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LA ÉTICA PROTESTANTE Y EL
ESPÍRITU DEL CAPITALISMO
Max Weber
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Capítulos:
Introducción -
Part.1_cap.I --
Part.1_cap.II --
Part.1_cap.III --
Part.2_cap.I --
Part.2_cap.II
Notas:
Introducción
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Part.2_cap.I --
Part.2_cap.II
En
el texto de los capítulos, los números seguidos de asterisco * corresponden a
las notas del capítulo
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE
EL PROBLEMA
CAPÍTULOS
I - Confesión y estructura social1*
II-El espíritu del capitalismo
III-Concepción luterana de la profesión tema
de nuestra investigación
SEGUNDA PARTE
LA ÉTICA PROFESIONAL DEL PROTESTANTISMO
ASCÉTICO
CAPÍTULOS
I-Los fundamentos religiosos del ascetismo
laico
II-La relación entre el ascetismo y el
espíritu capitalista
NOTAS
Introducción (5)
Primera parte capítulo I (263)
Primera parte capítulo II (30)
Primera parte capítulo III (32)
Segunda parte capítulo I (194)
Segunda parte capítulo II (115)
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INTRODUCCIÓN
Si alguien perteneciente a la civilización
moderna europea se propone indagar alguna cuestión que concierne a la historia
universal, es lógico e inevitable que trate de considerar el asunto de este
modo: ¿qué serie de circunstancias ha determinado que sólo sea en Occidente
donde hayan surgido ciertos sorprendentes hechos culturales (ésta es, por lo
menos, la impresión que nos producen con frecuencia), los cuales parecen señalar
un rumbo evolutivo de validez y alcance universal?
Es únicamente en los países occidentales donde
existe “ciencia” en aquella etapa de su desarrollo aceptada como “válida”.
También en otros lugares, como: India, China, Babilonia, Egipto, ha existido el
conocimiento empírico, el examen acerca de los problemas del mundo y de la vida,
filosofía de visos racionalistas y hasta teológicos (aunque la creación de una
teología sistemática haya sido obra del cristianismo, bajo el influjo del
espíritu helénico; en el Islam y en alguna que otra secta india únicamente se
hallan atisbos), conocimientos y observaciones tan hondos como agudos. Mas, la
astronomía babilónica, igual que cualquier otra, requería de la fundamentación
matemática, la cual les fue dada por los helenos, siendo precisamente lo más
sorprendente ante el avance logrado por la astrología, en especial entre los
babilonios. A la geometría le hizo falta la “demostración” racional, herencia
también del espíritu helénico, creador de la mecánica y la física. Las ciencias
naturales de la India estaban desprovistas de experiencia racional (debida al
Renacimiento, salvando alguno que otro efímero indicio de la antigüedad) y del
laboratorio moderno. Por esta razón, la medicina (tan evolucionada en la India,
en las cuestiones empírico técnicas), no contó con ninguna base biológica ni
bioquímica en particular. De las civilizaciones occidentales ninguna ha tenido
conocimiento acerca de la química racional. La historiografía china, que logró
gran incremento, careció del pragma tucididiano. En la India hubo precursores de
Maquiavelo; sin embargo, la teoría asiática del Estado se encuentra falta de una
sistematización similar a la aristotélica y de toda clase de conceptos
racionales. Fuera de Occidente no hay una ciencia jurídica racional, no obstante
todos los resquicios que puedan encontrarse en la India (Escuela de Mimamsa), a
pesar de todas las amplias codificaciones y de todos los libros jurídicos,
indios o no, pues no había la posibilidad de recurrir a esquemas y categorías
estrictamente jurídicas del Derecho romano, así como de todo el Derecho
occidental nutrido por él. Aparte de Occidente, en otro lugar no se conoce nada
semejante al Derecho canónico.
Con el arte acontece lo mismo. Posiblemente,
el oído musical estuvo desarrollado con mucha más delicadeza en otros pueblos
que en la actualidad. Como quiera que sea, no era menos preciso que el nuestro.
La polifonía era conocida de todos los pueblos, así como no les eran extraños
los distintos compases e instrumentación, igual que los intervalos tónicos
racionales; sin embargo, tan solo en Occidente ha existido la música armónica
racional, esto es: contrapunto, armonía; asimismo, la composición musical basada
en los tres tritonos y la tercera armónica; además, la cromática y la armonía
nuestras (conocidas, en verdad, racionalmente desde el Renacimiento, como
factores de la armonización); y la orquesta actual con su correspondiente
cuarteto de cuerdas como núcleo, la organización del conjunto de instrumentos de
viento, el bajo básico, el pentagrama (que facilita la composición y ejecución
de las obras musicales modernas y sostiene su duración a través del tiempo), las
sonatas, sinfonías y óperas (no obstante que siempre ha existido música de
programa y que la totalidad de los músicos han utilizado, como medio de
expresión musical, tanto el matizado como la alteración de tonos y la cromática)
y, como medios de ejecución, los actuales instrumentos primordiales, esto es: el
órgano, el piano y los violines.
En cuanto al arco en ojiva, éste fue ideado en
la antigüedad, en Asia, como motivo decorativo; parece ser, también, que en
Oriente no ignoraban la bóveda esquifada. Mas, fuera de Occidente, no se tenía
idea de la utilización racional de la bóveda gótica, para valerse de ella al
distribuir y abovedar espacios erigidos libremente y, en especial, como
principio constructivo de colosales obras y como base de un estilo que, de
hecho, fue aplicado tanto a la escultura como a la pintura creativa propia de la
Edad Media. Claro está que tampoco existe (pese a que el Oriente facilitó los
fundamentos técnicos) esa solución a la problemática de las cúpulas y esa
especie de “clásica” racionalización del arte en general (debida al uso de la
perspectiva y la luz en la pintura), cuya creación pertenece al Renacimiento. En
China se produjo el arte tipográfico; pero, sólo a Occidente le es dado ser la
cuna de una literatura impresa, destinada a la prensa y las revistas. En China y
en el Islam se han fundado escuelas superiores de todo linaje, inclusive con la
máxima similitud a las universidades y academias. Por lo que respecta al cultivo
sistematizado y racional de las especialidades científicas, la enseñanza del
“especialista” como factor destacado en la cultura, sólo el Occidente los ha
forjado. Asimismo, el funcionario especializado, piedra angular del Estado y de
la economía moderna en Europa, es producto occidental, en tanto qué en otra
parte a este funcionario especializado no se le ha dado nunca tanta importancia
para el orden social. Es evidente que el “funcionario”, inclusive el de
referencia, es un producto muy antiguo en las más diversas culturas. Pero,
ningún país en época alguna se ha visto, de modo tan inexorable, sentenciado
como Occidente a recluir todos los básicos supuestos de orden político,
económico y técnico en las hormas angostas de una organización de funcionarios
especializados, ya sea estatales, técnicos comerciales y, en especial,
jurídicos, como titulares de las más trascendentales acciones de la vida social.
De igual modo ha sido muy amplia la
organización estamentaria de las corporaciones políticas y sociales; pero,
únicamente Europa ha sabido del Estado estamentario: rex et regnum, con el
significado occidental. Y, claro está, tan solo el Occidente ha establecido
parlamentos con “representantes del pueblo”, elegidos con periodicidad,
demagogos y líderes que gobiernan en calidad de ministros responsables ante
dicho parlamento, si bien es natural que en todo el mundo ha habido “partidos”
en el sentido de organizaciones ambiciosas de conquista o con la pretensión de
ejercer influjo en el poder. El Occidente es, también, el único que ha conocido
el “Estado” como organización política, en base a una “constitución”
establecida, a un Derecho estatuido y con una administración a cargo de
funcionarios especializados, conducida por reglas racionales positivas: las
“leyes”. Todo esto, fuera de Occidente, se ha conocido de modo rudimentario,
carente siempre en este fundamental acoplamiento de los decisivos elementos que
le son peculiares.
Así acontece con respecto al poder de mayor
importancia en nuestra vida moderna, el capitalismo.
Tanto el deseo de lucro, como la tendencia a
enriquecerse, en especial monetariamente hasta el máximo, no guardan ninguna
relación con el capitalismo Más bien son tendencias que se encuentran en
estratos sociales como son ya los camareros, o ya los médicos, cocheros,
artistas, mujeres mundanas, funcionarios corruptibles, jugadores, pordioseros,
soldados, ladrones o los “cruzados”: en all sorts and conditions of men, en
todos los tiempos, así como en todos los rincones de la tierra, en cualquier
situación que ofrezca una objetiva posibilidad de conseguir un fin de lucro. Se
hace necesario abandonar de una vez por todas una concepción tan elemental e
ingenua del capitalismo, con el que no tiene ningún nexo (y menos aún con su
“espíritu”) la “ambición”, aunque sea sin límites; en el sentido opuesto, el
capitalismo debería ser considerado, justamente, como una sujeción o, al menos,
como la moderación racional de este instinto desmedido de lucro. El capitalismo
se identifica, ciertamente, con el deseo de la ganancia, que había de lograrse
con el trabajo capitalista, continua y racional, ganancia siempre renovada, la
rentabilidad”. Y así dentro de una ordenación capitalista de la economía,
cualquier esfuerzo individual no encaminado al posible logro de una ganancia se
estrellará sin remedio.
Antes que nada hemos de definir con una
precisión algo mayor de lo que comúnmente suele hacerse, qué es un acto de
“economía capitalista”. Esto significa, para nosotros, un acto que se apoya en
la expectativa de una ganancia producto del juego de recíprocas posibilidades de
cambio, en clásicas probabilidades pacíficas lucrativas. El hecho formal de
enriquecerse, actual mente, o adquirir algo por medios violentos tiene leyes
propias y no siempre es oportuno (aunque no sea prohibitivo) situarlo bajo la
misma categoría que la actividad enfocada en último término hacia la posibilidad
de lograr una ganancia en el cambio.1* Al desear racionalmente el lucro de
índole capitalista, la correspondiente actividad se basa en un cálculo de
capital, esto es: se integra en una serie planeada de verdaderas prestaciones
provechosas o particulares, como medio adquisitivo, de modo que el valor de los
bienes estimables monetarios (o el valor de apreciación calculado con
periodicidad de la riqueza valorable en moneda, de una empresa estable), en el
balance final deberá superar al “capital”, digamos al valor estimativo de los
medios adquisitivos reales que fueron aplicados para la adquisición por cambio,
que deberá, por consiguiente, aumentar sin interferir con la existencia de la
empresa. Bien se trate de mercancías in natura entregadas en consignación a un
comerciante en ruta, cuyo producto puede derivar, por su parte, en otras tantas
mercan cías in natura, o se trate de una fábrica cuyos inmuebles, máquinas y
reservas en dinero, así como las materias primas y los productos elaborados
totalmente o a medias significan créditos a los cuales corresponden sus
respectivas obligaciones. Lo determinan te, de hecho, es el cálculo efectuado
con el capital en moneda, así sea por la mediación de la moderna contabilidad o
del más simple modo y rudimentario que fuere: al iniciarse se elaborará un
primer presupuesto; asimismo, otros cálculos antes de dar de terminados pasos,
seguidos de otros al controlar e inquirir la conveniencia de los ya efectuados;
finalmente, se procederá a una liquidación, quedando fijada la “ganancia”. El
presupuesto inicial de una consignación, por ejemplo, determina el valor
monetario convencional de los bienes entregados (de no consistir ya éstos en
dinero) y su liquidación será el valor estimativo último, en el cual se basará
el reparto de las pérdidas y las ganancias; y, de obrar racionalmente el
consignatario, habrá un cálculo previo en cada acción determinada, emprendida
por él. En ocasiones, ocurre que falta, ciertamente, todo cálculo y estimación
exactos, procediéndose por evaluaciones aproximadas o de modo puramente
tradicional y convencional, y ello acontece en toda forma de empresa
capitalista, inclusive hoy, cuando las circunstancias no exigen la elaboración
de cálculos precisos; sin embargo, ello no lo altera en lo más puro, antes bien
únicamente el grado de racionalidad de las tareas capitalistas.
Es importante sentar que lo determinante de la
acción eco nómica estriba en no prescindir nunca del cálculo relativo al valor
monetario invertido y la ganancia final, ya sea efectuada de la manera más
primitiva. Visto así, no ha dejado de haber capitalismo y empresas capitalistas
(con más o menos racionalización, inclusive, del cálculo del capital) en todas
las naciones civilizadas del orbe, hasta donde alcanzan nuestros conocimientos:
en China, India, Babilonia, Egipto, en la antigüedad helénica, en la Edad Media
y en la Moderna; y podemos decir que además de haber empresas aisladas, hubo
economías que propiciaron el incesante desarrollo de nuevas empresas capita
listas, comprendidas también las industrias fijas (no obstante que el comercio
lejos de constituir, precisamente, una empresa estable, era, por el contrario,
una adición de empresas aisladas, y tan solo de una manera paulatina, por ramas,
que se iba enlazando en conexión orgánica en la labor de aquellos comerciantes
de más categoría). Como quiera que sea, la empresa capita lista y el empresario
capitalista (se entiende estable, no como empresario ocasional) son el resultado
de tiempos muy remotos, y han estado siempre esparcidos por todos los ámbitos.
Veamos, ahora, en Occidente: el capitalismo
adquiere una categoría y unas formas, así como características y direcciones des
conocidas absolutamente en otras esferas. Es bien sabido que nunca dejó de haber
en todo el mundo mercaderes, ya sea al mayoreo o al por menor, locales o
interlocales, negociaciones de préstamos de todas categorías, bancos con
funciones de distinta índole (aunque parecidas en lo fundamental a las que había
en nuestro siglo XVI); asimismo, han abarcado siempre mucho los empréstitos
navales, las consignaciones, los negocios y las asociaciones comanditarias.
Ahora bien, en todas las haciendas monetarias que han existido, de las
corporaciones públicas, ha surgido el capitalismo —en Babilonia, Grecia, India,
China, Roma.. . — que da en préstamo su dinero para el financiamiento de guerras
y piraterías, para toda clase de suministros y construcciones, o que interviene
como empresario colonial en la política allende los mares; también como
comprador o cultivador de plantaciones mediante esclavos o trabajadores a
quienes oprimió directa o indirectamente; asimismo, que arrienda grandes
haciendas, cargos o, primordialmente, impuestos; se dedica a subvencionar a los
jefes de partido con fines electorales o a los condotieros para provocar guerras
civiles; o que interviene, en último termino, como “especulador” en toda clase
de aventuras financieras. Esta clase de empresario, “capitalista aventurero”, ha
existido en todas partes del mundo. Exceptuando los negocios crediticios y
bancarios, y del comercio, sus posibilidades fueron siempre de índole irracional
y especulativa; se basaban tanto en la adquisición por la violencia, ya fuera el
despojo efectuado en guerra, en un momento dado, como el despojo interminable y
fiscal al lucrar con el trabajo de sus subordinados a quienes explotaban
miserablemente.
El caso es, que el capitalismo de los
iniciadores, el de todos los grandes especuladores, colonial y financiero, en la
paz y, sobre todo, el que especula con las guerras, no dejan de llevar impreso
este sello en la actualidad real del Occidente, y ahora, como entonces, ciertas
partes (no todas) del gran comercio universal están aún cerca de esa clase de
capitalismo. Pero, en Occidente existe un tipo de capitalismo desconocido en
cualquier otra parte del mundo: la organización racional-capitalista del trabajo
básicamente libre. En cualquier otro lugar no existen más que atisbos, embriones
de ello. Hasta la organización del trabajo mediante los siervos en las
plantaciones y en los ergástulos de la antigüedad, se logró un bajo nivel de
racionalidad, aún menor en el régimen de prestaciones personales o en las
factorías instaladas en patrimonios particulares o en las industrias domésticas
de los terratenientes, que utilizaban el trabajo de sus siervos o clientes, en
la naciente Edad Moderna.
Aparte de Occidente no más se encuentran
dispersas “industrias domésticas” auténticas, fundamentadas en el trabajo libre;
y el empleo universal de jornaleros no ha redundado en ninguna parte, dejando a
salvo excepciones muy raras y particulares (sin duda muy diferentes de las
modernas empresas industriales, en especial, en los monopolios estatales), a la
creación de manufacturas, ni tan solo a una organización racional del artesano,
como las hubo en el medievo. Sin embargo, la organización industrial racional,
la que mide las posibilidades de los mercados y no permite la especulación
irracional o política, no es la sola manifestación del capitalismo de Occidente.
La organización racional moderna del capitalismo europeo no se hubiera logrado
sin la intervención de dos factores determinantes de su evolución: la
bifurcación de la economía doméstica y la industria (que actualmente es un
principio básico de la vida económica de hoy) y la consecuente contabilidad
racional. En otros siglos (el bazar oriental o los ergástulos de diferentes
países) ya se llevaba a efecto la separación material de la tienda o el taller y
la vivienda; en el Asia oriental, el Oriente y en la antigüedad se encuentran
por igual capitalistas con contabilidad propia. Pero todo esto, comparándolo con
la autonomía de los establecimientos industriales modernos, ofrece carácter
rudimentario, ya que está falto completamente de los supuestos de dicha
autonomía, esto es: la contabilidad racional y la separación jurídica entre el
patrimonio industrial y los patrimonios individuales; o, en caso de existir, es
de modo totalmente primitivo.2* En otros lugares, el movimiento evolutivo se ha
inclinado hacia los establecimientos industriales que se han desligado de una
importante economía doméstica (del oikos) real o señorial. Esta propensión, de
acuerdo con lo ya observado por Rodbertus, es a la inversa de la occidental, no
obstante la apariencia de sus analogías.
Todas estas características del capitalismo
occidental deben su importancia, en lo presente, a su nexo con la organización
capitalista del trabajo. Así acontece referente a la llamada “comercialización”,
con la cual está estrechamente vinculado el desenvolvimiento conseguido merced a
los títulos de crédito y la especulación racionalizada en las Bolsas, ya que,
sin organización capitalista del trabajo, todo esto, inclusive la tendencia a la
comercialización, suponiendo que ello fuera tan posible, no tendría, sin
probabilidad alguna, un alcance similar al que existe en la actualidad. Un
cálculo preciso —base de todo lo demás— únicamente tiene posibilidades
fundamentado en el trabajo libre y, siendo que el mundo no ha conocido fuera de
Occidente una organización racional del trabajo, así tampoco, debido a ello, ha
existido un socialismo racional. Es evidente que tal como el mundo ha
experimentado la economía ciudadana, la política municipal de abastecimientos,
el mercantilismo y la política providencialista de los mandatarios absolutos,
los razonamientos, la economía planificada, el proteccionismo y la teoría del
laissez faire (en China), ha experimentado, también, economías de regímenes
comunistas y socialistas de distinta índole: comunismo en el hogar, en la
religión o militar, socialismo de Estado (en Egipto), monopolio de los cárteles
e instituciones de consumido res de todo tipo. Sin embargo,- así como fuera de
Occidente faltan los conceptos de “burgués” y de “burguesía” (no obstante que en
todas partes han surgido privilegios municipales para el comercio, gremios,
guildas y un sinfín de distinciones jurídicas entre la ciudad y el campo en las
formas más diversas), de igual modo faltaba el “proletariado” como clase; y
tenía que faltar, precisamente porque se carecía de organización racional del
trabajo libre como industria. Nunca ha dejado de existir la “lucha de clases”
entre deudores y acreedores, entre latifundistas y menesterosos, entre el siervo
de la gleba y el amo de la tierra, entre el comerciante y el consumidor o el
terrateniente. Mas, la lucha tan peculiar de los tiempos medievales de Occidente
entre los trabajadores a domicilio y aquellos que les explotan en su trabajo,
casi no se ha vislumbrado en otros lugares. Únicamente en el mundo occidental se
produce la moderna oposición entre el gran empresario y el jornalero libre. Es
por eso que en parte alguna ha sido posible el planteamiento de un problema del
cariz que determina la presencia del socialismo.
En una historia universal de la cultura, vista
desde el ángulo puramente económico, el problema vital no es, por lo tanto, en
definitiva, el correspondiente al desenvolvimiento de la actividad capitalista
(variable únicamente en cuanto a la forma), empezando por el tipo capitalista
aventurero y comercial, del capitalismo que especula con la guerra, la política
y la administración, hasta sus formas actuales de la economía; por el contrario,
más pronto es aquel que dio origen al capitalismo industrial burgués con su
organización racional del trabajo libre; dicho en otros términos, el del origen
de la burguesía occidental con su peculiar aspecto que, sin duda, conserva
conexión muy estrecha con los indicios de la organización capitalista del
trabajo, pese a que, evidentemente, no es idéntica a la misma, ya que, antes de
haberse desenvuelto el capitalismo en Occidente ya había la presencia de
“burgueses”, en el sentido estamentario (hacemos hincapié en que se trata de
sólo en Occidente). Esto supuesto, el capitalismo moderno ha recibido un
determinante influjo en su evolución por parte de los adelantos de la técnica;
su racionalidad, actualmente, se encuentra, de manera sustancial, condicionada
por las posibilidades técnicas de realizar un cálculo con precisión; esto es,
por las posibilidades de la ciencia occidental, especialmente de las ciencias
naturales precisas y racionales, con fundamento matemático y experimental. El
progreso de estas ciencias, por su parte, y aun de la técnica basada en ellas
debe gran estímulo a la aplicación que, con objetivos económicos, hace de ellas
el capitalismo, por las posibilidades de ganancia que brinda. Se dio el caso
igualmente de que los indios calcularon con unidades, se ejercitaron en el
álgebra y descubrieron el sistema de los números de posición, lo cual fue
utilizado al punto por los occidentales en provecho del capitalismo acaba do de
nacer; en cambio, no supieron crear las modernas formas del cálculo y la forma
cómo efectuar los balances. Tanto los comienzos de la matemática como la
mecánica no estuvieron condicionados por intereses capitalistas, sin embargo la
aplicación técnica de los conocimientos científicos (determinante para el orden
de vida de nuestras masas) estuvo, naturalmente, condicionado por los resultados
económicos que eran de desear en Occidente, por ese concreto medio; y ello se
debe, claro está, a las peculiaridades del orden social de Occidente. En
consecuencia, cabe preguntarnos a qué factores de esas peculiaridades, ya que,
indudablemente, todas no tenían la misma importancia. En primer término, podemos
mencionar: la condición racional del Derecho y la administración, puesto que el
capitalismo industrial moderno racional requiere tanto de los elementos técnicos
de cálculo del trabajo, como de un Derecho previsible y una administración
conducida por reglas clásicas. Sin ello no deja de ser factible el capitalismo
aventurero, comercial y especulador, así como toda clase de capitalismo
político, si bien no hay posibilidades para la industria racional privada con
capital fijo y cálculo seguro. Así, pues, tan solo el Occidente ha brindado a la
vida económica un Derecho y una administración dotándolos de esta exactitud
clásica técnico-jurídica. Por esta razón es necesario, ahora, preguntarse:
¿cuál es la causa de la existencia de dicho
Derecho? No cabe duda que, en otras circunstancias, los intereses capitalistas
colaboraron a allanar el camino a la dominación de los juristas (ilustrados en
el Derecho racional) en el ámbito de la justicia y la administración; sin
embargo, no constituyeron, en absoluto, el único o dominante factor. Y, en
cualquier caso, este Derecho no puede considerarse un producto de aquellos
intereses. En esta evolución actuaron, también, otras fuerzas y es interesante
averiguar el por qué los intereses capita listas no actuaron en el mismo sentido
en China. Asimismo, ¿no encauza el progreso en el plano científico, artístico,
político o económico por la misma ruta de la racionalización que es atributo
propio del occidental?
Es obvio que en cada uno de estos casos, se
trata de un “racionalismo” específico y peculiar de la civilización de
Occidente. Pues bien, a través de estos dos vocablos podremos comprender hechos
muy diversos, que habremos de analizar en seguida. Existen, verbigracia,
“racionalizaciones” de la contemplación mística (esto es, de una actividad, la
cual, si la vemos desde otras esferas vitales, constituye algo singularmente
“irracional”), así como existen en lo que concierne a la economía, la técnica,
el trabajo científico, la educación, la guerra, la justicia y la administración.
Aparte de que todas y cada una de dichas esferas pueden ser “racionalizadas”
según el ángulo desde donde se les mire, teniendo en cuenta que lo que podemos
considerar “racional” en uno, puede parecer “irracional” en otro. En todas las
esferas de la vida y en todas partes se han llevado a cabo, pues, procesos de
racionalización. Lo peculiar de su diferencia histórica y cultural es,
justamente, cuál o cuáles de dichas esferas fueron racionalizadas en su momento
y desde qué punto de vista. Por consiguiente, lo primordial es conocer las
características particulares del racionalismo occidental, así como, dentro de
éste, es decir, del moderno, explicar sus orígenes. Para que la investigación
tenga éxito, habrá que distinguir especialmente las condiciones económicas,
valorando la importancia fundamental de la economía; sin embargo, no deberá
descuidarse el conocimiento de la relación causal inversa, ya que el
racionalismo económico depende en su nacimiento, lo mismo de la técnica y el
Derecho racionales, que de la capacidad del hombre para determinadas clases de
conducta racional. Si esta conducta hubo topado con trabas psicológicas, la
racionalización de la economía debió luchar, asimismo, con la oposición de
ciertas resistencias de orden interno. En cuanto a lo pasado, entre los factores
de formación de mayor importancia de la conducta se encuentran: la fe en los
poderes mágicos y piadosos y el consiguiente concepto de la obligación moral. En
su momento oportuno, habremos de hablar de ello con la amplitud requerida.
Este libro consta de dos trabajos elaborados
hace algún tiempo, los cuales pretenden aproximarse en un punto determinado, de
suma importancia, a la médula menos accesible de la disyuntiva: la determinación
del influjo de ciertos ideales religiosos en la constitución de una “mentalidad
económica” —de un ethos económico, apegándonos al caso preciso de los nexos de
la ética económica moderna con la ética racional del protestantismo ascético. En
consecuencia, habremos de concretarnos a mostrar aquí uno de los perfiles de la
relación causalista. Los trabajos posteriores acerca de la “ética económica” de
las religiones pretenden presentar los dos aspectos de dicha relación (en virtud
de que resulta necesario para hallar el punto comparativo con el desarrollo de
Occidente que más lejos habremos de examinar), destacando los nexos que las
religiones más importantes que han existido en el mundo guardan con la economía
y la estructura social del medio en que vieron la primera luz, ya que solamente
así es posible declarar cuáles son por azar los elementos de la ética económica
religiosa de Occidente imputables a dichas circunstancias sociológicas,
características de occidente y no de otros ámbitos. Por lo tanto, estos estudios
no pretenden desarrollar un análisis vasto o esquemático de la civilización,
sólo que se circunscriben expresamente a señalar lo que en cada cultura se
manifestó en pugna, al igual como lo hizo antes, frente la civilización
occidental y en ellos seleccionaremos algunas consideraciones que se nos antojan
de especial interés, en la creencia de que no hallamos factible seguir otro
procedimiento para alcanzar nuestro objetivo. Sin embargo, para evitar
equívocos, creemos conveniente insistir en dicha limitación del fin que nos
hemos propuesto. Aún existe un aspecto más acerca del cual es necesario precaver
al desorientado, en cuanto al alcance de este estudio. Naturalmente, tanto el
sinólogo, como el egiptólogo, el semitista y el indólogo nada encontrarán de
nuevo en sus páginas. Esto sí, nuestro ferviente anhelo es que ninguno de ellos
dé en nuestro trabajo con algo que pudiera parecerle positivamente falso. El
autor no alcanza a saber hasta dónde ha siquiera conseguido aproximarse a este
anhelo, por cuanto que ello es factible para aquel que no está versado en la
materia. Es fácil entender que quien debe valerse de traducciones, aparte de que
en aquello escrito directamente en una misma lengua ha de valorar previamente,
recurriendo a las fuentes de absoluta validez, documentales, literarias o
monumentales por la bibliografía de los especialistas, en incesante controversia
entre sí, y sin que pueda juzgar de por sí acerca de su valor, tiene sobrados
motivos para sentirse más que cohibido por lo que concierne al escaso mérito de
su aportación: con tanta más razón por cuanto es aún muy reducido (especialmente
con respecto a China) el monto de traducciones de las “fuentes” efectivas
(documentos, inscripciones), tomando en cuenta, primordialmente, lo mucho más
que existe y tiene trascendencia. El resultado es el valor estrictamente
transitorio de la labor, en especial por lo que corresponde a Asia.3* El juicio
definitivo únicamente lo pueden emitir los especialistas. Mas, si nos hemos
decidido a emprenderla, se debe, claro está, a que no lo hicieron los
especialistas con este concreto y desde este preciso ángulo en que nosotros
estamos situados. Así, pues, son estudios destinados a una “superación” en mayor
medida y más profundo sentido de lo que hasta ahora es común en la literatura
científica. Indistintamente, en ellos no se ha podido evitar, por más que
debamos lamentarlo, la prolongada irrupción requerida para propósitos
comparativos, en otras especialidades; no obstante, ya que era imprescindible,
es necesario deducir el resultado de una previa resignación, por más abnegada,
ante el probable efecto. El especialista cree que en la actualidad es posible
abstenerse o degradar a la categoría de “trabajo subalterno”, aceptable para
aficionados, toda moda o ensayismo. No obstante, a los diletantes se les debe
algo en la mayor parte de las ciencias, inclusive, algunas veces, opiniones
acertadas y valiosas. Pero, el diletantismo, en cuanto a principio de la
ciencia, sería su fracaso absoluto. Aquel que desee ver “cosas”, que vaya al
cine: ahí se las exhibirán copiosamente, hasta de manera literaria, precisamente
acerca de cuestiones como las de referencia.4
Claro está que una mentalidad de esta índole
se halla de raíz alejada de los moderados propósitos de nuestro estudio,
enteramente empírico. Permítasenos añadir que quien desee “sermones”, vaya a los
conventículos. No es nuestra intención dedicar una palabra siquiera a discutir
la relación de valor que pueda existir entre las distintas culturas examinadas
comparativamente. No queremos decir con esto que el hombre que se ocupe de tales
problemas, los cuales marcan la trayectoria seguida por los destinos de la
humanidad, sienta una fría indiferencia; será un acierto, sin embargo, que
guarde para sí sus pequeños juicios, sus propias observaciones, como suele hacer
al contemplar el mar o las montañas, si es que no se considera con dotes de
artista o de profecía. En la mayor parte de los demás casos, el hecho de
recurrir con frecuencia a la “intuición” indica, por lo regular, una proximidad
al objeto, que ha de ser juzgado de la misma manera que la actitud similar
frente al individuo.
Nos vemos precisados, ahora, a justificar el
por qué no nos hemos valido de la investigación etnográfica, siendo que parecía
imprescindible debido su actual estado, antes que nada, para ex poner con la
máxima amplitud el religioso espíritu asiático. Hay que tener en cuenta que las
posibilidades humanas de trabajo son limitadas, y, no obstante, aquí era preciso
hacer referencia a los nexos de la ética religiosa de aquellas capas sociales
que en cada nación encarnaban la respectiva cultura. Y el caso es, exactamente,
que se trata de los ascendientes debidos a su conducta, los cuales, por sus
peculiaridades, no pueden ser capta dos más que estableciendo confrontaciones
etnográfico-folclóricas. Manifestamos, pues, reiteradamente, que en nuestra
labor queda al descubierto una laguna, contra la cual puede el etnógrafo objetar
con toda razón. En algún trabajo sistemático que trate de la sociología de las
religiones, confío en que podré compensar en parte esta laguna, pues, de haberlo
intentado aquí, habría sobrecargado demasiado el espacio disponible para este
estudio cuyos fines son mucho más modestos, resignándome con realzar del modo
más claro posible los puntos confrontables con las religiones profesadas en
Occidente.
Por último, habré de exponer algo, también,
acerca del aspecto antropológico del problema. Si sólo en Occidente,
comprendidas las esferas de la conducta que se desarrollan en apariencias de
mutua independencia hallamos determinados tipos de racionalización, es de
suponer que el fundamento está, por su parte, en específicas cualidades de
herencia. El autor confiesa que está dispuesto a una justipreciación muy elevada
del valor biológica mente heredado; sin embargo, pese a que reconoce las
aportaciones de suma importancia llevadas a cabo por la investigación
antropológica, declara, también, no haber visto ninguna ruta que le de a
comprender o que le indique, casi, aproximadamente, el como, cuanto y dónde de
su participación en el proceso seguido. Habrá de ser, justamente, uno de los
temas de toda labor sociológica o histórica el descubrimiento, en la medida de
las posibilidades, acerca de los influjos y conexiones causalísticos que revelen
a satisfacción el modo de reaccionar frente al sino y el ambiente. Llegado el
caso, habrá que esperar resultados satisfactorios, inclusive para el dilema que
nos ocupa y más aún cuan do la neurología y la psicología comparativa de las
razas, que ya en la actualidad resultan prometedoras, surjan de la fase primera
en la que todavía se hallan.5* Entretanto, creo que se carece de fundamento.
Aludir a la “herencia” me hace entender que sería negarse al conocimiento, tal
vez factible actualmente, y desviar el problema a factores que por el momento no
son aún conocidos.
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NOTAS DE
LA INTRODUCCIÓN (5)
PRIMERA PARTE
EL PROBLEMA
CAPÍTULO I
CONFESIÓN Y ESTRUCTURA SOCIAL1
Al disponemos a examinar las estadísticas
profesionales de países en los que existen credos religiosos, sobresale con
mucha frecuencia2* un fenómeno, motivo de vivas controversias en la prensa y la
literatura católicas, así como en congresos de católicos alemanes:3* es la
índole por excelencia protestante que se distingue en las propiedades y empresas
capitalistas y, también, en las esferas superiores de las clases trabajadoras,
sobre todo del alto personal de las empresas modernas, con más experiencia
técnica o comercial.4* Dicho fenómeno se refleja en cifras de las estadísticas
confesionales, allí donde las diferencias de confesión coinciden con las de
nacionalidad y, por consiguiente, con el distinto nivel de desarrollo cultural
(de la misma manera que en la Alemania oriental acontecía con alemanes y
polacos), como, por lo regular, allí donde el progreso capitalista en el periodo
de su mayor apogeo tuvo poder para organizar la población en clases sociales y
profesionales, a medida que las requerían. Y, ¿cuál puede ser el motivo de esta
intervención algo más considerable, de este porcentaje superior de acuerdo a la
totalidad de la población, con el que los protestantes toman parte en la
posesión de capital5* y en la dirección, así como también en los puestos más
encumbrados en el trabajo de las empresas de mayor categoría tanto en la
industria como en el comercio?6* Ello se debe, en parte, a motivos históricos,7*
cuyas raíces se encuentran en el remoto pasado y en los cuales su apego a un
determinado credo religioso no aparece como causa de fenómenos económicos, antes
como el resultado de ellos. El ejercicio de esas funciones da por admitido la
posesión de capital o la educación ciertamente costosa, así como ambas a un
tiempo, con bastante frecuencia. En la actualidad, se presenta enlazada a la
posesión de la riqueza hereditaria o, por lo menos, a una situación más o menos
confortable. Justamente, muchos de los habitantes de una gran parte de las
tierras más ricas del Reich, a las que la naturaleza ha favorecido de
preferencia, amén de su privilegiada posición geográfica, tan determinante para
la actividad comercial, y cuyo desenvolvimiento fue el mejor logrado en el orden
económico, de manera especial en la mayoría de las más ricas poblaciones, se
habían convertido al protestantismo en el siglo XVI, pudiendo asegurarse, aún en
la actualidad, los benéficos resultados de esa conversión, para los
protestantes, en la lucha económica por la vida, bien que, ante este hecho
singular, se presenta esta disyuntiva histórica: ¿por qué en dichas tierras, las
más adelantadas económicamente, existía allí, precisamente, tan singular
tendencia para una revolución eclesiástica? Posiblemente alguien creerá que la
respuesta es fácil, mas no es así. Evidentemente, la ruptura con el
tradicionalismo económico da la impresión de ser el excepcional momento propicio
para que en el espíritu surja la duda ante la tradición religiosa y decida
enfrentarse a las autoridades impuestas por la tradición. Aquí es conveniente
tener presente un hecho tal vez olvidado: la supresión del dominio eclesiástico
sobre la vida no era el espíritu de la Reforma, antes bien el anhelo de cambiar
la forma de aquel poder por otra distinta. Es más, sustituir un poder demasiado
suave, casi imperceptible en la práctica y, en efecto, próximo a lo puramente
clásico, por otro que debería intervenir con mucha más intensidad en todos los
ámbitos de la vida pública y privada, estipulando una regulación onerosa y con
meticulosidad en la conducta personal. Hoy en día hay pueblos que, no obstante
su cariz económico totalmente moderno, toleran el dominio del clero católico
—“que castiga al hereje, si bien es benévolo con el pecador”, lo cual se hizo
aún más evidente en aquel entonces que ahora—, como lo toleraron las naciones en
extremo ricas, en constante auge económico, significados en las postrimerías del
siglo XV. Por el contrario, entre nosotros no cabe imaginar una forma más
intolerable de dominio eclesiástico sobre la vida individual, como habría de
serlo el calvinismo, en el siglo XVI, tanto en Ginebra como en Escocia y en gran
parte de los Países Bajos antes de terminar aquél y en el curso del siguiente, y
también en la Nueva Inglaterra y aun en la propia Inglaterra durante parte del
siglo XVII, de igual manera como lo vivieron en el amplio territorio del antiguo
patriciado de aquella época en Ginebra, Ho landa e Inglaterra. No se trata de
que aquellos reformadores —originarios de las naciones con más avance económico—
encontraran precisamente condenable el abuso del poder eclesiástico-religioso,
sino justo lo contrario. ¿Cuál será, pues, la razón de que precisamente estas
naciones que gozaban de tanto auge económico, incluyendo en cada una la
incipiente clase media burguesa, fueran las que, además de aceptar esa tiranía
puritana hasta entonces ignorada, tomaran en su defensa un heroísmo del cual la
burguesía no había antes dado indicios y tampoco los ha dado después, salvo en
muy raras ocasiones: the last of our heroism, como Carlyle ha dicho con justa
razón?
De manera clara podemos observar, no obstante
lo dicho, que así como es comprensible el mayor concurso de los protestantes en
la posesión del capital y en la dirección de la moderna economía, como evidente
resultado de la mejor situación económica que han sabido sostener al correr del
tiempo, es posible seña lar otra índole de acontecimientos en los cuales se
revela, patentemente, sin duda, una inversión de este nexo causal. Entre otros
ejemplos, para sólo citar el más destacado, recordemos la notoria diferencia que
se deja ver en la clase de enseñanza que lo hijos de padres católicos reciben de
éstos, comparándola con la de los protestantes, fenómeno que por igual se
manifiesta en Baden o Baviera que en Hungría, por ejemplo. Es comprensible
—tomando en cuenta la economía insinuada— que el monto de católicos entre
discípulos y bachilleres de los centros de enseñanza superior no corresponde a
su proporción demográfica.8* Pero es el caso que entre los bachilleres católicos
ocurre, también, que el porcentaje de los que asisten a los modernos plan teles
de enseñanza, dedicados primordialmente a la base del estudio técnico y de las
profesiones en el campo industrial y mercantil, en general, que viene a ser de
manera específica una profesión propia de burgueses (como en los conocidos
Realgymnasien y Realschule, escuelas superiores civiles, etcétera), es
evidentemente inferior al de los protestantes,9* pues los católicos tienen
preferencia por aquella enseñanza de carácter humanista que imparten las
escuelas que se basan en la formación formal. Veamos, ahora: la explicación de
este fenómeno no es similar a la del anterior; debe considerarse la causa en un
sentido inverso para aclarar por él (aunque no únicamente por él) la
participación de menor número de católicos en la vida capitalista. Pero aún es
más sorprendente otra observación que viene en auxilio, indudablemente, para
encontrar la razón por la cual los católicos toman parte en menor proporción en
las esferas instruidas del elenco trabajador de la industria modernista. Es bien
sabido que las fábricas alimentan las filas de sus trabajadores mejor adiestra
dos, con operarios extraídos de los pequeños talleres de los cuales proceden y
en los que se han forjado profesionalmente, alejándose de éstos cuando se
sienten con suficiente capacidad. Mas ello acontece con mayor frecuencia entre
los protestantes que entre los católicos, ya que éstos demuestran una dedicación
más tenaz a persistir en el oficio, llegando a merecer la maestría, en tanto que
los otros, en mayor número, eligen el trabajo en las fábricas y escalan los
cargos altos del proletariado entendido y de la burocracia de la industria.10*
Estos casos demuestran que el adiestramiento de una habilidad personal, dirigida
bajo el influjo de un ambiente religioso, tanto patriótico como familiar, ha
determinado la elección profesional y, consecuentemente, todo el destino de una
vida, y en ella ha consistido, pues, la relación causal.
En el moderno capitalismo alemán, esa menor
intervención de los católicos se nos presenta tanto más sorpresiva por cuanto
que demuestra que está en contradicción con una experiencia común en el curso
del tiempo,11* esto es: que las minorías nacionales o religiosas puestas en
calidad de “oprimidas” frente a otros grupos calificados como “opresores”,
debido a que, por propia voluntad o irremediablemente se ven excluidos de los
puestos influyentes en la política, emprenden por costumbre la actividad
industrial, que favorece a sus miembros mejor capacitados a convertir en
realidad un deseo en cuyo logro no puede ayudar el Estado teniéndolos a su
servicio. Eso quedó palpablemente demostrado con los polacos, tanto en Rusia
como en la Prusia oriental, donde impusieron los adelantos económicos, incapaces
de implantarlos en la Galitzia, bajo su dominación, lo cual había ocurrido
anteriormente en Francia con los hugonotes, en tiempos de Luis XIV, así como en
Inglaterra con los conformistas y los cuáqueros, y —last not least— desde hace
dos mil años, con los judíos. Por el contrario, no encontramos un fenómeno
similar, perceptible, al menos, por sus peculiares características, entre los
católicos alemanes acerca de los cuales no podemos decir que mostraron, tampoco,
un especial avance económico a diferencia de los protestantes en periodos
remotos en los que en Inglaterra o en Holanda eran perseguidos o sólo
soportados. Es más pronto que los protestantes (en especial en una que otra de
sus confesiones, como veremos más adelante), tanto en calidad de oprimidos u
opresores, como en mayoría o minoría, han revelado siempre una singular
inclinación hacia el racionalismo económico, inclinación que no se manifestaba
entonces, como tampoco ahora, entre los católicos en ninguna de las
circunstancias en que puedan hallarse.12* La causa de tan disímil conducta
habremos de buscarla no sólo en una cierta situación histórico-política de cada
confesión13, sino en una determinada y personal característica permanente.
Antes que nada habría que dilucidar la
problemática, investigando cuáles son o fueron los elementos de las
características confesionales que actuaron o actúan, en parte, en la dirección
de referencia. Podríamos intentar la explicación de la antítesis, desde un punto
de vista superficial y moderno, afirmando que el mayor “distanciamiento del
mundo” católico, el cariz ascético peculiar de sus más altos ideales, tiene que
ejercer su influjo en el espíritu de sus fieles con respecto a un despego ante
los bienes terrenales. En tal explicación podría hallarse la coincidencia con el
popular esquema que sirve en la actualidad para juzgar las dos confesiones. En
cuanto a los protestantes, éstos se valen de dicha concepción para censurar el
idealismo ascético, real o supuesto, de la vida del católico, a lo cual éste
responde reprobándole el espíritu materialista, que podría tomarse como
resultado de la campaña de instrucción laica de toda la compilación vital
llevada a término por el mundo protestante. Nos valemos de la fórmula lograda
por un escritor moderno cuya intención fue dar, precisamente, la explicación
acerca de la conducta observada, opuestamente, en la vida industrial de ambas
confesiones: “El católico.., siendo el más tranquilo, el menos dotado de afán
adquisitivo, tiene preferencia por una vida bien asegurada aunque los ingresos
en ella sean de menos cuantía que los que pudiera redituarle una vida de
incesantes peligros y exaltaciones tras los honores y las riquezas adquiridos
eventualmente. Si analizamos el refrán que reza:
comer bien y dormir tranquilo, vemos que el
protestante es quien se decide por lo primero, en tanto que al católico le gusta
más dormir tranquilo”.14* Con eso de “comer bien”, podemos, de hecho, hablar
acertadamente, siquiera en parte, de la motivación principal de las zonas más
diferentes en cuanto a la religión del actual protestante alemán, exclusivamente
de éste. Lo que ocurría en los tiempos idos era del todo distinto: los puritanos
ingleses, holandeses y americanos se caracterizaban, sin duda, por un
sentimiento de amor al mundo opuesto totalmente. Este era, con exactitud, uno de
los rasgos más peculiares y de mayor importancia. Además, hemos de tomar en
cuenta que en el protestantismo francés permaneció por largo tiempo (y, en
cierto modo, aún permanece) el sello que se dio a las iglesias calvinistas, de
manera general, y, sobre todo, a las “bajo la cruz”, en la época de las luchas
por la religión; sin embargo —podríamos preguntarnos si no es por eso mismo—,
considerando lo poco permitido por la persecución, fue y es uno de los puntos de
apoyo más consistentes de la evolución económica y capitalista francesa. Si se
ha dado en llamar algo así como “alejamiento del mundo” a dicha sobriedad y al
severo predominio de los intereses de la religión en la conducta práctica, los
calvinistas franceses están, siquiera, tan alejados del mundo como los católicos
alemanes del norte, cuyo espíritu católico es más hondo y sincero que en ningún
otro pueblo del orbe. Y ambos se distinguen de los bandos religiosos dominantes
en sus respectivos países: el de los franceses católicos amantes del buen vivir
en las esferas más bajas y de un modo directo anticlerical en las de arriba, y
el de los protestantes alemanes, que se hallan dominados en las esferas
superiores por la terrenal ambición de lucro, en tanto que, por la religión no
sienten ningún interés.15* Es uno de los hechos que más claramente evidencian
que con la vaguedad de tales ideas del supuesto distanciamiento del mundo de los
cató licos y algo más por el estilo, no se llega a ninguna parte, pues, con
tanta vaguedad hay suposiciones que pueden tener aún validez en la actualidad y,
en parte, nunca la tuvieron en lo pasado. Por cuya razón, si se pretendiera
recurrir a ellas, habría que dar cabida a otra serie de conjeturas que vienen en
mente de inmediato e, inclusive, habría motivo para pensar en que toda esa
contradicción sin esclarecer entre alejamiento del mundo, sobriedad y espíritu
religioso, por una parte, y la colaboración en la actividad capitalista, por
otra, no debería convertirse más bien en un estrecho lazo.
En efecto, lo primero que causa extrañeza
—para dar principio a la enumeración de alguno que otro elemento puramente
externo— es la gran cantidad de representantes de las más auténticas y profundas
formas del cristianismo, surgidas realmente de los grupos mercantiles. De manera
particular el pietismo debe re conocer este origen en gran parte de sus adeptos
de observancia más rigurosa. Seria fácil imaginar que el “mammonismo” actúa como
agente, para producir la revulsión en ciertas naturalezas internas y algo
impropias para la profesión mercantil; y, con certeza, se originó de manera
subjetiva tanto en Francisco de Asís como en los pietistas con el carácter de
“advenimiento de la conversión”. Asimismo, cabe entender el fenómeno no tan
asiduo y raro —hasta el caso de Cecil Rhodes— de que las casas parroquiales, en
su mayoría, se hayan convertido en el núcleo creador de empresas capitalistas de
altos vuelos, lo cual bien pudiera interpretarse como una consecuencia en la
actitud ascética de la juventud. Mas, este juicio es inexacto cuando,
simultáneamente, surge en una persona o colectividad la “virtud” capitalista del
sentido del negocio y una forma intensa de religiosidad, que inunda y regula
todos los actos de la vida. Claro está que esto no ocurre sólo en casos
aislados, sino que viene a constituir, precisamente, un signo peculiar de
grupos, en su totalidad, de las más importantes sectas y templos del
protestantismo, especialmente en el calvinismo, en cualquiera de los lugares
donde haya surgido.16* En los tiempos en que ocurrió la expansión de la Reforma,
ni el calvinismo ni ninguna de las demás confesiones religiosas se vinculó a una
determinada clase social; sin embargo, es característico, y podríamos decir que
un tanto “típico”, que en las iglesias hugonotes, de Francia, por ejemplo, la
mayor parte de sus prosélitos estaba formada por monjes e industriales
(comerciantes, artesanos), especialmente en el período de la persecución.17* Ya
los españoles estaban conscientes de que “la herejía” (aplicada al calvinismo)
“era benéfica al espíritu comercial”, teoría que sostuvo enteramente sir W.
Petty en su alegato acerca de las razones del crecimiento capitalista en los
Países Bajos. Concedemos la razón a Gothein18* al calificar a la Diáspora
calvinista en su calidad de “vivero de la economía capitalista”.19* Es posible
atribuir en esto, como elemento decisivo, la superioridad de la cultura francesa
y holandesa en el terreno de la economía, de la cual nació precisa mente, esa
Diáspora, así como el poderoso influjo del destierro y la violencia en la
ruptura de las relaciones tradicionales.20* No obstante, de igual manera
acontecía en Francia, en pleno siglo XVII, según lo demuestran las luchas de
Colbert. También Austria —aparte de otros países— trajo consigo algunas veces di
rectamente fabricantes protestantes. Pero, no se puede decir que todas las
sectas protestantes hayan actuado con el mismo ímpetu en esa dirección. Por lo
que respecta al calvinismo, probable mente su actuación en Alemania tenía la
misma significación; por excelencia provechosa debió ser la confesión
“reformada”,21* para la expansión del espíritu capitalista, si entablamos una
comparación con otras confesiones, ya sea en Wuppertal o en otros lugares, claro
está que un tanto más que el luteranismo como lo demuestra la confrontación
general y en sus pormenores, particularmente en Wuppertal,22* lo cual ha sido
corroborado por Buckle, en Escocia y, en especial, por Keats entre los poetas
ingleses.23* Hay algo más digno de mencionarse: el nexo evidente entre la
detallada norma religiosa de la vida y el desenvolvimiento más agudo del
espíritu comercial, muy particularmente en la mayor parte de las sectas en las
cuales el llamado “aleja miento del mundo” les es tan propio como la abundancia;
y aquí debemos mencionar, muy particularmente, a los cuáqueros y menonitas. Y
así como aquéllos jugaron su papel en Inglaterra y Norteamérica, fueran los
menonitas quienes lo representaron en Alemania y los Países Bajos, siendo un
caso insólito que en la Prusia oriental el propio Federico Guillermo 1* los
considerase como factores imprescindibles del avance de la industria, no
obstante haberse negado, rotundamente, al servicio militar. Este hecho es uno
más que apoya la afirmación y, obviamente, uno de los más peculiares, dada la
naturaleza de aquel monarca. Es bien sabido, también, que entre los pietistas
estaba en vigor la unión de la piedad más vehemente con el cultivo del sentido y
el triunfo del comercio.24* Puede ser suficiente evocar el estado de Renania, o
a Calw, entre otros muchos ejemplos, pues no es necesario recurrir a otros sólo
eventuales. Con lo dicho queda, sin duda, demostrado el espíritu de
“laboriosidad”, de “avance”, según como se quiera decir, y no puede confundirse
con el habitual significado de “amor al mundo”, o de ilustrado, ni con otro
cualquiera. El protestantismo de Lutero, Calvino, Knox y Voët, en sus inicios,
casi nada tenía en común con lo que ahora se conoce por “progreso”.
Indudablemente, era contrario a muchos aspectos de la sociedad moderna, a los
cuales les sería difícil renunciar a ellos en la actualidad, por más leal que
sean a su credo. Además, si pretendemos hallar un nexo entre ciertas
manifestaciones del protestantismo y de la cultura capitalista moderna, no será
en el “amor al mundo” (supuestamente imaginado) en mayor o menor grado
materialista (diríamos opuesto al ascetismo), sino, con más exactitud, en sus
características netamente religiosas. Montesquieu, en Espirit des lois (libro XX
capítulo VII) dice que los ingleses son quienes “más han contribuido, entre la
totalidad de los pueblos del mundo, con tres elementos de suma importancia: la
piedad, el comercio y la libertad”. ¿Hay coincidencia real entre su superioridad
en el orden industrial —así como en su inclinación a la libertad— con aquel
espíritu piadoso que Montesquieu les atribuye?
Si nos proponemos dilucidar la cuestión en
dichos términos, habremos de tropezar de inmediato con otras muchas respuestas
tan intuidas confusamente como importantes. El objetivo nuestro debe ser, ahora,
concretar lo intuido confusamente a fin de que podamos aclararlo hasta lo máximo
y que nos pueda ayudar ante la inagotable dificultad de cualquier problemática
histórica. Para el logro se requiere, antes que nada, dejar a un lado las vagas
suposiciones de las que nos hemos valido hasta aquí, y hacer lo posible por
introducirnos en lo más característico de aquellos magnificentes ideales de
religión en los que el cristianismo se ha fundamentado históricamente.
Sin embargo, se requieren aún, previamente,
algunas consideraciones: antes que nada, acerca del distintivo propio del objeto
en cuya explicación estamos interesados; luego, acerca del sentido que podamos
hallar en la posible explicación, sin que nuestras investigaciones se salgan del
círculo que las ciñe.
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NOTAS DE LA PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I (263)
CAPÍTULO
II
EL ESPÍRITU DEL CAPITALISMO
El concepto “espíritu del capitalismo” que
integra el título global de este estudio, no deja de ser algo presuntuoso. A la
pregunta ¿qué ha de entenderse por eso?, contestaremos que si nos empeñamos en
dar con algo que se aproxime a una “definición”, habremos de tropezar de
inmediato con ciertos escollos que estriban en la propia naturaleza del objeto a
investigar.
De ser posible hallar algo a lo
cual pueda aplicársele dicho concepto, sería, únicamente, una “individualidad
histórica”, es decir un conjunto de eslabones en la realidad histórica, que
nosotros enlazamos en un todo, basándonos en su significado cultural.
Sin embargo, no podemos definir
este concepto histórico (o “delimitarlo”), ajustándolo al esquema genus proximum,
differentia specifica, ya que su contenido lleva implícito un fenómeno cuyo
significado está en su característica individual; antes bien, opuestamente,
tiene que ajustarse o elaborarse con una serie de elementos encontrados en la
realidad de los hechos históricos. Esta es pues la razón por la cual no podemos
dar como concluyente la determinación conceptual desde los inicios de la
investigación, sino hasta que lleguemos al final de ella. Para mayor claridad,
añadiremos que únicamente a lo largo de las discusiones y como evidente
consecuencia de ellas, se verá con facilidad la definición más conveniente, es
decir, la más apropiada desde los puntos de vista que interesan para entender lo
que denominamos el espíritu del capitalismo. Mas, esos puntos de vista a los
cuales habré de referirme aún más adelante, no han de ser los únicos de qué
valernos para examinar los fenómenos históricos que estudiamos. Si partimos
desde otras observaciones, un hecho histórico cualquiera nos mostrará otros
aspectos “esenciales” de lo cual se deduce que, por “espíritu del capitalismo”,
no sólo debe entenderse lo que como esencial se revela para nosotros en esta
investigación. Es una característica inherente de toda formación de conceptos
históricos el hecho de que, para sus objetivos metódicos, no requiere ocultar la
realidad en genéricos conceptos abstractos, sino que pretende articularla en
concretos nexos genéticos de inevitables matices siempre individuales.
No obstante, siempre que se trate de fijar un
objeto, por la mediación de análisis e interpretación histórica, es imposible
definirlo por anticipado; a lo sumo puede intentarse una previa y eventual
definición de aquél —que en este caso que nos ocupa es el “espíritu del
capitalismo”—. Tiene que existir un acuerdo en ello para quedar conformes acerca
del objeto a investigar. Por tal motivo nos apoyamos en un documento inspirado
en dicho “espíritu” en cuyo contenido hallamos con notable nitidez lo que de
manera más directa nos interesa, además, está des provisto, venturosamente, de
una coherencia directa con la religión y, por consiguiente, tiene la virtud de
estar “libre de su puestos” —para nuestro tema.
“Considera que el tiempo es dinero. Aquel a
quien le está dado ganar diez chelines por día con su trabajo y se dedica a
pasear la mitad del tiempo, o a estar ocioso en su morada, aun que destine tan
solo seis peniques para sus esparcimientos, no debe calcular sólo esto, sino
que, realmente, son cinco chelines más los que ha gastado, o mejor, ha
derrochado”.
“Considera que el crédito es dinero. Si la
persona a quien le un dinero deja que éste siga en mi poder, permite, además,
que yo disfrute de su interés y de todo cuanto me sea posible ganar con él en
tanto transcurre el tiempo. De tal manera se puede acumular una cantidad
considerable si se tiene buen crédito y capacidad para emplearlo bien”.
“Considera que el dinero es fecundo y
provechoso. El dinero puede engendrar dinero, los sucesores pueden engendrar aún
más y así unos a otros. Si cinco chelines son bien colocados, se convertirán en
seis, éstos, a su vez, en siete que, asimismo, podrán devenir en tres peniques,
y llegar en sumas sucesivas hasta constituir un todo de cien libras esterlinas.
A cuanto más dinero invertido, tanto más es el producto. Así, pues, el beneficio
se multiplica con rapidez y en forma constante. Aquel que mata una cerda, reduce
a la nada toda su descendencia hasta el número mil. Aquel que derrocha una
moneda de cinco chelines, destruye todo cuanto habría podido originarse con
ella: montículos compactos de libras esterlinas”.
“Considera que, conforme al refrán, un buen
pagador es amo de la bolsa de quien sea. Al que se le conoce como puntual
pagador en el plazo convenido, es merecedor en todo momento, del crédito
otorgado por aquellos amigos a quienes no les hace falta”.
“En ocasiones, eso es de gran provecho.
Indistintamente de la prontitud y la sensatez, lo que más contribuye al progreso
de un joven es la puntualidad y la rectitud en todas sus empresas. Así, pues,
nunca debes retener el dinero recibido por una hora más de la convenida, a fin
de que la bolsa de tu amigo no quede cerrada para ti en la vida”.
“Las acciones de menor importancia que pueden
pesar en el crédito de una persona deben ser consideradas por ésta. El golpeteo
de un martillo sobre el yunque, así sea a las cinco de la mañana o a las ocho de
la noche dejará satisfecho, para seis meses, al acreedor que lo oiga; sin
embargo, si te viera jugar al billar o reconociera tu voz en la taberna, siendo
que en esa hora deberías estar trabajando, no dejará de recordarte tu adeudo a
la mañana siguiente, exigiéndote el pago aun antes de que hayas podido reunir el
dinero”.
“También, debes manifestar en toda ocasión que
no olvidas tu deuda, procurando mostrarte siempre como un varón diligente y
honorable. De este modo se consolidará tu crédito”.
“Cuídate bien de considerar como propio todo
aquello que posees y de vivir conforme a esa idea. La mayoría de las personas
que gozan de un crédito, con frecuencia se forjan esa ilusión. Para no caer en
tal peligro, anota, minuciosamente, tus gastos e ingresos. Si pones atención en
esos pormenores, advertirás que los más insignificantes gastos se van
convirtiendo en grandes sumas, y te convencerás de cuánto pudiste ahorrar y de
lo que aún estás a tiempo de hacerlo en lo sucesivo”.
“De ser una persona de prestigiada prudencia y
honradez, con seis libras llegarás al goce de cien. El que derrocha diaria mente
tan solo un céntimo, es igual a derrochar seis libras en un año, lo cual viene a
ser el uso de cien. Quien desperdicia una fracción de su tiempo equivalente a un
céntimo (así represente, únicamente dos minutos) malogra día a día la
prerrogativa de beneficiarse con cien libras al año. Aquel que en vano
desaprovecha el tiempo que representa un valor de cinco chelines, se des prende
de cinco chelines, lo cual viene a significar lo mismo que si los hubiera tirado
al mar. Quien haya perdido cinco chelines, es como si hubiera perdido todo
cuanto pudo haber ganado con ellos si los hubiese invertido en la industria, por
lo cual, cuando el joven llegue a una edad avanzada mucho habrá de lamentar la
falta de tan enorme cantidad”.
Benjamín Franklin1* nos amonesta con dichas
máximas —de las cuales Ferdinand Kürnberger se burla cuando traza la semblanza
de la “cultura americana”2* en una obra escrita con ingenio y saña,
exponiéndolas como dogmas al pueblo yanqui—. Indudablemente, en este documento
—en el cual hace gala de su característico estilo— se trasluce “el espíritu
capitalista”; sin embargo, no podemos afirmar que dicho texto abarque todo lo
que debe ser considerado como tal “espíritu”. Haciendo hincapié aún más en este
pasaje, cuya filosofía queda compendiada por Kürnberger al decir que “de las
vacas se hace manteca y de los individuos el dinero”, comprobaremos que lo
innato de la “filosofía del avaro” es el modelo perfecto a seguir del hombre
honorable, merecedor de un crédito y, por encima de todo, la imagen de un
compromiso de aquél, ante el atractivo —considerado como una meta— de
multiplicar el capital suyo. Aquí no se da a conocer, en efecto, únicamente una
técnica vital, sino una “ética” específica, y el hecho de quebrantarla es una
omisión del deber, además de una necedad, y esta es una obligación fundamental.
Aquí la “prudencia en la actividad” quedó establecida, lo cual es por todos
aprobado, pero, además, es un verdadero ethos lo que da a entender, y es desde
este punto de vista como nos interesa esa cualidad.
Dícese que Jacobo Fugger, en plena discusión
con un socio que estaba decidido a dejar el negocio y lo incitaba a retirarse
también —alegando que ya era suficiente lo ganado y debía ceder el campo para
que los demás se beneficiaran— con testó a su interlocutor que “su opinión
difería por completo y, que ganar cuanto le fuera posible era su aspiración”,3*
dando por pusilánime la postura de su socio. Así, pues, existe una notable
diferencia entre el “espíritu” de esta manifestación y la intención anímica de
Franklin: la consecuencia que aquél atribuía al espíritu comercial, por más
atrevido, y propenso además a una marcada indiferencia ética,4* consigue en
Franklin la índole definida de una máxima de comportamiento con matices éticos.
De este significado específico nos valemos cuando nos referimos al “espíritu del
capitalismo”,5* claro está: del capitalismo moderno, del europeo-occidental y
del americano, única mente, como está a la vista. Es por demás decir que en
China, así como en Babilonia y en la India, tanto en la antigüedad como en la
Edad Media existió también el “capitalismo”; sin embargo, carecía, justamente,
del ethos que caracteriza al moderno capitalismo.
Los principios morales de Franklin han sido
desvirtuados enteramente, dándole un significado utilitarista, es decir, la
moralidad se considera útil porque deriva en crédito, asimismo, se le otorga a
la puntualidad, al esmero, a la sensatez, el carácter de virtudes, de donde se
deduciría en que para lograr dichas virtudes basta con simularlas. Para
Franklin, ello seria un exceso inútil de tal virtud, despreciable por
considerarse un derroche. Efectivamente, el relato, en su “autobiografía”, de la
“conversión” a dichas virtudes6* o las reflexiones acerca de los beneficios que
proporciona la estricta observancia de una modestia aparente y el hecho de
disponerse a ocultar los propios méritos a fin de captarse la estimación
unánime,7* proporciona al lector la seguridad que, para Franklin, todas y cada
una de esas virtudes lo son realmente en tanto que favorecen, en concreto, al
hombre, y que la apariencia de la virtud es suficiente cuando de ella se deriva
el mismo efecto que con la práctica de la propia virtud: inherente consecuencia
del utilitarismo más riguroso. Diríamos que hallamos aquí, aparentemente, “in
fraganti” aquello que los alemanes suelen calificar como “hipocresía” de las
virtudes en los americanos. Sin embargo, no todo es verdaderamente tan sencillo
como eso. La honradez singular de Benjamín Franklin, innata de su propio
carácter, tal como se refleja en su autobiografía, así como en la particularidad
de atribuir a una revelación divina el hallazgo de la “utilidad” de la virtud
—así, podría interpretarse que Dios quiso señalarle el camino de la virtud—,
patentizando que se trata de algo más que la sencilla vestidura elaborada con un
egocentrismo puro. Resulta además, que el summum bonum de esta “ética” estriba
en la persecución continua de más y más dinero, procurando evitar cualquier goce
inmoderado, carece de toda mira utilitaria o eudemonista, tan puramente ideado
como fin en sí, que se manifiesta siempre como algo de absoluta trascendencia e
inclusive irracional8* ante la “dicha” o el rendimiento del hombre en
particular. El beneficio no es un medio del cual deba valerse el hombre para
satisfacer materialmente aquello que le es de suma necesidad, sino aquello que
él debe conseguir, pues esta es la meta de su vida:, El juicio general de las
personas es en el sentido que una “inversión” significa la relación antinatural
entre el individuo y el dinero. Sin embargo, el capitalismo la considera como
algo tan evidente y natural, como insólita para aquel que no ha sentido el soplo
suave de su aire. A un tiempo, abarca muchos sentimientos enlazados
profundamente con ideas religiosas. Si formuláramos la pregunta, por ejemplo,
del por qué se ha de hacer dinero de los hombres, hallaríamos la respuesta en
Benjamín Franklin, que profesa el deísmo aun cuando sin un cariz confesional
determinado, con una expresión bíblica, inculcada desde joven por su padre, del
cual asegura que era un recalcitrante calvinista, y que reza así: “Si encuentras
un hombre so lícito en su actividad, debe ser preferido a los reyes”.9* El
producto del dinero —cuando se comprueba legalmente— significa, en el moderno
orden económico, la consecuencia y la manifestación de la virtud en la obra, y
esta virtud, con indudable aceptación, viene a constituir el alfa y omega de la
auténtica moral de Franklin, como queda expuesto en los fragmentos que hemos
transcrito y en toda su obra sin excepción.10
Efectivamente, aquel sentimiento tan
característico —tan común en la actualidad y tan absurdo en sí— acerca del deber
profesional, de un compromiso que debe establecer el hombre y de hecho
reconocerlo ante lo implícito de su acción “profesional”, sea la que él quiera
—prescindiendo de que se la considere, claro está, como estricta utilización de
la propia energía de trabajo o de la simple propiedad de bienes (entiéndase
“capital”)—, aquel sentimiento, repetimos, es la más peculiar “ética social” del
mundo civilizado capitalista, para la que tiene, en cierto modo, un significado
constitutivo. No por ello debe pensarse que es producto del actual capitalismo;
es fácil de hallarla en otros tiempos, como verificaremos más adelante. Tampoco
es para opinar que en el actual capitalismo, el hecho de apropiarse
subjetivamente de esas máximas morales por parte de quienes forman la empresa y
por la de los trabajadores de las modernas sociedades capitalistas, sea una
condición de su vida. El actual sistema económico capitalista es como un cosmos
excepcional en el cual el hombre nace y al que, al menos como tal, le es dado a
guisa de edificio imposible de reformar, en donde habrá de vivir, imponiéndole
las medidas de su conducta económica, en razón que se encuentra envuelto en la
componenda de la economía. Cuando el empresario actúa de continuo en contra de
estas medidas, se ve excluido, infaliblemente, de la contienda económica, al
igual que el trabajador que no se percata o no le es posible avenirse a ellas,
terminando por verse lanzado a la calle, obligado a ingresar, como otros tantos,
en las compactas filas de los sin trabajo.
El amo absoluto en la vida de la economía,
esto es del actual capitalismo, educa y origina, valiéndose de la selección
económica, los individuos, tanto empresariales como trabajadores, que requiere.
Así, al llegar a esta cuestión, se advierten exactamente los límites del
concepto de “selección” que puedan ser utilizados para explicar los fenómenos
históricos. Con objeto de elegir aquella manera de trabajar y de comprender cuál
es la profesión que más se ajusta al espíritu capitalista (esto es, a fin de que
este procedimiento sea capaz de vencer a los demás), debería originarse como
idea de un grupo de hombres y no previamente en personas aisladas. Por
consiguiente, este origen debe ser esclarecido ante todo. Más adelante habremos
de referirnos al concepto del simple materialismo histórico, pues para él las
“ideas” son como “reflejos” o “superestructuras” de posiciones económicas en la
vida del hombre. Para nuestro objetivo, será suficiente recordar que en el suelo
natal de Benjamín Franklin (Massachusetts) el “espíritu capitalista” (con el
significado que nosotros le hemos acordado) ya existía antes del
“desenvolvimiento capitalista” (en 1632* ciertamente surgieron las reclamaciones
en Nueva Inglaterra, no así en otros lugares del territorio americano, acerca de
las apariciones especulativas y de explotación en la economía); por el
contrario, en las colonias vecinas (que más tarde serían los estados del sur de
la Unión Americana), ese espíritu no logró un mayor grado de desarrollo, pese a
que recibieron el aporte económico de grandes capitalistas, con fines
comerciales, en tanto que las colonias de Nueva Inglaterra se vieron vigorizadas
por predicadores, gente graduada, conjuntamente con pequeños burgueses,
artesanos y labradores, con miras religiosas. En consecuencia, la relación
causal, en este caso, es al contrario de la que habría que demandar desde el
punto de vista del “materialismo”. Bien que, el elemento joven imbuido en tales
ideas ha resultado más borrascoso de lo que los teóricos de la “superestructura”
podían pensar de él, y su desenvolvimiento no se asemeja al de una flor. El
espíritu del capitalismo (en el sentido aceptado por nosotros) ha debido
imponerse, en una contienda nada fácil, a un sinfín de poderosos enemigos. En la
antigüedad o en la Edad Media, un criterio como el que impera en los
razonamientos expuestos por Benjamín Franklin, ya mencionados, no pudo haber
sido excluido como manifestación de insana avaricia, de innobles
sentimientos,11* como hasta en la actualidad suele suceder con respecto a los
núcleos que no se integraron aún en la específica economía del capitalismo, o
que no han logrado acomodarse a ella. Y la razón no está en que el “impulso
adquisitivo” fuera desconocido en las épocas anteriores inmediatas al
capitalismo, o en que no se encontrara desenvuelto (como hemos dicho
reiteradamente), así como tampoco que, entonces, la auri sacra fames fuese menor
aparte del capitalismo burgués que dentro del marco capitalista puro, ideal de
muchos románticos. Indudablemente, no parte de ahí la diferencia entre el
espíritu capitalista y el precapitalista: el deseo vehemente de los mandarines
chinos, de aquellos viejos patricios romanos o de los agricultores actuales,
resiste toda confrontación. Veamos ahora como la auri sacra fames del cochero o
barcajuolo napolitano, o bien la de los asiáticos que representan industrias
similares, o la del artesano de los países del sur de Europa, así como de Asia,
es aguda en mayor grado y, en especial, carente de escrúpulos comparada con la
de un inglés, por ejemplo, en igual caso, como es fácilmente comprobable.12*
Exactamente, este dominio general de la absoluta carencia de escrúpulos, cuan do
se trae entre manos la imposición del propio interés en la ganancia de dinero,
es una condición muy particular de países cuyo desarrollo burgués capitalista se
muestra “retrasado” con respecto a la medida evolutiva del capitalismo en
Occidente. No hay fabricante que ignore que la ausencia de coscienziosita de los
trabajadores de países como Italia (contrariamente a los de Alemania, por
ejemplo) es, con certeza, el impedimento más notorio en su desarrollo
capitalista, así como, también, del avance económico en general.13* El
representante práctico del liberum arbitrium indisciplinado no puede ser
utilizado por el capitalismo como trabajador, al igual que (según lo indicaba
Franklin) no puede hacer uso del hombre de negocios que no sabe dar la
impresión, siquiera, de ser escrupuloso. Así pues, no hallaremos la diferencia
en el grado de intensidad y evolución del “impulso” de adquisición. Es tan
antigua la aun sacra fames, como la historia de la humanidad, por lo que de ella
conocemos; por el contrario, confirmaremos que quienes cedían sin importarles
nada, a su afán de dinero —a semejanza del capitán holandés que “con tal de
ganar descendería a los infiernos, aun cuando la vela se le chamuscare”— no
eran, en absoluto, ninguno de los representantes de aquel criterio del que se
originó (y esto es lo interesante para nosotros) el “espíritu” singular mente
moderno del capitalismo, como fenómeno de masas. En todos los tiempos han
existido excesivas ganancias, sin sujeción a ninguna norma, mientras que la
oportunidad de realizarlas ha sido propicia a ello. De igual manera que la
guerra y la piratería no estaban vedadas, había libertad para el comercio, sin
que se ajustara a normas, en los nexos con otras razas, con extranjeros. En este
terreno, la moral externa era otra distinta que la permitida en la relación
“entre hermanos”. Y no sorprende que por todos los ámbitos existiese esa
mentalidad aventurera, que regía en el interior y hacía mofa de las limitaciones
señaladas por la moral, cuando todas las constituciones económicas conocedoras
del dinero y que admitían la probabilidad de convertirlo en rentable —por la
mediación de arrendamientos, de impuestos, préstamos tomados por el Estado,
financiamiento de guerras, administración de casas reales, sueldos de empleados,
etc., etc.— aceptaban, en calidad de “aventura”, a la industria capitalista. Con
frecuencia, se daba al mismo tiempo desmedido y consciente deseo de lucro y el
leal acatamiento a las reglas tradicionales. Al derrumbarse la tradición y
quedar con más o menos libertad la afluencia económica inclusive hacia el
interior de las organizaciones sociales, no continuó regularmente afirmándose,
ni hubo una valoración ética del novedoso acontecimiento, antes bien fue
tolerada en la práctica, habiéndosele calificado con in diferencia en cuanto a
la moral o como algo censurable, pero que no se podía evitar, por desgracia, en
el ejercicio. Esta era la postura natural de la teoría ética y también la manera
como el hombre se conducía en la práctica, en un término medio, en e!
precapitalismo de aquel tiempo —considerándolo desde el punto de vista que la
utilización industrial racionalizada del capital y la organización racional del
trabajo no eran aún las fuerzas sobresalientes, capaces de orientar y regir la
actividad económica. Sin embargo, esta manera de conducirse fue, precisamente,
lo que más dificultó en todas partes la lucha psicológica entablada con el
propósito que el hombre lograra adaptarse a una supuesta economía capitalista
ordenada.
En esta forma, el primer enemigo a la vista
contra el cual hubo de luchar el “espíritu” capitalista —considerado-- como- un
nuevo tipo de vida con sujeción a ciertas reglas, subordinado a una “ética
específica— fue aquel hecho, parecido en mentalidad y en conducta que podría
calificarse como “tradicionalismo”. No se trata de formular una explicación
definitiva a este fenómeno; nos limitamos a esclarecerlo, únicamente,
aprovechando la ocasión, con algunos ejemplos, los primeros de los cuales
conciernen al trabajador.
El moderno empresario suele valerse de
diferentes medios técnicos para lograr que “sus” trabajadores rindan lo más
posible, es decir, aumente la intensidad de su trabajo, siendo uno de ellos: el
salario a destajo. Se da el caso que en la economía agrícola, por ejemplo, surge
la necesidad de aumentar al máximo posible la intensidad del trabajo: es el
momento de la recolección de la cosecha ya que, debido a las irregularidades del
tiempo, precisa la mayor rapidez, pues de ella depende la posibilidad de
fabulosas ganancias o enormes pérdidas. Con tal motivo, se implanta, entonces,
la tarea a destajo. Como sea que el empresario trata de obtener, intensificando
el trabajo, un máximum beneficio, busca la manera que el trabajador coincida en
su interés por apresurar la recolección, elevando los destajos. De este modo le
brinda los medios para lograr una ganancia excepcional en poco tiempo. No deja,
por eso, de presentar un escollo inherente de la mentalidad del obrero enraizada
en la tradición: el aumento del salario no propicié la intensidad del trabajo,
antes bien la redujo. Esto tiene su explicación en que si un trabajador gana un
marco al día por cada cahíz de grano segado, para obtener en un mismo día dos
marcos y medio debe segar dos caíces y medio; ahora bien, si la paga a destajo
fue fijada en veinticinco céntimos más por día, al individuo aquel no le
interesa esforzarse, como era de suponer, para lograr la siega de tres cahíces y
aumentar la ganancia diaria a tres marcos con setenta y cinco céntimos, sino se
conforma con segar la misma cantidad de granos, para percibir igual suma de dos
marcos y medio con la que, de acuerdo con la frase bíblica, “tiene bastante”. No
le importó ganar menos con tal de no trabajar más; tampoco tuvo en cuenta lo que
podría ganar diariamente, si rendía al máximum posible su trabajo. Por el
contrario, pensó en lo mucho que tendrá que trabajar para seguir ganando los dos
marcos y medio percibidos hasta entonces, considerándolos suficiente para cubrir
los gastos acostumbrados. Tal criterio es un ejemplo de lo qué hemos denominado
“tradicionalismo” por “naturaleza”, o sea la aspiración del individuo no es
ganar más y más dinero, sino continuar su existencia pura y llanamente como
siempre lo hizo, obteniendo sólo 1o necesario para pagar sus gastos. Tal vez el
moderno capitalismo procuró acrecentar 1a “productividad” del trabajo individual
acelerando su intensidad, mas se topó con la persistente oposición de aquel leit
motiv precapitalista, mismo contrincante en la lucha actual en razón directa al
“retraso” (visto con miras capitalistas) en que se encuentra estacionada la
clase trabajadora. Continuemos con nuestro ejemplo: ante el fracaso del recurso
al “sentido lucrativo”, con el alza de los salarios cotidianos, el empresario
optó por valerse de medios contrarios: se procedió a una disminución de
salarios, para apremiar al trabajador a rendir más que hasta entonces, y pudiera
seguir ganando lo mismo. De momento, se pensó, y aún lo siguen pensando muchos,
que existe una recíproca analogía rigurosa entre el bajo costo del salario y el
incremento de la ganancia del empresario. El capitalismo se apegó a esta idea
desde los comienzos, y en el curso de varios siglos se ha tenido como artículo
de fe, que los salarios bajos son más productivos, es decir, que el rendimiento
del trabajador va en aumento, pues, de acuerdo con lo expresado por Pieter de la
Cour —en relación, según comprobaremos luego, con el espíritu del viejo
calvinismo— el pueblo únicamente trabaja debido a que es pobre y en tanto lo
sea.
Pero, este medio, en apariencia muy
acreditado, tiene sus limitaciones en la eficiencia.14* Es bien sabido que el
capitalismo reclama, ciertamente, la existencia de
una población sobreabundante requerida para su
desenvolvimiento, a la cual pueda utilizar en calidad de alquilada, por un costo
poco estimativo en el mercado laboral. Sin embargo, un “ejército de reserva”,
excesivamente nutrido, puede favorecer, claro está, su extensión relativa a la
cantidad, particularmente el paso a sistemas de in dustria que optan por el
trabajo intensivo. Trabajo barato no debe confundirse con salario inferior. Aun
en fundamento estricta mente cuantitativo, lo que el trabajo rinde va en
descenso, sin remedio, en tanto que el salario no es suficiente para que el
obrero cubra lo que requiere para subsistir, y, de verse estancada la
suficiencia, se establece verdaderamente una “selección de los más estériles”.
En la Silesia, el campesino en poco sobrepasa la siega de dos tercios de la
tierra, aun esforzándose al máximo, en tanto que en el mismo tiempo, el
campesino de la Pomerania o el de Mecklemburgo trabaja con superior paga y mejor
nutrido, y el de Polonia oriental rinde un tanto de menos que el alemán, en
igual tiempo. Considerado en el terreno comercial, el salario bajo en el que se
fundamenta el movimiento capitalista acaba por fracasar, seguramente, cuando
intenta conseguir productos que requieren un trabajo cualificado (intelectual),
o bien el uso de costosas máquinas las cuales, debido a la ineptitud de aquel
que las maneja, con facilidad quedan arrumbadas; también, una atención más
pertinaz, así como una libre y más firme iniciativa. En éstos y otros casos
semejantes, el salario bajo no produce buen interés y tiene consecuencias
opuestas a lo que se pretende, pues además de necesitarse un bien fincado
sentido de la responsabilidad, requiere un criterio que, por lo menos en lo
tocante al trabajo y en plena actividad, esté desligado de la imperecedera
cuestión de relacionar la ganancia usual con el máximum de holgura y el mínimum
de rendimiento y que, a la inversa, labora con el fin que lleva en sí el
trabajo, en un sentido “profesional”. Semejante criterio no puede existir,
ciertamente, ni puede forjarse a base de salarios de alto o bajo nivel, antes
bien es la lógica consecuencia de un proceso educativo impartido con toda
intensidad. Para un capitalismo que actualmente se encuentra en la cúspide, no
hay dificultad alguna para el reclutamiento de sus trabajadores en cualquiera de
los países industrializados y, en el interior de cada país, en todos los
círculos industriales. Fue en lo pasado cuando en cada caso surgía un problema
harto difícil de hacerle frente.15* Todavía en la actualidad, le es necesario
contar con un colaborador vigoroso al que, como veremos más adelante, ya le
prestó su ayuda en los primeros tiempos de su desenvolvimiento. Un ejemplo habrá
de ilustrar lo que intentamos decir: es la mujer, especialmente la soltera, que
como obrera sigue apegada al tradicionalismo. No hay patrón que emplee a una
muchacha, principalmente a la alemana, que no se lamente de la persistente
terquedad de aquella en no abandonar sus normas tradicionales de trabajo, sin
que intente, al menos, entrenarse en sistemas más prácticos; a ninguna le
interesa adoptar nuevas formas de trabajo; no captan, no se con centran y no
saben, siquiera, usar la inteligencia. Cualquier consideración acerca de la
posibilidad de reducir la tarea y, especialmente, procurando que sea más
productiva, enfada a la joven obrera, sin que ponga en juego un mínimo de
comprensión; una promesa de elevar el pago de los destajos fracasa, topa
irremediablemente contra el muro de la rutina. Por el contrario, las jóvenes con
sólida formación religiosa, en especial pertenecientes a la secta pietista, se
manifestaban de muy distinto modo, que, por lo mismo, nos despierta un interés
muy particular. Asegúrase, reiteradamente, y, por lo general, queda definido a
posteriori,16* que de esta educación religiosa se deriva una ocasión propicia
para la enseñanza de la economía. Siendo así, vemos unidas en estrecho lazo la
potencialidad de concentración de la mente y el sincero propósito elemental de
cumplir con la “obligación” del trabajo, sintiendo la más pura intención de lo
económico, que computa la ganancia y su cuantía, y una absoluta firmeza en el
propio dominio, así como una mesura que favorece enormemente la capacidad del
rendimiento en la tarea. Consecuentemente, se vislumbra ya la probabilidad de
considerar el trabajo como meta, en sentido “profesional”, requerida así por el
capitalismo. Y, ahora, sí nos encontramos con que hay probabilidades prácticas
de mejorar la lentitud tradicionalista, que el nuevo tipo de formación religiosa
lo posibilita. Ciertamente tales observaciones con respecto al capitalismo
actual17* nos resultan de gran utilidad para avivar el interés de la indagación
de como pudieron ser factibles, en la época en que surgieron, es tos nexos de la
aptitud capitalista para acoplarse con los elementos religiosos, ya que la
observancia de muchos fenómenos aislados rechaza la idea de que en aquellos
tiempos haya podido existir del mismo modo que en la actualidad. El rechazo y la
persecución de que fueron víctimas los trabajadores metodistas, en el siglo
XVIII, por ejemplo, a quienes sus propios compañeros les destruían de continuo
los instrumentos laborales, no se debía a sus rarezas religiosas, tomando en
cuenta que a Inglaterra no le eran desconocidos los fenómenos de religión, aun
los más extravagantes, sino, como diríamos ahora, por su singular “calidad de
dóciles” en el trabajo. Sin embargo, nos apegaremos, por el momento, a los
fenómenos actuales, en relación con los empresarios, con el fin de delinear
totalmente en ellos la idea y significado del “tradicionalismo”.
Sombart, en sus investigaciones en torno al
nacimiento del capitalismo,18* distingue, entre otros, a dos grandes leit motiv
en los que se ha deslizado la historia económica: la “satisfacción de lo
necesario” y el “lucro”, según sea que haya logrado el equilibrio de los gastos
personales o el anhelo por la consecución de la riqueza al margen de ellos y la
posibilidad de alcanzarlo en el desempeño de la actividad económica encauzada
por una vía específica “sistema de la economía de satisfacción de lo necesario”,
al que hace referencia Sombart, da la impresión de coincidir, a primera vista,
con lo que nosotros llamamos “tradicionalismo económico”. Al equiparar las ideas
de “necesidad” y “necesidad tradicional”, la coincidencia es exacta; de no
realizarse así, grandes conjuntos de economías, por cuya estructura deberían
considerarse como “capitalistas”, tomando en cuenta, inclusive, el significado
que el propio Sombart, en otra parte de su obra, concede al “capitalismo”19* se
salen del círculo de las economías “adquisitivas” y pasan al ámbito de las
“economías de satisfacción de necesidades”. Asimismo, pueden tener un sello
“tradicionalista”, incluyendo las economías dirigidas por empresarios privados
que colocan el capital (efectivo o bienes con valor pecunario), con la mira de
lucro, merced a la adquisición de los medios de producción y correspondiente
venta de los productos, esto es, empresas de carácter específicamente
“capitalista”. Este fenómeno se ha producido en el paso del tiempo de la
reciente historia de la economía, no como una excepción, sino como regla
general, aunque interrumpida con periodicidad por la reiterada, aparición del
“espíritu capitalista”, y cada vez con mas fuerza. Claro esta que, por lo
regular, entre la forma capitalista de una economía y el espíritu con que se la
dirige está de por medio una relación “adecuada”, mas no una dependencia
“legal”. Ahora bien, si pese a todo, nos valemos temporal mente de la expresión
del capitalismo” (moderno)20* para señalar aquel criterio con aspiraciones
lucrativas, mediante el ejercicio constante de una profesión, un beneficio
racionalmente legítimo, como quedó expuesto en el ejemplo de Benjamín Franklin,
se debe en fundamento a la razón histórica de que tal criterio se ha visto
cristalizado convenientemente en la moderna empresa capitalista, a la par que
ésta puede considerarse su más apropiado impulso espiritual en aquélla.
Por lo que respecta a otras consideraciones,
es factible que la simultaneidad no exista de ninguna manera. La aflicción de
Benjamín Franklin por el “espíritu del capitalismo” ocurría en una época en la
que no había distinción alguna entre su imprenta, en cuanto a su forma, y otros
oficios manuales cualesquiera que fuesen. Ocasiones habrán de presentarse en
que, por lo regular, podremos ver cómo, en los principios de la nueva época, no
fue ron únicos los empresarios capitalistas del patriciado comercial ni mucho
menos, en absoluto, de manera preponderante, antes bien las esferas más
atrevidas de la clase media industrial las cuales representaban aquel criterio
al que hemos llamado “espíritu del capitalismo”.21* Y, precisamente, en el siglo
XIX, sus clásicos representantes no eran los nobles gentleman de Liverpool o de
Hamburgo con todo su patrimonio comercial, herencia de sus ancestros, sino que,
por el contrario, lo eran los parvenues de Manchester, de Renania y de
Westfalia, surgidos de las esferas sociales más modestas. En el siglo XVI
ocurría lo mismo: las nuevas industrias eran creación de esos advenedizos.22*
Sin duda, actividades económicas tales como la banca, la exportación al por
mayor, la dirección de una gran tienda de géneros al menudeo, etc., únicamente
pueden ejercerse a la “manera” capitalista; sin embargo, la dirección tal vez
esté alentada por un espíritu estrictamente tradicionalista. En efecto, las
actividades de los importantes bancos de emisión no podrían ser dirigidas por
otro sistema; el comercio de ultramar estaba apoya do, en el curso de largos
periodos, en la base de monopolios y reglamentaciones de carácter estrictamente
tradicionalista; en el pequeño comercio —y no nos referimos a los desocupados
meno res sin aptitud alguna, carentes de capital, que hoy suspiran por la ayuda
del Estado— todavía se encuentra en plena marcha la revolución que acabó con el
antiguo tradicionalismo, dejando a un lado los viejos moldes del sistema de
trabajo doméstico23* cuya semejanza con el nuevo sólo estriba en la forma.
Bástenos un ejemplo para aclarar la dirección y el sentido de esta revolución.
Hasta mediados del siglo XIX, la suerte del
jefe de una empresa de trabajo doméstico (Verleger), por lo menos en muchas de
las ramificaciones de la industria textil del continente, era lo suficientemente
confortable, considerada con el mismo fin nuestro.24* Veamos, sin entrar en
pormenores, cómo se deslizaba su vida. Los empresarios residían en la ciudad; a
ella acudían los campesinos, aportando los tejidos que habían elaborado con
materias primas por lo regular de su producción (en especial cuando se trataba
de lino). Una vez examinada la calidad del tejido, con frecuencia oficialmente,
les era retribuido el precio de costumbre. Por otra parte, los clientes del jefe
de la empresa se convertían en intermediarios para la venta del artículo por
diferentes ámbitos, emprendiendo el viaje ex profeso. La compra no se efectuaba
a base de muestras, sino de acuerdo con las calida des usuales y en el almacén;
y, en algunas ocasiones, previo en cargo directo a los campesinos. El jefe, de
vez en cuando visitaba a su clientela; de hacerlo, el viaje resultaba largo y
tardíamente podía repetirse. El tiempo restante era suficiente para la
correspondencia y el envío de muestras que aumentaba con lentitud. Pocas eran
las horas dedicadas al despacho, a lo sumo cinco o seis al día, pero, con
frecuencia, menos. Únicamente, cuando se trataba de la campaña,
excepcionalmente, el trabajo aumentaba; el beneficio era razonable, bastaba para
vivir con decencia; en los tiempos favorables, llegaba a contribuir a la
formación de un pequeño capital. Por lo regular, entre los concurrentes reinaba
la armonía, debido a la gran coincidencia de principios en el negocio. Para
integrar el marco, se sucedían las visitas cotidianas a las “arcas”, así como,
para rematar, el tarro de cerveza, la tertulia con los amigos y, en general, un
ritmo sobrio de vida.
Indudablemente, se trataba de una forma
enteramente “capitalista” de organización, si nos fijamos en el carácter
puramente mercantilista y comercial del empresario y dado que eran necesarias
nuevas inversiones de capital para incrementar el negocio, o si examinamos la
apariencia objetiva del paso económico o la manera de manejar la contabilidad.
No obstante, venía a ser una economía “tradicionalista”, considerando el
“espíritu” que alentaba a los empresarios: el estilo tradicional de vida, el
beneficio tradicional, la medida tradicional de trabajo, el sistema tradicional
de llevar el negocio y la relación con el trabajador; la clientela igualmente
tradicional y el trato a darle también tradicional, así como la manera de
realizar la transacción; el negocio estaba dominado por este tradicionalismo en
su práctica, y es fácil asegurar que constituía el fundamento del ethos de este
empresario tipo.
Mas, se presentó el momento en que la
tranquilidad se vio alterada, aun antes de producirse una variación esencial en
la forma de estar organizados (pongamos de ejemplo: el paso de la industria
cerrada al telar mecanizado, etc.). Es decir, simple mente, ocurrió esto:
imaginemos un joven, hijo de una de las familias de empresarios residentes en la
ciudad. Un buen día, decidiría ir al campo para seleccionar con esmero los
tejedores que le eran necesarios, sometiéndolos gradualmente bajo su dependencia
y control, los transformaría, en pocas palabras, de campesinos a trabajadores. A
un tiempo, se encargaría personalmente de las transacciones, entablando contacto
directo con los compradores al menudeo; asimismo, se encargaría de manera
directa de atraerse una nueva clientela, realizaría viajes cada año, por lo
menos, y trataría, especialmente, de que la calidad de los artículos respondiera
a la necesidad y al deseo de los comprado res, aprendiendo así a “adaptarlos al
gusto” de cada quien, comenzando por aplicar el principio de: “a precio barato,
mayor consumo”. Llegando aquí, volvería a repetirse el fatal desenlace de todo
proceso de “racionalización”: aquel que no asciende, desciende. Esfumose el
idilio, reemplazado por la lucha áspera entre los concurrentes; se formaron
patrimonios de cuantía que no derivaron en grato manantial de renta, antes bien
fueron invertidos nuevamente en el negocio, y el tipo de vida apacible y
tranquila tradicional se transformó en la rigurosa sobriedad de aquellos que
trabajaban y ascendían porque ya no querían gastar, por el contrario
enriquecerse, o de quienes, conservándose apegados al antiguo estilo, se vieron
en la imperiosa necesidad de reducir su plan de vida.25* Y he aquí lo más
interesante: en casos similares, la afluencia de dinero nuevo no era la causa
que provocaba esta revolución, sino que se debía al nuevo espíritu, el “espíritu
del capitalismo” que se había filtrado (sé de más de un caso en que con sólo
algunos miles, dados en calidad de préstamo por los parientes, se ha puesto en
marcha todo el proceso de transformación). No puede decirse que la cuestión
concerniente a las fuerzas propulsoras de la expansión del moderno capitalismo
gire en torno, especialmente, al origen de las disponibilidades monetarias
provechosas para la empresa, sino antes bien en torno al desarrollo del espíritu
del capitalismo. Tan pronto como éste se aviva y es capaz de erguirse, crea sus
propias posibilidades monetarias de las cuales puede valerse como medio de
acción, lejos de que le sirvan a la inversa26. Pero, no fue de un modo pacífico
que este espíritu se introdujo. Una ráfaga de desconfianza, más bien de rencor y
de enojo moral, sacudió con frecuencia a los primeros innovadores y, en varias
ocasiones (conozco distintos casos), dio origen a una leyenda acerca de las
enigmáticas sombras de su vida anterior. Difícilmente puede hallarse a alguien
que acepte, sin prejuicios, a un empresario de este “nuevo estilo” que sólo
podía mantener su propio dominio y salvarse del desastre, moral y
económicamente, gracias a una excepcional firmeza de carácter; además (aparte de
su diáfana percepción), se debió, justamente, a ciertas cualidades “éticas”
perfectamente definidas que le fueron favorables para captarse la confianza
requerida por parte de los clientes y de los trabajadores, reafirmándole la
fuerza necesaria para derrotar las innumerables resistencias que le hacían
frente a cada paso, y, muy particular mente, en virtud de esas cualidades, se
debería la enorme capacidad para el trabajo requerido en un empresario de esta
índole, enteramente incompatible con una existencia fácil; en suma, el nuevo
espíritu encarna determinadas cualidades éticas de diferente origen que la de
aquellas que se acoplaban al tradicionalismo de otras épocas.
Y no hemos de conceptuar a estos nuevos
empresarios como atrevidos especuladores, carentes de escrúpulos, fácilmente
dispuestos a la aventura económica, semejantes a los que han existido en todas
las etapas de la historia; tampoco “gente adinera da”, siquiera, creadora de
este nuevo estilo de vida, sombrío, poco comunicativo, si bien resuelto para el
avance de la economía. Por el contrario, eran hombres forjados en la ruda
escuela de la vida, precavidos y audaces a un mismo tiempo, mesurados y
constantes, con plena y devota entrega a lo propio, con ideas y “principios”
estrictamente burgueses.
Habrá quienes piensen, tal vez, que dichas
cualidades morales individuales no están en nada relacionadas con determinadas
máximas pertenecientes a la ética o con sentimientos piadosos y que,
consecuentemente, el principio inherente de este sentido mercantilista resulta
negativo, es decir: la disposición de apartar- se de la tradición heredada
(entiéndase la “ilustración” liberal por encima de todo). En realidad, ello es
lo más común hoy en día, pues, entre la conducta práctica y los sentimientos
religiosos suele faltar una relación y, de existir, es de carácter negativo.
Actualmente, en Alemania, los seres imbuidos del “espíritu capitalista” se
muestran anticlericales o, al menos se: sienten in diferentes a las creencias
religiosas. La visión beatífica del tedio en el cielo no tiene fuerza alguna
para atraer al que siente el gozo de la actividad, considerando la religión como
un medio para que el hombre: se sustraiga del trabajo en el mundo. Si a
cualquier hombre de este tipo se le interrogase acerca del “sentido” de esa
actividad infatigable, nunca satisfecha, de su propio estado (lo cual sería algo
sin sentido, dentro de una orientación incondicionalmente terrenal), si acaso
nos diera una res puesta, seria en el sentido de la “preocupación por su
descendencia”; podría consistir, también (siendo que este motivo es el mismo que
se halla en individuos de espíritu “tradicionalista”), en que para él,
simplemente, el negocio con su continua actividad, para su vida resulta
“indispensable”. Realmente, en ello estriba la única motivación de su espíritu
activo, de su actividad irracional (considerándola desde el punto de vista de su
dicha individual), ya que el hombre está hecho para el trabajo y no a la
inversa. Claro está que, ante este tipo de hombre, no dejamos de ver, tampoco,
el impulso que alienta su poder y, en especial, la consideración que asegura
siempre el caso de la fortuna. Ahora bien, si todo un pueblo se deja llevar por
la quimera, deslumbrado por el enorme cúmulo cuantitativo, que tal ocurre en los
Estados Unidos de Norteamérica, este espíritu romántico de las cifras ejerce un
influjo mágico irresistible sobre aquellos poetas que existen entre los
mercaderes. Sin embargo, esto no tiene nada que ver con el empresario realmente
señero ni, sobre todo, con el que tiene en su haber triunfos más grandes y
persistentes. Muy particularmente, debemos señalar a quienes acaban por arribar
al puerto de la abundancia fideicomisaria y de la nobleza cedida, con vástagos
cuyo proceder en las universidades o en el ejército trata de opacar su origen,
como se ha confirmado en tantas familias de advenedizos del capitalismo alemán,
que siguen las huellas de sus antecesores hasta constituirse en un producto
decadente. Entre los empresarios capitalistas, el “tipo ideal”27* encarnado en
algunos individuos dignos de ser considera dos, en nada puede compararse con
este tipo común o afinado del ricacho despreciable. Uno detesta la ostentación,
el lujo superfluo y la satisfacción que pudiera darle su poder: siente aversión
hacia las señales externas de la consideración social que se le brinda, debido a
que lo hacen sentir incómodo. Su conducta ofrece más pronto signos de un
ascetismo (insistiremos reiteradamente en el significado histórico de este
fenómeno al que nos otros consideramos de tanta importancia), demandados
imperiosamente por Franklin en su “amonestación”. De manera especial, no asidua,
pero sí fácil, hallamos en él una modestia un tanto más franca que la reserva
recomendada por Franklin con extrema prudencia. Para su persona “nada” le
destina a su riqueza; únicamente es dueño del sentimiento irracional de “cumplir
llanamente en su profesión”.
Pero el hombre precapitalista se plantea esto,
concebido precisamente de manera tan increíble y misteriosa, como sucia e
indigna. El hecho de que alguien deje transcurrir su existencia trabajando con
el pensamiento fijo en descender un día a la tumba con todo su dinero,
únicamente puede explicarse como resultado de perversos instintos, de la auri
sacra fames.
En la actualidad, debido a la existencia de
nuestras instituciones políticas, civiles y comerciales, con las normas
industria les y con la estructura propia de nuestra economía, tendría
explicación este “espíritu” del capitalismo, como consecuencia de la adaptación,
conforme ya lo hemos señalado. Esta entrega a la “profesión” con afán de
enriquecimiento es necesario al orden económico capitalista: él requiere de esta
especie de comportamiento para con los bienes externos, de tal manera afín a
dicha estructura, tan íntimamente ligado a las condiciones del éxito en la
contienda económica tras la subsistencia, que ya es inconcebible no tomar en
cuenta, actualmente, la necesaria conexión entre esa conducta práctica
“crematística” y una específica “idea unitaria del mundo”. Ante todo, ya no es
necesario tomar como punto de apoyo la aprobación de un poder religioso, y juzga
todo influjo perceptible sobre la vida económica de las normas eclesiásticas o
del Estado, corno un impedimento.
La “concepción del mundo” marcha determinada
por la suerte de los intereses político-comerciales y sociales. Aquel que no
quiere o no es capaz de adaptar su comportamiento práctico a las condiciones del
triunfo capitalista, ha de hundirse o, al me nos, no progresa lo bastante. Pero
todo esto existe en un periodo en el que el capitalismo moderno ha logrado el
éxito, liberado ya de quienes vivieron asidos a él. Y de igual modo como pudo
romper las cadenas que lo sujetaban a las viejas formas de la constitución
económica del medievo, apoyado en el poder incipiente del Estado moderno, así
pudo haber ocurrido (diremos de paso) en sus relaciones con los poderes
eclesiásticos. Nos toca, ahora, investigar en cuál caso y en qué sentido lo fue
en realidad, pues casi no hace falta demostrar que la idea de enriquecerse como
meta imprescindible en sí del hombre, como “profesión”, estaba en contradicción
con el sentimiento de la ética de largos periodos históricos. En el fundamento
Deo placere vix potest, transportado al Derecho canónico y considerado en aquel
tiempo como auténtico, de igual manera que el pasaje evangélico que se refiere
al interés,28* en el que se basa la actividad del comerciante a lo cual Santo
Tomás designó como turpitudo en cuanto a la desbordante ansia de lucro
(igualmente que al in evitable y por ende éticamente lícito provecho), se
produjo, ya entonces, ante la opinión de amplios sectores, sólidamente
anticrematísticos, una grata afinidad de la doctrina católica con los intereses
del poder financiero de las poblaciones italianas, tan fuertemente entrelazadas
con la Iglesia en lo que concierne a la política.29* Pero, aun en donde se
afianzó más el sentido acomodadizo de la doctrina, como así fue en Antonino de
Florencia, nunca se extinguió por completo el sentimiento de que la actividad
con miras a la riqueza como fin en sí constituía un pudendum que debía ser
tolerado porque las ordenaciones de la vida vigentes entonces obligaban a ello.
Ciertos moralistas, particularmente de la escuela nominalista, admitieron como
dadas las normas ya establecidas de la vida capitalista, procurando demostrar su
calidad de lícitas, principalmente por la necesidad del comercio, justificando
que tal desenvoltura de la “industria” se constituía en manantial legítimo de
beneficio, consiguientemente irreprochable en cuanto a la ética; sin embargo, a
un tiempo (en contra posición), el “espíritu” del beneficio capitalista continuó
siendo considerado como turpitudo por la doctrina dominante o, por lo menos, no
le era posible valorarlo de manera positiva visto desde un plano ético. En este
caso habría sido del todo imposible una doctrina “ética”, como la de Benjamín
Franklin. Los capitalistas leales a la tradición eclesiástica eran en su
actividad un tanto in diferentes a la ética en el mejor de los casos, un tanto
aceptables, si bien arriesgaban, de manera concluyente, el logro de la
bienaventuranza, ya que podía inducir, de un momento a otro, al conflicto con el
veto eclesiástico del préstamo a interés: como queda comprobado, por fuentes
fidedignas, que cuantiosas sumas eran transferidas, a la muerte de las personas
ricas (como “dinero de conciencia”), a la instituciones eclesiásticas, salvo
determinados casos en que pasaban a los antiguos deudores en calidad de “usura”
injustamente ejercida con ellos. Los círculos aristocráticos ya emancipados en
su fuero interno de la tradición (dejando a un lado las sectas heréticas o
sospechosas), se comportaban de otro modo, inclusive los espíritus escépticos y
anticlericales tenían por costumbre procurarse su seguro para la vida eterna,
pues, por lo menos, les asaltaba la duda de lo que puede haber más allá de la
muerte y, además, debido a que, conforme la idea más relajada (y, por tal
motivo, más extendida), para alcanzar la dicha imperecedera sólo se requería la
sumisión externa al precepto eclesiástico.30* Aquí queda comprobada claramente
la índole amoral e, inclusive, inmoral que conforme a lo confesado por los
propios interesados, era característico de este comporta miento. Parece
imposible que esta manera de conducirse, sencillamente tolerable en la mejor de
las suertes, al correr de los años pudiera llegar a ser una “profesión” en el
sentido que le da Benjamín Franklin. ¿Qué explicación histórica puede darse al
hecho de que en el foco del más notable desenvolvimiento capitalista en el
universo de aquel tiempo, en la Florencia de los siglos XIV y XV, el mercado de
dinero y de capital de los tan importantes poderes políticos estuviera en
entredicho en cuanto a la ética, o sencillamente tolerable, en tanto que en el
restringido medio pequeño-burgués de la Pensilvania del siglo XVIII (donde, por
falta de dinero, la economía casi no había rebasado la etapa inicial del cambio
de producción, donde no había señales de la existencia de grandes empresas
industriales y donde los bancos se regían por una organización en extremo
rudimentaria), la actividad “capitalista” constituyera el todo de un
comportamiento no sólo digno de alabanza considerado dentro de la ética, sino,
también exigible? Pretender un comentario, en relación a todo esto, acerca de un
“reflejo” de los nexos “materiales” en la superestructura idealista, habría de
ser un imperdonable contrasentido. Por consiguiente, cabe preguntarnos: ¿cuáles
fueron las ideas determinantes para que un tipo de comportamiento, sin otro
síntoma a la vista que el afán de enriquecerse, quedase integrado en la
categoría de “profesión” por la que el hombre se sentía comprometido? En este
compromiso, justamente, se apoya y fundamenta su ética el empresario de “nuevo
estilo”, por lo que respecta a la conducta a seguir.
Como motivo primordial de la moderna economía
ha sido señalado el “racionalismo económico”, y de manera especial por Sombart,
con razonamientos acertados y persuasivos. La precisión en ello está
condicionada a la comprensión por racionalismo de un incremento tan considerable
de la productividad del trabajo, que obligó a éste a brincar los mezquinos
límites “orgánicos” trazados por la persona humana en que se encontraba
aprisiona do, quedando todo el proceso de la producción sometido a
consideraciones científicas. Este proceso de racionalización en el plano de la
técnica y la economía tiene un gran predominio en el “ideal de la vida” de la
moderna sociedad burguesa: el concepto de que el trabajo es un medio del que se
vale la racionalización del aprovisionamiento de bienes materia1es para la
humanidad, ha existido siempre en la mente de quienes representan el “espíritu
capita1ista” como uno de los objetivos que han señalado directrices a su
actividad. Para llegar al convencimiento esta verdad, basta un ejemplo: el
relato de Franklin acerca de sus esfuerzos en favor de los improviments
comunales en Filadelfia. El empresario moderno siente una determinada y vital
satisfacción con visos de indudable “idealismo”, por el gusto y la vanidad de
“haber proporcionado trabajo” a muchas personas y de haber contribuido al
“florecimiento” de la ciudad nativa, en el doble sentido censatario y comercial
dado por el capitalismo. Consecuentemente, uno de los atributos de la economía
privada capitalista es, también, el hecho de estar racionalizada con fundamento
en el más riguroso cálculo, de encontrarse ordenada, con proyectos y severidad,
así como al logro del triunfo económico deseado, opuestamente a la manera de
vivir del campesino que gasta al día únicamente aquello de que dispone, a la
insólita moderación del viejo artesano y al “capitalismo aventurero”, que se
acoge preferentemente a la victoria política y a la especulación irracional.
Así, pues, tal parece que sería más
comprensible el desenvolvimiento del “espíritu capitalista” como un caso
singular del desarrollo del racionalismo, descifrable debido a la posición de
éste frente a los últimos problemas de la vida. Entonces, el protestantismo
interesaría únicamente como anticipo de las concesiones racionalistas de la
existencia. Esto supuesto, si pro cedemos a investigar hondamente, verificaremos
que es imposible simplificar las cosas hasta ese punto, ya que el racionalismo
no ofrece, en absoluto, el carácter de un desarrollo progresivo paralelamente en
todos los planos de la vida. La racionalización del Derecho privado, tomándolo
como ejemplo, considerada como compendio y mandato conceptual de la materia
jurídica, se pudo lograr, en su forma más evolucionada, por el Derecho romano
perteneciente a la época del Imperio, en tanto que en aquellos países
económicamente más racionalizados, como Inglaterra, se quedó mucho más atrás; el
renacimiento romanista adoptado por los más destacados juristas ingleses fracasó
en sus manos, en tanto que resultó efectivo en las naciones católicas del sur de
Europa. La filosofía laica y racionalista del siglo XVIII no llegó a su plenitud
con carácter exclusivo, y de ningún modo dominante en las naciones más
adelantadas económicamente: en los países católico-romanos el volterianismo
continúa siendo patrimonio de las capas superiores y medias —lo cual es,
prácticamente, de mayor importancia—. Si por “racionalismo práctico” queremos
entender aquella manera de comportarse que relaciona, con plena conciencia, el
mundo a los intereses terrenales del yo particular y se vale de ellos como la
medida de toda valoración, semejante estilo de vida es aún en la actualidad el
sello característico de las naciones del liberum arbitrium, como Francia e
Italia plasmado en la sangre que circula por sus venas; de un modo opuesto,
sería más convincente la idea de que semejante racionalismo no puede
considerarse un terreno fértil para que florezca en él esa relación del
individuo con su “profesión” en el sentido que corresponde a un misionero,
requerida por el capitalismo. En calidad de divisa en toda investigación acerca
del racionalismo debería aplicarse este sencillo principio, frecuentemente
olvidado: es factible “racionalizar” la vida desde los puntos de vista más 6* y
en las d El “racionalismo” es una idea histórica, que incluye un sinfín de
contradicciones, y nos es necesario investigar qué espíritu engendró aquella
forma concreta del pensamiento y la vida “racional” de la cual procede la idea
de “profesión” y la consagración tan abnegada (aparentemente tan irracional
visto con el propio interés eudemonístico) a la actividad profesional, que sigue
siendo por igual uno de los factores peculiares de nuestra civilización
capitalista. Nuestro interés reside, precisamente, en este factor irracional que
se oculta en aquél y en toda idea de “profesión”.
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NOTAS DE LA PRIMERA PARTE
CAPÍTULO II (30)
CAPÍTULO
III
CONCEPCIÓN LUTERANA DE LA PROFESIÓN TEMA DE
NUESTRA INVESTIGACIÓN
Evidentemente, en el vocablo alemán
“profesión” (beruf), aun cuando tal vez con más claridad en el inglés calling,
existe por lo menos una remembranza religiosa: la creencia de una misión
impuesta por Dios. Este sentido religioso del vocablo se manifiesta
resplandeciente en todos los casos determinados en que se la emplee en su
completa significación. Tras la génesis histórica de dicha voz a través de las
diversas lenguas, se ad vierte, en primer lugar, que aquellos pueblos en los que
predomina el catolicismo carecen de una expresión irisada con este matiz
religioso para indicar eso que en alemán nombramos beruf (con el significado de
posición en la vida, de una clase concreta de trabajo), así como en la
antigüedad clásica1* estaban faltos de ella, en tanto que la tenían los pueblos
protestantes en su mayoría. Pasando al segundo término, podemos observar que la
existencia del vocablo no corresponde a una condición étnica de las respectivas
lenguas (por ejemplo, expresión propia de un “espíritu popular germánico”) antes
bien lo encontramos con su significado actual, que adquiere vida, justamente, en
las traducciones de la Biblia, mas no del espíritu del texto original, es decir,
se origina del espíritu de quien la tradujo.2* Parece ser que es en la
traducción luterana de la Biblia donde figura por vez primera usado en nuestro
actual sentido, en un pasaje de Jesús Sirach (11, 20* y 21).3* La adopción de su
significado actual no se hizo esperar en el habla común de los pueblos
protestantes, en tanto que, con anterioridad, no aparecen señales de él en la
literatura sagrada ni profana de esos mismos pueblos, salvo en un místico alemán
que ejerció gran influjo en Lutero.
Ahora bien, si el sentido literal es nuevo,
también es nueva la idea: fruto de la Reforma. En tiempos del medievo no
surgieron las dudas, así corno tampoco las hubo en la antigüedad (en el
helenismo de la última etapa) para esa estimación del trabajo diario en el
mundo, que lleva en sí la idea de profesión —a lo cual habremos de referirnos
más adelante.
En cualquier caso, lo nuevo, de manera
absoluta, era que el contenido más honroso del propio comportamiento moral
consistía, precisamente, en la conciencia del deber en el desempeño de la labor
profesional en el mundo. Esa era la ineludible secuela del sacro sentido, por
así decir, del trabajo y de lo que derivó en el concepto ético-religioso de
profesión: concepto que traduce el dogma extendido a todos los credos
protestantes, opuesto a la interpretación que la ética del catolicismo divulgaba
de las normas evangélicas en praecepta y consilia y que como única manera de
regirse en la vida que satisfaga a Dios acepta no la superación de la moralidad
terrena por la mediación del ascetismo monacal, sino, ciertamente, la
observación en el mundo de los deberes que a cada quien obliga la posición que
tiene en la vida, y que por ende viene a convertirse para él en ‘profesión”.
Esta idea se va desarrollando en el ánimo de
Lutero mientras corre el primer decenio de su labor reformadora.4* En los
comienzos, apartado completamente de la tradición medieval conforme la
representaba Santo Tomás de Aquino,5* por ejemplo, consideraba que el trabajo en
el mundo, no obstante por voluntad de Dios, es propio del orden de la materia,
siendo la base natural requerida de la vida religiosa, incapaz de una valoración
ética, como el hecho de comer o beber.6* Pero, al paso que se fue afianzando en
la idea de la sola fides, con todos sus resultados, y que la oposición a los
“consejos evangélicos” del catolicismo monacal, “dictados por el diablo”, fue
acrecentándose, la idea de “profesión” fijó con más precisión su fisonomía e
hizo valer totalmente su significado. De acuerdo con Lutero, es ciertamente
claro que a la vida monacal, además de faltarle valor para justificarse ante
Dios, la sujeta un desamor egoísta que la desobliga del cumplimiento de los
deberes en su paso por el mundo. Como contraste, aparece la idea, a un tiempo
profana y religiosa, del trabajo profesional en calidad de evidente amor al
prójimo, valiéndose de reflexiones que nada tienen de profanas, en extravagante
oposición a los bien sabidos principios expuestos por Adam Smith7*
posteriormente, quedando afirmado que la distribución de la actividad obliga a
cada quien a trabajar para los demás. Pero este fundamento de naturaleza
escolástica pronto desapareció y vino a quedar únicamente la tesis sostenida con
firmeza de que la observación de los propios deberes en el mundo es la sola
manera de complacer a Dios, y que a El solamente le agrada eso y sólo eso, y
que, en consecuencia, cualquier profesión lícita tiene ante Dios un valor
absoluto por igual.8
Indudablemente, el mundo entero está de
acuerdo en que esta valoración ética de la actividad profesional lleva en sí una
aportación, de las más importantes y sólidas de la Reforma, debida,
principalmente, a Lutero.9* Sin embargo, por todas partes está extendido un
marcado interés en que semejante concepción permanezca alejada del odio acerbado
con el que el espíritu contemplativo de Pascal expulsaba el amor a obrar en esta
vida, únicamente explicable, a su parecer, por ostentación o sagacidad,10* y más
alejado está aún del acomodo utilitario al mundo, labor del probabilismo
jesuítico. Ante tal evidencia, la manera como deba representarse concretamente
el alcance practico de dicha aportación por parte del protestantismo, es algo
más confusamente sentido que conocido con toda claridad.
Por de pronto, aun cuando apenas si es
necesario recordarlo, no se puede comprobar ninguna afinidad entre Lutero y el
“espíritu capitalista” en el sentido que nosotros le damos ni en otro alguno.
Ciertamente, no existe ningún síntoma amistoso, siquiera, entre aquellos
círculos eclesiásticos que con más vehemencia elogian el “hecho de la Reforma”.
Y no está por demás decir que Lutero hubiera repudiado airadamente cualquier
afinidad como la que, por ejemplo, se descubre en Franklin. Sin embargo, no es
posible comprobar esta afirmación repitiendo sus peroratas contra los
comerciantes en grande, como los Fugger y otros,11* pues la batalla entablada
contra la situación ventajosa, ya sea de hecho o de derecho, de ciertas
importantes empresas mercan tiles de los siglos XVI y XVII encuentra más bien un
paralelo a la lucha desatada en la actualidad en contra de los trusts, y no es
en sí, por parte de ninguna de las dos la manifestación de un criterio
tradicionalista. De igual manera, tanto los hugonotes como los puritanos se
lanzaron en una violenta lucha contra este criterio, contra los lombardos, ‘os
“trapecistas” y los monopolistas, hábiles especuladores y banqueros beneficiados
por el anglicanismo, los monarcas y los parlamentarios de Francia e
Inglaterra.12* Después de la batalla de Dunbar (septiembre de 1650), Cromwell
escribió al Parlamento: “Os ruego que tratéis de evitar tenazmente los abusos de
todas las profesiones, especial mente de una que a muchos los hace pobres para
que los menos se hagan ricos: eso no beneficia a la comunidad”. No obstante, es
demostrable que él estaba impregnado de “criterio capitalista”.13* Por el
contrario, Lutero, al proferir sus diatribas contra la usura y el préstamo a
rédito, pone al descubierto un es trecho criterio “reaccionario” (visto por el
capitalismo) concebido con respecto al beneficio, ante la escuela escolástica
retardada.14* No hay que olvidar que hace hincapié en la premisa de la
infecundidad del dinero, ya desechada por Antonino de Florencia, entre otros.
Ciertamente no hay necesidad de detenernos aquí en más pormenores; es de mucha
más importancia sentar que el significado religioso de la “profesión” estaba ex
puesto a teñirse de matices y adquirir configuraciones muy di versas en sus
resultados para la vida.
Opuestamente a la concepción del catolicismo,
lo característico y específico de la Reforma es el hecho de haber acentuado los
rasgos y tonos éticos y de haber acrecentado el interés religioso otorgado al
trabajo en el mundo, relacionándolo con la profesión. Y el desenvolvimiento de
la idea estuvo particularmente ligado con el de las diversas formas de piedad en
todas las iglesias reformadas. La potestad bíblica de la que Lutero se valió
para recalcar la idea de profesión propicia, en lo futuro, fue ron las
interpretaciones tradicionalistas. Principalmente el Antiguo Testamento, al no
registrar en las legítimas profecías, así como tampoco fuera de ellas (a
excepción de algún atisbo o de una que otra anticipación suelta) una
superioridad de la con ciencia profana, fue el que encauzó este sentido hacia
una concepción religiosa similar, esto es, que cada quien procure su sustento, y
sean los impíos quienes se impacienten por amasar dinero. Este es el sentido
dado a todos los pasajes que se refieren, de una manera directa, al oficio o
profesión en el mundo, si bien el Talmud se apoya, no de una manera total, sino
parcialmente, en diferentes fundamentos. Jesús manifiesta su personal actitud,
plasmada con proverbial pureza, en el ruego de legítima procedencia oriental:
“el pan nuestro de cada día dánosle hoy”, y su tajante repulsión del mundo
(revelado en el Nuevo Testamento) excluye toda probable alusión a él de la
moderna idea de profesión.15* Conforme al Nuevo Testamento, la era del
apostolado cristiano y, en especial, la doctrina de San Pablo, toma una posición
de indiferencia o por lo menos de tradicionalismo, frente a la actividad
profesional en el mundo, pues las primeras gene raciones cristianas estaban
transidas de alientos escatológicos: ya que todo giraba en torno a la espera de
la llegada del Mesías, cada quien puede continuar ocupando en el mundo la misma
situación y ejercer el mismo oficio en que le ha sorprendido Su “llamamiento”, y
continuar laborando como hasta ahora. Así, pues, el pobre no es dispendioso para
sus hermanos y, como quiera que sea, la espera habrá de ser corta. Lutero leyó
la Biblia a través del cristal de su propia mentalidad, no sólo impregnada de
tradicionalismo en el curso de los años entre 1518* y 1530* en que se produjo su
desarrollo ideológico, sino que se iba saturando cada vez más.16
Durante los primeros años de su labor
reformadora y debido a la consiguientemente desmedida concepción materialista de
la profesión, predominó en él frente a cualquier actividad en el mundo, una idea
a la indiferencia escatológica paulina manifiesta en la primera epístola a los
Corintios, cap. 7:17* cualquier situación es buena para alcanzar la
bienaventuranza; en la vida del hombre, dada la brevedad de su corto peregrinar,
no tiene sentido conceder importancia capital a la clase de actividad que le
ocupe. El afán de hacinar bienes materiales que sobrepase a la propia necesidad,
muestra un estado de gracia imperfecto, por lo cual es censurable, puesto que,
además, únicamente puede perpetrarse a costa de los demás.18* Pero, Lutero,
según se va en marañando en las discusiones y negocios de este mundo tiene en
más estima el trabajo profesional; siendo así, se vuelve a cada paso más clara
la concepción de que el ejercicio de una profesión específica se convierte en
una especie de mandato que Dios destina a cada quien, exigiéndole continuar en
el estado en que se encuentra situado por disposición de la Divina Providencia.
Y como sea que, tras las luchas con los “espíritus fanatiza dos” y la rebeldía
de la gente de campo, se apodera de Lutero la idea más clara que antes, como
consecuencia directa de la voluntad de Dios que el orden objetivo histórico en
que el individuo se encuentra es por Su designio,19* la insistencia siempre más
vigorosa del factor providencial en todos los incidentes de la vida del hombre,
desemboca irremediablemente en una peculiar idea tradicionalista semejante a la
del “destino”; cada uno ha de mantenerse en la profesión y en el estado en que
Dios le ha colocado de golpe y para siempre y reprimir en esa limitación todos
sus anhelos e impulsos en este mundo. Así, pues, el tradicionalismo económico,
que en los comienzos es producto de la indiferencia paulina, va derivando en
fruto de la creencia, siempre más arraigada, de la predestinación,20* que
identifica la obediencia incondicional a los preceptos divinos21* y la in
condicional resignación con el lugar en que cada uno se encuentra colocado en el
mundo. La vinculación del trabajo profesional con las concepciones religiosas no
llegó a ser para Lutero la base de fundamentos en verdad nuevos o esenciales.22*
La integridad de la doctrina, como único e infalible criterio de su Iglesia,
sostenida por él con progresivo rigor después de veinte años de esforzada lucha,
constituía en sí un impedimento para esclarecer consideraciones en el plano de
la ética.
De suerte que la idea de profesión conservó en
Lutero un sello tradicionalista.23* Profesión es algo a lo que el individuo debe
someterse porque es una donación que la Providencia le ha otorgado, algo ante lo
cual debe “allanarse”, y tal idea establece la razón del trabajo profesional
como misión, como la misión impuesta por Dios al hombre;24* este rasgo resulté
aún más relevante en el posterior desenvolvimiento del luteranismo ortodoxo. En
el plano de la ética, lo único nuevo fue este rasgo negativo: el eclipse de los
determinados deberes ascéticos (que alcanzan una superioridad con respecto a los
que deben cumplir- se en el mundo) y la prédica de la sumisión a la autoridad y
la resignación con el puesto asignado a cada quien en la vida.25* Llegado el
momento de examinar la ética religiosa medieval, comprobaremos que la idea de
profesión en el sentido luterano había sido planeada por los místicos alemanes:
es así como Tauler,26* el que evaluaba de igual manera que Lutero las
profesiones intelectuales y profanas y, en general, el más mínimo aprecio
dispensado a las formas tradicionales del obrar ascético, resultado de la valía
exclusiva, aquilatada en la admisión estático-contemplativa del espíritu divino
por el alma. De alguna manera, el luteranismo representa, también, un retroceso
en relación a los místicos, pues, en Lutero y, en especial, en su Iglesia, eran
muy poco seguros los fundamentos psicológicos para una ética racional de la
profesión, en tanto que las ideas místicas concuerdan más, en este punto, con la
psicología de la fe pietista y cuáquera;27* inclusive, la inclinación a una
autodisciplina ascética la consideraba indigna porque santificaba las obras,
razón por la cual estaba situada en un plano cada vez más secundario en su
Iglesia.
Resulta fácil comprobar que la simple idea de
“profesión” con el significado luterano tiene un alcance muy dudoso para lo que
perseguimos, y, por el momento, nos interesa que esto quede consignado.28* Pero,
no por ello intentamos negar, absolutamente, el significado práctico que, para
los fines de nuestro trabajo, pudiera haber tenido la reorganización luterana de
la vida religiosa, sino, todo lo contrario El caso es que no hay posibilidades
de sacar de ella una consecuencia directa de la posición que Lutero y su Iglesia
adoptaron, frente al trabajo profesional y, principalmente, porque no resulta lo
bastante claro como en otros aspectos del protestantismo. Así, primero debemos
investigar cuáles son sus formas, entre todas, en las que se advierte el enlace
de la conducta práctica en la vida con un punto de salida religioso. Con
anterioridad hicimos referencia al importante papel desempeñado por el
calvinismo y las sectas protestantes en la historia del desarrollo capitalista.
Y de la mi suerte que Lutero veía que a Zwinglio le alentaba un “espíritu” que
no era igual al suyo, a sus sucesores les ocurría lo propio con los calvinistas.
Y no puede decirse que sea una casualidad el hecho que siempre, inclusive en la
actualidad, el catolicismo considere al calvinismo como su peor enemigo. Este
hecho encierra, principalmente, un significado en sumo grado político: no se
podría concebir a la Reforma sin el ánimo evolutivo propio de Lutero, y a la
recia personalidad de él se debe su ineludible sello; sin embargo, sin el
calvinismo su obra reformista no hubiera perdurado. Es bien sabido que tanto los
cató licos como los luteranos aborrecen por igual al calvinismo; la razón está
en el cariz ético que a éste caracteriza. Por más ligera que sea la
investigación, aparece al descubierto, en seguida, que la vida religiosa y la
manera de obrar en el mundo por parte de los calvinistas guarda una relación de
índole fundamental distinta a la que es peculiar de los católicos y luteranos.
Esto se destaca, inclusive, en la literatura religiosa. Veámoslo, estableciendo
una comparación, por ejemplo, entre el final de la Divina Comedia, cuando al
poeta se le agota el lenguaje para describir los misterios divinos, extasiado
ante ellos en el Paraíso, con el final de este otro poema al que se acostumbra
llamar la “Divina Comedia del puritanismo”. Milton, después de haber narrado la
expulsión del Paraíso, en el último canto del Paradise lost, termina así:
Atrás vuelve la vista en el instante;
Y a la parte oriental de su morada
La espada fulminante
Ven en hondas flamígeras vibrada;
Y su elevada puerta,
Con armas centelleantes ya cubierta,
De tremendos semblantes ocupada.
Verter les hizo lágrimas natura;
Mas la vista de un mundo, que anchuroso
Lugares ofrecía a su reposo,
Las enjuga, calmando su amargura.
Aunque errante su paso, y vagaroso,
Asidos de la mano con ternura,
En el Edén por solitaria vía
Siguen la Providencia que los guía.
Y, no ha mucho, Miguel decía a Adán:
Resta sólo que a tu sabiduría
Corresponda en los hechos la energía
De virtud, de paciencia, fe, templanza
Y amor, o caridad después llamada (Alma de
todo), con lo cual dichoso
No te será gravoso
Dejar del Paraíso la morada;
Porque alegre, contento y satisfecho,
Más feliz la tendrás dentro del pecho (*).
Puede suponerse, con facilidad, que a un
escritor en tiempos del medievo le había de resultar imposible manifestar con
tanta vehemencia esta firme consagración puritana al mundo misionero de la vida
profana. Asimismo, resulta insólito en el luteranismo, y prueba de tal
manifestación la tenemos, por ejemplo, en los cánticos de Lutero y Paul Gerhard.
Lo que ahora se requiere es precisar con más claridad este vago conocimiento e
interrogarnos acerca de los motivos propios de esta diferencia. Recurrir al
“carácter popular” resulta del todo inútil, aparte de que dejaría al descubierto
la ignorancia. Ahora bien, si a los ingleses del siglo XVI se les imputara un
sello nacional homogéneo sería, simplemente, falsear la historia; a los
“caballeros” y a los “cabezas redondas” no se les puede sólo considerar como dos
partidos, sino más bien hay que tomar en cuenta la diferencia entre ellos con
respecto a su condición de hombres. En consecuencia, al examinar minuciosamente
la historia, hay que concederles en ello la razón. 29* Por otro lado no hay
posibilidades de registrar una caracterología opuesta entre los merchants
adventurers y los antiguos hanseatas, así como también es inverosímil aseverar
una insondable oposición entre las características inglesas y las alemanas,
comprensibles por los múltiples destinos políticos de índole tan distinta.30*
Pero sí hay claridad en las diferencias que hoy advertimos, las cuales fueron
creadas, principalmente, por el poder dominante de los movimientos religiosos.31
Debemos subrayar ahora que, si en nuestras
pesquisas acerca de las relaciones entre la ética protestante y el espíritu
capitalista en desarrollo lo hacemos partiendo de las creaciones de Calvino, del
calvinismo y de las concernientes a otras sectas “puritanas”, no está en nuestro
ánimo afirmar que lo que llamamos espíritu capitalista haya despertado,
precisamente, merced a los iniciadores o representantes de estos credos, como
objetivo de su trabajo y fundamentales actividades. En ninguno de ellos se des
cubre que considerara el deseo de los bienes terrenales como valor ético, es
decir, como una finalidad inherente. Y debemos hacer hincapié en que ninguno de
los reformadores (sin omitir a Menno, George Fox y Wesley) concedió una
importancia en grado sumo a los programas de la reforma moral. No hay entre
ellos uno siquiera a quien se le pueda considerar como fundador de una sociedad
de cultura ética; tampoco puede decirse que alguno representase un anhelo
humanitario de reforma social o de aspiraciones culturales. El eje de su vida y
su acción se circunscribía totalmente a la salvación del alma. Así, de sus
ideales éticos y los efectos prácticos de su doctrina no hay otra explicación
como no sea por esta otra finalidad esencial, y eran simples resultados de bases
puramente religiosas. De ahí que los efectos de la Reforma en el concierto de la
civilización —aun cuan do nos empeñemos en darles una importancia capital de
acuerdo con nuestro enfoque— eran desenlaces inesperados y naturales de la labor
de aquellos reformadores, es decir, consecuencias desviadas y opuestas,
inclusive, a su pensamiento y a sus propósitos.
De tal suerte, nuestro trabajo podría
considerarse como un modesto aporte ilustrativo de cómo las “ideas” llegan a
tener un alcance válido en la historia. Sin embargo, en nuestro afán de no
propiciar errores acerca de esta validez derivada, a nuestro entender, de
móviles estrictamente idealizados, permítasenos aún algunas consideraciones con
respecto al mismo tema, antes de dar por concluida esta introducción.
No está en nuestra intención, de ninguna
manera, evaluar el idealismo de la Reforma en los matices que para el
sentimiento religioso tienen que mostrarse en sus espacios circulares, entera
mente exteriores; pretendemos tan solo clarificar la envoltura ex terna
conferida por ciertas ideas religiosas al argumento del desarrollo de nuestra
civilización moderna, la cual fue encauzada en un determinado sentido terrenal y
profano por obra de un sinfín de motivos históricos. Formulamos tan solo la
pregunta acerca de cuáles contenidos peculiares de esta civilización podrían ser
imputados al influjo de la Reforma. Tras nuestro objetivo es conveniente alejar
la idea que trataría de analizar a la Reforma como si hubiera sido propiciada
por una “necesidad del desarrollo histórico”, dándole una derivación de
específicos cambios de índole económica. Con el fin de reforzar la estabilidad
de las iglesias de nueva creación hubieron de coadyuvar, evidentemente, gran
número de complejas circunstancias históricas que en nada encajan en ninguna
“ley económica” y que, además, no son susceptibles en absoluto de
consideraciones desde ningún ángulo de la economía, así como, por encima de
todo, hubo hechos exclusivamente políticos que influyeron. Claro que habría de
ser absurdo salir a la defensa de la tesis doctrinaria32* puesto que, según
ella, el “espíritu capitalista” (con el mismo sentido eventual que le hemos
dado) únicamente pudo surgir debido a la influencia de la Reforma y, entonces,
el capitalismo sería un fruto suyo. En primer lugar, esta tesis queda refutada
por el hecho de que mucho antes del movimiento reformista — y ello es bien
sabido— ya existían importantes formas de economía capitalista. Lo que se
requiere dejar sentado es si las influencias religiosas tomaron parte, y hasta
qué extremo, en los pormenores y el desarrollo Cuantitativo del “espíritu”
relativo al mundo y cuáles son, en definitiva, los visos que la civilización
capitalista les debe. Debido a las distintas influencias entre las bases
materiales y los modelos de estructuras político-sociales y, el fundamento
espiritual de las diversas etapas de la Reforma, el estudio que nos ocupa debe
limitarse a definir si se han dado y, en este caso, al detalle, “afinidades
electivas” entre algunas particularidades de la creencia religiosa y la ética
profesional. Así, tomando en cuenta dichas afinidades, hasta donde es posible,
damos por esclarecido, a la par, la manera de actuar y el sentido de la
actividad religiosa para influir en el desarrollo de la civilización en el plano
de lo material. Cuando se hayan disipado las dudas al respecto, habrá
posibilidades de llevar a cabo una tentativa de tasación relativa a la
ingerencia de esos motivos religiosos en la civilización moderna y, hasta dónde
lo es con respecto a elementos de diferente naturaleza.
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NOTAS DE LA PRIMERA PARTE
CAPÍTULO III (32)
SEGUNDA PARTE
LA ÉTICA PROFESIONAL DEL PROTESTANTISMO
ASCÉTICO
CAPÍTULO
I
LOS FUNDAMENTOS RELIGIOSOS DEL ASCETISMO LAICO
El protestantismo ascético (con la misma
acepción que ya dimos al vocablo) ha contado básicamente con cuatro agentes:
primero, el calvinismo, con- su peculiar estructura acogida en los principales
países de la Europa occidental, donde llegó a predominar especialmente en el
siglo XVII; segundo, el pietismo; tercero, el metodismo, y cuarto, las surgidas
del movimiento.1* Entre estos movimientos no hubo ninguna marcada oposición ni
rigor, siquiera, en el modo cómo se produjo la disgregación de las iglesias no
ascéticas de la Reforma. Por lo que respecta al metodismo, éste se originó a
media dos del siglo XVIII dentro de la Iglesia oficial anglicana. En el ánimo de
sus fundadores no estaba la intención de formar una nueva Iglesia ni se trataba,
tampoco, de una restitución del espíritu ascético dentro de la iglesia oficial,
de la que vino a disgregarse mucho después, especialmente cuando pasó a las
tierras de América del Norte. En cuanto al pietismo, su nacimiento se produjo en
el seno del calvinismo de Inglaterra y particularmente de Holanda. Tras una
lenta serie de transiciones quedó enlazado a la ortodoxia hasta que, a fines del
siglo XVII, por motivos dogmáticos, en parte, y por la habilidad de Spener, vino
a incorporarse al luteranismo. En él habría perdurado si no hubiera sido por la
dirección que seguía a Zinsendorf, debido, probablemente, a que no se había
extinguido el recuerdo de las huellas de los husitas y calvinistas dentro de la
confraternidad de Moravia y que aún pesaba su influjo, viniendo a convertirse en
otra secta, muy a su pesar, como la metodista. En los comienzos, la oposición
entre calvinistas y bautizantes brotó con rudeza; sin embargo, antes de
terminarse el siglo XVII ya se habían restablecido las buenas relaciones. Por
otra parte, desde comienzos de dicho siglo se fue produciendo gradualmente la
transición tanto de las sectas independientes inglesas como de las holandesas.
El paso al luteranismo también se llevaba a cabo más o menos rápido, al igual
que ocurrió con el pietismo, así como entre los calvinistas y anglicanos que
tanto en común tienen con los cató licos en lo externo y también en el ánimo de
sus más fervientes adeptos. El movimiento ascético, al que nosotros llamamos
“puritanismo”,2* dándole la máxima amplitud al sentido de dicha palabra (que
encierra tantos significados) embistió contra las bases del anglicanismo en el
conjunto de sus afiliados, y aun con más vigor en sus defensores más razonables.
Y, claro está, debido al encono de las discusiones se agudizó, cada vez más, la
oposición. Dejando a un lado la problemática preliminar acerca de la
constitución y el modo de organizarse, vemos que el hecho es el mismo.
Ciertamente, las discrepancias dogmáticas, hasta las más sobresalientes, tales
como las que se refieren a la justificación y la predestinación, se entrelazaban
de tan diversas mane ras que en la mayoría de las veces, a principios ya del
siglo XVII, imposibilitaban la estabilidad de una corporación eclesiástica.
Creemos oportuno subrayar que todas las manifestaciones de la conducta moral,
tanto las de menos, como las de mayor importancia, coinciden, simultáneamente,
en la totalidad de las sectas cuyos orígenes ya señalamos, así sea de uno o de
la mezcla de varios. Más adelante nos será dado comprobar que hay principios
dogmáticos diferentes que sirven de base por igual a las mismas máximas morales.
Al correr de los años, también hubo escritores en los que, de uno a otro, se
fueron inflamando del mismo aliento para la curación de las almas. Recordemos
los compendios casuísticos entre los que se encuentran muchas similitudes, no
obstante que las normas de vida en una y otra secta ofrecen diferencias
evidentes.
Como consecuencia de lo anterior nos hace
suponer que tal vez fuera preferible abstenemos, en la labor emprendida, de
consideraciones acerca de los principios dogmáticos, así como de las doctrinas
éticas y, por el contrario, nos dedicáramos al estudio exclusivo por cuanto
atañe a la práctica de la moral. Sin embargo, no cabe pensar en eso.
Ciertamente, después de tan perniciosas luchas, fueron desapareciendo las raíces
dogmáticas de la moralidad ascética, que tanto diferían entre sí. No obstante,
bastó el primer arraigue en aquellos dogmas para que sus huellas fueran
profundas en la moralidad subsiguiente, diríamos “antidogmática” y, además, por
el hecho de haber conocido aquel primitivo contenido ideal, podemos comprender
hasta dónde se entre lazaba la moralidad con el pensamiento ultraterreno para
tener dominada a toda la humanidad por años. De no haber sido gracias a ese
poder absoluto, no habría sido posible que estallase ninguna renovación ética
capaz de tener tan gran ascendiente en la vida. Resulta lógico que no estemos
empeñados en averiguar,3* por ejemplo, el contenido didáctico, teórico y
oficial, de los compendios morales de aquel tiempo —no obstante su natural,
sentido práctico derivado de la subordinación al mando eclesiástico, a la cura
de almas y a la práctica—, sino que más bien nos interese algo completamente
distinto, esto es: la investigación acerca de cuáles fueron los incentivos
psicológicos originados por la convicción religiosa y la práctica de la piedad
que señalaron situaciones para la vida y en ellas sujetaron al hombre. Pero,
estos incentivos eran distintos, según cada particularidad confesional. En
aquella época, los hombres reflexionaban acerca de los dogmas que, por su
relación con los beneficios experimentados en el ejercicio de la piedad tenían
la apariencia un tanto abstracta. Esta es la razón por la que nos vemos obliga
dos a emprender la ruta de ciertas consideraciones dogmáticas4* que para el
lector que no está versado en temas teológicos resultarán sin duda abrumadoras,
así como irreflexivas y de poca importancia para quienes hayan profundizado en
ellos. Nos valdremos de nuestro usual procedimiento de sistematizar “idea les”,
aun cuando en la realidad histórica se nos dificulte, considerando que,
precisamente, ante el impedimento de perfilar los contornos veraces en la
realidad, es por lo que hemos de lanzar nos a la exclusiva investigación de sus
formas sucesivas; sólo así podremos atraer los efectos con más seguridad y
precisión.
En primer término, nos referiremos5* al
calvinismo, pues constituye la idea religiosa que originó todas y cada una de
las luchas relativas tanto a la religión como a la cultura de los pueblos
civilizados más avanzados dentro del capitalismo, esto es: el de los Países
Bajos, de Francia e Inglaterra, durante los siglos XVI y XVII.6* Visto desde su
punto de partida, así como hasta en la actualidad, su dogma característico
consiste en la “predestinación”, si bien ha sido materia de discusión si para la
Iglesia reformada es el dogma principal o si se considera un agregado de segundo
plano. Como quiera que sea, al discernir acerca de la esencia de un fenómeno
histórico no hacemos más que girar alrededor de simples valoraciones (según se
tome en cuenta aquello que sólo despierta el “interés” o bien la “estimación”
perdurable); o de recriminaciones históricas (si cabe imaginar que existe un
motivo originado en su influencia sobre otros sucesos históricos). Ante la
decisión tomada por nosotros de ver lo desde este último punto de vista, es
natural conceder gran importancia a las consecuencias históricas así como a las
culturales del dogma, siendo la trascendencia del mismo el objetivo por nosotros
perseguido.7* Oldenbarneveldt topó con el dogma, y su lucha por la cultura fue
un fracaso; en el seno de la Iglesia anglicana surgieron diferencias que se
tornaron invencibles al punto que la corona y el puritanismo (en el reinado de
Jacobo 1) entablan las suyas en el terreno dogmático con respecto a dicha
doctrina, misma que, de una manera general, se la juzgaba como factor
antiestatal del calvinismo, y hubo de ser combatida, con carácter oficial, por
las autoridades.8* En los sínodos más importantes celebrados en el siglo XVII,
principalmente el de Dordrecht y de Westminster, se dedicaron con ahínco a la
ratificación canónica del dogma. De ahí que muchos héroes de la ecclesia
militans se acogieran a él. Además, en el transcurso de los siglos XVIII y XIX,
ha dado origen a muchas desavenencias eclesiásticas y por él estallaron
.contiendas en los sobresalientes revivals de la fe. Sería indebido pasar por
alto su presencia, y como es de presumirse que son pocos los conocedores,
transcribimos en seguida su legítimo contenido expuesto en las proposiciones
emitidas por la Westminster confession en
1647, reiteradas en esta parte por los credos independentistas y bautizantes,
sin exclusión de ninguno:9
Capítulo IX
(DEL LIBRE ALBEDRIO)
Número 3. Con la caída del hombre en el
pecado, su voluntad se ha visto del todo incapacitada para encauzarse hacia el
bien espiritual y la obtención de la máxima felicidad, de suerte que el hombre
natural, alejado completamente del bien y sucumbido en el pecado, está
desprovisto de capacidad para la conversión y hasta para prepararse a ella.
Capítulo III
(DEL IMPERECEDERO MANDATO DE DIOS)
Número 3. Para manifestar su omnipotencia,
Dios, por su mandato, ha predestinado (predestinated) a unos hombres para la
vida eterna y ha condenado (foreordained) a otros, para la eterna muerte.
Número 5. Quienes están predestinados para la
vida han sido escogidos en Cristo para la gloria eterna por Dios, con
anterioridad a la creación, por su designio eterno e invariable, su mandato
oculto y el poder de su voluntad, y eso por espontáneo amor y gracia, y no
debido a la antelación de la fe o de las buenas obras o de la perseverancia en
una de las dos, o a otra coyuntura análoga de que las criaturas le hubieran
inducido, como limitación o como motivo, antes bien todo es premio de su gracia
suprema.
Número 7. Plugo a Dios dejar en el olvido a
los demás mortales, en pos de los inescrutables designios de su voluntad, por la
mediación de los cuales reparte o se reserva la gracia según le plazca, para
honor de su infinita soberanía sobre sus criaturas, preceptuándolos a la vileza
e ira por sus pecados, en loor de su justicia.
Capítulo X
(DEL LLAMAMIENTO PODEROSO)
Número 1. Dios se complace en llamar con el
poder de su palabra y su espíritu a todos aquellos a quienes ha destinado a la
vida, y únicamente a éstos, en el tiempo a su conveniencia y fijado por El...,
arrancándoles su corazón de piedra y concediéndoles un corazón de carne,
restableciéndoles su voluntad y moviéndoles, por la omnipotencia de su fuerza, a
resolverse por la opción de lo que es bueno...
Capítulo V
(DE LA PROVIDENCIA)
Número 6. Por lo que se refiere al hombre malo
e impío, a quien Dios, por cuanto es juez justo, ha ofuscado y empedernido por
pecados anteriores, no sólo lo priva de su gracia, que por ella pudo haber sido
iluminada su inteligencia y asequible su corazón, sino que en ocasiones le
despoja también de los dones recibidos y lo sitúa en conexión con materias que,
por corrupto, se convierten en riesgo de pecado, y lo entrega a sus propios
placeres, a las tentaciones mundanas y al dominio de Satanás; de ahí se deriva
su propio endurecimiento y que Dios se valga de los mismos medios para templar a
otros.10
“Yo podré descender al infierno; pero un Dios
semejante no tendrá jamás mi respeto”: así enjuiciaba Milton11* a esta doctrina.
Sin embargo, nuestro interés no radica en la manifestación de un juicio
enjundioso, antes bien en la situación histórica del propio dogma. Examinemos,
primero, cómo tomó forma la doctrina y de qué modo fue siendo absorbida por
específicos complejos ideológicos, dentro de la teología calvinista. Necesaria
mente, siguió dos direcciones. En todo espíritu que irradia grandeza, de
vehemente religiosidad activa (como los que destacan tanto en el cristianismo,
desde San Agustín), se manifiesta el sentimiento religioso de la redención,
enlazado a la certeza de que exclusivamente por la intervención de un poder
objetivo, debemos agradecer todo, sin que intervenga ningún propio mérito; es
decir: aquel que, siendo pecador, pudo vencer el pecado, percibirá en sí la
sensación de que le invade una benigna seguridad, y se sentirá convencido de que
tan sorprendente regalo de la gracia no puede deberse en parte, siquiera, al
propio esfuerzo ni parcial o completo, tampoco, unido a hechos reales o
cualidades privativas del creer o querer. En el punto de Lutero, en plena
singularidad religiosa, pudo escribir su obra Libertad del hombre cristiano,
para él los “designios inescrutables” de Dios constituían el manantial único y
más paradójico de la conservación de la gracia.12* Es verdad que siempre estuvo
apegado a este dogma, sin embargo, con el tiempo su política eclesiástica tomó
una dirección “realista”, llevada por impulsos paulatinos, y así le fue
postergando hasta dejarlo poco a poco en planos inferiores. Tan “arriesgada y
tenebrosa” doctrina fue rechazada, enérgicamente, por Melanchthon en la
confesión de Augsburgo. Los eclesiásticos de la Iglesia luterana consideraban el
dogma como axiomático que podía perderse la gracia (amissibilis), recobrándosela
mediante la humildad, la contrición y la fe en la palabra de Dios y los
sacramentos. En Calvino13* acontece, precisamente, a la inversa, pues el
convencimiento de que el dogma era esencial fue adquiriendo siempre más fuerza,
y de ello hizo gala en las controversias dogmáticas con sus adversarios.
Además, lo vemos colmadamente elaborado en la
tercera edición de su Institutio. Aun después de la muerte de Calvino, todas las
grandes contiendas por la cultura giraban en torno del dogma, hasta que en los
sínodos de Dordrecht y Westminster se produjo la tentativa de acabar con ellas.
Opuestamente a Lutero, Cal vino no “vive” el decretum horribile, antes bien sólo
lo “imagina”. Esta es la razón de que su importancia se acrecienta a la par que
la lógica consecuencia se acentúa hacia su interés religioso, directamente a
Dios, mas de ninguna manera en dirección a los hombres,14* pues Dios no es para
éstos, sino que ellos son para Dios y por El, y no hay nada que suceda (de ahí
el hecho incontestable para Calvino de que únicamente un reducido número de
hombres está destinado a salvarse) si no es con el carácter exclusivo para el
fin de que Dios se honre en su propia Majestad, de lo contrario no tendría
sentido. Por eso resulta opuesto a la razón aplicar la medida de la justicia
terrenal a sus decretos soberanos y constituye un agravio a Su Majestad,15*
puesto que Dios es libre, esto es, no está sujeto a ley alguna, y sólo es
factible la comprensión de sus designios y hasta el conocimiento de ellos,
cuando se hubo complacido en manifestárnoslo. Únicamente existe en nosotros la
posibilidad de atener nos a estas fracciones de la verdad perdurable; todo lo
demás —en torno a nuestro propio destino— se encuentra en una nebulosa, y
cualquier intento de esclarecer el enigma es imprudente además de imposible. Si
un hombre considerara inmerecida la condena y se quejase de su condición,
procedería como si un animal se lamentase de no haber nacido hombre. Un abismo
inescrutable separa de Dios a todas las criaturas y ante El todas las criaturas
merecemos la muerte eterna, sólo que sea a la in versa por su propia voluntad,
movido por el único propósito de glorificar a su propia majestad. Únicamente nos
es dado saber que una parte de la humanidad se salvará, en tanto que la otra se
condenará. Conjeturar acerca de que así como el merecimiento o la culpabilidad
de los hombres contribuyen en este destino, representaría lo mismo que
conceptuar la posibilidad de que los decretos eternos e ilimitadamente libres de
Dios fueran susceptibles de pasar por cualquier modificación obra del hombre, y
eso es inconcebible. Del “Padre celestial” de quien nos habla el Nuevo
Testamento, tan fácil de penetrar en la mente humana, que se regocija con el
retorno del pecador, así como siente alegría cuando la mujer recobra las monedas
perdidas, ahora aparece un ser superior e indescifrable para toda comprensión
humana, el cual desde la eternidad señala para cada uno su destino, conforme los
designios enteramente insondables, y dispone todos los pormenores, hasta el más
mínimo, en el universo.16* Y siendo inmutables los designios de Dios, la divina
gracia es igualmente inadmisible para quien le ha sido donada, como para quien
le ha sido negada le resulta inalcanzable.
Debido a tan cruel apasionamiento perturbador,
esta doctrina había de redundar, en el espíritu de los hombres de la época, que
la vivieron con todas sus profundas consecuencias, en un sentimiento de
sorprendente solicitud.17* Para los hombres de la Reforma, la dicha eterna era
el pensamiento más determinante. El hombre se sentía irremediablemente obligado
a seguir él solo la senda hacia un destino ignorado, dispuesto desde la
eternidad. No había quien pudiera ayudarle, ni tan solo el predicador, puesto
que únicamente el elegido estaba capacitado para entender espiritualmente la
palabra de Dios; tampoco podía hallar ayuda en los sacramentos, ya que,
ciertamente, son los medios ordena dos por Dios para acrecentar su propia
gloria, debiendo ser realizados rigurosamente, mas no para alcanzar la gracia,
antes bien (de manera subjetiva) son simples externa subsidis de la fe. La
Iglesia tampoco podía asistirle, pues, si bien se proclama el principio extra
ecciesia nulla salus (que implica el sentido de que a quien quiera que se aparte
de la Iglesia verdadera ya no le es dado integrar el círculo de los elegidos por
Dios),18* los excomulgados también son parte integrante de la Iglesia, en lo
externo, sometidos a su disciplina, no precisamente para obtener, así, la dicha
eterna, imposible de alcanzar, sino porque tampoco ellos están excluidos de
cumplir con los mandatos ad gloriam Dei. Finalmente, tampoco de Dios podía
esperar aquella ayuda, pues también Cristo únicamente murió por los elegidos,19*
destina dos por Dios desde la eternidad para ofrecerles el sacrificio de su
vida. Tan absoluto abandono (no concebido por el luteranismo hasta extremas
consecuencias), que le impide pensar en una posible salvación eclesiástico
sacramental, constituía el factor contundente ante el catolicismo, en el que,
justamente, hallaron el fin de las fases del “desencantamiento” del mundo,20*
inicia do con las antiguas profecías judías y que, apoyándose en el concepto
científico heleno, refutó los medios quiméricos para la salvación, tildándolos
de supersticiosos, en extremo desmedidos. El verdadero puritanismo refutaba,
inclusive, cualquier vestigio de rito religioso en la sepultura de los suyos,
haciéndolo silenciosamente, con el fin de no dar la apariencia, siquiera, de
superstition, ni de índole mágico-sacramental que supusiera un acto para la
salvación.21* Para aquel a quien Dios había negado la gracia, no existía medio
mágico alguno ni de otra índole que pudiera otorgársela. Además, si tomamos en
cuenta que el mundo de lo creado se encuentra infinitamente lejos de Dios y que
se paradamente nada tiene valor, se comprobará que la solicitud interior del
hombre revela, por un lado, la posición negativa del puritanismo con respecto a
los factores susceptibles, propensos a la ternura y a la aflicción y
sentimentales de la cultura y de la religión en su carácter de subjetivo (que de
nada sirven para la salvación, y sí propician sentimientos ilusorios de
aflicción, divinizando una superstición terrenal), así como su absoluto
aislamiento del progreso material.22* Visto por el otro lado, en esta Soledad
está enraizado el individualismo desengañado, que todo lo Juzga en el aspecto
más desfavorable,23* que no deja influir en el “carácter popular” y en las
instituciones de aquellos pueblos de antecedentes puritanos (en riguroso
contraste a la imagen en todo diferente que la “ilustración” estimó en el
hombre).24* Situándonos en aquella etapa de referencia vemos el gran ascendiente
de la doctrina de la predestinación en el más ínfimo pormenor del comportamiento
y la manera de concebir la vida, así se trate de un ámbito en el que el dogma ya
no regía, pues el hombre tenía puesta, exclusivamente, su confianza en Dios.
Tratemos, pues, de examinar el hecho. En la literatura inglesa, por ejemplo,
particularmente puritana, se encuentra reiterativamente expuesta la sensacional
observación de que en la ayuda y sinceridad de los hombres no se puede confiar
demasiado.25* Baxter, a pesar de su blandura, aconseja claramente no fiarse de
nadie y abstenerse de participar algo a nadie, que pueda a uno ponerle en
evidencia: solamente Dios debe ser el confidente del hombre.26* Asimismo,
contrariamente al luteranismo, fue suprimida la confesión en privado, de la que
el propio Calvino recelaba un tanto en razón a que la interpretación del
sacramento pudiera resultar falsa, con lo cual se demuestra la gran
trascendencia, en relación a la par, con la concreta forma de concebir la vida.
Consecuentemente, por una parte, dejaba al descubierto el proceder de esta clase
de religiosidad, y, por otra, evidenciaba el cambio psicológico de su aspecto
ético. De esta suerte, el sentimiento de culpa no halló el medio para una asidua
“reacción”.27* En un término medio, la moralidad del hombre se vio por todo ello
influenciada, tema en el que haremos hincapié más adelante. Sin embargo,
queremos dejar sentado, de inmediato, la consecuencia inferida en el estado
absoluto del hombre con respecto a su religiosidad/El calvinista, con su propia
idea de Dios, realizaba el comercio aislado profundamente de su yo íntimo, pese
a que para su salvación le era necesario ser integrante de la verdadera
Iglesia.28* Si alguien quiere percatarse de los determinados efectos29* en aquel
característico medio, deberá adentrarse en las páginas de la obra más leída de
la literatura puritana: Pilgrim’s progress, cuyo autor, Bunyan,30* relata el
proceder de Christians, cuando al advertir que se halla en la “ciudad de la
corrupción”, a un tiempo de oír el llamamiento de Dios ordenándole que de
inmediato emprenda la ruta hacia la ciudad celestial, se rehúsa a dejarse
acompañar de su mujer y de los hijos y, llevando las manos a sus oídos para con
sus palmas tapárselos, atraviesa los campos vociferando: life eternal life!
Nunca con más delicadeza sería capaz de traslucir el candoroso deleite que el
caldero experimenta en su prisión al poetizar ante la ovación de un mundo
creyente; asimismo, el estado anímico del creyente por excelencia puritano,
abstraído en su privativa preocupación, con el pensamiento puesto en su propia
salvación, este estado psíquico que se exterioriza en las conversaciones plenas
de un fervor (un tanto evocativas del Gerechter Kammacher, de Gottfried Kelier)
que le servía de alimento en peregrinaje emprendido con otros hombres a los
cuales les guía un mismo anhelo. Y sólo una vez, cuando se considera en lugar
seguro, piensa que si tuviera a los suyos junto a él había de ser hermoso. Es un
sentimiento de temor ante la idea de la muerte y del más allá, semejante al que
invade el ánimo de Alfonso de Ligorio, analizado por Dollinger y experimentado
ahora por todos hasta lo más hondo, alejados hasta el máximo de un espíritu de
soberbia terrenal, como de la que hizo gala Maquiavelo en su apología de
aquellos individuos florentinos para quienes —en la controversia con el Papa y
la excomunión— “el amor a la ciudad natal estaba por encima del temor por la
salvación de su alma’,’ y a una distancia aún mayor de cualquiera de los
sentimientos como los que Ricardo Wagner ostenta en la voz de Sigmundo delante
del fatal encuentro: “Saluda a Wotan; saluda a Walhalla”…mas no me habléis de
los rígidos goces del Walhalla”. Claro está que, entre Alfonso de Ligorio y
Bunyan, las consecuencias de tal aflicción son fundamentalmente diferentes: el
mismo afligimiento que impulsa al primero a degradarse hasta lo increíble incita
al otro a batallar con la vida de modo continuo e infatigable. Y esta disparidad
¿en dónde radica? Por de pronto salta a la vista la posibilidad enigmática de
relacionar el intento de venir en ayuda del hombre a fin de que se emancipe de
los lazos que lo tienen atado al mundo, tendencia propia del calvinista debido a
la categórica superioridad que le da su teoría en el orden social.31* Aun cuando
nos parezca sorprendente, es el resultado del sello por el cual se distingue al
cristiano con el “amor al prójimo”, apremiado por la convicción calvinista a una
soledad espiritual. Hasta aquí, la primera intención.32* Ciertamente, la misión
del mundo es honrar a Dios, la existencia del cristiano elegido sólo es válida
por cuanto acreciente la gloria de Dios en el mundo, cumpliendo con sus mandatos
en la parte que le atañe. Cierto que Dios quiere que cada cristiano haga obra
social, pues, naturalmente, quiere un acomodo de la vida social en su estructura
a sus mandatos para cuyo fin debe organizarse de modo adecuado. La labor
social33* del calvinista en el mundo sólo se realiza in majorem Dei gloriam. En
la ética profesional ocurre precisamente igual, puesto que sirve al conjunto
global de los hombres a su paso por el mundo. Lamentablemente, la tarea
profesional identificada en el “am1* al prójimo” la vimos derivar en Lutero Sin
embargó, si en él eran conjeturas y mera disposición mental, en los calvinistas
viene a ser un peculiar factor de su sistema ético. Siendo que el “amor al
prójimo” únicamente puede existir para glorificar a Dios34* y no así a las
criaturas,35* la preliminar demostración es la observación de las labores
profesionales señaladas imperativamente por la lex naturae, con un determinado
sello objetivo y solidario: en calidad de provecho para la estructuración lógica
del universo en que nos movemos, ya que tanto la estructura como la organización
(con finalidad tan portentosa) de este universo el cual, conforme la revelación
bíblica y el discernimiento innato del hombre parece encauzada al servicio de la
“utilidad” de los humanos, autoriza a considerar esta tarea al servicio del
provecho colectivo social, como impulsora de la glorificación de Dios y, en
consecuencia, como querida por El. Tanto el puritano como el judío realizan
fácilmente por igual, si bien por distintas razones, la supresión total de toda
cuestión con respecto a la teodicea y acerca del “sentido” del mundo y de la
existencia, que a otros tiene en tanto desasosiego, y, cierta mente, toda la
unción antimística de la cristiandad, en su mayo ría, comparte esta misma
actitud. Dejando a un lado este espíritu ahorrativo de energías, el calvinismo
ofrece un nuevo matiz: la ignorancia del dualismo entre el “individuo” y la
“ética” (conforme el sentido que Soren Kierkegaard le concede), pese a que el
calvinismo deja que las cuestiones religiosas las medite el hombre a solas
consigo mismo. Tal punto de vista relativo al racionalismo político y económico
del calvinismo no es para analizarlo en sus principios y significado por el
momento, sin embargo, sea lo que fuere, de ahí radica el manantial del sello
utilitarista de la ética en el calvinismo y de los aspectos más significativos
del concepto profesional de su doctrina.36* Permítasenos insistir aún, sin
embargo, en la ética de la predestinación.
Juzgamos que la cuestión básica por despejar
es cómo esta doctrina37* pudo ser tolerada en una etapa en la que por en cima de
todos los intereses de la vida en este mundo, era la del más allá, con todos sus
enigmas, lo que preocupaba con ilimitada intensidad.38* No había creyente que
dejara de plantearse tales problemas irremediablemente: ¿Soy parte integrante en
el círculo de los elegidos? y, ¿cómo sabré que me asiste la seguridad de que lo
soy? Tales problemáticas confinaban a un segundo plano toda obsesión
mundanal.39* Para consigo, Calvino no sen tía preocupación alguna por tal
disyuntiva: él se consideraba “instrumento” de Dios y le asistía la certeza de
que la gracia estaba en posesión suya. Por ende, la urgencia de una respuesta a
de qué modo podrá el hombre tener la seguridad de que fue elegido para la vida
eterna, la confiere en esta forma, sin hallar otra más acertada: debemos darnos
por contentos con el cono cimiento del divino decreto y la imperecedera
esperanza puesta en Cristo, lo cual ha de lograrse con la fe verdadera. Pero,
por encima de todo, desecha la suposición de que el proceder del hombre pudiera
descubrir el destino de aquel que lo ejecute; la tentativa de descifrar de tal
suerte los designios de Dios habría de ser en vano. En esta vida de los
condenados, ninguna apariencia distingue a los elegidos,40* y en unos y otros
son factibles experiencias idénticas (como ludibria spiritus sancti),
exceptuando, únicamente, la confianza creyente finaliter imperecedera. Así,
pues, los elegidos son como la Iglesia indivisible de Dios. Claro está, que con
los epígonos (así, Beza) y, en especial, con la compacte masa de la generalidad
de los hombres. Para ella, el problema de la certitudo salutis, la potencia
cognoscitiva del estado de gracia, debía tener un valor esencial,41* y así, en
todos los lugares en los que la doctrina de la predestinación estaba en vigor,
ocurría lo mismo, por la mayor parte; de todos los ánimos se apoderaba la idea
atormentadora de la duda acerca de si existen indicios probatorios de una
personal integración en el grupo de los electi. Este problema no fue únicamente
el eje del desarrollo pietista, que nació en el seno de la Iglesia anglicana,
sino que llegó a tener, en alguna ocasión, algo así como un significado
constitutivo. Pero eso no es todo: cuando se nos presente la oportunidad de
examinar el insólito alcance político y social de la doctrina y la práctica de
la comunión, después de haberse producido su reforma, aquilataremos la
importancia que tuvo, en el curso de todo el siglo XVII, la duda de que el
propio individuo llegara a comprobar su estado de gracia, es decir, poniendo el
caso como ejemplo, de su posibilidad de tener acceso a la comunión, impartida en
pleno culto, el acto más decisivo para la posición social de sus participantes.
Estando expuesto el problema acerca del propio
estado de gracia, no era fácil en absoluto avenirse42* con el criterio de
Calvino, siempre reconocido, en principio siquiera, por la doctrina ortodoxa:
recurrir a la propia aseveración de la fe perdurable alcanzada en el individuo
por la gracia.43* Naturalmente, no podía lograrlo la cura de almas, que de
continuo debía enfrentarse con los suplicios que la doctrina producía en ellas,
debiendo servirse de varios expedientes para allanar las dificultades.44* Cuando
la interpretación de la doctrina no contenía demasiada libertad o bien no se la
mitigaba con palabras que pudieran significar el abandono de la misma,45* nos
encontramos con dos diferentes consejos propios de la cura de almas:
primeramente, el deber de considerarse elegido es un mandato, así como el de
rechazar toda duda, atribuida al diablo,46* acerca de ello, ya que la propia
seguridad limitada demuestra una insuficiencia de fe y, en consecuencia, una
acción insuficiente de la gracia. El consejo del Apóstol en el sentido de
“afianzarse” en la profesión que uno ejerce se le conceptúa ahora como un
compromiso para alcanzar en la lucha cotidiana la certeza objetiva de la propia
salvación y una prueba. En vez de aquel pecador humilde, sumiso, que ha recibido
la gracia acordada por Lutero, si con su arrepentimiento confía en Dios podía
ser santificado, ahora se modelan “santos” con personalidad propia,47* como los
que saltan a la vista personificados en determinados hombres de negocios del
capitalismo en su época y, aún actual mente como especímenes diseminados. En
segundo término, como el mejor modo de lograr la pretendida seguridad de la
gracia en cada quien, se procedió a la persuasión de tenerse que valer del
trabajo profesional permanente, única medida eficiente48* para apartar de sí la
duda religiosa y conseguir el indubitable estado de gracia propio.
El argumento en que se apoya la posibilidad de
estimar así el trabajo profesional, en calidad de medio apropiado para
contrarrestar la aflicción religiosa, se basa en ciertas armas propias del
sentimiento religioso promovido por las iglesias reformadas entre cuyas
manifestaciones sobresale con toda claridad (abiertamente contraria al
luteranismo) la doctrina relativa a la fe justificadora. Scheneckenbürger,49* en
su excelente ciclo de conferencias, analizó estas desigualdades con tanta
delicadez y precisa objetividad, que, lejos de hallar algún impedimento, nos
complacemos en seguir su exposición del tema, según veremos de inmediato.
En la práctica de los conocimientos que
alientan la piedad luterana (especialmente mientras la observamos evolucionar en
el transcurso del siglo XVII) destaca como la más sublime la unio mystica con
Dios.50* Conforme el significado del vocablo (ignorado por la Iglesia
reformada), es un sentimiento sustancial de Dios: el sentimiento de una
penetración real y verdadera en el alma creyente, con analogía de cualidades a
los efectos de la contemplación en los místicos alemanes que se distingue por su
calidad de pasivo, encaminado exclusivamente a saciar el vehemente deseo de
permanecer en Dios; en suma, el simple afecto que sólo se siente en el alma. Sin
embargo, una religiosidad con cariz místico, además de ser totalmente afín a un
sentido singularmente realista de la realidad de nuestro alrededor (lo cual
puede comprobarse en la historia de la filosofía), puede ser su más seguro
sostenimiento, por su falta absoluta de afinidad con las doctrinas dialécticas.
Además, existe la posibilidad de que la mística colabore, aun cuando de modo
indirecto, a la racionalización del comportamiento práctico. Pero como quiera
que sea, la relación con el mundo dispuesta por la mística, no incluye una
estimación efectiva del dinamismo exterior. De ahí la existencia en el
luteranismo del nexo de la unio mystica con un sentimiento profundo de
indignidad por el pe cado original que había de ser provechoso para que el
creyente luterano ejercitase con esmero la poenitentia quotidiana, para proteger
la inocencia y la humildad imprescindibles para el perdón de los pecados. Por el
contrario, la específica religiosidad reformada se declaró en los comienzos,
abiertamente opuesta, así sea frente a la pascaliana enemiga del mundo o hacia
esta religiosidad meramente sentimental e interna del luteranismo. El calvinista
no daba como aceptable una real penetración de naturaleza divina en el alma, por
la única trascendencia de Dios sobre lo creado: finitum non est capax infiniti.
La comunidad de Dios con sus preferidos únicamente podía establecerse y
advertirse cuando El “actuaba” (operatur) en sus almas, y ellos adquirían pleno
conocimiento de este fenómeno en tanto que su acción se derivaba de la fe
ejercida en ellos por la gracia divina y, a su vez, esa fe adquiría legitimidad
como ejercida por Dios debido a la naturaleza de aquella acción. Es así como, en
toda religiosidad práctica, podemos distinguir las dos maneras con objeto de que
cada quien pueda sentirse seguro de hallarse en estado de gracia:51*
considerándose como “recipiente” o como “instrumento” del poder de Dios. Con
respecto a la primera, la vida del hombre se inclinará hacia el ejercicio del
sentimiento místico; en cuanto a la segunda, estará propensa al proceder
ascético. Lutero se encuentra casi en el primer caso, mientras que el calvinismo
está integrado en el segundo. El reformado también pretendía alcanzar la eterna
bienaventuranza sola fide. Ahora bien, como sea que, de acuerdo con Calvino,
todos los sentimientos y estados anímicos, aun cuando aparenten ser hasta
sublimes, suelen resultar ilusorios,52* es necesario que la fe se verifique en
la objetividad de sus efectos, a fin de que pueda ser fundamento infalible a la
certitudo salutis, esto es: debe ser una fides efficax,53* y el llamamiento a la
salvación un effectual calling (según se dice en la Savoy declaration). Si se
plantea la cuestión de cuáles habrán de ser los hechos del reformado que
patenticen si la fe no está torcida, la respuesta es: el comportamiento del
cristiano que sea de provecho para acrecentar la gloria de Dios; y ¿qué clase de
comportamiento será éste? O se encuentra manifestado en la Biblia, o se deduce
de manera indirecta del orden de los fines de la naturaleza creada por Dios (lex
naturae).54* Particularmente, el estado de gracia llega a ser controlable
estableciendo una confrontación del estado de la propia alma, con el que,
conforme a la Biblia, era patrimonio de los elegidos es decir, los
patriarcas.55* Únicamente el elegido es poseedor de la fe efficax.56* Sólo él es
competente —merced a la regeneratio y a la consecuente santificatio de su vida
entera— para acrecentar la gloria de Dios por el hábito de realizar obras
buenas, no sólo en apariencia, sino auténticas. Y al venir en conocimiento que
su transformación
—en lo esencial, por lo menos, y en su asidua
intención (propositum obeedien tiae) se debe al poder que habita en él57* para
engrandecer la gloria de Dios —de suerte que no es únicamente querido, sino
actuado por el propio Dios—,58* entonces puede considerarse que obtiene el bien
supremo, anhelo máximo de la religiosidad: la garantía de la gracia.59* Y esta
posibilidad de lograrla se halla confirmada en la segunda epístola a los
Corintios, 13, 5.60* En consecuencia, las buenas obras no son absolutamente
adecuadas si se las conceptúa como recursos para alcanzar la bienaventuranza (ya
que el elegido es también naturaleza humana y toda su acción se halla
infinitamente lejos de los mandatos di vinos), pero, esto sí, en su calidad de
signos de la elección son absolutamente necesarias,61* por cuanto constituyen un
factor técnico que, aun cuando no patentiza la bienaventuranza, es favorable
para desasirse de la contrita ansiedad por alcanzarla. Entendido así, las buenas
obras son consideradas en el momento como “indispensables para la
bienaventuranza”,62* o bien como requisito de la possesio salutis63* y, al
respecto, la experiencia nos ha demostrado que a quien se ayuda Dios le
ayuda.64* En consecuencia —como ya quedó expuesto en su oportunidad—, el
calvinista elabora para sí65* su propia salvación, mejor dicho, la, seguridad de
ella. Ahora bien, esto no implica (como en el catolicismo) el hecho constante de
acumular buenas obras aisladas; conviene más pronto el propio control metódico
ante la alternativa que se presenta a diario de
¿elegido o condenado? Y, ahora, nos
encontramos situados en un paraje interesante, al que queríamos llegar en
nuestra exposición.
Es sabido que esta postura, siempre más
acusada66* en las iglesias y sectas reformadas, ha sido reconvenida más
abiertamente por los centros luteranos que la han tildado de santificadora de
las obras67* Y cuanto mas los atacados se empeñaban con justa razón en no
permitir que se establecieran analogías de su postura dogmática con la doctrina
católica, con más ahínco los atacantes encontraban algún fundamento en qué
apoyarse, calculando los resultados prácticos de la doctrina, los cuales podrían
pesar en el proceder proverbial del cristiano reformado,68* ya que,
posiblemente, jamás se le reconoció tanto valor estimativo como el que le daba
el calvinismo al infundirlo en sus adeptos. Para determinar el alcance práctico
de la “santificación de las obras”, nada hay más concluyente que el
discernimiento de las cualidades relativas al comportamiento, las cuales
difieren tanto en la vida del cristiano usual de la Edad Media, de acuerdo con
el somero análisis que de él podríamos hacer: en el medievo, el cristiano común,
visto en su aspecto ético, vivía “al día”.69* Antes que nada era fiel a sus
obligaciones tradicionales y llevaba a efecto, además, algunas “obras buenas”
que, por lo regular, lejos de constituir un cúmulo continuo de acciones
racionalizadas, que no eran fundamentales, así como tampoco estaban enlazadas
obligadamente a un específico modo de vida sino que estaban, más pronto,
efectuadas según fuere la ocasión, con el propósito, digamos, de reparar ciertos
pecados, así sea debido a la presión ejercida por parte del clero o
especialmente, al presentirse la hora de la muerte, como algo parecido a una
póliza de seguro. Claro está que la ética del catolicismo era “ética de la
intención”, si bien con respecto al valor de todas las obras, era su precisa
intentio la que decidía, así como cualquier acción, buena o mala, era
responsabilidad de quien la efectuaba, ejerciendo su influjo en su transitorio y
eterno destino. El criterio de la Iglesia era, así, realista; para ella el
individuo no constituye absolutamente una específica unidad que, además, pueda
ser valorada desde un solo ángulo. Por el contrario, regularmente, la conducta
humana resulta un tanto contradictoria, debido a la presión de motivaciones
opuestas. La Iglesia, evidentemente, también conminaba al individuo a que
tuviera como ideal la rotunda transformación de su vida; no obstante, esta
imperativa orden estaba condicionada, para el término medio de los hombres, a
una de las armas más pode rosas de efectiva educación: el sacramento de la
penitencia, que funcionaba en estrecha ligazón con la religiosidad católica en
su más singular característica.
Al deshacerse el “encanto” del género humano,
la supresión de la magia como instrumento de salvación70* no fue consuma da en
la religión católica con los mismos resultados que en la piedad puritana (o, con
anterioridad, en la judía). Los católicos71* podían disponer del don sacramental
de su Iglesia, para valerse de él con objeto de compensar su escasa suficiencia:
el sacerdote hacía las funciones de mago que llevaba a cabo el prodigio de la
transformación y que disponía de las llaves para el poder; el hombre podía
acudir a él con humildad y contrición, y aquél imponía penitencias e infundía
esperanzas de gracia, otorgaba el seguro indulto y afianzaba la fuga de la
tremenda aflicción, considerada por el calvinismo como un sino inflexible del
que no podía redimirse con la ayuda de nadie ni de nada; para él no existían
consolaciones afectivas y humanas, tampoco podía abrigar la pretensión,
siquiera, a semejanza del católico y hasta del luterano, de compensar los
momentos de flaqueza y desenfreno, mediante las “buenas obras”. Los calvinistas,
de acuerdo con “su” Dios, no se veían obligados a la realización de tal o cual
“buena obra”, antes bien a una santidad en el obrar a un alto nivel del
método.72* Ya no se menciona a la doctrina católica (y positivamente humana)
oscilante entre el pecado y la contrición, así como la penitencia, la descarga
de conciencia y la nueva caída del pecador; tampoco se fija para la vida un
saldo purificante por castigos temporales y que pueden ser anulados por la
intervención eclesiástica de la gracia. Así fue como el hombre común se
desprendió del sello anárquico e intermitente de su comportamiento ético,
remplazándolo ya por un planteamiento y una metodización del mismo. Ya no se
trata de una casualidad el hecho de que se aplicara el sobrenombre de
“metodista” a los partidarios del magno y postrer renacimiento de las ideas
puritanas en el siglo XVIII, de igual manera que en el anterior siglo se aplicó
el calificativo análogo de “precisistas”73* a sus predecesores en
espiritualidad, ya que el fruto de la gracia, el paso ascendente del hombre
entre el status naturae y el status gratiae, no podía conseguirse sin la
transformación del sentido de la vida en cada instante y en cada acción.74* El
“santo” encauzaba su existencia hacia un solo fin: la bienaventuranza. Por tal
razón, en el transcurso del tiempo, su vida fue, sin restricción alguna,
racionalizada y sometida a la única idea de acrecentar la gloria de Dios.
Ciertamente, el principio de omnia in majorem Dei gloriam jamás ha tenido tanta
importancia como entonces.75* Claro está que una vida entregada por completo a
la reflexión, era la única que podía ser considerada en un sentido de superación
del status naturalis. Los puritanos de aquel tiempo aceptaron el cogito ergo sum
como interpretación ética similar.76* La religiosidad reformada, pues, debe su
peculiar sello ascético a dicha racionalización, deduciéndose, al mismo tiempo,
la causa de una similitud tan profunda,77* así como de su determinada postura
antagónica al catolicismo, en la inteligencia de que a ésta ya no le resultaba
extraña.
Indudablemente, el ascetismo cristiano acogió
en su espíritu diversos matices, diferentes no sólo en sus manifestaciones ex
ternas, sino en su significado más profundo. Nos encontramos que en la
antigüedad y, asimismo, en la Edad Media, el ascetismo cristiano de Occidente se
distinguió siempre por un sello racional. En ello se apoya, justamente, el
significado histórico de la vida monástica occidental en contradicción frente a
la de Oriente (con algunas excepciones). De ese sello está impregnada la regia
de San Benito y, también, la de los cluniacenses, aún más se destaca en la orden
cisterciense y muy particularmente en la jesuítica, cuyo ascetismo se
independiza por igual de la anárquica evasión del mundo y de la incesante
aflicción por la virtud en sí, a fin de adquirir una sistematización del
proceder racional, y mejorar el status naturae, arrebatando al hombre del
dominio de los deseos irracionales y restituyéndole su libertad ante el mundo y
la naturaleza. Así quedaba testificada la preponderancia de una planificación de
la voluntad,78* se sujetaban sus actos al propio control constante, se educaba
(de una manera objetiva) al monje en calidad de trabajador al servicio del reino
de los cielos y (de un modo subjetivo) se le infundía, a su vez, la seguridad de
la salvación del alma. Veamos, pues, cómo este propio dominio incesante,
propósito explícito de los exercitia de San Ignacio y de las formas más elevadas
de las virtudes racionales monásticas,79* coincidía con la racionalización del
proceder obligado en el puritanismo.80* En el intenso repudio con que, en la
relación acerca de los interrogatorios de sus mártires, se enfrenta la glacial y
tranquila serenidad de sus confesores ante los desmanes, ante la desmedida
maraña de los nobles, de los clérigos en grado superior, de los servidores
públicos,81* sobresale el profundo aprecio del discreto propio dominino que es
símbolo, hasta en la actualidad, del gentleman inglés y angloamericano.82* En
nuestro común entender,83* el ascetismo puritano (a la par que todo ascetismo
“racional”) se esforzaba por hacer hombres aptos en la afirmación de sus
“motivaciones constantes” (en especial las de quien las infundía) ante los
“afectos”. Por consiguiente, trataba de educarlos como “personalidad” (dándole
al vocablo el sentido psicológico-formal). Contrariamente a lo que el común de
los individuos creía, el propósito era la posibilidad de estar alerta en la
vida, de que ésta se pudiera llevar clara y conscientemente, razón por la cual
era apremiante exterminar de raíz el goce indiferente de la espontaneidad vital,
y la manera más atinada de conseguirlo era estableciendo un orden en el
comportamiento de los ascetas. En las reglas monacales del católico existían
igualmente estas características84* con no menos exactitud que en los principios
del comportamiento calvinista.85* Tal sistematización de la vida del hombre es
el fundamento, en cualquiera de los casos, del excepcional poder libertador del
ascetismo, y demuestra que el calvinista era mucho más apto, comparado con el
luterano, para darle la consistencia más firme a la Iglesia reformada con
carácter de ecclesia militans.
Por otro lado, es fácil distinguir el arraigo
de la antítesis del ascetismo calvinista frente al medieval, esto es: la
supresión de los consilia evangélica y, en consecuencia, la transformación del
ascetismo sobrenatural en una ascesis estrictamente “profana”, de este mundo. No
se trata de que la vida “metódica” relativa al catolicismo hubiera permanecido
confinada a las celdas de los conventos; tal afirmación no sería admitida por la
teoría ni por la actividad del medievo. Sin embargo, siempre se ha hecho
hincapié en que no obstante la acendrada sobriedad ética del catolicismo, si la
vida no está supeditada a método moral no le es dado alcanzar los más grandes
ideales promulgados como válidos, inclusive para la vida en la tierra.86*
Pongamos como ejemplo la Orden Tercera de San Francisco: era un poderoso intento
de penetrar ascéticamente la práctica diaria de la vida, pero no fue tan solo el
único, como es bien sabido. Indudablemente, hay obras como la Imitación de
Cristo que, por su gran ascendiente en las almas, enseñan que el modo ejemplar
exigible en ellas, era estimado como algo por sobre del mínimo que bastaba de
ética del modo de vida usual, carente de disposiciones como las que el
puritanismo asentó después. Aparte de eso, cualquier intento de sistematización
en el comportamiento tenía que mediar en su camino la práctica de ciertas
instituciones religiosas, como las indulgencias, consideradas por tal razón, en
aquellos tiempos de la Reforma no sólo como un abuso circundante, sino también
como un mal en grado sumo. Sea lo que fuere, en la Edad Media, el monje era
quien, con singular excelencia, vivía en una religiosidad metódica. Por
consiguiente, el ascetismo era más capaz, cuanto más completo, de alejar al
asceta, debidamente, del mundo.87* Lutero comenzó por romper con ello;
Calvino,88* captándolo de aquél, hizo lo mismo. El primero, lejos de dejarse
llevar por “tendencias evolutivas” realizadas, se basó en sus propias
experiencias (previos titubeos, ciertamente, a la hora de los resultados
prácticos, pero luego con firme determinación, estimulado por la situación
política). A Sebastián Franck no le pasó por alto el meollo de esta forma de
religiosidad, al decir que lo clásico en la Reforma fue convertir en monje a
cada cristiano por todo lo que le quedaba de vida. De este modo, se levantaron
vallas para impedir la fuga ascética del mundo; des de entonces, los
temperamentos más firmes y apasionadamente íntimos, que siempre hubieron dado a
la institución monacal sus más relevantes figuras, se vieron precisados a
realizar con el trabajo profesional, sus aspiraciones ascéticas en el mundo. Sin
embargo, el calvinismo aporté algo más efectivo en el curso de su desarrollo: la
idea de que es menester verificar la fe en la vida profesional.89* De ahí, que
los espíritus con más religiosidad se vieron impelidos decididamente a
orientarse hacia la práctica ascética. Simultáneamente, el hecho de fundamentar
la ética profesional de la doctrina de la predestinación dio por resultado el
reemplazo de la aristocracia espiritual de los monjes, que se su cedía fuera y a
espaldas del mundo, por la de los santos en él; siendo aquélla la de los
predestinados por Dios desde la eternidad,90* vivía, con su character
indelebilis, ajena e indiferente al resto de los mortales, sentenciados también
desde la eternidad, hundidos en un abismo insondable, mayormente tenebroso
cuanto más profundo e inaccesible,91* a la manera de como aquellos enclaustrados
del medievo se encontraban de fuera substraídos del mundo. En todas las
relaciones y sentimientos socia les se reflejaba la quimera de este abismo, ya
que, tales favorecidos por la gracia, los elegidos y, por ende, santos, sin que
reconocieran su propia flaqueza, no veían con indulgencia el pe cado cometido
por los demás, antes bien, sentían odio y menos precio por el que se mostraba
como adversario de Dios, que llevaba consigo el sello de la sentencia para toda
la eternidad.92* En ocasiones, debido a la exacerbación de este sentimiento, se
originaban nuevas sectas. Tal es el caso cuando —a semejanza de la formación de
las direcciones “independientes” del siglo XVII— la creencia propia del
calvinismo acerca de que la gloria de Dios obligaba supeditar a su ley a los
condenados, por la mediación de la Iglesia, en esta tesis opuesta: admitir en la
grey divina a un impuro, participante en los sacramentos o que, en calidad de
pastor, los administre, constituye un agravio a Dios,93* es decir: que eso se
produjo en el momento en que apareció el concepto donatista de la Iglesia, como
resultado de la idea de la comprobación de la fe (tal es el caso de los
calvinistas bautizantes); en suma, allí donde no se llevó adelante el postulado
de la Iglesia “pura”, en calidad de agrupación de los comprobados como
regenerados. Con esta tentativa de confinar a los cristianos regenerados,
imposibilitados para los sacramentos, brotaron diferentes sectas y se llevaron a
efecto varios cambios en las constituciones eclesiásticas, destinándose a los
primeros para el gobierno de la Iglesia (consolidándoles, por lo me nos, una
situación privativa) y señalándose únicamente a los pastores regenerados con
derecho a la admisión.94
Claro está que este comportamiento ascético
heredó de la Biblia la medida que indudablemente requería, y ella fue su in
cesante guía. Y lo que más despierta nuestro interés en esta “bibliocracia” con
tanta frecuencia reseñada acerca del calvinismo, es el hecho de que en el
Antiguo Testamento se destaca una dignidad semejante a la del Nuevo, en virtud
de que en ambos, los preceptos emanaban de la misma inspiración (sin considerar
los que se referían, de un modo exclusivo, a la situación histórica de los
judíos, o los que fueron abolidos por Cristo). Para aquellos hombres con fe, la
ley representaba el ideal de una regla a seguir, imposible de poderse realizar
por entero, si bien plenamente válida,95* en tanto que Lutero había exhortado en
sus comienzos a liberarse de la sujeción de la ley como prerrogativa del
creyente.96* En el ánimo firme del calvinismo se tras luce el predominio de la
filosofía hebraica, con toda su sobriedad, impregnada a un tiempo del
sentimiento de lo divino, que tomó su forma más precisa y clara en los escritos
predilectos de los puritanos: las sentencias de Salomón y en la mayoría de los
Salmos, en donde se advierte un específico sello racional. A Sanford97* le
asistía la razón, inculpando al Antiguo Testamento del influjo ejercido sobre la
propensión a reprimir la presencia de matices místicos y principalmente
sentimentales de la piedad. Como quiera que sea, este racionalismo del Antiguo
Testamento tenía un sello tradicionalista y petit bourgeois, y no debe ser
tomado únicamente en cuenta el vigoroso pathos de los profetas y muchos salmos,
sino los factores que sirvieron ya en la Edad Media como base al
desenvolvimiento de la específica piedad emotiva.98* Por último, pues, aquellos
elementos de la piedad hebraica hacia los cuales se sentía más atraído el
carácter ascético propio del calvinismo, fueron los que éste escogió para mejor
asimilarlos.
La similitud exterior entre la sistematización
del comporta miento moral que corresponde al protestante calvinista y la
racionalización de la vida en el católico se encuentra en la manera como el
cristiano puritano “preciso” llevaba el constante control de su estado de
gracia.99* La religiosidad católica moderna implantada por los jesuitas, sobre
todo en Francia, y los más estrictos centros eclesiásticos reformados,
coincidían en la costumbre de llevar la cuenta de los pecados, las tentaciones y
los frutos cosechados en la gracia, anotando la síntesis en el libro diario
religioso;100* sin embargo, en tanto que el católico se valía de este libro para
una cabal confesión, o bien al ponérsele en conocimiento del directeur de l’áme,
a éste le servía de fundamento para extremar el principio de autoridad en la
dirección del cristiano (y aún más de las cristianas), el creyente reformado “se
tomaba el pulso” con él, sin otra ayuda que la propia. Los teólogos moralistas,
especialmente los de cierta importancia, se refieren a este libro. El propio
Benjamín Franklin nos da un ejemplo clásico al contabilizar en forma de sinopsis
y como estadística, los progresos por él logrados en cada una de las
virtudes.101* Por otro lado, la idea medieval, ciertamente notable, de la
contabilidad divina fue en extremo ponderada por Punyan hasta el punto de
entablar una desagradable comparación entre el pecador y Dios, semejante a la
que media entre el parroquiano y el tendero (shopkeeper): aquel que cae en el
fango, podrá ir pagando, como quiera que sea, con el fruto de todos sus méritos,
los intereses corrientes, pero jamás el valor global del adeudo.102*
Posteriormente, el puritano además de controlar su propio comportamiento,
verificaba el proceder de Dios, con cuyo dedo señalaba hasta los más invisibles
intersticios entre él y su vida: de ahí, en oposición de Calvino, podía hallar
la razón de que Dios hubiera determinado previamente esto o aquello. El hecho de
santificar así la vida, admitía que se le reconociera un cariz semejante al de
una operación comercial.103* El resulta do de esta sistematización del
comportamiento moral, impuesta por el calvinismo (mas no por el luteranismo),
era una profunda cristianización de toda la existencia, y en esto estriba,
precisa mente, el sello más determinante de la reforma calvinista. De ahí que,
donde fuera que se reprodujese dicho sello, podía ser ejercido el mismo influjo
sobre la vida, y toda confesión religiosa que abrazara como vital la idea de
verificar la fe, habría de tener, en igual sentido, un gran ascendiente moral.
Hasta aquí venimos incursionando en el campo
de la piedad calvinista, y es por eso que hemos considerado la doctrina de la
predestinación previamente supuesta como principio dogmático de la ética
puritana, es decir, como proceder ético racionalizado metódicamente. Pero,
reconocemos que, en efecto, este principio fue el mismo hasta fuera del ámbito
de las ramas religiosas más rigurosamente fieles a la doctrina de Calvino; nos
referimos a los “presbiterianos” que se constituyeron en la piedra angular de
toda la doctrina reformada, principio aceptado tanto en la soberana Savoy
declaration de 1658, como en la Hanserd Knollys confession bautizante de 1689;
también en el seno del metodismo, John Wesley, el talentoso organizador del
movimiento, se mostró abiertamente partidario de la universalidad de la gracia.
Sin embargo, Whitefield, el consumado agitador entre los de la primera
generación metodista y su pensador más consecuente, y, también, los seguidores
de Lady Hutington, los cuales por cierto tiempo ejercieron su gran influjo, se
fundamentaban en el “particularismo de la gracia”. En la cúspide de su esplandor,
esta doctrina fue el pilar en que se apoyaron, durante la etapa decisiva del
siglo XVII, aquellos solícitos representantes de la “vida santa” que encarnaban
la idea de ser instrumentos de Dios y operantes de sus designios
providenciales,104* y la que pudo contener la postración prematura de la
espiritualidad en una satisfacción de las acciones encauzadas en el sentido
exclusivamente utilitario y terrenal, que no habría sido capaz de asumir tan
excepcionales sacrificios en favor de propósitos tan idealizados e irracionales.
Y el acoplamiento de la fe en normas absolutamente válidas, con el categórico
indeterminismo y la total penetración de la divinidad (efectuada a su modo, tan
genialmente), era de un “modernismo” mucho más acendrado en principio que
aquella otra doctrina más lisa y de mucho más fácil acceso para el sentimiento
que supeditaba el propio Dios a la ley moral. Pero, era preciso que estudiáramos
la idea de la comprobación de la fe (de capital importancia para nuestra
exploración, a fin de tratar, psicológicamente, acerca de la moral metódica) en
la doctrina, justamente, de la predestinación y su trascendencia práctica para
la vida, por ser la forma más razonable de la misma. Y esta idea, por cuanto que
es el guión de enlazamiento entre la fe y la moral, vuelve a mostrarse con
similar estructura y distintos nombres, tema de posterior estudio. Los
inevitables resultados de esta doctrina dentro del protestantismo, en el
comportamiento moral de sus adeptos, establecieron la más tajante antítesis de
la relativa incompetencia de la moral luterana. Si con el arrepentimiento, el
luterano podía fácilmente recuperar la gratia amissibilis, era imposible que
anidara el menor ímpetu dirigido, a lo que consideramos el mejor fruto del
protestantismo ascético, esto es: la racionalización metódica de la vida
moral.105* La religiosidad luterana dejó, ciertamente, el paso libre al vigor de
los impulsos y sentimientos naturales, pues no poseía el ímpetu interior para el
propio control continuo y la planificación regulada de su existencia, que
distingue a la tenebrosa doctrina calvinista. Lutero, religioso genial, vivía
indiferente a este clima de magnificencia, sin recelar una recaída en el status
naturalis, confiado en el brío de sus propias alas. El estilo llano, sutil y
sentimental de la religiosidad, que dio realce a varios de los más leales
representantes de la doctrina luterana (de igual manera que su ética exenta de
ley), en raras ocasiones halló equivalencia en los genuinos puritanos; sin
embargo, la encontró en representantes del anglicanismo atenuado, tales como
Hooker, Chillingsworth y algunos más. En cuanto a otras consideraciones, al
luterano común, incluido el virtuoso, le asistía la seguridad de que tan solo
ocasionalmente había sido arrebatado del status naturalis, debido al hecho de la
confesión y la prédica en cada uno de los casos. Es conocida de todos la
diferencia, que tanto interés despertaba, entre el standard ético de las Cortes
reformadas y el de las luteranas, envilecidas con frecuencia por el abuso de la
bebida y la rudeza,106* y por el mínimo provecho que el clero luterano pudo
lograr mediante la sola predicación de la fe, con respecto a la marcha ascética
de los bautizantes. El “encanto” y la “naturalidad” que distingue a los alemanes
ante el inflexible estilo vital que se advierte en los angloamericanos hasta en
su aspecto fisonómico, de resultas de ese continuo recelo a la recaída en el
estado de naturaleza, a lo cual no están en absoluto sujetos aquellos alemanes,
tildándolo de inflexibilidad, falta de independencia y esclavitud interior, es
en donde radica, precisamente, la diferencia entre dos tipos de conducta ética
opuesta, ya que el luteranismo no tiene capacidad para dar a la vida del hombre
un sentido ascético. En los sentimientos expuestos queda al descubierto la
aversión que contra lo ascético siente el hijo del mundo que vive indiferente a
él. El luteranismo, con su apego a la doctrina de la gracia, impedía en el
individuo el ímpetu anímico a metodizar su comportamiento, racionalizándola
conforme a un sistema. En cuanto a otras reflexiones al respecto, ya
comprobaremos que este ímpetu ascético podía derivarse de motivaciones piadosas,
de distintas naturalezas, entre las cuales podía ser posiblemente la doctrina de
la predestinación, aunque no era tan solo, esencialmente, de una gran
trascendencia, sino que causó un sorprendente efecto anímico de gran
magnitud.107* Aparte el calvinismo, los movimientos ascéticos conceptuados
únicamente desde el aspecto de la motivación piadosa de su ascetismo, se
manifiestan, pues, como atemperantes de la coherencia clásica del calvinismo.
En la objetividad histórica, por su parte, en
muchos de los casos, la imagen reformada del ascetismo sirvió como modelo para
ser imitado por los demás movimientos ascéticos, o de utilidad comparativa, o
como suplente en el desenvolvimiento de los principios que se apartaban de ella,
o la superaban sencilla mente. Sin embargo, en algunas ocasiones, a pesar de la
diferencia en la base dogmática de la creencia, los resultados eran los mismos
en el orden ascético; eso era debido al predominio que ejercía la constitución
eclesiástica,108* como quedará demos trago en otro momento.
De un modo histórico, la idea de la
predestinación representa el inicio de aquella dirección ascética a la que
comúnmente se la suele llamar “pietismo”. Ahora bien, en tanto que este
movimiento permaneció dentro de la Iglesia reformada, no es nada fácil trazar
con precisión un límite entre los calvinistas pietistas y aquellos que no lo
eran.109* Pero sí se puede afirmar que entre los pietistas han quedado incluidos
los más destacados representantes del puritanismo, y, claro está, es del todo
lícito considerar como una continuidad pietista de la legítima doctrina de
Calvino a las tentativas de establecer conexión entre la idea de la
comprobación, así como de la doctrina de la predestinación, con el deseo de
adueñarse de una certitudo salutis subjetiva. El inicio del revival ascético
dentro de las comunidades reformadas fue enlazado las más de las veces,
principalmente en Ho landa, a un renacimiento de la doctrina de la
predestinación, entregada casi al olvido, o sumamente atenuada; por donde, en
Inglaterra no es costumbre en tales casos valerse del concepto “pietismo”.110*
Sin embargo, constituía, inclusive el pietismo continental reformado (en los
Países Bajos y en la Baja Renania), al igual, por ejemplo, que la piedad de
Bailey, una alteración extrema del ascetismo reformado: hasta tal punto se
insistió en la praxis pietatis que el recuerdo de la fe en los dogmas se fue
borrando o no inspiré más que indiferencia. No dejaba de ser factible que los
predestinados se vieran asaltados tanto por equívocos dogmáticos, como por
pecados de otra índole, y la experiencia demostraba que de un número
considerable de cristianos confundidos en teología dogmática se cosechaban los
frutos más óptimos de la fe, en tanto que la propia sapiencia teológica no
llevaba en sí ninguna seguridad de la regeneración.111* En este caso, el
conocimiento de la teología no ofrecía ninguna seguridad de elección.112* De ahí
que el pietismo se dio en principio sin esperanza en la Iglesia de los
teólogos,113* a la que siguió siendo oficialmente fiel, lo cual es lo mucho que
la caracteriza, dedicándose sólo a reunir a los adeptos de la praxis pietatis en
“conventículos” desligados del mundo:114* pretendía que descendiese a la tierra
y hacer visible en ella la Iglesia invisible de los santos, pero no derivé en
secta; simplemente se avino a buscar un refugio en donde pudiera deslizarse la
vida garantizada contra cualquier influjo terrenal, conducida por la voluntad de
Dios hasta en el más ínfimo pormenor, para afianzarse así la propia
regeneración, inclusive en las peculiaridades del comportamiento externo. De tal
manera, las ecclesiola de los convertidos realmente ya podían lograr la
bienaventuranza en esta vida, pues la comunidad con Dios quedaba establecida con
la práctica ascética (que, además, era lo natural en toda forma de pietismo
verdadero). Esta ambición guardaba alguna similitud con la unio mystica luterana
y reforzaba cierto poder del aspecto sentimental de la religión, por lo que,
seguramente, la hacía más accesible al cristiano medio reformado. Conforme
nuestro modo de considerar el asunto, podríamos decir que en ello estriba la
característica del pietismo dentro de la Iglesia reformada, pues, ciertamente,
el factor sentimental de la religiosidad, sin relación alguna con la primitiva
piedad medieval, conduce a la práctica de la religión por la ruta del deleite
terrenal de la felicidad, alejándola de la contienda ascética tras la seguridad
de un futuro en el más allá. Ahora bien, este factor sentimental adquirió tal
excitación que, en ocasiones, dio señales de histerismo, y, prontamente, debido
a la sucesión (evidenciada por diversos casos expuestos al estudio neuropático)
de situaciones sobrenaturales de éxtasis religiosos, con fases de inanición
nerviosa y “aleja miento de Dios”, se obtuvo el efecto contrario a la severa y
brutal disciplina que imponía al individuo la existencia santa y metódica del
puritano: la liberación de la temperancia que preservaba la personalidad
racional del calvinismo, ante sus “afectos”.115* Asimismo, el concepto
calvinista de la ruindad de todo lo creado podía ser capaz de exterminar
totalmente el vigor de la vida profesional;116* y la idea de la predestinación
podía convertirse en fatalidad cuando los efectos y los sentimientos la tomaban
de pretexto para apropiarse de ella en contradicción a las tendencias propias de
la piedad calvinista racional.117* Por último, la propensión de los santos a
retraerse del mundo podía llevar (dado el caso de que ella derivase en una
crisis sentimental) a organizar la sociedad en un sistema semicomunista, tomando
como ejemplo el monástico, hacia el cual el pietismo ha mostrado siempre cierta
inclinación, inclusive dentro de la Iglesia reformada.118* Pero, en tanto no se
llegó a este máximo resultado en que habría desembocado el abuso del
sentimentalismo religioso, mientras el pietismo reformado quedó conforme con
asegurarse la bienaventuranza, con la actividad profesional efectuada en el
mundo, el único resultado práctico de los principios pietistas fue un control
ascético del proceder profesional aún más riguroso y un enraice religioso más
profundo de la ética profesional, del que podía tener la sola “honradez” de los
cristianos reformados normales, los cuales eran considerados por los pietistas
“finos” como cristianos de segunda clase. La aristocracia piadosa de los santos
(que durante el desarrollo ascético reformado fue dando a conocer sus
miramientos en la conducta siempre más marcados a medida que más se le tomaba en
serio), se convirtió, prontamente, en objeto de voluntaria organización
(precisamente en Holanda) por medio de conventículos, en tanto que en el
puritanismo inglés propició la distinción formal entre el cristiano activo y el
pasivo en la constitución de la Iglesia, así como a la formación de otras
sectas.
Dentro del luteranismo alemán surge otra
dirección pietista; sus hombres representativos son: Spener, Francke y
Zinzendorff, los cuales nos desvían de la senda de la predestinación, si bien no
precisamente, de un círculo de ideas cuya coronación, por así decir, constituía,
según lo confirma el gran ascendiente calvinista angloholandés, que se trasluce
en Spener, y las lecturas de Bailey en sus primeros conventículos.119* El
pietismo, desde nuestro personal punto de vista, diríamos que constituye,
simplemente, la “ascetización” de la conducta, mediante el sistemático ejercicio
y control, y no precisamente de la piedad calvinista.120* Sin embargo, el
luteranismo juzgaba este ascetismo algo impropio para él, por cuyo único motivo
la doctrina pietista alemana se definió inconsecuente. Con el fin de emitir una
base dogmática al proceder religioso sistemático, Spener elabora una combinación
de conceptos luteranos y determinadas conclusiones reformadas de considerar como
“buenas” las obras realizadas con el propósito de “glorificar a Dios”121* y con
la convicción también reformada de los regenerados puesta en la posibilidad de
obtener cierto grado de cristiana perfección.122* Mas, ahondando, a la doctrina
le faltaba cohesión: Spener, bajo el influjo de los místicos, intentó exponer
más que fundamentar, el sello sistemático del comportamiento cristiano
(principal matiz de su piedad), haciéndolo muy superficialmente, si bien en
hondo sentido luterano.123* La certitudo salutis no fue, pues, efecto de la
santificación, de la verificación de la fe, sino del concepto luterano de la
vinculación por la fe, con mucha más laxitud que aquella que le precedió.124*
Bien que, dentro del pietismo, generalmente, el factor ascético-racional sostuvo
la superioridad por encima del factor sentimental y, claro está, las ideas que
hemos destacado como primordiales: en primer lugar, que la señal del estado de
gracia reside en el desarrollo de la propia santificación en el sentido de un
afianzamiento y culminación, que pueden ser controlados por la ley125* y, en
segundo, que la pro videncia divina es la que “opera” en el individuo
irreprochable, cuya probada constancia y regularizada meditación lo evidencia
plenamente.126* Asimismo, A. H. Francke consideraba que para el trabajo
profesional no había otro medio más excelso que el ascético;127* tanto él como
los puritanos creían profundamente que Dios bendice a los suyos concediéndoles
el triunfo en su trabajo. Y en substitución del doble decreto, el pietismo se
valió de ideas que, casi sin diferencia, afianzaban una aristocracia de los
regenerados en base a la gracia, con iguales consecuencias de orden psicológico
que las ya analizadas cuando hablábamos del calvinismo.128* Ello fue también la
causa, por ejemplo, de que el “determinismo”, imputado sin razón al pietismo por
sus impugnadores,129* es decir, el hecho de suponer que la gracia fue ofrendada
a todos, en general, si bien era cada uno que podía recibirla por única vez o
exclusivamente en un momento dado de su vida;130* así, pues, el universalismo de
la gracia no era de ninguna utilidad para aquel que no había sido capaz de
aprovechar la oportunidad del momento, de ahí que en la doctrina calvinista se
le considerara como olvidado por Dios. La tesis sus tentada por Francke (captada
de sus experiencias personales) era muy afín a dicha teoría, habiéndose
expandido mucho y aun dentro del pietismo por mucho tiempo. Conforme ella, la
gracia únicamente podía “irrumpir” en aisladas y muy especiales manifestaciones,
después de una “lucha expiatoria”.131* Ahora bien, siendo que de acuerdo con los
pietistas no todos estaban apercibidos para esa prueba, pese a que debía
producirla mediante el método ascético, el regenerado no dejaba de considerar
como cristiano pasivo a quien era incapaz de realizarla. Por otro lado, la
institución de un sistema de lucha expiatoria originó, también, que la
organización racional humana se valiera de la consecución de la gracia. De esta
excesiva preferencia de la gracia se deducen las objeciones contra la confesión
en privado, por parte no de todos pero sí de la mayoría (así, Francke) de los
pietistas; prueba de ello la tenemos en Spener con sus in cesantes dudas a las
cuales tanto les debe que lo minaran hasta las raíces aun en el luteranismo,
pues lo decisivo acerca de la legítima absolución era el efecto evidente de la
santificación ejecutada por la gracia; no era, pues, factible conformarse simple
mente con la contritio para concederla.132
El hecho de que uno pudiera realizar su propia
valoración religiosa induce a Zinzendorff a la remota idea del “instrumento de
Dios”, no obstante sus titubeos ante las embestidas de la ortodoxia. En cuanto a
lo demás, penosamente podemos afirmar, sin incurrir en un error, cuál habrá sido
la postura ideológica de tan extraordinario “dilettanti piadoso”, al decir de
Ritschl,133* el cual solía atribuirse la representación del “tropo
paulino-luterano” frente al “tropo pietista-jacobeo” de apego a la ley. Sin
embargo, esa hermandad que el propio Zinzendorff aceptó, fomentándola muy a
pesar de su acendrado luteranismo,134* de muestra un sentimiento, a través de
sus documentos notariales del 12* de agosto de 1729, semejante, en muchos
matices, a la aristocracia calvinista de los santos.135* De igual manera existen
analogías en la transferencia, motivo de polémicas, de la jurisdicción de la
comunidad a Cristo, el 12* de noviembre de 1741. De los tres sentidos
tropológicos de la comunidad, era el calvinista y el moravo que, desde los
comienzos, se inclinaron hacia la reforma de una ética profesional. Zinzendorff
también se enfrentó a John Wesley, con un sentido netamente puritano, para
expresar la opinión de que era factible reconocer la propia justificación, pues
de no ser por el mismo justificado, al menos por los demás, considerando las
particularidades del cambio.136* Sin embargo, el factor sentimental,
independientemente, desempeñó una magna misión en la piedad morava y, de manera
especial, Zinzendorff puso todo su personal empeño en rechazar las tendencias
ascéticas de la santidad puritana137* dentro de su hermandad, dando a la
santificación de las obras una interpretación de carácter luterano.138* Tras la
condena de los con ventículos y en pleno uso de la confesión, se apeló
nuevamente al concepto luterano de los auxilios sacramentales para la salvación
del alma. Fue así cuando la tesis propia de Zinzendorff logró hacer efectivo su
propósito, es decir: que la sencillez del sentimiento piadoso es el reflejo de
su verdad (como puede serlo el empleo de la suerte como vía de manifestación de
la voluntad divina), desviando de tal manera el racionalismo del comportamiento
que, hasta donde fue posible que llegara la influencia del conde,139* aquellos
elementos sentimentales, antirracionales de la religiosidad moravia expulsaron
de raíz a los demás, del pietismo alemán.140* El enlace de la moralidad con la
remisión de los pecados en la Idea fidei fratrum que tenía Spangenberg es de
tanta laxitud como la que domina en todo el luteranismo.141* El repudio qué a
Zinzendorff le asalta con respecto a la aspiración metodista de la perfección,
corresponde (tanto por parte suya como en relación a otro caso cualquiera) a su
ideal esencialmente eudemonista cuya aspiración es la bienaventuranza (él la
llama “felicidad”) sentida por el hombre ya en esta vida,142* en vez de
obligarle al trabajo racional para gozarla en el más allá.143* No obstante,
siempre habitó en él la idea de que el valor privativo de la hermandad,
contrariamente al sentir de las demás iglesias, se halla sin remedio en la
actividad de la vida cristiana, en el cometido y, por consiguiente, en el
trabajo profesional.144* Por otro lado, considerando las ventajas de la
racionalización,145* ésta era, conforme el pensamiento de Zinzendorff, el
principal factor de la manera como él concebía la vida, y ello, no sólo como
idea suya, sino de otros representantes del pietismo, era el resultado del
categórico extravío de toda especulación filosófica, (indeseable para la fe) y
la consecuente predilección por el conocimiento particular empírico;146* de ahí
se deduce, al mismo tiempo, la intención política del propagandista profesional.
La hermandad, en su carácter de eje de la misión, era, a la vez, una empresa
comercial, conduciendo de aquel modo a sus afiliados por el camino del ascetismo
profano que además propone tareas a la vida y, por ende, la educa, sujetándola a
un programa. Tropieza, sin embargo, con un obstáculo, esto es: con la
glorificación (cuyo modelo está en la vida del misionero apostólico) del carisma
de la pobreza de los “discípulos” por Dios elegidos,147* comparable, en la
práctica, a una revalorización de los consilia evangélica. Puede decirse que
ello contuvo la elaboración de una ética profesional racional semejan te a la
calvinista, si bien no constituyó una valla infranqueable, como lo patentiza la
modificación del movimiento bautizante, sino que se la preparó íntimamente con
la idea de una tarea ejercida únicamente “por la propia profesión”. Como quiera
que sea, advertimos en el pietismo alemán, considerado desde nuestro peculiar
punto de vista, una falta de segundad, un titubeo en el enlace religioso de su
ascetismo, contrastante con la inflexible consecuencia del calvinismo, motivada
por ascendientes luteranos y debido al cariz sentimental de su piedad. Claro
está que a este elemento sentimental no debe atribuírsele el sello específico
del pietismo comparándolo con el luteranismo,148* pero, frente al calvinismo, el
nivel de racionalización de la vida era muy inferior, ya que al impulso interior
del pensamiento en el estado de gracia para siempre más controlable (esto es:
que garantiza la vida del más allá) se le hizo cambiar su dirección,
encauzándole hacia lo presente. Así, en vez de la propia seguridad perseguida
por el predestinado a base del positivo trabajo profesional continuo, surge una
modestia y un temor en el ánimo,149* producido por el enardecimiento
sentimental, en base a la mera experiencia íntima, así como a la práctica de la
confesión, mal vista por el pietismo, pero consentida por el luteranismo.150*
Así, pues, todo ello constituye la evidencia de cómo e1* luteranismo busca, a.
su manera, la salvación, considerando más primordial la “remisión de los
pecados” que la “santificación” práctica. Aquel anhelo racional, prescrito para
lograr y de terminar el conocimiento práctico de la bienaventuranza en el más
allá se ve, ahora, sustituido por el impulso irresistible de establecer la
reconciliación con Dios y la comunicación con El en lo presente, es decir, en
esta vida. De igual modo que en el estado económico la tendencia al placer está
reñida actualmente con la estructura “racional de la economía”, fundamentada en
la obsesión por el mañana, en el ámbito de la vida religiosa ocurre algo
parecido. Queda, pues, notablemente comprobado que la orientación de aquel
impulso religioso, con el cariz de íntima afección que hoy se le da, llevaba en
sí una mira, aun cuando débil, de racionalización del obrar en esta vida,
semejante a la necesidad de la “comprobación” de la fe en los “cánticos” re
formados dirigida hacia lo futuro, en tanto que con respecto a la creencia del
luterano ortodoxo, apegado, según la tradición, a la palabra y los sacramentos,
era capaz de desplegar una sistematización al máximo del comportamiento piadoso.
Conjunta mente, el desarrollo del pietismo, desde Spener y Francke hasta
Zinzendorff, tomó una dirección siempre más tenaz hacia el factor sentimental.
Sin embargo, la propia “inclinación evolutiva” no se manifestaba con ello; por
el contrario, las diferencias se debían a los diversos ambientes piadosos y
sociales de los cuales provenían sus más respetables representantes. Después de
lo dicho ya no es posible empeñarnos más en pormenores, así como tampoco nos es
dado hacer referencia a la manera de manifestar- se, en cuanto a la distribución
geográfica y social, característica propia del pietismo alemán.151* Hemos de
limitarnos a seña lar que este sentimiento del pietismo fue afinando su perfil
en pausados cambios ante el proceder piadoso del santo puritano. Si intentamos
puntualizar, aun cuando transitoriamente, esta diferencia, diremos que las
virtudes que el pietismo podía fomentar eran de diferente índole que aquellas en
las que podía ejercitarse el funcionario “que obraba con probidad”, el empleado,
campe sino o artesano,152* así como el patriarcal amo, con la sencillez grata a
Dios (al estilo de Zinzendorff), en tanto que el calvinismo da la impresión de
encontrarse más cerca del glacial espíritu jurídico y dinámico de los
empresarios burgueses capitalistas.153* Finalmente, el pietismo sentimental era
pusilánime, una ñoñería —ya observada por Ritschl—154* para leisure classe. Esta
demostración no es exhaustiva, pero podemos valer nos de ella para comprender,
inclusive, determinadas diferencias en materia de economía entre los pueblos que
se han sentido dominados por el influjo ascético, ya sea de una o de otra de
esas dos direcciones.
El enlace de la piedad sentimental y, al mismo
tiempo, ascética con la diferencia progresiva y hasta el rechazo hacia los
principios dogmáticos del ascetismo calvinista, es provechoso también para
determinar los atributos peculiares del otro aspecto del pietismo continental:
el metodismo.155* No es nada difícil aquilatar, por su mismo nombre, el
desagrado que sus adeptos causaban en la gente de su época: la “metodización”,
es decir, que se ajustaba a un rígido sistema en su tenor de vida para, así,
lograr la certitudo salutis que es lo que nunca dejó de interesar y a cuyo
alrededor giraba toda la propensión religiosa. La afinidad con el pietismo
alemán — de la que no cabe duda a pesar de todas las diferencias—, en alguna de
sus direcciones,156* sale a relucir en el hecho de que el “método” fue adaptado
con la precisa intención de producir el acto sentimental de la “conversión”.
Principalmente en tierras americanas, el sentimentalismo (encarnado en John
Wesley por ascendientes moravo-luteranos) adoptó un intenso colorido emocional,
puesto que, desde sus comienzos, la aspiración metodista consistía en el
desempeño de una misión sobre el más nutrido conjunto de personas. La irascible
lucha expiatoria hasta el colmo de los éxtasis, entablada particularmente en el
“banco de la angustia” en América, inducía a confiar en la inmerecida gracia de
Dios y, a la vez, a tener conciencia de la justificación y la reconciliación.
Semejante pie dad sentimental, superadas ciertas luchas internas, efectuó un
singular vínculo con los principios ascéticos cuyo carácter racionalista estaba
grabado de manera permanente por el pietismo. En oposición al calvinismo, que
tomaba a engaño todo lo emotivo, fue considerada como la sola base
incontrovertible de la certitudo salutis, la seguridad absoluta del preferido,
mientras que por él fuera sentida, emanada de la autenticidad directa del
espíritu y en tanto que a todas horas pudiera probar su origen. De acuerdo con
la doctrina de Wesley (consistente en un nuevo vigor de la doctrina de la
santificación, al mismo tiempo que un contundente despego de su idea ortodoxa),
al preferido ya le era posible adquirir en este mundo, por el poder de la
gracia, la conciencia de la perfección, en un sentido de pureza, debido a un
segundo fenómeno interno, que solía ser independiente del primero y con más
frecuencia de súbito, esto es: la “santificación”. Comúnmente, alcanzar esta
meta es difícil (a no ser al término de la vida); sin embargo, es necesario
desearlo con toda lealtad, pues ella es definitivamente la que afianza a la
certitudo salutis y la regocijante seguridad, en vez del áspero prejuicio de los
calvinistas,157* siendo ella la que, en toda coyuntura, habrá de justificar al
auténtico convertido ante sí y ante los demás, puesto que siquiera los pecados
“dejaron de dominar en él”. No obstante la significación determinante del
autotestimonio del sentimiento, la necesidad del proceder santo, inspirado en la
ley, no cayó en el olvido. Mientras Wesley arremetía contra la justicia de las
obras de su época, lo que en realidad hacía era revivir la antigua idea puritana
acerca de que las obras no constituyen la base verdadera, sino únicamente la
cognoscitiva del estado de gracia, y, además, condicionadas ad gloriam Dei,
exclusivamente. Claro está que el correcto comportamiento de por sí no puede
lograr esto. Wesley ya lo había experimentado en él: debía agregarse el
sentimiento de gracia. En algún momento dado él llegó a conceptuar las obras en
calidad de “condición de la gracia”, y hacía hincapié, en la declaración del 9*
de agosto de 1771,158* en que no puede ser buen creyente aquel que no realiza
ninguna buena obra. El metodismo se esforzaba en destacar que aquello que los
diferenciaba de la Iglesia oficial, era la práctica de la piedad, y no la
doctrina. En el Evangelio de San Juan se encuentra asentado el valor del “fruto”
de la fe; y el comportamiento fue considerado como explícito signo de la
regeneración. No obstante, las dificultades no se hicieron esperar:159* este
desplazamiento de la certitudo salutis desde la conciencia de la gracia, en
permanente y reanudada comprobación inmediata, al propio comportamiento
ascético, al sentimiento consecutivo de la gracia y la perfección160* —ya que la
seguridad de la perseverancia venía a enlazarse a cada una de las luchas
expiatorias— puede significar para el metodista adicto a la doctrina de la
predestinación, una antinomia en la interpretación, en los temperamentos
frágiles, de la “libertad cristiana”, esto es: el desplome del comportamiento
metódico; o bien, en caso de rechazarse esta consecuencia, la vanidosa seguridad
del santo para consigo,161* esto es, un sentimiento impulsivo de cariz puritano.
En vista de las embestidas de los contrarios, se procuró soslayar estas
consecuencias, realzando la autenticidad normativa de la Biblia y la necesidad
de la verificación de la creencia,162* lo cual, por otro lado, vino a vigorizar
la actitud de Wesley netamente anticalvinista, al pregonar que la gracia puede
con facilidad sucumbir. Las intensas corrientes luteranas toleradas por Wesley,
a través de las hermandades,163* beneficiaron este desenvolvimiento y acrecieron
la desorientación re’igiosa de la ética meto dista.164* Entre todos, el solo
principio establecido con solidez fue el concepto de regeneration (seguridad de
la salvación de cu yo origen sentimental brotó el fruto de la fe), como
fundamento vital, y el de santificación, con su consecuencia de libertad (por lo
menos implícita) contra todo el poderío del pecado, como evidencia del estado de
gracia. A hilo fueron devaluados los elementos exteriores de la gracia, en
especial los sacramentos. Como quiera que sea, el general awakening en la
secuencia del metodismo, representó por todos los ámbitos (por ejemplo, en Nueva
Inglaterra) una mayor intensidad de la doctrina de la gracia y de la
elección.165
De este modo, parece ser que la razón con la
que pretende afianzarse la ética del metodismo es tan titubeante como la del
pietismo, y de igual manera en él el deseo de la higher life, la “segunda
bendición”, era remplazar la doctrina de la predestinación; su procedencia
inglesa le indujo a orientar íntegramente la práctica de su ética por el camino
del cristianismo reformado inglés, del que pretendía ser un rival. El acto
emotivo de la conversión se produjo metódicamente, pero tras él no se pudo
llevar a cabo el piadoso deleite de la comunidad con Dios (semejante al pietismo
sentimental de Zinzendorff), antes bien el sentimiento revivido se cambió en
aspiración racional de perfección; por donde, a diferencia del pietismo alemán,
el carácter sensible a las emociones, propio de la religiosidad, no propició un
cristianismo sentimental meramente interno. Schneckenbürger ha señalado
atinadamente que ello era la consecuencia del exiguo volumen del sentimiento del
pecado (parcialmente, en razón absoluta del carácter emotivo de la conversión);
en realidad, lo de finitivo siguió siendo la naturaleza fundamental reformada de
la conciencia piadosa. El enardecimiento sentimental tuvo la característica de
un arrebato simplemente momentáneo, aunque “coribánticamente” enardecido; en
cuanto a otras consideraciones no dañó un mínimum siquiera el carácter racional
del comportamiento.166* Así, pues, la regeneration del metodismo se limitó
únicamente a crear un complemento de la santidad de las obras, esto es,
estableció un enlace piadoso al comportamiento ascético, tras el abandono de la
doctrina de la predestinación. Las señales del comportamiento, imprescindibles
para el control de la auténtica conversión, eran realmente las mismas que en el
calvinismo. En las próximas páginas, destinadas a deliberar acerca de la idea de
profesión, podemos abstenemos de aludir al metodismo, puesto que, en calidad de
fruto tardío,167* no proporcionó en absoluto nada nuevo.168* Tanto el pietismo
continental europeo como el metodismo de los pueblos anglosajones son por igual
fenómenos de segundo plano, en razón de sus respectivas ideologías, así como por
su desarrollo histórico.169* Cerca del calvinismo encontramos el movimiento
bautizante, segundo en importancia representativa del ascetismo protestante y
las sectas de los baptistas, menonitas y principalmente los cuáqueros,170*
surgidas en su seno, al correr de los siglos XVI y XVII, ya sea de manera
directa o bien debido a la elección de las respectivas ideas de religión
aceptadas en cuanto a la forma.171* La ética de
estos conjuntos está enlazada con principios
religiosos substancialmente heterogéneos inherentes de la doctrina reformada. El
esbozo que en seguida trazaremos tiene por objeto poner de relieve los aspectos
que más nos interesan; y no podrá dar una idea del carácter polifacético de ese
movimiento. Claro está que habremos de fijar la mirada, muy especialmente en los
países en los que se cosecharon los primeros frutos del capitalismo.
Ciertamente, hemos asentado la idea de mayor
importancia, tanto en el aspecto histórico como fundamental, de estas
confesiones, pero será en otra parte donde veremos el alcance para el
desenvolvimiento de la civilización: believers church.172* De suerte que la
comunicación religiosa, la “iglesia invisible” —en términos de la Reforma—173*
ya no fue conceptuada como algo semejante a un fideicomiso con finalidades
ultraterrenas, un organismo que necesariamente debería tener capacidad para lo
justo y lo injusto, así sea para acrecer la gloria de Dios (idea calvinista) o
bien para transferir a los hombres los bienes de salvación (idea católica o
luterana), sino sólo como comunidad de los propios creyentes y regenerados, y
únicamente de ellos, es decir, no en calidad de “Iglesia”, sino de “secta”.174*
Este era el significado del fundamento, considerado en sí estrictamente ex
terno, el cual tan sólo autorizaba bautizar al adulto que en persona hubiera
conocido la fe y la hubiese asimilado.175* En todas las pláticas piadosas, los
bautizantes afirmaban con insistencia que esta “justificación” por la fe era
algo distinto completa mente de la, idea de una imputación “forense” de los
méritos de Cristo, según el dogmatismo ortodoxo del protestantismo original,176*
que consistía más bien en una adjudicación interna del hecho de la redención, y
ello se efectuaba mediante la revelación individual, por la acción del espíritu
divino en cada uno de los casos, y únicamente de esta manera. A todos es
ofrecida dicha revelación, basta con aguardar al Espíritu, sin obstruir su llega
da, libre de las cadenas que sujeten al mundo por el pecado. Ante esto, el valor
de la fe perdió toda su importancia, como conocimiento de la doctrina de la
Iglesia, o como medio de recibir la divina gracia por el arrepentimiento, y,
así, revivir, aunque algo alteradas, ciertas primitivas ideas del cristianismo
sobre el pneuma. Pongamos como ejemplo la secta a la cual su fundador Menno
Simons dio unas bases doctrinales relativamente horno géneasen su Fondamentboek
(1539), cuya aspiración era ser, al igual que las demás sectas bautizantes, la
indestructible Iglesia verdadera de Cristo, integrada, a la manera de la
comunidad cristiana primitiva, únicamente por los regenerados, con los cuales
oyeron el llamamiento de Dios, ya que tan solo éstos son los hermanos de Cristo,
pues, como El, han sido señalados directa mente por Dios.177* El resultado de
esta doctrina, para las incipientes comunidades bautizantes, fue un riguroso
alejamiento del “mundo”, es decir, eludir con la gente mundana cualquier roce
que rebasara de lo justamente necesario; asimismo, el centro dominante de una
severa bibliocracia, como modelo ejemplar de vida: y en tanto que este espíritu
prevaleció, nunca se desistió de esta separación del mundo que dio carácter al
movimiento.178* En estas sectas subsistió, como motivación persistente, el
principio que, con raíces algo diferentes, descubrimos ya en el calvinismo, y
cuya importancia substancial no debe ignorarse: el desprecio rotundo de toda
“idolatría”, que significaría aminorar la veneración debida sólo a Dios.179*
Tanto en Suiza como en el norte de Alemania, las primeras generaciones
bautizantes tuvieron en su conducta bíblica un sello similar al de la
franciscana: escisión radical con todo placer mundano y una norma de vida
incondicionalmente apostólica. En efecto, existe gran similitud entre la vida de
varios de sus adeptos y la de San Egidio. Mas, a esta observancia tan rigurosa
de la Biblia180* le faltó un apoyo firme respecto al carácter pneumático de la
piedad. Las revelaciones que Dios hizo a los apóstoles no constituyen la
totalidad de cuanto pudo y quiso revelar: antes bien, de acuerdo con la
comunidad en su origen (Schwenckfeld así lo promulgaba en contra de Lutero, a
igual que Fox lo hizo, des- pues, en contra de los presbiterianos), lejos de ser
la subsistencia de la palabra como documento escrito, lo era por la fuerza
operante del Espíritu Santo en todos los actos de la vida diaria del creyente
que se avenía a percibirla. Tomando como base este concepto de la revelación
consecutiva tomó forma, con el tiempo, la doctrina ciertamente conocida, misma
que fue elaborada consecuentemente por los cuáqueros, acerca del vital alcance,
como conclusión final, de la autenticidad interna del Espíritu en la razón y la
conciencia. Si bien con ello se mantuvo la vigencia, desapareció, sin embargo,
la idea del poder absoluto de la Biblia. Simultáneamente dio principio una
transformación que vino a destruir cualquier vestigio de la doctrina
eclesiástica de la salvación, así como a suprimir el bautismo y la comunión en
la secta de los cuáqueros.181* Copiando el modelo de los adeptos a la
predestinación y, de manera especial, de los calvinistas considerados como
tales, las distintas confesiones bautizantes negaron rotundamente el valor de
los sacramentos en calidad de salvación y provocaron el “desencantamiento” del
mundo hasta lo máximo. Únicamente la “luz interior” de la revelación consecutiva
era capaz de conceder la comprensibilidad inclusive de las revelaciones de Dios
a través de la Biblia.182* Por otro lado, su emanación podía abarcar a
individuos en absoluto versados en las formas bíblicas de la revelación, por lo
menos en cuanto a la doctrina de la secta de los cuáqueros, que era la más afín
al respecto. En realidad, el fundamento extra ecclesiam nulla salus únicamente
tuvo validez para esta Iglesia invisible de aquellos que habían recibido la luz
interior del Espíritu; sin ella el hombre por su propia naturaleza, hasta
dejándose conducir por la razón natural,183* era simplemente una “criatura”
menospreciada por los cuáqueros aún con más inclemencia que por los calvinistas,
debido a su alejamiento de Dios. Independientemente, la regeneración actuada por
el Espíritu, siempre que confiemos y nos demos a él en nuestro interior, puede
remover al fin de manera absoluta la potestad del pecado,184* ya que, al ser
efectuada por Dios, no puede existir posibilidad alguna de reincidencia o
simplemente pérdida del estado de gracia, aun cuando el metodismo llegó a
considerar más tarde que el logro de tal perfección no era comúnmente la norma,
pues sólo a través de distintas etapas podía obtenerse. Claro está que la
aspiración de toda comunidad bautizante, consistía en serlo con toda “pureza”,
entendiéndose por ello el comportamiento de sus miembros hasta el máximo
irreprochable. El hecho de estar alejado interiormente del mundo y de todo lo
concerniente a él, así como la entrega total a Dios, al que oímos en nuestra
conciencia, eran pruebas evidentes de una regeneración factible, y el
comportamiento adecuado era, en consecuencia, condición necesaria para la
bienaventuranza perseguida, que, de hecho, resultaba inalcanzable, puesto que
era sólo un don por la gracia divina, y únicamente podía considerarse regenerado
aquel que vivía en paz con su conciencia. Visto así, las “buenas obras” eran
origen sine qua non. Consideremos lo expuesto por Barclay (de quien no nos hemos
desprendido en lo tocante al tema) que, prácticamente en tales razonamientos es
la propia doctrina reformada, bajo el indudable influjo del calvinismo ascético
hallado por los bautizantes en Inglaterra y los Países Bajos. Ciertamente, su
eficaz apropiación in terna se convirtió en materia predicante de G. Fox, a lo
largo de su primera etapa misional.
Por lo que atañe al plano psicológico, tenemos
que, con el desistimiento de la doctrina de la predestinación, el natural sello
sistemático de la ética bautizante, se fundamentaba antes que nada en la
“espera” de la acción de Dios. Esta idea aun en la actualidad es la que imprime
su sello en el meeting cuáquero, misma que fue analizada por Barclay con gran
perfección, al razonar que el silente fin de dicha espera constituye la
superación de lo que se hace por instinto e irracionalmente, es decir, de
aquello que en el “hombre natural” es pasión y “subjetividad”; la voz de Dios se
deja oír, precisamente, cuando en el alma domina la serena paz del silencio. Los
efectos de esta “es pera” podrían interpretarse, de hecho, como estados
histéricos, profecías y, en más de un momento dado (ante la existencia de una
esperanza escatológica), como desbordamientos de quiliasmo apasionado, que
suelen ser factibles en todas las formas semejantes de la religiosidad a igual
que las originadas efectiva mente en la secta que mereció la reprobación en
Münster. Ahora bien, tan pronto como el movimiento bautizante hizo su aparición
en la vida profesional, la quimera de que Dios únicamente habla en tanto que la
criatura permanece silenciosa, dio a en tender, con claridad, una disciplina en
la quietud de la reflexión en el obrar, y en el esmerado ejercicio del propio
examen de con ciencia.185* Estos trazos de gravedad, rudeza y de acrisolada
honradez fueron posteriormente apropiados por el estilo esencial de las
generaciones venideras de bautizantes, en especial por los cuáqueros. Tras el
desencantamiento del mundo, cortado de raíz, únicamente la senda del ascetismo
profano pudo ser tolerada. De ahí que, en las comunidades completamente ajenas
al poder político y por ende al conjunto de su actividad, brotaran igualmente,
como resultado, estas virtudes ascéticas en el trabajo profesional. En los
comienzos del movimiento bautizante, sus dirigentes habían actuado con un
radicalismo al máximum en su alejamiento del mundo; sin embargo, es obvio que ya
desde la generación primera no se manifestase en todos, exclusiva mente, el
riguroso comportamiento apostólico como regeneración evidente. En dicho grupo de
descendientes se hallaban acaudalados elementos de la burguesía, y ya con
anterioridad a Menno (el cual permaneció de modo terminante dentro de las
virtudes profesionales en lo profano y de la deferencia por la propiedad
privada) la áspera e inflexible conciencia de los bautizantes se deslizaba
plenamente por surcos delineados por la ética reforma da,186* puesto que, desde
Lutero (a quien los bautizantes han seguido en esto), el monástico ascetismo
sobrenatural habría resultado réprobo, juzgándolo opuesto al espíritu bíblico y
aseverador de la “santidad de las obras”. Desde siempre, no sólo hoy en día, ha
tenido vida una secta bautizante conocida como de los Tunker (domplaers,
dunckards), que repudia cualquier instrucción y abundancia que sobrepase los
límites de lo requerido para sufragar las indispensables necesidades de la vida
(excluidas las primitivas corporaciones de cariz semicomunista). Ahora bien,
poniendo de ejemplo a Barclay, vemos como éste concibe la ética profesional no
exactamente con el carácter del calvinismo o luteranismo, antes bien a la manera
tomista, como resultado ineludible naturali ratione por el solo hecho de que el
creyente viva en el mundo.187* Todo ello llevaba implícito un debilitamiento de
la idea calvinista de la profesión, semejante a la que se halla en Spener y los
pietistas alemanes; sin embargo, simultáneamente, concurrían otros factores para
que el interés profesional económico en las sectas bautizantes adquiriera una
mayor intensidad. Primeramente, el rechazo (juzgado antes que nada como
obligación piadosa, efecto del alejamiento del mundo) a los puestos públicos,
casi del todo estable en los menonitas y cuáqueros, por su repulsión a coger una
arma y prestar juramento, que los desacredita para ejercer dichos puestos. En
segundo lugar, no debe olvidarse el desacuerdo inquebrantable de la totalidad de
las confesiones bautizantes hacia toda clase de vida con cariz fastuoso, tanto
por su oposición (como en el calvinismo) a encumbrar la criatura o, como quiera
que sea, a manera de resultado de sus convicciones no sólo apolíticas sino,
también, antipolíticas. La importancia excepcional concedida por la doctrina
bautizante de la salvación al examen de la conciencia, en virtud de la divina
revelación particular, dio a su acción en la vida profesional el mismo sello
peculiarmente severo y de honradez absoluta que regía en su cabal proceder. En
su momento oportuno habremos de ver el gran ascendiente que tuvo sobre el des
envolvimiento del espíritu capitalista en muchos de sus significativos aspectos.
Limitémonos aquí a recordar que la determinada forma a la cual se acogió el
ascetismo profano de los bautizantes, en especial los cuáqueros188* ya dio
señales en el siglo XVII, en el ejercicio de un substancial fundamento de la
ética capitalista, que responde a la frase honesty is the best policy,189* usada
por Franklin en su clásica expresión en el tratado al que nos referimos con
anterioridad. Contrariamente, veremos que el calvinismo dió por resultado el
desencadenamiento de las fuerzas en el individuo un deseo vehemente de ganancia
desmedida, ya que, pese a la expresa legalidad propia del “santo”, entre los
calvinistas siempre fue válido este principio goethiano: “El in dividuo en
acción es desleal; únicamente tiene conciencia el contemplativo”.190
Existe, además, otro factor favorable a la
adquisición de una mayor intensidad del ascetismo profano en las sectas
bautizantes; pero, únicamente podrá ser examinado con minuciosidad en otro
preciso lugar. Amerita, sin embargo, el anticipo de algunos comentarios con el
fin de justificar, al mismo tiempo, el método adoptado en esta exposición.
Intencionalmente hemos dejado de referirnos a las fundaciones sociales objetivas
de las primitivas iglesias protestantes; pongamos de ejemplo la disciplina
eclesiástica, señalando, tan solo, los resultados que podía propiciar en el
comportamiento del hombre la apropiación subjetiva de la piedad ascética. Si lo
hemos dispuesto así se debe no so lamente a que este es el aspecto menos
analizado hasta ahora, sino, además, a que los resultados de las normas
eclesiásticas no caminaron en todo caso hacia la misma mete. Realmente, el
riguroso control policíaco y poco menos que inquisitorial establecido por las
iglesias oficiales relativas al calvinismo acerca de la vida de cada individuo
podía convertirse más pronto en un obstáculo en el afán de expandir el requerido
vigor individual, y eso fue lo acontecido en ciertas coyunturas. De igual manera
como la regulación mercantilista del Estado pudo establecer nuevas industrias,
sin ser capaz de fecundar el “espíritu del capitalismo”, antes bien moderó su
acción en el ámbito donde el cariz policíaco-autoritario fue excesivo en dicha
regulación, asimismo la práctica del comportamiento metódico se vio forzada por
las normas eclesiásticas del ascetismo. Cualquier opinión en torno a este
tema191* debe reconocer, indefectiblemente, la disparidad que destacó entre los
resultados de la policía arbitraria de la rutina en las iglesias estatales y la
vigilancia del comportamiento en las sectas, fundamentadas en el voluntario
sometimiento. Ahora bien, como sea que el movimiento bautizante fue el creador
de “sectas” mas no de “iglesias”, ello propició la intensificación de su
espíritu ascético, de manera semejante a la de ciertas comunidades calvinistas,
así como pietistas y metodistas, de las que, en efecto, se derivaron comunidades
libres, constituidas por su propia cuenta.192
Habiendo quedado expuesto el fundamento
piadoso del concepto puritano de la profesión, nos queda por investigar ahora
sus consecuencias en la vida económica. A pesar de la diversidad de pormenores y
al énfasis que le hemos dado a uno que otro de los factores conceptuados como
determinantes, todos, conjuntamente, han existido y actuado en todas las
confesiones piadosas del ascetismo.193* Condensando, podemos decir que lo más
importante para nuestra finalidad es la doctrina (de todos los grupos en común)
del “estado piadoso de gracia”, como un status que aleja del “mundo” al
individuo, considerado réprobo al igual que todo lo creado,194* siendo su
posesión (sea cual fuere el me dio que para alcanzarla fuese impuesto por los
respectivos dogmas de las confesiones) imposible de lograr mediante la
magia-sacra mental, incluyendo el descargo de la confesión o de otro acto
cualquiera religioso, a no ser, únicamente, por la verificación de una vida
renovada en la que se viera explícita la desigualdad, de un modo inequívoco,
entre ella y la propia del “hombre natural”. De ahí se originaba para el hombre
el ímpetu a controlar con método su estado de gracia en el comportamiento, y,
por consiguiente, a sellar con el ascetismo, su pauta en la vida. Como ya se
comprobó, este cambio de vida representaba la racionalización de la existencia,
afín con los mandatos divinos. Ahora bien, tal ascetismo no integraba ya un opus
supererogationis, por el contrario era una realización prescrita a todo aquel
que quisiese estar seguro de su bienaventuranza. Sin embargo, lo más
significativo es que la vida privativa impuesta religiosa mente al “santo”, no
tenía proyección alguna fuera del mundo, en agrupaciones monásticas, antes bien
había de efectuarse en el mundo y sus ordenamientos. Así, pues, la idea que el
protestante se forjó acerca de la profesión dio por resultado esta
racionalización del comportamiento en el mundo, con la mira puesta en el más
allá.
El ascetismo cristiano, al renunciar al mundo,
cuando en los comienzos huía de él y se ponía al abrigo de la soledad, había
logrado el dominio del mundo desde su encierro, bien que su carácter, de por sí
indiferente a la vida en el mundo, permanecía incólume. Estamos, ahora, ante un
acontecimiento a la inversa: acomete el mercadeo de la vida; asegura los
portones de los claustros; se encuentra consagrado a saturar esa vida con su
método, a transformarla en vida racional en el mundo, pero no de este mundo ni
para él.
¿Cuáles son los resultados obtenidos? En las
páginas sucesivas quedarán al descubierto con toda claridad.
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NOTAS DE LA SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO I (194)
CAPÍTULO II
LA RELACIÓN ENTRE EL ASCETISMO Y EL ESPÍRITU
CAPITALISTA
Si tratamos de establecer la conexión de las
ideas piadosas del ascetismo protestante con los apotegmas de la actividad eco
nómica, hemos de valernos de los escritos teológicos, fruto de la inspiración
emanada directamente en la cura de almas, ya que, en una etapa en la que
predominaba la obsesión acerca del más allá, y en la que el prestigio social del
cristiano estaba subordinado al derecho de participar en la comunión, además de
que el sacerdote, con su intervención, ya sea en la cura de almas, en el
riguroso cumplimiento de las normas eclesiásticas y en las prédicas, tenía un
gran ascendiente (lo cual se descubre con sólo pasear la vista, siquiera, sobre
las páginas de las colecciones consilia, casus conscientiae, etc.), de hecho tan
poderoso que casi resulta increíble para el hombre de la actualidad, es
indudable que las fuerzas religiosas operantes en este ejercicio serían, para el
común de los hombres, los elementos determinantes en la formación de su
carácter.
Al llegar a este punto, es necesario examinar
de manera global todo el protestantismo en su aspecto ascético. Sin embargo,
tomando en cuenta nuestra tesis, nos detendremos con preferencia ante un hombre
representativo del puritanismo inglés, puesto que éste, habiendo visto la luz
dentro del calvinismo, dio las bases más consecuentes al concepto de profesión.
Nos referimos a Richard Baxter, el cual se destaca entre los muchos que dieron a
conocer la ética puritana, debido a su postura práctica por excelencia e
irónica, así como por el hecho de que sus escritos tu vieran una aceptación tan
universal que merecieron muchas ediciones más y fueron traducidos profusamente.
Aun cuando fue presbiteriano y apologeta del sínodo de Westminster, se fue des
ligando, a igual que muchos otros sobresalientes espíritus de su época, poco a
poco de la autoridad patriarcal del dogma de la ortodoxia calvinista; en su
fuero interno estaba en contra de la usurpación de Cromwell, por ser hostil a
toda revolución, al espíritu sectario y al fanatismo de los “santos”, si bien
transigía frente a las divergencias en temas no considerados como de fundamento;
en suma, nunca dejaba de ser objetivo ante el enemigo. Se consagró, a promover
la vida ético-eclesiástica, con un sentido realista extraordinario, y para ser a
ella útil se puso a las órdenes del gobierno parlamentario de Cromwell y de la
Restauración,1* siendo en el curso de ésta y, justamente la víspera del “día de
San Bartolomé”, cuando renunció a su puesto. Es autor de Christian Directory, el
compendio más extenso que se haya logrado de la ética puritana, el cual se
refiere en general, a todo aquello que es requerido prácticamente para la cura
de al mas. Debido a la falta de espacio, nos vemos imposibilitados de abundar
más acerca de las Dificultades teológicas de Spener, símbolo del pietismo
alemán, así como de la Apology de Barclay, que es la imagen de los cuáqueros.
Podríamos también recordar a otros más que se distinguieron en el estudio y la
práctica de la ética ascética,2* pero, pese al interés que ofrecería el análisis
comparativo entre unos y otros, la poca dimensión disponible nos lo impide.3
Al adentramos en el contenido tanto del
Christian Directory como de la Eterna paz del Santo de Baxter, o de alguna otra
obra semejante,4* nos parece inaudito el énfasis puesto en los factores
ebioníticos del Nuevo Testamento,5* al manifestar cualquier opinión acerca de la
propiedad y su consecución.6
La abundancia acarrea en sí un riesgo enorme,
los impulsos que inducen a obtenerla son continuos y el suspirar por ella,7*
además de ser absurdo por confrontación con la ilimitada supremacía del reino de
los cielos, es también moralmente reprochable. El ascetismo se dispone ahora a
destruir toda ambición por hacerse rico mediante los bienes materiales, con más
aspereza que en Calvino, el cual no concedía crédito a que la abundancia
significara una traba para la actividad de los eclesiásticos, antes bien, de un
modo inverso, un plausible aumento de su reputación, puesto que con el lucro era
posible hacerse de un patrimonio, con tal de no provocar el escándalo. Formarían
un gran cúmulo las citas proporcionadas por los escritos puritanos, censurando
el deseo exagerado de amasar bienes y dinero, en contraste rotundo con los
escritos éticos de la última etapa del medievo, inmensamente más desentendida en
esta cuestión. Además, las impugnaciones ante la abundancia están plenamente
consideradas, y únicamente se requiere puntualizar algunos pormenores para
advertir su verdadera significación y enlaces éticos. Ahora bien, si algo hay en
verdad censurable para la moral es la satisfacción del descanso en la riqueza,8*
la fruición de los bienes, con los resultados ineludibles del sensualismo y de
la indolencia, así como el consiguiente desvío del afecto ardiente hacia una
vida “santa”. Por el solo hecho de que al descansar en la riqueza se corra un
riesgo, ella es merecedora de condena, ya que el “eterno re poso del santo” se
halla en el más allá; por eso quien quiera estar seguro de su estado de gracia
en este mundo, debe “efectuar las obras de aquel que le ha enviado, en tanto que
es día”. Conforme a la voluntad indudable de Dios, revelada por El, aquello que
es válido para acrecentar su gloria no es la ociosidad ni el placer, por el
contrario, son las obras;9* en consecuencia, el primero y más importante de
todos los pecados es el derroche del tiempo: la durabilidad de la existencia es
demasiado breve y hermosa para consolidar nuestro sino. Desperdiciar el tiempo
en la vida social, propalando murmuraciones,10* en la opulencia,11* inclusive,
entregándose al sueño por más tiempo del que requiere la salud corporal, esto
es, de seis a ocho horas, a lo sumo,12* es del todo reprochable en cuanto a lo
moral.13* Aun no se dice tal como Franklin lo dejó escrito: “tiempo es dinero”;
sin embargo, el principio adquiere ya validez desde el punto de vista
espiritual. El valor del tiempo es ilimitado; una hora desperdiciada equivale a
una hora substraída a la labor destinada a la glorificación de Dios,14* razón
por la cual pierde su valor y, en algunas ocasiones, hasta resulta asimismo
censurable moralmente la contemplación inactiva, cuando menos si se lleva a
efecto a costa del trabajo profesional,15* ya que ella no es tan del agrado de
Dios como la observancia de la voluntad en la profesión;16* además, que ya se
cuenta con el séptimo día para aprovecharlo en la contemplación. Al respecto,
Baxter expresa que quienes viven en la holganza de su profesión suelen ser,
justamente, aquellos que cuando es el momento de dedicar una hora a Dios no
hallan el tiempo.17
Esta es la razón del constante empeño de
Baxter, a través de su más importante obra, abogando por el trabajo tenaz y
continuo, tanto corporal como espiritualmente.18* En ello con tribuyen dos
causas:19* primero, el trabajo es el medio ascético más antiguo y acreditado;
así lo ha reconocido la Iglesia occidental en todas las épocas, tanto contra el
Oriente,20* como contra la mayoría de las normas monacales del mundo.21* Aparte,
previene con suma eficacia contra todas las tentaciones agrupadas por el
puritanismo dentro de la idea de unclean life, cuyo cometido es algo más que
accesorio. El ascetismo sexual puritano se diferencia del ascetismo monástico
por cuestión puramente de grado mas no de base; en cuanto al modo de juzgar la
vida marital existe una mayor rigidez que en aquél. Efectivamente, la relación
sexual está considerada como lícita dentro del matrimonio en cuanto al medio
escogido por Dios para acrecentar su gloria, conforme al mandato de: “creced y
multiplicaos”.22* Ante la tentación sexual, así como la duda o la ansiedad
religiosa, se recetan varias curas: dieta moderada, alimentación vegetariana,
baños fríos; pero, en especial, esta máxima: “trabaja tenazmente en tu
profesión”.23
Ahora bien, además de todo lo dicho, el
trabajo es básicamente una finalidad vital de la existencia, por mandato de
Dios.24* Responde al principio paulino de: “aquel que no trabaja no come”, el
cual es aplicable por igual a todos;25* el que se fastidia al trabajar,
demuestra que carece del estado de gracia.26
Vemos aquí con toda claridad cómo las
concepciones medie vales se han desviado. Santo Tomás de Aquino consideró a su
vez27* este principio, bien que dio al trabajo una interpretación de necesario
únicamente como naturli ratione, con el fin de mantener la vida del hombre,
individual y socialmente. Al no existir esta finalidad el principio deja de
tener validez, de un modo genérico, sin concretarse en cada caso. El que posea
riqueza a suficiencia para vivir sin trabajar, no tiene obligación de cumplir
con el precepto. La contemplación, en cuanto a la forma específica del obrar en
el reino celestial, no debe entenderse que se encuentra también por encima de la
interpretación literal del mandato. Desde el punto de vista de la teología del
hombre común, la manera más sublime de la “productividad” monacal se basaba en
el acrecentamiento del thesaurus ecclesiae mediante el rezo y el servicio de
coro. Es comprensible el hecho de que Baxter, además de no aceptar estas
irregularidades de la obligación moral del trabajo, tampoco admita que la
riqueza libere de la observancia de aquél, y en ello estriba la enérgica y
reiterada insistencia suya.28* Aun cuando el hombre sea rico, si no trabaja
pierde el derecho a comer, pues, pese a que sus gastos inherentes a la vida los
tenga cubiertos, está sujeto al mandato de Dios, y, al igual que el menesteroso
está obligado a cumplirlo,29* puesto que Dios ha designado para cada quien, sin
exclusión de nadie, una profesión (calling), ésta no debe ser ignorada por el
hombre, y es de rigor que en ella labore. Lejos de significar como el
luteranismo30* el sino de cada quien, al que hay que so meterse resignadamente,
debe aceptarse como el precepto divino dirigido a toda la humanidad con el
propósito de impulsar la propia gloria de Dios. Tal disparidad, de la que no
cabía suponer consecuencias graves, dado su apariencia, tuvo, sin embargo,
efectos psicológicamente de gran trascendencia, enlazados con el des arrollo del
sentido providencial del universo económico que en la Escolástica ya era usual.
Santo Tomás de Aquino, entre otros, ya había
analizado el acontecimiento de la separación entre el trabajo y el ordenamiento
profesional de la sociedad, relacionándola directamente con el proyecto del
mundo elaborado por Dios, cuya consecuencia era evidente. Por lo pronto, la
integración del individuo en este universo se sucedía ex causis naturalibus y
era meramente casual (dicho escolásticamente, por “contingencia”), en tanto, en
opinión de Lutero, la integración del individuo en la profesión y estado
concedidos conforme a la disposición histórica objetiva era la resultante
directa de la voluntad divina; por consiguiente, permanecer dentro de los lindes
y en la situación señalada por Dios era un deber piadoso ineludible para el
individuo.31* Al respecto, podemos observar que las relaciones de la práctica
piadosa luterana con el “mundo” fueron tan inseguras entonces como todavía lo
son ahora. Esa es la razón del por qué no era posible ex traer de los conceptos
luteranos, principios éticos aptos para dar una nueva estructura al mundo, pues
Lutero nunca se desligó totalmente de la indiferencia paulina para con aquél; de
ahí la procedencia del compromiso por admitirlo tal cual es, desde el punto de
vista rigurosamente piadoso. Por el contrario, en base al concepto puritano, el
sello providencial de la acción recíproca de los intereses económico-privados se
reviste de una nueva tonalidad. Cualquiera que sea la finalidad providencial de
la adscripción del individuo a una profesión, se advierte en sus frutos, de
acuerdo con el esquema puritano de entendimiento pragmático. En torno a ello,
Baxter hace oportunas consideraciones que por varias veces, en más de un
aspecto, nos traen a la memoria los bien sabidos encomios de la división del
trabajo emitidos por Adam Smith.32* El hecho de que las profesiones con
especialidades proporcionen al trabajador la habilidad (skill), origina un
ascenso tanto cuantitativo como cualitativo del trabajo rendido y redunda en
beneficio de la comunidad (common best) que viene a ser igual en favor de la
máxima parte posible. El motivo que induce a la realización es, pues,
incondicionalmente utilitario y afín por entero a entendimientos ya comunes en
la literatura puramente secular propia de la época.33* De ahí que el
revestimiento puritano aparezca en el momento en que Baxter expone a la cabeza
de todos sus razonamientos este argumento: “si el hombre no cuenta con una
profesión estable, cualesquiera de los trabajos que realice serán estrictamente
accidentales y fugaces; como quiera que sea, destina más tiempo a la ociosidad
que al trabajo”; de donde se infiere que “aquel (el trabajador profesional)
ejecutará ordenadamente su tarea, en tanto que el otro permanecerá en constante
desorden, y para su negocio no habrá tiempo ni espacio...;34* por ende, lo más
adecua do para cada quien es contar con una profesión estable” (certain calling;
en otra parte consigna stated calling). El trabajo de corta duración a que el
jornalero se halla sentenciado es una situación generalmente ineludible,
pasajera y, sea cual fuere, merece ser deplorada. La vida de aquel que no está
capacitado para la profesión no tiene la voluntad metódica, sistemática, que
demanda imperiosamente la ascetización de la vida en el mundo. De acuerdo con la
moral cuáquera, la vida profesional del individuo debe ser una práctica ascética
y consecuente de la virtud, una justificación del estado de gracia en la
honestidad, esmero y normas que se aplican en la propia observancia del trabajo
profesional;35* Dios no obliga a trabajar por trabajar, antes bien al trabajo
racional dentro de la profesión. El factor determinante del concepto puritano de
la profesión radica en este carácter sistemático del ascetismo profesional, y no
(a la manera de Lutero) en la resignación con lo dispuesto por Dios, asignado a
cada quien al azar.36* Por consiguiente, además de sostenerse abiertamente en
que cada quien es libre de compaginar distintas calling, si en ello concurre el
bien común o individual37* y no es perjudicial para nadie, así como no induce a
alguno a volverse poco escrupuloso (unfaithful) en el desempeño de cualesquiera
de las profesiones, se afirma que no es reprochable, siquiera, la transición
profesional, de no ser hecha sin reflexión, antes bien en virtud de que pueda
ser más agradable a los ojos de Dios,38* es decir, de más provecho, conforme al
principio general. Para de terminar hasta donde una profesión es provechosa o
complaciente para Dios, hay que tomar en cuenta, primero, los criterios éticos;
segundo, la avenencia a la magnitud que representa para la comunidad, los
beneficios que de ella habrán de emanar. Ahora bien, corno tercer criterio —el
de mayor importancia, visto como práctico— el beneficio económico que reditúa al
hombre:39* efectivamente, Dios (considerado por el puritano como operante en los
más ínfimos pormenores de la existencia) al re velar a uno de los elegidos la
probabilidad de una ganancia, le asiste alguna finalidad. Así, pues, el
cristiano creyente no tiene otra disyuntiva que dar oídos al llamamiento y
beneficiarse con él.40* “Si Dios os señala una senda que habrá de proporcionaros
más riqueza que la que pudiérais conseguir por una sen da distinta (sin
detrimento de vuestra alma ni la de los demás) y la desecháis para emprender el
camino por la que os enriquecerá menos, ponéis trabas a uno de los propósitos de
vuestra vocación (calling) y os rehusáis a fungir como administradores (steward)
de Dios y a recibir sus dones para valeros de ellos en su servicio y en el
momento que El os lo demandase. Se os está permitido trabajar para enriqueceros,
pero no para aplicar en seguida la riqueza a la disposición de vuestra
sensualidad y pe cados, antes bien para glorificar con ella a Dios”.41* La
opulencia es únicamente condenable cuando induce a la holganza corrupta y al
placer sensual de la vida, y el afán de enriquecerse tan solo es malo si lleva
implícito la seguridad de una vida indiferente y confortable y la fruición de
todas las concupiscencias. Sin embargo, en calidad de práctica del deber
profesional, además de ser moralmente lícito, constituye un mandato
prescrito.42* En ello radica el sentido de la parábola de aquel sirviente que se
condenó debido a que no supo extraer la ganancia de la libra que le hubo sido
prestada.43* Mucho se ha dicho que cuando alguien quiere ser pobre es comparable
a quien quiere estar enfermo:44* en ambos casos sería santificar las obras al
mismo tiempo que ir contra la glorificación de Dios. Especialmente, el hecho de
que el hombre capacitado para el trabajo se lance a la mendicidad no es
únicamente reprobable en cuanto a la moral, en calidad de uno de los pecados
capitales —la pe reza—, sino que también, conforme la voz del Apóstol, va en
perjuicio del amor al prójimo.45
La especialización que en la actualidad impera
en el mundo ilumina moralmente con un resplandor magnificente esta reiterada
predicación puritana del valor ascético de la profesión estable, y así ocurre
con el hombre de negocios, respecto a la interpretación providencialista ante la
posibilidad de lucrar con él.46* El ascetismo ve con igual desprecio la altiva
indiferencia seño rial, como la tosca jactancia del nuevo rico; en tanto que la
austera imagen aburguesada (selfmade man) le es merecedora de toda clase de
alabanzas:47* God blesset his trade; con estas palabras se distingue a los
“santos”48* que triunfaron en el cumplimiento de los mandatos divinos. Si los
judíos veían que su Dios, con todo su poderío, recompensaba la religiosidad de
sus fieles justamente en esta vida,49* así debía de seguir operando de suyo para
con los puritanos, que, conforme al consejo de Baxter, controlaban el estado de
gracia, estableciendo una comparación con el estado del alma de los personajes
bíblicos;50* para aquéllos las sentencias de la Biblia eran consideradas como
“artículos de un código”. La voz del Antiguo Testamento no era en sí lo bastante
clara. Recordemos a Lutero que, al interpretar un pasaje de Sirach, daba
gramaticalmente un sentido profano al concepto de “profesión”. Sin embargo, pese
al influjo helenístico dominante en él, el libro de Jesús Sirach, debido al
espíritu que lo impulsa, se halla pletórico de elementos aún impregnados del
sentido tradicionalista del Antiguo Testamento (extendido). Ciertamente, es muy
significativo que este libro, entre los campesinos luteranos de Alemania, siga
teniendo tanta popularidad en los tiempos actuales,51* y la índole peculiar del
luterano de varias ramas del pietismo alemán se destaca en su predilección por
Jesús Sirach.52* La severa contraposición de lo divino y la naturaleza, clásica
en los puritanos, hacía que éstos rechazaran los Evangelios apócrifos por no
considerarlos de inspiración.53* Por lo que se refiere a los libros canónicos,
tenía más fuerte ascendiente el Libro de Job, en el cual la intensa veneración a
la Majestad Divina (de suprema soberanía y extraída a toda proporción humana),
tan cara a los principios del calvinismo, surgía integrada con la convicción
final (que para Calvino no tenía la importancia capital que, por el contrario,
animaba al puritano) de que Dios suele derramar sobre sus elegidos, justamente
en esta vida, sus dones, sin excluir los materiales.54* En cuanto a Baxter,
descuidó por igual la inacción, esto es, el quietismo oriental que se descubre
tanto en la mayoría de los más inspirados salmos, como en las sentencias de
Salomón, y el sello tradicionalista de la epístola a los Corintios, en su primer
párrafo, pese a que con tiene una importancia fundamental para definir la idea
de profesión. De ahí se desprende la insistencia en los pasajes del Antiguo
Testamento que elogian el espíritu recto, la probidad formalista, como prueba
del comportamiento agradable a Dios. Se llegó a considerar que a la ley del
mosaísmo se la había despojado de su validez, de resultas de la Nueva Ley, en
sus preceptos estrictamente ceremoniales o cuyo alcance histórico se
circunscribía al pueblo judío, en tanto que para los demás se mantenía en vigor
en calidad de lex naturae;55* así, pues, el apego a esta doctrina propiciaba,
por un lado, abstraerse de los preceptos que ya no hallarían acomodo en la vida
moderna, permitiendo, por el contrario, sin restricciones, que el ascetismo
profano de este protestantismo, de matices tan acordes a la ética de las
Sagradas Escrituras, adquiriesen un vigor considerable56. En razón a lo dicho,
no es de sorprenderse que tanto los autores de la época como también los de la
actualidad califiquen de English hebraism el significado ético por excelencia
del puritanismo inglés.57* Su proceder es correcto siempre y cuando esta
denominación sea entendida como es debido. No es prudente fijar la atención sólo
en el judaísmo palestino de esos tiempos, en los que hallaron acogida los
preceptos del Antiguo Testamento, antes bien hay que considerar el judaísmo que
fue tomando forma paulatinamente por la fuerza de muchas centurias de educación
formal, legalista y mediante la doctrina del Talmud; razón por la cual amerita
conducirse Con suma precaución al intentar confrontaciones El puritanismo se
encontraba totalmente distante del sentido, propio del judaísmo antiguo,
despreocupado de la vida, así como característico de la ética económica del
judaísmo correspondiente al medievo y aun contemporáneo, en aquellos matices
peculiares que determinan su Posición en el desenvolvimiento del ethos
capitalista. Sin duda, existía más afinidad entre el criterio judaico con el
propio del capitalismo aventurero, de índole político- especuladora; este ethos,
Concretando, era el que corresponde al capitalismo del paria, en tanto que el
puritanismo se valía del ethos de la industria racional burguesa y de la
disposición racional del trabajo, y únicamente aquello que se ajustaba a estas
hormas fue lo que extrajo de la ética del judaísmo.
Debido al limitado espacio de que disponemos
para este es bozo, no es factible exponer los resultados caracterológicos que
obtuvo este poder asimilativo de las normas del Antiguo Testamento, no obstante
que esta tarea, con todo y lo sugestivo del tema, no ha sido intentada ni tan
solo por relación al propio judaísmo.58
Independientemente de las relaciones
señaladas, no está por demás hacer hincapié en que con la vieja convicción de
que el pueblo judío era el elegido por Dios se produjo entre los puritanos un
descomunal renacimiento,59* que derivó psicológicamente en resultados colosales.
Baxter, con su blandura, de mostraba su reconocimiento a Dios por haberle
concedido la suerte de nacer en Inglaterra y en el seno de la Iglesia verdadera,
en vez de otro lugar cualquiera; y una gratitud similar inundaba toda la razón
de la vida de la burguesía puritana, que se consideraba, por la gracia de Dios,
de intachable comportamiento,60* dando, categóricamente, el sello formalista,
severo y justo que distingue los modelos representativos del capitalismo en su
etapa heroica.
Examinemos, por lo pronto, los puntos en sí,
en los cuales logró su influjo directo el modo de vida capitalista el concepto
puritano de la profesión y la idealización de un comportamiento ascético. Es ya
sabido que el ascetismo se dirigía, en especial, contra el placer
“despreocupado” de la vida y de todo lo que en ella es capaz de producir
regocijo. Esta propiedad se registra con la mayor nitidez en la lucha en redor
del Book of Sport61* elevado a ley por Jacobo I y Carlos I, a fin de acometer
contra el puritanismo, habiendo el segundo ordenado que desde todos los púlpitos
se llevase a cabo su lectura. Los puritanos se enfrentaron fieramente a la
ordenanza real que consentía con toda legalidad determinadas diversiones
populares celebradas en día domingo, en horas no coincidentes a la observancia
de las obligaciones piadosas y no por el hecho únicamente de que extorsionaban
el re poso del sábado, sino también por constituir una directa impugnación a lo
que debe ser la metódica vida del santo. Y, precisa mente, la amenaza del
monarca a base de inflexibles castigos, a cualquier embestida contra la
legalidad de aquellos juegos, llevaba la concreta intención de arrasar con esta
peculiaridad ascética que, siendo contraria a la autoridad, el Estado la
consideraba peligrosa. Por otro lado, la sociedad monárquica feudal favorecía a
todo aquel que se sentía atraído por el esparcimiento, frente a la incipiente
moral burguesa y los conventículos ascéticos adversarios de la autoridad, de
igual manera que la sociedad capitalista de hoy en día favorece a quienes se
sienten impulsados hacia el trabajo, contra la ética de clases de los
trabajadores y sindicatos poco más o menos anarquistas. No obstante, frente a
todo ello los puritanos se levantaron en virtud de su principio del
comportamiento ascético, que era lo fundamental: el despego que tanto el
puritano como el cuáquero sentían ante los juegos no se apoyaba en principios
piadosos, y hasta por ellos aceptado, con el requisito de que fuera de provecho
a una finalidad racional: ser la confortación requerida para el volumen de la
entrega física; únicamente era censurable, de un modo opuesto, por el hecho de
poner simplemente al descubierto los instintos desencadenados, o en calidad de
mero instrumento de placer o, en suma, cuando se prestaba para avivar los
agonales codiciados, la propensión salvaje o el frenesí irracional de la
apuesta, todo considerado reprochable totalmente. El disfrute licencioso de la
vida, distante del trabajo profesional tanto como de la religiosidad, era el
antagonista del ascetismo racional bien sea que se mostrase aquél como recreo
“señorial” o como la asidua concurrencia del hombre común al baile y a los
bares.62
Por consiguiente, también la postura ante los
bienes de la cultura, carentes de valor directo en cuanto a la religión, refleja
síntomas de desconfianza, si no de declarada incompatibilidad.
No debe interpretarse por ello que el
idealismo de vida del puritano implicara, exactamente, un áspero prejuicio o un
seña lado desdén hacia la cultura; sin embargo, la realidad es otra,
completamente opuesta, a lo menos por lo que se refiere a la ciencia (con
excepción, naturalmente, de la repulsiva escolástica), y los representantes más
notables del movimiento puritano tienen una formación renacentista muy profunda:
el clasicismo se tras lucía en las prédicas de las filas presbiterianas del
movimiento;63* y hasta las radicales, no obstante tomarlo como tema de crítica,
no tenían a menos valerse de esa clase de cultura en la controversia teológica.
Tal vez no ha existido jamás un país como la Nueva Inglaterra, en la primera
generación de su origen, tan desbordante de graduates. Los escritores satíricos
declarados enemigos, entre ellos Butier, autor de Huidibras, censuran justamente
la sabiduría de gabinete y la dialéctica escolástica del puritanismo: lo que
estaba, aun cuando no enteramente, relacionado con el aprecio religioso del
saber, resultado de la postura frente a la católica fides implícita. El panorama
en el campo de la literatura, sin incluir el de la ciencia,64* y del arte es,
indudablemente, distinto. Al ascetismo se le debe, aquí, el hecho de haber
asfixiado el júbilo de la vieja Inglaterra. Los venablos no iban directos
únicamente hacia las diversiones profanas; los puritanos fueron presa de un
encono feroz contra todo aquello que tuviera viso de superstición; hacia
cualquier remembranza de regencia mágica de la gracia; asimismo, enfrente a la
celebración de la Nochebuena, cristiana por excelencia, y del árbol de mayo,65*
inclusive, en contra a la despreocupada expresión artística de la Iglesia. Claro
está que en Holanda fue posible desarrollar un arte esplendoroso, con frecuencia
valientemente realista,66* lo cual demuestra únicamente que en esta rama podía
ser muy escasa la eficacia de la regulación arbitraria de las costumbres, frente
a la presión ejercida por la Corte y la clase que a la sazón dominaba,
correspondiente a los rentistas, y la sensualidad de los enriquecidos,
integrantes de la pequeña burguesía, después que el fugaz imperio de la
teocracia calvinista quedó reducido a una infecunda Iglesia estatal, impotente
para restituir al calvinismo el poder ascético proselitista de sus orígenes.67*
Los puritanos condenaban, también, el arte teatral;68* y la categórica
prohibición de lo erótico y el desnudo, no permitió que la literatura y el arte
pudieran ya nutrirse de las concepciones más radicales. Nos encontramos con que
expresiones de idle talk, de superfluities,69* de vain ostentation y otras más
propias de ciertos modos irracionales de comportarse, esto es, el obrar sin mira
ascética, y que en vez de ser de provecho para la gloria de Dios lo fuera del in
dividuo, se aplicaron prontamente en favor de una finalidad rigurosa en el uso
de motivos artísticos. Y esta norma finalista y racional fue adaptada por entero
en casos como, por ejemplo, el ornato de la persona y de la vestimenta.70* Esta
pujante inclinación a igualar el estilo vital —que viene a ser el pendant del
interés capitalista de la actualidad a “estandardizar” la producción—,71*
implicaba sus ideales fundamentados en el repudio a la “idolatría”.72* En verdad
no debemos olvidar que el puritanismo contenía un sinfín de contradicciones, que
el impulso irreflexivo de aquello que en el arte goza de grandeza intemporal se
encontró, indudablemente, más acorde en sus jefes que en los “caballeros”;73*
asimismo, que la fuerza creativa de Rembrandt, genio representativo, no obstante
de que su conducta no fuese grata a los ojos del Dios de los puritanos, estuvo
dirigida fundamentalmente por el medio sectario en el que se desenvolvió el
propio artista.74* Ahora bien, no por ello cambia en absoluto el panorama que
acabamos de exponer, puesto que en realidad resultó favorable principalmente a
la literatura y a las generaciones posteriores, debido a la intrínseca
personalidad con toda su potencia, que pudo haber sido y fue, en efecto, el
resultado del progresivo imperio del vigoroso estilo puritanista.
No hay posibilidad de ahondar más en cada uno
de los por menores de las influencias del puritanismo en todos los sectores que
hemos señalado. Bástenos recordar que el esparcimiento permitido en los bienes
culturales, se entiende que únicamente los que benefician el deleite artístico o
deportivo, topa infaliblemente con una peculiar limitación: sin costo alguno. El
individuo no es más que un administrador de los bienes que por la gracia de
Dios, por la propia voluntad de El, le han sido concedidos, y, del mismo modo
que el sirviente, del cual nos habla la Biblia, debe avenirse en rendir cuenta
de cada fracción de moneda que le haya sido confiada,75* por este solo hecho, es
un riesgo disiparla en algo que no esté destinado a la honra de Dios, cuan do,
por el contrario, es para el placer del hombre.76* No hay más que abrir los ojos
para advertir representantes de esta men talidad, inclusive hoy por hoy.77*
Aquel que siente la obsesión por la pertenencia, como deber o cargo encomendado,
con lo cual está comprometido, sometiéndose a ello en calidad de administrador y
aun más de “máquina adquisitiva”, llevará para siempre en peso esta carga que
aplasta toda posibilidad de solaz vital en él. A mayor riqueza, pues, tanto más
recio es el sentido de la responsabilidad por su mantenimiento intacto ad
gloriam Dei y la intención de acrecentarla mediante el trabajo continuo. In
dudablemente, alguna raíz de este estilo vital, que contribuyó a su origen (a
igual que otros muchos factores del espíritu moderno del capitalismo) en la Edad
Media,78* bien que única mente en la ética del protestantismo ascético descubrió
su fundamentación más consecuente. Ahí se puede ver con toda claridad la
trascendencia para el desarrollo capitalista.79* Condensando, diremos que el
ascetismo laico del protestantismo obraba contra el placer despreocupado de la
abundancia, usando la potencia al máximum, y ahorcaba el consumo, principalmente
de artículos lujosos; por otra parte, psicológicamente aniquilaba, sin embargo,
todas las sujeciones que la ética tradicional ofrecía al deseo de la riqueza,
destruía todos los eslabones del anhelo de lucro pues, aun cuando no lo
legalizaba, lo tenía conceptuado como mandato de Dios (con el significado
expuesto).
La pelea entablada
contra el sensualismo y el apego a la riqueza no iba dirigida hacia el lucro
racional; se trataba de dar el golpe al uso irracional de la riqueza. El
puritanismo así lo afirma, y así también lo atestigua Barclay, apologista
cuáquero por excelencia. Al uso irracional de la riqueza se le debe una
interpretación, especialmente, de la preferencia por las formas exageradas del
lujo —juzgado como idolatría—,80* tenidas por el feudalismo en tan alto aprecio,
en vez del uso racional y provechoso grato a Dios, con la finalidad vital del
hombre y de la comunidad. No se esperaba del rico “mortificación”,81* por el
contrario, se trataba de que él hiciera uso de sus bienes en lo necesario y de
posible utilidad. La idea de lo confortable abarca singularmente el conjunto de
los fines permitidos por la ética. Es obvio, pues, que los primeros en quienes
tomó forma la conducta inspirada en dicha idea fueran los representantes, justa
mente, de tal concepción de vida, es decir: los cuáqueros. En frente al boato y
la fastuosidad deslumbrante al modo caballeresco que, sin sólida economía da
preferencia a la deslustrada elegancia por encima de la modesta simplicidad, se
coloca ahora el ideal del varón burgués, consistente en un escrupuloso bien
estar consolidado.82
Por lo que se refiere a la
fecundación de bienes, el ascetismo se enfrentaba por igual a la falta de
lealtad que a la ambición de riquezas por el solo instinto. Únicamente esto era
lo que el ascetismo condenaba como covetousness, como mammonismo, etcétera,
pretender la abundancia con la sola y exclusiva finalidad de enriquecerse. La
riqueza, considerada en sí, es una tentación. Lamentablemente, de ahí se
desprende con claridad, el ascetismo operaba con el rigor semejante al que
“siempre desea lo bueno y nunca deja de crear lo malo” (se entiende por malo: la
riqueza y sus tentaciones). De hecho, conforme con el Antiguo Testamento y de
igual modo a la valoración ética de las “buenas obras”, además de aquilatar en
el afán de la riqueza, como última finalidad, lo sumo de lo reprochable y, en
contraste, un favor de la voluntad divina en el enriquecimiento, como producto
del trabajo profesional, vio algo más importante, esto es, la valoración ética
del trabajo constante, prolongado, de manera sis temática en la profesión, como
vía ascética preeminente y en calidad de prueba verdadera y palpable de
regeneración y de auténtica fe, que debía ser el más efectivo agente, para
difundir el concepto de la vida que hemos denominado “espíritu del
capitalismo”.83* Si tras el ahogo del consumo añadimos el del espíritu de lucro
de todos sus impedimentos, las ineludibles consecuencias serán el cúmulo de un
capital como efecto de esa coerción ascética para el ahorro.84* Como sea que el
capital amasado no debía disiparse vanamente, resultaba obligado invertirlo con
propósitos fructuosos. Claro está que no es posible la exactitud de un cálculo
en cifras acerca del magno alcance de este efecto; mas, su realidad, en Nueva
Inglaterra, no pasó inadvertida ya para Doyle, en virtud de la gran penetración
suya como historiador.85* Por lo que respecta a Holanda —aquí fue únicamente por
siete años que dominó el calvinismo—, los círculos más apegados a la
religiosidad, cuya sencillez y moderación iban cada vez más en ascenso, dueños
de grandes riquezas, terminaron por lanzarse desenfrenadamente tras el cúmulo de
capitales.86* Sin embargo, con el paso de los años, la propensión en todas las
épocas y lugares, la misma que aún hoy existe, de “aristocratizar” la burguesa
sucesión de bienes, se topó con el menosprecio hacia las formas feudales de
vida, propio del puritanismo. Los mercantilistas escritores ingleses del siglo
XVII consideraban que la preponderancia del capitalismo holandés estaba por
encima del de Inglaterra debido a que en este país, contrariamente a como en
Holanda, los capitales nuevos eran invertidos en tierras, así como por el hecho
—que hay que tomar también en cuenta— de que sus amos se daban con exceso a
estilos feudales, con pretensiones de adquirir un sello aristocrático,
extirpando sus patrimonios del caudal capitalista circulante.87* La agricultura
era digna de alto aprecio para el puritanismo y, de manera concreta, para Baxter,
considerada como parte de importancia muy singular dentro del dinamismo
económico y con aptitudes específicas para competir con la religiosidad; mas,
las afinidades no se ven concentradas en el lordman, antes bien en el yeoman y
el farmer, así como, en el siglo XVIII no lo estaban en el Junker, sino en el
agricultor racional.88* A partir del siglo XVII vemos a la sociedad inglesa de
aquel tiempo fraccionada en dos bandos, debido a la diferenciación entre la
squirearquía, correspondiente a la antigua Inglaterra jubilosa, y los núcleos
puritanos carentes de una seguridad en el poder social.89* Estos rasgos
distintivos, por una parte el simple júbilo vital, y por la otra, el propio
dominio, con estricta medida y cautela, así como con cierta ética convencional,
existen a la vez en la idea representativa del carácter del pueblo inglés.90*
Asimismo, en el curso de la antigua historia de la colonización de aquellas
regiones norteamericanas se observa la resistencia absoluta de los adventurers,
que instituían plantaciones valiéndose del trabajo de intendad servants y
pretendían vivir a la manera señorial, frente a la mentalidad de los puritanos,
esencialmente burguesa.91* La fuerza emanada de la concepción puritana de la
vida no propició únicamente la creación de capitales, pues, además, dio
resultados aún de mayor importancia, al beneficiar de manera especial la
formación del comportamiento burgués y racional (visto desde el ángulo de la
economía) cuya figura más representativa y consecuente corresponde al puritano.
Es así como esta concepción contribuyó al origen del “hombre económico” de los
tiempos modernos. Sin embargo, ante la difícil prueba de la constante tentación
de la riqueza, ya experimentada por los mismos puritanos, aquellos ideales de
vida se estrellaron. A cada paso solemos encontrar a los adeptos más fidedignos
del puritanismo integrar el círculo de la pequeña burguesía, que gozaba, en
aquel tiempo, de su máximo esplendor económico, así como de los farmer;92*
inclusive, entre los cuáqueros, nos encontramos con los beatipossidentes prestos
a desdecirse de un gran número de sus ideales antiguos.93* Esta es la misma
suerte que hubo de correr en su día el ascetismo monástico del medievo,
predecesor de este ascetismo laico. Ello ocurrió cuando la racionalización de la
economía, tomando como base de una existencia la severa conformidad a las reglas
y el ahorcamiento del consumo, hubo logrado sus efectos, el cúmulo de la riqueza
o el hecho de haberse “aristocratizado” (al igual que en la etapa precedente a
la escisión religiosa) o bien con minó, a lo menos, con debilitar la disciplina
monacal, por lo cual era necesario llevar a cabo una que otra de las varias
“reformas”. En efecto, la historia completa de las órdenes religiosas es, en
cierta medida, una lucha constante alrededor de las cuestiones inherentes del
hecho de secularizar la riqueza. Y con el ascetismo profano del puritanismo
acaeció ni más ni menos de igual modo. Aquel vigoroso revival del metodismo
anterior al crecimiento de la industria en Inglaterra, en las postrimerías del
siglo XVII, es fácilmente comparable con cada una de estas reformas de las
órdenes religiosas. Nos es dable añadir un fragmento de John Wesley,94* que
podría servir convenientemente como lema para encabezar todo cuanto aquí se ha
dicho, ya que señala la manera como los jefes de todas las ramas ascéticas veían
por igual, con suma claridad, y con idéntico significado que el nuestro, la
conexión con visos al parecer de paradoja, puesta de manifiesto.95* Helo aquí:
Temo: donde la riqueza asciende, la religión
aminora en igual proporción; no concibo, pues, cómo pueda ser factible, conforme
a la naturaleza de las cosas, una extensa persistencia de cada alborada de la
verdadera religiosidad; puesto que, necesariamente, la religión reditúa
laboriosidad (industry) y sobriedad (frugality), ambas por igual fuente de
riqueza. Mas tan pronto como esta riqueza se acrecienta, se agiganta la
soberbia, la vehemencia y el apego al mundo en cualquiera de sus formas pues,
¿cómo ha de ser posible que vaya a perdurar tanto el metodismo, siendo una
religión afectiva, a pesar de que ahora la vemos extenderse como un frondoso
árbol? Donde sea que estén, los metodistas son laboriosos y ahorrativos; en
consecuencia, se incrementa su abundancia en bienes materiales. Por ende, se
acentúa en ellos la soberbia, el ardor, todos los apetitos carnales y del mundo,
el orgullo de vivir. La forma de la religión persiste, pero..., poco a poco se
va secando su espíritu. ¿No existirá algún medio que paralice esta decadencia
insistente de la pura religiosidad? Obviamente, no es posible que impidamos a la
gente que sea laboriosa y ahorrativa. Debemos aleccionar a todos los cristianos
que tienen el deber y el derecho de ganar lo más posible y de ahorrar cuanto
puedan; es decir, que no sólo pueden, sino que deben enriquecerse”. (A
continuación, se reitera la advertencia de que “deben ganar y ahorrar cuanto
puedan” y de que asimismo “deben ceder cuanto puedan”, a fin de prosperar en la
gracia y juntar un tesoro en el cielo). Como puede comprobarse, Wesley advierte
en todos los pormenores la misma relación que nosotros hemos expuesto.96* Este
movimiento religioso, con todo su poderío, y cuyos alcances para el avance
económico residían especialmente en efecto de educación ascética, no los tuvo,
sin embargo, para llevar al máximo su influjo económico (con la intención que
Wesley le da) ( tanto que no se hubo extinguido la efervescencia del arrebato
piadoso, en el punto que la búsqueda violenta del reino de Dios derivó en la
sobria virtud de la profesión y las raíces religiosas, habiéndose secado, fueron
remplazadas por argumentos utilitarios. En suma, en el punto coincidente en que,
para dirigir la palabra a Dowden, Robinson Crusoe, aquel ser económico a solas,
que únicamente de manera incidental asume, también, una actividad de
misionario,97* empieza por remplazar al “peregrino” de Bunyan en la prodiga
imaginación del pueblo, que se lanza raudamente por entre la “feria de la
vanidad”, conducido por un profundo anhelo de soledad que lo impulsa a buscar el
reino de Dios. Después, llega do el momento en que se sobrepone el principio de
to make the best of both worlds, tiene efecto que la buena conciencia es,
sencillamente, un medio, entre otros, de confortable vida burguesa —ya observado
por Dowden—, esto es, en el sentido de “conciencia tranquila” que el alemán
burgués deja traslucir cuando así se expresa. Ciertamente, la herencia que la
era del siglo XVII legó a su sucesora utilitaria fue la coacción de conservar la
con ciencia sana (diríamos. al modo farisaico, buena) en razón de
enriquecimiento, con la condición de que rigieran las normas legales en su
adquisición. Una vez desaparecido el último residuo del Deo placere vix potest,98*
surgió el ethos profesional de la burguesía. Al empresario burgués no sólo le
estaba permitido el afán de lucro, sino que debía guiarse por él, si le asistía
la seguridad de hallarse en estado de gracia y de considerarse evidente mente
bendecido por Dios, siempre y cuando no se saliera de los límites de la
corrección formal, se comportara con ir ética, y el uso de sus riquezas no fuese
indecoroso.99* Al mismo tiempo, gracias a la prepotencia del ascetismo
religioso, podía disponer de trabajadores moderados, probos, leales y de mucho
vigor para el trabajo, considerado por ellos como una finalidad de la vida grata
a los ojos de Dios En otro aspecto, le asistía la firme placidez de que la
desigualdad en la repartición de los bienes de esta vida está dispuesta
expresamente por la divina providencia que, valiéndose de estas desigualdades y
del particularismo de la gracia, persigue fines secretos que escapan de nuestro
entendimiento.100* Calvino había expresado, ya, que cuando el “pueblo”, el
conjunto de trabajadores, se mantiene en la pobreza es solamente porque obedece
a Dios.101* Tal afirmación fue “secularizada” por los holandeses (entre ellos
Pieter de la Cour), dándole el significado de que los hombres únicamente se dan
al trabajo cuando la necesidad les apremia a realizarlo; de ahí que la pauta de
este leitmotiv de la economía capitalista haya derivado, con el tiempo, en la
teoría de la “productividad” de los salarios bajos. De nuevo el utilitarismo fue
haciendo valer su autoridad de un modo insensible, conforme se iba secando la
raíz religiosas (reafirmándose una vez más el trazo de nuestro es bozo acerca de
este desenvolvimiento, el cual merece ser recordado). En la Edad Media su ética
consentía la mendicidad, y hasta llegó a glorificarla en las órdenes religiosas
que la practicaban. En cuanto a los pordioseros seglares, éstos llegaron a
formar una “clase”, y en esta calidad se les valoraba en virtud de que
proporcionaban al rico la coyuntura de realizar buenas obras mediante sus
caridades. Y poco más o menos semejante a esta actitud fue la de los Stuarts con
su ética social anglicana. Al ascetismo puritano le fue asignada la ayuda en la
inclemente legislación inglesa acerca de los pobres, que estableció en esta
materia los cambios más fundamentales, lo cual pudo ser factible debido a que la
mendicidad estaba excluida del seno de las sectas protestantes y de las
comunidades regidas por el estricto puritanismo.102]
Por lo que se refiere a los trabajadores, la
pluralidad pietista de Zinzendorff, verbigracia, ensalzaba al trabajador leal a
su profesión, indiferente a la ganancia, que se ajusta en su vida al modelo
apostólico y se halla, por consiguiente, urgido con el carisma de los
discípulos.103* Indudablemente, en la totalidad de la literatura ascética de la
mayoría de las confesiones, predominaba la idea de que el trabajo honrado es
igualmente grato a Dios, así sea ejecutado a base del salario bajo por aquel que
no ha sido favorecido con otras posibilidades más ventajosas. Al respecto el
ascetismo del protestantismo no elaboró ninguna innovación; embargo, además de
ahondar en ello, muy sutilmente por cierto, aceleró algo que se consideraba de
máxima importancia para la eficiencia de la norma, esto es: el impulso anímico
motivado por la idea de este trabajo en calidad de profesión, como el solo medio
digno de preferencia para lograr la seguridad de la gracia.104* Por otro lado,
le daba autoridad legal a la buena disposición para el trabajo, toda vez que
también el enriquecimiento del patrón estaba considerado como una
“profesión”.105* Ya se descubre, pues, en qué grado había de lograr su
predominio moral, por encima de la “productividad” del trabajo en el sentido
propio del capitalismo, el solo anhelo de lograr el reino de los cielos mediante
la fiel observancia de la obligación profesional y el estricto ascetismo,
impuesto por las normas eclesiásticas simplemente como algo natural, a las
clases menesterosas. En los tiempos modernos, el hecho de que el trabajador
considere su actividad como “profesión” es una característica tan natural como
lo es la que j al concepto del enrique cimiento para el empresario es la razón
por la cual podría causar extrañeza que sir William Petty, un anglicano tan
rigurosamente incondicional, atribuyera el predominio económico de Holanda en el
siglo XVII al hecho de que para el nutrido grupo de los Dissenters de este país
abarcando calvinistas y baptistas, fuese considerado por .i (e1* trabajo y la
industria como un deber para con Dios’ Ante la constitución social “orgánica”
(en el encauzamiento fiscal-monopolista que adoptó en el anglicanismo bajo el
mando de los Estuardos y, especialmente, en la concepción de Laud), y a la
coalición entre, el Estado y la Iglesia con los monopolios, tomando el
cristianismo- social como fundamento, el puritanismo que agrupaba los más
declarados enemigos de este autorizado capitalismo excepcional de los
gigantescos comerciantes, de aquellos explotadores del trabajo a domicilio y de
los mercaderes relativos a las colonias, oponía los ímpetus particulares de
lucro racional y lícito, logrado a base de una aptitud e inclinación personales,
a los que se les debe el magno florecimiento de las industrias implantadas sin
la protección (o a pesar de ella o, inclusive, contra) el poder público, en
tanto que las industrias monopolizadas, a las cuales el Estado favorecía,
dejaron de existir, una vez más, en Inglaterra.106* Los puritanos (Prynne,
Parker) se negaban a relacionarse con los “cortesanos y proyectistas”
considerados al modo de los grandes capitalistas, pertenecientes a una clase
social moralmente censurable, poseedores de un manifiesto orgullo de la
supremacía de sus propios valores éticos, burgueses mercantiles, y en ello
radica justamente la razón auténtica de los hostigamientos que recibieron de sus
adversarios, boicoteando bancos median te el retiro de depósitos; así Defoe
pretendía obtener un triunfo contra el dissent. La rivalidad de ambas posiciones
capitalistas estuvo estrechamente relacionada con la rivalidad de las ideologías
religiosas. Los rivales de los no conformistas se mofaron siempre del spirit of
choopkeepers que, en su opinión, se hallaba encarnado en sus adversarios, y los
persiguieron como pervertidores de los clásicos ideales ingleses. De ahí
arranca, también, el antagonismo entre el ethos económico puritano y el ethos
judío. Claro está que los contemporáneos, entre ellos Prynne, no ignoraban que
el auténtico ethos económico burgués no correspondía al del judío sino,
precisamente, al primero.107
Hemos intentado dar prueba de que el espíritu
ascético del cristianismo fue el que originó uno de los factores que
intervinieron, a su vez, al nacimiento del moderno espíritu capitalista y hasta
de la propia civilización de hoy día, la racionalización del comportamiento en
base al concepto de la profesión. Reflexionemos, una vez más, fijando la
atención en el documento visto al principio de este trabajo, y que nos fue
legado por Franklin, y se reconocerán estos factores inherentes de esa
mentalidad a la que hemos nombrado “espíritu del capitalismo”, los mismos recién
señalados, precisamente, constitutivos del ascetismo profesional puritano,108*
bien que sin la raíz piadosa que Franklin poseía.
Para ser sinceros, no es una novedad la idea
de que el trabajo profesional moderno entraña carácter ascético. Goethe, con su
proverbial comprensión de la vida, se propuso ilustrarnos acerca de ello, en
momentos de gran lucidez, encontrándose en el pináculo de la fama. Lo atestiguan
sus geniales “Wanderjahren”, así como en la conclusión del Fausto.109* Su
enseñanza está en que el desasimiento al trabajo profesional y, por ende, la de
cisión de abandonar la integridad fáustica de todo lo humano, constituye una
condición del obrar estimativo en el mundo de lo presente, por lo que la
“acción” y la “renuncia” se encuentran inexorablemente condicionadas de manera
recíproca. En esto radica el auténtico motivo del ascetismo que domina en la
vida del burgués (dando por cierto que constituye un modo de vida, desechando la
posibilidad de que carezca de él). Este era el adiós de Goethe, su
desprendimiento de una etapa de humanidad plena y hermosa que ya no se repetirá
en la historia, así como tampoco hemos visto producirse en Grecia otro ciclo de
tanto esplendor clásico como el que en otros tiempos tuvo. La decisión del
puritano fue ser un buen profesional; ésta, también, debe ser la nuestra.
Ciertamente, tan pronto como el ascetismo traspuso el umbral de los claustros
monacales a fin de integrarse en la vida profesional y regir la ética mundana,
tomó parte, en la medida de sus posibilidades, en la erección de este colosal
mundo de orden económico moderno, el cual, estando enlazado al estado técnico y
económico de la productividad mecánica maquinista, señala en la actualidad, con
una energía irresistible, el modo de vida de los seres que ven su primera luz en
él sin exclusión de nadie, tomen o no parte con su actividad e, indudablemente
continuará señalándolo por considerables años más} opinión de Baxter, la
inquietud por la riqueza no había d abrumar lo más mínimo el ánimo de sus
santos, a lo sumo sentirla tan ligera como si sobre los hombros se llevara “un
manto fino que, en un momento dado, pudiese deslizarse hacia el suelo”.110* Mas,
el infortunio quiso que el manto se transformara en duro cofre. El ascetismo
tomó con especial interés la transformación del mundo y estimó que en él debía
realizarse; no es para sorprenderse que las riquezas de este mundo tuvieran un
tan poderoso alcance progresivo y, en último caso, irresistible sobre la
humanidad, desconocido enteramente en los anales a través de los siglos. El
espíritu se esfumó; el cofre permanece vacío sin que pueda saberse si para
siempre. Como quiera que sea, el capitalismo triunfante, siendo que se apoya en
bases mecánicas, ya no requiere más de la ayuda religiosa mismo, es de suponer
que se ha extinguido para siempre la rosácea mentalidad de la jubilosa sucesora
del puritanismo, la “ilustración” después de todo, sólo queda el recuerdo de la
obligación profesional como una quimera de remotas ideas piadosas. El hombre se
niega a someterse a esa obligación, si no le es dado relacionarla de manera
directa con determinados valores del espíritu, por excelencia elevados, o bien,
en el caso o to, se le presenta simplemente en calidad de imposición económica.
En Estados Unidos de América del Norte fue donde arraigó con más ahínco el
vehemente anhelo tras la consecución de la ganancia, despojado en la actualidad
de su sentimiento tan to ético como religioso. Es ahí donde lo vemos inclinado
apasionadamente a distintas actividades agonales, como si siempre se tratase de
un evento deportista.111* No es posible predecir en dónde ni quién sea el que
llene el cofre vacío; tampoco es previsible si al cabo de tan inaudito
movimiento evolutivo reaparecerán seres con el don de profecía y si llegará el
día en que se podrá presenciar un vigoroso resurgimiento de aquellas ideas e
idea les de antaño(También puede que ocurra a la inversa, que una ráfaga cubra f
petrificándolo de un modo mecanizado y se produzca una convulsión en la que, en
su totalidad, los unos pelearán con los otros. En semejante situación, los
últimos su pervivientes de esta etapa de la civilización podrán atribuirse estas
palabras: “especialistas desprovistos de espiritualidad, gozantes desprovistos
de corazón: estos ineptos creen haber escalado una nueva etapa de la humanidad,
a la que nunca antes pudieron dar alcance”
Hemos irrumpido en los dominios del
discernimiento de los valores y de la fe, siendo que este planteamiento
histórico no debe serle imputado. Antes de asignar el valor correspondiente, aún
nos falta por examinar asuntos de gran trascendencia. Es conveniente, primero,
conocer hasta dónde el racionalismo ascético puede pesar en la ética política y
social, o sea en el con cierto y ejercicio de los conjuntos sociales, abarcando
desde los conventículos hasta el Estado, puesto que, en el curso de nuestra
exposición, lo hemos dado a conocer únicamente en partes Segundo, hace falta
establecer su nexo con el racionalismo humanístico112* y el de las aspiraciones
vitales y aun de los ascendientes de cultura, así como, con posterioridad, su
relación también con el desenvolvimiento de la filosofía empírica, de la
ciencia, de la técnica y con el acervo espiritual de la civilización. En suma,
sería interesante no perder de vista su proceso histórico, tomando como punto de
partida los indicios, en tiempos del medievo, de un ascetismo laico hasta que
éste se pierde en el utilitarismo, por entre las diversas esferas sobre las que
desplegó su acción el ascetismo piadoso. Únicamente así sería factible demostrar
absolutamente la proporción del extraordinario alcance ilustrativo del
protestantismo ascético con respecto a otros factores plásticos del actual mundo
civilizado.
Nuestro empeño ha sido destacar las causas
primordiales del hecho y la forma de actuar en un punto, si bien, aun cuando sea
el único, debe considerarse el de mayor importancia. Por esta razón, enseguida
valdría la pena de estudiar el proceso del influjo que el ascetismo protestante
recibió, por su parte, en su desarrollo y aspectos básicos por el conjunto de
las condiciones en que se encontraba la cultura y la sociedad, en especial las
económicas, que, precisamente, nació en su seno.113* Luego, sabiendo que, sin
especificar, el individuo moderno, así se esfuerce con gusto y benevolencia, no
alcanza a imaginarse la importancia del extraordinario ascendiente moral que las
ideas religiosas han tenido sobre la manera de proceder en la vida, así como
sobre la civilización y el aspecto nacional, no está tampoco en nuestro ánimo
suplantar una percepción unilateral- mente “materialista” de la cultura y de la
historia por otra en contraposición al espiritualismo de un solo aspecto causal.
En realidad, por igual puede lograrse la interpretación de materialismo y
espiritualismo,114* si tomamos en cuenta que se trata de un ensayo inicial;
pero, si a la inversa, as piran a establecer la meta de nuestra indagación,
ninguna de las dos resulta del todo apropiada para ser útil a la autenticidad
histórica.115
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NOTAS DE LA SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO II (115)
NOTAS
NOTAS DE LA
INTRODUCCIÓN
1 En esta cuestión y en algunas más, me
desprendo de quien fue mi respetado maestro Lujo Brentano (en cuanto a la obra
que más adelante habré de mencionar). Por de pronto, mi discrepancia estriba en
la terminología; pero sostengo otras de carácter objetivo. A mi entender no
sería conveniente involucrar en una sola categoría algo tan heterogéneo como el
lucro adquirido a costa de la explotación y la ganancia, que ritúa la dirección
de un complejo industrial y aún más señalar como espíritu del capitalismo, en
contraposición a otros métodos de lucro, todo afán de lograr dinero, pues los
conceptos se extravían y con respecto a lo primero se imposibilita poner de
relieve aquello que caracteriza el capitalismo de Occidente ante las demás
formas capitalistas. G. Simmel en su Philosophie des Geldes (Filosofía del
dinero) se excede también al confrontar la “economía del dinero” y el
“capitalismo”, con lo cual su propia demostración objetiva queda vulnerada. Por
su parte W. Sombart, particularmente en la postrera edición de su bellísima obra
magna, acerca del capitalismo, relativa a Occidente, y a la organización
racional del trabajo (de sumo interés a mi juicio para dilucidar el problema),
se presenta muy postergado en beneficio de los demás elementos del movimiento
progresivo que de continuo han surgido en la humanidad.
2 No hay que formarse un juicio en extremo
tajante acerca de esta oposición. El capitalismo encauzado en un sentido
político (principalmente el des tinado al arriendo de impuestos) dió origen
tanto en la Antigüedad clásica como oriental (comprendida la China y la India) a
determinadas formas raciona les de industrias fijas con una contabilidad (de la
que únicamente tenemos noticias incompletas y deficientes), cuyo carácter
racional es evidente sin duda alguna. Baste como ejemplo la institución de los
bancos, originada, en la mayor parte de los casos, de intereses políticos
derivados de las guerras. Podemos citar el Banco de Inglaterra. Ello se
evidenció cuando se produjo la pugna individualista por parte de Paterson,
promoter por excelencia, con los afiliados al Directorio los cuales definieron
su perseverante postura, sin que tardaran en ser significados como the Puritan
usurers of Grocers’ Hall, así corno por la frustración política en las finanzas
de aquel Banco “tan sólido” al instituirse la Fundación South-Sea. El
antagonismo no es tan inflexible, si bien existe. No ha habido promoters ni
financiers, por muy grandes que sean, entendidos lo suficiente para instaurar
agrupaciones racionales de trabajo; tampoco los hubo entre los representativos
clásicos del capitalismo financiero a la par que político. Me refiero a los
judíos, gente de índole distinta (opinando, como de costumbre, de manera
general, a excepción de casos solitarios) a quienes se les debe atribuir la
obra.
3 Mis conocimientos hebraicos son, por igual,
insuficientes.
4 Está por demás decir que no aludo a
encuestas como, verbigracia, la de Jaspers, en su obra (Psychologie der
Weltanschaungen —Psicología de las concepciones del mundo—, 1919) o bien a
Klages, en su Charakterologie y otros ensayos similares, en la inteligencia que
en cuanto se apoyan al decidirse, constituye precisamente, el primer punto
disconforme en lo que se refiere a nuestro estudio. Mas, no es este el momento
de entablar con ellos una polémica.
5 No ha muchos años, escuché un juicio
semejante emitido por un notable psiquiatra.
NOTAS DE LA PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I
1 Estudio publicado en el “Archiv fur
Sozialwissenschajt und Sozialpolitik” (“Archivo de ciencia social y política
social”), (J.C.B. Mohr Tubingen), vols, XX y XXI, 1904—1905. Entre lo mucho que
se ha escrito en relación al mismo, me ajustaré a consignar las críticas mejor
argumentadas: F. Rachfahl, Kaivi nismus und Kapitalismus (Calvinismo y
Capitalismo) en la “Internationale Wochenschrift fur Wjssenschaft Kunst und
Technik” (Internacional de ciencia, arte y técnica), 1909, núms. 39-43. Al
respecto, puede verse mi contracrítica concerniente al “espíritu del
capitalismo’ en el Archiv cit., vol. XXX, 1910, y la respuesta de Rachfahl, loc.
cit. (Nochmals Kalvznismus und Kapitalismus (Todavía calvinismo y capitalismo)),
1910, núms., 22-25, así como mi conclusión última, en el Archiv, vol. XXI.
(Sospecho que Brentano, al formular su crítica a la que habré de referirme más
adelante, no tenía cono cimiento de éstos últimos juicios míos, pues no alude a
ellos.) En cuanto a Rachfahl, de preclara sabiduría, a quien tengo en alta
estima, cuando rodea el problema deja al descubierto su escaso dominio en la
materia, razón por la que no me ha sido posible extraer nada de la controversia
entre nosotros, por lo infecunda, sujetándome a proporcionar alguna que otra
cita suplementaria de mi contracrítica y, a interlinear algún fragmento o nota a
fin de no dar pie a un equívoco en lo futuro. Conviene examinar la obra Der
Bourgeois (El burgués) de Sombart, al que me referiré en próximas notas. Por
último, recomiendo el apéndice II del discurso de Lujo Brentano, pronunciado
ante la Academia muniquesa de Ciencias en torno a “los orígenes del moderno
capitalismo” (dado a conocer además en Munich, 1916, con algunos apéndices
añadidos), crítica que también tomaré en cuenta oportunamente. Si ello despierta
en alguien su interés, será fácil compulsar que no he omitido, desfigurado ni
atemperado ninguna de mis aseveraciones consideradas fundamentales a medida que
escribía mi artículo, así como ni mucho menos tampoco le he agregado nada que
fuera a distorsionar el sentido del primer trabajo en lo que a doctrina refiere.
Ciertamente, no existía motivo para ello, y si alguien llegare a ponerlo en duda
no tiene más que profundizar en el libro. Las contradicciones en que han
incurrido lo dos últimos maestros citados, lejos de ser para conmigo lo han
hecho entre ellos. Brentano se enfrenta a Sombart en la obra de éste Die Juden
und das Wirtschaftsleben (Los judíos y la vida económica) la juzgo, de manera
objetiva, coincidente en base a muchos puntos, si bien por lo general injusta,
dejando a un lado la falta de visión por parte de Brentano, en cuanto a lo
contundente en la cuestión de los judíos, a lo cual en nuestra intención primera
no le dimos cabida. (Luego podrá verse.)
En cuanto al plano de la ‘leología, cabe
señalar insinuaciones de importancia en torno a nuestro trabajo; digamos que en
principio, exceptuando divergencias de pormenores, nuestras aseveraciones han
recibido cordial y objetiva mente, buena aceptación. Nos sentimos por ello
satisfechos, con cuanta más razón porque no habría podido sorprenderme
animadversión hacia la manera que debimos tratar los temas. Aquello que para un
teólogo adicto a una religión es de valor en ella, no había de ser lo
contundente en nosotros. Sencilla mente, hemos destacado desde el ángulo
religioso, las perspectivas superficiales y descomedidas de la vida de las
religiones, siempre en su apariencia real que con frecuencia debido a su mismo
aspecto exterior y bruteza, han sido los de más grande ascendiente en el orden
externo. Nos remitimos en particular de una sola vez (a cambio de la usual cita
en cada determinada ocasión) a una obra que, dejando aparte el valor inherente
de su contexto, viene a completar y reafirmar a la vez la solución hallada a
nuestro problema. Se trata de Die Soziallehren der christlichen Kirchen und
Gruppen (Las doctrinas sociales de las Iglesias y grupos cristianos), 1912, cuyo
autor, E. Troeitsch, presenta la historia universal de la ética del
cristianismo, de acuerdo con su propio y superior criterio. Ahora bien, E.
Troeltsch se interesa especialmente por la doctrina, en tanto que las
consecuencias prácticas de la piedad constituyen mi objetivo por encima de todo.
2 La discrepancia en otros casos no siempre
tiene su explicación, pero, por lo regular, obedece al simple hecho de que el
credo religioso del factor obrero de tal o cual industria esté sujeto, en primer
lugar al que predomina en el país del cual procede, o en el que sean
incorporados dichos trabajadores. Es frecuente que este hecho desfigure, por de
pronto la imagen que presentan las estadísticas al respecto. Tenemos como
ejemplo el caso de Renania. Por otro lado, es obvio que los antecedentes no
resulten definitivos si no se pormenorizan las profesiones con sus
especialidades; de lo contrario se corre el riesgo de que determinados
empresarios de gran envergadura sean clasificados en la misma categoría de
“directores de industria” que aquellos “maestros” que trabajan con independencia
absoluta. Y, aparte todo, es apremiante señalar que. el “gran capitalismo” de
hoy en día se encuentra desligado del todo, en especial por lo que atañe a la
compacta masa de sus trabajadores con menos ilustración, del influjo que antaño
pudo ejercer el credo piadoso. (Más adelante volveremos acerca de esto.)
3 Cf., verbigracia, Schell en “Der
Katholizismus als Prinzip des Fortschri les (El catolicismo como principio de
progreso) Würzburg, 1897, pág. 31. V. Hertling, Das Prinzip des Katholizismus
und die Wissenschaft (El principio del catolicismo y la ciencia), Friburgo,
1899, pág. 58.
4 De entre el acopio de material estadístico
de que disponemos en relación a estos asuntos, un alumno mío ha elaborado en
base a la estadística confesional de Baden.
Cf., Martin Offenbacher,
Konfessions und soziale Schich tung (Confesión y estructura social).
Un análisis del estado económico de los
católicos y protestantes de Baden. (Tübingen y Leipzig, 1901, Vol. IV, fasc. 5
de los “Cuadernos de Economía de la Universidad de Baden”.) En la continuidad de
la tarea emprendida nos hemos valido de este trabajo para ilustrar con hechos y
notas, nuestras aseveraciones.
5 Remontándonos al año 1895, ponemos el
ejemplo de que en Baden existía un capital tributario integrado por rentas de
capital de 954,060 marcos por cada millar de protestantes, frente a 589,000
marcos por la misma suma de católicos. Los judíos, por su parte, superaban en
exceso estas cifras, pues por cada mil de ellos correspondía cuatro millones de
marcos. (Datos registrados por Offenbacher, 1oc., cit., pág. 21.)
6 Con respecto a esta cuestión deben
establecerse comparaciones entre todos los razonamientos emitidos por
Offenbacher en el trabajo de referencia.
7 Offenbacher, en los dos primeros capítulos
de su obra citada registra con mas precisión otros pormenores concernientes a
Baden.
8 En el año de 1895, se calculaba en la ciudad
de Baden un 37.0% de protestantes, un 61.3 de católicos y un 1.5 de judíos. No
obstante, según Offenbacher (loc. cit., pág. 16) entre 1895 y 1891, la
confesionalidad escolar en los jóvenes de las escuelas nacionales y libres se
repartía así:
Liceos: (Protestantes: 43%) (Católicos 46%)
(Judíos 9.5%)
Liceos profesionales: (Protestantes 69% )
(Católicos31% ) (Judíos 9%)
Escuelas profesionales: (Protestantes 52%) (
Católicos 41%) (Judíos 7%)
El mismo hecho tiene lugar en Prusia, Baviera,
Würltenberg, Austria y Hungría. (Cf. Offenbacher, loe. cit., pág. 18 y ss.)
9 Cf. las cifras de la nota precedente. La
proporción de católicos en los institutos de segunda enseñanza, respecto a la
población total, es una tercera parte menor, con una mínima excepción en los
liceos a causa de la contribución de sus enseñanzas para la formación teológica.
Es también característico que en Hungría, la asistencia de protestantes a las
escuelas secundarias sea mayor que en ninguna otra parte. (Offenbacher, loe.
cit., pág. 19, última nota)
10 Offenbacher, loe. cit., pág. 54,
demostración de tablas al dar por terminado el trabajo.
11 Ello se encuentra muy bien observado por
Sir William Petty en los fragmentos de sus escritos, los cuales citaremos en su
oportunidad.
12 En lo que concierne a Irlanda, Petty expone
ejemplos fundamentados, simplemente, en que el marco protestante en dicho país
estaba integrado por lores absentistas. Una afirmación en un sentido opuesto
habría sido falsa. La prueba fehaciente de ello se encuentra en la parte que
corresponde a los “Scotch-Irish”. Tanto en Irlanda, como en todos los países, el
capitalismo el protestantismo estuvieron típicamente relacionados.
Véase C.A. Hanna, The
Scotch-Irish, 2 Vols. Nueva York, Putnam.
13 Claro está que ello no imposibilitaba los
notables resultados que la última tuvo por igual, así como, especialmente, no se
opone a la realidad de que, como luego veremos, para el desenvolvimiento de todo
un clima necesario en muchas sectas protestantes (sin excluir su contribución en
la vida eco nómica) tuvo una trascendencia extraordinaria el hecho de que fueran
pocas las minorías y, por ende, homogéneas. Podemos advertirlo, por ejemplo, con
los genuinos calvinistas no sólo en Ginebra y Nueva Inglaterra, sino en otras
partes, inclusive allí donde en el terreno de la política, ellos ejercían su
dominio.
No existe ninguna conexión entre el problema
que nos ocupa y, el acontecimiento de todos bien sabido, con respecto a la
constante afluencia de emigrantes de todos los credos religiosos existentes
(indios, orientales, chinos, sirios, fenicios, griegos, lombardos, “trapezitas”)
que se fueron estableciendo en otras partes del orbe, representativos del
espíritu mercantil de países más avanzados. Brentano, en su estudio acerca de
los “orígenes del capitalismo moderno”, pone como ejemplo de esta aseveración,
el caso de su propia familia. Lo cierto es que en todas las épocas y en todos
los países, nunca ha dejado de haber notables banqueros procedentes de uno y
otro país que no es el preferido para instalarse, que llevan consigo valiosas
experiencias y son interpretativos de conexiones mercantiles. Esto, no es
propiamente algo típico del capitalismo; pronto, inspiraron suspicacias de orden
moral en los protestantes, acerca de lo cual hablaremos luego. Algo más
aconteció con las familias de la rama Muralt y Pestalozzi que se trasladaron de
Locarno a Zurich, llegando a convertirse al poco tiempo en los impulsores de un
significado avance capitalista, especialmente en la industria, por excelencia
moderna.
14 Dr. Offenbacher, loe. cit.,
pág. 68.
15 Véase el extraordinario ensayo de W.
Wittjch, Deutsche und französische Kultur im Elsäss (Cultura alemana y francesa
en Alsacia), dado a la publicación en la “Illustrieste Elsäss”. Rundschau, 1900,
y, luego, en impresión aparte.
16 Con ello se da a entender que en unas y
otras veces surgían, en los res pectivos lugares, las probabilidades de un
desarrollo capitalista.
17 Referente a este tema, véase: Dupin de St.
André, L ‘ancien église réformée de Tours. Les membres de l’église (“Bull. de la
Soc. de l’Hist. du Protest”. Vol. 10). Un católico más que nadie habría de ver
en todo eso la causa primordial del intenso afán de salirse de la sujeción
monástica y aun, en gene ral, de toda intervención por parte del clero. Sin
embargo, el juicio de los opositores de aquel tiempo, inclusive de Rabelais, iba
en contra de esta interpretación; es más, y sirva como ejemplo, las
impugnaciones, por razón de conciencia, declaradas en los sínodos preliminares
celebrados por los hugonotes (verbigracia, el 1 Sínodo, C. partic., qu. 10, en
Aymon, Synod, Nat., pág. 10) entre cuyas preguntas formuladas está la referente
a si la jefatura de la Iglesia puede darse a un banquero. Por otro lado, y pese
a la postura firme de Calvino en lo tocante a este asunto, los adeptos más
estrictos no desperdiciaban la oportunidad en los sínodos nacionales para
promover reiteradamente la discusión acerca de si era lícito el préstamo a
rédito. Con sólo esto queda probada la intervención activa de todos los círculos
interesados y, muy especialmente, se pone de manifiesto que el afán de
entregarse a la usuraria pravitas prescindiendo del control de la confesión no
podía constituir un elemento concluyente. En Holanda el caso es el mismo, y a
ello nos referiremos luego. Nos asiste, la razón al afirmar que a la
proscripción canónica de la usura, no le damos la menor importancia en nuestras
exploraciones.
18 W. G. des Schwarzwaldes, 1, 67.
19 Consúltese al respecto las concisas
observaciones de Sombart, Der moderne Kapitalismus (El moderno capitalismo) la.
ed. pág. 380.
Lamentablemente, de las grandes obras de
Somiart aquella que, en esta materia, considero de tono menor (Der Bourgeois (Él
burgués), Munich, 1913) es en la que su autor defiende una “tesis” radicalmente
errónea. Más adelante me habrá de ser propicio el momento para hacer hincapié en
ello. Ciertamente Sombart no pudo escapar del influjo ejercido por F. Keller a
través de su Unternehmung und Mehrwet (Empresa y plus (“Escritos de la Sociedad
goerresiana” vol. 12), que no tiene el grado de calidad logrado por otras
publicaciones apologéticas, pese a sus observaciones sutiles, aun cuando no
todas originales.
20 No hay duda que encierra una verdad el
simple hecho de la transferencia del lugar de trabajo, por cuanto constituye un
factor poderoso de la intensificación (cf. también, supra, nota 12). Pongamos
como ejemplo el caso de una joven polaca, que por más promesas de aumento de
salario no pudo dejar de ser negligente en su trabajo habitual; pero una vez
efectuado el traslado, por ejemplo a Sajonia, su carácter en el medio laboral se
ha transformado y demuestra probabilidades nunca sospechadas para sacarles
provecho económico. El hecho se manifiesta igual en los trabajadores emigrados
de Italia. Lo verdadero si bien va unido a un factor concluyente, no es debido
al simple ingreso en un ambiente de civilización más avanzada, ya que el
fenómeno no deja de producirse cuando, por ejemplo, en la agricultura, el
trabajo es exacta mente el mismo y, además, es probable que la condición de
emigrado requiera un menoscabo transitorio en el standard de vida, que no habría
sido f de sobrellevar en el país de origen. El simple hecho de laborar en una
atmósfera diferente de la usual es lo que resquebraja la tradición e interviene
en calidad de elemento educativo.
Está por demás señalar hasta dónde se
fundamenta en resultados de tal carácter la mayor parte del desarrollo económico
de América del Norte. En la Antigüedad, gracias a la documentación de que
disponemos, se comprueba con bastante claridad cómo el destierro de Babilonia
alcanzó el mismo alcance para los judíos y algo parecido aconteció entre los
persas. Con los protestantes, la fuerza de sus respectivos carices piadosos
opera en calidad de medio estrictamente autónomo, a semejanza de los Jairas en
la India; prueba de ello es la innegable diferencia de la configuración
económica que existe entre las colonias puritanas de Nueva Inglaterra, Maryland,
por excelencia católica, el Sur episcopaliano y Rhode Island, la
interconfesional.
21 No es ignorado que en la mayoría de sus
formas deviene un calvinismo o zwinglianismo
atemperado.
22 En la ciudad de Hamburgo, poco menos que de
un luteranismo puro, una sola fortuna es la que procede del siglo XVIII y es
patrimonio, precisamente, de los descendientes de una familia que adoptó la
Reforma (esta particularidad me fue proporcionada, gentilmente, por el profesor
A. Whal). 23 En consecuencia, no es ninguna novedad confirmar, ahora, esta
relación que ya fue analizada por Laveleye, así como por Matthew Arnold y otros
más; lo sorprendente es el cariz dubitativo, sin fundamento alguno, razón por la
cual debe esclarecerse.
24 Ello no es obstáculo, obviamente, que, así
como el pietismo oficial, también otras direcciones piadosas se han declarado
contrarias luego, debido a los vestigios de una mentalidad paternalista, a
ciertos avances de la constitución económica del capitalismo (digamos, la
transición de la industria doméstica al método de fábricas). Es necesario
proceder con esmero a un aislamiento (ocasión habrá de comprobarlo
reiteradamente), de aquello que era un anhelo idealista en la dirección de una
religiosidad específica y el influjo práctico que ejercía en la conducta de sus
adeptos. (Con respecto a la precisa habilidad de los trabajadores pietistas en
su cometido, sugiero considerar los casos por mí presenciados en una fábrica de
Westfalia, aducidos en mi escrito titulado Zur Psychophysik dergewerblichen
Arbeit (Psicofísica del trabajo industrial), aparecido en el “Archiv. F.
Soziologie” (“Archivos de Sociología”, Vol. XXVIII, en especial pág. 263.)
NOTAS DE LA PRIMERA PARTE
CAPÍTULO II
1 El último párrafo corresponde al escrito:
Necesary hints to those that would be rich (Advertencias necesarias a los que
quieren ser ricos), elaborado en 1736; lo demás está extraído a los Advice to a
young tradesman (Consejos a un joven comerciante), 1748 “Works ed. Spark”, vol.
II, pág. 87.
2 Der Amerikamiüde (Francfot, 1855) es una
paráfrasis poética que recoge las observaciones americanas de Lenau. Este libro,
si se trata de calificarlo como obra literaria hoy en día no es fácil se le
conceda ningún mérito; sin embargo, su valor es imponderable considerándole como
documento de las contraposiciones (cada vez menos acentuadas) entre la manera de
pensar de los alemanes y de los americanos y, de manera especial, es la
descripción viva de esa profunda vida que tiene su origen en la mística alemana
de los tiempos medievales, patrimonio que comparten los alemanes, así sean
católicos o protestantes, en pugna con el sentido activista, característico de
los centros puritano- capitalista. Hemos procedido a la confrontación con los
originales y realizado las enmiendas que requería la traducción un tanto libre
que Kurnberg realizó del tratado de Franklin.
3 Frase de la que Sombart se vale en calidad
de lema del capítulo especial mente dedicado a la “génesis del capitalismo” (Der
rnoderne Kapitalismus, la. ed. vol. 1, pág. 193; cf. en página, por coincidencia
en su número 390).
4 Ello no quiere decir, claro está, que Jakob
Fugger fuera un ser desprendido en cuanto a la moral o irreligioso, tampoco que
Benjamín Franklin en ese aspecto se hubiese extenuado por completo en aquellos
principios. No habría sido necesaria la cita de Brentano (Die Anfánge des
modernen Kapitalismus (Los comienzos del moderno capitalismo), Munich, 1916,
pág. 150 y ss.) para salir a la defensa de estos reputados filántropos de un tan
enorme desconocimiento como el que se diría me atribuye Brentano. Realmente, la
cuestión es a la inversa, pues me pregunto: ¿cómo es posible que tal filántropo
pudiera sustentar en calidad de moralista semejantes principios?, ¿acaso
Brentano ha dado al olvido reproducir la formulación de tales principios tan
singularmente peculiares?
5 Aquí secundamos la distinta manera de
exponer la cuestión, ante Sombart. No dejaremos pasar la ocasión propicia para
dejar bien esclarecida esta diferencia en su extraordinario alcance práctico.
Sin embargo, es conveniente reflexionar en que Sombart posee un cabal
conocimiento en lo que concierne a esta apariencia ética del empresario
capitalista. Lo que ocurre es que en su razonamiento, ello se muestra como
efecto del capitalismo; en tanto que la hipótesis opuesta ha sido nuestro punto
de partida. Es el caso, ciertamente, que en tanto no demos por terminado este
examen no es posible adelantar una postura concluyente al respecto. Acerca de la
doctrina de Sombart cf. loe.’ cit., 1, págs. 357, 380 y ss. podemos hallar una
evidente conexión entre sus razonamientos y las imágenes esplendorosas plasmadas
por Simmel en el poster capítulo de su obra Philosophie des Geldes (Filosofía
del dinero). Más adelante comentará acerca de la controversia, que a través de
su libro en torno al “Burgués” quiso sostener conmigo; por el momento es preciso
que me abstenga de cualquier debate pormenorizado.
6 He aquí, en la traducción alemana: “Cuando,
al cabo, llegué al convencimiento de que, para la felicidad, es necesario que
las relaciones entre los hombres, cara a cara, sean veraces, de proceder recto y
de una extrema fidelidad, resolví llevarlas a la práctica hasta el fin de mi
existencia, y así lo dejé escrito en mi diario. No obstante, la natural
revelación no hizo mella en mí, pues, realmente, yo había ya reflexionado en que
si, por un lado, hay acciones que no son malas porque nos están vedadas por el
dogma y, por otro, son buenas porque, sencillamente, responden al mandato, pero,
atenidas a las circunstancias de cada quien, es posible que la prohibición
responda únicamente, al daño que las unas, por naturaleza, puedan acarrear y,
las otras, nos sean ordena das debido al beneficio que puedan proporcionarnos”
7 “Hasta donde pude me coloqué en un plano
secundario, e hice que se tomara (la formación de una biblioteca, a sugerencia
suya) como iniciativa de un nutrido grupo de amigos, debido al ruego reiterado
de hallar gente que a mi juicio fuera amante de la lectura, a la cual ofrecer el
asunto. Así fue como mi negocio iba prosperando; al cerciorarme de ello, me valí
del mismo sistema en cuanto asunto participé, y ante mis triunfos, me fue fácil
recomendarlo francamente a otros. El poco esfuerzo que representa en los
comienzos el hecho de sacrificar la vanidad, no tarda en verse cumplidamente
retribuido. Si por algún tiempo se desconoce aquel a quien se le debe el mérito,
surgirá el más presuntuoso, decidido a pedir con insistencia el premio para él;
sin embargo, en ese caso, la propia envidia inducirá a que se haga justicia al
iniciador y arrebatará las preseas encautadas, dándolas a quien en verdad le
corresponden”
8 Brentano, op. cit. (pág. 125 y 127 nota 1)
se aprovecha de esta observación para dar pie a la crítica de nuestros
argumentos posteriores acerca de la “racionalización r disciplina” impuestas al
individuo el ascetismo laico, “racionalización’ destinada a un proceder
irracional. Y, de hecho, así es. No se puede decir que lo irracional sea algo
substantivo; esto sí, por relación a un “racional” modo de ver preciso. Para
quien carece de espíritu religioso, todo proceder en ese sentido es irracional,
de igual manera que el hedonista ve irracional todo proceder ascético, si bien
le concede un valor superior, es de cir, una “racionalización”. Ahora bien si en
algo ha de ser de utilidad este estudio nuestro, lo será; al menos, para mostrar
el complejo significado del concepto de lo “racional’, unívocadamente en
apariencia.
9 Libro de los Prov., e. 22, y. 29. La
traducción de Lutero es: “en su negocio”. En cuanto a las versiones al inglés de
la Biblia leemos: “business” (negocios). Cf. infra, nota 1 de I, 3.
10 Frente a la pormenorizada, si bien no muy
exacta, alabanza que Brentano realiza (loe. cit., pág. 150 y s) de Franklin,
prejuzgando un desconocimiento mío de sus meritorias cualidades éticas, me
remito, sencillamente, a estas consideraciones, las cuales, a mi entender,
pudieron ser suficientes tanto como inútil esa justificación.
11 Hago la ocasión propicia para insertar aquí
algunas consideraciones anticríticas”. A Sombart no le asiste la razón de
aseverar (Der Bourgeois, Munich y Leipzig, 1913) que esta ética que rige en
Franklin sea una fiel repetición de los razonamientos genuinos de Leo Battista
Alberti, reconocido universalmente como gran genio del Renacimiento, siendo que
en toda la obra de éste además de la parte teorética, que abarca matemáticas,
plástica, pintura, en especial arquitectura, y aun acerca del amor (pese a que,
en !o personal, era adversario de la mujer) escribió en torno al hogar (Della
famiglia), en cuatro libros (lamentablemente, en estos momentos en que me
dispongo dar a la imprenta este trabajo no poseo más que uno de ellos, esto es,
la antigua publicación de Bonucci, pero no la de Mancini que es la más moderna.
Hemos reproducido recién el fragmento de Franklin de manera literaria; y, ¿donde
se hallan fragmentos similares en la obra de Alberti, principalmente una máxima
semejante a la de ‘tiempo es dinero” con todas sus advertencias que constituyen
su consecuencia? Únicamente podría tener un sentido parecido, algo así como un
eco adelantado del criterio frankliniano hacia el final del libro I de la
familia (ed. de Bonucci, vol. II, pág. 353) en el que, generalizando, comenta
acerca del dinero como el nervus rerum del hogar, de necesidad para la buena
dirección de la economía doméstica que recuerda la manera de expresarse Catón en
su De re rustica. Es del todo erróneo conceptuar a Alberti, el cual insiste,
reiteradamente, en provenir de noble familia florentina de caballeros (nobilissimi
cavalieri: Della famiglia, págs. 213, 228 y 247, ed. de Bonucci), como si se
trata de un ser con la “sangre envenenada”, un burgués pleno de rencor contra la
nobleza, tras que lo arrojó de su seno en calidad de hijo bastardo (lo cual de
ninguna manera lo desclasificaba). En verdad es típico de Alberti su delirio por
los negocios importantes, que únicamente son dignos de una nobile e onesta
famiglia, así como de un libero e nobile animo (op. cit., pág. 209) y,
justamente son los que cuestan menos trabajo (cf. Del governo della famiglia, IV,
pág. 55. Asimismo, ver, en la redacción de los Pandolfini, pág. 16: por lo que
el negocio mejor es el de la seda y lana, en la industria doméstica). Sin
embargo, aconseja por igual un gobierno ordenado y sobrio en la economía
doméstica balanceando las expensas y los ingresos. Así, pues, la santa
masserizia, cuya representación ha sido atribuída a Gianozzo, es básicamente un
principio de administración doméstica, más no de lucro (algo que no debió haber
pasado inadvertido a Sombart), así como en el debate acerca de la substancia del
dinero hablase de la inversión del capital antes que de la colocación de la
fortuna, así fuera en dinero o posesiones. A guisa de consejo, para la propia
protección de un posible riesgo de la fortuna, adquirir el hábito, desde
temprana edad, del dinamismo, y dice in cose magnifiche e ample (Della famiglia,
pag. 192), con perseverancia, única manera de mantenerse en buena salud (pags:73-74)
y de no caer en la ociosidad, indeseable si se quiere conservar la posición
lograda, por lo que hay que aprender solícitamente un oficio apropiado a su
clase, en prevención a posibles reveses de fortuna (sin embargo, dice toda opera
mercenaria es innoble (vol. 1, pág. 209). Si consideraramos este ideal suyo de
la tranguillita del ‘animo y su fuertísima propensión al epicúreo”), (vivere a
se stesso, loe. cit. pág. 282), su animadversión a todo cargo como causa
aflictiva, de discordia y embrollos en negocios sucios, así como el idealismo
suyo puesto en la casa de campo, sus sentimientos mantenidos vivos por la
recordación ancestral y el respeto del honor de la familia (por cuya razón,
conforme al modelo florentino, debe mantenerse unida, sin dividir su fortuna)
como medida y fin determinante, todo ello, sin duda alguna, hubiera resultado
para el puritano una idolatría contaminada de pecado, absolutamente repudiable,
una aristocracia patética ignorada en un varón de la calidad de Benjamín
Franklin. Téngase en cuenta, además, que tenía en gran estima la literatura
(puesto que su llamada “industria” está relacionada primordialmente con el
trabajo literario-científico, el cual debe considerarse aquel que, en verdad, es
digno del hombre. En suma, únicamente el iletrado Gianozzo hace suya como
equivalente la masserizia —con el significado de “economía doméstica racional”,
medida necesaria para una existencia, sin de pendencia de nadie y sin que se
llegue a sucumbir en la miseria—, atribuyen do la paternidad de este concepto a
un antiguo sacerdote, como consecuencia de la ética monástica. Ver pág. 249).
Conviene, establecer una confrontación de todo ello con la moral y el
comportamiento de Franklin y el influjo puritano que pesa en él; asimismo,
examínense los escritos literarios de la época del Renacimiento orientados hacia
el patriciado humanista, junto a los de Franklin que van dirigidos a las
compactas filas de la clase media burguesa (explícitamente, de los Commis), y
los tratados y las prédicas de los puritanos, y se podrá aquilatar a la profunda
diferencia que existe. Alberti, en su racionalismo económico apoyado siempre en
citas de autores clásicos, revela analogías radicales con el modo de tratarse el
tema económico en lo escrito por Jenofonte (el cual le era desconocido), así
como por Catón, Varrón y Columela, a quienes suele citar, aun cuando es
necesario destacar que los citados conceden una mayor importancia al lucro en
cuanto tal, comparados con Alberti. En cuanto a lo demás, los argumentos
puramente ocasionales de Alberti con respecto al empleo de los fattori, su
clasificación del trabajo y la disciplina, el recelo de los agricultores,
etcétera, tuvieron un efecto emanado de una versión de la mesura carnal
catoniana de la condición del trabajador, típica del siervo de la gleba, a la
del trabajo con libertad en la industria a domicilio, y el cultivo de la tierra.
Sombart, (que tanto yerra en lo que se refiere al estoicismo ético) se muestra
ya más atinado al hallar en Catón, “desenvuelto sin medir los resulta dos”, una
economía racionalista. Resulta ya factible inordenar dentro de la misma
condición el diligens pater familias de los romanos y el clásico idealismo
albertino del massajo. Catón tiene la particularidad de conceptuar la tierra
como elemento de fácil “inversión” del patrimonio. Por otro lado, la idea de
“industria” tiene diferentes tonos. Y, precisamente, en ello radica la
diferencia. En la idea concebida de la “industria”, originada con la ascesis
monástica, y que fue evolucionando en los escritos de los monjes, se enraiza en
un ethos que llega a su madurez plena en el ascetismo laico del protestantismo
(como más tarde veremos); y aquí está la procedencia, que será luego de fácil
comprobación, de la analogía entre ambas, aun cuando en menor proporción que la
referente a la doctrina eclesiástica oficial del tomismo con respecto a los
moralistas mendigantes de Siena y Florencia. En Catón no existe ese ethos, y
tampoco lo hay en la exposición de Alberti; no es exactamente una ética lo que
el uno y el otro presentan, antes bien se trata de una doctrina de sapiencia de
la vida. En Franklin existe, igualmente, el utilitarismo. Claro está que debe
reconocérsele ese patetismo moralista en las recomendaciones al muchacho
comerciante, tan propio de él. Franklin juzga toda negligencia con el dinero
algo así como un “asesinato” de embriones de capital, lo que, según él, viene a
ser una imperfección moral.
Alberti y Franklin tienen, efectivamente, una
similitud en el hecho de q en ninguno de los dos se manifiesta ligamen alguno
entre la concepción piadosa y su discernimiento de la economización. Con todo,
Alberti es designado por Sombart como piadoso. Aquél estaba ordenado y gozaba de
un beneficio en Roma, al igual que muchos otros humanistas, sin que ello fuera
obstáculo para que prescindiese de móviles religiosos (exceptuando casos de
menor importancia) cuando trataba de encauzar la práctica de un comportamiento
por él aconsejado. En eso, ambos son por igual netamente utilitarios, por lo me
nos en cuanto a la forma. En Alberti se distingue un utilitarismo social de tipo
mercantil (“empléense —dice— muchos hombres en el trabajo”, op. cit., pág. 292),
al hablar de modo recomendable acerca de la industria de la seda y el algodón.
Sus razonamientos de puntualizar aquí el tema, son un modelo sumamente apropiado
de esa imagen de “racionalismo” económico inherente, el cual, siendo reflejo,
ciertamente, de situaciones económicas, existe en todas partes y en cualquier
época hasta en autores que tienen el proverbial don de la objetividad, tanto en
el clasicismo chino como en la Antigüedad casi igual que en los tiempos del
Renacimiento y de la Ilustración. Es indiscutible que con Catón, Varrón y
Columela, en la Antigüedad, como con Alberti y quienes a el se asemejan hallamos
consecuentemente la doctrina de la “industria” representativa de un
desenvolvimiento de la ratio económica. Difícilmente alguien podría pensar que
semejantes entretenimientos literarios desatasen una tuerza suficiente para la
transformación de la vida, como la tuvo una doctrina piadosa sobre la salvación
con el comportamiento del individuo, al metodizarla y racionalizarla. El
significado de lo que se llama una “racionalización” se puede advertir tanto en
las sectas puritanas como en los jainas, los judíos, en determinadas sectas
ascéticas del medievo, en Wyclif, en los “hermanos bohemios” (remembranza de la
actividad hussita), en los Skoptzi y los Stundistas de Rusia y en diferentes
órdenes monacales (en sus respectivos sentidos, claro esta). De antemano diremos
que lo peculiar de la diferencia se debe una doctrina del arte de vivir igual a
la de Alberti no cuenta con las ventajas psicológicas, no de índole económica,
particularmente benéficas en tanto que la creencia piadosa se mantiene aún viva,
como las que ofrece una moral basada en una religión favorable al proceder que
de por sí propicia. Esa ética únicamente ejerce un influjo autónomo en el
proceder (así, pues, sobre la economía) al paso que estas ventajas son
eficientes y, en especial, mientras así lo son hacia un sentido que con
frecuencia se desvía de la doctrina teológica (que nunca pasa de ser una
“teoría”). Y ello es lo concluyente. Sin duda alguna, este trabajo gira
alrededor de esta aseveración, y yo no era capaz de concebir que llegara a ser
motivo de una incomprensión tan grande. Oportunamente habré de referirme a los
moralistas de la Edad Media retardada (particularmente Antonino de Florencia y
Bernardino de Siena), de un relativo sentido provechoso al capital, muy
erróneamente interpretado por Sombart. Como quiera que sea, L. B. Alberti no se
encuentra entre elfos. Únicamente el concepto de “industria” se deriva en él de
ciertas doctrinas monásticas, adoptadas con anterioridad. Tanto a él como a
Pandolfini y seguidores se les considera (no obstante rendir la obediencia
oficial y el sometimiento a la moral cristiana en vigor) representativos de una
mentalidad liberada de los tradicionales ligámenes eclesiásticos y de cariz
clásico y “pagano”, mentalidad cuya ignorancia me recrimina Brentano ante el
supuesto de que yo no he advertido la gran trascendencia básica que tiene con
respecto al desenvolvimiento de la doctrina y de la política modernas.
Ciertamente, en estos puntos no he trata do siquiera de sondear tras esta serie
causal por el simple hecho de que no ha ce falta para la exploración en torno a
la ‘ética protestante y el espíritu del capitalismo”. Mas, en otra ocasión
asenté que, lejos de ignorar su capital importancia ya tenía en mente, y me
asiste la razón para no dejar de imaginar, que el ámbito y el rumbo de su
ascendiente, han diferido totalmente de aquellos propios de la ética protestante
(cuyos precursores, en nada desdeñables conforme a la experiencia, fueron las
sectas y la ética wyclifiano- hussita). El influjo no se debe al proceder de la
recién nacida burguesía, antes bien a la política de los estadistas y de los
monarcas. Esta es la razón de que nos empeñemos en deslindar cuidadosamente las
dos series causales, no convergentes en todo pero sí en parte. En lo tocante a
este punto, fueron justamente los tratados de economía privada elaborados por
Benjamín Franklin (los cuales constituyeron por cierto tiempo, el libro de
lectura escolar en América), contrariamente a las dimensionales obras de Alberti
(casi ignoradas, salvo en el grupo de investigadores), a los que se les otorga
la categoría de las ideas que con frecuencia han contribuido a la formación de
la conducta práctica en la vida humana. Ha sido con toda intención el hecho de
citarlo como un hombre que se encontraba al margen de la regulación puritana de
la vida, bastante atenuada en tales momentos al igual que la “ilustración”
inglesa, en la inteligencia de que en varias ocasiones hemos expuesto las
conexiones existentes con el puritanismo.
12 Es de lamentar que Brentano haya confundido
todo cuanto pudiera ser un afán de lucro (tanto bélico como pacifista), tomando
en cuenta la calidad determinante de la propensión capitalista al lucro
(opuesta, por ejemplo, a la feudal) sólo en su propósito puesto en el dinero (en
vez de en la tierra) y no hubiera descartado únicamente toda ulterior diferencia
que es sin duda lo que habría de llevarnos a la concepción de ideas claras,
antes bien (pág. 131), inclusive, nuestro concepto del capitalismo moderno
(previamente elaborado con la mira puesta en nuestras investigaciones) asienta,
de manera absurda, que presume aquello mismo que debía ser por él demostrado.
13 Cf. las atinadas consideraciones de Sombart
con relación a la economía nacional alemana en el curso del siglo XIX (pág. 123,
supra). Si bien los estudios subsecuentes, por lo que respecta a su
encauzamiento, se apoyan en otros más antiguos, he de manifestar lo mucho que
deben en su formulación al puro hecho de contar con las enormes obras de Sombart
colmadas de fórmulas incisivas, mordaces, inclusive y en especial en ello y en
todo lo que van por sendas distintas. Eso tiene que aceptarlo inclusive aquel
que se sienta incitado a rebatir muchos de los conceptos vertidos por Sombart,
así como muchas de sus tesis de una manera directa.
14 Naturalmente, en este punto desistimos
tanto a inquirir en dónde arraigan estas limitaciones como, también a definirnos
en una postura frente a la doctrina de la relación entre el salario y las altas
prestaciones del trabajo, re presentadas y formuladas inicialmente por Brassey,
encumbradas en calidad de teoría por Brentano y —con una intención histórica al
mismo tiempo que edificante—- por Sghulze-Gävernitz. Una vez más la polémica ha
sido promovida debido a las profundas investigaciones realizadas por Hasbach en
Schmoflers Jahrbuch (Anuario de Schmoller), 1903, págs. 385-391 y ss., sin que
se haya podido hallar hasta el momento una solución definitiva. Sin embargo, a
nosotros nos parece suficiente el hecho real, para nadie incuestionable, de que
el salario bajo no se opone al beneficio encumbrado ni a las posibilidades en
favor del desenvolvimiento industrial. Estamos también convencidos de que una
sola operación mecánica dineraria no es motivo de “educación” para el progreso
del capitalismo, así como tampoco de la probabilidad de una economía
capitalista. Cada uno de los ejemplos expuestos llevan en sí un fin meramente
ilustrativo.
15 He aquí el porqué la naturalización de la
industria capitalista sólo se ha podido, en general, realizar gracias a la
afluencia migratoria procedente de las naciones con más alto grado de
civilización antigua. Son en verdad precisas las consideraciones de Sombart en
el sentido de que las “habilidades” y los “secretos del oficio” en el artesano
se hallan en contradicción con la técnica moderna científicamente objetivada;
sin embargo, esta particularidad casi no existía en la fase de los comienzos del
capitalismo’ es más, los atributos mora les, digamos, propios del trabajador
capitalista y hasta cierto punto también del empresario poseían con frecuencia
un “valor de rareza más considerable que las aptitudes habituales del gremio
artesanal, conservadas a través de una tradición seglar. La industria aún en la
actualidad, la elección del emplaza miento está en parte sujeta a la esencia
proverbial del pueblo, que le fue dada a lo largo del tradicionalismo y de un
trabajo enérgico en grado sumo. El sesgo que la ciencia moderna da a la cuestión
es en el sentido de que la causa de esta sujeción, en algunos casos no estriba
en el tradicionalismo ni en la educación, por el contrario, en la herencia
biológica de específicas cualidades étnicas, lo cual, a mi juicio, no deja de
ser bastante hipotético.
16 Cf. el trabajo referido en la nota 22 de 1,
1.
17 Las consideraciones que anteceden podrían
motivar uno que otro sentido equívoco. Por ejemplo, no existe relación alguna
entre los fenómenos examinados aquí y !a tendencia en que ciertos hombres de
negocios tienen de acomodar a favor suyo el principio de: “no debe extirparse la
fe del corazón de un pueblo” o la inclinación que anteriormente era tan usual,
sobre todo en el clero luterano en toda su amplitud, a ponerse de un modo
absoluto a las órdenes de las autoridades, en calidad de “policías negros”,
motivado por su inclinación al autoritarismo, cuando se trataba,
invariablemente, de declarar las huelgas como pecaminosas, declarar a los
sindicatos merecedores de ana tema, por promover la codicia, etc. En el
contenido de trabajo damos a conocer los casos que en el cuerpo del trabajo no
son aislados; se trata de hechos acaecidos con suma frecuencia, reiterativos de
manera genérica, como se constatará.
18 Der moderne Kapitalismus (El capitalismo
moderno), t. 1. ed. la., pág.
19 Op. Cit., pág. 195.
20 Hacemos referencia, claro está a la moderna
industria racional característica de Occidente, muy aparte del capitalismo
difundido por todo el orbe durante tres milenios hasta la actualidad, en China,
India, Babilonia, Grecia, Roma y Florencia, que se encuentra representado por
los traficantes de la usura, abastecedores bélicos, arrendatarios de tributos y
puestos públicos, colosales empresarios del comercio y magnates financieros.
(Ver Introducción.)
21 Es preciso ceñirnos aquí a considerar, así
sea a priori, sin que nada nos lo exija, a suponer que la técnica empresarial
capitalista, por un lado, y el espíritu del trabajo profesional, por otro,
siendo el capitalismo de ambos deudor por lo que respecta a su fuerza expansiva,
se hayan nutrido desde su origen en las mismas esferas sociales. De igual modo
acontece con las conexiones sociales de las principales doctrinas piadosas. Es
una verdad histórica que el calvinismo ha sido uno de los más sólidos pilares de
una educación en el espíritu capitalista; no obstante, por móviles que más
adelante daremos a conocer, los amos de magnos capitales de dinero en Holanda no
eran adictos al calvinismo de rigurosa observancia. Tanto aquí como en donde
fuera, la pequeña y media burguesía que escalaba socialmente hasta los más altos
puestos de las empresas de mayor importancia estaba integrada justamente por el
clásico titular de la ética del capitalismo y de la Iglesia calvinista. He aquí
la confirmación de todo cuanto venimos diciendo al respecto, pues ciertamente en
todas las épocas han existido amos de enormes capitales de dinero y comerciantes
al por mayor. En cuanto a la organización racional capitalista de la industria
burguesa es la consecuencia del paso evolutivo de la época medieval a la
moderna.
22 Examínese acerca de esto la magnífica tesis
doctoral de J. Maliniak presentada en la Universidad de Zurich, 1913.
23 Verlagssystem, vocablo que a partir de C.
Bücher ha substituido al de Hausi esto es industria doméstica. En opinión de
Sieveking (Historia económica universal, trad. de P. Ballesteros, pág. 121) el
Verlagssystem es el conjunto de reglas de una empresa cuya persona al frente
proporciona previamente algún factor material o algo de qué servirse en una
actividad a domicilio y conforme a su propia técnica, sin llegar a centralizar
el trabajo.
24 En seguida esbozamos unos cuadros como
ejemplo de nuestro sistema de aminorar la realidad en “tipos ideales”. De este
modo hacemos más fácil las condiciones de las diferentes ramificaciones de la
industria a domicilio en los diversos puntos, no resultando de importancia para
la simple finalidad ilustrativa que nos hemos propuesto, dado el modo de hacerlo
narrado, el hecho de 9 en ninguno de los ejemplos elegidos se llegue a traslucir
con toda precisión el proceso.
25 Debido a esto mismo, no es un caso fortuito
el hecho de que en esta primera etapa del recién surgido capitalismo, los
primeros impulsos de la industria alemana, por ejemplo, se hayan dejado conducir
por un total cambio del género de los objetos imperiosamente requeridos para la
vida.
26 Esto no significa que la oscilación, del
precio estimativo de los metales preciosos sea indiferente, visto en un plano
económico.
27 Nos referimos a la clase de empresario base
de nuestro estudio, no a aquel de carácter empírico (con respecto a la
clasificación “tipo ideal” véase lo expuesto por mí en el “Archiv für
Sociolwissenschaft”, vol. XIX, fascículo 1).
28 Posiblemente éste sea el momento oportuno
de examinar con cierta minuciosidad las consideraciones de F. Keller en su
estudio ya nombrado (vol. 12 de los escritos de la Sociedad goerresiana) y las
reflexiones que éste sugirió a Sombart, vertidas en su libro acerca del
“burgués”. Creo que es algo duro el hecho de que se haya criticado una obra en
la que no figura, en absoluto, el veto canónico del préstamo a rédito
(exceptuando en la llamada, carente, por cierto, de consonancia con la materia
de que se trata en el cuerpo del libro) arguyendo que este impedimento (el cual,
por lo que se refiere a otras consideraciones, se asemeja a todas las éticas
piadosas existentes) es lo que distingue, con exactitud, la ética del
catolicismo y de la Reforma; a decir verdad, únicamente lo escrito debe ser
objeto de crítica cuando se ha entablado cono cimiento por su lectura o porque,
con el tiempo, se sigue recordando. La historia de la Iglesia hugonota, así como
la holandesa en el siglo XVI está colma da con la batalla sostenida contra la
usuraria pravitas A los “lombardos”, que es como decir banqueros, se les aplicó
la excomunión, en la mayoría de los casos por el solo hecho de serlo. (Nota 12
de 1, 1). Entre todas las concepciones de Calvino, la más condescendiente (si
bien, aparte, debemos hacer constar 9 tampoco se opuso rotundamente a
prohibiciones contra la usura, en ocasión del primer plan de Ordenanzas) sólo
fue impuesta completamente a través de Salmasio. Por lo que la diferencia no
radica aquí, sino a la inversa. Ahora bien, aún son más censurables los juicios
que el autor emite de suyo en esta materia, los cuales, debido a la vaguedad,
difieren, hasta causar pena, de lo escrito por Funk y por otros prominentes
católicos (siendo impropio, a mi parecer, la mención que el autor hace de ellos)
y con investigaciones, fuera de tiempo algunas veces aun cuando en todo momento
de capital importancia, de Endemann. Keller se ha salvado, en verdad, de caer en
abusos, a semejanza de los de Sombart en algunas de sus críticas (op. cit., pág.
321), tomando en consideración, con la forma debida, el hecho de que los
“varones religiosos” (concretamente, Bernardino de Siena y Antonino de
Florencia, de acuerdo con la intención del autor) “estimularon, valiéndose de
todos los medios, el espíritu empresarial”, en virtud de que, como acaeció en
todas partes con respecto a los preceptos similares, dieron a la prohibición del
préstamo con usura, un sentido que no pudiera perjudicar a la colocación
“productiva” (como solemos decir en la actualidad? del capital. Si por un lado
Sombart considera al pueblo romano entre los “heroicos” y, por otro,
evidenciando su propio desacuerdo sostiene que Catón había ya esclarecido el
racionalismo económico hasta ‘ últimas consecuencias” (pág. 267) es la más clara
demostración de que el autor elaboró un “libro de tesis” con el significado
pésimo en grado sumo del vocablo. Esto supuesto, el sentido prohibitivo del
préstamo a rédito, que en los comienzos adquirió suma importancia, es-desde-
nado luego y una vez más considerado su valor en la actualidad, justamente
cuando abundan los católicos enriquecidos al máximo, con marcadas intenciones
apologéticas; en cuanto a los demás, es bien sabido que, no obstante haberse
derivado de la Biblia, la Instrucción de la Congregación del Santo Oficio anuló
el veto en el último siglo, únicamente por temporum ratione habita de manera
indirecta, al prohibir que se interrogara al penitente acerca de la usuraria
pravitas, a fin de no trastornarlo, ante la incertidumbre de su acatamiento, aun
cuando se presentase el caso de ser devuelta la vigencia al precepto.
Naturalmente no podría existir alguien que, habiéndose adentrado en la compleja
doctrina eclesiástica acerca de la usura (cuyas polémicas tanto si se referían a
la licitud de la adquisición de réditos, o al descuento bancario y determinados
contratos, como, de manera especial, en torno a la materia sobre la cual pudo
haber recaído la citada orden de la Congregación del Santo Oficio a propósito de
un préstamo municipal, etc.) pudiera asegurar que la prohibición del préstamo a
rédito iba dirigida sólo al crédito necesario, cuyo objetivo era mantener el
capital, y que se constituyó en “fomentador de la empresa capitalista”. (Págs.
24-25). Lo cierto es que hubo de transcurrir mucho tiempo antes de que la
Iglesia recapacitara nuevamente en el caso prohibitivo del interés. Llegado este
momento, en vez de que las normas comunes en la acción de colocar el capital
fuesen préstamos a interés fijo, eran de foenus nauticum, commenda, societas
maris y el dare ad proficuum de mari (entiéndase, empréstitos cuantificados
conforme al tipo de riesgo en el monto de la participación en beneficios y
pérdidas, y, ‘de hecho, así debía ser, por el cariz del negocio) que sólo
llegaron a ser censurados en su integridad por uno que otro estricto canonista;
luego, al facilitarse comúnmente los descuentos y la colocación de capital fijo,
se presentaron nuevas objeciones con respecto al veto de la usura, que derivaron
en un sinfín de medidas rigurosas surgidas de las agrupaciones de comerciantes
(de ahí las “listas negras”). No obstante, la prohibición canónica del interés
adquirió un sello simplemente jurídico formal por lo regular y, claro está, sin
la intención “protectora del capital” que le asigna Keller, y, últimamente, si
es factible encontrar en quienes están versados en derecho canónico una postura
definida frente al capitalismo, ella habría de ser, por un lado, una
incompatibilidad de tipo tradicionalista, aunque sin conocimiento, irreflexiva,
contra la potestad siempre en aumento, impersonal, y, por ende, difícilmente
sometida a normas éticas, del capital (que se vislumbra, por ejemplo, en las
manifestaciones de Lutero con respecto a los Fugger y los negocios generalmente
con dinero; y, por otro, un marcado interés y una urgencia de ajustarse a la
ocasión. Sin embargo, no tenemos ningún interés verdaderamente en todo ello, ya
que, conforme quedó asentado, el hecho de vedar el interés en todo ello, ya que,
conforme quedó asentado, el hecho de vedar el interés y la finalidad sólo nos
merecen un simple valor sintomático, y, digamos, muy relativo.
Lamentablemente, aquí no es posible dedicarnos
a realizar una especial indagación, aun cuando sería muy interesante, acerca de
la ética económica que regía en los teólogos escotistas y, sobre todo, en
determinados mendigantes del quattrocento, tales como Bernardino de Siena y
Antonino de Florencia, autores monacales de pensamiento racional ascético por
excelencia. Solamente que en una autocrítica adelantara cuanto se requerirá
expresar en nuestra exposición de la ética económica del catolicismo en su
conexión efectiva con el movimiento capitalista. Cada uno de estos escritores,
con una visibilidad más precoz que la característica de muchos jesuitas,
pretendía justificar la licitud (y, claro está, a Keller no le es posible
aseverar más) en cuanto a la ética se refiere, del beneficio del comerciante,
dándole un sentido de recompensa de su “industria’
Evidentemente, al concepto de “industria”, así
como su valoración se deriva, en última instancia, del ascetismo monástico. Así
es como el concepto de masserizia que Alberti pone en labios de Gianozzo,
valiéndose de la expresión eclesiástica e introduciéndola en el habla común. Más
adelante nos referiremos a la ética monacal en su calidad de precursora de las
diversas denominaciones ascéticas del protestantismo (ciertamente podemos
encontrar en la Antigüedad conceptos similares en los cínicos, en los epitafios,
en el helenismo retardado y, en diferentes circunstancias, en determinados
documentos egipcios). Sin embargo, no cuenta en absoluto (así como tampoco se
halla en Alberti) con aquello que, a nuestro juicio, es concluyente: la
concepción más peculiar del protestantismo ascético, de la seguridad de la
propia salvación la certitudo salutis, en la profesión, dicho en otras palabras:
las primas psicológicas que esta piedad tenía puestas en la “industria”, de las
que carecía indudablemente el catolicismo, ya que sus medios de salvación eran
otros. Habitualmente, de lo que se trata en estos autores es de doctrinas
éticas, mas no de prácticos incentivos personales, concluyentes con fines de
salvación, y, en su defecto, de adaptación (lo cual puede comprobarse con
facilidad), pero no de razonamientos fundamentados en una postura piadosa
central, semejante a la del ascetismo laico. En cuanto a lo demás, desde antiguo
Antonino de Florencia y Bernardino de Siena han motivado controversias en épocas
muy cercanas a la nuestra. A pesar de todo, la trascendencia de tales
concepciones ticas monásticas no debe considerarse en absoluto ineficaz, por lo
menos como indicio, Pero, los “atisbos” verdaderos de una ética piadosa de la
cual parte el concepto moderno de profesión, se hallan en las sectas y en la
heterodoxia, en especial en Wyclif, aunque Brodnitz, ponderó con exceso su
importancia, (ver Engl Wirtchtsgeschichte, Historia económica de Inglaterra) que
la doctrina puritana no halló nada nuevo que hacer. No es posible que
profundicemos más en el tema ni debemos hacerlo, pues no es el momento oportuno
para dilucidar acerca de si la ética cristiana del medievo ha contribuido en
efecto y hasta dónde a la creación del admisible espíritu del capitalismo.
29 En opinión de A. Merx, las voces “μή δευ
άπελπιζοντες” (luc. 6, 35) y la versión de la Vulgata “nihil inde sperantes” son
una alteración de μηδένα άπελπζοντες (neminem desperantes), que prohíben el
préstamo al prójimo inclusive al necesitado, sin referencia alguna al interés.
Hoy en día, al principio Deo placere vix potest se le da una procedencia arriana
enturbiada (que para nosotros no tiene importancia en absoluto).
30 Algo que evidencia la manera cómo se
interpretaba la prohibición de la usura, la podemos vera en calidad de ejemplo
en el libro 1, c. 65 del estatuto relativo al Arte di Calimala (del cual
únicamente tengo a mano el texto italiano transcrito en la Stor. Dei Com. Ital.,
vol. III, pág. 246, de Emliani- Giudici): “Procurino i consoli con quelli frati,
che parra loro, che perdono si faccia e come fare si possa il meglio per l’amore
di ciascuno, del dono, merito o guiderdono, ovvero interesse per l’anno presente
e secondo che altra volta fatto fue” Se entendía con ello, verdaderamente, algo
así como un perdón, a la manera oficial, otorgado por el gremio a sus afiliados,
condicionado a su so metimiento. Tenemos una prueba más propia del sello
extraético de la ganancia capitalista en las advertencias que siguen, y en el
precepto que precede (c. 63) se asientan como “regalo” todos los réditos y
beneficios.
NOTAS DE LA PRIMERA PARTE
CAPÍTULO III
1 De las lenguas pertenecientes a la
Antigüedad, el hebreo es la única que cuenta con expresiones de cariz similar.
Así, el vocablo ngnjg empleado con respecto a las funciones sacerdotales (Ex.,
35, 21; Neh., 11,22; 1 Chr., 9, 13; 23 4 26 30), todas las actividades en favor
del soberano (principalmente 1 Sam. ‘8 16; 1 Ch.., 4, 23, 29, 6), el
asistimiento de un funcionario del reino (Esth., 9; 9, 3), el servicio de un
celador de las tareas (Reg., 2, 12, 12), de un esclavo (Ger., 39, 11), del
cultivo de los campos (I Chr., 27, 26), de los artesanos (Ex. 31 5; 35, 21; 1
Reg., 7, 14), de los comerciantes (ps., 107, 23), así como de cualquier “trabajo
profesional” en el pasaje relativo a Sir., 11, 20. La voz tiene su raíz
אלדּ= mandar, enviar; de ahí que en un
principio significara “misión”. De acuerdo con estas citas, se evidencia la
probabilidad de que se origina en las concepciones burocráticas del Estado
egipcio, las cuales se infiltra ron en el salomónico, ordenadas en base a las
prestaciones individuales. Es fa- el imaginar, conforme aprendí en A. Merx, que
desde los tiempos antiguos ha quedado desvanecida esta concepción originaria,
adaptándose el término a cualquier “trabajo”, transformándose, así, en un
sentido tan sumamente vago, como entre nosotros el de “profesión”, con la cual
marchó paralelamente, siendo empleada, antes de todo, para señalar funciones
sacerdotales. La ex presión ¡= lo «determinado”, “asignado”, “pensum”, que
igualmente se revela en Sirach, 11,20 — traduciéndose de los LXX como
“διαδήχη”—, deriva del lenguaje burocrático un tanto feudalista como••••• (Ex.,
5,13; cf. Ex., 5,14, en donde los LXX han interpretado διαδήχη por “pensum”.
Sirach, 43, 10, traduce en los LXX con la voz xplua es que, en Sirach, 11,20, se
emplea el vocablo para referirse a la observancia de los preceptos divinos —que
se asemeja a nuestra “vocación” (dicho en alemán: Beruf, vocablo exacto a
“profesión”). En torno a los pasajes de Sirach nos atenemos, en asociación de
ideas a estos versos, al célebre libro de Smend acerca de Jesús Sirach y con por
lo que respecta a las palabras διαδήχη, a su Index zur Weisheit des Jesus Sirach
(índice para el mejor entendimiento de J.S.), Berlín 1907. (Es por todos bien
sabido que el texto hebreo del libro de Sirach se extravió y a Schechter se le
debe el haberlo redescubierto, e igualmente la labor de completarlo con citas
del Talmud. Como sea que Lutero nunca estuvo en posesión de él, ambos conceptos
hebraicos no pudieron tener ascendiente alguno en su lenguaje). La lengua griega
carece absolutamente de una expresión con un cariz ético parecido al de la voz
alemana. La interpretación de Lutero, de una manera totalmente acorde con
nuestra expresión moderna, es en Jesús Sirach, 11, 20 y 21, “sigue en tu
profesión”, los LXX dicen una vez epyov y nóvoç, en un pasaje que es de creer
está del todo alterado (lo que en el original en hebreo se dice es la
luminosidad del auxilio divino). En cuanto a lo demás, en la Antigüedad se usó
la expresión ta rpocnxovta con el significado usual de “deberes”. El vocablo
xauatoc, en el lenguaje de la Stoa (de acuerdo con la observación que me sugirió
Alb. Dieterich) tiene un sentido similar no obstante la raíz gramatical sin
importancia. En cuanto a las demás expresiones por ejemplo, etc.) les faltan
matices éticos. Ahora bien, la palabra profesión” que nosotros traducimos del
latín (en el sentido de especialización en una actividad constante del
individuo, la que para él por lo regular es un manantial de entradas y, en
consecuencia, es una base económica segura de su vida) se manifiesta no
únicamente en la pálida voz opus, sino, de manera especial con el término (de
cariz más próximo, por lo menos, a la esencia ética del vocablo alemán)
“oficium” (de opificium, sin matices éticos determinados en los comienzos, y,
luego, en especial en Séneca, de benef., IV, 18 profesión), así como en el munus
—procedente de prisiones de las municipalidades antiguas—; algunas veces se usa
también la palabra professi, relacionándola de preferencia con las obligaciones
de Derecho público, como antaño las declaraciones de impuestos del ciudadano,
pese a que después se la utilizó con el moderno significado de “profesión
liberal” (professio bene dicendi) abarcando en este riguroso círculo un
significado global similar al que tiene para nosotros el término “profesión”
(inclusive en su sentido más hondo; de ahí que Cicerón diga de alguien: non
inteligit quid profiteatur, que expresa “desconoce su verdadera vocación’ si
bien con un sello enteramente laico, sin el más mínimo cariz piadoso. Tal es el
caso de la palabra ars, de manera muy particular, que en tiempos del imperio se
utilizó con el significado de “oficio”. En la Vulgata se encuentran vertidos los
pasajes citados de Jesús Sirach, ora opus, ora por locus (y. 21), en cuyo caso
vendría a significar más o menos posición social”. Precisamente de San Jerónimo,
un asceta, se deriva el complemento manda turum tuorum, el cual ha sido señalado
con justicia por Brentano, sin advertir, no obstante, que ello constituye con
precisión la más sobresaliente peculiaridad para demostrar la procedencia
ascética. Aparte ello, se ignora de qué texto se valió San Jerónimo al traducir;
existe una probabilidad acerca del influjo que pudo ejercer el antiguo
significado litúrgico de la voz Analizando las lenguas románicas, únicamente
hallamos la palabra española “vocación” (que implica la intención de
“llamamiento” íntimo hacia algo), procedente del oficio eclesiástico, con un
cariz similar al sentido literal del vocablo alemán, más, no está en uso con el
puramente externo de “profesión”, que en realidad posee. Veamos, ahora, con
respecto a las traducciones de la Biblia a las lenguas románicas: el vocablo
“vocación”, en el español, y vocazione y chiamamento, en italiano, implican una
intención similar en parte a la del lenguaje luterano y calvinista, únicamente
para interpretar el xañoic del Nuevo Testamento, que expresa “llamamiento por el
Evangelio a la salvación eterna” traducido en la Vulgata por vocatio. (Asombra
que Brentano, loc., cit., esté en la creencia de que esta circunstancia, la cual
por propio raciocinio redunda favorablemente en mi tesis sea una prueba más
pronto de la presencia del sentido de “profesión”, en su significado
postreformador, con anterioridad a la Reforma. Mas, no se debe hablar de eso.
Con toda certeza, se requería traducir xañoic por vocatio. Ahora bien,
remontándonos a la Edad Media, ¿cuándo fue utilizada la palabra en el sentido
que nosotros le damos hoy en día? y ¿dónde? Podemos hallar la prueba,
justamente, en el hecho de esta interpretación y en la carencia de un sentido
laico del vocablo.) La misma interpretación fue dada con la palabra chiamamento
que figura en la versión al italiano de la Biblia, siglo XV, comprendida en la
Collezione di opere medite e rare, Bolonia, 1887, e igualmente de vocazione, que
es la utilizada en las traducciones modernas. Por el contrario, aquellas
palabras que en las lenguas románicas indican “profesión” en su aspecto externo
y laico, de una continua acción de ingresos, no encierran ningún sentido
religioso (así lo demuestran los materiales lingüísticos y cuanta información ha
tenido a bien proporcionarme el profesor Baist, muy mi amigo de Friburgo), sin
menoscabo de las procedentes de ministerium o, también, de officium, mismas que
inicialmente tenían aquel tinte ético del que siempre estuvieron desprovistas
por entero las originadas por ars, professio, implicare o impiego. Veamos la que
Lutero utiliza en su traducción de los trozos del mencionado libro de Jesús
Sirach: “profesión”. Ella equivale en francés a office, y. 20; labeur, y. 21, en
la traducción calvinista; obra y lugar, y. 20 y 21, respectivamente, en español
(conforme a la Vulgata); posto, consignada por la protestante en las nuevas
traducciones. Debido al reducido número de protestantes de los países de origen
románico, no se preocuparon en ejercer influjo alguno en la cuestión gramatical
similar al que tuvo Lutero con su creación, quedando la palabra adoptada por la
lengua alemana al nivel de cátedra lo cual no había ocurrido con anterioridad.
2 De un modo opuesto, la Confesión de
Augsburgo únicamente incluye incompleto y tácito el concepto de referencia. Así
declara el Art. XVI (cf. la. ed. de Kolde, pág. 43): “Pues el Evangelio. . . no
quiere derribar los regímenes temporales, la fuerza pública ni el matrimonio,
porque quiere que todo ello sea conservado como ordenación de Dios y que en
tales estados, cada quien con forme a su profesión, manifieste caridad y realice
obras buenas y justas” (en latín sólo dice: et in talibus ordinationibus
exercere caritatem (pág. 42)). Por ende, con facilidad se infiere la conclusión
de que “debe acatarse a la autoridad”, quedando demostrado que aquí se trata de
“profesión”, por lo menos en primer plano, con el significado del párrafo 1
Cor., 7. 20. en calidad de objetiva ordenación. En tanto que en el Art. XXVII (cf.
ed. de Kolde, pág. 83 infra) únicamente trata de “profesión” (in vocatione sua)
en alianza con los estados señalados por Dios: pastor, autoridad, realeza,
aristocracia, etcétera, en la inteligencia que ello aparece sólo en alemán, en
el texto del libro de las concordias, en tanto que en la Ed. princeps alemana no
figura la frase que corresponde.
En el Art. XXVI (Kolde, pág. 81) encontramos
la palabra “profesión” usada por esta única vez en un sentido que, al menos,
tiene analogía con el actual concepto nuestro: “que el maceramiento no debe
servir para hacerse uno digno de la gracia, antes bien para conservar derecho al
cuerpo, a fin que no entorpezca lo que a cada quien le está ordenado hacer
conforme a su profesión” (juxta vocationen suam, se dice en el texto latino).
3 El léxico nos demuestra, y así me ha sido
confirmado gentilmente por mis colegas, señores Braune y Hoope, que con
anterioridad a las tradiciones luteranas de la Biblia el vocablo “profesión” (Beruf)
y que vertido al inglés es calling, al danés kald y al sueco kallelse, no figura
en ninguna de las lenguas que lo incluyen más que con el claro significado laico
que nosotros le damos en la actualidad. Las voces que aparecen en el holandés y
tanto en el bajo como en el alto alemán de la Edad Media tenían un significado
conjunto de “profesión” y “llamamiento” (Ruf), en el sentido que en la
actualidad tiene en alemán, abarcando asimismo, de manera muy específica (en el
medievo tardío), inclusive el nombramiento de un candidato para un beneficio
eclesiástico cuya concesión de él depende coyuntura muy singular que en muchos
diccionarios de las lenguas escandinavas se explica su acepción. El propio
Lutero también emplea el término algunas veces dándole este último sentido. Sin
embargo, aunque este singular uso del vocablo haya propiciado con el tiempo su
otro significado no desvanece que la concepción moderna de “profesión” parte,
inclusive en cuanto a la gramática, de las traducciones de la Biblia, de manera
específica de las protestantes, y únicamente en Tauler (m. 1361) descubrimos
atisbos suyos a los cuales nos referiremos más adelante. En general, todas las
lenguas que han experimentado la presión dominante de las traducciones de la
Biblia han dado forma a la palabra, en cambio, ello no se produjo en aquellas
que, como las románicas, no hizo mella la presión, por lo menos en este sentido.
Con el mismo vocablo de “profesión”, Lutero
traduce dos conceptos que difieren totalmente entre sí. De primera intención, la
“xañoic” paulina, por llamamiento de Dios para la salvación eterna (cf. 1 C., 1,
26; Eph. 1, 18; 4. 1, 4; 2 Tess., 1, 11; Hebr., 3, 1; 2. Petri, 1, 10). En cada
uno de estos casos se revela el concepto netamente piadoso del llamamiento
efectuado por Dios a través del Evangelio valiéndose del Apóstol, y dicha voz no
está en absoluto relacionada con la “profesión” terrenal que tiene hoy en día.
Con anterioridad a Lutero, las Biblias alemanas se han valido de la palabra
ruffunge (esto es: llamamientos, llamadas. De este modo figura en todos los
incunables que posee la Biblioteca de Heidelberg); y, ocasionalmente, en vez de
“llamado por Dios”, está escrito “demandado gefordert por Dios” Secundariamente,
conforme lo de jamos asentado, ha vertido los vocablos reproducidos en la nota
precedente de Jesús Sirach (en la traducción de los LXX, ev twepyw oov
maaavwdnti y xai euueve tw movw oov) por “sigue en tu profesión”, (beharre in
deimen Beruf) “persevera en tu profesión’: en vez de decir “en tu trabajo’ En
las traducciones de la Biblia autorizadas por el catolicismo que fueron
elaboradas posterior mente (pongamos de ejemplo la relativa a Fleischüts, Fulda,
1871) se han mantenido en ello y en otros lugares del Nuevo Testamento. Creo que
en la traducción de este pasaje de Sirach es la primera vez que la palabra
alemana Beruf, esto es, profesión, está empleada con su interpretación actual
meramente laica. (Esta observación (v.20): otñdi ev diaonxn oou traducida por:
“sigue en la palabra de Dios”, aún cuando los pasajes 14, 1, y 43, 10, de Sirach,
revelan —acorde a la expresión hebraica ** que fue empleada por Sirach conforme
a las citas talmúdicas— diadnxn que tiene el significado en efecto de algo que
se ajusta al nuestro en “profesión”, que viene a ser el “destino”, el “trabajo
conferido” a quien sea.) Más arriba ya comprobamos que en la lengua alemana no
existe el término “profesión” con su significado posterior y de hoy en día, no
usada, siquiera, por los predicadores ni por los traductores de la Biblia.
Quienes tradujeron las Biblias al alemán con anterioridad a Lutero, en el pasaje
de Sirach lo hacen por “obra” (Werk). Berthold von Regensburg pronuncio en sus
prédicas la palabra “trabajo” que a nosotros nos serviría para hablar de
profesión. Así, pues, el lenguaje sigue aquí las huellas de la Antigüedad. El
primer pasaje de mi conocimiento, hasta lo presente, que en lugar de ostentar la
palabra profesión (Beruf) acomoda la de “llamamiento” (Ruf) —traducida de xañoic---
en conexión al trabajo meramente profano, es el espléndido sermón de Tauler
acerca de Ephe. 4 (Ed. de Basilea, f. 117 y): de los labriegos que van a
“estercolar”: con frecuencia parten con más ímpetu “siguiendo confiados su
llamamiento” (Ruf) que los clérigos que no respetan su vocación (Ruf) Este
término no se ha infiltrado con este significado en el lenguaje laico.
Comprobemos como en el habla de Lutero hay al comienzo un titubeo (Obras, ed. de
Erl. 51, pag. 51) con respecto a Beruf y Ruf, sin embargo no existe una
probabilidad de un influjo directo de Tauler, pese a que en la Libertad de un
hombre cristiano se advierten muchas reminiscencias de esta bellísima prédica.
Por de pronto, Lutero no se vaho de la palabra para dar un sentido estrictamente
laico como lo hizo Tauler (sirva esto en contra de Denifle, Luther, pag. 163).
Cierto es que el consejo de Sirach, eliminando
la admonición regular de abandonarse en Dios, en el texto de los LXX, no incluye
conexión directa con una estimación de religiosidad precisa del trabajo
profesional laico (encontramos la expresión nóvoc, fatiga, penalidad, en el
segundo pasaje que, de no hallarse alterado, designaría lo opuesto). Lo que
Sirach expone se relaciona sencillamente con la amonestación del salmista (Ps.,
37, 3): permanece en la tierra y aliméntate honradamente, como lo corrobora
asimismo con toda claridad el hecho de encontrarse enlazado a la amonestación
(v.21) de: no permita que le ciegue el resplandor de los impíos, ya que para
Dios es fácil convertir el pobre en rico. Únicamente la amonestación inicial:
seguir en la ** (v.20) posee cierta similitud con la xañoic evangélica, mas
resulta, justamente, que Lutero no ha traducido aquí la voz griega diadnxn por
profesión”. El pasaje que corresponde a la epístola primera a los corintios y su
traducción, es el arco que enlaza los dos significados con apariencia
heterogénea del vocablo “profesión” en Lutero.
El pasaje en Lutero (en las modernas ediciones
comunes) en el que figura este párrafo, dice: I Cor., 7, 17: “. . .cada quien se
conduce del modo como el Señor le llama. . . (18) Aquel que es llamado
circuncidado, no tenga prepucio. Aquel que es llamado en el prepucio, no sea
circuncidado. (19) Tal circuncisión no es nada, y nada constituye este prepucio;
sino custodiar el precepto del Señor. (20) Continúe cada quien en el estado en
que es llamado (ev tn xa noel n exanon); el consejero reservado
A. Merx me indujo a observar que esto
constituye un marcado hebraísmo. En la vulgata se dice: in qua vocatione vocatus
est). De ser llamado siervo no te inquietes; mas puedes ser libre, y en su
momento, usa mejor de ello. (22) Pues aquel que es llamado siervo, es un liberto
del Señor; y lo mismo aquel que es llamado libre, es siervo de Cristo. (23)
Debéis venderos caros; no seáis siervos de los hombres. (24)Cada quien, caros
hermanos, en lo que es llamado, permanece en el Señor”. l el y. 29 se observa la
“brevedad” del tiempo, a lo cual siguen las conocidas indicaciones, cuya
motivación es por esperanzas escatológicas (v.37) de tener las mujeres como si
no se tuviesen, de comprar como si no se j lo comprado, etcétera. Lutero, en y.
20 (1523) en cuanto a la exégesis de este capítulo, traducía “xañoic” como
“llamamiento” (Ed. Erl., y. 51, pág. 51), habiéndolo interpretado como “estado”.
Sin duda alguna en este pasaje, y únicamente
en él, el vocablo xañoic tiene una gran relación al status del latín, así como a
estado en nosotros (estado de matrimonio, de siervo, etc.). Mas no es igual en
Brentano, op. cit., pág. 137, en el sentido de “profesión” que tiene en la
actualidad. Brentano casi no ha leído esmeradamente el párrafo de referencia ni
mis opiniones con respecto a él. Con un sentido que, por lo menos en algo nos
recuerda éste, se encuentra esta palabra —cuya raíz tiene una analogía con
exxanola “asamblea convocada”— en la literatura griega (limitados, claro está,
al material lingüístico), únicamente en un episodio de Dionisio de Halicarnaso,
es el caso que, por el classis latino (derivado de una voz griega) corresponde,
al tratar de las clases sociales, “convocadas”, “llamadas”. Theophylaktos (s. XI-XII)
interpreta 1 Cor., 7, 20: ******************* (a mi colega señor Diesman le debo
haber tomado en cuenta este pasaje). Como quiera que sea la palabra xañoic no
tiene nada que ver con la de ‘profesión” actual. Sin embargo, Lutero, habiendo
traducido dicha palabra por ‘profesión”en la advertencia (motivada
escatológicamente) de que cada quien debe permanecer en su esta do actual, al
traducir después los Apócrifos, se valió de la misma palabra en la parte del
consejo tradicionalista y anticrematístico de Sirach de que cada quien debe
continuar en su oficio, en razón de la efectiva analogía del consejo. En
realidad, ello es lo más concluyente y peculiar. El pasaje 1 Cor. 7, 17, no
utiliza, conforme queda dicho, la palabra x).i con el significado de “profesión”
= círculo fijado de prestaciones. Mientras tanto (o de manera simultánea), en
1530, en la confesión de Augsburgo se daba por cierto el dogma protestante de la
nulidad de la superación católica de la moralidad laica, usando en este caso la
expresión “cada quien conforme a su profesión” (ver nota anterior). Así esto y
la progresiva apreciación (justamente al principiar el año treinta) de la
santidad del orden en que cada quien se halla colocado, efecto de su creencia
siempre precisada con más solidez en la singularísima providencia divina sobre
los pormenores de la vida, y simultáneamente, su cada vez más firme propensión a
conceptuar las ordenaciones del mundo como inmutables por voluntad divina, es lo
que se manifiesta más claramente en las traducciones de Lutero. Encontramos en
el latín tradicional, la palabra vocatio con el significado de llamamiento
divino a una vida de santidad en el claustro o como clérigo y, en virtud de la
coacción ejercida por este dogma, fue que Lutero se acogió al sentido de trabajo
“profesional’ laico. Y de igual modo que ahora traduce epiov y nóvoç de Jesús
Sirach por “profesión” (siendo que antes únicamente se contaba con la semejanza
latina que provenía de la traducción monástica). tiempo atrás, en las sentencias
de Salomón 22, 29, hubo traducido la voz hebraica **** en la que se basó la
epiov del texto griego de Jesús Sirach y que, conjuntamente con la de Beruf del
alemán y las nórdicas kald y kallelse, procede principalmente de la profesión
sacerdotal, y en otras partes (Gen, 39, 11) por “negocio”(LXX: epyov; Vilg. :
opus; inglés: bussiness, y, de manera similar, las traducciones nórdicas y por
lo común todas aquellas que son de mi conocimiento). La concepción que a él se
le debe del vocablo “profesión” en el sentido que le damos en la actualidad,
perduró antes de todo, agregada al mero luteranismo. Los Apócrifos fueron
juzgados por los calvinistas como opuestos al canon. Únicamente de resultas de
una transformación que llegó a colocar en primera línea el afán tras la
seguridad de la fe, admitieron e inclusive dieron inusitado realce al concepto
luterano de profesión; sin embargo en las traducciones iniciales (nos referimos
a las románicas) no contaban con una palabra análoga y no tenían autoridad para
formarla e introducirla en las ya estereotipadas lenguas.
En el s. XVI, al concepto de profesión, con
nuestro significado hoy en día, se le concede carta de naturalización en la
literatura laica. Las traducciones de la Biblia previas a Lutero tradujeron x)
por “llamamientos” (Berufung). Ejemplo de ello está en los incunables de
Heidelberg (1462-66, 1485). Y en la traducción de Eck, en Ingolstadt, se lee:
“el llamamiento (Ruf) en que es llamado”. Las subsiguientes traducciones
católicas, en su mayor parte, siguen sin rodeos a Lutero. Wiclif, en Inglaterra,
es el primero de todos los traductores en utilizar (1382) el término cleping
(antiguo vocablo de la lengua inglesa, suplida luego por el calling, de
procedencia extranjera), que constituye lo que da el carácter de la ética de los
Lolardos, pues se trata de un vocablo que ya lleva en sí el sentido que luego se
reafirma en los reformados; a la inversa, Tindal, en su traducción realizada en
1539, elige el concepto de estado: “in the same state where in he was called”,
esto es: “en el mismo estado en que fue llamado”, y así ocurre con la traducción
ginebrina de 1557. En cuanto a la oficial efectuada por Cramer (1539) éste
utiliza calling en lugar de state, en tanto que la Biblia (católica) de Reims
(1582), a igual que las Biblias cortesanas anglicanas de los tiempos isabelinos
ofrecen la particularidad de volver a usar el vocablo vocation, conforme a la
Vulgata. Es muy satisfactorio la visibilidad de Murray, acerca que, en
Inglaterra, dicha traducción de Cramer originó el concepto puritano de calling
con el significado de profesión esto es trade. A mediados del s. XVI aparece con
ese significado la palabra calling opinión de Murray, en 1588, se llegó a decir
unlawful callings en relación a “profesiones ilícitas”, y greater callings
(1603) a “elevadas”. (Es algo raro, la percepción de Brentano (loc. cit., pág.
139) al asegurar que en la Edad Media no se tradujo vocatio por profesión en
virtud de que este concepto era ignorado, pues únicamente a un hombre libre le
era dado ejercer una profesión y, en este caso se carecía de gente libre en las
profesiones burguesas. Para mí es incomprensible esta aseveración, cuanto más
que la estructura social en el medievo, contrariamente a la que existía en la
Antigüedad, estaba fundamentada en el trabajo libre, y poco menos que la mayoría
de los comerciantes, en especial, eran libres.)
4 Cf. para lo subsecuente, la ilustrativa
explicación de K. Eger, Die Ans chauung Luthers vom Beruf (Concepción luterana
de la profesión), Giessen, 1900, conteniendo sólo una falla (común a la mayoría
de los autores teológicos) es tal vez el análisis sin suficiente claridad del
concepto de lex naturae (al respecto ver E. Troeltsch, en la reseña de la
Historia de los dogmas de Seeberg, Gött. Gel. Anz., 1902, y, particularmente,
las partes que dedica a las doctrinas sociales de las Iglesias cristianas).
5 Así, Tomás de Aquino cavila acerca del
universo objetivo de la sociedad, al juzgar la articulación estamentaria y
profesional del individuo como obra de la divina providencia, siempre que se
dedique a una específica “profesión” (tal como podíamos decir o como el propio
Santo Tomás dijo: “ministerium u officium “) se basa en causae naturales. Quaest
quadlibet., VII art. 17 c.:
“Hace autem diversificatio hominum in diversis
officiis contingit primo ex divina providentia, quae ita hominum status
distribuit. . . . secundo etiam ex causis naturalibus, ex quibus contingit, quod
in diversis hominibus sunt diversas inclinationes ad diversa officia. . .‘
Asimismo, el valor estimativo de Pas cal, con respecto a la “profesión” deduce
que el azar es el que decide cuando se trata de elegir la profesión (cf.
referente a Pascal: A. Koster, Die Ethik Pascals (La ética de Pascal), 1907).
Entre todas las éticas piadosas “orgánicas” únicamente la india, considerada la
más obscura, acoge diferente actitud al respecto. La oposición entre sentido
tomista y protestante de profesión —inclusive en su postrer etapa luterana—, con
la cual posiblemente cabe suponer una aproximación más exacta debido al hecho de
resaltar lo providencial, se muestra con tanta claridad que ya no hace falta
añadir más después de la cita anterior, ya que más adelante habrá de hacer
hincapié en cuanto es de estimar en las concepciones relativas al catolicismo.
Acerca de Santo Tomás consultar Maurenbrecher en Th. v. Aquinos Stellung Zum
Wirtschaftsle ben seiner Zeit (Posición de T. de A. ante la vida económica de su
tiempo), 1898. En ciertos pormenores, se diría que Lutero coincide con Santo
Tomás; sin embargo, si éste ejerce su influjo, no lo es tanto como el de la
escolática en general, ya que tal como lo evidencia Denifle, el conocimiento por
parte de Lutero dejaba en esto mucho que desear. (y. Denifle, Luther und
Luthertum (Lutero y luteranismo), 1903, pág. 501, así como las interpretaciones
de Kohler: Ein Wort zu Denifles Luther (Una palabra sobre el Lutero de Denifle),
1904, pág. 25 y s.)
6 Tomemos en cuenta lo escrito en Von der
Freiheit emes Christenmenschen (De la libertad de un cristiano): a) la “doble
naturaleza” humana destinada a la elaboración de las obligaciones laicas con el
significado de lex naturae (reconocida con ordenación objetiva del cosmos) como
resultado de que (Ed. Erl., 27, pág. 188) el individuo está sujeto, en efecto, a
su cuerpo y a la comunidad social. b) En este estado (de esto se desprende un
argumento más, enlazado con el anterior) si es cristiano por convicción optará (pág.
196) por corresponder, con el amor a su prójimo, a la concesión de la gracia con
la que Dios lo distinguió puramente por amor. De resultas de esta unión
quebrantada entre la “fe” y el “amor” se entrecruza; c) la antigua base ascética
del trabajo como factor mediante el cual el individuo logre dominar su cuerpo.
d) Razón por la que al decir “trabajar” —como después se confirma en relación a
ello, volviendo a mostrarse con una nueva significación el concepto de lex
naturae en paralelo ahora con “moralidad natural”— constituye un ímpetu que Dios
hubo ya grabado en Adán previamente a su caída, y al cual éste seguía “por
complacer a Dios”. Por último, e) (págs. 161 y 189) en relación con Mt. 7, 18 y
s., se manifiesta la imagen que cuando el trabajo es virtuoso en la profesión es
y será el resultado de esa nueva vida, por obra de la fe; a pesar de todo, no
esclarece la idea concluyente del calvinismo, en torno a la “comprobación”. El
ardor que inflama toda esta exposición evidencia del uso en ella de conceptuales
factores heterogéneos.
7 En W. of N. 1, 2 dice así: “No esperemos
nuestro alimento del gesto benevolente del carnicero, panadero, o campesino,
sino de razones de su solo beneficio, no reparamos en su altruismo, por el
contrario en su propio interés, y no les hablamos de nuestros menesteres
indispensables, antes bien de sus ventajas”
8 “Omnia enim per te operabitur (Deus), mulge
bit per te vaccam et ser vilíssima quaeque opera faciet, ac maxima pariter et
minima ipsi grata erunt”. (Exégesis del Génesis, Op. lat, exeg. ed. Elsperger,
VII, 213). Anteriormente a Lutero, la idea está en Tauler, equivalente en lo
fundamental, en cuanto a valor al “llamamiento” en el plano espiritual o laico.
Las diversas formulaciones de las que Santo Tomás se valía destacan que él, para
darle fuerza al valor de la contemplación, consideró imprescindible la
interpretación del principio paulino: “aquel que no trabaja no tiene derecho a
comer”, sustentando firme mente que el trabajo es un deber que atañe a todos los
seres humanos lege naturae, mas no a cada uno individualmente. La ordenación
graduada en el aprecio del trabajo, de las opera servilia de los labradores
hacia arriba, es algo que tiene cierta relación con el sello privativo de las
órdenes mendigantes vinculadas por móviles materiales a la población en donde
estaban establecidas, y que fue tan ajena a los místicos alemanes como al propio
Lutero, cuyos padres eran campesinos, y que tenían como del agrado de Dios, la
estructuración estamentaria de la sociedad y a todas las profesiones estimadas
por igual. Al respecto véanse los pasajes concluyentes de Santo Tomás en
Maurenbrecher: Th. v. Aquino Stellung zum Wirtschaftsleben seiner Zeit (Posición
de S.T. de A. ante la vida económica de su tiempo), Leipzig, 1898, pág. 65 y ss.
9 Algo del todo inusitado es que existan
investigadores capaces de opinar que una creación de tal envergadura pudo pasar
sin que de ella quedara la más pequeña huella sobre el obrar del individuo.
Sinceramente, debo confesar que eso escapa a mi comprensión.
10 “La vanidad deja marcas tan profundas en el
corazón del individuo, que aun el más simple golfo, pinche o mozo de cuerda se
vanagloria y pondera de sus admiradores. . .“ (Ed. de Faugeres, 1, 208; cf.
Koster, loc. cit. págs. 17, 136 y s). Con respecto a la postura adoptada por
Port-Royal y el jansenismo frente a la “profesión” —acerca de lo cual hablaremos
de nuevo más adelante—, cf. el sobresaliente ensayo del doctor Paul Honigsheim,
Die Staats und Soziallehren der franzosischen Jansenisten im 17. Jahrhundert
(Doctrinas sociales y políticas de los Jansenistas franceses en el siglo XVII)
(Tesis doctoral de la Universidad de Heidelberg, 1914; integra una obra más
completa acerca de la “prehistoria de la Ilustración francesa”; cf. págs. 138 y
ss. del primer trabajo de referencia).
11 Con respecto a los Fugger opina así: no es
posible que “sea justo ni grato a Dios el hecho de que una tan vasta hacienda
pase a ser parte integrante del mismo cúmulo por toda la existencia de un
hombre”. Substancialmente, eso significa recelo campesino ante el capital. De
igual manera (ver Gr. Sermón acerca de la usura, en la Ed. En., 20, pág. 109),
la adquisición de rentas es por él vista como reprochable en lo moral, puesto
que la considera “algo nuevo fraguado con astucia”, es decir, que se trataba de
algo insondable con relación a la economía, de igual modo que para los
eclesiásticos resultaba in comprensible el trato a plazos en el comercio.
12 H. Levy ha estudiado con mucho detenimiento
estos conflictos (véase su trabajo en tomo a Die Grundla des ókonomischen
Liberalismus in der Geschichte der englischen Volkswirtschaft (Los fundamentos
del liberalismo económico en la historia de la economía inglesa), Jena, 1912).
Cf. asimismo los leveller, por ejemplo en el ejército de Cromwell en combate con
los monopolios y las compañías (1653), en Gardiner, Commonwealth, II, pág. 179.
En cambio, el régimen de Laud pretendía una organización económica de tipo
cristiano-social” gobernada por el rey y por la Iglesia, de la cual el monarca
esperaba grandes beneficios políticos, así como fiscales y monopolistas. Y,
precisamente, los puritanos enfocaban su contienda hacia eso.
13 Esto que tratamos de expresar puede ponerse
en claro tomando como modelo el manifiesto a los irlandeses que le sirvió a
Cromwell para dar comienzo a su lucha de exterminio contra ellos (1650) y que
constituía la res puesta al del clero católico irlandés de Clomacnoise de 4 y 13
de diciembre del año de 1649.
En las partes de más enjundia se
dice: “Englishmen had good inheritances (en Irlanda especialmente) which many of
therm purchased with their money. . . they had good leases from Irishmen for
long time to co me, great stocks thereupon, houses and plantations erected at
their cost and charge. . . You broke the union. . .at time when Irland was in
perfect peace and when though the example of English industry, through commerce
and traffic, that which was in the nations hand was better to them than if ah be
land had been in their possesion. . . Is God, will God be with you? 1 am conf;
dent he will not”. El contenido de este
manifiesto nos hace recordar los editoriales de los periódicos ingleses durante
la guerra de los boers; no puede considerarse característico por instituir como
base jurídica de la guerra del “interés” capitalista de los ingleses —que bien
pudo haber sido motivo de pláticas, pongamos por ejemplo, entre Venecia y Génova
por cuanto a la amplitud de su espacio de intereses en Oriente (con gran
extrañeza Brentano me opone es ta objeción (op. cit., pág. 142) no obstante mi
propia insistencia en ello)—, por el contrario lo concluyente de tal manifiesto
es, sin duda, el hecho de que Cromwell, con el cabal convencimiento (bien sabido
de todo aquel que no ignora su modo de ser), establece la autenticidad ética de
la subordinación de los irlandeses en la coyuntura de que el capital inglés los
ilustró en el espíritu del trabajo, y para ello invoca el nombre del Ser
Supremo. (El documento se encuentra impreso y examinado por Carlyle y resumido
en la Hist. of the Commonwealth, 1. pág. 163 y s.; asimismo contamos con la
traducción ale mana en el Cromwell de Honig.)
14 No es éste, el momento oportuno para hacer
hincapié, pormenorizan do, en ello. Tomar en cuenta los autores nombrados en dos
notas más adelante.
15 Consultar a Julicher, en su bello libro
acerca de las Gleichnisrede Jesu Para bolas de Jesús), vol. II págs. 636, 108 y
siguientes.
16 Previa continuación, véase en especial, lo
expuesto por Eger, loe. cit. Asimismo hemos de mencionar la notable obra, que
aún no se considera caduca, de Schneckenburger (Vergleichende Darstellungdes
lutheriechen und reformiertes Lehrbegriffs (Estudio comparativo de la doctrina
luterana y reformada), ed. por Guder, Stuttgart, 1855). En la Ethik Luthers
(Ética de Lutero), de Luthardt, pág. 84 de la. ed. (única en mi poder), no se
encuentra bien explicada la evolución de referencia. Cf. igualmente la historia
de los dogmas, de Seeberg, t. II, pág. 262 ira. Profesión en la”Realenzyklop f.
prot. Theol. und Kirche”, es un artículo carente de valor, en el cual en vez de
un examen científico del concepto, se exponen algunas consideraciones vagas
acerca de los más diversos asuntos problemáticos, tales como el feminismo y
otros similares. Por lo que respecta a las obras de economía de Lutero,
consignemos tan sólo los ensayos de Schmoller, Gesch. der nationalküon. Ansich
ten in Deutschland während der Reformationszeit (Historia de las doctrinas
económicas en Alemania en la época de la Reforma), en la “Z. f. Staatswiss”, XVI,
1860; el trabajo que mereció ser premiado, de Wiskeman en 1861 y la obra de
Frank G. War, Darstellung und Würdigung von Luthers Ansichten vom Staat und
semen wirtschaflichen Aufgaben (Exposición y crítica de la doctrina de Lutero
sobre el Estado y sus funciones económicas), Conrds Abh. XXI, Jena, 1898. En
cuanto a este punto determinado, soy de la opinión de que no puede decirse que
haya aportado nada nuevo la literatura, valioso en otras consideraciones, en
rededor de Lutero a propósito del centenario de la Re forma. En cuanto a la
ética social de Lutero (y, en general, luterana), como quiera que sea deberá ser
consultada la obra de Troeltsch acerca de las “doctrinas sociales”.
17 Análisis del cap. 7 de la epístola primera
a los Corintios, 1523, Ed. Erl., 51, pág. 1 y as. Lutero calificó aquí el
concepto de la igualdad de “toda profesión ‘ante Dios, con el significado de
este pasaje, aun de manera que, primeramente, se siente forzado a refutar
cualquier estatuto humano (voto monacal, impedimento de casamiento mixto, etc.);
y, también, destaca en calidad de precepto de amor al prójimo la observancia
(que implica en sí indiferencia para con Dios) de las obligaciones para con los
demás. Ciertamente, los peculiares raciocinios que págs. 55-56, por ejemplo, se
relacionan con el dualismo de la lex naturae y la justicia ante el Altísimo.
18 Ver la parte en que Sombart, asistiéndole
la razón ha puesto como lema de lo que expone acerca del “espíritu del oficio”
(esto es: tradicionalismo): Del comercio y de la usura, 1524. Dice: “En este
comercio tu propósito no debe ser otro que perseguir tu alimento suficiente;
luego, hacer el cálculo y el cómputo del coste, el vigor, el trabajo y el
riesgo, y, en orden a ello, disponer, elevar o reducir la mercadería para
conseguir beneficio por este trabajo y tu energía”. He ahí formulado este
principio tomista por excelencia.
19 En su carta dirigida a H. y. Sternberg
(1530), con la que le va dedicada la Exégesis del Psalmo 117, el “estado” de la
nobleza (inferior), no obstante su depravación moral, se muestra como fundado
por el propio Dios (Ed. Erl. 40, pág. 282 infra). El sentido concluyente que los
altercados de Münzer significaron para el desenvolvimiento de esta idea se
revela con toda claridad en la carta (pág. 282 supra). Cf. asimismo Eger op.
cit., pág. 150.
20 La interpretación de los vv. 5 y 6 del
Salmo III (Ed. Erl., 40, págs. 215 y 216) (1530), se fundamentan también en la
controversia ante la supremacía de las ordenaciones del orbe mediante los
monasterios, etc. Aquí, la lex naturae (en contradicción al Derecho positivo, a
semejanza de como lo forjan el soberano y los juristas) está identificada de
manera directa con la justicia divina, digamos que es una institución de Dios y
entraña principalmente la estructura estamentaria de la sociedad (pág. 215, prop.
2 in fine), poniéndose, así, de relieve sobre todo el mismo valor de cada uno de
los estados ante el Altísimo.
21 Como lo da a saber específicamente en los
trabajos Von Konzilien und Kirchen (De los concilios e Iglesias) (1539), así
como Kurzes Bekenntnis vom heíligen Sakrament (Breve confesión del santo
sacramento) (1545).
22 Hasta donde Lutero considera en segundo
plano el concepto de la comprobación del cristiano en su trabajo profesional (de
tanta importancia para nosotros y autoritario en el calvinismo) se evidencia en
este fragmento del Von Konzilien und Kirchen (1539); Ed. ErI., 25, pág. 376
infra: además de estas siete notas esenciales (mediante las cuales se identifica
la Iglesia verdadera), existen otras señales externas que ayudan igualmente a
identificar la santa Iglesia cristiana. . .siempre que no seamos libertinos y
beodos, arrogantes; altivos y soberbios, antes bien castos, honrados y parcos”.
Tales señas, en opinión de Lutero, no son tan efectivas como los “precedentes”
(integridad de la doctrina, preces, etc.) “pues de igual modo varios infieles se
han aplicado en esa clase de obras y pueden haber parecido más santos que
cristianos”. En lo personal Calvino no discrepaba mucho de esta postura,
conforme veremos más adelante. En cambio, con el puritanismo era diferente. Sea
lo que fuere, para Lutero, el cristiano sirve a Dios únicamente in vocatione, no
per vocationem (Eger, pag. 117 y as). Por el contrario, en los místicos alemanes
se advierten ciertas anticipaciones del concepto de la comprobación (si bien no
tanto en su interpretación calvinista como en la pietista) de cariz
estrictamente psicológico (cf. véase la Historia de los dogmas de Seeberg, pág.
195, en la que se cita un fragmento de Suson y se transcriben las demostraciones
a las que con anterioridad nos hemos referido, de Tauler).
23 Su determinante manera de verlo surge
concreto en los raciocinios de la interpretación del Génesis (op. lat. exeget.,
ed. Elsperberg): Vol. IV,
pág. 109: “Neque haec fuit levis tentatio, intentum esse suae vocationi et de
allis non esse curiosum... Paucissimi sunt, qui sua sorte vivant contenti... (pág.
111 eod.) Nostrum autem est, ut unisquisque maneat in sua vocatione et suo domo
contentus vivat de allis autem non sit curiosus”.
Es fácil reconocer que esto pertenece al
tradicionalismo expuesto por Santo Tomás, th.
V. 2 gen., 118, art. 1 c.: “Unde
necease est, quo bonum hominis circa ea consistat in quaclam mensura, aum
scuicet nomo... quaerit habere exteriores divitias, prout sunt necessariae ad
vitam ejus secundum suam conditionem. Et ideo in excessu hujus mensurae consisti
peccatum, dum scilicet aliquis supra de bitum modum vult eas vel acquirere vel
retinere, quod pertinet ad avaritiam”.
Santo Tomás apoyaba en la lex naturae (de la misma forma que aparece en el fin,
ratio, de los bienes externos) lo pecaminoso del exceso en el ansia de lucro,
saliéndose del límite que la urgencia del propio menester señala, en relación al
estado en que el hombre se halla. Lutero lo basa en la voluntad de Dios. Ahora
bien, la conexión entre la fe y la profesión según Lutero (vol. VII, pág. 225):
“...quando es fidelis, tum placent Deo etiain physica, carnalia, animalia,
officia, sive edas, sive bibas, sive vigiles, sive dormis, quae mere corporalia
et animalia sunt. Tanta res est fides... Verum est quidem, placere Deo etiam in
impiis sedulitatem et industriam in officio (tal acción profesional es una
integridad del ánimo lege naturae). Sed obstat incredulitas et vana gloria, ne
possint opera sua referre ad gloriam Dei (ecos de manifestaciones calvinistas).
. . Merentur igitur etiam impiorum bona opera in hac quidem vita praemia sua
(antítesis al vitia specie virtutum palliata de San Agustín) sed non numerantur,
nom colligintur in altero”.
24 En el Sermonario eclesiástico (Ed. Erl.,
10; págs. 233, 235-236) se lee: “Cada quien recibe el llamado en una profesión
‘. A tal Beruf (Befehi (pág. 236) por mandato orden) debe esperarse y
reverenciar en ella a Dios. Aquello que es del agrado de Dios no es precisamente
lo efectuado, antes bien el acata miento que a través de ella se le brinda.
25 En cuya virtud (disconforme a lo que más
arriba quedó dicho acerca de los resultados del pietismo en cuanto al sentido de
la economía en las obreras) se afianza que no es insólito hallar muchos de los
modernos empresarios, por ejemplo, en Westfalia, con una mentalidad
tradicionalista, más aguda, especialmente, en quienes son más fieles a los
dogmas de la Iglesia luterana, declarados antagonistas de cualquier cambio en
los sistemas de trabajo (hasta sin meditar en el tránsito de la metodicación de
las factorías), pese a la incitante superior ganancia que se les facilitaría
conseguir, ante la creencia de que en el mas allá ya lograrán la compensación
justa. Está demostrado que el simple hecho de ser adepto a una Iglesia y a una
doctrina no es suficiente para ejercer una influencia decisiva en el
comportamiento. Se trata de contenidos religiosos de gran trascendencia, con
mucha mayor concreción aquellos a los cuales el desenvolvimiento del capitalismo
les debe desde antes y en la actualidad un influjo mucho más considerable.
26 Cf. Tauler, Ed. de Basilea, Bl. 161 y s.
27 Cf. la prédica sentimental por excelencia
de Tauler, loc. cit., y Fol. 17, 18, y. 20.
28 Siendo que en esta parte ello implica el
exclusivo fin de nuestras consideraciones acerca de Lutero, hemos de
contentarnos con estas pinceladas demasiado pobres de su dogma, insuficientes,
lo declaramos con sinceridad, para realizar una valoración conveniente de su
aspecto.
29 Indudablemente, aquel que apruebe el
ordenamiento histórico de los Leveller correrá la misma suerte, pudiendo
dilucidar esto por diferencias étnicas. En tanto que eran representativos de los
anglosajones, creían apoyar su birthright contra la sucesion de Guillermo el
Conquistador y los normandos. Para nosotros resulta ya asombroso que hasta lo
presente no haya surgido persona que esté resuelta a interpretar con significado
antropométrico, en calidad de “cabezas redondas” a los plebeyos Roundhead.
30 La arrogancia nacional del inglés es el
resultado de la Magna Charta, así como de las grandes contiendas. La clásica
expresión de She looks like an English girl (mira como una joven inglesa),
destinada a las bellas jóvenes extranjeras, ya se usaba en el s. XV.
31 Claro está que en Inglaterra también han
continuado tales diferencias. La esquirearquía, en especial, ha sido hasta hoy,
representativa de la merry old England, y a lo largo de la Reforma se puede
conceptuar como el combate ín timo de un britanismo de dos tipos. En esta
cuestión estoy de acuerdo con las reflexiones de M. J. Bonn (en la Frankf.
Zeitung) en torno al ensayo espléndido de V. Schultz—Gavernitz acerca del
imperialismo inglés. Cf. H. Levy en el Arch. f. Sozialwiss., XLVI, 3.
32 No obstante, en este tenor, de continuo,
hasta causarme extrañeza, acerca de estas y las subsecuentes consideraciones
que, por mi parte, juzgo formularlas con una claridad al máximo.
NOTAS DE LA SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO I
1 No hablaremos del zuinglinismo por separado,
ya que, después de haber predominado tan fugazmente, se extinguió casi por
completo su importancia. En cuanto al “armianismo”, que se distinguía
singularmente por su disconformidad con el dogma de la predestinación en sus
términos más despiadados y que rechazaba también el “ascetismo laico”, figurando
únicamente en calidad de secta en Holanda y Estados Unidos de America del Norte,
y dado que en este capítulo no ofrece interés (o éste sólo es negativo),
consideramos suficiente decir que fue el credo profesado por el patriciado
mercantil holandés (de lo cual hablaremos en momento más oportuno). Sus dogmas
prevalecieron en la doctrina anglicana y en la mayoría de las sectas metodistas.
De la actitud “erasmítica’ adaptada (de apoyo al poder del Estado hasta en las
cuestiones eclesiásticas), diremos que estaba relacionada con todos los poderes
que pretendían los más elevados grados en la política así se tratara del
Parlamento inglés, como de Isabel y de los Estados Generaies de Holanda,
representan do igual posición, de manera muy particular, el Oldenbarneveldt.
2 Con respecto al desenvolvimiento de lo que
se entiende por “puritanismo”, véase sobre todo los Studies and Reflections of
the Great Rebelion (Estudios y reflexiones sobre la gran revolución) (pág. 65 y
ss.) de Sanford. Al valernos de esta expresión, nos referimos, invariablemente,
a la orientación ascética en Inglaterra y Holanda, sin diferencias de dogmas ni
programa alguno de calidad eclesiástica, comprendidos, por consiguiente, los
“independientes”, congregacionistas, baptistas, mennonitas y cuáqueros.
3 Es lamentable que ello no se haya tomado en
cuenta en las polémicas entabladas acerca de este tema. Sombart y Brentano nunca
dejan de citar por igual los trabajos éticos (muy particularmente aquellos
realizados por mí) como codificaciones de normas de vida, sin la menor
preocupación por dilucidar a cuáles de éstas les correspondían las primas de la
salvación, consideradas desde el plano psicológico como las únicas con la debida
eficacia.
4 Casi no es necesario destacar que estos
rasgos son totalmente de segunda mano y sin la más pequeña pretensión de
originalidad, por cuanto su movilidad es en el campo estrictamente dogmático en
el cual se ha valido de las exposiciones literarias acerca de la historia de la
Iglesia y de los credos. Permítaseme decir que, no obstante, en la medida de mis
posibilidades, he tratado de ahondar sin rodeos en los manantiales de la
historia de la Reforma. Mas, pudo haber sido una aspiración excesiva empeñarse
en desconocer el delicado e intenso trabajo teológico durante varias décadas, en
vez de abandonarse a ser conducido por él, como es ineludible, para la mejor
comprensión de sus orígenes. Abrigo la esperanza de que la obligada brevedad de
estos rasgos no han de dar cabida a equívocas formulaciones y que no habré
propiciado, al menos, errores de importancia en la interpretación. Aquel que
está versado en la literatura teológica de mayor importancia, únicamente hallará
de novedoso en esta exposición que la característica del enfoque que damos a
todas las perspectivas que nos ofrecen mayor interés —por ejemplo, la índole
racionalista del ascetismo y su alcance para el modo de vida moderno—,
irremediablemente distinto de aquel que constituye la peculiaridad de los
teólogos. Una vez dado a conocer este trabajo, se ha ido profundizando
metódicamente en este tema, así como, de manera general, en su apariencia
sociológica en la obra mencionada de E. Troeltsch (siendo en su Gerhard und
Melanchthon e igualmente en sus varias recesiones en la Gott. Gel. Anz., que
existen ya numerosos avances de su posterior obra magna). En razón al reducido
espacio disponible nos abstenemos de citar todo aquello que nos ha sido de
utilidad en este estudio, antes bien únicamente los trabajos transcritos o
seguidos en el contenido. A menudo, se trata de escritores antiguos que
coinciden algunas veces con nuestros puntos de vista. Lamentablemente, la
consignación un tanto exigua, destinada a las bibliotecas alemanas establece que
en el interior únicamente se pueda retener las obras de base en calidad de
préstamo durante escasas semanas, procedentes de la Biblioteca de Berlín o de
alguna otra de importancia. Así es lo acontecido con Voet, Baxter, Tyer manns y
Wesley, todos los autores baptistas, metodistas y cuáqueros y muchos mas del
primer periodo, no encontrándose sus obras en el Corpus Reformatorium. Si
alguien pretende elaborar un examen profundo se ve obliga do a recurrir a las
bibliotecas inglesas y, particularmente, a las norteamericanas. Claro está que,
para este trabajo, tuvimos que conformarnos, de manera general, con aquello que
hallamos en Alemania. En Estados Unidos de América del Norte de un tiempo a esta
parte, el hecho de que la consciente peculiar negativa por parte de las
Universidades de un pretérito “sectario’, ocasiona que sus Bibliotecas se
abstengan de hacer nuevas adquisiciones de cierta importancia con respecto a
estos temas, lo cual, constituye una nueva demostración de la inclinación, por
lo regular, a “secularizar” la vida norte americana, la cual, en poco tiempo,
habrá de eclipsar totalmente el sello tradicional de aquel pueblo y asimismo
modificar el sentido de varias de sus instituciones de mayor fundamento. Debe
uno valerse de los pequeños colegios correspondientes a las sectas que existen
en el país.
5 Por el momento no nos interesa ocuparnos
aquí del origen, los antecedentes ni el avance histórico de las direcciones del
ascetismo, antes bien, admitimos su contenido ideológico como dado, igual como
era después de haberse desenvuelto enteramente.
6 Acerca de Calvino y del calvinismo, en
general, independientemente del trabajo básico de Kampschulte, la exposición de
Erich Marck (en su Coligny) es lo que puede considerarse de mayor categoría
entre lo existente. Podemos decir que Campbell no suele mostrarse siempre
crítico ni imparcial, (The Puritaners in Holland, England and Americe (Los
puritanos en Holanda, Inglaterra y América). Una muy notoria propensión
anticalvinista se destaca en los Studien over Johan Calvin de Pierson. Para el
desenvolvimiento holandés cf. independientemente de Motley, los clásicos
holandeses, en especial Groen Van Printerer: Geschied. u. h. Vaderland; La
Hollande et l’influence de Calvin (1964); Le parti antirévolutionnaire et
confessionel dans l’église des P. B. (1860, para la moderna Holanda); asimismo,
los Tien jaren uit den tachtigjari gen oonlog de Fruin, y el Calvinist of
Libertijnsch de Naber; W. J. Nuyens: Gesch. der kerkel. an po!. geschillen in de
Rep. de Ver. Prov. (Historia de los sucesos políticos y eclesiásticos en la
república de las provincias unidas), Amsterdam 1886; A. Kohller, Die niederl.
ref. Kirche (La Iglesia holandesa reformada), Erlang 1856, para el s. XIX;
acerca de Francia, además de Polenz, ver Bair, Rise of the Huguenots; acerca de
Inglaterra, además de Carlyle, Macaulay, Masson y —las not least— Ranke, los
escritos de Gardiner y li’irth a los cuales nos referiremos más adelante y,
también a Taylor: A retros pect of the religious life in England (Ojeada
retrospectiva sobre la vida religiosa en Inglaterra), 1854, y la valiosa obra de
Weingarten en torno a Las Iglesias inglesas de la Revolución; ver, igualmente,
el escrito acerca de los “moralistas” ingleses de E. Troeltsch en la
Realenzyklopádie für Pro test. Theol. u. Kirche (Enciclopedia de la Iglesia y la
teológica protestante), 3a. ed., y, claro está, su obra “Doctrinas sociales de
las iglesias y grupos cristianos, y el notable ensayo de Ed. Bernstein en la
Historia del socialismo (Stuttgart, 1895, vol. 1, págs. 506 y as). La superior
bibliografía (aproximadamente siete mil números) es la de Dexter,
Congregationalism of the last 300 years (Congregacionalismo de los últimos 300
años), en el cual se tratan muy particularmente, aun cuando no de manera
exclusiva, problemas de constitución eclesiástica. Esta obra de mayor
importancia que la de Price (Hist. of Nonconformism), que la de Sakeats y otras
exposiciones más. En cuanto a Escocia ver, por ejemplo, Sack: K. von Schottland
(1844) y la bibliografía en torno a John Knox. Por lo que respecta a las
colonias norteamericanas destaca, entre la copiosa litera tura, el libro de
Doyle, The english in Amerika. Cf. también Daniel Wait Howe, The Puntan Republic
(La república puritana), Indianápolis, The Bowen Merrill Cy publishers; J.
Brown, The pilgrim fathers of New England and thejr Puntan sucessors (Los padres
peregrinos de Nueva Inglaterra y sus sucesores puritanos) (3a. cd. Revell), con
espléndidas citas. Para el mejor entendimiento de las diferencias doctrinales es
preciso leer el mencionado cursillo de Schne ckenburger. A. Ritschl, en su obra
de base: Die chnistliche Lehre von der Rechtfertigung und Versi5hnung (La
doctrina cristiana sobre la justificación y la reconciliación) (3 vols.; la cita
nuestra corresponde a la 3a. ed.), que re vela la personalidad de su autor en su
constante interferencia, emitiendo valiosos juicios con la exposición histórica
y que, aun cuando es notoria su grandeza y la rigusosidad de su mente, ocasiona
una incertidumbre de su “objetividad” a quien trata de recurrir a ella. Por
ejemplo: me resulta dudoso concederle la razón al refutar lo expuesto por
Schneckenburger, pese a que en cuanto a este punto se me haría difícil
pronunciar un juicio propio. En otra parte, destaca, de entre la gran profusión
de ideas y sentimientos piadosos que identifican a Lutero, aquello que, en
opinión suya, es puramente “luterano”; sin embargo, estoy en la creencia de que
el autor se deja llevar en esto, por valoraciones subjetivas, ya que lo que él
juzga como luterano es, sencilla mente, lo que constituye el valor imperecedero
del luteranismo, según Ritschl. Es, como este opina el luteranismo que debía
ser, pero que no siempre fue. Está por demás decir que, naturalmente, hemos
consultado también la obra de Karl Müller, de Seeberg y de otros. Tanto para los
lectores como para conmigo resulta una penitencia que impongo al tener que
recurrir a una super abundancia de notas en el presente libro, a fin de hacer
factible a los primeros, en especial a quienes carecen de una determinada
formación teológica, una crítica, aun cuando sea de modo provisional de los
conceptos que en él expongo, señalando, inclusive, con respecto a ellos otros
puntos de vista.
7 Por lo pronto, antes de seguir hago constar
que no pongo de manifiesto ninguna opinión personal de Calvino sino al
calvinismo en sí, y tan sólo en cuanto a la forma que expone a finales del s.
XVI y en el curso del s. XVII en las amplias zonas de su poderoso influjo, las
cuales eran a un tiempo representativas de cultura capitalista.
Intencionalmente, nos abstendremos de hablar por lo que respecta a Alemania ya
que el calvinismo no alcanzó preponderancia en territorios de excesiva amplitud.
Claro está que no es exactamente igual decir “reformado” que “calvinista”.
8 Ciertamente, la reina no dio su conformidad
a la Declaración del artículo 17 (llamado de Lambeth de 1595) de la doctrina
anglicana, que fue concertada entre la Universidad de Cambridge y el arzobispo
de Canterbury. En ella, de manera opuesta al criterio oficial, se declaraba
específicamente la predestinación para la muerte. Y en tanto que la pura
posibilidad de la condenación era lo que pretendía la doctrina moderada; los
radicales insistían en la fórmula que incluía en sí la mencionada Declaración
(así la Hanserd Knollys Confession).
9 Ver el escrito original acerca de los
símbolos calvinistas mencionados aquí, así como, luego, con respecto a Karl
Miiller, Die Bekenntnisschriften den reformierten Kjrche (Los escritos de
confesión de la Iglesia reformada), Leipzig, 1903.
10 Cf. la Savoy y la Hanserd Knollys
Declaration (norteamericana). Acerca del predestinacionismo de los hugonotes,
consúltese a Polenz, 1, 545 y ss.
11 Con respecto a la teología de Milton,
examínese el escrito de Eibach, contenido en los Theol. Studien und kritiken
(Estudios y críticas teológicas), 1879 (carece de solidez el ensayo de Macaulay
acerca de la traducción de Summer relativa a la Doctrina Christiana que fue
descubierta en 1823. Ed. Tauschnitz, 185, pág. 1 y s.). Si se pretende realizar
un estudio más profundo, cf. la fundamental obra inglesa de Masson, en seis
tomos, aunque su articulación se encuentra excesivamente esquematizada, y la
biografía alemana de Milton escrita en base a la obra aquella hecha por Stern.
Previamente, Milton empezó por distanciarse del predestinacionismo en la forma
del decreto doble, desembocando al cristianismo libre ya entrado en la
ancianidad. Por su rompimiento con todos los nexos que le tenían ligado a su
época, cabe equiparar- lo en cierto modo con Sebastián Franck, aun cuando la
naturaleza en éste era de suyo crítica, a diferencia de aquél cuyo espíritu se
revelaba práctico y efectivo. Ciertamente, Milton es “puritano’ únicamente en el
cabal sentido de disposición racional de la existencia en el universo por la
potestad de Dios, lo que constituye el legado duradero del calvinismo a la
posteridad. A Franck podríamos considerarlo en un sentido semejante. Así por el
hecho de oponer resistencia a meterse en el cuadro de una doctrina organizada no
habrán de ser tomados en cuenta en nuestras averiguaciones.
12 “Hic est fidei summus gradus: credere Deum
esse clementem, quitam paucos salvat —justum, qui sua voluntate nos demabiles
facit”: palabras toma das del célebre pasaje relativo a De servo arbitrio.
13 En esencia, ambos, Lutero y Calvino (cf.
las consideraciones de Ritschl, en la Historia del pietismo, y Kostlin, art.
Dios, en la “R. f. prot. Theol. u. K.”, 3a. ed.): el Padre benévolo, bondadoso,
del Nuevo Testamento —que im pera en los primeros libros de la Institution
Christiana— así como el Deus abs conditus, el tirano que obra de un modo
arbitrario. El Dios del Nuevo Testamento fue siempre el q predominó en Lutero,
puesto que a cada paso eludió la reflexión acerca de lo metafísico,
considerándola infructuosa y arriesgada. Por lo que respecta a Calvino, el
concepto de la Divinidad trascendente triunfó en él, siendo mucho el poder que
alcanzó sobre la vida. Pero, esta idea no fue posible, por cierto, que se
sostuviera en el desenvolvimiento popular calvinista. En vez de ser el Padre
celestial del Nuevo Testamento, fue el Jehová del Antiguo quien se situó en su
lugar.
14 Cf. Scheibe, Calvinis Pradestinationslehre
(La doctrina de la Predestinación en Calvino), Halle,1879, para lo siguiente: en
tanto que para la teología del calvinismo, en general, ver:}leppe, Dogmotik der
evangelischreformierten Kirche (Los dogmas de la Iglesia evangélica reformada),
Elberfol, 1861.
15 Corpus Reformatorium, vol. 77, pág. 186 y
siguientes.
16 Podemos hallar una manifestación de la
doctrina del calvinismo semejante a la nuestra por ejemplo en Theologia practica
de Hoornbeek (Utrecht, 1663), L. II, c. 1: De praedestinatione (el capítulo por
entero tiene, peculiarmente, como título: De Deo). Primordialmente, el autor se
fundamenta en el capítulo primero de la Epístola de los Efesos. No hemos creído
necesario tener como mira de nuestro examen los diversos e irreflexivos intentos
de acoplar la responsabilidad del hombre con la predestinación y la providencia
divina, a fin de salvar la empírica “libertad” del ánimo —hallándose en San
Agustín la primera formulación de tal doctrina.
17 “The deepest community (con Dios) is found
not in institutions or corporations or churches but in the secrets of a solitary
heart”, se lee en el bello libro de Dowden I and Anglican (pág. 234),
encontrándose en él una formulación al punto concluyente de la doctrina.
Asimismo, en los jansenistas de Port-Royal, también predestinacionistas, se
advierte este hondo retraimiento íntimo del hombre.
18 “Contra qui hujusmodi coetum (esto es: una
Iglesia en la cual concurren una doctrina incólume, sacramentos y disciplina)
contemnunt. . . salutis suae certi esse non possunt; et qui in illo contemtu
perseverat electus non est.” Olevian, De subst. foed., pág. 222.
19 “Se dice, en verdad, que Dios envió a su
Hijo para salvar al género humano; mas, ésta no era su finalidad, sino
únicamente librar de la caída a algunos; y yo os digo que Cristo sólo murió por
los elegidos. . .“(Palabras tomadas del Sermón pronunciado en Broek (1609),
Roge, Wtenbogaert, II, pág. 9. Cf. Nuyens, op., II, pág. 932). Es i obscuro eJ
fundamento de la intercesión de Cristo en la Hanserd Knollys Con fession. Es de
suponer que, en general, a Dios no le había de hacer falta, realmente, esta
mediación.
20 Sobre dicho proceso ver el artículo acerca
de “La ética económica de las religiones universales”. Ahí quedará comprobado
que la postura característica de la ética israelita antigua frente a la egipcia
y la babilonia —de con tenido tan parecido al de aquella—, de igual manera que
el proceso evolutivo de la misma a partir de los tiempos de los profetas se
fundamenta en esta ver dad primordial: el rechazo de la magia sacramental como
medio de salvación.
21 De acuerdo con las más consecuentes
opiniones, el bautismo constituía una obligación únicamente como precepto
positivo, no siendo necesario para la salvación; razón por la cual a los
escoceses e ingleses de riguroso puritanismo les fue posible imponer en esencia
q no se debía bautizar a los hijos de los manifiestos reprobados, como por
ejemplo, los hijos de ebrios. El sínodo de Edam (1586), art. 32, 1, daba por
recomendable bautizar al adulto aspirante a ello sin que estuviera lo
suficientemente “maduro” para recibir la ‘comunión”, salvo que su proceder fuese
irreprochable, y de que su deseo sonder superstitie estuviera de manifiesto.
22 Esta negativa conexión con la “cultura de
los sentidos” es justamente, un factor constitutivo del puritanismo, según lo
indica explícitamente Dowden, loc. cit.
23 Son infinitos los elementos, por más
heterogéneos, comprendidos en la expresión “individualismo”. Siguen algunas
indicaciones a fin de que se vea con mayor claridad el significado que damos al
hacer uso del vocablo. En diferente sentido del término, al luterano se le ha
llamado “individualista”, debido a que desconoce la norma ascética de la
existencia. Dietrich Schafer aún lo emplea en diferente sentido en su trabajo,
“Zur Beurteilung des Wormser Konkordats” (Juicio acerca del Concordato de Worms)
(Abh. d. Berl. Akad., 1905), al decir que la Edad Media es la era de la
“individualidad acusada”, puesto que a la sazón los elementos irracionales
ejercieron sobre los acontecimientos históricos un alcance como jamás han tenido
de nuevo. Desde luego le asiste la razón, pero no dejan de tenerla también,
aquellos a quienes va dirigida en contra la citada afirmación, ya que uno y
otros dan distinto sentido a los términos “individualidad” e “individualismo”.
Si consideramos las formulaciones geniales de Jacob Burckhardt, en parte
superadas, desde el ángulo cien tífico, constituiría, ahora, de un valor
incalculable realizar un examen funda mental de los conceptos, de enfoque
histórico. Claro está que resulta a la in versa de esto la postura de algunos
historiadores, amantes de “definir” los conceptos para darse el gusto de hacer
gala, en fases de la historia, colgándose- los como un marbete.
24 En contradicción, asimismo —si bien, es
cierto, mucho más llanamente—, con la doctrina católica en calidad de posterior.
Pascal, con su ánimo pesimista, fundamentado también en la doctrina de la
predestinación, tiene, por el contrario, una raíz jansenista, y, por ende, su
espíritu individualista, su huida del mundo, no es coincidente en absoluto con
la oficial postura católica. Véase al respecto el trabajo anteriormente citado
de Honigsheim acerca de los jansenistas franceses.
25 En los jansenistas se la halla también.
26 Bailey, Praxis pietatis (ed. alemana,
Leipzig, 1723), pág. 187. Igual mente, Ph. J. Spener en sus Theologischen
Bedenken (Objeciones teológicas) (cita conformemente a la 3a. ed. Halle, 1712)
está colocado en un plano similar: rara vez aconseja el amigo en atención a la
honra divina, antes bien, en general, con fines carnales (no precisamente con
egoísmo). “He —the
‘knowning man’— is blind in no man s house, but best sighted in his own. He
confiness himself to the circle of his own affairs, and thrusts not his fingers
in needless fires. - - He sees the falseness of it (del mundo) and therefore
learns to trust himself ever, others so far, as not to be damaged by their
disappointment”; de este modo filosofa Th. Adams (Works o/ the i-’uritan
iJiuznes, pag. LI). Bailey (Praxis pietatis, op. cit., pág. 176).
A más de esto, encomien da que todas las
mañanas, antes de confundirse con la gente, uno se imagine entrar en una selva
virgen plena de pe1i y ruegue a Dios que nos conceda “el manto de la justicia y
la prudencia”. Semejante sentimiento existe en todas las sectas ascéticas,
habiendo determinado que muchos pietistas se entregaran dentro del mundo a una
clase de vida parecida a la de los anacoretas. El propio Spagenberger, en la
Idea fidei tratrum (moravo), pág. 382, evoca con toda intención a Jer. 17, 5:
“Maldito es el hombre que se abandona a los hombres”. Adviértase, a fin de
pulsar hasta qué grado alcanzaba la hostilidad al ser de esta concepción de la
vida, el sentido que la Theol. pract., 1, pág. 882, de Hoornbeek, da igualmente
en torno del deber de amar a los enemigos: “Denique hoc magis nos ulciscimur,
quo proximum, inultum nobis, tradi ultori Deo . . . Quo quis plus se ulciscitur
eo minus íd pro ipse agit Deus”: es igual al “aplazamiento de la venganza” que
figura en aquellos pasajes del Antiguo Testamento a continuación del destierro,
frente a la ex presión antigua de: “ojo por ojo”. Véase nota 35, más adelante,
acerca del ‘amor al prójimo”.
27 Verdaderamente, el confesionario no ha
ocasionado sólo este efecto. Las aseveraciones de von Muthmann (Z. f. Rel. Psych.,
1, fasc. 2, pág. 65), por ejemplo, son en extremo simplistas para exponer todo
el complejo problema psicológico con respecto a la confesión.
28 Tal composición constituye, justamente, una
esencial importancia para conceptuar los fundamentos psicológicos de las
organizaciones calvinistas sociales; la totalidad de ellas tienen como base
profundas motivaciones “individualistas”, en las reflexiones de la racionalidad
del propósito o de la validez. Sin embargo, sentimentalmente, el hombre jamás
penetra en ellas. La “honra de Dios” y la propia salvación se encuentran siempre
por encima del “umbral de la conciencia”. Todo ello graba un sello
característico, aun en la actualidad, a las organizaciones sociales de los
pueblos que antaño estuvieron apegados al puritanismo.
29 El básico sentido imperativo de la
doctrina, que anulaba la validez y el provecho de la acción tutelar eclesiástica
o del Estado, en cuanto a la moralidad y la salvación de las almas, dió origen
en múltiples ocasiones a que fuese proscrita; así ocurrió, por parte de los
Estados Generales holandeses. El resultado ineludible fue la institución de los
“conventículos” a partir de 1614.
30 Con respecto a Bunyan cf. biografía de
Froude, col. Morley
“English Men of Letters”, así como el somero bosquejo de Macaulay, Misceil.
Works.. II, pág. 227. A Bunyan siempre
le tuvieron sin cuidado las diversas desigualdades de matiz que existían en el
calvinismo, manteniéndose constantemente como un riguroso calvinista baptista.
31 Creemos ineludible destacar la importancia
enorme que representó para el carácter social del cristiano reformado el
concepto del calvinismo acerca de la participación en una comunidad establecida
con arreglo a los preceptos divinos, necesaria para la salvación, emanada de la
necesidad indispensable de vivir “incorporando en el Cuerpo de Cristo” Calv.
Institut. III, II, 10). No obstante, el punto justo de gravedad de la cuestión
se halla en otra parte, visto desde el mismo ángulo nuestro. Este concepto
dogmático pudo haber avanzado, como en efecto resultó así, dado la índole
meramente institucional de la Iglesia; pero, careció de la fuerza necesaria para
sugerir ideas constructivas de comunidad, así como tampoco para infundirles la
energía propia del calvinismo, el cual supo llevar adelante, justamente, su
propensión comunitaria fuera del círculo de lo eclesiástico “en el mundo”,
prescrito por Dios. Se evidencia ahora la creencia de la comprobación de la
gracia al obrar el cristiano in majorem Dei gloriam. Asimismo, es innegable que
la peculiar aversión a toda idolatría y el apego a las relaciones personales con
los individuos, tenía que encauzar este vigor, de una manera inconsciente, por
las sendas de la acción objetivada, impersonal. Siendo el principal interés del
cristiano, la comprobación de su gracia, al obrar lo hace por los fines de Dios
que no pueden ser más que impersonales. Todo sentimental relación —se entiende
sin justificación racional— entre hombre y hombre, con facilidad se expone a
caer en el anatema relativo a la idolatría en cuanto a la moral puritana y, en
general, a la ascética, Independientemente de lo expuesto en otra nota, vea mos
este pasaje acerca de la amistad: “It is an irrational and not fit for a ra
tional creature to love any one farther than reason will allow us...
It very otten taketh up inens
minds so as to hinder their love of God” (Baxter, Christian Directory, IV, pág.
253). Por mil veces se repiten tales
argumentos. La idea que inspira a los calvinistas es esta: Dios, al crear el
mundo y darle el orden social, optó por aquello que era positivamente provechoso
como medio de honrar su Majestad: no la criatura por sí, antes bien la
ordenación de lo creado sometido a su voluntad. Por eso es que el impulso
activista desatado en los santos debido a la doctrina de la predestinación,
desemboca por entero en el afán de racionalizar el mundo. De manera especial, el
concepto acerca de que la “utilidad pública” —o the good of the many, conforme a
Baxter (Christian Directory, IV, pág. 262, con la cita algo forzada de Rom.
9,3)-—, adelantándose al racionalismo liberal subsiguiente, está antes del bien
individual o privativo de los hombres, aun careciendo de toda originalidad,
provenía en el puritanismo de su inclinación contra la idolatría. Asimismo, la
tradicional animadversión del americano al servicio personal, independiente
mente de otras causas más insolentes emanadas de un sentimiento “democrático”.
Estando relacionada con dicha tradición de manera muy especial. Podríamos decir
también lo mismo de la inmunidad relativamente g de los pueblos con un pasado
puritano opuestos al cesarismo, así como, en general, la postura de los ingleses
contraria a lo tocante a sus estadísticas, en la inteligencia que, si por un
lado es en su fuero interno más libre y afecta a reconocer el mérito de las
magnas figuras, por otro, rechaza el apasionamiento histérico por ellas y, a
conceder valor al hecho de que se debiese estar precisado a brindar a alguien
acatamiento político por “motivos de gratitud”: a la inversa de cuanto hemos
podido advertir, partiendo de 1878, en este sentido, de manera positiva o
negativa, en Alemania. En cuanto a la culpabilidad de la fe en la autoridad,
únicamente lícita en tratarse de lo impersonal, tan sólo conducida por el texto
de las Escrituras, y la excesiva estimación de los individuos más santos e
insignes —posible riesgo para el acatamiento debido a Dios—, véase a Baxter,
Christian Directory, 1, pag. 56 de la 2a. ed., 1678. Ahora bien, por lo que se
refiere a la oposición a la “idolatría”, desde el punto de vista político, así
como el principio de que en la Iglesia únicamente Dios debe gobernar y, en
último término, en la propia vida, no es aquí posible considerarlo como materia
de nuestras investigaciones.
32 Reiteradamente hallaremos la oportunidad de
tratar sobre los nexos entre las “consecuencias” dogmáticas y
práctico-psicológicas. Está por demás subrayar que, naturalmente, no son
expresiones análogas.
33 Naturalmente, usamos el vocablo “social”
sin la menor reflexión acerca de su propio sentido moderno, sino, tan sólo en el
significado que la actuación tiene en el seno de las organizaciones comunitarias
en el plano de la política, de lo eclesiástico, etc.
34 Las buenas obras realizadas con una
finalidad distinta que la de honrar a Dios son pecaminosas, (Hanserd Knollys Con
fessions, ch. XVI.)
35 El significado que tiene en el marco propio
de la comunidad piadosa esta “impersonalidad condicionada” del afecto a nuestros
semejantes por la referencia, de manera exclusiva, de la vida a Dios, se revela
con claridad en los antecedentes que a continuación exponemos, consignados por
la China Inland Mission y la International Missionaries’ Alliance (al respecto,
véase Warneck, Gesch. d. prot. Mission (Historia de las misiones protestantes),
ed. 5a., págs. 99, 111). A un precio considerable fueron equipados descomunales
ejércitos de misioneros, habiéndose destinado, por ejemplo, únicamente a China
un millar, con el fin de “brindar” a los paganos el Evangelio en un sentido
rigurosamente literal, predicando por todos los confines de la nación ya que
Cristo así lo ordenó, supeditando a ello la vuelta al mundo. Para el misionero
resulta entonces secundario el asunto, puesto que es exclusivo de Dios resolver,
en conclusión, la conquista de los catecúmenos para el cristianismo, haciéndolos
partícipes, por consiguiente, de las bienaventuranza; inclusive, al misionero no
le incumbe ya si ellos han comprendido el puro sentido gramatical del lenguaje
que haya usado. Conforme a lo dicho por Hudson Taylor (cf. Warneck, op. cit.),
China cuenta, aproximadamente, con 50 millones de familias, de tal suerte que un
millar de misioneros podían abarcar diariamente (!) 50 familias, así en mil
días, esto es en menos de tres años, a todos los chinos se les podría brindar el
Evangelio. Conforme a este procedimiento esquemático, el calvinismo ejercía su
disciplina eclesiástica: su objetivo no consistía en la salvación del alma de
los censurados —ello era asunto exclusivo de Dios (ya en la práctica sería
asunto personal) resultando inútil toda medida disciplinaria—, antes bien en
acrecentar la honra de Dios. De hecho, el calvinismo no tiene, propiamente,
responsabilidad alguna en esa obra misionaria de referencia, puesto que ésta no
se halla enlazada a específica denominación alguna. (El propio Calvino se oponía
a la obligación de hacer obra misionera con los paganos, en virtud de que la
expansión de la Iglesia es “unius Dei opus”.) Su raíz se debe, más pronto, como
es sabido de todos, a la idea oculta en la ática puritana de que en el
cumplimiento de todos los mandamientos divinos, se infiere el cumplimiento del
precepto de amar al prójimo, para acrecentar la honra de Dios; con esto se
otorga a nuestro prójimo aquello que se le debe; todo lo demás está en la
voluntad divina. De ahí que se eclipse la “humanidad”, por así decirlo, de las
relaciones con nuestros semejantes. Tal hecho se manifiesta en circunstancias de
las más diversas; consideramos siquiera un solo caso, entre los muchos,
característico de esta atmósfera trascendental, en el marco de la chantas
reformada, sumamente célebre, con justicia, en ciertos de sus aspectos: el de
los Huérfanos de Amsterdam (a quienes, aun en pleno siglo XX, se les obliga a ir
vestidos, como si se tratara de bufones, con faldeta y calzones negros y rojos
por mitades, conduciéndoseles de este modo, formados al estilo inglés), los
cuales representaron, indudablemente, un modelo ejemplar al máximum para la
mentalidad de épocas pasadas, y al servicio de la gloria de Dios en la medida
exacta en que forzosamente todo sentimiento “humano” e individual debía sentirse
injuriado. Y como habremos de comprobarlo, ello se encuentra en todos los más
ínfimos pormenores de la vida. Indudablemente, se trata de una tendencia general
que no dificulta algunas limitaciones en determinados casos; mas, era necesario
mencionar aquí esta básica inclinación de la piedad ascética.
36 Con cada uno de estos respectos, discrepaba
mucho la ática de la predestinación de Port-Royal, en virtud de la mística
orientación, fuera de lo mundanal, es decir: católica. (y. Honigsheim. loc.
cit.)
37 Hundeshagen (Beitr. z.
Kirchenverfassungsgeshich te u. Kirchenpolitik (Contribución a la historia de la
constitución y la política de la Iglesia), 1864, 1, pág. 37) persevera en la
tesis, repetida con frecuencia a partir de aquel momento, de que la doctrina de
la predestinación era teológica, no habiendo sido nunca aceptada por el pueblo.
Claro está que esto es exacto, condicionándolo únicamente a establecer una
identificación del “pueblo” con la masa de las esferas inferiores, víctimas de
la ignorancia, y aun ahí se podrían hallar exenciones. Por el año 40 del siglo
XIX. Kóhler (loc. cit.) observaba que las “masas” (esto es, la pequeña burguesía
holandesa) profesaban con ex tremo rigor el predestinacionismo; aquel que se
obstinaba en no reconocer el doble Decreto era juzgado como un hereje, un
condenado. A él mismo le interrogaron acerca del momento de su regeneración (con
respecto a la doctrina), o fue únicamente Cromwell -en quien Zeller (Das theol.
System Zwuinglzs (El sistema teológico de Zwinglio), pág. 71) ya hubo
ejemplificado, como en un modelo, el efecto surtido del dogma— sino, también, la
totalidad de sus santos quienes conocían cabalmente él fondo del asunto; los
cánones de los sínodos de Dordrecht y de Westminster acerca de la problemática
doctrina, eran temas de interés para toda la nación. Por lo que se refiere a los
tryers y ejectors de Cromwell únicamente aceptaron puritanos; Baxter (Life, 1
pág. 72), no obstante que con anterioridad se había declarado su enemigo,
estimaba de gran importancia el efecto ejercido sobre la calidad del clero. No
cabe imaginar que pudieran surgir dudas acerca de la doctrina en los pietistas
reformados, así como en los integrantes de los conventículos ingleses y
holandeses, ya que aquélla constituía el impulso para congregarse en la búsqueda
de la ‘ertitudo salutis. Aquello que la predestinación podía o no significar el
punto que sólo ha sido tema propio de teólogos, puede evidenciarlo el
catolicismo eclesiásticamente justo, en el que jamás ha existido en cuanto a
doctrina esotérica y tampoco insólita, de un modo titubeante. (Lo concluyente es
que la creencia de que el hombre debiera conceptuarse como un elegido por su
propia comprobación, fue siempre refutada. Cf. la doctrina católica, por ejemplo
en Ad. van Wyck, Tract. de predestinatione, Colonia, 1708. No es éste el momento
de investigar hasta qué punto estaba libre de errores la doctrina pascaliana
acerca de la predestinación.) Hundeshagen, el cual no simpatizaba con la
doctrina, hace acopio de sus impresiones, principalmente de las condiciones en
Alemania. La repulsión suya se fundamenta en la creencia (obtenida por
deducciones razonadas) de que en el plano de la ática su resultado debía ser,
forzosamente, la fatalidad y la antinomia. Este concepto fue estrictamente
rechazado por Zeller, loc. cit. En cuanto a otras consideraciones, no puede
negarse la probabilidad de que la doctrina diese este giro, tan comentado nor
Melanchthon y por Wesley; sin embargo, existe la particularidad de que en los
dos casos se trata de una combinación con la piedad sentimental de la fe. Es
evidente, entonces, que con la falta del concepto racional de la comprobación,
dicho resultado se desligara de la propia naturaleza de los hechos. Tales
resultados fatalistas se encuentran, igualmente, en el Islam.
¿Cuál es la razón? Sencillamente, se debe a
que la predeterminación islámica no tiene el significado de predestinacionista,
sin que vaya relacionada con la salvación en el más allá, es decir, destinada a
esta vida; por lo tanto, en dicha doctrina no tiene nada que ver la idea
éticamente concluyente: la comprobación como predestinado. Así, pues, tan sólo
cabía colegir el coraje bélico (por ejemplo, el de los moros), mas no efectos de
una vital metodización, puesto que se carecía de la “prima” piadosa.
Véase F. Ullrich, en su tesis
doctoral Die Vorher bestimmungslehre t. Islam und Chr.
(La doctrina de la predeterminación en el
Islam y en el Cristianismo), 1912. (Univ. de Heidelberg.) El hecho de que la
rigidez de la doctrina se fuera atenuando con la práctica —cf., por ejemplo,
Baxter— no resultó tan esencial como para cambiar la idea de que Dios decretaba
el destino a cada quien en particular, quedando la comprobación por cuenta del
individuo. Podemos decir que, en especial, todas las figuras sobre salientes del
puritanismo -en el más amplio sentido del vocablo— se forjaron en esta doctrina,
cuya rigurosa seriedad ejerció gran ascendiente en la formación durante su
juventud: Milton, Baxter -en línea menguante— y Franklin —que se volvió
librepensador—. Cada uno de ellos, siguiendo en la misma vía de la
transformación por la que iban todos los movimientos piadosos, terminaron
emancipados de la doctrina. Sin embargo, la totalidad de los grandes revivals
eclesiásticos, por lo menos en Holanda y en la mayor parte de los de Inglaterra,
se controlaban nuevamente bajo su signo.
38 El cariz fundamental es el mismo que aún
predomina vigorosamente en The Pilgnim ‘s progress (La Marcha del peregrino) de
Bunyan.
39 En la era de los epígonos, los luteranos se
planteaban esta disyuntiva —dejando a un lado el dogma de la predestinación— con
menos vehemencia que los calvinistas, y no precisamente porque le dieran menos
importancia a la salvación del alma, sino debido a que la Iglesia luterana, en
su avance evolutivo, realzó su característica de organismo para la salvación y,
en consecuencia, el hombre se consideraba el propósito de su actividad y
protegido por ella. Adviértase que únicamente el pietismo promovió nuevamente la
cuestión en el seno del luteranismo. No obstante, era posible que la misma
problemática de la certitudo salutis tuviera un significado concéntrico en toda
religión de Salvación no sacramental —así se diga budismo, jainismo o como sea;
ello no debe ser ignorado. De ahí se derivan todos los ímpetus psicológicos de
índole netamente piadosos.
40 De este modo explícito en carta a Bucer,
Corp. Ref., 29, 883 y Ss. Cf. con respecto a ello Scheibe, op. cit., pág. 30.
41 La Confesión de Westminster acepta
igualmente (XVIII, 2) la certidumbre infalible de la gracia de los elegidos,
pese a que, por más que nos esforcemos, siempre somos siervos “inútiles” (XVI,
2), y de que la batalla en contra del maligno perdura toda la vida (XVIII, 3).
Bien que el elegido debe mantenerse en prolongadas luchas para lograr la
certitudo salutis, que obtiene mediante la conciencia de la observancia del
deber, de la que nunca el creyente carecerá de ella.
42 Así pues, por ejemplo, Olevian, De
substantia foederis gratuiti Inter. Deum et electos, 1885, pág. 257; Heidegger,
Corpus Theologiae, XXIV, 87 y s.; otros fragmentos en Heppe, Dongm. der ev. ref.
Kirche (Los dogmas de la Iglesia evangélica reformada), 1861, pág. 425.
43 La doctrina calvinista original que remitió
a la fe y la conciencia de la comunidad con Dios en los sacramentos, y
únicamente por casualidad hizo mención de los “tres frutos del espíritu”. Véase,
al respecto, Heppe, op. cit., pág. 425. El propio Calvino impugnó enérgicamente
las obras, inclusive aquellas que tanto el como los luteranos conceptuaban
frutos de la fe, como indicios del valor ante Dios (Instit., III, 2, 37, 38).
Prácticamente, el giro hacia la comprobación de la gracia en las obras, que
constituye la característica de la ascesis, camina al lado de la transformación
paulatina de la doctrina de Calvino, la cual tras de meditar (así como lo hizo
también Lutero) que las señales de la Iglesia verdadera son, por encima de todo,
integridad de la doctrina y los sacramentos, acaba por reflexionar acerca de la
“disciplina” como seña que equivale a las dos. Esta transformación puede ser
observada en las obras mencionadas de Heppe, op. cit., págs. 194-195, e
igualmente en el modo como a finales del siglo XVI se obtenía en los Países
Bajos la categoría de miembro (condición media: la subordinación contractual
expresa a la disciplina).
44 Con respecto a ello, ver las
consideraciones de Schneckenburger, loe. cit., pág. 48.
45 De esta manera, igualmente en Baxter
alcanza suma importancia, en el catolicismo, la diferencia de mortal a venial.
Aquel denota que, por lo menos en el momento, el hombre carece de la gracia y,
únicamente su auténtica “conversión” podrá garantizarle el goce de ella. En
cuanto al último, entre éste y el estado de gracia no hay incompatibilidad.
46 De igual modo, en múltiples matices, Baxter,
Bailey, Sedwick, Hoorn beek. Ver los ejemplos mencionados en Schneckenburger, op.
cit., pág. 262.
47 La idea de “estado de Gracia” igual que una
cualidad profesional o, digamos, de clise (semejante a la del asceta de la
antigua Iglesia) frecuente mente la encontramos en diversos autores como:
Schortinhuis en su obra Het innige Christendom (El cristianismo interior), 1740,
la cual fue prohibida por los Estados Generales.
48 Así, como más adelante se demostrará, en
infinidad de pasajes del Christian Directory. y en especial, en el último, de
Baxter. El hecho de hacer recomendable el trabajo profesional, en calidad de
medio para expulsar la congoja motivada por el propio sentimiento de
inferioridad moral, nos mueve a evocar el recuerdo de Pascal en su
interpretación psicológica al anhelo vehemente de dinero y la ascesis
profesional, como un recurso tramado para burlar la propia nulidad moral. En
Pascal, el dogma de la predestinación está enlazado a la persuasión de la
disvaliosidad que el pecado original ha marca do al ser humano. De ahí, que
pueda aconsejar el aislamiento del mundo, así como la contemplación, por cuya
mediación liberarse del peso la presión del pecado y lograr la seguridad de la
salvación. En el mencionado ensayo del doctor Honigsheim (parte de una obra más
extensa que esperamos habrá de completar) encontramos profundas consideraciones
acerca de la formulación fielmente católica y jansenista de la idea de
profesión. Entre la seguridad de la salvación y el obrar en esta vida no existe
ninguna huella de conexión, por parte de los jansenistas. Su concepto de
profesión revela, aún más que en el luterano y que en el católico legítimo, un
sentido de conformidad con el estado que a cada quien le ha sido asignado en el
mundo, determinado independientemente por el orden social —como en el
catolicismo—, por la propia voz de la conciencia (Honigsheim, loe. cit., pág.
139 y s.).
49 Lobstein, en su obra de homenaje a H.
Holtzmann, expone con claridad en breve resumen, un punto de vista similar que
habremos de tomar en cuenta fructuosamente, para lo que en seguida expresaremos.
Le ha sido censurado el hecho de haber insistido excesivamente en el alcance del
leit motiv de la certitudo salutis. No obstante, aquí es conveniente plasmar la
distinción entre la teología propia de Calvino y el calvinismo, así como entre
el método teológico y la necesidad de poner en práctica lo requerido para la
cura de almas. En todos los movimientos piadosos que afectaban las más amplias
zonas, se partía de esta problemática: “qué modo podré asegurarme de mi
‘bienaventuranza?” Tal como ya dijimos, su importancia es concluyente, y no
únicamente en este caso, sino en todos aquellos que forman la historia religiosa
del mundo, en general, comprendida la India. Verdaderamente, no era posible que
fuera de otro modo.
50 No sería posible negar, en realidad, que
este concepto no logró la plenitud de su evolución, sino hasta la última etapa
del luteranismo (Praeto rius, Nicolai, Messner). Asimismo, en sentido similar a
éste, se encuentra en Johannes Gerhard; razón por la cual, Ritschl, en el libro
IV de su Historia del pietismo (vol. II pág. 3 y s.) sostiene que la
incorporación de este concepto en la piedad luterana tiene un significado de
renacimiento o aceptacion de la piedad católica. No refuta la idea (pág. 10) de
que la problemática de la certeza personal de la salvación ha existido a la par
en Lutero, como en los místicos del catolicismo, si bien está en la creencia de
que la solución que recibió en uno y en el otro era opuesta. Con respecto a
ello, no me arriesgo a emitir un juicio propio. Naturalmente, es fácil
comprender que no es igual el aire que se respira en Libertad de un hombre
cristiano, si se le compara con el tierno jugueteo del “niñito Jesús” que figura
en la posterior literatura, inclusive con el sentimiento piadoso que prevalece
en Tauler. Igualmente, la conservación de los medios místico- mágicos en la
doctrina luterana de la Eucaristía, se basa en móviles piadosos totalmente
diferentes que la piedad “bernardina” —que nos transporta, por su estilo, al
Cantar de los Cantares—, a la que Ritschl siempre hace referencia, considerando
que de ella se deriva el cultivo del comercio “virginal” con Cristo. Pero, ¿no
sería factible que esa doctrina de la Eucaristía hubiera participado también a
propiciar la renunciación del sentimiento místico de la piedad? Claro está que
no es un acierto asegurar (loe. cit., pág. 11) que la libertad del místico se
apoya únicamente en su apartamiento del mundo. Sumamente atractivas son las
consideraciones de Tauler, en el aspecto psicológico-piadoso, que dieron realce
al orden que se determina, inclusive en los pensamientos relativos a la vida
profesional, como consecuencia práctica de las meditaciones aconsejadas para las
horas nocturnas de desvelo: “Únicamente por esto (por la unión mística con Dios,
en la noche, antes de conciliar el sueño) se purifica la razón y se fortalece la
mente; así, el hombre se sentirá tan venturoso y divinamente alentado en el
curso del día gracias a este ejercicio íntimo, que en verdad le ha unido a Dios,
por lo que sus obras serán ordenadas. Por lo cual, cuando se ha dispuesto para
su obra va hacia la realidad apoyado en la virtud, estas son venturosas y
divinas”. (Sermones, fol. 318.) Así, se evidencia que la intensa meditación
mística y el concepto racional de la profesión no son incompatibles. Acaece lo
contrario cuando la piedad está revestida de ropajes histéricos, lo que no
acontece en ningún místico ni, mucho menos, en ningún pietista.
51 Ver en torno a esto los artículos que
siguen acerca de la “ética económica de las religiones”, introducción.
52 Ante esta conjetura, el calvinismo es
coincidente con el catolicismo oficial; en cuanto a los católicos se desprendía
de ahí la necesidad de recurrir al sacramento de la penitencia, en tanto que los
reformados inferían el efecto de la comprobación práctica por el obrar en la
vida.
53 De esta manera, Beza, en De praedestinat
doct. ex praelect. iri Rom., 9. a. Raph.
Eglino exc., 1584, pág. 133,
dice: ‘...sicut ex operibus vere bonis ad sanctificationis donum, a
sanctificatione ad fidem...ascendimos: ita ex certis ihis effectis non quamvis
vocationem sed efficacem 111am, et ex hac vocatione electionem ex electione
donum praedestinationis m Christo tam firmam quam immotus est Dei thronus
certissima connexione effectorum et causarum colligimus...“
Únicamente en relación a los indicios de la condenación, se requeriría
hacer uso de la prudencia, ya que se trata del estado final. (Con respecto a
este punto, el puritanismo razonaba de otro modo.) Ver, asimismo, el estudio de
gran fondo, loe. cit., de Schneckenburger, en el cual únicamente se cita, por
cierto, la específica índole de la literatura. En la totalidad de la literatura
puritana aparece de nuevo este mismo carácter.
“It will not be said: did you
believe? —were you Doers or Talkers only?”, expresa Bunyan.
Conforme a Baxter (The saints ‘s everiosting
rest (El descanso eterno de los santos), cap. XII) representativo de la forma
más miti de la doctrina de la predestinación—, la fe designa el sometimiento a
Cristo con el sentimiento y los hechos. “Do what you are able first, and then
complain of God for denying you grace if you have cause”, respondía a la
impugnación diciendo que la voluntad es sierva y únicamente Dios es el que
retiene sin razón su aptitud de santificarse (Works of the Puntan Divines, IV,
pág. 155). El examen de Fuller, historiador eclesiástico, se res tringía al
asunto de la comprobación práctica y los propios testimonios del estado de
gracias en el proceder de uno mismo. De igual manera Howe en el lugar con
anterioridad citado. La lectura de las Works of the Puntan Divines suministra
comprobac paso a paso. No tenía nada de extraño que llenaran a muchos los
autores ascéticos directamente católicos quienes determinasen la “conversión” al
puritanismo (así en Baxter, un tratado jesuítico). Sin embargo, ante la
auténtica doctrina de Lutero y Calvino, tales conceptos no eran, en realidad una
cabal renovación (cf. Inst. Christ., e. 1, edic. çrig., y. 1. 536, págs. 97,
112). Bien que Calvino tenía la seguridad que por este camino no podría lograrse
la autenticidad de la gracia (147 ib.). La invocación a 1 Jn 3, 5 y pasa
similares era común. Digamos por adelantado que el requerimiento de la ‘fides
efficax” no se circunscribía a los calvinistas en sentido riguroso. Las
confesiones de fe baptista se ocupaban; igualmente, de los frutos de ella en los
artículos acerca de la predestinación and that its —de la regeneration— “proper
evidence appears in the holy fruits of repentance and faith and newness of life”
(art. 7 de la Confesión impresa en The Baptist Church Manual (Manual
eclesidstico baptista), by J. N. Brown D. Filadelfia, Am. Bapt. PubI. Sec. En el
mismo tenor da principio el tratado —influido por el mennonismo— de Olije-Tacxken
(que obtuvo la aprobación del sínodo de Harlem, 1640), pág. 1, habiéndose
planteado la cuestión de cómo se reconoce el hijo de Dios, cuya respuesta es:
“Nu al is’t des dasda night vruchtbare ghelove alleene zii het seker
fondamentale kennteeken orn de conscientien der gelovigen in het niewe verbondt
der genade Gods te versekeren” (pág. 10).
54 Con anterioridad dijimos algo con respecto
al alcance de dicha ley natural para lo material, implícito de la ética relativa
a la sociedad. El con texto no ofrece aquí interés, es más bien el ímpetu
benéfico al obrar ético lo importante.
55 Se pone de manifiesto con claridad, la
fuerza que había de tener este concepto en la penetración el sentimiento judaico
del Antiguo Testamento en el puritanismo.
56 Es así como la Sauoy Deciaration de los
members de la ecclesia pura que son “saints by effectual calling visibly
manifested by their profession and waiking”.
57 A principie of goodnes,
Charnock en “Works of the Pur. Div.”, pág.
58 En cierta ocasión, Sedgwick dijo pie la
conversión es “copia fiel del decreto de la predestinación”. Y Bailey añade:
“aquel que es elegido, es llamado y capacitado para la obediencia. Únicamente
quienes son por Dios llamados a la fe (manifestada en la conducta) son creyentes
verdaderos, no menos temprary believers como lo enseña Hanserd Knollys confesión
baptista.
59 Cf., por ejemplo, la parte final de
Christian Directory, de Baxter.
60 Lo vemos, por ejemplo, igualmente en
Charnock, Self-examination (Examen de sí mismo), pág. 183, con el propósito de
rebatir la doctrina católica de la “dubitatio”.
61 Estos razonamientos aparecen de nuevo,
reiteradamente, en Theologia practica (II, págs. 70, 72, 182; 1, pág. 160), de
Joh. Hoornbeek.
62 Dice, por ejemplo, la Conf. Heivet. 16: “et
improprie his (las obras) salus adtribuitur”.
63 Cfr., con respecto a todo esto,
Schneckenburger, pág. 80 y s.
64 Se ha atribuido a San Agustín que “si non
est praedestinatus fact ut praedestineris”.
65 Ello nos recuerda en principio, una
sentencia similar de Geothe: “¿se puede llegar al propio conocimiento? Mediante
la contemplación, jamás; únicamente por el obrar. Procura cumplir con tu deber,
y pronto descubrirás lo que hay en ti. Pero, ¿cuál es tu deber? Aquello que pide
el momento”. 66 Asimismo afirma Calvino al decir que “la santidad” tiene que
darse también, en la apariencia (Inst. Christ., IV, 1, 2, 7, 9), aunque los
límites entre lo santo y lo no santo son inescrutables para el conocimiento
humano. Es de creerse que allí donde es anunciada estrictamente la palabra de
Dios en una Iglesia organizada y regida según su Ley, se encuentran también los
elegidos, si bien no los distingamos.
67 El calvinismo constituye uno de los muchos
ejemplos que integran la historia religiosa de la relación que con el proceder
práctico-religioso guardan algunas consecuencias que por lógica
ypsicológicamente se deducen de concepciones piadosas determinadas. Se dirá que
es natural que el resultado lógico de la predestinación tuviera que ser el
fatalismo; no obstante, el resultado psicológico fue, inexcusablemente, a la
inversa, debido al concepto de la comprobación práctica. (Por móviles similares,
los partidarios de Nietzsche, demandan una significación ética positiva para la
idea del eternal regreso. Sólo que se trata aquí de la responsabilidad de una
vida en el más allá que no está ligada al operante por ninguna continuidad de
conciencia; en tanto que en el puritanismo se dice: tuares agitur.) Hoornebeek
expresa, con perfección y belleza (Theol. pract., vol. 1, pág. 159), la relación
entre la predestinación y el obrar, en el modo de hablar de su época: los electi,
justamente en razón de la elección recaída en ellos, no son accesibles al
fatalismo, y en esta aversión precisa, de los resultados fatalistas que, sin
embargo, se presentaron eventual mente, se autocomprueban. Por otro lado, así
como lo evidencia claramente el calvinismo, el contenido ideológico de una
religión obtiene una trascendencia de mucha más amplitud de la que, le confiere
William James (Ver The vanzeties of religious experience, 1902, pág. 444 y ss.).
El valor de la racionalidad en la metafísica piadosa, se pone de manifiesto en
los extraordinarios efectos que la estructura de la concepción calvinista de
Dios ha llegado a ejercer sobre la vida. Ciertamente, esta circunstancia de que
el Dios de los purita nos haya tenido tal ascendente en la historia y, de una
importancia sin precedente, se debe a los atributos con los que lo adornó del
poder de la mente. (En cuanto a otras consideraciones, el valor “pragmático’ que
James realiza de la trascendencia de los conceptos piadosos, conforme a la
medida de su comprobación en la vida es hijo genuino de la concepción ideológica
de la Cuna puritana de tan sobresaliente pensador.) La vivencia piadosa de por
sí es irracional, claro está, como toda vivencia, del cariz que sea. En su
formación mas elevada, esto es, la mística es la vivencia por antonomasia
—conforme el Propio James ha expresado esplendorosamente— la cual se distingue
de manera absoluta, por su incomunicabilidad, estos es, tiene un sello
determinado y se revela en cantidad de conocimiento, si bien no es posible que
pueda reproducirse, con propiedad, verbal y conceptualmente. Por de contado,
cualquier vivencia piadosa se desprende de su esencia en cuanto intenta darse
una formulación racional. Y ello ocurre con mayor intensidad, cuanto en este
sentido llega a excederse. Ahí está el origen de las situaciones conflictivas
trágicas de aquellas teologías racionales por las que pasaron las sectas
bautizantes en el curso del s. XVII. Ahora bien, siendo que la irracionalidad
tampoco es única mente propia de la vivencia piadosa, puesto que aquélla es
común a todas, no es obstáculo para que, prácticamente, sea de extrema
importancia de índole del procedimiento intelectual que la vivencia piadosa
consecuente confisca, digamos, en beneficio suyo, señalándole la senda que
deberá seguir, ya que, conforme a él, habrán de desarrollarse, en periodos de
una gran fuerza penetrante de la vida por las Iglesias y, de vigoroso movimiento
evolutivo de los intereses dogmáticos propias de ellas, la casi totalidad de las
diferencias (ciertamente de tanta importancia) en los resultados éticos, como de
hecho existen entre una y otra de las diferentes religiones del orbe. Todo aquel
que sabe de las fuentes históricas, comprende el asombroso vigor — r con medidas
de la actualidad— del interés por el dogma, sin excluir el de los seglares, en
tiempos de las tremendas luchas religiosas. Ello puede equipararse solamente con
la fe —en cuyo fondo existe algo de superstición— que asiste al proletaria do de
hoy en día, puesta en aquello que la ciencia es capaz de exponer y aun de
realizar.
68 A esta cuestión Baxter, en
The saints’s Everlasting rest, 1, 6, da esta respuesta: “Wether to makesalvation
our end be not mercenary or legal? —It is properly mercenary when we expect it
as wages for work done. Otherwise it is only such a mercenarism as Christ
commandeth... and if seeking Christ mercenary, I desire to be so mercenary...“
En cuanto a otras consideraciones, hubo
un sinfín de calvinistas, en apariencia ortodoxos, a quienes les fue propicia la
caída en sentido de santificación de las obras, cuya interpretación era hasta
burda. De acuerdo con Bailey (Praxis pietatis, pág. 262), las dádivas
constituyen un medio para evadir la pena temporal. El consejo por parte de otros
teólogos consistía en efectuar buenas obras con el fin que, si se trataba de un
condenado, se le hiciese, probablemente, más lleva dera la condena, y si era un
elegido, por el hecho de que Dios las quiere ob causarn, esto es, con una razón,
lo cual, claro está, habrá de merecer su recompensa. La apología, por su parte,
había hecho igualmente algunas concesiones de fácil alcance de las buenas obras
para el grado de tranquilidad. (Ver Schne ckenburger, loc. cit., pág. 101.)
69 En lo tocante a este tema hemos de usar,
igualmente, tanto el lenguaje como los conceptos del “tipo” ideal, con objeto de
resaltar las diferencias, aunque debamos violentar un poco la verdad histórica,
pues, de otra manera no resultaría factible lograr una clara formulación. Se
plantearía la discusión de la relatividad de las contraposiciones las cuales se
revelan aquí formuladas con la mayor crudeza imaginable. Es de fácil comprensión
que ya en los tiempos de la Edad Medía la doctrina oficial del catolicismo
afirmó el ideal de una sistemática santificación de la existencia. Sin embargo,
es cierto que, en primer lugar, la regular práctica eclesiástica propiciaba el
proceder ‘insistemático” aludido en el texto, mediante un elemento más efectivo,
esto es: la confesión; segundo, era forzoso que el católico secular medieval
careciera continuamente del sentido básico, inmutable y rígido, así como el
apartamiento del calvinista.
70 El sentido categóricamente central de este
elemento habremos de ver que se va destacando con toda claridad, de la misma
manera como ya lo ad vertimos en otro momento, en los artículos sobre la ética
económica de las religiones.
71 Con respecto a los luteranos, Lutero
tampoco quiso, hasta cierto punto, que se desmoronara este último vestigio de la
magia sacramental.
72 Cf. por ejemplo, Sedgwick en Buss und
Gnadenlehre (Doctrina de la penitencia y la gracia) (ed. alemana de Roscher.
1689): El penitente se vale de un método seguro con el que sabe a qué atenerse
debidamente y por el cual encauza y guía toda su existencia (pág. 591). La
contrición verdadera se evidencia en el modo de conducirse (pág. 361). El
discernimiento entre las obras buenas tan sólo “moralmente” y las opera
spiritualia estriba en que ellas son el resultado de una existencia regenerada,
en la cual (ib., vol. I,yág. 160) de muestran un avance incesante cuya
explicación únicamente esta en la sobre natural intervención de la gracia divina
(ib., p. 150). Concepciones que son las mismas en todas las confesiones
protestantes y que, naturalmente existen en los máximos ideales del catolicismo;
bien que tan sólo en las enseñanzas puritanas de profesión ascética profana era
posible hallar sus resultados para el mundo y, en especial, desde el ángulo
psicológico, únicamente en ello mere cían la recompensa suficiente.
73 El origen de este último nombre está en
Holanda a raíz de la vida que los “finos” concertaban con extrema precisión a
los preceptos contenidos en la Biblia (así, en Voet). En cuanto a lo demás, los
puritanos recibieron también el nombre de “metodistas” en el s. XVII.
74 En todo caso, como se destaca en cada uno
de los predicadores puritanos (Bunyan, entre ellos, en
The Pharisee and the Publican (El fariseo y el
publicano), W. of Pur. Div., pág. 126), un pecado tan sólo es capaz de extinguir
todo el “mérito” que bien pudo ser hacinado por las “buenas obras” a lo largo de
una vida, si el individuo —lo cual no es posible— tuviese la suficiente
capacidad por sí solo de aportar algo a lo cual Dios juzgara como mérito, o
fuese posible que viviera en un estado de perfección perseverante. No existe ya
a semejanza del catolicismo, algo así como una cuenta corriente con saldo
derivado —imagen que existió, ya, comúnmente en la Antigüedad—, por el contrario
toda la existencia se halla frente a esta implacable disyuntiva: o el estado de
gracia, o bien la condenación. Más adelante puede verse (nota 123) ciertas
remembranzas de esta idea con respecto a la cuenta corriente.
75 He ahí en donde reside la diferencia con la
mera legality y civilíty, la c Bunyan hace actuar como camaradas del señor
“mundano-discreto” ‘Wordly-wiseman”) en lo que se llama “moralidad”.
76 Charnock, Self-examination (Works of the
Pur. Div., pág. 172): “La re flexión y conocimiento de uno mismo constituyen una
prerrogativa de índoles racionales”. Y a continuación de esto, una nota según
sigue: “Cogito, ergo sum: tal es el inicial principio de la nueva filosofía”.
77 No es este el momento de establecer el
parentesco de la teología de Duns Scoto (que nunca llegó a dominar, sino tan
sólo soportada y algunas veces de presumible herejía) con algunas concepciones
del protestantismo as cético. Del mismo modo Calvino que Lutero (con algunas
diferencias) ya tuvieron parte de la incompatibilidad sentida luego por los
pietistas frente a la filosofía aristotélica, en antítesis al catolicismo con
cabal conocimiento. (cf. Jnst. Christ., II, c. 2; 4, IV, 17, 24.) Conforme a
Kahl, a todas estas direcciones les es común lo que él llamó “la primacía de la
voluntad”.
78 Del mismo modo, con exactitud, fija su
definición el artículo “ascetismo” del Kirchenlexikon, católico conforme a sus
formas históricas de mayor nobleza y sublimidad. Por igual Seeber en la R.E.f.
prot. Th. u. K., cit. Permítasenos utilizar el concepto con el significado que
le hemos venido dando, Pues así interesa a las finalidades de nuestra
investigación. Sin embargo, no desconozco que puede ser utilizado en otro
sentido, con más amplitud o limitación, según se desee.
79 En el Hudibras existe una comparación entre
puritanos y franciscanos Canto 1, 18, 19). Fieschi, enviado genovés, en un
relato llama “asamblea de monjes” al ejército de Cromwell.
80 Explícitamente, yo sostengo, como queda
demostrado, la prolongación última entre la ascesis piadosa monacal y, el
ascetismo laico de la profesión; de ahí que me resulte inconcebible que Brentano
(loe. cit., pág. 134, y otras más) aduzca en mí, contra el hecho de que los
religiosos de una orden mona cal ejercitasen la ascesis en el trabajo y la
recomendaran. Y esa es la culminación de todos sus argumentos en contra de mi
tesis. Mas, quien quiera que sea puede advertir que de esa persistencia depende,
justamente la suposición fundamental de mis razonamientos: la Reforma adapta la
racionabilidad del ascetismo cristiano a la vida profesional en el mundo, así
como la vida metódica ejercida anteriormente en los claustros. Obsérvese lo que
a continuación expongo en el texto, reproduciendo fielmente lo dicho en la
edición primera.
81 De esta manera en los numerosos relatos
acerca de los interrogatorios de herejes puritanos, consignados en History of
the Puritans de Neal y en English Baptist, de Crosby.
82 Sanford (y también otros con anterioridad a
él) da la concepción del ideal de la reserva como originada del puritanismo. Cf.
en torno a este ideal las consideraciones de James Bryce acerca del colegio
americano, en el t. II de su American Commonwealt. Del principio ascético del
“propio dominio”, el puritanismo hizo al padre la cabeza de la disciplina
militar moderna. (Ver acerca de Mauricio de Orange considerado el creador de las
modernas instituciones militares. Roloff, en Preuss. Jahrbuch, 1903, t. III,
pág. 255). Aquellos Ironsides de Cromwell, los cuales, en compacta formación, se
enfrentaban al adversario pistola en mano, poseían una superioridad mayor a la
de los “caballeros y no precisamente por una fogosidad de derviches, antes bien,
por el contrario, debido a la frialdad del propio dominio que los hacía aptos
para someterse ciegamente a las órdenes de sus superiores, en tanto que
aquéllos, con su acometida caballeresca y arrebatada disgregaban en átomos su
propia guarnición. Ver diversos pormenores al respecto en Firth, Cromwells Army
(El ejército de Cromwell).
83 Cf. singularmente Windelband, Ueber
Willensfreiheit (Sobre el libre albedrío), págs. 77 y s.
84 Aunque no con tan precisa pureza.
Frecuentemente, con dichos elementos racionales mediaban contemplaciones
místicas, móviles sentimentales. Mas, adviértase que la contemplación se
encontraba, por su parte, ajusta da con orden.
85 En opinión de Richard Baxter, resulta
pecaminoso todo aquello que va contra la firme reason grabada por Dios en
nosotros, es decir, no tan solo las pasiones que llevan en sí una finalidad
pecaminosa, sino inclusive aquellos afectos excesivos e irracionales, debido a
que aniquilan la countenance, en tanto que hechos meramente materiales, hacen
desaparecer la relación racional de toda acción y sentimiento con Dios y son
agraviantes para El. Cf., por ejemplo, con respecto al pecado de la ira, Chr.
Directory, 2a. ed., 1967, 1, pág. 285 (con cita de Tauler en pág. 287);
asimismo, al carácter de culpabilidad del temor, ib., pág. 287, sp. 2.
Considerase igualmente “idolatry” cuando nuestra apetencia sea ‘the rule or
measure of eating (“la norma y la mesura en el comer”), op. cit., 1, págs. 310,
316, s. 1, y en otras partes. Para ratificar estas consideraciones es frecuente
citar (sobre todo, las sentencias de Salomón, De tranquillitate animi de
Plutarco y, también los escritos ascéticos de la Edad Media, de San Bernardo,
San Buenaventura, etc.). No puede haber mayor pugna que la que encierra el
antiguo principio de “aquel que no guste del vino, de las mujeres y del canto .
. - ‘,que darle amplitud con el concepto de idolatry al placer cabal de los
sentidos que no tenga justificación en razón a la higiene, en cuyo caso se
permiten los deportes y otras recreations (más adelante trataremos acerca de
esto). Adviértase que en cada una de las fuentes citadas aquí, no son obras
dogmáticas, como, tampoco, de libros expresamente edificantes, más bien son
fruto de la práctica de la cura de almas y constituyen una palpable demostración
del sentido en el que ejercían su influjo.
86 Habría de lamentar —digámoslo de paso— que
lo aquí expuesto por mí, pudiera ser interpretado como un juicio de valor
manifestado a favor de cualquiera de estas formas religiosas. Este no es mi
objetivo en tal momento. Interésame únicamente indicar el influjo práctico de
ciertas características suyas, las cuales vistas desde el ángulo netamente
religioso, serán tal vez periféricas, bien que, para la conducta práctica, han
alcanzado suma importancia.
87 Muy especialmente, examínese el artículo
“Moralistas ingleses”, de E. Troeltsch, en RE.f. prot. Th.u. K., cd. 3a.
88 Prueba del sentido en que obraban ciertas
ideas y situaciones piadosas determinadas, que tienen la apariencia simplemente
de ‘ contingencias históricas”, la podemos ver en el hecho, de que en los
centros pietistas originados en el hogar reformado se hubo de lamentar a menudo
la carencia de conventos; por esta razón, tanto el ensayo “comunista”
experimentado por Labadie corno otros resultaron sólo un subrogado de la vida
monacal.
89 Esta peculiaridad ya se deja ver en varias
de las confesiones de la misma era de la Reforma. El propio Ritschl (Pietismus,
1, pág. 258 y s.), no obstante que juzga la evolución posterior en calidad de
una degeneración de las concepciones reformadoras, tampoco trata de negar que,
por ejemplo, en la Conf. GaIl., 25, 26 la Cong. Bel. 29 y la Conf. Helv., post.
17, “las iglesias particulares reformadas son reseñadas con notas completamente
empíricas y que en esta verdadera Iglesia no toman parte los creyentes si no
cuentan con la nota de actividad moral” (cf. supra, nota 43).
90 Bless God that we are not of
the many (Th. Adams, W. of the Pur. Div., pág. 138).
91 La concepción, de tanta importancia
histórica, del birthright pudo ha llar gracias a esto, en Inglaterra, un valioso
apoyo: “the first born which are written in heaven. . .
As the first born is not to be
defeated in his inheritance and the enrolled names are never to be oblitterated,
so certainly shall they inherit eternal life”.
(Th. Adams, W. of the Pur. Div., pág. XIV.)
92 El sentimiento luterano de la contrición en
la penitencia no corresponde en absoluto, no precisamente en cuanto a la teoría
como en la práctica, al ascetismo más avanzado del calvinismo el cual lo tiene
conceptuado como perjudicial e inútil para el condenado; señal de recaída y de
santificación imperfecta para quien, teniendo la certeza de su elección,
confiesa un pecado del cual no tienen por qué arrepentirse, más debe sentir odio
por él y procurar el progreso en su santificación mediante obras ad Dei Gloriam.
Cf. lo que expresa Ohwe (capellán de Cromwell. 1656-58) en Of men s enemity
against God and of reconciliation between God and Man (De la enemistad de los
hombres contra Dios y de la Reconciliación entre Dios y el hombre), W. of the
Div. Purit., pág. 237:
“The carnal mmd is enemity against God. Is it the mmd, therefore, not as
speculative merely, but as practical and active, that must be renewed”. (Eod.,
pág. 246): “Reconciliation... must begin in 1..) a deep con viction.. - of your
former enemity... 1 have been alienated from God. 2.- (pág. 251) a clear and
lively apprehension... of the monstrous iniquity an wickedness thereof”.
Se evidencia aquí únicamente el odio contra el
pecado, mas no del pecador. Sin embargo, ya en la famosa carta que la duquesa
Rena ta de Este (madre de “Leonor’) dirige a Calvino, en la cual, entre cuanto
le dice saca a relucir el odio que habría de sentir contra su padre y su esposo
de saber que estuvieran en medio de los reprobados, indica como el odio fue
aplicado a la persona, y no únicamente al pecado, ejemplo a la vez de lo dicho
con anterioridad sobre la ruptura interior del hombre con los lazos de un
sentimiento natural que le tenían ligado a la comunidad, en virtud de la
doctrina de la predestinación.
93 “None but those who give
evidence of being regenerated or holy per Sons ought to be received or counted
fit members of visible churchs. Where this is wanting, the very essence of a
church is lost”, expresa Owen, vicecanciller calvinista independentista de
Oxford, en tiempos de Cromwell (mu. into the orig. of Ev. Ch.).
Ver también artículo que sigue.
94 Ver el artículo siguiente.
95 Cat. Geneu., 149. Bailey, en Praxis
pietatis, pá 125: “Hemos de obrar en la vida como si sólo Moisés hubiera de
ordenarnos’.
96 Los reformados consideran la ley como una
norma ideal; el luterano se humilla ante la ley, como norma inalcanzable”. Ella
figura a la cabeza en el catecismo luterano, a fin de promover la humildad
requerida. En el catecismo reformador suele seguir al Evangelio. El calvinista
tildaba de reprochable el hecho de que los luteranos sintieran “verdadero horror
a la santificación” (Móhler), en tanto que el luterano echaba en cara a los
reformados su orgullo y su “acatamiento servil a la ley”.
97 Studies and Reflections of
the Great Rebellion, pág. 70 y ss.
98 Tampoco debe ser olvidado el Cantar de los
Cantares, desconocido enteramente por la mayor parte de los puritanos, siendo su
erotismo concluyen te en la formación de la clase de religiosidad de un San
Bernardo.
99 Acerca de la necesidad de este propio
control cf. La prédica ya mencionada de Charnock sobre la 2a. Cor., 13, 5, W. of
the Div. Purit., pág. 161 y s.
100 De este modo lo recomendaban los teólogos
moralistas en casi su totalidad. Baxter, por ejemplo, en Chr. Directory, II,
pág. 77 y ss., el cual, sin embargo, no calla los riesgos.
101 Es evidente que la “contabilidad moral” se
ha difundido considerable mente también en todos lados; pero carecía del
primordial acento, esto es servir de medio de discernimiento de la elección o
condenación prescrita desde la Eternidad y, por consiguiente, la prima
psicológica otorgada a la custodia de dicho cálculo, tanto como a su
observación.
102 Así era la distinción concluyente ante
otras similares maneras de conducirse en lo externo.
103 Baxter en Saints’s Everlasting Rest, c.
XII, define, también la invisibilidad de Dios, según sigue: De igual modo como
se efectúa el comercio por correspondencia con un amigo al cual nunca se ha
visto asimismo, “mediante el comercio místico con el Dios invisible” se podría
adquirir “una perla preciosa”. Tales metáforas mercantiles, que reemplazan las
de cariz forense común en muchos moralistas antiguos y en el luteranismo, es
algo peculiar del purita nismo, conforme al que el propio individuo debe
“comprarse” su bienaventuranza.
Cf. también este fragmento de
una prédica: “We recken the value of a thing by that which a wise man will give
for it who is not ignorant of it nor under necessity. Christ, the Wisdom of God,
gaye himself, his own precious blood, to redeem and he knew they were and had no
need of them” (Matthew Henry, “The worth of the soul”, W. of the Div. Pur., pág.
313).
104 Ante esto el propio Lutero afirmaba:
“Llorar precede a obrar; sufrir es superior a toda acción”.
105 Eso queda realzado con toda claridad en la
evolución de las teorías éticas del luteranismo. Al respecto, ver Hoennicke,
Studien zur altpro testan tischen Ethik (Estudios sobre la antigua ética
protestante), Berlín, 1902 y la célebre recensión de Troeltsch en el Gott. Gel.
Anz., 1902, núm. 8. Aquí encontramos que era sumamente acostumbrado el
acercamiento de la doctrina luterana al calvinismo ortodoxo antiguo. Sin
embargo, a un tiempo iba allanando el medio una nueva dirección piadosa.
Melanchthon, con objeto de dar la oportunidad de asirse a la vinculación de la
moralidad con la fe colocó el concepto de expiación en primer término. De este
modo, la expiación prescrita por ley debe anteponerse a la fe, aunque las buenas
obras deben suceder a ella, ya que, de otro modo, la fórmula que se aproxima al
sentir puritano —no sería auténtica fe que justifique. En su opinión dio por
factible lograr en este mundo una cierta medida de relativa perfección; es más
en los inicios, Melanchthon llegó a proclamar que la justificación con el fin de
hacer al hombre apto para realizar buenas obras y que en el acrecentamiento de
la perfección está el grado de bienaventuranza terrenal capaz de asegurar la fe.
Por igual, en los dogmáticos que siguieron después del luteranismo se afirmó, en
términos similares a los usados por los reformados, que las buenas obras son el
fruto que requiere la fe y, que ésta puede proporcionar una nueva vida. Ante el
punto discutible acerca de qué se entiende por “buenas obras”, él aludía a que
uno debe atenerse a la ley. Como una remembranza de aquellas primeras
concepciones luteranas quedó únicamente el mínimo aprecio conferido a la
bibliocracia, principalmente al guiarse por el Antiguo Testamento, en cada norma
particular. El decálogo, considerado como codificación de las razones
fundamentales de la ley natural, perduró en esencia como norma del obrar humano.
Pero, faltaba un puente seguro que estableciera la relación entre su validez
estatuaria y su significado por momentos más exclusivistas que la fe para la
justificación, ya que —conforme quedó dicho— la característica de la fe
calvinista se diferenciaba totalmente de aquélla. La perspectiva esencial mente
luterana, que correspondía a la primera fase, se hallaba en el abandono, y una
Iglesia que se creía en sí un organismo destinado a la salvación tenía
forzosamente que desprenderse de él; sin embargo, a un tiempo, carecía de un
nuevo criterio que pudiera substituirlo. Temeroso de perder la base dogmática
(esto es: doctrina de la sola fides) se optó por no proclamar la racionalización
ascética de la vida, en calidad de labor ética ordenada al hombre; pero, claro
está hacía falta el ímpetu que condujera a ia idea de la comprobación, propia
del calvinismo. Igualmente, la interpretación fascinante de los sacramentos (que
coincidía con el declive de esta doctrina), en especial el hecho de aplicar la
regeneratio —o al menos su inicio— en el bautismo, y con la suposición del
universalismo de la gracia, no podía ser más que un impedimento para el avance
de la moralidad metódica, ya que aminoraba la lejanía habida entre el status
naturalis y el estado de gracia, si se tiene en mente la importancia que el
luteranismo daba a la idea del pecado original; y no en menos la interpretación
absolutamente forense del hecho de justificación, que daba por cierta la
variabilidad de las determinaciones divinas, mediante la intervención del acto
preciso de la expiación por el pecado convertido. Tal interpretación fue,
justamente, realzada, en particular por Melanchthon. El acrecentado cambio de su
doctrina es que se pone de manifiesto en esta importancia siempre en aumento,
otorgada a la expiación, tiene igualmente un engarce profundo con su concepción
del “libre albedrío”. A todo esto se le debe el sello peculiar antimetódico del
comportamiento luterano. Por parte del luterano medio, una vez admitida la
práctica de la confesión, el contenido de la salvación debía estar formado por
determinados actos de gracia para determinados pe cados, mas esto no obedecía a
la formación de la aristocracia de santos, que iba instaurando de por sí la
certidumbre de su salvación. Así no era posible dar alcance no tan sólo a una
moralidad libre, sino, tampoco, a un ascetismo racional, conforme a la ley; por
el contrario, ésta coexistía inorgánicamente con la fe, en calidad de estatuto y
postulado ideal. A un tiempo, ya que se refutaba la rigurosa bibliocracia en
calidad de santificación de las obras la inseguridad de su contenido era al
máximum, así como sin ninguna precisión y, especialmente, insistemático por
completo. Y, conforme lo dicho por Troeltsch (op. cit.), acerca de las teorías
éticas, la vida fue “una suma de ele mentales propósitos nunca logrados”,
asegurados en la “desmembración de algunas indicaciones aisladas inseguras”, si
bien nunca trataron de “actuar orgánicamente sobre un todo vital coherente”, por
el contrario, en lo esencial, en concordancia con la evolución sufrida por el
propio Lutero, constituían una conformidad con el estado conferido a cada quien
en la vida, así en gran de como en pequeño. Esta aquiescencia del alemán a
culturas ajenas a su propia naturaleza, este repentino cambio de nacionalidad
—independientemente de otros diversos destinos políticos del país— ha de tenerse
en cuenta como factor fundamental de la transformación que hasta hoy en día pesa
en todas nuestras vitales relaciones. La adquisición subjetiva de la cultura
resultó endeble, debido a que se efectuaba básicamente mediante la aprobación
pasiva de lo que la “autoridad” ordenaba.
106 En torno a esos temas, ver la cautivante
obra de Tholuck: Vorges chtchte des Rationalismus (Prehistoria del
racionalismo).
107 Acerca del distinto efecto de la doctrina
islamítica de la predestinación (digamos mejor, predeterminación) y sus móviles,
ver la mencionada tesis doctoral (Facultad de Teología, Heidelberg) de F.
Ullrich, Die Vorherbesti mmnungslehre im Islam und Christentum, 1912. Véase,
también, P. Honigs heim, op. cit., acerca de la doctrina predestinacionista de
los jansenistas.
108 Al respecto, ver el siguiente capítulo de
este libro.
109 Ritschl, (Historia del pietismo 1, pág.
152) pretende hallar estas lindes en el periodo anterior a Labadie (en base
únicamente en los specimina holan deses), aduciendo: a) el hecho de que los
pietistas instituyeron conventículos; b) que la “nulidad de la existencia
creada” era una condición presentada “en forma directamente opuesta a la
importancia evangélica de la bienaventuranza” y c) que la busca de “la certitud
de la gracia en el tono afectivo con Cristo Nuestro Señor” se hizo con una
técnica desacorde al espíritu reformado. Ahora bien, la nota primera se ajusta
únicamente en esta fase inicial a uno de los autores con el que él tuvo trato.
En cuanto a la “nulidad de la existencia crea da era hija legítima del espíritu
del calvinismo y tan sólo allí donde llevaba realmente a retirarse del mundo
exterior podía alejar de las sendas del protestantismo normal. Por último, el
sínodo de Dordrecht había, inclusive, decretado, en cierto modo, los
conventículos (con finalidades catequísticas). Obsérvese enseguida las
características que Ritschl aducía con respecto a la religiosidad ascética: a),
el “precisismo” tomado en su significación de servil sometimiento a la palabra
bíblica en todas las manifestaciones externas de la vida, tal como Gisbert Voet
lo suele interpretar; b), las razones de la justificación y reconciliación con
Dios, no precisamente como postrer fin, antes bien en calidad de puro medio para
una ascética vida de santidad, como posible mente se halla en Lodenstey, si bien
Melanchthon (supra nota 105) ya lo hubo anticipado; c) el superior aprecio de la
“lucha expiatoria” como rasgo distintivo de regeración auténtica, tal como lo
señaló antes que nadie W. Teellink; d) la privación de la Eucaristía, dado el
caso de que en ella participaran quienes no estuviesen regenerados (a lo cual
nos referiremos en otro momento) y, en relación a ello, la creación de
conventículos que no se ajustaron a los cánones de Dordrecht, con la reaparición
de las “profecías”, es decir, la interpretación de las Escrituras por quienes no
son teólogos, así sea por mujeres (Anna María Schurmann). Todo eso viene a
constituir atenuantes, en ocasio nes de suma importancia, por lo que respecta a
la doctrina y a los reformadores en su práctica. Sin embargo, ante las
orientaciones omitidas por Ritschl, los puritanos, en especial los ingleses,
interpretaron una vigorización de inclinaciones ocultas en todo el
desenvolvimiento de esta religiosidad. La meta de lo expuesto por Ritschl está
penando debido a que tan notable sabio ha integrado en ella, el convencimiento
sobre política eclesiástica, mejor dicho, religiosa. Es el caso que su aversión
hacia toda piedad con viso ascético, le induce a suponer c cualquier indicio de
evolución en dicho sentido es como un recaída en el catolicismo”. Y así como
éste, también el protestantismo antiguo aceptaba al! sorts and conditions of men
en su seno y, no obstante, la Iglesia católica desechó la severidad de la
ascesis laica a la manera jansenis ta, del mismo modo que el pietismo rechazaba
el característico quietismo católico correspondiente al s. XVII. Por nuestra
parte, lejos de ver la acción del pietismo en su sentido no gradual, lo
advertimos cualitativamente, allí donde el temor siempre en ascenso, ante el
“mundo” fue determinante en la deserción de la vida profesional económica, dicho
de otra manera: en la pro pensión a crear conventículos en base
conventual-comunista (Labadie) o bien a la renuncia del trabajo profesional, en
el momento, con completo conocimiento, a cambio de la vida contemplativa. Claro
está que esta consecuencia surgió, frecuentemente, al punto que la contemplación
empezó a tomar un aspecto al estilo bernardino — conforme la asignación de
Ritschl—, ya que se revela por primera vez en la interpretación dada por San
Bernardo, del Cantar de los Cantares: una religiosidad de carácter místico y
afectivo con aspiraciones de una unión de cariz cripto-sexual. Situándonos en el
plano psicológico de la religión, simboliza un aliud ante la piedad reformada,
así como, también, a través de una interpretación ascética por pensadores como
Voet. Ahora bien, Ritschl trata más tarde de aunar el aludido quietismo con la
ascesis religiosa dentro del mismo anatema, destacando las cTtas que a menudo
figuran en la literatura pietista de autores místicos o ascéticos que profesan
el catolicismo. Sin embargo, entre los ingleses y holandeses, sobresalen
teólogos moralistas en “nada sospechosos” que aluden a San Bernardo, e,
igualmente, a San Buenaventura y Tomás de Kempis. Ciertamente, era compleja en
grado sumo la coherencia que persistía entre las Iglesias reformadas y el
catolismo de antaño, y de acuerdo con el punto de vista en que convenga hacer
hincapié, habremos de advertir nuevas tonalidades de esta relación tanto con el
catolicismo, como con algunos de sus propios aspectos.
110 Mirbt, en un artículo hondamente elaborado
(3a. ed. dela R.E.f. prot. Th u. K.) cuyo tema es el pietismo, al tocar el punto
de su origen, prescinde por entero de sus antecedentes reformados, atribuyendo
sólo a una experiencia piadosa personal de Spener, criterio que juzgamos algo
singular. Consideramos digno de conocerse el panorama que nos presenta Gustav
Freytag en las Bildern aus der deutschen Vergangenheit (Cuadros del tiempo p
alemán). En torno a los inicios del pietismo inglés, ver W. Whitaker en Prima
institutio disciplinaque pietatis (1570), entre las obras literarias de aquel
periodo.
111 Como es bien conocido, a tal concepción se
debe que el pietismo haya sido uno de los más primordiales representantes de la
idea de tolerancia. Comentemos algo al respecto. Dejando a un lado el desinterés
del humanismo de la Ilustración, las principales fuentes en las que abrevó en
Occidente fueron éstas: a) la simple razón de Estado (cuyo arquetipo lo es
Guillermo de Orange); b) el mercantilismo (el cual podemos advertirlo claramente
en ciudades, como Amsterdam, entre varias, y en los terratenientes y poderosos
que aceptaron a los sectarios como representativos del avance económico);c) la
transformación radical de la piedad calvinista. La predestinación fue ya un
móvil fundamental para que el Estado no promoviera una específica religión
mediante la intolerancia; no era posible que él salvase las almas por tal medio;
únicamente la idea de honrar debidamente a Dios señalaba a la Iglesia a ir tras
el apoyo del Estado para extinguir la herejía. Y cuanto mayor fue la obstinación
de que se necesitaba que pastores y participantes de la Eucaristía integraran de
igual modo el círculo de los elegidos, más hubo de resultar intolerable
cualquier intervención del Estado en la dotación de puestos eclesiásticos y la
instalación de parroquias en provecho, favorable a alumnos de las universidades,
acaso no regenerados, por el hecho tan sólo de haber recibido una enseñanza
teológica; de ahí el total repudio a que los titulares del poder político, de
pro ceder no siempre intachable, se entremetieran en el más pequeño pormenor de
la comunidad. Este punto de vista se vio aún más fortalecido con el pietismo, al
hacer perder valor a la rectificación dogmática, dando al principio, extra
Ecclesiam nulla salus, una interpretación siempre más relajada. Calvino llegó a
tener el sometimiento de los réprobos debido a la Institución divina de la
Iglesia por exclusiva calidad de compatible con la honra de Dios; en Nueva
Inglaterra se pretendía que la Iglesia se constituyera a modo de aristocracia de
los santos comprobados; en tanto que los radicales independientes refutaron
cualquier intervención del poder civil o jerárquico en el reconocimiento de la
“comprobación”, lo cual sólo podía verificarse dentro de las respectivas
comunidades. La concepción de que la honra de Dios requiere, igualmente, la
sumisión de los condenados a las normas eclesiásticas, fue substituida por
aquella otra a la inversa (oculta desde el primer instante, y, sucesivamente,
afirmada con más determinación) de que constituye una afrenta a la honra de
Dios, tomar parte en la Eucaristía con un réprobo. Naturalmente, de ello había
de derivarse el voluntarismo, esto es: la creación de la belieL’ers’ Church,
comunidad piadosa, en cuyo seno sólo eran admitidos los regenerados. El baptismo
calvinista, en el que participaba, el que presidía el “parlamento de los
santos”, Praisegod Barebone, fue quien extrajo, más decididamente, los
resultados de esta concepción. El ejército de Cromwell se declara defensor de la
libertad de conciencia, en tanto que el parlamento de los santos se decidió a
proclamar la separación de la Iglesia y del Estado, en virtud de que sus
miembros eran religiosos pietistas, mejor dicho, por móviles positivamente
piadosos. d) En cuanto a las sectas bautizantes de las que nos ocuparemos
seguidamente, y de manera especial, las más enjundiosas y consecuentes, hicieron
suyo este principio desde el primer momento: únicamente aquel que por sí mismo
era un regenerado podía ser admitido en la comunidad de la Iglesia; de ahí que
todo aquello con carácter de “organización” de la Iglesia y de intervención del
poder temporal resultara repulsivo. Así pues, constituía también un móvil
positivamente piadoso este que engendraba esa nueva vida de cabal tolerancia. Y
fue John Brown el primero que proclamó la tolerancia y la separación del Estado
y la Iglesia por similares razones, una generación anterior a los baptistas y
dos antes de William Rogers. Es de creerse que en este sentido, la prime ra
declaración de comunidad eclesiástica fue la Resolución de los baptistas en
Amsterdam (1612 ó 1613): “The magistrate is not te middle with religion or
matters of conscience.. .
because Christ is the King and
lawgiver of the Church and conscience”.
Y está conceptuado como primer documento
oficial de una comunidad eclesiástica que demanda imperiosamente, en calidad de
derecho, la positiva protección de la libertad de conciencia, el que figura como
art. 44 de la Confesión de los baptistas (particulares) del año de 1644.
Reiteramos a sabiendas que es del todo equívoca la tesis sustentada a menudo de
que la tolerancia, en cuanto tal, ha sido beneficiosa para el capitalismo. No
puede decirse que la tolerancia piadosa deje de ser algo de manera específica,
perteneciente al modernismo o al Occidente. La encontramos en China y la India,
en la época helénica de los grandes imperios asiáticos, así como en el romano y
en los islámicos, durante prolongadas épocas, limitada únicamente por causas de
razón de Estado (como acontece en la actualidad), y en una amplitud como jamás
existió en el curso de los siglos XVI y XVII, y menos aún en las naciones en las
que el puritanismo predominaba, en Holanda y Nueva Zelan da en la era de su auge
político-económico, a igual que en Inglaterra, puritana por excelencia, así la
Vieja como la Nueva. Por el contrario, con anterioridad a la Reforma y después
de ella, la intolerancia profesional era característica del Occidente, similar,
a la del imperio de los Sasanidas, del mismo modo que existió por algunos
periodos en China, India y Japón, quien por causas políticas de gran fuerza
dominante. En consecuencia, nada tiene que ver la intolerancia con respecto al
capitalismo. La cuestión es descubrir a quién fue beneficiosa. En el próximo
artículo habremos de analizar los resultados de la believers ‘Church.
112 Esta concepción se evidencia en la
práctica de los tryers de Cromwell, que pasaban revista a los aspirantes al
puesto de predicador y hacían hincapié no tanto en la información teológica sino
en el estado subjetivo de gracia del aspirante. Cf. el artículo que sigue.
113 La escasa seguridad del pietismo tenía
puesta en Aristóteles y, en general, hacia la filosofía clásica, se descubre ya
latente en Calvino (cf. Inst. Christ., II, e. 2, pág. 4; III, c. 23, 5; IV, e.
17, 24). En Lutero no era menos la desconfianza en los comienzos, si bien el
influjo humanista (en especial por la mediación de Melanchthon) y la urgencia en
extremo requerida de la enseñanza y de la apologética le indujeron a mudar de
criterio. Claro está que la Confesión de Westminster (c. 1, 7), al coincidir
igualmente con las tradiciones protestantes, instruía acerca que cuanto se
requiere para alcanzar la bienaventuranza se encuentra claramente expuesto en la
Escritura, inclusive para el ignorante.
114 Frente a esto se levantaba la reprobación
de las Iglesias oficiales. Así leemos en el Catecismo (breve) de la Iglesia
presbiteriana escocesa (pág. VII) de 1648: condénase en calidad de usurpación de
las facultades el hecho de tomar parte en las oraciones hogareñas, personas
ajenas a la misma familia. El pietismo, al igual que toda comunicación ascética,
rompía los lazos que tenían al hombre unido al patriarcalismo hogareño, sujeto
al interés en la reputación del cargo.
115 Nos asisten razones bien fundadas para
abstenemos ahora de considerar las coherencias “psicológicas” (en la acepción
técnico-científico del vocablo) de estas concepciones piadosas, y también hemos
eludido el uso de la terminología apropiada. Aun cuando es indudable el
extraordinario cúmulo de expresiones relativas al concepto de la psicología
(comprendida la psiquiatría), no es suficiente para dar una aplicación directa a
la finalidad del examen de las cuestiones que en esta materia exponemos, sin
alterar la objetividad de un discernimiento histórico. De usar la
correspondiente terminología ser tan solo una incitación para solapar con
revestimiento de palabras vanas, tan eruditas como pedantescas, hechos
cabalmente comprensibles y aun insubstanciales, en vez de motivar el aspecto de
una mayor precisión y rigurosidad conceptuales, a igual como acontece, en
ciertos casos peculiares, como es en Lamprecht. Si existen aportaciones dignas
de considerarse seriamente, con respecto a la aplicación de ideas psicológicas
interpretativas de ciertos fenómenos históricos colectivos, las podemos
encontrar en Hellpach: Grundlinien zu einer Psychologie del Hysterie (Elementos
para una psicología de la histeria), cap. 12 y Nervositat und Kultur
(Nerviosidad y cultura). No es posible que me extienda ahora con mayor amplitud
en aclarar el perjuicio que, en mi opinión, ha ocasionado el influjo de
Lamprecht sobre tan fértil autor. Quienes sepan de literatura, aun aquella que
se encuentra más cerca del alcance de cualquier persona, podrán advertir cuán
nulo es el valor que tienen las esquemáticas consideraciones de Lamprecht en
torno del pietismo (Historia alemana, t. VII) comparativamente a cuantos
escritores le precedieron tocante al tema.
116 De este modo, en los adictos al Innigen
Christendon (Cristianismo interior) de Schortinghuis. Sus fuentes históricas
constituyen el perícope del Siervo de Dios del Deutero-Isaías y el Salmo 22.
117 Ello aconteció en ciertos pietistas
holandeses, de un modo aislado, y, más tarde, debido al influjo que Spinoza
ejercía.
118 Labadie, Tersteepen y demás.
119 Eso se manifiesta cuando Spener pone a
discusión la competencia de las autoridades para controlar los conventículos,
aun al margen de confusiones y abusos, aduciendo que se trata del fundamental
derecho que asiste a los cristianos, el cual está garantizado por la ordenación
apostólica (Theologzsche Bedenhen (Dificultades teológicas), II, pág. 81 y ss.).
Básicamente, este es el punto de vista puritano con respecto a las relaciones,
así como al ámbito de vigencia de los derechos del hombre, derivados “ex jure
divino” y, por esta razón inalienables. Así a Ritschl no le ha pasado
inadvertido no sólo ésta (Pietismo, II, pág. 157) sino tampoco la herejía a la
que luego se hace referencia en el texto (ib., pág. 115). El juicio que expone
de un modo meramente positivista (para no llamarle pedantesco) acerca de la
concepción del “fundamental derecho)” resulta antihistórico por completo.
Precisamente, a esta concepción debemos en la actualidad, inclusive el más
recalcitrante de los reacciona rios, todo cuanto admitimos como mínimo en el
ámbito de libertad. Sin embargo, Ritschl lleva la razón al discurrir que en cada
uno de los casos existe la coordinación orgánica, según el modo de considerar el
asunto al estilo lutera no de Spener. Los mismos conventículos (collegia
pietatis), los célebres “pia desideria” de Spener, a quien les deben la teoría
básica y la realidad práctica, correspondían especialmente a los prophesyings
ingleses, a quienes hallamos por primera vez en las Horas Bíblicas londinenses,
de Joh. y. Lasco (1574), y que, luego, figuraron en el inventario de las formas
de la piedad puritana acosadas por la autoridad eclesiástica, debido a su
insubordinación en contra de ésta. La disciplina ginebrina fundamentaba su
rechazo en el hecho de que el “tercer estado” (status oeconomicus, esto es: los
cristianos seglares), no participa en la organización eclesiástica en la Iglesia
luterana. En el debate acerca de la excomunión pone de manifiesto un tenue tinte
luterano en el reconocimiento de aquellos miembros seglares designados por los
príncipes para el Consistorio, en representación del ‘tercer estado”
120 . La palabra en sí de “pietismo”, cuando
en los dominios del luteranismo fue adoptada por primera vez, denota que, en
opinión de los contemporáneos, la característica era valerse de la piedad (pietas)
como si se tratara de un ejercicio metódico.
121 Indudablemente, esta motivación debe ser
reconocida como relativa, preferible, al calvinismo, bien que no a él tan sólo,
ya que con frecuencia se la descubre en las ordenaciones primitivas de la
Iglesia luterana.
122 Con el significado de Hebr., 5, 13, 14.
Cf. Spener, Theol.
Bedenken, I, 306.
123 Además de Bailey y Baxter (y. Consilia
theologica, III, 6, 1, dist. 1, 47. dist. 3, 6) Spener profesaba una particular
estimación por Tomás de Kempis y Tauler (aun cuando a éste no siempre lo
comprendió: Consilia theologi ca, II, 6, dist. 1, 1). Esto último queda
comprobado, principalmente, en Cons. theol., 1,1, núm. 7. Según él, Lutero
proviene de Tauler.
124 Ver Ritschl, loe. cit., II, pág. 113. La
lucha por la “expiación” de los últimos pietistas (y de Lutero) no era aceptada
por él como único signo de real conversión (Theol. Bedenhen, III, pág. 476).
Acerca de la santificación en cuanto a fruto de correspondencia por la fe en la
reconciliación —fórmula netamente luterana—, véase Ritschl, en los citados
pasajes (loe. cit., pág. 115, nota 2). En cuanto a la certitudo salutis, por una
parte, ver Theol. Bedenken, 1, 234: la fe verdadera no es tanto experimentada
como un sentimiento emocional sino reconocida más bien en sus frutos (esto es,
amor y sumisión a Dios); por otra, véase el siguiente párrafo (1, pág. 335 y
ss.) de dicha obra: “por lo que se refiere a la preocupación de cómo podréis
tener la certeza de vuestro estado de gracia y salvación habréis de hallar en
nuestro libro (los luteranos) criterios de mayor seguridad que aquellos que
pudieran ser hallados en escritorzuelos ingleses”. No obstante, en la doctrina
de la santificación coincidía con ellos.
125 En los diarios piadosos recomendados por
A. II. Franke se encontraba la señal externa de esto. Tanto el empleo como el
hábito metódico de la santificación habían de motivar su propio crecimiento y la
división entre los buenos y los malos: tal es, posiblemente, el tema básico de
la obra de Francke: Von des Chrjs ten Vollkommenheit (De la perfección del
cristiano).
126 La desviación acerca de la providencia,
dentro de esta doctrina pietista racional, de su ortodoxa interpretación se
evidenció, de un modo peculiar, en el famoso debate sostenido entre los
pietistas de Halle y Loscher, el apologista de la ortodoxia luterana. Así,
Loscher, en su Timotheus Verinus, va al máximo, llegando hasta a situar todo
aquello que puede lograrse por obra de la actividad humana ante los designios
providenciales. Por el contrario, Francke no dejó de sostener su opinión, desde
un ángulo opuesto, considerando como una “advertencia de Dios” ese inopinado
desbordamiento de luz acerca de lo que ha de sobrevenir, lo cual constituye la
consecuencia de la paciente espera de la decisión —de manera similar a la
psicología propia del cuáquero y a fin a la concepción común al ascetismo de que
la vía directa para llegar hacia Dios es el método racional. Es indudable que
Zinzendorf se encuentra alejado de la doctrina de Francke con respecto a la
previsión divina, ya que puso el destino de su comunidad a merced de la suerte,
en una de las decisiones de más importancia básica. Spener había hecho
referencia (en Theologische Bedenken, 1, pág. 134 a Tauler para poner de relieve
el carácter peculiar de la “serenidad cristiana’ en la que el hombre debe
abandonarse enteramente a la acción divina, sin tratar siquiera de cruzarse en
su camino al obrar irreflexivamente de motu proprio (en cuyo punto de vista,
Francke compartía también, en lo fundamental). Por todas partes se hace evidente
el dominio de la prontitud en el obrar de la religiosidad pietista, atenuada
esencialmente por relación al puritanismo, inquieta por hallar la paz en esta
vida. Ante esto, un dirigente baptista, afirmaba aun en 1904: first righteous
ness, than peace (G. White, el cual sí expresaba en pocas palabras el programa
moral de su secta, en una comunicación a la ue habremos de referirnos,
reiteradamente, en su oportunidad: cf. Baptist Hanbook, 1904, pág. 107).
127 Lect. paraenet., IV, pág. 271.
128 Ritschl dirige su crítica, especialmente,
contra el incesante ritornello de esta idea. Véase Francke, en el escrito
mencionado, supra, nota 124, en el que la doctrina va comprendida.
129 Asimismo, se le encuentra en pietistas
ingleses que no son predestinacionistas, tales como Goodwin. UI. acerca de este
y otros, Heppe, t des Pietismus in der reforrnierten Kirche (Historia del
pietismo en la Iglesia reformada), Leiden, 1879; dicha obra, aun después de la
standard work de Ritschl, continúa considerándose indispensable por lo que
respecta a Inglaterra y, en los Países Bajos.- Aún en el s. XIX, en Holanda,
preguntaron a Kóhler por el momento de su regeneración (conforme la obra que
habremos de citar en el próximo artículo).
130 Con ello se trataba de hacer frente a las
estragadas consecuencias de la doctrina luterana sobre la “recuperabilidad” de
la gracia (en especial la sabida “conversión” in extremis).
131 Spener (Theol. Bedenken, II, 6, 1, pág.
197) acomete contra la hipotética necesidad de saber el día y la hora de la
‘conversión” indubitable de su autenticidad. La “lucha expiatoria” “era para él
tan desconocida, como los terrores conscientiae de Lutero lo eran para
Melanchthon.
132 Es muy comprensible que en eso la
interpretación antiautoritaria de la “clerecía universal ‘, común del ascetismo,
ejerciera igualmente su influjo. Algunas veces se optó por recomendar a los
pastores diferir la absolución en tanto que se pudiera “comprobar” la
autenticidad del remordimiento, siendo esto considerado por Ritschl, con toda
razón, propio del calvinista.
133 Aquellos puntos que, según nuestro
parecer, son más fundamentales se hallan, ventajosamente para nosotros,
comprendidos en Plitt, Zinzendorffs Theologie (Teología de Z.) (3 vols., Gotha,
1869): vol. 1, págs., 325, 345, 381, 412, 429, 433 y s., 444, 448; vol. II,
págs. 372, 381, 385, 409 y s.; vol. III,
págs. 131, 167, 176. Cf. asimismo Bernh,
Becker, Zinzendorff und sein Christetunz (Z. y su cristianismo) (Leipzig, 1900),
lib. 3o., cap. III.
134 Por supuesto únicamente dio por admisible
que la confesión de Augsburgo era un documento incontestable de la existencia de
la fe cristiano-luterana más que si se derrama sobre él un “ungüento mágico”
(así dicho en el uso repulsivo de su peculiar terminología). En verdad, la
lectura resulta una auténtica penitencia, pues su lenguaje, en el cual se diría
que los pensamientos se derriten, produciendo efectos peores que el “aceite
cristoterpentino” que tanto susto ocasionaba a F. Th. Visscher (en la
controversia con el “Christoterpe”).
135 “No hay religión alguna en la que
reconozcamos a nadie por hermano, como no haya crecido regado por la sangre de
Cristo así como sin que haya continuado totalmente transformado en la
santificación del espíritu. No reconocemos comunidad alguna notoria (igual a
visible) de cristianos, sino es aquella en donde se enseña en toda su nitidez la
palabra de Dios y, en donde aquéllos viven de conformidad con ésta santamente,
como hijos de Dios”. Principio, este último, procedente del breve catecismo de
Lutero; sin embargo, tal como Ritschl observa, en éste ayuda para dar respuesta
a la pregunta de qué modo se santifica el nombre de Dios, en tanto que, ahora,
se sirve de él para delimitar la Iglesia de los Santos.
136 Ver Plitt, 1, pág. 36 y, también 381 en la
más aún rotunda respuesta ( ahí cita, relativa a la problemática de “si las
buenas obras resultan necesarias para la bienaventuranza”: “Innecesarias y hasta
perjudiciales para lograr la bienaventuranza mas, después de haberla obtenido,
son tan necesarias, que quien no las practica tampoco es feliz”. Por
consiguiente, de nuevo, no ratio essendi, por el contrario ratio (única)
cognoscendi.
137 Ejemplo: las caricaturas de la “libertad
cristiana”, fustigadas por Ritschl (loe. cit., 381).
138 Principalmente, realzando con crudeza la
idea de la satisfacción penal en la doctrina de la salvación, de la cual él se
valió para convertirla en fundamento del método de santificación, después de
haber sido impugnados por las sectas americanas, sus tentativas misionales de
acercamiento. En adelante el mantenimiento de la candidez y de aquellas virtudes
inherentes a la humilde conformidad, como fin esencial de la ascesis morava, en
rigurosa pugna frente a las tendencias que predominaban dentro de la comunidad,
en todo similares al ascetismo puritano.
139 Influencia que, no obstante, estaba
limitada, por cuya razón es erró neo acomodar con Lamprecht la piedad propia de
Zinzendorff en una faceta “psíquico-social” del desarrollo. Por lo demás,
aquello que tuvo más fuerte influjo en su piedad, fue el hecho circunstancial de
ser un conde con instintos fundamentalmente feudales. Necesariamente, en su
aspecto sentimental ella habría de adaptarse desde el ángulo de lo
“psíquico-social”, así en el periodo del declive sentimental de la caballería,
como del “sentimentalismo”. Debido a su postura contraria al racionalismo
europeo occidental y en el su puesto de que sea factible valorarle desde el
ángulo de lo “psíquico-social”, tan sólo por el influjo patriarcal del oriente
alemán, cabe comprenderla.
140 Así, dan por resultado los debates entre
Zinzendorff y Dippel, de igual modo que ---después de su muerte— las
demostraciones del sínodo de 1764 evidenciaron con claridad la índole de
organismo de la salvación de la confraternidad morava. Al respecto, ver Ritschl
(loc. cit., III, pág. 443 y s.) en su crítica.
141 Cf. por ejemplo,ss. 151, 143, 160. Ahora
bien, a través de las consideraciones en la pág. 311, se deducen con toda
nitidez, la posibilidad de una falta de santificación, pese al auténtico
arrepentimiento y no obstante la remisión de los pecados, lo cual si bien está
en concordancia con la doctrina luterana acerca de la salvación, está en
desacuerdo con la calvinista (así como con la metodista).
142 Cf., manifestaciones de Zinzendorff
citadas por Plitt, II, pág. 345. Asimismo, Spangenberg, Idea fidei, pág.325.
143 Cf., por ejemplo, la manifestación de
Zinzendorff a propósito de Matth. 20, 28, citada por Plitt en III, pág. 131: “Si
veo a un individuo que ha recibido de Dios un don refinado, me regocijaré y
habré de aprovecharme del mismo con deleite. No obstante, si advierto que no
está satisfecho con lo propio, pues aún habría preferido fuera mejor,
consideraré, entonces, esta postura como el principio del hundimiento de tal
persona”. Zinzendorff no admitía —especialmente en su conversación con John
Wesley (1743)— el avance en la santificación, debido a que la daba por
identificada con la justificación y únicamente la podía advertir por relación
sentimental con Cristo (véase Plitt, 1, pág. 413). El hecho de “estar en
posesión” de lo divino suple el sentimiento de la “instrumentalidad”: la mística
desplaza a la ascesis (dándole el sentido que se verá en la introducción a los
siguientes artículos). Claro está que igual mente para el puritano, es (conforme
se indicará en dicha ocasión) el habitus presente y terrenal lo que él aspira en
realidad. Este hábito, con la interpretación de certitudo salutis, para él
constituye el sentimiento activo de la instrumentalidad.
144 Tal manantial utilitario no permitió para
Zinzendorff que fuera el fundamento ético consecuente a toda su postura. El negó
la concepción luterana del “servicio de Dios” en la profesión, como criterio
concluyente de la lealtad a ella. Esta es por lo pronto el premio por “lealtad
al oficio del Salva dor” (Plitt, II, p. 411).
145 Bien conocido es su espíritu: “un ser
racional no debe ser incrédulo, y un creyente no debe ser irracional”, en su
Sokrates, di. Aufrichtige Anzeige verschzedener nicht sowohl unbekannter als
vielmehr in Abfall geratener Hauptwahrheiten (Sócrates, es decir, simples
indicaciones acerca de ciertas verdades de fundamento no tan ignoradas como
abandonadas) (1725), e igualmente, la predilección que evidencia en sus trabajos
con respecto a escritores como Bayle.
146 Es bien sabida la notoria predilección por
la ascesis protestante hacia el empirismo racionalizado relativo a la
fundamentación matemática, y en esta ocasión no es posible tratarlo con mayor
extensión. Cf., acerca del encauzamiento de las ciencias hacia la investigación
“exacta” matemático- racionalizada, las causas que determinan el fenómeno y su
disconformidad al parecer de Bacon, Windelband, Geschichte der Philosophie
(Historia de la filosofía), págs. 305, 307, de manera especial las
consideraciones en la pág. 305, infra, las cuales impugnan ciertamente, la idea
acerca de que la ciencia natural moderna es deudora de su existencia a ciertos
intereses materiales tecnológicos. Indudablemente, hay conexiones de suma
importancia en este sentido, bien que de naturaleza en extremo complicada. Ver,
igualmente, Windelband. Neuere Philosophie (La filosofía moderna), 1, pág. 40 y
s. El ascetismo protestante tenía el punto de vista, concluyente (conforme se
manifiesta explícitamente en las Theol. Bedenken de Spener, 1, pág. 232; III,
pág. 260), de que así como al cristiano se le reconoce por los frutos de su fe,
de igual modo el conocimiento de Dios y de sus designios únicamente puede ser
extraído del conocimiento de sus obras. Esta es la razón por la cual el
cristianismo purita no, bautizante y pietista tenía predilección por la física y
por las demás disciplinas matemático-naturales, que operaban a base de una norma
similar. Existía la creencia que del conocimiento de las leyes divinas de la
naturaleza, podía uno elevarse hasta conocer el “sentido” del universo, al cual
no era posible llegar, debido al carácter fragmentario de la Revelación divina
(idea del calvinismo), mediante especulaciones conceptuales. El proceder
empírico del s. XVII era, para la ascesis, el medio de buscar a “Dios en la
naturaleza” pues ésta conducía a Dios en tanto que, a la inversa, se creía que
la especulación filosófica alejaba de l. En opinión de Spener, el peor mal que
el cristianismo ha sufrido se debe a la filosofía aristotélica; otra,
principalmente la “platónica”, es mejor. (Cons. Theol., III, 6, 1, Dist 2, núm.
13.) Cf. igualmente este tan peculiar pasaje: “Unde pro Cartesio quid dicam non
habeo (no lo conozco por lectura) semper tamen optavi et opto, ut Deus viros
excitet, qui veram philosophiam vel tandem oculis sisterent, in qua nullius
hominis attenderetur auctoritas, sed sana tantum magistri nesciarano” (Spener,
Cons. Theoi’og., II, 5 núm. 2). Es bien sabido que las concepciones del
protestantismo ascético han tenido gran ascendiente en el desenvolvimiento
educativo, de manera especial en la enseñanza de la profesión. Del acoplamiento
de ambas con la actitud dirigida a las fides implícita, queda al descubierto el
con tenido del plan pedagógico a desarrollar.
147 “Se trata de una clase de individuos que
tienen puesta su ventura, con pequeñas diferencias, en estos cuatro puntos: a)
ser ... - insignificantes, menospreciados, ofendidos. - b) desatender - . - la
totalidad de los sentidos que no utilizan en el servicio de su Señor. - e) no
poseer nada o en despojarse de lo que se retiene - . d) trabajar a jornal y no
por la ganancia, antes bien por la propia profesión y por el Señor y su
prójimo.... “(Rel. Reden (Discursos religiosos), II pág. 180 Plitt, 1, pág.
445). No podían ni debían todos ser “discípulos”, más que aquellos a los cuales
llamaba el Señor; pero, de acuerdo con la confesión del propio Zinzendorff (Plitt,
1, pág. 449), aún subsisten inconvenientes, ya que el Sermón de la Montaña iba
dirigido, formalmente a todos en general. Se advierte claramente la similitud de
este “acosmismo libre del amor’ con los ideales bautizantes primitivos.
148 Porque, en tiempos, inclusive, de los
epígonos, para el luteranismo no era, en absoluto, nada extraño el sentimiento
íntimo de la religiosidad. La diferenciación básica estaba más pronto en lo
ascético: en la norma de vida, la cual a los ojos del luterano, poseía un
característico viso de “santificación de las obras”.
149 En opinión de Spener (Theol. Bedenken, 1,
324), más que la seguri dad el mejor indicio de la gracia es el “temor cordial”.
Claro está que con frecuencia se encuentran, igualmente, en los autores
puritanos severas advertencias ante la posibilidad de una “falsa certeza”; sin
embargo, la doctrina de la predestinación obraba infaliblemente hacia la
inversa, por lo menos en la medida en que el influjo suyo precisaba la cura de
almas.
150 Puesto que el resultado psicológico
relativo a la subsistencia de la confesión, era en todo caso, el descargo de la
propia responsabilidad del individuo por su proceder (en cuya virtud resultó ser
tan solicitada) y el hecho de evitar los resultados en extremo severos de los
postulados ascéticos.
151 Ritschl, en el tomo II de su mencionada
obra, al exponer el pietismo württembergués señala la enérgica medida con la que
determinados factores meramente políticos intervinieron para determinar,
inclusive, la modalidad del pietismo religioso.
152 Considérese la frase de Zinzendorff
transcrita (supra, nota 147).
153 Indudablemente, el calvinismo es asimismo
“patriarcal”, por lo menos el genuino. Baxter, en su autobiografía, hace
hincapié en la relación entre su actividad y la índole doméstica de la industria
en Kidderminster. Véase el pasaje citado en las Work of the Pur.
Divines, p. XXXVIII: “The town
liveth upon the weaving of Kidderminster stuffs, and as they stan in their loom,
trey can set a book before them, or edify each other...”
Sin embargo, sea como fue re, en la ética
reformada y, en especial, la bautizante, el patriarcalismo presenta tonalidades
diferentes, que aquellas en el seno del pietismo. Mas, esta cuestión únicamente
sería posible discutirla en otra parte.
154 Lehre von der Rechtfertigung und
Versóhnung (Doctrina de la justificación y la reconciliación), 3a. ed., 1, pág.
598. En tanto que para Federico Guillermo 1 el pietismo significaba algo propio
de rentistas, el asunto encerraba más verdad para él, que para el pietismo de un
Spener o un Francke; además, el monarca, al abrir las puertas de sus Estados a
los pietistas, merced a su Edicto de tolerancia, estaba muy consciente del
porqué, lo hacía.
155 A fin de adquirir un mejor entendimiento
del metodismo, consúltese el extraordinario escrito, en torno al tema, de Loops
en la Real Enzyhi. f. prot. Theol. u. Kirche, 3a. ed. Son igualmente de utilidad
los trabajos realiza dos por Jacoby, en especial Handbuch des Methodismus
(Manual del metodismo), Kolde, Jungs, y Southey. Véase acerca de Wesley, cf.
Tyermann, Life and times of John Wesley (Vida y época de J. W.), Londres, 1870;
Watson en Life of Wesley (Vida de Wesley), traducido al alemán, que goza de gran
popu laridad. Queremos señalar que en la Northwestern University de Evanston, en
Chicago, se encuentra una de las bibliotecas más documentadas para el estudio
del metodismo. Algo así como un eslabón de enlace entre el puritanismo clásico y
el metodismo, lo constituía el poeta religioso lssac Watts, con quien Howe
sostenía amistad, capellán de Oliverio Cromwell y, más tarde, de Ricardo
Cromwell, a quien Whitefield trató de pedir consejo (cf. Skeats, pág. 254 y s.).
156 Haciendo abstracción de las particulares
influencias de Wesley, tal afinidad se halla históricamente condicionada, por
una parte, debido al declive de la doctrina de la predestinación, y otra, por la
vitalidad del renacimiento de la sola fides que animaba a los fundadores del
metodismo, originada principalmente por su definida índole misional determinante
de una repristinación (modificada) de algunas ordenanzas medievales emanadas del
sermón de la “resurrección” en combinación con hormas del pietismo. Semejante
fenómeno (en cuyo sentido, aparte de ser un retroceso más allá del pietismo, no
deja de serlo con respecto a la piedad bernardina del medievo), nada tiene que
ver, indudablemente, con aquella unánime inclinación hacia el “subjetivismo”.
157 Este fue el carácter que Wesley dio, en
cierta ocasión, a los efectos inherentes de la fe metodista, cuya semejanza con
la “felicidad” a la que Zinzendorff hacia referencia queda evidenciada
claramente.
158 Obsérvese la misma en Vida de Wesley, de
Watson (versión alemana), pág. 331.
159 Ver J. Schneckenburger en Vorlesungen über
die Lehrbegriffe der kleinen protestantischen Kirchenparteien (Lecciones sobre
las doctrinas de los pequeños partidos escolásticos protestantes). Ed. Por
Hundeshagen Francfort, 1865, pág. 147.
160 Whitefield, que encabezaba el grupo
predestinacionista (a cuya muerte quedo desintegrado por mala organización),
refuta en su naturaleza la doctrina wesleyiana acerca de la “perfección”, la
cual, en efecto, no hacía más que substituir la idea de la comprobación del
calvinismo.
161 Schneckenburger loc. cit., pág. 145. Algo
distinto Loofs, loe. cit. Uno y otro resultado son característicos de toda
piedad inspirada en principios iguales.
162 De tal forma, la conferencia celebrada en
1770, en la inteligencia
que la primera de 1744 hubo reconocido que el
calvinismo y el antinomismo prescindían de la frase bíblica “hasta el grueso de
un cabello”. Dado la falta de luz y claridad, no se debían separar por motivos
de divergencias doctrinales, siempre y cuando la vigencia de la Biblia fuese
sostenida en calidad de norma práctica.
163 Los metodistas se consideraban separados
de los Hermanos Moravos, por cuanto el dogma acerca de la probabilidad de una
impecable perfección, igualmente rechazada por Zinzendorff, de manera especial,
en tanto que Wesley de por sí tenía por sentimentalismo a la piedad morava y a
los juicios que Lutero emitía acerca de la “Ley” los tildaba de “blasfemos”.
Quedan aquí expuestos los lindes que continuaron separando de modo irreductible
al luteranismo de cualquier índole de proceder racional piadoso.
164 En cierta ocasión, John Wesley hizo
destacar que tanto los cuáqueros, como los presbiterianos y episcopalianos,
excluyendo a los metodistas, deben dar crédito a los dogmas. Cf. en torno a ello
lo expuesto (de un modo sumario, por cierto) por Skeats en History of the free
churches of England (Historia de las Iglesias libres de Inglaterra), 16 88-1851.
165 Cf., como por ejemplo, Dexter en
Congregationalism., pág. 455 y s.
166 Claro está que, no obstante, puede
causarle perjuicio, tal como acaece con los negros americanos en la actualidad.
En cuanto a otras consideraciones, el frecuente sello acentuadamente patológico
del sentimiento metodista, a la inversa del sentimentalismo relativamente llano
del pietismo, está subordinado de un modo íntimo, no tan sólo por razones
históricas y publicitarias del hecho, antes bien, del poder de penetración
ascética de la vida, allí donde se propició más el desenvolvimiento del
metodismo. Claro está que a los neurólogos correspondería hallar la concluyente
solución a esta problemática.
167 Con toda intención, Loofs (loc. cit., pág.
750) indica que existe una diferencia entre el metodismo y otros de los
movimientos ascéticos, debido a que aquél se originó tras el período de la
Ilustración inglesa, y lo coloca en parangón con el renacimiento
(indudablemente, mucho más endeble) del pietismo alemán dentro del primer tercio
de este siglo. Como quiera que sea, conforme a Ritschl (Lehre von der
Rechtfertigung und Versohnun vol. 1, pag. 568 y ss.) es justo poner de relieve
el paralelismo con la modalidad que ofrece el pietismo en Zinzendorff, el cual
(a la inversa de Spener y Francke) igualmente constituye una resistencia frente
a la “Ilustración”. Sin embargo, como ya lo asentamos, esta resistencia tiene en
el metodismo una mira diferente que la de los moravos, por lo menos hasta donde
Zinzendorff llegaba a ejercer su influjo.
168 No obstante, él la desarrolló en el mismo
sentido e iguales resulta dos que el de las demás sectas ascéticas tal como se
evidencia en el texto de J. ‘Wesley cit. pág. 250.
169 Y, tal como quedó demostrado,
atemperancias de la ética ascética consecuente del puritanismo, en tanto que,
continuando la idea si fuesen tomadas en cuenta estas concepciones piadosas en
calidad de “exponentes” o “reflejos” del desenvolvimiento capitalista, debería
haber acaecido a la inversa justamente.
170 Los conocidos como General Baplists, de
los baptistas, derivan de los primitivos bautizantes. Ya quedó asentado que los
particular baptists, eran calvinistas, que pretendían limitar a los regenerados
o, por lo menos, a los de por sí adeptos el derecho de propiedad a la Iglesia
oficial, si bien no fueron siempre consecuentes en el ejercicio en los tiempos
de Cromwell. Tanto los unos como los otros, los cuales nos merecen toda la
magnitud histórica del carácter representativo de la tradición bautizante no
consideramos que constituyan un motivo poderoso para que los subordinemos a un
examen dogmático específico. Es indiscutible que los cuáqueros, aunque
constituían formalmente una nueva institución de George Fox y sus colegas, en
sus concepciones básicas no fueron más que continuadores de las tradiciones
bautizantes. La más acertada introducción a su historia, dejando al mismo tiempo
a la luz los nexos existentes entre baptistas y mennonistas, nos la expone
Barclay en The inner life of the religious societies of the Common wealth (La
vida interior de las sociedades religiosas de la Commonwealth), 1876. En
relación a la historia de los baptistas, cf. H. M. Dexter en The true story of
John Smith the Re-Baptist, as toid by hirneselfand his contempora ries (Historia
de J. 5., el anabaptista, contada por él mismo y sus contempo ráneos), Boston,
1881. (Al respecto véase
J.
C. Lang, en Bapt. Quart. R.
1883, pág. 1 y Ss.) J. Muck, A. Hist, of the Presb. and Gen. Bapt. Ch. in the W.
of Engl., Londres 1835. A. H. Newman, Hist. of the Bapt. Ch. in the U.S., Nueva
York, 1894 (Am. Church Hist. Ser., vol. 2); Vedder, A short hist., of the
Baptists, Londres, 1897; E.B. Ba.x, Rise and fali of the Anabaptists, Nueva
York, 1902; G. Lorimer, Baptists in history, 1902;J. A. Seiss,Baptist system
examined Luth. Publ. S., 1902;
asimismo, el Baptist Handbook, Londres, 1896, y ss.; Baptist Manual, París,
1891-1893, la “Baptist Quart. Review”; la Bibliotheca sacra (Berlín, 1900).
Parece ser que en Colgate College, Estado de Nueva York, se encuentra la más
rica biblioteca baptista. Y por lo que respecta a la más valiosa colección para
la historia de los cuáqueros, es en Devonshire house, en Londres, donde se
conserva (la cual no he utilizado). El órgano oficial moderno de la ortodoxia es
el American Friend publi cado por el profesor dones. A Rowntree se le debe la
más completa historia de los cuáqueros.
Conviene ver, también, Rufus B.
Jones, George Fox, an autobiography, Filadelfia 1903;Alton C. Thomas, A. hist.
of the S. of Friends in America, Filadelfia, 1895; Edward Grubb, Social aspects
of Quaker Faith, Londres, 1899. Podemos agregar a todo esto la copiosa literatura biográfica por
excelencia superior.
171 Algo de lo más laudable en la Historia
eclesiástica de Karl Muller es hecho de haber otorgado, en su exposición, un
especial lugar, ciertamente muy merecido, al movimiento bautizante, que, no
obstante su apariencia intrascendental, a su manera es magnífico. En comparación
con los demás fue el que más hubo de padecer la inexorable persecución
emprendida por todas las Iglesias, en cuya virtud prefirió ser una “secta” en el
específico significa do del vocablo. Como resultado del desastre que en Münster
hubo de experimentar la dirección escatológica proveniente de dicho movimiento,
perdió el prestigio en todas partes (comprendida Inglaterra) a su quinta
generación. Así, anonadado, teniendo que recurrir a la clandestinidad, logró
precisar, al cabo del tiempo, a mucha distancia de su origen, un programa
piadoso, formulado con la debida coherencia. En cuya virtud, la producción
“teológica” fue menos de la que pudo ser compatible con sus principios, que eran
adversos por naturaleza al cultivo técnico, como “ciencia”, de la fe en Dios.
Tantos por su primitiva “teología”, como por la relativa a su época, gozaba de
pocas simpatías, por lo que el respeto que le infundían era ínfimo. Sin embargo,
acontece precisamente igual con varios pensadores modernos. Por ejemplo, Ritschl
(Pietismo, 1, pág. 22 y s.) considera con poca objetividad a los
“rebautizantes”, dándoles un trato hasta impertinente: se llega uno a sentir
inducido a opinar desde el ángulo teológico “burgués”. Con mucha anterioridad,
Cornelius escribió su bella obra Geschichte der Münsterschen Aufruhrs (Historia
de la rebelión de Münster). Ritschl presume aquí, también, la realidad de una
recaída en el catolicismo, y se funda en probables influencias directas de los
observantes espirituales y franciscanos. En el supuesto de ser factible la
demostración, habrían de servir de hilos sobradamente sutiles. Ahora bien, la
verdad histórica es que la Iglesia católica oficial, consideró siempre con honda
desconfianza el ascetismo profano de los laicos, en tanto que trajo por
consecuencia la institución de conventículos, esforzándose por conducirlo hacia
la formación de órdenes religiosas —esto es, alejándolo de la vida terrenal— o,
a lo menos, por supeditarlo, en calidad de ascetismo de segundo grado, a la
disciplina de sus órdenes y bajo su control. De no llegar a ser esto posible,
llegaba a presumir el riesgo que entrañaba la subjetividad práctica de la
moralidad ascética ante la posibilidad que de ella emanara un manantial de
anarquía y aun de herejía, tal como ocurrió, con igual derecho, con la Iglesia
de Isabel respecto a los prophesyings, esto es los conventículos bíblicos
semipietistas, comprendido en todo lo que, concerniente al conformismo, se
evidenciaban con corrección. Así, algo semejante se pone de manifiesto en el
Book of Sports de los Estuardos (a lo cual nos referiremos en próxima ocasión).
La historia de los múltiples movimientos heréticos, con respecto a los
Humillados y Beguinos, así como el destino de san Francisco constituyen hechos
proba torios de todo eso. Las prédicas de los monjes mendicantes, en especial la
de los franciscanos, coadyuvó en mucho, para allanar al camino hacia la
moralidad ascética laica del protestantismo reformado-bautizante. Sin embargo,
la postrera razón de las extraordinarias analogías que concurrían entre el
ascetismo monacal de Occidente y el proceder ascético relativo al protestantismo
—en cuyas analogías hemos de hacer hincapié reiteradamente, debido al insólito
interés que ofrece— se debe a que en cada una de las ascesis que se mueven,
claro está, en torno al cristianismo bíblico se ha de advertir, inevitablemente,
matices en común, así como a que el ascetismo fomentado por cualquiera de las
confesiones requiere de ciertos medios experimentados de “mortificación de la
carne”. En cuanto a la corta extensión de lo que en seguida se expone hemos de
aclarar que se debe al hecho de que la ética bautizante sólo posee un alcance
muy limitado con respecto a la cuestión que dilucidamos, de manera especial, en
el presente trabajo, esto es: el desenvolvimiento de las bases piadosas de la
concepción “burguesa” de profesión. Ciertamente, nada nuevo aportó con respecto
a ella. Por otro lado, nos vemos obligados aquí a pasar por alto consideraciones
del aspecto social del movimiento que en sí es de mucho mayor interés. Esbozada
de este modo la problemática del contenido histórico del primitivo movimiento
bautizante, únicamente es posible exponer aquí lo que más tarde ha llegado a
influir en la modalidad de las sectas que nos despiertan mayormente el interés,
a saber: baptistas, cuáqueros y (en menor escala) mennonitas.
172 Ver, supra, nota 93.
173 Consúltese Ritschl en Gesammelten
Aufsdtzen (Artículos completos), pág. 69 y ss., acerca de los orígenes y
transformación.
174 Lógicamente, los bautizantes debían
rechazar siempre la designación de “secta”. Ellos estaban en la creencia de que
eran la Iglesia en el sentido de la Epístola a los Efesios (5,27). Pese a ello,
por diversas razones, nosotros optamos por darles la denominación de “secta”.
Primeramente, no aceptaban relación alguna con el Estado. El ideal suyo,
inclusive el de los cuáqueros (Barclay) consistía en aquella relación que
existía entre la Iglesia y el I durante los primeros tiempos del cristianismo,
puesto que, para ellos, así como para muchos pietistas (Tersteegen) únicamente
estaba exenta de sospecha la puridad de las Iglesias bajo la Cruz, bien que bajo
un Estado incrédulo, y hasta bajo la Cruz, aun los calvinistas era preciso que
se declararan, faute de mieux (a igual que, en casos similares, la Iglesia
Católica), partidarios de la separación entre la Iglesia y el Estado. No puede
ser razón poderosa para conceptuar como “secta” el movimiento bautizante la
circunstancia que, de hecho, fuese verificada la admisión en la comunidad
eclesiástica mediante un contrato entre ella y los catecúmenos, puesto que ello
acaecía de modo formal en las comunidades holandesas reformadas (evidente
resultado de la primera situación política), de conformidad a la constitución
eclesiástica antigua (. al respecto Hofmann en Kirchenverfassungsrecht der
nieder. i-ieformierten (Derecho constitucional eclesiástico de los reformados
holandeses), Leipzig, 1941). La razón primordial para atribuir el carácter
sectario al movimiento estriba en el carácter privativo de voluntarista propio
de la comunidad piadosa. Con objeto de no aceptar en su seno elementos carentes
de pureza y no desviarse del modelo evangélico, únicamente era posible estar
organizados como secta, de manera voluntaria, no como Iglesia, sino como
organización. Para las comunidades bautizantes era fundamental el concepto de
Iglesia, en tanto que para los reformados constituía, simplemente una situación
de hecho. En cuanto a lo demás, que en el calvinismo intervinieron, también,
ciertos motivos piadosos que incitaban a la institución de la believers church.
Examínense, acerca de los conceptos de “secta” y de “Iglesia”, más pormenores en
el artículo que sigue. Casi al mismo tiempo que yo, ha sido utilizado un
concepto muy parecido al mío y, presumo, conjeturo, con autonomía propia, por
parte de Kattenbusch (art. Secta, en”’R. Enzykl. f. prot. Th. u. Kirche’ ).
Troeltsch lo admite en su Soziallehren der Christliclien Kirchen, y alrededor
suyo emite hondas consideraciones. Conviene, igualmente, examinar la
introducción a los artículos acerca de la “ética económica de las religiones”.
175 Cornelius (loc. cit.) ha expuesto con suma
claridad la gran trascendencia que ha tenido históricamente el símbolo para la
conservación de las Iglesias, para las cuales les creó un signo indubitable y
preciso.
176 Podemos abstenemos de considerar aquí
determinadas aproximaciones a ella en el dogma de la justificación
correspondiente a los mennonitas.
177 Posiblemente en esta idea se apoya el
interés piadoso en el debate de algunas problemáticas (tales como la relativa a
la Encarnación de Cristo y la relación que guarda con la Virgen María), que, con
frecuencia, siendo el único factor estrictamente dogmático suele estar presente
en los primitivos escritos de los bautizantes (de este modo existe en las
confesiones transcritas por Cornelius apéndice al t. II de su obra mencionada).
Consúltese acerca de ello Karl Müller en Historia eclesiástica, II, 1, pág. 330.
Idénticos intereses piadosos son los que fijan la discrepancia entre reformados
y luteranos en la cristología (digamos en la denominada communicatio idiomatum).
178 La singular evidencia de este principio
está en la supresión de los ex comulgados, ejecutada originalmente con toda
severidad del comercio civil, en cuyo punto los calvinistas otorgaron grandes
concesiones a la tesis que a las censuras eclesiásticas no les era dado afectar
las relaciones civiles. Ver el artículo que sigue.
179 Es bien sabido hasta donde este principio
se evidenciaba entre los cuáqueros en aparentes exterioridades en absoluto
trascendentales (esto es: rehusarse a descubrirse, hincarse, inclinarse, así
como hablar en plural). Sin embargo, la concepción básica es de por sí común en
cierta medida a cualquier forma de ascesis, en cuya virtud esta no deja nunca de
ser “antiautoritaria” en su real fisonomía. Con respecto al calvinismo, se
revelaba en el principio de que, en la Iglesia, únicamente Cristo debía imperar.
En cuanto al pietismo, no deben echarse al olvido el extraordinario empeño de
Spener por justificar los títulos conforme a la Biblia. El ascetismo católico
rompió con aquel rasgo, en razón a la autoridad eclesiástica, desde que acató el
voto de obediencia, es decir interpretando así la ascética. En esta inversión
experimentada mediante tal principio en la ascesis protestante estriba el
fundamento histórico de la modalidad en lo presente relativa a la democracia en
aquellos pueblos en los que el puritanismo ha ejercido su influjo así como la
disconformidad con la del “espíritu latino”. E igualmente en ella se apoya la
carencia de respeto por parte de los americanos, pues si para unos es repulsiva,
resulta saludable para otros.
180 Esta fue aplicada por los bautizantes,
ciertamente, como una más así en el Nuevo como en el Antiguo Testamento. De modo
singular, el Sermón de la Montaña disfruta, en calidad de programa ético-social,
el singular favor en todas las sectas.
181 Schweckenfeld ya hubo considerado la
administración de sacramentos como un adiaforo, en tanto que los general
baptists así como los mennonitas conservaban cuidadosamente el bautismo y la
comunión además de que en estos últimos se mantenía el lavatorio de los pies.
Ahora bien, en cuanto a lo demás, en los predestinacionistas, exceptuando la
Eucaristía, se desvalorizaba extremadamente a los sacramentos y se sentía un
particular desprecio hacia ellos. Véase el artículo a continuación.
182 En cuanto a esto, las sectas bautizantes,
en especial los cuáqueros (Barclay, Apology for the true Christian Divinity 4a.
ed., Londres, 1701, obra de la cual pude disponer gracias a la gentileza de Ed.
Bernstein), evoca ban determinadas manifestaciones de Calvino en la Inst. Christ.
Theol., III, 2, en las cuales de hecho se descubren innegables aproximaciones a
la doctrina bautizante. Asimismo, la antigua distinción entre la dignidad de la
“voz de Dios” (aquello por El revelado a patriarcas, profetas y apóstoles) y la
Sagrada Escritura (lo que en ésta fue por ellos señalado) había hondas
coincidencias (bien que no por ello pueda establecerse una relación histórica)
con la idea de la naturaleza de la Revelación, por parte de los bautizantes. La
mecanizada doctrina de la inspiración y la rígida bibliocracia de los
calvinistas era el fruto de cierto movimiento evolutivo acaecido a lo largo del
s. XVI, del mismo modo que la doctrina de la luz interior (de base bautizante),
la que profesa ban los cuáqueros, era la consecuencia de otra evolución de trazo
contrario a la primera. Ahora bien, la evidente contraposición existente en
parte entre una y otra se debía, sin duda alguna, a los resultados de constantes
controversias.
183 Esto se fue recalcando con cada vez más
dureza contra algunas propensiones de los socinianos. La razón “natural” no sabe
nada de Dios (Barclay, loc. cit., pág. 102). Así, se iba desviando a la lex
naturae de la situación en que se hallaba dentro del protestantismo. Por
principio, no era posible que existieran general rules así como tampoco códigos
morales, ya que Dios, mediante la conciencia de cada quien, señalaba
estrictamente la personal vocación. No nos es dado hacer el “bien” —tomado en un
sentido absolutamente generalizado de la razón natural-—, sino acatar la
voluntad de Dios, por El escrita en la nueva Alianza en los corazones y que se
manifiesta en las conciencias (Barclay, págs. 73 y s., 76). Semejante
irracionalidad de la moral (emanada de la oposición cada vez más marcada entre
lo relativo a la divinidad y a lo creado) se evidencia en el siguiente principio
básico de la moral cuáquera: “what a man does contrary to his faith, though bis
faith may be wrong. is no ways acceptable to God. . . though the thing might
have been lawful to another” (Barclay, pág. 487). Claro está que resultaba
insostenible en la práctica. Según Barclay, por ejemplo, en los moral and
perpetual statutes acknowledged by all Christians la tolerancia se encuentra
hasta su máximum. Los contemporáneos suyos juzgan su ética esencialmente similar
(exceptuando algunas particularidades) a la de los pietistas reformados. “Todo
aquello que hay de bueno en la Iglesia es suspecto de cuaquerismo”, insiste
Spener reiteradamente. De hecho, los cuáqueros debían ser por él envidiados
(Cas. Theol., III, 6, 1, dist. 2, núm. 64). El hecho de haber negado a prestar
juramento tomando como base una frase bíblica es prueba de que la emancipación
de la letra de la Escritura había alcanzado, en efecto, muy poco. No es este el
momento para analizar el alcance ético-social del principio “haz a otro única
mente aquello que a ti quieras que te hagan”, lo cual para los cuáqueros era el
compendio de toda la ética cristiana.
184 El fundamento en que Barclay
se apoya está en la necesidad de aceptar este supuesto, opinando que, sin ésta,
“there should never be a place known by the Saints wherein they might be free of
doubting and despair, which... is niost absurd”.
Naturalmente, ya se advierte que la certitudo
salutis depende de esto. (Barclay, op. cit., pág. 20.)
185 Existe, pues, distinto matiz entre la
racionalización calvinista de la vida y la cuáquera. Baxter, al formularla, dice
que “el espíritu” en los cuáqueros ha de actuar sobre el alma de igual modo que
sobre un cadáver, en tanto que la fórmula peculiar del principio reformado había
de ser: “reason and spirit are conjunct principles”. (Chr. Direct., II, pág.
76.) Esto supuesto, esto ya no era factible, prácticamente, en su tiempo.
186 Es conveniente examinar los meticulosos
artículos Menno y Mennonitas, de Cramer, en la “R.E. f. prot. Th. u.K.”, en
especial la pág. 604. Todo cuanto dichos artículos contienen de bueno y
profundo, lo posee de insubstancial y hasta de impreciso el artículo
“Baptistas”, incluido en la misma Enciclopedla. Por ejemplo, las Publications of
the Hanserd Knollys Society, imprescindibles para el buen conocimiento del
baptismo, son desconocidas para el autor.
187 Barclay (op. cit., pág. 440) explica que
el hecho de comer, beber y ganar, son actos naturales, no espirituales, los
cuales hasta sin el especial llamamiento de Dios pueden realizarse. De este modo
responde a la peculiar impugnación consistente en que si, conforme la enseñanza
de los cuáqueros, no es posible solicitar sin especial motin of the spirit,
tampoco sería posible cultivar la tierra faltando tan especial impulso divino.
Igualmente es peculiar que en las modernas resoluciones tomadas en los
diferentes sínodos celebra dos por los cuáqueros esté presente la recomendación
de apartarse de las actividades económicas en cuanto se haya logrado un
patrimonio que sea suficiente para vivir dedicado al reino de Dios, abstraído de
los negocios del mundo, lejos que en los calvinistas puedan hallarse ideas
similares. Con ello queda igualmente demostrado que la aprobación de la ática
profesional burguesa de sus representativos constituía la terrenal actividad de
un ascetismo alejado del mundo antes de todo.
188 Hemos de referirnos nuevamente a Ed.
Bernstein en su tan notable exposición. También a la realizada por Kautsky,
sumamente esquemática, acerca del movimiento rebautizante y de su teoría del
“comunismo herético” (t. 1, de la misma obra).
189 En opinión de Veblen (Chicago), en su tan
sugerente libro Theory of the business entreprise (Teoría de la empresa de
negocios, dicha frase corresponde únicamente al primer periodo del capitalismo.
Sin embargo, nunca ha dejado de haber “superhombres” en el plano de la economía,
los cuales, a igual que los captains of industry de la actualidad están más allá
del bien y del mal, y, por tanto, el principio es aún aplicable a la actividad
capitalista.
190 Th. Adams ha dicho: “Incivil actions it is
good to be as the many in religious, to be as the best” (esto es: en las
acciones civiles es bueno ser como la mayoría, en tanto que en las religiosas,
como los mejores) (W. of the Pur. Div., pág. 138). Se diría que la intención de
lo enunciado tiene más alcance del que posee en realidad. Su significación está
en que la honradez puritana equivale a legalidad formalista, del mismo modo que
la “rectitud” o uprightness que los pueblos con una trayectoria antigua puritana
consideran como una mera virtud nacional, es una característica totalmente
diferente de la honradez alemana, formalista en menor grado y reflexiva. En tomo
al tema se podrán hallar observaciones muy atinadas de un pedagogo en el Preuss.
J vol. 112, pág. 226 (1902). En su opinión, el formalismo de la ática puritana
es el lógico resultado de la vinculación por la ley.
191 Con más abundancia de detalles en el
artículo a continuación.
192 En ello se fundamenta el móvil de la
profunda acción económica por parte de las minorías protestantes (ascéticas),
mas no de las católicas.
193 La circunstancia de que existiera una
compatibilidad entre el gran número de distintas fundamentaciones dogmáticas y
el afán tras la “comprobación” tiene su primordial razón de ser en las idénticas
características histórico-religiosas del cristianismo, mas no es este el momento
para entablar una más extensa discusión.
194 Barclay (op. cit., pág. 357)
dice también: “Since God hath gathered us to be a people”.
En cuanto a mí, recuerdo un sermón escuchado
en el Haverford College en el cual la insistencia en la interpretación de saints
como separati estaba muy marcada.
NOTAS DE LA SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO II
1 Ver Dowden (loc. cit.) en una hermosa
descripción en la que singular mente caracteriza. En cuanto a la teología de
Baxter, subsiguiente a su aleja miento progresivo de la rigurosa fe en el
“doble” Decreto, conduce de un modo bastante aceptable la introducción a cada
uno de sus diversos escritos publicados en las Work of the Puntan Divines (de
Jenkyn). Su tentativa de combinar la univeral redemption y la personal election
no llegó a satisfacer a persona alguna. Por nuestra parte, consideramos que lo
fundamental es sólo que, hasta en su momento, él fue perseverante en la personal
election, es decir que, por lo que respecta a la ética él se mantuvo en el punto
definitivo de la doctrina de la predestinación. Es importante asimismo hacer
hincapié en su amortiguamiento de la concepción “forense” de la justificación
que supone aproximarse un tanto a los bautizantes.
2 Th. Adams, John Howe, Matthew Henry, J.
Janeway, St. Charnock, Baxter y Bunyan elaboraron Tratados y sermones,
respectivamente, los cuales se encuentran recopilados, en una selección algo
arbitraria, por cierto, en diez tomos de Works of the Puntan Divines (Londres,
1845-48). Con anterioridad, al mencionarlas por primera vez, indicamos los
escritos de Bailey, Sedgwick y Hoornbeek.
3 Igualmente podríamos hacer referencia a Voet
y otros representativos más continentales de la ascesis profana. Brentano cae en
un error al asegurar que tal desarrollo fue “tan sólo anglosajón”. Al
seleccionar nos basamos en el afán de ceder la palabra, aun cuando no de un modo
exclusivo, antes bien en lo factible, a la corriente ascética de la segunda
mitad del s. XVII, casi cuando ya ocurría su cambio en utilitarismo.
Lamentablemente, hemos de prescindir en este momento de la interesante labor de
dar a conocer el vital modo del ascetismo protestante, recurriendo
particularmente a las fuentes literarias biográficas (entre las cuales sería
preferible valernos de la cuáquera, que aún no estamos del todo versados en
ella).
4 Ya que resultaría igualmente provechoso
servirnos de los trabajos de Gisbert Voet, como de las conversaciones sostenidas
entre los sínodos hugonotes o lo escrito por los baptistas holandeses. Es
sumamente lamentable el hecho de que Sombart y Brentano haya fijado su atención
en aquello que de “ebionítico” tiene la doctrina de Baxter, en lo que tan
reiteradamente he insistido, para sacarme a relucir el espíritu reaccionario
(capitalista) de su doctrina. Por de pronto, para hacer uso de dicha literatura
es necesario, antes que nada, conocerla como es debido y. además, tener a la
vista que yo he tratado, precisamente, de probar que, no obstante el
“antimammonismo” de la doctrina, la esencia de esta piedad ascética, a la par
que en las economías monacales, originó el racionalismo económico, debido a que
recompensaba aquello que era concluyente esto es: los ímpetus racionales, por
motivaciones ascéticas. Así, pues, de ello es únicamente de lo que se trata, no
habiendo en nuestros raciocinios otro eje que no sea éste.
5 Así en Calvino, el cual no era tampoco un
partidario de la riqueza burguesa ni mucho menos (ver sus iracundos
acometimientos a Venecia y Amberes, Comm. in Jes.
OP III, 140 a, 308 a).
6 Véase: Saint’s everlasting
rest, cap. X y XXI. Bailey, Praxis pietatis, pág. 182, o también, Matthew Henry
(The worth of the soul, Works of the Pur. D pág. 319): “These that are eager in
pursuit of wordly wealth despise their soul not only because the soul is
neglected and the body preferred beforeit but because it einployed in these
pursuits: Psalm 127, 2” (bien que en la dicha página figura la consideración que
más adelante mencionaremos en relación a lo pecaminoso de cualquier desperdicio
de tiempo, principalmente en recreations).
Así, en la totalidad de la literatura piadosa
del puritanismo anglo-holandés. Véase, por ejemplo la filípica de Hoornbeek
(loe. cit. 1, K, e. 18) en contra de la avaritia (independientemente, también en
este autor interviene alguna que otra influencia sentimental-pietista. Al
respecto, ver el panegírico de la tranquillitas animi grata a Dios en pugna a la
sollicitudo de esta vida). Bailey destaca también: ‘ No es fácil que un rico
alcance la bienaventuranza”, refiriéndose a la bien sabida sentencia bíblica
(loe. cit., pág. 182). Los catecismos metodistas inducen a desistir de “acumular
tesoros en el mundo”. Ello es fácilmente comprensible con el pietismo. Pero, con
los cuá 9 acontecía exactamente lo mismo.
Cf. Barclay loc. cit., pág. 517:
and therefore beware of such temptation as to use their callings and engine to
be richer”.
7 Ya que se juzgó también con mucho rigor
tanto la riqueza como la inclinación por instinto tras el lucro. Así vemos como,
en 1574, en los Países Bajos fue declarado por el sínodo subholandés, en
respuesta a una pregunta, que a los “prestamistas”, si bien ejercen de una
manera legal su actividad, no se les debe aceptar a la comunión; y por el sínodo
provincial de Deventer, en 1598 (art. 24), la prohibición abarcó a los empleados
de los banqueros, en tanto que con el de Gorichem, en 1606, se fijaron las
severas y degradantes condiciones mediante las que podían ser admitidas las
mujeres de los “usureros”. En 1644 y 1657 aún se debatía si era o no posible
aceptar a los banqueros a la comunión (lo cual dicho sea en contra de Brentano,
que hace mención de sus ascendientes católicos, pese a que, desde hace miles de
años, han existido en todos los ámbitos comerciantes y banqueros de origen
extranjero. Aún más, Gisbert Voet se tomaba la libertad de eliminar a los
“trapezitas” (lombardos, piamonteses) de la comunión (Disp. theol., IV, Ants.
1667, De usuris, pág. 665). De igual modo acontecía en los sinocos de los
hugonotes. Ahora. bien, esta índole dentro del capitalismo no es, en absoluto,
la clásica representante de una manera de pensar y de conducirse que concierna a
los fines de nuestro trabajo: nada nuevo representaba en conexión a la Edad
Antigua ni Media.
8 El punto se encuentra desarrollado
hondamente en el cap. X de la Saint’s everlasting rest: Aquel
que pretendiera reposar perpetuamente en el
“albergue” que Dios le otorga en posesión, ofendería a El, aun en esta vida. El
reposo confiado en la riqueza conseguida es precursor, casi siempre, de la
ruina. Si fuésemos dueños de todo aquello que pudiéramos poseer en el mundo,
¿sería cuanto esperábamos obtener? En este mundo jamás se dará un estado de
ánimo en el que no se desee nada, pues, por voluntad divina, no debe ser.
9 Chr. Direct., L. págs.
375-376: “It is for action that God maintalneth us and our activities: work is
tremoral as well as the natural end or power It is action that God is most
served and honoured by. . . The public welfare or the good of many is to be
valued aboye our own”. Ahí queda
señalado el punto en donde, más tarde, las teorías liberales habrán de desplazar
la voluntad divina por distintas maneras de ver estrictamente utilitarias. Por
lo que se refiere a las fuentes piadosas del utilitarismo, ver más adelante, en
el texto y supra, nota 145.
10 El precepto de enmudecer —en base a la
amenaza bíblica en cuanto a la pena por “toda palabra inútil”— ha constituido,
desde los cluniacenses, un reputado medio ascético de educación en el control
personal. Baxter se ocupa también, extensa y copiosamente, en todo lo
concerniente al pecado de la conversión inútil. Con anterioridad, Sanford (loe.
cit., pág. 90 y s.) estimó la significación caracterológica. La melancholy y
moroseness de los puritanos, que llegó tan hondo en el sentimiento de sus
contemporáneos, constituía el resultado del rompimiento con la despreocupación
del status naturalis, encontrándose sometida, igualmente, a los mismos
objetivos, la sentencia en contra la conversación hueca. Washington Irving (Brace
bridge Hall, capt. XXX), cuando trata de hallar la causa, así sea en el
calculating spirit del capitalismo, como en los efectos de la libertad en el
plano de la política, que promueve en el hombre el sentido de la
responsabilidad, hemos de tomar en consideración ante esto que en los pueblos
latinos no se dio el mismo fruto, así como que en Inglaterra la realidad era
ésta: primeramente, el puritanismo hacía aptos a sus seguidores para la creación
de instituciones libres, haciéndoles adquirir, a un tiempo, una preponderancia
mundial; además, tuvo la virtud de valerse del “cálculo” (nombre que Sombart da
a ese spirit), del cual está constituido, en efecto, el capitalismo, considerado
como instrumento del capitalismo, convirtiéndolo en principio para que el hombre
pueda gobernarse.
11 Loe. cit., 1, pág. 111.
12 Loe. cit., 1, pág. 383 y s.
13 Barclay (loe. cit., pág. 14) opina de un
modo similar acerca del valor del tiempo, sumamente estimativo.
14 Baxter (loe. cit., pág. 19)
dice así: “Keep up a high esteem of time and be every day more careful that you
lose none of your time, then you are that you lose none of your and silver. And
if vain recreation, dressin festings, idie taik, unprofitable company, or sleep,
be any of them temptations to rob you of any of your time, accordingly heighten
your warchfulness”. Y Matthew Henry (Worth of the soul, W. of the Pur. Div., pág.
315) expresa: “Those that are prodigal of their time despise their own souls”.
De igual modo vemos aquí la ascesis
protestante moverse por caminos trillados sobradamente. Nos hemos ya habituado a
conceptuar como algo específico del hombre profesional moderno eso de “no tener
tiempo”, y a formar dictamen (tal hizo así, por ejemplo, Goethe en Wanderjahren)
de la medida del avance capitalista en relación a los cuartos de hora que se dan
en los relojes (de igual modo lo encontramos en el Capitalismo de Sombart). Sin
embargo, es preciso no olvidemos que era el monje, precisamente en la Edad
Media, quien vivía con el tiempo distribuido, así como las campanas de las
iglesias tenían la primordial misión de prestar el servicio tan necesario de
repartir el tiempo.
15 Cf. los debates de Baxter
acerca de la profesión, op. cit., 1, pág. 318, en donde se halla este pasaje:
“Question: But may 1 not cast off the world that 1 may only think of my
salvation? Answer: You may cast off all such excess of wordly cares or business
as unnecessarily hinder you in spiritual things. But you may not cast off all
bodily employment and mental labour in which you may serve the common good.
Every one as a member of Church or Commonwealth must employ their parts to the
utmost for the good of the Church and the Commonwealth. To neglect this and say:
1 will pray and meditate, is as if your servant should refuse your greatest work
and tye himself to some lesser casier part. And God hath commandeth you sorne
way or other to labour for your daily bread and not to uve as drones of the
sweat of others only”. El mandato de
Dios a Adán: “con el sudor de tu frente . . y la amonestación de san Pablo:
“aquél que no trabaje no debe comer” se mencionan en calidad de confirmación.
Como es bien sabido, los cuáqueros, hasta aquellos de nivel adinerado, siempre
mandaron sus hijos a estudiar profesiones (por razón ética, no precisamente
utilitaria, conforme aconsejaba Alberti).
16 El pietismo, en cuanto a su índole
sentimental, se desvía de algunos de os puntos que aquí hay. Pero, por lo que
respecta a Spener (Theol. Bedenhen, II, pág. 445) le asiste aún la razón (pese a
que se guía con mentalidad luterana al aseverar que el trabajo es servicio de
Dios) de que la ansiedad de los legocios profesionales aleja de Dios (lo cual es
igualmente una motivación luterana, constitutiva de una contraposición frente al
puritanismo totalmente significativa).
17 Loc. cit., pág. 242: “It’s
they are lazy in their calling that can find no me for huly duties”.
Y es por ello que para él las ciudades —en las
que reside burguesía consagrada al lucro racional— son, preferentemente, la sede
de das las virtudes ascéticas. Baxter así se expresa de sus tejedores en
Kiddmins :r: “And their constant converse and traffic with London doth much tu
omote civiiity and piety among tradesmen” (tomado de su autobiografía, of the
Pur Div pag XXXVIII) Muchos eclesiásticos habrá por lo menos alemanes, que se
sorprendan al leer en la actualidad que, el acercamiento a las grandes urbes
puede contribuir al fortalecimiento de las virtudes. Igual mente, el pietismo
poseía ideas semejantes. Spener, por ejemplo, así se expresa de un colega: “Se
comprobará, cuando menos, que entre el considerable número de seres malvados que
habitan en las ciudades, existen, por el contrario, algunas almas buenas capaces
de realizar el bien, pues en los pueblos es raro hallar en alguna ocasión algo
que pueda considerarse bien hecho” (Theol. Bedenken, 1, 66, pág. 303).
Realmente, el campesino casi no cuenta en el modo racional ascético de
conducirse; su glorificación ética pertenece al modernismo. No nos deslizamos
aquí llevados por tales manifestaciones y otras más, que bien podrían ser
atrayentes para destacar la ascesis en su condicionamiento clasista.
18 Ver, como ejemplo, este
pasaje: (loe. cit., pág. 336 y s.): “Be wholly taken up in diligent business of
your lawful callings when you are not exercised in the more inmmediate service
of God”. “Labour hard in your calling”. Y este otro (ídem): “See that you have a
calling which will find you employment for aH the time which Gods immediate
service spareth”.
19 Hace poco tiempo, Harnack ha señalado con
insistencia (Mitt. des Ev. Sor Kongr., serie 14, 1905, núms. 3-4, pág. 48) q la
determinada estimación ética del trabajo, así como de su ‘ dignidad’ no
constituía en esencia, una concepción propia y, tampoco, peculiar del
cristianismo.
20 Para el buen entendimiento acerca de la
base en que se apoya esta trascendental resistencia existente, a ciencia cierta,
a partir de la regla benedictina, sería necesario reflexionar en el tema más
ampliamente, lo cual no nos es dado ahora.
21 De igual modo en el pietismo (Spener, loc.
cit., II, págs. 429, 430). He ahí la peculiar formulación del pietismo: la
fidelidad profesional que nos fue dictada como pena de resultas del pecado sirve
para mortificar la propia voluntad nuestra. La actividad profesional, a modo de
servicio de amor a nuestros semejantes, constituye un deber de gratitud por la
gracia divina (concepción luterana), por lo que no es agradable a los ojos de
Dios que sea realizada por la fuerza y fastidiosamente. (loe. cit., III, pág.
272.) En consecuencia, el cristiano ha de “mostrarse tan diligente como un
hombre del mundo” (fdem, pág. 278). Indudablemente, ello permanece bastante a la
zaga de la idea puritana.
22 Conforme a Baxter, ello tiene como
finalidad a sober procreation of children. Spener opina de igual modo, bien que
con algunas concesiones a la burda doctrina luterana, que juzga fin secundario
impedir la inmoralidad (que sería irreprimible de otro modo). Si al coito se le
agrega la concupiscencia, se cae en lo pecaminoso aun en el matrimonio. De ahí
la opinión de Spener en el sentido de que es consecuencia del pecado, convertir
un hecho natural y estimado por Dios, en algo unido de manera indisoluble con
carnales sensaciones y, consiguientemente, en un pudendurn. En la concepción de
muchas direcciones pietistas existe la idea de que en el matrimonio cristiano la
forma superior es aquella en la que se conserva la virginidad; en inmediata
escala inferior, aquella en la que se restringe el comercio sexual a la
procreación de los hijos y, así, sucesivamente, hasta llegar a la del matrimonio
concertado solamente por finalidades eróticas u otros motivos cualquiera
extrínsecos que están conceptuados como concubinatos en el plano de la ática. No
obstante, aun cuando la finalidad de dichos matrimonios celebrados sea
extrínseca, se consideran superiores a los motivados por fines exclusivamente
eróticos, ya que en los otros media una consideración racional, cuando menos. No
es imprescindible hacer mención en este momento de la teoría morava y su
práctica. La filosofía racionalista (Chr. Wolff) admitía la teoría ascética
desde el punto de vista de que aseverar que aquello que está ordenado a una
finalidad como medio, no podrá convertirse nunca en un fin último (de este modo:
la concupiscencia y su goce satisfecho). En Franklin se descubre todo esto tras
el velo del utilitarismo, coincidiendo en un punto de vista similar al de los
médicos modernos, para quienes la “castidad” constituye una limitación al
comercio sexual de lo deseable por cuanto a la salud se refiere. Bien sabido es
que, hasta de manera teórica, los ha habido que se han manifestado en torno a la
modalidad de esta práctica sexual. Mientras que todo esto puede llegar a ser
objeto de consideración racional, de hecho lo ha sido en el mismo sentido. El
racionalismo sexual relativo a la higiene y el puritano van por caminos
diferentes. Tan sólo en un punto “están de acuerdo”. Veamos: un entusiasta
partidario de la “prostitución higiénica” sustentaba en una conferencia —acerca
de los lugares de lenocinio y las reglas que los regían— la licitud del comercio
sexual fuera del matrimonio (conceptuado como útil desde el punto de vista
higiénico), y tomaba como ejemplo a Fausto y Margarita, en donde se manifiesta
transfigurado. Si a Margarita se le considerara como prostituta y el impetuoso
imperio de las humanas pasiones se equiparase con el comercio sexual por motivos
higiénicos, sería caer en pleno en la mentalidad puritana. Así la doctrina tan
común entre los médicos de hoy en día, conforme los cuales un asunto que incumbe
muy profundamente a los problemas más delicados de la personalidad y la cultura,
esto es, el de la continencia sexual, corresponde únicamente al foro médico
(entiéndase, especialista): para los puritanos, el especialista equivale al
teórico moral; en tanto que para los médicos, es el higienista. Sin embargo,
aunque con signo invertido, en ambos casos predomina el mismo principio, un
tanto innoble por cierto, de la “competencia” encaminada a la resolución del
asunto. Claro está que el potente idealismo de la concepción puritana, con todas
sus mojigaterías, fue capaz de exponer pruebas positivas, aún visto desde el
ángulo de lo higiénico y eugenésico, en tanto que el modernismo de la higiene
sexual, teniendo que invocar ineludiblemente a la “despreocupación”, corre el
riesgo de desfondar el vaso del que se sirve para beber. Como se comprenderá, no
es posible llevar a cabo en este momento un debate acerca del hecho que, en
virtud de la racional explicación de las relaciones sexuales en los pueblos bajo
el influjo ejercido por el puritanismo, el acoplamiento matrimonial se afinó,
llegando a espiritualizarse, y brotaron flores de hidalguía en el maridaje,
ignoradas en el medio patriarcal que perdura aún entre nosotros, hasta allí
donde se congrega la aristocracia del espíritu. (Justamente en la “emancipación”
femenina han concurrido factores de ascendencia bautizante, la defensa de la
libertad de conciencia femenina y el clamor por extender la idea de clerecía
universal a las mujeres han sido las brechas primeras dentro del patriarcalismo.)
23 Tal consejo lo hallamos muy reiteradamente
en Baxter. Comúnmente, se busca el apoyo bíblico en los pasajes citados por
Franklin: Sentencias de Salomón, 22, 29. Asimismo, el merecimiento del trabajo
en las Sentencias de Sal., 31, 16. Cf. loe. cit., 1, pág. 382;pág. 377, etc.
24 En una ocasión, el propio Zinzendorff
expresa: “no se trabaja porque se vive, antes bien se vive por el trabajo, y en
tanto no se trabaja, se perece o se duerme” (Plitt, 1, pág. 428).
25 Un símbolo de los mormones concluye,
también (conforme a las citas), de este modo: “Mas no es posible que un
cristiano sea un mozo de cuerda o un holgazán y, al mismo tiempo un
bienaventurado. Su destinación es ser aguijoneado de muerte, y arrojado de la
colmena”. Era, por excelencia, la sobresaliente disciplina —exacto medio entre
el claustro y la manufactura— la que colocaba al hombre frente a la disyuntiva
de darse al trabajo o de ser excluido; asimismo, era ella la que originó (en
unión del celo ardiente de la piedad y tan sólo factible gracias a éste), dentro
de esta secta, las sorprendentes creaciones económicas.
26 Razón por la cual examina esmeradamente sus
síntomas (loe. cit., 1, pag. 380). Sloth e idleness constituyen pecados de tanta
gravedad debido a que tienen un carácter prolongado. En opinión de Baxter son
como “destructores del estado de gracia” (loc. cit., 1, págs., 279-280).
Precisamente, son el reverso de una existencia metódica.
27 Ver supra, nota 5 correspondiente a la
“Concep. luterana de la profesión...”
28 Véase Baxter, loe. cit., 1, pág. 108 y ss.
Singularmente, de interés
estos párrafos: “Question: But will not wealth excuse us? —Answer: It may excuse
you from some sordid sort of work, by making you more serviceable to another,
but you are no more excused from service of work... then the poorest man. Cf.
loe. cit., 1 pág. 376: “Though they (los enriquecidos) have no outward want to
urge t they have as great necessity to obey God... God has strictly commandeth
it (el trabajo) to all”. (Ver nota págs.
105-106).
29 Por cuya razón, Spener (loe. cit., III,
págs. 338, 425) repudia, también, la propensión a jubilarse antes de la
requerida edad, lo cual juzga reprochable en el plano de la moral, en tanto que,
al rehusar una objeción contra el hecho de percibir intereses (el placer del
rédito acarrearía hacia la corrupción), asevera que aquel que puede vivir de sus
intereses está, no obstante, obligado a trabajar por mandato de Dios.
30 Sin exceptuar el-pietismo. Tratándose del
asunto relativo al cambio de profesión, Spener afirma siempre que una vez
elegida, es un deber de sumisión a la providencia divina el hecho de permanecer
y entregarse a ella.
31 En los artículos concernientes a la “ática
económica de las religiones” queda explicado el considerable patetismo que
predomina en todo el proceder, mediante el que la doctrina india acerca de la
salvación vinculada al tradicionalismo profesional, con las posibilidades de
regenerarse. Aquí se evidencia la diferencia que existe entre la simplicidad de
las teorías éticas y la creación, mediante la práctica religiosa, de ímpetus
psicológicos de índole determinada. Al hindú religioso únicamente le era dado
obtener posibilidades propicias a la regeneración mediante la rigurosa
observancia tradicional de los deberes de su casta de origen: de este modo, el
tradicionalismo obtenía el más sólido fundamento piadoso que pueda uno
imaginarse. Verdaderamente, la ática indica constituye en este aspecto la
antítesis más consecuente de la puritana, de igual manera corno lo es con
respecto a otro punto (tradicionalismo profesional) de la del judaísmo.
32 Baxter. loe. cit., 1, pág. 377.
33 Pero no puede decirse que por ello implique
históricamente derivación de ellos. Es más probable que la genuina concepción
calvinista acerca de que el “cosmos del mundo” sirve a la gloria de Dios se
impuso a su autoglorificación. En verdad, la dirección utilitarista, que tiene
el cosmos económico puesto al servicio del bienestar de todos (good of many,
common good, etc.) era el resultado de la creencia de que cualquier otra
interpretación ha de llevar a una idolatría aristocrática o, por lo menos, no es
viable que conduzca a la gloria de Dios, antes bien al servicio de materiales
“fines de cultura”. Sin embargo, la voluntad de Dios manifiesta en la estructura
finalista (véase, supra, nota 35 de “Los fundamentos religiosos) del cosmos
económico, únicamente es factible que sea el beneficio de la “colectividad” esto
es: el provecho impersonal (por cuanto que tan sólo interesan fines terrenales).
En con secuencia como antes quedó dicho, el utilitarismo es el resultado de la
configuración impersonal del “amor al prójimo”, así como de la negativa de
honrar el universo, por la sola idea exclusivista del in majorem Dei gloriam del
puritanismo. Y, pues, la idea que en todo el protestantismo ascético imperaba
con tanta fuerza, consistente en que la honra de la criatura ofende a la gloria
de Dios, se exterioriza con toda claridad en los obstáculos y esfuerzos que el
propio Spener le ocasionaba, no por cierto de ideas harto democráticas, ante el
gran número de peticiones con respecto a la consideración de títulos tales como
adiayopov, hallando el sosiego con aquello de que, en la Biblia, el Apóstol
tituló el Prator Festo como xpaclotoÇ . Claro está que el asunto en su aspecto
político no ofrece aquí interés.
34 Th. Adanis, en Works of. the Pur. Div.,
pág. 77, expresa también: “The inconstant man is a stranger in his own house”
(el hombre inconstante es un extraño en su propia casa).
35 De modo muy particular, véase, al respecto,
las manifestaciones de George Fox: The Friend’s Library, ed. W. 1 Evans,
Filadelfia, 1873 y ss., vol. 1, pág. 130.
36 Ciertamente no podemos conceptuar esta
orientación de la ética piadosa como imagen de situaciones económicas
verdaderas. Sin duda alguna, la profesión especializada durante la Edad Media
italiana, estaba más adelantada que en los mismos tiempos en Inglaterra.
37 Ya que, conforme se repite con mucha
frecuencia en la literatura puritana, Dios nunca ha ordenado, amarás al prójimo
más que a ti mismo, sino, “como a ti mismo”. Es, pues, un deber también amarse a
sí mismo. Aquel que sabe, por ejemplo, que gobierna su propiedad mejor y, por
consiguiente, más honra a Dios, que como su prójimo pudiera hacerlo, no está en
la obligación de hacerle participe en ella por amor a él.
38 En Spener hallamos igualmente una
proximidad a este parecer, bien que su postura es aun más cautelosa y
desaconsejante en cuanto se trata del paso de la profesión comercial
(especialmente en el plano de la moral) a la teología (III, págs. 435, 443; 1,
pág. 524). La insistencia reiterada de Spener al volver, en sus consultas, una y
otra vez con la misma respuesta a dicha cuestión (es decir, la licitud del
cambio de profesión), denote la trascendencia notablemente práctica que tenía la
interpretación de la Epístola primera a los Corintios (7) en la vida diaria.
39 En realidad, nada que se le parezca, figura
en los escritos pietistas continentales de más enjundia. Ante el “provecho”,
Spener .se encuentra en una situación vacilante, entre el luteranismo y los
razonamientos mercantilistas, acerca de los beneficios de la prosperidad
comercial (op. cit., III, págs. 330, 332; cf., 1, pág. 418. Esto es: el cultivo
del tabaco produce fondos ala nación; es por eso que resulta benéfico y, por
consiguiente, no es pecaminoso); cf. también III, págs. 426, 427, 429, 434; esto
sí, previene que tal como se deja ver en el ejemplo por parte de los cuáqueros y
mennonitas, se puede obtener ganancia y, no obstante, seguir siendo piadoso, y
aun, inclusive una elevada ganancia puede ser fruto de una honestidad piadosa
—más adelante volveremos al tema— (op. cit., pág. 435). 40 De ninguna manera
pueden tomarse las opiniones de Baxter como reflejo del medio económico en que
se desenvolvía pues, muy al contrario, en su autobiografía queda al descubierto
con toda claridad que, en el éxito lo grado en su labor misional interior fue
determinante el hecho que, los comer ciantes establecidos en Kinddminster no
erhn adinerados, ya que su beneficio únicamente era food and raiment, y, por lo
que respecta a los maestros, no con más ventaja que sus trabajadores estaban
supeditados a vivir from the hand in the mouth (esto es: al día).
“It is the poor that receive the
glad tidings of the Gospel “. En cuanto a la ambición por el lucro, Th. Adams
reflexiona que: “He (the knowning man) knows. . . that money may make a man
richer, not better, and thereupon choosetb rather to sleep with a good
conscience than a fuil pure. . . therefore d no more wealth that an honest man
may bear away”; mas, quiera en tal grado no obstante (Th.
Adams, Works of the Pur. D LI), lo cual
significa que cualquier ganancia formalmente honrada es, igualmente, lícita.
41 De esta suerte en Baxter, loe. cit., 1, e.
X, tít. 1, dist. 9 (24), vol. 1, pag. 378, 2. Sentencias de Salomón, 23, 4: “No
trabajes sólo por enrique certe”; esto da a entender solamente que: “riches for
our fleshly ends must not ultimately be intended”. Lo abominable no es tanto la
riqueza en sí, sino el modo feudal —señorial de su acomodación cf. la
observación de 1, pág. 380, acerca de la debauched part of the gentry). Milton,
en la primera defensio pro populo anglicano, sustenta la consabida teoría de que
tan solo a la “clase media” le está dado practicar la virtud. Entiéndese por
clase media la burguesa, es decir, en un sentido opuesto a la aristocracia, ya
que así el “lujo” como la necesidad” se contraponen al ejercicio de la virtud.
42 En ello estriba lo determinante. Examinemos
aún esta reflexión general: no es para nosotros de tanto interés lo expuesto
teóricamente por la teología moral, sino la vigencia de la moral en la vida
práctica de los creyen es, o, dicho en otras palabras: la influencia práctica de
la dirección piadosa en el plano de la ética profesional. En algunas ocasiones
se llega a descubrir en la literatura casuista del catolicismo, en especial del
jesuítico, controversias en torno a temas, como la legitimidad del interés (de
lo cual no nos ocupamos aquí), que nos traen a la memoria aquellas de varios
casuistas protestantes, o 9 además, se diría que van mucho más lejos en lo que
juzgan “lícito” o ‘probable” (posteriormente se impugnó a los puritanos
similitud substancial de su ática con la jesuítica). Del mismo modo que los
calvinistas solían mencionar obras de teología moral de autores católicos tales
como Tomás de Aquino, Bernardo de Clairvaux, Buenaventura, y no tan sólo éstos,
sino también contemporáneos (en cuyo punto no hemos de detenernos mayor mente).
Haciendo a un lado la coyuntura determinante de la recompensa piadosa de la
práctica del ascetismo en el mundo, la desigualdad más notoria estaba, en la
misma teoría, en que tales efectos latitudinarios dentro del cato licismo eran
frutos de teorías éticas laxas de manera específica, sin censura alguna por
parte de la autoridad eclesiástica de las cuales se distanciaban, justamente,
los adeptos más perseverantes y formales de la Iglesia, en tanto que,
opuestamente, la idea de profesión, el protestantismo situaba a los más
rigurosos adictos a una vida ascética, a la disposición de la vida económica del
capitalismo, Aquello que en el catolicismo podía ser aceptado condicional mente,
en el protestantismo era considerado como algo positivamente bueno y aun moral.
Al cabo, las más sobresalientes discrepancias entre estas dos áticas fueron
establecidas de modo resolutivo a partir del debate jansenista y la Bula
Unigenitus.
43 “You may labour in that
manner as tendeth most to your succes and Iawful gain, You are bound to improve
sil your talents. . .“(palabras que pre ceden al pasaje traducido que figura en
el texto). La confrontación directa del
afecto ardiente hacia la riqueza en el reino de Dios, con el máximo anhelo de
lograr el éxito en la profesión terrena se pone de relieve en Janevay, Heaven
upon earth (El cielo sobre la tierra) en las Works of the Pur. Div., pág. 275,
infra.
44 Así, pues, la confesión (luterana) del
duque Cristóbal de Württemberg, sometida al Concilio de Trento, constituye, ya,
una argumentación en contra del voto de pobreza, aduciendo aquel que es por su
índole pobre, está obligado a soportarlo, mas si promete seguir siendo pobre es
igual como si prometiera vivir para siempre enfermo o poseer mala fama.
45 En igual sentido lo hallamos en Baxter y en
la confesión del duque Cristóbal de Württernberg.
Cf. del mismo modo en pasajes
como éste: “. - .the vagrant rogues whose lives are nothing but an exorbitant
course: the main begging”, etc. (Th. Adanis, W. of the Pur. Div., pág. 259). La mendicidad había sido
ya prohibida estrictamente por Calvino; los sínodos holandeses vigilaban ue no
se otorgaran licencias ni certificaciones que consintieran la mendicidad. En
tanto que en la era de los Estuardos, en especial el régimen de Laud, durante el
reinado de Jacobo 1, se había elaborado oficialmente, de modo sistemático, el
principio de protección a los pobres, así como la asigna ción de trabajo a
quienes carecían de él, los puritanos clamaban: giving alms is no charity (hacer
limosna no es caridad ue encabeza el posterior escrito de Defoe) y fue en las
postrimerías dei s. ) que se inició para los que esta ban sin trabajo, el método
de intimidación de las Workhouses, esto es Casas de trabajo (cf. Leonard, Early
History of English poor relief, Cambridge, 1900, y H. Levy, D,e Grundlagen des
ókonomischen Liberalismus in der Gesch. d. engi. Volkw. (Los fundamentos del
liberalismo económico en la historia de la economía inglesa), Jena, 1912, pág.
69 y ss.).
46 G. White, siendo presidente
de la Baptist Union of Great Britain and Ireland, en su discurso de inauguración
de la Assem bly en Londres (1903) (Baptis Hanctbook, 1904 pág. 104) decía
reiteradamente: “The best men on the roll of our Puntan cÑurches were men of
affairs, who believed, that reli gion should penmeate the whole of life”.
47 Justamente, en eso estriba la peculiar
impugnación frente a toda idea feudal. Conforme a ésta, el éxito y la
consagración de la sangre únicamente podían favorecer a los descendientes del
parvenu (ya sea en el piano político o social). Tomándolo en este sentido, es
característico el término español hidalgo, con el significado de hijo de algo (filius
de aliquo), interpretándose aquí, por algo, el patrimonio que se heredó de un
ascendiente. Tales desigualdades se encuentran muy atemperadas hoy en día, como
consecuencia del cambio acelerado y de la “europeización” de la idiosincrasia
nacional americana; sin embargo, aun en la actualidad prevalece allí, algunas
veces, la concepción burguesa abiertamente adversa, ensalzando el triunfo y el
beneficio comercial, en calidad de indicio de contribución del espíritu, sin
conceder, por el contrario, respeto alguno a la riqueza simplemente heredada, en
tanto que en Europa (lo cual ya fue advertido por James Bryce), por dinero puede
adquirirse todo honor social con tal de que el poseedor no se hubiese visto de
por sí tras el mostrador, ni sea el que hubiera efectuado las requeridas
transmutaciones de su riqueza (tales como institución de fideicomisos, etc.).
Ver contra el honor de la sangre Th. Adams, W. of the Pur. Div., pág. 216.
48 De esta manera, digamos como ejemplo, para
el fundador de la secta “familista”, el comerciante Hendnik Niklaes (Barclay,
Inner ¡ifa of the religious communities of the Commonwealth (Vida interior de
las comunidades religio sas de la Commonwealth), pág. 34).
49 Ello es absolutamente seguro; por ejemplo,
para Hoornbeek, para el cual también Matth., 6, 5 y 1, Tim., 4, 8, hicieron
promesas del todo terrenas a favor de los santos (loe. cit., vol. 1, pág. 193).
Todo es fruto de la providen cia divina, que vela de especial manera por los
suyos: loc. cit., pág. 192: “Super alios autem summa cura et modís
singulanissimis versatur Dei providentia circa fideles”. Luego, continúa el
debate en torno al tema de cómo se podrá considerar que un caso de felicidad no
deriva de tal providentia communls, antes bien de la especial. Bailey (loc.
cit., pág. 191) appya, igual mente, el éxito del trabajo profesional en la
providencia de Dios. Por reitera das veces se encuentra en los escritos de los
cuáqueros la afirmación acerca de que la prosperity es “con frecuencia” la
recompensa de la vida beata (esta afirmación aparece aún en el año de 1848 en la
Selectton from the Christian Advices issued by the general mee ting of the S. of
Fr. London VIth, Londres, 1861, pág. 209). En la relación con la ática cuáquera
aún habremos de insistir.
50 De esta dirección patriarcalista
—igualmente peculiar de la concepción pur de la vida— cabe recordar el estudio
que Thomas Adams, realiza acer ca del debate sostenido entre Jacob y Esaú (en
Works of the Pur. Div., pág. 235): “His (por Esaú) folly may be argued from the
base estimation of the birthri (pasa)e que tiene también importancia para no
perder de vista la evolución de la idea del birthright) “that ho wouid so
lightely pass from it and on so easy condition as a pottage”. Mas, el hecho era
traición, al no querer, luego, por la treta, revalidar la compra ya aprobada.
Resulta un cunning hunter, a man of the fields: personifica la incultura
irracional, en tanto que Jacob es representativo de a plain man, dwelling in
tents, es decir, el man if gace. Kiihler (op. cit.) halla todavía en el
campesinado holandés muy expandido el sentimiento de un arraigado entronque con
el judaísmo, lo cual esta de manifiesto, por ejemplo, en la ya conocida carta de
Roosevelt. Sin embargo, por otro lado, el puritanismo sabía a conciencia que en
su dogmatismo práctico existía una antítesis con la ética judaica, puesto de
relieve con toda claridad en los escritos de Prynne contra los judíos (en el
caso de los planes de tolerancia de Cromwell).
Cf., mfra, nota 58, in fine.
51 En ZurBiiuerlichen Glaubens
und Sittenlehre. Von einem thuringschen
Landpfarrer (La fe y la moral entre los campesinos. Por un párroco rural de
Turingia) (2a. ed., Gotha, 1890, pág. 16J hallamos que los campesinos de
referencia constituyen el clásico fruto de la Iglesia luterana. Con reiterada
insisten cia he colocado al margen el término “luterano”, en cada una de las
ocasiones que el célebre escritor se refiere, de un modo general, a la piedad
del campe sino.
52 Tomemos como ejemplo (cf.) las citas de
Ritschl, Pietismo, II, pág. 158. La razón de las impugnaciones de Spener al
cambio de profesión y el vehemente deseo de lucro está en las sentencias de
Jesús (Theol. Bedenken, vol. III, pág. 426).
53 No obstante, para Bailey es aconsejable su
lectura, y, sin que abunden, tampoco faltan citas dispersas de los apócrifos.
Por el contrario no acude a mi memoria ninguna (tal vez sea casualidad) de Jesús
Sirach.
54 Cuando acontece que un condenado sabido de
todos tiene éxito, el calvinista se tranquiliza (por ejemplo, Hoornbeek), con la
certeza de que Dios lo hace a fin de endurecerlos y corromperlos más y más
positivamente.
55 Con respecto a este punto no es posible
extendernos más aquí. La índole formalista de la
“honradez” es verdaderamente lo único que
interesa. En las Soziallehren de Troeltsch se descubren muchas indicaciones
acerca del signi fi de la ética del Antiguo Testamento para la lex naturae.
56 En opinión de Baxter (Christian Directory,
III, pág. 173 y s.), la obligatoriedad de las reglas éticas de la Escritura,
tiene tanto alcance que constituyen, ya sea únicamente un transcript del law of
nature, o sea que llevan en sí el expresa character of universality and
perpetuity.
57 De este modo, con relación a Bunyan, ver
Dowden, loc. cit., pág. 39.
58 Con respecto a esto, habrá más pormenores
en los artículos acerca de la ética económica de las religiones. No es posible
examinar aquí el gran ascendiente que, en el desarrollo caracterológico del
judaísmo ha tenido su índole racional, insólito a la cultura de los sentidos, en
especial el segundo mandamiento (“no te harás imágenes. . .“). Sea lo que fuere,
podemos señalar como despojado de carácter el caso de que uno de los directivos
de la Educational Alliance de los Estados Unidos (organismo que pretende, con
éxito excepcional y profusión de medios, americanizar a la inmigración judía) me
indicase como primordial objetivo de la personificación cultural a que anhelan,
valiéndose de todos los medios de la ilustración artística y social, por la
“emancipación del segundo mandamiento”. En la doctrina puritana, el hecho que el
israelita condene todo lo que es antropomorfismo, corresponde al veto de
deificar la criatura, lo cual no es exactamente igual, pero, sin duda, lleva la
misma intención. Por ejemplo: en el Talmud (Wunsche, Babyl. Talmud, II, pág. 34)
se dice que es preferible y premiado por Dios con mayor abundancia, la
realización de algo bueno motivado por el deber que, el hecho de llevar a cabo
una buena acción sin que la ley obligue a ello; dicho con otras palabras: la
glacial observancia del deber está muy por encima, moralmente, a la filantropía
sentimental. Y bien, la ética puritana admitiría este principio del mismo modo
que Kant, pues, siendo de origen escocés y habiendo recibido en su educación el
gran influjo del pietismo, se encuentra muy cerca de éste en su imperativo
categórico (y aquí no hay posibilidades de extendernos más en 4etalles acerca de
cuanto deben al protestantismo ascético, por lo general, muchas de sus
fórmulas).. Sin embargo, a un tiempo, vemos como las raíces de la ética
talmúdica quedan sumergidas en el tradicionalismo oriental: R. Tanchum ben
Chanilai afirma: “Jamás el hombre cambia un uso” (Gemara en Mischna, VII, 1,
fol. 86 b, num. 93, en Wunsche: relativo al sostenimiento de los jornaleros), y
este vínculo únicamente deja de valer para con los extranjeros. En consecuencia,
la idea puritana de la “legalidad” como comprobación brindaba motivos muy
poderosos para un modo de obrar positivo, contrariamente a los que podía ofrecer
la judaica con respecto a la misma, como mero cumplimiento de un precepto. Claro
está que para el judaísmo no es extraña la idea, que, el éxito atrae ciertamente
la bendición de Dios. No obstante, la significación básicamente sediciosa que,
visto desde el ángulo ético-piadoso, llegó a tener en su judaísmo, producto de
su doble moralidad, íntima y externa, no permite aseverar en este punto
resolutivo la presencia de una analogía esencial. Todo aquello que estaba
permitido frente al extranjero, era precisamente lo prohibido para con el
hermano. Por esta razón resultaba imposible que el éxito constituyese en esta
esfera de lo no “preceptivo”, sino meramente “permitido”, una señal indudable de
comprobación piadosa y un estímulo para metodizar la vida, a semejanza de los
puritanos. Examínense los escritos, previamente citados, en torno a esta
cuestión, hasta cuya entraña no ha penetrado Sombart en su obra Die Juden und
das Wirtschaftsleben (Los judíos y la vida económica). No interesan aquí más
pormenores. Aunque parezca extraño, la ética judaica poseía un recio sentido
tradicionalista. No nos detendremos aquí a considerar el tremendo cambio por el
que hubo de pasar, debido a la postura interior ante el mundo, por obra de la
doctrina cristiana sobre la “gracia” y la “redención” que siempre ha cobijado en
su seno, de muy peculiar manera, el germen de nuevas probabilidades evolutivas.
Acerca de la “legalidad” en las concepciones del Antiguo Testamento, cf.
igualmente Ritschl, Rechft. u. Vers., op. cit., II, pág. 265. Los puritanos
ingleses consideraban a los judíos de su época los representantes de ese
capitalismo especulativo con las guerras, de los monopolios estatales, las
instituciones y los planes financieros o constructivos de los monarcas, que
tanto detestaban ellos. Prácticamente, la contraposición entre ambos podríamos
formularla de este modo —con las consecuentes reservas—: el capitalismo judío
era un capitalismo especulador de parias; de un modo opuesto, el capitalismo
puritano era organización del trabajo.
59 Para Baxter, la verdad de la Sagrada
Escritura sigue, en última instancia, de la wonderful difference of the godly
and ungodly, de la categórica variedad entre el renewed man y los demás, así
como del muy especial esmero manifiesto con que Dios procura la salvación de los
suyos —lo cual, consecuentemente, se evidencia también en las “pruebas” que le
depara). Oir. Direct., 1, pág. 165, 2 marg.
60 Una demostración peculiar de lo dicho nos
la da el asombro que a Bunyan le produce —cuya mentalidad, por lo demás es muy
parecida a la luterana, de la Libertad de un cristiano (por ejemplo, en Of the
law and a Christian (La ley y el cristiano), W. of the Pur. Div., pág. 354 mfra)—
la parábola del fariseo y el publicano (ver sermón The Pharisee and the
Publican, op. cit., 100 y s.). ¿Cuál es la respuesta a por qué se condena al
fariseo? Verdaderamente, no cumple con los preceptos divinos, es un auténtico
sectario que, piensa tan sólo en lo secundario externo y en formalidades
carentes de valor (pág. 107); además, por encima de todo, él se adjudica el
mérito, pese a que, como los cuáqueros suelen hacerlo, se excede de nombrar a
Dios para dar a El las gracias por su virtud, sobre cuyo valor edifica (pág.
126) de modo cul pable,_y niega, por tanto, implícitamente, la predestinación
divina (pág. 139 y s.). En consecuencia, sus preces encierran idolatría,
adoración para sí, y es precisamente, eso lo pecaminoso. Por el contrario, el
puritano, en su fuero interno está regenerado, prueba de ello es la veracidad de
su confesión, ya que (así como dice con la clásica amortiguación puritana del
sentimiento luterano del pecado), to ari and sincere conviction of sin there
must be a conviction of the probabilmty of mercy (a la íntegra y leal convicción
del pecado debe seguir la de la posibilidad del perdón) (pág. 209).
61 Se halla transcrito en los Constitutionnal
Documents de Gardiner. Es una lucha contra el ascetismo comparable a la
persecución de los jansenistas y Port-Royal emprendida por Luis XIV.
62 El modo de pensar de Calvino era en este
punto de mucha mayor flexi bilidad, por lo menos, con respecto a las formas
aristocráticas más sagaces de los máximos goces materiales. La única limitación
estaba en la Biblia; aquel que se rige por ella con toda lealtad y, goza de
buena conciencia, no requiere ser temeroso ante los ímpetus naturales para
disfrutar de la vida. Todo roce efectuado con este fin en el cap. X de la Inst
Christ. Real. (como: “nec fugere ea quoque possumus quae videntur oblectationi
magis quam necessitati inser vire ‘), posiblemente podría propiciar una práctica
de sobra relajada. En cada Uno de los epígonos, independientemente de la tortura
acrecentada tras la certitudo salutis, imperó también la circunstancia (a la que
habremos de valorar en otro momento, como es debido) que en círculo de la
ecciesia miitans, fueron los pequeños burgueses los elementos primordiales del
desenvolvimiento ético del calvinismo.
63 Th. Adams (Works of the Div. Pur., pág. 3),
por ejemplo, inicia un sermón acerca the three divine sisters (“de las cuales la
más grande es el amor”) con esta elección: “que también París ofrendó la manzana
a Afrodita”.
64 Novelas y todo lo demás similar no deben
leerse: son wastetimes (Baxter, Chr. Direct., 1, pág. 51, 2). Es bien sabido el
declive de la lírica y del canto popular, no tan sólo del drama, posteriormente
a la era isabelina en Inglaterra. Y, en especial resulta absurdo el descenso
vertical de la prodigiosa capacidad del pueblo inglés, para la música (todo
cuanto Inglaterra aportó a la historia de la música no podía considerarse en
nada secundario) hasta llegar a la ineptitud total como en este aspecto se puso
de manifiesto con el tiempo y aun actualmente en los pueblos anglosajones. En
cuanto a América, aparte de las iglesias de los negros —y por lo que respecta a
los cantores de profesión contratados ahora por las iglesias, en calidad de
attractions (la Trinity Church de Boston la suma de ocho mil dólares por año)—,
sólo se oye una gritería irresistible para el oído alemán, a lo que se ha dado
por llamar el “cántico de la comunidad”. (En Holanda ocurre también algo
semejante.)
65 Así en Holanda, según puede comprobarse a
través de los debates de los Sínodos. (Véase la conclusión relativa al árbol de
mayo en la colección de Reitsma, VI, 78, 139, etc.)
66 Es de creer que el “renacimiento del
Antiguo Testamento” y la orientación del pietismo hacia algunos sentimientos
cristianos opuestos a la belleza, que parten de Deutero-Isaías el Salmo 22, hubo
de ejercer su influencia en el arte, intentando realizar ‘lo feo” hasta allí
donde las posibilidades lo permitieran, en lo que también tuvo un posible
ascendiente, el recelo puritano a todo lo de cariz idolátrico. Sin embargo,
siempre que se pretende concordar algo más, no es ya posible atenerse a una
certeza absoluta. Otros fueron los motivos dentro de la Iglesia romana,
totalmente diferentes (entiéndase demagógicos) que ocasionaron manifestaciones,
en apariencia semejantes, si bien- con frutos artísticos de muy distinta índole.
Ante el “Saúl y David” de Rembrandt, en la Mauritshuis, tal parece que se
percibe netamente, la intensa influencia del sentimiento puritano. El excelente
análisis que Carl Neumann realiza en su Rembrandt de las influencias culturales
holandesas, bastaría para explicar los positivos y prolíferos influjos que el
protestantismo ascético ejerció sobre el arte.
67 No es posible analizar aquí los muchos
motivos que intervinieron en la penetración relativamente reducida de la ética
calvinista, en la práctica de la vida y la amortiguación del sentimiento
ascético, en Holanda desde princi pios del s. XVII (a los congregacionalistas
ingleses emigrados a Holanda en 1608 les causaba extrañeza que el descanso
dominical fuese observado por tan pocos); más todavía bajo el mando de Federico
Enrique, como gobernador, y, también, acerca del mortecino ímpetu del
puritanismo holandés. En parte, ello era debido a la constitución política
(basada en confederación de Estados y países particularistas) y a la muy
limitada aptitud de defensa (fundamental mente, en la continuidad de la guerra
de libertad hubo de contribuir en su dirección, la ayuda monetaria de Amsterdam
y de tropas mercenarias; los predicadores ingleses, refiriéndose al ejército
holandés, relataban la confusión de lenguas en Babilonia). Así, la gravedad de
la lucha por la fe, se transmitió en gran parte de unos a otros; de ahí que
resultó desatendida la participación en la potestad política. Por el contrario,
el ejército de Cromwell se consideraba un ejército de ciudadanos (en la
inteligencia que, previa declaración, en este ejército estaba omitido el
servicio militar, ya que únicamente se debía combatir in gloriam Dei, cuando las
causas eran consideradas justas según conciencia, y no por la sola satisfacción
de un príncipe. (En cuanto a la constitución militar inglesa que, ajustada al
tradicional criterio alemán, es juzgada “inmo ral”, se rigió en sus comienzos
por motivaciones históricas en extremo “morales”, las cuales obedecían a un
clamor de invictos soldados, que solamente sirvieron a la corona una vez
consumada la restauración.) Analizando el comportamiento de los schutterijen
holandeses, representativos del calvinismo en los tiempos de la gran contienda,
se nos revela de escaso espíritu ascético, en su media generación posterior a
los sínodos de Dordrecht, en las pinturas de Hals. A cada paso, en los sínodos
se levantan protestas contra su proceder. El término deftigkeit tiene para el
holandés el significado de un entrelazamiento de “honorabilidad”,
correspondiente a la burguesía racional y de aristocrática conciencia de clase.
Aún en la actualidad, la Iglesia holandesa pone de manifiesto su idiosincrasia
al separar los asientos en los templos. La perseverante economía de los
ciudadanos, constituyó un impedimento para la industria, que si llegó a florecer
fue debido, en especial, a la obra de quienes allí se refugiaron, y únicamente
por ciertos periodos. No obstante, la ascesis profana calvinista en Holanda y,
también, pietista ejerció su influencia con la misma mira que en otras partes
(sin excluir el sentido de “coacción ascética al ahorro”, conforme lo evidencian
los pasajes de Groen van Prinsterer aludidos, mfra, Nota 86. Claro está que no
es un caso fortuito el hecho que en la Holanda calvinista esté ausente de un
modo casi absoluto la bella literatura. Con respecto a Holanda, ver Busken-Huet
en Het land van Rembrandt (La patria de Rembrandt), vertida igualmente al alemán
por von der Ropp). Aún en s. XVIII se evidencia el sentido de la piedad ascética
como “coacción ascética al ahorro” en los dibujos ejecutados por Albertus Halle.
En torno a lo que de singular presenta el juicio artístico holandés y sus
causas, cf. notas autobiográficas de Const. Huyghens (1629-163 1), editadas en
1891. (Para la cuestión que nos ocupa, no nos brinda nada concluyente el trabajo
citado de Groen van Prínsterer, La Hollande et l’influence de Calvin, 1864).
Visto desde el ángulo de lo social, la colonia Niew- Nederland en América no era
más 9 un dominio semifeudal de “patronos” (comerciantes que aportaban capital en
calidad de anticipo) y apenas propiciaba algunas posibilidades para que la
“pequeña gente” emigrada pudiera desenvolverse, diferentemente de Nueva
Inglaterra.
68 Debemos tener presente que ya en vida de
Shakespeare (bien sabido es que este gran dramaturgo no ocultaba la aversión y
el menosprecio frente a los puritanos), las autoridades municipales puritanas de
Stratford-on-Avon cerraron el teatro de la ciudad, inclusive durante su
permanencia en ella. Aún en 1777, la ciudad de Birmingham se rehusaba a la
apertura de un teatro, considerándola impulsora de ‘corrupción” y, por ende,
dañina al comercio (Ashley, mfra, nota 95, loc. cit., págs. 7, 8).
69 Aquí resulta igualmente decisivo el hecho
que, para los puritanos no existiera otra alternativa que la de voluntad divina
y vanagloria humana. De ahí que ellos no contaban con adiaforos. Calvino no era
partidario de esta postura, como ya se vió: lo que se come es indiferencia, cómo
se viste, etc., a reserva de que el alma no permanezca esclava bajo el dominio
de las concupiscencias. Del mismo modo que para los jesuitas, es obligado que la
libertad del “mundo” se ponga de manifiesto como indiferencia o, con palabras de
Calvino, en calidad de uso indistinto y glacial de los bienes que ofrenda la
tierra (ed. original de la Instituto Christianae ReL, pág. 409), modo de ver que
se aproxima más aún, prácticamente, al pensamiento de los luteranos que el de
los epígonos, tan preciosista.
70 En este sentido el proceder de los
cuáqueros es bien conocido. Sin embargo, a los comienzos del s. XVII ya la
comunidad de exulantes de Amsterdam alzó los ánimos en pública protesta por el
uso de sombreros y vestidos a la última moda de la esposa de un pastor
(descripción hecha con gracia por Dexter en el Congregacionalism of the last 300
years). Sanford había recordado que el estilo actual de peinarse era semejante
al de los Roundheads, que tantas mofas había provocado, en tanto que el peinado
a la manera puritana también puesto en ridículo, se apoya igualmente en un
principio similar al nuestro.
71 Véase, al respecto, la obra citada
anteriormente, The theory of business, enterpr de Berbien.
72 Más adelante nos reafirmaremos en este
criterio. De ahí la
justificación de expresiones como éstas: “Every penny, which is paid upon
yourselves and children and friends must be done as by Gods own appointement and
to serve and please him. Watch narrowly, or else that thievist carnal self wil
leave God nothing” (Baxter, loe. cit., 1, pág. 308 infra derecha).
En ello estriba lo contundente: todo lo que es
aplicado a fines personales se substrae del servicio debido a Dios.
73 Justificadamente, con frecuencia viene a la
memoria (así Dowden) el hecho de que Cromwell rescató obras de Rafael y el
“Triunfo de César” de Mantegna, a los que Carlos II pretendía vender. Como es
bien sabido, la sociedad de la restauración era indiferente o, de un modo
directo opuesta a la literatura nacional inglesa, bien que la influencia de
Versalles en las cortes ejercía un gran poder. Dado el reducido espacio con que
contamos, no es posible examinar el dominio que tuvo, en el espíritu de los más
significados modelos puritanos y, de quienes se educaron en su escuela, la
desviación de los placeres irreflexivos de la vida. Washington Irving (Brece
bridge Hall), con la peculiar terminólogía inglesa, lo expresa así: “It
(referente a la libertad política; dicho por nosotros: “puritanismo”) evinces
less play of the fancy, but more power of iniagination’. Para el mejor
entendimiento de tal consideración, es suficiente meditar en la postura de los
escoceses tanto en la ciencia, el arte y los inventos dé la técnica, como en la
vida mercantilista inglesa, y podrá advertirse que esta consideración, es justa
no obstante que en su formulación se deje ver algo de estrechez.
74 Lo cual se encuentra magníficamente
analizado en el Rembrandt de Carl Neumann, que requiere una confrontación con
las consideraciones del texto.
75 Por igual Baxter, según pasajes citados, 1,
pág. 108, infra.
76 Cf. ejemplo: la descripción ya conocida del
coronel Hutehinson (al que Sanford, loe. cit., p 57, alude a menudo) en la
biografía realizada por la que fue su esposa.
Tras la exposición de todas sus
virtudes caballerescas y su natural tendencia al goce ardoroso de la vida,
expresa: “He was wonderful net, cleanly and genteel in his habit, and had a very
good fanoy in it; but he left off very early the wearing of anything that was
costly. . .“ De similar manera queda
expuesto el ideal de la puritana sincera, distinguida por exce lencia, a la que
únicamente escatima: el tiempo y el derroche de “fausto” y esparcimientos, en la
oración luctuosa de Baxter a Mary Mammer. (W. of the Pur. Div., pág. 553.)
77 Muchos son los casos que pueden servir de
ejemplo. Especialmente recuerdo el de un fabricante que siempre se vio
favorecido del éxito, por cuya razón, al llegar a la vejez, era dueño de una
considerable fortuna y que debido a un obstinado agotamiento digestivo,
habiéndole recomendado e médico tomara algunas ostias al día, fue necesario
vencer muchas dificultades para persuadirle de que lo hiciese. Por otro lado,
las numerosas obras benéficas que él había fundado en el curso de su vida,
atestiguando la calidad de hombre dadivoso, hacían resaltar que su proceder,
ahora, obedecía a vestigios del espíritu ascético —que juzga moralmente
reprochable gozar de la riqueza personal— mas no a un espíritu avaricioso.
78 En este sentido está enfocada la separación
del taller con respecto a las oficinas, del “negocio”, en general, del domicilio
privado, la firma comercial y el nombre, el capital de la negociación y el
patrimonio personal, así como el hecho de propender a la conversión del
“negocio” en un corpus mysticum (por lo menos el patrimonio social). Al respecto
véase mi Handelgessellschf ten im Mittelalter (Las sociedades mercantiles en la
Edad Media).
79 Ya Sombart, en su Capitalismo (la. ed.)
había hecho referencia a esta peculiar circunstancia. Únicamente es preciso
destacar que en el acopio de patrimonios, hay dos corrientes psicológicas que
difieren mucho entre sí. El origen de una de ellas está arraigado en los más
remotos tiempos y se manifiesta en fundaciones, fideicomisos, etc., invariable o
acaso, con más pureza y claridad en la inclinación parecida a fallecer cubierto
en oro y por encima de todo, a consolidar la estabilidad del “negocio” aun con
perjurio de los intereses individuales de la mayoría de los hijos, supuestamente
herederos. Relaciónase, en esas circunstancias, independientemente del anhelo de
seguir, tras la muerte, gozando de una vida sublime en la propia creación, de
mantener el splendor faxniliae, o, de una vanagloria que trasciende, por fines
profunda mente egocéntricos, más allá de la personalidad del fundador. No así el
motivo ‘ burgués” que tratamos de abordar: el precepto del ascetismo “debes
renunciar, debes renunciar” lo hallamos, ahora, trocado por esta pauta tan
efectiva y propia del capitalismo: “debes enriquecerte, debes enriquecerte”, que
es en sí un rotundo imperativo. Únicamente la honra de Dios y el deber personal,
no la vanagloria del individuo, es lo que constituye el móvil de puritano; en la
actualidad, tan sólo el deber para con la “profesión”. Aquel que quiera iluminar
una idea hasta el máximo, tenga presente la hipótesis de algunos acaudalados
estadounidenses, relativa a que no está bien dejar los millones a los hijos, a
fin de que no se vean privados de beneficiarse moralmente con el trabajo y de
hacerse de la ganancia por cuenta propia (aunque en la actualidad ello no deja
de ser más que una mera “teoría”).
80 Es conveniente hacer hincapié en que ése
constituye, en definitiva, el móvil piadoso concluyente (al margen del simple
punto de mira ascético de la represión carnal), que con facilidad se advierte en
los cuáqueros.
81 Baxter, al refutarlo (Saints ‘s euerl. res,
12) da los mismos razonamientos que en los jesuitas son comunes: al cuerpo debe
dársele lo que necesita, para no devenir en siervo suyo.
82 En la primera fase evolutiva del
cuaquerismo ya existía este ideal, que Weingarten pone de manifiesto en puntos
de importancia en su obra Englis chen Revolutionskirchen (Revoluciones
eclesiásticas en Inglaterra). Asimismo, se destaca en los sutiles argumentos de
Barclay (loe. cit., págs. 519 y Ss., 533). Es preciso evitar: a) toda vanidad
terrenal, esto es: hacer gala de baratijas y objetos de nula utilidad y sólo
apreciados por extravagantes (consiguientemente: por vanidad); b) el uso
desmedido de las riquezas, que consiste en la falta de proporción del gasto en
necesidades de segundo orden con respecto a las que son propias de la vida y la
conjetura de aquellas otras con miras a lo futuro; por mejor decir: el cuáquero
representaba la “ley de la utilidad-límite”. Eso de moderate use of the creature
es de absoluta licitud por cuanto uno podía, de modo especial, utilizar telas
sólidas y de buena calidad en el vestir, con tal que a la vanity no se le
concediese en demasía. Cf. acerca de todo lo dicho: Morgenblatt für gebildete
Leser (Diario de la mañana para lectores ilustrados), 1846 (principalmente:
comodidad o solidez de las telas en los cuáqueros, cf. Schneckenburger,
Lecciones, pág. 96 y ss.).
83 Como ya quedó dicho en su momento, no es
posible adentramos en las cuestiones de los movimientos piadosos
condicionalmente clasistas (véase al respecto los escritos acerca de la ética en
el plano de lo económico de las religiones en el mundo). Ahora bien, para
cercioramos de que Baxter, no miraba a través de los lentes de la burguesía de
su época, es suficiente repasar la serie de las profesiones gratas a Dios ya que
en aquél figuran, asimismo, a continuación de aquellas propias de intelectuales,
en primer plano el husbandman y, en seguida, confusamente entre la multitud,
marinera, clothiers, tailors, etc. Resulta ya significativo incluir en esta
relación a los marineros que, bien pueden ser pescadores o marineros en su
peculiar sentido. Concerniente a eso no existe semejanza con la postura de
varias de las proposiciones contenidas en el Talmud. Cf., por ejemplo, en
Wunsche, Babyl. Talmud, II, págs. 20, 21. Todas las sentencias del rabino
Eleaser llevan implícito que es de desear mas el comercio que la agricultura.
(Cf. II, 2, pág. 68, acerca de qué modo se aconseja realizar la inversión del
capital: 1/3 en tierra, 1/3 en mercancías y 1/3 en numerario. Para quien no
logra sosegar su conciencia causal por la falta de una interpretación económica
(o bien “materialista” como lamentable mente se suele decir aún), hemos de hacer
esta consideración: que juzgo de suma importancia la trascendencia del
desarrollo económico en el destino de la formación de idearios piadosos;
trataré, luego, de demostrar cómo se han ido formando, en el caso que nos ocupa,
los procesos y conexiones de acopla miento. Sin embargo, no deja de persistir,
siempre, el hecho de que no es posible inferir las ideas piadosas de realidades
económicas, así en puridad y absolutamente y, tanto si se quiere como no,
constituyen, por su parte, los elemen tos económicos más concluyentes de la
formación del “carácter nacional” y son dueños de su propia y total autonomía,
así como de su potestad para ejercer coacción. Además, por otro lado, las
desigualdades de mayor impor tancia, esto es, las que existen entre el
calvinismo y el luteranismo, se deben a motivos de suma predominancia política,
mejor dicho: extrarreligiosos.
84 Este es el sentir de Ed. Bernstein en el
momento que, en el artículo antes mencionado, expresa: “el ascetismo es una
virtud burguesa”. Bernstein es el primero en advertir esta conexión de tanta
importancia, pero es el caso que ella tiene un alcance mucho más vasto de lo que
el supone, ya que lo definitivo no e sencillamente el acopio de capital, sino la
racionalización ascética de toda la vida profesional. Doyle señala
explícitamente, con respecto a las colonias en América, el antagonismo surgido
entre el Sur y el Norte puritano, en el cual, desdichadamente, la “coacción
ascética al ahorro” determinaba el acopio de capital.
85 Doyle en The English in
America, vol. II, c. 1. La presencia de
asocia ciones de herreros (1643) y de tejedores (1659) para el comercio (y 1
esplendorosa prosperidad de los oficios manuales) en Nueva Inglaterra mientras
la primera generación seguida a la fundación de la colonia, no deja de ser
anacrónico (visto desde el ángulo meramente económico) y pone de manifiesto un
fiel contraste tanto con la situación del Sur como con la de Rhode Island, no
precisamente calvinista, pues se regía con entera libertad de conciencia, en el
cual, no obstante su magnífico puerto, aún en el año de 1686 se exponía en el
informe del Governer y el Council: “The great obstruction concernin trade is the
want of merchants and men of considerable Estates amongst us’ (Arnoid, Hist. of
the State of R. 1., pág. 490). De hecho, casi no es para dudar que ello era
debido a la exigencia de continuar con la inversión de capital ahorrado por la
restricción puritana del gasto. La disciplina eclesiástica constituyó también
otro de los factores concluyentes, del cual aquí no nos ocupamos.
86 Lo expuesto por Busken-Huet es prueba
fehaciente que tales círculos iban disminuyendo con suma rapidez en Holanda
(loc. cit., t. II, c. III y IV), en tanto que Groen van Prinsterer (Hand. d.
Gesch. u. de V., 3a. ed., 303, nota, pág. 254): De Nederlands workoopen veel en
Verbruiken wening (los holandeses así como venden mucho, dilapidan poco),
aludiendo al periodo subsiguiente a la paz de Westfalia.
87 Ranke, en Englische Geschichte (Historia
Inglesa) hace mención de un aristócrata realista que, en su memorial, tras la
llegada de Carlos II a Londres, aconsejaba impedir la compra de tierras con c
burgués, siendo que debía ser utilizado únicamente para el comercio. En Holanda
se distinguía la “clase” de los “regentes” como la del patriciado de las
ciudades, debido al hecho de acaparar los antiguos bienes de la nobleza (al
respecto ver Frum, Tic jaren uit den tachUgjarigen oorlog, en donde se reproduce
la querella expuesta en 16 relativa a que los regentes son rentistas mas no
comercian tes). Evidentemente, tales círculos nunca tuvieron, en su fuero
interno, un definido sentimiento calvinista. Además, en la segunda mitad del s.
XVII, era tan vehemente el deseo de la burguesía holandesa por conseguir títulos
de nobleza que ello prueba claramente que en aquel periodo tan sólo es aceptable
con cierta reserva, la repulsa a la cual se alude entre la postura de Holanda e
Inglaterra. Esto sí, el superior poder del capital heredado en dinero logró
aniquilar el espíritu del ascetismo.
88 Tras el extraordinario acaparamiento de
fincas rústicas vino el floreciente periodo de la agricultura inglesa.
89 Durante dicho siglo es notorio, inclusive,
el hecho de que los terratenientes anglicanos se negaran a dar entrada a los no
conformistas en calidad de arrendatarios. (Ambos bandos piadosos hoy se
encuentran en número casi equiparados, en tanto que anteriormente los no
conformistas constituyeron siempre la minoría.)
90 H. Levy, en su artículo publicado
recientemente en el “Archiv. f. Sozialwissenschaft”, 46, pág. 605 y ss., comenta
con justa razón que el sello peculiar del pueblo inglés, puesto de manifiesto en
un sinfín de rasgos específicos, le restaba en mucho aptitudes, para aceptar un
ethos ascético, así como ciertas virtudes burguesas, que el de otros pueblos, ya
que era y aun es básica mente un rasgo propio de su naturaleza el ardiente
placer de la vida y aun poco menos de feroz. La ascesis puritana tenía tanta
fuerza en la fase de su dominación que fue capaz de moderar al máximum en sus
adictos este rasgo peculiar, como ha quedado demostrado.
91 En Doyle existe, igualmente, de modo
reiterado, una insistencia acerca de lo mismo. En la postura de los puritanos,
siempre ejerció su influencia concluyente la motivación piadosa (claro está que
nunca dejó de ser determinante). La colonia se aprestaba (durante el gobierno de
Winthrop) al consentimiento del traslado de gentlemen a Massachussets, inclusive
para instituir un senado de nobleza por herencia, condicionada a la adhesión de
los gentlemen a la Iglesia. A fin de mantener la disciplina eclesiástica,
permaneció en calidad de institución cerrada. (La colonización de New- Hampshire
y Maine siguió avante con el concurso de grandes comerciantes anglicanos a
quienes se les debe la implantación de extensos ranchos. Claro está, que aquí la
relación social era mucho menor.) En cuanto a la “avidez de las ganancias” ya en
1632 fue motivo de querellas entre aquellos que integraban la colonia.
(Cf. la Economic and social
history of New England de Wenden, 1, pág. 125.)
92 En esto ya insistía Petty, loc. cit., y
todas las informaciones contemporáneas dignas de crédito aluden, sin exclusión
alguna, a los sectarios puritanos (baptistas, cuáqueros, mennonitas)
conceptuándolos una clase formada, en parte, por quienes carecen de medios y, en
parte, de pequeños capitalistas, situándola enfrente de la aristocracia de los
grandes comerciantes y los aventureros de las finanzas. De ahí que se derive de
esta clase de los pequeños capitalistas, mas no de las manos de opulentos
financieros (proveedores y protestantes del Estado, monopolistas, empresarios
coloniales, promoters, etc.) esto que, de hecho, fue característico del
capitalismo de Occidente: la organización económica burguesa del trabajo
industrial. De este modo lo expresa, Unwin, en Industrial Organisation jo ¿he
l6th and 17th centuries (La organización industrial en los siglos XVIy XVII),
Londres 1914, pág. 196 y ss. Tan notable diferencia ya fue advertida por los
contemporáneos, de acuerdo con lo manifestado por Parker en Discourse concerning
Puritans (Discurso sobre los puritanos) 1641, donde se agudiza la contraposición
enfrente de los proyectistas y cortesanos.
93 Acerca de como se produjo esto en la
política de Pensilvania, de manera especial durante la guerra de la
independencia, cf. Sharpless, A Quaher experiment in Gouernment Philadelphia (Un
experimento cuéquero en el gobierno de Filadelpia), 1902.
94 Puede hallársele en Southey, Leben Wesleys
(Vida de Wesleys), e. 29. La cita (que era por mí ignorada) me la dio a conocer
el profesor Ashley en una carta (1913). A mi vez, la puse en conocimiento de E.
Troeltsch, el cual ha tenido ya ocasión de aludir a ella.
95 Considero recomendable enterarse del
contenido de estos pasajes, para quienes tengan interés en estos temas y
comprendan la necesidad de ser más cautos que los jefes y contemporáneos de
aquellos movimientos, los cuales estaban bien percatados, según se advierte,
tanto de lo que hacían, como de los peligros a los que estaban expuestos. En
realidad, no es posible negar con tanta precipitación, como acontecer,
lamentablemente, con respecto a mis críticos, hechos categóricamente innegables
acerca de los cuales nadie se ha puesto a discutirlos, habiéndome limitado, al
investigarlos, a observar algo más en sus elementos intrínsecos. No hubo nadie
en el siglo XVII que a esta relación no llegara a darle crédito. (Cf. Manley,
Usury of 6 o/o examined 1669, pág. 137). Independientemente de los trabajos
modernos aludidos mas arrioa se Tian ocupado de ella poetas tales como H. Heme y
Keats; entre los hombres de ciencia citaremos Macaulay, Cunningham y Rogers, así
como, entre los escritores, Mathew Arnoid. En cuanto a la bibliografía moderna,
cf. Ashley (Birmingham Industry and Commerce (El comercio y la industria en
Birmin gham), 1913), el cual con anterioridad, por carta se manifestó, conforme
con mi tesis. Por lo que respecta a dicha cuestión, véase el citado trabajo de
H. Levy, supra, nota 90.
96 Igualmente, para el puritano de la fase
clásica resultaba de absoluta evidencia esta relación, y la mejor prueba de ello
es la forma como Bunyan hace que “Mr. Money-Love” razone: “es lícito ser piadoso
para volverse rico, para acrecentar la clientela”, puesto que es indiferente, la
razón por la cual se es religioso (ver pág. 114 de la ed. Tauschnitz).
97 La condición de Defoe era de celoso no
conformista.
98 De igual modo Spener (Theol. Bedenken,
págs. 426 y s., 429, 432 y ss.) opina que en la profesión de comerciante se
encuentran tentaciones y riesgos de continuo; no obstante, a una consulta
contesta así: “Compláceme comprobar que al gentil amigo no le atosigan los
escrúpulos respecto al comercio en sí, antes bien lo percibe tal cual es, como
una manera de vivir mediante la cual se puede realizar mucho en favor de la
humanidad, con la práctica del amor conforme a la voluntad de Dios”. Esta idea
se deja ver en distintos lugares, ratificada de un modo aún más concreto con
razonamientos mercantilistas. En ciertas ocasiones se diría que Spener profesa
el criterio luterano en el sentido de considerar el afán de enriquecimiento como
el principal riesgo (originándose en 1 Tim., 6, 8 y 9, o bien recordando a Jesús
Sirach), y aproximarse al “punto de mira del sustento” (Theol. Bedenken, vol.
III, pan. 435, supra); mas, no tarda en atenuar semejante postura al referirse a
la vida próspera y, pese a todo, santa de los sectarios (pág. 175, A. 4); ni en
mucho menos halla impedimento para admitir la licitud de la riqueza como
resultado del esmero en el trabajo profesional. Debido a las influencias
luteranas, su visión es menos consecuente que la de Baxter.
99 Baxter, loc. cit., II, pág. 16, se expresa
opuestamente al empleo en calidad de servants de heavy, flegmatik sluggish,
fleshly, slothful persons, aconsejando que se de preferencia a godiy servants,
no tan sólo debido a que los ungodly servants serían simplemente eye-servants,
sino, ante todo, porque a truly godly servant will do al your service in
obedience to God, as if God himself had bid him do it. De un modo opuesto, los
demás se inclinan to make no great matter of conscience of it. Por el contrario,
en los trabajadores, la señal de la santidad no es exactamente la confesión
exterior del credo religioso, sino la conscience to do their duty. Es fácil
comprobar que el interés de Dios se hace coincidir con el de los patronos:
igualmente Spener (Theol. Bedenken. 11, pág. 272) —el cual, por otro lado,
insiste con pertinacia en la necesidad de dedicar determinado tiempo a meditar
en Dios— sobreentiende como algo evidente que los trabajadores deberán
resignarse con un mínimo de tiempo libre, inclusive en domingo). Razón tenían
ciertos escritores ingleses al distinguir a los emigrantes pertenecientes al
protestantismo, denominándolos “pioneros del trabajo ilustrado”. Véanse además
las pruebas en H. Levy, Die Grundl. des ök Liberalismus, pág. 53.
100 La relación de semejanza entre la
predestinación de algunos (considerada injusta con acomodo a medidas humanas) y
la igualmente injusta, no obstante ser también querida por Dios, distribución de
los bienes podemos hallarla en Hoornbeek (loe. cit., vol. 1, pág. 153). Con
frecuencia se considera la pobreza como un indicio de la pereza culpable.
101 En opinión de Th. Adams (Works of the Pur.
Div., pág. 158), Dios permite que muchos seres persistan en la pobreza, debido a
los enormes riesgos que la riqueza lleva en sí, pues extirpa, a menudo, la
religión del corazón de los hombres.
102 Ver, supra, nota 45, y la obra de H. Levy
que en ella se menciona. Con la misma precisión se señala así en todas las
descripciones. (De igual manera en Manley con respecto a los hugonotes.)
103 En Inglaterra no faltó, tampoco, algo
semejante. El pietismo que, relacionado con el Serious call de Law (1728)
también predicaba la pobreza, la castidad y (en sus comienzos) el
distanciamiento del mundo.
104 El éxito sin precedente en la historia de
la cura de almas, que Baxter logró mediante su actividad en Kidderminster, del
todo distorsionada a su arribo, pone de manifiesto igualmente la manera como el
ascetismo educó al pueblo a las masas en el trabajo (dicho en términos
marxistas: en la producción de “plusvalía”), haciendo posible de este modo el
aprovechamiento en la conexión del capitalismo del trabajo, ya sea la industria
doméstica, o el arte textil. Tal es, en general, la conexión causal. Para Baxter,
el completo de sus fel en el mecanismo capitalista se puso a la disposición de
sus intereses ético-piadosos. Visto desde el ángulo de la pro capitalista,
aquéllos ingresaron al servicio de la expansión del “espíritu ‘del capitalismo.
105 Aún más: es posible la duda acerca de la
grandeza del agente psicológico del “gozo” por parte del artesano medieval en su
creación; sin embargo, algo encierra en ello de verdad. Sea como fuere, el
ascetismo desposeía al trabajo de este imán simplemente terrenal (en la
actualidad, aniquilado, para siempre, por el capitalismo), encauzándolo en
dirección al más allá. El trabajo profesional, de por sí es grato a Dios.
Aquello que en el plano de lo individual simula falta de sensatez del trabajo,
su impersonalidad, es acreedor de glorificación piadosa. En la primera fase del
capitalismo, éste requería de trabajadores que se brindaran con pleno
conocimiento en conciencia a su explotación económica. Actualmente, hallándose
estable y vigoroso, le es posible obligarles al trabajo sin que tengan que
prometerles primas ultramundanas.
106 Cf. en torno a estas oposiciones y
expansión, ver la obra antes cita da de H. Levy. Desde el punto de vista
histórico, la postura de la opinión pública inglesa, singularmente opuesta a
cualquier monopolio, debe su razón de ser a una alianza de luchas políticas
contra la corona —el Parlamento largo rechazó a los monopolistas de su seno— con
los motivos de la ética puritana y los intereses económicos del pequeño y medio
capitalismo burgués aparecidos en pugna a los opulentos de las finanzas en el s.
XVII. La Declaration of the Arrny del 2 de agosto de 1652 y, la petición por
parte de los Leveller del 28 de enero de 185 requerían a más de que se acabara
con los arbitrios, las aduanas, los impuestos indirectos, así como con la
institución de una single tax sobre los estates (patrimonios), especialmente
esto: free trade, digamos: el exterminio de toda restricción por los monopolios
de la industria (trade) en lo interno y externo, como violación a los derechos
humanos. Y la “gran representación” había expresado algo parecido.
107 Cf. acerca de esto H. Levy, Oek. Liberal,
pág. 51 y SS.
108 Toca probar en otro momento que son,
igualmente, de origen puritano los factores cuyas raíces piadosas no han sido
aún analizados por nosotros, particularmente el principio: honesty is the best
policy (en los debates de Franklin respecto al crédito). Véase el artículo
siguiente. Ahora me sujetaré a transcribir una nota de J.A. Rowntree (Quakerism,
past and present (Pasado y presente del cuaquerismo) págs.
95-96), habiendo sido por Ed.
Bernstein que yo fijara en ella mi atención: “It is merely coincidence, or is it
a consequence that the lofty profession of spiritualy made by the Friends has
gone hand in hand with shrewdness and tact in the transaction of mundane
affairs? Real piety favours the success of a trader by iflsuring his integrity,
and fostering habits of prudence and forethought: important items in obtaining
that standing and credit in the commercial world which are requisite for the
steady accumulation of wealth” (ver el trabajo siguiente).
La expresión “honrado como un hugonote” era,
en el s. XVII, tan común como referirse a la rectitud de los holandeses, que
constituía la admiración de Sir W. Temple, así como, un siglo después, la de los
ingleses, comparativamente con lo del Continente que no habían sido educados en
esta escuela de moralidad.
109 Examinado a maravilla en el Goethe de
Bielschowsky, vol. II, e. 18. igualmente Windelband concibe una idea similar
acerca de la evolución del cosmos científico, al término de su obra Bliitezeit
derdeutchen Philosophie (La época de florecimiento de la filosofía alemana) (vol.
II de su Historia de la filosofía moderna).
110 Saints’s everlasting rest, cap. XII.
111 ¿No sería posible que un viejo con sus
75,000 doláres al año se retirara a la vida privada? No, ahora aún es preciso
prolongar la fachada del almacén, cuatrocientos pies. Pero, ¿por qué? —That
beats everything— se dirá. Luego, por la tarde en tanto que la esposa y las
hijas leen en común, él pensará que es hora de ir a dormir; el domingo, a cada
cinco minutos mirará el reloj, deseando que termine el día. ¡Cuán absurda
existencia! —de este modo daba a conocer su opinión acerca de los más
importantes —dry good-man de una ciudad de Ohio, el yerno de uno de ellos
(emigrante d Alemania), opinión que para el “viejo” hubiera sido de todo
incomprensible y probatorio de la carencia de vigor alemán.
112 Tal aseveración (a la que no hemos
alterado ni siquiera un ápice) hubiese podido probar a Brentano (loe. cit.) que
yo jamás he dudado de su significado autónomo. No ha mucho, Borinsky ha hecho
hincapié en que el humanismo tampoco era mero “racionalismo”. (Ediciones de la
Academia de Ciencias de Munich, 1919.)
113 Von Below no trata de esta cuestión en su
discurso académico; por el contrario, se refiere a la Reforma, de un modo
general y, principalmente, de Lutero (Die Ursachen der Reformation (Las causas
de la lteforma), Friburgo, 1916). Igualmente, podemos hacer mención del trabajo
de Herme link: Reformotion und Gegenreformation (Reforma y Contrarreforma), el
cual, hasta en lo tocante a cuestiones diferentes a la nuestra, ofrecen especial
interés para el conocimiento de aquellos debates acerca del tema tratado por
nosotros.
114 Ya que en la descripción que hemos
realizado únicamente tomamos en cuenta las conexiones en las cuales puede
señalarse, de modo inequívoco la influencia de las concepciones piadosas en la
vida “material” de la cultura. Hubiese resultado fácil pasar de aquí a una
“construcción” formal a fin de que pudiéramos deducir, por lógica, del
racionalismo protestante todo aquello que es característico de la civilización
moderna. Mas, esto lo reservamos para esta clase de “diletantes” que están
persuadidos de la unicidad de la “psique social” y su probabilidad de resumirla
a una fórmula. Consideremos tan sólo que, naturalmente, el periodo de evolución
del capitalismo inmediato anterior al momento en que la captamos, se encontraba
condicionado por presiones cristianas, ya fueran propulsoras cuanto de
regresión. Posteriormente, en un capítulo se analizaran sus modalidades.. Ya no
existen posibilidades tampoco, según parece, para disponer de espacio a fin de
discutir problema alguno de los que con anterioridad esbozamos, dado el cariz de
esta revista. No soy afecto a elaborar libros excesivamente compactos, que
ameriten, como éste, recurrir a escritos ajenos (teológicos o históricos). Cf.
acerca de la tirantez entre los ideales de vida y la realidad en la etapa de
“capitalismo in cipiente” que precedió a la Reforma, véase Strider en Studien
zur Geschichte der Kapitalist. Organisationsformen (Estudios sobre la historia
de las formas de organización capitalista), 1914, libro II (de igual modo contra
el escrito de Keller, citado anteriormente, del cual se vaho Sombart).
115 Pienso que esta proposición y todas las
consideraciones y notas que han precedido hubiesen sido suficiente para evitar
cualquier equívoco con respecto a pretensiones por este trabajo y no creo que
requiera de nada más añadirse. Pensé en los comienzos seguir de inmediato el
tema, con ajuste al programa antes perfilado sin embargo, luego emprendí la
tarea de elaborar los resultados de estudios comparativos en torno a las
relaciones histórico- universales existentes entre sociedad y religión. Me ha
impulsado a ello la t de la obra de E. Troeltsch acerca de las doctrinas
sociales de las Iglesias cristianas, que da la solución a muchas de las
cuestiones por mí planteadas de modo que, no siendo teólogo, no podía lograr.
Por otro lado, me animó el afán de sacar del olvido estas investigaciones, para
integrarlas dentro del conjunto orgánico del desarrollo cultural. En volumen
aparte se encontrará todo eso, precedido de un artículo de situaciones con
objeto de esclarecer la idea de “secta”, de la que nos hemos valido con
anterioridad, y también a un tiempo valorar la trascendencia que la concepción
puritana de la Iglesia ha tenido con respecto a la formación del espíritu
capitalista de estos tiempos.
FIN
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