La esencia del trabajo intelectual, expuesta por un trabajador manual

Dietzgen, curtidor, Siegburg, 15 de mayo de 1869


ÍNDICE

Prefacio

Introducción

Cap.I: La razón pura o la facultad de pensar en general

Cap.II: La esencia de las cosas

Cap.III: La práctica de la razón en la ciencia física

1. Causa y efecto

2. Espíritu y materia

3. Fuerza y materia

Cap.IV: La razón práctica o la moral

1. Lo que es prudente, razonable

2. Lo que es moralmente recto

3. Lo santo

Carta de Joseph Dietzgen a Karl Marx


Joseph Dietzgen (1828-1888) fue un filósofo, escritor y obrero curtidor alemán, reconocido como uno de los principales propagandistas del materialismo histórico y dialéctico. Autodidacta, llegó a conclusiones similares a las de Marx y Engels, enfocándose en la gnoseología y la naturaleza del pensamiento humano


UNA CITA DE ENGELS SOBRE DIETZGEN

Y, cosa notable, esta dialéctica materialista, que era desde hacía varios años nuestro mejor instrumento de trabajo y nuestra arma más afilada, no fue descubierta solamente por nosotros, sino también, independientemente del propio Hegel, por un obrero alemán: Joseph Dietzgen

(F. Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana (1886)

 


PREFACIO

Este es el lugar donde se puede dirigir al lector benévolo, así como al critico receloso, algunas palabras de explicación concernientes a la relación personal del autor con su obra. El primer reproche que anticipo es la carencia de erudición que indirectamente se trasluce más entre líneas que en el opúsculo mismo. Me pregunto: como puedes permitirte presentar públicamente un trabajo acerca de un objeto que ha sido tratado por los héroes de la ciencia: Aristóteles, Kant, Fichte, Hegel, etc.,

Sin conocer todavía a fondo todas las obras de tus celebres predecesores En el mejor de los casos, no vas a repetir lo que ellos han dicho desde hace mucho tiempo Esta es mi respuesta: ya hace mucho tiempo que la semilla sembrada por la filosofía en la tierra de la ciencia ha crecido y fructificado. Lo que la historia saca a luz se desarrolla históricamente, se abre camino, crece y muere para continuar eternamente su vida bajo una. forma, renovada. La acción original, la obra original solo es fecunda en el contacto que mantiene con las relaciones de la época que la engendra; pero termina por convertirse en una cáscara vacía cuya, almendra se ha desprendido en beneficio de la historia. Lo positivo que ha producido la ciencia del pasado ya no vive en la letra de su autor; más que espíritu, se ha vuelto carne y sangre en la ciencia del presente.

Por ejemplo, para conocer los productos de la física y agregarles una producción nueva, no es necesario que previamente se estudie la historia de esa ciencia y que luego se beba en las fuentes las leyes descubiertas hasta hoy. Por el contrario, la investigación histórica solo podría constituir un obstáculo para la solución de un problema científico, teniendo en cuenta que la concentración de las fuerzas necesariamente no produce más que su división. En este sentido, pongo en mi activo los conocimientos que me faltan en otros terrenos, pues esto me permite consagrarme tanto más resueltamente al estudio de mi objeto particular.

Dedicarme al estudio de este objeto y aprender todo lo que se conoce en mi tiempo, tal es la tarea que he emprendido seriamente. así pues, la historia de la filosofía se ha repetido en mi persona en la medida en que, desde mi primera juventud, he intentado especular por necesidad de una concepción del mundo coherente, sistemática, y en la medida en que, al fin de cuentas, presumo de haber encontrado, satisfacción en el conocimiento inductivo de la facultad de pensar. Y no es ni la facultad de pensar en sus múltiples manifestaciones, ni sus diversos modos, sino su forma más general, su esencia general quienes me han satisfecho, y mi meta es exponerlas. En consecuencia, mi objeto es tan simple y particular como es posible; es tan absolutamente simple que de ninguna manera he podido evitar pesadas y frecuentes repeticiones en su presentación.

De igual manera, la cuestión de la esencia del espíritu constituye un objeto popular, cultivado por los especialistas no solo de la filosofía, sino de la ciencia en general. Por eso la contribución aportada por la historia de la ciencia al conocimiento de ese objeto en todas partes debe encontrarse viva en las ideas científicas del presente. Debería permitírseme considerar a esta fuente como suficiente. así pues, a pesar de mi calidad de autor, puedo confesar que no soy un profesor de filosofía, sino profesionalmente un obrero manual.

A quienes por esta razón de buena gana deseen lanzarme la antigua advertencia de !Zapatero, a tus zapatos!”, respondo con Carlos Marx: “Vuestra sabiduría de profesionales que presentáis como el non plus ultra se ha convertido en una siniestra necedad, desde el día en que el relojero Watt invento la maquina de vapor, el barbero Arkwright el telar, y el obrero joyero Fulton el barco de vapor.”

Sin pretender contarme entre estos grandes hombres, me esta permitido encontrar un estimulo en su ejemplo. Además, por su naturaleza mi objeto remite particularmente a la clase social a la cual si no tengo el honor por lo menos tengo el placer de pertenecer. En esta obra expongo la facultad de pensar en tanto que órgano de lo universal. El cuarto estado, el que sufre; es decir la clase obrera, es en principio el verdadero soporte de ese órgano en la medida en que los estados Standar dominantes encuentran en sus intereses particulares de clase el obstáculo que les impide el reconocimiento de lo universal.

Por supuesto, esta limitación se refiere muy en primer lugar al mundo de las relaciones humanas. Pero durante todo el tiempo que estas relaciones no son universalmente humanas, y siguen siendo relaciones de clases, la visión de las cosas necesariamente debe estar condicionada por ese punto de vista limitado. Un conocimiento objetivo presupone subjetivamente la libertad teórica. Antes de ver moverse a la tierra y al Sol permanecer inmóvil, necesariamente Copérnico, debió hacer abstracción de su punto de vista terrestre. Así pues, dado que la facultad de pensar tiene por objeto todas las relaciones, le es necesario hacer abstracción de todo para aprehenderse a sí misma en su pureza o su verdad. Si solamente por el pensamiento concebimos todas las cosas, necesariamente debemos apartamos de todas las cosas para conocer el pensamiento puro, el pensamiento en; general. Mientras el hombre se encontraba ligado a un punto de vista de clase limitado, esa tarea era demasiado pesada. Solo un desarrollo histórico suficientemente avanzado para pretender disolver los últimos testos del Estado de dominio y servidumbre puede estar suficientemente desprovisto de prejuicios para aprehender en su verdad y su desnudez el juicio en general, la facultad de conocer, el trabajo intelectual. Solo un desarrollo histórico capaz de tender a la libertad universal directa de la masa, y que yo sepa, eso requiere presupuestos históricos muy mal conocidos, solo la nueva era que abre el cuarto estado considera bastante superflua la creencia en los fantasmás para ser capaz de desenmascarar al ultimo creador de todo fantasma, el espíritu puro.

El hombre del cuarto estado es en fin de cuentas el hombre "puro” Su interés ya no es un interés de clase, sino un interés de masa, el interés de la humanidad. El hecho de que desde siempre el interés de las masas haya estado ligado al interés de la clase dominante, el hecho de que no sea a pesar de, sino precisamente por medio de su opresión continua por parte de los patriarcas judíos, los conquistadores asiáticos, los esclavistas antiguos, los barones feudales, los señores de cofradías y particularmente los capitalistas modernos, además de los Cesares capitalistas, que la humanidad haya progresado continuamente, ese hecho toca a su fin. Las relaciones de clase del pasado eran necesarias para el desarrollo general. En el presente ese desarrollo ha llegado a un punto en que la masa se ha vuelto consciente de si.

Hasta ahora la humanidad se ha desarrollado gracias al antagonismo de las clases, ha avanzado lo suficiente para en adelante querer desarrollarse ella misma sin mediación. Las oposiciones de clases eran manifestaciones fenoménicas de la humanidad. La clase obrera quiere suprimir las oposiciones de clases con el fin de que la humanidad sea una verdad. De igual manera que la Reforma es condicionada por las relaciones de hecho del siglo XVI, la teoría de nuestro trabajo intelectual humano, así como el descubrimiento del telégrafo eléctrico, tienen por condición las relaciones de hecho del siglo XIX. En esta medida, el contenido de este opúsculo no es un producto individual, sino una planta surgida del suelo de la historia. Por consiguiente —disculpad la fórmula mística— solo tengo el sentimiento de mi en tanto que voz de la idea. Lo que me pertenece es la exposición: para ella pido aquí una amistosa benevolencia. Suplico al lector no dirigir sus silenciosas o ruidosas objeciones contra los defectos de forma, contra el modo de decir lo que digo, sino contra lo que quiero decir; pido que no se malentienda intencionalmente mi escrito, sino que se quiera buscar la comprensión en el espíritu, en lo general. Si no logro desarrollar felizmente la idea, si por esta razón mi voz también debe ser ahogada por la superabundancia de libros ofrecidos en el mercado, a pesar de todo el tema encontrará, estoy seguro, un defensor más talentoso.

Dietzgen, curtidor, Siegburg, 15 de mayo de 1869.

 


 INTRODUCCION

Sistematización, tal es la esencia, la expresión general de la actividad total de la ciencia. La ciencia no se propone otra cosa que ordenar y sistematizar para nuestro cerebro los objetos del mundo. Por ejemplo, el conocimiento científico de una lengua requiere que se la distribuya o que se la ordene en clases y reglas generales. La agronomía no solo busca el éxito en el cultivo de papas, sino el descubrimiento del orden sistemático de los métodos de cultivo, cuyo conocimiento permite cultivar con la previsión del éxito. El resultado practico de toda teoría es que nos familiariza con el sistema, con el método de sus objetos, y con ello nos vuelve capaces de actuar en el mundo con la presunción del éxito. La experiencia es su premisa; pero ella sola es insuficiente. Solo la teoría, que es su desarrollo, la ciencia, nos libra de los juegos del azar.

Con la conciencia, ella nos garantiza el dominio del objeto y la certeza, incondicionada de su dominio. El individuo no puede saberlo todo. La habilidad, y la fuerza de sus manos son tan poco suficientes para producir todo lo que necesita, como sus capacidades cerebrales para saber todo lo que le es necesario. La fe es necesaria para el hombre. Pero solamente la fe en lo que otros saben. Tal como la producción material, la ciencia es un asunto social: “Uno para todos, todos para uno”. Pero así como existen necesidades corporales de las que cada uno solo puede y debe preocuparse de una manera personal, de igual manera existen también objetos científicos cuyo conocimiento es exigible de todos y cada uno y que por esta razón no corresponden a ninguna especialidad científica particular. Uno de esos objetos es la facultad de pensar del hombre; el conocimiento, el entendimiento, la teoría que se relaciona con él, no pueden ser dejados en manos de ninguna corporación en particular.

Lasalle declara con todo derecho: “En este siglo de división del trabajo, incluso el pensamiento se ha convertido en un oficio particular que ha caído en las manos más miserables, en poder de nuestros periódicos.” Esto nos dicta nuestra tarea: no aceptar por más tiempo servicios de esta naturaleza, ni los aburridos y solemnes discursos de la opinión publica, sino ponernos a pensar por nosotros mismos. Consiento en abandonar a los especialistas tal o cual objeto particular del saber o de la ciencia, pero el pensamiento en general es un asunto general del cual nadie puede estar exento. Si pudiéramos establecer ese trabajo del pensamiento sobre una base científica y con este fin encontrar una teoría; si pudiéramos descubrir la manera como la razón engendra de manera general conocimientos, o bien encontrar el método por el cual se produce la verdad científica, entonces adquiriríamos en el terreno del saber en general, para nuestra facultad de juzgar en general, la misma seguridad de éxito que la ciencia desde hace ya mucho tiempo ha alcanzado en las disciplinas particulares.

Kant declara: “Si no es posible establecer la unanimidad de los diferentes colaboradores sobre la manera como debe tratar de lograrse la intención común, entonces, no cabe la menor duda de ello, tal estudio todavía no ha tomado el paso seguro, y aun le falta mucho, de una ciencia y no es sino un titubeo puro y simple.” Si en la actualidad recorremos las ciencias, encontramos muchas de ellas, y es el caso principalmente de las ciencias de la naturaleza, que responden a la exigencia kantiana, y que, con una certeza consciente y una unanimidad sin falla, perseveran en los conocimientos que han adquirido y empujan hacia adelante.

Allí, como dice Liebig, se sabe lo que es un hecho, un razonamiento, una regla, una ley. Para todo esto se posee una piedra de toque que cada uno utiliza antes de poner en circulación los frutos de su trabajo. La manera abogadil de sostener una opinión o bien la intención de hacer creer a otro algo no demostrado fracasan, en el mismo instante ante la moral de la ciencia. Por el contrario, en otros dominios, donde se deja el terreno de las cosas materiales concretas para volverse hacia los objetos abstractos, a los que se llama filosóficos, que tienen relación con la visión del mundo y de la vida, que conciernen al alfa y omega y a la apariencia y esencia de las cosas —en la causa o el efecto, en la fuerza o la materia (que son lo esencial en las cuestiones de la sabiduría practica). Sin embargo, en la moral, la religión, la política, encontramos en vez "de hechos que demuestren sin apelación” solo “procedimientos abogadiles”, nunca un saber seguro, sino en todas partes un puro y simple titubeo de opiniones contradictorias y nada mas.

Y justamente los corifeos de las ciencias de la naturaleza, por el desacuerdo que manifiestan desde que tocan tales temas, muestran tambien que como filósofos son unos chapuceros. En consecuencia, la moral de la ciencia, la piedra de toque que se presume poseer para distinguir con rigor el saber de la opinión, solo reposa sobre una práctica instintiva y no sobre un conocimiento consciente, sobre una teoría en buena y debida forma.

Aunque nuestra época se distingue por su celo en cultivar la ciencia, por su parte la gran diversidad de sus opiniones da testimonio de que no sabe manejar los instrumentos del saber con la previsión del éxito. De otra manera, de donde provendrían los malentendidos.

Quien comprende lo que es comprender no puede equivocarse. Solo la certeza incondicional de los cálculos astronómicos da testimonio de su cientificidad. Quien sabe calcular sabe por lo menos probar si su calculo es verdadero o falso. así, la comprensión general del proceso de pensamiento debe proporcionarnos la piedra de toque que nos hará capaces de distinguir generalmente y sin ninguna duda lo que ha sido bien comprendido de lo que ha sido mal comprendido, el saber de la opinión, la verdad del error.

Errar es humano, pero de ninguna manera científico. Siendo la ciencia un asunto humano, sin duda siempre existirán errores, pero hacerlos circular como verdades científicas, y más aun, recibirlos como tales, de eso nos puede liberar la comprensión del proceso de pensamiento, así como la comprensión de las matemáticas nos puede liberar de los cálculos falsos. Se diría que es una paradoja y, sin embargo, es verdad. Quien conoce la regla general que distingue la verdad del error, y quien la conoce con tanta precisión como a la regla gramatical que separa al sustantivo del verbo, distinguirá en ambos casos con igual seguridad.

En todos los tiempos, escribas y doctos se han embarazado unos a otros con la pregunta: que es la verdad. Desde hace milenios esta pregunta constituye un objeto esencial, y principalmente de la filosofía. Como esta ultima misma, finalmente encuentra su solución en el conocimiento de la facultad de pensar. En otras palabras: la cuestión del criterio de la verdad en general es idéntica a la cuestión de la distinción entre la verdad y el error. La filosofía es la ciencia que se ha entregado a esta tarea y que, al mismo tiempo que resolvía el enigma, termino por abolirse a si misma, habiendo al fin adquirido el claro conocimiento del proceso de pensamiento tan breve examen de la esencia y del desarrollo de la filosofía puede, pues, con todo derecho servir de introducción a nuestro tema. Dado que la palabra se ha usado en múltiples sentidos subrayemos que aquí solo se habla de la filosofía llamada especulativa. Además, nos abstenemos de justificar nuestro propósito con frecuentes citas e indicaciones de fuentes; en efecto, consideramos que lo que decimos de ella es lo suficientemente claro y suficientemente exento de contradicciones para poder prescindir del aparato de la erudición.

Limitándose al criterio retenido por Kant y mencionado arriba, la filosofía especulativa aparece más como un campo de batalla de opiniones diferentes que como una ciencia. Sus celebridades, sus grandes clásicos incluso, no están de acuerdo sobre la respuesta que se debe dar a la pregunta: ¿qué es la filosofías, que quiere ella? Por eso, con el fin de no acrecentar el numero de esas opiniones diversas agregando la nuestra, admitiremos que es filosofía todo lo que se nombra así, y trataremos, sin dejamos desorientar por lo particular o lo especial de extraer de esta biblioteca rica en volúmenes el elemento común o general. Por medio de este método empírico nos encontramos en primer lugar que la filosofía no es originalmente una ciencia particular y especial, existente al lado de otras ciencias o junto con ellas, sino que es más bien el nombre genérico del saber en general, la suma de todo saber, de igual manera que el arte es la suma de las diferentes artes. Quien hacia del saber, del trabajo intelectual, su actividad esencial, todo pensador, cualquiera que fuese el contenido de sus pensamientos, era originalmente filósofo. Luego, desde que, con el enriquecimiento progresivo del saber humano las especialidades particulares se separaron de la mater sapbentiae, y esto principalmente desde el nacimiento de la ciencia moderna de la naturaleza, se encuentra que lo que caracteriza a la filosofía no es tanto su contenido como su forma.

Al contrario de todas las otras ciencias que se distinguen por su objeto particular, la filosofía se distingue por el método que le es propio. Claro que también posee un objeto, un fin; pretende concebir lo general, el mundo como un todo, el cosmos. Pero no es ese objeto, no es este propósito lo que la caracteriza, sino la manera como lo persigue. Todas las demás ciencias se ocupan de cosas o de objetos particulares, e incluso cuando ese objeto es el Todo, el cosmos, entonces es siempre, en relación a las partes o elementos particulares de: los que se compone el universo.

En la introducción a su Kosmos, Alexander von Humboldt declara que en esta obra se limita a una investigación empírica, al estudio físico, que trata de reconocer la identidad o la unidad por medio de la multiplicidad. así, únicamente fundando sus actividades sobre lo especial, lo particular, el dato sensible, las ciencias inductivas desembocan en conclusiones o en conocimientos de carácter general. Por eso dicen a propósito de si mismas: "nuestras conclusiones se basan en hechos” La filosofía especulativa procede a la inversa. Incluso donde un tema particular le sirve de objeto de investigación, no lo sigue en lo particular. Las revelaciones de los sentidos, la experiencia física que se tiene por el ojo y el oído, la mano y el cerebro, las recusa como fenómenos engañosos, se limita al pensamiento "puro”, que hace abstracción de toda presuposición, para conocer así, siguiendo una vía inversa, gracias a la unidad de la razón humana, la multiplicidad del universo.

De este modo a propósito de la pregunta que nos ocupa en este momento, para responder a la pregunta ¡Qué es la filosofía?, no partiría de su forma sensible real, de sus folios adornados de madera y de piel de puerco, de sus grandes y pequeños tratados, para llegar al concepto.

A la inversa, el filosofo especulativo busca en el interior de si mismo, en las profundidades de su espíritu, el verdadero concepto de la filosofía, patrón a partir del cual decreta luego que los ejemplares dados en la realidad sensible son auténticos o inauténticos. El método especulativo nunca se ha ocupado, que yo sepa, de la investigación de los objetos palpables, a menos que reconociéramos el procedimiento de la filosofía en todas las visiones no científicas de la naturaleza que poblaban el mundo de las quimeras. En sus comienzos, la especulación científica también se da como objeto la investigación del Sol y de la marcha del mundo. Sin embargo, desde que la astronomía inductiva cultiva ese terreno con éxito creciente, la especulación se limita totalmente al tratamiento de temás más abstractos. aquí, como en general, esta caracterizada por el hecho de que extrae sus resultados de la idea o del concepto.

Para el conocimiento empírico, para el método inductivo, primero es la multiplicidad de la experiencia, luego el pensamiento. Por el contrario, la especulación quiere engendrar la verdad científica sin ayuda de la experiencia. El conocimiento filosófico de ninguna manera debe apoyarse en los hechos efímeros, sino que debe tener un carácter absoluto, estar por encima del espacio y del tiempo. La filosofía especulativa no pretende ser ciencia física, sino metafísica. Su tarea consiste en encontrar, a partir de la sola razón, sin el auxiliar de la experiencia, un sistema, una lógica o una doctrina de la ciencia gracias a los cuales lo que es digno del saber se deje desarrollar lógica o sistemáticamente, tal como gramaticalmente podemos sacar de la raíz dada de una palabra sus diferentes formas.

Las ciencias físicas operan bajo el supuesto de que nuestra facultad de conocer —para emplear imágenes conocidas— se parece a un trozo de cera blanda, que recibe sus impresiones del mundo exterior, o a una tablilla virgen, en la cual se inscribe la experiencia. Por el contrario, la filosofía especulativa presupone ideas innatas que la actividad pensante debe producir sacándolas de las profundidades del espíritu. La distinción entre la ciencia especulativa y la ciencia inductiva reposa en la distinción entre la imaginación y el buen sentido. Este ultimo engendra sus conceptos gracias al mundo exterior, mientras que la imaginación saca a su producto de las profundidades del espíritu, sola, del interior de si misma. Sin embargo, esta producción es unilateral solo en apariencia. así como el pintor no es capaz de inventar imágenes suprasensibles, formás suprasensibles, el pensador tampoco es capaz de pensar pensamientos suprasensibles, situados fuera de la experiencia. Al igual que reuniendo al hombre y al pájaro la imaginación hace un ángel, o sirenas, a partir de la mujer y del pez; de la misma manera, aunque, parezcan producidos por ella misma, todos sus demás productos de hecho no son sino impresiones del mundo exterior, libremente ordenadas. El entendimiento, la razón se someten al numero y al orden, al tiempo y a la medida de la experiencia, mientras que la imaginación reproduce sin sujeción lo que es objeto de experiencia, en una forma arbitraria.

En todos los tiempos, ya incluso cuando en razón de la falta de experiencia y de observación no era posible un conocimiento inductivo, el deseo que empujaba hacia el saber en la explicación de los fenómenos de la naturaleza y de la vida era a partir del espíritu humano, es decir, una explicación especulativa. Se trató de completar la experiencia con la especulación. En una época ulterior, enriquecida por la experiencia, se reconoció comúnmente el carácter erróneo de la especulación pasada.

Sin embargo, fue preciso, por una parte, la acumulación repetida durante milenios de ese acto de desmitificación y, por otra parte, los más numerosos y más brillantes éxitos del método inductivo, antes de que se sintiera la necesidad de abandonar esa manía especulativa. Con seguridad la imaginación también es una facultad positiva, y muy a menudo el presentimiento especulativo, obtenido por la analogía, precede al conocimiento inductivo conforme a la experiencia. Solamente debemos guardar la conciencia clara y distinguir bien la conjetura y la ciencia, y la parte de cada una. Un presentimiento consciente es una incitación a la investigación científica, mientras que una ciencia conjetural cierra la puerta a la investigación inductiva. La adquisición de una clara conciencia de la distinción entre especulación y saber es un proceso histórico, cuyo comienzo y fin coinciden con el comienzo y fin de la filosofía especulativa.

En la antigüedad, el buen sentido cooperaba con la imaginación, el método inductivo con el especulativo en una unidad estrecha. El conflicto entre uno y otro comienza solamente con el conocimiento de las múltiples ilusiones ante las cuales ha sucumbido hasta la época moderna el juicio todavía novicio de los hombres. Pero, en vez de deducir las ilusiones experimentadas de una comprensión indigente, se las atribuyó a la deficiencia de los sentidos, y a estos últimos se les trato de engañosos, y al fenómeno sensible de inauténtico. Quien no conoce el antiguo lamento sobre la poca confianza que se debe otorgar a los sentidos.

Los errores en la comprensión de la naturaleza y de los fenómenos naturales sirvieron primero para oponerse completamente a la sensibilidad. Uno se había equivocado y creía haber sido engañado. El mal humor que se sintió por ello se convirtió en un desprecio total del mundo sensible. Posteriormente se recuso por entero la creencia en la verdad sensible, de una manera tan desprovista de critica como la credulidad con la que hasta entonces se había tomado por verdadero lo fenoménico. La investigación se desvió de la naturaleza, de la experiencia, y el trabajo de la filosofía especulativa comenzó con el pensamiento puro.

Sin embargo, la ciencia nunca se ha dejado desviar de las vías del buen sentido, de la verdad del mundo sensible. Pronto la ciencia de la naturaleza se volvió un adalid de esta causa y sus brillantes éxitos proporcionaron al método inductivo la conciencia de su fecundidad, mientras que por otra parte la filosofía se ponía en búsqueda de un sistema gracias al cual, por la sola razón, sin investigación en detalle, sin experiencia ni observación sensibles, se descubrieran los grandes hechos generales dignos del saber.

De tales sistemás especulativos poseemos un numero más que suficiente. Si los referimos al patrón ya mencionado de la unanimidad, entonces la filosofía solo encuentra su unidad en la generalidad de su ausencia de unidad. La historia de la filosofía especulativa no consiste, a semejanza de la historia de otras ciencias, en la acumulación progresiva de conocimientos, sino en una serie de tentativas desdichadas de exploración de los enigmás generales de la naturaleza y de la vida, por la pura fuerza del pensamiento, sin ayuda de los objetos o de la experiencia. La tentativa más audaz, la construcción de pensamiento más ingeniosa fue realizada por Hegel a principios de nuestro siglo: este, para retomar una formula conocida, adquirió en el mundo científico un renombre idéntico al de Napoleón en el mundo político. Pero incluso la filosofía hegeliana tampoco ha superado la prueba que le estaba asignada. Haym, en "Hegel y su tiempo", dice: “ La filosofía hegeliana, fue derrumbada por el progreso del mundo y la historia viva.”

Hasta hoy, el resultado de la filosofía ha sido el certificado de incapacidad que se ha dado a si misma. Sin embargo, no desconoceremos que, en el fondo, un trabajo que ha ocupado a las mejores cabezas durante milenios, se basaba de todas maneras en algo positivo. Y de hecho, la filosofía tiene una historia, una historia no solo en el sentido de una sucesión de tentativas desdichadas, sino incluso en el sentido de un desarrollo vivo. Pero lo que se desarrolla con ella no es el objeto, no es el sistema lógico del mundo investigado, sino el método. Toda ciencia positiva posee un objeto sensible, un comienzo dado exteriormente, una presuposición, punto de apoyo de su conocimiento. En la base de toda ciencia empírica hay un material sensible, un objeto dado: por consiguiente, su saber es dependiente, impuro.

La filosofía especulativa busca un saber puro, total, absoluto. Quiere conocer sin materiales, sin experiencia, a partir de la razón pura. Tiene su fuente en la conciencia entusiasta de la superioridad del conocimiento o de la ciencia sobre la experiencia sensible empírica. Por eso quiere superar absolutamente la experiencia, alcanzar un conocimiento total, puro. Su objeto es la verdad, no la verdad particular, no la verdad de esto o aquello, sino la verdad en general, la verdad “en sí". Los sistemás especulativos buscan un comienzo sin supuestos, un indudable punto de vista que sea para si mismo su propio punto de apoyo, con el fin de sacar de él la determinación de lo indudable en general.

Según la conciencia que tienen de sí mismos, los sistemás especulativos son sistemás consumados, cerrados y autofundados. Todo sistema especulativo se ha disuelto finalmente con su reconocimiento ulterior de que su totalidad, su acción, su ausencia de presuposición eran imaginarias, que como los demás conocimientos, se había dejado determinar desde el exterior, empíricamente, aunque no era un sistema filosófico, sino un conocimiento empírico relativo.´

Finalmente la ciencia redujo este especulación a nada al establecer que el saber en general, o en sí, es impuro; que el órgano de la filosofía, la facultad de conocimiento, no puede comenzar a trabajar sin un comienzo dado, y que la ciencia de la experiencia no es total sino que es solo superior en la medida que es capaz de organizar numerosas experiencias: así pues, un conocimiento general y objetivo donde la verdad “en sí” no puede ser el objeto de la filosofía más que en la medida en que se es capaz de caracterizar, de conocer el conocimiento o la verdad en general a partir de conocimientos o de verdades particulares dados.

Mas simplemente, la filosofía se reduce a la ciencia no filosófica de la facultad de conocer empíricamente, a la critica de la razón. De la experiencia de la distinción entre apariencia y verdad es de donde procede la especulación moderna, la especulación consciente. Niega todo fenómeno sensible con el fin de encontrar la verdad por medio del pensamiento sin dejarse engañar por ninguna apariencia. Con el transcurso del tiempo, el filosofo siguiente reconocía cada vez que las verdades adquiridas de esta manera por sus predecesores de ninguna manera son lo que pretenden ser, sino que, apreciadas según su contenido positivo, se limitan a la promoción de la ciencia de la facultad de conocer, del proceso de pensamiento Por su negación de la realidad sensible, por su esfuerzo por separar el pensamiento de todo dato sensible, por decir así de su envoltura natural, la filosofía, más que cualquier otra ciencia, ponía al desnudo la estructura del espíritu. también cuanto más avanzaba en edad, cuanto más se, desarrollaba con la historia, más clásico y sorprendente parecía el núcleo de su trabajo. Después de haber creado en diversas ocasiones enormes quimeras, encontró su disolución en el conocimiento positivo del hecho de que el pensamiento filosófico puro que hace abstracción de todo dato produce también un pensamiento sin contenido, pensamientos sin realidad: "quimeras". El proceso de desarrollo de la ilusión especulativa y de la desilusión científica continuo hasta la época más reciente, donde finalmente la solución de la cuestión en su conjunto, la disolución de la especulación comienza con estas palabras de Ludwig Feuerbach; "Mi filosofía no es una filosofía.” El largo discurso del trabajo especulativo se reduce al conocimiento del entendimiento, de la razón, del espíritu, al develamiento de esas misteriosas operaciones que llamamos pensamiento. El misterio de las modalidades según las cuales son producidas las verdades del conocimiento, la ignorancia del hecho de que todo pensamiento tiene necesidad de un objeto, de una presuposición, constituyan la causa del error contenido en la historia de la filosofía Ese mismo misterio es hoy día la causa de esos numerosos errores y contradicciones que encontramos en las declaraciones y obras de nuestros naturalistas. Allí el saber y el conocimiento se han extendido pero, sin embargo, solo hasta ese punto de extensión donde se trata de objetos palpables. Cuando se trata de un tema de modalidades diferentes, más abstractos, en vez de “hechos demostrativos” encontramos "desarrollos abogadiles”, porque incluso si se sabe en particular, por instinto; se ignora no obstante en general y en toda conciencia, teóricamente, lo que es un hecho, un razonamiento, una regla, una verdad. Los éxitos de las ciencias de la naturaleza han enseñado el dominio instintivo del instrumento de la ciencia, el espíritu. Sin embargo, lo que falta es el conocimiento sistemático que actúa con la predeterminación del éxito. Lo que falta es comprender como trabaja la filosofía especulativa. Tal será en adelante nuestra tarea: hacer tomar conciencia, por medio de una breve recapitulación, del paso positivo que de una manera fastidiosa y en la mayor parte inconsciente, la filosofía ha hecho dar a la ciencia, es decir, develar la naturaleza general del proceso de pensamiento. Veremos como el conocimiento de ese proceso nos da los medios de resolver científicamente todos los enigmás generales de la naturaleza y de la vida, y como con ello se adquiere ese punto de vista fundamental, esa visión del mundo sistemática, que fue el final durante  mucho tiempo deseado de la filosofía especulativa.


CAPÍTULO I

 LA RAZÓN PURA O LA FACULTAD DE PENSAR EN GENERAL

Al igual que cuando se habla de alimentos en general y que en la continuidad del discurso se puede utilizar los términos de fruto, grano, trigo, carne, pan, etc., como constituyentes de expresiones que no obstante su diferencia, se suman todos sin embargo, bajo el concepto de alimentos teniendo el mismo sentido, así aquí hablamos de: razón; de conciencia; de entendimiento; de facultad de imaginar; de concebir, de distinguir; de pensar o de conocer como otras tantas cosas sinónimas.

Y es que no nos ocupamos de las diferentes clases, sino de la naturaleza, general del proceso de pensamiento. “A ningún hombre sensato se le ocurriría, declara un fisiólogo moderno, a semejanza de los griegos, buscar el asiento de las fuerzas espirituales en la sangre, o bien, como en la Edad Media, en la glándula pineal; todos están convencidos de que en los centros del sistema nervioso es donde se debe buscar el centro orgánico de la función espiritual del organismo animal.” !Perfectamente! Pensar es una función del cerebro como escribir es una función de la mano. Pero así como la investigación anatómica de la mano no es capaz de resolver el problema de que es escribir, la investigación fisiológica del cerebro no constituye una aproximación a la pregunta que quiere decir pensar, con el escalpelo de la anatomía podemos desollar el espíritu, pero no descubrirlo. El conocimiento de que pensar es un producto del cerebro nos aproxima a nuestro objeto, en la medida en que lo saca del terreno de la imaginación frecuentado por los fantasmás para llevarlo a la clara luz del día. De esencia inmaterial e inasequible que era, en adelante el espíritu se vuelve una actividad corporal. Pensar es una actividad del cerebro así como caminar es una actividad de las piernas. Percibimos el pensamiento, el espíritu, de una manera igualmente sensible que como percibimos el caminar, nuestros dolores, nuestros sentimientos. Experimentamos el pensamiento en tanto que acontecimiento subjetivo, en tanto que proceso interior según su contenido, ese proceso es distinto en cada instante y en cada personalidad, pero según su forma., permanece en todas partes idéntico. En otras palabras: tanto a propósito del proceso de pensamiento como a propósito de todo proceso, hacemos una distinción entre lo particular, o lo concreto, y lo general, o lo abstracto. Su fin general es el conocimiento. Ulteriormente veremos como la representación más simple, como todo concepto por una parte, y el conocimiento más profundo por otra, no son en cuanto a su esencia sino una sola y misma cosa. No existe pensamiento, conocimiento sin contenido, como no existe pensamiento sin objeto, sin otra cosa que sea pensada o conocida. Pensar es un trabajo y como cualquier otro trabajo necesita un objeto en el cual se exteriorice. Después de la proposición: hago, trabajo, pienso, viene la pregunta del contenido y del objeto: que haces, trabajas, piensa. Toda representación determinada, todo pensamiento real es idéntico a su contenido, pero no a su objeto. Mi escritorio, en tanto que contenido de mi pensamiento es idéntico a ese pensamiento y no se distingue de él. Sin embargo, el escritorio exterior a mi cabeza es su objeto, totalmente distinto de ella. Solo se puede distinguir el contenido del pensamiento como acto del pensamiento en general, a titulo de parte de este, mientras que el objeto es categórica o esencialmente distinto. Hacemos una distinción entre el pensamiento y el ser. Distinguimos el objeto sensible de su concepto espiritual. Sin embargo, esto no impide que incluso la representación no sensible sea sensible, material, es decir, real. Percibo mi pensamiento del escritorio tan materialmente como al escritorio mismo. Por supuesto, si se le llama material únicamente a lo que se puede asir, entonces el pensamiento es inmaterial. De hecho, el olor de la rosa y el calor de la estufa son igualmente inmateriales. Llamamos sensible, quizás con mayor fortuna, al pensamiento. O, incluso, si se nos objeta que allí se trata de un empleo abusivo de la palabra, pues la lengua distingue estrictamente las cosas sensibles y las cosas espirituales, entonces renunciemos también a esa palabra y llamemos real al pensamiento. El espíritu es real, tan real como la mesa que se toca, la luz que se ve, el sonido que se escucha. Aunque el pensamiento se distingue evidentemente de esas cosas, sin embargo tiene en común con ellas el hecho de que es real como las demás cosas. El espíritu no es más diferente de la mesa o de la luz de lo que esas cosas lo son entre si. No negamos la diferencia, solo afirmamos la naturaleza común de esas cosas diferentes. A l menos en adelante el lector no me malinterpretara cuando llame a la facultad de pensar una facultad material, un fenómeno sensible.

Todo fenómeno sensible tiene necesidad de un objeto en el cual se exteriorice. Para que el calor sea real, debe existir necesariamente un objeto, otro que se deje calentar. Lo activo no puede existir sin lo pasivo. Lo visible no puede ser visible sin la vista, y a su vez la vista no puede ser vista sin lo visible. De igual manera, como todas las cosas, la facultad de pensar nunca aparece en y por sí, sino siempre en conexión con otros fenómenos sensibles. Como todo fenómeno real, el pensamiento aparece a trabes de un objeto al que acompaña. La función cerebral no es ni más ni menos actividad pura que la función del ojo, el perfume, de mis flores, el calor de la estufa o el fenómeno mesa. El hecho de que se pueda ver, escuchar y tocar la mesa, el hecho de que esta, sea efectivamente real o que produzca un efecto tiene su fundamento igualmente en la actividad que le es propia como en la actividad de otra cosa, en relación con la cual produce un efecto. Sin embargo, cada una de las actividades se limita a una categoría particular de objetos. Lo visible solo sirve a la función del ojo, como lo prensible a la de la mano; el caminar encuentra su objeto en el espacio que atraviesa. Pero para el pensamiento todas las cosas son objeto. Todo es cognoscible. El pensamiento no esta limitado a una especie particular de objetos. Todo fenómeno puede ser objeto y por consiguiente contenido del pensamiento. Solo lo percibimos se vuelve material de nuestra actividad cerebral. Toda cosa es objeto y contenido del pensamiento. La facultad de pensar se extiende universalmente a todos los objetos. Anteriormente dijimos que toda cosa es cognoscible y, sin embargo, ahora decimos que sólo lo cognoscible puede ser conocido, solo lo que puede ser sabido puede ser objeto de la ciencia, solo lo pensable puede ser objeto de la facultad de pensar.

La facultad de pensar esta pues limitada también en la medida en que no puede sustituir los actos de leer, de escuchar, de tocar y a otras innumerables actividades. Conocemos bien todos los objetos, pero ningún objeto se deja conocer, saber o concebir en totalidad. Es decir: el conocimiento no agota el objeto. Para que haya acto de ver, es necesario que exista algo que es visto, pero también algo que es más que lo que vemos; para el acto de escuchar es necesario algo que es escuchado, para el acto de pensar algo que es pensado; por lo tanto, cada vez algo que es también es a su vez algo fuera de nuestro pensamiento, fuera de nuestra conciencia. Ulteriormente se descubrirá como accedemos a la ciencia por el hecho de que vemos, escuchamos, tocamos, pensamos objetos y no algo subjetivo. Por el pensamiento, poseemos un poder en reacción al mundo entero: en el exterior en la realidad, y en el interior en los pensamientos, la representación.

Con ello se puede ver fácilmente que las cosas en el mundo tienen cualidades diferentes de las de las cosas en nuestra cabeza. Bajo una óptima, forma., bajo su extensión natural, les es imposible penetrar en la cabeza. Esta no recibe las cosas mismas, sino su concepto, su representación, su forma general. El árbol representado, pensado, solo es siempre un árbol general. El árbol real es un árbol como no hay otro. E incluso si me meto en la cabeza ese árbol particular, el árbol pensado difiere siempre del árbol sensible, de la misma manera que lo general difiere de lo particular. La multiplicidad infinita de las cosas, la riqueza innumerable de sus propiedades no tiene lugar en mi cabeza. Percibimos el mundo exterior, los fenómenos de la naturaleza y de la vida bajo una doble forma: bajo una forma concreta, sensible, múltiple, y bajo una forma abstracta, espiritual, única. Para nuestros sentidos el mundo es lo múltiple, el cerebro lo agrupa como unidad. lo que vale para el mundo, vale para cada una de sus partes en particular. En la medida en que son reales, el átomo de una gota de agua o el átomo de un elemento químico son divisibles, desiguales en sus partes, múltiples. A no es B. Pero el concepto, la facultad de pensar extrae de cada parte sensible un todo abstracto, y comprende toda totalidad o quantum sensible como constituyendo una parte de la unidad abstracta del mundo. Para reunir las cosas en su totalidad, debemos aprehenderlas práctica y teóricamente con nuestros sentidos y nuestro cerebro, con nuestro cuerpo y nuestro espíritu. Con el cuerpo solo podemos aprehender lo corporal, con el espíritu solo lo espiritual. Por lo tanto las cosas también poseen espíritu. El espíritu es cosa y las cosas son espirituales. E l espíritu y las cosas solo existen efectivamente en sus relaciones..

¿Podemos ver las cosas? ¡No!, solo vemos el efecto de las cosas en nuestros ojos. No gustamos el vinagre, sino la reeacion del vinagre con nuestra lengua. El producto de, ello es la sensación de lo ácido. El vinagre no tiene un efecto ácido sino en relación a la lengua; en relación al hierro, actúa como un disolvente, con el frió se condensa, con el calor se licua. Y sus efectos tienen tanta variedad como los objetos con los cuales mantiene relaciones espacio-temporales. El vinagre se manifiesta fenoménicamente, como en todas las cosas sin excepción; sin embargo nunca como vinagre en y por si, sino siempre únicamente en relación, en contacto, en conexión con otros fenómenos. Todo fenómeno es producto del sujeto y del objeto. Solos, el cerebro o la facultad de pensar son insuficientes para hace reaparecer un pensamiento, pues este requiere además un objeto que sea pensado. Por eso en razón de esa naturaleza relativa de nuestro tema no podremos, al tratarlo, mantener frente a el una actitud pura, dado que precisamente la razón o la facultad de pensar nunca aparecen por si, sino siempre en relación con otra cosa, estamos obligados a pasar continuamente de la facultad de pensar a sus objetos, y a tratar ambos en conexión. así como la vista no ve el árbol sino lo que es visible del árbol, así la facultad de pensar no puede recibir el objeto mismo sino únicamente su aspecto espiritual cognoscible. El producto, el pensamiento, es un niño que es engendrado por la función cerebral en comunidad con un cierto objeto.

En el pensamiento aparecen tanto por un lado el poder subjetivo de pensar, como por el otro la naturaleza espiritual del objeto. Toda función del espíritu presupone un objeto por el cual es producida, y que proporciona el contenido espiritual. Y por otra parte, ese contenido proviene de un objeto que, además, percibido sensiblemente de una cierta manera, es visto, o escuchado, o sentido, o gustado, en pocas palabras, experimentado. Cuando anteriormente dijimos que el acto de ver se limita a lo visible en tanto que objeto,- el acto de oír a lo audible, etc., y que por el contrario toda cosa es objeto de la facultad de pensar o de conocer, eso significa ahora —y nada más— que además de sus propiedades innumerables, pero particulares y sensibles, los objetos tienen la propiedad espiritual general de dejarse pensar, concebir o conocer, de ser objeto de nuestra facultad de pensar. Esta determinación metafísica de todos los objetos vale de igual manera para la facultad de pensar misma, para el espíritu. El espíritu es una actividad sensible material, que parece múltiple. Es el pensamiento producido de manera sensible con objetos diferentes, en tiempos diferentes, en cerebros diferentes. Al igual que de cualquier otro objeto, podemos hacer de ese espíritu el objeto de un acto particular del pensamiento. En tanto que objeto, el espíritu es un hecho múltiple, empírico, que puesto en contacto con una función especial del cerebro, produce el concepto general del espíritu, en tanto que contenido de ese acto particular del pensamiento. El objeto del pensamiento se distingue de su contenido de la misma manera que la cosa se distingue de su concepto. El caminar en toda su diversidad experimentado de manera sensible sirve al pensamiento a titulo de objeto, gracias al cual este ultimo posee el concepto de caminar en tanto que contenido. El hecho de que el concepto de un objeto sensible cualquiera posea padre y madre, el hecho de que sea producido por nuestro pensamiento gracias al objeto experimentado, se comprende más fácilmente y es más patente que la trinidad, que existe efectivamente cuando nuestro pensamiento presente engendra, a partir de la experiencia que ella tiene de sí misma, su propio concepto como producto. aquí parece que damos vuelta en redondo. Objeto contenido y actividad coinciden en apariencia. Sin embargo, la razón se mantiene cerca de sí misma mientras conserva su ser dado de manera sensible. Es decir: se sirve de si misma como objeto y de allí saca su contenido.

 Por ser menos manifiesta la distinción entre cosa y concepto deja de ser tan verídica como en otras partes. Lo que nos oculta la verdad es la costumbre que tenemos de considerar a lo sensible y a lo espiritual como constituyentes de cosas heterogéneas absolutamente distintas. La necesidad de la distinción nos obliga a hacerla en todas partes entre los objetos sensibles y sus conceptos espirituales. Nos obliga a realizar la misma operación en lo que concierne al poder de los conceptos, y así nos encontramos en la necesidad de llamar sensible a un objeto que lleva el nombre de “espíritu". Ciertamente en ninguna ciencia se puede evitar de manera completa tal ambigüedad de la terminología. El lector que no se enreda con las palabras, sino que busca su sentido, concebirá que la distinción entre el ser y el pensamiento conserva su valor también en el caso de la facultad de conocer, y que el hecho del acto de conocer, de concebir, de pensar, etc., es distinto de la comprensión de ese hecho. Y dado que incluso esta ultima, la comprensión, constituye a su vez un hecho, esta permitido dar a toda cosa espiritual la denominación de hecho o de “ sensible". En consecuencia, la razón o la facultad de pensar no son un ser místico que creara los pensamientos particulares- A la inversa, el hecho de los pensamientos particulares, experimentados, constituye el objeto que al contacto de un acto cerebral engendra el concepto de razón.

Como todas las cosas que tenemos que conocer, la razón posee una doble existencia: la primera en el fenómeno o la experiencia, la segunda en la esencia o el concepto- El concepto de un objeto cualquiera presupone la experiencia de ese objeto, y esto es igualmente verdadero del concepto de la facultad de pensar. Dado que el hombre piensa per se, cada uno hace igualmente, per se, la experiencia en cuestión. Ahora estamos en presencia de un objeto en el cual el método especulativo, que quiere producir sus conocimientos a partir de las profundidades del espíritu prescindiendo de la experiencia, secretamente se vuelve, en razón de la naturaleza sensible del objeto, método inductivo, mientras que a la inversa la inducción, que pretende producir razonamientos conocimientos, conceptos, por la sola experiencia, en razón de la naturaleza espiritual de su objeto se vuelve especulación. Así vale la pena analizar con el pensamiento los conceptos de facultad de pensar o de conocer, de razón, de saber o de ciencia, de producir conceptos o analizar estos equivale a lo misino en la medida en que estas dos operaciones constituyen una función cerebral, una actividad del entendimiento. Ambos tienen una naturaleza común. Sin embargo, una se distingue de la otra como se distinguen instinto y conciencia. El hombre piensa en primer lugar no porque quiera, sino porque no puede dejar de hacerlo. Los conceptos se producen instintiva, involuntariamente. Para adquirir clara conciencia de ellos, para someterlos al saber y a la voluntad, tenemos necesidad de analizarlos. Por ejemplo, a partir de la experiencia del acto de caminar producimos el concepto de caminar. Analizarlo es resolver la cuestión: que es caminar en general, que es lo general en el caminar quizás nuestra respuesta será: el caminar es un movimiento cadencioso de un lugar a otro, elevando con ello el concepto instintivo a concepto consciente, analizado. Solo por medio del análisis la cosa es concebida conceptual, formal o teóricamente. Quisiéramos saber de que elementos esta formado el concepto de caminar y encontramos que el movimiento cadencioso constituye el carácter general de esas experiencias que todos llamamos con el nombre común de “ caminar” .

En la experiencia, el caminar es tanto a grandes pasos como a pasitos, o a dos pies como; tanto concierne a los relojes como a las maquinas; en pocas palabras, es múltiple. En el concepto, es sólo un movimiento cadencioso, y es necesario el análisis del concepto para que tengamos la conciencia de ese hecho. El concepto de luz existía mucho tiempo antes de que la ciencia analizara la luz, antes de que supiera que los movimientos vibratorios del éter constituyen los elementos que forman el concepto de luz. Los conceptos instintivos y los conceptos analizados se distinguen de la misma manera como se distinguen los pensamientos ordinarios de los pensamientos de la ciencia. El análisis de un concepto cualquiera y el análisis teórico del objeto o de la cosa de la cual es tomado el concepto constituyen una sola y misma cosa. A todo concepto corresponde un objeto. Ludwig Feuerbach demostró que incluso los conceptos de Dios y de inmortalidad son conceptos de objetos sensibles reales. Para analizar los conceptos de animal, de luz, de amistad, de hombre, etc., se analiza los objetos: animales, amistades, hombres, fenómenos luminosos. El objeto por analizar del concepto de animal no es un animal particular, como el objeto del concepto de luz no es un fenómeno luminoso particular cualquiera. El concepto engloba el género, la cosa en general, y así, en presencia de la pregunta: que es el animal, la luz, la amistad, el análisis no tiene el derecho de emplearse para analizar un objeto particular cualquiera, sino que tiene que descomponer lo general, el género, en sus elementos.

Si el análisis de un concepto y el de su objeto nos parecen diferentes uno de otro, eso se debe a la capacidad que tenemos de separar los objetos de dos maneras: prácticamente, de manera sensible, manual, en particular, luego también teóricamente, de manera espiritual, por el cerebro, en general. El análisis práctico es la presuposición del análisis teórico. Para analizar el concepto de animal, tenemos a nuestro servicio los animales separados de manera sensible; para analizar la amistad, las amistades separadas de las que tenemos experiencia sirven de material o de presuposición. A todo concepto corresponde un objeto que se puede descomponer prácticamente en sus múltiples partes separadas. Analizar el concepto es analizar teóricamente su objeto ya analizado prácticamente. El análisis de un concepto consiste en el conocimiento de lo que hay de común o de general en las partes particulares de su objeto. Lo que hay de común en los diferentes caminares, el movimiento cadencioso, constituye el concepto de caminar, lo que hay de común en los diferentes fenómenos luminosos constituye el concepto de luz. La industria química analiza los objetos con el fin de obtener productos químicos; la ciencia con el fin de analizar sus conceptos. Incluso nuestro objeto especial, la facultad de pensar, se distingue también de su concepto. Pero, para analizar el concepto, es preciso analizar el objeto. No se puede analizarlo químicamente —no todo corresponde a la química— sino solo teórica y científicamente. Como hemos dicho, todos los objetos incumben a la ciencia o a la razón. Pero todos los objetos que la ciencia quiere analizar conceptualmente deben en primer lugar ser practicados analíticamente, es decir, según su especie, ser o bien manipulados diversamente o bien vistos con prudencia o bien auscultados atentamente; en pocas palabras, deben ser objeto de una experiencia profunda. La facultad de pensar, el hecho de que el hombre piense, es un hecho sensible. Los hechos nos presentan la ocasión o el objeto, a partir de lo cual formamos instintivamente el concepto Analizar el concepto de facultad de pensar es en lo sucesivo buscar lo que hay de común o de general en los actos distintos, personales, temporales, del pensamiento real. Para llevar a cabo tal investigación según un método científico, no necesitamos aquí instrumentos físicos ni reactivos químicos. La observación sensible, indispensable para toda ciencia, para todo conocimiento, en el caso presente nos es dada, por así decirlo, a priori. Dentro de si mismo, cada uno posee el objeto de nuestra investigación, el hecho de la facultad de pensar y la experiencia de esta. Anteriormente reconocimos que el concepto instintivo, como su análisis científico, constituye en todas partes el desarrollo de lo abstracto o de lo general a partir de lo sensible, de lo particular, de lo concreto. Lo cual, en otras palabras, quiere decir: se descubre lo que hay de común en todos los actos separados del pensamiento, en el hecho de que estos están en búsqueda de la unidad general en sus objetos, los cuales aparecen de diversas maneras en la corporeidad sensible. El termino general donde se hacen iguales los animales distintos, los fenómenos luminosos distintos, constituya el elemento que permite la composición del concepto general de animal y de luz. Lo general es el contenido de todos los conceptos, de todo conocimiento, de toda ciencia, de todo acto del pensamiento En consecuencia, el análisis de la facultad de pensar muestra a esta última como la capacidad de extraer lo general de lo particular.

El ojo examina lo visible, el oído percibe lo audible, y nuestro cerebro percibe lo general, es decir, lo que puede ser sabido o conocido. Ya hemos visto que el pensamiento, como toda actividad, tiene necesidad de un objeto; además, no tiene limites en la elección de sus objetos; sin limitación, toda cosa puede volverse objeto de la facultad de pensar; por tanto, al aparecer esos objetos de manera diversa en la sensibilidad, el trabajo del pensamiento consiste en transformar esos fenómenos en conceptos simples, mediante la extracción de su parecido, de su identidad o de su generalidad. Si ahora aplicamos a nuestra tarea esa experiencia reconocida o ese conocimiento experimentado del método general de la facultad de pensar, es claro que con ello nos es dada la solución, pues se buscaba solamente el método general de la facultad de pensar. Si el desarrollo de lo general a partir de lo particular constituye el método general, la modalidad general por la cual la razón promueve conocimientos, con ello habremos perfectamente establecido que la razón es la capacidad de extraer lo general de lo particular.

Pensar es un trabajo corporal que, como cualquier otro trabajo, no puede existir ni producir efecto si carece de material. Para pensar, tengo necesidad de una materia que se pueda pensar. Esta materia es dada en los fenómenos de la naturaleza y de la vida. A ellos llamamos lo particular. Si antes se le llamaba objeto del pensamiento al Todo o a toda cosa, en lo sucesivo abrá que decir: la materia de trabajo del pensamiento, el objeto de la razón es infinito, infinito cuantitativamente e ilimitado cualitativamente. La que sirve de material para nuestra facultad de pensar esta tan desprovista de fin como el espacio, es tan eterna como el tiempo, y es tan diversa como el contenido de todas las formas. La facultad de pensar es una facultad universal en la medida en que establece conexiones (es decir, produce pensamientos) con todo, con todas las materias, todas las cosas, todos los fenómenos. Pero de ninguna manera es lo absoluto, pues su existencia, su ejercicio presuponen el mundo de los fenómenos, la materia.

La materia es el límite del espíritu, este no puede transgredirlo. Ella le da el segundo plano necesario para su iluminación, sin caer bajo este ultimo. El espíritu es un producto de la materia, pero la materia es más que un producto del espíritu; aun llegándonos a trabes de nuestros cinco sentidos, al mismo tiempo es producto de la actividad de nuestros sentidos. únicamente a tales productos, que nos son revelados simultáneamente por el espíritu y los sentidos, damos el nombre de productos reales, objetivos a las cosas “en sí". La razón solo es una cosa verdadera y real en la medida en que es sensible. El efecto sensible de la razón se manifiesta tanto en el cerebro del hombre como objetivamente en el mundo exterior. No se ven claramente efectos por los cuales la razón transforma la naturaleza y la vida. Con nuestros ojos vemos, con nuestras manos tocamos los éxitos de la ciencia. Es verdad que el sabor, o la razón, no pueden producir esos efectos materiales sacándolos solo de si mismos. Para eso, el mundo de la realidad sensible, los objetos, necesariamente deben estar dados. Pero también una cosa produce entonces efectos "en y por sí” Para que la luz ilumine, para que el sol caliente y cumpla su curso, es preciso que el espacio y otras cosas sean dados, los que permiten iluminar, calentar y realizar una revolución. Antes de que mi mesa tenga colores, es necesario que sean dados la luz y el ojo, y todo lo que ella es además, solo lo es en contacto con otra cosa; su ser es tan diverso como lo son esos contactos, esas relaciones. Es decir que el mundo solo tiene existencia en la conexión. Arrancada a la conexión, una cosa deja de existir. La cosa solo existe por sí con la única condición de existir para otra cosa, de producir un efecto, o de aparecer. Si, tomamos el mundo como siendo “ la cosa en sí", fácilmente se comprenderá que el mundo " en sí", y el mundo tal como se nos aparece, el mundo de los fenómenos, no difieren más que el Todo y sus partes. El mundo en sí no es otra cosa que la suma de sus apariciones fenoménicas. Lo mismo sucede con esa parte fenoménica del mundo que llamamos razón, espíritu, facultad de pensar. Aunque distingamos la facultad de pensar de sus manifestaciones fenoménicas o de sus efectos, la facultad de pensar "en sí”, la razón "pura" solo esta efectivamente presente en la suma de sus apariciones fenoménicas. El acto de ver es la existencia corpórea de la vista. Entramos en posesión del todo solo por intermedio de sus partes; así sucede con nuestra razón como con cualquier otra cosa: solo la poseemos por intermedio de sus efectos, los pensamientos particulares.

Como se ha dicho, la facultad de pensar no es temporalmente el primer termino, no precede al pensamiento. A la inversa: los pensamientos producidos a propósito de objetos sensibles sirven de material para construir el concepto de facultad de pensar. De igual manera que la comprensión del movimiento del mundo nos ha ensenado que no es el Sol el que gira alrededor de la Tierra, así la comprensión del proceso de pensamiento nos enseña que no es la facultad de pensar la que forma los pensamientos, sino que, a la inversa, el concepto de facultad de pensar esta formado a partir de los pensamientos particulares; de igual manera que la facultad de ver existe por la suma de nuestras visiones, así la facultad de pensar solo existe prácticamente a titulo de suma total de nuestros pensamientos. Esos pensamientos, la razón practica, sirven de material a partir del cual nuestro cerebro produce la razón pura en tanto que concepto. En la practica, la razón es necesariamente impura, es decir, se ocupa de un objeto particular. La razón pura, la razón sin contendido particular no puede ser nada más que lo que hay de general en los actos particulares de la razón. Eso en general, lo poseemos bajo un doble aspecto: impuro, practico o concreto, como suma de los fenómenos reales, y puro, teórico o abstracto, en el concepto. El fenómeno de la razón se distingue de la razón en sí de la misma manera que los animales de la naturaleza viva, de la realidad sensible, se distinguen del concepto de animal en general Todo acto real de la razón o del conocimiento utiliza otro fenómeno real como objeto que, conforme a la naturaleza de toda realidad, es múltiple. De ese objeto múltiple de la naturaleza extrae la facultad de pensar lo idéntico o lo general. El ratón y el elefante pierden su distinción en el concepto general e idéntico de animal. El concepto reúne lo múltiple y lo eleva a la unidad, desarrollando lo general a partir de lo particular. así, pues, dado que lo que constituye el acto de concebir es lo que hay de común o de general en todos los actos de la razón, allí se encuentra la confirmación de que la razón en general o la esencia general de la facultad de pensar y de conocer consiste en la abstracción de la esencia, de lo general o de lo común, de lo espiritual o de lo general, a partir de un fenómeno sensible, real y dado.-Dado que la razón no puede existir realmente, ni producir efectos prescindiendo del objeto, cae por su peso que no podemos conocer la razón "pura”, la razón "en sí", más que a partir de su práctica. No podemos descubrir el ojo sin la luz como tampoco la razón sin los objetos, al contacto de los cuales se ha producido ella misma. Las manifestaciones fenoménicas de la razón son tan múltiples como esos objetos. Insistamos: no es la esencia de la razón la que aparece. A la inversa, a partir de los fenómenos formamos el concepto de la esencia, de la razón en si o de la razón pura. Solo por el contacto con otros fenómenos sensibles se manifiestan fenoménicamente los actos espirituales del pensamiento. Con ello estos se han convertido en fenómenos sensibles que, al contacto de una función cerebral, producen el concepto de "facultad de pensar en sí”. Una vez analizado este concepto, encontramos que la razón consiste "puramente” en la actividad que produce conceptos generales a partir de un material dado, al cual pertenecen los procesos inmateriales del pensamiento. En otras palabras, la razón se caracteriza como la actividad que produce a partir de toda multiplicidad la unidad, así como a partir de toda diferencia la identidad, siempre compensando todas las oposiciones. Todo esto no es sino palabras diferentes para una misma cosa: se dan aquí con el fin de no dar al lector la palabra vacía, sino el concepto vivo, el objeto múltiple según su esencia general. La razón, afirmamos, consiste puramente en el desarrollo de lo general a partir de lo particular, en la mediación de lo general o de lo abstracto a partir de lo dado concreto o sensible. Tal es “pura” y totalmente” el contenido de la razón, del conocimiento, del saber, de la conciencia. Ese “pura” y “ totalmente” significa simplemente que con ello son dados el contenido común de los actos de pensar distintos, la. forma, general de la razón. Además de esta forma abstracta general, la razón posee, como cualquier otra cosa, su forma sensible concreta particular, que percibimos inmediatamente por la experiencia. Por lo tanto, la confirmación completa de la conciencia consiste en su experiencia sensible, es decir, en su perceptibilidad corporal y en su conocimiento. El conocimiento es la forma general de una cosa. En el sentido literal, la conciencia es un saber del ser, por lo tanto, una forma, una propiedad que se distingue de las demás propiedades del ser por el echo de que es consciente. La cualidad no se deja explicar, sino experimentar. Por experiencia sabemos que con la conciencia, con el saber del ser, es dada la división en sujeto y objeto, la distinción entre ser y pensar, forma y contenido, fenómeno y esencia, accidente y sustancia, particular y general.

Por esta contradicción inmanente de la conciencia se explica también la denominación contradictoria en virtud de la cual ella recibe, por un lado, el nombre de órgano de lo universal, de facultad de generalizar o de unificar y, por el otro, con igual razón, el de facultad de distinguir. La conciencia generaliza lo diferente y distingue lo general. La naturaleza de la conciencia es la contradicción, y esta naturaleza es tan contradictoria que es simultáneamente naturaleza de la mediación, de la explicación, de la comprensión. La conciencia generaliza la contradicción. Reconoce que todos los fenómenos naturales, todos los fragmentos sin excepción de la naturaleza, y en la contradicción, que todo lo que existe, todo lo que es, solo existe por la cooperación de otro, de un opuesto. De igual manera que lo visible no es visible sin la vista y que inversamente la vista no ve sin lo visible, es preciso reconocer en la contradicción algo general que domina el pensamiento y el ser. La ciencia de la facultad de pensar, por la generalización de la contradicción, resuelve todas las contradicciones particulares.


CAPÍTULO II

 LA ESENCIA DE LAS COSAS

En la medida en que la facultad de conocer es un objeto físico, el conocimiento que la toma por objeto es una ciencia física. Pero en la medida en que por medio de esa facultad conocemos todas las cosas, la ciencia de tal facultad se vuelve metafísica. Si el análisis científico de la razón invierte la visión que normalmente se tiene de su esencia, ese conocimiento especial entraña necesariamente una inversión general de nuestra concepción del mundo entero. Con el conocimiento de la esencia de la razón es dado el conocimiento, tanto tiempo buscado, de “ la esencia de las cosas". Todo lo que puede ser sabido, comprendido, concedido, conocido, no queremos aprehenderlo fenoménica sino esencialmente. La ciencia, por la mediación de lo que aparece, investiga lo que es verdaderamente la esencia de las cosas. Cada cosa particular tiene su esencia particular, que sin embargo, se manifiesta al ojo, al oído, o al dedo, sino únicamente a la facultad de pensar. La facultad de pensar explora la esencia de cada cosa, al igual que el ojo cada visibilidad. Así como se debe encontrar lo visible en general en la teoría de la vista, así se debe encontrar la esencia de las cosas en general en la teoría de la facultad de pensar. Decir, como acabamos de hacerlo, que la esencia de una cosa se manifiesta no al ojo, etc., sino a la facultad de pensar y que por lo tanto la esencia, que es lo opuesto del fenómeno, aparece, seguramente parecerá contradictorio. Y es que, en el mismo sentido que en el capítulo anterior dábamos el nombre de sensible a lo espiritual, llamamos aquí esencia a un fenómeno, y en consecuencia mostraremos con más detalle como todo ser es un parecer, como todo parecer es un ser más o menos esencial. Ya hemos visto que para producir efectos, para ser efectiva, la facultad de conocer tiene necesidad de un objeto, de una materia, de un material. El efecto de la facultad de conocer aparece en la ciencia; poco importa que tomemos la palabra ciencia simplemente en su sentido clásico estrecho o en su significación más amplia según la cual todo saber sin excepción es ciencia. El objeto o la materia general de la ciencia es el fenómeno sensible. Es bien sabido que el fenómeno sensible es un cambio incesante de la materia. El mundo y todo su contenido consisten en los cambios de la materia que coexisten en el espacio y se suceden en el tiempo. El mundo, la realidad sensible o el universo, en todo lugar y en todo tiempo es singular, nuevo, nunca antes visto. Nace y muere, muere y nace ante nuestros ojos. Nada permanece igual a si mismo, no hay nada constante más que el cambio perpetuo, que tampoco es nunca el mismo. Cada parte del tiempo y del espacio aporta nuevos cambios. Sin duda el materialista afirma la constancia, la eternidad, la perdurabilidad de la materia. Nos enseña que nunca aun se ha perdido un grano de materia del mundo, y que eternamente la materia no hace sino cambiar de forma, sobreviviendo indestructible su identidad propia a cualquier caducidad. Y, sin embargo, a pesar de esa distinción entre la materia misma y sus formas pasajeras, más que cualquiera el materialista tiende a subrayar la identidad de la forma y de la materia. Cuando habla con ironía de materias sin formas y de formas sin materia, hablando en consecuencia de formas pasajeras de la materia eterna, es claro que el materialismo, como el idealismo, no es capaz de dar la clave de la relación entre forma y contenido, fenómeno y esencia. Donde encontramos esa materia eterna, imperecedera y, por lo tanto, sin forma. En la realidad sensible nunca encontramos sino materias perecederas y dotadas de forma. Con seguridad la materia esta en todas partes. Donde algo muere, algo nace. Pero en ninguna parte se ha descubierto prácticamente esa materia unitaria, igual a si misma, y superviviente a su forma. De igual manera, el elemento químico indescomponible es solo una relativa unidad, pero de cualquier manera es, tanto en el transcurso del tiempo como en las dimensiones de la extensión, diverso, diverso en la coexistencia y la sucesión, como cualquier individuo orgánico que no hace sino cambiar de forma permaneciendo, según la esencia o lo general, inalterablemente idéntico a si mismo. Mi cuerpo cambia sin cesar de piel, de huesos y de todo lo que esta en el, y siempre permanece el mismo. En que consiste, pues, ese cuerpo distinto de sus manifestaciones fenoménicas sometidas al cambio Respuesta: en la totalidad, en la suma unificada de sus múltiples formas. La materia eterna, la materia imperecedera solo existe real o prácticamente en tanto que suma de sus manifestaciones fenoménicas perecederas. La materia es imperecedera, eso solo quiere decir una cosa: en todo tiempo hay en todas partes materia- Decimos: las alteraciones tienen su lugar en la materia, siendo la materia lo que permanece; con igual verdad podemos invertir esto y decir: la materia consiste en alteraciones, la materia es lo que cambia, solo el cambio es lo que permanece. La alteración material y la materia inalterable no son sino formulaciones diferentes. En el mundo sensible, en la practica, no hay nada constante, nada idéntico, nada esencial, ninguna “ cosa en si” Todo es cambio, alteración, y si se quiere, todo este fantasmal fenómeno sustituye a otro, “ Sin embargo, dice Kant, las causas también son algo en sí, de otra manera se derivaría la absurda contradicción de que el fenómeno existiría sin algo que apareciera.” ¡No! El fenómeno no es ni más ni menos distinto de lo que aparece, como no son distintas las diez leguas de un camino o el camino mismo o que el conjunto, mango hoja del cuchillo. Incluso si en lo concerniente al cuchillo distinguimos el mango y la hoja, el cuchillo no es nada fuera del mango y de la hoja. La esencia del mundo es la alterabilidad absoluta. Los fenómenos aparecen, voila tout. La contradicción entre la “ cosa en “sí”, la esencia y su manifestación fenoménica encuentra su completa resolución en una critica completa de la razón, en el conocimiento del hecho de que la facultad humana de pensar concibe como unidad espiritual, como una esencia, a toda cantidad arbitraria. de fenómenos diversos dados de manera sensible, de que en lo particular o lo diverso percibe a lo idéntico o lo general y que así comprende todo lo que se te ofrece como algo que constituye una parte aislada de un todo más grande. En otras palabras: la forma absolutamente relativa y fugaz del mundo de los sentidos sirve a nuestra actividad cerebral como material destinado a ser sistematizado, ordenado o reglamentado por nuestra conciencia, por abstracción, según el criterio de lo idéntico o de lo general. La realidad sensible infinitamente múltiple desfila frente al espíritu que es la unidad subjetiva; este construye entonces lo uno a partir de lo múltiple, el todo, a partir de las partes, la esencia a partir de los fenómenos, lo imperecedero a partir de lo perecedero, la sustancia a partir de los accidentes. Lo real, la esencia o la cosa en si constituyen una criatura ideal, espiritual. La conciencia sabe operar a partir de las diversidades la suma de las unidades. El quantum de esa suma es arbitrario. La multiplicidad completa del universo se concibe teóricamente como unidad. Por otra parte, toda pequeña unidad abstracta se resuelve prácticamente en la multiplicidad infinita de un fenómeno sensible. Donde encontramos fuera del cerebro una unidad practica, un numero sin fin de partes separadas, tal es el material con el cual el entendimiento fabrica el de las matemáticas. Son unidades el libro o sus hojas, las letras o sus partes, debo comenzar, debo detenerme también puedo legítimamente dar la apelación de unidad a la biblioteca, a los innumerables volúmenes en francés en el original, a mis bienes y finalmente al mundo. No toda cosa es una parte, no toda parte es una cosa. No es el color de la hoja una cosa como la hoja misma quizás se querrá decir que el color solo es la cualidad, y la hoja materia o sustancia dentro del pensamiento de que la hoja bien puede existir sin color, pero no el color sin la hoja. Sin embargo, así como estamos seguros de que escarbando en el arenal lo agotaremos, igualmente lo estamos de que retirando a la hoja sus cualidades terminaremos por quitarle también toda materia, en otras palabras, la sustancia. Así como el color solo es una suma de acciones reciprocas de la luz, de la hoja y del ojo, así “el resto de la materia” de la hoja no es también sino un agregado de acciones reciprocas diversas. así como nuestra facultad de pensar quita a la hoja la cualidad del color y la fija como "cosa en si", así también podemos quitar a la hoja tantas cualidades como queramos, y al hacerlo no evitaremos el despojarla cada vez más de su "materia” según su cualidad, el color no es menos sustancia que la hoja, y la hoja no es menos pura cualidad que el color. así como el color es una cualidad de la hoja, así la hoja es una cualidad del árbol, el árbol una cualidad de la tierra, la tierra una cualidad del mundo.

El mundo es entonces sustentada en el sentido propio de la palabra, de manera general es materia, y en relación a el todas las materias particulares solo son cualidades. Si se considera ese mundo material, se hace manifiesto que la esencia, la cosa en sí distinguida de los fenómenos sólo es una cosa pensada. Lo que manifiesta finalmente esa tendencia general del espíritu a pasar de los accidentes a la sustancia, de lo relativo a lo absoluto, de la apariencia a la verdad, a la “ cosa en si” es el resultado de su esfuerzo, la sustancia constituyendo una suma completa de accidentes, y por ello este esfuerzo manifiesta el espíritu o el pensamiento como siendo una esencia puramente sustancial que forma unidades espirituales a partir de multiplicidades sensibles, y aprehende, relacionándolas, las cosas perecederas o las cualidades del mundo constituyendo una esencia autónoma “en sí", un todo absoluto. Cuando el espíritu, insatisfecho con las cualidades, esta en una búsqueda continua de la sustancia, cuando rechaza la apariencia y toma como terreno de investigación la verdad, la esencia, la cosa en sí; finalmente cuando esa verdad esencial se presenta como la suma de seudo-no-verdades, como la totalidad de los fenómenos, el espíritu se activa allí en tanto creador de la sustancia, un creador que, sin embargo, produce no a partir de la nada, sino a partir de los accidentes de las sustancias y a partir de las apariencias de verdades. Frente a la representación idealista según la cual tras el fenómeno se oculta una esencia que aparece, lo único que debe ser planteado como valido es que esa esencia oculta no habita en el mundo exterior, sino en su lugar, aparte, en el interior del cerebro humano. Pero como solo sobre la base de la experiencia sensible el cerebro hace suya esa diferencia entre la apariencia y la esencia, entre lo particular y lo general, es necesario por una parte no desconocer que la diferencia funda el hecho de que las esencias que se han reconocido existen, si no tras el fenómeno por lo menos gracias a él; por lo tanto, objetivamente, y nuestro poder de pensar es un poder esencial real. No solo para las cosas físicas, sino también para las cosas espirituales, para todas las cosas; la idea según la cual éstas son lo que son, no "en sí", en la esencia, sino en contacto con otra cosa, en el fenómeno, conserva metafísicamente todo su valor. En ese sentido, podemos decir: las cosas no son sino que aparecen, y aparecen tan infinitamente múltiples como lo son los demás fenómenos, con los cuales las ponen en contacto el tiempo y el espacio. Sin embargo, para evitar cualquier equivocación, la afirmación de que “ las cosas no son, sino que aparecen, debe ser completada con la afirmación: " Es lo que aparece", pero solo en la medida en que aparece.  No podemos percibir el calor mismo, dice la física del profesor Koppe; de sus efectos concluiríamos la presencia de ese agente en la naturaleza".

Así concluye el sabio que busca el conocimiento de las cosas en el diligente examen inductivo de sus efectos, compensando, sin embargo, su carencia teórica en materia de lógica con la fe especulativa en una “cosa en sí" oculta. A la inversa, nosotros concluimos de la imperceptibilidad del calor mismo la no presencia, la no existencia en sí de ese agente en la naturaleza; comprendemos más bien los efectos del calor como la corporeidad material a partir de la cual el cerebro humano ha formado el concepto de “el calor mismo” Porque la ciencia todavía no ha sido capaz de analizar ese concepto, el profesor dice que no podemos percibir el objeto del concepto del calor. La suma, de sus diversos efectos es el calor mismo, el calor completo. La facultad de pensar aprehende en el concepto esa diversidad como una unidad. El análisis del concepto, el descubrimiento de lo que hay de común o de general en los fenómenos o efectos diversos a los que se llama calientes, es asunto de la ciencia inductiva. Pero separado de sus efectos, el calor es una cosa especulativa tal como el cuchillo de Lichtenberg sin hoja ni mango. En contacto con los fenómenos de la realidad sensible, la facultad de pensar produce las esencias de las cosas. Pero así como el ojo, el oído o cualquier otro órgano de los sentidos no producen sus impresiones privados de objeto, así la facultad de pensar no produce las esencias aisladamente, sin justificación y de manera puramente subjetiva. No vemos ni tocamos las cosas “mismas”, solo vemos y tocamos sus efectos en nuestros ojos, nuestras mano, etc.

La capacidad que tiene el cerebro de abstraer lo que hay de común en las diversas impresiones de la vista, nos permite distinguir el acto de ver en general de las visiones particulares. La facultad de pensar distingue una visión particular en tanto que objeto de la vista en general; además, también hace una distinción entre los fenómenos subjetivos y los fenómenos objetivos de la vista, es decir, los fenómenos que son visibles no solo por el ojo individual, sino por el ojo en general. Incluso las visiones de un visionario, o las impresiones subjetivas, los relámpagos y círculos luminosos que la excitación de la sangre hace ver al ojo cerrado, son objeto para la conciencia critica. Una legua lejos, el objeto que brilla en la claridad del día no es cualitativamente ni más ni menos exterior, ni más ni menos verdadero que una ilusión óptica cualquiera. Quien oye sonar su oído, incluso si no existe timbre, de todas maneras ha escuchado algo. Todo fenómeno sensible es objeto y todo objeto es fenómeno sensible. Un objeto subjetivo es un fenómeno efímero y sin embargo, todo fenómeno objetivo no es sino un sujeto perecedero. El objeto objetivo puede ser más exterior, más lejano, más estable, más general, pero no es una esencia, una cosa “ en si”. Puede aparecer no solo ante mis ojos sino ante otros ojos, no solo ante la vista sino al tacto, al oído, al gusto, etc., no solo al hombre sino a otros objetos, y sin embargo, nunca hace sino aparecer. Tal como es aquí, no lo es allá, tal como es hoy no lo será mañana. Toda existencia es relativa, tiene una relación con otra cosa, se mueve en la yuxtaposición y la sucesión según relaciones variadas. Toda impresión sensible, todo fenómeno es un objeto verdadero, esencial. La verdad existe de manera sensible, y todo lo que es, es verdadero.

El ser y la apariencia solo son relaciones, pero nunca oposiciones, teniendo en cuenta que por otra parte todas las oposiciones se desvanecen frente a nuestra facultad de generalizar o de pensar, pues precisamente esta ultima es la capacidad de mediatizar todas las oposiciones, que sabe encontrar la unidad en toda diversidad. Ser: infinitivo de es, la verdad general es el objeto general, el material general del poder de pensar. Ese material nos es dado de manera múltiple, dado gracias a, los sentidos. Los sentidos nos dan la materia del universo, de una manera absolutamente cualitativa, es decir: la cualidad de la materia sensible es dada a la facultad de pensar de una manera absolutamente múltiple; no en general, según la esencia, sino únicamente en particular, en el fenómeno. De la relación, del contacto del fenómeno sensible con nuestra facultad de pensar, nacen las cantidades, las esencias, las cosas, los conocimientos verdaderos o las verdades conocidas. Esencia y verdad son dos palabras para la misma cosa. La verdad o la esencia son de naturaleza teórica. Como hemos dicho, percibimos doblemente el mundo: de manera sensible y espiritual, práctica y teóricamente. La práctica nos da el fenómeno, la teoría la esencia de las cosas. La práctica es la presuposición de la teoría, el fenómeno la presuposición de la esencia o de la verdad. La misma verdad aparece en la práctica según la yuxtaposición y la sucesión, y existe teóricamente como concepto compacto. La practica, el fenómeno, la realidad sensible es absolutamente cualitativa, es decir que no tiene cantidad ni limites espacio-temporales; por el contrario, su cualidad es absolutamente múltiple. Las propiedades de una cosa son tan innumerables como sus partes. A la inversa, la función de la facultad de pensar, de la teoría consiste en ser absolutamente cuantitativa, en fabricar a voluntad cantidades en numero ilimitado, y en concebir toda cualidad del fenómeno sensible como cantidad, como esencia, como verdad. Todo concepto tiene por objeto un quantum de fenómeno sensible. Todo objeto solo puede ser aprehendido o concebido por la facultad de pensar en tanto que quantum, unidad, esencia o verdad. En su contacto con el fenómeno sensible, la facultad de pensar produce lo que aparece, lo que es esencial, lo que es verdadero, lo que es general o común. El concepto en primer lugar solo realiza esa operación instintivamente, siendo el concepto científico una repetición acabada consciente y voluntaria de esa acción. El conocimiento de la ciencia que desea conocer un objeto, por ejemplo el calor, de ninguna manera quiere el fenómeno, no quiere entender ni ver como el calor funde el hierro o la cera, como a veces hace mal y a veces, bien, como endurece los huevos y licua el hielo, como se distinguen el calor animal, el del sol y el de la estufa. Para la facultad de pensar todo eso solo es efectos, fenómenos, cualidades. La facultad de pensar quiere la cosa, la esencia, es decir, únicamente la ley general, totalizadora, un pequeño extracto científico de lo que es visto, escuchado, tocado.

Las esencias de las cosas no pueden ser objetos sensibles, prácticos. Las esencias de las cosas son objetos de la teoría, de la ciencia, de la facultad de pensar. El conocimiento del calor consiste para nosotros en percibir lo que hay de común, de general, la esencia o la verdad, en los fenómenos llamados calientes. La esencia del calor consiste prácticamente en la suma de sus manifestaciones fenoménicas, pero teóricamente consiste en su concepto y científicamente en el análisis de ese concepto. Analizar el concepto de calor es descubrir lo general en los fenómenos de lo caliente. Lo general es el ser verdadero de una cosa, siendo la cualidad general la cualidad verdadera. “La lluvia es húmeda’’ es una definición más verdadera que "la lluvia es fecunda”, porque humedece con mayor extensión y generalidad, y solo de cuando en cuando, aquí o allá, produce el efecto "fecundidad". Mi verdadero amigo es el amigo constante que, a todo lo largo de su vida, ayer como mañana, tiene generalmente disposiciones amistosas en relación a mi. Por supuesto, no podemos creer en una amistad completamente general, en una amistad absoluta, como tampoco en cualquier otra verdad absoluta. Solo el ser en general, el universo, la cantidad absoluta son perfectamente verdaderos y perfectamente generales. Por el contrario, el mundo real es absolutamente relativo, absolutamente pasajero, infinitamente aparente; constituye una cualidad ilimitada. Todas las verdades solo son las partes constitutivas de ese mundo, verdades parciales. Entre la apariencia y la verdad, existe la misma dialéctica del cambio reciproco que entre lo duro y lo blando, el bien y el mal, el derecho y el no derecho, sin que desaparezca sin embargo, su distinción. Incluso si se que no existe lluvia fecunda “ en sí”, ni amigo verdadero “ en sí”, puedo sin embargo, llamar fecunda a una lluvia en relación a semillas determinadas, y puedo distinguir entre los amigos a quienes lo son más o menos verdaderamente. L o general es la verdad. Lo general es lo que es general, es decir, existencia, realidad sensible.

Ser, tal es el criterio general de la verdad, porque lo general es el criterio de la verdad. Sin embargo, el ser no existe, en general, es decir: lo general solo existe en la realidad o en la materialidad sensible bajo modalidades particulares. La realidad sensible tiene su existencia sensible verdadera en los fenómenos fugaces y polimorfos de la naturaleza y de la vida. En consecuencia, todos los fenómenos son verdades relativas, siendo todas las verdades fenómenos temporales particulares. La manifestación fenoménica de la práctica es una verdad en la teoría, y a la inversa, la verdad de la teoría se manifiesta fenomenicamente en la practica. Las oposiciones se condicionan recíprocamente: verdad y error son entre si como el ser y la apariencia, la muerte y la vida, la luz y la oscuridad; como todas las cosas, solo existen comparativamente, y se distinguen solo según la medida, el volumen o el grado. Cae por su peso que, sin embargo, todas las cosas del mundo son lo propio del mundo, por lo tanto, de una materia, de un ser, de un genero, de una cualidad. En otras palabras, toda cantidad de apariencia sensible en contacto con la facultad humana, de pensar forma una esencia, una verdad, un término general. El grano de polvo, así como la nube de polvo o toda la masa de tierra importante es para la conciencia, por una parte, una “cosa en sí” esencial, y por la otra, simplemente una apariencia transitoria del objeto absoluto, del universo.

En el interior de ese todo, gracias a nuestro espíritu, arbitrariamente según nuestros fines, los diferentes fenómenos se sistematizan o se generalizan. De igual manera que la célula orgánica, y como también el elemento químico, es un sistema tan complejo como el reino vegetal entero. El ser más pequeño, como el más grande, se divide en individuos, especies, familias, clases, etc. Esta sistematización, esta generalización, esta producción de seres sigue su marcha ascendente hasta la infinitud del todo, descendente hasta la infinidad de las partes. Frente a la facultad de pensar, todas las cualidades se vuelven cosas esenciales, todas las cosas se vuelven cualidades relativas. Toda cosa, todo fenómeno sensible, cualesquiera que sean sus caracteres subjetivos y efímeros, son verdaderos, constituyen un quantum menor o mayor de la verdad. En otras palabras: la verdad existe no solo en el ser general, sino también todo ser particular posee su generalidad o su verdad particular. Todo objeto, tanto la idea más fugaz como el vapor etéreo o la materia aprensible, es un quantum de multiplicidad fenoménica. La facultad de pensar saca de la multiplicidad un quantum, percibe lo idéntico en lo diverso, lo único en lo múltiple, espíritu y materia tienen por lo menos eso en común: son.

La naturaleza orgánica concuerda con la naturaleza inorgánica por lo menos en ese punto: es material. Por supuesto, el hombre, el mono, el elefante, enraizado en determinado suelo, difieren toto genere; sin embargo, reunimos bajo el concepto de organismo a una diversidad aun mayor. A pesar de la diferencia que existe entre una piedra y un corazón humano, la razón pensante percibirá innumerables parecidos entre ambos. Uno y otro concuerdan por lo menos en su naturaleza, de cosa material, ambos son pesados, visibles, aprensibles, etc. Su diversidad es tan grande como su unidad. “ El mundo envejece y rejuvenece de nuevo", dijo Schiller con tanta verdad como Salomón al afirmar: “No hay nada nuevo bajo el sol” Que cosa abstracta, esencia o ser, que generalidad no es en su existencia sensible, múltiple, individual, diferente de cualquier otra. !Claro que si! !No existen dos gotas de agua que se parezcan! Yo soy en el presente y de ninguna manera soy el mismo que era hace una hora, y la igualdad entre mi hermano y yo solo es cuantitativa, siendo solamente, según el grado, superior a la igualdad o al parecido que existe entre un reloj de bolsillo y una ostra. En pocas palabras, la facultad de pensar es el poder absoluto de establecer géneros, lleva sin limites toda multiplicidad a la unidad; engloba, reúne todo sin excepción, mientras que la sensibilidad hace aparecer absolutamente todo como diferente, nuevo, individual. Aplicando esta metafísica a nuestro tema, al poder del conocimiento, diremos que, como todas las cosas, sus funciones pertenecen a los fenómenos sensibles, que en sí y por sí son todos verdaderos. En la base de todas las manifestaciones del espíritu, de todos los pensamientos, opiniones, errores, etc., existe cierta verdad; todas poseen un núcleo de verdad. El pintor toma de la realidad sensible todas las formas de su creación con una necesidad igual a aquella por la cual todos los pensamientos son imágenes de cosas verdaderas, teorías de verdaderos objetos. En la medida en que los conocimientos son conocimientos, cae por su peso que con cualquier conocimiento algo es conocido. En la medida en que un saber es saber, cae por su peso naturalmente que con cualquier saber algo es sabido.

Esto se basa en el principio de identidad: a = a, o en el principio de contradicción: 100 no es 1000. Todos los conocimientos son pensamientos. Se tiene el derecho de refutar que inversamente todos los pensamientos son conocimientos. Se puede definir el conocer como una especie particular del pensar, como un pensar verdadero, objetivo, para distinguirlo del opinar, del creer o del imaginar. Sin embargo, no hay que desconocer que a pesar de su infinita diversidad todos los pensamientos presentan también una naturaleza común. Frente al forum de la facultad de pensar, sucede lo mismo con el pensamiento que con cualquier otra cosa, esta sometido a un proceso de uniformación. Cualquiera que sea la diferencia entre mi pensamiento de ayer y el de hoy, cualquiera que sea la diferencia de los pensamientos de hombres de épocas diversas, cualquiera que sea la distinción que hagamos entre la idea, el concepto, el juicio, el razonamiento, la representación, etc.-, en la medida en que todo eso constituye manifestaciones del espirita, posee también una esencia igual, común, uniforme. A consecuencia de ello resulta que la diferencia entre pensamientos verdaderos y pensamientos falsos, entre conocer y desconocer, solo posee, como cualquiera diferencia en general, un valor relativo. En si un pensamiento no es verdadero ni erróneo, solo es uno de ambos en relación a un objeto determinado dado. Pensamientos, conceptos, teorías, esencias, verdades, concuerdan en que pertenecen a un objeto. De una manera general, conocemos los objetos en tanto que quantum de la múltiple realidad sensible, “ del mundo que existe en el exterior'. Si el quantum de ser, el objeto es lo que debe ser conocido, aprehendiendo o comprendido, determinado o limitado de antemano por el uso de un concepto, la verdad consiste el descubrimiento de lo que hay de general en esa cantidad sensible así dada. Las cantidades sensibles, las cosas del mundo, poseen también todas, además de su apariencia, una verdad, o más aun, poseen, por medio de su existencia fenoménica, un ser.

Las esencias de las cosas son tan innumerables como es infinitamente divisible según el tiempo y el espacio la realidad sensible. Cada pequeña parte del fenómeno tiene su esencia propia, cada apariencia particular tiene su verdad general. El fenómeno se produce al contacto con los sentidos, las esencias o las verdades al contacto con nuestra facultad de conocer. De allí también, en el momento preciso en que tenemos por tema la esencia de las cosas, la fastidiosa necesidad de hablar de la facultad de conocer e inversamente de tratar de la esencia o de la verdad de las cosas al mismo tiempo que de la facultad de conocer. Como dijimos al principio, en el criterio de la verdad esta contenido el criterio de la razón. Como la razón, la verdad consiste en desarrollar lo general, la teoría abstracta a partir de un quantum dado de realidad sensible. Por lo tanto, no es la verdad en general la que es el criterio de un conocimiento verdadero, sino que se llama verdadero al conocimiento que produce la verdad, es decir, lo que hay de general en un objeto determinado. La verdad debe existir necesaria y objetivamente, es decir, ser la verdad de su objeto determinado. Los conocimientos no pueden ser verdaderos en sí, solo pueden serlo relativamente, en relación a un objeto determinado, sobre la base de hechos exteriores. Su tarea consiste en desarrollar lo general a partir de lo particular, lo particular es la medida (condición, presuposición) de lo general, la medida de la verdad. Por poco que sea dado el ser, su naturaleza general se deriva como verdad. La diferencia entre lo más general y lo menos general, entre el ser y el aparecer, la verdad y el error, solo existe en el interior de limites determinados, sobreentiende la relación con un objeto particular. Por eso el hecho de llamar o de no llamar verdadero a un conocimiento no dependerá tanto del conocimiento como del limite, de la tarea que se habla asignado, o que en otra parte se le había asignado. Un conocimiento completo sólo es posible en el interior de limites determinados. Una verdad perfecta siempre es una verdad que surge de la conciencia de que es imperfecta. El hecho de que todos los cuerpos sean pesados, eso es perfecta y enteramente verdadero, porque ya de antemano el concepto de cuerpo se limita a los objetos pesados. Después de que el cuerpo en general fue formado por la razón a partir de los diferentes pesos, la certeza apodíctica que posee en relación a la generalidad y a la necesidad de su pesadez no es tan sorprendente. Una vez establecido el hecho de que eran animales que vuelan pura y simplemente aquellos de los que hemos abstraído el concepto de pájaro, podemos estar seguros de que todos los pájaros vuelan en el cielo sobre la tierra, y en otros lugares, e incluso sin creer en conocimientos a priori, que deben distinguirse de los conocimientos empíricos por el índice de la necesidad y de la generalidad rigurosa. Las verdades solo tiene valor bajo reserva de presuposiciones, y bajo reserva de presuposiciones los errores son verdaderos. Que el sol brilla es un verdadero conocimiento a condición de que sea entendido bajo reserva de la presuposición de un cielo sin nubes. No es menos verdadero que el bastón recto se rompe en el agua corriente a condición de no limitar esta verdad sino a una verdad óptica. Lo general, en el interior de un ciclo dado de fenómenos sensibles, es verdad. Hacer pasar en el interior de un circuito dado de fenómenos sensibles, lo individual o lo particular por lo general se llama errar. El error, contrario a la verdad, consiste en el hecho de que desconsideradamente, de manera limitada, sin experiencia, la facultad de pensar o conciencia confiere a los fenómenos una extensión más general de la que dan testimonio los sentidos o la sensibilidad, por ejemplo atribuyendo precipitadamente también una existencia plástica conjetural a la existencia óptica verdadera y efectiva.

El juicio erróneo es un prejuicio. Verdad y error, conocimiento y desconocimiento, comprensión y equivocación tienen su asiento común en la facultad de pensar, en el órgano de la ciencia expresión general de los hechos de la experiencia sensible es el pensamiento en general, comprendidos los errores. Pero, el error se distingue de la verdad en que pretende atribuir al hecho determinado del cual es expresión un ser más amplio, más extenso, más general que el que nos enseña la experiencia sensible. La pretensión es la esencia del error. La perla de vidrio solo se vuelve inauténtica cuando pretende ser una perla natural. Schleiden dice del ojo: “Cuando la excitación de la sangre, hinchando las venas, se apoya sobre los nervios, la sentimos en los dedos como dolor, en el ojo como la chispa de un relámpago". Y aquí tenemos la prueba decisiva del hecho de que nuestras representaciones son libres creaciones de nuestro espíritu, y que no captamos el mundo exterior tal como es, sino que el efecto que produce en nosotros solo es la instigación a una actividad espiritual particular, cuyos productos frecuentemente están en una conexión cierta y legitima con el mundo exterior, aunque también este no sea el caso. Presionamos nuestro ojo y vemos un circulo luminoso, pero ningún cuerpo luminoso esta presente. fácilmente se puede ver la fuente rica en peligros de errores que se deriva de aquí. De las formas burlonas del paisaje nublado que atraviesa el brillo lunar a las amenazas delirantes de las visiones del visionario, tenemos una serie de ilusiones que no hay que atribuir a la naturaleza, a su rigurosa legalidad, sino que pertenecen al terreno de la actividad libre del espíritu y, por lo tanto, expuesta a error.

Es necesaria una gran circunspección, una vasta cultura, antes de que el espíritu se libere aquí de todos los errores que le son propios y aprenda a dominarlos totalmente. Leer, en el amplio sentido del termino, nos parece que es fácil, y, sin embargo, es un arte difícil. Solo poco a poco se aprende a que mensajes de los nervios es licito conceder confianza y formar representaciones según su modelo. Incluso los hombres de ciencia pueden cometer errores en ese caso, y la frecuencia de estos aumenta en proporción a su poca conformidad para ponerse a buscar la fuente del error. “Considerada totalmente por si misma, la luz no es clara, amarilla, azul o roja. La luz es el movimiento de una materia muy sutil extendida en todas partes. El bello mundo de la luz y del brillo, de los colores y de las formas no podría ser percepción de lo que efectivamente es. “A través del espesor de la parra, un rayo de luz pasa temblando en la sombra secreta y bienhechora. Crees ver el rayo luminoso en persona, pero lo que percibes dista mucho de ello pues solo es una serie de granos de polvo. La verdad de la luz y del color es  las ondas que se continúan sin tregua ni reposo en el éter, a la velocidad de 300.000 km por segundo”. Esta verdad natural corporal de la luz y del color es tan poco visible “ que ha sido preciso al contrario la perspicacia de los más grandes espíritus para develarnos esa naturaleza propia de la luz. Encontramos que cada uno de nuestros sentidos solo es receptivo en lo que concierne a las influencias exteriores perfectamente determinadas, y que el estremecimiento de cada sentido suscita en nuestra alma representaciones completamente diferentes. así, entre ese mundo exterior desprovisto de alma que nos es abierto por la ciencia (vibraciones del éter), y el mundo bello (real, sensible) en el cual nos encontramos espiritualmente, los órganos de los sentidos ocupan la situación de mediadores.” así se expresa Schleiden, que con ello nos da un ejemplo que muestra como nuestra época siempre se encuentra en aprietos cuando se trata de comprender los dos mundos, y como en vano se busca una mediación entre el mundo de la facultad de pensar, del saber o de la ciencia, representado aquí por las vibraciones del éter, y el mundo de los cinco sentidos, representado por las claras luces de colores del ojo o de la realidad. En esto poseemos al mismo tiempo un ejemplo de la manera como los restos heredados de una concepción especulativa del mundo producen un efecto de galimatías en boca del sabio moderno. La expresión confusa de esta situación reside en la distinción de un "mundo material de la ciencia”, en el cual “nos encontramos espiritualmente”.

 La oposición entre el espíritu y los sentidos, entre la teoría y la practica, entre lo general y lo particular, entre la verdad y el error, se ha vuelto consciente, pero lo que falta es la solución. Se sabe que buscar, pero no donde buscarlo. Haber vencido la especulación, la ciencia que no reposa en los datos de los sentidos, haber rescatado los sentidos, haber fundado la experiencia; tal es el gran hecho científico de nuestro siglo. Reconocer teóricamente ese hecho es ponerse de acuerdo sobre la fuente del error. Si la filosofía especulativa pensaba que la verdad se encuentra únicamente con el espíritu, y que con los sentidos solo se descubre la ilusión, nosotros tenemos que invertir los términos de esa filosofía, buscar la verdad por medio de los sentidos, la fuente del error en un pretendido espíritu absoluto. Supersticiosa es la creencia en ciertos mensajes de los nervios, los únicos en los que se tendría el derecho a confiar, y que solo se debe aprender a conocer gradualmente, sin poder descubrir el criterio especifico de su distinción. Confiemos atrevidamente en todos los testimonios de los sentidos. En ellos no hay nada falso que se deba separar de lo autentico. Lo único que nos puede engañar es el espíritu inmaterial, cuando se empeña en adelantarse a los sentidos, cuando a pesar de la única tarea a el encomendada —la interpretación de los sentidos-— , infla lo que dicen, diciendo posteriormente lo que no se le había dicho con anterioridad. Cuando bajo el efecto de la excitación de la sangre o de una expresión exterior el ojo ve relámpagos encendidos o círculos de luz, no existe mayor error que cuando percibe cualquier otro fenómeno del mundo exterior. Nuestra conciencia es la que comete el error cuando “a priori" toma tales accidentes subjetivos por cuerpos objetivos. El visionario esta en el error desde que presenta sus visiones personales por visiones en general, en tanto que fenómeno general, desde que precipitadamente da por experiencia aquello de lo que no tiene ninguna experiencia. El error es transgredir la ley de la verdad, que prescribe a nuestra conciencia recordar la presuposición que funda la conciencia de los limites dentro de los cuales un conocimiento es verdadero, es decir, general.

El error erige a lo particular en general, al predicado en sujeto, al fenómeno singular en cosa general. El error conoce a priori; la verdad -—lo contrario del error—conoce a posteriori. Los dos tipos de conocimiento, el conocimiento a priori y el conocimiento a posteriori, mantienen la misma relación que filosofía y ciencia de la naturaleza, siendo entendida esta ultima en el sentido más amplio del termino, como ciencia en general. La oposición de la fe y del saber se repite en la oposición de la filosofía y de la ciencia de la naturaleza. Como la religión, la filosofía especulativa vivía dentro del elemento de la fe. El mundo moderno convirtió la fe en ciencia. Lo que intentan los maestros de la reacción política cuando exigen una inversión de la ciencia es, pues, un retorno a la fe. El contenido de la fe constituye una adquisición obtenida sin pena. La fe conoce a prior i. La ciencia es un trabajo, un conocimiento conquistado a posteriori. Renunciar a la fe es renunciar a la holgazanería. Limitar la ciencia al conocimiento a priori es adornarla con el rasgo característico de la época moderna, el trabajo. Cuando Sclileiden niega a los fenómenos luminosos cromáticos, a los cuales llama fantasmagorías, que el espíritu crearía completamente, todo carácter de realidad y de verdad, ese no es un resultado científico, sino una aberración filosófica. La creencia supersticiosa en la especulación filosófica lo hace desconocer el método científico de la inducción cuando opone a los fenómenos luminosos cromáticos “ondas vibrando sin tregua ni reposo a trabes del éter a la velocidad de 300.000 km. por segundo”, como constituyentes de la naturaleza verdadera y real de la luz y del color. Es manifiesto del contrasentido que consiste en llamar “ creación del espíritu" al mundo corporal que ven los ojos y "naturaleza corporal” a la vibración del éter develada por la penetración de los más grandes espíritus” La verdad de la ciencia mantiene con el fenómeno sensible la misma relación que lo general con lo particular. Las ondas luminosas, lo que se llama la verdad de la luz y del color, solo representan “ la naturaleza específica” de la luz en" la medida en que son la generalidad de los diversos fenómenos luminosos: claros, amarillos, azules, etc.

El mundo del espíritu o de la ciencia encuentra su material, su presuposición, su fundamento, su principio, sus limites, en la realidad sensible. Ya lo hemos visto, la esencia o la verdad de las cosas posee existencia o realidad no tras su manifestación fenoménica, sino gracias a esta, no “ en y para s í" sino únicamente en la relación con la facultad de conocer, únicamente por la razón; solo el concepto separa del fenómeno las esencias; por otra parte, como ya lo hemos visto, la razón no saca ningún concepto, cualquiera que sea, de si misma, sino únicamente del contacto con el fenómeno, también encontrados en este tema de “la esencia de las cosas", la confirmación del hecho de que la esencia de la facultad de conocer es un concepto que hemos sacado de su manifestación fenoménica sensible. Conocer que a pesar de su universalidad en la elección de sus objetos, la facultad de pensar esta sin embargo limitada por el hecho de que le es necesario un objeto dado en general; conocer que el justo y verdadero acto de pensar, el pensamiento que acompaña el resultado científico, se distingue del pensar no científico en que se vincula a sabiendas y voluntariamente al objeto dado exteriormente; conocer que la verdad o lo general no se dejan conocer “ en "sí”, sino únicamente en lo que concierne a un objeto dado, tal proposición, con las innumerables variantes que de ella hemos dado, contiene la esencia de la facultad de conocer. Reaparece al final de cada capitulo porque todas las verdades particulares, todos los capítulos particulares, solo deben servir a este único fin: la demostración del capitulo general de la verdad general.


CAPÍTULO III

 LA PRÁCTICA DE LA RAZÓN EN LA CIENCIA FÍSICA

Aunque sabemos hoy que la razón misma esta vinculada a los materiales sensibles, a los objetos físicos y que por ello la ciencia no puede ser nunca otra cosa que la ciencia de lo físico-—, sin embargo, apoyándonos en la concepción dominante y conformándonos con el uso del lenguaje, podemos separar la física de la lógica y de la ética, y distinguirlas en tanto que formas diferentes de la ciencia. Por lo tanto, ha llegado el momento de demostrar que tanto en la física como en la lógica o la moral solo puede haber práctica de los conocimientos generales o espirituales sobre la base de hechos particulares, es decir, sensibles. Esta práctica de la razón que consiste en producir el pensamiento a partir de la materia, el conocimiento a partir de la realidad sensible, lo general a partir de lo particular, también es reconocida como válida por todos aquellos que se dedican a la investigación física, pero solo le otorgan un valor práctico. Se procede inductivamente, se es consciente de este procedimiento, pero se desconoce que la esencia de la ciencia de la naturaleza constituye la esencia del saber, de la razón en general. No se comprende la naturaleza del proceso de pensamiento. Falta la teoría, y por esta razón a menudo uno esta desconcertado por la practica. Para la ciencia de la naturaleza, la facultad de pensar todavía es un ser desconocido, misterioso, místico. O bien confunde de manera materialista la función y el órgano, el espíritu y el cerebro, o bien de manera idealista cree que la facultad de pensar es un objeto no sensible situado fuera de su terreno. Vemos que los sabios modernos van al encuentro de su fin en materia de física a menudo con paso firme y unido, y sin embargo cuando se trata de relaciones más abstractas existentes entre esas cosas, “titubean" como ciegos El método de la inducción tiene prácticamente derecho de ciudadanía en las ciencias de la naturaleza, y sus éxitos le han dado renombre. Por otra parte, la falta de éxitos del método especulativo lo ha desacreditado. Se esta muy lejos de una comprensión consciente de esos modos de pensar diferentes. Vemos a los investigadores de la física, cuando se alejan del terreno de su especialidad para abordar las cuestiones generales, conferir de manera abogadil a productos especulativos el valor de hechos científicos. Aun produciendo verdades especiales por el único medio del fenómeno sensible, se cree, sin embargo, poder crear verdades especulativas a partir de las profundidades de su propio espíritu.

Escuchemos como Alexander von Humboldt se explica sobre la especulación al comienzo de su Kosmos:

“He aquí el más importante resultado de la investigación física sensible: reconocer la unidad en la multiplicidad; cuando se trata de lo individual, recoger todo lo que nos ofrecen los descubrimientos de los últimos siglos, aislar por medio del examen los detalles, no obstante sin sucumbir ante su masa, aprehender, sin olvidar el sublime destino del hombre, el espíritu de la naturaleza que esta oculto bajo la cobertura de los fenómenos. Sobre esta vía nuestro esfuerzo logra superar los estrechos limites del mundo sensible, y comprendiendo la naturaleza, podemos lograr dominar por medio de ideas, por así decir, la materia bruta de la intuición empírica. En mis consideraciones sobre el tratamiento científico de una descripción universal del mundo, no se trata de deducir la unidad a partir de algunas principios fundamentales dados por la razón. Se trata de considerar por medio del pensamiento los fenómenos dados por experiencia, como el todo de la naturaleza. No me atrevo a entrar en un terreno que me es extraño. Por lo tanto, lo que llamo descripción física del mundo, de ninguna manera pretende el rango de una ciencia, racional de la naturaleza. Fiel al carácter de mis escritos anteriores, así como al tipo de mis ocupaciones, que estaban consagradas a la comprobación, a la medida, al establecimiento de hechos, me limito también en esta obra a la consideración empírica. Es el único terreno donde espero moverme con una inseguridad mínima.”

Con la misma inspiración, Humboldt declara:

"Sin una seria propensión al conocimiento de lo particular, toda visión del mundo grande y general no seria más que un fantasma'’. Repite que, en oposición a su ciencia empírica, "un conocimiento pensante (hay que entender especulativo), una concepción racional del universo presentaría un fin todavía más sublime". “ Estoy lejos de censurar esfuerzos que no he intentado, con el pretexto de que hasta hoy su éxito ha sido muy dudoso" (t. I, p. 68). La ciencia de la naturaleza tiene hoy en común con Humboldt la conciencia de que la práctica de la razón en materia de ciencia física consiste en "reconocer la unidad en la multiplicidad”.

 Pero, por otro lado, no siempre expresando tan explícitamente su fe en la especulación:

1. su creencia en el "conocimiento racional” en virtud del empleo del método especulativo en el tratamiento de temas llamados filosóficos, donde se pretende conocer la unidad partiendo de la razón en vez de partir de la realidad sensible múltiple, por su falta absoluta de unanimidad.

2. por su desconocimiento del carácter no científico de las opiniones divididas; muestra, sin embargo, como se equivoca acerca de la práctica científica, como agrega a su fe en la ciencia física, a creencia en una ciencia puramente metafísica.

Sin embargo, las relaciones que mantienen el fenómeno y la esencia, el efecto y la causa, la materia y la fuerza, la materia y el espíritu, son totalmente relaciones físicas. Pero sobre este punto, cual es la enseñanza unánime de la ciencia; por tanto, el saber o la ciencia es un trabajo que a semejanza de la actividad económica del campesino, es el objeto de un ejercicio aun solo fin práctico, pero no científico, desprovisto de la previsión del éxito. Es el conocer, es decir, el ejercicio del conocer, bien comprendido en la ciencia física, que lo negaría

Pero el instrumento de este conocimiento, la facultad de conocer, es objeto de un desprecio. Veremos que en vez de aplicar científicamente la razón, la ciencia de la naturaleza se sirve de la experimentación en este punto, porque desdeña la critica de la razón, la doctrina de la ciencia o lógica. así como reconocemos al mango y a la hoja como contenido general del cuchillo, así reconocemos como contenido general de la razón lo general mismo, lo universal. Sabemos que no produce ese contenido a partir de si misma, sino a partir del objeto dado, y reconocemos en ese objeto la suma de todo lo natural o de todo lo físico, así pues, el objeto es un quantum absoluto, ilimitado, sin fronteras. Ese quantum ilimitado aparece en cantidades limitadas. Cuando se trata de cantidades naturales relativamente pequeñas, se esta muy consciente de la esencia de la razón, del método del saber o del conocimiento. Nos queda por demostrar que las grandes relaciones naturales cuyo tratamiento es controvertido son cognoscibles de la misma manera.

Causa y efecto, espíritu y materia, fuerza y materia, tales son los objetos físicos generales, caracterizados por la magnitud, la extensión y la expansión. Lo que queremos mostrar es como la oposición más general entre la razón y su objeto nos da la clave que permite resolver las oposiciones importantes.

1. Causa y efecto.

“La esencia de la doctrina de la naturaleza -declara F. W Bessel- consiste en el hecho de que no considera a los fenómenos como hechos existentes por sí mismos, sino que busca las causas de las cuales los fenómenos son consecuencias. Con ello, el conocimiento de la naturaleza se reduce a un numero muy pequeño de hechos. Pero incluso antes de la época de la ciencia de la naturaleza ya se había buscado causas para los fenómenos de la naturaleza. Lo que caracteriza la ciencia de la naturaleza no consiste tanto en la búsqueda de las causas como en la modalidad específica, en la cualidad de las causas que ella busca.

La ciencia inductiva ha producido un cambio esencial en el concepto de causa. Ha conservado la palabra, pero con ella entiende otra cosa que la especulación. El sabio comprende la causa en el interior de su especialidad de muy diferente manera que en el exterior de ésta, donde se entrega a diversas especulaciones, porque todavía sólo conoce la ciencia y las causas que forman parte de ella en lo particular y no en lo general. Las causas no científicas pertenecen a la especie suprasensible y son espíritus, dioses, fuerzas exteriores a la naturaleza, duendes grandes o pequeños. El concepto original de causa es un concepto antropomórfico. Cuando esta desprovisto de experiencia, el hombre mide lo que es objetivo con ayuda de un patrón subjetivo, juzga el mundo según su propio ser. así como fabrica las cosas premeditándolas, así transfiere a la naturaleza el estilo humano que le es propio, imagina que la causa de los fenómenos de la realidad es tan exterior, tan creadora como el mismo, causa separada de sus propias creaciones.

A este método subjetivo se debe la amplitud de los vanos esfuerzos en dirección de un conocimiento objetivo. La causa no científica es una especulación, una ciencia a priori. Si se quiere dejar al conocimiento subjetivo el nombre de conocimiento, entonces el conocimiento objetivo científico se distingue de este ultimo en que percibe las causas que le competen, no por la creencia o la especulación, sino por la experiencia, por la inducción, de ninguna manera a priori, sino a posteriori. La ciencia de la naturaleza no busca sus causas fuera de los fenómenos o detrás, sino en ellos o por su mediación. La investigación moderna no busca en sus causas un creador exterior, sino el sistema inmanente, el método o la. modalidad general de los fenómenos dados en una sucesión temporal. La causa no científica es una “cosa en sí”, un pequeño dios, que produce efectos con toda independencia, y que se oculta tras ellos. El concepto científico de causa, por el contrario, tiende únicamente a la teoría de los efectos, lo que es general en el fenómeno. En adelante, buscar una causa es generalizar los fenómenos interesados, reunir la diversidad de la experiencia en una regla científica; “así el conocimiento de la naturaleza se reduce al numero más pequeño de hechos.” El saber más cotidiano, el más prosaico, el más plano se distingue de la ciencia más elevada, más rara, más reciente, ni más ni menos que una superstición mezquina vieja de la superstición histórica de una época entera. Por eso -dicho sea de paso- tenemos el derecho de tomar nuestros ejemplos del círculo de lo cotidiano, en vez de buscarlos en la región llamada superior de una ciencia lejana. La inteligencia corriente ha practicado las causas inductivas, científicas, mucho antes de que la ciencia haya llegado a descubrir que debía buscar de la misma manera sus fines superiores.

Solo cuando la inteligencia corriente quiere superar el campo de su medio ambiente inmediato, le sucede, tal como al sabio, creer en causas misteriosas de la razón especulativa. Para mantenerse sólidamente en el suelo del saber real, todos tienen necesidad de conocer las modalidades bajo las cuales la razón inductiva descubre sus causas. Con este fin, miremos brevemente hacia atrás, hacia el resultado adquirido concerniente a la esencia de la razón. Sabemos que la facultad de conocer no es una cosa, un fenómeno en sí o por sí, pues solo adquiere realidad en el contacto con otra cosa, con un objeto. Sin embargo, cualquier cosa que se llegue a saber de un objeto, ese saber es descubierto no solo por el objeto, sino también y simultáneamente por la razón. Como todo ser, la conciencia es relativa. El saber es un contacto con una diversidad. Cuando hay saber, ipso facto hay separación, sujeto y objeto, multiplicidad. en la unidad. Pues lo que es efecto en uno es causa en el otro. La totalidad del mundo fenoménico, cuyo pensamiento solo constituye un quantum particular, una forma, constituye un circulo absoluto, donde existen en todas partes y en ninguna el comienzo y el fin, la esencia y el fenómeno, la causa y el efecto, lo general y lo particular. De igual manera que en ultima instancia la totalidad de la naturaleza es la única unidad general, en relación a la cual todas las unidades particulares son multiplicidad, así esta misma naturaleza, la objetividad, la realidad sensible o cualquier otro nombre que se quiera dar a la suma de cualquier fenómeno o efecto, constituye en última instancia la causa en relación a la cual todas las demás cosas caen al rango de efectos.

Sin embargo, aquí no tenemos el derecho de desconocer que esta causa de todas las causas sólo es la suma de todos los efectos, nada más, nada superior. Toda causa efectúa, todo efecto causa. No se debe separar materialmente una causa de su efecto más que lo (visible de la vista, el gusto de la lengua, y de manera general, lo general de lo particular. Esto no impide que la facultad de pensar separe a uno de otro. En adelante debemos saber que está separación solo es una formalidad de la razón, no obstante, formalidad necesaria para la racionalidad o para la conciencia, para la acción científica. La práctica del saber o la práctica científica deduce lo particular de lo general, las cosas naturales de la naturaleza. Sin embargo, quien ha visto actuar, a la facultad de pensar entre bastidores sabe que a la inversa lo general es deducido de lo particular, el concepto de naturaleza de las cosas naturales. La teoría del saber o de la ciencia nos enseña que se aprende el precedente a partir del siguiente, la causa a partir del efecto, aunque para nuestro saber práctico el después sea una continuación del antecedente, el efecto una continuación de la causa. Para la facultad de pensar, para el órgano de lo general, es todo lo contrario: lo particular, lo dado, lo segundo, es secundario; pero para la facultad de pensar que posee el concepto de sí mismo, eso es primero. La práctica del conocer no debe ni puede ser modificada por su teoría, pero por la teoría la conciencia solo debe recibir la seguridad de que su paso es firme. El agricultor científico se distingue del agricultor practico, no en el hecho de que tiene teoría y método -ambos tienen-, sino en que uno sabe en virtud de la teoría mientras que el otro teoriza por instinto.

Pero continuemos: la razón produce a partir de la multiplicidad dada en general la verdad en general, como produce la verdadera causa a partir de la multiplicidad temporal, a partir de los cambios. La naturaleza del espacio es tan absolutamente múltiple como es absolutamente cambiante la naturaleza del tiempo. Toda parte del tiempo, como toda parte del espacio, es original, nunca antes dada. La facultad de pensar nos ayuda a orientarnos en ese estado absoluto de cambio, generalizando tanto la multiplicidad del espacio por medio de cosas que se pueden nombrar, como los cambios del tiempo por medio de causas que también se pueden nombrar. La esencia de la razón consiste en generalizar lo sensible, en percibir lo general en lo particular. Quien al reconocer que la razón es el órgano de lo general, no la concibe exhaustivamente, olvida que a la concepción le pertenece un objeto dado que subsiste fuera del concepto. No se puede concebir más exhaustivamente por medio del concepto el ser de esa facultad que el ser en general. O mas bien: concebimos el ser cuando lo aprehendemos en su generalidad. No es la existencia sino lo que hay de general en la existencia lo que es perceptible por la razón. Imaginemos por ejemplo el proceso que realiza la razón, cuando concibe una cosa hasta entonces incomprendida. Supongamos un cambio químico extraño, es decir, inesperado y nuevo, que se produce repentinamente y sin otra intervención en una mezcla cualquiera. Supongamos además que luego ese cambio se produce repetidas veces, hasta que la experiencia nos hace conocer que en cada ocasión un contacto con la luz solar precede el inexplicable cambio de la mezcla. Con ello ya se ha concebido el proceso. Supongamos también que una experiencia más amplia nos enseña que otras numerosas materias además de esta poseen la propiedad de provocar el cambio en cuestión al contacto con la luz solar. Con ello el fenómeno desconocido es incorporado a un numero mayor de fenómenos de la misma especie, es decir, es comprendido de manera más extensa, más profunda, más completa. Si finalmente vemos además una parte de la luz solar o un elemento particular de la mezcla que por medio de su relación producen el cambio, entonces la experiencia es absolutamente generalizada, o la generalización absolutamente experimentada, es decir que la teoría esta completa, habiendo la razón resuelto su problema, y esto, sin embargo, por la sola operación que practicamos cuando repartimos el reino vegetal o animal en géneros, familias, especies, etc. Determinar la especie, el género, la familia: eso es lo que se llama concebir.

La razón sigue el mismo método cuando descubre las causas de cambios dados. No percibimos las causas por los sentidos, por la vista, el oído, el tacto. Las causas son productos de la facultad de pensar. Claro que no son su puro producto, sino que son engendradas por la facultad de pensar en su conexión con el material sensible. Ese material sensible es el que confiere a la causa así engendrada su existencia objetiva. De la misma manera que exigimos de la verdad que sea la verdad de un fenómeno objetivo, así exigimos de la causa que sea real, que sea la causa de un efecto objetivamente dado. El conocimiento de una causa particular cualquiera tiene por condición la observación empírica de lo que constituye su material; por el contrario, el conocimiento de la causa en general tiene por condición la observación de la razón. Cada vez que se conocen causas particulares, cambia el material, el objeto; pero al hacerlo, la razón permanece constante o general. La causa en general es un concepto puro al cual han servido de material la multiplicidad de los conocimientos causales particulares o los múltiples conocimientos de causas particulares. Así pues, para analizar ese concepto estamos obligados a volver a su material, al conocimiento de las causas en particular. Cuando la caída de una piedra en el agua produce ondas concéntricas, la causa es tanto la piedra como la naturaleza liquida del agua. Al caer sobre un material sólido, la piedra no produce ondas. La causa de las ondas concéntricas es el contacto de la piedra que cae con el líquido, es la acción conjugada de ambos. La causa misma es efecto, y el efecto, el movimiento ondulatorio, se vuelve causa cuando arroja hacia lo seco al corcho que flota. Pero también esta vez, como siempre, la causa no es sino un efecto común, una acción conjugada de las ondas con la naturaleza ligera del corcho. La piedra que cae en el agua no es causa en general o en sí. Como se ha dicho, solo llegamos a esta causa cuando la facultad de pensar toma como material a las causas particulares y saca de ellas el concepto puro de causa en general. La piedra que cae en el agua solo es causa en relación al movimiento ondulatorio que sigue, y eso sobre la base de la experiencia de que el movimiento ondulatorio sigue generalmente a su caída. Se llama causa lo que generalmente precede a un fenómeno dado, y efecto a lo que generalmente sigue, únicamente porque siempre o en general el movimiento ondulatorio sigue a la caída de la piedra en el agua, conocemos a esta última como constituyendo su causa. A la inversa, dado que la caída de una piedra no siempre precede al movimiento ondulatorio, este último tiene generalmente otra causa. En la medida en que es lo general, la elasticidad es lo que precede en general al movimiento ondulatorio, su causa. quizás en general, la caída de un cuerpo precede a las ondas concéntricas, que son una parte especial, una especie del movimiento ondulatorio, y esto es lo que la hace una causa. La causa cambia siempre con el quantum del fenómeno que entra en consideración. No se puede encontrar causas con la sola razón, no se puede sacarlas del cerebro, Necesariamente, es preciso que sea dada además la materia, el material, el fenómeno sensible. La causa determinada es materia determinada, es decir, un quantum determinado de fenómeno sensible. En la unidad abstracta de la naturaleza, la diversidad de las materias se vuelve diversidad de los quanta naturales. Tal quantum es temporal, precede o sigue, es dado como antecedente o como consecuente.

Lo que hay de general en el antecedente se llama causa, lo que hay de general en el consecuente se llama efecto. Cuando el viento pone al bosque en movimiento, la naturaleza flexible del bosque es la causa de ello, tanto como la fuerza doblegante del viento. La causa de una cosa es su. conexión. El hecho de que ese mismo viento que dobla los árboles deje derechos a muros y peñascos demuestra que la causa no es cualitativamente diferente del efecto, sino que solo es el efecto de una totalidad de elementos. Sin embargo, cuando el saber o la ciencia, en ocasión de un cambio, es decir, de un fenómeno sucesivo, descubren que la causa es algo particular, esta ultima ya no es el creador exterior, sino  solo la modalidad general, el método inmanente de la sucesión. Solo se puede descubrir la causa determinada cuando el ciclo, la serie o el número de cambios cuya causa es preciso encontrar esta delimitado o determinado, cuando el quantum satisface esas mismas condiciones. En el interior de un ciclo dado de fenómenos dados es causa lo que generalmente es antecedente. En el caso del viento que pone al bosque en movimiento, se distingue en tanto que causa de ese efecto que provoca únicamente en la medida en que es un efecto más general que aquí susurra, allá levanta el polvo, aquí se comporta así, allá de otra manera, y particularmente agita los árboles. En este caso el viento solo es causa en la medida en que precede a su efecto en general el movimiento del bosque. Pero a la inversa, en virtud de que la solidez de los peñascos y de los muros precede de manera general al viento, ella es causa de su propia firmeza, aunque en un círculo más extenso de fenómenos que incluye la tempestad, el viento también se vuelve, cuando es débil, causa de la subsistencia de los objetos arriba nombrados. La cantidad o el número de lo dado provoca variaciones en la atribución de las causas. Cuando un grupo vuelve fatigado de un paseo, el caminar es la causa del cambio tanto como la debilidad de la constitución de los caminantes. Lo cual significa: el fenómeno no tiene en si una causa separada del fenómeno. Todo lo que se ha manifestado en el fenómeno ha contribuido a la manifestación del fenómeno: el modo, la naturaleza, la constitución de los caminantes, tanto como el modo y la naturaleza de su paso o de su andar. Sin embargo, cuando se asigna a la razón la tarea de determinar en particular la causa del cambio en cuestión, con ello solo se exige que descubra los factores que han contribuido principalmente a producir la fatiga. Tanto en este ejemplo como en general, el trabajo de la razón consistirá entonces también en desarrollar lo general a partir de lo particular, y más especialmente en calcular lo que en general precede a la fatiga, sacándolo del numero dado de fatigas. Donde el mayor numero o la totalidad se encuentren fatigados, el caminar será la causa o la causa que precede en general al fenómeno, pero donde solo algunos individuos sientan fatiga, se tratara de la débil constitución de los caminantes. Otro ejemplo: cuando el tiro de fusil ahuyenta los pájaros, se trata de un efecto producido por la suma del tiro y del terror. Si la mayoría de pájaros vuela, el tiro será la causa, y si es la minoría, la causa será el terror. Los efectos son consecuencias. Considerando que en la naturaleza todo sucede recíprocamente, tiene un antecedente o es un consecuente, podemos dar a lo natural, a lo sensible, a lo real, el nombre de efecto absoluto, siendo a este nivel imposible de encontrar una causa en sí, a menos que nuestra facultad, de pensar haya sistematizado ese material dado por medio del descubrimiento de las causas.

Esas causas son generalidades, producidas por el espíritu, modificaciones sensibles. La pretendida relación de la causa y el efecto es un milagro, una creación ex nihito. Por eso era y continua siendo un objeto de la especulación. La causa especulativa fabrica sus efectos. Sin embargo, es un hecho que los efectos son el material a partir del cual el cerebro o la ciencia forman causas. La causa es un producto del espíritu, no del espíritu puro, sino del espíritu casado con la realidad sensible. Cuando Kant afirma que la proposición ‘ ‘Todo cambio tiene una causa” es una ciencia a priori, que no podemos sacar de la experiencia porque es imposible que alguien pueda experimentar todos los cambios, aunque cada quien tenga la certeza apodíctica de la verdad necesaria y universal de la proposición, comprendemos ahora que con esas palabras no hace sino expresar la experiencia siguiente: la manifestación fenoménica de lo que llamamos razón consiste en reconocer la unidad en la multiplicidad; o más bien, se llama razón, pensamiento o espíritu, a. desarrollo de lo general a partir de lo particular. Estar seguro de que todo cambio tiene una causa no significa otra cosa que estar seguro de que somos hombres pensantes. Cogito ergo sum. Aunque sin haberlo analizado científicamente, hemos hecho, sin embargo, del instinto la experiencia de la esencia de nuestra razón. La conciencia que tenemos de nuestra capacidad de descubrir una causa en presencia de cualquier cambio  dado es tan segura como la que tenemos de la circularidad de todo círculo. Lo sabemos, lo general es el producto de la razón que esta engendra gracias a un objeto cualquiera, es decir, gracias a todo objeto dado. Considerando ahora que todos los objetos se comportan en el antes y el después, que son pues temporales o constituyen cambios, entonces también es preciso que todos los cambios que se presentan ante nosotros, seres racionales, posean un antecedente general, es decir, una causa. Ya el escéptico inglés Hume sintió que la causa verdadera era distinta de la causa conjetural. Según el, el concepto de causa no contiene otra cosa que la experiencia de lo que precede: generalmente a un fenómeno. Contra él, Kant hace valer con razón el punto de vista según el cual el concepto de causa y de efecto expresa una relación mucho más intima que la floja y contingente sucesión: en el concepto de causa, el efecto en cuestión esta mucho más contenido en tanto que necesidad y generalidad rigurosa; por lo tanto algo que no puede ser objeto de experiencia, y que por eso supera toda experiencia, necesariamente debe estar contenido a priori en el entendimiento.

A los materialistas, que niegan toda autonomía del espíritu y creen encontrar causas por medio de la experiencia, se debe objetar que la necesidad y la generalidad que presupone la relación causa efecto representan una experiencia imposible. Por otra parte, es necesario por el contrario significar a los idealistas que a pesar del hecho de que el entendimiento busque causas, que no pueden ser objeto de experiencia, tal investigación no puede tener lugar a priori, sino únicamente a posteriori, sobre la base de efectos empíricamente dados. Ciertamente solo el espíritu descubre la generalidad abstracta no sensible, pero únicamente en el interior de un ciclo dado de fenómenos sensibles,

 2. Espíritu y materia.

La comprensión de la dependencia general de la facultad de pensar en relación a las presuposiciones materiales sensibles restituirá a la realidad objetiva un derecho del que hasta ahora, durante mucho tiempo, se le ha privado por las ideas y las opiniones. La naturaleza, que bajo sus múltiples manifestaciones concretas fue expulsada de la consideración humana por las quimeras filosóficas y religiosas, y que desde el desarrollo de la ciencia moderna de la naturaleza ha sido arrancada pedazo a pedazo al rincón de la ciencia, encuentra bajo una forma teórica general la importancia que le corresponde gracias al conocimiento de la función cerebral. Hasta ahora la ciencia de la naturaleza solo ha escogido por objetos a materias particulares, causas particulares, fuerzas particulares, y se ha mantenido en la ignorancia en relación a las cuestiones generales, de las que se ha dicho que incumben a la filosofía de la naturaleza y que conciernen a la causa, la materia, la fuerza en su generalidad. El hecho revelador de esta ignorancia es la gran contradicción entre el idealismo y el materialismo que, como un hilo rojo, atraviesa las obras de la ciencia.

"En esta carta yo quisiera lograr afirmar la convicción de que la química en tanto que ciencia autónoma ofrece uno de los medios más poderosos para llegar a una civilización superior del espíritu, que estudiarla es útil no solo en la medida en que es promoción de los intereses materiales de los hombres, sino también porque nos facilita una mirada a las maravillas de la creación, mirada a la cual nuestra existencia, nuestra subsistencia y nuestro desarrollo están ligados de la manera más estrecha.” (Liebig).

Con estas palabras, Liebig expresa la concepción dominante que acostumbra a distinguir, como constituyendo opuestos absolutos, los intereses espirituales de los intereses materiales. El citado representante de ese modo de pensar presenta el mismo el carácter insostenible de esa distinción cuando opone a los intereses materiales una mirada espiritual a la cual nuestra existencia, nuestra subsistencia, y nuestro desarrollo están ligados de la manera más estrecha..

Pero son los intereses materiales algo más que la expresión abstracta empleada para designar nuestra existencia, nuestra subsistencia y nuestro desarrollo No son en efecto estos últimos el contenido concreto de los intereses materiales; No significa esto expresamente que una mirada a las maravillas de la creación favorece lo que se llama intereses materiales. O bien la promoción de nuestros intereses materiales no exige a la inversa una mirada a las maravillas de la creació, como se distinguen en fin de cuentas los intereses materiales de los intereses espirituales. Lo ideal, lo espiritual, lo superior que Liebig, de acuerdo con el mundo sabio, opone a los intereses materiales, no es sino una especie particular de esos intereses; mirada espiritual e interés material se distinguen como por ejemplo el círculo del cuadrado, siendo ambos opuestos aun constituyendo clases distintas de una forma más general.

Precisamente desde la época cristiana se ha adoptado la costumbre de hacer discursos despreciativos sobre las cosas materiales, sensibles o carnales, que devoran la herrumbre y los mitos. En la actualidad se continua marchando de manera conservadora dentro del antiguo carril, aunque esta antipatía en relación a la realidad sensible desde hace mucho tiempo se haya desvanecido en el espíritu y en los actos. La oposición cristiana del espíritu y de la carne ha sido prácticamente superada en la época de la ciencia moderna de la naturaleza. Lo que falta para liberar a los intereses materiales de esa mala reputación es la solución teórica, la mediación, que demostrarían que lo espiritual es sensible y que lo sensible es espiritual. La ciencia moderna es de manera general ciencia, de la naturaleza. Solamente en la medida en que una ciencia es ciencia natural recibe la denominación de ciencia; es decir, se llama saber únicamente al pensamiento que tiene conscientemente por objeto a lo real, lo sensible, lo natural. Por eso es imposible que los representantes y admiradores de la ciencia tengan actitudes hostiles hacia la naturaleza o hacia la materia. De hecho no las tienen. Sin embargo, la simple existencia de la ciencia demuestra por otra parte que no basta esta naturaleza ni tampoco esta realidad sensible, esta materia o este material. La ciencia o el pensamiento que tienen por objeto la práctica material o el ser, no pretenden a éste en su integridad, no pretenden su naturaleza sensible, material, siendo esta última ya dada por otro lado. Si la ciencia pretendiera eso, si no quisiera nada nuevo, seria superflua. únicamente porque agrega al material, a la materia, un nuevo elemento, merece un reconocimiento especial. Para la ciencia no se trata del material, sino del conocimiento del material, de lo que hay de general en el material, de lo verdadero, de lo general “ del polo en reposo en la fuga de los fenómenos". Lo que la religión opone efectivamente a lo terrestre, lo que la ciencia opone a lo material como constituyendo algo superior, divino, espiritual, consiste en triunfar sobre la multiplicidad, en elevarse a lo general. Los intereses espirituales superiores no se distinguen toto genere, cualitativamente de los intereses materiales. El lado positivo del idealismo moderno no consiste en prohibir el comer y el beber, el placer que se extrae de los bienes terrestres y del sexo femenino, sino en valorar además de estos a otros gozos materiales, por ejemplo, los del ojo y del oído, del arte y de la ciencia; en pocas palabras, en valorar al hombre total. De ninguna manera debes ser esclavo de la embriaguez material de la pasión, significa: debes tener frente a los ojos no el placer unilateral, sino tu existencia general, tu desarrollo total, debes considerar tu existencia en la totalidad y la generalidad de su extensión.

La insuficiencia del principio materialista consiste en el hecho de que no reconoce la distinción de lo general y de lo particular, y que plantea lo individual como igual a lo general. No quiere reconocer la superioridad cuantitativa, la evidente genialidad del espíritu en relación al mundo corporal sensible. Por otra parte, la distinción cuantitativa hace olvidar al idealismo la unidad cualitativa. En su exaltación, erige la separación relativa en separación absoluta. La contradicción entre los dos partidos gira alrededor de un desprecio que concierne a la relación que mantiene nuestra razón con su objeto dado o su material.

El idealista ve la fuente del conocimiento solo en la razón, el materialista en el mundo dado a los sentidos. Para llegar al final de la contradicción, basta comprender que esas dos fuentes de conocimiento se condicionan recíprocamente. El idealista solo ve la diferencia, el materialista solo la unidad del cuerpo y del espíritu, del fenómeno y de la esencia, del contenido y de la forma, de la materia y de la fuerza, de lo sensible y de lo moral, distinciones todas que encuentran su género común en la sola, distinción de lo particular y de lo general. Los materialistas consecuentes son puros practicistas desprovistos de ciencia. Pero dado que saber y pensamiento están efectivamente adjuntos al hombre sin consideración a su espíritu de partido, los practicistas puros constituyen una imposibilidad. Como se ha dicho, la menor de las artes experimentales”, ejercida sobre la base de reglas empíricas, se distingue únicamente por la cantidad o el grado de la práctica científica que se apoya en principios teóricos. Por otra parte, los idealistas consecuentes constituyen una imposibilidad tanto como los puros practicistas. Quieren lo general sin lo particular, el espíritu sin la materia, la fuerza sin la materia, la ciencia sin la experiencia o lo material, el absoluto sin lo relativo. Como pueden ser idealistas los pensadores que tienen por objeto la verdad, el ser o lo relativo, es decir, los sabios solo lo son en el exterior de sus especialidad, nunca en el interior. El espíritu moderno, el espíritu de la ciencia de la naturaleza solo es inmaterial en la medida en que es lo que engloba todas las materias. Es verdad que el astrónomo Madler encuentra tan poco ridícula la general espera de un aumento sustancial de nuestras fuerzas espirituales una vez que estas “hayan sido liberadas de los lazos de la materia”, que no cree poder sustituirlas por algo mejor, y piensa haber precisado los “lazos de la materia” definiéndolos como atracción material. Es muy claro que, donde por espíritu se entiende todavía un espectro religioso, esperar un reforzamiento del espíritu por la liberación de los lazos de la materia debe ser considerado menos ridículo que triste. Pero si espíritu debe significar espíritu moderno de la ciencia, la facultad de pensar del hombre, entonces nos es preciso sustituir la fe tradicional por algo mejor, una explicación científica. Por lazos de la materia hay que entender no la pesantez, sino la diversidad del fenómeno sensible; la materia constituye “ un lazo" para el espíritu solo mientras su multiplicidad y su diversidad no han sido superadas. Para el espíritu, su liberación de los lazos de la materia es el desarrollo de lo general a partir de lo particular..

 3. Fuerza y materia

Quien ha seguido hasta aquí nuestra doctrina principal, para la cual es necesario que aportemos aclaraciones complementarias, abr adivinado el hecho de que la cuestión de la relación fuerza materia encuentre su mediación o su solución en nuestras concepciones sobre la relación de lo general a lo particular. Cuales son las relaciones de lo abstracto y de lo concreto así es como en otras palabras se plantea el problema común a quienes creen poder encontrar en una fuerza espiritual el impulso que da la oscilación al mundo, la esencia de las cosas, el nec plus ultra de la ciencia, y por otra parte a quienes creen poder encontrarla en una materia material. Liebig, a quien le gusta particularmente superar su ciencia inductiva para evadirse en la especulación, declara en el sentido del idealismo: “no se puede ver la fuerza, no se puede tomarla con la mano; para reconocerla en su esencia y en su particularidad, necesariamente debemos someter sus efectos a la investigación.” Arriba, cuando el materialista responde: “ la materia es fuerza, la fuerza es materia, no hay materia sin fuerza, no hay fuerza sin materia", manifiestamente todos solo determinan la relación de manera negativa. En la feria, el patrón pregunta a Arlequin:

¿Arlequin, donde estabas?

¡En casa de los demás!

¿Donde estaban los demás?

 ¡En mi casa!

 Aquí dos respuestas para un mismo contenido, allá dos partidos que riñen en términos diferentes a propósito de un asunto indiscutible. Y cuanto más en serio se toma la discusión, más ridícula es.

Cuando uno separa la fuerza de la materia, no quiere negar sin embargo, que la manifestación fenoménica real de la fuerza esta indisolublemente ligada a la materia. Cuando el materialista afirma que no hay materia sin fuerza, ni fuerza sin materia, no quiere negar, sin embargo, la afirmación de su adversario que dice que la fuerza y la materia son diferentes.

La discusión tiene un buen fundamento, un objeto, pero este último no aparece en ningún lado. Instintivamente ambos partidos lo cubren con un velo, con el fin de no verse en la necesidad de confesarse su ignorancia reciproca. Cada uno quiere demostrar al otro que sus explicaciones son insuficientes, lo cual han probado ampliamente ambos. En las consideraciones finales de Fuerza, y materia, Buchner confiesa que el material empírico no permite dar respuestas determinadas a las cuestiones trascendentes, poder responder positivamente a esas cuestiones. Por el contrario, agrega, “eso basta perfectamente para darles una respuesta negativa, y alejar las hipótesis”. En otras palabras, la ciencia del materialista basta para demostrar que el adversario no sabe nada. El espiritualista o el idealista creen en una esencia espiritual de la fuerza, es decir, en una esencia inexplicable, fantasma. Los sabios materialistas son incrédulos. En ninguna parte están científicamente fundadas la fe ni la incredulidad. Lo que el materialismo tiene para él es que busca lo trascendental, la esencia, la causa, la fuerza, de ninguna manera tras el fenómeno ni en él exterior de la materia. Sin embargo, en razón de que desconoce una distinción entre la fuerza y la materia, en razón de que niega el problema, permanece atrasado en relación al idealismo. El materialista pregona muy alto la inseparabilidad de hecho de la fuerza y de la materia, y en lo que concierne a la separación no quiere admitir sino “un fundamento exterior que procede de la necesidad de sistematización de nuestro espíritu” En la pagina 66 de "Naturaleza y espíritu", Büchner declara:

“Separadas una de otra, fuerza y materia no son para mi sino seres de razón, fantasmas, ideas inesenciales, hipótesis que, para quien se representa sanamente la naturaleza, no existen, porque con tal separación todos los fenómenos de la naturaleza inmediatamente se vuelven oscuros e incomprensibles".

Sin embargo, cuando Buchner en vez de ocuparse de fórmulas “estilo filosofía de la naturaleza”, se ocupa de manera productiva de alguna ciencia, su práctica demostrara que la separación de la fuerza y de la materia no es una necesidad “exterior” sino interna, es decir, esencial, pues nos hace capaces de aclarar y de comprender los fenómenos de la naturaleza. Aunque el autor de Fuerza y materia haya escogido por divisa: “ Now xvhat I want, is facts” para aseguramos que la sentencia es más un desplante que una intención seria.

El materialismo no es tan burdo al punto de no considerar sino hechos. La naturaleza proporciona hechos en infinita abundancia. Esos hechos que busca Büchner no dan ningún criterio que sea específico de lo que desea. también el idealista quiere tales hechos. Lo que todos los que construyen la ciencia quieren en común, no son tanto hechos como explicaciones o conocimientos de hechos. Lo que importa a la ciencia -—comprendida la “filosofía de la naturaleza” de Büchner no son las materias corporales sino las fuerzas espirituales; que para la ciencia la materia solo sea un accesorio, que permita descubrir fuerzas. He ahí lo que tampoco el materialista querrá discutir.

La separación de la fuerza y de la materia “procede de la necesidad de sistematización de nuestro espíritu” ¡Muy cierto! Pero tanto como en general la ciencia procede de la necesidad de sistematización de nuestro espíritu, la oposición entre la materia y la fuerza es tan vieja como la oposición entre el idealismo y el materialismo. La primera mediación fue realizada por la imaginación, gracias a la creencia en los espíritus, que sustituí todos los fenómenos naturales como constituyentes de su esencia causal secreta. Ahora, en la época moderna, la ciencia ha expulsado numerosos espíritus particulares, reemplazando demonios fantásticos por explicaciones científicas, es decir, generales. Si hemos logrado explicar el demonio del espíritu puro, no nos será difícil expulsar el espíritu particular de la fuerza en general con ayuda del conocimiento general de su esencia, y así remediar también científicamente esa oposición entre el espiritualismo y el idealismo. En el objeto de la ciencia, en el objeto del espíritu, la materia y la fuerza no están separadas. En la realidad sensible corporal, la fuerza es materia y la materia es fuerza. “ No se puede ver la fuerza” !Claro que si! El ver mismo es pura fuerza. El ver es tanto efecto del objeto como efecto del ojo, constituyendo un doble efecto, y los efectos son fuerzas. No vemos las cosas mismas, sino sus efectos en nuestros ojos: vemos sus fuerzas. Y no solo se puede ver la fuerza, sino que se puede oírla, olería, gustarla, tocarla. Quien se atreverá a negar que pueda sentir la fuerza del calor, del frió, de la pesantez Ya hemos citado lo que dice el profesor Koppe:

"No podemos percibir el calor mismo, concluimos de sus efectos la presencia de ese agente en la naturaleza”

En otras palabras: vemos, oímos, tocamos no las cosas sino sus efectos o fuerzas. Hay tanta verdad al decir: siento la materia y no la fuerza, como al decir inversamente: siento la fuerza y no la materia. De hecho, como ya hemos dicho, en el objeto no esta separada su pareja. Pero gracias a la facultad de pensar separamos en los fenómenos yuxtapuestos o sucesivos lo general de lo particular. Por ejemplo, abstraemos de los fenómenos distintos de nuestra vista el concepto general del ver en general, y lo distinguimos en tanto que facultad de ver de los objetos particulares o materias de la vista. A partir de la multiplicidad sensible desarrollamos lo general por la razón. Lo que hay de general en las múltiples manifestaciones fenoménicas del agua, es la fuerza que agita, distinguida de la materia del agua. Si palancas de materias diferentes y de longitudes iguales poseen la misma fuerza, salta a los ojos que aquí la fuerza es distinta de la materia solo en la medida en que saca a la luz lo que hay de común en las materias diferentes. El caballo no tira sin fuerza y la fuerza no tira sin el caballo. En el hecho, en la práctica, el caballo es la fuerza y la fuerza es el caballo. Sin embargo, podemos distinguir de las demás propiedades del caballo la fuerza de tracción constituyendo algo aparte, y podemos separar lo que hay de general en las diversas funciones del caballo como constituyendo su fuerza general, no obstante, sin volvernos culpables de una hipótesis diferente de la que cometemos cuando distinguimos el sol de la tierra; aunque de hecho el sol no exista sin la tierra, ni la tierra sin el sol. La realidad sensible solo nos es dada por la conciencia, pero la conciencia presupone la realidad sensible. La naturaleza, según que la consideremos desde el punto de vista de la conciencia como unidad incondicionada o desde el punto de vista de la realidad sensible como diversidad incondicionada, esta infinitamente unida e infinitamente separada. Una y otra son verdaderas: unidad y multiplicidad, pero cada una únicamente con ciertas presuposiciones, relativamente. El problema es saber si adoptamos el punto de vista de lo general o el de lo particular, si vemos con los ojos del espíritu o con los del cuerpo. Vista con los ojos del espíritu, la materia es fuerza. Vista con los ojos del cuerpo, la fuerza es materia. La materia abstracta es fuerza, la fuerza concreta es materia. Las materias son objetos de la mano, de la práctica, las fuerzas son objetos del conocimiento, de la ciencia. La ciencia no se limita a lo que se llama el mundo científico. Supera todas las clases particulares, y pertenece a la vida en toda su extensión y profundidad. La ciencia pertenece al hombre pensante en general. De igual manera también la separación entre fuerza y materia. Solo el embotamiento de la pasión puede desconocerla. prácticamente. El avaro que acumula dinero sin enriquecer su vida olvida que la fuerza del dinero, distinta de su materia, es la que constituye el elemento de valor; olvida que no es la riqueza en tanto que tal, que no es el simple dinero metálico, sino su contenido espiritual, la capacidad de comprar subsistencias inherente a él, lo que hace racional el esfuerzo de poseerlo. Toda práctica científica, es decir, toda acción realizada con la presunción del éxito, después de un profundo examen del sujeto, atestigua que la separación de la materia y del pensamiento, incluso realizada en pensamiento, y por lo tanto como ser de razón, no constituye sin embargo un fantasma vacío, una hipótesis, sino una idea muy esencial. Cuando el campesino abona su campo, se trata de la pura fuerza del abono, en la medida en que poco importa la materia en la que se incorpora, estiércol, polvo de hueso o gusano. Cuando se pesa un bulto de mercancías, no es la materia del peso, el hierro, el cobre o la piedra, sino la pesantez la que es pesada., Por supuesto, no hay fuerza sin materia, no hay materia sin fuerza; las materias sin fuerza, las fuerzas sin materias, son quimeras.

Cuando los sabios idealistas creen en una existencia inmaterial de fuerzas, que no vemos ni percibimos de manera sensible, pero sin embargo, en las cuales debemos creer, entonces en este punto ya no son sabios, sino especulativos, es decir, visionarios. Pero igualmente irreflexiva es por otra parte la palabra del materialista que llama hipótesis a la distinción intelectual entre la fuerza y la materia. Con el fin de que esta distinción sea honrada según su merito, para evitar que nuestra conciencia volatilice la fuerza de manera espiritualista o la niegue de manera materialista, para que forme científicamente su concepto, no podemos sino reconocer la facultad de distinción en general, o en sí, es decir, su forma abstracta. El intelecto no puede operar sin material sensible. Para distinguir entre la fuerza y la materia, es necesario que esas cosas sean dadas de manera sensible, que sean objeto de experiencia. Sobre la base de la experiencia, damos a la materia la apelación de dinámica, y a la fuerza la apelación de material. El objeto sensible que se trata de comprender es pues una materia dinámica, y como todos los objetos son materias dinámicas en su realidad corporal, entonces la distinción que realiza el poder de distinción consiste en la modalidad general del trabajo cerebral, en el desarrollo de lo general a partir de lo particular.

La distinción entre la materia y la fuerza se resume en la distinción de lo concreto y de lo abstracto. Negar todo valor a esta distinción es entonces desconocer el valor de la distinción, la del intelecto en general. Cuando llamamos a los fenómenos sensibles fuerzas de la material general, esta materia unitaria no es otra cosa que la generalidad abstracta. Cuando entendemos por realidad sensible las diferentes materias, entonces lo general que totaliza, domina o atraviesa la diversidad es la fuerza que tiene por efecto lo particular. Materia o fuerza, lo que no es sensible, lo que la ciencia busca no con las manos, sino con el cerebro, lo que pertenece a la esencia, a la causa, a la idea, lo que es superiormente espiritual, es la generalidad que comprende lo particular.


CAPÍTULO IV

 LA RAZÓN PRÁCTICA O LA MORAL

 

1. Lo que es prudente, razonable

La comprensión del método del saber, la inteligencia del espíritu, están destinadas a resolver todos los problemas de la religión y de la filosofía, a aclarar explicándolas las oscuridades importantes o generales, y a restaurar totalmente y sin divisiones la investigación en su vocación: el conocimiento de las relaciones empíricas en detalle. Si consideramos como una ley de la razón el hecho de que esta tiene como presuposición de su accionar un material sensible, que tiene necesidad de una causa, entonces al mismo tiempo es superflua la cuestión de las causas generales o primeras. Pues la razón humana es reconocida como causa primera y ultima, causa definitiva de todas las causas particulares. Si consideramos como ley el hecho de que para ejercer su actividad la razón tiene necesidad de algo que le sea necesariamente dado, de un comienzo por el cual comienza, entonces la cuestión del primer comienzo necesariamente carece de sentido. Si comprendemos que la razón desarrolla unidades abstractas a partir de diversidades concretas, que construye la verdad a partir de los fenómenos, la sustancia a partir de los accidentes, percibiendo cualquier cosa solo en tanto que parte de un todo, individuo perteneciente a un genero, propiedad de una cosa, entonces la cuestión de la “cosa en sí", de una realidad que con toda autonomía estaría en el fundamento de los fenómenos, se vuelve una cuestión ociosa. En pocas palabras, la inteligencia de la no autonomía de la razón nos hace reconocer como desprovisto de razón el deseo de un conocimiento autónomo. Incluso si en adelante los asuntos capitales de la metafísica, la causa de todas las causas, los comienzos de los comienzos, la esencia de las cosas, preocupan poco a la ciencia actual, incluso si las necesidades del presente han prevalecido sobre la especulación, este arrinconamiento práctico no basta para resolver las consecuencias que se derivan de esos problemas. Mientras no se haya comprendido como una ley teórica el hecho de que, en toda práctica, la razón necesita de un objeto dado de manera sensible, nunca se podrá eximir el pensamiento sin objeto, ese vicio de la filosofía especulativa que pretende engendrar conocimientos sin unirse a un objeto sensible. Nuestros sabios nos proporcionan la perfecta explicación de ellos desde el momento en que pasan de sus objetos palpables a los objetos abstractos. La querella relativa a las cuestiones de la prudencia, la moralidad, la disputa sobre la prudencia, el bien, el derecho, el mal, muestran que aquí se llega a la frontera de la unanimidad científica. En la vida social, los sabios más rigurosos abandonan cotidianamente su método inductivo para refugiarse en la especulación filosófica.

De igual manera que en física se cree en verdades físicas no sensibles, en ‘‘cosas en sí", así aquí se cree en lo razonable, en lo prudente, en el derecho, en el mal “en sí", en relaciones vitales absolutas, es decir, en condiciones incondicionadas. Por lo tanto, aquí se trata de utilizar el resultado adquirido, la critica de la razón pura. Dado que reconocemos en la conciencia, en el ser del saber, en la actividad espiritual (según su forma general), el desarrollo de lo general a partir de lo particular, decir que la razón desarrolla sus conocimientos a partir de oposiciones, es parafrasear. Conocer bajo fenómenos dados de volumen y de duración distintos el ser en la apariencia y la apariencia en el ser: distinguir entre necesidades de urgencia diversa lo esencial, lo necesario, gracias a lo que es menos urgente, e inversamente lo inesencial por medio de lo necesario; medir en el interior de magnitudes diversas lo grande en lo pequeño y lo pequeño en lo grande, en pocas palabras, medir las oposiciones del mundo, unirlos por el análisis, tal es la esencia del espíritu. El uso de la lengua instintivamente da a la medida también la apelación de conocimiento. Para medir, es preciso un patrón dado así como no somos capaces de conocer objetos que sean “en sí" grandes o pequeños, duros o blandos, claros u oscuros, así como es verdad que esos predicados designan relaciones, así como necesariamente presuponen un patrón que funda la eventual determinación, de igual manera necesariamente la razón tiene necesidad de un patrón para descubrir lo racional. Cuando consideramos irracionales las acciones, las instituciones, los conceptos, las máximas pertenecientes a otras épocas, a otros pueblos o a otras personas, eso se debe simplemente a que se utiliza un mal patrón, porque no se tiene en cuenta presuposiciones y relaciones que fundan la diferencia entre nuestra racionalidad y la que nos es extraña. Donde los hombres se separan en sus apreciaciones intelectuales y en sus conocimientos, son unos en relación a los otros como en los termómetros de Reaumur y de Celsius, uno indicando el punto de ebullición por 80 y el otro por 100. Un patrón diferente, tal es la causa de un resultado diferente. En el terreno de lo que se llama moral falta esa unanimidad científica de la cual nos regocijamos en materia de física, porque allí falta el patrón de la unanimidad sobre el cual desde hace mucho tiempo se ha puesto de acuerdo la ciencia de la naturaleza. Se quiere conocer lo que es racional, bueno, derecho, etc., sin la experiencia, sin el auxiliar de la empiria, de manera especulativa. Lo que quiere la especulación es la causa de todas las causas, la causa que no se mide, la verdad “en sí", la verdad sin medida ni presuposición; lo que es bueno o racional sin medida, el carácter de lo sin medida, tal es el principio de la especulación; por lo tanto, una incoherencia sin límites, es decir, una discordia. constituye la práctica. Cuando los sectarios de alguna religión positiva están de acuerdo sobre el punto de su moral, lo deben al patrón positivo que los dogmas, las doctrinas y los mandamientos proporcionan a su razón. Si por otra parte queremos conocer a partir de la razón pura, los conocimientos impuros, es decir individuales, mostraran entonces su dependencia en relación a algún patrón.

De manera general, la realidad sensible es medida de la verdad o de la ciencia. Los fenómenos exteriores constituyen la medida de las verdades físicas, siendo el hombre de las necesidades medida de las verdades morales. Su manera de comportarse es dada al hombre por sus necesidades. La sed enseña a beber, la necesidad a rogar. La necesidad lleva una vida de meridional en el sur, de nórdico en el norte, domina el espacio y el tiempo, los pueblos y los individuos, ordena al salvaje la caza, al goloso la comilona. La necesidad humana da a la razón el instrumento que le permite medir el bien, el derecho, el mal, lo racional. Lo que responde a nuestra necesidad es bueno, lo que la contradice es malo. El sentimiento corporal del hombre, tal es el objeto de la determinación moral, el objeto de la “ razón practica". Sobre la diversidad contradictoria de las necesidades humanas se funda la diversidad contradictoria de las determinaciones morales. En virtud de que el maestro de gremio feudal prospera en la competencia limitada y el caballero de industria moderna en la libre competencia, en virtud de que sus intereses son contradictorios, sus concepciones son contradictorias y uno con justicia considera racional la institución que para el otro es irracional. Cuando la razón de una persona trata de determinar absolutamente lo racional sacándolo puramente de si misma, no puede hacer otra cosa que erigir su persona como medida de la humanidad en general. Cuando se atribuye a la razón la facultad de poseer en si misma la fuente de la verdad moral, se cae en el error de la especulación: querer producir conocimientos prescindiendo de la realidad sensible, prescindiendo del objeto. De este mismo error procede la concepción que pone a la razón en tanto que autoridad por encima, del hombre y requiere que el hombre se someta a las exigencias de la razón. Hace del hombre un atributo de la razón mientras que de hecho la razón es a la inversa un atributo del hombre. La cuestión de saber si el hombre depende de la razón o si la razón depende del hombre se parece a la pregunta: existe el ciudadano por el Estado o el Estado por el ciudadano. Si en muy última instancia el ciudadano tiene la primacía, el Estado se modifica según la necesidad del ciudadano. Pero desde que los intereses dominantes por excelencia han llegado a la autoridad estatal, entonces con seguridad, a la inversa, el ciudadano se vuelve dependiente del Estado. En otras palabras: el hombre se deja dominar en lo accesorio por lo principal. Sacrifica a lo Grande, al Todo, a lo General, lo pequeño, lo particular, lo que tiene menos importancia. Subordina el placer de la lujuria a la necesidad esencial. No es la razón y ella sola sino la razón de un cuerpo deteriorado o de una bolsa limitada la que aprende a renunciar a los goces del libertinaje para el mayor beneficia de la salud general. Las necesidades sensibles son el material a partir del cual la razón fabrica las verdades morales. Entre las necesidades dadas de manera sensible, de urgencia y amplitud distintas, distinguir lo esencial, lo verdadero de lo individual, desarrollar lo general, tal es la tarea de la razón.

La diferencia entre lo que aparece como racional y lo que lo es verdaderamente se reduce a la distinción de lo particular y de lo general. Se recuerda que para existir, para producir efectos, en general para poder conocer, la razón presupone la realidad sensible, tiene necesidad de un objeto dado que deba conocerse. El ser es la condición o la presuposición de todo conocimiento. De igual manera que la tarea de la física consiste en conocer el ser verdadero, así la tarea de la sabiduría consiste en conocer el ser racional. De manera general, la razón tiene que conocer lo que es, en tanto que física lo que es verdadero, en tanto que sabiduría lo que es racional. De igual manera que general es la traducción de verdadero, así finalizado es la de racional, de tal suerte que verdaderamente finalizado significa generalmente finalizado. Lo vimos precedentemente, un fenómeno de la realidad sensible no es denominado verdadero “ en sí”, sino solo relativamente verdadero, solo verdadero o general en relación a otros fenómenos de menor generalidad. De igual manera también en la vida humana, una manera de comportarse no puede ser racional o finalizada “en sí”; solo puede llamarse finalizada en relación a otra manera de comportarse que persigue el mismo fin de una manera menos finalizada, es decir, no finalizada. De igual manera que lo verdadero, lo general, sobreentienden la relación con un objeto particular, con un quantum dado de fenómenos, de limites determinados en el interior de los cuales es verdadero o general, así lo racional o lo finalizado presuponen que sean dadas relaciones en el interior de las cuales pueda ser racional o finalizado. La palabra es explicita: el fin es la medida de lo finalizado. Solo fundándose en un fin dado se puede determinar lo finalizado. Una vez dado el fin, la manera de comportarse que lo realiza con la mayor extensión, expansión y generalidad, se llama racional, volviéndose irracional en relación a ella cualquier otra manera menos finalizada. Si nos apoyamos en la ley (desarrollada durante el análisis de la razón pura) según la cual todo conocimiento, todo pensamiento corresponden a un objeto sensible, entonces es manifiesto que todo lo que nuestra facultad de distinguir distingue es un quantum, por lo tanto, que todas las distinciones solo son cuantitativas y no absolutas, solo son de grado y no de esencia. De igual manera la distinción entre la sin razón, y la razón, es decir, entre lo que es momentánea o individualmente racional y lo que es absolutamente racional, es, como toda distinción, absolutamente cuantitativa, de tal suerte que al fin de cuentas toda irracionalidad es condicionalmente racional y que solo lo incondicionalmente racional es irracional. Si comprendemos que el conocimiento en general necesita un objeto exterior, una medida exterior, entonces renunciaremos a querer conocer lo racional sin medida o lo racional absoluto. Necesariamente deberemos limitarnos, como en todas partes, a buscar también lo racional en lo particular. De la formulación determinada de la tarea, de la relimitación precisa del quantum sensible que es preciso conocer, dependen la precisión, la seguridad, la unanimidad del resultado del conocimiento. Si el momento, la persona, la clase, el pueblo son dados y por lo mismo, al mismo tiempo, la necesidad esencial, el fin dominante, general, entonces lo que es racional o finalizado ya no puede ser dudoso. Ciertamente podemos conocer racionalidades total y universalmente humanas pero bajo la presuposición de que también es la humanidad universal y no una parte particular la que nos sirve de patrón. La ciencia puede conocer no solo la estructura corporal de un individuo particular, sino también el tipo universal del cuerpo humano, pero eso también con la sola condición de que someta a la facultad de conocer un material no individual, sino universal. Cuando la ciencia de la naturaleza divide el conjunto de la humanidad en cuatro o cinco razas, estableciendo por así decirlo, la ley fisiognomonía que la rige, y cuando ulteriormente en la realidad encuentra personas o tribus que en virtud de la rareza de sus propiedades no se dejan clasificar en ninguna fracción determinada, entonces la existencia de esa excepción no constituye un delito contra el orden físico del mundo, sino simplemente una prueba de lo defectuoso de nuestra clasificación científica. Cuando por el contrario la concepción dominante califica como generalmente racional o irracional una manera de actuar, y cuando luego en la vida tropieza con una contradicción, cree poder ahorrarse el trabajo del conocimiento negando derecho de ciudadanía en el orden moral del mundo a su contradictor. En vez de que la existencia de instancias contradictorias lleve a la convicción de que la regla solo tiene un valor limitado, se concede a la regla una barata validez absoluta sin tener en cuenta la contradicción. Se trata allí de una negativa dogmática, de una práctica negativa, que ignora el objeto como incongruente, y no de un conocimiento positivo, de un saber inteligente, que se documenta precisamente por la mediación de las contradicciones. Por eso, si nuestra tarea exige el descubrimiento de lo racional humano entendido absolutamente, entonces tal predicado solo es merecido por maneras de actuar que convienen siempre y bajo todas las relaciones a todos tos hombres sin excepción, partiendo de generalidades sin contradicción, y en esa medida vagas, indeterminadas.

Que físicamente el todo sea mayor que la parte, que moralmente el bien deba ser preferido al mal; son tales conocimientos generales, y por esa razón intrascendentes y desprovistos de practica. El objeto de la razón es lo general, pero lo general de un objeto particular. En su practica, la razón tiene que ver con lo individual, lo particular, con lo contrario de lo general, con conocimientos determinados, particulares. En física, el conocimiento de lo que es todo y de lo que es parte supone fenómenos u objetos dados. El descubrimiento de lo que moralmente constituye el bien preferible y de lo que es mal presupone un quantum determinado, dado y especial de necesidades humanas. La razón general, con su teoría de verdades eternas y generales es una quimera, ignorancia que cine al derecho de individualidad con lazos desastrosos. La razón real, la razón verdadera es individuad, solo puede producir conocimientos individuales, que solo son generales en la medida en que poseen como soporte un material general. Racional en general solo es lo que toda razón reconoce. Guando la razón de una época de una clase, de una persona, califica de racional lo que en otra parte se reconoce por lo contrario, cuando el noble ruso llama institución racional a la servidumbre, y cuando el burgués ingles hace otro tanto en lo que concierne a la libertad de su obrero, ninguno de los dos es absolutamente racional, cada uno es solo relativamente, en el interior de sus círculos más o menos limitados. Sería superfluo asegurar que con ello no se contradice la importancia superior de nuestra razón. Si la razón no puede de manera absoluta y autónoma descubrir también los objetos de la investigación especulativa, los objetos del mundo moral, lo verdadero, lo bello, el derecho, lo malo, lo racional, sabrá sin embargo, ayudándose de relaciones dadas de manera sensible, distinguir de manera relativa lo general de lo particular, el ser y la apariencia, lo indispensable de lo que solo es lujo. Incluso si nos desprendemos de la creencia en lo racional en sí, y si luego no somos pacifistas absolutos, podemos sin embargo, calificar la guerra relativamente a los intereses pacíficos de nuestra época o de nuestra ciudad, con el nombre de mal desastroso. Solo si interrumpimos la vana búsqueda de la verdad en general podremos encontrar lo que es espacial y temporalmente verdadero. La palanca más poderosa del progreso es precisamente la conciencia de la validez solo relativa de nuestro conocimiento. Quienes creen en la verdad absoluta poseen en su pensamiento el esquema monótono de hombres respetables y de instituciones racionales. Por eso son rebeldes a todas las formas humanas e históricas que no se pliegan a su norma, aunque de todas maneras, la realidad las produce sin preocuparse de lo que ellos puedan pensar. La verdad absoluta, tal es el fundamento primordial de la intolerancia. A la inversa, la tolerancia tiene como origen la conciencia de la validez limitada de las “verdades eternas” Comprender la razón pura, es decir, entender la dependencia general del espíritu, tal es la verdadera vía que Conduce a la razón practica.

2. Lo que es moralmente recto

Nuestro trabajo se limita esencialmente a demostrar que una razón pura es un sinsentido, que la razón es totalización de los diversos actos de conocimiento individuales, pues totaliza conocimientos simplemente presumidos como puros, es decir generales, pero de hecho y necesariamente, simplemente prácticos, es decir particulares. Consideraremos la filosofía, esa pretendida ciencia de los conocimientos puros o absolutos. Su fin se revela vano en la medida en que el desarrollo filosófico no es sino un acto ininterrumpido de desilusión en el cual los sistemas incondicionados o absolutos se revelan condicionados espacial y temporalmente. Nuestra exposición ha mostrado la significación relativa de las verdades eternas. Hemos reconocido la dependencia de la razón en relación a la realidad sensible, hemos reconocido fronteras determinadas como la condición necesaria de toda verdad. Refiriéndonos especialmente a la sabiduría, hemos visto adquisiciones científicas de la facultad “pura” de conocer confirmadas prácticamente por la dependencia de lo que es prudente o racional en relación a relaciones dadas de manera sensible. Si además aplicamos esta teoría en el caso de la moral entendida en sentido estricto, entonces también aquí, donde el derecho y el mal son objeto de discusión, se debe necesariamente poder alcanzar la unanimidad científica por el método científico..

 La moral pagana es diferente de la moral cristiana. La moral feudal se distingue de la moral burguesa moderna como la valentía de la solvencia. En pocas palabras, no hay ninguna necesidad de desarrollar en detalle el hecho de que las épocas y pueblos diferentes tienen inmorales diferentes. Conviene Concebir ese cambio como necesario; como un privilegio del genero humano en tanto que desarrollo histórico; conviene en consecuencia cambiar la creencia en la ‘‘verdad eterna” por medio de la cual cada vez la clase dominante hace pasar sus mandamientos egoístas, contra el saber del hecho que el derecho en general es un concepto puro, que gracias a nuestra facultad de pensar sacamos diferentes derechos particulares. El derecho en general no tiene ni más ni menos significación que cualquier otro nombre genérico, por ejemplo, la cabeza en general. Toda cabeza real es particular. La cabeza de hombre o cabezal de animal ancha o alargada, estrecha o gruesa, es decir, propia a un ser dado. Pero, sin embargo, toda cabeza particular posee de nuevo propiedades generales que se armonizan para pertenecer a todas las cabezas, como por ejemplo, la de ser el jefe del cuerpo. Si, toda cabeza tiene tantas propiedades comunes como particulares, no posee más propiedades especificas que cualidades comunes. La facultad de pensar toma lo general de las cabezas individuales reales y así realiza para su uso el concepto de cabeza, es decir, la cabeza en general. De igual manera que la cabeza en general significa lo que es común a todas las cabezas, así el derecho en general tiene la significación de lo que es común a todos los derechos. Uno y otro son conceptos, no cosas. Todo derecho real es un derecho particular que solo es derecho con la reserva de ciertas condiciones, para ciertas épocas, para tal o cual pueblo. “No mataras”, constituye un derecho en tiempos de paz, pero no durante la guerra; es un derecho para la mayoría de la sociedad que quiere ver los caprichos de la pasión sacrificados a sus necesidades dominantes, pero no para el salvaje que no ha llegado al punto de estimar una vida social pacifica, y que por esta razón siente el mencionado derecho como un limite injusto de su libertad. Cuando se ama la vida, el asesinato constituye una ignominiosa abominación; cuando alguién se venga, es un precioso reconfortante. así, el robo es justo para el ladrón injusto para el robado. En consecuencia, no se puede hablar de injusticia en general sino en un sentido relativo. La acción solo es injusta de manera general en tanto que es mal vista de manera general. Es injusta para la gran mayoría porque nuestra generación encuentra más interés en el comercio burgués que en el bandidismo del camino real. Si una ley, una doctrina, una acción quisieran ser absolutamente justas, justas en general, deberían corresponder al bien de todos los hombres en todas las situaciones. Sin embargo, ese bien es tan variado como los hombres, las circunstancias y el tiempo. Lo que es bueno para mi es malo para otro, lo que es por regla general beneficioso es excepcionalmente dañino; lo que es útil en una época es un obstáculo en otra. La ley que pretendiera ser derecho en general no debería ir nunca en contra de nadie. Ninguna moral, ningún deber, ningún imperativo categórico, ninguna idea del bien, puede enseñar al hombre el bien, el mal, lo justo, lo injusto. Es bien lo que responde a nuestra necesidad, mal lo que la contradice. Pero que es lo que puede ser bueno en  general: todo y nada. Ni la madera rectilínea ni la madera curvada son buenas. Ni una ni otra lo son, cada una de ellas lo es desde el momento en que tengo necesidad de ellas. Y tenemos necesidad de todo, a todas las cosas les encontramos su lado bueno. No estamos limitados a esto o aquello, Somos ilimitados, universales, y tenemos necesidad de todo. Por eso nuestro intereses son innumerables, inexpresables, por eso toda ley es insatisfactoria, pues siempre solo tiene a la vista un bien particular, un interés individual, por eso ningún derecho es justo, o bien todos los derechos lo son: debes matar y no debes matar. La distinción entre las necesidades que son buenas, las que son dañinas, las que son justas y las que son malas, como la distinción entre verdad y error, razón y sinrazón, encuentra su solución en la distinción de lo general y de lo particular. Partiendo de si misma, la razón no puede descubrir derechos positivos, máximos absolutamente morales, más que cualquier otra verdad especulativa. Solo cuando un material sensible le es dado será capaz de medir lo general y lo particular, según la cantidad, y lo esencial y lo inesencial según el grado. De igual manera que el conocimiento en general, el conocimiento de lo que es derecho o moral quiere lo general. Pero lo general solo es posible en el interior de limites determinados, en tanto que constituye lo general de un objeto sensible particular dado. Se olvida esta limitación necesaria cuando se erige a cualquier máxima, ley o derecho, en derecho "en sí", en derecho absoluto o derecho en general.

El derecho en general es en primer lugar un concepto vació que solo adquiere un vago contenido cuando es comprendido como derecho del hombre en general. Sin embargo, la moral, la determinación del derecho, tiene un fin práctico. Consideremos que el derecho moral es el derecho humano de manera general, el derecho sin contradicciones: entonces faltará necesariamente el fin práctico. Una acción, una manera de actuar que es generalmente justa, es decir, que lo es en todas partes, se recomienda por si misma, y por esta razón no tiene ninguna necesidad de prescripción legal. Solo la ley determinada, la ley adaptada a personas, clases, pueblos, épocas, circunstancias determinadas, posee un valor práctico; y este ultimo es tanto más práctico cuanto más limitado, determinado, preciso, menos general. Desde el punto de vista de la cualidad que le es propia, el derecho o la necesidad que es lo más general o que tiene la mayor extensión no es superior en justicia, en bien o en valor, al más pequeño derecho de un instante, a la necesidad momentánea de una persona. Aunque sepamos que la dimensión del sol es de cien o de mil leguas, tenemos la libertad de verlo grande como un plato. Asimismo, aunque reconozcamos teóricamente o en general el carácter bueno y sagrado de un mandamiento de la moral, en la práctica somos libres momentáneamente, por lugares, individualmente, de rechazarlo como malo e inútil. El derecho más venerable, el más sagrado, el más general, también solo tiene valor en el interior de limites determinados, así como en el interior de limites determinados lo que contradice de la manera más burda al derecho adquiere valor de derecho. Sin duda existe una eterna distinción entre los verdaderos intereses y los pseudo intereses, entre razón y pasión, entre las necesidades e inclinaciones esenciales, dominantes, generales, objetos de un reconocimiento obligatorio por una parte, y por otra los apetitos contingentes, subordinados, particulares. Pero esta distinción no funda dos mundos separados: un mundo del bien y otro mundo, el del mal. La distinción no es positiva, general, constante, absoluta; solo tiene un valor relativo. A semejanza de la distinción entre lo bello y lo feo, se reglamenta sobre la individualidad de quien la efectúa entonces. Lo que aquí constituye una necesidad verdadera, imperativa, allá será una inclinación secundaria, subordinada, condenable. La moral es la suma de las más diferentes leyes morales que se contradicen y que tienen como fin común reglamentar las maneras de actuar del hombre en relación a sí mismo y a los demás, de manera que, en el presente, se considera también el futuro, que al pensar en uno no se ignora el otro, y que en la consideración del individuo se considera también el género. Cada uno de los hombres se encuentra defectuoso, insuficiente, limitado. Para completarse, tiene necesidad de la sociedad, y para vivir debe dejar vivir a los demás. Las consideraciones para los otros, que tienen su fuente en esta indigencia mutua, constituyen lo que se llama con una palabra; moral.

La insuficiencia del individuo, la necesidad de confraternidad es el fundamento o la causa del tomar en consideración al prójimo, de la moral. Necesariamente el soporte de esa necesidad, el hombre, es siempre individual; de la misma manera, necesariamente la necesidad es una necesidad individual a veces más intensa, a veces menos. Las consideraciones exigibles son tan necesariamente diversas como lo es nuestro prójimo. A l hombre concreto, moral concreta. La humanidad general es tan abstracta y desprovista de contenido como lo es la moralidad general, siendo las leyes éticas que se trata de deducir de esa vaga idea, igualmente desprovistas de posibilidades de éxito práctico. El hombre es una personalidad viva que tiene su salvación y su fin en si misma, y posee como mediador entre ella y el mundo, la necesidad, el interés, la duración y la extensión de su obediencia a toda ley sin excepción, siendo función de la subordinación de esta última a ese interés. El deber y la obligación moral de un individuo nunca van más allá de su interés. Pero lo que va más allá es el poder material que ejerce lo general sobre lo particular. Si asignamos a la razón por tarea el descubrimiento de lo que es moralmente recto, entonces puede ser alcanzado un resultado científico unánime, a condición de que de antemano estemos de acuerdo sobre las personas, las relaciones y los limites en el interior de los cuales lo que es generalmente recto estaría por determinar, por lo tanto, no buscando a título de presuposiciones determinadas derechos en sí, sino derechos determinados, precisando la tarea. La contradicción en la determinación de la moral, el desacuerdo en la solución reposan en la mala comprensión de esa tarea. Buscar el derecho estando desprovisto de un quantum determinado de realidad sensible o de un material delimitado, es lo que constituye una acción de la especulación, que cree poder en cualquier circunstancia realizar sus investigaciones concernientes a la naturaleza prescindiendo de los sentidos. En ese deseo de alcanzar una determinación positiva de la moral a partir de actos puros del conocimiento, o simplemente partiendo de la razón, se manifiesta la creencia de los filósofos en los conocimientos a priori. "Es verdad" —dice Macaulay en su Historia de Inglaterra, donde habla de la rebelión contra el cruel e ilegal gobierno de Jacobo II—, es imposible determinar con precisión la frontera que separa una insurrección justa de la que no lo es. Esta imposibilidad tiene su origen en la naturaleza de la distinción entre justo e injusto, y se encuentra en todas partes de la ética. N o se puede distinguir la buena acción de la mala con tanta precisión como en el caso del circulo y del cuadrado. Hay una frontera donde vicio y virtud se confunden. Quién seria capaz de marcar con precisión la diferencia entre valor y temeridad, prudencia y cobardía, generosidad y prodigalidad. Quién será capaz de determinar hasta que punto la gracia puede ser extendida al crimen, así como el momento en que deja de merecer el nombre de gracia para volverse una peligrosa debilidad. La imposibilidad de una determinación precisa de esa frontera tiene por causa, no como piensa Macaulay la naturaleza de la distinción entre lo justo y lo injusto, sino la prevención de una concepción que cree en un derecho sin límites, en virtudes y vicios positivos, que no se ha elevado al punto de ver que bueno y valiente, justo y malo, siempre tienen valor solo considerando la relación del sujeto que juzga, y no del objeto en sí. Para quien es prudente el valor es temeridad, como la prudencia es cobardía para quien es valiente. La insurrección contra un gobierno siempre es justa solo para el rebelde, y para quien sufre la agresión siempre es injusta; ninguna acción puede ser justa y solo eso, no puede ser absolutamente justa o injusta. Las mismas cualidades humanas son según la necesidad y el empleo, el tiempo y el lugar, a veces buenas, a veces malas. aquí tienen valor el rodeo, la astucia, la malicia, allá la confianza, la rectitud, la sinceridad. aquí la piedad y la dulzura llevan a la meta y a la prosperidad, allá un rigor brutal y sangriento.

La cantidad, lo que hay de más o menos saludable en una cualidad humana, eso es lo que determina la diferencia entre vicio y virtud. Solo en la medida en que la razón es capaz de medir lo que hay de cuantitativamente justo en una cualidad, un precepto o una acción, sabe separar lo justo de lo injusto, el vicio de la virtud. ningún imperativo categórico, ningún deber ético funda el derecho practico real, y a la inversa, la ética encuentra su fundamento en lo que es justo realmente y de manera sensible. Para la razón en general, la franqueza no es una cualidad del carácter mejor que la malicia. Solo en la medida en que la franqueza triunfa cuantitativamente, es decir, más a menudo, más frecuentemente, de una manera más general, mejor, ella es preferible. Con ello se hace claro que una ciencia del derecho no puede servir de hilo conductor a la práctica sino en la medida en que, por otra parte, la práctica ha servido como presuposición para la ciencia. La ciencia solo puede instruir a la práctica en la medida en que previamente ha sido instruida por la práctica y no más allá. La razón no puede determinar de antemano la manera de actuar del hombre, porque solo puede experimentar la realidad, y de ninguna manera anticiparla, porque todo hombre, toda situación, son nuevos, originales, originarios, irreductibles al pasado, porque la posibilidad de la razón se limita al juicio a posteriori.

El derecho en general o el derecho en sí es un derecho en el aire, un voto de la especulación. E l derecho científicamente general tiene necesidad de presuposiciones dadas, sensibles, que fundan la determinación de lo general. La ciencia no es una seguridad dogmática que podría entonces declarar: tal o cual cosa es justa porque es conocida como justa. Para conocer, la ciencia necesita un fundamento exterior. Solo puede conocer el derecho en tanto que es derecho. Ser, tal es el material, la presuposición, la condición, el fundamento de la ciencia. De lo que hemos dicho surge la exigencia de sustituir la investigación especulativa o filosófica de la moral por una investigación inductiva o científica. Solo podemos desear conocer un derecho general de manera absoluta, sino solo de manera relativa. No podemos determinar como la tarea moral de la razón más que a derechos que reposen sobre presuposiciones determinadas anteriormente. así, la creencia en un orden moral del mundo se disuelve en la conciencia de la libertad humana. El conocimiento de la razón, del saber o de la ciencia incluye el conocimiento de la validez limitada de las máximas éticas. Lo que dejaba en el hombre la impresión de lo saludable, de lo valido, de lo divino, el lo exponía en el tabernáculo de la fe como el bien supremo. Eso es lo que hizo el egipcio con el gato, el cristiano con la solicitud paterna. así, cuando en el comienzo su necesidad lo condujo al orden y a la disciplina, el entusiasmo suscitado por los beneficios de la ley lo llevaron a una opinión tan elevada de la nobleza del origen de esa ley, que tomo una obra que el mismo había fabricado por un don de los dioses. La invención de la ratonera o de otras innovaciones beneficiosas expulsaron al gato de su sublime situación. Donde el hombre es su propio amo, donde es su propia protección, donde es su propia providencia, cualquier otra providencia se vuelve inútil, siendo pesada cualquier tutela superior cuando se es mayor. !El hombre es un hombre celoso! Sin ninguna consideración, subordina todas las cosas a sus intereses: a Dios y a los mandamientos, por los fieles servicios que ha prestado, un mandamiento puede haber adquirido una autoridad tan antigua y poderosa como se quiera; sin embargo, las necesidades, nuevas y contradictorias, degradan las instrucciones divinas al rango de preceptos humanos, y hacen de un antiguo derecho una fresca injusticia. La intimidación por el castigo ejemplar (ojo por ojo, diente por diente) había sido honrada y consagrada por los hebreos como la protección por excelencia de la vida moral, pero el cristiano le negó el respeto de una manera completamente frívola. había aprendido esa bendición que es el espíritu de paz, aportaba a Tierra Santa sumisión y resignación, repobló el tabernáculo vacío pretendiendo con dulzura que aun hay que poner la mejilla izquierda cuando la derecha ha sido abofeteada. Y en nuestra época, cristiana de nombre pero de hecho profundamente anticristiana, hace mucho tiempo que la paciencia antes reverenciada se ha vuelto extraña a la practica. Toda época tiene su derecho particular con el mismo titulo que toda creencia su Dios particular. Hasta cierto punto, la religión y la moral permanecen de acuerdo para respetar lo que hace su santidad; pero esos señores se vuelven arrogantes, porque pretenden ser más de lo que son, porque quieren imponer en adelante a lo que es divino y justo, provisionalmente y bajo ciertas circunstancias, una extensión a todas las relaciones, con la idea de que se trata de algo insuperable, absoluto, permanente, porque, en posesión del remedio que los cura de su enfermedad individual, se hacen los charlatanes de una panacea, olvidando en su fatuidad de donde proviene esa panacea.

En el origen, una necesidad individual es la que dicta la ley, y luego se pretende que el hombre de mil y una necesidades baile en la cuerda floja de la regla. En el origen es derecho solo lo que es efectivamente bueno, luego se pretende que lo que es condenado como siendo derecho sea efectivamente bueno. He ahí precisamente lo intolerable: no basta a la ley establecida ser justa para esa época, para ese pueblo o para ese país, para esa clase o esa casta; quiere dominar el mundo entero, quiere ser el derecho en general, a semejanza de una pastilla que se pretendiera medicamento en general, buena para todo, buena tanto para la diarrea como para la constipación. Rechazar esas usurpaciones presuntuosas, desplumar al arrendajo que se adorna con las pluma del pavo real, tal es la tarea del progreso que lleva al hombre más allá de los limites lícitos ampliando su mundo y reconquistando para sus intereses oprimidos una libertad de la que se le privaba. La emigración de Palestina a Europa, donde el prohibido goce de la carne de puerco ya no tiene como consecuencia nefasta la sarna y la tiña, liberó nuestra libertad natural de una limitación antes divina y en adelante absurda. Sin embargo, el progreso no arranca sus galones a un Dios o a un derecho para decorar con ellos a otros: se trataría de cambio y no de adquisición. La evolución no niega la permanencia a los santos de la tradición; se contenta con llevarlos del suelo usurpado de lo general a su recinto particular, vacía la bañera con todo. No por haber perdido su carácter sagrado dejando de ser Dios, el gato ha dejado de atrapar ratones, y aunque desde hace mucho tiempo ya no se oiga hablar de los mandamientos judíos que ordenan las purificaciones en momentos determinados, siempre se tiene por la limpieza la consideración que le es debida.

Solo a una gestión económica de las antiguas adquisiciones debemos la riqueza presente de la civilización. La evolución es tan conservadora como revolucionaria, y en toda ley encuentra tanta justicia como injusticia. Es verdad que quienes creen en el deber sienten una diferencia entre lo que es moralmente recto y lo que lo es legalmente; sin embargo, su perplejidad interesada no les permite ver que todo ley es originalmente moral y que toda moral determinada cae en el curso de la evolución al rango de simple ley. Su comprensión alcanza otras épocas y otras clases, pero no las suyas. En las leyes de chinos y lapones, se reconoce las necesidades chinas y laponas. !Pero que mayor sublimidad en el reglamento de la vida burguesa! Nuestras instituciones y nuestros conceptos morales actuales son o bien verdades eternas de la razón y de la naturaleza o bien los oráculos permanentes de una conciencia pura. Como si el bárbaro no tuviera una razón bárbara, el hebreo una conciencia hebraica, el turco una conciencia turca; !como si el hombre pudiera dirigirse según su conciencia y no, a la inversa, la conciencia reglamentarse sobre el hombre!

Quien limita el destino del hombre al amor y al servicio de Dios con vistas a una ulterior felicidad eterna, puede reconocer con fe una autoridad en las prescripciones tradicionales de su moral, y en consecuencia vivir según su fe. Quien por el contrario tiene por meta el desarrollo, la cultura, el bienestar terrestre del hombre, no encontrará de ninguna manera ocioso plantear la cuestión de los títulos de esa superioridad. La conciencia de la libertad individual, frente a toda regla, produce en primer lugar la audacia necesaria para un progreso resuelto, nos libera del esfuerzo hacia un ideal ilusorio, un mundo, el mejor de los mundos, y nos entrega a los intereses prácticos determinados de nuestro tiempo o a la individualidad. Pero al mismo tiempo, nos reconcilia con el mundo existente en la realidad, en el cual ya no vemos una realización fracasada de lo que debe ser, sino el orden de lo que puede ser. El mundo siempre es justo. Lo que existe debe existir y de ninguna manera debe ser diferente antes de volverse diferente. Donde la realidad es el poder, sucede lo mismo per se con el derecho, es decir, con la formulación del derecho. En realidad no queda a la impotencia otro derecho que el de adquirir en primer lugar un poder superior, con el fin de adquirir luego para sus necesidades la autoridad que se le había negado. De igual manera que la comprensión de la historia nos hace ver las religiones, las costumbres, las instituciones y las concepciones del pasado no solo en su lado negativo, ridículo, anticuado, sino también en su aspecto positivo, racional, necesario, por ejemplo, enseñándonos a comprender la divinización de los animales como el reconocimiento entusiasta de su utilidad, así la comprensión del presente nos muestra el orden existente de las cosas no solo en su insuficiencia, sino también en tanto que conclusión racional, necesaria, de premisas antecedentes.

3. Lo santo

La teoría aquí desarrollada de la moral encuentra su formulación práctica en la proposición bien conocida: el fin justifica los medios. Se dice que se nos reprocha esta máxima utilizada de manera equivoca, tanto a nosotros como a los jesuitas. Los defensores de la Compañía de Jesús tratan de presentarla como una calumnia malintencionada. No queremos intervenir en ese debate, ni a favor ni en contra, pero queremos poner nuestra palabra al servicio de la cosa misma, fundar la tesis en su verdad y su racionalidad, tratar de rehabilitarla en la opinión pública. Para terminar con la contradicción más general, podría bastar comprender que los medios y los fines son conceptos muy relativos, y que todos los fines particulares son medios así como todos los medios son fines. No somos más capaces de hacer una distinción positiva entre medios y fin que entre grande y pequeño, justo e injusto, vicio y virtud. Considerada como totalidad, tomada por si misma, toda acción tiene su fin en si misma, y los momentos distintos en los cuales se divide incluso la más breve de las acciones son sus medios. En su comunidad con otras acciones, cada acción particular es un medio, que con sus semejantes persigue un fin general. En si, las acciones no son ni medios ni fines. Nada hay que sea en y por sí. Toda existencia es relativa. Las cosas son lo que son únicamente en y por sus relaciones. Las circunstancias cambian las cosas. En la medida en que toda acción es vecina de otras acciones, es medio, que posee su fin fuera de si misma, en la comunidad. Pero, en la medida en que toda acción esta cerrada sobre si misma, es el fin que incluye sus medios. Comemos para vivir; sin embargo, en la medida en que vivimos durante el tiempo en que comemos, vivimos para comer. Existe la misma relación entre la vida y las funciones vitales que entre el fin y sus medios. De igual manera que la vida solo es la suma de las funciones vitales así el fin es la suma de sus medios.

La distinción de medio y fin se reduce a la distinción de lo general y de lo particular, porque la misma facultad de abstracción o de distinción se reduce a la facultad de distinguir entre lo particular y lo general. Pero esta distinción presupone un material, un dato, un ciclo de fenómenos sensibles, algo por medio de lo cual manifestar su actividad. Cuando ese ciclo es dado sobre el terreno de las acciones o de las funciones, en otras palabras, cuando un numero predeterminado de acciones distintas constituye el objeto, entonces llamamos fin a lo general y medio a toda parte más o menos grande del ciclo, a toda función particular. Una acción determinada cualquiera, es medio o fin. La respuesta depende del punto de vista: O bien, la consideramos como un todo en relación a sus propios momentos cuyo conjunto la constituye; O bien, la consideramos como parte en relación a la comunidad que mantiene con otras maneras de actuar.

En general, desde un punto de vista que engloba todas las acciones humanas que tienen por objeto la totalidad de las acciones humanas, solo existe un fin: la salvación humana. Esa salvación es el fin de los fines, el fin en ultima instancia, el fin especifico, verdadero, general, frente al cual todos los demás fines solo son medios. Ahora, cuando afirmamos que el fin justifica los medios, eso no puede tener valor incondicionado más que si se trata de un fin incondicionado. Ahora bien, todos los fines particulares son limitados, condicionados. El único fin absoluto incondicionado es la salvación de los hombres, un fin que justifica todas las prescripciones y acciones, todos los medios, desde que le están sometidos, pero que los difama desde que abandonados a si mismos ya no le sirven.

La salvación es tanto verbal como efectivamente origen y fundamento de lo que es santo. Santo es en todas partes lo salvable. En este caso, no hay que desconocer y hacer abstracción de la salvación en general, esa salvación que justifica todos los medios, cuyo contenido real es tan diverso como las épocas, los pueblos o las personas que están en búsqueda de su salud. No se debe desconocer que la determinación de lo que es santo o saludable es inseparable de una situación determinada, que ninguna acción, ningún medio se vuelven santos en sí, sino solo en función de relaciones dadas. No es el fin en general, sino el que es santo, el que justifica los medios consagrándolos. Pero como todo fin real o particular no es santo sino relativamente, solo puede consagrar y justificar sus medios de una manera relativa. Los argumentos que se invocan contra nuestra máxima no son tanto dirigidos contra ella sino contra un falso uso que de ella se hace. Se rehúsa aprobarla, no se concede a los fines pretendidamente sanos sino medios limitados porque en el segundo plano se disimula la conciencia de que esos fines solo poseen una santidad limitada. Por otra parte, al afirmar esta proposición, solo queremos decir esto: los fines y los medios diversos a los que se llama santos no lo son porque una autoridad cualquiera, alguna expresión de un escrito, de una conciencia o de una razón les confieran tal nombre. sino únicamente cuando y porque, únicamente en la medida en que corresponden al fin común de todos los fines y medios, a la salvación del hombre.

Nuestra doctrina del fin no proclama en absoluto nuestro deber de sacrificar el amor y la felicidad a la santidad de la fe, ni tampoco a la inversa la fe al amor y a la felicidad. Ella es la simple expresión del hecho siguiente: donde el fin supremo es dado por disposiciones o circunstancias sensibles, malos son todos los medios que lo contradicen, y a la inversa, los medios generalmente malos encuentran una consagración momentánea o individual por el hecho de su relación con una salvación momentánea o individual. Donde el espíritu de paz es efectivamente amado en tanto que fin saludable, la guerra constituye un medio malo. A la inversa, donde el hombre busca su salvación en la guerra, matar e incendiar constituyen un medio sagrado. En otras palabras, para determinar en ultima instancia lo que es santo, nuestra razón necesita, a titulo de presuposición, relaciones o hechos dados sensibles; no puede determinar lo que es santo en general, a priori filosóficamente, sino solo en particular, a posteriori, empíricamente.

 Saber que la salvación del hombre es el fin de los fines, lo que santifica todos los medios, independientemente de toda determinación particular o idea personal de esa salvación, reconocer su variedad de hecho es al mismo tiempo comprender que en cualquier circunstancia los medios solo son santos según la santidad del fin. ningún medio, ninguna acción es positivamente santa o saludable según las circunstancias o según la relación, un mismo medio es a veces bueno, a veces malo. Una cosa solo es buena donde lo que resulta de ella es bueno, únicamente porque el bien es su resultado, su fin. La mentira y el engaño son malos únicamente porque sus consecuencias porque no queremos que se nos mienta y que se nos engañe. Por el contrario, donde se trata de un fin sagrado, la maniobra destinada a producir el cambio por medio de la astucia y del engaño se llama astucia de guerra. No tenemos la intención de discutir más con quien en la firmeza de su fe aprueba la castidad porque Dios hizo de ella un mandamiento; al contrario, quien honra la virtud por si misma y aborrece el vicio por si mismo, es decir, en razón de sus consecuencias, concede que sacrifica el deseo de la carne a ese fin; la salvación; en otras palabras, que en principio es el fin el que consagra los medios.

Para la concepción cristiana del mundo, los mandamientos que prescriben esta relación son incondicional y absolutamente buenos, buenos para el tiempo y la eternidad, buenos porque la revelación cristiana los aprueba. Ella ignora, por ejemplo, que su virtud por excelencia, la virtud específicamente cristiana de la abstinencia solo ha obtenido su valor frente a la lujuria corrompida de los paganos, ya no siendo virtud ante el gozo razonable y reflexionado. Está en posesión de medios determinados que para ella son buenos estando desprovistos de relación con su fin, así como de otros medios que son malos para ella estando sin relación con el fin. En esta medida, con razón se levanta contra la máxima en cuestión. El cristianismo moderno y el mundo contemporáneo desde hace mucho tiempo han prácticamente abolido esa creencia. Cuando habla, el mundo moderno llama alma a la imagen de Dios y al cuerpo "saco de gusanos hediondos"; pero cuando actúa, demuestra la poca seriedad que da a esa fraseología religiosa. Se preocupa poco por esa parte de si mismo que es la mejor, y dedica todos sus cuidados al cuerpo, tan denigrado. Exaltarlo, vestirlo con preciosidad, alimentarlo delicadamente, acostarlo cómodamente, a eso se dedican la ciencia, el arte, los productos del mundo entero. Al compararla con la vida eterna de arriba, se habla con desaprecio de esta vida terrestre de acá abajo; sin embargo, seis días a la semana, incansablemente, la práctica es suspendida para el gozo de aquella, mientras que no hay sino el domingo en el que se considera al cielo digno de una corta hora de atención distraída. Con la misma incoherencia atolondrada, lo que se llama el mundo cristiano se levanta también contra nuestro tema, mientras que de hecho consagra los peores medios refiriéndolos a la salvación de cada uno, tolerando a título de argumento ad hominem hasta la prostitución a costa del Estado.

Cuando las cámaras de nuestros Estados parlamentarios ejercen una represión contra los enemigos de su orden burgués, juzgándolos sumariamente y deportándolos, y cometen ese crimen contra la máxima tan alabada: "No hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti" invocando el interés publico, o cuando justifican sus leyes sobre el divorcio por el interés de los particulares, encontramos en ello un reconocimiento efectivo del hecho de que el fin justifica los medios. E incluso si los burgueses conceden al Estado derechos que se niegan a si mismos, incluso en el sentido de nuestros adversarios, solo se trata de derechos que pertenecen a sus sujetos y de los cuales se han desistido. Por supuesto, quien en el mundo burgués adopta como medio para enriquecerse la mentira y el engaño, incluso si es con el fin de repartir en otras partes los beneficios, o bien el que, a semejanza de Crispín, roba cuero para hacer zapatos para los pobres, eso de ninguna manera santifica sus medios por su fin, porque su fin no es santo, o solo lo es nominalmente, siéndolo en general, pero no en el caso invocado, en particular; pues la beneficencia solo es un fin de santidad subordinada, que frente a su fin principal, el orden burgués, solo constituye un medio, y que en la eventualidad de una oposición entre ella y esa determinación que es suya, pierde con ello el nombre de fin bueno; como hemos dicho, el fin que es santo bajo reserva de condiciones solo puede santificar sus medios bajo la reserva de las mismas condiciones.

La condición sine qua non de todos los fines buenos es su carácter saludable que, requerido de manera cristiana o pagana, de manera feudal o burguesa, exige siempre que se subordine lo inesencial y lo menos necesario a lo que se considera como esencial y necesario; por el contrario, en el caso invocado se sacrificaría la probidad y la honorabilidad, objetos de estima mayor, a la beneficencia. objeto de estima menor. “El fin justifica los medios” significa en otras palabras: tanto en economía como en ética, es preciso que la ganancia haga rentable el capital invertido. así, llamando fin bueno a la conversión del incrédulo y mal medio a las medidas policíacas para su conversión, no se descarga con ello contra la verdad de la máxima, sino contra una aplicación falsa. El medio no es santo porque el fin no es bueno, porque la conversión forzada no es un fin saludable sino que más bien tiene como fin la perdida de la salud, la hipocresía; porque esa es una conversión que no merece su nombre de conversión, o porque la violencia es un medio al cual en el presente caso no corresponde el nombre de medio. Si para nosotros una conversión forzada o de hierro a madera constituyen iguales locuras, !como osar atacar una verdad efectivamente reconocida por todos, con tales trapacerías y sofismas dialécticos!

De la misma manera, los medios, estratagemas e intrigas empleados por los jesuitas, el veneno y el asesinato son para nosotros desprovistos de santidad, únicamente porque, para nosotros, el fin perseguido por los jesuitas (por ejemplo, la extensión, el enriquecimiento y la glorificación de su orden) constituye un fin auxiliar, que puede recurrir a la inocencia de un sermón, pero no un fin, incondicionalmente santo, no un fin a cualquier precio, que nos permitiría usar medios que nos frustrarían un fin más esencial, por ejemplo, la seguridad publica o individual. El crimen y el asesinato en tanto que acciones individuales son inmorales desde nuestro punto de vista, porque de ninguna manera son los medios de nuestro fin, porque nuestras disposiciones comportan no la venganza o la piratería, no lo arbitrario o el uso despótico de la función judicial, sino más bien la legalidad y la decisión más imparcial del Estado. Pero cuando nos constituimos en sala de lo criminal y neutralizamos a los peligrosos criminales colgándolos o guillotinándolos, no significa eso expresamente que: el fin justifica los medios.

En el ejemplo tratado, encontramos que están en plena contradicción con su propia tendencia esas mismas gentes que presumen de haber roto desde hace siglos con Aristóteles, es decir, con la fe incondicional, y en consecuencia de haber reemplazado la verdad muerta de la tradición por la verdad viva que ellos mismos han encontrado. !Acontecimiento burlesco! Incluso si es contado por un testigo digno de fe, no se es, sin embargo, menos fiel al principio de la libertad de conciencia; en otras palabras, el auditor puede encontrar fatal y serio lo que el que cuenta llama burlesco y divertido. Se sabe distinguir entre la historia y la impresión subjetiva que ella produce, caracterizando esta ultima más al que cuenta que a su objeto. Por el contrario, cuando se trata de un fin bueno y de medios malos, se rehúsa tomar en consideración la diferencia entre el objeto y su determinación subjetiva, que por otra parte constituye el punto de referencia de toda critica.

Sin pensar, a priori, se otorga el nombre de buenos y de santos a fines tales como la beneficencia, la conversión de los incrédulos, etc., porque lo han sido en otras partes, aunque en los casos invocados, la impresión viva que producen sea la expresión precisamente de lo contrario; después de todo, uno se sorprende de que la ilegalidad del titulo entrañe la ilegalidad de los privilegios. En la practica, solo merece el predicado de bueno y de santo el fin que es además un medio, un sujeto del fin de los fines, la salvación.

Donde el hombre busca su salvación en la vida burguesa, en la producción y el comercio, en la pasible posesión de sus bienes, el mandamiento: “ No robaras", corta las alas de su rapacidad; por el contrario, donde, como entre los espartanos, el bien supremo es la guerra, siendo la astucia la cualidad necesaria de un buen guerrero, se usa la fullería para adquirir astucia, y se sanciona el robo erigiéndolo en medio del fin. Amonestar al espartano con el pretexto de que era un guerrero y no un honorable pequeño burgués, es desconocer la realidad, es desconocer el hecho de que la vocación de nuestro cerebro no es de ninguna manera sustituir el mundo de las circunstancias fácticas, sino concebir esto: una época, un pueblo, un individuo, son siempre lo que pueden y, por lo tanto, también deben ser en las circunstancias dadas. Cuando al afirmar que “el fin justifica los medios” invertimos la concepción dominante, no se trata del capricho individual censurable del amor de las paradojas, sino el uso consecuente de la ciencia filosófica.

La filosofía tiene su origen en la creencia en la oposición dualista entre Dios y el mundo, el cuerpo y el alma, el cerebro y los sentidos, el pensamiento y el ser, lo general y lo particular. La resolución de esta oposición se presenta como el fin o el resultado total de la búsqueda filosófica. La filosofía descubrió su solución cuando reconoció que lo divino es mundano y lo mundano divino, y que la relación del alma con el cuerpo, del espíritu con la carne, del pensamiento con el ser, del entendimiento con el sentido, es totalmente idéntica a la que mantienen la unidad y la multiplicidad o lo general y lo particular. La filosofía comenzó presuponiendo falsamente que es del Uno, en tanto que es el primero, de donde surgen como consecuentes el dos, el tres, el cuatro, el múltiple. Desembocó en un resultado cuando reconoció que la verdad o la realidad invierten esa presuposición, y que la realidad multiforme, la multiplicidad sensible, lo particular, son el termino primero de donde después de todo la función humana del cerebro deduce el concepto de la unidad o de la generalidad..

 Cuando uno se sitúa en el punto de vista del gasto en genio y en sagacidad que ha costado este único pequeño fruto de la especulación, ningún producto de la ciencia soporta la comparación. Pero tampoco existe novedad científica que no encuentre obstáculos para su reconocimiento, tan antiguos y tan pro fluidamente enraizados. Lo que domina todos los espíritus ignorantes del resultado de la filosofía, es la antigua creencia en la realidad de una salud autentica, verdadera y general, cuyo descubrimiento anula todas las formas inauténticas, aparentes y particulares de la salud, mientras que el conocimiento del proceso del pensamiento nos enseña a reconocer en la buscada salud un producto del cerebro, que precisamente por que debe ser una salud general, es decir, abstracta, no puede ser una salud sensible o real, es decir particular. En la creencia en la distinción completa de la salud autentica y de la salud inauténtica se manifiesta la incertidumbre relativa a la marcha de las operaciones intelectuales.

Pitágoras había instituido el número en tanto que esencia de las cosas. Si el griego hubiera podido reconocer en esta esencia de las cosas una cosa producida por el cerebro o la razón, y si por consiguiente hubiera determinado el número en tanto que esencia de la razón, en tanto que contenido común o abstracto de todo acto intelectual, entonces se habrían economizado todas las disputas que desde entonces se introdujeron a propósito de las diferentes formas de la verdad absoluta, de la "cosa en sí".

El espacio y el tiempo son las formas generales de la realidad, o bien, la realidad existe, como se sabe, en el espacio y en el tiempo. Por consiguiente, toda salud real es espacio-temporal, y toda salud espacio-temporal es real. En la medida en que son saludables, las formas más distintas de la salud solo son distintas según su extensión y su comprensión, según su extensión cuantitativa, según el numero. Toda salvación, ya sea verdadera o conjetural, nos es dada por el sentimiento sensible, por la practica, no por la razón. Pero la práctica ha presentado a los diferentes hombres y a las diferentes épocas las cosas más contradictorias como saludables. Lo que aquí es salud no lo es allá, y a la inversa. Para el conocimiento o la razón, subsiste una sola tarea: la enumeración de esos medios de salud dados por la sensación material-sensible según las diferentes personas y épocas en las cuales han aparecido, o más bien según el grado de intensidad de su manifestación; la distinción, por lo tanto de lo pequeño y de lo grande, de lo inesencial y de lo esencial, de lo particular y de lo general.

La razón no puede prescribirnos la verdadera felicidad de manera autocrática, solo puede censar, sobre la base de un quantum de medios de salud dado de manera sensible, lo que numéricamente resulta ser más frecuente, más grande o más general. Pero no se puede olvidar que la verdad de tal conocimiento o computo reposa sobre una presuposición determinada, dada. Por consiguiente, !que vanidad hay en padecer en la búsqueda de la verdadera felicidad en general! La investigación será practica, será coronada por el éxito solo si se limita al conocimiento de la felicidad determinada de una particularidad determinada. Lo general solo es posible en, el interior de límites establecidos. Pero, las diferentes determinaciones de la salud se unen para afirmar que en todas partes es saludable sacrificar lo pequeño ante lo grande, lo inesencial ante lo esencial, y no a la inversa. En la medida en que esta máxima es justa, es justo también que utilicemos o soportemos en favor del: buen fin de la gran felicidad el medio malo de una pequeña cosa contraria a ella; que el fin justifique y consagre los medios.

Si se fuera bastante liberal para permitir a cada uno ser feliz a su manera, los adversarios de nuestra manera de ver se convencerían fácilmente de su verdad. En vez de eso, se sigue la vía habitual de la miopía y se eleva su punto de vista particular a lo universal. Se llama verdadera a la propia felicidad, y se llama mala inteligencia la felicidad de los pueblos, de épocas, de relaciones diferentes, de la misma manera que cada escuela estética quiere hacer pasar un gusto subjetivo por belleza objetiva, desconociendo el hecho de que la unidad solo es asunto de la idea, del pensamiento, mientras que el asunto de la realidad efectiva es la multiplicidad. La felicidad, real es múltiple, y la verdadera solo es una opción subjetiva que, a semejanza de esas historias divertidas que dejan en otra parte una impresión diferente, puede ser una salud desprovista de verdad. Kant o Fichte o cualquier otro particular inclinado a la filosofía tratan a lo largo y a lo ancho del destino del hombre, luego resuelven el problema para la más grande satisfacción de su personal y de su auditorio; ahora tenemos bastante experiencia para saber que por el método de la investigación especulativa ciertamente se puede definir su concepto personal del destino del hombre, pero de ninguna manera descubrir un objeto oculto, desconocido. El objeto necesariamente debe ser dado al pensamiento, al entendimiento, siendo su trabajo el de juzgar, el de criticar; que distinga, si lo quiere, la felicidad autentica de la inauténtica, pero también que recuerde sus propios limites, que recuerde que esa distinción es tan personal como el mismo, pues solo vale en tanto que otros reciben la misma impresión del mismo objeto. La humanidad es una idea, pero el hombre siempre es una persona particular que solo encuentra su vida propia en el elemento que le es propio, y por esta razón se somete a la ley general partiendo de las solas motivaciones personales. Como el sacrificio religioso, el sacrificio moral no es sino la aparente renuncia de si, militando en beneficio del fin del amor propio racional, una inversión con la intención de una ganancia más importante.

La moralidad, que merece su nombre y no se llamaría mejor obediencia, solo entra en ejercicio en función del conocimiento de su valor, de su carácter saludable, de su utilidad. De la distinción de los intereses procede la distinción de los partidos, de la distinción del fin la de los medios. De esto dan testimonio a propósito de cuestiones de menor importancia incluso los representantes de la moral absoluta. En su historia de la revolución Francesa, Thiers relata una situación particular del año de 1796: los patriotas tenían la fuerza publica y los realistas mantenían la agitación revolucionaria, al punto que los miembros del partido de la revolución, que habrían debido ser los partidarios de la libertad ilimitada, deseaban medios de represión, y que la oposición, que en su fuero interno se inclinaba más por la monarquía que por la republica, voto por la libertad ilimitada. “De tal manera los partidos son regidos por sus intereses", agrega Thiers en una observación final, como si fuera una anomalía y no el curso natural, necesario e inflexible del mundo.

Por el contrario, cuando se trata de las leyes fundamentales del orden burgués, los representantes de la moral de la clase dominante tienen suficiente egoísmo para negar su dependencia en relación a los intereses de ella y para presentar a estos en tanto que leyes metafísicas eternas del mundo, haciendo de los sostenes de su dominación particular los sostenes eternos de la humanidad, de sus medios los únicos que son santos, y de su fin el fin de fines. Hay engaño funesto, robo en relación a la libertad humana, tentativa de hundir el desarrollo histórico cuando una época o una clase erigen así los fines y los medios que les son particulares en felicidad absoluta de la humanidad. así como la moda da testimonio del gusto, la moral da testimonio originalmente de los intereses; luego, se adapta al modelo propuesto, allá el vestido, aquí la acción. Para mantenerse, el poder ejerce necesariamente la fuerza y obliga a los recalcitrantes a someterse. Aunque no sean exactamente sinónimos, deber e intereses constituyen, sin embargo, expresiones estrechamente emparentadas. Ambas se agotan en el concepto de salud. El interés es más la salud concreta, presente, manifiesta; al contrario, el deber es la salud amplia, general e incluso preocupada por el futuro. Mientras que el interés se preocupa por la comodidad inmediata, palpable y sonante del portamonedas, el deber exige por el contrario que consideremos no solo el bien presente, inmediato, sino también el bien lejano, por venir, no solo el del cuerpo, sino también el del espíritu. El deber se preocupa también por el corazón, las necesidades sociales, el futuro, en pocas palabras por los intereses en toda su extensión, y nos inculca la renuncia a lo superfluo, con el fin de obtener y de conservar lo necesario. así tu deber es tu interés y tu interés es tu deber. Si nuestras ideas deben adaptarse a la verdad o a la realidad y no, a la inversa, la verdad a nuestras ideas o pensamientos, debemos reconocer como naturalmente necesario y verdadero el carácter cambiante de lo que es santo y moral, también debemos otorgar teóricamente a la personalidad la libertad que prácticamente no se deja quitar, y reconocer que hasta aquí sigue tan libre de modelar la ley según su necesidad y no según vagas, irreales e imposibles abstracciones tales como la justicia o la moralidad.

Qué es la justicia. La suma de lo que se considera justo, por lo tanto, un concepto individual, que toma formas diferentes entre personas diferentes. En la realidad, sólo hay derechos individuales, determinados, particulares, luego llega el hombre y saca de ellos el concepto de justicia, tal como saco de las diversas maderas el concepto de madera en general, o bien de las cosas materiales la idea de materia. Cualquiera que sea el alcance de su difusión, la consideración según la cual las cosas materiales existen a partir o por la mediación de la materia, es falsa e igualmente falsa es la creencia en los términos de la cual las leyes morales o civiles tendrían su origen en la idea de justicia. El perjuicio moral que comporta nuestra consideración realista, o si se prefiere materialista, de la moral no, es tan importante como parece. No debemos temer por esta razón pasar del estado de hombres sociales al de caníbales o de ermitaños sin leyes. La libertad y la legalidad están estrechamente vinculadas por la necesidad de compañía, que nos pone en la necesidad de permitir también a los otros vivir cerca de nosotros. Aquel a quien su conciencia u otros motivos espiritualistas-morales pueden mantener apartado de las acciones contrarias a la ley en el sentido amplio del termino, o bien solo ha estado expuesto a débiles tentaciones, o bien posee un carácter tan dócil que los castigos naturales y legales son más que suficientes para mantenerlo dentro de los limites prescritos. Donde rechazan sus servicios, la moral es también un medio desprovisto de fuerza. De otra manera debería ejercer en secreto sobre el creyente esa misma limitación con la cual la opinión publica retiene al incrédulo; sin embargo, de hecho encontramos más creyentes tramposos que bandidos incrédulos. La extrema atención con la que el mundo gratifica el código penal y la policía demuestra el hecho de que el mundo, que verbalmente atribuye tanto valor social a la moralidad, reconoce de hecho que prevalece nuestra opinión. también nuestro combate concierne no a la moralidad, ni tampoco a una de sus formas determinadas, sino únicamente a la arrogancia que erige su forma determinada, en forma absoluta, en moralidad en general. Reconocemos a la moral una eterna santidad, con tal que se comprendan las consideraciones que el hombre se debe a si mismo y debe a sus prójimos en relación con el fin de una salud común. Pero la determinación de las modalidades y del grado de esa consideración, eso pertenece a la libertad del individuo. Que el poder, la clase dirigente o la mayoría hagan valer sus necesidades particulares en tanto que prescripciones jurídicas, eso es tan necesario como el hecho de que la camisa esta más próxima al hombre que su abrigo.

Pero esta razón, que  considera a la prescripción jurídica como derecho absoluto, como un limite infranqueable de la humanidad es, nos parece, cosa altamente superflua e incluso dañina para la energía del progreso que demanda el futuro.

FIN

 


Cartas de Joseph Dietzgen a Karl Marx

San Petersburgo, [7 de noviembre de 1867]

Sr. Dr. Karl Marx en Londres

Muy estimado señor:

Permítame que, aun sin conocerle le presente mi homenaje por los meritos inapreciables que ha contraído usted con sus estudios tanto en beneficio de la ciencia como especialmente de la clase trabajadora. Yo en mi primera juventud, cuando más bien podía intuir que comprender el contenido extraordinariamente rico de sus escritos, me sentí cautivado por ellos, y no podía dejar de leerlos y volver a leerlos hasta haber llegado con mis esfuerzos a una claridad para mi suficiente. Ahora bien, el entusiasmo que suscita en mi el estudio de su obra recientemente publicada en Hamburgo me impele a la modestia tal vez inoportuna de desear atestiguar a usted mi reconocimiento, mi admiración y mi agradecimiento. El primer cuaderno, aparecido en Berlín, de Crítica, de la economía política me lo estudie en su día con mucha aplicación, y confieso que jamás un libro, por voluminoso que fuera, me ha proporcionado tanto conocimiento positivo y tanta enseñanza como este pequeño cuaderno. así, pues, he esperado la continuación con gran impaciencia. Usted proclama por primera vez en forma científica clara e irresistible aquello que en adelante a de ser la tendencia consciente del desarrollo histórico; esto es, someter la fuerza hasta aquí ciega del proceso social de producción a la conciencia humana. Haber conferido a esta tendencia un sentido, haber ayudado a la comprensión de que nuestra producción es desatinada, tal es, mi estimado señor, su hazaña inmortal.

Leo entre las líneas de su obra que el supuesto previo de su economía fundamental consiste en una filosofía fundamental. Puesto que esto me ha ocasionado mucho trabajo, no logro reprimir el deseo de comunicar brevemente a usted, con la confesión de que no soy más que un curtidor con instrucción elemental, mis esfuerzos científicos. Mi objeto fue desde muy tempranamente una filosofía sistemática; Ludwig Feuerbach me mostró el camino a tal efecto. Mucho, sin embargo, lo debo a mi propio trabajo, de modo que actualmente puedo decir de mi: las cosas generales, la naturaleza de lo general o la “esencia de las cosas’, esto me es científicamente claro. Lo que me falta saber son las cosas particulares Puesto que de ello se alguna cosa, me digo para mi, que saberlo todo es demasiado para el individuo.. El fundamento de toda ciencia consiste en el conocimiento del proceso mental

 

 Pensar significa desarrollar a partir de lo dado en forma. sensible, a partir de lo particular, lo general. El fenómeno constituye el material necesario del pensar. Debe estar dado antes de que pueda encontrarse la esencia, lo general o abstracto. La comprensión de este hecho contiene la solución de todos los enigmas filosóficos. La pregunta, por ejemplo, acerca del principio y del fin del mundo no pertenece ya a la esencia si el mundo no puede ser más que supuesto previo, pero no, en cambio, resultado del pensar o del saber. La esencia del pensamiento es el número. Todas las diferencias lógicas son puramente cuantitativas. Todo ser es un parecer más o menos constante, y todo parecer es un ser más o menos constante

 

Todas las causas son efectos y viceversa. En una serie de fenómenos sucesivos, aquello que precede con carácter general se designa como causa. De 5 pájaros, por ejemplo, 4 levantan el vuelo y huyen a consecuencia de un disparo. así, pues, el disparo es causa de que 4 huyan, y la impavidez es causa de que uno no se mueva. En cambio, si uno huye y cuatro se quedan, entonces ya no es el disparo la causa de la huida, sino el susto. Un celebre físico escribe: "'El calor mismo no podemos percibirlo, sino que solo concluimos a la presencia de este agente de la naturaleza a partir de los fenómenos”.

 Por mi parte, concluyo inversamente, a partir del carácter imperceptible del “calor” mismo, a la inexistencia de este agente, y comprendo los fenómenos o los efectos del calor como material a partir del cual la cabeza forma el concepto abstracto de calor. Si llamamos, sin confusión de los conceptos, lo concreto y sensible a la materia, entonces lo abstracto de ella es la fuerza. A l pesar una bala de mercancía, la fuerza de gravedad se trata por libras, sin consideración de la materia, del peso. El insípido Buchner.

A la ciencia no le importan tanto los hechos como las explicaciones de los hechos: no las materias, sino las fuerzas. Aunque en la realidad fuerza y materia sean idénticas, su distinción, la separación de lo particular y lo general, está, con todo, más justificada. “ La fuerza no puede verse” Claro, como que la visión misma y lo que vemos es pura fuerza

Sin duda, no vemos las cosas mismas, sino su efecto sobre nuestros ojos. La materia es imperecedera; esto solo significa: en todas partes y en todo momento hay materia. La materia aparece, y los fenómenos son materiales. La diferencia entre parecer y ser solo es cuantitativa. El intelecto compone a partir de lo múltiple lo uno, a partir de las partes el todo, a partir de lo perecedero lo imperecedero, a partir del accidente la sustancia.

Por moral entiende el mundo las consideraciones que el individuo se tributa a si mismo y a sus semejantes para fines de su propio bien. El numero y el grado de estas consideraciones los determinan individuos y círculos diversos de individuos diversamente. Dado el círculo, el intelecto solo puede distinguir el derecho general del particular.

 Qué cosa es el fin, Qué son los medios. Frente al bien humano abstracto, todos los fines son medios y, en esta medida rige incondicionalmente el principio de que: “El fin justifica los medios. Si la falta de erudición no me detuviera, escribiría sobre estos temas una obra: tanto es lo nuevo que creo saber de ello.

Dispense usted, admirado señor, que me haya tomado la libertad de disponer así de su tiempo y su atención. He creído que podría proporcionarle placer con la prueba de que la filosofía de un obrero como yo es más clara que el promedio de la filosofía de nuestros profesores actuales. Su aprobación la apreciaría en mayor grado que si alguna academia quisiera nombrarme miembro suyo. Termino dándole la seguridad, una vez mas, de que simpatizo de la manera más sincera con sus esfuerzos que trascienden más allá de nuestro tiempo.

El desarrollo social y la lucha por el dominio de la clase trabajadora me interesan más vivamente que mis asuntos privados. Lo único que siento es no poder colaborar en esto más activamente.

Joseph Dietzgen,

Maestro de la Curtiduría.

 

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