrapuestas, tenemos que la una, la conciencia simple e inmutable, es para
ella como la esencia, mientras que la otra, la que cambia de un modo múltiple,
es como lo no esencial. Ambas son para ella esencias ajenas la una a la otra; y
ella misma, por cuanto que es la conciencia de esta contradicción, se pone del
lado de la conciencia cambiante y es para sí lo no esencial; pero, como
conciencia de la inmutabilidad o de la esencia simple, tiene necesariamente que
proceder, al mismo tiempo, a liberarse de lo inesencial, es decir, a liberarse
de sí misma. En efecto, si bien para sí es solamente lo cambiante y lo inmutable
es para ella algo ajeno, es ella misma simple y, por tanto, conciencia
inmutable, consciente por tanto de ello como de su esencia, pero de tal modo que
ella misma no es para sí, a su vez, la esencia. Por consiguiente, la posición
que atribuye a las dos no puede ser la de una indiferencia mutua, es decir, la
de la indiferencia de ella misma hacia lo inmutable, sino que es de un modo
inmediato y ella misma ambas, y para ella la relación entre ambas es como una
relación entre la esencia y la no-esencia, de tal modo que esta última es
superada; pero, por cuanto que ambas son para ella igualmente esenciales y
contradictorias, tenemos que la autoconciencia no es sino el movimiento
contradictorio en el que el contrario no llega a la quietud en su contrario,
sino que simplemente se engendra de nuevo en él como contrario. Estamos, por
tanto, ante una lucha contra un enemigo frente al cual el triunfar es más bien
sucumbir y el alcanzar lo uno es mas bien perderlo en su contrario. La
conciencia de la vida, de su ser allí y de su acción es solamente el dolor en
relación con este ser allí y esta acción, ya que sólo encuentra aquí la
conciencia de su contrario como la conciencia de la esencia y de la propia
nulidad. Remontándose sobre esto, pasa a lo inmutable. Pero esta elevación es
ella misma esta conciencia; es, por tanto, de modo inmediato la conciencia de lo
contrario, a saber, la conciencia de sí misma como de lo singular. Y, cabalmente
con ello, lo inmutable que entra en la conciencia es tocado al mismo tiempo por
lo singular y solamente se presenta con esto, en vez de haberlo extinguido en la
conciencia de lo inmutable, se limita a aparecer constantemente de nuevo en
ella.
E) La figura de lo inmutable
Pero, en este movimiento; experimenta precisamente este surgir de lo singular en
lo inmutable y de lo inmutable en lo singular. Para ella, lo singular en general
aparece, en la esencia inmutable y, al mismo tiempo, lo singular suyo aparece en
aquél. En efecto, la verdad de este movimiento es precisamente el ser uno de
esta conciencia duplicada. Pero esta unidad deviene para ella misma primeramente
una unidad en la que la diversidad de ambos es todavía lo dominante. De este
modo, tenemos que lo singular se presenta para ella vinculado a lo inmutable de
tres modos. En primer lugar, ella misma resurge de nuevo como lo opuesto a la
esencia inmutable, y se ve retrotraída hasta el comienzo de la lucha, que
permanece como el elemento de toda la relación. En segundo lugar, lo inmutable
mismo en ella tiene para ella lo singular, de tal modo que es la figura de lo
inmutable, a la que se transfiere, así, todo el modo de la existencia. Y, en
tercer lugar, ella misma se encuentra como este singular en lo inmutable. El
primer inmutable es para ella solamente la esencia ajena que condena lo
singular; en cuanto al segundo es una figura de lo singular como ella misma
-deviene entonces en tercer lugar hacia el espíritu, tiene la alegría de
encontrarse a sí misma en él y adquiere la conciencia de haber reconciliado su
singularidad con lo universal.
Lo que aquí se presenta como modo y comportamiento de lo inmutable se ha dado
como la experiencia que la autoconciencia desdoblada se forma en su desventura.
Esta experiencia no es, ciertamente, su movimiento unilateral, pues es ella
misma conciencia inmutable y ésta, con ello y al mismo tiempo, también
conciencia singular, y el movimiento, asimismo, movimiento de la conciencia
inmutable, que en él se manifiesta lo mismo que el otro, pues este movimiento
recorre los siguientes momentos: un primer momento, en el que lo inmutable es lo
opuesto a lo singular en general, un segundo momento, en el que lo inmutable, al
convertirse por sí mismo en lo singular, se opone al resto de lo singular, y por
último un tercer momento, en el que lo inmutable forma una unidad con lo
singular. Pero esta consideración, en cuanto nos pertenece a nosotros, es aquí
extemporánea, pues hasta ahora sólo hemos visto surgir la inmutabilidad como
inmutabilidad de la conciencia, que, por consiguiente, no es la inmutabilidad
verdadera, sino la inmutabilidad que lleva todavía en sí una contradicción, no
lo inmutable en y para sí mismo; no sabemos, por tanto, cómo esto se comportará.
El único resultado a que hemos llegado es que para la conciencia, que es aquí
nuestro objeto, estas determinaciones indicadas se manifiestan en lo inmutable.
Esta es la razón de que la conciencia inmutable mantenga también en su
configuración misma el carácter y el fundamento del ser desdoblado y del ser
para sí con respecto a la conciencia singular. Para ésta es, por tanto, en
general, un acaecer el que lo inmutable adquiera la figura de lo singular; del
mismo modo que sólo se encuentra contrapuesta a ella, y, por tanto, es por medio
de la naturaleza como adquiere esta relación; finalmente, el que se encuentre en
él se le revela, en parte, ciertamente, como algo producido por ella misma o por
el hecho de ser ella misma singular; pero una parte de esta unidad se le revela
como perteneciente a lo inmutable, tanto en cuanto a su origen como en cuanto
que ella es; y la contraposición permanece en esta unidad misma. De hecho,
mediante la configuración de lo inmutable el momento del más allá no sólo
permanece, sino que además se afianza, pues si, por la figura de la realidad
singular parece, de una parte, acercarse más a lo inmutable, de otra parte
tenemos que lo inmutable es ahora para ella y frente a ella como un uno sensible
e impenetrable, con toda la rigidez de algo real; la esperanza de devenir uno
con él tiene necesariamente que seguir siendo esperanza, es decir, quedar sin
realizarse y sin convertirse en algo presente, pues entre ella y la realización
se interpone precisamente la contingencia absoluta o la indiferencia inmóvil que
se halla en la configuración misma, en lo que fundamenta a la esperanza. Por la
naturaleza de lo uno que es, por la realidad que ha revestido acaece
necesariamente que haya desaparecido en el tiempo y que en el espacio se halle
lejos y permanezca sencillamente lejos.
F) La aglutinación de lo real y la autoconciencia
Si primeramente el mero concepto de la conciencia desdoblada se determinaba de
modo que tendía a la superación de esta conciencia como singular y a su devenir
conciencia inmutable, su tendencia se determina ahora en el sentido de superar
más bien su relación con el puro inmutable no con figurado para relacionarse
solamente con lo inmutable configurado. En efecto, el ser uno de lo singular con
lo inmutable es para él, en adelante, esencia y objeto, mientras que en el
concepto su objeto esencial era solamente lo inmutable abstracto y no
configurado; y aquello de que ahora tiene que apartarse es la actitud de este
desdoblamiento absoluto del concepto. Y debe elevar al devenir uno absoluto su
relación primeramente externa con lo inmutable configurado como una realidad
ajena.
El movimiento mediante el cual la conciencia no esencial tiende a alcanzar este
ser uno es él mismo un movimiento triple, a tono con la triple actitud que habrá
de adoptar ante su más allá configurado: de una parte, como conciencia pura; de
otra parte, como esencia singular que se comporta hacia la realidad como
apetencia y como trabajo y, en tercer lugar, como conciencia de su ser para sí.
Cómo estos tres modos de su ser se hallan presentes y se determinan en aquella
relación general es lo que ahora hay que ver.
G) La conciencia pura, el ánimo, el fervor
Si, por tanto se considera primeramente esta conciencia como conciencia pura
parece como si lo inmutable configurado en tanto que es para la conciencia pura
se pusiera como es en sí y para sí mismo. Sin embargo, el cómo es en sí y para
sí mismo es, como ya hemos señalado, algo que aun no ha nacido. Para que fuese
en la conciencia tal y como es en y para sí mismo tendría, evidentemente, que
partir más bien de él que de la conciencia; pero esta su presencia aquí sólo se
da todavía de un modo unilateral a través de la conciencia, lo que hace
precisamente que no exista de un modo perfecto y verdadero, sino que permanezca
afectado de imperfección o de una contraposición.
Por tanto, aunque la conciencia desventurada no posea esta presencia se halla
ya, al mismo tiempo, sobre el pensamiento puro (y más allá de él), en cuanto
éste es el pensamiento abstracto del estoicismo, que prescinde de la
singularidad en general y el pensamiento del escepticismo que es solamente
inquietud -en realidad, solamente la singularidad como la contradicción no
consciente y su incesante movimiento-; dicha conciencia se remonta sobre ambos,
aglutina y cohesiona el pensamiento puro y la singularidad, pero no se eleva aun
hasta aquel pensamiento para el cual la singularidad de la conciencia se
reconcilia con el pensamiento puro mismo. Se halla más bien en ese término medio
en que el pensamiento abstracto entra en contacto con la singularidad de la
conciencia como singularidad. Ella misma es este contacto; es la unidad del
pensamiento puro y de la singularidad; y es también para ella esta singularidad
pensante o el pensamiento puro y lo inmutable mismo esencialmente como
singularidad. Pero no es para ella el que este su objeto, lo inmutable, que
tiene esencialmente para ella la figura de la singularidad, sea ella misma y
ella misma la singularidad de la conciencia.
En este primer modo, en que la consideramos como conciencia pura, no se
comporta, por tanto, hacia su objeto como pensante, sino que, al ser ella misma,
ciertamente, en sí, pura singularidad pensante y su objeto cabalmente esto, pero
no siendo pensamiento puro la relación misma entre ellos, se limita, por así
decirlo, a tender hacía el pensamiento y es recogimiento devoto. Su pensamiento
como tal sigue siendo el informe resonar de las campanas o un cálido vapor
nebuloso, un pensamiento musical, que no llega a concepto, el cual sería el
único modo objetivo inmanente. No cabe duda de que este puro sentir interior
infinito encontrará su objeto, pero éste no se presentará como un objeto
conceptual y aparecerá, por tanto, como algo ajeno. Es así como se da el
movimiento interior del ánimo puro, que se siente a sí mismo, pero se siente
dolorosamente como desdoblamiento; es el movimiento de una infinita nostalgia,
que tiene la certeza de que su esencia es aquel ánimo puro, un pensamiento puro
que se piensa como singularidad, de que es conocida y reconocida por este
objeto, precisamente porque se piensa como singularidad. Pero, al mismo tiempo,
esta esencia es el más allá inasequible, que huye cuando se le quiere captar o
que, por mejor decir, ha huido ya. Ha huido ya, pues es, de una parte, lo
inmutable que se piensa como singularidad, por donde la conciencia se alcanza a
sí misma inmediatamente en él, se alcanza a sí misma, pero como lo contrapuesto
a lo inmutable; en vez de captar la esencia, no hace más que sentirla y recae en
sí misma; por tanto, como en este alcanzar no puede eliminarse a sí misma como
este algo contrapuesto, en vez de haber captado la esencia sólo ha captado lo
inesencial. Y así como, de una parte, al tratar de captarse a sí en la esencia,
sólo capta la propia realidad desdoblada, no puede tampoco, de otra parte,
captar lo otro como singular o como real. No se lo encontrará dondequiera que se
le busque, precisamente porque tiene que ser un más allá, un ser tal que no
puede ser encontrado. Buscado como singular, no es una singularidad universal
pensada, no es concepto, sino un singular como objeto o algo real; objeto de la
certeza sensible inmediata y, precisamente por ella, solamente un objeto que ya
ha desaparecido. Ante la conciencia sólo se hace presente, por tanto, el
sepulcro de su vida. Pero, como este mismo es una realidad y va contra la
naturaleza de la realidad el garantizar una posesión permanente, tampoco la
presencia del sepulcro es otra cosa que la lucha de un esfuerzo condenado
necesariamente a frustrarse. Sin embargo, al pasar por la experiencia de que el
sepulcro de su esencia real e inmutable carece de realidad, de que la
singularidad desaparecida, como desaparecida, no es la verdadera singularidad,
renunciará a indagar la singularidad inmutable como real o a retenerla como
desaparecida, y solamente así será capaz de encontrar la singularidad como
verdadera o como universal.
H) La esencia singular y la realidad. El obrar de la conciencia piadosa}
Pero, ante todo, debemos tomar el retorno del ánimo a sí mismo de tal modo que
es como un singular que tiene realidad. Es el puro ánimo el que se ha encontrado
para nosotros o en sí y se ha satisfecho en sí mismo, pues aunque para él, en su
sentimiento, la esencia se separe de él, en sí este sentimiento es sentimiento
de sí mismo, ha sentido el objeto de su puro sentir y él mismo es este objeto;
surge, pues, de esto como sentimiento de sí mismo a como algo real que es para
sí. En este retorno a sí mismo deviene para nosotros su segunda actitud, la
actitud de la apetencia y el trabajo, que confiere a la conciencia la certeza
interior de sí misma, certeza que ha adquirido para nosotros, y se la confiere
mediante la superación y el goce de la esencia ajena, o sea de la esencia bajo
la forma de las cosas independientes. Pero la conciencia desventurada sólo se
encuentra como conciencia apetente y laboriosa; no advierte que para encontrarse
así tiene que basarse en la certeza interior de sí misma y que su sentimiento de
la esencia es este sentimiento de sí misma. Y, en cuanto no tiene para sí misma
esta certeza, su interior sigue siendo más bien la certeza rota de sí misma; por
tanto, la seguridad que adquiriría mediante el trabajo y el goce es también una
seguridad rota; o más bien diríamos que ella misma destruiría esta seguridad, de
tal modo que, aun encontrando en ella dicha seguridad, sólo será la seguridad
de lo que ella es para sí, es decir, de su desdoblamiento.
La realidad contra la que se vuelven la apetencia y el trabajo no es ya, para
esta conciencia, algo nulo en sí, algo que ella haya simplemente de superar y
devorar, sino algo como ella misma es: una realidad rota en dos, que solamente
de una parte es nula en sí, mientras que de otra parte es un mundo sagrado; es
la figura de lo inmutable, pues esto ha conservado en sí la singularidad y, por
ser universal en cuanto inmutable, su singularidad tiene en general la
significación de toda la realidad.
Si la conciencia fuese conciencia para sí independiente y la realidad, para
ella, algo nulo en y para sí, llegaría en el trabajo y en el goce al sentimiento
de su independencia, por cuanto que sería ella misma la que superaría la
realidad. Sin embargo, siendo ésta para ella la figura de lo inmutable, no puede
superarlo por sí sola, sino que, cuando en verdad llega a la anulación de la
realidad y al goce, esto sólo sucede para ella, esencialmente, porque lo
inmutable mismo abandona su figura y se la cede para que la goce. A su vez, la
conciencia surge aquí, asimismo, como real, pero como algo también interiormente
roto, y este desdoblamiento se presenta en su trabajo y en su goce, en
desdoblarse en una actitud ante la realidad o el ser para sí y en un ser en sí.
Aquella actitud ante la realidad es el alterar o el actuar, el ser para sí, que
corresponde a la conciencia singular como tal. Pero en ello es también en sí:
este lado pertenece al más allá inmutable; está formado por las capacidades y
las fuerzas, un don ajeno que lo inmutable cede también a la conciencia para
usarlo.
Por tanto, en su actuación, la conciencia es, por el momento, la relación entre
dos extremos; se mantiene, de una parte, como el más acá activo y frente a ella
aparece la realidad pasiva, ambas en relación la una con la otra, pero ambas
también retrotraídas a lo inmutable y aferradas a sí. De ambos lados se
desprende, por consiguiente, tan sólo algo superficial que se enfrenta al otro
en el juego del movimiento. El extremo de la realidad es superado por el extremo
activo; pero ella, por su parte, sólo puede ser superada porque su esencia
inmutable la supera ella misma, se repele de sí y abandona lo repelido a la
actividad. La fuerza activa se manifiesta como la potencia en que se disuelve la
realidad; pero, por ello, para esta conciencia, para la que el en sí o la
esencia es un otro, esta potencia como la cual aparece en la actividad es el más
allá de sí misma. Por tanto, en vez de retornar a sí desde su acción y de
haberse probado a sí por sí misma, lo que hace es reflejar este movimiento de la
acción en el otro extremo, que se presenta de este modo como puro universal,
como la potencia absoluta de que arranca el movimiento hacía todos los lados y
que es tanto la esencia de los extremos que se desintegran, en su manera
primitiva de presentarse, como la esencia del cambio mismo. Cuando la conciencia
inmutable renuncia a su figura y la abandona y, frente a ello, la conciencia
individual da gracias, es decir, se niega la satisfacción de la conciencia de su
independencia y transfiere de sí al más allá la esencia de la acción, cuando se
dan estos dos momentos de la entrega mutua de ambas partes, con ello nace,
ciertamente, para la conciencia su unidad con lo inmutable. Pero, al mismo
tiempo, esta unidad es afectada por la separación, de nuevo rota en sí y surge
nuevamente de ella la oposición de lo universal y lo singular. La conciencia,
aunque renuncie a la apariencia de la satisfacción de su sentimiento de sí
misma, adquiere, sin embargo, la real satisfacción de este sentimiento, ya que
ella ha sido apetencia, trabajo y goce: como conciencia, ha querido, ha hecho y
ha gozado. Y su gratitud, con la que reconoce al otro extremo como la esencia y
se supera, es también su propia acción, que contrarresta la del otro extremo y
opone al beneficio que se abandona una acción igual; si aquel extremo le cede
algo superficial de sí mismo, la conciencia da gracias también y, con ello, al
renunciar, a su propia acción, es decir, a su esencia misma, hace propiamente
más que el otro, que se limita a ceder de sí algo superficial. Por tanto, no
solamente en la apetencia, el trabajo y el goce reales, sino también incluso en
la misma gratitud, en la que parece suceder lo contrario, y el movimiento en su
totalidad se refleja en el extremo de la singularidad. La conciencia se siente
aquí como este singular y no se deja engañar por la apariencia de su renuncia,
pues la verdad de ella reside en no haberse entregado; lo que se ha producido es
solamente la doble reflexión en los dos extremos, y el resultado es la escisión
repetida en la conciencia contrapuesta de lo inmutable y en la conciencia del
querer, el realizar y el gozar contrapuestos y de la renuncia a sí misma o de la
singularidad que es para sí, en general.
I) La autoconciencia que arriba a la razón. (La mortificación de sí mismo Se
produce así la tercera actitud del movimiento de esta conciencia, que surge de
la segunda, en la que la conciencia se ha probado en verdad como independiente
por medio de su querer y su realizar. En la primera actitud era solamente el
concepto de la conciencia real o el ánimo interior, todavía no real en la acción
y el goce; la segunda es esta realización, como acción y goce externos; pero, al
retornar de ella, la conciencia se ha experimentado como una conciencia real y
actuante o como conciencia cuya verdad es ser en y para sí. Pero, aquí se
descubre ahora al enemigo bajo su figura más peculiar. En la lucha del ánimo la
conciencia singular es solamente como momento musical, abstracto; en el trabajo
y el goce, como la realización Realisierung de este ser carente de esencia,
puede olvidarse de un modo inmediato y la peculiaridad consciente que reside en
esta realidad es echada a tierra por el reconocimiento agradecido. Pero este
echar por tierra es, en verdad, un retorno de la conciencia a sí misma y,
concretamente, a sí misma como a la verdadera realidad.
Esta tercera actitud, en la que esta verdadera realidad es uno de los extremos,
es la relación de esa realidad con la esencia universal como la nada; y el
movimiento de esta relación es el que vamos ahora a considerar.
Por lo que se refiere, en primer lugar, a la relación contrapuesta de la
conciencia, en la que su realidad es para ella inmediatamente lo nulo, vemos que
su acción real deviene, por tanto, una acción de nada y su goce deviene el
sentimiento de su desventura. De este modo, la acción y el goce pierden todo
contenido y toda significación universales, ya que de otro modo tendrían un ser
en y para sí, y ambos se retrotraen a la singularidad, hacia la que tiende la
conciencia, para superarla. En las funciones animales la conciencia es
consciente de sí como de este singular real. Estas funciones, en vez de
cumplirse espontáneamente, como algo nulo en y para sí y que no puede alcanzar
importancia ni esencialidad alguna para el espíritu, como son funciones en las
que el enemigo se manifiesta bajo su figura peculiar, constituyen más bien
objeto de serio esfuerzo y se convierten precisamente en lo más importante.
Pero, como este enemigo se produce en su derrota, la conciencia, al fijarlo, en
vez de ser liberada de él, permanece siempre en relación con él y se siente
siempre maculada, y, al mismo tiempo, este contenido de sus aspiraciones, en vez
de ser algo esencial, es lo más vil y, en vez de ser algo universal, es lo más
singular, y así, vemos nosotros solamente a una personalidad limitada a sí misma
y a su pequeña acción y entregada a ella, una personalidad tan desventurada como
pobre.
Pero, en ambos casos, al sentimiento de su desventura y a la pobreza de su
acción va unida también la conciencia de su unidad con lo inmutable. Pues el
intento de la anulación inmediata de su ser real se lleva a cabo por mediación
del pensamiento de lo inmutable y acaece en esta relación. La relación mediata
constituye la esencia del movimiento negativo en el cual la conciencia tiende en
contra de su singularidad la que, sin embargo, como relación es en sí positiva y
producirá para ella misma su unidad.
Esta relación mediata es, por tanto, un silogismo en el que la singularidad, que
empieza fijándose como opuesta al en sí, sólo se halla en conexión con este otro
extremo por medio de un tercer término. A través de este término medio, es para
la conciencia inesencial el extremo de la conciencia inmutable, y esta
conciencia inesencial, a su vez, sólo puede ser para la conciencia inmutable a
través de este término medio; por donde éste es así, un término medio que
representa a ambos extremos, el uno frente al otro y el mutuo servidor de cada
uno de ellos cerca del otro. Este término medio es él mismo una esencia
consciente, ya que es una acción que sirve de mediadora a la conciencia como
tal; el contenido de esta acción es la cancelación que la conciencia lleva a
cabo de su singularidad.
En él, la conciencia se libera por tanto, de la acción y el goce como de lo
suyo: repudia, de sí misma como extremo que es, para sí la esencia de su
voluntad y arroja sobre el término medio o el servidor la peculiaridad y la
libertad de la decisión y, con ello, la culpa de lo que hace. Este mediador, que
se halla en relación inmediata con la esencia inmutable, sirve como consejero
acerca de lo que es justo. La acción, en cuanto acatamiento de una decisión
ajena, deja de ser una acción propia, en lo tocante al lado de la acción o de la
voluntad. Pero para la conciencia inesencial permanece aun su lado objetivo, a
saber, el fruto de su trabajo y el disfrute. También esto es repudiado de sí
misma por ella y, del mismo modo, que renuncia a su voluntad, renuncia también a
su realidad lograda en el trabajo y en el disfrute, renuncia a ella, en parte
como a la verdad alcanzada de su independencia autoconsciente -en cuanto se
mueve como algo totalmente ajeno, que le sugiere la representación y le habla en
el lenguaje de lo que carece de sentido- y, en parte, como propiedad externa, al
ceder algo de la posesión adquirida por medio del trabajo y en parte,
finalmente, renuncia. al goce ya logrado, al prohibírselo totalmente de nuevo la
abstinencia y la mortificación.
A través de estos momentos, primero el de la renuncia a su propia decisión,
luego de la renuncia a la propiedad y al goce y, por último, el momento positivo
de la realización de algo que no comprende, se priva en verdad y plenamente de
la conciencia de la libertad interior y exterior, de la realidad como su ser
para sí; tiene la certeza de haberse enajenado en verdad de su yo, y de haber
convertido su autoconciencia inmediata en una cosa, en un ser objetivo.
Solamente por medio de este sacrificio real puede la autoconciencia probar su
renuncia a sí misma, pues solamente así desaparecerá el fraude que reside en el
reconocimiento y la gratitud interiores por medio del corazón, las intenciones o
los labios, reconocimiento que, aunque desplaza de sí toda la potencia del ser
para sí, para atribuirla a un don de lo alto, conserva él mismo en este
desplazamiento la peculiaridad externa en la posesión, que no abandona, y la
particularidad interna en la conciencia de la decisión que ella misma asume y en
la conciencia del contenido de esta decisión determinado por ella, contenido que
no ha trocado por un contenido para ella ajeno y carente plenamente de sentido.
Pero, en el sacrificio realmente consumado la conciencia, lo mismo que supera la
acción como lo suyo, se desprende también en sí de su desventura como
proveniente de dicha acción. Sin embargo, el que este desprendimiento ocurra en
sí es la acción del otro extremo del silogismo, que es la esencia que es en sí.
Pero, al mismo tiempo, aquel sacrificio del extremo no esencial no era una
acción unilateral, sino que contenía en sí la acción del otro. Pues la renuncia
a la propia voluntad sólo es negativa de una parte, de acuerdo con su concepto o
en sí, pero es al mismo tiempo positiva, a saber, la posición de la voluntad
como un otro y, de un modo determinado, la posición de la voluntad, no como algo
singular, sino universal. Para esta conciencia, este significado positivo de la
voluntad singular negativamente puesta es la voluntad del otro extremo, que,
precisamente por ser ella un otro, no deviene para ella por medio de sí, sino
por medio del tercero, del mediador, en forma de consejo. Para ella, su voluntad
deviene, evidentemente, voluntad universal y que es en sí, pero ella misma no es
ante sí este en sí; la renuncia a su voluntad como singular no es para ella, de
acuerdo con el concepto, lo positivo de la voluntad universal. Y, del mismo
modo, su renuncia a la posesión y al goce sólo tiene esta misma significación
negativa, lo universal que así deviene para ella no es su propia acción. Esta
unidad de lo objetivo y del ser para sí que es en el concepto de la acción y
que, de este modo, deviene para la conciencia como la esencia y objeto, al no
ser para ella el concepto de su acción, no deviene tampoco objeto para ella de
un modo inmediato y por medio de ella misma, sino que hace que el servidor que
sirve de mediador exprese esta certeza ella misma todavía rota de que solamente
en sí es su desventura lo inverso, a saber, la acción que se satisface a sí
misma en su hacer o el goce bienaventurado, por donde su mísera acción es
asimismo en sí lo inverso, o sea la acción absoluta; con arreglo al concepto, la
acción sólo como acción de lo singular es acción en general. Pero, para ella
misma permanece la acción y su acción real una acción mísera, su goce el dolor y
la superación de este dolor, en su significación positiva, un más allá. Pero, en
este objeto, en el que su acción y su ser, como ser y acción de esta conciencia
singular son para ella ser y acción en sí, deviene para ella la representación
de la razón, de la certeza de la conciencia de ser, en su singularidad, absoluta
en sí o toda realidad.
AA. RAZÓN
CERTEZA Y VERDAD DE LA RAZÓN
EN EL pensamiento captado por ella de que la conciencia singular es en sí
esencia absoluta, la conciencia retorna a sí misma. Para la conciencia
desventurada, el ser en sí es el más allá de sí misma. Pero su movimiento la ha
llevado al siguiente resultado: la singularidad, en su desarrollo total, o la
singularidad que es conciencia real, ha sido puesta como lo negativo de sí
misma, es decir, como el extremo objetivo o ha desgajado de sí su ser para sí,
convirtiéndolo en el ser; de este modo, ha devenido también para la conciencia
su unidad con este universal que, para nosotros, no cae ya fuera de ella, puesto
que lo singular superado es lo universal; y, como la conciencia se mantiene a sí
misma en esta su negatividad, su esencia es en ella como tal. Su verdad es
aquello que en el silogismo, en el que los extremos aparecían absolutamente
disociados, se manifestaba como el término medio que anuncia a la conciencia
inmutable que lo singular ha renunciado a sí y a lo singular que lo inmutable no
es ya un extremo para él, sino que se ha reconciliado con él. Este término medio
es la unidad que encierra un saber inmediato de ambos y los relaciona entre sí y
la conciencia de su unidad que anuncia a la conciencia, y con ello se anuncia a
sí misma la certeza de ser toda verdad.
Por cuanto que la autoconciencia es razón, su actitud hasta ahora negativa ante
el ser otro se trueca en una actitud positiva. Hasta ahora, sólo le preocupaban
su independencia y su libertad, para salvarse y mantenerse para sí misma a costa
del mundo o de su propia realidad, ya que ambos se le manifestaban como lo
negativo de su esencia. Pero, como razón, segura ya de sí misma, se pone en paz
con el mundo y con su propia realidad y puede soportarlos, pues ahora tiene la
certeza de sí misma como de la realidad o la certeza de que toda realidad no es
otra cosa que ella; su pensamiento mismo es, de un modo inmediato, la realidad;
se comporta, pues, hacía ella como idealismo. Para ella, al captarse así, es
como sí el mundo deviniese por vez primera; antes, no lo comprendía; lo apetecía
y lo elaboraba, se replegaba de él sobre sí misma, lo cancelaba para sí y se
cancelaba a sí misma como conciencia, como conciencia del mundo en tanto que
conciencia de la esencia, lo mismo que como conciencia de su nulidad. Solamente
ahora, después de haber perdido el sepulcro de su verdad, después de haber
cancelado la cancelación misma de su realidad y cuando ya la singularidad de la
conciencia es para ella en sí la esencia absoluta, descubre la conciencia el
mundo como su nuevo mundo real, que ahora le interesa en su permanencia, como
antes le interesaba solamente en su desaparición; pues su subsistencia se
convierte para ella en su propia verdad y en su propia presencia; la conciencia
tiene ahora la certeza de experimentarse solamente en él.
La razón es la certeza de la conciencia de ser toda realidad; de este modo
expresa el idealismo el concepto de la razón. Del mismo modo que la conciencia
que surge como razón abriga de un modo inmediato en sí esta certeza, así también
el idealismo la expresa de un modo inmediato: yo soy yo en el sentido de que el
yo que es mi objeto, es objeto con la conciencia del no de ser de cualquier otro
objeto, es objeto único, es toda realidad y toda presencia y no como en la
autoconciencia en general, ni tampoco como en la autoconciencia libre, ya que
allí sólo es un objeto vacío en general y aquí solamente un objeto que se
repliega de los otros que siguen rigiendo junto a él. Pero la autoconciencia
sólo es toda realidad no solamente para sí, sino también en sí al devenir esta
realidad o más bien al demostrarse como tal. Y se demuestra así en el camino
por el que, primero en el movimiento dialéctico de la suposición; la percepción
y el entendimiento el ser desaparece como en sí, y luego en el movimiento que
pasa por la independencia de la conciencia en el señorío y la servidumbre, por
el pensamiento de la libertad; la liberación escéptica y la lucha de la
liberación absoluta de la conciencia desdoblada dentro de sí, el ser otro en
cuanto sólo es para ella, desaparece para ella misma. Aparecerían sucesivamente
dos lados, uno en que la esencia o lo verdadero tenía para la conciencia la
determinabilidad del ser, y otro en que su determinabilidad era el ser solamente
para ella. Pero ambos lados se reducían a una verdad, la de que lo que es o el
en sí sólo es en cuanto es para la conciencia y lo que es para ella es también
en sí. La conciencia que es esta verdad ha dejado atrás y olvidado este ánimo al
surgir de un modo inmediato como razón; dicho en otros términos, esta razón que
surge de un modo inmediato surge solamente como la certeza de aquella verdad. De
este modo, sólo asevera ser toda realidad; pero sin concebirla ella misma, pues
aquel camino olvidado es el concebir esta afirmación expresada de un modo
inmediato. Y, asimismo, para quien no lo ha recorrido, resulta también
inconcebible esta afirmación, cuando la escucha bajo esta forma pura, ya que
expresada bajo una figura concreta él mismo llega muy bien a ella.
El idealismo que, en vez de presentar dicho camino, comienza por esta
afirmación, es también, por tanto, una pura aseveración, que ni se concibe a sí
misma ni puede hacerse concebible a otros. El idealismo expresa una certeza
inmediata a la que se contraponen otras certezas inmediatas, sólo que se han
perdido por aquel camino. Así, pues, junto a la aseveración de aquella certeza
aparecen, con el mismo derecho, las aseveraciones de estas otras certezas. La
razón invoca la autoconciencia de cada conciencia: yo soy yo, mi objeto y
esencia es yo, y ninguna de aquellas conciencias negará esta verdad ante
aquélla. Pero, al fundamentarla sobre esta invocación, la razón sanciona la
verdad de la otra certeza, a saber, la de que hay otro para mi, la de que un
otro que yo es para mí objeto y esencia o de que en cuanto soy yo mi objeto y mi
esencia sólo lo soy al replegarme de lo otro en general y ponerme junto a ello
como una realidad. Sólo cuando la razón aparece como reflexión desde esta
certeza contrapuesta aparece su afirmación de sí, no sólo como certeza y
aseveración, sino como verdad, y no solamente junto a otras verdades, sino como
la verdad única. La aparición inmediata es la abstracción de su ser presente,
cuya esencia y ser en sí son el concepto absoluto, es decir, el movimiento de su
ser devenido. La conciencia determinará de diferente modo su actitud ante el ser
otro o ante su objeto según el grado en que se halle del espíritu del mundo que
va cobrando conciencia de sí. El modo como en cada caso encuentra y determina de
un modo inmediato a sí mismo y a su objeto o cómo sea para sí dependerá de lo
que haya devenido o de lo que ya en sí sea.
La razón es la certeza de ser toda realidad. Pero este en sí o esta realidad es
todavía algo completamente universal, la pura abstracción de la realidad. Es la
primera positividad que la autoconciencia es en sí misma, para sí y yo, por
tanto, solamente la pura esencialidad de lo que es o la categoría simple. La
categoría, que tenía fuera de este caso la significación de ser la esencialidad
de lo que es, la esencialidad indeterminada de lo que es en general o de lo que
es frente a la conciencia, pasa a ser ahora esencialidad o unidad simple de lo
que es solamente como realidad pensante; o bien significa que autoconciencia y
ser son la misma esencia; la misma, no en la comparación, sino en y para sí.
Solamente el mal idealismo unilateral hace que esta unidad reaparezca como
conciencia en uno de los lados y frente a ella un en sí. Ahora bien, esta
categoría o la unidad simple de la autoconciencia y el ser lleva en sí la
diferencia, pues su esencia está precisamente en ser de un modo inmediato igual
a sí misma en el ser otro o en la diferencia absoluta. La diferencia es, por
tanto, pero de un modo totalmente transparente y como una diferencia que, al
mismo tiempo, no lo es. Se manifiesta como una multiplicidad de categorías. En
cuanto el idealismo enuncia la unidad simple de la autoconciencia como toda
realidad y hace de ella de un modo inmediato la esencia, sin haberla concebido
como esencia absolutamente negativa -solamente ésta lleva en sí misma la
negación, la determinabilidad o la diferencia-, es todavía más inconcebible que
esto, el que haya en la categoría diferencias o especies. Esta aseveración en
general, así como la aseveración de un número determinado de especies de la
categoría es una nueva aseveración, pero que implica en ella misma el que no
deba aceptarse ya simplemente como tal. En efecto, en cuanto que la diferencia
comienza en el yo puro, en el entendimiento puro mismo, ello lleva implícito el
que aquí se abandonan la inmediatez, el asegurar y el encontrar, y comienza el
concebir. Ahora bien, el tomar la multiplicidad de las categorías, del modo que
sea, como algo que se encuentra, partiendo por ejemplo de los juicios, y
aceptarlas así constituye, en realidad, como una afrenta a la ciencia: ¿dónde
podría el entendimiento poner de manifiesto una necesidad, sí no pudiera hacerlo
en él mismo, que es la necesidad pura?
Ahora bien, si la pura esencialidad de las cosas, lo mismo que su diferencia,
pertenece así a la razón, parece que, en rigor, no debiera poder hablarse de
cosas, es decir, de algo que sólo sería para la conciencia lo negativo de sí
misma. En efecto, las muchas categorías son especies de la categoría pura, lo
que significa que ésta sigue siendo su género o su esencia, pero no algo
contrapuesto a aquéllas. Pero dichas categorías son ya lo ambiguo, que, en su
multiplicidad, lleva en sí, al mismo tiempo, el ser otro frente a la categoría
pura. En realidad, entran en contradicción con ella a través de esta
multiplicidad, y la unidad pura no tiene más remedio que superar en sí esta
multiplicidad, constituyéndose como unidad negativa de las diferencias. Pero,
como unidad negativa, excluye de sí tanto las diferencias en cuanto tales como
aquella primera unidad pura inmediata como tal, y es singularidad; una nueva
categoría, que es conciencia excluyente, es decir, que es de tal modo que un
otro es para ella. La singularidad es su paso de su concepto a una realidad
externa, el puro esquema que es conciencia y que, con ello, por ser singularidad
y uno excluyente, es también la referencia a un otro. Pero este otro de esta
categoría son solamente las otras primeras categorías, a saber: esencialidad
pura y diferencia pura; y en ella, es decir, precisamente en el ponerse el otro
o en este otro mismo, es la conciencia ella misma. Cada uno de estos momentos
distintos remite a otro, pero sin que por esto se llegue en ellos, al mismo
tiempo, a un ser otro. La categoría pura remite a las especies, que pasan a la
categoría negativa o a la singularidad; y ésta remite, a su vez, de rechazo, a
aquéllas: ella misma es conciencia pura que permanece dentro de cada especie
como clara unidad consigo misma, pero una unidad remitida también a un otro que,
cuando es, desaparece y, al desaparecer, se engendra de nuevo.
Vemos aquí la pura conciencia puesta de un doble modo, de una parte como un
inquieto va y viene que recorre todos sus momentos en los cuales ha visto flotar
ante sí el otro que se supera en el momento de captarlo; de otra parte, más bien
como la unidad quieta, cierta de su verdad. Para esta unidad, aquel movimiento
es lo otro, pero para este movimiento es aquella unidad quieta; y conciencia y
objeto se alternan en estas mutuas determinaciones. La conciencia es, pues, ante
sí misma, de una parte, la búsqueda que va y viene, y su objeto el puro ser en
sí y la pura esencia; de otra parte, es la categoría simple y el objeto el
movimiento de las diferencias. Pero la conciencia, como esencia, es todo este
transcurso mismo, que consiste en pasar de sí, como categoría simple, a la
singularidad y al objeto y en contemplar en éste aquel proceso, en superarlo
como un objeto distinto para apropiárselo, enunciándose como esta certeza de ser
toda realidad, tanto ella misma como su objeto.
Su primera enunciación es solamente esta palabra abstracta y vacía de que todo
es suyo. Pues la certeza de ser toda realidad sólo lo es la pura categoría. Esta
primera razón que se conoce en el objeto la expresa el idealismo vacío, el cual
sólo aprehende la razón tal y como ésta es primeramente y que, por indicar en
todo ser este puro mío de la conciencia y enunciar las cosas como sensaciones o
representaciones, cree haber indicado aquel mío como realidad acabada. No tiene
más remedio que ser, al mismo tiempo, un empirismo absoluto, pues para llenar el
mío vacío, es decir, para la diferencia y todo el desarrollo y configuración del
mismo, su razón necesita de un impulso ajeno, único en el que puede darse la
multiplicidad de la sensación o de la representación. Este idealismo se
convierte, por tanto, en un doble sentido tan contradictorio como el
escepticismo, sólo que sí éste se expresa de un modo negativo aquel idealismo se
expresa de un modo positivo, pero no por ello logra aglutinar más que aquél sus
pensamientos contradictorios, el de la conciencia pura como la conciencia de
toda realidad y el del impulso ajeno o de la sensación y la representación
sensibles como la conciencia de una realidad igual, sino que va del uno al otro
en una y otra dirección, para caer en la infinitud mala, es decir, en la
infinitud sensible. Por cuanto que la razón es toda realidad en la significación
de lo mío abstracto y lo otro es para este mío algo ajeno indiferente, tenemos
que en ello se pone precisamente aquel saber de la razón de un otro que se nos
había presentado ya como el suponer, el percibir y como el entendimiento que
aprehendía lo supuesto y lo percibido. Semejante saber es afirmado al mismo
tiempo como un saber no verdadero por el concepto de este idealismo mismo, ya
que sólo la unidad de la apercepción es la verdad del saber. La razón pura de
este idealismo, para llegar a este otro que le es esencial, es decir, que es,
por tanto, el en sí, pero que no lo tiene en ella misma, es remitida de nuevo,
por medio de ella misma, a aquel saber que no es un saber de lo verdadero; de
este modo, se condena, a sabiendas y por su voluntad, a un saber no verdadero y
no puede apartarse del suponer y el percibir, que no encierran verdad alguna
para ella misma. Se halla en contradicción inmediata, al afirmar como la esencia
algo doble y sencillamente contrapuesto, la unidad de la apercepción y, al mismo
tiempo, la cosa que, aunque se la llame el impulso ajeno, la esencia empírica, o
la sensibilidad o la cosa en sí, sigue permaneciendo la misma en su concepto
extraña a dicha unidad.
Este idealismo ha caído en esta contradicción porque afirma el concepto
abstracto de la razón como lo verdadero; por eso mismo nace de un modo inmediato
para él la realidad como algo que no es la realidad de la razón, mientras que la
razón debiera ser, al mismo tiempo, toda realidad; permanece como una búsqueda
sin descanso, que en la búsqueda misma explica como algo sencillamente imposible
la satisfacción del encontrar. No es tan inconsecuente, sin embargo, la razón
real, sino que, siendo primeramente tan sólo la certeza de ser toda realidad, es
consciente en este concepto de la certeza de no ser todavía, como certeza, como
yo, la realidad en verdad y se ve empujada a elevar su certeza a verdad y a
llenar el mío vacío.
RAZÓN OBSERVANTE
Esta conciencia, para la que el ser tiene la significación de lo suyo, la vemos
ahora entrar nuevamente en la suposición y la percepción, pero no como en la
certeza de lo que es solamente otro, sino con la certeza de ser este otro mismo.
Anteriormente, sólo le había acaecido percibir y experimentar algo en la cosa,
pero, al llegar aquí, ella misma dispone las observaciones y la experiencia. El
suponer y el percibir, que antes se habían superado para nosotros, son ahora
superados para la conciencia misma; la razón aspira a saber la verdad, a
encontrar como concepto lo que para la suposición y la percepción es una cosa,
es decir, a tener en la coseidad solamente la conciencia de ella misma. Por
tanto, la razón tiene ahora un interés universal en el mundo porque es la
certeza de tener su presencia en él o de que la presencia sea racional. La razón
busca su otro, por cuanto sabe que no poseerá en él otra cosa que a sí misma;
busca solamente su propia infinitud.
La razón, que al principio no hace más que barruntarse en la realidad o que sólo
sabe esta realidad como lo suyo en general, procede en este sentido hasta la
toma universal de posesión de la propiedad de que está segura y planta en todas
las alturas y en todas las simas el signo de su soberanía. Pero este mío
superficial no es su interés último; el gozo de esta toma de posesión universal
encuentra todavía en su propiedad el otro ajeno que la razón abstracta no tiene
en ella misma. La razón se barrunta como una esencia más profunda, de lo que el
puro yo es y tiene necesariamente que exigir que la diferencia, el ser
multiforme, devenga para él como lo suyo mismo, que se intuya como la realidad y
se halle presente como figura y como cosa. Pero sí la razón revuelve todas las
entrañas de las cosas y abre todas sus venas para verse brotar por ellas, jamás
alcanzará esta dicha, sino que tiene antes que realizarse en ella misma, para
poder luego experimentar su realización.
La conciencia observa; es decir, la razón quiere encontrarse y tenerse como
objeto que es, como un modo real, dotado de presencia sensible. La conciencia de
esta observación supone y dice, indudablemente, que no pretende experimentarse a
sí misma, sino, por el contrario, experimentar la esencia de las cosas, como
tales. El que esta conciencia suponga y diga esto tiene su fundamento en el
hecho de que, aunque es razón, su objeto no es todavía la razón como tal. Si la
conciencia supiera a la razón como la esencia igual de las cosas y de sí misma y
supiese que la razón, en su figura peculiar, sólo puede hallarse presente en la
conciencia, penetraría en su peculiar profundidad y se buscaría más bien en ella
que en las cosas. Y si se encontrase aquí, esta razón se vería llevada de nuevo
de esta profundidad a la realidad para intuir en ésta su expresión sensible,
pero tomando ésta en seguida esencialmente, como concepto. La razón, tal como
aparece inmediatamente como la certeza de la conciencia de ser toda realidad,
toma su realidad en el sentido de la inmediatez del ser, y, del mismo modo, toma
la unidad del yo con esta esencia objetiva en el sentido de una unidad inmediata
en la que la razón aun no ha separado y vuelto a unir los momentos del ser y del
yo, o que la razón aun no conoce. Aborda, pues, las cosas como conciencia
observante suponiendo que las toma en verdad como cosas sensibles, opuestas al
yo; sin embargo, su acción real contradice a esta suposición, pues la razón
conoce las cosas, convierte lo que tienen de sensible en conceptos, es decir,
cabalmente en un ser que es al mismo tiempo un yo; convierte, por tanto, al
pensamiento en un pensamiento que es o al ser en un ser pensado y afirma, de
hecho, que las cosas sólo poseen verdad como conceptos. Para esta conciencia
observante, sólo deviene en ello lo que las cocas son, mientras que para
nosotros deviene aquí lo que es ella misma; pero, como resultado de su
movimiento, tendremos que la conciencia observante devendrá para sí misma lo que
en sí es.
Debemos ahora considerar la acción de la razón observante en los momentos de su
movimiento, tal como toma la naturaleza, el espíritu y, por último, la relación
entre ambos como ser sensible y se busca a sí misma como realidad que es.
OBSERVACIÓN DE LA NATURALEZA
Si la conciencia carente de pensamiento enuncia la observación y la experiencia
como la fuente de la verdad, sus palabras podrían muy bien interpretarse como si
se tratara exclusivamente del gusto, el olfato, el tacto, el oído y la vista;
llevada del celo con que recomienda el gusto, el olfato, etc., se olvida de
decir que, en realidad, el objeto de esta sensación ha sido ya también
esencialmente determinado por ella y que, para ella, esta determinación vale,
por lo menos, tanto como aquella sensación. Y la conciencia observante tendrá
que admitir, al mismo tiempo, que para ella no se trata, en general, solamente
de percepciones y que, por ejemplo, no puede hacer valer como una observación la
percepción de que este cortaplumas se halla al lado de esta tabaquera. Lo
percibido deberá tener, por lo menos, la significación de algo universal, y no
la de un esto sensible. Este universal sólo es, primeramente, lo que permanece
igual a sí mismo; su movimiento es solamente el uniforme retorno del mismo acto.
La conciencia, en tanto que sólo encuentra en el objeto la universalidad o lo
mío abstracto, tiene que asumir en ella misma el movimiento peculiar del objeto
y, como ella no es todavía el entendimiento de éste, tiene que ser, por lo
menos, su memoria, que exprese de modo universal lo que en la realidad se da
solamente de modo singular. Este destacarse superficial desde la singularidad y
la forma igualmente superficial de la universalidad, en lo que lo sensible sólo
es acogido, pero sin llegar a ser en sí mismo universal, la descripción de las
cosas, no lleva aun el movimiento en el objeto mismo, sino que este movimiento
se halla más bien solamente en la descripción. Por tanto, el objeto, tal y como
es descrito, ha perdido el interés; si se describe uno, habrá que abordar y
buscar constantemente otro, para que la descripción no se acabe. Y si no se
encuentran fácilmente cosas nuevas enteras, habrá que volver sobre las ya
encontradas, para seguirlas dividiendo, desmontando y rastrear todavía en ellas
nuevas facetas de la coseidad. A este instinto inquieto e insaciable no puede
faltarle nunca el material; el descubrir un nuevo género bien caracterizado o
incluso un nuevo planeta que, aun siendo un individuo, presente la naturaleza de
un universal, es algo que sólo puede suceder a los afortunados. Pero el límite
de lo que caracteriza a algo como elefante, roble u oro, de lo que es género y
especie, recorre muchos grados en la infinita especificación del caótico reino
animal o vegetal, de las clases de montañas o de las clases de metales, de
tierras, etc., que sólo pueden representarse por la fuerza y por el arte. En
este reino de la indeterminabilidad de lo universal, en el que la especificación
se acerca de nuevo a la singularización para descender, aquí y allá, hasta ella,
hay una reserva inagotable para la observación y la descripción. Pero aquí,
donde se abre ante ella un campo inabarcable, la descripción, en los límites de
lo universal, sólo puede haber encontrado, en vez de una riqueza
inconmensurable, los límites de la naturaleza y de su propia acción; la
descripción, aquí, ya no puede saber si lo que parece ser en sí no es más bien
algo contingente; lo que ostenta el sello de una formación confusa o
rudimentaria, débil y apenas desarrollada de la indeterminabilidad elemental, no
puede ni siquiera pretender ser descrito.
Aunque este buscar y este describir sólo parezcan ocuparse de las cosas, vemos
en realidad que no se desarrollan siguiendo el curso de la percepción sensible,
sino que aquello que hace a las cosas ser conocidas es más importante para la
descripción que el campo restante de las propiedades sensibles, de las que la
cosa misma, ciertamente, no puede prescindir, pero sin las que puede pasar la
conciencia.
Mediante esta diferencia entre lo esencial y lo inesencial se eleva el concepto
desde la dispersión sensible, y el conocimiento explica así que para él se trata
tan esencialmente, por lo menos, de sí mismo como de las cosas. Esta doble
esencialidad hace que el conocimiento vacile sin saber si lo que es para el
conocimiento lo esencial y necesario lo es también en las cosas. De una parte,
las características sólo deben servir al conocimiento, para que éste distinga
unas cosas de otras; pero, por otra parte, no se debe conocer lo inesencial de
las cosas, sino aquello por lo que estas mismas se desgajan de la continuidad
universal del ser en general, se deslindan de lo otro y son para sí. Las
características no sólo deben guardar una relación esencial con el conocimiento,
sino que deben ser, también, las determinabilidades esenciales de las cosas y el
sistema artificial ser conforme al sistema de la naturaleza misma y expresar
solamente este sistema. Ello se desprende necesariamente del concepto de la
razón, y el instinto de la razón - ya que sólo como tal instinto se comporta la
razón en este observar- ha alcanzado también en sus sistemas esa unidad en la
que sus objetos mismos se hallan constituidos de tal modo que tienen en ellos
mismos una esencialidad o un ser para sí, y no son solamente la contingencia de
este instante o de este aquí. Las características diferenciales de los animales,
por ejemplo, se toman de las garras y los dientes, porque, en efecto, no es
solamente el conocimiento el que así distingue a unos animales de otros, sino
que los animales mismos se separan así por sí mismos; mediante estas armas, el
animal se mantiene para sí y se separa de lo universal. En cambio, la planta no
llega al ser para sí, sino que sólo toca a los límites de la individualidad; y
en estos límites, donde muestra la apariencia de la división en especies, la
planta es acogida, por tanto, y entra en la distinción. Pero lo que se halla por
debajo de esto ya no se puede distinguir por sí mismo de lo otro, sino que se
pierde al entrar en la oposición. Entran en conflicto entre sí el ser quieto y
el ser en relación, la cosa en éste es algo otro que según aquél, siendo así,
por el contrario, que lo que distingue al individuo es el mantenerse en relación
con respecto a lo otro. Pero lo que no puede mantenerse así y deviene de un modo
químico algo distinto de lo que es en el modo empírico embrolla el conocimiento
y lo lleva al mismo conflicto de saber sí ha de atenerse a un lado o al otro, ya
que la cosa misma no es nada permanente y en ella se desdoblan estos dos lados.
En tales sistemas de lo universal el permanecer igual a sí mismo este algo igual
a sí mismo tiene, pues, la significación de ser tanto lo igual a sí mismo del
conocimiento como de las mismas cosas. Sin embargo, esta expansión de las
determinabilidades que permanecen iguales y cada una de las cuales describe
tranquilamente la serie de su proceso y obtiene espacio para portarse a su modo,
se trueca esencialmente, a su vez, en su contrario, en la confusión de estas
determinabilidades, pues la característica, la determinabilidad universal, es la
unidad de lo contrapuesto, de lo determinado y de lo universal en sí, razón por
la cual tiene necesariamente que desdoblarse en esta oposición. Ahora bien, si
la determinabilidad en uno de los lados triunfa sobre lo universal, en lo que
tiene su esencia, por el contrario lo universal, del otro lado, conserva del
mismo modo su imperio sobre aquélla, empuja a su límite a la determinabilidad y,
al llegar a él, confunde sus diferencias y esencialidades. La observación, que
mantenía cuidadosamente separadas estas diferencias y esencialidades y creía
tener en ellas algo fijo, ve que unos principios se imponen a otros, ve que se
forman transiciones y confusiones y que en éstas se combina lo que antes
consideraba sencillamente separado y se separa lo que consideraba unido; de tal
modo que este atenerse al ser quieto que permanece igual a sí mismo tiene que
verse precisamente aquí, en sus determinaciones más universales, por ejemplo en
cuanto a las características esenciales del animal o la planta, torturado con
instancias que le despojan de toda determinación, haciendo enmudecer la
universalidad a que se había remontado y retrotrayéndolo a una simple
observación y descripción carentes de pensamiento.
Esta observación que se limita a lo simple o que limita la dispersión sensible
por medio de lo universal, encuentra, por tanto, en su objeto la confusión de su
principio, porque lo determinado tiene, por su propia naturaleza, que perderse
en su contrario; de ahí que la razón deba avanzar más bien dejando tras sí la
determinabilidad inerte que presentaba la apariencia de lo permanente, hasta
llegar a la observación de la misma tal y como en verdad es, a saber: en cuanto
se relaciona con su contrario. Las llamadas características esenciales son
determinabilidades quietas, que, al expresarse y aprehenderse como
características simples, no revelan lo que constituye su naturaleza: el ser
momentos llamados a desaparecer del movimiento que se repliega sobre sí mismo.
Cuando, ahora, el instinto de la razón se pone a indagar la determinabilidad
conforme a su naturaleza, que consiste en no ser esencialmente para sí, sino en
convertirse en lo contrapuesto, indaga su ley y su concepto; los indaga también,
es cierto, como realidad que es, pero esta realidad llegará a desaparecer de
hecho ante aquel instinto y los lados de la ley se convertirán en puros momentos
o abstracciones, de modo que la ley aparecerá en la naturaleza del concepto, el
cual habrá cancelado en sí la subsistencia indiferente de la realidad sensible.
Para la conciencia observante, la verdad de la ley es en la experiencia como en
el modo en que el ser sensible es para ella; no es en y para sí misma. Pero si
la ley no tiene en el concepto su verdad, eso quiere decir que es algo
contingente, y no una necesidad, o que en realidad no es tal ley. Sin embargo,
el que sea esencialmente como concepto no sólo no contradice al hecho de que se
dé para la observación, sino que por ello mismo tiene más bien una existencia
necesaria y es para la observación. Lo universal en el sentido de la
universalidad de la razón es también universal en el sentido que el concepto
tiene en ello, en el sentido de que lo universal se presenta ante la conciencia
como lo presente y lo real o de que el concepto se presenta bajo el modo de la
coseidad y del ser sensible; pero sin perder por ello su naturaleza y caer en la
subsistencia inerte o en la sucesión indiferente. Lo que vale de un modo
universal tiene también validez universal; lo que debe ser es también de hecho,
y lo que solamente debe ser sin ser, carece de verdad. A esto se aferra por su
parte, y legítimamente, el instinto de la razón, sin dejarse inducir a error por
las cosas del pensamiento que sólo deben ser y deben tener verdad como deber
ser, aunque no se las encuentre en ninguna experiencia; sin dejarse inducir a
error ni por las hipótesis ni por otras entidades invisibles de un perenne deber
ser; pues la razón es cabalmente esta certeza de tener realidad Realität, y lo
que no es para la conciencia una esencia por sí misma, es decir, lo que no se
manifiesta, no es para ella absolutamente nada.
El que la verdad de la ley sea esencialmente realidad Realität se convierte de
nuevo, ciertamente, para esta conciencia que permanece en el terreno de la
observación, en una contraposición frente al concepto y frente a lo universal en
sí; o bien lo que es su ley no es para esta conciencia una esencia de la razón;
tal conciencia supone que tiene en ella algo ajeno. Sin embargo, refuta esta
suposición por el hecho de que ella misma no toma su universalidad en el sentido
de que todas las cosas sensibles singulares tendrían que haberle mostrado la
manifestación de la ley para poder afirmar la verdad de ésta. La conciencia no
exige que se hayan sometido todas las piedras al experimento, para afirmar la
verdad de que cuando se levanta una piedra del suelo y se la suelta, la piedra
cae; tal vez diga que hay que hacer la prueba, por lo menos, con muchísimas
piedras, a la vista de lo cual, con la mayor probabilidad o con toda razón,
podría concluirse por analogía con respecto a todas las demás. Sin embargo, la
analogía no sólo no nos da un derecho pleno, sino que, además, por su misma
naturaleza, se refuta a sí misma con tanta frecuencia, que guiándonos por la
analogía misma, vemos que la analogía no permite, por el contrario, llegar a
ninguna conclusión. La probabilidad a que su resultado se reduciría pierde
frente a la verdad toda diferencia entre una probabilidad mayor o menor; por muy
grande que sea, no es nada en comparación con la verdad. Pero el instinto de la
razón acepta en realidad tales leyes como verdad y sólo en relación con su
necesidad, que él no conoce, se ve llevado a establecer esta diferencia, y
rebaja la verdad de la cosa misma al plano de la probabilidad, designando así el
modo imperfecto como la verdad se da para la conciencia que aun no ha penetrado
en el
concepto puro, pues la universalidad sólo se da como simple universalidad
inmediata. Pero, al mismo tiempo, y en razón de ella, la ley posee verdad para
la conciencia; el hecho de que la piedra caiga es verdadero para la conciencia
porque la piedra es para ella un objeto pesado, es decir, porque en el peso
tiene la piedra en sí y para sí la relación esencial con la tierra que se
expresa como la caída. Por tanto, la conciencia posee en la experiencia el ser
de la ley, pero posee asimismo esta ley como concepto y sólo por estas dos
circunstancias juntas es la ley verdadera para la conciencia; por consiguiente,
ésta vale para ella como tal ley porque se presenta en el fenómeno y es al mismo
tiempo concepto en sí misma.
El instinto racional de esta conciencia tiende necesariamente, pero sin saberlo,
a la purificación hacia el concepto de la ley y de sus elementos, puesto que la
ley es, al mismo tiempo, concepto en sí. Procede, para ello, a hacer
experimentos en torno a la ley. Tal como ésta se manifiesta primeramente, se
presenta de un modo impuro, rodeada del ser sensible y singular; y el concepto,
que constituye su naturaleza, se presenta hundido en el elemento empírico. En
sus experimentos, el instinto de la razón trata de descubrir lo que ocurre en
tales o cuales circunstancias. Vista así la cosa, parece como si la ley se
sumergiera tanto más en el ser sensible, pero es al revés: esto se pierde más
bien aquí. La significación intrínseca de esta investigación reside en encontrar
las condiciones puras de la ley; lo que no quiere decir, aunque la conciencia
que así se expresa supone que con ello dice algo distinto, sino que la ley es
elevada totalmente a la figura del concepto y que se cancela toda vinculación de
sus momentos a un determinado ser. Por ejemplo, la electricidad negativa, que
comienza anunciándose como la electricidad de la resina, y la electricidad
positiva, que se anuncia como la electricidad del vidrio pierden totalmente en
el curso de los experimentos esta significación, para convertirse puramente en
electricidad positiva y negativa, cada una de las cuales ha dejado de pertenecer
a una clase especial de cosas y, así, ya no podemos seguir diciendo que hay
cuerpos eléctricos positivos y otros negativos. Y así también la relación entre
ácido y base y su movimiento mutuo constituyen una ley, en la que estas
contraposiciones se manifiestan como cuerpos. Sin embargo, estas cosas separadas
no tienen realidad alguna; la fuerza que las disocia no puede impedirles entrar
de nuevo en un proceso, ya que no son sino esta relación. No pueden, como un
diente o una garra, permanecer para sí y mostrarse de este modo. El que su
esencia consista en pasar de modo inmediato a un producto neutro es lo que hace
de su ser un ser superado en sí o un universal; y el ácido y la base sólo poseen
verdad como universales.
Así, pues, del mismo modo que el vidrio y la resina pueden ser tanto
electricidad positiva como negativa, el ácido y la base no se hallan vinculados
como propiedad a esta o aquella realidad, sino que cada cosa sólo es ácida o
básica relativamente; lo que parece ser decididamente ácido o base adquiere en
las llamadas "sinsomatías" la significación contrapuesta con respecto a otro. De
este modo, el resultado de los experimentos supera los momentos o las
animaciones como propiedades de las cosas determinadas y libera a los predicados
de sus sujetos. Estos predicados devienen, como en verdad lo son, encontrados
solamente como universales; en razón de esta independencia reciben, por tanto,
el nombre de materias, que no son ni cuerpos ni propiedades, y hay que guardarse
mucho, en efecto, de llamar cuerpos al oxígeno, etc., a la electricidad positiva
y negativa, al calor, etcétera.
La materia, por el contrario, no es una cosa que es, sino el ser como universal
o en el modo del concepto. La razón que es todavía instinto establece esta
atinada diferencia sin la conciencia de que, al experimentar la ley en todo ser
sensible supera precisamente así su ser solamente sensible y de que, al
aprehender sus momentos como materias, su esencialidad se convierte para ella en
algo universal y se enuncia en esta expresión como algo sensible no sensible,
como un ser incorpóreo y, sin embargo, objetivo.
Hay que ver ahora qué giro toma para dicho instinto de la razón su resultado y
qué nueva figura de su observación aparece así. Vemos como la verdad de esta
conciencia experimentadora la ley pura que se libera del ser sensible, ley que
vemos como concepto presente en el ser sensible, pero que se mueve en él de un
modo independiente y sin trabas y que, hundido en él, es sin embargo libre de él
y concepto simple. Esto, que es en verdad el resultado y la esencia, aparece
ahora para esta conciencia misma, pero como objeto y, puesto que no es para ella
resultado ni guarda relación con el movimiento precedente, surge como un tipo
especial de objeto, y su comportamiento con éste como otra manera de observar.
Este objeto, que lleva en sí el proceso de la simplicidad del concepto, es lo
orgánico. Lo orgánico es esta fluidez absoluta en que se disuelve la
determinabilidad mediante la cual sería solamente para otro. Mientras que la
cosa inorgánica tiene por esencia la determinabilidad, razón por la cual sólo
unida a otra cosa constituye la totalidad de los momentos del concepto y, por
tanto, se pierde al entrar en el movimiento, en la esencia orgánica, por el
contrario, todas las determinabilidades mediante las cuales se halla abierta
para otro están vinculadas bajo la unidad orgánica simple; no aparece como
esencial ninguna de ellas que se refiere libremente a otra, y lo orgánico se
mantiene, por tanto, en su misma relación.
Los lados de la ley hacía cuya observación tiende aquí el instinto de la razón,
son, como de esta determinación se desprende, en primer término la naturaleza
orgánica y la inorgánica, en su relación mutua. La segunda es con respecto a la
naturaleza orgánica cabalmente la libertad de las determinabilidades
desvinculadas contrapuesta a su concepto simple, determinabilidades en las que
al mismo tiempo se disuelve la naturaleza individual y de cuya continuidad, al
mismo tiempo, se disocia y es para sí. El aire, el agua, la tierra, las zonas y
el clima son esos elementos universales que constituyen la esencia simple
indeterminada de las individualidades y en las cuales éstas, al mismo tiempo, se
reflejan en sí. Ni la individualidad ni lo elemental son simplemente en y para
sí, sino que, en la libertad independiente en que aparecen ante la observación
unas con respecto a otras se comportan al mismo tiempo como relaciones
esenciales, pero de tal modo que la independencia y la indiferencia de ambas la
una con respecto a la otra son lo predominante y sólo en parte pasan a la
abstracción. Por tanto, la ley se presenta aquí como la relación de un elemento
con la formación de lo orgánico, que, de una parte, tiene frente a sí al ser
elemental, mientras de otra parte lo presenta en su reflexión orgánica. Sin
embargo, leyes como éstas: los animales pertenecientes al aire tienen la
estructura propia de las aves y los pertenecientes al agua la de los peces, los
animales nórdicos poseen una piel cubierta de espeso pelo, etc., muestran al
mismo tiempo una pobreza que no corresponde a la multiplicidad de lo orgánico.
Aparte de que la libertad orgánica sabe sustraer a cada paso sus formas a estas
determinaciones y brinda necesariamente numerosas excepciones a estas leyes o
reglas o como se quiera llamarlas, esto constituye una determinación tan
superficial para los mismos animales comprendidos bajo ellas, que tampoco la
expresión de su necesidad puede ser otra cosa ni ir más allá de una gran
influencia, con lo que no se sabe lo que propiamente corresponde a esta
influencia y lo que no. Por eso no podemos dar el nombre de leyes a tales
relaciones entre lo orgánico y lo elemental, ya que, de una parte, como hemos
dicho, estas relaciones, en cuanto a su contenido, no agotan en modo alguno el
alcance de lo orgánico y, de otra parte, los momentos de la relación misma
permanecen indiferentes entre sí y no expresan necesidad alguna. El concepto de
ácido lleva implícito el concepto de base, como el concepto de la electricidad
positiva el de la negativa; en cambio, por mucho que la piel cubierta de espeso
pelo pueda coincidir con las regiones nórdicas, la estructura de los peces con
el agua o la de las aves con el aire, el concepto del Norte no lleva consigo el
concepto de la piel cubierta de espeso pelo, ni el concepto del mar el de la
estructura de los peces o el del aire el de la estructura de las aves. Y esta
libertad de ambos términos entre sí explica el que haya también animales
terrestres que presenten los caracteres esenciales de los pájaros, de los peces,
etc. La necesidad, precisamente por no poder ser concebida como una necesidad
interior de la esencia, deja de tener también existencia sensible y no puede ya
ser observada en la realidad y sale fuera de ésta. Y así, no encontrándose en la
esencia real misma, es lo que puede llamarse una relación teleológica, una
relación exterior a aquello a lo que se refiere y que es más bien, por tanto, lo
contrario a una ley. Es el pensamiento totalmente liberado de la naturaleza
necesaria, que la abandona y se mueve para sí por encima de ella.
Si la relación a que antes nos hemos referido entre lo orgánico y la naturaleza
elemental no expresa la esencia de lo orgánico, se contiene, en cambio, en el
concepto de fin. Cierto que, para la conciencia observante, este concepto no es
la esencia propia de lo orgánico, sino que cae para ella fuera de la esencia,
siendo por tanto solamente aquella relación teleológica externa. Sin embargo,
tal como antes se determinó lo orgánico, esto es, de hecho, el fin real mismo,
pues, al mantenerse a sí mismo en la relación con otro, es cabalmente aquella
esencia natural en que la naturaleza se refleja en el concepto, y los momentos
desdoblados en la necesidad, una causa y un efecto, algo activo y algo pasivo,
se aglutinan en una unidad, de tal modo que algo aparece aquí no solamente como
resultado de la necesidad, sino que, por retrotraerse a sí, lo último o el
resultado es igualmente lo primero, lo que inicia el movimiento y, él mismo, el
fin que lo realiza. Lo orgánico no hace surgir algo, sino que se limita a
mantenerse o, lo que surge se halla ya presente al mismo tiempo que surge.
Debemos explicar más de cerca esta determinación, tal y como es en sí y como es
para el instinto de la razón, para ver cómo este instinto de la razón se
encuentra en ella, pero sin reconocerse en lo que encuentra. Por tanto, el
concepto de fin al que se eleva la razón observante, lo mismo que es su concepto
consciente, se halla presente también como algo real, y no es solamente una
relación externa de esto, sino que es su esencia. El que este algo real que es
en sí mismo un fin se relacione teleológicamente con otro quiere decir que su
relación es una relación contingente con arreglo a lo que ambos términos son de
un modo inmediato; de un modo inmediato, ambos son independientes e indiferentes
el uno con respecto al otro. Pero la esencia de su relación es algo distinto de
lo que parecen ser, y su acción tiene otro sentido de lo que inmediatamente es
para la percepción sensible; la necesidad se halla oculta en lo que acaece y
sólo se muestra al final, pero de tal modo que en este final se muestra
precisamente que dicha necesidad ha sido también lo primero. Y el final muestra
esta prioridad de sí mismo, puesto que el cambio operado por la acción no
produce otro resultado que el que era ya. O bien, si comenzamos por lo primero,
vemos que esto no hace más que retornar a sí mismo en su final o en el resultado
de su acción; y precisamente de este modo lo primero demuestra ser tal que tiene
como su final a sí mismo, del mismo modo que en cuanto primero retorna a sí
mismo o es en y para sí mismo. Por tanto, a lo que arriba a través del
movimiento de su acción es el mismo; y el que se alcance solamente a sí mismo es
su sentimiento de sí. Con ello se halla presente, indudablemente, la diferencia
entre lo que es y lo que busca, pero esto no es sino una diferencia aparente, y
ello hace que sea concepto en él mismo.
Ahora bien, la autoconciencia se halla constituida del mismo modo: se distingue
de sí de tal modo, que, al mismo tiempo, no resulta de ello diferencia alguna.
En la observación de la naturaleza orgánica la autoconciencia no encuentra, por
consiguiente, nada más que esta esencia, se encuentra como una cosa, como una
vida, pero estableciendo, además, una diferencia entre lo que ella misma es y lo
que ha encontrado, lo que no es diferencia alguna. Así como el instinto animal
busca y consume el alimento, pero sin que con ello produzca otra cosa que a sí
mismo, así también el instinto de la razón se encuentra solamente a sí mismo en
su búsqueda. El animal termina por el sentimiento de sí. En cambio, el instinto
de la razón es, al mismo tiempo, autoconciencia; pero, por ser solamente
instinto, es dejado a un lado frente a la conciencia y tiene en ella su
oposición. Por tanto, su satisfacción se ve por esto escindida, se encuentra
ciertamente a sí mismo, es decir, encuentra el fin, y encuentra también este fin
como cosa. Pero, en primer lugar, el fin cae para él fuera de la cosa que se
presenta como fin. Y, en segundo lugar, este fin como tal fin es, al mismo
tiempo, objetivo y, por tanto, no cae en sí dentro de él como conciencia, sino
en otro entendimiento.
Considerada más de cerca, vemos que esta determinación radica igualmente en el
concepto de la cosa de que es fin en ella misma. La cosa, en efecto, se
mantiene; es decir, su naturaleza consiste, al mismo tiempo, en ocultar la
necesidad y en presentarla bajo la forma de relación contingente; pues su
libertad o su ser para sí consiste precisamente en comportarse hacia su ser
necesario como algo indiferente; por tanto, la cosa se presenta ella misma como
una cosa cuyo concepto cae fuera de su ser. Y la razón tiene, asimismo, la
necesidad de contemplar su propio concepto como algo que cae fuera de ella y,
por tanto, como una cosa tal que, frente a ella la razón es indiferente, y que
por su parte es indiferente frente a la razón y a su propio concepto. Como
instinto, la razón permanece también dentro de este ser o de la indiferencia, y
la cosa que expresa el concepto sigue siendo para ella algo distinto de este
concepto y el concepto algo distinto de la cosa. Por donde la cosa orgánica sólo
es para la razón fin en ella misma en el sentido de que la necesidad que se
presenta como oculta en su acción, en cuanto que lo actuante se comporta en ello
como un indiferente ser para sí, cae fuera de lo orgánico mismo. Pero, como lo
orgánico, como fin en él mismo, no puede comportarse de otro modo que como tal,
tenemos que se manifiesta también y se hace presente de un modo sensible el que
es fin en él mismo y es observado así. Lo orgánico se muestra como algo que se
mantiene a sí mismo y que retorna y ha retornado a sí. Pero, en este ser esta
conciencia observante no reconoce el concepto de fin o no reconoce que el
concepto de fin no existe en otro entendimiento cualquiera, sino precisamente
aquí y es como una cosa. Establece una diferencia que no es tal diferencia,
entre el concepto de fin y el ser para sí y el mantenerse a sí mismo. El que no
sea una diferencia no es para la conciencia, sino una acción que se manifiesta
como contingente e indiferente con respecto a lo que se produce por medio de
ella; y la unidad que sin embargo enlaza estos dos momentos, aquella acción y
este fin, se desdobla para ella.
Lo que, vista así la cosa, corresponde a lo orgánico mismo es la acción que
enlaza, su punto de partida y su final, en cuanto lleva en sí el carácter de la
singularidad. En cambio, no le corresponde la acción en tanto que reviste el
carácter de la universalidad ni lo actuante, equiparado a lo que con ello se
produce, la acción conforme al fin como tal. Aquella acción singular, que sólo
es un medio cae, a través de su singularidad, bajo la determinación de una
necesidad totalmente singular o contingente. Lo que lo orgánico hace para
mantenerse a sí mismo como individuo o como género es, por tanto, con arreglo a
este contenido inmediato, algo enteramente carente de ley, pues lo universal y
el concepto caen fuera de ello. Su acción sería, según esto, la actividad vacía,
sin contenido en ella misma; no sería siquiera el funcionamiento de una máquina,
ya que ésta tiene un fin y su actividad posee, por ello, un determinado
contenido. Así abandonada por lo universal, sólo sería la actividad de algo que
es como lo que es, es decir, una actividad todavía no reflejada en sí, como la
de un ácido o una base; una actividad que no podía separarse de su ser allí
inmediato ni abandonar eso, que se pierde en la relación con su opuesto, pero
que sí podría mantenerse a sí mismo.
Pero el ser, cuya actividad es aquí considerada, es puesto como una cosa que se
mantiene en su relación con lo contrapuesto a ella; la actividad como tal no es
sino la pura forma carente de esencia, de su ser para sí, y la sustancia de esta
actividad y que no es sólo ser determinado, sino que es lo universal, su fin, no
cae fuera de ella; es una actividad que en ella misma retorna a sí, sin verse
reconducida hacía sí por algo extraño.
Pero esta unidad de la universalidad y la actividad no por ello es para esta
conciencia observante, ya que dicha unidad es esencialmente el movimiento
interior de lo orgánico y sólo puede aprehenderse como concepto; y la
observación busca los momentos solamente en la forma del ser y la permanencia; y
puesto que la totalidad orgánica consiste esencialmente en no tener en ella ni
permitir encontrar en ella los momentos, la conciencia transforma desde su punto
de vista la oposición en una oposición que es conforme a él.
La esencia orgánica nace así para la conciencia como una relación de dos
momentos fijos y que son, oposición cuyos dos lados, por tanto, parece que, de
una parte, le son dados en la observación, mientras que de otra parte expresan
de acuerdo con su contenido la oposición entre el concepto orgánico del fin y la
realidad, pero de una manera oscura y superficial, en la que el pensamiento
desciende al plano de la representación, ya que en aquella oposición queda
cancelado el concepto en cuanto tal. Y así, vemos que el primero es supuesto,
sobre poco más o menos, al hablar de lo interno y el segundo al referirse a lo
externo; y su relación engendra la ley de que lo externo es la expresión de lo
interno.
Si se considera más de cerca este interno, con lo contrapuesto a él y sus
relaciones mutuas, vemos que, ante todo, los dos lados de la ley no se expresan
ya aquí como en leyes anteriores, en que, como cosas independientes, cada uno de
ellos se manifestaba como un cuerpo aparte, ni tampoco, en segundo lugar, de tal
modo que lo universal deba tener, de algún modo, su existencia fuera de lo que
es, sino que la esencia orgánica se pone en general como base, como contenido de
lo interno y de lo externo, y es lo mismo para ambos; de este modo, la oposición
es una oposición puramente formal, cuyos términos reales tienen el mismo en sí
en su esencia; pero que, al mismo tiempo, en cuanto que lo interno y lo externo
poseen una realidad contrapuesta y es cada uno de ellos un ser distinto para la
observación, parecen poseer cada uno por su parte un contenido peculiar en
cuanto a la observación. Pero este contenido peculiar, por ser la misma
sustancia o unidad orgánica, sólo puede ser una forma diferente de ella; y la
conciencia observante sugiere esto cuando dice que lo externo es solamente
expresión de lo interno. Estas mismas determinaciones de la relación, a saber:
la independencia indiferente de lo distinto, y en ella su unidad, dentro de la
que aquéllas desaparecen, la hemos visto en el concepto de fin.
Debemos ver ahora qué figura adoptan en su ser lo interno y lo externo. Lo
interno como tal debe tener un ser externo y una figura, ni más ni menos que lo
externo como tal, pues es un objeto o, dicho de otro modo, ello mismo se pone
como lo que es y se halla presente para la observación.
La sustancia orgánica, como sustancia interna, es el alma simple, el puro
concepto de fin o lo universal, que al dividirse permanece asimismo como fluidez
universal y, por tanto, se manifiesta en su ser como la acción o el movimiento
de la realidad que tiende a desaparecer, mientras que lo externo, contrapuesto a
lo interno que es, subsiste en el ser quieto de lo orgánico. La ley, como la
relación entre aquel interno y este externo, expresa así su contenido, de una
parte, en la presentación de momentos universales o esencialidades simples y, de
otra parte, en la presentación de la esencialidad realizada o de la figura.
Aquellas primeras propiedades orgánicas simples, para llamarlas así, son la
sensibilidad, la irritabilidad y la reproducción.
Estas propiedades, por lo menos las dos primeras, no parecen relacionarse, es
verdad, con el organismo en general, sino con el organismo animal solamente. En
realidad, el organismo vegetal sólo expresa el concepto simple del organismo,
que no desarrolla sus momentos, razón por la cual, al referimos a ellos, tal y
como deben ser para la observación, debemos atenernos a aquel organismo que
presenta su existencia desarrollada.
Por lo que a los momentos mismos se refiere, éstos se desprenden de un modo
inmediato del concepto de autofinalidad. En efecto, la sensibilidad expresa en
general el concepto simple de la reflexión orgánica en sí o la fluidez universal
de dicho concepto; la irritabilidad, por su parte, expresa la elasticidad
orgánica, que le permite comportarse en la reflexión, al mismo tiempo, como algo
que reacciona, y es la realización contrapuesta al primer ser en sí quieto, en
que aquel ser para sí abstracto es un ser para otro. Por ultimo, la reproducción
la acción de este organismo total reflejado en sí, su actividad como fin en sí o
como género, en la que, por tanto, el organismo se repele a sí mismo y repite,
engendrándolas, sus partes orgánicas o el individuo en su totalidad. La
reproducción, considerada en el sentido de la autoconservación en general,
expresa el concepto formal de lo orgánico o la sensibilidad; pero es,
propiamente, el concepto orgánico real o el todo que retorna a sí mismo, bien
mediante la producción de las partes singulares de sí mismo, bien como género,
mediante la producción de individuos.
La otra significación de estos elementos orgánicos, en cuanto lo externo, es su
modo configurado, según el cual dichos elementos se hacen presentes asimismo
como partes reales, pero también, al mismo tiempo, como partes universales o
sistemas orgánicos; la sensibilidad, digamos, como sistema nervioso, la
irritabilidad como sistema muscular, la reproducción como la entraña de la
conservación del individuo y de la especie.
Las leyes características de lo orgánico se refieren, por tanto, a una relación
de los momentos orgánicos en su doble significación, en cuanto son, de un lado,
una parte de la configuración orgánica y, de otro lado, la determinabilidad
fluida universal que actúa a través de todos estos sistemas. Así, por ejemplo,
en la expresión de una de estas leyes una determinada sensibilidad tendría su
expresión, como momento del organismo total, en un sistema nervioso de una
determinada constitución, iría unida a una determinada reproducción de las
partes orgánicas del individuo o a una determinada procreación del individuo
total, etc. Ambos lados de esta ley pueden ser observados. Lo externo es, en
cuanto a su concepto, el ser para otro; la sensibilidad tiene, por ejemplo, en
el sistema de lo sensible su modo inmediatamente realizado; y como propiedad
universal es asimismo, en sus exteriorizaciones, algo objetivo. El lado que
llamamos interno tiene su propio lado externo, diferente de lo que en la
totalidad llamamos lo externo.
Los dos lados de una ley orgánica serían, por tanto, susceptibles de ser
observados, pero no serían leyes de la relación entre ellos; y la observación no
basta para llegar a dichas leyes, no porque, en cuanto observación, sea
demasiado corta de vista y porque, en vez de proceder empíricamente, sería
necesario partir de la idea, pues estas leyes, sí fuesen algo real, tendrían, de
hecho, que hallarse presentes realmente y ser, por tanto, observables, sino
porque el pensamiento de leyes de este tipo demuestra no encerrar verdad alguna.
Se desprendería, así, como una ley la relación según la cual la propiedad
orgánica universal se haría cosa en un sistema orgánico y dejaría en él su
huella, de tal modo que ambas serían la misma esencia, en un caso presente como
momento universal y en el otro como cosa. Pero, además, el lado de lo interno
para sí es también una relación entre varios lados, y así se ofrece, por tanto,
por vez primera, el pensamiento de una ley, como una relación mutua entre las
actividades o propiedades orgánicas universales. Si semejante ley es posible
deberá decidirse partiendo de la naturaleza de esa propiedad.
Ahora bien, en parte, dicha propiedad, como una fluidez universal, no es algo
que se halle delimitado a la manera de una cosa y se mantenga dentro de la
diferencia de una existencia que debiera constituir su figura, sino que la
sensibilidad va más allá del sistema nervioso y penetra todos los otros sistemas
del organismo; y, en parte, aquella propiedad es un momento universal,
esencialmente indiscernible de la reacción o la irritabilidad y la reproducción.
En efecto, como reflexión en sí misma, lleva ya en sí sencillamente la reacción.
El ser solamente reflejado en sí es pasividad o ser muerto, no sensibilidad; del
mismo modo que la acción, que es lo mismo que la reacción, no es irritabilidad
sin ser reflejado en sí mismo. La reflexión en la acción o la reacción y la
acción o la reacción en la reflexión es precisamente aquello cuya unidad
constituye lo orgánico, una unidad que encierra la misma significación que la
reproducción orgánica. De donde se sigue que en cada modo de la realidad tiene
que estar presente el mismo grado de sensibilidad e irritabilidad -considerando
primeramente la relación mutua entre ambas- y que un fenómeno orgánico puede ser
aprehendido y determinado, o sí se quiere explicado, tanto con arreglo a la una
como con arreglo a la otra. Lo mismo que uno considera como una alta
sensibilidad puede considerarlo otro, del mismo modo como una alta
irritabilidad, y como una irritabilidad del mismo grado. Si se las llama
factores y ésta no ha de ser una palabra carente de sentido, con ello se expresa
cabalmente que son momentos del concepto y, por tanto, que el objeto real cuya
esencia constituye este concepto los encierra en sí del mismo modo; y si ese
objeto es determinado por una parte como muy sensible, podrá decirse de otra
parte, como igualmente irritable.
Si se distingue entre esos momentos, como es necesario, se los distinguirá de
acuerdo con el concepto, y su oposición será cualitativa. Pero, sí, además de
esta diferencia verdadera, se los pone como distintos, en cuanto que son y para
la representación, como pueden ser los lados de una ley, se manifestarán en
diversidad cuantitativa. Su peculiar oposición cualitativa aparece entonces en
la magnitud y surgirán Leyes tales como, por ejemplo, la de que la sensibilidad
y la irritabilidad se hallan en razón inversa a su magnitud, de tal modo que al
aumentar la una disminuye la otra; o, mejor dicho, tomando la magnitud misma
como contenido, la de que la magnitud de algo aumenta a medida que disminuye su
pequeñez. Pero si a esta ley se le da un contenido determinado, diciendo por
ejemplo que la magnitud de un agujero aumenta a media que disminuye lo que lo
llena, tenemos que esta razón inversa puede convertirse igualmente en una razón
directa y expresarse así, diciendo que la magnitud del agujero aumenta en razón
directa a lo que se saca de él; proposición tautológica, ya se exprese como
razón directa o inversa, y que en su peculiar expresión sólo querrá decir que
una magnitud aumenta cuando aumenta esta magnitud. Así como el agujero y lo que
lo llena y se retira de él son cosas cualitativamente contrapuestas, pero lo
real de ellas y su determinada magnitud es uno y lo mismo en ambos casos y como
el aumento de la magnitud y la disminución de la pequeñez es lo mismo y su
contraposición carente de sentido se reduce a una tautología, los momentos
orgánicos son igualmente inseparables en su realidad y en su magnitud, que es la
magnitud de aquélla; la una sólo aumenta con la otra y disminuye con ella, ya
que lo uno sólo tiene sentido en cuanto se halla presente lo otro; o más bien es
indiferente considerar un fenómeno orgánico como irritabilidad o como
sensibilidad, en general y lo mismo cuando se habla de su magnitud. Del mismo
modo, es indiferente que el aumento de en agujero se exprese como ampliación del
agujero mismo o de lo que lo llena y se extrae de él. O bien un número, por
ejemplo tres, tiene la misma magnitud, lo mismo se lo tome positiva o
negativamente, y si lo aumento de tres a cuatro, se convertirá en cuatro así lo
positivo como lo negativo, del mismo modo que el polo Sur de la brújula tiene
exactamente la misma fuerza que el polo Norte o que una electricidad positiva o
un ácido representan la misma fuerza que su electricidad negativa o que la base
sobre la que el ácido actúa. Pues bien, una existencia orgánica es una magnitud,
a la manera de aquel número tres, de una brújula, etc.; es lo que aumenta o
disminuye y, al aumentar, aumentan los dos factores del mismo, lo mismo que
aumentan los dos polos de la brújula o las dos electricidades, al reforzarse una
brújula, etc. El hecho de que los dos factores no puedan diferir ni en
intensidad ni en extensión, de que uno de ellos no pueda disminuir su extensión
aumentando, por el contrario, en intensidad, mientras el otro disminuye, por el
contrario, en intensidad y aumenta en extensión, entra en el mismo concepto de
la contraposición vacua, pues la intensidad real es, sencillamente, tan grande
como la extensión, y viceversa.
Es claro que en este modo de formular leyes las cosas ocurren, propiamente, de
tal modo que la irritabilidad y la sensibilidad comienzan constituyendo la
contraposición orgánica determinada; pero este contenido se pierde y la
oposición se desvía por el formal aumento y disminución de la magnitud o de la
diferente intensidad y extensión, una oposición que ya no afecta para nada a la
naturaleza de la sensibilidad y la irritabilidad y que ha dejado de expresarla.
De ahí que este juego vacuo de la formulación de leyes no se halle vinculado a
los momentos orgánicos, sino que puede aplicarse a todo, y descansa, en general,
en la ignorancia de la naturaleza lógica de estas contraposiciones.
Por último, sí, en vez de la sensibilidad y la irritabilidad, relacionamos con
la una o con la otra la reproducción, vemos que no se da ni siquiera ocasión
para esta formulación de leyes, pues la reproducción no está en una
contraposición con aquellos momentos como cada uno de éstos con el otro, y como
quiera que esta formulación de leyes se basa en dicha contraposición, aquí
desaparece incluso la apariencia de ella.
Este modo de formular leyes que se acaba de considerar implica las diferencias
del organismo en el sentido de momentos de su concepto, por lo cual debería ser,
propiamente, una formulación de leyes apriorística. Pero, además, lleva consigo
esencialmente el pensamiento de que tales diferencias tienen el significado de
diferencias dadas y, por lo demás la conciencia meramente observante tiene que
atenerse solamente a su ser allí. La realidad orgánica lleva necesariamente
implícita esa contraposición, que su concepto expresa y que puede determinarse
como irritabilidad y sensibilidad, del mismo modo que ambos conceptos se
manifiestan, a su vez, como distintos de la reproducción. La exterioridad en que
aquí se consideran los momentos del concepto orgánico es la peculiar e inmediata
exterioridad de lo interno, no lo externo, que es externo en su conjunto y que
es figura, y en relación con lo cual puede luego considerarse lo interno. Pero,
aprehendida así la oposición entre los momentos, tal y como es en el ser allí,
sensibilidad, irritabilidad y reproducción descienden a propiedades comunes,
que, en relación las unas con las otras, son universalidades tan indiferentes
entre sí como el peso específico, el color, la dureza, etc. En este sentido,
puede observarse, evidentemente, que un organismo es más sensible, más irritable
o encierra una capacidad mayor de reproducción que otro o que la sensibilidad
etc. de uno difiere de la de otro según la especie, que uno se comporta ante
determinados incentivos de un modo más sensible o más irritable que otro, como
el caballo, por ejemplo, se comporta de otro modo ante la cebada que ante el
heno o el perro, a su vez, adopta distinto comportamiento ante ambos, etc., de
la misma manera que puede observarse que un cuerpo es más duro que otro, etc.
Sin embargo, estas propiedades sensibles, la dureza, el color, etc., así como
los fenómenos de la excitabilidad ante la cebada, de la irritabilidad ante la
carga o de la disposición para dar a luz una cantidad o una calidad de crías,
referidas las unas a las otras y comparadas entre sí, contradicen esencialmente
a una conformidad a ley. En efecto, la determinabilidad de su ser sensible
consiste precisamente en que existen de un modo completamente indiferente las
unas con respecto a las otras y presentan la libertad de la naturaleza sustraída
al concepto más bien que la unidad de una relación, más bien su oscilación
irracional en la escala de la magnitud contingente entre los elementos del
concepto que estos momentos mismos.
El otro lado, según el cual los momentos simples del concepto orgánico son
comparados con los momentos de la configuración sería el que podría dar la ley
propiamente dicha, que enunciaría lo externo verdadero como la huella de lo
interno. Ahora bien, como aquellos momentos simples son propiedades fluidas y
que se compenetran, no tienen en la cosa orgánica una expresión real y
desglosada, como lo que se llama un sistema singular de la figura. O bien, si la
idea abstracta del organismo sólo se expresa verdaderamente en aquellos tres
momentos porque no son nada estables, sino solamente momentos del concepto y del
movimiento, entonces, por el contrario, el organismo como configuración no se
capta en dichos tres sistemas determinados, tal como la anatomía los disocia. En
la medida en que tales sistemas deben ser encontrados en su realidad y
legitimados por el hecho de encontrarlos, debe tenerse presente también que la
anatomía no muestra solamente los tres sistemas en cuestión, sino muchos más. Y
así, aun prescindiendo de esto, el sistema sensible en general tiene que
significar algo completamente distinto que lo que se llama sistema nervioso, el
sistema irritable algo distinto que el sistema muscular, o el sistema
reproductivo algo distinto que los órganos de la reproducción. En los sistemas
de la figura como tal se aprehende al organismo con arreglo al lado abstracto de
la existencia muerta, sus momentos, así captados, pertenecen a la anatomía y al
cadáver, no al conocimiento y al organismo vivo. En estas partes, aquellos
momentos han dejado ya más bien de ser, pues han dejado de ser procesos. Puesto
que el ser del organismo es esencialmente universalidad o reflexión en sí mismo,
el ser de su totalidad, como el de sus momentos, no puede subsistir en un
sistema anatómico, sino que la expresión real y su exterioridad se dan más bien
solamente como un movimiento que discurre a través de las distintas partes de la
configuración y en el que lo que se desgaja y se fija como sistema singular se
presenta esencialmente como un momento fluido, de tal modo que no es aquella
realidad como la anatomía la encuentra la que puede valer como su realidad
Realität, sino sólo como proceso, fuera del cual no tendrían tampoco sentido las
partes anatómicas.
De aquí se desprende, pues, que los momentos de lo interno orgánico, tomados de
por sí, no pueden suministrar los lados de una ley del ser, ya que en una ley
tal se predican de un ser allí, difieren uno de otro y no podría enunciarse el
uno en vez del otro; y asimismo que, al ponerse en uno de los lados, no tendrían
en el otro su realización Realisierung en un sistema fijo, pues este sistema ni
encierra, en general, una verdad orgánica ni es tampoco la expresión de aquellos
momentos de lo interno. Lo esencial de lo orgánico, puesto que es en sí lo
universal, es más bien, en general, el tener sus momentos en la realidad de un
modo igualmente universal, es decir, como procesos que se desarrollan en todo,
pero no en ofrecer una imagen de lo universal en una cosa aislada.
De este modo, en lo orgánico se pierde, en general, la representación de una
ley. La ley trata de aprehender y expresar la oposición como entre lados quietos
y, en ellos, la determinabilidad, que es su relación mutua. Lo interno, a lo que
pertenece la universalidad fenoménica, y lo externo, a lo que pertenecen las
partes de la figura quieta, deberían constituir los lados correspondientes entre
sí de la ley, pero, mantenidos así separados, pierden su significación orgánica;
y la representación de la ley se basa precisamente en que sus dos lados tengan
una subsistencia indiferente que es para sí y en que la relación se distribuya
entre ellos como una doble determinabilidad, en correspondencia mutua. Pero,
cada lado de lo orgánico es más bien en él mismo una universalidad simple, en la
que se disuelven todas las determinaciones, y es el movimiento de esta
disolución.
Penetrando en la diferencia entre este modo de formular leyes y las formas
anteriores, se esclarecerá plenamente su naturaleza. En efecto, sí nos fijamos
retrospectivamente en el movimiento de la percepción y del entendimiento que en
ella se refleja en sí mismo y determina con ello su objeto, vemos que este
entendimiento, aquí, no tiene ante sí, en su objeto, la relación entre estas
determinaciones abstractas, entre lo universal y lo singular, entre lo esencial
y lo externo, sino que es él mismo el tránsito para el que este tránsito no
deviene objetivo. Por el contrario, aquí la unidad orgánica, es decir,
precisamente la relación entre aquellas oposiciones, y esta relación es puro
tránsito, es ella misma el objeto. Este tránsito, en su simplicidad, es de un
modo inmediato universalidad; y dado que ésta entra en la diferencia cuya
relación debe expresar la ley, tenemos que sus momentos son como objetos
universales de esta conciencia y la ley proclama que lo externo es expresión de
lo interno. El entendimiento ha captado aquí el pensamiento mismo de la ley,
mientras que antes sólo indagaba leyes en general y los momentos de éstas
flotaban ante él como un contenido determinado, y no como los pensamientos de
las mismas. Así, pues, en lo tocante al contenido, no deben ser retenidas aquí
Leyes que se limiten a recoger quietamente diferencias que puramente son en la
forma de lo universal, sino leyes que en estas diferencias lleven también
consigo inmediatamente la inquietud del concepto y, con ello y al mismo tiempo,
la necesidad de la relación entre los diversos lados. Pero, precisamente porque
el objeto, la unidad orgánica, combina de modo inmediato la superación infinita
o la negación absoluta del ser con el ser quieto y los momentos son
esencialmente puro tránsito, tenemos que no dan como resultado tales lados que
son, como los que se requieren para la ley.
Para obtener estos lados, el entendimiento tiene que atenerse al otro momento de
la relación orgánica, es decir, al ser reflejado del ser allí orgánico en sí
mismo. Pero este ser se halla tan perfectamente reflejado en sí, que no le resta
determinabilidad alguna con respecto a otra cosa. El ser sensible inmediato
forma una unidad inmediata con la determinabilidad como tal y expresa, por
tanto, una diferencia cualitativa en él, por ejemplo el azul con respecto al
rojo o lo ácido con respecto a lo alcalino. Pero el ser orgánico replegado en sí
mismo es totalmente indiferente con respecto a otra cosa, su ser allí es la
simple universalidad y rehúsa a la observación diferencias sensibles permanentes
o, lo que es lo mismo, sólo muestra su determinabilidad esencial como el cambio
de las determinabilidades que son. Por tanto, la diferencia, expresada como
diferencia que es, consiste cabalmente en ser una diferencia indiferente, es
decir como magnitud. Pero, con ello el concepto se cancela y la necesidad
desaparece. Pero el contenido y el cumplimiento de este ser indiferente, el
cambio de las determinaciones sensibles, reunidas en la simplicidad de una
determinación orgánica, expresan entonces, al mismo tiempo, que este contenido
no tiene precisamente aquella determinabilidad -la de la propiedad inmediata-, y
lo cualitativo cae solamente en la magnitud, como hemos visto más arriba.
Por consiguiente, aunque lo objetivo, aprehendido ya como determinabilidad
orgánica, tenga en sí mismo el concepto y se distinga así de lo que es para el
entendimiento, el cual se comporta como puramente perceptivo en la aprehensión
del contenido de sus leyes, aquella aprehensión recae, sin embargo, totalmente
en el principio y en la manera del entendimiento meramente perceptivo, ya que lo
aprehendido se utiliza para los momentos de una ley; en efecto, adquiere así la
manera de una determinabilidad fija, la forma de una propiedad inmediata o de
una manifestación quieta, entra además en la determinación de la magnitud, y la
naturaleza del concepto se ve, así, sofocada. El trueque de algo meramente
percibido por algo reflejado en sí, de una determinabilidad meramente sensible
por una determinabilidad orgánica, pierde de nuevo, por tanto, su valor, y lo
pierde por el hecho de que el entendimiento no ha superado aun la posición de
formular leyes.
Para poner algunos ejemplos de la comparación en lo tocante a este trueque,
vemos que, a veces, lo que para la observación es un animal de fuerte
musculatura, como organismo animal se determina como de alto grado de
irritabilidad o lo que para la percepción es un estado de gran debilidad es
determinado como un estado de elevada sensibilidad o, si se prefiere, como una
afección anormal y precisamente como una potenciación de dicha sensibilidad
(expresiones que traducen lo sensible, no al concepto, sino al latín y, además,
a un mal latín). El hecho de que el animal tenga una fuerte musculatura puede
expresarlo también el entendimiento diciendo que posee una gran fuerza muscular,
del mismo modo que la gran debilidad puede expresarse como una fuerza escasa. La
determinación por medio de la irritabilidad tiene sobre la determinación como
fuerza la ventaja de que ésta expresa la reflexión indeterminada en sí y aquélla
la reflexión determinada, pues la fuerza peculiar del músculo es precisamente la
irritabilidad -y sobre la determinación por medio de la fuerza muscular la
ventaja de que en ella va implícita, como ya en la fuerza misma, la reflexión en
sí. Del mismo modo que la debilidad o la escasa fuerza expresa la pasividad
orgánica, determinada por la sensibilidad. Pero esta sensibilidad, tomada y
fijada para sí y unida todavía a la determinación de la magnitud y contrapuesta,
como una sensibilidad mayor o menor, a una mayor o menor irritabilidad, se ve
cada una de ellas totalmente degradada elemento sensible y a forma usual de una
propiedad, y su relación no es ya el concepto, sino, por el contrario, la
magnitud, en la que viene a caer ahora la contraposición, convirtiéndose con
ello en una diferencia carente de pensamiento. Claro está que sí eliminamos aquí
lo que tienen de indeterminado palabras como fuerza, fortaleza y debilidad
surgirá, ahora, el dar vueltas de un modo igualmente vacuo e indeterminado en
torno a las contraposiciones de una mayor o menor sensibilidad o irritabilidad,
aumentando o disminuyendo la una con respecto a la otra. Lo mismo que la
fortaleza y la debilidad son determinaciones totalmente sensibles y carentes de
pensamiento, así también la mayor o menor sensibilidad o irritabilidad es el
fenómeno sensible aprehendido sin pensamiento alguno y expresado del mismo modo.
El concepto no ha pasado a ocupar el puesto de aquellas expresiones carentes de
concepto, sino que la fortaleza o la debilidad se han llenado ahora con una
determinación que, tomada solamente para sí, se basa en el concepto y tiene a
éste por contenido, pero perdiendo totalmente este origen y este carácter.
Mediante la forma de la simplicidad y la inmediatez en las que este contenido se
convierte en lado de una ley y por medio de la magnitud, que constituye el
elemento de la diferencia de tales determinaciones, retiene la esencia, que
originariamente es y se pone como concepto, el modo de la percepción sensible y
permanece tan alejada del conocimiento como en la determinación por medio de la
fortaleza o la debilidad de la fuerza o de las propiedades sensibles inmediatas.
Nos queda ahora por considerar, solamente para sí, lo que es lo externo de lo
orgánico y cómo se determina en ello la contraposición de su interno y externo;
del mismo modo que hemos considerado ante todo lo interno del todo en la
relación con su propio externo.
Lo externo, considerado para sí, es la configuración en general, el sistema de
la vida que se estructura en el elemento del ser y es esencialmente, al mismo
tiempo, el ser de la esencia orgánica para un otro - esencia objetiva en su ser
para sí. Este otro se manifiesta primeramente como su naturaleza inorgánica
externa. Considerados ambos en relación con una ley, la naturaleza inorgánica no
puede, como veíamos más arriba, constituir el lado de una ley frente a la
esencia orgánica, porque ésta es al mismo tiempo sencillamente para sí y
mantiene con aquélla una relación universal y libre.
Pero sí determinamos con mayor precisión en la figura orgánica misma la relación
entre estos dos lados, vemos que de un lado se vuelve contra la naturaleza
inorgánica, mientras que de otro lado es para sí y reflejada en sí. La esencia
orgánica real es el término medio que entrelaza el ser para sí de la vida con lo
externo en general o el ser en sí. Pero el extremo del ser para sí es lo interno
como uno infinito, que retrotrae de nuevo a sí los momentos de la figura misma,
desde su subsistencia y cohesión con lo externo; es lo carente de contenido que
se da su contenido en la figura y se manifiesta en ella como su proceso. En este
extremo, como simple negatividad o pura singularidad, tiene lo orgánico su
libertad absoluta, por medio de la cual es indiferente y seguro frente al ser
para otro y frente a la determinabilidad de los momentos de la figura. Esta
libertad es al mismo tiempo libertad de los momentos mismos, es su posibilidad
de manifestarse y ser aprehendida como lo que es allí, y así como de este modo
se hallan liberados y son indiferentes con respecto a lo externo, lo están
también el uno con respecto al otro, pues la simplicidad de esta libertad es el
ser o su sustancia simple.
Este concepto o esta libertad pura es una y la misma vida, aunque la figura o el
ser para otro pueda seguir flotando todavía en un juego múltiple; a este río de
la vida le es indiferente cuál sea la naturaleza de los molinos que mueven sus
aguas. Hay que hacer notar, ante todo, que este concepto no debe entenderse,
aquí, como antes, cuando se consideraba lo interno propiamente dicho en su forma
de proceso o de desarrollo de sus momentos, sino en su forma de interior simple,
que constituye el lado puramente universal frente a la esencia viva real, o como
el elemento de la subsistencia de los miembros de la figura que son, pues es
ésta la que ahora consideramos y, en ella, es la esencia de la vida como la
simplicidad de la subsistencia. Y entonces, el ser para otro o la
determinabilidad de la configuración real, captada en esta universalidad simple,
que es su esencia, es una determinabilidad igualmente simple, universal y no
sensible, que sólo puede ser la que se expresa como número. El número es el
término medio de la figura, que enlaza la vida indeterminada con la vida real,
simple como aquélla y determinada como ésta. Lo que en aquélla, en lo interno,
sería como número debería expresarse, por lo externo, a su modo, como la
realidad multiforme, como tipo de vida, color, etc. y, en general, como la
multitud total de las diferencias que se desarrollan en la manifestación.
Si comparamos en cuanto a su lado interno respectivo los dos lados del todo
orgánico -uno el interno, otro el externo, de tal modo que cada uno de ellos
tenga en él mismo, a su vez, algo interno y algo externo-, tenemos que lo
interno del primero era el concepto como la inquietud de la abstracción; en
cambio, el segundo tiene como suya la universalidad quieta y, en ella, también
la determinabilidad quieta, el número. Por tanto, si aquel lado, puesto que en
él el concepto desarrolla sus momentos, prometía engañosamente leyes, por la
apariencia de la necesidad de la relación, éste renuncia asimismo a ellas, por
cuanto que el número se muestra como la determinación de uno de los lados de
estas leyes. En efecto, el número es cabalmente la determinabilidad totalmente
quieta, muerta e indiferente en la que se ha extinguido todo movimiento y toda
relación y que ha roto el puente hacia la vitalidad de los impulsos, hacia el
tipo de vida y hacia todo ser allí sensible.
Pero, la consideración de la figura de lo orgánico como tal y de lo interno como
lo interno solamente de la figura ya no es, en realidad, una consideración de lo
orgánico. En efecto, los dos lados que se trata de relacionar entre sí, se ponen
solamente como indiferentes el uno con respecto al otro, y de este modo se ha
superado la reflexión en sí, que constituye la esencia de lo orgánico. Lo que se
hace es más bien transferir a la naturaleza inorgánica el intento de comparación
de lo interno con lo externo; el concepto infinito es, aquí, solamente la
esencia recatada en lo íntimo o que cae fuera en la autoconciencia y que no
tiene ya, como en lo orgánico, su presencia objetiva. Esta relación entre lo
interno y lo externo debe, por tanto, considerarse todavía en su esfera propia y
peculiar.
En primer lugar, aquel lado interno de la figura, como la simple singularidad de
una cosa inorgánica, es el peso específico. Puede ser observado, como ser
simple, lo mismo que como la determinabilidad del número, la única de que es
capaz, o encontrarlo propiamente mediante la comparación de observaciones, y
parece, de este modo, suministrarnos uno de los lados de la ley. Figura, color,
dureza, resistencia y una cantidad innumerable de otras propiedades
constituirían en su conjunto el lado externo y expresarían la determinabilidad
de lo interno, el número, de tal modo que lo uno tendría su contraimagen en lo
otro.
Ahora bien, como la negatividad no se aprehende, aquí, como movimiento del
proceso, sino como unidad aquietada o simple ser para sí, se manifiesta más bien
como aquello por medio de lo cual la cosa se opone al proceso y se mantiene en
sí como indiferente frente a él. Pero, por el hecho de que este simple ser para
sí es una indiferencia quieta con respecto a otro, el peso específico aparece
como una propiedad junto a otra; y, con ello, cesa toda relación necesaria entre
esta propiedad y la dicha variedad, cesa toda conformidad a ley. El peso
específico, como este interno simple, no lleva la diferencia en él mismo, o
solamente lleva una diferencia no esencial, pues cabalmente su pura simplicidad
supera toda diferencia esencial. Esta diferencia no esencial, la magnitud,
debería, por tanto, tener en el otro lado, que es la multiplicidad de
propiedades, su contraimagen o lo otro, por cuanto que solamente de este modo es
diferencia, en general. Si esta multiplicidad misma se compendia en la
simplicidad de la contraposición y se determina, digamos, como cohesión, de tal
modo que ésta sea el ser para sí en el ser otro, como el peso específico es el
puro ser para sí, tendremos entonces que esta cohesión es, ante todo, esta pura
determinabilidad puesta en el concepto frente a aquella determinabilidad, y la
manera de formular leyes sería la misma que más arriba considerábamos en la
relación entre sensibilidad e irritabilidad. Pero, entonces, la cohesión es,
además, como concepto del ser para sí en el ser otro, solamente la abstracción
del lado que se enfrenta al peso específico y carece, como tal, de existencia.
En efecto, el ser para sí en el ser otro es el proceso en el que lo inorgánico
tendría que expresar su ser para sí como una conservación de sí mismo, que lo
preservaría de salir del proceso como momento de un producto. Sin embargo, esto
precisamente es contrario a su naturaleza, que no lleva en ella misma el fin o
la universalidad. Su proceso es más bien solamente el comportamiento determinado
donde se supera su ser para sí, su peso específico. Pero este comportamiento
determinado, en el que su cohesión subsistiría en su verdadero concepto y la
magnitud determinada de su peso específico son conceptos totalmente indiferentes
el uno con respecto al otro. Dejando totalmente a un lado el tipo de
comportamiento y limitándose a la representación de la magnitud, tal vez podría
pensarse esta determinación de modo que el mayor peso específico, como un ser en
sí más alto, se resistiese más a entrar en el proceso que el menor. Sin embargo,
la libertad del ser para sí sólo se acredita, a la inversa, en la facilidad de
meterse en todo y de mantenerse en esta multiplicidad. Aquella intensidad sin
extensión de las relaciones es una abstracción sin contenido, pues la extensión
constituye el ser allí de la intensidad. Pero, como ya hemos dicho, la
autoconservación de lo inorgánico en su relación cae fuera de la naturaleza de
ésta, puesto que no lleva en sí el principio del movimiento o puesto que su ser
no es la negatividad absoluta ni es concepto.
En cambio, considerado este otro lado de lo inorgánico no como proceso, sino
como ser quieto, es la cohesión usual, una simple propiedad sensible puesta de
un lado frente al momento del ser otro dejado en libertad, que se desdobla en
muchas propiedades indiferentes y entra en ellas mismas, como el peso
específico; la muchedumbre de las propiedades en su conjunto constituye el otro
lado con relación a éste. Pero en él, como en los otros, es el número la única
determinabilidad que no sólo no expresa una relación y un tránsito de estas
propiedades entre sí, sino que consiste precisamente de un modo esencial en no
tener ninguna relación necesaria, sino en presentar la cancelación de toda
conformidad a ley; pues es la expresión de la determinabilidad como una
determinabilidad no esencial. De tal modo que una serie de cuerpos que expresan
la diferencia como diferencia numérica entre sus pesos específicos no es en
absoluto paralela a una serie en que se expresen las diferencias entre otras
propiedades, aunque, para facilitar la cosa, sólo se tomen una sola o varias de
ellas. Pues, en realidad, sólo podría ser todo el conjunto de propiedades el que
en este paralelo constituyese el otro lado. Para ordenar en sí este conjunto y
unirlo en un todo, se hallan presentes ante la observación, de una parte, las
determinaciones de magnitud de estas diversas propiedades, pero, de otra parte,
sus diferencias aparecen como diferencias cualitativas. Ahora bien, lo que en
este tropel debiera designarse como positivo o negativo y se superaría
mutuamente, y en general la configuración interna y la exposición de las formas,
que debería sea muy compleja, pertenecería al concepto, el cual, sin embargo, es
excluido por el modo mismo como las propiedades se presentan y como propiedades
que son; y también por el modo como son captadas; en este ser, ninguna de ellas
muestra el carácter de lo negativo con respecto a la otra, sino que la una es ni
más ni menos que la otra, y tampoco apunta al lugar que ocupa en la ordenación
del todo. En una serie que discurre en diferencias paralelas -ya se suponga la
relación como una línea ascendente en ambos lados a la vez o solamente en uno, y
en el otro descendente-, sólo se trata de la expresión simple final de este todo
compendiado que debe constituir uno de los lados de la ley frente al peso
específico; pero este lado, como resultado que es, no es precisamente sino lo
que ya se ha mencionado, a saber, una propiedad singular, como lo es, digamos,
la cohesión usual, junto a la cual las demás, incluyendo entre ellas el peso
específico, se presentan de un modo indiferente, y cualquier otra propiedad
podría ser elegida con la misma razón, es decir, con la misma sinrazón, como
representante del otro lado en su totalidad; tanto una como otra sólo
representarían (repräsentieren, en alemán vostellen la esencia, pero no sería la
cosa misma. Así, pues, el intento de encontrar series de cuerpos que discurran
con arreglo a este paralelismo simple entre dos lados, expresando así la
naturaleza esencial de los cuerpos con arreglo a una ley de relación entre
ellos, debe ser considerado como un pensamiento que no conoce ni su tarea ni los
medios para llevarla a cabo.
Anteriormente, la relación entre lo externo y lo interno en la figura que debe
presentarse a la observación fue transferida en seguida a la esfera de lo
inorgánico; ahora ya puede indicarse con mayor precisión la determinación que la
trae aquí, y, partiendo de esto, se desprende, además, otra forma y relación de
este comportamiento. En efecto, en lo orgánico desaparece en general lo que en
lo inorgánico parece ofrecer la posibilidad de esa comparación entre lo interno
y lo externo. Lo interno inorgánico es un interno simple que se ofrece a la
percepción como una propiedad que es; por tanto, su determinabilidad es
esencialmente la magnitud, y se manifiesta como propiedad que es indiferente con
respecto a lo externo o a las muchas otras propiedades sensibles. Pero el ser
para sí de lo orgánico vivo no aparece así a un lado frente a su exterior, sino
que lleva en él mismo el principio del ser otro. Si determinamos el ser para sí
como una relación consigo mismo simple y constante, su ser otro será la simple
negatividad; y la unidad orgánica es la unidad de este relacionarse consigo
mismo igual a sí mismo y de la pura negatividad. Esta unidad es, como unidad, lo
interno de lo orgánico, y esto es, así, universal en sí o es género. Pero la
libertad del género con respecto a su realidad es otra que la libertad del peso
específico con respecto a la figura. Esta segunda es una libertad que es o que
se pone al lado como una propiedad particular. Pero, por ser una libertad que
es, es también solamente una determinabilidad que pertenece esencialmente a esta
figura o por medio de la cual es, como esencia, algo determinado. En cambio, la
libertad del género es una libertad universal e indiferente con respecto a esta
figura o con respecto a su realidad. La determinabilidad que corresponde como
tal al ser para sí de lo inorgánico aparece, por tanto, en lo orgánico bajo su
ser para sí, como en lo inorgánico solamente bajo el ser del mismo; por
consiguiente, aunque ya en lo inorgánico la determinabilidad sea al mismo tiempo
solamente como propiedad, es a ella a la que corresponde la dignidad de la
esencia, ya que, como lo negativo simple, se enfrenta al ser allí como al ser
para otro; y este negativo simple es, en su última determinabilidad singular, un
número. Pero lo orgánico es una singularidad que es ella misma pura negatividad
y que, por tanto, cancela en sí la determinabilidad fija del número que
corresponde al ser indiferente. En cuanto lo orgánico lleva en sí el momento del
ser indiferente, y en ello el momento del número, puede ser tomado, por tanto,
simplemente como un juego en él mismo, pero no como esencia de su vitalidad.
Ahora bien, si ya la pura negatividad, el principio del proceso, no cae fuera de
lo orgánico y no tiene, pues, como una determinabilidad en su esencia, sino que
la singularidad misma de lo orgánico es en sí universal, tenemos, sin embargo,
que esta pura singularidad no es algo desarrollado y real en él en sus momentos
mismos abstractos o universales, sino que esta expresión aparece fuera de
aquella universalidad, que recae en la interioridad; y entre la realidad o la
figura, es decir, la singularidad que se desarrolla, y lo universal orgánico o
el género cae lo universal determinado, la especie. La existencia que cobra la
negatividad de lo universal o del género no es sino el movimiento desarrollado
de un proceso que recorre las partes de la figura que es. Si el género tuviese
en él, como simplicidad quieta, las partes diferentes y su simple negatividad
fuese, así, a un tiempo mismo movimiento que recorriera partes asimismo simples
y en ellas mismas inmediatamente universales, que como tales momentos serían
aquí reales, el género orgánico sería conciencia. Pero la simple
determinabilidad, como determinabilidad de la especie se halla presente en el
género de un modo carente de espíritu; la realidad comienza con el género, o
bien, lo que entra en la realidad no es el género como tal, es decir, no es en
general el pensamiento. El género, como lo orgánico real, aparece sustituido
solamente por un representante. Ahora bien, éste, el número, que parece indicar
el tránsito del género a la configuración individual y brindar a la observación
los dos lados de la necesidad, de una parte como determinabilidad simple y de
otra como figura desarrollada, desentrañada hasta la multiplicidad, designa más
bien la indiferencia y la libertad de lo universal y lo singular lo uno con
respecto a lo otro, singular que es entregado por el género a la diferencia
carente de esencia de la magnitud, pero que, como algo vivo, se muestra también
libre de esta diferencia. La verdadera universalidad, tal como ha sido
determinada, sólo es aquí esencia interna; como determinabilidad de la especie
es universalidad formal, y frente a ésta aquella universalidad verdadera aparece
del lado de la singularidad, que de este modo es una singularidad viva y que por
medio de su interno se sobrepone a su determinabilidad como especie. Pero esta
singularidad no es al mismo tiempo individuo universal, es decir, un individuo
en el que lo universal tenga también realidad externa, sino que esto cae fuera
de lo orgánicamente vivo. Y este individuo universal, tal como es de un modo
inmediato el individuo de las configuraciones naturales, no es la conciencia
misma; su ser allí, como individuo orgánico vivo singular, si fuese eso, no
debería caer fuera de él.
Tenemos, pues, ante nosotros un silogismo uno de cuyos extremos es la vida
universal como universal o como género y el otro la misma vida universal como
singular o como individuo universal; pero el término medio se halla formado por
los dos extremos, el primero de los cuales parece figurar allí como
universalidad determinada o como especie, y el otro como singularidad
propiamente dicha o singularidad singular. Y, como quiera que este silogismo
corresponde en general al lado de la configuración, lleva también implícito en
sí lo que se distingue como naturaleza inorgánica.
Ahora bien, puesto que la vida universal, como la esencia simple del género,
desarrolla por su parte las diferencias del concepto y tiene necesariamente que
presentarlas como una serie de las determinaciones simples, tenemos que es éste
un sistema de diferencias puestas como indiferentes a una serie numérica. Si
antes lo orgánico se contraponía, bajo la forma de lo singular, a esta
diferencia carente de esencia, que no expresa ni contiene su naturaleza viva, -y
sí lo mismo tenía que decirse con respecto a lo inorgánico, tendiendo a su ser
allí total, desarrollado en la multitud de sus propiedades-, ahora es el
individuo universal el que debe considerare no solamente como libre de toda
ramificación del género, sino también como su potencia. El género, que se divide
en especies con arreglo a la determinabilidad universal del número o que puede
tornar como base para su clasificación ciertas determinabilidades singulares de
su ser allí, por ejemplo la figura, el color, etc., se ve violentado en esta
quieta faena por parte del individuo universal, la tierra, la cual, como
negatividad universal, hace valer contra la sistematización del género las
diferencias que lleva en sí y cuya naturaleza, por virtud de la sustancia a la
que pertenecen, es otra que la del género. Esta faena del género se convierte en
un asunto totalmente delimitado, que sólo puede llevar a cabo dentro de aquellos
poderosos elementos y que, interrumpido en todas partes por su desenfrenada
violencia, se ve menoscabado y lleno de lagunas.
De lo anterior se desprende que en la observación del ser allí configurado la
razón sólo puede presentarse como vida en general, pero una vida que, en su
diferenciación, no tiene realmente en sí misma una seriación y organización
racional y que no es un sistema de figuras basado en sí mismo. -Si en el
silogismo de la configuración orgánica el término medio, en el que la especie y
su realidad caen como individualidad singular, llevase en sí mismo los extremos
de la universalidad interna y de la individualidad universal, este término medio
tendría en el movimiento de su realidad la expresión y la naturaleza de la
universalidad y sería el desarrollo que se sistematizaría a sí mismo. Así, pues,
la conciencia entre el espíritu universal y su singularidad o la conciencia
sensible tiene por término medio el sistema de las configuraciones de la
conciencia, como una vida del espíritu que se ordena hacia un todo; es el
sistema que aquí consideramos y que tiene su ser allí objetivo como historia del
mundo. Pero la naturaleza orgánica no tiene historia alguna; desde su universal,
que es la vida, desciende inmediatamente a la singularidad del ser allí, y los
momentos unidos en esta realidad, los momentos de la simple determinabilidad y
de la vitalidad singular, producen el devenir solamente como el movimiento
contingente en el que cada uno de ambos momentos es activo en la parte que le
toca y el todo se mantiene; ahora bien, esta movilidad se limita para sí misma
solamente al punto que le corresponde, porque el todo no se halla presente en
él, y no se halla presente porque no es aquí como todo para sí. Además de que,
por tanto, en la naturaleza orgánica la razón observante llega solamente a la
intuición de sí misma como vida universal, en general, la intuición de su
desarrollo y de su realización Realisierung sólo deviene para la razón con
arreglo a sistemas diferenciados de un modo perfectamente universal y cuya
determinación y esencia no radica en lo orgánico como tal, sino en el individuo
universal; y bajo estas diferencias de la tierra, con arreglo a seriaciones que
el género trata de fijar.
Así, pues, por cuanto que, en su realidad, la universalidad de la vida orgánica,
sin la verdadera mediación que es para sí desciende de un modo inmediato al
extremo de la singularidad, tenemos que la conciencia observadora sólo tiene
como cosa ante sí la suposición; y si la razón sólo tuviera el interés ocioso de
observar esta suposición, se limitaría a describir y narrar las suposiciones y
ocurrencias de la naturaleza. Esta libertad carente de espíritu del suponer nos
brindaría, indudablemente, toda suerte de conatos de leyes, trazas de necesidad,
atisbos de ordenación y seriación, relaciones ingeniosas y aparentes. Pero, en
la relación entre lo orgánico y las diferencias de lo inorgánico que son, los
elementos, zonas y climas, la observación, en lo tocante a la ley y a la
necesidad, no va más allá de la gran influencia. Y, del otro lado, donde la
individualidad no tiene la significación de la tierra, sino la del uno inmanente
a la vida orgánica - uno que, sin embargo, en unidad inmediata con lo universal
constituye, ciertamente, el género, pero cuya unidad simple sólo se determina,
precisamente por ello, como número, dejando en libertad, por tanto, el fenómeno
cualitativo-, la observación no puede pasar de tales o cuales indicaciones
adecuadas, relaciones interesantes y una buena disposición hacia el concepto.
Sin embargo, las indicaciones adecuadas no son todavía un saber de la necesidad,
y las relaciones interesantes se quedan en el interés, el cual no es otra cosa
que la suposición acerca de la razón; y la buena disposición de lo individual
hacia el concepto, aludiendo a él, es una buena disposición infantil, que es
pueril cuando pretende valer algo en y para sí.
LA OBSERVACIÓN DE LA AUTOCONCIENCIA EN SU PUREZA Y EN SUS RELACIONES CON LA
REALIDAD EXTERNA; LEYES LÓGICAS Y LEYES PSICOLÓGICAS
La observación de la naturaleza encuentra el concepto realizado realisiert en la
naturaleza inorgánica, encuentra leyes cuyos momentos son cosas, que se
comportan al mismo tiempo como abstracciones; pero este concepto no es una
simplicidad reflejada dentro de sí. En cambio, la vida de la naturaleza orgánica
sólo es esta simplicidad reflejada dentro de sí; la contraposición de sí misma,
como la contraposición entre lo universal y lo singular, no se desdobla en la
esencia de esta vida misma; la esencia no es el género que se escinde y se mueve
en sus momentos indiferenciados y que en su contraposición es, a la par,
indiferenciado para sí mismo. La observación encuentra este concepto libre, cuya
universalidad tiene en ella misma de un modo no menos absoluto la singularidad
desarrollada, solamente en el concepto mismo existente como concepto o en la
autoconciencia.
A) Las leyes del pensamiento Al volverse sobre sí misma y dirigirse hacia el
concepto real como concepto libre, la observación descubre primeramente las
leyes del pensamiento. Esta singularidad que el pensamiento es en él mismo es el
movimiento abstracto de lo negativo, totalmente replegado sobre la simplicidad,
y las leyes se hallan fuera de la realidad. No tienen realidad Realität alguna,
lo que significa, en general, sencillamente que carecen de verdad. No deben ser,
ciertamente, la verdad entera, pero si, por lo menos, la verdad formal. Sin
embargo, lo puramente formal sin realidad Realität es la cosa discursiva o la
abstracción vacía sin llevar en ella la escisión que no sería sino el contenido.
Pero, de otra parte, en cuanto son leyes del pensamiento puro y éste lo
universal en sí y, por tanto, un saber que lleva en sí de un modo inmediato el
ser y en él toda realidad Realität), estas leyes son conceptos absolutos e
indiferenciados, las esencialidades tanto de la forma como de las cosas. Coma la
universalidad que se mueve en sí es el concepto simple escindido, tiene de este
modo contenido en sí, y un contenido que es el contenido todo, pero no es un ser
sensible. Es un contenido que no se halla en contradicción con la forma ni en
general separado de ella, sino que es más bien, esencialmente, ella misma; pues
esta forma no es otra cosa que lo general que se separa en sus momentos puros.
Ahora bien, del modo como esta forma o este contenido es para la observación
como observación, adquiere la determinación de un contenido encontrado, dado, es
decir, de un contenido que solamente es. Deviene un ser quieto de relaciones,
una multitud de necesidades delimitadas que debe tener verdad como un contenido
fijo en y para sí, en su determinabilidad, lo que de hecho lo sustrae a la
forma. Pero esta verdad absoluta de determinabilidades fijas o de muchas Leyes
distintas contradice a la unidad de la autoconciencia o del pensamiento y la
forma, en general. Lo que se enuncia como ley fija y permanente en sí sólo puede
ser un momento de la unidad que se refleja en sí misma, sólo puede aparecer como
una magnitud llamada a desaparecer. Pero, arrancadas por la consideración a esta
cohesión del movimiento y formuladas como algo singular, no carecen de
contenido, pues tienen un contenido determinado, sino que carecen más bien de la
forma, que es su esencia. En efecto, estas leyes no son la verdad del
pensamiento, no precisamente porque sean puramente formales y carezcan de
contenido, sino más bien por la razón opuesta, porque, en su determinabilidad o
cabalmente como un contenido al que se ha sustraído la forma, tienen que valer
como algo absoluto. En su verdad, como momentos llamados a desaparecer en la
unidad del pensamiento, debieran ser tomadas como saber o movimiento pensante,
pero no como leyes del saber. Ahora bien, la observación no es el saber mismo ni
lo conoce, sino que invierte su naturaleza en la figura del ser, es decir,
concibe su negatividad solamente como leyes del ser. Aquí, es suficiente con
haber puesto de manifiesto la no validez de las llamadas leyes del pensamiento
partiendo de la naturaleza universal de la cosa. El desarrollar esto más a fondo
corresponde a la filosofía especulativa, donde dichas leyes se revelarán como lo
que en verdad son, a saber: como momentos singulares llamados a desaparecer y
cuya verdad es solamente la totalidad del movimiento pensante, el saber mismo.
B) Leyes psicológicas Esta unidad negativa del pensamiento es para sí misma o,
mejor dicho, es el ser para sí mismo, el principio de la individualidad y, en su
realidad Realität, conciencia operante. Hacia ella, como hacia la realidad
Realität de aquellas leyes, se ve llevada, por tanto, la conciencia observadora
por la naturaleza de la cosa. En cuanto que esta conexión no es para la
conciencia observadora, ésta opina que el pensamiento queda ante ella a un lado
y que del otro obtiene otro ser en lo que ahora es para ella el objeto, a saber,
la conciencia operante, la cual es para sí de tal modo que supera el ser otro y
tiene su realidad en esta intuición de sí misma como de lo negativo. Se abre
aquí, por tanto, para la observación un nuevo campo en la realidad actuante de
la conciencia. La psicología contiene la multitud de leyes con arreglo a las
cuales se comporta de manera distinta ante los diversos modos de su realidad
como ante un ser otro encontrado; se trata, en parte, de recibir en sí estos
diversos modos y de conformarse a los hábitos, costumbres y al modo de pensar
encontrados como aquello en que el espíritu se es objeto como realidad y, en
parte, de saberse como actuando por su cuenta ante todo eso con la mira de
extraer para sí, siguiendo su inclinación y su pasión, solamente lo particular y
conformándose a lo objetivo; en el primer caso, el espíritu adopta un
comportamiento negativo ante sí mismo en cuanto singularidad, en el segundo, se
comporta negativamente hacia sí como ser universal.
Según el primer lado, la independencia se limita a dar a lo encontrado la forma
de la individualidad consciente en general, permaneciendo en lo tocante al
contenido dentro de la realidad universal encontrada; según el segundo, en
cambio, introduce en ésta, por lo menos, una peculiar modificación, que no
contradice a su contenido esencial, o bien otra modificación mediante la que el
individuo se contrapone a ella como realidad particular y contenido peculiar y
que adopta la forma de una transgresión criminal cuando el individuo supera
dicha realidad de un modo simplemente singular o cuando lo hace de un modo
universal y con ello para todos, suplantando por otros el mundo, el derecho, la
ley y las costumbres existentes.
La psicología basada en la observación, que enuncia primeramente sus
percepciones de los modos universales que se le presentan en la conciencia
activa, se encuentra con diversas facultades, inclinaciones y pasiones y, como
el recuerdo de la unidad de la autoconciencia no puede descartarse en la
enumeración de aquella colección de facultades, etc., la psicología basada en la
observación tiene necesariamente que llegar, por lo menos, hasta asombrarse de
que en el espíritu puedan juntarse como en un saco tantas cosas diversas
contingentes y heterogéneas entre sí, tanto más cuanto que no se muestran, allí,
como cosas inertes y muertas, sino como movimientos Llenos de inquietud.
En la enumeración de estas diferentes facultades, la observación se atiene al
lado universal; la unidad de estas múltiples capacidades es el lado contrapuesto
a esta universalidad, es la individualidad real. A su vez, el aprehender y
enumerar las individualidades reales diferenciadas de tal modo que un hombre se
incline más a esto y el otro a aquello, que el uno tenga más entendimiento que
el otro, lleva en sí, sin embargo, algo mucho menos interesante que incluso la
enumeración de las especies de insectos, de musgos, etc.; pues éstas dan derecho
a la observación a tomarlas así, como algo singular y carente de concepto, ya
que forman parte del elemento de la individualidad contingente. Por el
contrario, el tomar la individualidad consciente carente de espíritu como una
manifestación singular que es, entraña lo contradictorio de que su esencia es lo
universal del espíritu. Sin embargo, como la aprehensión hace entrar a la
individualidad, al mismo tiempo, en la forma de la universalidad, encuentra su
ley y parece ahora tener un fin racional y cumplir una función necesaria.
C) La ley de la individualidad
Los momentos que constituyen el contenido de la ley son, de una parte, la
individualidad misma y, de otra, su naturaleza inorgánica universal, a saber,
las circunstancias, la situación, los hábitos, las costumbres, la religión,
etc., encontrados; partiendo de estos elementos hay que concebir la
individualidad determinada. Dichos elementos contienen algo determinado y algo
universal y son, al mismo tiempo, algo presente que se ofrece a la observación y
se expresa de otro lado bajo la forma de la individualidad. La ley de esta
relación entre ambos lados debiera contener ahora el tipo de efecto e influencia
que estas determinadas circunstancias ejercen sobre la individualidad. Pero esta
individualidad consiste precisamente en ser también lo universal y, por tanto,
en confluir de un modo quieto e inmediato con lo universal presente, con los
hábitos y costumbres, etc., y conformarse a ellos, lo mismo que el comportarse
como algo contrapuesto ante ellos y el invertirlos más bien, así como el
comportarse de un modo totalmente indiferente frente a ellos en su singularidad,
el no dejarlos influir sobre sí y el no mostrarse activo en contra de ellos. Lo
que influya sobre la individualidad y cuál influencia deba ejercer -lo que,
propiamente, significa lo mismo- dependerá, por tanto, solamente de la
individualidad misma; decir que esta individualidad llega a ser así esta
individualidad determinada vale tanto como decir que ya lo ha sido.
Circunstancias, situaciones, hábitos, etc. que, de una parte, se muestran como
presentes y que, de otra parte, lo están en esta determinada individualidad,
expresan solamente la esencia determinada de la misma individualidad, de la que
no hay por qué ocuparse. De no mediar estas circunstancias, este modo de pensar,
estos hábitos, este estado del mundo en general, no cabe duda de que el
individuo no habría llegado a ser lo que es, ya que esta sustancia universal es
todo lo que se encuentra en este lado del mundo. Pero, tal y como se
particulariza en este individuo -que es el que se trata de concebir-, es
necesario que el estado del mundo se particularice en y para sí y que actúe
sobre un individuo en esta determinabilidad que se ha dado; solamente así habrá
hecho de este individuo determinado lo que él es. Si lo externo se estructurase
en y para sí tal y como se manifiesta en la individualidad, ésta se concebiría
partiendo de aquello. Tendríamos, entonces, una doble galería de imágenes, una
de las cuales sería el reflejo de la otra: una, la galería de la total
determinabilidad y delimitación de las circunstancias externas y otra, que sería
la misma, traducida al modo en que son en la esencia consciente; la primera, la
superficie de la esfera y la segunda el centro que ella representa en sí.
Pero esta superficie esférica, el mundo del individuo, tiene de un modo
inmediato la doble significación de ser mundo y situación que son en y para sí y
el mundo del individuo, o bien en cuanto éste se limitaría a confluir con él,
haciéndolo entrar dentro de sí tal y como es, comportándose frente a él
solamente como conciencia formal, o bien sería el mundo del individuo en cuanto
que lo presente fuera invertido por él.
Como, en virtud de esta libertad, la realidad es susceptible de esta doble
significación, el mundo del individuo sólo puede concebirse partiendo de este
mismo; y la influencia de la realidad, que se representa como lo que es en y
para sí, sobre el individuo cobra a través de éste el sentido absolutamente
contrapuesto de que o deja que el curso de la realidad que afluye siga su marcha
sin intervenir en él o lo interrumpe e invierte. Pero, de este modo, la
necesidad psicológica se trueca en una palabra tan vacua, que se da la
posibilidad absoluta de que lo que deba haber experimentado esta influencia no
haya sido influido para nada.
Desaparece con ello el ser que sería en y para sí y que debería constituir uno
de los lados de una ley, y cabalmente su lado universal. La individualidad es lo
que es su mundo, en cuanto suyo: ella misma es el círculo de su acción, en el
que se ha presentado como realidad Y es, simple y únicamente, la unidad del ser
dado y del ser construido; unidad cuyos lados no se desdoblan, como en la
representación de la ley psicológica, en el mundo en sí presente y en la
individualidad que es para sí; o bien, si cada uno de estos lados es considerado
para sí, no se hará presente necesidad ni ley alguna de su relación mutua.
OBSERVACIÓN DE LA RELACIÓN ENTRE LA AUTOCONCIENCIA Y SU REALIDAD INMEDIATA;
FISIOGNÓMICA Y FRENOLOGÍA
La observación psicológica no encuentra ley alguna del comportamiento entre la
autoconciencia y la realidad o el mundo contrapuesto a ella, y la indiferencia
mutua entre ambos la empuja a recaer de nuevo en la peculiar determinabilidad de
la individualidad real, que es en y para sí misma o contiene la oposición del
ser para sí y del ser en sí, cancelada en su mediación absoluta. La
individualidad se convierte, ahora, en objeto de observación o en el objeto al
que ésta pasa.
El individuo es en y para sí mismo; es para sí, o es un libre actuar; pero es
también en sí, o tiene él mismo un determinado ser originario -determinabilidad
que es, conforme al concepto, lo mismo que la psicología querría encontrar fuera
de él. En él mismo brota, pues, la oposición, el doble carácter de ser
movimiento de la conciencia y el ser fijo de una realidad que se manifiesta,
realidad tal que es en él de un modo inmediato la suya. Este ser, el cuerpo de
la individualidad determinada, es la originariedad de ella, lo que ella no ha
hecho. Pero, en cuanto que el individuo sólo es, al mismo tiempo, lo que él ha
hecho, su cuerpo es también la expresión de sí mismo producida por él; es, a la
par, un signo que no ha permanecido una cosa inmediata y en el que el individuo
sólo da a conocer lo que él es, en cuanto pone en obra su naturaleza originaria.
Si consideramos los momentos aquí presentes en relación con el precedente modo
de ver, nos encontramos aquí con una figura humana universal o, por lo menos,
con la figura universal de un clima, un continente, un pueblo, como antes con
las mismas costumbres y la misma cultura universales. A esto se suman las
particulares circunstancias y situaciones dentro de la realidad universal; aquí,
esta realidad particular es como formación particular de la figura del
individuo. De otra parte, así como antes la libre acción del individuo y la
realidad como su realidad se ponía como tal frente a la realidad presente, así
también aquí la figura del individuo está como expresión de su realización,
puesta por él mismo, como los rasgos y las formas de su esencia activa propia.
Pero la realidad tanto universal como particular con que antes se encontraba la
observación fuera del individuo es aquí la realidad del individuo mismo, su
cuerpo congénito, y en él precisamente se da la expresión que pertenece a su
acción. En la consideración psicológica, había que relacionar entre sí la
realidad que es en y para sí y la individualidad determinada; aquí, en cambio,
es objeto de observación la individualidad total determinada; y cada uno de los
lados de su oposición es, a su vez, este todo. Por tanto, al todo externo
pertenece no sólo el ser originario, el cuerpo congénito, sino también la
formación de este mismo, que pertenece a la actividad de lo interior; el cuerpo
es la unidad del ser no formado y del ser formado y la realidad del individuo
penetrada por el ser para sí. Este todo, que abarca en sí las determinadas
partes fijas originarias y los rasgos que sólo brotan a través de la acción, es,
y este ser es expresión del interior, del individuo puesto como conciencia y
como movimiento. Y este interior no es ya tampoco la propia actividad formal,
carente de contenido o indeterminada, cuyo contenido y cuya determinabilidad
residieran, como antes, en las circunstancias externas, sino que es un carácter
originario y determinado en sí, cuya forma es solamente la actividad. Por
consiguiente, lo que aquí hay que considerar es la relación entre estos dos
lados, para ver cómo puede determinarse y qué debe entenderse por esta expresión
de lo interior en lo exterior.
A) La significación fisonómica de los órganos
Este lado externo, primeramente, sólo como órgano hace visible lo interior o, en
general, hace de ello un ser para otro; pues lo interior, en cuanto es en el
órgano, es la actividad misma. La boca que habla, la mano que trabaja y, sí se
quiere, también las piernas, son los órganos realizadores y ejecutores, que
tienen en ellos la acción como acción o lo interior como tal; pero la
exterioridad que lo interior cobra por medio de ellos es el hecho, como una
realidad ya desglosada del individuo. Lenguaje y trabajo son exteriorizaciones
en las que el individuo no se retiene y posee ya en él mismo, sino en que deja
que lo interior caiga totalmente fuera de sí y lo abandona a algo otro. Por eso
podemos decir tanto que estas exteriorizaciones expresan demasiado lo interior
como que lo expresan demasiado poco; demasiado, porque lo interior mismo irrumpe
en ellas, porque no permanece oposición alguna entre éste y aquéllas; no sólo
expresan lo interior, sino que lo expresan de modo inmediato; demasiado poco,
porque lo interior, al pasar al lenguaje y a la acción, se convierte en otro y
se entrega así a merced del elemento de la transformación que invierte la
palabra hablada y el hecho consumado, haciendo de ellos algo distinto de lo que
en sí y para sí son, como actos de este determinado individuo. Las obras de los
actos, no sólo pierden, al exteriorizarse, por las influencias de otros, el
carácter de ser algo permanente con respecto a otras individualidades, sino que,
además, al comportarse como un exterior particularizado e indiferente con
respecto a lo interior, pueden ser, como interior y a través del individuo
mismo, algo otro de como se manifiestan, bien porque deliberadamente lo
conviertan en la manifestación de algo otro de lo que en verdad son, bien porque
el individuo no acierte a exteriorizarse como propiamente quiere hacerlo y a
afianzar su exteriorización de tal modo que otros no puedan deformar su obra.
Por tanto, la acción, como obra consumada, tiene la doble significación
contrapuesta de ser o bien la individualidad interior y no su expresión, o bien,
como lo exterior, una realidad libre del interior y que es algo completamente
distinta de esto. Por esta ambigüedad, debemos volver la vista hacía el interior
tal y como aun es en el individuo mismo, pero de un modo visible y exterior.
Pero, en el órgano, lo interior sólo es como la acción inmediata misma que cobra
su exterioridad en el hecho, el cual puede o no representar lo interior. Por
tanto, el órgano, considerado con arreglo a esta oposición, no garantiza la
expresión buscada.
Ahora bien, sí la sola figura exterior, en cuanto no es órgano o acción, es
decir, como un todo quieto, pudiera expresar la individualidad interior, se
comportaría como una cosa subsistente que recibiría estáticamente lo interior
como algo extraño en su ser allí pasivo, convirtiéndose así en el signo de ello
-una expresión exterior contingente, cuyo lado real carecería para sí de
significación-, un lenguaje cuyos sonidos y combinaciones de sonidos no serían
la cosa misma, sino algo enlazado con ella caprichosamente y puramente
contingente para ella.
Semejante conexión arbitraria de momentos que son algo exterior los unos con
respecto a los otros no suministra ley alguna. La fisiognómica pretende
distinguirse de otras falsas ciencias y de otros estudios malsanos en cuanto que
considera la individualidad determinada en la necesaria oposición de algo
interior y algo exterior, del carácter como esencia consciente y del carácter
como figura que es, relacionando entre sí estos dos momentos tal como aparecen
entrelazados por su concepto y como, por tanto, deben constituir el contenido de
una ley. Por el contrario, en la astrología, la quiromancia y en otras ciencias
semejantes, parece que lo exterior sólo es referido a lo exterior, que algo sólo
es referido a algo extraño a ello. Tal o cual constelación coincidente con el
día del nacimiento y, acercando más al cuerpo mismo este algo exterior, tales o
cuales rasgos de la mano, son momentos exteriores en cuanto a la mayor o menor
duración de la vida y al destino del hombre individual en general. En cuanto
exterioridades, estos momentos mantienen un comportamiento indiferente entre sí
y no tienen los unos con respecto a los otros la necesidad que debe contenerse
en la relación entre lo exterior y lo interior.
Es cierto que la mano no parece ser algo hasta tal punto exterior para el
destino, sino comportarse con respecto a éste más bien como algo interior. En
efecto, el destino es también, a su vez, solamente la manifestación de lo que es
la individualidad determinada en sí como determinabilidad originaria interior.
Ahora bien, para saber lo que esta determinabilidad es en sí, el quiromante y el
fisonomista recurren a un método más corto que Solón, por ejemplo, quien
consideraba que eso sólo podía llegar a saberse ateniéndose al curso de toda la
vida; Solón consideraba la manifestación, mientras que aquéllos consideran el en
sí. Y que la mano debe representar el en sí de la individualidad con respecto a
su destino se ve fácilmente considerando que la mano es, después del órgano del
lenguaje, el que más permite al hombre manifestarse y realizarse. Es el artífice
animado de su dicha; de ella puede decirse que es lo que el hombre hace, pues en
la mano como en el órgano activo de la realización de sí mismo se halla presente
el hombre como animador, y en cuanto que el hombre es originariamente su propio
destino, la mano expresará, por tanto, este en sí.
De la determinación según la cual el órgano de la actividad es en él tanto un
ser como la acción o de que en él está presente el ser en sí interior mismo y
tiene un ser para otros, se desprende otra apreciación acerca del órgano,
distinta de la anterior. En efecto, sí se demostrara que los órganos en general
no pueden tomarse como expresiones de lo interior porque en ellos se halla
presente la acción como acción y, en cambio, la acción como hecho es algo
puramente exterior, y lo interior y lo exterior se bifurcan de este modo y ambos
momentos son o pueden ser extraídos el uno al otro, el órgano debería tomarse, a
su vez, con arreglo a la determinación considerada, como el término medio entre
ambos, en cuanto que precisamente esto, el que la acción sea presente en él,
constituye al mismo tiempo una exterioridad de la acción, diferente, además, de
lo que es el hecho, puesto que aquella pertenece al individuo y permanece en él.
Este término medio y unidad de lo interior y lo exterior es también ello misma,
ahora, exterior; pero al mismo tiempo, esta exterioridad es acogida en lo
interior; se enfrenta, como simple exterioridad, a la exterioridad dispersa que,
o bien no es más que una obra o un estado singular, contingente para la
individualidad toda, o bien, como exterioridad total, es el destino escindido en
multitud de obras y estados. Por tanto, los rasgos simples de la mano, así como
el tono y el volumen de la voz como determinabilidad individual del lenguaje -y
también éste en cuanto adquiere por medio de la mano una existencia más fija que
por medio de la voz, el lenguaje escrito, concretamente en su modalidad de
escritura autógrafa-, todo esto es expresión de lo interior, de tal modo que,
como exterioridad simple, vuelve a enfrentarse a la múltiple exterioridad del
obrar y del destino, se comporta como algo interior con respecto a esto. Así,
pues, si primeramente se toma como lo interior, como la esencia del obrar y del
destino, la naturaleza determinada y la peculiaridad congénita del individuo,
unidas a lo que éste ha llegado a ser por medio de la cultura, el individuo
tiene primeramente su manifestación y su exterioridad en su boca, en su mano, en
su voz, en su escritura autógrafa así como en los demás órganos y en sus
permanentes determinabilidades; y sólo después se expresa más ampliamente al
exterior en su realidad en el mundo.
Como ahora este término medio se determina como la exteriorización que al mismo
tiempo se ha retrotraído al interior, su existencia no se limita al órgano
inmediato de la acción, sino que es más bien el movimiento y la forma del rostro
y de la configuración en general, que nada llevan a cabo. Estos rasgos y su
movimiento son, con arreglo a este concepto, la acción retenida, que permanece
en el individuo y, en su relación con la acción real, el propio vigilarse y
observarse de aquél, la exteriorización como reflexión sobre la exteriorización
real. El individuo, de este modo, no queda mudo en su acción exterior y con
respecto a ella, porque al mismo tiempo se refleja en sí y exterioriza este ser
reflejado en sí; y esta acción teórica o el lenguaje del individuo consigo mismo
acerca de esto es también perceptible para otros, porque es él mismo una
exteriorización.
B) La multivocidad de esta significación
En este interior, que en su exteriorización permanece interior, es observado el
ser reflejado del individuo desde su realidad; y hay que ver qué ocurre con esta
necesidad puesta en esta unidad. Ante todo, este ser reflejado es distinto del
hecho mismo y puede, por tanto ser algo otro y ser tomado por algo otro de lo
que es; mirando a la cara de una persona, vemos sí toma en serio lo que dice o
hace. Pero, a la inversa, lo que debe ser expresión de lo interior es, al mismo
tiempo, una expresión que es, con lo que recae a su vez en la determinación del
ser, el cual es absolutamente contingente para la esencia consciente de sí
misma. Es, por ello, evidentemente, expresión, pero es también, al mismo tiempo,
simplemente un signo, lo que hace que la constitución de aquello por lo que se
expresa sea totalmente indiferente para el contenido expresado. Lo interior, en
esta manifestación, es sin duda un invisible visible, pero sin hallarse
vinculado a ella; lo mismo podría darse en otra manifestación, como en la misma
manifestación otro interior. De ahí que Lichtenberg diga con razón: Suponiendo
que el fisonomista haya logrado atrapar al hombre una sola vez, bastaría con una
valerosa decisión para hacerse de nuevo incomprensible por miles de años. Así
como en la relación anterior las circunstancias concurrentes eran un algo que
es, del que la individualidad tomaba lo que ella podía y quería, bien
sometiéndose a ellas, bien invirtiéndolas, razón por la cual ese ser no contenía
la necesidad ni la esencia de la individualidad, así también aquí es el ser
inmediato de la individualidad que se manifiesta un ser que o bien expresa su
ser reflejado desde la realidad y su ser en sí o bien sólo es para ella un signo
indiferente con respecto a lo designado y que, por tanto, no designa nada en
verdad; ese signo es tanto el rostro de la individualidad como la máscara de que
se puede despojar. La individualidad impregna su figura, se mueve y habla en
ella; pero toda esa existencia se presenta también como un ser indiferente con
respecto a la voluntad y a la acción; la individualidad cancela en él la
significación que antes tenía, la de tener en él su ser reflejado en sí o su
verdadera esencia y pone ahora esto, por el contrario, en la voluntad y en el
hecho.
La individualidad abandona aquel ser reflejado en sí que se expresa en los
rasgos y pone su esencia en la obra. En ello, la individualidad contradice al
comportamiento establecido por el instinto de la razón, el cual se basa en la
observación de la individualidad consciente de sí con vistas a fijar su interior
y su exterior. Este punto de vista nos lleva al pensamiento que en rigor sirve
de base a la ciencia -si así queremos llamarla- fisonómica. La oposición con la
que da esta observación es, en cuanto a la forma, la oposición entre lo práctico
y lo teórico -pero ambos lados puestos dentro de lo práctico mismo-, la
oposición entre la individualidad que se realiza en el obrar, tomando éste en el
sentido más general, y la que, emanando al mismo tiempo de este obrar, se
refleja en sí y el obrar es su objeto. La observación acoge esta oposición en la
misma relación invertida que la determina en la manifestación. Considera como lo
exterior no esencial el hecho mismo y la obra, la del lenguaje o la de una
realidad más sólida, y como lo interior esencial el ser en sí de la
individualidad. De los dos lados que la conciencia práctica tiene en sí, la
intención y el hecho -la suposición con respecto a su modo de obrar y el obrar
mismo-, la observación elige el primero como el interior verdadero; el segundo,
según ella, es su exteriorización más o menos inesencial en el hecho, pues su
exteriorización verdadera la tiene en su figura. Esta última exteriorización es
la presencia sensible inmediata del espíritu individual; la interioridad que
debe ser la verdadera es la peculiaridad de la intención y la singularidad del
ser para sí; ambas constituyen el espíritu supuesto. Por tanto, lo que la
observación tiene como objetos es la existencia supuesta, y es aquí donde la
observación indaga leyes. La suposición inmediata acerca de la presencia
supuesta del espíritu es la fisiognómica natural, el juicio precipitado sobre la
naturaleza interior y el carácter de su figura, a primera vista. El objeto de
esta suposición es de tal modo, que lleva en su esencia el ser en verdad algo
distinto de su ser sensible inmediato. Lo presente, la visibilidad como
visibilidad de lo invisible, lo que es objeto de observación es, sin duda,
cabalmente este ser reflejado en sí en lo sensible y partiendo de ello. Pero,
precisamente esta presencia inmediata sensible es la realidad del espíritu, tal
y como ésta es sólo para la suposición; y la observación gira en torno a este
lado, con su existencia supuesta, con la fisonomía, la escritura autógrafa, el
timbre de la voz, etc. Relaciona esa existencia cabalmente con este interior
supuesto. No se trata de reconocer al asesino o al ladrón, sino la capacidad de
serlo; la determinabilidad abstracta firme se pierde, así, en la
determinabilidad infinita concreta del individuo singular, la cual reclama ahora
descripciones harto más ingeniosas que aquellas calificaciones. Evidentemente,
estas descripciones más ingeniosas dicen más de lo que podrían decir
calificaciones como asesino, ladrón, bondadoso, íntegro, etc., pero no bastan,
ni mucho menos, para el fin que se persigue, que es el enunciar el ser supuesto
o la individualidad singular, como no bastan las descripciones de la figura que
van más allá de la frente achatada, la nariz larga, etc.
Pues la figura singular, como la autoconciencia singular, es, en cuanto ser
supuesto, inexpresable. La ciencia del conocimiento del hombre que recae sobre
el supuesto hombre, lo mismo que la fisiognómica que tiende hacía su supuesta
realidad y pretende elevar a un saber los juicios carentes de conciencia de la
fisiognómica natural, es, por tanto, algo interminable y sin base, que jamás
puede llegar a decir lo que supone, porque se limita a suponerlo y su contenido
es solamente algo supuesto.
Las leyes que esta ciencia trata de descubrir son relaciones entre estos dos
lados supuestos y, por tanto, ellas mismas no pueden ser otra cosa que una
suposición vacía. Por el hecho también de que este supuesto saber, que pretende
ocuparse de la realidad del espíritu, tiene como su objeto precisamente el que
se refleje en sí saliendo desde su existencia sensible y de que la existencia
determinada sea para él una contingencia indiferente, tiene necesariamente que
saber de un modo inmediato que las leyes por él descubiertas no dicen nada, sino
que son pura charlatanería o se limitan a dar una suposición de sí; expresión
cuya verdad se limita a enunciar como uno y lo mismo esto: a decir su
suposición, con lo cual no se aporta la cosa misma, sino solamente una
suposición de sí. Ahora bien, en cuanto al contenido, tales observaciones en
nada difieren de estas otras: "Siempre que hay feria, llueve", dice el tendero;
"y también siempre que tiendo la ropa a secar", dice el ama de casa.
Lichtenberg, quien caracteriza así la observación fisionómica, escribe además:
"Si alguien dijera que obras como un hombre honrado, pero que yo veo por tu
figura que te constriñes y que en el fondo de tu corazón eres un granuja, no
cabe duda de que a estas palabras cualquier persona decente replicaría hasta el
fin del mundo con una bofetada". Semejante replica es certera, porque equivale a
la refutación de lo que constituye el primer supuesto de la tal ciencia de la
suposición, a saber, que la realidad del hombre es su rostro, etc. El verdadero
ser del hombre es, por el contrario, su obrar; en éste es la individualidad real
y él es el que supera lo supuesto en sus dos lados. De una parte, lo supuesto,
como un ser corporal estático; la individualidad se presenta más bien en el
obrar como la esencia negativa, que sólo es en tanto supera el ser. De otra
parte, el obrar supera asimismo la inexpresabilidad de la suposición en lo
tocante a la individualidad consciente de sí, que es en la suposición una
individualidad infinitamente determinada y determinable. En el obrar consumado,
se aniquila esta falsa infinitud. El hecho es algo simplemente determinado,
universal, que puede captarse en una abstracción; es un asesinato, un robo o una
acción benéfica o heroica, etc., y puede decirse de él lo que es, y su ser no es
solamente un signo, sino la cosa misma. Es esto, y el hombre individual es lo
que dicho acto es; en la simplicidad de este ser, el hombre individual es para
otros una esencia universal que es, y deja de ser una esencia solamente
supuesta. Cierto que no se pone en esto como espíritu; pero, en cuanto que se
habla de su ser como ser y, de una parte, se contrapone el doble ser, el de la
figura y el del obrar, debiendo ser su realidad tanto la una como el otro; hay
que afirmar, más bien, como su auténtico ser solamente el obrar, no su figura,
que debiera expresar simplemente lo que el individuo supone de sus actos o lo
que se supone que podía hacer. Y como, de otra parte, su obra y su posibilidad
interior, su capacidad o intención son también contrapuestas, solamente aquélla,
la obra, puede considerarse como su verdadera realidad, aunque él mismo se
engañe acerca de ello y, retornando de su obrar a sí mismo, suponga ser en este
interior otro que en el obrar. La individualidad que se confía al elemento
objetivo, al convertirse en obra, se abandona indudablemente a él y se presta a
verse cambiada e invertida. Pero el carácter del obrar lo determina precisamente
el que sea un ser real el que se mantiene o solamente una obra supuesta, que
desaparece en sí, anulándose. La objetividad no hace cambiar el hecho mismo,
sino que se limita a poner de manifiesto lo que éste es, es decir, si es o no es
nada. La desmembración de este ser en intenciones y sutilezas por el estilo
mediante las cuales se trata de explicar de nuevo al hombre real, es decir, sus
actos, retrotrayéndolo a un ser supuesto, cualesquiera que puedan ser sus
intenciones particulares con respecto a su propia realidad, deben abandonarse a
la ociosidad de la suposición, la cual, sí quiere llevar a cabo su inoperante
sabiduría, negar a quien obra el carácter de la razón y maltratarlo de este
modo, explicando como el ser la figura y los rasgos, en vez de los actos, debe
encontrarse con la replica indicada más arriba, la que le mostrará que la figura
no es el en sí, sino que puede ser, más bien, un objeto de tratamiento.
C) La frenología
Si nos fijamos ahora en general en el conjunto de las relaciones en las que
puede observarse la individualidad autoconsciente con respecto a su lado
exterior, vemos que queda atrás una que la observación debe tomar todavía como
objeto. En la psicología es la realidad exterior de las cosas la que debe tener
en el espíritu su contraimagen consciente de ella y hacer así al espíritu
concebible. Por el contrario, en la fisiognómica el espíritu debe darse a
conocer en su propio exterior como un ser que es el lenguaje -la visible
invisibilidad de su esencia. Resta aun la determinación del lado de la realidad
en que la individualidad expresa su esencia en su realidad inmediata, fija,
puramente existente. Esta última relación se distingue, por tanto, de la
relación fisionómica por el hecho de que ésta es la presencia hablada del
individuo, que en su exteriorización actuante presenta al mismo tiempo la
exteriorización que se refleja y se considera en sí misma, una exteriorización
que es ella misma movimiento, rasgos estáticos que son ellos mismos,
esencialmente, un ser mediado. Y en esta determinación que nos resta todavía
considerar, lo exterior es, por último, una realidad totalmente quieta que no es
en ella misma un signo del lenguaje, sino que, separado del movimiento
consciente de sí, se presenta para sí y como mera cosa.
D) El cráneo, aprehendido como realidad externa del espíritu
Ante todo, se ve claro, en lo tocante a la relación entre lo interior y este
exterior suyo, que parece que debe concebirse como una relación de conexión
causal, en cuanto que la relación de un algo que es en sí con otro que es en sí,
como relación necesaria, es esta relación.
Ahora bien, para que la individualidad espiritual pueda influir sobre el cuerpo,
ella misma tiene que ser, como causa, algo corpóreo. Pero lo corpóreo, en lo que
aquélla es como causa, es el órgano, pero no el órgano de la acción frente a la
realidad exterior, sino el órgano de la acción de la esencia autoconsciente en
sí misma, que se exterioriza solamente con respecto a su cuerpo; y no es posible
ver enseguida cuáles pudieran ser estos órganos. Si se pensara solamente en los
órganos en general, el órgano del trabajo se encontraría fácilmente en la mano,
y lo mismo el órgano del impulso sexual, etc. Sin embargo, tales órganos deben
considerarse como instrumentos o como partes que el espíritu, como un extremo,
tiene como término medio frente al otro extremo, que es objeto exterior. Pero
aquí se entiende un órgano en que el individuo autoconsciente se mantiene para
sí como extremo frente a su propia realidad, contrapuesta a él, el cual no se
vuelve al mismo tiempo hacia el exterior, sino que se refleja en sus actos y en
el que el lado del ser no es un ser para otro. En la relación fisiognómica, el
órgano es considerado también, ciertamente, como existencia reflejada en sí
misma y que expresa la acción, pero este ser es un ser objetivo y el resultado
de la observación fisonómica consiste en que la autoconciencia se enfrenta
cabalmente a esta su realidad como a algo indiferente. Esta indiferencia
desaparece por el hecho de que este ser reflejado en sí es él mismo activo; de
este modo, aquel ser allí cobra una relación necesaria con aquél; y para que
pueda actuar sobre el ser allí él mismo necesita tener un ser, pero no
propiamente un ser objetivo, y debe ponerse de manifiesto como este órgano. En
la vida corriente, la cólera, por ejemplo, como una de esas acciones interiores,
se localiza en el hígado; Platón le atribuye, incluso, una función más alta, que
es, según algunos, la más alta de todas, a saber, la profecía o el don de
expresar de un modo irracional lo sagrado y lo eterno. Pero el movimiento que el
individuo tiene en el hígado, en el corazón, etc. no puede considerarse como su
movimiento totalmente reflejado en sí, sino que se halla en dichos órganos de
tal modo que se ha plasmado ya en el cuerpo, como un ser allí animal que tiende
a salir hacía el exterior.
Por el contrario, el sistema nervioso es la quietud inmediata de lo orgánico en
su movimiento. Los nervios mismos son también, ciertamente, los órganos de la
conciencia dirigida ya hacia el exterior; pero el cerebro y la médula espinal
deben considerarse como la presencia inmediata de la autoconciencia, como
presencia que permanece en sí -que no es objetiva ni tampoco se muestra hacia
afuera. En tanto que el momento del ser que este órgano tiene es un ser para
otro, un ser allí, es un ser muerto, no es ya la presencia de la autoconciencia.
Pero este ser en sí mismo es, en cuanto a su concepto, una fluidez en la que se
disuelven de un modo inmediato los círculos trazados en ella y no se expresa
ninguna diferencia como algo que es. Sin embargo, como el espíritu mismo no es
algo abstractamente simple, sino un sistema de movimientos en el que se
diferencia, en momentos, pero permaneciendo él mismo libre en esta
diferenciación, y como él estructura su cuerpo, en general, en diversas
funciones, determinando cada parte singular solamente para una, cabe también
representarse que el ser fluido de su ser en sí es un ser estructurado; y parece
que ello debe ser representado así porque el ser reflejado en sí mismo del
espíritu en el cerebro sólo es, a su vez, un término medio de su pura esencia y
de su estructuración corporal, un término medio que, de este modo, debe
participar de la naturaleza de ambos extremos y, por tanto, tomar del segundo, a
su vez, la estructuración que es.
El ser orgánico-espiritual tiene, al mismo tiempo, el lado necesario de un ser
allí subsistente y estático; dicho ser debe pasar a segundo plano como extremo
del ser para sí y tener frente a sí como el otro extremo este ser estático, que
será entonces el objeto sobre el que aquél actúa como causa. Ahora bien, si el
cerebro y la médula espinal son aquel ser para sí corporal del espíritu, el
cráneo y la columna vertebral son el otro extremo que se separa y añade, es
decir, la cosa fija y quieta. Pero, en cuanto que cualquiera, si piensa en el
lugar en que propiamente se localiza el ser allí del espíritu, piensa no en la
espalda, sino solamente en la cabeza, podemos, en la investigación de un saber
como el de que aquí se trata, contentarnos con esta razón -que no es tan mala,
en este caso- para circunscribir este ser allí al cráneo. Y sí a alguno se le
ocurriese pensar en la espalda por cuanto que también, a veces, el saber y la
acción se reciben y transmiten a través de ella, esto nada probaría, por probar
demasiado, en apoyo de que la médula espinal deba considerarse como sede del
espíritu y la columna vertebral como contraimagen de su ser allí; esto nada
probaría, porque probaría demasiado, pues cabe asimismo recordar que también son
predilectas otras vías exteriores para alcanzar la actividad del espíritu, para
estimularla o retenerla. Podemos, pues, sí queremos, prescindir con entera
razón, de la columna vertebral; y cabe también construir una doctrina de
filosofía natural tan buena como muchas otras sosteniendo que el cráneo por sí
sólo no contiene los órganos del espíritu. En efecto, esto ha sido anteriormente
eliminado del concepto de esta relación, tomando por ello el cráneo como lado
del ser allí y, si no se debiera recordar el concepto de la cosa, la experiencia
se encarga de enseñar que sí se ve con el ojo como órgano, no se mata ni se
roba, se hace poesía, etc. con el cráneo. Por tanto, debemos abstenernos de
emplear la expresión órgano para designar aquella significación del cráneo de la
que aun hemos de tratar. Pues aunque se suele decir que lo que importa en el
hombre razonable no es la palabra, sino la cosa, ello no quiere decir que sea
lícito designar una cosa con una palabra que no le corresponde; esto es una
torpeza y, al mismo tiempo, un fraude: se supone y se pretexta no disponer de la
palabra adecuada, ocultando que lo que falta es, de hecho, la cosa, es decir, el
concepto; si éste se hallara presente, dispondría también de su palabra
adecuada. Por el momento, hemos determinado solamente esto: que así como el
cerebro es la cabeza viva, el cráneo es el caput mortuum.
E) Relación entre la forma del cráneo y la individualidad
Así, pues, en este ser muerto tendrían que darse los movimientos espirituales y
los modos determinados del cerebro su representación de realidad externa,
realidad que, sin embargo, es todavía en el individuo mismo. En cuanto a la
relación entre estos movimientos espirituales y el cráneo, que, como ser muerto,
no tiene el espíritu inmanente en sí mismo, se ofrece primeramente la relación
establecida más arriba, la relación mecánica exterior, de tal modo que los
órganos propiamente dichos -que son en el cerebro- expresan unas veces el cráneo
en forma redonda y otras veces lo ensanchan o lo achatan o influyen sobre él de
cualquier otro modo que uno se quiera representar. Siendo él mismo una parte del
organismo, hay que pensar, evidentemente, que el cráneo, al igual que cualquier
otro hueso, ha tenido propia formación viva, por lo cual, así considerado, es
más bien él el que presiona sobre el cerebro y da a éste su delimitación
externa, para lo que se presta también por ser el más duro de los dos. Pero, aun
con ello, la determinación de la actividad entre ambos se mantendría dentro de
la misma relación; pues el hecho de que el cráneo sea lo determinante o lo
determinado no hace cambiar para nada la conexión causal; (únicamente que,
entonces, el cráneo pasaría a ser el órgano inmediato de la autoconciencia, ya
que en él se encontraría como causa el lado del ser para sí. Sin embargo, en
cuanto que el ser para sí, como vitalidad orgánica, recae en ambos del mismo
modo, desaparecería entre ellos, de hecho, la conexión causal. Este desarrollo
de ambos respondería a una conexión interior y sería una armonía orgánica
preestablecida que dejaría a los dos lados relacionados entre sí libres el uno
con respecto al otro, dejando a cada uno de ellos su propia figura, a la que no
necesitaría corresponder figura del otro; ni, con mayor razón, la figura y la
cualidad del uno con respecto a las del otro, a la manera como son libres entre
sí la forma de la uva y el sabor del vino. Pero, como la determinación del ser
para sí cae del lado del cerebro y la determinación del ser allí del lado del
cráneo, hay que establecer también una conexión causal entre ellos dentro de la
unidad orgánica; una relación necesaria entre ellos como lados exteriores el uno
al otro; es decir, una relación a su vez exterior, por medio de la cual, por
tanto, la figura de uno sería determinada por la del otro, y viceversa.
Pero, en lo que se refiere a la determinación en que el órgano de la
autoconciencia sería causa activa con respecto al lado contrapuesto, cabe hablar
de muy diversas maneras, ya que en estos modos de hablar se trata de la
contextura de una causa considerada en cuanto a su ser allí indiferente, su
figura y su magnitud, de una causa cuyo interior y ser para sí deben ser tales
que no afecten para nada al ser allí inmediato. La autoformación orgánica del
cráneo es, en primer lugar, indiferente con respecto a la influencia mecánica, y
la relación que media entre estas dos relaciones, puesto que la primera es el
relacionarse consigo misma, es cabalmente esta misma indeterminabilidad y
carencia de límites. Además, aun cuando el cerebro acogiese en sí las
diferencias del espíritu como diferencias que son y fuese una pluralidad de
órganos internos que ocupasen diferente espacio -lo que contradice a la
naturaleza, que da a los momentos del concepto una existencia propia y, por
tanto, pone la simplicidad
fluida de la vida orgánica puramente en uno de los lados y la articulación y
división de ella, con sus diferencias, en el otro lado, de tal modo que estas
diferencias, tal como aquí deben ser entendidas, se muestran como cosas
anatómicas particulares-, seguiría siendo indeterminado si un momento
espiritual, según que fuese originariamente más fuerte o más débil, tuviera
necesariamente que poseer, en el primer caso, un órgano cerebral más extenso y
en el segundo más contraído, o sí no tendría que ser más bien a la inversa. Y
otro tanto cabría decir acerca de si el desarrollo del momento espiritual
agranda o empequeñece el órgano, lo hace más pesado y más espeso o, por el
contrario, más fino. Y, al permanecer indeterminada la contextura de la causa,
quedará también indeterminada la manera como se ejerce la influencia sobre el
cráneo, sí dilatándolo o estrechándolo y contrayéndolo. Aunque determináramos
esta influencia, tal vez, con mayor precisión que como un estímulo, seguirá
siendo indeterminado sí actúa a la manera de un emplasto de cantáridas,
inflamatoriamente, o a la manera del vinagre, con acción reductora. Para cada
uno de estos pareceres cabría encontrar fundamentos plausibles, ya que la
relación orgánica que en todos los casos interviene aquí permite tanto el uno
como el otro y es indiferente con respecto a todo este entendimiento.
Pero la conciencia observadora no tiene por qué preocuparse tratando de
determinar esta relación. Pues lo que, en todo caso, se halla en uno de los
lados no es el cerebro como parte animal, sino el cerebro como ser de la
individualidad consciente de sí. Esta, como carácter permanente y obrar
consciente que se mueve a sí mismo, es para sí y en sí; a este ser para y en sí
se enfrenta su realidad y su ser allí para otro; el ser para y en sí es la
esencia y el sujeto que tiene en el cerebro un ser, que es subsumido bajo
aquella esencia y que sólo cobra su valor por medio de la significación
inmanente. Pero, el otro lado de la individualidad consciente de sí, el lado de
su existencia, es el ser como independiente y como sujeto, o como una cosa, a
saber, un hueso; la realidad y el ser allí del hombre es su hueso craneano. He
ahí la relación y el entendimiento que los dos lados de esta conexión tienen en
la conciencia que los observa. Ahora, esta conciencia tiene que ocuparse de la
relación más determinada entre los dos lados; el hueso craneano tiene sin duda,
en general, la significación de ser la realidad inmediata del espíritu. Pero la
multilateralidad del espíritu da a su ser allí la correspondiente multivocidad;
lo que se trata de obtener es la determinabilidad de la significación de los
distintos lugares en que se divide este ser allí; y es necesario ver cómo en
ellos se contiene la referencia a dicha significación. El cráneo no es un órgano
de actividad, ni es tampoco un movimiento que hable; no se roba, se asesina,
etc. con el cráneo, ni cuando se cometen estos actos se altera su gesto en lo
más mínimo, como en un gesto elocuente. Y este que es no tiene tampoco el valor
de un signo. El semblante y el gesto, el tono de voz, como la columna o el poste
plantados en una isla desierta, anuncian en seguida que tratan de suponer algo
distinto de aquello que sólo de un modo inmediato son. Ellos mismos se
manifiestan inmediatamente como signos, en cuanto encierran una determinabilidad
que se remite a algo distinto por el hecho de que no les pertenece de un modo
propio y peculiar. También, a la vista de un cráneo como el de Yorik en Hamlet
se pueden ocurrir diversas cosas; pero el hueso craneano, considerado como para
sí, es una cosa tan indiferente, tan escueta, que en él, inmediatamente, no
puede verse ni suponerse nada más que él mismo; recuerda, evidentemente, al
cerebro y su determinabilidad, al cráneo de otra formación, pero no a un
movimiento consciente, en cuanto que no lleva impreso en él un semblante ni un
gesto, ni nada que se anuncie como emanado de un obrar consciente; pues es
aquella realidad que debería presentar en la individualidad ese otro lado, el
lado que no sería ya ser reflejado en sí mismo, sino un ser puramente inmediato.
Y como, además, el cráneo no se siente a sí mismo, parece desprenderse tal vez
para él una significación más determinada a través de determinadas sensaciones
que dieran a conocer por la vecindad lo que con el cráneo se supone; y en cuanto
que un modo consciente del espíritu tiene su sentimiento en un determinado lugar
del cráneo, tal vez esta zona indique, en su figura, ese modo del espíritu y su
particularidad. A la manera como, por ejemplo, algunos, cuando concentran el
pensamiento o, en general, cuando piensan, se quejan de sentir una tensión
dolorosa en algún lugar de la cabeza, podría también ocurrir que el robar, el
asesinar, el hacer poesía, etc., cada uno de estos actos, fuese acompañado de
una sensación propia, que, además, debería estar localizada en una zona
particular. Esta zona del cerebro, que de este modo se movería más y sería más
activa, desarrollaría también, probablemente, más la zona vecina del cráneo; o
bien ésta, por simpatía o por consenso, no permanecería inerte, sino que
aumentaría o se reduciría o se modificaría del modo que fuese. Sin embargo, lo
que hace esta hipótesis inverosímil es el hecho de que el sentimiento es, en
general, algo indeterminado, y el sentimiento en la cabeza, en cuanto centro,
podría ser el consentimiento universal de toda pasividad, de tal modo que con el
cosquilleo o el dolor de cabeza del ladrón, el asesino o el poeta se mezclarían
otros sentimientos que no sería fácil distinguir entre sí ni de otros que
podrían llamarse meramente corpóreos, lo mismo que no es posible determinar la
enfermedad por el síntoma del dolor de cabeza, sí restringimos su significación
solamente a lo corpóreo.
En efecto, por cualquier lado que consideremos la cosa, desaparece toda relación
mutua necesaria, como desaparece también toda indicación expresada por sí misma.
Resta solamente, como necesaria, si la relación ha de establecerse, una libre
armonía preestablecida carente de concepto en la correspondiente determinación
de ambos lados, ya que uno de ellos tiene que ser realidad carente de espíritu,
una mera cosa. Se hallarán, pues, cabalmente, de un lado, una multitud de zonas
estáticas del cráneo y, de otro, una multitud de propiedades del espíritu, cuya
variedad y determinación dependerán del estado de la psicología. Y cuanto más
pobre sea la representación del espíritu, más facilitada se vera por este lado
la cosa; pues, de una parte, menor será el número de las propiedades y, de otra,
más aisladas, fijas y osificadas serán estas propiedades del espíritu y, de este
modo, tanto más parecidas a las determinaciones óseas y tanto más comparables a
ellas. Sin embargo, aunque se facilite en mucho por esta pobreza de la
representación del espíritu, siempre quedará en ambos lados una cantidad muy
grande de determinaciones, y ello hará que permanezca para la observación la
contingencia total de sus relaciones. Si cada uno de los hijos de Israel tuviera
que tomar de las arenas del mar, a las que todos ellos debían corresponder, el
grano de arena del que es símbolo, la indiferencia y arbitrariedad que
asignarían a cada uno de ellos el suyo serían tan grandes como las que suelen
asignar a cada capacidad del alma, a cada pasión y a lo que también habría que
tomar en consideración aquí, a los matices de los caracteres, de que acostumbran
a hablar la psicología más sutil y el más sutil conocimiento del hombre, sus
zonas craneanas y sus formas óseas. El cráneo del asesino no tiene este órgano o
este signo, sino esta protuberancia; pero este asesino tiene, además, multitud
de otras propiedades y de otras protuberancias y tiene, junta a éstas, partes
hundidas; se puede elegir entre las protuberancias y las depresiones. Y, a su
vez, su propensión al asesinato puede relacionarse con tales o cuales
protuberancias o depresiones y éstas, por su parte, con tales o cuales
propiedades, las que sean, pues ni el asesino es solamente esta abstracción de
un asesino ni tiene solamente un abultamiento y una depresión. Por tanto, las
observaciones que acerca de esto se hacen tienen exactamente el mismo valor que
la lluvia del tendero o del ama de casa en relación con la feria y con la ropa
puesta a secar. El tendero y el ama de casa podrían hacer también la observación
de que llueve siempre que pasa este vecino o se saca a la mesa el asado de
cerdo. Lo mismo que la lluvia es indiferente a estas circunstancias, también
para la observación es indiferente esta determinabilidad del espíritu con
respecto a este ser determinado del cráneo. En efecto, de los dos objetos de
este observar, el uno es un escueto ser para sí, una propiedad osificada del
espíritu, lo mismo que el otro es un escueto ser en sí; y, siendo ambos cosas
osificadas, cada uno de ellos es perfectamente indiferente con respecto a todo
lo demás; a la gran protuberancia le es tan indiferente el que se halle en su
vecindad un asesino como a éste el que la zona hundida se halle cerca de él.
Queda siempre, ciertamente, la posibilidad insalvable de que a una propiedad,
pasión, etc. se halle conectada una protuberancia en cualquier zona. Cabe
representarse al asesino con una gran protuberancia aquí, en esta zona del
cráneo y al ladrón con otra allí. En este respecto, la frenología es todavía
susceptible de una ampliación todavía mayor, pues por el momento parece
limitarse solamente a la conexión de una protuberancia con una propiedad en el
mismo individuo, de tal modo que éste posea ambas. Pero ya la frenología natural
-pues necesariamente tiene que existir ésta, lo mismo que existe una
fisiognómica natural- va más allá de este límite; no se limita a juzgar que un
hombre astuto tiene una protuberancia grande como un puño detrás de la oreja,
sino que se representa, además, que la esposa infiel tiene, no ella misma, sino
su cónyuge, ciertas protuberancias en la frente. Del mismo modo, cabría
representarse a quien vive bajo el mismo techo que el asesino o incluso a su
vecino y, llevando la cosa más allá, a sus conclusiones, etc. con grandes
protuberancias en cualquier zona del cráneo, del mismo modo que el coleóptero
acariciado por el cangrejo que saltó sobre el asno y después, etc. Pero sí la
posibilidad se toma, no en el sentido de la posibilidad de la representación,
sino de la posibilidad interna o del concepto, entonces el objeto es una
realidad tal que es y debe ser una pura cosa y sin semejante significación, que
sólo puede tener en la representación.
F) Las dotes y la realidad Si, a pesar de la indiferencia de ambos lados, el
observador se entrega, sin embargo, a la obra de determinar relaciones,
basándose para ello, en parte, en el fundamento racional universal de que lo
exterior es la expresión de lo interior, y en parte apoyándose en la analogía
con los cráneos de los animales -que, aunque puedan tener, ciertamente, un
carácter más simple que los humanos, es al mismo tiempo tanto más difícil decir
cuál tienen, ya que para la representación de cualquier hombre puede no resultar
tan fácil adentrarse certeramente en la naturaleza de un animal-, el observador
encontrará en la aseveración de las leyes que pretende haber descubierto una
excelente ayuda en una diferencia que necesariamente tiene que saltarnos a la
vista aquí. Se concederá, por lo menos, que el ser del espíritu no puede tomarse
como algo sencillamente fijo e inmutable. El hombre es libre; se concederá que
el ser originario es solamente un conjunto de dotes sobre las que el hombre
puede mucho o que necesitan de circunstancias favorables para llegar a
desarrollarse; es decir, que un ser originario del espíritu debe enunciarse
también como algo que no existe como ser. Por tanto, si las observaciones se
hallan en contradicción con aquello que a uno se le ocurre aseverar como ley; si
se tratase del tiempo que hace coincidiendo con la feria o con la ropa puesta a
secar, el tendero o el ama de casa podrían decir que debiera propiamente llover
y que, sin embargo, se halla presente la disposición a ello; y lo mismo ocurre
con las observaciones sobre el cráneo: con la observación de que este individuo
debiera ser propiamente como el cráneo lo enuncia con arreglo a ley y de que
tiene una disposición originaria, pero que no ha llegado a desarrollarse; esta
cualidad no se halla presente, pero debiera estarlo. La ley y el deber ser se
basan en la observación de la lluvia real y del sentido real en esta
determinabilidad del cráneo; pero si la realidad no se halla presente, tanto
vale la posibilidad vacía. Esta posibilidad, es decir, la no realidad de la ley
establecida y, por ende, las observaciones que la contradicen, tienen que
irrumpir cabalmente por el hecho de que la libertad del individuo y las
circunstancias propicias al desarrollo son indiferentes con respecto al ser en
general, tanto con respecto a este ser como interior originario cuanto como
exterior osificado, y de que el individuo puede ser también algo distinto de lo
que originariamente y en lo interior es y, con mayor razón aun, algo distinto de
un hueso.
Estamos, por tanto, ante la posibilidad de que esta protuberancia o este
hundimiento del cráneo sea tanto algo real como también solamente una
disposición y una disposición, además, indeterminada con respecto a cualquier
cosa, y de que el cráneo designe algo no real; vemos que conduce, como siempre,
a una mala excusa y que puede invocarse en contra de aquello que precisamente
trata de sostener. Vemos que la suposición se ve conducida por la naturaleza de
la cosa a decir lo contrario de lo que tiene por seguro, pero a decirlo de un
modo carente de pensamiento; -a decir que por medio de este hueso se indica
algo, pero también y del mismo modo que no se indica nada.
Lo que flota confusamente ante la suposición misma en esta excusa es el
pensamiento verdadero, que cancela precisamente la suposición, de que el ser
como tal no es en general la verdad del espíritu. Del mismo modo que ya la
disposición es un ser originario que no toma parte en la actividad del espíritu,
también el hueso es, a su vez, un ser de ese tipo. Lo que es sin la actividad
espiritual es una cosa para la conciencia y hasta tal punto no es su esencia que
es más bien lo contrario de ella y la conciencia sólo es real para sí mediante
la negación y la cancelación de semejante ser. Por este lado, debe considerarse
que se reniega totalmente de la razón cuando se quiere hacer pasar un hueso por
el ser allí real de la conciencia; y eso es lo que se hace al considerarlo como
lo exterior del espíritu, pues lo exterior es precisamente la realidad que es. Y
de nada sirve decir que partiendo de este algo exterior no se hace sino inferir
lo interior, que es algo distinto y que lo exterior no es lo interior mismo,
sino solamente su expresión. En efecto, en la relación entre ambos recae
precisamente del lado de lo interior la determinación de la realidad que se
piensa y es pensada y del lado de lo exterior la de la realidad que es. Cuando,
por tanto, se dice a un hombre: tú (tu interior eres esto porque tu cráneo tiene
tal o cual constitución, eso sólo quiere decir una cosa, y es que yo considero
un hueso como tu realidad. La replica a semejante juicio mediante una bofetada,
a que nos referíamos a propósito de la fisiognómica, hace, ante todo, que las
partes blandas pierdan su prestigio y sean desplazadas de su situación y sólo
demuestra una cosa: que estas partes no son un en sí verdadero, no son la
realidad del espíritu -aquí, la replica debería ir, en rigor, hasta hundir el
cráneo de quien así juzga, demostrando así de un modo tan de bulto como lo es su
sabiduría que un hueso, para el hombre, no es nada en sí, y menos aun su
verdadera realidad.
El tosco instinto de la razón consciente de sí rechazará sin examen semejante
ciencia frenológica - rechazará este otro instinto observador de la razón que,
habiendo llegado hasta el vislumbre del conocimiento, ha captado éste del modo
carente de espíritu en que lo exterior es expresión de lo interior. Pero, cuanto
más malo es el pensamiento menos resalta, a veces, en qué reside de un modo
determinado su falla y tanto más difícil resulta aislarla. En efecto, el
pensamiento se dice tanto más malo cuanto más pura y más vacía es la abstracción
que vale como su esencia. Sin embargo, la oposición que aquí importa tiene como
términos la individualidad consciente de sí y la abstracción de la exterioridad
totalmente convertida en cosa, aquel ser interior del espíritu aprehendido como
ser fijo y carente de espíritu, contrapuesto cabalmente a tal ser. Pero, con
ello, la razón observadora parece haber llegado, en efecto, a su punto
culminante, a partir del cual debe necesariamente abandonarse a sí misma e
invertirse, ya que sólo lo absolutamente malo lleva en sí la necesidad inmediata
de invertirse. Del mismo modo, puede decirse del pueblo judío que precisamente
por hallarse directamente ante las puertas de la salvación es y ha sido el más
reprobado de todos los pueblos; no es él mismo lo que en y para sí debiera ser,
no es autoesencia, sino que la desplaza más allá de sí; y mediante esta
enajenación se hace posible una existencia más alta, aquella en que podría
recobrar en sí su objeto, existencia más alta que si hubiese permanecido quieto
dentro de la inmediatez del ser; en efecto, el espíritu es tanto más grande
cuanto mayor es la oposición de la que retorna a sí mismo; pero esta oposición
la forma el espíritu en la superación de su unidad inmediata y en la enajenación
de su ser para sí. Sin embargo, si semejante conciencia no llega a reflejarse,
el término medio en que se mantiene es el vacío desventurado, por cuanto que lo
que debería llenar ese vacío se ha convertido en un extremo rígido. Por donde
esta última fase de la razón observadora es la peor de todas, pero ello mismo
hace necesaria su inversión.
G) Conclusión. La identidad de coseidad y razón
Una ojeada de conjunto sobre la serie de relaciones que hemos venido
considerando y que constituyen el contenido y el objeto de la observación
muestra que ya en su primer modo, en la observación de las relaciones de la
naturaleza inorgánica desaparece ante ella el ser sensible; los momentos de su
relación se presentan como puras abstracciones y como conceptos simples que
debieran estar firmemente unidos con el ser allí de las cosas, pero este ser
allí se pierde, de tal modo que el momento se muestra como puro movimiento y
como universal. Este proceso libre acabado en sí mismo retiene la significación
de algo objetivo, pero surge como un uno; en el proceso de lo inorgánico, lo uno
es lo interior no existente; y como uno existente es lo orgánico. Lo uno se
enfrenta, como ser para sí o esencia negativa, a lo universal, se sustrae a esto
y permanece libre para sí, de tal modo que el concepto, realizado realisiert
solamente en el elemento de la singularización absoluta no encuentra en la
existencia Existenz orgánica su verdadera expresión de ser allí como universal,
sino que permanece algo exterior o, lo que es lo mismo, un interior de la
naturaleza orgánica. El proceso orgánico sólo es libre en sí, pero no lo es para
sí mismo; en el fin entra el ser para sí de su libertad, existe como otra
esencia, como una sabiduría consciente de ella misma, que es fuera de aquél. La
razón observadora se vuelve, por tanto, a esta sabiduría, al espíritu, al
concepto existente como universalidad o al fin existente como fin; y su propia
esencia es de ahora en adelante, para ella, el objeto.
Se vuelve primeramente hacia su pureza; pero, en tanto que es aprehensión del
objeto que se mueve en sus diferencias como un algo que es, las leyes del
pensamiento se convierten para ella en relaciones de lo permanente con lo
permanente; ahora bien, como el contenido de estas leyes no es más que un
conjunto de momentos, se pierden todas ellas en lo uno de la autoconciencia.
Este nuevo objeto, tomado asimismo como lo que es, es la autoconciencia singular
y fortuita; por tanto, el observar se mantiene dentro del espíritu supuesto y de
la relación fortuita entre la realidad consciente y la inconsciente. El objeto
es en sí solamente la necesidad de esta relación; por tanto, la observación lo
aborda de cerca y compara su realidad volitiva y activa con su realidad
reflejada en sí y que se limita a considerar, que es ella misma una realidad
objetiva. Este exterior, aunque sea un lenguaje del individuo, que éste tiene en
sí mismo, es, al mismo tiempo, como signo, algo indiferente con respecto al
contenido que debiera designar, lo mismo que lo que se pone como el signo es
indiferente con respecto a esto.
De este lenguaje mudable la observación retorna, por tanto, finalmente, al ser
fijo y enuncia de acuerdo con su concepto que la exterioridad, no como órgano ni
tampoco como lenguaje y como signo, sino como cosa muerta, es la realidad
exterior e inmediata del espíritu. Lo que ha sido superado de la primerísima
observación de la naturaleza inorgánica, a saber, el que el concepto debiera
hallarse presente como cosa, es instaurada por este modo final de la observación
de tal manera que convierte la realidad del espíritu mismo en una cosa o,
expresado a la inversa, da al ser muerto la significación del espíritu. De este
modo, la observación llega al punto de enunciar lo que era nuestro concepto de
ella, a saber, que la certeza de la razón se busca a sí misma como realidad
objetiva. No se trata de decir con ello, ciertamente, que el espíritu, que se
representa como un cráneo, sea enunciado como cosa; en este pensamiento no debe
ir implicado ningún materialismo, como se le llama, sino que el espíritu debe
ser más bien algo distinto de este hueso; pero el que es no significa, a su vez,
sino que es una cosa. Si el ser como tal o el ser cosa es predicado del
espíritu, ello es, por tanto, la verdadera expresión de que el espíritu es algo
tal como un hueso. Hay que considerar, por consiguiente, de la más alta
importancia el que se haya encontrado la verdadera expresión del hecho de que se
diga puramente del espíritu que es. Cuando, por lo demás, se dice del espíritu
que es, que tiene un ser, que es una cosa, una realidad singular, no se supone
con ello algo que pueda verse o tomarse en la mano, tropezarse con ello, etc.,
pero sí se dice eso; y lo que en verdad se dice se expresa, por tanto, al decir
que el ser del espíritu es un hueso.
Este resultado tiene, ahora, una doble significación, que es, en primer lugar,
su significación verdadera, en la medida en que es un complemento del resultado
del precedente movimiento de la autoconciencia. La autoconciencia desventurada
se ha enajenado su independencia y ha pugnado para convertir su ser para sí en
cosa. Ha retornado con ello de la autoconciencia a la conciencia, es decir, a la
conciencia para la que el objeto es un ser, una cosa; pero esto, lo que es cosa,
es la autoconciencia, es, por tanto, la unidad del yo y del ser, la categoría.
En tanto que el objeto es determinado así para la conciencia, ella tiene razón.
La conciencia, lo mismo que la autoconciencia, es en sí propiamente razón; pero
solamente de la conciencia para la que el objeto se ha determinado como la
categoría puede decirse que tiene razón -pero algo distinto de esto es todavía
el saber qué es la razón. La categoría, que es la unidad inmediata del ser y de
lo suyo, tiene necesariamente que recorrer ambas formas, y la conciencia
observadora es precisamente aquella ante la que la categoría se presenta en la
forma del ser. En su resultado, esta conciencia expresa aquello cuya certeza
carente de conciencia es como proposición -como la proposición que radica en el
concepto de la razón. Esta proposición es el juicio infinito según el cual el sí
mismo es una cosa –un juicio que se supera a sí mismo. A través de este
resultado se añade, por tanto, a la categoría, algo determinado, el que es esta
oposición que se supera. La pura categoría, que es para la conciencia en la
forma del ser o de la inmediatez, es el objeto todavía no mediado, solamente
presente, y la conciencia un comportamiento asimismo no mediado. El momento de
aquel juicio infinito es el tránsito de la inmediatez a la mediación o
negatividad. Por tanto, el objeto presente se determina como un objeto negativo
y la conciencia como la autoconciencia con respecto a él, o la categoría, que ha
recorrido la forma del ser en el observar, se pone ahora en la forma del ser
para sí; la conciencia no quiere ya encontrarse de un modo inmediato, sino
hacerse surgir a sí misma a través de su actividad. Ella misma es para ella el
fin de su obrar, mientras que en el observar solamente le importaban las cosas.
La otra significación del resultado es la que ya hemos considerado, la de la
observación carente de concepto. Esta observación no sabe captarse y expresarse
más que enunciando sin más como la realidad de la autoconciencia el hueso, tal y
como éste se encuentra como cosa sensible, que, al mismo tiempo, no pierde su
objetividad para la conciencia. Pero no tiene tampoco claridad alguna de
conciencia acerca de esto que dice, y no capta su proposición en la
determinabilidad de su sujeto y predicado y en la relación entre ellos, y menos
aun en el sentido del juicio infinito que se resuelve a sí mismo y del concepto.
En virtud de una autoconciencia del espíritu más profunda que se manifiesta aquí
como una honestidad natural, se oculta más bien la ignominia del pensamiento
escueto carente de concepto que consiste en tomar un hueso por la realidad de la
autoconciencia y lo adorna, con la misma carencia de pensamiento, intercalando
en él diversas relaciones de causa y efecto, de signo, órgano, etc., que aquí no
tienen ningún sentido, y disimulando lo que esta proposición tiene de tajante
mediante las distinciones que de ella se derivan. Las fibras cerebrales y otras
cosas por el estilo, consideradas como el ser del espíritu, son ya una realidad
pensada, puramente hipotética -no la realidad que es allí, sentida, vista y
verdadera; cuando son allí, cuando son vistas, son objetos muertos y ya no valen
como el ser del espíritu. Pero la objetividad propiamente dicha debe ser una
realidad inmediata, sensible, de tal modo que el espíritu es puesto en ella como
muerto, como real -pues el hueso es lo muerto, en tanto que es en lo vivo mismo.
El concepto de esta representación es que la razón es para ella misma toda
coseidad, incluso la coseidad puramente objetiva misma; pero es esto en el
concepto, o solamente el concepto es su verdad; y cuanto más puro sea el
concepto mismo, más desciende y se degrada para convertirse en una vana
representación, si su contenido es como representación y no como concepto -Si el
juicio que se supera a sí mismo no se toma con la conciencia de esta su
infinitud, sino como una proposición permanente y su sujeto y predicado valen
cada uno de ellos para sí, fijándose el sí mismo como sí mismo, la cosa como
cosa, a pesar de que lo uno debe ser lo otro. La razón, esencialmente el
concepto, se escinde de un modo inmediato en sí mismo y en su contrario,
oposición que precisamente por ello se supera de un modo igualmente inmediato.
Pero, ofreciéndose así como el sí mismo y como su contrario y manteniéndose así
firmemente en el momento totalmente singular de este desdoblamiento, es
aprehendida irracionalmente; y cuanto más puros sean los momentos de ella, más
tajante será la manifestación de este contenido, el cual o bien será solamente
para la conciencia o bien será ingenuamente enunciado por ella. La profundidad
que el espíritu extrae del interior, pero que sólo empuja hasta llevarla a su
conciencia representativa, para dejarla en ésta -y la ignorancia de esta
conciencia acerca de lo que es lo que ella dice, es la misma conexión de lo
elevado y lo ínfimo que la naturaleza expresa ingenuamente en lo viviente, al
combinar el órgano de su más alta perfección, que es el órgano de la
procreación, con el órgano urinario. El juicio infinito como infinito sería la
perfección de la vida que se comprende a sí misma; en cambio, la conciencia de
la vida que permanece en la representación se comporta como el orinar.
LA REALIZACIÓN DE LA AUTOCONCIENCIA RACIONAL POR SÍ MISMA
La autoconciencia ha encontrado la cosa como sí misma y se ha encontrado a sí
misma como cosa; es decir, para la autoconciencia la cosa es en sí la realidad
objetiva. No es ya la certeza inmediata de ser toda realidad, sino una certeza
para la que lo inmediato en general tiene la forma de algo superado, de tal modo
que su objetividad solamente vale como la superficie cuyo interior y esencia es
la autoconciencia misma.
Por tanto, el objeto con que ésta se relaciona de un modo positivo es una
autoconciencia; este objeto es en la forma de la coseidad, es decir, es
independiente; pero la autoconciencia tiene la certeza de que este objeto
independiente no es algo extraño para ella; sabe, así, que es reconocida en sí
por él; la autoconciencia es el espíritu que abriga la certeza de tener la
unidad consigo misma en la duplicación de su autoconciencia y en la
independencia de ambas. Esta certeza es la que ahora tiene que elevarse ante él
a verdad; lo que vale para ella, el que sea en sí y en su certeza interior, debe
entrar en su conciencia y llegar a ser para ella. A) La dirección inmediata del
movimiento de la conciencia de sí; el reino de la ética
Cuáles serán las estaciones universales de esta realización lo caracteriza ya,
en general, la comparación con el camino recorrido hasta aquí. En efecto, lo
mismo .que la razón observadora repetía en el elemento de la categoría el
movimiento de la conciencia, a saber, la certeza sensible, el percibir y el
entendimiento, la razón recorrerá también de nuevo el doble movimiento de la
autoconciencia y pasará de la independencia a su libertad. Primeramente, esta
razón activa sólo es consciente de sí misma como un individuo y debe, como tal,
postular y hacer brotar su realidad en el otro; en segundo lugar, al elevarse su
conciencia a universalidad, deviene razón universal y es consciente de sí como
razón, como un en y para sí ya reconocido, que aúna en su pura conciencia toda
autoconciencia; es la esencia espiritual simple, que, al llegar al mismo tiempo
a la conciencia, es la sustancia real dentro de la cual las formas anteriores
retornan como a su fundamento, de tal modo que sólo son, con respecto a éste,
momentos singulares de su devenir, que aunque se desgajan y se manifiestan como
figuras propias, de hecho sólo tienen ser allí y realidad en cuanto sostenidas
por dicho fundamento, y sólo tienen su verdad en tanto que son y permanecen en
él mismo.
Si tomamos en su realidad Realität esta meta que es el concepto que ha nacido ya
para nosotros -a saber, la autoconciencia reconocida que tiene la certeza de sí
misma en la otra autoconciencia libre y que tiene precisamente en ella su
verdad- o si destacamos este espíritu todavía interior como la sustancia que ha
llegado ya hasta su ser allí, se abre en este concepto el reino de la ética.
Este no es, en efecto, otra cosa que la unidad espiritual absoluta de su esencia
en la realidad independiente de los individuos; una autoconciencia en sí
universal que es a sí tan real en otra conciencia, que tiene esta perfecta
independencia o es una cosa para ella y que precisamente en esto es consciente
de la unidad con el otro y sólo en esta unidad con esta esencia objetiva es
autoconciencia. Esta sustancia ética en la abstracción de la universalidad es
solamente la ley pensada, pero es también, de un modo no menos inmediato,
autoconciencia real, o es el hábito ético. Y, a la inversa, la conciencia
singular es solamente este uno que es, en tanto que es consciente de la
conciencia universal en su singularidad como su propio ser, en cuanto que su
obrar y su existencia son el hábito ético universal.
En la vida de un pueblo es donde, de hecho, encuentra su realidad Realität
consumada el concepto de la realización de la razón consciente de sí, donde esta
realización consiste en intuir en la independencia del otro la perfecta unidad
con él o en tener por objeto como mi ser para mí esta libre coseidad de un otro
previamente encontrada por mi, que es lo negativo de mí mismo. La razón se halla
presente como la sustancia universal fluida, como la coseidad simple inmutable,
que irradia en muchas esencias totalmente independientes como la luz irradia en
las estrellas como innumerables puntos luminosos para sí, que en su absoluto ser
para sí no sólo se disuelven en la simple sustancia independiente, sino que son
también para sí mismos; son conscientes de ser estas esencias independientes
singulares por el hecho de que sacrifican su singularidad y de que esta
sustancia universal es su alma y su esencia; del mismo modo que este universal
es, a su vez, su acción como esencias singulares o la obra producida por ellas.
El obrar y afanarse puramente singulares del individuo se refieren a las
necesidades que éste tiene como esencia natural, es decir, como singularidad que
es. Si incluso estas sus funciones más corrientes no se reducen a la nada, sino
que tienen realidad, ello se debe al médium universal que sostiene al individuo,
al poder del todo el pueblo. Pero el individuo no encuentra, en general, en la
sustancia universal solamente esta forma de subsistencia de su actuar, sino
también, igualmente, su contenido; lo que el individuo hace es la capacidad y el
hábito ético universales de todos. Este contenido, en tanto que se singulariza
totalmente está, en su realidad, circunscrito dentro del actuar de todos. El
trabajo del individuo para satisfacer sus necesidades es tanto una satisfacción
de las necesidades de los otros como de las suyas propias, y sólo alcanza la
satisfacción de sus propias necesidades por el trabajo de los otros. Así como el
individuo lleva ya a cabo en su trabajo singular, inconscientemente, un trabajo
universal, lleva a cabo, a su vez, el trabajo universal como un objeto
consciente; el todo se convierte en obra suya como totalidad, obra a la que se
sacrifica y precisamente así se recobra a sí mismo desde esta totalidad. No hay
aquí nada que no sea recíproco, nada en que la independencia del individuo no
cobre su significación positiva del ser para sí en la disolución de su ser para
sí en la negación de sí mismo. Esta unidad del ser para otro o del hacerse cosa
y del ser para sí, esta sustancia universal, habla su lenguaje universal en las
costumbres y leyes de su pueblo; pero esta esencia inmutable que es no es sólo
la expresión de la individualidad singular misma que parece contrapuesta a ella;
las leyes expresan lo que cada singular es y hace; el individuo no sólo las
reconoce como su coseidad objetiva universal, sino que se reconoce asimismo en
ella, o se reconoce como singularizado en su propia individualidad y en cada uno
de sus conciudadanos. Por tanto, solamente en el espíritu universal tiene cada
uno la certeza de sí mismo, o sea la certeza de no encontrar en la realidad que
es más que a sí mismo; está tan cierto de los otros como de sí. Intuyo en todos
que son para sí mismos solamente esta esencia independiente, como lo soy yo;
intuyo en ellos la libre unidad con los otros, de tal modo que ella es a través
de mí lo mismo que a través de los otros; los intuyo a ellos como yo, y me
intuyo a mí como ellos.
En un pueblo libre se realiza, por tanto, en verdad la razón; ésta es el
espíritu vivo presente, en que el individuo no sólo encuentra expresado su
destino, es decir, su esencia universal y singular, y la encuentra presente como
coseidad, sino que él mismo es esta esencia y ha alcanzado también su destino.
De ahí que los hombres más sabios de la antigüedad hayan formulado la máxima de
que la sabiduría y la virtud consisten en vivir de acuerdo con las costumbres de
su pueblo.
B) El movimiento inverso contenido en esta dirección; La esencia de la moralidad
Sin embargo, de esta dicha que consiste en haber alcanzado su destino y vivir en
él ha salido fuera la autoconciencia, que primeramente sólo de un modo inmediato
y de acuerdo con el concepto es espíritu, aunque también podríamos decir que aun
no lo ha alcanzado, pues ambas cosas podrían decirse del mismo modo.
La razón tiene necesariamente que salir fuera de esta dicha; pues sólo en sí o
de un modo inmediato es la vida de un pueblo libre la eticidad real-real, o es
una eticidad que es, con lo cual este espíritu universal es también él mismo un
espíritu singular y la totalidad de las costumbres y las leyes una sustancia
ética determinada, que sólo en el momento superior, a saber, en la conciencia de
su esencia, se despoja de la limitación, y sólo en este reconocimiento, pero no
inmediatamente en su ser, tiene su verdad absoluta; en este ser es, en parte,
una sustancia limitada y, en parte, la limitación absoluta consistente
precisamente en que el espíritu es en la forma del ser.
Además, la conciencia singular, tal como tiene de un modo inmediato su
existencia en la eticidad real-real o en el pueblo, es una confianza firme, en
la que el espíritu no se ha resuelto en sus momentos abstractos y que, por
tanto, no se sabe tampoco como ser para sí como pura singularidad. Pero, cuando
llega a este pensamiento, como necesariamente tiene que llegar, se pierde esta
unidad inmediata con el espíritu o su ser en él, pierde su confianza; aislada
para sí, la conciencia singular es para sí misma la esencia, y no ya el espíritu
universal. El momento de esta singularidad de la autoconciencia es, ciertamente,
en el espíritu universal mismo, pero sólo como una magnitud llamada a
desaparecer, que, al surgir para sí, se disuelve también de un modo inmediato en
aquél y llega a la conciencia solamente como confianza. Al ser fijado así
-y todo momento, por ser un momento de la esencia, tiene necesariamente que
llegar él mismo a presentarse como esencia-, el individuo se ha enfrentado a las
leyes y a las costumbres; éstas sólo son un pensamiento sin esencialidad
absoluta, una teoría abstracta sin realidad; y el individuo es para sí, como
este yo, la verdad viva. O bien la autoconciencia no ha alcanzado aun esta dicha
de ser la sustancia ética, el espíritu de un pueblo. Pues, al retornar de la
observación, el espíritu no se ha realizado todavía, por el momento, como tal y
por sí mismo; sólo se ha puesto como esencia interior o como la abstracción. O
es primeramente de modo inmediato; pero lo que es de modo inmediato es un
singular; es la conciencia práctica, que avanza hacia el mundo con que se ha
encontrado con el fin de duplicarse en esta determinabilidad de un singular, de
engendrarse a sí mismo como un éste en tanto que su contraimagen que es y de
devenir consciente de esta unidad de su realidad con la esencia objetiva. La
conciencia práctica tiene la certeza de esta unidad; da por valedero que esta
unidad se halla ya presente en sí o que se halla ya presente esta coincidencia
de sí y de la coseidad, pero que sólo llegará a devenir para ella a través de
ella misma o que su hacer es también el encontrar aquella unidad. Y, como esta
unidad se llama dicha, este individuo será enviado, así, por su espíritu al
mundo a la búsqueda de su dicha.
Así, pues, si la verdad de esta autoconciencia racional es para nosotros la
sustancia ética, para ella se encuentra aquí el comienzo de su experiencia ética
del mundo. Visto por el lado de que no ha llegado aun a la sustancia ética, este
movimiento impulsa hacia ella; y lo que en ella se supera son los momentos
singulares que la autoconciencia racional considera válidos como aislados. Estos
momentos tienen la forma de un querer inmediato o de un impulso natural, el cual
alcanza su satisfacción, que es a su vez el contenido de un nuevo impulso. Pero,
vista la cosa por el lado de que la autoconciencia ha perdido la dicha de ser en
la sustancia, estos impulsos naturales se hallan unidos a la conciencia de su
fin como el verdadero destino y esencialidad; la sustancia ética ha descendido a
un predicado carente del sí y cuyos sujetos vivos son los individuos que tienen
que cumplir su universalidad por sí mismos y velar ellos mismos por su destino.
Por tanto, en aquella significación, aquellas figuras son el devenir de la
sustancia ética y la preceden; en esta otra, la siguen y revelan a la
autoconciencia cuál es su destino; de acuerdo con el primer lado, en el
movimiento en que se experimenta cuál es su verdad, se pierde la inmediatez o la
tosquedad de los impulsos y el contenido de éstos pasa a ser un contenido más
alto; en cambio, por este otro lado, lo que se pierde es la falsa representación
de la conciencia que pone su destino en aquellos impulsos. Según aquel lado, la
meta que los impulsos alcanzan es la sustancia ética inmediata; en cambio, según
éste, es la conciencia de la misma, una conciencia que ella sabe como su propia
esencia; y en este sentido, sería este movimiento el devenir de la moralidad, de
una figura superior a aquélla. Sin embargo, estas figuras constituyen, al mismo
tiempo, solamente un lado de su devenir, a saber, aquel que cae en el ser para
sí o en el que la conciencia supera sus fines, y no el lado con arreglo al cual
surge de la sustancia misma. Y como estos momentos no pueden tener todavía la
significación de ser convertidos en fines en oposición con la eticidad perdida,
valen aquí, ciertamente, según su contenido espontáneo, y la meta hacia la que
impulsan es la sustancia ética. Pero, al hallarse más cerca de nuestros tiempos,
aquella forma de los mismos momentos bajo la que se manifiestan después que la
conciencia ha perdido su vida ética y repite en su búsqueda aquellas formas, se
los puede representar aquí más bien en la expresión de este modo.
La autoconciencia, que primero es solamente el concepto del espíritu, aborda
este camino en la determinabilidad de ser ella misma la esencia como espíritu
singular; y su fin es, por tanto, el de darse la realización como un singular y
el de gozar de sí mismo como tal, en ella.
En la determinación de ser ella misma la esencia como lo que es para sí, esta
autoconciencia es la negatividad del otro; en su conciencia, ella misma se
enfrenta, por tanto, como lo positivo, a algo que ciertamente es, pero que tiene
para ella la significación de algo que no es en sí; la conciencia se manifiesta
escindida en esta realidad encontrada y en el fin que cumple mediante la
superación de dicha realidad y que convierte en realidad en vez de aquélla. Pero
su primer fin es su inmediato ser para sí abstracto o el intuirse a sí misma,
como este individuo, en otro, o intuir otra autoconciencia como sí misma. La
experiencia de lo que es la verdad de este fin eleva a la autoconciencia a un
plano más alto y se convierte a partir de ahora en fin de ella, en cuanto que es
al mismo tiempo universal y tiene la ley de un modo inmediato en ella misma.
Pero, al cumplir esta ley de su corazón, experimenta que la esencia singular no
se mantiene aquí, sino que el bien sólo puede cumplirse mediante el sacrificio
de ella, y la autoconciencia deviene virtud. La experiencia que ésta hace no
puede ser otra que la de que su fin está ya cumplido en sí, de que la dicha se
encuentra de un modo inmediato en la acción misma y de que la misma acción es el
bien. El concepto de toda esta esfera, de que la coseidad es el ser para sí del
espíritu mismo, deviene su movimiento para la autoconciencia. Al encontrarlo, la
autoconciencia es, pues, para sí misma realidad Realität, como individualidad
que se expresa de modo inmediato, que no encuentra ya resistencia en una
realidad contrapuesta y para la que solamente esta expresión misma es objeto y
fin.
EL PLACER Y LA NECESIDAD
La autoconciencia, que se es a sí en general la realidad Realität, tiene su
objeto en ella misma, pero como un objeto que primeramente sólo tiene para sí y
que no es aun algo que es; el ser se enfrenta a ella como una realidad otra que
la suya; y aquélla tiende a intuirse como otra esencia independiente llevando a
cabo plenamente su ser para sí. Este primer fin es llegar a ser consciente de
sí, como esencia singular, en la otra autoconciencia o hacer a este otro sí
mismo; la autoconciencia tiene la certeza de que en sí este otro es ya ella
misma. En tanto se ha elevado a su ser para sí desde la sustancia ética y el ser
quieto del pensamiento, deja tras sí como una sombra gris, llamada a
desaparecer, la ley de lo ético y del ser allí, los conocimientos de la
observación y la teoría; pues esto es más bien un saber de algo cuyo ser para sí
y cuya realidad son otros que los de la autoconciencia. No ha penetrado en ello
el espíritu que parece celestial de la universalidad del saber y el obrar, en el
que enmudecen la sensación y el goce de la singularidad, sino el espíritu
terrenal, para el que sólo vale como la verdadera realidad el ser que es la
realidad de la conciencia singular. Desprecia al entendimiento y a la ciencia,
Que son del hombre los supremos dones. Se ha entregado en brazos del demonio Y
tiene necesariamente que perecer. "(n.2) Se precipita, pues, hacia la vida y
lleva hacia su cumplimiento la pura individualidad, en la cual surge. Más que a
construir su dicha, se entrega a tomarla y disfrutarla de un modo inmediato. Las
sombras de la ciencia, las leyes y los principios, que son lo único que se
interpone entre ella y su propia realidad desaparecen como una niebla carente de
vida, que no puede asumirla con la certeza de su realidad Realität; la
autoconciencia toma la vida como se cosecha un fruto maduro, que se ofrece a la
mano del mismo modo que ésta lo toma. A) El placer
Su acción es solamente con arreglo a uno de sus momentos una acción de
apetencia; no tiende a la cancelación de toda la esencia objetiva, sino
solamente a la forma de su ser otro o de su independencia, que es una apariencia
carente de esencia, pues en sí vale para la autoconciencia como la misma esencia
o su mismeidad. El elemento en el que subsisten, indiferentes e independientes
el uno con respecto al otro, la apetencia y su objeto, es el ser allí vivo; el
goce de la apetencia supera esta existencia, en tanto corresponde a su objeto.
Pero aquí este elemento, que da a ambos realidad particular, es más bien la
categoría, un ser que es esencialmente un ser representado; es, por tanto, la
conciencia de la independencia -ya sea la conciencia natural o la conciencia
educada en o para un sistema de leyes y que mantiene a los individuos cada uno
para sí. En sí, esta separación no es para la autoconciencia, que sabe la otra
como su propia mismeidad. Llega, pues, al goce del placer, a la conciencia de su
realización, en una conciencia que se manifiesta como independiente, o llega a
la intuición de la unidad de ambas autoconciencias independientes. Alcanza su
fin, pero experimenta precisamente en ello lo que es la verdad del mismo. Se
concibe como esta esencia singular que es para sí, pero la realización de este
fin es, a su vez, la superación de él; pues la autoconciencia no se convierte
para sí misma en objeto como esta autoconciencia singular, sino más bien como
unidad de sí misma y de la otra autoconciencia y, de este modo, como singular
superado o como universal.
B) La necesidad
El placer gozado tiene, sin duda, la significación positiva de haber devenido sí
mismo como autoconciencia objetiva, pero también la significación negativa de
haberse superado a sí mismo; y, como la autoconciencia sólo concebía su
realización en la primera de las dos significaciones, su experiencia entra como
contradicción en su conciencia, donde la realidad alcanzada de su singularidad
ve cómo es aniquilada por la esencia negativa, que, carente de realidad, se
enfrenta vacía a aquélla y es, sin embargo, la potencia que la devora. Esta
esencia no es otra cosa que el concepto de lo que esta individualidad es en sí.
Sin embargo, ésta es todavía la más pobre figura del espíritu que se realiza a
sí mismo; pues no es ante sí sino la abstracción de la razón o la inmediatez de
la unidad del ser para sí y del ser en sí; su esencia sólo es, por tanto, la
categoría abstracta. Sin embargo, no tiene ya la forma del ser inmediato,
simple, como el espíritu observador, en que es el ser abstracto o, puesto como
algo extraño, la coseidad en general. En esta coseidad entran, aquí, el ser para
sí y la mediación. Por tanto, la individualidad surge, ahora, como un círculo
cuyo contenido es la pura relación desarrollada de las esencialidades simples.
La realización alcanzada por esta individualidad sólo consiste, por
consiguiente, en que haya hecho salir este círculo de abstracciones del
confinamiento de la autoconciencia simple al elemento del ser para ella o del
despliegue objetivo. Por tanto, lo que en el placer que se goza se convierte
para la autoconciencia en objeto como su esencia es el despliegue de aquellas
esencialidades vacías, de la pura unidad, de la pura diferencia y de su
relación; fuera de esto, el objeto que la individualidad experimenta como su
esencia no tiene otro contenido. Es lo que se llama la necesidad; pues la
necesidad, el destino, etc. es precisamente aquello de lo que no sabe decirse
qué hace, cuáles son sus leyes determinadas y su contenido positivo, porque es
el puro concepto absoluto mismo intuido como ser, la relación simple y vacía,
pero incontenible e indestructible, cuya obra es solamente la nada de la
singularidad. La necesidad es esta cohesión firme, porque lo coherente son las
puras esencialidades o las abstracciones vacías; unidad, diferencia y relación
son categorías cada una de las cuales no es nada en y para sí, sino solamente en
relación con su contrario y que, por tanto, no pueden desglosarse. Se refieren
la una a la otra por medio de su concepto, pues son los puros conceptos mismos;
y esta relación absoluta y este movimiento abstracto constituyen la necesidad.
Por tanto, la individualidad solamente singular que sólo empieza teniendo por
contenido el concepto puro de la razón, en vez de haberse precipitado de la
teoría muerta a la vida, lo que ha hecho más bien ha sido precipitarse solamente
a la conciencia de la propia carencia de vida y sólo participa de sí como la
necesidad vacía y extraña, como la realidad muerta.
C) La contradicción en la autoconciencia
El tránsito se opera de la forma del uno a la forma de la universalidad, de una
abstracción absoluta a otra, del fin del puro ser para sí que ha rechazado la
comunidad con otros, al puro contrario, que es con ello un ser en sí igualmente
abstracto. Esto se manifiesta, así, de tal modo que el individuo se ha limitado
a ir al fondo y la absoluta esquivez de la singularidad se pulveriza al chocar
con la realidad, igualmente dura, pero continua. Por cuanto que el individuo es,
como conciencia, la unidad de sí mismo y de su contrario, este ir al fondo sigue
siendo para él, es su fin y su realización, lo mismo que la contradicción entre
lo que para él era la esencia y lo que es la esencia en sí; el individuo
experimenta el doble sentido que lleva implícito lo que obra, a saber, el haber
tomado su vida; tomaba la vida, pero asía más bien con ello la muerte.
Este tránsito de su ser vivo a la necesidad carente de vida se manifiesta ante
él, por tanto, como una inversión sin mediación alguna. Lo mediador tenía que
ser aquello en que ambos lados formaban una unidad, en que la conciencia, por
tanto, reconocía un momento en el otro, reconocía su fin y su obrar en el
destino y su destino en su fin y su obrar, reconocía su propia esencia en esta
necesidad. Pero esta unidad es para esta conciencia precisamente el placer mismo
o el sentimiento simple, singular, y el tránsito del momento de este su fin al
momento de su verdadera esencia es, para esta conciencia, un puro salto a lo
contrapuesto; en efecto, estos momentos no se contienen y entrelazan en el
sentimiento, sino solamente en el puro sí mismo, que es un universal o el
pensamiento. La conciencia se ha convertido, pues, más bien en un enigma por
medio de su experiencia, en la que debía devenir para él su verdad y las
consecuencias de sus actos no son para él sus actos mismos; lo que le sucede no
es para ella la experiencia de lo que es en sí, el tránsito no es un mero cambio
de forma del mismo contenido y la misma esencia, representados una vez como
contenido y esencia de la conciencia y otra vez como objeto o esencia intuida de
sí misma. Por consiguiente, la necesidad abstracta vale, pues, como la potencia
solamente negativa y no concebida de la universalidad, contra la que se estrella
la individualidad.
Hasta aquí llega la manifestación de esta figura de la autoconciencia; el
momento final de su existencia es el pensamiento de su pérdida en la necesidad o
el pensamiento de ella misma como una esencia absolutamente extraña a sí. Pero
la autoconciencia ha sobrevivido en sí a esta pérdida; pues esta necesidad o
esta pura universalidad es su propia esencia. Esta reflexión de la conciencia en
sí, la necesidad de saberse como sí misma, es una nueva figura de la
autoconciencia.
LA LEY DEL CORAZÓN Y EL DESVARIO DE LA INFATUACIÓN
Lo que en verdad es la necesidad en la autoconciencia es lo que ella es para su
nueva figura, en la que es ella misma como lo necesario; sabe que tiene
inmediatamente en sí lo universal o la ley, la cual, en virtud de esta
determinación según la cual es de modo inmediato en el ser para sí de la
conciencia, se llama la ley del corazón. Esta figura, al igual que la anterior,
es para sí, como singularidad, esencia; pero es más rica por la determinación
según la cual este ser para sí vale para ella como necesario o universal.
Así, pues, la ley que es de modo inmediato lo propio de la autoconciencia o un
corazón, pero que tiene en él una ley, es el fin que esta autoconciencia tiende
a realizar. Y hay que ver si su realización corresponderá a este concepto y si
la autoconciencia experimentará en ella esta ley suya como la esencia.
A) La ley del corazón y ley de la realidad
A este corazón se enfrenta una realidad; pues en el corazón la ley comienza
siendo solamente para sí, aun no se ha realizado y es, por tanto, al mismo
tiempo, algo otro que el concepto. Y este otro se determina así como una
realidad que es lo contrapuesto a lo que ha de realizarse y, con ello, la
contradicción de la ley y de la singularidad. Es, por tanto, de una parte, una
ley que oprime a la individualidad singular, un orden del mundo violento que
contradice a la ley del corazón, y, de otra parte, una humanidad que padece bajo
ese orden y que no sigue la ley del corazón, sino que se somete a una necesidad
extraña. Esta realidad, que se manifiesta frente a la figura actual de la
conciencia, no es, como claramente se ve, otra cosa que la anterior relación
desdoblada de la individualidad y de su verdad, la relación de una cruel
necesidad opresora de la individualidad. Por eso, para nosotros, el movimiento
anterior se enfrenta a la nueva figura, porque, habiendo brotado ésta en sí de
él, el momento de que proviene es, por tanto, necesario para ella; pero ante
ella este momento se manifiesta como algo previamente encontrado, ya que ella no
tiene ninguna conciencia de su origen y la esencia ante ella es más bien el ser
para sí misma o el ser negativo con respecto a este en sí positivo.
Esta individualidad tiende, pues, a superar esta necesidad que contradice a la
ley del corazón, al igual que el padecer provocado por ella. Esto hace que la
individualidad no sea ya la frivolidad de la figura anterior, que sólo apetecía
el placer singular, sino la seriedad de un fin elevado, que busca su placer en
la presentación de su propia esencia excelente y en el logro del bien de la
humanidad. Lo que ella realiza es la ley misma y su placer es, por tanto, al
mismo tiempo, el placer universal de todos los corazones. Ambas cosas son
inseparables para ella; su placer lo ajustado a la ley, y la realización de la
ley de la humanidad universal la preparación de su placer singular. En efecto,
dentro de ella misma son una unidad, de modo inmediato, la individualidad y lo
necesario; la ley es ley del corazón. La individualidad aun no se ha desplazado
de su sitio, y la unidad de ambos no se ha realizado aun a través del movimiento
mediador entre ellos, no es todavía el producto de la disciplina. La realización
de la esencia inmediata no disciplinada vale como la presentación de su
excelencia y como el logro del bien de la humanidad.
Por el contrario, la ley que se opone a la ley del corazón se halla separada del
corazón y es una ley libre para sí. La humanidad que le pertenece no vive en la
venturosa unidad de la ley con el corazón, sino en un estado cruel de escisión y
sufrimiento o, por lo menos, de privación del goce de sí misma en el acatamiento
de la ley y de falta de conciencia de la propia excelencia en su transgresión.
Por hallarse aquel orden coercitivo divino y humano escindido del corazón, es
para éste una apariencia llamada a perder lo que todavía conserva asociado a él:
el poder y la realidad. Puede, en cuanto a su contenido, coincidir tal vez, de
un modo contingente, con la ley del corazón, en cuyo caso ésta pueda tolerarlo;
pero lo esencial, para él, no es el puro ajustarse a la ley como tal, sino el
hecho de que el corazón encuentre en ella la conciencia de sí mismo, que él se
satisfaga en ella. Allí donde el contenido de la necesidad universal no coincida
con el corazón, tampoco en cuanto a su contenido será nada en sí y deberá ceder
a la ley del corazón.
B) La introducción del corazón en la realidad
El individuo cumple, pues, la ley de su corazón; ésta deviene orden universal, y
el placer se convierte en una realidad en y para sí conforme a ley. Pero, en
esta realización, la ley ha huido, de hecho, del corazón; se ha convertido de
modo inmediato simplemente en la relación que debía ser superada. La ley del
corazón deja de ser ley del corazón precisamente al realizarse. En efecto, cobra
en esta realización la forma del ser y es ahora una potencia universal para la
que este corazón es indiferente, por donde el individuo, por el hecho de
establecer su propio orden, deja de encontrarlo como el orden suyo. Por tanto,
con la realización de su ley no hace surgir su ley, sino que, en tanto que la
realización es en sí la suya y es, no obstante, para él una realización extraña,
lo que hace es enredarse en el orden real, en un orden que es para él, además,
una potencia superior no sólo extraña, sino incluso hostil. Con su obrar, el
individuo se pone en o, mejor dicho, como el elemento universal de la realidad
que es, y sus actos deben ellos mismos, con arreglo a su sentido, tener el valor
de un orden universal. Pero, con ello, el individuo queda libre de sí mismo, se
desarrolla para sí como universalidad y se depura de la singularidad; el
individuo que sólo quiere reconocer la universalidad bajo la forma de su
inmediato ser para sí no se reconoce, por tanto, en esta libre universalidad, a
la vez que, sin embargo, pertenece a ella, pues es su obrar. Este obrar tiene,
por tanto, la significación inversa de contradecir al orden universal, pues sus
actos deben ser actos de su propio corazón singular, y no una realidad universal
libre; y, al mismo tiempo, el individuo ha reconocido, de hecho, esta realidad
universal, ya que el obrar tiene el sentido de poner su esencia como realidad
libre, es decir, de reconocer la realidad como su propia esencia.
Mediante el concepto de su obrar, el individuo ha determinado más de cerca el
modo como se vuelve contra él la universalidad real a la que se ha entregado.
Sus actos pertenecen como realidad a lo universal; pero el contenido de ellos es
la propia individualidad, que pretende mantenerse como este singular
contrapuesto a lo universal. No se trata, aquí, de establecer una ley
determinada cualquiera, sino que es la unidad inmediata del corazón singular con
la universalidad lo que debe elevarse a ley y el pensamiento que debe tener
validez: en lo que es ley tiene que reconocerse a sí mismo todo corazón. Pero,
solamente el corazón de este individuo ha puesto su realidad en sus actos, que
expresan para él su ser para sí o su placer. Estos actos deben valer de un modo
inmediato como lo universal; es decir, son en verdad algo particular, que
reviste solamente la forma de la universalidad: su contenido particular debe,
como tal, valer en tanto que universal. De ahí que los demás no encuentren
plasmada en este contenido la ley de su corazón, sino más bien la de otro; y
precisamente con arreglo a la ley universal según la cual todos deben encontrar
su corazón en lo que es ley, se vuelven contra la realidad que este individuo
propone lo mismo que se volvían contra la suya propia. Y así como, primeramente,
el individuo abominaba solamente de la ley rígida, ahora encuentra contrarios a
sus excelentes intenciones los corazones mismos de los hombres, y abomina de
ellos.
En cuanto que esta conciencia sólo conoce la universalidad como inmediata y la
necesidad como necesidad del corazón, desconoce la naturaleza de la realización
y de la eficiencia, desconoce que la realización, como lo que es, es en su
verdad más bien lo universal en sí, en lo que desaparece la singularidad de la
conciencia que se confía a ella para ser esta singularidad inmediata; por tanto,
en vez de este su ser alcanza en el ser la enajenación de sí misma. Pero,
aquello en que no se reconoce no es ya la necesidad muerta, sino la necesidad
como animada por la individualidad universal. Tomaba este orden divino y humano
que encontraba vigente por una realidad muerta en la cual, no sólo ella misma,
que se fija como este corazón que es para sí y contrapuesto a lo universal, sino
tampoco los otros, pertenecientes a este orden, tendrían la conciencia de ellos
mismos; por el contrario, encuentra a este orden animado por la conciencia de
todos y como ley de todos los corazones. Hace la experiencia de que la realidad
es un orden animado, y lo experimenta precisamente en el obrar, precisamente por
el hecho de que realiza la ley de su corazón; en efecto, esto no significa sino
que la individualidad se convierte ella misma en objeto como universal, pero un
objeto en el que no se reconoce.
C) La rebelión de la individualidad, o el desvarío de la infatuación
Por tanto, lo que para esta figura de la autoconciencia brota de su experiencia
como lo verdadero contradice a lo que ella es para sí. Ahora bien, lo que ella
es para sí tiene ello mismo, para esta figura, la forma de la universalidad
absoluta, y es la ley del corazón que esto forme una unidad inmediata con la
autoconciencia. Al mismo tiempo, el orden subsistente y vivo es, asimismo, su
propia esencia y su propia obra, no hace surgir nada fuera de este orden; y
forma igualmente una unidad inmediata con la autoconciencia. Esta pertenece,
así, a una esencialidad duplicada y contrapuesta, contradictoria en sí misma y
estremecida en lo más intimo. La ley de este corazón es solamente aquella en que
la autoconciencia se reconoce a sí misma. Pero el orden universal vigente ha
devenido también, mediante la realización de aquella ley, su propia esencia y su
propia realidad; por tanto, lo que en su conciencia se contradice es en ambos
casos, para ella, bajo la forma de la esencia y de su propia realidad.
Por cuanto que la conciencia de sí expresa este momento de su decadencia
consciente y en él el resultado de su experiencia, se muestra como esta
inversión interior de sí misma, como la demencialidad de la conciencia, para la
que su esencia es de un modo inmediato no-esencia y su realidad de un modo
inmediato no realidad. La demencialidad no puede considerarse como si, en
general, algo carente de esencia se tuviese por esencial y algo no real por
real, de tal modo que lo que para uno es esencial o real no lo fuese para otro y
que la conciencia de la realidad y de la no realidad o de la esencialidad y la
no esencialidad se bifurcasen. Cuando algo es, de hecho y en general, real y
esencial para la conciencia, pero no lo es para mi, tengo al mismo tiempo en la
conciencia su nulidad, puesto que yo soy conciencia en general, la conciencia de
su realidad -y en cuanto que ambas cosas se hallan fijadas, esto forma una
unidad, que es el desvarío en general. Pero en esto solamente un objeto es
demencial para la conciencia, y no la conciencia como tal, en y para sí misma.
Pero, en el resultado de la experiencia a que aquí se ha llegado, la conciencia,
en su ley, se ha hecho consciente a sí misma como de esto real; y, al mismo
tiempo, por cuanto que esta misma esencialidad, esta misma realidad se le ha
enajenado, se ha hecho consciente, como autoconciencia, como realidad absoluta,
de su no realidad, o ambos lados valen para ella, con arreglo a su contradicción
de un modo inmediato, como su esencia, que es, por tanto, demencial en lo más
íntimo.
Las palpitaciones del corazón por el bien de la humanidad se truecan, así, en la
furia de la infatuación demencial, en el furor de la conciencia de mantenerse
contra su destrucción, y ello es así porque arroja fuera de sí la inversión que
la conciencia misma es y se esfuerza en ver en ella un otro y en enunciarla como
tal. Enuncia, por tanto, el orden universal como una inversión de la ley del
corazón y de su dicha, manejada por sacerdotes fanáticos y orgiásticos déspotas
y sus servidores, quienes, humillando y oprimiendo, tratan de resarcirse de su
propia humillación, y como sí ellos hubiesen inventado esta inversión,
esgrimiéndola para la desventura sin nombre de la humanidad defraudada. Llevada
de este desvarío demencial, la conciencia proclama la individualidad como lo
determinante de esta inversión y esta demencia, pero una individualidad ajena y
fortuita. Pero es el mismo corazón o la singularidad de la conciencia qua
pretende ser inmediatamente universal el causante de esta inversión y esta
locura, y sus actos sólo consiguen que esta contradicción llegue a su
conciencia. En efecto, la ley del corazón es para él lo verdadero, algo
meramente supuesto, que no ha afrontado, como el orden vigente, la luz del día,
sino que, lejos de ello, se derrumba al mostrarse ante ésta. Esta ley suya debía
tener realidad; en ello, es fin y esencia para él la ley como realidad, como
orden vigente; pero, de un modo inmediato, la realidad, precisamente la ley como
orden vigente, es para él más bien la nulidad. Y lo mismo, su propia realidad,
el corazón mismo como singularidad de la conciencia, es él mismo la esencia;
pero, el fin que persigue es poner su realidad como lo que es; por consiguiente,
lo que para él es inmediatamente esencia es más bien su sí mismo como
no-singular, o lo que es para él el fin, como ley, y precisamente en ello como
una universalidad, que él pueda ser para su conciencia misma. Este concepto suyo
se convierte, mediante su obrar, en un objeto; por tanto, experimenta su sí
mismo más bien como lo no-real y la no- realidad como su realidad. No se trata,
pues, de una individualidad contingente y extraña, sino que, en sí, en todos los
respectos es precisamente este corazón lo invertido y lo que invierte.
Pero, si la individualidad inmediatamente universal es lo invertido y lo que
invierte, este orden universal, que es la ley de todos los corazones, es decir,
de lo invertido, es en sí mismo y en igual grado lo invertido, como la furiosa
demencialidad lo proclamaba. Este orden universal muestra ser la ley de todos
los corazones, de una parte, en la resistencia que la ley de un corazón
encuentra en los otros singulares. Las leyes subsistentes son defendidas contra
la ley de un individuo, porque no son una necesidad carente de conciencia, vacía
y muerta, sino universalidad y sustancia espirituales, en las que viven como
individuos y son conscientes de ellos mismos aquellos en quienes esas leyes
tienen su realidad; de tal modo que, aunque se quejen de este orden como si
fuese en contra de la ley interior y aunque mantengan en contra de él las
suposiciones del corazón, se atienen de hecho a él como a su esencia, y lo
pierden todo cuando este orden se les arrebata o si ellos mismos se colocan
fuera de él. Y siendo precisamente en esto en lo que consisten la realidad y el
poder del orden público, éste se manifiesta, por tanto, como la esencia igual a
sí misma y universalmente animada, y la individualidad como la forma de él. Pero
este orden es, de otra parte, lo invertido. En efecto, por ser este orden la ley
de todos los corazones y por ser todos los individuos, de modo inmediato, este
universal, es dicho orden una realidad que sólo es la realidad de la
individualidad que es para sí misma o del corazón. La conciencia que establece
la ley de su corazón experimenta, por tanto, resistencia por parte de otros,
porque esa ley contradice a las leyes también singulares de sus corazones; y
éstos, en su resistencia, no hacen otra cosa que establecer y hacer válida su
propia ley. La universal que está presente sólo es, por tanto, una resistencia
universal y una lucha de todos contra todos, en la que cada cual trata de hacer
valer su propia singularidad, pero sin lograrlo, al mismo tiempo, porque
experimenta la misma resistencia y porque su singularidad es disuelta por las
otras, y a la inversa. Así, pues, lo que parece ser el orden público no es sino
este estado de hostilidad universal, en el que cada cual arranca para sí lo que
puede, ejerce la justicia sobre la singularidad de los otros y afianza la suya
propia, la que, a su vez, desaparece por la acción de las demás. Este orden es
el curso del mundo, la apariencia de una marcha permanente, que sólo es una
universalidad supuesta y cuyo contenido es más bien el juego carente de esencia
del afianzamiento de las singularidades y su disolución.
Si consideramos estos dos lados del orden universal en su mutua relación, vemos
que la última universalidad tiene por contenido la individualidad inquieta, para
la que la suposición o la singularidad es ley, lo real no-real y lo no-real
real. Pero es también, al mismo tiempo, el lado de la realidad del orden, pues
es el lado al que pertenece el ser para sí de la individualidad. El otro lado es
lo universal como esencia quieta, pero precisamente por ello sólo como un
interior, del que no puede decirse que no sea nada, pero que no es, sin embargo,
ninguna realidad y que sólo puede llegar a ser, a su vez, real mediante la
superación de la individualidad que se ha arrogado la realidad. Esta figura de
la conciencia, consistente en llegar a ser en la ley, en lo verdadero y bueno en
sí, no como la singularidad, sino solamente como esencia, y el saber la
individualidad como lo invertido y lo que invierte, debiendo, por tanto,
sacrificar la singularidad de la conciencia, es la virtud.
LA VIRTUD Y EL CURSO DEL MUNDO
A) La vinculación de la autoconciencia con lo universal
En la primera figura de la razón activa, la autoconciencia era ella misma pura
individualidad y frente a ella se hallaba la universalidad vacía. En la segunda,
las dos partes de la contraposición tenían en ellas cada uno de los dos
momentos, ley e individualidad; pero uno de ellos, el corazón, era su unidad
inmediata y el otro su contraposición. Aquí, en la relación entre la virtud y el
curso del mundo, ambos términos son, cada uno a su vez la unidad y
contraposición de estos momentos o un movimiento de la ley y la individualidad,
la una con respecto a la otra, pero un movimiento contrapuesto. Para la
conciencia de la virtud lo esencial es la ley y la individualidad lo que hay que
superar, tanto, por consiguiente, en su conciencia misma como en el curso del
mundo. En aquella conciencia, la propia individualidad debe disciplinarse bajo
lo universal, bajo lo que es en sí lo verdadero y el bien; pero permanece así
todavía conciencia personal; la verdadera disciplina sólo es el sacrificio de la
personalidad total, como garantía de que la conciencia no permanece todavía
vinculada a singularidades. En este sacrificio singular, la individualidad es
cancelada, al mismo tiempo, en el curso del mundo, pues es también un momento
simple, común a ambos términos. En el curso del mundo, la individualidad se
comporta de modo inverso a como se ponía en la conciencia virtuosa, a saber, se
hace esencia y en cambio, supedita a sí misma el bien y lo verdadero en sí.
Además, para la virtud el curso del mundo no es solamente este universal
invertido por la individualidad, sino que el orden absoluto es también un
momento común, aunque en el curso del mundo no se halla presente para la
conciencia como realidad que es, sino que es solamente su esencia interior. Este
orden absoluto no tiene, propiamente, que ser producido por la virtud, pues la
producción es, como acción, conciencia de la individualidad, y ésta más bien
tiene que ser superada; pero, mediante esta superación es, por así decirlo, como
sí se dejase lugar al en sí del curso del mundo para que éste pueda entrar en sí
y para sí mismo en la existencia.
El contenido universal del curso real del mundo se ha dado ya; considerado más
de cerca no es, a su vez, otra cosa que los dos movimientos precedentes de la
autoconciencia. De ellos ha brotado la figura de la virtud; y, como esos
movimientos son su origen, son anteriores a ella; pero la figura de la virtud
tiende a superar su origen y a realizarse realisieren o a devenir para sí. El
curso del mundo es, por tanto, de una parte, la individualidad singular que
busca su placer y su goce, pero que al proceder así encuentra su decadencia y
satisface de este modo lo universal. Pero esta satisfacción misma, al igual que
los demás momentos de esta relación, son una figura y un movimiento invertidos
de lo universal. La realidad es solamente la singularidad del placer y del goce
y lo universal, en cambio, lo contrapuesto a ella, una necesidad que es sólo la
figura vacía de lo universal, una reacción puramente negativa y una acción
carente de contenido. El otro momento del curso del mundo es la individualidad,
que pretende ser ley en y para sí y que, llevada de esta pretensión, trastorna
el orden establecido; es cierto que la ley universal se mantiene en contra de
esta infatuación y no surge ya como algo vacío y contrapuesto a la conciencia,
no como una necesidad muerta sino como necesidad en la conciencia misma. Pero,
cuando existe como la relación consciente de la realidad absolutamente
contradictoria es la demencia; y cuando esa ley universal es como realidad
objetiva es la inversibilidad en general. Lo universal se presenta, pues,
evidentemente, en los dos lados, como la potencia de su movimiento; pero la
existencia de esta potencia es sólo la inversión universal.
B) El curso del mundo, como la realidad de lo universal en la individualidad
De la virtud debe ahora recibir lo universal su verdadera realidad, mediante la
superación de la individualidad, del principio de la inversión; el fin que
persigue la virtud es, pues, el invertir de nuevo el curso invertido del mundo y
hacer brotar su esencia verdadera. Esta esencia verdadera es, primeramente, en
el curso del mundo, como su en sí; no es aun real, y la virtud, por tanto, se
limita a creerlo. Esta creencia tiende a elevarla a algo visible, pero sin gozar
de los frutos de su trabajo y de su sacrificio. En, efecto, en tanto que es
individualidad, es el acto de la lucha que entabla con el curso el mundo; pero
su fin y su esencia verdadera es la conquista de la realidad del curso del
mundo; la existencia del bien que de este modo se efectúa es, así, la cesación
de su obrar o de la conciencia de la individualidad. Cómo se sostiene esta lucha
misma, qué experimenta en ella la virtud y si el curso del mundo sucumbe por el
sacrificio que la virtud asume, mientras que la virtud triunfa, son cosas que
tienen que decidirse con arreglo a la naturaleza de las armas vivientes
manejadas por los luchadores. Pues estas armas no son otra cosa que la esencia
de los luchadores mismos, la cual surge solamente para ellos dos mutuamente. Sus
armas se desprenden ya, así, de lo que en sí se halla presente en esta lucha.
Lo universal es, para la conciencia virtuosa, verdadero en la fe o en sí, no es
aun una universalidad real, sino abstracta; en esta conciencia misma es como
fin, y en el curso del mundo como interior. Y es cabalmente en esta
determinación como lo universal se presenta en la virtud para el curso del
mundo, pues la virtud quiere primero llevar a cabo el bien y no da todavía al
bien mismo como realidad. Esta determinabilidad puede considerarse también de
tal modo que, en tanto que el bien surge en la lucha contra el curso del mundo,
se presente así como lo que es para un otro, como algo que no es en y para sí
mismo, pues de otro modo no pretendería darse su verdad, ante todo, mediante el
sojuzgamiento de su contrario.
Que es primeramente para un otro significa lo mismo que antes se mostraba del
bien en la consideración contrapuesta, a saber, que es primeramente una
abstracción que sólo tiene realidad en la relación; y no en y para sí. El bien o
lo universal, tal como aquí surge, es aquello a que se llama dones, capacidades,
fuerzas. Es un modo de ser de la espiritualidad en que esto se representa como
un universal, que para ser animado y cobrar movimiento necesita del principio de
la individualidad y tiene en ésta su realidad. Este principio, en tanto que es
en la conciencia de la virtud, aplica bien este universal, pero en tanto que es
en el curso del mundo lo aplica mal -es un instrumento pasivo gobernado por la
mano de la libre individualidad, indiferente en cuanto al uso que de él se hace
y del que puede también abusarse para hacer surgir una realidad que es su
destrucción; una materia carente de vida y sin independencia propia, que puede
conformarse de este modo o del otro, e incluso para su propia ruina.
Y, en tanto que este universal se halla del mismo modo a la disposición de la
conciencia de la virtud y del curso del mundo, no es posible percatarse de si,
así pertrechada, la virtud vencerá sobre el vicio. Las armas son las mismas; son
estas capacidades y estas fuerzas. Es cierto que la virtud ha depositado su fe
en la unidad originaria de su fin y de la esencia del curso del mundo, como un
ardid para caer sobre las espaldas del enemigo en el transcurso de la lucha y
llevar en sí a este fin a su consecución, de tal modo que, de hecho, para el
caballero de la virtud su propio obrar y su lucha son, en rigor, una finta que
él no puede tomar en serio -puesto que pone su verdadera fuerza en el hecho de
que el bien es en y para sí mismo, es decir, se cumple por sí mismo-, finta que
tampoco debe dejar que sea tomada en serio. Pues lo que vuelve contra el enemigo
y encuentra vuelto contra sí y que expone a que se desgaste y se deteriore tanto
en él mismo como en su enemigo, no debe ser el bien mismo, por cuya preservación
y cumplimiento lucha, sino que lo que aquí se expone son solamente los dones y
capacidades indiferentes. Sin embargo, éstas no son, de hecho, otra cosa que
precisamente aquel mismo universal carente de individualidad que debe mantenerse
y realizarse por medio de la lucha. Pero, al mismo tiempo, este universal es ya
realizado de un modo inmediato por el concepto mismo de la lucha; es el en sí,
lo universal; y su realización sólo significa que es al mismo tiempo para un
otro. Los dos lados más arriba indicados, con arreglo a cada uno de los cuales
lo universal devenía una abstracción, no son ya, ahora, lados separados, sino
que en la lucha y por medio de ella el bien aparece puesto al mismo tiempo en
ambos modos. Pero la conciencia virtuosa entra en la lucha con el curso del
mundo como con algo contrapuesto al bien; lo que el curso del mundo ofrece a la
conciencia, en esta lucha, es lo universal, no sólo como universal abstracto,
sino como un universal animado por la individualidad y que es para otro, o como
el bien real. Así, pues, allí donde la virtud prende en el curso del mundo hace
siempre blanco en aquellos puntos que son la existencia del bien mismo, el cual
se halla inseparablemente confundido en todas las manifestaciones del curso del
mundo como el en sí de él y tiene también su existencia en la realidad de la
misma; el curso del mundo es, por tanto, invulnerable para la virtud. Y estas
existencias Existenzen del bien y, con ello, relaciones inviolables, son todos
los momentos que la virtud debería atacar en ella y sacrificar. El luchar sólo
puede ser, por tanto, una fluctuación entre el mantener y el sacrificar; o más
bien diríamos que no puede caber ni sacrificio de lo propio ni transgresión de
lo extraño. La virtud no sólo se asemeja al combatiente que en la lucha sólo se
preocupa de mantener su espada sin mancha, sino que ha entablado también la
lucha para preservar las armas; y no sólo no puede emplear las suyas propias,
sino que debe mantener también intactas las del adversario y protegerlas contra
sí misma, ya que todas ellas son partes nobles del bien por el cual se ha
lanzado a la lucha.
Por el contrario, para este enemigo la esencia no es el en sí, sino la
individualidad; su fuerza es, por tanto, el principio negativo para el que nada
hay de subsistente y absolutamente sagrado, sino que puede afrontar y soportar
la pérdida de todo y cada uno. Esto hace que la victoria sea segura, tanto en él
mismo como por medio de la contradicción en que su adversario se enreda. Lo que
en la virtud es en sí en el curso del mundo sólo es para él; éste es libre de
todo momento que para la virtud es firme y al que se halla vinculada. El curso
del mundo tiene un tal momento en su poder, por el hecho de que para él sólo
vale como un momento que puede tanto superar como dejar subsistente; y con ello
tiene también en su poder al caballero virtuoso firme en ese momento. Este no
puede desembarazarse de él como de un manto en que se envolviese exteriormente y
liberarse de él, dejándolo atrás, pues ese momento es para él la esencia que no
puede entregarse.
Finalmente, por lo que se refiere al ardid por medio del cual puede el en sí
bueno atacar astutamente por la espalda al curso del mundo, esta esperanza es en
sí nula. El curso del mundo es la conciencia despierta, cierta de sí misma, que
no se deja atacar por la espalda, sino que da frente a todos los lados, pues es
de tal modo que todo es para él, que todo está ante él. En cambio, el en sí
bueno lo es para su adversario y es, así, en la lucha que hemos visto; y en
tanto que es no para él, sino en sí, es el instrumento pasivo de las dotes y
capacidades, la materia carente de realidad; representado como existencia, sería
una conciencia durmiente que permanecería atrás, no se sabe dónde.
C) La individualidad, como la realidad de lo universal
La virtud es vencida, pues, por el curso del mundo porque su fin es, de hecho,
la esencia abstracta no-real y porque, con vistas a la realidad, su acción
descansa sobre lo diferente, que reside solamente en las palabras. La virtud
pretendía consistir en llevar al bien a la realidad mediante el sacrificio de la
individualidad, pero el lado de la realidad no es, él mismo, sino el lado de la
individualidad. El bien debería ser lo que es en sí y contraponerse a lo que es,
pero el en sí es más bien, tomado según su realidad y verdad, el ser mismo. El
en sí es, ante todo, la abstracción de la esencia con respecto a la realidad;
pero la abstracción es precisamente lo que no es verdadero, sino que sólo es
para la conciencia; es decir es él mismo aquello que es llamado real; pues lo
real es lo que esencialmente es para un otro, o es el ser. Pero la conciencia de
la virtud descansa sobre esta diferencia entre el en sí y el ser, que no tiene
verdad alguna. El curso del mundo debería ser la inversión del bien, porque
tenía como principio la individualidad; sin embargo, ésta es el principio de la
realidad, pues precisamente ella es la conciencia por medio de la cual lo que es
en sí es también para un otro; el curso del mundo invierte lo inmutable, pero lo
invierte, de hecho, desde la nada de la abstracción en el ser de la realidad.
El curso del mundo vence, pues, sobre lo que, por oposición a él, constituye la
virtud; vence sobre la virtud para la que la abstracción carente de esencia es
la esencia. Pero no vence sobre algo real Reales, sino sobre la invención de
diferencias que no lo son, sobre esas pomposas frases sobre el bien más alto de
la humanidad y lo que atenta contra él, sobre el sacrificarse por el bien y el
mal uso que se hace de los dones; -tales esencias y fines ideales se derrumban
como palabras vacuas que elevan el corazón y dejan la razón vacía, que son
edificantes, pero no edifican nada; declamaciones que sólo proclaman de un modo
determinado este contenido: que el individuo que pretexta obrar persiguiendo tan
nobles fines y que emplea tan excelentes tópicos se considera como una esencia
excelente; -es una inflación que agranda su cabeza y la de otros; pero la
agranda hinchándola de vacío. La virtud antigua tenía una significación segura y
determinada, pues tenía su fundamento pleno de contenido en la sustancia del
pueblo y como su fin un bien real ya existente; no iba, pues, dirigida contra la
realidad como una inversión universal y contra un curso del mundo. En cambio,
ésta que consideramos es una virtud que sale fuera de la sustancia, una virtud
carente de esencia, una virtud solamente de la representación y de las palabras,
privada de aquel contenido. Esta vacuidad de la retórica en lucha contra el
curso del mundo se pondría en seguida en evidencia si se debiera decir lo que su
retórica significa; -por eso se la presupone como conocida. La exigencia de
decir esto que es conocido se cumpliría bien con un nuevo torrente de retórica o
bien se le contrapondría la referencia al corazón, que dice interiormente lo que
aquello significa; es decir, se confesaría, de hecho, la impotencia de decirlo.
La nulidad de dicha retórica parece haber adquirido también certeza, de un modo
no consciente, en cuanto a la cultura de nuestra época, por cuanto ha
desaparecido todo interés de toda la masa de aquella fraseología y del modo de
pavonearse con ellos; pérdida que encuentra su expresión en el hecho de que sólo
produce hastío.
Por tanto, el resultado que surge de esta contraposición consiste en que la
conciencia se desembaraza como de un manto vacío de la representación de un bien
en sí que no tendría aun realidad alguna. La conciencia ha hecho en su lucha la
experiencia de que el curso del mundo no es tan malo como se veía, pues su
realidad es la realidad de lo universal. Y, con esta experiencia, desaparece el
medio de hacer surgir el bien mediante el sacrificio de la individualidad; pues
la individualidad es precisamente la realización de lo que es en sí y la
inversión cesa de ser considerada como una inversión del bien, pues es más bien
precisamente la inversión de éste, como mero fin en la realidad Realität el
movimiento de la individualidad es la realidad de lo universal.
Pero, de hecho, se vence también de este modo y desaparece lo que se enfrentaba
como curso del mundo a la conciencia de lo que es en sí. El ser para sí de la
individualidad se contraponía allí a la esencia o a lo universal y se
manifestaba como una realidad separada del ser en sí. Pero, en cuanto que se ha
mostrado que la realidad es la unidad inseparable con lo universal, se demuestra
que el ser para sí del curso del mundo, lo mismo que el en sí de la virtud sólo
es un modo de ver, y nada más. La individualidad del curso del mundo puede muy
bien suponer que sólo obra para sí o de un modo egoísta; es mejor de lo que ella
supone, su obrar es al mismo tiempo un obrar que es en sí, un obrar universal.
Cuando obra egoístamente, simplemente no sabe lo que hace; y cuando asegura que
todos los hombres obran de modo egoísta, simplemente afirma que los hombres no
tienen conciencia de lo que es el obrar. Cuando la individualidad obra para sí,
esto es precisamente el hacer surgir a la realidad lo que primeramente no era
más que lo que es en sí. Así, pues, el fin del ser para sí que se supone
contrapuesto al en sí -sus vacuas mañas lo mismo que sus sutiles explicaciones,
que saben poner de relieve por doquier el egoísmo, han desaparecido asimismo, al
igual que el fin del en sí y su retórica.
Por tanto, el obrar y el afanarse de la individualidad es fin en mismo; el
empleo de las fuerzas, el juego de sus exteriorizaciones es lo que les infunde
vida a ellas, que de otro modo serían el en sí muerto; el en sí no es un
universal no desarrollado, carente de existencia y abstracto, sino que él mismo
es de un modo inmediato la presencia y la realidad del proceso de la
individualidad.
LA INDIVIDUALIDAD QUE ES PARA SÍ REAL- REAL EN Y PARA SÍ MISMA
La autoconciencia ha captado ahora el concepto de sí, que primeramente era sólo
el que nosotros teníamos de ella, a saber, ha captado el concepto según el cual
es en la certeza de sí misma toda realidad; y, a partir de ahora, el fin y la
esencia es, para ella, la compenetración dotada de movimiento de lo universal
-de las dotes y capacidades con la individualidad. Los momentos singulares de
esta plenitud y compenetración anterior a la unidad en la que se han conjuntado
son los fines hasta aquí considerados. Han desaparecido como abstracciones y
quimeras pertenecientes a aquellas primeras figuras huecas de la autoconciencia
espiritual y que tienen su verdad solamente en el ser supuesto del corazón, de
la presuntuosidad y las palabras, pero en la razón, que ahora, segura en y para
sí de su realidad, no trata ya de hacerse surgir primeramente como fin por
oposición a la realidad que inmediatamente es, sino que tiene como objeto de su
conciencia la categoría como tal. Se ha superado, en efecto, la determinación de
lo que es para sí o de la autoconciencia negativa, en que la razón aparecía; esa
autoconciencia se encontraba con una realidad que sería lo negativo de ella
misma y a través de cuya superación y sólo así realizaría su fin. Pero, por
cuanto que fin y ser en sí han resultado ser lo mismo que el ser para otro y la
realidad encontrada, la verdad no se separa ya de la certeza, dando lo mismo que
el fin puesto se tome por la certeza de sí mismo y su realización por la verdad
o que el fin se tome por la verdad y la realidad por la certeza; sino que la
esencia y el fin es en y para sí mismo la certeza de la misma realidad Realität
inmediata, la compenetración del en sí y el para sí, de lo universal y la
individualidad; el obrar es en el mismo su verdad y su realidad, y la
presentación o la proclamación de la individualidad es para este obrar fin en y
para sí mismo.
Con este concepto, la autoconciencia ha retornado, por tanto, a sí, desde las
determinaciones contrapuestas que la categoría tenía para ella y para su
comportamiento, como autoconciencia primero observadora y luego activa. Ahora,
tiene la pura categoría misma como su objeto, o es la categoría que ha devenido
consciente de ella misma. Ha ajustado, pues, las cuentas con sus figuras
anteriores; éstas yacen en el olvido tras ella y no se enfrentan como el mundo
con que se ha encontrado, sino que se desarrollan solamente dentro de ella
misma, como momentos transparentes. Sin embargo, en su conciencia se desdoblan
todavía como un movimiento de momentos distintos, que aun no se han conjuntado
en su unidad sustancial. Pero la conciencia de sí mantiene en todos ellos la
unidad simple del ser y del sí mismo, unidad que es su género.
La conciencia se ha despojado, así de toda oposición y de toda condición de su
obrar; sale lozana fuera de sí, y no tiende hacía un otro, sino hacia sí misma.
Por cuanto que la individualidad es la realidad en ella misma, la materia del
actuar y el fin del obrar son en el obrar mismo. El obrar presenta, por tanto,
el aspecto del movimiento de un círculo que por sí mismo se mueve libremente en
el vacío, que tan pronto se amplía como se estrecha sin verse entorpecido por
nada y que, perfectamente satisfecho, juega solamente en sí mismo y consigo
mismo. El elemento en que la individualidad presenta su figura tiene la
significación de limitarse puramente a acogerla; es simplemente la luz del día
bajo la cual pretende mostrarse la conciencia. El obrar no altera nada ni va
contra nada; es la pura forma de la traducción del no ser visto al ser visto, y
el contenido que así sale a la luz y se presenta no es otra cosa que lo que
tiene ya en sí este obrar. Es en sí; ésta es su forma como unidad pensada; y es
real -ésta es su forma como unidad que es; él mismo es contenido solamente en
esta determinación de la simplicidad con respecto a la determinación de su
tránsito y de su movimiento.
EL REINO ANIMAL DEL ESPÍRITU Y EL ENGAÑO, O LA COSA MISMA Esta individualidad en
sí real sigue siendo, ante todo, una individualidad singular y determinada; la
realidad absoluta como la que se sabe es, por tanto, tal como ella es consciente
de sí, la realidad universal abstracta, que, sin cumplimiento y sin contenido,
es solamente el pensamiento vacío de esta categoría.
Debemos ver ahora cómo este concepto de la individualidad en sí misma real se
determina en sus momentos y cómo le entra en la conciencia su concepto de ella
misma.
A) El concepto de la individualidad, como individualidad real
El concepto de esta individualidad, como ella en tanto que tal es para sí misma
toda la realidad, es primeramente resultado; la individualidad no ha presentado
aun su movimiento y su realidad Realität y es puesta aquí de modo inmediato como
simple ser en sí. Pero la negatividad, que es lo mismo que se manifiesta como
movimiento, es en el simple en sí como determinabilidad; y el ser o el simple en
sí deviene un determinado ámbito. La individualidad aparece, por tanto, como
naturaleza originaria determinada, - como naturaleza originaria, porque es en
sí, y como originaria determinada, porque lo negativo es en el en sí, y esto es
por ello una cualidad. Sin embargo, esta limitación del ser no puede limitar la
acción de la conciencia, pues ésta es aquí un perfecto relacionarse consigo
misma; la relación con otro, que sería la limitación de la misma conciencia es
superada. La determinabilidad originaria de la naturaleza es, por tanto,
solamente principio simple, -un elemento universal transparente en el que la
individualidad permanece libre e igual a sí misma, del mismo modo que despliega
allí sin entorpecimiento sus diferencias y es pura relación mutua consigo misma
en su realización. Lo mismo ocurre con la vida animal indeterminada, que infunde
su hálito de vida, digamos, al elemento del agua, del aire o de la tierra y, en
ellos, a su vez, a principios más determinados, imbuyendo en ellos todos sus
momentos, pero manteniéndolos en su poder a despecho de aquella limitación del
elemento y manteniéndose a sí misma en su uno, con lo que sigue siendo, en tanto
que esta organización particular, la misma vida animal universal.
Esta naturaleza determinada originaria de la conciencia, en ella libre y
totalmente permanente, se manifiesta como el contenido inmediato y el único
propio de lo que para el individuo es el fin; es, ciertamente un contenido
determinado, pero en general sólo es contenido en tanto que consideramos
aisladamente el ser en sí; pero, en verdad, es la realidad Realität penetrada
por la individualidad, la realidad tal como la conciencia, como singular, la
tiene en ella misma y que se pone primeramente como lo que es y no todavía como
lo que actúa. Sin embargo, para el obrar aquella determinabilidad, de una parte,
no es una limitación que trate de sobrepasar porque, considerada como cualidad
que es, es el simple color del elemento en que se mueve; y, de otra parte, la
negatividad sólo es determinabilidad en el ser; pero el obrar no es en sí mismo
otra cosa que la negatividad; por tanto, en la individualidad que actúa la
negatividad se disuelve en la negatividad en general o en el conjunto de toda
determinabilidad. Ahora bien, la naturaleza simple originaria se torna, en el
obrar en la conciencia del obrar, en la diferencia que a éste corresponde. Se
halla presente primeramente como objeto, y precisamente como objeto
perteneciente todavía a la conciencia, como fin, contrapuesto de este modo a una
realidad presente. El otro momento es el movimiento del fin representado como en
quietud, la realización como la relación del fin con la realidad totalmente
formal y, con ella, la representación del tránsito mismo, o el medio.
Finalmente, el tercer momento es el objeto, tal como no es ya el fin del que
quien obra es consciente de un modo inmediato como de su fin, sino tal como es
objeto fuera de él y para él como un otro. Pero estos distintos lados deben
retenerse, según el concepto de esta esfera, de tal modo que el contenido
permanezca en ellos el mismo y no se introduzca en ellos diferencia alguna, ni
entre la individualidad y el ser en general, ni entre el fin y la individualidad
como naturaleza originaria, o la realidad presente, ni tampoco entre el medio y
el fin absoluto ni entre la realidad efectuada y el fin o la naturaleza
originaria, o el medio.
Par tanto, en primer lugar, la naturaleza originariamente determinada de la
individualidad, su esencia inmediata, no se pone todavía como lo que obra, y se
llama entonces particular capacidad, talento, carácter, etc. Esta coloración
peculiar del espíritu debe considerarse como el único contenido del fin mismo y
única y exclusivamente como la realidad Realität. Si nos representásemos la
conciencia como algo que va más allá de esto y que pretende llevar a la realidad
otro contenido, nos la representaríamos como una nada trabajando hacia la nada.
Además, esta esencia originaria no es solamente contenido del fin, sino que es
también, en sí, la realidad, que se manifiesta por lo demás como la materia dada
del obrar, como la realidad encontrada y que debe plasmarse en el obrar. El
obrar sólo es, en efecto, una pura traducción de la forma del ser todavía no
presentado a la del ser presentado; el ser en sí de aquella realidad
contrapuesta a la conciencia ha descendido a una mera apariencia vacía. Esta
conciencia, al determinarse a obrar, no se deja, por tanto, inducir a error por
la apariencia de la realidad presente y, del mismo modo, debe concentrarse en el
contenido originario de su esencia, en vez de dar vanas vueltas en torno a
pensamientos y fines vacíos. Ciertamente que este contenido originario sólo es
para la conciencia en tanto que ésta lo ha realizado; pero ha desaparecido la
diferencia entre algo que es para la conciencia solamente dentro de sí y una
realidad que es fuera de ella. Sólo que para que sea para la conciencia lo que
ello es en sí debe obrar, lo que vale tanto como decir que el obrar es
precisamente el devenir del espíritu como conciencia. Lo que ella es en sí lo
sabe, pues, por su realidad. Por tanto, el individuo no puede saber lo que es
antes de traducirse en realidad mediante la acción. Parece, pues, según esto,
que no pueda determinar el fin de su obrar antes de haber obrado; pero, al mismo
tiempo, siendo conciencia, debe tener ante sí previamente el obrar como algo
totalmente suyo, es decir, como fin. El individuo que se dispone a obrar parece
encontrarse, por tanto, en un círculo en el que todo momento presupone ya el
otro, sin poder encontrar, de este modo, un comienzo, ya que sólo aprende a
conocer su esencia originaria, que debe ser su fin por el obrar, pero para obrar
necesita tener ante sí, previamente, el fin. Precisamente para ella debe
comenzar de un modo inmediato y pasar a la actividad bajo cualesquiera
circunstancias, sin seguirse preocupando para nada del comienzo, el medio ni el
final, pues su esencia y su naturaleza que es en sí lo es todo conjuntamente,
comienzo, media y final. Como comienzo, se halla presente en las circunstancias
de la acción; y el interés que el individuo encuentra en algo es la respuesta ya
dada a la pregunta de si hay algo que hacer aquí, y qué. En efecto, lo que
parece ser una realidad previamente encontrada es en sí su naturaleza
originaria, que sólo tiene la apariencia de un ser -una apariencia que radica en
el concepto del obrar que se desdobla, pero que se proclama como su naturaleza
originaria en el interés que encuentra en ella. Y asimismo el cómo o el medio es
determinado en y para sí. Y el talento no es, igualmente, otra cosa que la
determinada individualidad originaria, considerada como medio interior o como el
tránsito del fin a la realidad. Pero el medio real y el tránsito real son la
unidad del talento y de la naturaleza de la cosa presente en el interés; aquél
presenta en el medio el lado del obrar, éste el lado del contenido, y ambos son
la individualidad misma, como compenetración del ser y del obrar. Por tanto, lo
que se halla presente son las circunstancias previamente encontradas, que son en
sí la naturaleza originaria del individuo; en segundo lugar, el interés que
aquélla pone precisamente como lo suyo o como fin y, por último, la conexión y
superación de esta oposición en el medio. Esta conexión cae todavía por sí misma
dentro de la conciencia y el todo que acabamos de considerar es un lado de esta
oposición. Esta apariencia de contraposición que aun subsiste es superada por el
tránsito mismo o por el medio; -pues es la unidad de lo exterior y lo interior,
lo contrario de la determinabilidad que tiene como medio interior; la supera,
por tanta, y se pone a sí, es decir, esta unidad del obrar y del ser, asimismo
como exterior, como la individualidad misma convertida en real, o sea como la
individualidad puesta para sí misma como lo que es. De este modo, el obrar todo
no brota de sí mismo ni como las circunstancias, ni como el fin, ni como el
medio, ni como la obra. Pero, con la obra parece introducirse la diferencia en
cuanto a las naturalezas originarias; la obra es, como la naturaleza originaria
que expresa, algo determinado; pues cuando el obrar la abandona y deja libre
como realidad que es, se da en ella la negatividad en tanto que cualidad. Y la
conciencia se determina, frente a ella, como lo que tiene en sí la
determinabilidad como negatividad en general, como el obrar; es, por tanto, lo
universal con respecto a aquella determinabilidad de la obra y puede, por tanto,
ser comparada con otras y, partiendo de aquí, captar las individualidades mismas
como diversas; puede captar al individuo que trasciende más ampliamente a su
obra, bien como una energía más poderosa de la voluntad, bien como una
naturaleza más rica, es decir, como una naturaleza cuya originaria
determinabilidad es más limitada y otra, por el contrario, como una naturaleza
más débil y más pobre.
Frente a esta diferencia no esencial de magnitud, lo bueno y lo malo expresarían
una diferencia absoluta; pero ésta no encuentra lugar aquí. Lo que se tomaría de
un modo o de otro es del mismo modo un hacer y un obrar, el presentarse y el
expresarse de una individualidad y, por consiguiente, todo será bueno y no
podría decirse, propiamente hablando, qué debería ser lo malo. Lo que se
llamaría una obra mala es la vida individual de una naturaleza determinada, que
se realiza en ella; y sólo se convertiría y corrompería en una obra mala
mediante el pensamiento comparativo, el cual, sin embargo, es algo vacío, porque
va más allá de la esencia de la obra, que consiste en ser un expresarse de la
individualidad que, fuera de esto, no se sabe lo que busca y postula en ella.
Dicho pensamiento sólo podría afectar a la diferencia antes señalada; pero ésta
es en sí, como diferencia de magnitud, una diferencia no esencial, que aquí es
una diferencia determinada por el hecho de que serían comparadas entre sí
diferentes obras o individualidades, pero éstas son indiferentes entre sí; cada
una de ellas se refiere únicamente a sí misma. La naturaleza originaria es
solamente el en sí o lo que podría tomarse como base en tanto que pauta de
enjuiciamiento de la obra, y viceversa; pero ambas cosas se corresponden entre
sí, para la individualidad no hay nada que no sea por ella o, lo que es lo
mismo, no hay ninguna realidad que no sea su naturaleza y su obrar, y ningún
obrar ni en sí de la individualidad que no sea real, y solamente estos momentos
admiten comparación.
Aquí, no hay, pues, margen ni para exaltarse ni para lamentarse o arrepentirse;
pues todo esto proviene del pensamiento que se imagina ser otro contenido y otro
en sí que la naturaleza originaria del individuo y su desarrollo presente en la
realidad. Sea lo que fuere lo que haga y lo que le ocurra, lo hará él y será él
mismo; el individuo sólo puede tener la conciencia de la pura traducción de sí
mismo de la noche de la posibilidad al día de la presencia, del en sí abstracto
a la significación del ser real y tener la certeza de que lo que ante él aparece
ahora a la luz del día no es otra cosa que lo que antes dormitaba en aquella
noche. La conciencia de esta unidad es también, ciertamente, una comparación,
pero lo que se compara sólo tiene, cabalmente, la apariencia de la oposición;
una apariencia formal, que para la autoconciencia de la razón, según la cual la
individualidad es en sí misma la realidad, no es más que una apariencia. Por
tanto, el individuo sólo puede experimentar el goce de sí mismo, puesto que sabe
que en su realidad no puede encontrar otra cosa que su unidad con él, es decir,
solamente la certeza de sí mismo en su verdad y que, por tanto, siempre alcanza
su fin.
B) La cosa misma y la individualidad
Tal es el concepto que se forma de sí la conciencia, que está cierta de sí misma
como absoluta compenetración de la individualidad y del ser; veamos si este
concepto se confirma por la experiencia y su realidad Realität coincide con él.
La obra es la realidad Realität que se da la conciencia; es aquello en que el
individuo es para la conciencia lo que es en sí, de tal modo que la conciencia
para la cual el individuo deviene en la obra no es la conciencia particular,
sino la conciencia universal, la conciencia, en la obra, trasciende en general
al elemento de la universalidad, al espacio indeterminado del ser. La conciencia
que se retrotrae de su obra es, de hecho, la conciencia universal, -porque
deviene la negatividad absoluta o el obrar en esta oposición-, con respecto a su
obra, que es lo determinado; la conciencia va, pues, más allá de sí misma en
tanto que obra y es por sí misma el espacio indeterminado que no se encuentra
lleno por su obra. Sin embargo, si antes su unidad se mantenía en el concepto,
era precisamente por el hecho de que la obra era superada en tanto que obra que
es. Pero la obra debe ser, y hay que ver cómo en su ser mantendrá la
individualidad su universalidad y sabrá satisfacerse. Ante todo, hay que
considerar para sí la obra que ha llegado a ser.
Esta obra ha recibido también toda la naturaleza de la individualidad; por
tanto, su ser es él mismo un obrar en el que se compenetran y superan todas las
diferencias; la obra es, por consiguiente, proyectada hacia afuera en una
subsistencia en la que, de hecho, la determinabilidad de la naturaleza
originaria se vuelve en contra de otras naturalezas determinadas y penetra en
ellas, lo mismo que estas otras naturalezas se pierden en ella y se pierden en
este movimiento universal como momento llamado a desaparecer. Si dentro del
concepto de la individualidad real-real en y para sí misma son iguales entre sí
todos los momentos y circunstancias, el fin y el medio y la realización y la
naturaleza originaria determinada sólo vale como elemento universal, frente a
esto y en cuanto que este elemento deviene ser objetivo, su determinabilidad
como tal sale a la luz del día en la obra y adquiere su verdad en su disolución.
Vista más de cerca, esta disolución se presenta de tal modo que en esta
determinabilidad el individuo ha devenido real en tanto que este individuo; pero
esta determinabilidad no es solamente contenido de la realidad, sino también
forma de ella o, dicho en otros términos, la realidad como tal es en general la
determinabilidad que consiste en contraponerse a la autoconciencia. Vista por
este lado, se muestra como la realidad que ha desaparecido del concepto,
simplemente como una realidad extraña previamente encontrada. La obra es, es
decir, es para otras individualidades, y es para ellas una realidad extraña, en
lugar de la cual deben ellas poner la suya propia, para que pueda darse por
medio de su obrar la conciencia de su unidad con la realidad; en otras palabras,
su interés en aquella obra, puesto por su naturaleza originaria, es otro que el
interés peculiar de esta obra, que por ello mismo se convierte en algo distinto.
La obra es, por tanto, en general, algo perecedero, que es extinguido por el
juego contrario de otras fuerzas y otros intereses y que presenta más bien la
realidad Realität de la individualidad más bien como llamada a desaparecer que
como consumada. Para la conciencia nace, pues, en su obra la oposición entre el
obrar y el ser, que en las figuras anteriores de la conciencia era, al misma
tiempo, el comienzo del obrar y que aquí es solamente resultado. Pero esta
oposición se había tornado también, de hecho, como base en tanto que la
conciencia procedía a obrar como la individualidad real-real en sí; pues el
obrar presuponía la naturaleza originaria determinada como el en sí y tenía por
contenido el puro consumarse por la consumación misma. Pero el puro obrar es la
forma igual a sí misma, de la que difiere, por ello, la determinabilidad de la
naturaleza originaria. Aquí, como en los otros casos, es indiferente, cuál de
las dos cosas es llamada concepto y cuál realidad Realität; la naturaleza
originaria es lo pensado o el en sí con respecto al obrar, en el cual cobra
aquélla su realidad Realität; a, en otros términos, la naturaleza originaria es
el ser tanto de la individualidad en tanto que tal como de ella en cuanto obra
mientras que el obrar es el concepto originario como transición absoluta o como
el devenir. Esta inadecuación entre el concepto y la realidad Realität, que
radica en su esencia, la experimenta la conciencia en su obra; en ésta deviene,
por tanto, la conciencia como en verdad es, y el concepto vacío que tiene de sí
misma desaparece.
En esta fundamental contradicción de la obra, que es la verdad de esta
individualidad que se es real reales en sí, brotan así de nuevo como
contradictorios todos los lados de la misma; o, dicho de otro modo, la obra,
como el contenido de toda la individualidad, salida del obrar, que es la unidad
negativa y retiene presos todos los momentos, colocada en el ser, pone ahora en
libertad dichos momentos; y en el elemento de la subsistencia devienen
indiferentes entre sí. Concepto y realidad Realität se separan, por tanto, como
el fin y como lo que es la esencialidad originaria. El que el fin tenga
verdadera esencia o el que el en sí se haga fin, es algo fortuito. Y asimismo
vuelven a separarse el concepto y la realidad Realität como tránsito a la
realidad y como fin; o es contingente el que se elija el medio que expresa el
fin. Finalmente, reunidos estos momentos interiores, tengan en sí una unidad o
no, el obrar del individuo es, a su vez, contingente con respecto a la realidad
en general; la dicha decide tanto en pro de un fin mal determinado y de un medio
mal escogido como en contra de ellos.
Ahora bien, si ahora, según esto, la conciencia ve ante sí, en, su obra, la
oposición entre la voluntad y la consumación, entre el fin y el medio y, a su
vez, entre este interior conjunto y la realidad misma, lo que en general resume
en sí el carácter contingente de su obrar se hallan igualmente presentes la
unidad y la necesidad del obrar; este lado se entrelaza con aquél y la
experiencia del carácter contingente del obrar sólo es, a su vez, una
experiencia contingente. La necesidad del obrar consiste en que el fin sea
referido simplemente a la realidad, y esta unidad es el concepto del obrar; se
obra porque el obrar es en y para sí mismo la esencia de la realidad. Es cierto
que en la obra se da como resultado la contingencia que el ser consumado tiene
con respecto al querer y al consumar; y esta experiencia que parece debe valer
como la verdad contradice a aquel concepto de la acción. Sin embargo, sí
consideramos en su integridad el contenido de esta experiencia, vemos que es la
obra llamada a desaparecer; lo que se mantiene no es el desaparecer, sino que el
desaparecer es, a su vez, real, se halla vinculado a la obra y desaparece a su
vez con ella; lo negativo perece con lo positivo, cuya negación es. Este
desaparecer del desaparecer radica en el concepto mismo de la individualidad
real en sí; pues aquello en que desaparece la obra o lo que en ella desaparece y
lo que debería dar a lo que se llama experiencia su supremacía sobre el concepto
que la individualidad tiene de sí misma es la realidad objetiva; pero ésta es un
momento que tampoco en esta conciencia misma tiene ya ninguna verdad para sí;
ésta consiste solamente en la unidad de la conciencia con el obrar, y la
verdadera obra es solamente aquella unidad del obrar y del ser, del querer y del
consumar. Por tanto, para la conciencia, en virtud de la certeza sobre que
descansa su obrar, la realidad a ella contrapuesta es en sí misma una realidad
tal que es solamente para ella; a la conciencia como autoconciencia retrotraída
a sí misma y para la que ha desaparecido toda oposición, ésta no puede llegar a
ser ya en esta forma de su ser para sí frente a la realidad; sino que la
oposición y la negatividad que en la obra salen a luz afectan por ello no sólo
al contenido de la obra o también al de la conciencia, sino a la realidad como
tal y, por tanto, a la oposición presente solamente a través de aquélla y en
ella y al desaparecer de la obra. De este modo, se refleja la conciencia en sí
misma fuera de su obra perecedera y afirma su concepto y su certeza como lo que
es y lo permanente frente a la experiencia del carácter contingente del obrar;
la conciencia experimenta de hecho su concepto, en el que la realidad sólo es un
momento, algo para ella, no en y para sí; experimenta la realidad como un
momento llamado a desaparecer y que, por tanto, sólo vale para ella como ser en
general, cuya universalidad es lo mismo que el obrar. Esta unidad es la obra
verdadera; es la cosa misma que simplemente se afirma y se experimenta como lo
permanente, independientemente de la cosa, que es lo contingente del obrar
individual como tal, de las circunstancias, los medios y la realidad.
La cosa misma sólo aparece contrapuesta a estos momentos en la medida en que se
los considera como aislados, pero es esencialmente la unidad de ellos, como
compenetración de la realidad y la individualidad; la cosa misma es también,
esencialmente, un obrar como tal, un puro obrar en general y, con ello, del
mismo modo, un obrar de este individuo, este obrar que a él le pertenece en
oposición con la realidad, como fin; y es asimismo el tránsito de esta
determinabilidad a la contrapuesta y, por último, una realidad presente para la
conciencia. La cosa misma expresa con ello la esencialidad espiritual en que
todos estos momentos han sido superados como valederos para sí, en que, por
tanto, sólo valían como elementos universales y en la que la certeza de sí misma
es para la conciencia una esencia objetiva, una cosa Sache, el objeto nacido de
la autoconciencia como el suyo, sin dejar por ello de ser un objeto libre y
auténtico. Ahora, la cosa Ding de la certeza sensible y de la percepción sólo
tiene para la autoconciencia su significación a través de ésta; en esto descansa
la diferencia entre una cosa Ding y una cosa Sache. Se desarrollará aquí un
movimiento correspondiente al de la certeza sensible y la percepción.
Así, pues, en la cosa misma, como la compenetración objetivada de la
individualidad y la objetividad misma deviene ante la autoconciencia su
verdadero concepto de sí misma, o adquiere aquélla la conciencia de su
sustancia. La autoconciencia es, al mismo tiempo, como es aquí, una conciencia
que acaba de llegar a ser y que es, por tanto, una conciencia inmediata de la
sustancia, siendo éste el modo determinado como se presenta aquí la esencia
espiritual y que no ha llegado todavía a madurar como la sustancia
verdaderamente real. La cosa misma tiene, en esta conciencia inmediata de la
sustancia, la forma de la esencia simple, que contiene en sí y a la que
corresponden, como universal, todos sus diversos momentos, pero que es, a su
vez, indiferente con respecto a ellos, como momentos determinados, y libre para
sí y que vale como la esencia en tanto que es esta cosa misma libre, simple y
abstracta. Los diversos momentos de la determinabilidad originaria o de la cosa
de este individuo, de su fin, de los medios, del obrar mismo y de la realidad
son para esta conciencia, de una parte, momentos singulares que esta conciencia
puede abandonar y superar por la cosa misma; pero, de otra parte, todos ellos
tienen como esencia la cosa misma solamente de tal modo que ésta se encuentra
como la universalidad abstracta de ella en cada uno de estos momentos y puede
ser predicado suyo. Ella misma no es todavía el sujeto, sino que valen como el
sujeto aquellos momentos porque caen del lado de la singularidad en general,
mientras que la cosa misma sólo es, de momento, lo simplemente universal. La
cosa misma es el género, que se encuentra en todos estos momentos como en sus
especies y que, al mismo tiempo, es libre de ellos.
C) El mutuo engaño y la sustancia espiritual
Se llama honrada la conciencia que, de una parte, ha llegado a este idealismo
que la cosa misma expresa y que, de otra parte, tiene en ella, como esta
universalidad formal, lo verdadero; la que sólo se preocupa de la cosa misma y
se mueve y afana, por tanto, en sus diversos momentos o especies, de tal modo
que, cuando no encuentra la cosa misma en uno de ellos o en su significación, la
encuentra precisamente por ello en el otro y, de este modo, alcanza siempre, de
hecho, la satisfacción que esta conciencia debe lograr, con arreglo a su
concepto.
Ocurra lo que ocurra, esta conciencia consuma y alcanza la cosa misma, pues es,
como este género universal de aquellos momentos, predicado de todos.
Si no lleva un fin a realidad, lo ha querido, sin embargo; es decir, hace del
fin como fin, del puro obrar que no obra nada, la cosa misma, pudiendo por tanto
decir, para consolarse, que, a pesar de todo, ha obrado e impulsado algo. Como
lo universal contiene en sí mismo lo negativo o lo que tiende a desaparecer,
también esto, el hecho de que la obra se anule es también su propio obrar; ha
incitado a los otros a esto y encuentra todavía una satisfacción en la
desaparición de su realidad, a la manera como los chicos traviesos gozan de sí
mismos en la bofetada que reciben, a saber, como causa de ella. O bien, si la
conciencia no ha intentado siquiera llevar a cabo la cosa misma ni ha obrado
absolutamente nada, es porque no ha podido; la cosa misma, es, para ella,
precisamente la unidad de su decisión y de la realidad; afirma que la realidad
no sería sino lo posible para ella. Por último, si ha llegado a ser algo
interesante para ella, en general, sin su concurso, esta realidad será para la
conciencia la cosa misma precisamente por el interés que en ella encuentra,
aunque no haya sido producida por ella; si es una dicha que personalmente
obtiene, se atiene a ella como a un obrar y a un mérito suyos; y si se trata de
un suceso del mundo que de otro modo no le atañe, lo hace también suyo y el
interés pasivo es para ella el partido que en pro o en contra adopta y que ha
apoyado o combatido.
La honradez de esta conciencia y la satisfacción que encuentra en todos los
casos consisten de hecho, como claramente se ve, en que no reúne y agrupa sus
pensamientos, los pensamientos que tiene de la cosa misma. La cosa misma es,
para ella, tanto su cosa como la ausencia total de obrar, o bien el puro obrar y
el fin vacío, o también una realidad inactiva; esta conciencia hace de una
significación tras otra el sujeto de este predicado y va olvidándolas a una tras
otra. Ahora, en el mero haber querido o también en el no haber podido tiene la
cosa misma la significación del fin vacío y de la unidad pensada del querer y el
consumar. El consuelo de la anulación del fin que consiste en haber querido, sin
embargo, algo o en haber obrado puramente, así como la satisfacción de haber
dado algo que obrar a los otros, hace del puro obrar o de un obrar totalmente
malo la esencia; pues lo que debe llamarse malo es el obrar que no es obrar
alguno. Finalmente, en el caso afortunado de que encuentre la realidad, se
convertirá este ser sin obrar en la cosa misma.
La verdad de esta honradez consiste, sin embargo, en no ser tan honrada como
parece. En efecto, no puede ser tan carente de pensamiento que deje, de hecho,
que estos diversos momentos se disgreguen así, sino que tiene necesariamente que
tener la conciencia inmediata de su oposición, sencillamente porque se refieren
los unos a los otros. El puro obrar es esencialmente obrar de este individuo, y
este obrar es no menos esencialmente una realidad o una cosa. Y, a la inversa,
la realidad sólo es esencial como su obrar y también como el obrar en general; y
así es también realidad. Por tanto, cuando al individuo le parece que sólo se
trata de la cosa misma como realidad abstracta se halla presente el hecho de que
se trata de ella como de su propio obrar. Y, del mismo modo, cuando cree que
sólo se trata del obrar y del afanarse, no toma en serio esto, sino que se trata
de una cosa y de la cosa como la suya. Finalmente, cuando parece querer
solamente una cosa y su obrar, se trata, a su vez, de la cosa en general o de la
realidad que permanece en y para sí.
Del mismo modo que la cosa misma y sus momentos se manifiestan aquí como
contenido, igualmente necesarios son también como formas en la conciencia. Sólo
surgen como contenido para desaparecer, y cada uno de ellos deja sitio al otro.
Deben, por tanto, hallarse presentes en la determinabilidad, como momentos
superados; pero así son lados de la conciencia misma. La cosa misma está
presente como el en sí o su reflexión en sí misma; pero el desplazamiento de
unos momentos por otros se expresa en la conciencia de tal modo que dichos
momentos no se ponen en sí, sino que son puestos en ella solamente para un otro.
Uno de los momentos del contenido es sacado a la luz del día por la conciencia y
representado para otro; pero la conciencia, al mismo tiempo, se refleja fuera de
ello en sí y lo contrapuesto se halla asimismo presente en ella; la conciencia
lo retiene para sí como lo suyo. A la vez, no hay tampoco uno cualquiera de
dichos momentos que se limite solamente a proyectarse hacia el exterior,
mientras que otro es retenido solamente en lo interior, sino que la conciencia
los mueve alternativamente, pues tiene que hacer tanto del uno como del otro
algo esencial para sí y para los demás. El todo es la compenetración en
movimiento de la individualidad y de lo universal, pero, como este todo sólo se
halla presente para esta conciencia como la esencia simple, como la abstracción
de la cosa misma, sus momentos caen fuera de ésta como momentos separados,
disgregados unos de otros; y sólo se agotan y presentan como todo mediante la
alternación separadora que los expone y los retiene para sí. Ahora bien, como en
este alternar la conciencia tiene a un momento para sí y como esencial en su
reflexión y otro sólo exteriormente en ella o para los otros, aparece así un
juego de las individualidades, unas con respecto otras, en el que se engañan y
son engañadas las unas por las otras, del mismo modo que se engañan a ellas
mismas.
Una individualidad se dispone, pues, a llevar a cabo algo; parece, así, como si
convirtiese algo en cosa; la individualidad obra, deviene en el obrar para otro
y parece como si para ella se tratase aquí de la realidad. Los otros toman, por
tanto, el obrar de aquélla por un interés en la cosa como tal y por fin,
consistente en que la cosa en sí se lleve a cabo, siendo indiferente que lo haga
la primera individualidad o lo hagan ellos. Cuando, según esto, muestran esta
cosa como llevada ya a cabo por ellos o, si no, brindan y prestan su ayuda,
aquella conciencia ha salido ya más bien de donde ellos suponen que está, es su
obrar y afanarse lo que en la cosa interesa y, al percatarse de que esto era la
cosa misma, se consideran, por tanto, engañados. Pero, de hecho, su apresurarse
para ayudar no era en sí mismo sino que ellos querían ver y mostrar su obrar, y
no la cosa misma; es decir, querían engañar a los otros cabalmente del mismo
modo que ellos se quejan de haber sido engañados. Y al ponerse de manifiesto,
ahora, que el propio obrar y afanarse, el juego de sus fuerzas, vale como la
cosa misma, parece como si la conciencia impulsara su esencia para sí y no para
los otros y sólo se preocupara del obrar como el suyo y no como un obrar de los
otros, dejando a éstos, así, hacer con respecto a la cosa de ellos. Pero, de
nuevo se equivocan; la conciencia ya no está allí donde ellos suponen que está.
La conciencia no se ocupa de la cosa como de esta su cosa singular, sino que se
ocupa de ella como cosa, como universal, que es para todos. Se inmiscuye, por
tanto, en su obrar y en su obra, y si no puede quitárselo de las manos, por lo
menos se interesa por ello, preocupándose de emitir juicios; si le imprime el
sello de su aprobación y de su elogio, quiere decir con ello que no se limita a
elogiar en la obra la obra misma, sino que elogia al mismo tiempo su propia
magnanimidad y moderación, al no echar a perder la obra como obra, ni tampoco
con su censura. Y, al mostrar un interés por la obra, se goza a sí mismo en
ello; y también la obra censurada por él le es grata precisamente por este goce
de su propio obrar, goce que con ello se le procura. Y quienes se consideran o
presentan como engañados por esta ingerencia trataban más bien ellos mismos de
engañar del mismo modo. Tratan de hacer pasar su obrar y su afanarse por algo
que sólo es para ellos mismos, en que no tienen otro fin que ellos mismos y su
propia esencia. Pero, al hacer algo y presentarse y mostrarse así a la luz del
día, contradicen de un modo inmediato con sus actos lo que dicen proponerse, el
querer excluir la misma luz del día, la conciencia universal y la participación
de todos; la realización es, por el contrario, una exposición de lo suyo en el
elemento universal por medio del cual lo suyo se convierte y debe convertirse en
cosa de todos.
Es también engañarse a sí mismo y engañar a los otros el pretender que se trata
solamente de la pura cosa; una conciencia que pone de manifiesto una cosa hace
más bien la experiencia de que los otros acuden volando como las moscas a la
leche que se acaba de poner sobre la mesa y que quieren saberse ocupados en
ello; pero estos, por su parte, hacen en esa conciencia también la experiencia
de que tampoco ella se ocupa de la cosa como objeto, sino como de la cosa suya.
Por el contrario, si lo que debe ser lo esencial es solamente el obrar mismo, el
uso de las fuerzas y capacidades o la expresión de esta individualidad, por
ambas partes se hace asimismo la experiencia de que todos se agitan y se tienen
por invitados y de que, en vez de un puro obrar o de un obrar singular y
peculiar, se pone de manifiesto más bien algo que es igualmente para otros o una
cosa misma. En ambos casos sucede lo mismo y sólo tiene un sentido distinto
frente al que se había admitido y se consideraba que debía valer. La conciencia
experimenta ambos lados como momentos igualmente esenciales y, en ello, la
experiencia de lo que es la naturaleza de la cosa misma, a saber, que no es
solamente cosa contrapuesta al obrar en general y al obrar singular, ni obrar
que se contrapone a la subsistencia y que sería el género libre de estos
momentos como sus especies, sino una esencia cuyo ser es el obrar del individuo
singular y de todos los individuos y cuyo obrar es de un modo inmediato para
otros o una cosa, que es cosa solamente como obrar de todos y de cada uno; la
esencia que es la esencia de todas las esencias, la esencia espiritual. La
conciencia experimenta que ninguno de aquellos momentos es sujeto, sino que se
disuelve más bien en la cosa universal misma; los momentos de la individualidad,
que para la carencia de pensamiento de esta conciencia valían uno tras otro como
sujeto, se agrupan en la individualidad simple, que, al ser ésta, es al mismo
tiempo inmediatamente universal. La cosa misma pierde, con ello, la relación de
predicado y la determinabilidad de lo universal abstracto y sin vida, y es más
bien la sustancia penetrada por la individualidad; el sujeto, en el que la
individualidad es tanto como ella misma o como ésta así como todos los
individuos, y lo universal que sólo es un ser como este obra de todos y cada
uno, una realidad por cuanto que esta conciencia la sabe como su realidad
singular y como la realidad de todos. La pura cosa misma es lo que más arriba se
determinaba como la categoría, el ser que es yo o el yo que es ser, pero como
pensamiento que se distingue todavía de la autoconciencia real; pero, aquí los
momentos de la autoconciencia real, en tanto que nosotros los llamamos su
contenido, su fin, su obrar y su realidad, así como en tanto que los llamamos su
forma, ser para sí y ser para otro, se ponen como unidad con la categoría simple
misma, la cual es, así, al mismo tiempo, todo contenido.
LA RAZÓN LEGISLADORA
La esencia espiritual es, en su ser simple, pura conciencia, y ésta
autoconciencia. La naturaleza originariamente determinada del individuo ha
perdido su significación positiva de ser en sí el elemento y el fin de su
actividad; es solamente un momento superado, y el individuo un sí mismo, como sí
mismo universal. Y, a la inversa, la cosa formal misma tiene su cumplimiento en
la individualidad que obra y se diferencia en sí misma; pues las diferencias de
ésta constituyen el contenido de aquel universal. La categoría es en sí, como lo
universal de la pura conciencia; y es asimismo para sí, pues el sí mismo de la
conciencia es también su momento. La categoría es ser absoluto, pues aquella
universalidad es la simple igualdad consigo mismo del ser.
Lo que, por tanto, es el objeto para la conciencia tiene la significación de ser
lo verdadero; lo verdadero es y vale en el sentido de ser y de valer en y para
sí mismo; es la cosa absoluta que no padece ya de la oposición entre la certeza
y su verdad, entre lo universal y lo individual, entre el fin y su realidad
Realität, sino que su ser allí es la realidad y el obrar de la autoconciencia;
esta cosa es, por tanto, la sustancia ética, y la conciencia de ella la
conciencia ética. Su objeto vale para esta conciencia, asimismo, como lo
verdadero, pues agrupa en unidad autoconciencia y ser; vale como lo absoluto,
pues la autoconciencia ya no puede ni quiere ir más allá de este objeto, ya que
en él es cerca de sí misma: no puede, porque ese objeto es todo ser y todo
poder, y no quiere, porque es el sí mismo o la voluntad de este sí mismo. Es el
objeto real reales en él mismo como objeto, pues tiene en él la diferencia de la
conciencia; se divide en masas que son las leyes determinadas de la esencia
absoluta. Pero estas masas no empañan el concepto, pues en éste permanecen
incluidos los momentos del ser y de la conciencia pura y del sí mismo -una
unidad que constituye la esencia de estas masas y que en esta diferencia no deja
ya que estos momentos se separen.
Estas leyes a masas de la sustancia ética son reconocidas de un modo inmediato;
no cabe preguntar por su origen y su justificación, ni indagar tampoco un otro
cualquiera, ya que un otro que no fuese la esencia que es en y para sí sería
solamente la autoconciencia misma; pero ésta no es otra cosa que esta esencia,
pues ella misma es el ser para sí de esta esencia, que es cabalmente la verdad
porque es tanto el sí mismo de la conciencia como su en sí o pura conciencia.
Por cuanto que la autoconciencia se sabe como momento del ser para sí de esta
sustancia, expresa en ella el ser allí de la ley, de tal modo que la sana razón
sabe de un modo inmediato lo .que es justo y bueno. Y tan inmediatamente como lo
sabe, tan inmediatamente vale para ella y puede decir, también de un modo
inmediato: esto es bueno y justo. Y precisamente esto; se trata de leyes
determinadas, de la cosa misma cumplida y plena de contenido. Y lo que así se
ofrece de un modo inmediato debe también acogerse y considerarse de modo
inmediato; así como de aquello que la certeza sensible enuncia de un modo
inmediato como lo que es hay que ver cómo está constituido, así también aquí hay
que ver cómo está constituido el ser enunciado por esta certeza ética inmediata
o cómo lo están estas masas de la esencia ética que son de un modo inmediato.
Los ejemplos de algunas de tales leyes mostrarán esto, y al tomarlas bajo la
forma de máximas de la sana razón dotada de saber no tendremos nosotros por qué
empezar introduciendo el momento que hay que hacer valer en ellas, como leyes
éticas inmediatas.
"Cada cual debe decir la verdad". En este deber, enunciado como incondicionado,
se admitirá en seguida una condición: si sabe la verdad. Por donde el precepto
rezará, ahora, así: cada cual debe decir la verdad, siempre con arreglo a su
conocimiento y a su convicción acerca de ella. La sana razón, precisamente esta
conciencia ética que sabe de un modo inmediato lo que es justo y bueno,
explicará también que esta condición se hallaba ya unida de tal modo a su máxima
universal, que, al enunciar dicho precepto, lo suponía ya así. Con lo cual
reconoce, de hecho, que, al enunciar la máxima, la infringe ya de un modo
inmediato; decía que cada cual debe decir la verdad; pero suponía que debe
decirla con arreglo a su conocimiento y a su convicción acerca de ella; en otros
términos, decía otra cosa de lo que suponía; y decir otra cosa de lo que se
supone significa no decir la verdad. Una vez corregida la novedad o la torpeza,
la máxima se enunciará así: cada cual debe decir la verdad, con arreglo al
conocimiento y a la convicción que de ella tenga en cada caso. Pero, con ello,
lo universal necesario, lo valedero en sí, que esta máxima se proponía enunciar,
más bien se invierte, convirtiéndose en algo totalmente contingente. En efecto,
el que se diga la verdad queda confiado al hecho contingente de que yo la
conozca y pueda convencerme de ella; lo que vale tanto como afirmar que debe
decirse lo verdadero y lo falso mezclado y revuelto, tal como uno lo conoce, lo
supone y lo concibe. Esta contingencia del contenido sólo tiene la universalidad
en la forma de una proposición bajo la cual se expresa; pero, como máxima ética
promete un contenido universal y necesario y se contradice a sí misma, con la
contingencia de dicho contenido. Y sí, por último, la máxima se corrige diciendo
que la contingencia del conocimiento y de la convicción acerca de la verdad
deben desaparecer y que la verdad debe, además, ser sabida, se enunciará con
ello un precepto en flagrante contradicción con lo que era el punto de que se
partía. Primeramente, la sana razón debía tener de un modo inmediato la
capacidad de enunciar la verdad; pero ahora se dice que debía saber la verdad,
es decir, que no sabe enunciarla de un modo inmediato.
Considerando el problema por el lado del contenido, éste se descarta al exigir
que se debe saber la verdad, ya que esta exigencia se refiere al saber en
general: se debe saber; lo que se exige es, por tanto, más bien lo que se halla
libre de todo contenido determinado. Pero aquí se hablaba de un contenido
determinado, de una diferencia en cuanto a la sustancia ética. Sin embargo, esta
determinación inmediata de .dicha sustancia es un contenido que se manifiesta
más bien como algo totalmente fortuito y que se eleva a universalidad y
necesidad, de tal modo que más bien desaparece el saber enunciado como ley.
Otro precepto famoso es el de ama a tu prójimo como a ti mismo. Es un precepto
dirigido al individuo en relación con otros individuos, en que se afirma como
una relación entre individuo e individuo, o como relación de sentimiento. El
amor activo -pues el inactivo no tiene ser alguno y, evidentemente, no puede
tratarse de él- tiende a evitar el mal a un ser humano y a hacerle el bien. A
este efecto, hay que distinguir lo que para él es el mal, lo que es frente a
éste el bien eficiente y lo que es, en general, su bienestar; es decir, que
debemos amar al prójimo de un modo inteligente, pues un amor no inteligente le
hará tal vez más daño que el odio. Ahora bien, el obrar bien de un modo esencial
e inteligente es, en su figura más rica y más importante, la acción inteligente
universal del Estado - una acción en comparación con la cual el obrar del
individuo como individuo es, en general, algo tan insignificante, que apenas sí
vale la pena de hablar de ello. Además, aquella acción es tan poderosa, que si
oponemos a ella el obrar individual y éste quisiera ser precisamente para sí un
delito o defraudar por amor a otro lo universal en lo tocante al derecho y a la
participación que tiene en él, ese obrar individual resultaría totalmente
estéril y sería irresistiblemente destruido. A ese bien obrar que es sentimiento
sólo le resta la significación de un obrar totalmente individual, de una ayuda
en caso extremo, que será algo tan contingente como momentáneo. Lo fortuito
determina no sólo su ocasión, sino también el si es o no, en general, una obra,
el si esta obra no vuelve a disolverse en seguida y se convierte por sí misma
más bien en un mal. Por tanto, este obrar en bien de otros que se enuncia como
necesario es de tal naturaleza, que podría tal vez existir y tal vez no; que, el
caso se ofrece fortuitamente, es tal vez una obra, es tal vez una obra buena o
tal vez no. Así, pues, esta ley carece de un contenido universal, ni más ni
menos que la primera que ha sido considerada, y no expresa algo que sea en y
para sí, como tendría que hacerlo en tanto que ley ética absoluta. O bien tales
Leyes se mantienen en el terreno del deber ser, pero carecen de realidad y no
son leyes, sino solamente preceptos.
Pero, de hecho, se ve claramente por la naturaleza de la cosa misma que es
necesario renunciar a un contenido universal y absoluto; pues a la sustancia
simple, cuya esencia consiste en ser sustancia simple, es inadecuada toda
determinabilidad que en ella se ponga. El precepto, en su absoluteidad simple,
enuncia por sí mismo un ser ético inmediato; la diferencia que en él se
manifiesta es una determinabilidad, y por tanto un contenido, que se halla bajo
la universalidad absoluta de este ser simple. Y, teniendo, según esto, que
renunciar a un contenido absoluto, sólo puede asignarse al precepto una
universalidad formal, o sea el que no se contradiga, pues la universalidad
carente de contenido es la universalidad formal, y un contenido absoluto
significa él mismo tanto, a su vez, como una diferencia que no es tal o como la
carencia de contenido.
Lo que resta, por tanto, para la razón legisladora es la pura forma de la
universalidad o, de hecho, la tautología de la conciencia, tautología que se
contrapone al contenido y que es un saber, no del contenido que es o del
contenido propiamente dicho, sino de la esencia o de la igualdad de ese
contenido consigo mismo.
Así, pues, la esencia ética no es ella misma e inmediatamente un contenido, sino
solamente una pauta para medir si un contenido es capaz de ser o no ley, en
cuanto que no se contradice a sí mismo. La razón legisladora desciende, así, al
plano de una razón simplemente examinadora.
LA RAZÓN QUE EXAMINA LEYES
Una diferencia en la sustancia ética simple es para ella algo fortuito que en el
precepto determinado hemos visto surgir como algo fortuito del saber, de la
realidad y del obrar. La comparación entre aquel ser simple y la
determinabilidad que no corresponde a él recala en nosotros; y la sustancia
simple se ha mostrado ser universalidad formal o pura conciencia que, libre del
contenido, se enfrenta a él y es un saber de él como contenido determinado. Esta
universalidad sigue siendo, de este modo, lo que era, propiamente, la cosa
misma. Pero es, en la conciencia, algo otro; no es ya, en efecto, el género
inerte y carente de pensamiento, sino que se refiere a lo particular y vale como
la potencia y la verdad de esto. Esta conciencia parece ser, primeramente, el
mismo examinar que antes éramos nosotros mismos, y su acción no parece que pueda
ser otra de lo que antes acaecía, a saber, una comparación entre lo universal y
lo determinado, de la que resultaría, como antes, su inadecuación. Pero la
relación entre el contenido y lo universal es aquí otra, ya que lo universal ha
cobrado aquí otra significación; ahora, es una universalidad formal, de la que
es capaz el contenido determinado, pues en ella éste es considerado solamente en
relación consigo mismo. En nuestro examen, la sustancia universal sólida se
enfrentaba a la determinabilidad que se desarrollaba como lo fortuito de la
conciencia en que entraba la sustancia. Aquí, en cambio, ha desaparecido uno de
los términos de la comparación; lo universal no es ya la sustancia que es y que
vale o lo justo en y para sí, sino simple saber o forma que compara un contenido
solamente consigo mismo y lo considera para saber si es una tautología. Aquí, ya
no se estatuyen leyes, sino que solamente se examinan; y las leyes están ya
dadas para la conciencia examinadora; ésta acoge su contenido tal y como es
simplemente, sin entrar en la consideración de lo singular y lo fortuito
adherido a su realidad, como nosotros hacíamos, sino que se detiene en el
precepto como tal precepto y se comporta con respecto a él de un modo igualmente
simple, como lo que es simplemente su pauta.
Pero, por esta misma razón, este examen no va muy lejos; cabalmente por cuanto
que la pauta es la tautología y es indiferente hacia el contenido, acoge en sí
lo mismo éste que el contrapuesto. Si se pregunta si debe ser una ley en y para
sí el que exista propiedad; en y para sí, no por razones de utilidad para otros
fines; la esencialidad ética consiste precisamente en que la ley sea solamente
igual a sí misma y, por medio de esta igualdad consigo misma, se halle fundada,
por tanto, en su propia esencia, y no sea algo condicionado. La propiedad en y
para sí no se contradice; es una determinabilidad aislada o una determinabilidad
que se pone sólo como igual a sí misma. Del mismo modo que no se contradice
tampoco la no-propiedad, la ausencia de propietario de las cosas o la comunidad
de bienes. El que algo no pertenezca a nadie, o pertenezca al primero que llegue
y se posesione de ello, o pertenezca a todos y a cada uno según sus necesidades
o por partes iguales, es una determinabilidad simple, un pensamiento formal,
como su contrario, la propiedad. Claro está que si la cosa sin dueño es
considerada como un objeto necesario para la satisfacción de una necesidad, será
necesario que se convierta en posesión de un individuo cualquiera; y sería
contradictorio convertir más bien en ley la libertad de la cosa. Pero por
carencia de dueño de la cosa no se supone tampoco una ausencia absoluta de
dueño, sino que la cosa deberá convertirse en posesión con arreglo a la
necesidad del individuo, y no precisamente para ser guardada, sino para usarla
inmediatamente. Pero el velar así por las necesidades, ateniéndose
exclusivamente a lo fortuito, es contradictorio con la naturaleza de la esencia
consciente, que es la única de que se habla; pues ésta tiene necesariamente que
representarse sus necesidades en la forma de universalidad, velar por toda su
existencia y adquirir un bien permanente. Por donde no coincidiría consigo mismo
el pensamiento que se atribuyese fortuitamente la posesión de una cosa a la
primera vida autoconsciente que se presentara, con arreglo a sus necesidades. En
la comunidad de bienes en que se velase por ello de un modo universal y
permanente se darían dos posibilidades, o bien se asignaría a cada uno tanto
como necesitara, en cuyo caso se hallarían en contradicción esta desigualdad y
la esencia de la conciencia, para la que la igualdad de los individuos es un
principio. O bien, con arreglo a este último principio, la distribución se
basará en la igualdad, y en este caso la participación no guardaría ya relación
con la necesidad, que es, sin embargo, la única que constituye su concepto.
Pero, si de este modo la no-propiedad se manifiesta como contradictoria es
solamente porque no se la ha dejado como determinabilidad simple. Lo mismo
ocurre con la propiedad cuando se la disuelve en momentos. La cosa singular que
es mi propiedad vale, Así, como algo universal, firme y permanente; pero esto
contradice a su naturaleza, que consiste en ser usada y desaparecer. Y vale, al
mismo tiempo, como lo mío, que todos los demás reconocen y de lo que se
excluyen. Ahora bien, el hecho de que se me reconozca radica más bien en mí
igualdad con todos, en lo contrario de la exclusión. Lo que yo poseo es una
cosa, es decir, un ser para otros en general, de modo totalmente universal y sin
la determinación de ser solamente para mi; el que yo la posea contradice a su
coseidad universal. Por tanto, la propiedad se contradice por todos sus lados ni
más ni menos que la no-propiedad; tanto una como otra llevan en sí estos dos
momentos contrapuestos y contradictorios de la singularidad y la universalidad.
Pero cada una de estas determinabilidades, representada como algo simple, como
propiedad o como no-propiedad sin más desarrollo, es tan simple como la otra, es
decir, no se contradice. Por tanto, la pauta de la ley, que la razón tiene en
ella misma, conviene igualmente a todas y no es, según esto, de hecho, ninguna
pauta. Sería, ciertamente, algo bien extraño que la tautología, el principio de
contradicción, que para el conocimiento de la verdad teórica se reconoce
solamente como un criterio formal, es decir, como algo totalmente indiferente
hacia la verdad y la no-verdad, debiera ser algo más que esto con respecto al
conocimiento de la verdad práctica.
En los dos momentos que acabamos de considerar, en los que se cumple una esencia
espiritual antes vacía, se han superado el poner determinabilidades inmediatas
en la sustancia ética y después el saber de ellas si son o no leyes. Por donde
parece llegarse al resultado de que no hay lugar ni para leyes determinadas ni
para un saber de ellas. Sin embargo, la sustancia es la conciencia de sí como
esencialidad absoluta, que, así, no puede rechazar ni la diferencia presente en
ella ni el saber de ella. El que el legislar y el examinar leyes hayan
demostrado no ser nada, significa que los dos procesos, considerados cada uno de
por sí y aisladamente, son solamente momentos inestables de la conciencia ética;
y el movimiento en el que surgen tiene el sentido formal de que la sustancia
ética se presenta a través de él como conciencia.
En tanto que estos dos momentos son determinaciones más precisas de la
conciencia de la cosa misma, pueden ser considerados como formas de la
honestidad, la cual, como en otros casos se ocupa de sus momentos formales, se
afana aquí con un contenido, que debiera ser, de lo bueno y de lo justo y con un
examen de esta verdad firme, creyendo poseer en la sana razón y en el
discernimiento inteligente la fuerza y la validez de preceptos. Pero, sin esta
honestidad, las leyes no valen como esencia de la conciencia, ni el examen de
ellas vale tampoco como un obrar dentro de ésta; sino que estos momentos, cuando
surgen cada uno para sí de modo inmediato y como una realidad, expresan uno un
estatuir y un ser no valederos de leyes reales y el otro la liberación
igualmente no valedera de esas leyes. La ley tiene, como ley determinada, un
contenido fortuito -lo que significa, aquí, que es ley de una conciencia
singular con un contenido arbitrario. Ese inmediato legislar es, por tanto, la
temeridad tiránica que convierte la arbitrariedad en ley y la eticidad en una
obediencia a ésta -a leyes que son solamente leyes, pero, que no son, a la vez,
preceptos. Del mismo modo que el segundo momento, en tanto que aislado, el
examen de las leyes significa el movimiento de lo inmóvil y la temeridad del
saber que se libera de las leyes absolutas por medio del raciocinio y las
considera como una arbitrariedad extraña a él.
En ambas formas son estos momentos un comportamiento negativo ante la sustancia
o ante la esencia espiritual real reales; en otras palabras, la sustancia no
tiene todavía en ellas su realidad Realität, sino que la conciencia los contiene
todavía bajo la forma de su propia inmediatez, y la sustancia es solamente un
querer y un saber de este individuo o el deber ser de un precepto no-real y un
saber de la universalidad formal. Pero, al superarse estos modos, la conciencia
ha retornado a lo universal y aquellas oposiciones han desaparecido. La esencia
espiritual es sustancia real por el hecho de que estos modos no tienen validez
en su singularidad, sino solamente como modos superados; y la unidad en la que
son solamente elementos es el sí mismo de la conciencia, que, puesto de ahora en
adelante en la esencia espiritual, eleva ésta a lo real, lo pleno y lo
autoconsciente.
La esencia espiritual es, según esto, en primer lugar, para la autoconciencia
como ley que es en sí; la universalidad del examen, que era universalidad formal
que no era en sí, se ha superado. Y es en segundo lugar, una ley eterna, que no
tiene su fundamento en la voluntad de este individuo, sino que es en y para sí,
la absoluta voluntad pura de todos, que tiene la forma del ser inmediato. Este
puro querer no es tampoco un precepto que solamente deba ser, sino que es y
vale; es el yo universal de la categoría, que es de un modo inmediato realidad,
y el mundo es solamente esta realidad. Pero, por cuanto que esta ley que es vale
sin más, la obediencia de la autoconciencia es el servicio a un señor cuyas
órdenes sean una arbitrariedad y en que la autoconciencia no se reconozca. Antes
bien, las leyes son pensamientos de su propia conciencia absoluta, pensamientos
que ella misma tiene de un modo inmediato. Y no se trata tampoco de que crea en
ellos, pues sí la fe puede intuir la esencia, es una esencia extraña. La
autoconciencia ética forma unidad inmediata con la esencia por medio de la
universalidad de su sí mismo; la fe, por el contrario, parte de la conciencia
singular, es el movimiento de esta conciencia que tiende siempre a acercarse a
dicha unidad, sin alcanzar la presencia de su esencia. Por el contrario, aquella
conciencia se ha superado como singular, esta mediación se ha llevado a cabo y
sólo por haber sido llevada a cabo es autoconciencia inmediata de la sustancia
ética.
La diferencia entre la autoconciencia y la esencia es, pues, perfectamente
transparente. Esto hace que las diferencias en la esencia misma no sean
determinaciones fortuitas, sino que, en virtud de la unidad de la esencia y de
la autoconciencia única, de la que podría provenir la desigualdad, dichas
diferencias son las masas en las que la unidad se estructura, infundiéndoles su
propia vida, espíritus no desdoblados y claros ante sí mismos, figuras
celestiales inmaculadas que conservan en sus diferencias la inocencia virginal y
la armonía de su esencia. La autoconciencia es, asimismo, un comportamiento
simple y claro hacía ellas.
Son, y nada más: esto es lo que constituye la conciencia de su relación. Por eso
estas leyes valen para la Antígona de Sófocles como el derecho no escrito e
infalible de los dioses. "No de hoy ni de ayer, sino de siempre. Este derecho
vive, y nadie sabe cuando ha aparecido." (n.3).
Son. Si inquiero su nacimiento y las circunscribo al punto de su origen, voy ya
más allá de ellas; pues yo soy de ahora en adelante lo universal y ellas son lo
condicionado y lo limitado. Y si tienen que legitimarse ante mi modo de ver, es
que ya he movido su inconmovible ser en sí y las considero como algo que para mí
tal vez es verdadero y tal vez no. La disposición ética consiste precisamente en
atenerse firme e inconmoviblemente a lo que es lo justo, absteniéndose de todo
lo que sea moverlo, removerlo y derivarlo.
Se me hace depositario de algo que es propiedad de otro, y yo lo reconozco
porque es así, y me mantengo inconmovible en esta actitud. Pero si retengo el
depósito para mi, no incurro para nada, según el principio de mi examen, de la
tautología, en una contradicción; pues entonces ya no lo considero como
propiedad de otro; retener algo que no considero propiedad de otro es
perfectamente consecuente, no es una contradicción; en efecto, de lo que aquí se
trata no es del punto de vista como tal, sino del objeto y del contenido, que no
debe contradecirse. Lo mismo que -como hago cuando me desprendo de algo,
regalándolo- puedo cambiar el punto de vista de que algo es mi propiedad por el
punto de vista de que es propiedad de otro; sin incurrir con ello en
contradicción, exactamente lo mismo puedo seguir el camino inverso. Así, pues,
no porque encuentre algo no contradictorio es esto justo, sino que es justo
porque es lo justo. Que algo es propiedad de otro: he ahí el fundamento de que
se parte; acerca de eso no tengo por qué razonar, no tengo para qué indagar ni
dejar que se me ocurran tales o cuales pensamientos, conexiones o
consideraciones, ni ponerme a estatuir leyes o a examinarlas; mediante tales
movimientos de mi pensamiento no haría más que trastrocar aquella actitud, ya
que, de hecho, podría a mí antojo hacer que fuera también lo contrario de esto
lo conforme a mi saber tautológico indeterminado, convirtiéndolo, por tanto, en
ley. Sino que lo justo sea esta determinación o la contrapuesta se determina en
y para sí; yo podría, para mi, erigir en ley la que quisiera o ninguna y, desde
el momento en que comienzo a examinar, marcho ya por un camino no ético. Cuando
lo justo es para mí en y para sí es cuando soy dentro de la sustancia ética;
ésta es, así, la esencia de la autoconciencia; pero ésta es su realidad y su
allí, su sí mismo y su voluntad.
BB. EL ESPÍRITU
LA RAZÓN es espíritu en tanto que eleva a verdad la certeza de ser toda realidad
Realität} y es consciente de sí misma como de su mundo y del mundo como de sí
misma. El devenir del espíritu era presentado por el movimiento inmediatamente
anterior, en el que el objeto de la conciencia, la pura categoría, se elevaba al
concepto de la razón. En la razón observadora, esta pura unidad del yo y del
ser, del ser para sí y del ser en sí, se determina como el en sí o como ser, y
la conciencia de la razón se encuentra. Pero la verdad del observar es más bien
la superación de este instinto del encontrar inmediato, de este ser allí carente
de conciencia de dicha verdad. La categoría intuida, la cosa encontrada, entran
en la conciencia como el ser para sí del yo, que ahora se sabe en la esencia
objetiva como el sí mismo. Sin embargo, esta determinación de la categoría como
ser para sí contrapuesto al ser en sí es también ella unilateral y un momento
que se supera a sí mismo. La categoría es, por tanto, determinada para la
conciencia tal como esa categoría es en su verdad universal, como esencia que es
en y para sí. Esta determinación todavía abstracta que constituye la cosa misma
sólo es la esencia espiritual, y la conciencia de dicha esencia no es sino un
saber formal de ésta, el cual se afana en torno a un contenido cualquiera de
ella; esta conciencia, en efecto, se diferencia todavía de la sustancia como
algo singular, y o bien estatuye leyes arbitrarias, o bien supone que tiene en
su saber, como tal, las leyes tal y como son en y para sí; y se tiene como su
potencia enjuiciadora. O, considerando el asunto por el lado de la sustancia,
diríamos que ésta es la esencia espiritual que es en y para sí y que no es
todavía conciencia de sí misma. Pero la esencia que es en y para sí y que, al
mismo tiempo, es ella real como conciencia y se representa a sí misma, es el
espíritu. Su esencia espiritual ha sido ya definida como la sustancia ética;
pero el espíritu es la realidad ética. Es el sí mismo de la conciencia real, a
la que se enfrenta, o que más bien se enfrenta a sí misma como mundo real
objetivo, el cual, sin embargo, ha perdido para el sí mismo toda significación
de algo extraño, del mismo modo que el sí mismo ha perdido toda significación de
un ser para sí, separado, dependiente o independiente, de aquel mundo. El
espíritu es la sustancia y la esencia universal, igual a sí misma y permanente
-el inconmovible e irreductible fundamento y punto de partida del obrar de
todos- y su fin y su meta, como el en sí pensado de toda autoconciencia. Esta
sustancia es, asimismo, la obra universal, que se engendra como su unidad e
igualdad mediante el obrar de todos y de cada uno, pues es el ser para sí, el sí
mismo, el obrar. Como la sustancia, el espíritu es la inmutable y justa igualdad
consigo mismo; pero, como ser para sí, es la esencia que se ha disuelto, la
esencia bondadosa que se sacrifica, en la que cada cual lleva a cabo su propia
obra, que desgarra el ser universal y toma de él su parte. Esta disolución y
singularización de la esencia es cabalmente el momento del obrar y el sí mismo
de todos; es el movimiento y el alma de la sustancia y la esencia universal
efectuada. Y precisamente por ello, porque es el ser resuelto en el sí mismo, es
por lo que no es a esencia muerta, sino la esencia real y viva.
El espíritu es, así, la esencia real absoluta que se sostiene a sí misma. Todas
las figuras anteriores de la conciencia son abstracciones de este espíritu; son
el analizarse del espíritu, el diferenciar sus momentos y el demorarse en
momentos singulares. Este aislamiento de tales momentos tiene al espíritu mismo
como supuesto y subsistencia, o existe solamente en el espíritu, que es la
existencia. Estos momentos, aislados de esta manera, tienen la apariencia de ser
como tales; pero, su progresión y su retorno a su fundamento y esencia muestran
que son solamente momentos o magnitudes llamadas a desaparecer; y aquella
esencia es precisamente este movimiento y esta disolución de tales momentos.
Aquí, donde se ponen el espíritu o la reflexión de estos momentos en sí mismos,
nuestra reflexión en torno a ellos puede recordarlos brevemente conforme a este
lado; dichos momentos eran la conciencia, la autoconciencia y la razón. El
espíritu es, pues, conciencia en general, que abarca en sí la certeza sensible.
la percepción y el entendimiento, en tanto que el espíritu, en el análisis de sí
mismo, retiene el momento según el cual es él mismo realidad objetiva que es y
hace abstracción del hecho de que esta realidad es su propio ser para sí. Si
retiene, por el contrario, el otro momento del análisis, según el cual su objeto
es su ser para sí, entonces es autoconciencia. Pero, como conciencia inmediata
del ser en sí y para sí, como unidad de la conciencia y de la autoconciencia, el
espíritu es la conciencia que tiene razón, conciencia que, como el tener lo
indica, tiene el objeto como racionalmente determinado en sí o como determinado
por el valor de la categoría, pero de tal modo que el objeto no tiene todavía
para la conciencia del mismo el valor de la categoría. El espíritu es la
conciencia de cuya consideración acabamos de salir. Esta razón que el espíritu
tiene es intuida, finalmente, por él como la razón que es o como la razón que es
realmente en él y que es su mundo, y entonces el espíritu es en su verdad; es el
espíritu, es la esencia ética real.
El espíritu es la vida ética de un pueblo en tanto que es la verdad inmediata;
el individuo que es un mundo. El espíritu tiene que progresar hasta la
conciencia de lo que es de un modo inmediato, tiene que superar la bella vida
ética y alcanzar, a través de una serie de figuras, el saber de sí mismo. Pero
estas figuras se diferencian de las anteriores por el hecho de que son los
espíritus reales-reales, auténticas realidades, y en vez de ser solamente
figuras de la conciencia, son figuras de un mundo.
El mundo ético viviente es el espíritu en su verdad; tan pronto como el espíritu
llega al saber abstracto de su esencia, la eticidad desciende a la universalidad
formal del derecho. El espíritu, de ahora en adelante desdoblado en sí mismo,
inscribe en su elemento objetivo como en una dura realidad uno de sus mundos, el
reino de la cultura, y frente a él, en el elemento del pensamiento, el mundo de
la fe, el reino de la esencia. Pero, ambos mundos, captados conceptualmente por
el espíritu que retorna a sí de esta pérdida de sí mismo, son trastrocados y
revolucionados por la intelección y su difusión, por la Ilustración, y el reino
separado y extendido al más acá y el más allá retorna a la autoconciencia, que
ahora, en la moralidad, se capta como la esencialidad y capta la esencia como sí
mismo real, que ya no pone fuera de sí su mundo y su fundamento, sino que deja
que todo se consuma en sí, y como conciencia es el espíritu cierto de sí mismo.
El mundo ético, el mundo desgarrado en el más acá y el más allá, y la visión
moral del mundo son, por tanto, los espíritus cuyo movimiento y cuyo retorno al
simple sí mismo que es para sí del espíritu veremos desarrollarse y como meta y
resultado de los cuales emergerá la autoconciencia real del espíritu absoluto.
EL ESPÍRITU VERDADERO, LA ETICIDAD
En su verdad simple, el espíritu es conciencia y desdobla sus momentos. La
acción lo escinde en la sustancia y la conciencia de la misma, y escinde tanto
la sustancia como la conciencia. La sustancia, como esencia universal y como
fin, se enfrenta consigo misma como la realidad singularizada; el medio infinito
es la autoconciencia, que, siendo en sí unidad de sí y de la sustancia, deviene
ahora esta unidad para sí, aúna la esencia universal y su realidad
singularizada, eleva ésta a aquélla y actúa éticamente -y hace descender aquélla
a ésta y lleva a cabo el fin, que sólo es sustancia pensada; hace surgir como su
obra y, con ello, como realidad, la unidad de su sí mismo y de la sustancia.
En este desdoblamiento de la conciencia, la sustancia simple adquiere, de una
parte, la contraposición frente a la autoconciencia y, de otra parte, presenta
en ella misma la naturaleza de la conciencia, consistente en diferenciarse en sí
misma como un mundo estructurado en sus masas. La sustancia se escinde, pues, en
una sustancia ética diferenciada, en una ley humana y otra divina. Y, asimismo,
la autoconciencia enfrentada a ella se adscribe, con arreglo a su esencia, a una
de estas potencias y, como saber, se escinde en la ignorancia de lo que obra y
en el saber de ello, es, por eso, un saber engañoso. Por tanto, la
autoconciencia experimenta en sus actos tanto la contradicción de aquellas
potencias en que la sustancia se ha desdoblado y su mutua destrucción como la
contradicción de su saber acerca de la eticidad de sus actos con lo que es ético
en y para sí, y encuentra su propio declinar. Pero, de hecho, con este
movimiento la sustancia ética se ha convertido en autoconciencia real, o este sí
mismo se ha convertido en algo que es en y para SÍ; pero con ello precisamente
se ha hundido la eticidad.
EL MUNDO ETICO, LA LEY HUMANA Y LA LEY DIVINA, EL HOMBRE Y LA MUJER
A) Pueblo y familia. La ley del día y el derecho de las sombras
La sustancia simple del espíritu se divide como conciencia. O, en otras
palabras, así como la conciencia del ser abstracto, del ser sensible, pasa a la
percepción, así también la certeza inmediata del ser ético real; y como para la
percepción sensible el ser simple deviene una cosa de múltiples propiedades,
para la percepción ética el caso del actuar deviene una realidad de múltiples
relaciones éticas. Pero la primera o concentra la inútil multiplicidad las
propiedades en la esencial oposición de la singularidad y la universalidad; y
más aun la segunda, que es la conciencia purificada, sustancial y en la que la
multiplicidad de momentos éticos se convierte en la dualidad de una ley de la
singularidad y una ley de la universalidad. Pero cada una de estas masas de la
sustancia sigue siendo el espíritu total; si, en la percepción sensible, las
cosas no tienen otra sustancia que la dos determinaciones de la singularidad y
la universalidad, aquí expresan solamente la superficial oposición entre ambos
lados.
a) La ley humana
La singularidad tiene, en la esencia que aquí consideramos, la significación de
la autoconciencia en general, y no la de una conciencia fortuita singular. La
sustancia ética es, por tanto, en esta determinación, la sustancia real, el
espíritu absoluto, realizado realisiert en la multiplicidad de la conciencia
existente; el espíritu absoluto es la comunidad que, para nosotros, al entrar en
la configuración práctica de la razón en general, era la esencia absoluta y que
aquí, en su verdad para sí misma, ha surgido como esencia ética consciente y
como la esencia para la conciencia que tenemos como objeto. La comunidad es el
espíritu que es para sí, en cuanto se mantiene en el reflejo de los individuos
-y que es en sí o sustancia en cuanto los mantiene a ellos en sí. Como la
sustancia real, es un pueblo, como conciencia real, ciudadano del pueblo. Esta
conciencia tiene su esencia en el espíritu simple, y la certeza de sí misma en
la realidad de este espíritu, en todo el pueblo, e inmediatamente en ello su
verdad, y no en algo, por tanto, que no sea real, sino en un espíritu que tiene
existencia y validez.
Este espíritu puede llamarse la ley humana, porque es esencialmente en la forma
de la realidad consciente de sí misma. En la forma de la universalidad, es la
ley conocida, la costumbre presente; en la forma de la singularidad, es la
certeza real de sí misma en el individuo en general, y la certeza de sí como
individualidad simple lo es como gobierno; su verdad es la validez manifiesta,
puesta a la luz del día; una existencia que surge para la certeza inmediata en
la forma de la existencia puesta en libertad.
La ley divina
Pero a esta potencia ética y a este manifestarse se contrapone otra potencia, la
ley divina. En efecto, la potencia ética del Estado tiene, como el movimiento
del obrar consciente de sí, su oposición en la simple e inmediata esencia de la
eticidad; como universalidad real, aquella es una fuerza en contra del ser para
sí individual; y, como realidad en general, tiene en la esencia interior un otro
de lo que ella es.
Ya se ha recordado que cada uno de los modos contrapuestos de existir de la
sustancia ética la contiene totalmente y contiene todos los momentos de su
contenido. Por tanto, si la comunidad es la sustancia ética como el obrar real
consciente de sí, el otro lado tiene la forma de la sustancia inmediata o que
es. Esta es, así, de una parte, el concepto interior o la posibilidad universal
de la eticidad en general, pero, de otra parte, tiene también en ella el momento
de la autoconciencia. Este momento, expresando la eticidad en ese elemento de la
inmediatez o del ser, o expresando una conciencia inmediata de sí tanto como
esencia cuanto como este sí mismo en otro, es decir, una comunidad ética
natural, es la familia. Esta, como el concepto no consciente y todavía interior
de la realidad consciente de sí, como el elemento de la realidad del pueblo se
enfrenta al pueblo mismo, como ser ético inmediato se enfrenta a la eticidad que
se forma y se mantiene laborando en pro de lo universal -los penates se
enfrentan al espíritu universal.
Ahora bien, sí el ser ético de la familia se determina como el ser inmediato, la
familia se halla dentro de su esencia ética, no en tanto que es el
comportamiento natural de sus miembros o en tanto que la relación de éstos es la
relación inmediata entre sus miembros singulares reales; lo ético es, en efecto,
algo en sí universal y este comportamiento natural es también esencialmente un
espíritu y solamente es ético como esencia espiritual. Hay que ver en qué
consiste su peculiar eticidad. Ante todo, siendo lo ético lo en sí universal, la
relación ética entre los miembros de la familia no es la relación de la
sensibilidad ni el comportamiento del amor. Lo ético parece que deba cifrarse
ahora en el comportamiento del miembro singular de la familia hacia la familia
en su totalidad como la sustancia, de tal modo que su obrar y su realidad sólo
tengan como fin y contenido a la familia. Pero el fin consciente que tiene el
obrar de este todo es, a su vez, en cuanto concierne a este todo mismo, lo
singular. La adquisición y conservación de poder y riqueza conciernen solamente,
en parte, a la necesidad y pertenecen a la apetencia; y, en parte, en su
determinación superior, devienen algo solamente mediato. Esta determinación no
cae ya dentro de la familia misma, sino que se refiere a lo verdaderamente
universal, a la comunidad; es más bien algo negativo con respecto a la familia y
consiste en poner a lo singular fuera de ella, en sojuzgar su naturalidad y su
singularidad y en educarlo para la virtud y para la vida en y para lo universal.
El fin positivo peculiar de la familia es lo singular como tal. Ahora bien, para
que esta relación sea una relación ética, ni el que obra ni aquel a quien se
refieren sus actos podrían aparecer con arreglo a algo contingente, como sucede
cuando se presta cualquier ayuda o cualquier servicio. El contenido de la acción
ética debe ser un contenido sustancial, o total y universal; sólo puede, por
tanto, relacionarse con lo singular total o con lo singular como universal. Y,
además, no de tal modo que se represente meramente que un servicio prestado
pueda fomentar toda su dicha, mientras ese servicio, que no es más que una
acción inmediata y real, sólo opera en él algo singular; ni de tal modo tampoco
que ese servicio, como educación, tenga como objeto realmente lo singular como
totalidad y en una serie de esfuerzos lo haga surgir como obra; donde fuera del
fin negativo hacia la familia, la acción real tiene solamente un contenido
limitado; y tampoco, finalmente, de tal modo que aquel servicio sea una ayuda
necesaria con que salve verdaderamente al singular en su totalidad, pues ese
servicio es él mismo un acto totalmente contingente cuya ocasión la da una
realidad cualquiera, que puede ser o no ser. Por tanto, la acción que abarca la
existencia toda del consanguíneo y que tiene a éste por objeto y contenido -a
él, y no al ciudadano pues éste no pertenece a la familia, ni al que debe llegar
a ser ciudadano y dejar de valer así como este singular-, sino a él, a este
singular perteneciente a la familia como una esencia universal, sustraída a la
realidad sensible, es decir, singular, no afecta ya al vivo, sino al muerto,
que, saliendo de la larga serie de su existencia dispersa, se concentra en una
acabada configuración y se ha elevado de la inquietud de la vida contingente a
la quietud de la universalidad simple. Por ser real y sustancial solamente como
ciudadano, el singular, en tanto no es ciudadano y pertenece a la familia, es
solamente la sombra irreal que se borra.
b) La justificación del singular
Esta universalidad a la que llega el singular como tal es el puro ser, la
muerte; es el ser devenido natural inmediato, no el obrar de una conciencia. Es,
por tanto, deber del miembro de familia añadir este lado, para que también su
ser último, este ser universal, no pertenezca solamente a la naturaleza y
permanezca algo no racional, sino sea algo obrado y se afirme en él el derecho
de la conciencia. O más bien diríamos que, puesto que en verdad la quietud y la
universalidad de la esencia consciente de sí misma no pertenece a la naturaleza,
el sentido de la acción es más bien que se descarte la apariencia de tal obrar
que la naturaleza se arroga y se restituya la verdad. Lo que la naturaleza tiene
en este obrar es el lado con arreglo al cual su devenir hacia lo universal se
presenta como el movimiento de algo que es. Es cierto que la misma naturaleza
cae dentro de la comunidad ética y tiene ésta como fin; la muerte es el
acabamiento y la suprema labor que el individuo como tal asume para ella. Pero,
en tanto que el individuo es esencialmente singular, es contingente el que su
muerte haya estado inmediatamente enlazada con su labor por lo universal y fuera
resultado de ella; en parte, si la muerte era ese resultado, es la negatividad
natural y el movimiento de lo singular como lo que es, en el cual la conciencia
no retorna a sí misma y deviene autoconciencia, o bien, por cuanto que el
movimiento de lo qué es, es tal que lo que es superado y llega al ser para sí,
la muerte es el lado del desdoblamiento en el que el ser para sí alcanzado es
otro que lo que es que entraba en el movimiento. Puesto que la eticidad es el
espíritu en su verdad inmediata, los lados en los que su conciencia se escinde
caen también en esta forma de la inmediatez, y la singularidad pasa a esta
negatividad abstracta, que, sin encontrar consuelo ni reconciliación en sí
misma, tiene que recibirla esencialmente por medio de una acción real y
exterior. La consanguinidad viene, pues, a complementar el movimiento natural
abstracto añadiendo a él el movimiento de la conciencia, interrumpiendo la obra
de la naturaleza y arrancando a la destrucción a los consanguíneos o, mejor,
porque la destrucción, su convertirse en ser puro es necesario, es por lo que
asume el acto de la destrucción. De este modo acaece que también el ser muerto,
el ser universal, devenga algo que ha retornado a sí mismo, un ser para sí, o
que la pura singularidad singular carente de fuerza sea elevada a individualidad
universal. El muerto, puesto que ha liberado su ser de su obrar o de su unidad
negativa, es la singularidad vacía, solamente un pasivo ser para otro, entregado
a merced de toda baja individualidad carente de razón y de las fuerzas de
materias abstractas, a la primera por la vida que tiene, y a las segundas, que,
por su naturaleza negativa, son ahora más poderosas que él. La familia aparta
del muerto esta acción de la apetencia inconsciente y de las esencias abstractas
que lo deshonra, pone su obrar en vez de aquélla y desposa al pariente con el
seno de la tierra, con la imperecedera individualidad elemental; con ello, lo
hace miembro de una comunidad que, más bien, domina y mantiene sujetas las
fuerzas de las materias singulares y las bajas vitalidades que trataban de
abatirse sobre el muerto y de destruirlo.
Este deber último es, pues, el que constituye la perfecta ley divina o la acción
ética positiva hacia lo singular. Todo otro comportamiento hacia él que no se
mantenga en el amor, sino que sea ética, pertenece a la ley humana y tiene la
significación negativa de elevar a lo singular por sobre su inclusión en la
comunidad natural a la que como real pertenece. Ahora bien, si ya el derecho
humano tiene como su contenido y su potencia a la sustancia ética real
consciente de sí, a todo el pueblo, mientras que el derecho y la ley divinos
tienen a lo singular que está más allá de la realidad, lo singular no carece de
potencia; su potencia es el abstracto universal puro, el individuo elemental,
que, del mismo modo que es el fundamento de la individualidad, impulsa de nuevo
hacia la pura abstracción, como hacia su esencia, a la individualidad que se
desgaja del elemento y que constituye la realidad del pueblo consciente de sí.
Cómo esta potencia se presenta en el pueblo mismo se desarrollará ulteriormente.
B) El movimiento, en ambas leyes
Ahora bien tanto en una ley como en otra hay también diferencias y grados. En
efecto, puesto que ambas esencias tienen en ellas el momento de la conciencia,
la diferencia se despliega dentro de ellas mismas; y esto es lo que constituye
su movimiento y su vida peculiar. La consideración de estas diferencias indica
el modo de la actividad y de la autoconciencia de ambas esencias universales del
mundo ético, así como su conexión y el tránsito de la una a la otra.
a) Gobierno, guerra, la potencia negativa
La comunidad, la ley de arriba y que rige manifiestamente a la luz del sol tiene
su vitalidad real en el gobierno, como aquello en que es individuo. El gobierno
es el espíritu real reflejado en sí, el simple sí mismo de la sustancia ética
total. Es cierto que esta fuerza simple permite a la esencia desplegarse en su
estructuración y dar a cada parte subsistencia y ser para sí propio. El espíritu
tiene en esto su realidad Realität o su ser allí, y la familia es el elemento de
esta realidad Realität. Pero es, al mismo tiempo, la fuerza del todo que de
nuevo reúne estas partes en el uno negativo les da el sentimiento de su
dependencia y las mantiene en la conciencia de tener su vida solamente en el
todo. La comunidad puede, pues, de una parte, organizarse en los sistemas de la
independencia personal y de la propiedad, del derecho personal y del derecho
real; y, asimismo, los modos del laborar para los fines primeramente singulares
–los fines de la adquisición y el disfrute- pueden, por otra parte,
estructurarse y hacerse independientes en agrupaciones propias. El espíritu de
la agrupación universal es la simplicidad y la esencia negativa de estos
sistemas que se aíslan. Para no dejarlos arraigar y consolidarse en este
aislamiento, dejando con ello que el todo se desintegre y el espíritu se esfume,
el gobierno tiene que sacudirlos de vez en cuando en su interior por medio de
las guerras, infringiendo y confundiendo de ese modo su orden establecido y su
derecho de independencia dando así con este trabajo que se les impone, a sentir
a los individuos, que, adentrándose en eso, se desgajan del todo y tienden hacia
el ser para sí inviolable y hacia la seguridad de la persona, que su dueño y
señor es la muerte. Por medio de esta disolución de la forma de subsistir, el
espíritu se defiende contra el hundimiento del ser allí ético en el ser allí
natural y conserva y eleva el sí mismo de su conciencia a la libertad y a su
fuerza. La esencia negativa se muestra como la potencia propiamente dicha de la
comunidad y como la fuerza de su autoconservación; por tanto, la comunidad tiene
la verdad y el reforzamiento de su potencia en la esencia de la ley divina y en
el reino subterráneo.
b) La relación ética entre hombre y mujer como hermano y hermana
La ley divina que impera en la familia tiene igualmente, de su parte,
diferencias dentro de sí, cuya relación constituye el movimiento vivo de su
realidad. Pero, de las tres relaciones, la de marido y esposa, la de padres e
hijos y la de hermano y hermana, la relación entre marido y esposa es, ante
todo, el inmediato reconocerse de una conciencia en la otra y el reconocer del
mutuo ser reconocido. Y, como se trata del reconocerse natural, no del ético, es
solamente la representación y la imagen del espíritu, no el espíritu real mismo.
Pero la representación o la imagen tiene su realidad en un otro que no es ella;
por tanto, esta relación tiene su realidad, no en ella misma, sino en el hijo,
en un otro cuyo devenir es la dicha relación y donde ella misma desaparece; y
este cambio de generaciones que se desplazan unas a otras encuentra su
subsistencia en el pueblo. La piedad mutua entre marido y esposa se halla
mezclada, pues, con una relación natural y con la sensibilidad, y su relación no
encuentra en ella misma su retorno a sí; lo mismo la segunda relación, la de la
piedad mutua entre padres e hijos. La de los padres hacia los hijos se halla
precisamente afectada por esta efusión, por la conciencia de tener su realidad
en el otro y de ver el ser para sí devenir en él, sin poder recobrarlo, ya que
sigue siendo una realidad extraña, propia -y la de los hijos hacia los padres a
la inversa, con la efusión de tener el devenir de sí mismo o el en sí en un otro
llamado a desaparecer y de alcanzar el ser para sí y la autoconciencia propia
sólo a través de la separación del origen, separación en la cual esta fuente se
ciega.
Estas dos relaciones permanecen dentro del tránsito y la desigualdad de los
lados distribuidos entre ellas. Pero la relación sin mezcla es la que se da
entre hermano y hermana. Ambos son la misma sangre, pero una sangre que ha
alcanzado en ellos su quietud y su equilibrio. Por eso no se apetecen ni han
dado y recibido este ser para sí el uno con respecto al otro, sino que son,
entre sí, libres individualidades. Lo femenino tiene, por tanto, como hermana,
el supremo presentimiento de la esencia ética; pero no llega a la conciencia ni
a la realidad de ella porque la ley de la familia es la esencia que es en sí, la
esencia interior, que no descansa en la luz de la conciencia, sino que sigue
siendo un sentimiento interior y lo divino sustraído a la realidad. Lo femenino
se halla vinculado a estos penates e intuye en ellos, en parte, su sustancia
universal y, en parte, su singularidad, pero de tal modo que esta relación de la
singularidad no sea, al mismo tiempo, la relación natural del placer. Ahora
bien, como hija, la mujer tiene que ver a los padres desaparecer con un
movimiento natural y una quietud ética, ya que sólo a costa de esta relación
llega al ser para sí de que es capaz; por tanto, no intuye en sus padres su ser
para sí de un modo positivo. Pero las relaciones de madre y esposa tienen la
singularidad, en parte como algo natural perteneciente al placer, y en parte
como algo negativo, que sólo ve en ello su propia desaparición; en parte, esta
singularidad es precisamente por ello algo contingente que puede ser suplantada
por otra. En la morada de la eticidad, no se trata de este marido o de este
hijo, sino de un marido o de los hijos en general, y estas relaciones de la
mujer no se basan en la sensación, sino en lo universal. La diferencia entre su
eticidad y la del hombre consiste precisamente en que la mujer, en su
determinación para la singularidad y en su placer permanece de un modo inmediato
como universal y ajena a la singularidad de la apetencia; por el contrario, en
el hombre estos dos lados se bifurcan y, al poseer como ciudadano la fuerza
autoconsciente de la universalidad, adquiere con ello el derecho a la apetencia
y conserva, al mismo tiempo, la libertad con respecto a ella. En tanto que en
este comportamiento de la mujer se mezcla la singularidad su eticidad no es
pura; en la medida en que lo es, la singularidad es indiferente y la mujer
carece del momento de reconocerse en un otro como este sí mismo. Pero el hermano
es para la hermana la esencia igual y quieta en general, su reconocimiento en él
es puro y sin mezcla de relación natural; la indiferencia de la singularidad y
la contingencia ética de ésta no se dan, por tanto, en esta relación, sino que
el momento del sí mismo singular que reconoce y es reconocido puede afirmar aquí
su derecho, pues se halla vinculado al equilibrio de la sangre y a la relación
exenta de apetencia. Por eso la pérdida del hermano es irreparable para la
hermana, y su deber hacia él el más alto de todos.
El tránsito de ambos lados, la ley divina y la humana, de uno a otro
Esta relación es, al mismo tiempo, el límite en que se disuelve la familia
encerrada en sí y sale de sí misma. El hermano es el lado por el cual el
espíritu de la familia deviene individualidad que se vuelve hacia otro y pasa a
la conciencia de la universalidad. El hermano abandona esta eticidad inmediata,
elemental y, por tanto, en rigor, negativa de la familia, para adquirir y hacer
surgir la eticidad de sí misma, real. El hermano pasa de la ley divina, en cuya
esfera vivía, a la ley humana. Pero la hermana se convierte, o la esposa sigue
siéndolo, en la directora de la casa y la guardadora de la ley divina. De este
modo, ambos sexos se sobreponen a su esencia natural y se presentan en su
significación ética, como diversidades que dividen entre ambos las diferencias
que la sustancia ética se da. Estas dos esencias universales del mundo ético
tienen, por ello, su individualidad determinada en autoconciencias naturalmente
diferentes, porque el espíritu ético es la unidad inmediata de la sustancia con
la autoconciencia; una inmediatez que se manifiesta, por tanto, por el lado de
la realidad y de la diferencia al mismo tiempo, como el ser allí de una
diferencia natural. Es aquel lado que en la figura de la individualidad real
ante sí misma se mostraba en el concepto de la esencia espiritual como
naturaleza originariamente determinada. Este momento pierde la
indeterminabilidad que todavía tiene allí y la diversidad contingente de dotes y
capacidades. Ahora, es la oposición determinada entre los dos sexos, cuya
naturalidad cobra al mismo tiempo la significación de su destino ético.
La diferencia entre los sexos y cu contenido ético permanece, sin embargo, en la
unidad de la sustancia, y su movimiento es cabalmente el devenir permanente de
ésta. El marido es destacado a la comunidad por el espíritu familiar y encuentra
en ella su esencia autoconsciente; así como la familia encuentra, así, en él su
sustancia universal y su subsistencia, así la comunidad encuentra en la familia,
a la inversa, el elemento formal de su realidad y en la ley divina su fuerza y
su convalidación. Ninguna de las dos es por sí sola en y para sí; la ley humana
parte en su movimiento vivo de la divina, la ley vigente sobre la tierra de la
ley subterránea, lo consciente de lo inconsciente, la mediación de la
inmediatez, y retorna, asimismo, al lugar de donde partió. La potencia
subterránea, por el contrario, tiene su realidad sobre la tierra; deviene por
medio de la conciencia ser allí y actividad.
C) El mundo ético, como infinitud o totalidad Las esencias éticas universales
son, por tanto, la sustancia como conciencia universal y esta sustancia como
conciencia singular; tienen como realidad universal al pueblo y la familia, pero
tienen como su sí mismo natural y como su individualidad actuante al hombre y la
mujer. En este contenido del mundo ético vemos alcanzados los fines que se
proponían las figuras precedentes y carentes de sustancia de la conciencia; lo
que la razón aprehendía solamente como objeto ha devenido autoconciencia, y lo
que ésta tenía solamente en ella misma se halla presente ahora como realidad
verdadera. Lo que la observación sabía como algo encontrado, en lo que no
participaba para nada el sí mismo, es aquí una costumbre encontrada, pero una
realidad que es al mismo tiempo acción y obra de quien la encuentra. El
singular, buscando el placer del goce de su singularidad, lo encuentra en la
familia, y la necesidad en la que desaparece el placer es su propia
autoconciencia como ciudadano de su pueblo; -o, en otras palabras, es esto, el
saber, la ley del corazón, como la ley de todos los corazones, la conciencia del
sí mismo como el orden universal reconocido; -es la virtud, que goza de los
frutos de su sacrificio; produce aquello a lo que tiende, a saber, el destacar
la esencia como presencia real, y su goce es esta vida universal. Finalmente, la
conciencia de la cosa misma se satisface en la sustancia real, que contiene y
mantiene de un modo positivo los momentos abstractos de aquella categoría vacía.
Tiene en las potencias éticas un contenido verdadero que ha pasado a ocupar el
puesto de los preceptos carentes de sustancia que la sana razón quería dar y
conocer; -y, de este modo, posee una pauta de examen plena de contenido y
determinada en ella misma; de examen, no de las leyes, sino de la conducta.
El todo es un equilibrio quieto de todas las partes, y cada parte un espíritu en
su propio medio que no busca su satisfacción más allá de sí, sino que la posee
en sí mismo, porque él mismo es en este equilibrio con el todo. Es cierto que
este equilibrio sólo puede ser un equilibrio vivo por el hecho de que nace en el
la desigualdad, que la justicia se encarga de reducir de nuevo a igualdad. Pero
la justicia no es una esencia extraña, que se halle en el más allá ni la
realidad indigna de ella de mutuos ardides, traiciones, ingratitudes, etc. que,
a la manera de lo contingente carente de pensamiento ejecutara la sentencia como
una conexión al margen de todo concepto y una acción o una omisión inconsciente;
no, sino que, como justicia del derecho humano, que reduce a lo universal el ser
para sí que se sale de su equilibrio, la independencia de los estamentos y los
individuos, es el gobierno del pueblo, que es la individualidad presente ante sí
de la esencia universal y la voluntad propia y autoconsciente de todos. Pero la
justicia que reduce de nuevo a equilibrio a lo universal cuando se hace
demasiado prepotente sobre lo singular, es asimismo el espíritu simple de lo que
ha sufrido el desafuero -no escindido en lo que lo sufre y en una esencia
situada en el más allá; ello mismo es la potencia subterránea, y es su Erinia la
que se encarga de la venganza; pues su individualidad, su sangre, pervive en la
casa; su sustancia tiene una realidad duradera. El desafuero que se le infiere
al individuo en el reino de la eticidad consiste simplemente en esto, en que le
acaece simplemente algo. La potencia que comete contra la conciencia este
desafuero de hacer de ella una pura cosa, es la naturaleza, no es la
universalidad de la comunidad, sino la universalidad abstracta del ser; y en la
liquidación del desafuero sufrido, la singularidad no se dirige contra aquélla,
de la que no ha padecido nada, sino contra ésta. La conciencia de la sangre del
individuo redime este desafuero, como hemos visto, de tal modo que lo que ha
acaecido se convierte más bien en una obra, para que el ser, lo último, sea
también algo querido y, de este modo, algo gozoso.
El reino ético es, así, en su subsistir, un mundo inmaculado, cuya pureza no
mancha ninguna escisión. Y, asimismo, su movimiento es un devenir quieto de una
de las potencias de él en otra, de tal manera que cada una de ellas mantiene y
produce por sí misma la otra. Las vemos, ciertamente, dividirse en dos esencias
y en su realidad; pero su oposición es más bien la confirmación de la una por la
otra y, allí donde entran en contacto de un modo inmediato como esencias reales,
su término medio y su elemento es la compenetración inmediata de ellas. Uno de
los extremos, el espíritu universal consciente de sí, se agrupa con el otro
extremo, con su fuerza y su elemento, con el espíritu inconsciente, a través de
la individualidad del hombre. La ley divina, por el contrario, tiene su
individualización o el espíritu inconsciente de lo singular encuentra su ser
allí en la mujer, a través de la cual como a través del medio emerge de su
irrealidad a la realidad, de lo que no sabe ni es sabido al reino consciente. La
unión del hombre y la mujer constituye el medio activo del todo y el elemento
que, escindido en estos extremos de la ley divina y la ley humana, es asimismo
su unión inmediata que hace de aquellos dos primeros silogismos el mismo
silogismo y reúne en uno sólo los dos movimientos contrapuestos, el de la
realidad descendiendo hasta la irrealidad - el de la ley humana que se organiza
en miembros independientes, hasta descender al peligro y la prueba de la
muerte-, y el de la ley subterránea, que asciende hacía la realidad de la luz
del día y hacia el ser allí consciente; movimientos de los cuales aquél
corresponde al hombre y éste a la mujer.
LA ACCIÓN ÉTICA, EL SABER HUMANO Y EL DIVINO, LA CULPA Y EL DESTINO
A). Contradicción de esencia e individualidad
Ahora bien, tal y como en este reino ético se halla constituida la oposición,
así la autoconciencia no ha surgido todavía en su derecho como individualidad
singular; en este reino, la individualidad singular vale, de un lado, solamente
como voluntad universal y, de otro, como sangre de la familia; este singular
sólo vale como la sombra irreal. Todavía no se ha producido ningún hecho; y el
hecho es el sí mismo real. El hecho trastorna la organización quieta y el
movimiento estable del mundo ético. Lo que en éste se manifiesta como orden y
coincidencia de sus dos esencias, una de las cuales confirma y completa la otra
pasa a ser con el hecho un tránsito de dos contrapuestos, en el que cada uno se
demuestra más bien como la anulación de sí mismo y del otro que como su
confirmación; deviene hacia el movimiento negativo o la eterna necesidad del
terrible destino que devora en la sima de su simplicidad tanto a la ley divina
como a la ley humana y a las dos autoconciencias en que estas potencias tienen
su ser allí -y para nosotros pasa al absoluto ser para sí de la autoconciencia
puramente singular.
El fundamento de que parte este movimiento y sobre el cual procede es el reino
de la eticidad; pero la actividad de este movimiento es la autoconciencia. Como
conciencia ética, es la simple tendencia pura hacía la esencialidad ética, o el
deber. No hay en ella nada arbitrario y tampoco ninguna lucha, ninguna
indecisión, ya que se ha abandonado el estatuir leyes y el examinarlas, sino que
la esencialidad ética es para ella lo inmediato, lo inquebrantable y lo exento
de contradicción. No se da, por tanto, el lamentable espectáculo de encontrarse
metidos en un conflicto de pasión y deber, ni tampoco el espectáculo cómico de
una colisión entre varios deberes, colisión que es, en cuanto a su contenido, la
misma que el conflicto entre el deber y la pasión; pues la pasión es también
capaz de representarse como deber, porque el deber, cuando la conciencia se
retrotrae a sí misma de su esencialidad sustancial inmediata se convierte en el
universal formal al que, como más arriba veíamos, se adapta igualmente bien todo
contenido. Ahora bien, la colisión de deberes es cómica porque expresa la
contradicción, a saber, la contradicción entre un absoluto contrapuesto, que es,
por tanto, absoluto, y, de un modo inmediato, la nulidad de este llamado
absoluto o deber. Pero la conciencia ética sabe lo que tiene que hacer; y está
decidida a pertenecer ya a la ley divina ya a la ley humana. Esta inmediatez de
su decisión es un ser en sí y tiene, al mismo tiempo, por tanto, como hemos
visto, la significación de un ser natural; la naturaleza, y no lo contingente de
las circunstancias o de la opción, asigna a un sexo a una de las leyes y al otro
a la otra -o, a la inversa, las dos potencias éticas se dan ellas mismas en los
dos sexos su ser allí individual y su realización.
Ahora, por el hecho de que, de una parte, la eticidad consiste esencialmente en
esta decisión inmediata y de que por tanto para la conciencia sólo una de las
leyes es la esencia y de que, de otra parte, las potencias éticas son reales en
el sí mismo de la conciencia, adquieren la significación de excluirse y de ser
contrapuestas la una a la otra -en la autoconciencia son, para sí, como en el
reino ético son solamente en sí. La conciencia ética, por estar decidida por una
de ellas, es esencialmente carácter; la esencialidad igual de ambas no es para
ella; la oposición se manifiesta, por tanto, como una colisión desventurada del
deber solamente con la realidad carente de derecho. La conciencia ética es como
autoconciencia en esta oposición, y, como tal, tiende al mismo tiempo a someter
por la fuerza esta realidad contrapuesta a la ley a que ella pertenece o a
engañarla. Como sólo ve el derecho en uno de los lados y el desafuero en el
otro, de las dos conciencias aquella que pertenece a la ley divina sólo
contempla en el otro lado un lado de fuerza humano y contingente; y, por su
parte, la que corresponde a la ley humana ve en el otro la tozudez y la
desobediencia del ser para sí interior; pues las órdenes emanadas del gobierno
son el sentido público universal expuesto a la luz del día, mientras que la
voluntad de la otra ley es el sentido subterráneo, recatado en lo interior, que
en su ser allí se manifiesta como voluntad de la singularidad y que, en
contradicción con la primera es el delito. Nace así en la conciencia la
oposición entre lo sabido y lo no sabido, como en la sustancia la que media
entre lo consciente y lo no consciente; y el derecho absoluto de la
autoconciencia ética entra en conflicto con el derecho divino de la esencia.
Para la autoconciencia, como conciencia, la realidad objetiva como tal tiene
esencia; pero, con arreglo a su sustancia, la autoconciencia es la unidad de sí
y de este contrapuesto; y la autoconciencia ética es la conciencia de la
sustancia; el objeto, como lo contrapuesto a la autoconciencia, ha perdido
totalmente con ello la significación de tener una esencia para sí. Así como han
desaparecido desde hace mucho tiempo las esferas en que el objeto era solamente
una cosa, han desaparecido también estas esferas en que la conciencia afianza
algo por sí misma, convirtiendo un objeto singular en esencia. Frente a esta
unilateralidad tiene la realidad una fuerza propia; se alía con la verdad contra
la conciencia y presenta ante ésta lo que es la verdad. Pero la conciencia ética
ha bebido en la copa de la sustancia absoluta el olvido de toda la
unilateralidad del ser para sí, de sus fines y de sus conceptos peculiares,
ahogando así en estas aguas de la laguna Estigia, al mismo tiempo, toda
esencialidad propia y toda significación independiente de la realidad objetiva.
Por tanto, su derecho absoluto consiste en que, obrando con arreglo a la ley
ética, no encuentre en esta realización otra cosa que no sea el cumplimiento de
esta ley misma y en que el acto mismo no muestre sino lo que es el obrar ético.
Lo ético, como la esencia absoluta y la potencia absoluta al mismo tiempo, no
puede tolerar ninguna inversión de su contenido. Si sólo fuese la esencia
absoluta sin la potencia podría experimentar una inversión a través de la
individualidad; pero ésta, como conciencia ética, ha renunciado a esta
inversión, al abandonar el unilateral ser para sí; del mismo modo que, a la
inversa, la mera potencia sería invertida por la esencia si aquélla siguiera
siendo un tal ser para sí. En virtud de esta unidad, es la individualidad forma
pura de la sustancia que es el contenido, y el obrar es el tránsito desde el
pensamiento hasta la realidad, solamente como el movimiento de una oposición
carente de esencia, cuyos momentos no poseen un contenido y una esencialidad
particulares, distintos entre sí. El derecho absoluto de la conciencia ética
consiste, por tanto, en que la acción, la figura de su realidad no sea sino
aquello que esa conciencia sabe.
B) Oposiciones de la conducta ética
Pero la esencia ética se ha escindido ella misma en dos leyes, y la conciencia,
como comportamiento indiviso ante la ley, se halla asignada solamente a una. Y
así como esta conciencia simple hace hincapié en el derecho absoluto de que la
esencia se manifieste ante ella, como conciencia ética, tal y como es en sí,
esta esencia insiste en el derecho de su realidad Realität o en el de ser doble.
Pero, al mismo tiempo, este derecho de la esencia no se enfrenta al derecho de
la autoconciencia como si residiera en cualquiera otra parte, sino que es la
esencia propia de la autoconciencia; solamente en eso posee su ser allí y su
potencia, y su oposición es el. acto de la autoconciencia. En efecto, ésta, al
ser precisamente como sí misma y proceder a obrar, se eleva por sobre la
inmediatez simple, y pone ella misma su desdoblamiento. Abandona con la acción
la determinabilidad de lo ético de ser la certeza simple de la verdad inmediata
y pone en sí como lo activo la separación de sí misma, y en la realidad opuesta,
que es para ella una realidad negativa. Así, pues, la autoconciencia se
convierte por la acción en culpa. Pues la culpa es su obrar, y el obrar su
esencia más propia; y la culpa adquiere también la significación del delito,
pues, como conciencia ética simple se ha vuelto hacia una ley y renunciado a la
otra, infringiendo ésta con sus actos. La culpa no es la esencia indiferente, de
doble sentido, según la cual el acto, tal y como realmente aparece a la luz del
día, pueda ser o no ser el obrar de sí misma, como si con el acto pudiera
entrelazarse algo exterior y contingente que no pertenezca al obrar, de tal modo
que, desde este punto de vista, el obrar fuese, por tanto, inocente. Por el
contrario, el obrar es él mismo este desdoblamiento, que consiste en ponerse
para sí y en poner frente a esto una realidad exterior extraña; el que esta
realidad sea depende de la acción misma y es por medio de ella. Por tanto, sólo
es inocente el no obrar, como el ser de una piedra, pero no lo es ni siquiera el
ser de un niño. Pero, por el contenido, la acción ética lleva en ella el momento
del delito, porque no supera la distribución natural de las dos leyes entre los
dos sexos, sino que, más bien, como orientación no desdoblada hacia la ley,
permanece dentro de la inmediatez natural y, como obrar, convierte en culpa esta
unilateralidad de captar solamente uno de los lados de la esencia, comportándose
negativamente ante el otro, es decir, infringiéndolo. Más adelante expondremos
de un modo más preciso el lugar que en la vida ética universal ocupan la culpa y
el delito, el obrar y la acción; inmediatamente se ve claro, sin embargo, que no
es este singular el que obra y es culpable, pues él, como este sí mismo sólo es
la sombra irreal, o, dicho de otro modo, sólo es como sí mismo universal, y la
individualidad es puramente el momento formal del obrar en general, y el
contenido son las leyes y costumbres y, determinado para el singular, las de su
estamento; el singular es la sustancia como género, a la que su determinabilidad
convierte, ciertamente, en especie, pero la especie sigue siendo, al mismo
tiempo, lo universal del género. Dentro del pueblo, la autoconciencia sólo
desciende de lo universal a lo particular, pero no hasta la individualidad
singular, que en su obrar pone un sí mismo exclusivo, una realidad negativa con
respecto a sí, sino que lo que sirve de fundamento a sus actos es la segura
confianza en el todo, en la que no se inmiscuye nada extraño, ningún temor y
ninguna hostilidad.
La autoconciencia ética experimenta ahora en sus actos la naturaleza
desarrollada de la acción real, tanto cuando se entrega a la ley divina como a
la ley humana. La ley manifiesta para ella se halla enlazada en su esencia con
la ley contrapuesta; la esencia es la unidad de ambas; pero la acción sólo lleva
a cabo una de ellas en contra de la otra. Ahora bien, como se halla entrelazada
con ésta en la esencia, el cumplimiento de la una suscita el de la otra, y lo
suscita como una esencia infringida y ahora hostil, que clama venganza.
Ante la acción sólo aparece a la luz del día uno de los lados de la decisión en
general; pero la decisión es en sí lo negativo, a lo que se enfrenta un otro,
extraño para ella, que es el saber. Por tanto, la realidad mantiene oculto en sí
el otro lado extraño al saber y no se muestra a la conciencia tal y como es en y
para sí -ante el hijo no se muestra el padre en quien lo ha ultrajado y a quien
mata-, no se muestra la madre en la reina a quien toma por esposa. Ante la
autoconciencia ética acecha, de este modo, una potencia tenebrosa que sólo
irrumpe una vez consumado el hecho y que sorprende in fraganti a la
autoconciencia; pues el hecho consumado es la oposición superada del sí mismo
que sabe y de la realidad que se enfrenta a él. Lo que obra no puede negar el
crimen y su culpa; el hecho consiste en poner en movimiento lo inmóvil, en hacer
que brote lo que de momento se halla encerrado solamente en la posibilidad,
enlazando con ello lo inconsciente a lo consciente, lo que no es al ser. En esta
verdad surge, pues, el hecho a la luz del sol; surge, como algo en que lo
consciente se conjuga con lo inconsciente, lo propio con lo extraño, con la
esencia desdoblada cuyo otro lado experimenta la conciencia, experimentándolo
también como el lado suyo, pero como la potencia infringida por ella y
convertida en su enemiga.
Puede ocurrir que el derecho, que se mantenía al acecho, no se haga presente en
su figura peculiar para la conciencia actuante, sino solamente en sí, en la
culpabilidad interior de la decisión y de la acción. Pero la conciencia ética es
una conciencia más completa y su culpa más pura si conoce previamente la ley y
la potencia a las que se enfrenta, si las toma como violencia y desafuero, como
una contingencia ética y comete el delito a sabiendas, como Antígona. El hecho
consumado invierte el punto de vista de la conciencia; su consumación expresa
por sí misma que lo que es ético debe ser real, pues la realidad del fin es el
fin del obrar. El obrar expresa cabalmente la unidad de la realidad y la
sustancia, expresa que la realidad no es para la esencia algo contingente, sino
que, unida a ella, no se deja guiar por ningún derecho que no sea un derecho
verdadero. La conciencia ética debe, en virtud de esta realidad y de su obrar,
reconocer lo contrapuesto a ella como realidad suya, debe reconocer su culpa:
"Porque sufrimos, reconocemos haber obrado mal" (n.4).
Este reconocimiento expresa la dualidad superada del fin ético y de la realidad,
expresa el retorno a la disposición ética, que sabe que sólo rige el derecho.
Pero, con ello, lo que obra renuncia a su carácter y a la realidad de su sí
mismo y ha perecido. Su ser consiste en pertenecer a esta ley, a su ley ética,
como a su sustancia; y al reconocer lo contrapuesto, esto ha dejado de ser la
sustancia para él; y, en vez de su realidad, ha alcanzado la irrealidad, la
disposición. Es cierto que la sustancia se manifiesta en la individualidad como
el pathos de ésta, y la individualidad como lo que la anima y se halla, por
tanto, por encima de ella; pero es un pathos que es al mismo tiempo su carácter;
la individualidad ética forma de un modo inmediato y en sí una unidad con este
su universal, sólo tiene su existencia en él y no puede sobrevivir al declinar
que esta potencia ética sufre por obra de la opuesta a ella.
Pero tiene, al mismo tiempo, la certeza de que aquella individualidad cuyo
pathos es esta potencia contrapuesta no sufre mayor daño que el que ella ha
inferido. El movimiento de las potencias éticas la una con respecto a la otra y
el de las individualidades que las ponen en vida y en acción sólo consigue su
verdadero término cuando ambos lados experimentan el mismo declinar. En efecto,
ninguna de las dos potencias tiene sobre la otra una ventaja que le permita ser
un momento más esencial de la sustancia. La misma esencialidad y la subsistencia
indiferente de ambas, una al lado de la otra, es su ser privado del sí mismo; en
la acción, son como esencias que poseen un sí mismo, pero un sí mismo diferente,
lo que contradice a la unidad del sí mismo y constituye su carencia de derecho y
su necesario declinar. Asimismo, el carácter, si de una parte, por su pathos o
su sustancia solamente pertenece a una de las potencias, de otra parte, vista la
cosa por el lado del saber; tanto el uno como el otro se desdoblan en algo
consciente y algo inconsciente; y, como cada uno de ellos provoca él mismo esta
contraposición y el no saber es también, por su acción, obra suya, se pone en la
culpa que lo devora. La victoria de una de las potencias y de su carácter y la
derrota del otro lado serían, pues, solamente la parte y la obra incompleta, que
avanza incesantemente hacia el equilibrio entre ambas. Solamente cuando ambos
lados se someten por igual se cumple el derecho absoluto y surge la sustancia
ética, como la potencia negativa que absorbe a ambos lados o como el destino
omnipotente y justo.
C) Disolución de la esencia ética
Si se toman las dos potencias con arreglo a su contenido determinado y a su
individualización, la imagen de su conflicto configurado se ofrece conforme a su
lado formal como el conflicto de la eticidad y la autoconciencia con la
naturaleza no consciente y con una contingencia presente por medio de ella -esta
contingencia tiene un derecho contra la autoconciencia porque ésta sólo es el
espíritu verdadero, sólo es en unidad inmediata con su sustancia y, visto por el
lado de su contenido, se presenta como la dualidad de la ley divina y la ley
humana. El muchacho sale de la esencia inconsciente, del espíritu familiar, y
deviene la individualidad de la comunidad; pero sigue perteneciendo todavía a la
naturaleza a la que se sustrae, como lo demuestra el hecho de que surge en la
contingencia entre dos hermanos, que se apoderan ambos con igual derecho de la
comunidad; la desigualdad del nacimiento anterior o posterior, como diferencia
natural, no tiene significación alguna para ellos, que entran en la esencia
ética. Pero el gobierno, como el alma simple o el sí mismo del espíritu del
pueblo, no es compatible con una dualidad de la individualidad; y a la necesidad
ética de esta unidad se contrapone la naturaleza como el caso de la pluralidad.
De ahí que los dos hermanos no integren una unidad, y su igual derecho al poder
los destruye a ambos, que se hallan por igual fuera del derecho. Vista la cosa
de un modo humano, ha delinquido quien, privado de posesión, ataca a la
comunidad al frente de la cual se hallaba el otro; y, por el contrario, tiene a
su lado el derecho el que ha sabido considerar al otro solamente como singular,
separado de la comunidad y lo ha expulsado a esta impotencia; sólo ha tocado al
individuo como tal, pero no a la comunidad, a la esencia del derecho humano. La
comunidad atacada y defendida por la singularidad vacía se mantiene, y ambos
hermanos perecen mutuamente, el uno por medio del otro; pues la individualidad
que vincula a su ser para sí el peligro del todo se ha excluido ella misma de la
comunidad y se disuelve en sí. La comunidad honrará a quien estuvo a su lado; en
cambio, el gobierno, que es la simplicidad restaurada del sí mismo de la
comunidad, castigará, privándolo de los últimos honores, al otro, al que ya
sobre los muros pronunció su destrucción; quien ha venido a atentar contra el
supremo espíritu de la conciencia, el de la comunidad, debe ser despojado del
honor de toda su esencia ya consumada, del honor que corresponde al espíritu que
ha fenecido.
Pero si lo universal rechaza así, fácilmente, la pura cúspide de su pirámide y
obtiene la victoria sobre el principio sublevado de la singularidad, la familia,
con ello no hace más que entrar en lucha con la ley divina, el espíritu
consciente de sí mismo, entra en lucha con el espíritu carente de conciencia;
pues éste es la otra potencia esencial y que aquél, por tanto, no puede
destruir, sino solamente ofender. Sin embargo, contra la ley que dispone de la
fuerza a la luz del día, sólo puede encontrar una ayuda real en la sombra
exangüe. Como ley de la debilidad y de la oscuridad, empieza sucumbiendo, por
tanto, ante la ley de la luz y de la fuerza, pues aquel poder sólo vale debajo,
y no sobre la tierra. Pero lo real, que ha privado de sus honores y de su
potencia a lo interior, ha devorado con ello su esencia. El espíritu manifiesto
tiene la raíz de su fuerza en el mundo subterráneo; la certeza del pueblo,
segura de sí misma y que se asegura tiene la verdad de su juramento, que vincula
a todos en uno solamente en la sustancia carente de conciencia y muda de todos,
en las aguas del olvido. Con ello, la consumación del espíritu manifiesto se
transforma en lo contrario y este espíritu experimenta que su supremo derecho es
el supremo desafuero, que su victoria es más bien su propio declinar. El muerto
cuyo derecho ha sido atropellado sabe, por ello, encontrar instrumentos para su
venganza, que tienen la misma realidad y la misma fuerza que la potencia que lo
ha atropellado. Estas potencias son otras comunidades, cuyos altares han
manchado los perros y los pájaros con el cadáver que no ha sido elevado por la
restitución que le es debida al individuo elemental a la universalidad carente
de conciencia, sino que ha permanecido sobre la tierra en el reino de la
realidad y que alcanza ahora una universalidad real autoconsciente como la
fuerza de la ley divina. Estas fuerzas se convierten ahora en fuerzas hostiles y
destruyen la comunidad que ha deshonrado y quebrantado su fuerza, la piedad
familiar. En esta representación, el movimiento de la ley humana y de la ley
divina tiene la expresión de su necesidad en individuos en quienes lo universal
aparece como un pathos y la actividad del movimiento como un obrar individual,
que da la apariencia de lo contingente a la necesidad de dicho movimiento. Pero
la individualidad y el obrar constituyen el principio de la singularidad en
general, principio que en su pura universalidad ha sido llamado la ley divina
interior.
Esta ley, como momento de la comunidad manifiesta, no sólo tiene aquella
eficacia subterránea o exterior en su ser allí, sino un ser allí y un movimiento
igualmente manifiestos y reales en la realidad del pueblo. Tomado bajo esta
forma, cobra otro aspecto lo que había sido representado como movimiento simple
del pathos individualizado, y el delito y la destrucción de la comunidad que de
él depende adquieren la forma peculiar de su ser allí. Por tanto, la ley humana
en su ser allí universal, la comunidad, en su actuación en general la virilidad
y en su actuación real el gobierno, es, se mueve y se mantiene devorando en sí
la particularización de los penates o la singularización independiente en las
familias, presididas por la feminidad, para disolverlas en la continuidad de su
fluidez. Pero la familia es, al mismo tiempo y en general su elemento, el
fundamento universal que imprime actividad a la conciencia singular. Mientras
que la comunidad sólo subsiste mediante el quebrantamiento de la dicha familiar
y la disolución de la autoconciencia en autoconciencia universal, se crea su
enemigo interior en lo que oprime y que es, al mismo tiempo, esencial para ella,
en la feminidad en general. Esta feminidad -la eterna ironía de la comunidad-
altera por medio de la intriga el fin universal del gobierno en un fin privado,
transforma su actividad universal en una obra de este individuo determinado e
invierte la propiedad universal del Estado, haciendo de ella el patrimonio y el
oropel de la familia. De este modo, la severa sabiduría de la edad madura, que,
muerta para la singularidad, para el placer y el goce, lo mismo que para la
actividad real, sólo piensa en lo universal y se preocupa de ello, pasa a ser un
objeto de burla para la petulancia de la juventud sin madurez y de desprecio
para su entusiasmo y eleva en general a lo que vale el vigor de la juventud, al
hijo en quien la madre ha traído al mundo a su señor, al hermano en el que tiene
la hermana al hombre como su igual, al joven por medio del cual adquiere la
hija, sustraída a su dependencia, el goce y la dignidad de la esposa. Pero la
comunidad sólo puede mantenerse reprimiendo este espíritu de la singularidad y,
siendo este espíritu un momento esencial, la comunidad lo engendra también, y lo
engendra precisamente mediante su actitud represiva frente a él, como un
principio hostil. Sin embargo, éste, que, al separarse del fin universal, es
solamente algo malo y nulo en sí, nada podría, si la comunidad misma no
reconociese como la fuerza del todo el vigor de la juventud, la virilidad, que,
no madura, se halla todavía dentro de la singularidad. En efecto, la comunidad
es un pueblo, ella misma es individualidad y sólo es esencialmente para sí por
el hecho de que otras individualidades son para ella, de que ella las excluye de
sí y se sabe independiente de ellas. El lado negativo de la comunidad,
reprimiendo hacia adentro la singularización de los individuos, pero actuando
por sí misma hacia afuera, tiene sus armas en la individualidad. La guerra es el
espíritu y la forma en que se hace presente en su realidad y en su actuación el
momento esencial de la sustancia ética, la absoluta libertad de la esencia ética
autónoma con respecto a todo ser allí. Mientras que, de una parte, la guerra
hace sentir a los sistemas singulares de la propiedad y de la independencia
personal, así como a la personalidad singular misma, la fuerza de lo negativo,
en ella esta esencia negativa precisamente se eleva, de otra parte, como lo que
mantiene al todo; ahora, sale a la luz del día y es lo que vale el muchacho
valeroso en el que encuentra su goce la feminidad y en el que se reprime el
principio de la corrupción. Ahora, es la fuerza natural y lo que aparece como lo
contingente de la dicha lo que decide acerca del ser allí de la esencia ética y
acerca de la necesidad espiritual; como el ser allí de la esencia ética descansa
sobre el vigor y la dicha, está ya decidido que aquélla se ha ido a pique. Y así
como antes se habían ido a pique solamente los penates en el espíritu del
pueblo, ahora los espíritus del pueblo vivos se van a pique, por medio de su
individualidad, en una comunidad universal cuya universalidad simple es carente
de espíritu y muerta y cuya vitalidad es el individuo singular, como singular.
La figura ética del espíritu ha desaparecido, y pasa otra a ocupar su lugar.
Por tanto, este declinar de la sustancia ética y su transición a otra figura se
hallan determinados por el hecho de que la conciencia ética se orienta hacia la
ley de un modo esencialmente inmediato; en esta determinación de la inmediatez
va implícito el que la naturaleza en general entra en la acción de la eticidad.
Su realidad patentiza solamente la contradicción y el germen de la corrupción
que tienen la bella armonía y el quieto equilibrio del espíritu ético
precisamente en esta quietud y en esta belleza, pues la inmediatez tiene la
contradictoria significación de ser la quietud inconsciente de la naturaleza y
la inquieta quietud autoconsciente del espíritu. Por virtud de esta naturalidad,
es en general este pueblo ético una individualidad determinada por la naturaleza
y por ende limitada y que encuentra, por tanto, su superación en otro. Pero, por
cuanto que esta determinabilidad -que, puesta en el ser allí, es limitación,
pero asimismo lo negativo en general y el sí mismo de la individualidad-
desaparece, se ha perdido la vida del espíritu y esta sustancia que en todos es
consciente de sí misma. La sustancia surge en ellos como una universalidad
formal, ya no es intrínseca a ellos como espíritu vivo, sino que la reciedumbre
simple de su individualidad se ha desperdiciado en una serie de puntos.
ESTADO DE DERECHO
A) La validez de la persona
La unidad universal a la que retorna la unidad viva inmediata de la
individualidad y de la sustancia es la comunidad sin espíritu que ha cesado de
ser la sustancia ella misma inconsciente de los individuos y en la que éstos
valen ahora, con arreglo a su ser para sí singular, como esencias autónomas y
sustancias. Lo universal desperdigado en los átomos de la absoluta multiplicidad
de los individuos, este espíritu muerto, es una igualdad en la que todos valen
como cada uno, como personas. Lo que en el mundo de la eticidad se llamaba la
ley divina oculta ha salido, de hecho, de su interior a la realidad; en aquel
mundo, el individuo singular sólo valía y era realmente como la universal sangre
de la familia. Como este singular, él era el espíritu que había expirado y
carente del sí mismo; ahora ha salido de su irrealidad. Por ser la sustancia
ética solamente el espíritu verdadero, el individuo singular retorna a la
certeza de sí mismo; es aquella sustancia como lo universal positivo, pero su
realidad es ser un sí mismo universal negativo. Hemos visto a las potencias y
las figuras del mundo ético hundirse en la necesidad simple del destino vacío.
Este poder del mundo ético es la sustancia que se refleja en su simplicidad;
pero la esencia absoluta que se refleja en sí, precisamente aquella necesidad
del destino vacío, no es otra cosa que el yo de la autoconciencia.
Este yo vale según esto, de aquí en adelante, como la esencia que es en y para
sí; este ser reconocido es su sustancialidad; pero es la universalidad
abstracta, porque su contenido es este sí mismo rígido, y no el disuelto en la
sustancia.
Por tanto, aquí, la personalidad ha salido de la vida de la sustancia ética; es
la independencia realmente valedera de la conciencia. El pensamiento irreal de
ella, que deviene mediante la renuncia a la realidad, se presentaba antes como
la autoconciencia estoica; y como ésta surgía del señorío y la servidumbre, como
el ser allí inmediato de la autoconciencia, la personalidad surge del espíritu
inmediato que es la voluntad universal dominante de todos y asimismo su
obediencia servidora. Lo que para el estoicismo sólo era el en sí en la
abstracción, es ahora mundo real. El estoicismo no es otra cosa que la
conciencia que reduce a su forma abstracta el principio del estado de derecho,
la independencia carente de espíritu; mediante su evasión de la realidad sólo
alcanzaba el pensamiento de la independencia; es absolutamente para sí por el
hecho de que no vincula su esencia a un ser allí cualquiera, sino que pretende
superar todo ser allí y pone su esencia solamente en la unidad del puro
pensamiento. Del mismo modo, el derecho de la persona no se vincula ni a un ser
allí más rico o más poderoso del individuo como tal ni tampoco a un espíritu
vivo universal, sino más bien al puro uno de su realidad abstracta o a este uno
como autoconciencia en general.
B) La contingencia de la persona
Ahora bien, así como la independencia abstracta del estoicismo presentaba su
realización, ésta repetirá el movimiento de aquélla. Aquélla pasa a la confusión
escéptica de la conciencia en un desvarío de lo negativo, que vaga, carente de
figura, de una continencia a otra del ser y del pensamiento, disolviéndolas,
ciertamente, en la absoluta independencia, pero volviendo también a
engendrarlas, y que de hecho sólo es la contradicción entre la independencia y
la dependencia de la conciencia. Del mismo modo, la independencia personal del
derecho es más bien esta misma confusión universal y esta mutua disolución. Pues
lo que vale como la esencia absoluta es la autoconciencia como el puro uno vacío
de la persona.
Frente a esta universalidad vacía tiene la sustancia la forma de la plenitud y
del contenido, y éste queda ahora en plena libertad y no ordenado; en efecto, ya
no se halla presente el espíritu que lo sojuzgaba y lo mantenía coherente, en su
unidad. Por tanto, este uno vacío de la persona es, en su realidad, un ser allí
contingente y un moverse y obrar sin esencia, que no alcanza consistencia
alguna. Así, pues, como el escepticismo, el formalismo del derecho carece, en
virtud de su concepto, de un contenido propio, encuentra ante sí un múltiple
subsistir, la posesión, y le imprime la misma universalidad abstracta que aquél
y que da a la posesión el nombre de propiedad. Pero, mientras que la realidad
así determinada se llama en el escepticismo apariencia en general y tiene
solamente un valor negativo, en el derecho tiene un valor positivo. Aquel valor
negativo consiste en que lo real tiene la significación del sí mismo como
pensamiento, como lo universal en sí, mientras que este valor positivo consiste
en que lo real es lo mío en el sentido de la categoría, como una validez
reconocida y real. Ambas cosas son el mismo universal abstracto; el contenido
real o la determinabilidad de lo mío -ya se trate de una posesión exterior o de
una riqueza interior o de la pobreza del espíritu y el carácter- no se contiene
en esta forma vacía ni tiene nada que ver con ella. Pertenece, por tanto, a un
poder propio, que es otro que el universal formal y que es el acaso y lo
arbitrario. La conciencia del derecho experimenta, por tanto, en su validez real
misma más bien la pérdida de su realidad y su completa inesencialidad, y llamar
a un individuo una persona es la expresión del desprecio.
C) La persona abstracta, el señor del mundo
La libre potencia del contenido se determina de tal modo que la dispersión en la
absoluta pluralidad de los átomos personales se concentra al mismo tiempo, por
virtud de la naturaleza de esta determinabilidad, en un punto extraño a ellos e
igualmente carente de espíritu, punto que, de una parte, es, lo mismo que la
rigidez de su personalidad, una realidad puramente singular, pero que, en
oposición con su singularidad vacía, tiene al mismo tiempo, para ellos, la
significación de todo contenido y, por tanto, de la esencia real y es, frente a
la realidad supuestamente absoluta de ellos, pero en sí carente de esencia, la
potencia universal y la realidad absoluta. Este señor del mundo es ante sí, de
este modo, la persona absoluta, que abarca en sí, al mismo tiempo, toda
existencia y para cuya conciencia no existe ningún espíritu superior. Es
persona, pero la persona solitaria que se enfrenta a todos; estos todos
constituyen la válida universalidad de la persona, pues el singular como tal
sólo es verdadero como pluralidad universal de la singularidad; separado de
ésta, el sí mismo solitario es, de hecho, el sí mismo irreal carente de fuerza.
Al mismo tiempo, es la conciencia del contenido, que se ha enfrentado a aquella
personalidad universal. Pero este contenido, liberado de su potencia negativa,
es el caos de las potencias espirituales, que, desencadenadas como esencias
elementales, en salvaje orgía, se lanzan unas contra otras con loca furia
destructora; su autoconciencia sin fuerza es el precario valladar y el terreno
de su tumulto. Sabiéndose así como suma y compendio de todas las potencias
reales, este señor del mundo es la autoconciencia desenfrenada que se sabe como
el Dios real; pero, por cuanto que sólo es el sí mismo formal que no acierta a
domeñar aquellas potencias, su movimiento y su goce de sí son también el
desmedido frenesí.
El señor del mundo tiene la conciencia real de lo que es, de la potencia
universal de la realidad, en la violencia destructora que ejerce contra el sí
mismo de sus súbditos enfrentado a él. Pues su potencia no es la unidad del
espíritu en que las personas reconocían su propia autoconciencia, sino que éstas
son más bien como personas para sí y eliminan de la absoluta rigidez de su
puntualidad la continuidad con otros; por tanto, se hallan en una relación
solamente negativa tanto entre sí como respecto a aquel que es su relación o su
continuidad. Como esta continuidad es él la esencia y el contenido de su
formalismo, pero el contenido extraño a ellas y la esencia hostil que supera más
bien precisamente lo que para ellas vale como su esencia, el ser para sí vacío
de contenido; -y que, como la continuidad de su personalidad, destruye
cabalmente ésta. Por tanto, la personalidad jurídica, al hacerse valer en ella
el contenido a ella extraño -que se hace valer en ellas porque es su realidad-,
experimenta más bien su carencia de sustancia. Por el contrario, el socavamiento
destructor de este terreno carente de esencia se da la conciencia de su
omnipotencia, pero este sí mismo es simple devastación y, por consiguiente, sólo
fuera de sí y más bien el desechar su autoconciencia.
Así está constituido el lado en que es real la autoconciencia como esencia
absoluta. Pero la conciencia repelida sobre sí desde esta realidad piensa esta
su no esencialidad; veíamos más arriba a la independencia estoica del puro
pensamiento pasar a través del escepticismo y encontrar su verdad en la
conciencia desventurada, la verdad consistente en su ser en y para sí. Si este
saber sólo se manifestaba entonces como el unilateral modo de ver de la
conciencia como tal, aquí pasa a ocupar su lugar la verdad real. La cual
consiste en que esta validez universal de la autoconciencia es la realidad para
ella extraña. Esta validez es la realidad universal del sí mismo, pero es
también, de un modo inmediato, la inversión; es la pérdida de su esencia. La
realidad del sí mismo no presente en el mundo ético se ha logrado mediante su
retorno a la persona: lo que en aquel mundo era uno se presenta ahora
desarrollado, pero extrañado de sí.
EL ESPÍRITU EXTRAÑADO DE SÍ MISMO; LA CULTURA
La sustancia ética mantenía la oposición encerrada en su conciencia simple y
ésta en unidad inmediata con su esencia. La esencia tiene, por tanto, la
determinabilidad simple del ser para la conciencia orientada inmediatamente
hacia aquélla y de que ella es la costumbre; ni la conciencia tiene ante sí
validez como este sí mismo exclusivo ni la sustancia tiene la significación de
una existencia excluida de este sí mismo con el cual tuviera que ser uno
solamente mediante el extrañamiento de sí misma, haciendo surgir al mismo tiempo
la misma sustancia. Pero aquel espíritu cuyo sí mismo es lo absolutamente
discreto tiene su contenido frente a sí como una realidad igualmente dura, y el
mundo tiene aquí la determinación de ser algo exterior, lo negativo de la
autoconciencia. Pero este mundo es esencia espiritual, es en sí la
compenetración del ser y la individualidad; este su ser allí es la obra de la
autoconciencia, pero asimismo una realidad presente de un modo inmediato, una
realidad extraña a ella, que tiene ser propio y peculiar y en la que la
autoconciencia no se reconoce. Es la esencia exterior y el contenido libre del
derecho; pero esta realidad exterior que el dueño del mundo del derecho abarca
en sí no es solamente esta esencia elemental presente de un modo contingente
para el sí mismo, sino que es además su trabajo propio, pero no positivo, sino
más bien negativo. Dicha realidad exterior adquiere su ser allí mediante la
propia enajenación y renuncia a la esencia de la autoconciencia, renuncia que
parece imponerle la fuerza exterior de los elementos desencadenados, en la
devastación que reina en el mundo del derecho. Estos elementos son para sí
solamente la pura devastación y la disolución de sí mismos; pero esta
disolución, esta su esencia negativa, es precisamente el sí mismo; es su sujeto,
su obrar y su devenir. Ahora bien, este obrar y este devenir con que la
sustancia deviene real es el extrañamiento de la personalidad, pues el sí mismo
valedero de un modo inmediato, es decir, sin extrañamiento, en y para sí, es sin
sustancia y juguete de aquellos elementos tumultuosos; su sustancia es su
enajenación misma, y la enajenación es la sustancia, o son las potencias
espirituales que se ordenan en un mundo y que de este modo se mantienen.
La sustancia es, de este modo, espíritu, unidad autoconsciente del sí mismo y de
la esencia; pero ambos tienen también la significación del extrañamiento el uno
con respecto al otro. El espíritu es conciencia de una realidad objetiva para sí
libre; pero a esta conciencia se enfrenta aquella unidad del sí mismo y de la
esencia, a la conciencia real se enfrenta la conciencia pura. De una parte,
mediante su enajenación, la autoconciencia real pasa al mundo real y éste
retorna a aquélla; pero, de otra parte, se ha superado precisamente esta
realidad, tanto la persona como la objetividad; éstas son puramente universales.
Este su extrañamiento es la pura conciencia o la esencia. La presencia tiene de
un modo inmediato su oposición en su más allá, que es su pensamiento y su ser
pensado, del mismo modo como esto tiene su oposición en el más acá, que es su
realidad para él extrañada.
He ahí por qué este espíritu no se forma solamente un mundo, sino un mundo
doble, separado y contrapuesto. El mundo del espíritu ético es su propia
presencia; cada potencia de dicho mundo es en esta unidad y, en la medida en que
las dos potencias se diferencian, en equilibrio con el todo. Nada tiene la
significación de lo negativo de la autoconciencia; incluso el espíritu que ha
expirado se halla presente en la sangre del parentesco, en el sí mismo de la
familia, y la potencia universal del gobierno es la voluntad, el sí mismo del
pueblo. Pero, aquí, lo presente significa solamente una realidad objetiva que
tiene su conciencia más allá; todo momento singular, como esencia, recibe ésta y
con ella la realidad de un otro y, en la medida en que es real, su esencia es un
otro que su realidad. Nada tiene un espíritu fundado en él mismo e inmanente,
sino que es fuera de sí en un espíritu extraño -el equilibrio del todo no es
unidad que permanece en sí misma ni su aquietamiento que ha retornado a sí, sino
que se basa en el extrañamiento de lo contrapuesto. El todo es, por
consiguiente, como cada momento singular, una realidad Realität extrañada de sí;
se quiebra en un reino en el que la autoconciencia es real, lo mismo que su
objeto, y otro, el reino de la pura conciencia, que más allá del primero no
tiene presencia real, sino que es en la fe. Ahora bien, así como el mundo ético
retorna de la separación en ley humana y ley divina y de sus figuras y su
conciencia retorna de la separación en saber e inconsciencia a su destino, al sí
mismo como la potencia negativa de esta oposición, también retornarán al sí
mismo estos dos reinos del espíritu extrañado de sí; pero si era el primer sí
mismo con validez inmediata, la persona singular, el segundo, que retorna a sí
de su enajenación, será el sí mismo universal, la conciencia que ha captado el
concepto, y estos mundos espirituales, todos los momentos de los cuales afirman
de sí una realidad plasmada y una subsistencia no espiritual, se disolverán en
la pura intelección. Ésta, como el sí mismo que se capta a sí mismo, consuma la
cultura; no aprehende nada más que el sí mismo, y lo aprehende todo como el sí
mismo, es decir, lo concibe todo, cancela toda objetividad y convierte todo ser
en sí en un ser para sí. Vuelta contra la fe como el reino extraño de la esencia
situado en el más allá, es la Ilustración Aufklärung. Esta consuma el
extrañamiento también en aquel reino a que va a refugiarse el espíritu extrañado
como a la conciencia de la quietud igual a sí misma; le trastorna a este
espíritu el orden doméstico implantado aquí por él, introduciendo en aquel reino
los instrumentos del mundo del más acá de que el espíritu no puede renegar como
propiedad suya, porque su conciencia pertenece igualmente al mundo del más acá.
En esta empresa negativa, la pura intelección se realiza realisiert a sí misma,
a la par que hace surgir su propio objeto, la esencia absoluta incognoscible y
lo útil. Y puesto que, de este modo, la realidad ha perdido toda sustancialidad
y ya nada en ella es en sí, se ha derribado, al igual que el reino de la fe, el
del mundo real-real, y esta revolución hace surgir la libertad absoluta, con lo
que el espíritu antes extrañado ha retornado totalmente a sí, abandona este
terreno de la cultura y pasa a otro terreno, al terreno de la conciencia moral.
EL MUNDO DEL ESPÍRITU EXTRAÑADO DE SI
El mundo de este espíritu se escinde en un mundo doble: el primero es el mundo
de la realidad o del extrañamiento del espíritu; el segundo, empero, aquel que
el espíritu, elevándose por sobre el primero, se construye en el éter de la pura
conciencia. Este mundo, contrapuesto a aquel extrañamiento, no por ello se halla
libre precisamente de él, sino que más bien es simplemente la otra forma del
extrañamiento, que consiste cabalmente en tener la conciencia en dos mundos
distintos, abarcando ambos. La que aquí se considera no es, por tanto, la
autoconciencia de la esencia absoluta tal y como es en y para sí, no es la
religión, sino que es la fe, en tanto que la evasión del mundo real y en tanto
que no es, por consiguiente, en y para sí. Esta evasión del reino de la
presencia es, por tanto, en ella misma y de un modo inmediato, una doble
evasión. La pura conciencia es el elemento al que se eleva el espíritu, pero no
es solamente el elemento de la fe, sino que es asimismo el del concepto; ambos
entran en juego, por tanto, juntos y entrelazados, y aquél sólo puede ser tenido
en cuenta en oposición a éste.
LA CULTURA Y SU REINO DE LA REALIDAD
El espíritu de este mundo es la esencia espiritual impregnada por una
autoconciencia que se sabe presente de un modo inmediato como esta
autoconciencia que es para sí y que sabe la esencia como una realidad opuesta a
ella. Pero la existencia de este mundo, lo mismo que la realidad de la
autoconciencia, descansa sobre el movimiento en que esta personalidad suya se
enajena, haciendo surgir con ello su mundo y comportándose frente a éste como
frente a un mundo extraño y como si de ahora en adelante tuviera que apoderarse
de él. Pero la renuncia a su ser para sí es ella misma la creación de la
realidad, y gracias a ella se apodera, por tanto, inmediatamente, de ésta. Dicho
de otro modo, la autoconciencia sólo es algo, sólo tiene realidad Realität en la
medida en que se extraña de sí misma; se pone así como universal, y esta su
universalidad es su validez y su realidad. Esta igualdad con todos no es, por
tanto, aquella igualdad del derecho, no es aquel inmediato ser reconocido y
valer de la autoconciencia sencillamente porque es, sino que vale porque,
gracias a la mediación del extrañamiento, se ha puesto en consonancia con lo
universal. La universalidad privada de espíritu del derecho asume dentro de sí y
legitima todo modo natural del carácter como del ser allí. Pero la universalidad
que aquí vale es la universalidad que ha devenido y es por esto real.
A) La cultura, como extrañamiento del ser natural
Por tanto, aquello mediante lo cual el individuo tiene aquí validez y realidad
es la cultura. La verdadera naturaleza originaria y la sustancia del individuo
es el espíritu del extrañamiento del ser natural. Esta enajenación es, por
consiguiente, tanto fin como ser allí del individuo; y es, al mismo tiempo, el
medio o el tránsito tanto de la sustancia pensada a la realidad como, a la
inversa, de la individualidad determinada a la esencialidad. Esta individualidad
se forma como lo que en sí es, y solamente así es en sí y tiene un ser allí
real; en cuanto tiene cultura, tiene realidad y potencia. Aunque el sí mismo se
sabe aquí realmente como este sí mismo, su realidad consiste, sin embargo, en la
superación del sí mismo natural; la naturaleza determinada originaria se reduce,
por tanto, a la diferencia no esencial de la magnitud, a una mayor o menor
energía de la voluntad. Pero el fin y el contenido de ésta sólo pertenecen a la
sustancia universal misma y sólo pueden ser un universal; la particularidad de
una naturaleza que deviene fin y contenido es algo impotente e irreal; es una
especie que se esfuerza en vano y ridículamente por ponerse en obra; es la
contradicción consistente en atribuir a lo particular la realidad que es
inmediatamente lo universal. Por tanto, si de un modo falso se pone la
individualidad en la particularidad de la naturaleza y del carácter, no se
encontrarán en el mundo real individualidades ni caracteres algunos, sino que
los individuos tendrán el mismo ser allí los unos para los otros; aquella
pretendida individualidad sólo será precisamente el ser allí supuesto, que en
este mundo, en que sólo cobra realidad lo que se enajena a sí mismo y, por
tanto, solamente lo universal, carece de permanencia. Lo supuesto vale, por
tanto, como lo que es, como una especie. (n.5).
Lo que, en relación con el individuo singular, se manifiesta como su cultura es
el momento esencial de la sustancia misma, a saber, el tránsito inmediato de su
universalidad pensada a la realidad o el alma simple de ella que hace que el en
sí sea algo reconocido y tenga un ser allí. El movimiento de la individualidad
que se forma es, por tanto, de un modo inmediato, el devenir de esta
individualidad como de la esencia objetiva universal, es decir, el devenir del
mundo real. Este, aunque haya devenido por medio de la individualidad, es para
la autoconciencia algo inmediatamente extrañado y tiene para ella la forma de
una realidad fija.
Pero, cierta al mismo tiempo de que este mundo es su sustancia, la
autoconciencia tiende a apoderarse de él; y adquiere este poder sobre él por
medio de la cultura, que, vista por este lado, se manifiesta como la
autoconciencia que se pone en consonancia con la realidad en la medida en que se
lo consiente la energía del carácter originario y del talento. Lo que aquí se
manifiesta como la fuerza del individuo bajo la que entra la sustancia,
superándose así, es lo mismo que la realización de dicha sustancia. En efecto,
el poder del individuo consiste en ponerse en consonancia con la sustancia, es
decir, en enajenarse su sí mismo y, por tanto, en ponerse como la sustancia
objetiva que es. Su cultura y su propia realidad son, por tanto, la realización
de la sustancia misma.
a) Lo bueno y lo malo, el poder del Estado y la riqueza
El sí mismo sólo es real ante sí como superado. Por tanto, no constituye para él
la unidad de la conciencia de sí mismo y del objeto, sino que éste es para él lo
negativo de sí. Por consiguiente, mediante el sí mismo como el alma la sustancia
es desarrollada en sus momentos de tal modo que lo contrapuesto anima a lo otro,
cada término da subsistencia al otro mediante su extrañamiento, y asimismo la
recibe de él. Al mismo tiempo, cada momento tiene su determinabilidad como una
invencible validez y tiene también una firme realidad frente al otro. El
pensamiento fija esta diferencia del modo más universal mediante la absoluta
contraposición de lo bueno y lo malo, que, repeliéndose mutuamente, nunca pueden
llegar a ser, de ningún modo, lo mismo.
Pero, este ser fijo tiene como alma el tránsito inmediato a lo contrapuesto; la
existencia es más bien la inversión de su determinabilidad en la contrapuesta, y
solamente este extrañamiento es la esencia y la conservación del todo. Este
movimiento realizador y esta animación de los momentos es lo que ahora tenemos
que considerar; el extrañamiento se extrañará a su vez y, por medio de él, el
todo se recobrará a sí mismo en su concepto.
Hay que considerar primeramente la sustancia simple misma en la organización
inmediata de sus momentos que son allí, pero todavía inanimados. Así como la
naturaleza se despliega en sus elementos universales, de los cuales el aire es
la esencia permanente, puramente universal y translúcida -el agua la esencia
siempre sacrificada, -el fuego su unidad animadora, que disuelve siempre lo
opuesto a él, lo mismo que desdobla en él su simplicidad, -y la tierra, por
último, el nudo firme de esta estructuración y el sujeto de estas esencias como
de su proceso, su punto de partida y su retorno, -así también la esencia
interior o el espíritu simple de la realidad autoconsciente se desdobla, como un
mundo, en masas universales, pero espirituales del mismo tipo, -en la primera
masa, la esencia espiritual en sí universal, igual a sí misma, en la segunda, la
esencia que es para sí, que ha devenido desigual en sí, que se sacrifica y se
entrega, -y en la tercera, que en tanto que autoconciencia es sujeto y tiene
inmediatamente en ella misma la fuerza del fuego; en la primera esencia es ella
consciente de sí como del ser en sí, mientras que en la segunda tiene el devenir
del ser para sí a través del sacrificio de lo universal. Pero el espíritu mismo
es el ser en y para sí del todo que se desdobla en la sustancia como permanente
y en la sustancia como la que se sacrifica y que, asimismo, la recobra de nuevo
en su unidad, tanto como la llama devoradora que la consume cuanto como la
figura permanente de ella misma. Como vemos, estas esencias corresponden a la
comunidad y a la familia del mundo ético, pero sin poseer el espíritu hogareño
que éstas tienen; por el contrario, sí el destino es algo extraño a este
espíritu, la autoconciencia es y se sabe aquí como la potencia real de dichas
esencias.
Debemos considerar estos miembros tanto como son primeramente dentro de la pura
conciencia como pensamientos o siendo en sí cuanto como esencias objetivas del
modo como son representadas en la conciencia real. En aquella forma de la
simplicidad, la primera esencia, como la esencia igual a sí misma, inmediata e
inmutable, de todas las conciencias, es lo bueno, la potencia espiritual
independiente del en sí, junto a la cual el movimiento de la conciencia que es
para sí sólo es algo concomitante. Lo otro, por el contrario, es la esencia
espiritual pasiva o lo universal, en tanto que se abandona y deja que los
individuos tomen de ella la conciencia de su singularidad; es la esencia nula,
lo malo. Este absoluto devenir disuelto de la esencia es, a su vez, permanente;
así como la primera esencia es base, punto de partida y resultado de los
individuos y éstos son en ella puramente universales, la segunda es, por el
contrario, de una parte, el ser para otro que se sacrifica y, de otra parte, y
precisamente por ello, su constante retorno a sí mismo como lo singular y su
permanente devenir para sí.
Pero estos pensamientos simples de lo bueno y lo malo son, asimismo,
pensamientos inmediatamente extrañados de sí; son reales y son en la conciencia
real como momentos objetivos. Así, la primera esencia es el poder del Estado, la
otra es la riqueza. El poder del Estado es, lo mismo que la sustancia simple, la
obra universal, -la cosa absoluta misma en que se enuncia a los individuos su
esencia y que en su singularidad sólo es, simplemente, conciencia de su
universalidad; -y es, asimismo, la obra y el resultado simple, del que
desaparece el hecho de provenir de su acción; permanece como la base absoluta y
la subsistencia de todos sus actos. Esta simple sustancia etérea de su vida es,
mediante esta determinación de su inmutable igualdad consigo misma, ser, y con
ello, solamente ser para otro. Es, por tanto, en sí, de modo inmediato, lo
contrapuesto a sí mismo, riqueza. Aunque ésta es, ciertamente, lo pasivo o lo
nulo, es asimismo esencia espiritual universal y también el resultado en
constante devenir del trabajo y de la acción de todos, del mismo modo que se
disuelve de nuevo en el goce de todos. Es cierto que en el goce la
individualidad deviene para sí o como individualidad singular, pero este goce
mismo es resultado de la acción universal, a la vez que hace surgir el trabajo
universal y el goce de todos. Lo real tiene simplemente la significación
espiritual de ser de un modo inmediato universal. Cada singular supone
indudablemente, en este momento, que obra de un modo egoísta; pues es éste el
momento en que se da la conciencia de ser para sí y, por tanto, no lo toma como
algo espiritual; pero, aun visto este momento solamente por el lado externo, se
muestra que, en su goce, cada cual da a gozar a todos y en su trabajo trabaja
tanto para todos como para sí mismo, al igual que todos trabajan para él. Su ser
para sí es, por tanto, en sí universal y el egoísmo algo solamente supuesto, que
no puede llegar a hacer real aquello que se supone, es decir, hacer de ello algo
que no beneficie a todos.
b) El juicio de la autoconciencia: la conciencia noble y la conciencia vil
En estas dos potencias espirituales reconoce, pues, la autoconciencia su
sustancia, su contenido y su fin; intuye en ello su doble esencia: en una de
ellas su ser en sí, en la otra su ser para sí. Pero la autoconciencia es, al
mismo tiempo, en tanto que el espíritu, la unidad negativa de su subsistencia y
de la separación de la individualidad y lo universal, o de la realidad y el sí
mismo. Señorío y riqueza son, por tanto, presentes para el individuo como
objetos, es decir, como cosas de que el individuo se sabe libre y entre las que
supone que puede optar, o incluso quedarse sin elegir ninguna de las dos. El
individuo, como esta conciencia libre y pura, se enfrenta a la esencia como a
algo que es solamente para él. Y tiene, así, la esencia como esencia en sí. En
esta pura conciencia, los momentos de la sustancia no son para él el poder del
Estado y la riqueza, sino los pensamientos de lo bueno y lo malo. Pero la
autoconciencia es, además, la relación de su conciencia pura con su conciencia
real, de lo pensado con la esencia objetiva, es esencialmente el juicio. De la
determinación inmediata de ambos lados de la esencia real ha resultado ya,
ciertamente, cuál de los dos es el bueno y cuál el malo; aquí es el poder del
Estado, éste la riqueza. Sin embargo, este primer juicio no puede considerarse
como un juicio espiritual, pues en él uno de los lados se ha determinado
solamente como el que es en sí o el lado positivo y el otro solamente como el
que es para sí y el lado negativo. Pero, como esencias espirituales, cada uno de
ellos es la compenetración de ambos momentos y no se agota, por tanto, en
aquellas determinaciones; y la autoconciencia que con ellos se relaciona es en y
para sí; tiene, por tanto, que relacionarse con cada uno de ellos de un doble
modo, desentrañándose así su naturaleza, que consiste en ser determinaciones
extrañadas de sí mismas.
Para la autoconciencia es ahora bueno y en sí aquel objeto en que se encuentra a
sí misma y malo aquél en que encuentra lo contrario de sí; lo bueno es la
igualdad de la realidad objetiva con ella, lo malo su desigualdad. Al mismo
tiempo, lo que es para ella bueno y malo es bueno y malo en sí, pues es
precisamente aquello en que estos dos momentos del ser en sí y del ser para ella
son lo mismo: la autoconciencia es el espíritu real de las esencias objetivas, y
el juicio la demostración de su poder en ellas, que hace de ellas lo que son en
sí. Su criterio y su verdad no es cómo estas esencias objetivas sean en sí
mismas de un modo inmediato, lo igual o lo desigual, es decir, el en sí o el
para sí abstracto, sino lo que son en la relación del espíritu con ellas: su
igualdad o desigualdad con respecto a él. La relación entre el espíritu y estas
esencias, que, puestas primeramente como objetos, se convierten gracias a él en
el en sí, deviene al mismo tiempo su reflexión en sí mismas, mediante la cual
adquieren un ser espiritual real; y lo que es su espíritu surge. Pero, así como
su primera determinación inmediata se distingue de la relación que el espíritu
guarda con ellas, así también el tercer momento, su propio espíritu, se
distinguirá del segundo. Ante todo, el segundo en sí de estas esencias, que
surge por la relación del espíritu con ellas, tiene que resultar ya diferente
del en sí inmediato, ya que esta mediación del espíritu mueve más bien la
determinabilidad inmediata y la convierte en algo distinto.
Según esto, la conciencia que es en y para sí encuentra, indudablemente, en el
poder del Estado su esencia simple y su subsistencia en general, pero no su
individualidad como tal; encuentra en él, indudablemente, su ser en sí, pero no
su ser para sí; más bien encuentra en él el obrar, como obrar singular, negado y
sometido a obediencia. Ante este poder, el individuo se refleja, pues, en sí
mismo; el poder del Estado es para él la esencia opresora y lo malo, pues en vez
de ser lo igual, es sencillamente lo desigual con respecto a la individualidad.
La riqueza, por el contrario, es lo bueno; tiende al goce universal, se entrega
y procura a todos la conciencia de su sí mismo. La riqueza es bienestar
universal en sí; y sí niega algún beneficio y no complace todas y cada una de
las necesidades, esto constituye una contingencia que no menoscaba para nada su
esencia necesaria universal, que es comunicarse a todos los singulares y ser una
donadora con miles de manos.
Estos dos juicios dan a los pensamientos de lo bueno y lo malo un contenido que
es lo contrario del que tenían para nosotros. Ahora bien, la autoconciencia sólo
se ha referido, hasta ahora, de un modo incompleto a sus objetos, pues sólo se
ha referido a ellos con arreglo a la pauta del ser para sí. Pero la conciencia
es también esencia que es en sí y tiene que tomar también este lado suyo como
pauta, por medio de la cual se lleva a término el juicio espiritual. Por este
lado, le expresa el poder del Estado su esencia; este poder es, de una parte, la
ley estable y, de otra, el gobierno y el mandato que ordenan los movimientos
singulares del obrar universal: lo uno es la sustancia simple misma, lo otro el
obrar, que se anima y mantiene a sí mismo y anima y mantiene a todos. El
individuo encuentra, por tanto, expresados, organizados y actualizados así su
fundamento y su esencia. Por el contrario, con el goce de la riqueza el
individuo no experimenta su esencia universal, sino que adquiere solamente la
conciencia precaria y el goce de sí mismo como una singularidad que es para sí y
de la desigualdad con su esencia. Los conceptos de lo bueno y lo malo asumen
aquí, por tanto, un contenido contrapuesto al anterior.
Cada una de estas dos maneras de juzgar encuentra una igualdad y una
desigualdad; la primera conciencia enjuiciadora encuentra que el poder del
Estado es desigual y el goce de la riqueza igual a ella; la segunda, por el
contrario, encuentra que el poder del Estado es igual a ella y el goce de la
riqueza desigual. Se trata de un doble encuentro de igualdad y de un doble
encuentro de desigualdad, de una relación contrapuesta con las dos
esencialidades reales. Debemos juzgar nosotros mismos este distinto
enjuiciamiento, para lo cual tenemos que aplicar la pauta ya establecida. La
relación de igualdad encontrada de la conciencia es, según esto, lo bueno, la
relación de desigualdad encontrada lo malo; y estos dos modos de la relación
deben de ahora en adelante mantenerse como diversas figuras de la conciencia
misma. Al comportarse de diverso modo, la misma conciencia cae bajo la
determinación de la diversidad de ser buena o mala, y no porque tenga como
principio el ser para sí o el puro ser en sí, pues ambos son momentos igualmente
esenciales; el doble enjuiciamiento que ha sido considerado presentaba los
principios separados y entraña, por tanto, solamente modos abstractos de juzgar.
La conciencia real por el contrario, tiene en ella ambos principios y la
diferencia recae solamente en su esencia, o sea en la .relación de sí misma con
lo real Reales.
El modo de esta relación es el contrapuesto: uno es el comportamiento hacia el
poder del Estado y la riqueza como hacia algo igual, otro el comportamiento como
hacia algo desigual. La conciencia de la relación de igualdad encontrada es la
conciencia noble. En el poder público considera lo igual a ella misma, el que la
conciencia encuentre en él su esencia simple y el ejercicio de ésta, poniéndose
al servicio de la obediencia real y del respeto interior con respecto a él. Y,
del mismo modo, en la riqueza, la conciencia ve lo que le procura la conciencia
de su otro lado esencial, del ser para sí; la considera, por tanto, igualmente
como esencia en relación consigo y reconoce como benefactor a quien debe
gratitud a aquel que le ha proporcionado su goce.
La conciencia de la otra relación es, por el contrarío, la conciencia vil, que
mantiene firme la desigualdad con respecto a las dos esencialidades, que ve, por
tanto, en el poder de dominio una traba y una opresión del ser para sí y, por
consiguiente, odia al que manda sólo lo obedece con alevosía y está siempre
dispuesto a sublevarse; y en la riqueza, que le lleva al goce de su ser para sí,
ve también solamente la desigualdad, a saber, la desigualdad con respecto a la
esencia permanente; como sólo por medio de ella alcanza la conciencia de la
singularidad y del goce perecedero, ama a la riqueza, pero la desprecia, y con
la desaparición del goce, de lo que en sí tiende a desaparecer, ve desaparecer
también su relación con lo rico.
Ahora bien, estas relaciones expresan solamente el juicio, la determinación de
lo que son las dos esencias como objeto para la conciencia, pero aun no en y
para sí. La reflexión representada en el juicio, de una parte, sólo es para
nosotros un poner de una y de otra determinación y, por tanto, una igual
superación de ambas, pero aun no la reflexión de ellas para la conciencia misma.
De otra parte, son esencias solamente de un modo inmediato, sin que hayan
llegado a serlo, ni sean en sí mismas autoconciencia; aquello para lo que son no
es todavía lo que las anima; son predicados que aun no son ellos mismos sujeto.
Por virtud de esta separación, también la totalidad del enjuiciamiento
espiritual se desdobla todavía en dos conciencias, cada una de las cuales se
halla bajo una determinación unilateral. Ahora bien, así como primeramente la
indiferencia de los dos lados del extrañamiento -uno el del en sí de la pura
conciencia, a saber, el de los pensamientos determinados de lo bueno y lo malo,
otro de su ser allí como poder del Estado y riqueza-, se elevaba a una relación
entre ambos, es decir, a un juicio, así también esta relación exterior habrá de
elevarse a unidad interior o a relación entre el pensamiento y la realidad,
haciendo surgir el espíritu de las dos figuras del juicio. Esto acaece cuando el
juicio se convierte en silogismo, en movimiento mediador en el que surgen la
necesidad y el término medio de las dos partes del juicio.
c) El servicio y el consejo
En el juicio, la conciencia noble se encuentra, pues, frente al poder del
Estado, de tal modo que éste no es todavía un sí mismo sino solamente, por el
momento, la sustancia universal, pero de la que dicha conciencia es consciente
como de su esencia, como del fin y del contenido absoluto. Manteniéndose así en
una actitud positiva en relación con ella, se comporta de un modo negativo con
respecto a sus propios fines, a su particular contenido y ser allí, y los hace
desaparecer. La conciencia noble es el heroísmo del servicio, -la virtud que
sacrifica el ser singular a lo universal y de este modo lleva esto al ser allí,
-la persona que renuncia a la posesión y al goce de sí misma y actúa y es real
para el poder vigente.
A través de este movimiento, lo universal se une con el ser allí en general, del
mismo modo que la conciencia que es allí se forma mediante esta enajenación en
esencialidad. Aquella conciencia al servicio de la cual se extraña ésta es su
conciencia hundida en el ser allí; pero el ser extrañado es el en sí; mediante
esta formación adquiere, pues, el respeto de sí misma y el de los otros. Y el
poder del Estado, que era solamente, por el momento, lo universal pensado, el en
sí, deviene precisamente mediante este movimiento lo universal que es, la
potencia real. Sólo es esta potencia en la obediencia real, que adquiere
mediante el juicio de la autoconciencia según el cual es la esencia y mediante
el libre sacrificio de ella. Este obrar, que agrupa la esencia y el sí mismo,
hace brotar la doble realidad; se hace brotar a sí como lo que tiene una
realidad verdadera y hace brotar el poder del Estado como lo verdadero que vale.
Pero, por medio de este extrañamiento, el poder del Estado no es todavía una
autoconciencia que se sabe como poder del Estado; es solamente su ley o un en
sí, que vale; no tiene todavía una voluntad particular, pues la autoconciencia
servidora no ha enajenado todavía su puro sí mismo, vivificando al poder del
Estado con ello, sino solamente con su ser; sólo le ha sacrificado su ser allí,
pero no su ser en sí. La autoconciencia vale como lo que es conforme a la
esencia, es reconocida en gracia a su ser en sí. Los otros encuentran en ella
actualizada su esencia, pero no su ser para sí; encuentran que se cumple de ese
modo su pensamiento o su conciencia pura, pero no su individualidad. Por tanto,
esta, autoconciencia vale en el pensamiento de ellos y es honrada. Es el
orgulloso vasallo que actúa en beneficio del poder del Estado, en la medida en
que éste no es una voluntad propia, sino una voluntad esencial, y que sólo tiene
ante sí validez en este honor, solamente en la representación esencial de la
suposición universal, pero no en la suposición agradecida de la individualidad,
ya que no ha ayudado a ésta a elevarse a su ser para sí.
Su lenguaje, si se comportase ante la voluntad propia del poder del Estado, que
aun no ha llegado a ser, sería el consejo emitido para el bien universal. El
poder del Estado sigue, por tanto, careciendo de voluntad con respecto al
consejo y no decide entre las diversas suposiciones acerca del bien universal.
No es todavía gobierno ni es aun, por tanto, en verdad, un poder real del
Estado. El ser para sí, la voluntad que aun no se ha sacrificado como voluntad,
es el espíritu interior apartado de los estamentos, que, hablando del bien
universal, se reserva frente a esto su bien particular y se inclina a convertir
esta palabrería acerca del bien universal en un sustituto de la acción. El
sacrificio del ser allí que se lleva a cabo en el servicio, sólo es completo
cuando llega hasta la muerte; pero el peligro de la muerte misma, cuando es
superado y se sobrevive a él, deja en que un determinado ser allí y, por tanto,
un para sí particular, que hace ambiguo y sospechoso el consejo en pro del bien
universal y que, de hecho, se reserva la propia suposición y la voluntad
particular frente al poder del Estado. Este ser para sí sigue, pues,
comportándose de un modo desigual con respecto al poder del Estado y cae bajo la
determinación de la conciencia vil, consistente en que está siempre dispuesta a
sublevarse.
Esta contradicción que el ser para sí tiene que superar, bajo esta forma en que
es desigual con respecto a la universalidad del poder del Estado contiene al
mismo tiempo la forma de que aquella enajenación del ser allí, al consumarse, es
decir, con la muerte, es por ella misma una enajenación que es, y no una
enajenación que retorna a la conciencia -de que ésta no la sobrevive y es en y
para sí, sino que solamente pasa a lo contrario no conciliado. El verdadero
sacrificio del ser para sí sólo es, por tanto, aquel en que se entrega, de un
modo tan total como en la muerte, pero manteniéndose igualmente en esta
enajenación; el ser para sí deviene con ella real, como lo que es en sí, como la
unidad idéntica de sí mismo y de sí como lo contrapuesto. Por el hecho de que el
espíritu interior separado, el sí mismo como tal, surge y se extraña, es elevado
al mismo tiempo el poder del Estado a un sí mismo propio; del mismo modo, sin
este extrañamiento, los actos del honor, de la conciencia noble y los consejos
de su intelección seguirían siendo lo ambiguo que encubriera todavía aquella
celada aparte de la intención particular y la terquedad.
B) El lenguaje, como la realidad del extrañamiento y de la cultura
Pero este extrañamiento acaece solamente en el lenguaje, que se presenta aquí en
su significación propia y peculiar. En el mundo de la eticidad ley y orden -en
el mundo de la realidad, por el momento, consejo, el lenguaje tiene por
contenido la esencia y es la forma de ésta; pero aquí recibe la forma que es
como su contenido y vale como lenguaje; es la fuerza del hablar como tal la que
lleva a cabo lo que hay que llevar a cabo. Pues el lenguaje es el ser allí del
puro sí mismo, como sí mismo; en él entra en la existencia la singularidad que
es para sí de la autoconciencia como tal, de tal modo que es para otros. El yo,
como este puro yo, no es allí más que por medio del lenguaje; en cualquier otra
exteriorización se halla inmerso en una realidad y en una figura de la que puede
retrotraerse, se refleja en sí lo mismo de su acción que de su expresión
fisionómica y deja yacer desanimado un tal ser allí imperfecto, en el que hay
siempre o demasiado o demasiado poco. El lenguaje, en cambio, lo contiene en su
pureza; solamente él expresa el yo, el yo mismo. Este su ser allí es como ser
allí, una objetividad que lleva en ella su verdadera naturaleza. Yo es este yo
-pero asimismo universal; su manifestación es, asimismo, de un modo inmediato,
la enajenación y la desaparición de este yo y, con ello, su permanecer en su
universalidad. El yo que se expresa es escuchado; es un contagio, en el que
entra de un modo inmediato en unidad con aquellos para los que existe, y es
autoconciencia universal. En el hecho de ser escuchado se borra de un modo
inmediato su ser allí; este su ser otro se ha retrotraído en sí; y precisamente
esto es su ser allí, como el ahora autoconsciente, tal como es allí, no el ser
allí, y el serlo mediante este desaparecer. Este desaparecer es, por tanto, en
sí mismo, de un modo inmediato, su permanecer; es su propio saber de sí, y es su
saber de sí como de uno que ha pasado a otro sí mismo, que ha sido escuchado y
que es universal.
El espíritu adquiere aquí esta realidad, porque los extremos de los que él es
unidad tienen de un modo igualmente inmediato la determinación de ser para sí
realidades propias. Su unidad se escinde en lados rígidos, cada uno de los
cuales es para el otro un objeto real, excluido de él. La unidad surge, por
tanto, como un término medio, excluido y distinto de la separada realidad de los
lados; ella misma tiene, por tanto, una objetividad real distinta de sus lados y
es para ellos, es decir, es allí. La sustancia espiritual sólo entra como tal en
la existencia cuando ha ganado a sus lados tales autoconciencias que saben este
puro sí mismo como realidad que vale inmediatamente y también de un modo
igualmente inmediato que esto sólo es a través de la mediación extrañadora.
Gracias a aquel saber del sí mismo, los momentos son purificados como categoría
que se sabe a sí misma y, con ello, llegan a ser momentos del espíritu; gracias
a esta mediación extrañadora, el espíritu entra en el ser allí como
espiritualidad. El espíritu es, pues, el término medio que presupone aquellos
extremos y es engendrado por el ser allí de ellos -pero también el todo
espiritual que irrumpe entre los extremos, que se desdobla en ellos y que sólo
mediante este contacto engendra a cada uno de ellos como un todo en su
principio. El que los dos extremos sean ya en sí superados y desdoblados hace
brotar su unidad, y ésta es el movimiento que los une a ambos, intercambiando
sus determinaciones y uniéndolas, propiamente, en cada extremo. Esta mediación
pone con ello el concepto de cada uno de los dos extremos en su realidad, o
lleva lo que cada uno es en sí a su espíritu.
Los dos extremos, el poder del Estado y la conciencia noble, son desdoblados por
ésta: aquel, en lo universal abstracto, a lo que se obedece, y en la voluntad
que es para sí, pero que todavía no corresponde a él por sí misma; ésta, en la
obediencia del ser allí superado en el ser en sí de la estimación de sí mismo y
del honor y en el puro ser para sí aun no superado, en la voluntad que permanece
todavía en acecho. Los dos momentos en que ambos lados se han purificado y que
son, por tanto, momentos del lenguaje, son lo universal abstracto que se llama
el bien universal y el puro sí mismo que en el servicio ha repudiado su
conciencia hundido en el múltiple ser allí. Ambos son lo mismo en el concepto;
pues el puro sí mismo es precisamente lo universal abstracto y es, por tanto, su
unidad puesta como su término medio. Pero el sí mismo sólo es real en el extremo
de la conciencia -y el en sí sólo en el extremo del poder del Estado; lo que le
falta a la conciencia es que haya pasado ella el poder del Estado, no sólo como
honor, sino también realmente-, al poder del Estado, el que se le rinda
obediencia no sólo como al llamado bien universal, sino como voluntad o el que
sea al sí mismo que decide. La unidad del concepto en el que reside aun el poder
del Estado y al que ha llegado, purificándose, la conciencia deviene real en
este movimiento mediador, cuyo ser allí simple, como término medio, es el
lenguaje. Sin embargo, dicha unidad no tiene aun como sus lados dos sí mismos
presentes como sí mismos; pues el poder del Estado sólo es animado, por el
momento, hacia el sí mismo; este lenguaje no es, por consiguiente, todavía el
espíritu, tal y como éste se sabe y se expresa a sí mismo de un modo completo.
El halago La conciencia noble, por ser el extremo del sí mismo, se manifiesta
como aquello de que proviene el lenguaje, por medio del cual se configuran como
todos animados los lados de la relación. El heroísmo del servicio mudo se
convierte en el heroísmo del halago. Esta reflexión hablada del servicio
constituye el término medio intelectual que se desintegra y no sólo refleja en
sí mismo su propio extremo, sino que vuelve a reflejar el extremo del poder
universal en él mismo, elevando este poder que sólo es en sí a ser para sí y a
singularidad de la autoconciencia. Esta deviene con ello el espíritu de este
poder, que es ser un monarca ilimitado; ilimitado, porque el lenguaje del halago
eleva el poder a su depurada universalidad; el momento, como producto del
lenguaje, del ser allí depurado como espíritu, es una purificada igualdad
consigo mismo-; monarca, porque el lenguaje lleva también a su cúspide la
singularidad; aquello de que la conciencia noble se enajena según este lado de
la unidad espiritual simple es el puro ser en sí de su pensamiento, su yo mismo.
Más precisamente, el lenguaje eleva así la singularidad, que por lo demás sólo
es algo supuesto a su pureza en el ser allí, al dar al monarca su nombre propio;
pues es el nombre y sólo él aquello en que la diferencia de lo singular no es
simplemente supuesta por todos los otros, sino que se hace real por todos; en el
nombre, el individuo singular como puro singular no vale solamente en su
conciencia, sino en la conciencia de todos. Gracias a él, por tanto, es apartado
de todos el monarca y colocado aparte, en un lugar de excepción; en él, en el
nombre, es el monarca el átomo que no puede comunicar nada de su esencia y que
no tiene igual. Este nombre es, así, la reflexión en sí o la realidad que tiene
en ella misma el poder universal; por medio de él es este poder el monarca. Y, a
la inversa, él, este singular, se sabe este singular, como el poder universal,
porque los nobles no sólo están dispuestos a servir al poder del Estado, sino
que se agrupan en torno al trono como un ornato y dicen siempre a quien se
sienta en él lo que es.
El lenguaje de su elogio es, de este modo, el espíritu que une los dos extremos
en el poder del Estado mismo; refleja en sí el poder abstracto y le da el
momento del otro extremo, el ser para sí de la voluntad y la decisión, y con
ello la existencia autoconsciente; o, de este modo, esta autoconciencia singular
real llega a saberse cierta de sí como el poder. Es el punto del sí mismo en el
que han convergido los muchos puntos mediante la enajenación de la certeza
interior. Pero, en cuanto que este espíritu propio del poder del Estado consiste
en tener su realidad y su aumento en el sacrificio del obrar y del pensar de la
conciencia noble, dicho poder es la independencia que se ha extrañado; la
conciencia noble, el extremo del ser para sí, recobra el extremo de la
universalidad real para la universalidad del pensamiento que se ha enajenado; el
poder del Estado se ha transferido a ella. Solamente en ella el poder del Estado
se confirma verdaderamente; en su ser para sí deja este poder de ser la esencia
inerte, tal como se manifestaba como extremo del ser en sí abstracto.
Considerado en sí, el poder del Estado reflejado en sí o el hecho de haber
devenido espíritu no significa sino que ha devenido momento de la
autoconciencia, es decir, que sólo es como superado. Con ello, es ahora la
esencia en tanto que tal, cuyo espíritu es el ser sacrificado y abandonado, o
existe como riqueza. Subsiste al mismo tiempo, ciertamente, frente a la riqueza
en que se convierte siempre en cuanto al concepto, como una realidad; pero una
realidad cuyo concepto es precisamente este movimiento de pasar por medio del
servicio y el acatamiento a través de los cuales deviene, en su contrario, en la
enajenación del poder. Así, pues, el peculiar sí mismo que es su voluntad
deviene para sí, gracias a la ofrenda de la conciencia noble, en universalidad
que se enajena, en una completa singularidad y contingencia que se abandona a
toda voluntad más poderosa; lo que permanece en él como independencia
universalmente reconocida y no comunicable es el nombre vacío.
Por tanto, mientras que la conciencia noble se determinaba como aquello que se
refería al poder universal de un modo igual, la verdad de ella es más bien la de
retener en su servicio su propio ser para sí, pero siendo en la auténtica
renuncia a su personalidad la real superación y el desgarramiento de la
sustancia universal. Su espíritu es la relación de la plena desigualdad, de una
parte, en su honor reteniendo a su voluntad y, de otra, en superar ésta, en
parte en extrañarse de su interior y en convertirse en la suprema desigualdad
consigo misma y, en parte, en someter a sí, la sustancia universal y hacer de
ésta algo completamente desigual a sí. Claramente se ve que, con ello,
desaparece su determinabilidad, la que tenía en el juicio frente a lo que se
llamaba conciencia vil, y que desaparece también ésta. Esta conciencia ha
alcanzado su fin, que era el de colocar el poder universal bajo el ser para sí.
De esta manera enriquecida por el poder universal, la autoconciencia existe como
el beneficio universal, o es la riqueza que es a su vez objeto para la
conciencia. En efecto, la riqueza es para la conciencia, ciertamente, lo
universal sojuzgado, pero que por esta primera superación aun no ha retornado de
un modo absoluto al sí mismo. El sí mismo no se tiene todavía como sí mismo,
sino que tiene como objeto la esencia universal superada. Por cuanto que éste
sólo ha devenido ahora, se pone la relación inmediata de la conciencia con él,
que, por tanto, no presenta aun su desigualdad con respecto a él; la conciencia
es la conciencia noble, que adquiere su ser para sí en lo universal que ha
devenido no esencial y que, por tanto, reconoce la riqueza y se muestra
agradecida hacia el benefactor.
La riqueza tiene ya en ella misma el momento del ser para sí. No es lo universal
del poder del Estado privado del sí mismo o la simplista naturaleza inorgánica
del espíritu, sino aquel poder tal como se mantiene firmemente en él mismo por
medio de la voluntad contra quien trata de adueñarse de él para gozarlo. Pero,
como la riqueza solamente tiene la forma de la esencia, este ser para sí
unilateral que no es en sí, sino más bien el en sí superado, es el retorno no
esencial en su goce del individuo a sí mismo. Ella misma necesita, por tanto,
ser vivificada; y el movimiento de su reflexión consiste en que la riqueza, que
sólo es para sí, devenga en y para sí, en que la riqueza, que es la esencia
superada, devenga la esencia; es así como cobra su propio espíritu en ella
misma. Y como ya antes se analizó la forma de este movimiento, bastará con que
se determine aquí su contenido.
La conciencia noble no se relaciona, pues, aquí con el objeto como esencia en
general, sino que es el ser para sí mismo, que es para ella algo extraño;
encuentra ya su sí mismo como tal extrañado, como una realidad objetiva fija que
tiene que recibir de otro ser para sí fijo. Su objeto es el ser para sí y, por
tanto, lo suyo; pero, por el hecho de ser objeto, es al mismo tiempo y de un
modo inmediato una realidad ajena que es ser para sí propio, propia voluntad, es
decir, que ve su sí mismo en el poder de una voluntad extraña de la que depende
el concedérselo o no.
La autoconciencia puede hacer abstracción de cada lado singular y, cualquiera
que sea la sujeción en que se halle con respecto a uno de ellos, retiene siempre
como esencia que es para sí su ser reconocido y su valer en sí. Pero, aquí, se
ve, por el lado de su pura y más propia realidad o de su yo, fuera de sí y
perteneciente a un otro, ve su personalidad como tal dependiente de la
personalidad contingente de otro, de la contingencia de un instante, de una
arbitrariedad o de otra circunstancia indiferente cualquiera. En el estado de
derecho se manifiesta lo que se halla bajo el poder de la esencia objetiva como
un contenido contingente del que se puede hacer abstracción, y el poder no
afecta al sí mismo como tal, sino que éste es más bien reconocido. Sin embargo,
aquí, el sí mismo ve la certeza de sí como tal ser lo más inesencial, ve la
absoluta impersonalidad ser la personalidad pura. El espíritu de su gratitud es,
por consiguiente, tanto el sentimiento de esta profunda abyección como el de la
más profunda sublevación. Par cuanto que el puro yo mismo se intuye a sí mismo
fuera de sí y desgarrado, en este desgarramiento se ha desintegrado y se ha ido
a pique todo lo que tiene continuidad y universalidad, lo que se llama ley,
bueno y justo; se ha disuelto todo lo igual, pues lo que se halla presente es la
más pura desigualdad, la absoluta inesencialidad de lo absolutamente esencial,
el ser fuera de sí del ser para sí; el puro yo mismo se halla absolutamente
desintegrado.
Por tanto, si es cierto que esta conciencia recobra de la riqueza la objetividad
del ser para sí y la supera, sin embargo esa conciencia, en cuanto a su
concepto, no sólo no se consuma como veíamos en la reflexión anterior, sino que
queda para ella misma insatisfecha; la reflexión en la que el sí mismo se recibe
como algo objetivo es la contradicción inmediata puesta en el puro yo mismo.
Pero, como sí mismo, se halla al mismo tiempo, de un modo inmediato, por encima
de esta contradicción, es la absoluta elasticidad que supera a su vez este ser
superado del sí mismo, que repudia esta repudiación consistente en que su ser
para sí devenga un algo extraño y que, rebelándose contra aquel recibirse a sí
misma, en el mismo recibir es para sí.
a) El lenguaje del desgarramiento
Así, pues, como la relación de esta conciencia se halla vinculada con este
absoluto desgarramiento, desaparece en su espíritu la diferencia de ser
determinada como conciencia noble frente a la conciencia vil, y ambas son la
misma conciencia. El espíritu de la riqueza benefactora puede, además, ser
diferenciado del espíritu de la conciencia que recibe el beneficio y debe
considerarse de un modo particular. El espíritu de la riqueza era el ser para sí
carente de esencia, la esencia abandonada. Pero mediante su comunicación deviene
en sí; habiendo cumplido su destino, que es sacrificarse, supera la singularidad
de gozar solamente para sí y, como singularidad superada, es universalidad o
esencia. Lo que comunica, lo que da a otros es el ser para sí. Pero no se
entrega como una naturaleza privada de sí mismo, como la condición de la vida
que se abandona simplistamente, sino como esencia autoconsciente, que se tiene
para sí; no es la potencia inorgánica del elemento sabida como transitoria en sí
por la conciencia que la recibe, sino que es la potencia que domina al sí mismo
que se sabe independiente y arbitraria y que sabe, al mismo tiempo, que lo que
dispensa es el sí mismo de otro. La riqueza comparte, pues, con el cliente la
abyección, pero el lugar de la rebelión lo ocupa aquí la arrogancia. En efecto,
de un lado, la riqueza, como el cliente, sabe el ser para sí como una cosa
contingente; pero ella misma es esta contingencia en cuyo poder se halla la
personalidad. En esta arrogancia que supone haber cambiado un yo mismo ajeno por
un plato de lentejas y haber obtenido así el sojuzgamiento de su esencia más
íntima, pasa por alto la íntima sublevación del otro; pasa por alto el
sacudimiento completo de todas las trabas, este puro desgarramiento en el que,
habiendo devenido plenamente desigual la igualdad consigo misma del ser para sí,
todo lo igual, todo lo subsistente, es desgarrado y que, por consiguiente,
desgarra sobre todo la suposición y el punto de vista del benefactor. La riqueza
se halla de un modo inmediato ante este íntimo abismo, ante esta sima insondable
en que todo punto de sustentación y toda sustancia han desaparecido; y en esta
hondura no ve más que una cosa vulgar, un juego de su capricho, un accidente de
su arbitrariedad; su espíritu es la suposición totalmente privada de esencia de
ser la superficie abandonada por el espíritu.
Así como la autoconciencia tenía frente al poder del Estado su lenguaje, o el
espíritu surgía entre estos extremos como el término medio real, así tiene
también su lenguaje contra la riqueza, y aun más tiene su lenguaje la
sublevación. Aquel lenguaje que da a la riqueza la conciencia de su esencialidad
y se apodera así de ella es asimismo el lenguaje del halago, pero del halago
innoble -pues lo que este lenguaje expresa como esencia lo sabe como la esencia
abandonada, como la esencia que no es en sí. Pero el lenguaje del halago es,
como ya se ha recordado más arriba, el espíritu todavía unilateral. En efecto,
los momentos de este espíritu son, ciertamente, el sí mismo clarificado por la
cultura del servicio en pura existencia y el ser en sí del poder. Sin embargo,
el puro concepto, en el que el simple sí mismo y el en sí, aquel puro yo y esta
pura esencia o pensamiento son lo mismo -esta unidad de ambos lados, entre los
que se opera la acción reciproca, no es en la conciencia de este lenguaje; para
ella, el objeto sigue siendo el en sí en oposición al sí mismo o, el objeto no
es para ella, al mismo tiempo, su propio sí mismo como tal. Pero el lenguaje del
desgarramiento es el lenguaje completo y el verdadero espíritu existente de este
mundo total de la cultura. Esta autoconciencia, a la que corresponde la
sublevación que rechaza su abyección, es de un modo inmediato la absoluta
igualdad consigo misma en el absoluto desgarramiento, la pura mediación de la
pura autoconciencia consigo misma. Es la igualdad del juicio idéntico, en el que
una y la misma personalidad es tanto sujeto como predicado. Pero este juicio
idéntico es, al mismo tiempo, el juicio infinito; pues esta personalidad es
absolutamente desdoblada y sujeto y predicado son, sencillamente, entes
indiferentes que nada tienen que ver uno con otro y sin unidad necesaria, hasta
el punto de que cada uno es la potencia de una personalidad propia. El ser para
sí tiene por objeto su ser para sí, sencillamente como un otro y al mismo tiempo
de un modo igualmente inmediato como sí mismo -sí como un otro, pero no como sí
éste tuviese otro contenido, sino que el contenido es el mismo sí mismo en la
forma de absoluta contraposición y de un ser allí propio totalmente indiferente.
Se halla, pues, presente aquí el espíritu de este mundo real de la cultura,
autoconsciente en su verdad y de su concepto. El espíritu es esta absoluta y
universal inversión y extrañamiento de la realidad y del pensamiento; la pura
cultura. Lo que se experimenta en este mundo es que no tienen verdad ni las
esencias reales del poder y de la riqueza, ni sus conceptos determinados, lo
bueno y lo malo, o la conciencia del bien y el mal, la conciencia noble y la
conciencia vil; sino que todos estos momentos se invierten más bien el uno en el
otro y cada uno es lo contrario de sí mismo. El poder universal, que es la
sustancia, al llegar a través del principio de la individualidad, a su propia
espiritualidad, recibe en él su propio sí mismo solamente como el nombre, y
cuando es un poder real es más bien la esencia impotente que se sacrifica a sí
misma. Pero esta esencia carente de sí mismo y abandonada o el sí mismo
convertido en cosa es más bien el retorno de la esencia a sí misma; es el ser
para sí que es para sí, la existencia del espíritu. Los pensamientos de estas
esencias, de lo bueno y lo malo, se invierten asimismo en este movimiento; lo
determinado como bueno es malo; lo determinado como malo es bueno. Juzgada la
conciencia de cada uno de estos momentos como la conciencia noble y la
conciencia vil, resulta que cada uno de ellos es más bien, en verdad, lo inverso
de lo que estas determinaciones debieran ser: la conciencia noble es vil y
abyecta, la mismo que la abyección se trueca en la nobleza de la libertad más
cultivada de la autoconciencia. Todo es asimismo, considerado formalmente, al
exterior, lo inverso de lo que es para sí; y, a su vez, lo que es para sí, no lo
es en verdad, sino algo distinto de lo que quiere ser, el ser para sí es más
bien la pérdida de sí mismo y el extrañamiento de sí más bien la
autoconservación. Lo que se da es, pues, que todos los momentos ejercen una
justicia universal el uno con respecto al otro, y viceversa, que cada uno de
ellos en sí mismo se extraña así como se forma en su contrario y lo invierte de
este modo.
Pero el espíritu verdadero es precisamente esta unidad de los extremos
absolutamente separados, y cabalmente cobra existencia él mismo como su término
medio por la libre realidad de estos extremos carentes de sí mismo. Su ser allí
es el hablar universal y el juzgar desgarrador, en el que todos aquellos
momentos que debían valer como esencias y miembros reales del todo se disuelven
y que es igualmente este juego de disolución consigo mismo. Este juzgar y hablar
es, por tanto, lo verdadero y lo incoercible, que lo domina todo; aquello de que
sólo y verdaderamente hay que ocuparse en este mundo. Cada parte de este mundo
llega, pues, al resultado de que su espíritu es enunciado o de que con espíritu
se habla y se dice de ella lo que es. La conciencia honrada toma cada momento
como una esencialidad permanente y es la no cultivada carencia de pensamiento el
no saber que ella obra asimismo lo inverso. En cambio, la conciencia desgarrada
es la conciencia de la inversión, y además de la inversión absoluta; lo
dominante en ella es el concepto que reúne los pensamientos desperdigados para
la conciencia honrada y cuyo lenguaje es, por tanto, pleno de espíritu.
b) La vanidad de la cultura
El contenido del discurso que el espíritu dice de sí y en torno a sí mismo es,
por tanto, la inversión de todos los conceptos y realidades, el fraude universal
cometido contra sí mismo y contra los otros, y la impudicia de expresar este
fraude es precisamente y por ello mismo la más grande verdad. Este discurso es
la chifladura de aquel músico que "amontonaba y embrollaba, todas revueltas,
treinta arias italianas, francesas, trágicas, cómicas y de toda suerte de
caracteres; que tan pronto descendía a los infiernos con una voz de bajo
profundo como desgarraba las altas esferas celestiales con voz de falsete y
desgañitándose, adoptando sucesivamente un tono furioso, calmado, imperioso y
burlón". Para la conciencia tranquila que pone honradamente la melodía de lo
bueno y de lo verdadero en la igualdad de los tonos, es decir, en un rasgo
uniforme, este discurso se manifiesta como "un revoltijo de sabiduría y de
locura, como una mezcla de sagacidad y bajeza, de ideas al mismo tiempo certeras
y falsas, de una inversión completa de sentimientos, de una total desvergüenza y
de una franqueza y una verdad completas. No puede renunciar a adoptar todos
estos tonos y a recorrer de arriba abajo y de abajo arriba toda la escala de los
sentimientos, desde el más profundo desprecio y la más profunda abyección hasta
la más alta admiración y la emoción más sublime; pero poniendo en estos últimos
sentimientos un tinte de ridículo que los desnaturaliza"; en cambio, los
primeros presentan en su misma franqueza un rasgo de conciliación y en su
conmovedora profundidad el rasgo que todo lo domina y que restituye el espíritu
a sí mismo. (n.6).
Si ahora, y por contraste con el discurso de esta confusión clara ante sí misma,
consideramos el discurso de aquella conciencia simple de lo verdadero y lo
bueno, vemos que, frente a la elocuencia abierta y consciente de sí del espíritu
de la cultura, sólo puede ser monosílabo; pues la tal conciencia no puede decir
al espíritu nada que éste mismo no sepa y diga. Si más allá de lo monosilábico,
dice, por tanto, lo mismo que el espíritu expresa, comete, además, con ello, la
torpeza de suponer que dice algo nuevo y distinto.
Incluso sus monosílabos, las palabras vil o vergonzoso, son ya esta torpeza,
pues ya las dice el espíritu de sí mismo. Este espíritu, en su discurso,
invierte todo lo monótono, porque esta igualdad consigo mismo es solamente una
abstracción y es en su realidad la inversión en sí misma, y si, por el
contrario, la conciencia recta toma bajo su protección lo bueno y lo noble, es
decir, lo que en su exteriorización se mantiene igual a sí mismo, de la única
manera que aquí es posible, es decir, de tal modo que no pierda su valor porque
se halle enlazado a lo malo o mezclado con ello, pues esto es su condición y su
necesidad y en ello estriba la sabiduría de la naturaleza -por donde esta
conciencia, cuando supone contradecir, no hace más que resumir el contenido del
discurso del espíritu de un modo trivial, que, carente de pensamiento, al hacer
lo contrario de lo noble y lo bueno condición y necesidad de lo bueno y lo
noble, supone decir algo distinto de esto, lo que se llama lo noble y lo bueno
es en su esencia lo inverso de sí mismo, así como lo malo es, a la inversa, lo
excelente.
Si la conciencia simple sustituye este pensamiento carente de espíritu con la
realidad de lo excelente, exponiendo esto en el ejemplo de un caso imaginario o
de una anécdota verídica y muestra así que no es un nombre vacuo, sino que es
presente, entonces, la realidad universal del obrar invertido se contrapondrá a
todo el mundo real, en el que aquel ejemplo sólo constituirá, por tanto, algo
completamente singular, una especie; y presentar el ser allí de lo bueno y lo
noble como una anécdota singular, sea imaginaria o verídica, es lo más amargo
que pueda decirse de él. Finalmente, si la conciencia simple exige la disolución
de todo este mundo de la inversión, no puede pedir al individuo que se aleje de
dicho mundo, pues Diógenes en el tonel se halla condicionado por aquel mundo, y
la exigencia hecha al singular es precisamente lo que vale como lo malo, a
saber, el cuidarse para sí como singular. Pero, dirigida a la individualidad
universal, la exigencia de este alejamiento no puede significar que la razón
abandone de nuevo la conciencia espiritual formada a la que ha llegado, que
vuelva a hundir la riqueza desplegada de sus momentos en la simplicidad del
corazón natural y que recaiga en el salvajismo y la cercanía de la conciencia
animal a que se da también el nombre de naturaleza o inocencia; sino que la
exigencia de esta disolución sólo puede ir dirigida al espíritu mismo de la
cultura para que retome a sí mismo como espíritu, desde su confusión, y alcance
así una conciencia todavía más alta.
Pero, de hecho, ya el espíritu ha llevado a cabo en sí mismo todo esto. El
desgarramiento de la conciencia, consciente de sí mismo y que se expresa, es la
carcajada de burla sobre el ser allí, así como sobre la confusión del todo y
sobre sí mismo; y es, al mismo tiempo, el eco de toda esta confusión, que
todavía se escucha. Esta vanidad de toda realidad y de todo concepto
determinado, vanidad que se escucha a sí misma, es la reflexión dual del mundo
real en sí mismo; de una parte, en este sí mismo de la conciencia, como éste y,
de otra parte, en la pura universalidad del mismo, o en el pensar. Por aquel
lado, el espíritu que ha llegado a sí ha dirigido la mirada al mundo de la
realidad y la tiene todavía como su fin y contenido inmediato; pero, por el
otro, su mirada se dirige en parte solamente sobre sí mismo y negativamente
contra este mundo, alejándose en parte de él para volverse hacia el cielo y
teniendo como su objeto el más allá.
En aquel lado del retorno al sí mismo, es la vanidad de todas las cosas su
propia vanidad, o él mismo es vano. Es el sí mismo que es para sí, que no sólo
sabe enjuiciarlo todo y charlar acerca de todo, sino que sabe enunciar en su
contradicción y con riqueza de espíritu tanto las esencias fijas de la realidad
como las determinaciones fijas que pone el juicio, y esta contradicción es su
verdad. Considerado en cuanto a la forma, lo sabe todo extrañado de sí mismo, el
ser para sí separado del ser en sí; lo supuesto y el fin separados de la verdad;
y de ambos, a su vez, separado el ser para otro, lo pretextado separado de la
apreciación auténtica y de la cosa y la intención verdaderas. Sabe, por tanto,
enunciar certeramente todo momento frente al otro y, en general la inversión de
todos; sabe mejor que este mismo lo que cada uno es, determinado como él quiera.
Como conoce lo sustancial por el lado de la desunión y de la pugna que en sí
unifica, pero no por el lado de esta unidad, sabe enjuiciar muy bien lo
sustancial, pero ha perdido la capacidad de captarlo. Esta vanidad necesita,
pues, de la vanidad de todas las cosas para darse, derivándola de ellas, la
conciencia del sí mismo, lo que significa que la engendra por sí mismo y es el
alma que lo sostiene. Poder y riqueza son los supremos fines de su esfuerzo, y
sabe que mediante su renunciación y su sacrificio se forma como lo universal,
llega a la posesión de esto y tiene, en esta posesión, validez universal; poder
y riqueza son las potencias reconocidas como reales. Pero esta su validez es, a
su vez, vana; y precisamente al apoderarse el sí mismo del poder y la riqueza,
sabe que no son esencias autónomas, sino más bien su potencia y que ésta es
vana. El hecho de que, aun poseyendo el poder y la riqueza se halla por sí mismo
fuera de ellos lo presenta en el lenguaje rico en espíritu que es, por tanto, su
supremo interés y la verdad del todo y, en él alcanza validez espiritual,
verdaderamente universal, este sí mismo como este puro sí mismo que no pertenece
a las determinaciones reales ni a las determinaciones pensadas. El sí mismo es
la naturaleza desgarrada ella misma de todas las relaciones y el consciente
desgarramiento de ellas; pero sólo como autoconciencia sublevada sabe su propio
desgarramiento, y en este saber de él se ha elevado de un modo inmediato por
sobre él. En aquella vanidad, todo contenido deviene un algo negativo que ya no
puede captarse positivamente; el objeto positivo es sólo el puro yo mismo, y la
conciencia desgarrada es en sí esta pura igualdad consigo misma de la
autoconciencia que ha retornado a sí.
LA FE Y LA PURA INTELECCIÓN
A) El pensamiento de la fe
El espíritu del extrañamiento de sí mismo tiene en el mundo de la cultura su ser
allí, pero, por cuanto que este todo se ha extrañado a sí mismo, más allá de
este mundo está el mundo irreal de la pura conciencia o del pensamiento. Su
contenido es lo puramente pensado, y el pensar su elemento absoluto. Pero,
siendo el pensar primeramente sólo el elemento de este mundo, la conciencia sólo
tiene estos pensamientos, pero ella todavía no los piensa o no sabe que son
pensamientos, sino que sólo son para ella bajo la forma de la representación.
Pues la conciencia sale de la realidad para entrar en la conciencia pura, pero
por sí misma es todavía, en general, en la esfera y la determinabilidad de la
realidad. La conciencia desgarrada sólo es en sí la igualdad consigo misma de la
pura conciencia para nosotros, pero no para sí misma. Sólo es, por tanto, la
elevación inmediata, todavía no consumada en sí, y tiene todavía en sí su
principio contrapuesto por el que está condicionada, sin haberse adueñado de él
por el movimiento mediado. De aquí que para ella la esencia de su pensamiento no
valga como esencia solamente en la forma del en sí abstracto, sino en la forma
de una realidad común, de una realidad que sólo ha sido elevada a otro elemento,
sin haber perdido en éste la determinabilidad de una realidad no pensada. Esa
esencia debe diferenciarse esencialmente del en sí que es la esencia de la
conciencia estoica; para ésta sólo valía la forma del pensamiento como tal, que
tiene un contenido cualquiera extraño a ella y tomado de la realidad; pero para
aquella conciencia lo que vale no es la forma del pensamiento -y asimismo se
distingue esencialmente del en sí de la conciencia virtuosa, para quien la
esencia se halla, ciertamente, en relación con la realidad, para quien es
esencia de la realidad misma, pero solamente, por el momento, esencia irreal
para aquella conciencia vale, sin embargo, aunque más allá de la realidad, como
esencia real. Y, asimismo, lo en sí justo y bueno de razón legisladora y lo
universal de la conciencia que examina las leyes no tienen tampoco la
determinación de la realidad. Si, por tanto, dentro del mundo de la cultura
misma, el puro pensar caía como un lado del extrañamiento, a saber, como la
pauta de lo bueno y lo malo abstracto en el juicio, al atravesar el movimiento
del todo se ha enriquecido con el momento de la realidad y, por consiguiente,
con el del contenido. Pero esta realidad de la esencia es, al mismo tiempo,
solamente una realidad de la pura conciencia, no de la conciencia real; aunque
elevada al elemento del pensar, todavía no vale para esta conciencia como un
pensamiento, sino que más bien es para él más allá de su propia realidad; pues
aquélla es la evasión de ésta.
La religión -pues es claro que de ella se habla- se presenta aquí como la fe del
mundo de la cultura; no se presenta todavía tal y como es en y para sí. Ya se
nos ha manifestado en otras determinabilidades, a saber, como conciencia
desventurada, como figura del movimiento carente de sustancia de la conciencia
misma. La religión se manifiesta también en la sustancia ética, como fe en el
mundo subterráneo, pero la conciencia del espíritu que ha expirado no es
propiamente fe, no es la esencia puesta en el elemento de la pura conciencia más
allá de lo real, sino que tiene ella misma una presencia inmediata; su elemento
es la familia. Pero, aquí, la religión, de una parte, ha brotado de la sustancia
y es pura conciencia de la misma; y, en parte, es esta pura conciencia extrañada
de su conciencia real, la esencia extrañada de su ser allí. Ya no es, pues,
ciertamente, el movimiento carente de sustancia de la conciencia, pero tampoco
es determinabilidad de la oposición frente a la realidad como ésta en general y
contra la de la autoconciencia en particular; es, por tanto, esencialmente, sólo
una fe.
Esta pura conciencia de la esencia absoluta es una conciencia extrañada. Hay que
examinar más de cerca cómo se determina aquello de que es un otro y debe
considerarse solamente en relación con éste.
Primeramente, en efecto, esta pura conciencia sólo parece tener en frente de
ella el mundo de la realidad; pero, en cuanto que es la evasión de ésta, y con
ello, la determinabilidad de la oposición, tiene esta determinabilidad en ella
misma; por tanto, la pura conciencia es esencialmente extrañada en ella misma, y
la fe constituye solamente un lado de ella. Y el otro lado ha nacido ya, al
mismo tiempo, para nosotros. La pura conciencia es, así, en efecto, la reflexión
desde el mundo de la cultura de tal modo que la sustancia de ella, así como las
masas en que se estructura, se mostraban tal y como lo que en sí son, como
esencialidades espirituales, como movimientos absolutamente inquietos o
determinaciones que se superan de un modo inmediato en su contrario. Su esencia,
la conciencia simple, es, por tanto, la simplicidad de la diferencia absoluta
que no es de un modo inmediato ninguna diferencia. Es, con ello, el puro ser
para sí, no como de este singular, sino el sí mismo universal en sí como
movimiento inquieto que ataca y penetra la esencia quieta de la cosa. En él se
da, pues, la certeza que se sabe a sí misma de un modo mediato como verdad, el
puro pensar como el concepto absoluto en la potencia de su negatividad, que,
cancelando toda esencia objetiva del deber ser frente a la conciencia, hace de
ella un ser de la conciencia. Esta pura conciencia es, al mismo tiempo,
igualmente simple, precisamente porque su diferencia no es ninguna diferencia.
Pero la conciencia, como esta forma de la simple reflexión en sí es el elemento
de la fe, en que el espíritu tiene la determinabilidad de la universalidad
positiva, del ser en sí frente a aquel ser para sí de la autoconciencia.
Replegado de nuevo sobre sí desde el mundo carente de esencia que sólo se
disuelve, el espíritu, con arreglo a la verdad, es en una unidad inseparable
tanto el movimiento absoluto y la negatividad de su manifestarse como su esencia
en sí satisfecha y su quietud positiva. Pero estos dos momentos, que yacen en
general bajo la determinabilidad del extrañamiento, se desdoblan como una
conciencia dual.
Aquél es la pura intelección, como el proceso espiritual compendiado en la
autoconciencia, proceso que tiene frente a sí la conciencia de lo positivo, la
forma de la objetividad o de la representación y se orienta en contra de ella;
peso su objeto propio es solamente el puro yo. La conciencia simple de lo
positivo o de la quieta igualdad consigo mismo tiene como objeto, por el
contrario, la esencia interior como esencia. Por tanto, la pura intelección no
tiene primeramente en ella misma ningún contenido, porque es el negativo ser
para sí; a la fe, por el contrario, pertenece el contenido sin intelección.
Mientras que aquélla no se sale de la autoconciencia, ésta tiene su contenido,
ciertamente, también en el elemento de la pura autoconciencia, pero en el
pensar, no en conceptos; en la pura conciencia, no en la pura autoconciencia.
Así, la fe es, ciertamente, pura conciencia de la esencia, es decir, del
interior simple y es, por tanto, pensar -el momento principal en la naturaleza
de la fe, momento que ordinariamente se pasa por alto. La inmediatez con que la
esencia es en él estiba en que su objeto es esencia, es decir, puro pensamiento.
Pero esta inmediatez, en tanto que el pensar entra en la conciencia o la pura
conciencia entra en la autoconciencia, adquiere la significación de un ser
objetivo que yace más allá de la conciencia del sí mismo. Mediante esta
significación que la inmediatez y la simplicidad del puro pensar cobran en la
conciencia es como la esencia de la fe desciende del pensar a la representación
y deviene un mundo suprasensible, que es esencialmente un otro de la
autoconciencia. Por el contrario, en la pura intelección tiene el tránsito del
puro pensar a la conciencia la determinación contrapuesta; la objetividad tiene
la significación de un contenido solamente negativo que se supera y retorna al
sí mismo, es decir, que sólo el sí mismo es propiamente ante sí el objeto o, que
el objeto sólo tiene verdad en tanto que tiene la forma del sí mismo.
B) El objeto de la fe Como la fe y la pura intelección pertenecen ambas al
elemento de la pura conciencia, son también ambas el retorno desde el mundo real
de la cultura. Se ofrecen, por tanto, con arreglo a tres lados. Una vez, cada
momento es, fuera de toda relación, en y para sí; la segunda vez cada uno se
relaciona con el mundo real contrapuesto a la pura conciencia, y la tercera vez
cada uno se refiere al otro, dentro de la pura conciencia.
El lado del ser en y para sí en la conciencia creyente es su objeto absoluto,
cuyo contenido y cuya determinación se han dado ya. En efecto, el objeto
absoluto no es, según el concepto de la fe, otra cosa que el mundo real elevado
a la universalidad de la pura conciencia. La estructuración de este mundo real
constituye también, por tanto, la organización del primero, sólo que, en éste,
las partes, en su espiritualización, no se extrañan, sino que, siendo esencias
que son en y para sí, son espíritus que han retornado a sí y han permanecido en
sí mismos. Por tanto, el movimiento de su tránsito sólo para nosotros es un
extrañamiento de la determinabilidad en la que son en su diferencia y solamente
para nosotros son una serie necesaria; pero, para la fe su diferencia es una
diversidad quieta y su movimiento un acaecer.
Para designar brevemente estas partes con arreglo a la determinación exterior de
su forma, así como en el mundo de la cultura el poder del Estado o lo bueno era
lo primero, así también aquí lo primero es la esencia absoluta, es el espíritu
que es en y para sí, en tanto que es la sustancia eterna simple. Pero, en la
realización Realisierung de su concepto de ser espíritu, esta sustancia pasa al
ser para otro, su igualdad consigo misma deviene esencia absoluta real que se
sacrifica; deviene el sí mismo, pero un sí mismo perecedero. De ahí que lo
tercero sea el retorno de este sí mismo extrañado y de la sustancia degradada a
su simplicidad primera; sólo de este modo es representada la sustancia como
espíritu.
Estas esencias diferentes, replegadas sobre sí mismas a través del pensar desde
la mutación del mundo real, son los espíritus eternos e inmutables cuyo ser es
el pensar la unidad que ellos constituyen. Estas esencias, sustraídas así a la
autoconciencia, se introducen sin embargo en ella; si la esencia fuese
inconmovible en la forma de la primera sustancia simple, permanecería extraña a
la autoconciencia. Pero la enajenación de esta sustancia y luego su espíritu
tienen el momento de la realidad en la autoconciencia y se hacen así
coparticipes de la autoconciencia creyente o la conciencia creyente pertenece al
mundo real. Con arreglo a este segundo comportarse, la conciencia creyente
tiene, de una parte, ella misma su realidad en el mundo real de la cultura y
constituye su espíritu y su ser allí que ya se ha considerado; pero, de otra
parte, este espíritu se enfrenta a esta su realidad como a lo vano y es el
movimiento de superarla. Este movimiento no consiste en que la conciencia
creyente tenga una conciencia rica en espíritu acerca de su inversión; pues la
conciencia creyente es la conciencia simple que cuenta lo rico en espíritu entre
lo vano, porque esto sigue teniendo como su fin el mundo real. Sino que al reino
quieto de su pensar se enfrenta la realidad como una existencia carente de
espíritu que, por tanto, hay que sobrepasar de un modo exterior.
Esta obediencia al culto y a la adoración hace surgir, mediante la superación
del saber sensible y del obrar, la conciencia de la unidad con la esencia que es
en y para sí, pero no como unidad real intuida, sino que este culto es solamente
el continuo hacer surgir, que no alcanza completamente su meta en la presencia.
La comunidad alcanza, ciertamente, esta meta, pues es la autoconciencia
universal; pero para la autoconciencia singular el reino del puro pensar sigue
siendo necesariamente un más allá de su realidad o, en tanto que éste ha entrado
en la realidad por la enajenación de la esencia eterna, es una realidad sensible
aconceptual; pero una realidad sensible permanece indiferente frente a la otra,
y el más allá ha recibido solamente, además, la determinación del alejamiento en
el espacio y en el tiempo. Sin embargo, el concepto, la realidad del espíritu
presente ante sí misma, permanece en la conciencia creyente como lo interior que
es todo y actúa, pero que no emerge él mismo.
C) La racionalidad de la pura intelección
Pero, en la pura intelección, lo único real es el concepto; y este tercer lado
de la fe, el ser objeto para la pura intelección, es propiamente el
comportamiento en que aquí se presenta. La pura intelección misma debe asimismo
considerarse, en parte, en y para sí y en parte en comportamiento con el mundo
real, en tanto que se halla presente aun de manera positiva, como conciencia
vana y, en parte, finalmente, en aquel comportamiento ante la fe.
Ya hemos visto lo que es la pura intelección en y para sí; como la fe es la pura
conciencia quieta del espíritu como esencia, así es también la autoconciencia de
ésta; por tanto, sabe la esencia, no como esencia, sino como sí mismo absoluto.
Tiende, por consiguiente, a superar toda independencia que sea otra que la de la
autoconciencia, ya sea la de lo real o la de lo que es en sí, y a convertirla en
concepto. No sólo es la certeza de la razón autoconsciente de ser toda verdad,
sino que sabe que es esto.
Pero, si el concepto de la pura intelección ha surgido, no se ha realizado
realisiert todavía. Su conciencia se manifiesta todavía, según esto, como una
conciencia contingente singular, y lo que para ella es la esencia como el fin
que tiene que realizar. Sólo se propone, por ahora, hacer universal la pura
intelección, es decir, convertir todo lo que es real en concepto, y en un
concepto en todas las autoconciencias. La intención es pura, pues tiene como
contenido la pura intelección; y ésta es asimismo pura, pues su contenido es
solamente el concepto absoluto, que no tiene oposición alguna en un objeto ni es
tampoco limitado en él mismo. En el concepto ilimitado se hallan de un modo
inmediato los dos lados, el de que todo lo objetivo sólo tiene la significación
del ser para sí, de la autoconciencia, y el de que esto tiene la significación
de un universal, el de que la pura intelección se haga patrimonio de todas las
autoconciencias. Este segundo lado de la intención es resultado de la cultura en
tanto que en él se han derrumbado tanto las diferencias del espíritu objetivo,
las partes y las determinaciones judicativas de su mundo, como las diferencias
que se manifiestan como naturalezas originariamente determinadas. El genio, el
talento y las capacidades particulares en general pertenecen al mundo de la
realidad en tanto que éste lleva en sí todavía el lado de ser reino animal del
espíritu que, en mutua violencia y confusión, lucha por las esencias del mundo
real y se engaña a sí mismo. Es cierto que las diferencias no tienen cabida en
él como espèces honradas (n.7); ni la individualidad se contenta con la cosa misma
irreal, ni tiene un contenido particular y fines propios, sino que sólo vale
como algo universalmente valedero, a saber, como algo cultivado; y la diferencia
se reduce a la mayor o menor energía -a una diferencia de magnitud, es decir, no
esencial. Pero esta última diversidad se ha ido a pique al trocarse la
diferencia en una diferencia absolutamente cualitativa en el total
desgarramiento de la conciencia. Lo que aquí es para el yo lo otro es solamente
el yo mismo. En este juicio infinito se ha cancelado toda unilateralidad y toda
peculiaridad del originario ser para sí; el sí mismo se sabe ser su objeto como
puro sí mismo; y esta igualdad absoluta de los dos lados es el elemento de la
pura intelección. Es, por tanto, la simple esencia indiferenciada en sí, y
asimismo la obra universal y la universal posesión. En esta sustancia espiritual
simple la autoconciencia se da y se mantiene igualmente en todo objeto la
conciencia de esta su singularidad o del obrar, lo mismo que, a la inversa, la
individualidad de la misma es aquí igual a sí misma y universal. Esta pura
intelección es, por tanto, el espíritu que grita a todas las conciencias: sed
para vosotras mismas lo que todas sois en vosotras mismas: racionales.
LA ILUSTRACIÓN
El objeto peculiar contra el que la pura intelección dirige la fuerza del
concepto es la fe, como la forma de la conciencia pura, contrapuesta a aquélla
en el mismo elemento. Pero la pura intelección guarda también relación con el
mundo real, pues es, como la fe, el retorno de ella a la pura conciencia. Hay
que ver, en primer lugar, cómo se halla constituida su actividad frente a las
intenciones impuras y a las intelecciones invertidas de aquel mundo.
Más arriba se hacía ya referencia a la conciencia quieta que se enfrenta a este
torbellino que se disuelve en sí mismo para volver a engendrarse; la conciencia
quieta constituye el lado de la pura intelección y de la pura intención. Pero en
esta conciencia quieta no entra, como veíamos, ninguna particular intelección
acerca del mundo de la cultura; éste lleva más bien en sí el más doloroso
sentimiento y la intelección más verdadera acerca de sí mismo -el sentimiento de
ser la disolución de todo lo que se afianza, de ser desmembrado a través de
todos los momentos de su ser allí y quebrantado en todos sus huesos; y es,
asimismo, el lenguaje de este sentimiento y el discurso enjuiciador y pleno de
espíritu acerca de todos los lados de su situación. Por tanto, la pura
intelección no puede tener aquí ninguna actividad y ningún contenido propios y
sólo puede, por tanto, comportarse como la fiel aprehensión formal de esta
propia intelección plena de espíritu del mundo y de su lenguaje. Siendo este
lenguaje disperso, siendo el juicio una charlatanería momentánea que
inmediatamente vuelve a olvidarse y siendo un todo solamente para una tercera
conciencia, ésta sólo se puede distinguir como pura intelección al resumir
aquellos rasgos dispersos en una imagen universal, haciendo de ella una
intelección de todos.
Por este simple medio hará la intelección que se disuelva la confusión de este
mundo. Pues se ha llegado al resultado de que no son las masas y los conceptos e
individualidades determinados la esencia de esta realidad, sino de que ésta
tiene su sustancia y su base de sustentación solamente en el espíritu, que
existe como juicio y discusión, y de que el interés en tener un contenido para
este razonar y charlar es lo único que mantiene el todo y las masas de su
estructuración. En este lenguaje de la intelección, su autoconciencia es todavía
para sí misma un ser para sí, este singular; pero la vanidad del contenido es al
mismo tiempo la vanidad del sí mismo que sabe el contenido vano. Y como, ahora,
la conciencia de toda esta charlatanería llena de espíritu de la vanidad,
conciencia que aprehende tranquilamente, que colecciona las versiones más
certeras y más tajantes, se va a pique en la vanidad restante de la existencia
el alma que todavía mantiene el todo, la vanidad de los juicios plenos de
espíritu. La colección muestra a los más un mejor ingenio o a todos, por lo
menos, un ingenio más multiforme que el suyo y el mejor saber y el juzgar en
general como algo universal y universalmente conocido; con lo cual se cancela el
único interés todavía presente y la perspicacia singular se disuelve en la
intelección universal.
Pero todavía se mantiene firme sobre el saber vano el saber de la esencia, y la
pura intelección sólo se manifiesta en su actividad propia y verdadera en tanto
que surge frente a la fe.
LA LUCHA DE LA ILUSTRACIÓN CONTRA LA SUPERSTICIÓN
A) La actitud relativa de la pura intelección con respecto a la fe
Los diversos modos del comportamiento negativo de la conciencia, de una parte el
del escepticismo, de otra parte el del idealismo teórico y práctico, son figuras
subordinadas con respecto a ésta de la pura intelección y de su expansión, la
Ilustración; pues la pura intelección ha nacido de la sustancia, sabe el puro sí
mismo de la conciencia como absoluto y lo acoge con la pura conciencia de la
esencia absoluta de toda realidad. Puesto que fe e intelección son la misma pura
conciencia, pero contrapuestas en cuanto a la forma y puesto que a la fe la
esencia se contrapone como pensamiento, no como concepto y es, por tanto algo
sencillamente contrapuesto a la autoconciencia, pero para la pura intelección la
esencia es el sí mismo, son mutuamente lo uno lo sencillamente negativo de lo
otro. Tal como ambas surgen la una frente a la otra, a la fe corresponde todo
contenido, ya que en su elemento quieto del pensar cobra todo momento
subsistencia -pero la pura intelección carece primeramente de contenido y es más
bien pura desaparición de éste; pero, mediante el movimiento negativo contra lo
negativo a ella, se realizará y se dará un contenido.
a) La difusión de la pura intelección
La pura intelección sabe la fe como lo contrapuesto a ella, a la razón y a la
verdad. Como para ella la fe es en general una trama de supersticiones,
prejuicios y errores, la conciencia de este contenido sigue organizándose, para
ella, en un reino del error, en el que la falsa intelección es, primeramente,
como la masa general de la conciencia, de modo inmediato, espontáneo y sin
reflexión en sí misma, pero tiene también en ella el momento de la reflexión en
sí o de la autoconciencia, separado de la espontaneidad, como una intelección y
una mala intención que permanecen al fondo para sí y que perturban aquella
conciencia. Aquella masa es víctima del engaño de un sacerdocio que pone en
práctica su vanidoso y celoso empeño de permanecer de modo exclusivo en posesión
de la intelección y sus otros intereses egoístas y que, al mismo tiempo,
conspira con el despotismo, el cual, como unidad sintética y carente de concepto
del reino real-real y de este reino ideal -una esencia singularmente
inconsecuente-, se halla por encima de la mala intelección de la muchedumbre y
de la mala intención de los sacerdotes y el despotismo, asociando también en sí
ambas cosas por la estupidez y la confusión creadas en el pueblo por un
sacerdocio engañador; despreciando a ambos, extrae de ello la ventaja de la
tranquila dominación y la ejecución de sus apetencias y caprichos, pero es, al
mismo tiempo, el mismo embotamiento de la intelección, la misma superstición y
el mismo error.
La Ilustración no aborda estos tres lados del enemigo de un modo indistinto; en
efecto, por cuanto que su esencia es pura intelección, que es en y para sí
universal, su verdadera relación con respecto al otro extremo es aquella en la
que la Ilustración tiende a lo que hay de común y de igual en ambos extremos. El
lado de la singularidad que se aísla de la conciencia universal y espontánea es
lo contrapuesto a la Ilustración y que ésta no puede tocar de un modo inmediato.
Por tanto, la voluntad del sacerdocio engañador y del déspota opresor no es
objeto inmediato de su obrar, sino que este objeto es la intelección carente de
voluntad y que no se singulariza en el ser para sí, el concepto de la
autoconciencia racional que tiene su ser allí en la masa, pero que no se da
todavía en ella como concepto. Pero, por cuanto que la pura intelección arranca
esta intelección honrada y su esencia espontánea a los prejuicios y errores,
priva de la realidad Realität y del poder de su engaño a la mala intención, cuyo
reino tiene su terreno y su material en la conciencia carente de concepto de la
masa universal, mientras que el ser para sí tiene, en general, su sustancia en
la conciencia simple.
La relación de la pura intelección con la conciencia espontánea de la esencia
absoluta tiene, ahora, el doble aspecto de que, de una parte, es en sí lo mismo
que ella, mientras que, de otra parte, la conciencia espontánea, en el elemento
simple de su pensamiento, deja hacer y darse subsistencia a la esencia absoluta
y a sus partes y sólo las deja valer como su en sí y, por tanto, de modo
objetivo, pero negando en este en sí su ser para sí. En tanto que, según el
primer aspecto, esta fe en sí es, para la pura intelección, pura autoconciencia
y la fe sólo debe devenir esto para sí, la pura intelección tiene, en este
concepto de la fe, el elemento en el que se realiza en vez de la falsa
intelección.
Bajo este aspecto según el cual ambos términos son esencialmente lo mismo y la
relación de la pura intelección se efectúa por medio de y en el mismo elemento,
su comunicación es una comunicación inmediata y su dar y recibir son un fluir
mutuo ininterrumpido. Por muchas estacas que sigan clavándose en la conciencia,
ésta es en esa simplicidad en la que todo es resuelto, olvidado y espontáneo y
que, por tanto, es sencillamente receptiva para el concepto. La comunicación de
la pura intelección puede compararse, por ello, a una expansión tranquila o
difusión, como la de un aroma en una atmósfera sin resistencia. Es una
penetrante infección que no se hace antes perceptible como algo contrapuesto
frente al elemento indiferente en que se insinúa y que, por tanto, no puede ser
rechazada. Sólo cuando la infección se ha difundido ya, es para la conciencia
que se confía despreocupada a ella. En efecto, la que la conciencia recibía en
sí era la esencia simple e igual a ella, pero era, al mismo tiempo, la
simplicidad de la negatividad reflejada en sí, que, más tarde, por su propia
naturaleza, se despliega como lo contrapuesto y de este modo recuerda a la
conciencia su modo anterior; esa simplicidad es el concepto, el cual es el saber
simple que se sabe a sí mismo y sabe, al mismo tiempo, su contrario, pero que
sabe esto en él como superado. Así, pues, tan pronto como la pura intelección es
para la conciencia, ya se ha difundido; la lucha en contra de ella delata la
infección acaecida; es ya demasiado tarde, y todo medio no hace más que empeorar
la enfermedad, pues ha calado en la médula de la vida espiritual, a saber, la
conciencia en su concepto o en su pura esencia misma; no queda, por eso, en la
conciencia fuerza alguna capaz de dominar la enfermedad. Como ésta afecta a la
esencia misma, es posible rechazar sus manifestaciones todavía aisladas y
atenuar los síntomas superficiales. Y esto es enormemente ventajoso para la
dolencia, la cual, así no disipa inútilmente su fuerza ni se revela indigna de
su esencia, lo que sucede cuando irrumpe en síntomas y en erupciones sueltas
contra el contenido de la fe y contra la conexión de su realidad exterior. En
vez de esto, siendo ahora un espíritu invisible e imperceptible, penetra a
través de las partes nobles hasta el tuétano y no tarda en apoderarse a fondo de
todas las vísceras y de todos los miembros del ídolo carente de conciencia y,
"una buena mañana, da un empujón el camarada y, ipatapún!, el ídolo se viene a
tierra".(n.8).
Una buena mañana, cuyo mediodía no está manchado de sangre, si la infección ha
calado en todos los órganos de la vida espiritual; solamente la memoria conserva
entonces como una historia sucedida no se sabe cómo el modo muerto de la
anterior figura del espíritu; y la nueva serpiente de la sabiduría elevada a la
adoración sólo se ha despojado así, de un modo indoloro, de una piel ya ajada.
La contraposición de la penetración intelectiva a la fe
Pero este silencioso y continuado tejer del espíritu en el interior simple de su
sustancia, que se oculta a sí mismo su obrar, es solamente un lado de la
realización Realisierung de la pura intelección. Su difusión no consiste
solamente en poner en consonancia lo igual con lo igual; y su realización no es
solamente una expansión sin contraposición alguna.
No, sino que el obrar de la esencia negativa es, de modo no menos esencial, un
movimiento desarrollado que se diferencia en sí mismo y que, como obrar
consciente, debe presentar sus momentos en una determinada y patente existencia
y darse como un tumultuoso estrépito y una lucha violenta con lo contrapuesto,
como tal.
Hay que ver, por tanto, cómo la pura intelección e intención se comportan
negativamente frente a lo otro contrapuesto a ella, con que se encuentra. La
pura intelección e intención, que se comporta negativamente, puesto que su
concepto es toda esencialidad y fuera de ella no es nada, sólo puede ser lo
negativo de sí mismo. Deviene, por tanto, como en sí, lo negativo de la pura
intelección, deviene no verdad y no razón y, como intención, deviene lo negativo
de la intención pura, deviene la mentira y la deshonestidad del fin.
La pura intelección se empecina en esta contradicción porque se empeña en la
lucha y supone que combate algo otro. Sólo supone esto, pues su esencia como la
negatividad absoluta estriba precisamente en tener en ella misma el ser otro. El
concepto absoluto es la categoría; consiste en que el saber y el objeto del
saber son lo mismo. Según esto, lo que la pura intelección enuncia como su otro,
como el error o la mentira, no puede ser otra cosa que ella misma; aquélla sólo
puede condenar lo que ella es. Lo que no es racional no tiene verdad alguna o,
lo que no es concebido no es; por tanto, la razón, cuando habla de un otro de lo
que ella es sólo habla, de hecho, de sí misma; al hacerlo, no sale de sí misma.
Por eso, esta lucha con lo contrapuesto asume en sí la significación de ser su
realización. En efecto, ésta consiste precisamente en el movimiento de
desarrollar los momentos y de recobrarlos en sí; una parte de este movimiento es
la diferencia en que la intelección concibiente se enfrenta a sí misma como
objeto; mientras permanece en este momento, se halla extrañada de sí. Como pura
intelección, carece de todo contenido; el movimiento de su realización
Realisierung consiste en que ella misma devenga como contenido, pues no puede
devenir otro, ya que es la autoconciencia de la categoría. Pero, por cuanto
sabe, en lo contrapuesto, el contenido solamente como contenido y no todavía
como sí mismo, se desconoce en él. Su consumación tiene, por tanto, el sentido
de reconocer como el suyo el contenido que es para él, primeramente, objetivo.
Pero su resultado no será, de este modo, ni la restauración de los errores que
combate ni solamente su primer concepto, sino una intelección que conoce la
absoluta negación de sí misma como su propia realidad, como el sí mismo, o su
concepto que se reconoce a sí mismo. Esta naturaleza de la lucha de la
Ilustración contra los errores, que consiste en combatirse a sí misma en ellos y
condenar en ellos lo que afirma, es para nosotros o es lo que ella misma y su
lucha son en sí. El primer lado de esta lucha, el de su impurificación al acoger
el comportamiento negativo en su pureza igual a sí misma, es la manera como es
objeto para la fe, la que por ello lo experimenta como mentira, como no razón y
mala intención, del mismo modo que la fe es para ella error y prejuicio. Con
respecto a su contenido, es, ante todo, la intelección vacía a la que su
contenido se le manifiesta como un otro; lo encuentra, por tanto, en esta figura
en la que no es aun el suyo como una existencia totalmente independiente de
ella, en la fe.
b) La intelección, como mala comprensión de sí misma La Ilustración, por tanto,
aprehende su objeto, primeramente y en general, de tal modo, que lo toma como
pura intelección y lo declara así no reconociéndose a sí misma, como un error.
En la intelección como tal, la conciencia aprehende un objeto de tal modo que
éste se convierte en esencia de la conciencia o en un objeto penetrado por ella
y en el que se mantiene, permanece cerca de sí y presente a sí misma y, al ser
con ello el movimiento de dicho objeto, lo produce. La Ilustración,
acertadamente, enuncia la fe precisamente como una conciencia así, cuando dice
que lo que es para ella esencia absoluta es un ser de su propia conciencia, su
propio pensamiento, un producto de la conciencia. La declara, pues, como un
error y una ficción poética de lo mismo que ella es. Queriendo enseñar a la fe
la nueva sabiduría, no le dice con ello nada nuevo; pues su objeto es también
precisamente eso para ella, es decir, pura esencia de su propia conciencia, de
tal modo que ésta no se pone como perdida y negada en el objeto, sino que confía
más bien en él, es decir, se encuentra precisamente en el objeto como esta
conciencia o como autoconciencia. La certeza de sí mismo de aquel en quien
confío es para mí la certeza de mí mismo; conozco mi ser para mí en él, conozco
que él lo reconoce y que es para él fin y esencia. Y la confianza es la fe,
porque la conciencia de ésta se refiere de modo inmediato a su objeto e intuye
también, por tanto, que la conciencia forma una unidad con su objeto y es en él.
Además, por cuanto que es para mí objeto aquello en que me conozco yo mismo, soy
en ello, al mismo tiempo para mi, en general, como otra autoconciencia, es
decir, como una autoconciencia tal que se ha extrañado de su particular
singularidad, o sea de su naturalidad y contingencia, pero que, de una parte,
permanece en ello autoconciencia y, de otra parte, es precisamente en ello,
conciencia esencial, como lo es la pura intelección. En el concepto de
intelección radica no sólo el que la conciencia se conozca a sí misma en el
objeto penetrado por ella y se posea de un modo inmediato a sí misma en él, sin
abandonar lo pensado y retornar de ello a sí, sino el que sea consciente de sí
misma como también del movimiento mediador, o de sí como del obrar o del
producir; y así es para ella en el pensamiento esta unidad de sí como la unidad
del sí mismo y del objeto. Y precisamente esta conciencia es también la fe; la
obediencia y el obrar es un momento necesario, por medio del cual se establece
la certeza del ser en la esencia absoluta. Es cierto que este obrar de la fe no
se manifiesta de tal modo que la esencia absoluta misma sea producida así. Pero
la esencia absoluta de la fe no es esencialmente la esencia abstracta que se
halle más allá de la conciencia creyente, sino que es el espíritu de la
comunidad, la unidad de la esencia abstracta y de la autoconciencia. El que
aquella esencia absoluta sea este espíritu de la comunidad implica como momento
esencial el obrar de la comunidad; es el espíritu de la comunidad sólo mediante
la producción de la conciencia; o, mejor dicho, no sin ser producido por la
conciencia; pues por esencial que sea el producir, no es, esencialmente, el
fundamento único de la esencia, sino sólo un momento. La esencia es al mismo
tiempo en y para sí misma.
Por otro lado, el concepto de la pura intelección es ante sí un otro que su
objeto, pues es precisamente esta determinación negativa lo que constituye el
objeto. Así, la intelección expresa de otra parte también la esencia de la fe,
como algo extraño a la autoconciencia, que no es su esencia, sino que la
suplanta como hijo putativo. Pero la Ilustración se muestra, aquí, completamente
necia; la fe la experimenta como un hablar que no sabe lo que dice y no
comprende la cosa cuando habla del fraude de los sacerdotes y del engaño del
pueblo. Habla de esto como si, por un juego de manos de los sacerdotes
prestidigitadores se deslizase furtivamente en la conciencia algo absolutamente
ajeno y otro en vez de la esencia y dice, al mismo tiempo, que esto es una
esencia de la conciencia, que cree en ella, confía en esto y trata de hacérselo
propicio; es decir, que la conciencia intuye allí su pura esencia tanto como su
singular y universal individualidad y mediante su obrar produce esta unidad de
sí misma con su esencia. Enuncia de un modo inmediato lo que enuncia como algo
extraño a la conciencia, como lo más propio de ella. ¿Cómo puede, pues, ella
hablar de fraude y de engaño? Al expresar de un modo inmediato acerca de la fe
lo contrario de lo que de ella afirma, se revela más bien a ésta como la mentira
consciente.
¿Cómo han de darse el engaño y el fraude allí donde la conciencia tiene en su
verdad, de un modo inmediato, la certeza de sí misma; allí donde se posee a sí
misma en su objeto, al encontrarse en él al mismo tiempo que se produce? La
diferencia no se da ya ni siquiera en las palabras. Cuando se planteó la
cuestión general de saber si es licito engañar a un pueblo, la respuesta debía
ser, en rigor, que la cuestión estaba mal planteada, ya que es imposible engañar
a un pueblo en esto. Sin duda es posible vender en algún caso latón por oro o
hacer pasar una letra de cambio falsa por auténtica, como es posible hacer que
algunos acepten una batalla perdida como ganada y hacer que se dé crédito por
algún tiempo a otras mentiras acerca de cosas sensibles y de tales o cuales
acaecimientos; pero en el saber de la esencia, en el que la conciencia tiene la
inmediata certeza de sí misma no hay margen alguno para el pensamiento del
engaño.
B) La doctrina de la Ilustración
Veamos ahora cómo la fe, en los diferentes momentos de su conciencia, a la que
el punto de vista anterior se refería solamente en general, experimenta a la
Ilustración. Estos momentos son: el puro pensamiento o, como objeto, la esencia
absoluta en y para sí misma; en seguida, su relación -como un saber- con ella,
el fundamento de su fe, y por último su relación con dicha esencia en su obrar,
o su culto. Como la pura intelección se ha desconocido y negado, en general, en
la fe, se comportará también invertida en estos momentos.
a) La inversión de la fe por la Ilustración
La pura intelección se comporta negativamente ante la esencia absoluta de la
conciencia creyente. Esta esencia es puro pensamiento, y el puro pensamiento
puesto dentro de sí mismo como objeto o como la esencia; en la conciencia
creyente este en sí del pensamiento recibe al mismo tiempo la forma, pero
solamente la forma vacía, de la objetividad, para la conciencia que es para sí;
este en sí es en la determinación de algo representado. Pero a la pura
intelección, en tanto que es la pura conciencia en cuanto al lado del sí mismo
que es para sí, se manifiesta lo otro como algo negativo de la autoconciencia.
Esto podría, a su vez, ser tomado bien como el puro en sí del pensamiento, bien,
como el ser de la certeza sen- sible. Pero, como esto es al mismo tiempo para el
sí mismo y éste, como sí mismo que tiene un objeto es conciencia real, tenemos
que, como tal, el objeto peculiar de la intelección es una cosa ordinaria que es
de la certeza sensible. Este objeto suyo se manifiesta ante ella en la
representación de la fe. La pura intelección condena esta representación, y en
ella condena su propio objeto. Pero ya con ello comete contra la fe la
injusticia de aprehender su objeto de tal modo que es el suyo. Por eso dice de
la fe que su esencia absoluta es un trozo de piedra o un pedazo de madera que
tiene ojos y no ve, o también una masa de pan que, habiendo brotado de la tierra
y habiendo sido elaborado por el hombre, es restituido a aquélla; o que,
cualquiera que sea el modo como la fe antropomorfice la esencia, se la hace
objetiva y representable.
La Ilustración, que se hace pasar por la pureza misma, convierte aquí lo que
para el espíritu es vida eterna y espíritu santo en una cosa perecedera real y
lo mancha con el punto de vista en sí nulo de la certeza sensible, que nada
tiene que ver con la fe de la adoración, con lo que se lo imputa
fraudulentamente a ésta. Lo que la fe adora no es para ella, en absoluto, ni
piedra ni madera ni masa de pan, ni otra cosa sensible temporal cualquiera. Si a
la Ilustración se le ocurre decir que el objeto de la fe es también esto o
incluso que es esto en sí y en verdad, hay que señalar que la fe conoce
igualmente aquel también, que cae fuera de su adoración y que, de otra parte,
algo como una piedra, etc. no es para ella en sí, sino que para ella es en sí
solamente la esencia del puro pensamiento.
El segundo momento es la relación de la fe como conciencia que sabe con esta
esencia. A la fe como conciencia pensante, pura, esta esencia le es inmediata;
pero la conciencia pura es igualmente relación mediata de la certeza con la
verdad; relación que constituye el fundamento de la fe. Este fundamento se
convierte también para la Ilustración en un saber contingente de acaecimientos
contingentes. Ahora bien, el fundamento del saber es lo universal que sabe, y en
su verdad el espíritu absoluto, que en la conciencia pura abstracta o en el
pensamiento como tal es solamente esencia absoluta, mientras que como
autoconciencia es el saber de sí. La pura intelección pone también como negativo
a la autoconciencia, a este universal que sabe, al espíritu simple que se sabe a
sí mismo. Dicha intelección es ella misma, ciertamente, el pensamiento puro
mediato, es decir, el pensamiento que se mediatiza consigo mismo, es el saber
puro; pero, en tanto que es pura intelección, puro saber que aun no se sabe a sí
mismo, es decir, para el cual no es aun el que ella es este puro movimiento
mediador, este movimiento, como todo lo que ella misma es, se le manifiesta como
un otro. Concebida, pues, en su realización, desarrolla este momento que le es
esencial; pero se le manifiesta como algo que pertenece a la fe y, en su
determinabilidad de ser para ella un momento externo, como un saber contingente
de historias banales reales. Atribuye, por tanto, aquí a la fe religiosa el que
su certeza se funda en algunos testimonios históricos singulares, que,
considerados como testimonios históricos, no suministrarían, ciertamente, el
grado de certeza acerca de su contenido que nos procurarían las noticias
periodísticas en torno a cualquier suceso; además, la pura intelección imputa a
la fe el que su certeza descansa sobre el azar de la conservación de estos
testimonios, de una parte sobre la conservación de los documentos, de otra sobre
la aptitud y la honradez de la transcripción de unos documentos a otros y,
finalmente, sobre la correcta aprehensión del sentido de palabras y letras
muertas. Pero, de hecho, a la fe no se le ocurre vincular su certeza a tales
testimonios y contingencias; es, en su certeza, el comportamiento espontáneo
ante su objeto absoluto, un puro saber del mismo, que no inmiscuye en su
conciencia de la esencia absoluta letras, documentos ni transcripciones y no se
mediatiza con semejantes cosas. Por el contrario, esta conciencia es el
fundamento mediador de su saber; es el espíritu mismo que es el testimonio de
sí, tanto en el interior de la conciencia singular como por la presencia
universal de la fe de todos en ella. Cuando la fe pretende recabar también de lo
histórico aquel modo de fundamentación o, por lo menos, de confirmación de su
contenido de que habla la Ilustración, tomando esto en serio, como fundamental,
es que se deja seducir ya por la Ilustración; y sus esfuerzos por fundamentarse
o afianzarse de este modo no son más que otros tantos testimonios de que se ha
contagiado.
Queda todavía por ver el tercer lado, la relación de la conciencia con la
esencia absoluta, como un obrar. Este obrar es la superación de la
particularidad del individuo o del modo natural de su ser para sí, del que le
brota la certeza de ser autoconciencia pura, según su obrar, es decir, como
conciencia singular que es para sí, una con la esencia. Por cuanto que en el
obrar se diferencian la conformidad al fin y el fin y la pura intelección se
comporta también negativamente con respecto a este obrar y se niega a sí misma
como en otros momentos, por lo que se refiere a la conformidad al fin debe
presentarse como no entendimiento, puesto que la intelección, combinada con la
intención, como coincidencia del fin y del medio, se le manifiesta como un otro,
más bien como lo contrario; pero, con referencia al fin, debe convertir en fin
lo malo, el goce y la posesión, demostrándose así como la más impura de las
intenciones, mientras que la intención pura es asimismo, como otro, intención no
pura.
Vemos, según esto, en lo que se refiere a la conformidad al fin, que la
Ilustración encuentra insensato el que el individuo creyente se dé la conciencia
superior de no hallarse encadenado al goce y al placer naturales, absteniéndose
realmente de ese goce y ese placer y demostrando con los hechos que no finge
despreciarlos, sino que verdaderamente los desprecia. Y asimismo encuentra
insensato el que el individuo se exima de su determinabilidad de ser un singular
absoluto, que excluye todas las demás singularidades y se aferra a su propiedad,
despojándose por sí de esta propiedad; con lo que demuestra en verdad que no
toma en serio su aislamiento, sino que se eleva por encima de la necesidad
natural de singularizarse y de negar en esta absoluta singularización del ser
para sí a los otros como lo mismo consigo. La pura intelección encuentra ambas
cosas no conformes al fin e injustas: no conformes al fin, para mostrarse libre
de placer y de posesión, renunciar al placer y deshacerse de la posesión; por el
contrarío, pues, la intelección declarará loco a quien, para comer, eche mano de
los medios para comer realmente. Y encuentra también injusto abstenerse de comer
y el no renunciar a la mantequilla y los huevos por dinero o el no renunciar al
dinero por mantequilla y huevos, sino renunciar a ello precisamente para no
recibir nada a cambio; declara que la comida o la posesión de tales cosas es un
fin por sí mismo, revelándose así como una intención muy impura, que se preocupa
de un modo enteramente esencial por ese goce y esa posesión. Afirma, a su vez,
como intención pura la necesidad de elevarse por encima de la existencia natural
y de la avidez acerca de sus medios; pero encuentra insensato e injusto el que
esta elevación se demuestre con hechos o sostiene que esta intención pura es en
verdad un fraude que pretexta y reclama una elevación interior, pero tomando en
serio el ponerlo realmente en práctica y considerando como superfluo, insensato
e incluso injusto el demostrar su verdad. De este modo, se niega, por
consiguiente, tanto como pura intelección, puesto que reniega del obrar
inmediatamente conforme a un fin, cuanto como intención pura, ya que reniega de
la intención de demostrarse liberada de los fines de la singularidad.
Los principios positivos de la Ilustración Es así como la Ilustración se da a
experimentar a la fe. Se presenta bajo este feo aspecto precisamente porque en
relación con otro se asigna una realidad negativa o se presenta como lo
contrario de sí misma; pero la pura intelección y la intención deben asignarse
necesariamente este comportamiento, puesto que es su realización. Ésta se
manifestaba en primer término como realidad negativa. Tal vez su realidad
positiva sea algo mejor; veamos cómo se comporta ésta. Desterrados todo
prejuicio y toda superstición, surge la pregunta: ¿y ahora, qué? ¿Cuál es la
verdad que la Ilustración ha difundido en vez de aquéllos? La Ilustración ha
expresado ya este contenido positivo en su extirpación del error, pues aquel
extrañamiento de sí misma es ya, asimismo, su realidad positiva. En lo que es
para la fe espíritu absoluto, la Ilustración aprehende lo que ha descubierto en
ello de determinación como madera, piedra, etc., como cosas reales singulares;
al concebir de este modo, en general, toda determinabilidad, es decir, todo
contenido y todo cumplimiento de éste, como una finitud, como esencia y
representación humanas, la esencia absoluta se convierte para ella en vacuum al
que no es posible atribuir ninguna clase de determinaciones ni de predicados. El
atribuírselos sería en sí condenable; precisamente así llegaron a crearse los
monstruos de la superstición. La razón, la pura intelección no es por sí
ciertamente vacía, puesto que lo negativo de ella misma es para ella y es su
contenido, sino que es rica, pero solamente en singularidad y en limitación; el
no permitir que a la esencia absoluta le corresponda ni le sea atribuido nada
semejante es en lo que consiste el modo de vida pleno de intelección, que sabe
colocar en su lugar a sí misma y a su riqueza de finitud y tratar como se debe a
lo absoluto.
Frente a esta esencia vacía está, como segundo momento de la verdad positiva de
la Ilustración la singularidad en general, la singularidad excluida de una
esencia absoluta, la de la conciencia y de todo ser, como absoluto ser en y para
sí. La conciencia, que en su primerísima realidad es certeza sensible y su
oposición retorna a ellas desde el camino total de su experiencia y vuelve a ser
un saber de lo puramente negativo de sí misma o de las cosas sensibles, es
decir, de las cosas que son y que se enfrentan como indiferentes a su ser para
sí. Pero, aquí, no es conciencia natural inmediata, sino que ella ha devenido
tal ella misma. Abandonada primeramente a todo el embrollo en el cual se veía
precipitada por su despliegue, es retrotraída ahora por la pura intelección a su
primera figura, ha experimentado ésta como resultado.
Fundada en la intelección de la nulidad de todas las otras figuras de la
conciencia, y por tanto de todo más allá de la certeza sensible, esta certeza
sensible no es ya suposición, sino que es más bien la verdad absoluta. Esta
nulidad de todo lo que va más allá de la certeza sensible sólo es, ciertamente,
una prueba negativa de esta verdad; pero no es capaz de ninguna otra, pues la
verdad positiva de la certeza sensible en ella misma es precisamente el ser para
sí no mediado del concepto mismo como objeto, y, ciertamente, en la forma del
ser otro, en la que es sencillamente cierto para toda conciencia que ella es,
que hay otras cosas reales fuera de ella y que ella misma es, en su ser natural,
así como estas cosas, en y para sí o absoluta.
Por último, el tercer momento de la verdad de la Ilustración es el
comportamiento de las esencias singulares ante la esencia absoluta, la relación
entre los dos primeros momentos. La intelección como pura intelección de lo
igual o lo ilimitado sobrepasa también lo desigual, es decir, la realidad
finita, o se sobrepasa a sí misma como mero ser otro. Tiene como más allá de
este ser, otro el vacío, con el que se relaciona, por tanto, la realidad
sensible. En la determinación de este comportamiento no entran los dos lados
como contenido, pues uno de ellos es el vacío y un contenido sólo existe, por
tanto, mediante el otro, mediante la realidad sensible. Pero la forma de la
relación, a cuya determinación contribuye el lado del en sí, puede introducirse
como se quiera; pues la forma es lo un sí negativo y, por ello, lo contrapuesto
a sí; el ser es tanto como la nada; tanto el en sí como lo contrario; o, lo que
es lo mismo, la relación entre la realidad y el en sí como el más allá es tanto
un negar como un poner ésta. Por tanto, la realidad finita puede ser tomada
propiamente como se requiera. Por consiguiente, lo sensible es referido ahora
positivamente a lo absoluto como al en sí, y la realidad sensible es ella misma
en sí; lo absoluto la hace, la sostiene y se cuida de ella. Y, a su vez, la
realidad sensible es referida a ello como a lo contrario, como a su no ser; en
este comportamiento, la realidad sensible no es en sí, sino solamente para un
otro. Si en la figura precedente de la conciencia los conceptos de la oposición
se determinaban como lo bueno y lo malo, para la pura intelección devienen, por
el contrario, las más puras abstracciones del ser en sí y del ser para otro.
b) La utilidad, como concepto fundamental de la Ilustración
Pero ambos modos de considerar la relación entre lo finito y el en sí, tanto la
positiva como la negativa, son, de hecho, igualmente necesarios, y todo es, por
consiguiente, tanto en sí como para un otro, es decir, todo es útil. Todo se
abandona a otros, se deja ahora utilizar por otros y es para ellos: y ahora se
pone de nuevo en guardia, por así decirlo, se torna arisco ante lo otro, es para
sí y utiliza a lo otro a su vez. De donde se desprende para el hombre, como la
cosa consciente de esta relación, su esencia y su posición. El hombre, tal como
es de un modo inmediato, como conciencia natural en sí, es bueno; como singular
es absoluto y otro es para él; y, como para él en tanto que animal consciente de
sí los momentos tienen la significación de la universalidad, todo es para su
placer y su delectación, y el hombre, tal como ha salido de las manos de Dios,
marcha por el mundo como por un jardín plantado para él. Pero debe también
necesariamente haber cosechado los frutos del árbol del conocimiento del bien y
del mal; y esto le da una ventaja que lo distingue de todo lo demás, pues, de
manera casual, su naturaleza en sí buena se halla constituida también de tal
modo, que el exceso de deleite la daña; o más bien su singularidad tiene también
en ella su más allá, puede ir más allá de sí misma y destruirse. En contraste
con ello, la razón es para él un medio útil para limitar convenientemente este
ir más allá, o más bien para conservarse a sí mismo en el ir más allá de lo
determinado; pues ésta es la fuerza de la conciencia. El goce de la esencia
consciente en sí universal debe ser él mismo, en cuanto a la multiplicidad y la
duración, no algo determinado, sino universal; la medida tiene, por tanto, la
determinación de impedir que el placer se vea interrumpido en su multiplicidad y
en su duración; es decir, la determinación de la medida es lo no medido. Como al
hombre todo le es útil, lo es también él, y su destino consiste asimismo en
hacerse un miembro de la tropa de utilidad común y universalmente utilizable. En
la misma medida en que se cuida de sí, exactamente en la misma medida tiene que
consagrarse también a los otros, y en la medida en que se consagre a los otros
cuida también de sí mismo; una mano lava a la otra. Donde quiera que se
encuentre, ocupa el lugar que le corresponde; utiliza a los otros y es
utilizado.
Las cosas son útiles entre sí de muy diversos modos; pero todas poseen esta
mutua utilidad gracias a su esencia, que consiste, en efecto, en ser referidas a
lo absoluto de un doble modo -el modo positivo, consistente en ser con ello en y
para sí mismas, y el negativo en ser con ello para otras. La relación con la
esencia absoluta o la religión es, por tanto, de todas las utilidades, la
utilidad suprema; pues es la utilidad pura misma, es este subsistir de todas las
cosas o su ser en y para sí, y la caída de todas las cosas, o su ser para otro.
Ciertamente que para la fe este resultado positivo de la Ilustración es una
abominación tan grande como su actitud negativa con respecto a ella. Esta
intelección en la esencia absoluta, que no ve en ella más que eso, la esencia
absoluta, l'être suprême o el vacío -esta intención para la que todo en su ser
allí inmediato es en sí lo bueno y para la que, por último, la relación entre el
ser singular consciente y la esencia absoluta, la religión, expresa
exhaustivamente el concepto de la utilidad, es para la fe sencillamente
detestable. Esta sabiduría propia de la Ilustración se le manifiesta
necesariamente como la banalidad misma y como la confesión de la banalidad;
porque consiste en no saber nada de la esencia absoluta o, lo que es lo mismo,
en saber de ella esta verdad completamente banal de que sólo es precisamente la
esencia absoluta y en el saber, por el contrario, solamente de la finitud, y
ciertamente de ella como lo verdadero sabiendo este saber de la misma como lo
verdadero y lo supremo.
C) El derecho de la Ilustración La fe tiene el derecho divino, el derecho de la
absoluta igualdad consigo misma o del pensamiento puro frente a la Ilustración y
experimenta una total injusticia por parte de ésta; pues la Ilustración la
tergiversa en todos sus momentos, convirtiéndolos en algo distinto de lo que en
ella son. En cambio, la Ilustración sólo tiene frente a la fe y como su verdad
el derecho humano; pues la injusticia que comete es el derecho de la desigualdad
y consiste en invertir y cambiar un derecho que pertenece a la naturaleza de la
autoconciencia por oposición a la esencia simple o al pensamiento. Pero, en
tanto que su derecho es el derecho de la autoconciencia, la Ilustración no sólo
mantendrá también su derecho, de tal modo que se enfrentarán entre sí dos
derechos iguales del espíritu, sin que ninguno de los dos pueda dar satisfacción
al otro, sino que ella, la Ilustración, afirmará el derecho absoluto, porque la
autoconciencia es la negatividad del concepto, que no solamente es para sí, sino
que, además, invade el terreno de su contrario; y la fe misma, por ser
conciencia, no podrá negarle su derecho.
a) El automovimiento del pensamiento
En efecto, la Ilustración no se comporta hacia la conciencia creyente con
principios propios, sino con principios que esta misma lleva en ella. Se limita
a aglutinar los propios pensamientos de ésta, que en ella se hallan dispersos y
carentes de conciencia; no hace más que recordar a propósito de uno de sus modos
los otros que ella lleva también, pero olvidando siempre el uno por el otro. Se
revela frente a la fe creyente como pura intelección precisamente porque ante un
momento determinado ve el todo y, por tanto, aporta lo contrapuesto en relación
con aquel momento e, invirtiendo lo uno en lo otro, produce la esencia negativa
de ambos pensamientos, el concepto. Por eso se manifiesta ante la fe como
tergiversación y mentira, porque pone de manifiesto el ser otro de sus momentos;
le parece, por tanto, que hace de ellos de modo inmediato algo otro de lo que
son en su singularidad; pero este otro es igualmente esencial y se halla
presente en verdad en la conciencia creyente, sólo que ésta no piensa en ello,
sino que lo tiene en otro lugar cualquiera; por eso no es algo ajeno a ella ni
puede ser negado por ella.
Pero la misma Ilustración, que recuerda a la fe lo contrapuesto a sus momentos
separados, se halla igualmente poco ilustrada acerca de sí misma. Se comporta de
manera puramente negativa hacia la fe, por cuanto que excluye su contenido de su
pureza y lo toma por lo negativo de ella misma. Por tanto, no se reconoce a sí
misma en este negativo, en el contenido de la fe, ni asocia, por ello mismo, los
dos pensamientos, el que ella aporta y aquel en contra del cual lo aduce. Al no
reconocer que lo que condena en la fe es de modo inmediato su propio
pensamiento, ella misma es en la contraposición de ambos momentos, de los cuales
solamente reconoce uno, que es siempre el contrapuesto a la fe, separando de él
el otro, exactamente lo mismo que hace la fe. No hace brotar, por tanto, la
unidad de ambos como unidad de los mismos, es decir, el concepto, sino que éste
nace para sí ante la Ilustración o lo encuentra solamente como algo dado. Pues,
en sí, la Ilustración es cabalmente la realización de la pura intelección, por
el hecho de que ella, cuya esencia es el concepto, deviene primeramente ella
misma como un absoluto otro y se niega, pues la oposición del concepto es la
oposición absoluta, y desde este ser otro torna a sí misma o a su concepto. Pero
la Ilustración es solamente este movimiento, es la actividad todavía carente de
conciencia del concepto puro, que aunque llega a sí misma como objeto, toma a
éste por un otro y no conoce tampoco la naturaleza del concepto, de que
precisamente lo no diferenciado es lo que se separa absolutamente. Por tanto,
frente a la fe, la intelección es la potencia del concepto en tanto que es el
movimiento y la relación entre los momentos desglosados en su conciencia,
relación en la que se revela la contradicción entre ellos. En esto radica el
derecho absoluto de la violencia que la pura intelección ejerce sobre la fe;
pero la realidad a la que lleva esta violencia consiste precisamente en que la
conciencia creyente es ella misma el concepto y ella misma reconoce, por tanto,
lo contrapuesto, que la intelección le aporta. Mantiene, por consiguiente, su
derecho frente a la conciencia creyente porque hace valer en esta conciencia lo
que es necesario para ella misma y lo que ella misma tiene ya.
b) La critica de las posiciones de la fe
Primeramente, la Ilustración afirma que el momento del concepto es un obrar de
la conciencia; afirma en contra de la fe que la esencia absoluta de ésta es
esencia de su conciencia como de un sí mismo o que es producida por la
conciencia. Para la conciencia creyente su esencia absoluta, del mismo modo que
es un en sí no es tampoco, al mismo tiempo, como una cosa extraña que estaría en
ella no se sabe cómo ni de dónde; sino que su confianza consiste precisamente en
el encontrarse allí como esta conciencia personal, y su obediencia y su culto
consisten en producirla como su esencia absoluta por medio de su obrar. Es esto
sólo lo que propiamente recuerda la Ilustración a la fe, cuando ésta expresa
puramente el en sí de la esencia absoluta más allá del obrar de la conciencia.
Pero, en tanto que la Ilustración, aunque sin aglutinar sus propios
pensamientos, aporta a la unilateralidad de la fe el momento contrapuesto del
obrar de ésta frente al ser, único en lo que la fe piensa aquí, lo que hace con
ello es aislar el momento puro del obrar y del en sí de la fe expresa que es
solamente un producto de la conciencia. Pero el obrar aislado, contrapuesto al
en sí, es un obrar contingente y, en tanto que obrar representativo, una
creación de ficciones -de representaciones que no son en sí; y es así como la
Ilustración considera el contenido de la fe. Pero, a la inversa, la pura
intelección dice, asimismo, lo contrario. Al afirmar el momento del ser otro que
lleva en él el concepto, expresa la esencia de la fe como una esencia que para
nada interesa a la conciencia, que está más allá de ella y le es extraña y
desconocida. Y lo mismo hace la fe, por cuanto de una parte confía en la esencia
y tiene en ella la certeza de sí misma, mientras que, de otra parte, es
inescrutable en sus caminos e inalcanzable en su ser.
Además, la Ilustración afirma contra la conciencia creyente un derecho, derecho
que esta misma concede, cuando considera el objeto de su adoración como piedra o
madera o como cualquier otra determinabilidad antropomórfica finita. En efecto,
como la conciencia creyente es la conciencia desdoblada de tener un más allá de
la realidad y un puro más acá de aquel más allá, también en ella se da, de
hecho, este punto de vista de la cosa sensible según el cual la cosa vale en y
para sí; pero la conciencia creyente no reúne estos dos pensamientos de lo que
es en y para sí y que es para ella, de una parte, la pura esencia y, de otra,
una vulgar cosa sensible. Incluso su conciencia pura se halla afectada por este
último modo de ver; pues las diferencias de su reino suprasensible son, por
carecer del concepto, una serie de figuras independientes y su movimiento un
acaecer, es decir, son solamente en la representación y tienen en ellas el modo
del ser sensible. La Ilustración aísla, a su vez, la realidad, como una esencia
abandonada por el espíritu, la determinabilidad como una inconmovible finitud
que no sería, a su vez, un momento en el movimiento espiritual de la esencia, no
una nada, ni tampoco un algo que es en y para sí, sino algo llamado a
desaparecer.
Es claro que lo mismo ocurre también con el fundamento del saber. La misma
conciencia creyente reconoce un saber contingente, pues guarda un comportamiento
con las contingencias, y la esencia absoluta misma es para ella en la forma de
una realidad común representada; con ello, la conciencia creyente es también una
certeza que no tiene la verdad en ella misma y confiesa ser una tal conciencia
no esencial más acá del espíritu que se cerciora de sí mismo y se confirma. Pero
olvida este momento en su saber espiritual inmediato de la esencia absoluta.
Ahora bien, la Ilustración, que le recuerda esto, sólo piensa, a su vez, en el
saber contingente y olvida al otro -piensa solamente en la mediación que se
establece a través de un tercero extraño y no en aquella en que lo inmediato es
el sí mismo el tercero a través del cual es mediado con lo otro, es decir,
consigo mismo.
Finalmente, en su punto de vista acerca del obrar de la fe, la Ilustración
encuentra que es injusto y no corresponde al fin el rechazar el goce y la
posesión. En cuanto a la injusticia, la conciencia creyente coincide con ella en
que esta misma reconoce esta realidad consistente en poseer, conservar y
disfrutar propiedades; en la afirmación de la propiedad, se comporta de un modo
tanto más aislado y tenaz y se entrega a su goce de un modo tanto más tosco
cuanto que su conducta religiosa -renuncia a la posesión y al placer- cae más
allá de esta realidad y le rescatan la libertad en lo que a este lado se
refiere. Este culto del sacrificio del impulso natural y del goce no tiene de
hecho, por esta oposición, verdad alguna; la conservación tiene lugar junto al
sacrificio; éste es solamente un símbolo que sólo lleva a cabo el sacrificio
real en una pequeña parte y que, por tanto, se limita a representárselo.
Por lo que se refiere a la conformidad al fin, la Ilustración considera torpe el
rechazar un bien para saberse y demostrarse liberado del bien, considera torpe
renunciar a un goce para saberse y demostrarse liberado del goce. La conciencia
creyente misma capta el obrar absoluto como un obrar universal; no sólo el
proceder de su esencia absoluta como de su objeto es para ella algo universal,
sino que también la conciencia singular debe demostrarse liberada total y
universalmente de su esencia sensible. Pero el rechazar un bien singular o el
renunciar a un goce singular no es esta acción universal; y, puesto que en la
acción el fin, que es lo universal, y la ejecución, que es lo singular, deben
hallarse esencialmente ante la conciencia en su incongruencia, la acción se
muestra como un obrar en que no participa para nada la conciencia y, por tanto,
este obrar se revela como demasiado ingenuo para ser una acción; es demasiado
simplista ayunar para demostrarse liberados del placer de la comida -demasiado
simplista apartar del cuerpo, como Orígenes, otros placeres, para demostrar que
se ha acabado con ellos. La acción misma se revela como un obrar externo y
singular; pero la apetencia se halla interiormente arraigada y es un universal;
su placer no desaparece ni con el instrumento ni por la abstención singular.
Pero, por su parte, la Ilustración aísla aquí lo interior, lo irreal, frente a
la realidad, así como frente a la interioridad de la fe, en su intuición y en su
devoción retenía firmemente la exterioridad de la coseidad. La Ilustración pone
lo esencial en la intención, en el pensamiento, ahorrándose con ello el consumar
realmente la liberación de los fines naturales; por el contrario, esta
interioridad misma es lo formal, que encuentra su cumplimiento en los impulsos
naturales, los cuales son precisamente justificados por el hecho de ser
interiores, por pertenecer al ser universal, a la naturaleza.
c) La fe vacía de contenido
La Ilustración ejerce también una violencia irresistible sobre la fe porque en
su misma conciencia se encuentran los momentos que aquélla hace valer.
Considerando más de cerca el efecto de esta fuerza, su comportamiento con
respecto a la fe parece desgarrar la hermosa unidad de la confianza y de la
certeza inmediata, manchar su conciencia espiritual con bajos pensamientos de la
realidad sensible, perturbar su ánimo aquietado y seguro en su sumisión con la
vanidad del entendimiento y de la propia voluntad y consumación. Pero, de hecho,
la Ilustración conduce más bien a la superación de una separación carente de
pensamiento o más bien carente de concepto que se da en la fe. La conciencia
creyente emplea dos medidas y dos pesas, tiene dos clases de ojos y de oídos,
tiene dos lenguas y dos lenguajes, todas las representaciones son para ella
dobles, pero sin confrontar este doble sentido. Dicho de otro modo, la fe vive
en dos clases de percepciones: una, la percepción de la conciencia durmiente,
puramente en pensamientos carentes de concepto, otra la de la conciencia
despierta, que vive puramente en la realidad sensible, y en cada una de estas
clases de percepciones adopta un tenor de vida distinto. La Ilustración ilumina
aquel mundo celestial con las representaciones del mundo sensible y pone de
manifiesto ante aquel esta finitud de que la fe no puede renegar, porque es
autoconciencia y, por tanto, la unidad a que pertenecen ambos tipos de
representaciones y en la que no se bifurcan, pues pertenecen al mismo sí mismo
simple inseparable al que ha pasado la fe.
La fe ha perdido, con ello, el contenido que llenaba su elemento y cae en un
sordo tejer del espíritu en él mismo. Ha sido expulsada de su reino, o este
reino ha sido saqueado, puesto que la conciencia despierta en sí ha arrebatado
toda diferencia y toda expansión dentro de aquél, reivindicando todas sus partes
y restituyéndolas a la tierra como propiedad suya. Pero no por ello queda
satisfecha, pues esta iluminación sólo hace nacer en todo caso la esencia
singular y la finitud abandonada por él. Por cuanto que la fe carece de
contenido y no puede permanecer en este vacío o por cuanto que, más allí de lo
finito, que es el contenido único, encuentra solamente el vacío, la fe es un
puro anhelo, su verdad un más allí vacío, al que no puede encontrarse ya ningún
contenido adecuado, porque todo se ha tornado otro. De hecho, la fe ha devenido
aquí lo mismo que la Ilustración, a saber, la conciencia de la relación entre lo
finito que es en sí y lo absoluto carente de predicados, desconocido e
incognoscible; sólo que la segunda es la Ilustración satisfecha y la primera, la
fe, la Ilustración insatisfecha. Se pondrá de manifiesto, sin embargo, en la
Ilustración si puede mantenerse en su satisfacción; aquel anhelo del espíritu
oscuro que deplora la pérdida de su mundo espiritual acecha al fondo. La misma
Ilustración lleva en sí esta mácula del anhelo insatisfecho, como puro objeto en
su vacía esencia absoluta -como obrar y movimiento en el sobrepasar su esencia
singular para ir hacia el más allí no cumplido-, como objeto cumplido en la
carencia de sí mismo de lo útil. Pero superará esta mácula; considerando más de
cerca el resultado positivo que es la verdad de la Ilustración, se demostrará
que dicha mácula se halla ya en sí superada aquí.
LA VERDAD DE LA ILUSTRACIÓN Por tanto, el oscuro tejer del espíritu que ya no
diferencia nada en sí ha pasado en sí mismo más allá de la conciencia, la cual,
por el contrario, ha devenido clara ante sí misma. El primer momento de esta
claridad es determinado en su necesidad y condición por el hecho de que se ha
realizado la pura penetración intelectiva, es decir, la que es en sí concepto; y
hace esto al poner en ella el ser otro o la determinabilidad. De este modo, es
ella pura intelección negativa, es decir, la negación del concepto; ésta es
asimismo pura; y se convierte con ello en la pura cosa, en la esencia absoluta
que, fuera de esto, no tiene ninguna otra determinación. Determinado esto más de
cerca, la intelección es, como concepto absoluto, un diferenciar de diferencias
que ya no lo son, de abstracciones o conceptos puros que ya no se sostienen a sí
mismos, sino que sólo tienen punto de apoyo y diferenciación mediante la
totalidad del movimiento. Este diferenciar lo no diferente consiste precisamente
en que el concepto absoluto se convierte él mismo en su objeto y se pone frente
a aquel movimiento como la esencia. Éste carece, así, del lado en el que las
abstracciones o las diferencias se mantienen separadas unas de otras y deviene,
por tanto, el puro pensamiento como pura cosa. Es esto precisamente aquel oscuro
y no consciente tejer del espíritu en él mismo al que la fe descendía al perder
su contenido diferenciado -y es, al mismo tiempo, aquel movimiento de la pura
autoconciencia para el cual ésta debe ser el más allá absolutamente extraño.
Pues, por cuanto que esta pura autoconciencia es el movimiento en puros
conceptos, en diferencias que no lo son, cae de hecho en el tejer inconsciente,
es decir, en el puro sentir o en la pura coseidad. Pero el concepto extrañado de
sí mismo -pues se mantiene todavía aquí en la fase de este extrañamiento- no
reconoce esta esencia igual de ambos lados, del movimiento de la autoconciencia
y de su esencia absoluta -no reconoce la esencia igual de los mismos, que es, de
hecho, su sustancia y su subsistencia. Y, al no reconocer esta unidad, la
esencia sólo vale, para él, en la forma del más allá objetivo, y la conciencia
diferenciadora, que de este modo tiene el ser en sí fuera de ella, vale
solamente, para el concepto, como una conciencia finita.
Acerca de aquella esencia absoluta, la Ilustración entra consigo misma en el
conflicto que tenía antes con la fe, y se divide en dos partidos. Uno de ellos
se acredita como vencedor simplemente por el hecho de que se escinde en dos;
pues con ello muestra poseer en él mismo el principio que había combatido,
superando de este modo la unilateralidad en que anteriormente se presentaba. El
interés que se dividía entre él y el otro cae ahora totalmente en él y olvida al
otro partido, ya que encuentra en él mismo la oposición que lo ocupaba. Pero, al
mismo tiempo, la oposición se ha elevado al elemento superior y victorioso en
que se presenta ya como purificada. De tal modo que la discordia nacida en un
partido y que parece una desgracia, demuestra más bien su fortuna.
A) El puro pensamiento y la pura materia
La esencia pura misma no tiene en ella diferencia alguna, por lo que la
diferencia la aborda de tal modo que para la conciencia se revelan dos puras
esencias de este tipo o una conciencia doble de dicha esencia. La pura esencia
absoluta sólo es en el puro pensamiento o, mejor dicho, es el puro pensamiento
mismo; por tanto, es simplemente más allá de lo finito, de la autoconciencia, y
solamente la esencia negativa. Pero, de este modo, es precisamente el ser, lo
negativo de la autoconciencia. Y como negativo de la autoconciencia, es también
referido a ella; es el ser exterior que, referido a la autoconciencia, dentro de
la cual se dan las diferencias y las determinaciones, cobra en él las
diferencias de ser gustado, visto, etc.; y la relación es la certeza sensible y
la percepción.
Si se parte de este ser sensible al que necesariamente pasa aquel más allá
negativo, pero abstrayéndose de estos modos determinados de la relación de la
conciencia, lo que queda es la pura materia como el oscuro tejer y moverse en sí
mismo. Es esencial, aquí, considerar que la pura materia sólo es lo que resta si
hacemos abstracción de la vista, del tacto, del gusto, etc., es decir, la
materia no es lo visto, gustado, tocado, etc.; lo que se ve, se palpa, se gusta,
no es la materia, sino el color, una piedra, una sal, etc.; la materia es más
bien la pura abstracción; y así se da aquí la pura esencia del pensamiento o el
pensamiento puro mismo, como lo absoluto no diferenciado en sí, no determinado,
carente de predicados.
Una Ilustración llama esencia absoluta a aquel absoluto carente de predicados
que es más allá de la conciencia real, en el pensamiento de que se partía -la
otra lo llama materia. Si se las diferenciara como naturaleza y espíritu o Dios,
al tejer inconsciente en sí mismo, para ser naturaleza, le faltaría la riqueza
de la vida desplegada y al espíritu o a Dios la conciencia que se diferencia en
sí misma. Ambas cosas son, como hemos visto, sencillamente el mismo concepto; la
diferencia no reside en la cosa, sino pura y simplemente en los distintos puntos
de partida en ambas formaciones y en que cada una de las dos se detiene, en el
movimiento del pensar, al llegar a su punto propio. Si fuesen más allá,
coincidirían y reconocerían como lo mismo lo que la una considera como una
abominación y la otra como una locura.
Pues para una la esencia absoluta es en su pensamiento puro o de un modo
inmediato para la conciencia pura, fuera de la conciencia finita, el más allá
negativo de la misma. Si reflexionase acerca de que, de una parte, aquella
inmediatez simple del pensamiento no es otra cosa que el puro ser y, de otra
parte, de que lo que para la conciencia es negativo se relaciona al mismo tiempo
con ello, de que en el juicio negativo el "es" -resultaría la relación de este
más allá con la conciencia en la determinación de un algo que es externo, y, por
tanto, como lo mismo que es llamado pura materia; y el momento faltante de lo
presente se recuperaría. La otra Ilustración parte del ser sensible, hace luego
abstracción de la relación sensible del gustar, el ver, etc., y hace de ello el
puro en sí, la materia absoluta, un algo no sentido ni gustado; y este ser es de
este modo lo simple carente de predicados, la esencia de la conciencia pura; es
el puro concepto como algo que es en sí o el puro pensamiento en sí mismo. Esta
intelección no da en su conciencia el paso contrapuesto de lo que es, que es
puramente, a lo pensado, que es lo mismo que el puro ser, o de lo puramente
positivo o lo puramente negativo; y, sin embargo, lo positivo es puramente
mediante la negación, y el puro negativo, en tanto que puro, es en sí mismo
igual a sí y es, precisamente por ello, positivo. O bien ni una ni otra
Ilustración han llegado al concepto de la metafísica cartesiana de que el ser en
sí y el pensamiento son lo mismo, al pensamiento de que el ser, el puro ser, no
es una realidad concreta, sino la pura abstracción, y, a la inversa, el puro
pensamiento, la igualdad consigo mismo o la esencia es, en parte, lo negativo de
la autoconciencia y, por tanto, ser y, en parte, como inmediata simplicidad, no
es tampoco otra cosa que ser; el pensamiento es coseidad, o la coseidad es
pensamiento.
B) El mundo de la utilidad
La esencia tiene aquí en ella, ante todo, la escisión, de tal modo que pertenece
a dos tipos distintos de consideraciones; de una parte, la esencia debe tener en
ella misma la diferencia y, de otra parte, precisamente por ello, se reúnen aquí
los dos modos de considerar; en efecto, los momentos abstractos del puro ser y
de lo negativo, por medio de los cuales se diferencian los dos tipos de
consideraciones, se unifican luego en su objeto. El universal común a ambas es
la abstracción del puro temblor en sí mismo o del puro pensarse a sí mismo. Este
simple movimiento de rotación alrededor del eje tiene necesariamente que
desdoblarse, ya que es movimiento solamente en tanto que diferencia sus
momentos. Esta diferenciación de los momentos deja tras sí la cáscara vacía del
puro ser, que no es ya en sí mismo ningún pensamiento real, ninguna vida, pues
es, en tanto que diferencia, todo contenido. Pero la que se pone fuera de
aquella unidad es, con ello, el cambio de los momentos que no retorna a sí, del
ser en sí, del ser para otro y del ser para sí -es la realidad tal y como es
objeto para la conciencia real de la pura intelección -es la utilidad.
Por muy mala que la utilidad pueda parecerle a la fe o a la sensibilidad, o
también a la abstracción que, llamándose especulación, fija el en sí, es en
ella, sin embargo, donde la pura intelección consuma su realización y es ella
misma su objeto, del cual ahora ya no reniega y que no tiene tampoco para ella
el valor de lo vacío o del puro más allá. Pues la pura intelección es, como
veíamos, el concepto mismo que es o la pura personalidad igual a sí misma, la
cual se diferencia en sí de tal modo, que todo lo diferenciado es, a su vez,
puro concepto, es decir, inmediatamente no diferenciado; es simple pura
autoconciencia, que es en una unidad inmediata tanto para sí como en sí. Su ser
en sí no es, por tanto, ser permanente, sino que deja inmediatamente de ser
algo, en su diferencia; pero un tal ser que no tiene de modo inmediato
consistencia alguna no es en sí, sino que es esencialmente para un otro, que es
la potencia que lo absorbe. Pero este segundo momento contrapuesto al primero,
al ser en sí, desaparece de un modo tan inmediato como el primero; o como ser
solamente para otro es más bien el tender a desaparecer mismo, y lo que se pone
es el ser retornado, el ser para sí. Pero este simple ser para sí es más bien,
como la igualdad consigo mismo, un ser o es, con ello, para un otro. Esta
naturaleza de la pura intelección en el despliegue de sus momentos o la pura
intelección como objeto expresa lo útil. Esto es un en sí subsistente o cosa, y
este ser en sí es, al mismo tiempo, solamente momento puro; es, por tanto,
absolutamente para un otro; pero sólo es para un otro en la medida en que es en
sí; estos momentos contrapuestos han retornado a la unidad inseparable del ser
para sí. Ahora bien, si lo útil expresa, indudablemente, el concepto de la pura
intelección, no es, sin embargo, la intelección como tal, sino la intelección en
tanto que representación o como objeto de ella; lo útil es solamente el cambio
incesante de aquellos momentos, uno de los cuales es, ciertamente, el mismo ser
retornado a sí mismo, pero sólo como ser para sí, es decir, como un momento
abstracto que se pone de lado con respecto a los otros. Lo útil mismo no es la
esencia negativa de tener en sí estos momentos en su contraposición inseparados
al mismo tiempo en uno y el mismo respecto o como un pensamiento, tal y como son
en tanto que pura intelección; el momento del ser para sí es, evidentemente, en
lo útil, pero no de modo que se sobreponga a los otros momentos -al en sí y al
ser pata otro-, siendo así el sí mismo. La pura intelección tiene, pues, en lo
útil como objeto su propio concepto en sus momentos puros; es la conciencia de
esta metafísica, pero no es todavía su concepción, no ha llegado todavía a la
unidad del ser y del concepto mismo. Puesto que para la intelección lo útil
mantiene todavía la forma de un objeto, dicha penetración tiene, ciertamente, un
mundo que ya no es en y para sí, pero, a pesar de todo, un mundo que se
diferencia de sí. Sin embargo, cuando las oposiciones llegan a la cúspide del
concepto la fase inmediata será aquella en que se vengan a tierra y en la que la
Ilustración recoja los frutos de su propio obrar.
C) La certeza de sí
Considerado el objeto alcanzado en relación con toda esta esfera, resultará que
el mundo real de la cultura se resume en la vanidad de la autoconciencia -en el
ser para sí que tiene todavía por contenido la confusión de aquel mundo, y es
todavía el concepto singular, y aun no el concepto para sí universal. Pero este
concepto retornado a sí mismo es la pura intelección la pura conciencia como el
puro sí mismo o la negatividad, del mismo modo que la fe es precisamente lo
mismo que el puro pensamiento o la positividad. La fe tiene en aquel sí mismo el
momento que la perfecciona -pero, pereciendo con este perfeccionarse, es en la
pura intelección donde vemos ahora los dos momentos, como la esencia absoluta
puramente pensada o negativa y como materia que es lo que es positivo. A este
perfeccionarse le falta todavía aquella realidad de la conciencia que pertenece
a la vana conciencia -el mundo partiendo del cual el pensamiento se elevaba a sí
mismo. Esto que falta se alcanza en la utilidad en tanto que la pura intelección
alcanzaba en ello la objetividad positiva; la utilidad es, de este modo,
conciencia real satisfecha en sí misma. Esta objetividad constituye ahora su
mundo; ha devenido la verdad del todo anterior, tanto del mundo ideal como del
real. El primer mundo del espíritu es el reino desplegado de su existencia
dispersa y de la certeza singularizada de sí mismo; del mismo modo que la
naturaleza dispersa su vida en figuras infinitamente diversas, sin que se dé el
género de ellas. El segundo mundo contiene el género y es el reino del ser en sí
o de la verdad, contrapuesto a aquella certeza. Pero el tercero, lo útil, es la
verdad, que es también la certeza de sí mismo. Al reino de la verdad de la fe le
falta el principio de la realidad o de la certeza de sí mismo como de este
singular. Pero a la realidad o a la certeza de sí mismo como de este singular le
falta el en sí. En el objeto de la pura intelección se conjugan ambos mundos. Lo
útil es el objeto en tanto que lo penetra la autoconciencia y en cuanto
encuentra en él la certeza singular de sí mismo, su disfrute (su ser para si);
la autoconciencia lo ve a fondo de este modo, y esta intelección contiene la
verdadera esencia del objeto (la de ser algo penetrable o un ser para otro); es,
por tanto, ella misma, verdadero saber, y la autoconciencia tiene también de un
modo inmediato la certeza universal de sí misma, su pura conciencia, en este
comportamiento, en el que, por tanto, se conjugan tanto la verdad como la
presencia y la realidad. Ambos mundos son reconciliados y el cielo ha descendido
sobre la tierra y se ha transplantado a ella.
LA LIBERTAD ABSOLUTA Y EL TERROR
A) La libertad absoluta
La conciencia ha encontrado en la utilidad su concepto. Pero éste es, de una
parte, todavía objeto y, de otra parte, y precisamente por ello, todavía fin, en
posesión del cual no se encuentra todavía la conciencia de un modo inmediato. La
utilidad es todavía predicado del objeto, no es sujeto ella misma; es decir, no
es todavía su realidad inmediata y única. Es lo mismo que antes se manifestaba
así: que el ser para sí no se mostraba aun como la sustancia de los demás
momentos, con lo que lo útil no sería inmediatamente otra cosa que el sí mismo
de la conciencia y ésta se hallaría, así, en posesión de ello. Ahora bien, esta
recuperación de la forma de la objetividad de lo útil ya ha acaecido en sí, y de
esta conmoción interior surge la real conmoción de la realidad, la nueva figura
de la conciencia, la libertad absoluta.
De hecho, ya sólo se da, en efecto, una apariencia vacía de objetividad, que
separa la autoconciencia de la posesión. Pues, de una parte, toda subsistencia y
toda validez de los miembros determinados de la organización del mundo real y
del mundo de la fe pueden retrotraerse, en general, a esta determinación simple
como a su fundamento y su espíritu; pero, de otra parte, esta determinación
simple no tiene ya de por sí nada propio, sino que es más bien pura metafísica,
puro concepto o saber de la autoconciencia. En efecto, del ser en y para sí de
lo útil como objeto la conciencia conoce que su ser en sí es esencialmente ser
para otro; el ser en sí como lo carente del sí mismo es en verdad lo pasivo o lo
que es para otro sí mismo. Pero el objeto es para la conciencia en esta forma
abstracta del puro ser en sí, pues es pura intelección, cuyas diferencias son en
la pura forma de los conceptos. Pero el ser para sí al que retorna el ser para
otro, el sí mismo, no es un sí mismo diverso del yo, un sí mismo propio de lo
que se llama objeto; pues la conciencia como pura intelección no es sí mismo
singular al que el objeto se enfrente también como sí mismo propio, sino que es
el puro concepto, el contemplar del sí mismo en el sí mismo, el absoluto verse a
sí mismo duplicado; la certeza de sí es el sujeto universal y su concepto
consciente la esencia de toda realidad. Así, pues, sí lo útil era solamente el
cambio de los momentos que no retorna a su propia unidad y era, por tanto,
todavía objeto para el saber, ahora deja de ser esto; pues el saber es él mismo
el movimiento de aquellos momentos abstractos, es el sí mismo universal, el sí
mismo tanto de sí como del objeto y, como sí mismo universal la unidad
retornante a sí de este movimiento.
Así es como el espíritu se halla presente como libertad absoluta; el espíritu es
la autoconciencia que se capta a sí misma, de tal modo que su certeza de sí
misma es la esencia de todas las masas espirituales del mundo real y del mundo
suprasensible, o de tal modo que, a la inversa, la esencia y la realidad son el
saber de la conciencia acerca de sí misma. Esta es consciente de su pura
personalidad y, en ello, toda realidad Realität espiritual, y toda realidad
Realität es solamente espíritu; el mundo es, para la conciencia, simplemente su
voluntad, y ésta es voluntad universal. Y no es, ciertamente, el pensamiento
vacío de la voluntad que se pone en el asentimiento tácito o por representación,
sino la voluntad realmente reell universal, la voluntad de todos los individuos
como tales. En efecto, la voluntad es en sí la conciencia de la personalidad o
de cada uno, y, como esta verdadera voluntad real debe ser, como esencia
autoconsciente de todas y cada personalidad, de tal manera que cada cual hace
todo siempre de un modo indiviso y que lo que brota como obrar del todo es el
obrar inmediato y consciente de cada uno.
Esta sustancia indivisa de la libertad absoluta asciende al trono del mundo sin
que ningún poder, cualquiera que él sea, pueda oponerle resistencia. En efecto,
siendo en verdad la conciencia el único elemento en que tienen su sustancia las
esencias o las potencias espirituales, se ha derrumbado todo su sistema
organizado y mantenido mediante la división en masas, tan pronto como la
conciencia individual ha captado el objeto de tal modo que no tiene otra esencia
que la misma autoconciencia o que es absolutamente el concepto. Lo que hacía del
concepto un objeto que era su diferenciación en masas subsistentes particulares;
pero, al convertirse el objeto en concepto, ya no subsiste nada en él; la
negatividad ha penetrado todos sus momentos. Entra en la existencia de modo que
cada conciencia singular se eleva de la esfera que le había sido asignada y no
encuentra ya en esta masa particularizada su esencia y su obra, sino que capta
su sí mismo como el concepto de la voluntad, capta todas las masas como esencias
de esta voluntad y sólo puede realizarse en un trabajo que es trabajo total. En
esta libertad absoluta se han cancelado, por tanto, todos los estamentos
sociales que son las esencias espirituales en las que se estructura el todo; la
conciencia singular que pertenecía a uno de esos miembros y quería y obraba en
él ha superado sus fronteras; su fin es el fin universal, su lenguaje la ley
universal y su obra la obra universal. El objeto y la diferencia han perdido
aquí la significación de la utilidad, el predicado de todo ser real reales; la
conciencia no inicia su movimiento en el objeto como en un algo extraño del que
retorne a sí misma, sino que el objeto es para él la conciencia misma; la
oposición consiste, pues, únicamente en la diferencia entre la conciencia
singular y la conciencia universal; pero la conciencia singular es ella misma,
de un modo inmediato, lo que tenía solamente la apariencia de la oposición, es
conciencia y voluntad universal. El más allá de esta su realidad flota sobre el
cadáver de la independencia desaparecida del ser real reales o creído por la fe
solamente como la emanación de un insípido gas, del vacío Être suprème Ser
supremo.
Después de superadas las masas espirituales distintas y la vida limitada de los
individuos y sus dos mundos, sólo se halla presente, por tanto, en sí mismo, el
movimiento de la autoconciencia universal, como una acción mutua de ella en la
forma de la universalidad y de la conciencia personal; la voluntad universal
entra en sí misma y es voluntad singular, a la que se enfrentan la ley y la obra
universales. Pero esta conciencia singular es consciente de sí, no menos
inmediatamente, como conciencia universal; ella es consciente de que su objeto
es ley dada por ella y obra llevada a cabo por ella; pasando a la actividad y
creando objetividad, no hace, por tanto, nada singular, sino solamente leyes y
acciones de Estado.
Este movimiento es, así, la acción mutua de la conciencia consigo misma, en la
que la conciencia no deja nada en la figura de un objeto libre enfrentado a
ella. De donde se sigue que no puede arribar a ninguna obra positiva, ni a obras
universales del lenguaje o de la realidad ni a leyes o instituciones universales
de la libertad consciente ni a hechos y obras de la libertad volitiva. La obra a
que podría arribar la libertad que se da conciencia consistiría en que, como
sustancia universal, se hiciera objeto y ser permanente. Este ser otro sería la
diferencia en la libertad, con arreglo a la cual se dividiría en masas
espirituales subsistentes y en los miembros de poderes diversos; en parte, en
que estas masas fuesen las cosas del pensamiento de un poder legislativo,
judicial y ejecutivo separado, pero, en parte, las esencias reales-reales que se
desprenderían como resultado en el mundo real reales de la cultura, en que
fuesen, considerando más de cerca el contenido del obrar universal, las masas
particularizadas del trabajo, que ulteriormente se distinguirán como los
estamentos más especiales. La libertad universal, que de este modo se disociaría
en sus miembros y se convertiría precisamente con ello en sustancia que es,
quedaría así libre de la individualidad singular y distribuiría la muchedumbre
de los individuos entre sus diversos miembros. Pero el obrar y el ser de la
personalidad se encontraría, de este modo, limitado a una rama del todo, a una
especie del obrar y del ser; puesta en el elemento del ser, adquiriría la
significación de algo determinado; dejaría de ser una autoconciencia en verdad
universal. Pero ésta no se deja arrebatar fraudulentamente su realidad por la
representación de la obediencia a leyes dadas por sí mismas que le asignan una
parte ni por su representación en el legislar o en el obrar universal; no se
deja arrebatar así la realidad de dar ella misma la ley y de llevar a cabo por
sí misma, no una obra singular, sino la obra universal; pues allí donde el sí
mismo es solamente representado e imaginario no es real; donde se halla
representado por otro, no es. Así como en esta obra universal de la libertad
absoluta como sustancia existente no se encuentra la autoconciencia singular, no
se encuentra tampoco en los hechos ni en los actos individuales propiamente
dichos de su voluntad. Para que lo universal arribe a un acto tiene que
concentrarse en lo uno de la individualidad y poner a la cabeza una
autoconciencia singular, pues la voluntad universal sólo es voluntad real en un
sí mismo que es uno. Pero, con ello, quedan excluidos de la totalidad de este
acto todos los otros singulares y, sólo tienen en ella una participación
limitada, por donde el acto no sería acto de la autoconciencia real universal.
Por tanto, ninguna obra ni acto positivos puede producir la libertad universal;
a dicha libertad sólo le resta el obrar negativo; es solamente la furia del
desaparecer.
B) El terror
Pero la suprema realidad y la realidad más contrapuesta a la libertad universal,
o más bien el único objeto que todavía deviene para ella, es la libertad y la
singularidad de la misma autoconciencia real.
Pues aquella universalidad que no se deja arribar a la realidad Realität de la
estructuración orgánica y que tiene como fin el mantenerse en la continuidad
indivisa se diferencia en sí, al mismo tiempo, porque es movimiento o conciencia
en general. Y, ciertamente, por virtud de su propia abstracción, se separa en
extremos igualmente abstractos, en la simple fría universalidad inflexible y en
la discreta y dura rigidez absoluta y en la meticulosa puntualidad de la
autoconciencia real. Una vez que ha dado cima a la cancelación de la
organización real- real y subsiste ahora para sí, esto es su único objeto; un
objeto que no tiene ya ningún otro contenido, ninguna otra posesión, existencia
y extensión exterior, sino que es solamente este saber de sí como un sí mismo
singular absolutamente puro y libre. En lo que puede ser captado el sólo su
existencia abstracta en general. Por tanto, la relación entre estos dos
términos, por ser indivisiblemente absolutos para sí y no poder, por ello,
destacar ninguna de sus partes para que sirva de término medio que los articule,
es la pura negación totalmente no mediada, y cabalmente la negación de lo
singular como lo que es en lo universal.
La única obra y el único acto de la libertad universal es, por tanto, la muerte,
y además una muerte que no tiene ningún ámbito interno ni cumplimiento, pues lo
que se niega es el punto incumplido del sí mismo absolutamente libre; es, por
tanto, la muerte más fría y más insulsa, sin otra significación que la de cortar
una cabeza de col o la de beber un sorbo de agua.
En la insulsez de esta sílaba consiste la sabiduría del gobierno, el
entendimiento de la voluntad universal, su realización. El gobierno no es él
mismo otra cosa que el punto que se fija o la individualidad de la voluntad
universal. El gobierno, una voluntad y una ejecución que parten de un punto,
quiere y ejecuta al mismo tiempo una determinada ordenación y una acción
determinada. Con ello, excluye de una parte a los demás individuos de su obrar
y, de otra parte, se constituye con ello como un gobierno dotado de una voluntad
determinada y contrapuesto de este modo a la voluntad universal; no puede, por
tanto, presentarse simplemente de otro modo que como una facción. Lo que ocurre
es que la facción triunfante se llama gobierno y precisamente en ello, en el ser
una facción radica de modo inmediato la necesidad de su perecer; y el ser
gobierno hace de él, a la inversa, una facción y lo hace culpable. Si la
voluntad universal se atiene al obrar real del gobierno como a una transgresión
perpetrada contra ella, el gobierno, en cambio, no tiene nada determinado y
exterior mediante lo que se presente la culpabilidad de la voluntad contrapuesta
a él; en efecto, frente al gobierno como la voluntad universal real está
solamente la pura voluntad irreal, la intención. El caer sospechoso ocupa aquí,
por tanto, el lugar o tiene el significado y el resultado de ser culpable, y la
reacción exterior contra esta realidad, que reside en el simple interior de la
intención, consiste en la seca cancelación de este sí mismo que es, al cual, por
lo demás, no se le puede suprimir más que su ser mismo.
En esta su obra peculiar la libertad absoluta deviene objeto de sí misma y la
autoconciencia experimenta lo que esta libertad absoluta es. En sí, es
precisamente esta autoconciencia abstracta que cancela en sí toda diferencia y
todo subsistir de la diferencia. Como esta autoconciencia abstracta, la libertad
es el objeto de sí misma; el terror de la muerte es la intuición de esta su
esencia negativa. Pero la autoconciencia absolutamente libre encuentra esta su
realidad completamente distinta del concepto que ella tenía de sí misma, según
el cual la voluntad universal es solamente la esencia positiva de la
personalidad y, por tanto, ésta sólo se sabe en aquella personalidad de un modo
positivo o conservada. Sino que para la autoconciencia, que, como pura
intelección, separa su esencia positiva y la negativa, separa simplemente lo
absoluto carente de predicado como puro pensamiento y como pura materia, el
tránsito absoluto de lo uno a lo otro se halla presente en su realidad. La
voluntad universal, como autoconciencia absolutamente positiva y real, se
trueca, por ser esta realidad autoconsciente elevada a puro pensamiento o a
materia abstracta, en la esencia negativa y se revela ser, asimismo, superación
del pensamiento de sí mismo o de la autoconciencia.
C) El despertar de la subjetividad libre
Así, pues, la libertad absoluta, como pura igualdad de la voluntad universal
consigo misma, lleva en sí la negación y, con ello, la diferencia en general y
desarrolla ésta, de nuevo, como diferencia real. Pues la pura negatividad tiene
en la voluntad universal igual a sí misma el elemento de la subsistencia o la
sustancia en que sus momentos se realizan realisieren, tiene la materia que
puede emplear en su determinabilidad; y, en tanto que esta sustancia se ha
mostrado como lo negativo para la conciencia singular, se constituye de nuevo,
por tanto, la organización de las masas espirituales entre las que se distribuye
la muchedumbre de las conciencias individuales. Estas conciencias individuales,
que sienten el pavor de su señor absoluto, de la muerte, se resignan de nuevo a
la negación y a las diferencias, se distribuyen entre las masas y retornan a una
obra dividida y limitada, pero retornan con ello a su realidad sustancial.
De este tumulto el espíritu se vería, por tanto, empujado de nuevo a su punto de
partida, al mundo ético y real de la cultura, que no habría hecho más que
refrescarse y rejuvenecerse por el temor al señor que ha penetrado de nuevo en
los ánimos. El espíritu debería recorrer de nuevo este ciclo de la necesidad y
repetirlo una y otra vez si el resultado fuese solamente la perfecta penetración
de la autoconciencia y de la sustancia -una penetración en la que la
autoconciencia, que ha experimentado la fuerza contra ella negativa de su
esencia universal, no se sabría y querría encontrar como este particular, sino
solamente como universal y podría también, por tanto, soportar la realidad
objetiva del espíritu universal, la cual lo excluye como particular. Pero en la
libertad absoluta no se establecía una acción mutua ni entre la conciencia
hundida en la existencia múltiple o que se fija fines y pensamientos
determinados, ni entre un mundo exteriormente valedero, sea el de la realidad o
el del pensamiento, sino entre el mundo simplemente en la forma de la
conciencia, como voluntad universal, y asimismo la autoconciencia replegada de
toda existencia desplegada, de todo fin y juicio multiforme, para condensarse en
el simple sí mismo. La cultura, que la autoconciencia alcanza en la acción mutua
con aquella esencia, es, por tanto, la más augusta y suprema, la que consiste en
ver cómo su pura y simple realidad desaparece de modo inmediato y se trueca en
la nada vacía. En el mundo mismo de la cultura la autoconciencia no llega a
intuir su negación o su extrañamiento en esta forma de la abstracción pura, sino
que su negación es la negación cumplida, o el honor o la riqueza, que gana en
vez del sí mismo del que se ha extrañado; o bien el lenguaje del espíritu y de
la intelección a que llega la conciencia desgarrada; o es el cielo de la fe o lo
útil de la Ilustración. Todas estas determinaciones se han perdido en la pérdida
que el sí mismo experimenta en la libertad absoluta; su negación es la muerte
carente de significación, el puro terror de lo negativo, que no lleva en él nada
positivo, nada que lo cumpla.
Pero, al mismo tiempo, esta negación no es en su realidad algo extraño; no es ni
la universal necesidad situada en el más allá en que el mundo ético se eclipsa
ni la contingencia singular de la posesión propia o del capricho del poseedor
del que se ve dependiente la conciencia desgarrada, sino que es la voluntad
universal, que en esta su abstracción última no tiene nada positivo y que, por
tanto, no puede devolver nada para el sacrificio; pero, precisamente, por ello,
la voluntad universal forma una unidad sin mediación con la autoconciencia o es
lo puramente positivo, por ser lo puramente negativo; y la muerte carente de
significación, la negatividad del sí mismo no cumplida, se trueca dentro del
concepto interior en la positividad absoluta. Para la conciencia, la unidad
inmediata de sí con la voluntad universal, su exigencia de saberse como este
punto determinado en la voluntad universal, se convierte en la experiencia
sencillamente contrapuesta. La que para ella desaparece aquí es el ser abstracto
o la inmediatez del punto carente de sustancia, y esta inmediatez desaparecida
es la voluntad universal misma como la que ahora se sabe, en tanto que es
inmediatez superada, en tanto que es puro saber a pura voluntad. De este modo,
la conciencia sabe la voluntad pura como sí misma y se sabe como esencia, pero
no como la esencia que inmediatamente es, ni la sabe como el gobierno
revolucionario o como la anarquía que aspira a constituirse como anarquía, ni se
sabe como el punto medio de esta facción o de la facción opuesta a ella, sino
que la voluntad universal es su puro saber y querer, y la conciencia es voluntad
universal como este puro saber y querer. No se pierde aquí a sí misma, pues el
puro saber y querer es más bien ella, como el punto atómico de la conciencia.
Es, por tanto, la acción mutua del puro saber consigo mismo; el puro saber como
esencia es la voluntad universal; pero esta esencia es simplemente tan sólo el
puro saber. La autoconciencia es, por tanto, el puro saber de la esencia como
puro saber. Además, como sí mismo singular es solamente la forma del sujeto o
del obrar real, que ella sabe como forma; y, asimismo, para ella, la realidad
objetiva, el ser, es sencillamente forma carente de sí mismo, ya que tal
realidad sería lo no sabido; sin embargo, este puro saber sabe el saber como la
esencia.
La libertad absoluta ha acomodado, pues, a sí misma la oposición entre la
voluntad universal y la voluntad singular; el espíritu que se ha extrañado,
empujado hasta la cúspide de su oposición, en la que son todavía diferentes el
puro querer y el que puramente quiere, reduce esa contraposición a una forma
transparente y se encuentra él mismo en ella. Como el reino del mundo real pasa
al reino de la fe y de la intelección, así también la libertad absoluta pasa de
la realidad que se destruye a sí misma a otra región del espíritu
autoconsciente, en la que vale en esta irrealidad como lo verdadero, en el
pensamiento del cual se reconforta el espíritu, en tanto que es y permanece
pensamiento y sabe como la esencia perfecta y completa este ser encerrado en la
autoconciencia. Ha nacido la nueva figura del espíritu moral.
EL ESPÍRITU CIERTO DE SÍ MISMO. LA MORALIDAD
El mundo ético mostraba como su destino y su verdad el espíritu en él solamente
fenecido, el sí mismo singular. Pero esta persona del derecho tiene su sustancia
y su cumplimiento fuera de ella. El movimiento del mundo de la cultura y de la
fe supera esta abstracción de la persona y sólo por medio del extrañamiento
acabado, por medio de la suprema abstracción deviene la sustancia para el sí
misma del espíritu primera voluntad universal y, por último, patrimonio suyo.
Aquí, pues, parece el saber, finalmente, plenamente igual a su verdad; pues su
verdad es este saber mismo y ha desaparecido toda oposición entre ambos lados; y
no precisamente para nosotros o en sí, sino para la misma autoconciencia. En
efecto, el saber mismo se ha erigido en dueño sobre la oposición de la
conciencia. Esta descansa en la oposición entre la certeza de sí mismo y del
objeto; pero ahora, el objeto es para ella misma la certeza de sí, el saber
.-así como la certeza de sí mismo en cuanto tal no tiene ya fines propios ni se
halla ya, por tanto, en la determinabilidad, sino que es puro saber.
El saber de la autoconciencia es para ella, por tanto, la sustancia misma. Esta
es para la autoconciencia en una unidad inseparada, tanto inmediata como
absolutamente mediata. Inmediata -como la conciencia moral sabe y cumple ella
misma su deber y pertenece a éste como a su naturaleza; pera no es carácter,
como lo es la conciencia ética, que, gracias a su inmediatez, es un espíritu
determinado, sólo pertenece a una de las esencialidades éticas y tiene el lado
del no saber. Es mediación absoluta, como la conciencia que se forma
culturalmente y la conciencia creyente; pues es esencialmente el movimiento del
sí mismo consistente en superar la abstracción del ser allí inmediato y de
llegar a ser universal -pero ni por medio del puro extrañamiento y
desgarramiento de su sí mismo y de la realidad ni por media de la evasión. Sino
que la autoconciencia se halla presente de modo inmediato en su sustancia, pues
es su saber, es la pura certeza intuida de sí misma; y cabalmente esta
inmediatez que es su propia realidad es toda realidad, pues lo inmediato es el
ser mismo y, en tanto que la pura inmediatez clarificada por la absoluta
negatividad, es puro ser, es ser en general o todo ser.
La esencia absoluta no se reduce, por tanto, a la determinación de ser la simple
esencia del pensamiento, sino que es toda realidad, y esta realidad es solamente
como saber; lo que la conciencia no supiese no tendría sentido alguno y no puede
ser un poder para ella; sobre su voluntad impregnada de saber se han replegado
toda objetividad y todo mundo. La conciencia es absolutamente libre porque sabe
su libertad, y precisamente este saber de su libertad es su sustancia y su fin y
su único contenido.
LA CONCEPCIÓN MORAL DEL MUNDO
A) La postulada armonía entre el deber y la realidad
La autoconciencia sabe el deber como la esencia absoluta; sólo se halla
vinculada por él, y esta sustancia es su propia conciencia pura; el deber no
puede adoptar para ella la forma de algo extraño. Pero, así encerrada en sí
misma, la autoconciencia moral no se pone y se considera todavía como
conciencia. El objeto es saber inmediato y, penetrado así puramente por el sí
mismo, no es objeto. Pero, siendo esencialmente la mediación y la negatividad,
la autoconciencia lleva en su concepto la relación con un ser otro y es
conciencia. Este ser otro es, de una parte, para ella, una realidad totalmente
carente de significación, puesto que el deber constituye su único fin y objeto
esenciales. Pero, como esta conciencia se halla tan completamente encerrada en
sí, se comporta con respecto a este ser otro como perfectamente libre e
indiferente y la existencia es, por tanto, de otra parte, una existencia dejada
completamente en libertad por la autoconciencia y que sólo se relaciona,
asimismo, consigo misma; cuanto más libre se torna la autoconciencia, más libre
se vuelve también el objeto negativo de su conciencia. Este objeto es, de este
modo, un mundo acabado en sí como propia individualidad, un todo independiente
de leyes peculiares, así como una trayectoria independiente y una realización
libre de ellas -una naturaleza en general, cuyas leyes, al igual que su obrar,
pertenecen a ella misma como a una esencia que para nada se preocupa de la
autoconciencia moral, como ésta no se preocupa para nada de aquélla.
Partiendo de esta determinación, se constituye una concepción moral del mundo,
que consiste en la relación entre el ser en y para sí moral y el ser en y para
sí natural. Esta relación tiene por fundamento tanto la total indiferencia y la
propia independencia de la naturaleza y de los fines y la actividad morales
entre sí como, de otra parte, la conciencia de la exclusiva esencialidad del
deber y de la plena dependencia e inesencialidad de la naturaleza. La concepción
moral del mundo contiene el desarrollo de los momentos que se dan en esta
relación de premisas tan contradictorias..
Se presupone, pues, primeramente la conciencia moral en general; el deber vale
para ella como la esencia, para ella que es real y activa y que en su realidad y
obrar cumple el deber. Pero, para esta conciencia moral se da, al mismo tiempo,
la presupuesta libertad de la naturaleza, o ella experimenta que la naturaleza
no se cuida de darle la conciencia de la unidad de su realidad con la suya
propia y que, por tanto, la hace tal vez llegar a ser feliz o tal vez no. Por el
contrario, la conciencia no moral encuentra tal vez casualmente su realización
allí donde la conciencia moral sólo encuentra la ocasión para obrar, pero sin
que ella le proporcione la dicha de la ejecución y el goce de la consumación.
Más bien encuentra razones para lamentarse de este estado de no adecuación entre
ella y la existencia y de la injusticia que la limita a tener su objeto
solamente como puro deber, pero negándole el verle realizado y el verse
realizada ella misma.
La conciencia moral no puede renunciar a la dicha y descartar este momento de su
fin absoluto. El fin, enunciado como puro deber, lleva esencialmente en sí el
contener esta autoconciencia singular; la convicción individual y el saber de
ella constituían un momento absoluto de la moralidad. Este momento en el fin
convertido en objetivo, en el deber cumplido, es la conciencia singular que se
intuye como realizada o el goce, que va implícito así en el concepto, no
ciertamente, de un modo inmediato en el de la moralidad como intención, sino
solamente en el concepto de la realización de ella. Pero, de este modo, el goce
reside también en ella como intención; pues ésta tiende, no a mantenerse como
intención por oposición al obrar, sino a actuar o a realizarse. El fin,
enunciado como la totalidad con la conciencia de sus momentos, es, por,
consiguiente, el que el deber cumplido sea tanto acto puramente moral como
individualidad realizada realisiert y el que la naturaleza, como el lado de la
singularidad frente al fin abstracto, forme una unidad con éste. Por muy
necesaria que sea la experiencia de esta desarmonía entre ambos lados, porque la
naturaleza es libre, también el deber es exclusivamente lo esencial, y la
naturaleza, frente al deber, lo carente de sí mismo. Aquel fin entero que
constituye la armonía contiene en sí la realidad misma. Es, al mismo tiempo, el
pensamiento de la realidad. La armonía de la moralidad y la naturaleza, o, en
tanto que la naturaleza sólo es tomada en consideración en la medida en que la
conciencia experimenta su unidad con ella, la armonía de la moralidad y la dicha
es pensada como algo que necesariamente es o, en otros términos, es postulada.
En efecto, exigir expresa que algo es pensado como lo que es, que no es todavía
real; una necesidad, no del concepto como concepto, sino del ser. Pero la
necesidad es, al mismo tiempo, esencialmente, la relación por medio del
concepto. El ser exigido no pertenece, por tanto, a la representación de la
conciencia contingente, sino que reside en el concepto de la moralidad misma,
cuyo verdadero contenido es la unidad de la conciencia pura y de la conciencia
singular; esta segunda conciencia lleva consigo el que esta unidad sea para ella
como una realidad, que, lo que en el contenido del fin es dicha, sea en su forma
o en general. Este ser allí exigido o la unidad de ambos no es, por tanto, un
deseo o considerado como fin, no es un fin cuya consecución sea todavía
incierta, sino que es una exigencia de la razón o certeza inmediata y premisa de
la misma. Aquella primera experiencia y este postulado no es lo único, sino que
se descubre un ciclo entero de postulados. En efecto, la naturaleza no es
solamente este modo externo totalmente libre, en el cual la conciencia tendría
que realizar su fin como en un puro objeto. En ella misma, la conciencia es
esencialmente una conciencia tal, que para ella esto otro es una realidad libre,
es decir, ella misma es algo contingente y natural. Esta naturaleza, que es para
la conciencia la suya, es la sensibilidad, la cual tiene en la figura del
querer, como impulsos e inclinaciones, propia esencialidad determinada para sí o
fines singulares y, es por tanto, contrapuesta a la voluntad pura y a su puro
fin. Pero, frente a esta contraposición, para la conciencia pura la esencia es
más bien la relación de la sensibilidad con ella, la unidad absoluta de la
sensibilidad con ella misma. Ambas cosas, el puro pensamiento y la sensibilidad
de la conciencia, son en sí una conciencia y el puro pensamiento es precisamente
la conciencia para la que y en la que es esta unidad pura; pero para ella, como
conciencia, es la oposición entre sí misma y los impulsos. En esta pugna entre
la razón y la sensibilidad la esencia para aquélla consiste en que la pugna se
reduzca y surja como resultado la unidad de ambos términos, que no es aquella
unidad originaria en la que ambos son en un individuo, sino una unidad que brota
de la oposición sabida entre ambos. Esta unidad y solamente ella es la moralidad
real, pues en ella se contiene la oposición por medio de la cual el sí mismo es
conciencia o solamente es un sí mismo real y de hecho y, al mismo tiempo,
universal; o se expresa en ella aquella mediación que es, como vemos, esencial a
la moralidad. Puesto que, de ambos momentos de la oposición, la sensibilidad es
sencillamente el ser otro o lo negativo y, por el contrario, el puro pensamiento
del deber, la esencia de la que nada puede ser abandonado, parece que la unidad
que ha surgido sólo puede llevarse a cabo mediante la superación de la
sensibilidad. Pero, como ella más misma es un momento de este devenir, el
momento de la realidad, por lo pronto habrá que contentarse con respecto a la
unidad con decir que la sensibilidad es conforme a la moralidad. Esta unidad es
también un ser postulado, no existe, pues lo que existe es la conciencia o la
oposición de la sensibilidad y la conciencia pura. Pero tampoco es, al mismo
tiempo, un en sí como el primer postulado, en que la libre naturaleza constituye
un lado y la armonía de ella con la conciencia moral cae, por tanto, fuera de
ésta, sino que la naturaleza es, aquí, la que es en ella misma y de lo que aquí
se trata es de la moralidad como tal, de una armonía que es la propia del sí
mismo actuante; por tanto, la conciencia tiene que hacer brotar ella misma esta
armonía y hacer siempre progresos en la moralidad. Pero el perfeccionamiento de
esta armonía debe remitirse al infinito, pues si se alcanzara realmente
superaría la conciencia moral. En efecto, la moralidad sólo es conciencia moral
como la esencia negativa para cuyo puro deber la sensibilidad tiene solamente
una significación negativa y es solamente algo no conforme.
Pero en la armonía desaparece la moralidad como conciencia o su realidad, como
en la conciencia moral o en la realidad desaparece su armonía. Por eso la
perfección no puede alcanzarse realmente, sino que debe pensarse solamente como
una tarea absoluta, es decir, como una tarea que sigue siendo sencillamente eso,
una tarea. Pero, al mismo tiempo, sin embargo, su contenido debe pensarse como
un contenido que debe, sencillamente, ser y no quedarse en tarea; ya nos
representemos en esta meta la conciencia como totalmente superada, o no; cómo
ocurra realmente es cosa que no puede distinguirse ya claramente en la oscura
lejanía de la infinitud, hacia la que precisamente hay que desplazar la
consecución de la meta. Se deberá decir, propiamente, que la representación
determinada no tiene para qué interesar ni ser buscada, ya que esto conduce a
contradicciones -a una tarea que debe seguir siendo tarea y que debe, sin
embargo, ser cumplida, -a una moralidad que no debe ser ya conciencia, que no
debe ser ya real. Ahora bien, la consideración de que la moralidad acabada
encerraría una contradicción quebrantaría la santidad de la esencialidad moral y
haría aparecer el deber absoluto como algo irreal.
El primer postulado era la armonía de la moralidad y de la naturaleza objetiva,
el fin último del mundo; el otro la armonía de la moralidad y de la voluntad
sensible, el fin último de la autoconciencia como tal; el primero, por tanto, la
armonía en la forma del en sí, el otro en la forma del ser para sí. Pero lo que
como término medio une estos dos fines últimos extremos que son pensados, es el
movimiento del actuar real mismo. Dichos fines últimos son armonías cuyos
momentos no han devenido todavía objeto en su diferenciabilidad abstracta; eso
acaece en la realidad, en la que los lados aparecen en la conciencia propia,
cada uno como el otro de los otros. Los postulados que de este modo nacen como
antes contenían solamente las armonías que son separadas en sí y para sí, ahora
contienen armonías qué son en y para sí.
B) El legislador divino y la conciencia moral de sí imperfecta
La conciencia moral, como el simple saber y querer del puro deber es referida en
la acción al objeto contrapuesto a su simplicidad, con la realidad del caso
múltiple, y tiene así un múltiple comportamiento moral. Nacen aquí, con arreglo
al contenido, las muchas leyes en general y, con arreglo a la forma, las
potencias contradictorias de la conciencia que sabe y de lo carente de
conciencia. Por lo que se refiere en primer lugar a los muchos deberes, para la
conciencia moral en general sólo vale en ellos el deber puro; los muchos
deberes, por ser muchos, son determinados y, por tanto, como tales, nada sagrado
para la conciencia moral. Pero, al mismo tiempo, por medio del concepto de la
acción, que entraña en sí una múltiple realidad y, por tanto, una múltiple
relación moral, esos deberes tienen que ser necesariamente considerados como
deberes que son en y para sí. Y como, además, sólo pueden ser en una conciencia
moral son, al mismo tiempo, en otra que aquella para la que solamente el deber
puro, como puro, es en y para sí y sagrado.
Se postula, por tanto, el que sea otra conciencia que santifique esos deberes o
que los sepa y los quiera como deberes. La primera conciencia asume el deber
puro indiferente con respecto a todo contenido determinado, y el deber es
solamente esta indiferencia hacia el contenido. Pero la otra conciencia contiene
la relación igualmente esencial con respecto a la acción y hacia la necesidad
del contenido determinado; el valer los deberes como deberes determinados, el
contenido como tal es para ella tan esencial como la forma por medio de la cual
el contenido es deber. Esta conciencia es, con ello, una conciencia en la que lo
universal y lo particular forman sencillamente unidad y su concepto es, por
tanto, el mismo que el concepto de la armonía de la moralidad y la dicha. Pues
esta oposición expresa igualmente la separación de la conciencia moral igual a
sí misma con respecto a la realidad, que, como el ser múltiple, contradice a la
esencia simple del deber. Pero, si el primer postulado sólo expresa la armonía
que es de la moralidad y la naturaleza, porque la naturaleza es aquí esto
negativo de la autoconciencia, el momento del ser, ahora este en sí se pone, por
el contrario, esencialmente como conciencia. Pues lo que es tiene ahora la forma
del contenido del deber o, dicho de otro modo, es la determinabilidad en el
deber determinado. El en sí es, por tanto, la unidad de tales esencialidades
que, como esencialidades simples, son esencialidades del pensamiento y, por
tanto, sólo son en una conciencia. Esta es, por consiguiente, a partir de ahora,
un señor y dominador del mundo, que hace brotar la armonía de la moralidad y la
dicha y que, al mismo tiempo, santifica los deberes como muchos. Esto ultimo
significa que para la conciencia del deber puro el deber determinado no puede
ser inmediatamente sagrado; pero como, en virtud de la acción real, que es una
acción determinada, es asimismo necesario, su necesidad cae fuera de aquella
conciencia en otra, que es, así la mediadora del deber determinado y puro y el
fundamento por el cual tiene también validez.
Pero en la acción real la conciencia se comporta como este sí mismo, como una
conciencia totalmente singular, tiende hacia la realidad como tal y la tiene
como fin, pues quiere llevarla a cabo. El deber en general cae, pues, fuera de
ella, en otra esencia, que es conciencia y el sagrado legislador del puro deber.
Para el que actúa, precisamente porque actúa, vale de un modo inmediato lo otro
del puro deber; éste es, por tanto, contenido de otra conciencia y sólo un modo
mediato, a saber, en ésta, es sagrado para aquélla.
Establecido así que la validez del deber como de lo sagrado en para sí cae fuera
de la conciencia real, ésta queda de lado en general como la conciencia moral
imperfecta. Así como en cuanto a su saber se sabe como una conciencia cuyo saber
y cuya convicción son imperfectos y contingentes, así también en cuanto a su
querer sabe como una conciencia cuyos fines se ven afectados de sensibilidad.
Por tanto, en razón de su falta de dignidad, no puede considerar la dicha como
algo necesario, sino como algo contingente y esperarla solamente de la gracia.
Pero, aunque su realidad sea imperfecta, para su querer y su saber puro el deber
vale como la esencia; en el concepto, en tanto que es contrapuesto a la realidad
Realität, o en el pensamiento es, por tanto, perfecta. Pero la esencia absoluta
es precisamente este algo pensado y postulado más allá de la realidad; es, pues,
el pensamiento el cual el saber y el querer moralmente imperfectos valen como
perfectos y también, por tanto, al atribuirles importancia plena, distribuye la
dicha con arreglo a la dignidad, es decir, según el mérito que se le atribuye.
C) El mundo moral, como representación
La concepción del mundo es, aquí, acabada; en efecto, en el concepto de la
autoconciencia moral se ponen en una unidad los dos lados, el puro deber y la
realidad y, con ello, se ponen tanto uno como otro, no como lo que son en y para
sí, sino como momentos o como superados. Y esto deviene para la conciencia en la
parte final de la concepción moral del mundo; o sea que la conciencia pone el
deber puro en una esencia distinta de la que ella misma es, es decir, lo pone,
en parte, como un representado y, en parte, como aquello que no es lo que vale
en y para sí, sino que lo no moral vale más bien como lo perfecto. Y, del mismo
modo, la conciencia se pone a sí misma como una conciencia cuya realidad,
inadecuada a la del deber, es superada y, como superada o en la representación
de la esencia absoluta, no contradice ya a la moralidad.
Sin embargo, para la conciencia moral misma su concepción moral del mundo no
tiene la significación de que desarrolle en ella su propio concepto y lo
convierta en objeto suyo; no tiene conciencia ni de esta oposición en cuanto a
la forma ni tampoco de la oposición en cuanto al contenido, cuyas partes no
relaciona y compara entre sí, sino que avanza en su desarrollo, sin ser el
concepto que mantiene unidos a los momentos. La conciencia moral, en efecto,
sabe solamente la pura esencia o el objeto, en tanto que es deber, en tanto que
es objeto abstracto de su pura conciencia, como puro saber o como sí mismo. Se
comporta, pues, solamente como pensamiento, no como concepto. De ahí que el
objeto de su conciencia real no sea todavía translúcido para ella; esta
conciencia no es todavía el concepto absoluto, el único que capta el ser otro
como tal o que capta su contrario absoluto como sí mismo. Su propia realidad, lo
mismo que toda realidad objetiva, vale para ella, ciertamente, como lo no
esencial; pero su libertad es la libertad del puro pensamiento, frente a la
cual, por tanto, surge al mismo tiempo la naturaleza como un algo igualmente
libre. Como en la conciencia moral se dan del mismo modo ambas cosas, la
libertad del ser y la inclusión de éste en la conciencia, su objeto deviene como
un objeto que es y que, al mismo tiempo, sólo es pensado; en la última parte de
su intuición, el contenido se pone esencialmente de tal modo que su ser es un
ser representado, y esta conexión del ser y el pensamiento es, enunciada como lo
que de hecho es, como el representar.
Puesto que nosotros consideramos la concepción moral del mundo de tal manera que
este modo objetivo no es otra cosa que el concepto de la autoconciencia moral
misma, que esta conciencia se hace objetiva, de esta conciencia acerca de la
forma de su origen resulta otra figura de su presentación. En efecto, lo primero
de que se parte es la autoconciencia moral real o el hecho de que hay una
conciencia así. Pues el concepto la pone en la determinación de que para ella
toda realidad en general sólo tiene esencia en la medida en que es conforme al
deber, y el concepto pone esta esencia como saber, es decir, la pone en unidad
inmediata con el sí mismo real; esta unidad es, por tanto, ella misma real, es
una conciencia moral real. Ahora bien, ésta, en tanto que conciencia, se
representa su contenido como objeto, a saber, como fin último del mundo, como
armonía de la moralidad y de toda realidad. Pero, mientras dicha conciencia
representa a esta unidad como objeto y no es todavía el concepto que tiene el
poder sobre el objeto como tal, la unidad es para ella algo negativo de la
autoconciencia o cae fuera de ella como un más allá de su realidad, pero, al
mismo tiempo, como un más allá que es también como lo que es, pero solamente
pensado.
Lo que de este modo le resta a ella, que como autoconciencia es un otro que el
objeto, es la no armonía de la conciencia del deber y la realidad, y
precisamente de su propia realidad. La proposición, según esto, puede
formularse, pues, así: no hay ninguna autoconciencia real moralmente perfecta;
y, como lo moral, en general, sólo es en tanto que es perfecto, pues el deber es
el puro en sí sin mezcla alguna y la moralidad consiste solamente en la
adecuación a este algo puro, entonces la segunda proposición significa en
general que no hay ninguna realidad moral.
Pero puesto que, en tercer lugar, ella es un sí mismo, tenemos que es en sí la
unidad del deber y la realidad; esta unidad se convierte para ella, por tanto,
en objeto, como la moralidad perfecta -pero como un más allá de su realidad.-
que, sin embargo, debe ser real. En esta meta de la unidad sintética de las dos
primeras proposiciones tanto la realidad autoconsciente como el deber son
puestos solamente como momento superado; en efecto, ninguno de los dos es
singular, pero ambos, cuya determinación esencial es ser cada uno libre del
otro, no son ya libres del otro en la unidad, sino cada uno superado, por lo
cual son, en cuanto al contenido, cada uno de ellos, un objeto que sólo vale
para el otro y, en cuanto a la forma, de tal modo que este intercambio entre
ellos es, al mismo tiempo, solamente representado. O, lo realmente no moral, por
ser asimismo puro pensar y elevado por sobre su realidad, es en la
representación, a pesar de todo, moral y es tomado como plenamente válido. Se
establece así la primera proposición, según la cual hay una autoconciencia
moral, pero ligada con la segunda, según la cual no hay ninguna, es decir, hay
una, pero solamente en la representación; o bien no hay ninguna, pero se hace
valer como tal por otra.
LA DEFORMACIÓN
En la concepción moral del mundo vemos, de una parte, a la conciencia misma
crear conscientemente su objeto; no la vemos ni encontrarse con el objeto como
con un extraño ni vemos tampoco al objeto devenir o no consciente para ella,
sino que la conciencia procede en todas partes con arreglo a un fundamento
partiendo del cual pone la esencia objetiva: sabe, pues, la esencia como sí
misma, pues se sabe como lo activo que la engendra. Parece, por tanto, llegar
aquí a su quietud y satisfacción, ya que sólo puede encontrar ésta allí donde no
necesita ir más allá de su objeto, ya que éste no va más allá de ella. Sin
embargo, por otra parte, pone el objeto más bien fuera de sí, como un más allá
de sí. Pero éste que es en y para sí se pone asimismo como tal que no es libre
de la autoconciencia, sino que es en función de ella y por medio de ella.
A) Las contradicciones en la concepción moral del mundo
La concepción moral del mundo no es, por tanto, de hecho, otra cosa que el
desarrollo total de esta contradicción fundamental con arreglo a sus diversos
lados; es, para emplear una expresión kantiana aquí donde mejor cuadra, toda una
trama de contradicciones carentes de pensamiento. En este desarrollo, la
conciencia se comporta de tal modo que, fijando un momento, pasa inmediatamente
al otro y supera el primero; pero apenas ha establecido este segundo lo deforma
de nuevo y convierte más bien lo contrario en la esencia. Y, al mismo tiempo, la
conciencia es consciente también de su contradicción y deformación, pues pasa de
un momento inmediatamente en relación con este mismo al contrapuesto; porque un
momento no tiene realidad alguna para ella, pone precisamente este momento como
real-real o, lo que es lo mismo, para afirmar un momento como lo que es en sí,
afirma lo contrapuesto a lo que es en sí. Con lo cual confiesa que, de hecho, no
toma en serio ninguno de los dos. Es lo que tenemos que examinar más de cerca en
los momentos de este movimiento aturdidor.
Dejemos, por el momento, estar la premisa de que hay una conciencia moral real,
ya que esta premisa no se establece directamente en relación con algo
precedente, y fijémonos en la armonía entre la moralidad y la naturaleza, en el
primer postulado. Esta armonía debe ser en sí, no para la conciencia real, no
como algo presente, sino que la presencia es más bien solamente la contradicción
entre ambos. En la presencia, la moralidad se admite como dada, y la realidad se
establece de tal modo que no se halla en armonía con ella. Pero la conciencia
moral real es una conciencia actuante; en ello consiste precisamente la realidad
de su moralidad. Pero en la acción misma se deforma inmediatamente aquella
posición; pues la acción no es otra cosa que la realización del fin moral
interior, no es otra cosa que el hacer surgir una realidad determinada por el
fin o la armonía del fin moral y de la realidad misma. Al mismo tiempo, el
cumplimiento de la acción es para la conciencia, es la presencia de esta unidad
de la realidad y del fin; y, como en la acción cumplida la conciencia se realiza
como esta conciencia singular o intuye la existencia como retornada a ella y el
goce consiste en esto, tenemos que en la realidad del fin moral se contiene
también, al mismo tiempo, aquella forma de ella que se llama goce y dicha. Por
tanto, la acción cumple, de hecho, inmediatamente aquello que se establecía para
que no llegara a tener efecto y que debía ser solamente un postulado, solamente
un más allá. La conciencia, por tanto, expresa por medio del hecho, que no toma
en serio el postular, ya que el sentido de la acción consiste más bien en hacer
presente lo que no debe ser presencia. Y, puesto que en función al actuar se
postula la armonía -pues, en efecto, lo que ha de llegar a ser real por medio de
la acción tiene que ser en sí, ya que de otro modo no sería posible la
realidad-, la conexión entre la acción y el postulado se halla constituida de
tal modo, que por razón de la acción, es decir, de la real armonía del fin y de
la realidad, esta armonía es puesta como no real, como más allá. Al actuar, no
se toma, pues, en serio, en general, la inadecuación entre el fin y la realidad;
por el contrario, parece tomarse en serio el actuar mismo. Pero, de hecho, la
acción real es solamente acción de la conciencia singular y, por tanto, a su
vez, solamente algo singular y la obra contingente. Pero el fin de la razón como
el fin universal y que todo lo abarca es nada menos que el mundo todo; un fin
último que va mucho más allá del contenido de este acto singular y que, por
tanto, debe colocarse más allá de toda acción real. Como debe llegar a
realizarse lo mejor universal, no se hace nada bueno. Pero, de hecho, la nulidad
de la acción real y la realidad Realität solamente del fin total, las cuales se
establecen ahora, vuelven a deformarse también en todos sus lados. La acción
moral no es algo contingente y limitado, pues tiene como su esencia el deber
puro; este deber constituye el único fin total; y, por tanto, la acción, como
realización de él, es, aun admitiendo cualquier otra limitación del contenido,
el cumplimiento del fin total absoluto. O bien, si de nuevo tomamos la realidad
como naturaleza que tiene sus propias leyes y se contrapone al deber puro, de
tal modo, por tanto, que el deber no puede realizar realisieren en ella su ley,
tenemos que, siendo el deber como tal la esencia, no se trata, de hecho, del
cumplimiento del deber puro, que es el fin total; pues el cumplimiento tendría
más bien como fin, no el deber puro, sino lo contrapuesto a él, la realidad.
Pero el que no se trate de la realidad es ya de nuevo una deformación; pues con
arreglo al concepto de la acción moral es el puro deber esencialmente conciencia
activa; por tanto, se debe, evidentemente, actuar, el deber absoluto debe
expresarse en la naturaleza toda y la ley moral convertirse en ley natural.
Si, pues, dejamos que este bien supremo valga como la esencia, la conciencia no
toma en serio, en general, la moralidad. Pues en este supremo bien no tiene la
naturaleza otra ley que la moralidad. Con lo cual desaparece la acción moral
misma, pues la acción es solamente bajo la premisa de algo negativo, que ha de
ser superado por la acción. Pero si la naturaleza se halla en consonancia con la
ley ética, ésta se vería infringida por la acción, por la superación de lo que
es. Por tanto, en aquel supuesto se admite como el estado esencial un estado en
que la acción moral es superflua y no se produce en modo alguno. El postulado de
la armonía de la moralidad y la realidad -una armonía puesta por el concepto de
la acción moral de ponerlas a ambas en consonancia- se expresa, por tanto,
también desde este lado: puesto que la acción moral es el fin absoluto, resulta
que el fin absoluto es que la acción moral no se dé para nada.
Si ponemos en relación estos momentos a través de los cuales la conciencia se
desplaza hacia adelante en su representación moral, se ve claramente que la
conciencia supera cada uno de ellos y lo convierte en su contrario. La
conciencia parte de que para ella la moralidad y la realidad no armonizan, pero
no toma esto, en serio, pues es en la acción donde para ella está presente esta
armonía. Pero para ella tampoco es tomada en serio esta acción, ya que se trata
de algo singular, mientras que ella tiene un fin tan elevado, que es el bien
supremo. Pero esto es, a su vez, solamente una deformación de la cosa, puesto
que en ello desaparecerían toda acción y toda moralidad. O bien la conciencia no
toma propiamente en serio la actuación moral, sino que lo más apetecible, lo
absoluto, es que el supremo bien se lleve a cabo y que la acción moral resulte
superflua.
B) La disolución de la moralidad en su contrario
Partiendo de este resultado, debe la conciencia, en su movimiento
contradictorio, seguirse desplazando hacia adelante y volver a deformar
necesariamente la superación de la acción moral. La moralidad es el en sí; el
que tenga lugar implica que el fin último del mundo no necesita realizarse, sino
que la conciencia moral tiene que ser necesariamente para sí y encontrarse con
una naturaleza contrapuesta a ella. Pero la conciencia moral debe cumplirse en
ella misma. Esto conduce al segundo postulado de la armonía entre ella y la
naturaleza, que se da de un modo inmediato en ella, al postulado de la
sensibilidad. La autoconciencia moral establece su fin como puro, como
independiente de impulsos e inclinaciones, de tal modo que ha cancelado en sí
los fines de la sensibilidad. Sin embargo, la conciencia moral de sí deforma de
nuevo esta establecida superación de la esencia sensible. Actúa, realiza su fin,
y la sensibilidad autoconsciente que se debe superar es precisamente este
término medio entre la conciencia pura y la realidad -es el instrumento de la
primera para su realización o el órgano y lo que se llama el impulso o la
inclinación. No se toma, pues, en serio la superación de las inclinaciones y los
impulsos, pues precisamente ellos son la autoconciencia que se realiza. Pero
tampoco deben ser reprimidos, sino ser solamente conformes a la razón. Y son
conformes a ella, pues la acción moral no es otra cosa que la conciencia que se
realiza y que asume, por tanto, la figura de un impulso; es decir, es de un modo
inmediato la armonía presente entre el impulso y la moralidad. Pero, de hecho,
el impulso no es solamente esta figura vacía que pueda llevar en sí un resorte
distinto de lo que el impulso mismo es y que pueda ser acicateada por él.
Pues esta sensibilidad es una naturaleza que tiene en sí misma sus propias leyes
y sus propios resortes; por tanto, la moralidad no puede tomar en serio el ser
el resorte de los impulsos, el ángulo de inclinación de las inclinaciones. En
efecto, puesto que éstas tienen su propia y fija determinabilidad y su contenido
propio y peculiar, la conciencia a la que debieran ser conformes debiera ser una
conciencia conforme a ellos, conformidad que la autoconciencia moral se veda. La
armonía de ambos términos, por tanto, sólo es en sí y postulada. En la acción
moral acababa de establecerse la armonía presente de la moralidad y de la
sensibilidad, pero esto es ahora deformado; se halla más allá de la conciencia,
en una brumosa lejanía en la que ya no es posible diferenciar ni concebir nada
preciso; pues la concepción de esta unidad que hace poco intentábamos no ha dado
resultado. Pero en este en sí se abandona en general la conciencia. Este en sí
es su perfección moral, en la que ha cesado la lucha entre la moralidad y la
sensibilidad y la segunda es conforme a la primera de un modo que no es posible
captar. De ahí que esta perfección sea, a su vez, solamente una deformación de
la cosa, pues de hecho se superaría en ella más bien la moralidad misma, pues
dicha perfección es solamente conciencia del fin absoluto como del fin puro, es
decir, en oposición con todos los demás fines; es, asimismo, la actividad de
este fin puro, consciente como es de la elevación sobre la sensibilidad, de la
ingerencia de la misma y de su oposición y lucha con ella.
Que no toma en serio la perfección moral lo expresa de un modo inmediato la
conciencia misma al desplazarla hacia el infinito, es decir, al no afirmarla
nunca como perfecta.
Lo válido para la conciencia es más bien, por tanto, solamente este estado
intermedio de la no perfección, estado que debe ser, sin embargo, por lo menos,
un progreso hacia la perfección. Sin embargo, tampoco puede ser esto, pues el
progresar en la moralidad sería más bien un encaminarse hacia la decadencia de
ella. La meta sería, pues, la nada antes vista o la superación de la moralidad y
de la conciencia misma; ahora bien, el acercarse cada vez más a la nada se llama
decrecer. Además, lo mismo el progresar en general que el decrecer admitiría
diferencias de magnitud en la moralidad; sin embargo, en ella no puede hablarse
de estas diferencias. En ella, como en la conciencia para la que el fin moral es
el deber puro, no se debe pensar en una diversidad en general, y menos aun en la
diversidad superficial de la magnitud; sólo hay una virtud, un deber puro y una
moralidad. Así, pues, no siendo lo importante la perfección moral, sino más bien
el estado intermedio, es decir, según acabamos de exponer, la no moralidad,
retornamos por otro lado al contenido del primer postulado. No se ve, en efecto,
cómo para esta conciencia moral pueda requerirse la dicha en gracia a su
dignidad. La conciencia es consciente de su no perfección y no puede, por tanto,
de hecho, exigir la dicha como mérito, como algo de que ella sea digna, sino
solamente por libre gracia, es decir, puede exigir la dicha como tal en y para
sí, y no por aquel fundamento absoluto, sino por accidente y arbitrariedad. La
no moralidad expresa precisamente aquí lo que es, que de lo que se trata para
ella no es de la moralidad, sino de la dicha en y para sí, sin relación alguna
con aquella.
Con este segundo lado de la concepción moral del mundo se supera también,
además, la otra afirmación del primero, en la que se presupone la desarmonía de
la moralidad y la dicha. Se hace, en efecto, la experiencia de que en esta
presencia a la moralidad le va generalmente mal, mientras que la inmoralidad
encuentra frecuentemente la dicha. Sin embargo, el estado intermedio de la
moralidad imperfecta, que se ha revelado como lo esencial, muestra de modo
explícito que esta percepción y experiencia que debe ser es solamente una
deformación de la cosa. Pues, siendo la moralidad imperfecta, es decir, no
siendo de hecho la moralidad, qué puede darse en la experiencia según la cual le
va mal? Y, como quiera que ha resultado al mismo tiempo que se trata de la dicha
en y para sí, tenemos que en el juicio según el cual a lo inmoral le va bien no
se quiere decir que aquí tenga lugar una injusticia. Puesto que la moralidad
en general es imperfecta, tiende en sí a desaparecer la designación de un
individuo como inmoral, pues sólo tiene, por tanto, un fundamento arbitrario. De
ahí que el sentido y el contenido del juicio de la experiencia sea solamente que
a algunos no debería corresponder la dicha en y para sí, lo que vale tanto como
decir que se trata de la envidia que se encubre bajo el manto de la moralidad. Y
el fundamento por virtud del cual otros deben participar de la llamada dicha es
la buena amistad que a ellos y a sí misma confiere y desea esta gracia, es
decir, esta contingencia.
C) La verdad de la autoconciencia moral
Por tanto, la moralidad, en la conciencia moral, es imperfecta; esto es lo que
ahora se establece. Pero la esencia de la moralidad es ser solamente lo puro
perfecto; la moralidad imperfecta es, por tanto, impura o es inmoralidad. La
moralidad misma es, pues, en otra esencia que en la conciencia real; esta
esencia es un sagrado legislador moral. La moralidad imperfecta en la
conciencia, que es el fundamento de este postular, tiene ante todo la
significación de que la moralidad, que en la conciencia se pone como real, se
halla en relación con un otro, con una existencia y, por tanto, cobra ella misma
en sí el ser otro o la diferencia, de donde nace una múltiple diversidad de
mandamientos morales. Pero la autoconciencia moral considera, al mismo tiempo,
estos muchos deberes como inesenciales, pues sólo se trata de un deber puro y
para ella aquellos deberes, en cuanto son determinados, no tienen verdad alguna.
Sólo pueden, por tanto, tener su verdad en un otro y son, lo que no son para la
autoconciencia moral, sagrados por medio de un sagrado legislador. Sin embargo,
esto sólo es por sí mismo, a su vez, una deformación de la cosa. Pues la
autoconciencia moral es ella lo absoluto y el deber simple y exclusivamente lo
que ella sabe como deber. Y sólo sabe como deber el deber puro; lo que para ella
no es sagrado no es sagrado en sí, y lo que no es sagrado en sí no puede ser
santificado por la sagrada esencia. Por eso la conciencia moral no puede tomar
en serio como sagrado algo por medio de otra conciencia que no sea ella misma,
pues para ella sólo es sagrado simplemente lo que se hace sagrado por ella misma
y en ella. Por tanto, es igualmente poco serio el decir que esta otra esencia
sea una esencia sagrada, porque en ella debe llegar a la esencialidad lo que
para la conciencia moral, es decir, en sí no tiene esencialidad alguna.
Si la esencia sagrada fuera postulada de tal modo que en ella el deber tuviese
su validez, no como deber puro, sino como una pluralidad de determinados
deberes, es necesario deformar de nuevo esto y hacer que la otra esencia sólo
sea sagrada en la medida en que en ella tiene validez solamente el deber puro. Y
el deber puro sólo tiene, de hecho, validez en otra esencia, no en la conciencia
moral. Si bien en ésta parece valer solamente la moralidad pura, ésta tiene que
ser puesta de otro modo, ya que es al mismo tiempo conciencia natural. La
moralidad se halla afectada y condicionada en ella por la sensibilidad y, por
tanto, no en y para sí, sino como una contingencia del libre querer; pero en él,
como puro querer, es una contingencia del saber; en y para sí es la moralidad,
por tanto, en otra esencia.
Esta esencia es aquí, por tanto, la moralidad puramente perfecta, ya que en tal
esencia la moralidad no se halla en relación con la naturaleza ni con la
sensibilidad. Solamente la realidad Realität} del puro deber es su realización
en la naturaleza y en la sensibilidad. La conciencia moral pone su imperfección
en que en ella la moralidad tiene una relación positiva con la naturaleza y con
la sensibilidad, puesto que para la conciencia moral es momento esencial de la
moralidad el que ésta, sin más, tenga hacia la naturaleza y la sensibilidad
solamente una relación negativa. Por el contrario, la pura esencia moral,
manteniéndose por encima de la lucha con la naturaleza y con la sensibilidad, no
se halla en una relación negativa con respecto a éstas. Sólo le queda, por
tanto, en efecto, la relación positiva hacia ellas o, dicho en otras palabras,
precisamente lo que hace un momento valía como lo imperfecto y lo inmoral. Pero
la moralidad pura, totalmente separada de la realidad, de tal modo que no tenga
con ésta ninguna relación positiva, sería una abstracción no consciente e
irreal, en la que se superaría sencillamente el concepto de la moralidad de ser
el pensamiento del deber puro y un querer y un obrar. Esta esencia tan puramente
moral es, por tanto, a su vez, otra deformación de la cosa y debe rechazarse.
Pero en esta esencia puramente moral se acercan los momentos de la contradicción
en que esta representación sintética se mueve y agita y los también
contrapuestos, que ella, sin conexionar estos pensamientos, los hace seguir el
uno al otro, haciendo que un contrario sustituya siempre al otro, hasta el punto
de que la conciencia debe aquí abandonar su concepción moral del mundo y
replegarse sobre sí misma.
La conciencia moral conoce, por ello, su moralidad como no perfecta, por cuanto
afectada de una sensibilidad y una naturaleza contrapuestas a la moralidad; y
esta naturaleza, por una parte, enturbia la moralidad misma como tal, mientras
que, por otra parte, hace que, de este modo, surja una multitud de deberes con
respecto a los cuales, en el caso concreto de la acción real, la conciencia cae
en la perplejidad; todo caso es, en efecto, la concreción de muchas relaciones
morales, a la manera como un objeto de la percepción en general es una cosa con
muchas propiedades; y, puesto que el fin es el deber determinado, esto tiene un
contenido y su contenido es una parte del fin, y la moralidad no es pura. De
este modo, la moralidad tiene su realidad Realität en otra esencia. Pero esta
realidad no significa otra cosa sino que aquí la moralidad es en sí y para sí;
para sí, es decir, que es moralidad de una conciencia; en sí, es decir, que
tiene existencia y realidad. En aquella primera conciencia imperfecta, la
moralidad no se ha llevado a cabo; es aquí el en sí, en el sentido de una cosa
de pensamiento; se halla asociada con la naturaleza y la sensibilidad, con la
realidad del ser y de la conciencia, que constituye su contenido, y naturaleza y
sensibilidad es lo moralmente nulo. En la segunda la moralidad se halla presente
como perfecta y no como una cosa de pensamiento no llevada a cabo. Pero esta
perfección consiste precisamente en que la moralidad tiene en una conciencia
realidad y, además, realidad libre, tiene existencia en general, no lo vacío,
sino lo cumplido, lo pleno de contenido; es decir, la perfección de la moralidad
se pone en que lo que acaba de determinarse como lo moralmente nulo se da en
ella y dentro de ella. Debe, una vez, valer simplemente como una cosa de
pensamiento irreal, como una abstracción pura, pero también, al mismo tiempo, no
tener de este modo validez alguna; su verdad debe consistir en ser contrapuesta
a la realidad, en hallarse completamente libre y vacía de ella y en ser de
nuevo, así, realidad.
El sincretismo de estas contradicciones, analizado en la concepción moral del
mundo, se derrumba en sí mismo por cuanto que la diferencia sobre la que
descansa, la diferencia con respecto a la cual debería devenir pensado y puesto
necesariamente algo que sería sin embargo al mismo tiempo no esencial deviene
una diferencia que no radica ya ni siquiera en las palabras. Lo que al final se
pone como algo diverso, tanto como lo nulo cuanto como lo real, es un único y
mismo elemento, la existencia y la realidad; y lo que de un modo absoluto debe
ser solamente como el más allá del ser y de la conciencia reales y asimismo
solamente en ella y que, como un más allá, debe ser solamente lo nulo, es el
deber puro y el saber del mismo como de la esencia. La conciencia, que hace esta
diferencia que no es diferencia alguna, la realidad para lo nulo y lo real al
mismo tiempo, la pura moralidad para enunciar al mismo tiempo para la verdadera
esencia y para lo carente de esencia, expresa juntos los pensamientos que antes
separaba, expresa ella misma el no tener en cuenta para nada tal determinación
ni tal separación de los momentos del sí mismo y del en sí; expresa más bien que
mantiene encerrado en el sí mismo de la autoconciencia lo que enuncia como lo
que es absolutamente fuera de la conciencia, y que lo que ella expresa como lo
absolutamente pensado o como lo absoluto en sí, es lo mismo que ella toma,
precisamente por esto, como algo que no tiene verdad. Deviene para la conciencia
que la separación de estos momentos es una deformación, y sería una hipocresía
si se atuviese a ella. Pero, como pura autoconciencia moral, huye con horror,
para replegarse en sí misma, de esta desigualdad de su representar con lo que es
su esencia, de esta no verdad que enuncia como verdadero lo que para ella es no
verdadero. Es una buena conciencia pura que rehúye semejante representación
moral del mundo; es en sí misma el espíritu simple, cierto de sí, que sin la
mediación de aquellas representaciones actúa de un modo inmediatamente
escrupuloso y tiene en esta inmediatez su verdad. Pero, si este mundo de la
deformación no es otra cosa que el desarrollo de la autoconciencia moral en sus
momentos y, con ello, su realidad Realität, con arreglo a su esencia no se
convertirá en nada diverso con su retorno a sí mismo; su retorno a sí será más
bien solamente la alcanzada conciencia de que su verdad es una verdad simulada.
La autoconciencia moral deberá hacerla pasar, siempre, por su verdad, ya que
tendrá que expresarse y presentarse como representación objetiva; pero sabrá que
esto es solamente una deformación; será, por tanto, en efecto, una hipocresía, y
aquel rehuir dicha deformación constituirá ya la primera manifestación de la
hipocresía.
LA BUENA CONCIENCIA, EL ALMA BELLA, EL MAL Y SU PERDÓN
La antinomia de la concepción moral del mundo de que hay una conciencia moral y
no hay ninguna, o de que la vigencia del deber es un más allá de la conciencia
y, por el contrario, sólo se da en ella, esta antinomia, se resumía en la
representación en la que la conciencia no moral valía como moral, su saber
contingente y querer se aceptaban como plenamente válidos y la dicha se le
concedía por un acto de gracia. Esta representación contradictoria consigo misma
no era asumida sobre sí por la autoconciencia moral, sino que la desplazaba a
otra esencia diversa de ella. Pero este desplazamiento fuera de sí misma de lo
que tiene que pensar como necesario es la contradicción con arreglo a la forma,
lo mismo que aquello es la contradicción con arreglo al contenido. Pero, como,
en sí, precisamente aquello que se manifiesta como contradictorio y en cuya
separación y constante disolución se mueve la concepción moral del mundo es una
y la misma cosa, a saber, el puro deber como el puro saber no es otra cosa que
el sí mismo de la conciencia y el sí mismo de la conciencia el ser y la
realidad, del mismo modo que, a su vez, lo que debe ser más allá de la
conciencia real no es otra cosa que el puro pensamiento y, por tanto, de hecho,
el sí mismo, para nosotros o en sí la autoconciencia retorna a sí misma y sabe
como sí misma aquella esencia en la que lo real es al mismo tiempo puro saber y
puro deber. Ella misma es para sí lo plenamente válido en su contingencia, lo
que sabe su singularidad inmediata como el puro saber y actuar, como la
verdadera realidad y armonía.
A) La buena conciencia, como libertad del sí dentro de sí mismo
Este sí mismo de la buena conciencia, el espíritu inmediatamente cierto de sí
como de la verdad absoluta y del ser, es el tercer sí mismo que deviene para
nosotros desde el tercer mundo del espíritu y que hay que confrontar brevemente
con los anteriores. La totalidad o la realidad que se presenta como la verdad
del mundo ético es el sí mismo de la persona; su existencia es el ser
reconocido. Como la persona es el sí mismo vacío de sustancia, esta su
existencia es asimismo la realidad abstracta; la persona vale, y vale
precisamente de un modo inmediato; el sí mismo es el punto que descansa
inmediatamente sobre el elemento de su ser; es sin la separación de su
universalidad y ambos, por tanto, no se hallan en movimiento y en relación entre
sí; lo universal es sin diferenciación en él y no es el contenido del sí mismo
ni el sí mismo es cumplido tampoco por sí mismo. El segundo sí mismo es el mundo
de la cultura que ha llegado a su verdad a el espíritu de la escisión restituido
a sí mismo -la libertad absoluta. En este sí mismo se desdobla aquella primera
unidad inmediata de la singularidad y la universalidad; lo universal, que
permanece asimismo como esencia puramente espiritual, ser reconocido o querer
universal y saber, es objeto y contenido del sí mismo y su realidad universal.
Pero no tiene la forma de la existencia libre del sí mismo; en este sí mismo no
adquiere, por tanto, ningún cumplimiento, ningún contenido positivo, ningún
mundo. Es cierto que la autoconciencia moral deja libre a su universalidad, de
tal modo que ésta deviene una naturaleza propia, y asimismo la retiene en sí
como superada. Pero solamente es el juego deformador del cambio alterno de estas
dos determinaciones. Sólo como buena conciencia tiene en su certeza de sí misma
el contenido para el deber antes vacío, así como para el derecho vacío y para el
vacío querer universal; y porque esta certeza de sí misma es también lo
inmediato, la existencia misma.
a) La buena conciencia, como la realidad del deber
Al llegar a esta su verdad, la autoconciencia moral abandona, pues, o más bien
supera en sí misma la separación de que ha brotado la deformación, la separación
del en sí y del sí mismo, del puro deber como del puro fin y de la realidad como
una naturaleza y una sensibilidad contrapuestas al fin puro. Retornando de este
modo a sí misma, la autoconciencia moral es espíritu moral concreto que no se da
en la conciencia del puro deber una pauta vacua contrapuesta a la conciencia
real; sino que el puro deber, al igual que la naturaleza contrapuesta a él, son
momentos superados; el espíritu moral es, en unidad inmediata, esencia moral que
se realiza, y la acción figura moral inmediatamente concreta.
Sea un caso de acción dado; este caso es una realidad objetiva para la
conciencia que sabe. Ésta, como buena conciencia, lo sabe de un modo concreto
inmediato, y el caso es, al mismo tiempo, solamente como ella lo sabe.
Contingente es el saber en la medida en que es otro que el objeto; pero el
espíritu cierto de sí mismo no es ya un tal saber contingente y una creación de
pensamientos en sí, de los que sería distinta la realidad, sino que, al ser
superada la separación del en sí y del sí mismo, el caso es inmediatamente en la
certeza sensible del saber como es en sí y es en sí solamente como es en este
saber. El actuar como la realización es, de este modo, la pura forma del querer;
es la mera inversión de la realidad, como un caso que es, en una realidad hecha,
el mero modo del saber objetivo en el modo del saber de la realidad como
producido por la conciencia. Así como la certeza sensible es acogida de un modo
inmediato en el en sí del espíritu o más bien es invertida en él, así también
esta inversión es simple y sin mediación alguna, una transición por medio del
puro concepto sin alteración del contenido o determinada por el interés de la
conciencia que sabe de él. Además, la buena conciencia no desglosa las
circunstancias del caso en diferentes deberes. No se comporta como un médium
positivo universal en el que los muchos deberes, cada uno de por sí, adquiere en
una inconmovible sustancialidad, de tal modo que o bien no se podría en modo
alguno actuar, porque cada caso concreto sería la contraposición en general y,
como caso moral, contendría la contraposición de los deberes y, por tanto, en la
determinación de la acción, infringiría siempre un lado, un deber; o bien, si se
actuase, se produciría realmente la transgresión de uno de los deberes
contrapuestos. La buena conciencia es más bien lo uno negativo o el sí mismo
absoluto, que cancela estas diferentes sustancias morales; es simple actuación
conforme al deber, que no cumple este o aquel deber, sino que sabe y hace lo
concretamente justo. Es, por tanto, en general, la actuación moral como
actuación, a que ha pasado la precedente conciencia inactiva de la moralidad. La
figura concreta del acto puede sen analizada por la conciencia que diferencia en
diversas propiedades, es decir, en diversas relaciones morales, y éstas podrán
ser consideradas absolutamente válidas cada una de por sí, tal como debe ser, si
debe llegar a ser deber, o también comparadas y examinadas. En la simple acción
moral de la buena conciencia, los deberes aparecen tan entremezclados, que hay
que romper de un modo inmediato con todas estas esencias singulares, y en la
inconmovible certeza de la buena conciencia ya no queda margen para agitar
escrutadoramente el deber.
Y tampoco se da en la buena conciencia la oscilante incertidumbre de la
conciencia, que tan pronto pone la llamada moralidad pura fuera de sí en otra
esencia sagrada, teniendo ella misma el valor de lo no sagrado, como, por el
contrario, pone en sí misma la pureza moral, y en la otra esencia la
articulación de lo sensible con lo moral.
La buena conciencia renuncia a todas estas posiciones y deformaciones de la
concepción moral del mundo, al renunciar a la conciencia que capta como
contradictorios el deber y la realidad. Con arreglo a la conciencia, actúo
moralmente cuando soy consciente de cumplir solamente el puro deber y no
cualquiera otra cosa; es decir, de hecho, cuando no actúo. Pero, cuando
realmente actúo, tengo conciencia de otro, de una realidad dada y de una
realidad que yo quiero producir, tengo un determinado fin y cumplo un
determinado deber; hay en ello algo distinto del puro deber que es lo único que
debiera perseguirse. La buena conciencia es, por el contrario, la conciencia de
que si la conciencia moral enuncia el puro deber como la esencia de su acción,
este puro fin es una deformación de la cosa; pues la cosa misma es que el puro
deber consista en la abstracción vacía del puro pensamiento y tenga su realidad
Realität y contenido solamente en una determinada realidad, realidad que es una
realidad de la conciencia misma, y de ésta, no como una cosa del pensamiento,
sino como de algo singular. La buena conciencia tiene para sí misma su verdad en
la inmediata certeza de sí misma. Esta certeza concreta inmediata de sí misma es
la esencia; considerada con arreglo a la oposición de la conciencia, es la
propia singularidad inmediata el contenido de la acción moral; y la forma de
este contenido es precisamente este sí mismo como puro movimiento, es decir,
como el saber o como la propia convicción.
Considerado esto más de cerca en su unidad y en la significación de los
momentos, la conciencia moral se captaba solamente como el en sí o la esencia;
pero, como buena conciencia, capta su ser para sí o su sí mismo. La
contradicción de la concepción moral del mundo se disuelve, es decir, la
diferencia que le sirve de base no muestra ser diferencia alguna y desemboca en
la pura negatividad; pero ésta es precisamente el sí mismo; un simple sí mismo
que es tanto puro saber como saber de sí como de esta conciencia singular. Este
sí mismo constituye, por tanto, el contenido de la esencia antes vacía, pues es
el sí mismo real, que no tiene ya la significación de ser una naturaleza
independiente en sus propias leyes extraña a la esencia. Este sí mismo es, como
lo negativo, la diferencia de la pura esencia, un contenido y un contenido,
además, que vale en y para sí.
Además, este sí mismo, como puro saber igual a sí mismo, es lo simplemente
universal, de tal modo que precisamente este saber es como su propio saber, es
como convicción el deber. El deber ya no es lo universal contrapuesto al sí
mismo, sino que sabe que no tiene validez alguna en esta separación; es ahora la
ley en virtud del sí mismo, y no el sí mismo en virtud de la ley. La ley y el
deber no tienen por ello exclusivamente la significación del ser para sí, sino
también la del ser en sí; pues este saber es precisamente el ser en sí por su
igualdad consigo mismo. Este en sí se separa también en la conciencia de aquella
inmediata unidad con el ser para sí así enfrentada, es ser, ser para otro. El
deber precisamente se sabe ahora como deber abandonado por el sí mismo, se sabe
solamente como momento; ha descendido de su significación de ser esencia
absoluta al ser que no es sí mismo, que no es para sí, que es, por tanto, ser
para otro. Pero este ser para otro permanece precisamente por ello momento
esencial, porque el sí mismo como conciencia constituye la oposición del ser
para sí y del ser para otro y ahora el deber es en él inmediatamente real, no ya
simplemente la pura conciencia abstracta.
b) El reconocimiento de la convicción
Este ser para otro es, por tanto, la sustancia que es en sí, diferente del sí
mismo. La buena conciencia no ha abandonado el puro deber o el en sí abstracto,
sino que es el momento esencial que consiste en comportarse hacia los otros como
universalidad. Es el elemento común de la autoconciencia, y ésta la sustancia en
que el acto tiene subsistencia y realidad; el momento del ser reconocido por los
otros. La autoconciencia moral no tiene este momento del ser reconocido, de la
pura conciencia, que existe; y ello hace que no sea, en general, operante,
realizadora. Para ella, su en sí es o bien la esencia irreal abstracta o bien el
ser como una realidad que no es espiritual. Pero la realidad que es de la buena
conciencia es una realidad que es sí mismo, es decir, una existencia consciente
de sí, el elemento espiritual del ser reconocido. El obrar es, por tanto,
solamente el traducir su contenido singular al elemento objetivo, en el que es
universal y reconocido, y precisamente esto, el ser reconocido, convierte el
acto en realidad. Reconocido, y con ello real, es el acto porque la realidad
existente se articula de un modo inmediato con la convicción o con el saber, o
el saber de su fin es de modo inmediato el elemento de la existencia, el
reconocimiento universal. En efecto, la esencia del acto, el deber, consiste en
la convicción de la buena conciencia acerca de él; y esta convicción es
precisamente el en sí mismo; es la autoconciencia en sí universal o el ser
reconocido y, con ello, la realidad. Lo hecho con la convicción del deber es,
por tanto, de modo inmediato, algo que tiene consistencia y existencia. Aquí, ya
no hay, pues, para qué hablar de una buena intención que no ha llegado a
realizarse ni de que al bien le vaya mal, sino que lo que se sabe como deber se
ejecuta y convierte en realidad, precisamente porque lo que responde al deber es
lo universal de todas las autoconciencias, lo reconocido y, por tanto, lo que
es. Pero, tomado como separado y por sí sólo, sin el contenido del sí mismo,
este deber es el ser para otro, lo transparente que sólo tiene la significación
de la esencialidad inconsistente en general.
Si volvemos la mirada a la esfera con que en general surgía la realidad
espiritual, vemos que el concepto era que la expresión de la individualidad era
el en y para sí. Pero la figura que expresaba de un modo inmediato este concepto
era la conciencia honrada que se afanaba en torno a la cosa abstracta misma.
Esta cosa misma era allí predicado; solamente en la buena conciencia es sujeto
que ha puesto en él todos los momentos de la conciencia y para el que todos
estos momentos, la sustancialidad en general, la existencia exterior y la
esencia del pensamiento se hallan contenidos en esta certeza de sí mismo. La
sustancialidad en general la tiene la cosa misma en la eticidad, existencia
exterior en la cultura, y en la moralidad la esencialidad del pensamiento que se
sabe a sí mismo; y en la buena conciencia es el sujeto que sabe estos momentos
en él mismo. Si la conciencia honrada sólo capta constantemente la cosa vacía
misma, en cambio la buena conciencia la capta en su cumplimiento, que le da por
medio de sí misma. La buena conciencia es este poder, por cuanto sabe los
momentos de la conciencia como momentos y los domina al ser su esencia negativa.
c) La absoluta libertad de la convicción
Si consideramos la buena conciencia en relación con las singulares
determinaciones de la oposición que se manifiesta en el actuar y su conciencia
acerca de la naturaleza de aquéllas, vemos que se comporta primeramente como la
que sabe con respecto a la realidad del caso en el que hay que actuar. En la
medida en que en este saber se da el momento de la universalidad, pertenece al
saber del actuar de un modo consciente el abarcar de un modo ilimitado la
realidad que tiene delante y también el saber con precisión y tomar en
consideración las circunstancias del caso. Pero este saber, puesto que conoce la
universalidad como un momento, es, por tanto, un tal saber de estas
circunstancias consciente de no abarcarlas o de no ser escrupuloso en ello. La
relación verdaderamente universal y pura del saber sería una relación con un no
contrapuesto, consigo mismo; pero el actuar por medio de la oposición que le es
esencial hace que se relacione con algo negativo de la conciencia, con una
realidad que es en sí. Con respecto a la simplicidad de la conciencia pura, el
absoluto otro o la multiplicidad en sí, aquélla es una variedad absoluta de
circunstancias que se dividen y extienden hasta el infinito: hacía atrás en sus
condiciones, hacia los lados en su yuxtaposición y hacia adelante en sus
consecuencias. La conciencia escrupulosa es consciente de esta naturaleza de la
cosa y de su relación con ella y sabe que no conoce el caso en que actúa con
arreglo a esta universalidad requerida, como sabe también que es nulo su
pretextar esta concienzuda ponderación de todas las circunstancias. Pero este
conocimiento y esta ponderación de todas las circunstancias no se hallan
totalmente ausentes; están presentes sin embargo, solamente como momento, como
algo que sólo es para otros; y su saber incompleto, por ser su saber, vale para
él como un saber suficiente y total.
Del mismo modo ocurre con la universalidad de la esencia o la determinación del
contenido por medio de la conciencia pura. La buena conciencia que se dispone a
obrar se relaciona con los muchos lados del caso. Éste se desdobla, como se
desdobla también la relación de la pura conciencia con él, con lo que la
multiplicidad del caso es una multiplicidad de deberes. La buena conciencia sabe
que tiene que elegir y decidir entre ellos, pues ninguno es en su
determinabilidad o en su contenido absoluto, sino solamente el deber puro. Pero
este abstracto ha adquirido en su realidad Realität la significación del yo
autoconsciente. El espíritu cierto de sí mismo descansa como buena conciencia en
sí y su real-real universalidad a su deber radica en su pura convicción del
deber. Esta pura convicción es como tal tan vacía como el puro deber, puro en el
sentido de que nada en él, ningún contenido determinado, es deber. Pero hay que
actuar, el individuo debe tomar una determinación; y el espíritu cierto de sí
mismo, en el que el en sí ha adquirido la significación del yo consciente de sí,
sabe que tiene esta determinación y aquel contenido en la certeza .inmediata de
sí mismo. Esta es, como determinación y contenido, la conciencia natural, es
decir, los impulsos y las inclinaciones. La buena conciencia no reconoce ningún
contenido para ella como absoluto, pues es la absoluta negatividad de todo lo
determinado. Se determina por sí misma; pero el círculo del sí mismo, en el que
cae la determinación como tal es la llamada sensibilidad; para tener un
contenido derivado de la certeza inmediata de sí misma no se encuentra a mano
otro camino que el de la sensibilidad. Todo lo que en las figuras anteriores se
presentaba como buena o malo, como ley y derecho, es un otro que la certeza
inmediata de sí misma; es un universal que ahora es un ser para otro; o,
considerado de otro modo, un objeto que, sirviendo de mediador de la conciencia
consigo misma, se interpone entre ella y su propia verdad y en vez de ser la
inmediatez de la conciencia misma, más bien la desglosa de sí. Pero para la
conciencia buena la certeza de sí misma es la pura verdad inmediata; y esta
verdad es, pues, su certeza inmediata de sí misma representada como contenido,
es decir, en general, la arbitrariedad del singular y la contingencia de su ser
natural no consciente.
Este contenido vale al mismo tiempo como esencialidad moral o como deber. En
efecto, como ya hemos visto por el examen de la ley, el deber puro es
sencillamente indiferente hacia todo contenido y tolera todo contenido. Aquí, el
deber tiene, al mismo tiempo, la forma esencial del ser para sí, y esta forma de
la convicción individual no es otra cosa que la conciencia de la vaciedad del
deber puro y la conciencia de que éste es solamente momento, de que su
sustancialidad es un predicado, de que tiene su sujeto en el individuo cuya
arbitrariedad le da el contenido y, de que cualquiera puede vincularse a esta
forma y ligar a ella su escrupulosidad. Un individuo acrecienta su propiedad de
un cierto modo; es un deber que cada cual vele por la conservación de sí mismo y
de su familia, y no menos por la posibilidad de ser útil a sus semejantes y de
hacer el bien a los necesitados. El individuo es consciente de que esto es un
deber, pues este contenido va implícito de modo inmediato en la certeza de sí
mismo; y ve, además, que cumple en este caso este deber. Tal vez otros
consideren este cierto modo como un fraude; ellos se atendrán a otros lados del
caso concreto, pero el individuo de que se trata se afirma en este lado porque
es consciente del acrecentamiento de la propiedad como puro deber. De este modo,
lo que otros llaman violencia e injusticia cumple el deber de afirmar su
independencia frente a los demás; lo que aquéllos llaman cobardía es el deber de
conservar la vida y la posibilidad de ser útil al semejante; y, por el
contrario, lo que llaman valentía atenta contra estos dos deberes. Sin embargo,
a la cobardía no le es lícito ser tan torpe como para ignorar que la
conservación de la vida y de la posibilidad de ser útil a otros son deberes; es
decir, como para no estar convencida del carácter de deber de su obrar y para no
saber que es en el saber donde subsiste el deber; de otro modo, cometería la
torpeza de ser inmoral. Y como la moralidad consiste en la conciencia de cumplir
con el deber, no le faltará al obrar ni la cobardía ni tampoco lo que se llama
valentía; lo abstracto a que se da el nombre de deber es capaz de este contenido
lo mismo que de aquél -sabe, pues, lo que hace como deber y, al saberlo y al
consistir la conformidad con el deber en la convicción del deber mismo, es
reconocido por los otros; la acción es válida, por tanto, y tiene existencia
real.
Contra esta libertad, que introduce en el medio pasivo universal del deber puro
y saber cualquier contenido, el que sea, ni más ni menos que cualquier otro, de
nada sirve afirmar que puede introducirse otro contenido, pues cualquiera que
éste sea llevará en él la mácula de la determinabilidad, de la que está libre el
puro saber, determinabilidad que este saber puro puede repudiar, lo mismo que
puede acoger. En el ser determinado todo contenido aparece en la misma línea con
cualquier otro, aunque parezca tener precisamente el carácter de que en él se
halla superado lo particular. Puede parecer que, puesto que en el caso real el
deber se desdobla en general en la oposición y, con ello, en la singularidad y
la universalidad, aquel deber cuyo contenido es lo universal mismo lleva en sí,
con ello, de modo inmediato, la naturaleza del puro deber, con lo cual la forma
y el contenido se armonizan totalmente; de tal modo que, por ejemplo, la acción
por el bien general debería preferirse a la acción por el bien individual. Sin
embargo, este deber universal es, en general, lo que se da como sustancia que es
en y para sí, como derecho y como ley, y lo que vale independientemente del
saber y de la convicción lo mismo que del interés inmediato de lo singular; es,
pues, precisamente aquello contra cuya forma va dirigida en general la
moralidad. Pero, por lo que se refiere a su contenido, también éste es un
contenido determinado, en la medida en que lo mejor universal sea contrapuesto a
lo singular; según esto, su ley es una ley de la que la buena conciencia se sabe
sencillamente libre y se confiere la absoluta facultad de hacer con ella lo que
quiera, de poner, quitar o cumplir. Así, pues, aquella diferenciación del deber
en deber hacia lo singular o hacia lo universal no es nada estable, en cuanto a
la naturaleza de la oposición en general. Sino que más bien lo que el singular
hace para sí beneficia también a lo universal; y cuanto más vela por sí tanto
mayor es no solamente su posibilidad de ayudar a otros, sino que su realidad
misma se halla solamente en ser y en vivir en conexión con los otros; su goce
singular tiene esencialmente la significación de entregar con ello a los otros
lo suyo y ayudarles así a adquirir su propio goce. En el cumplimiento del deber
hacia el singular, y por tanto hacia sí mismo, se cumple, pues, también el deber
hacía lo universal. La ponderación y el cotejo de los deberes a que esto
serviría de base conduciría al cálculo de la ventaja que tendría lo universal de
una acción; pero, en parte, la moralidad queda así confiada a la necesaria
contingencia de la penetración intelectiva y, en parte, la esencia de la buena
conciencia consiste precisamente en cerrar el paso a estos cálculos y
ponderaciones, para decidirse de por sí, sin necesidad de tales fundamentos.
De este modo actúa y se mantiene, pues, la buena conciencia en la unidad del ser
en sí y del ser para sí, en la unidad del puro pensamiento y de la
individualidad, y es el espíritu cierto de sí mismo que tiene su verdad en él
mismo, en su sí mismo, en su saber y en él como en el saber del deber. Se
mantiene precisamente en esa unidad por el hecho de que lo que es positivo en la
acción, tanto el contenido como la forma del deber y es el saber de él,
pertenece al sí mismo, a la certeza de sí; en cambio, lo que quiere contraponer
al sí mismo como propio en sí, como no verdadero, vale solamente como superado,
solamente como momento. No vale, por tanto, el saber universal en general, sino
su conocimiento de las circunstancias. En el deber como en el ser en sí
universal introduce el contenido que toma de su individualidad natural; pues ese
contenido es el dado en sí mismo; y éste deviene, por el médium universal en que
es, el deber que ejerce y el puro deber vacío se pone precisamente de este modo
como lo superado o como momento; este contenido es su vaciedad superada o el
cumplimiento. Pero, asimismo es la buena conciencia libre en general de todo
contenido; se absuelve de todo deber determinado que deba regir como ley; en la
fuerza de la certeza de sí mismo tiene la majestad de la absoluta autarquía de
atar y desatar. Esta autodeterminación es, por ella, de un modo inmediato, lo
sencillamente conforme al deber; el deber es el saber mismo; pero esta simple
mismeidad es el en sí; pues el en sí es la pura igualdad consigo mismo; y ésta
es en esta conciencia.
B) La universalidad de la buena conciencia
Este puro saber es inmediatamente ser para otro; pues como la pura igualdad
consigo misma es la inmediatez o el ser. Pero este ser es, al mismo tiempo, lo
puro universal, la mismeidad de todos; o el obrar es reconocido y, por tanto,
real. Este ser es el elemento por medio del cual la buena conciencia se halla de
modo inmediato en relación de igualdad con todas las autoconciencias; y el
significado de esta relación no es la ley carente de sí misma, sino el sí mismo
de la buena conciencia.
a) La indeterminabilidad de la convicción
Pero en el hecho de que esto justo que hace la buena conciencia es al mismo
tiempo ser para otro parece que se dé en ella una desigualdad. El deber que lo
lleva a cabo es un determinado contenido; es, evidentemente, el sí mismo de la
conciencia y, en ella, su saber de sí, su igualdad consigo mismo. Pero, una vez
llevada a cabo, colocada en el médium universal del ser, esta igualdad no es ya
saber, no es ya esta diferenciación que supera también inmediatamente sus
diferencias; sino que en el ser se pone como subsistente la diferencia y la
acción determinada, desigual al elemento de la autoconciencia de todos y, por
tanto, no necesariamente reconocida. Ambos lados, la buena conciencia actuante y
la conciencia universal, la conciencia que reconoce este acto como deber, son
igualmente libres de la determinabilidad de este obrar. Por razón de esta
libertad, es la relación en el médium común de la conexión más bien una relación
de perfecta desigualdad; por donde la conciencia para la que la acción es, se
halla en total incerteza con respecto al espíritu actuante cierto de sí mismo.
El espíritu actúa, pone una determinabilidad como lo que es; a este ser como a
su verdad se atienen los demás y son en ello ciertos de sí; el espíritu ha
enunciado de este modo lo que para él vale como deber. Sin embargo, se halla
libre de un deber determinado cualquiera; se halla más allá del punto en que
ellos creen que realmente está; y este médium del ser mismo y el deber como lo
que es en sí vale para él solamente como momento. Así, pues, lo que pone delante
de los otros lo deforma él de nuevo o, mejor dicho, lo ha deformado de un modo
inmediato. Pues su realidad no es para él este deber y esta determinación
propuestos, sino el deber y la determinación que él tiene en la absoluta certeza
de sí mismo.
Los otros no saben, por tanto, si esta buena conciencia es moralmente buena o
mala, o, mejor dicho, no sólo no pueden saberlo, sino que tienen que tomarla
como mala. Pues, lo mismo que ella, también ellos se hallan libres de la
determinabilidad del deber como lo que es en sí. Lo que aquella conciencia pone
ante ellos saben deformarlo ellos mismos; es algo por medio de lo cual se
expresa solamente el sí mismo de otro y no el suyo propio; no sólo no se saben
libres de ello, sino que tienen que disolverlo en su propia conciencia, anularlo
por medio de juicios y explicaciones para conservar su sí mismo. Sin embargo, la
acción de la buena conciencia no es solamente esta determinación del ser
abandonada por el sí mismo puro. Lo que debe valer y ser reconocido como deber
lo es sólo mediante el saber y la convicción de ella como del deber, mediante el
saber de sí mismo en el hecho. Cuando el hecho deja de tener en él este sí
mismo, deja de ser lo único que es su esencia. Su existencia, abandonada por
esta conciencia, sería una realidad vulgar, y la acción se manifestaría ante
nosotros como la realización de sus goces y apetencias. Lo que debe existir sólo
es aquí esencialidad por el hecho de que deviene consciente de sí como
individualidad que se expresa a sí misma; y este ser consciente es lo que es
reconocido y lo que como tal debe tener existencia.
El sí mismo entra en la existencia como sí mismo; el espíritu cierto de sí
existe como tal para otros; su acción inmediata no es lo que vale y es real; lo
reconocido no es lo determinado, no es lo que es en sí sino solamente el sí
mismo que se sabe como tal. El elemento de lo subsistente es la autoconciencia
universal; lo que entra en este elemento no puede ser el efecto de la acción;
ésta no se mantiene ni adquiere permanencia allí, sino solamente la
autoconciencia es lo reconocido y gana la realidad.
b) El lenguaje de la convicción
Volvemos a encontrarnos, así, con el lenguaje como la existencia del espíritu.
El lenguaje es la autoconciencia que es para otros, que es inmediatamente dada
como tal y que es universal como ésta. Es el sí mismo, que se objetiva como puro
yo = yo y que en esta objetividad se mantiene como este sí mismo, así como
confluye de modo inmediato con los otros y es su autoconciencia; se percibe a sí
mismo y es percibido por los otros, y el percibir es precisamente la existencia
convertida en sí mismo.
El contenido que el lenguaje ha alcanzado aquí no es ya el invertido, invertidor
y desgarrado sí mismo del mundo de la cultura, sino que es el espíritu que ha
retornado a sí, cierto de sí y en su sí mismo de su verdad o de su reconocer y
reconocido como este saber. El lenguaje del espíritu ético es la ley y la simple
orden y la queja, que es más bien una lágrima derramada sobre la necesidad; la
conciencia moral, por el contrario, es todavía muda, encerrada en su interior,
pues en ella el sí mismo no tiene todavía existencia, sino que la existencia y
el sí mismo mantienen aun una relación externa entre sí. El lenguaje, en cambio,
sólo surge como la mediación entre autoconciencias independientes y reconocidas,
y el sí mismo existente es un ser reconocido inmediatamente universal, múltiple
y simple en esta multiplicidad. El contenido del lenguaje de la buena conciencia
es el sí mismo que se sabe como esencia. Solamente esto es lo que expresa el
lenguaje, y esta expresión es la verdadera realidad del obrar y la validez de la
acción. La conciencia expresa su convicción; en esta convicción y solamente en
ella es la acción un deber; y solamente vale como deber también, por el hecho de
que la convicción sea expresada. Pues la autoconciencia universal se halla libre
de la acción determinada que solamente es; esta acción, como existencia, no vale
nada para la conciencia, sino que lo que vale para ella es la convicción de que
es deber, y esta convicción es real en el lenguaje. Realizar la acción no
significa, aquí, traducir su contenido de la forma del fin o del ser para sí a
la forma de la realidad abstracta, sino traducirlo de la forma de la certeza
inmediata de sí misma, que sabe su saber o ser para sí como la esencia, a la
forma de la aseveración de que la conciencia está convencida del deber y el
deber se sabe como buena conciencia de sí mismo; esta aseveración asevera, pues,
que la conciencia está convencida de que su convicción es la esencia.
Si la aseveración de actuar por la convicción del deber es verdadera, si es
realmente el deber lo que se cumple, son cuestiones o dudas que no tienen
sentido alguno ante la buena conciencia. En aquella cuestión de si la
aseveración es verdadera se daría por supuesto que la intención interna es
distinta de la alegada, es decir, que el querer del sí mismo singular podría
separarse del deber, de la voluntad de la conciencia universal y pura; la
segunda se pondría en el discurso, mientras que la primera sería propiamente el
verdadero resorte de la acción. Sin embargo, es precisamente esta diferencia
entre la conciencia universal y el sí mismo singular la que se ha superado, y
cuya superación es la buena conciencia. El saber inmediato del sí mismo cierto
de sí es ley y deber; su intención es lo recto, por el hecho de ser su
intención; sólo se exige que sepa esto y que lo diga, que diga que está
convencida de que su saber y su querer es lo recto. La expresión de esta
aseveración supera en sí misma la forma de su particularidad; reconoce en ello
la necesaria universalidad del sí mismo; al llamarse buena conciencia, se llama
saber puro de sí mismo y querer abstracto puro, es decir, se llama un saber y un
querer universales que reconoce a los otros y es igual a ellos, pues ellos son
precisamente este saberse y este querer puro, y lo que, por tanto, es también
reconocido por ellos. La esencia de lo recto radica en el querer del sí mismo
cierto de sí, en este saber de que el sí mismo es la esencia. Así, pues, quien
diga que actúa así por buena conciencia dice la verdad, pues su buena conciencia
es el sí mismo que sabe y que quiere. Pero debe decir esto esencialmente, pues
este sí mismo debe ser, al mismo tiempo, sí mismo universal. Y esto no se halla
en el contenido de la acción, pues éste es indiferente en sí, por razón de su
determinabilidad; no, sino que la universalidad radica en la forma de la misma;
es esta forma la que debe ponerse como real; ella es el sí mismo, que como tal
es real en el lenguaje, se expresa en él como lo verdadero y precisamente en el
lenguaje reconoce todos los sí mismos y es reconocido por ellos.
El alma bella
Así, pues, la buena conciencia pone en su saber y en su querer el contenido,
cualquiera que él sea, en la majestad de su altura por encima de la ley
determinada y de todo contenido del deber; es la genialidad moral que sabe la
voz interior de su saber inmediato como voz divina y que, al saber en este saber
no menos inmediatamente el ser allí, es la divina fuerza creadora que tiene en
su concepto la vitalidad. Es también el culto divino en sí mismo, pues su actuar
es la intuición de esta su propia divinidad.
Este solitario culto divino es, al mismo tiempo, esencialmente, el culto divino
de una comunidad, y el puro interior saberse y escucharse a sí mismo pasa a
momento de la conciencia. La intuición de sí es su existencia objetiva, y este
elemento objetivo es la enunciación de su saber y querer como un universal.
Mediante esta enunciación, se convierte el sí mismo en lo vigente y la acción en
el obrar que ejecuta. La realidad y la persistencia de su actuar es la
autoconciencia universal; pero la enunciación de la buena conciencia pone la
certeza de sí mismo como sí mismo puro y, con ello, como sí mismo universal; los
otros dejan valer la acción por razón de este discurso, en que el sí mismo es
expresado y reconocido como la esencia. El espíritu y la sustancia de su
conexión es, por tanto, la mutua aseveración de su escrupulosidad y de sus
buenas intenciones, el alegrarse de esta recíproca pureza y el deleitarse con la
esplendidez del saber y el enunciar, del mantener y cuidar tanta excelencia. En
la medida en que esta buena conciencia distingue todavía su conciencia abstracta
de su autoconciencia, tiene su vida solamente recóndita en Dios; Dios se halla
presente, indudablemente, de modo inmediato, ante su espíritu y su corazón, ante
su sí mismo; pero lo patente, su conciencia real y el movimiento mediador de la
misma, es para él un otro que aquel interior recóndito y la inmediatez de la
esencia presente. Sin embargo, en la perfección de la buena conciencia se supera
la diferencia de su conciencia abstracta y de su autoconciencia. Aquélla sabe
que la conciencia abstracta es precisamente este sí mismo, este ser para sí
cierto de sí; que en la inmediatez de la relación entre el sí mismo y el en sí,
que, puesto fuera del sí mismo es la esencia abstracta, y lo oculto ante ella,
se supera precisamente la diversidad. En efecto, aquella relación es una
relación mediadora, en la que los términos relacionados no son uno y el mismo,
sino que son cada uno de ellos entre sí un otro y sólo son uno en un tercero;
pero la relación inmediata no significa de hecho otra cosa que la unidad. La
conciencia, elevada por encima de la carencia de pensamiento de mantener todavía
como diferencias estas diferencias que no lo son, sabe la inmediatez de la
presencia de la esencia en ella como unidad de la esencia y de su sí mismo, sabe
por tanto su sí mismo como el en sí vivo, y este su saber como la religión, que,
como saber intuido o existente, es el lenguaje de la comunidad acerca de su
espíritu.
Vemos, así, cómo la autoconciencia ha retornado ahora a su refugio más íntimo,
ante el que desaparece toda exterioridad como tal, a la intuición del yo = yo,
donde este yo es toda esencialidad y toda existencia. La autoconciencia se hunde
en este concepto de sí misma, pues se ve empujada a su máximo extremo y de tal
modo, además, que los momentos diferenciados que hacen de ella algo real o
todavía una conciencia no son para nosotros solamente estos puros extremos, sino
que lo que ella es para sí, lo que es en sí para la conciencia y lo que para
ella es ser allí, se volatilizan como abstracciones que ya no tienen para la
conciencia misma ningún punto de apoyo, ninguna sustancia; y todo lo que hasta
ahora era esencia para la conciencia se retrotrae a estas abstracciones.
Depurada hasta tal punto, la conciencia es su figura más pobre, y la pobreza,
que constituye su único patrimonio, es ella misma un desaparecer; esta absoluta
certeza en que se ha disuelto la sustancia es la absoluta no verdad que se
derrumba en sí misma; es la absoluta autoconciencia en la que se hunde la
conciencia.
Considerado dentro de sí mismo este hundirse, para la conciencia la sustancia
que es en sí es entonces el saber como su saber. Como conciencia, se separa en
la oposición entre sí y el objeto que es para ella la esencia; pero este objeto
precisamente es el objeto perfectamente transparente, es su sí mismo, y su
conciencia es solamente el saber de sí. Toda vida y toda esencialidad espiritual
ha retornado a este sí mismo y ha perdido su diversidad con respecto al yo
mismo. Los momentos, de la conciencia son, por tanto, estas abstracciones
extremas, ninguna de las cuales se mantiene firme, sino que se pierde en la otra
y la engendra. Es el trueque de la conciencia desventurada consigo, pero un
trueque que para ella misma se produce dentro de sí y que es consciente de ser
el concepto de la razón, que aquélla sólo es en sí. La absoluta certeza de sí
mismo se trueca, pues, de modo inmediato, para ella misma como conciencia, en el
apagarse de un sonido, en la objetividad de su ser para sí; pero este mundo
creado es su discurso, que ha escuchado también de un modo inmediato y del que
solamente retorna a ella el eco. Este retorno no tiene, pues, la significación
de que en este acto la conciencia sea en sí y para sí, pues la esencia no es
para ella un en sí, sino que es ella misma; ni tiene tampoco existencia, pues lo
objetivo no logra llegar a ser un negativo del sí mismo real, del mismo modo que
éste no alcanza realidad. Le falta la fuerza de la enajenación, la fuerza de
convertirse en cosa y de soportar el ser. Vive en la angustia de manchar la
gloria de su interior con la acción y la existencia; y, para conservar la pureza
de su corazón, rehúye todo contacto con la realidad y permanece en la obstinada
impotencia de renunciar al propio sí mismo llevado hasta el extremo de la última
abstracción y de darse sustancialidad y transformar su pensamiento en ser y
confiarse a la diferencia absoluta. El objeto hueco que se produce lo llena,
pues, ahora, con la conciencia de la vaciedad; su obrar es el anhelar que no
hace otra cosa que perderse en su hacerse objeto carente de esencia y que,
recayendo en sí mismo más allá de esta pérdida, se encuentra solamente como
perdido; -en esta pureza transparente de sus momentos, un alma bella
desventurada, como se la suele llamar, arde consumiéndose en sí misma y se
evapora como una nube informe que se disuelve en el aire.
C) El mal, y su perdón
Pero esta tácita confluencia de las desmeduladas esencialidades de la vida
volatilizada debe tomarse, además, en el otro sentido de la realidad de la buena
conciencia y en la manifestación de su movimiento, considerando la buena
conciencia como lo que actúa. El momento objetivo en esta conciencia se ha
determinado más arriba como conciencia universal; el saber que se sabe a sí
mismo es, como este sí mismo, diferente de otros sí mismos; el lenguaje en el
que todos se reconocen mutuamente como conciencias escrupulosas, esta igualdad
universal, se descompone en la desigualdad del ser para sí singular y cada
conciencia se refleja también simplemente en sí desde su universalidad; de este
modo, surge necesariamente la oposición de la singularidad contra los otros
singulares y contra lo universal, y hay que considerar esta relación y su
movimiento. O esta universalidad y el deber tiene la significación simplemente
contrapuesta de la singularidad determinada, que se exceptúa de lo universal y
para la que el puro deber es solamente la universalidad que se manifiesta en la
superficie y que se vuelve hacia el exterior; el deber radica solamente en las
palabras y vale como un ser para otro. La buena conciencia, que primeramente
sólo adoptaba una actitud negativa hacia el deber como este deber determinado y
dado, se sabe libre de él; pero, al llenar por sí misma el deber vacío con un
contenido determinado, tiene acerca de ello la conciencia positiva de hacerse el
contenido como este sí mismo; su sí mismo puro, como saber vacío, es lo carente
de contenido y de determinación; el contenido que le da está tomado de su sí
mismo como esta individualidad natural y determinada de por sí, y en el hablar
de escrupulosidad de su obrar es, evidentemente, consciente de su puro sí mismo,
pero en el fin de su actuar como contenido real es consciente de sí como este
singular particular y de la oposición entre lo que es para sí y lo que es para
otros, de la oposición entre la universalidad o el deber y su ser reflejado
partiendo de ella. a) La pugna entre la escrupulosidad y la hipocresía Si así se
expresa en su interior la oposición en la que la buena conciencia interviene
como lo que actúa, esta oposición es, al mismo tiempo, la desigualdad hacia el
exterior en el elemento de la existencia, la desigualdad de su particular
singularidad con respecto a otro singular. Su particularidad consiste en que los
dos momentos que constituyen su conciencia, el sí mismo y el en sí, valen en él
con desigual valor y, además, con la determinación de que la certeza de sí mismo
es la esencia, frente al en sí o lo universal, que vale solamente como momento.
A esta determinación interior se contrapone, por tanto, el elemento de la
existencia o la conciencia universal, para la que la esencia es más bien la
universalidad, el deber y, en cambio, la singularidad, que es para sí frente a
lo universal, sólo vale como momento superado. Para este aferrarse al deber la
primera conciencia vale como el mal, porque es la desigualdad de su ser dentro
de sí con respecto a lo universal y, en cuanto esto, al mismo tiempo, enuncia su
obrar como igualdad consigo mismo, como deber y escrupulosidad, vale como
hipocresía. El movimiento de esta oposición es, primeramente, la instauración
formal de la igualdad entre lo que el mal es dentro de sí y lo que expresa; debe
ponerse de manifiesto que es malo y que, de este modo su existencia es igual a
su esencia, la hipocresía debe ser desenmascarada. Este retorno a la igualdad de
la desigualdad que en ella se da no se produce ya allí donde la hipocresía, como
suele decirse, muestra su respeto por el deber y la virtud precisamente al
revestir la apariencia de ellos y al adoptarlos como máscara de su propia
conciencia, no menos que de la extraña; en cuyo reconocimiento de lo
contrapuesto se contendrían en sí la igualdad y la coincidencia. Sin embargo, la
hipocresía queda igualmente fuera de este reconocimiento del lenguaje y se
refleja en sí misma; y en el uso que hace de lo que sólo es en sí como un ser
para otro se contiene más bien para todos el propio desprecio del mismo y la
presentación de su carencia de esencia. En efecto, lo que se deja emplear como
un instrumento externo se muestra como una cosa que no tiene en sí ningún peso
propio. Y a esta igualdad no se llega tampoco ni mediante la persistencia
unilateral de la conciencia mala sobre sí, ni a través del juicio de lo
universal. Si aquélla reniega de sí frente a la conciencia del deber y enuncia
que lo que la conciencia del deber proclama como maldad, como absoluta
desigualdad con lo universal, es un obrar con arreglo a la ley interior y a la
buena conciencia, en esta unilateral aseveración de la igualdad permanece, a
pesar de todo, la desigualdad de la conciencia mala con respecto a lo otro, ya
que ésta no lo cree ni lo reconoce. O bien, puesto que la unilateral
persistencia en uno de los extremos se disuelve a sí misma, de este modo el mal
se confesaría indudablemente como el mal, pero en ella se superaría de un modo
inmediato y no sería hipocresía ni se desenmascararía como tal. Se confiesa de
hecho como mal mediante la afirmación de que, contrapuesto a lo universal
reconocido, obra con arreglo a su ley interior y a su buena conciencia. Pues si
esta ley y esta buena conciencia no fuesen la ley de su singularidad y
arbitrariedad, no serían algo interior, propio, sino lo universalmente
reconocido. Quien, por tanto, dice que obra en contra de los otros con arreglo a
su ley y a su buena conciencia, dice en realidad que las atropella. Pero la
buena conciencia real no es este persistir en el saber y en el querer que, se
contrapone a lo universal, sino que lo universal es el elemento de su ser allí y
su lenguaje enuncia por tanto, su obrar como el deber reconocido. Y tampoco es
desenmascaramiento y disolución de la hipocresía el que la conciencia universal
persista en su juicio. Al denunciar a la hipocresía como mala, vil, etc., la
conciencia universal se remite en tales juicios a su ley, lo mismo que la
conciencia mala se remite a la suya. Pues aquélla se pone en contraposición con
ésta y se presenta así como una ley particular. No le lleva, pues, ninguna
ventaja a la otra, sino que más bien la legitima; y este celo hace exactamente
lo contrario de lo que cree hacer; es decir, muestra lo que llama verdadero
deber y que debe ser universalmente reconocido como algo no reconocido, con lo
que confiere, por tanto, a lo otro el derecho igual del ser para sí.
b) El juicio moral Pero este juicio tiene, al mismo tiempo, otro lado, y visto
por éste se convierte en la introducción a la disolución de la oposición dada.
La conciencia de lo universal no se comporta como una conciencia real y actuante
frente a la primera -pues ésta es más bien lo real-, sino, contrapuesta más bien
a ella, se comporta como lo no captado en la oposición de singularidad y
universalidad que aparece en el actuar. La conciencia de lo universal se
mantiene en la universalidad del pensamiento, se comporta como algo que
aprehende y su primer acto es solamente el juicio. Mediante este juicio se
coloca ahora, como acaba de hacerse notar, junta al primero, y éste llega,
mediante esta igualdad, a la intuición de sí mismo en esta otra conciencia. Pues
la conciencia del deber se comporta como algo que aprehende, de un modo pasivo;
y, con ella, entra en contradicción consigo misma como querer absoluto del
deber, consigo, que se determina simplemente por sí mismo. No le resulta difícil
mantenerse en la pureza, pues no actúa; es la hipocresía que quiere que se tomen
los juicios por hechos reales y que demuestra la rectitud, no por medio de
actos, sino mediante la proclamación de excelentes intenciones. La conciencia
del deber presenta, pues, en todo y por todo, la misma contextura que aquella a
la que se le reprocha de que pone su deber simplemente en su discurso. En ambas
es el lado de la realidad igualmente diferente del discurso, en una por el fin
egoísta del actuar, en la otra por la ausencia de obrar en general, cuya
necesidad reside en el mismo hablar del deber, ya que éste, sin actos, no
significa nada.
Pero el juzgar debe considerarse como un acto positivo del pensamiento y tiene
un contenido positivo; con este lado se hacen todavía más completas la
contradicción que viene dada en la conciencia que aprehende y su igualdad con la
primera. La conciencia actuante expresa este su obrar determinado como deber, y
la conciencia enjuiciadora no puede desmentirla; pues el deber mismo es la forma
carente de contenido y susceptible de un contenido cualquiera, o la acción
concreta, diversa en ella misma en su multilateralidad, tiene en ella tanto el
lado universal, aquel que es tomado como deber, cuanto el lado particular, que
constituye la aportación y el interés del individuo. La conciencia enjuiciadora
no permanece ahora en aquel lado del deber ni en el saber que el que actúa tiene
acerca de que esto es su deber y ésta la relación y situación de su realidad.
Sino que se atiene más bien al otro lado, hace entrar la acción en lo interior y
la explica por sí misma, por la intención de la acción, diferente de la acción
misma, y por su resorte egoísta. Como toda acción es susceptible de ser
considerada desde el punto de vista de su conformidad al deber, así también
puede ser considerada desde este otro punto de vista de su particularidad, pues
como acción es la realidad del individuo. Este enjuiciar destaca, por tanto, la
acción de su existencia y la refleja en lo interior o en la forma de la propia
particularidad. Si la acción va acompañada de fama, sabrá este interior como
afanoso de fama; si se ajusta en general al estado del individuo sin remontarse
por sobre él y es de tal constitución que la individualidad no encuentre este
estado añadido como una determinación exterior, sino que más bien llena por sí
misma tal universalidad, mostrándose precisamente por ello capaz de algo más
alto, el juicio sabrá su interior como afán de gloria, etc. Como en la acción en
general el que actúa llega a la intuición de sí mismo en la objetividad o al
sentimiento de sí mismo en su existencia y llega así, por tanto, al goce, el
juicio sabe lo interior como impulso de su propia dicha, aunque ésta consista
solamente en la vanidad moral interior, en el goce que la conciencia encuentra
en su propia excelencia y en el gusto anticipado que da la esperanza de una
dicha futura. Ninguna acción puede sustraerse a este enjuiciar, pues el deber
por el deber mismo, este fin puro, es lo irreal; su realidad la tiene en el
obrar de la individualidad y, por tanto, la acción tiene en ello el lado de lo
particular. Nadie es héroe para su ayuda de cámara, (n.9) pero no porque aquél
no sea un héroe, sino porque éste es el ayuda de cámara, que no ve en él al
héroe, sino al hombre que come, bebe y se viste; es decir, que lo ve en la
singularidad de sus necesidades y de su representación. No hay, pues, para el
enjuiciar ninguna acción en la que el lado de la singularidad de la
individualidad no pueda contraponerse al lado universal de la acción y en que no
puede actuar frente al sujeto agente como el ayuda de cámara de la moralidad.
Esta conciencia enjuiciadora es, de este modo, ella misma vil, porque divide la
acción y produce y retiene su desigualdad con ella misma. Es, además,
hipocresía, porque no hace pasar tal enjuiciar como otra manera de ser malo,
sino como la conciencia justa de la acción, se sobrepone a sí misma en esta su
irrealidad y su vanidad del saber bien y mejorar a los hechos desdeñados y
quiere que sus discursos inoperantes sean tomados como una excelente realidad.
Equiparándose, por tanto, así al que actúa enjuiciado por ella, es reconocida
por éste como lo mismo que él.
Este no sólo se encuentra aprehendido por aquélla como un extraño y desigual a
ella, sino que más bien encuentra que aquélla, según su propia estructura, es
igual a él. Intuyendo esta igualdad y proclamándola, la conciencia actuante la
confiesa y espera asimismo que la otra, colocada de hecho en un plano igual a
ella, le conteste con el mismo discurso, exprese en ella su igualdad y que se
presente así la existencia que reconoce. Su confesión no es una humillación, un
rebajamiento, una degradación con respecto a la otra, pues esta proclamación no
es la proclamación unilateral que pone su desigualdad con respecto a ella, sino
que sólo se expresa en gracia a la intuición de la igualdad de la otra con
respecto a ella, proclama su igualdad por su parte en su confesión y la expresa
porque el lenguaje es la existencia del espíritu como el sí mismo inmediato;
espera, pues, que la otra contribuya con lo suyo a esta existencia.
Sin embargo, a la confesión del mal: esto es lo que soy, no sigue esta replica
de la misma confesión. No era éste el sentido de aquel juicio; ¡por el
contrario! Dicho juicio rechaza esta comunidad y es el corazón duro que es para
sí y rechaza la continuidad con lo otro. De este modo, se invierte la escena. La
conciencia que se había confesado se ve repelida y ve la injusticia de la otra,
que ahora se niega a salir de su interior a la existencia del discurso,
contrapone al mal la belleza de su alma y da a la confesión la espalda rígida
del carácter igual a sí mismo y del silencio de quien se repliega en sí mismo y
se niega a rebajarse a otro. Es puesta aquí la más alta rebelión del espíritu
cierto de sí mismo, pues éste se contempla a sí mismo en el otro como este
simple saber del sí mismo, y además de tal modo que tampoco la figura exterior
de este otro no es como en la riqueza lo carente de esencia, no es una cosa,
sino que es el pensamiento, el saber mismo que se le contrapone, es esta
continuidad absolutamente fluida del saber puro, que se niega a mantener su
comunicación con él -con él, que ya en su confesión había renunciado al ser para
sí separado y se ponía como particularidad superada y, por tanto, como la
continuidad con lo otro, como universal. Pero lo otro mantiene en él mismo su
ser para sí que no se comunica; y en quien se confiesa retiene cabalmente lo
mismo, pero rechazado ya por éste. Se muestra, así, como la conciencia
abandonada por el espíritu y que reniega de éste, pues no reconoce que el
espíritu, en la certeza absoluta de sí mismo, es dueño de toda acción y de toda
realidad y puede rechazarla y hacer que no acaezca. Al mismo tiempo, no reconoce
la contradicción en que incurre, la repudiación acaecida en el discurso, como la
verdadera repudiación, mientras que ella misma tiene la certeza de su espíritu,
no en una acción real, sino en su interior, y su existencia en el discurso de su
juicio. Es, pues, ella misma la que entorpece el retorno del otro desde el obrar
a la existencia espiritual del discurso y a la igualdad del espíritu,
produciendo con esta dureza la desigualdad todavía dada. Ahora bien, en cuanto
que el espíritu cierto de sí mismo, como alma bella, no posee la fuerza de la
enajenación de aquel saber de ella misma que mantiene en sí, no puede llegar a
la igualdad con la conciencia que ha sido repudiada ni tampoco, por tanto, a la
unidad intuida de ella misma en otro, no puede llegar al ser allí; la igualdad
se produce, por consiguiente, sólo de un modo negativo, como un ser carente de
espíritu. El alma bella carente de realidad, en la contradicción de su puro sí
mismo y de la necesidad del mismo enajenarse en el ser y de trocarse en
realidad, en la inmediatez de esta oposición retenida -una inmediatez que es
solamente el medio y la reconciliación de la oposición llevada hasta su
abstracción pura y que es el ser puro o la nada vacía-; el alma bella, por
tanto, como conciencia de esta contradicción en su inconciliada inmediatez, se
ve desgarrada hasta la locura y se consume en una nostálgica tuberculosis. Esa
conciencia abandona, por tanto, de hecho, el duro aferrarse a su ser para sí,
pero sólo produce la unidad carente de espíritu del ser.
c) Perdón y reconciliación
La verdadera nivelación, a saber, la nivelación autoconsciente y que es allí, se
contiene ya, con arreglo a su necesidad, en lo que antecede. La ruptura del
corazón duro y su exaltación a universalidad es el mismo movimiento ya expresado
en la conciencia que se confesaba. Las heridas del espíritu se curan sin dejar
cicatriz; el hecho no es lo imperecedero, sino que es devuelto a sí mismo por el
espíritu, y el lado de la singularidad que se halla presente en él, sea como
intención o como negatividad que es allí y límite de la misma, es lo que
inmediatamente desaparece. El sí mismo que se realiza, la forma de su acción, es
solamente un momento del todo, y asimismo el saber determinante mediante el
juicio y que fija la diferencia entre el lado singular y el lado universal del
actuar. Aquel mal pone esta enajenación de sí o se pone a sí mismo como momento,
atraído a la existencia que se confiesa por la intuición de sí mismo en el otro.
Pero para este otro debe romperse su juicio unilateral y no reconocido así como
para aquél su existencia unilateral y no reconocida del ser para sí particular;
y, del mismo modo que aquél presenta la potencia del espíritu sobre su realidad,
éste presenta la potencia sobre su concepto determinado.
Pero éste renuncia al pensamiento que divide y a la dureza del ser para sí que a
el se aferra porque de hecho se intuye a sí mismo en el primero. Este, que echa
por la borda su realidad, convirtiéndose en un éste superado, se presenta así,
de hecho, como universal, retorna a sí mismo como esencia desde su realidad
exterior; la conciencia universal se reconoce, por tanto, aquí a sí misma. El
perdón que esta conciencia concede a la primera es la renuncia a sí, a su
esencia irreal, a la que se equiparaba aquella otra, que era obrar real,
reconociendo como buena esta otra, a la que la determinación recibida del obrar
en el pensamiento llamaba el mal, o más bien da de lado a esta diferencia del
pensamiento determinado y a su juicio determinante que es para sí, como lo otro
da de lado al determinar de la acción que es para sí. La palabra de la
reconciliación es el espíritu que es allí que intuye el puro saber de sí mismo
como esencia universal en su contrario, en el puro saber de sí como singularidad
que es absolutamente en sí misma -un reconocimiento mutuo que es el espíritu
absoluto.
El espíritu absoluto entra en el ser allí solamente en la cúspide en la que su
puro saber de sí mismo es la oposición y el cambio con sí mismo. Sabiendo que su
saber puro es la esencia abstracta es este deber que sabe, en la oposición
absoluta contra el saber que se sabe ser la esencia como absoluta singularidad
del sí mismo. El primer saber es la pura continuidad del universal, el que sabe
la singularidad que se sabe como esencia, como lo nulo en sí, como el mal. El
segundo saber, por el contrario, es la absoluta discreción que se sabe a sí
misma absoluta en su puro uno y sabe aquel universal como lo irreal que es
solamente para otros. Ambos lados se esclarecen en esta pureza en que no tienen
ya en ellos ninguna existencia carente de sí mismo, ningún negativo de la
conciencia, sino que aquel deber es el carácter que permanece igual a sí mismo
de su saberse a sí mismo, y este mal tiene asimismo su fin en su ser dentro de
sí y su realidad en su discurso; el contenido de este discurso es la sustancia
de su persistencia; es la aseveración acerca de la certeza del espíritu en sí
mismo. Ambos espíritus ciertos de sí mismos no tienen otro fin que su puro sí
mismo y ninguna otra realidad y ser allí que precisamente este puro sí mismo.
Pero son todavía distintos; y la diversidad es la diversidad absoluta, porque se
halla puesta en este elemento del concepto puro. Y esa diversidad, además, no lo
es solamente para nosotros, sino para los conceptos mismos que se hallan en esta
oposición. En efecto, estos conceptos son ciertamente conceptos recíprocamente
determinados, pero son al mismo tiempo conceptos universales en sí, de tal modo
que llenan todo el ámbito del sí mismo, y este sí mismo no tiene ningún otro
contenido más que esta su determinabilidad, la cual no lo sobrepasa ni se halla
ya limitada por él; pues la una, la absolutamente universal, es el puro saberse
a sí mismo, lo mismo que lo es lo otro, la absoluta discreción de la
singularidad y ambas son solamente este puro saberse. Ambas determinabilidades
son, por tanto, los conceptos puros que saben, cuya determinabilidad es también
ella misma inmediatamente saber, o cuyo comportamiento y oposición es el yo. De
este modo, son entre sí éstos sencillamente contrapuestos contrapuesto a sí
mismo y entrado en el ser allí es, por tanto, el perfecto interior; aquellos
conceptos constituyen el puro saber que, mediante esta oposición, es puesto como
conciencia. Pero no es todavía autoconciencia. Esta realización la alcanza en el
movimiento de esta oposición. Pues esta oposición es más bien ella misma la no
discreta continuidad e igualdad del yo = yo; y cada yo para sí se supera en él
mismo precisamente mediante la contradicción de su universalidad pura que, al
mismo tiempo, contradice todavía a su igualdad con el otro y se aleja de él. Por
medio de esta enajenación, este saber desdoblado en su ser allí retorna a la
unidad del sí mismo; es el yo real, el universal saberse a sí mismo en su
absoluto contrario, en el saber que es dentro de sí, el yo real que en virtud de
la pureza de su ser dentro de sí separado es él mismo el perfecto universal. El
sí de la reconciliación, en el que los dos yo hacen dejación de su ser
contrapuesto es el ser allí del yo extendido hasta la dualidad, que en ella
permanece igual a sí mismo y tiene la certeza de sí mismo en su perfecta
enajenación y en su perfecto contrario; es el Dios que se manifiesta en medio de
ellos, que se saben como el puro saber.
CC. LA RELIGIÓN
EN LAS configuraciones examinadas anteriormente y que se diferencian en general
como conciencia, autoconciencia, razón y espíritu, se ha presentado también,
ciertamente, en general, la religión, como conciencia de la esencia absoluta,
pero solamente desde el punto de vista de la conciencia, consciente de la
esencia absoluta; pero no se ha manifestado bajo aquellas formas la esencia
absoluta en y para sí misma, no se ha manifestado la autoconciencia del
espíritu.
Ya la conciencia, en cuanto es entendimiento, deviene conciencia de lo
suprasensible o del interior del ser allí objetivo. Pero lo suprasensible, lo
eterno o como se lo quiera llamar, es carente de sí mismo; es solamente, ante
todo, lo universal, que dista todavía mucho de ser el espíritu que se sabe como
espíritu. Luego, la autoconciencia, que encuentra su perfección en la figura de
la conciencia desventurada era solamente el dolor del espíritu, que luchaba por
remontarse de nuevo hasta la objetividad, pero sin lograrlo. La unidad de la
autoconciencia singular y de su esencia inmutable, unidad a la que aquella se
traslada, permanece por tanto un más allá de ella misma. El ser allí inmediato
de la razón, que para nosotros brotaba de aquel dolor, y sus peculiares figuras
no tienen ninguna religión, porque la autoconciencia de la misma se sabe o se
busca en el presente inmediato. Por el contrario, en el mundo ético veíamos una
religión, y precisamente la religión del mundo de abajo; esta religión es la
creencia en la espantosa noche desconocida del destino y .en la Euménide del
espíritu desaparecido; aquélla la pura negatividad en la forma de la
universalidad, ésta la misma en la forma de la singularidad. La esencia
absoluta, bajo la última forma, es, por tanto, ciertamente, el sí mismo y es
presente, del mismo modo que el sí mismo no es otro; sin embargo, el sí mismo
singular es esta sombra singular que tiene separada de sí la universalidad, que
es el destino. Es, ciertamente, sombra, un éste superado, y, por tanto, sí mismo
universal; pero aquella significación negativa no se ha trocado todavía en esta
positiva y, por tanto, el sí mismo superado significa todavía inmediatamente, al
mismo tiempo, esto particular y carente de esencia. Pero el destino sin el sí
mismo sigue siendo la noche no consciente que no llega a la diferenciación en
ella ni a la claridad del saberse a sí misma.
Esta creencia en la nada de la necesidad y en el mundo subterráneo se convierte
en la creencia en el cielo, porque el sí mismo desaparecido tiene que unirse con
su universalidad, desentrañar de ello lo que contiene y adquirir de este modo
claridad ante sí. Pero a este reino de la fe sólo lo veíamos desplegar su
contenido sin el concepto en el elemento del pensamiento, viéndolo por tanto
hundirse en su destino, o sea en la religión de la Ilustración. En ésta se
restaura el más allá suprasensible del entendimiento, pero de tal modo que la
autoconciencia se halla satisfecha en el más acá y no sabe ni como sí mismo ni
como potencia el más allá suprasensible, el vacío más allá, que no es ni
cognoscible ni temible.
En la religión de la moralidad se restablece, por fin, el que la esencia
absoluta es un contenido positivo pero este contenido se halla unido con la
negatividad de la Ilustración. Es un ser que ha retornado igualmente al sí mismo
y permanece encerrado en él y un contenido diferente cuyas partes son tanto
inmediatamente negadas como establecidas. Pero el destino en que se hunde este
movimiento contradictorio es el sí mismo consciente de sí como del destino de la
esencialidad y de la realidad. El espíritu que se sabe a sí mismo es en la
religión, de un modo inmediato, su propia autoconciencia pura. Las figuras de
ese espíritu que han sido examinadas -la del espíritu verdadero, la del espíritu
extrañado de sí mismo y la del espíritu cierto de sí mismo- lo constituyen todas
ellas juntas en su conciencia, que, enfrentándose a su mundo, no se reconoce en
él. Pero, en su buena conciencia, somete a sí tanto su mundo objetivo en general
como su representación y sus conceptos determinados y es ahora autoconciencia
que es cerca de sí. En ésta tiene para sí, representada como objeto, la
significación de ser el espíritu universal que contiene en sí toda esencia y
toda realidad; pero no es en la forma de la libre realidad o de la naturaleza
que se manifiesta de modo independiente. Tiene, ciertamente, figura o la forma
del ser, en cuanto es objeto de su conciencia, pero puesto que ésta, en la
religión, se pone en la determinación esencial de ser autoconciencia, la figura
es totalmente translúcida ante sí misma; y la realidad que contiene es encerrada
en él y superada en él, precisamente del modo como cuando hablamos de toda
realidad; es la realidad pensada, universal.
Por tanto, como en la religión la determinación de la conciencia propiamente
dicha del espíritu no tiene la forma del libre ser otro, su ser allí es
diferente de su autoconciencia y su realidad propiamente dicha cae fuera de la
religión; es, evidentemente, un espíritu de ambas, pero su conciencia no abarca
a ambas a la vez y la religión se manifiesta como una parte del ser allí y del
obrar y el actuar, cuya otra parte es la vida en su mundo real. Ahora bien, como
sabemos que el espíritu en su mundo y el espíritu consciente de sí como espíritu
o el espíritu en la religión son lo mismo, la plenitud de la religión consiste
en que ambos se igualen recíprocamente, no sólo en que su realidad sea abarcada
por la religión, sino, a la inversa, en que él, como espíritu consciente de sí
mismo, devenga real y objeto de su conciencia. En la medida en que el espíritu
se representa en la religión a él mismo, es ciertamente conciencia y la realidad
encerrada en la religión es la figura y el ropaje de su representación. Pero la
realidad no experimenta de nuevo en esta representación su pleno derecho, a
saber, el de no ser solamente ropaje, sino ser allí independiente y libre; y, a
la inversa, al faltarle la perfección en ella misma, la religión es una figura
determinada que no alcanza aquello que debe presentar, o sea el espíritu
consciente de sí mismo. Para poder expresar el espíritu consciente de sí, su
figura no debiera ser otra cosa que él y él debiera manifestarse o ser real como
es en su esencia.
Solamente así se lograría también la que podría parecer ser la exigencia de lo
contrario, a saber, que el objeto de su conciencia tenga al mismo tiempo la
forma de libre realidad; pero solamente el espíritu que es objeto de sí como
espíritu absoluto es ante sí una realidad igualmente libre en la medida en que
permanece en ello consciente de sí mismo.
Como primeramente se diferencian la autoconciencia y la conciencia en sentido
propio, la religión y el espíritu en su mundo o el ser allí del espíritu, este
último consiste en la totalidad del espíritu, en cuanto sus momentos se
presentan como desgajados y cada uno para sí. Pero los momentos son la
conciencia, la autoconciencia, la razón y el espíritu; -el espíritu, en efecto,
como espíritu inmediato, que no es todavía la conciencia del espíritu. Su
totalidad unificada constituye el espíritu en su ser allí mundano en general; el
espíritu como tal contiene las anteriores configuraciones en las determinaciones
universales, en los momentos que más arriba señalábamos. La religión presupone
todo el curso de estos mismos y es la simple totalidad o el absoluto sí mismo de
ellos. Por lo demás, por lo que a la religión se refiere, su discurrir no puede
representarse en el tiempo. Solamente el espíritu en su totalidad es en el
tiempo, y las figuras que son figuras del espíritu total como tal se presentan
en una sucesión; pues sólo lo total tiene realidad en sentido propio y, por
tanto, la forma de la pura libertad frente a lo otro que se expresa como tiempo.
Pero los momentos del todo, la conciencia, la autoconciencia, la razón y el
espíritu, no tienen, por ser momentos, ningún ser allí distinto los unos con
respecto a los otros. Como el espíritu se diferenciaba de sus momentos, hay que
diferenciar, en tercer lugar, de estos momentos mismos su determinación
singularizada. Cada uno de aquellos momentos lo veíamos diferenciarse, en
efecto, a su vez, en él mismo en un propio discurrir y en diversas figuras;
como, por ejemplo, en la conciencia se diferenciaban la certeza sensible y la
percepción. Estos últimos lados se desdoblan en el tiempo y pertenecen a un todo
particular. Pues el espíritu desciende desde su universalidad a la singularidad
por medio de la determinación. La determinación o el medio es conciencia,
autoconciencia, etc. Pero la singularidad la constituyen las figuras de estos
momentos. Estos presentan, por tanto, el espíritu en su singularidad o realidad
y se diferencian en el tiempo, pero de tal modo que el siguiente retiene en él a
los anteriores. Si, por tanto, la religión es el acabamiento del espíritu, en el
que los momentos singulares del mismo, conciencia, autoconciencia, razón y
espíritu, retornan y han retornado como a su fundamento, constituyen en conjunto
la realidad que es allí de todo el espíritu, el cual sólo es como el movimiento
que diferencia y que retorna a sí de estos sus lados. El devenir de la religión
en general se contiene en el movimiento de los momentos universales. Pero, como
cada uno de estos atributos se presenta tal y como se determina no solamente en
general, sino tal y como es en y para sí, es decir, tal como discurre en sí
mismo como todo, con ello no nace tampoco solamente el devenir de la religión en
general, sino que aquellos procesos completos de los lados singulares contienen
al mismo tiempo las determinabilidades de la religión misma.
El espíritu total, el espíritu de la religión es, a su vez, el movimiento que
consiste en llegar, partiendo de su inmediatez, al saber de lo que él es en sí o
de un modo inmediato y en conseguir que la figura en que el espíritu se
manifiesta para su conciencia sea completamente igual a su esencia y se intuya
tal y como es. En este devenir él mismo es también en determinadas figuras, que
constituyen las diferencias de este movimiento; al mismo tiempo, la religión
determinada tiene con ella, asimismo, un espíritu real determinado. Así, pues,
si al espíritu que se sabe pertenecen en general conciencia, autoconciencia,
razón y espíritu, a las figuras determinadas del espíritu que se sabe pertenecen
las formas determinadas, que se desarrollan dentro de la conciencia, de la
autoconciencia, de la razón y del espíritu, en cada una de ellas en particular.
La figura determinada de la religión destaca para su espíritu real, de entre las
figuras de cada uno de sus momentos, aquella que le corresponde. La
determinabilidad una de la religión penetra por todos lados su existencia real y
les imprime este sello común.
De este modo se ordenan ahora las figuras que habían aparecido hasta aquí de
otro modo que como se manifestaban en su serie, acerca de lo cual hay que decir
todavía, en pocas palabras, lo necesario. En la serie considerada, todo momento
se formaba ahondando en sí, hacia un todo en su principio peculiar; y el conocer
era la profundidad o el espíritu en que tenían su sustancia aquellos momentos,
que no tenían subsistencia alguna para sí. Pero esta sustancia se ha destacado a
partir de ahora; es la profundidad del espíritu cierto de sí mismo que no
permite al principio singular aislarse y convertirse en sí mismo en totalidad,
sino que, reuniendo y manteniendo aglutinados en sí todos estos momentos,
progresa en toda esta riqueza de su espíritu real, y todos sus momentos
particulares toman y reciben en sí, conjuntamente, la igual determinabilidad del
todo. Este espíritu cierto de sí mismo y su movimiento es su verdadera realidad
y el ser en y para sí que a cada singular corresponde. Por tanto, si hasta aquí
estábamos ante una serie que designaba en su progreso, por medio de nódulos, los
retrocesos en ella, pero de tal modo que, partiendo de estos nódulos, progresaba
de nuevo en una longitud, ahora vernos que se rompe al mismo tiempo en estos
nódulos, en los momentos universales y se descompone en muchas líneas, que,
reunidas en un haz, se unen al mismo tiempo simétricamente, de manera que
coinciden las mismas diferencias, en que cada línea particular se configuraba
dentro de ella. Por lo demás, de todo lo expuesto se desprende por sí mismo cómo
debe entenderse esta coordinación aquí expuesta de las direcciones universales y
que resulta superfluo hacer la observación de que estas diferencias sólo deben
concebirse, esencialmente, como momentos del devenir, y no como partes; en el
espíritu real, dichas diferencias son atributos de su sustancia, pero en la
religión son más bien solamente predicados del sujeto. Del mismo modo, en sí o
para nosotros, todas las formas en general se contienen, indudablemente, en el
espíritu y en cada momento; pero, por lo que se refiere a su realidad, todo
depende, en general, de qué determinabilidad sea para él en su conciencia, en la
que él expresa su sí mismo o en qué figura sepa su esencia. La diferencia
establecida entre el espíritu real y el que se sabe como espíritu o entre sí
mismo como conciencia y como autoconciencia es superada en el espíritu que se
sabe de acuerdo con su verdad; su conciencia y su autoconciencia se equilibran.
Pero, como aquí la religión es solamente inmediata, esta diferencia no ha
retornado todavía al espíritu. Se ha puesto solamente el concepto de la
religión; en este concepto, la esencia es la autoconciencia que es ante sí toda
verdad y que contiene en ésta toda realidad. Esta autoconciencia, como
conciencia, se tiene a sí por objeto; el espíritu que sólo se sabe
inmediatamente ante sí, es pues, espíritu bajo la forma de la inmediatez, y la
determinabilidad de la figura en la cual se manifiesta ante sí mismo es la del
ser. Este ser no es pleno de sensaciones ni de materia viva ni de cualquier otro
momento unilateral, de fines y determinaciones, sino del espíritu, y es sabido
por sí como toda verdad y realidad. De este modo, esta plenitud no es igual a su
figura, ni él, como esencia, es igual a su conciencia. Sólo es real como
espíritu absoluto porque entonces, tal como es en la certeza de sí mismo, así es
también ante sí en su verdad; o, los extremos en los que se divide como
conciencia son el uno para el otro en figura de espíritu. La configuración que
el espíritu asume como objeto de su conciencia permanece plena con la certeza
del espíritu como por la sustancia; por medio de este contenido desaparece el
que el objeto descienda a pura objetividad, a forma de la negatividad de la
autoconciencia. La unidad inmediata del espíritu consigo mismo es la base o
conciencia pura, dentro de la cual la conciencia se descompone. De este modo,
encerrado en su pura autoconciencia, el espíritu no existe en la religión como
el creador de una naturaleza en general, sino que lo que él hace surgir en este
movimiento son, por el contrario, sus figuras como espíritus que todos juntos
constituyen el acabamiento de su manifestación; y este mismo movimiento es el
devenir de su completa realidad por medio de los lados singulares de ella o por
medio de sus realidades incompletas.
La primera realidad del espíritu es el concepto de la religión misma o la
religión como religión inmediata y, por tanto, natural; en ella el espíritu se
sabe como su objeto en figura natural o inmediata. Pero la segunda es
necesariamente la de saberse en la figura de la naturalidad superada o del sí
mismo. Es, por tanto, la religión artística, porque la figura se eleva aquí a la
forma del sí mismo gracias a la producción de la conciencia, de tal modo que
ésta contempla en su objeto su obrar, o el sí mismo. Por último, la tercera
supera el carácter de unilateralidad de las dos primeras; el sí mismo es tanto
un inmediato como la inmediatez es sí mismo. Si en la primera el espíritu es en
general en la forma de la conciencia y en la segunda en la de la autoconciencia,
en la tercera es en la forma de la unidad de ambas; tiene la figura del ser en y
para sí; y, al ser así representado como es en sí y para sí, ésta es la religión
revelada. Pero, sí bien el espíritu alcanza en ella su figura verdadera, la
figura misma y la representación son todavía el lado no sobrepasado del que el
espíritu debe pasar al concepto, para resolver en él enteramente la forma de la
objetividad, en él que encierra en sí mismo también este su contrario. El
espíritu ha captado entonces el concepto de sí mismo, a la manera como nosotros
hemos llegado a captarlo solamente ahora; y su figura o el elemento de su ser
allí, en cuanto es el concepto, es él mismo.
RELIGIÓN NATURAL
El espíritu que sabe al espíritu es conciencia de sí mismo y es ante si en la
forma de lo objetivo; este espíritu es; y es al mismo tiempo el ser para sí. Es
para sí, en el lado de la autoconciencia, y lo es, además, contra el lado de su
conciencia o del referirse a sí como objeto. En su conciencia es la
contraposición y, con ello, la determinabilidad de la figura en la que se
manifiesta y se sabe. De esta determinabilidad se trata solamente en este modo
de considerar la religión; pues su esencia no configurada o su puro concepto se
ha dado ya. Pero la diferencia entre la conciencia y la autoconciencia cae al
mismo tiempo dentro de la segunda; la figura de la religión no contiene el ser
allí del espíritu a la manera como éste es naturaleza libre del pensamiento o
pensamiento libre del ser allí; sino que dicha figura es el ser allí mantenido
en el pensamiento, del mismo modo que algo pensado que ante sí es allí. Una
religión se diferencia de otra según la determinabilidad de esta figura en la
que el espíritu se sabe; sin embargo, debe notarse que la exposición de este su
saber de sí según esta determinabilidad singular no agota de hecho la totalidad
de una religión real. La serie de las distintas religiones que resultarían
presenta de nuevo, asimismo, solamente los distintos lados de una sola, y en
verdad de cada una singular, y las representaciones que parecen caracterizar a
una religión real con respecto a otra se dan en cada una de ellas. Sin embargo,
la diversidad debe ser considerada al mismo tiempo como una diversidad de la
religión. En efecto, mientras que el espíritu se encuentra en la diferencia de
su conciencia y de su autoconciencia, el movimiento se propone como meta superar
esta diferencia fundamental y dar a la figura que es objeto de la conciencia la
forma de la autoconciencia. Pero esta diferencia no es ya superada por el hecho
de que las figuras que aquella conciencia contiene tengan ellas también el
momento del sí mismo y Dios sea representado como autoconciencia. El sí mismo
representado no es el sí mismo real; para que, como cualquier, otra
determinación más cercana de la figura, pertenezca en verdad a ésta, debe
ponerse en ella, de una parte, el obrar de la autoconciencia y, de otra parte,
debe la determinación inferior ser y mostrarse superada y concebida por la
superior. Pues lo representado sólo deja de ser representado y extraño a su
saber cuando el sí mismo lo ha producido, y considera entonces la determinación
del objeto como la suya, intuyéndose por tanto en él. Por medio de esta
actividad, la determinación inferior desaparece, al mismo tiempo, pues el obrar
es lo negativo, que se lleva a cabo a costa de un otro; en cuanto la
determinación inferior entra también en acción, se retrotrae a lo inesencial;
por el contrario, cuando la inferior es todavía la predominante, pero sigue
dándose también la superior, una de ellas tiene su puesto carente de sí mismo al
lado de la otra. Por tanto, cuando las diversas representaciones dentro de una
singular religión presentan todo el movimiento de sus formas, el carácter de
cada una es determinado por la particular unidad de la conciencia y la
autoconciencia, esto es porque ésta capta en sí la determinación del objeto de
la primera, con su obrar se apropia totalmente tal determinación y la sabe como
esencial frente a las otras. La verdad de la fe en una determinación del
espíritu religioso se muestra en que el espíritu real se halla constituido como
la figura en la que se intuye en la religión; así, por ejemplo, la encarnación
humana de Dios con que se presenta en la religión oriental no tiene ninguna
verdad porque su espíritu real carece de esta reconciliación. No es éste el
lugar indicado para retornar de la totalidad de las determinaciones a la
determinación singular y poner de manifiesto en qué, figura dentro de ella y de
su particular religión se contiene la totalidad de las demás. La forma superior,
relegada bajo una inferior. carece de su significación para el espíritu
autoconsciente; sólo superficialmente pertenece a él y a su representación. Se
la debe considerar en su significado propio allí donde es principio de esta
particular religión y acreditada por su espíritu real.
LA ESENCIA LUMINOSA
El espíritu, como la esencia que es autoconciencia -o la esencia autoconsciente
que es toda verdad y sabe toda realidad como sí misma- sólo es, frente a la
realidad que se da en el movimiento de su conciencia, por el momento, su
concepto; y este concepto es, frente al día de este despliegue, la noche de su
esencia, frente al ser allí de sus momentos como figuras independientes, el
secreto creador de su nacimiento. Este secreto tiene en sí mismo su revelación,
pues el ser allí tiene en este concepto su necesidad, ya que este concepto es el
espíritu que se sabe y tiene, por tanto, en su esencia el momento de ser
conciencia y de representarse objetivamente. Es el puro yo que en su enajenación
tiene en sí como objeto universal la certeza de sí mismo, o, este objeto es para
el yo la compenetración de todo pensamiento y de toda realidad.
En el inmediato primer desdoblamiento del espíritu absoluto que se sabe tiene su
figura aquella determinación que corresponde a la conciencia inmediata o a la
certeza sensible. Se intuye en la forma del ser, pero no del ser carente de
espíritu que pertenece a la certeza sensible y está pleno de fortuitas
determinaciones de la sensación, sino del ser pleno del espíritu. Este encierra
en sí, asimismo, la forma que se daba en la autoconciencia inmediata, la forma
del señor frente a la autoconciencia del espíritu, que queda relegado detrás de
su objeto. Este ser pleno del concepto del espíritu es, por tanto, la figura de
la relación simple del espíritu consigo mismo o la figura de la carencia de
figura. Es, gracias a esta determinación, la pura esencia luminosa de la aurora,
que todo lo contiene y lo llena y que se mantiene en su sustancialidad carente
de forma. Su ser otro es lo negativo igualmente simple, las tinieblas; los
movimientos de su propia enajenación, sus creaciones en el elemento sin
resistencia de su ser otro son derrames de luz; son en su simplicidad, al mismo
tiempo, su devenir para sí y el retorno de su ser allí, ríos de fuego que
devoran la configuración. La diferencia que dicha esencia se da se propaga,
ciertamente, a la sustancia del ser allí y se configura en las formas de la
naturaleza; pero la simplicidad esencial de su pensamiento vaga en ellas sin
consistencia e ininteligible, amplía sus límites hasta lo desmedido y disuelve
en su sublimidad su belleza exaltada hasta el esplendor.
El contenido que este puro ser desarrolla o su percibir es, por tanto, un jugar
carente de esencia con aquella sustancia, que sólo surge sin llegar a ahondar en
sí misma, sin llegar a ser sujeto y consolidar sus diferencias por el sí mismo.
Sus determinaciones son solamente atributos que no llegan a cobrar
independencia, sino que permanecen solamente nombres de lo uno multinominal.
Esto se halla vestido como con un ornamento carente de sí mismo con las
múltiples fuerzas del ser allí y las figuras de la realidad; esas fuerzas son
solamente mensajeros de su poder carentes de voluntad propia, intuiciones de su
señorío y voces de su alabanza.
Pero esta vida estremecida debe determinarse como ser para sí y dar consistencia
a sus figuras que tienden a desaparecer. El ser inmediato en que se pone frente
a su conciencia es por sí mismo el poder negativo que disuelve sus diferencias.
Es, pues, en verdad, el sí mismo; y el espíritu pasa, por ello, a saberse en la
forma del sí mismo. La luz pura proyecta su simplicidad como una infinitud de
formas separadas y se ofrece como víctima al ser para sí, de tal manera que lo
singular tome la subsistencia de su sustancia.
LA PLANTA Y EL ANIMAL
El espíritu autoconsciente que ha entrado en sí partiendo de la esencia carente
de figura o ha elevado su inmediatez al sí mismo en general determina su
simplicidad como una multiplicidad del ser para sí y es la religión de la
percepción espiritual, en la que el espíritu se escinde en la innumerable
pluralidad de espíritus más débiles y más fuertes, más ricos y más pobres. Este
panteísmo, que es primeramente el quieto subsistir de estos átomos espirituales,
se convierte en el movimiento hostil en sí mismo. El candor de la religión de
las flores, que es solamente representación carente de sí mismo del sí mismo,
pasa a la seriedad de la vida combatiente, a la culpa de la religión de los
animales, la quietud y la impotencia de la individualidad intuitiva pasan al ser
para sí destructor. De nada sirve el haber quitado a las cosas de la percepción
la muerte de la abstracción para elevarlas a esencias de percepción espiritual;
la animación de este reino de los espíritus tiene en ella aquella muerte
mediante la determinabilidad y la negatividad que invaden su inocente
indiferencia. Con ellas, la dispersión en la multiplicidad de las figuras
quietas de las plantas se convierte en un movimiento hostil en el que las
consume el odio de su ser para sí. La autoconciencia real de este espíritu
disperso es una multitud de singularizados e insociables espíritus de pueblos
que en su odio se pelean a muerte y devienen conscientes de determinadas figuras
animales como de su esencia, pues no son otra cosa que espíritus animales, vidas
animales que se disocian y conscientes de sí sin universalidad. Pero en este
odio se agota la determinabilidad del puro ser para sí negativo y por medio de
este movimiento del concepto adopta el espíritu otra figura. El ser para sí
superado es la forma del objeto hecha surgir por medio del sí mismo o que más
bien es el sí mismo hecho surgir, que se consume, es decir, el sí mismo que
deviene cosa. Por tanto, el trabajador, cuyo obrar no es solamente negativo,
sino aquietado y positivo, mantiene la superioridad sobre los espíritus animales
que no hacen más que desgarrarse entre sí. La conciencia del espíritu es, por
tanto, de ahora en adelante, el movimiento que va más allá del ser en sí
inmediato como del ser para si abstracto. En cuanto que el en sí es rebajado a
una determinabilidad por la oposición, no es ya la forma propia del espíritu
absoluto, sino una realidad, la de que su conciencia se encuentra contrapuesta
como la existencia común y la que supera, y del mismo modo no es solamente este
ser para sí que supera, sino que produce también su representación, el ser para
sí exteriorizado en la forma de un objeto. Sin embargo, este producir no es
todavía la actividad perfecta, sino una actividad condicionada y la formación de
algo ya dado.
EL ARTESANO
El espíritu se manifiesta, por tanto, aquí como el artesano y su obrar, por
medio del cual se produce a sí mismo como objeto, pero sin llegar a captar
todavía el pensamiento de sí, es un modo de trabajar instintivo, como las abejas
construyen sus celdillas.
La primera forma, por ser la inmediata, es la forma abstracta del entendimiento,
y la obra no se halla aun en sí misma llena por el espíritu. Los cristales de
las pirámides y de los obeliscos, simples combinaciones de líneas rectas con
superficies planas y proporciones iguales de las partes, en las que queda
eliminada la inconmensurabilidad de las curvas, son los trabajos de este
artesano de la forma rigurosa. Por razón de la mera inteligibilidad de la forma,
no es su significación en ella misma, no es el sí mismo espiritual. Las obras
sólo reciben, por tanto, el espíritu bien en sí, como un espíritu extraño ya
muerto, que ha abandonado su compenetración viva con la realidad y que entra él
mismo muerto en estos cristales desprovistos de vida; o bien se refieren
exteriormente a él como a algo exterior al sí mismo y que no existe como
espíritu -como a la luz naciente que proyecta sobre ella su significación.
La separación de que parte el espíritu que trabaja, la separación del ser en sí
que deviene materia que él trabaja y del ser para sí que es el lado de la
autoconciencia que trabaja ha devenido para el objetiva en su obra. Su esfuerzo
ulterior debe tender a superar esta separación entre el alma y el cuerpo, a dar
ropaje y figura a la primera en ella misma y a animar a la segunda. Ambos lados,
al acercarse el uno al otro, retienen en ello, el uno con respecto al otro, la
determinabilidad del espíritu representado y de la envoltura que lo reviste; su
unidad consigo mismo entraña esta oposición de la singularidad y la
universalidad. Por cuanto la obra se acerca a sí misma en sus lados, ocurre con
ello, al mismo tiempo, también lo otro, a saber, que se acerca a la
autoconciencia que trabaja y ésta al saber de sí en la obra tal como es en y
para sí. Pero, de este modo, sólo constituye el lado abstracto de la actividad
del espíritu, que no sabe todavía su contenido en sí mismo, sino en su obra, que
es una cosa. El artesano mismo, el espíritu entero, no se ha manifestado aun,
sino que es todavía la esencia interior aun oculta que, como un todo, sólo se da
escindida en la autoconciencia activa y en el objeto hecho surgir por ella.
Por tanto, la morada circundante, la realidad exterior que sólo se eleva a la
forma abstracta del entendimiento, es la que el artesano trabaja en forma más
animada. El artesano emplea para ello la vida de las plantas, que no es ya
sagrada como lo era para el anterior panteísmo importante, sino que es tomada
por él, que se capta como la esencia que es para sí, como algo útil y relegado
al papel de algo externo y ornamental. Pero no se le emplea sin alteración, sino
que el trabajador de la forma autoconsciente cancela al mismo tiempo la
precariedad que la existencia inmediata de esta vida tiene en ella y acerca sus
formas orgánicas a las más rigurosas y más universales del pensamiento. Cuando
la forma orgánica es dejada en libertad sigue propagándose en la particularidad;
pero cuando es sojuzgada de una parte por la forma del pensamiento eleva, por
otra parte, estas figuras rectilíneas y planas a curvas animadas, mezcla que
pasa a ser la raíz de la libre arquitectura.
Esta morada, el lado del elemento universal o de la naturaleza inorgánica del
espíritu encierra en sí también una figura de la singularidad, que acerca a la
realidad al espíritu antes separado del ser allí, interior o exterior a ella,
haciendo con ello que la obra se iguale más a la autoconciencia activa. El
trabajador echa mano ante todo de la forma del ser para sí en general, de la
figura animal. Que en la vida animal no sea ya de un modo inmediato
autoconsciente lo demuestra al constituirse frente a ésta como la fuerza
productiva y al saberse en ella como su obra; con lo que la convierte, al mismo
tiempo, en una fuerza superada y en el jeroglífico de otra significación, de un
pensamiento. Por tanto, no es empleada ya ella sola y totalmente por el
trabajador, sino mezclada con la figura del pensamiento, con la figura humana.
Pero aun le falta a la obra la figura y el ser allí, en la que el sí mismo
existe como sí mismo; le falta todavía esto: expresar en ella misma que encierra
en sí una significación interior, le falta el lenguaje, el elemento donde se da
el sentido mismo que lo llena. Por tanto, la obra, aunque se haya purificado
totalmente de lo animal y lleve en ella solamente la figura de la
autoconciencia, es aun la figura muda que necesita del rayo del sol naciente
para tener tono, el cual, engendrado por la luz, es solamente sonido, pero no
lenguaje, muestra solamente un sí mismo exterior, pero no el interior.
A este sí mismo exterior de la figura se contrapone la otra figura, que indica
tener en ella un interior. La naturaleza que retorna a su esencia degrada su
multiplicidad viva que se individualiza y se embrolla en su movimiento a un
habitáculo no esencial que es la cobertura de lo interior; y este interior es
todavía, por el momento, las simples tinieblas, lo inmóvil, la piedra negra e
informe. Ambas presentaciones contienen la interioridad y el ser allí –los dos
momentos del espíritu; y ambas presentaciones contienen ambos momentos, al mismo
tiempo, en una relación contrapuesta, el sí mismo tanto como interior cuanto
como exterior. Ambas deben unirse. El alma de la estatua modelada en forma
humana no viene todavía de lo interior, no es todavía el lenguaje, el ser allí
que es en él mismo interior, y el interior de la existencia multiforme es
todavía lo atónico, que no se diferencia en sí mismo y que se halla todavía
separado de su exterior, al que pertenecen todas las diferencias. El artesano
unifica, por tanto, ambas cosas en la mezcla de la figura natural y de la figura
autoconsciente, y estas esencias ambiguas y enigmáticas ante sí mismas, lo
consciente pugnando con lo no consciente, lo interior simple con lo multiforme
exterior, la oscuridad del pensamiento emparejándose con la claridad de la
exteriorización, irrumpen en el lenguaje de una sabiduría profunda y de difícil
comprensión.
En esta obra cesa el modo de trabajo instintivo que, frente a la autoconciencia,
engendraba la obra no consciente; pues en ella se enfrenta a la actividad del
artesano, que constituye la autoconciencia, un interior igualmente
autoconsciente y que se expresa. Se ha ido remontando trabajosamente en ello
hasta el desdoblamiento de su conciencia, en que el espíritu se encuentra con el
espíritu. En esta unidad del espíritu autoconsciente consigo mismo, en la medida
en que el espíritu es figura y objeto de su conciencia, se purifican, por tanto,
sus mezclas con el modo no consciente de la figura natural inmediata. Estos
monstruos en cuanto a la figura, el discurso y la acción se disuelven en una
configuración espiritual, en un exterior que entra en sí y un interior que se
exterioriza desde sí y en sí mismo; en un pensamiento que es claro ser allí que
se engendra y que mantiene su figura en conformidad con él. El espíritu es
artista.
LA RELIGIÓN DEL ARTE
El espíritu ha elevado su figura, en la que el espíritu es para su conciencia, a
la forma de la conciencia misma y hace surgir ante sí esta forma. El artesano ha
abandonado el trabajo sintético, la mezcla de las formas extrañas del
pensamiento y de lo natural; habiendo ganado la figura la forma de la actividad
autoconsciente, el artesano se ha convertido en trabajador espiritual.
Si nos preguntamos cuál es el espíritu real que tiene en la religión del arte la
conciencia de su esencia absoluta, llegamos al resultado de que es el espíritu
ético o el espíritu verdadero. No es solamente la sustancia universal de todo la
singular, sino que, teniendo esta sustancia para la conciencia real la figura de
la conciencia, ello quiere decir que la sustancia, dotada de individualización,
es sabida por aquél como su propia esencia y su propia obra. De este modo, no es
para él ni la esencia luminosa en cuya unidad el ser para sí de la
autoconciencia, contenido tan sólo negativamente, transitoriamente, intuye al
señor de su realidad, no es tampoco el incesante devorarse de pueblos que se
odian, ni su sojuzgamiento en castas que constituyan en su conjunto la
apariencia de la organización de un todo acabado, pero al que le falte la
libertad universal de los individuos. Sino que es el pueblo libre, en el que la
costumbre constituye la sustancia de todos, cuya realidad y existencia saben
todos y cada uno de los singulares como su voluntad y su obrar.
Pero la religión del espíritu ético es su elevación por sobre su realidad, el
retorno desde su verdad al puro saber de sí mismo.
Puesto que el pueblo ético vive en la unidad inmediata con su sustancia y no
tiene en él el principio de la singularidad de la autoconciencia, su religión
sólo aparece en su perfección allí donde se destaca de su subsistencia. Pues la
realidad de la sustancia ética se basa, en parte, en su quieta inmutabilidad
frente al movimiento absoluto de la autoconciencia y, por tanto, en el hecho de
que ésta no ha retornado todavía a sí de su quieta costumbre y de su firme
confianza en sí misma; y, en parte, en su organización en una pluralidad de
derechos y deberes, así como en la distribución en las masas de los estamentos y
de su obrar particular, que coopera al todo; se basa, por tanto, en el hecho de
que el singular está satisfecho con la limitación de su ser allí y no ha captado
todavía el pensamiento limitado de su libre sí mismo. Pero, aquella quieta
confianza inmediata en la sustancia pasa a la confianza en sí y a certeza de sí
mismo, y la pluralidad de los derechos y deberes, como el obrar limitado, es el
mismo movimiento dialéctico de lo ético que la pluralidad de las cosas y de su
determinación, un movimiento que sólo encuentra su quietud y su firmeza en la
simplicidad del espíritu cierto de sí. La perfección de la eticidad hasta llegar
a la libre autoconciencia y el destino del mundo ético es, por tanto, la
individualidad que ha entrado en sí, la absoluta ligereza del espíritu ético que
disuelve en sí todas las diferencias fijas de su subsistencia y las masas de su
estructuración orgánica y ha llegado plenamente a la alegría ilimitada y al más
libre goce de sí mismo. Esta simple certeza del espíritu en sí es la ambigua,
quieta subsistencia y la fija verdad, del mismo modo que es la absoluta
inquietud y el perecer de la eticidad. Pero se trueca en esta última; pues la
verdad del espíritu ético todavía sigue siendo, primeramente, esta esencia y
esta confianza sustanciales en las que el sí mismo no se sabe como libre
singularidad y que, por tanto, se va a pique en esta interioridad o en el
liberarse del sí mismo. Así, pues, al quebrantarse la confianza y romperse la
sustancia del pueblo en sí, el espíritu, que era el medio entre los extremos
inconsistentes, pasa ahora al extremo de la autoconciencia que se capta como
esencia. Esta conciencia es el espíritu cierto dentro de sí, que se duele de la
perdida de su mundo y que ahora hace surgir su esencia, elevada por sobre la
realidad, desde la pureza del sí mismo.
En una época así se produce el arte absoluto; antes, es el trabajo instintivo,
que, sumergido en la existencia, trabaja partiendo de ella y penetrando en ella,
que no tiene su sustancia en la libre eticidad y que, por tanto, no tiene
tampoco la libre actividad espiritual para el sí mismo que trabaja. Más tarde,
el espíritu va más allá del arte para alcanzar su más alta presentación; la de
ser no solamente la sustancia nacida del sí mismo, sino también, en su
presentación como objeto ser este sí mismo; no sólo de alumbrarse desde su
concepto, sino de tener su concepto mismo como figura, de tal modo que el
concepto y la obra de arte creada se saben mutuamente como uno y lo mismo.
Como, por tanto, la sustancia ética ha retornado desde su ser allí a su
autoconciencia pura, es éste el lado del concepto o de la actividad con que el
espíritu se hace surgir como objeto. Es la forma pura, porque el singular, en la
obediencia y en el servicio éticos, ha agotado todo ser allí no consciente y
toda sólida determinación, del mismo modo que la sustancia misma se ha
convertido en esta esencia fluida. Esta forma es la noche en que la sustancia es
traicionada y se ha convertido en sujeto; de esta noche de la certeza pura de sí
mismo resurge el espíritu moral como la figura liberada de la naturaleza y de su
ser allí inmediato.
La existencia del concepto puro, en la que el espíritu ha huido de su cuerpo, es
un individuo que el espíritu elige como receptáculo de su dolor. En este
individuo el espíritu es como su universal y su potencia, de la que sufre
violencia, es como su pathos, entregado al cual pierde la libertad su
autoconciencia. Pero aquella potencia positiva de la universalidad es sojuzgada
por el puro sí mismo del individuo como la potencia negativa. Esta pura
actividad, consciente de su fuerza inalienable, lucha con la esencia no
configurada; haciéndose dueña de ella, ha convertido el pathos en su materia y
se ha dado su contenido; y esta unidad surge como obra, como el espíritu
universal individualizado y representado.
LA OBRA DE ARTE ABSTRACTA
La primera obra de arte es, como la inmediata, la obra abstracta y singular. A
su vez, tiene que moverse, partiendo del modo inmediato y objetivo, hacia la
autoconciencia y, de otra parte, esta autoconciencia para sí, tiende, en el
culto, a superar la diferencia que primero se da frente a su espíritu y a
producir con ello la obra de arte vivificada en ella misma.
A) La imagen de los dioses El primer modo en que el espíritu artístico aleja más
una de otra su figura y su conciencia activa es el modo inmediato en que aquélla
es allí en general como cosa. Se escinde en él en la diferencia entre la
singularidad, que tiene en ella la figura del sí mismo, y la universalidad, que
presenta la esencia inorgánica con respecto a la figura, como su medio ambiente
y su morada. Ésta adquiere, mediante la elevación del todo al puro concepto, su
forma pura, perteneciente al espíritu. No es ni el cristal intelectual que
alberga a lo muerto o es iluminado por el alma exterior, ni la mezcla, que surge
primeramente de la planta, de las formas de la naturaleza y del pensamiento,
cuya actividad sigue siendo aquí una imitación. Sino que el concepto se despoja
de lo que aun queda adherido a las formas de la raíz, las ramas y el follaje y
las purifica en imágenes en las que lo rectilíneo y lo plano del cristal es
elevado a proporciones inconmensurables, de tal modo que la animación de lo
orgánico es asumida por la forma abstracta del entendimiento y, al mismo tiempo,
se mantiene para el entendimiento su esencia, la inconmensurabilidad.
Pero el dios que mora en lo interior es la piedra negra que sale de la morada
del animal y que es penetrada por la luz de la conciencia. La figura humana se
despoja de la figura animal con la que aparecía mezclada; el animal es para el
dios solamente un ropaje contingente; aparece junto a su verdadera figura y ya
no vale para sí, sino que ha descendido a la significación de un otro, a un mero
signo. La figura del dios se despoja así en ella misma de la penuria de las
condiciones naturales del ser allí animal e indica las disposiciones interiores
de la vida orgánica en su superficie y como perteneciente solamente a ésta. Pero
la esencia del dios es la unidad del ser allí universal de la naturaleza y del
espíritu autoconsciente que en su realidad se manifiesta como contrapuesta a
aquél. Al mismo tiempo, siendo primeramente una figura singular, su ser allí es
uno de los elementos de la naturaleza, del mismo modo que su realidad
autoconsciente es un espíritu del pueblo singular. Pero aquélla es en esta
unidad el elemento reflejado en el espíritu, la naturaleza transfigurada por el
pensamiento, unida con la vida autoconsciente. Por tanto, la figura de los
dioses tiene en ella su elemento natural como un elemento superado, como un
oscuro recuerdo. La esencia caótica y la embrollada lucha del libre ser allí de
los elementos, el reino no ético de los titanes, son derrotados y empujados
hacia el borde de la realidad que se ha hecho clara, hacia los turbios límites
del mundo que se encuentra y se aquieta en el espíritu. Estos viejos dioses, en
los que primeramente se particulariza la esencia luminosa en maridaje con las
tinieblas, el Cielo, la Tierra, el Océano, el Sol, el ciego fuego tifónico de la
Tierra, etc., son sustituidos por figuras que sólo tienen ya en ellas la oscura
resonancia que recuerda a aquellos titanes, y no son ya esencias naturales, sino
diáfanos espíritus morales de los pueblos autoconscientes.
Por tanto, esta figura simple ha abolido en sí y reunido en una individualidad
quieta la inquietud de la infinita singularización -tanto de la suya como
elemento natural que sólo como esencia universal se comporta como necesaria,
pero que en su ser allí y en su movimiento se comporta de un modo contingente-
como de la que surge como el pueblo que, disperso en las masas particulares del
obrar y en los puntos individuales de la autoconciencia, tiene una existencia de
múltiple sentido y obrar. Se le contrapone, por tanto, el momento de la
inquietud; frente a ella, a la esencia, está la autoconciencia, que no tiene
para sí como su punto de origen otra cosa que el ser la actividad pura. Lo
perteneciente a la sustancia lo entregaba el artista totalmente a su obra; pero
en su obra no daba realidad alguna a sí mismo como individualidad determinada;
sólo podía participar a la obra la perfección enajenándose de su particularidad
y desencarnándose para elevarse a la abstracción del puro obrar. En esta primera
e inmediata creación no han vuelto a unificarse aun la separación entre la obra
y su actividad autoconsciente; por tanto, la obra no es para sí la obra
realmente animada, sino que es totalidad solamente con su devenir. Lo común a la
obra de arte, el ser creada en la conciencia y elaborada por manos humanas, es
el momento del concepto existente como concepto, que se le contrapone. Y si
éste, como artista o como contemplador, es lo bastante desinteresado para
declarar la obra de arte absolutamente animada en ella misma, olvidándose del
que obra o intuye, deberá mantenerse en pie, por el contrario, el concepto del
espíritu, el cual no puede prescindir del momento de ser consciente de sí mismo.
Pero este momento se contrapone a la obra, porque en esta su primera escisión el
concepto da a los dos lados sus determinaciones abstractas del obrar y del ser
cosa, de tal modo que se enfrenten la una a la otra; y su retorno a la unidad,
de la que emanan, no se ha llevado a cabo aun.
Así pues, el artista experimenta en su obra el no haber creado una esencia igual
a él. De este modo, retorna a él de ella, ciertamente, una conciencia, a saber:
que una muchedumbre admirada la honre como el espíritu que es su esencia. Pero
esta animación, restituyéndole su autoconciencia solamente como admiración, es
más bien una confesión hecha al artista de que esta animación no es igual a él.
Al retornar a él como alegría en general, el artista no encuentra en ella ni el
dolor de su formación y creación ni el esfuerzo de su trabajo. Aunque éstos
enjuicien su obra y le aporten ofrendas; aunque pongan en ella, como sea, su
conciencia, si, con su conocimiento, se ponen por encima de él, él sabe cuánto
más vale su obrar que su comprender y su discurso; y sí se ponen por debajo y
reconocen en ella la esencia que los domina, él se sabe como el dueño y señor de
la misma.
B) El himno La obra de arte requiere, por tanto, otro elemento de su existencia,
el dios requiere otro modo de expresión que éste, en el que desciende de la
profundidad de su noche creadora a lo contrario, a la exterioridad, a la
determinación de la cosa no autoconsciente. Este elemento superior es el
lenguaje, un ser allí que es inmediatamente existencia autoconsciente. Como en
el lenguaje es la autoconciencia singular, es también inmediatamente como un
contagio universal; la plena particularización del ser para sí es al mismo
tiempo la fluidez y la unidad universalmente comunicada de los muchos sí mismos;
es el alma existente. Como alma. Por tanto, el dios que tiene el lenguaje como
elemento de su figura es la obra de arte animada en ella misma, que tiene
inmediatamente en su existencia la pura actividad que se enfrentaba a él cuando
existía como cosa. O la autoconciencia permanece inmediatamente cerca de sí en
el objetivarse de su esencia. De este modo, siendo en su esencia cerca de sí
misma, es puro pensar o es la devoción cuya interioridad tiene al mismo tiempo
ser allí en el himno. El himno retiene en él la singularidad de la
autoconciencia y esta singularidad, al ser escuchada, es allí al mismo tiempo
como universal; la devoción, encendida en todos, es la corriente espiritual que,
en la multiplicidad de la autoconciencia, es consciente de sí como de un igual
obrar de todos y como ser simple; el espíritu, como esta universal
autoconciencia de todos, tiene en una unidad tanto su pura interioridad como el
ser para otros y el ser para sí de los singulares.
Este lenguaje se distingue de otro lenguaje del dios que no es el de la
autoconciencia universal. El oráculo, tanto el del dios de las religiones
artísticas como el de las religiones anteriores, es su primer lenguaje
necesario; pues en su concepto va implícito el que es tanto la esencia de la
naturaleza como la del espíritu, por lo que tiene no sólo un ser allí natural,
sino también un ser allí espiritual. En la medida en que este momento reside
solamente en su concepto y no se ha realizado aun en la religión, el lenguaje
es, para la autoconciencia religiosa, el lenguaje de una autoconciencia extraña.
La autoconciencia extraña todavía a su comunidad no es allí aun como su concepto
lo exige. El sí mismo es el simple y por ende sencillamente universal ser para
sí; pero aquel que se halla separado de la autoconciencia de la comunidad es
solamente un singular. El contenido de este lenguaje propio y singular se
desprende de la universal determinabilidad en la que el espíritu absoluto en
general es puesto en su religión. El espíritu universal de la aurora, que aun no
ha particularizado su ser allí, expresa acerca de la esencia proposiciones
igualmente simples y universales, el contenido sustancial de las cuales es
sublime en su verdad simple, pero en gracia a esta misma universalidad se
manifiesta al mismo tiempo como algo trivial a la autoconciencia que
ulteriormente se va desarrollando. El sí mismo ulteriormente formado que se
eleva al ser para sí es dueño del puro pathos de la sustancia, es dueño de la
objetividad de la esencia luminosa auroral y sabe aquella simplicidad de la
verdad como lo que es en sí, que no tiene la forma del ser allí contingente a
través de un lenguaje extraño, sino como la segura y no escrita ley de los
dioses, que vive eternamente y de la que nadie sabe cuándo se manifestó. Como la
verdad universal revelada por la esencia luminosa se ha retraído aquí a lo
interior o a lo inferior y se ha sustraído, por tanto, a la forma de la
manifestación contingente; así por el contrario, en la religión del arte, porque
la figura del dios ha asumido la conciencia y, por tanto, la singularidad en
general, dicha verdad es el lenguaje propio del dios, el cual es el espíritu del
pueblo ético, el oráculo que sabe los casos particulares de éste y da a conocer
lo que es útil acerca de ellos. Pero las verdades universales, al ser sabidas
como lo que es en sí, son vindicadas por el pensamiento que sabe, y el lenguaje
de ellas ya no le es un lenguaje extraño, sino el lenguaje propio. Y así como
aquella manera de la Antigüedad buscaba en su propio pensamiento lo que fuese
bueno y bello, dejando al demonio el saber el contenido malo y contingente del
saber, si era bueno para él el practicar esto o aquello o si era bueno para un
conocido el emprender tal o cual viaje y otras cosas insignificantes, del mismo
modo la conciencia universal saca el saber de lo contingente de los pájaros o de
los árboles o de la tierra en fermentación, cuyos vapores arrebatan a la
autoconciencia su capacidad de reflexión; pues lo contingente es lo irreflexivo
y extraño, y la conciencia ética se deja también determinar de un modo
irreflexivo y extraño, como por un juego de dados. Si el singular se deja
determinar por su entendimiento y elige con reflexión lo que le es útil, a esta
autodeterminación le sirve de base la determinabilidad del carácter particular;
ésta es lo contingente y aquel saber del entendimiento de lo que es útil para el
singular es, por tanto, un saber del mismo tipo que el de aquel oráculo o el de
la suerte; solamente que quien interroga al oráculo o a la suerte expresa con
ello la disposición ética de la indiferencia hacia lo contingente, mientras que
aquél, por el contrario, trata a lo en sí contingente como interés esencial de
su pensamiento y de su saber. Pero lo superior a ambas cosas es, ciertamente, el
hacer de la reflexión el oráculo del obrar contingente, pero sabiendo este obrar
reflexivo mismo como algo contingente, en virtud de su lado de relación con lo
particular y su utilidad. El verdadero ser allí autoconsciente que el espíritu
cobra en el lenguaje que no es el lenguaje de la autoconciencia extraña, y por
tanto contingente y no universal, es la obra de arte que hemos visto
anteriormente. Esta obra de arte se contrapone al carácter de cosa de la
estatua. Mientras ésta es el ser allí quieto, aquélla es, en cambio, el ser allí
que tiende a desaparecer; mientras que en ésta la objetividad dejada en libertad
carece del propio sí mismo inmediato, aquélla permanece demasiado encerrada en
el sí mismo, cobra demasiado poca configuración y, como el tiempo, no es ya de
un modo inmediato mientras es allí.
C) El culto
El movimiento de ambos lados, en el que la figura divina movida en el puro
elemento sensible de la autoconciencia y la figura divina quieta en el elemento
de la coseidad abandonan mutuamente su diversa determinación y la unidad que es
el concepto de su esencia llega al ser allí, constituye el culto. En él se da el
sí mismo la conciencia del descender de la esencia divina de su más allá a él y
ésta, que anteriormente era lo irreal y solamente objetivo, adquiere de este
modo la realidad propiamente dicha de la autoconciencia.
Este concepto del culto se halla ya en sí contenido y presente en el fluir del
canto de los himnos. Esta devoción es la satisfacción inmediata y pura del sí
mismo por medio y dentro de sí mismo. Es el alma depurada que, en esta pureza,
sólo es inmediatamente esencia y forma una unidad con la esencia. Por su
abstracción, no es la conciencia que diferencia su objeto de sí y es solamente,
por tanto, la noche del ser allí y el lugar dispuesto para su figura. El culto
abstracto eleva, por tanto, al sí mismo al ser este puro elemento divino. El
alma lleva a cabo esta depuración de un modo consciente; sin embargo, no es
todavía el sí mismo que ha descendido a sus profundidades, que se sabe como el
mal, sino que es un algo que es, un alma que purifica su exterioridad con
abluciones, que la cubre de vestidos blancos y conduce su interioridad por el
camino representado de los trabajos, las penas y las recompensas, por el camino
de la cultura que se enajena de la particularidad, camino por el cual el alma
logra llegar a las moradas y a la comunidad de la beatitud.
En un principio, este culto es solamente una actuación secreta, es decir, una
actuación solamente representada, irreal; debe ser acción real, ya que una
acción irreal se contradice a sí misma. La conciencia propiamente dicha se eleva
de este modo a su pura autoconciencia. La esencia tiene en ella la significación
de un objeto libre; mediante el culto real retorna éste al sí mismo -y en la
medida en que el objeto tiene en la conciencia pura la significación de la pura
esencia que mora más allá de la realidad, esta esencia desciende de su
universalidad, a través de esta mediación, hasta la singularidad y se conjuga
así con la realidad.
El modo como ambos lados entran en la acción se determina de manera que para el
lado autoconsciente, en cuanto es conciencia real, la esencia se presenta como
la naturaleza real; de una parte, le pertenece como posesión y propiedad y vale
como la existencia que no es en sí; de otra parte, es su propia realidad y
singularidad inmediatas que la conciencia considera asimismo como no esencia y
supera. Pero, al mismo tiempo, aquella naturaleza exterior tiene para su
conciencia pura el significado opuesto, el de ser la esencia que es en sí,
frente a la cual el sí mismo sacrifica su no esencialidad, del mismo modo que, a
la inversa, se sacrifica a sí mismo el lado no esencial de la naturaleza. La
acción es movimiento espiritual, porque es bilateral, supera la abstracción de
la esencia del modo como la devoción determina al objeto y la hace real; y eleva
lo real, del modo como el que actúa determina el objeto y se determina a sí
mismo, a la universalidad y en ella.
La acción del culto mismo comienza, pues, con la pura entrega de una posesión
que el propietario aparentemente olvida como algo totalmente inútil para él o
deja que se volatilice en humo. Ante la esencia de su conciencia pura renuncia,
por tanto, a la posesión y al derecho de propiedad y de goce de la misma;
renuncia a la personalidad y al retorno del obrar al sí mismo y refleja la
acción más bien en lo universal o en la esencia como dentro de sí. Pero, a la
inversa, en ello se va también a pique la esencia que es. El animal sacrificado
es el signo de un dios; los frutos que se comen son los mismos Baco y Ceres
vivientes; en aquél mueren las potencias del derecho de arriba, que tiene sangre
y vida real; y en éstos las potencias del derecho de abajo, que posee, sin
sangre, el poder misterioso y astuto. El sacrificio de la sustancia divina
pertenece, en la medida en que es obrar, al lado autoconsciente; y para que este
obrar real sea posible, es necesario que la esencia misma se haya sacrificado ya
en sí. Así lo ha hecho al darse ser allí y convertirse en el animal singular y
en el fruto. Esta renuncia, que por tanto lleva ya a cabo la esencia en sí
presenta al sí mismo actuante en la existencia y para su conciencia y sustituye
aquella realidad inmediata de la esencia por la realidad superior, es decir, la
de sí misma. En efecto, la unidad engendrada, que es el resultado de la
singularidad y separación de ambos lados superados, no es el destino solamente
negativo, sino que tiene un significado positivo. Solamente a la esencia
abstracta y subterránea se entrega totalmente lo sacrificado a ella, con lo que
se designa la reflexión de la posesión y del ser para sí en lo universal, como
diferente del sí mismo como tal. Pero, al mismo tiempo, esto sólo es una pequeña
parte, y los demás sacrificios son solamente la destrucción de lo inútil y más
bien la preparación de lo sacrificado para la mesa, cuyo festín defrauda a la
acción en su significado negativo. El que sacrifica retiene en aquel primer
sacrificio la mayor parte y, en ella, lo que es útil para su propio goce. Este
goce es la potencia negativa que supera tanto la esencia como la singularidad y
es, al mismo tiempo, la realidad positiva, donde la existencia objetiva de la
esencia se ha transformado en autoconsciente y el sí mismo tiene la conciencia
de su unidad con la esencia.
Por lo demás, aunque este culto sea, ciertamente, una acción real su significado
ya sólo reside más bien en la devoción; lo que a ésta pertenece no brota
objetivamente, del mismo modo que el resultado se despoja a sí mismo, en el
goce, de su existencia. Por tanto, el culto sigue adelante y suple primeramente
este defecto dando a su devoción una subsistencia objetiva, al ser el culto el
trabajo común o singular que cada cual puede realizar, trabajo que hace surgir
la morada y el ornamento del dios, para honrarlo. De este modo, y de una parte,
se supera la objetividad de la estatua, ya que mediante esta consagración de sus
ofrendas y de sus trabajos el trabajador se congracia al dios e intuye en él,
adecuadamente como algo que le pertenece, a su sí mismo; y, por otra parte, este
obrar no es el trabajo singular del artista, sino que esta particularidad queda
disuelta en la universalidad. Pero no es el honor tributado al dios lo único que
se produce, y la bendición de su inclinación no fluye solamente en la
representación sobre el trabajador, sino que el trabajo tiene también el
significado inverso frente al primero de la enajenación y del honor extraño.
Las moradas y los altares de los dioses son para el uso del hombre y los tesoros
guardados en los templos son utilizados, por él, en caso de necesidad: y el
honor que al dios se le tributa en su ornato es el honor del pueblo
artísticamente dotado y magnánimo. En las fiestas, el pueblo adorna igualmente
sus propias moradas y ropas y rodea también de gracioso ornato sus ceremonias.
De este modo, recibe en la gratitud del dios la compensación y las pruebas de su
benevolencia, en la que se unió a él por medio del trabajo, y no ya en la
esperanza y en una tardía realidad, sino que tiene en los honores tributados y
en la aportación de las ofrendas, de un modo inmediato, el goce de su propia
riqueza y de su magnificencia.
LA OBRA DE ARTE VIVIENTE
El pueblo que en el culto de la religión del arte se aproxima a su dios es el
pueblo ético que sabe a su Estado y a los actos de éste como la voluntad y el
cumplimiento de sí mismo. Este espíritu, enfrentándose al pueblo autoconsciente,
no es, por tanto, la esencia luminosa que, carente de sí mismo, no contiene en
sí la certeza de los singulares, sino que es más bien solamente su esencia
universal y la potencia dominadora en la que aquéllos desaparecen. El culto de
la religión de esta simple esencia carente de figura sólo restituye, por tanto,
a sus fieles, en general, el que ellos son el pueblo de su dios; sólo les
asegura su subsistencia y su sustancia simple en general, pero no su sí mismo
real, que es más bien rechazado. Pues ellos veneran a su dios como la
profundidad vacía, no como espíritu. Pero, por otra parte, el culto de la
religión del arte carece de aquella abstracta simplicidad de la esencia y, por
tanto, de la profundidad de ésta. No obstante, la esencia, unida inmediatamente
con el sí mismo, es en sí el espíritu y la verdad que sabe, aunque no sea aun la
verdad sabida o la verdad que se sabe a sí misma en su profundidad. Así, pues,
puesto que la esencia tiene aquí en ella el sí mismo, su manifestación resulta
grata a la conciencia, y esta conciencia en el culto no sólo obtiene la
justificación universal de su subsistencia, sino también su ser allí consciente
en él mismo, del mismo modo que, a la inversa, la esencia no tiene ser allí
consciente en un pueblo reprobado en el que solamente la sustancia se reconoce y
tiene realidad carente de sí mismo, sino en el pueblo cuyo sí mismo es
reconocido en su sustancia.
Del culto procede, pues, la autoconciencia satisfecha en su esencia, y el dios
se instala en ella como en su morada. Esta morada es para sí la noche de la
sustancia o su pura individualidad, y no ya la tensa individualidad del artista,
que aun no se ha reconciliado con su esencia en proceso de objetivación, sino la
noche satisfecha que, colmada de todo, tiene en ella su pathos, porque es el
retorno de la intuición, de la objetividad superada. Este pathos es para sí la
esencia del amanecer, pero un amanecer que es a partir de ahora dentro de sí un
ocaso y tiene en él mismo su ocaso, la autoconciencia y, con ello, ser allí y
realidad. Esta esencia ha recorrido aquí el movimiento de su realización.
Descendiendo desde su esencialidad pura hacia una fuerza natural objetiva y sus
exteriorizaciones, es ser allí para lo otro, para el sí mismo, por el cual es
devorado. La silenciosa esencia de la naturaleza carente de sí mismo alcanza en
su fruto el grado en que la naturaleza, preparándose ella misma para ser
digerida después, se ofrece a la vida del sí mismo; alcanza su más alta
perfección en la utilidad de ser comida y bebida, pues es así, en efecto, la
posibilidad de una existencia más alta y toca a la existencia espiritual -al
elevarse, por una parte, hasta la sustancia silenciosamente vigorosa y, por otra
parte, hasta la fermentación espiritual, el espíritu de la tierra, en su
metamorfosis, prospera hasta convertirse allí en el principio femenino de la
nutrición y aquí en el principio masculino de la fuerza del ser allí
autoconsciente que se impulsa a sí mismo.
En este goce revela, por tanto, aquella esencia luminosa auroral lo que es;
dicho goce es el misterio de esa esencia. Pues lo místico no es el ocultamiento
de un secreto o de la ignorancia, sino que consiste en que el sí mismo se sabe
uno con la esencia y ésta es, por tanto, revelada. Solamente el sí mismo es
revelado ante sí, o lo que se revela se revela solamente en la certeza inmediata
de sí. Pero en ésta se pone mediante el culto la esencia simple; ésta, como cosa
útil, no tiene solamente un ser allí que se ve, se siente, se huele y se gusta,
sino que es también objeto de la apetencia y, mediante el goce real, pasa a ser
uno con el sí mismo y, por tanto, completamente puesto de manifiesto ante esto y
patente ante él. Aquello de lo que se dice que es revelado a la razón, al
corazón, es todavía, de hecho, secreto, pues falta todavía la certeza real del
ser allí inmediato, tanto la objetiva como la del goce, que en la religión, sin
embargo, no es sólo la inmediata carente de pensamiento, sino al mismo tiempo la
del puro saber del sí mismo.
Lo que de este modo, mediante el culto, se revela en él mismo al espíritu
autoconsciente es la simple esencia como el movimiento consistente, de una
parte, en remontarse de su nocturna reconditez a la conciencia, en ser su
callada sustancia nutricia, y, de otra parte, en perderse de nuevo en la noche
subterránea, en el sí mismo, y en permanecer arriba solamente con callada
nostalgia maternal. Pero el impulso ruidoso es la esencia de la luz naciente de
múltiples nombres y su vida tumultuosa, abandonada asimismo por su ser
abstracto, se enmarca primeramente en la existencia objetiva del fruto y luego,
entregándose a la autoconciencia, llega en ella a la realidad propiamente dicha,
y ahora vaga como un tropel de mujeres delirantes, el tumulto indomeñado de la
naturaleza en la figura autoconsciente. Pero lo que se pone de manifiesto ante
la conciencia sólo es todavía el espíritu absoluto, que es esta simple esencia,
y no lo que es como espíritu en él mismo, o solamente el espíritu inmediato, el
espíritu de la naturaleza. Su vida autoconsciente es, por tanto, solamente el
misterio del pan y del vino, el misterio de Ceres y de Baco, no el de los otros
dioses, propiamente superiores y cuya individualidad encierra dentro de sí como
momento esencial la autoconciencia como tal. Aun no se le ha sacrificado, por
tanto, el espíritu como espíritu autoconsciente, y el misterio del pan y del
vino no es aun el misterio de la carne y de la sangre.
Esta incontenida ebriedad del dios tiene que aquietarse tornándose objeto y el
entusiasmo que no llega a la conciencia producir una obra que se le enfrente
como una obra igualmente perfecta, a la manera como al entusiasmo del artista de
que ya hemos hablado se le enfrentaba la estatua, pero no como un sí mismo
carente en él de vida, sino como un sí mismo viviente. Un culto así es la fiesta
que el hombre se da en su propio honor; pero sin poner en ella todavía la
significación de la esencia absoluta; pues sólo se pone de manifiesto ante él,
por el momento, la esencia, pero todavía no el espíritu; no como un espíritu que
adopte figura esencialmente humana. Pero este culto sienta el fundamento para
esta revelación y desdobla, uno por uno, sus momentos. Aquí, es el momento
abstracto de la corporeidad viva de la esencia, como más arriba era la unidad de
ambos en el delirio no consciente. Por tanto, el hombre se coloca a sí mismo en
vez de la estatua como una figura educada y elaborada para un movimiento
perfectamente libre, lo mismo que aquélla es la quietud perfectamente libre. Si
cada individuo sabe presentarse, por lo menos, como portador de antorcha, de
entre ellos se destaca uno que es el movimiento configurado, la lisa elaboración
y la fuerza fluida de todos los miembros -una obra de arte viva y animada que
une a su belleza la fuerza y a la que el ornato con que ha sido honrada la
estatua se le concede como premio a su fuerza y el honor de ser entre su pueblo
la más alta representación corpórea de su esencia, en vez del dios de piedra.
En las dos representaciones que acabamos de ver se daba la unidad de la
autoconciencia y de la esencia espiritual; lo único que les falta es su
equilibrio. En el entusiasmo báquico es el sí mismo fuera de sí, pero en la
bella corporeidad la esencia espiritual. Aquel embotamiento de la conciencia y
sus salvajes balbuceos deben ser acogidos en la clara existencia de la
corporeidad, y la claridad carente de espíritu de ésta en la interioridad de la
primera. El elemento perfecto, en el que la interioridad es a un tiempo
exterior, como la exterioridad interior, es nuevamente el lenguaje, pero no el
lenguaje del oráculo, totalmente contingente y singular en su contenido, ni el
del himno, sentimiento y alabanza de un dios singular exclusivamente, ni los
balbuceos carentes de contenido del frenesí báquico. Sino que el lenguaje ha
adquirido su contenido claro y universal -su contenido claro, pues el artista ha
salido del primer entusiasmo totalmente sustancial y se ha elaborado hasta una
figura que es en sus movimientos existencia penetrada por el alma autoconsciente
y el ser allí conviviente; y su contenido universal, pues en esta fiesta que es
el honor del hombre desaparece la unilateralidad de las estatuas, que contiene
solamente un espíritu nacional, un carácter determinado de la divinidad. El
bello gimnasta es sin duda el honor de su pueblo particular, pero es una
singularidad corpórea en la que han desaparecido el desarrollo y la seriedad de
la significación y el carácter interior del espíritu que sostiene la vida
particular, las disposiciones, las necesidades y las costumbres de su pueblo. En
esta enajenación que va hasta la total corporeidad, el espíritu se ha despojado
de las particulares impresiones y resonancias de la naturaleza, que llevaba
dentro de sí como el espíritu real del pueblo. Su pueblo no es ya, pues,
consciente en él de su particularidad, sino que es más bien consciente de
haberse despojado de ella y es consciente de la universalidad de su existencia
humana.
LA OBRA DE ARTE ESPIRITUAL
Los espíritus de los pueblos que devienen conscientes de la figura de su esencia
en un animal particular se conjugan en unidad; de este modo, los bellos genios
nacionales particulares se agrupan en un panteón cuyo elemento y cuya morada es
el lenguaje. La intuición pura de sí mismo como humanidad universal tiene en la
realidad del espíritu del pueblo la forma de que se une en una empresa común con
los otros, con los que constituye por medio de la naturaleza una nación, y para
esta obra forma un sólo pueblo y, con ello, un sólo cielo. Esta universalidad a
la que el espíritu llega en su ser allí no es, sin embargo, más que la primera
universalidad que sale de la individualidad de la vida ética; no ha sobrepasado
aun su inmediatez, no ha formado un Estado, partiendo de estas poblaciones. El
carácter ético del espíritu real de un pueblo descansa, de una parte, sobre la
confianza inmediata de los singulares hacia la totalidad de su pueblo y de otra
parte, sobre la participación inmediata que todos, a pesar de la diferencia de
estamentos, toman en los actos y decisiones del gobierno. En la unión, que no
constituye primeramente un orden permanente, sino que se establece solamente con
miras a una acción común, se deja a un lado, por el momento, esta libertad de
participación de todos y de cada uno. Esta primera comunidad es, pues, más bien
una agrupación de individualidades que la dominación del pensamiento abstracto,
que arrebataría a los singulares su participación autoconsciente en el querer y
en el obrar del todo.
A) La epopeya
a) Su mundo ético
La agrupación de los espíritus del pueblo constituye un ciclo de figuras que
ahora abarca la naturaleza toda y todo el mundo ético. También ellos se hallan
bajo el mando supremo de uno más que bajo su suprema autoridad. Para sí, son las
sustancias universales de lo que un sí es y hace la esencia autoconsciente. Y
ésta constituye la fuerza, y ante todo, por lo menos, el punto medio en torno al
cual se afanan aquellas esencias universales y que por el momento parece
entrelazar contingentemente sus negocios. Pero el retorno de la esencia divina a
la autoconciencia es lo que contiene ya el fundamento por virtud del cual ésta
forma el punto medio para aquellas fuerzas divinas y oculta de momento la unidad
esencial bajo la forma de una amistosa relación exterior.
La misma universalidad que corresponde a este contenido tiene
también necesariamente la forma de la conciencia, forma bajo la que aparece. No
es ya el obrar real del culto sino un obrar que no ha sido elevado todavía al
concepto, sino solamente a la representación, en la conexión sintética de la
existencia autoconsciente y de la existencia exterior. La existencia de esta
representación, el lenguaje, es el lenguaje primero, la epopeya como tal, que
encierra el contenido universal, por lo menos como totalidad del mundo, aunque
no, ciertamente, como universalidad del pensamiento. El aeda es el singular
real, que, como sujeto de este mundo, lo engendra y lo sostiene. Su pathos no es
la fuerza natural, aturdidora, sino la Mnemosine, la introspección y la
interioridad devenida, la reminiscencia de la esencia anteriormente inmediata.
El aeda es el órgano que en su contenido tiende a desaparecer; lo que vale en él
no es su propio sí mismo, sino su musa, su canto universal. Pero lo que de hecho
se da es el silogismo, en el que el extremo de la universalidad, el mundo de los
dioses, se entrelaza por medio de la particularidad con la singularidad, con el
aeda. El medio es el pueblo en sus héroes, los cuales son hombres singulares
como el aeda, pero solamente hombres representados y, con ello, al mismo tiempo,
universales, como el libre extremo de la universalidad, los dioses.
b) Lo hombres y los dioses
Por tanto, en esta epopeya se presenta en general a la conciencia lo que en el
culto se actualiza en sí, la relación entre lo divino y lo humano. El contenido
es una acción de la esencia autoconsciente. El obrar perturba la quietud de la
sustancia y excita la esencia, lo que hace que su simplicidad se divida y se
escinda en el mundo múltiple de las fuerzas naturales y éticas. La acción es la
herida abierta en la tierra quieta, la fosa que, animada por la sangre, evoca
los espíritus desaparecidos, los cuales, sedientos de vida, la logran en el
obrar de la autoconciencia. El asunto en torno al cual gira el esfuerzo
universal presenta los dos lados, el del sí mismo, es decir, el del ser
efectuado por un conjunto de pueblos reales y por las individualidades que se
hallan a su cabeza, y el del universal, el ser efectuado por sus potencias
sustanciales. Pero, anteriormente, la relación entre ambos se había determinado
de tal modo que era la conexión sintética entre lo universal y lo singular, o
sea la representación. De tal determinación depende el enjuiciamiento de este
mundo. La relación de aquellos dos lados es, por tanto, una mezcla que divide de
modo inconsecuente la unidad del obrar y envía superfluamente la acción de un
lado para otro. Las potencias universales tienen en ellas la figura de la
individualidad y, con ello, el principio del obrar; su realizar se manifiesta,
por tanto, como un obrar tan libre y tan derivado de ellas como el de los
hombres.
Los dioses y los hombres han hecho, pues, uno y lo mismo. La seriedad de
aquellas potencias es, pues, una ridícula superfluidad, ya que, de hecho, son la
fuerza de la individualidad actuante -y la tensión y el trabajo de ésta es un
esfuerzo igualmente inútil, ya que aquéllas más bien lo guían todo. Los mortales
que pecan por exceso de celo, que son la nada, son al mismo tiempo el poderoso
sí mismo que somete a sí a las esencias universales, ofende a los dioses y les
atribuye en general la realidad y un interés de obrar; del mismo modo que, a la
inversa, estas impotentes universalidades, que se nutren de los dones de los
hombres y que sólo gracias a éstos tienen algo que hacer son la esencia natural
y la materia de todo cuanto sucede y son también la materia ética y el pathos
del obrar. Si sus naturalezas elementales sólo cobran realidad y comportamiento
activo mediante el libre sí mismo de la individualidad, son, igualmente, lo
universal que se sustrae a esta conexión, permanece ilimitadamente en su
determinación y, mediante la incoercible elasticidad de su unidad, extingue la
puntualidad del elemento activo y sus figuraciones, se mantiene puro a sí mismo
y disuelve todo lo individual en su fluidez.
c) Los dioses entre sí
Lo mismo que los dioses caen en esta relación contradictoria con la contrapuesta
naturaleza del sí mismo, así también su universalidad entra en conflicto con su
propia determinación y con el comportamiento de ésta hacia los otros dioses. Los
dioses son los bellos individuos eternos que, descansando sobre su propio ser
allí, se hallan sustraídos al pasado y al poder extraño. Pero son, al mismo
tiempo, elementos determinados, dioses particulares, que se comportan también
con respecto a los otros. Pero el comportamiento hacia los otros, que, vista en
cuanto a su contraposición, es un litigio con ellos, es un cómico autoolvidar su
naturaleza eterna. La determinabilidad se halla enraizada en la subsistencia
divina y tiene en su limitación la independencia de toda la individualidad;
mediante ésta pierden sus caracteres, al mismo tiempo, la nitidez de la
peculiaridad y se mezclan en su multivocidad. Un fin de la actividad y su
actividad misma, puesto que se dirige hacia un otro y, por tanto, hacia una
invencible fuerza divina, es un vacuo y contingente pavonearse que se esfuma
también y cambia la aparente seriedad de la acción en un inocuo juego seguro de
sí mismo, sin resultado ni consecuencia. Pero, si en la naturaleza de su
divinidad lo negativo o la determinabilidad sólo se manifiesta como la
inconsecuencia de su actividad y como la contradicción entre el fin y el
resultado, y si aquella seguridad independiente mantiene la supremacía sobre lo
determinado, se le enfrenta precisamente por ella la pura fuerza de lo negativo,
y cabalmente como su potencia última, más allá de la cual ya nada pueden. Los
dioses son lo universal y lo positivo frente al sí mismo singular de los
mortales, que no puede hacer frente a su poder; pero si el sí mismo universal
flota por esto sobre ellos y sobre todo este mundo de la representación al que
pertenece el contenido total como el vacío carente de concepto de la necesidad,
un acaecer con respecto al cual los dioses se comportan como carentes de sí
mismos y afligidos, pues estas naturalezas determinadas no se encuentran en esta
pureza.
Pero esta necesidad es la unidad del concepto, a la que se halla sometida la
contradictoria sustancialidad de los momentos singulares, donde se ordena la
inconsecuencia y la contingencia de su obrar y donde el juego de sus acciones
adquiere en ellos mismos su seriedad y su valor. El contenido del mundo de la
representación despliega para sí su movimiento sin lazo alguno en el término
medio, congregado en tomo a la individualidad de un héroe, el cual, sin embargo,
siente rota su vida en su fuerza y en su belleza y se entristece con el anticipo
de una muerte prematura. En efecto, la singularidad firme en sí misma y real se
halla excluida en la extremidad y escindida en sus momentos, que aun no se han
encontrado ni unido. Un singular, lo irreal abstracto, es la necesidad que no
participa de la vida del término medio, como no participa tampoco el otro, el
singular real, el aeda, que se mantiene fuera de él y se hunde en su
representación.
Ambos extremos deben acercarse al contenido; uno, la necesidad, tiene que
llenarse del contenido; el otro, el lenguaje del aeda, tiene que participar de
él, y el contenido primeramente confiado a sí mismo debe recibir en él la
certeza y la firme determinación de lo negativo.
B) La tragedia
Este más elevado lenguaje, la tragedia, compendia, pues, más de cerca la
dispersión de los momentos del mundo esencial y actuante, la sustancia de lo
divino se desdobla, con arreglo a la naturaleza del concepto, en sus figuras y
su movimiento es también conforme a él. En cuanto a la forma, el lenguaje, al
entrar en el contenido, deja de ser narrativo, del mismo modo que el contenido
deja de ser un contenido representado. Es el mismo héroe quien habla y la
representación muestra al auditor, que es al mismo tiempo espectador, hombres
autoconscientes que conocen y saben decir su derecho y su fin, la fuerza y la
voluntad de su determinación. Son artistas que no expresan, como el lenguaje que
en la vida real acompaña al obrar usual, no consciente, natural e ingenuamente,
lo exterior de sus decisiones y de sus empresas, sino que exteriorizan la íntima
esencia, demuestran el derecho de su actuar y afirman serenamente y expresan
determinadamente el pathos al que pertenecen, libres de circunstancias
contingentes y de la particularidad de las personalidades, en su individualidad
universal. La existencia de estos caracteres son, finalmente, hombres reales,
que revisten la personalidad de los héroes y los presentan en un lenguaje real,
que no es un lenguaje narrativo, sino el suyo propio. Así como a la estatua le
es esencial el ser obra de manos humanas, no menos esencial es al actor su
máscara, y no como condición exterior de la que deba abstraerse la consideración
artística; o bien que, en la medida en que en la consideración artística deba
hacerse abstracción de ello, con esto se viene a decir que el arte no contiene
aun en él su sí mismo verdadero y peculiar.
Las individualidades del coro, de los héroes y de las potencias divinas
El terreno universal en el que procede el movimiento de estas figuras
engendradas por el concepto es la conciencia del primer lenguaje representativo
y de su contenido carente de sí mismo y entregado a la disgregación. Es el
pueblo común en general cuya sabiduría se expresa en el coro de la vejez; tiene
su representante en esta carencia de vigor, porque él mismo constituye solamente
el material positivo y pasivo de la individualidad del gobierno que a él se
enfrenta. Careciendo de la fuerza de lo negativo, no puede aglutinar y domeñar
la riqueza y la abigarrada plenitud de la vida divina, sino que la deja
dispersarse y ensalza en sus himnos de veneración cada momento singular como un
dios independiente, tan pronto éste como otro. Pero, cuando se da cuenta de la
seriedad del concepto, como cuando ésta avanza sobre tales figuras y las
destroza, cuando ve cuán mal les va a sus ensalzados dioses, que se aventuran a
este terreno en el que impera el concepto, no es la potencia negativa misma la
que interviene actuando, sino que se mantiene en el pensamiento carente de sí
mismo de la misma, en la conciencia del destino extraño y coloca en primer plano
el vacuo deseo del aquietamiento, el débil lenguaje del apaciguamiento. En el
temor a las potencias superiores, que son los brazos inmediatos de la sustancia,
en el temor a la lucha de unas contra otras y al simple sí mismo de la
necesidad, que los aplasta al igual que a los vivos a ellos vinculados; en la
compasión por éstos, a quienes sabe al mismo tiempo como una sola cosa consigo
mismo, es para ello solamente el terror inactivo de este movimiento, el lamento
igualmente impotente y, como final, la vacía quietud de la rendición a la
necesidad, cuya obra no es concebida como la acción necesaria del carácter, ni
como el obrar de la esencia absoluta dentro de sí misma.
Ante esta conciencia espectadora, como terreno indiferente de la representación,
el espíritu no aparece en su multiplicidad dispersa, sino en el simple
desdoblamiento del concepto. Su sustancia se muestra, pues, desgarrada solamente
en sus dos potencias extremas. Estas esencias elementales universales son, al
mismo tiempo, individualidades autoconscientes, héroes que ponen su conciencia
en una sola de estas potencias, que poseen en ella la determinabilidad del
carácter y constituyen su activación y su realidad.
Esta individualización universal desciende todavía, como se ha recordado, hasta
la realidad inmediata de la existencia propiamente dicha y se presenta a una
muchedumbre de espectadores que tiene en el coro su contra-imagen o que tiene en
él más bien su propia representación que se expresa. El contenido y el
movimiento del espíritu que es aquí su propio objeto han sido ya considerados
como la naturaleza y la realización de la sustancia ética. Este espíritu alcanza
en su religión la conciencia sobre sí o se representa a su conciencia bajo su
forma más pura y en su figura más simple. Por tanto, si la sustancia ética,
mediante su concepto y según su contenido, se escindiese en las dos potencias
que han sido determinadas como derecho divino y derecho humano, derecho del
mundo subterráneo y del mundo de lo alto -aquél la familia, éste el poder del
Estado-, de los cuales el primero era el carácter femenino y el segundo el
masculino, el círculo de los dioses, primeramente multiforme y flotante en sus
determinaciones, queda restringido a estas potencias, que, gracias a esta
determinación, se acercan a la individualidad propiamente dicha. Pues la
dispersión anterior del todo en fuerzas múltiples y abstractas que se
manifiestan como sustantivadas, es la disolución del sujeto que las concibe
solamente como momentos en su sí mismo, y la individualidad, por consiguiente,
es sólo la forma superficial de estas esencias. A la inversa, hay que atribuir a
la personalidad contingente y en sí exterior una diferencia de caracteres mayor
que ésta de que acabamos de hablar.
a) El doble sentido de la conciencia de la individualidad
Al mismo tiempo, la esencia se divide atendiendo a su forma o al saber. El
espíritu actuante se coloca, como conciencia, frente al objeto sobre el cual
actúa y que de este modo es determinado como lo negativo del que sabe; quien
actúa se encuentra, por tanto, en la oposición del saber y el no-saber. Toma su
fin sacándolo de su carácter y lo sabe como la esencialidad ética; pero, por
medio de la determinabilidad del carácter, sabe solamente una de las potencias
de la sustancia, permaneciéndole oculta la otra. La realidad presente es, por
tanto, algo otro en sí y un otro para la conciencia; el derecho de lo alto y el
derecho secular adquieren en esta relación el significado de la potencia que
sabe y se revela a la conciencia y de la potencia que se esconde y se queda
acechando al fondo. Uno es el lado de la luz, el dios del oráculo que,
atendiendo a su momento natural, que brota del sol que todo lo ilumina, lo sabe
y lo revela todo -Febo y Zeus, que es su padre. Pero los mandamientos de este
dios que habla la verdad y sus anuncios de lo que es son más bien engañosos.
Pues este saber es, en su concepto, de modo inmediato, el no-saber, porque la
conciencia es en sí misma en el obrar esta oposición. Quien podía descifrar por
sí mismo el enigma de la esfinge, como aquel que confiaba de un modo infantil,
son arrastrados a la catástrofe por lo que el dios les revela. Esta sacerdotisa
por la que habla el hermoso dios no es otra cosa que las equivocas hermanas del
destino que con sus augurios empujan al crimen y que en la ambigüedad de lo que
dan como seguro engañan a quien se dejaba llevar del sentido revelado. Por
tanto, la conciencia, que es más pura que la anterior, la que cree en las
brujas, y más reflexiva y concienzuda que la primera, la que confía en la
sacerdotisa y en el hermoso dios, vacila en vengarse sólo por la revelación
hecha por el espíritu mismo del padre acerca del crimen que lo ha matado y
recurre a otras pruebas; por la razón de que este espíritu revelador podría del
mismo modo ser el diablo.
Esta desconfianza tiene su fundamento, porque la conciencia que sabe se pone en
oposición a la certeza de sí misma y a la esencia objetiva. El derecho de lo
ético de que la realidad no es en sí nada en oposición a la ley absoluta
experimenta que su saber es unilateral, que su ley es solamente la ley de su
carácter, que ha captado solamente una de las potencias de la sustancia. La
acción misma es esta inversión de lo sabido en su contrario, el ser, es el
trueque del derecho del carácter y del saber en el derecho de lo contrapuesto,
con el que aquél se halla enlazado en la esencia de la sustancia, el trueque en
las Erinias del otro poder y del otro carácter incitados a la hostilidad. Este
derecho de abajo se sienta con Zeus en el trono y goza de la misma consideración
que el dios revelado y que sabe.
A estas tres esencias es limitado por la individualidad actuante el mundo de los
dioses del coro. Lo uno es la sustancia, que es tanto la potencia del hogar y el
espíritu de la piedad familiar como la potencia universal del Estado y del
gobierno. Y, en cuanto que esta diferencia pertenece a la sustancia como tal, no
se individualiza en la representación en dos figuras diferentes, sino que tiene
en la realidad las dos personas de sus caracteres. Por el contrario, la
diferencia entre el saber y el no-saber cae en cada una de las autoconciencias
reales, y solamente en la abstracción, en el elemento de la universalidad, se
reparte entre dos figuras individuales. Pues el sí mismo del héroe sólo tiene
ser allí como conciencia total y es, por tanto, esencialmente, la diferencia
total que pertenece a la forma, pero su sustancia es determinada y sólo le
pertenece un lado de la diferencia del contenido. Por consiguiente, los dos
lados de la conciencia que en la realidad no tienen una individualidad separada,
una individualidad propia de cada una, tienen en la representación cada una de
ellas su figura particular, una la del dios revelado, otra la de las Erinias que
se mantienen ocultas. De una parte, ambas gozan del mismo honor, de otra parte,
la figura de la sustancia, Zeus, es la necesidad de la relación entre ambas. La
sustancia es la relación según la cual el saber es para sí, pero tiene su verdad
en lo simple, según la cual la diferencia mediante la que la conciencia real es
tiene su fundamento en la esencia interior que la destruye y según la que la
aseveración clara ante sí de la certeza tiene su confirmación en el olvido.
b) El declinar de la individualidad
La conciencia ha puesto en claro esta oposición por medio de la acción; obrando
con arreglo al saber revelado, experimenta el carácter engañoso de este saber y,
al entregarse con arreglo al contenido a un atributo de la sustancia, ha
ofendido al otro y ha dado a éste el derecho contra ella. Siguiendo al dios que
sabe, ha captado más bien lo no revelado y expía la falta de haberse confiado al
saber cuya ambigüedad, por ser ésta su naturaleza, debía darse también para ella
y darse como una advertencia. El frenesí de la sacerdotisa, la figura inhumana
de las brujas, la voz del árbol, del pájaro, del sueño, etc., no son los modos
en que la verdad se manifiesta, sino signos admonitorios del engaño, de la falta
de reflexión, de la singularidad y la contingencia del saber. o, lo que es lo
mismo, la potencia contrapuesta a la que esta conciencia ofende se da como ley
expresada y derecho vigente, ya sea la ley de la familia o la del Estado; la
conciencia ha seguido, por tanto, al propio saber, ocultándose a sí misma lo
revelado. Pero la verdad de las potencias del contenido y de la conciencia,
enfrentándose entre sí, es el resultado: ambas tienen el mismo derecho y, por
tanto, en su contraposición, que la acción produce, la misma falta de derecho.
El movimiento del obrar muestra su unidad en la mutua destrucción de ambas
potencias y de los caracteres autoconscientes. La reconciliación de la oposición
consigo misma es el Leteo del mundo subterráneo en la muerte -o el Leteo del
mundo de lo alto como absolución, no de la culpa, pues la conciencia que ha
obrado no puede ya renegar de ella, sino del crimen, y su apaciguamiento por
medio de la expiación. Ambos son el olvido, el ser desapercibido de la realidad
y del obrar de las potencias de la sustancia, su sus individualidades, y que las
potencias del pensamiento abstracto del bien y del mal; pues ninguna de ellas es
para sí la esencia, sino que ésta es la quietud del todo en sí mismo, la unidad
inmóvil del destino, la quieta existencia y, con ello, la inactividad y carencia
de vida de la familia y del gobierno, y el igual honor y, con ello, la
indiferente irrealidad de Apolo y las Erinias y el retorno de su animación y de
su actividad al simple Zeus.
Este destino lleva a cabo la despoblación del cielo -la mezcla carente de
pensamiento de la individualidad y la esencia-, mezcla por medio de la cual el
obrar de la esencia se manifiesta como un obrar inconsecuente, contingente,
indigno de ella; pues la individualidad que se adhiere a la esencia sólo de un
modo superficial, es lo no esencial. La eliminación de tales representaciones
carentes de esencia, que los filósofos de la Antigüedad reclamaban, comienza,
por tanto, ya en la tragedia en general por el hecho de que la división de la
sustancia se halla dominada allí por el concepto, con lo que la individualidad
es, así, allí, la individualidad esencial y las determinaciones son los
caracteres absolutos. La autoconciencia representada en la tragedia, sólo conoce
y reconoce, por tanto, una suprema potencia, y a este Zeus solamente como la
potencia del Estado o del hogar en oposición al saber, solamente como el padre
del saber de lo particular que deviene figura y como el Zeus del juramento y de
las Erinias, de lo universal, de lo interior que mora en lo oculto. Por el
contrario, los momentos que siguen dispersándose del concepto en la
representación y que el coro hace valer sucesivamente, no son pathos del héroe,
pero descienden en él al plano de la pasión -a momentos contingentes y carentes
de esencia que el coro carente de sí mismo ensalza ciertamente, pero que no son
capaces de constituir el carácter de los héroes ni de ser enunciados y
respetados por ellos como su esencia.
Pero también las personas de la esencia divina misma, al igual que los
caracteres de su sustancia, confluyen en la simplicidad de lo no consciente.
Esta necesidad tiene frente a la autoconciencia la determinación de ser la
potencia negativa de todas las figuras que aparecen, de no conocerse a sí misma
en ella, sino de hundirse más bien allí. El sí mismo aparece solamente como
atribuido a los caracteres, y no como el término medio del movimiento. Pero la
autoconciencia, la simple certeza de sí es, de hecho, la potencia negativa, la
unidad del Zeus, de la esencia sustancial y la necesidad abstracta, es la unidad
espiritual a la que todo retorna. Porque la autoconciencia real es todavía
diferente de la sustancia y del destino, es en parte el coro o más bien la
muchedumbre espectadora a la que este movimiento de la vida divina, como algo
extraño, llena de terror o en la que este movimiento, como algo cercano,
engendra solamente la emoción de la compasión inactiva. En parte, en la medida
en que la conciencia coopera y pertenece a los caracteres es esta unificación,
puesto que la verdadera, la del sí mismo, el destino y la sustancia no se da
aun, una unificación externa, una hipocresía; el héroe, que aparece ante el
espectador, se desintegra en su máscara y en el acto; en la persona y en el sí
mismo real.
La autoconciencia del héroe tiene que salir fuera de su máscara y presentarse
del modo como ella se sabe, como el destino tanto de los dioses del coro como de
las potencias absolutas mismas, sin estar ya separada del coro, de la conciencia
universal. C) La comedia
Ante todo, la comedia tiene el lado de que en ella la autoconciencia real se
presenta como el destino de los dioses. Estas esencias elementales no son, como
momentos universales, un sí mismo, ni son reales. Están, ciertamente, dotadas de
la forma de la individualidad, pero esta forma se imagina simplemente en ellas y
no les corresponde en y para sí mismas; el sí mismo real no tiene como su
sustancia y contenido un tal momento abstracto. Él, el sujeto, se halla, pues,
por encima de tal momento como por encima de una propiedad singular y, revestido
de esta máscara, expresa la ironía de dicha propiedad, que quiere ser algo para
sí. La arrogancia de la esencialidad universal se delata en el sí mismo; se
muestra prisionera de una realidad y deja caer la máscara, precisamente cuando
quiere ser algo justo. Aquí, el sí mismo, presentándose en su significado como
real, actúa con la máscara que se pone una vez para ser su persona pero sale
rápidamente de esta apariencia para tornar a su propia desnudez y a su
habitualidad, que muestra que no es diferente del sí mismo en sentido propio,
del actor y del espectador.
a) La esencia del ser allí natural
Esta disolución universal de la esencia configurada en general en su
individualidad deviene en su contenido más seria, y con ello más voluntariosa y
más amarga en la medida en que adquiere su significación más seria y más
necesaria. La sustancia divina reúne en ella la significación de la esencialidad
natural y ética.
En lo tocante a lo natural, la conciencia de sí real se muestra ya en el empleo
de este mismo elemento para su adorno, su morada, etc. y en la ofrenda de su
festín, como el destino al que se le ha revelado el secreto que guarda relación
con la autoesencialidad de la naturaleza; en el misterio del pan y del vino, se
los apropia a ambos juntos con el significado de la esencia interior, y en la
comedia tiene en general conciencia de la ironía de este significado. En la
medida en que ahora esta significación contiene la esencialidad ética, es en
parte el pueblo bajo sus dos aspectos, el del Estado o el demos propiamente
dicho, y el de la singularidad familiar; pero es, en parte, el puro saber
autoconsciente o el pensamiento racional de lo universal. Aquel demos, la masa
universal que se sabe como señor y regente, y también como el entendimiento y la
intelección que deben ser respetados, se violenta y perturba por la
particularidad de su realidad y presenta el ridículo contraste entre su opinión
de sí y su ser allí inmediato, entre su necesidad y su contingencia, entre su
universalidad y su vulgaridad. Si el principio de su singularidad, separado de
lo universal, surge en la figura propiamente dicha de la realidad y se apodera
manifiestamente de la comunidad, cuya enfermedad secreta es, y la organiza, se
delata de un modo inmediato el contraste entre lo universal como una teoría y
aquello de que se trata en la práctica, se delata la total emancipación de los
fines de la singularidad inmediata con respecto al orden universal y a la burla
que aquélla hace de éste.
b) La no esencialidad de la individualidad abstracta de lo divino
El pensamiento racional sustrae la esencia divina a su figura contingente y, en
contraposición a la sabiduría carente de concepto del coro, que enuncia diversas
máximas éticas y hace valer una multitud de leyes y determinados conceptos de
deberes y derechos, los eleva a las simples ideas de lo bello y lo bueno. El
movimiento de esta abstracción es la conciencia de la dialéctica que en ellas
tienen estas máximas y leyes y, con ello, del desaparecer de la validez absoluta
bajo la que previamente se manifestaban. Al desaparecer la determinación
contingente y la individualidad superficial que la representación atribuía a las
esencialidades divinas, éstas, atendiendo a su lado natural, sólo poseen ya la
desnudez de su ser allí inmediato, son nubes, una niebla que desaparece, como
aquellas representaciones. Atendiendo a su esencialidad pensada, se han
convertido en los pensamientos simples de lo bello y lo bueno, tolerando el que
se las llene con cualquier contenido. La fuerza del saber dialéctico abandona
las leyes y máximas determinadas del obrar al placer y la ligereza de la
juventud extraviada -por esto- y da armas para el engaño a la pusilanimidad y a
los cuidados de la vejez, limitada a la singularidad de la vida. Los puros
pensamientos de lo bello y lo bueno, liberados de la suposición que contiene
tanto su determinabilidad como contenido cuanto su determinabilidad absoluta, la
firmeza de la conciencia, ofrecen, por tanto, el cómico espectáculo de vaciarse
de su contenido, convirtiéndose con ello en juguetes de la opinión y de la
arbitrariedad de la individualidad contingente.
c) El sí mismo singular cierto de sí como esencia absoluta
Es aquí donde el destino antes no consciente, que consiste en la quietud vacía y
en el olvido y se halla separado de la autoconciencia, se reúne con ésta. El sí
mismo singular es la fuerza negativa por medio de la cual y en la cual
desaparecen los dioses y sus momentos, la naturaleza que es allí y los
pensamientos de sus determinaciones; al mismo tiempo, aquél no es la vaciedad
del desaparecer, sino que se mantiene en esta nulidad misma, es cerca de sí y la
única realidad. La religión del arte se ha llevado a término en él y ha
retornado totalmente a sí. Puesto que la conciencia singular es en la certeza de
sí misma lo que se presenta como esta potencia absoluta, esta potencia ha
perdido la forma de algo representado, separado de la conciencia en general y
extraño para ella, como lo eran la estatua y también la viva y bella corporeidad
o el contenido de la epopeya y las potencias y los personajes de la tragedia;
además, la unidad no es tampoco la unidad no consciente del culto y de los
misterios, sino que el sí mismo propiamente dicho del actor coincide con su
persona, y lo mismo ocurre con el espectador, que se siente perfectamente como
en su casa en lo que se representa ante él y se ve actuar a sí mismo en la
acción. Lo que esta autoconciencia intuye es que, en ella, lo que asume hacia
ella la forma de la esencialidad se disuelve y abandona más bien en su
pensamiento, en su ser allí y en su obrar, es el retorno de todo lo universal a
la certeza de sí mismo, que es, por ello, la ausencia total de terror, la
ausencia total de esencia de cuanto es extraño, y un bienestar y un sentirse
bien de la conciencia, tales como no se encontrarán nunca ya fuera de esta
comedia.
LA RELIGIÓN REVELADA
A través de la religión del arte, el espíritu ha pasado desde la forma de la
sustancia a la del sujeto, pues aquella religión produce la figura del espíritu
y pone, por tanto, en ella el obrar o la autoconciencia, que en la sustancia
atemorizadora no hace sino desaparecer y en la confianza no se capta ella misma.
Este devenir humano de la esencia divina parte de la estatua, que sólo tiene la
figura exterior del sí mismo, mientras que lo interior, su actividad, cae fuera
de ella; pero en el culto ambos lados se unifican, y en el resultado de la
religión del arte esta unidad en su plenitud ha pasado también, al mismo tiempo,
al extremo del sí mismo; en el espíritu, que en la singularidad de la conciencia
es perfectamente cierto de sí, se ha hundido toda esencialidad. La proposición
que enuncia esta ligereza dice así: el sí mismo es la esencia absoluta; la
esencia, que era sustancia y en la que el sí mismo era accidentalidad, ha
descendido al predicado, y el espíritu ha perdido su conciencia en esta
autoconciencia a la cual nada se enfrenta en la forma de la esencia.
A) Las premisas del concepto de la religión revelada
Esta proposición: el sí mismo es la esencia absoluta pertenece, como es claro
por sí mismo, al espíritu no religioso, al espíritu real; y debe recordarse que
es ésta la figura del espíritu que lo expresa. Esta figura contendrá, al mismo
tiempo, el movimiento y la inversión de dicha proposición, que rebaja al sí
mismo al predicado y eleva la sustancia al sujeto. De tal modo, que la
proposición inversa no convierte en sí o para nosotros a la sustancia en objeto
o, lo que es lo mismo, no restaura la sustancia de modo que la conciencia del
espíritu sea hecha retornar a su comienzo, a la religión natural, sino de modo
que esta inversión sea producida para y por la misma autoconciencia. Al
abandonarse ésta con conciencia de ello, es conservada en su enajenación y
permanece el sujeto de la sustancia, pero, al enajenarse así, tiene al mismo
tiempo la conciencia de la misma; o bien, al producir mediante su sacrificio la
sustancia como sujeto, éste sigue siendo su propio sí mismo. Se logra de este
modo que, si en las dos proposiciones -en la de la primera sustancialidad el
sujeto solamente desaparece, y en la segunda la sustancia es solamente
predicado, y ambos lados se dan, por tanto, en cada uno con la contrapuesta
desigualdad del valor-, se produzca la unión y penetración de ambas naturalezas,
en las que ambas, con un valor igual, son igualmente esenciales, a la par que
son solamente momentos; por donde el espíritu es, pues, tanto conciencia de sí
como de su sustancia objetiva cuanto autoconciencia simple, que permanece dentro
de sí.
La religión del arte pertenece al espíritu ético, que ya hemos visto más arriba
que se hundía en el estado de derecho, es decir, en la proposición: el sí mismo
como tal, la persona abstracta, es esencia absoluta. En la vida ética, el sí
mismo se ha hundido en el espíritu de su pueblo, es la universalidad plena. Pero
la singularidad simple se eleva desde este contenido, y su ligereza la depura en
la persona, en la universalidad abstracta del derecho. En ésta se ha perdido la
realidad Realität del espíritu ético, los espíritus vacíos de contenido de las
individualidades de los pueblos se han congregado en un panteón, no en un
panteón de la representación, cuya forma impotente deje hacer a cada cual, sino
en el panteón de la universalidad abstracta, del pensamiento puro, que los priva
de cuerpo y confiere al sí mismo carente de espíritu, a la persona singular, el
ser en y para sí.
Pero este sí mismo, por su vaciedad, ha dejado al contenido libre la conciencia
sólo dentro de sí es la esencia; su propio ser allí, el reconocimiento jurídico
de la persona, es la abstracción no plena; sólo posee, por tanto, más bien el
pensamiento de sí misma; o, tal como es allí y se sabe como objeto, es la
conciencia irreal. Es, por tanto, solamente la estoica independencia del
pensamiento, y ésta, atravesando el movimiento de la conciencia escéptica,
encuentra su verdad en aquella figura que fue llamada anteriormente la
autoconciencia desventurada.
Esta sabe lo que significa la validez real de la persona abstracta y también la
validez de esta persona en el puro pensamiento. Sabe una validez tal más bien
como la pérdida completa; ella misma es esta pérdida consciente de sí y la
enajenación de su saber de sí. Vemos que esta conciencia desventurada constituye
el reverso y el complemento de la conciencia dentro de sí perfectamente feliz,
de la conciencia cómica. En ésta, toda la esencia divina retorna o es la
perfecta enajenación de la sustancia. Aquélla es, por el contrario, el destino
trágico de la certeza de sí mismo, que debe ser en y para sí. Es la conciencia
de la pérdida de toda esencialidad en esta certeza de sí y de la pérdida
precisamente de este saber de sí -de la sustancia como del sí mismo, es el dolor
que se expresa en las duras palabras de que Dios ha muerto.
Así, pues, en el estado de derecho el mundo ético y su religión se han hundido
en la conciencia cómica, y la conciencia desventurada es el saber de esta
pérdida total. Para ella, se han perdido tanto el valor intrínseco de su
personalidad inmediata como el de su personalidad mediata, el de la personalidad
pensada. Ha enmudecido la confianza en las leyes eternas de los dioses, lo mismo
que la confianza en los oráculos que pasaban por conocer lo particular. Las
estatuas son ahora cadáveres cuya alma vivificadora se ha esfumado, así como los
himnos son palabras de las que ha huido la fe; las mesas de los dioses se han
quedado sin comida y sin bebida espirituales y sus juegos y sus fiestas no
infunden de nuevo a la conciencia la gozosa unidad de ellas con la esencia. A
las obras de las musas les falta la fuerza del espíritu que veía brotar del
aplastamiento de los dioses y los hombres la certeza de sí mismo. Ahora, ya sólo
son lo que son para nosotros .-bellos frutos caídos del árbol, que un gozoso
destino nos alarga, cuando una doncella presenta esos frutos; ya no hay ni la
vida real de su existencia, ni el árbol que los sostuvo, ni la tierra y los
elementos que constituían su sustancia, ni el clima que constituía su
determinabilidad o el cambio de las estaciones del año que dominaban el proceso
de su devenir. De este modo, el destino no nos entrega con las obras de este
arte su mundo, la primavera y el verano de la vida ética en las que florecen y
maduran, sino solamente el recuerdo velado de esta realidad. Nuestro obrar,
cuando gozamos de estas obras, no es ya, pues, el culto divino gracias al cual
nuestra conciencia alcanzaría su verdad perfecta que la colmaría, sino que es el
obrar exterior que limpia a estos frutos de algunas gotas de lluvia o de algunos
granos de polvo y que, en vez de los elementos interiores de la realidad ética
que los rodeaba, los engendraba y les daba el espíritu, coloca la armazón
prolija de los elementos muertos de su existencia exterior, el lenguaje, lo
histórico, etc., no para penetrar en su vida, sino solamente para
representárselos dentro de sí. Pero, lo mismo que la doncella que brinda los
frutos del árbol es más que su naturaleza que los presentaba de un modo
inmediato, la naturaleza desplegada en sus condiciones y en sus elementos, el
árbol, el aire, la luz, etc., al reunir bajo una forma superior todas estas
condiciones en el resplandor del ojo autoconsciente mismo y en el gesto que
ofrece los frutos, así también el espíritu del destino que nos brinda estas
obras de arte es más que la vida ética y la realidad de este pueblo, pues es la
reminiscencia del espíritu y exteriorizado todavía en ellas; -es el espíritu del
destino trágico que reúne todos aquellos dioses individuales y todos aquellos
atributos de la sustancia en un panteón, en el espíritu autoconsciente como
espíritu.
Todas las condiciones de su nacimiento se dan, y esta totalidad de sus
condiciones constituye el devenir, el concepto o el nacer que es en sí del
concepto mismo. El círculo de las producciones del arte abarca las formas de las
enajenaciones de la sustancia absoluta; es en la forma de la individualidad,
como una cosa, como objeto que es de la conciencia sensible -como el lenguaje
puro o el devenir de la figura como ser allí no sale fuera del sí mismo y es
objeto que tiende puramente a desaparecer-; como unidad inmediata con la
autoconciencia universal en su entusiasmo y como unidad mediata en el obrar del
culto; -.como bella corporeidad de sí mismo y. Por último, como el ser allí
elevado a la representación y el despliegue de la misma en un mundo que se
agrupa a la postre en la universalidad, que es también pura certeza de ella
misma. Estas formas, y del otro lado el mundo de la persona y del derecho, el
salvajismo destructor de los elementos del contenido que se han dejado libre,
así como la persona pensada del estoicismo y la inquietud insatisfecha de la
conciencia escéptica, constituyen la periferia de las figuras que, agrupadas en
una ardorosa espera, se disponen en torno a la cuna del espíritu que se
convierte en autoconciencia; el dolor y la nostalgia de la autoconciencia
desventurada que penetra en todas es su punto medio y el dolor común del parto
que acompaña a su nacimiento -la simplicidad del concepto puro que contiene
aquellas figuras como sus momentos.
B) El contenido simple de la religión absoluta: la realidad de la encarnación
humana de Dios
El contenido tiene en sí los dos lados que han sido representados más arriba
como las dos proporciones inversas entre sí; uno es aquel según el cual la
sustancia se enajena de sí misma y se convierte en autoconciencia; el otro, a la
inversa, aquel según el cual la autoconciencia se enajena de sí y se convierte
en coseidad o en sí mismo universal. Ambos lados salen así el uno al encuentro
del otro y con ello se ha producido su verdadera unificación. La enajenación de
la sustancia, su devenir autoconciencia, expresa el tránsito a lo contrapuesto,
el tránsito no consciente de la necesidad o el hecho de que es en sí
autoconciencia. Y, a la inversa, la enajenación de la autoconciencia expresa que
ésta es en sí la esencia universal, o -puesto que el sí mismo es el puro ser
para sí, que en su contrario permanece cerca de sí- el que es para ella como la
sustancia es autoconciencia y, precisamente por esto, espíritu. Se puede decir,
pues, de este espíritu que ha abandonado la forma de la sustancia y cobra ser
allí en la figura de la autoconciencia -si queremos servirnos de las relaciones
tomadas de la generación natural-, que tiene una madre real, pero un padre que
es en sí; pues la realidad o la autoconciencia y el en sí como la sustancia son
sus dos momentos, mediante cuya mutua enajenación, convirtiéndose cada uno de
ellos en el otro, el espíritu cobra ser allí como su unidad.
a) El ser allí inmediato de la autoconciencia divina
En la medida en que la autoconciencia sólo capta unilateralmente su propia
enajenación, aunque su objeto sea ya para ella tanto ser como sí mismo y sepa
todo ser allí como esencia espiritual, no por esto el espíritu verdadero ha
devenido para ella, ya que el ser en general o la sustancia no ha efectuado
igualmente en sí y de su propio lado su enajenación y no ha devenido
autoconciencia. Pues, en este caso, todo ser allí es esencia espiritual
solamente desde el punto de vista de la conciencia, no en sí mismo. De este
modo, el espíritu solamente es atribuido al ser allí por la imaginación; esta
imaginación es la fantasía, que atribuye tanto a la naturaleza como a la
historia, tanto al mundo como a las representaciones míticas de las religiones
anteriores otro sentido interior que el que inmediatamente ofrecen a la
conciencia en su manifestación, otro sentido, por lo que a las religiones se
refiere, que el que sabía en ellas la autoconciencia, de la que ellas eran
religiones. Pero esta significación es una significación tomada a préstamo y un
ropaje que no cubre las desnudeces de la manifestación y que no logra ninguna fe
ni veneración, sino que sigue siendo la noche turbia y el propio éxtasis de la
conciencia.
Para que esta significación de lo objetivo no sea, por tanto, mera imaginación,
debe ser en sí, es decir, debe, en primer lugar, brotar para la conciencia del
concepto y surgir en su necesidad. Así, mediante el conocimiento de la
conciencia inmediata o de la conciencia del objeto que es, mediante su
movimiento necesario, ha nacido para nosotros el espíritu que se sabe a sí
mismo. Este concepto, que, como concepto inmediato, tenía también la figura de
la inmediatez para su conciencia, se ha dado, en segundo lugar, la figura de la
autoconciencia en sí, es decir, atendiendo cabalmente a la misma necesidad del
concepto como el ser o la inmediatez que es el objeto carente de contenido de la
conciencia sensible se enajena de su ser y deviene yo para la conciencia. Pero
del en sí pensante o del conocer de la necesidad se diferencia, a su vez, el en
sí inmediato o la misma necesidad que es -diferencia que, sin embargo, no reside
al mismo tiempo fuera del concepto, pues la unidad simple del concepto es el ser
inmediato mismo; el concepto es tanto lo que se enajena a sí mismo o el devenir
de la necesidad intuida como el concepto que es en esta necesidad intuida cerca
de sí y la sabe y la concibe. El en sí inmediato del espíritu que se da la
figura de la autoconciencia quiere decir, sencillamente, que el espíritu del
mundo real ha llegado a este saber de sí; sólo entonces entra este saber en su
conciencia y entra en ella como verdad. La manera como ha acaecido aquello, se
ha visto ya más arriba.
Esto, el que el espíritu absoluto se haya dado en sí la figura de la
autoconciencia y, con ello, se la haya dado también para su conciencia, se
manifiesta ahora de tal modo que la fe del mundo es que el espíritu sea allí
como una autoconciencia, es decir, como un hombre real, que sea para la certeza
inmediata, que la conciencia creyente vea y sienta y oiga esta divinidad. De
este modo, la conciencia no es imaginación, sino que es realmente en ella. La
conciencia, entonces, no sale de su interior partiendo del pensamiento y no
enlaza en sí el pensamiento de Dios con el ser allí, sino que parte del ser allí
presente inmediato y reconoce en él a Dios. El momento del ser inmediato se da
en el contenido del concepto de tal modo, que el espíritu religioso, en el
retorno de toda esencialidad a la conciencia, ha devenido un sí mismo positivo
simple, así como el espíritu real como tal, en la conciencia desventurada, ha
devenido precisamente esta negatividad simple autoconsciente. El sí mismo del
espíritu que es allí tiene de este modo la forma de la perfecta inmediatez; no
se pone ni como pensado o representado ni como producido, como ocurre con el sí
mismo inmediato, en parte en la religión natural y en parte en la religión del
arte, sino que este Dios deviene inmediatamente como sí mismo, como un real
hombre singular sensiblemente intuido; solamente así es autoconciencia.
b) La consumación del concepto de la esencia suprema en la identidad de la
abstracción y de la inmediatez por el sí mismo singular
Esta encarnación humana de la esencia divina o el que ésta tenga esencialmente y
de modo inmediato la figura de la autoconciencia, es el contenido simple de la
religión absoluta. En ella, la esencia deviene sabida como espíritu o es su
conciencia sobre sí de ser espíritu. Pues el espíritu es el saber de sí mismo en
su enajenación, y es la esencia la que es el movimiento que consiste en retener
en su ser otro la igualdad consigo misma. Pero esto es precisamente la
sustancia, en tanto que en su accidentalidad es igualmente reflejada en sí, y
no, por el contrario, como algo indiferente con respecto a algo no esencial y,
por tanto, a lo que se encuentra en algo extraño, sino como lo que en ello es en
sí, es decir, en la medida en que es sujeto o sí mismo. Por ello en esta
religión es revelada la esencia divina. Su ser revelado consiste, patentemente,
en que es sabido lo que esa esencia es. Pero, cabalmente al devenir sabida como
espíritu es sabida como esencia que es esencialmente autoconciencia. Para la
conciencia, hay algo de secreto en su objeto, sí este objeto es un otro o algo
extraño para ella y si ella no lo sabe como sí misma. Este ser secreto termina
cuando la esencia absoluta es, como espíritu, objeto de la conciencia, pues este
objeto es como un sí mismo en su comportamiento hacia ella; es decir, que la
conciencia se sabe en él de un modo inmediato o es allí algo patente ante sí
mismo. La esencia misma sólo se es patente a sí en la propia certeza; aquel su
objeto es el sí mismo, pero el sí mismo no es algo extraño, sino la inseparable
unidad consigo, lo universal inmediato. Es el puro concepto, el puro pensamiento
o ser para sí, el ser inmediato y, con ello, ser para otro, y como ser para otro
ha retornado de modo inmediato a sí mismo y cerca de sí mismo; es, pues, lo
verdadero y lo único revelado. El bondadoso, el justo, el santo, el creador del
cielo y de la tierra, etc., son predicados de un sujeto -momentos universales
que encuentran en este punto su apoyo y que solamente son en el retorno de la
conciencia al seno del pensamiento. Cuando esos momentos son sabidos, su
fundamento y su esencia, el sujeto mismo no es aun revelado, y lo mismo ocurre
con las determinaciones de lo universal, no son este universal mismo. Pero el
sujeto mismo, y también por tanto este puro universal, es revelado como sí
mismo, pues este sí mismo es precisamente este interior reflejado en sí que es
allí de un modo inmediato y que es la propia certeza de aquel sí mismo para el
que es allí. Esto -el ser con arreglo a su concepto lo revelado es, pues, la
verdadera figura del espíritu, y esta su figura, el concepto, es también
únicamente su esencia y su sustancia. El espíritu es sabido como autoconciencia
y es inmediatamente revelado a ésta, pues es esta misma; la naturaleza divina es
lo mismo que lo que es la humana y es esta unidad la que deviene intuida.
Aquí, pues, de hecho la conciencia o el modo como la esencia es para ella misma,
su figura, es igual a su autoconciencia; esta figura es ella misma una
autoconciencia; es, con ello, al mismo tiempo, objeto que es, y este ser tiene
de modo igualmente inmediato la significación del puro pensamiento, de la
esencia absoluta. La esencia absoluta, que es allí como una autoconciencia real,
parece haber descendido de su eterna simplicidad, pero de hecho es aquí donde
alcanza primeramente su esencia suprema. En efecto, el concepto de la esencia,
sólo cuando ha alcanzado su simple pureza es la abstracción absoluta, que es
pensamiento puro y, con ello, la pura singularidad del sí mismo, así como en
razón a su simplicidad es lo inmediato o el ser. Lo que se llama la conciencia
sensible es precisamente esta pura abstracción, es este pensamiento para el que
el ser es lo inmediato. Lo más bajo es, por tanto, al mismo tiempo, lo más alto;
lo revelado que aparece totalmente en la superficie es, precisamente de este
modo, lo más profundo. En el hecho de que la esencia suprema sea vista, oída,
etc. como una autoconciencia que es: en esto se halla, de hecho, la perfección
de su concepto; y por medio de esta perfección, la esencia es allí de un modo
tan inmediato, que es esencia.
c) El saber especulativo, como la representación de la comunidad
en la religión absoluta
Este ser allí inmediato, al mismo tiempo, no es exclusiva y simplemente
conciencia inmediata, sino que es conciencia religiosa; la inmediatez tiene, sin
que se las pueda separar, no sólo la significación de una autoconciencia que es,
sino la de la esencia puramente pensada o absoluta. Aquello de que nosotros
somos conscientes en nuestro concepto, el que el ser es esencia lo sabe también
la conciencia religiosa. Esta unidad del ser y de la esencia, del pensamiento
que es de modo inmediato ser allí es el saber inmediato de esta conciencia
religiosa, lo mismo que ella es su pensamiento o su saber mediado; pues esta
unidad del ser y del pensamiento es la autoconciencia y ella misma es allí, o la
unidad pensada tiene, al mismo tiempo, esta figura de lo que ella es. Por tanto,
Dios se revela aquí como es; es allí como es en sí; es allí como espíritu. Dios
sólo es asequible en el puro saber especulativo, y sólo es en él y sólo es este
saber mismo, pues es el espíritu; y este saber especulativo es el saber de la
religión revelada. Aquel saber especulativo sabe a Dios como pensamiento o
esencia pura, y este pensamiento lo sabe como ser y como ser allí, y el ser allí
como la negatividad de sí mismo y, con ello, como sí mismo, como este sí mismo y
sí mismo universal; y es precisamente esto lo que sabe la religión revelada. Las
esperanzas y expectativas del mundo anterior no hacían más que empujar a esta
revelación para intuir lo que es la esencia absoluta y encontrarse a sí mismo en
ella; este goce deviene para la autoconciencia y aprehende al mundo todo para
que se intuya en la esencia absoluta; en efecto, dicho goce es espíritu, es el
simple movimiento de aquellos momentos puros que expresa el que la esencia es
sabida como espíritu solamente porque es intuida cómo autoconciencia inmediata.
Este concepto del espíritu que se sabe a sí mismo como espíritu es él mismo el
concepto inmediato y aun no desarrollado. La esencia es espíritu o se
manifiesta, es revelada; esta primera revelación es ella misma inmediata; pero
la inmediatez es, asimismo, pura mediación o pensamiento; debe presentar, por
tanto, esto en ella misma, como tal. Considerando esto de un modo más
determinado, el espíritu es, en la inmediatez de la autoconciencia, esta
autoconciencia singular, contrapuesta a la universal; es lo uno excluyente, que
tiene para la conciencia para la cual es allí la forma todavía no disuelta de un
otro sensible; éste no sabe todavía al espíritu como su espíritu, o el espíritu,
como es sí mismo singular, no es allí todavía como sí mismo universal, como
todo. O, la figura no tiene todavía la forma del concepto, es decir, del sí
mismo universal, del sí mismo que en su inmediata realidad es asimismo
pensamiento, universalidad superados, sin perder aquélla en ésta. Pero la forma
más próxima y ella misma inmediata de esta universalidad no es ya la forma del
pensamiento mismo, del concepto como concepto, sino la universalidad de la
realidad, la totalidad de los sí mismos y la elevación del ser allí a la
representación; como por doquier y para poner un ejemplo determinado, lo mismo
que el esto sensible superado es solamente la cosa de la percepción, y aun no lo
universal del entendimiento. Por tanto, este hombre singular como en el que se
revela la esencia absoluta lleva a cabo en él, como singular, el movimiento del
ser sensible. El es el Dios inmediatamente presente, con ella, su ser se toma en
el haber sido. La conciencia para la que tiene este presente sensible deja de
verlo, de oírlo; lo ha vista y oído; y solamente así, por haberlo visto y oído,
deviene él mismo conciencia espiritual; como antes nacía para ella como ser allí
sensible, nace ahora en el espíritu. En efecto, como conciencia tal que lo ve y
lo oye de un modo sensible, es ella misma sólo conciencia inmediata, que no ha
superado la desigualdad de la objetividad, que no la ha hecho retornar al
pensamiento puro, sino que sabe como espíritu este singular objetivo, pero no a
sí misma. En la desaparición del ser allí inmediato de lo sabido como esencia
absoluta adquiere lo inmediato su momento negativo; el espíritu sigue siendo el
sí mismo inmediato de la realidad, pero como la autoconciencia universal de la
comunidad, que descansa en su propia sustancia, así como ésta es en dicha
conciencia sujeto universal; no el singular para sí, sino conjuntamente con la
conciencia de la comunidad, y lo que es para ésta es la totalidad completa de
este espíritu.
Pero pasado y alejamiento son solamente la forma imperfecta en que el modo
inmediato es mediado o puesto universalmente; este moda sólo se sumerge
superficialmente en el elemento del pensamiento, se conserva en él como modo
sensible y no se unifica con la naturaleza del pensamiento mismo. Solamente se
lo eleva a la representación, pues ésta es la conjunción sintética de la
inmediatez sensible y de su universalidad o del pensamiento.
Esta forma de la representación constituye la determinabilidad en la que el
espíritu, en esta su comunidad, se torna consciente de sí. Esta forma no es
todavía la autoconciencia del espíritu que ha llegado a su concepto como
concepto; la mediación no es todavía perfecta. Se da, por tanto, en esta
conjunción del ser y el pensamiento el defecto de que la esencia espiritual
lleva todavía consigo un desdoblamiento no reconciliado en un más acá y un más
allá. El contenido es el verdadero, pero todos sus momentos, puestos en el
elemento de la representación tienen el carácter de no ser concebidos, sino de
manifestarse como lados totalmente independientes, que se relacionan
exteriormente entre sí. Para que el verdadero contenido cobre también su
verdadera forma para la conciencia es necesaria una formación más alta de ésta,
que su intuición de la sustancia absoluta se eleve al concepto y que para ella
misma su conciencia se equilibre con su autoconciencia, como esto ha ocurrido ya
para nosotros o en sí. Este contenido debe considerarse en el modo como es en su
conciencia. El espíritu absoluto es contenido, y así es en la figura de su
verdad. Pero su verdad no es el ser solamente la sustancia de la comunidad o el
en sí de la misma, ni tampoco el elevarse de esta interioridad a la objetividad
de la representación, sino el devenir el sí mismo real, el reflejarse dentro de
sí y ser sujeto. Es éste, por tanto, el movimiento que lleva a cabo en su
comunidad o esto es la vida del mismo. Lo que este espíritu que se revela es en
y para sí no sale, por tanto, a la luz del día por el hecho de que su rica vida
se desenrede, por así decirlo, en la comunidad y se reduzca a sus primeros
hilos, por ejemplo a las representaciones de la primera comunidad imperfecta o
incluso a lo que el hombre real haya hablado. Esta reducción radica en el
instinto de ir hasta el concepto; pero confunde el origen como el ser allí
inmediato de la primera manifestación con la simplicidad del concepto. Mediante
este empobrecimiento de la vida del espíritu, mediante esta eliminación de la
representación de la comunidad y de su obrar con respecto a su representación,
nacen, por tanto, en vez del concepto, más bien la mera exterioridad y
singularidad, el modo histórico de la manifestación inmediata y el recuerdo
carente de espíritu de una figura singular supuesta y de su pasado.
C) Desarrollo del concepto de la religión absoluta
El espíritu es contenido de su conciencia primeramente en la forma de la pura
sustancia o es contenido de su pura conciencia. Este elemento del pensamiento es
el movimiento que desciende al ser allí o a la singularidad. El término medio
entre ellos es su conjunción sintética, la conciencia del devenir otro o el
representar como tal. El tercero es el retorno desde la representación y del ser
otro o el elemento de la autoconciencia misma. Estos tres momentos constituyen
el espíritu; su disociarse en la representación consiste en ser de un modo
determinado; pero esta determinabilidad no es otra cosa que uno de sus momentos.
Su movimiento desarrollado es, por tanto, el de expandir su naturaleza en cada
uno de sus momentos, como en un elemento; al consumarse en sí cada uno de estos
círculos, es esta su reflexión dentro de sí, al mismo tiempo, el tránsito al
otro. La representación hace de término medio entre el puro pensamiento y la
autoconciencia como tal y es solamente una de las determinabilidades; pero, al
mismo tiempo, como se ha mostrado, su carácter es ser la conjunción sintética
que se expande sobre todos estos elementos y su común determinabilidad. El
contenido mismo que ha de considerarse se ha presentado ya, en parte, como la
representación de la conciencia desventurada y creyente; -.pero en aquélla se
presentaba en la determinación del contenido producido desde la conciencia y
ansiado, en que el espíritu no puede saciarse ni aquietarse, porque no es
todavía su contenido en sí o como su sustancia; y, por el contrario, en ésta ha
sido considerado como la esencia del mundo carente de sí mismo o como contenido
esencialmente objetivo de la representación, - una representación que huye a la
realidad en general y, por tanto, es sin la certeza de la autoconciencia y que
se separa del saber en parte como vanidad y en parte como pura intelección. La
conciencia de la comunidad, por el contrario, tiene a ese contenido como su
sustancia, del mismo modo que el contenido es su certeza del propio espíritu.
a) El espíritu dentro de sí mismo, la Trinidad
El espíritu, representado primeramente como sustancia en el elemento del puro
pensar, es de este modo, inmediatamente, la esencia simple igual a sí misma,
pero que no tiene esta significación abstracta de la esencia, sino la
significación del espíritu absoluto. Pero el espíritu no consiste en ser
significación, lo interior, sino en ser lo real. Por tanto, la esencia simple y
eterna sólo sería espíritu en cuanto a la palabra vacua si permaneciese en la
representación y la expresión de la simple esencia eterna. Pero la esencia
simple, por ser la abstracción, es de hecho lo negativo en sí mismo, y
precisamente la negatividad del pensamiento o la negatividad tal como es en la
esencia en sí; es decir, la diferencia absoluta de sí o su puro devenir otro.
Como esencia, es solamente en sí o para nosotros; pero, por cuanto esta pureza
es cabalmente la abstracción o la negatividad, es para sí misma o el sí mismo,
el concepto. Es, por tanto, objetiva; y, en cuanto que la representación
aprehende y enuncia como un acaecer la necesidad del concepto que acabamos de
enunciar, se dirá que la esencia eterna se engendra un otro. Pero en este ser
otro ha retornado también de un modo inmediato a sí, pues la diferencia es la
diferencia en sí; es decir, ésta sólo es inmediatamente diferente de sí misma y
es, por tanto, la unidad retornada dentro de sí. Se diferencian, por tanto, los
tres momentos, el de la esencia, el del ser para sí, que es el ser otro de la
esencia y para el que la esencia es, y el del ser para sí o el saberse a sí
mismo en el otro. La esencia sólo se intuye a sí misma en su ser para sí; en
esta enajenación es solamente cerca de sÍ; el ser para sí que se excluye de la
esencia es el saber de la esencia de sí mismo; es la palabra que, una vez
pronunciada, deja enajenado y vacío a quien la emite, pero que es escuchada
también de modo inmediato, y sólo este escucharse a sí mismo es el ser allí de
la palabra. De tal modo que las diferencias que se establecen son disueltas tan
inmediatamente como se han establecido y se establecen de modo tan inmediato
como se disuelven, y lo verdadero y lo real son cabalmente este movimiento que
gira en sí mismo.
Este movimiento dentro de sí mismo enuncia la esencia absoluta como espíritu; la
esencia absoluta que no es captada como espíritu sólo es el vacío abstracto, del
mismo modo que el espíritu no aprehendido como este movimiento es solamente una
palabra vacua. En cuanto que sus momentos se captan en su pureza, son los
conceptos carentes de quietud que son solamente en la medida en que en ellos
mismos son su contrario y en que sólo tienen su quietud en el todo. Pero la
representación de la comunidad no es este pensamiento conceptual, sino que posee
el contenido sin su necesidad y transfiere al reino de la pura conciencia, en
vez de la forma del concepto, las relaciones naturales entre Padre e Hijo. Al
comportarse ella misma en el pensamiento como representación, la esencia se
revela, ciertamente, ante ella, pero los momentos de esta esencia, en virtud de
esta representación sintética, se separan en parte uno de otro, de tal modo que
ya no se refieren el uno al otro por medio de su propio concepto y, en parte,
ella misma queda atrás de este su puro objeto y sólo se refiere a él de un modo
externo; le es revelado por algo extraño, y en este pensamiento del espíritu no
se conoce a sí misma, no reconoce la naturaleza de la pura autoconciencia. En
tanto que se debe sobrepasar la forma de la representación y de aquellas
representaciones tomadas de lo natural y, especialmente, por tanto, este modo de
tomar los momentos de este movimiento que es el espíritu como sustancias
aisladas e inconmovibles o sujetos, en vez de ver en ellos momentos transitorios
-este sobrepasar debe ser considerado, según se hizo notar ya anteriormente, en
relación con otro aspecto, como una presión del concepto; pero, en tanto que es
solamente instinto, se desconoce a sí mismo, repudia a la por con la forma el
contenido y, lo que es lo mismo, lo rebaja a una representación histórica y a
una herencia de la tradición; aquí se ha retenido tan sólo lo puramente externo
de la fe, como algo, por tanto, muerto y carente de conocimiento, pero lo
interior de ella ha desaparecido, pues ese algo interior sería el concepto que
se sabe como concepto.
b) El espíritu, en su enajenación, el reino del Hijo El espíritu absoluto,
representado en la pura esencia, no es, ciertamente, la pura esencia abstracta,
sino que ésta, cabalmente por ser en el espíritu solamente un momento, ha
descendido a elemento. Pero, en este elemento, la presentación del espíritu
lleva en sí, con arreglo a la forma, el mismo defecto que tiene la esencia como
esencia. La esencia es lo abstracto y, por tanto, lo negativo de su simplicidad,
un otro; y, del mismo modo, el espíritu en el elemento de la esencia es la forma
de la unidad simple, la que, por tanto, es también esencialmente un devenir
otro. O, lo que es lo mismo, la relación de la esencia eterna con su ser para sí
es la relación inmediata y simple del puro pensamiento; en este simple intuirse
de sí mismo en el otro el ser otro no se pone, por tanto, como tal; es la
diferencia tal como en el puro pensamiento no es inmediatamente diferencia
alguna; un reconocimiento del amor en el que los dos no se contraponen en cuanto
a su esencia. El espíritu que se enuncia en el elemento del puro pensamiento es
él mismo esencialmente esto: no es solamente en él, sino que es espíritu real,
pues en su concepto radica el mismo ser otro, es decir, la superación del puro
concepto solamente pensado.
El elemento del puro pensamiento, por ser el elemento abstracto,
es él mismo más bien el otro de su simplicidad y pasa, por tanto, al elemento
peculiar de la representación, al elemento en el cual los momentos del puro
concepto adquieren una existencia sustancial el uno con respecto al otro, del
mismo modo que son sujetos que no tienen ante un tercero la indiferencia
recíproca del ser, sino que, reflejados en sí mismos, se particularizan y
contraponen el uno con respecto al otro.
El mundo El espíritu solamente eterno o abstracto deviene, pues, ante sí un otro
o entra en el ser allí e inmediatamente en el ser allí inmediato. Crea, así, un
mundo. Este crear es la palabra de la representación para el concepto mismo con
arreglo a su movimiento absoluto o para el proceso en el cual lo simple
enunciado absolutamente o el puro pensamiento es más bien lo negativo y, así, lo
contrapuesto a sí mismo o lo otro, porque es lo abstracto; -o, para decir lo
mismo en otra forma, porque lo que se pone como esencia es la simple inmediatez
o el ser, pero, como inmediatez o ser, carente del sí mismo y, por tanto, de la
interioridad, como ser pasivo o ser para otro. Este ser para otro es, al mismo
tiempo, un mundo; el espíritu, en la determinación del ser para otro, es el
quieto subsistir de los momentos anteriormente incluidos en el puro pensamiento
y, por tanto, la disolución de su universalidad simple y la disociación de ésta
en su propia particularidad.
Pero el mundo no es solamente este espíritu disociado y lanzado a la integridad
y su orden externo, sino que, por ser esencialmente el simple sí mismo, éste se
da también en él: el espíritu que es allí, el cual es el sí mismo singular que
tiene la conciencia y que se diferencia de sí como otro o como mundo. Este sí
mismo singular, tal como empieza poniéndose aquí inmediatamente, no es todavía
espíritu para sí; no es, por tanto, como espíritu, puede llamársele inocente,
pero no bueno. Para que sea, de hecho, sí mismo y espíritu, debe ante todo
devenir para sí mismo un otro, lo mismo que la esencia eterna se presenta como
el movimiento de ser igual a sí misma en su ser otro. En cuanto que este
espíritu se determina como algo que comienza siendo allí de un modo inmediato o
como dispersado en la multiplicidad de su conciencia, su devenir otro es el
adentrarse en sí del saber en general. El ser allí inmediato se trueca en el
pensamiento, o la conciencia solamente sensible se trueca en la conciencia del
pensamiento; y es así, cabalmente, porque el pensamiento proviene de la
inmediatez o es pensamiento condicionado, porque no es el saber puro, sino el
pensamiento que el ser otro tiene en él y, por tanto, el pensamiento
contrapuesto a sí mismo del bien y del mal. El hombre es representado como algo
acaecido. como algo no necesario, -como si hubiese perdido la forma de la
igualdad consigo mismo al probar la fruta del árbol del conocimiento del bien y
el mal, siendo arrojado fuera de la conciencia inocente, de la naturaleza que se
le entregaba sin, trabajo y del paraíso, del jardín de los animales.
c) El mal y el bien
Puesto que este ir dentro de sí de la conciencia que es allí se determina de
modo inmediato como el devenir desigual a sí mismo, el mal se manifiesta como el
primer ser allí de la conciencia que ha ido dentro de sí; y, como los
pensamientos del bien y el mal son sencillamente contrapuestos y esta
contraposición no ha sido resuelta aun, entonces, esta conciencia sólo es,
esencialmente, el mal. Pero, al mismo tiempo, y en gracia precisamente a esta
contraposición, se da también en contra de ella la conciencia buena y su mutua
relación. En la medida en que el ser allí inmediato se trueca en el pensamiento
y el ser dentro de sí se determina más de cerca, en parte como pensamiento él
mismo y, en parte, como el momento del devenir otro de la esencia, este devenir
malo puede arrojarse hacia atrás fuera del mundo que es allí y desplazarse al
primer reino del pensamiento. Se puede, pues, decir que ya el primogénito de la
luz, al ir dentro de sí mismo, es el que ha caído, pero que en lugar suyo ha
sido engendrado en seguida otro. Estas formas, las de la caída y el hijo,
pertenecientes solamente a la representación y no al concepto, rebajan, por lo
demás y desplazan al plano de la representación los momentos del concepto,
invirtiéndolos, o transfieren la representación al reino del pensamiento. E
igualmente indiferente es el coordinar al pensamiento simple del ser otro en la
esencia eterna una multiplicidad de otras figuras, desplazando a éstas el ir
dentro de sí. Esta coordinación debe, por ello, ser también aprobada, ya que, de
este modo, este momento del ser otro expresa, al mismo tiempo, como debe
hacerlo, la diversidad, y no precisamente como pluralidad en general, sino, al
mismo tiempo, como diversidad determinada, de tal modo que una parte, el hijo,
es el elemento simple que se sabe a sí mismo como esencia, mientras que la otra
parte es la enajenación del ser para sí, que sólo vive en el elogio de la
esencia; en esta parte puede ponerse entonces la recuperación del ser para sí
enajenado y el ir dentro de sí del mal. En tanto que el ser otro se divide en
dos, el espíritu sería expresado de una manera más determinada en sus momentos
y, sí se los contara, se expresaría como cuaternidad o, puesto que la
muchedumbre se divide a su vez, en dos partes, a saber, en la que se mantiene
buena y la que se torna mala, incluso como quineidad. Pero el contar los
momentos puede verse como totalmente inútil, ya que, de una parte, lo diferente
mismo es solamente uno, es decir, es cabalmente el pensamiento de la diferencia
que es solamente un pensamiento, con lo que este pensamiento es él mismo este
diferente, el segundo con relación al primero -y, de otra parte, porque el
pensamiento que encuadra lo plural en lo uno debe ser disuelto fuera de su
universalidad y diferenciado en más de tres a cuatro diferentes; -cuya
universalidad, frente a la absoluta determinabilidad del uno abstracto, del
principio del número, se manifiesta como indeterminabilidad en relación con el
número mismo, de tal modo que podría hablarse solamente de números en general,
es decir, no de un número de diferencias, razón por la cual es totalmente
superfluo pensar aquí en el número y en la numeración en general, del mismo modo
que, por lo demás, la mera diferencia de magnitud y cantidad carece de concepto
y no dice nada.
El bien y el mal eran las diferencias determinadas del pensamiento que se
presentaban. Por cuanto que su contraposición no se ha resuelto aun y se las
representa como esencias del pensamiento, del que cada una de ellas es
independiente para sí, tenemos que el hombre es el sí mismo carente de esencia y
el terreno sintético de su ser allí y de su lucha. Pero estas potencias
universales pertenecen igualmente al sí mismo, o el sí mismo es su realidad.
Así, pues, según este momento, acaece que, como el mal no es sino el ir dentro
de sí mismo del ser allí natural del espíritu, a la inversa, el bien entra en la
realidad y se manifiesta como una autoconciencia que es allí. Lo que en el
espíritu puramente pensado se esboza solamente en general como el devenir otro
de la esencia divina se acerca aquí a su realización Realisierung para la
representación; esta realización Realisierung consiste para ella en la
voluntaria humillación de la esencia divina, que renuncia a su abstracción y a
su irrealidad. Por lo que se refiere al otro lado, el mal, la representación lo
toma como un acaecer extraño a la esencia divina; captar el mal en esta esencia
misma como su cólera es el supremo, el más duro esfuerzo que se impone la
representación en lucha consigo misma, esfuerzo que, al carecer de concepto,
permanece infructuoso.
El extrañamiento de la esencia divina se plantea, pues, en su doble modo; el sí
mismo del espíritu y su pensamiento simple son los dos momentos cuya unidad
absoluta es el espíritu mismo; su extrañamiento consiste en que estos momentos
se han separado y en que uno tiene un valor desigual con respecto al otro. Esta
desigualdad es, pues, una desigualdad doble, y nacen así dos conjunciones, cuyos
momentos comunes son aquellos que han sido señalados. En una de ellas, la
esencia divina vale como lo esencial, pero el ser allí natural y el sí mismo
valen como lo no esencial y lo que debe ser superado; en la otra, por el
contrario, es el ser para sí lo que vale como lo esencial y lo divino simple
como lo no esencial. Su término medio todavía vacío es el ser allí en general,
la simple comunidad de sus dos momentos.
d) La redención y la reconciliación
Esta oposición no llega a resolverse mediante la lucha de las dos esencias
representadas como esencias separadas e independientes. En su independencia
radica el que cada una deba resolverse en sí misma en sí, por medio de su
concepto; la lucha termina solamente cuando ambas esencias dejan de ser estas
mezclas del pensamiento y del ser allí independiente y cuando se enfrentan la
una a la otra solamente como pensamientos. En efecto, entonces, como conceptos
determinados, son sólo, esencialmente, en la relación de lo contrapuesto; por el
contrario, como términos independientes, tienen su esencialidad fuera de la
contraposición; su movimiento es, pues, el movimiento libre y propio de ellos
mismos. Por tanto, como el movimiento de ambos es el movimiento en sí, porque
debe considerarse en ellos mismos, el movimiento es iniciado por aquel de los
dos que es determinado con respecto al otro como el que es en sí. Esto es
representado como un obrar libre; pero la necesidad de su enajenación reside en
el concepto de que el que es en sí, determinado por ello sólo en la oposición,
no tiene por esto mismo una subsistencia verdadera; -por tanto, aquello para lo
que vale como la esencia, no el ser para sí, sino lo simple, es lo que se
enajena a sí mismo, lo que va a la muerte y, con ello, se reconcilia a sí mismo
con la esencia absoluta. En efecto, en este movimiento se presenta como
espíritu; la esencia abstracta se ha extrañado, tiene ser allí natural y una
realidad de sí misma; este su ser otro o su presencia sensible es revocado por
el segundo devenir otro y puesto como superado, como universal; de este modo, la
esencia ha devenido sí misma en esa presencia sensible; el ser allí inmediato de
la realidad ha dejado de ser un ser allí extraño o externo, al ser superado,
universal; esta muerte es, por tanto, su nacimiento como espíritu.
La presencia inmediata superada de la esencia autoconsciente es esta esencia
como autoconciencia universal; este concepto del sí mismo singular superado que
es esencia absoluta expresa, por tanto, de modo inmediato la constitución de una
comunidad que, habiéndose mantenido hasta entonces en la representación, retorna
ahora dentro de sí como al sí mismo, y el espíritu sale así del segundo elemento
de su determinación, la representación, para pasar al tercero, a la
autoconciencia como tal. Si consideramos el modo de comportarse esta
representación en su proceso, vemos ante todo expresarse esto: que la esencia
divina asume la naturaleza humana. En ello va ya enunciado que, en sí, no se
hallan separadas una y otra; del mismo modo que en el hecho de que la esencia
divina se enajena a sí misma desde el principio, de que su ser allí penetra en
sí y se convierte en mala, no se enuncia, sino que va implícito el que en sí ese
ser allí malo no es algo extraño para ella, la esencia absoluta tendría
solamente este nombre vacuo si hubiese en verdad un otro con respecto ella, una
caída de ella; -el momento del ser dentro de sí constituye más bien el momento
esencial del sí mismo del espíritu. Que el ser dentro de sí y, con ello,
solamente la realidad pertenezcan a la esencia misma, esto que para nosotros es
concepto y es en tanto que concepto, se manifiesta ante la conciencia
representativa como un acaecer inconcebible; el en sí asume para ella la forma
del ser indiferente. Pero el pensamiento de que aquellos dos momentos que
parecen huir el uno del otro -los momentos de la esencia absoluta y del sí mismo
que es para sí- no son desdoblados, se manifiesta también a esta representación
-pues esta representación posee el verdadero contenido-, pero más tarde -en la
enajenación de la esencia divina encarnada. Esta representación, que de este
modo es todavía inmediata, y por ende no espiritual, o que sabe la figura humana
de la esencia, primeramente, sólo como figura particular y todavía no como
figura universal, deviene espiritual para esta conciencia en el movimiento de la
esencia configurada el sacrificar de nuevo su ser allí inmediato y retornar a la
esencia; la esencia es el espíritu solamente como reflejada dentro de sí. Aquí
se representa, por tanto, la reconciliación de la esencia divina con el otro en
general y, de un modo más preciso, con el pensamiento de éste, con el mal. Si
esta reconciliación, con arreglo a su concepto, se expresa diciendo que es
porque el mal es en sí lo mismo que el bien, o también porque la esencia divina
es lo mismo que la naturaleza en toda su amplitud, del mismo modo que la
naturaleza separada de la esencia divina es solamente la nada; esta formulación
debe verse como una manera no espiritual de expresarse que necesariamente tiene
que suscitar equívocos. Si el mal es lo mismo que el bien, ello querrá decir
cabalmente que el mal no es mal y que el bien no es bien, sino que ambos han
sido más bien superados: que el mal en general es el ser para sí que es dentro
de sí y el bien lo simple carente de sí mismo. Cuando ambos son enunciados así
con arreglo a su concepto, su unidad es al mismo tiempo evidente; en efecto, el
ser para sí que es dentro de sí es el saber simple, y lo simple carente de sí
mismo es igualmente el puro ser para sí que es dentro de sí. Del mismo modo que,
por tanto, debe decirse que el bien y el mal, con arreglo a este concepto que es
el suyo, es decir, en tanto que no son el bien y el mal, son lo mismo, así
también debe decirse que no son lo mismo, sino que son sencillamente distintos;
pues el simple ser para sí o también el puro saber son igualmente la pura
negatividad o la absoluta diferencia en ellas mismas. Solamente estas dos
proposiciones completan el todo y a la afirmación y aseveración de la primera
debe enfrentarse, con insuperable tenacidad, el aferramiento a la otra; teniendo
ambas el mismo derecho, ambas se hallan igualmente fuera del derecho, y su falta
de derecho consiste en tomar por algo verdadero, sólido y real formas abstractas
tales como lo mismo y no lo mismo, la identidad y la no identidad, y en apoyarse
sobre estas formas. La verdad no está en la una o la otra de estas formas, sino
propiamente en su movimiento según el cual el simple él mismo es la abstracción
y, por tanto, la diferencia absoluta, mientras que esta diferencia absoluta,
como diferencia en sí, diferente de sí misma, es, pues, la igualdad consigo
misma. Y precisamente esto es lo que ocurre con la mismeidad de la esencia
divina y de la naturaleza en general y la naturaleza humana en particular;
aquélla es naturaleza en tanto que no es esencia, mientras que ésta es divina
con arreglo a su esencia; -pero es el espíritu en el que ambos lados abstractos
se ponen como en verdad son, a saber, como superados-, un poner que no puede ser
expresado mediante el juicio y por la cópula, el es carente de espíritu.
Asimismo, la naturaleza no es nada fuera de su esencia; pero esta nada misma es
igualmente; es la abstracción absoluta y, por tanto, el puro pensamiento o el
ser dentro de sí y, con el momento de su contraposición a la unidad espiritual,
es el mal. La dificultad que reside en estos conceptos es únicamente la
tenacidad con que se mantiene el es y el olvido del pensamiento en el que los
momentos tanto son como no son, -son solamente el movimiento que es el espíritu.
Esta unidad espiritual o la unidad en la que las diferencias solamente son como
momentos o como diferencias superadas es lo que ha devenido para la conciencia
representativa en aquella reconciliación, y, en cuanto que esa unidad es la
universalidad de la autoconciencia, ésta ha dejado de ser conciencia
representativa; el movimiento ha retornado a ella.
e) El espíritu en su plenitud, el reino del espíritu
El espíritu es puesto, por tanto, en el tercer elemento, en la autoconciencia
universal; es su comunidad. El movimiento de la comunidad como el movimiento de
la autoconciencia, que es diferente de su representación, es el producir lo que
ha devenido en sí. El hombre divino muerto o el dios humano es en sí la
autoconciencia universal; tiene que devenir esto para esta autoconciencia. O,
puesto que constituye uno de los lados de la oposición de la representación, el
lado del mal, aquel para el que el ser allí natural y el ser para sí singular
valen como la esencia, este lado, que, como independiente no es representado
todavía como momento, debe, en razón de su independencia, elevarse en y para sí
mismo al espíritu o presentar en él el movimiento del espíritu.
Este lado es el espíritu natural; el sí mismo debe retirarse de esta naturalidad
e ir dentro de sí, es decir, devenir el mal. Pero es ya malo en sí; el ir dentro
de sí consiste, por tanto, en convencerse de que el ser allí natural es el mal.
El devenir malo que es allí y el ser malo del mundo, así como la reconciliación
que es allí de la esencia absoluta, caen en la conciencia representativa; pero
este representado sólo cae en cuanto a la forma en la autoconciencia como tal en
tanto que momento superado, pues el sí mismo es lo negativo; lo que, por tanto,
le pertenece es el saber, -un saber que es un puro obrar de la conciencia dentro
de sí misma. Este momento de lo negativo debe expresarse también en el
contenido. Puesto que la esencia se ha reconciliado ya en sí consigo y es unidad
espiritual en la que las partes de la representación son superadas o son
momentos, esto se presenta de modo que cada parte de la representación adquiere
aquí la significación contrapuesta a la que antes tenía; toda significación se
completa de este modo en la otra, y solamente así es como el contenido es un
contenido espiritual; por cuanto que la determinabilidad es asimismo la
contrapuesta a ella, se lleva a cabo la unidad en el ser otro, lo espiritual;
del mismo modo que para nosotros o en sí se unificaban antes las significaciones
contrapuestas y se superaban incluso las formas abstractas de lo mismo y el no
lo mismo, de la identidad y la no identidad.
Así, pues, en la conciencia representativa la interiorización de la
autoconciencia natural era el mal existente, la interiorización en el elemento
de la autoconciencia es el saber del mal como de un mal que en sí es en el ser
allí. Este saber es, por tanto, ciertamente, un devenir del mal, pero sólo
devenir del pensamiento del mal, siendo por consiguiente reconocido como el
primer momento de la reconciliación. En efecto, como un retorno dentro de sí
mismo partiendo de la inmediatez de la naturaleza, que es determinada como el
mal, aquel saber es un abandono de ésta y la muerte del pecado. Lo que se
abandona por la conciencia no es el ser allí natural como tal, sino, al mismo
tiempo, el ser natural que se sabe como el mal. El movimiento inmediato del ir
dentro de sí es también un movimiento mediado; -este movimiento se presupone a
sí mismo o es su propio fundamento, es decir, que el fundamento del ir dentro de
sí es que la naturaleza ha ido dentro de sí ya en sí; en virtud del mal, el
hombre debe adentrarse en sí, pero el mal es él mismo el ir dentro de sí. Este
primer movimiento es él mismo sólo el movimiento inmediato o su concepto simple
precisamente porque es lo mismo que su fundamento. El movimiento o el devenir
otro debe, por tanto, presentarse todavía bajo su forma más peculiar. Además de
esta inmediatez, es necesaria, por tanto, la mediación de la representación. En
sí, el saber de la naturaleza como el ser allí no verdadero del espíritu, y esta
universalidad devenida dentro de si del sí mismo, son la reconciliación del
espíritu consigo mismo. Este en sí adquiere para la autoconciencia no conceptual
la forma de algo que es y para él representado. Por tanto, el concebir no es
para ella un apoderarse de este concepto que sabe la naturalidad superada como
universal y, por tanto, como reconciliada consigo misma, sino un apoderarse de
aquella representación según la cual la esencia divina se ha reconciliado con su
ser allí mediante el acaecer de la propia enajenación de la esencia divina
mediante su acaecida encarnación humana y su muerte. La captación de esta
representación expresa ahora de un modo más determinado lo que antes se llamaba
en ella la resurrección espiritual o el devenir de su autoconciencia individual
a lo universal o a la comunidad. La muerte del hombre divino como muerte es la
negatividad abstracta, el resultado inmediato del movimiento que sólo termina en
la universalidad natural. Esta significación natural la pierde la muerte en la
autoconciencia espiritual, o la muerte deviene su concepto hace poco mencionado;
la muerte deja de ser lo que de modo inmediato significa, el no ser de este algo
singular, para transfigurarse, convirtiéndose en la universalidad del espíritu
que vive en su comunidad y muere y resucita diariamente en ella.
Lo que pertenece al elemento de la representación, el que el espíritu absoluto,
como un espíritu singular o más bien como un espíritu particular, represente en
su ser allí la naturaleza del espíritu, se transpone, por tanto, aquí a la
autoconciencia misma, al saber que se conserva en su ser otro; por tanto, esto
no muere realmente, como se representa que el particular ha muerto realmente,
sino que su particularidad muere en su universalidad, es decir, en su saber, que
es la esencia que se reconcilia consigo misma. El elemento de la representación
que primeramente antecede se pone, pues, aquí como superado, o ha retornado al
sí mismo, a su concepto; lo que allí era solamente lo que es ha pasado a ser el
sujeto. Y precisamente con ello el primer elemento, el puro pensamiento y el
espíritu eterno en él, no son ya más allá de la conciencia representativa ni del
sí mismo, sino que el retorno del todo dentro de sí es cabalmente esto, el
contener dentro de sí todos los momentos. La muerte del mediador captada por el
sí mismo es la superación de su objetividad o de su particular ser para sí; este
particular ser para sí se ha convertido en autoconciencia universal. Del otro
lado, lo universal se ha convertido realmente, y precisamente de este modo, en
autoconciencia y el espíritu puro o irreal del mero pensamiento se ha convertido
en real. La muerte del mediador no es solamente la muerte de su lado natural o
de su particular ser para sí; no muere solamente la envoltura ya muerta,
sustraída a la esencia, sino que muere también la abstracción de la esencia
divina. Pues el mediador, en la medida en que su muerte no ha llevado a cabo
todavía la reconciliación, es lo unilateral que sabe lo simple del pensamiento
como la esencia por oposición a la realidad; este extremo del sí mismo no tiene
aun un valor igual a la esencia; el sí mismo sólo posee este valor en el
espíritu. La muerte de esta representación contiene, pues, al mismo tiempo la
muerte de la abstracción de la esencia divina que no se pone como sí mismo. Esta
muerte es el sentimiento doloroso de la conciencia desventurada de que Dios
mismo ha muerto. Esta dura expresión es la simple expresión del simple saber de
sí mismo más íntimo, el retorno de la conciencia a las profundidades de la noche
del yo = yo, que no diferencia ni sabe ya nada, fuera de ella. Este sentimiento
es, pues, de hecho, la pérdida de la sustancia y de su enfrentamiento a la
conciencia; pero es, al mismo tiempo, la pura subjetividad de la sustancia o la
pura certeza de sí mismo que a ella le faltaba, como el objeto, o lo inmediato,
o la pura esencia. Este saber es, pues, la espiritualización por medio de la
cual la sustancia ha devenido sujeto, su abstracción y su carencia de vida han
muerto, por medio de la cual, por tanto, la sustancia ha devenido realmente
autoconciencia simple y universal.
Así, pues, el espíritu es espíritu que se sabe a sí mismo; se sabe, lo que para
él es objeto es, o su representación es el verdadero contenido absoluto;
expresa, como veíamos, al espíritu mismo. Y, al mismo tiempo, no sólo es
contenido de la autoconciencia y no sólo es objeto para ella, sino que es
también espíritu real. Es esto por cuanto que recorre los tres elementos de su
naturaleza; este movimiento a través de sí mismo constituye su realidad; -lo que
se mueve es él, él es el sujeto del movimiento y es, igualmente, el moverse
mismo, o la sustancia a través de la cual pasa el sujeto. El concepto del
espíritu había llegado ya a ser para nosotros cuando entramos en los dominios de
la religión, a saber, como el movimiento del espíritu cierto de sí mismo que
perdona el mal y, con ello, se despoja al mismo tiempo de su propia simplicidad
y de su dura inmutabilidad, o como el movimiento en el que lo absolutamente
contrapuesto se reconoce como lo mismo y hace brotar este reconocimiento como el
sí entre estos extremos; -este concepto es el que ahora intuye la conciencia
religiosa, a la que se ha revelado la esencia absoluta y supera la diferencia de
su sí mismo y de lo que intuye; así como es el sujeto, así también es la
sustancia y es, pues, ella misma, el espíritu, precisamente porque es y en la
medida en que es este movimiento.
Pero esta comunidad no es completa en esta su autoconciencia; su contenido es en
general en la forma de la representación para ella y de este modo, la
espiritualización real de esta comunidad. su retorno de su representación, posee
todavía en ella este carácter de escisión, que afectaba incluso al elemento del
puro pensamiento mismo. Esta comunidad no tiene tampoco la conciencia de lo que
ella es; es la autoconciencia espiritual que no es ante sí como este objeto, o
que no se abre a la conciencia de sí misma; pero, en tanto que es conciencia,
tiene estas representaciones que se han considerado. En su punto de viraje
final, vemos a la autoconciencia interiorizarse y llegar al saber del ser dentro
de sí; la vemos enajenar su ser allí natural y conquistar la pura negatividad.
Pero la significación positiva de esta negatividad, es decir, el que
precisamente esta negatividad o pura interioridad del saber sea igualmente la
esencia igual a sí misma -o el que la sustancia haya llegado aquí a ser
autoconciencia absoluta, esto es para la conciencia devota un otro. Esta
conciencia capta el lado de que la pura interiorización del saber es en la
simplicidad absoluta o la sustancia, como la representación de algo que no es
así con arreglo al concepto, sino como el acto de una satisfacción extraña. O no
es para ella como esta profundidad del puro sí mismo es la fuerza por medio de
la cual la esencia abstracta es hecha descender de su abstracción y es elevada
al sí mismo por la potencia de esta pura devoción. El obrar del sí mismo
mantiene así esta significación negativa con respecto a aquélla porque, de su
lado, la enajenación de la sustancia es un en sí para esta conciencia que no la
capta y la concibe de este modo o no la encuentra en su obrar como tal.
Habiéndose producido en sí esta unidad de la esencia y del sí mismo, la
conciencia tiene también aun esta representación de su reconciliación, pero
como representación. Alcanza la satisfacción añadiendo desde fuera a su pura
negatividad la significación positiva de la unidad de sí misma con la esencia;
por tanto su satisfacción permanece afectada por la oposición de un más allá. Su
propia reconciliación entra, por consiguiente, en su conciencia, como algo
lejano, como la lejanía del futuro, del mismo modo que la reconciliación que
llevaba a cabo el otro sí mismo se manifiesta como algo lejano en el pasado. Así
como el hombre divino singular tiene un padre que es en sí y solamente una madre
real, así también el hombre divino universal, la comunidad, tiene por padre su
propio obrar y su saber y por madre el amor eterno que se limita a sentir, pero
que no intuye en su conciencia como objeto inmediato real. Su reconciliación es,
pues, en su corazón, pero escindida todavía de su conciencia, y su realidad se
halla aun rota. Lo que entra en su conciencia como el en sí o como el lado de la
pura mediación es la reconciliación situada en el más allá; pero lo que entra en
ella como presente, como el lado de la inmediatez y del ser allí, es el mundo
que tiene que esperar aun su transfiguración. El mundo se halla ya, ciertamente,
reconciliado en sí con la esencia, y de la esencia se sabe, ciertamente, que no
conoce ya el objeto como algo extrañado, sino como igual a ella en su amor.
Pero, para la autoconciencia, este presente inmediato no tiene todavía figura de
espíritu. El espíritu de la comunidad es, así, en su conciencia inmediata,
separado de su conciencia religiosa, la que proclama, ciertamente, que estas
conciencias no están separadas en sí, pero un en sí que no se ha realizado
realisiert o que no ha devenido todavía absoluto ser para sí.
DD. EL SABER ABSOLUTO
A) El contenido simple del sí mismo que se demuestra como el ser
EL ESPÍRITU de la religión revelada no ha sobrepasado todavía su conciencia como
tal o, lo que es lo mismo, su autoconciencia real no es el objeto de su
conciencia; dicho espíritu en general y los momentos que en él se diferencian
caen en el representar y en la forma de la objetividad. El contenido del
representar es el espíritu absoluto; lo único que aun resta es la superación de
esta mera forma o, más bien, puesto que esta forma pertenece a la conciencia
como tal, su verdad debe haberse mostrado ya en las configuraciones de la
conciencia. Este sobrepasar el objeto de la conciencia no debe tomarse como lo
unilateral, como aquel aspecto en que el objeto se mostraba retornando al sí
mismo, sino de un modo más determinado, mostrándose el objeto tanto como tal,
cuanto como lo que tiende a desaparecer, cuanto más bien como lo que es la
enajenación de la autoconciencia, que pone la coseidad, enajenación que tiene no
sólo una significación negativa, sino también una significación positiva, no
sólo para nosotros o en sí, sino también para ella misma. Para ella, tiene lo
negativo del objeto o su superarse a sí mismo, de este modo, la significación
positiva; o, la autoconciencia sabe esta nulidad suya, de una parte, por el
hecho de enajenarse a sí misma, -pues en esta enajenación se pone como objeto o
pone al objeto como sí mismo por razón de la inseparable unidad del ser para sí,
de otra parte, se halla implícito aquí, al mismo tiempo, este otro momento de
que esta enajenación y objetividad se ha superado también y ha retornado a sí
misma y, por consiguiente, se encuentra cerca de sí en su ser otro como tal.
Esto es el movimiento de la conciencia y esto es, en ello, la totalidad de sus
momentos. La conciencia tiene que comportarse también hacia el objeto en cuanto
a la totalidad de sus determinaciones y haberlo captado con arreglo a cada una
de ellas. Esta totalidad de sus determinaciones hace de él, en sí, una esencia
espiritual, y para la conciencia llega a ser esto, en verdad, mediante la
aprehensión de cada una de sus determinaciones singulares por separado como del
sí mismo, o por medio de aquel comportamiento espiritual a que acabamos de
referirnos.
El objeto es, por tanto, en parte, ser inmediato o una cosa en general, lo que
corresponde a la conciencia inmediata; en parte un devenir otro de sí, su
relación o ser para otro y ser para sí, la determinabilidad -lo que corresponde
a la percepción- y, en parte, esencia o como universal lo que corresponde al
entendimiento. El objeto es, como todo, el silogismo o el movimiento de lo
universal hacia la singularidad a través de la determinación y, a la inversa, el
movimiento de la singularidad hacia lo universal a través de la singularidad
como superada o de la determinación. Según estas tres determinaciones debe,
pues, la conciencia saber al objeto como a sí misma. Sin embargo, éste de que
hablamos no es el saber como un puro concebir del objeto, sino que este saber
debe ser mostrado solamente en su devenir o en sus momentos, por el lado que
pertenece a la conciencia como tal, y los momentos del concepto en sentido
propio o del puro saber, bajo la forma de configuraciones de la conciencia. De
ahí que el objeto no se manifieste todavía en la conciencia en cuanto tal como
la esencialidad espiritual a que más arriba nos referíamos, y su comportamiento
hacia él no es la consideración del mismo en esta totalidad como tal, ni en su
pura forma conceptual, sino, en parte, figura de la conciencia en general y, en
parte, un número de esas figuras que nosotros reunimos y en las que la totalidad
de los momentos del objeto y del comportamiento de la conciencia sólo pueden ser
mostrados disueltos en sus momentos.
En cuanto a este lado de la captación del objeto tal como es en la figura de la
conciencia, basta con recordar las anteriores figuras de ésta, que ya se han
presentado. Por tanto, en lo tocante al objeto, en la medida en que es
inmediatamente un ser indiferente, veíamos que la razón observante se buscaba y
encontraba a sí misma en esta cosa indiferente, es decir, era consciente de su
obrar como de algo externo, así como era consciente del objeto como de algo
solamente inmediato. Y veíamos también en su cúspide enunciarse su determinación
en el juicio infinito de que el ser del yo es una cosa. Y, ciertamente, una cosa
inmediata: cuando se llama al yo alma, se le representa también, es cierto, como
cosa, pero como una cosa invisible, intangible, etc. y, de hecho, por tanto, no
como un ser inmediato y no como lo que se supone en una cosa. Aquel juicio,
tomado en su tenor inmediato, es carente de espíritu o más bien es lo carente de
espíritu mismo. Pero, en cuanto a su concepto, es, de hecho, lo más rico de
espíritu, y este interior suyo aun no presente en él es lo que expresan los
otros dos momentos que pasamos a considerar. La cosa es yo: de hecho, en este
juicio infinito se ha superado la cosa; ésta no es en sí; sólo tiene
significación en el comportamiento, solamente por el yo y por su relación con
él. Este momento se ha alcanzado para la conciencia en la pura intelección y en
la Ilustración. Las cosas son sencillamente útiles y sólo deben considerarse
según su utilidad. La autoconciencia culta, que ha recorrido el mundo del
espíritu extrañado de sí, ha producido por su enajenación la cosa como sí mismo
y, por tanto, se conserva todavía ella misma en él y sabe su falta de
independencia o sabe que la cosa sólo es, esencialmente, ser para otro; o,
expresando totalmente el comportamiento, es decir, lo único que aquí constituye
la naturaleza del objeto, la cosa vale para ella como algo que es para sí, la
cosa enuncia la certeza sensible como verdad absoluta, pero este ser para sí, a
su vez, como momento que sólo tiende a desaparecer y se torna en su contrario,
en el ser para otro ya abandonado.
Sin embargo, en este punto el saber de la cosa no está aun completo; no debe
saber solamente acerca de la inmediatez del ser y acerca de la determinabilidad,
sino también como esencia a interior, como el sí mismo. Esto se halla presente
en la autoconciencia moral. Esta sabe su saber como la esencialidad absoluta o
sabe el ser sencillamente como la voluntad pura o el saber puro; no es nada más
que esta voluntad y este saber; a otra sólo corresponde un ser no esencial, es
decir, que no es en sí, que es sólo su cáscara vacía. La conciencia moral,
mientras que en su representación del mundo elimina el ser allí del sí mismo,
vuelve a recogerla igualmente dentro de sí. Como conciencia, no es ya,
finalmente, este colocar y desplazarse de la existencia y del sí mismo, sino que
sabe que su ser allí como tal es esta pura certeza de sí misma; el elemento
objetivo en el que se muestra como operante no es otra cosa que el puro saber de
sí del sí mismo.
Tales son los momentos que integran la reconciliación del espíritu con su
conciencia propiamente dicha; para sí, estos momentos son singulares y es
solamente su unidad espiritual la que constituye la fuerza de esta
reconciliación. Pero el último de estos momentos es, necesariamente, esta unidad
misma y, de hecho, los reúne, como se ve claramente, a todos dentro de sí. El
espíritu cierto de sí mismo en su ser allí no tiene como elemento del ser allí
otra cosa que este saber de sí; la enunciación de que lo que hace lo hace con
arreglo a la convicción del deber, este su lenguaje, es la validez de su obrar.
El obrar es la primera separación que es en sí de la simplicidad del concepto y
el retorno desde esta separación. Este primer movimiento se trueca en el
segundo, en cuanto que el elemento del reconocimiento se pone como saber simple
del deber frente a la diferencia y la escisión que reside en la acción como tal,
y forma de este modo una realidad férrea contra el obrar. Pero en el perdón
hemos visto cómo esta dureza remite por sí misma y se enajena. La realidad no
tiene aquí, por tanto, para la autoconciencia, como ser allí inmediato, otra
significación que la de ser el puro saber; -y lo mismo, como ser allí
determinado o como comportamiento, lo opuesto a sí es un saber, en parte, de
este puro sí mismo singular y, en parte, del saber como universal. En lo que va
implícito, al mismo tiempo, que el tercer momento, la universalidad o la esencia
sólo vale para cada uno de los dos opuestos como saber; y éstos superan, por
último, la oposición vacía que todavía queda y son el saber del yo = yo; este sí
mismo singular que es inmediatamente saber puro o universal.
Esta reconciliación de la conciencia con la autoconciencia se muestra así como
producida de dos lados, una vez en el espíritu religioso y otra vez en la
conciencia misma como tal. Ambos modos se diferencian el uno del otro en que el
primero es esta reconciliación en la forma del ser en sí y el segundo en la
forma del ser para sí. Tal como han sido considerados, caen de momento el uno
fuera del otro; en el orden en que se nos presentaban sus figuras, la conciencia
llega, de una parte, a los momentos singulares de este orden y, de otra parte, a
su reunificación mucho tiempo antes de que la religión haya dado a su objeto la
figura de la autoconciencia real. La unificación de ambos lados no se ha
indicado aun; es ella la que cierra esta serie de las configuraciones del
espíritu; pues en ella el espíritu llega a saberse no sólo como es en sí o según
su contenido absoluto, ni tampoco como es para sí según su forma carente de
contenido, o según el lado de la autoconciencia, sino como es en sí y para sí.
Pero esta unificación ya se ha llevado a cabo en sí, también, ciertamente, en la
religión, en el retorno de la representación a la autoconciencia, pero no con
arreglo a la forma auténtica, pues el lado religioso es el lado del en sí que se
enfrenta al movimiento de la autoconciencia. Por tanto, la unificación pertenece
a este otro lado que, por contraste, es el lado de la reflexión dentro de sí y,
por consiguiente, aquel que se contiene a sí mismo y a su contrario y que los
contiene no solamente en sí o de un modo universal, sino para sí o de un modo
desarrollado y diferenciado. El contenido, lo mismo que el otro lado del
espíritu autoconsciente, en tanto que es el otro lado, se da y ha sido mostrado
en su perfección; la unificación, que falta aun, es la unidad simple del
concepto. Este se da ya también en el lado de la misma autoconciencia; pero, tal
como se ha presentado anteriormente, tiene, como todos los demás momentos, la
forma de ser una figura particular de la conciencia. Es, pues, aquella parte de
la figura del espíritu cierto de sí mismo que permanece quieto en su concepto y
que se llamaba el alma bella. Ésta es, en efecto, su saber de sí misma en su
unidad translúcida y pura, -la autoconciencia que sabe este puro saber del puro
ser dentro de sí como el espíritu-, no sólo la intuición de lo divino, sino la
autointuición de ello. Por cuanto que este concepto se mantiene contrapuesto a
su realización Realisierung, es la figura unilateral que hemos visto desaparecer
en la niebla vacía, pero que también hemos visto en su enajenación y movimiento
hacia adelante positivos. Mediante esta realización Realisierung se supera el
aferramiento a sí de esta autoconciencia carente de objeto, la determinabilidad
del concepto con respecto a su cumplimiento, su autoconciencia cobra la forma de
la universalidad y lo que le resta es su concepto verdadero o el concepto que ha
adquirido su realización Realisierung; es el concepto en su verdad, a saber, en
la unidad con su enajenación, -el saber del puro saber, no como esencia
abstracta, que es el deber, sino el saber de él como esencia que es este saber,
esta autoconciencia pura y que es, por tanto, al mismo tiempo, objeto verdadero,
pues es el sí mismo que es para sí.
Este concepto se ha dado su cumplimiento, de una parte, en el espíritu operante
cierto de sí mismo y, de otra parte, en la religión: en ésta ha cobrado el
contenido absoluto como contenido o en la forma de la representación, del ser
otro para la conciencia; por el contrario, en aquella figura la forma es el
mismo sí mismo, ya que contiene el espíritu operante cierto de sí mismo; el sí
mismo lleva a cabo la vida del espíritu absoluto. Esta figura es, como veíamos,
aquel concepto simple, pero que ha abandonado su esencia eterna, que es allí u
obra. El escindirse o el emerger lo tiene en la pureza del concepto, puesto que
esta pureza es la abstracción absoluta o la negatividad. Y, asimismo, tiene el
elemento de su realidad o del ser en él, en el puro saber mismo, pues es la
simple inmediatez, que es tanto ser y ser allí como esencia, aquélla el
pensamiento negativo y ésta el pensamiento positivo mismo. Este ser allí es,
finalmente, asimismo, el ser reflejado dentro de sí -tanto como ser allí cuanto
como deber- o el ser malo. Este ir dentro de sí constituye la oposición del
concepto y es con ello el presentarse, el puro saber de la esencia no operante,
no real. Pero este su presentarse en esta oposición es el participar en ella; el
puro saber de la esencia se ha enajenado en sí su simplicidad, pues es el
escindirse o la negatividad, que es el concepto; en la medida en que esta
escisión es el devenir para sí, es lo malo; en la medida en que es el en sí, es
lo que permanece bueno. Ahora bien, lo que en primer término acaece en sí es al
mismo tiempo para la conciencia y es, asimismo, duplicado él mismo, es tanto
para la conciencia como es su ser para sí o su propio obrar. Lo mismo que se
pone ya en sí se repite, por tanto, ahora, como saber de la conciencia de él y
como obrar consciente. Cada momento cede con respecto al otro, la independencia
de la determinabilidad en que se presenta frente a él. Este ceder es la misma
renuncia a la unilateralidad del concepto que en sí constituía el comienzo; pero
es, de ahora en adelante, su renuncia, del mismo modo que el concepto a que
renuncia es el suyo. Aquel en sí del comienzo es en verdad, como negatividad,
asimismo, lo mediado, que se pone ahora tal como en verdad es, y lo negativo,
como determinabilidad, es de cada uno para el otro y en sí lo que se supera a sí
mismo. Una de las dos partes de la oposición es la desigualdad del ser dentro de
sí, en su singularidad, frente a la universalidad, - la otra, la desigualdad de
su universalidad abstracta con respecto al sí mismo; aquélla agoniza ante su ser
para sí y se enajena, se confiesa: ésta renuncia a la dureza de su universalidad
abstracta y agoniza de este modo con respecto a su sí mismo carente de vida y a
su inmóvil universalidad; de tal modo, por tanto, que lo primero se ha
completado por el momento de la universalidad, que es esencia, y lo segundo por
la universalidad, que es sí mismo. Mediante este movimiento del obrar, el
espíritu, -que solamente es espíritu porque es allí, porque eleva su ser allí al
pensamiento y, con ello, a la absoluta contraposición, y, partiendo de ésta y
pasando por ella, retorna a sí mismo- el espíritu surge como pura universalidad
del saber, que es autoconciencia, -como autoconciencia, que es la unidad simple
del saber. Lo que, por tanto, era en la religión contenido o forma de la
representación de un otro, esto mismo es aquí obrar propio del sí mismo; el
concepto es lo que unifica, así como el contenido es obrar propio del sí mismo;
-pues este concepto es, como veíamos, el saber del obrar del sí mismo dentro de
sí como de toda esencialidad y de todo ser allí, el saber de este sujeto como de
la sustancia, y de la sustancia como este saber de su obrar. Lo que aquí hemos
añadido es solamente, en parte, la reunión de los momentos singulares cada uno
de los cuales presenta en su principio la vida del espíritu todo y, en parte, la
fijación del concepto en la forma del concepto, cuyo contenido se había dado ya
en aquellos momentos e incluso bajo la forma de una figura de la conciencia.
B) La ciencia, como el concebirse del sí mismo
Esta última figura del espíritu, el espíritu que da a su completo y verdadero
contenido, al mismo tiempo, la forma del sí mismo y que, con ello, realiza
realisiert su concepto a la par que en esta realización Realisierung permanece
en su concepto, es el saber absoluto; es el espíritu que se sabe en la figura de
espíritu o el saber conceptual. La verdad no sólo es en sí completamente igual a
la certeza, sino que tiene también la figura de la certeza de sí misma, o es en
su ser allí, es decir, para el espíritu que la sabe, en la forma del saber de sí
mismo. La verdad es el contenido, que en la religión es todavía desigual a su
certeza. Pero esta igualdad se halla en que el contenido ha cobrado la figura
del sí mismo. De este modo, aquello se ha convertido en elemento del ser allí o
en forma de la objetividad para la conciencia, lo que es la esencia misma, a
saber: el concepto. El espíritu que se manifiesta en este elemento a la
conciencia o, lo que aquí es lo mismo, que es aquí producido por ella, es la
ciencia.
La naturaleza, los momentos y el movimiento de este saber han resultado ser, por
tanto, el puro ser para sí de la autoconciencia; él es yo, es este y ningún otro
yo y es, asimismo, el yo inmediatamente mediado o el yo universal superado.
Tiene un contenido que diferencia de sí; pues es la pura negatividad o el
escindirse; es conciencia. Este contenido es en su diferencia misma el yo, pues
es el movimiento del superarse a sí mismo o la misma pura negatividad que es yo.
Yo es en él como diferenciado y reflejado en sí; el contenido solamente es
concebido porque el yo, en su ser otro, está cerca de sí mismo. Este contenido,
indicado de un modo más preciso, no es otra cosa que el mismo movimiento que
acabamos de enunciar, pues es el espíritu que se recorre a sí mismo y se
recorre, además, para sí como espíritu, por el hecho de ser la figura del
concepto en su objetividad. Pero, por lo que se refiere al ser allí de este
concepto, la ciencia no se manifiesta en el tiempo y en la realidad antes de que
el espíritu haya llegado a esta conciencia sobre sí. Como el espíritu que sabe
lo que es, no existe antes, y sólo existe después de haberse llevado a cabo el
trabajo mediante el cual, habiendo domeñado su configuración imperfecta, se crea
para su conciencia la figura de la esencia, igualando así su autoconciencia con
su conciencia. El espíritu que es en y para sí, diferenciado en sus momentos, es
saber que es para sí, el concebir en general, que como tal no ha alcanzado aun
la sustancia o no es en sí mismo saber absoluto.
Ahora bien, en la realidad la sustancia que sabe es anterior a la forma o a la
figura conceptual de la misma. Pues la sustancia es el en sí aun no desarrollado
o el fundamento y el concepto en su simplicidad todavía inmóvil y, por tanto, la
interioridad o el sí mismo del espíritu, que aun no es allí. Lo que es allí es
como lo aun no desarrollado simple e inmediato, o el objeto de la conciencia
representativa en general. El conocer, por ser la conciencia espiritual para la
que es en sí sólo es en la medida en que es ser para el sí mismo y ser del sí
mismo o concepto, -sólo tiene, por el momento y por esta razón, un objeto pobre,
con respecto al cual la sustancia y su conciencia es más rica. La
manifestabilidad de la sustancia en la conciencia es, de hecho, ocultamiento, ya
que se trata del ser carente todavía de sí mismo y lo único patente aquí es la
certeza de sí mismo. Por tanto, de momento sólo pertenecen a la autoconciencia
los momentos abstractos de la sustancia; pero, en cuanto que éstos, como
movimientos puros, se empujan a sí mismos hacia más allá, la autoconciencia se
enriquece hasta extraer a la conciencia toda la sustancia, toda la estructura de
sus esencialidades, y -por cuanto que este comportamiento negativo hacia la
objetividad es asimismo un comportamiento positivo, un poner- se crea a sí misma
desde sí y, con ello, se ha restaurado al mismo tiempo para la conciencia. En el
concepto que se sabe como concepto los momentos se presentan, por tanto, antes
que el todo pleno cuyo devenir es el movimiento de estos momentos. Por el
contrarío, en la conciencia está el todo, pero no concebido, con anterioridad a
los momentos. El tiempo es el concepto mismo que es allí y se representa a la
conciencia como intuición vacía; de ahí que el espíritu se manifieste
necesariamente en el tiempo y se manifiesta en el tiempo mientras no capta su
concepto puro, es decir, mientras no ha acabado con el tiempo. El tiempo es el
sí mismo puro externo intuido, no captado por el sí mismo, el concepto solamente
intuido; al captarse a sí mismo, el concepto supera su forma de tiempo, concibe
lo intuido y es intuición concebida y concipiente. El tiempo se manifiesta, por
tanto, como el destino y la necesidad del espíritu aun no acabado dentro de sí
mismo, -la necesidad de enriquecer, la participación que la autoconciencia tiene
en la conciencia-, la necesidad de poner en movimiento la inmediatez del en sí
-la forma en que la sustancia es en la conciencia-, o a la inversa, tomando el
en sí como lo interior, la necesidad de realizar realisieren y revelar lo que
sólo interiormente es, es decir, reivindicarlo para la certeza de sí mismo.
Debe decirse, por esta razón, que nada es sabido que no este en la experiencia
o, como también se expresa esto, que no sea presente como verdad sentida, como
lo eterno interiormente revelado, como lo sagrado en que se cree, o de cualquier
otro modo como se diga. Pues la experiencia consiste precisamente en que el
contenido -que es el espíritu- sea en sí, sustancia y, por tanto, objeto de la
conciencia. Pero esta sustancia que es el espíritu es su devenir hacia lo que él
en sí es; y solamente como este devenir que se refleja dentro de sí es, en sí,
en verdad, el espíritu. Es en sí el movimiento que es el conocer -la
transformación de aquel en sí en el para sí, de la sustancia en el sujeto, del
objeto de la conciencia en objeto de la autoconciencia, es decir, en un objeto
asimismo superado o en el concepto. Este movimiento es el cielo que retorna a
sí, que presupone su comienzo y sólo lo alcanza al final. Así, pues, en cuanto
el espíritu es necesariamente este diferenciar dentro de sí, su todo se enfrenta
como intuido a su simple autoconciencia, y puesto que, por tanto, aquello es lo
diferenciado, es diferenciado en su concepto puro intuido, en el tiempo y en el
contenido o en el en sí; la sustancia tiene en ella, como sujeto, la necesidad
primeramente interna de presentarse en ella misma lo que ella en sí es, como
espíritu. Sólo la exposición completa y objetiva es al mismo tiempo la reflexión
de la sustancia o el devenir de ésta al sí mismo. Por tanto, el espíritu no
puede alcanzar su perfección como espíritu autoconsciente antes de haberse
completado en sí, como espíritu del mundo. Por eso el contenido de la religión
proclama antes en el tiempo que la ciencia lo que es el espíritu; pero solamente
la ciencia es su verdadero saber de él mismo. El movimiento consistente en hacer
brotar la forma de su saber de sí es el trabajo que el espíritu lleva a cabo
como historia real. La comunidad religiosa, en tanto que es primeramente la
sustancia del espíritu absoluto, es la tosca conciencia que tiene un ser allí
tanto más bárbaro y duro cuanto más profundo es su espíritu interior, y su
embotado sí mismo tiene que trabajar, por ello, tanto más duramente con su
esencia, con el contenido de su conciencia,-extraño para él. Sólo cuando ha
renunciado a la esperanza de superar el ser extraño de un modo externo, es
decir, extraño, se dirige a sí mismo, puesto que el modo extraño superado es el
retorno a la autoconciencia, se dirige a su propio mundo y a su propio presente,
los descubre como su patrimonio y ha dado, con ello, el primer paso para
descender del mundo intelectual o más bien para espiritualizar a su elemento
abstracto con el sí mismo real. De una parte, mediante la observación,
encuentra el ser allí como pensamiento y lo concibe y, a la inversa, concibe en
su pensar el ser allí. En cuanto que, así, enuncia primeramente de un modo
abstracto la unidad inmediata del pensar y el ser, de la esencia abstracta y del
sí mismo, volviendo a despertar la primera esencia luminosa con mayor pureza, a
saber, como unidad de la extensión y del ser -pues extensión es la simplicidad
más igual al pensar puro que lo es la luz-, y volviendo a despertar con ello en
el pensamiento la sustancia de la aurora, el espíritu se aterra al mismo tiempo
ante esta unidad abstracta, ante esta sustancialidad carente de sí mismo y
afirma en contra de ella la individualidad. Pero solamente después de haber
enajenado la individualidad en la cultura, convirtiéndola así en ser allí e
imponiéndola al ser allí todo -después de haber llegado al pensamiento de la
utilidad y de haber captado en la libertad absoluta el ser allí como su
voluntad, es cuando el espíritu desentraña el pensamiento de su más intima
profundidad y proclama la esencia como yo = yo. Pero este yo = yo es el
movimiento reflejándose dentro de sí mismo; en efecto, puesto que esta igualdad,
como absoluta negatividad, es la diferencia absoluta, la igualdad a sí mismo del
yo se enfrenta a esta pura diferencia, que, como la diferencia pura y al mismo
tiempo objetiva con respecto al sí mismo que se sabe a sí, debe expresarse como
el tiempo, de tal modo que así como antes la esencia se expresaba como unidad
del pensamiento y de la extensión, ahora habría que tomarla como unidad del
pensamiento y del tiempo; pero la diferencia confiada a sí misma, el tiempo sin
quietud y sin pausa, se derrumba y coincide más bien en sí mismo; es la quietud
objetiva de la extensión, pero ésta es la pura igualdad consigo misma, el yo. O
el yo no es solamente el sí mismo, sino que es la igualdad del sí mismo consigo;
pero esta igualdad es la perfecta e inmediata unidad consigo mismo, o este
sujeto es asimismo la sustancia. La sustancia para sí sola vendría a ser el
intuir vacío de contenido o el intuir de un contenido que, como determinado,
sólo tendría accidentalidad y carecería de necesidad; la sustancia sólo valdría
como absoluto en la medida en que fuese pensada o intuida como la unidad
absoluta, y todo contenido, en cuanto a su diversidad, tendría que caer fuera de
ella, en la reflexión, la cual no pertenece a la sustancia, ya que la sustancia
no sería sujeto, lo que se refleja sobre sí y dentro de sí, o no se concebiría
como espíritu. Y sí, a pesar de todo, se hablara de un contenido, sería en parte
solamente para arrojarlo al abismo vacío de lo absoluto y, en parte,
recogiéndolo exteriormente de la percepción sensible; el saber parecería, así,
haber llegado a las cosas, a lo diferente de él mismo, y a la diferencia entre
múltiples cosas, sin que pudiera concebirse cómo ni de dónde.
Pero el espíritu no se ha mostrado ante nosotros ni como el simple repliegue de
la autoconciencia a su pura interioridad, ni como el mero hundimiento de la
autoconciencia en la sustancia y en el no ser de su diferencia, sino como este
movimiento del sí mismo que se enajena de sí mismo y se hunde en su sustancia,
que, como sujeto, se ha adentrado en sí partiendo de ella y convirtiéndola en
objeto y contenido, al superar esta diferencia de la objetividad y del
contenido. Aquella primera reflexión partiendo de la inmediatez es el
diferenciarse el sujeto de su sustancia o el concepto que se escinde, el ir
dentro de sí y el devenir del yo puro. En cuanto esta diferencia es el puro
obrar del yo = yo, el concepto es la necesidad y el surgir del ser allí que
tiene la sustancia como su esencia y subsiste para sí. Pero el subsistir del ser
allí para sí es el concepto puesto en la determinabilidad y, asimismo, su
movimiento en él mismo, consistente en hundirse en la simple sustancia, que
solamente es sujeto como esta negatividad y este movimiento. El yo no tiene por
qué aferrarse a la forma de la autoconciencia contra la forma de la
sustancialidad y objetividad, como si tuviese miedo a su enajenación; la fuerza
del espíritu consiste más bien en permanecer igual a sí mismo en su enajenación
y, como lo que es en y para sí, en poner el ser para sí solamente como momento,
como se ponía el ser en sí; ni el yo es tampoco un tercer elemento que rechace
las diferencias arrojándolas al abismo de lo absoluto y proclamando su igualdad
en el mismo, sino que el saber consiste más bien en esta aparente actividad que
se limita a considerar cómo lo diferente se mueve en él mismo y retorna a su
unidad. C) El espíritu concebido, en su retorno a la inmediatez que es allí
Así, pues, en el saber el espíritu ha cerrado el movimiento de configuración, al
ser afectado el mismo por la diferencia sobrepasada de la conciencia. El
espíritu ha conquistado el puro elemento de su ser allí, el concepto. El
contenido es, según la libertad de su ser, el sí mismo que se enajena o la
unidad inmediata del saber de sí mismo. El puro movimiento de esta enajenación
constituye, considerado en cuanto al contenido, la necesidad de éste. El
contenido diversificado es como determinado en la relación, no en sí, y su
inquietud consiste en superarse a sí mismo o en la negatividad; es, por tanto,
la necesidad o la diversidad, el ser libre e igualmente el sí mismo; y, en esta
forma de la mismeidad, en que el ser allí es pensamiento inmediato, el contenido
es concepto. Una vez que el espíritu ha alcanzado el concepto, despliega el ser
allí y el movimiento en este éter de su vida, y es ciencia. En ella, los
momentos de su movimiento no se presentan ya como determinadas figuras de la
conciencia, sino, en cuanto que la diferencia de la conciencia ha retornado al
sí mismo, como conceptos determinados y como el movimiento orgánico, fundado en
sí mismo, de dichos conceptos. Si en la Fenomenología del Espíritu cada momento
es la diferencia entre el saber y la verdad y el movimiento en que esa
diferencia se supera, la ciencia, por el contrario, no entraña esta diferencia y
su superación, sino que -por cuanto el momento tiene la forma del concepto-
conjuga en unidad inmediata la forma objetiva de la verdad y la del sí mismo que
sabe. El momento no aparece, pues, como el movimiento de ir y venir de la
conciencia o la representación a la autoconciencia y viceversa, sino que su
figura pura, liberada de su manifestación en la conciencia, el concepto puro y
su movimiento hacia adelante, dependen solamente de su pura determinabilidad. Y,
a la inversa, a cada momento abstracto de la ciencia corresponde, en general,
una figura del espíritu que se manifiesta. El espíritu que es allí no es más
rico que ella, pero no es tampoco, en su contenido, más pobre. El conocer los
conceptos puros de la ciencia bajo esta forma de figuras de la conciencia
constituye el lado de su realidad Realität, según la cual su esencia, el
concepto, puesto en ella en su simple mediación como pensamiento, escinde los
momentos de esta mediación y se los presenta con arreglo a la oposición interna.
La ciencia contiene en ella misma esta necesidad de enajenar de sí la forma del
puro concepto y el tránsito del concepto a la conciencia. Pues el espíritu que
se sabe a sí mismo, precisamente porque capta su concepto, es la inmediata
igualdad consigo mismo, que en su diferencia es la certeza de lo inmediato o la
conciencia sensible, -el comienzo de que arrancábamos; este despojarse de la
forma de su sí mismo es la más alta libertad y seguridad de su saber de sí. Sin
embargo, esta enajenación es todavía imperfecta; expresa la relación entre la
certeza de sí mismo y el objeto, que no ha alcanzado su plena libertad,
precisamente por el hecho de mantenerse en esa relación. El saber no se conoce
solamente a sí, sino que conoce también lo negativo de sí mismo o su límite.
Saber su límite quiere decir saber sacrificarse. Este sacrificio es la
enajenación en la que el espíritu presenta su devenir hacia el espíritu, bajo la
forma del libre acaecer contingente, intuyendo su sí mismo puro como el tiempo
fuera de él y, asimismo, su ser como espacio. Este último devenir del espíritu,
la naturaleza, es su devenir vivo e inmediato; la naturaleza, el espíritu
enajenado, no es en su ser allí otra cosa que esta eterna enajenación de su
subsistencia y el movimiento que instaura al sujeto.
Pero el otro lado de su devenir, la historia, es el devenir que sabe, el devenir
que se mediatiza a sí mismo - el espíritu enajenado en el tiempo; pero esta
enajenación es también la enajenación de ella misma; lo negativo es lo negativo
de sí mismo. Este devenir representa un movimiento lento y una sucesión de
espíritus, una galería de imágenes cada una de las cuales aparece dotada con la
riqueza total del espíritu, razón por la cual desfilan con tanta lentitud, pues
el sí mismo tiene que penetrar y digerir toda esta riqueza de su sustancia. Por
cuanto que la perfección del espíritu consiste en saber completamente lo que él
es, su sustancia, este saber es su ir dentro de sí, en el que abandona su ser
allí y confía su figura al recuerdo. En su ir dentro de sí, se hunde en la noche
de su autoconciencia, pero su ser allí desaparecido se mantiene en ella; y este
ser allí superado -el anterior, pero renacido desde el saber-, es el nuevo ser
allí, un nuevo mundo y una nueva figura del espíritu. En él, el espíritu tiene
que comenzar de nuevo desde el principio, despreocupadamente y en su inmediatez
y crecer nuevamente desde ella, como si todo lo anterior se hubiese perdido para
él y no hubiese aprendido nada de la experiencia de los espíritus que le han
precedido. Pero si ha conservado el re-cuerdo, que es lo interior y de hecho la
forma superior de la sustancia. Por tanto, si este espíritu reinicia desde el
comienzo su formación, pareciendo solamente partir de sí mismo, comienza al
mismo tiempo por una etapa más alta. El reino de los espíritus que de este modo
se forma en el ser allí constituye una sucesión en la que uno ocupa el lugar del
otro y cada uno de ellos asume del que le precede el reino del mundo. Su meta es
la revelación de la profundidad y ésta es el concepto absoluto; esta revelación
es, así, la superación de su profundidad o su extensión, la negatividad de este
yo que es dentro de sí, que es su enajenación o su sustancia, -y su tiempo, en
el cual esta enajenación se enajena en ella misma y es, así, el sí mismo tanto
en su extensión como en su profundidad. La meta, el saber absoluto o el espíritu
que se sabe a sí mismo como espíritu tiene como su camino el recuerdo de los
espíritus como son en ellos mismos y como llevan a cabo la organización de su
reino. Su conservación vista por el lado de su ser allí libre, que se manifiesta
en la forma de lo contingente, es la historia, pero vista por el lado de su
organización conceptual es la ciencia del saber que se manifiesta, uno y otro
juntos, la historia concebida, forman el recuerdo y el calvario del espíritu
absoluto, la realidad, la verdad y la certeza de su trono, sin el cual el
espíritu absoluto sería la soledad sin vida; solamente del cáliz de este reino
de los espíritus rebosa para él su infinitud.
NOTAS
San Mateo VILI, B
(n.2)
(Cita ligeramente modificada de unos versos del Fausto de Goethe, parte primera,
escena de Fausto y el discípulo).
(n.3)
(Sófocles, Antígona, v. .)
(n.4)
(Sófocles, Antígona, v. .)
(n.5)
Del diálogo de Diderot, El sobrino de Rameau. La cita está tomada de la
traducción entonces inédita de Goethe.
(n.6)
(El sobrino de Rameau. Cf. P. Las reflexiones que siguen se refieren a este
diálogo de Diderot, entre ellas la alusión a Diógenes en su tonel).
(n.8)
(Referencia al Sobrino de Rameau, de Diderot.)
(n.9)
Es un dicho francés: il n’y a pas de héros pour le valet de chambre. T.) (Este
pensamiento fue recogido por Goethe en su obra Las afinidades electivas, segunda
parte, cap. v, diario de Otilia.)