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El Shahnamé de Ferdousí: la historia de Siyawush, desde su
nacimiento hasta la prueba de fuego
Abol Qasem Ferdousí
Traducción, introducción y
notas
Shekoufeh
Mohammadi Shirmahaleh[1]
Instituto de Investigaciones Filológicas
Universidad Nacional Autónoma de México
ÍNDICE
01 Resumen / Introducción
02 Personajes
03 La historia de Siyawush en el Shahnamé de
Ferdousí Momento primero
04 Bibliografía
05 Notas
01
Resumen:
El Shahnamé de Ferdousí es la épica nacional de Irán. La historia
del príncipe Siyawsuh es uno de los pasajes más largos del libro y pertenece al
ciclo heroico de la obra. La vida de Siyawush se puede dividir en tres momentos.
Aquí ofrecemos una traducción al castellano del primer momento que narra su vida
desde su nacimiento hasta su paso por el fuego.
Palabras clave: Shahnamé, Ferdousí, Siyawush, Kawús, Sudavé
10 de junio de 2019
Introducción
La historia de Siyawush es una de las más extensas
en la épica nacional de Irán, el Shahnamé, obra del poeta persa Abol
Qasem Ferdousí (siglos X-XI). El Shahnamé suele estudiarse como una obra
dividida en tres ciclos: el mítico, el heroico y el histórico. El pasaje que
narra la vida, el exilio y la muerte del príncipe Siyawush pertenece al ciclo
heroico y se entreteje con la vida de Rostam, el mayor héroe del Shahnamé.
La vida de Siyawush
se puede dividir en tres momentos cruciales: el primero abarca desde su
nacimiento hasta su sometimiento a la prueba de fuego; el segundo involucra su
exilio al mítico Turán y su asesinato; el tercero comprende el nacimiento de su
hijo Kay Josrow y la venganza de su sangre, que entendemos como su resurrección.
Como muchas otras de las historias del Shahnamé, la de Siyawush se nutre
de un rico fundamento mítico; además, está estrechamente vinculada con prácticas
rituales que han sobrevivido hasta nuestros días.
A lo largo de los
siglos y desde al menos el siglo v a. C., Siyawush ha estado presente en la
mitología de Irán y Asia central con diferentes dimensiones: como deidad de la
vegetación en el marco de un mito agrícola, como caballo totémico, como deidad
solar, y finalmente como príncipe (Hosurí 2004: 4049). El Shahnamé de
Ferdousí es el único documento escrito que se conserva hasta la actualidad que
da cuenta de la historia de Siyawush. En una primera lectura parece que Ferdousí
narra su historia con base en la etapa más tardía de su existencia, es decir
como príncipe. Sin embargo, como ocurre casi con todas las historias de los
primeros dos ciclos de la obra, la narración poética encierra y revela en todo
momento las diferentes dimensiones mitológicas, hecho que una lectura más
cuidadosa deja en claro. Por ejemplo, la dimensión totémica está presente tanto
en el nombre del personaje (Siyawush significa ‘caballo negro’), como en
su relación existencial con su caballo negro, Shabrang. Su dimensión divina como
deidad solar se deja entrever en metáforas y descripciones solares que hemos
señalado en la traducción. Pero su aspecto mitológico más evidente en el
Shahnamé es el que tiene que ver con su función como deidad de vegetación.
Según un antiguo mito agrícola Siyawush es el hijo de la Gran Diosa Madre y se
vuelve víctima de su ira porque rechaza el alocado amor que ella le
declara y no se deja seducir. La diosa que, como es bien sabido, es a la vez
doncella, ninfa y bruja (que da vida, mata y transforma la muerte de nuevo en
vida);[3]
mata a su hijo después de haberlo parido para después hacerlo regresar al mundo
de los vivos. Esta cíclica muerte y resurrección que en cada una de sus fases
dura lo que durarían el invierno-otoño y el verano-primavera respectivamente,
fija a Siyawush como la deidad de la vegetación: pues cuando está en el mundo de
los vivos todo está verde y cuando baja al inframundo, todo se seca.
Ahora bien, el
Shahnamé de Ferdousí conserva estas funciones míticas de Siyawush de dos
maneras: por un lado, mediante un estilo narrativo que va de su nacimiento al
exilio y muerte, para culminar con la resurrección de su esencia en forma de un
hijo que lo venga y una detallada narración de los hechos que no deja fuera a la
diosa y la relación que Siyawush tiene con la vida vegetal argumentando que
cuando se va de Irán a Turán[4]
hay una gran sequía en su país de origen, o que cuando muere y su sangre cae
sobre la tierra nace de ella una planta que lleva su rostro trazado en sus
hojas. Por otro lado, esta fidelidad mitológica se consigue gracias al uso de
descripciones y metáforas vegetales cada vez que se habla de Siyawush, algunas
de las cuales se observan en esta traducción.
En cuanto a la
presencia de la diosa en esta historia, cabe mencionar que el pasaje nos
presenta una mujer única en todo el Shahnamé, la madrastra de Siyawush:
Sudavé. Antes del nacimiento de Siyawush, Ferdousí nos presenta a una Sudavé
bella, sabia y valiente de quien se enamora perdidamente el rey iraní Kawús.
Después, la misma mujer vuelve a aparecer cuando Siyawush es un adolescente,
esta vez como esposa de Kawús y madrastra de Siyawush, con características muy
diferentes a su primera aparición: pues en esta segunda etapa es una mujer
malvada y engañosa que termina causando la muerte del joven príncipe. De este
modo, dos de las fases de la Gran Diosa se ven reflejadas en Sudavé: la doncella
y la ninfa. La tercera fase se divide en tres mujeres: la hechicera, que ayuda a
Sudavé; su primera esposa, hija de Pirán, cuyo nombre no conocemos; y Faranguís,
su segunda esposa.[5]
El pasaje cuenta
además el enamoramiento de la diosa de su hijo cuando narra los intentos de
seducción que Sudavé realiza con Siyawush. Igual que en el mito, en la historia
del Shahnamé, Sudavé es la causante del destierro y muerte de Siyawush y
cumple esta función a través del engaño: acusa a Siyawush de haber querido
forzarla, le impone una peligrosa prueba de fuego que podría costarle la vida y,
finalmente, hace que su padre Kawús sienta rencor por él, hecho que provoca su
exilio a Turán-inframundo y su injusto asesinato a manos del hermano del rey de
Turán. Son justamente estas características las que hacen única a Sudavé, pues
ninguna otra mujer del Shahnamé es maléfica ni engañosa.
Así pues, la historia
de Siyawush en el Shahnamé de Ferdousí alberga, además de lo legendario,
lo mítico y lo totémico, esto sin hablar de lo ritual que aparece más bien en el
segundo momento de su vida. Esta riqueza cuentística, recogida en el siglo VI en
el Jodaynamag sasánida y poco después en la historia coránica de Yusuf y
Zulaija, resultó ser una fuente de inspiración también para textos literarios
posteriores al Shahnamé, como el Sindbadnamé en prosa, de Zahirí
Samarqandí; el Sindbadnamé en verso, de Azod Yazdí, y posteriormente, el
Sendebar de la España medieval.
Antes de pasar a la
traducción, hacemos una breve presentación de los personajes que aparecen en
este fragmento. Cabe mencionar que el Shahnamé de Ferdousí tiene sus
propias divisiones internas para cada historia. Los títulos que aparecen son los
de estas secciones, puestas por el poeta mismo. Para la traducción nos hemos
basado en la edición de Yalal Jaleqi Motlaq del Shahnamé de Ferdousí y
para todos los nombres y palabras del persa hemos optado por una transcripción
sencilla, y no por una transliteración, con el fin de facilitar la lectura.
Breve presentación de los
personajes
Kawús: rey de Irán. De la descendencia de Iray,
hijo de Fereydún.
Sudavé: esposa de Kawús. Hija del rey de Hamawarán.
Siyawush: hijo de Kawús.
Rostam: héroe de
Zabolestán. Hijo de Zal, rey de Zabolestán. Maestro y cuidador de Siyawush.
Giv,
Gudarz y Tus: héroes de la corte de Irán.
Garsivaz: hermano de Afrasyab, rey de Turán.
Herzbad: siervo de Kawús y el amo de llaves de su serrallo.
03
La historia de Siyawush en el
Shahnamé de Ferdousí Momento primero
La historia de Siyawajsh
¡Oh elocuente de mente despierta! Compón una bella
historia ahora. Cuando la palabra iguala la sabiduría, el alma del poeta está en
paz. Quien alberga malos pensamientos y a pesar de esta maldad, presume de
bondad, será señalado y descubierto por los sabios. Pero nadie ve sus propios
defectos; uno siempre piensa que es luminoso su proceder. Para que se haga
justicia, cuando compones tu palabra, muéstrala a los sabios. Si a ellos les
gusta, será aceptada y el agua correrá en tu río,[6]
como corren las lágrimas en los ojos.
Vuelve ahora a las
palabras del sabio, mira a ver qué dice el hombre poeta. Estas historias han
envejecido de raíz, pero el tiempo antiguo se renovará. Si la vida es
prolongada, si permanezco largamente en esta bella doctrina, quedará de mí un
árbol frutal; su fruta lloverá sobre el pasto sin cesar. Han pasado por él 58
años y muchas cosas sorprendentes le han sucedido, pero la ambición no mengua
con los años: pide más días al calendario y a la fortuna. ¿Qué dijo de esto el
sacerdote primero? Que “lo viejo nunca se vuelve nuevo”. Mientras dures, sé
elocuente, sé sabio y de buen talante. Cuando te vayas, el Creador decidirá si
tu lugar bueno o malo será. Mira a ver qué siembras; cosecharás lo mismo. De las
palabras que digas, oirás lo mismo. Quien habla suavemente, no escuchará de
nadie palabras ásperas. ¡En el mundo no busques excepto la bondad!
El comienzo de la historia
Así contó el sacerdote que un día, al levantarse
el clamor del gallo, Tus, Giv hijo de Gudarz, y algunos jinetes más, partieron
alegremente del palacio del rey, y como halcones y leopardos en busca de presa
fueron al llano de Daquy para cazar onagros. Atraparon y tiraron a muchos,
juntaron lo que les serviría de comida por 40 días. El país de los turcos estaba
cerca de este lugar, su suelo estaba oscuro por la presencia de tantas tiendas.[7]
De lejos divisaron un matorral, cerca de la frontera de los jinetes de Tur.[8]
Giv y Tus cabalgaron por delante y les siguieron otros jóvenes valientes. En el
matorral, encontraron a una bella mujer. Ambos, con los labios llenos de
sonrisa, se apresuraron hacia ella. Como su rostro no había en el mundo y de
belleza nada le faltaba. Tus le preguntó: “¡Oh luna hechicera! ¿Quién te dirigió
a este matorral?” Así respondió que “Anoche, mi padre me pegó y abandoné mi
hogar y mi país: en la noche oscura vino ebrio de una fiesta y, al verme de
lejos, furioso sacó una daga de acero y quiso separarme del cuerpo la cabeza”.
El héroe le preguntó por su linaje, y ella nombró a varios cipreses;[9]
le dijo: “Soy pariente de Garsivaz, mi linaje asciende al rey Fereydún”. Le
preguntó: “¿Cómo llegaste a pie hasta aquí? Pues viniste sin caballo y sin
guía”. Así respondió: “Mi caballo se quedó en el camino, se cansó y me dejó
tirada en el suelo; yo poseía infinito oro y joyas, llevaba una corona dorada en
la cabeza; me los quitaron en aquella colina, me golpearon con la funda de una
espada. Cuando mi padre cobre conciencia, sin duda enviará a veloces jinetes en
pos de mí; vendrá mi madre, la tazí,[10]
no querrá que deje atrás este lugar”. El calor de su cariño entró en el corazón
de los héroes; de la cabeza de Tus, hijo de Nowzar, escapó la vergüenza y
reclamó: “Fui yo quien encontró a esta turca,[11]
yo, que cabalgaba veloz al frente de todos”. Giv le contestó: “¡Oh, comandante
del ejército real! ¿No estaba yo contigo cabalgando a la par al frente de los
demás jinetes?” Pero Tus, hijo de Nowzar, le debatió y dijo: “Mi caballo llegó
ahí antes”. Giv le respondió: “No digas eso. Era yo quien, en cacería, galopaba
al frente. Un hombre verdadero no debe disputar a quien le habla
apropiadamente”. Sus palabras alcanzaron tal agresión que dijeron: “Hay que
cortarle la cabeza a esta luna”.[12]
Como se alargó la disputa, uno de los héroes se interpuso y dijo: “Lleven este
asunto ante el rey de Irán y obedezcan lo que él decrete”. Los dos aceptaron su
juicio y se encaminaron hacia el rey de Irán.
Al ver el rostro de
la doncella, Kawús sonrió y se mordió el labio. Les dijo a los dos guerreros:
“Se acabó lo que sufristeis por el camino. Pasemos el día hablando de cómo los
[hombres] valientes como leopardos saben cazar el sol mismo. Sea venado o gacela
robacorazones, una caza así solo es merecida al soberano”. El rey le preguntó:
“¿A quién asciende tu linaje, tú que eres bella como una parí? ”[13]
Ella respondió: “De parte de mi madre, soy de la progenie de la reina de los
turcos, y el linaje de mi padre asciende a Fereydún. El comandante Garsivaz es
mi abuelo. Tras la frontera, su tienda es el centro del reino”. Kawús le dijo:
“Sería una lástima que este rostro, esta cabellera y este linaje se los llevara
el viento. ¿Quisieras quedarte en mis dorados aposentos y ser la cabeza de mis
caras de luna?”[14]
Ella respondió: “Entre todos los valientes que he visto, te elijo a ti”.
El rey mandó al ídolo
a su harem y ordenó que se sentara en el trono. La engalanaron con seda
amarilla, con rubíes, turquesas y lapislázuli. Por lo demás, por gracia del
Creador, era todo lo que tenía que ser: como un rojo rubí jamás tallado.[15]
Palabra acerca del nacimiento de
Siyawajsh
De este mundo no había pasado mucho cuando el
color de aquella espléndida primavera cambió. Le dijeron al rey Kawús: “La luna
afortunada te ha bendecido: ha sido creado un niño venturoso, ahora ¡hay que
subir el trono hasta las nubes![16]
Ha nacido de ella, como una parí, un niño cuyo rostro se parece a los
ídolos de Azar”.[17]
Todo el mundo hablaba de aquel pequeño, porque nadie había visto jamás tal
rostro y tal cabellera. El rey le dio como nombre
Siyawajsh
y dividió por él la rueda giratoria.
Como él conocía las cuentas del alto cielo, y sabía leer en él lo bueno, lo
malo, el cómo y el cuánto, vio que era nefasta la estrella de aquel niño y al
ver dormida su fortuna, se entristeció. Vio que sufriría a manos de buenos y
malos, y lo encomendó al Creador.[20]
Así pasaba el mundo hasta que un día Tahamtán[21]
vino ante el rey y le dijo: “Debo ser yo quien críe a este niño de pecho, ya que
tus nanas no tienen la madera, no hay en el mundo mejor nodriza que yo”. El rey
reflexionó largo rato y vio que esta idea no pesaba sobre su corazón. Al niño
que era sus ojos y su corazón, se lo dio a Rostam, el afable héroe buscador del
mundo. Tahamtán se lo llevó a Zabolestán y le hizo un sitio en el jardín de
flores. Le enseñó el qué, el cómo y el cuánto de la equitación, del uso de la
flecha, el arco, la soga, las riendas y la montura, del comportamiento en las
fiestas, del beber vino, de los halcones y los leopardos de caza, de la justicia
y la injusticia, de la corona y el trono, de la conversación, de la guerra y la
dirección de la tropa. Le enseñó todas las artes y mucho sufrió hasta que el
árbol dio frutos. Siyawush se convirtió en un héroe tal que nadie en el mundo lo
superaba.
Cuando pasó un tiempo
y él se hizo más alto, fue con una soga hacia el cuello del león: le dijo al
venturoso Rostam: “Necesito ver al rey. Tanto has sufrido y el cuerpo has
desgastado para enseñarme las artes de los reyes. Ahora mi padre debe ver las
artes que me ha enseñado el héroe de cuerpo de elefante”.
El
héroe de corazón de león preparó el viaje: hizo cabalgar a sus enviados a todas
partes para que trajeran caballos, siervos, plata y oro, el sello, el trono, el
sombrero[22]
y el cinturón.[23]
De lo que se debe vestir, de lo que se debe tender, trajo de todas partes lo que
se debe traer. Si de todas estas cosas algo faltaba en el tesoro de Rostam,
mandó que rápido lo trajeran de otros lados del mundo. Así lo encaminó y la
tropa puso sus ojos sobre Siyawush. Tahamtán lo acompañó para que el guerrero no
estuviera triste. Como deseaban contentar al renombrado, ornamentaron el mundo
como es debido: mezclaron el oro y el ámbar y desde la cúpula lo arrojaron sobre
su cabeza. El mundo se llenó de alegría y riquezas y las puertas, los techos y
las calles, estaban todos adornados; bajo los cascos de los caballos tazíes,
sonaban las monedas, y en todo Irán no se veía ni una sola persona que estuviera
triste; de un extremo a otro, las crines de los caballos estaban untadas de
almizcle, vino y azafrán.
Cuando Kawús se
enteró de la llegada del bienaventurado Siyawajsh, ordenó que Giv y Tus, al
frente de la tropa, fueran a recibirlo con alegría, elefantes y tambores. Se
reunieron todos los renombrados: por un lado, Tus, y, por el otro, Rostam de
cuerpo de elefante. Deslizándose, fueron ante el rey; pues iban acompañando a un
joven árbol repleto de frutos.[24]
Cuando se acercó al palacio del rey Kawús, se levantó bullicio y le abrieron
camino. En cada esquina, 300 siervos, con incensarios que desprendían agradables
aromas, esperaban con los brazos cruzados,[25]
mirando a Siyawajsh de espíritu libre, entre ellos. Le arrojaron mucho oro y
joyas y lo alabaron.
Cuando vio a Kawús en
el trono de marfil, portando en su cabeza una corona de brillantes rubíes,
primero lo alabó y se prosternó ante él: contando sus secretos a la tierra por
un largo tiempo.[26]
Luego se acercó al rey; él lo abrazó, le preguntó por Rostam, lo acarició y lo
sentó en el trono de turquesa. Estaba tan maravillado de verlo que no paraba de
elogiarlo como a los grandes y bendecir su alta estatura y su far.[27]
Vio que bajo la sombra de su protección importantes sucesos ocurrirían: a su tan
corta edad era muy sabio, como si de su alma emanara sabiduría. Cantó alabanzas
al Creador del universo, frotando el rostro contra la tierra. Hablaba con el
Creador del cielo, con el Dueño de la inteligencia y el amor: “Todo lo bueno de
este mundo viene de Ti, ante todo Te doy las gracias por este hijo”. Los nobles
de Irán, alegres, fueron ante el rey con obsequios. Quedaron deslumbrados por el
far de Siyawush y alabaron al Tenedor del mundo. Ordenó a los valientes
guerreros que se ciñeran el cinturón de servirles a los nobles iranios. En su
palacio, en su jardín y su recinto, un mundo volvió su rostro hacia la alegría.
En cada lugar, hicieron una fiesta, mandaron llamar a los músicos, trajeron
instrumentos y vino. Ordenó celebrar tal fiesta que ningún soberano del mundo
antes que él lo había hecho así. Durante una semana, así estuvieron contentos.
En el octavo día, abrió los tesoros y de cada cosa le dio lo mejor a Siyawajsh:
de sellos, espadas, tronos y sombreros de reyes, de caballos tayikos con montura
de piel de leopardo, de vestimenta de guerra[28]
y armaduras, de monedas, de sedas y joyas. De todo, menos cascos, porque era
todavía un niño, y una corona así no le era apropiada. Se los brindó y le dio
esperanzas y buenos augurios.
Por siete años lo
puso a prueba, y vio que en todo mostraba ser un bien nacido. En el octavo año
ordenó que le dieran una corona y un cinturón de oro y la tierra de Kavarstán.
Según las costumbres de los soberanos y la far de reyes, escribieron un
decreto sobre seda por el cual el rey le daba la tierra de Kavarstán, pues él
merecía la riqueza y la grandeza. Kavarstán era anteriormente el nombre de la
tierra que hoy llamamos Mavara ul-nahr.[29]
Palabra acerca del enamoramiento de
Sudavé de Siyawajsh
Cuando Sudavé[30]
vio el rostro de Siyawush, se aturdió y su corazón se incendió. Adelgazó tanto
que parecía un hilo, un trozo de hielo puesto ante el fuego. Le envió un
mensajero para que le dijera: “No sería extraño si de repente aparecieras en el
serrallo del rey”. Él le mandó responder: “No soy hombre de serrallos. No me
busques, no soy engañoso”. Al otro día, cuando cayó la noche, Sudavé fue ante el
rey de Irán con suaves andares y, ligero, le dijo: “¡Oh, rey, dueño del
ejército! La luna y el sol no han visto a nadie como tú, y en la tierra no ha
visto nadie a alguien como tu hijo. ¡Alégrese el mundo por esta unión! Envíalo a
tu serrallo, a donde están sus hermanas. Todas ellas, de caras veladas, tienen
el corazón lleno de sangre y el rostro lleno de lágrimas por su amor. Lo
adoraremos y le ofreceremos regalos, haremos que el árbol de la admiración se
llene de frutos”. El rey le respondió: “Es merecida esta palabra. Tú lo quieres
con el amor de cien madres”.
El dueño del ejército
llamó a Siyawajsh y le dijo: “Uno no puede ignorar el amor de quienes son de su
sangre y sus raíces. Tras la cortina de mi serrallo, tienes hermanas, y a Sudavé
como a una amorosa madre. El puro Creador del universo te creó de tal modo que
quien te vea se queda prendado de ti, especialmente los que tienen lazos de
sangre contigo. ¿Cómo se sentirán si te ven solo de lejos? Ve a ver a las
veladas tras la cortina y quédate un rato para que te halaguen”. Cuando Siyawush
escuchó las palabras del rey, fijó su mirada en él. Reflexionó con el corazón
durante un tiempo e intentó lavarlo de cualquier polvo. Pensó que su padre
quería ponerlo a prueba para conocer sus intenciones: “Es sabio, elocuente,
inteligente, ve con los ojos del corazón y sospechaba de mí. Si entro en su
serrallo, hablarán mal de mí a causa de Sudavé”. Siyawajsh respondió: “El rey me
ha otorgado el decreto, el trono y el sombrero para gobernar aquel lugar donde
el alto sol al salir enaltece la tierra.[31]
No hay rey que tenga tu talante y tu sabiduría ni que esté como tú sobre el
camino recto. Hazme sabio con los eruditos, los nobles y los experimentados, o
batiendo a los de mal pensamiento, armado de lanza, maza, arco y flecha, o en el
trono de reyes, en los ritos de recibir a la gente y las costumbres de
celebración, de música y de beber vino. ¿Qué puedo aprender en el serrallo del
rey? ¿Desde cuándo dirigen a la sabiduría las mujeres?
Pero, claro, si el rey me lo ordena, lo correcto será obedecerlo”. El rey le
dijo: “¡Alégrate, hijo mío! ¡Que seas siempre origen de sabiduría! Pocas veces
son escuchadas palabras tan virtuosas: quien las escucha crece en conocimiento.
No dejes que malos pensamientos entren en tu corazón, disponte a la felicidad y
sepárate de la tristeza”. Siyawush respondió: “Vendré al amanecer y haré lo que
ha dicho”.
Había un hombre
llamado Herzbad, de corazón pulido y lejos del mal. Él tenía la llave del
serrallo y jamás lo desatendía. El dueño del ejército le dijo así al veterano:
“Cuando el sol desenvaine su espada,[33]
ve ante Siyawush con la mente abierta y haz lo que te ordene. Dile a Sudavé que
le obsequie joyas, almizcle y fragancias, y que sus hermanas y las siervas le
arrojen peridotos y azafrán”.
Cuando el sol asomó
la cabeza por la montaña, Siyawush fue ante el rey. Lo alabó y se prosternó ante
él y el dueño del ejército le habló en oculto. Cuando habían terminado, llamó a
Herzbad y le dijo lo que era necesario. Luego le habló a Siyawajsh: “Ve con él y
engalana los corazones de quienes te volverán a ver”. Se fueron juntos con el
espíritu alegre y el corazón sin tristezas.
Cuando Herzbad apartó la cortina de la puerta, Siyawush temblaba por temor a la
maldad. Repletas de alegría y celebrando, todas las mujeres vinieron a
recibirlo. De un extremo a otro había copas llenas de almizcle, azafrán y
monedas de oro. Arrojaron monedas bajo sus pies, mezclándolas con peridotos y
ágatas. El suelo estaba cubierto de sedas de China y repleto de perlas de Jushab.[34]
Había vino, música y cantores, todos llevaban gravosos tocados en la cabeza. El
serrallo era un ornamentado paraíso, repleto de bellos rostros y riquezas. Al
entrar al iwán,[35]
Siyawush vio un brillante trono dorado, adornado con turquesas y majestuosamente
engalanado con seda. Sudavé, de rostro de luna, estaba en él como un paraíso de
colores y fragancias: sentada como la brillante estrella de Yemen, con su
ondulada cabellera almizclada que le llegaba a los pies y una alta corona en la
cabeza. Una sierva, con la cabeza postrada, estaba de pie a su lado portando un
par de zapatos dorados en la mano.
Al pasar Siyawush
tras el serrallo, ligera bajó Sudavé del trono. Deslizándose con gracia se
acercó y se prosternó ante él. Luego lo abrazó largo rato, le besó largamente
los ojos y el rostro y no dejaba de mirarlo mientras decía: “¡Cien veces gracias
al Creador! Lo alabo día y noche[36]
porque nadie tiene un hijo como tú, ni el rey mismo tiene otros parientes
semejantes a ti”. Siyawush supo cómo era aquel amor: un cariño lejos del camino
del Creador. Fue rápidamente hacia sus hermanas, pues ahí no era donde deseaba
estar. Las hermanas lo halagaron y lo sentaron en el trono de oro. Tras pasar un
largo tiempo con sus hermanas, deslizándose lentamente fue hacia el trono real.
El serrallo se llenó de palabras: “¡Qué cultas cabeza y corona! ¡Es como si no
fuera un ser humano! ¡De su alma emana sabiduría!” Siyawajsh fue ante su padre y
le dijo: “En tu oculto serrallo VI que posees todo lo bello que hay en el mundo,
no tienes razones para quejarte ante el Creador. Tus tesoros, tu armamento y tu
palacio superan aquellos de los reyes Yam, Fereydún y Hushang”.[37]
El rey se alegró por sus palabras. Ordenó que adornaran el iwán como
verde primavera y trajeran vino, barbat y ney,[38]
y así liberaran de todo su corazón.
Cuando el día
oscureció y la noche llegó rotando, el renombrado rey entró en su serrallo.
Buscó a Sudavé y le dijo: “No debes ocultarme este secreto: cuéntame de los
modales y los pensamientos de Siyawush, de su mirar, de su hablar y de su
figura, ¿te agradó? ¿es sabio? Si es así, ¡que nadie lo sepa!” Sudavé respondió:
“El sol y la luna no han visto a nadie como el rey en todo el espacio. ¿Quién
hay en el mundo como tu hijo? ¿Por qué hablar de él a escondidas?” El rey le
dijo: “Llegará a ser hombre y no deben verlo malos ojos”. Sudavé dijo: “Si el
rey acepta mi palabra y concuerda con mi opinión de darle como esposa a alguien
de su propia sangre y no de otros valientes soberanos, para que su hijo sea
igual a él entre todos los valerosos, le diré que ‘Yo tengo hijas parecidas a
ti, hijas de tu semilla, puramente unidas a ti’; y si prefiere a alguien de la
semilla de Kay Arash y Kay Pashín,[39]
ellas serán felices de ser las elegidas”. Él respondió: “Esto es lo que también
deseo, pues al final la grandeza estará a mi nombre”.
Al caer la noche,
Siyawush fue ante el rey, ensalzando su corona y su posición. El padre habló al
hijo en secreto, ocultando la palabra a los extraños. Le dijo: “Al Creador del
universo solo le pido un deseo oculto: que, de ti, tu nombre quede de recuerdo y
de tu linaje venga un rey al mundo, para que del mismo modo que yo me siento
renovado al verte, se te alegre el corazón a ti al verlo a él. La estrella de
los sabios, según la palabra de los sacerdotes astrólogos, ha dicho que de tu
espalda[40]
habrá un rey a quien todo el mundo siempre recordará.[41]
Ahora mira tras la cortina del serrallo de Kay Pashín y elige a una de las
ilustres, y también hay nobles doncellas del linaje de Kay Arash, tú busca y
elige a quien quieras”. El hijo respondió: “Soy siervo del rey y me someto a sus
órdenes y decisiones. Quien él elija para mí, está bien, pues el tenedor del
mundo es el rey de sus siervos. Sudavé no debe escuchar esto porque lo
contradirá y no lo aceptará. Estas palabras no le conciernen a Sudavé y yo no
tengo nada que hacer en tu serrallo”. El rey, que no advertía el agua oculta
bajo la paja,[42]
se rió de las palabras de Siyawush y le dijo: “Tú debes elegir a tu esposa. No
te preocupes por ella y por lo que la gente pueda decir. Ella habla por cariño y
quiere cuidar de ti”. Siyawush se alegró de oír estas palabras y su mente se
liberó de la preocupación. Alabó al rey y se prosternó ante su trono. Pero para
sus adentros estaba pensativo e inquieto a causa de la engañosa Sudavé. Sabía
que esto también era idea suya y deseaba desgarrarse la propia piel.
La noche pasó también
por esta historia y el cielo dejó atrás la oscura esfera. Sudavé, alegre, se
sentó en el trono. Colocó en su cabeza un tocado de oro y rubíes y luego, la de
cara de luna, le dijo a Herzbad: “Ve y dile a Siyawush: ‘debes tomarte la
molestia de venir y mostrarme el ciprés de tu estatura’ ”. Siyawush vino ante
ella, deslizándose lentamente. Vio aquel trono y aquel tocado. Junto a ella
estaban de pie jóvenes ídolos y parecía que el palacio y el serrallo eran el
paraíso mismo. Sudavé, con el rostro y la cabellera adornados con joyas, bajó
del trono y se acercó a él. Siyawajsh se sentó en el trono dorado y Sudavé se
detuvo a su lado con los brazos cruzados. Presentó al joven rey a los ídolos que
parecían gemas jamás talladas, y le dijo: “Mira este trono y este espacio, a las
muchas siervas con tocados de oro, y a las jóvenes ídolos erguidas que no han
madurado todavía y a quienes el Creador ha hecho de pudor y gracia. Dime quién
te gusta y mira su cuerpo y rostro”. Siyawajsh miró un poco. Ninguna de ellas
apartaba de él los ojos; decían entre sí: “Ni la luna resistiría mirar a este
rey”. Se fueron hacia sus tronos murmurando y maldiciendo su propia fortuna.[43]
Cuando ellas se
fueron, Sudavé inquirió: “Dime las palabras ocultas en tu interior. ¿No me dices
cuál es tu linaje? Pues en tu rostro está la far del rostro de las
parí. Todo aquel que te divise de lejos, pierde la consciencia y te elige a
ti. Mira estas bellas caras con el ojo de la sabiduría y ve cuál de ellas te
conviene”. Siyawush se quedó callado y no respondió. Su puro corazón empezó a
recordar: “Que mi puro corazón tenga que sollozar es preferible a elegir esposa
entre los enemigos. He oído del más renombrado de los héroes las historias de
Hamawarán, de lo que hicieron con el rey de Irán y de cómo desgastaron a los
valientes iraníes.[44]
Siendo la tramposa Sudavé su hija, tampoco querrá que mi linaje siga teniendo
médula y cáscara”.[45]
Como Siyawush no abrió la boca para responder, la de cara de parí se
quitó el velo del rostro[46]
y le dijo: “El sol y la luna han aparecido juntos en el palacio y no es
sorprendente que, teniendo el sol a tu lado, desprecies la luna. No me sorprende
que, al verme a mí, sentada en el trono de marfil y llevando en la cabeza una
corona de rubíes y turquesas, no mires a las lunas y de ellas nadie te parezca
buena. Si ahora te comprometes conmigo, no vuelves de tu promesa y dejas de
preocuparte, haré que una joven doncella esté a tus pies como tu sierva. Hazme
un juramento y no rechaces mi palabra. Cuando el rey se marche de este mundo, tú
me quedarás de él como recuerdo, no permitirás que me llegue daño alguno y me
valorarás como él lo hace. Ahora estoy aquí ante ti, dispuesta a darte mi cuerpo
y mi luminosa alma. Te daré todo lo que me pidas, no trataré de salvarme de tu
red”. Luego, tomó su cabeza en las manos y sin miedo ni vergüenza le dio un
amplio beso.
Por vergüenza, el
rostro de Siyawush se volvió una roja flor y adornó sus pestañas con cálidas
lágrimas de sangre. Le dijo a su corazón: “¡Que el Guardián del universo me
proteja de la obra del Div![47]
No traicionaré a mi padre ni me acercaré a Ahrimán. Si le digo frías palabras a
esta desvergonzada, su corazón se calentará de ira y hervirá: recurrirá a una
oculta hechicería y al rey del mundo a ella someterá. Es mejor que le hable con
voz suave y la mantenga tranquila”. Entonces Siyawajsh le dijo a Sudavé: “En
este mundo, tú no tienes semejantes. Te pareces a la media luna y solo el rey te
merece. Me bastaría con tu hija y no deseo otra compañera que ella. Ten esto en
cuenta y díselo al rey de Irán y mira a ver qué contesta. Quiero comprometerme
con ella, pero te prometo que esperaré hasta que crezca y tenga mi edad y hasta
entonces no me fijaré en nadie más. Y respecto a tu pregunta acerca de mi
rostro, que unió tu alma con mi cariño, te digo que el Creador me creó de su
propia far, me formó y protegió bajo Sus alas.[48]
No reveles este secreto y no se lo cuentes a nadie, solo deseo que esta palabra
se mantenga oculta. Tú eres la cabeza de las mujeres y soberana, creo que eres
como una madre para mí”.
Al llegar Kay Kawús
al serrallo, Sudavé lo vio y fue ante él: mencionó lo que Siyawush había hecho y
le dio al rey buenas noticias: “Vino y miró en el iwán a todos los ídolos
de ojos negros que había reunido. Por la presencia de tantos bellos rostros en
el iwán, parecía que de la luna surgía el sol. Le agradó solo mi hija y
ninguna otra bella le gustó”. El rey se alegró tanto de aquellas palabras que
parecía estar junto a la luna. Abrió la puerta del tesoro y dispuso muchas
joyas, telas de seda, cinturones de oro, tocados, coronas, anillos, tronos y
gargantillas de guerreros. Arregló un tesoro de todas las cosas: era un mundo de
riqueza.
Sudavé quedó atónita,
tramando en su interior malos pensamientos: “Si él no me obedece, permitiré que
mi alma abandone mi cuerpo. Buscaré todas las buenas y malas soluciones que
existen en el mundo, descubiertas o escondidas, y si se resiste a mí, lo acusaré
ante todos”. Se sentó en el trono, con aretes y un colorido tocado y mandó
llamar al valiente Siyawajsh. Le habló de todo, diciéndole: “El rey ha dispuesto
un tesoro sin igual: innumerable en todas las cosas, tanto que para cargarlo se
necesitarían 200 elefantes. Quiere darte a mi hija como esposa; pero mira mi
rostro, mi cabellera y mi tocado, ¿qué excusa tienes para darle la espalda a mi
amor, a mi semblante y estatura? Desde que te he visto, me siento encadenada,
estoy afligida, agitada y alborotada. Siento tanto dolor que el día me parece
oscuro, como si el sol se hubiera vuelto lapislázuli. Hace ya siete años que el
amor [que siento] me hace derramar lágrimas de sangre. Hazme feliz, a
escondidas, y otórgame juventud. Te daré un tesoro mayor a lo que el rey ha
dispuesto. Pero si desobedeces mis órdenes y tu corazón no se inclina al
compromiso [que te propongo], destruiré tu reinado y haré que tu rostro parezca
oscuro a los ojos del rey”. Siyawush le respondió: “¡Que no llegue nunca el día
que entregue mi cabeza al viento a causa del corazón, el día que traicione así a
mi padre y me aleje de la sabiduría y la hombría! Tú eres la dama del rey y el
sol del palacio; es merecido que no cometas pecado tal”. [Sudavé] se levantó del
trono, hostil y airada, lo agarró y le dijo: “He revelado ante ti el secreto de
mi corazón, ocultándolo a quienes te desean mal. Quieres delatarme, sin razón, y
humillarme ante los sabios”. Con sus propias manos se desgarró la ropa y
rasguñó sus mejillas con las uñas. Del serrallo se levantó bullicio: sus gritos
llegaron del iwán a la calle. El palacio y el iwán desprendían
hervor, como si fuera la noche de la Resurrección.
La noticia llegó a
los oídos del dueño del ejército. Preocupado, bajó del trono de reyes y fue
rápidamente del trono de oro hacia el serrallo. Cuando llegó y vio el rostro
arañado de Sudavé y halló el palacio lleno de habla, preguntó a todos y su
corazón se encogió: no sabía de lo que tramaba aquella de duro corazón. Sudavé
sollozó ante él, derramó lágrimas y se arrancó los cabellos, y dijo: “Siyawush
vino a mi trono, riñó conmigo y me sujetó con firmeza, diciendo: ‘Mi corazón y
alma están repletos de amor por ti, ¿por qué huyes de mí, tú, de bello rostro?
No quiero a nadie excepto a ti, y tú debes aceptar mi palabra’. Arrancó mi
tocado de mi almizclada cabellera y desgarró así mi vestimenta”. Al oír aquellas
palabras, el rey se angustió y se dispuso a descubrir la palabra [de la verdad].
Dijo en su corazón: “Si ella dice la verdad y no está buscando hacer maldad,
habrá que cortarle a Siyawajsh la cabeza; esta será la solución”. ¿Qué dirían
los sabios ahora? Que lo vergonzoso de esta historia tiñe de sangre el sudor.
[El rey] despidió a
los que estaban en el serrallo, a los sabios y a los siervos. Se quedó solo en
el palacio y llamó ante sí a Siyawajsh y a Sudavé. Con inteligencia y sabiduría,
le dijo a Siyawajsh: “No debes ocultarme el secreto. Esto no es culpa tuya; de
mí vino la equivocación; estoy afligido por haber pronunciado palabras dañinas:
¿por qué te envié al serrallo? Ahora, mía es la tristeza, y tuya la traición.
Busca la verdad y dime: ¿cómo discurrió la palabra? ¡Da la cara!” Siyawush le
contó aquello que había sucedido y por lo cual Sudavé estaba enfurecida. Sudavé
dijo: “Esto no es cierto. De entre todos los ídolos, él solo deseó mi cuerpo. Le
hablé de todo lo que el rey del mundo quería darle abiertamente y a escondidas:
de mi hija, de la corona y las riquezas, de las monedas y del tesoro dispuesto.
Le dije que yo estaba totalmente de acuerdo con darle todo lo bueno a mi hija.
Me dijo que no le importaban las riquezas y que no deseaba ver a mi hija: ‘Solo
te deseo a ti’, dijo, ‘¡sin ti no me sirven las riquezas ni [me importan] las
personas!’ Quiso atraparme y hacerme aquello que se hace, me agarró con fuerza
con sus manos. Como no le obedecí, me arrancó los cabellos y rasguñó mi rostro.
¡Oh, rey del mundo! Tengo en mi vientre a un hijo de tu semilla y estuvo a punto
de morir de tanto que sufrí; el mundo se me había hecho oscuro y estrecho”.
El rey se dijo a sí
mismo: “Sus palabras no me sirven de nada. No hay que apresurarse, pues la
tristeza adormece la sabiduría. Primero, hay que mirar bien; el corazón dará fe
de la verdad. Veré quién de los dos es culpable y merece castigo”. Como solución
para aquella nueva indagación, Kawús olió primero las manos de Siyawush, sus
brazos, todo su cuerpo de ciprés. [Luego] encontró en Sudavé olor a vino,
almizcle puro y agua de rosas. No halló en Siyawajsh estos olores: no había en
él señas de haberla tocado. Se entristeció y despreció a Sudavé, afligió el
corazón a causa de ella. Le dijo a su corazón: “Ahora hay que cortarla a ella en
trozos con una afilada espada”. Entonces temió, [primero], que la voz del dolor
alzara revueltas en Hamavarán. Segundo, recordó que cuando estaba apresado y no
se hallaba con él ninguno de sus allegados, Sudavé había sufrido día y noche sin
abrir los labios [a una queja]. Tercero, pensó que su corazón estaba repleto de
amor por ella y que debía alejar de ella cualquier mal. Cuarto, que tenía hijos
pequeños con ella y que no se debe menospreciar la tristeza de los pequeños.
Siyawajsh era inocente y el rey sabía de su sabiduría. Le dijo: “¡No te
preocupes! ¡Busca la inteligencia, la clarividencia y el conocimiento! ¡Olvida
lo sucedido y no lo cuentes a nadie!
No
vaya a ser que esta palabra se tiña de más colores y aromas”.
Cuando Sudavé supo
que había sido degradada y que no había podido convencer el corazón del rey,
buscó una solución para aquella maldad, plantando un nuevo árbol de rencor:
había con ella una mujer en el serrallo, sabedora de hechicería, conjuros y
magia; estaba embarazada y debido a la carga que llevaba en su vientre no podía
caminar bien. [Sudavé] le reveló su secreto y le pidió ayuda, diciendo: “Primero
quiero que me hagas una promesa”. Cuando obtuvo el compromiso, le dio mucho oro
y le dijo: “No develes esta palabra a nadie. Confecciona una pócima para que
bajes tu carga y te vacíes. Y no me delates. Quizá gracias a tus hijos, mi
engaño y mentira se aviven. Le diré a Kawús que son mis hijos, muertos por el
ataque del malvado Ahrimán. Quizá así consiga culpar a Siyawush. Ahora vete y
busca la solución. Si el rey no me escucha, mi honra se oscurecerá y quedaré
lejos del trono”. La mujer le contestó: “Soy tu sierva; obedeceré todas tus
órdenes”.
Al oscurecerse la
noche, la mujer tomó la pócima y abortó a los hijos de Ahrimán: dos hijos que
parecían hijos de los div, pues ¿cómo podrían ser si su linaje era de
hechiceros?
[Sudavé] trajo una jofaina de oro, llamó a su cuidadora y le contó sus
intenciones. Puso en ella a los hijos de Ahrimán, lanzó un alarido y arrojó su
cuerpo al lecho. Escondió a la mujer y se acostó: sus gritos llegaron hasta el
palacio. Todas las siervas que había en el iwán fueron rápidas ante
Sudavé. Vieron a dos niños muertos en una jofaina, y sus alaridos llegaron desde
el iwán hasta Saturno. Cuando Kawús oyó los gritos que venían del iwán,
tembló en sueños y abrió los oídos. El rey preguntó y le contaron lo que le
había sucedido a la de bello rostro. Se entristeció, pero aquella noche no dijo
nada. Al alba, se levantó y fue abatido a donde estaba Sudavé. La halló dormida
y encontró el serrallo alborotado; vio a aquellos dos niños en la jofaina de
oro: muertos[50]
y tirados ahí indignamente. Sudavé llovió agua de los ojos y le dijo: “¡Mira
claro el sol![51]
Te dije las maldades que él había cometido, pero confiaste en las palabras de
él”.
El corazón del rey
Kawús se tornó desconfiado, se fue y estuvo lleno de preocupación largo rato. Se
decía: “¿Cómo encontrarle a esto un remedio? No es merecido que le sea fácil al
corazón.[52]
Entonces, el rey Kawús buscó a todos aquellos que leen las estrellas. Los mandó
llamar de todas partes y los sentó en el trono de oro. Les habló infinitamente
acerca de Sudavé y la batalla de Hamawarán, para que conocieran su situación y
deslizaran su compás con sabiduría.[53]
También les habló dilatadamente de aquellos niños y sacó lo oculto de su
interior. Todos tomaron sus planisferios y astrolabios y dedicaron una semana a
la tarea. Finalmente dijeron: “¿Cómo puede ser que donde han impregnado de
veneno haya vino?[54]
Estos dos niños son de otro padre, no de la espalda del rey ni de esta madre. Si
fueran de esencia de reyes, sería fácil determinarlo con el planisferio. Lo
sorprendente es que las señas del hombre humilde no se ven ni en el cielo ni en
la tierra.[55]
En secreto, le hablaron al rey de la estrella de la impura mujer malvada. Kawús
lo mantuvo oculto y no se lo contó a nadie, lo tuvo encubierto en su interior.
Así transcurrió una semana más y la copa del mundo se colmó por la hechicería.[56]
Sudavé se quejó y reclamó justicia al rey del mundo, diciendo: “Estoy de acuerdo
con el rey si me debe hacer daño o alejarme del trono y del palacio, pero mi
corazón se tuerce tanto por el dolor de mis hijos muertos que deseo arrancarme
la cabeza del cuerpo”. El rey le dijo: “¡Tranquila, mujer! ¡No veas solo el hoy,
ve el fin!”[57]
Luego ordenó a sus guardias diurnos para que se encaminaran y buscaran en toda
la ciudad y trajeran ante él a la mujer malhechora [que había abortado]. Encontraron señales de ella ahí cerca, arrastraron a
la pobre mujer por el camino y la llevaron ante el rey, humillándola. Hasta los
mayores se apresuraron a ver. El gran soberano le preguntó con amabilidad
[acerca de lo sucedido], le dio esperanzas y le prometió buenos días, pero ella
no confesó y no convenció al rey. Entonces, la ató y la pegó y dijo a sus
guardias: “¡Sáquenla de aquí y busquen una solución! Si no confiesa, cortadla a
la mitad, como mandan las costumbres y los ritos de reyes”. Sacaron a la mujer
del palacio y le hablaron de la espada, la horca y el calabozo. La hechicera
respondió: “Yo soy inocente, ¿qué puedo decir ante el soberano?” Le contaron al
rey lo que la mujer había dicho: solo el Creador del mundo sabe lo oculto. Llamó
a Sudavé ante sí y le reveló lo que habían determinado los astrólogos: “Estos
dos niños se parecen a la mujer hechicera y son hijos de Ahrimán”. Sudavé de
nuevo respondió: “Ellos saben más secretos que esto, ocultan más palabra en su
interior, pero no pueden decir nada por Siyawush: por el temor al comandante de
cuerpo de elefante, hasta los leones tiemblan, porque tiene la fuerza de 80
elefantes y si quiere puede cortar la corriente del río Nilo. Los valientes
ejércitos de 100 000 soldados huyen de él en las batallas. ¿Cómo puedo
enfrentarlo yo? Solo me queda tener siempre los ojos llenos de sangre. ¿Qué
dicen los astrólogos excepto lo que les ordena decir quien los recompensará? Si
no te importan tus pequeños hijos, a mí tampoco me une nada más a ellos. Como
has tomado este asunto a la ligera, esperaré que se me haga justicia en el otro
mundo”. Derramó de sus ojos tanta agua que superaba lo que toma el sol del Nilo.
El dueño del ejército
se afligió por sus palabras y empezó a llorar junto con ella. Mandó de vuelta
[al serrallo] a Sudavé, pero su corazón seguía puesto en el dolor; se decía:
“Investigaremos este asunto ocultamente, a ver cuál es el resultado”. Llamó a
todos los sacerdotes y les habló de Sudavé largo rato. Los sacerdotes le dijeron
al rey: “El dolor que siente el dueño del ejército no quedará oculto. Si deseas
saber la verdad hay que lanzarle una piedra al vaso.[58]
Aunque son queridos los hijos, el corazón del rey está afligido de preocupación;
y, por otro lado, está angustiado por la hija del rey de Hamawarán. Como ambos
sostienen su palabra, uno de ellos debe pasar por el fuego. La alta rueda[59]
ha determinado que los inocentes saldrán indemnes.” El tenedor del mundo llamó a
Sudavé ante sí y la sentó con Siyawush para que hablaran del mal [sucedido].
Finalmente dijo: “Mi corazón no se sentirá seguro de ninguno, ni mi alma quedará
tranquila, a no ser que el ardiente fuego encuentre al culpable y lo delate”.
Sudavé contestó: “Yo he dicho la verdad. Malogré dos hijos del rey: nadie sabe
de una falta mayor. Siyawajsh es quien debe mostrar que no cometió esta maldad”.
El rey de la tierra le preguntó a Siyawajsh: “¿Qué opinas tú de esto?” Siyawush
le respondió: “A causa de estas palabras, [hasta el fuego] del infierno me
parece insignificante. Pasaré por la montaña de fuego si es necesario; no me
negaré”. El alma de Kay Kawús se llenó de preocupación por su hijo y por su
querida Sudavé: “Si uno de los dos resulta malhechor, ¿quién me llamará rey a
partir de entonces? ¿Quién puede hacer buenas acciones si su mente está
hirviendo a causa de su hijo y su esposa? Es mejor que lave mi corazón de estas
malas palabras y busque un remedio que libere el corazón. ¡Qué bien dijo aquel
rey elocuente: ‘No reines con el corazón doliente’!”
Palabras acerca del paso de
Siyawajsh por el fuego
Ordenó a los camelleros que trajeran del llano 100
caravanas de camellos. Cargaron de leña los camellos y todo el país de Irán fue
a mirar. Cien caravanas de bramantes camellos pelirrojos trajeron leña.
Apilaron dos altas montañas de la innumerable leña: cualquiera las veía de dos
leguas de distancia. [El rey] quería ver la verdad y esta debía ser la solución.
Ahora que escuches esta historia, sabrás que es más conveniente no inclinarse
hacia las mujeres: pues hay muchas fallas en sus acciones. En el llano apilaron
dos montañas de leña, todo un mundo se reunió a mirar. El paso entre las dos
pilas era suficientemente ancho para permitir pasar a cuatro jinetes que
cabalgaran a la par: así eran la costumbre y el rito de aquella prueba del
poderoso rey. Entonces, el rey ordenó a los sacerdotes que tiraran negra nafta a
la leña. Vinieron 200 hombres a encender el fuego, soplaron y la noche se volvió
día. Con el primer soplo, salió humo negro y después, rápido, se elevó la lengua
del fuego. La tierra se tornó más luminosa que el cielo, el fuego estaba vivo y
la gente, agitada. Siyawush vino hacia su padre, llevando en la cabeza una
celada de oro. Todo el llano ardió en lágrimas al ver su sonriente rostro.
Lúcido, vestido de blanco, los labios desbordados de sonrisa y el corazón lleno
de esperanza, montaba un negro corcel cuyos cascos levantaban polvo hasta la
luna. Se había esparcido alcanfor por el cuerpo, como se acostumbra al ponerse
el sudario. Cuando llegó ante Kawús, bajó del caballo y se prosternó. Vio el
rostro del rey Kawús rebosante de vergüenza. Vio que era suave su hablar con su
hijo.
Siyawush le dijo: “No estés triste. Así gira el mundo. Mi cabeza está repleta de
vergüenza y tengo valor: si soy inocente, me libraré. Pero si soy culpable, ¡que
Dios no me guarde! Con el poder del bondadoso Creador, me salvaré de esta
montaña de fuego”. Del llano y de la ciudad se levantó bullicio; el mundo entero
se entristeció. Cuando Sudavé escuchó los gritos, salió al iwán y vio el
fuego; deseó que el mal lo alcanzara, hirviendo de angustia. Todo un mundo, con
las lenguas repletas de maldiciones y los corazones de ira, tenía sus ojos
fijados en Kawús.
Siyawush cabalgó
hacia aquella montaña de fuego, no se asustó, se preparó a enfrentarla. La
lengua del fuego se alzaba por doquier y nadie pudo ver el casco y el caballo de
Siyawush. En la planicie, estaban todos con los ojos llenos de sangre, esperando
que él saliera del fuego. Cuando lo vieron, alzaron la voz diciendo: “¡El nuevo
rey ha salido del fuego!” Aun si [en vez de fuego] hubiera pasado por agua, su
vestimenta estaría mojada, pero el caballo y la ropa del jinete lucían impolutos
como un jazmín.
Cuando el puro Creador perdona, son iguales el aliento del fuego y el del agua.
Cuando de la montaña de fuego pasó a la planicie, el llano y la ciudad
levantaron clamor. Los jinetes del ejército se alzaron y todos los presentes le
arrojaron monedas. El mundo entero, tanto los nobles como los plebeyos, estaba
alegre. Todos repetían la feliz noticia de que “El Justo ha perdonado al
inocente”.
Sudavé, por rabia, se
arrancaba los cabellos, lloraba y se rasguñaba el rostro. Cuando Siyawajsh fue
ante su padre, estaba limpio, sin rastro del fuego y ni de humo ni de polvo
alguno. El rey Kawús, comandante del ejército, bajó de su caballo y lo mismo
hizo su ejército. Abrazó a Siyawajsh con fuerza y le pidió disculpas por su mal
comportamiento. Ante el puro dueño del mundo, Siyawajsh frotó su rostro contra
el suelo, pues se había salvado del ardor de aquella montaña de fuego,
frustrando los deseos de sus enemigos. El rey le dijo: “¡Oh joven valiente, de
semilla pura y alma luminosa! ¡Bendito aquel que nace de madre virtuosa, pues
será el rey del mundo!” Se deslizó con alegría hacia el iwán; se sentó y
se colocó el sombrero de reyes en la cabeza. Mandó traer vino y llamó a los
músicos, disfrutando con Siyawush de todo. Durante tres días tomaron vino y la
puerta del tesoro no estuvo cerrada. Al cuarto día, se sentó en el trono de
grandeza, en su mano la maza de cabeza bovina.[61]
Con ira, mandó llamar a Sudavé y le habló de lo que había pasado: “Te has
portado con maldad y sin vergüenza y has hecho sufrir a mi corazón en demasía.
Al final, sirviéndote así de la brujería, jugaste con la vida de mi hijo y lo
arrojaste al fuego. Pedir disculpas ya no sirve de nada: ¡prepárate para dejar
este mundo como un adorno de la horca! Tú no mereces estar en la tierra, ¡tu
merecido es solo la horca!” Ella le dijo: “Si mi castigo es que me corten la
cabeza por ese mal que me ha alcanzado, que sea lo que tú ordenes. Mi corazón lo
acepta porque no quiero que me tengas rencor. Siyawush dice la verdad y lava el
corazón del rey con el fuego, [pero] todo esto es hechicería de Zal; si no, el
fuego ardiente no sería mi enemigo”.[62]
[Kawús] le respondió: “¡Todavía intentas engañarme! ¡No se dobla la espalda de
tu maldad!” Luego, el rey del mundo les preguntó a los iranios: “¿Cuál debe ser
el castigo de ella por el mal que ha cometido a escondidas?” Todos alabaron al
rey y contestaron: “Su castigo debe ser perder la vida; así sufrirá por el mal
cometido”. Kawús ordenó al verdugo: “Llévatela a la calle y ahórcala. Termina
este trabajo”.
Cuando agarraron a
Sudavé, todo el serrallo lanzó un grito. El corazón del rey Kawús se llenó de
dolor; lo ocultó, pero su rostro tornose amarillo. Siyawush habló con el rey y
le dijo así: “No entristezcas tu corazón por esto. Perdona a Sudavé por mí.
Quizá así vuelva al camino [recto], a los consejos y a las [buenas] costumbres”.
Pues en su corazón estaba pensando: “Si Sudavé muere a manos del rey, este se
arrepentirá al final y me acusará a mí del mal que lo afligirá”. El rey, que
buscaba una excusa para perdonar la culpa cometida, le dijo a Siyawajsh: “Aunque
había decidido derramar su sangre, la perdono”. Siyawush besó el trono de su
padre, se levantó y se fue. Las mujeres del serrallo volvieron ante Sudavé y se
prosternaron ante ella una a una.
Así pasó también un
tiempo y el corazón del rey recuperó su calor por ella, hasta que, de nuevo, se
llenó tanto de su amor que no quitaba su mirada del rostro de ella. Sudavé, a
escondidas, de nuevo hechizó al rey del mundo para que pensara mal de Siyawajsh
como es esperado de los que tienen mala esencia. Escuchándola, [Kawús] volvió a
dudar de él, aunque en ese momento no se lo reveló a nadie.
Cuando así ocurren
las cosas, hacen falta la sabiduría, la justicia y la fe. Hay que ser
precavidos, como los sabios, para que todo resulte como uno lo desea. Tú no eres
suficiente para crear, así que no te enfades si no comprendes la acción del
Creador. Así se comporta la rueda giratoria: no quiere mostrarte su rostro
amable. Esta historia te enseña algo: que no hay amor que supere los lazos de
sangre. Cuando haya aparecido un hijo merecido, hay que alejar el corazón del
amor de las mujeres.
04
Bibliografía
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Tolstov, Sergey Pavlovich (1948). По следам древнехорезмийской цивилизации
[Siguiendo las huellas de la Antigua civilización de Corasmia], Moscú, msu.
Shekoufeh Mohammadi Shirmahaleh
Doctora en Lingüística Aplicada por la Universidad de Alicante. Su carrera
profesional abarca la investigación, la docencia y la traducción. Actualmente es
investigadora del Seminario de Hermenéutica del Instituto de Investigaciones
Filológicas de la unam, y como investigadora se ha dedicado a las aplicaciones
de la semiótica a la literatura y las artes, teniendo la cultura y el arte
persas como el centro de sus estudios. Sus líneas de investigación incluyen la
hermenéutica literaria, la hermenéutica del símbolo y la hermenéutica cultural.
Entre sus últimas publicaciones están: Sintiendo la palabra. Contextos
lingüísticos y literarios del icono metafórico (2016), y, como editora, Mito,
épica e identidad. El presente como metáfora del ayer (2019).
05
NOTAS
Esta diosa no es la
misma que la diosa madre de la tierra, sino que se parece más a diosas
mayores como la Pínikir elamita, perteneciente al neolítico matriarcal
(cuarto milenio a. C.) [Bahar 2014: 393-394].
(18)
El nombre de este personaje se ha registrado como Siyawajsh y Siyawush
según las necesidades métricas y rítmicas del poema.
(19)
Midió su fortuna con el astrolabio (Ferdousí 2014, vol. 9: 569). Sin embargo si
tomamos en cuenta el significado literal del verso, otra interpretación es
posible: Kawús es el rey del mundo y según las fuentes mazdeístas es un
personaje cuya majestuosidad casi iguala la de Yamshid. Ahora bien, si
consideramos que a Siyawush se le atribuyen las características de una
deidad solar (Hosurí 2004: 47-49), podemos interpretar que al nacer
Siyawush, que es el sol, Kawús le asigna un lugar en el cielo dividido en
fracciones que marcarán las diferentes fases del viaje del sol en el
firmamento. Con este verso, Ferdousí conserva con sabiduría los atributos
míticos del personaje.
Esta pregunta, junto con un par más de versos que aparecen en el fragmento aquí traducido, son
los únicos dos versos —de los 50 000 que conforman el Shahnamé— que
hablan con desprecio sobre las mujeres. Un vistazo a las demás reinas y
heroínas del libro muestra claramente que la postura de Ferdousí ante la
mujer no es la que aquí aparece, sino todo lo contrario, pues las páginas de
su Shahnamé están repletas de alabanzas a la belleza, la sabiduría,
la astucia y la valentía de las mujeres. El carácter excepcional de este
posicionamiento se debe a la presencia de una mujer igualmente inusual,
Sudavé, que, a diferencia de todas las demás mujeres del Shahnamé,
tiene dos facetas totalmente contradictorias. Es, por un lado, una cariñosa,
fiel y valiente esposa para Kawús, y por otro, una mujer malvada y engañosa
en su papel de madrastra. Por lo tanto, este alegato de Ferdousí mediante la
voz de Siyawush no debe interpretarse como una declaración misógina sino ser
comprendida en el contexto total de su obra y en el nivel de otras
afirmaciones parecidas del poeta acerca de los héroes o reyes que muestran
poca sabiduría y escasas virtudes.
En los textos sagrados del mazdeísmo, la hechicería y la magia están generalmente
prohibidas y se consideran obra de los demonios. Es por ello que los hijos
de la mujer hechicera son llamados hijos de Ahrimán.
Ferdousí enfatiza el hecho de que Siyawush sale del fuego totalmente indemne y que su ropa blanca
no presenta ninguna señal de humo. Shahroj Meskub argumenta que el fuego no
daña a Siyawush, no solo por su inocencia, sino porque él y el fuego
comparten la misma esencia, a saber, la luz de Mazda (Meskub 2015: 49-50).
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