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Crítica de la dialéctica
hegeliana y de la filosofía de Hegel en general
(Extracto del
Tercer Manuscrito de los Manuscritos Económicos y filosóficos de 1844 de Karl
Marx)
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(VI) En este punto es quizá el lugar donde,
para entendimiento y justificación de lo dicho, conviene hacer algunas
indicaciones; tanto sobre la dialéctica hegeliana en general como especialmente
sobre su exposición en la Fenomenología y en la Lógica y, finalmente, sobre la
relación con Hegel del moderno movimiento crítico.
La preocupación de la moderna crítica alemana
por el contenido del viejo mundo era tan fuerte, estaba tan absorta en su
asunto, que mantuvo una actitud totalmente acrítica respecto del método de
criticar y una plena inconsciencia respecto de la siguiente cuestión
parcialmente formal, pero realmente esencial: ¿en qué situación nos
encontramos ahora frente a la dialéctica hegeliana? La inconsciencia sobre la
relación de la crítica moderna con la filosofía hegeliana en general y con la
dialéctica en particular era tan grande, que críticos como Strauss y Bruno Bauer
(el primero completamente, el segundo en sus Sinópticos, en los que,
frente a Strauss, coloca la «autoconciencia» del hombre abstracto en lugar de la
sustancia de la «naturaleza abstracta» e incluso en el Cristianismo
descubierto) están, al memos en potencia, totalmente presos de la lógica
hegeliana. Así, por ejemplo, se dice en el Cristianismo descubierto:
«Como si la autoconciencia, al poner el mundo, la diferencia, no se produjera a
sí misma al producir su objeto, pues ella suprime de nuevo la diferencia de lo
producido con ella misma, pues ella sólo en la producción y el movimiento es
ella misma; como si no tuviera en este movimiento su finalidad», etc., o bien:
«Ellos (los materialistas franceses) no han podido ver aún que el movimiento del
universo sólo como movimiento de la autoconciencia se ha hecho real para sí y ha
llegado a la unidad consigo mismo». Expresiones que ni siquiera en la
terminología muestran una diferencia respecto de la concepción hegeliana, sino
que más bien la repiten literalmente.
(XII) Hasta que punto era escasa en el acto de
la critica (Bauer, Los sinópticos) la conciencia de su relación con la
dialéctica hegeliana, hasta qué punto esta conciencia no aumentó incluso después
del acto de la crítica material es cosa que prueba Bauer cuando en su Buena
causa de la libertad rechaza la indiscreta pregunta del señor Gruppe: «¿Qué
hay de la lógica?)», remitiéndola a los críticos futuros.
Pero incluso ahora, después de que Feuerbach
(tanto en Sus «Tesis de los Anekdota» como, detalladamente, en la
Filosofía del futuro) ha demolido el núcleo de la vieja dialéctica y la
vieja filosofía; después de que, por el contrario, aquella critica que no había
sido capaz de realizar el hecho, lo vio consumado y se proclamó crítica pura,
decisivo, absoluta, llegada a claridad consigo misma; después de que, en su
orgullo espiritualista, redujo el movimiento histórico todo a la relación del
mundo (que frente a ella cae bajo la categoría de «masa») con ella misma y ha
disuelto todas las contradicciones dogmáticas en la única contradicción
dogmática de su propia agudeza con la estupidez del mundo, del Cristo crítico
con la Humanidad como el «montón», después de haber probado, día tras día y hora
tras hora, su propia excelencia frente a la estupidez de la masa; después de
que, por último, ha anunciado el juicio final crítico, proclamando que se
acerca el día en que toda la decadente humanidad se agrupará ante ella y será
por, ella dividida en grupos, recibiendo cada montón su testimonium
paupertatis; después de haber hecho imprimir su superioridad sobre los
sentimientos humanos y sobre el mundo, sobre el cual, tronando en su orgullosa
soledad, sólo deja caer, de tiempo en tiempo, la risa de los dioses olímpicos
desde sus sarcásticos labios; después de todas estas divertidas carantoñas del
idealismo (del neohegalianismo) que expira en la forma de la crítica, éste no ha
expresado ni siquiera la sospecha de tener que explicarse críticamente con su
madre, la dialéctica hegeliana, así como tampoco ha sabido dar una indicación
crítica sobre la dialéctica de Feuerbach. Una actitud totalmente acrítica para
consigo mismo.
Feuerbach es el único que tiene respecto de la
dialéctica hegeliana una actitud seria, crítica, y el único que ha hecho
verdaderos descubrimientos en este terreno. En general es el verdadero vencedor
de la vieja filosofía. Lo grande de la aportación y la discreta sencillez con
que Feuerbach la da al mundo están en sorprendente contraste con el
comportamiento contrario.
La gran hazaña de Feuerbach es:
1) La prueba de que la Filosofía no es sino la
Religión puesta en ideas y desarrollada discursivamente; que es, por tanto, tan
condenable como aquélla y no representa sino otra forma, otro modo de existencia
de la enajenación del ser humano.
2) La fundación del verdadero materialismo
y de la ciencia real, en cuanto que Feuerbach hace igualmente de la
relación social «del hombre al hombre» el principio fundamental de la teoría'.
3) En cuanto contrapuso a la negación de la
negación que afirma ser lo positivo absoluto lo positivo que descansa sobre él
mismo y se fundamenta positivamente a si mismo.
Feuerbach explica la dialéctica hegeliana
(fundamentando con ello el punto de partida de lo positivo, de sensiblemente
cierto) del siguiente modo:
Hegel parte de la enajenación (lógicamente de
lo infinito, de lo universal abstracto) de la sustancia, de la abstracción
absoluta y fijada; esto es, dicho en términos populares, parte de la Religión y
de la Teología.
Segundo. Supera lo infinito, pone lo verdadero, lo
sensible, lo real, lo finito, lo particular (Filosofía, superación de la
Religión y de la Teología),
Tercero. Supera de nuevo lo positivo, restablece
nuevamente la abstracción, lo infinito; restablecimiento de la religión y de la
Teología.
Feuerbach concibe la negación de la negación
sólo como contradicción de la Filosofía consigo misma; como la Filosofía que
afirma la Teología (trascendencia, etc.) después de haberla negado; que la
afirma en oposición a sí misma.
La posición o autoafirmación y autoconfirmación
que está implícita en la negación de la negación es concebida como una posición
no segura aún de sí misma, lastrada por ello de su contrario, dudosa de si misma
y por ello necesitada de prueba, que no se prueba, pues, a si misma mediante su
existencia; como una posición inconfesada (XIII) y a la que, por ello, se le
contrapone, directa e inmediatamente, la posición sensorialmente cierta,
fundamentada en si misma.
Pero en cuanto que Hegel ha concebido la
negación de la negación, de acuerdo con el aspecto positivo en ella implícito,
como lo verdadero y único positivo y, de acuerdo con el aspecto negativo también
implícito, como el único acto verdadero y acto de autoafirmación de todo ser,
sólo ha encontrado la expresión abstracta, lógica, especulativa
para el movimiento de la Historia, que no es aún historia real del hombre
como sujeto presupuesto, sino sólo acto genérico del hombre, historia
del nacimiento del hombre. Explicaremos tanto la forma abstracta como la
diferencia que este movimiento tiene el Hegel en oposición a la moderna crítica
del mismo proceso en La Esencia del Cristianismo, de Feuerbach; o más
bien, explicaremos la forma crítica de este movimiento que en Hegel es aún
acrítico.
Una ojeada al sistema hegeliano. Hay que
comenzar con la Fenomenología hegeliana, fuente verdadera y secreto de la
Filosofía hegeliana.
Fenomenología
A) La autoconciencia
I. Conciencia a) Certeza
sensorial o lo esto y lo mío b) La percepción o la cosa con sus
propiedades y la ilusión. c) Fuerza y entendimiento, fenómeno y mundo
suprasensible.
II. Autoconciencia. La verdad de la
certeza de sí mismo. a) Dependencia e independencia de la autoconciencia,
señorío y vasallaje. b) Libertad de la autoconciencia. Estoicismo, escepticismo,
la conciencia desventurada.
III. Razón. Certeza y verdad de la
razón. Razón observadora; observación de la naturaleza y de la autoconciencia.
b) Realización de la autoconciencia racional mediante ella misma. El goce y la
necesidad. La ley de corazón y el delirio de la presunción. La virtud y el curso
del mundo. c) La individualidad que es real en sí y para si. El reino animal del
espíritu y el fraude o la cosa misma. La razón legisladora. La razón examinadora
de leyes.
B) El espíritu
I. El verdadero espíritu: la ética. II.
El espíritu enajenado de sí, la cultura. III. El espíritu seguro de si mismo, la
moralidad.
C) La Religión
Religión natural, religión estética, religión
revelada.
D) El saber absoluto
Cómo la Enciclopedia de Hegel comienza
con la lógica, con el pensamiento especulativo puro, y termina con el
saber absoluto, con el espíritu autoconsciente, que se capta a sí mismo,
filosófico, absoluto, es decir, con el espíritu sobrehumano abstracto, la
Enciclopedia toda no es más que la esencia desplegada del espíritu
filosófico, su autoobjetivación. El espíritu filosófico no es a su vez sino el
enajenado espíritu del mundo que piensa dentro de su autoenajenación, es decir,
que se capta a sí mismo en forma abstracta. La lógica es el dinero
del espíritu, el valor pensado; especulativo, del hombre y de la
naturaleza; su esencia que se ha hecho totalmente indiferente a toda
determinación real y es, por tanto, irreal; es el pensamiento enajenado
que por ello hace abstracción de la naturaleza y del hombre real; el pensamiento
abstracto. La exterioridad de este pensamiento abstracto...
La naturaleza tal como es para este pensamiento abstracto; ella es
exterior a él, la pérdida de sí mismo; y él la capta también externamente, como
pensamiento abstracto, pero como pensamiento abstracto enajenado; finalmente, el
espíritu, este pensamiento que retorna a su propia cuna, que como espíritu
antropológico, fenomenológico, psicológico, moral, artístico—religioso, todavía
no vale para al mismo hasta que, por último, como saber
absoluto, se encuentra y relaciona consigo mismo
en el espíritu ahora absoluto, es decir, abstracto, y recibe su existencia
consciente, la existencia que le corresponde, pues su existencia real es la
abstracción.
Un doble error en Hegel.
El primero emerge de la manera más clara en la
Fenomenología, como cuna de la Filosofía hegeliana. cuando él concibe,
por ejemplo, la riqueza, el poder estatal, etcétera, como esencias enajenadas
para el ser humano, esto sólo se produce en forma especulativa... Son
entidades ideales y por ello simplemente un extrañamiento del pensamiento
filosófico puro; es decir, abstracto. Todo el movimiento termina así con
el saber absoluto. Es justamente del pensamiento abstracto de donde estos
objetos están extrañados y es justamente al pensamiento abstracto al que se
enfrentan con su pretensión de realidad. El filósofo (una forma
abstracta, pues, del hombre enajenado) se erige en medida del mundo
enajenado. Toda la historia de la enajenación y toda la
revocación de la enajenación no es así sino la historia de la producción
del pensamiento abstracto, es decir, absoluto (Vid. página XIII) (XVII), del
pensamiento lógico especulativo. El extrañamiento, que constituye, por
tanto, el verdadero interés de esta enajenación y de la supresión de esta
enajenación, es la oposición de en si y para si, de conciencia y
autoconciencia, de objeto y sujeto, es decir, la oposición, dentro del
pensamiento mismo, del pensamiento abstracto y la realidad sensible o lo
sensible real. Todas las demás oposiciones y movimientos de estas oposiciones
son sólo la apariencia, la envoltura, la forma esotérica de
estas oposiciones, las únicas interesantes, que constituyen el sentido de
las restantes profanas oposiciones. Lo que pasa por esencia establecida del
extrañamiento y lo que hay que superar no es el hecho de que el ser humano se
objetive de forma humana, en oposición a si mismo, sino el que se
objetive a diferencia de y en oposición al pensamiento
abstracto.
(XVIII) La apropiación de las fuerzas
esenciales humanas, convertidas en objeto, en objeto enajenado, es pues, en
primer lugar, una apropiación que se opera sólo en la conciencia,
en el pensamiento puro, es decir, en la abstracción, la
apropiación de objetos como pensamientos y movimientos del
pensamiento, por esto, ya en la Fenomenología (pese a su aspecto
totalmente negativo y crítico, y pese a la crítica real en ella contenida, que
con frecuencia se adelanta mucho al desarrollo posterior) está latente como
germen, como potencia, está presente como un misterio, el positivismo acrítico y
el igualmente acrítico idealismo de las obras posteriores de Hegel, esa
disolución y restauración filosóficas de la empiria existente. En segundo
lugar. La reivindicación del mundo objetivo para el hombre (por ejemplo, el
conocimiento de la conciencia sensible no es una conciencia sensible
abstracta, sino una conciencia sensible humana; el conocimiento de
que la Religión, la riqueza, etc., son sólo la realidad enajenada de la
objetivación humana, del as fuerzas esenciales humanas nacidas
para la acción y, por ello, sólo el camino hacia la verdadera realidad
humana), esta apropiación o la inteligencia de este proceso se presenta así
en Hegel de tal modo que la sensibilidad, la Religión, el poder
del Estado, etc., son esencias espirituales, pues sólo el espíritu,
es la verdadera esencia del hombre, y la verdadera forma del espíritu es
el espíritu pensante, el espíritu lógico, especulativo. La humanidad de
la naturaleza y de la naturaleza producida por la historia, de los productos del
hombre, se manifiesta en que ellos son productos del espíritu abstracto
y, por tanto y en esa misma medida, momentos espirituales, esencias
pensadas. La Fenomenología es la crítica oculta, oscura aun para si
misma y mistificadora; pero en cuanto retiene el extrañamiento del hombre
(aunque el hombre aparece sólo en la forma del espíritu) se encuentran ocultos
en ella todos los elementos de la crítica y con frecuencia preparados y
elaborados de un modo que supera ampliamente el punto de vista hegeliano. La
«conciencia desventurada», la «conciencia honrada», la lucha de la «conciencia
noble y la conciencia vil», etc., estas secciones sueltas contienen (pero en
forma enajenada) los elementos críticos de esferas enteras como la
Religión, el Estado, la; Pida civil, etc. Así como la esencia, el objeto,
aparece como esencia pensada, así el sujeto es siempre conciencia o
autoconciencia; o mejor, el objeto aparece sólo como conciencia abstracta,
el hombre sólo como autoconciencia; la diversas formas del extrañamiento
que allí emergen son, por esto, sólo distintas formas de la conciencia y de la
autoconciencia. Como la conciencia abstracta en si (el objeto es
concebido como tal) es simplemente un momento, de diferenciación de la
autoconciencia, así también surge como resultado del movimiento la identidad de
la autoconciencia con la conciencia, el saber absoluto, el movimiento del
pensamiento abstracto que no va ya hacia fuera, sino sólo dentro de si mismo; es
decir, el resultado es la dialéctica del pensamiento puro.
(XXIII) Lo grandiosa de la Fenomenología
hegeliana y de su resultado final (la dialéctica de la negatividad como
principio motor y generador) es, pues, en primer lugar, que Hegel concibe la
autogeneración del hombre como un proceso, la objetivación como desobjetivación:
como enajenación y como supresión de esta enajenación; que capta la esencia del
trabajo y concibe el hombre objetivo, verdadero porque real, como
resultado de su propio trabajo. La relación real, activa, del
hombre consigo mismo como ser genérico, o su manifestación de sí como un ser
genérico general, es decir, como ser humano, sólo es posible merced a que el
realmente exterioriza todas sus fuerzas genéricas (lo cual, a su vez,
sólo es posible por la cooperación de los hombres, como resultado de la
historia) y se comporta frente a ellas como frente a objetos (lo que, a su vez,
sólo es posible de entrada en la forma del extrañamiento).
Expondremos ahora detalladamente la
unilateralidad los limites de Hegel a la luz del capítulo final de la
Fenomenología, el saber absoluto: un capítulo que contiene tanto el espíritu
condensado de la Fenomenología, su relación con la dialéctica especulativa, como
la conciencia de Hegel sobre ambos y sobre su relación recíproca.
De momento, anticiparemos sólo esto: Hegel se
coloca en el punto de vista de la Economía Política moderna. Concibe el
trabajo como la esencia del hombre, que se prueba a si misma; él sólo
ve el aspecto positivo del trabajo, no su aspecto negativo. El trabajo es el
devenir para sí del hombre dentro de la enajenación o como hombre
enajenado. El único trabajo que Hegel conoce y reconoce es el abstracto
espiritual. Lo que, en general, constituye la esencia de la Filosofía, la
enajenación del hombre que se conoce, o la ciencia enajenada que
se piensa, lo capta Hegel como esencia del trabajo y por eso puede, frente a
la filosofía precedente, reunir sus diversos momentos, presentar su Filosofía
como la Filosofía. Lo que los otros filósofos hicieron (captar momentos
aislados de la naturaleza y de la vida humana con momentos de la autoconciencia
o, para ser precisos, de la autoconciencia abstracta) lo sabe Hegel como
el hacer de la Filosofía, por eso su ciencia es absoluta.
Pasemos ahora a nuestro tema.
El saber absoluto. Capítulo final de la
Fenomenología
La cuestión fundamental es que el objeto
de la conciencia no es otra cosa que la autoconciencia, o que el
objeto no es sino la autoconciencia objetivada, la autoconciencia como
objeto (poner al hombre = autoconciencia).
Importa, pues, superar el objeto de la
conciencia. La objetividad como tal es una relación enajenada del hombre,
una relación que no corresponde a la esencia humana, a la autoconciencia.
La reapropiación de la esencia objetiva del hombre, generada como extraña
bajo la determinación del extrañamiento, no tiene, pues, solamente la.
significación de suprimir el extrañamiento, sino también la objetividad;
es decir, el hombre pasa por ser no objetivo, espiritualista.
El movimiento de la superación del objeto de
la conciencia lo describe Hegel del siguiente modo:
El objeto no se muestra únicamente (esta
es, según Hegel, la concepción unilateral —que capta una sola cara— de
aquel movimiento) como retornando al si mismo. El hombre es puesto como
igual al si mismo. Pero el si mismo no es sino el hombre abstractamente
concebido y generado mediante la abstracción. El hombre es mismeidad. Su
ojo, su oído, etc., son mismeidad; cada una de sus fuerzas esenciales
tiene en él la propiedad de la mismeidad. Pero por eso es completamente
falso decir: la autoconciencia tiene ojos, oídos, fuerzas esenciales. La
autoconciencia es más bien una cualidad de la naturaleza humana, del ojo humano,
etc., no la naturaleza humana de la (XXIV) autoconciencia.
El si mismo abstraído y fijado para sí es el
hombre como egoísta abstracto, el egoísmo en su pura abstracción
elevado hasta el pensamiento (volveremos más tarde sobre esto).
La esencia humana, el hombre,
equivale para Hegel a autoconciencia. Todo extrañamiento de la esencia
humana no es nada más que extrañamiento de la autoconciencia.
El extrañamiento de la conciencia no es considerado como expresión
(expresión que se refleja en el saber y el pensar) del extrañamiento real
de la humana esencia. El extrañamiento verdadero, que se manifiesta como
real, no es, por el contrario, según su más intima y escondida esencia (que sólo
la Filosofía saca a la luz) otra cosa que el fenómeno del extrañamiento
de la esencia humana real, de la autoconciencia. Por eso la ciencia que
comprende esto se llama Fenomenología. Toda reapropiación de la esencia
objetiva enajenada aparece así como una incorporación en la autoconciencia; el
hombre que se apodera de su esencia real no es sino la autoconciencia que se
apodera de la esencia objetiva; el retorno del objeto al si mismo es, por tanto,
la reapropiación del objeto. Expresada de forma universal, la
superación del objeto de la autoconciencia es:
1) Que el objeto en cuanto tal se presenta a la
conciencia como evanescente; 2) Que es la enajenación de la autoconciencia la
que pone la coseidad; 3) Que esta enajenación no sólo tiene significado
positivo, sino también negativo, 4) Que no lo tiene sólo para
nosotros o en sí, sino también para ella; 5) Para ella [la autoconciencia]
lo negativo del objeto o su autosupresión tiene significado positivo, o
lo que es lo mismo, ella conoce esta negatividad del mismo porque ella se
enajena así misma, pues en esta enajenación ella se pone como objeto o
pone al objeto como si misma en virtud de la inseparable unidad del ser para
sí 6) De otra parte, está igualmente presente este otro momento, a saber:
que ella [la autoconciencia] ha superado y retomado en sí misma esta enajenación
y esta objetividad, es decir, en su ser otro como tal está
junto a sí; 7) Este es el movimiento de la conciencia y ésta es, por ella,
la totalidad de sus momentos; 8) Ella [la autoconciencia] tiene que comportarse
con el objeto según la totalidad de sus determinaciones tiene que haberlo
captado, así, según cada una de ellas. Esta totalidad de sus determinaciones lo
hace en sí esencia espiritual y para la conciencia se hace esto verdad
por la aprehensión de cada una de ellas [las determinaciones] en particular como
el al mismo o por el antes mencionado comportamiento espiritual hacia
ellas.
Ad. 1) El que el objeto como tal se presente
ante la conciencia como evanescente es el antes mencionado retorno del objeto
al si mismo.
Ad. 2) La enajenación de la autoconciencia
pone la coseidad. Puesto que el hombre = autoconciencia, su esencia
objetiva enajenada, o la coseidad (lo que para él es objeto, y
solo es verdaderamente objeto para él aquello que le es objeto esencial, es
decir, aquello que es su esencia objetiva. Ahora bien, puesto que no se
hace sujeto al hombre real como tal y, por tanto, tampoco a la naturaleza
—el hombre es la naturaleza humana— sino sólo a la abstracción del
hombre, a la autoconciencia, la coseidad sólo puede ser la autoconciencia
enajenada), equivale a la autoconciencia enajenada y la coseidad
es puesta por esta enajenación. Es completamente natural que un ser vivo,
natural, dotado y provisto de fuerzas esenciales objetivas, es decir,
materiales, tenga objetos reales, naturales, de su ser, así como que su
autoenajenación sea el establecimiento de un mundo real, objetivo, pero
bajo la forma de la exterioridad, es decir, no perteneciente a su ser y
dominándolo. No hay nada inconcebible o misterioso en ello. Mas bien seria
misterioso lo contrario. Pero igualmente claro es que una autoconciencia,
es decir, su enajenación, sólo puede poner la coseidad, es decir, una
cosa abstracta, una cosa de la abstracción y no una cosa real. Es además
(XXVI) también claro que la coseidad, por tanto, no es nada independiente,
esencial, frente a la autoconciencia, sino una simple creación, algo
puesto por ella, y lo puesto, en lugar de afirmarse a sí mismo, es sólo una
afirmación del acto de poner, que por un momento fija su energía como el
producto y, en apariencia —pero sólo por un momento— le asigna un ser
independiente, real.
Cuando el hombre real, corpóreo, en pie
sobre la tierra firme y aspirando y exhalando todas las fuerzas naturales,
pone sus fuerzas esenciales reales y objetivas como objetos extraños
mediante su enajenación, el acto de poner no es el sujeto; es la
subjetividad de fuerzas esenciales objetivas cuya acción, por ello,
ha de ser también objetiva. El ser objetivo actúa objetivamente y no
actuaría objetivamente si lo objetivo no estuviese implícito en su determinación
esencial. Sólo crea, sólo pone objetos porque él [el ser objetivo]
esta puesto por objetos, porque es de por sí naturaleza. En el acto del poner no
cae, pues, de su «actividad pura» en una creación del objeto, sino que su
producto objetivo confirma simplemente su objetiva actividad, su
actividad como actividad de un ser natural y objetivo.
Vemos aquí cómo el naturalismo realizado, o
humanismo, se distingue tanto del idealismo como del materialismo y es, al mismo
tiempo, la verdad unificadora de ambos. Vemos, también, cómo sólo el naturalismo
es capaz de comprender el acto de la historia universal.
El hombre es inmediatamente ser
natural. Como ser natural, y como ser natural vivo, está, de una
parte dotado de fuerzas naturales, de fuerzas vitales, es un ser
natural activo; estas fuerzas existen en él como talentos y capacidades,
como impulsos; de otra parte, como ser natural, corpóreo, sensible,
objetivo es, como el animal y la planta, un ser paciente, condicionado y
limitado; esto es, los objetos de sus impulsos existen fuera de él. en cuanto
objetos independientes de él, pero estos objetos los son objetos de
su necesidad, indispensables y esenciales para el ejercicio y afirmación
de sus fuerzas esenciales. El que el hombre sea un ser corpóreo con
fuerzas naturales, vivo, real, sensible, objetivo, significa que tiene como
objeto de su ser, de su exteriorización vital objetos reales, sensibles,
o que sólo en objetos reales sensibles, puede exteriorizar su vida.
Ser objetivo natural sensible, es lo mismo que tener fuera de si objeto,
naturaleza, sentido, o que ser para un tercero objeto; naturaleza, sentido. El
hambre es una necesidad natural; necesita, pues, una naturaleza
fuera de si, un objeto fuera de si, para satisfacerse, para calmarse. El
hambre es la necesidad objetiva que un cuerpo tiene de un objeto que está
fuera de él y es indispensable para su integración y exteriorización esencial.
El sol es el objeto de la planta, un objeto indispensable para ella,
confirmador de su vida, así como la planta es objeto del sol, como
exteriorización de la fuerza vivificadora del sol, de la fuerza esencial
objetiva del so.
Un ser que no tiene su naturaleza fuera de sí
no es un ser natural, no participa del ser de la naturaleza. Un ser que
no tiene ningún objeto fuera de si no es un ser objetivo. Un ser que no es, a su
vez, objeto para un tercer ser no tiene ningún ser como objeto suyo, es
decir, no se comporta objetivamente, su ser no es objetivo.
(XXVII) Un ser no objetivo es un no ser,
un absurdo.
Suponed un ser que ni es él mismo objeto ni
tiene un objeto. Tal ser seria, en primer lugar, el único ser, no
existiría ningún ser fuera de él, existiría único y solo. Pues tan pronto hay
objetos fuera de mí, tan pronto no estoy solo, soy un otro, otra realidad
que el objeto fuera de mi. Para este tercer objeto yo soy, pues, otra
realidad que él, es decir, soy su objeto. Un ser que no es objeto de
otro ser supone, pues, que no existe ningún ser objetivo. Tan pronto como
yo tengo un objeto, este objeto me tiene a mi como objeto. Pero un ser no
objetivo es un ser irracional, no sensible, sólo pensado, es decir, solo
imaginado, un ente de abstracción. Ser sensible, es decir, ser real, es
ser objeto de los sentidos, ser objeto sensible, en consecuencia, tener
objetos sensibles fuera de sí, tener objetos de su sensibilidad. Ser sensible es
ser paciente.
El hombre como ser objetivo sensible es por eso
un ser paciente, y por ser un ser que siente su pasión un ser
apasionado. La pasión es la fuerza esencial del hombre que tiende
enérgicamente hacia su objeto.
El hombre, sin embargo, no es sólo ser natural,
sino ser natural humano, es decir, un ser que es para si, que por ello es
ser genérico, que en cuanto tal tiene que afirmarse: y confirmarse tanto
en su ser como en su saber. Ni los objetos humanos son, pues, los objetos
naturales tal como se ofrecen inmediatamente, ni el sentido humano, tal
como inmediatamente es, tal como es objetivamente, es sensibilidad
humana, objetividad humana. Ni objetiva ni subjetivamente existe la naturaleza
inmediatamente ante el ser humano en forma adecuada; y como todo lo
natural tiene que nacer, también el hombre tiene su acto de nacimiento,
la historia, que, sin embargo, es para él una historia sabida y que, por
tanto, como acto de nacimiento con conciencia, es acto de nacimiento que se
supera a si mismo. La historia es la verdadera Historia Natural del hombre (a
esto hay que volver).
En tercer lugar, por ser este mismo acto de
poner la coseidad sólo una apariencia, un acto que contradice la' esencia de la
pura actividad, ha de ser a su vez superado y negada la coseidad.
Ad. 3, 4, 5, 6: 3º) Esta enajenación de la
conciencia no tiene solamente significado negativo, sino también
positivo y, 4º, este significado positivo no sólo para nosotros o en
sí, sino para ella, para la conciencia misma. 5) Para ella lo negativo
del objeto o la autosuperación de éste tiene un significado positivo o,
en otros términos, ella conoce esta negatividad del mismo porque ella se
enajena a si misma, pues en esta enajenación ella se conoce como
objeto o conoce al objeto, merced a la inseparable unidad del ser —para— sí,
como sí misma. 6) De otra parte, está aquí implícito simultáneamente el otro
momento: que ella, igualmente, ha superado y retomado en si esta enajenación y
objetividad, y que así en su ser otro como tal está junto a sí.
Hemos ya visto que la apropiación del ser
objetivo enajenado o la superación de la objetividad bajo la determinación de la
enajenación (que ha de progresar desde la extrañeza indiferente hasta el real
extrañamiento hostil) tiene para Hegel igualmente, o incluso principalmente, el
significado de superar la objetividad, porque en el extrañamiento lo
chocante para la autoconciencia no es el carácter determinado del objeto,
sino su carácter objetivo. El objeto es por eso un negativo, algo que se supera
a sí mismo, una negatividad. Esta negatividad del mismo no tiene para la
conciencia un significado negativo sino positivo, pues esa negatividad del
objeto es precisamente la autoconfirmación de la no—objetividad, de la
abstracción (XXVIII) de él mismo. Para la conciencia misma, la
negatividad del objeto tiene un significado positivo porque ella conoce
esta negatividad, el ser objetivo, como su autoenajenación; porque sabe que sólo
es mediante su autoenajenación...
El modo en que la conciencia es y en que algo
es para ella es el saber. El saber es su único acto. Por esto algo es
para ella en la medida en que ella sabe este algo. Saber es su
único comportamiento objetivo. Ahora bien, la autoconciencia sabe la negatividad
del objeto, es decir, el no—ser—diferente del objeto respecto de ella, el no—ser
del objeto para ella, porque sabe al objeto como su autoenajenación, es decir,
ella se sabe (el saber como objeto) porque el objeto es sólo la apariencia
de un objeto, una fantasmagoría mentirosa, pero en su ser no es otra cosa que el
saber mismo que se ha opuesto a al mismo y por eso se ha opuesto una
negatividad, algo que no tiene ninguna objetividad fuera del saber; o,
dicho de otra forma, el saber sabe que al relacionarse con un objeto,
simplemente está fuera de sí, que se enajena, que él mismo sólo
aparece ante sí como objeto, o que aquello que se le aparece como objeto sólo es
él mismo.
De otra parte, dice Hegel, aquí está implícito,
al mismo tiempo, este otro momento: que la conciencia ha superado y retomado en
si esta enajenación y esta objetividad y, en consecuencia, en su ser—otro en
cuanto tal está junto a sí.
En esta disquisición tenemos juntas todas las
ilusiones de la especulación.
En primer lugar:
La conciencia, la autoconciencia, está en su ser—otro, en cuanto tal, junto a
si. Por esto la autoconciencia (o si hacemos abstracción aquí de la
abstracción hegeliana y ponemos la autoconciencia del hombre en lugar de la
autoconciencia) en su ser—otro en cuanto tal está junto a sí. Esto
implica, primeramente, que la conciencia (el saber en cuanto saber, el pensar en
cuanto pensar) pretende ser lo otro que ella misma, pretende ser sensibilidad,
realidad, vida: el pensamiento que se sobrepasa en el pensamiento (Feuerbach).
Este aspecto está contenido aquí en la medida en que la conciencia, sólo como
conciencia, no se siente repelida por la objetividad extrañada, sino por la
objetividad como tal.
En segundo lugar,
esto implica que el hombre autoconsciente, que ha reconocido y superado como
autoenajenación el mundo espiritual (o la existencia espiritual universal de su
mundo), lo confirma, sin embargo, nuevamente en esta forma enajenada y la
presenta como su verdadera existencia, la restaura, pretende estar junto a si
en su ser—otro en cuanto tal. Es decir, tras la superación, por ejemplo, de
la Religión, tras haber reconocido la Religión como un producto de la
autoenajenación, se encuentra, no obstante, confirmado en la Religión en
cuanto Religión. Aquí está la raíz del falso positivismo de
Hegel o de su solo aparente criticismo; lo que Feuerbach llama poner, negar y
restaurar la Religión o la Teología, pero que hay que concebir de modo más
general. La razón está, pues, junto a sí en la sinrazón como sinrazón. El hombre
que ha reconocido que en el Derecho, la Política, etc. lleva una vida enajenada,
lleva en esta vida enajenada, en cuanto tal, su verdadera vida humana. La
autoafirmación, la autoconfirmación en contradicción consigo mismo, tanto
con el saber como con el ser del objeto, es el verdadero saber y la
vida verdadera.
Así, no puede hablarse más que de una
acomodación de Hegel a la Religión, al Estado, etc., pues esta mentira es la
mentira de su principio.
(XXIX) Si yo sé que la Religión es la
autoconciencia enajenada del hombre, sé confirmada en ella no mi autoconciencia,
sino mi autoconciencia enajenada. Sé, por consiguiente, que mi yo mismo, la
autoconciencia correspondiente a mi esencia, no se confirma en la Religión,
sino más bien en la Religión superada, aniquilada.
Así en Hegel la negación de la negación no es
la confirmación de la esencia verdadera mediante la negación del ser aparente,
sino la confirmación del ser aparente o del ser extrañado de sí en su negación;
o la negación de este ser aparente como un ser objetivo que mora fuera del
hombre y es independiente de él, y su transformación en sujeto.
Un papel peculiar juega en ello el superar,
en el que están anuladas la negación y la preservación, la afirmación.
Así, por ejemplo, en la Filosofía del
Derecho de Hegel, el Derecho Privado superado es igual a Moral,
la moral superada igual a familia, la familia superada igual a
Sociedad civil, la sociedad civil superada igual a Estado, el Estado
superado igual a Historia Universal. En la realidad siguen en pie
Derecho privado, moral, familia, sociedad civil, Estado, etc., sólo que se han
convertido en momentos, en existencias y modos de existir del hombre que
carecen de validez aislados, que se disuelven y se engendra recíprocamente, etc.
Momentos del Movimiento.
En su existencia real, esta su esencia móvil
está oculta. Sólo en el pensar, en la Filosofía, se hace patente, se revela, y
por eso mi verdadera existencia religiosa es mi existencia
filosófica—religiosa, mi verdadera existencia política es mi existencia
filosófico—jurídica, mi verdadera existencia natural es mi existencia
filosófico—natural, mi verdadera existencia artística la existencia
filosófico—artística, mi verdadera existencia humana es mi existencia
filosófica. Del mismo modo, la verdadera existencia de la Religión, el
Estado, la naturaleza, el arte, es la Filosofía de la Religión, de la
naturaleza, del Estado, del arte. Pero si para mí la verdadera existencia de la
Religión, etcétera, es únicamente la Filosofía de la Religión, sólo soy
verdaderamente religioso como Filósofo de la Religión y niego así la
religiosidad real y el hombre realmente religioso. No obstante, al
mismo tiempo los confirmo, en parte, dentro de mi propia existencia o de
la existencia ajena que les opongo, pues ésta es simplemente la expresión
filosófica de aquéllos, y en parte en su peculiar forma originaria, pues
ellos valen para mi como el meramente aparente ser otro, como alegorías,
como formas, ocultas bajo envolturas sensibles, de su verdadera existencia, es
decir, de mi existencia filosófica.
Del mismo modo, la cualidad superada es
igual a cantidad, la cantidad superada igual a medida, la medida
superada igual a esencia, la esencia superada igual a fenómeno, el
fenómeno superado igual a realidad, la realidad superada igual a
concepto, el concepto superado igual a objetividad, la objetividad
superada igual a idea absoluta, la idea absoluta superada igual a
naturaleza, la naturaleza superada igual a espíritu subjetivo, el
espíritu subjetivo superado igual a espíritu objetivo, ético, el espíritu
ético superado igual a arte, el arte superado igual a Religión, la
Religión superada igual a saber absoluto.
De un lado, este superar es un superar del ser
pensado, y así la propiedad privada pensada se supera en la idea
de la moral. Y como el pensamiento imagina ser inmediatamente lo otro que sí
mismo, realidad sensible y como, en consecuencia, también su acción vale
para él como acción real sensible, este superar pensante, que deja
intacto su objeto en la realidad, cree haberlo sobrepasado realmente. De otro
lado, como el objeto es ahora para él momento de pensamiento, también en su
realidad vale para él como confirmación de él mismo, de la autoconciencia, de la
abstracción.
(XXX) Por tanto, de una parte, las existencias
que Hegel supera en la Filosofía no son la Religión, el Estado o la
Naturaleza reales, sino la Religión misma ya como objeto del saber, es
decir, la dogmática, y así también la jurisprudencia, la
ciencia del Estado, la ciencia natural. De una parte, pues, está en
oposición tanto al ser real como a la ciencia inmediata, no
filosófica o al concepto no filosófico de este ser. Contradice, por
tanto, los conceptos usuales de estas ciencias.
De otra parte el hombre religioso, etc., puede
encontrar en Hegel su confirmación final.
Hay que resumir ahora los momentos positivos
de la dialéctica hegeliana, dentro de la determinación del extrañamiento.
a) El superar como movimiento objetivo
que retoma en sí la enajenación. Es esta la visión, expresada dentro del
extrañamiento, de la apropiación de la esencia objetiva mediante la superación
de su extrañamiento, la visión enajenada de la objetivación real del
hombre, de la apropiación real de su esencia objetiva mediante la aniquilación
de la determinación enajenada del mundo objetivo, mediante su superación de su
existencia enajenada. Del mismo modo que el ateísmo, en cuanto superación de
Dios, es el devenir del humanismo teórico, el comunismo, en cuanto superación de
la propiedad privada, es la reivindicación de la vida humana real como propiedad
de sí misma, es el devenir del humanismo práctico, o dicho de otra forma, el
ateísmo es el humanismo conciliado consigo mismo mediante la superación de la
Religión; el comunismo es el humanismo conciliado consigo mismo mediante la
superación de la propiedad privada. Sólo mediante la superación de esta
mediación (que es, sin embargo, un presupuesto necesario) se llega al humanismo
que comienza positivamente a partir de sí mismo, al humanismo positivo.
Pero ateísmo y comunismo no son ninguna huida,
ninguna abstracción, ninguna perdida del mundo objetivo engendrado por el
hombre, de sus fuerzas esenciales nacidas para la objetividad; no son una
indigencia que retorna a la simplicidad antinatural no desarrollada. Son, por el
contrario y por primera vez, el devenir real, la realización, hecha real para el
hombre, de su esencia, y de su esencia como algo real.
Al captar el sentido positivo de la
negación referida a sí misma (aunque de nuevo lo haga en forma enajenada) Hegel
entiende el extrañamiento, respecto de si mismo, la enajenación esencial, la
desobjetivación y desrealización del hombre, como un ganarse a si mismo, como
manifestación esencial, como objetivación, como realización. En resumen,
aprehende (dentro de la abstracción) el trabajo como acto autogenerador
del hombre, el relacionarse consigo mismo como un ser extraño, y su manifestarse
como un ser extraño, como conciencia genérica y vida genérica en
devenir.
b) En Hegel (a pesar del absurdo ya señalado, o
más bien a consecuencia de él) este acto aparece, sin embargo, en primer lugar,
como acto puramente formal porque abstracto, porque el ser humano mismo
sólo tiene valor como ser abstracto pensante, como autoconciencia; en
segundo lugar, como la aprehensión es formal y abstracta, la
superación de la enajenación se convierte en una confirmación de la enajenación
o, dicho de otra forma, para Hegel ese movimiento de autogeneración, de
autoobjetivación como autoenajenación y autoextrañamiento,
es la manifestación absoluta de la vida humana y por eso la definitiva,
la que constituye su propia meta y se satisface en si, la que toca a su esencia.
En su forma abstracta (XXXI), como dialéctica,
este movimiento pasa así por la vida verdaderamente humana pero como esta
verdadera vida humana es una abstracción, un extrañamiento de la vida humana,
esa vida es considerada como proceso divino, pero como el proceso divino
del hombre; un proceso que recorre la esencia misma del hombre distinta de él,
abstracta, pura, absoluta.
En tercer lugar:
Este proceso ha de tener un portador, un sujeto; pero el sujeto sólo aparece en
cuanto resultado; este resultado, el sujeto que se conoce como autoconciencia
absoluta, es por tanto el Dios, el espíritu absoluto, la idea
que se conoce y se afirma. El hombre real y la naturaleza real se convierten
simplemente en predicados, en símbolos de este irreal hombre escondido y de esta
naturaleza irreal. Sujeto y predicado tienen así el uno con el otro una relación
de inversión absoluta sujeto—objeto místico o subjetividad que
trasciende del objeto, el sujeto absoluto como un proceso, como
sujeto que se enajena y vuelve a sí de la enajenación, pero que, al mismo
tiempo, la retoma en sí; el sujeto como este proceso; el puro, incesante
girar dentro de sí.
Primero. Concepción formal y abstracta
del acto de autogeneración o autoobjetivación del hombre.
El objeto enajenado, la realidad esencial
enajenada del hombre no son nada más (puesto que Hegel identifica entre y
autoconciencia) que conciencia, simplemente la idea del extrañamiento, su
expresión abstracta y por ello irreal y carente de contenido, la
negación. Igualmente, la superación de la enajenación no es por tanto nada
más que una superación abstracta y carente de contenido de esa vacía
abstracción, la negación de la negación. La actividad plena de contenido
viva, sensible y concreta de la autoobjetivación se convierte así en su pura
abstracción, en negatividad absoluta; una abstracción que, a su vez, es
fijada como tal y pensada como una actividad independiente, como la actividad
por antonomasia. Como esta llamada negatividad no es otra cosa que la forma
abstracta, carente de contenido, de aquel acto vivo, real, su contenido sólo
puede ser un contenido formal, generado por la abstracción de todo
contenido. Se trata, pues, de las formas generales y abstractas de la
abstracción, propias de todo contenido y, en consecuencia, indiferentes
respecto de cualquier contenido y válidas para cualesquiera de ellos; son las
formas de pensar, las categorías lógicas desgarradas del espíritu real y
de la real naturaleza. (Más adelante desarrollaremos el contenido
lógico de la negatividad absoluta.)
Lo positivo, lo que Hegel ha aportado aquí (en
su lógica especulativa) es que, al ser los conceptos determinados las
formas fijas y generales del pensar, en su independencia frente a la
naturaleza y el espíritu, un resultado necesario del extrañamiento universal del
ser humano y, por tanto, del pensamiento humano, Hegel las ha expuesto y
resumido como momentos del proceso de abstracción. Por ejemplo, el ser superado
es esencia, la esencia superada concepto, el concepto superado... idea absoluta.
¿Pero qué es la idea absoluta? Ella se supera, a su vez, a sí misma si no quiere
recorrer de nuevo y desde el principio todo acto de la abstracción y no quiere
contentarse con ser una totalidad de abstracciones o la abstracción que se
aprehende a al misma. Pero la abstracción que se aprehende como abstracción se
conoce como nada; tiene que abandonarse a si misma, a la abstracción, y llega
así junto a un ser que es justamente su contrario, junto a la naturaleza.
La lógica toda es la prueba de que el pensamiento abstracto no es nada para si,
de que la idea absoluta de por sí no es nada, que únicamente la
naturaleza es algo.
(XXXII) La idea absoluta, la idea abstracta,
que «considerada en su unidad consigo es contemplación» (Hegel,
Enciclopedia 3ª de., pág. 222), que «en la absoluta verdad de sí misma se
resuelve a dejar salir libremente de sí el momento de su particularidad o de
la primera determinación y ser—otro, la idea inmediata como reflejo suyo;
que se resuelve a hacerse salir de si misma como Naturaleza» (I. c.),
toda esta idea que se comporta de forma tan extraña y barroca y ha ocasionado a
los hegelianos increíbles dolores de cabeza, no es, a fin de cuentas, sino la
abstracción, es decir, el pensador abstracto. Es la abstracción que,
aleccionada por la experiencia e ilustrada sobre su verdad, se resuelve, bajo
ciertas condiciones (falsas y todavía también abstractas) a abandonarse y
a poner su ser—otro, lo particular, lo determinado, en lugar de su
ser—junto—a—sí, de su no ser, de su generalidad y su indeterminación. Se
resuelve a dejar salir libremente fuera de sí la Naturaleza, que escondía
en si solo como abstracción, como cosa de pensamiento. Es decir, se resuelve a
abandonar la abstracción y a contemplar por fin la naturaleza liberada de
ella. La idea abstracta, que se convierte inmediatamente en contemplación,
no es en realidad otra cosa que el pensamiento abstracto que renuncia a sí mismo
y se resuelve a la contemplación. Todo este tránsito de la Lógica
a la Filosofía de la Naturaleza no es sino el tránsito (de tan difícil
realización para el pensador abstracto, que por eso lo describe en forma tan
extravagante) de la abstracción a la contemplación. El sentido místico
que lleva al filósofo del pensar abstracto al contemplar es el aburrimiento,
la nostalgia de un contenido.
(El hombre extrañado de si mismo es también el
pensador extrañado de su esencia, es decir, de la esencia natural y
humana. Sus pensamientos son, por ello, espíritus que viven fuera de la
Naturaleza y del hombre. En su Lógica, Hegel ha encerrado juntos todos
estos espíritus y ha comprendido a cada uno de ellos, en primer lugar, como
negación, es decir, como enajenación del pensar humano, después como
negación de la negación, es decir, como superación de esta enajenación, como
verdadera exteriorización del pensar humano; pero, presa ella misma aun en
el extrañamiento, esta negación de la negación es, en parte, la restauración de
estos espíritus en el extrañamiento, en parte la fijación en el último acto, el
relacionarse—consigo—mismos en la enajenación como existencia verdadera de estos
espíritus. (Es decir, Hegel coloca en lugar de aquella abstracción fija el acto
de la abstracción que gira en torno a sí mismo; con esto tiene ya el mérito de
haber mostrado la fuente de todos esos conceptos impertinentes, que de acuerdo
con el momento de su origen pertenecen a distintas filosofías; de haberlos
reunido y de haber creado como objeto de la crítica en lugar de una abstracción
determinada, la abstracción consumada en toda su extensión,) (Más tarde veremos
por qué Hegel separa el pensamiento del sujeto; desde ahora está ya
claro, sin embargo, que cuando el hombre no es, tampoco su exteriorización vital
puede ser humana y, por tanto, tampoco podía concebirse el pensamiento como
exteriorización esencial del hombre como un sujeto humano y natural, con oídos,
ojos, etcétera, que vive en la sociedad, en el mundo y en la naturaleza), en
parte, y en la medida en que esta abstracción se comprende a si misma y se
aburre infinitamente de sí misma, el abandono del pensamiento abstracto que se
mueve sólo en el pensamiento y no tiene ni ojos, ni dientes, ni orejas, ni nada,
aparece en Hegel como la decisión de reconocer a la naturaleza como
esencia y dedicarse a la contemplación.
(XXXIII). Pero también la Naturaleza
tomada en abstracto para sí, fijada en la separación respecto del hombre, no es
nada para el hombre. Es fácil entender que el pensador abstracto que se
ha decidido a la contemplación la contempla abstractamente. Como la naturaleza
yacía encerrada por el pensador en la figura, para él mismo escondida y
misteriosa, de idea absoluta, de cosa pensada, cuando la ha puesto en libertad
sólo ha liberado verdaderamente de sí esta naturaleza abstracta (pero
ahora con el significado de que ella es el ser—otro del pensamiento, la
naturaleza real, contemplada, distinta del pensamiento), sólo ha liberado la
naturaleza en cuanto cosa pensada. O para hablar un lenguaje humano, el
pensador abstracto, en su contemplación de la naturaleza, aprende que los seres
que él quería crear de la nada, de la pura abstracción, de la divina dialéctica,
como productos puros del trabajo del pensamiento que se mece en sí mismo y no se
asoma jamás a la realidad, no son otra cosa que abstracciones de
determinaciones naturales. La naturaleza toda le repite, pues, en forma
exterior, sensible, las abstracciones lógicas. El analiza de nuevo unas y
otras abstracciones. Su contemplación de la naturaleza es únicamente el acto
confirmatorio de su abstracción de la contemplación de la naturaleza, el acto
genético, conscientemente repetido por él, de su abstracción. Así es, por
ejemplo: el tiempo igual a la negatividad que se relaciona consigo misma (pág.
238, 1. c.) Al devenir superado como existencia corresponde —forma natural— el
movimiento superado como materia. La luz es la forma natural de la
reflexión en sí. El cuerpo como Luna y cometa es la forma
natural de la oposición que, según la Lógica, es, de una parte, lo
positivo que descansa sobre si mismo, de la otra, lo negativo que
descansa sobre sí mismo. La tierra es la forma natural del fundamento
lógico como unidad negativa de los opuestos, etc.
La Naturaleza como Naturaleza, es
decir, en cuanto se distingue aun sensiblemente de aquel sentido secreto oculto
en ella, la naturaleza separada, distinta de estas abstracciones, es nada,
una nada que se confirma como nada, carece de sentido o tiene sólo
el sentido de una exterioridad que ha sido superada.
«En el punto de vista teleológico—finito se
encuentra el justo supuesto de que la Naturaleza no tiene en sí misma el en
absoluto» (pág. 225).
Su fin es la confirmación de la abstracción.
«La Naturaleza se ha revelado como la idea en la forma del ser otro.
Puesto que la idea es, así, lo negativo de sí misma o exterior a
sí misma, la naturaleza no es exterior sólo frente a esta idea, sino que la
exterioridad constituye la determinación en la cual ella es en cuanto
naturaleza» (página 227)
No hay que entender aquí la exterioridad
como sensibilidad que se exterioriza, abierta a la luz y al hombre
sensible. Esta exterioridad hay que tomarla aquí en el sentido de la
enajenación, de una falta, de una imperfección que no debía ser. Pues lo
verdadero es siempre la idea. La naturaleza es únicamente la forma de su
ser—otro. Y como quiera que el pensamiento abstracto es la esencia, lo
que le es exterior es, de acuerdo con su esencia, simplemente un exterior.
El pensador abstracto reconoce, al mismo tiempo, que la esencia de la Naturaleza
es la sensibilidad, la exterioridad en oposición al pensamiento
que se mece en sí mismo. Pero, simultáneamente, expresa esta oposición de tal
forma que esta exterioridad de la naturaleza, su oposición al
pensamiento, es su defecto; que en la medida en que la naturaleza se
distingue de la abstracción es una esencia defectuosa (XXXIV). Una esencia que
es defectuosa no sólo para mi, ante mis ojos, una esencia que es defectuosa en
al misma, que tiene fuera de sí algo de lo que ella carece. Es decir, su esencia
es algo otro que ella misma. Para el pensador abstracto la naturaleza, por
tanto, tiene que superarse a sí misma, pues ya ha sido puesta por él como una
esencia potencialmente superada.
«El espíritu tiene para nosotros, como
presupuesto, la naturaleza de la cual es la verdad y, por
ello, lo absoluto primero. En esta verdad ha desaparecido la
naturaleza y el Espíritu se ha revelado como la Idea llegada a su ser—para sí,
de la cual es el concepto tanto objeto como sujeto. Esta
identidad es absoluta negatividad, porque en la naturaleza tiene el
concepto su plena objetividad exterior, pero esta enajenación suya ha sido
superada y el concepto se ha hecho en ella idéntico consigo mismo. Así él es
esta identidad sólo como retorno de la naturaleza» (pág. 392).
«La revelación, que como idea
abstracta es tránsito inmediato, devenir de la naturaleza, es, como
revelación del espíritu, que es libre, establecimiento de la naturaleza
como mundo suyo; un establecimiento que como reflexión es al mismo tiempo
presuposición del mudo como naturaleza independiente. La revelación en el
concepto es creación de la naturaleza como ser del espíritu, en la cual él se da
la afirmación y verdad de su libertad... Lo absoluto es
el espíritu; esta es la definición suprema de lo Absoluto».
FIN