*

ÍNDICE
Introducción
1-Daphne
2-De las cosas de la guerra en el monferrato
3-El serrallo de los estupores
4-La fortificación demostrada
5-El laberinto del mundo
6-Gran arte de la luz y de la sombra
7-Pavane lachryme
8-La doctrina curiosa de los ingenios de aquel tiempo
9-El anteojo de larga vista aristotélico
10-Geografía la más curiosa
11-Arte de prudencia
12-Las pasiones del alma
13-El mapa de la ternura
14-Discurso de armas y letras
15-Declaración y uso del reloj
16-Discurso sobre el polvo de simpatía
17-La deseada ciencia de las longitudes
18-Curiosidades inauditas
19-Espejo de navegantes
20-Agudeza y arte de ingenio
21-Telluris theoria sacra
22-La paloma naranjada
23-Teatro de los instrumentos y figuras mecánicas
24-Diálogo sobre los sistemas del mundo
25-Technica curiosa
26-Declaración magistral sobre los emblemas
27-Los secretos del flujo y reflujo del mar
28-Origen de las novelas
29-El alma de ferrante
30-De la enfermedad de amor o melancolía erótica
31-Idea de un príncipe político
32-Paraíso cerrado para muchos
33-Mundos subterráneos
34-Monólogo sobre la pluralidad de los mundos
35-El viaje entretenido
36-La eternidad consejera
37-Ejercitaciones paradójicas sobre cómo piensan las piedras
38-Sobre la naturaleza y lugar del infierno
39-Itinerario estático celeste
40-Colophon
41-Bigrafía
42-Notas: n01 - n02 - n03 - n04
INTRODUCCIÓN
En el verano de 1643 y en los mares del Sur, un joven piamontés, Roberto de la
Grive, arriba como náufrago a una nave desierta. La nave está llena de animales
desconocidos y de extrañas máquinas y artilugios, y ante ella, próxima e
inalcanzable (no sólo, descubriremos después, en el espacio, sino también en el
tiempo) una isla de ensueño. Roberto escribe cartas a la «Señora»; a través de
las cuales se adivina poco a poco su pasado: duelos, asedios, lances amorosos,
alambicadas disputas de salón. Se trata, de hecho, de la lenta y traumática
iniciación al mundo de la nueva ciencia, las razones de estado, las redes de
espionaje de Mazarino y Richelieu, la guerra de los treinta años, en suma, a un
cosmos en el que la tierra ha dejado de ser para muchos el centro del universo.
En este «Mar de la Inocencia» nada es inocente, y Roberto lo sabe desde el
principio, porque ha llegado a estas Antípodas para resolver —sin personalmente
desearlo— el misterio por el cual forcejean las nuevas potencias de la época: el
secreto del Punto Fijo.
Umberto Eco
La isla del día de antes
Título original: L’isola del giorno prima Umberto Eco, 1994
NOTA1:
El Daphne (o Dafne) es el barco abandonado donde encalla el protagonista Roberto
de la Grive tras un naufragio. Desde esta nave desierta anclada frente a una
isla, el personaje reflexiona sobre el tiempo, la ciencia y su pasado.
NOTA2:
El texto esta traducido en el estilo de alfabeto español tradicional, por
ejemplo, en lugar de: le parecía, se usa el término:
parecíale.
1
DAPHNE
Y con todo eso, me envanezco de mi humillación, y pues a tal privilegio estoy
condenado, casi gozo de aborrecida salvación: soy, creo, a memoria de hombre, el
único ser de nuestra especie que ha hecho naufragio en una nave desierta.
De tal suerte, con impenitente conceptuosidad, Roberto de la Grive,
presumiblemente entre julio y agosto de 1643.
¿Cuántos días llevaba vagando sobre las ondas, atado a una tabla, boca abajo de
día para que el sol no le cegara, el cuello innaturalmente tendido para evitar
beber, requemado por la espuma, ciertamente febricitante? Las cartas no lo dicen
y dejan pensar en una eternidad, pero debe de haberse tratado de dos jornadas a
lo más, si no, no habría sobrevivido bajo el azote de Febo (como figurativamente
lamenta), él, tan enfermizo como se describe, animal noctívago por natural
defecto.
No se hallaba en condiciones de llevar la cuenta del tiempo, mas me figuro que
el mar se había sosegado inmediatamente después de la borrasca que lo había
arrojado del Amarilis y esa suerte de balsa que el marinero le había delineado a
la medida le había conducido, empujada por los alisios en un piélago sereno,
durante una estación en la que al sur del ecuador hay un invierno
de mucha templanza, a obra de algunas millas, hasta que las corrientes le habían
allegado a la bahía.
Era de noche, se había adormecido, y no había dado en la cuenta de que se estaba
acercando al navío hasta que, con un sobresalto, la tabla había chocado contra
la proa del Daphne.
Y como —a la luz del plenilunio— había dado en la cuenta de que estaba flotando
bajo un bauprés, al hilo de un castillo de proa del que colgaba una escala de
cordel, no lejos del cable del ancla (¡la escala de Jacob, la habría llamado el
padre Caspar!), le habían vuelto en un instante todos los espíritus. Debe de
haber sido la fuerza de la desesperación: calculó si tenía más aliento para
gritar (pero la garganta era un fuego seco), o para desceñirse de las cuerdas
que le habían rayado surcos lívidos, e intentar la ascensión. Creo que en esos
instantes un moribundo se convierte en un Hércules que estrangula las serpientes
en la cuna. Roberto se muestra confuso a la hora de registrar el acontecimiento,
pero se ha de aceptar la idea, si al final estaba en el castillo de proa, que de
alguna manera a aquella escala se había aferrado. Quizá subió poco a poco,
exhausto a cada trecho, se tiró allende la batayola, se arrastró sobre las
jarcias, encontró abierta la puerta del castillo… Y el instinto debe de haberle
hecho tocar ese barril, a cuyo borde se izó para encontrar una taza atada a una
cadenilla. Y bebió todo lo que pudo, derrumbándose luego harto, quizá en sentido
pleno del término, pues esa agua debía de retener tantos insectos anegados que
le era alimento y bebida juntos.
Debería de haber dormido veinte y cuatro horas; es un cálculo apropiado si es
que se despertó de noche, pero como renacido. Con que, era de nuevo noche, y no
todavía.
Él pensó que todavía era de noche, si no, a cabo de un día, alguien habría
debido encontrarlo. La luz de la luna, penetrando desde la cubierta, iluminaba
aquel lugar, que se daba a conocer como la cocinilla de a bordo, con su caldera
péndula sobre el fogón.
El paraje tenía dos puertas, una hacia el bauprés, la otra a la puente. Y a la
segunda se había asomado, divisando como si fuera de día las amarras bien
acomodadas, el cabestrante, los palos con las velas recogidas, pocos cañones en
las portas y el contorno del alcázar. Había hecho ruido, pero no respondía alma
viva. Se había asomado a las amuradas y a la derecha había divisado, a eso de
una milla, el perfil de la Isla, con las palmas de la ribera agitadas por la
brisa.
La tierra formaba como un seno orlado de arena que blanqueaba en la pálida
oscuridad pero, como le acontece a todo náufrago, Roberto no podía decir si era
isla o continente.
Había dado traspiés hasta la otra borda y había entrevisto — pero esta vez a lo
lejos, casi al filo del horizonte— los picos de otro perfil, también él
delimitado por dos promontorios. El resto, mar, como para hacer la impresión de
que el navío hubiera dado fondo en una rada a la que se había llegado pasando
por un amplio canal que separaba las dos tierras. Roberto había decidido que, si
no se trataba de dos islas, sin duda se trataba de una isla que miraba a una
tierra más vasta. No creo que intentara otras hipótesis, visto que nunca había
sabido de bahías tan amplias que hicieran la impresión en quien se encontrara en
medio de estar ante dos tierras gemelas. Así, por ignorancia de continentes
desmedidos, había dado en el blanco.
Un hermoso caso para un náufrago: con los pies en lugar sólido y tierra firme al
alcance del brazo. Pero Roberto no sabía nadar, ahí a poco habría descubierto
que a bordo no había ningún esquife, y la corriente, entre tanto, había alejado
la tabla con la que había llegado. Por lo cual, al alivio por la muerte evitada
se acompañaba ahora la desazón por aquella triple soledad: del mar, de la Isla
vecina y del navío. Ah de la nave, debe de haber intentado gritar, en todas las
lenguas que conocía, descubriéndose debilísimo. Silencio. Como si a bordo
estuvieran todos muertos. Y jamás se había expresado —él, tan generoso de
símiles— tan a la
letra. O casi. Y es de este casi de lo que quisiera decir, y no sé por dónde
empezar.
Con todo, he empezado ya. Un hombre vaga, agotado, por el mar océano, y las
aguas indulgentes lo arrojan a un navío que parece desierto. Desierto como si el
marinaje lo acabara de abandonar, porque Roberto vuelve con esfuerzo a la cocina
y encuentra una lámpara y un eslabón, como si lo hubiera posado el cocinero
antes de acostarse. Junto al fogón hay dos catres superpuestos, vacíos. Roberto
enciende la lámpara, mira en derredor, y encuentra una gran cantidad de comida:
pescado seco, y bizcocho, apenas azulado por la humedad, que basta rasparlo con
el cuchillo. Saladísimo, el pescado, pero hay agua a toda voluntad.
Debe de haber recobrado pronto las fuerzas, o las tenía consigo cuando escribía,
porque se explaya, literatísimo, sobre las delicias de su festín, jamás tuvo el
Olimpo par en sus convites, suave ambrosía a mí desde el hondo ponto, monstruo
cuya muerte ahora me es vida… Pero éstas son las cosas que Roberto escribe a la
Señora de su corazón:
Sol de mi sombra, luz de mi noche:
¿Por qué no me humilló el cielo en aquella tempestad que tan fieramente había
excitado? ¿Por qué sustraer al mar voraz este cuerpo mío, si luego en esta avara
soledad aún más desafortunada, hórridamente naufragar debía mi alma?
Si el cielo piadoso no me envía por ventura socorro, vos no leeréis nunca la
carta que ahora os escribo, y abrasado cual hacha por la luz de estos mares
habré de volver yo oscuro a vuestros ojos, Selene que, habiendo aymé
demasiado gozado de la luz de su Sol, en tanto cumple su viaje allende el arco
extremo de nuestro planeta, despojada del auxilio de los rayos del astro suyo
soberano, primeramente mengua a imagen de la hoz que le corta la vida, luego,
lánguida linterna, se va disolviendo en ese espacioso cerúleo escudo donde la
ingeniosa naturaleza forma heroicas empresas y misteriosos emblemas de sus
secretos. Privado de vuestra mirada soy ciego pues no me veis, mudo pues no me
habláis, desmemoriado pues de mí no os acordáis.
Y sólo vivo, ardiente oscuridad y tenebrosa llama,
vago fantasma que mi mente, configurando siempre igual en esta adversa pugna de
contrarios, prestar querría a la vuestra. Salva la vida en esta ígnea roca, en
este fluctuante baluarte, prisionero del mar que del mar me defiende, castigado
por la clemencia del cielo, escondido en este hondo sarcófago abierto a todos
los soles, en este aéreo subterráneo, en esta cárcel inexpugnable que me ofrece
la fuga por doquier, desespero yo de veros un día.
Señora, yo os escribo con la ofrenda, indigno homenaje, de la rosa ajada de mi
desconsuelo, y con todo eso, me envanezco de mi humillación y, pues a tal
privilegio estoy condenado, casi gozo de aborrecida salvación: soy, creo, a
memoria de hombre, el único ser de nuestra especie que ha hecho naufragio en una
nave desierta.
¿Acaso es posible? A juzgar por la fecha de esta primera carta, Roberto se pone
a escribir inmediatamente después de su llegada, en cuanto encuentra papel y
lápiz en el camarote del capitán, antes de explorar el resto del navío. Así y
todo, habrá debido de emplear algún tiempo y reponerse de fuerzas, pues estaba
en estado de animal herido. O quizá sea pequeña astucia amorosa, ante todo
intenta dar en la cuenta de dónde ha ido a parar, luego escribe, y finge que era
antes. ¿A qué pro, visto que sabe, supone, teme, que estas cartas no llegarán
jamás y las escribe sólo para su aflicción (afligido consuelo, diría él; pero
intentemos no tomarle gusto)? Ya es difícil reconstruir gestos y sentimientos de
un personaje que sin duda arde de amor verdadero, aunque no se
sabe nunca si expresa lo que siente o lo que las reglas del discurso amoroso le
prescriben. Y, por otra parte, ¿qué sabemos nosotros de la diferencia entre
pasión sentida y pasión expresada, y cuál precede a la otra? En ese momento,
estaba escribiendo para sí mismo, no era literatura, estaba de verdad allí,
escribiendo como un adolescente que persigue un sueño imposible, surcando la
página de llanto no por la ausencia de la amada, ya pura imagen incluso cuando
estaba presente, sino por ternura de sí, enamorado del amor…
Habría material para sacar una novela pero, una vez más, ¿por dónde empezar?
Yo digo que esta primera carta la escribió después, y antes miró en derredor; y
lo que vio lo dirá en las cartas siguientes. Pero también aquí, ¿cómo traducir
el diario de alguien que quiere hacer visible mediante metáforas perspicaces lo
que ve mal, mientras va de noche con los ojos enfermos?
Roberto dirá que de los ojos padecía desde los tiempos de aquella bala que le
había rozado la sien en el asedio de Casal. Y puede que así sea, pero en otras
partes sugiere que se le habían debilitado a causa de la peste. Roberto era, sin
duda, de complexión grácil, por lo que intuyo, también hipocondríaco, aunque con
juicio; mitad de su fotofobia debía de deberse a bilis negra, y mitad a alguna
forma de irritación, acaso agudizada por los preparados del señor D’Igby.
Parece seguro que el viaje en el Amarilis lo había realizado estando siempre
bajo la cubierta, visto que el del fotófobo era, si no su natural, por lo menos
el papel que tenía que desempeñar para poder controlar los tráfagos en la
bodega. Algunos meses, todos en la oscuridad o con la luz del pábilo; y luego el
tiempo en el despojo de naufragio, cegado por el sol ecuatorial o tropical que
fuere. Cuando arriba al Daphne, por lo tanto, enfermo o no, odia la luz, pasa la
primera noche en la cocina, se reanima e intenta una primera inspección la
segunda noche, y luego las cosas van casi de su cuenta. El día le da miedo, no
sólo los ojos no lo
soportan, tampoco las quemaduras que debía de tener en la espalda, y se
amadriga. La bella luna que describe aquellas noches le reanima, de día el cielo
es como por doquier, de noche descubre nuevas constelaciones (heroicas empresas
y misteriosos emblemas precisamente), es como encontrarse en un teatro: se
convence de que aquélla será su vida durante largo tiempo y quizá hasta la
muerte, recrea a su Señora sobre el papel para no perderla, y sabe que no ha
perdido mucho más de lo que ya no tuviere.
En ese punto, se refugia en sus velas nocturnas como en un útero materno, y con
mayor razón decide rehuir el sol. Quizá había leído de aquellos Resurgentes de
Hungría, de Livonia o de Valaquia, que huronean inquietos entre el ocaso y el
alba, para esconderse luego en sus sepulturas al canto del gallo: el papel podía
seducirle…
Roberto debería de haber empezado su censo la segunda noche. Ya había gritado
bastante como para estar seguro de que no había nadie a bordo. Pero, y le
causaba temor, habría podido encontrar cadáveres, alguna señal que justificara
aquella ausencia. se había movido con circunspección, y por las cartas es
difícil decir en qué dirección: nombra de manera imprecisa el navío, sus partes
y los objetos de a bordo. Algunos le son familiares y se los ha oído mencionar a
los marineros, otros desconocidos, y los describe por lo que se le representan.
Ahora que también los objetos conocidos, y signo de que en el Amarilis la chusma
debía de estar compuesta por bellacos de los siete mares, debía de habérselos
oído indicar en francés al uno, al otro en holandés, a otro más en inglés. Así,
dice a veces staffe —como debía de haberle enseñado el doctor Byrd— para
referirse a la ballestilla; es trabajoso entender cómo estaba una vez,
propiamente, en el alcázar, y otra en el gagliardo de atrás, que es galicismo
para decir la misma cosa; usa baterías en lugar de
portas y se lo concedo de buen grado porque me recuerda ciertos libros de
marinería para niños; habla de parrocchetto, que para los italianos es el
velacho de trinquete, pero como para los franceses perruche es la vela de
sobre-mesana, en el árbol de mesana, no se sabe a qué se refiere cuando dice que
estaba debajo de la parrucchetta, sin contar con que en español el perroquete es
un mastelero de juanete. A veces llama al árbol de mesana artimone, sin duda a
la francesa, pues para un marino español es una vela de galera, pero entonces
¿qué querrá decir cuando escribe misena o mizzana que para los franceses es el
trinquete (pero, pobres de nosotros, no para los ingleses, para los cuales el
mizzenmast es la mesana, como Dios manda)? Y cuando habla de gronda
probablemente está refiriéndose a un imbornal. Tanto que he tomado una decisión:
intentaré descifrar sus intenciones y luego traduciré usando los términos que me
resultan más familiares, pues me ha parecido pasar estas y otras menudencias,
porque no venían bien con el propósito principal de la historia, la cual más
tiene su fuerza en la verdad que en las frías digresiones.
Dicho esto, establezcamos que aquella segunda noche, después de haber encontrado
una reserva de comida en la cocina, Roberto procedió de alguna manera, bajo la
luna, a la travesía de la cubierta.
Recordando la proa y la anchura del buque, vagamente vislumbrados la noche de
antes, a juzgar por la cubierta ligera y por la forma del gallardo, perdón, el
alcázar, y por la popa estrecha y redonda, y comparando con el Amarilis, Roberto
concluyó que también el Daphne era un fluyt, o pingüe holandés, o urca, o flûte,
o fluste, o flyboat, o fliebote, como variamente se llamaban aquellos galeones
de comercio y de medio arqueaje, por lo normal armados con una decena de
cañones, a descargo de conciencia en caso de ataque de piratas y que, con
aquellas dimensiones, podían gobernarse con una docena de marineros, y embarcar
muchos pasajeros más, si se renunciaba a las comodidades (ya escasas), arrumando
jergones hasta tropezar con
ellos. Y sea, causa de mi asmas de todo tipo por si no había bubones a
suficiencia. Un pingüe, por tanto, pero mayor que el Amarilis, con la puente
reducida, casi, a una escotilla única, como si el capitán ansiara embarcar agua
a cada embate de mar demasiado vivaz.
En cualquier caso, que el Daphne fuera un pingüe era una ventaja, Roberto podía
moverse con cierto conocimiento de la disposición de los lugares. Por ejemplo,
habría debido estar, en el centro de la cubierta, el esquife, capaz de contener
el marinaje al completo: y el que no estuviera dejaba creer que el marinaje
estaba en otro lugar. Pero esto no tranquilizaba a Roberto: un marinaje no deja
jamás el navío sin custodia y a la merced de la mar, aun anclado con las velas
recogidas en una bahía tranquila.
Aquella noche había apuntado inmediatamente más allá de la plaza de armas, había
abierto la puerta del alcázar con recato, como si tuviera que pedirle permiso a
alguien… Junto a la rueda del timón, la aguja de marear le dijo que el canal
entre las dos tierras se extendía de sur a norte. Luego, había dado en la que
hoy llamaríamos la cámara de oficiales, una sala en forma de L, y otra puerta lo
había admitido en la cámara del capitán, con su amplio ventanal sobre el timón y
los accesos laterales a la galería. En el Amarilis la estancia de mando no
formaba un todo con aquella donde dormía el capitán, mientras que aquí parecía
que se hubiera intentado ahorrar espacio para hacer lugar a algo más. Y, en
efecto, mientras a la izquierda de la cámara se abrían dos camarotes para sendos
oficiales, a la derecha se había obtenido otro paraje, casi más amplio que el
del capitán, con un catre modesto en el fondo, pero dispuesto como un lugar de
trabajo.
La mesa estaba llena de mapas, que le parecieron a Roberto más de los que un
navío usa para la navegación. Parecía aquél el gabinete de un estudioso: con las
cartas de navegar estaban dispuestos de diferente manera anteojos de larga
vista, un hermoso nocturlabio de cobre que emanaba reflejos leonados como si
fuera en sí mismo un manantial de luz, una esfera armilar
fijada al plano de la mesa, otros pliegos recubiertos de cálculos, y un
pergamino con dibujos circulares en negro y en rojo, que reconoció, por haber
visto algunas copias en el Amarilis (si bien de hechura más vil), como una
reproducción de los eclipses lunares del Regiomontano.
Había vuelto a la cámara alta: saliendo a la galería se podía ver la Isla, se
podía —escribía Roberto— fijar con linces ojos su silencio. En definitiva, la
Isla estaba allí, como antes.
Debía de haber llegado al galeón casi desnudo: creo que, en primer lugar, sucio
como estaba por la espuma marina, se lavó en la cocina, sin preguntarse si esa
agua era la única a bordo, y luego encontró en un cofre un buen vestido del
capitán, el que había de conservarse para el desembarco final. Quizá hasta se
pavoneara en su uniforme de mando; y calzar botas debe de haber sido una manera
de sentirse nuevamente en su elemento. Sólo en ese punto un hombre de bien,
propiamente vestido —y no un náufrago menoscabado— puede tomar oficialmente
posesión de un navío abandonado, y no advertir ya como violación, sino como
derecho, el gesto que hizo Roberto: buscó en la mesa y descubrió, abierto y como
dejado interrumpido, junto a la pluma de oca y al tintero, el cuaderno de
bitácora. Por la primera hoja supo inmediatamente el nombre del navío, pero por
lo demás era una secuencia incomprensible de anker, passer, sterre-kyker, roer,
y poco útil le fue saber que el capitán era flamenco. Sin embargo, la última
línea llevaba la fecha de algunas semanas antes, y a cabo de pocas palabras
incomprensibles campeaba bien rayada una expresión en latín: pestis, quae
dicitur bubónica.
He aquí una huella, un anuncio de explicación. A bordo del navío se había
declarado una epidemia. Esta noticia no inquietó a Roberto: su peste la había
pasado trece años antes, y todos saben que quien ha sufrido el morbo ha
adquirido una suerte de gracia, como si esa sierpe no osare introducirse por
segunda vez en el espinazo de quien la había domado una primera.
Por otra parte, aquella alusión no explicaba mucho, y dejaba espacio a otras
inquietudes. Así sea, eran todos muertos. Pero entonces se habrían debido
encontrar, diseminados descompuestamente sobre la puente, los cadáveres de los
últimos, admitiendo que éstos hubieran dado piadosa sepultura en el mar a los
primeros.
Estaba la ausencia del esquife: los últimos, o todos, se habían alejado del
navío. ¿Qué es lo que convierte un bajel de apestados en un paraje de invencible
amenaza? ¿Ratones, por ventura? Le pareció a Roberto interpretar en la escritura
ostrogoda del capitán, una palabra como rottenest (¿ratas, ratones de albañar?):
e inmediatamente se había dado la vuelta levantando el candil, dispuesto a
divisar algo deslizándose a lo largo de las paredes y a oír el chillido que la
había helado la sangre en el Amarilis. Con un escalofrío recordó una noche en
que un ser peludo le había rozado el rostro mientras estaba durmiéndose, y su
grito de terror había hecho acorrer al doctor Byrd.
Todos, luego, se habían reído del: incluso sin la peste, en un bajel hay tantas
ratas como pájaros en un bosque, y con las ratas se ha de tener costumbre si se
quiere correr los mares.
Pero, por lo menos en el alcázar, de ratas ningún aviso. Quizá se habían reunido
en la sentina, con sus ojos rojeantes en la oscuridad, en espera de carne
fresca. Roberto se dijo que, si las había, era menester saberlo al punto. Si
eran ratones normales y un número normal, se podía convivir. ¿Y qué otra cosa
podían ser, si no? Se lo preguntó, y no quiso darse una respuesta.
Roberto encontró una escopeta, un espadón y un cuchillejo. Había sido soldado:
la escopeta era uno de aquellos caliver, como decían los ingleses, que podía
apuntarse sin horquilla; se aseguró de que todo estuviera en orden, más para
sentir confianza que por proyecto de desbaratar una turba de ratones con el
plomo, y, de hecho, se había ceñido a la cintura el cuchillo, que con los
ratones sirve para poco.
Había decidido explorar el casco de proa a popa. Vuelto a la cocina, por una
escalerilla que bajaba arrimada a la carlinga del bauprés, había penetrado en el
pañol (o despensa, creo), donde habían sido amasadas provisiones para una larga
navegación. Y puesto que no podían haberse conservado por transcurso de todo el
viaje, el marinaje acababa de hacer bastimento en una tierra hospitalaria.
Había cestas de pescado, ahumado desde no había mucho, y pirámides de cocos, y
barriles de raíces de forma desconocida pero con aspecto de poderse comer sin
perjuicio, y visiblemente capaces de soportar una larga conservación. Y luego
frutos, como los que Roberto había visto aparecer a bordo del Amarilis después
de las primeras arribadas en tierras tropicales, también ellos resistentes al
paso de las estaciones, erizados de espinas y escamas, empero con un perfume
agudo que prometía carnosidades bien defendidas, humores azucarados escondidos.
Y de algún producto de las islas debían de haberse extraído aquellos costales de
harina gris, con olor a tufo, y con ésta probablemente se habían cocido también
unos panes que, al probarlos, recordaban a aquellas excrecencias insípidas que
los indios del Nuevo Mundo llamaban batatas.
En el fondo había también una decena de cubetas con su espita. Extrajo de la
primera, y era agua aún no podrida, antes bien, recogida recientemente y tratada
con azufre para conservarla más tiempo. No era mucha, pero calculando que
también las frutas le habrían calmado la sed, habría podido permanecer mucho
tiempo en el navío. Y con todo eso, estos descubrimientos, que debían dejarle
entender que en la nave no habría muerto de inedia, le inquietaban aún más. Como
por lo demás les acaece a los espíritus melancólicos, para los cuales cualquier
aviso de fortuna es promesa de infaustas consecuencias.
Naufragar en una nave desierta es ya un caso innatural, pero si por lo menos la
nave hubiere sido abandonada de los hombres y de Dios como despojo
impracticable, sin objetos de naturaleza o de
arte que la hicieran apetecible albergue, esto habría estado en el orden de las
cosas, y de las crónicas de los navegantes; pero encontrarla así, aparejada como
para un huésped deseado y esperado, como un ofrecimiento insinuante, empezaba a
saber a azufre, mucho más que el agua. A Roberto le vinieron a las mientes
varias consejas que le contaba la abuela, y otras con mejor prosa que se leían
en los salones parisinos, donde princesas perdidas en el bosque entran en una
roca y encuentran cámaras decoradas suntuosamente con lechos y baldaquines, y
armarios llenos de vestidos lujosos, o incluso mesas aderezadas… Y ya se sabe,
la última sala habría reservado la revelación sulfúrea de la mente maligna que
había tendido el lazo.
Había tocado un coco en la base del cúmulo, había turbado el equilibrio del
conjunto, y aquellas formas cerdosas se habían precipitado en alud, como ratas
que hubieran esperado tácitas en el suelo (o como los murciélagos se cuelgan
invertidos de las vigas de un techo), dispuestas ahora a subirle por el cuerpo y
a oliscarle el rostro salado de sudor.
Era menester asegurarse de que no se trataba de sortilegio: Roberto había
aprendido durante el viaje qué se hace con los frutos de ultramar. Usando el
cuchillo como un hacha, abrió de un solo golpe un coco, y desmenuzó en mil
pedazos la cáscara, y royó el maná que se ocultaba bajo la corteza. Era todo tan
suavemente delicioso que la impresión de la insidia se acrecentó. Quizá, se
dijo, estaba ya en manos de la ilusión, se saboreaba con cocos e hincaba el
diente en roedores, absorbía ya su quididad, a cabo de poco sus manos se habrían
vuelto finas, uñosas y corvas, su cuerpo se habría recubierto de un bozo agrio,
su espalda se habría arqueado, y habría sido acogido en la siniestra apoteosis
de los hirsutos habitantes de aquella barca del Aqueronte.
Empero, y para acabar con la primera noche, otro aviso de horror había de
sorprender al explorador. Como si el derrumbamiento de los cocos hubiera
despertado a criaturas durmientes, oyó venir, más allá del mamparo que separaba
la
despensa del resto de las entrecubiertas, si no un chillido, un piar, un
cuchichear, un escarbar de patas. Luego la insidia existía, seres de la noche se
daban cita en algún cubil.
Roberto se preguntó si, escopeta en ristre, debía encarar enseguida aquel
Armagedón. El corazón le temblaba, se acusó de cobardía, se dijo que o aquella
noche u otra, antes o después, habría tenido que hacer frente a Esotros. Perdió
tiempo, volvió a subir a la cubierta, y por fortuna divisó el alba que
acariciaba con sus manos de marfil el metal de los cañones, hasta entonces
regalado por los reflejos lunares. Estaba surgiendo el día, se dijo con alivio,
y era deber suyo huir su luz.
Como un Resurgente de Hungría atravesó corriendo la cubierta para volver al
alcázar, entró en el camarote ya suyo, se atrincheró, cerró las salidas a la
galería, colocó las armas al alcance de la mano, y se dispuso a dormir para no
ver el Sol, verdugo que corta con el hacha de sus rayos el cuello de las
sombras.
Agitado, soñó su naufragio, y lo soñó como hombre de ingenio, por lo que incluso
en sueños, y sobre todo en ellos, ha de hacerse de suerte que las proposiciones
hermoseen el concepto, que los reparos lo aviven, las conexiones misteriosas lo
hagan preñado, profundo las ponderaciones, salido los encarecimientos,
disimulado las alusiones, y las transmutaciones sutil.
Me imagino que en aquellos tiempos, y en aquellos mares, eran más los bajeles
que naufragaban que los que volvían al puerto; pero a quien le acontecía por vez
primera, la experiencia debía de ser fuente de pesadillas recurrentes, que la
costumbre a bien concebir debía hacer pintorescas como un Juicio Universal.
Desde la tarde de antes, el aire se había como enfermado de catarro, y parecía
que el ojo del cielo, grávido de lágrimas, no consiguiera ya seguir sosteniendo
la vista de la extensión de las
ondas, el pincel de la naturaleza descoloraba la línea del horizonte y esbozaba
lejanías de provincias indistintas.
Roberto, cuyas vísceras ya vaticinaban el inminente terremoto, se tira en el
catre, acunado por una nodriza de cíclopes, se adormece entre sueños
intranquilos que sueña en el sueño del que nos habla, y cosmopea de estupores
acoge en su regazo. Se despierta con la bacanal de los truenos y los gritos de
los marineros, luego embates de agua le invaden el jergón, el doctor Byrd se
asoma corriendo y le grita que suba a la puente, y que se mantenga bien agarrado
a cualquier cosa que esté un poco más firme que él.
En la cubierta, confusión, lamentos y cuerpos, levantados como por la mano
divina, arrojados al mar. Por un poco Roberto se ase a la vela de mesana (creo
entender), hasta que ésta se lacera, vulnerada por saetas, la entena da en
emular la curva carrera de las estrellas y Roberto es impelido a los pies del
palo mayor. Aquí un marinero de buen corazón, que se había atado a él, no
pudiendo hacerle sitio, le lanza un cabo y le grita que se ate a una puerta,
desquiciada hasta allí desde el alcázar, y bueno fue para Roberto que la puerta,
con él parásito, se deslizara luego contra el pasamanos porque, entre tanto, el
árbol se parte por la mitad, y un mastelero se precipita a abrirle la cabeza al
adjutor.
Por una brecha del costado del navío, Roberto ve, o sueña haber visto, abrirse
una enorme boca y entre el bostezo horrendo, su lengua esgrime rayo, vibra
espada, cola escamosa despierta el estruendo, que confunde la bóveda estrellada,
lo que me parece un consentir demasiado al gusto de la cita preciosa. Mas en
fin, el Amarilis se inclina de la parte del náufrago dispuesto al naufragio, y
Roberto con su tabla se desliza en un abismo encima del cual divisa,
descendiendo, el Océano que libre asciende a simular precipicios, en deliquio de
crestas ve surgir Pirámides caídas, es acuóreo cometa que huye en la órbita de
ese torbellino de húmedos cielos. Mientras cada ola relampaguea con lúcida
inconstancia, aquí se curva un vapor, aquí un vórtice hace
borborigmos y abre un hontanar. Haces de meteoritos enloquecidos hacen el
contracanto al aire sedicioso y roto en truenos, el cielo es un alternarse de
luces remotísimas y aguaceros de tinieblas, y Roberto dice haber visto Alces
espumosos dentro de lúbricos sulcos con mieses si no espumas, y a Ceres
florecida entre zafiros reflejados, y más tarde, un precipitar de relucientes
ópalos, cual si la telúrica hija Proserpina hubiera tomado el mando exiliando a
la frugífera madre.
Y en el horror nocturno que brama airado, mientras sufre la ira del ponto
procelosa, Roberto, de repente, cesa de admirar el espectáculo, del cual se
convierte en insensible actor, se desmaya y nada sabe ya de sí. Sólo después,
supondrá, soñando, que la tabla, por piadoso decreto, o por instinto de cosa
natante, se adecue a esa jiga y como hubiere bajado, naturalmente torne a subir,
sosegándose en una lenta zarabanda —en la cólera de los elementos también se
subvierten las reglas de toda urbana secuencia de danzas— y siempre con más
amplias perífrasis lo aleje del ombligo de la justa, donde, en cambio, se hunde,
peonza astuta en las manos de los hijos de Eolo, el desventurado Amarilis,
bauprés al cielo. Y con él toda ánima viva en su bodega, y el judío destinado a
encontrar en la Jerusalén Celestial la Jerusalén terrena que ya no habría
alcanzado jamás, y el caballero maltés separado para siempre de la ínsula
Escondida, y el doctor Byrd con sus secuaces y —al fin sustraído por la
naturaleza benigna a los consuelos del arte médica— aquel pobre perro
infinitamente ulcerado, del cual por lo demás no he tenido modo de hablar porque
Roberto escribirá sobre él sólo más tarde.
En fin, presumo que el sueño y la tempestad habían hecho el reposo de Roberto lo
bastante susceptible como para limitarlo a un tiempo brevísimo, al que había de
seguir una vigilia belicosa. En efecto, él, al aceptar la idea de que afuera era
de día, reconfortado por el hecho de que poca luz penetrara por los ventanales
opacos del alcázar, y confiando en poder descender a la entrepuentes por alguna
escalerilla interna, se dio ánimos,
volvió a ceñirse las armas, y marchó con temerario temor a descubrir el origen
de aquellos sonidos nocturnos.
O mejor, no va enseguida. Pido la venia, pero es Roberto quien al contárselo a
la Señora se contradice: signo de que no cuenta cabalmente lo que le ha pasado,
sino que intenta construir la carta como una narración, mejor aún, como un
borrador de lo que podría llegar a ser carta y narración, y escribe sin decidir
qué elegirá luego, diseña por así decir las piezas de su ajedrez sin establecer
en seguida cuáles mover y cómo disponerlas.
En una carta dice haber salido para aventurarse bajo cubierta. Pero en otra
escribe que, recién despertado por la claridad matinal, fue sorprendido por un
lejano concierto. Eran sonidos que procedían ciertamente de la Isla. Al
principio, Roberto tuvo la imagen de una turba de indígenas apiñándose en largas
canoas para abordar la nave, y apretó la escopeta, luego el concierto le pareció
menos batallador.
Rayaba el alba, el sol no hería todavía los cristales: fue a la galería,
advirtió el olor del mar, entreabrió el postigo de la ventana, y con los ojos
entrecerrados intentó fijar la ribera.
En el Amarilis, donde de día no salía al puente, Roberto había oído a los
pasajeros contar de auroras encendidas como si el sol estuviera impaciente por
traspasar el mundo con sus saetas, mientras ahora veía, sin lagrimear, colores
tenues: un cielo espumoso de nubes oscuras apenas hiladas de madreperla,
mientras un matiz, un recuerdo de rosa, estaba ascendiendo detrás, de la Isla,
que parecía coloreada de turquí en un papel grueso.
Pero aquella paleta casi nórdica le bastaba para entender que ese perfil, que le
había parecido homogéneo de noche, era la resultante de los contornos de una
colina boscosa que se detenía con rápido declivio en una franja del litoral
recubierta por árboles
de alto fuste, hasta las palmas, que hacían de corona a la playa blanca.
Lentamente, la arena se hacía más luminosa, y a lo largo de los bordes se
divisaban, a los lados, unas grandes arañas embalsamadas mientras movían sus
extremidades esqueléticas en el agua. Roberto quiso verlas de lejos como
«vegetales ambulantes», pero en aquel momento el reflejo ya demasiado vivo de la
arena hizo que se retrajera.
Descubrió que, allí donde los ojos le traicionaban, el oído no podía, y al oído
se encomendó, entornando casi del todo el postigo y dando oreja a los rumores
que venían de tierra.
Aunque acostumbrado a las albas de su colina, comprendió que, por primera vez en
su vida, oía cantar de verdad a los pájaros, y en cualquier caso, jamás tantos y
tan variados había oído.
Millares saludaban el levantarse del sol: le pareció reconocer, entre gritos de
papagayos, al ruiseñor, al mirlo, a la calandria, a un número infinito de
golondrinas, e incluso la voz aguda de la cigarra y del grillo, preguntándose si
de verdad podía oír animales de aquella especie, y no algún hermano de las
antípodas… La Isla estaba lejos, y con todo se hizo la impresión de que aquellos
sonidos arrastraban una fragancia de flores de azahar y de albahaca, como si el
aire por toda la bahía estuviera impregnado de perfume; y por otra parte, el
señor D’Igby le había contado cómo, en el curso de uno de sus viajes, había
reconocido la cercanía de la tierra por un revuelo de átomos olorosos
transportados por los vientos…
Mientras oliscando tendía el oído a aquella multitud invisible, como si desde
las almenas de un castillo o desde las troneras de un baluarte mirase un
ejército que vociferando se disponía en arco entre el degradar de la colina, la
llanura frontera, y el río que protegía las murallas, se hizo la impresión de
haber visto ya lo que oyendo imaginaba, y ante la inmensidad que le ponía cerco,
se sintió cercado, y casi le vino el instinto de apuntar la escopeta.
Estaba en Casal, y ante él se extendía el ejército español, con su ruido de
carruajes, el chocar de las armas, las voces tenoriles de los castellanos, la
vocinglería de los napolitanos, el áspero gruñido de los lansquenetes y, en el
fondo, algún sonido de clarín que llegaba acolchado, y el sonido ligero de algún
tiro de arcabuz, cloc, paf, pum, como los morteretes de una fiesta patronal.
Casi como si su vida se hubiera desarrollado entre dos asedios, el uno imagen
del otro, con la única diferencia de que ahora, al cerrarse ese círculo de dos
lustros abundantes, ya también el río era demasiado ancho y circular (lo cual
hacía imposible cualquier salida), Roberto revivió los días de Casal.
2
DE LAS COSAS DE LA GUERRA EN EL MONFERRATO
Roberto deja entender bastante poco de sus dieciséis años de vida antes de aquel
verano de 1630. Cita episodios del pasado sólo cuando le parecen exhibir alguna
conexión con su presente en el Daphne, y el cronista de su crónica porfiada debe
espiar entre los pliegues del discurso. Si siguiéramos sus resabios, parecería
como un autor que, para diferir el descubrimiento del homicida, le concede al
lector sólo escasos indicios. Y así robo alusiones, como un delator.
Los Pozzo de San Patricio eran una familia de la pequeña nobleza que poseía la
extensa propiedad de la Griva en los confines del territorio alejandrino (en
aquellos tiempos, parte del ducado de Milán y, por tanto, dominio español), pero
que por geografía política o disposición de ánimo se consideraba vasalla del
marqués del Monferrato. El padre —que hablaba en francés con la esposa, en
dialecto con los campesinos, y en italiano con los extranjeros— con Roberto se
expresaba de diferentes guisas según le enseñara una estocada, o lo llevara a
cabalgar por los campos, soltando reniegos por los pájaros que le echaban a
perder la cosecha. Por lo demás, el muchacho pasaba su tiempo sin amigos,
fantaseando entre sí tierras lejanas cuando vagaba
aburrido por las viñas, cetrería cuando cazaba vencejos, y combates con dragones
cuando jugaba con los perros; y tesoros escondidos mientras exploraba los
aposentos de su castillejo o castilluelo que fuere. Le encendían estos
vagamundeos de la mente los libros y los poemas de caballerías que encontraba
llenos de polvo en la torre meridional.
Así pues, no cultivado no era, y tenía incluso un preceptor, aunque fuera
temporario. Un carmelita —que se decía había viajado a Oriente donde, murmuraba
santiguándose la madre, insinuaban que se había hecho moro— llegaba una vez al
año a la hacienda con un siervo y cuatro machillos cargados de libros y otros
cartapacios, y se le brindaba hospitalidad durante tres meses. Qué enseñara al
alumno no lo sé, pero cuando llegó a París, Roberto hacía figura, y de todas
maneras aprendía rápidamente lo que oía.
De este carmelita se sabe una cosa sola, y no es una casualidad que Roberto la
mencione. Un día, el viejo Pozzo se había cortado, limpiando una espada, y ya
fuere porque el arma estaba herrumbrosa, ya fuere que se había dañado una parte
sensible de la mano o de los dedos, la herida le procuraba fuertes dolores.
Entonces el carmelita había cogido el acero, lo había rociado con unos polvos
que tenía en una cajilla, e inmediatamente Pozzo juró que experimentaba alivio.
El caso es que al día siguiente ya la llaga estaba cicatrizándose.
El carmelita se había complacido del estupor de todos, y dijo que el secreto de
aquella sustancia le había sido revelado por un moro, y se trataba de un
medicamento mucho más poderoso que aquel que los espagíricos cristianos llamaban
unguentum armarium. Cuando le preguntaron cómo era que los polvos no se
colocaban sobre la herida sino sobre la hoja que la había producido, respondió
que así actúa la naturaleza, entre cuyas fuerzas más fuertes está la simpatía
universal, que gobierna las acciones a distancia, y añadió, que si la cosa podía
resultar difícil de creer, no había sino que pensar en la imán, la cual es una
piedra que atrae hacia sí la limadura de metal, o en las grandes montañas de
hierro, que cubren el norte de nuestro planeta, las cuales atraen la aguja de
marear. Y así el ungüento armario, firmemente adhiriendo a la espada, atraía
aquellas virtudes del hierro que la espada había dejado en la herida y que
impedían su curación.
Cualquier criatura que en su propia infancia haya sido testigo de tanto, no
puede sino quedar marcada para toda la vida, y veremos pronto cómo el destino de
Roberto fue decidido por su atracción hacia el poder atractivo de polvos y
ungüentos.
Por otra parte, no es éste el episodio que marcó mayormente la infancia de
Roberto. Hay otro, y si habláramos con propiedad, no lo llamaríamos episodio,
sino una especie de estribillo del cual el muchacho había conservado recelosa
memoria. Así pues, parece ser que el padre, que a buen seguro estaba encariñado
con aquel hijo, aunque lo tratara con la aspereza taciturna propia de los
hombres de aquellas tierras, a veces, y precisamente en sus primeros cinco años
de vida, lo levantaba del suelo y le gritaba con orgullo: «¡Tú eres mi
primogénito!» Nada extraño, en verdad, excepto un venial pecado de redundancia,
visto que Roberto era hijo único. Si no fuera que, creciendo, Roberto había
empezado a recordar (o se había convencido de recordar) que, ante aquellas
manifestaciones de contento paterno, el semblante de la madre daba en una
expresión entremezclada de turbación y Leticia, como si el padre hiciera bien en
decir aquella frase, pero al oírla repetir se le despertara un ansia ya
sosegada. La imaginación de Roberto había traveseado durante mucho tiempo en
torno al tono de aquella exclamación, concluyendo que el padre no la pronunciaba
como si fuera un aserto obvio, sino una inédita investidura, enfatizando aquel
«tú» como si quisiera decir «tú, y no otro, tú eres mi hijo primogénito».
¿No otro o no esotro? En las cartas de Roberto aparece siempre alguna referencia
a cierto Otro que lo obsesiona y la idea parece haberle nacido precisamente
entonces, cuando él se había
convencido (¿y qué podía cavilar un niño perdido entre torreones llenos de
murciélagos y viñas, lagartijas y caballos, cohibido al tratar con los rústicos
que le eran impares coetáneos, y que si no escuchaba algunas consejas de la
abuela escuchaba las del carmelita?) de que por algún lugar de esos mundos iba
otro no reconocido hermano, el cual debía de ser de índole aviesa, si el padre
lo había repudiado. Roberto era primero demasiado pequeño, y después demasiado
recatado, para preguntarse si este hermano le era tal por parte de padre o por
parte de madre (y en ambos casos sobre uno de los padres se habría extendido la
sombra de un yerro antiguo e imperdonable): era un hermano, era sin duda
culpable de algún modo (quizá sobrenatural) de la repulsa que había sufrido, y
por esto sin duda lo odiaba, a él, a Roberto, al predilecto.
La sombra de este hermano enemigo (que, con todo, habría querido conocer para
amarlo y hacerse amar) había turbado sus noches de niño; más tarde, adolescente,
hojeaba en la biblioteca viejos volúmenes para encontrar escondido en ellos, qué
sé yo, un retrato, un auto del párroco, una confesión reveladora. Vagaba por las
buhardillas abriendo viejos baúles llenos de ropa de los bisabuelos, oxidadas
medallas o un puñal moruno, y se demoraba en interrogar con los dedos perplejas
camisolas bordadas que sin duda habían arropado a un infante, pero quién sabe si
años o siglos antes.
Poco a poco, a este hermano perdido le había dado también un nombre, Ferrante, y
había dado en atribuirle pequeños crímenes de los que se le acusaba sin razón,
como el robo de una golosina o la indebida liberación de un perro de su cadena.
Ferrante, favorecido por su cancelación, actuaba a sus espaldas, y él se cubría
detrás de Ferrante. Es más, poco a poco, la costumbre de acusar al hermano
inexistente de lo que él, Roberto, no podía haber hecho, se había transformado
en la costumbre de cargarle también lo que Roberto de verdad había hecho, y de
lo que se arrepentía.
No es que Roberto les dijera a los demás una mentira: es que, llevándose en
silencio, y con un nudo en la garganta, el castigo por las propias sinrazones,
conseguía convencerse de la propia inocencia y sentirse víctima de un
atropellamiento.
Una vez, por ejemplo, Roberto, para probar un hacha nueva que el herrero acababa
de entregar, en parte también por despecho de no sé qué injusticia que
consideraba haber padecido, abatió un arbolillo frutal que el padre había
plantado no hacía mucho con grandes esperanzas para las estaciones por venir.
Cuando dio en la cuenta de la gravedad de su tontería, Roberto configuró
consecuencias tremendas, como mínimo una venta al Turco, quien le haría remar de
por vida en sus galeras, e iba disponiéndose a intentar la fuga y a concluir su
vida como forajido en las colinas. En busca de una justificación, se convenció,
en poco tiempo, de que el que había cortado el árbol, con toda seguridad, había
sido Ferrante.
Pero el padre, descubierto el delito, había congregado a todos los muchachos de
la hacienda y le habías dicho que, para evitar su ira indistinta, el culpable
habría hecho mejor en confesar. Roberto se sintió piadosamente generoso: si
hubiera culpado a Ferrante, el pobrecillo habría padecido una nueva repulsa; en
el fondo, el infeliz hacía el mal para colmar su abandono de huérfano, ofendido
por el espectáculo de sus padres que colmaban a otro de caricias… Dio un paso al
frente y, temblando de miedo y de braveza, dijo que no quería que nadie fuera
culpado en su lugar. La afirmación, puesto que no lo era, había sido tomada por
una confesión. El padre, torciéndose los bigotes y mirando a la madre, había
dicho con hurañas carrasperas que claramente el crimen era gravísimo, y la
punición inevitable, pero no podía no apreciar que el joven «señor de la Griva»
hiciere honor a las tradiciones de la familia, y que siempre se debe portar así
un hidalgo, aun teniendo sólo ocho años. Luego, sentenció que Roberto no
participaría a la visita de mediados de agosto a los primos de San Salvador, que
era en verdad castigo penoso (en San Salvador
se hallaba Quirino, un viñador que sabía izar a Roberto sobre una higuera de
altura vertiginosa), pero sin duda menos que las galeras del Soldán.
A nosotros la historia nos parece simple: el padre está orgulloso de tener un
vástago que no miente, mira a la madre con mal celada satisfacción, y castiga
sin rigor, así, para salvar las apariencias. Pero Roberto a este acontecimiento
debió de echarle ribetes durante mucho tiempo, llegando a la conclusión de que
el padre y la madre, a buen seguro, habían intuido que el culpable era Ferrante,
habían apreciado el fraterno heroísmo del hijo predilecto y se habían sentido
aliviados de no tener que poner al desnudo el secreto de la familia.
Quizá sea yo el que les echa ribetes a escasos indicios, pero es que esta
presencia del hermano ausente tendrá un peso en esta historia. De ese juego
pueril hallaremos rastros en el proceder de Roberto adulto, o por lo menos de
Roberto en el momento en el que lo encontramos en el Daphne, en una situación
que, para ser sinceros, habría abrumado a cualquiera.
En cualquier caso, son digresiones de poco fruto; todavía tenemos que establecer
cómo llegó Roberto al asedio del Casal. Y aquí conviene dar rienda suelta a la
fantasía e imaginar cómo pudo haber sucedido.
A la Griva las noticias no llegaban con mucha tempestividad, empero desde hacía
por lo menos dos años se sabía que la sucesión al ducado de Mantua estaba
provocándole muchos problemas al Monferrato, y un medio asedio lo había habido
ya. Brevemente —y es una historia que otros ya han contado, aunque de manera más
fragmentaria que la mía— en diciembre de 1627 moría el duque Vicente II de
Mantua y, en torno al lecho de muerte de este disoluto que no había sabido hacer
hijos, se representaba un sainete con cuatro pretendientes, con sus agentes y
con sus protectores. Se lleva la palma el marqués de
Saint-Charmont que consigue convencer a Vicente de que la herencia le
corresponde a un primo de rama francesa, Carlos de Gonzaga, duque de Nevers. El
viejo Vicente, entre un estertor y otro, hace o deja que el de Nevers se case a
toda prisa con su sobrina María Gonzaga, y expira dejándole el ducado.
Ahora bien, el Nevers era francés, y el ducado que heredaba comprendía también
el marquesado del Monferrato con su capital, Casal, la fortaleza más importante
de Italia del Norte. Situado como estaba entre el Milanesado español, y las
tierras de los Saboya, el Monferrato permitía el control del curso superior del
Po, de los tránsitos entre los Alpes y el sur, del camino entre Milán y Génova,
y se entraba como una almohadilla entre Francia y España, ninguna de las dos
potencias pudiendo fiarse de esa otra almohadilla que era el ducado de Saboya,
donde Carlos Manuel I estaba haciendo un juego que sería magnánimo definir
doble. Si el Monferrato iba al de Nevers era como si fuera a Richelieu y era,
por tanto, obvio que España prefiriera que fuera a cualquier otro, digamos al
duque de Guastalla. Aparte del hecho de que tenía algún título a la sucesión
también el duque de Saboya. Mas como un testamento existía, y designaba al de
Nevers, a los demás pretendientes les quedaba sólo esperar que el Sagrado y
Romano Emperador Germánico, de quien el duque de Mantua era formalmente
feudatario, no ratificara la sucesión.
Los españoles, sin embargo, estaban impacientes y, a la espera de que el
Emperador tomara una decisión, Casal ya había sido cercado una primera vez por
Gonzalo de Córdoba y ahora, por segunda vez, por un imponente ejército de
españoles e imperiales bajo el mando del Espínola. La guarnición francesa se
disponía a resistir, a la espera de una armada francesa de refuerzo, todavía
ocupada en el norte, que Dios sabe si habría llegado a tiempo.
Los acontecimientos estaban más o menos en este punto, cuando el viejo Pozzo, a
mediados de abril, reunió ante el castillo
a los más mozos entre sus criados y familiares y a los más despabilados de sus
campesinos, distribuyó todas las armas que había en la hacienda, llamó a
Roberto, y les hizo a todos este discurso, que debía de haberse preparado
durante la noche:
—Gentes, aguzad el oído. Esta nuestra tierra de la Griva siempre ha pagado
tributo al Marqués del Monferrato que desde ha poco es como si fuere el Duque de
Mantua, el cual se ha convertido en el Señor de Nevers, y a quien viniere a
decirme que el Nevers no es ni mantuano ni monferrín le atizo una patada en
salva sea la parte, porque sois unos tan locos que veis el cielo por un embudo,
y para estas cosas tenéis menos entendederas que las gallinas, y por tanto, es
mejor que guardéis la boca y dejéis hacer a vuestro amo que al menos él está al
cabo de lo que es el honor. Pero como vosotros el honor os lo pasáis por ese
sitio, habéis de saber que si los imperiales entran en Casal, esa es gente que
no se anda con melindres, vuestras viñas os las meten a barato y de vuestras
mujeres mejor no hablar. Conque partimos para defender Casal. Yo no obligo a
nadie. Si hay algún haragán trashoguero que quiere salirse por peteneras, que lo
diga enseguida y lo cuelgo de aquella encina.
Ninguno de los presentes podía haber visto todavía los aguafuertes de Callot con
racimos de gente como ellos colgando de otras encinas, pero algo debía de haber
en el aire: todos levantaron, quienes los mosquetes, quienes las picas, quienes
unos bastones con el hocino atado en la punta y gritaron viva Casal, abajo los
imperiales. Como un solo hombre.
—Hijo mío —dijo el Pozzo a Roberto mientras cabalgaban por las colinas, con su
pequeño ejército que seguía a pie—, ese Nevers no vale uno de mis cojones, y a
Vicente cuando le pasó el ducado, además del pito, no le tiraba ni siquiera el
cerebro, que ni siquiera antes le tiraba. Pero se lo pasó a él y no a ese
badulaque del Guastalla, y los Pozzo son vasallos de los señores legítimos del
Monferrato desde los tiempos de Maricastaña. Por tanto, se va a Casal y si es
menester, nos hacemos matar porque, cuerpo de
Dios, no puedes estar con uno mientras las cosas van como miel sobre hojuelas y
luego dejarle tirado cuando está con la mierda en el gollete. Pero si no nos
matan es mejor; así pues, ojo.
El viaje de aquellos voluntarios, desde los confines del Alejandrino a Casal,
fue sin duda uno entre los más largos que la historia recuerde. El viejo Pozzo
había hecho un razonamiento en sí ejemplar:
—Yo conozco a los españoles —había dicho—, y a fe mía que es gente a la que le
gusta tomársela con calma. Entonces, se dirigirán a Casal atravesando la llanura
que está en el sur, que por ella pasan mejor los carruajes, cañones y demás
pertrechos. Así, si nosotros, justo antes de Mirabello, nos dirigimos hacia
occidente y tomamos el camino de las colinas, echamos en remojo un día o dos,
pero llegamos sin encontrar un qué cosa es cosa, y antes de que lleguen ellos.
Desafortunadamente, el Espínola tenía ideas más tortuosas sobre cómo debía
prepararse un asedio y, mientras al sureste de Casal empezaba a hacer ocupar
Valencia del Po y Ucimián, desde hacía algunas semanas había enviado al oeste de
la ciudad al duque de Lerma, a Ottavio Sforza y al conde de Gemburg, con unos
siete mil infantes, a intentar tomar inmediatamente los castillos de Rosiñán,
Pontestura y San Jorge, para bloquear toda posible ayuda que llegara de la
armada francesa, mientras como una tenaza, desde el norte, atravesaba el Po,
hacia el sur, el gobernador de Alejandría, don Gerónimo Agustín, con otros cinco
mil hombres. Y todos se habían dispuesto a lo largo del recorrido que Pozzo
creía fecundamente desierto. Ni, cuando nuestro hidalgo lo supo por algunos
campesinos, pudo cambiar rumbo, porque en el este había ya más imperiales que en
el oeste.
Pozzo dijo simplemente:
—A nosotros no nos da ni frío ni calentura. Servidor conoce estas partes mejor
que ellos, y pasamos por en medio como garduñas.
Lo que implicaba, recodos o curvas, hacer muchísimos. Tanto que se encontraron
incluso con los franceses de Pontestura, que en el ínterin se habían rendido, y
con tal de que no volvieran a entrar en Casal, le habías sido concedido que
bajaran hacia el Final, donde habrían podido llegarse a Francia por vía marina.
Los de la Griva se los encontraron por los parajes de Otteglia, corrieron el
riesgo de dispararse unos a otros, cada uno creyendo que los otros eran
enemigos, y Pozzo vino a saber por su comandante que, entre los conciertos de
capitulación, se había establecido también que el trigo de Pontestura habían de
vendérselo a los españoles, y éstos habrían dado el dinero a los casaleses.
—Los españoles son unos señores, hijo mío —dijo Pozzo—, y es gente contra la que
da gusto combatir. Por suerte, ya no estamos en los tiempos de Carlomagno contra
los Moros, que las guerras eran todo un mata tú que te mato yo. ¡Éstas son
guerras entre cristianos, vive Dios! Ahora ésos están ocupados en Rosiñán,
nosotros les pasamos por detrás, nos enfilamos entre Rosiñán y Pontestura, y
estamos en Casal en tres días.
Dichas estas palabras a finales de abril, Pozzo llegó con los suyos a la vista
de Casal el 24 de mayo. Hicieron, por lo menos en los recuerdos de Roberto, un
gran caminar, siempre abandonando caminos y trochas de arriero y cortando por
los campos; total, decía el Pozzo, cuando hay una guerra todo va enhoramala, y
si a las cosechas no les damos cabo nosotros, son ellos los que no dejan verde.
Para sobrevivir se dieron un alegrón entre viñas, frutales y corrales: total,
decía el Pozzo, aquella era tierra monferrina y tenía que alimentar a sus
defensores. A un campesino de Mombello que protestaba hizo que le dieran treinta
azotes, diciéndole que si no hay un poco de disciplina las guerras las ganan los
demás.
A Roberto la guerra empezaba a parecerle una experiencia hermosísima; venía a
saber por los viandantes edificantes historias, como la del caballero francés
malherido y capturado en
San Jorge, que se había quejado de que le había robado un soldado un retrato que
tenía en mucha estima; y el duque de Lerma, habiendo oído la noticia, mandó que
se lo volviesen y después de muy bien curado le dio un caballo y le envió a
Casal. Y por otra parte, aun con desviaciones en espiral, que se perdía todo
sentido de la orientación, el viejo Pozzo había conseguido hacer que la guerra
guerreada su banda todavía no la hubiera visto.
Fue, así pues, con gran alivio, pero con la impaciencia de quien quiere tomar
parte en una fiesta esperada durante mucho tiempo, cuando un buen día, desde lo
alto de una colina, vieron a sus pies, y ante sus ojos, la ciudad, bloqueada al
septentrión, que les quedaba a la izquierda, por la gran cinta del Po, que justo
delante del castillo recortaba dos grandes islotes en medio del río, y hacia
poniente, el lugar formaba casi una punta, con la masa en forma de estrella de
la ciudadela. Gozosa de torres y campanarios por dentro, por fuera parecía
verdaderamente inexpugnable, toda hirsuta como era de torreones en diente de
sierra, que parecía uno de aquellos dragones que se ven en los libros.
Era de verdad un gran espectáculo. Todo en derredor de la ciudad, soldados con
ropas abigarradas arrastraban máquinas obsidionales, entre grupos de tiendas
hermoseadas por estandartes y caballeros con sombreros harto emplumados. De vez
en cuando, llegaba de entre el verde de los bosques o el amarillo de los campos
un deslumbramiento no prevenido que hería el ojo y se trataba de
gentiles-hombres con corazas de plata que hacían donaires con el sol, y tampoco
se entendía hacia qué parte iban, y a lo mejor cabrioleaban por dar escena.
Bello para todos, el espectáculo le pareció menos ameno al Pozzo que dijo:
—Gentes, esta vez estamos chulados de verdad.
Y a Roberto que le preguntaba cómo podía ser, dándole un pescozón en la nuca:
—No me seas babeo, aquellos son los imperiales, no irás a creerte que los
casaleses son tantos de esos, y paseándose fuera
de las murallas. Los casaleses y los franceses están dentro amontonando bálagos
de paja, y se cagan de miedo porque no son ni siquiera dos mil, mientras
aquellos de allá abajo son cien mil, poco más o menos; mira también en aquellas
colinas allá adelante.
Exageraba, el ejército de Espínola contaba sólo con dieciocho mil infantes y
seis mil caballos, pero bastaban y sobraban.
—¿Qué hacemos, padre mío? —preguntó Roberto.
—Hacemos —dijo el padre—, que andamos con la barba sobre el hombro: ¿dónde están
los luteranos? y por ahí no se pasa, que no sé qué no se hiciera entre ellos: in
primis, no se entiende una hostia de lo que dicen, in secundis, primero te matan
y luego te preguntan quién eres. Mirad bien por dónde parecen españoles: ya
habéis oído que esa es gente con la que se puede tratar. Y que sean españoles de
buena crianza. En estas cosas lo que es el todo es la educación.
Hallaron un paso a lo largo de un campamento con las divisas de sus majestades
cristianísimas, donde centelleaban más corazas que en otros lugares, y bajaron
encomendándose a Dios. En la confusión, pudieron proceder durante un largo
trecho en medio del enemigo, pues en aquellos tiempos el uniforme lo tenían sólo
algunos cuerpos elegidos como los mosqueteros, y para el resto no entendías
nunca quién era de los tuyos. Pero a un cierto punto, y justo cuando no quedaba
sino cruzar una tierra de nadie, se toparon con un puesto avanzado y fueron
detenidos por un oficial que preguntó urbanamente quiénes eran y a dónde iban,
mientras a sus espaldas una escuadra de soldados estaba en el quién vive.
—Señor —dijo el Pozzo—, háganos la gracia de darnos camino, pues que es cosa que
tenemos que ir a colocarnos en el lugar adecuado para disparar contra Vuestra
Merced.
El oficial se quitó el sombrero, hizo una reverencia y un saludo como para
barrer el polvo dos metros por delante de sí, y dijo en su lengua:
—Señor, no es menor gloria vencer al enemigo con la cortesía en la paz, que con
las armas en la guerra. —Y luego, en un buen italiano—: Pase, Señor, si un
cuarto de los nuestros tiene la mitad de su intrepidez, venceremos. Que el cielo
me conceda el placer de volver a encontrarle en el campo, y el honor de matarle.
—Fisti orb d’an fisti secc —murmuró entre dientes el Pozzo, que en la lengua de
sus tierras sigue siendo hoy en día una expresión optativa con la cual se hacen
votos, más o menos, de que el interlocutor sea primeramente privado de la vista
y que inmediatamente después sea aquejado por una perlesía. Pero en voz alta,
apelando a todos sus recursos lingüísticos y a su sabiduría retórica, dijo en un
buen romance:
—¡Yo también!
Saludó con el sombrero, dio una ligera espolada, aunque no tanto como la
teatralidad del momento exigía, pues debía dar tiempo a los suyos de seguirle a
pie, y dirigióse hacia las murallas.
—Dirás lo que quieras, pero son gentiles hombres —dijo dirigiéndose al hijo, y
bien hizo en volver la cabeza: evitó una arcabuzada que le habían disparado
desde los baluartes—. Ne tirez pas, conichons, on est des amis, Nevers, Nevers
—gritó levantando las manos, y luego a Roberto—: Lo ves, es gente sin gratitud.
No hablo por hablar, pero son mejores los españoles.
Entraron en la ciudad. Alguien debía de haber señalado inmediatamente aquella
llegada al comandante de la guarnición, el señor de Toiras, antiguo hermano de
armas del Pozzo mayor. Grandes abrazos, y un primer paseo sobre los bastiones.
—Querido amigo —decía Toiras—, a los registros de París les resulta que yo tengo
en la mano cinco regimientos de infantería de diez compañías cada uno, por un
total de diez mil infantes. Pues el señor de la Grange tiene sólo quinientos
hombres, Monchat doscientos y cincuenta, y, todos juntos, puedo contar con mil y
setecientos hombres a pie. Además tengo seis compañías de caballeros,
cuatrocientos hombres en total, aunque bien
equipados. El Cardenal sabe que tengo menos hombres de los debidos, pero
sostiene que tengo tres mil y ochocientos. Yo le escribo dándole pruebas de lo
contrario y Su Eminencia simula no entender. He tenido que reclutar un
regimiento de italianos a la buena de Dios, corsos y monferrines, y con el
permiso de Vuestra Merced, son malos soldados, tanto que he tenido que mandar a
los oficiales que levantaran un tercio aparte con sus lacayos. Los hombres de la
Grive se asociarán al regimiento italiano, a las órdenes del capitán Bassiani,
que es un buen soldado. Mandaremos también al joven Roberto, que vaya al fuego
comprendiendo bien las órdenes. En cuanto a Vuestra Merced, querido amigo, se
unirá a un grupo de esforzados gentiles hombres que hanse llegado con nosotros
de su voluntad, al igual que Vuestra Merced, y que están en mi séquito. Vuestra
Merced conoce el país y podrá darme buenos consejos.
Juan del Caylar de Saint-Bonnet, señor de Toiras, era alto, moreno con los ojos
azules, en la plena madurez de sus cuarenta y cinco años, colérico pero generoso
y propenso a la reconciliación, brusco de modos pero, al fin y al cabo, afable
también con los soldados. se había distinguido como defensor de la isla de Ré en
la guerra contra los ingleses, pero a Richelieu y a la Corte no les resultaba
simpático, según parece. Los amigos murmuraban acerca de un diálogo suyo con el
canciller de Marillac, que le había dicho desdeñosamente que se habrían podido
encontrar dos mil gentiles hombres en Francia capaces de llevar igualmente bien
el asunto de la isla de Ré, y él había replicado que habría sido posible
encontrar cuatro mil capaces de tener los sellos mejor que Marillac. Sus
oficiales Le atribuían también otro buen lema (que según otros era, sin embargo,
de un capitán escocés): en un consejo de guerra en la Rochela, el padre José,
que era en definitiva la famosa eminencia gris, y se picaba de estrategia, había
puesto el dedo sobre un mapa diciendo «cruzaremos por
aquí» y Toiras había objetado con frialdad: «Reverendo Padre, desgraciadamente
su dedo no es una puente».
—He aquí la situación, cher ami —seguía diciendo Toiras, recorriendo las
murallas e indicando el paisaje—. El teatro es espléndido y los actores son lo
mejor de dos imperios y de muchas señorías: tenemos de cara incluso un
regimiento florentino, y mandado por un Médicis. Nosotros podemos confiar en
Casal, entendida como ciudad: el castillo, desde el que controlamos la parte del
río, es una hermosa bastilla, defendido por un buen foso, y sobre las murallas
hemos dispuesto un terraplén que permitirá a los defensores trabajar bien. La
ciudadela tiene sesenta cañones y baluartes a regla de arte. Son débiles en
algún punto, pero los he reforzado con medias lunas y baterías. Todo esto es
óptimo para resistir un asalto frontal; claro que Espínola no es un novicio:
observe Vuestra Merced esos movimientos de allá, están aprestando unas minas, y
cuando lleguen aquí abajo será como si hubiéramos abierto las puertas. Para
detener los trabajos será menester descender a campo abierto, pero ahí somos más
débiles. Y en cuanto el enemigo haya adelantado aquellos cañones, empezará a
batir la ciudad y entonces entra en juego el humor de los burgueses de Casal, en
los que fío poquísimo. Por otra parte, los entiendo: a ellos interésales más la
salvación de su ciudad que al señor de Nevers y todavía no se han convencido de
que es un bien morir por los luises de Francia. Se tratará de hacerles entender
que con el de Saboya, o con los españoles, perderían sus libertades y Casal ya
no sería una capital sino una fortaleza cualquiera como Susa, que el de Saboya
está dispuesto a vender por un puñado de maravedís. Por lo demás, se improvisa;
si no, no sería una comedia italiana. Ayer salí con cuatrocientos hombres hacia
Fregene, donde estaban concentrándose unos imperiales, y se retiraron. Mientras
estaba ocupado allá abajo, unos napolitanos se instalaron sobre aquella colina,
justo por el lado opuesto. Ordené que la artillería la batiera durante unas
cuantas horas y creo haber hecho una buena carnicería, pero no se han ido. ¿De
quién ha sido la jornada? Juro sobre Nuestro Señor que no lo sé y no lo sabe ni
siquiera Espínola. En cambio, sé qué haremos mañana. ¿Ve Vuestra Merced aquellas
casucas en la llanura? Si las controláramos tendríamos bajo tiro muchos puestos
enemigos. Una espía me ha dicho que están desiertas, y esta es una buena razón
para temer que haya alguien escondido. Mi joven señor Roberto, no ponga esa cara
desdeñada y aprenda, primer teorema, que un buen comandante gana una batalla
usando bien a las espías y, segundo teorema, que una espía, pues que es un
traidor, no tarda nada en traicionar a quien le paga para que traicione a los
suyos. En cualquier caso, mañana la infantería irá a ocupar aquellas casas.
Antes que tener a las tropas a que se pudran dentro de las murallas, mejor
exponerlas al fuego, que es un buen ejercicio. No patalee, señor Roberto,
todavía no será su jornada: pasado mañana el tercio de Bassiani tendrá que
cruzar el Po. ¿Ve Vuestra Merced aquellos muros allá abajo? Son parte de un
fuerte que habíamos empezado a construir antes de que aquéllos llegaran. Mis
oficiales no están de acuerdo, pero creo que está bien retomárnoslo antes de que
lo ocupen los imperiales. Se trata de mantenerlos bajo tiro en la llanura, de
suerte que se les estorbe y se retrase la construcción de las minas. En
resumidas cuentas, habrá gloria para todos. De momento, vayamos a cenar. El
asedio está empezando y todavía no escasean las provisiones. Que ya más tarde
nos comeremos los ratones.
3
EL SERRALLO DE LOS ESTUPORES
Librarse del asedio de Casal, donde los ratones al final, por lo menos, no había
tenido que comérselos, para arribar al Daphne donde quizá los ratones se lo
habrían comido a él. Meditando temeroso sobre este hermoso contraste, Roberto
por fin se había dispuesto a explorar aquellos lugares de los que la noche antes
había oído llegar aquellos inciertos ruidos.
Había decidido bajar desde el alcázar y, si todo hubiera sido como en el
Amarilis, sabía que habría debido encontrar una docena de cañones a ambos lados,
y los jergones de paja o las hamacas de los marineros. Había penetrado por la
timonera en el rancho de Santa Bárbara, atravesado por la caña que oscilaba con
lento chirrío, y habría podido salir enseguida por la puerta que daba a la
entrepuentes. Mas casi para tomar confianza con aquellos parajes profundos antes
de encararse con su incógnito enemigo, por una escotilla se había descolgado aún
más abajo, donde por lo normal habría debido haber otros bastimentos. Y, en
cambio, allí había encontrado, organizados con gran economía de espacio, catres
para una docena de hombres. Así pues, la mayor parte de la chusma dormía allá
abajo, como si el resto se reservara a otras funciones. Los catres estaban en
perfecto orden. Si epidemia había habido, entonces, a medida que alguien moría,
los supervivientes los habían aderezado con sumo arte, para decir
a los demás que nada había acontecido… Pero en fin, ¿quién había dicho que los
marineros hubieran muerto, y todos? Y, una vez más, ese pensamiento no lo había
tranquilizado: la peste, que mata al marinaje completo, es un hecho natural,
según algunos teólogos a veces providencial; pero un acontecimiento que hacía
huir a ese mismo marinaje, y dejando el navío en aquel orden suyo innatural,
podía ser mucho más preocupante.
Quizá la explicación se encontraba en la segunda cubierta, era preciso darse
ánimos. Roberto volvió a subir y abrió la puerta que daba al lugar temido.
Comprendió entonces la función de aquellos vastos ajedreces que horadaban la
puente. Con ese recurso, la entrecubiertas había sido transformada en una
especie de nave, iluminada a través de las rejillas por la luz del día, ya
pleno, que caía oblicua, cruzándose con la que llegaba de las portas,
coloreándose con el reflejo, ahora ambarino, de los cañones.
Primeramente, Roberto no divisó nada más que aceros de sol en los que se veían
agitarse infinitos corpúsculos, y como los vio, no pudo sino recordar (y cuánto
se difunde en jugar de eruditas memorias, para asombrar a su Señora, en vez de
limitarse a decir) las palabras con las cuales el Canónigo de Digne lo invitaba
a observar las cascadas de luz que se derramaban en la oscuridad de una
catedral, animándose, en su propio interior, de una multitud de mónadas,
semillas, naturalezas indisolubles, gotas de incienso macho que estallaban
espontáneamente, átomos primordiales empeñados en lides, batallas, escaramuzas
con escuadrones, entre un sinnúmero de encuentros y separaciones. Prueba
evidente de la composición misma de este nuestro universo, por otra cosa no
compuesto que por cuerpos primeros hormigueantes en el vacío.
Inmediatamente después, casi como confirmación de que lo creado no es sino obra
de aquesa danza de átomos, se hizo la impresión de encontrarse en un jardín y
dio en la cuenta de que, desde que había entrado allá abajo, había sido asaltado
por un
tropel de perfumes, mucho más fuertes que los que le habían llegado antes desde
la ribera.
Un jardín, un vergel cubierto: eso era lo que los hombres desaparecidos del
Daphne habían creado en aquel paraje, para conducir a la patria flores y plantas
de las islas que estaban explorando, permitiendo que el sol, los vientos y las
lluvias les concedieran sobrevivir. Que el bajel pudiera conservar
posteriormente, durante meses de viaje, aquel botín silvestre, que la primera
tempestad no lo envenenara de sal, Roberto no sabía decirlo, pero a buen seguro
el que aquella naturaleza estuviera aún en vida confirmaba que, como para la
comida, la reserva se había hecho recientemente.
Flores, arbustos, arbolillos se habían transportado con sus raíces y sus
terrones, y alojados en banastos y cajas de improvisada hechura. Muchos de los
receptáculos se habían podrido, la tierra se había derramado formando entre los
unos y los otros una capa de limo húmedo en el que ya estaban hincándose los
mugrones de algunas plantas, tal que parecía estar en un Edén que germinase de
las tablas mismas del Daphne.
El sol no era tan fuerte que ofendiera los ojos de Roberto, pero sí lo
suficiente para hacer descollar los colores del follaje y hacer que se abrieran
las primeras flores. La mirada de Roberto se posaba sobre dos hojas que antes le
habían parecido la cola de un camarón, del cual brotaban flores blancas, luego
sobre otra hoja verde tierno en la que nacía una especie de media flor de una
macolla de azufaifas ebúrneas. Una vaharada repugnante lo atraía hacia una oreja
amarilla en la que parecía hubieran enjaretado una panocha, a su lado descendían
festones de conchas de porcelana, cándidas con la punta rosada, y de otro racimo
pendían unas trompetas o campanillas invertidas, con una ligera sospecha de
musgo. Vio una flor color limón de la cual, en el curso de los días, iba a
descubrir la volubilidad, porque se habría vuelto albaricoque a la tarde y rojo
oscuro a la puesta del sol, y vio otras,
azarcón en el centro, que se difuminaban en un albor lilial. Descubrió unos
frutos ásperos que no habría osado tocar, si uno de ellos, caído al suelo y
abierto por fuerza de sazón, no hubiera revelado un interior de granada. Osó
catar otros, y los juzgó más a través de la lengua con la que se habla que con
la que se gusta, visto que define uno como una bolsa de miel, maná congelado en
la fecundidad de su tallo, alhaja de esmeraldas repleta de diminutos rubíes. Que
luego, leyendo a contraluz, osaría decir que había descubierto algo muy parecido
a un higo.
Ninguna de aquellas flores o de aquellos frutos le resultaba conocido, cada uno
parecía nacido de la fantasía de un pintor que hubiera querido violar las leyes
de la naturaleza para inventar inverosimilitudes convincentes, laceradas
delicias y sabrosas mentiras: como aquella corola cubierta por una pelusa
blancuzca que se pululaba en un copete de plumas violeta, o no, una bellorita
descolorida que expulsara un apéndice obsceno, o una máscara que encubriera un
rostro canoso de barbas cabrunas. ¿Quién podía haber ideado ese arbusto con
hojas por un lado verde oscuro con decoraciones silvestres rojiamarillas, y por
el otro llameantes, rodeadas de otras hojas de un más tierno verde guisante, con
sustancia carnosa contorcida en guisa de cuenco, que podía contener aún el agua
de la última lluvia?
Embargado por la sugestión del lugar, Roberto no se preguntaba de qué lluvia
contenían las hojas los restos, visto que, desde hacía por lo menos tres días,
seguramente no llovía. Los aromas que lo aturdían lo disponían a juzgar natural
cualquier sortilegio.
Le parecía natural que un fruto flojo y cadente oliera a queso fermentado, y que
una suerte de granada violácea, con un agujero en el fondo, al sacudirla hiciera
oír en su propio interior una que otra semilla danzante, como si no de flor se
tratara, sino de juguete, y tampoco se extrañaba por una flor en forma de
cúspide, con el fondo duro y redondeado. Roberto no había visto jamás una
palmera llorona, como si fuere sauce, y la tenía ante sí, pateante
de raíces múltiples sobre las que se injertaba un tronco que salía de una única
mata, mientras sus frondas de planta nacida al llanto se doblegaban extenuadas
por su misma lozanía; Roberto no había visto todavía otra zarza que generara
hojas largas y pulposas, entumecidas por un vergajo central cual hierro, listas
para ser usadas como platos y bandejas, mientras junto a ellas crecían otras
hojas más, a guisa de cedientes cucharas.
Incierto de si vagaba en una floresta mecánica o en un paraíso terrenal
escondido en lo íntimo de la tierra, Roberto erraba en aquel Edén que lo
instigaba a fragrantes delirios.
Cuando más tarde se lo relate a la Señora, hablará de rústicos frenesís,
caprichos de los jardines, ricos Proteos de frondas, cedros (¿cedros?)
enloquecidos de ameno furor… O lo revivirá como un antro flotante rico de
engañosos títeres donde, ceñidas por sogas horriblemente contorcidas, surgían
fanáticas capuchinas, impíos serpollos de bárbara espesura… Escribirá sobre el
opio de los sentidos, de una ronda de pútridos elementos que, precipitando en
impuros extractos, lo habían conducido a las antípodas de la cordura.
Al principio, había atribuido al canto que le llegaba de la isla, la impresión
de que voces plumadas se manifestaran entre las flores y las plantas: mas de
golpe se le erizaron los pelos por el paso de un murciélago que casi le rozó la
cara, e inmediatamente después tuvo que apartarse para esquivar un halcón, que
se había arrojado sobre su presa derribándola con un golpe de rostro.
Penetrado en la entrepuentes, oyendo todavía a lo lejos a los pájaros de la
Isla, y convencido de percibirlos todavía a través de las lumbres de la sentina,
Roberto oía ahora aquellos sonidos harto más próximos. No podían venir de la
ribera: otros pájaros, por tanto, y no lejanos, estaban cantando allende las
plantas, hacia la proa, en dirección de aquel pañol en el que la noche de antes
había oído los ruidos.
Le pareció, avanzando, que el vergel terminaba a los pies de un tronco de alto
tallo que perforaba la puente superior, luego
entendió que había llegado más o menos al centro del navío, donde el árbol mayor
se entrevenaba hasta la ínfima carena. En aquel punto, artificio y naturaleza se
estaban confundiendo tanto que podemos justificar la confusión de nuestro héroe.
También porque, precisamente en ese punto, su nariz empezó a advertir una mezcla
de aromas, calumbres terrosas y hedor animal, como si lentamente estuviera
pasando de un huerto a un redil.
Y fue al caminar allende el tronco del árbol mayor, hacia la proa, cuando vio la
pajarera.
No supo definir de otra forma ese conjunto de jaulas de caña, atravesadas por
sólidas ramas que les eran percha, habitadas por animales voladores, dedicados a
adivinar esa aurora de la que recibían sólo una limosna de luz, y a responder
con voces discordes al reclamo de sus semejantes que cantaban libres en la Isla.
Apoyadas en el suelo o péndulas de las rejillas de la puente, las jaulas se
disponían a lo largo de aquel otro crucero como estalactitas y estalagmitas,
dando vida a otra espelunca de las maravillas, donde los animales revoloteando
hacían oscilar las jaulas, y éstas se cruzaban con los rayos del sol, y ellos
creaban un mariposeo de colores, una nevasca de arco iris.
Si hasta aquel día jamás había oído cantar de verdad a los pájaros, tampoco
podía decir Roberto que los hubiera visto, por lo menos con tantas hechuras, a
tal punto que se preguntó si estaban en estado de naturaleza o si no los habría
pintado la mano de un artista y aderezado para alguna farsa, o para simular un
ejército en revista, cada infante y cada caballero envuelto en su propio
estandarte.
Cohibidísimo Adán, no tenía nombres para aquellas cosas, sino los de los pájaros
de su hemisferio; he aquí una garza, se decía, una grulla, una codorniz… mas era
como tratar de oca a un cisne.
Aquí, prelados con la amplia cola cardenalicia y el pico en forma de alquitara
desplegaban alas de hierba, inflando una garganta purpurina y descubriendo un
pecho azul salmodiaban
casi humanos; allá, múltiples escuadras se exhibían en gran justa intentando
asaltos a las deprimidas cúpulas que circunscribían su arena, entre relámpagos
de tórtola y estocadas rojas y amarillas, como oriflamas que un alférez
estuviera lanzando y recogiendo al vuelo. Enojados jinetes, con largas patas
nerviosas en un espacio demasiado angosto, relinchaban airados cra cra cra, a
veces vacilando sobre un pie solo y mirándose recelosos en derredor, vibrando
los copetes sobre la cabeza tendida… Solo, en una jaula construida a su medida,
un gran capitán, con el manto azulino, el justillo bermejo como el ojo, y el
penacho de lirios sobre la cimera, exhalaba un gemido de paloma. En una jaulilla
junto a ésta, tres peones permanecían en el suelo, faltos de alas, brincantes
ovillos de lana encenagada, el hociquito de ratón, bigotudo en la raíz de un
largo pico recorvo dotado de aletas con las cuales los pequeños monstruos
husmeaban, picoteando las lombrices que encontraban por el camino… En una jaula
que se desanudaba como un intestino, una pequeña cigüeña con las patas de
zanahoria, el pecho aguamarina, las alas negras y el pico morado, se movía
titubeante, seguida por algunos pequeños en fila india y, al detenerse aquella
senda suya, despechada graznaba, primero obstinándose en romper lo que creía una
maraña de sarmientos, luego reculando e invirtiendo el camino, y sin saber sus
criaturas si caminarle delante o detrás.
Roberto estaba dividido entre la excitación del descubrimiento, la piedad por
aquellos prisioneros, el deseo de abrir las jaulas y ver su catedral invadida
por aquellos heraldos de un ejército de los aires, para substraerlos al asedio
al cual el Daphne, a su vez asediado por sus otros semejantes allá afuera, los
obligaba. Pensó que estarían hambrientos, y vio que en las jaulas aparecían sólo
migajas de comida, y que las vasijas y las escudillas que habían de contener el
agua estaban vacías. Pero descubrió, junto a las jaulas, sacos de simientes y
jirones de pescado seco, preparados por quien quería conducir aquel botín a
Europa, pues una nave no
va por los mares del opuesto sur sin traer a las cortes o a las academias
testimonios de esos mundos.
Siguiendo adelante encontró también un recinto hecho con tablas, con una docena
de animales que adscribió a la especie gallinácea, aunque en su casa no había
visto semejante plumaje. También ellos parecían hambrientos, aunque las gallinas
habían puesto (y celebraban el acontecimiento como sus socias de todo el mundo)
seis huevos.
Roberto cogió inmediatamente uno, lo agujereó con la punta del cuchillo y lo
bebió como acostumbraba de niño. Luego se metió los demás en la camisa, y para
compensar a las madres, y a los fecundísimos padres que lo fijaban ceñudos
meneando las barbas, distribuyó agua y comida; y así hizo jaula por jaula,
preguntándose qué providencia le había allegado al Daphne precisamente mientras
los animales estaban extremados. Hacía, en efecto, ya dos noches que Roberto
estaba en el navío y alguien había cuidado de las jaulas a lo sumo el día
anterior a su llegada. Se sentían como un invitado que llega, sí, con retraso a
una fiesta, pero justamente apenas hanse ido los últimos huéspedes y las mesas
aún no se han recogido.
Por lo demás, se dijo, que aquí antes había alguien y ahora ya no lo hay, está
claro. Que estuviere uno, o diez días antes de mi llegada, no cambia para nada
mi hado, a lo sumo lo hace más burlón: naufragando un día antes, habría podido
unirme a los marineros del Daphne, donde quiera que hayan ido. O acaso no,
habría podido morir con ellos, si murieron. Lanzó un suspiro (por lo menos no
era un asunto de ratones) y concluyó que tenía a disposición también unos
pollos. Pensó otra vez en su propósito de rendirles la libertad a los bípedos de
más noble linaje, y convino en que, si el exilio suyo había de durar mucho,
también aquestos habrían podido resultar de buen yantar. Eran bellos y
abigarrados también los hidalgos ante Casal, pensó, y con todo, les
disparábamos, y si el asedio hubiera durado, nos los habríamos incluso comido.
Quien ha sido soldado en la guerra de
los treinta años (digo yo, pero quien la estaba viviendo entonces no la llamaba
así, y quizá no había ni entendido que se trataba de una larga y única guerra en
la cual, de vez en cuando, alguien firmaba una paz) ha aprendido a ser duro de
corazón.
4
LA FORTIFICACIÓN DEMOSTRADA
Por qué Roberto evoca Casal para describir sus primeros días en el navío? Desde
luego, existe el gusto del símil: cercado una vez y cercado la otra, aunque a un
hombre de su siglo le pediríamos algo mejor. En todo caso, de la semejanza
debían fascinarle las diferencias, fecundas, de elaboradas antítesis: en Casal
había entrado por su elección, para que los otros no entraran, y al Daphne había
sido arrojado, y anhelaba sólo salir. Yo diría, más bien, que mientras vivía una
historia de penumbras, recorría con el pensamiento una sucesión de acciones
convulsivas vividas a pleno sol, de suerte que las rutilantes jornadas del
sitio, que la memoria le devolvía, lo compensaran de ese su pálido vagamundear.
Y quizá haya más. En la primera parte de su vida, Roberto había tenido sólo dos
períodos en los cuales había aprendido algo del mundo y de los modos de
habitarlo, me refiero a los pocos meses del asedio y a los últimos años en
París: ahora estaba viviendo su tercera edad de formación, quizá la postrera, al
final de la cual la madurez habría coincidido con la disolución, y estaba
intentando conjeturar su secreto mensaje viendo el pasado como figura del
presente.
Casal había sido, al principio, una historia de salidas. Roberto se la cuenta a
la Señora, transfigurando, como para decirle que, incapaz como había sido de
expugnar la tan guardada fortaleza de
su nieve intacta, herida pero no encendida por la llama de sus dos soles, a la
viva llama de otro sol había sido, en cambio, capaz de confrontarse con quien
ponía cerco a su ciudadela monferrina.
La mañana siguiente a la llegada de los de la Griva, Toiras había enviado unos
oficiales aislados, carabina al hombro, a observar qué estaban instalando los
napolitanos sobre la colina conquistada el día de antes. Los oficiales se habían
acercado demasiado, había seguido un intercambio de disparos, y un joven
lugarteniente del regimiento Pompadour había sido muerto. Sus compañeros lo
trajeron dentro de las murallas, y Roberto vio el primer muerto matado de su
vida.
Toiras decidió hacer ocupar las casas a las que aludiera el día de antes.
Podía seguirse bien, desde los baluartes, la avanzada de diez mosqueteros, que a
un cierto punto se habían dividido para ensayar una tenaza sobre la primera
casa. De las murallas salió un cañonazo que pasó sobre sus cabezas y fue a
destechar la casa: como una bandada de insectos, salieron algunos españoles que
se dieron a la fuga. Los dejaron escapar los mosqueteros, se apoderaron de la
casa, atrincheráronse en ella, y abrieron un fuego de estorbo hacia la colina.
Era oportuno que la operación se repitiera sobre otras casas: incluso desde los
baluartes podía verse ahora que los napolitanos habían empezado a excavar
trincheras ribeteándolas con vigas y gaviones. Pero éstas no circunscribían la
colina, se adelantaban hacia la llanura. Roberto vino a saber que así se
empezaban a construir las minas. Una vez llegadas a las murallas, habrían sido
estibadas, en el ultimísimo trecho, con pipas de pólvora. Era preciso impedir
continuamente que los trabajos de excavación alcanzaran un nivel suficiente para
proceder bajo tierra, si no, a partir de aquel punto los enemigos habrían
trabajado bien amparados. El juego estaba todo allí, prevenir desde fuera y al
descubierto la construcción de las galerías, y excavar galerías de contramina
mientras no llegara la armada de socorro, y mientras
hubieran durado las vituallas y municiones. En un asedio no hay nada más que
hacer: estorbar a los demás, y esperar.
La mañana después, como prometido, fue el turno del fuerte. Roberto se encontró
embrazando su escopeta en medio de un ayuntamiento indisciplinado de gente que
en Lù, en Coccaro, o en Odalengo, no tenía ganas de trabajar, y de corsos
taciturnos, abarrotados en barcazas para cruzar el Po, después de que dos
compañías francesas hubieran tocado ya la otra ribera. Toiras con su séquito
observaba desde la ribera derecha, y el viejo Pozzo le hizo al hijo un gesto de
saludo, primero indicando un «anda, anda» con la mano, luego llevando el índice
a que estirara el pómulo, para decir «ojo».
Las tres compañías se acamparon en el fuerte. La construcción no había sido
completada, y parte del trabajo ya hecho se había caído en pedazos. La tropa
pasó la jornada atrincherando los huecos en las murallas, pero el fuerte estaba
bien protegido por un foso, allende el cual fueron enviadas algunas centinelas.
Al caer la noche, el cielo era tan claro que las centinelas dormitaban, y ni
siquiera los oficiales juzgaban probable un ataque. Y en cambio, de repente, se
oyó tocar a la carga y vieron aparecer a la caballería española.
Roberto, colocado por el capitán Bassiani detrás de algunas balas de paja que
colmaban un trecho derrumbado del recinto, no tuvo tiempo de entender lo que
sucedía: cada caballero llevaba tras de sí un mosquetero y, como llegaron junto
al foso, los caballos empezaron a costearlo en círculo, mientras los mosqueteros
disparaban eliminando a las pocas centinelas, luego todos los mosqueteros habían
saltado de la grupa, rodando en el foso. Mientras los jinetes se disponían en
hemiciclo ante la entrada, obligando a los defensores a cubrirse con un fuego
nutrido, los mosqueteros ganaban incólumes la puerta y las brechas menos
defendidas.
La compañía italiana, que estaba de guardia, había descargado las armas y se
había dispersado presa del pánico, y por
esto habría de llevarse gran escarnio, mas tampoco las compañías francesas
supieron comportarse mejor. Entre el principio del ataque y la escalada de las
murallas habían pasado pocos minutos, y los hombres fueron sorprendidos por los
atacantes, ya dentro del cerco, cuando todavía no se habían armado.
Los enemigos, aprovechando la interpresa, estaban haciendo una matanza de la
guarnición, y eran tan numerosos que mientras algunos se empeñaban en derribar a
los defensores aún de pie, otros se lanzaban ya a despojar a los caídos.
Roberto, después de haber disparado sobre los mosqueteros, mientras recargaba
con fatiga, por el hombro aturdido a causa de la coz de la escopeta, había sido
sorprendido por la carga de los caballos, y los cascos de un animal que le
pasaba por encima de la cabeza, a través de la brecha, le habían sepultado bajo
el desmoronamiento de la barricada. Fue una fortuna: protegido por la paja
caída, se había librado del primer y mortal impacto, y ahora, escudriñando desde
su pajar, veía con horror a los enemigos rematar a los heridos, cortar un dedo
para llevarse un anillo, una mano por un brazal.
El capitán Bassiani, para reparar la mancilla de sus hombres en fuga, todavía
estaba batiéndose animosamente, pero fue rodeado y hubo de rendirse. Desde el
río habían dado en la cuenta de que la situación era crítica, y el coronel la
Grange, que acababa de abandonar el fuerte después de una inspección para volver
a Casal, intentaba lanzarse en socorro de los defensores, refrenado por sus
oficiales, que aconsejaban, en cambio, pedir refuerzos en la ciudad. De la
ribera derecha salieron otras barcas, mientras, despertado de sobresalto,
llegaba al galope Toiras. Se comprendió en poco tiempo que los franceses estaban
en fuga, y lo único era ayudar con tiros de cobertura a los que se habían
salvado para que alcanzaran el río.
En esta confusión, se vio al viejo Pozzo que, en ascuas, iba y venía cual
lanzadera entre el estado mayor y el amarradero de las barcas, buscando a
Roberto entre los que se habían librado.
Cuando estuvo casi seguro de que ya no había más barcas por llegar, se le oyó
emitir un: «¡Oh, críspolis!» Luego, como hombre que conocía los caprichos del
río, y haciendo pasar por mentecatos a los que hasta entonces se habían afanado
remando, había elegido un punto delante de los islotes y había empujado el
caballo al agua, espolándolo. Atravesando un bajío estuvo en la otra ribera sin
que tuviera el caballo ni siquiera que nadar, y se arrojó como un loco, la
espada alzada, hacia el fuerte.
Un grupo de mosqueteros enemigos le salió al encuentro, mientras ya el cielo se
aclaraba, y sin entender quién era aquel solitario: el solitario los atravesó,
eliminando por lo menos a cinco con fendientes seguros, topó con dos caballeros,
hizo que el caballo se empinara, se inclinó de lado evitando un golpe y de golpe
se irguió haciendo con el acero un círculo en el aire: el primer adversario se
abandonó sobre la silla con los intestinos colgantes a lo largo de las botas
mientras el caballo huía, el segundo se quedó con los ojos abiertos de par en
par, buscándose con los dedos una oreja que, unida a la mejilla, le colgaba por
debajo de la barbilla.
Pozzo llegó bajo el fuerte, y los invasores, ocupados en despojar a los últimos
fugitivos heridos por la espalda, no entendieron ni siquiera de dónde venía.
Entró en el recinto llamando en voz alta al hijo, arrolló a otras cuatro
personas mientras llevaba a cabo una especie de torneo blandiendo la espada
hacia todos los puntos cardinales; Roberto, asomando de repente de entre la
paja, lo vio de lejos, y antes que al padre reconoció a Pañufli, el caballo
paterno con el que jugaba desde hacía años. Se metió dos dedos en la boca y
emitió un silbido que el animal conocía bien, y, en efecto, se había encabritado
ya, irguiendo las orejas, y estaba arrastrando al padre hacia la brecha. Pozzo
vio a Roberto y gritó:
—¿Pero será sitio donde meterse? ¡Monta, insensato!
Y mientras Roberto saltaba sobre la grupa, aferrándose a su cintura, dijo:
—Miseria, a ti nunca se te encuentra donde has de estar. Luego, incitando a
Pañufli, se echó al galope hacia el río.
En ese punto algunos de los saqueadores cayeron en la cuenta de que aquel hombre
en aquel lugar estaba fuera de lugar, y lo señalaron gritando. Un oficial, con
la coraza abollada, seguido por tres soldados, intentó cortarle el paso. Pozzo
lo vio, hizo como si se desviara, luego tiró las riendas y exclamó:
—¡Lo que se dice el destino!
Roberto miró hacia adelante y reparó en que era el español que les había dejado
pasar dos días antes, También él había reconocido a su presa, y con los ojos
brillantes avanzaba con la espada levantada.
El viejo Pozzo pasó rápidamente la espada a la izquierda, extrajo la pistola del
cinturón, y extendió el brazo, todo de una manera tan rápida que sorprendió al
español, que arrastrado por el ímpetu estaba casi a su altura. Pero no disparó
enseguida. Se tomó el tiempo de decir:
—Me perdonará la pistola, pero si Vuesa Merced lleva la coraza, bien tendré
derecho…
Apretó el gatillo y lo dejó tendido con una bala en la boca. Los soldados,
viendo caer al jefe, se dieron a la fuga, y Pozzo repuso la pistola diciendo:
—Mejor será que nos vayamos, antes de que pierdan la paciencia… ¡Arre, Pañufli!
En un gran polvorín atravesaron la explanada y, entre violentas salpicaduras, el
río, mientras alguien desde lejos aún estaba descargando las armas a sus
espaldas.
Llegaron entre aplausos a la ribera derecha. Toiras dijo:
—Très bien fait, mon cher ami —luego a Roberto—: La Grive, hoy todos han
escapado y sólo Vuestra Merced hase quedado. De casta le viene al toro. Está
desperdiciado en esa compañía de cobardes. Pasará a mi séquito.
Roberto dio las gracias y luego, apeándose de la silla, tendió la mano al padre,
para darle las gracias también a él. Pozzo se la
estrechó distraídamente diciendo:
—Lo siento por ese gentilhombre español, que era de verdad una buena persona.
Vaya, la guerra es una gran mala bestia. Por otra parte, acuérdate siempre, hijo
mío: buenos sí, pero si alguien te sale al encuentro para matarte es él el que
no tiene razón. ¿O no?
Se recogieron en la ciudad, y Roberto oyó que su padre farfullaba aún, consigo
mismo:
—Yo no lo he buscado…
5
EL LABERINTO DEL MUNDO
Parece ser que Roberto evoca ese episodio embargado por un momento de filial
piedad, fantaseando un tiempo feliz en el que una figura protectora podía
substraerlo al extravío de un asedio, pero no puede evitar recordar lo que
sucedió a continuación. Y no lo juzgo un simple accidente de la memoria. Ya he
dicho que considero que Roberto hace colidir aquellos acontecimientos lejanos
con su experiencia en el Daphne para encontrar nexos, razones, signos del
destino. Ahora diría que el recorrer con el pensamiento los días de Casal le
sirve, en el navío, para rastrear las fases por las cuales, mancebo, estaba
aprendiendo lentamente que el mundo se articulaba por enajenadas arquitecturas.
Como decir que, por una parte, el encontrarse ahora suspendido entre cielo y mar
podía parecerle sólo el desarrollo más consecuente de aquellos tres lustros
suyos de peregrinaciones en un territorio hecho de atajos ahorquillados; y por
otra parte, creo, precisamente al reconstruir la historia de sus desasosiegos,
intentaba encontrar confortación para su estado presente, como si el naufragio
lo hubiera devuelto a aquel paraíso terrenal que había conocido en la Griva, y
del que se había alejado llegándose entre las murallas de la ciudad asediada.
Ahora Roberto ya no estaba a despiojarse en los reales de los soldados, sino en
la mesa de Toiras, en medio de gentiles hombres que venían de París, y los
escuchaba, sus fanfarronadas, las evocaciones de otras campañas, los discursos
fatuos y brillantes. De estas conversaciones —y desde la primera noche— había
sacado razón de creer que el asedio de Casal no era la empresa a la cual había
creído aprestarse.
Había ido allí para dar vida a sus sueños caballerescos, alimentados por los
libros que había leído en la Griva: ser hidalgo y llevar, por fin, una espada en
el cinto significaba para él convertirse en un paladín que desharía agravios y
entuertos, o se pondría en toda suerte de ocasiones y peligros por una palabra
de su rey, o por la salvación de una dama. Después de la llegada, las santas
tropas a las que se había unido se habían revelado un tropel de pueblerinos
desganados, dispuestos a volver la espalda al primer choque.
Ahora había sido admitido en una concurrencia de valientes que lo acogían como
par suyo. Mas él sabía que su hazaña era efecto de un equívoco, y que no había
huido porque estaba aún más atemorizado que los fugitivos. Y lo que es peor es
que, mientras los presentes, después que el señor de Toiras se había alejado, se
quedaban hasta noche cerrada y daban rienda suelta a las charlas, él estaba
dando en la cuenta de que el asedio mismo no era sino un capítulo de una
historia sin sentido.
Así pues, don Vicente de Mantua había muerto dejándole el ducado a Nevers, pero
habría bastado con que cualquier otro hubiera conseguido ser el último en verle,
y toda aquella historia habría sido diferente. Por ejemplo, también Carlos
Manuel se preciaba de algún derecho sobre el Monferrato por causa de una sobrina
(se desposaban todos entre ellos) y quería, desde hacía tiempo, adjudicarse
aquel marquesado que era como una espina en el flanco de su ducado, donde
penetraba como una cuña hasta
pocas decenas de millas de Turín. Por eso, inmediatamente después de la
designación de Nevers, Gonzalo de Córdoba, aprovechando de las ambiciones del
duque saboyano para defraudar las de los franceses, le había sugerido que se
uniera a los españoles para tomar con ellos al Monferrato, y luego partírselo a
medias. El emperador, que tenía ya demasiados problemas con el resto de Europa,
no había dado su consentimiento a la invasión pero ni siquiera se había
pronunciado contra Nevers. Gonzalo y Carlos Manuel se habían resuelto, y uno de
los dos había empezado a apoderarse de Alba, Trino y Moncalvo. Bueno sí,
estúpido no, el emperador había puesto Mantua bajo secuestro, encomendándosela a
un comisario imperial.
El compás de espera había de valer para todos los pretendientes, aunque
Richelieu lo había tomado como un desaire para Francia. O le resultaba cómodo
tomárselo así, pero no se movía porque todavía estaba asediando a los
protestantes de la Rochela. España veía con favor aquella matanza de un puñado
de herejes, pero dejaba que Gonzalo sacara provecho de ello para sitiar con ocho
mil hombres Casal, defendida por poco más de doscientos soldados. Y aquél había
sido el primer asedio del Casal.
Mas como el emperador daba la impresión de no ceder, Carlos Manuel se había
olido el mal quite y, mientras seguía colaborando con los españoles, ya tomaba
contactos secretos con Richelieu. Entre tanto, la Rochela caía, Richelieu
recibía los parabienes de la corte de Madrid por esa bella victoria de la fe,
daba las gracias, volvía a reunir su ejército y, con Luis XIII a la cabeza, le
hacía atravesar el Monginebra en febrero del año 29, y lo abocaba ante Susa.
Carlos Manuel reparaba en que, jugando en dos mesas, corría el riesgo de perder
no sólo el Monferrato sino también Susa e, intentando vender lo que le estaban
quitando, ofrecía Susa a cambio de una ciudad francesa.
Un comensal de Roberto recordaba en tono divertido la historia. Richelieu con un
gran sarcasmo había hecho que le preguntaran al duque si prefería Orléans o
Poitiers, y entre tanto un oficial francés se presentaba en la guarnición de
Susa y pedía albergue para el rey de Francia. El comandante saboyano, que era
hombre de ingenio, había contestado que probablemente su alteza el duque se
habría sentido honradísimo de brindar hospedaje a su majestad, empero, pues que
su majestad había venido con una compañía de tal amplitud, era menester que se
le permitiera avisar antes a su alteza. Con la misma elegancia, el mariscal de
Bassompierre caracoleando sobre la nieve se había descubierto ante su rey y,
advirtiéndole que los violines habían entrado y los comediantes estaban en la
puerta, le pedía el permiso para dar principio a la representación. Richelieu
celebraba la misa de campo, la infantería francesa atacaba, y Susa era
conquistada.
Estando así las cosas, Carlos Manuel decidía que Luis XIII era huésped suyo
gratísimo, iba a darle la bienvenida, y le pedía sólo que no perdiera tiempo en
Casal, que ya estaba ocupándose él dello, y que lo ayudara, en cambio, a
conquistar Génova. Le invitaba cortésmente a que no dijera desatinos y se le
ponía en la mano una bella pluma de oca para firmar un tratado en el que
permitía a los franceses que hicieran sus comodidades en el Piamonte: como
propina obtenía que le dejaran Trino y que se le impusiera al duque de Mantua
que le pagara un alquiler anual por el Monferrato:
—así Nevers —decía el comensal—, para haber lo suyo ¡pagaba el alquiler a quien
jamás lo había poseído!
—¡Y pagó! —reíase otro—. Quel con!
—Nevers siempre ha pagado por sus locuras —había dicho un abate, que a Roberto
le había sido presentado como el confesor de Toiras—. Nevers es un loco de Dios
que cree ser San Bernardo. Ha pensado siempre y únicamente en reunir a los
príncipes cristianos en una nueva cruzada. Son tiempos en que los
cristianos se matan entre ellos, figurémonos quién se ocupa ya de los infieles.
¡Señores de Casal, si de esta amable ciudad queda alguna piedra, Vuestras
Mercedes deberán esperarse que el nuevo señor les invite a todos a Jerusalén!
El abate sonreía divertido, aderezándose los bigotes rubios y bien cuidados, y
Roberto pensaba: eso es, esta mañana iba a morir por un loco, y a este loco le
dicen loco porque sueña, como yo soñaba, con los tiempos de la bella Melisenda y
del Rey Leproso.
Ni tampoco los acontecimientos sucesivos permitían
a Roberto desembrollarse entre las razones de aquella historia. Traicionado por
Carlos Manuel, Gonzalo de Córdoba entendía que había perdido la campaña,
reconocía el acuerdo de Susa, y recogía a sus ocho mil hombres en el Milanesado.
Una guarnición francesa se instalaba en Casal, otra en Susa, el resto del
ejército de Luis XIII volvía a pasar los Alpes para ir a liquidarse a los
últimos hugonotes en el Languedoc y en el valle del Ródano.
Pero nadie entre aquellos gentiles hombres tenía intención de mantener fe a los
pactos, y los comensales lo contaban como si fuera algo completamente natural,
antes, algunos asentían observando que «la Raison d’Estat, ah, la Raison
d’Estat». Por razones de estado, Olivares —Roberto entendía que era algo así
como un Richelieu español, aunque menos sonreído por la fortuna — daba en la
cuenta de la reputación que había perdido, despachaba de mala manera a Gonzalo,
ponía en su lugar a Ambrosio Espínola y mandaba decir que la ofensa hecha a
España iba en detrimento de la Iglesia.
—Historias —observaba el abate—, Urbano VIII había favorecido la sucesión de
Nevers.
Y Roberto a preguntarse qué tenía que ver el Papa con asuntos que no tenían
ninguna pertinencia con cuestiones de fe.
Entre tanto el emperador, y quién sabe lo que Olivares lo apremiaría, y de qué
mil maneras, se acordaba de que Mantua estaba aún bajo comisariato, y que Nevers
no podía ni pagar ni no
pagar por algo que todavía no le correspondía; perdía la paciencia y mandaba
veinte mil hombres a sitiar la ciudad. El Papa, al ver que mercenarios
protestantes hacían correrías por Italia, pensaba inmediatamente en otro saco de
Roma, y enviaba tropas a la frontera del Mantuano. El Espínola, más ambicioso y
resuelto que Gonzalo, decidía volver a sitiar Casal, pero esta vez en serio. En
definitiva, concluía Roberto, para evitar las guerras no habría que hacer jamás
tratados de paz.
En diciembre del año 29, los franceses volvían a franquear los Alpes. Carlos
Manuel, según los pactos, habría debido dejarlos pasar, pero así, para dar
prueba de lealtad, volvía a proponer sus pretensiones sobre el Monferrato y
solicitaba seis mil soldados franceses para sitiar Génova, que desde luego era
su idea fija. Richelieu, que lo consideraba una serpiente, no decía ni que sí ni
que no. Un capitán, que vestía en Casal como si estuviera en la corte, evocaba
una jornada del pasado febrero:
—Una gran fiesta, amigos míos, faltaban los músicos del palacio real, ¡mas había
cajas y clarines! ¡Su Majestad, seguido por el ejército, cabalgaba ante Turín
con un traje negro bordado de oro, una pluma en el sombrero y la coraza bien
reluciente!
Roberto se esperaba el relato de un gran asalto, pero no, también aquello había
sido sólo un desfile; el rey no atacaba, hacía por sorpresa una desviación hacia
Pinarolo y se apropiaba della, o se volvía a apropiar, visto que algún centenar
de años antes había sido ciudad francesa. Roberto tenía una vaga idea de dónde
estaba Pinarolo, y no entendía por qué razón había que tomar a ésta para liberar
Casal.
—¿Acaso nosotros estamos sitiados en Pinarolo? — se preguntaba.
El Papa, preocupado por los visos que estaban tomando las cosas, mandaba un
representante suyo a Richelieu para recomendarle que devolviera la ciudad a los
Saboya. Los comensales se habían prodigado en chismes sobre aquel enviado, un
tal Julio Mazzarini: un siciliano, un plebeyo romano, qué va,
encarecía las cosas el abate, el hijo natural de uno de la Ciociaria de oscura
cuna, convertido en capitán no se sabe cómo, que servía al Papa pero que estaba
haciendo toda suerte de cosas para ganarse la confianza de Richelieu, que a
aquesas alturas desvivíase por él. Y era menester no perderlo de vista, ya que
en aquel momento estaba, o iba a salir en dirección de Ratisbona, que está en
los quintos infiernos, y era allá donde se decidían los destinos de Casal, no
con una que otra mina o contramina.
Entre tanto, como Carlos Manuel intentaba cortarles las comunicaciones a las
tropas francesas, Richelieu se apoderaba también de Annecy y Chambery, y
saboyanos y franceses chocaban en Avigliana. En esta lenta partida, los
imperiales amenazaban Francia entrando en Lorena, Wallenstein estaba moviéndose
en ayuda de los Saboya, y en julio, un puñado de imperiales transportados sobre
barcazas había capturado por sorpresa una esclusa en Mantua, el ejército al
completo había entrado en la ciudad, la había saqueado durante setenta horas,
vaciando el palacio ducal de cabo a cabo y, así, para tranquilizar al Papa, los
luteranos de la armada imperial habían despojado todas las iglesias de la
ciudad. Sí, precisamente aquellos lansquenetes que Roberto había visto, llegados
para ayudar a Espínola.
El ejército francés todavía estaba ocupado en el norte y nadie sabía decir si
habría llegado a tiempo antes de que Casal cayera. No quedaba sino esperar en
Dios, había dicho el abate:
—Señores, es virtud política saber que hanse de procurar los medios humanos como
si no hubiese divinos y los divinos como si no hubiese humanos.
—Esperemos pues en los medios divinos —había exclamado un gentilhombre, pero con
tono poquísimo compungido, y agitando el cáliz tanto que hizo caer el vino sobre
la casaca del abate.
—Vuestra Merced me ha manchado de vino —había gritado el abate descaeciendo su
color natural, que era la manera en la que
se airaban en aquella época.
—Haga —había respondido el otro—, como si le hubiera sucedido durante la
consagración. Vino aquél, vino éste.
—Señor de Saint-Savin —había gritado el abate levantándose y llevando la mano a
la espada—, ¡no es la primera vez que Vuestra Merced deshonra su nombre
blasfemando sobre el de Nuestro Señor! ¡Habría hecho mejor, Dios me perdone,
quedándose en París a infamar damas, como es costumbre de Vuestras Mercedes los
pirronianos!
—Vamos —había contestado Saint-Savin, evidentemente borracho—, nosotros, los
pirronianos, de noche íbamos a bailarles la música a las damas, y los hombres
ahigadados que querían jugar alguna mala pasada se unían a nosotros. Mas, cuando
la dama no se asomaba, bien sabíamos que no lo hacía por no dejar el lecho que
le estaba calentando el eclesiástico de familia.
Los demás oficiales se habían levantado y refrenaban al abate que quería
desenvainar la espada. El señor de Saint-Savin está alterado por el vino, le
decían, había que concederle algo a un hombre que aquellos días se había batido
bien, y un poco de respeto por los compañeros muertos había poco.
—Pues sea —había concluido el abate abandonando la sala—, señor de Saint-Savin,
invito a Vuestra Merced a que termine la noche recitando un De Profundis por
nuestros amigos que han entregado el alma, y me consideraré satisfecho.
El abate había salido, y Saint-Savin, sentado justo al lado de Roberto, se había
apoyado sobre su hombro y había comentado:
—Los perros y los pájaros de río no hacen más ruido que el que hacemos nosotros
aullando un De Profundis. ¿Por qué tantos retoques y tantas misas para resucitar
a los muertos?
Había vaciado de golpe la copa, había amonestado a Roberto con el dedo
levantado, como para educarlo a una vida recta y a los sumos misterios de
nuestra santa religión:
—Que Vuestra Merced esté orgulloso: hoy ha acariciado una bella muerte, y
condúzcase en el futuro con la misma negligencia,
sabiendo que el alma muere con el cuerpo. Y vaya, pues, Vuestra Merced a la
muerte después de haber gozado la vida. Somos animales entre los animales, hijos
todos de la materia, salvo que estamos más inermes. Mas ya que, a diferencia de
las fieras, sabemos que debemos morir, preparémonos a ese momento gozando de la
vida que nos ha sido dada por el azar y por azar. Que la sabiduría nos enseñe a
emplear nuestros días para beber y conversar amablemente, como conviene a los
gentiles hombres, despreciando las almas ruines. ¡Camaradas, la vida está en
deuda con nosotros! Estamos pudriéndonos en Casal, y hemos nacido demasiado
tarde para disfrutar de los tiempos del buen rey Enrique, cuando en el Louvre te
encontrabas con bastardos, monos, locos y bufones de corte, con enanos y
cul-de-jatte, con músicos y poetas, y el Rey se divertía con ellos. Ahora,
jesuitas lascivos como machos cabríos truenan contra quien lee a Rabelais y a
los poetas latinos, y querríannos a todos virtuosos para matar a los hugonotes.
Señor Dios, la guerra es bella, pero quiero batirme por mi placer y no porque mi
rival coma carne el viernes. Los paganos eran más cuerdos que nosotros. También
ellos tenían tres dioses, pero por lo menos, su madre Cibeles no pretendía
haberlos parido quedándose virgen.
—Señor —había protestado Roberto, mientras que los demás reían.
—Señor —había contestado Saint-Savin—, la primera prenda de un hombre de bien es
el desprecio de la religión, que nos quiere temerosos de la cosa más natural del
mundo, que es la muerte, aborrecedores de lo único bello que el destino nos ha
dado, que es la vida, y aspirantes a un cielo donde de eterna beatitud viven
sólo los planetas, que no gozan ni de premios ni de condenas, sino de su eterno
movimiento, en brazos del vacío. Que Vuestra Merced sea fuerte como los sabios
de la antigua Grecia y mire a la muerte con ojo firme y sin miedo. Jesús sudó
demasiado esperándola. ¿Qué tenía que temer, por otra parte, pues habría
resucitado?
—Ya basta, señor de Saint-Savin —le había casi prevenido un oficial tomándolo
por el brazo—. No dé mal ejemplo a este nuestro joven amigo, que todavía no sabe
que en París hoy día la impiedad es la forma más exquisita del bon ton, y podría
tomarle demasiado en serio. Y váyase a dormir también Vuestra Merced, señor de
la Grive. Sepa que el buen Dios es tan socorredor que perdonará también al señor
de Saint-Savin. Como decía aquel teólogo, fuerte es un rey que todo lo acaba,
más fuerte una mujer que todo lo recaba, pero aún más fuerte el vino que ahoga
la razón.
—Cita a medias, señor —había farfullado Saint-Savin mientras dos de sus
camaradas lo arrastraban fuera casi en volandas—, esta frase atribúyesele a la
Lengua, que había añadido: aún más fuerte es, con todo y eso, la verdad y yo que
la mantengo. Y mi lengua, aunque la mueva ya con esfuerzo, no callará. El sabio
no debe atacar la mentira sólo a golpes de espada sino también a golpes de
lengua. Amigos, ¿cómo podéis llamar socorredora a una divinidad que quiere
nuestra infelicidad eterna sólo para calmar su cólera de un instante? ¿Nosotros
hemos de perdonar a nuestro prójimo y él no? ¿Y deberíamos amar a un ser tan
cruel? El abate me ha llamado pirroniano, pero nosotros los pirronianos, si así
él quiere, nos preocupamos de consolar a las víctimas de la impostura. Una vez,
con tres compadres, repartimos entre las damas unos rosarios con medallitas
obscenas. ¡Si supierais lo devotas que se volvieron desde aquel día!
Había salido, acompañado por las risotadas de toda la brigada, y el oficial
había comentado:
—Si no Dios, por lo menos nosotros le perdonamos su lengua, visto que tiene una
tan bella espada. —Luego a Roberto—: Téngalo Vuestra Merced por amigo, y no lo
contraríe más de lo debido. Ha dejado en el sitio a más franceses él, en París,
por un punto de teología, que los españoles que mi compañía ha pasado por las
armas en estos días. No quisiera tenerlo junto a mí en
misa, pero me consideraría afortunado de tenerlo a mi lado en el campo.
Educado así a las primeras dudas, otras debía conocer Roberto el día después.
Había vuelto a esa ala del castillo donde había dormido las primeras dos noches
con sus monferrines, para coger su saco, pero le costaba trabajo orientarse
entre patios y pasillos. Por uno de éstos procedía, reparando en que había
equivocado el camino, cuando vio en el fondo un espejo plúmbeo de suciedad, en
el cual se divisó a sí mismo. Acercándose dio en la cuenta de que aquel sí mismo
tenía, sí, su rostro, pero vistosos vestidos a la española, y llevaba los
cabellos recogidos en una cofia de red. No sólo, sino que aquel sí mismo, a un
cierto punto, ya no estaba de frente, sino que desaparecía de lado.
No se trataba, por tanto, de un espejo. Reparó, en efecto, en que era un
ventanal, con los cristales empolvados, que asomaba a una explanada exterior, de
donde se descendía por una escalera hacia el patio. Así pues, no se había visto
a sí mismo sino a alguien más, muy parecido a él, de quien ahora había perdido
el rastro. Naturalmente, pensó inmediatamente en Ferrante. Ferrante lo había
seguido, o precedido a Casal, quizá estaba en otra compañía del mismo
regimiento, o en uno de los regimientos franceses y, mientras él arriesgaba su
vida en el fuerte, aquél obtenía de la guerra quién sabe cuáles ventajas.
En esa edad, Roberto se inclinaba ya a sonreír de sus fantasías pueriles sobre
Ferrante, y reflexionando sobre su visión se convenció bien pronto de que había
visto sólo a alguien que podía vagamente asemejársele.
Quiso olvidar lo acaecido. Durante años había rumiado acerca de un hermano
invisible, aquella noche había creído verlo pero, precisamente (se dijo
intentando con la razón contradecir a su corazón), si alguien había visto, no
era figmento, y puesto que
Ferrante era figmento, aquél que había visto no podía ser Ferrante.
Un maestro de lógica habría objetado a aquel paralogismo, pero por el momento a
Roberto podía bastarle.
6
GRAN ARTE DE LA LUZ Y DE LA SOMBRA
Después de haber dedicado su carta a los primeros recuerdos del asedio, Roberto
había encontrado algunas botellas de vino de España en el camarote del capitán.
No podemos reconvenirle si, encendido el fuego y preparada una sartén de huevos
con migajas de pescado ahumado, descorchara una botella y se concediera una cena
opípara en una mesa casi aderezada con arte. Si náufrago debía permanecer
durante mucho tiempo, para no embrutecerse habría debido atenerse a las buenas
costumbres. se acordaba de que en Casal, cuando las heridas y las enfermedades
estaban induciendo ya a los mismos oficiales a comportarse como náufragos, el
señor de Toiras había pedido que, por lo menos en la mesa, cada uno recordara lo
que había aprendido en París:
—Presentarse con la ropa limpia, y no beber después de cada bocado, y limpiarse
antes los mostachos y la barba, y no relamerse los dedos, y no escupir en el
plato, y no sonarse la nariz con el mantel. ¡No somos imperiales, Señores!
se había despertado la mañana después con el canto del gallo, pero había
holgazaneado durante mucho tiempo. Cuando, en la galería, había vuelto a
entreabrir la ventana, entendió que se había levantado con retraso respecto del
día de antes, y el alba
estaba ya cediendo a la aurora: detrás de las colinas se acentuaba ahora lo
róseo del cielo entre un desvanecerse de nubes.
Como pronto los primeros rayos habrían iluminado la playa volviéndola
insoportable para la vista, Roberto había pensado en mirar allá donde el sol
todavía no dominaba, y a lo largo de la galería se había llegado al otro bordo
del Daphne, hacia la tierra occidental. Se le presentó inmediatamente como un
quebrado perfil turquesa que, con el pasar de pocos minutos, se estaba
dividiendo ya en dos franjas horizontales: un cepillo de espesura y palmeras
claras fulguraba bajo la mancha lóbrega de las montañas, sobre la cual dominaban
aún obstinadas las nubes de la noche. Lentamente éstas, negrísimas todavía en el
centro, estaban disgregándose en los bordes en una mixtura blanca y rosa.
Era como si el sol, en vez de herirlas de frente, estuviera industriándose en
nacer desde su interior, y ellas, aun desmayándose de luz en las márgenes,
hinchiéranse turgentes de calina, rebelándose a licuarse en el cielo para
transformarlo en espejo fiel del mar, ahora prodigiosamente claro, deslumbrado
por manchas centelleantes, como si por él bancos de peces dotados de interna
lámpara transitaran. En breve, sin embargo, las nubes habían cedido a la
invitación de la luz, y se habían alumbrado a sí mismas, abandonándose sobre las
cumbres, y por un extremo, se adherían a las laderas condensándose y
depositándose como nata, esponjosa allá donde rebosaba hacia abajo, más compacta
en la cima, en la que formaban un ventisquero; y por el otro, al transformarse
su nevado vértice en una lava sola de hielo, estallaban en el aire cual setas,
exquisitas erupciones en un país de Jauja.
Lo que veía podía bastar, quizá, para justificar su naufragio: no tanto por el
placer que esa móvil actitud de la naturaleza le provocaba, sino por la luz que
aquella luz arrojaba sobre palabras que había oído al Canónigo de Digne.
Hasta entonces, en efecto, se había preguntado a menudo si no estaba soñando. Lo
que le estaba acaeciendo no solía sucederles a los humanos, o podía a lo sumo
recordarle los libros de la infancia: cual criatura de sueño eran tanto el navío
como los seres que en él había encontrado. De la misma sustancia de la que están
hechos los sueños parecían las sombras que desde hacía tres días lo envolvían y,
con el entendimiento frío, daba en la cuenta de que incluso los colores que
había admirado en el vergel y en la pajarera le habían resultado brillantes sólo
a sus ojos asombrados, cuando en realidad se manifestaban sólo a través de aquel
lustre de viejo laúd que recubría todos los objetos del navío, en una luz que ya
había acariciado baos y cuadernas de maderas curadas, encostradas de aceites,
barnices y breas… ¿No habría podido ser, por tanto, un sueño también el gran
teatro de celestes artificios que él creía ver ahora en el horizonte?
No, se dijo Roberto, el dolor que esta luz procura ahora a mis ojos me dice que
no sueño, sino que veo. Las niñas de mis ojos sufren por la tempestad de átomos
que, como desde un gran bajel de guerra, me bombardean desde aquella ribera, y
no es la visión sino este encuentro del ojo con el polvorear de la materia que
lo golpea. Es verdad, le había dicho el Canónigo, que no es que los objetos
desde lejos te envíen, como quería Epicuro, unos simulacros perfectos que
manifiestan la forma externa y la naturaleza oculta. Tú obtienes sólo
signáculos, indicios, para obtener la conjetura que llamamos visión. Pero el
hecho mismo de que él, poco antes, hubiera nombrado mediante varios tropos lo
que creía ver, creando en forma de palabras lo que aquese algo aún informe
sugeríale, le confirmaba que, precisamente, estaba viendo. Y entre las muchas
certidumbres cuya ausencia lamentamos, una sola está presente, y es que todas
las cosas se nos aparecen como se nos aparecen, y no es posible que no sea
absolutamente verdadero que se nos aparecen precisamente así.
Viendo y estando seguro de ver, Roberto tenía la única seguridad sobre la cual
los sentidos y la razón podían contar, esto es, la certeza de que él veía algo:
y ese algo era la única forma de ser de la que podía hablar, no siendo el ser
sino el gran teatro de lo visible dispuesto en la cuenca del Espacio. Lo cual
mucho nos declara sobre aquel siglo singular.
Él estaba vivo, en estado de vigilia, y allá al fondo, isla o continente que
fuere, había una cosa. Qué podía ser, no lo sabía: así como los colores dependen
tanto del objeto del cual reciben la impresión, por la luz que de ellos se
refleja, como del ojo que los fija, así la tierra más lejana se le aparecía como
verdadera en su ocasional y transitorio connubio de la luz, de los vientos, de
las nubes, de sus ojos exaltados y afligidos. Quizá mañana, o dentro de pocas
horas, aquella tierra habría sido diferente.
Lo que él veía no era sólo el mensaje que el cielo le enviaba, sino el resultado
de una amistad entre el cielo, la tierra y la posición (y la hora, y la
estación, y el ángulo) desde la cual él miraba. A buen seguro, si el navío
hubiera echado anclas a lo largo de otra diagonal de la rosa de los vientos, el
espectáculo habría sido diferente, el sol, la aurora, el mar y la tierra habrían
sido otro sol, otra aurora, un mar y una tierra gemelos pero disformes. Aquella
infinidad de los mundos de la que le hablaba Saint-Savin no había que buscarla
solamente allende las constelaciones, sino en el centro mismo de aquella burbuja
del espacio de la cual él, puro ojo, era ahora origen de infinitas paralajes.
Le concederemos a Roberto, entre tantos trabajos, no haber conducido más allá de
tal signo sus especulaciones fueren de metafísica, fueren de física de los
cuerpos; también porque veremos que lo hará más tarde y más de lo debido; aunque
ya en este punto nos lo encontramos meditando que, si podía existir un solo
mundo en el que aparecieran islas diferentes (muchas en ese momento para muchos
robertos que miraran desde muchos navíos dispuestos en diferentes grados de
meridiano), entonces en
este solo mundo podían aparecer y mezclarse muchos robertos y muchos ferrantes.
Quizá aquel día en el castillo se había movido, sin advertirlo, pocas brazas
respecto del monte más alto de la Isla del Hierro, y había visto el universo
habitado por otro Roberto, no condenado a la conquista del fuerte de extramuros,
o salvado por otro padre que no había matado al español gentil.
Pero ante estas consideraciones, Roberto, sin duda, se retiraba para no confesar
que aquel cuerpo lejano, que se hacía y deshacía en metamorfosis voluptuosas, se
había convertido para él en anagrama de otro cuerpo, que habría querido poseer;
y, puesto que la tierra le sonreía lánguida, habría querido alcanzarla y
confundirse con ella, pigmeo dichoso en los senos de aquella airosa giganta.
No creo, sin embargo, que fuera el pudor, sino el miedo de la luz en demasía el
que le indujo a recogerse. Y quizá otro señuelo. En efecto, había oído a las
gallinas anunciar nueva provisión de huevos, y ocurriósele la idea de concederse
para la noche también un pollastro asado. Empero se tomó su tiempo para
aderezarse, con las tijeras del capitán, bigotes, barba y cabellos, todavía de
náufrago. Había decidido vivir su naufragio como un retiro en la quinta del
campo, que le ofrecía una reposada suite de albas, auroras, y (de antemano
saboreaba) ocasos.
Bajó, entonces, menos de una hora después que las gallinas hubieran cantado, y
reparó inmediatamente en que, si habían puesto huevos (y no podían haber mentido
cantando), de huevos él no veía ni rastro. No sólo, sino que todos los pájaros
tenían nuevos granos, bien repartidos, como si todavía no hubieran escarbado en
ellos.
Embargado por una sospecha, había vuelto al vergel, para descubrir que, como el
día de antes y aún más que el día de antes, las hojas estaban lustrosas de
rocío, las campánulas recogían agua límpida, la tierra en las raíces estaba
húmeda, el lodo aún más fangoso: señal pues de que alguien en el curso de la
noche había ido a regar las plantas.
Caso curioso, su primer movimiento fue de celos: alguien tenía señorío de su
mismo navío y le escamoteaba esos cuidados y esas ventajas a las que tenía
derecho. Perder el mundo para conquistar un navío abandonado, y después dar en
la cuenta de que alguien más lo habitaba, le sonaba tan insoportable como temer
que su Señora, inaccesible término de su deseo, pudiera convertirse en presa del
deseo ajeno.
Luego sobrevino una más razonada perturbación. Así como el mundo de su infancia
estaba habitado por Otro que lo precedía y lo seguía, evidentemente el Daphne
tenía dobles fondos y repositorios que él no conocía todavía, y en los que vivía
un huésped escondido, que recorría sus mismas sendas en cuanto él se había
alejado, o un instante antes de que él las recorriera.
Corrió a esconderse él, en sus aposentos, como el avestruz africano, que
ocultando la cabeza cree borrar el mundo.
Para alcanzar el alcázar había pasado ante el umbral de una escalera que
conducía a la bodega: ¿qué se celaba allá abajo, si en la entrepuentes había
encontrado una isla en miniatura? ¿Era aquél el reino del Intruso? Nótese que
estaba portándose ya con el navío como con un objeto de amor que, en cuanto se
lo descubre y se descubre quererlo, todos aquellos que antes lo hubieran tenido
se convierten en usurpadores. Y es entonces cuando Roberto confiesa,
escribiéndole a la Señora, que la primera vez que él la había visto, y la había
visto precisamente siguiendo la mirada de otro que se posaba en ella, había
experimentado el estremecimiento de quien vislumbra un gusano en una rosa.
Darían ganas de sonreír ante tal acceso de celos por un buque con olor a
pescado, humo y heces, pero Roberto estaba perdiéndose ya en un inestable
laberinto donde cada bifurcación lo llevaba de nuevo y siempre a una sola
imagen. Sufría tanto por la Isla que no tenía como por la nave que lo tenía
—inabordables ambas, la una por su distancia, la otra por su enigma— ambas
ocupando el lugar de una amada que lo eludía alentándolo con promesas que él se
hacía solo. Y yo no sabría explicar, si no, esta
carta en la que Roberto se difunde en quejumbrosos ornamentos sólo para decir, a
fin de cuentas, que Alguien lo había privado de la comida matutina.
Señora:
¿Cómo puedo esperar merced de quien en vivo fuego de amor me abrasa? ¿Mas a
quién sino a Vos puedo poner a parte de mi pena, buscando alivio, si no en
vuestro oído, por lo menos en estas mis sin fruto mensajeras? Mirad que si amor
es una medicina que a todos los dolores remedia con un dolor aún mayor, ¿no
podré entenderlo acaso como pena que por rigor mata toda otra pena, y de todas
las penas se convierte en fármaco, salvo de sí misma? Ya que si alguna vez vi
belleza, y deséela, no fue sino sueño de la Vuestra, ¿por qué habría de dolerme
de que otra belleza séame igualmente sueño? Peor sería si aquélla hiciere mía, y
me llenare de satisfacción, dejando de padecer con vuestra imagen: que de bien
escasa medicina habría gozado, y el mal se hallaría acrecentado por el
remordimiento de tamaña infidelidad. Mejor fiar en vuestra imagen, más aún ahora
que he entrevisto, una vez más, un enemigo cuyos rasgos no conozco y quisiere
quizá no conocer jamás. Para ignorar ese espectro odiado, me ampare vuestro
amado fantasma. Que de mí haga amor fragmento insensible, mandrágora, manantial
de piedra que lave llorando toda congoja…
Pero, atormentándose como se atormenta, Roberto no se convierte en manantial de
piedra, e inmediatamente conduce la congoja que advierte a la otra congoja
experimentada en Casal, y con unos efectos, como veremos, mucho más aciagos.
7
PAVANE LACHRYME
La historia es tan límpida como oscura. Mientras se sucedían pequeñas
escaramuzas, que tenían la misma función que puede desempeñar, en el juego del
ajedrez, no la jugada, sino la mirada que comenta el indicio de movimiento por
parte del adversario, para hacerle desistir de una apuesta ganadora, Toiras
había decidido que se debía intentar una salida más substanciosa. Estaba claro
que el juego se hacía entre espías y contraespías: en Casal se había corrido la
voz de que la armada de socorro estaba aproximándose, guiada por el rey en
persona, con el señor de Montmorency que llegaba de Asti y con los mariscales de
Créqui y de la Force desde Ivrea. Falso, como Roberto aprendía por las iras de
Toiras cuando recibía un correo desde el norte: en este intercambio de mensajes,
Toiras hacía saber a Richelieu que ya no le quedaban vituallas y el cardenal
respondíale que el señor Agencourt había inspeccionado en su momento los
almacenes y decidido que Casal habría podido resistir óptimamente durante todo
el verano. La armada se habría movido en agosto, aprovechando en su camino las
cosechas recién concluidas.
Roberto se asombró de que Toiras instruyera a unos corsos para que desertaran y
fueran a referir a Espínola que la armada
era esperada sólo hacia septiembre. Pero le oyó explicar a su estado mayor:
—Si el Espínola cree tener tiempo, tiempo se tomará para construir sus minas, y
nosotros lo tendremos para construir contraminas. Si, en cambio, piensa que la
llegada de los socorros es inminente, ¿qué le queda? No, desde luego, dirigirse
contra la armada francesa, porque sabe que no tiene fuerzas suficientes; tampoco
esperarla, porque luego sería sitiado a su vez; tampoco hacer retorno a Milán y
preparar una defensa del Milanesado, porque el honor le impide retirarse. No le
quedaría entonces sino conquistar inmediatamente Casal. Mas como no puede
hacerlo con un ataque frontal, deberá gastar una fortuna solicitando traiciones.
Y desde ese momento, todo amigo se convertiría para nosotros en enemigo.
Mandemos pues espías al Espínola para convencerle del retraso de los refuerzos,
permitámosle construir minas allá donde no nos estorben demasiado, destruyámosle
las que de verdad nos amenazan, y dejemos que se agote en este juego. Señor
Pozzo, Vuestra Merced conoce el terreno: ¿dónde debemos concederle tregua y
dónde tenemos que bloquearlo a toda costa?
El viejo Pozzo, sin mirar los mapas (que le parecían demasiado engalanados para
ser verdaderos) e indicando con la mano desde la ventana, explicó cómo en
ciertos parajes el terreno era notoriamente desmoronadizo, infiltrado por las
aguas del río, y ahí Espínola podría excavar todo lo que quisiere que sus
minadores se habrían sofocado engullendo babosas. Mientras, en otros parajes,
excavar galerías era un placer, y allí era preciso batir con la artillería y
hacer salidas.
—Está bien —dijo Toiras—, mañana, por tanto, les obligaremos a moverse para
defender sus posiciones fuera del baluarte San Carlos, y luego los cogeremos por
sorpresa fuera del baluarte San Jorge.
Se preparó bien el juego, con instrucciones precisas a todas las compañías. Y
como Roberto había demostrado tener bella
escritura, Toiras lo mantuvo ocupado desde las seis de la tarde hasta las dos de
la madrugada dictándole mensajes, luego le pidió que durmiera vestido en un
arquibanco delante de su aposento, para recibir y controlar las respuestas, y
despertarle si surgía algún percance. Lo cual sucedió más de una vez desde las
dos hasta el alba.
La mañana siguiente, las tropas estaban a la espera en las estradas en cubierta
de la contraescarpa y dentro de las murallas. A un gesto de Toiras, que
controlaba la empresa desde la ciudadela, un primer contingente, harto numeroso,
se movió en la dirección engañosa: primero, una vanguardia de alabarderos y
mosqueteros, con una reserva de cincuenta mosquetones que los seguían a poca
distancia, luego, de manera descarada, un cuerpo de infantería de quinientos
hombres y dos compañías de caballería. Era un gran desfile, y con la
clarividencia de lo que fue, se entendió que los españoles lo habían tomado por
tal.
Roberto vio a treinta y cinco hombres que bajo el mando del capitán Columbat se
lanzaban en concierto desordenado contra una trinchera, y al capitán español que
asomaba de la barricada y les hacía un gran saludo. Columbat y los suyos, por
educación, se habían detenido y habían respondido con igual cortesía. Después de
lo cual los españoles daban signos de retirarse y los franceses marcaban el
paso; Toiras hizo expedir un cañonazo desde las murallas sobre la trinchera,
Columbat entendió la invitación, ordenó el asalto, la caballería siguió atacando
la trinchera desde sendos flancos, los españoles de mala gana se volvieron a
colocar en posición y fueron arrollados. Los franceses estaban como enloquecidos
y algunos, mientras daban heridas, gritaban los nombres de los amigos muertos en
las salidas precedentes, «¡esto por Bessières, esto por la casina del
Bricchetto!» La excitación era tal que, cuando Columbat quiso agrupar el
escuadrón no lo consiguió, y los hombres estaban ensañándose aún sobre los
caídos, mostrando en dirección de la
ciudad sus trofeos, aretes, cinturones, asadores de sombreros agitando las
picas.
No se produjo enseguida el contraataque, y Toiras cometió el error de juzgarlo
un error, mientras se trataba de un cálculo. Considerando que los imperiales
estarían ocupados enviando otras tropas para contener aquel asalto, los invitaba
con otros cañonazos, pero aquéllos se limitaron a tirar contra la ciudad y una
bala arruinó la iglesia de San Antonio, justo al lado del cuartel general.
Toiras se consideró satisfecho, y dio orden al otro grupo de que se moviera
desde el baluarte San Jorge. Pocas compañías, pero bajo el mando del señor de la
Grange, vigoroso como un adolescente a pesar de sus cincuenta y cinco años. Y,
espada en ristre, la Grange había comandado la carga contra una capilla
abandonada, a lo largo de la cual corrían los trabajos de una trinchera ya
avanzada, cuando, de improviso, detrás de un refosero había asomado el grueso de
la armada enemiga, que desde hacía horas esperaba esa cita.
—Traición —había gritado Toiras bajando a la puerta, y había mandado a la Grange
que se retirara.
Poco después, un abanderado del regimiento Pompadour le había conducido, atado
con una cuerda por las muñecas, un mancebo casales, que había sido sorprendido
en una pequeña torre cerca del castillo mientras con un trapo blanco hacía
señales a los sitiadores. Toiras había hecho que se tumbara en el suelo, le
había introducido el pulgar de la mano derecha bajo el gatillo levantado de su
pistola, había apuntado el cañón hacia su mano izquierda, había puesto el dedo
en la llave y le había preguntado:
—Et alors?
El muchacho había entendido al vuelo el mal quite y había empezado a hablar: la
noche de antes, hacia la media noche, delante de la iglesia de Santo Domingo, un
cierto capitán Gambero le había prometido seis pistolas de oro, dándole tres de
adelanto, si hacía lo que luego había hecho, en el momento en que
las tropas francesas se movían desde el baluarte San Jorge. Es más, el mancebo
tenía el aspecto de pretender las pistolas restantes, sin entender bien el arte
militar, como si Toiras tuviera que complacerse con su servicio. Y a un cierto
punto, había reparado en Roberto y se había puesto a gritar que el mal afamado
Gambero era él.
Roberto estaba atónito, el padre Pozzo se había abalanzado sobre el vil
calumniador y los habría ahogado si algunos gentiles hombres del séquito no lo
hubieran contenido. Toiras había recordado inmediatamente que Roberto había
estado toda la noche a su lado y que, aunque de buena catadura, nadie habría
podido tomarlo por un capitán. Entre tanto, otros habían apurado que un capitán
Gambero existía de verdad, en el regimiento Bassiani, y lo habían llevado a
empellones y espaldarazos ante Toiras. Gambero pregonaba su inocencia y, en
efecto, el muchacho prisionero no lo reconocía, pero por prudencia, Toiras hizo
que lo encerraran. Como último elemento de desorden, alguien había ido a referir
que, mientras las tropas de la Grange se retiraban, desde el baluarte San Jorge
alguien se había dado a la fuga, alcanzando las líneas españolas, acogido por
manifestaciones de júbilo. No se sabía decir mucho, salvo que era mozo, y
vestido a la española con una cofia de red en el cabello. Roberto pensó
inmediatamente en Ferrante. Pero lo que más le impresionó fue el aire de recelo
con que los comandantes franceses miraban a los italianos en el séquito de
Toiras.
—¿Basta una canalla para detener a un ejército? —oyó que su padre preguntaba,
mientras señalaba a los franceses que se retiraban.
—Perdóneme querido amigo —dijo Pozzo hacia Toiras—, es que aquí se les está
viniendo a las mientes que nosotros los de estas partes somos todos un poco como
ese calandrajo de Gambero, ¿o voy descaminado? —Y mientras Toiras le profesaba
aprecio y amistad, pero con aire distraído, dijo—: Ya es suficiente. Se me hace
que están todos cagados y a mí esta historia se me
ataruga. Estoy hasta la coronilla de esos españoles de mierda y si me lo
permiten me cargo a dos o tres, así, para hacer ver que nosotros sabemos bailar
la chacona cuando es menester, y cuando nos da, no miramos a nadie a la cara.
Mordioux!
Había salido por la puerta y cabalgaba como una furia, la espada en ristre,
contra las formaciones enemigas. No quería, evidentemente, ponerlas en fuga,
pero le había parecido oportuno actuar por su cuenta, para hacérselo ver a los
demás.
Como prueba de intrepidez fue buena, como empresa militar pésima. Una bala le
dio en la frente y lo abatió sobre la grupa de su Pañufli. Una segunda descarga
se alzó contra la contraescarpa, y Roberto sintió un golpe violento en la sien,
como una piedra, y vaciló. Le habían dado de refilón, pero se liberó de los
brazos de quien lo estaba sosteniendo. Gritando el nombre de su padre se había
erguido, y había divisado a Pañufli que, incierto, galopaba con el cuerpo del
amo, exánime, en una tierra de nadie.
Se llevó, una vez más, los dedos a la boca y emitió su silbido. Pañufli oyó y
volvió hacia las murallas, pero despacio, con un pequeño trote solemne, para no
apear de la silla a su caballero que ya no le apretaba imperiosamente los
ijares. Había retornado relinchando su pavana por el señor difunto,
devolviéndole el cuerpo a Roberto, que había cerrado aquellos ojos aún abiertos
y limpiado aquel rostro rociado de sangre ya coagulada, mientras a él la sangre
aún viva le surcaba la mejilla.
Quién sabe si el tiro no le tocó un nervio: el día después, recién salido de la
catedral de San Evasio en la que Toiras había querido exequias solemnes para el
señor Pozzo de San Patricio de la Griva, le costaba trabajo soportar la luz del
día. Quizá los ojos estaban enrojecidos por las lágrimas, el hecho es que desde
aquel momento, empezaron a dolerle. Hoy en día los estudiosos de la psiquis
dirían que, habiendo entrado su padre en la sombra, en la sombra quería entrar
también él. Roberto poco sabía de la psiquis, pero esta figura de discurso
podría haberle atraído, al menos a la luz, o a la sombra, de lo que acaeció a
continuación.
Considero que Pozzo murió por un punto de honor, lo que me parece soberbio, pero
Roberto no conseguía apreciarlo. Todos le elogiaban el heroísmo del padre, él
hubiera debido soportar el luto con braveza, y sollozaba. Recordando que el
padre le decía que un hidalgo debe acostumbrarse a soportar con ojo seco los
golpes de la adversa fortuna, se disculpaba por su debilidad (ante el padre que
ya no podía pedirle razón), repitiéndose que era la primera vez que se convertía
en huérfano. Creía tener que acostumbrarse a la idea, y todavía no había
entendido que a la pérdida de un padre es inútil acostumbrarse, porque no
sucederá una segunda vez: tanto vale dejar la herida abierta.
Empero, para dar un sentido a lo que había sucedido, no pudo sino recurrir una
vez más a Ferrante. Ferrante, siguiéndole de cerca, había vendido al enemigo los
secretos de los que él estaba en conocimiento, y luego desvergonzadamente había
alcanzado las filas adversarias para regodearse con el merecido galardón: el
padre, que había entendido, había querido lavar de aquella manera el honor
mancillado de la familia, y reverberar sobre Roberto el lustre de su propia
valentía, para purificarlo de aquella media tinta de recelo que acababa de
difundirse sobre él, inculpado. Para no hacer inútil su muerte, Roberto le debía
la conducta que todos en Casal se esperaban del hijo del héroe.
No podía hacer de otra forma: era ya el señor legítimo de la Griva, heredero del
nombre y de los bienes de familia, y Toiras no osó emplearlo en pequeñas tareas;
ni podía llamarlo a las grandes. Así, habiéndose quedado solo, para poder
sostener su nuevo papel de huérfano ilustre, se encontró que estaba aún más
solo, sin ni siquiera el apoyo de la acción: en lo más vivo de un cerco,
aliviado de todo compromiso, se preguntaba cómo emplear sus días de cercado.
8
LA DOCTRINA CURIOSA DE LOS INGENIOS DE AQUEL TIEMPO
Suspendiendo un instante la onda de los recuerdos, Roberto había dado en la
cuenta de que había evocado la muerte del padre no con el designio piadoso de
mantener abierta aquella llaga de Filoctetes, sino por puro accidente, mientras
desenterraba el espectro de Ferrante, despertado por el espectro del Intruso del
Daphne. Los dos le parecían ya tan de puro gemelos que decidió eliminar al más
débil para tener razón sobre el más fuerte.
En definitiva, se dijo, ¿diose en aquellos días de sitio que yo tuviera aún
indicios de Ferrante? No. Antes bien, ¿qué aconteció? Que de su inexistencia me
convenció Saint-Savin.
En efecto, Roberto había trabado amistad con el señor de Saint-Savin. Le había
vuelto a ver en el funeral, y había recibido una manifestación de afecto de su
parte. Ya no embargado por el vino, Saint-Savin era un caballero cabal. Pequeño
de estatura, nervioso, pronto, con la cara marcada, quizá por los desenfrenos
parisinos que relataba, no debía de tener aún treinta años.
se había disculpado por sus intemperancias en aquella cena, no de lo que había
dicho, sino de sus maneras descorteses al decirlo. Y se había hecho narrar casos
del señor Pozzo, y Roberto
le fue grato de que, por lo menos, simulara tanto interés. Le contó cómo el
padre le había enseñado lo que sabía de esgrima, Saint-Savin hizo varias
preguntas, se apasionó ante la mención de cierta treta, desenvainó la espada,
allá en medio de una plaza, y quiso que Roberto le enseñara el lance. O lo
conocía ya o era harto veloz, porque lo paró con destreza, mas reconoció que era
astucia de alta escuela.
Para dar las gracias, indicó sólo una treta suya a Roberto. Le hizo ponerse en
guardia, se intercambiaron algunas fintas, esperó al primer asalto, de repente,
pareció resbalar al suelo y, mientras Roberto suspenso se descubría, ya se había
levantado como de milagro y le había hecho saltar un botón de la casaca, como
prueba de que habría podido herirle si hubiera empujado más a fondo.
—¿Os gusta, amigo mío? —dijo mientras Roberto saludaba dándose por vencido—. Es
el Coup de la Mouette, o de la Gaviota, como decís vosotros. Si un día vais por
mar veréis que estos pájaros bajan derechamente como si cayeran, pero en cuanto
están a ras del agua vuelven a levantarse con alguna presa en el pico. Es una
treta que requiere largo ejercicio, y no siempre sale. No le salió, conmigo, al
matasiete que la había inventado. Y así me regaló la vida y su secreto. Creo que
sintió más perder el segundo que la primera.
Habrían continuado durante mucho tiempo si no se hubiera congregado una pequeña
multitud de burgueses.
—Detengámonos —dijo Roberto—, no quisiera que alguien observara que he olvidado
mi luto.
—Estáis honrando mejor ahora a vuestro padre —dijo Saint-Savin—, recordando sus
enseñanzas, que antes cuando escuchabais un mal latín en la iglesia.
—Señor de Saint-Savin —le había dicho Roberto—, ¿no teméis acabar en la hoguera?
Saint-Savin se puso sombrío por un instante.
—Cuando tenía más o menos vuestra edad admiraba al que fueme hermano mayor. Como
a un filósofo antiguo le llamaba Lucrecio, y era filósofo también él, y
religioso por añadidura. Acabó en la hoguera en Tolosa, pero antes le arrancaron
la lengua y lo ahogaron. Así pues, ved que si nosotros los filósofos somos
raudos de lengua no es sólo, como decía aquel señor la otra noche, para darnos
bon ton. Es para sacarle su partido antes de que nos la arranquen. Es decir,
dejadas las burlas, para romper con los prejuicios y descubrir la razón natural
de las cosas.
—¿Entonces vos de verdad no creéis en Dios?
—No encuentro motivos para ello en la naturaleza. Ni soy el único. Estrabón nos
dice que los galicianos no tenían noción alguna de un ser superior. Cuando los
misionarios tuvieron que hablar de Dios a los indígenas de la Indias
Occidentales, cuéntanos Acosta (que bien era jesuíta), tuvieron que usar la
palabra española Dios. No lo creeréis, mas en su idioma no existía ningún
término adecuado. Si la idea de Dios no es conocida en estado de naturaleza,
debe de tratarse, pues, de una invención humana… Pero no me miréis como si no
tuviera sanos principios y no fuera un fiel servidor de mi rey. Un verdadero
filósofo no demanda en absoluto subvertir el orden de las cosas. Lo acepta. Pide
sólo que le sea permitido cultivar los pensamientos que consuelan a un ánimo
fuerte. Para los demás, suerte que haya papas y obispos que refrenan a las
muchedumbres de la rebelión y del delito. El orden del Estado exige una
uniformidad de la conducta, la religión es necesaria al pueblo y el sabio debe
sacrificar parte de su independencia para que la sociedad se mantenga firme. Por
lo que a mí respecta, creo ser un hombre probo: soy fiel a los amigos, no
miento, sino cuando hago una declaración de amor, amo la sabiduría y hago, por
lo que dicen, buenos versos. Por esto las damas me juzgan galante. Quisiera
escribir novelas, que están muy de moda, mas pienso en muchas, y no me apresto a
escribir ninguna…
—¿En qué novelas pensáis?
—A veces miro la Luna, e imagino que aquellas manchas son cavernas, ciudades,
ínsulas, y los lugares que resplandecen son aquellos donde el mar recibe la luz
del sol como el cristal de un espejo. Quisiera contar la historia de su rey, de
sus guerras y de sus revoluciones, o de la infelicidad de los amantes de allá
arriba, que en el curso de sus noches suspiran mirando nuestra Tierra. Me
gustaría contar de la guerra y de la amistad entre las varias partes del cuerpo,
los brazos que dan batalla a los pies, y las venas que hacen el amor con las
arterias, o los huesos con la médula. Todas las novelas que quisiera hacer me
persiguen. Cuando estoy en mi aposento me parece que están todas en derredor
mío, como unos Diablillos, y que una me tira de una oreja, la otra de la nariz,
y que cada una me dice «señor, hágame, soy bellísima». Luego doy en la cuenta de
que puede contarse una historia igualmente bella inventando un duelo original:
por ejemplo, batirse, y convencer al rival de que reniegue de Dios, y entonces
traspasarle el pecho de suerte que muera réprobo. Alto, señor de la Grive, fuera
la espada una vez más, así, parad. ¡Ajá! Ponéis los talones en la misma línea:
está mal, se pierde la firmeza de la pierna. La cabeza no hay que mantenerla
derecha, porque la distancia entre el hombro y la cabeza ofrece una superficie
exagerada a los acometimientos del adversario…
—Es que yo cubro la cabeza con una treta de segunda intención.
—Error, en esa posición se pierde fuerza. Y luego, yo he abierto con un asalto a
la tudesca, y vos os habéis puesto en guardia a la italiana. Mal. Cuando hay una
levada que combatir es menester imitarla lo más posible. Pero no me habéis dicho
de vos, y de vuestras peripecias antes de venir a parar a este valle de polvo.
No hay nada como un adulto capaz de brillar por perversas paradojas que pueda
fascinar a un joven, el cual al punto quisiera emularlo. Roberto le abrió su
corazón a Saint-Savin, y para hacerse interesante, visto que sus primeros diez y
seis años de
vida le ofrecían bien pocas ocasiones, le contó de su obsesión por el hermano
ignoto.
—Habéis leído demasiadas novelas —le dijo Saint-Savin—, e intentáis vivir una,
porque la tarea de una novela es enseñar deleitando, y lo que enseña es a
reconocer las insidias del mundo.
—¿Y qué me enseñaría la que vos llamáis la novela de Ferrante?
—La Novela —le explicó Saint-Savin— debe tener siempre por fundamento un
equívoco, o de una persona, o de una acción, o lugar, o tiempo, o de una
circunstancia, y de estos equívocos fundamentales deben nacer otros muchos
equívocos, episodios, enredos, y acontecimientos, y finalmente no esperados y
agradables conocimientos. Digo equívocos como la muerte no verdadera de un
personaje, o cuando una persona es muerta en lugar de otra, o los equívocos de
cantidad, como cuando una mujer cree muerto al propio amante y se casa con otro,
o de cualidad, cuando yerra el juicio de los sentidos, o como cuando se da
sepultura a alguien que parece muerto, y está, en cambio, bajo el imperio de una
poción somnífera; o aún, equívocos de relación, como cuando al uno se le presume
injustamente matador del otro; o de instrumento, como cuando se finge degollar a
alguien usando un arma tal que, al tiempo de herir, la punta no entre en la
garganta, antes sí se retire dentro del mango y apretando una esponja empapada
de sangre haga parecer una herida mortal… Por no hablar de las falsas misivas,
de las fingidas voces, de las cartas no recaudadas en tiempo y lugar, o
recibidas la una por la otra, o uno por otro. Y de estas estratagemas, la más
celebrada, pero demasiado común, es la que lleva a tomar una persona por otra, y
dar razón del trastrueque mediante el Sosia… El Sosia es un reflejo que el
personaje arrastra a sus espaldas o que le precede en toda circunstancia. Grande
y bella maquinación, por la cual el lector se identifica con el personaje cuyo
oscuro temor de un Hermano Enemigo comparte. Mas ved cómo también el hombre es
máquina, y es suficiente activar una rueda en la
superficie para hacer girar otras ruedas en el interior: el Hermano y la
animadversión no son sino el reflejo del temor que cada uno tiene de sí, y de
los recesos del propio ánimo, donde anidan deseos inconfesados, o como se está
diciendo en París, conceptos sordos y no expresados. Pues que hase demostrado
que existen pensamientos imperceptibles, que impresionan el ánimo sin que el
ánimo dé en la cuenta, pensamientos clandestinos cuya existencia está demostrada
por el hecho de que, por poco que cada uno se examine a sí mismo, no dejará de
reparar que está llevando en el corazón amor y odio, o gozo o congoja, sin que
pueda recordar netamente ninguno de los pensamientos que los hicieron nacer.
—Por tanto, Ferrante… —aventuró Roberto. Y Saint-Savin concluyó:
—Por tanto, Ferrante está en lugar de vuestros miedos y de vuestras vergüenzas.
A menudo, los hombres, para no decirse a sí mismos que son los autores de su
destino, ven ese destino como una novela, animada por un autor caprichoso y
truhán.
—¿Mas qué debería significarme esta parábola que me habría construido sin
saberlo?
—¿Quién lo sabe? Quizá no amabais a vuestro padre tanto como creéis, temíais su
rigor, con el que os quería virtuoso, y le habéis atribuido una culpa, para
luego castigarlo no con las vuestras, sino con las culpas de otros.
—¡Señor, estáis hablando con un hijo que todavía está llorando al propio padre
amadísimo! ¡Creo que es mayor pecado enseñar el desprecio de los padres que el
de Nuestro Señor!
—¡Vamos, vamos, querido la Grive! El filósofo tiene que tener el valor de
criticar todas las enseñanzas fementidas que hánsenos inculcado, y entre éstas
está el absurdo respeto por la vejez, como si la mocedad no fuera el supremo
entre los bienes y las virtudes. En conciencia, cuando un hombre mozo es capaz
de concebir, juzgar y actuar, ¿no es acaso más hábil en gobernar una familia que
no un sexagenario lelo, a quien la nieve de la cabeza ha
helado la fantasía? La que nosotros honramos como prudencia en nuestros mayores,
no es sino temor cerval de la acción. ¿Querréis someteros a estotro cuando la
pereza ha debilitado sus músculos, endurecido sus arterias, evaporado sus
espíritus y chupado la médula de sus huesos? Si vos adoráis a una mujer ¿no es
quizá a causa de su belleza? ¿Seguís acaso con vuestras genuflexiones después de
que la vejez ha hecho de ese cuerpo un espectro, capaz sólo de recordaros la
inminencia de la muerte? Y si así os comportáis con vuestras amantes, ¿por qué
no deberíais hacer lo mismo con vuestros venerables ancianos? Me diréis que ese
venerable anciano es vuestro padre y que el Cielo os promete larga vida si lo
honráis. ¿Quién lo ha dicho? Unos ancianos judíos que entendían que podían
sobrevivir al desierto sólo aprovechando el fruto de sus lomos. Si creéis que el
Cielo os va a dar un solo día de vida más porque habéis sido la oveja de vuestro
padre, os engañáis. ¿Creéis acaso que un reverente saludo que haga que la pluma
de vuestro sombrero se arrastre a los pies del progenitor puede curaros de un
absceso maligno, o cicatrizaros la señal de una estocada, o libraros de una
piedra en la vejiga? Si así fuera, los médicos no prescribirían esas inmundas
pociones suyas, mas para libraros del mal italiano os recomendarían cuatro
reverencias antes de cenar a vuestro señor padre, y un beso a vuestra señora
madre antes de acostaros. Me diréis que sin ese padre vos no habríais nacido, ni
él sin el suyo, y así en adelante hasta Melquisedec. Pues es él quien os debe
algo a vos, no vos a él: vos pagáis con muchos años de lágrimas un momento suyo
de placentero solaz.
—Vos no creéis en lo que decís.
—Pues bien, no. Casi nunca. Pero el filósofo es como el poeta. Este último
compone cartas ideales para una ninfa ideal, sólo para sondear gracias a la
palabra los recesos de la pasión. El filósofo pone a prueba la frialdad de su
mirada, para ver hasta qué punto se puede mellar la rocafuerte de la
mojigatería. No quiero que mengüe el respeto hacia vuestro padre, ya que vos me
decís que os ha dado buenas enseñanzas. Pero no os entristezcáis sobre vuestro
recuerdo. Os veo echar lágrimas…
—Oh, esto no es el dolor. Debe de ser la herida en la cabeza, que me ha
debilitado los ojos…
—Bebed café. —¿Café?
—Juro que dentro de poco estará de moda. Es una panacea. Os lo procuraré. Deseca
los humores fríos, destruye las ventosidades, corrobora el hígado, es compostura
soberana contra la hidropesía y la sarna, refresca el corazón, quita los dolores
de estómago. Se indica su vapor precisamente contra las fluxiones de los ojos,
el zumbido de las orejas, el romadizo, o resfriado, o pesadez de la nariz, como
lo queráis llamar. Y, además, enterrad con vuestro padre al incómodo hermano que
os habíais creado. Y, sobre todo, encontraos una amante.
—¿Una amante?
—Será mejor que el café. Sufriendo por una criatura viva, mitigaréis las
congojas por una criatura muerta.
—Jamás he amado a una mujer —confesó Roberto, encendiéndosele el rostro.
—No he dicho una mujer. Podría ser un hombre. —¡Señor de Saint-Savin! —gritó
Roberto.
—Se ve que venís del campo.
En el colmo de la turbación, Roberto se había disculpado, diciendo que le dolían
ya demasiado los ojos; y había puesto fin a ese encuentro.
Para hacerse una razón de todo lo que había oído, se dijo que Saint-Savin se
había tomado juego del: como en un duelo, había querido mostrarle cuántas tretas
se conocían en París. Y Roberto había quedado como un provinciano. No sólo, sino
que tomando en serio aquellos discursos había pecado, lo que no habría sucedido
si los hubiera echado en burlas. Estilaba la lista de los delitos que había
cometido escuchando aquellos muchos propósitos contra la fe, las usanzas, el
estado, el respeto debido a
la familia. Y al pensar en su yerro le embargó otra angustia: se había acordado
de que el padre suyo había muerto pronunciando una blasfemia.
9
EL ANTEOJO DE LARGA VISTA ARISTOTÉLICO
Al día siguiente había vuelto a rezar en la catedral de San Evasio. Lo había
hecho para encontrar refrigerio: aquella tarde de primeros de junio el sol
pegaba sobre las calles semidesiertas; tal y como en aquel momento en el Daphne,
él advertía el calor que estaba difundiéndose en la bahía, y que los costados
del navío no conseguían contener, como si la madera estuviera incandescente. Y
había sentido también la necesidad de confesar tanto su pecado como el paterno.
Había parado a un eclesiástico en la nave y éste le había dicho primeramente que
no pertenecía a la parroquia, pero luego, ante la mirada del mancebo, había
consentido, y se había sentado en un confesionario, acogiéndole penitente.
El padre Emanuel no debía de ser muy anciano, quizá estaba en los cuarenta y
era, en palabras de Roberto «jugoso y rosado en el semblante majestuoso y
afable», y Roberto se sintió alentado a confiarle todas sus penas. Le dijo, ante
todo, de la blasfemia paterna. ¿Era ésta razón suficiente por la cual su padre
no reposara ahora entre los brazos del Padre, sino que estuviera gimiendo en el
fondo del Infierno? El confesor le hizo algunas preguntas e indujo a Roberto a
que admitiera que, en cualquier momento en el que el viejo Pozzo hubiera muerto,
había buenas posibilidades de que el caso aconteciera mientras él nombraba el
nombre de Dios en vano: blasfemar era una mala costumbre que se toma de los
campesinos, y los hidalgos de la campiña monferrina consideraban signo de
descuido hablar, en presencia de sus propios pares, como sus villanos.
—Ves, muchacho —había concluido el confesor—, tu padre murió mientras cumplía
una de aquellas grandes & nobles Facciones por las quales dizque éntrase en el
Paraíso de los Héroes. Ahora bien, como no creo que un tal Paraíso exista, y
considero que en el Reino de los Cielos conviven en santa armonía Menesterosos &
Soberanos, Héroes & Cobardes, sin duda, el buen Dios no le habrá negado su Reino
al padre tuyo sólo porque se le deslizó un poco la Lengua en una ocasión en la
que tenía una gran Empresa en que pensar, et me aventuraría a decir que, en
tales momentos, incluso una tal Exclamación puede ser una suerte de llamar a
Dios como Testigo & Juez de la propia bella Facción. Si con todo, aún te
atormentas, reza por el Alma de tu Progenitor & haz que digan por él alguna
Missa, no tanto para mover al Señor a mudar sus Sentencias, que no es una Veleta
que voltee según soplen las beatas, sino para hacer el bien al Alma tuya.
Roberto le dijo entonces de los discursos sediciosos que había escuchado de un
amigo suyo, y el padre se abrió de brazos desconsolado:
—Hijo mío, poco sé de París, mas lo que oigo decir hame puesto en el hecho de
todos los Descabellados, Ambiciosos, Renegados, Espías, Honbres de Intriga que
existen en aquessa nueva Sodoma. Entre ellos hay Falsos Testigos, Ladrones de
Sagrarios, Holladores de Crucifixos, & aquellos que dan dinero a los Vagamundos
para hacerles abjurar de Dios, & incluso gente que por Escarnio ha baptizado a
Perros… Y a esto llámanlo seguir la Moda del Tiempo. En las Iglesias ya no dicen
Oraciones sino que pasean, ríen, assechan detrás de las columnas para insidiar a
las Damas, y hay un continuo Tumulto incluso durante la Elevación. Pretenden
filosofar & assáltante con maliciosos
Porqués, por qué Dios ha dado Leyes al Mundo, por qué se prohíbe la Fornicación,
por qué el Hijo de Dios hase encarnado, & usan cualquier Respuesta tuya para
transmutarla en una Prueba de Ateísmo. ¡Ahí tienes a los Ingenios del Tiempo:
Epicúreos, Pirronianos, Diogenistas, & Libertinos! Pues sus, no prestes Oído a
aquestas Seducciones, que vienen del Maligno.
Por lo normal, Roberto no hace ese abuso de mayúsculas en el que sobresalían los
escritores de su tiempo: pero cuando adscribe dichos y sentencias al padre
Emanuel muchas las registra, como si el padre no sólo escribiera sino también
hablara haciendo oír la particular dignidad de las cosas que tenía que decir;
signo de que era hombre de grande y atractiva elocuencia. Y en efecto, con sus
palabras, Roberto se encontró tan sosegado, que salido del confesionario, quiso
demorarse un poco con él. Supo que era un jesuíta saboyano y, sin duda, hombre
no para poco, pues residía en Casal precisamente como observador por mandato del
duque de Saboya; cosas que en aquellos tiempos podían acontecer durante un
asedio.
El padre Emanuel desenvolvía de buena gana aquel encargo suyo: la lobreguez
obsidional le daba espacio de conducir de manera distendida ciertos estudios
suyos que no podían soportar las distracciones de una ciudad como Turín. E
interrogado sobre qué lo ocupaba había dicho que también él, como los
astrónomos, estaba construyendo un anteojo de larga vista.
—Habrás oído hablar de aquesse Astrónomo florentino que para explicar el
Universo se valió del Anteojo de larga vista, hipérbole de los ojos, y con el
Anteojo vio lo que los ojos sólo imaginaron. Yo mucho respeto aqueste uso de
Instrumentos Mechánicos para entender, como hoy suele decírsele, la Cosa
Extendida. Pero para entender la Cosa Pensante, es decir, nuestra manera de
conocer el Mundo, nosotros no podemos sino valemos de otro Anteojo, el mismo del
que se valió Aristóteles, y que no es ni tubo ni lente, sino Entramado de
Palabras, Idea
Perspicaz, porque es sólo el don de la Artificiosa Elocuencia el que nos permite
entender este Universo.
Así diciendo, el padre Emanuel había conducido a Roberto fuera de la iglesia y,
paseando, habían ascendido a los espaltes, un lugar tranquilo aquella tarde,
mientras acolchados cañonazos llegaban de la parte opuesta de la ciudad. Tenían
ante sí los reales imperiales; a lo lejos, pero por largos trechos, los campos
estaban vacíos de tropas y carruajes, y los prados y las colinas resplandecían
con el sol casi estival.
—¿Qué ves, hijo mío? —le preguntó el padre Emanuel. Y Roberto, aún de poca
elocuencia:
—Los prados.
—Desde luego, cualquiera es capaz de ver ahí abaxo unos Prados. Pero bien sabes
que según la posición del Sol, del color del Cielo, de la hora del día & de la
estación, los Prados pueden aparecérsete baxo formas distintas, inspirándote
distintos Sentimientos. Al villano, fatigado por el trabajo, se le aparecen como
Prados, y nada más. Lo mismo acontécele al pescador montes atemorizado por
algunas de aquellas nocturnas Imágenes de Fuego que alguna vez en el cielo
resplandecen, pero tan pronto como los Metheóricos, que son también Poetas, osan
llamarlos Cometas Crin, Barbarea, Cola, Cabras, Través, Escudos, Hachas, &
Saetas, estas figuras del lenguaje te hacen patente por cuáles Símbolos agudos
tenía intención de hablar la Naturaleza, que se sirve de estas Imágenes como de
Jeroglíficos que, por un lado, remiten a los Signos del Zodiaco y, por el otro,
a Acontecimientos pasados o futuros. ¿Y los Prados? Observa lo que puedes decir
de los Prados, & cómo al decir, tú ves mucho más & comprendes: espira Fabonio,
la Tierra se abre, lloran los Ruyseflores, se pavonean los Árboles crinados de
Frondas, & tú descubres el admirable ingenio de los Prados en la variedad de sus
estirpes de Hierbas amamantadas por los Arroyos que juguetean en amena Puericia.
Los Prados jubilosos se regocijan con lépida alegría, cuando aparece el Sol
abren su semblante y en ellos ves el arco de
una sonrisa & se alegran por el retorno del Astro, ebrios de los besos suaves
del Austro, y la risa danza en la Tierra misma que se abre a muda Leticia, & la
tibieza matutina tanto los colma de Gozo que se desbordan en lágrimas de Rocío.
Coronados de Flores, los Prados se abandonan a su Genio & componen agudas
Hipérboles de Arco Iris. Pero bien pronto su Mocedad sabe que se apresura a
Muerte, su risa se turba de una palidez improvisa, destiñe el cielo & Zéfiro,
demorándose, ya suspira sobre una Tierra desfalleciente, de suerte que a la
llegada de los primeros despechos de los cielos invernales, se entristecen los
Prados, & tornándose esqueletos se cubren de Escarcha. Ahí lo tienes, hijo mío:
si tú hubieres dicho simplemente que los prados son amenos no me habrías
representado otra cosa que lo verde de los Prados, del que ya sé, pero si tú
dixeras que los Prados ríen, tú me harás ver que la tierra es un Hombre Animado,
& recíprocamente aprenderé a observar en la cara humana todas las anotaciones
que he cosechado en los prados… Y esto es oficio de la Figura excelsa entre
todas, la Metáphora. Si el Ingenio, y así pues el Saber, consiste en aunar las
remotas y separadas Nociones y hallar la Semejanza en cosas desemejantes, la
Metáphora, entre las Figuras la más aguda y peregrina, es la única capaz de
producir Maravilla, de la cual nace el Gusto, como de repentino trueque de la
scena en el theatro. Y si el Gusto recopilado de las Figuras es el de aprender
cosas nuevas sin fatiga y muchas cosas en pequeño volumen, he aquí que la
Metáphora, llevando en vuelo nuestra mente de un Género a otro, nos hace ver en
una sola Palabra más de un Objeto.
—Mas es preciso saber inventar metáforas, y no es cosa para un aldeano como yo,
que en su vida en los prados sólo les ha disparado a los pajaritos…
—Tú eres un Gentil Hombre, y poco ha para que tú puedas convertirte en lo que en
París llaman un Hombre de Bien, hábil en los lances verbales como en los de
espada. Y saber formular Metáphoras, y por ende, ver el Mundo inmensamente más
variado de lo que se les aparece a los incultos, es Arte que se aprende. Que si
quieres saber, en este mundo en el que hoy todos pierden el juicio por muchas y
maravillosas Machinas, y algunas vense, hayme, también en este Asedio, también
yo construyo Machinas Aristotélicas, que permitan a quienquiera ver a través de
las Palabras…
Los días siguientes, Roberto conoció al señor de la Saleta, que se quejaba, le
había oído, de los casaleses, en cuya fidelidad poco fiaba:
—¿No entienden —decía irritado— que incluso en tiempos de paz Casal se encuentra
en la condición de no poder hacer pasar ni siquiera un simple infante o una
canasta de provisiones sin pedirles el paso a los ministros españoles? ¿Que sólo
con la protección francesa tiene la seguridad de ser respetada?
Pero ahora, por el señor de la Saleta venía a saber que Casal tampoco se había
encontrado a gusto con los duques de Mantua. La política de los Gonzaga había
sido siempre la de reducir la oposición casalesa, y desde hacía sesenta años la
ciudad había padecido la reducción progresiva de muchos privilegios.
—¿Entiende señor de la Grive? —decía el de la Saleta—. Antes teníamos que
lamentar demasiados impuestos, y ahora soportamos nosotros los gastos para el
mantenimiento de la guarnición. No amamos a los españoles en casa, ¿mas amamos
de verdad a los franceses? ¿Estamos muriendo por nosotros o por ellos?
—Y entonces, ¿por quién ha muerto mi padre? —había preguntado Roberto.
Y el señor de la Saleta no le había sabido contestar.
Disgustado de los discursos políticos, Roberto había vuelto a ver al padre
Emanuel algunos días después, en el convento en el
que vivía, donde le encaminaron no hacia una celda, sino hacia un cuartel que le
había sido reservado bajo las bóvedas de un claustro silencioso. Lo encontró
mientras conversaba con dos gentiles hombres, uno de los cuales lujosamente
ataviado: iba vestido de grana de polvo con alamares de oro, capote cuajado de
pasamanos de oro forrado en felpa corta, jubón bordado, banda roja atravesada y
un cintillo de pequeñas piedras. El padre Emanuel lo presentó como el alférez
don Gaspar de Salazar, y por otra parte, ya por el tono altanero, y por la guisa
de los bigotes y del cabello, Roberto lo había identificado como un hidalgo del
ejército enemigo. El otro era el señor de la Saleta. Le surgió por un instante
la sospecha de haber caído en una madriguera de espías, luego dio en la cuenta
de que, como aprendo también yo en esta ocasión, la etiqueta del sitio concedía
que a un representante de los sitiadores se le consintiera el acceso a la ciudad
cercada, para contactos y negociaciones, así como el señor de la Saleta tenía
libre acceso al campo del Espínola.
El padre Emanuel dijo que se disponía precisamente a enseñar a sus visitantes su
Máquina Aristotélica: y condujo a sus huéspedes a un aposento en el que se
erguía el mueble más extraño del que se pueda decir; ni estoy seguro de poder
reconstruir exactamente la forma por la descripción que Roberto da de él a la
Señora, que sin duda se trataba de algo jamás visto ni antes ni después.
Conque estaba la base inferior formada por un cajón o alhacena en cuyo frente se
habrían como en un tablero de ajedrez ochenta y una gavetas: nueve filas
horizontales por nueve verticales, cada fila por sendas dimensiones
caracterizada por una letra grabada (BCDEFGHIK). En la repisa de la alhacena se
levantaba a la izquierda un atril, sobre el que estaba posado un gran libro,
manuscrito y con letras capitales de colores. A la derecha del atril había tres
rodillos, de longitud decreciente y creciente amplitud (siendo el más corto el
más capaz, apto para contener los dos más largos), tales que una cigüeña a un
lado
podía luego por inercia hacerlos girar el uno dentro del otro a velocidades
diferentes según el peso. Cada rodillo llevaba grabadas en el borde izquierdo
las mismas nueve letras que contramarcaban los cajones. Bastaba dar una vuelta
de cigüeña para que los rodillos se movieran independientes el uno del otro, y
cuando se detenían se podían leer tríades de letras reunidas por el azar, ya
fuere CBD, KFE o BGH.
El padre Emanuel dio en explicar el concepto que presidía a su Máquina.
—Como el Filósofo nos apercibió, no es otra cosa el Ingenio que una virtud de
penetrar los objetos baxo diez Cathegorías, que son sustancia, Quantidad,
Qualidad, Relación, Acción, Passión, Sitio, Tiempo, Lugar, & Hábito. Las
substancias son el sujeto mismo de cualquier agudeza & de ellas habrá que
predicar las ingeniosas Semejanzas. cuáles son las substancias, está anotado en
este libro baxo la letra A, y acaso no baste ni siquiera mi vida para hacer el
Elencho completo. De todos modos he reunido ya algunos Millares, sacándolas de
los libros de los Poetas y de los sabios, y de ese admirable Regesto que es la
Fábrica del Mundo del Alumno. Así entre las Substancias pondremos, por debajo
del mismo Dios Sumo, las Divinas Personas, las Ideas, los Dioses Fabulosos, unos
mayores, otros medianos & otros ínfimos, los Dioses Celestes, Aéreos, Marítimos,
Terrenos & Infernales, los Héroes deificados, los Ángeles, los Demonios, los
Foletos, el Cielo y las Estrellas errantes, los Signos celestes y las
Constelaciones, el Zodiaco, los Círculos y las Esferas, los Elementos, los
Vapores, las Exhalaciones, y otrosí, por no decirlo todo, los Fuegos
Subterráneos, y las Centellas, los Metheores, los Mares, los Ríos, las Fuentes &
Lagos et Escollos… Demás, las Substancias Artificiales con las obras de cada
Arte, Libros, Plumas, Tinta, Globos, Compases, Esquadras, Palacios, Templos,
Casas, Escudos, Espadas, Tambores, Quadros, Pinceles, Estatuas, Hachas &
Sierras, y por fin las Substancias Metaphísicas como el Género, la Especie, el
Propio y el Accidente, y semejantes Nociones.
Señalaba ahora los cajones de su mueble, y abriéndolos mostraba cómo cada uno
contenía hojas cuadradas de pergamino muy grueso, del que se usa para
encuadernar los libros, estibadas en orden alfabético:
—Como Vuesas Mercedes deberán de saber, cada fila vertical se refiere, de B a K,
a una de las otras nueve Cathegorías, y por cada una de ellas, cada uno de los
nueve caxones recoge familias de Miembros. Verbigracia, para la Quantidad se
anota la familia de la Cantidad de Bulto, que como Miembros anota lo Pequeño, lo
Grande, lo Largo o lo Corto; o la familia de la Quantidad Numeral, cuyos
Miembros son Ninguno, Uno, Dos & c, o Muchos y Pocos. O baxo la Qualidad tendrás
la familia de las qualidades pertenecientes a la Vista, como Visible, Invisible,
Bello, Disforme, Claro, Obscuro; o al Olfato, como Olor Suave y Hediondo; o las
qualidades de Passiones, como Alegría y Tristeza. Et así dígase por cada
cathegoría. Et todas las hojas anotando un Miembro, de esse Miembro anoto todas
las Cosas que de él dependen. ¿Está claro?
Todos asintieron admirados, y el padre siguió:
—Abramos agora al azar el gran Libro de las Substancias, y busquemos una
qualquiera… Aquí está, un Enano. ¿Qué dixéremos, antes de hablar agudamente, de
un Enano?
—Que es pequeño, picoletto, petit —auspicó don Gaspar de Salazar—, y que es feo,
y infeliz y ridículo…
—Precisamente —concedió el padre Emanuel—, mas ya no sé qué elegir, ¿& estoy
completamente seguro de que si hubiere tenido que hablar no de un Enano, sino,
digamos, de los Corales, habría yo hallado al punto rasgos tan notables? Y
además, la Pequeñez tiene que ver con la Quantidad, la Fealdad con la Qualidad,
& ¿por dónde habría de empezar? No, mejor confiar en la Fortuna, cuyos Ministros
son mis Cylindros. Agora hago que se muevan & obtengo, como por azar agora
acontece, la tríade BBB.
B en primera Posición es la Quantidad, B en segunda Posición, házeme ir a
buscar, en la línea de la Quantidad, dentro del caxón del Bulto, & aquí,
precisamente al principio de la sequencia de las Cosas B, encuentro Pequeño. Y
en esta hoja dedicada a Pequeño encuentro que es pequeño el Ángel, que está en
un punto, & el Polo, que es punto inmóvil de la Esfera, de entre las cosas
elementares la Centella de Fuego, la Gota de agua, & el Escrúpulo de Piedra, &
el Átomo del cual, según Demócrito, se componen todas las cosas; para las Cosas
Humanas, he aquí el Embrión, la Niña del Ojo, el Astrágalo; para los Animales,
la Hormiga & la Pulga, para las Plantas, la Frasca, la Semilla de Mostaza & la
Miga de Pan; para las Ciencias Mathemáticas el Mínimum Quod Sic, la Letra Y, el
Libro enquadernado en sextodécimo, o la Dragma de los Boticarios; para la
Architectura, el Escritorio o el Gozne, o para las Fábulas, el Pisicarpax
general de los Topos contra las Ranas & los Mirmidones nacidos de las Hormigas…
Pero detengámonos aquí, que ya podría llamar a nuestro Enano, Escritorio de la
Naturaleza, Muñeco de los Muchachos, Miga de Hombre. Y adviertan Vuesas Mercedes
que si probáremos a girar otra vez los Cylindros y obtuviéremos en cambio, esso
es, CBF, la letra C me remitiría a la Qualidad, la B me movería a buscar mis
Miembros en el caxón de lo que afecta a la Vista, & aquí la letra F hádame
encontrar como Miembro el ser Invisible. Y entre las Cosas Invisibles
encontraría, admirable coyuntura, el Átomo, & el Punto, y ya me permitirían
designar a mi Enano como Átomo de Hombre o Punto de Carne.
El padre Emanuel daba vueltas a sus cilindros y hojeaba en los cajones raudo
como un malabarista, de modo que las metáforas parecían surgirle como por
encanto sin que se advirtiera el jadear mecánico que las producía. Pero todavía
no se daba por satisfecho.
—¡Señores! —continuó—, ¡la Metáphora Ingeniosa tiene que ser mucho más compleja!
Qualquier Cosa que yo hubiere encontrado hasta agora tiene que analizarse a su
vez baxo el
perfil de las diez Cathegorías, & como explica mi Libro, si tuviéremos que
considerar una Cosa que depende de la Qualidad, deberíamos ver si es visible, &
quán lejos; qué Deformidad o Hermosura tiene, quánto Sonido, quánto Olor, quánto
Sabor; si es sensible o palpable, si es rara, ó densa, caliente ó fría, & qué
Figura, qual Passión, Amor, Arte, Saber, Sanidad, Enfermedad: & si acaso se
pueda dar Noticia. Y llamo a estas preguntas Partículas. Aora bien,.yo sé que
nuestro primer ensayo hanos conducido a trabajar sobre la Quantidad, que alberga
entre sus Miembros a la Pequeñez. Hago agora girar de nuevo los Cylindros, &
obtengo la tríade BKD. La letra B, que ya hemos decidido referir a la Quantidad,
si voy a ver en mi Libro, me dice que la primera Partícula adequada para
expresar Cosa Pequeña es establecer Con Qué Se Mide. Si busco en el libro a qué
se refiere la Medida, me remite aún al caxón de las Quantidades, baxo la Familia
de las Quantidades en General. Recurro a la hoja de la Medida & elijo en ella la
cosa K, que es la Medida del Dedo Geométrico. Y he aquí que ya estaría en
condiciones de componer una Definición harto aguda, como por ejemplo, que a
querer medir esse Muñeco de los Muchachos, esse Átomo de Hombre, un Dedo
Geométrico sería una Medida muy Desmesurada, que mucho me dice, uniendo a la
Metáphora también la Hypérbole, de la Desventura & Ridiculez del Enano.
—Cuál maravilla —dijo el señor de la Saleta—, pero de la segunda tríade obtenida
todavía no ha usado Vuesa Merced la última letra, la D…
—No menos esperábame del espíritu de Vuestra Merced —dijo complacido el padre
Emanuel—, ¡pues ha tocado el Punto Admirable de mi artilugio! ¡Es esta letra
sobrante ( & que podría desechar si me hubiere tediado y considerare alcanzada
mi meta) la que me permite volver a empezar de nuevo mi búsqueda! Aquesta D me
permite tornar a iniciar el ciclo de las Partículas, recurriendo a la cathegoría
del Hábito (exempli gratia, qué hábito le conviene, o si le puede servir de
insignia a algo), & a partir de
aquesta volver a empezar, como antes hize con la Quantidad, haziendo girar de
nuevo los Cylindros, usando las dos primeras letras & reservando la tercera para
otro ensayo más, & así al infinito, por millones de Posibles Conjugaciones,
puesto que algunas resultaren más agudas que otras, y estará en mi juicio
distinguir las más adequadas para generar Estupor. Pero no quiero mentir a
Vuestras Mercedes, no había elegido Enano al azar: precisamente esta noche
habíame aplicado con gran escrupulosidad para extraer todo el partido posible de
esta Substancia.
Agitó una hoja y empezó a leer la serie de definiciones con las que estaba
sofocando a su pobre enano, hombrecillo más breve que su nombre, embrión,
fragmento de hominicaco, tal que los corpúsculos que penetran con la luz por la
ventana parecen bien mayores, cuerpo que con millones de sus semejantes podría
marcar las horas en el cuello de una clepsidra, complexión en la cual el pie
está contiguo a la cabeza, segmento cárneo que empieza donde acaba, línea que se
coagula en un punto, punta de aguja, sujeto con el que es menester hablar con
prudencia para que el aliento no se lo lleve volando, substancia tan pequeña que
no es pasible de color, centella de mostaza, cuerpecillo que ya no tiene nada
más y nada menos de lo que jamás tuvo, materia sin forma, forma sin materia,
cuerpo sin cuerpo, puro ente de razón, invención del ingenio tan remendado en lo
menudo que ningún golpe podría jamás hallarlo para herirlo, capaz de huir por
cualquier hendidura y de alimentarse durante un año con un solo grano de cebada,
ser epitomizado hasta tal grado que jamás sabes si se sienta, yace o está
erguido, capaz de anegarse en una concha de caracol, semilla, granulo,
florecilla de uva, punto de la i, individuo matemático, nada aritmético…
Y habría continuado, teniendo materia para ello, si los espectadores no le
hubieran detenido con un aplauso.
10
GEOGRAFÍA LA MÁS CURIOSA
Roberto comprendía ahora que el padre Emanuel actuaba en el fondo como si fuera
un secuaz de Demócrito y Epicuro: acumulaba átomos de conceptos y los componía
en guisas diferentes para formar con ellos muchos objetos. Y así como el
Canónigo sostenía que un mundo hecho de átomos no estaba en contraste con la
idea de una divinidad que los dispusiera juntos según razón, así el padre
Emanuel de aquel polvo de conceptos aceptaba sólo las composiciones realmente
agudas. Quizá habría hecho lo mismo si se hubiera dedicado a hacer escenas para
un teatro: ¿no sacan, acaso, los comediógrafos acontecimientos inverosímiles, e
ingeniosos, de trozos de cosas verosímiles pero sin sabor, para satisfacernos
con inesperados hircocervos de acciones?
Y si así era, ¿no acontecía acaso que esa concurrencia de circunstancias que
había creado tanto su naufragio como la condición en la que encontrábase el
Daphne —al ser verisímil cualquier mínimo acontecimiento, el tufo y el chirriar
del casco del barco, el olor de las plantas, las voces de los pájaros—
contribuía a bosquejar la impresión de una presencia que no era sino el efecto
de un engaño percibido sólo por la mente, como la risa de los prados y las
lágrimas del rocío? Así pues, el fantasma de un intruso escondido era
composición de átomos de acciones,
como el del hermano perdido, ambos formados con los fragmentos de su propio
rostro y de sus deseos o pensamientos.
Y precisamente mientras oía contra los cristales una llovizna ligera que estaba
refrigerando el estival y meridiano calor, decíase: es natural, yo, y no otro,
he subido a este navío como un intruso, yo perturbo este silencio con mis pasos.
Y heme aquí que, casi temeroso de haber quebrantado un sagrario ajeno, he
forjado otro yo que vaga bajo las mismas puentes. ¿Qué pruebas tengo de que ese
tal exista? ¿Una que otra gota de agua sobre las hojas? ¿Y no podría, tal y como
agora llueve, haber llovido la noche pasada, puesto que fuera poco? ¿El alpiste?
¿No podrían los pájaros haber movido escarbando el que ya había, haciéndome
pensar que alguien hubiera echado más? ¿La ausencia de los huevos? ¡Si justo
ayer vi un jerifalte devorar un ratón volador! Yo estoy poblando una bodega que
todavía no he visitado y lo hago quizá para tranquilizarme, pues me aterra
encontrarme abandonado entre cielo y mar. Señor Roberto de la Grive, repetíase,
tú estás solo, y solo podrías permanecer hasta el fin de tus días, y este fin
también podría estar próximo: los bastimentos a bordo son muchos, mas para
semanas y no para meses. Y, entonces, ve más bien a poner en la puente algún
vaso para recoger la mayor cantidad de agua pluvial que pudieres, y aprende a
pescar desde la borda, soportando el sol. Y un día u otro tendrás que encontrar
la manera de llegar a la Isla, y vivir allí como único morador. En esto has de
pensar, y no en historias de intrusos y de ferrantes.
Había cogido unos barriles vacíos y los había dispuesto en el alcázar,
soportando la luz filtrada por las nubes. Dio en la cuenta, al hacer este
trabajo, de que aún estaba muy débil. Bajó de nuevo, colmó de comida a los
animales (quizá para que nadie más estuviera tentado de hacerlo en lugar suyo),
y renunció, una vez más, a bajar aún más abajo. Se recogió, pasando algunas
horas echado, mientras la lluvia no daba indicios de que fuera a menguar. Hubo
algún golpe de viento y por primera vez advirtió que estaba en una casa natátil
que se movía como una cuna,
mientras un golpear de cuarteles animaba la amplia mole de aquel regazo boscoso.
Apreció esta última metáfora y se preguntó cómo habría leído el padre Emanuel el
navío en cuanto manantial de Divisas Enigmáticas. Luego pensó en la Isla y la
definió como inaccesible proximidad. El bello concepto le mostró, por segunda
vez en el día, la disímil semejanza entre la Isla y la Señora, y estuvo en vela
hasta entrada la noche escribiéndole lo que he conseguido obtener en este
capítulo.
El Daphne había cabeceado durante toda la noche, y su movimiento, junto con el
undoso de la bahía, se había sosegado de primerísima mañana. Roberto había
vislumbrado, desde la ventana, los signos de un alba fría pero tersa.
Acordándose de aquella Hipérbole de los Ojos evocada el día de antes, se dijo
que habría podido observar la ribera con el anteojo de larga vista que había
visto en el camarote de al lado: el mismo borde de la lente y la escena limitada
habríanle atenuado los reflejos solares.
Con que apoyó el instrumento en el alféizar de una ventana de la galería y fijó
audazmente los límites extremos de la bahía. La Isla presentábase clara, la cima
alborotada por un vellón de lana. Como había aprendido a bordo del Amarilis, las
islas del océano retienen la humedad de los alisios y la condensan en copos
nebulosos, de suerte que, a menudo, los navegantes reconocen la presencia de una
tierra antes de divisar sus costas, por las bocanadas del elemento aéreo que la
tierra mantiene como amarradas.
De los alisios le había contado el doctor Byrd, que los llamaba Trade-Winds,
pero los franceses decían alisées: hállanse en esos mares los grandes vientos
que dictan ley a los huracanes y a las bonanzas, y con ellos juguetean los
alisios, que son vientos del antojo, de modo que los mapas representan su
vagamundear en forma de una danza de curvas y corrientes, de disparatadas
carolas y airosos extravíos. Los alisios se insinúan en el curso de los vientos
mayores y los desbaratan, los cortan de través, los entrelazan de carreras. Son
lagartijas que colean por sendas imprevistas, se chocan y se esquivan
mutuamente, como si en el Mar del Contrario valieran sólo las reglas del arte y
no las de la naturaleza. De cosa artificial los alisios tienen figura y más que
de las disposiciones armónicas de las cosas que vienen del cielo o de la tierra,
como la nieve y los cristales, toman forma de aquellas volutas que los
arquitectos imponían a columnas y capiteles.
Que aquél era un mar del artificio, Roberto sospechábalo desde hacía tiempo, y
ello le explicaba por qué allá abajo los cosmógrafos habían imaginado siempre
seres contrarios a la naturaleza, que caminaban patas arriba.
Desde luego, no podían ser los artistas, que en las cortes de Europa construían
grutas incrustadas de lapislázuli, con fuentes movidas por secretos motores, los
que habían inspirado a la naturaleza cuando inventaba las tierras de aquellos
mares; ni podía haber sido la naturaleza del Polo Desconocido la que había
inspirado a aquellos artistas. Es que, decíase Roberto, tanto el Arte como la
Naturaleza gustan de maquinar, y otra cosa no hacen los mismos átomos cuando se
agregan agora así agora otrosí. ¿Hay prodigio más artificioso que la tortuga,
obra de un orfebre de mil y mil años ha, escudo de Aquiles pacientemente nielado
que aprisiona a una serpiente con las patas?
En nuestras tierras, se decía, todo lo que es vida vegetal tiene la fragilidad
de la hoja con su vena y de la flor que dura el espacio de una mañana, mientras
aquí lo vegetal parece cuero, materia densa y oleaginosa, escama dispuesta a
resistir rayos de soles arrebatados. Cualquier hoja —en estos lugares donde los
moradores salvajes, sin duda, no conocen el arte de los metales y de las
arcillas— podría convertirse en instrumento, cuchilla, copa, espátula, y las
hojas de las flores son de laca. Todo lo que es vegetal es aquí fuerte,
debilísimo todo lo que es animal, a juzgar por los pájaros que he visto, hilados
en cristal discolor, mientras
en nuestras tierras es animal la fuerza del caballo o la obtusa solidez del
buey…
¿Y las frutas? Entre nosotros lo encarnado de la manzana, colorada de
salubridad, distingue su sabor amigo, mientras es el livor del hongo el que nos
revela su ponzoña. Aquí, en cambio, bien lo vi ayer, y durante el viaje del
Amarilis, dase festivo juego de contrarios: el albo mortuorio de una fruta
asegura vivaces dulzuras, mientras las frutas más rubicundas pueden segregar
filtros letales.
Con el anteojo exploraba la ribera y divisaba entre tierra y mar aquellas raíces
trepadoras, que parecían retozar hacia el aire libre, y macollas de frutas
oblongas que a buen seguro revelaban su amelazada madurez apareciéndose como
bayas inmaduras. Y reconocía, en otras palmas, cocos amarillos como melones de
estío, mientras sabía que habrían celebrado su sazón al tomar color de tierra
muerta.
Así pues, para vivir en ese terrestre Más Allá (habría debido recordarlo, si
hubiere querido llegar a pactos con la naturaleza) era preciso proceder al
contrario del proprio instinto, al ser el instinto probablemente un hallazgo de
los primeros gigantes que intentaron adaptarse a la naturaleza de la otra parte
del globo y, creyendo que la naturaleza más natural era aquella a la que ellos
se adaptaban, la pensaban naturalmente nacida para adaptarse a ellos. Por ello
creyeron que el sol era pequeño como se les aparecía a ellos, e inmensos veían
ciertos tallos de hierba que miraban con el ojo prono a la tierra.
Vivir en las Antípodas significa, pues, reconstruir el instinto, saber hacer de
maravilla naturaleza, y de naturaleza maravilla, descubrir lo mudadizo que es el
mundo, que en una primera mitad sigue ciertas leyes y en la otra leyes opuestas.
Oía de nuevo el despertar de los pájaros, allá abajo y, a diferencia del primer
día, advertía cuánto aquellos cantos eran efecto de arte, si proporcionados al
piar de sus tierras: eran gorgores, silbos, borbullones, chisporreteos,
chasquidos de lengua,
gañidos, atenuados golpes de mosquete, enteras escalas cromáticas de picos, y a
veces, oíase como un gritar de ranas agazapadas entre las hojas de los árboles,
en homérico parlotear.
El anteojo permitíale divisar husos, balas plumosas, calofríos negros o de
confusa tinta, que se tiraban de un árbol más alto apuntando hacia el suelo con
la demencia de un Ícaro que quisiere apresurar la propia ruina. De repente,
parecióle incluso que un árbol, quizá de naranjitas de la China, descerrajara en
el aire uno de sus frutos, una madeja de azafrán encendido que salió muy pronto
del ojo redondo del anteojo. Convencióse de que era efecto de un reflejo y no
volvió a pensar más en ello, o por lo menos así lo creyó. Veremos más adelante
que, por lo que atañe a pensamientos oscuros, tenía razón Saint-Savin.
Pensó que aquellos volátiles de innatural naturaleza eran emblema de consorcios
parisinos que había dejado hacía muchos meses: en aquel universo desprovisto de
humanos en el que, si no los únicos seres vivos, desde luego los únicos seres
hablantes eran los pájaros, se encontraba como en aquel salón, donde a su primer
ingreso había captado sólo una confusa charla en lengua ignota, de la que
adivinaba con timidez el sabor. Aunque, como diría yo, el saber de aquel sabor,
al final debía de haberlo absorbido bien, si no, no habría sabido disputar como
ahora hacía. Pero, acordándose de que allí había encontrado a la Señora y que
si, por tanto, existía un lugar supremo entre todos era aquél y no éste,
concluyó que no allí se imitaba a los pájaros de la Isla, sino que aquí en la
Isla los animales intentaban igualar aquella humanísima Lengua de los Pájaros.
Pensando en la Señora y en su lejanía, que el día de antes había comparado con
la lejanía inaccesible de la tierra de occidente, volvió a mirar la Isla, de la
cual el anteojo descubría sólo pálidos y circunscritos indicios, tal como sucede
con las imágenes que se ven en esos espejos convexos que, reflejando un
solo lado de una pequeña habitación, sugieren un cosmos esférico infinito y
atónito.
¿Cómo se le habría presentado la Isla si un día se hubiera llegado a ella? Por
la escena que veía desde su palco, y por los especímenes de los que había
encontrado testimonio en la nave, ¿acaso era ése el Edén donde los arroyos manan
leche y miel, entre un triunfo abundante de frutos y animales mansos? ¿Qué
buscaban si no en aquellas islas del opuesto sur los arrojados que mareaban
entre ellas desafiando las tempestades de un océano ilusoriamente pacífico? ¿No
era esto lo que el Cardenal quería cuando le había enviado en misión a descubrir
el secreto del Amarilis, la posibilidad de llevar los lises de Francia a una
Tierra Incógnita que renovara finalmente las ofrendas de un valle no tocado ni
por el pecado de Babel, ni por el diluvio universal, ni por el primer yerro
adamítico? Leales debían de ser allí los seres humanos, oscuros de piel pero
cándidos de corazón, indiferentes a las montañas de oro y a los bálsamos de los
que eran inconsiderados custodios.
Mas si así era, ¿no era acaso renovar el error del primer pecador querer violar
la virginidad de la Isla? Justamente, quizá la Providencia le había querido
casto testigo de una belleza que no habría debido turbar jamás. ¿No era ésta la
manifestación del amor más cabal, tal y como se lo profesaba a su Señora, amar
de lejos renunciando al orgullo del dominio? ¿Es amor el que aspira a la
conquista? Si la Isla debía aparecérsele como una cosa sola con el objeto de su
amor, a la Isla debía el mismo recato que a éste había donado. Los mismos
frenéticos celos que había experimentado cada vez que había temido que un ojo
ajeno hubiera amenazado aquel santuario de la esquivez, no debían entenderse
como pretensión de un derecho propio, sino como negación del derecho de cada
uno, tarea que su amor imponíale como guardián de aquel Grial. Y a la misma
castidad debía sentirse obligado con respecto a la Isla que, cuanto más anhelaba
llena de promesas, tanto menos habría debido querer tocar. Lejos
de la Señora, lejos de la Isla, de ambas habría debido sólo hablar, queriéndolas
inmaculadas para que inmaculadas pudieran mantenerse, tocadas por la sola
caricia de los elementos. Si existía belleza en algún lugar, su mira era
permanecer sin mira.
¿Era de verdad así la Isla que veía? ¿Quién lo alentaba a descifrar así su
jeroglífico? Se sabía que, desde los primeros viajes a estas islas, que las
cartas de marear asignaban a lugares imprecisos, se abandonaban en ellas a los
amotinados y se convertían en prisiones con barrotes de aire, en las que los
mismos condenados eran alcaides de sí mismos, dedicados a castigarse los unos a
los otros. No llegar a ellas, no descubrir su secreto, no era deber, sino
derecho de eludir horrores sin fin.
O no, la única realidad de la Isla era que en su centro se erguía, invitante en
sus colores tenues, el Árbol del Olvido, comiendo cuyos frutos Roberto habría
podido encontrar la paz.
Desmemoriarse. Pasó así la jornada, indolente en apariencia, activísimo en el
esfuerzo de convertirse en tabla rasa. Y, como le acontece a quien se imponga
olvidar, cuantos más esfuerzos hacía, más su memoria se animaba.
Intentaba poner en práctica todas las recomendaciones que había oído. Se
imaginaba en una estancia abarrotada de objetos que le recordaban algo, el velo
de su dama, los folios en que había hecho presente su imagen a través de los
lamentos por su ausencia, los muebles y los tapices del palacio en que la había
conocido, y representábase a sí mismo en el acto de tirar todas aquellas cosas
por la ventana, hasta que la estancia (y con ella su mente) se hubiere quedado
desnuda y vacía. Realizaba esfuerzos desmedidos para arrastrar hasta el alféizar
vajillas, almarios, sitiales y panoplias, y al contrario de lo que le habían
dicho, a medida que se deprimía en aquellos trabajos, la figura de la Señora se
multiplicaba y, desde ángulos distintos, lo seguía en aquellos conatos suyos con
una sonrisa maliciosa.
Así, pasando el día en arrastrar enseres, no había olvidado nada. Al contrario.
Hacía días que pensaba en su propio pasado
fijando la mirada en la única escena que tenía delante, la del Daphne, y el
Daphne estábase transformando en un Teatro de la Memoria, como lo concebían en
sus tiempos, donde todo elemento recordábale un episodio antiguo o reciente de
su historia: el bauprés, la llegada después del naufragio, cuando había
comprendido que no habría vuelto a ver a la amada; las velas recogidas, mirando
las cuales había soñado con Ella perdida, Ella perdida; la galería, desde la que
exploraba la Isla lejana, la lejanía de Ella… Pero había dedicado a la amada
tantas meditaciones que, mientras hubiere permanecido allí, cada rincón de
aquella casa marina habríale recordado, momento por momento, todo lo que quería
olvidar.
La verdad de tal cosa era algo en lo que había reparado saliendo a la puente,
para hacerse distraer por el viento. Era aquél su bosque, a donde iba como a los
bosques van los amantes infelices; he aquí su naturaleza ficticia, plantas
pulidas por carpinteros de Amberes, ríos de tela tosca al viento, cavernas
calafateadas, estrellas de astrolabios. Y así como los amantes, revisitando un
lugar, identifican a la amada con cada flor, con cada susurro de hojas y abejas,
pues bien, ahora él habría muerto de amor acariciando la boca de un cañón…
¿No celebraban acaso los poetas a su dama elogiando los labios de rubíes, los
ojos de carbón, el seno de mármol, el corazón de diamante? Bien, también él
—forzado en aquella mina de abetos ya fósiles— habría tenido pasiones sólo
minerales, gúmena ensortijada de nudos habríale parecido su cabellera, esplendor
de cáncamos sus ojos olvidados, secuencia de imbornales sus dientes lucientes de
fragrante saliva, cabria traqueante su cuello ornado de collares de cáñamo, y
habría encontrado la paz forjándose la ilusión de haber amado la obra de un
constructor de juguetes mecánicos.
Luego se arrepintió de su dureza al fingir la dureza de ella, se dijo que al
petrificar sus facciones petrificaba su deseo, que quería, en cambio, vivo e
insatisfecho; y, había anochecido, dirigió
los ojos al amplio cóncavo del cielo punteado de constelaciones indescifrables.
Sólo contemplando cuerpos celestes habría podido concebir los celestes
pensamientos que convienen a quien, por celeste decreto, haya sido condenado a
amar a la más celestial de las humanas criaturas.
La reina de los bosques, que con blanca vestidura enalba las selvas y platea los
campos, todavía no se había asomado al extremo de la Isla, cubierta de duelo. El
resto del cielo estaba encendido y visible y, en el límite suroeste, casi al
filo del mar, allende la gran tierra, divisó un grumo de estrellas que el doctor
Byrd le había enseñado a reconocer: era la Cruz del Sur. Y de un escritor
olvidado, del cual su preceptor carmelita le había hecho aprender de memoria
algunos versos, Roberto recordaba una visión que había fascinado su infancia, la
de un peregrino por los reinos de la ultratumba que despuntando precisamente en
aquella región incógnita, había visto aquellas cuatro estrellas, no divisadas
jamás sino por los primeros (y últimos), moradores del Paraíso Terrenal.
11
ARTE DE PRUDENCIA
as veía porque había naufragado de verdad en los límites del jardín del Edén o
porque había salido del vientre de aquel navío como de un embudo infernal? Quizá
ambas cosas. Ese naufragio, devolviéndolo al espectáculo de otra naturaleza, lo
había librado del Infierno del Mundo en el que había entrado,
perdiendo las ilusiones de la infancia, en los días de Casal.
Había sido allá, una vez más, donde, después de haber entrevisto la historia
como lugar de muchos caprichos, e intrigas incomprensibles de la Razón de
Estado, Saint-Savin le había hecho comprender cómo la gran máquina del mundo era
falaz, atormentada por las nequicias del Azar. Se había acabado en pocos días el
sueño de gestas heroicas de su adolescencia, y con el padre Emanuel había
entendido que había que enfervorizarse por las Heroicas Empresas. Y que se puede
emplear una vida no para combatir a un gigante sino para nombrar de demasiadas
maneras a un enano.
Abandonado el convento, se había acompañado del señor de la Saleta, el cual, a
su vez, acompañaba al señor de Salazar fuera de las murallas. Y para llegar a la
que Salazar llamaba la Puerta de Estopa, estaban recorriendo un trecho de
baluarte.
Los dos gentileshombres estaban elogiando la máquina del padre Emanuel y Roberto
ingenuamente había preguntado de qué podía valer tanta ciencia para regular el
destino de un asedio.
El señor de Salazar se había echado a reír.
—Mi joven amigo —había dicho—, todos nosotros estamos aquí, y en atención a
monarcas diferentes, para que esta guerra se resuelva según justicia y honor.
Pero ya no son tiempos en los cuales se pueda cambiar el curso de las estrellas
con la espada. Terminó el tiempo en que los gentileshombres creaban a los reyes;
agora son los reyes los que crean a los gentileshombres. Antes la vida de corte
era una espera del momento en el que el gentilhombre se habría demostrado tal en
la guerra. Agora todos los gentileshombres que adivináis allá abajo -indicaba a
las tiendas españolas-, y aquí abajo —e indicaba los acantonamientos franceses—,
viven esta guerra para poder volver a su lugar natural, que es la corte, y en la
corte, amigo mío, ya no se lucha por igualar al rey en virtud, sino para obtener
su favor. Hoy en Madrid se ven hidalgos que la espada no la han desenvainado
jamás, y no se alejan de la ciudad: la dejarían, mientras se empolvan en los
campos de la gloria, en las manos de burgueses adinerados y de una nobleza de
toga que en estos tiempos incluso un monarca tiene muy en cuenta. Al guerrero no
le queda sino abandonar el valor para seguir a la prudencia.
—¿La prudencia? —había preguntado Roberto.
Salazar lo había invitado a mirar hacia el llano. Las dos partes estaban
empeñadas en perezosas escaramuzas y veíanse nubes de polvo levantarse a la
entrada de las minas, allá donde caían las balas de los cañones. Hacia el
noroeste los imperiales estaban empujando un mantelete: tratábase de un carro
sólido, arqueado en los lados, que acababa en el frente en un parapeto de duelas
de roble, acorazadas con trancas de hierro tachonadas. En esa fachada abríanse
troneras de las que sobresalían espingardas, culebrinas y arcabuces, y de lado
se entreveían a los lansquenetes atrincherados a bordo. Híspida de cañones
delante y de aceros a
los lados, chirriante de cadenas, la máquina emitía a veces resoplidos de fuego
por una de sus gargantas. Cierto es que los enemigos no pretendían emplearla
inmediatamente, pues era artilugio que había de llevarse debajo de las murallas
cuando las minas hubieran hecho ya su oficio, pero igualmente cierto era que la
exhibían para aterrorizar a los sitiados.
—Ve Vuesa Merced —decía Salazar—, que la guerra la decidirán las máquinas, carro
falcado o mina que fueren. Algunos de nuestros valerosos compañeros, de ambas
partes, que han ofrecido el pecho al adversario, cuando no hayan muerto por
error, no lo han hecho por vencer, sino para ganarse reputación que gastar a la
vuelta a la corte. Los más valientes entre ellos tendrán el juicio de elegir
empresas que causen fragor, pero calculando la proporción entre lo que arriesgan
y lo que pueden ganar…
—Mi padre… —empezó Roberto, huérfano de un héroe que no había calculado nada.
Salazar lo interrumpió:
—El padre de Vuesa Merced era precisamente un hombre de los tiempos pasados. No
crea que no los echo de menos, pero ¿puede valer aún la pena llevar a cabo un
gesto animoso, cuando se hablará más de una bella retirada que de una gallarda
acometida? ¿No acaba de ver una máquina de guerra dispuesta a resolver la suerte
de un asedio más de lo que no hicieron un tiempo las espadas? ¿Y no hace años y
años que las espadas han dejado ya el lugar al arcabuz? Nosotros llevamos aún
las corazas, pero un pícaro puede aprender en un día a horadar la coraza del
gran Bayardo.
—Pues entonces ¿qué le ha quedado al gentilhombre?
—El juicio, señor de la Grive. El éxito ya no tiene el color del sol, sino que
crece a la luz de la luna, y nadie ha dicho nunca que esta segunda lumbrera
resultara desagradable al creador de todas las cosas. Jesús mismo ponderó, en el
huerto de los olivos, de noche.
—Mas luego tomó una decisión según la más heroica de las virtudes, y sin
prudencia…
—Pero nosotros no somos el Hijo primogénito del Eterno, somos los hijos del
siglo. Acabado este asedio, si una máquina no le ha quitado la vida, ¿qué hará
Vuesa Merced? ¿Volverá quizá a sus campos, donde nadie le dará ocasión de
resultar digno de su padre? Con los pocos días que Vuesa Merced lleva moviéndose
en medio de hidalgos parisinos demuestra ya haber sido conquistado por sus
costumbres. Vuesa Merced querrá probar fortuna en la gran ciudad, y sabe bien
que es allí donde deberá gastar ese halón de braveza que la larga inacción entre
estas murallas le habrá concedido. Buscará también Vuesa Merced la fortuna y
deberá ser hábil para obtenerla. Si aquí ha aprendido a esquivar la bala de un
mosquete, allá deberá aprender a saber esquivar la envidia, los celos, la
cudicia, batiéndose con armas pares con sus adversarios, es decir, con todos. Y
por tanto tenga a bien escucharme. Ha media hora que Vuesa Merced me interrumpe
diciendo lo que piensa, y con aire de preguntar quiere demostrarme que me
engaño. No lo haga nunca más, sobre todo con los poderosos. A veces la confianza
en la propia sagacidad y el sentimiento de tener que atestiguar la verdad
podrían empujar a dar un buen aviso a quien es más que Vuesa Merced. No lo haga
jamás. Todo vencimiento es odioso, y del dueño, o necio, o fatal. Gustan de ser
ayudados los príncipes, pero no excedidos. Vuesa Merced será prudente también
con los iguales. No se ha de humillarlos con las propias virtudes. Nunca hable
de sí: o se ha de alabar, que es desmerecimiento, o se ha de vituperar, que es
poquedad. Permítase algún venial desliz: será como un echar la capa al toro de
la envidia, para salvar la inmortalidad. Deberá ser bastante y parecer poco. El
avestruz no aspira a elevarse en el aire, exponiéndose a ejemplar despeño: deja
descubrir poco a poco la belleza de sus plumas. Y sobre todo, si Vuesa Merced
tiene pasiones, no las ponga en muestra, por muy nobles que se las
represente. No se ha de permitir a todos el acceso al propio corazón. Un
silencio prudente y cauto es la teca del juicio.
—¡Vuesa Merced me está diciendo que el primer deber de un gentilhombre es
aprender a simular!
Intervino sonriendo el señor de la Saleta:
—Vea, querido Roberto, el señor de Salazar no dice que el sabio debe simular.
Sugiere, si he entendido bien, que debe aprender a disimular. Si simula lo que
no se es, se disimula lo que se es. Si Vuesa Merced alardea de lo que no ha
hecho, es un simulador, pero si evita, sin hacerlo notar, dar a conocer
completamente lo que ha hecho, entonces disimula. Es virtud sobre virtud
disimular la virtud. El señor de Salazar está enseñando a Vuesa Merced una forma
prudente de ser virtuoso, o de ser virtuoso según prudencia. Desde que el primer
hombre abrió los ojos y conoció que estaba desnudo, procuró ocultarse incluso a
la vista de su Artífice: así la solercia en encubrir casi nació con el mundo
mismo. Disimular es extender un velo compuesto de tinieblas honestas, del cual
no se forma el falso sino que se da un cierto descanso a lo verdadero. La rosa
parece bella porque a primera vista disimula ser cosa tan caduca, y aunque de la
belleza mortal se use afirmar que no parece cosa terrena, no es sino un cadáver
disimulado por el favor de la edad. En esta vida, no siempre se debe ser de
corazón abierto, y las verdades que más nos importan vienen siempre a medio
decir. La disimulación no es engaño. Es industria de no hacer ver las cosas como
son. Y es industria difícil: para sobresalir en ella hace falta que los demás no
reconozcan nuestra excelencia. Si alguien fuera célebre por su capacidad de
camuflarse, como los actores, todos sabrían que no es lo que finge ser. Pero de
los excelentes disimuladores que han sido y son, no se tiene noticia alguna.
—Y note Vuesa Merced —añadió el señor de Salazar—, que invitándole a disimular
no se le invita a permanecer mudo como un majadero. Al contrario. Será menester
aprender a hacer con la palabra aguda lo que no se puede hacer con la palabra
abierta; a
moverse en un mundo, que privilegia la apariencia, con todas las agilidades de
la elocuencia, a ser tejedor de palabras de seda. Si los dardos traspasan el
cuerpo, las palabras pueden traspasar el alma. Haga que sea naturaleza en Vuesa
Merced lo que en la máquina del padre Emanuel es arte mecánico.
—Pero señor —dijo Roberto—, la máquina del padre Emanuel me parece una imagen
del Ingenio, que no pretende herir o seducir, sino descubrir y revelar
conexiones entre las cosas, y por tanto, convertirse en nuevo instrumento de
verdad.
—Eso para los filósofos. Pero para los necios use Vuesa Merced el Ingenio para
asombrar, y obtendrá aprobación. Los hombres gustan de ser sorprendidos. Si el
destino y la fortuna de Vuesa Merced se deciden no en el campo, sino en los
salones de la corte, un buen punto obtenido en la conversación será más
provechoso que una bizarra acometida en batalla. El hombre prudente, con una
frase elegante, se quita de enredo, y sabe usar la lengua con la ligereza de una
pluma. La mayor parte de las cosas se puede pagar con las palabras.
—Le esperan en la puerta, Salazar —dijo Saleta.
Y así, para Roberto, tuvo fin aquella inesperada lección de vida y de sabiduría.
No quedó edificado, pero sí agradecido a sus dos maestros. Habíanle explicado
muchos misterios del siglo, de los cuales en la Griva nunca nadie le había dicho
nada.
12
LAS PASIONES DEL ALMA
n aquel derrumbarse de todas las ilusiones, Roberto cayó presa de una manía
amorosa.
Estábamos ya a finales de junio, y hacía bastante calor; se habían difundido
desde hacía unos diez días las
primeras voces de un caso de peste en los reales españoles. En la ciudad
empezaban a escasear las municiones, a los soldados distribuíanseles ya sólo
catorce onzas de pan muy negro, y para conseguir una pinta de vino (que es menos
de media azumbre) de los casaleses había que pagar ya tres florines, que son
casi doce reales. Se habían alternado Salazar en la ciudad y Saleta en el campo
para tratar de la ranción —así llamaban el rescate— de oficiales prendidos por
una parte y por otra en el transcurso de los choques, y los rescatados debían
obligarse a no volver a tomar las armas. Hablábase otra vez de aquel capitán en
ascenso en el mundo diplomático, Mazzarini, a quien el Papa había encomendado la
negociación.
Alguna esperanza, alguna salida y un jugar a destruirse recíprocamente las
minas, así era como se desenvolvía aquel asedio indolente.
A la espera de los conciertos, o de la armada de socorro, los espíritus
belicosos se habían sedado. Algunos casaleses habían decidido salir fuera de las
murallas para segar aquellos campos
de trigo que se habían salvado de los carros y de los caballos, indiferentes a
los cansinos escopetazos que los españoles tiraban de lejos. Pero no todos iban
desarmados: Roberto vio a una campesina alta y leonada que a ratos interrumpía
su trabajo de hoz, inclinábase entre las espigas, levantaba una escopeta, la
embrazaba como soldado viejo, apretando la culata contra la mejilla roja, y
apuntaba hacia los que estorbaban. Los españoles, hastiados por los tiros de
aquella Ceres guerrera, habían respondido, y un tiro le había dado al sesgo en
una muñeca. Sangrando ahora retrocedía, sin dejar de cargar y disparar, gritando
algo hacia el enemigo. Mientras estaba ya casi bajo las murallas, unos españoles
la apostrofaron:
—¡Puta de los franceses! A lo que ella respondía: —Si, a sun la pütan’na dei
francés, ma ad vui no!
Aquella figura virginal, aquella quintaesencia de belleza opima y de furia
marcial, unida a aquella sospecha de impudicia con la que el insulto habíala
enriquecido, atizaron los sentidos del adolescente.
Aquel día había recorrido las calles de Casal para renovar aquella visión; había
interrogado a unos campesinos, había sabido que la muchacha se llamaba según
algunos Anna Maria Novarese, Francesca según otros, y en una taberna habíanle
dicho que tenía veinte años, que venía de la comarca, y que tenía amoríos con un
soldado francés. «L’é brava la Francesca, se l’è, brava», decían con sonrisas de
inteligencia, y a Roberto la amada parecióle aún más deseable en cuanto, una vez
más, adulada por aquellos guiños licenciosos.
Algunas tardes después, pasando por delante de una casa, la divisó en una
habitación oscura en el cuarto bajo. Estaba sentada junto a la ventana para
tomar un airecillo que mitigaba apenas el bochorno monferrín, aclarada por una
lámpara, invisible desde fuera, que descansaba cerca del alféizar. De buenas a
primeras no
la había reconocido porque sus hermosos cabellos estaban recogidos en la cabeza,
y sólo dos mechones colgaban encima de las orejas. Se divisaba tan sólo el
rostro un poco inclinado, singular purísimo óvalo, rociado por algún aljófar de
sudor, única verdadera lámpara en aquella penumbra.
Estaba trabajando en la costura sobre una mesita baja, en la que posaba la
mirada atenta, de suerte que no dio en la cuenta del joven, que se había
retraído a atisbarla de lado, agazapándose contra el muro. Con el corazón que le
golpeaba en el pecho, Roberto veía el labio, sombreado por una pelusilla rubia.
De repente, ella había alzado una mano aún más luminosa que el rostro, para
llevarse a la boca un hilo oscuro: lo había introducido entre los labios rojos
descubriendo los dientes blancos y lo había cortado de una vez, con acción de
fiera gentil, sonriendo risueña de su benigna crueldad.
Roberto habría podido esperar toda la noche, mientras respiraba apenas, por el
temor de ser descubierto y por el ardor que lo helaba. Pero poco después, la
muchacha apagó la lámpara, y la visión se disipó.
Había pasado por aquella calle los días siguientes, sin volver a verla, excepto
una sola vez, aunque no estaba seguro porque, si era ella, estaba sentada con la
cabeza gacha, el cuello desnudo y sonrosado, una cascada de cabellos que le
cubrían el rostro. Una matrona estaba a sus espaldas, navegando por aquellas
olas leoninas con un peine de pastora, y de vez en cuando lo dejaba para asir
con los dedos un animalillo fugitivo, cuya vida bulliciosa torcíanle sus uñas
con un golpe seco. Roberto, no nuevo a los ritos del despiojamiento, descubría,
en cambio, por vez primera, su belleza, e imaginaba poder poner las manos entre
aquellas ondas de seda, apretar las yemas sobre aquella nuca, besar esos surcos,
destruir él mismo aquellos rebaños de mirmidones que los contaminaban.
Tuvo que alejarse de aquel embeleso por el sobrevenir de gentío que alborotaba
la calle, y fue la última vez que aquella
ventana le reservó amorosas visiones.
Otras tardes y otras noches divisó aún a la matrona, y a otra muchacha, pero no
a ella. Llegó a la conclusión de que aquella no era su casa, sino la de una
pariente, a la que había ido sólo para hacer alguna labor. Dónde pudiere estar
ella, por largos días dejó de saberlo.
Comoquiera que la languidez amorosa es licor que cobra mayor fuerza cuando se
trasiega en los oídos de un amigo, mientras recorría Casal sin fruto, y
adelgazaba en la búsqueda, Roberto no había conseguido esconder su estado a
Saint-Savin. se habíalo revelado por vanidad, porque todos los amantes se
adornan de la belleza de la amada y de esta belleza está seguramente seguro.
—Pues bien, amad —había reaccionado Saint-Savin con descuido—. No es cosa nueva.
Parece ser que los humanos se deleitan con ello, a diferencia de los animales.
—¿Los animales no aman?
—No, las máquinas simples no aman. ¿Qué hacen las ruedas de un carro a lo largo
de una cuesta? Ruedan hacia abajo. La máquina es un peso, y el peso pende, y
depende de la ciega necesidad que lo empuja a la bajada. Así el animal: pende
hacia el concúbito y no se sosiega hasta que no lo obtiene.
—¿Acaso no me habíais dicho ayer que también los hombres son máquinas?
—Sí, pero la máquina humana es más compleja que la máquina mineral y que la
animal, y se complace de un movimiento oscilatorio.
—¿Y entonces?
—Entonces vos amáis, y por tanto deseáis y no deseáis. El amor nos hace enemigos
de nosotros mismos. Teméis que alcanzar el fin os decepcione. Os deleitáis in
limine, como dicen los teólogos, gozáis del retraso.
—No es verdad, yo… ¡yo la quiero inmediatamente!
—Si así fuere, seríais aún y solamente un rústico. Pero tenéis espíritu. Si la
quisierais ya la habríais tomado; y seríais un bruto. No, vos queréis que
vuestro deseo se inflame, y que entretanto se encienda también el suyo. Si el
suyo se inflamare a tal punto que la indujere a concederse inmediatamente, con
toda probabilidad ya no la querríais. En la espera prospera el amor. La Espera
va caminando por los espaciosos campos del Tiempo hacia la Ocasión.
—¿Pues qué hago entretanto? —¡Cortejadla!
—Mas… Ella todavía no sabe nada, y debo confesaros que tengo dificultades en
acercarme a ella…
—Escribidle una carta y decidle de vuestro amor.
—¡Si jamás he escrito cartas de amor! Antes, me avergüenzo de decir que jamás he
escrito cartas.
—Cuando la naturaleza déjanos a lo mejor, acojámonos al arte. Os la dictaré yo.
Un gentilhombre se complace a menudo en redactar cartas para una dama que no ha
visto nunca, y yo no soy menos. No amando sé hablar de amor mejor que vos, a
quien el amor os hace mudo.
—Mas yo creo que cada persona ama de forma diferente… Sería un artificio.
—Si le revelarais vuestro amor con el acento de la sinceridad, resultaríais
torpe.
—Mas le diría la verdad…
—La verdad es una doncella tan vergonzosa cuanto hermosa, y por esto anda
siempre tapada.
—¡Es que yo quiero decirle mi amor, no el que vos describiríais!
—Pues bien, para ser creído, fingid. No existe perfección sin el esplendor de la
maquinación.
—Mas ella entendería que la carta no está hablando de ella.
—No temáis, creerá que lo que dicto ha sido concebido a su medida. Adelante,
sentaos y escribid. Dejad sólo que encuentre la inspiración.
Saint-Savin movíase por la habitación como si, dice Roberto, estuviera remedando
el vuelo de una abeja que regresa al panal. Casi danzaba, con los ojos
vagarosos, como si tuviera que leer en el aire ese mensaje, que aún no existía.
Luego empezó.
—Señora… —¿Señora?
—¿Y qué querríais decirle? ¿Acaso «oye tú, putilla casalesa»? —Puta de los
franceses —no pudo refrenarse de murmurar
Roberto, aterrorizado de que Saint-Savin por juego se hubiera acercado tanto, si
no a la verdad, por lo menos a la calumnia.
—¿Qué habéis dicho?
—Nada. Está bien. Señora. ¿Y luego?
—Señora: en la admirable arquitectura del Universo, estaba ya escrito desde el
natal día de la Creación que yo os habría encontrado y amado. Mas desde la
primera línea de esta carta siento que mi alma tanto rebosa que habrá abandonado
mis labios y mi pluma antes que haya acabado.
—… Acabado. Pero no sé si será comprensible para…
—Lo verdadero es tanto más grato cuanto más híspido de dificultades, y más
apreciada es la revelación que harto nos haya costado. Elevemos antes el tono.
Digamos entonces… Señora…
—¿Aún?
—Sí. Señora: a una dama en hermosura par a Alcidiana, érale sin duda necesaria,
como a aquesta Heroína, demora inexpugnable. Por encantamiento fuisteis
transportada a otro lugar y vuestra provincia convirtióse en una segunda ínsula
Errante que el viento de mis suspiros hace retroceder a la par que me aproximo,
provincia antípoda, tierra de hielos inabordable. Os veo perplejo, la Grive:
¿aún os parece mediocre?
—No, es que… yo diría lo contrario.
—No temáis —dijo Saint-Savin tergiversando—, no faltarán contrapuntos de
contrarios. Prosigamos. Quizá vuestras gracias os dan derecho a permanecer
lejana cual a Dioses se conviene. ¿Mas desconocéis acaso la favorable acogida
que a nuestros sahumerios e inciensos ellos deparan? No rechacéis pues mi
adoración, que si vos poseéis en sumo grado esplendor y belleza, haríais de mí
ser impío impidiéndome adorar en vuestra persona dos entre los mayores atributos
divinos… ¿Suena mejor así?
En ese punto, Roberto pensaba que el único problema era que la Novarese supiera
leer. Franqueado aquel baluarte, cualquier cosa que hubiere leído sin duda
habríala arrobado, visto que estaba arrobándose él al escribirlo.
—Dios mío —dijo—, debería de enloquecer…
—Enloquecerá. Continuad. Lejos de haber perdido mi corazón cuando os hice
obsequio de mi libertad, hállomelo desde aquel día harto más grande, a tal punto
multiplicado que, como si uno solo no bastara para amaros, está reproduciéndose
por todas mis arterias donde lo siento palpitar…
—Oh Dios…
—No perdáis la calma. Estáis hablando de amor, no estáis amando. Perdonad Señora
el furor de un desesperado, o mejor, no os deis pena: no hase oído jamás que los
soberanos hubieren de rendir cuentas de la muerte de sus esclavos. Soy contento
de recibirla; porque no podéisme hacer mayores mercedes, que mi fin sea causado
por vuestra hermosura y si os dignáredes de odiarme, aqueso me dirá que no os
era yo indiferente. Así la muerte, con la que creéis castigarme, me será causa
de gozo. Sí, la muerte. Si amor es entender que dos almas fueron creadas para
ser unidas, cuando advierte la una que la otra no siente, no le cumple en el
mundo ya más vivir muriendo; y partiéndose mi alma, de mi cuerpo vivo aún por
poco, os da noticia.
—…Por poco ¿os da? —Noticia.
—Dejadme tomar aliento. Se me calienta la cabeza…
—Controlaos. No confundáis el amor con el arte. —¡Es que yo la amo! La amo,
¿entendéis?
—Yo no. Por eso os habéis encomendado a mí. Escribid sin pensar en ella. Pensad,
veamos, en el señor de Toiras…
—¡Os lo ruego!
—No adoptéis ese aire. Es un hombre guapo, al fin y al cabo. Pero escribid.
Señora…
—¿Otra vez?
—Otra vez. Señora: habéisme destinado a morir ciego, pues ¿no habéis hecho dos
alquitaras de mis ojos, para destilarme la vida? Y sólo vos podíais obrar tal
maravilla, que más mis ojos se humedecen y más abrasan. Quizá no formara mi
padre el cuerpo mío de la misma arcilla que dio vida al primer hombre, sino de
cal, pues que el agua que vierto me consume. ¿Y cómo es posible que consumido
aún viva, hallando nuevas aguas para seguir consumiéndome?
—¿No es exagerado?
—En las ocasiones grandiosas ha de ser grandioso también el pensamiento.
Roberto ya no protestaba. Parecíale haberse transformado en la Novarese, y
experimentaba lo que ella habría debido experimentar leyendo aquellas páginas.
Saint-Savin dictaba.
—Habéis dejado en mi corazón, al abandonarlo, a una insolente, que es vuestra
imagen, y que anda jactándose de tener sobre mí poder de vida y muerte. Y vos os
habéis alejado de mí cual soberano se aleja del lugar del suplicio, no sea
importunado por las solicitudes de gracia. Si mi alma y mi amor se componen de
dos puros suspiros, cuando yo muera, conjuraré a la Agonía para que sea el de mi
amor el que me abandone por último, y habré realizado, como postrero regalo,
milagro del que deberíais estar orgullosa, que al menos por un instante seréis
suspirada por un cuerpo ya muerto.
—Muerto. ¿Acabado?
—No, dejadme pensar, hace falta un cierre que contenga una pointe…
—¿Una puan qué?
—Sí, un acto del intelecto que parezca expresar la correspondencia inaudita
entre los objetos, más allá de cualquier creencia nuestra, de suerte que en este
placentero juego del espíritu se extravíe felizmente cualquier deferencia hacia
la substancia de las cosas.
—No entiendo…
—Entenderéis. Ya está: invirtamos de momento el sentido de la apelación: en
efecto aún no habéis muerto, démosle la posibilidad de acudir en socorro de este
moribundo. Escribid. Podríais quizá, Señora, salvarme todavía. Os he hecho
obsequio de mi corazón. ¿Mas cómo puedo vivir sin el motor mismo de la vida? No
os pido que me lo devolváis, que sólo en vuestro cautiverio goza de la más
sublime de las libertades: os ruego, enviadme a cambio el vuestro, que no
encontrará tabernáculo mejor dispuesto para acogerlo. Para vivir, vos no
necesitáis dos corazones, y el mío late por vos tan fuerte que os asegura el más
sempiterno de los fervores.
Luego haciendo media pirueta e inclinándose como un actor que esperara el
aplauso:
—¿No es bello?
—¿Bello? Pues lo encuentro… qué decir… ridículo. ¿Acaso no os parece ver a esta
señora corriendo por Casal a tomar y entregar corazones, como un paje?
—¿Queréis que ame a un hombre que habla como un burgués cualquiera? Firmad y
sellad.
—No pienso en la dama, pienso que si se la enseñara a alguien, moriría de
vergüenza.
—No lo hará. Guardará la carta en su seno y todas las noches encenderá un pábilo
junto al lecho para releerla, y cubrirla de besos. Firmad y sellad.
—Pero imaginemos, digo por decir, que ella no supiere leer. Tendrá que hacer que
alguien se la lea…
—¡Pero señor de la Grive! ¿Me estáis diciendo acaso que os habéis encaprichado
de una villana? ¿Que habéis dilapidado mi inspiración para poner en embarazo a
una rústica? No nos queda sino batirnos.
—Era un ejemplo. Una broma. Pues háseme enseñado que el hombre prudente debe
ponderar los casos, las circunstancias y entre los posibles también los más
imposibles…
—Veo que estáis aprendiendo a exprimiros como se conviene. Pero habéis ponderado
mal y elegido el más risible entre los posibles. En cualquier caso, no quiero
forzaros. Borrad si queréis la última frase y continuad como os diré…
—Pero si borro tendré que volver a escribir la carta.
—Sois también haragán. Mas el sabio debe sacar partido de las desventuras.
Borrad… ¿ya? Bien.
Saint-Savin había mojado el dedo en una jarra, luego había dejado caer una gota
sobre el párrafo borrado, obteniendo una pequeña mancha de humedad, cuyos
contornos difuminados poco a poco se oscurecían por la negrura de la tinta que
el agua había hecho retroceder sobre la hoja.
—Y ahora escribid. Perdonad Señora, si no he tenido el valor de dejar con vida
un pensamiento que, robándome una lágrima, me ha espantado por su osadía. Así
acontece, que un fuego etneo puede generar un dulcísimo arroyo de aguas
salobres. Mas, oh Señora, mi corazón es como la concha marina, que al beber el
bello sudor del alba genera la perla, y crece una con ella. Al pensamiento de
que vuestra indiferencia quisiera sustraerle a mi corazón aljófar tan
celosamente alimentado, el corazón se me escapa por los ojos… Sí, la Grive, así
está indudablemente mejor, hemos reducido los excesos. Mejor acabar atenuando el
énfasis de amante, para gigantizar la conmoción de la amada. Firmad, sellad y
hacédsela llegar. Luego esperad.
—Esperar, ¿qué?
—El norte de la Brújula de la Prudencia consiste en desplegar las velas al
viento del Momento Favorable. En estas cosas la espera nunca hace daño. La
presencia mengua la fama y la lejanía la acrecienta. Estando lejos seréis tenido
por un león, y estando presente podríais convertiros en un ratoncito alumbrado
por la montaña. Sois sin duda rico de buenísimas prendas. Pero las prendas
pierden lucimiento si se tocan demasiado, mientras la fantasía llega más lejos
que la vista.
Roberto había dado las gracias y había corrido a su casa escondiendo la carta en
el pecho como si la hubiera robado. Temía que alguien le hurtara el fruto de su
hurto.
La encontraré, se decía, me inclinaré y entregaré la carta. Luego se agitaba en
el lecho pensando en la manera en que ella la habría leído con los labios. Ya
estaba imaginando a Anna María Francesca Novarese como dotada de todas aquellas
virtudes que Saint-Savin le había atribuido. Declarando, aunque por voz ajena,
su amor, se había sentido aún más amante. Haciendo algo contra su genio había
sido seducido por el Ingenio. Él ahora amaba a la Novarese con la misma
exquisita violencia de la que decía la carta.
Habiéndose puesto en busca de aquella de la cual estaba tan dispuesto a
permanecer alejado, mientras algunos cañonazos llovían sobre la ciudad,
descuidado del peligro, algunos días después habíala divisado en una esquina,
cargada de espigas como una criatura mitológica. Con gran tumulto interior había
corrido a su encuentro, no sabiendo bien qué habría hecho o dicho.
Acercándose a ella tembloroso, se había parado delante y le había dicho:
—Señora…
—A mi? —había contestado riendo la muchacha, y luego—: E alura?
—Y pues —no había sabido decir nada mejor Roberto—, ¿podríais decirme por qué
parte se va al Castillo?
Y la muchacha moviendo hacia atrás la cabeza, y la gran masa de cabellos:
—Ma da là, no?
Y había doblado la esquina.
En aquella esquina, mientras Roberto dudaba de si seguirla, había caído silbando
una bala de cañón, derribando el murete de un jardín, y levantando una nube de
polvo. Roberto había tosido, había esperado que el polvo se aclarara y había
comprendido que, caminando con demasiada vacilación por los espaciosos campos
del Tiempo, había perdido la Ocasión.
Para castigarse, rasgó con contrición la carta y dirigióse hacia casa, mientras
los jirones de su corazón se apelotillaban en el suelo.
Su primer e impreciso amor lo había convencido para siempre de que el objeto
amado reside en la lejanía, y creo que esto marcó su destino de amante. Durante
los días siguientes había vuelto a todas las esquinas (donde recibiera una
noticia, donde adivinara un rastro, donde oyera hablar de ella y donde la viera)
para recomponer un paisaje de la memoria. Había dibujado así un Casal de la
propia pasión, transformando callejuelas, fuentes, plazas, en el Río de la
Inclinación, en el Lago de la Indiferencia, o en el Mar de la Enemistad; había
hecho de la ciudad herida el País de la propia Ternura insaciada, isla (ya
entonces, presagio) de su soledad.
13
EL MAPA DE LA TERNURA
La noche del veinte y nueve de junio un gran estruendo había despertado a los
sitiados, seguido por un redoble de tambores: había estallado la primera mina
que los enemigos habían conseguido hacer volar bajo las murallas, haciendo
saltar una media luna y sepultando a veinte y cinco soldados. El día después,
hacia las seis de la tarde, se había oído como un temporal hacia poniente, y
hacia oriente había aparecido un cuerno de la abundancia, más blanco que el
resto del cielo, con la punta que se alargaba y acortaba. Era un cometa, que
había turbado a los hombres de armas e inducido a los habitantes a encerrarse en
casa. En las semanas siguientes habían saltado otros puntos de las murallas,
mientras desde los espaltes, los sitiados tiraban en balde, porque ya los
adversarios se movían bajo tierra, y las contraminas no conseguían desanidarlos.
Roberto vivía aquel naufragio como un pasajero extraño. Pasaba largas horas
dialogando con el padre Emanuel sobre la mejor manera de describir los fuegos
del cerco, pero frecuentaba cada vez más a Saint-Savin para elaborar con él
metáforas de par prontitud que describieran los fuegos de su amor, cuyo fracaso
no había osado confesar. Saint-Savin apercibíale de una escena donde su caso
galante podía desenvolverse felizmente; padecía,
callando, la ignominia de elaborar con el amigo otras cartas, que luego fingía
remitir, releyéndolas, en cambio, cada noche como si el diario de tantos
suspiros estuviera dirigido por ella a él. Novelaba sobre situaciones en las que
la Novarese, perseguida por los lansquenetes, caíale extenuada entre los brazos,
él desbarataba a los enemigos y la conducía exhausta a un jardín, donde gozaba
de su salvaje gratitud. Ante pensamientos tales abandonábase en su cama, se
recobraba después de un largo desmayo y componía sonetos para la amada.
Le había enseñado uno a Saint-Savin que había comentado:
—Lo considero de una gran porquería, si me lo permitís, mas consolaos: la mayor
parte de los que se definen poetas en París hacen cosas mucho peores. No
poeticéis sobre vuestro amor, la pasión os veda esa divina frialdad que era la
gloria de Catulo.
Se descubrió de humor melancólico y se lo dijo a Saint-Savin: —Alegraos —comentó
el amigo—, la melancolía no es borra
sino flor de la sangre, y genera a los héroes porque, lindando con la locura,
los induce a las acciones más denodadas.
Pero Roberto sentíase inducido a nada, y poníase melancólico de no ser
bastantemente melancólico.
Sordo a los gritos y a los cañonazos, oía voces de alivio (hay crisis en el
campo español, dizque la armada francesa avanza), alegrábase porque a mediados
de julio una contramina por fin había conseguido causar gran mortandad de muchos
españoles; pero entre tanto, evacuábanse muchas medias lunas, y a mediados de
julio, las vanguardias enemigas ya podían batir directamente la ciudad. Se
enteraba de que algunos casaleses intentaban pescar en el Po y, sin cuidarse de
si recorría calles expuestas a los tiros enemigos, corría a ver, con el temor de
que los imperiales le dispararan a la Novarese.
Pasaba haciéndose sitio entre los soldados en rebelión, cuyo contrato no preveía
que excavaran trincheras; pero los casaleses se negaban a hacerlo por ellos, y
Toiras veíase obligado a prometer un sobresueldo. Se cumplimentaba, como todos,
sabiendo que Espínola había enfermado de peste, gozaba viendo un grupo de
desertores napolitanos que habían entrado en la ciudad, abandonando por miedo el
campo adversario insidiado por el morbo, oía al padre Emanuel decir que aquello
podía convertirse en causa de contagio…
A mediados de septiembre, apareció la peste en la ciudad, Roberto no se
preocupó, si no temiendo que la Novarese la hubiera contraído, y se despertó una
mañana con la fiebre alta. Consiguió enviar a alguien para que avisara al padre
Emanuel, y fue hospedado a escondidas en su convento, evitando uno de aquellos
lazaretos de fortuna donde los enfermos morían deprisa y sin alboroto para no
distraer a los demás, ocupados en morir de pirotecnia.
Roberto no pensaba en la muerte: tomaba la fiebre por el amor y soñaba con tocar
las carnes de la Novarese mientras ajaba los pliegues del jergón, o acariciaba
las partes sudadas y dolientes de su cuerpo.
Potencia de una memoria demasiado icástica, aquella noche en el Daphne, mientras
la oscuridad avanzaba, el cielo realizaba sus lentos movimientos, y la Cruz del
Sur había desaparecido en el horizonte, Roberto no sabía ya si ardía de
recobrado amor por la Diana guerrera de Casal o por la Señora igualmente lejana
a su vista.
Quiso saber dónde habría podido huir ella, y corrió a la cámara de los
instrumentos náuticos donde le parecía que había un mapa de aquellos mares. Lo
encontró, era grande, de colores, e inacabado, porque entonces muchos mapas no
acabábanse por necesidad: el navegante de una nueva tierra, dibujaba las costas
que había visto, pero dejaba incompleto el contorno, no sabiendo nunca cómo y
cuándo y dónde extendíase aquella tierra; por lo cual, las cartas de navegación
del Pacífico parecían a menudo arabescos de playas, atisbos de perímetros,
hipótesis de
volúmenes, y definidos veíanse solamente los pocos islotes circunnavegados, y el
curso de los vientos conocidos por experiencia. Algunos, para hacer reconocible
una isla, no hacían sino dibujar con mucha precisión la forma de las cimas y de
las nubes que la dominaban, para que resultaran identificables así como se
reconoce de lejos a una persona por el ala del sombrero, o por el paso
aproximado.
Ahora bien, en aquel mapa estaban visibles los lindes de dos costas enfrentadas,
divididas por un canal orientado de sur a norte, y una de las dos costas casi
terminaba con varias sinuosidades que definían una isla, y podía ser su Isla;
empero más allá de un largo trecho de mar, había otros grupos de islas
presuntas, con una conformación harto parecida, que podían igualmente
representar el lugar en el que él estaba.
Nos equivocaríamos si pensáramos que a Roberto le embargaba curiosidad de
geógrafo; demasiado habíalo educado el padre Emanuel a desconcertar lo visible a
través de la lente de su anteojo de larga vista aristotélico. ¡Demasiado le
había enseñado Saint-Savin a fomentar el deseo a través del lenguaje, que
transforma a una muchacha en cisne y un cisne en mujer, el sol en un caldero y
un caldero en sol! Entrada la noche, encontramos a Roberto desvariando sobre el
mapa ya transformado en el anhelado cuerpo mujeril.
Si es error de los amantes escribir el nombre amado en la arena de la playa, que
luego deslavan y roban las olas, como amante prudente sentíase él, que había
encomendado el cuerpo amado a los arcos de los senos y de los golfos, los
cabellos al fluir de las corrientes por los meandros de los archipiélagos, el
trasudor estival del semblante al reflejo de las aguas, el misterio de los ojos
al azul de una amplitud desierta. De suerte que el mapa repetía más veces las
facciones del cuerpo amado, en diferentes abandonos de bahías y promontorios.
Ansioso naufragaba con la boca en el mapa, bebía aquel océano de voluptuosidad,
acariciaba un cabo, no osaba penetrar un estrecho,
con la mejilla tendida sobre la hoja respiraba el aliento de los vientos, habría
querido sorber los veneros y hontanares, abandonarse sediento a desecar los
estuarios, hacerse sol para besar las orillas, marea para endulzar el arcano de
las desembocaduras…
Pero no gozaba de la posesión, sino de la privación: mientras en su desvarío
tocaba ese vago trofeo de erudito pincel, quizá Otros, en la Isla verdadera
—allá donde extendíase en formas donosas que el mapa aún no había sabido
capturar— mordían sus frutos, se bañaban en sus aguas… Otros, gigantes
estupefactos y feroces, aproximaban en ese instante la tosca mano a su seno,
deformes Vulcanos señoreaban aquella delicada Afrodita, rozaban sus bocas con la
misma estulticia con la que el pescador de la Isla no Encontrada, allende el
último horizonte de las Canarias, arroja sin saberlo la más rara entre las
perlas…
Ella en otra mano amante… Era este pensamiento la ebriedad suprema, en la que
Roberto se atormentaba, gañendo su enastada impotencia. Y en este frenesí, a
gatas sobre la mesa como para asir al menos la extremidad de una falda, la
mirada resbaló de la representación de aquel cuerpo pacífico, muellemente
undoso, a otro mapa, en el que el desconocido autor había intentado acaso
representar los conductos igníferos de los volcanes de la tierra occidental: era
un portulano de nuestro globo entero, todo penachos de humo en la cima de las
prominencias de la corteza, y en el interior, un enredo de venas adustas; y de
ese globo se sintió de improviso imagen viviente, bramó espirando lava por todos
los poros, eructando la linfa de su satisfacción insatisfecha, perdiendo por fin
los sentidos —destruido por árida hidropesía (así escribe)— sobre aquella
anhelada carne austral.
14
DISCURSO DE ARMAS Y LETRAS
También en Casal soñaba con espacios abiertos, y con el amplio llano en el que
había visto por primera vez a la Novarese. Ahora ya no estaba enfermo, y por
tanto, más lúcidamente pensaba que no habríala vuelto a encontrar jamás, porque
él habría muerto de allí a poco, o quizá estaba ya muerta ella.
En efecto, no estaba muñéndose, antes, poco a poco, recobraba la salud, pero no
lo advertía y tomaba los desmayos de la convalecencia por el desvanecerse de la
vida. Saint-Savin había ido a verle a menudo, apercibíalo con la gaceta de los
acontecimientos cuando estaba presente el padre Emanuel (que lo miraba con
recelo, como si fuera a robarle esa alma), y cuando el padre había de alejarse
(pues en el convento se iban concentrando las negociaciones) disputaba como
filósofo sobre la vida y la muerte.
—Mi buen amigo, Espínola va a morir. Estáis invitado ya a los festejos que
haremos por su despedida de este mundo.
—La próxima semana estaré muerto también yo…
—No es verdad, sabría reconocer el rostro de un moribundo. Mas haría mal en
apartaros del pensamiento de la muerte. Antes, aprovechad de la enfermedad para
llevar a cabo este buen ejercicio.
—Señor de Saint-Savin, habláis como un eclesiástico.
—En absoluto, yo no os digo que os preparéis para la otra vida, sino que uséis
bien esta única vida que os es dada, para arrostrar, cuando venga, la única
muerte de la que jamás tendréis experiencia. Es necesario meditar antes, y
muchas veces, sobre el arte de morir, para después conseguir hacerlo bien una
sola vez.
Quería levantarse, y el padre Emanuel se lo impedía, porque no creía que
estuviera aún preparado para volver al estruendo de la guerra. Roberto le hizo
entender que estaba impaciente de volver a ver a alguien. El padre Emanuel juzgó
necio que su cuerpo tan enjugado dejárase apocar por el pensamiento de un cuerpo
ajeno, e intentó hacerle parecer digna de menosprecio la estirpe femenina:
—Aquesse vanísimo Mundo Femenino —le dijo—, que llevan encima ciertas Atlantes
modernas, rueda en torno al Deshonor, y tiene los Signos del Cáncer y del
Capricornio por Trópicos. El Espejo, que es su Primer Móvil, nunca está tan
obscuro como quando reflexa las Estrellas de aquellos Ojos lascivos,
convertidas, por el exhalar de los Vapores de los Amantes dementados, en
Metheores, que anuncian calamidades para la Honradez.
Roberto no apreció la alegoría astronómica, ni reconoció a la amada en el
retrato de aquellas brujas mundanas. Quedóse en cama, pero exhalaba aún más los
vapores de su prendamiento.
Otras noticias le llegaban, entre tanto, del señor de la Saleta. Los casaleses
estaban preguntándose si no debían permitir a los franceses el acceso a la
ciudadela: habían entendido por fin que, si habían de impedir al enemigo que
entrara, era menester unir las fuerzas. Pero el señor de la Saleta dejaba
entender que, ahora más que nunca, mientras la ciudad parecía a punto de caer,
ellos, mostrando colaborar, revisaban en su corazón el pacto de alianza.
—Es preciso —había dicho— ser cándidos como palomas con el señor de Toiras, pero
astutos como serpientes en el caso de que su rey quisiere vender después Casal.
Es menester combatir, de
forma que si Casal se salva sea también por mérito nuestro; aunque sin
propasarse, que si cae, la culpa sea sólo de los franceses. —Y había añadido,
como amaestramiento de Roberto —: El hombre prudente no debe uncirse a un solo
carro.
—Los franceses dicen que sois mercaderes: ¡nadie repara en vosotros cuando
combatís y todos ven que estáis vendiendo a usura!
—Para vivir mucho es un bien valer poco. El vaso agrietado es el que no se rompe
nunca del todo y acaba por cansar a fuerza de durar.
Una mañana, a primeros de septiembre, descendió sobre Casal un aguacero
liberador. Sanos y convalecientes se habían llevado todos al aire libre, a tomar
la lluvia, que debía lavar todos los rastros del contagio. Era más una manera de
recobrar ánimos que una curación, y el morbo siguió ensañándose aún después de
la tormenta. Las únicas noticias consoladoras concernían al trabajo que la peste
estaba igualmente llevando a cabo en el campo enemigo.
Capaz ahora de sostenerse en pie, Roberto aventuróse fuera del convento y a un
cierto punto vio en el umbral de una casa marcada con la cruz verde que la
declaraba lugar contagioso, a Anna Maria o Francesca Novarese. Estaba flaca como
una figura de la Danza de la Muerte. De nieve y granada que era, se había
reducido a una sola amarillez, aun cuando no olvidada, en las facciones
consumidas, de sus antiguas gracias. Roberto acordóse de una frase de
Saint-Savin:
—¿Seguís acaso con vuestras genuflexiones después de que la vejez ha hecho de
ese cuerpo un espectro, capaz ya sólo de recordaros la inminencia de la muerte?
La muchacha lloraba sobre el hombro de un capuchino, como si hubiera perdido a
una persona querida, quizá a su francés. El capuchino, con el rostro más gris
que la barba, la sostenía
apuntando el dedo huesudo hacia el cielo como si dijera «un día, allá arriba…».
El amor se vuelve cosa mental sólo cuando el cuerpo desea y el deseo es
inculcado. Si el cuerpo está débil e incapaz de desear, la cosa mental se
desvanece. Roberto se descubrió tan débil que era incapaz de amar. Exit Anna
Maria (Francesca) Novarese.
Volvió al convento y púsose a guardar cama de nuevo, decidido a morirse de
verdad: sufría en demasía por no sufrir ya. El padre Emanuel lo incitaba a que
tomara aire fresco. Pero las noticias que le traían de fuera no le infundían
ganas de vivir. Además de la peste, estaba la carestía, antes, algo peor, una
caza ensañada a la comida que los casaleses aún ocultaban y no querían dar a los
aliados. Roberto dijo que si no podía morir de peste quería morir de hambre.
Por fin, el padre Emanuel tuvo razón de él, y lo echó a la calle. Mientras daba
la vuelta a la esquina, se topó con un grupo de oficiales españoles. Hizo ademán
de huir, y aquéllos lo saludaron ceremoniosamente. Entendió que, saltados varios
baluartes, los enemigos se habían atestado ya en varios puntos del área
habitada, por lo que podía decirse que no el campo estaba asediando a Casal,
sino que Casal estaba asediando a su castillo.
En el fondo de la calle se encontró con Saint-Savin.
—Querido la Grive —dijo éste—, habéis enfermado francés y habéis sanado español.
Esta parte de la ciudad está ya en manos enemigas.
—¿Y nosotros podemos pasar?
—¿No sabéis que se ha firmado una tregua? Y, además, los españoles quieren el
castillo, no a nosotros. En la parte francesa el vino escasea y los casaleses lo
sacan de sus cantinas como si fuera sangre de Nuestro Señor. No podréis impedir
a los buenos franceses que frecuenten ciertas tabernas de esta parte, donde ya
los taberneros importan excelente vino de la comarca. Y los españoles nos acogen
como a grandes señores. Salvo que es necesario respetar las conveniencias: si se
quiere entablar
contiendas, tenemos que hacerlo en nuestra casa con compatriotas nuestros,
porque en esta parte es menester comportarse con cortesía, como se usa entre
enemigos. Por ello confieso que la parte española es menos divertida que la
francesa, por lo menos para nosotros. Mas reuníos con nosotros. Esta noche
querríamos cantarle la serenata a una señora que habíanos celado sus virtudes
hasta el otro día, cuando la vi asomarse un instante a la ventana.
Así, aquella noche Roberto volvió a encontrar cinco caras conocidas de la corte
de Toiras. No faltaba ni siquiera el abate, que para la ocasión se había
engalanado de encajes y puntillas, y de un tahalí de raso.
—El Señor nos perdone —decía con aventada hipocresía—, pero también es preciso
despejar el espíritu si queremos seguir cumpliendo nuestro deber…
La casa estaba en una plaza, en la parte ahora española, pero los españoles a
aquella hora debían de estar todos en los figones. En el rectángulo de cielo
dibujado por los techos bajos y por las altas frondas de los árboles que
bordeaban la plaza, la luna dominaba serena, apenas picada, y reflejábase en el
agua de una fuente, que murmuraba en el centro de aquel absorto cuadrado.
—Oh dulcísima Diana —había dicho Saint-Savin—, cuán tranquilas deben de estar
agora, y apaciguadas, tus ciudades y tus aldeas, que no conocen la guerra,
puesto que los Selenitas viven de una natural felicidad suya, ignaros del
pecado…
—No blasfeme, señor de Saint-Savin —le había dicho el abate —, porque aunque la
luna estuviere habitada, como ha devaneado en esa reciente novela suya el señor
de Moulinet, y como las Escrituras no nos enseñan, desdichadísimos serían
aquellos habitantes, que no han conocido la Encarnación.
—Y sumamente cruel habría sido el Señor Dios, privándoles de tamaña revelación
—había rebatido Saint-Savin.
—No intente penetrar Vuestra Merced los misterios divinos. Dios no ha concedido
la predicación de su Hijo ni siquiera a los indígenas de las Américas, pero en
su bondad les envía agora a los misioneros, a que les lleven la luz.
—¿Y entonces por qué el señor Papa no envía también misioneros a la luna? ¿Acaso
los Selenitas no son hijos de Dios?
—¡No diga necedades!
—No reparo en que me ha tachado de necio, señor abate, pero sepa que bajo esta
necedad se oculta un misterio, que sin duda el señor Papa no quiere revelar. Si
los misioneros descubrieren moradores sobre la luna, y los vieren mirando hacia
otros mundos que están al alcance de su ojo y no del nuestro, veríales
preguntarse si acaso en aquellos mundos también viven otros seres semejantes a
nosotros. Y deberían preguntarse también si no serán las estrellas fijas otros
tantos soles rodeados por sus lunas y por otros planetas suyos, y si los
habitantes de esos planetas no ven también ellos otras estrellas a nosotros
desconocidas, que serían otros tantos soles con otros tantos planetas y así en
adelante hasta el infinito…
—Dios nos ha hecho incapaces de pensar el infinito, y por tanto, acontentaos
humanas gentes con el quía.
—La serenata, la serenata —susurraban los demás—. Esa es la ventana.
Y la ventana se presentaba soflamada de una luz rosada que procedía del interior
de una fantaseable alcoba. Pero los dos contendientes se habían excitado ya.
—Y añada Vuestra Merced —insistía burlón Saint-Savin—, que si el mundo fuere
finito y estuviere rodeado por la Nada, sería finito también Dios: al ser su
tarea, como Vuestra Merced dice, estar en el cielo y en la tierra y por doquier,
no podría estar donde no hay nada. La Nada es un no-lugar. O si no, para ampliar
el mundo debería ampliarse a sí mismo, naciendo por vez primera allá donde antes
no era, lo que contradice su pretensión de eternidad.
—¡Basta, señor! Está negando la eternidad del Eterno, y eso no se lo permito.
¡Ha llegado el momento de que le mate, de que su denominado espíritu fuerte no
pueda debilitarnos más!
Y desenvainó la espada.
—Si así lo quiere Vuestra Merced —dijo Saint-Savin saludando y poniéndose en
guardia—. Pero yo no le mataré: no quiero escamotear soldados a mi rey.
Simplemente le desfiguraré, para que tenga que sobrevivir llevando una máscara,
como hacen los comediantes italianos, dignidad que le conviene. Le haré una
cicatriz desde el ojo hasta el labio, y le daré esa buena estocada de mal
cirujano sólo después de haberle impartido, entre una treta y otra, una lección
de filosofía natural.
El abate había asaltado intentando herir enseguida con grandes estocadas,
gritándole que era un insecto venenoso, una pulga, un piojo que era menester
aplastar sin piedad. Saint-Savin había parado, habíalo acometido a su vez,
habíalo empujado contra un árbol, pero filosoficando a cada lance.
—¡Ay, zambullidas y hurgonazos son tretas vulgares de quien está cegado por la
ira! Carece Vuestra Merced de una Idea de la Destreza. Pero carece también de
Caridad, despreciando pulgas y piojos. Es Vuestra Merced animal demasiado
pequeño para poder imaginar el mundo como un gran animal, cual nos lo mostraba
ya el divino Platón. Intente pensar que las estrellas son mundos con otros
animales menores, y que los animales menores sirven recíprocamente de mundo a
otros pueblos; y entonces no encontrará contradictorio pensar que también
nosotros, y los caballos, y los elefantes, somos mundos para las pulgas y los
piojos que nos habitan. Ellos no nos perciben, por nuestra magnitud, y así
nosotros no percibimos mundos mucho mayores, por nuestra pequeñez. Quizá haya
agora un pueblo de piojos que toma al cuerpo de Vuestra Merced por un mundo, y
cuando uno dellos lo ha recorrido de la frente a la nuca, sus compañeros dicen
del que ha osado llevarse a los confines de la tierra conocida. Este pequeño
pueblo toma sus pelos por las selvas de su país, y cuando
yo le haya avisado, verá sus heridas como lagos y mares. Cuando se peina toman
esta agitación por el flujo y reflujo del océano, y peor para ellos que su mundo
sea tan mudadizo, por la propensión de Vuestra Merced a peinarse a cada instante
como una hembra, y ahora que le corto esa borlilla tomarán su grito de rabia por
un huracán, ¡ajá!
Y le había descosido un aderezo, llegando casi a rasgarle el jubón bordado.
El abate espumaba de rabia, se había llevado al centro de la plaza, mirándose a
sus espaldas para asegurarse de que tenía espacio para las fintas que ahora
intentaba, luego reculando para cubrirse el dorso con la fuente.
Saint-Savin parecía bailarle los compases sin acometer:
—Levante la cabeza señor abate, mire la luna, y reflexione que si su Dios
hubiere sabido hacer el alma inmortal, bien hubiere podido hacer el mundo
infinito. Pero si el mundo es infinito, lo será tanto en el espacio como en el
tiempo, luego será eterno, y cuando haya un mundo eterno, que no necesita
creación, entonces será inútil concebir la idea de Dios. Oh, qué bella befa,
señor abate, si Dios es infinito no puede limitar su potencia: Él no podría
jamás ab opere cessare, y por lo tanto será infinito el mundo; ¡mas si es
infinito el mundo, ya no habrá Dios, así como dentro de poco no le quedarán
borlas a su jubón!
Y uniendo el decir al hacer, había cortado algún colgante de los que el abate
iba harto orgulloso, luego había estrechado la guardia manteniendo la punta un
poco más alta; y mientras el abate intentaba ajustar la medida, había dado un
golpe seco atajando el acero del rival. El abate casi había dejado caer la
espada, agarrándose con la izquierda la muñeca dolorida.
Había gritado:
—¡Es menester al fin que te degüelle, impío, blasfemador, Vientre de Dios, por
todos los malditos santos del Paraíso, por la sangre del Crucificado!
La ventana de la dama se había abierto, alguien se había asomado y había
gritado. Ya los presentes habían olvidado la meta de su empresa, y movíanse en
torno a los dos duelistas, que a grandes voces daban la vuelta a la fuente,
mientras Saint-Savin desconcertaba al enemigo con una serie de remisos y
naturales.
—No llame en su ayuda a los misterios de la Encarnación, señor abate —motejaba—.
Su santa romana iglesia hale enseñado que esta bola de fango nuestra es el
centro del universo, el cual gira a su alrededor haciéndole de juglar y
tocándole la música de las esferas. Atención, hácese empujar demasiado contra la
fuente, se está mojando el faldón, como un viejo enfermo de mal de piedra… Pero
si en el gran vacío vagan infinitos mundos, como dijo un gran filósofo que sus
pares quemaron en Roma, muchísimos habitados por criaturas como nosotros, y si
todas ellas hubieren sido creadas por su Dios, ¿qué haríamos entonces con la
Redención?
—¡Qué hará Dios contigo, réprobo! —había gritado el abate, parando con esfuerzo
una treta de tajo rompido.
—¿Acaso Cristo se ha encarnado una sola vez? ¿Así pues el pecado original hase
dado una sola vez en este globo? ¡Qué injusticia! O para los demás, privados de
la Encarnación, o para nosotros, pues que en ese caso en todos los otros mundos
los hombres serían perfectos como nuestros progenitores antes del pecado, y
gozarían de una felicidad natural sin el peso de la Cruz. O si no, infinitos
Adanes cometieron infinitamente su primera culpa, tentados por infinitas Evas
con infinitas manzanas, y Cristo viose obligado a encarnarse, a predicar y a
padecer en el Calvario infinitas veces, y quizá aún lo esté haciendo, y si los
mundos son infinitos, infinita será su tarea. Infinita su tarea, infinitas las
formas de su suplicio: si allende la Galaxia hubiere una tierra donde los
hombres tuvieren seis brazos, como entre nosotros en la Tierra Incógnita, el
hijo de Dios no habría sido clavado a una cruz sino a una madera en forma de
estrella; lo que me parece digno de un autor de comedias.
—¡Basta ya, pondré fin yo, a su comedia! —gritó el abate fuera de sí, y se
arrojó sobre Saint-Savin librando sus últimos golpes.
Saint-Savin los defendió con algunas buenas sagitas, luego fue un instante.
Mientras el abate tenía aún la espada levantada después de una parada de primera
intención, hizo un compás como para ganar los grados del perfil, fingió caerse
hacia adelante. El abate retrocedió de lado, esperando herirle en la caída. Pero
Saint-Savin, que no había perdido el control de sus piernas, se había levantado
como un rayo, dándose fuerza con la izquierda apoyada en tierra, y la derecha
había relampagueado uñas arriba: era la Treta de la Gaviota. La punta de la
espada había marcado el rostro del abate, desde la raíz de la nariz hasta el
labio, partiéndole el bigote izquierdo.
El abate blasfemaba, como ningún epicúreo habría osado jamás, mientras
Saint-Savin colocábase en posición de saludo, y los espectadores aplaudían
aquella treta de maestro.
Pero justo en aquel momento, desde el fondo de la plaza, llegaba una patrulla
española, quizá atraída por los ruidos. Por instinto, los franceses habían
llevado la mano a la espada, los españoles vieron seis enemigos armados y
gritaron a la traición. Un soldado apuntó el mosquete y disparó. Saint-Savin
cayó herido en el pecho. El oficial dio en la cuenta de que cuatro personas, en
vez de emprender batalla, acudían junto al caído arrojando las armas, miró al
abate con el rostro cubierto de sangre, entendió que había estorbado un duelo,
dio una orden a los suyos, y la patrulla desapareció.
Roberto se inclinó sobre su pobre amigo.
—¿Habéis visto —articuló con esfuerzo Saint-Savin—, habéis visto, la Grive, mi
golpe? Reflexionad y ejercitaos. No quiero que el secreto muera conmigo…
—Saint-Savin, amigo mío —lloraba Roberto—, ¡no debéis morir de una forma tan
necia!
—¿Necia? He batido a un necio y muero en el campo, y por el plomo enemigo. En mi
vida elegí una sabia medida… Siempre hablar seriamente causa enfado. Siempre
chancear, desprecio. Siempre filosofar, entristece; y siempre satirizar,
desazona. He desempeñado el papel de todos los personajes, según el tiempo y la
ocasión, y alguna vez he sido incluso el loco de corte. Pero esta noche, si
contáis bien la historia, no habrá sido una comedia, sino una hermosa tragedia.
Y no os aflijáis porque yo muera, Roberto —y por primera vez le llamaba por su
nombre—, une heure aprés la mort notre âme évanoüie, sera ce qu’elle estoit une
heure avant la vie… Hermosos versos, ¿no es verdad?
Expiró. Decidiendo por una noble mentira, a la cual consintió también el abate,
corrióse la voz de que Saint-Savin había muerto en un choque con unos
lansquenetes que se estaban acercando al castillo. Toiras y todos los oficiales
lo lloraron como a un valiente. El abate contó que en el choque había sido
herido, y se dispuso a recibir un beneficio eclesiástico a su vuelta a París.
En poco tiempo, Roberto había perdido el padre, la amada, la salud, el amigo, y
quizá la guerra.
No consiguió encontrar consuelo en el padre Emanuel, demasiado ocupado por sus
conciliábulos. Se puso de nuevo al servicio del señor de Toiras, última imagen
familiar, y llevando sus órdenes fue testigo de los últimos acontecimientos.
El 13 de septiembre llegaron al castillo mensajeros del rey de Francia, del
duque de Saboya, y el capitán Mazzarini. También la armada de socorro estaba
tratando con los españoles. No última bizarría de aquel asedio, los franceses
pedían una tregua para poder llegar a tiempo para salvar la ciudad; los
españoles concedíansela porque también su campo, devastado por la peste, estaba
en crisis, se acentuaban las deserciones y Espínola estaba reteniendo la vida
con los dientes. Toiras se vio imponer por los nuevos llegados los términos del
concierto, que le permitían
seguir defendiendo Casal mientras Casal estaba ya tomada: los franceses se
habrían atestado en la Ciudadela, abandonando la ciudad y el propio castillo a
los españoles, por lo menos hasta el 15 de octubre. Si para aquella fecha la
armada de socorro no hubiere llegado, los franceses se habrían ido también de
allí, definitivamente derrotados. Si no, los españoles habrían devuelto ciudad y
castillo.
De momento, los sitiadores habrían avituallado a los sitiados. Desde luego, no
es la manera en que a nosotros nos parece que debía marchar un asedio en
aquellos tiempos, pero era la manera en que, en aquellos tiempos, se aceptaba
que marchara. No era hacer la guerra, era jugar a los dados, interrumpiendo
cuando el adversario tenía que ir a hacer aguas. O apostar por el caballo
ganador. Y el caballo era aquella armada, cuyas dimensiones aumentaban poco a
poco sobre las alas de la esperanza, pero que nadie había visto aún. Se vivía en
Casal, en la Ciudadela, como en el Daphne: imaginando una Isla lejana, y con los
intrusos en casa.
Si las vanguardias españolas se habían portado bien, ahora entraba en la ciudad
el grueso de los tercios, y los casaleses tuvieron que vérselas con endiablados
que requisaban todo, violaban a las mujeres, apaleaban a los hombres, y se
concedían los placeres de la vida en la ciudad después de meses en los bosques y
en los campos. Igualmente dividida entre conquistadores, conquistados y
atrincherados en la ciudadela, la peste.
El 25 de septiembre corrió la voz de que había muerto Espínola. Regocijo en la
Ciudadela, desbarate entre los conquistadores, huérfanos también ellos como
Roberto. Fueron días más descoloridos que los pasados en el Daphne, hasta que,
el 22 de octubre, se anunció la armada de socorro, ya en Asti. Los españoles se
habían puesto a armar el castillo y a alinear baterías en la ribera del Po, sin
mantener fe (renegaba Toiras) al acuerdo, por el cual, a la llegada de la
armada, habrían debido abandonar
Casal. Los españoles, por boca del señor de Salazar, recordaban que el acuerdo
fijaba como fecha extrema el 15 de octubre, y en cualquier caso, eran los
franceses los que habrían debido ceder la Ciudadela desde hacía una semana.
El 24 de octubre desde los espaltes de la ciudadela se notaron grandes
movimientos entre los tercios enemigos, Toiras se dispuso a sostener con sus
cañones a los franceses que llegaban; en los días siguientes, los españoles
empezaron a embarcar sus equipajes en el río para mandarlos a Alejandría, y ello
en la Ciudadela pareció un buen signo. Pero los enemigos, al río, empezaban
también a echar puentes de barcas para prepararse la retirada. Y a Toiras esto
le pareció tan poco elegante, que se puso a batirlos con la artillería. Por
despecho, los españoles arrestaron a todos los franceses que se encontraban aún
en la ciudad, y cómo era posible que todavía los hubiera, confieso que se me
escapa, pero así refiere Roberto, y de ese asedio ya estoy preparado para
esperarme de todo.
Los franceses estaban próximos, y se sabía que Mazzarini estaba empleándose a
fondo para impedir el choque, por mandato del Papa. Movíase de un ejército a
otro, volvía para conferir en el convento del padre Emanuel, marchábase a
caballo para llevar contraproposiciones a los unos y a los otros. Roberto lo
veía siempre y sólo de lejos, cubierto de polvo, pródigo de bonetadas con todos.
Ambas partes, mientras tanto, estaban paradas, porque la primera que se hubiera
movido habría recibido jaque mate. Roberto llegó a preguntarse si por ventura la
armada de socorro no era una invención de aquel joven capitán, que estaba
haciendo soñar el mismo sueño a sitiadores y sitiados.
De hecho, desde junio celebrábase una reunión de los electores imperiales en
Ratisbona, y Francia había enviado a sus embajadores, entre los cuales figuraba
el padre José. Y mientras se repartían ciudades y regiones, se había llegado a
un convenio sobre Casal desde el 13 de octubre. Mazzarini habíalo sabido bien
pronto, como dijo el padre Emanuel a Roberto, y se trataba sólo
de convencer dello tanto a los que estaban llegando como a los que estaban
esperándolos. Los españoles noticias habían recibido más de una, pero una decía
lo contrario de la otra; los franceses también sabían algo, pero temían que
Richelieu no estuviera de acuerdo. Y, de hecho, no lo estaba, mas desde aquellos
días el futuro Cardenal Mazarino se las ingeniaba para hacer marchar las cosas a
su manera y a espaldas del que se habría convertido luego en su protector.
Así estaban las cosas cuando el 26 de octubre los dos ejércitos se encontraron
frente a frente. Hacia levante, al filo de las colinas de Fregene, se había
dispuesto la armada francesa; de cara, con el río a la izquierda, en el llano
entre las murallas y las colinas, el ejército español, que Toiras estaba
batiendo desde atrás.
Una fila de carros enemigos estaba saliendo de la ciudad, Toiras había reunido a
la poca caballería que le había quedado y habíala lanzado fuera de las murallas,
para detenerlos. Roberto había implorado tomar parte en la acción, pero no le
había sido concedido. Ahora se sentía como sobre el combés de un bajel del que
no podía desembarcar, observando un gran trecho de mar y las montuosidades de
una Isla que le era negada.
se había oído, de repente, disparar, quizá las dos vanguardias estaban llegando
a contacto: Toiras había decidido la salida, para ocupar en dos frentes a los
tercios de Su Majestad Católica. Las tropas iban a salir de las murallas, cuando
Roberto, desde los baluartes, vio un caballero negro que, sin cuidarse de las
primeras balas, corría en medio de los dos ejércitos, justo en la línea de
fuego, agitando un papel y gritando, así refirieron luego los espectadores:
«¡Paz, paz!»
Era el capitán Mazzarini. En el curso de sus últimas peregrinaciones entre una y
otra ribera, había convencido a los españoles de que aceptaran los acuerdos de
Ratisbona. La guerra había terminado. Casal quedábase en manos de Nevers,
franceses y españoles comprometíanse a dejarla. Mientras las formaciones se
deshacían, Roberto saltó sobre el fiel Pañufli y corrió al lugar
del choque fallido. Vio gentileshombres con armaduras doradas absortos en
elaborados saludos, parabienes, pasos de danza, mientras se aparejaban mesitas
de fortuna para sellar los pactos.
El día después empezaban las partidas, primero los españoles, luego los
franceses, pero con algunas confusiones, encuentros casuales, cambios de
regalos, ofrecimientos de amistad, mientras en la ciudad se pudrían al sol los
cadáveres de los apestados, sollozaban las viudas, algunos burgueses
descubríanse tan ricos de monedas sonantes como de mal francés, sin haber
yacido, no obstante, sino con sus propias mujeres.
Roberto intentó volver a encontrar a sus campesinos. De la armada de la Griva ya
no había noticias. Algunos debían de haber muerto de peste, los demás se habían
dispersado. Roberto pensó que habían vuelto a casa, y por ellos quizá su madre
había conocido la muerte del marido. Se preguntó si no debería acompañarla en
ese momento, pero ya no entendía cuál era su deber.
Es difícil decir si habían sacudido mayormente su fe los mundos infinitamente
pequeños e infinitamente grandes en un vacío sin Dios y sin regla, que
Saint-Savin le había hecho vislumbrar, las lecciones de prudencia de Saleta y
Salazar, o el arte de las Heroicas Empresas que el padre Emanuel le dejaba como
única ciencia.
Por la forma en que lo evoca en el Daphne, considero que en Casal, mientras
perdía tanto al padre como a sí mismo en una guerra de demasiados y ningún
significado, Roberto había aprendido a ver el universo mundo como una insegura
urdimbre de enigmas, detrás de la cual no había ya un Autor; o, si lo había,
parecía perdido en rehacerse a sí mismo desde demasiadas perspectivas.
Si allá había intuido un mundo sin centro, hecho sólo de solos perímetros, aquí
se sentía de verdad en la más extrema y perdida de las periferias; porque si un
centro existía, estaba ante él, y era él su satélite inmóvil.
15
DECLARACIÓN Y USO DEL RELOJ
Creo que ésta es la razón por la que desde hace lo menos cien páginas hablo yo
de tantos trabajos que precedieron al naufragio en el Daphne, pero en el Daphne
no hago que acontezca nada. Si las jornadas a bordo de un navío desierto son
vacías, no puedo cargar yo con ello, puesto que todavía no está escrito que
valga la pena transcribir esta historia; y tampoco Roberto. Si acaso, a él
podríamos reprocharle que perdiera un día (entre una cosa y otra, llevamos
apenas unas treinta horas desde que dio en la cuenta de que habíanle robado los
huevos) alejando el pensamiento de la única posibilidad que habría podido hacer
más sabrosa su estancia. Como bien pronto habríale resultado claro, era inútil
considerar al Daphne demasiado inocente. En aquel leño andaba, o estaba al
acecho, alguien o algo que no era sólo él. Ni siquiera en aquella nave podía
concebirse un asedio en estado puro. El enemigo estaba en casa.
Habría debido sospecharlo la noche misma de su cartográfico abrazo.
Recobrándose, había sentido sed, la garrafa estaba vacía, y había ido a buscar
un barril de agua. Los que había colocado para recoger el agua llovediza eran
pesados, pero había unos más pequeños en la despensa. Allá se fue, cogió el
primero a la mano —reflexionando más tarde, admitió que estaba demasiado a la
mano— y, una vez en el camarote, lo colocó sobre la mesa, enganchándose a la
espita.
No era agua, y tosiendo advirtió que el barril contenía aguardiente. No sabía
decir cuál, aunque como buen campesino podía decir que no era de vino. No había
encontrado desagradable la bebida, y abusó de ella con inesperada alegría. No se
le ocurrió pensar que, si los barriles de la despensa eran todos de aquel tipo,
habría debido preocuparse por sus bastimentos de agua pura. Ni se preguntó cómo
era posible que la segunda noche hubiera sacado el líquido de la primera cubeta
de la reserva y la hubiera encontrado llena de agua dulce. Sólo más tarde
convencióse de que alguien había colocado, después, aquel regalo insidioso de
suerte que él lo cogiera el primero. Alguien que lo quería en estado de
embriaguez, para tenerlo en su poder. Si éste era el plan, Roberto lo siguió con
demasiado entusiasmo. No creo que hubiera bebido mucho, pero para un catecúmeno
de su especie, unos vasos eran incluso demasiado.
De todo el relato que sigue se desprende que Roberto vivió los acontecimientos
sucesivos en estado de alteración, y que así lo habría hecho en los días por
venir.
Como se conviene a los borrachos, se adormeció, empero atormentado por una sed
aún mayor. En este sueño pastoso volvíale a las mientes una última imagen de
Casal. Antes de marcharse había ido a saludar al padre Emanuel y lo había
encontrado montando y embalando su máquina poética, para regresar a Turín.
Partido del padre Emanuel, se había topado con los carros en los que los
españoles y los imperiales estaban amontonando las piezas de sus máquinas
obsidionales.
Eran aquellas ruedas dentadas las que poblaban su sueño: oía un herrumbrar de
pestillos, un rascar de goznes, y eran ruidos que aquella vez no podía producir
el viento, visto que el mar estaba liso como el aceite. Molesto, como los que al
despertar sueñan que sueñan, se había esforzado por abrir los ojos, y había
oído aún aquel ruido, que procedía o de la entrepuentes o de la bodega.
Levantándose, sentía un gran dolor de cabeza. Para curarlo no tuvo mejor idea
que engancharse aún a la cubeta, y separóse della en peor estado que antes. Se
armó, errando muchas veces en ensartar el cuchillo en el cinto, se hizo
numerosos signos de la cruz, y descendió tambaleando.
Debajo dél, ya lo sabía, estaba la caña de timón. Descendió más, al término de
la escalerilla: si se dirigía hacia la proa, habría entrado en el vergel. Hacia
la popa había una puerta cerrada que todavía no había violado. De aquel paraje
procedía ahora, fortísimo, un teclear multíplice y desigual, como un
sobreponerse de muchos ritmos, entre los cuales podía distinguir ya un tic tic
ya un toc toc y un tac tac, pero la impresión de conjunto era tictic-toc-tictic-tac.
Era como si detrás de aquella puerta hubiera una legión de avispas y abejorros,
y todos volaran furiosamente siguiendo trayectorias diferentes, golpeándose
contra las paredes y rebotando los unos contra los otros. Tanto que dábale miedo
abrir, temiendo ser arrollado por los átomos enloquecidos de aquel panal.
Después de muchas vacilaciones, se decidió. Usó la culata de la escopeta, hizo
saltar el candado y entró.
El tabuco tomaba luz de otra porta y albergaba relojes. Relojes. Relojes de
agua, de arena, relojes de sol abandonados
contra las paredes, pero sobre todo relojes mecánicos dispuestos en varios
rellanos y cajones, relojes movidos por el lento descender de pesas y
contrapesos, por ruedas que hincábanle el diente a otras ruedas, y éstas a otras
más, hasta que la última mordisqueaba las dos aletas desiguales de una espiga
vertical, y le hacía cumplir dos medias vueltas en direcciones opuestas, de
suerte que ésta, en su indecente contonearse, moviera a modo de balancín una
varilla horizontal ligada a la extremidad superior; relojes de muelle donde un
conoide acanalado desenrollaba una
cadenilla, arrastrada por el movimiento circular de un barrilete que iba
apropiándose de ella eslabón por eslabón.
Algunos de estos relojes celaban su mecanismo bajo las apariencias de
aherrumbrados adornos y corroídas obras de cincel, mostrando sólo el lento
movimiento de sus agujas; pero la mayor parte exhibía su rechinante herrería, y
recordaba a aquellas Danzas de la Muerte donde la única cosa viva son unos
huesos descarnados que ríen malignos agitando la guadaña del Tiempo.
Todas estas máquinas estaban activas, las clepsidras más grandes mascujando aún
arena, las más pequeñas ya casi llenas en su mitad inferior, y para el resto un
chirriar de dientes, un mascar asmático.
A quien entraba por primera vez debíale parecer que aquel campo de relojes
dilatábase al infinito: el fondo del aposentillo estaba cubierto por una tela
que representaba una fuga de cámaras habitadas sólo por otros relojes. Incluso
substrayéndose a esa magia, y considerando sólo los relojes, por así decir, en
carne y hueso, había de qué aturdirse.
Puede parecer increíble —para vosotros que leéis con desafición esta historia—
pero un náufrago, entre los vapores del aguardiente y en un navío deshabitado,
si encuentra cien relojes que cuentan casi al unísono la historia de su tiempo
interminable, piensa antes en la historia que en su autor. Y eso estaba haciendo
Roberto, examinando uno por uno aquellos pasatiempos, juguetes para su senil
adolescencia de condenado a larguísima muerte.
El estruendo del cielo llegó después, como Roberto escribe, cuando despuntando
de aquella pesadilla se rindió a la necesidad de encontrarle una causa: si los
relojes estaban en marcha, alguien tenía que haberlos puesto en actividad:
incluso si su cuerda hubiere sido concebida para durar largo tiempo, de
habérsela dado antes de su llegada, ya los habría oído cuando pasó junto a
aquella puerta.
Si se hubiere tratado de un solo mecanismo, habría podido pensar que estaba
dispuesto para el funcionamiento y bastaba con que alguien le diera un golpe de
arranque; ese golpe había sido apercibido por un movimiento del navío, o por un
pájaro marino que había entrado por la porta y se había apoyado en una palanca,
en una manivela, dando principio a una secuencia de acciones mecánicas. ¿No
mueve, a veces, un fuerte viento las campanas? ¿No ha sucedido acaso que se
dispararan hacia atrás cerraduras que no habían sido empujadas adelante hasta el
final de su recorrido?
Un pájaro no puede cargar de una sola vez decenas de relojes. No. Que hubiera
existido o no Ferrante era una cosa, pero un Intruso en aquella nave lo había.
Éste había entrado en aquel tabuco y había dado cuerda a sus mecanismos. Por qué
razón lo había hecho era la primera pregunta, pero la menos urgente. La segunda
era dónde se había refugiado luego.
Era menester, por tanto, volver a bajar a la bodega: Roberto se decía que ya no
podía evitar hacerlo, pero al repetirse su firme propósito, retrasaba su
actuación. Entendió que no estaba del todo en sí, subió a la cubierta a mojarse
la cabeza con agua de lluvia, y con la mente más despejada se dispuso a ponderar
sobre la identidad del Intruso.
No podía ser un salvaje procedente de la Isla, y ni siquiera un marinero
supérstite, que todo habría hecho (sorprenderle a pleno día, intentar matarle de
noche, pedir gracia) salvo alimentar pollos y dar cuerda a juguetes mecánicos.
Se escondía pues en el Daphne un hombre de paz y de sabiduría, quizá el morador
de la cámara de los mapas. Entonces, si estaba, y visto que estaba antes que él,
era un Legítimo Intruso. Pero la bella antítesis no aplacaba su ansia rabiosa.
Si el Intruso era Legítimo, ¿por qué se escondía? ¿Por temor del ilegítimo
Roberto? Y si se escondía, ¿por qué hacía patente su presencia arquitectando
aquel concierto horario? ¿Acaso era
hombre de mente perversa que, temeroso del e incapaz de encararle abiertamente,
queríalo perder llevándolo a la locura? Pero ¿a qué pro hacía tal cosa, visto
que, igualmente náufrago en aquella isla artificial, no habría podido obtener
sino ventajas de la alianza con un compañero de desventura? Quizá, se dijo una
vez más Roberto, el Daphne escondía otros secretos que Aquél no quería revelar a
nadie.
Oro, pues, y diamantes, y todas las riquezas de la Tierra Incógnita o de las
Islas de Salomón de las que le había hablado Colbert.
Fue al evocar las Islas de Salomón cuando Roberto tuvo una suerte de revelación.
¡Pues claro, los relojes! ¿Qué hacían tantos relojes en un galeón en derrota por
mares en los que la mañana y la noche están definidos por el curso del sol y
nada más se ha de saber? ¡El Intruso había llegado hasta aquel remoto paralelo
para buscar también él, como el doctor Byrd, el Punto Fijo!
Claro que era así. Por una exorbitante coyuntura, Roberto, partido de Holanda
para seguir, espía del Cardenal, las maniobras secretas de un inglés, casi
clandestino en una nave holandesa, en búsqueda del punto fijo, encontrábase
ahora en la nave (holandesa) de Otro, de quién sabe qué país, entregado al
descubrimiento del mismo secreto.
16
DISCURSO SOBRE EL POLVO DE SIMPATÍA
¿Cómo se había metido en aquella maraña?
Roberto deja vislumbrar muy poco sobre los años que pasaron entre su retorno a
la Griva y su ingreso en la sociedad parisina. Por alusiones sueltas, se deduce
que se quedó asistiendo a la madre, hasta el umbral de sus veinte años,
discutiendo de mala gana con los capataces de siembras y cosechas. En cuanto la
madre hubo seguido al marido a la tumba, Roberto se descubrió extraño a ese
mundo. Debería haber encomendado entonces el feudo a un pariente, asegurándose
una sólida renta, y haber corrido el mundo.
Había mantenido relaciones epistolares con alguno de los conocidos en Casal,
quedando aguijoneado por ampliar sus conocimientos. No sé cómo llegó a Aix-en-Provence,
pero sin duda estuvo allí, visto que recuerda con gratitud dos años pasados
junto a un gentilhombre del lugar, versado en todas las ciencias, con una rica
biblioteca no sólo de libros sino de objetos de arte, monumentos antiguos y
animales embalsamados. En casa de su anfitrión de Aix es donde debe de haber
conocido a ese maestro, que cita siempre con devoto respeto como el Canónigo de
Digne, y a veces como le doux prêtre. Fue con sus cartas de creencia con las
que, en fecha no precisada, había afrontado por fin París.
Aquí había entrado inmediatamente en trato con los amigos del Canónigo, y le
había sido concedido frecuentar uno de los lugares más señalados de la ciudad.
Cita a menudo un gabinete de los hermanos Dupuy, y lo recuerda como un lugar en
el que su mente cada tarde abríase cada vez más, en comunicación con hombres de
saber. Pero hallo también mención de otros gabinetes que visitaba en aquellos
años, ricos de colecciones de medallas, cuchillos de Turquía, piedras de ágata,
rarezas matemáticas, conchas de las Indias…
En qué encrucijada vagaba en el risueño abril (o quizá mayo) de su edad,
dícennoslo las citas frecuentes de enseñanzas que a nosotros nos parecen
disonantes. Pasaba los días aprendiendo del Canónigo cómo se podía concebir un
mundo hecho de átomos, conforme al magisterio de Epicuro, y no obstante, querido
y gobernado por la providencia divina; pero, inducido por su mismo amor por
Epicuro, pasaba las veladas con amigos que epicúreos se decían, y sabían
alternar las discusiones sobre la eternidad del mundo con la compañía de bellas
señoras de pequeña virtud.
Cita repetidamente una banda de amigos desenfadados que, con todo, no ignoraban
a los veinte años lo que los demás se preciarían de saber a los cincuenta,
Linières, Chapelle, Dassoucy, sofo y poeta que corría el mundo con el laúd en
bandolera, Poquelin, que traducía a Lucrecio pero soñaba con llegar a ser autor
de comedias bufas, Hércules Saviniano, que se había batido valerosamente en el
asedio de Arras, componía declaraciones de amor para amantes de fantasía y hacía
gala de intimidad afectuosa con jóvenes gentiles-hombres, de los cuales
jactábase de haber ganado el mal italiano; y, al mismo tiempo, mofaba de un
compañero de bacanales «qui se plasoit à l’amour des masles», y decía burlón que
era menester disculparlo por su recato, que le llevaba a esconderse siempre tras
la espalda de sus amigos.
Sintiéndose acogido en una sociedad de espíritus fuertes, se convertía, si no en
sabio, en menospreciador de la insipiencia, que reconocía tanto en los
gentileshombres de corte como en ciertos
burgueses enriquecidos que tenían bien expuestas cajas vacías encuadernadas con
cordobanes levantinos, y los nombres de los mejores autores estampados en oro en
el lomo.
En definitiva, Roberto había entrado en el círculo de aquellas honnêtes gens
que, aunque no procedían de la nobleza de la sangre, sino de la noblesse de
robe, constituían la sal de aquel mundo. Pero era joven, anhelante de nuevas
experiencias y, a pesar de sus frecuentaciones eruditas y las correrías
libertinas, no había permanecido insensible a la fascinación de la nobleza.
Durante largo tiempo, había admirado desde fuera, paseando a la caída de la
tarde por la calle Saint-Thomas del Louvre, el palacio Rambouillet, con su
hermosa fachada modulada por cornisas, frisos, arquitrabes y pilares, en un
juego de ladrillos rojos, piedra blanca y pizarra oscura.
Miraba las ventanas iluminadas, veía entrar a los huéspedes, imaginaba la
belleza ya famosa del jardín interior, figurábase los aposentos de aquella
pequeña corte que todo París celebraba, instituida por una mujer de gusto que
había considerado poco exquisita la otra corte, sometida al capricho de un rey
incapaz de apreciar las finezas del espíritu.
Por fin, Roberto había intuido que como cisalpino habría gozado de un cierto
crédito en la casa de una señora nacida de madre romana, de una prosapia más
antigua que la misma Roma, que se remontaba a una familia de Alba Longa. No era
azar el que, unos quince años antes, huésped de honor en esa casa, el caballero
Marino hubiérales enseñado a los franceses las vías de la nueva poesía,
destinada a deslucir el arte de los antiguos.
Había conseguido hacerse acoger en aquel templo de la elegancia y del intelecto,
de gentileshombres y précieuses (como íbase diciendo entonces), doctos sin
pedantería, galantes sin libertinaje, jocosos sin vulgaridad, puristas sin
ridiculez. Roberto se encontraba a su espacio en esa compañía: parecíale que se
le permitía respirar el ambiente de la gran ciudad y de la corte sin tener que
plegarse a los dictados de prudencia que habíanle sido
conculcados en Casal por el señor de Salazar. No se le pedía que se uniformara a
la voluntad de un poderoso, sino que ostentara su diversidad. No que simulara,
sino que se midiera —aun siguiendo algunas reglas de buen gusto— con personajes
mejores que él. No se le pedía que demostrara cortesanería, sino audacia, que
exhibiera sus habilidades en la buena y educada conversación, y que supiera
decir con levedad pensamientos profundos… No se sentía un siervo sino un
duelista, al que se le reclamaba un denuedo cabalmente mental.
Estábase educando para eludir la afectación, para usar en todas las cosas la
habilidad de esconder el arte y la fatiga, de suerte que lo que hacía o decía
pareciera un don espontáneo, intentando convertirse en maestro de aquello que en
Italia llamaban sprezzata disinvoltura y en España, despejo.
Acostumbrado a los espacios de la Griva, fragrantes de espliego, entrando en el
hotel de Arthénice, Roberto movíase ahora entre gabinetes en los que aleaba
siempre el perfume de un sinnúmero de corbeilles, como si fuera siempre
primavera. Las pocas moradas gentilicias que había conocido estaban hechas de
habitaciones sacrificadas por una escalera central; en la de Arthénice, las
escaleras habían sido colocadas en un ángulo del fondo del patio, para que todo
lo demás fuera una sola fuga de salas y gabinetes, con puertas y ventanas altas,
una enfrente de la otra; los aposentos no eran todos hastiosamente rojos, o
color cuero curtido, sino de varios colores, y la Chambre Bleue de la Anfitriona
tenía tejidos de ese color en la pared, ornados de oro y plata.
Arthénice recibía a los amigos recostada en su aposento, entre mamparas y juegos
de gruesos tapices para proteger a los huéspedes del frío: ella no podía
soportar ni la luz del sol ni el ardor de los braseros. El fuego y la luz diurna
recalentábanle la sangre en las venas y le ocasionaban la pérdida de los
sentidos. Una vez, habían olvidado un brasero bajo su lecho, y había contraído
una erisipela. Tenía en común con ciertas flores el que,
para conservar su frescura, no quieren estar ni siempre a la luz ni siempre a la
sombra, y necesitan que los jardineros les procuren una estación particular.
Umbrátil, Arthénice recibía en la cama, las piernas en un saco de piel de oso, y
se arrebujaba con tantos gorros de noche que decía con agudeza que volvíase
sorda por San Martín y reconquistaba el oído en Pascua.
Con eso y todo, aunque ya no joven, aquella Anfitriona era el retrato mismo de
la gracia; grande y bien hecha, las facciones del rostro admirables. No podía
describirse la luz de sus ojos, que no movía a pensamientos descorteses sino que
inspiraba un amor entreverado a temor, purificando los corazones que había
encendido.
En aquellas salas, la Anfitriona dirigía, sin imponerse, discursos sobre la
amistad o sobre el amor, pero tocábanse con la misma levedad cuestiones de
moral, de política, de filosofía. Roberto descubría las virtudes del otro sexo
en sus expresiones más suaves, adorando a distancia inaccesibles princesas, la
bella Mademoiselle Paulet llamada «la Lionne» por su fiera cabellera, y damas
que a la belleza sabían unir ese espíritu que las Academias vetustas reconocían
sólo a los hombres.
A cabo de algunos años de aquella escuela, estaba preparado para encontrar a la
Señora.
La primera vez que la vio fue una tarde en la que se le apareció con vestiduras
oscuras, velada como una luna púdica que se escondiera tras el raso de las
nubes. Le bruit, esa única forma que en la sociedad parisina ocupaba lugar de
verdad, díjole de ella cosas contrastantes, que sufría una cruel viudez mas no
de un marido, sino de un amante, y que hacía alarde de aquella pérdida para
remachar su soberanía sobre el bien perdido. Alguien le había susurrado que
escondía el rostro porque era una bellísima Egipcia, llegada de Morea.
Fuere cual fuere la verdad, con el solo movimiento de su vestidura, con el
acercarse leve de sus pasos, con el misterio de su rostro celado, el corazón de
Roberto fue suyo. Iluminábase de
aquellas tinieblas radiantes, imaginábala alborado pájaro de la noche, vibraba
con el prodigio por el cual la luz se hacía sombría y la oscuridad fúlgida, la
tinta leche, el ébano marfil. El ónix centelleaba en sus cabellos, el tejido
ligero, que descubría encubriendo los perfiles de su rostro y de su cuerpo,
tenía la misma argentina refulgencia que las estrellas.
Pero de repente, y aquella misma velada del primer encuentro, el velo se habíale
caído por un instante de la frente y había podido vislumbrar bajo aquella hoz de
luna el luminoso abismo de sus ojos. Dos corazones amantes mirándose dicen más
cosas de las que dirían en un día todas las lenguas de este universo, se había
ufanado Roberto, seguro de que ella lo había mirado, y que mirándolo lo había
visto. Y regresado a casa, le había escrito.
Señora:
El fuego en el que habéisme abrasado espira tan grácil humo que no podréis negar
haber sido ofuscada, alegando aquesos ennegrecidos vapores. La sola potencia de
vuestra mirada hame arrebatado de las manos las armas del orgullo y hame llevado
a implorar que pidáis mi vida. ¡Cuánto he prestado yo mismo ayuda a vuestra
victoria, yo, que empecé a combatir como quien quiere ser vencido; yo, que
ofrecía vuestra acometida la parte más inerme de mi cuerpo: un corazón que ya
lloraba lágrimas de sangre, prueba de que vos habíais privado ya de agua mi
casa, para hacerla presa del incendio que vuestra si breve atención prendió!
Había encontrado la carta tan espléndidamente inspirada en los dictámenes de la
máquina aristotélica del padre Emanuel, tan adecuada para revelarle a la Señora
la naturaleza de la única persona capaz de tanta ternura, que no consideró
indispensable firmarla. No sabía todavía que las preciosas coleccionaban cartas
de amor como encajes y herretes, más curiosas de sus conceptos que de su autor.
No tuvo en las semanas y en los meses siguientes ninguna señal de respuesta. La
Señora, mientras tanto, había abandonado primeramente las vestiduras oscuras,
luego el velo, y se habíale aparecido al fin en el candor de su piel no moruna,
en su rubia cabellera, en el triunfo de sus niñas ya no fugaces, ventanas de la
Aurora.
Pero ahora que podía cruzar libremente sus miradas, sabía que las interceptaba
mientras dedicábanse a otros; extasiábase con la música de palabras que no le
estaban dirigidas. No podía vivir sino en su luz, pero estaba condenado a
permanecer en el cono opaco de otro cuerpo que absorbía sus rayos.
Una noche había aferrado su nombre, oyendo que alguien la llamaba Lilia; era sin
duda su nombre precioso de preciosa, y sabía bien que esos nombres conferíanse
por juego: la marquesa misma había sido llamada Arthénice anagramando su
verdadero nombre, Cathérine, mas decíase que los maestros de aquella ars
combinatoria, Racan y Malherbe, habían excogitado también Éracinthe y Carinthée.
Y sin embargo, consideró que Lilia y no otro nombre podía darse a su Señora,
verdaderamente lilial en su perfumada blancura.
Desde ese momento, la Señora fue para él Lilia, y
como Lilia dedicábale amorosos versos, que luego destruía inmediatamente
temiendo que fueran desiguales homenajes: ¡Huyendo vas Lilia de mí, / oh tú,
cuyo nombre ahora /y siempre es hermosa flor /fragrantísimo esplendor / del
cabello de la Aurora!… Pero no le hablaba, sino con la mirada, lleno de
litigioso amor, pues que más se ama y más se es propenso al rencor,
experimentando calofríos de fuego frío excitado por flaca salud, con el ánimo
jovial como pluma de plomo, arrollado por aquellos queridos efectos de amor sin
afecto; y seguía escribiendo cartas que enviaba sin firma a la Señora, y versos
para Lilia, que guardaba celosamente para sí y releía cada día.
Escribiendo (y no enviando) Lilia, Lilia, vida mía / ¿adónde estás? ¿A dó
ascondes / de mi vista tu belleza? / ¿O por qué no, di, respondes/ a la voz de
mi tristeza?, multiplicaba sus presencias. Siguiéndola de noche, mientras volvía
a casa con su doncella (Voy siguiendo ¡a fuerza de mi hado / por este campo
estéril y ascondido…), había descubierto dónde vivía. Acechaba en los aledaños
de aquella casa a la hora del paseo diurno, y poníase a la zaga cuando salía. A
cabo de algunos meses podía repetir de memoria el día y la hora en que ella
había mudado el peinado de sus cabellos (poetizando de aquellos amados lazos del
alma, que erraban sobre la cándida frente como lascivas serpezuelas) y recordaba
ese mágico abril en el que ella había estrenado una mantellina color retama, que
le confería un paso espigado de pájaro solar, mientras caminaba al primer aire
de primavera.
A veces, después de haberla seguido como una espía, volvía sobre sus pasos a la
carrera, dando la vuelta a la manzana, y aflojaba el paso sólo al doblar la
esquina, en la cual, como por azar, se habríala encontrado de frente; entonces
cruzábase con ella con un trépido saludo. Ella le sonreía discreta, sorprendida
por aquel caso, y otorgábale un gesto fugitivo, como exigían las conveniencias.
Él se quedaba en medio de la calle como una estatua de sal, salpicado de agua
por las carrozas de paso, postrado por aquella batalla de amor.
En el transcurso de muchos meses, Roberto había conseguido producir cinco, cinco
de aquellas victorias: consumíase con cada una como si fuera la primera y la
postrera, y convencíase de que, frecuentes como habían sido, no podían ser
efecto de la fortuna, y que quizá no él, sino ella, había instruido el azar.
Romeo de esta fugitiva tierrasanta, enamorado voluble, quería ser el viento que
le agitaba los cabellos, el agua matutina que le besaba el cuerpo, la camisola
que la regalaba de noche, el libro que ella acariciaba de día, el guante que le
entibiaba la mano, el espejo que podía admirarla en cualquier pose… Una vez,
supo que habíanle regalado una ardilla, y se soñó animalillo curioso
que, bajo sus caricias, le insinuaba el hociquito inocente entre los virginales
pechos, mientras con la cola le acariciaba la mejilla.
Turbábase por el atrevimiento al que el ardor lo empujaba, traducía imprudencia
y remordimiento en versos intranquilos, luego se decía que un hombre de bien
puede estar enamorado como un loco, mas no como un necio. Sólo dando prueba de
espíritu en la Chambre Bleue se habría jugado su destino de amante. Novicio de
aquellos ritos afables, había entendido que se conquista a una preciosa sólo con
la palabra. Escuchaba entonces los discursos de los salones, en los que los
gentileshombres se empeñaban como en un torneo, pero todavía no se sentía
preparado.
Fue el trato con los doctos del gabinete Dupuy el que le sugirió cómo los
principios de la nueva ciencia, aún ignorados en sociedad, podían convertirse en
símiles de movimientos del corazón. Y fue el encuentro con el señor D’Igby el
que le inspiró el discurso que le habría llevado a la perdición.
El señor D’Igby, o por lo menos así le llamaban en París, era un inglés que
había conocido primero en casa de los Dupuy, y luego encontrado una tarde en un
salón.
No habían transcurrido tres lustros desde que el duque de Bouquinquant
demostrara que un inglés podía tener le roman en teste y ser capaz de amables
locuras: habíanle dicho que tenía Francia una reina bella y altanera, y a ese
sueño había dedicado la vida, hasta morir por él, viviendo durante largo tiempo
sobre un navío en el que había erigido un altar para la amada. Cuando se supo
que D’Igby, y precisamente por orden de Bouquinquant, una docena de años antes
había tomado parte en la guerra de corso contra España, el universo de las
preciosas lo había encontrado encantador.
Por lo que respecta al círculo de los Dupuy, los ingleses no eran populares:
identificábaselos con personajes como Robertus a
Fluctibus, Medicinae Doctor, Eques Auratus y Armígero Oxoniense, contra el cual
se habían redactado varios libelos, desaprobando su excesiva confianza en las
operaciones ocultas de la naturaleza. Pero se recibía en la misma tertulia a un
eclesiástico espiritado como al señor Gaffarel, que en cuanto a creer en
curiosidades inauditas no cedía la mano a ningún británico, y D’Igby, por otra
parte, se había revelado, en cambio, capaz de discutir con gran doctrina sobre
la necesidad del Vacío; y en un grupo de filósofos naturales que tenían en
horror a quien tuviera horror del Vacío.
Si acaso, su crédito había recibido un golpe entre algunas nobles señoras, a las
que había recomendado un afeite de su invención, que a una dama le había
procurado unas verrugas, y alguien había murmurado que, víctima de una cocción
suya de víboras, había muerto, precisamente algunos años antes, la amada esposa
Venicia. Eran sin duda habladurías de envidiosos, tocados por ciertos discursos
sobre otros remedios suyos para la piedra, compuestos de líquido de estiércol de
vaca y liebres degolladas por perros. Discursos que no podían obtener gran
aplauso en corrillos en los que estaban eligiéndose esmeradamente, para los
discursos de las señoras, palabras que no contuvieran sílabas con sonido ni
siquiera vagamente obsceno.
D’Igby, una tarde, en un salón, había citado algunos versos de un poeta de sus
tierras:
Nuestras almas, Si dos han de ser,
Entonces como firmes compases gemelos Sean: alma, el fijo pie,
Sin mostrar intención de moverse, Mas si el otro avanza, le acompaña. Y aunque
en el centro se pose
Cuando aquél lejos vague, Con atención escuchará,
y se inclinará y crecerá Erguido cuando a casa El otro vuelva.
Así quiero que seas conmigo, Quien, como el otro pie, correr Oblicuo debe; tu
firmeza Traza mi círculo exacto
Y fin me hace ser Donde comencé.
Roberto había escuchado mirando fijamente a Lilia, que le daba la espalda, y
había decidido que de Ella habría sido para la eternidad el otro pie del compás,
y que era necesario aprender el inglés para leer otras cosas de aquel poeta, que
tan bien interpretaba sus tremores. En aquellos tiempos, nadie en París hubiera
querido aprender una lengua tan bárbara; acompañando a D’Igby a su posada,
Roberto comprendió que éste experimentaba dificultades para expresarse en buen
italiano, aun habiendo viajado por la Península, y sentíase humillado por no
controlar suficientemente un idioma indispensable a todo hombre educado. Habían
decidido frecuentarse y hacerse mutuamente facundos en sus propias lenguas de
origen.
Así había nacido una sólida amistad entre Roberto y este hombre, que se había
revelado rico de conocimientos médicos y naturales.
Había tenido una infancia terrible. Su padre había estado implicado en la
Conspiración de la Pólvora, y había sido ajusticiado. Coincidencia no corriente,
o quizá consecuencia justificada por insondables movimientos del alma, D’Igby
habría dedicado su vida a la meditación sobre otro polvo. Había viajado mucho,
primero ocho años por España, luego tres por Italia, donde, otra coincidencia,
había conocido al preceptor carmelita de Roberto.
D’Igby era también, como querían sus transcursos de corsario, buen espadachín, y
en pocos días se habría divertido en jugar de esgrima con Roberto. Estaba aquel
día con ellos también un mosquetero, que había empezado a medirse con un alférez
de la compañía de los cadetes; tirábase sin intención seria, y los esgrimidores
estaban muy atentos, empero, en un determinado momento, el mosquetero había
intentado una treta de aviso con demasiado ímpetu, obligando al adversario a
defenderse con una sagita, y había sido herido en el brazo, de forma harto fea.
Inmediatamente le había vendado D’Igby con una de sus ligas, para mantener
cerradas las venas, mas a cabo de pocos días la herida amenazaba gangrenarse, y
el cirujano decía que era preciso cortar el brazo.
Había sido entonces cuando D’Igby había ofrecido sus servicios, advirtiendo, con
todo, que habrían podido considerarle un embaucador, y rogando a todos que le
otorgaran su confianza. El mosquetero, que ya no sabía a qué santo acogerse,
había respondido con un refrán español:
—Hágase el milagro, y hágalo el diablo.
D’Igby le pidió pues algún trozo de tela donde hubiere sangre de la herida, y el
mosquetero le dio un paño que lo había protegido hasta el día de antes. D’Igby
se había hecho traer una palangana de agua y había vertido en ella polvo de
vitriolo, diluyéndolo rápidamente. Luego había metido el paño en la bacía. De
improviso, el mosquetero, que en el ínterin se había distraído, se estremeció
aferrándose el brazo herido; y dijo que de golpe le había cesado la comezón, y
advertía incluso una sensación de frescura en la llaga.
—Bien —había dicho D’Igby—, agora no ha Vuestra Merced sino de mantener la
herida limpia, lavándola cada día con agua y sal, de suerte que pueda recibir la
adecuada influencia. Yo expondré esta palangana, de día en la ventana, y de
noche en el rincón del hogar, así que se mantenga siempre a una temperatura
moderada.
Como quiera que Roberto atribuía la inesperada mejoría a alguna otra causa,
D’Igby con una sonrisa de inteligencia había tomado el paño y lo había secado en
la chimenea, e inmediatamente el mosquetero había vuelto a quejarse, de suerte
que fue menester volver a mojar el paño en la solución.
La herida del mosquetero había sanado a cabo de una semana. Creo que, en una
época en la que las desinfecciones eran
someras, el mero hecho de lavar cada día la herida era ya una causa suficiente
de curación, pero no se puede censurar a Roberto si pasó los días siguientes
interrogando al amigo sobre aquella cura, que además recordábale la hazaña del
carmelita, a la que había asistido en su infancia. Salvo que el carmelita había
aplicado el polvo sobre el arma que había provocado el daño.
—En efecto —había contestado D’Igby—, la disputa sobre el unguentum armarium
dura desde ha mucho, y el primero que habló dello fue el gran Paracelso. Muchos
usan una pasta grasa, y estiman que su acción se ejerce mejor sobre el arma.
Empero, como vos entendéis, arma que ha herido o paño que ha vendado son la
misma cosa, pues que el preparado debe aplicarse allá donde haya rastros de
sangre del herido. Muchos, viendo tratar el arma para curar los efectos del
golpe, han pensado en una operación de magia, ¡mientras que mi Polvo de Simpatía
tiene sus propios fundamentos en las operaciones de la naturaleza!
—¿Por qué Polvo de Simpatía?
—También aquí el nombre podría mover a engaño. Muchos han hablado de una
conformidad o simpatía que vincularía entre ellas las cosas. Agripa dice que
para suscitar el poder de una estrella será preciso referirse a las cosas que le
son semejantes y que entonces reciben su influencia. Y llama simpatía a esta
atracción mutua de las cosas entre sí. Como con la brea, con el azufre o con el
aceite prepárase la madera para recibir a la llama, así, empleando cosas
conformes a la operación y a la estrella, un beneficio particular se reverbera
sobre la materia justamente dispuesta por medio del alma del mundo. Para influir
sobre el sol
habría que actuar, pues, sobre el oro, solar por naturaleza, y sobre aquellas
plantas que se dirigen hacia el sol, o que pliegan, o cierran sus hojas en el
ocaso para volverlas a abrir al alba, como el loto, la peonía, la celidonia.
Pero éstas son consejas, no basta una analogía de este tipo para explicar las
operaciones de la naturaleza.
D’Igby había hecho partícipe a Roberto de su secreto. El orbe, es decir, la
esfera del aire, está llena de luz, y la luz es una substancia material y
corpórea; noción que Roberto había acogido bien, pues en el gabinete Dupuy había
oído que también la luz no era sino polvo finísimo de átomos.
—Es evidente que la luz —decía D’Igby—, saliendo incesantemente del sol y
arrojándose a gran velocidad en líneas rectas por doquier, donde encuentra algún
obstáculo en su camino por la oposición de cuerpos sólidos y opacos, refléjase
ad angulos aequales, y torna a tomar otro curso, hasta que se desvía hacia otro
lado por el encuentro con otro cuerpo sólido, y así sigue hasta que se apaga.
Como en el juego de la pelota, donde la bola empujada contra una pared rebota de
ésta contra la pared de enfrente, y a menudo lleva a término todo un circuito,
volviendo al punto del cual había salido. Ahora bien, ¿qué acontece cuando la
luz cae sobre un cuerpo? Los rayos rebotan desprendiendo algunos átomos del
cuerpo, pequeñas partículas, así como la pelota podría llevar consigo parte del
enlucido fresco de la pared. Y pues estos átomos están formados por los cuatro
Elementos, la luz con su calor incorpora las partes viscosas, y transpórtalas
lejos. Prueba dello es que si intentáis secar un paño húmedo en el fuego veréis
que los rayos que el paño refleja llevan consigo una especie de niebla acuosa.
Estos átomos vagantes son como unos caballeros sobre corceles alados que van por
el espacio hasta que el sol, en el ocaso, retira sus Pegasos y los deja sin
cabalgadura. Y entonces tornan a precipitarse en masa hacia la tierra de la que
proceden. Pero estos fenómenos no suceden sólo con la luz, sino
también, por ejemplo, con el viento, que no es sino un gran río de átomos
consímiles, atraídos por los cuerpos sólidos terrestres…
—Y el humo —sugirió Roberto.
—Desde luego. En Londres se obtiene el fuego del carbón de piedra que procede de
Escocia, que contiene una gran cantidad de sal volátil muy agria; esta sal
transportada por el humo se dispersa en el aire, arruinando los muros, los
lechos y los muebles de color claro. Cuando se mantiene cerrado un aposento
durante algunos meses, después encuéntrase en él un polvo negro que recubre
todas las cosas, así como se ve uno blanco en los molinos y en las panaderías de
los horneros. Y en primavera todas las flores aparecen sucias de grasa.
—¿Mas cómo es posible que tantos corpúsculos se dispersen por el aire, y el
cuerpo que los emana no se resienta de mengua alguna?
—Hay quizá mengua, y lo advertiréis cuando hagáis evaporar agua, pero con
relación a los cuerpos sólidos no damos en la cuenta, como no damos en la cuenta
con el almizcle o con otras substancias fragantes. Cualquier cuerpo, por pequeño
que sea, puede dividirse en nueve partes, sin llegar nunca al final de su
división. Considerad la sutilidad de los corpúsculos que se sueltan de un cuerpo
vivo, gracias a los cuales nuestros perros ingleses, guiados por el olfato, son
capaces de seguir la pista de un animal. ¿Acaso la zorra, al final de su
carrera, nos parece más pequeña? Ahora bien, precisamente en virtud de tales
corpúsculos, verifícanse los fenómenos de atracción que algunos celebran como
Acción a Distancia, que a distancia no es, y por tanto no es magia, sino que se
da por el continuo comercio de átomos. Y así acontece con la atracción por
succión, como la del agua o el vino mediante una cantimplora, con la atracción
de la imán sobre el hierro, o la atracción por filtración, como cuando ponéis
una tira de algodón en un vaso lleno de agua, dejando colgar fuera del vaso
buena parte de la tira, y veis el agua subir por encima del borde y gotear en el
suelo. Y la última atracción es la que tiene lugar por trámite
del fuego, que atrae el ambiente circundante con todos los corpúsculos que
turbinan en él: el fuego, actuando según el propio natural, arrastra consigo al
aire que le está en derredor, como el agua de un río arrastra el lodo de su
lecho. Y dado que el aire es húmedo y el fuego enjuto, he aquí que se unen el
uno al otro. Luego, para ocupar el lugar del aire que el fuego hase llevado, es
menester que llegue otro aire de las cercanías, si no, se crearía el vacío.
—¿Negáis entonces el vacío?
—En absoluto. Digo que, en cuanto lo encuentra, la naturaleza intenta llenarlo
de átomos, en una lucha por conquistar todas sus regiones. Y si así no fuere, mi
Polvo de Simpatía no podría actuar, como en cambio os ha demostrado la
experiencia. El fuego provoca con su acción una constante afluencia de aire y el
divino Hipócrates purificó de la peste toda una provincia haciendo encender por
doquier grandes hogueras. Siempre en tiempo de pestilencia, mátanse gatos y
palomas y otros animales calientes que transpiran espíritus continuamente, de
suerte que el aire ocupe el lugar de los espíritus liberados en el curso de esa
evaporación, al modo que los átomos apestados se adhieran a las plumas y al pelo
de esos animales, tal y como el pan sacado del horno atrae hacia sí la espuma de
los toneles y altera el vino si se lo coloca sobre la tapa del tonel. Como
sucede, por demás, si exponéis al aire una libra de crémor tártaro calcinado y
enardecido a deber, que dará diez libras de buen aceite de tártaro. El médico
del Papa Urbano VIII contóme la historia de una monja romana a la que, por los
demasiados ayunos y oraciones, se habíale calentado el cuerpo a tal punto que
los huesos se habían enjugado completamente. Ese calor interior atraía, en
efecto, el aire que se corporizaba en los huesos como hace en el crémor tártaro,
y salía en el punto donde reside el desahogo de la serosidad, y es decir, por la
vejiga, de suerte que la pobre santa daba más de doscientas libras de orina en
veinte y cuatro horas, milagro que todos aceptaban como prueba de su santidad.
—Mas si todo atrae a todo, ¿por cuál motivo los elementos y los cuerpos
permanecen divididos y no se da la colisión de cualquier fuerza con cualquier
otra?
—Pregunta aguda. Así como los cuerpos que tienen igual peso únense con más
facilidad, y el aceite se une más fácilmente con el aceite que con el agua,
debemos concluir que lo que mantiene firmemente juntos a los átomos de una misma
naturaleza es su rareza o densidad, como los filósofos que vos frecuentáis bien
podrían deciros.
—Y hánmelo dicho, probándomelo con las diversas especies de sal: que como quiera
que se las muela o coagule, vuelven a tomar siempre su forma natural, y la sal
común se presenta siempre en cubos con caras cuadradas, el salitre en columnas
de seis caras, y la sal amoníaca en hexágonos de seis puntas como la nieve.
—Y la sal de la orina fórmase en pentágonos, a partir de los cuales el señor
Davidson explica la forma de cada una de las ochenta piedras encontradas en la
vejiga del señor Pelletier. Pero si los cuerpos de forma análoga se mezclan con
mayor afinidad, con mayor razón se atraerán con más fuerza que los demás. Por
ello, si os quemáis una mano, obtendréis alivio del sufrimiento manteniéndola un
poco delante del fuego.
—Mi preceptor, una vez que un campesino fue mordido por una víbora, mantuvo
sobre la herida la cabeza de la víbora…
—Cierto, el veneno, que estaba filtrando hacia el corazón, volvía hacia su
fuente principal donde había mayor cantidad. Si en tiempo de peste lleváis con
vos, en un bote, polvo de sapos, o incluso un sapo y una araña viva, o también
arsénico, esa substancia venenosa atraerá hacia sí la infección del aire. Y las
cebollas secas fermentan en el granero cuando las de la huerta comienzan a
asomar.
—Y esto explica también los antojos de los niños: la madre desea fuertemente
algo y…
—Sobre este punto iría con más cautela. A veces fenómenos análogos tienen causas
diferentes y el hombre de ciencia no debe
prestar fe a cualquier superstición. Pero volvamos a mi Polvo. ¿Qué sucedió
cuando sometí durante algunos días a la acción del Polvo el paño manchado de la
sangre de nuestro amigo? En primer lugar, el sol y la luna atrajeron desde gran
distancia los espíritus de la sangre que se hallaban en el paño, gracias al
calor del ambiente, y los espíritus del vitriolo que estaban en la sangre no
pudieron evitar cumplir el mismo recorrido. Por otra parte, la herida seguía
echando una gran abundancia de espíritus calientes e ígneos, atrayendo hacia sí
el aire circundante. Ese aire atraía a otro aire y éste otro aún, y los
espíritus de la sangre y del vitriolo, esparcidos a gran distancia, por fin
empalmaban con ese aire, que llevaba consigo otros átomos de la misma sangre.
Ahora bien, como los átomos de la sangre, los procedentes del paño y los
procedentes de la llaga encontrábanse, expulsando el aire como un inútil
compañero de viaje, y eran atraídos a su sede mayor, la herida; unidos a ellos,
los espíritus del vitriolo penetraban en la carne.
—¿Acaso no habríais podido poner directamente el vitriolo sobre la llaga?
—Habría podido, teniendo al herido delante. ¿Pero, y si el herido estuviere
lejos? Añádase que si hubiera puesto directamente el vitriolo sobre la llaga, su
fuerza corrosiva habríala irritado mucho más, mientras que, transportado por el
aire, el vitriolo cede solamente su parte dulce y balsámica, capaz de remansar
la sangre; y se usa también en los colirios para los ojos.
Y Roberto había aguzado el oído, haciendo en el futuro tesoro de aquellos
consejos, lo que ciertamente explica el empeoramiento de su mal.
—Por otra parte —había añadido D’Igby—, no se ha de usar, desde luego, el
vitriolo normal, como usábase una vez, haciendo más daño que bien. Yo me procuro
vitriolo de Chipre, y antes lo calcino al sol: la calcinación le quita la
humedad superflua, y es como si dél hiciera un caldo corto; y luego, la
calcinación hace
aptos a los espíritus de esta substancia a ser transportados por el aire. Por
fin, añádole alquitira, que cicatriza más rápidamente la herida.
Me he demorado sobre lo que Roberto había aprendido de D’Igby porque este
descubrimiento había de marcar su destino.
Es menester decir, a desdoro de nuestro amigo, y él lo confiesa en sus cartas,
que no fue presa de tanta revelación por razones de ciencia natural, sino
siempre y una vez más por amor. En otras palabras, aquella descripción de un
universo atestado de espíritus que se trababan según sus afinidades, parecióle
una alegoría del enamoramiento, y se dedicó a frecuentar gabinetes de lectura
buscando todo lo que podía encontrar sobre el ungüento armario, que por aquella
época era ya mucho, y muchísimo habría sido en los años por venir. Aconsejado
por monseñor Gaffarel (en voz baja, que no lo oyeran los otros tertulianos de
los Dupuy, que en estas cosas creían poco) leía el Ars Magnesia de Kirkerio, el
Tractatus de magnetica vulnerum curatione del Goclenius, el Fracastoro, el
Discursus de unguentum armario de Fludd, y el Hopolochrisma spongus de Foster.
Hacíase sabio para traducir su sabiduría en poesía y poder un día brillar
elocuente, mensajero de la simpatía universal, allá donde era continuamente
humillado por la elocuencia de los demás.
Durante muchos meses —tanto debería de haber durado su obstinada búsqueda,
mientras no procedía un solo paso en el camino de la conquista— Roberto había
practicado una especie de principio de la doble, antes, de la múltiple verdad,
idea que en París muchos consideraban temeraria y prudente al mismo tiempo.
Discutía de día sobre la posible eternidad de la materia, y de noche se consumía
los ojos sobre tratadillos que le prometían, aunque fuera en términos de
filosofía natural, ocultos milagros.
En las grandes empresas hase de buscar no tanto el crear las ocasiones, como
aprovechar las que se presentan. Una velada, en casa de Arthénice, después de
una animada disertación sobre la Astrée, la Anfitriona había incitado a los
presentes a que consideraran qué tenían en común el amor y la amistad. Roberto
entonces había tomado la palabra, observando que el principio del amor, ya fuere
entre amigos o entre amantes, no era disconforme de aquél según el cual actuaba
el Polvo de Simpatía. Al primer gesto de interés, había repetido los relatos de
D’Igby, excluyendo sólo la historia de la santa urinante, luego había dado en
ponderar sobre el tema, olvidando la amistad y hablando sólo de amor.
—El amor obedece a las mismas leyes que el viento, y los vientos resiéntense
siempre de los parajes de los que proceden, y si proceden de vergeles y
jardines, pueden oler a jazmín, o a menta o a romero, y así a los navegantes
vuélvenlos ansiosos de tocar la tierra que tantas promesas les envía. No
diversamente los espíritus amorosos embriagan la nariz del corazón enamorado —(y
perdonémosle a Roberto el desdichadísimo tropo)—. Es el corazón amado un laúd,
que hace consonar las cuerdas de otro laúd, tal y como el sonido de las campanas
actúa sobre la superficie de los cursos de agua, sobre todo de noche, cuando, en
ausencia de otro rumor, genérase en el agua el mismo movimiento que se había
generado en el aire. Le acontece al corazón amante lo que al tártaro, que a
veces despide fragrancia de agua de rosa, cuando se lo abandone para que se
diluya en la obscuridad de un sótano durante la estación de las rosas, y el
aire, lleno de átomos de rosas, mudándose en agua por la atracción del cristal
de tártaro, lo perfuma. Ni le es obstáculo la crueldad de la amada. Un tonel de
vino, cuando las viñas están en flor, fermenta y echa a la superficie una flor
suya blanca, que permanece hasta que caen las flores de las vides. Con todo, el
corazón amante, más
porfiado que el vino, cuando se florea al florecer del corazón amado, cultiva su
retoño incluso cuando la fuente hase agotado.
Le pareció captar una mirada enternecida de Lilia, y siguió:
—Amar es como tomar un Baño de Luna. Los rayos que proceden de la luna son los
del sol, reflejados hasta nosotros. Concentrando los rayos del sol con un
espejo, se potencia su fuerza calefactiva. Concentrando los rayos de la luna en
una aljofaina de plata, se verá que su fondo cóncavo refleja sus rayos
refrigerativos por el rocío que contienen. Parece insensato lavarse en una
aljofaina vacía: y sin embargo, nos encontramos con las manos humedecidas, y es
remedio infalible contra las carúnculas.
—Señor de la Grive —había dicho alguien—, ¡el amor no es una medicina para las
verrugas!
—Oh, a buen seguro no —se había recobrado Roberto, ya imparable—, pero he dado
ejemplos que vienen de las cosas más viles para recordar a Vuestras Mercedes
cómo también el amor depende de un solo polvo de corpúsculos. Que es manera de
decir cómo el amor participa de las mismas leyes que gobiernan tanto a los
cuerpos sublunares como a los celestes, excepto que de estas leyes, es la más
noble de las manifestaciones. El amor nace de la vista, y a primera vista se
enciende: ¿y qué es el ver sino el acceso de una luz reverberada por el cuerpo
que se mira? Viéndolo, mi cuerpo es penetrado por la parte mejor del cuerpo
amado, la más aérea, que por el conducto de los ojos llega directamente al
corazón. Y así pues, amar a primera vista es beber los espíritus del corazón de
la amada. El gran Arquitecto de la naturaleza, cuando compuso nuestro cuerpo,
colocó espíritus internos, al modo de centinelas, para que refirieran sus
descubrimientos al propio general, es decir, a la imaginación, señora de la
familia corpórea. Y si ella es vulnerada por cualquier objeto, acontece lo que
sobreviene cuando se oyen tocar a las violas, que nos llevamos su melodía en la
memoria, y la oímos incluso en el sueño. Nuestra imaginación construye un
simulacro, que delicia al amante, mas no lo despedaza por ser precisamente y
sólo
simulacro. De esto derívase que cuando un hombre es sorprendido por la vista de
la persona amable, cambia color, se sonroja y descaece, según que aquellos
ministros que son los espíritus internos vayan rápida o lentamente hacia el
objeto para luego regresar a la imaginación. Estos espíritus no van sólo al
cerebro, sino directamente al corazón por el gran conducto que desde ahí
arrastra al cerebro los espíritus vitales que allá se convierten en espíritus
animales; y siempre a través de este conducto, la imaginación envía al corazón
una parte de los átomos que ha recibido de algún objeto externo, y son estos
átomos los que producen esa ebullición de los espíritus vitales, que a veces
dilatan el corazón, y a veces lo conducen al síncope.
—Vuestra Merced nos dice que el amor procede como un movimiento físico, no
diversamente de como enflorece el vino; pero no nos dice cómo es que el amor, a
diferencia de otros fenómenos de la materia, es virtud electiva, que escoge.
¿Por qué razón, pues, el amor nos hace esclavos de una y no de otra criatura?
—¡Precisamente por esto he reconducido las virtudes del amor al principio mismo
del Polvo de Simpatía, es decir, que átomos iguales y de igual forma atraen
átomos iguales! Si yo bañara con ese polvo el arma que ha herido a Pílades no
curaría la herida de Orestes. Por lo tanto, el amor une sólo a dos seres que de
alguna manera tenían ya la misma naturaleza, un espíritu noble a un espíritu
igualmente noble y un espíritu vulgar a un espíritu igualmente vulgar; pues que
acaece que amen también los villanos, como las pastorcillas, y nos lo enseña la
admirable historia del señor d’Urfé. El amor revela un acuerdo entre dos
criaturas que ya estaba trazado desde el principio de los tiempos, así como el
Destino había decidido desde siempre que Píramo y Tisbe estuvieran unidos en una
sola morera.
—¿Y el amor infeliz?
—Yo no creo que exista verdaderamente un amor infeliz. Hay solamente amores que
no han llegado todavía a una perfecta
sazón, donde por alguna razón la amada no ha captado el mensaje que dimana de
los ojos del amante. Y, sin embargo, el amante sabe a tal punto qué semejanza de
naturaleza le ha sido revelada que, en virtud de esta fe, sabe esperar, incluso
toda la vida. Él sabe que la revelación para ambos, y la unión, podrá actuarse
incluso después de la muerte, cuando, evaporados los átomos de cada una de las
dos médulas que se deshacen en la tierra, se reúnan en algún cielo. Y quizá,
como un herido, que sin saber que alguien está rociando de Polvo el arma que lo
vulneró, goza de nueva salud y alivio del dolor, quién sabe cuántos corazones
amantes gozan agora de alivio repentino del espíritu, sin saber que su felicidad
es obra del corazón amado, vuelto amante a su vez, que ha dado arranque a la
conjunción de los átomos gemelos.
Debo decir que toda esta compleja alegoría estaba en pie hasta cierto punto, y
quizá la Máquina Aristotélica del padre Emanuel habría demostrado su
inestabilidad. Pero aquella noche todos quedaron convencidos de aquel parentesco
entre el Polvo, que cura el dolor, y el amor, que además de curar, más a menudo
procura dolor.
Fue por esto por lo que la historia de este discurso sobre el Polvo de Simpatía,
y sobre la Simpatía del Amor, dio durante algunos meses, y quizá más, la vuelta
a París, con los resultados que diremos.
Y fue por esto por lo que Lilia, al final de la oración, sonrió una vez más a
Roberto. Era una sonrisa de parabién, diciendo mucho de admiración, pero nada es
más natural que creer ser amados. Roberto entendió la sonrisa como una
aceptación de todas las cartas que había enviado. Demasiado acostumbrado a los
tormentos de la ausencia, abandonó la reunión, satisfecho de aquella victoria.
Hizo mal, y veremos más adelante la razón. Desde entonces osó ciertamente
dirigirle la palabra a Lilia, pero siempre tuvo como respuesta procederes
contrarios. A veces susurraba: «precisamente como se decía hace algunos días». A
veces, en cambio, murmuraba: «y con todo habíais dicho una cosa
bien diferente». Y a veces prometía, desapareciendo: «mas volveremos a hablar
dello, tened constancia».
Roberto no entendía si ella, por descuido, a turno imputábale los dichos y los
hechos de otro, o provocábale con coquetería.
Lo que había de acontecerle lo habría empujado a componer aquellos raros
episodios en una historia mucho más inquietante.
17
LA DESEADA CIENCIA DE LAS LONGITUDES
Era —por fin una fecha a la que aferramos— la noche del 2 de diciembre de 1642.
Salían de un teatro, donde Roberto había recitado calladamente entre el público
su papel amoroso. Lilia, a la salida, le había estrechado furtivamente la mano
susurrando:
—Señor de la Grive, así pues, os habéis vuelto tímido. No lo erais aquella
noche. Y por tanto, mañana de nuevo, en la misma escena.
Había salido loco de turbación, invitado a tal convite en un lugar que no podía
conocer, solicitado a repetir lo que jamás había osado. Y sin embargo ella no
había podido tomarlo por otro, pues que habíalo llamado por su nombre.
Oh, escribe haberse dicho, hoy los arroyos remontan hacia el hontanar, blancos
corceles escalan las torres de Nuestra Señora de París, un fuego sonríe ardiente
en el hielo, ha podido acaecer que Ella me invitara. Mas no, hoy la sangre se
derrama de la roca, una culebra se aparea con una osa, hase vuelto negro el sol,
porque mi amada hame ofrecido una copa de la que nunca podré beber, ya que no sé
dónde es el festín…
A un paso de la felicidad, corría desesperado a casa, el único paraje en el que
estaba seguro de que ella no estaba.
Se pueden interpretar de forma bastante menos misteriosa las palabras de Lilia:
simplemente le estaba recordando aquella lejana locución suya sobre el Polvo de
Simpatía, le estaba incitando a que dijera más, en ese mismo salón de Arthénice
donde ya había hablado. Desde entonces ella le había visto silencioso y
adorante, y eso no respondía a las reglas del juego, reguladísimo, de la
seducción. Le estaba llamando al orden, diríamos hoy, de su deber mundano. Ea,
estábale diciendo, aquella noche no fuisteis tímido, volved a hollar las mismas
tablas, yo os aguardo en tal celada. Ni otro reto podríamos esperarnos de una
preciosa.
Y en cambio Roberto había comprendido: «Sois tímido, y con todo y eso, hace
algunas noches no lo fuisteis, y me…» (me imagino que los celos impedían y
alentaban a un tiempo a Roberto a que imaginara la continuación de esa frase).
«Por tanto, mañana de nuevo, en la misma escena, en el mismo paraje secreto.»
Es natural que, habiendo tomado su fantasía la senda más espinosa, él hubiera
pensado inmediatamente en el cambio de persona, en alguien que se había hecho
pasar por él, y en lugar suyo hubiera obtenido de Lilia lo que él habría trocado
con la vida. Así pues, volvía a aparecer Ferrante y todos los hilos de su pasado
volvían a anudarse. Alter ego maligno, Ferrante se había introducido también en
aquella historia, jugando sobre sus ausencias, sus retrasos, sus salidas
anticipadas y, en el momento adecuado, había cosechado el premio de la oración
de Roberto sobre el Polvo de Simpatía.
Y mientras se acongojaba, había oído llamar a la puerta. ¡Esperanza, sueño de
hombres despiertos! se había precipitado a abrir, convencido de verla a ella en
el umbral: era, en cambio, un oficial de la guardia del Cardenal, con dos
hombres de escolta.
—El señor de la Grive, supongo —había dicho. Y luego presentándose como el
capitán de Bar—: Lamento lo que voy a hacer. Vuesa Merced está arrestado, y le
ruego que me entregue
su espada. Si me sigue Vuesa Merced con buena educación, subiremos como dos
buenos amigos al coche que nos espera, y no recibirá merma su vergüenza.
Había dejado entender que no conocía las razones de su arresto, deseando que se
tratara de una equivocación. Roberto lo había seguido mudo, formulando el mismo
voto, y al final del viaje, pasado con muchas excusas a manos de un guardián
adormecido, se había encontrado en una celda de la Bastilla.
Permaneció allí dos noches gélidas, visitado sólo por pocas ratas (próvida
preparación al viaje en el Amarilis) y por un corchete que, a todas las
preguntas, respondía que por aquel lugar habían pasado tantos huéspedes ilustres
que había cesado de preguntarse por qué llegaban; y si llevaba siete años allí
un gran señor como Bassompierre, no era cuestión que Roberto empezara a quejarse
a cabo de pocas horas.
Concedidos aquellos dos días para saborear lo peor, la tercera noche había
vuelto de Bar, le había dado modo de lavarse, y le había anunciado que tenía que
comparecer ante el Cardenal. Roberto entendió, por lo menos, que era un
prisionero de Estado.
Habían llegado al palacio bien entrada la noche, y ya por el movimiento del
portón se adivinaba que era noche de excepción. Las escaleras estaban invadidas
por gentes de todas las condiciones que corrían en direcciones opuestas; en una
antesala, gentileshombres y hombres de iglesia entraban afanados, remondaban
educadamente el pecho contra las paredes hermoseadas por frescos, adoptaban un
aire dolorido, y entraban en otra sala, de la que salían fámulos llamando en voz
alta a siervos que no se hallaban, y haciendo señas a todos de que guardaran
silencio.
En aquella sala fue introducido también Roberto, y vio sólo personas de espaldas
que asomábanse a la puerta de otra estancia, de puntillas, sin hacer ruido, como
para ver un triste
espectáculo. De Bar miró en su derredor buscando a alguien; al fin le hizo un
gesto a Roberto de que permaneciera en un rincón, y se alejó.
Otra guardia que estaba intentando hacer salir a muchos de los presentes, con
diferentes miramientos según la condición, viendo a Roberto con la barba larga,
el vestido deslucido por el arresto, le había preguntado rudamente qué hacía
allá. Roberto había replicado que le aguardaba el Cardenal, y la guardia había
contestado que por desventura de todos era el Cardenal el que era aguardado por
Alguien mucho más importante.
De todas maneras, lo había dejado donde estaba, y poco a poco, ya que de Bar
(ahora el único rostro amigo que le hubiera quedado) no volvía, Roberto se
allegó al concurso de gente y, un poco esperando y un poco empujando, alcanzó el
umbral de la última habitación.
Allá abajo, en un lecho, apoyado a una gran nevada de almohadas, había visto y
reconocido a la sombra de aquel que toda Francia temía y poquísimos amaban. El
gran Cardenal estaba rodeado de médicos con trajes oscuros, que más que en él
parecían interesarse en su debate, un monacillo secábale los labios, en los que
endebles accesos de tos formaban una espuma rojiza, bajo las mantas adivinábase
la laboriosa respiración de un cuerpo ya devorado, una mano asomaba de una
blusa, aferrando un crucifijo. El monacillo prorrumpió de repente en un sollozo.
Richelieu volvió la cabeza con fatiga, intentó una sonrisa y murmuró:
—¿Creías pues que yo era inmortal?
Mientras Roberto se estaba preguntando quién podía haberle convocado al lecho de
un moribundo, se armó un gran revuelo a sus espaldas. Algunos susurraron el
nombre del párroco de Saint-Eustache, y mientras todos hacían ala entró un cura
con su séquito, trayendo el óleo santo.
Roberto sintióse tocar al hombro, y era de Bar:
—Vamos —le había dicho—, el Cardenal os espera.
Sin entender, Roberto le había seguido a lo largo de un pasillo. De Bar le había
introducido en una sala, haciéndole gesto de que siguiera esperando, luego se
había retirado.
La sala era amplia, con un gran globo terráqueo en el centro, y un reloj sobre
un mueblecito en un rincón, contra un cortinaje rojo. A la izquierda del
cortinaje, debajo de un gran retrato de cuerpo entero de Richelieu, Roberto
había divisado por fin a una persona de espaldas, en hábitos cardenalicios, de
pie, absorto en escribir sobre un facistol. El purpurado se había vuelto apenas,
de escorzo, haciéndole seña de que se acercara, y, como Roberto lo hiciere, se
había encorvado sobre el plano de escritura, poniendo la mano izquierda en guisa
de mampara en las márgenes de la hoja, aunque, a la distancia respetuosa a la
que todavía se mantenía, Roberto no habría podido leer nada.
Luego el personaje diose la vuelta, entre un drapear de púrpuras, y estuvo
erguido durante algún segundo, casi reproduciendo el ademán del gran retrato que
tenía a sus espaldas, la derecha apoyada en el lecturín, la izquierda a la
altura del pecho, con la palma melindrosamente hacia arriba. A continuación
sentóse en un sitial junto al reloj, se acarició con coquetería los bigotes y la
perilla y preguntó:
—¿El señor de la Grive?
El señor de la Grive hasta entonces había estado convencido de que soñaba, en
una pesadilla, con ese mismo Cardenal que estaba apagándose una decena de metros
más allá, pero ahora lo veía rejuvenecido, con las facciones menos afiladas,
como si sobre el pálido rostro aristocrático del retrato alguien hubiera
sombreado la tez y redibujado el labio con líneas más marcadas y sinuosas;
luego, aquella voz con acento extranjero le había despertado el antiguo recuerdo
de aquel capitán que doce años antes galopaba en medio de las opuestas
formaciones en Casal.
Roberto se encontraba ante el Cardenal Mazarino, y entendía que, lentamente, en
el curso de la agonía de su protector, el hombre estaba asumiendo sus funciones,
y ya el oficial había dicho «el Cardenal», como si otros ya no los hubiere.
Hizo para responder a la primera pregunta, mas daría en la cuenta en breve de
que el Cardenal aparentaba preguntar, y en realidad afirmaba, suponiendo que, en
cualquier caso, su interlocutor no podía sino asentir.
—Roberto de la Grive —confirmó, en efecto, el Cardenal—, de los señores Pozzo de
San Patricio. Conocemos el castillo, como conocemos bien el Montferrato. Tan
fértil que podría ser Francia. Vuestro padre, en los días de Casal, se batió con
honor, y nos fue más leal que vuestros otros compatriotas.
Decía nos como si en aquella época fuera ya criatura del Rey de Francia.
—También vos en aquella ocasión os condujisteis bravamente, nos fue referido.
¿No creéis que tanto más, y paternalmente, debamos resentirnos de que, huésped
de este reino, del huésped no hayáis observado los deberes? ¿No sabíais que en
este reino las leyes se aplican por igual a los súbditos y a los huéspedes?
Naturalmente, naturalmente, no olvidaremos que un gentilhombre es siempre un
gentilhombre, cualquiera que sea el delito que haya cometido: gozaréis de los
mismos beneficios concedidos a Cinq-Mars, cuya memoria no parecéis execrar como
se debería. Moriréis también vos de cuchilla y no de cuerda.
Roberto no podía ignorar un asunto del que hablaba toda Francia. El marqués de
Cinq-Mars había intentado convencer al rey de que despidiera a Richelieu, y
Richelieu había convencido al rey de que Cinq-Mars conspiraba contra el reino.
En Lyon, el condenado había intentado comportarse con jactanciosa dignidad ante
el verdugo, pero éste había hecho tan indigno escarnio de su pescuezo que el
gentío desdeñado había hecho escarnio del.
Comoquiera que Roberto, aturdido, hiciera ademán de hablar, el Cardenal le
previno con un gesto de la mano:
—Ea, San Patricio —dijo, y Roberto arguyó que usaba este nombre para recordarle
que era extranjero; y por otra parte, le estaba hablando en francés, mientras
habría podido hablarle en italiano—. Habéis sucumbido a los vicios de esta
ciudad y de este país. Como suele decir Su Eminencia el Cardenal, la ligereza
ordinaria de los franceses les mueve a desear el cambio a causa del tedio que
prueban por las cosas presentes. Algunos de estos gentileshombres ligeros, que
el rey proveyó a aligerar también de la cabeza, os han seducido con sus
propósitos de subversión. Vuestro caso no ha menester que moleste a tribunal
alguno. Los Estados, cuya conservación debe sernos extremadamente cara,
padecerían breve ruina si en materia de crímenes que tienden a su subversión se
requirieran pruebas claras como las requeridas en los casos comunes. Ha dos
noches se os vio entreteneros con amigos de Cinq-Mars, que pronunciaron, una vez
más, propósitos de alta traición. Quien os vio entre aquesos es digno de
crédito, pues se había introducido allá por orden nuestra. Y esto basta. Ea pues
—previno aburrido—, no os hemos hecho venir aquí para oír protestas de
inocencia, por tanto calmaos y escuchad.
Roberto no se tranquilizó, pero sacó algunas conclusiones: en el mismo momento
en el que Lilia le tocaba la mano, a él se le veía en otro lugar conjurando
contra el Estado. Mazarino estaba tan convencido de ello que la idea se
convertía en un hecho. Se susurraba por doquier que la ira de Richelieu todavía
no se había sosegado y muchos temían ser elegidos como nuevo ejemplo. Roberto,
comoquiera que hubiere sido elegido, estaba perdido en cualquier caso.
Roberto habría podido reflexionar sobre el hecho de que a menudo, no sólo dos
noches antes, se había demorado en alguna conversación a la salida del salón
Rambouillet; que no era imposible que entre aquellos interlocutores hubiera
habido algún íntimo de Cinq-Mars; que si Mazarino, por alguna razón suya, quería
perderle, habríale bastado interpretar de manera maliciosa cualquier frase
referida por una espía… Pero
naturalmente las reflexiones de Roberto eran otras y confirmaban sus temores:
alguien había tomado parte en una reunión sediciosa haciendo alarde tanto de su
rostro como de su nombre.
Razón de más para no intentar defensas. Seguíale siendo inexplicable sólo la
razón por la cual, si ya estaba condenado, el Cardenal se incomodara de
informarle de su suerte. Él no era el destinatario de un mensaje, sino el grifo,
la adivinanza misma que otros, aún inciertos sobre la determinación del rey,
habrían de descifrar. Esperó en silencio una explicación.
—Ved, San Patricio, que si no estuviéramos ilustrados por la dignidad
eclesiástica con la que el Pontífice, y el deseo del Rey, nos honraron hace un
año, diríamos que la Providencia guió vuestra imprudencia. Hace tiempo que
estábase observándoos, preguntándonos cómo habríamos podido solicitaros un
servicio que no teníais ningún deber de prestar. Acogimos vuestro paso falso de
tres noches ha como una singular dádiva del Cielo. Agora podríais sernos deudor,
y nuestra posición cambia, por no hablar de la vuestra.
—¿Deudor?
—De la vida. Naturalmente, no está en nuestro poder perdonaros, empero está en
nuestra facultad interceder. Digamos que podríais substraeros a los rigores de
la ley con la fuga. Pasado un año, o incluso más, la memoria del testigo sin
duda se habrá confundido, y podrá jurar sin mancilla para su honor que el hombre
de tres noches ha no erais vos; y podría apurarse que a esa hora jugabais en
otro lugar a biribís con el capitán de Bar. Entonces (no decidimos, notad,
presumimos, y podría suceder también lo contrario, mas confiamos estar en lo
justo) se os hará justicia plena y se os devolverá incondicionada libertad.
Sentaos, os ruego —dijo—. Debo proponeros una misión.
Roberto se sentó: —¿Una misión?
—Y delicada. En el curso de la cual, no os lo escondemos, tendréis algunas
ocasiones de perder la vida. Pero esto es un
negocio: se os libra de la certidumbre del verdugo, y se os dejan muchas
oportunidades de regresar sano, si sois astuto. Un año de trabajos, digamos, a
cambio de una vida entera.
—Eminencia —dijo Roberto, que por lo menos veía disiparse la imagen del
verdugo—, por lo que entiendo es inútil que jure, sobre mi honor o sobre la
Cruz, que…
—Careceríamos de cristiana piedad si excluyéramos en absoluto que vos sois
inocente y nos víctima de un equívoco. Pero el equívoco estaría en tal acuerdo
con nuestros designios que no veríamos razón de desenmascararlo. No querréis,
con todo eso, insinuar que os estamos proponiendo un trueque deshonesto, como
quien dijere o inocente a la cuchilla o reo confeso, y mendazmente, a nuestro
servicio…
—Lejos de mí tal intención irrespetuosa, Eminencia.
—Sea pues. Os ofrecemos algún riesgo posible, pero gloria cierta. Y os diremos
cómo recayó nuestra mirada sobre vos, sin que antes nos fuera conocida vuestra
presencia en París. La ciudad, veis, habla mucho de lo que sucede en los
salones, y todo París chismeó hace tiempo de una velada durante la cual
brillasteis ante los ojos de muchas damas. Todo París, no os ruboricéis.
Aludimos a aquella velada en la que expusisteis con brío las virtudes de un así
nombrado Polvo de Simpatía, y de modo (¿es así como se dice en esos lugares, no
es verdad?) que a ese argumento las ironías confirieran sal, las paronomasias
garbo, las sentencias solemnidad, las hipérboles riqueza, los parangones
perspicuidad…
—Oh Eminencia, refería cosas aprendidas…
—Admiro la modestia, pero parece ser que habéis manifestado un buen conocimiento
de algunos secretos naturales. Así pues, me sirve un hombre de par sabiduría,
que no sea francés, y que sin comprometer a la corona pueda insinuarse en un
navío, con partida de Amsterdam, con la intención de descubrir un nuevo secreto,
de alguna forma vinculado al uso de ese polvo.
Previno una vez más una objeción de Roberto:
—No temáis, necesitamos que sepáis bien qué buscamos, para que podáis
interpretar incluso los signos más inciertos. Os queremos bien adoctrinado sobre
el argumento, pues que os vemos ya tan bien dispuesto a complacernos. Tendréis
un maestro de talento, y no os dejéis engañar por su corta edad.
Alargó una mano y dio una sacudida a una cuerda. No se oyó sonido alguno pero el
gesto debía de haber hecho resonar en otro lugar una campana u otra señal. Eso
dedujo Roberto, en una época en la que los grandes señores aún parlaban para
llamar a los siervos a grandes voces.
En efecto, a cabo de poco entró con deferencia un mancebo que no demostraba más
de veinte años.
—Bien llegado Colbert, ésta es la persona de la que os hablábamos hoy —díjole
Mazarino, y luego a Roberto—: Colbert, que se inicia de forma prometedora en los
secretos de la administración del Estado, lleva considerando desde tiempo un
problema que tiene mucha importancia para el Cardenal de Richelieu, y en
consecuencia, para nos. Quizá sepáis, San Patricio, que antes de que el Cardenal
tomara el timón de este gran bajel cuyo Luis XIII es el capitán, la marina
francesa era nula ante la de nuestros enemigos, tanto en la guerra como en la
paz. Ahora podemos estar orgullosos de nuestros arsenales, de la flota de
Levante como de la de Poniente, y recordaréis con qué éxito, no ha más de seis
meses, el marqués de Brézé pudo formar ante Barcelona cuarenta y cuatro bajeles,
catorce galeras, y ya no recuerdo más cuántas otras naos. Hemos asegurado
nuestras conquistas en la Nueva Francia, nos hemos asegurado el dominio de La
Martinica y de Guadalupe, y de muchas de esas Islas del Perú, como ama decir el
Cardenal. Hemos empezado a establecer compañías comerciales, aunque aún sin
pleno éxito; desgraciadamente, en las Provincias Unidas, en Inglaterra, Portugal
y España no hay familia noble que no tenga a uno de los suyos buscando fortuna
en el mar; no así en Francia, para nuestra desventura. Prueba de ello es que
sabemos quizá
bastante del Nuevo Mundo, pero poco del Novísimo. Enseñad, Colbert, a nuestro
amigo cómo se presenta todavía vacía de tierras la otra parte de ese globo.
El joven movió el globo y Mazarino sonrió con melancolía:
—Por desventura, esta extensión de aguas no está vacía a causa de una naturaleza
madrastra; está vacía porque sabemos demasiado poco de su generosidad. Y con
todo, después del descubrimiento de un derrotero occidental por las Molucas,
está en juego, precisamente, este vasto paraje no explorado que se extiende
entre la costa oeste del continente americano y las últimas tierras orientales
del Asia. Hablamos del océano denominado Pacífico, como quisieron llamarlo los
portugueses, en el cual, sin duda, extiéndese la Tierra Incógnita Austral, cuya
conócense pocas islas y pocas vagas costas, aunque lo bastante para saberla
nodriza de fabulosas riquezas. Y en aquellas aguas corren agora y desde ha
tiempo demasiados aventureros que no hablan nuestra lengua. Nuestro amigo
Colbert, con lo que yo no considero sólo juvenil antojo, acaricia la idea de una
presencia francesa en esos mares. Tanto más cuanto presumimos que el primero en
poner pie en una Tierra Austral fue un francés, el señor de Gonneville, y diez y
seis años antes de la empresa de Magallanes. No obstante, aquel esforzado
gentilhombre, o eclesiástico que fuere, omitió registrar en las cartas de
navegación el lugar en el que dio fondo. ¿Podemos pensar que un buen francés
fuera tan incauto? No, a buen seguro, es que en aquella época remota no sabía
cómo resolver plenamente un problema. Pero este problema, y os asombraréis de
saber cuál, permanece un misterio también para nosotros.
Hizo una pausa, y Roberto comprendió que, al conocer tanto el Cardenal como
Colbert, si no la solución, por lo menos el nombre del misterio, la pausa era
sólo en su honor. Creyó bien representar el papel del espectador fascinado y
preguntó:
—¿Y cuál es el misterio, de gracia?
Mazarino miró a Colbert con aire de inteligencia y dijo:
—Es el misterio de las longitudes. Colbert asintió con gravedad.
—Para la solución de este problema del Punto Fijo —continuó el Cardenal—, ha ya
setenta años, Felipe II de España ofrecía una fortuna, y más tarde Felipe III
prometía seis mil ducados de renta perpetua y dos mil de vitalicio, y los
Estados Generales de Holanda treinta mil florines. Ni nosotros hemos escatimado
ayudas en dinero a excelentes astrónomos… A propósito, Colbert, ese doctor Morin,
hace ocho años que lo tenemos a la espera…
—Mas Vuestra Eminencia en persona dícese convencido de que ésta de la paralaje
lunar es una quimera…
—Sí, pero para sostener su dudosísima hipótesis, ha estudiado eficazmente y
criticado las otras. Hagámosle participar en este nuevo proyecto, podría dar
luces al señor de San Patricio. Que se le ofrezca una pensión, nada hay como el
dinero para estimular las buenas inclinaciones. Si su idea contuviere un grano
de verdad, tendríamos la manera de asegurarnos mejor dello y, entre tanto,
evitaremos que, sintiéndose abandonado en la patria, ceda a las instancias de
los holandeses. Nos parece que son precisamente los holandeses los que, habiendo
visto titubeantes a los españoles, han empezado a tratar con ese Galilei, y
nosotros haríamos bien no quedándonos fuera del asunto…
—Eminencia —dijo Colbert vacilante—, le agradará recordar que el tal Galilei
murió a principios de este año…
—¿De verdad? Roguemos a Dios que sea dichoso, más de lo que le ha sido dado en
vida.
—Y, de todas maneras, también su solución pareció durante largo tiempo
definitiva, pero no lo es…
—Nos habéis precedido venturosamente, Colbert. Supongamos que tampoco a la
solución de Morin se le dé un ardite. Pues bien, sostengámosle igualmente,
hagamos que se vuelva a encender la discusión sobre sus ideas, estimulemos la
curiosidad de los holandeses: hagamos de suerte que se deje tentar, y habremos
puesto durante algún tiempo a los adversarios sobre una pista
falsa. Habrán sido dineros bien gastados en cualquier caso. Pero de esto ya se
ha dicho bastante. Seguid, os lo ruego, mientras San Patricio aprende,
aprenderemos nos también.
—Vuestra Eminencia hame enseñado todo lo que yo sé —dijo Colbert sonrojándose—,
pero su bondad me alienta a empezar. — Al decir así debía de sentirse ya en
territorio amigo: levantó la cabeza, que siempre había mantenido gacha, y
acercóse con desenvoltura al mapamundi—: Señores, en el océano, donde si acaso
se encuentra una tierra no se sabe cuál es, y si se va hacia una tierra conocida
es menester proceder durante días y días en medio de la extensión de las aguas,
el navegante no tiene otros puntos de referencia además de los astros. Con
instrumentos que ya hicieron ilustres a los antiguos astrónomos, de un astro se
fija su altura en el horizonte, se deduce su distancia del Zenit y, conociendo
la declinación, dado que la distancia zenital más o menos la declinación dan la
latitud, se sabe instantáneamente en qué paralelo se encuentra, es decir, cuánto
está al norte o al sur de un punto conocido. Me parece claro.
—Al alcance de un niño —dijo Mazarino.
—Debería creerse —siguió Colbert— que igualmente puédase determinar también
cuánto está a levante o a poniente del mismo punto, es decir, en qué longitud, o
sea, en qué meridiano. Como dice Sacrobosco, el meridiano es un círculo que pasa
por los polos de nuestro mundo, y en el Zenit de nuestra cabeza. Y se llama
meridiano porque, por doquiera que esté el hombre y en cualquier tiempo del año,
cuando el sol alcanza su meridiano, allí será para ese hombre medio día. Por
desgracia, por un misterio de la naturaleza, cualquier medio elegido para
definir la longitud hase revelado siempre falaz. ¿Qué importa, podría preguntar
el profano? Mucho.
Estaba tomando confianza, hizo girar el mapamundi mostrando los contornos de
Europa:
—Quince grados de meridiano, aproximadamente, separan París de Praga; poco más
de veinte, París de las Canarias. ¿Qué
dirían Vuestras Mercedes del comandante de un ejército de tierra que creyera
batirse en la Montaña Blanca y en vez de matar protestantes degollara a los
doctores de la Sorbona en la Montagne Sainte-Geneviève?
Mazarino sonrió abriendo las manos, como para hacer votos de que cosas de ese
tipo sucedieran sólo en el meridiano justo.
—El drama —siguió Colbert— es que errores de esa magnitud se cometen con los
medios que todavía usamos para determinar las longitudes. Y así acaece lo que le
acaeció hace casi un siglo a ese español Mendaña, que descubrió las Islas de
Salomón, tierras bendecidas por el cielo con los frutos del suelo y el oro del
subsuelo. Ese Mendaña fijó la posición de la tierra que había descubierto, y
volvió a la patria para anunciar el acontecimiento. En menos de veinte años
preparáronsele cuatro galeones para volver allí e instaurar definitivamente el
dominio de sus majestades cristianísimas, como dicen allá abajo, ¿y qué sucedió?
Mendaña no consiguió volver a encontrar aquella tierra. Los holandeses no
permanecieron inactivos, a principios de este siglo constituían su Compañía de
las Indias, creaban en Asia la ciudad de Batavia como punto de salida para
muchas expediciones hacia levante y tocaban una Nueva Holanda; y otras tierras,
probablemente a oriente de las Islas de Salomón, descubrían, entretanto, los
piratas ingleses, a los que la Corte de San Jacobo no ha vacilado en otorgar
cuartos de nobleza. Pero de las Islas de Salomón nadie volverá a encontrar el
rastro, y se comprende que algunos ya se inclinen a considerarlas una leyenda.
Legendarias o menos que fueren, Mendaña desde luego las tocó, salvo que fijó
propriamente la latitud pero impropriamente la longitud. Y aun si, por ayuda
celestial, hubiérala fijado según verdad, los otros navegantes que buscaron esa
longitud (y él mismo, en su segundo viaje) no sabían con claridad cuál era la
suya. Y es que aunque supiéramos dónde está París, si no consiguiéramos
establecer si estamos en España o entre los Persas, bien lo ve, señor, que nos
moveríamos como ciegos que guían a otros ciegos.
—Realmente —osó decir Roberto—, a duras penas consigo creer, con todo lo que he
oído sobre los avances del saber en este nuestro siglo, que aún sepamos tan
poco.
—No le enumero a Vuestra Merced los métodos propuestos, desde el que se basa en
los eclipses lunares hasta el que considera las variaciones de la aguja
magnética, sobre el cual todavía recientemente se afanó nuestro Le Tellier, por
no mencionar el método del loch, sobre el cual tantas garantías ha prometido
nuestro Champlain… Todos se han revelado insuficientes, y lo serán hasta que
Francia no tenga un observatorio, en el cual someter a prueba tantas hipótesis.
Naturalmente, un medio seguro lo hay: tener a bordo un reloj que mantenga la
hora del meridiano de París, determinar en el mar la hora del lugar, y deducir
por la diferencia la desviación de longitud. Este es el globo en el que vivimos,
y pueden ver cómo la sabiduría de los antiguos lo subdividió en trescientos y
sesenta grados de longitud, haciendo partir normalmente el cómputo del meridiano
que atraviesa la Isla del Hierro en las Canarias. En su carrera celeste, el sol
(y que sea él quien se mueve o, como se quiere hoy, la tierra, poco importa para
tal fin) recorre en una hora quince grados de longitud, y cuando en París es,
como en este momento, media noche, a ciento y ochenta grados del meridiano de
París es medio día. Así pues, con tal de que uno sepa a buen seguro que en París
los relojes marcan, pongamos, medio día, determina que en el paraje donde se
encuentra son las seis de la mañana, calcula la diferencia horaria, traduce cada
hora en quince grados, y sabrá que está a noventa grados de París, y por tanto,
más o menos, aquí —e hizo girar el globo indicando un punto del continente
americano—. Mas si no es difícil determinar la hora del lugar de la observación,
es bastante difícil mantener a bordo un reloj que siga marcando la hora justa
después de meses de navegación en una nave sacudida por los vientos, cuyo
movimiento induce al error incluso a los más ingeniosos de los instrumentos
modernos,
por no hablar de los relojes de arena y de agua, que para funcionar bien
deberían descansar sobre un plano inmóvil.
El Cardenal lo interrumpió:
—No creemos que de momento el señor de San Patricio deba saber más, Colbert.
Haréis que reciba otras luces durante el viaje hacia Amsterdam. Después de lo
cual no seremos ya nosotros quien le enseñemos, sino él, confiamos, quien nos
enseñe a nosotros. En efecto, querido San Patricio, el Cardenal, cuyo ojo ha
visto y sigue viendo siempre, esperamos por mucho tiempo, más lejos que el
nuestro, había dispuesto desde hace tiempo una red de informadores leales, que
debían viajar a los demás países, y frecuentar los puertos, e interrogar a los
capitanes que se aprestan o vuelven de un viaje, para saber lo que los demás
gobiernos hacen y saben que nosotros no sabemos, pues, y me parece evidente, el
Estado que descubriere el secreto de las longitudes, e impidiere que la fama se
apropiare del, obtendría una gran ventaja sobre todos los demás. Agora —y aquí
Mazarino hizo otra pausa, una vez más acariciándose los bigotes, y uniendo luego
las manos como para concentrarse e implorar a un tiempo apoyo del cielo—, agora
hemos venido a saber que un médico inglés, el doctor Byrd, ha excogitado un
nuevo y prodigioso medio para determinar el meridiano, basado en el uso del
Polvo de Simpatía. Cómo, querido San Patricio, no nos lo preguntéis, que yo a
duras penas conozco el nombre de este asunto diabólico. Sabemos con seguridad
que se trata de este polvo, pero no sabemos nada sobre el método que Byrd
pretende seguir, y nuestro informador no está versado, desde luego, en magia
natural. Lo que es cierto es que el almirantazgo inglés le ha permitido armar un
bajel que deberá arrostrar los mares del Pacífico. El asunto es de tal magnitud
que los ingleses no han fiado en presentarlo como navío suyo. Pertenece a un
holandés que se finge extravagante y sostiene querer volver a hacer el camino de
dos compatriotas suyos, que hace casi veinte y cinco años descubrieron un nuevo
paso entre el Atlántico y el Pacífico,
allende el Estrecho de Magallanes. Como el costo de la aventura podría dejar
sospechar interesados apoyos, el holandés está cargando públicamente mercaderías
y buscando pasajeros, como quien se apercibe de hacer frente al gasto. Casi de
casualidad estarán también el doctor Byrd y tres ayudantes suyos, que dícense
colectores de flora exótica. En verdad, ellos tendrán el control total de la
empresa. Y entre los pasajeros estaréis vos, San Patricio, y proveerá a todo
nuestro agente de Amsterdam. Seréis un gentilhombre saboyano que, perseguido por
un edicto por todas las tierras, considera juicioso desaparecer durante
larguísimo tiempo por mar. Como veis, ni siquiera tenéis que mentir. Seréis
endebilísimo de salud; y que vos tengáis de verdad una dolencia en los ojos,
como nos dicen, es otro toque que perfecciona nuestro designio. Seréis un
pasajero que transcurrirá casi todo el propio tiempo en cubierto, con alguna
cataplasma sobre el rostro, y por lo demás, no verá más allá de su propia nariz.
Pero vagaréis divagando desvagado, y mantendréis en realidad los ojos abiertos,
y los oídos bien aguzados. Sabemos que comprendéis el inglés, y fingiréis
ignorarlo, de suerte que los enemigos hablen libremente en vuestra presencia. Si
alguien a bordo entiende el italiano o el francés, haced preguntas, y recordad
lo que os dicen. No despreciéis el comercio con hombres del montón, que por unos
maravedís se sacan las entrañas. Pero que la moneda sea poca, que parezca un
regalo, y no una recompensa, si no recelarán. No preguntaréis jamás de manera
directa, y después de haber preguntado hoy, con palabras diferentes volveréis a
hacer la misma pregunta mañana, de suerte que si ese tal antes mintió, sea
movido a contradecirse: los hombres de poco se olvidan de los embustes que han
dicho, e inventan opuestos el día siguiente. Por lo demás, reconoceréis a los
embusteros: mientras se ríen forman como dos hoyuelos en las mejillas, y llevan
uñas muy cortas; e igualmente guardaos de los de baja estatura, que dicen
falacias por vanidad. En cualquier caso, que vuestros diálogos con ellos sean
breves, y no hagáis la
impresión de obtener satisfacción: la persona con la que deberéis hablar de
verdad es el doctor Byrd, y será natural que intentéis hacerlo con el único que
os es igual por educación. Es hombre de doctrina, hablará francés, acaso
italiano, sin duda latín. Vos estáis enfermo, y le pediréis consejo y alivio. No
haréis como aquellos que comen moras o tierra roja pretendiendo escupir sangre,
sino que haréis que os observe el pulso después de cenar, que siempre a esa hora
parece que uno tiene fiebre, y le diréis que nunca pegáis ojo de noche; esto
justificará el que podáis ser sorprendido en alguna parte y bien despierto, lo
que deberá suceder si sus experiencias se hacen con las estrellas. Aqueste Byrd
debe de ser un obseso, como por lo demás todos los hombres de ciencia: que se os
ocurran ideas peregrinas y habladle dellas, como si le confiarais un secreto, de
suerte que él tienda a hablar desa peregrina idea que es su secreto. Mostraos
interesado, pero simulando entender poco o nada, para que él os lo cuente mejor
una segunda vez. Repetid lo que ha dicho como si hubierais entendido, y cometed
errores, así que, por vanidad, tienda a corregiros, explicando con toda suerte
de detalles aquello sobre lo que debería callar. No afirméis jamás, aludid
siempre: las alusiones se lanzan para sondar los ánimos, e investigar los
corazones. Deberéis inspirarle confianza: si se ríe a menudo, reíd con él, si es
bilioso, comportaos como bilioso, pero admirad siempre su saber. Si es colérico
y os ofende, soportad la ofensa, que bien sabéis que habéis empezado a
castigarlo aun antes de que os ofendiera. En la mar los días son largos y las
noches no tienen fin, y no hay nada que consuele del aburrimiento a un inglés
como muchos jarros de aquesa cerveza de la que los holandeses apercíbense
siempre en sus bodegas. Os fingiréis devoto desa bebida e incitaréis a vuestro
nuevo amigo a que trasiegue más que vos. Un día podría entrarle algún recelo, y
hacer registrar vuestro camarote. Por eso no pondréis ninguna observación por
escrito, pero podréis llevar un diario en el que hablaréis de vuestra mala
fortuna, o de la Virgen y de los Santos
o de la amada que desesperáis volver a ver; y que en ese diario aparezcan
anotaciones sobre las cualidades del doctor, elogiado como único amigo que
habéis encontrado a bordo. Del no aleguéis frases que conciernan a nuestro
objeto, sino sólo observaciones sentenciosas, no importa cuáles: por desabridas
que sean, si las ha sentenciado, no las consideraba tales, y os quedará
agradecido de haberlas recordado. En definitiva, no estamos aquí para proponeros
un breviario del buen informador secreto: no son cosas en las que esté versado
un hombre de iglesia. Fiad en vuestro estro, sed astutamente cauto y
cautelosamente astuto, haced que la agudeza de vuestra mirada sea inversa a su
fama y proporcional a vuestra prontitud.
Mazarino se levantó, para hacer comprender al huésped que el coloquio había
finalizado, y para dominarle un instante antes de que él se levantara.
—Seguiréis a Colbert. Os dará otras instrucciones y os encomendará a las
personas que os conducirán a Amsterdam para el embarco. Id y buena suerte.
Iban a salir cuando el Cardenal volvió a llamarlos:
—Ah, olvidábasenos, San Patricio. Habréis comprendido que de aquí al embarco
seréis seguido paso a paso, pero os preguntaréis cómo es que no tememos que
después, a la primera escala, no sintáis la tentación de poner tierra en medio.
No lo tememos porque no os conviene. No podríais volver aquí, donde seríais
siempre un bandido, o exiliaros en alguna tierra allá abajo, con el temor
constante de que nuestros agentes os encontraran. En ambos casos, deberíais
renunciar a vuestro nombre y a vuestro estado. No se nos ocurre ni siquiera la
sospecha de que un hombre de vuestra calidad pueda venderse a los ingleses. ¿Qué
venderíais, además? El ser vos una espía es un secreto que, para venderlo,
deberíais ya revelarlo, y una vez revelado no valdría ya nada, sino una
puñalada. En cambio, volviendo, con indicios incluso modestos, tendréis derecho
a nuestra gratitud. Haríamos mal en licenciar a un hombre que
habrá demostrado saber afrontar bien una misión tan difícil. El resto dependerá
de vos. La gracia de los grandes, una vez adquirida, debe tratarse con cuidado,
para no perderla, y alimentarse con servicios, para así perpetuarse: decidiréis
entonces si vuestra lealtad hacia Francia será de tal especie que os aconseje
dedicar vuestro futuro a su rey. Dicen que hales acaecido a otros, nacer en otro
lugar y hacer fortuna en París.
El Cardenal estaba proponiéndose como modelo de lealtad premiada. Pero para
Roberto, sin duda, en ese momento, no era una cuestión de recompensas. El
Cardenal le había hecho vislumbrar una aventura, nuevos horizontes, y le había
infundido una sabiduría del vivir cuya ignorancia, quizá, le había hurtado hasta
entonces la consideración ajena. Quizá era un bien aceptar la invitación de la
suerte, que lo alejaba de sus penas. En cuanto a la otra invitación, la de tres
noches antes, todo se habíale aclarado mientras el cardenal empezaba su
discurso. Si Otro había tomado parte en una conjura, y todos creían que era él,
Otro sin duda había conjurado para inspirarle a Ella la frase que lo había
torturado de regocijo y enamorado de celos. Demasiados Otros, entre él y la
realidad. Y entonces, tanto mejor aislarse en los mares, donde habría podido
poseer a la amada de la única manera que le era concedido. Al fin, la perfección
del amor no es ser amado, sino ser Amante.
Hincó una rodilla y dijo: —Eminencia, soy vuestro.
O, por lo menos, así quisiera yo, pues no me parece comedido hacerle dar un
salvoconducto que recite «C’est par mon ordre et pour le bien de l’état que le
porteur du présent a fait ce qu’il a fait».
18
CURIOSIDADES INAUDITAS
Si el Daphne, como el Amarilis, había sido enviado en búsqueda del punto fijo,
entonces el Intruso era peligroso. Roberto sabía ya de la lucha sorda entre los
Estados de Europa para apoderarse de aquel secreto. Tenía que prepararse muy
bien y jugar con astucia. Evidentemente, el Intruso al principio había actuado
de noche, luego se había movido al descubierto cuando Roberto había empezado a
velar, aunque fuera en el camarote, durante el día. ¿Tenía pues que desconcertar
sus designios, hacerle la impresión de que dormía de día y de que velaba de
noche? Para qué, aquél habría mudado hábito. No, más bien debía impedirle toda
previsión, volverlo inseguro sobre sus propios designios, hacerle creer que
dormía cuando velaba y dormir cuando aquél creía que estaba despierto…
Habría debido intentar imaginar qué pensaba él que él pensaba, o qué pensaba que
él pensaba que él pensaba… Hasta aquel momento el Intruso había sido su sombra,
ahora Roberto habría debido convertirse en la sombra del Intruso, aprender a
seguir las huellas de quien caminaba detrás de las suyas. ¿Mas no habría podido
continuar al infinito aquese mutuo acecho, el uno enfilando una escalera cuando
el otro bajaba por la opuesta, el uno en la bodega cuando el otro estaba
vigilante en la cubierta,
el otro precipitándose a la segunda cubierta cuando el uno volvía a subir, a lo
mejor, por el exterior a lo largo de las amuradas?
Cualquier persona sensata habría decidido inmediatamente proseguir con la
exploración del resto del navío, pero no olvidemos que Roberto ya no era
sensato. Había cedido una vez más al aguardiente, y convencíase de que lo hacía
para darse fuerzas. A un hombre a quien el amor había inspirado siempre la
espera, aquel bebedizo no podía inspirar la decisión. Procedía, pues,
lentamente, creyéndose una exhalación. Creía dar un salto, y andaba a gatas.
Tanto más que aún no osaba salir al descubierto de día, y sentíase fuerte de
noche. Ahora que la noche había bebido, y actuaba como un haragán. Que era lo
que su enemigo quería, decíase por la mañana. Y para cobrar valor, enganchábase
a la espita.
En cualquier caso, hacia la tarde del quinto día había decidido llevarse a
aquella parte de la bodega que todavía no había visitado, por debajo del pañol
de los bastimentos. Daba en la cuenta de que en el Daphne se había aprovechado
al máximo el espacio, y entre la segunda puente y la bodega habían sido montados
mamparos y cucharros, con la finalidad de obtener compartimentos conectados por
escalas de tojines; y había entrado en la corrulla de las jarcias, tropezando
con rollos de cuerdas de todo tipo, aún impregnadas de agua marina. Había bajado
aún más abajo y había dado en la secunda carina, entre cajones y envoltorios de
diferentes tipos.
Halló más comida y otros barriles de agua dulce. Debía alegrarse por ello, pero
lo hizo sólo porque habría podido conducir su caza hasta el infinito, con el
placer de retrasarla. Que es el placer del miedo.
Detrás de los barriles de agua encontró otros cuatro de aguardiente. Subió a la
despensa y volvió a controlar las cubetas de allá arriba. Eran todas de agua,
signo de que el barril de aguardiente que allí había encontrado el día de antes
había sido llevado de abajo a arriba, con la finalidad de tentarle.
Antes que preocuparse por la emboscada, volvió a bajar a la bodega, llevó arriba
otro barril de licor, y siguió bebiendo.
Luego regresó a la bodega, imaginémonos en qué estado, y se detuvo sintiendo el
hedor de la podredumbre que había calado la sentina. Más abajo no se podía ir.
Debía ir, por tanto, hacia atrás, hacia la popa, pero la lámpara estaba
apagándose y había tropezado con algo, comprendiendo que estaba procediendo
entre el lastre, precisamente allá donde en el Amarilis el doctor Byrd había
hecho construir el alojamiento para el perro.
Precisamente en la bodega, entre manchas de agua y desechos de la comida
estibada, divisó la huella de un pie.
Estaba ya tan seguro de que un Intruso estaba a bordo, que su único pensamiento
fue que por fin había obtenido la prueba de no estar borracho, que es la prueba
que los borrachos buscan a cada paso. En cualquier caso, la evidencia era
evidente, si así podía llamarse ese avanzar entre obscuridad y reflejos de
linterna. Seguro ya de que el Intruso existía, no pensó que, después de tanto ir
y venir, la huella podía haberla dejado él mismo. Volvió a subir, decidido a dar
batalla.
Era el ocaso. Era la primera puesta de sol que veía, después de cinco días de
noches, albas y auroras. Pocas nubes negras casi paralelas bordeaban la Isla más
lejana para espesarse a lo largo de la cima, y de allí flameaban como saetas,
hacia el sur. La costa destacábase sombría contra el mar ya color tinta clara,
mientras el resto del cielo aparecíase de un color manzanilla, mortecino y
enervado, como si el sol no estuviera celebrando allá atrás su sacrificio, antes
se adormeciera lentamente y pidiera al cielo y al mar que acompañaran en voz
baja este su acostarse.
Roberto tuvo, en cambio, un regreso de espíritus guerreros. Decidió confundir al
enemigo. Fue al tabuco de los relojes y transportó sobre la cubierta todos los
que podía, colocándolos como barras y bolillos de un juego de trucos, uno contra
la mayor, tres en el alcázar, uno contra el cabestrante, otros más alrededor
del trinquete, y uno en cada puerta y escotilla, de manera que quien intentara
pasar en la obscuridad se habría topado con ellos.
Luego había cargado los relojes mecánicos (sin considerar que actuando de esa
guisa hacíalos perceptibles al enemigo que quería sorprender) y dado la vuelta a
las clepsidras. Miraba una y otra vez la puente sembrada de máquinas del Tiempo,
orgulloso de su ruido, seguro de que éste habría alterado al Enemigo y habría
retrasado su camino.
Después de haber predispuesto esos inofensivos garlitos, cayó víctima de ellos
él el primero. Mientras descendía la noche en un mar serenísimo, iba de una a
otra de aquellas moscas de metal, escuchando su zumbido de muerta esencia,
contemplando esas gotitas de eternidad consumirse una a una, recelando desa
horda de polillas sin boca voraces (así escribe, de verdad), esas ruedas
dentadas que le desgarraban el día en jirones de instantes y consumían la vida
en una música de muerte.
Recordaba una frase del padre Emanuel, «¡qué Espectáculo jubilosísimo si a
través de una Ventanilla del Pecho pudieran traslucirse los movimientos del
Corazón, como en los Reloxes!» Se quedaba siguiendo, a la luz de las estrellas,
el lento rosario de granos de arena murmurado por una clepsidra, y meditaba
sobre aquellos haces de momentos, sobre aquellas sucesivas anatomías del tiempo,
sobre aquellas fisuras por las cuales a cada instante gotean las horas.
Pero del ritmo del tiempo que pasa sacaba el presagio de la propia muerte, a la
cual estábase aproximando movimiento a movimiento, acercaba el ojo miope para
descifrar ese logogrifo de fugas, con trémulo tropo transformaba una máquina de
agua en un fluido féretro, y al final renegaba contra aquellos astrólogos
burladores, capaces de preanunciarle sólo las horas ya pasadas.
Y quién sabe qué más habría escrito si no hubiera experimentado la necesidad de
abandonar sus mirabilia poética, como antes había dejado sus mirabilia
chronometrica: y no por voluntad propia sino porque, teniendo en las venas más
aguardiente que vida, había dejado que gradualmente aquel tic tac convirtiérase
para él en una tosigosa canción de cuna.
La mañana del sexto día, despertado por las últimas máquinas aún jadeantes, vio,
en medio de los relojes, todos fuera de su lugar, escarbar a dos pequeñas
grullas (¿eran grullas?) que, picoteando inquietas, habían tirado y quebrantado
una clepsidra de las más bellas.
El Intruso, en absoluto amedrentado (y en efecto, ¿por qué debía estarlo, él que
sabía perfectamente quién estaba a bordo?), burla absurda por absurda burla,
había libertado de la entrecubiertas a los dos animales. Para transformar mi
navío, lloraba Roberto, para demostrar que es más poderoso que yo…
Y por qué aquellas grullas, preguntábase acostumbrado a ver todos los
acontecimientos como signo y todos los signos como empresa. ¿Qué habrá querido
significar? Intentaba recordar el sentido simbólico de las grullas, en la medida
que recordaba del Picinelli o del Valeriano, y no encontraba respuesta. Ahora
bien, nosotros sabemos perfectamente que no había ni fin ni concepto en aquel
Serrallo de los Estupores. El Intruso ahora estaba saliéndose de seso como él;
pero Roberto no podía saberlo, e intentaba leer lo que no era sino un garabato
arrebatado.
Te atrapo, te atrapo maldito, había gritado. Y, aún somnoliento, había echado
mano de la espada y se había abalanzado de nuevo hacia la bodega, rodando por el
pie de carnero y yendo a parar en un paraje aún inexplorado, entre atados de
fajinas y montones de pequeños troncos cortados recientemente. Al caer había
golpeado los troncos, y revolcándose con ellos dio con la cara en un enjaretado,
respirando de nuevo el olor asqueroso de la sentina. Y vio, a la altura del ojo,
moverse unos escorpiones.
Era probable que con la madera hubieran sido estibados también algunos insectos,
y no sé si eran precisamente
escorpiones, pero Roberto así los vio, introducidos naturalmente por el Intruso
para que lo envenenasen. Para substraerse a ese peligro, se había puesto a
renquear hacia arriba por la escalerilla; encima de aquellos leños corría y
permanecía en el lugar, antes, perdía el equilibrio y tenía que aferrarse a la
escala. Por fin había conseguido subir y se había descubierto un corte en un
brazo.
Se había herido sin duda con su misma espada. Y he aquí que Roberto, en vez de
pensar en la herida, vuelve a la leñera, busca afanosamente entre los baos su
arma, que estaba manchada de sangre, se la lleva al alcázar y vierte aguardiente
sobre la hoja. Luego, no obteniendo alivio, reniega de todos los principios de
su ciencia y vierte el licor sobre el brazo. Invoca a algunos santos con
demasiada familiaridad, corre afuera, donde está empezando un gran aguacero,
bajo el cual las grullas desaparecen volando. El buen chaparrón lo despierta: se
preocupa por los relojes, corre aquí y allá para ponerlos al abrigo, se hace de
nuevo daño, en un pie que le queda atrapado en una rejilla, vuelve a cubierto a
coxcojita en un pie como una grulla, se desnuda y, por toda reacción a esos
acontecimientos sin sentido, se pone a escribir mientras la lluvia primero se
espesa, luego se calma, vuelve una que otra hora de sol, y desciende al fin la
noche.
Y mejor para nosotros que escriba, así podemos entender qué le había acaecido y
qué había descubierto en el transcurso de su viaje en el Amarilis.
19
ESPEJO DE NAVEGANTES
El Amarilis había salido de Holanda y había hecho una rápida escala en Londres.
Aquí había cargado furtivamente algo, de noche, mientras los marineros formaban
un cordón entre la puente y la bodega, y Roberto no había conseguido entender de
qué se trataba. Luego había zarpado hacia el suroeste.
Roberto describe divertido la compañía que había encontrado a bordo. Parecía que
el capitán había puesto el mayor esmero en elegir pasajeros soñadores y
estrambóticos, para usarlos como pretexto de la partida, sin preocuparse si
luego los perdía durante el viaje. Dividíanse en tres formaciones: los que
habían entendido que el navío habría navegado hacia poniente (como una pareja de
galicianos que quería reunirse con el hijo en Brasil y un viejo judío que había
hecho voto de peregrinar a Jerusalén por la vía más larga), los que todavía no
tenían una idea clara sobre la extensión del globo (como algunos calaveras que
habían decidido probar fortuna en las Molucas y las habrían alcanzado mejor por
la vía de Levante), y por fin, otros que habían sido embaucados a lo grande,
como un grupo de herejes de los valles piamonteses que querían unirse a los
puritanos ingleses en las costas septentrionales del Nuevo Mundo, y no sabían
que el navío se habría dirigido directamente hacia el sur, haciendo la primera
escala en Recife. Cuando estos últimos habían dado en la cuenta del engaño,
estaban llegando precisamente a aquella colonia, entonces en mano holandesa, y
aceptaron en cualquier caso que los dejaran en aquel puerto protestante, por
temor de correr mayores peligros entre los portugueses. En Recife el navío había
embarcado a continuación un caballero de Malta con cara de filibustero, el cual
se había propuesto volver a encontrar una ínsula, de la que le había hablado un
veneciano y que había sido bautizada Escondida, cuya posición no conocía, y
nadie más en el Amarilis había oído jamás el nombre. Signo de que el capitán sus
pasajeros buscábaselos, como se suele decir, con candil.
Y tampoco se habían preocupado del bienestar de aquella pequeña muchedumbre que
se apiñaba en la segunda cubierta: mientras habían atravesado el Atlántico, la
comida no había faltado, y algún bastimento se había hecho en las costas
americanas. Pero, después de una navegación entre larguísimas nubes hiladas de
copos y un cielo celeste de azul, allende el Fretum Magellanicum, casi todos,
menos los huéspedes de grado, habían estado, durante por lo menos dos meses,
bebiendo agua que daba lombrices, comiendo bizcocho que olía a orina de rata. Y
algunos hombres de la chusma junto con muchos pasajeros habían muerto de
escorbuto.
Para hacer aguada, el navío había remontado al oeste las costas del Chile, y
había dado fondo en una isla desierta que las cartas de marear llamaban Más
Afuera. Habían permanecido allí tres días. El clima era sano, y la vegetación
lozana, tanto que el caballero de Malta había dicho que habría sido una gran
fortuna naufragar un día en aquellas riberas y vivir feliz allá, sin desear ya
el regreso a la patria; y había intentado convencerse de que aquélla era
Escondida. Escondida o no, si hubiera permanecido allí —decíase Roberto en el
Daphne— ahora no estaría aquí, temiendo un Intruso sólo porque he visto su pie
estampado en la bodega.
Luego había habido vientos contrarios, decía el capitán, y el navío había ido
contra toda buena razón hacia el norte. Roberto los vientos contrarios no los
había notado, antes, cuando se había decidido aquella desviación, el navío
corría a toda vela, y para descaecer el rumbo había sido necesario tomar por
abante. Probablemente el doctor Byrd y los suyos necesitaban proceder a lo largo
del mismo meridiano para hacer sus experimentos. El caso es que habían llegado a
las islas Galápagos, donde se habían divertido volcando sobre el lomo enormes
tortugas, y cocinándolas en su misma concha. El maltés había consultado durante
largo tiempo ciertos papeles suyos y había decidido que aquélla no era
Escondida.
Restablecido el derrotero hacia poniente, y bajados allende el grado veinte y
cinco de latitud sur, volvieron a hacer aguada en una isla de la cual los mapas
no daban noticias. No presentaba otro encanto que la soledad, pero el caballero
—que no soportaba la comida de a bordo y alimentaba una fuerte aversión hacia el
capitán le había dicho a Roberto qué hermoso habría sido tener a su alrededor
una gavilla de bravos, valientes y desconsiderados, tomar posesión del navío,
abandonar al capitán, y a quien hubiera querido seguirle, en un esquife, quemar
el Amarilis, e instalarse en aquella tierra, una vez más, lejos de todo mundo
conocido, para construir una nueva sociedad. Roberto le preguntó si aquélla era
Escondida, y aquél meneó tristemente la cabeza.
Volviendo a subir hacia el noroeste con el favor de los alisios, habían
encontrado un grupo de islas pobladas por salvajes con la piel color ámbar, con
los que habían intercambiado obsequios, participando en sus fiestas, muy
alegres, y animadas por doncellas que bailaban con la donosura de ciertas
hierbas que agitábanse en la playa casi a flor del agua. El caballero, que no
debía de haber pronunciado voto de castidad, con el pretexto de retratar a
algunas de aquellas criaturas (y lo hacía con cierta habilidad), tuvo modo, sin
duda, de unirse carnalmente con algunas de ellas. El marinaje quiso imitarlo, y
el capitán anticipó
la salida. El caballero dudaba si permanecer: le parecía un modo hermosísimo de
concluir su vida, pasar sus días dibujando alla grossa. Pero luego decidió que
aquélla no era Escondida.
Después plegaron aún hacia el noroeste y encontraron una isla con unos bárbaros
harto pacíficos. Detuviéronse dos días y dos noches, y el caballero de Malta dio
en contarles historias: contábaselas en un dialecto que ni siquiera Roberto
entendía, y tanto menos ellos, pero se ayudaba con dibujos en la arena, y
gesticulaba como un actor de comedias, consiguiendo el entusiasmo de los
nativos, que lo celebraron como «¡Tusitala, Tusitala!». El caballero ponderó con
Roberto lo hermoso que habría sido acabar sus propios días entre aquella gente,
contándoles todos los mitos del universo.
—¿Pero es ésta Escondida? —había preguntado Roberto. El caballero había meneado
la cabeza.
Él ha muerto en el naufragio, reflexionaba Roberto en el Daphne, y yo he hallado
quizá su Escondida, mas no podré contárselo jamás, ni contárselo a nadie. Quizá
por eso escribía a su Señora. Para sobrevivir, hace falta contar historias.
El último castillo de viento del caballero lo formó una tarde, a poquísimos días
y no lejos del lugar del naufragio. Estaban costeando un archipiélago, que el
capitán había decidido no allegar, dado que el doctor Byrd parecía ansioso de
proseguir de nuevo hacia el Ecuador. En el transcurso del viaje había quedado
patente para Roberto que el proceder del capitán no era el de los navegantes de
los que había oído contar, que tomaban nota detallada de todas las nuevas
tierras, perfeccionando sus cartas de navegación, dibujando la forma de las
nubes, trazando la línea de las costas, recogiendo objetos bárbaros… El Amarilis
procedía como si fuera el antro viajante de un alquimista ocupado sólo de su
Obra al Negro, indiferente del gran mundo que abríase ante él.
Era el ocaso, el juego de las nubes con el cielo, contra la sombra de una isla,
dibujaba por un lado unos peces esmeraldinos que navegaban sobre la cima. Por el
otro llegaban enojadas bolas
de fuego. Por encima, nubes grises. Inmediatamente después, un sol inflamado
estaba desapareciendo detrás de la isla, pero un amplio color de rosa
reflejábase sobre las nubes, sangrientas en la franja inferior. Después de pocos
segundos más, el incendio tras la isla se había dilatado hasta dominar el navío.
El cielo era todo un brasero sobre un fondo de pocos hilos cerúleos. Y luego
aún, sangre por doquier, como si réprobos fueran devorados por una bandada de
tiburones.
—Quizá sería justo morir ahora —dijo el caballero de Malta—. ¿No os asalta el
deseo de dejaros caer de una boca de cañón y deslizaros al mar? Sería rápido, y
en ese momento sabríamos todo…
—Sí, pero en cuanto lo supiéramos, dejaríamos de saberlo — dijo Roberto.
Y el bajel había proseguido su viaje, adentrándose entre mares de sepia.
Los días transcurrían inconmutables. Como había previsto Mazarino, Roberto no
podía tener relaciones sino con los gentileshombres. Los marineros eran galeotes
que daba espanto encontrar en la cubierta de noche. Los viajeros estaban
hambrientos, enfermos y orantes. Los tres ayudantes de Byrd no habrían osado
sentarse a su mesa, y se escurrían silenciosos llevando a cabo las órdenes. El
capitán era como si no existiera: a la tarde ya estaba borracho y, además,
hablaba sólo flamenco.
Byrd era un britano delgado y enjuto con una gran cabeza pelirroja que podía
servir para linterna de galeón. Roberto, que intentaba lavarse en cuanto podía,
aprovechando la lluvia para enjuagar los vestidos, no le había visto jamás, en
tantos meses de navegación, cambiar camisa. Afortunadamente, incluso para un
joven avezado a los salones de París, la hedentina de un navío es tal que el de
los propios semejantes ya no lo advierte.
Byrd era un recio bebedor de cerveza, Roberto había aprendido a hacerle frente,
simulando engullir y dejando más o menos el líquido en el vaso al mismo nivel.
Empero parecía que Byrd hubiere sido instruido sólo para llenar vasos vacíos. Y
como siempre estaba vacío el suyo, ése llenaba, levantándolo para hacer brindis.
El caballero no bebía, escuchaba y hacía alguna pregunta.
Byrd hablaba un discreto francés, como todo inglés que en aquella época quisiera
viajar fuera de su isla, y había sido conquistado por los relatos de Roberto
sobre el cultivo de las vides en el Monferrato.
Roberto había escuchado educadamente cómo se hacía la cerveza en Londres. Luego
habían discutido del mar. Roberto navegaba por vez primera y Byrd tenía el
aspecto de no querer hablar demasiado de ello. El caballero planteaba sólo
preguntas que concernieran al punto en el que pudiere hallarse Escondida, y pues
no suministraba ningún indicio, no obtenía respuestas.
Aparentemente, el doctor Byrd hacía aquel viaje para estudiar las flores, y
Roberto lo había puesto a prueba sobre aquel argumento. Byrd, desde luego, no
era ignaro de asuntos herbarios, y esto le dio manera de demorarse en largas
explicaciones, que Roberto demostraba escuchar con interés. En cada tierra, Byrd
y los suyos recogían de verdad vegetales, aunque no con el esmero de estudiosos
que hubieran emprendido el viaje con esa finalidad, y muchas veladas
transcurrieron examinando lo que habían encontrado.
Los primeros días, Byrd había intentado conocer el pasado de Roberto, y del
caballero, como si sospechara de ellos. Roberto había dado la versión concordada
en París: saboyano, había combatido en Casal en el flanco de los Imperiales, se
había metido en problemas primero en Turín, y luego en París con una serie de
duelos, había tenido la desventura de herir a un protegido del Cardenal, y por
tanto había elegido la vía del Pacífico para poner mucha agua entre sí mismo y
sus perseguidores. El caballero
contaba muchísimas historias, algunas se desarrollaban en Venecia, otras en
Irlanda, otras aun en la América meridional, pero no se entendía cuáles eran
suyas y cuáles de los demás.
Por fin, Roberto había descubierto que a Byrd gustábale hablar de mujeres. Había
inventado furibundos amoríos con furibundas cortesanas, y al doctor le brillaban
los ojos, y se prometía que un día visitaría París. Luego se refrenó, y observó
que los papistas son todos corruptos. Roberto hizo notar que muchos entre los
saboyanos eran casi hugonotes. El caballero se santiguó y volvió a tomar el
discurso sobre las mujeres.
Hasta el desembarco en Más Afuera, la vida del doctor parecía haberse
desarrollado según ritmos regulares, y si había hecho observaciones a bordo era
mientras los demás estaban en tierra. Durante la navegación entreteníase de día
en cubierta, se quedaba levantado con sus comensales hasta la madrugada y
dormía, sin duda, de noche. Su alojamiento era contiguo al de Roberto, tratábase
de dos saeteras angostas separadas por un tabique, y Roberto velaba despierto
escuchando.
En cuanto entraron en el Pacífico, los hábitos de Byrd mudaron. Después de la
parada en Más Afuera, Roberto lo había visto alejarse cada mañana de siete a
ocho, mientras antes acostumbraban encontrarse a aquella hora para un desayuno.
Durante todo el período en que el navío se había dirigido hacia el norte, hasta
la isla de las tortugas, Byrd alejábase, en cambio, hacia las seis de la mañana.
En cuanto el navío hubo dirigido de nuevo la proa hacia el oeste, había
anticipado la madrugada hacia las cinco, y Roberto oía a uno de los ayudantes
cuando iba a despertarle. Luego, gradualmente, se había despertado a las cuatro,
a las tres, a las dos.
Roberto podía controlarlo porque había llevado consigo un pequeño reloj de
arena. Al anochecer, como un remolón, pasaba cerca de la bitácora donde, junto a
la brújula que flotaba en su
aceite de ballena, había una tablilla en la que el piloto, partiendo de las
últimas observaciones, marcaba la posición y la hora presuntas. Roberto tomaba
buena nota, luego iba a darle la vuelta a su reloj, y volvía a hacerlo cuando le
parecía que la hora iba a acabar. Así, incluso retrasándose después de cenar,
podía calcular siempre la hora con cierta certeza. De esa manera, se había
convencido de que Byrd se alejaba cada día un poco antes, y si seguía a ese
ritmo, un buen día se habría apartado a media noche.
Después de lo que había aprendido Roberto, tanto de Mazarino como de Colbert y
de sus hombres, no hacían falta muchas luces para deducir que las fugas de Byrd
correspondían al sucesivo transcurrir de los meridianos. Así pues, era como si
desde Europa alguien, cada día al medio día de las Canarias o a una hora fija de
otro lugar, lanzara una señal, que Byrd iba a recibir a alguna parte.
¡Conociendo la hora a bordo del Amarilis, Byrd podía así conocer la propia
longitud!
Habría sido suficiente seguir a Byrd cuando se alejaba. No era fácil. Mientras
desaparecía de buena mañana era imposible seguirle inobservado. Cuando Byrd
empezó a ausentarse en las horas oscuras, Roberto oía perfectamente cuándo se
alejaba, pero no podía irle detrás inmediatamente. Esperaba, entonces, un poco,
y luego trataba de encontrar sus huellas. Todo esfuerzo se había demostrado
vano. No digo de las muchas veces que, intentando un camino en la obscuridad,
Roberto acababa entre las hamacas del marinaje, o tropezaba con los peregrinos;
pero más y más veces se había topado con alguien que a aquella hora habría
debido dormir: así pues, alguien vigilaba siempre.
Cuando se encontraba con una de estas espías, Roberto aludía a su habitual
insomnio y salía a cubierta, consiguiendo no despertar sospechas. Desde hacía
tiempo se había hecho la fama de un mal acondicionado que soñaba de noche con
los ojos abiertos y pasaba el día con los ojos cerrados. Pero cuando luego daba
en la puente, donde se encontraba con el marinero de turno
con el que cambiar alguna palabra, si por casualidad conseguían entenderse, la
noche estaba ya perdida.
Esto explica por qué los meses pasaban, Roberto estaba cerca de descubrir el
misterio del Amarilis, y todavía no había tenido modo de husmear donde habría
querido.
Con todo, había empezado, desde el principio, a intentar inducir a Byrd a alguna
confidencia. Y había imaginado un método que Mazarino no había sido capaz de
sugerirle. Para satisfacer sus curiosidades, planteaba de día preguntas al
caballero, que no sabía contestarle. Le hacía notar entonces que lo que él
preguntaba era de gran importancia, si él hubiera querido encontrar de verdad
Escondida. Así el caballero por la noche le hacía las mismas preguntas al
doctor.
Una noche en el combés miraban las estrellas y el doctor había observado que
debía de ser media noche. El caballero, instruido por Roberto pocas horas antes,
había dicho:
—Quién sabe qué hora es en este momento en Malta…
—Fácil —se habíale escapado al doctor. Luego se había corregido—: Es decir, muy
difícil, amigo mío.
El caballero se había asombrado de que no se pudiera deducirlo del cálculo de
los meridianos:
—¿No tarda el sol una hora en recorrer quince grados de meridiano? Así pues,
basta con decir que estamos a tantos grados de meridiano del Mediterráneo,
dividir por quince, conocer como conocemos nuestra hora, y saber qué hora es
allá abajo.
—Vuestra Merced parece uno de aquesos astrónomos que se pasan la vida cotejando
cartas de navegación sin navegar jamás. Si no, sabría que es imposible saber en
qué meridiano nos hallamos.
Byrd había repetido más o menos lo que Roberto ya sabía, pero el caballero
ignoraba. Sobre esto, sin embargo, Byrd se había mostrado locuaz:
—Nuestros antiguos pensaban tener un método infalible trabajando sobre los
eclipses lunares. Vuestras Mercedes saben qué es un eclipse: es un momento en el
que el sol, la tierra y la luna están en una sola línea y la sombra de la tierra
se proyecta sobre la cara de la luna. Como es posible prever el día y la hora
exacta de los eclipses futuros, y basta tener consigo las tablas del
Regiomontano, supongan que saben que un determinado eclipse deberá producirse en
Jerusalén a las doce de la noche, y Vuestras Mercedes lo observan a las diez.
Sabrán entonces que de Jerusalén les separan dos horas de distancia y que, por
tanto, su punto de observación está a treinta grados de meridiano al oeste de
Jerusalén.
—Perfecto —dijo Roberto—, ¡alabados sean los antiguos!
—Ya, pero este cálculo funciona hasta un cierto punto. El gran Colón, en el
curso de su segundo viaje, calculó sobre un eclipse mientras estaba anclado en
el mar de Hispaniola, y cometió un error de 23 grados al oeste, lo que significa
¡hora y media de diferencia! ¡Y en el cuarto viaje, de nuevo con un eclipse,
equivocóse de dos horas y media!
—¿Se equivocó él o se había equivocado Regiomontano? — preguntó el caballero.
—¡Quién sabe! En un navío, que no deja de moverse incluso cuando está anclado,
siempre es difícil hacer mediciones perfectas. O quizá sepan que Colón quería
demostrar a toda costa que había alcanzado el Asia y, por tanto, su deseo
llevábale a errar, para demostrar que había llegado mucho más lejos de lo que
estaba… ¿Y las distancias lunares? Han estado muy de moda en los últimos cien
años. La idea tenía (¿cómo podría decir?) cierto Wit. Durante su curso mensual,
la luna hace una revolución completa de oeste a este contra el camino de las
estrellas, y es, pues, como la saetilla de un reloj celeste que recorra el
cuadrante del Zodíaco. Las estrellas se mueven a través del cielo de este a
oeste a unos 15 grados por hora, mientras en el mismo período la luna se mueve
14 grados y medio. Así pues la luna se diferencia,
con respecto a las estrellas, de medio grado cada hora. Ahora bien, los antiguos
pensaban que la distancia entre la luna y una fixed sterre, cómo se dice, una
estrella fija, en un instante particular, era la misma para cualquier observador
desde cualquier punto de la Tierra. Luego bastaba con conocer, gracias a las
acostumbradas tablas o ephemerides, y observando el cielo con la astronomers
staffe, the Crosse…
—¿La ballestilla?
—Precisamente, con esta cross uno calcula la distancia entre la luna y aquella
estrella en una determinada hora de nuestro meridiano de origen, y sabe que, a
la hora de su observación en el mar, en la ciudad tal es la hora tal. Una vez
conocida la diferencia de tiempo, la longitud se encuentra. Pero, pero… —y Byrd
había hecho una pausa para cautivar aún más a sus interlocutores—, está la
Parallaxes. Es una cosa muy complicada que no me atrevo a explicarles, debido a
la diferencia de refracción de los cuerpos celestes a diferentes alturas sobre
el horizonte. Así pues, con la parallaxes la distancia encontrada aquí no sería
la misma que encontrarían nuestros astrónomos allá abajo en Europa.
Roberto se acordaba de haberles oído a Mazarino y a Colbert un asunto de
paralajes, y de aquel señor Morin que creía haber encontrado un método para
calcularlas. Para poner a la prueba el saber de Byrd le había preguntado si los
astrónomos no podían calcular las paralajes. Byrd había contestado que se podía,
aunque era algo dificilísimo, y el riesgo de error grandísimo.
—Y además —había añadido—, yo soy un profano, y de estas cosas sé poco.
—Así pues, no queda sino buscar un método más seguro — había sugerido entonces
Roberto.
—¿Sabe Vuestra Merced lo que dijo su Vespucio? Dijo: en cuanto a la longitud es
cosa harto ardua que pocas personas entienden, excepto las que saben abstenerse
del sueño para observar la conjunción de la luna y de los planetas. Y dijo: es
por la determinación de las longitudes por lo que a menudo he
sacrificado el sueño y acortado mi vida diez años… Tiempo perdido, digo yo. But
now behold the skie is over cast with cloudes; wherfore let us haste to our
lodging, and ende our talke.
Algunas noches después le pidió al doctor que le indicara la Estrella Polar.
Éste había sonreído: desde aquel hemisferio no podía verse, y era menester hacer
referencia a otras estrellas fijas.
—Otra derrota para los buscadores de longitudes —había comentado—. Así no pueden
recurrir ni siquiera a las variaciones de la aguja magnética.
Luego, instado por sus amigos, había repartido una vez más el pan de su saber.
—La aguja de la brújula debería apuntar siempre hacia el norte y, por tanto, en
dirección de la Estrella Polar. Y sin embargo, excepto en el meridiano de la
Isla del Hierro, en todos los demás lugares se separa del recto polo de la
Tramontana, doblándose ahora hacia la parte de levante, ahora hacia la de
poniente, según los climas y las latitudes. Si, por ejemplo, desde las Canarias
uno se adentra hacia Gibraltar, cualquier marinero sabe que la aguja se inclina
más de seis grados de rumbo hacia Maestral, y desde Malta a Trípoli de Barbaria
hay una variación de dos tercios de rumbo a la izquierda;
y Vuestras Mercedes saben perfectamente que el rumbo es una cuarta de viento.
Ahora bien, estas desviaciones, hase dicho, siguen reglas fijas según las
diferentes longitudes. Así pues, con una buena tabla de las desviaciones podrían
saber dónde se encuentran. Pero…
—¿Aún un pero?
—Desgraciadamente sí. No existen buenas tablas de las declinaciones de la aguja
magnética; quien las ha ensayado ha fracasado, y hay buenas razones para suponer
que la aguja no varía de forma uniforme según la longitud. Y además estas
variaciones son muy lentas, y por mar es difícil seguirlas, cuando
luego, el navío no cabecee de suerte tal que altere el equilibrio de la aguja.
Quien se fía de la aguja es un loco.
Otra noche, cenando, el caballero, que rumiaba una media frase dejada caer sin
parecer por Roberto, había dicho que quizá Escondida era una de las Islas de
Salomón, y había preguntado si estaban cerca.
Byrd se había encogido de hombros:
—¡Las Islas de Salomón! Ça n’existe pas!
—¿No llegó a ellas el capitán Draque? —preguntaba el caballero.
—¡Necedades! Drak descubrió New Albion, en toda otra parte. —Los españoles en
Casal hablaban de ello como de cosa
conocida, y decían que las habían descubierto ellos —dijo Roberto. —Lo dijo
aquel Mendaña hace setenta y pico años. Y dijo que
estaban entre los grados siete y once de latitud sur. Como decir entre París y
Londres. Pero ¿a qué longitud? Queirós decía que están a mil quinientas leguas
de Lima. Ridículo. Bastaría escupir desde las costas del Perú para alcanzarlas.
Recientemente un español dijo que se trata de siete mil quinientas millas desde
el mismo Perú. Demasiado, quizá. Tengan la bondad de mirar estos mapas, algunos
los han renovado recientemente, reproduciendo los más antiguos, y otros se nos
proponen como el último descubrimiento. Observen, Vuestras Mercedes, algunos
colocan las islas en el meridiano doscientos y diez, otros en el doscientos y
veinte, otros más en el doscientos y treinta, por no hablar de quien las imagina
en el ciento y ochenta. Aunque uno de ellos tuviera razón, los demás llegarían a
un error de cincuenta grados, ¡que es más o menos la distancia entre Londres y
las tierras de la Reina de Saba!
—Es realmente digna de admiración la cantidad de cosas que sabe, doctor —había
dicho el caballero, colmando el deseo de Roberto, que iba a decirlo él—, como si
en su vida no hubiera hecho otra cosa que tratar de hallar la longitud.
El rostro del doctor Byrd, sembrado de pecas blancuzcas, de golpe se había
sonrojado. Se había llenado el jarro de cerveza, lo había trincado sin respirar.
—Oh, curiosidades de naturalista. En la práctica, no sabría por dónde empezar si
tuviera que decirles dónde estamos.
—Mas —había considerado poder aventurar Roberto—, junto a la caña del timón he
visto una tabla donde…
—Oh, sí —se había recobrado enseguida el doctor—, desde luego un navío no va al
azar. They pricke the Carde. Registran el día, la dirección de la aguja y su
declinación, de dónde sopla el viento, la hora del reloj de a bordo, las millas
recorridas, la altura del sol y de las estrellas, y por ende la latitud, y de
eso obtienen la longitud que suponen. Habrán visto, Vuestras Mercedes, alguna
vez en popa un marinero que arroja al agua un cordel con una tablilla asegurada
en una punta. Es el loch o, como algunos dicen, la barquilla. Se deja correr el
cordel, el cordel tiene unos nudos cuya distancia expresa medidas fijas, con un
reloj al lado se puede saber en cuánto tiempo hase cubierto una distancia
determinada. De tal manera, si todo procediere regularmente, se sabría siempre a
cuántas millas se halla uno del último meridiano conocido, y de nuevo, con
cálculos oportunos, se conocería aquel sobre el que se está pasando.
—Ve Vuestra Merced que hay un medio —había dicho triunfante Roberto, que ya
sabía lo que le habría contestado el doctor.
Que el loch es cosa que se usa cuando no hay nada mejor, visto que podría
decirnos de verdad cuánto camino se ha realizado sólo si el navío procediera en
línea recta. Pero como un navío procede como quieren los vientos, cuando los
vientos no son favorables, el navío debe moverse por un trecho a estribor y por
un trecho a babor.
—Sir Humphrey Gilbert —dijo el doctor—, más o menos en los tiempos de Mendaña,
por las partes de Terranova, mientras quería proceder a lo largo del paralelo
cuarenta y siete,
encountered winde alwayes so scant, vientos, cómo decir, tan perezosos y avaros,
que movióse largo tiempo y alternativamente entre el paralelo cuarenta y uno y
el cincuenta y uno, corriendo por diez grados de latitud, mis señores, ¡lo que
sería como si una inmensa sierpe de agua fuera de Nápoles a Portugal, primero
tocando Le Havre con la cabeza y Roma con la cola, y encontrándose luego con la
cola en París y la cabeza en Madrid! Y por tanto es menester calcular las
desviaciones, echar cuentas, y estar muy atentos; lo que un marinero no hace
jamás, y tampoco puede tener a un astrónomo al lado todo el día. Desde luego,
pueden hacerse conjeturas, sobre todo si se va por una ruta conocida, y se
juntan los resultados encontrados por los demás. Por ello, desde las costas
europeas hasta las costas americanas las cartas de marear dan unas distancias
meridianas bastante seguras. Otrosí, desde tierra, también las observaciones
sobre los astros algún buen resultado pueden darlo, y sabemos en qué longitud se
encuentra Lima. Y también en este caso, amigos míos —decía alegremente el
doctor—, ¿qué acontece? —Y miraba con socarronería a los otros dos—. Acontece
que este señor —y ponía el dedo sobre un mapa— coloca Roma a treinta grados este
a partir del meridiano de las Canarias, pero estotro —y agitaba el dedo como
para amenazar paternalmente a quien había dibujado el otro mapa—, ¡este otro
señor coloca Roma a cuarenta grados! Y este manuscrito contiene también la
relación de un flamenco que sabe mucho, el cual advierte al rey de España que
nunca ha habido acuerdo sobre la distancia entre Roma y Toledo, «por los errores
tan enormes, como se conoce por esta línea que muestra la diferencia de las
distancias» etcétera, etcétera. Y he aquí la línea: si se fija el primer
meridiano en Toledo (los españoles creen vivir siempre en el centro del mundo),
para Mercator, Roma estaría veinte grados más al este, pero está a veinte y dos
para Ticho Brahe, casi a veinte y cinco para Regiomontanus, a veinte y siete
para el Clavius, a veinte y ocho para el buen Tolomeo, y para el Origanus, a
treinta. Y tantos errores sólo para medir la distancia
entre Roma y Toledo. Imaginen entonces lo que sucede con rutas como éstas, donde
quizá hemos sido los primeros en tocar ciertas islas, y las relaciones de los
demás viajeros son harto indeterminadas. Y añadan que si un holandés ha hecho
observaciones justas no se lo dice a los ingleses, ni éstos a los españoles. En
estos mares, cuenta el olfato del capitán, que con su pobre loch arguye,
pongamos, estar en el meridiano doscientos y veinte, y a lo mejor está a treinta
grados más allá o más acá.
—Entonces —intuyó el caballero—, quien encontrara una manera de establecer los
meridianos ¡sería el señor de los océanos!
Byrd se sonrojó de nuevo, lo fijó como para entender si hablaba a propósito,
luego sonrió como si quisiera morderlo:
—Inténtenlo Vuestras Mercedes.
—Pobre de mí, yo renuncio —dijo Roberto levantando las manos en señal de
rendición.
Y por aquella noche, la conversación acabó entre grandes carcajadas.
Durante muchos días Roberto no consideró oportuno volver a hacer referencia al
discurso sobre las longitudes. Cambió de argumento, y para poderlo hacer tomó
una decisión intrépida. Con el cuchillo hirióse la palma de una mano. Luego la
vendó con los jirones de una camisa que por entonces se había consumido al agua
y a los vientos. Por la noche enseñóle la herida al doctor:
—No tengo ningún juicio, había colocado el cuchillo en el costal, y fuera de su
funda, así, hurgando, me he cortado. Quema mucho.
El doctor Byrd examinó la herida con la mirada del hombre de arte, y Roberto
rogaba a Dios que trajera una bacía a la mesa y diluyera vitriolo en ella. En
cambio, Byrd limitóse a decir que no le parecía nada grave y le aconsejó que la
lavara bien por la mañana. Pero por un golpe de suerte, vino en su socorro el
caballero:
—¡Vaya, sería menester tener el ungüento armario!
—¿Y qué diablos es? —preguntó Roberto.
Y el caballero, como si hubiera leído todos los libros que Roberto ya conocía,
se puso a elogiar las virtudes de aquella substancia. Byrd callaba. Roberto,
después de la buena tirada del caballero, hizo correr sus dados a su vez:
—¡Pues son cuentos de dueñas! Como la fábula de la mujer embarazada que vio a su
amante descabezado y alumbró un niño con la cabeza separada del busto. ¡O como
esas campesinas que para castigar al perro que deja sus excrementos en la cocina
cogen un tizón y lo clavan en las heces, esperando que el animal sienta quemar
las asentaderas! ¡Caballero, no hay persona en su juicio que crea en estas
historiettes!
Había dado en el blanco, y Byrd no consiguió callar.
—Ah no, señor mío, la historia del perro y de su caca es tan verdadera que
alguien hizo lo mismo con un señor que por porfía exoneraba el vientre delante
de su casa, ¡y les aseguro que ese tal aprendió a temer aquel lugar!
Naturalmente es necesario repetir la operación más y más veces, y por tanto
¡necesitan un amigo, o enemigo, que exonere el vientre ante el umbral de
Vuestras Mercedes muy a menudo!
Roberto se reía buenamente como si el doctor bromeara, y con ello le inducía,
picado, a aducir buenas razones. Que luego eran, más o menos, las de D’Igby.
Pero ya el doctor se había enfervorizado:
—Ya lo creo que sí, mi señor, que tanto se hace el filósofo y desprecia el saber
de los cirujanos. Le diré a Vuestra Merced incluso, pues de mierda estamos
hablando, que quien tiene mal huelgo debería mantener la boca abierta de par en
par sobre el muladar, y al final se encontraría curado: ¡el hedor de todo eso es
mucho más fuerte que el de su garganta, y el más fuerte atrae y llévase al más
débil!
—¡Vuestra Merced me está revelando cosas extraordinarias, doctor Byrd, y estoy
admirado de su sabiduría!
—Aún podría decir más. En Inglaterra, cuando un hombre es mordido por un perro,
mátase al animal, aunque no sea rabioso. Podría llegar a serlo, y el germen de
la rabia canina, permaneciendo en el cuerpo de la persona que fue mordida,
atraería hacia sí los espíritus de la hidrofobia. ¿Han visto alguna vez a las
campesinas derramando la leche sobre las ascuas? Arrojan inmediatamente después
un puñado de sal. ¡Gran sabiduría la del vulgo! La leche cayendo sobre los
carbones se transforma en vapor, y por la acción de la luz y del aire, este
vapor, acompañado por átomos de fuego, se extiende hasta el lugar donde se halla
la vaca que ha dado la leche. Ahora bien, la teta de vaca es un órgano muy
glanduloso y delicado, y ese fuego la calienta, la endurece, produce en ella
úlceras, y como la ubre está cerca de la vejiga, irrita también a ésta,
provocando la anastomosis de las venas que confluyen en ella, de suerte que la
vaca orina sangre.
Dijo Roberto:
—El caballero nos había hablado de ese ungüento armario como cosa útil a la
medicina, ahora Vuestra Merced nos hace entender que podría usarse también para
procurar perjuicios.
—Sin duda, y es por eso por lo que ciertos secretos han de esconderse a los más,
para que no se haga mal uso dellos. Sí, mi señor, la polémica sobre el ungüento,
o sobre el polvo, o sobre eso que nosotros los ingleses llamamos el Weapon
Salve, es rica de controversias. El caballero nos ha hablado de un arma que,
oportunamente tratada, provoca alivio en la herida. Pero cojan la misma arma y
colóquenla junto al fuego y el herido, incluso si estuviera a millas de
distancia, se desgañitaría de dolor. Y si sumergen la hoja, aún manchada de
sangre, en el agua helada, el herido será presa de calofríos.
Aparentemente aquella conversación no le había dicho a Roberto cosas que ya no
supiera, incluido que el doctor Byrd sobre el Polvo de Simpatía sabía mucho. Con
todo, el discurso del doctor se había detenido demasiado sobre los efectos
peores del polvo, y
no podía ser una casualidad. Pero qué tenía que ver todo esto con el arco de
meridiano, eso era otro cantar.
Hasta que una mañana, aprovechando que un marinero se había caído de una entena
fracturándose el cráneo, que en el combés había alboroto, y que el doctor había
sido llamado a curar al desventurado, Roberto se había escurrido en la bodega.
Casi a tientas había conseguido encontrar el camino justo. Quizá había sido la
suerte, quizá el animal quejábase más de lo normal aquella mañana: Roberto, poco
más o menos allá donde, más tarde, en el Daphne habría descubierto las cubetas
de aguardiente, encontróse ante un atroz espectáculo.
Bien defendido de las miradas indiscretas, y en un cuartucho construido a su
medida, sobre un manto de harapos, yacía un perro.
Quizá era de raza, pero el sufrimiento y las privaciones lo habían reducido a
pellejo y huesos. Y con todo, sus verdugos mostraban la intención de mantenerlo
vivo: habíanle apercibido de comida y agua en abundancia, e incluso comida no
canina, sin duda substraída a los pasajeros.
Yacía sobre un costado, con la cabeza abandonada y la lengua fuera. En el
costado abríase una amplia y horrenda herida. Fresca y gangrenosa al mismo
tiempo, mostraba dos grandes labios rosáceos, y exhibía en el centro, a lo largo
de toda su hendidura, un alma purulenta que parecía secretar requesón. Y Roberto
comprendió que la herida presentábase así porque la mano de un cirujano, en vez
de coser los labios, había hecho de suerte que permanecieran abiertos y
espaciados, fijándolos a la piel.
Hija bastarda del arte, aquella herida había sido no sólo procurada, sino curada
con iniquidad, de suerte que no se cicatrizara, y el perro siguiera padeciendo,
quién sabe desde cuándo. No sólo, sino que Roberto divisó también, en torno y
dentro de la llaga, los residuos de una substancia cristalina, como si un médico
(¡un médico, tan cruelmente avisado!) cada día la rociara con una sal irritante.
Impotente, Roberto había acariciado al miserable, que ahora gañía dócil. se
había preguntado cómo podría socorrerle, pero tocándolo más fuerte lo había
hecho sufrir más. Con todo, su piedad estábase dejando vencer por un sentimiento
de victoria. No había duda, aquél era el secreto del doctor Byrd, la carga
misteriosa embarcada en Londres.
Por lo que Roberto había visto, lo que podía deducir un hombre que supiera lo
que él sabía era que el perro había sido herido en Inglaterra y Byrd cuidábase
mucho de que permaneciera siempre llagado. Alguien en Londres, cada día a una
hora fija y convenida, hacía algo al arma culpable, o a un paño empapado de la
sangre del animal, provocándole la reacción. Quizá de alivio, quizá de pena aún
mayor, pues el doctor Byrd bien había dicho que con el Weapon Salve también
podía hacerse daño.
De esa forma, a bordo del Amarilis se podía saber en un momento determinado qué
hora era en Europa. ¡Conociendo la hora del lugar de tránsito, era posible
calcular el meridiano!
No quedaba sino esperar a la prueba de los hechos. En aquel período Byrd se
alejaba siempre alrededor de las once: estaban, por tanto, acercándose al
antimeridiano. Roberto habría debido esperarle escondido junto al perro, hacia
esa hora.
Fue afortunado, si de Fortuna puede hablarse para con esa otra fortuna que
habría llevado aquel navío, y a todos aquellos que lo habitaban, al último de
los infortunios. Aquella tarde el mar estaba ya muy agitado, y eso había dado
modo a Roberto de acusar náuseas y sobresaltos de estómago, y de refugiarse en
cama, desertando la cena. A la primera obscuridad, cuando nadie pensaba todavía
en montar la guardia, había bajado furtivo a la bodega, llevando sólo un eslabón
y una cuerda embreada con la que iluminaba el camino. se había allegado al perro
y había visto, encima de su cubil, un sollado cargado de brazadas de paja, que
servía para renovar los jergones apestados de los pasajeros. se había abierto
camino entre aquel material, y se había excavado un nicho, desde el cual no
podía ver ya al perro, pero podía espiar a quien le estaba delante, y
seguramente escuchar todos los discursos.
Había sido una espera de horas, hechas más largas por los gemidos del
desdichadísimo animal, pero por fin había escuchado otros ruidos y divisado unas
luces.
A cabo de poco, veíase testigo de un experimento que tenía lugar a pocos pasos
de él, presentes el doctor y sus tres ayudantes.
—¿Estás anotando, Cavendish? —Aye, aye, doctor.
—Así pues, esperemos. Se queja demasiado esta noche. —Siente el mar.
—Quieto, quieto, Hakluyt —decía el doctor que estaba calmando al perro con
alguna hipócrita caricia—. Hemos hecho mal en no fijar una secuencia fija de
acciones. Habría que empezar siempre por el lenitivo.
—No estaría tan seguro, doctor, algunas noches a la hora justa duerme, y hay que
despertarlo con una acción irritante.
—Atentos, me parece que se agita… Quieto, Hakluyt… ¡Sí, se agita! —El perro
estaba emitiendo ahora inhumanos gañidos—. Han expuesto el arma al fuego,
¡registra la hora Withrington!
—Aquí son las once y media, más o menos.
—Controla los relojes, deberían pasar unos diez minutos.
El perro siguió aullando durante un tiempo interminable. Luego emitió un sonido
diferente, que se apagó en un «grr grr», que tendía a debilitarse, hasta que
dejó lugar al silencio.
—Bien —estaba diciendo el doctor Byrd—, ¿qué hora es, Withrington?
—Debería corresponder. Falta un cuarto a media noche. —No cantemos victoria.
Esperemos el control.
Siguió otra espera interminable, luego el perro, que evidentemente se había
adormecido al experimentar alivio, gritó de nuevo como si le hubieran pisado la
cola.
—¿Tiempo, Withrington?
—La hora ha transcurrido, faltan pocos granillos de arena. —El reloj da ya la
media noche —dijo una tercera voz.
—Me parece que basta. Ahora señores —dijo el doctor Byrd—, espero que cesen
inmediatamente la irritación, el pobre Hakluyt no lo aguanta. Agua y sal, Hawlse,
y la venda. Quieto, quieto, Hakluyt, ahora estarás mejor… Duerme, duerme,
escucha a tu amo que está aquí, se ha acabado… Hawlse, el somnífero en el agua.
—Aye, aye, doctor.
—Aquí está, bebe Hakluyt, quieto, vamos, bebe la agüilla buena…
Un tímido gruñir aún, luego silencio de nuevo.
—Excelente, señores —estaba diciendo el doctor Byrd—, si este maldito navío no
se zarandease de esta manera indecente, podríamos decir que hemos tenido una
buena velada. Mañana por la mañana, Hawlse, la sal habitual sobre la herida.
Saquemos las sumas, señores. En el momento decisivo, estábamos aquí próximos a
la media noche, y en Londres nos señalaban que era mediodía. Estamos en el
antimeridiano de Londres, y por tanto en el ciento y noventa y ocho de las
Canarias. Si las Islas de Salomón están, como quiere la tradición, en el
antimeridiano de la Isla del Hierro, y si estamos en la latitud justa, navegando
hacia el oeste con un buen viento en popa deberíamos allegar a Sant Christoval,
o como rebauticemos a esa maldita isla. Habremos encontrado lo que los españoles
buscan desde hace décadas y tendremos en nuestras manos, al mismo tiempo, el
secreto del Punto Fijo. La cerveza, Cavendish, tenemos que brindar a Su
Majestad, que Dios siempre lo salve.
—Dios salve al rey —dijeron a una voz los otros tres.
Y eran evidentemente los cuatro, hombres de buen corazón, fieles aún a un
monarca que en aquellos días, si todavía no había perdido la cabeza, estaba por
lo menos a punto de perder su reino.
Roberto hacía trabajar su mente. Cuando había visto al perro por la mañana,
había dado en la cuenta de que acariciándolo se sosegaba y que, habiéndolo
tocado él a un cierto punto de forma brusca, había aullado de dolor. Poco
bastaba, en un navío agitado por el mar y el viento, para provocar en un cuerpo
enfermo sensaciones diferentes. Quizá aquellos malvados creían recibir el
mensaje de lejos, y en cambio el perro sufría y sentía alivio según que los
embates de las olas lo molestaran o lo acunaran. O aun, si existían, como decía
Saint-Savin, los conceptos sordos, con el movimiento de las manos Byrd hacía
reaccionar al perro según sus propios deseos inconfesados. ¿No había dicho él
mismo de Colón que había errado queriendo demostrar que había llegado más lejos?
¿Así pues el destino del mundo estaba vinculado al modo en que aquellos
insensatos estaban interpretando el lenguaje de un perro? ¿Un gruñir del vientre
de aquel pobrecillo podía hacer decidir a aquellos miserables que estaban
acercándose o alejándose del lugar anhelado por españoles, franceses, holandeses
y portugueses igualmente miserables? ¿Y él estaba implicado en aquella aventura
para suministrar a Mazarino, o al jovenzuelo Colbert, la forma de poblar los
navíos de Francia con perros atormentados?
Los demás ya se habían alejado. Roberto había salido de su escondite y se había
demorado, a la luz de su cuerda embreada, ante el perro durmiente. Le había
acariciado la cabeza. Veía en aquel pobre animal todo el sufrimiento del mundo,
furioso cuento de un idiota. Su lenta educación, desde los días de Casal hasta
aquel momento, a tanta verdad le había conducido. Oh, si se hubiera quedado
náufrago en la ínsula desierta, como quería el caballero, si como el caballero
quería hubiera dado fuego al Amarilis, si hubiera detenido su camino en la
tercera ínsula, entre las salvajes color tierra de Siena, o en la cuarta se
hubiera
convertido en el bardo de aquella gente. ¡Si hubiera encontrado la Escondida
donde esconderse de todas las manos aleves de un mundo despiadado!
No sabía entonces que la fortuna habríale reservado de ahí a poco una quinta
isla, quizá la Última.
El Amarilis parecía fuera de sí, y aferrándose a cualquier cosa había vuelto a
su alojamiento, olvidando los males del mundo para sufrir el mal del mar. Luego
el naufragio, del que se ha hablado. Había llevado a cabo con éxito su misión:
único sobreviviente, él llevaba consigo el secreto del doctor Byrd. Pero ya no
podía revelárselo a nadie. Y quizá era un secreto de nada.
¿No habría debido reconocer que, salido de un mundo insano, había encontrado la
verdadera salud? El naufragio le había concedido el don supremo, el exilio, y
una Señora que nadie ya podía substraerle…
Mas la Isla no le pertenecía y permanecía lejana. El Daphne no le pertenecía, y
otro reclamaba su posesión. Quizá para continuar, allí, investigaciones no menos
brutales que las del doctor Byrd.
20
AGUDEZA Y ARTE DE INGENIO
Roberto tendía aún a perder tiempo, a dejar que jugara el Intruso para descubrir
su juego. Volvía a poner en la puente los relojes, dábales cuerda cada día,
luego corría a apercibir a los animales para impedirle al otro que lo hiciera,
entonces componía todas las habitaciones y todo lo que había en la puente, de
suerte que, si aquél se movía, se notara el paso. Estaba de día en cubierto,
pero con la puerta entreabierta, para así poder captar cualquier ruido afuera o
abajo, montaba guardia de noche, bebía aguardiente, seguía bajando al fondo del
Daphne.
Una vez descubrió otros dos escondrijos además de la corrulla hacia proa: uno
estaba vacío, el otro incluso demasiado lleno, tapizado de anaqueles con el
margen ribeteado, para impedir que los objetos se cayeran a causa de la mar
movida. Vio pieles de lagartos secadas al sol, huesos de frutas de perdida
identidad, piedras de varios colores, guijarros pulidos por el mar, fragmentos
de coral, insectos clavados con un alfiler encima de una tablilla, una mosca y
una araña dentro de un trozo de ámbar, un camaleón embalsamado, vidrios llenos
de líquido en los que flotaban serpientecillas o pequeñas anguilas, raspas
enormes que creyó de ballena, la espada que debía de adornar la quijada de un
pez, y un largo cuerno, que para Roberto era de unicornio, pero
entiendo que era de un narval. En definitiva, un aposento que manifestaba un
gusto por la recolección erudita, como en aquella época debían de encontrarse en
los navíos de los exploradores y de los naturalistas.
En el centro había un cajón abierto, con paja en el fondo, vacío. Qué podía
haber contenido, Roberto lo entendió volviendo a su camarote donde, como abrió
la puerta, esperábale tieso un animal que, en aquel encuentro, le pareció más
terrible que si hubiera sido el Intruso en carne y hueso.
Un ratón, o una rata de cloaca, pero qué digo, un gato paúl, más alto que medio
hombre, con la cola muy larga que se extendía por el suelo, los ojos fijos,
firme sobre dos patas, las otras dos como pequeños brazos tendidos hacia él. De
pelo corto, tenía sobre el vientre una bolsa, una abertura, un saco natural del
cual escudriñaba un pequeño monstruo de la misma especie. Sabemos lo que Roberto
había fantaseado sobre los ratones las primeras dos noches, y se los esperaba
grandes y feroces como los pueden alojar los navíos. Mas aquello colmábalas
todas, sus más tremebundas expectativas. Y no creía que jamás ojo humano hubiere
visto ratones de aquella hechura. Y con buena razón, puesto que veremos,
después, que se trataba, como he podido deducir, de un marsupial.
Pasado el primer momento de terror, se había vuelto evidente, por la inmovilidad
del invasor, que se trataba de un animal embalsamado, y embalsamado mal, o mal
conservado en la bodega: la piel emanaba una hediondez de órganos descompuestos,
y del dorso salían ya penachos de pienso.
El Intruso, poco antes que él entrara en el aposento de las maravillas, había
substraído de allí la pieza de mayor efecto, y mientras él admiraba aquel museo,
se habíala colocado en casa, esperando acaso que su víctima, perdida la razón,
precipitare allende las amuradas y desapareciere en el mar. Me quiere muerto, me
quiere loco, murmuraba, pero haré que se coma su rata a bocados, le pondré a él
embalsamado en aquellos
anaqueles, dónde te escondes maldito, dónde estás, acaso me estás mirando, para
ver si me vuelvo loco, pero yo haré que enloquezcas tú, pérfido.
Había empujado el animal a la puente con la culata del mosquete y, venciendo el
asco, lo había cogido con las manos y arrojado al mar.
Decidido a descubrir el escondite del Intruso, había vuelto a la leñera,
prestando atención en no rodar de nuevo sobre los troncos ya diseminados por el
suelo. Más allá de la leñera, había encontrado un lugar, que en el Amarilis
llamaban la soda (o soute o sota), que era el pañol para el bizcocho: bajo un
lienzo, bien envueltos y protegidos, había encontrado, en primer lugar, un
anteojo de larga vista, muy grande, más potente que el que tenía en el camarote,
quizá una Hipérbole de los Ojos destinada a la exploración del cielo. El
telescopio estaba dentro de una gran palangana de metal ligero, y junto a la
palangana estaban, cuidadosamente envueltos en otros paños, instrumentos de
naturaleza incierta, unos brazos metálicos, un lienzo circular con argollas en
la circunferencia, una suerte de yelmo, y por fin, tres vasijas panzudas que se
descubrieron, por el olor, llenas de un aceite denso y rancio. Para qué pudiera
servir aquel conjunto, Roberto no se lo preguntó: en aquel momento quería
descubrir a una criatura viva.
Había controlado, más bien, si debajo del pañol se abría aún otro espacio.
Existía, excepto que era bajísimo, tal que se podía proceder sólo a gatas.
Habíalo explorado manteniendo la lámpara hacia abajo, para protegerse de los
escorpiones, y por temor de incendiar el techo. Después de un breve arrastrarse
había llegado al final, golpeándose la cabeza contra el duro alerce, extrema
Thule del Daphne, más allá de la cual oíase chapotear el agua contra el casco.
Así pues, más allá de aquel chiribitil ciego no podía haber nada más.
Luego se había detenido, como si el Daphne no pudiera reservarle otros secretos.
Si la cosa puede resultar extraña, que en una semana y más de inactiva estada
Roberto no hubiera conseguido verlo todo, baste con pensar en lo que le acontece
a un niño que penetra en los desvanes o en las trasteras de una gran casa
solariega, de planta desigual. A cualquier paso, se le presentan cajones de
viejos libros, ropa desechada, botellas vacías, y rimas de fajinas, muebles
arruinados, almarios polvorientos e inestables. El niño va, se demora
descubriendo algún tesoro, vislumbra un pasaje, un pasillo lóbrego, y se figura
alguna alarmante presencia, aplaza la búsqueda a otra vez, y todas las veces
procede a pequeños pasos, temiendo, por un lado, adentrarse demasiado, por el
otro, casi saboreando de antemano los descubrimientos futuros, oprimido por la
emoción de los recentísimos, y ese desván o bodega no se acaba nunca, y puede
reservarle nuevos rincones toda la infancia, y más.
Y si el niño se espantara cada vez con nuevos ruidos, o para mantenerlo alejado
de aquellos meandros se le contaran cada día consejas escalofriantes —y si ese
niño, por añadidura, estuviera también borracho— se entiende cómo el espacio se
dilata a cada nueva aventura. No diversamente, Roberto había vivido la
experiencia de aquel su territorio aún hostil.
Era de primera mañana, y Roberto soñaba otra vez. Soñaba con Holanda. Había
sucedido mientras los hombres del Cardenal lo conducían a Amsterdam para
embarcarlo en el Amarilis. En el viaje habían hecho una detención en una ciudad,
y había entrado en la catedral. Le había llamado la atención la nitidez de
aquellas naves, tan diferentes de las de las iglesias italianas y francesas.
Despojadas de ornato, sólo algunos estandartes colgados de las columnas
desnudas, claras las vidrieras y sin imágenes, el sol creaba allí una atmósfera
láctea, rota únicamente en la parte
inferior por las pocas figuras negras de los devotos. En aquella paz, oíase un
solo sonido, una melodía triste, que parecía errar por el aire ebúrneo naciendo
de los capiteles o de las claves. Luego había dado en la cuenta de que en una
capilla, en una de las bandas laterales del coro, otro hombre negrivestido, solo
en un rincón, tocaba una pequeña flauta de pico, con los ojos abiertos de par en
par al vacío.
Más tarde, cuando el músico hubo acabado, acercósele preguntándose si debía
darle una limosna; aquél, sin fijarlo en el rostro, le dio las gracias por sus
alabanzas, y Roberto comprendió que era ciego. Era el maestro de las campanas (Der
Musicyn en Directeur van de Klok-werken, le Carillonneur, der Glockenspieler,
intentó explicarle), y formaba parte de su trabajo también recrear con el sonido
de la flauta a los fieles que se entretenían por la tarde en el templo y en el
cementerio en torno a la iglesia. Conocía muchas melodías, y sobre cada una
elaboraba dos, tres, a veces cinco variaciones siempre de mayor complejidad, y
tampoco tenía necesidad de leer las notas: era ciego de nacimiento y podía
moverse en aquel hermoso espacio luminoso (así dijo, luminoso) de su iglesia,
viendo, dijo, el sol con la piel. Le explicó cómo su instrumento era cosa viva,
que reaccionaba a las estaciones, y a la temperatura de la mañana y del
atardecer, pero en la iglesia había una especie de tibieza siempre difusa que
aseguraba a la madera una perfección constante. Y a Roberto diole de pensar qué
idea de tibieza difusa podía tener un hombre del norte mientras se enfriaba en
aquella claridad.
El músico le tocó dos veces más la primera melodía, y dijo que se llamaba «Doen
Daphne d’over schoone Maeght». Rechazó todo regalo, le tocó el rostro y díjole,
o por lo menos así entendió Roberto, que «Daphne» era algo dulce, que lo habría
acompañado toda la vida.
Ahora Roberto, en el Daphne, abría los ojos, y a buen seguro oía venir desde
abajo, a través de los resquicios de la madera, las notas de «Daphne», como si
la tocara un instrumento más
metálico que, sin osar variaciones, retomaba a intervalos regulares la primera
frase de la melodía, como un obstinado estribillo.
Díjose inmediatamente que era ingeniosísimo emblema estar en un fluyt llamado
Daphne y oír una música para flauta llamada «Daphne». Inútil hacerse la ilusión
de que de un sueño se tratara. Era un nuevo mensaje del Intruso.
Una vez más se había armado, una vez más había sacado fuerzas de la cubeta, y
había seguido el sonido. Parecía proceder del tabuco de los relojes. Pero, desde
que había dispersado las máquinas sobre la puente, el lugar había quedado vacío.
Lo visitó de nuevo. Siempre vacío, mas la música llegaba de la pared del fondo.
Sorprendido por los relojes la primera vez, afanado por llevárselos la segunda,
no había considerado nunca si el camarote llegaba hasta el casco. Si así hubiera
sido, la pared del fondo habría sido curva. ¿Y lo era? La gran tela con aquella
perspectiva de relojes creaba un engaño del ojo, de suerte que no se entendía a
primera vista si el fondo era plano o cóncavo.
Roberto iba a arrancar la tela, y reparó en que era una cortina corrediza, como
un telón. Y detrás del telón había otra puerta, también ella cerrada con
cerrojo.
Con la valentía de los devotos de Baco, y como si con un tiro de espingarda
pudiera tener razón de tales enemigos, apuntó la escopeta, gritó en voz alta (y
Dios sabe por qué) «Nevers et Saint-Denis!», le dio una patada a la puerta, y se
arrojó hacia adelante, impávido.
El objeto que ocupaba el nuevo espacio era un órgano, que tenía encima unas
veinte cañas, de cuyas aberturas salían las notas de la melodía. El órgano
estaba fijado a la pared y se componía de una estructura de madera sostenida por
una armazón de columnitas de metal. En la parte superior estaban, en
el centro, las cañas, a los lados movíanse unos pequeños autómatas. El grupo de
la izquierda representaba una suerte de base circular con encima un yunque sin
duda hueco, en el interior, como una campana: en derredor de la base había
cuatro figuras que movían rítmicamente los brazos golpeando el yunque con
pequeños martillos metálicos. Los martillitos, de diferentes pesos, producían
sonidos argentinos que no desentonaban con la melodía cantada por las cañas,
sino que la comentaban a través de una serie de acordes. Roberto recordó las
conversaciones en París con un padre de los Mínimos, que le hablaba de sus
investigaciones sobre la harmonía universal, y reconoció, más por su oficio
musical que por sus facciones, a Vulcano y a los tres Cíclopes a los que, según
la leyenda, referíase Pitágoras cuando afirmaba que la diferencia de los
intervalos musicales depende de número, peso y medida.
A la derecha de las cañas, un angelito marcaba (con una varita, en un libro de
madera que tenía entre las manos) el compás ternario en el que se basaba la
melodía, precisamente, de «Daphne».
En un rellano inmediatamente inferior se extendía el teclado del órgano, cuyas
teclas se levantaban y bajaban, en correspondencia de las notas emitidas por las
cañas, como si una mano invisible se deslizara por encima. Debajo del teclado,
allá donde normalmente el músico acciona los fuelles con el pie, estaba
injertado un cilindro en el que se habían clavado unos dientes, unos punzones,
en un orden imprevisiblemente regular o regularmente imprevisto, así como las
notas se disponen por subidas y bajadas, inesperadas roturas, vastos espacios
blancos y espesarse de corcheas en el pentagrama de un pliego de música.
Debajo del cilindro estaba clavada una barra horizontal que sostenía unas
palanquitas, las cuales, al girar el cilindro, sucesivamente tocaban sus
dientes, y por un juego de varas semiescondidas accionaban las teclas; y éstas,
las cañas.
Pero el fenómeno más extraordinario era la razón por la cual giraba el cilindro
y las cañas recibían aliento. Al lado del órgano estaba fijada una máquina
hidráulica de cristal, una cantimplora que recordaba por su forma el capullo del
gusano de seda, en cuyo interior entreveíanse dos tamices, uno encima del otro,
que lo dividían en tres cámaras diferentes. La cantimplora recibía un chorro de
agua por un tubo que entraba desde abajo, procediendo del guardatimón abierto
que daba luz a ese paraje, haciendo penetrar el líquido que (por obra de alguna
bomba escondida) era aspirado evidentemente directamente del mar, mas de suerte
que penetrara en el capullo mezclado con aire.
El agua entraba a la fuerza en la parte inferior del capullo como si rebullera,
disponíase en torbellino contra las paredes, y ciertamente libertaba el aire que
era aspirado por los dos tamices. Mediante un tubo que empalmaba la parte
superior del capullo a la base de las cañas, el aire iba a transformarse en
canto por artificiosos movimientos espirítales. El agua, en cambio, que se había
condensado en la parte inferior, salía a través de una canilla y corría a mover
las palas de una pequeña rueda de molino, para fluir luego en un cuenco metálico
subyacente, y de allí, a través de otro tubo, allende la limera.
La rueda ponía en funcionamiento una barra que, engranándose en el cilindro, le
participaba su movimiento.
A Roberto, borracho, todo esto le pareció natural, tanto que se sintió
traicionado cuando el cilindro dio en aflojar la marcha, y las cañas silbaron su
melodía como si se les apagara en la garganta, mientras los cíclopes y el
angelito cesaban sus pulsaciones. Evidentemente —aunque en sus tiempos mucho se
hablara del movimiento perpetuo— la bomba escondida que regulaba la aspiración y
el caudal del agua podía funcionar durante un cierto tiempo después de un primer
impulso, pero luego llegaba al fin de su esfuerzo.
Roberto no sabía si sorprenderse más de ese docto tecnasma, que de otros
parecidos había oído hablar, capaces de poner en
movimiento danzas de muertecillos o de angelitos alados, o del hecho de que el
Intruso, que otro no habría podido ser, lo hubiera puesto en marcha aquella
mañana y a aquella hora.
¿Y para comunicarle qué mensaje? ¿Quizá que él estaba derrotado desde el
principio? El Daphne ¿podía ocultar aún tales y tantas sorpresas, que hubiera
podido transcurrir la vida intentando violarlo, sin esperanza?
Un filósofo le había dicho que Dios conocía el mundo mejor que nosotros porque
lo había hecho. Y que para adecuar, aunque fuera poco, el conocimiento divino
era menester concebir el mundo como un gran edificio, e intentar medirse en
construirlo. Así debía hacer. Para conocer el Daphne debía construirlo.
Se había sentado, por tanto, a la mesa y había dibujado el perfil del navío,
inspirándose tanto en la estructura del Amarilis, como en lo que había visto
hasta entonces del Daphne. Así pues, decíase, tenemos los alojamientos del
alcázar y, debajo, la timonera; aún más abajo (pero aún en la primera puente),
la cámara de oficiales y el rancho de Santa Bárbara. Éste debe de dar a popa, y
allende ese límite no puede haber ya nada. Todo esto está al mismo nivel que la
cocina en el castillo de proa. Después, el bauprés se apoya sobre otra parte
sobrealzada y allá —si interpreto bien las apuradas perífrasis de Roberto—
tenían que estar aquellos beques en los que, con las asentaderas hacia fuera,
hacíanse en la época las propias necesidades. Si se bajaba debajo de la
cocinilla llegábase a la despensa. La había visitado hasta el botalón, hasta los
límites del tajamar, y tampoco allí podía haber nada más. Debajo había
encontrado ya las jarcias y la colección de fósiles. Más allá no se podía ir.
Se volvía, por tanto, hacia atrás y se atravesaba toda la entrepuentes con la
pajarera y el vergel. Si el Intruso no se transformaba a placer en forma de
animal o de vegetal, allí no
podía esconderse. Debajo de la caña del timón estaban el órgano y los relojes. Y
también allí se llegaba a tocar el casco.
Bajando aún había encontrado la parte más amplia de la bodega, con los demás
menesteres, el lastre, la madera; ya había golpeado contra el forro para
controlar que no hubiera ningún falso fondo que diera un sonido hueco. La
sentina no permitía, si aquel navío era normal, otros escondrijos. A menos que
el Intruso no estuviera encolado a la quilla, bajo el agua, como una
sanguijuela, y baboseara a bordo de noche, pero dé todas las explicaciones, y
estaba dispuesto a ensayar muchas, ésta le parecía la menos científica.
En la popa, más o menos debajo del órgano, estaba el tabuco con la palangana, el
telescopio y los demás instrumentos. Al examinarlo, reflexionaba, no había
controlado si el espacio terminaba justo al lado del timón; por el dibujo que
estaba haciendo le parecía que la hoja no le permitía imaginar otro hueco, si
había dibujado bien la curva de la popa. Debajo quedaba sólo el chiribitil
subterráneo, y de que allende aquél no hubiera nada más, estaba seguro.
Así pues, dividiendo la nave en compartimientos habíala llenado toda, y no le
había dejado espacio para ningún nuevo pañol. Conclusión: el Intruso no tenía un
lugar fijo. Se movía según que él se moviere, era como la otra cara de la luna,
que nosotros sabemos que debe existir pero no la vemos jamás.
¿Quién podía vislumbrar la otra cara de la luna? Un habitante de las estrellas
fijas: habría podido esperar, sin moverse, y habría sorprendido el rostro
velado. Mientras él se hubiera movido con el Intruso o dejara que el Intruso
eligiera las jugadas con respecto a él, jamás lo habría visto.
Debía convertirse en estrella fija y obligar al Intruso a moverse. Y pues el
Intruso estaba evidentemente en la puente cuando él estaba bajo cubierta, y
viceversa, debía hacerle creer que estaba bajo cubierta para sorprenderle en la
puente.
Para engañar al Intruso había dejado una luz encendida en el camarote del
capitán, de suerte que Aquese lo pensara ocupado en escribir. Luego había ido a
esconderse en el punto más alto del castillo de proa, justo detrás de la
campana, tal que, dándose la vuelta, podía controlar el paraje bajo el bauprés,
y ante sí dominaba la puente y el alcázar hasta la linterna de popa. se había
colocado al costado la escopeta y, temo, también la bota de aguardiente.
Pasó la noche reaccionando a todos los ruidos, como si tuviera que espiar aún al
doctor Byrd, pellizcándose las orejas para no ceder al sueño, hasta el alba. En
balde.
Entonces volvió al camarote, donde entre tanto se había apagado la luz. Y
encontró sus papeles en desorden. ¡El Intruso había pasado la noche allá abajo,
quizá leyendo sus cartas a la Señora, mientras él padecía el frío de la noche y
el rocío de la mañana!
El Adversario había entrado en sus recuerdos…
Recordó las advertencias de Salazar: manifestando las propias pasiones había
abierto un portillo en el caudal de su ánimo.
Se precipitó a la puente y púsose a abrir fuego a trochemoche, astillando un
palo, y luego había disparado aún, hasta dar en la cuenta de que no estaba
matando a nadie. Con el tiempo que se necesitaba entonces para volver a cargar
un mosquete, el enemigo podía ir de paseo entre un tiro y otro, riéndose de ese
desbarate. Que había impresionado sólo a los animales, que estaban alborotando
desde abajo.
Reía, por tanto. ¿Y dónde reía? Roberto había vuelto a su dibujo y se había
dicho que no sabía nada de nada de la construcción de bajeles. El dibujo
presentaba sólo la altura, la parte de abajo y la longura, no la anchura. Vista
a lo luengo (nosotros diríamos, en su sección vertical) el navío no revelaba
otros escondrijos posibles mas, considerándola en su anchura, otros habrían
podido introducirse en medio a los tabucos ya descubiertos.
Roberto reparaba en ello sólo ahora, en aquel navío faltaban aún demasiadas
cosas. Por ejemplo, no había encontrado más armas. Pues sea, las armas se
habíanlas llevado los marineros, si habían abandonado el navío por su voluntad.
En el Amarilis estaba amontonada en la bodega mucha madera de construcción, para
arreglar mástiles, timón y costados, en caso de perjuicios debidos a la
intemperie, mientras aquí había encontrado bastante madera pequeña, secada desde
hacía poco para alimentar el fogón de la cocina, pero nada que fuera roble, o
alerce, o abeto curado. Y con la madera de carpintero faltaban los enseres de
carpintería, sierras, hachas de diferentes formas, martillos y clavos…
¿Había otros tabucos? Volvió a hacer el dibujo, e intentó representar el navío
no como si lo viera de lado, sino como si lo mirara desde lo alto de la gavia. Y
decidió que en la colmena que iba imaginándose podía caber aún un agujero debajo
del compartimiento del órgano, del cual pudiera descenderse ulteriormente sin
escalera al chiribitil subterráneo. No lo suficiente como para contener todo lo
que faltaba, pero en cualquier caso un escondrijo más. Si en el techo bajo del
chiribitil ciego existía un pasaje, un agujero por el cual izarse a aquel
novísimo espacio, desde allí podía subirse a los relojes, y desde allí recorrer
todo el buque.
Roberto estaba seguro ahora de que el Enemigo no podía estar sino allí. Corrió
abajo, se introdujo en el cubil, esta vez iluminando la parte alta. Y había un
portillo. Resistió su primer impulso de abrirlo. Si el Intruso estaba allá
arriba, lo habría esperado mientras sacaba la cabeza, y habría tenido razón del.
Era menester sorprenderle desde donde no se esperaba el ataque, como se hacía en
Casal.
Si allí había un hueco, lindaba con el del telescopio, y por aquél se habría
debido pasar.
Subió, pasó por el pañol de los víveres, superó los instrumentos, y se halló
ante una pared que —daba en la cuenta justo ahora— no era de la madera dura del
forro.
La pared era bastante sutil: como ya para entrar en el lugar de donde procedía
la música, había dado una patada robusta, y la madera había cedido.
se había encontrado en la luz feble de una ratonera, con un ventanuco contra las
paredes redondas del fondo. Y allí, encima de un catre, con las rodillas casi
contra la barbilla, el brazo tendido para empuñar un pistolón, estaba el Otro.
Era un viejo, con las pupilas dilatadas, con el rostro enjuto contornado por una
barbita entrecana, pocos cabellos nevados, tiesos sobre la cabeza, la boca casi
desdentada, las encías color arándano; érale sepultura un trapo que quizá había
sido negro, ahora ya mechado de manchas descoloridas.
Apuntando la pistola, a la que casi se aferraba con ambas manos, mientras le
temblaban los brazos, gritaba con voz débil. La primera frase fue en alemán, o
en holandés, y la segunda, y sin duda estaba repitiendo su mensaje, fue en un
esbozado italiano: signo de que había deducido el origen de su interlocutor
espiando sus papeles.
—¡Si muéveste tú, yo mato!
Roberto quedóse tan sorprendido por la aparición que tardó en reaccionar. E hizo
bien, porque tuvo modo de dar en la cuenta de que el gatillo del arma no estaba
levantado, y que, por tanto, el Enemigo no estaba muy versado en las destrezas
militares.
Y entonces se había acercado con donaire, había agarrado la pistola por el
cañón, y había intentado desprenderla de aquellas manos asidas a la culata,
mientras la criatura emitía gritos airados y teutones.
Con esfuerzo, Roberto quitóle al fin el arma, el otro dejóse caer, y Roberto se
arrodilló a su lado sujetándole la cabeza.
—Señor —dijo—, yo no quiero hacerle ningún daño. Soy un amigo. ¿Entiende? ¡Amicus!
El otro abría y cerraba la boca, pero no hablaba; se le veía sólo el blanco de
los ojos, o más bien el rojo, y Roberto temió que fuera a morir. Lo cogió en
brazos, lábil como era, y lo llevó a su
aposentó. Ofrecióle agua, hízole tomar un poco de aguardiente, y aquél dijo:
—Gratias ago, domine —levantó la mano como para bendecirle, y en ese momento
Roberto advirtió, considerando mejor la vestidura, que era un religioso.
21
TELLURIS THEORIA SACRA
o nos dedicaremos a reconstruir el diálogo que siguió durante dos días. Entre
otras cosas porque, a partir de este punto en adelante, los papeles de Roberto
se vuelven más lacónicos. Caídas quizá, bajo ojos ajenos,
sus confidencias a la Señora (no tuvo jamás el ánimo de pedir confirmación de
ello a su nuevo compañero), durante muchos días deja de escribir y registra de
manera harto más seca lo que aprende y lo que acaece.
Bien, Roberto se encontraba ante el padre Caspar Wanderdrossel, e Societate Iesu,
olim in Herbipolitano Franconiae Gymnasio, postea in Collegio Romano Matheseos
Professor, y no sólo, sino también astrónomo, y estudioso de muchas otras
disciplinas, en la Curia General de la Compañía. El Daphne, comandado por un
capitán holandés que había intentado ya aquellos rumbos para la Vereenigde Oost-Indische
Compagnie, había dejado muchos meses antes las costas mediterráneas
circunnavegando África, en el intento de tocar las Islas de Salomón. Exactamente
como quería hacer el doctor Byrd con el Amarilis, salvo que el Amarilis
intentaba hallarlas buscando el levante por el poniente, mientras el Daphne
había hecho lo contrario, pero poco importa: llégase a las Antípodas por ambas
partes. En la Isla (y el padre Caspar indicaba allende la playa,
detrás de los árboles) debía montarse la Specola Melitense. Qué podía ser esta
Specola no estaba claro, y Caspar murmuraba a propósito de ello como de un
secreto tan famoso que estaba hablando del todo el mundo.
Para llegar allí, el Daphne, su tiempo se lo había tomado. Ya se sabe cómo se
iba entonces por aquellos mares. Abandonadas las Molucas, y en el intento de
navegar hacia el sureste, hacia el Puerto Sancti Thomae en la Nueva Guinea, dado
que debían tocarse los parajes en los que la Compañía de Jesús tenía sus
misiones, el navío, impelido por una tempestad, se había perdido en mares jamás
vistos, llegando a una isla habitada por ratonazos tan grandes como un niño, con
una cola larguísima, y una bolsa en el vientre, de los cuales Roberto había
conocido un ejemplar embalsamado (es más, el padre Caspar le reprochaba haber
tirado «uno Wunder que valía uno Pirú»).
Eran, contaba el padre Caspar, animales amistosos que rodeaban a los
desembarcados tendiendo las manecillas para pedir comida, tirándoles incluso de
la ropa, pero ladrones redomados a la hora de la verdad, que habían robado
bizcocho de las faltriqueras de un marinero.
Séame permitido intervenir a completo crédito del padre Caspar: una isla de ese
tipo existe de verdad, y no es posible confundirla con ninguna otra. Aquellos
pseudocanguros se llaman Quokkas, y viven sólo allí, en la Rottnest Island, que
los holandeses habían descubierto había poco, llamándola rottenest, nido de
ratas. Pero como esta isla se encuentra enfrente de Perth, esto significa que el
Daphne había alcanzado la costa occidental de Australia. Si pensamos que, por lo
tanto, se encontraba en el paralelo treinta sur, y al oeste de las Molucas,
mientras había de ir hacia el este, descendiendo un poco por debajo del Ecuador,
deberíamos decir que el Daphne había perdido el rumbo.
Ojalá fuera sólo eso. Los hombres del Daphne habrán tenido que ver una costa a
poca distancia de la isla, pero habrán pensado que se trataba de alguna otra
islita con algún otro roedor. Muy
otro buscaban, y quién sabe qué le estaban diciendo los instrumentos de a bordo
al padre Caspar. Con seguridad, estaban a algún golpe de remo de aquella Tierra
Incógnita y Australis que la humanidad soñaba desde hacía siglos. De lo que es
difícil convencerse es de —visto que el Daphne habría llegado al fin (y lo
veremos) a una latitud de diecisiete grados sur— cómo habían conseguido
circunnavegar Australia, a lo menos por dos cuartos, sin verla jamás: o habían
remontado hacia el norte, y entonces habían pasado entre Australia y Nueva
Guinea corriendo el riesgo a cada paso de ir a arenarse en una u otra playa; o
habían navegado hacia el sur, pasando entre Australia y Nueva Zelanda, y viendo
siempre mar abierto.
Podría creerse que soy yo el que cuenta una novela, si no fuera porque más o
menos en los meses en los que se desarrolla nuestra historia también Abel Tasman,
partiendo de Batavia, había llegado a una tierra que había llamado de van Diemen,
y que hoy conocemos como Tasmania; como también él buscaba las Islas de Salomón,
había mantenido a la izquierda la costa meridional de aquella tierra sin
imaginar que, más allá de aquélla, hubiera un continente cien veces mayor, y
había ido a parar al sureste de Nueva Zelanda, la había costeado en dirección
noreste y, habiéndola abandonado, tocaba las Tonga; luego llegaba grosso modo
donde había llegado el Daphne, considero, aunque también allí pasaba entre las
barreras coralinas y se dirigía hacia Nueva Guinea. Que era hacer carambolas
como una bola de billar, pero parece que aún por muchos años los navegantes
estaban destinados a llegar a dos pasos de Australia sin verla.
Tomemos, pues, por bueno el relato del padre Caspar. Siguiendo a menudo los
antojos de los alisios, el Daphne había acabado en otra tormenta y había salido
mal parado, tanto que habían tenido que detenerse en una isla Dios sabe dónde,
sin árboles, toda arena dispuesta como un anillo alrededor de un pequeño lago
central. Allí habían puesto en orden el navío, y he aquí cómo se explicaba que a
bordo no hubiera ya una reserva de
madera de construcción. Luego habían vuelto a navegar y al fin habían llegado a
echar el ancla en aquella bahía. El capitán había enviado el esquife a tierra
con una vanguardia, se había hecho la idea de que no había habitantes, y para
curarse en salud había cargado y apuntado con esmero sus pocos cañones, luego
habían dado principio a cuatro empresas, todas fundamentales.
Primera, la provisión de agua y víveres, pues estaban ya extremados; segunda, la
captura de animales y plantas a fin de llevarlos a la patria, para regocijo de
los naturalistas de la Compañía; tercera, el abatimiento de árboles, para
apercibir una nueva reserva de troncos grandes, y de tablas, y de todo tipo de
material para las futuras adversidades; y por fin la construcción, en una
elevación de la Isla, de la Specola Melitense, y aquél había sido el trabajo más
laborioso. Habían tenido que sacar de la bodega y transportar a la orilla todos
los instrumentos de carpintería y las diferentes piezas de la Specola, y todos
estos tráfagos habían requerido de mucho tiempo, entre otras cosas porque no se
podía desembarcar directamente en la bahía: entre el navío y la ribera
extendíase, casi a la flor del agua y con unos pocos pasos demasiado estrechos,
una barbacana, una falsabraga, un terraplén, un Erdwall todo hecho de corales;
en fin, lo que nosotros hoy llamaríamos un arrecife coralino. Después de muchos
infructuosos intentos habían descubierto que había que doblar cada vez el cabo
al sur de la bahía, detrás del cual había una pequeña cala que permitía dar
fondo.
—Et hete aquí por qué aquella barca por los marineros abandonada nosotros hora
non vemos, aunque todavía allá atrás está, ¡heu me miserum!
Como he podido deducir aquel teutón vivía en Roma hablando latín con los
hermanos de cien países, pero del vulgar no tenía una gran práctica. Así es que
yo, en esta transcripción, que lo es, tendré cuidado de pintar muy al vivo su
lengua.
Ultimada la Specola, el padre Caspar había empezado sus observaciones, que
habían procedido con éxito durante casi dos
meses. Y entre tanto, ¿qué hacía el marinaje? Dejábase llevar por la pereza, y
la disciplina de a bordo suavizábase. El capitán había embarcado muchos barriles
de aguardiente, que debían ser usados sólo como cordial durante las tormentas,
con mucha parsimonia, o servir para trueco con los salvajes; en cambio,
rebelándose a todas las órdenes, el marinaje había empezado a llevarlos a la
cubierta, todos habían abusado dellos, incluso el capitán. El padre Caspar
trabajaba, aquéllos vivían como brutos, y de la Specola oíanse canciones
inverecundas.
Un día, el padre Caspar, ya que hacía mucho calor, mientras trabajaba él solo en
la Specola, se había quitado el hábito (había, decía con vergüenza el buen
jesuíta, pecado contra la modestia, ¡que Dios pudiera ahora perdonarle visto que
le había castigado al punto!) y un insecto le había picado en el pecho. Al
principio había advertido sólo una punzada, pero en cuanto volvieron a
conducirle a bordo para la noche, acometióle una gran fiebre. No habló con nadie
de su incidente, durante la noche tenía atronamiento de oídos y gravedad de
cabeza, el capitán abrióle el hábito ¿y qué vio? Una pústula, tal y como la
pueden producir las avispas, pero qué digo, incluso las moscas de grandes
dimensiones. Enseguida aquella hinchazón convirtióse a sus ojos en un
carbunculus, un ántrax, un furúnculo nigricante, breve, un bubón, síntoma
evidentísimo de la pestis, quae dicitur bubónica, como había sido anotado
inmediatamente en el diario.
El pánico se esparció a bordo. Inútil que el padre Caspar contara del insecto:
el apestado miente siempre para que no se le segregue, era cosa bien sabida.
Inútil que asegurara que él la peste la conocía bien, y que aquello peste no era
por muchas razones. El marinaje casi habría querido arrojarlo al mar, para
aislar el contagio.
El padre Caspar intentaba explicar que, durante la gran pestilencia que había
asolado Milán y la Italia del Norte unos doce años antes, había sido enviado
junto a otros hermanos suyos a prestar ayuda en los lazaretos, a estudiar de
cerca el fenómeno.
Y por ello, sabía mucho de aquella lúes contagiosa. Hay enfermedades que
sorprenden sólo a los individuos, y en lugares y tiempos diferentes, como el
Sudor Anglicus, otras peculiares a una sola región, como la Dysenteria
Melitensis o la Elephantiasis Aegyptia, y otras, por fin, como la peste, que
atacan durante largo tiempo a todos los habitantes de muchas regiones. Ahora
bien, la peste se anuncia con manchas del sol, eclipses, cometas, aparición de
animales subterráneos que salen de sus latíbulos, plantas que se marchitan por
los miasmas: y ninguna de estas señales se había manifestado jamás ni a bordo ni
en tierra, ni en el cielo ni en el mar.
En segundo lugar, la peste está producida, sin duda, por aires fétidos que suben
desde los cenagales, por el descomponerse de los muchos cadáveres durante las
guerras, o incluso por invasiones de langostas que se anegan en bandadas en el
mar y luego reaparecen en las riberas. El contagio se produce precisamente a
través de esas emanaciones, que entran en la boca y, desde los pulmones, y a
través de la vena cava, alcanzan el corazón. Pero en el curso de la navegación,
excepto el hedor del agua y de la comida que, por demás, da el escorbuto y no la
peste, aquellos mareantes no habían padecido ninguna emanación maléfica, antes
bien, habían respirado aire puro y vientos salubérrimos.
El capitán decía que los rastros de las emanaciones permanecen adheridos a las
ropas y a otros muchos objetos, y que quizá a bordo encontrábase algo que había
conservado durante largo tiempo, y luego transmitido, el contagio. Y había
recordado la historia de los libros.
El padre Caspar se había llevado consigo algunos buenos libros sobre la
navegación, dígase el Arte de Navegar de Medina, el Typhis Batavus del Snellius
y el De rebus oceanicis et orbe novo decades tres de Pedro de Anghiera, y le
había contado un día al capitán que los había conseguido por una nonada, y
precisamente en Milán: después de la peste, en los poyetes a lo largo de los
Navilios había sido puesta en venta toda la biblioteca de un señor
prematuramente desaparecido. Y ésta era su pequeña colección privada, que
llevaba consigo incluso por mar.
Para el capitán era evidente que los libros, pertenecidos a un apestado, eran
los agentes del contagio. La peste se transmite, como todos saben, mediante
ungüentos ponzoñosos, y él había leído de personas que habían muerto mojándose
el dedo con la saliva mientras hojeaban obras que habían sido ungidas,
precisamente, de veneno.
El padre Caspar se afanaba: no, en Milán, él había estudiado la sangre de los
apestados con un descubrimiento novísimo, un tecnasma que llámase lente o
microscopio, y había visto flotar en aquella sangre como unos vermiculi, y son
precisamente los elementos de ese contagium animatum, que se generan por vis
naturalis de cualquier putridez, y que luego se transmiten, propagatores exigui,
a través de los poros sudoríferos, o la boca, o alguna vez incluso los oídos.
Ahora bien, este pululaje es cosa viva, y necesita sangre para alimentarse, no
sobrevive doce y más años entre las fibras muertas del papel.
El capitán no había querido atender razones, y la pequeña y bella biblioteca del
padre Caspar había acabado transportada por las corrientes. No bastaba: aunque
el padre Caspar se afanara diciendo que la peste puede ser transmitida por los
perros y por las moscas mas, a su ciencia, seguramente no por los ratones, todo
el marinaje se había dado a la caza de ratas, disparando por doquier, con el
riesgo de provocar lumbres de agua en la bodega. Y por fin, puesto que a cabo de
un día la fiebre del padre Caspar continuaba, y su bubón no daba indicios de
menguar, el capitán había tomado su decisión: todos ellos se habrían trasladado
a la Isla y allá habrían aguardado a que el padre o muriera o sanara, y el navío
se purificara de todo influjo y flujo maligno.
Dicho y hecho, toda otra ánima viva a bordo había subido al esquife, cargada de
armas y de pertrechos. Y como se preveía que, entre la muerte del padre Caspar y
el período en que el navío
hubiérase purificado, habrían debido pasar dos o tres meses, habían decidido que
era necesario construir en tierra unas cabañas, y todo aquello que podía hacer
del Daphne una fábrica había sido llevado a remolque hacia tierra.
Sin contar con la mayor parte de los barriles de aguardiente. —Mas no han una
buena cosa hecho —comentaba Caspar con
amargura, y disgustándose por el castigo que el cielo le habías reservado por
haberlo abandonado como un alma perdida.
En efecto, recién llegados habían ido inmediatamente a abatir a algún animal que
otro en la espesura, habían encendido grandes fogatas, de noche, en la playa, y
se habían dado a las huelgas, durante tres días y tres noches.
Probablemente los fuegos habían atraído la atención de los salvajes. Aunque la
Isla estaba deshabitada, en ese archipiélago vivían hombres negros como
africanos, que debían de ser buenos navegadores. Una mañana, el padre Caspar
había visto llegar una decena de «piragvas», que procedían quién sabe de dónde,
más allá de la gran isla de occidente, y se dirigían hacia la bahía. Eran
barquichuelas excavadas en un tronco como las de los Indios del Nuevo Mundo,
pero dobles: una contenía el marinaje y la otra deslizábase sobre el agua como
un trineo.
El padre Caspar había temido al principio que se dirigieran hacia el Daphne,
pero aquéllos parecían quererlo evitar y dirigíanse hacia la calita donde habían
desembarcado los marineros. Había intentado gritar para advertir a los hombres
en la Isla, pero aquéllos dormían borrachos. En breve: los marineros se
habíanlos encontrado de repente ante ellos, asomando de los árboles.
Paráronse de un salto, los bárbaros mostraron inmediatamente intenciones
belicosas, y nadie entendía ya nada, y tanto menos dónde habían dejado las
armas. Sólo el capitán se adelantó y derribó a uno de los asaltantes con un tiro
de su pistola. Al oír el disparo, y ver al compañero que caía muerto sin que
cuerpo alguno lo hubiere tocado, los indígenas hicieron gestos
de sumisión, y uno de ellos acercóse al capitán ofreciéndole un collar que
llevaba al cuello. El capitán se inclinó, luego, evidentemente estaba buscando
un objeto para dar a cambio, diose la vuelta para pedirles algo a sus hombres.
Haciendo de esta suerte había enseñado la espalda a los indígenas.
El padre Wanderdrossel pensaba que a los bárbaros le habías causado enseguida
gran impresión, antes que el tiro, el porte del capitán, que era un gigante
batavo con la barba rubia y los ojos azules, cualidades que aquellos nativos
atribuían probablemente a los dioses. Mas en cuanto de aquél habían visto la
espalda (pues que es evidente que aquellos pueblos salvajes no juzgaban que las
divinidades tuvieran también una espalda), inmediatamente el jefe de los
bárbaros, con la clava que llevaba en la mano, acometióle partiéndole la cabeza,
y el capitán cayó boca abajo sin moverse ya más. Los hombres negros se habían
precipitado sobre los marineros y, sin que supieran cómo defenderse, habíanlos
exterminado.
Había empezado un horrible festín que duró tres días. El padre Caspar, enfermo,
siguió todo con el largomira, y sin poder hacer nada. De aquel marinaje se había
hecho carne de matadero: Caspar habíalos visto primero desnudar (con gritos de
alegría de los salvajes que se repartían objetos y ropa), luego desmembrar,
luego cocer, y por fin comiscar con gran calma, entre tragos de una bebida
humeante y cantos que a cualquiera habríanle parecido pacíficos, si no hubieran
seguido a aquella desventurada kermese.
Luego, los indígenas, saciados, habían empezado a enseñarse con el dedo el
navío. Probablemente no lo asociaban a la presencia de los marineros: majestuoso
cual era de árboles y de velas, incomparablemente diferente de sus canoas, no
habían pensado que fuera obra de hombre. Según el padre Caspar (que consideraba
conocer harto bien la mentalidad de los idólatras de todo el mundo, de los
cuales le contaban los viajeros jesuitas de
vuelta a Roma), lo creían un animal, y el hecho de que hubiera permanecido
neutral mientras ellos se dedicaban a sus ritos de antropófagos, habíalos
convencido. Por otra parte, ya Magallanes, aseguraba el padre Caspar, había
contado cómo ciertos indígenas creían que los galeones, venidos volando del
cielo, eran las madres naturales de los esquifes, que amamantaban dejándolos
colgar de los costados, y luego destetaban arrojándolos al agua.
Empero alguien, probablemente, sugería ahora que si el animal era dócil y sus
carnes jugosas como las de los marineros, valía la pena apoderarse del. Y se
habían dirigido hacia el Daphne. En ese punto, el pacífico jesuíta, para
mantenerlos alejados (la Orden suya imponíale seguir viviendo ad majorem Dei
gloriam y no morir para la satisfacción de algunos paganos cujus Deus venter
est)prendió fuego a la mecha de un cañón, ya cargado y apuntado hacia la Isla, e
hizo partir un cañonazo. El cual, con gran estruendo, y mientras el costado del
Daphne aureolábase de humo como si el animal bufara de ira, había precipitado en
medio de las barcas, volcando dos.
El portento había sido elocuente. Los salvajes regresaron a la Isla
desapareciendo entre la espesura, y volvieron a salir a cabo de poco con coronas
de flores y hojas que lanzaron al agua, cumpliendo unos gestos de obsequio,
luego apuntaron la proa hacia el suroeste y desaparecieron detrás de la isla
occidental. Habían pagado al gran animal irritado lo que consideraban un tributo
suficiente, y seguramente no se habrían dejado ver nunca más en aquellas
riberas: habían decidido que el paraje estaba inficionado por una criatura
quisquillosa y vengativa.
He aquí la historia del padre Caspar Wanderdrossel. Durante más de una semana,
antes de la llegada de Roberto, se había sentido aún mal pero, gracias a
preparados de su hechura («Spiritus, Olea, Flores und andere dergleichen
Vegetabilische/ Animalische/ und Mineralische Medicamenten»), ya empezaba a
gozar de la convalecencia cuando una noche había oído unos pasos en la puente.
Desde aquel momento, por el miedo, se había enfermado de nuevo, había abandonado
su alojamiento y se había refugiado en aquel tabuco, llevándose consigo sus
medicamentos y una pistola, sin ni siquiera entender que estaba descargada. Y de
allí había salido sólo para buscar comida y agua. Al principio había robado los
huevos precisamente para vigorizarse, luego se había limitado a hurtar fruta. se
había convencido de que el Intruso (en el relato del padre Caspar el intruso era
naturalmente Roberto) era un hombre de sabiduría, curioso del navío y de su
contenido, y había empezado a considerar que no era un náufrago, sino el agente
de algún país hereje que quería los secretos de la Specola Melitense. Esta es la
razón por la que el buen padre había dado en portarse de un manera tan infantil,
con el objetivo de empujar a Roberto a que abandonara aquel bajel inficionado de
demonios.
Le tocó luego a Roberto contar su propia historia y, no sabiendo lo que Caspar
había leído de sus papeles, se había demorado en particular sobre su misión y
sobre el viaje del Amarilis. El relato había sobrevenido mientras, al final de
aquella jornada, hervían un gallito y destapaban la última de las botellas del
capitán. El padre Caspar tenía que recobrar las fuerzas y hacerse sangre nueva,
y celebraban lo que ya le parecía a cada uno una vuelta al consorcio humano.
—Ridiculoso —había comentado el padre Caspar después de haber escuchado la
increíble historia del doctor Byrd—. Tal bestialidad he yo jamás oído. ¿Por qué
hacían ellos a él ese mal? Todo pensaba de escuchado haber sobre el misterio de
la longitud, ¡mas jamás que se puede buscar usando el ungventum armarium! Si
sería posible, lo inventaba un jesuita. Esto tiene ninguna relación con
longitudes, yo te explicaré cómo bueno hago mi trabajo y tú ves cómo es
diferente…
—Pero, en suma —preguntó Roberto—, ¿Vuestra Merced buscaba las Islas de Salomón
o quería resolver el misterio de las
longitudes?
—Pero todas y dos las cosas, ¿no? ¡Tú encuentras las Islas de Salomón y tú has
conocido dónde está el meridiano ciento y ochenta, tú encuentras el meridiano
ciento y ochenta y tú sabes dónde están las Islas de Salomón!
—¿Y por qué estas islas han de estar en este meridiano?
—Oh mein Gott, el Señor me perdona que Su Santísimo Nombre en vano he
pronunciado. In primis, después que Salomón había el Templo construido, había
una grosse flotte hecho, como dice el Libro de los Reyes, y esta flotte llega a
la Isla de Ophir, de donde le traen (¿cómo tú dices?)… quadringenti und viginti…
—Cuatrocientos y veinte.
—Cuatrocientos y veinte talentos de oro, una muy grande riqueza: la Biblia dice
muy poco para decir muchíssimo, como decir pars pro toto. Y ningún lando cerca
de Israel tenía una tanto grande riqueza, quod significat que aquella flota al
último confín del mundo era llegada. Aquí.
—¿Pero por qué aquí?
—Porque aquí está el meridiano ciento y ochenta, que es exactamente el que la
tierra en dos separa, y por la otra parte está el primer meridiano: tú cuentas
uno, dos, tres, por trescientos y sesenta grados de meridiano, y si eres a
ciento y ochenta, aquí es media noche, y en aquel primer meridiano es medio día.
¿Verstanden? ¿Tú adivinas agora por qué las Islas de Salomón han sido así
llamadas? Salomón dixit corta niño en dos, Salomón dixit corta Tierra en dos.
—Comprendo, si estamos en el meridiano ciento y ochenta estamos en las Islas de
Salomón. ¿Y quién le dice que estamos en el meridiano ciento y ochenta?
—Pues la Specula Melitensis, ¿no? Si todas mis pruebas precedentes no bastarían,
que el ciento y ochenta pasa precisamente allá, me ha demostrado la Specula.
Había arrastrado a Roberto a la cubierta indicándole la bahía:
—¿Ves aquel promontorium al norte, allá donde grandes árboles están con grandes
patas que caminan sobre el aqua? ¿Et hora ves el otro promontorium en sur? Tú
traza una línea entre los dos promontoria, ves que la línea pasa entre aquí y la
ribera, un poco más apud la ribera que no apud la nave… ¿Vista la línea, yo digo
una geistige línea que tú ves con los ojos de la imaginatione? ¡Gut, esa es la
línea del meridiano!
El día siguiente el padre Caspar, que no había perdido jamás el cómputo del
tiempo, advirtió que era domingo. Celebró la misa en su camarote, consagrando
una partícula de las pocas hostias que le habían quedado. A continuación retomó
su lección, primero en el camarote entre mapamundi y mapas, luego en la puente.
Y ante las protestas de Roberto, que no podía sufrir la luz plena, había sacado
de uno de sus almarios unas gafas, con los lentes ahumados, que él había usado
con éxito para explorar la boca de un volcán. Roberto había empezado a ver el
mundo con colores más tenues, a fin de cuentas agradabilísimos, y poco a poco
estábase reconciliando con los rigores del día.
Para entender lo que sigue debo hacer una glosa, y si no la hago tampoco yo
colijo. La convicción del padre Caspar era que el Daphne se encontraba entre los
grados dieciséis y diecisiete de latitud sur y a ciento ochenta de longitud. En
cuanto a la latitud podemos fiarnos plenamente. Pero imaginémonos por un momento
que hubiera atinado también con la longitud. De los confusos apuntes de Roberto
se presume que el padre Caspar calcula por trescientos sesenta grados plenos a
partir de la Isla del Hierro, a dieciocho grados al oeste de Greenwich, como
quería la tradición desde los tiempos de Tolomeo. Por lo tanto, si él
consideraba estar en su meridiano ciento ochenta, eso significa que en realidad
estaba en el ciento sesenta y dos leste (a partir de
Greenwich). Ahora bien, las Salomón se encuentran bien dispuestas alrededor del
meridiano ciento sesenta leste, pero entre los cinco y los doce grados de
latitud sur. Por lo tanto, el Daphne se habría encontrado demasiado abajo, al
oeste de las Nuevas Hébridas, en una zona donde aparecen sólo bajíos coralinos,
los que se habrían convertido en los Recifs d’Entrecasteaux.
¿Podía el padre Caspar calcular a partir de otro meridiano? Seguramente. Como al
final de aquel siglo dirá Coronelli en su Libro dei Globi, el primer meridiano
lo colocaban «Eratóstenes en las Columnas de Hércules, Martín de Tyr en las
Islas Afortunadas, Tolomeo en su Geografía siguió la misma opinión, pero en sus
Libros de Astronomía lo hizo pasar por Alejandría de Egipto. Entre los modernos,
Ismael Abulfeda, lo marca en Cádiz, Alfonso en Toledo, Pigafetta et Herrera han
hecho lo mismo. Copérnico lo pone en Fruemburgo; Reinoldo en Monte Real, o
Könisberg; Kepler en Uraniburgo; Longomontano en Kopenhagen; Lansbergius en Goes;
Riccioli en Bolonia. Los atlas de Iansonio y Blaeu en Monte Pico. Para seguir el
orden de mi Geografía he puesto en este Globo el Primer Meridiano, en la parte
más occidental de la Isla del Hierro, como también para seguir el decreto de
Luis XIII, que con el Consejo de Geo. en 1634 lo determinó en este mismo lugar».
Si el padre Caspar hubiera decidido desatender el decreto de Luis XIII y hubiera
colocado el primer meridiano, pongamos, en Bolonia, entonces el Daphne habría
estado anclado más o menos entre Samoa y Tahití. Pero allí los indígenas no
tienen la piel oscura como los que él decía haber visto.
¿Por qué razón dar por buena la tradición de la Isla del Hierro? Se ha de partir
del principio de que el padre Caspar habla del Primer Meridiano como de una
línea fija establecida por decreto divino desde los días de la Creación. ¿Por
dónde habría considerado Dios natural hacerla pasar? ¿Por aquel lugar de
incierta ubicación, sin duda oriental, que era el jardín del Edén?
¿Por la Última Thule? ¿Por Jerusalén? Nadie hasta entonces había osado tomar una
decisión teológica, y justamente: Dios no razona como los hombres. Adán, tanto
por decir, había aparecido en la Tierra cuando estaban ya el sol, la luna, el
día y la noche, y por lo tanto, los meridianos.
Así pues, la solución no debía plantearse en términos de Historia sino de
Astronomía Sagrada. Era necesario hacer coincidir el dictamen de la Biblia con
los conocimientos que nosotros tenemos de las leyes celestes. Ahora bien, según
el Génesis, Dios en primer lugar crea el cielo y la tierra, en este punto
existían aún las tinieblas sobre el Abismo, y spiritus Dei fovebat aquas, aunque
estas aguas no podían ser las que nosotros conocemos, que separa Dios sólo el
segundo día, dividiendo las aguas que están encima del firmamento (de las cuales
aún nos provienen las lluvias) de las que están debajo, es decir de los ríos y
de los mares.
Lo que significa que el primer resultado de la creación era Materia Prima,
informe y sin dimensiones, cualidades, propiedades, tendencias, carente de
movimiento y de reposo, puro caos primordial, hyle que no era aún ni luz ni
tinieblas. Era una masa mal digerida donde se confundían aún los cuatro
elementos, además del frío y el calor, lo seco y lo húmedo, magma en ebullición
que estallaba en gotas ardientes, como una olla de judías, como un vientre
diarroico, una cañería atascada, un estanque en el que se dibujan y desaparecen
círculos de agua por la emersión e inmersión subitánea de larvas ciegas. Hasta
tal punto que los herejes deducían de esto que aquella materia, tan obtusa,
resistente a cualquier soplo creativo, era eterna al menos cuanto Dios.
Aunque así fuere, era necesario un fíat divino para que de ella y en ella y
sobre ella impusiérase la alterna vicisitud de la luz y de las tinieblas, del
día y de la noche. Esta luz (y ese día) del que se habla en el segundo estadio
de la Creación no era todavía la luz que conocemos nosotros, la de las estrellas
y la de dos grandes
luminares, que son creados sólo el cuarto día. Era luz creativa, energía divina
en estado puro, como la deflagración de un barril de pólvora, que antes es sólo
unos granillos negros, comprimidos en una masa opaca, y luego, de un golpe, es
un propagarse de llamaradas, un concentrado de fulgor que se dilata hasta la
propia extrema periferia, allende la cual créanse por contraposición las
tinieblas (aunque entre nosotros la explosión acaeciera de día). Y como si de un
contenido aliento, de un carbón que había parecido rubificarse por un hálito
interno, de aquella göldene Quelle des Universums hubiera nacido una escala de
excelencias luminosas gradualmente degradante hacia la más irremediable de las
imperfecciones; como si el soplo creador partiera de la infinita y concentrada
potencia luminosa de la divinidad, tan alumbrada que nos pareciera noche oscura,
abajo y abajo, a través de la relativa perfección de los Querubines y de los
Serafines, a través de los Tronos y las Dominaciones, hasta los ínfimos desechos
donde arrástrase la lombriz y sobrevive insensible la piedra, en el linde mismo
de la Nada.
—¡Y ésta era la Offenbarung göttlicher Mayestat!
Y si el tercer día nacen ya las hierbas y los árboles y los prados, es porque la
Biblia no habla aún del paisaje que nos alegra la vista, sino de una oscura
potencia vegetativa, apareamientos de espermas, sobresaltos de raíces dolientes
y contorcidas que buscan el sol, que, no obstante, al tercer día todavía no ha
aparecido.
La vida llega al cuarto día, en el que créanse tanto la luna como el sol, como
las estrellas, para dar luz a la tierra y separar el día de la noche, en el
sentido en el que nosotros lo entendemos cuando computamos el curso de los
tiempos. Es ese día cuando se ordena el círculo de los cielos, desde el Primer
Móvil y desde las Estrellas Fijas hasta la Luna, con la tierra en el centro,
piedra dura apenas esclarecida por los rayos de los astros, y en derredor una
guirnalda de piedras preciosas.
Estableciendo ellos nuestro día y nuestra noche, el sol y la luna fueron el
primer y no superado modelo de todos los relojes del porvenir, los cuales,
simios del firmamento, marcan el tiempo humano sobre el cuadrante zodiacal, un
tiempo que no tiene nada que ver con el tiempo cósmico: éste tiene dirección, un
resuello ansioso hecho de ayer, hoy y mañana, y no la sosegada respiración de la
Eternidad.
Detengámonos entonces en este cuarto día, decía el padre Caspar. Dios crea el
sol, y cuando el sol está creado, y no antes, es natural, empieza a moverse.
Pues bien, en el momento en el que el sol inicia su curso para no detenerse ya
más, en ese Blitz, en ese raudo destello antes de que mueva el primer paso, está
abrazado a una línea precisa que divide verticalmente la tierra en dos.
—¡Y el Primer Meridiano es donde de repente es medio día! — comentaba Roberto,
que creía haber entendido todo.
—¡Nein! —reprimíalo su maestro—. ¿Tú crees que Dios es tan estúpido como tú?
¡¿Cómo puede el primer día de la Creatione a medio día empezar?! ¿Acaso empiezas
tú, en prinzipio desz Heyls, la Creatione con un mal conseguido día, un
Leibesfrucht, un foetus de día de solas doce horas?
No, sin duda. En el Primer Meridiano la carrera del sol habría debido empezar a
la luz de las estrellas, cuando era media noche más una pizca, y antes era el
No-Tiempo. En ese meridiano había tenido principio, de noche, el primer día de
la Creación.
Roberto había objetado que, si en aquel meridiano era de noche, un día abortado
lo habría habido por la otra parte, allá donde de repente habría aparecido el
sol, sin que antes no fuera ni noche ni nada, sino sólo caos tenebroso y sin
tiempo. Y el padre Caspar había dicho que el Libro Sagrado no dice que el sol
haya aparecido como por encanto, y que no le disgustaba pensar (como toda lógica
natural y divina imponía) que Dios había creado el sol haciéndole proceder en el
cielo, durante las primeras horas, como una estrella apagada, que se habría
encendido paso a paso, en el
transcurrir del primer meridiano a sus antípodas. Quizá el sol se había
inflamado poco a poco, como madera joven tocada por la primera chispa de un
eslabón, que al principio apenas echa humo y luego, con el soplo que la instiga,
empieza a chisporrotear, para someterse, al fin, a un fuego alto y vivaz. ¿No
era bello quizá imaginar al Padre del Universo soplando sobre aquella pelota aún
verde, para llevarla a celebrar su victoria, doce horas después del nacimiento
del Tiempo, y precisamente en el Meridiano Antípoda en el que ellos se hallaban
en aquel momento?
Quedaba por definir cuál era el Primer Meridiano. Y el padre Caspar reconocía
que el de la Isla del Hierro era aún el mejor candidato, visto que, Roberto lo
había sabido ya por el doctor Byrd, allá la aguja de marear no hace
desviaciones, y esa línea pasa por ese punto cercanísimo al Polo donde más altas
son las montañas de hierro. Lo que es, sin duda, signo de estabilidad.
Entonces, para resumir, si aceptáramos que desde aquel meridiano había partido
el padre Caspar, y que había encontrado la justa longitud, bastaría admitir que,
trazando bien el rumbo como navegante, había naufragado como geógrafo: el Daphne
no estaba en nuestras Islas Salomón sino en alguna parte al oeste de las
Hébridas, y amén. Pero siento contar una historia que, como veremos, debe
desarrollarse en el meridiano ciento ochenta (si no, pierde todo su sabor) y
aceptar, en cambio, que se desarrolle quién sabe cuántos grados más allá o más
acá.
Ensayo entonces una hipótesis y desafío a todos los lectores a que la desafíen.
El padre Caspar se había equivocado a tal punto que se encontraba sin saberlo en
nuestro meridiano ciento ochenta, digo en el que calculamos desde Greenwich; el
último punto de salida para el mundo en que él habría podido pensar, porque era
tierra de cismáticos antipapistas.
En ese caso, el Daphne hallaríase en las Fiji (donde los indígenas son
precisamente muy oscuros de piel), justo en el
punto donde pasa hoy nuestro meridiano ciento ochenta, y es decir, en la isla de
Taveuni.
Las cuentas en parte saldrían. El perfil de Taveuni muestra una cadena volcánica
como la isla grande que Roberto veía hacia el oeste. Si no fuera que el padre
Caspar le había dicho a Roberto que el meridiano fatídico pasaba justo delante
de la bahía de la Isla. Ahora bien, si nos encontramos con el meridiano al
leste, vemos a Taveuni a oriente, no a occidente; y si se ve al oeste una isla
que parece corresponder a las descripciones de Roberto, entonces tenemos al
leste seguramente islas más pequeñas (yo elegiría Qamea), pero entonces el
meridiano pasaría a espaldas del que mira la Isla de nuestra historia.
La verdad es que con los datos que nos comunica Roberto, no es posible apurar
dónde había ido a parar el Daphne. Y luego, todas esas islitas son como los
japoneses para los europeos y viceversa: se parecen todas. Sólo he querido
probar. Un día me gustaría volver a hacer el viaje de Roberto, en busca de sus
huellas. Pero una cosa es mi geografía, y otra cosa es su historia.
Nuestro único consuelo es que todos estos cavilos son absolutamente
insignificantes desde el punto de vista de nuestra incierta novela. Lo que el
padre Wanderdrossel le dice a Roberto es que ellos están en el meridiano ciento
y ochenta que es la antípoda de las antípodas, y allí en el meridiano ciento y
ochenta están no nuestras Islas Salomón, sino su Isla de Salomón. ¿Qué importa,
además, que esté o que no esté? Ésta será, si acaso, la historia de dos personas
que creen estar, no de dos personas que están, y cuando se escuchan historias, y
es dogma entre los más liberales, se ha de suspender la incredulidad.
Por tanto: el Daphne encontrábase ante el meridiano ciento y ochenta,
precisamente en las Islas de Salomón, y la Isla nuestra era, entre las Islas de
Salomón, la más salomónica, como salomónica es mi sentencia, para cortar de una
vez por todas.
—¿Y entonces? —había preguntado Roberto al final de la explicación—. ¿De verdad
piensa Vuestra Merced encontrar en esa Isla todas las riquezas de las que
hablaba ese Mendaña?
—¡Mas éstas son Lügen der spanischen Monarchy! ¡Nosotros estamos ante el mayor
prodigio de toda humana et sacra historia, que tú no aún entender puedes! En
París mirabas las damas y seguías la ratio studiorum de los epicúreos, en vez de
reflexionar sobre los grandes milagros de este nuestro Universum, ¡que el
Sandísimo Nombre de su Creador fíat semper laudado!
Así pues, las razones por las que el padre Caspar había partido poco tenían que
ver con los propósitos de rapiña de los diferentes navegantes de otros países.
Todo nacía del hecho de que el padre Caspar estaba escribiendo una obra
monumental, y destinada a permanecer más perenne que el bronce, sobre el Diluvio
Universal.
Como hombre de Iglesia, pretendía demostrar que la Biblia no había mentido, mas
como hombre de ciencia quería poner de acuerdo el dictamen sagrado con el
resultado de las investigaciones de su tiempo. Y por ello había recogido
fósiles, explorado los territorios de oriente para encontrar algo en la cima del
monte Ararat, y hecho cálculos precisísimos sobre las que podían ser las
dimensiones del Arca, tales que le permitieran contener todos esos animales (y
nótese, siete parejas por cada uno), y al mismo tiempo tener la justa proporción
entre la parte que emerge y la parte inmersa, para no irse a pique con todo ese
peso o zozobrar por los embates del mar, que durante el Diluvio no debían de ser
azotes de poca entidad.
Había hecho un bosquejo para enseñarle a Roberto el dibujo en sección del Arca,
como un enorme edificio cuadrado, de seis pisos, los volátiles arriba para que
recibieran la luz del sol, los
mamíferos en cercados que pudieran brindar hospitalidad no solamente a gatitos
sino también a elefantes, y los reptiles en una especie de sentina, donde entre
el agua pudieran encontrar alojamiento también los anfibios. Ningún espacio para
los gigantes, y por ello la especie se había extinguido. Noé, últimamente, no
había tenido el problema de los peces, los únicos que del Diluvio no tenían qué
temer.
Sin embargo, estudiando el Diluvio, el padre Caspar había dado en enfrentarse
con un problema physicus—hydrodynamicus aparentemente insoluble. Dios, lo dice
la Biblia, hace llover sobre la tierra durante cuarenta días y cuarenta noches,
y las aguas se levantaron sobre la tierra hasta cubrir incluso los montes más
altos, se detuvieron a quince codos sobre los altísimos entre los montes, y las
aguas cubrieron así la tierra durante ciento y cincuenta días. Perfectamente.
—¿Pero has tú la lluvia intentado a recoger? ¡Llueve todo un día, y tú has
recogido un pequeño fondo de tonel! ¡Y si llovería por una semana, a duras penas
tú llenas el tonel! Y imagina también una ungeheuere lluvia, que precisamente no
puedes ni siquiera resistir bajo ella, que todo el cielo se vuelca sobre tu
pobre cabeza, una lluvia peor que el huracán en que has naufragado… ¡En cuarenta
días ist das unmöglich, no posible que tú llenas toda la tierra hasta los montes
más altos!
—¿Quiere decir que la Biblia ha mentido?
—¡Nein! ¡Desde luego que no! ¡Pero yo tengo que demostrar dónde Dios ha toda esa
agua cogido, que no es posible que la ha hecho caer del cielo! ¡Esto no basta!
—¿Y entonces?
—Et entonces dumm bin ist nicht[1], ¡estúpido soy yo no! El padre Caspar ha una
cosa pensado que de ningún ser humano antes que hoy jamás pensada era. In
primis, ha leído bien la Biblia que dice que Dios ha, sí, abierto todas las
ventanas de los cielos pero ha también hecho romper todas las Quellen, las
Fontes Abyssy Magnae, todas las fuentes del Abysso grande, Génesis
siete once. Después de que el Diluvio acabado estaba, ha fuentes del abysso
cerrado, ¡Génesis ocho dos! ¿Quál cosa son estas fuentes del abysso?
—¿Quál cosa son?
—¡Son las aquas que en lo más profundo del mar encuéntranse! ¡Dios no ha sólo la
lluvia tomado sino también las aquas de lo más profundo del mar y halas volcado
sobre la tierra! Y halas aquí tomado porque, si los montes más altos de la
tierra están alrededor del Primer Meridiano, entre Jerusalem y la Isla del
Hierro, sin duda deben los abyssos marinos más profundos estar aquí, en el
antimeridiano, por razones de symmetria.
—Sí, mas las aguas de todos los mares del globo no bastan para recubrir los
montes, si no, lo harían siempre. Y si Dios derramaba las aguas del mar sobre la
tierra, cubría la tierra pero vaciaba el mar, y el mar mudábase en un gran
agujero vacío, y Noé caía dentro con toda el Arca…
—Tú dices una justísima cosa. No sólo: si Dios cogía toda el aqua de la Tierra
Incógnita y esa derramaba sobre la Tierra Cógnita, sin esta aqua en este
hemisferio, cambiaba la tierra todo su Zentrum Cravitatis y volcábase toda, y
quizá saltaba en el cielo como una pelota a la que tú das una patada.
—¿Y entonces?
—Y entonces prueba tú pensar qué tú harías si tú eras Dios. Roberto embargado
por el juego:
—Si yo era Dios —dijo, dado que considero que ya no conseguía conjugar los
verbos como el Dios del buen idioma manda—, yo creaba nueva aqua.
—Tú, pero Dios no. Dios puede aqua ex nichilo[2] creare, ¿pero dónde pone ella
después del Diluvio?
—Entonces Dios había puesto desde el principio de los tiempos una gran reserva
de agua debajo del abismo, escondida en el centro de la tierra, y la hizo salir
en aquella ocasión, sólo durante cuarenta días, como si brotara de los volcanes.
Sin duda, la Biblia
quiere decir esto cuando leemos que Él hizo reventar los manantiales del abismo.
—¿Tú crees? Pero de los volcanes sale el fuego. ¡Todo el Zentrum de la tierra,
el corazón del Mundus Subterraneus, es una gran masa de fuego! ¡Si en el zentrum
el fuego está, no puede el agua en ello estar! Si el agua estaría, fueran los
volcanes fuentes —concluía.
Roberto no cejaba:
—Entonces, si yo era Dios, yo cogía el agua de otro mundo, visto que son
infinitos, y la derramaba sobre la tierra.
—Tú has en París oído esos ateos que de los mundos infinitos hablan. Pero Dios
ha uno solo de mundo hecho, y eso basta a su gloria. No, tú piensa mejor, y si
tú no infinitos mundos tienes, y no tienes tiempo de hacerlos precisamente para
el Diluvio y luego los tiras de nuevo a la Nada, ¿qué cosa haces tú?
—Entonces precisamente no sé.
—Porque tú un pequeño pensamiento tienes. —Tendré un pequeño pensamiento.
—Sí, muy pequeño. Agora tú piensa. Si Dios el aqua tomar podría que fue ayer en
toda la tierra y ponerla hoy; y mañana toda el aqua tomar que fue hoy, et es ya
el doble, y ponerla pasado mañana, y así ad infinitum, ¿quizá viene el día que
Él toda esta nuestra esfera llenar consigue, hasta cubrir todas las montañas?
—No se me dan bien los cálculos pero diría que a un cierto punto sí.
—¡Ja! En cuarenta días llena Él la tierra con cuarenta veces el agua que se
encuentra en los mares, y si tú haces cuarenta veces la profundidad de los
mares, tú cubres ciertamente las montañas: los abismos son mucho más profundos,
o tanto profundos que las montañas altas son.
—¿Pero dónde cogía Dios el agua de ayer, si ayer ya había pasado?
—¡Pues aquí! Agora escuchas. Piensa que tú serías en el Primer Meridiano.
¿Puedes?
—Yo sí.
—Agora piensas que allá medio día es y digamos medio día de jueves santo. ¿Qué
hora es en Jerusalem?
—Después de todo lo que he aprendido sobre el curso del sol y los meridianos, en
Jerusalén el sol habrá pasado desde hace tiempo sobre el meridiano, y será media
tarde entrada. Entiendo dónde quiere llevarme. Está bien: en el Primer Meridiano
es medio día y en el Meridiano Ciento y Ochenta es media noche, puesto que el
sol ya pasó hace doce horas.
—Gut. Por tanto aquí es media noche, por tanto la fin de jueves santo. ¿Qué
acontece aquí inmediatamente después?
—Que empezarán las primeras horas del viernes santo. —¿Y no en el Primer
Meridiano?
—No, allá abajo será todavía la tarde de ese jueves.
—Wunderbar. Ergo aquí ya es viernes, et allá es aún jueves, ¿no? Y cuando allá
viernes se vuelve, aquí es ya sábado. Así el Señor resucita aquí cuando allá
todavía no es muerto, ¿no?
—Sí, está bien, pero no entiendo…
—Agora tú entiendes. Cuando aquí es la media noche et un minuto, una
minuscularia parte de minuto, ¿tú dices que aquí es ya viernes?
—Desde luego que sí.
—Pues piensa que en ese mismo momento tú no estarías aquí en el navío sino en
aquella isla que ves, a oriente de la línea del meridiano. ¿Acaso tú dices que
allí ya viernes es?
—No, allí es aún jueves. Es media noche menos un minuto, menos un instante, pero
del jueves.
—¡Gut! ¡En el mismo momento aquí es viernes et allá jueves! —Claro, y… —Roberto
se había detenido sorprendido por un
pensamiento—. ¡Y no sólo! Vuestra Merced me hace comprender que si en ese mismo
instante yo estuviera en la línea del meridiano sería media noche en punto, mas
si mirara hacia
occidente vería la media noche del viernes y si mirara hacia oriente vería la
media noche del jueves. ¡Vive Dios!
—Tú no dices Vivediós, bitte.
—¡Perdóneme, reverendo padre, es que es algo milagroso!
—¡Et por tanto ante un miráculo tú no usas el nombre de Dios en vano! Dices
Sacro Bosco, más bien. ¡Pero el grande miráculo es que no hay miráculo! ¡Todo
estaba previsto ab initio! Si el sol veinte y cuatro horas emplea en dar la
vuelta de la tierra, empieza en occidente del meridiano ciento et ochenta un
nuevo día, et a oriente tenemos aún el día de antes. Media noche de viernes aquí
en el navío es media noche de jueves en la Isla. ¿Tú no sabes que cosa a los
marineros de Magallanes ha sucedido cuando acabaron en su vuelta del mundo, como
cuenta Pedro Mártir? Que son vueltos et pensaban que fuera un día antes et era
en cambio un día después, y ellos creían que Dios había castigado ellos
robándoles un día, porque no habían el ayuno del viernes santo observado. En
cambio, era muy natural: habían hacia poniente viajado. Si desde la Amérika
hacia la Asia viajas, pierdes un día, si en el sentido contrario viajas, ganas
un día: he aquí el motivo que el Daphne ha facto la vía de la Asia, y vosotros
estúpidos la vía de la Amérika. ¡Tú eres agora un día más viejo que yo! ¿No te
hace reír?
—¡Mas si volviera a la Isla sería un día más joven! —dijo Roberto.
—Esto era mío pequeño jocus. Pero a mí no importa si tú eres más joven o más
viejo. A mí importa que en este punto de la tierra una línea hay que de esta
parte el día de después es, y de aquella parte el día de antes. Y no sólo a
media noche, sino también a las siete, a las diez, ¡a cada hora! Dios por tanto
cogía de este abysso el aqua de ayer (que tú ves allá) y la volcaba sobre el
mundo de hoy, y el día después aún ¡y así en adelante! ¡Sine miraculo,
naturaliter! ¡Dios había la Naturaleza predispuesto como un grande Horologium!
Es como si yo habría un horologium que marca no las doce pero las veinte y
cuatro horas. En este
horologium muévese la lanza o saeta hacia las veinte y cuatro, et a la derecha
de las veinte y cuatro era ayer et a la izquierda hoy.
—¿Pero cómo hacía la tierra de ayer para quedarse parada en el cielo, si ya no
había agua en ese hemisferio? ¿No perdía su Centrum Gravitatis?
—Tú piensas con la humana conceptione del tiempo. Para nosotros los hombres
existe el ayer ya no, y el mañana aún no. Tempus Dei, quod dicitur Aevum, muy
diferente.
Roberto razonaba que si Dios quitaba el agua de ayer y la ponía hoy, quizá la
tierra de ayer tenía una sacudida por vía de aquel maldito centro de gravedad,
aunque a los hombres esto no les debía importar: en su ayer la sacudida no había
tenido lugar, y tenía lugar, en cambio, en un ayer de Dios, que evidentemente
sabía manejar diversos tiempos y diversas historias, como un Narrador que
escriba diversas novelas, todas con los mismos personajes, haciéndoles acaecer
casos diferentes de historia a historia. Como si hubiera habido un Cantar de
Roldan en el que Roldan moría bajo un pino, y otro en el que se convertía en rey
de Francia a la muerte de Carlos, usando la piel de Ganelón como alfombra.
Pensamiento que, como se dirá, habríale acompañado más tarde durante mucho
tiempo, convenciéndole de que no solamente los mundos pueden ser infinitos en el
espacio, sino también paralelos en el tiempo. Pero de esto no quería hablarle al
padre Caspar, que consideraba ya hereticísima la idea de los muchos mundos todos
presentes en el mismo espacio y quién sabe qué habría dicho de aquella glosa
suya. Se limitó, pues, a preguntar cómo había hecho Dios para mover toda aquella
agua de ayer a hoy.
—¡Con la eruptione de los volcanes submarinos, natürlich! ¿Piensas? Ellos soplan
abrasadores vientos, ¿y qué sucede cuando una olla de leche caliéntase? La leche
hínchase, sube hacia arriba, sale de la olla, espárcese por los fogones. ¡Pero
en aquel tiempo era no leche, sed aqua hirviente! ¡Grosse catastròphe!
—¿Y cómo quitó Dios toda aquella agua después de los cuarenta días?
—Si no llovía más, estaba el sol, et por tanto evaporaba el agua poco a poco. La
Biblia dice que ciento y cincuenta días necesarios fueron. Si tú la veste en un
día lavas et secas, secas la tierra en ciento y cincuenta. Y además mucha aqua
ha en enormes lagos subterráneos refluido, que agora aún entre la superficie y
el fuego zentral están.
—Casi me ha convencido —dijo Roberto, a quien no le importaba tanto cómo se
había movido aquella agua, como el hecho de que él se encontraba a dos pasos de
ayer—. Mas llegando aquí, ¿qué ha demostrado Vuestra Merced que no había podido
demostrar antes con la luz de la razón?
—La luz de la razón la dejas a la vieja theologia. Hoy quiere la ciencia la
prueba de la experientia. Et la prueba de la experientia es que yo aquí estoy.
Además antes que yo llegaba aquí he hecho muchos sondeos, et sé cuánto profundo
el mar allá abajo es.
El padre Caspar había abandonado su explicación geoastronómica y se había
explayado en la descripción del diluvio. Hablaba ahora su latín erudito,
moviendo los brazos para evocar los diferentes fenómenos celestes e inferiores,
a grandes pasos sobre el combés. Lo había hecho precisamente mientras el cielo
sobre la bahía estaba nublándose y anunciábase un temporal como los que llegaban
sólo, de repente, en el mar del Trópico. Ahora bien, habiéndose roto todas las
fuentes del abismo y las ventanas de los cielos, ¡qué horrendum et formidandum
spectaculum se había ofrecido a Noé y a su familia!
Los hombres se refugiaban en un principio sobre los tejados, pero sus casas eran
barridas por las corrientes que llegaban de las Antípodas con la fuerza del
viento divino que las había levantado y empujado; trepaban sobre los árboles,
pero éstos eran arrancados como pajillas; veían aún unas cimas de antiquísimas
encinas y a ellas agarrábanse, pero los vientos los zarandeaban con tal rabia
que no conseguían mantener la presa. Ya en el mar que cubría valles y montes
veíanse flotar cadáveres inflados, en los que los últimos pájaros espantados
intentaban encaramarse como en atrocísimo nido; mas, perdiendo pronto también
este último refugio, cedían extenuados entre la tempestad, las plumas pesadas,
las alas ya desmayadas.
—Oh, horrenda justitiae divinae spectacula —exultaba el padre Caspar, y era
nada, aseguraba, respecto de lo que nos será dado ver el día en que Cristo
vuelva a juzgar a vivos y muertos…
Y al gran estruendo de la naturaleza respondían los animales del Arca, a los
aullidos del viento hacían eco los lobos, al rugir de los truenos hacía de
contrapunto el león, al escalofrío de las centellas bramaban los elefantes,
ladraban los perros a la voz de sus congéneres moribundos, lloraban las ovejas
ante los lamentos de los niños, graznaban las cornejas al graznar de la lluvia
sobre el tejado del Arca, mugían los bueyes al mugir de las ondas, y todas las
criaturas de la tierra y del aire con su calamitoso piar o quejumbroso maullar
tomaban parte en el luto del planeta.
Fue en esta ocasión, aseguraba el padre Caspar, cuando Noé y su familia
volvieron a descubrir la lengua que Adán había hablado en el Edén, y que sus
hijos habían olvidado después de que los expulsaran y que los mismos
descendientes de Noé habrían perdido, casi todos, el día de la gran confusión
babélica, excepto los herederos de Gomer que habíanla llevado a las selvas del
norte, donde el pueblo alemán habíala custodiado fielmente. Solamente la lengua
alemana, ahora gritaba en su lengua materna el padre Caspar poseído, «redet mit
der Zunge, donnert mit dem Himmel, blitzet mit den schnellen Wolken», o como
luego inventivamente seguía, mezclando los aspérrimos sonidos de idiomas
diferentes, sólo la lengua alemana habla la lengua de la naturaleza, «blitza con
los Nubes, brumma con el cierfo, gruntza con el Schwaino, tzissca con el
Anguicolo, maua con el Kato, schnattera con el Ansérculo, cuaquera con la Gansa,
kakkakakka
con la Gallina, klappera con la Cigonia, krakka con el Korbaccho, schwirra con
la Hirundine!». Y al final él estaba ronco por tanto babelizar, y Roberto
convencido de que la verdadera lengua de Adán, vuelta a hallar con el Diluvio,
arraigase sólo en las landas del Sacro Romano Emperador.
Chorreante de sudor, el religioso había terminado su evocación. Casi como si
estuviera asustado por las consecuencias de todos los diluvios, el cielo había
convocado hacia sí a la tempestad, como un estornudo que parece ya ya que va a
explotar y luego es contenido con un gruñido.
22
LA PALOMA NARANJADA
n los días siguientes se había hecho evidente que la Specola Melitense era
inaccesible, porque tampoco el padre Wanderdrossel sabía nadar. La barca estaba
aún allá abajo, en la calita, y por tanto era como si no
estuviera.
Ahora que tenía a disposición a un hombre joven y vigoroso, el padre Caspar
habría sabido cómo hacer construir una balsa con un gran remo pero, lo había
explicado, materiales e instrumentos se habían quedado en la Isla. Sin ni
siquiera un hacha no se podían abatir los palos o las entenas, sin martillos no
se podían sacar de quicio las puertas, y clavarlas entre ellas.
Por otra parte, el padre Caspar no parecía demasiado preocupado por aquel
prolongado naufragio, es más, se congratulaba sólo de haber recobrado el uso de
su alojamiento, de la cubierta y de algunos instrumentos para continuar estudios
y observaciones.
Roberto no había entendido todavía quién era el padre Caspar Wanderdrossel. ¿Un
sabio? Sin duda sí, o por lo menos un erudito, y un curioso tanto de ciencias
naturales como divinas. ¿Un exaltado? Seguramente. En un determinado momento,
había dejado traslucir que aquel navío había sido equipado no a cargo de la
Compañía, sino al suyo propio, o más bien, de un hermano
suyo, mercader enriquecido y loco como él; en otra ocasión, se había dejado
llevar a una que otra queja hacia algunos hermanos suyos que le habrían «latroneado
tantas fecundísimas Ideas» después de haber fingido repudiarlas como jerigonzas.
Lo que dejaba pensar que allá abajo, en Roma, aquellos reverendos padres no
hubieran visto mal la partida de aquel personaje sofista y, considerando que se
embarcaba a cargo suyo, y que había buenas esperanzas de que a lo largo de
aquellos derroteros impracticables se perdiera, habíanlo alentado para
quitárselo de encima.
Las compañías que Roberto había tenido en Provenza y en París habían sido de tal
especie que volvíanlo vacilante ante las afirmaciones de física y filosofía
natural que oía hacer al viejo. Pero lo hemos visto, Roberto había absorbido el
saber al que estaba expuesto como si fuera una esponja, sin cuidarse demasiado
de no creer en verdades contradictorias. Quizá no era que le faltara el gusto
por el sistema, era elección.
En París, el mundo le había parecido una escena en la que se representaban
apariencias engañosas, donde cada uno, espectador, quería seguir todas las
noches, y admirar, un caso diferente, como si las cosas usuales, aunque
milagrosas, ya no iluminaran a nadie, y sólo las insólitamente inciertas o
inciertamente insólitas fueran capaces de excitarles todavía. Los antiguos
pretendían que para una pregunta existiera una sola respuesta, mientras que el
gran teatro parisino le había ofrecido el espectáculo de una pregunta a la que
se respondía de los modos más variados. Roberto había decidido conceder sólo la
mitad del propio espíritu a las cosas en las que creía (o que creía creer), para
tener la otra disponible en el caso de que fuere verdad lo contrario.
Si ésta era la disposición de su ánimo, podemos entender entonces por qué no
estaba muy motivado para negar incluso las más o menos fidedignas entre las
revelaciones del padre Caspar. De todos los relatos que había oído, el que le
había hecho el
jesuita era, sin duda, el menos usual. ¿Por qué considerarlo entonces falso?
Desafío a quienquiera a que se halle abandonado en un navío desierto, entre
cielo y mar en un espacio perdido, y a que no esté dispuesto a soñar que, en esa
gran desgracia, no le haya tocado en suerte, a lo menos, haber ido a parar en el
centro del tiempo.
Podía, así pues, incluso divertirse oponiendo a aquellos relatos múltiples
objeciones, pero más a menudo portábase como los discípulos de Sócrates, que
casi imploraban su derrota.
Por otra parte, ¿cómo rechazar el saber de una figura ya paterna, que de golpe
lo había conducido de una condición de náufrago anonadado a la de pasajero de un
navío del cual alguien tenía conocimiento y gobierno? Fuere la autoridad del
hábito, fuere la condición de señor original de aquel castillo marino, el padre
Caspar representaba a sus ojos el Poder, y Roberto había aprendido bastante de
las ideas del siglo para saber que a la fuerza es menester asentir, por lo menos
en apariencia.
Si luego Roberto empezaba a dudar de su anfitrión, inmediatamente aquél,
acompañándole a explorar de nuevo el navío y enseñándole instrumentos que habían
escapado a su atención, le permitía aprender tantas y tales cosas que se
conquistaba su confianza.
Por ejemplo, le había hecho descubrir redes y anzuelos de pesca.
El Daphne estaba anclado en aguas pobladísimas, y no era cuestión de agotar los
bastimentos de a bordo si era posible obtener pescado fresco. Roberto,
moviéndose ahora de día con sus lentes ahumados, había aprendido enseguida a
arrojar las redes y a echar el anzuelo, y sin gran esfuerzo había capturado
animales de tal desmedida medida que más de una vez había corrido el riesgo de
ser arrastrado allende la borda por la fuerza del golpe con el que picaban.
Los tiraba en la puente y el padre Caspar parecía conocer de cada uno la
naturaleza e incluso el nombre. Si luego los nombraba
según naturaleza o los bautizaba a libito suo, Roberto no sabía decirlo.
Si los peces de su hemisferio eran grises, a lo sumo plata viva, éstos se
presentaban azules con aletas guinda, tenían barbas azafrán, u hocicos
cardenales. Había pescado un múgil con dos cabezas ojillenas, una en cada
extremo del cuerpo, empero el padre Caspar le había hecho notar cómo la segunda
cabeza era, en cambio, una cola así decorada por la naturaleza, agitando la cual
el animal asustaba a sus adversarios también desde atrás. Fue capturado un pez
con el vientre maculado, con tiras de atramento en el dorso, todos los colores
del arco iris en torno al ojo, un hocico cabruno, pero el padre Caspar hizo que
lo echara de nuevo e inmediatamente al mar, pues que sabía (¿relatos de los
hermanos, experiencia de viaje, leyenda de marineros?) que era más venenoso que
un boleto de los muertos.
De otro pez, ojo amarillo, boca túmida y dientes como clavos, el padre Caspar
había dicho inmediatamente que era criatura de Belcebú. Que se lo dejara sofocar
en la puente hasta que muerte no siguiere, y luego fuérase por donde había
venido. ¿Lo decía por ciencia adquirida o juzgaba por el aspecto? Por lo demás,
todos los peces que Caspar juzgaba comestibles revelábanse buenísimos; e incluso
de uno había sabido decir también que estaba mejor hervido que asado.
Iniciando a Roberto en los misterios de aquel mar salomónico, el jesuíta había
sido también más preciso en dar noticias sobre la Isla, la cual el Daphne, al
llegar, había circunnavegado completamente. Hacia el este tenía unas pequeñas
playas, mas demasiado expuestas a los vientos. Inmediatamente después del
promontorio sur, donde luego habían dado fondo con la barca, había una bahía
tranquila, salvo que el agua era demasiado baja para fondear el Daphne. Aquél,
donde ahora el navío estaba, era el punto más apercibido: acercándose a la Isla
se habría encallado en un fondo bajo, y alejándose más se habrían encontrado en
lo vivo de una corriente harto fuerte, que recorría el canal entre las
dos islas de suroeste a noreste; y fue fácil demostrárselo a Roberto. El padre
Caspar le pidió que arrojara el corpachón muerto del pez de Belcebú, con toda la
fuerza que tenía, hacia el mar de occidente, y el cadáver del monstruo, mientras
vióselo flotar, fue arrastrado con vehemencia por aquel flujo invisible.
Tanto Caspar como los marineros habían explorado la Isla, si no toda, en gran
parte: lo suficiente para poder decidir que la coronilla del monte, que habían
elegido para instalar la Specola, era la más apropiada para dominar con el ojo
toda aquella tierra, vasta como la ciudad de Roma.
Había en el interior una cascada, y una hermosísima vegetación: no sólo cocos y
plátanos, sino también algunos árboles con el tronco en forma de estrella, cuyas
puntas se sutilizaban como hojas de cuchillo.
De los animales, algunos habíalos visto Roberto en la entrepuentes: la Isla era
un paraíso de pájaros, y había incluso zorros voladores. Habían avistado en la
espesura unos cerdos, mas no habían conseguido capturarlos. Había serpientes,
aunque ninguna se había demostrado venenosa o feroz, mientras ilimitada era la
variedad de los lagartos.
Pero la fauna más rica se hallaba a lo largo de la barbacana de coral. Tortugas,
cangrejos, y ostras de todas las formas, difíciles de comparar con las que se
encuentran en nuestros mares, grandes como cestas, como ollas, como bandejas, a
menudo difíciles de abrir, mas una vez abiertas mostraban masas de carne blanca,
blanda y grasa que eran verdaderos manjares. Desdichadamente no podían llevarse
al navío: en cuanto estaban fuera del agua, corrompíanse al calor del sol.
No habían visto ninguna de las grandes bestias feroces de las que son ricas
otras regiones del Asia, ni elefantes, ni tigres ni cocodrilos. Y, por otra
parte, nada que se asemejara a un buey, a un toro, a un caballo o a un perro.
Parecía que en aquella tierra todas las formas de vida hubieran sido concebidas
no por un arquitecto o por un escultor, sino por un orfebre: los pájaros eran
cristales coloreados, pequeños los animales del bosque, planos y casi
transparentes los peces.
No les había parecido ni al padre Caspar ni al capitán, ni a los marineros, que
en aquellas aguas hubiera tiburones, que se podrían notar incluso de lejos, a
causa de aquella aleta, afilada como un hacha. Y decir que en aquellos mares
encontrábanse por doquier. Ésta, que delante y en derredor de la Isla faltaban
los tiburones, era según mi opinión una ilusión de aquel antojadizo explorador,
o quizá era verdad lo que él argumentaba, es decir, que habiendo un poco más al
oeste una gran corriente, aquellos animales preferían moverse allá abajo, donde
estaban seguros de encontrar sustento más abundante. Como quiera que fuere, le
va bien a la historia que seguirá que ni Caspar ni Roberto temieran la presencia
de tiburones, si no, no habrían tenido luego ánimo de bajar al agua y yo no
sabría qué contar.
Roberto seguía estas descripciones, se prendaba cada vez más de la Isla lejana,
intentaba imaginarse la forma, el color, el movimiento de las criaturas de las
que el padre Caspar le hablaba. Y los corales, ¿cómo eran estos corales, que él
conocía sólo como joyas que por poética definición tenían el color de los labios
de una bella mujer?
Sobre los corales el padre Caspar se quedaba sin palabras y se limitaba a
levantar los ojos al cielo con una expresión de dicha. Aquesos de los que
hablaba Roberto eran los corales muertos, como muerta era la virtud de aquellas
cortesanas a las que los libertinos aplicaban aquella abusada comparación. Y en
la escollera, corales muertos los había, y eran éstos los que herían a quien
tocare aquellas piedras. Mas en nada podían competir con los corales vivos, que
eran, cómo decir, flores submarinas, anémonas, jacintos, alheñas, ranúnculos,
ramilletes de violetas. Qué va, esto no decía nada, eran una fiesta de agallas,
nueces, nebrinas, capullos, cadillos, vástagos, cogollos, nervios; no, no, eran
otra cosa, móviles, coloreados como el jardín de Armida, e
imitaban a todos los vegetales del campo, del huerto y del bosque, desde el
cedro a la amanita y a la berza…
Él había visto corales en otras partes, gracias a un instrumento construido por
un hermano suyo (y yendo a hurgar en un cajón de su camarote el instrumento
aparecía): era como una máscara de cuero con un gran ocular de cristal, y el
orificio superior ribeteado y reforzado, con un par de cintas que permitían
asegurarlo a la nuca, de suerte que adhiriera a la cara, desde la frente hasta
la barbilla. Navegando sobre un bote con el fondo plano, que no se encallara en
el terraplén sumergido, se doblaba la cabeza hasta rozar el agua y se veía el
fondo: mientras que si uno hubiera sumergido la cabeza desnuda, aparte el
escozor de los ojos, no habría visto nada.
Caspar pensaba que el artilugio, que llamaba Perspicillum, Ocular, o Persona
Vítrea (máscara que no esconde, antes, revela), habría podido ser llevado
también por quien hubiera sabido nadar entre las rocas. No era que el agua no
entrara antes o después en el interior, mas por un poco de tiempo, conteniendo
la respiración, se podía seguir mirando. Después de lo cual, habría sido
menester emerger de nuevo, vaciar aquella vasija y volver a empezar desde el
principio.
—Si tú a natar aprenderías, podrías estas cosas allá abajo ver —decía Caspar a
Roberto.
Y Roberto, imitándole:
—Si yo nadaría, ¡mi pecho fuera una bota!
Y sin embargo reconvenía no poder ir allá abajo.
Y además, además, estaba añadiendo el padre Caspar, en la Isla estaba la Paloma
de Llama.
—¿La Paloma de Llama? ¿Qué es? —preguntó Roberto.
Y el ansia con la que lo preguntó nos parece exorbitante. Como si la Isla le
prometiera desde hacía tiempo un emblema oscuro, que sólo ahora volvíase
luminosísimo.
Explicaba el padre Caspar que era difícil describir la belleza de este pájaro, y
había que verlo para poder hablar del. Él lo
había divisado con el largomira el mismo día de la llegada. Y desde lejos era
como ver una esfera de oro inflamado, o de flama áurea, que desde la cima de los
árboles más altos saeteaba hacia el cielo. Recién llegado a tierra había querido
saber más, y había instruido a los marineros para que lo localizaran.
Había sido acechanza harto larga, hasta que habían entendido entre qué árboles
vivía. Emitía un sonido completamente particular, una especie de «toc toc», como
el que se obtiene chasqueando la lengua contra el paladar. Caspar había
entendido que, produciendo este reclamo con la boca, o con los dedos, el animal
respondía, y alguna vez se había dejado entrever mientras volaba de rama en
rama.
Caspar había vuelto más veces a acechar, pero con un cristal de larga vista y,
por lo menos una vez, había visto bien el pájaro, casi inmóvil: la cabeza era
oliva oscuro —no, quizá espárrago como las patas— y el pico color alfalfa se
extendía, como una máscara, a engastar el ojo, que parecía un grano de trigo de
Indias, con la pupila de un negro rutilante. Tenía un gollete breve y dorado
como la punta de las alas, pero el cuerpo, desde el pecho hasta las plumas de la
cola, que, finísimas, parecían los cabellos de una mujer, era (¿cómo decir?).
No, rojo no era la palabra apropiada…
Rojo, rubro, rubicundo, rubio, rufo, rojeante, rosicler, sugería Roberto. Nein,
nein, irritábase el padre Caspar. Y Roberto: como una fresa, una clavellina, una
frambuesa, una guinda, un rabanillo; como las bayas del acebo, el vientre del
tordo o del zorzal, la cola del colarrubia, el pecho del pechicolorado… Que no,
no, insistía el padre Caspar, en lucha con la suya y con las otras lenguas para
encontrar las palabras adecuadas: y, a juzgar por la síntesis que luego extrae
Roberto, tampoco se entiende ya si el énfasis es del informador o del informado,
debía de ser del color jubiloso de una toronja, de una naranja, era un sol
alado; en definitiva, cuando se la veía en el cielo blanco era como si el alba
arrojara una granada sobre la nieve. ¡Y cuando se cimbraba al sol era más
fulgurante que un querubín!
Este pájaro naranjado, decía el padre Caspar, ciertamente no podía sino vivir en
la Isla de Salomón, porque era en el Cántico de aquel gran Rey donde se hablaba
de una paloma que se levanta como la aurora, resplandeciente como el sol,
terribilis ut castrorum acies ordinata. Era, como dice otro salmo, con las alas
cubiertas de plata y las plumas con los reflejos del oro.
Con este animal, Caspar había visto otro casi igual, excepto que las plumas no
eran naranjadas, sino verdiazules, y por la manera en que los dos solían ir
emparejados en la misma rama, debían de ser macho y hembra. Que pudieran ser
palomas lo decía su forma, y su arrullo tan frecuente. Cuál de los dos era el
macho era difícil de decirse, y por otra parte había impuesto a los marineros
que no los mataran.
Roberto preguntó cuántas palomas podía haber en la Isla. Por lo que sabía el
padre Caspar, que todas las veces había visto una sola pelota bermellón salir
disparada hacia las nubes, o siempre una pareja única entre las altas frondas,
en la Isla podía haber incluso sólo dos palomas, y una sola naranjada.
Suposición que hacía desvivirse a Roberto por aquella belleza peregrina. Que, si
lo aguardaba, lo aguardaba siempre desde el día de antes.
Por otra parte, si Roberto quería, decía el padre Caspar, estando horas y horas
al largomira, habría podido verla incluso desde el navío. Con tal de que se
hubiera quitado aquellos lentes tiznados. A la respuesta de Roberto, que los
ojos no se lo permitían, Caspar había hecho algunas observaciones displicentes
sobre ese mal de mujerzuela, y había aconsejado los líquidos con los que se
había curado su bubón (Spiritus, Olea, Flores).
No resulta claro si Roberto los usara, si se ejercitara poco a poco en mirar a
su alrededor sin anteojos, primero al alba y al crepúsculo y luego a pleno día,
y si aún los llevara cuando, como veremos, intenta aprender la natación. El
hecho es que, de este momento en adelante, los ojos dejan de mencionarse para
justificar cualquier fuga o contumacia. Así que es lícito recabar que poco a
poco, quizá por la acción curativa de aquellos aires balsámicos o del agua
marina, Roberto sanara de una afección que, verdadera o presunta, lo convertía
en licántropo desde hacía más de diez años (si de verdad el lector no querrá
insinuar que desde este momento yo lo deseo todo el tiempo en la puente y, no
encontrando desmentidas entre sus papeles, con autorial arrogancia lo libro de
todo mal).
Pero quizá Roberto quería curarse para ver a toda costa a la paloma. Y se habría
arrojado inmediatamente a la amurada para pasar el día escudriñando árboles, si
no hubiera sido distraído por otra cuestión no resuelta.
Una vez terminada la descripción de la Isla y de sus riquezas, el padre Caspar
había observado que tantas amenísimas cosas no podían sino encontrarse allí, en
el meridiano antípoda. Roberto había preguntado entonces:
—Reverendo padre, Vuestra Merced hame dicho que la Specola Melitense hale
confirmado que está en el meridiano antípoda, y yo le creo. Mas no ha ido a
levantar la Specola en todas las islas que ha encontrado en su viaje, sino en
ésta solamente. ¡Y entonces, de alguna manera, antes de que la Specola se lo
dijera, Vuestra Merced debía estar seguro ya de haber encontrado la longitud que
buscaba!
—Tú piensas muy justo. Si yo aquí habría sin saber venido que yo aquí era aquí,
no podía yo saber que era aquí… Agora
explícote. Como sabía que la Specola era único instrumento justo, para llegar
donde probar la Specola, debía falsos métodos usar. Et así he fecho.
23
TEATRO DE LOS INSTRUMENTOS Y FIGURAS MECÁNICAS
isto que Roberto era incrédulo y pretendía saber cuáles eran, y cuan inútiles,
los diferentes métodos para hallar las longitudes, el padre Caspar le había
objetado que, siendo todos errados si se tomaban uno a uno, tomados
todos juntos podían equilibrar los diferentes resultados, y compensar defectos
individuales.
—¡Y ésta est mathematica!
Desde luego, un reloj después de millares de millas no da la certeza de marcar
bien el tiempo del lugar de partida. Pero ¿y muchos y varios relojes, algunos de
especial y cuidada construcción, como los que Roberto había descubierto en el
Daphne? Tú comparas sus tiempos inexactos, compruebas diariamente las respuestas
del uno sobre los decretos de los otros, y alguna seguridad la obtienes.
¿El loch o barquilla como quisiérasela llamar? No funcionan los habituales, pero
he aquí qué había construido el padre Caspar: una cajita, con dos varillas
verticales, de suerte que una enrollaba y la otra desenrollaba un cuerda de
longitud fija equivalente a un número fijo de millas; y la vara enrollante
estaba coronada por muchas paletas, que como en un molino
giraban bajo el impulso de los mismos vientos que inflaban las velas, y
aceleraban o disminuían su movimiento, y más o menos enrollaban cuerda, según la
fuerza y la dirección directa u oblicua del soplo, registrando, pues, también
las desviaciones debidas al trincar la nao, o al ir contra viento. Método no
segurísimo entre todos, pero óptimo si alguien hubiera comparado sus resultados
con los de otras medidas.
¿Los eclipses lunares? Seguro que si se los observa durante el viaje, resultaban
infinitos yerros. Pero por el momento, ¿qué decir de los observados en tierra?
—Tenemos que haber muchos observadores et en muchos lugares del mundo, et bien
dispuestos a colaborar a la mayor gloria de Dios, y a no hacerse injurias o
desaires y resentimientos. Escucha: en 1612, el ocho de noviembre, en Macao, el
reverendísimo pater Julius de Alessis registra un eclipse desde las ocho y
treinta de la tarde hasta las once y treinta. Informa dello al reverendísimo
pater Carolus Espínola, que en Nangasaki, en Japonia, el mismo eclipse a las
nueve y treinta de la misma noche observaba. Y el pater Christophorus Schnaidaa
había el mismo eclipse visto en Ingolstatio a las cinco de la tarde. La
differentia de una hora hace quince grados de meridiano, et ergo, ésta es la
distantia entre Macao y Nangasaki, no diez y seis grados et veinte como dice
Blaeu. ¿Verstanden? Naturalmente para estas observaciones es necesario cuidarse
de la umbraco y del humo, tener relojes justos, no dejarse escapar el initium
totalis inmersionis, et tener justa media entre initium et finis eclipsis,
observar los momentos intermedios en los que se oscurecen las manchas, et
coetera. Si los lugares lejanos son, un pequeñísimo error no hace gran
differentia, pero si los lugares próximos son, un error de pocos minutos hace
gran differentia.
Aparte de que sobre Macao y Nagasaki me parece que tenía más razón Blaeu que no
el padre Caspar (y esto prueba qué maraña eran de verdad las longitudes en aquel
tiempo), así es como, recogiendo y enlazando las observaciones hechas por sus
hermanos misionarios, los jesuitas habían establecido un Horologium Catholicum,
que no quería decir que era un reloj devotísimo al Papa, sino un reloj
universal. Era, en efecto, una especie de planisferio en el que estaban marcadas
todas las sedes de la Compañía, desde Roma hasta los confines del mundo
conocido, y de cada lugar se indicaba la hora local. Así, explicaba el padre
Caspar, él no había tenido necesidad de llevar la cuenta del tiempo desde el
principio del viaje, sino sólo desde la última atalaya del mundo cristiano, cuya
longitud era indiscutible. Por tanto, las márgenes de error se habían reducido
mucho, y entre una estación y otra podíanse usar métodos que en absoluto no
daban garantía alguna, como la variación de la aguja o el cálculo sobre las
manchas lunares.
Por suerte, sus hermanos estaban realmente un poco por doquier, desde Pernambuco
a Goa, desde Mindanao al Puerto Sancti Thomae, y si los vientos le impedían dar
fondo en un puerto, inmediatamente había otro. Por ejemplo, en Macao, ah, Macao,
sólo al pensamiento de aquella aventura el padre Caspar se conturbaba. Era un
dominio portugués, los Chinos llamaban a los europeos hombres de larga nariz
precisamente porque los primeros que desembarcaron en sus costas habían sido los
portugueses que, la verdad, tienen una nariz larguísima, y también los jesuitas
que iban con ellos. Así pues, la ciudad era una sola corona de fortalezas
blancas y azules sobre la colina, controladas por los padres de la Compañía, que
tenían que ocuparse también de cosas militares, visto que la ciudad estaba
amenazada por los herejes holandeses.
El padre Caspar había decidido poner rumbo a Macao, donde conocía a un hermano
doctísimo en ciencias astronómicas, pero había olvidado que estaba navegando en
un fluyt.
¿Qué habían hecho los buenos padres de Macao? Avistado un navío holandés, habían
echado mano de los cañones y culebrinas. Inútil que el padre Caspar se
desbrazara como loco en la proa y hubiera hecho izar inmediatamente la insignia
de la Compañía,
aquellos malditos narices largas de sus hermanos portugueses, arropados en el
humo marcial que los invitaba a una santa matanza, ni siquiera lo habían
advertido, y adelante con su lluvia de balas todo en torno del Daphne. Pura
gracia de Dios si el navío había podido moderar las velas, virar y huir a malas
penas hacia alta mar, con el capitán que en su lengua luterana lanzaba groserías
contra aquellos padres de poca ponderación. Y esta vez tenía razón él: está bien
echar a pique a los holandeses, pero no cuando hay un jesuíta a bordo.
Por suerte, no era difícil encontrar otras misiones a no mucha distancia, y
habían dirigido la proa hacia la más hospitalaria Mindanao. Y de este modo, de
etapa en etapa, tenían bajo control la longitud (y Dios sabe cómo, añado, visto
que llegando a un palmo de Australia debían de haber perdido todo punto de
referencia).
—Et hora tenemos Novissima Experimenta hacer, para clarissime et evidenter
demonstrar que nosotros en el ciento y ochenta meridiano estamos. Si no, mis
hermanos de Colegio Romano piensan que yo soy un malamokko.
—¿Nuevos experimentos? —preguntó Roberto—. ¿No acababa de decirme que la Specola
le ha dado al fin la seguridad de que se encuentra en el meridiano ciento y
ochenta y ante la Isla de Salomón?
Sí, contestó el jesuíta, él estaba seguro: había puesto en liza los diferentes
métodos imperfectos encontrados por los demás, y la concordancia de tantos
métodos débiles no podía sino ofrecer una certidumbre harto fuerte, como sucede
con la prueba de Dios por el consensus gentium, que bien es verdad que los que
creen en Dios son muchos hombres propensos al error, pero es imposible que todos
se equivoquen, desde las selvas de África hasta los desiertos de la China. Así
sobreviene que nosotros creemos en el movimiento del sol y de la luna y de los
demás planetas, o en el poder oculto de la celidonia, o que en el centro de la
tierra se halla un fuego subterráneo; desde hace miles y miles de años, los
hombres lo han creído, y creyéndolo han conseguido vivir en este planeta y
obtener muchos efectos útiles por el modo en que han leído el gran libro de la
naturaleza. Mas un gran descubrimiento como aquél debía ser confirmado por
muchas otras pruebas, de suerte que incluso los escépticos rindiéranse a la
evidencia.
Y además, la ciencia no debe perseguirse sólo por amor del saber, sino para
hacer partícipes a los propios hermanos. Y por tanto, dado que a él le había
costado tanto esfuerzo encontrar la longitud justa, debía buscar agora
ratificación a través de otros métodos más fáciles, de suerte que aqueste saber
se convirtiere en patrimonio de todos nuestros hermanos:
—O por lo menos de los hermanos cristianos, antes, de los hermanos cathólicos,
porque los herejes holandeses o ingleses, o peor aún, moravos, sería harto mejor
que de estos secretos no vendrían jamás en conocimiento.
Ahora bien, de todos los métodos de tomar la longitud, él daba por seguros dos.
Uno, bueno para la tierra firme, era precisamente aquel tesoro de todo método
que era la Specola Melitense; el otro, bueno para las observaciones en la mar,
era el del Instrumentum Arcetricum, que yacía en la bodega y todavía no había
sido puesto por obra, dado que primeramente se trataba de obtener, mediante la
Specola, la certidumbre sobre la propia posición, y luego ver si aquel
Instrumentum la confirmaba, después de lo cual habría podido ser considerado
segurísimo entre todos.
Este experimento, el padre Caspar habríalo hecho mucho antes, si no hubiera
acontecido todo lo que había acontecido. Pero había llegado el momento, y habría
sido precisamente aquella misma noche: el cielo y las efemérides decían que era
la noche propicia.
¿Qué era el Instrumentum Arcetricum? Era un
utensilio prefigurado muchos años antes por Galilei. Nótese, prefigurado,
contado, prometido, jamás realizado antes de que el padre Caspar se pusiera al
trabajo. Y a Roberto que le preguntaba si aquel
Galilei era el mismo que había forjado una condenadísima hipótesis sobre el
movimiento de la tierra, el padre Caspar contestaba que sí, cuando se había
entremetido en cosas de metafísica y de sagradas escrituras ese Galilei había
dicho cosas pésimas, pero como mecánico era hombre de genio, y grandísimo. Y a
la pregunta si no estaba mal usar las ideas de un hombre que la Iglesia había
reprobado, el jesuíta había contestado que a la mayor gloria de Dios pueden
concurrir también las ideas de un hereje, si herejes en sí no son. E
imaginémonos si el padre Caspar, que acogía todos los métodos existentes, no
jurando sobre ninguno sino sacando partido de su porfiado conciliábulo, no
habría debido sacar partido también del método de Galilei.
Antes, era muy útil tanto para la ciencia como para la fe, aprovechar lo antes
posible la idea de Galilei; aqueste había intentado ya vendérsela a los
holandeses, y por suerte que aquéllos, como los españoles algunas décadas antes,
habían desconfiado.
Galilei había extraído caprichos de una premisa que en sí era justísima, y es
decir, robar la idea del anteojo de larga vista a los flamencos (que lo usaban
sólo para mirar los navíos en el puerto), y apuntar aquel instrumento hacia el
cielo. Y allí, entre tantas otras cosas que el padre Caspar no soñaba poner en
duda, había descubierto que Júpiter, Jove lo llamaba ese Galilei, tenía cuatro
satélites, como decir cuatro lunas, jamás vistas desde los orígenes del mundo
hasta aquellos tiempos. Cuatro estrellitas que giraban a su alrededor, mientras
él giraba alrededor del sol. Y veremos que para el padre Caspar, que Júpiter
girara alrededor del sol era admisible, con tal de que se dejara en paz a la
tierra.
Ahora bien, que nuestra luna entre a veces en eclipse, cuando pasa por la sombra
de la tierra era cosa bien conocida, así como era noto a todos los astrónomos
cuándo se habrían verificado los eclipses lunares, y hacían texto las
efemérides. Nada sorprendente, pues, si también las lunas de Júpiter tenían sus
eclipses. Es más, al menos para nosotros, tenían dos, un eclipse verdadero y una
ocultación.
En efecto, la luna desaparece de nuestros ojos cuando la tierra se interpone
entre ella y el sol, pero los satélites de Júpiter desaparecen de nuestra vista
dos veces, cuando pasan detrás de Júpiter y cuando pasan por delante,
convirtiéndose en un todo con su luz, y con un buen anteojo de larga vista se
pueden seguir perfectamente sus apariciones y desapariciones. Con la ventaja
inestimable de que, mientras los eclipses de luna suceden sólo a cada muerte de
obispo, y tardan un tiempo larguísimo, los de los satélites jupiterinos suceden
a menudo, y son muy rápidos.
Supongamos ahora que la hora y los minutos de los eclipses de cada satélite
(pasando cada uno sobre una órbita de diferente amplitud) hayan sido verificados
exactamente en un meridiano conocido, y sean fe de ello las efemérides; a este
punto, basta conseguir establecer la hora y el minuto en el que el eclipse se
muestra en el meridiano (ignoto) en que se está, y la cuenta se saca pronto y es
posible deducir la longitud del lugar de observación.
Es verdad que había inconvenientes menores, de los que no valía la pena hablarle
a un profano, pero la empresa habría estado al alcance de un buen calculador,
que dispusiere de un medidor de tiempo, es decir un perpendiculum, o péndulo, u
Horologium Oscillatorium como se quisiere llamar, capaz de medir con absoluta
exactitud incluso la diferencia de un solo segundo; item, tuviere dos relojes
normales que le dijeran fielmente la hora de principio y final del fenómeno,
tanto sobre el meridiano de observación como sobre el de la Isla del Hierro;
item, mediante la tabla de los senos supiere medir la cantidad del ángulo hecho
en el ojo por los cuerpos examinados; ángulo que, si entendido como posición de
las manecillas de un reloj, habría expresado en minutos, primos y segundos la
distancia entre dos cuerpos y su progresiva variación.
Con tal de que, es de provecho repetirlo, se poseyeran esas buenas efemérides
que Galilei ya viejo y enfermo no había conseguido completar, pero que los
hermanos del padre Caspar, ya tan buenos para calcular los eclipses de luna,
habían estilado ahora a la perfección.
¿Cuáles eran los inconvenientes mayores, sobre los que se habían exacerbado los
adversarios de Galileo? ¿Que se trataba de observaciones que no se podían hacer
con el simple ojo y que era necesario un buen anteojo de larga vista o
telescopio como se quisiera llamar ya? Pues el padre Caspar tenía uno de
excelente hechura, como ni siquiera Galilei lo habría soñado. ¿Que la medida y
el cálculo no estaban al alcance de los marineros? ¡Si todos los otros métodos
para las longitudes, exceptuando quizá la barquilla, requerían incluso un
astrónomo! Si los capitanes habían aprendido a usar el astrolabio, que desde
luego no era cosa al alcance de cualquier profano, bien habrían aprendido a usar
el anteojo.
Empero, decían los pedantes, observaciones tan exactas que requieren mucha
precisión, se podían hacer si acaso desde tierra, no en un navío en movimiento,
donde nadie consigue tener quieto un anteojo sobre un cuerpo celeste que no se
ve a simple ojo… Pues bien, el padre Caspar estaba allá para demostrar que, con
un poco de habilidad, las observaciones podían hacerse también en un navío en
movimiento.
Y últimamente, algunos españoles habían objetado que los satélites en eclipse no
aparecían de día, y tampoco en las noches tempestuosas. «¿Quizá ellos creen que
uno da una palmada y he aquí illico et inmediate los eclipses de luna a su
disposición?», se irritaba el padre Caspar. ¿Y quién había dicho nunca que la
observación debía ser realizada en todo momento? Quien ha viajado de la una a
las otras Indias sabe que el tomar la longitud no puede requerir de mayor
frecuencia que la que se requiere para la observación de la latitud, y ni
siquiera ésta, ni con el astrolabio ni con la ballestilla, se puede hacer en los
momentos de
gran conmoción del mar. Que se la supiera tomar bien, esta bendita longitud,
aunque fuere sólo una vez cada dos o tres días, y entre una y otra observación
se habría podido llevar la cuenta del tiempo y del espacio transcurrido, como
hacíase ya, usando una barquilla. Salvo que hasta ese momento se habían reducido
a hacer sólo eso durante meses y meses.
—Aquesos me parecen —decía el buen padre aún más desdeñado— como homo que en una
gran carestía tú socorres con un cesto de pan, y en vez de hacer gratias,
contúrbase de que en la mesa también un cerdo asado o una liebre no pones a él.
¡Oh Sacrobosco! ¿Quizá que tú tirabas al mar los cañones de este nao sólo porque
sabrías que de cien tiros noventa hacen pluf en agua?
He aquí cómo, por tanto, el padre Caspar empeñó a Roberto en la preparación de
un experimento que había de hacerse en una noche como la que se estaba
anunciando, astronómicamente oportuna, con cielo claro, pero con el mar en
mediocre agitación. Si el experimento se hacía en una noche de bonanza,
explicaba el padre Caspar, era como hacerlo desde tierra, y allá se sabía que
habría tenido éxito. El experimento debía permitir, en cambio, al observador
visos de bonanza sobre un buque movido de popa a proa, de una a otra banda.
En primer lugar, había sido cosa de recuperar, entre los relojes que en los días
pasados habían sido tan maltratados, uno que aún funcionara como es debido. Uno
solo, en aquel caso afortunado, y no dos: en efecto, se lo conformaba a la hora
local con una buena observación diurna (lo que fue hecho) y, como estaban
seguros de estar en el meridiano antípoda, no había razón de tener un segundo
reloj que marcara la hora de la Isla del Hierro. Bastaba con saber que la
diferencia era de doce horas exactas. Media noche aquí, medio día allá.
Parándose a pensar, esta decisión parece descansar sobre un círculo vicioso. Que
se estuviera en el meridiano antípoda era algo que el experimento tenía que
probar, y no dar por sobreentendido. Pero el padre Caspar estaba tan seguro de
sus observaciones
previas que deseaba solamente confirmarlas, y además, probablemente, después de
todas aquellas zozobras, en el navío ya no quedaba un solo reloj que marcara aún
la hora de la otra cara del globo, y era menester superar aquel impedimento. Por
otra parte, Roberto no era tan agudo para notar el vicio escondido de ese
procedimiento.
—Cuando yo digo ya, tú miras la hora, y escribes. Et inmediatamente das un golpe
al perpendículo.
El perpendículo estaba sostenido por un pequeño castillo de metal, que hacía de
horca a una varilla de cobre que terminaba en un péndulo circular. En el punto
más bajo, donde pasaba el péndulo, había una rueda horizontal, en la que estaban
colocados unos dientes, hechos de suerte que un lado del diente estuviera
derecho en escuadra sobre el plano de la rueda, y el otro oblicuo. Reciprocando
aquí y allá, el péndulo, al ir, golpeaba gracias a un estilete que sobresalía
una hebra de seda, que a su vez tocaba un diente por la parte derecha, y movía
la rueda; pero cuando el péndulo volvía, la hebra tocaba apenas el lado oblicuo
del diente, y la rueda permanecía parada. Marcando los dientes con unos números,
cuando el péndulo se detenía, se podía contar la cantidad de dientes movidos y,
por tanto, calcular el número de las partículas de tiempo transcurridas.
—Así tú no eres obligado a contar cada vez uno, dos, tres et coetera, pero que
al final cuando yo digo basta, paras el perpendículo et cuentas los dientes,
¿entendido? Et escribes cuántos dientes. Luego miras el reloj et escribes hora
ésta o aquélla. Y cuando de nuevo ya digo, tú a eso das un muy gallardo impulso,
et eso empieza de nuevo la oscillatione. Simplice, que hasta un niño entiende.
Desde luego no se trataba de un gran perpendículo, el padre Caspar lo sabía
bien, pero sobre aquel argumento empezábase apenas a discutir y sólo un día
habría sido posible construirlos más perfectos.
—Cosa difficillima, y tenemos aún mucho que aprender, aunque si Dios no
prohibiera die Wette… Cómo tú dices, le par i…
—La apuesta.
—Eso. Si Dios no prohibiría, yo podría hacer apuesta que en el futuro todos van
a buscar longitudes y todos otros phenomena terrestres con perpendículo. Pero
muy es difficile en un navío, et tú debes poner mucha atención.
Caspar le dijo a Roberto que dispusiera los dos aparejos, junto con lo necesario
para escribir, en el alcázar, que era el observatorio más elevado de todo el
Daphne, allá donde habrían montado el Instrumentum Arcetricum. Del pañol de
víveres habían llevado al castillo aquellos trastos que Roberto había entrevisto
mientras todavía daba la caza al Intruso. Eran de fácil transporte, excepto la
palangana de metal, que había sido izada hasta la puente entre imprecaciones y
ruinosos desastres, porque no pasaba por las escotillas. El padre Caspar, de
seco que era, ahora que tenía que realizar su proyecto, demostraba una energía
física igual a su voluntad.
Montó casi solo, con un instrumento suyo para ajustar los bollones, una armazón
de semicírculos y varillas de hierro, que se demostró sostén de forma redonda,
al cual se fijó con las argollas el lienzo circular, de suerte que al final
obteníase como un gran balde en forma de medio orbe esférico, con un diámetro de
unos dos metros. Fue preciso embrearlo para que no dejara pasar el aceite
maloliente de las pipejas, con el que ahora Roberto estábalo llenando,
quejándose por la gran fetidez. Pero el padre Caspar le remembraba, seráfico
como un capuchino, que no servía para sofreír cebollas.
—¿Y para qué sirve, en cambio?
—Probamos en este pequeño mar una más pequeña nave poner —y hacíase ayudar para
colocar en el gran balde de lienzo la palangana metálica, casi plana, con un
diámetro poco inferior al del recipiente—. ¿No has jamás uno oído que dice que
el mar
está liso como el aceite? Pues, tú ves ya, la puente ladéase hacia izquierda et
el aceite de la gran bañera ladea hacia la derecha, et viceversa, o sea, a ti
así parece; en verdad, el aceite mantiénese siempre equilibrado, sin jamás
levantarse o bajarse, y paralelo al horizonte. Sucedería también si agua habría,
pero sobre el aceite está la pequeña palangana como sobre mar en bonanza. Et yo
ya un pequeño experimento en Roma he fecho, con dos pequeños baldes, el mayor
lleno de agua y el menor de arena, y en la arena ensartado un pequeño gnomon, et
yo ponía la pequeña a flotar en la grande, y la grande movía, y tú podías el
gnomon derecho como un campanario ver, ¡no inclinado como las torres de Bolonia!
—Wunderbar —aprobaba políglota Roberto—. ¿Y agora?
—Quitamos agora la palangana pequeña, que tenemos en ella toda una máquina
montar.
La carena de la palangana tenía unos pequeños muelles en el exterior, de suerte
que, explicaba el padre, una vez que navegara con su carga en la pila más
grande, debía permanecer separada a lo menos un dedo del fondo del contenedor; y
si el excesivo movimiento de su anfitrión la hubiere empujado demasiado al fondo
(qué anfitrión, preguntaba Roberto; ahora tú ves, contestaba el padre) aquellos
muelles debían permitirle volver a subir a flote sin sacudidas. En el fondo
interno había de hincarse un asiento con el respaldo inclinado, que permitiera a
un hombre estar en él casi tumbado mirando hacia lo alto, apoyando los pies en
una plancha de hierro que hacía de contrapeso.
Colocada la palangana en la puente, y habiéndola hecho estable con una que otra
cuña, el padre Caspar se acomodó en el sitial, y le explicó a Roberto cómo
montar sobre sus hombros, atándosela a la cintura, una armadura de correas y
bandoleras de tela y de cuero, a la que había que asegurar, también, una toca en
forma de celada. La celada dejaba un agujero para un ojo, mientras a la altura
del nasal asomaba una barra coronada por una argolla. En ella se introducía el
anteojo, del cual pendía un bastón rígido que terminaba en guisa de garfio. La
Hipérbole de
los Ojos podía moverse libremente hasta que se hubiere localizado el astro
escogido; una vez que éste estaba en el centro de la lente, enganchábase el
hasta rígida a las bandoleras pectorales, y desde ese momento estaba garantizada
una visión fija contra eventuales movimientos de aquel cíclope.
—¡Perfecto! —se regocijaba el jesuita.
¡Cuando hubiérase colocado la palangana a flotar sobre la bonanza del aceite, se
habrían podido fijar incluso los cuerpos celestes más huidores sin que conmoción
alguna del mar en trasiego pudiera hacer que se desviara el ojo horoscopante de
la estrella escogida!
—Y esto ha el señor Galilei descrito et yo he fecho.
—Es muy hermoso —dijo Roberto—. Mas agora ¿quién pone todo esto en la pila del
aceite?
—Agora yo desenlazo a mí mismo y bajo, luego nosotros ponemos la vacía palangana
en el aceite, luego yo monto de nuevo.
—No creo que sea fácil.
—Mucho más fácil que la palangana conmigo dentro poner. Aunque con algún
esfuerzo, se izó la palangana con su asiento
para que flotara en el aceite. Luego el padre Caspar, con el yelmo y la
armadura, y el anteojo de larga vista montado sobre la celada, intentó montar
sobre el andamio, con Roberto que lo sostenía, con una mano asiéndole la mano, y
con la otra empujándole el fondo de la espalda. El intento se repitió más veces,
y con escaso éxito.
No era que el castillo metálico que sostenía la pila mayor no pudiera sostener
también un huésped, pero le negaba razonables puntos de estación. Que si luego
el padre Caspar intentaba, como hizo algunas veces, apoyar sólo un pie en el
borde metálico, poniendo inmediatamente el otro dentro de la palangana menor,
ésta, en el ímpetu del embarco, tendía a moverse sobre el aceite hacia el lado
opuesto del contenedor, abriendo en compás las piernas del padre, el cual
lanzaba gritos de alarma hasta que
Roberto lo agarraba por la cintura y lo volvía a atraer hacia sí, como decir
hacia la tierra firme del Daphne, renegando Roberto en el intervalo sobre la
memoria del Galilei y alabando a aquellos verdugos de sus perseguidores.
Intervenía en este punto el padre Caspar, el cual, abandonándose en los brazos
de su salvador, le aseguraba en un gemido que aquellos perseguidores verdugos no
eran, sino hombres de iglesia dignísimos, consagrados sólo a la preservación de
la verdad, y que con Galilei habían sido paternales y misericordiosos. Luego,
siempre acorazado e inmovilizado mirando hacia el cielo, el anteojo de larga
vista perpendicular sobre el rostro, como un Polichinela con nariz mecánica,
recordaba a Roberto que Galilei, por lo menos en aquella invención, no había
errado y que sólo era necesario probar y reprobar.
—Y por tanto, mein lieber Robertus —decía luego—, ¿quizá has tú a mí olvidado y
crees que era una tortuca, que se captura con la panza al aire? Ea, empuja a mí
de nuevo, ansí, haz que toco ese borde, ansí, ansí, que al hombre le conviene la
statura erecta.
En todas estas infelices operaciones no se daba que el aceite permaneciera
tranquilo como el aceite, y a cabo de poco, ambos experimentadores encontráronse
gelatinosos y, lo que es peor, oleabundos, si el contexto le permite este cuño
al cronista, sin que haya que imputársela a la fuente.
Mientras ya el padre Caspar se desesperaba de poder acceder a aquella silla,
Roberto observó que quizá era menester vaciar antes el recipiente del aceite,
después colocar en él la palangana, hacer subir al padre, y por fin, volver a
echar el aceite, cuyo nivel subiendo, también la palangana, y el vidente con
ella, se habrían elevado flotando.
Así se hizo, con grandes elogios del maestro a la agudeza del alumno, mientras
se aproximaba la media noche. No es que el conjunto diera la impresión de una
gran estabilidad, pero, si el padre Caspar estaba atento a no moverse
desconsideradamente, se podía esperar bien.
En un determinado momento Caspar triunfó: —¡Yo agora veo ellos!
El grito lo obligó a mover la nariz, el anteojo de larga vista, que era más bien
pesado, corrió el riesgo de resbalar del ocular, el padre movió el brazo para no
aflojar la presa, el movimiento del brazo desequilibró el hombro y la palangana
estuvo a punto de volcarse. Roberto abandonó papel y relojes, sostuvo a Caspar,
restableció el equilibrio del conjunto y recomendó al astrónomo que permaneciera
inmóvil, haciéndole hacer a aquel ocular suyo desplazamientos cautísimos, y
sobre todo sin expresar emociones.
El próximo anuncio fue dado en un susurro que, magnificado por la enorme celada,
pareció resonar ronco como un tartáreo clarín:
—Yo veo a ellos de nuevo —y con gesto comedido aseguró el anteojo al pectoral—.
¡Oh, Wunderbar! Tres estrellitas son de Júpiter en oriente, una sola en
occidente… La más cercana parece más pequeña, et est… Espera… Ya está, a cero
minutos et treinta secundos de Júpiter. Tú escribes. Agora va a tocar Júpiter,
dentro de poco desaparece, atento a escribir la hora que ella desaparece…
Roberto, que había dejado su puesto para socorrer al maestro, había vuelto a
coger la tablilla en la que debía marcar los tiempos, pero se había sentado
dejando los relojes a sus espaldas. Diose la vuelta de golpe, e hizo caer el
péndulo. La varilla se desenfiló de su cabestro. Roberto la asió e intentó
volverla a introducir, pero no lo conseguía. El padre Caspar estaba gritando ya
que marcara la hora, Roberto giróse hacia el reloj, y en el gesto golpeó con la
pluma el tintero. Por impulso, lo levantó, para no perder todo el líquido, e
hizo caer el reloj.
—¿Has tú tomado la hora? ¡Ya con el perpendículo! —gritaba Caspar.
Y Roberto contestaba: —No puedo, no puedo.
—¡¿Cómo puedes tú no, sandio?! —Y no oyendo respuesta seguía gritando— ¡¿Cómo
puedes tú no, mentecato?! ¿Has marcado, has escrito, has empujado? Está
desapareciendo, ¡ya!
—He perdido, no, no he perdido, he roto todo —dijo Roberto.
El padre Caspar alejó el anteojo de la celada, miró de soslayo, vio el péndulo
en pedazos, el reloj volcado, Roberto con las manos embadurnadas de tinta, no se
contuvo y explotó en un «¡Himmelpotzblitzsherrgottsakrament!» que le sacudió
todo el cuerpo. En este movimiento inconsulto había hecho inclinarse demasiado
la palangana y había resbalado en el aceite del balde; el anteojo se habíale
escapado tanto de la mano como de la coraza, y luego, favorecido por el cabeceo,
se había ido rueda que te rueda por todo el castillo, rebotando por la
escalerilla y, despeñándose en la puente, había sido arrojado contra la culata
de un cañón.
Roberto no sabía si socorrer antes al hombre o al instrumento. El hombre,
volteando los brazos como aspas en aquella rancidez, le había gritado sublime
que velara por el largomira, Roberto se había precipitado a perseguir aquella
hipérbole fugitiva, y la había encontrado abollada y con las dos lentes
quebrantadas.
Cuando por fin Roberto había sacado del aceite al padre Caspar, que parecía una
chuleta preparada para la sartén, éste había dicho simplemente, con heroica
tozudez, que no todo estaba perdido.
Un telescopio igualmente poderoso lo había, engoznado en la Specola Melitense.
No quedaba sino ir a cogerlo a la Isla.
—¿Mas cómo? —había dicho Roberto. —Con la natatione.
—Si Vuestra Merced ha dicho que no sabe nadar, ni podría, a su edad…
—Yo no, tú sí.
—¡Mas ni siquiera yo la sé, esa maldita natatione! —Aprende.
24
DIÁLOGO SOBRE LOS SISTEMAS DEL MUNDO
Lo que sigue tiene una naturaleza incierta: no entiendo si se trata de crónicas
de los diálogos que se desarrollaron entre Roberto y el padre Caspar, o de
apuntes que el primero tomaba de noche para rebatir con despejo, de día, al
segundo. Como quiera que sea, es evidente que, durante todo el período en el que
había permanecido a bordo con el viejo, Roberto no había escrito cartas a la
Señora. Así como, poco a poco, de la vida nocturna estaba pasando a la vida
diurna.
Por ejemplo, hasta entonces había mirado la Isla de primera mañana, y tiempos
brevísimos, o al atardecer, cuando se perdía el sentido de los límites y de las
lejanías. Solamente ahora descubría que el flujo y el reflujo, es decir, el
juego alterno de las mareas, por una parte del día llevaba las aguas a regalar
la franja de arena que las separaba de la selva, y por la otra, hacíalas
retraerse dejando al descubierto un paraje de escollos que, explicaba el padre
Caspar, era la última estribación de la barbacana coralina.
Entre el flujo, o la creciente, y el reflujo, explicábale su compañero, pasan
unas seis horas, y éste es el ritmo de la respiración marina bajo la influencia
de la Luna. No como querían algunos en los tiempos idos, que este movimiento de
las aguas atribuíanselo al huelgo de un monstruo de los abismos, y
por no hablar de aquel señor francés que afirmaba que, incluso si la tierra no
se mueve de oeste a este, con todo y eso, cabecea, por así decir, de norte a sur
y viceversa, y en este movimiento periódico es natural que el mar ascienda y
descienda, como cuando uno se encoge de hombros, y el hábito sube y baja por el
cuello.
Misterioso problema, el de las mareas, porque cambian según las tierras y los
mares, y la posición de las costas con respecto a los meridianos. Como regla
general, durante la luna nueva, se produce la alta marea a medio día y a media
noche, pero luego, día a día, el fenómeno retrasa cuatro quintos de hora, y el
ignaro que no lo sabe, viendo que a la hora tal de un día tal un determinado
canal era navegable, se aventura en él a la misma hora del día después, y
encalla en un bajío. Por no hablar de las corrientes que las mareas suscitan, y
algunas son tales que, en el movimiento de reflujo, un navío no consigue llegar
a tierra.
Y además, decía el viejo, por cada lugar en el que uno se encuentre, es
necesario un cómputo diferente, y son necesarias las Tablas Astronómicas.
Intentó, es más, explicarle a Roberto aquellos cálculos: es necesario observar
el retraso de la luna, multiplicando los días de la luna por cuatro y dividiendo
luego por cinco, o lo contrario. El caso es que Roberto no entendió nada, y
veremos más adelante cómo esta ligereza suya fuele causa de graves tedios.
Limitábase solamente a seguir asombrándose de que la línea del meridiano, que
habría debido correr entre cabo y cabo de la Isla, a veces pasara por el mar, a
veces por los escollos, y no daba nunca en la cuenta de cuál era el momento
justo. También porque, flujo o reflujo que fuere, el gran misterio de las mareas
importábale bastante menos que el gran misterio de esa línea allende la cual el
Tiempo iba hacia atrás.
Hemos dicho que no tenía una gran propensión a no creer en lo que el jesuita le
contaba. Aunque a menudo divertíase provocándole, para hacerle que contara aún
más, y con ese designio, acudía a todo el repertorio de argumentaciones que
había oído en los cenáculos de aquellos hombres de bien que el jesuita
consideraba, si no emisarios de Satán, por lo menos tragaldabas y borrachones
que habían hecho de la taberna su Liceo. En definitiva, no obstante, resultábale
difícil rechazar la física de un maestro que, según los principios de esa misma
física suya, estábale enseñando ahora a nadar.
Como primera reacción, no habiéndosele ido de la cabeza su naufragio, había
afirmado que por nada en el mundo habría vuelto a tomar contacto con el agua. El
padre Caspar le había hecho observar que precisamente durante el naufragio esa
agua lo había sostenido, signo, pues, de que era elemento afectuoso y no
enemigo. Roberto había contestado que el agua había sostenido no a él, sino a la
madera a la que él se había atado, y para el padre Caspar había sido un juego de
niños hacerle observar que si el agua había sostenido una madera, criatura sin
alma, codiciosa del precipicio como sabe quienquiera que haya tirado una madera
desde lo alto, a mayor razón era apropiada para sostener a un ser viviente
dispuesto a secundar la natural tendencia de los líquidos. Roberto habría debido
saber, si alguna vez había tirado al agua un perrillo, que el animal, moviendo
las patas, no sólo vagaba sobre el licuor, sino que volvía prestamente a la
ribera. Y, añadía Caspar, quizá Roberto no sabía que si se pone en el agua a los
niños de pocos meses, saben nadar, porque la naturaleza nos ha hecho natátiles
como a cualquier otro animal. Desdichadamente, somos más propensos que los
animales al prejuicio y al error, y por eso, creciendo, adquirimos falsas
nociones sobre las virtudes de los líquidos, de suerte que temor y desconfianza
nos hacen perder ese don natal.
Roberto entonces le preguntaba si él, el reverendo padre, había aprendido a
nadar, y el reverendo padre contestaba que él no pretendía ser mejor que muchos
otros que habían evitado hacer cosas buenas. Había nacido en un pueblo
alejadísimo del
mar y había hollado un navío solamente a una edad tardía cuando, decía, ya su
cuerpo era todo un apolillarse el cuero cabelludo, empañarse la vista, gotear la
nariz, zumbar las orejas, amarillear la dentadura, entumecerse la cerviz,
atragantarse el gaznate, contraer podagra los talones, marchitarse la corambre,
blanquearse los pelos, crujir las tibias, temblar los dedos, trompicar los pies,
y su pecho era un único remondar catarros entre gargajos de baba y chupar de
saliva.
Empero, precisaba inmediatamente, al ser su mente más ágil que su esqueleto, él
sabía lo que los sabios de la antigua Grecia habían descubierto ya, es decir que
si se sumerge un cuerpo en un líquido, este cuerpo recibe sostén y empuje hacia
arriba por tanta agua como la que mueve, pues el agua intenta ocupar el espacio
del cual ha sido desterrada. Y no es verdad que está a nado o no según la forma,
y se habían engañado los antiguos, según los cuales una cosa plana va sobre el
agua y una puntiaguda se va a pique; si Roberto hubiera intentado introducir con
fuerza en las aguas, qué sé yo, una botella (que plana no es) habría advertido
la misma resistencia que si hubiera intentado empujar una bandeja.
Se trataba, así pues, de tomar confianza con el elemento, y luego todo habría
acontecido por sí mismo. Y proponía que Roberto se descolgara por la escalerilla
de cuerda que colgaba en la proa, que él llamaba escala de Jacob, pero, para su
tranquilidad, permaneciendo atado a un cabo, o gúmena o sondaleza como quisiere
llamarse, largo y robusto, asegurado a la amurada. Por lo cual, cuando hubiera
temido hundirse, no tenía sino que tirar de la cuerda.
No es necesario decir que aquel maestro de un arte que no había practicado jamás
no había considerado una infinidad de accidentes concordantes, pasados por alto
también por los sabios de la antigua Grecia. Por ejemplo, para permitirle
libertad de movimiento, lo había dotado de un cabo de notable longitud, de
suerte que la primera vez que Roberto, como cualquier aspirante a la natación,
había ido a parar bajo la flor del agua, había tenido
que tirar y tirar, y antes de que la sondaleza le hubiera sacado fuera, había
engullido ya tanta agua salada como para querer renunciar, por aquel primer día,
a cualquier otro intento.
El comienzo había sido, sin embargo, alentador. Bajada la escala y recién tocada
el agua, Roberto había dado en la cuenta de que el líquido era agradable. Del
naufragio tenía un recuerdo gélido y violento, y el descubrimiento de un mar
casi caliente lo espolaba ahora a proceder en la inmersión hasta que, siempre
aferrándose a los brandales, había dejado que el agua le llegara a la barbilla.
Creyendo que aquello era nadar, se había regodeado, abandonándose al recuerdo de
los espacios parisinos.
Desde que había llegado al navío había hecho, lo hemos visto, alguna que otra
ablución, pero como un gatito que se lamiera el pelo con la lengua, ocupándose
sólo del rostro y de las partes vergonzosas. Por el resto, y siempre más, a
medida que perdía los estribos en la caza del Intruso, los pies se habíanle
untado con la inmundicia de la bodega y el sudor le había pegado la ropa al
cuerpo. En contacto con ese calorcito que le lavaba al mismo tiempo el cuerpo y
la ropa, Roberto recordaba cuando había descubierto, en el palacio Rambouillet,
dos baños a disposición de la marquesa, cuyas preocupaciones por el cuidado del
cuerpo eran objeto de conversación en una sociedad donde lavarse no era cosa
frecuente. Incluso los más exquisitos entre sus huéspedes consideraban que la
limpieza consistía en la frescura de la lencería, que era señal de elegancia
cambiar a menudo, no en el uso del agua. Y las muchas esencias fragrantes con
las que la marquesa les aturdía no eran un lujo, sino (para ella) una necesidad,
con la cual poner una defensa entre sus narices sensibles y los untuosos aromas
de sus huéspedes.
Sintiéndose más gentilhombre de lo que lo era en París, Roberto, mientras con
una mano manteníase bien aferrado a la escala, con la otra estregaba camisa y
calzones contra su cuerpo sucio, rascando entre tanto el talón de un pie con los
dedos del otro.
El padre Caspar lo seguía con curiosidad, pero callaba, queriendo que Roberto
estrechara amistad con el mar. Sin embargo, temiendo que la mente de Roberto se
extraviara por excesivo desvelo hacia el cuerpo, tendía a distraerla. Hablábale
por tanto de las mareas y de las virtudes atractivas de la luna.
Intentaba hacerle apreciar un acontecimiento que tenía en sí mismo algo
increíble: que si las mareas responden a la llamada de la luna, deberían
producirse cuando la luna está, y no cuando viaja por la otra parte de nuestro
planeta. Y en cambio, flujo y reflujo continúan por ambas partes del globo, casi
persiguiéndose de seis horas en seis horas. Roberto prestaba oído al discurso de
las mareas y pensaba en la luna; en la cual, todas aquellas noches pasadas,
había pensado más que en las mareas.
Había preguntado cómo era posible que nosotros, de la luna, veamos siempre una y
sólo una cara, y el padre Caspar había explicado que la luna gira como una
pelota suspendida, mediante un hilo, por un atleta que le hace dar vueltas, el
cual no puede ver sino el lado que le está en frente.
—Mas —le había desafiado Roberto—, esta cara la ven tanto los Indios como los
Españoles; en cambio, en la luna, no sucede eso con respecto a su luna, que
algunos llaman Volva, y es luego nuestra tierra. Los Subvolvanos que habitan en
la cara dirigida hacia nosotros la ven siempre, mientras los Privolvanos, que
moran en el otro hemisferio, la ignoran. Imagine Vuestra Merced cuando se
transfieran a esta parte: ¡quién sabe qué sentirán viendo resplandecer en la
noche un círculo quince veces mayor que nuestra luna! ¡Se esperarán que se les
caiga encima de un momento a otro, como los antiguos Galos temían siempre que se
les cayera el cielo sobre la cabeza! ¡Por no hablar de los que moran justo en el
límite entre los dos hemisferios, y que ven a Volva siempre en el punto de
surgir en el horizonte!
El jesuíta había usado ironías y jactancias sobre aquella patraña de los
habitantes de la luna, pues los cuerpos celestes no son de la misma naturaleza
que nuestro planeta, y no son
apropiados, por tanto, para dar albergue a criaturas vivas, por lo cual era
mejor dejárselos a las legiones angélicas, que podían moverse espiritualmente en
el cristal de los cielos.
—¿Mas cómo podrían ser los cielos de cristal? Si así fuere los cometas
atravesándolos los quebrantarían.
—¿Pero quién ha dicho a ti que los cometas pasaban en las regiones etéreas? Los
cometas pasan en la región sublunar, y aquí está el aire como tú también ves.
—Nada se mueve que no sea cuerpo. Pero los cielos se mueven. Por tanto son
cuerpo.
—A condición de que tú puedes decir embelecos, te conviertes también en
aristotélico. Pero yo sé por qué tú dices esto. Tú quieres que también en los
cielos hay aire así que ya no hay differentia entre arriba y abajo, todo gira,
et la tierra mueve su kulo como una bagasa.
—Es que nosotros todas las noches vemos las estrellas en una posición diferente…
—Justo. De facto ellos se mueven.
—Espere, no he acabado. ¿Vuestra Merced quiere que el sol y todos los astros,
que son unos cuerpos enormes, den una vuelta alrededor de la tierra cada veinte
y cuatro horas, y que las estrellas fijas, o sea, el gran anillo que las engasta
recorra más de veinte y siete mil veces doscientos millones de leguas? Pues eso
es lo que debería de suceder, si la tierra no girara sobre sí misma en veinte y
cuatro horas. ¿Cómo consiguen las estrellas fijas ir tan deprisa? ¡A quien vive
encima le daría vueltas la cabeza!
—Si vivía encima alguien. Pero ésta est petitio prinkipii.
Y hacíale notar que era fácil inventar un solo argumento a favor del movimiento
del sol, mientras había muchos más contra el movimiento de la tierra.
—Ya lo sé —contestaba Roberto—, que el Eclesiastés dice terra autem in aeternum
stat, sol oritur, y que Josué detuvo el sol y no la tierra. Pero precisamente
Vuestra Merced hame enseñado que de leer la Biblia al pie de la letra habríamos
tenido la luz
antes de la creación del sol. Así pues, el libro sagrado ha de leerse con un
grano de sal, y también San Agustín sabía que habla a menudo more allegorico…
El padre Caspar sonreía y le recordaba que había ya mucho que los jesuitas no
derrotaban a sus adversarios con cavilaciones escritúrales, sino con argumentos
incontrastables fundados sobre la astronomía, sobre los sentidos, sobre las
razones matemáticas y físicas.
—¿Qué razones, verbigracia? —preguntaba Roberto sobajándose un poco de unto de
la tripa.
Verbigracia, respondía picado el padre Caspar, el poderoso Argumento de la
Rueda:
—Agora tú escucha a mí. Piensa en una rueda, ¿está bien? —Pienso en una rueda.
—Bien, así también tú piensas, en vez de hacer el mico y repetir lo que has oído
en París. Agora tú piensas que esta rueda está fijada en un eje como si era la
rueda de un alfaharero, et tú quieres hacer girar esta rueda. ¿Qué haces tú?
—Apoyo las manos, quizá un dedo, en el borde de la rueda, muevo el dedo, y la
rueda gira.
—¿No piensas que hacías mejor en tomar el pernio, en el centro de la rueda, et
intentar hacer girar eso?
—No, sería imposible…
—¡Ajajá! Y tus galileanos o copernicánicos quieren el sol poner parado en el
centro del universo que hace mover todo el gran círculo de los planetas en
torno, en vez de pensar que el moto es por el gran círculo de los cielos dado,
mientras la tierra puede estar parada en el centro. ¿Cómo había podido Domine
Dios poner el sol en el ínfimo lugar et la tierra corruptible et obscura en
medio de las estrellas luminosas et aeternas? ¿Entendido tu yerro?
—¡Mas el sol debe existir en el centro del universo! Los cuerpos en la
naturaleza necesitan este fuego radical, y que éste habite en el corazón del
reino, para satisfacer las necesidades de
todas las partes. La causa de la generación ¿no debe ser colocada en el centro
de todo? ¿No ha puesto la naturaleza la semilla en los genitales, a medio camino
entre la cabeza y los pies? ¿Y las pepitas no están en el corazón de las
manzanas? ¿Y el hueso no está en medio del melocotón? Y por tanto, la tierra,
que necesita de aquesa luz y del calor de aquese fuego, gira a su alrededor para
recibir en todas las partes la virtud solar. Sería ridículo creer que el sol
girara en torno a un punto con el que no sabría qué hacerse, y sería como decir,
viendo una alondra asada, que para cocinarla es menester hacerle girar el hogar
en su derredor…
—¿Ah sí? ¿Y entonces cuando el obispo gira en derredor de la iglesia para
bendecir a ella con el turíbulo, tú querrías que la iglesia giraría en derredor
del obispo? El sol puede girar en cuanto elemento ígneo. Y tú sabes bien que el
fuego vuela y se mueve et jamás está parado. ¿Has tú nunca las montañas se mover
visto? ¿Et entonces cómo mueve la tierra?
—Los rayos del sol, llegando a herirla, la hacen girar, así como puede hacerse
girar una pelota golpeándola con la mano, y si la pelota es pequeña, incluso con
nuestro soplo… Y por fin, ¿querría Vuestra Merced que Dios hiciera correr al
sol, que es cuatrocientas y treinta y cuatro veces mayor que la tierra, sólo
para hacer que maduren nuestros repollos?
Para dar el máximo vigor teatral a esta última objeción, Roberto había querido
apuntar el dedo contra el padre Caspar, por lo que había tendido el brazo y dado
un golpe con los pies para colocarse en una buena perspectiva, más alejado del
costado. En este movimiento, también la otra mano había aflojado la presa, la
cabeza se había movido hacia atrás y Roberto se había hundido debajo del agua,
sin conseguir luego, como ya se ha dicho, beneficiarse de la gúmena, demasiado
aflojada, para volver a la superficie. se había portado entonces como todos los
que después se anegan, haciendo movimientos desordenados y bebiendo aún más,
hasta que el padre Caspar había tendido la cuerda como es
debido, volviéndolo a la escalerilla. Roberto había subido jurando que jamás
habría regresado allá abajo.
—Mañana tú pruebas otra vez. El agua salada est como una medicina, no pensar que
era gran mal —lo consoló en la puente Caspar.
Y mientras Roberto reconciliábase con el mar pescando, Caspar explicábale
cuántas y cuáles ventajas habrían obtenido ambos de su llegada a la Isla, no
valía la pena ni siquiera mencionar la reconquista del esquife, con el que
habrían podido moverse como hombres libres desde el navío hasta la tierra, y
habrían tenido acceso a la Specola Melitense.
Por lo que Roberto refiere de ella, debe deducirse que la invención superaba sus
posibilidades de entendimiento; o que el discurso del padre Caspar, como muchos
otros suyos, estaba quebrado por elipsis y exclamaciones, a través de las cuales
el padre hablaba ahora acerca de su forma, ahora acerca de su oficio, y ahora
acerca de la Idea que la había informado.
Que luego, la Idea no era ni siquiera suya. De la Specola había llegado a saber
rebuscando entre los papeles de un hermano difunto, el cual, a su vez, lo había
sabido de otro hermano que, durante un viaje a la nobilísima isla de Malta, o
sea Melita, había oído celebrar este instrumento que había sido construido por
orden del Eminentísimo Príncipe Johannes Paulus Lascaris, Gran Maestre de
aquellos Caballeros famosos.
Cómo era la Specola, nadie lo había visto jamás: del primer hermano había
quedado sólo un librejo de bosquejos y apuntes, también él desaparecido. Y por
otra parte, deploraba Caspar, aquel mismo opúsculo «era brevísimamente
conscripto, con nullo schemate visualiter patefacto, nulle tabule o rotule, et
milla instructione apposita».
Sobre la base de estas descarnadas noticias, el padre Caspar, en el curso del
largo viaje del Daphne, poniendo al trabajo a los carpinteros de a bordo, había
vuelto a dibujar, o a tergiversar los diferentes elementos del tecnasma,
montándolos luego en la Isla y
midiendo in situ sus innumerables virtudes; y la Specola debía ser de verdad una
Ars Magna en carne y hueso, o sea, en madera, hierro, tela y otras substancias,
una especie de Mega Horologio, un Libro Animado capaz de revelar todos los
misterios del Universo.
Ella, decía el padre Caspar con los ojos encendidos como rubíes, era un Único
Syntagma de Novissimi Instrumenti Physici et Mathematici, «por ruedas et cicli
artifitiosamente dispuestos». Luego dibujaba en la puente o en el aire con el
dedo, y decíale que pensara en una primera parte circular, a guisa de la base o
el fundamento, que muestra el Horizonte inmóvil, con la Rosa de los treinta y
dos Vientos, y todo el Arte de Navegar con los pronósticos de todas las
tempestades.
—La Parte Mediana —añadía luego—, que sobre la base edificada está, imagina como
un Cubo de cinco lados, ¿imaginas tú? Nein, no de seis, el sexto apóyase en la
base ergo tú no ves él. En el primer lado del Cubo, id est el Chronoscopium
Universale, puedes ocho ruedas en perennes cyclos acomodadas ver, que el
Calendario de Julio y de Gregorio representan, y cuándo recurran los domingos, y
la Epacta, et el Círculo Solar, et las Fiestas Móviles, et Paséales, et
novilunios, plenilunios, cuadratura del Sol et de la Luna. En el segundo
Cubilatere, id est das Cosmigraphicum Speculum, en primer loco preséntase un
Horoscopio, con el cual, dada la hora de Melita corriente, qué hora es en el
resto de nuestro globo encontrar se puede. Et encuentras una Rueda con dos
Planisferios, de los cuales uno muestra et enseña de todo el Primer Móvil la
scientia, el segundo de la Ochava Esphera et de las Estrellas Fijas la doctrina,
et el movimiento. Et el fluxo et el refluxo, o sea, el decremento et el
incremento de los mares, por el movimiento de la Luna en todo el Universo
agitados…
Era este lado aún más apasionante. A través del podía conocerse aquel Horologium
Catholicum del que ya se ha dicho, con la hora de las misiones jesuitas en
cualquier meridiano; no
sólo, parecía también desempeñar las funciones de un buen astrolabio, en cuanto
que revelaba también la cantidad de los días y de las noches, la altitud del sol
con la proporción de las Sombras Rectas, y las ascensiones rectas y oblicuas, la
cantidad de los crepúsculos, la culminación de las estrellas fijas en cada año,
mes y día. Y había sido probando y probando, una y otra vez, en aquel lado donde
el padre Caspar había alcanzado la certidumbre de estar, por fin, en el
meridiano antípoda.
Había, luego, un tercer lado que contenía en siete ruedas el conjunto de toda la
Astrología, todos los futuros eclipses del sol y de la luna, todas las figuras
astrológicas para los tiempos de la agricultura, de la medicina, del arte de
marear, junto con los doce signos de las demoras celestiales, y la fisonomía de
las cosas naturales que de cada signo dependen, y la Casa correspondiente.
No tengo valor de resumir todo el resumen de Roberto, y cito el cuarto lado, que
habría debido decir todas las maravillas de la medicina botánica, espagírica,
química y hermética, con los medicamentos simples y los compuestos, colegidos de
substancias minerales o animales y los «Alexipharmaca atractiva, lenitiva,
purgativa, molificativa, digestiva, corrosiva, conglutinativa, aperitiva,
calefactiva, infrigidativa, mundificativa, atenuativa, incisiva, supurativa,
diurética, narcótica, cáustica et confortativa».
No consigo explicar, y un poco me lo invento, qué acaecía en el quinto lado, que
es como decir el tejado del cubo, paralelo a la línea del horizonte, que parece
que se disponía como una bóveda celeste. Se menciona también una pirámide, que
no podía tener la base igual al cubo, si no, habría recubierto el quinto lado, y
que con más visos de verdad cubría el cubo entero como una tienda; pero entonces
habría debido ser de material transparente. Cierto es que sus cuatro caras
habrían debido representar las cuatro plagas del mundo, y por cada una de ellas,
los alfabetos y las lenguas de los diferentes pueblos, incluidos los elementos
de la primitiva Lengua Adámica, los jeroglíficos de los Egipcios y los
caracteres de los Chinos y de los Mexicanos, y el padre Caspar la describe como:
—¡Una Sphynx Mystagoga, un Oedipus Aegyptiacus, una Mónada Ieroglyphica, una
Clavis Convenientia Linguarum, un Theatrum Cosmographicum Historicum, una Sylva
Sylvarum de todos los alfabetos naturales y artificiales, una Architectura
Curiosa Nova, una Lampade Combinatoria, una Mensa Isiaca, un Metametricon, una
Synopsis Anthropoglottogonica, una Basílica Cryptographica, un Amphiteatrum
Sapientiae, una Cryptomenesis Patefacta, un Catoptron Polygrahicum, un
Gazophylacium Verborum, un Mysterium Artis Steganographicae, un Arca
Arithmologica, un Archetypon Polyglotta, una Eisagoge Horapollinea, un
Congestorium Artificiosae Memoriae, un Pantometron de Furtivis Literarum Notis,
un Mercurius Redivivus, un Etymologicon Lustgärtlein!
Que todo ese saber estuviera destinado a permanecer su privado beneficio,
condenados como estaban a no volver a encontrar jamás la vía del regreso, esto
no le preocupaba al jesuíta, no sé si por confianza en la Providencia, o por
amor de conocimiento fin en sí mismo. Pero lo que más me llama la atención es
que entonces ni siquiera Roberto concibiera un solo pensamiento realista, y que
empezara a considerar la llegada a la Isla como el acontecimiento que habría
dado sentido, y para siempre, a su vida.
En primer lugar, por lo que le importaba de la Specola, fue cautivado por el
pensamiento único de que el oráculo pudiera decirle también dónde y qué estaba
haciendo en aquel momento la Señora. Prueba de que a un enamorado, incluso
distraído por útiles ejercicios corporales, es inútil hablarle de Nuncios
Sidéreos, y busca siempre noticias de su hermosa pena y caro afán.
Además, por mucho que le dijera su maestro de natación, soñaba con una Isla que
no se le presentaba delante en el presente en el que también estaba él, sino
que, por decreto divino, reposaba en la irrealidad, o en el no ser, del día de
antes.
Aquello en lo que pensaba al encararse a las olas era la esperanza de alcanzar
una Isla que había sido ayer, y de la que se le aparecía como símbolo la Paloma
Naranjada, inasible como si hubiera huido al pasado.
Roberto estaba movido todavía por conceptos oscuros, intuía querer una cosa que
no era la del padre Caspar, pero aún no tenía claro cuál. Y se ha de comprender
su incertidumbre, pues que era el primer hombre en la historia de la especie al
que se le ofrecía la posibilidad de nadar hacia atrás veinticuatro horas.
En cualquier caso, se había convencido de que tenía que aprender de verdad a
nadar y todos sabemos que un solo buen motivo ayuda a superar mil miedos. Por
ello lo volvemos a encontrar probando otra vez al día siguiente.
En esta fase el padre Caspar estábale explicando que, si hubiera dejado los
brandales y movido las manos libremente, como si estuviera siguiendo el ritmo de
una compañía de músicos, imprimiendo un movimiento disipado a las piernas, el
mar lo habría sostenido. Le había inducido a probar, primero con el cabo
tendido, luego aflojándoselo sin decírselo, es decir, anunciándoselo cuando ya
el alumno había adquirido seguridad. Es verdad que Roberto, ante aquel anuncio,
había sentido inmediatamente que se iba a pique, pero al gritar, había dado por
instinto un golpe de piernas, y se había encontrado con la cabeza fuera.
Estos intentos habían durado una buena media hora, y Roberto empezaba a entender
que se podía mantener sobre el agua. Ahora que en cuanto intentaba moverse con
mayor exuberancia, echaba la cabeza hacia atrás. Entonces el padre Caspar lo
había animado a que secundara aquella tendencia y a que se dejara llevar, con la
cabeza lo más pegada a la espalda posible, el cuerpo rígido y ligerísimamente
arqueado, brazos y piernas extendidos como si tuviera que tocar siempre la
circunferencia de un círculo: se habría sentido suspendido como por una hamaca,
y habría podido estar así horas y horas, e incluso dormir, besado por las olas y
por el sol oblicuo del ocaso. ¿Cómo era posible que el padre Caspar supiere
todas estas cosas, no habiendo nadado jamás? Por Theoría Phýsico-Hydrostática,
decía él.
No había sido fácil encontrar la posición adecuada, Roberto había corrido el
riesgo de estrangularse con el cabo entre regüeldos y estornudos, pero parece
ser que en un determinado momento el equilibrio fue alcanzado.
Roberto, por primera vez, sentía el mar como un amigo. Siguiendo las
instrucciones del padre Caspar, había empezado a mover también los brazos y las
piernas: levantaba levemente la cabeza, la echaba hacia atrás, se había
acostumbrado a tener el agua en las orejas y a soportar la presión. Podía
incluso hablar, y gritando, para hacerse oír a bordo.
—Si agora tú quieres te vuelves —le había dicho incluso, a un cierto punto,
Caspar—. Tú bajas el brazo derecho, como si colgarías bajo tu cuerpo, levantas
ligeramente el hombro izquierdo, ¡et he aquí que te encuentras con la panza
abajo!
No había especificado que, en el curso de este movimiento, había que contener la
respiración, visto que uno se encuentra con la cara bajo el agua, y bajo un agua
que no quiere sino explorar las narices del intruso. En los libros de Mechánica
Hydráulico-Pneumática no estaba escrito. Así, por la ignoratio elenchi del padre
Caspar, Roberto se había bebido otra jarra de agua salada.
Pero ya había aprendido a aprender. Había probado dos o tres veces a dar la
vuelta sobre sí mismo y había entendido un principio, necesario a todo nadador,
es decir, que cuando se tiene la cabeza bajo el agua no se ha de respirar; ni
siquiera con la nariz, antes, soplar con fuerza, como si se quisiera echar de
los pulmones precisamente ese poco aire del que tanta necesidad se tiene. Que
parece cosa intuitiva, y sin embargo no lo es, como resulta por esta historia.
Había entendido también que le era más fácil estar boca arriba, con la cara al
aire, que boca abajo. A mí me parece lo contrario, pero Roberto había aprendido
antes de tal guisa, y por un día o dos siguió así. Y entre tanto dialogaba sobre
los sistemas del mundo.
Habían vuelto a hablar del movimiento de la tierra y el padre Caspar lo había
preocupado con el Argumento del Eclipse. Quitando la tierra del centro del mundo
y poniendo en su lugar el sol, ha de ponerse la tierra o debajo de la luna, o
encima de la luna. Si la ponemos debajo no habrá jamás un eclipse de sol porque,
al estar la luna encima del sol o encima de la tierra, no podrá interponerse
entre la tierra y el sol. Si la ponemos encima, no habrá jamás eclipse de luna
porque, al estar la tierra encima de ella, no se podrá interponer jamás entre la
luna y el sol. Y además, la astronomía no podría ya, como siempre ha hecho
perfectamente, predecir los eclipses, pues regula sus cálculos sobre los
movimientos del sol, y si el sol no se moviere su empresa sería vana.
Considerárase, luego, el Argumento del Arquero. Si la tierra girare todas las
veinte y cuatro horas, cuando se tira una saeta directamente hacia arriba, ésta
volvería a caer al occidente, a muchas millas de distancia del tirador. Que
sería como decir el Argumento de la Torre. Si se dejara caer un peso por el lado
occidental de una torre, éste no debería precipitar a los pies de la
construcción, sino mucho más allá, y por tanto, no debería caer verticalmente
sino en diagonal, porque, mientras, la torre (con la tierra) se habría movido
hacia occidente. Como, en cambio, todos saben por experiencia que ese peso cae
en perpendículo, he aquí que el movimiento terrestre se demuestra una majadería.
Por no hablar del Argumento de los Pájaros, los cuales, si la tierra girare en
el espacio de un día, jamás podrían, volando, mantener el ritmo de su giro, aun
cuando fueran infatigables. En cambio, nosotros vemos perfectamente que, si
viajamos incluso a
caballo en dirección del sol, cualquier pájaro nos alcanza y adelanta.
—Está bien. No sé responder a su objeción. Lo que he oído decir es que haciendo
girar la tierra y todos los planetas, y teniendo parado el sol, se explican
muchos fenómenos, mientras que Tolomeo ha tenido que inventar que si los
epiciclos, que si los deferentes, que si otros muchos embustes que precisamente
claman al cielo, y a la tierra también.
—Yo perdono a ti, si un Witz hacer querías. Pero si tú serio hablas, entonces te
digo que yo no soy un pagano como Tolomeo y sé muy bien que él muchos errores
cometido había. Et por eso yo creo que el grandísimo Tycho de Uraniburgo una
idea muy justa ha tenido: él ha pensado que todos los planetas que nosotros
conocemos, es decir, Júpiter, Marte, Venus, Mercurius et Saturnus alrededor del
sol giran, pero el sol gira con ellos alrededor de la tierra, alrededor de la
tierra gira la luna, y la tierra está inmóvil en el centro del círculo de las
estrellas fijas. Así explicas tú los errores de Tolomeo et non dices herejías,
mientras Tolomeo errores cometía et Galileo herejías decía. Et no estás obligado
a explicar cómo hacía la tierra, que es tan pesada, a darse vueltas por el
cielo.
—¿Y cómo hacen el sol y las estrellas fijas?
—Tú dices que son pesadas. Yo no. Son cuerpos celestes, ¡no sublunares! La
tierra sí, es pesada.
—¿Entonces cómo hace un navío con cien cañones a darse vueltas por el mar?
—Está el mar que lo arrastra, y el viento que lo empuja.
—Entonces, si se quieren decir cosas nuevas sin irritar a los cardenales de
Roma, he oído de un filósofo en París que dice que los cielos son una materia
líquida, como un mar, que gira todo en derredor formando como unos remolinos
marinos… unos tourbillons…
—¿Qué es das? —Unos vórtices.
—Ach so, vórtices, ja. ¿Y qué hacen estos vórtices?
—Pues, estos turbillones arrastran a los planetas en su giro, y un turbillón
arrastra a la tierra alrededor del sol, pero es el turbillón el que se mueve, la
tierra está inmóvil en el turbillón que lo arrastra.
—¡Bravo señor Roberto! Tú no querías que los cielos serían de cristal, porque
temías que los cometas ellos rompían, pero te gusta que son líquidos, ¡así los
pájaros dentro dellos ahogan! ¡Además, esta idea de los vórtices explica que la
tierra alrededor del sol gira pero no que alrededor de sí misma gira como si era
una perinola para niños!
—Sí, pero aquel filósofo decía que, también en este caso, es la superficie de
los mares, y la corteza superficial de nuestro globo, la que gira mientras el
centro profundo está parado. Creo.
—Aún más estúpido que antes. ¿Dónde ha escrito ese señor esto?
—No lo sé, creo que ha renunciado a escribirlo, o a publicar el libro. No quería
irritar a los jesuitas que él ama mucho.
—Entonces yo prefiero al señor Galileo que pensamientos herejes tenía, pero
halos confesado a cardenales amorosísimos, et nadie ha él quemado. A mí no gusta
estotro señor que pensamientos aún más herejes tiene y no confiesa, ni siquiera
a los jesuitas amigos del. Quizá Dios un día Galileo perdona, pero él no.
—Como quiera que sea, me parece que luego ha corregido esta primera idea. Parece
que todo el gran cúmulo de materia que va del sol a las estrellas fijas gira en
un gran círculo, transportado por este viento…
—¿Pero no decías que cielos eran líquidos? —Quizá no, quizá son un gran viento…
—¿Ves? Ni siquiera tú sabes…
—Pues bien, este viento hace marchar a todos los planetas alrededor del sol, y
al mismo tiempo, hace girar al sol sobre sí mismo, así hay un turbillón menor
que hace girar a la luna
alrededor de la tierra, y a la tierra sobre sí misma. Y con eso y todo, no se
puede decir que la tierra se mueva, porque lo que se mueve es el viento. De la
misma manera que si yo durmiera en el Daphne, y el Daphne fuere hacia aquella
isla Occidente, yo pasaría de un lugar a otro, y nadie podría decir que mi
cuerpo hase movido. Y por lo que concierne al movimiento diario, es como si yo
estuviere sentado en una gran rueda de alfarero que se mueve, y ciertamente
antes le mostraría la cara y luego la espalda, pero no sería yo el que se mueve,
sería la rueda.
—Ésta es la hypóthesis de un malitioso que quiere ser hereje y no lo parecer.
Pues tú me dices agora dónde están las estrellas. También Ursa Major toda
entera, et Perseus, ¿giran en el mismo vórtice?
—Mas todas las estrellas que vemos son otros tantos soles, y cada uno está en el
centro de su turbillón, y todo el universo es un gran giro de turbillones con
infinitos soles e infinitísimos planetas, ¡incluso allende lo que nuestro ojo
ve, y cada uno con sus propios moradores!
—¡Ah! ¡Aquí yo esperaba a ti et a tus herejísimos amigos! ¡Esto queréis
vosotros, infinitos mundos!
—Podrá Vuestra Merced consentirme al menos más de uno. ¿Si no, dónde Dios habría
puesto el infierno? No en las vísceras de la tierra.
—¿Por qué no en las vísceras de la tierra?
—Porque —y aquí Roberto repetía de manera harto aproximada un argumento que
había oído en París, y tampoco yo podría jurar sobre la exactitud de sus
cálculos— el diámetro del centro de la tierra mide doscientas millas italianas,
y si lo elevamos al cubo tenemos ocho millones de millas. Considerando que una
milla italiana contiene doscientos y cuarenta mil pies ingleses, y puesto que el
Señor debería haber asignado a cada condenado por lo menos seis pies cúbicos, el
infierno no podría contener sino cuarenta millones de condenados, lo que me
parece
poco, considerando todos los hombres malvados que han vivido en este mundo
nuestro desde Adán hasta hoy en día.
—Esto sería —contestaba Caspar sin dignarse de controlar el cómputo—, si los
condenados con su cuerpo serían dentro del. ¡Pero esto es sólo después de la
Resurrectione de la Carne et el Juicio Final! ¡Y entonces no habría ya ni la
tierra ni los planetas, sino otros cielos et nuevas tierras!
—De acuerdo, si son sólo espíritus condenados, cabrán mil millones incluso en la
punta de una aguja. Pero hay estrellas que nosotros no vemos a simple ojo, y
que, en cambio, se ven con su anteojo de larga vista. Pues bien, ¿no puede
pensar Vuestra Merced en un anteojo cien veces más potente que le permita ver
otras estrellas, y luego en uno mil veces más potente aún, que le haga ver
estrellas aún más lejanas, y así en adelante ad infinitum ¿Quiere ponerle un
límite a la creación?
—La Biblia no habla de esto.
—La Biblia no habla ni siquiera de Júpiter, y con todo, Vuestra Merced lo miraba
la otra noche con su maldito anteojo de larga vista.
Roberto sabía ya cuál habría sido la verdadera objeción del jesuita. Como la del
abate aquella noche en la que Saint-Savin habíalo desafiado a duelo: que con
infinitos mundos no se consigue ya dar sentido a la Redención, y que estamos
obligados a pensar o en infinitos Calvarios, o en nuestro jardín terrestre como
en un punto privilegiado del cosmos, al cual concedió Dios que bajara su Hijo
para que nos librara del pecado, mientras que a los otros mundos no les ha
concedido tanta gracia; a desdoro de su infinita bondad. Y en efecto, ésa fue la
reacción del padre Caspar, lo que le permitió a Roberto acometerle de nuevo.
—¿Cuándo sucedió el pecado de Adán?
—Mis hermanos han cálculos matemáticos perfectos fecho, sobre la base de las
Escrituras: Adán pecó tres mil novecientos et ochenta y cuatro años antes de la
venida de Nuestro Señor.
—Pues bien, quizá Vuestra Merced ignora que los viajeros llegados a la China,
entre los cuales muchos hermanos suyos, encontraron las listas de los monarcas y
de las dinastías de los Chinos, de las cuales se deduce que el reino de la China
existía antes de hace seis mil años ha, y por tanto, antes del pecado de Adán, y
si ansí es para la China, quién sabe para cuántos otros pueblos más. Así pues,
el pecado de Adán, y la redención de los Judíos, y las bellas verdades de
nuestra Santa Romana Iglesia que hanse derivado, conciernen sólo a una parte de
la humanidad. Pero hay otra parte del género humano que no ha sido tocada por el
pecado original. Esto no le quita nada a la infinita bondad de Dios, que se ha
portado con los Adamitas tal como el padre de la parábola con el Hijo Pródigo,
sacrificando a su Hijo sólo para ellos. Y así como, por haber hecho matar a la
vaca gorda para el hijo pecador, aquese padre no amaba menos a los otros
hermanos buenos y virtuosos, ansí nuestro Creador ama tiernísimamente a los
Chinos y a cuantos haya que nacieron antes que Adán, y está contento de que
ellos no hayan incurrido en el pecado original. Si ansí ha acaecido en la
tierra, ¿por qué no debería haber acaecido también en las estrellas?
—¿Pero quién ha dicho a ti esta kojudez? —había gritado furente el padre Caspar.
—Hablan muchos dello. Y un sabio moro dijo que es posible deducirlo incluso de
una página del Corán.
—¿Y tú dices a mí que el Korán probaba la verdad de una cosa? ¡Oh, omnipotente
Dios, te ruego fulmina a este vanísimo ventoso vanaglorioso petulante turbulento
revoltoso asnihombre cachidiablo perro et demonio, malhadado mastín morboso, que
él no pone más pie en este navío!
Y el padre Caspar había levantado y hecho restallar el cabo como una fusta,
primero golpeando a Roberto en el rostro, luego dejando la cuerda. Roberto había
zozobrado, con la cabeza hacia abajo se había afanado gesticulando, no conseguía
tirar la maroma lo suficiente como para tenderla, gritaba socorro bebiendo, y el
padre Caspar gritábale que quería verle dejándose la sangre y boqueando en
agonía, de suerte que se abismara en el infierno como se convenía a los
malnacidos de su raza.
Luego, como era de ánimo cristiano, cuando le pareció que Roberto había sido
castigado suficientemente, lo había sacado. Y por aquel día, había terminado
tanto la lección de natación como la de astronomía, y los dos se habían ido a
dormir cada uno por su lado, sin dirigirse la palabra.
Se habían reconciliado al día siguiente. Roberto le había confiado que él en
esta hipótesis de los turbillones no creía absolutamente, y consideraba, más
bien, que los infinitos mundos eran efecto de un turbinar de átomos en el vacío,
y que esto no excluía de suyo que existiera una Divinidad providente que a estos
átomos otorgaba órdenes y los organizaba en modos según sus decretos, como le
había enseñado el Canónigo de Digne. El padre Caspar, con todo, rechazaba
también esta idea, que requería de un vacío en el que los átomos se movieran, y
Roberto no tenía ya ganas de discutir con una Parca tan generosa que, en vez de
cortar la cuerda que lo mantenía en vida, la alargaba en demasía.
Bajo promesa de no volver a ser amenazado de muerte, había retomado sus
experimentos. El padre Caspar lo estaba persuadiendo de que intentara moverse en
el agua, que es el principio indispensable de toda arte de la natación, y
sugeríale lentos movimientos de las manos y de las piernas, pero Roberto
prefería holgar panza arriba.
El padre Caspar lo dejaba holgar, y aprovechaba de ello para eslabonarle otros
argumentos suyos contra el movimiento de la tierra. In primis, el Argumento del
Sol. El cual, si estuviera inmoble, y nosotros a medio día en punto lo miráramos
desde el centro de una habitación a través de la ventana, y la tierra girare con
la velocidad que se dice —y mucha es precisa para dar una vuelta completa en
veinte y cuatro horas— en un instante el sol desaparecería de nuestra vista.
Venía luego el Argumento del Granizo. Éste cae a veces durante toda una hora,
empero, ya sea que las nubes vayan hacia levante, o hacia poniente, hacia el
septentrión, o hacia el meridión, no cubre jamás el campo por más de veinte y
cuatro o treinta millas. Si la tierra girara, cuando las nubes del granizo
fueren llevadas por el viento al encuentro de su curso, sería menester que
granizare por lo menos trescientas o cuatrocientas millas de campo.
Seguía el Argumento de las Nubes Blancas, que van por el aire cuando el tiempo
está tranquilo, y parecen ir siempre con la misma lentitud; mientras que si
girare la tierra, las que van hacia poniente deberían proceder a una velocidad
inmensa.
Concluíase con el Argumento de los Animales Terrestres, que por instinto
deberían moverse siempre hacia oriente, para secundar el movimiento de la tierra
que los señorea; y deberían mostrar una gran aversión a moverse hacia occidente,
porque sentirían que éste es un movimiento contra natura.
Roberto durante un poco aceptaba todos aquellos argumentos, luego le ponían gran
hastío, y oponía a toda aquella ciencia su Argumento del Deseo.
—Pues, al fin —decíale—, no me quite el gozo de pensar que podría alzarme en
vuelo y ver en veinte y cuatro horas la tierra girar debajo de mí, y vería pasar
muchos rostros diferentes, blancos, negros, amarillos, aceitunados, con el
sombrero o con el turbante, y ciudades con campanarios hora puntiagudos hora
redondos, con la cruz y con la media luna, y ciudades con las torres de
porcelana y pueblos de cabañas, y a los Iraqueses al punto de comerse vivo a un
prisionero de guerra y a mujeres de la tierra de Tesso ocupadas en pintarse los
labios de azul para los hombres más feos del planeta, y a las de Camul que sus
maridos conceden como presente al primero que llega, como cuenta el libro de
micer Milione…
—¿Ves tú? ¡Como yo digo: cuando vosotros en vuestra filosofía en la taberna
pensáis, siempre son pensamientos de libido! Y si
no habrías estos pensamientos tenido, este viaje tú podrías hacer si Dios te
daba la gracia de girar tú alrededor de la tierra, que no es gracia menor que
dejarte suspendido en el cielo.
Roberto no estaba convencido, pero ya no sabía rebatir. Entonces tomaba el
camino más largo, partiendo de otros argumentos oídos, que igualmente no le
parecían de por sí en contraste con la idea de un Dios providente, y
preguntábale al padre Caspar si estaba de acuerdo en considerar a la naturaleza
como un grandioso teatro, donde nosotros vemos sólo lo que el autor ha puesto en
escena. Desde nuestro asiento, nosotros no vemos el teatro como realmente es:
las escenas y las máquinas han sido predispuestas para conseguir un buen efecto
de lejos, mientras las ruedas y los contrapesos que producen los movimientos han
sido ocultados a nuestra vista. Y sin embargo, si en el patio hubiere un hombre
del arte, sería capaz de adivinar cómo se ha conseguido que un pájaro mecánico
se levante repentinamente en vuelo. Así debería hacer el filósofo ante el
espectáculo del universo. Desde luego, la dificultad para el filósofo es mayor,
porque en la naturaleza las cuerdas de las máquinas están escondidas tan bien
que durante largo tiempo nos hemos preguntado quién las movía. Y sin embargo,
también en este nuestro teatro, si Faetón sube hacia el sol, es porque tiran dél
algunas cuerdas y un contrapeso desciende hacia abajo.
Ergo (triunfaba, al fin, Roberto, volviendo a encontrar la razón por la que
había empezado a divagar de aquella manera), el escenario nos muestra el sol que
gira, pero la naturaleza de la máquina es bien diferente, y nosotros no podemos
advertirlo a primera vista. Nosotros vemos el espectáculo, no la polea que hace
que Febo se mueva, antes, vivimos en la rueda de esa polea. Y en ese punto
Roberto se perdía, porque si se aceptaba la metáfora de la polea, se perdía la
del teatro, y todo su razonamiento se volvía tan pointu, como habría dicho
Saint-Savin, que perdía toda su agudeza.
El padre Caspar había contestado que el hombre, para hacer cantar a una máquina,
tenía que forjar madera o metal, y disponer unos orificios, o regular cuerdas y
friccionarlas con arcos, o incluso, como había hecho él en el Daphne, inventar
un artilugio de agua, mientras que si le abrimos la garganta a un ruiseñor no
vemos ninguna máquina de este tipo, signo de que Dios sigue caminos diferentes
de los nuestros.
Luego había preguntado si, pues que Roberto veía con tanto favor infinitos
sistemas solares que giraban en el cielo, no habría podido admitir que cada uno
de estos sistemas forma parte de un sistema mayor que rueda a su vez dentro de
un sistema mayor aún y así en adelante; visto que, partiendo de aquellas
premisas, uno convertíase en algo así como una virgen víctima de un seductor,
que primero le hace una pequeña concesión, y bien pronto tendrá que acordarle
más, y luego más aún, y por ese camino no se sabe hasta qué extremo puede
llegarse.
Desde luego, había dicho Roberto, se puede pensar de todo. En turbillones
desprovistos de planetas, en turbillones que se chocan el uno con el otro, en
turbillones que no sean redondos sino hexagonales, de suerte que en cada cara o
lado dellos introdúzcase otro turbillón, todos juntos componiéndose como las
celdas de una colmena, o que sean polígonos los cuales, apoyándose el uno al
otro, dejen unos vacíos, que la naturaleza llena con otros turbillones menores,
todos engranados entre sí como las ruedas de los relojes. Moviéndose su total en
el universo cielo como una gran rueda que gira y alimenta en el interior a otras
ruedas que giran, cada una con ruedas menores que giran en su seno, y todo ese
gran círculo recorriendo en el cielo una revolución inmensa que dura milenios,
quizá alrededor de otro turbillón de turbillones de turbillones… Y en ese punto,
Roberto corría el riesgo de ahogarse, por el gran vértigo que le sobrecogía.
Y fue en ese momento cuando el padre Caspar consiguió su triunfo. Entonces,
explicó, si la tierra gira alrededor del sol, pero el sol gira alrededor de otra
cosa (y omitiendo considerar que esta
otra cosa gire alrededor de otra cosa todavía), tenemos el problema de la
roulette, del cual Roberto habría debido oír hablar en París, dado que de París
había llegado a Italia entre los galileanos, que pensaban de todo con tal de
desordenar el mundo.
—¿Qué es la roulette? —preguntó Roberto.
—Tú la puedes llamar también trochoides o cycloides, poco cambia. Imagina tú una
rueda.
—¿La de antes?
—No, agora tú imagina la rueda de un carro. Et imagina tú que en el círculo de
aquesa rueda hay un clavo. Agora imagina que la rueda parada está, et el clavo
precisamente encima del suelo. Agora tú piensa que el carro va et la rueda gira.
¿Qué tú piensas sucedería a este clavo?
—Bueno, si la rueda gira, a un cierto punto el clavo estará arriba, pero luego
cuando la rueda haya hecho todo su giro, se encontrará de nuevo cerca del suelo.
—¿Por tanto tú piensas que este clavo un movimiento como círculo ha cumplido?
—Pues sí. Sin duda no como un cuadrado.
—Agora tú escucha, bambarria. Tú dices que este clavo ¿se encuentra en el suelo
en el mismo punto donde estaba antes?
—Espere un momento… No, si el carro va hacia delante, el clavo se encuentra en
el suelo, pero mucho más adelante.
—Por tanto, no ha cumplido movimiento circular.
—No, por todos los santos del paraíso —había dicho Roberto. —Tú no debes decir
Portodoslosantosdelparaíso.
—Perdone padre. Mas ¿qué movimiento ha llevado a cabo?
—Ha una trochoides a cabo llevado, y para que tú entiendes digo que casi es como
el movimiento de una pelota que tú lanzas ante ti, luego toca el suelo, luego
hace otro arco de círculo, et luego novamente; sólo que mientras la pelota, a un
cierto momento, hace arcos siempre más pequeños, el clavo arcos siempre
regulares hará, si la rueda siempre a la misma velocidad va.
—¿Y qué quiere decir esto? —había preguntado Roberto, divisando su derrota.
—Esto quiere decir que tú demonstrar tantos vórtices et infinitos mundos
quieres, et que la tierra gira, et he aquí que tu tierra ya no gira, sino que va
por el infinito cielo como una pelota, tumpf tumpf tumpf, ¡ach qué gran
movimiento para este nobilísimo planeta! Y si tu teoría de los vórtices buena
es, todos los cuerpos celestes hacían tumpf, tumpf tumpf; ¡agora déjame reír que
esto es por fin el más grande diversión de mi vida!
Difícil replicar a un argumento tan sutil y geométricamente perfecto; y además
en perfecta mala fe, porque el padre Caspar habría debido saber que algo
parecido habría acaecido también si los planetas giraban como quería Tycho.
Roberto se había ido a dormir húmedo y mohíno como un perro. Durante la noche
había reflexionado, para ver si no le conviniera entonces abandonar todas sus
ideas heréticas sobre el movimiento de la tierra. Veamos, se había dicho,
incluso si el padre Caspar tuviera razón, y la tierra no se moviera (si no, se
movería más de lo debido y no se conseguiría ya detenerla), ¿podría esto poner
en entredicho su descubrimiento del meridiano antípoda y su teoría del Diluvio,
y al mismo tiempo, el hecho de que la Isla esté allá, un día antes del día que
es aquí? En absoluto.
Por tanto, se había dicho, quizá me conviene no discutir las opiniones
astronómicas de mi nuevo maestro, e industriarme, en cambio, para nadar, para
obtener lo que de verdad me interesa, que no es si tenían razón Copérnico, o
Galilei, o esotro insulso de Tycho de Uraniburgo, sino ver la Paloma Naranjada,
y poner pie en el día de antes; cosa que ni Galileo, ni Copérnico, ni Tycho, ni
mis maestros y amigos de París se habrían soñado jamás.
Y por tanto, el día después se había vuelto a presentar ante el padre Caspar
como alumno obediente, tanto en la cosa natatoria como en la astronómica.
Pero el padre Caspar, con el pretexto del mar movido y de otros cálculos que
tenía que hacer, por aquel día había aplazado
su lección. Hacia la tarde le había explicado que, para aprender la natatione,
como él decía, son necesarios concentración y silencio, y no se puede dejar que
la cabeza se vaya entre las nubes. Visto que Roberto era propenso a hacer todo
lo contrario, concluíase que no tenía disposición para la natación.
Roberto se había preguntado cómo era posible que su maestro, tan orgulloso de su
maestría, hubiera renunciado de manera tan repentina a su propio proyecto. Y
creo que la conclusión que había sacado era la justa. El padre Caspar se había
metido en la cabeza que el yacer o incluso el moverse en el agua, y bajo el sol,
producía en Roberto una efervescencia del cerebro, que lo inducía a pensamientos
peligrosos. El encontrarse tú a tú con su propio cuerpo, el sumergirse en el
líquido, que bien era materia, en alguna sazón lo embrutecía, y lo movía a esos
pensamientos que son propios de índoles deshumanas y alocadas.
Era menester, pues, que el padre Caspar Wanderdrossel encontrara algo diferente
para alcanzar la Isla, y que no le costara a Roberto la salud del alma.
25
TECHNICA CURIOSA
Cuando el padre Caspar dijo que era de nuevo domingo, Roberto dio en la cuenta
de que había pasado más de una semana desde el día de su encuentro. El padre
Caspar celebró la misa, luego dirigióse hacia él con aire decidido. —Yo no puedo
esperar que tú a natar aprendes —había dicho. Roberto contestó que no era culpa
suya. El jesuita admitió que
quizá no era culpa suya, pero, entre tanto, el rigor del tiempo y los animales
silvestres le estaban echando a perder la Specola, que había que cuidar, en
cambio, cada día. Por lo cual, ultima ratio, no quedaba sino una solución: a la
Isla habría ido él. Y a la pregunta de cómo habría hecho, el padre Caspar dijo
que lo habría intentado con la Campana Acuática.
Explicó que desde hacía mucho tiempo estudiaba cómo navegar bajo el agua. Había
pensado incluso en construir una lancha de madera reforzada con hierro y con
doble casco, como si fuera una caja con su tapadera. La nave habría medido
setenta y dos pies de largo, treinta y dos de altura, y ocho de anchura, y era
bastantemente pesada para descender bajo la superficie. Habría sido movida por
una rueda con palas, accionada por dos hombres en el interior, como hacen los
burros con la muela de un molino. Y para ver dónde se estaba yendo se hacía
salir un tubospicillum,
un ocular que, por un juego de lentes internas, habría permitido explorar desde
dentro lo que sucedía al aire libre.
¿Por qué no la había construido? Porque así está hecha la naturaleza, decía,
para humillación de nuestra poquedad: hay ideas que sobre el papel parecen
perfectas y luego ante la prueba de la experiencia se demuestran imperfectas, y
nadie sabe por qué razón.
Sin embargo, el padre Caspar había construido la Campana Acuática:
—Et la plebícola ignorante, si habrían dicho a ellos que alguien en el fondo del
Rin descender puede manteniendo secas las ropas, e incluso en las manos un fuego
en un brasero teniendo, dirían que era un despropósito. Y en cambio, la prueba
de la experiencia hala habido, y casi un siglo ha en el ópido de Toleto en
Hispania. Por tanto, yo llego a la isla agora con mi Campana Acuática, andando,
como agora ves que ando.
Se dirigió hacia el pañol de víveres, que era evidentemente un almacén
inagotable: además de los pertrechos astronómicos, quedaba aún algo más. Roberto
viose obligado a llevar a la puente otras barras y semicírculos de metal y un
voluminoso envoltorio de piel que olía aún a su cornudo donador. De poco sirvió
que Roberto recordara que, si domingo era, no había de trabajarse en el día del
Señor. El padre Caspar había contestado que aquello no era trabajo, y mucho
menos servil, sino ejercicio de un arte nobilísima entre todas, y que su
esfuerzo habría sido consagrado al incremento del conocimiento del gran libro de
la naturaleza. Y por ende, era como meditar sobre los textos sagrados, de los
que el libro de la naturaleza no se aparta.
Roberto tuvo, pues, que ponerse al trabajo, espolado por el padre Caspar, que
intervenía en los momentos más delicados, donde los elementos metálicos se
juntaban mediante ensambladuras ya predispuestas. Trabajando toda la mañana puso
a punto una jaula en forma de tronco de cono, un poco más alta que un hombre, en
la que tres círculos, el de arriba de
diámetro menor, el mediano y el de abajo progresivamente más anchos, sosteníanse
paralelos gracias a cuatro palancas inclinadas.
En el círculo de en medio estaba fijado un braguero de tela en el que podía
ensartarse un hombre, tal que, por un juego de fajas que tenían que pasar
también por los hombros y el pecho, del hombre no aseguraba sólo la ingle para
impedir su descenso, sino también los hombros y el cuello, de suerte que la
cabeza no fuera a tocar el círculo superior.
Mientras Roberto se preguntaba para qué podía servir todo aquel agregado, el
padre Caspar había desplegado el envoltorio de piel, que se demostró como el
ideal estuche, o guante, o dedal de aquella compage metálica, y no fue difícil
revestirla, cerrándola con ganchos desde el interior, para que el objeto, una
vez acabado, no pudiere ser ya desollado. Y el objeto acabado era de verdad un
cono sin punta, cerrado por arriba y abierto en la base; o si se quiere,
precisamente, una especie de campana. En ella, entre el círculo superior y el
mediano, abríase una ventanilla de cristal. Sobre el tejadillo de la campana
había sido asegurada una argolla robusta.
En ese punto, la campana fue desplazada hacia el cabestrante y enganchada a un
brazo que, por un perspicaz sistema de garruchas, habría permitido alzarla,
bajarla, transportarla fuera del bordo, arriarla o izarla, como sucede con toda
bala, cajón o fardo que se cargare o descargare de un navío.
El cabestrante estaba un poco herrumbroso después de días de inedia, pero al
final Roberto consiguió accionarlo e izar la campana a media altura, de suerte
que se pudieran divisar sus vientres.
Esta campana esperaba ahora sólo un pasajero que se metiera dentro y se ciñera
el braguero, así que colgara en el aire como un badajo.
Podía entrar un hombre de cualquier estatura: bastaba con ajustar las correas
aflojando o apretando hebillas y nudos. Con
que, una vez fajado, el habitante de la campana habría podido andar, llevando de
paseo su habitáculo; y las cintas hacían de modo que la cabeza permaneciera a la
altura de la ventanilla, y el borde inferior le llegara más o menos a la
pantorrilla.
Ahora a Roberto no le quedaba sino figurarse, explicaba triunfante el padre
Caspar, qué hubiera acontecido cuando el cabestrante hubiera hecho descender la
campana al mar.
—Acontece que el pasajero se anega —había concluido Roberto, como habría hecho
cualquiera.
Y el padre Caspar le había acusado de saber bastante poco de «equilibrio de los
liquores».
—Tú puedes quizá pensar que el vacío en alguna parte está, como dicen esos de la
Sinagoga de Satanás aderezos con los cuales hablabas en París. Tú quizá admites
que en la campana no está el vacío, pero aire. Et cuando tú una campana llena de
aire en el agua arrías, no entra el agua. O aquesa o el aire.
Era verdad, admitía Roberto. Y por tanto, por muy alto que fuera el mar, el
hombre podía caminar sin que entrara el agua en ella, o por lo menos, hasta que
el pasajero con su respiración no hubiere consumido todo el aire,
transformándolo en vapor (como se ve cuando se alienta ante un espejo), el cual,
siendo menos denso que el agua, a ésta habría últimamente cedido el lugar;
prueba definitiva, comentaba triunfalmente el padre Caspar, de que la naturaleza
tiene en gran espanto al vacío. Con una campana de aquella mole el pasajero
podía contar, había calculado el padre Caspar, a lo menos con una treintena de
minutos de respiración. La ribera parecía muy lejana, para alcanzarla a nado,
pero andando habría sido un paseo, porque casi a mitad de camino entre el navío
y la orilla empezaba la barbacana coralina, a tal punto que la barca no había
podido seguir por aquel camino sino que había tenido que dar un rodeo más largo
allende el promontorio. Y en ciertos trechos los corales estaban a la flor del
agua. Si se hubiera dado principio a la expedición en época de reflujo, el
camino por hacer bajo el agua
habría disminuido aún. Bastaba con llegar a aquellas tierras emergidas, y en
cuanto el pasajero hubiera subido incluso sólo media pierna por encima de la
superficie, la campana se habría llenado de nuevo de aire fresco.
¿Pero cómo se habría andado sobre el fondo marino, que debía de estar erizado de
peligros, y cómo habría sido posible subir sobre la barbacana, que estaba hecha
de piedras afiladas y de corales más cortantes que las piedras? Y además ¿cómo
habría bajado la campana, sin volcarse en el agua o ser rechazada hacia arriba
por las mismas razones por las que un hombre que se zambulle vuelve a flote?
El padre Caspar, con una sonrisa taimada, añadía que Roberto había olvidado la
objeción más importante: que al impeler en el mar la sola campana llena de aire,
se habría movido tanta agua como era su masa, y esta agua habría tenido un peso
harto mayor que el del cuerpo que intentaba penetrarla, al cual habría opuesto,
pues, mucha resistencia. Pero en la campana habría habido también muchas libras
de hombre, y por fin, estaban los Coturnos Metálicos. Y con el aire de quien
había pensado en todo, iba a extraer del inagotable pañol un par de botines con
suelas de hierro, que medían más de cinco dedos, y se anudaban a la rodilla. El
hierro habría hecho de zahorra, y habría protegido, además, los pies del
viandante. Habríale hecho más lento el camino, aunque habríale quitado aquellas
preocupaciones por el terreno accidentado que normalmente hacen tímido el paso.
—Mas si desde el resbaladero que se halla aquí abajo Vuestra Merced tiene que
volver a subir a la ribera, ¡será un recorrido todo cuesta arriba!
—¡Tú no estabas aquí cuando el ancla arriado han! Yo he antes el sondeo hecho.
¡Nada vorágine! ¡Si el Daphne iría un poco más adelante, encallaríase!
—¿Y cómo podrá sostener la campana que le pesa sobre la cabeza? —preguntaba
Roberto.
Y el padre Caspar tenía que recordarle que en el agua este peso no se habría
sentido, y Roberto lo habría sabido si alguna vez hubiera probado a empujar una
barca o a pescar con la mano una bola de hierro de un baño, que el esfuerzo
habríalo hecho todo una vez sacada la bola del agua, no mientras estaba inmersa.
Roberto, ante la obstinación del viejo, intentaba retrasar el momento de su
ruina.
—Mas si se arría la campana con el cabestrante — preguntábale—, ¿cómo se
desengancha luego la amarra? Si no, la cuerda le refrena y no puede Vuestra
Merced alejarse del navío.
Caspar contestaba que, una vez él en el fondo, Roberto habría dado en la cuenta
porque la amarra se habría aflojado: y en ese punto se la cortaba. ¿Creía acaso
que él debía volver por el mismo camino? Una vez en la Isla habría ido a
recuperar la barca, y con aquélla habría vuelto, si Dios quería.
Mas en cuanto estuviere en tierra, cuando se hubiere desligado de las correas,
la campana, si otro cabestrante no la hubiere mantenido levantada, habría bajado
para tocar tierra aprisionándolo.
—¿Queréis pasar el resto de vuestra vida en una isla encerrado en una campana?
Y el viejo contestaba que, una vez libertado de aquellas bragas, no tenía sino
que rasgar la piel con su cuchillo, y habría salido afuera como Minerva de la
cabeza de Júpiter.
¿Y si debajo del agua hubiera encontrado un gran pez, de esos que devoran a los
hombres? Y el padre Caspar riendo: incluso el más feroz de los peces, cuando
encuentra en su camino una campana semoviente, cosa que infundiría temor incluso
a un hombre, es presa de tal desconcierto que se da a rauda fuga.
—En fin —había concluido Roberto, sinceramente preocupado por su amigo—, Vuestra
Merced es viejo y endeble, ¡si alguien debe absolutamente intentarlo seré yo!
El padre Caspar le había dado las gracias pero le había explicado que él,
Roberto, había dado ya muchas pruebas de ser
un botarate, y quién sabe la que le habría armado; que él, Caspar, tenía ya
algún que otro conocimiento de ese brazo de mar y de la barbacana, y parecidos
los había visitado en otros lugares, con una barca plana; que aquella campana
habíala hecho construir él y que, por tanto, conocía sus vicios y virtudes; que
tenía buenas nociones de física hidrostática y habría sabido cómo salir de
apuros en un caso no previsto; y finalmente, había añadido, como si dijera la
última de las razones a su favor, «finalmente yo tengo la fe y tú no».
Y Roberto había entendido que ésta no era absolutamente la última de las
razones, sino la primera, y sin duda la más hermosa. El padre Caspar
Wanderdrossel creía en su campana como creía en su Specola, y creía tener que
usar la campana para alcanzar la Specola, y creía que todo lo que estaba
haciendo era para la mayor gloria de Dios. Y tal como la fe puede demoler las
montañas, a buen seguro podía superar las aguas.
No quedaba sino volver a colocar en la cubierta la campana y prepararla para la
inmersión. Una operación que los mantuvo ocupados hasta la noche. Para adobar la
piel de suerte que ni el agua pudiera penetrar en ella ni el aire salir, era
menester usar un empaste que preparábase a fuego lento, dosificando tres libras
de cera, una de terebintina, y cuatro onzas de otro barniz usado por los
carpinteros. Luego se trataba de hacer que la piel absorbiera aquella substancia
dejándola reposar hasta el día siguiente. Por fin, con otra pasta hecha de brea
y cera hubo que llenar todos los resquicios en los bordes de la ventanilla,
donde el cristal ya había sido fijado con almáciga, a su vez calafateada.
Omnibus rimis diligenter repletis —tal como había dicho—, el padre Caspar pasó
la noche en oración. Al alba volvieron a controlar la campana, las correas, los
ganchos. Caspar esperó el momento justo en el que pudiera aprovechar al máximo
el reflujo, y en el que, con todo, el sol estuviera ya bastante alto, de suerte
que iluminara el mar ante él, arrojando cualquier sombra detrás de sus espaldas.
Luego se abrazaron.
El padre Caspar repitió que se habría tratado de una solazada empresa en la que
habría visto cosas portentosas que ni siquiera Adán o Noé habían conocido, y
temía cometer pecado de soberbia, tan orgulloso estaba de ser el primer hombre
que descendía al mundo marino.
—Pero —añadía—, ésta es también una prueba de mortificatione: si Nuestro Señor
encima de las aguas caminado ha, yo debajo caminaré, como a un pecador conviene.
No quedaba sino volver a levantar la campana, ponérsela encima al padre Caspar,
y controlar que él fuera capaz de moverse holgadamente.
Durante algún minuto, Roberto asistió al espectáculo de un caracolón, pero qué
digo, de un bejín, de un agárico migratorio, que procedía a pasos lentos y
torpes, a menudo parándose y dando media vuelta sobre sí mismo cuando el padre
quería mirar a la derecha o a la izquierda. Más que en una marcha, aquella
capucha ambulante parecía ocupada en una gavota, en una bourrée que la ausencia
de la música hacía aún más desgarbada.
Por fin, el padre Caspar pareció satisfecho de sus pruebas y, con una voz que
parecía salirle de los calzares, dijo que se podía proceder.
Allegóse al cabestrante, Roberto enganchó, se puso a empujar el cabestrante, y
controló una vez más que, levantada la campana, los pies se columpiaran y el
viejo no resbalara hacia abajo o la campana no se desenvainara hacia arriba. El
padre Caspar campaneaba y retumbaba que todo iba de la mejor de las maneras,
aunque era menester darse prisa:
—¡Estos coturnos tiran de mis piernas y casi arráncanlas del vientre! ¡Pronto,
pon a mí en el agua!
Roberto había gritado todavía unas frases de incitamento y había arriado
lentamente el vehículo con su humano motor. Lo cual fue empresa no fácil, porque
él hacía solo el trabajo de muchos marineros. Por tanto, aquella bajada le
pareció eterna, como si el mar se rebajara a medida que él multiplicaba sus
esfuerzos. Pero al final, oyó un ruido en el agua, advirtió que su esfuerzo
disminuía y después de pocos instantes (que a él le parecieron años) sintió que
el cabestrante giraba ya en vacío. La campana había tomado pie. Cortó la cuerda,
luego se arrojó sobre la amurada para mirar hacia abajo. Y no vio nada.
Del padre Caspar y de la campana no quedaba ningún rastro. —¡Qué gran seso de un
jesuita —díjose Roberto admirado—, lo
ha conseguido! Piensa, allá abajo hay un jesuita andando, y nadie podría
adivinarlo. ¡Los valles de todos los océanos podrían estar poblados por
jesuitas, y nadie lo sabría!
Luego pasó a pensamientos más prudentes. Que el padre Caspar estuviera abajo,
era invisiblemente evidente. Que volviera arriba, todavía no estaba claro.
Le pareció que el agua estaba agitándose. La jornada había sido elegida
precisamente porque era serena; sin embargo, mientras estaban realizando las
últimas operaciones, se había levantado un viento que a aquella altura
encrespaba sólo un poco la superficie, pero en la ribera creaba algunos juegos
de olas que, sobre los escollos ya sobresalientes, habrían podido estorbar el
desembarco.
Hacia la punta norte, donde se erguía una pared casi plana y en picado, divisaba
rociadas de espuma que iban a abofetear la roca, dispersándose por el aire como
muchas avucastas blancas. Era seguramente el efecto de olas que chocaban contra
una serie de pequeños farellones que él no conseguía ver, pero desde el navío
parecía como si una serpiente soplara desde el abismo aquellas lenguas de fuego
cristalino.
La playa parecía, sin embargo, más tranquila, la mareta se producía sólo a medio
camino, y aquello era para Roberto una buena señal: indicaba el lugar donde la
barbacana asomaba fuera del agua y marcaba el límite allende el cual el padre
Caspar ya no habría corrido peligro.
¿Dónde estaba agora el viejo? Si se había puesto en marcha inmediatamente
después de haber tomado pie, hubiera debido
recorrer ya… ¿Mas cuánto tiempo había pasado? Roberto había perdido el sentido
del transcurrir de los instantes, cada uno computándolo como una eternidad, y
así pues, tendía a reducir el resultado presunto, y convencíase de que el viejo
acababa de bajar, y quizá estaba aún bajo la carena, intentando orientarse.
Entonces nacía la sospecha de que la amarra, retorciéndose sobre sí misma
mientras descendía, hubiera hecho dar una media vuelta a la campana, de suerte
que el padre Caspar se había encontrado sin saberlo con la ventanilla dirigida
hacia occidente, y estaba caminando hacia la alta mar.
Luego, Roberto decíase que, yendo hacia la alta mar, cualquiera habría dado en
la cuenta de que bajaba en vez de subir, y habría cambiado rumbo. ¿Y si en aquel
punto hubiera habido una pequeña cuesta hacia occidente y quien subía creía que
iba a oriente? Con todo y con eso, los reflejos del sol habrían mostrado la
parte por la cual el astro estaba moviéndose… Pero ¿cómo se ve el sol en el
abismo? ¿Pasan sus rayos como por una vidriera de iglesia, en haces compactos, o
se diseminan en un refractarse de gotas, de modo que quien mora allá abajo ve la
luz como un centellear privado de direcciones?
No, decíase luego: el viejo entiende perfectamente adonde tiene que ir, quizá
está ya a medio camino entre el navío y la barbacana; es más, ya ha llegado, ya
está, quizá ahora va a subir con sus grandes suelas de hierro, y dentro de poco
lo veo…
Otro pensamiento: en realidad, nadie antes de hoy ha estado en el fondo del mar.
Quién me dice que allá abajo a cabo de pocas brazas no se entre en la negrura
absoluta, habitada sólo por criaturas cuyos ojos emanan únicamente vagos
esplendores… ¿Y quién dice que en el fondo del mar se tenga aún el sentido del
recto camino? Quizá está girando en círculo, está recorriendo siempre el mismo
camino, hasta que el aire de su pecho se transforme en humedad, que invita al
agua amiga a la campana…
Se acusaba de no haberse traído, por lo menos, una clepsidra a la cubierta:
¿cuánto tiempo había pasado? Quizá ya más de media hora, demasiado, ay mísero, y
era él el que sentíase sofocar. Entonces respiraba con todos los pulmones,
renacía, y creía que aquella era la prueba de que instantes habían pasado
poquísimos, y el padre Caspar estaba gozando todavía de un aire purísimo.
Quizá el viejo se había ido de soslayo, es inútil mirar ante sí como si hubiera
tenido que volver a emerger a lo largo del recorrido de la bala de arcabuz.
Podía haber hecho muchas desviaciones, buscando el mejor acceso a la barbacana.
¿No había dicho, mientras montaban la campana, que era un golpe de suerte que el
cabestrante lo depusiera precisamente en aquel punto? Diez pasos más al norte,
la falsabraca se abismaba de golpe formando una ladera escarpada, contra la cual
una vez había chocado la barca, mientras recto ante el cabestrante había un
paso, por el cual también la barca había pasado, yendo a encallarse allá donde
los escollos subían poco a poco.
Ahora bien, podía haberse equivocado al mantener la dirección, se había
encontrado ante un muro, y estaba bordeándolo hacia el sur buscando el pasaje. O
quizá lo bordeaba hacia el norte. Había que hacer correr el ojo a lo largo de
toda la ribera, de una a otra punta, quizá habría emergido allá abajo, coronado
por hiedras marinas… Roberto volvía la cabeza de un extremo a otro de la bahía,
temiendo que, mientras miraba a la izquierda, pudiera perder al padre Caspar ya
emergido a la derecha. Si bien podía identificarse inmediatamente a un hombre
incluso a aquella distancia, imaginémonos una campana de cuero goteando al sol,
como un caldero de cobre recién lavado…
¡El pez! Quizá en las aguas había verdaderamente un pez caníbal, de ninguna
manera asustado por la campana, que había devorado completamente al jesuita. No,
de ese pez se habría divisado la sombra obscura: si estaba, debía de estar entre
el navío y el principio de las rocas coralinas, no más allá. Pero quizá el viejo
había llegado ya a las rocas, y espinas animales o
minerales habían perforado la campana, haciendo salir todo el poco aire que
quedaba…
Otro pensamiento: ¿quién me asegura que el aire en la campana bastara
verdaderamente durante tanto tiempo? Lo dijo él, pero él también se equivocó
cuando estaba seguro de que su palangana habría funcionado. A fin de cuentas,
este buen Caspar ha demostrado ser un venático, y quizá toda esa historia de las
aguas del Diluvio, y del meridiano, y de la Isla de Salomón, es un cúmulo de
consejas. Y luego, aunque tuviera razón por lo que concierne a la Isla, podría
haber calculado mal la cantidad de aire de la que un hombre tiene necesidad. Y
por fin, ¿quién me dice que todos aquellos aceites, aquellas esencias, hayan
colmado de verdad todos los resquicios? Quizá en este momento el interior de la
campana parece una de esas cuevas en las que chorrea el agua por doquier, quizá
toda la piel transpira como una esponja, ¿no es verdad, acaso, que nuestra piel
es toda un cedazo de poros imperceptibles, y desde luego que existen, si a
través de ellos filtra el sudor? Y si esto acaece con la piel de un hombre,
¿puede acaecer también con la piel de un buey? ¿O los bueyes no sudan? Y cuando
llueve, un buey, ¿se siente mojado también dentro?
Roberto retorcíase las manos y maldecía su prisa. Estaba claro, él estaba
creyendo que habían pasado horas y habían pasado, en cambio, pocas pulsaciones
de pulso. Se dijo que no tenía razones para temblar, él, y muchas más habría
tenido el atrevido anciano. Quizá él tenía que favorecer, más bien, su viaje con
la oración, o por lo menos con la esperanza y el auspicio.
Y además, decíase, me he imaginado demasiadas razones de tragedia y es proprio
de los melancólicos generar espectros que la realidad es incapaz de emular. El
padre Caspar conoce las leyes hidrostáticas, ya ha sondeado este mar, ha
estudiado el Diluvio a través de los fósiles que pueblan todos los mares. Calma,
basta con que yo comprenda que el tiempo transcurrido es mínimo, y sepa esperar.
Daba en la cuenta de que amaba, ya, a aquel que había sido el Intruso, y de que
lloraba, ya, sólo al pensamiento de que hubiere podido acontecerle una
desgracia. Vamos viejo, murmuraba, vuelve, renace, resucita, por Dios, que le
cortaremos el cuello a la gallina más gorda, ¿no querrás dejar sola a tu Specola
Melitense?
Y de pronto advirtió que ya no veía las rocas cerca de la ribera, signo de que
el mar había empezado a levantarse; y el sol, que antes divisaba sin tener que
alzar la cabeza, ahora estaba precisamente encima del. Así pues, desde el
momento de la desaparición de la campana habían transcurrido no ya minutos sino
horas.
Tuvo que repetirse aquella verdad en voz alta, para encontrarla creíble. Había
contado como segundos lo que eran minutos, él se había convencido de que tenía
en el pecho un reloj loco, que pulsaba precipitadamente, y en cambio, su reloj
interno había aflojado el paso. Desde quién sabe cuándo, diciéndose que el padre
Caspar acababa de bajar, esperaba a una criatura a la que el aire le había
faltado ya desde hacía tiempo. Desde quién sabe cuándo estaba esperando un
cuerpo que yacía sin vida en algún punto de aquella amplitud.
¿Qué podía haber acontecido? Todo, todo lo que había pensado; y quizá con su
malhadado miedo habíalo hecho acaecer, él, portador de mala suerte. Los
principios hidrostáticos del padre Caspar podían ser ilusorios, quizá el agua en
una campana entra precisamente desde abajo, sobre todo si el que está dentro
patalea el aire hacia fuera, ¿qué sabía Roberto de verdad sobre el equilibrio de
los líquidos? O quizá el choque había sido demasiado rápido, la campana había
zozobrado. O el padre Caspar había tropezado a medio camino. O lo había perdido,
el camino. O su corazón más que septuagenario, desigual a su celo, había cedido.
Y por fin, ¿quién dice que, a esa profundidad, el peso del mar no pueda aplastar
el cuero tal y como se exprime un limón o se desvaina un haba?
Si hubiere muerto ¿no hubiere debido su cadáver volver a flote? No, estaba
anclado por las suelas de hierro, de las cuales sus pobres piernas habrían
salido sólo cuando la acción conjunta de las aguas, y de muchos pequeños peces
ávidos, lo hubieran reducido a un esqueleto…
Luego, de golpe, tuvo una intuición radiante. ¿Pero qué estaba farfullando en la
mente? Pues claro, bien se lo había dicho el padre Caspar, la Isla que él veía
ante sí no era la Isla de hoy, sino la de ayer. ¡Más allá del meridiano era aún
el día de antes! ¿Podía esperarse ver ahora en aquella playa, que era aún ayer,
a una persona que había bajado al agua hoy? Sin duda no. El viejo se había
sumergido en la primera mañana de aquel lunes, pero si en el navío era lunes, en
aquella Isla era todavía domingo, y por tanto, él habría podido ver al anciano
allegándose a ella sólo hacia la mañana de su mañana, cuando en la Isla fuera,
apenas entonces, lunes…
He de aguardar hasta mañana, se decía. Y luego: ¡Caspar no puede aguardar un
día, el aire no le basta! Y aún: soy yo el que debo aguardar un día, él
sencillamente ha vuelto a entrar en el domingo en cuanto ha franqueado la línea
del meridiano. ¡Dios mío, pero entonces la Isla que veo es la del domingo, y si
llegó el domingo, yo debería verle ya! No, me estoy equivocando en todo. La Isla
que veo es la de hoy, es imposible que yo vea el pasado como en una esfera
mágica. Es allá en la Isla, sólo allá, donde es ayer. Pero si veo la Isla de
hoy, debería verle a él, que en el ayer de la Isla está ya, y se encuentra
viviendo un segundo domingo… Que luego, llegado ayer u hoy, debería haber dejado
en la playa la campana destripada, y no la veo. Pero podría haberla llevado
consigo a la espesura. ¿Cuándo? Ayer. Veamos pues: hagamos que la que yo veo es
la Isla del domingo. He de aguardar a mañana para ver que él llega el lunes…
Podríamos decir que Roberto había perdido definitivamente el juicio, y con buena
razón: comoquiera que hubiera calculado, la cuenta no le habría salido. Las
paradojas del tiempo hacen que perdamos el juicio también nosotros. Por lo
tanto, era normal que no consiguiera entender ya qué hacer: y se redujo a hacer
lo que cada uno, a lo menos víctima de la propia esperanza, habría hecho. Antes
de abandonarse a la desesperación se dispuso a esperar el día por venir.
Cómo lo hiciera, es difícil de reconstruir, yendo adelante y atrás por la
puente, no tocando comida, hablando consigo mismo, con el padre Caspar y con las
estrellas, y quizá echando de nuevo mano al aguardiente. El caso es que lo
volvemos a encontrar al día siguiente, mientras la noche esclarece y el cielo se
tiñe, y luego, después de salir el sol, siempre más tenso a medida que las horas
transcurren, ya alterado entre las once y medio día, en completo desorden entre
medio día y el ocaso, hasta que debe rendirse a la realidad; y esta vez sin duda
alguna. Ayer, ciertamente ayer, el padre Caspar sumergióse en las aguas del
océano austral, y ni ayer ni hoy ha salido. Y como todo el prodigio del
meridiano antípoda se juega entre el ayer y el mañana, no entre ayer y pasado
mañana, o mañana y antes de ayer, ya estaba seguro de que de aquel mar el padre
Caspar no habría vuelto a salir nunca más.
Con matemática, es más, cosmográfica y astronómica certidumbre, su pobre amigo
estaba perdido. Ni se podía decir dónde estaba su cuerpo. En un lugar
indeterminado allá abajo. Quizá existían corrientes violentas bajo la superficie
y aquel cuerpo estaba ya en alta mar. O quizá no, debajo del Daphne existía una
fosa, un precipicio, la campana se había asentado allí y de allí el viejo no
había podido volver a subir, consumiendo el poco aliento, siempre más acuoso,
para invocar ayuda.
Quizá, para huir, se había librado de sus correas, la campana aún llena de aire
había hecho un salto hacia arriba, pero su parte férrea había frenado aquel
primer impulso y la había refrenado a media agua, quién sabe dónde. El padre
Caspar había intentado liberarse de sus botas, pero no lo había conseguido.
Ahora en aquella costanera, arraigado en la roca, su cuerpo exánime vacilaba
como un alga.
Y mientras Roberto así pensaba, el sol del martes estaba ya detrás de sus
espaldas; el momento de la muerte del padre Caspar Wanderdrossel hacíase siempre
más remoto.
El ocaso creaba un cielo ictérico detrás del verde sombrío de la isla, y un mar
estigio. Roberto entendió que la naturaleza se contristaba con él, y, como a
veces le acaece a quien queda despojado de una persona querida, poco a poco dejó
de llorar la desventura de ésta, y lloró la propia, y la propia soledad
recobrada.
Hacía poquísimos días que se había librado della, el padre Caspar se había
convertido para él en el amigo, el padre, el hermano, la familia y la patria.
Agora daba en la cuenta de que estaba de nuevo desacompañado y recoleto. Esta
vez para siempre.
Sin embargo, en aquel anonadamiento, otra ilusión estaba tomando cuerpo. Ahora
él estaba seguro de que la única forma de salir de su reclusión no debía
buscarla en el Espacio infranqueable, sino en el Tiempo.
Ahora tenía que aprender a nadar de verdad, y alcanzar la Isla. No tanto para
hallar algún despojo del padre Caspar perdido en los pliegues del pasado, sino
para detener el hórrido progresar del propio mañana.
26
DECLARACIÓN MAGISTRAL SOBRE LOS EMBLEMAS
Durante tres días, Roberto había permanecido con el ojo pegado al anteojo de
larga vista de a bordo (reconveníase que el otro, más potente, fuera ya
inservible), fijando la cima de los árboles en la ribera. Esperaba divisar la
Paloma Naranjada.
El tercer día se conturbó. Había perdido a su único amigo, estaba extraviado en
el más alejado de los meridianos, ¡y se habría sentido consolado si hubiera
divisado un pájaro que quizá sólo había pasado por la cabeza del padre Caspar!
Decidió volver a explorar su refugio para entender cuánto habría podido
sobrevivir a bordo. Las gallinas seguían poniendo huevos, y había nacido una
nidada de polluelos. De los vegetales recogidos no quedaban muchos, estaban ya
demasiado secos, y habrían debido usarse como pienso para los volátiles. Había
aún pocos barriles de agua, pero recogiendo la lluvia habría sido posible
incluso no usarlos. Y, por fin, los peces no faltaban.
Luego reflexionó que, no comiendo vegetales frescos, se moría de escorbuto.
Estaban los del invernadero, pero éste habría sido
regado por vías naturales sólo si hubiera descendido la lluvia: si sobrevenía
una larga sequía, habría tenido que regar las plantas con el agua para beber. Y
si hubiere habido borrasca durante días y días, habría tenido agua, pero no
habría podido pescar.
Para sosegar sus angustias había vuelto al
camarote del órgano de agua, que el padre Caspar le había enseñado a poner en
marcha: escuchaba siempre y sólo «Daphne», porque no había aprendido cómo se
substituía el cilindro; pero no le disgustaba volver a escuchar durante horas y
horas la misma melodía. Un día había identificado Daphne, el navío, con el
cuerpo de la mujer amada. ¿No era acaso Dafne una criatura que se había
transformado en laurel, en substancia arbórea, pues, afín a aquélla de la que
había sido extraída la nave? La melodía le cantaba pues de Lilia. Como se ve, la
cadena de pensamientos era completamente inconsiderada; ahora bien, así pensaba
Roberto.
Reprochábase haberse dejado distraer por la llegada del padre Caspar, haberlo
seguido en sus antojos mecánicos, y haber olvidado el propio voto amoroso.
Aquella única canción, cuya letra ignoraba, si alguna vez había existido, estaba
transformándose en la oración que él proyectaba hacer murmurar cada día a la
máquina, «Daphne» tocada por el agua y por el viento en los rincones del Daphne,
memoria de la transformación antigua de una Dafne divina. Todas las noches,
mirando al cielo, solfeaba aquella melodía en voz baja, como una letanía.
Luego volvía al camarote y volvía a escribir a Lilia.
Al hacer esto había dado en la cuenta de que había pasado los días precedentes
al aire libre, y de día, y que volvía a refugiarse en aquella semiobscuridad
que, en realidad, había sido su estado natural no solamente en el Daphne, antes
de encontrar al padre Caspar, sino durante más de diez años, desde los tiempos
de la herida de Casal.
A la verdad, no creo que durante todo ese tiempo Roberto hubiera vivido, como
deja creer repetidamente, sólo de noche. Que haya evitado los excesos de la
canícula, es probable, pero cuando
seguía a Lilia lo hacía de día. Considero que aquella enfermedad era más efecto
de humor negro que de verdadera aflicción de la visión: Roberto reparaba que
sufría la luz sólo en los momentos más atrabiliarios, pero cuando su mente
estaba distraída por pensamientos más risueños, no le prestaba atención.
Comoquiera que fuere y hubiere sido, aquella noche se había descubierto
reflexionando por vez primera sobre los embelesos de la sombra. Mientras
escribía, o levantaba la pluma para mojarla en el tintero, veía la luz o como
halón dorado sobre el papel, o como ribete céreo y casi translúcido, que definía
el contorno de sus dedos obscuros. Como si habitara dentro de la propia mano y
se manifestara sólo en las márgenes. Todo en torno, estaba envuelto por el sayo
afectuoso de un capuchino, es decir, de un no sé qué de color avellana que,
tocando la sombra, en ella moría.
Miraba la llama del candil y entreveía nacer en ella dos fuegos: una llama roja,
que se incorporaba a la materia corruptible, y otra que, elevándose en un blanco
cegador, hacía que esfumara en el ápice su raíz de cárdeno lirio. Así, decíase,
su amor alimentado por un cuerpo que moría daba vida a la representación
celestial de la amada.
Quiso celebrar, después de algunos días de traición, aquella reconciliación suya
con la sombra y volvió a subir a la puente mientras las sombras dilatábanse por
doquier, sobre el navío, sobre el mar, sobre la Isla, donde se entreveía ya sólo
el rápido anochecer de las colinas. Intentó, memorioso de sus campiñas, divisar
en la ribera la presencia de las luciérnagas, vivas centellas aladas brujuleando
por la obscuridad de los setos. No las vio, meditó sobre los oxímoros de las
antípodas, donde quizá las luciérnagas lucen sólo a la hora sexta.
Luego se echó en el alcázar, y se puso a mirar la luna, dejándose acunar por la
cubierta, mientras de la Isla provenía el ruido de la resaca, mezclado con un
canto de grillos, o de sus afines de aquel hemisferio.
Meditaba que la belleza del día es como una belleza rubia, mientras que la
belleza de la noche es una belleza morena. Saboreó el contraste de su amor por
una diosa rubia consumado en noche morena. Recordando aquella madeja de trigo
maduro que aniquilaba cualquier otra luz en el salón de Arthénice, quiso bella a
la luna porque disolvía en su extenuación los rayos de un sol latente. Se
prometió hacer del día reconquistado nueva ocasión para leer en los reflejos de
las ondas el encomio del oro de aquellos cabellos y el azul de aquellos ojos.
Ahora saboreaba las bellezas de la noche, cuando parece que todo descansa, las
estrellas se mueven más silenciosamente que el sol; y nos sentimos movidos a
creer que somos la única persona en toda la naturaleza absorta en soñar.
Aquella noche estaba a punto de decidir que se habría quedado durante todos los
días por venir en el navío. Pero levantando los ojos al cielo había visto un
grupo de estrellas que, de repente, parecieron mostrarle el perfil de una paloma
con las alas extendidas, que llevaba en la boca una rama de olivo. Ahora bien,
es verdad que en el cielo austral, poco alejada del Can Mayor, había sido
localizada ya, desde hacía por lo menos cuarenta años, una constelación de la
Paloma. No estoy muy seguro de que Roberto, desde donde estaba, a aquella hora y
en aquella estación, hubiera podido divisar precisamente aquellas estrellas. De
todos modos, como el que había visto una paloma (como Johannes Bayer en su
Uranometria Nova, y luego bastante más tarde, Coronelli en su Libro dei Globi)
demostraba más fantasía aún que la que no tuviera Roberto, diría que cualquier
disposición de astros, en aquel momento, podía parecerle a Roberto un pichón,
una paloma silvestre o zurita, una tórtola, lo que vosotros queráis: aunque por
la mañana hubiera dudado de su existencia, la Paloma Naranjada le había
penetrado en las
entrañas como un clavo; o, como veremos mejor, un dardo de oro largo.
Tenemos que preguntarnos en efecto por qué, a la primera alusión del padre
Caspar, entre las muchas maravillas que la Isla podía prometerle, Roberto se
hubiera interesado tanto por la Paloma.
Veremos, a medida que vayamos siguiendo esta historia, que en la mente de
Roberto (que el estar en soledad habría hecho cada día más férvida) aquella
paloma, sugerida apenas por un relato, se habría vuelto tanto más viva cuanto
menos hubiera conseguido verla, compendio invisible de todas las pasiones de su
alma amante, admiración, estima, veneración, esperanza, celos, envidia, estupor
y regocijo. No le quedaba claro (ni puede quedárnoslo a nosotros) si se había
convertido en la Isla, o en Lilia, o en ambas, o en el ayer en el que las tres
estaban relegadas, para aquel exilado en un hoy sin término, cuyo futuro estaba
sólo en el llegar, algún mañana, al día de antes.
Podríamos decir que Caspar le había evocado el Cántico de Salomón que, mirad por
dónde, su carmelita le había leído tantas y tantas veces que él casi lo había
aprendido de memoria: y desde la mocedad, él disfrutaba de melifluas agonías por
un ser con los ojos de paloma, por una paloma cuyo semblante y voz espiaría
entre las hendiduras de las peñas… Pero esto me satisface hasta un cierto punto.
Creo que es necesario empeñarnos en una «Explicación de la Paloma», redactar
algún que otro apunte para un tratadillo por hacerse que podría titularse
Columba Patefacta, y el proyecto no me parece completamente ocioso, si otros han
empleado todo un capítulo para interrogarse sobre el Sentido de la Ballena; que
luego son animalejos o negros o grises (y a lo sumo, blanca hay una sola),
mientras nosotros tenemos que vérnoslas con una rara avis de un color aún más
raro, y sobre la
cual la humanidad ha reflexionado mucho más que sobre las ballenas.
Éste es, en efecto, el punto. Que hubiera hablado de ello con el carmelita, o
discutido con el padre Emanuel, que hubiera hojeado un montón de libros que en
sus tiempos se tenían en gran aprecio, que en París hubiera escuchado
disertaciones sobre las que ahí abajo llamaban Divisas o Imágenes Enigmáticas,
Roberto de las palomas habría debido de saber algo.
Recordemos que aquél era un tiempo en el que se inventaban o reinventaban
imágenes de cualquier tipo para descubrir en ellas sentidos recónditos y
reveladores. Bastaba con ver, no digo una bella flor o un cocodrilo, sino un
canastillo, una escalera, un cedazo o un crisol para intentar construirle en
torno una red de cosas que, a primera vista, nadie habría observado en ellos. No
quiero ponerme aquí a distinguir entre Empresa o Emblema, y sobre cómo, de
diferentes maneras, a estas imágenes podían aplicarse versos o lemas (si no es
indicando que el Emblema, de la descripción de un hecho particular, no
necesariamente expresado por figuras, extraía un concepto universal; mientras
que la Empresa iba de la imagen concreta de un objeto particular a una cualidad
o propósito de un individuo único, como decir «yo seré más cándido que la
nieve», o «más astuto que la serpiente», o aun, «antes morir que traicionar»,
hasta llegar a los celebérrimos Frangar non Flectar y Spiritus durissima coquit).
La gente de aquella edad conceptuaba indispensable traducir el mundo entero en
una selva de Símbolos, Señas, Juegos Ecuestres, Máscaras, Pinturas, Armas
Gentilescas, Trofeos, Insignias de Honor, Figuras Ingeniosas, Reversos
esculpidos en las monedas, Fábulas, Alegorías, Apólogos, Epigramas, Sentencias,
Schommas, Proverbios, Téseras, Epístolas Lacónicas, Epitafios, Parerga,
Inscripciones Lapidarias, Escudos, Glifos, Clípeos y, si me lo permitís, aquí me
detengo yo; pero no se detenían ellos. Y cualquier buena Empresa debía ser
metafórica, poética, compuesta sí por un alma toda por descubrir pero, en primer
lugar, por un cuerpo sensible que remitiera a un objeto del mundo, y debía ser
noble, admirable, nueva pero conocible, aparente pero actuosa, singular,
proporcionada al espacio, aguda y breve, equívoca y escueta, popularmente
enigmática, apropiada, ingeniosa, única y heroica.
En definitiva, una Empresa era una ponderación misteriosa, la expresión de una
correspondencia; una poesía que no cantaba, sino que estaba compuesta de una
figura muda y de un mote que hablaba a la vista por ella; preciosa sólo en
cuanto imperceptible, su esplendor se escondía en las perlas y en los diamantes
que no enseñaba sino gota a gota. Decía más haciendo menos ruido, y allá donde
el Poema Épico requería de fábulas y episodios, o la Historia de deliberaciones
y arengas, bastaban a la Empresa sólo dos rasgos y una sílaba: sus perfumes se
destilaban sólo en gotas no palpables, y sólo entonces podían verse los objetos
bajo un vestido sorprendente, como acaece con los Forasteros y con las Máscaras.
La Empresa ocultaba más de lo que descubría. No cargaba el espíritu de materia
sino que lo alimentaba de esencias. Tenía que ser (con un término que entonces
usábase muchísimo y que ya hemos usado) peregrina, pero peregrino quería decir
extranjero, y extranjero quería decir extraño.
¿Hay nada más forastero que una Paloma Naranjada? Es más, ¿hay nada más
peregrino que una paloma? Ya, la paloma era imagen rica de significados, tanto
más sutiles en cuanto cada uno en conflicto con los demás.
Los primeros en hablar de la paloma habían sido, como es natural, los Egipcios,
desde los antiquísimos Hieroglyphica de Horus Apolo. Y con otras muchísimas
cosas, este animal era considerado purísimo entre todos, tanto que, si había una
pestilencia que atosigara hombres y cosas, permanecían mondos los que comieran
sólo palomas. Lo que debería resultar evidente, visto que este animal es el
único que carece de hiel (es decir, el veneno que los demás animales tienen
pegado al hígado), y ya decía Plinio que si una paloma cae enferma, coge una
hoja de
laurel y recobra la salud. Y si el laurel es el lauro y el lauro es Dafne, nos
hemos entendido.
Puras como son, las palomas son también un símbolo harto malicioso, porque se
consumen por la gran lujuria: nótese que, mientras todos los demás animales
tienen una estación para los amores, no hay estación del año en la cual el
palomo no monte a la paloma. Y pasan el día besándose (redoblando los besos para
hacerse callar mutuamente) y entrelazando las lenguas.
Permítaseme ahora que diga lo que digo a continuación: ya se sabe que
interpretar los símbolos es como mirar los tapices flamencos por el revés, que
aunque se ven las figuras, están llenas de hilos que las escurecen, y no se ven
con la lisura y la tez de la haz. Por ello, quizá nos arroje cierta luz el saber
que, en la lengua toscana, de la sensualidad de las palomas derívanse muchas
expresiones deleitosas como colombar con le labbra y baci colombini, para
decirla como los casuistas. Y colombeggiare le decían los poetas a hacer el amor
como las palomas, y tanto como ellas. Ni tampoco olvidemos que Roberto habría
debido conocer aquellos versos del célebre caballero italiano que decían:
«Quando nel letto, ove i primieri ardori, / sfogar già de’ desir caldi e vivaci
/ colombeggiando i dúo lascivi cori / si raccolser tra lor tra baci e baci», que
habrían de inspirar estos sublimes y cultos versos: «reclinados, al mirto más
lozano / una y otra lasciva, si ligera, / paloma se caló, cuyos gemidos /
(trompas de amor) alteran sus oídos».
Para seguir con este tema, las palomas vienen de Chipre, isla consagrada a
Venus. Apuleyo, también otros antes que él, contaba que el carro de Venus está
tirado por candidísimas palomas, llamadas precisamente pájaros de Venus por su
descomedida lascivia. Otros recuerdan que los griegos llamaban peristera a la
paloma porque en paloma transformó Eros envidioso a la ninfa Peristera,
amadísima por Venus, que la había ayudado a derrotarlo en un certamen entre
quién recogía más flores. ¿Pero qué quiere decir que Venus «amaba» a Peristera?
Eliano dice que las palomas fueron consagradas a Venus porque en el monte Eryx,
en Sicilia, se celebraba una fiesta cuando la diosa pasaba hacia Libia; aquel
día, en toda Sicilia, ya no se veían palomas, porque todas habían cruzado el mar
para ir a formar cortejo a la diosa. Nueve días después, desde las costas de
Libia llegaba a Trinacria una paloma roja como el fuego, como dice Anacreonte (y
os ruego que pongáis mientes en este color); y era Venus misma, que precisamente
llamábase Purpúrea, y detrás de ella venía la turba de las demás palomas.
Siempre Eliano nos cuenta de una muchacha llamada Phytia que Júpiter amó y
transformó en paloma.
Los Asidos representaban a Semíramis en forma de paloma, y Semíramis fue criada
por las palomas, y luego convertida en una de ellas. Sabemos todos que era mujer
de hábitos no irreprensibles, pero tan bella que Escaurobates, rey de los
Indios, se había prendado de amor desesperado por ella, que era concubina del
rey de Asiria, y que no pasaba un solo día sin cometer adulterio, y el
historiador Juba dijo que se había enamorado incluso de un caballo.
Pero a un símbolo amoroso se le perdonan muchas cosas, sin que cese de atraer a
los poetas: por lo cual (y figurémonos si Roberto no lo sabía) Petrarca se
preguntaba «¿qué gracia, qué amor o qué destino / me dará plumas en guisa de
paloma?», o Bandello: «Este palomo par a mí en ardor / arde en crudo fuego
ferviente Amor, / por doquier va buscando adonde fuere / su palomica, y de deseo
muere».
Ahora bien, las palomas son algo más y mejor que una Semíramis, y nos enamoramos
de ellas porque tienen esta otra tiernísima característica, que lloran, o gimen,
en lugar de cantar, como si tanta pasión satisfecha no las dejara jamás
saciadas. Idem cantus gemitusque, decía un emblema del Camerarius; Gemitibus
Gaudet, decía otro aún más eróticamente intrigante. Como para perder la cabeza.
Sin embargo, el hecho de que estos pájaros se besen y de que sean tan lascivos,
y ésta es una bella contradicción que señala a la paloma, es también prueba de
que son aves fidelísimas, y por ello son, al mismo tiempo, el símbolo de la
castidad, al menos en el sentido de la fidelidad conyugal. Y lo decía ya Plinio:
aunque amorosísimas, tienen un gran sentido del pudor y no conocen el adulterio.
De su fidelidad conyugal sean testigos tanto Propercio pagano como Tertuliano.
Se dice, sí, que en los casos raros en los que sospechan el adulterio, los
machos se vuelven despóticos, su voz está llena de plañido y crueles son los
golpes que dan con el pico. Pero inmediatamente después, para reparar su
agravio, el macho corteja a la hembra, y la adula dando frecuentes vueltas en
torno suyo. Idea ésta, que los celos desbocados fomenten el amor, y éste una
nueva fidelidad, y así seguir besándose al infinito y en cada estación, que me
parece harto bella y, como veremos, bellísima para Roberto.
¿Cómo no amar una imagen que te promete fidelidad? Fidelidad incluso después de
la muerte, porque una vez perdido el compañero, estos pájaros ya no se unen a
otro («en soledad vivía y en soledad ha puesto su vida»). La tórtola había sido
elevada, por lo tanto, a símbolo de la casta viudez, aunque Ferro recuerda la
historia de una viuda que, tristísima por la muerte del marido, tenía consigo a
una tórtola blanca y por ella fue reprochada, a lo cual ella respondió Dolor non
color, cuenta el dolor no el color.
En fin, lascivas o no, esta devoción al amor hace decir a Orígenes que las
palomas son símbolo de la caridad. Y por eso, dice San Cipriano, el Espíritu
Santo desciende sobre nosotros en forma de paloma, porque no sólo este animal
carece de hiel, sino que no araña con sus garras, no muerde, le es natural amar
las estancias de los hombres, no conoce sino una sola casa, alimenta a sus
propios pequeños y pasa la vida en común conversación, entreteniéndose con el
compañero en la concordia, en este caso honestísima, del beso. Donde se ve que
el besarse puede ser también signo de gran amor hacia el prójimo, y la Iglesia
usa el
rito del beso de paz. Era costumbre entre los Romanos acogerse y encontrarse con
besos, también entre hombre y mujer. Escoliastas malignos dicen que lo hacían
porque estábales prohibido a las mujeres beber vino, y besándolas controlaban su
aliento, pero en fin, se juzgaban groseros a los Númidas que no besaban sino a
sus pequeños.
Pues todos los pueblos han juzgado nobilísimo el aire, así han honrado a la
paloma, que vuela más alto que los demás pájaros, y no obstante, vuelve siempre
fiel al propio nido. Algo que desde luego hace también la golondrina, pero nadie
ha conseguido jamás hacerla amiga de nuestra especie y domesticarla, mientras la
paloma sí. Refiere, por ejemplo, San Basilio que los columbarios rociaban una
paloma con bálsamo odorífero, y las demás palomas, atraídas, aquélla seguían en
gran formación. Odore trahit. Que no sé si tiene mucho que ver con lo que he
dicho antes, pero me toca esta perfumada benevolencia, esta odoratísima pureza,
esta seductora castidad.
A pesar de todo, la paloma no es sólo casta y fiel, sino también simple
(Columbina simplicitas: sed prudentes como la serpiente y simples como la
paloma, dice la Biblia), y por ello es, a veces, símbolo de la vida monacal y
apartada; y qué tiene que ver esto con todos esos besos, no me lo hagáis decir,
por favor.
Otro motivo de fascinación es la trepiditas de la paloma: su nombre griego
treron procede sin duda de treo, «huyo temblando». De ello hablan Homero, Ovidio
y Virgilio («Temerosos como pichones durante una negra tempestad»), y no
olvidemos que las palomas viven siempre en el terror del águila o, peor, del
buitre. Léase en Valeriano cómo, justamente por eso, nidifican en lugares
impracticables para protegerse (de donde la empresa Secura nidificat); y ya lo
recordaba Jeremías, mientras el Salmo 55 invoca «¡Oh, si tuviera alas como la
paloma… Cómo huiría lejos, lejos!».
Los Judíos decían que las palomas y tórtolas son los pájaros más perseguidos y,
por eso, dignos del altar, porque mejor es ser
perseguidos que perseguidores. Para Aretino, en cambio, que no era manso como
los Hebreos, quien paloma se vuelve, halcón se lo come. Pero Epifanio dice que
la paloma no se protege jamás de las asechanzas, y Agustín repite que no sólo no
lo hace con los animales grandísimos a los que no se puede oponer, sino incluso
en relación con los gorriones.
Quiere una leyenda que haya en la India un árbol frondoso y verdegueante que se
llama en griego Paradision. En la parte derecha moran las palomas y no se
apartan jamás de la sombra que propaga; si se alejaran del árbol serían presa de
un dragón que es su enemigo. Pero a éste le es enemiga la sombra del árbol, y
cuando la sombra está a la derecha él está al acecho a la izquierda, y
viceversa.
Sin embargo, por trémula que sea, la paloma tiene algo de la prudencia de la
serpiente, y si en la Isla había un dragón, la Paloma Naranjada bien sabía
cuidarse: en efecto, se quiere que la paloma vuele siempre sobre el agua porque,
si el gavilán se le echa encima, ella ve su imagen reflejada. En definitiva, ¿se
defiende o no se defiende de las asechanzas?
Con todas estas variadas y harto discordes cualidades, le ha tocado a la paloma
convertirse también en símbolo místico, y no tengo absolutamente necesidad de
tediar al lector con la historia del Diluvio, y del papel desempeñado por este
pájaro al anunciar la paz y la bonanza, y las nuevas tierras surgidas. Mas para
muchos autores sagrados la paloma es también emblema de la Mater Dolorosa y de
sus inermes gemidos. Y de ella se dice Indus et extra, porque es cándida tanto
dentro como fuera. A veces se la representa mientras rompe la soga que la
mantenía prisionera, Effracto libera vinculo, y se convierte en figura de Cristo
resucitado de la muerte. Además, parece seguro, llega al atardecer, para no ser
sorprendida por la noche, y por lo tanto, para no ser detenida por la muerte
antes de haber enjugado las manchas del pecado. Por no hablar, y ya lo hemos
dicho, de lo que
se sabe por Juan: «He visto los cielos abiertos y al Espíritu Santo bajar como
una paloma de los cielos».
En cuanto a otras hermosas Empresas Colombinas, quién sabe cuántas conocía
Roberto como Mollius ut cubant, porque la paloma se quita las plumas para
hacerles más mullido el nido a sus pequeños; Luce lucidior, porque reluce cuando
se levanta hacia el sol; Quiescit in motu, porque vuela siempre con un ala
recogida para no hacer demasiado esfuerzo. Había habido incluso un soldado que,
para excusar sus intemperancias amorosas, había escogido como insignia una
celada en la que habían hecho el nido dos tortolillas, con el mote Árnica Venus.
Le parecerá a quien lee que la paloma significados tenía incluso demasiados.
Pero si se ha de elegir un símbolo o un jeroglífico, y morir por él, que sus
sentidos sean muchos, si no, más vale llamar pan al pan y vino al vino, o átomo
al átomo y vacío al vacío. Cosa que podía encontrar el gusto de los filósofos
naturales que Roberto trataba en la casa de los Dupuy, pero no el del padre
Emanuel; y sabemos que nuestro náufrago se inclinaba ahora a la una, ahora a la
otra sugestión. Por fin, lo hermoso de la paloma, por lo menos (considero) para
Roberto, era que ella no era sólo, como cualquier Empresa o Emblema, un Mensaje,
sino un mensaje cuyo mensaje era la insondabilidad de los mensajes agudos.
Cuando Eneas tiene que descender al Averno —y encontrar también él la sombra del
padre, y, en cierto sentido, el día o los días ya pasados— ¿qué hace la Sibila?
Le dice, sí, que vaya a enterrar a Miseno, y que haga varios sacrificios de
toros y otro ganado, pero si de verdad quiere llevar a cabo una empresa que
nadie jamás ha tenido o la valentía, o la fortuna de intentar, deberá encontrar
un árbol umbroso y frondoso en el cual haya una rama de oro. El bosque lo
esconde y lo cierran oscuros convalles, y sin embargo, sin esa rama «auricomus»,
no se
penetran los secretos de la tierra. ¿Y quién es el que permite a Eneas descubrir
la rama? Dos palomas, por lo demás, ya deberíamos saberlo, pájaros maternales.
El resto es cosa consabida a legañosos y barberos. En fin, Virgilio no sabía
nada de Noé, pero la paloma lleva una noticia, indica algo.
Se quería, por otra parte, que las palomas hicieran oficio de oráculo en el
templo de Júpiter, donde él contestaba por su boca. Posteriormente, una de estas
palomas había volado hasta el templo de Amón y la otra al de Delfos, por lo que
se comprende cómo tanto los Egipcios como los Griegos contaban las mismas
verdades, aunque bajo oscuros velos. Sin paloma, ninguna revelación.
Y nosotros estamos aquí, todavía hoy, preguntándonos qué quería significar la
Rama Dorada. Signo de que las palomas traen mensajes, pero que son mensajes en
cifra.
No sé lo que sabía Roberto de las cábalas de los Hebreos que, con todo y eso,
estaban muy de moda en aquel retazo de tiempo, pero, si trataba al señor
Gaffarel, algo debía de haber oído: el caso es que los Hebreos sobre la paloma
habían construido enteros castillos. Lo hemos recordado, es decir, lo había
recordado el padre Caspar: en el Salmo 68 se habla de alas de la paloma que se
cubren de plata, y de sus plumas que tienen destellos de oro. ¿Por qué? ¿Y por
qué en los Proverbios vuelve una imagen harto similar de «manzanas de oro en una
red cincelada en plata», con el comentario «ésta es la palabra pronunciada a
propósito»? ¿Y por qué en el Cántico de Salomón, dirigiéndose a la muchacha
(«Tus ojos de paloma»), se le dice «Oh hermosa entre las mujeres, tortolicas de
oro te haremos esmaltadas de plata»?
Los Hebreos comentaban que el oro es el de la escritura, la plata los espacios
blancos entre las letras o las palabras. Y uno de ellos, que quizá Roberto no
conocía, pero que aún estaba inspirando a muchos rabinos, había dicho que las
manzanas de oro que están en la red de plata finamente cincelada significan que
en cualquier frase de las Escrituras (y sin duda en cualquier
objeto o acontecimiento del mundo) hay dos caras, la manifiesta y la escondida,
y la manifiesta es plata, pero más preciosa, porque de oro, es la escondida. Y
quien mira la red de lejos, con las manzanas envueltas por sus hilos de plata,
cree que las manzanas son de plata, mas cuando mire mejor descubrirá el
esplendor del oro.
Todo lo que contienen las Sagradas Escrituras de prima facie reluce como plata,
su sentido oculto brilla como el oro. La inviolable castidad de la palabra de
Dios, escondida a los ojos de los profanos, está como cubierta por un velo de
pudor, y está en la sombra del misterio. Dice la palabra de Dios que no se han
de echar perlas a los cerdos. Tener ojos de paloma significa no detenerse en el
sentido literal de las palabras sino saber penetrar su sentido místico.
Y sin embargo, este secreto, como la paloma, es esquivo y no se sabe nunca dónde
se halla. La paloma significa que el mundo habla por jeroglíficos y, por lo
tanto, es ella misma el jeroglífico que significa los jeroglíficos. Y un
jeroglífico no dice y no esconde, sólo muestra.
Y otros Hebreos habían dicho que la paloma es un oráculo, y no es una casualidad
el que en hebreo tórtola se diga tore, que evoca la Torá, que es luego su
Biblia, libro sagrado, origen de toda revelación.
La paloma mientras vuela en el sol parece sólo centellear como plata, pero sólo
quien habrá sabido esperar largo tiempo para descubrir su cara oculta, verá su
oro verdadero, es decir, el color de naranja resplandeciente.
Del venerable Isidoro en adelante también los cristianos habían recordado que la
paloma, reflejando en su vuelo los rayos del sol que la ilumina, se nos aparece
con colores diferentes. La paloma depende del sol, y son empresas suyas De Tu
luz Mis Prendas, o Por ti me adorno y reluzco. Su cuello se reviste a la luz de
varios colores, y no obstante, permanece siempre el mismo. Y
por ello es aviso a no fiar en las apariencias, mas también a encontrar la
verdadera apariencia bajo las engañosas.
¿Cuántos colores tiene la paloma? Como dice un antiguo bestiario:
Uncor m’estuet que vos devis
des columps, qui sunt blans et bis: li un ont color aierine,
et li autre l’ont stephanine; li un sont neir, li autre rous,
li un vermel, l’autre cendrous, et des columps i a plusors
qui ont trestotes les colors.
¿Y qué será entonces una Paloma Naranjada?
Para concluir, admitiendo que Roberto supiera algo, encuentro en el Talmud que
los poderosos de Edom habían decretado contra Israel que habrían arrancado el
cerebro a quien llevara el filacterio. Ahora bien, Elíseo se lo había puesto y
había salido a la calle. Un tutor de la ley lo había visto y lo había perseguido
mientras huía. Cuando Elíseo fue alcanzado, se quitó el filacterio y lo escondió
entre las manos. El enemigo le dijo: «¿Qué tienes en las manos?» Y aquél
contestó: «Las alas de una paloma». El otro le había abierto las manos. Y eran
las alas de una paloma.
Yo no sé lo que significa esta historia, pero la encuentro muy hermosa. Así
debería haberla encontrado Roberto.
Amabilis columba,
unde, unde ades volando? Quid est rei, quod altum coelum cito secando
tam copia benigna
spires liquentem odorem? Tam copia benigna unguenta grata stilles?
Quiero decir, la paloma es un signo importante, y podemos entender por qué un
hombre perdido en las antípodas decidiera que tenía que apuntar bien los ojos
para entender qué significaba para él.
Inaccesible la Isla, perdida Lilia, flagelada toda esperanza, ¿por qué no debía
la invisible Paloma Naranjada convertirse en la médula áurea, en la piedra
filosofal, en el fin de los fines, volátil como toda cosa que apasionadamente se
desea? Aspirar a algo que no tendrás jamas, ¿es ésta la agudeza del más generoso
entre los deseos?
La cosa me parece tan clara (luce lucidior) que decido no seguir adelante con mi
Explicación de la Paloma.
Vuélvete paloma, que al aire de tu vuelo, el ciervo por el otero asoma y
nosotros regresamos a nuestra historia.
27
LOS SECRETOS DEL FLUJO Y REFLUJO DEL MAR
Al día siguiente, a las primeras luces del sol, Roberto se había desnudado
completamente. Con el padre Caspar, por pudor, metíase en el agua vestido, pero
había entendido que la ropa lo volvía pesado y lo estorbaba. Ahora estaba
desnudo. Se ató el cabo a la cintura, descendió la escala de Jacob y estaba de
nuevo en el mar.
Se mantenía a flote, eso lo había aprendido. Tenía que aprender ahora a mover
brazos y piernas, como hacían los perros con las patas. Ensayó algunos
movimientos, siguió durante algunos minutos y dio en la cuenta de que se había
alejado de la escalerilla poquísimas brazas. Además, estaba ya cansado.
Sabía cómo descansar, y se había puesto boca arriba algunos instantes, dejándose
pulir por el agua y el sol.
Se sentía de nuevo con fuerzas. Así pues, tenía que moverse hasta que el
cansancio le pudiera, luego descansar como un muerto durante algún minuto,
entonces volver a empezar. Sus desplazamientos habrían sido mínimos, el tiempo
larguísimo, pero así había que hacerlo.
Después de una que otra prueba, tomó una valiente decisión. La escala bajaba a
la derecha del bauprés, por la parte de la Isla.
Ahora habría intentado alcanzar el lado occidental del navío. Luego habría
descansado y últimamente habría regresado.
El tránsito bajo el bauprés no fue largo, y poder contemplar la proa por la otra
parte fue una victoria. Abandonóse con la cara hacia arriba, brazos y piernas
extendidas, con la impresión de que por aquel lado la ola lo acunaba mejor que
por el otro.
A un cierto punto había advertido un tirón en la cintura. El cabo se había
tendido al máximo. Volvió a ponerse en posición canina y entendió: el mar
habíalo conducido hacia el norte, desplazándolo a la izquierda del navío, muchas
brazas allende la punta del bauprés. En otras palabras, aquella corriente que
avanzaba de suroeste a nordeste y que se volvía impetuosa un poco más a
occidente del Daphne, en efecto, hacíase sentir ya en la bahía. No la había
advertido cuando hacía sus inmersiones a la diestra, resguardado como estaba por
la mole del pingue, pero llegándose a la siniestra había sido atraído por ella,
y se habríalo llevado si la maroma no lo hubiera contenido. Él creía estar
parado, y se había movido como la tierra en su turbillón. Por eso le había sido
bastante fácil doblar la proa: no que su habilidad hubiera aumentado, era el mar
el que lo asegundaba.
Preocupado, quiso intentar regresar hacia el Daphne con sus proprias fuerzas, y
se percató de que, si apenas meneándose canino se acercaba algún palmo, en el
momento mismo en que aflojaba para recuperar el resuello, el cabo volvía a
tenderse, señal de que había vuelto hacia atrás.
se había aferrado a la cuerda, y la había tirado hacia sí, girando sobre sí
mismo para envolvérsela en la cintura, de suerte que en poco tiempo había hecho
retorno a la escalerilla. Una vez a bordo, decidió que intentar alcanzar la
ribera a nado era peligroso. Tenía que construirse una balsa. Miraba aquella
reserva de maderaje que era el Daphne, y daba en la cuenta de que no tenía nada
con que arrebatarle ni siquiera el mínimo tronco, a menos que no pasara años y
años segando un palo con el cuchillo.
¿Mas no había llegado hasta el Daphne atado a una tabla? Pues bien, se trataba
de sacar de quicio una puerta y usarla como navecilla, empujándola acaso con las
manos. Como martillo el pomo de la espada, introduciendo la hoja a modo de
palanca, al final había conseguido arrancar de los goznes una de las puertas de
la cámara de los oficiales. En la empresa, al final, la hoja se había quebrado.
Paciencia, no tenía que batirse ya contra seres humanos, sino contra la mar.
Mas si se hubiere echado a la mar encima de la puerta, ¿dónde habríale conducido
la corriente? Arrastró la puerta hasta la amurada de babor y consiguió arrojarla
al mar.
La puerta había flotado acidiosa, pero después de menos de un minuto estaba ya
lejos del navío y era transportada primero hacia el lado izquierdo, más o menos
en la dirección en la que él mismo había ido. A medida que se dirigía allende la
proa, su velocidad había aumentado, hasta que en un cierto punto, a la altura
del cabo septentrional de la bahía, había adoptado un movimiento acelerado hacia
el norte.
Ahora corría como habría hecho el Daphne si hubiera levado el ancla. Roberto
consiguió seguirla a simple ojo hasta que hubo rebasado el cabo, luego tuvo que
tomar el anteojo de larga vista, y la vio proceder aún, rapidísima, allende el
promontorio durante un largo trecho. La tabla huía, por tanto, expedita, en el
cauce de un ancho río que tenía diques y orillas en medio de un mar que estábase
tranquilo a sus lados.
Consideró que, si el meridiano ciento y ochenta extendíase a lo largo de una
línea ideal que, a mitad de la bahía, enlazaba los dos promontorios, y si aquel
río doblaba el propio curso inmediatamente después de la bahía, orientándose
hacia el norte, ¡entonces éste, más allá del promontorio, fluía exactamente por
el meridiano antípoda!
Si él hubiere estado sobre aquella tabla, habría navegado a lo largo de aquella
línea que separaba el hoy del ayer; o el ayer de su mañana…
En aquel momento, sin embargo, sus pensamientos eran otros. Si hubiere estado
sobre la tabla no habría tenido modo de oponerse a la corriente, sino con algún
movimiento de las manos. Era menester ya un gran esfuerzo para dirigir el propio
cuerpo, imaginémonos una puerta sin proa, sin popa y sin gobernalle.
La noche de su llegada la tabla lo había dirigido bajo el bauprés sólo por
efecto de algún viento o corriente secundaria. Para poder prever un nuevo
acontecimiento de este tipo, habría tenido que estudiar atentamente los
movimientos de las mareas, durante semanas y semanas, acaso meses, tirando al
mar decenas y decenas de tablas; y luego quién sabe aún…
Imposible, por lo menos en el estado de sus conocimientos, hidrostáticos o
hidrodinámicos que fueren. Mejor seguir fiando en la natación. Alcanza más
fácilmente la ribera, desde el centro de una corriente, un perro que patalea que
no un perro dentro de una cesta.
Tenía que continuar, pues, su aprendizaje. Y no habríale bastado aprender a
nadar entre el Daphne y la ribera. También en la bahía, en diferentes momentos
de la jornada, según el flujo y el reflujo, manifestábanse corrientes menores: y
por tanto, en el momento en el que procedía confiadamente hacia oriente, un
juego de agua habría podido arrastrarlo primero hacia occidente y luego derecho
hacia el cabo septentrional. Así pues, habría tenido que adquirir la destreza de
nadar también contra corriente. Amarra mediante, no habría debido renunciar a
desafiar también las aguas a la izquierda del buque.
En los días siguientes, Roberto, manteniéndose en el lado de la escala, se había
acordado de que en la Griva no había visto nadar solamente perros, sino también
ranas. Y como quiera que un cuerpo humano en el agua, con las piernas y los
brazos extendidos, recuerda más la forma de una rana que la de un perro, se
había dicho que quizá se podía nadar como una rana. Se
había ayudado incluso vocalmente. Gritaba «croa croa» y lanzaba hacia fuera los
brazos y las piernas. Luego había dejado de graznar, porque estas emisiones
bestiales tenían como efecto dar demasiada energía a su bote y hacerle abrir la
boca, con las consecuencias que un nadador ducho habría podido prever.
se había convertido en una rana anciana y reposada, majestuosamente silenciosa.
Cuando sentía los hombros cansados, por aquel movimiento continuo de las manos
hacia fuera, volvía a tomar more canino. Una vez, mirando los pájaros blancos
que seguían vociferantes sus ejercicios, a veces llegando a pique a pocas brazas
de él para aferrar un pez (¡la Treta de la Gaviota!), había intentado incluso
nadar como volaban ellos, con un amplio movimiento alar de los brazos; pero
había dado cuenta de que es más difícil mantener cerradas la boca y la nariz que
no un pico, y había renunciado a la empresa. Ya no sabía qué animal era, si
perro o rana; quizá un sapejo peludo, un cuadrúpedo anfibio, un centauro de los
mares, una viril sirena.
Y con todo eso, entre estos varios intentos, había reparado en que, bien o mal,
un poco se movía: en efecto, había empezado su viaje a proa y ahora se hallaba
más allá de la mitad del costado. Pero cuando decidió invertir el camino y
volver a la escala, advirtió que ya no tenía fuerzas, y tuvo que atraerse hacia
atrás con el cabo.
Lo que le faltaba era la respiración apropiada. Conseguía ir pero no volver… se
había convertido en nadador, aunque como aquel señor del que había oído hablar,
que había hecho toda la peregrinación de Roma a Jerusalén, media milla al día,
adelante y atrás en su jardín. No había sido jamás un atleta, y los meses en el
Amarilis, siempre en su alojamiento, el desabrimiento del naufragio, la espera
en el Daphne (salvo los pocos ejercicios impuestos por el padre Caspar), lo
habían enflaquecido.
Roberto no demuestra saber que, nadando, se habría reforzado, y parece pensar
más bien en fortalecerse para poder nadar. Vémosle, por tanto, engullir dos,
tres, cuatro yemas de
huevo de un golpe, y devorar una gallina entera antes de intentar un nuevo
chapuz. Afortunadamente estaba el cabo. Apenas en el agua, había sido acometido
por convulsiones tales que casi no conseguía volver a subir.
Ahí lo tenemos, de noche, meditando sobre esta nueva contradicción. Antes,
cuando ni siquiera esperaba poderla alcanzar, la Isla parecía aún al alcance de
la mano. Ahora que estaba aprendiendo el arte que lo habría conducido allá
abajo, la Isla se alejaba.
Es más, como la veía no sólo lejana en el espacio, sino también (y hacia atrás)
en el tiempo, a partir de este momento, cada vez que menciona esta lejanía,
Roberto parece confundir espacio y tiempo y escribe «la bahía está, ay infelice,
demasiado ayer», y «cuan difícil es llegar allá abajo que está tan pronto»; o
también «cuánto mar me separa del día apenas transcurrido», o incluso «están
aproximándose nimbos amenazadores de la Isla, mientras aquí ya está sereno…».
Pero si la Isla se alejaba siempre más, ¿valía todavía la pena aprender a
alcanzarla? Roberto, en los días que siguen, abandona las pruebas de natación
para volver a ponerse a buscar con el anteojo de larga vista la Paloma
Naranjada.
Ve papagayos entre las hojas, localiza unas frutas, sigue desde el alba al ocaso
el avivarse y apagarse de colores diferentes en la espesura, pero no ve la
Paloma. Empieza a pensar que el padre Caspar le ha mentido, o que ha sido
víctima de alguna chanza suya. A momentos se convence de que tampoco el padre
Caspar ha existido jamás; y ya no encuentra indicios de su presencia en el
navío. Deja de creer en la Paloma, y tampoco cree ya, ni siquiera, que en la
Isla esté la Specola. Saca dello ocasión de consuelo pues, se dice, habría sido
irreverente corromper con una máquina la pureza de aquel paraje. Y vuelve a
pensar en una Isla hecha a su medida, es decir, a la medida de sus sueños.
Si la Isla se erguía en el pasado, era el lugar que él tenía que alcanzar a toda
costa. En aquel tiempo fuera de los goznes, él tenía no que encontrar, sino
inventar de nuevo, la condición del primer hombre. Demora no de una fuente de la
eterna juventud, sino fuente ella misma, la Isla podía ser el lugar donde
cualquier criatura humana, olvidando el propio saber emponzoñado, habría
encontrado, como un niño abandonado en la selva, un nuevo lenguaje capaz de
nacer de un nuevo contacto con las cosas. Y con él habría nacido la única y
verdadera nueva ciencia, de la experiencia directa de la naturaleza, sin que
filosofía alguna la adulterara (como si la Isla no fuera padre, que transmite al
hijo las palabras de la ley, sino madre, que le enseña a balbucear los primeros
nombres).
Sólo así un náufrago renacido habría podido descubrir los dictámenes que
gobiernan el curso de los cuerpos celestes y el sentido de los acrósticos que
éstos trazan en el cielo, no fantaseando entre Almagestos y Cuadripartitos, sino
directamente leyendo el sobrevenir de los eclipses, el tránsito de los escudos
argirocomos y las fases de los astros. Sólo por la nariz que sangra a causa de
la caída de una fruta, habría aprendido verdaderamente de un golpe tanto las
leyes que arrastran los graves a gravedad, como de motu cordis et sanguinis in
animalibus. Sólo con observar la superficie de un estanque y meter una rama en
su apacible cristal, una caña, una de aquellas largas y rígidas hojas de metal,
el nuevo Narciso, sin ningún computar dióptrico y esciatérico, habría captado la
alternante escaramuza de la luz y de la sombra. Y quizá habría podido entender
por qué la tierra es un espejo opaco que pincela con tinta lo que refleja, el
agua una pared que vuelve diáfanas las sombras que se imprimen en ella, mientras
en el aire, las imágenes no encuentran jamás una superficie de la cual rebotar,
y la penetran huyendo hasta los extremos límites del éter, salvo volver a veces
en forma de ilusiones y otros prodigios.
¿Mas poseer la Isla no era poseer a Lilia? ¿Y entonces? La lógica de Roberto no
era la de aquellos filósofos cultipicaños y bobicultos, intrusos en el atrio del
Liceo, que quieren siempre que una cosa, si es de tal modo, no pueda ser también
del modo opuesto. Por un error, quiero decir un errar de la imaginación propio
de los amantes, él sabía ya que la posesión de Lilia habría sido, al mismo
tiempo, el venero de toda revelación. Descubrir las leyes del universo a través
de un anteojo le parecía solamente la forma más larga de alcanzar una verdad que
se habríale revelado en la luz ensordecedora del placer si hubiera podido
abandonar la cabeza en el regazo de la amada, en un Jardín en el que todos los
arbustos fueran Árbol del Bien.
Pero, cual también nosotros deberíamos saber, ya que desear algo que está lejos
evoca el espectro de alguien que nos lo substraiga, Roberto dio en temer que en
las delicias de aquel Edén se hubiera introducido una Serpiente. Fue embargado
por la idea de que en la Isla, usurpador más raudo, lo esperara Ferrante.
28
ORIGEN DE LAS NOVELAS
Los amantes aman más a sus males que a sus bienes. Roberto no podía pensarse
sino separado para siempre de quien amaba pero, cuanto más se sentía dividido de
ella, tanto más era presa de la tribulación de que algún otro no lo estuviera.
Hemos visto que, acusado por Mazarino de haber estado en un lugar donde no había
estado, Roberto se había metido en la cabeza que Ferrante estaba presente en
París y había tomado en algunas ocasiones su lugar. Si aquello era verdad,
Roberto había sido arrestado por el Cardenal y enviado a bordo del Amarilis, mas
Ferrante había permanecido en París, y para todos (¡Ella incluida!) era Roberto.
No quedaba, por tanto, sino pensar en Ella junto a Ferrante, y he aquí que ese
purgatorio marino se transformaba en un infierno.
Roberto sabía que los celos se forman sin respeto alguno por lo que es, o lo que
no es, o lo que acaso no sea jamás; que son un arrebato que de un mal imaginado
saca un dolor real; que el celoso es como un hipocondríaco que se convierte en
enfermo por miedo a estarlo. Cuidado, decíase, con dejarse arrebatar por esta
necedad dolorífica que te obliga a representarte a la Otra con Otro, y nada como
la soledad estimula la duda, nada como el forjar quimeras transforma la duda en
certidumbre. Y con todo
eso, añadía, no pudiendo evitar amar no puedo evitar ponerme celoso y no
pudiendo evitar ponerme celoso no puedo evitar forjarme quimeras.
En efecto, los celos son, entre todos los temores, el más ingrato: si tú temes a
la muerte, sientes alivio del poder pensar que, por el contrario, gozarás de una
larga vida, o que en el curso de un viaje encontrarás la fuente de la eterna
juventud; y, si eres pobre, obtendrás consuelo del pensamiento de encontrar un
tesoro; por cada cosa temida, hay una esperanza que nos espolea. No cuando se
ama en ausencia de la amada: la ausencia es al amor como el viento al fuego,
apaga el pequeño, hace inflamarse el grande.
Si los celos nacen del intenso amor, quien no experimenta celos por la amada no
es amante, o ama con el corazón ligero, tanto que se sabe de amante los cuales,
temiendo que su amor se sosiegue, lo alimentan encontrando a toda costa razón de
celos.
Así pues, el celoso (que aun quiere o quisiera a la amada casta y fiel) no
quiere ni puede pensarla sino como digna de celos, y por ende culpable de
traición, avanzando entonces en el sufrimiento presente el placer del amor
ausente. Y es que pensar en ti poseyendo a la amada lejana, bien sabiendo que no
es verdad, no te puede hacer tan vivo el pensamiento de ella, de su calor, de
sus rubores, de su perfume, como el pensar que de esos mismos dones está, en
cambio, gozando Otro: mientras de tu ausencia estás seguro, de la presencia de
ese enemigo estás, si no cierto, por lo menos no necesariamente inseguro. El
contacto amoroso, que el celoso imagina, es la única manera en la que pueda
representarse con verisimilitud un enlace ajeno que, si no indudable, es a lo
menos posible, mientras el proprio es imposible.
El celoso no es capaz, ni tiene voluntad, de imaginarse lo opuesto de lo que
teme, antes, no puede gozar sino magnificando el propio dolor, y sufrir del
magnificado goce del que se sabe excluido. Los placeres de amor son unos males
que se dejan desear, donde coinciden dulzura y martirio, y el amor es
voluntaria insania, paraíso infernal e infierno celestial; en definitiva,
concordia de anhelados contrarios, risa doliente y quebradizo diamante.
Así doliéndose, mas membrándose de aquella infinidad de los mundos sobre la que
había discutido en los días anteriores, Roberto tuvo una idea, mejor, una Idea,
un gran y anamórfico acto de Ingenio.
Pensó, es decir, que habría podido construir una historia, de la cual él no era,
a buen seguro, protagonista, ya que no se desarrollaba en este mundo, sino en un
País de las Novelas, y estos trabajos se habrían desarrollado paralelos a los
del mundo en el que él estaba, sin que las dos series de aventuras pudieran
jamás encontrarse y sobreponerse.
¿Qué ganaba Roberto? Mucho. Decidiendo inventar la historia de otro mundo, que
existía sólo en su pensamiento, de ese mundo se convertía en dueño, pudiendo
hacer de suerte que las cosas que en él acaecían no fueran allende sus
capacidades de aguante. Por otra parte, convirtiéndose en lector de la novela de
la que era autor, podía participar de las congojas de los personajes: ¿no les
acontece a lectores de novelas que pueden, sin celos, amar a Tisbe, usando a
Píramo como su vicario, y padecer por Astrea a través de Celadón?
Amar en el País de las Novelas no significaba experimentar celos algunos: allá
abajo lo que no es nuestro es en algún sentido también nuestro, y lo que en el
mundo era nuestro, y nos fue arrebatado, allí no existe; aunque lo que existe se
parece a lo que, existente, no tenemos o hemos perdido…
Y entonces, Roberto habría debido escribir (o pensar) la novela de Ferrante y de
sus amoríos con Lilia, y sólo edificando aquel mundo novelesco habría olvidado
la comezón que le producían los celos en el mundo real.
Además, razonaba Roberto, para entender qué hame acontecido y cómo he caído en
la celada tendídame por Mazarino, yo habría de reconstruir la Historia de
aquellos acontecimientos,
encontrando sus causas y sus secretos motivos. ¿Mas existe nada más incierto que
las Historias que nosotros leemos, donde si dos autores nos cuentan acerca de la
misma batalla, tales son las incongruencias en que se repara, que casi pensamos
que se trata de dos batallas diferentes? ¿Y existe nada, en cambio, más cierto
que la Novela, donde al final cada Enigma encuentra su explicación según las
leyes de lo Verisímil? La Novela cuenta cosas que quizá no han acaecido en
verdad, mas habrían podido acaecer perfectamente. Explicar mis desventuras en
forma de Novela, significa cerciorarme de que existe, de ese revoltillo, por lo
menos una manera de devanar el enredo, y por tanto, no soy víctima de una
pesadilla. Idea ésta, insidiosamente antitética a la primera, pues de tal forma
aquella historia novelesca habría debido sobreponerse a su historia verdadera.
Y en suma, seguía argumentando Roberto, el mío es un caso de amor por una mujer:
ahora bien, sólo la Novela, desde luego no la Historia, se ocupa de cuestiones
de Amor, y sólo la Novela (jamás la Historia) se preocupa de explicar qué
piensan y sienten esas hijas de Eva que, desde los días del Paraíso Terrestre
hasta el Infierno de las Cortes de nuestros tiempos, bien han influido sobre los
acontecimientos de nuestra especie.
Todos ellos argumentos razonables, cada uno por su cuenta, no tomados todos
juntos. En efecto, hay una diferencia entre quien actúa escribiendo una novela y
quien padece los celos. Un celoso goza configurándose lo que no quisiera que
hubiere sucedido, pero al mismo tiempo se niega a creer que sucede realmente. Un
novelista recurre a cualquier artificio con tal de que el lector no sólo goce
imaginándose lo que no ha sucedido, sino también que, a un cierto punto, olvide
que está leyendo y crea que todo ha sucedido realmente. Ya es causa de penas
intensísimas para un celoso leer una novela escrita por otros, que cualquier
cosa que éstos digan, le parece que se refiere a su asunto. Imaginémonos a un
celoso que ese asunto suyo finge inventar. ¿No se dice del celoso que da cuerpo
a las sombras? Y por tanto, por umbrátiles
que sean las criaturas de una novela, dado que la Novela es hermana carnal de la
Historia, esas sombras resultan demasiado corpulentas para el celoso, y aún más
si, en vez de ser las sombras de otro, son las propias.
Por otra parte, el que, a pesar de sus virtudes, las Novelas tengan sus
defectos, Roberto habría debido de saberlo. Así como la medicina enseña también
los venenos, la metafísica turba con inoportunas sutilezas los dogmas de la
religión, la ética recomienda la magnificencia (que no beneficia a todos), la
astrología patrocina la superstición, la óptica engaña, la música fomenta los
amores, la geometría estimula el injusto dominio, las matemáticas la avaricia;
así el Arte de la Novela, aun advirtiéndonos de que nos suministra ficciones,
abre una puerta en el Palacio de la Absurdidad, que franqueada por ligereza, se
cierra a nuestras espaldas.
Pero no está en nuestro poder refrenar a Roberto de que dé este paso, pues que
sabemos con seguridad que lo dio.
29
EL ALMA DE FERRANTE
Dónde volver a tomar la historia de Ferrante? Roberto consideró oportuno partir
de aquel día en el que éste, traicionados los franceses con los que fingía
combatir en Casal, después de haberse hecho pasar por el capitán Gambero, se
había refugiado en los reales españoles.
Quizá, acogiéndole con entusiasmo, había habido algún gran señor que le había
prometido, al final de aquella guerra, llevarlo consigo a Madrid. Y allí había
empezado el ascenso de Ferrante a las márgenes de la corte española, donde había
aprendido que virtud de los soberanos es su arbitrio, el Poder es un monstruo
insaciable, y era menester servirle como un esclavo devoto, para poder
aprovechar de cualquier miga que cayera de aquella mesa, y obtener ocasión de
una lenta y áspera ascensión; primero como bravo, matón y confidente, luego
fingiéndose gentilhombre.
Ferrante no podía ser sino de inteligencia vivaz, aun cuando obligada al mal, y
en aquel ambiente había aprendido enseguida cómo portarse; había escuchado (o
adivinado) aquellos principios de sabiduría cortesana con los que el Señor de
Salazar había intentado catequizar a Roberto.
Había cultivado la propia mediocridad (la humildad de la propia bastarda cuna),
no temiendo ser eminente en lo mediano, para evitar un día ser mediano en lo
eminente.
Había entendido que, cuando no es posible vestirse con la piel del león, es
menester hacerlo con la de la zorra, ya que del Diluvio se han salvado más
zorras que leones. Cada criatura tiene su propia sabiduría, y de la zorra había
aprendido que jugar en descubierto no procura ni provecho ni placer.
Si se le invitaba a que difundiera una calumnia entre la servidumbre, de suerte
que poco a poco llegara al oído de su señor, y él sabía gozar de los favores de
una camarera, apresurábase a decir que lo habría intentado en la taberna, con el
cochero; o, si el cochero le era compañero de vicio en la taberna, afirmaba con
una sonrisa de inteligencia que sabía bien cómo hacerse escuchar por una cierta
doncellica. No sabiendo cómo actuaba y cómo habría actuado, su señor de alguna
manera perdía un punto con respecto a él, y él sabía que quien no descubre
inmediatamente las propias cartas deja a los demás en suspenso; circúndase uno
de misterio, y ese mismo arcano provoca el respeto ajeno.
Al eliminar a sus propios enemigos, que al principio eran pajes y palafreneros,
luego gentileshombres que lo creían par suyo, había establecido que había que
mirar de soslayo, jamás de frente: la sagacia se bate con bien estudiados
subterfugios y no actúa nunca de la forma prevista. Si aludía a un movimiento
era sólo para conducir al engaño, si amagaba al aire con destreza, obraba luego
en la impensada realidad, atento siempre a desmentir la intención mostrada. No
atacaba jamás cuando el adversario estaba en plenitud de fuerzas (ostentándole,
más bien, amistad y respeto), sino sólo en el momento en que mostrábase
indefenso, y entonces lo conducía al precipicio con el aire de quien corría en
su auxilio.
Mentía a menudo, pero no sin criterio. Sabía que para ser creído tenía que
mostrar a todos que a veces decía la verdad cuando le perjudicaba, y la callaba
cuando habría podido sacar motivo de elogio. Por otra parte, intentaba criar
fama de hombre sincero con los inferiores, de suerte que la voz llegara a los
oídos
de los poderosos. se había convencido de que simular con los iguales era
defecto, pero no simular con los mayores es temeridad. Y con eso, no obraba ni
siquiera con demasiada franqueza, y
de todas maneras no siempre, temiendo que los demás habrían dado en la cuenta de
esta uniformidad suya y habrían prevenido un día sus acciones. Tampoco exageraba
al actuar con doblez, temiendo que después, la segunda vez, habrían descubierto
su engaño.
Para convertirse en sabio ejercitábase en soportar a los necios, de los que se
circundaba. No era tan desprevenido para endosarles todos sus errores, pero
cuando la posta era alta, intentaba que hubiera siempre a su lado una cabeza de
turco (llevado por la propia gran ambición a mostrarse siempre en primera fila,
mientras él manteníase en el fondo) al cual no él, sino los demás habrían
atribuido más tarde el malhecho.
En fin, mostraba hacer él todo lo que podía redundar en su ventaja, pero hacía
hacer por mano ajena lo que habría podido atraerle el rencor.
En el mostrar las propias virtudes (que mejor deberíamos llamar condenadas
habilidades) sabía que una mitad en alarde y otra entrevista más es que un todo
abiertamente declarado. A veces hacía consistir la ostentación en una elocuencia
muda, en un mostrar las eminencias al descuido, y tenía la habilidad de no
descubrirse jamás de una vez.
A medida que iba ascendiendo en el propio estado y se comparaba con gente de
condición superior, era habilísimo en mimar los gestos y el lenguaje, pero
hacíalo sólo con personas de condición inferior a las que tenía que fascinar
para algún fin ilícito; con sus mayores cuidábase de aparentar no saber, y de
admirar en ellos lo que ya sabía.
Cumplía todas las misiones desvergonzadas que sus mandantes le confiaban, pero
sólo si el daño que hacía no era de proporciones tales que éstos hubieran podido
probar repugnancia; si le pedían delitos de aquella magnitud, negábase; en
primer
lugar, para que no pensaran que un día habría sido capaz de lo mismo contra
ellos, y segundo (si la nequicia gritaba venganza ante Dios), para no
convertirse en el indeseado testigo de su remordimiento.
En público daba evidentes manifestaciones de piedad, pero tenía por dignas sólo
la fe rota, la virtud conculcada, el amor de sí mismo, la ingratitud, el
desprecio de las cosas sagradas; blasfemaba contra Dios en su corazón y creía en
el mundo nacido por azar, fiando, sin embargo, en un destino dispuesto a
doblegar su mismo curso en favor de quien supiera moldearlo en su propio
provecho.
Para alegrar sus raros momentos de tregua, tenía comercio sólo con las casadas
prostitutas, las viudas incontinentes, las muchachas desvergonzadas. Pero con
mucha moderación pues, en su maquinar, Ferrante a veces renunciaba a un bien
inmediato con tal de sentirse arrastrado a otra maquinación, como si su maldad
no le concediera jamás descanso.
Vivía, en suma, día a día como un asesino que acechara quieto detrás de un
cortinaje, donde las hojas de los puñales no emanan luz. Sabía que la primera
regla del éxito era esperar la ocasión, pero sufría porque la ocasión le parecía
aún lejana.
Esta lóbrega y obstinada ambición lo privaba de toda paz del ánimo. Considerando
que Roberto le había usurpado el puesto al que tenía derecho, todos los premios
lo dejaban insatisfecho, y la única forma que el bien y la felicidad podían
adoptar a los ojos del ánimo suyo era la desgracia del hermano, el día en el que
hubiere podido convertirse en su autor. Por lo demás, agitaba en su cabeza
gigantes de humo en mutua batalla, y no tenía mar, o tierra, o cielo donde
encontrar amparo y sosiego. Todo lo que tenía ofendíale, todo lo que quería
érale razón de tormento.
No reía jamás, a menos que no estuviera en la taberna para hacer que un ignaro
confidente suyo se emborrachara. Pero en el secreto de su aposento controlábase
cada día en el espejo, para ver si el modo en que se movía podía revelar su
ansia, si el ojo se
presentaba demasiado insolente, si la cabeza más inclinada de lo debido no
manifestara vacilación, si las arrugas demasiado profundas de su frente no lo
hicieran parecer encruelecido.
Cuando interrumpía estos ejercicios, y abandonando sus máscaras, de madrugada,
cansado, veíase como realmente era; ah, entonces Roberto no podía sino
murmurarse algunos versos leídos algunos años antes:
Angélica materia me asegura,
que eterna viva mi infernal belleza. ¿Qué importa que me arroje de su altura si
mi soberbia sube hasta su asiento,
y aun el espacio imaginario apura?
Mas ¡ay de mí!, que ya mi agravio siento, que a lanzadas de envidia me maltrata
fiero penar y desigual tormento.
Como nadie es perfecto, ni siquiera en el mal, y no era totalmente capaz de
dominar el exceso de la propia malignidad, Ferrante no había podido evitar dar
un paso falso. Encargado por su señor de que le organizara el rapto de una casta
doncella de altísima cuna, ya destinada al matrimonio con un virtuoso
gentilhombre, había empezado a escribirle cartas de amor, firmándolas con el
nombre de su instigador. Luego, mientras ella se retraía, había penetrado en su
alcoba y, haciéndola presa de una violenta seducción, había abusado della. De un
golpe habíala engañado a ella, y al prometido, y a quien le había comandado el
rapto.
Denunciado el delito, fue inculpado dello su amo, que murió en duelo con el
esposo traicionado, pero ya Ferrante había tomado el camino de Francia.
En un momento de buen humor, Roberto hizo aventurarse a Ferrante, en una noche
de enero, a través de los Pirineos, a
caballo de una mula robada, que debía haberse votado a la orden de las
terciarias reformadas, en cuanto mostraba el pelo frailuno, y era tan cuerda,
sobria, abstinente y de buena vida, que además de la maceración de la carne, que
se conocía perfectamente por la osamenta de las costillas, a cada paso besaba la
tierra de hinojos.
Las simas del monte parecían cargadas de leche cuajada, todas ellas revocadas
con albayalde. Aquellos pocos árboles que no estaban completamente enterrados
bajo la nieve veíanse tan blancos que parecían haberse despojado de la camisa y
temblaban más por el frío que por el viento. El sol estaba dentro de su palacio
y no osaba ni siquiera asomarse al balcón. Y si acaso mostraba un poco el
rostro, poníase alrededor de la nariz un perico de nubes.
Los contados pasajeros que encontrábanse en aquel camino parecían sendos
cartujos que iban cantando lavabis me et super nivem dealbabor… Y Ferrante
mismo, viéndose tan puramente blanco, sentíase ya miembro enharinado de esa
Academia que en sus tierras llamaban del Salvado, y dio en pensar en lemas de
limpieza y esplendor que podrían acompañar a alguna Academia del país que
abandonaba.
Una noche, del cielo llegaban tan espesos y gruesos los copos del algodón que,
así como otros se convirtieron en estatuas de sal, él dudaba haberse convertido
en estatua de nieve. Los mochuelos, los murceguillos, las caballetas, las
mariposillas y las lechuzas hacíanle moriscas en torno como si lo quisieran
pajarear. Y acabó por dar con la nariz contra los pies de un ahorcado que,
bamboleándose de un árbol, hacía de sí mismo grutescos en campo pardo.
Pero Ferrante (aunque una Novela tenga que adornarse de descripciones amenas) no
podía ser un personaje de comedia. Debía tender a la meta, imaginando a propia
medida la París a la que estaba aproximándose.
Por lo cual anhelaba:
—¡Oh París, golfo desmedido en el que las ballenas se empequeñecen como
delfines, país de las sirenas, emporio de las pompas, jardín de las
satisfacciones, meandro de las intrigas, Nilo de los cortesanos y Océano de la
simulación!
Y aquí Roberto, queriendo inventar un gesto que ningún autor de novelas hubiere
excogitado aún, para reproducir los sentimientos de aquel cudicioso que se
aprestaba a conquistar la ciudad donde compéndianse Europa por la civilización,
Asia por la copia, África por la extravagancia y América por la riqueza, donde
la novedad tiene la esfera, el engaño el gobierno, el lujo el centro, el valor
la arena, la belleza el hemiciclo, la moda la cuna y la virtud la tumba, puso en
boca de Ferrante un lema arrogante: «París, ¡nos veremos!».
Desde Gascuña hasta el Poitou, y desde allí hasta la Isla de Francia, Ferrante
tuvo modo de urdir algunas picardías que le permitieron transferir una pequeña
riqueza de las faltriqueras de algunos mastuerzos a las propias, y llegar a la
capital en los paños de un joven señor, reservado y amable, el señor del Pozzo.
No habiendo llegado allí abajo noticia alguna de sus vilezas en Madrid, tomó
contactos con algunos españoles cercanos a la Reina, que inmediatamente
apreciaron sus capacidades de prestar servicios reservados, para una soberana
que, aun fiel a su esposo y aparentemente respetuosa del Cardenal, mantenía
relaciones con la corte enemiga.
Su fama de fidelísimo ejecutor llegó a los oídos de Richelieu, el cual, profundo
conocedor del alma humana, había considerado que un hombre sin escrúpulos que
servía a la Reina, notoriamente con poco dinero, ante una recompensa más rica
podía servirle a él, y dio en usar del de manera tan secreta que ni siquiera sus
colaboradores más íntimos conocían la existencia de aquel joven agente.
Aparte del largo ejercicio hecho en Madrid, Ferrante tenía la dote rara de
aprender fácilmente las lenguas y de imitar los acentos. No era costumbre suya
jactarse de sus propias prendas,
pero un día en que Richelieu había recibido en su presencia a una espía inglesa,
había demostrado saber conversar con aquel traidor. Por lo cual, Richelieu, en
uno de los momentos más difíciles de las relaciones entre Francia e Inglaterra,
habíalo enviado a Londres, donde habría debido fingirse un mercader maltés, y
tomar informaciones sobre los movimientos de los navíos en los puertos.
Agora Ferrante había coronado una parte de su sueño: era una espía, ya no a
sueldo de un señor cualquiera, sino de un Leviatán bíblico, que alargaba sus
brazos por doquier.
Una espía (escandalizábase aterrado Roberto), la peste más contaminosa de las
cortes, Arpía que se posa en las mesas reales con cara afeitada y garras uñosas,
volando con alas de murciélago y escuchando con oídos provistos de un gran
tímpano, vespertilio que ve sólo en las tinieblas, víbora entre las rosas,
escarabajo sobre las flores que convierte en ponzoña la savia que liba dulcísima,
araña de las antesalas que teje los hilos de sus menguados discursos para
capturar todas las moscas que vuelan, papagayo de rostro adusto que todo lo que
oye refiere, transformando lo verdadero en falso y lo falso en verdadero,
camaleón que recibe todos los colores y de todos se viste menos del que en
verdad se engalana. Todas ellas cualidades de las que cada uno experimentaría
vergüenza, excepto, precisamente, quien por decreto divino (o diabólico) haya
nacido al servicio del mal.
Pero Ferrante no se conformaba con ser espía, y con tener en su poder a aquellos
cuyos pensamientos refería, sino que quería ser, como se decía en aquella época,
una espía doble que, como el monstruo de la leyenda, fuera capaz de caminar por
dos movimientos contrarios. Si la lid en la que chocan los Poderes puede ser
dédalo de intrigas, ¿cuál será el Minotauro en el que se realice el injerto de
dos naturalezas desemejantes? La espía doble. Si el campo donde se juega la
batalla entre las Cortes puede decirse un Infierno en el que corre, en el cauce
de la Ingratitud, con rápida crecida el Flegetón del olvido, donde bulle
el agua turbia de las pasiones, ¿cuál será el Cerbero de tres gargantas que
ladra después de haber descubierto y olisqueado a quien entra para que sea
desgarrado? La espía doble…
Recién llegado a Inglaterra, mientras espiaba para Richelieu, Ferrante había
decidido enriquecerse prestando algún que otro servicio a los ingleses.
Arrancando informaciones a los siervos y a los pequeños funcionarios ante
grandes jarras de cerveza, en parajes humosos de grasa de carnero, se había
presentado en los ambientes eclesiásticos diciendo ser un sacerdote español que
había decidido abandonar la Iglesia Romana, cuyas inmundicias ya no soportaba.
Miel para los oídos de aquellos antipapistas que buscaban todas las ocasiones
para poder documentar las ruindades del clero católico. Y no hacía falta ni
siquiera que Ferrante confesara lo que no sabía. Los ingleses tenían ya entre
manos la confesión anónima, presunta, o verdadera, de otro cura. Ferrante,
entonces, se había convertido en fiador de aquel documento, firmando con el
nombre de un ayudante del obispo de Madrid, que una vez le había tratado con
altanería y del cual había jurado vengarse.
Mientras recibía de los ingleses el encargo de volver a España para recoger
otras declaraciones de sacerdotes dispuestos a calumniar el Sagrado Solio, en
una taberna del puerto había dado con un viajero genovés, con el cual entraba en
familiaridad, para descubrir en breve que el tal era, en realidad, Mahmut, un
renegado que en Oriente había abrazado la fe de los Moros pero que, disfrazado
de mercader portugués, estaba recogiendo noticias sobre la marina inglesa,
mientras otras espías al sueldo de la Sublime Puerta estaban haciendo lo mismo
en Francia.
Ferrante le había revelado que había trabajado para agentes turcos en Italia, y
que había abrazado su misma religión, adoptando el nombre de Dgennet Oglou. Le
había vendido inmediatamente las noticias sobre los movimientos en los puertos
ingleses, y había recibido una recompensa por llevar un mensaje a sus hermanos
en Francia. Mientras los eclesiásticos ingleses lo
creían ya salido en dirección de España, no había querido renunciar a obtener
otra ganancia de su estancia en Inglaterra y, habiendo tomado contacto con
hombres del Almirantazgo, se había calificado como un veneciano, Grancentola
(nombre que había inventado acordándose del capitán Gambero), que había llevado
a cabo encomiendas secretas para el Consejo de aquella República, en particular
sobre los designios de la marina mercantil francesa. Agora, perseguido por una
proscripción a causa de un duelo, tenía que encontrar refugio en un país amigo.
Para demostrar su buena fe, estaba en condiciones de informar a sus nuevos amos
de que Francia había hecho tomar informaciones en los puertos ingleses a través
de Mahmut, una espía turca, que vivía en Londres fingiéndose portugués.
En posesión de Mahmut, arrestado inmediatamente, habían sido encontrados apuntes
sobre los puertos ingleses, y Ferrante, es decir Grancentola, había sido
considerado persona digna de fe. Bajo promesa de una acogida final en Albión, y
con el viático de una primera buena suma, había sido enviado a Francia para que
se uniera a otros agentes ingleses.
Llegado a París había pasado inmediatamente a Richelieu las informaciones que
los ingleses habían substraído a Mahmut. Luego había hallado a los amigos cuya
dirección le había dado el renegado genovés, presentándose como Carlos de la
Bresche, un ex fraile pasado al servicio de los infieles, que acababa de urdir
en Londres una conspiración para arrojar el descrédito sobre toda la progenie de
los cristianos. Aquellos agentes habíanle dado crédito, pues que habían sabido
ya de un librillo en el que la Iglesia Anglicana hacía públicas las fechorías de
un cura español. Tanto que en Madrid, habiéndose recibido la noticia, habían
arrestado al prelado al que Roberto atribuyera la traición, y agora aquese
estaba esperando la muerte en los calabozos de la Inquisición.
Ferrante se hacía confiar por los agentes turcos
las noticias que habían recogido sobre Francia, y las mandaba a vuelta de
correo al almirantazgo inglés, recibiendo nueva recompensa. Entonces había
regresado a Richelieu y le había revelado la existencia, en París, de una cábala
turca. Richelieu había admirado una vez más la habilidad y la fidelidad de
Ferrante. Tanto que lo había invitado a desempeñar un trabajo aún más arduo.
Desde hacía tiempo preocupábase el cardenal por lo que acaecía en el salón de la
marquesa de Rambouillet, y atenazábale la sospecha de que entre aquellos
espíritus libres murmurárase contra él. Había cometido un error, enviando a la
Rambouillet a un cortesano de su confianza, el cual estultamente había pedido
noticias de eventuales maledicencias. Arthénice había contestado que sus
huéspedes conocían tan bien su consideración por Su Eminencia que, aun cuando
hubieren pensado mal del, no habrían osado jamás, en su presencia, decir sino el
máximo bien.
Richelieu proyectaba agora hacer aparecer en París a un extranjero, que pudiere
ser admitido en aquellos consistorios. Brevemente, Roberto no tenía ganas de
inventarse todos los embaucamientos a través de los cuales Ferrante habría
podido introducirse en el salón, pero encontraba conveniente hacerlo llegar, ya
rico de alguna recomendación, y bajo disfraz: una peluca y una barba blanca, un
rostro envejecido con pomadas y afeites, y un parche negro en el ojo izquierdo,
ahí estaba el Abate de Morfi.
Roberto no podía pensar que Ferrante, en todo y por todo parecido a él,
estuviera a su lado en aquellas veladas ya lejanas, pero recordaba haber visto a
un abate anciano con un parche negro en el ojo, y decidió que aquél había de ser
Ferrante.
El cual, pues, precisamente en aquel ambiente, y a cabo de diez y pico años,
¡había vuelto a encontrar a Roberto! No puede expresarse el gozoso livor con el
que aquel deshonesto volvía a ver al odiado hermano. Con el rostro que habría
parecido transfigurado y trastornado por la malevolencia, si no lo hubiera
escondido bajo el camuflaje, se había dicho que se presentaba por
fin la ocasión de aniquilar a Roberto, y de apoderarse de su nombre y de sus
riquezas.
En primer lugar, lo había espiado, durante semanas y semanas, en el curso de
aquellas veladas, escrutando su semblante para captar los indicios de todos sus
pensamientos. Acostumbrado como estaba a ocultar, era habilísimo también en
descubrir. Por otra parte, el amor no se puede esconder: como todos los fuegos,
se delata con el humo. Siguiendo las miradas de Roberto, Ferrante había
entendido inmediatamente que él amaba a la Señora. se había dicho, por tanto,
que, en primer lugar, habría debido arrebatar a Roberto lo que él tenía por más
querido.
Ferrante había dado en la cuenta de que Roberto, después de haber atraído la
atención de la Señora con su discurso, no había tenido ánimo de acercarse. El
embarazo del hermano jugaba a su favor: la Señora podía entenderlo como
desinterés, y despreciar algo es el mejor expediente para conquistarlo. Roberto
le estaba abriendo el camino a Ferrante. Ferrante había dejado que la Señora se
consumiera en una dudosa espera, luego, calculado el momento propicio, se había
preparado para halagarla.
¿Mas podía Roberto permitirle a Ferrante un amor igual al propio? Desde luego
que no. Ferrante consideraba a la mujer retrato de la inconstancia, ministra de
los fraudes, voluble en la lengua, tarda en los pasos y pronta en el antojo.
Educado por umbráticos ascetas que le recordaban a cada instante que el hombre
es el fuego, la mujer la estopa, viene el diablo y sopla, se había acostumbrado
a considerar a todas las hijas de Eva como animal imperfecto, error de
naturaleza, tortura para los ojos si fea, afán del corazón si bellísima, tirana
de quien la amare, enemiga de quien la despreciare, desordenada en los deseos,
implacable en los desdeños, capaz de encantar con la boca y encadenar con los
ojos.
Mas precisamente este desprecio empujábale a la burla: del labio le salían
palabras de adulación, cuando en el corazón celebraba el envilecimiento de su
víctima.
Se preparaba Ferrante para poner las manos sobre ese cuerpo que él (Roberto) no
había osado halagar con el pensamiento. Aquese, aquese odiador de todo lo que
para Roberto era objeto de religión, ¿se habría dispuesto, agora, a substraerle
a su Lilia para hacer della la insípida enamorada de su comedia? Qué escarnio. Y
qué penoso deber, seguir la insana lógica de las Novelas, que impone participar
de los afectos más odiosos, cuando se debe concebir como hijo de la propia
imaginación al más odioso entre los protagonistas.
Pero no podía hacerse otra cosa. Ferrante habría tenido a Lilia; y si no ¿por
qué crear una ficción, sino para morir por ella?
Cómo y qué había sucedido, Roberto no conseguía figurarse (porque no había
logrado intentarlo jamás). Quizá Ferrante había penetrado de madrugada en el
aposento de Lilia, evidentemente aferrándose a una hiedra (cuyo brazo es tenaz,
invitación nocturna a todo corazón amante), que trepaba hasta su alcoba.
Ahí está Lilia, mostrando las señales de la virtud ultrajada, a tal punto que
cualquiera habría prestado fe a su indignación, menos un hombre como Ferrante,
dispuesto a juzgar a los seres humanos todos dispuestos al engaño. He ahí a
Ferrante cayendo de rodillas ante ella, y hablando. ¿Qué dice? Dice, con falsa
voz, todo lo que Roberto no sólo habría querido decirle, sino lo que le ha
dicho, sin que ella supiera quién se lo decía.
¿Cómo puede habérselas ingeniado el bandido, preguntábase Roberto, para conocer
el tenor de las cartas que le había enviado? Y no sólo, ¡también el de las que
Saint-Savin me había dictado en Casal, y que bien había destruido! ¡E incluso
las que estoy escribiendo agora en este navío! Y sin embargo, no hay duda,
Ferrante agora declama con acento sincero frases que Roberto conocía harto bien:
—Señora: en la admirable arquitectura del Universo estaba ya escrito desde el
primer día de la Creación que yo os habría encontrado y amado… Perdonad el furor
de un desesperado, o mejor, no os deis pena: no hase oído jamás que los
soberanos hubieren de rendir cuentas de la muerte de sus esclavos… ¿No habéis
hecho vos dos alquitaras de mis ojos para destilarme la vida y convertirla en
agua clara? Os lo ruego, no volváis la bella cabeza: privado de vuestra mirada
soy ciego pues no me veis, despojado de vuestra palabra soy mudo pues no me
habláis, y desmemoriado seré si no me rememoráis… ¡Oh, que de mí haga por lo
menos amor fragmento insensible, mandrágora, manantial de piedra que lave
llorando toda congoja!
La Señora agora sin duda temblaba, en sus ojos abrasaba todo el amor que antes
había escondido, y con la fuerza de un prisionero al que alguien rompe los
barrotes del Recato, y ofrece la escala de seda de la Oportunidad. No quedaba
sino hostigarla aún, y Ferrante no se limitaba a decir lo que Roberto había
escrito, sino que conocía otras palabras que agora vertía en los oídos della
hechizada, hechizando también a Roberto, que no recordaba haberlas escrito aún.
—¡Oh pálido sol mío, ante vuestros dulces palores pierde el alba encarnada todo
su fuego! Oh dulces ojos, de vosotros no pido sino ser enfermado. Y de nada me
sirve huir por campos o selvas para olvidaros. No yace selva en tierra, no surge
planta en selva, no crece rama en planta, no despunta fronda en rama, no ríe
flor en fronda, no nace fruta en flor en la que yo no vea vuestra sonrisa…
Y ante su primer rubor:
—Oh, Lilia, ¡si vos supierais! Os he amado sin conocer vuestro rostro y vuestro
nombre. Os buscaba y no sabía dónde estabais. Mas un día habéisme tocado como un
ángel… Oh, lo sé, os preguntaréis cómo es posible que este amor mío no
permanezca purísimo de silencio, casto de lejanía… ¡Mas yo muero, oh corazón
mío, ya lo veis, el alma ya me abandona, no dejéis que el aire la lleve,
permitidle que haga morada en vuestra boca!
Los acentos de Ferrante eran tan sinceros que el mismo Roberto quería agora que
ella cayera en aquella dulce lisonja. Sólo así él habría tenido la certidumbre
de que le amaba.
Así Lilia se inclinó para besarlo, luego no osó, queriendo y desqueriendo tres
veces aproximó los labios al aliento deseado, tres veces se retrajo, luego
gritó:
—¡Oh sí, sí, si no me encadenáis jamás seré libre, no seré casta si vos no me
violáis!
Y, tomada su mano después de habérsela besado, se habíala puesto en el seno;
luego lo había atraído hacia sí, robándole tiernamente la respiración sobre los
labios. Ferrante se había plegado sobre aquel vaso de regocijos (al que Roberto
había confiado las cenizas de su corazón) y los dos cuerpos se habían fundido en
un alma, las dos almas sólo en un cuerpo. Roberto no sabía ya quién estaba entre
aquellos brazos, visto que ella creía estar entre los suyos, y al ofrecerle la
boca de Ferrante intentaba alejar la propia, para no conceder al otro aquel
beso.
Así, mientras Ferrante besaba y ella volvía a besar y besar, he aquí que el beso
se disolvía en nada, y a Roberto no le quedaba sino la certidumbre de haber sido
defraudado de todo. Mas no podía evitar pensar en lo que renunciaba a imaginar:
sabía que está en la naturaleza del amor estar en el exceso.
Por aquel exceso ofendido, olvidando que ella estaba dando a Ferrante,
creyéndolo Roberto, la prueba que Roberto tanto había deseado, odiaba a Lilia, y
recorriendo la nave aullaba:
—¡Oh miserable, que ofendería a todo tu sexo si te llamara mujer! ¡Lo que has
hecho es más propio de furia que de hembra, e incluso el título de fiera sería
demasiado honroso para bestia tal del infierno! ¡Tú eres peor que el áspid que
envenenó a Cleopatra, peor que la cerastes que seduce con sus engaños a los
pájaros para luego sacrificarlos a su hambre, peor que la anfisbena que a
quienquiera que aferra le vierte tanto veneno que en un instante
muere, peor que el leps que armado de cuatro dientes venenosos corrompe la carne
que muerde, peor que el jáculo que se lanza desde los árboles y estrangula a su
víctima, peor que la culebra que vomita el veneno en las fuentes, peor que el
basilisco, que mata con la mirada! ¡Megeria infernal, que no conoces ni Cielo,
ni tierra, ni sexo, ni fe, monstruo nacido de una roca, de un peñasco, de una
encina!
Luego se detenía, daba en la cuenta, otra vez, de que ella se estaba dando a
Ferrante creyéndolo Roberto, y que, por tanto, no condenada, sino salvada tenía
que ser de aquella celada:
—¡Atenta, amor mío amado, ése se te presenta con mi rostro, sabiendo que a otro
no habrías podido amar que no fuere a mí mismo! ¿Qué habré de hacer agora, sino
odiarme a mí mismo para poder odiarle a él? ¿Puedo yo permitir que tú seas
traicionada, gozando de su abrazo creyéndolo el mío? Yo, que ya estaba aceptando
vivir en esta cárcel para tener los días y las noches consagrados a tu
pensamiento, ¿podré agora permitir que tú creas hechizarme haciéndote súcuba de
su sortilegio? Oh Amor, Amor, Amor, ¿no me has castigado ya bastante, no es éste
un morir sin morir?
30
DE LA ENFERMEDAD DE AMOR O MELANCOLÍA ERÓTICA
Durante dos días Roberto rehuyó de nuevo la luz. En sus sueños veía solamente
muertos. Se le habían irritado las encías y la boca. Desde las vísceras los
dolores se habían propagado al pecho, luego a la espalda, y vomitaba substancias
ácidas, aunque no hubiera tomado comida. La atrabilis, mordiendo y mellando todo
el cuerpo, fermentaba en ampollas semejantes a las que el agua expulsa cuando es
sometida a calor intenso.
Había caído víctima, a buen seguro (y es para no creérselo que hubiere dado en
la cuenta sólo entonces), de aquella que todos llamaban la Melancolía Erótica.
¿No había sabido explicar aquella velada en el salón de Arthénice que la imagen
de la persona amada suscita el amor insinuándose como simulacro a través del
conducto de los ojos, porteros y espías del alma? Pero después, la impresión
amorosa se deja deslizar lentamente por las venas y alcanza el hígado,
suscitando la concupiscencia, que mueve todo el cuerpo a sedición; y va derecha
a conquistar la ciudadela del corazón, donde ataca a las más nobles potencias
del cerebro y las convierte en esclavas.
Como si dijéramos que saca a sus víctimas casi fuera de juicio, los sentidos se
extravían, el intelecto se enturbia, la imaginativa resulta depravada, y el
pobre amante pierde carnes, se seca, los ojos se le hunden, suspira, y se
destempla de celos.
¿Cómo curarse? Roberto creía conocer el remedio de los remedios, que en
cualquier caso le era negado: poseer a la persona amada. No sabía que esto no
basta, pues que los melancólicos no se convierten en tales por amor, sino que se
enamoran para dar voz a su melancolía, prefiriendo los lugares silvestres para
tener espíritu con la amada ausente y pensar sólo cómo llegar a su presencia;
pero en cuanto llegan, acongójanse aún más, y quisieren tender a otro fin
todavía.
Roberto intentaba recordar lo que les había oído a hombres de ciencia que habían
estudiado la Melancolía Erótica. Parecía causada por el ocio, por el dormir
sobre la espalda y por una excesiva retención del semen. Y él desde hacía
demasiados días estaba forzadamente en ocio, y, en cuanto a la retención del
semen, evitaba buscar las causas o proyectar sus remedios.
Había oído hablar de las partidas de caza como estímulo al olvido, y estableció
que tenía que intensificar sus empresas natatorias, y sin descansar sobre el
dorso; ahora que entre las substancias que excitan los sentidos estaba la sal, y
sal, al nadar, se bebe bastante… Además, recordaba haber oído que los Africanos,
expuestos al sol, eran más viciosos que los Hiperbóreos.
¿Acaso era con la comida con la que había dado aliciente a sus propensiones
saturninas? Los médicos prohibían la caza, el hígado de oca, los pistachos, las
trufas y el jengibre, pero no decían qué pescados eran desaconsejables. Ponían
en guardia contra las vestiduras demasiado confortables como la cebellina y el
terciopelo, así como contra el musgo, el ámbar, la agalla moscada y el Polvo de
Chipre, pero ¿qué podía saber él del poder
ignoto de los cien perfumes que se libraban del invernadero, y de los que le
traían los vientos de la Isla?
Habría podido contrastar muchas de estas influencias nefastas con el alcanfor,
la borraja, la aleluya; con lavativas, con vomitorios de sal de vitriolo
desleído en caldo corto; y por fin, con las sangrías en la vena mediana del
brazo o en la de la frente; y luego, comiendo sólo achicoria, escarola, lechuga,
y melones, uvas, cerezas, ciruelas y peras, y sobre todo, menta fresca… Pero
nada de todo eso estaba a su alcance en el Daphne.
Volvió a moverse entre las olas, intentando no engullir demasiada sal, y
descansando lo menos posible.
No dejaba, es cierto, de pensar en la historia que había evocado, pero la
irritación hacia Ferrante traducíase ahora en arrebatos de prepotencia, y se
medía con el mar como si, sometiéndolo a sus deseos, subyugara al propio
enemigo.
Después de algunos días, una tarde, descubrió por primera vez el color ambarino
de sus pelos pectorales y, como anota mediante varias contorsiones retóricas,
del mismo pubis, y dio en la cuenta de que resaltaban a tal punto porque su
cuerpo había dado en broncíneo; también se había fortalecido, si en los brazos
veía relampaguear músculos que no había notado jamás. Se consideró ya un
Hércules y perdió el sentido de la prudencia. Al día siguiente bajó al agua sin
cabo.
Habría abandonado la escala, moviéndose a lo largo del buque a estribor, hasta
el timón, luego habría doblado la popa, y habría vuelto a subir por el otro
lado, pasando bajo el bauprés. Y se había empleado con brazos y piernas.
El mar no estaba serenísimo y pequeñas olas lo arrojaban continuamente hacia los
costados, por lo que tenía que hacer un doble esfuerzo, tanto proceder a lo
largo del navío, como intentar mantenerse apartado. Tenía la respiración pesada,
pero procedía intrépido. Hasta que llegó a medio camino, es decir a popa.
Aquí dio en la cuenta de que había gastado todas sus fuerzas. Ya no le quedaban
más para recorrer todo el otro costado, pero ni
siquiera para volver hacia atrás. Intentó asirse al timón, que, sin embargo,
ofrecíale un asidero mínimo, cubierto como estaba por una suerte de mucílago,
mientras lentamente se quejaba bajo la bofetada alterna de la ola.
Veía sobre su propia cabeza la galería y sus jardines, adivinando detrás de sus
vidrieras la meta segura de su alojamiento. Estaba diciéndose que, si por azar
la escalerilla de proa hubiérase desprendido, habrían podido transcurrir horas y
horas, antes de morir, ansiando aquella puente que tantas veces había querido
abandonar.
El sol había sido cubierto por una ráfaga de nubes, y él ya se atería. Echó la
cabeza hacia atrás, para dormir, poco después volvió a abrir los ojos, dio la
vuelta sobre sí mismo, y reparó en que estaba acaeciendo lo que había temido:
las olas estaban alejándole del navío.
Se dio ánimos y volvió junto a la banda, tocándola para recibir fuerza de ella.
Encima de su cabeza divisábase un cañón que asomaba por una porta. Si hubiera
tenido su cuerda, pensaba, habría podido hacer un lazo, intentar arrojarlo hacia
arriba para asir por la garganta aquella boca de fuego, izarse tendiendo el cabo
con los brazos y apoyando los pies en la madera… Y sin embargo, no sólo la
cuerda no estaba, sino que sin duda tampoco habría tenido ánimos y brazos para
remontarse a tanta altura… No tenía sentido morir así, junto al propio amparo.
Tomó una decisión. Ahora, una vez doblada la popa, tanto si volvía por la banda
derecha como si proseguía por la banda izquierda, el espacio que lo separaba de
la escala era el mismo. Casi echándolo a suertes, resolvió nadar por la
izquierda, prestando atención a que la corriente no le separara del Daphne.
Había nadado apretando los dientes, con los músculos tensos, no atreviéndose a
dejarse ir, ferozmente decidido a sobrevivir,
aun a costa, decíase, de morir.
Con un grito de alborozo había llegado al bauprés, se había aferrado a la proa,
y había llegado a la escala de Jacob; y que él y
todos los santos patriarcas de las Sacras Escrituras fueran benditos del Señor,
Dios de los Ejércitos.
Ya no tenía fuerzas. Se había quedado agarrado a la escala quizá media hora. Al
final había conseguido volver a subir a la puente, donde había intentado sacar
un tanteo de su experiencia.
Primero, él podía nadar, tanto como para ir de una extremidad a otra del navío y
viceversa; segundo, una empresa de ese tipo lo llevaba al límite extremo de sus
posibilidades físicas; tercero, pues que la distancia entre el navío y la ribera
era muchas y muchas veces mayor que todo el perímetro del Daphne, incluso
durante la bajamar, no podía fiar en nadar hasta poder echar mano en algo
sólido; cuarto, la bajamar acercábale, sí, a tierra firme, pero con su reflujo
hacíale más difícil avanzar; quinto, si por casualidad llegaba a mitad del
recorrido y no lograba seguir adelante, ni siquiera habría logrado volver atrás.
Tenía que continuar, pues, con el cabo, y esta vez mucho más largo. Habría ido
hacia oriente todo lo que sus fuerzas se lo hubieran permitido, y luego habría
vuelto a remolque. Sólo adiestrándose de ese modo, durante días y días, habría
podido luego intentarlo él solo.
Eligió una tarde tranquila, cuando el sol estaba ya a sus espaldas. se había
apercibido de una cuerda larguísima, que estaba bien asegurada por una
extremidad al palo de la mayor, y yacía en la puente en muchas volutas,
dispuesta a desarrollarse poco a poco. Nadaba tranquilo, sin cansarse demasiado,
reposando a menudo. Miraba la playa y los dos promontorios. Sólo ahora, desde
abajo, advertía lo lejana que estaba aquella línea ideal, que se extendía entre
un cabo y el otro de sur a norte, y allende la cual habría entrado en el día de
antes.
Habiendo mal entendido al padre Caspar, se había convencido de que la barbacana
de los corales empezaba sólo allá donde pequeñas olas blancas revelaban los
primeros escollos. En cambio, también durante la baja marea los corales
empezaban antes. Si no, el Daphne habría echado anclas más cerca de tierra.
Así había ido a golpear, con las piernas desnudas, contra algo que se dejaba
entrever a media agua sólo cuando estaba ya encima. Casi contemporáneamente le
hirió un movimiento de formas coloreadas bajo la superficie, y un resquemor
insoportable en el muslo y en la canilla. Era como si hubiera sido mordido o le
hubieran echado una zarpa. Para alejarse de aquel banco se había ayudado con un
golpe de calcañar, hiriéndose así también un pie.
Se aferró a la cuerda tirando con tal ímpetu que, una vez regresado a bordo,
tenía las manos desolladas; pero prevenía más su ánimo el dolor en la pierna y
en el pie. Eran ayuntamientos de pústulas muy dolorosas. Las lavó con agua
dulce, y esto alivió en parte la quemazón. Hacia la tarde, y durante toda la
noche, la quemazón se había acompañado por un picor agudo, y en el sueño, con
toda probabilidad, se había rascado, de suerte que la mañana siguiente las
pústulas daban sangre y materia blanca.
Echó mano entonces de los preparados del padre Caspar (Spiritus, Olea, Flores)
que calmaron un poco la infección, pero durante todo un día había sentido aún el
instinto de incidir aquellos bubones con las uñas.
Una vez más sacó el balance de su experiencia, y llegó a cuatro conclusiones: la
barbacana estaba más cerca de lo que el reflujo dejaba creer, lo que podía
alentarle a volver a intentar la aventura; algunas criaturas que vivían en ella,
cangrejos, peces, quizá los corales, o unas piedras buidas, tenían el poder de
causarle una especie de pestilencia; si quería retornar a aquellas piedras,
tenía que ir calzado y vestido, lo que habría estorbado aún más sus movimientos;
como, en cualquier caso, no habría podido proteger todo el cuerpo, tenía que
estar en condiciones de ver bajo el agua.
La última conclusión le hizo recordar aquella Persona Vítrea, o máscara para ver
en el mar, que el padre Caspar le había enseñado. Intentó abrochársela a la
nuca, y descubrió que le cerraba el rostro permitiéndole mirar hacia afuera como
por una ventana. Intentó respirar, y advirtió que un poco de aire pasaba.
Si pasaba el aire habría pasado también el agua. Se trataba de usarla, pues,
conteniendo la respiración: cuanto más aire hubiera quedado tanta menos agua
habría entrado. Y había de sacar la cabeza en cuanto estuviere llena.
No debía de ser una operación fácil, y Roberto tardó tres días en probar todas
las fases estando en el agua, pero cerca del Daphne. Había encontrado en los
catres de los marineros un par de polainas de tela, que le protegían el pie sin
hacerlo demasiado pesado, y un par de calzones largos que podía atar a las
pantorrillas. Le había sido necesaria media jornada para aprender a volver a
hacer aquellos movimientos que ya le salían tan bien con el cuerpo desnudo.
Luego nadó con la máscara. En el agua profunda no podía ver mucho, pero divisó
un paso de peces dorados, muchas brazas debajo de sí, como si navegaran en una
pecera.
Tres días, se ha dicho. En el curso de los cuales, primeramente, Roberto
aprendió a mirar abajo conteniendo la respiración, luego a moverse mirando,
luego a quitarse la máscara mientras permanecía en el agua. En esta empresa
aprendió por instinto una nueva posición, que consistía en inflar y tender hacia
fuera el pecho, cocear como si caminara deprisa, e impeler la barbilla hacia
arriba. Más difícil era, en cambio, manteniendo el mismo equilibrio, volver a
ponerse la máscara y volverla a asegurar a la nuca. Se había dicho enseguida,
además, que una vez en la barbacana, si se ponía en aquella posición vertical
habría ido a dar contra los escollos, y si tenía el rostro fuera del agua no
habría visto a qué estábale dando puntapiés. Por lo cual consideró que habría
sido mejor no atarla sino apretar con ambas manos la máscara sobre el rostro. Lo
que le imponía, sin embargo, proceder con el solo movimiento de las piernas,
manteniéndolas extendidas horizontalmente, para no golpear hacia abajo;
movimiento que no había intentado jamás, y que requirió de largo ejercicio antes
de poder ejecutarlo con confianza.
En el curso de estas pruebas transformaba cada movimiento de iracundia en un
capítulo de su Novela de Ferrante.
Y había hecho tomar a la historia una dirección más hastiosa, en la que Ferrante
fuere justamente castigado.
31
IDEA DE UN PRÍNCIPE POLÍTICO
or otra parte, no habría podido tardar en volver a tomar su historia. Es verdad
que los Poetas, después de haber dicho de un suceso memorable, lo descuidan
durante algún tiempo, para tener al lector en suspenso; y en esta
habilidad se reconoce a la novela bien inventada; pero el tema no debe
abandonarse sobre manera, para no hacer que el lector se extravíe en demasiadas
acciones paralelas. Era menester, pues, volver a Ferrante.
Substraerle Lilia a Roberto era sólo uno de los dos fines que Ferrante se había
propuesto. El otro era hacer caer a Roberto en desgracia con el Cardenal.
Designio nada fácil: el Cardenal, de Roberto, ignoraba incluso la existencia.
Pero Ferrante sabía sacar provecho de las ocasiones. Richelieu estaba leyendo un
día una carta en su presencia y le había dicho:
—El Cardenal Mazarino alude a una historia de los ingleses, sobre un Polvo de
Simpatía suyo. ¿Habéis oído hablar del alguna vez en Londres?
—¿De qué se trata, Eminencia?
—Señor Pozzo, o como os llaméis, aprended que no se contesta jamás a una
pregunta con otra pregunta, sobre todo a quien está más arriba que vos. Si
supiera de qué se trata no os lo preguntaría. De todas maneras, si no de este
polvo, ¿habéis
captado alusiones alguna vez a un nuevo secreto para encontrar las longitudes?
—Confieso que ignoro todo sobre este argumento. Si Vuestra Eminencia quisiera
iluminarme quizá podría…
—Señor Pozzo, seríais divertido si no fuerais insolente. No sería el dueño deste
país si iluminara a los demás sobre los secretos que no conocen; a menos que
estos otros sean el Rey de Francia, lo que no me parece vuestro caso. Y por
tanto, haced sólo lo que sabéis hacer: mantened los oídos abiertos y descubrid
secretos de los que no sabíais nada. Luego vendréis a referírmelos, y después
intentaréis olvidarlos.
—Es lo que siempre he hecho, Eminencia. O, por lo menos, creo, pues he olvidado
haberlo hecho.
—Así me placéis. Id pues.
Tiempo después Ferrante había oído a Roberto, en aquella memorable velada,
contender precisamente sobre el polvo. No le había parecido verdad poder señalar
a Richelieu que un gentilhombre italiano que alternaba con aquel inglés D’Igby
(notoriamente vinculado, tiempo atrás, con el duque de Bouquinquant), parecía
saber mucho sobre ese polvo.
En el momento en que empezaba a arrojar el descrédito sobre Roberto, Ferrante
tenía que lograr, sin embargo, tomar su puesto. Por ello había revelado al
Cardenal que él, Ferrante, hacíase pasar por el señor del Pozzo dado que su
trabajo de informador le imponía ir de incógnito, pero que en verdad él era el
verdadero Roberto de la Grive, ya esforzado combatiente al lado de los franceses
en los tiempos del asedio de Casal. El otro, que tan subrepticiamente hablaba de
aquese polvo inglés, era un aventurero embaucador que aprovechaba una vaga
semejanza, y ya con el nombre de Mahmut Árabe había servido como espía en
Londres a las órdenes de los Turcos.
Así diciendo, Ferrante se preparaba para el momento en el que, arruinado el
hermano, él hubiera podido substituirle pasando por el único y verdadero
Roberto, no solamente ante los ojos de los parientes que habían quedado en la
Griva, sino ante los ojos de París entera; como si el otro no hubiera existido
jamás.
En el intervalo, mientras se paramentaba con el rostro de Roberto para
conquistar a Lilia, Ferrante había sabido, como todos, de la desgracia de Cinq-Mars
y, arriesgando desde luego muchísimo, mas dispuesto a dar la vida para llevar a
cabo su venganza, siempre con la apariencia de Roberto, se había mostrado con
ostentación en compañía de los amigos de aquel conspirador.
A continuación había insuflado al Cardenal, que el falso Roberto de la Grive,
que tanto sabía sobre un secreto caro a los ingleses, evidentemente conspiraba,
y le había producido también testigos, los cuales podían afirmar que habían
visto a Roberto con tal o con cual.
Como se ve, un castillo de mentiras y simulaciones que explicaba la trampa en la
que Roberto había sido atraído. Pero Roberto había caído en ella por razones y
maneras desconocidas para el mismo Ferrante, cuyos planes habían sido alterados
por la muerte de Richelieu.
¿Qué había sucedido, pues? Richelieu, recelosísimo, usaba a Ferrante sin hablar
del con nadie, ni siquiera con Mazarino, de quien obviamente desconfiaba
viéndolo ya al acecho como un buitre sobre su cuerpo enfermo. Sin embargo,
mientras su enfermedad progresaba, Richelieu le había pasado a Mazarino alguna
información, sin revelarle la fuente:
—¡A propósito, mi buen Julio!
—Sí, Eminencia y Padre mío amadísimo…
—Haced vigilar a un cierto Roberto de la Grive, acude por las tardes al salón de
la señora Rambouillet. Parece que sabe mucho dese vuestro Polvo de Simpatía… Y
entre otras cosas, según un
informador mío, el mancebo tiene trato también con un círculo de conspiradores…
—No se fatigue, Eminencia. Pensaré yo en todo.
Y he aquí a Mazarino empezar por su cuenta una investigación sobre Roberto,
hasta saber lo poco que había demostrado saber la tarde de su prendimiento. Mas
todo ello sin saber nada de Ferrante.
Y entre tanto, Richelieu moría. ¿Qué habría debido acaecerle a Ferrante?
Muerto Richelieu, le faltan todos los apoyos. Debería de establecer contactos
con Mazarino, puesto que el indigno es un aciago heliotropo que se vuelve
siempre en dirección del más poderoso. Mas no puede presentarse ante el nuevo
ministro sin procurarle una prueba de su valía. De Roberto ya no encuentra ni
rastro. ¿Que esté enfermo, partido para un viaje? En todo Ferrante piensa, menos
en que sus calumnias hayan surtido efecto y Roberto haya sido prendido.
Ferrante no osa mostrarse en público haciéndose pasar por Roberto, para no
despertar las sospechas de quien lo sepa lejano. Por mucho que pueda haber
acaecido entre él y Lilia, cesa también cualquier contacto con Ella, impasible
como quien sabe que toda victoria cuesta tiempos largos. Sabe que es menester
saberse servir de la lejanía; las prendas pierden su esmalte si se muestran
demasiado y la fantasía llega más lejos que la vista; también el fénix se
beneficia de los lugares remotos para mantener viva su leyenda.
Pero el tiempo aprieta. Es preciso que, al regreso de Roberto, Mazarino sospeche
ya del, y lo quiera muerto. Ferrante consulta a sus compadres en la corte, y
descubre que se puede aproximar a Mazarino a través del joven Colbert, a quien
hace llegar una carta en la que se alude a una amenaza inglesa, y a la cuestión
de las longitudes (no sabiendo nada de ello, y habiéndoselo oído mencionar una
sola vez a Richelieu). Pide, a cambio de sus revelaciones, una suma consistente,
y obtiene un encuentro, al
que se presenta vestido de viejo abate, con su parche negro en el ojo.
Colbert no es un ingenuo. Aquese abate tiene una voz que le resulta familiar,
las pocas cosas que dice le suenan sospechosas, llama a dos guardias, se acerca
al visitante, le arranca parche y barba, y ¿con quién se encuentra? Con ese
Roberto de la Grive que él mismo había confiado a sus hombres para que lo
embarcaran en el navío del doctor Byrd.
Al contarse esta historia Roberto exultaba. Ferrante había ido a meterse en la
trampa por su propia voluntad.
—¿¡Vos, San Patricio!? —había gritado inmediatamente Colbert.
Luego, visto que Ferrante quedábase pasmado y callaba, lo había hecho arrojar a
un calabozo.
Fue un alborozo para Roberto imaginarse el coloquio de Mazarino con Colbert, que
lo había informado inmediatamente.
—Ese hombre debe de estar loco, Eminencia. Que haya osado eludir su compromiso,
puedo entenderlo, mas que haya pretendido venirnos a revender lo que habíamosle
dado, es signo de locura.
—Colbert, es imposible que alguien esté loco al punto de tomarme por un necio.
Así pues, nuestro hombre está jugando, y considera tener en mano cartas
invencibles.
—¿En qué sentido?
—Por ejemplo, subióse a ese navío y descubrió inmediatamente lo que había que
saber, tanto que no tenía ya necesidad de permanecer en él.
—Pero si hubiere querido traicionarnos hubiera ido a decírselo a los españoles o
a los holandeses. No habría venido a desafiarnos a nosotros. ¿Para pedirnos qué,
en definitiva? ¿Dinero? Sabía bien que si se hubiere portado lealmente habría
tenido incluso un lugar en la corte.
—Evidentemente está seguro de haber descubierto un secreto que vale más que un
lugar en la corte. Creednos, conozco a los hombres. No nos queda sino seguirle
el juego. Queremos verle esta noche.
Mazarino recibió a Ferrante mientras estaba dando los últimos retoques, con sus
propias manos, a una mesa que había hecho aderezar para sus propios huéspedes,
un triunfo de cosas que parecían otras. En la mesa brillaban pábilos que
sobresalían de copas de hielo, y botellas en las que los vinos tenían colores
diferentes de lo esperado, entre cestos de lechugas enguirlandadas con flores y
frutas falsas falsamente aromáticas.
Mazarino, que creía a Roberto, es decir, a Ferrante, en posesión de un secreto
del que quería obtener la mayor ventaja, había proyectado hacer gala de saberlo
todo (digo, todo lo que no sabía) de suerte que el otro se dejare escapar algún
indicio.
Por otra parte, Ferrante, cuando se había encontrado en presencia del Cardenal,
había intuido que Roberto estaba en posesión de un secreto, del que había de
extraer el máximo beneficio, y había proyectado hacer gala de saberlo todo
(digo, todo lo que no sabía) de suerte que el otro se dejare escapar algún
indicio.
Tenemos así en escena a dos hombres, de los dos ninguno sabe nada de lo que cree
que el otro sabe, y para engañarse mutuamente habla cada uno por alusiones, cada
uno de los dos vanamente esperando que el otro tenga la clave de aquella cifra.
Qué gran historia, decíase Roberto, mientras buscaba el cabo de la madeja que
había devanado.
—Señor de San Patricio —dijo Mazarino, mientras acercaba un plato de lobagantes
vivos que parecían cocidos a uno de lobagantes cocidos que parecían vivos—, una
semana ha os habíamos embarcado en Amsterdam en el Amarilis. No podéis haber
abandonado la empresa: sabíais bien que habríais pagado
con la vida. Por tanto, habéis descubierto ya lo que teníais que descubrir.
Puesto ante el dilema, Ferrante vio que no le convenía confesar haber abandonado
la empresa. Entonces no le quedaba más que el otro camino:
—Si así plácele a Vuestra Eminencia —había dicho—, en cierto sentido sé lo que
Vuestra Eminencia quería que supiera.
Y había añadido para sí:
—Y entre tanto sé que el secreto se encuentra a bordo de un navío que se llama
Amarilis, y que salió hace una semana de Amsterdam…
—Ea, no seáis modesto. Sabemos perfectamente que habéis sabido más de lo que nos
esperábamos. Desde que partisteis hemos tenido otras informaciones, pues no
creeréis ser el único de nuestros agentes. Sabemos que lo que habéis encontrado
vale mucho, y no estamos aquí para mercadear. Nos preguntamos, no obstante, por
qué habéis intentado volver a nos de manera tan tortuosa.
Y entre tanto indicaba a los siervos dónde colocar unas carnes en moldes de
madera en forma de pescado, en los que hizo verter no caldo, sino julepe.
Ferrante convencíase cada vez más de que el secreto no tenía precio, pero se
decía que fácil es de matar al vuelo al ave que lo tiene seguido, no así la que
lo tuerce. Por lo cual, tomaba tiempo para catar al adversario:
—Vuestra Eminencia sabe que la partida en juego requería medios tortuosos.
—Ah bribón —decía para sí Mazarino—, no estás seguro de lo que vale tu
descubrimiento y esperas que fije el precio. Mas habrás de ser tú el que hable
primero.
Desplazó al centro de la mesa unos sorbetes trabajados de suerte que parecieran
melocotones aún unidos a su rama, y luego en voz alta:
—Nos sabemos lo que tenéis, vos sabéis que no podéis proponerlo sino a nos. ¿Os
parece el momento de hacer pasar lo blanco por lo negro, y lo negro por lo
blanco?
—Ah maldita vulpeja —decía para sí Ferrante—, no sabes en absoluto qué debería
saber yo, y lo malo es que tampoco yo lo sé.
Y luego en voz alta:
—Vuestra Eminencia sabe bien que a veces la verdad puede ser el extracto de la
amargura.
—El saber nunca daña. —Pero tal vez da pena.
—Dadme pena pues, no nos daréis mayor pena que cuando supimos que os habíais
mancillado de alta traición y que habríamos tenido que dejaros en las manos del
verdugo.
Ferrante había entendido por fin que, haciendo el papel de Roberto, corría el
riesgo de acabar en el cadalso. Mejor manifestarse por lo que era, y corría el
riesgo a lo sumo de ser apaleado por los lacayos.
—Eminencia —dijo—, he errado no diciendo enseguida la verdad. El señor Colbert
me ha tomado por Roberto de la Grive, y su error quizá influyera en una mirada
aguda como la de Vuestra Eminencia. Mas yo no soy Roberto, soy sólo su hermano
natural, Ferrante. Habíame presentado para ofrecer informaciones que pensaba
interesarían a Vuestra Eminencia, visto que Vuestra Eminencia fue el primero en
mencionarle al difunto e inolvidable Cardenal la trama de los ingleses, Vuestra
Eminencia ya sabe… el Polvo de Simpatía y el problema de las longitudes…
Ante estas palabras, Mazarino había hecho un gesto de despecho, aventurando
hacer caer una sopera en falso oro, adornada por alhajas finamente simuladas en
cristal. se habíalo achacado a un siervo, luego había murmurado a Colbert:
—Volved a poner a este hombre donde estaba.
Es realmente verdadero que los dioses ciegan a los que quieren perder. Ferrante
juzgaba despertar interés mostrando que conocía los secretos más reservados del
difunto Cardenal, y
se había propasado, por orgullo de sicofante que quería mostrarse siempre mejor
informado que su propio amo. Pero nadie le había dicho aún a Mazarino (y habría
sido difícil demostrárselo) que entre Ferrante y Richelieu habían mediado
relaciones. Mazarino encontrábase ante alguien, fuera éste Roberto u otro, que
no sólo sabía lo que él le había dicho a Roberto, sino también lo que él le
había escrito a Richelieu. ¿De quién lo había sabido?
Una vez salido Ferrante, Colbert había dicho:
—¿Cree Vuestra Eminencia en lo que ha dicho aqueste? Si fuera un gemelo eso
explicaríalo todo. Roberto estaría aún en el mar y…
—No, si aqueste es su hermano, el caso se explica aún menos. ¿Cómo puede conocer
lo que antes conocíamos sólo yo, vos y nuestro informador inglés, y luego
Roberto de la Grive?
—Su hermano le habrá hablado dello.
—No, su hermano supo todo por nosotros sólo aquella noche, y desde entonces no
le hemos perdido de vista, hasta que aquella nave zarpó. No, no, este hombre
sabe demasiadas cosas que no debería saber.
—¿Qué hacemos con él?
—Interesante cuestión, Colbert. Si aqueste es Roberto, sabe qué ha visto en ese
navío, y será menester que hable. Y si no lo es, hemos de saber absolutamente de
dónde ha tomado sus informaciones. En ambos casos, excluida la idea de
arrastrarlo ante un tribunal, donde hablaría demasiado, y ante demasiados, no
podemos ni siquiera hacerlo desaparecer con algunos dedos de hoja de cuchillo en
la espalda: tiene aún mucho que decirnos. Si luego no es Roberto sino, como ha
dicho, Ferrand o Fernand…
—Ferrante, creo.
—Lo que sea. Si no es Roberto, ¿quién está detrás del? Ni siquiera la Bastilla
es un lugar seguro. Se sabe de gente que dése lugar ha enviado o recibido
mensajes. Se ha de esperar a que hable, y encontrar la manera de abrirle la
boca, pero entre tanto
tendremos que recluirle en un lugar desconocido para todos, y hacer de suerte
que nadie sepa quién es.
Y fue entonces cuando Colbert tuvo una idea obscuramente luminosa.
Pocos días antes, un bajel francés había capturado en las costas de la Bretaña
un navío pirata. Era, qué casualidad, un fluyt holandés, con un nombre
naturalmente impronunciable, Tweede Daphne, es decir Daphne segundo, signo
—observaba Mazarino— de que debía existir en algún lugar un Daphne primero, y
ello aclaraba cómo aquellos protestantes tenían no sólo poca fe sino escasa
fantasía. La chusma estaba formada por gentes de todas las razas. No habría
quedado sino ahorcarlos a todos, pero valía la pena cerciorarse de si estaban a
sueldo de Inglaterra, y a quién habían hurtado aquel navío, que se habría podido
hacer un intercambio ventajoso con los legítimos propietarios.
se había decidido entonces poner la nave en surgidero no lejos del estuario del
Sena, en una pequeña bahía casi escondida, que pasaba desapercibida incluso para
los peregrinos de Santiago que transitaban poco lejanos viniendo de Flandes. En
una lengua de tierra que cerraba la bahía había un viejo fortín, que un tiempo
servía como prisión, pero que estaba casi en desuso. Y allí habían sido
arrojados los piratas, en los calabozos, custodiados sólo por tres hombres.
—Ya basta —había dicho Mazarino—. Tomad diez de mis guardias, al mando de un
valiente capitán que no carezca de prudencia…
—Biscarat. Siempre se ha portado bien, desde los tiempos en que se batía en
duelo con los mosqueteros por el honor del Cardenal…
—Perfecto. Haced conducir al prisionero al fortín, y que se lo ponga en el
aposento de las guardias. Biscarat tomará las
comidas con él en su habitación y lo acompañará a tomar aire. Una guardia en la
puerta de la habitación incluso de noche. El estar en la celda debilita incluso
los ánimos más protervos, nuestro porfiado tendrá sólo a Biscarat con quien
hablar, y puede ser que se deje escapar alguna confidencia. Y sobre todo, que
nadie pueda reconocerlo, ni durante el viaje ni en el fuerte…
—Si sale para tomar aire…
—Pues bien, Colbert, un poco de imaginación, que se le cubra el rostro.
—Podría sugerir… una máscara de hierro, cerrada por un candado cuya llave se
eche al mar…
—Ea sus, Colbert, ¿estamos acaso en el País de las Novelas? Vimos ayer noche a
aquellos comediantes italianos, con aquellas máscaras de cuero con grandes
narices, que alteran las facciones, y aun así dejan libre la boca. Encontrad una
de aquesas, que le sea colocada de suerte que no pueda quitársela, y dadle un
espejo en el cuarto, para que pueda morir por el ultraje cada día. ¿Ha querido
disfrazarse de su hermano? ¡Que se le disfrace de Polichinel! Y cuidaos, de aquí
al fuerte, en carroza cerrada, detenciones sólo de noche y en pleno campo,
evitad que se muestre en las estaciones de posta. Si alguien hace preguntas,
dígase que se está conduciendo a la frontera a una gran dama, que ha conspirado
contra el Cardenal.
Ferrante, embarazado por su burlesco disfraz, fijaba agora desde hacía días (a
través de una reja que daba poca luz a su cuarto), un gris anfiteatro circundado
de dunas escabrosas, y el Tweede Daphne anclado en la bahía.
Se dominaba cuando estaba en presencia de Biscarat, haciéndole creer a veces que
era Roberto, y a veces Ferrante, de suerte que las relaciones enviadas a
Mazarino fueran siempre perplejas. Conseguía captar de paso alguna conversación
de las
guardias, y había conseguido entender que en los subterráneos del fuerte estaban
encadenados unos piratas.
Queriendo vengarse de Roberto por un agravio que no había cometido, se devanaba
los sesos sobre las maneras en las que habría podido instigar una sedición,
liberar a aquellos bellacos, apoderarse del navío y ponerse tras las huellas de
Roberto. Sabía por dónde empezar, en Amsterdam habría encontrado espías que
habríanle dicho algo sobre la meta del Amarilis. Lo habría alcanzado, habría
descubierto el secreto de Roberto, habría hecho desaparecer en el mar aquel
doble suyo importuno, habría estado en condiciones de vender al Cardenal algo a
un precio altísimo.
O quizá no, una vez descubierto el secreto, habría podido decidir vendérselo a
otros. ¿Y por qué venderlo? Por lo que él sabía, el secreto de Roberto habría
podido concernir el mapa de una isla del tesoro, o el secreto de los Alumbrados
y de los Rosacruces, del que hablábase desde hacía veinte años. Se habría
beneficiado de la revelación en su provecho, ya no se habría visto obligado a
espiar para un amo, habría tenido espías a su propio servicio. Una vez
conquistadas riqueza y poder, no sólo el nombre de la casa solariega, sino la
Señora misma habría sido suya.
Sin duda Ferrante, modelado de sinsabores, no era capaz de verdadero amor pero,
decíase Roberto, hay personas que no se habrían enamorado jamás si no hubieran
oído hablar del amor. Quizá Ferrante encuentra en su celda una novela, la lee,
se convence de que ama con tal de sentirse en otro lugar.
Quizá ella, en el curso de su primer encuentro, había hecho obsequio a Ferrante
de su peine como prenda de amor. Ahora Ferrante lo estaba besando, y deseándolo
naufragaba olvidado en el golfo cuyas ondas había surcado el ebúrneo semblante.
Quizá, quién sabe, también un díscolo de su calaña podía ceder ante el recuerdo
de aquel rostro… Roberto veía ahora a Ferrante sentado en la obscuridad ante el
espejo que, para quien
estaba de lado, reflejaba sólo la vela colocada de frente. Al contemplar dos
destellos, el uno simio del otro, el ojo se fija, la mente queda infatuada,
surgen visiones. Desplazando un poco la cabeza, Ferrante veía a Lilia, el rostro
de cera virgen, tan rociado de luz que absorbía cualquier otro rayo, y dejaba
fluir aquella madeja rubia como una masa oscura recogida a guisa de huso detrás
de los hombros, el pecho apenas visible bajo una liviana camisa con una leve
abertura…
Luego Ferrante (¡al fin me vengarás de ti! exultaba Roberto) quería sacar
demasiado provecho de la vanidad de un sueño, colocábase incontentable ante el
espejo, y divisaba sólo, detrás de la vela reflejada, la algarroba que le
avergonzaba la jeta.
Animal incapaz de sobrellevar la pérdida de una dádiva no merecida, volvía a
palpar sórdido el peine della, mas agora, entre los humos de los residuos de
cera, aquel objeto (que para Roberto habría sido la más adorable de las
reliquias) aparecíasele como una boca dentada dispuesta a morder su desconsuelo.
32
PARAÍSO CERRADO PARA MUCHOS
nte la idea de Ferrante encerrado en aquella isla, mirando un Tweede Daphne que
no habría alcanzado jamás, separado de la Señora, Roberto experimentaba,
concedámoselo, una satisfacción reprensible pero
comprensible, no desunida de una cierta satisfacción de narrador, pues con bello
retruécano había conseguido encerrar también a su rival en un asedio
especularmente desemejante del propio.
Tú, desde esa isla tuya, con tu máscara de cuero, la nave no la alcanzarás
jamás. Yo en cambio, desde la nave, con mi máscara de cristal, ya estoy próximo
a alcanzar mi Isla. Así se (le) decía mientras disponíase a volver a intentar su
viaje por agua.
Recordaba a qué distancia del navío se había herido, y por tanto, en primer
lugar, nadó con calma llevando la máscara en la cintura. Cuando consideró que
había llegado cerca de la barbacana se puso la máscara y se movió al
descubrimiento del fondo marino.
Durante un trecho vio sólo manchas, luego, como quien llega en navío, en una
noche de niebla, ante un acantilado, que de repente se perfila a pique ante el
navegante, vio el borde del abismo sobre el que estaba nadando.
Quitóse la máscara, vacióla, volviósela a colocar, sujetándola con las manos, y
con lentos golpes de pies fue al encuentro del espectáculo que había vislumbrado
apenas.
¡Aquéllos eran los corales! Su primera impresión fue, a juzgar por sus notas,
confusa y atónita. Se hizo la impresión de encontrarse en la tienda de un
mercader de telas, que adereza ante sus ojos cendales y tafetanes, brocados,
rasos, damascos, terciopelos, y flecos, borlas y caireles, y luego estolas,
capas pluviales, casullas, dalmáticas. Pero las telas movíanse con vida propia
con la sensualidad de bailarinas orientales.
En aquel paisaje, que Roberto no sabe describir porque lo ve por primera vez, y
no encuentra en la memoria imágenes para poderlo traducir en palabras, he aquí
que de improviso hizo erupción una cohorte de seres que, éstos sí, él podía
reconocer, o por lo menos, parangonar con algo ya visto. Eran peces que se
intersecaban como estrellas fugaces en el cielo de agosto, y al componer y
surtir los tonos y los dibujos de sus escamas parecía que la naturaleza hubiere
querido demostrar cuál variedad de mordientes existe en el universo y cuántos
pueden reunirse en una sola superficie.
Había algunos rayados con más colores, cuales a lo largo, cuales a lo ancho,
cuales al través, y otros aún a ondas, había unos labrados de taracea con
migajas de manchas caprichosamente ordenadas, unos granados o moteados, otros
remendados, apedreados, y minutísimamente punteados, o recorridos por vetas como
los mármoles.
Otros aún con dibujo de serpentinas, o trenzados con más cadenas. Los había
cuajados de esmaltes, diseminados de escudos y rosetas. Y uno, bellísimo entre
todos, que parecía completamente envuelto por cordoncillos que formaban dos
filas de uva y leche; y era un milagro que ni siquiera una vez faltare de volver
encima el hilo que se había enrollado por abajo, como si fuere trabajo de mano
de artista.
Sólo en aquel momento, viendo sobre el fondo de los peces las formas coralinas
que no había sabido reconocer a primera vista, Roberto identificaba cepas de
plátanos, cestas de hogazas de pan, canastos de nísperos broncíneos sobre los
que pasaban canarios y lagartos verdes y colibríes.
Estaba encima de un jardín, no, se había equivocado, ahora parecía una selva
petrificada, hecha de escombros de hongos. No otra vez. Habíanle engañado, ahora
eran oteros, berruecos, riscos, quebradas y grutas, un único resbalar de piedras
vivas, en las que una vegetación no terrestre componíase en formas aplastadas,
redondas o escamosas, que parecían llevar una jacerina de granito, o nudosas, o
aovilladas sobre sí mismas. Mas, por cuanto diversas, todas eran estupendas por
garbo y hermosura, a tal punto que incluso las trabajadas con simulada
negligencia, con hechura ruin, mostraban su tosquedad con majestad, y parecían
monstruos, pero de belleza.
O aún (Roberto se borra y se corrige, y no consigue referir, como quien tuviera
que describir por vez primera un círculo cuadrado, una ladera llana, un ruidoso
silencio, un arco iris nocturno) lo que estaba viendo eran arbustos de cinabrio.
Quizá, a fuer de contener la respiración, se había obnubilado, el agua le estaba
invadiendo la máscara, confundíale formas y matices. Había sacado la cabeza para
dar aire a los pulmones, y había vuelto a sobrenadar al borde del dique,
siguiendo anfractos y quebradas, allá donde se abrían pasillos de greda en los
que introducíanse arlequines envinados, mientras sobre un peñasco veía
descansar, movido por una lenta respiración y agitar de pinzas, un cangrejo con
cresta nacarada, encima de una red de corales (éstos similares a los que
conocía, pero dispuestos como panes y peces, que no se acaban nunca).
Lo que veía ahora no era un pez, mas ni siquiera una hoja, sin duda era algo
vivo, como dos anchas rebanadas de materia albicante, bordadas de carmesí, y un
abanico de plumas; y allá
donde nos habríamos esperado los ojos, dos cuernos de lacre agitado.
Pólipos sirios, que en su vermicular lúbrico manifestaban el encarnadino de un
gran labio central, acariciaban planteles de méntulas albinas con el glande de
amaranto; pececillos rosados y jaspeados de aceituní acariciaban coliflores
cenicientas sembradas de escarlata, raigones listados de cobre negreante… Y
luego veíase el hígado poroso color cólquico de un gran animal, o un fuego
artificial de arabescos de plata viva, hispidumbres de espinas salpicadas de
sangriento y, por fin, una suerte de cáliz de fláccida madreperla…
Ese cáliz le pareció a un cierto punto como una urna, y pensó que entre aquellas
rocas recibía sepultura el cadáver del padre Caspar. Ya no visible, si la acción
del agua lo había recubierto primeramente de terneza coralina, mas los corales,
absorbiendo los humores terrestres de aquel cuerpo, habían tomado forma de
flores y frutas de jardín. Quizá a cabo de poco habría reconocido al pobre viejo
convertido en una criatura hasta entonces extranjera allá abajo, el globo de la
cabeza fabricado con un coco peloso, dos pomas caseras que componían las
mejillas, ojos y párpados convertidos en dos níspolas verdecillas, la nariz de
cohombro verrugoso como el estiércol de un animal; debajo, en lugar de los
labios, higos secos, una betarraga con su raíz apical para la barbilla, y un
cardo rugoso en oficio de garganta; y en una y otra sien dos erizos de castaño
para hacer guedejas, y como orejas sendas cáscaras de nuez dividida; como dedos,
zanahorias; de sandía es el vientre; de membrillo las rodillas.
¿Cómo podía, Roberto, alimentar pensamientos tan funéreos en una forma tan
grotesca? De muy otra manera los despojos del pobre amigo habrían proclamado en
aquel lugar su fatídico «Et in Arcadia ego»…
Sí, quizá bajo la forma de calavera de aquel coral guijoso… Ese sosia de una
piedra parecióle ya extirpado de su lecho. Ya sea por piedad, en recuerdo del
maestro desaparecido, ya sea para substraerle al mar uno de sus tesoros, lo
tomó, y pues que por aquel día ya había visto demasiado, llevando aquel botín en
el pecho hizo regreso al navío.
33
MUNDOS SUBTERRÁNEOS
os corales habían sido para Roberto un desafío. Después de haber descubierto de
cuántas invenciones era capaz la naturaleza, sentíase invitado a una
competición. No podía dejar a Ferrante en aquella prisión, y la propia
historia a medias: habría satisfecho su hastío por el rival, mas no su orgullo
de fabulador. ¿Qué podía hacérsele acaecer a Ferrante?
La idea se habíale ocurrido a Roberto una mañana en la que, como acostumbraba,
se había puesto al acecho, desde la aurora, para sorprender en la Isla a la
Paloma Naranjada. De primera mañana el sol daba en los ojos, y Roberto había
intentado incluso construir, alrededor del ocular terminal de su anteojo de
larga vista, una especie de visera, con una hoja del cuaderno de bitácora, pero
limitábale en ciertos momentos a ver sólo resplandores. Cuando luego el sol se
había levantado en el horizonte, el mar le hacía de espejo, y duplicaba todos
sus rayos.
Aquel día, Roberto se había metido en la cabeza que había visto algo alzarse de
los árboles hacia el sol, y luego confundirse en su esfera luminosa.
Probablemente era una ilusión. Cualquier otro pájaro, con aquella luz, habría
parecido reluciente… Roberto estaba convencido de haber visto la paloma, y
desilusionado por haberse engañado. Y en estado de ánimo tan inconstante,
sentíase una vez más defraudado.
Para un ser como Roberto, llegado ya al punto de gozar celoso sólo de lo que le
era substraído, poco hacíale falta para soñar que, en cambio, Ferrante hubiera
tenido todo lo que a él le era negado. Pero como Roberto de aquella historia era
el autor, y no quería concederle demasiado a Ferrante, decidió que él habría
podido tener comercio sólo con el otro palomo, el verdiazul. Y esto porque
Roberto, privado de toda certidumbre, había decidido fuere como fuere que, de la
pareja, el ser rútilo tenía que ser la hembra, que equivalía a decir Ella. Como
en la historia de Ferrante la paloma no tenía que constituir el término, sino el
trámite de una posesión, a Ferrante tocábale por ahora el macho.
¿Podía un palomo verdiazul, que vuela sólo en los mares del Sur, ir a posarse en
el alféizar de aquella ventana detrás de la que Ferrante suspiraba su libertad?
Sí, en el País de las Novelas. Y además, ¿no podía aquel Tweede Daphne acabar de
volver de estos mares, más afortunado que su hermano mayor, llevando en la
bodega el pájaro, que ahora se había libertado?
En todo caso Ferrante, ignaro de las Antípodas, no podía plantearse tales
cuestiones. Había visto la paloma, primero habíala alimentado con alguna migaja
de pan, por puro pasatiempo, luego se había preguntado si no podía usarla para
sus fines. Sabía que las palomas sirven a veces para llevar mensajes: desde
luego, confiar un mensaje a aquel animal no quería decir enviarlo con
certidumbre donde él habría querido de verdad, mas en tanto aburrimiento valía
la pena intentarlo.
¿A quién podía pedir ayuda, él que por enemistad con todos, él mismo incluido,
se había hecho sólo enemigos, y las pocas personas que lo habían servido eran
descarados dispuestos a seguirlo sólo en la fortuna, y no, ciertamente, en la
adversidad? se había dicho: pediré ayuda a la Señora que me ama («¿mas cómo
puede estar tan seguro?» preguntábase envidioso Roberto, inventando aquella
prosopopeya).
Biscarat le había dejado lo necesario para escribir, en el caso de que la
almohada hubiérale sido consejera y hubiera querido enviar una confesión al
Cardenal. Trazó, pues, en un lado del papel la dirección de la Señora, añadiendo
que quien hubiere entregado el mensaje habría recibido un premio. Luego, en la
otra cara, dijo dónde se encontraba (le habías oído un nombre a los carceleros),
víctima de una infame conjura del Cardenal, e invocó salvación. A continuación,
enrolló la hoja y atóla a la pata del animal, incitándolo a alzarse en vuelo.
A decir verdad, luego olvidó, o casi, aquel gesto. ¿Cómo podía haber pensado que
la paloma azul volara precisamente a buscar a Lilia? Son cosas que suceden en
las fábulas, y Ferrante no era hombre que se pusiera en manos de los fabulistas.
Quizá la paloma había sido herida por un cazador, al precipitar entre las ramas
de un árbol había perdido el mensaje…
Ferrante no sabía que, en cambio, había quedado prendida en la pegajosa liga de
un campesino, que pensó sacar partido de lo que, según todas las evidencias, era
una señal enviada a alguien, quizá al comandante de un ejército.
Ahora bien, este campesino había llevado el mensaje a que lo examinara la única
persona que sabía leer, es decir, al párroco, y éste organizó todo como es
debido. Hallada la Señora, le había enviado un amigo que contratara la entrega,
obteniendo una generosa limosna para su iglesia y una propina para el campesino.
Lilia había leído, había llorado, se había dirigido a amigos leales para obtener
consejo. ¿Tocar el corazón del Cardenal? Nada más fácil para una bella dama de
corte, pero esta dama frecuentaba el salón de Arthénice, de quien Mazarino
desconfiaba. Ya circulaban versos satíricos sobre el nuevo ministro, y alguien
decía que procedían de aquellas cámaras. Una preciosa que se presenta ante el
Cardenal para pedir piedad por un amigo, condena a este amigo a una pena aún más
grave.
No, era necesario reunir una cuadrilla de hombres intrépidos y hacer que ellos
intentaran un golpe de mano. ¿Pero a quién
dirigirse?
Aquí Roberto no sabía cómo seguir. Si él hubiera sido mosquetero del Rey, o
cadete de Gascuña, Lilia habría podido dirigirse a aquellos valientes,
famosísimos por su espíritu de cuerpo. ¿Pero quién arriesga la ira de un
ministro, quizá del Rey, por un extranjero que frecuenta bibliotecarios y
astrónomos? De los cuales bibliotecarios y astrónomos mejor no hablar: por
cuanto decidido a la novela Roberto no podía pensar en el Canónigo de Digne, o
en el señor Gaffarel, galopando, a uña de caballo, hacia su prisión; es decir,
hacia la de Ferrante, que para todos era ya Roberto.
Roberto tuvo una inspiración unos días después. Había dejado la historia de
Ferrante, y había vuelto a explorar la barbacana coralina. Aquel día seguía una
formación de peces con una celada amarilla en el hocico, que parecían guerreros
en justa. Iban a introducirse en una hendidura entre dos torres de piedra donde
los corales eran palacios en ruinas de una ciudad sepultada por las olas.
Roberto había pensado que aquellos peces vagaban entre las ruinas de aquella
ciudad de Ys de la que había oído relatar, y que se extendería aún a obra de
pocas millas de las costas de Bretaña, allá donde las olas habíanla sumergido.
Ya está, el pez más grande era el antiguo rey de la ciudad, seguido por sus
dignatarios, y todos cabalgábanse a sí mismos en busca de su tesoro engullido
por el mar…
¿Mas por qué volver a pensar en la antigua leyenda? ¿Por qué no considerar a los
peces como moradores de un mundo que tiene sus selvas, sus picos, sus árboles,
sus valles, y no sabe nada del mundo de la superficie? A la misma sazón,
nosotros vivimos sin saber que el huero cielo cela otros mundos, donde la gente
no camina y no nada, sino que vuela o navega por el aire; si los que nosotros
llamamos planetas son las carenas de sus navíos, de los
cuales vemos sólo el fondo centelleante, ansí estos hijos de Neptuno ven encima
dellos la sombra de nuestros galeones, y los consideran cuerpos etéreos que
giran en su firmamento acuóreo.
Y si es posible que existan seres que viven bajo las aguas, ¿podrían existir
entonces seres que viven bajo la tierra, pueblos de salamandras capaces de
alcanzar a través de sus galerías el fuego central que anima el planeta?
Reflexionando de esta manera Roberto se había acordado de una argumentación de
Saint-Savin: nosotros pensamos que es difícil vivir en la superficie de la luna
considerando que no hay agua, y quizá el agua allá arriba existe en cavidades
subterráneas, la naturaleza ha excavado en la luna pozos, que son las manchas
que nosotros vemos. ¿Quién nos dice que los habitantes de la luna no encuentren
albergue en aquellos nichos para esquivar la cercanía insoportable del sol? ¿No
vivían acaso bajo tierra los primeros cristianos? Y así los lunáticos viven
siempre en catacumbas, que a ellos resultan domésticas.
Y no es obligatorio que tengan que vivir en la obscuridad. Quizá haya muchísimos
agujeros en la corteza del satélite, y el interior recibe la luz de millares de
respiraderos, es una noche atravesada por haces de luz, no diferentemente de lo
que sucede en una iglesia, o en el Daphne en la entrepuentes. O quizá no, en la
superficie existen piedras fosfóricas que de día se embeben de la luz del sol y
luego la devuelven de noche, y los lunáticos hacen acopio destas piedras todos
los ocasos, de suerte que sus galerías sean siempre más resplandecientes que un
palacio real.
París, había pensado Roberto. ¿Y no se sabe acaso que, como Roma, toda la ciudad
está horadada de catacumbas, donde se dice que se refugian por la noche los
pordioseros y los buscones?
¡Los Buscones, ésa era la idea para salvar a Ferrante! ¡Los Buscones, que se
cuenta que son gobernados por un rey suyo y por un conjunto de leyes férreas,
los Buscones, una sociedad de torva gentalla que vive de maleficios, latrocinios
y perversidades,
asesinatos y desorbitancias, porquerías, bribonerías y nefandeces, mientras
finge sacar provecho de la cristiana caridad!
¡Idea que sólo una mujer enamorada podía concebir! Lilia — contábase Roberto— no
ha ido a confiarse con gente de corte o nobles de toga, sino con la última de
sus camareras, la cual tiene impúdico comercio con un carretero que conoce las
tabernas alrededor de Notre-Dame, donde al anochecer aparecen los mendigos que
han pasado la jornada pidiendo en los soportales… He aquí el camino.
Su guía la conduce, bien entrada la noche, a la iglesia de Saint-Martin-des-Champs,
levanta una piedra de la pavimentación del coro, la hace descender a las
catacumbas de París y proceder, a la lumbre de una antorcha, en busca del Rey de
los Buscones.
Y he aquí, entonces, a Lilia, disfrazada de gentilhombre, andrógino flexuoso
yendo por pasadizos, escaleras y gateras, mientras vislumbra en la obscuridad,
aquí y allá acurrucados entre andrajos y harapos, cuerpos descoyuntados y
rostros marcados por verrugas, ampollas, erisipelas, sarna seca, salpullidos,
apostemas y cánceres, todos guayando con la mano tendida, no se sabe si para
pedir limosna o para decir, con un aire de gentilhombre de cámara, «id, id,
nuestro señor ya os espera».
Y su señor estaba allá, en el centro de una sala mil leguas bajo la superficie
de la ciudad, sentado en un barrilejo, circundado de cortabolsas, embelecadores,
falsarios y sacamuelas, patulea maestra de todos los abusos y vicios.
¿Cómo podía ser el Rey de los Buscones? Envuelto en un manto hecho jirones, la
frente cubierta de excrecencias, la nariz roja por una tabes, los ojos de
mármol, uno verde y uno negro, la mirada de garduña, las cejas torcidas hacia
abajo, el labio leporino que le descubría dientes lobunos, buidos y
sobresalientes,
los cabellos encrespados, la tez arenosa, las manos con dedos toscos y uñas
recorvas…
Habiendo escuchado a la Señora, aquél había dicho tener a su servicio un
ejército, junto al cual el del Rey de Francia era una guarnición de provincias.
Y mucho menos costoso: si aquella gente hubiere sido recompensada en medida
aceptable, digamos el doble de lo que habrían podido arañar pordioseando en el
mismo lapso de tiempo, se habría hecho matar por un mecenas tan generoso.
Lilia se había quitado un rubí de sus dedos (como en ese caso se usa),
preguntando con ceño regal:
—¿Os basta?
—Me basta —había dicho el Rey de los Buscones, acariciando la gema con su mirada
zorruna—, decidnos dónde.
Y, habiendo sabido dónde, añadió:
—Los míos no usan caballos o carrozas, pero a aquel lugar puede llegarse en
barcazas, siguiendo el curso del Sena.
Roberto imaginábase a Ferrante, mientras a la puesta de sol se entretenía en el
torrejón del fortín con el capitán Biscarat, que de improviso habíalos visto
llegar. Al principio habían aparecido sobre las dunas, para luego propagarse
hacia la explanada.
—Peregrinos de Santiago —había observado con desprecio Biscarat—, y de la peor
ralea, o de la más infeliz, pues que van a buscar la salud cuando ya tienen un
pie en la fosa.
En efecto, los peregrinos, en fila larguísima, estaban acercándose cada vez más
a la costa y distinguíanse una cáfila de ciegos con manos tendidas, de mancos en
sus muletas, de leprosos, legañosos, ulcerosos y lamparosos, un hacinamiento de
tullidos, cojos y patizambos, desarrapados con andrajos.
—No quisiera que se acercaran demasiado, y buscaran amparo para la noche —había
dicho Biscarat—. No nos traerían entre las murallas nada más que suciedad.
Y había hecho disparar algunos golpes de mosquete al aire, para hacer entender
que aquel castillejo era un lugar inhospitalario.
Mas era como si aquellos golpes hubieran servido de reclamo. Mientras de lejos
llegaba aún más gentuza, los primeros se acercaban cada vez más a la fortaleza y
ya se oía su mascar bestial.
—Mantenedlos alejados, vive Dios —había gritado Biscarat.
Y había hecho arrojar pan a los pies del muro, para decirles que tanta era la
caridad del señor del lugar, y más no podían esperarse. Mas el inmundo vómito,
creciendo a ojos vistas, había empujado a la propia vanguardia bajo las
murallas, pisoteando aquel regalo y mirando hacia arriba para buscar algo mejor.
Agora era posible divisarlos uno a uno, y no se parecían en absoluto a romeros,
ni a infelices que pidieran alivio para sus tinas. Sin duda, decía Biscarat
preocupado, eran maleantes, aventureros colecticios. O por lo menos, así
parecieron aún por poco, porque era ya el crepúsculo, y la explanada y las dunas
se habían convertido sólo en un gris entremezclarse de aquella ratonería.
—¡Al arma, al arma! —había gritado Biscarat, que ya había adivinado que no de
peregrinación o de pordiosería se trataba, sino de asalto.
Y había hecho disparar algunos tiros contra los que ya estaban tocando la
muralla. Mas, como si se hubiera disparado contra una chusma de roedores,
precisamente, los que seguían llegando empujaban siempre más a los primeros, los
caídos fueron pisoteados, usados como apoyo por quien empujaba por atrás, y ya
podía ver a los primeros asirse con las manos a las grietas de aquel antiguo
edificio, introducir los dedos en las resquebrajaduras, colocar el pie en los
resquicios, enredarse en las rejas de las primeras ventanas, insinuar aquellos
sus miembros ciáticos en las troneras. Y entre tanto, otra parte de
aquella progenie mareaba en tierra, yendo a dar con el hombro contra el portón.
Biscarat había ordenado que se lo atrincherara desde dentro, pero los tablones
aún robustos de aquellos postigos ya crujían bajo la presión de aquella
bastardía.
Las guardias seguían disparando, mas a los pocos asaltadores que caían les
tomaban la delantera inmediatamente otros tropeles, ya sólo se divisaba un
bullaje del cual, a un cierto punto, empezaron a izarse una suerte de anguilas
de cuerda lanzadas al aire, y dieron en la cuenta de que eran garfios de hierro,
y ya algunos dellos se habían engarrafado en las almenas. Y en cuanto una
guardia asomaba un poco para arrancar aquellos hierros uñosos, los primeros que
ya se habían izado la golpeaban con asadores y bastones, y la enmarañaban con
oncejeras, haciéndola caer hacia abajo, donde desaparecía en la apretura de
aquellos asquerosísimos endemoniados, sin que pudiera distinguirse el estertor
del uno del rugido de los otros.
En breve, quien hubiera podido seguir el caso desde las dunas, casi no habría
visto ya el fuerte, sino un hormiguear de moscas encima de una carroña, un
enjambrar de abejas en un panal, una cofradía de abejones.
Entre tanto, desde abajo, se había oído el ruido del portón que caía, y la
confusión en el patio. Biscarat y sus guardias lleváronse a la otra extremidad
del fortín; ni se ocupaban de Ferrante, que se había agazapado en el hueco de la
puerta que daba a las escaleras, no muy atemorizado, y ya embargado por el
presentimiento de que aquéllos eran de algún modo amigos.
Los cuales amigos ya habían alcanzado y rebasado el coronamento de almenas,
pródigos de sus vidas caían ante los últimos disparos de mosquete, indiferentes
de sus pechos superaban la barrera de espadas tendidas, aterrorizando a las
guardias con sus ojos ruines, con sus rostros desencajados. Así las guardias del
Cardenal, hombres de hierro si no, dejaban caer las armas, implorando piedad del
cielo por lo que ya creían una
turbamulta infernal, y aquéllos en primer lugar los derribaban a golpes de
garrote, luego se lanzaban sobre los sobrevivientes dando tapabocas y
gaznatadas, pestorejones y soplamocos, y degollaban con los dientes,
descuartizaban con las garras, avasallaban desahogando su hiel, cebábanse en los
ya muertos, a algunos Ferrante vio abrir un pecho, apresar un corazón y
devorarlo entre altos gritos.
Último superviviente: Biscarat, que se había batido como un león. Viéndose ya
vencido, se colocó con la espalda contra el pretil, marcó con la espada
ensangrentada una línea en el suelo y gritó: «Icy mourra Biscarat, seul de ceux
qui sont avec luy!».
Pero en aquel instante un tuerto con la pata de palo, que agitaba un hacha,
apareció por la escalera, hizo una señal, y puso fin a aquella carnicería,
ordenando atar a Biscarat. Luego divisó a Ferrante, reconociéndole precisamente
por aquella máscara que habría debido volverle irreconocible, lo saludó con un
amplio gesto de la mano armada, como si quisiere barrer el suelo con la pluma de
un sombrero, y díjole:
—Señor, sois libre.
Se sacó de la casaca un mensaje, con un sello que Ferrante reconoció enseguida,
y se lo tendió.
Era ella, que le aconsejaba disponer de aquel ejército horrendo pero leal, y
esperarla allá, donde habría llegado antes de que rayara el alba.
Ferrante, después de haber sido libertado de su máscara, primeramente había
libertado a los piratas, y había subscrito con ellos un pacto. Se trataba de
volver a apoderarse del navío y navegar a sus órdenes sin hacer preguntas.
Recompensa, la parte de un tesoro vasto como las tierras que toca el arco iris.
Según su costumbre, Ferrante no pensaba de ninguna manera mantener la palabra.
Una vez encontrado a Roberto, habría bastado denunciar a la propia chusma en la
primera escala, y los habría tenido a todos ahorcados, quedándose dueño del
navío.
De los Buscones ya no tenía necesidad, y su jefe, como hombre leal, le dijo que
ya habían recibido su paga por aquella empresa. Quería dejar aquella zona cuanto
antes. Se dispersaron en el territorio y volvieron a París mendigando de aldea
en aldea.
Fue fácil subir a un bote custodiado en la dársena del fuerte, llegar al navío y
arrojar al mar a los dos únicos hombres que lo guarnecían. Biscarat fue
encadenado en la bodega, pues era un rehén del que habría podido hacerse
comercio. Ferrante se concedió un breve descanso, volvió a la ribera antes del
alba, a tiempo para acoger un coche del cual había descendido Lilia, más que
nunca bella en su compostura viril.
Roberto consideró que mayor suplicio habríale producido pensar que se hubieran
saludado con recato, sin traicionarse ante los piratas, los cuales tenían que
creer que embarcaban a un joven gentilhombre.
Habían subido al navío, Ferrante había controlado que todo estuviera dispuesto
para zarpar y, en cuanto se levó el ancla, bajó al camarote que había hecho
preparar para el huésped.
Aquí ella lo aguardaba, con ojos que no pedían sino ser amados, en la fluyente
exultación de sus cabellos ahora libres sobre los hombros, dispuesta al más
gozoso de los sacrificios. Oh, en tu crespa tempestad de oro undoso, nado golfos
de luz ardiente y pura, sediento de hermosura, se derretía Roberto en lugar de
Ferrante…
Sus rostros se habían acercado para recoger mieses de besos de una antigua
simiente de suspiros, y en aquel instante, Roberto bebió con el pensamiento
aquel labio de rosa encarnada. Ferrante besaba a Lilia, y Roberto se figuraba en
el acto y en el escalofrío de morder aquel verídico coral. Pero, a ese punto,
sentía que ella se le escapaba como un soplo de viento, perdía su tibieza que
había creído advertir por un instante, y la veía gélida en un espejo, en otros
brazos, en un tálamo lejano, en otra nave.
Para defender a los amantes hizo descender una cortinilla de avara
transparencia, y aquellos cuerpos ya descubiertos eran
libros de solar nigromancia, cuyos acentos sagrados revelábanse a dos solos
elegidos, que silabeábanse el uno al otro boca a boca.
La nave se alejaba veloz, Ferrante prevalecía. Ella amaba en él a Roberto, en
cuyo corazón estas imágenes se precipitaban como candil en haz de leña seca.
34
MONÓLOGO SOBRE LA PLURALIDAD DE LOS MUNDOS
Nos acordaremos —espero, pues Roberto había tomado de los novelistas de su siglo
la costumbre de contar tantas historias juntas que a un cierto punto es difícil
volver a reanudar los hilos— de que de su primera visita al mundo de los corales
nuestro héroe había traído el «sosia de una piedra», que le había parecido una
calavera, quizá la del padre Caspar.
Ahora, para olvidar los amores de Lilia y de Ferrante, estaba sentado en la
puente, a la puesta del sol, contemplando aquel objeto y estudiando su textura.
No parecía una calavera. Era más bien una colmena mineral compuesta de polígonos
irregulares, pero los polígonos no eran las unidades elementales de aquel
tejido: cada polígono mostraba en su mismo centro una simetría irradiante de
hilos finísimos entre los cuales aparecían, si se aguzaba la vista, resquicios
que quizá formaban otros polígonos y, si el ojo hubiere podido penetrar aún más
allá, habría divisado, a lo mejor, que los lados de aquellos pequeños polígonos
estaban formados a su vez por otros polígonos más pequeños aún, hasta que,
dividiendo las partes en partes de partes, se hubiera llegado al momento en el
que se habría
detenido ante aquellas partes no seccionables ulteriormente, que son los átomos.
Visto que Roberto no sabía hasta qué punto se habría podido dividir la materia,
no tenía claro hasta dónde su ojo —por desgracia no linceo, ya que no poseía
aquella lente con la que Caspar habría sabido determinar incluso los
animalúnculos de la peste— habría podido descender en abismo y seguir
encontrando nuevas formas dentro de las formas intuidas.
También la cabeza del abate, como gritaba aquella noche Saint-Savin durante el
duelo, podía ser un mundo para sus piojos, ¡oh cómo, ante aquellas palabras,
Roberto había pensado en el mundo en el que vivían, felicísimos insectos, los
piojos de Anna Maria (o Francesca) Novarese! Pero visto que tampoco los piojos
son átomos, sino universos sin término para los átomos que los componen, quizá
dentro del cuerpo de un piojo hay aún otros animales más pequeños que viven en
ellos como en un mundo espacioso. Y quizá mi misma carne, pensaba Roberto, y mi
sangre, no están sino entretejidas de diminutos animales, que moviéndose me
prestan el movimiento, dejándose conducir por mi voluntad que sírveles de
cochero. Y mis animales están preguntándose, sin duda, dónde los conduciré yo
agora, sometiéndoles a la alternación de la frescura marina y de los rigores
solares, y perdidos en este vaivén de inconstantes climas, están tan igualmente
inseguros de su destino como yo lo estoy.
¿Y si en un espacio igualmente limitado sintiéranse arrojados otros animales aún
más minúsculos que viven en el universo de éstos de los que ya he dicho?
¿Por qué no debería pensarlo? ¿Sólo porque jamás he sabido nada dello? Como me
decían mis amigos de París, quien estuviere en la torre de Notre-Dame y mirare
de lejos el barrio de Saint-Denis no podría pensar jamás que aquella mancha
incierta está habitada por seres semejantes a nosotros. Nosotros vemos Júpiter,
que es grandísimo, pero desde Júpiter no nos ven, y no pueden pensar siquiera en
nuestra existencia. Y apenas ayer ¿habría podido sospechar que bajo el mar, no
en un planeta
lejano, o en una gota de agua, sino en una parte de nuestro mismo universo,
existiera Otro Mundo?
Y por otra parte, ¿qué sabía él hace aún pocos meses de la Tierra Austral?
Habría dicho que era el capricho de geógrafos heréticos, y quién sabe si en
estas islas en los tiempos pasados no habrán quemado algún filósofo suyo que
sostenía guturalmente que existen el Monferrato y Francia. Con todo y con eso
aquí estoy yo, agora, y es menester creer que las Antípodas existen. Y que,
contrariamente a la opinión de hombres un tiempo sapientísimos, yo no camino con
la cabeza hacia abajo. Sencillamente, los habitantes de este mundo ocupan la
popa, y nosotros la proa de un mismo bajel en el que, sin saber nada los unos de
los otros, estamos embarcados todos.
Así el arte de volar es aún desconocido, y sin embargo, si prestamos atención a
un tal señor Godwin del que me hablaba el doctor D’Igby, un día se irá a la
luna, como se ha ido a América, aunque antes de Colón nadie sospechaba que
existiera aquel continente, ni que se pudiere llamar un día así.
El ocaso había cedido a la tarde, y luego a la noche. La luna. Roberto la veía
ahora llena en el cielo, y podía vislumbrar sus manchas, que los niños y los
ignorantes entienden ser los ojos y la boca de un semblante apacible.
Para provocar al padre Caspar (¿en qué mundo, en qué planeta de justos estaba
ahora el querido anciano?), Roberto le había hablado de los habitantes de la
luna. ¿Mas puede estar la luna habitada realmente? Por qué no, era como Saint-Denis:
¿qué saben los humanos del mundo que puede existir allá abajo?
Argumentaba Roberto: si estando sobre la luna arrojara una piedra hacia arriba,
¿precipitaría acaso en la tierra? No, volvería a caer sobre la luna. Así pues,
la luna, como cualquier otro planeta o estrella que fuere, es un universo que
tiene un centro y una circunferencia propios, y este centro atrae a todos los
cuerpos
que viven en la esfera de dominio de ese mundo. Como le acaece a la tierra. Y
entonces ¿por qué no podría sucederle también a la luna todo lo demás que le
pasa a la tierra?
Hay una atmósfera que envuelve la luna. El domingo de ramos de hace cuarenta
años ¿no ha visto alguien, hanme dicho, nubes sobre la luna? ¿No se ve en aquel
planeta un gran temblor ante la inminencia de un eclipse? ¿Y qué es esto sino la
prueba de que hay aire? Los planetas evaporan, y también las estrellas: ¿qué
son, si no, las manchas que se dice están en el sol, de las que se generan
estrellas fugaces?
Y sin duda en la luna hay agua. ¿Cómo explicar, si no, sus manchas, salvo como
la imagen de lagos (tanto que alguien ha sugerido que estos lagos son
artificiales, obra casi humana, tan bien dibujados están y distribuidos a igual
distancia)? Otrosí, si la luna hubiere sido concebida solamente como un gran
espejo que sirve para reflejar sobre la tierra la luz del sol, ¿por qué el
Creador habría tenido que embadurnar ese espejo con manchas? Las manchas no son
imperfecciones, pues, sino perfecciones, y por tanto estanques, o lagos, o
mares. Y si allá arriba hay agua y hay aire, hay vida.
Una vida acaso diferente de la nuestra. A lo mejor esa agua tiene el gusto (¿qué
sé yo?) de ororuz, de cardamomo, o de pimienta. Si hay infinitos mundos, ésta es
prueba del infinito ingenio del Ingeniero de nuestro universo, mas entonces no
hay límite a este Poeta. Él puede haber creado mundos habitados por doquier, por
criaturas siempre diferentes. Quizá los habitantes del sol son más solares,
claros e iluminados que los habitantes de la tierra, los cuales son pesados de
materia, y los habitantes de la luna están a medias. En el sol viven seres todo
forma, o Acto como quiérase llamarlo; en la tierra seres hechos de meras
Potencias que evolucionan; y en la luna seres que están in medio fluctuantes,
que es decir harto lunáticos…
¿Podríamos vivir en el aire de la luna? A lo mejor no, a nosotros nos daría
vértigo; por otra parte, los peces no pueden vivir en el nuestro, ni los pájaros
en el de los peces. Aquel aire tiene que ser más puro que el nuestro, y visto
que el nuestro, a causa de su densidad, hace el oficio de una lente natural que
filtra los rayos del sol, los Selenitas verán el sol con muy otra evidencia. El
alba y el crepúsculo, que nos iluminan cuando el sol no está todavía o ya no
está, son un regalo de nuestro aire que, rico de impurezas, captura y transmite
su luz; es luz que no deberíamos tener y que nos es otorgada en sobreabundancia.
Y, actuando de esta sazón, aquellos rayos nos preparan a la adquisición y a la
pérdida del sol poco a poco. Quizá en la luna, al tener un aire más fino, tienen
días y noches que llegan de improviso. El sol se levanta repentinamente en el
horizonte como al abrirse de un telón. Luego, de la luz más viva, ahí los
tienes, cayendo de golpe en la obscuridad más bituminosa. Y la luna carecería de
arco iris, que es un efecto de los vapores entremezclados con el aire. Pero
quizá por las mismas razones no tienen ni lluvia ni truenos ni rayos.
¿Y cómo serán los habitantes de los planetas más cercanos al sol? Fogosos como
los moros, aunque harto más espirituales que nosotros. ¿De qué tamaño verán el
sol? ¿Cómo pueden soportar su luz? ¿Acaso allá abajo los metales se funden en la
naturaleza y fluyen en ríos?
¿De verdad existen infinitos mundos? Por una cuestión de ese tipo en París nacía
un duelo. El Canónigo de Digne decía que no sabía. Es decir, el estudio de la
física inclinábale a decir que sí, bajo la guía del gran Epicuro. El mundo no
puede ser sino infinito. Átomos que se agolpan en el vacío. Que los cuerpos
existen, nos lo atestigua la sensación. Que el vacío existe nos lo atestigua la
razón. ¿Cómo y dónde podrían moverse si no los átomos? Si no existiere el vacío
no habría movimiento, a menos
que los cuerpos se penetren entre ellos. ¡Sería ridículo pensar que cuando una
mosca empuja con el ala una partícula de aire, ésta desplaza otra ante sí, y
ésta otra aún, de suerte que la agitación de la patita de una pulga, desplaza
que desplaza, llegara a producir un chichón en el otro extremo del mundo!
Otrosí, si el vacío fuere infinito, y el número de los átomos finito, estos
últimos no cesarían de moverse por doquier, no se hurtarían jamás mutuamente
(como dos personas jamás se encontrarían, sino por impensable azar, cuando
vagamundearan por un desierto sin fin), y no producirían sus compuestos. Y si el
vacío fuere finito y los cuerpos infinitos, aquél no tendría lugar para
contenerlos.
Naturalmente, bastaría con pensar en un vacío finito habitado por átomos en
número finito. El Canónigo me decía que ésta es la opinión más prudente. ¿Por
qué querer que Dios esté obligado como un autor de farándula a producir
infinitos espectáculos? Él manifiesta su libertad, eternamente, a través de la
creación y el sustentamiento de un solo mundo. No hay argumentos contra la
pluralidad de los mundos, pero no los hay ni siquiera a favor. Dios, que está
antes del mundo, ha creado un número suficiente de átomos, en un espacio
suficientemente amplio, para componer la propia obra de arte. De su infinita
perfección forma parte también el Genio del Límite.
Para ver si y cuántos mundos pueden tener cabida en una cosa muerta, Roberto
había ido al pequeño museo del Daphne, y había alineado en la puente, ante sí
como tantos astrágalos, todas las cosas muertas que había encontrado, fósiles,
guijarros, raspas; movía el ojo de la una a la otra, sin dejar de reflexionar a
trochemoche sobre el Azar y sobre los azares.
¿Quién me dice (decía) que Dios tiende al límite, si la experiencia me revela
continuamente otros y nuevos mundos, ya sea arriba ya sea abajo? Podría entonces
darse que no Dios sino el mundo sea eterno e infinito, y siempre haya sido y
siempre así sea, en un infinito recomponerse de sus átomos infinitos en un
vacío infinito, según algunas leyes que aún ignoro, por imprevisible mas
regulado proceder de los átomos que, si no, irían a tontas y a locas. Y entonces
el mundo sería Dios. Dios nacería de la eternidad como universo sin lindes, y yo
estaría sometido a su ley, sin saber cuál es.
Necio, dicen algunos: puedes hablar de la infinidad de Dios porque no estás
llamado a concebirla con tu mente, sino solamente a creer en ella, como se cree
en un misterio. Mas si quieres hablar de filosofía natural, este mundo infinito
tendrás que concebirlo de algún modo, y no puedes.
Quizá. Pero pensemos entonces que el mundo está lleno y es finito. Intentemos
concebir la nada que existe después de que el mundo tenga fin. Cuando pensamos
en esa nada, ¿podemos acaso imaginárnosla como un viento? No, porque debería ser
de verdad nada, ni siquiera viento. ¿Es concebible, en términos de filosofía
natural, no de fe, una nada interminable? Es harto más fácil imaginarse un mundo
que se extiende allende el horizonte, así como los poetas pueden imaginar
hombres cornudos, o peces con dos colas, por composición de partes ya conocidas:
no hay más que añadirle al mundo, allá donde creemos que acaba, otras partes
(una extensión hecha aún y siempre de agua y tierra, astros y cielos) parecidas
a las que ya conocemos. Sin límite.
Que si luego el mundo fuere finito, pero la nada, en cuanto es nada, no pudiere
ser, ¿qué quedaría más allá de los confines del mundo? El vacío. Y he aquí que
para negar el infinito afirmaríamos el vacío, que no puede ser sino infinito, si
no, a su término, deberíamos pensar de nuevo en una nueva e impensable extensión
de nada. Y entonces, mejor pensar enseguida y libremente en el vacío, y poblarlo
de átomos, salvo pensarlo como vacío que más vacío no se puede.
Roberto estaba gozando de un gran privilegio, que daba sentido a su desahucio.
Ahí lo tenemos, teniendo la prueba evidente de la existencia de otros cielos y,
al mismo tiempo, sin tener que subir más allá de las esferas celestes,
adivinando
muchos mundos en un coral. ¿Era necesario calcular en cuántas figuras los átomos
del universo podían componerse —y quemar en la hoguera a los que decían que su
número no era finito—, cuando habría bastado con meditar durante años sobre uno
de aquellos objetos marinos para entender cómo la desviación de un solo átomo,
ya fuere querida por Dios o estimulada por el Azar, podía dar vida a
insospechadas Vías Lácteas?
¿La Redención? Argumento falso, antes bien, protestaba Roberto, que no quería
tener disgustos con los próximos jesuitas que hubiere encontrado, argumento de
quien no sabe pensar la omnipotencia del Señor. ¿Quién puede excluir que, en el
plano de la creación, el pecado original se haya realizado al mismo tiempo en
todos los universos, de modos diferentes e inopinados, y sin embargo, el uno al
otro instantáneos, y que Cristo haya muerto en la cruz para todos, Selenitas,
Sirios, y Coralinos que vivían en las moléculas desta piedra horadada, cuando
ella estaba aún viva?
En verdad, Roberto no estaba convencido de sus argumentos; componía un plato
hecho de demasiados ingredientes, es decir, estibaba en un solo razonamiento
cosas oídas en varias partes; y no estaba tan desapercibido para no dar en la
cuenta dello. Por tanto, después de haber derrotado a un posible adversario,
volvíale a dar la palabra e identificábase con sus objeciones.
Una vez, a propósito del vacío, el padre Caspar lo había puesto a callar con un
silogismo al que no había sabido responder: el vacío es no ser, pero el no ser
no es, ergo el vacío no es. El argumento era bueno, porque negaba el vacío aun
admitiendo que se pudiera pensarlo. En efecto, se pueden pensar perfectamente
cosas que no existen. ¿Puede una quimera que zumba en el vacío comer intenciones
segundas? No, porque la quimera no existe, en el vacío no se oye ningún zumbido,
las intenciones segundas son cosas mentales y uno no se alimenta de una pera
pensada. Y no
obstante pienso en una quimera incluso si es quimérica y, es decir, no es. Igual
con el vacío.
Roberto se acordaba de la respuesta de un muchacho de diecinueve años, que un
día en París había sido invitado a una reunión de sus amigos filósofos, porque
se decía que estaba proyectando una máquina capaz de hacer cálculos aritméticos.
Roberto no había entendido bien cómo debía funcionar la máquina, y había
considerado a aquel mancebo (quizá por acrimonia) demasiado apagado, demasiado
triste y demasiado sabihondo para su edad, mientras sus amigos libertinos le
estaban enseñando que se puede ser sabio de manera jocosa. Y tanto menos había
soportado que, llegados a hablar del vacío, el joven hubiera querido decir la
suya, y con cierto descaro:
—Se ha hablado demasiado del vacío, hasta ahora. Ahora es menester demostrarlo a
través de la experiencia.
Y lo decía como si aquel deber le hubiera de tocar un día a él. Roberto le había
preguntado en cuáles experiencias pensaba, y
el muchacho le había dicho que todavía no lo sabía. Roberto, para mortificarle,
le había propuesto todas las objeciones filosóficas de las que tenía
conocimiento: si el vacío fuera, no sería materia (que es plena), no sería
espíritu, porque no se puede concebir un espíritu que sea vacío, no sería Dios,
porque carecería incluso de sí, no sería ni substancia ni accidente,
transmitiría la luz sin ser hialino… ¿Qué sería entonces?
El muchacho había contestado con humilde gallardía, teniendo los ojos bajos:
—Quizá sería algo a medias entre la materia y la nada, y no participaría ni de
la una ni de la otra. Diferiría de la nada por su dimensión, de la materia por
su inmovilidad. Sería un casi no ser. No suposición, no abstracción. Sería.
Sería (¿cómo podría decir?) un hecho. Puro y simple.
—¿Qué es un hecho puro y simple, falto de toda determinación? —había preguntado
con jactancia escolástica
Roberto, que por lo demás sobre el argumento no tenía prevenciones, y quería
decir él también sabihondeces.
—No sé definir lo que es puro y simple —había contestado el joven—. Por otra
parte, señor, ¿cómo definiríais el ser? Para definirlo haría falta decir que es
algo. Así pues, para definir el ser es menester decir ya es, y así usar en la
definición el término por definir. Yo creo que hay términos imposibles de
definir, y quizá el vacío es uno déstos. Pero quizá me equivoque.
—No se equivoca, el vacío es como el tiempo —había comentado uno de los amigos
libertinos de Roberto—. El tiempo no es el número del movimiento, porque es el
movimiento el que depende del tiempo, y no viceversa; es infinito, increado,
continuo, no es accidente del espacio… El tiempo es, y basta. El espacio es, y
basta. Y el vacío es, y basta.
Alguien había protestado, diciendo que una cosa que es, y basta, sin tener una
esencia definible, es como si no fuera.
—Señores —dijo entonces el Canónigo de Digne—, es verdad, el espacio y el tiempo
no son ni cuerpo ni espíritu, son inmateriales, si quieren, pero esto no quiere
decir que no sean reales. No son accidente y no son substancia, y con todo, han
llegado antes de la creación, antes de toda substancia y de todo accidente, y
seguirán existiendo después de la destrucción de toda substancia. Son
inalterables e invariables, cualquier cosa les metan Vuestras Mercedes dentro.
—Mas —objetó Roberto—, el espacio es, con todo, extenso, y la extensión es una
propiedad de los cuerpos…
—No —rebatió el amigo libertino—, el hecho de que todos los cuerpos sean
extensos no significa que todo lo que es extenso es cuerpo, como querría ese
cierto señor, que parece ser que no se digna de contestarme porque por lo visto
no quiere ya volver de Holanda. La extensión es la disposición de todo lo que
es. El espacio es extensión absoluta, eterna, infinita, increada,
inconscriptible, incircunscrita. Como el tiempo, es sin ocaso,
incesable, inevanescente, es una fénix arábiga, una serpiente que se muerde la
cola…
—Señor —dijo el Canónigo—, no pongamos ahora el espacio en el lugar de Dios…
—Señor —le contestó el libertino—, no puede sugerirnos ideas que todos
consideramos verdaderas, y luego pretender que no saquemos sus últimas
consecuencias. Sospecho que, en este punto, no tenemos ya necesidad de Dios ni
de su infinidad, pues tenemos ya bastantes infinitos por todas partes que nos
reducen a una sombra que dura un solo instante sin regreso. Y entonces, propongo
que proscribamos todo temor, y vayamos todos a una taberna.
El Canónigo, meneando la cabeza, se despidió. Y también el joven, que parecía
muy turbado por aquellos discursos, con el rostro gacho excusóse y pidió
licencia de volver a casa.
—Pobre muchacho —dijo el libertino—, él construye máquinas para contar el
finito, y nosotros lo hemos aterrorizado con el silencio eterno de demasiados
infinitos. Voila, he aquí el final de una bella vocación.
—No aguantará el golpe —dijo otro de los pirronianos—, intentará ponerse en paz
con el mundo, ¡y acabará entre los jesuitas!
Roberto pensaba ahora en aquel diálogo. El vacío y el espacio eran como el
tiempo, o el tiempo como el vacío y el espacio; ¿y no era, por tanto, pensable
que, como existen espacios siderales donde nuestra tierra parece una hormiga, y
espacios como los mundos del coral (hormigas de nuestro universo), y aun así
todos el uno dentro del otro, asimismo no hubiera universos sometidos a tiempos
diferentes? ¿No se ha dicho que en Júpiter un día dura un año? Deben existir,
pues, universos que viven y mueren en el espacio de un instante, o sobreviven
más allá de cualquier capacidad nuestra de calcular tanto las dinastías chinas
como el
tiempo del Diluvio. Universos donde todos los movimientos y las respuestas a los
movimientos no toman los tiempos de las horas y de los minutos sino el de los
milenios, otros en donde los planetas nacen o mueren en un abrir y cerrar de
ojos.
¿No existía quizá, a no mucha distancia, un lugar donde el tiempo era ayer?
Quizá él había entrado ya en uno de estos universos donde, desde el momento en
el que un átomo de agua había empezado a corroer la corteza de un coral muerto,
y éste había empezado ligeramente a resquebrajarse, habían pasado tantos años
como desde el nacimiento de Adán hasta la Redención. ¿Y no estaba él viviendo el
propio amor en este tiempo, donde Lilia, y la Paloma Naranjada, se habían
convertido en algo para cuya conquista tenía a su disposición el tedio de los
siglos? ¿No estaba disponiéndose acaso a vivir en un infinito futuro?
A tantas y tales reflexiones encontrábase impelido un joven gentilhombre que
desde hacía poco había descubierto los corales… Y quién sabe dónde habría
llegado si hubiera tenido el espíritu de un verdadero filósofo. Pero Roberto
filósofo no era, sino amante infeliz recién emergido de un viaje, a fin de
cuentas no coronado aún por el éxito, hacia una Isla que le esquivaba entre las
álgidas brumas del día de antes.
Era, no obstante, un amante que, aunque educado en París, no había olvidado su
vida de campo. Por ello dio en concluir que el tiempo en el que estaba pensando
podía extenderse de mil maneras como harina empastada con yemas de huevo, tal y
como había visto hacer a las mujeres en la Griva. No sé por qué a Roberto le
había venido a las mientes este símil: quizá el demasiado pensar le había
excitado el apetito, o, aterrorizado él también por el silencio eterno de todos
aquellos infinitos, habría querido hallarse de nuevo en casa, en la cocina
materna. Y no necesitó mucho para pasar al recuerdo de otras golosinas.
Bien, había pasteles rellenos de pajarillos, liebrecillas y faisanes, que es
casi como decir que pueden existir tantos mundos el uno junto al otro o el otro
dentro del uno. La madre aderezaba también aquellas tartas que llamaba a la
tudesca, con más estratos o capas de fruta, entreverados por mantequilla, azúcar
y canela. Y de aquella idea había pasado a inventar una torta salada, donde
entre varios estratos de pasta ponía ahora un estrato de jamón, ahora de huevos
duros cortados en tajaditas, o de verdura. Y esto hacíale pensar a Roberto que
el universo podría ser una tartera en la que se cocían al mismo tiempo historias
diferentes, cada una con su tiempo, quizá todas con los mismos personajes. Y
como en la torta los huevos que están debajo no saben qué acaece, allende la
hoja de pasta, a sus hermanos o al jamón que están encima, así en un estrato del
universo un Roberto no sabía qué hacía el otro.
De acuerdo, no es una gran manera de razonar, y por añadidura con la tripa. Pero
es evidente que él tenía ya en la cabeza el punto al que quería llegar: en aquel
mismo momento muchos diferentes robertos habrían podido hacer cosas diferentes,
y quizá con nombres diferentes.
¿Acaso también con el nombre de Ferrante? Y entonces, la que él creía la
historia, que inventaba, del hermano enemigo, ¿no era acaso la oscura percepción
de un mundo en el que a él, Roberto, le estaban sucediendo acontecimientos otros
del que estaba viviendo en aquel tiempo y en aquel mundo?
Ea, se decía, desde luego, habrías querido ser tú el que vivía lo que vivió
Ferrante cuando el Tweede Daphne puso las velas al viento. Esto pasa, ya se
sabe, porque existen, como decía Saint-Savin, pensamientos en los que no se
piensa de ninguna manera, que impresionan el corazón sin que el corazón (ni
tampoco la mente) dé en la cuenta; y es inevitable que algunos de estos
pensamientos —que a veces no son sino ansias obscuras, y ni siquiera tan
obscuras— se introduzcan en el universo de una Novela que tú crees concebir por
el gusto de poner en escena los
pensamientos de los demás… Pero yo soy yo, y Ferrante es Ferrante, y ahora me lo
demuestro haciéndole correr aventuras de las que yo no podría ser de ninguna
manera el protagonista. Y que, si en un universo se desarrollan, es el de la
Fantasía, que no es paralelo a ninguno.
Y se complació, durante aquella noche entera, olvidado de los corales, en
concebir una aventura que le habría conducido, con todo, una vez más, a la más
lacerada de las delicias, al más exquisito de los sufrimientos.
35
EL VIAJE ENTRETENIDO
Ferrante le había contado a Lilia, ya dispuesta a creer cualquier falsedad que
viniera de aquellos labios amados, una historia casi verdadera, excepto que él
tomaba el papel de Roberto y Roberto el suyo; y habíala convencido de que
gastara todas la joyas de un cofrecillo que ella había llevado consigo para
encontrar al usurpador y arrancarle un documento de capital importancia para los
destinos del Estado, que aquél le había arrebatado, y devolviendo el cual, él
habría podido obtener el perdón del Cardenal.
Después de la fuga de las costas francesas, la primera escala del Tweede Daphne
había sido en Amsterdam. Allá Ferrante podía encontrar, como doble espía que
era, quién le revelara algo sobre un navío llamado Amarilis. Fuere lo que fuere
lo que hubiera sabido, de allí a pocos días estaba en Londres para buscar a
alguien. Y el hombre a quien encomendarse no podía ser sino un infiel de su
raza, dispuesto a traicionar a aquéllos por los que traicionaba.
Y ahí tenemos a Ferrante, después de haber recibido de Lilia un diamante de gran
pureza, entrar de noche en una zahúrda en la que le acoge un ser de sexo
incierto, que quizá había sido eunuco con el turco, de rostro lampiño y boca tan
pequeña que se habría dicho que sonreía sólo moviendo la nariz.
La cámara en la que se tapujaba era espantosa por los hollines de una pila de
huesos que quemaban a fuego mortecino. En un rincón colgaba ahorcado por los
pies un cadáver desnudo, que por la boca secretaba un jugo color de ortiga en
una escudilla de oricalco.
El eunuco reconoció en Ferrante a un hermano en el delito. Oyó la pregunta, vio
el diamante, y traicionó a sus amos. Condujo a Roberto a otra cámara, que
parecía la apoteca de un boticario, llena de barrilejos de barro, de vidrio, de
arambre, de estaño. En ellos todo eran substancias que podían usarse para
parecer diferentes de lo que se era, tanto por viejas feas que quisieren parecer
bellas y jóvenes, como por pícaros que quisieran mudar el aspecto: afeites
cocidos, unturillas, rasuras de gamones, cortezas de espantalobos, y otras
substancias que adelgazaban los cueros, hechas con tuétano de corzo y aguas de
madreselva. Tenía lejías para enrubiar, de carrasca, de centeno, de marrubios,
con salitre, con alumbre, y millifolia; o untos y mantecas para cambiar de tez,
de vaca, de oso, de caballos y de camellos, de culebras y de conejo, de ballena,
de alcaraván y de gamo y de gato montés, de nutria. Y aún aceites para el
rostro, de estoraque, de limón, de piñones, de menjuy, de alfócigos, de arvejas
y de carillas, y un anaquel de vejigas para los virgos de las pecadoras. Y en
otro apartado tenía para remediar amores y para quererse bien. Tenía lenguas de
víbora, cabezas de codornices, sesos de asno, haba morisca, pie de tejón, la
piedra del nido del águila, corazones de cera llenos de agujas quebradas, y
otras cosas en barro y en plomo hechas, muy espantables al ver.
En medio de la cámara había una mesa, y encima una bacía cubierta por un paño
ensangrentado, que el eunuco le indicó con aire de entendimiento. Ferrante no
comprendía, y aquél le dijo que había llegado precisamente ante quien hacía a su
caso. Y en efecto, el eunuco no era otro sino aquél que había herido al perro
del doctor Byrd, y que cada día, a la hora convenida, templando en el agua de
vitriolo el paño empapado con la sangre del animal,
o acercándolo al fuego, transmitía al Amarilis las señales que Byrd esperaba.
El eunuco contó todo sobre el viaje de Byrd, y de los puertos que habría tocado
a buen seguro. Ferrante, que en verdad poco o nada sabía del negocio de las
longitudes, no podía imaginar que Mazarino hubiera enviado a Roberto a aquella
nave sólo para descubrir algo que a él le resultaba patente, y había concluido
que en verdad Roberto hubiere de revelar después al Cardenal la ubicación de las
Islas de Salomón.
Juzgaba el Tweede Daphne más rápido que el Amarilis, confiaba en su propia
fortuna, pensaba que habría alcanzado fácilmente el navío de Byrd cuando,
habiéndose llegado éste a las Islas, habría podido tomar por interpresa
fácilmente al marinaje en tierra, asolarlo (Roberto incluido), y luego disponer
a su voluntad de aquella tierra, de la que habría sido el único descubridor.
Fue el eunuco el que le sugirió la manera de proceder sin errar el rumbo: habría
bastado con que se hubiera herido otro perro, y que él cada día hubiera actuado
sobre una catadura de su sangre, como hacía para el perro del Amarilis, y
Ferrante habría recibido los mismos mensajes cotidianos que recibía Byrd.
Partiré inmediatamente, dijo Ferrante; y ante la advertencia del otro, de que
antes era menester encontrar un perro: «Tengo muy otro perro a bordo», exclamó.
Condujo al eunuco al navío y se aseguró de que entre la chusma estuviera el
barbero, experto en flebotomía y otros quehaceres parecidos.
—¡Yo, capitán —afirmó uno que se había salvado de cien finibusterrae y de mil
vueltas de cordel—, cuando se pirateaba, corté más brazos y piernas a mis
compañeros que enemigos hiriese!
Descendido que fue a la bodega, Ferrante encadenó a Biscarat a dos palos
entrecruzados; luego, con su propia mano, con un puñal practicóle profundamente
una incisión en el costado. Mientras Biscarat gañía quedo, el eunuco recogía la
sangre que
goteaba con un trapo, que guardó en una talega. A continuación, explicó al
barbero cómo habría debido actuar para mantener la llaga abierta durante todo el
curso del viaje, sin que el herido muriere, pero sin que ni siquiera sanare.
Después de este nuevo delito, Ferrante dio orden de izar velas hacia las Islas
de Salomón.
Habiendo narrado este capítulo de su novela, Roberto experimentó disgusto, y
sentíase cansado, él, y quebrantado, por el esfuerzo de tantas malas acciones.
No quiso seguir imaginando la continuación y escribió más bien una invocación a
la Naturaleza, para que —al igual que una madre, que quiere obligar al niño a
que duerma en la cuna, le extiende por encima un paño y lo cubre con una pequeña
noche— extendiera la gran noche sobre el planeta. Rogó que la noche,
substrayéndole todas las cosas a la vista, invitare sus ojos a cerrarse; que,
junto con la obscuridad, viniere el silencio; y que así como, al asomar del sol,
leones, osos y lobos (a los cuales como a los ladrones y los asesinos, la luz es
odiosa) corren a guarecerse dentro de las cuevas donde tienen refugio y
franquicia, así por lo contrario, habiéndose retirado el sol detrás del
occidente, se retrayere todo el estruendo y el tumulto de los pensamientos. Que,
una vez muerta la luz, desfallecieren en él los espíritus que con la luz se
vivifican, y se hiciere reposo y silencio.
Al soplar sobre la lantía sus manos fueron iluminadas sólo por un rayo lunar que
penetraba del exterior. Se levantó una niebla desde su estómago al cerebro y,
recayendo sobre los párpados, los cerró, de suerte que el espíritu no se asomara
ya para ver objeto alguno que lo distrajera. Y del durmieron no solamente los
ojos y las orejas, sino también las manos y los pies, salvo el corazón, que
jamás reposa.
¿Duerme en el sueño también el alma? Por desgracia no, que ella permanece en
vela, sólo que se retira detrás de una cortina, y
hace teatro: entonces los fantasmas matachines salen al palco y hacen una
comedia, tal cual la haría una compañía de faranduleros borrachos o locos, tan
desnaturalizadas parecen las figuras, y extrañas las vestiduras, e indecentes
los portes, fuera de propósito las situaciones y descomedidos los discursos.
Como cuando se corta en más partes un cientopiés, que las partes liberadas
corren cada una no se sabe dónde, porque excepto la primera, que conserva la
cabeza, las otras no ven; y cada una, como una lombriz intacta, se marcha con
esos sus cinco o seis pies que le han quedado, y se lleva ese trozo de alma que
es suyo. Igualmente en los sueños, se ve asomar del tallo de una flor el cuello
de una grulla acabada en una cabeza de zambo, con cuatro cuernos de caracol que
echan fuego, o florecer en la barbilla de un viejo una cola de pavón como barba;
y a otro los brazos parecen vides enredadas, y los ojos velones en la cáscara de
una concha, o la nariz un silbato…
Roberto, que dormía, soñó pues con la continuación del viaje de Ferrante, sólo
que lo soñaba en guisa de sueño.
Sueño revelador, quisiera decir. Parece casi que Roberto, después de sus
meditaciones sobre los infinitos mundos, no quisiera seguir imaginando una
historia que se desarrollaba en el País de las Novelas, sino una historia
verdadera de un país verdadero, en el que también él vivía salvo que —así como
la Isla estaba en el pasado próximo— su historia pudiera tener lugar en un
futuro no lejano en el que fuera satisfecho su deseo de espacios menos breves de
aquellos en los que su naufragio le constreñía.
Si había empezado la historia poniendo en escena a un Ferrante de manera, a un
Alfiero de Hecatommythi, concebido por su resentimiento a causa de una ofensa
jamás padecida, ahora, no pudiendo tolerar ver al Otro junto a su Lilia, estaba
tomando su lugar y, osando tomar acto de sus pensamientos obscuros, admitía sin
ambages que Ferrante era él.
Persuadido ya de que el mundo podía ser vivido por infinitas paralajes, si antes
se había erigido en ojo indiscreto que escrutaba
las acciones de Ferrante en el País de las Novelas, o en un pasado que había
sido también el suyo (que empero le había rozado sin que él lo advirtiera,
determinando su presente), ahora él, Roberto, se erigía en ojo de Ferrante.
Quería gozar con el rival de los acontecimientos que la fortuna habría debido
depararle a él.
Corría ahora la navecilla por los líquidos campos y los piratas eran dóciles.
Velando sobre el viaje de los dos amantes, limitábanse a descubrir monstruos
marinos y, antes de llegar a las costas americanas, habían visto un Tritón. Por
lo que era dado ver fuera de las aguas, tenía forma humana, salvo que los brazos
eran demasiado cortos con respecto al cuerpo: las manos eran grandes, los
cabellos grises y espesos, y llevaba una barba larga hasta el estómago. Tenía
ojos grandes y piel áspera. Como fue allegado, pareció dócil y movióse hacia la
red. Mas en cuanto sintió que lo atraían hacia la barca, y antes aún de que se
hubiera mostrado por debajo del ombligo para revelar si tenía cola de sirena,
rompió la red de un golpe, y desapareció. Más tarde se le vio bañarse al sol en
un escollo, siempre escondiendo la parte inferior del cuerpo. Mirando el navío
movía los brazos como si aplaudiera.
Entrados en el océano Pacífico habían tocado una ínsula donde los leones eran
negros, las gallinas vestidas de lana, los árboles no florecían sino de noche,
los peces eran alados, los pájaros escamados, las piedras estaban a nado y las
maderas se hundían, las mariposas resplandecían de noche, las aguas embriagaban
como vino.
En una segunda ínsula vieron un palacio fabricado de madera empapada, teñido de
colores desagradables para el ojo. Entraron, y se encontraron en una sala
tapizada con plumas de cuervo. En todas las paredes se abrían hornacinas en las
que, en vez de bustos de piedra, se veían hominicacos, con el rostro enjuto, que
por accidente de naturaleza habían nacido sin piernas.
En un trono asquerosísimo estaba el Rey, que con un gesto de la mano había
suscitado un concierto de martillos, taladros que
crujían sobre losas de piedra, y cuchillos que chirriaban en platos de
porcelana, a cuyo sonido habían aparecido seis hombres todos huesos y pellejo,
abominables por la mirada patituerta.
Delante de aquéllos habían aparecido unas mujeres, tan gordas que más no se
podía: habiendo hecho una reverencia a sus compañeros, dieron principio a un
baile que hacía destacarse deformidades y tullimientos. Entonces hicieron
irrupción seis bravucones que parecían nacidos de un mismo vientre, con narices
y bocas tan grandes, y hombros tan gibosos, que más que criaturas parecían
mentiras de la naturaleza.
Después de la danza, no habiendo oído todavía palabras y considerando que en
aquella isla se hablaría una lengua diferente de la suya, nuestros viajeros
intentaron hacer preguntas con gestos, que son una lengua universal con la que
se puede comunicar también con los Salvajes. Pero el hombre respondió en una
lengua que se parecía más bien a la perdida Lengua de los Pájaros, hecha de
gorjeos y trinos, y ellos la comprendieron como si hubiera hablado en su lengua.
Entendieron así que, mientras en cualquier otro lugar era apreciada la belleza,
en aquel palacio apreciábase solamente la extravagancia. Y que tanto debían
esperarse si seguían aquel viaje suyo por tierras donde está abajo lo que en
otros lugares está arriba.
Reanudado el viaje, habían tocado una tercera ínsula que parecía desierta, y
Ferrante se había adentrado, solo con Lilia, hacia el interior. Mientras iban,
oyeron una voz que les aconsejaba que huyeran: aquélla era la ínsula de los
Hombres Invisibles. En aquel mismo instante había muchos a su alrededor, que se
enseñaban con el dedo a aquellos dos visitantes que sin ninguna vergüenza
ofrecíanse a sus miradas. Para aquel pueblo, en efecto, si uno era mirado se
convertía en presa de la mirada de otro, y se perdía el propio natural,
transformándose en lo inverso de sí mismo.
En una cuarta ínsula, encontraron un hombre con los ojos hundidos, la voz sutil,
la cara que era una sola arruga, pero con
colores frescos. La barba y los cabellos eran finos como algodón, el cuerpo tan
entumecido que si precisaba darse la vuelta tenía que girar sobre sí mismo
completamente. Y dijo que tenía trescientos y cuarenta años, y en aquel tiempo
había renovado tres veces su juventud, habiendo bebido el agua de la Fuente
Bórica, que se halla precisamente en aquella tierra y alarga la vida, aunque no
más de sus trescientos y cuarenta años; por lo cual, de allí a poco, habría
muerto. Y el viejo invitó a los viajeros a que no buscaran la fuente: vivir tres
veces, convirtiéndose primero en el doble y luego en el triple de sí mismo, era
causa de grandes congojas, y al final uno no sabía ya quién era. No sólo: vivir
los mismos dolores tres veces era una pena, pero mayor pena era volver a vivir
las mismas alegrías. La alegría de la vida nace del sentimiento de que tanto
delicia como congoja son de breve duración, y míseros de nosotros si llegamos a
saber que gozamos de una eterna beatitud.
Mas el Mundo Antípoda era bello por su variedad y, navegando aún por mil millas,
encontraron una quinta ínsula, que era toda un pulular de estanques; y cada
habitante pasaba la vida de hinojos contemplándose, considerando que quien no es
visto es como si no fuera, y que si hubieran apartado la mirada, cesando de
verse en el agua, habrían muerto.
Llegáronse luego a una sexta ínsula, aún más al oeste, donde todos hablaban
incesantemente entre ellos, el uno contándole al otro lo que él quería que fuere
e hiciere, y viceversa. Aquellos isleños, pues, podían vivir sólo si eran
narrados; y cuando un transgresor contaba de los demás historias desagradables,
obligándoles a vivirlas, los otros no contaban ya nada del, y así moría.
Mas su problema era inventar para cada uno una historia diferente: en efecto, si
todos hubieran tenido la misma historia, ya no habría sido posible distinguirlos
entre ellos, porque cada uno de nosotros es lo que sus trabajos han creado. He
ahí por qué habían construido una gran rueda, que llamaban Cynosura
Lucensis, erguida en la plaza del pueblo. Estaba formada por seis círculos
concéntricos que giraban cada uno por su cuenta. El primero estaba dividido en
veinte y cuatro escaques o casas cuadradas, el segundo en treinta y seis, el
tercero en cuarenta y ocho, el cuarto en sesenta, el quinto en setenta y dos y
el sexto en ochenta y cuatro. En los diferentes escaques, según un criterio que
Lilia y Ferrante no habían podido entender en tan poco tiempo, estaban escritas
acciones (como ir, venir o morir), pasiones (odiar, amar o tener frío), y luego
modos, como bien y mal, tristemente o con alegría, y lugares y tiempos, como por
ejemplo, en su casa o el mes siguiente.
Haciendo girar las ruedas se obtenían historias como «fue ayer a su casa y se
encontró con su enemigo que padecía, y le prestó ayuda» o «vio un animal con
siete cabezas y lo mató». Los habitantes sostenían que con aquella máquina
podían escribirse o pensarse setecientos y veinte y dos millones de millones de
historias diferentes, y había para dar sentido a la vida de cada uno dellos en
los siglos por venir. Lo que a Roberto, agradábale, porque habría podido
construirse una rueda de ese tipo y seguir pensado historias incluso si hubiera
permanecido en el Daphne diez mil años.
Eran muchos y extravagantes descubrimientos de tierras que Roberto bien habría
querido descubrir. Pero a un cierto punto de su trasoñar quiso para los dos
amantes un lugar menos habitado, para que pudieran gozar de su amor.
Hízoles llegar así a una séptima y amenísima playa alegrada por un bosquecillo
que surgía precisamente a la ribera del mar. Lo atravesaron y se encontraron en
un jardín real, donde, a lo largo de una alameda arbolada que discurría entre
prados hermosos de flores, se levantaban muchas fuentes.
Roberto, como si los dos buscaran un refugio más íntimo, y él nuevos
padecimientos, hízoles allegarse a un arco florecido,
allende el cual penetraron en un pequeño valle donde se mecían los cálamos de
una caña palustre bajo un zefirillo que esparcía por el aire una mezcla de
perfumes; y de un laguito surtía con paso luciente un hilo de aguas tersas como
sartas de aljófares.
Quiso —y me parece que su puesta en escena seguía todas las reglas— que la
sombra de una frondosa encina estimulara a los amantes al ágape, y añadió
plátanos jocundos, madroños humildes, enebros punzantes, frágiles tamariscos y
flexibles tilos que hacían guirnalda a un prado, ilustrado como un tapiz
oriental. ¿De qué podía haberlo miniado la naturaleza, pintora del mundo? De
negras violas y blancos alhelíes.
Dejó que los dos se abandonaran, mientras una amapola suave levantaba del grave
olvido su cabeza adormilada, para abrevarse de aquellos rociados suspiros. Pero
luego prefirió que, humillada por tanta belleza, se arrebolara de vergüenza y de
afrenta. Como él, Roberto, por lo demás; y deberíamos decir que se lo tenía bien
merecido.
Para no ver más aquello por lo que tanto habría querido ser visto, entonces
Roberto, con su morfeica omnisciencia, subió a dominar la isla entera, donde
ahora las fuentes comentaban el milagro amoroso del que se querían prónubas.
Había columnitas, ampollas, redomas de las que salía un solo chorro, o muchos de
muchas pequeñas trompas; otras tenían en el ápice como un arca, de cuyas
ventanas goteaba una riada, que formaba cayendo un sauce doblemente llorón. Una,
como un tronco cilíndrico, generaba en la coronilla muchos cilindros menores
orientados en diferentes direcciones, casi como un bajel de Malta alado, en
dulce batalla de sus bocas de fuego, que antes regala que destroza vidas su
artillería de aguas.
Había algunas empenachadas, otras crinadas y barbudas, con tantas variedades
cuantas las estrellas de los Reyes Magos en los belenes, cuya cola sus rociadas
imitaban. En una posaba la
estatua de un muchacho que con la izquierda sostenía una sombrilla, de cuyas
nervaduras procedían otros tantos surtidores; pero con la diestra el muchacho
tendía su miembrecito, y confundía en una pila su orina con las aguas que venían
de la cúpula.
En otra se posaba sobre el capitel un pez con una gran cola que parecía que
acabara de tragarse a Jonás, y emanaba cristales tanto por la boca como por dos
agujeros que se le abrían encima de los ojos. Y a caballo estaba un amorcillo
apercibido de tridente. Una fuente en forma de flor sostenía con su chorro una
pelota; otra aún era un árbol cuyas muchas flores hacían cada una girar una
esfera, y parecía que muchos planetas se movían el uno alrededor del otro en
aquel cielo del agua. Había otra donde una hermosa bóveda de cristal yacía sobre
una taza de mármol blanco y en ella se entraban cuatro luces, sitiadas de
amenidad mas no ofendidas por el líquido elemento.
Substituyendo el aire con el agua, había algunas en forma de cañas de órgano,
que no emitían sonidos sino hálitos licuados, y substituyendo el agua con el
fuego, había algunas en forma de candelabro, donde lumbres inflamadas en el
centro de la columna que les era sostén arrojaban fulgores sobre las espumas que
desbordaban por doquier.
Otra parecía un pavo real, un copete en la cabeza, y una amplia cola abierta, a
la cual el cielo suministraba los colores. Por no hablar de algunas que parecían
asientos para un peinador de pelucas, y se adornaban de cabelleras cantarinas.
En una, un girasol se expandía en escarcha. Y otra tenía el rostro mismo del sol
finamente esculpido, cincelada de piquitos la circunferencia, de suerte que el
astro no derramaba rayos, sino frescura.
En una volteaba un cilindro que eyaculaba la fama de estas linfas por una serie
de acanaladuras en espiral. Había unas en forma de boca de león o de tigre, de
fauces de grifo, de lengua de serpiente, e incluso de mujer que lloraba tanto de
los ojos como de los senos. Y faunos y delfines, unos subiendo el agua y otros
que
vomitándola abajo la contradecían. Y era todo un manar de seres alados, salpicar
de cisnes, regar de trompas de elefantes nilíacos, efundir de ánforas
alabastrinas, desvenarse de cornucopias.
Todas visiones que para Roberto, si bien se mira, eran un ir de mal en peor.
Entretanto, en el valle, los amantes ya saciados no tuvieron sino que tender la
mano y aceptar de una sarmentosa vid el obsequio de sus tesoros, y una higuera,
cual si quisiera llorar por ternura del espiado connubio, destiló lágrimas de
miel, mientras en un almendro, que todo se florecía de gemas, gemía la Paloma
Naranjada…
Hasta que Roberto se despertó, empapado de sudor.
—¡Cómo —se decía—, yo he cedido a la tentación de vivir por interposición de
Ferrante, mas agora doy en la cuenta de que es Ferrante el que ha vivido por
interposición de mí mismo, y mientras yo forjaba quimeras él vivía de verdad lo
que yo le he permitido vivir!
Para enfriar la rabia, y para tener visiones que (aquéllas por lo menos) a
Ferrante le eran negadas, se había movido de nuevo de primera mañana, amarra en
el costado y Persona Vítrea sobre el rostro, hacia su mundo de los corales.
36
LA ETERNIDAD CONSEJERA
Llegado al límite del arrecife, Roberto navegaba con el rostro sumergido entre
aquellas logias eternas, pero no conseguía admirar sereno aquellas piedras
animadas porque una Medusa las había transformado en roca desanimada. En el
sueño, Roberto había visto bien las miradas que Lilia había reservado al
usurpador: si aún en el sueño aquellas miradas lo habían inflamado, ahora en el
recuerdo lo helaban.
Quiso reapropiarse de su Lilia, nadó hincando el rostro lo más a fondo posible,
como si aquel abrazo con el mar pudiera darle la palma que en el sueño había
atribuido a Ferrante. No le costó mucho esfuerzo, a su espíritu educado en
formar conceptos, imaginarse a Lilia en cada cadencia ondosa de aquel parque
sumergido, ver sus labios en cada flor en la que habría querido perderse como
una abeja golosa. En transparentes vergeles volvía a encontrar el velo que le
había cubierto el rostro las primeras noches, y tendía la mano para levantar
aquel reparo.
En esta ebriedad de la razón deploraba que sus ojos no pudieran espaciar todo lo
que su corazón quería, y entre los corales buscaba, de la mujer amada, el
brazalete, la cofia de red, el zarcillo que le enternecía el lóbulo de la oreja,
los collares suntuosos que adornaban su cuello de cisne.
Perdido en la caza dejóse atraer a un cierto punto por un dije que aparecíasele
en una grieta, quitóse la máscara, arqueó el dorso, levantó con fuerza las
piernas y empujóse hacia el fondo. El empujón había sido excesivo, quiso asirse
al borde de un declive, y fue sólo un instante antes de detener los dedos
alrededor de una piedra escariosa cuando le pareció ver abrirse un ojo pingüe y
soñoliento. En aquel relámpago acordóse de que el doctor Byrd le había hablado
de un Pez Piedra, que anida entre las grutas coralinas para sorprender a
cualquier criatura viva con el veneno de sus escamas.
Demasiado tarde: la mano se había posado en la Cosa y un dolor intenso le había
atravesado el brazo hasta el hombro. Con un golpe de riñones había conseguido
milagrosamente no dar con el rostro y con el pecho encima del Monstruo, mas para
detener su inercia había tenido que golpearlo con la máscara. En el choque ésta
se había estrellado, y en cualquier caso había tenido que dejarla. Haciendo
fuerza con los pies sobre la roca subyacente, había vuelto a la superficie,
mientras por pocos segundos había visto aún a la Persona Vítrea hundirse quién
sabe dónde.
La mano derecha y todo el antebrazo estaban hinchados, el hombro se habíale
entumecido; temió desmayarse; encontró la cuerda y con gran pena consiguió
gradualmente tirarla, trecho a trecho, con una sola mano. Remontó la
escalerilla, casi como la noche de su llegada, sin saber cómo, y como aquella
noche se dejó caer en la puente.
Pero ahora el sol ya estaba alto. Con los dientes que le castañeteaban, Roberto
se acordó de que el doctor Byrd le había contado que después del encuentro con
el Pez Piedra, la mayoría no se había salvado, pocos habían sobrevivido, y nadie
conocía un antídoto contra aquel mal. A pesar de los ojos nublados, intentó
examinar la herida: no era más que un arañazo, pero debía haber sido suficiente
para hacer penetrar en las venas la mortífera substancia. Perdió los sentidos.
Se despertó con que la fiebre le había subido, y experimentaba una intensa
necesidad de beber. Entendió que en aquel extremo del navío, expuesto a los
elementos, lejos de comida y bebida, no podía durar. Se arrastró hasta la
entrepuentes y llegó al límite entre el paraje de los bastimentos y el recinto
de los pollos. Bebió ávidamente de una cubeta de agua, pero sintió que su
estómago se le contraía. Se desmayó otra vez, boca abajo en su propio vómito.
Durante una noche agitada por sueños ferales, atribuía sus sufrimientos a
Ferrante, que ahora confundía con el Pez Piedra. ¿Por qué quería impedirle el
acceso a la Isla y a la Paloma? ¿Era por esto por lo que se había puesto a
perseguirle?
Se veía a sí mismo tumbado mirando a otro sí mismo que se sentaba por frente,
junto a una estufa, vestido con una ropa de cámara, ocupado en decidir si las
manos que se tocaba y el cuerpo que sentía eran suyos. Él, que veía al otro, se
sentía los vestidos cautivos del fuego, mientras vestido estaba el otro, y él
desnudo; y ya no entendía quién de los dos vivía en la vigilia y quién en el
sueño, y pensó que ambos eran, a buen seguro, figuras producidas por su mente.
Él no, porque pensaba, luego era.
El otro (¿mas cuál?) a un cierto punto se levantó, y debía de ser el Genio
Maligno que le estaba transformando el mundo en sueño, porque ya no era él, sino
el padre Caspar. «¡Ha vuelto!», había murmurado Roberto tendiéndole los brazos.
Pero aquél no había contestado, ni se había movido. Le miraba. Era sin duda el
padre Caspar, mas como si el mar, devolviéndoselo, lo hubiera aderezado y
rejuvenecido. La barba cuidada, el rostro jugoso y rosado como el del padre
Emanuel, el hábito libre de sietes y cazcarrias. Luego, siempre sin moverse,
como un actor que declamara en una lengua impecable, de consumado orador, había
dicho con una tétrica sonrisa:
—Es inútil que te defiendas. Ya el mundo entero tiene una sola meta, y es el
infierno.
Había continuado a gran voz como si hablara desde el púlpito de una iglesia:
—¡Sí, el infierno, del cual poco sabéis, tú y todos los que contigo están yendo
hacia él con pie desembarazado y ánimo alocado! ¿Vosotros creíais que en el
infierno habríais encontrado espadas, puñales, ruedas, navajas, torrentes de
azufre, bebidas de plomo líquido, aguas heladas, calderas y parrillas, sierras y
mazas, alesnas para sacar ojos, tenazas para arrancar dientes, peines para
lacerar costados, cadenas para machacar huesos, bestias que roen, aguijones que
tensan, cordeles que ahorcan, potros, cruces, garfios y hachas? ¡No! Éstos son
tormentos despiadados, sí, mas tales que la mente humana aún puede concebirlos,
pues bien que hemos concebido los toros de bronce, los asientos de hierro o el
traspasar las uñas con cañas puntiagudas… Vosotros esperabais que el infierno
fuera una barbacana hecha de Peces Piedra. ¡No, otras son las penas del
infierno, porque no nacen de nuestra mente finita, sino de la infinita de un
Dios airado y vengativo, obligado a hacer gala de su furia y a evidenciar que,
como tuvo grande la misericordia para absolver, no tiene menor la justicia para
castigar! ¡Deberán ser aquestas penas tales que en ellas podamos comprehender la
desigualdad que corre entre nuestra impotencia y Su omnipotencia!
—En este mundo —seguía diciendo aquel mensajero de la penitencia—, vosotros
estáis acostumbrados a ver que para todo mal algún remedio se ha encontrado, y
que no hay herida sin su bálsamo, ni tóxico sin su teriaca. Mas no penséis que
lo mismo acaece en el infierno. Son allá, es verdad, sumamente molestas las
quemaduras, mas no hay mitigación que las haga agradables; abrasadora la sed,
mas no hay agua que la refrigere; canina el hambre, mas no hay comida que la
conforte; insufrible la vergüenza, mas no hay frazada que la recubra. Hubiere,
pues, al
menos una muerte, que pusiere un término a tantos males, una muerte, una muerte…
¡Mas esto es lo peor, que allá ni siquiera podréis esperar jamás en una gracia,
con todo, tan luctuosa como la de ser exterminados! Buscaréis la muerte en todas
sus formas, buscaréis la muerte, y no tendréis jamás la dicha de encontrarla.
Muerte, Muerte, ¿dónde estás? (iréis gritando sin cesar), ¿cuál será ese demonio
tan piadoso que nos la dé? ¡Y entenderéis entonces que allá abajo no se acaba de
penar jamás!
El viejo en ese punto hacía una pausa, tendía los brazos con las manos al cielo,
siseando en voz baja, casi para confiar un secreto tremendo que no debía salir
de aquella nave.
—¿No acabar jamás de penar? ¿Quiere eso decir que penaremos hasta que un pequeño
jilguero, viniendo a beber una gota por año, pudiere conseguir secar todos los
mares? Más. In saecula. ¿Penaremos hasta que un pulgón, volviendo a dar un solo
mordisco por año, pudiere conseguir devorar todos los bosques? Más. In saecula.
¿Penaremos entonces hasta que una hormiga, moviendo un solo paso por año, pueda
haber rodeado toda la tierra? Más. In saecula. Y si todo este universo fuere un
solo desierto de arena, y cada siglo se quitare un único grano, ¿habríamos
acabado acaso de penar cuando el universo estuviere todo despejado? Ni siquiera.
In saecula. Finjamos que un condenado derrame a cabo de millones de siglos dos
lágrimas solas, ¿cesará él de penar cuando su llanto sea apropiado para formar
un mayor diluvio que aquél en el que antiguamente perdióse todo el género
humano? ¡Ea pues, acabemos, que no somos niños! Si queréis que os lo diga: in
saecula, in saecula tendrán que penar los réprobos, in saecula, que es como
decir por siglos sin número, sin término, sin medida.
Ahora el rostro del padre Caspar parecía el del carmelita de la Grive. Levantaba
la mirada al cielo para encontrar en él una sola esperanza de misericordia:
—Mas Dios —decía con voz de penitente digno de compasión —, mas Dios ¿no pena a
la vista de nuestras penas? ¿No acaecerá
que Él experimente un movimiento de terneza, no acontecerá que, al final Él se
muestre, para que por lo menos recibamos consolación de su llanto? ¡Aymé, qué
ingenuos sois! ¡Dios desgraciadamente se mostrará, pero todavía no imagináis
cómo! Cuando nosotros levantemos los ojos veremos que Él (¿tendré que decirlo?),
veremos que Él, convertido para nosotros en un Nerón, no por injusticia sino por
severidad, no sólo no querrá o consolarnos, o socorrernos, o compadecernos, sino
que con deleite inconcebible ¡reirá! ¡Pensad, por tanto, en qué desvaríos
tendremos que prorrumpir nosotros! ¿Nosotros estamos quemándonos, diremos, y
Dios ríe? ¿Nosotros estamos quemándonos, y Dios ríe? ¡Oh Dios cruelísimo! ¿Por
qué no nos desgarras con tus rayos, en vez de insultarnos con tus risas?
¡Redobla bien, oh despiadado, nuestras llamas, mas no quieras regocijarte dellas!
¡Ah, risa a nosotros más amarga que nuestro llanto! ¡Ah, júbilo a nosotros más
doloroso que nuestras penas! ¿Por qué no tiene el infierno nuestro vorágines
donde poder eludir el rostro de un Dios que ríe? Demasiado nos engañó quien nos
dijo que nuestro castigo habría sido el mirar y remirar el semblante de un Dios
desdeñado. De un Dios que ríe, había que decirnos, de un Dios que ríe… Para no
divisar y oír esa risa querríamos que desplomara montañas sobre nuestra cabeza,
o que la tierra nos faltara bajo los pies. ¡Mas no, porque desgraciadamente
veremos lo que nos duele, y seremos ciegos y sordos a todo, excepto para aquello
para lo que querríamos ser sordos y ciegos!
Roberto sentía la rancidez del forraje gallináceo en los resquicios de la
madera, y le llegaban desde el exterior las voces de los pájaros marinos, que él
tomaba por la carcajada de Dios.
—¿Mas por qué el infierno a mí —preguntaba—, y por qué a todos? ¿No fue acaso
para reservárselo a pocos por lo que Cristo nos redimió?
El padre Caspar había reído, como el Dios de los condenados:
—¿Mas cuándo os redimió? ¿En qué planeta, en qué universo piensas tú que vives
ya?
Había tomado la mano de Roberto, levantándolo con violencia de su catre, y lo
había arrastrado por los meandros del Daphne, mientras el enfermo experimentaba
una roedura de intestino y en la cabeza le parecía tener muchos relojes de
cuerda. Los relojes, pensaba, el tiempo, la muerte…
Caspar lo había arrastrado hasta un chiribitil que él no había descubierto
jamás, con las paredes encaladas, donde había un catafalco cerrado, con un ojo
circular en un lado. Ante el ojo, en una regla acanalada, estaba insertado un
listón de madera todo labrado con ojos de igual medida que contornaban cristales
aparentemente opacos. Haciendo correr el listón podían hacerse coincidir sus
ojos con el de la caja. Roberto recordaba haber visto ya en Provenza un ejemplo
más reducido de aquella máquina, que, se decía, era capaz de hacer vivir la luz
ayudada por la sombra.
Caspar había abierto un lado de la caja, dejando divisar, en un trípode, una
gran lámpara que, por la parte opuesta al pico, en vez del asa, tenía un espejo
redondo de especial curvatura. Encendido el pábilo, el espejo proyectaba los
rayos luminosos dentro de un tubo, un breve anteojo cuya lente terminal era el
ojo externo. De aquí (en cuanto Caspar hubo vuelto a cerrar la caja) los
trémulos reflejos pasaban a través del cristal del listón, alargándose en cono y
haciendo aparecer en la pared imágenes coloreadas, que a Roberto parecieron
cuerpos de todas dimensiones adornados, cuando aun ser superficie no merecían.
La primera figura representaba un hombre, con el rostro de demonio, encadenado
en un escollo en medio del mar, azotado por las olas. De aquella aparición,
Roberto no consiguió ya apartar la mirada, la fundió con las que vinieron a
continuación (mientras Caspar hacíalas seguirse la una a la otra al hacer correr
el listón), las compuso todas juntas —sueño en el sueño— sin distinguir lo que
se le decía de lo que estaba viendo.
Al escollo se acercó un navío en el que reconoció al Tweede Daphne; y bajó
Ferrante, que ahora libertaba al condenado. Todo estaba claro. En el curso de su
navegación, Ferrante había encontrado, como la leyenda nos asegura que es, a
Judas recluido en el océano abierto, expiando su traición.
—Gracias —decíale Judas a Ferrante, mas para Roberto la voz procedía sin duda de
los labios de Caspar—. Desde que háseme aquí subyugado, a la hora nona de hoy,
esperaba poder aún reparar mi pecado… Te doy las gracias, hermano…
—¿Estás aquí desde ha apenas un día, o menos aún? — preguntaba Ferrante—. Pero
si tu pecado fue consumado en el trigésimo tercer año del nacimiento de Nuestro
Señor, y por tanto mil y seiscientos y diez años ha…
—Ay, hombre ingenuo —contestaba Judas—, hace, no cabe duda, mil y seiscientos y
diez de vuestros años que yo fui colocado en este escollo, pero no es aún y no
será jamás un día de los míos. Tú no sabes que, entrando en el mar que rodea a
esta isla mía, has penetrado en otro universo que corre al lado y dentro del
vuestro, y aquí el sol gira en torno a la tierra como una tortuga que a cada
paso va más despacio que antes. Así en este mi mundo mi día duraba al principio
dos de los vuestros, y luego tres, y cada vez más, hasta agora, que después de
mil y seiscientos y diez de vuestros años, yo estoy siempre y aún en la hora
nona. Y de aquí a poco el tiempo será aún más lento, y luego más aún, y yo
viviré siempre la hora nona del año treinta y tres a partir de la noche de
Belén…
—¿Pero por qué? —preguntaba Ferrante.
—Pues porque Dios ha querido que mi castigo consistiera en vivir siempre en
viernes santo, y celebrar siempre y cada día la pasión del hombre al que he
traicionado. El primer día de mi pena, mientras para los demás hombres
acercábase el ocaso, y luego la noche, y luego el alba del sábado, para mí había
transcurrido un átomo de un átomo de minuto desde la hora nona de aquel viernes.
Mas aflojando aún inmediatamente la marcha
del sol, en vuestro mundo Cristo resucitaba, y yo estaba aún a un paso de
aquella hora. Y agora, que para vosotros han transcurrido siglos y siglos, yo
estoy siempre a una migaja de tiempo de aquel instante…
—Pero este tu sol se mueve, y llegará el día, quizá dentro de diez mil y más
años, en que tú entres en tu sábado.
—Sí, y entonces será peor, habré salido de mi purgatorio para entrar en mi
infierno. No cesará el dolor de aquella muerte que causé, pero habré perdido la
posibilidad, que aún me queda, de hacer de suerte que lo que ha acaecido no haya
acaecido.
—¿Y cómo?
—Tú no sabes que a no mucha distancia de aquí corre el meridiano antípoda.
Allende aquella línea, tanto en tu universo como en el mío, está el día de
antes. Si yo, agora libertado, pudiere rebasar aquella línea, me encontraría en
mi jueves santo, pues que este escapulario que me ves sobre los hombros es el
vínculo que obliga a mi sol a acompañarme como mi sombra, y hacer de suerte que
por doquiera que yo vaya todos los tiempos duren como el mío. Podría entonces
llegar a Jerusalén viajando por un larguísimo jueves, y llegar allí antes de que
mi alevosía se cumpliere. Y salvaría a mi Maestro de su suerte.
—Pero —había objetado Ferrante—, si impides la Pasión no habrá habido jamás
Redención, y el mundo seguiría siendo todavía hoy cautivo del pecado original.
—¡Ay —había gritado Judas llorando—, yo que pensaba sólo en mí mismo! ¿Mas
entonces qué he de hacer? Si dejo de actuar como he actuado, quedo condenado. Si
reparo mi error, obstaculizo el designio de Dios, y seré castigado con la
damnación. ¿Estaba escrito, pues, desde el principio que yo fuera condenado a
ser condenado?
La procesión de las imágenes se había apagado en el llanto de Judas, al agotarse
el aceite de la linterna. Ahora hablaba otra vez
el padre Caspar, con una voz que Roberto no reconocía ya como suya. La poca luz
llegaba ahora de un resquicio en la pared e iluminaba sólo la mitad de su
rostro, deformándole la línea de la nariz y haciendo incierto el color de la
barba, blanquísima ahora por una parte y obscura por otra. Los ojos eran ambos
dos cavidades, puesto que también el expuesto a la claridad parecía en sombra. Y
Roberto daba en la cuenta apenas entonces de que estaba cubierto por un parche
negro.
—Y fue entonces —decía aquese que ahora era sin duda el Abate de Morfi—, fue
entonces cuando tu hermano concibió la obra maestra de su Ingenio. Si hubiera
llevado a cabo él el viaje que Judas se proponía, habría podido impedir que la
Pasión se cumpliera y que, por tanto, nos fuera concedida la Redención. Ninguna
Redención, todos víctimas del mismo pecado original, todos votados al infierno,
tu hermano pecador, mas como todos los hombres, y por ende justificado.
—¿Mas cómo habría podido, cómo podría, cómo ha podido? — preguntaba Roberto.
—Oh —sonreía ahora con atroz alegría el abate—, hacía falta poco. Bastaba con
engañar incluso al Altísimo, incapaz de concebir disfraz alguno de la verdad.
Bastaba con matar a Judas, como hice inmediatamente en aquel escollo, vestir su
escapulario, hacerme preceder por mi navío a la costa opuesta de esa Isla,
llegar aquí con fementida apariencia para impedir que tú aprendieras las
correctas reglas de la natación y no pudieras precederme jamás allá abajo,
obligarte a construir conmigo la campana acuática para permitirme alcanzar la
Isla.
Y mientras hablaba, para mostrar el escapulario, quitábase lentamente el hábito
apareciendo con ropa corsaria, luego igual de despacio arrancábase la barba,
librábase de la peluca, y a Roberto le parecía verse en un espejo.
—¡Ferrante! —había gritado Roberto.
—Yo en persona, hermano mío, yo, que mientras tú renqueabas como un perro o una
rana, yo en la otra costa de la
Isla encontraba mi navío, hacía vela en mi largo jueves santo hacia Jerusalén,
encontraba al otro Judas a punto de traicionar y lo ahorcaba de una higuera,
impidiéndole entregar al Hijo del Hombre a los Hijos de las Tinieblas, penetraba
en el Huerto de los Olivos con mis fieles y raptaba a Nuestro Señor,
¡substrayéndolo al Calvario! ¡Y ahora tú, yo, todos estamos viviendo en un mundo
que no ha sido redimido jamás!
—Mas Cristo, Cristo, ¿dónde está ahora?
—¿Así pues, no sabes que ya los textos antiguos decían que hay Palomas rosicler
porque el Señor, antes de ser crucificado, vistió una túnica escarlata? ¿Todavía
no has entendido? Desde hace mil y seiscientos y diez años Cristo es prisionero
en la Isla, desde donde intenta huir con la apariencia de una Paloma Naranjada,
mas es incapaz de abandonar aquel lugar, donde junto a la Specola Melitense he
dejado el escapulario de Judas, y donde es por tanto siempre y sólo el mismo
día. ¡Ahora no me queda sino matarte, y vivir libre en un mundo en el que está
excluido el remordimiento, el infierno es seguro para todos, y allá abajo, un
día, yo seré acogido como el nuevo Lucifer!
Y había extraído una daga, acercándose a Roberto para cumplir el último de sus
crímenes.
—¡No —había gritado Roberto—, no te lo permitiré! Yo te mataré, y liberaré a
Cristo. ¡Aún sé tirar de espada, mientras que a ti mi padre no te enseñó sus
golpes secretos!
—He tenido un solo padre y una sola madre, tu mente mórbida —había dicho
Ferrante con una sonrisa triste—. Tú me has enseñado sólo a odiar. ¿Crees
haberme hecho un gran regalo, dándome la vida sólo para que en tu País de las
Novelas personificara a la sospecha? Mientras tú estés vivo, pensando de mí lo
que yo mismo tengo que pensar, no cesaré de despreciarme. Así pues, que tú me
mates o que te mate yo, el final es el mismo. Vamos.
—Perdón, hermano mío —había gritado Roberto llorando—. ¡Sí, vamos, es justo que
uno de nosotros dos haya de morir!
¿Qué quería Roberto? ¿Morir? ¿Liberar a Ferrante haciéndole morir? ¿Impedir a
Ferrante que impidiera la Redención? No lo sabremos jamás, pues no lo sabía ni
siquiera él. Pero así están hechos los sueños.
Habían subido a la puente, Roberto había buscado su arma y la había encontrado
(como recordaremos) hecha un muñón; pero gritaba que Dios le habría dado fuerza,
y un buen espadachín hubiera podido batirse incluso con una hoja quebrada.
Los dos hermanos estaban frente por frente, por primera vez, para dar inicio a
su último lance.
El cielo se había decidido a secundar aquel fratricidio. Una nube rojiza
repentinamente había tendido entre el navío y el cielo una sombra sanguínea,
como si allá arriba alguien hubiera degollado los caballos del Sol. Había
estallado un gran concierto de truenos y relámpagos, seguidos de aguaceros, y
cielo y mar a los dos duelistas atronaban el oído, deslumbraban la vista,
atizaban con agua helada las manos.
Mas ambos vagaban entre las saetas que les llovían en derredor, embistiéndose
con acometidas y sagitas, retrocediendo de golpe, agarrándose a una escota para
evitar casi volando una estocada, lanzándose contumelias, midiendo cada grado
con un grito, entre los gritos equivalentes del viento que silbaba en torno. En
aquel combés resbaladizo, Roberto se batía para que Cristo pudiera ser puesto en
la Cruz, y pedía la ayuda divina; Ferrante para que Cristo no tuviera que
padecer, e invocaba el nombre de
todos los diablos.
Fue mientras llamaba para que lo asistiera Astaroth cuando el Intruso (ahora
intruso incluso en los designios de la Providencia) se ofreció sin querer a la
Treta de la Gaviota. O quizá así lo quería, para poner punto final a aquel sueño
sin pies ni cabeza.
Roberto hizo que caía, el otro se abalanzó sobre él para acabarlo, él apoyóse
sobre la izquierda y empujó la espada mutilada hacia su pecho. No se había
levantado con la agilidad de Saint-Savin, pero Ferrante ya había tomado
demasiado impulso,
y no había podido evitar espetarse, es más, desfondarse él solo el esternón
sobre el muflón del acero. Roberto fue sofocado por la sangre que el enemigo,
muriendo, derramaba por la boca.
Él sentía el sabor de la sangre en su boca, y probablemente en el delirio se
había mordido la lengua. Ahora nadaba en aquella sangre, que se extendía desde
el navío hasta la Isla; no quería seguir adelante a causa del Pez Piedra, mas
había concluido sólo la primera parte de su misión, Cristo aguardaba en la Isla
para derramar Su sangre, y él quedaba su único Mesías.
¿Qué estaba haciendo ahora en su sueño? Con la daga de Ferrante se había puesto
a reducir una vela a largas fajas, que luego anudaba entre ellas ayudándose con
las drizas; con otros lazos había capturado en la entrepuentes a las más
vigorosas entre las garzas, o cigüeñas que fueren, y las estaba atando por las
patas como corceles de aquella alfombra voladora suya.
Con su navío aéreo se había alzado en vuelo hacia la tierra ya accesible. Debajo
de la Specola Melitense encontró el escapulario, y lo destruyó. Habiéndole
vuelto a dar espacio al tiempo, había visto descender sobre él a la Paloma, que
por fin descubría estático en toda su gloria. Mas era natural —es más,
sobrenatural — que ahora le pareciera no naranjada sino blanquísima. No podía
ser una paloma, porque ese pájaro no se conviene para representar a la Segunda
Persona, era quizá un Pío Pelícano, como debe ser el Hijo. Así que al final no
veía bien qué pájaro se habíale ofrecido como amable mesana para aquel bajel
alado.
Sólo sabía que estaba volando hacia arriba, y las imágenes se sucedían como
querían los fantasmas matachines. Estaban navegando ahora en dirección de todos
los innumerables e infinitos mundos, hacia todos los planetas, hacia todas las
estrellas, de suerte que en cada uno, casi en un solo momento, se cumpliera la
Redención.
El primer planeta que habían tocado había sido la cándida luna, en una noche
iluminada por el medio día de la tierra. Y la tierra estaba allá, en la línea
del horizonte, una enorme, amenazante e ilimitada polenta de maíz, que aún cocía
en el cielo y casi caíasele encima burbujeando de febricitante y febril
febrosidad febrífera, fiebreando febrosa en burbujas bullentes en su ebullición,
bulligando de un bullicioso bullir, glu, glu, glu. Es que cuando tienes fiebre
eres tú el que te conviertes en polenta, y las luces que ves vienen todas de la
bullidura de tu cabeza.
Y allí en la luna con la Paloma…
No habremos buscado, confío, coherencia y verisimilitud en todo lo que he
transcrito hasta ahora, porque se trataba de la pesadilla de un paciente
atosigado por un Pez Piedra. Pero lo que me dispongo a referir supera todas
nuestras expectativas. La mente o el corazón de Roberto, o en cualquier caso su
vis imaginativa, estaban urdiendo una sacrílega metamorfosis: en la luna él
ahora se veía no con el Señor, sino con la Señora, Lilia por fin arrancada a
Ferrante. Roberto estaba obteniendo en los lagos de Selene lo que el hermano le
había quitado entre los estanques de la ínsula de las fuentes. Besábale el
rostro con los ojos, contemplábala con la boca, bebía, mordía y remordía, y
retozaban en torneo las lenguas enamoradas.
Sólo entonces Roberto, que quizá estábasele despejando la fiebre, volvió en sí,
pero quedó prendado de lo que había vivido, como sucede después de un sueño, que
nos deja no sólo con el ánimo sino con el cuerpo perturbado.
No sabía si llorar de felicidad por su amor reencontrado, o de remordimiento por
haber invertido, cómplice la fiebre, que no conoce las Leyes de los Géneros, su
Epopeya Sagrada en una Comedia Libertina.
Ese momento, decíase, me costará de verdad el infierno, porque ciertamente no
soy mejor que ni Judas ni Ferrante. Es
más, yo no soy sino Ferrante, y no he hecho hasta ahora sino aprovecharme de su
maldad para soñar que hacía lo que mi vileza siempre me impidió hacer.
Quizá no sea llamado a responder de mi pecado, pues no he pecado yo, sino el Pez
Piedra, que me hacía soñar a su manera. Mas, si he llegado a tanta demencia, es
ciertamente signo de que voy a morir de verdad. Y he tenido que esperar al Pez
Piedra para decidirme a pensar en la muerte, mientras que este pensamiento
habría debido ser el primer deber del buen cristiano.
¿Por qué no he pensado jamás en la muerte, y en la ira de un Dios que ríe?
Porque seguía las enseñanzas de mis filósofos, para los cuales la muerte era una
natural necesidad, y Dios era aquél que, en el desorden de los átomos, había
introducido la Ley que los compone en la harmonía del Cosmos. ¿Y podía un Dios
tal, maestro de geometría, producir el desorden del infierno, aunque fuere por
justicia, y reírse de aquella subversión de todas las subversiones?
No, Dios no ríe, decíase Roberto. Cede a la Ley que él mismo ha querido, y que
quiere que el orden de nuestro cuerpo se disuelva, como el mío sin duda está
disolviéndose ya entre esta disolución. Y veía los gusanos junto a su boca, pero
no eran efecto del delirio, sino seres que se habían formado por generación
espontánea entre la porquería de las gallinas, prosapia de sus excrementos.
Daba entonces la bienvenida a aquellos heraldos de la disgregación comprendiendo
que ese confundirse en la materia viscosa tenía que ser vivido como el fin de
todos los sufrimientos, en harmonía con la voluntad de la Naturaleza y del Cielo
que la administra.
Tendré que esperar poco, murmuraba como en una oración. De aquí a no muchos días
mi cuerpo, ahora aún bien compuesto, habiendo cambiado de color, se volverá
descolorido como un
garbanzo, a continuación se tiznará todo de la cabeza a los pies y lo revestirá
un calor lóbrego. Entonces empezará a entumecerse, y sobre esa hinchazón nacerá
una hedionda calumbre. Ni mucho hará falta para que el vientre empiece a dar
aquí un estallido y allá una rotura; de las cuales desembocará una podredumbre,
y aquí se verá ondear un medio ojo agusanado, allá un jirón de labio. En este
fango, se generará luego una cantidad de pequeñas moscas y de otros animalillos
que se agazaparán en mi sangre y me devorarán pedazo a pedazo. Una parte destos
seres brotará del pecho, otra con un no sé qué de mucoso colará por las ventanas
de la nariz; otros, enviscados en aquella podredumbre, entrarán y saldrán por la
boca, y los más ahítos burbujearán arriba y abajo por la garganta… Y esto
mientras el Daphne se convierte poco a poco en el reino de los pájaros, y
simientes llegadas de la Isla harán crecer en él bestias vegetales, cuyas raíces
habrán nutrido mis licores, ya arraigadas en la sentina. Por fin, cuando toda mi
fábrica corporal haya sido reducida a puro esqueleto, en el curso de los meses y
de los años —o quizá de los milenios—, también ese andamio, lentamente, se
convertirá en polverulencia de átomos sobre la cual los vivos caminarán sin
comprender que todo el globo de la tierra, sus mares, sus desiertos, sus selvas
y sus valles, no son sino un viviente cementerio.
No hay nada que concilie la curación como un Ejercicio de la Buena Muerte, que
volviéndonos resignados nos sosiega. Así el carmelita le había dicho un día, y
así tenía que ser, porque Roberto experimentó hambre y sed. Más débil que cuando
soñaba luchar en la puente, pero menos que cuando se había tendido junto a las
gallinas, tuvo la fuerza de beber un huevo. Era buena la aguaza que le descendía
por la garganta. Y aún mejor el jugo de un coco que partió en la despensa.
Después de tanto meditar sobre su cuerpo muerto, ahora hacía morir en su cuerpo
(por
sanar) los cuerpos sanos a los que la naturaleza da cada día la vida.
He aquí por qué nadie, excepto algunas recomendaciones del carmelita, en la
Griva le había enseñado a pensar en la muerte. En los momentos de los coloquios
familiares, casi siempre en la comida y en la cena (después de que Roberto había
vuelto de una de sus exploraciones en la antigua casa, donde se había demorado
quizá en una sala sombría ante el olor de las manzanas abandonadas por los
suelos para que maduraran), no se conversaba sino sobre la bondad de los
melones, de la siega de las mieses y de las esperanzas para la vendimia.
Roberto se acordaba de cuando su madre le enseñaba cómo habría podido vivir
dichoso y tranquilo si hubiera sacado provecho de todos los dones de Dios que la
Griva le podía suministrar:
—Y convendrá que no te olvides hacer bastimento de carne salada de buey, de
oveja o carnero, de ternera y de cerdo, porque se conservan durante largo tiempo
y son de mucho uso. Corta los trozos de carne no muy grandes, ponlos en una
vasija con encima mucha sal, déjalos ocho días, luego cuélgalos de las vigas de
la cocina junto al hogar, que se sequen al humo, y haz esto en tiempo seco, frío
y de tramontana, pasado San Martín, que se conservarán todo lo que desees. En
septiembre, en cambio, llegan los pajaritos, y los lechales para todo el
invierno, además de los capones, de las gallinas viejas, de los patos y
similares. No desprecies ni siquiera el asno que se rompe una pierna, porque con
él se hacen unas longanicillas redondas que luego agujereas con el cuchillo y
pones a freír, y son manjares de señores. Y para la Cuaresma, que haya siempre
setas, potajes, nueces, uva, manzanas y todo lo demás que te manda Dios. Y
siempre para la Cuaresma habrá que tener preparadas unas raíces, y unas
hierbecillas que, enharinadas y cocidas en el aceite, son mejores que una
lamprea; y luego harás ravioles o causones de Cuaresma, con masa hecha con
aceite, harina, agua de rosas, azafrán y
azúcar, con un poco de malvasía, cortados redondos como cristales de ventana,
rellenos de pan rallado, manzanas, flor de clavo y nueces picadas, que habrás de
ponerlos con algunos granos de sal a cocer en el horno, y comerás mejor que un
prior. Después de Pascua vienen los chivos, los espárragos, los pichoncillos…
Más tarde llegan las cuajadas y los requesones. Y tendrás que saber aprovechar
también los guisantes o las judías cocidas enharinadas y fritas, que son todos
buenísimos aderezos de la mesa… Ésta, hijo mío, si vives como nuestros mayores
han vivido, será vida bienaventurada y lejos de toda tribulación…
En efecto, en la Griva no se hacían discursos que atañeran a muerte, juicio,
infierno o paraíso. La muerte, a Roberto, se habíale aparecido en Casal, y había
sido en Provenza y en París donde había sido movido a reflexionar sobre ella,
entre discursos virtuosos y discursos disolutos.
Moriré sin duda, decíase ahora, si no en esta ocasión por el Pez Piedra, al
menos más tarde, visto que está claro que deste navío ya no saldré, agora que he
perdido —con la Persona Vítrea — incluso la manera de acercarme sin perjuicio a
la barbacana. ¿Y dónde estaba el engaño? Habría muerto, quizá más tarde, aunque
no hubiera llegado a este despojo. He entrado en la vida sabiendo que la ley es
salir della. Como había dicho Saint-Savin, se encarna el propio papel, unos por
más tiempo, otros más deprisa, y se sale de escena. Muchos helos visto pasarme
por delante, otros me verán pasar, y darán el mismo espectáculo a sus sucesores.
Por otra parte, ¡por cuánto tiempo no he sido, y por cuánto tiempo no seré!
Ocupo un espacio bien pequeño en el abismo de los años. Este pequeño intersticio
no consigue distinguirme de la nada a la que tendré que ir. No he venido al
mundo sino para hacer número.
Mi papel ha sido tan pequeño que, aunque hubiera permanecido detrás de los
bastidores, todos habrían dicho igualmente que la comedia era perfecta. Es como
una tempestad:
unos se ahogan enseguida, otros se quebrantan contra un escollo, otros
permanecen en un leño abandonado, pero no por mucho también ellos. La vida se
apaga sola, como una bujía que ha consumido su materia. Y deberíamos estar
acostumbrados, porque como una bujía hemos empezado a diseminar átomos desde el
primer momento en que nos hemos encendido.
No es una gran sabiduría saber estas cosas, decíase Roberto, de acuerdo.
Deberíamos saberlas desde el momento en que nacemos. Mas normalmente
reflexionamos siempre y sólo sobre la muerte de los demás. Sí sí, todos tenemos
bastante fortaleza para soportar los males ajenos. Luego llega el momento en el
que pensamos en la muerte cuando el mal es nuestro, y entonces damos en la
cuenta de que ni el sol ni la muerte se pueden mirar fijamente. A menos que no
se hayan tenido buenos maestros.
Los he tenido. Alguien me dijo que en verdad pocos conocen la muerte.
Normalmente se la soporta por estupidez o por costumbre, no por resolución. Se
muere porque no se puede hacer otra cosa. Sólo el filósofo sabe pensar en la
muerte como en un deber, que ha de cumplirse de buen grado y sin temor: mientras
nosotros estamos, la muerte aún no está, y cuando viene la muerte, nosotros ya
no estamos. ¿Para qué habría gastado tanto tiempo en conversar de filosofía si
ahora no fuera capaz de hacer de mi muerte la obra maestra de mi vida?
Las fuerzas le estaban volviendo. Daba gracias a la madre, cuyo recuerdo lo
había inducido a abandonar el pensamiento del fin. No otra cosa podía hacer
aquélla que le había regalado el principio.
Se puso a pensar en su propio nacimiento, del cual sabía menos aún que de su
propia muerte. Se dijo que pensar en los orígenes es propio del filósofo. Es
fácil para el filósofo justificar la muerte: que haya que precipitar en las
tinieblas es una de las cosas más claras del mundo. Lo que consume al filósofo
no es la
naturalidad del fin, es el misterio del principio. Podemos desinteresarnos de la
eternidad que nos seguirá, pero no podemos librarnos de la angustiosa pregunta
sobre qué eternidad nos ha precedido: ¿la eternidad de la materia o la eternidad
de Dios?
He aquí la razón por la que había sido arrojado en el Daphne, díjose Roberto.
Porque sólo en aquel descansado recogimiento habría tenido espacio de
reflexionar sobre la única pregunta que nos libera de todas las aprensiones por
el no ser, entregándonos al estupor del ser.
37
EJERCITACIONES PARADÓJICAS SOBRE CÓMO PIENSAN LAS PIEDRAS
Cuánto había estado enfermo? ¿Días, semanas? ¿O entre tanto una tempestad se
había abatido sobre el navío? ¿O antes de encontrar al Pez Piedra, cautivado por
el mar y por su novela, no había dado en la cuenta de lo que estaba acaeciendo a
su alrededor? ¿Cuánto hacía que había perdido a tal punto el sentido de las
cosas?
El Daphne se había convertido en otro navío. La cubierta estaba sucia y los
barriles goteaban el agua, deshaciéndose; algunas velas se habían desatado y se
deshilachaban, colgando de los palos como máscaras que ojearan o sonrieran
malignamente a través de sus agujeros.
Los pájaros se quejaban, y Roberto corrió inmediatamente a atenderlos. Algunos
habían muerto. Por suerte, las plantas, alimentadas por la lluvia y por el aire,
habían crecido y algunas se habían insinuado en las jaulas, suministrando
pastura a los más, y para los otros se habían multiplicado los insectos. Los
animales sobrevividos incluso habían generado y los pocos muertos habían sido
substituidos por muchos vivos.
La Isla permanecía inmutada; salvo que, para Roberto, que había perdido la
máscara, se había alejado, arrastrada por las
corrientes. La barbacana, ahora que la sabía defendida por el Pez Piedra, se
había vuelto insuperable. Roberto habría podido nadar aún, pero sólo por amor a
la natación, y manteniéndose lejos de los escollos.
—Oh maquinaciones humanas, cuan quiméricas sois — murmuraba—. Si el hombre no es
sino una sombra, vosotras sois humo. Si no es sino un sueño, vosotras sois
ficciones. Si no es sino un cero, vosotras sois puntos. Si no es sino un punto,
vosotras sois ceros.
Tantos casos, se decía Roberto, para descubrirme un cero. Antes, más anulado aún
de lo que lo estuviere a mi llegada como desvalido. El naufragio me había
sacudido e inducido a combatir por la vida, ahora no tengo nada por lo que
combatir y contra lo que combatir. Estoy condenado a un largo descanso. Estoy
aquí contemplando no el vacío de los espacios, sino el mío: y del nacerán sólo
tedio, tristeza y desesperación.
Dentro de poco no sólo yo, sino el mismo Daphne ya no será. Él y yo reducidos a
cosa fósil como este coral.
Porque la calavera de coral estaba aún allí en la puente, indemne de la
universal consunción y por ello substraída a la muerte, única cosa viva.
La figura peregrina volvió a dar sedal a los pensamientos de aquel náufrago
educado para descubrir nuevas tierras sólo a través del anteojo de la palabra.
Si el coral era cosa viva, díjose, era el único ser verdaderamente pensante en
tanto desorden de cualquier otro pensamiento. No podía sino pensar en la propia
ordenada complejidad, de la cual, no obstante, sabía todo, y sin la espera de
imprevistos desbarates de la propia arquitectura.
¿Viven y piensan las cosas? El Canónigo le había dicho un día que, para
justificar la vida y su desarrollo, es menester que en todas las cosas deban
haber flores de la materia, sporá, semillas. Las moléculas son disposiciones de
átomos determinados bajo figura determinada, y si Dios ha impuesto leyes al caos
de los átomos, sus compuestos no pueden ser llevados sino a generar
compuestos análogos. ¿Es posible que las piedras que conocemos sean aún las
sobrevividas al Diluvio, que tampoco ellas hayan mudado, y dellas otras no hayan
sido generadas?
Si el universo no es sino un conjunto de átomos simples que se chocan para
generar sus compuestos, no es posible que —una vez compuestos en los compuestos—
los átomos cesen de moverse. En todos los objetos debe mantenerse un movimiento
continuo: vertiginoso en los vientos, fluido y regulado en los cuerpos animales,
lento pero inexorable en los vegetales, y sin duda, más lento, pero no ausente
en los minerales. También aquel coral, muerto para la vida coralina, gozaba de
un propio agitarse subterráneo, propio de una piedra.
Roberto reflexionaba. Admitamos que cada cuerpo esté compuesto por átomos,
también los cuerpos pura y solamente extensos de los que hablan los Geómetras, y
que estos átomos sean indivisibles. Es seguro que una recta se puede dividir en
dos partes iguales, cualquiera que sea su longitud. Pero si la longitud es
insignificante, es posible que se haya de dividir en dos partes una recta
compuesta por un número impar de indivisibles. Esto querría decir, si no se
quiere que las dos partes resulten desiguales, que ha sido dividido en dos el
indivisible mediano. Pero éste, siendo a su vez extenso, y por tanto, a su vez
una recta, aunque sea de imperscrutable brevedad, debería ser a su vez divisible
en dos partes iguales. Y así al infinito.
El Canónigo decía que el átomo está compuesto siempre por partes, salvo que es
tan compacto que no podríamos dividirlo jamás allende su límite. Nosotros. ¿Y
otros?
No existe un cuerpo sólido tan compacto como el oro, y sin embargo, tomamos una
onza deste metal, y desta onza un batidor de oro obtendrá mil láminas, y la
mitad destas láminas será suficiente para dorar toda la superficie de un lingote
de plata. Y de la misma onza de oro, los que preparan los hilos de oro y de
plata para la pasamanería, con sus ruecas conseguirán reducirlo al espesor de un
cabello y ese hilillo tendrá una longitud igual a
un cuarto de legua y quizá más. El artesano se detiene a un cierto punto, porque
no posee instrumentos adecuados, ni siquiera con el ojo conseguiría divisar ya
el hilo que obtendría. Mas unos insectos —tan minúsculos que nosotros no podemos
verlos, y tan industriosos y sabios para superar en habilidad a todos los
artesanos de nuestra especie— podrían ser capaces de alargar aún ese hilo, de
suerte que pueda tenderse de Turín a París. Y si existieran los insectos de
aquellos insectos, ¿a qué sutileza no conduciría ese hilo?
Si con el ojo de Argos pudiera penetrar dentro de los polígonos deste coral y
dentro de las hebras que se irradian, y dentro de la hebra que constituye la
hebra, podría ir a buscar el átomo hasta el infinito. Mas un átomo que fuera
seccionable al infinito, produciendo partes cada vez más pequeñas y cada vez
seccionables, podría llevarme a un momento donde la materia no sería sino
infinita seccionabilidad, y toda su dureza y su plenitud se regirían sobre este
simple equilibrio entre vacíos. En vez de tener en horror a lo vacuo, la materia
lo adoraría y del estaría compuesta, sería vacío en sí misma, vacuidad absoluta.
La vacuidad absoluta estaría en el corazón mismo del centro geométrico
impensable, y este punto no sería sino esa isla de Utopía que nosotros soñamos
en un océano hecho siempre y sólo de aguas.
Si admitiéramos como hipótesis una extensión material hecha de átomos, pues, se
llegaría a no tener más átomos. ¿Qué quedaría? Unos turbillones. Salvo que los
turbillones no arrastrarían soles y planetas, materia plena que se opone a su
viento, porque soles y planetas serían turbillones también ellos, que arrastran
en su giro turbillones menores. Entonces el turbillón máximo que hace remolinear
a las galaxias, tendría en el propio centro otros turbillones, y éstos serían
turbillones de turbillones, remolinos hechos de otros remolinos, y el abismo del
gran remolino de remolinos de remolinos se abismaría en el infinito rigiéndose
sobre la Nada.
Y nosotros, moradores del gran coral del cosmos, creeríamos materia plena el
átomo (que con todo no vemos), mientras también él, como todo lo demás, sería un
ribetear de vacíos en el vacío, y llamaríamos ser, denso e incluso eterno, a ese
aquelarre de inconsistencias, a esa extensión infinita, que se identifica con la
nada absoluta, y que genera de su propio no ser la ilusión del todo.
¿Y aquí estoy yo iludiéndome sobre la ilusión de una ilusión, yo ilusión de mí
mismo? ¿Y tenía que perderlo todo, y caer en este hueco perdido en las
antípodas, para entender que no había nada que perder? ¿Mas comprendiendo esto,
no gano quizá todo, pues que me convierto en el único pensante en el que el
universo reconoce la propia ilusión?
Y sin embargo, si pienso, ¿no quiere decir que tengo un alma? Oh, qué maraña. El
todo está hecho de nada, y sin embargo, para entenderlo es necesario tener un
alma que, por poco que sea, nada no es.
¿Qué soy yo? Si digo yo, en el sentido de Roberto de la Grive, lo hago en cuanto
soy memoria de todos mis momentos pasados, la suma de todo lo que recuerdo. Si
digo yo, en el sentido de ese algo que está aquí en este momento, y no es el
palo de mayor o este coral, entonces soy la suma de lo que siento ahora. ¿Mas lo
que siento ahora qué es? Es el conjunto de esas relaciones entre presuntos
indivisibles que se han dispuesto en ese sistema de relaciones, en ese orden
particular que es mi cuerpo.
Y entonces mi alma no es, como quería Epicuro, una materia compuesta de
cuerpecillos más sutiles que los otros, un soplido mixto con calor, sino que es
el modo en que estas relaciones se sienten tales.
¡Qué tenue condensación, qué condensada impalpabilidad! Yo no soy sino una
relación entre mis partes que se perciben mientras están en relación la una con
la otra. Pero al ser estas partes a su vez divisibles en otras relaciones (y así
en adelante), entonces cualquier sistema de relaciones, teniendo conciencia de
sí mismo, antes bien, siendo la conciencia de sí mismo, sería un núcleo
pensante. Yo pienso en mí, en mi sangre, en mis nervios; mas cada gota de mi
sangre pensaría en sí misma.
¿Se pensaría tal como yo me pienso? Sin duda no, en la naturaleza, el hombre se
siente a sí mismo de manera harto compleja, el animal un poco menos (es capaz de
apetito, por ejemplo, pero no de remordimiento), y una planta se siente crecer,
y desde luego, siente cuándo la cortan, y quizá dice yo, pero en un sentido
harto más oscuro de como yo lo hago. Todas las cosas piensan, según lo
complicadas que son.
Si así es, entonces piensan también las piedras. También esa piedra, que luego
piedra no es, sino que era un vegetal (¿o un animal?). ¿Cómo pensará? Como
piedra. Si Dios, que es la gran relación de todas las relaciones del universo,
se piensa a sí mismo pensante, como quiere el Filósofo, esta piedra se pensará a
sí misma solamente petrante. Dios piensa la realidad entera y los infinitos
mundos que crea y que hace subsistir con su pensamiento, yo pienso mi amor
infeliz, mi soledad en este navío, pienso en mis padres difuntos, en mis pecados
y en mi muerte ventura, y esta piedra quizá piensa solamente yo piedra, yo
piedra, yo piedra. Antes, quizá no sabe decir ni siquiera yo. Piensa: piedra,
piedra, piedra.
Debería ser aburrido. O soy yo el que experimenta aburrimiento, yo que puedo
pensar más, y él (o ella) está en cambio plenamente satisfecho de su propio ser
piedra, tan feliz como Dios. Porque Dios goza de ser Todo y esta piedra goza de
ser casi nada, y no conociendo otro modo de ser, del propio se complace
eternamente satisfecha de sí…
¿Mas será luego verdad que la piedra no siente nada más que su petreidad? El
Canónigo decíame que también las piedras son cuerpos que en determinadas
ocasiones se queman y se convierten en otra cosa. En efecto, una piedra cae en
un volcán, por el intenso calor de ese ungüento de fuego, que los antiguos
llamaban Magma, se funde con otras piedras, se convierte en una
sola masa incandescente, va, y a cabo de poco (o mucho) se halla parte de una
piedra mayor. ¿Posible que en el cesar de ser esa piedra, y en el momento de
convertirse en otra, no sienta la propia calefacción, y con ella la inminencia
de la propia muerte?
El sol batía sobre el combés, una brisa ligera aliviaba su calor, el sudor se
secaba sobre la piel de Roberto. Ocupado desde hacía tanto tiempo en
representarse como piedra petrificada por la dulce Medusa que lo había enredado
con su mirada, resolvió intentar pensar como piensan las piedras, quizá para
acostumbrarse al día en que hubiere sido simple y blanca aglomeración de huesos
expuesta a ese mismo sol, a ese mismo viento.
Se desnudó, se tumbó, con los ojos cerrados, y con los dedos en las orejas, para
que no le molestara ningún ruido, como a buen seguro le acontece a una piedra,
que no tiene órganos de sentido. Intentó anular todos sus recuerdos, todas las
exigencias de su cuerpo humano. Si hubiera podido habría anulado la propia piel,
y no pudiéndolo se ingeniaba en hacerla lo más insensible que podía.
Soy una piedra, soy una piedra, se decía. Y luego para evitar incluso hablarse a
sí mismo: piedra, piedra, piedra.
¿Qué sentiría si fuera de verdad una piedra? En primer lugar, el movimiento de
los átomos que me componen, es decir, el estable vibrar de las posiciones que
las partes de mis partes de mis partes mantienen entre ellas. Sentiría el zumbar
de mi pedrear. Mas no podría decir yo, porque para decir yo es necesario que
haya otros, algo que no soy yo a lo que oponerme. En principio, la piedra no
puede saber que hay algo fuera de sí. Zumba, piedra de sí misma petrante, e
ignora lo demás. Es un mundo. Un mundo que mundea solo.
Sin embargo, si toco este coral, siento que la superficie ha retenido el calor
del sol en la parte expuesta, mientras la parte que apoyaba sobre la puente está
más fría; y si lo partiera por la mitad sentiría quizá que el calor decrece de
la cima a la base.
Ahora bien, en un cuerpo caliente, los átomos se mueven más furiosamente, y por
tanto, esta piedra, si se siente como movimiento, no puede sino sentir en su
propio interior un diferenciarse de movimientos. Si quedara eternamente expuesta
al sol en la misma posición, quizá empezaría a distinguir algo como un arriba y
un abajo, por lo menos como dos tipos diferentes de movimiento. No sabiendo que
la causa de esta diversidad es un agente exterior, se pensaría así, como si ese
movimiento fuera su naturaleza. Pero si se formara un desprendimiento de tierra
y la piedra rodara hasta el valle y adoptara otra posición, sentiría que otras
de sus partes ahora se mueven, de lentas que eran, mientras las primeras, que
eran veloces, ahora van a paso más lento. Y mientras el terreno se desmorona (y
podría ser un proceso lentísimo) sentiría que el calor, es decir, el movimiento
que deriva, pasa grado a grado de una parte a la otra de sí misma.
Así pensando, Roberto exponía lentamente lados diferentes de su cuerpo a los
rayos solares, rodando por la puente, hasta encontrar una zona de sombra,
enfriándose ligeramente como habría debido pasarle a la piedra.
Quién sabe, preguntábase, si en estos movimientos la piedra no empieza a tener,
si no el concepto de lugar, por lo menos el de parte: sin duda, en cualquier
caso, el de mutación. No de pasión, sin embargo, porque no conoce su opuesto,
que es la acción. O quizá sí. Porque que ella es piedra, así compuesta, lo
siente siempre, mientras que está ahora caliente aquí, ahora fría allá lo siente
de modo alterno. Por tanto, de alguna manera, es capaz de distinguirse a sí
misma como substancia de los propios accidentes. O no: porque si se siente a sí
misma como relación, sentiría sí misma como relación entre accidentes
diferentes. Se sentiría como substancia en transformación. ¿Y qué quiere decir?
¿Me siento yo de manera diferente? Quién sabe si las piedras piensan como
Aristóteles o como el Canónigo. Todo esto, en cualquier caso, podría tomarle
milenios, aunque no es éste el
problema: es si la piedra puede hacer tesoro de sucesivas percepciones de sí
misma. Porque si se sintiera ahora caliente arriba y fría abajo, y luego
viceversa, pero en el segundo estado no recordara el primero, creería siempre
que su movimiento interior es el mismo.
Mas, ¿por qué, si tiene percepción de sí, no ha de tener memoria? La memoria es
una potencia del alma, y por pequeña que sea el alma que la piedra tiene, tendrá
memoria en proporción.
Tener memoria significa tener noción del antes y del después, si no, también yo
creería siempre que la pena o el gozo de los que me acuerdo están presentes en
el instante en que los recuerdo. En cambio, sé que son percepciones pasadas
porque son más débiles que las presentes. El problema es, por tanto, tener el
sentimiento del tiempo. Lo que quizá ni siquiera yo podría tener, si el tiempo
fuera algo que se aprende. ¿No me decía días ha, o meses, antes de la
enfermedad, que el tiempo es la condición del movimiento, y no el resultado? Si
las partes de la piedra están en movimiento, este movimiento tendrá un ritmo
que, aunque inaudible, será como el ruido de un reloj. La piedra, sería el reloj
de sí misma. Sentirse en movimiento significa sentir latir el propio tiempo. La
tierra, gran piedra en el cielo, siente el tiempo de su movimiento, el tiempo de
la respiración de sus mareas, y lo que ella siente yo lo veo dibujarse sobre la
bóveda estrellada: la tierra siente el mismo tiempo que yo veo.
Por tanto, la piedra conoce el tiempo, es más, lo conoce incluso antes de
percibir sus cambios de calor como movimiento en el espacio. Por lo que sé,
podría no advertir ni siquiera que el cambio de calor depende de su posición en
el espacio: podría entenderlo como un fenómeno de mutación en el tiempo, como el
paso del sueño a la vigilia, de la energía al cansancio, como yo ahora estoy
dando en la cuenta de que, quedándome quieto como estoy, me hormiguea el pie
izquierdo. Pero no, debe sentir también el espacio, si advierte el movimiento
donde antes estaba
el reposo, y el reposo allá donde antes estaba el movimiento. La piedra, por
tanto, sabe pensar aquí y allá.
Imaginemos ahora que alguien recoja esta piedra y la encaje entre otras piedras
para construir una pared. Si antes advertía el juego de las propias posiciones
interiores era porque sentía los propios átomos tendidos en el esfuerzo de
componerse como las celdas de un nido de abejas, tupidos el uno contra el otro y
el uno entre los otros, como deberían sentirse las piedras de la bóveda de una
iglesia, donde la una empuja a la otra y todas empujan hacia la clave central, y
las piedras próximas a la clave empujan las otras hacia abajo y hacia afuera.
Habiéndose acostumbrado a ese juego de empujes y contraempujes, toda la bóveda
debería sentirse como tal, en el movimiento invisible que hacen sus ladrillos
para empujarse mutuamente; al igual debería advertir el esfuerzo que alguien
hace para derribarla y entender que cesa de ser bóveda en el momento en el que
el muro subyacente, con sus contrafuertes, cae.
Así pues, la piedra, urgida por las otras piedras a tal grado que está a punto
de romperse (y si la presión fuera mayor se resquebrajaría), debe sentir esta
constricción como una constricción que antes no advertía, una presión que de
algún modo debe influir sobre el propio movimiento interior. ¿No será éste el
momento en que la piedra advierta la presencia de algo exterior a sí? La piedra
tendría entonces conciencia del Mundo. O quizá pensaría que la fuerza que la
oprime es algo más fuerte que ella, e identificaría al Mundo con Dios.
Mas el día que ese muro se desplomare, cesada la constricción, ¿advertiría la
piedra el sentimiento de la Libertad, como lo advertiría yo, si me decidiera a
salir de la constricción que me he impuesto? Salvo que yo puedo querer cesar de
estar en este estado, la piedra no. Por tanto, la libertad es una pasión,
mientras la voluntad de ser libre es una acción, y ésta es la diferencia entre
la piedra y yo. Yo puedo querer. La piedra, a la
sumo (¿y por qué no?), puede sólo tender a volver a como era antes del muro, y
sentir placer cuando se vuelve de nuevo libre, pero no puede decidir actuar para
realizar lo que le gusta.
¿Puedo yo de verdad querer? En este momento yo experimento el placer de ser
piedra, el sol me calienta, el viento me hace aceptable esta concocción de mi
cuerpo, no tengo ninguna intención de cesar de ser piedra. ¿Por qué? Porque me
gusta. Por tanto, también yo soy esclavo de una pasión, que me desaconseja
querer libremente el propio contrario. Sin embargo, queriendo, podría querer. Y
sin embargo, no lo hago. ¿Cuánto más libre soy que una piedra?
No hay pensamiento más tremendo, sobre todo para un filósofo, que el del libre
albedrío. Por pusilanimidad filosófica, Roberto lo alejó como pensamiento
demasiado grave; para él, sin duda, y con mayor razón para una piedra, a la que
ya había otorgado las pasiones pero había quitado toda posibilidad de acción. En
cualquier caso, incluso sin poderse plantear preguntas sobre la posibilidad o no
de condenarse voluntariamente, la piedra había adquirido ya muchas y nobilísimas
facultades, más de lo que los seres humanos le hubieran atribuido jamás.
Roberto preguntábase ahora más bien si en el momento en el que caía en el
volcán, la piedra tenía conciencia de la propia muerte. A buen seguro no, porque
no había sabido jamás qué quería decir morir. Mas cuando hubiera desaparecido
del todo en el magma, ¿podía tener noción de su muerte acaecida? No, porque ya
no existía aquel compuesto individual piedra. Por otro lado, ¿hemos sabido jamás
de un hombre que haya dado en la cuenta de estar muerto? Si algo se pensaba a sí
mismo, habría sido ahora el magma: yo magmo, yo magmo, yo magmo, chuf chaf, yo
fluyo, fluo, fluesco, fluido, flaf flof, pluf, yo borboto, borbollo burbujas
ebullentes, regurgito gárgaras, gargajo gargajeo, cuajo. Pías. Y al fingirse
magma Roberto arrojaba flemas por la boca como un perro afectado de hidrofobia e
intentaba extraer borbotones de sus vísceras. Iba casi a hacer de cuerpo. No
estaba hecho para ser magma, mejor volver a pensar como piedra.,
¿Mas qué le importa a la piedra que fue que el magma se magme a sí mismo
magmante? No hay para las piedras una vida después de la muerte. No la hay para
nadie a quien le haya sido prometido y concedido, después de la muerte,
convertirse en planta o animal. ¿Qué acontecería si yo muriera y todos mis
átomos se recompusieran, después de que mis carnes se han distribuido bien en la
tierra y se han filtrado a lo largo de las raíces en la bella forma de una
palmera? ¿Diría yo palmeral Lo diría la palmera, no menos pensante que una
piedra. Pero cuando la palmera dijera yo, ¿querría decir yo Roberto? Estaría mal
substraerle el derecho de decir yo palmera. ¿Y qué palmera sería si dijera yo
Roberto soy palmeral Ese compuesto que podía decir yo Roberto, que se percibía
como aquel compuesto, ya no existe. Y si ya no existe, con la percepción habrá
perdido también la memoria de sí. No podría ni siquiera decir yo palmera era
Roberto. Si esto fuera posible, yo tendría que saber ahora que yo Roberto un
tiempo era… ¿qué sé yo? Algo. Y en cambio, no me acuerdo en absoluto. Lo que era
antes ya no lo sé, así como soy incapaz de acordarme de aquel feto que era en el
vientre de mi madre. Yo sé haber sido un feto porque me lo han dicho los demás,
pero por lo que me atañe habría podido no haberlo sido jamás.
Dios mío, podría gozar del alma, y podrían gozar della incluso las piedras, y
precisamente del alma de las piedras aprehendo que mi alma no sobrevivirá a mi
cuerpo. ¿Qué hago pensando, y jugando a hacer de piedra, si luego no sabré ya
nada de mí?
Pero a fin de cuentas, ¿qué es este yo que yo creo me piensa a mí? ¿No he dicho
que no es sino la conciencia que el vacío, idéntico a la extensión, tiene de sí
mismo en este particular
compuesto? Así pues, no soy yo el que piensa, sino que son el vacío, o la
extensión, los que me piensan. Y entonces este compuesto es un accidente, en el
cual el vacío y la extensión se han demorado un abrir y cerrar de ojos, para
poder luego volver a pensarse de otro modo. En este gran vacío del vacío, lo
único que verdaderamente existe es el trabajo de este llegar a ser y
transformarse y dejar de ser de innumerables compuestos transitorios…
¿Compuestos de qué? De la única gran nada, que es la Substancia del todo.
Regulada por una majestuosa necesidad, que la lleva a crear y a destruir mundos,
a entretejer nuestras pálidas vidas. Si la acepto, si esta Necesidad consigo
amar, volver a ella, y doblegarme a sus futuros deseos, esto es la condición de
la Felicidad. Sólo aceptando su ley encontraré mi libertad. Refluir en Ella será
la Salvación, la fuga de las pasiones en la única pasión, el Amor Intelectual de
Dios.
Si esto consiguiera de verdad comprender, sería verdaderamente el único hombre
que ha encontrado la Verdadera Filosofía, y sabría todo del Dios que se esconde.
¿Pero quién tendría valor de ir por el mundo y proclamar esta filosofía? Éste es
el secreto que yo llevaré conmigo a la tumba de las Antípodas.
Ya lo he dicho, Roberto no tenía el temple del filósofo. Llegado a esta
Epifanía, que había amolado con la severidad con la que el óptico bruñe su
lente, tuvo —y de nuevo— una apostasía amorosa. Pues que las piedras no aman, se
puso sentado volviendo hombre amante.
Entonces, se dijo, si es hacia el gran mar de la grande y única substancia a
donde deberemos volver todos, allá abajo, o allá arriba, o doquiera que esté
ella, ¡yo volveré a unirme idéntico a la Señora! Seremos ambos parte y todo del
mismo macrocosmos. Yo
seré ella, ella será yo. ¿No es éste el sentido
profundo del mito de Hermafrodito? Lilia y yo, un solo cuerpo y un solo
pensamiento…
¿Y acaso no he anticipado ya este acaecimiento? Desde hace días (¿semanas,
meses?) yo estoy haciéndola vivir en un mundo que es todo mío, aunque sea a
través de Ferrante. Ella ya es pensamiento de mi pensamiento.
Quizá es esto, el escribir Novelas: vivir a través de los propios personajes,
hacer que éstos vivan en nuestro mundo, y entregarse a sí mismo y a las propias
criaturas al pensamiento de los que vendrán, incluso cuando nosotros ya no
podamos decir yo…
Mas si es así, depende sólo de mí eliminar a Ferrante de mi mismo mundo, hacer
que gobierne su desaparición la justicia divina, y crear las condiciones por las
cuales yo pueda volver a unirme con Lilia.
Lleno de nuevo entusiasmo, Roberto decidió pensar el último capítulo de su
historia.
No sabía que, sobre todo cuando los autores ya están decididos a morir, las
Novelas a menudo se escriben solas, y van donde ellas quieren.
38
SOBRE LA NATURALEZA Y LUGAR DEL INFIERNO
Roberto se contó que, vagando de ínsula en ínsula, y buscando más su placer que
el justo rumbo, Ferrante, incapaz de sacar aviso de las señales que el eunuco
mandaba a la herida de Biscarat, había perdido al fin cualquier noción de dónde
se encontraba.
La nave por tanto iba, las pocas vituallas se habían podrido, el agua apestaba.
Para que la chusma no diera en la cuenta, Ferrante obligaba a cada uno a bajar
sólo una vez al día a la bodega y coger en la obscuridad lo poco que era
necesario para sobrevivir, y que nadie habría sufrido mirar.
Única que no advertía nada, Lilia, que soportaba con serenidad todas las
vejaciones, y parecía vivir de una gota de agua y de una nada de bizcocho,
ansiosa de que el amado sobresaliera en su empresa. En cuanto a Ferrante,
insensible a aquel amor sino por el placer que del obtenía, seguía incitando a
sus marineros haciéndoles centellear ante los ojos de su cudicia imágenes de
riqueza. Y así un ciego cegado por el rencor guiaba a otros ciegos cegados por
la cudicia, manteniendo prisionera de sus lazos a una ciega belleza.
A muchos del marinaje, sin embargo, por la gran sed se les hinchaban las encías,
que empezaban a cubrir todo el diente; las piernas se sembraban de abscesos, y
su pestilencial secreción subía hasta las partes vitales.
Así fue como, habiendo descendido más allá del grado veinte y cinco de latitud
sur, Ferrante había tenido que arrostrar un motín. Lo había hecho sirviéndose de
un grupo de cinco piratas más fieles (Andrápodo, Bórides, Ordoño, Safar y
Asprando), y los rebeldes habían sido abandonados con pocos bastimentos en el
esquife. Mas con ello, el Tweede Daphne se había privado de un medio de
salvataje. Qué importaba, decía Ferrante, de aquí a poco estaremos en el lugar
adonde nos arrastra nuestra execrable hambre de oro. Pero los hombres ya no
bastaban para gobernar el navío.
Ni tenían ganas ya de hacerlo: habiendo tendido una sólida mano a su jefe, ahora
queríanse sus iguales. Uno de los cinco había espiado a aquel misterioso
hidalgo, que subía tan raramente a la puente, y había descubierto que se trataba
de una mujer. Entonces aquellos últimos nefarios se habían encarado con Ferrante
pidiéndole la pasajera. A Ferrante, Adonis en el aspecto, pero Vulcano en el
alma, le interesaba más Plutón que Venus, y fue una suerte que Lilia no lo oyera
mientras les susurraba a los amotinados que habría asentado pactos con ellos.
Roberto no tenía que permitirle a Ferrante que llevara a cabo esta última
ignominia. Quiso, pues, que en aquel punto Neptuno se airase de que alguien
pudiera franquear sus campos sin temor de su ira. O, para no imaginar el asunto
de manera tan pagana, aun cuando conceptuoso: imaginó que era imposible (si una
novela debe transmitir también una enseñanza moral) que el Cielo no castigara
aquel bajel de perfidias. Y gozaba figurándose que los Notos, los Aquilones, y
los Austros, enemigos incansables del sosiego del mar, aunque hasta entonces
habían dejado a los plácidos Zéfiros el cuidado de batir la senda por la cual el
Tweede
Daphne seguía su viaje, encerrados en sus aposentos subterráneos mostrábanse ya
impacientes.
Los hizo estallar a todos de repente. Al gemido de las tablazones hacían bordón
los lamentos de los marineros, el mar vomitaba sobre ellos y ellos vomitaban en
el mar, y a veces una ola los envolvía de suerte tal que desde las riberas
alguien habría podido tomar aquella puente por un ataúd de hielo, a cuyo
alrededor las centellas se encendían como cirios.
Primeramente, la tempestad oponía nubes a nubes, aguas a aguas, vientos a
vientos. Bien pronto el mar había salido de sus prescritos confines y crecía
turgente hacia el cielo, bajaba ruinosa la lluvia, el agua mezclábase con el
aire, el pájaro aprendía la natación y el vuelo el pez. Ya no era una lucha de
la naturaleza contra los navegantes, sino una batalla de los elementos entre
ellos. No había un átomo de aire que no se hubiere transformado en una esfera de
granizo, y Neptuno subía para extinguir los relámpagos en las manos de Júpiter,
para privarle del placer de quemar a aquellos humanos, que él quería, en cambio,
anegados. El mar cavaba una tumba en su mismo seno para substraerlos a la tierra
y, como veía el bajel apuntar sin gobierno hacia un escollo, con súbito revés
hacíalo proceder en otra dirección.
La nave se hundía, en popa y en proa, y cada vez que bajaba parecía que volara
desde lo alto de una torre: la popa se abismaba hasta la galería, y en la proa
el agua parecía querer engullir el bauprés.
Andrápodo, que estaba intentando atar una vela, había sido arrancado de la
entena y precipitando en el mar había golpeado a Bórides que tendía una cuerda,
desarticulándole la cabeza.
El buque rehusaba ahora obedecer al timonel Ordoño, mientras otra ráfaga rasgaba
de golpe el perico de la mesana. Safar se las ingeniaba para arriar las velas,
incitado por Ferrante que profería blasfemias, pero no había acabado de asegurar
la gavia cuando el navío se había puesto de través y había recibido por la banda
tres embates de tal magnitud que Safar había sido
despedido más allá del bordo. El palo mayor, de golpe, se había partido,
desplomándose en el mar, no sin haber antes asolado la puente y quebrantado el
cráneo a Asprando. Y por fin, el gobernalle se había roto en pedazos, mientras
un golpe enloquecido de la caña le quitaba la vida a Ordoño. Ya aquel muñón de
madera carecía de marinaje, mientras los últimos ratones volcábanse allende el
bordo, cayendo en el agua de la que querían huir.
Parece imposible que Ferrante, en tanta gresca, pensara en Lilia, pues que del
nos esperaríamos que fuera solícito sólo de la propia incolumidad. No sé si
Roberto había pensado que estaba violando las leyes de lo verisímil, mas, con
tal de no dejar fenecer a aquella a la que había dado el corazón, tuvo que
concederle un corazón también a Ferrante. Aunque fuera por un instante.
Ferrante, por tanto, arrastra a Lilia a la cubierta, ¿y qué hace? La experiencia
le enseñaba a Roberto que habría tenido que atarla sólidamente a una tabla,
dejándola deslizarse en el mar y confiando en que ni siquiera las fieras del
Abismo habrían negado piedad a tanta belleza.
Después de lo cual, Ferrante aferra también él un pedazo de madera, y se apresta
a atárselo. Mas en aquel momento asoma en la cubierta, sabe Dios cómo, desatado
de su patíbulo por la zozobra de la bodega, con las manos aún encadenadas, más
parecido a un muerto que a un vivo, pero con los ojos avivados por el odio,
Biscarat.
Biscarat, que durante todo el viaje había permanecido, como el perro del
Amarilis, sufriendo en los cepos mientras cada día le reabrían aquella herida
que luego le curaban por poco. Biscarat, que había transcurrido aquellos meses
con un pensamiento único: vengarse de Ferrante.
Deus ex machina, Biscarat aparece de repente a las espaldas de Ferrante, que ya
tiene un pie en el pasamanos, levanta los brazos y los pasa, haciendo de la
cadena una soga, ante el rostro de Ferrante, y le atenaza la garganta. Y
gritando «¡Conmigo,
conmigo al infierno al fin!» se le ve (casi se siente) darle un apretón tal que
el cuello de Ferrante se quiebra mientras la lengua asoma de aquellos labios
blasfemos y acompaña su última rabia. Hasta que el cuerpo sin alma del
ajusticiado, precipitando, arrastra consigo, como un manto, el cuerpo aún vivo
del verdugo, que marcha victorioso al encuentro de las ondas en guerra con el
corazón por fin en paz.
Roberto no consiguió imaginar los sentimientos de Lilia ante aquella visión, y
esperó que no hubiera visto nada. Como no recordaba qué le había pasado a él
desde el momento en que había sido arrebatado por el ciclón, ni siquiera
conseguía imaginar qué podía haberle sucedido a ella.
En realidad, estaba tan embargado por el deber de enviar a Ferrante a su justo
castigo que resolvió seguir, ante todo, su suerte en la ultratumba. Y dejó a
Lilia en la vorágine vasta.
El cuerpo sin vida de Ferrante había sido arrojado, entre tanto, en una playa
desierta. El mar estaba apacible, como agua en una taza, y en la ribera no había
resaca alguna. Todo estaba envuelto por una ligera bruma, como acontece cuando
el sol ya ha desaparecido pero la noche aún no ha tomado posesión del cielo.
Inmediatamente después de la playa, sin que árboles o zarzas señalaran su fin,
veíase una llanura absolutamente mineral, donde incluso los que desde lejos
parecían cipreses, se revelaban luego como obeliscos de plomo. En el horizonte,
hacia occidente, se elevaba un relieve montuoso, ya obscuro a la vista si no se
hubieran divisado algunas llamitas a lo largo de las laderas, que le daban una
apariencia de cementerio. Encima de aquel macizo descansaban largas nubes negras
con vientre de carbón que se apaga, de una forma sólida y compacta, como los
huesos de jibia de ciertos cuadros o dibujos, que si se los mira luego al sesgo
se
contraen en forma de calavera. Entre las nubes y el monte, el cielo se bañaba
aún de amarillez. Y se habría dicho, aquél, el último espacio aéreo aún tocado
por el sol moribundo, si no fuera que hacía la impresión de que aquel último
conato de ocaso no hubiera tenido inicio jamás, y jamás habría tenido fin.
Allá donde la llanura empezaba a hacerse declivio, Ferrante oteó una pequeña
hilera de hombres, y movióse hacia ellos.
Hombres, o seres de todos modos humanos, tal era su aspecto desde lejos pero, en
cuanto Ferrante los hubo alcanzado, vio que, si hombres habían sido, ahora se
habían transformado más bien —o estaban en camino de transformarse— en
instrumentos para un anfiteatro de anatomía. Así los quería Roberto, porque
recordaba haber visitado un día uno de esos lugares donde un grupo de médicos
con trajes oscuros y semblante rubicundo, con pequeñas venas encendidas en la
nariz y en las mejillas, en acto que parecía de verdugo, estaban en torno a un
cadáver para exponer en el exterior lo que era interior, y descubrir en los
muertos los secretos de los vivos. Quitaban la piel, cortaban las carnes,
desenvainaban los huesos, desenlazaban los vínculos de los nervios, desanudaban
madejas de músculos, abrían los órganos de los sentidos, ofrecían separadas
todas las membranas, desligados todos los cartílagos, desprendidos todos los
despojos. Bien distinta cada fibra, dividida cada arteria, descubierta cada
médula, mostraban a los espectadores las oficinas vitales: aquí la comida se
cuece, la sangre aquí se purga, el alimento aquí se dispensa, aquí se forman los
humores, aquí se templan los espíritus… Y alguien junto a Roberto había
observado en voz baja que, después de nuestra muerte terrenal, no de otra forma
habría hecho la naturaleza.
Mas un Dios anatomista había tocado de manera diferente a aquellos moradores de
la isla, que ahora Ferrante veía cada vez más de cerca.
El primero era un cuerpo privado de piel, los haces de los músculos tendidos, en
un gesto de abandono los brazos, el
semblante doliente hacia el cielo, todo cráneo y pómulos. Al segundo, el cuero
de las manos apenas pendía colgado de las yemas como un guante, y en las piernas
arremangábase bajo la rodilla como una blanda bota.
De un tercero, antes la piel, luego los músculos habían sido tan estirados que
el cuerpo entero, y sobre todo el rostro, parecía un libro abierto. Como si
aquel cuerpo quisiere enseñar piel, carne y huesos al mismo tiempo, tres veces
humano y tres veces mortal; mas parecía un insecto al que aquellos harapos
fuéranle alas, si en aquella isla hubiera habido un viento que las agitara. Y
estas alas no se movían por la fuerza del aire, inmóvil en aquel crepúsculo: se
agitaban apenas ante los movimientos de aquel cuerpo derrengado.
Poco alejado, un esqueleto se apoyaba en una pala, quizá para cavarse la tumba,
las órbitas hacia el cielo, una mueca en el arco corvo de los dientes, la mano
izquierda implorando piedad y atención. Otro esqueleto encorvado ofrecía de
espaldas la espina del dorso arqueada, andando a respingos con las manos
huesudas sobre el rostro gacho.
Uno, que Ferrante vio sólo de espaldas, tenía aún cuero cabelludo sobre el
cráneo descarnado, en guisa de gorro calado a fuerza.
Pero el forro (pálido y rosa como una concha marina), el fieltro que sostenía el
pellejo, estaba formado por el cutis, cortado a la altura del cogote y vuelto
hacia arriba.
Había algunos a los que casi todo había sido substraído, y parecían esculturas
de solos nervios. Y en el tronco del cuello, ya acéfalo, venteaban los que un
tiempo estaban arraigados a un cerebro. Las piernas parecían un entrelazamiento
de mimbres.
Había otros que, con el abdomen abierto, dejaban palpitar intestinos color
cólquico, como dolientes glotones embuchados de callos mal digeridos. Allá donde
habían tenido un pene, ya despellejado y reducido a rabillo de hoja, agitábanse
sólo los testículos secos.
Ferrante vio que ya sólo eran venas y arterias, laboratorio móvil de un
alquimista, fístulas y cánulas en movimiento perpetuo, destilando la sangre
exangüe de aquellas noctilucas apagadas a la luz de un sol ausente.
Estaban aquellos cuerpos en grande y doloroso silencio. En algunos se
vislumbraban los signos de una lentísima transformación que, de estatuas de
carne, los estaba sutilizando en estatuas de fibras.
El último de aquéllos, desollado como un San Bartolomé, llevaba alta en la mano
derecha la piel aún sanguinolenta, floja como una capa plegada. A ésta se le
reconocía aún un rostro, con los agujeros de los ojos y de las narices, y la
caverna de la boca, que parecían el último vertido de una máscara de cera
expuesta a un subitáneo calor.
Y aquel hombre (es decir, la boca desdentada y deformada de su piel) le habló a
Ferrante.
—Malvenido —le dijo—, a la Tierra de los Muertos que nosotros llamamos Isla
Vesalia. Dentro de poco también tú seguirás nuestra suerte, mas no habrás de
creer que cada uno de nosotros se extinga con la rapidez concedida por el
sepulcro. Según nuestra condena, cada uno de nosotros es conducido a un estadio
suyo propio de descomposición, para hacernos saborear la extinción, que para
cada uno de nosotros sería el máximo júbilo. ¡Oh qué leticia, imaginarnos sesos
que apenas tocados se despachurraran, pulmones que reventaran al primer soplo de
aire que los esforzara una vez más, corambres que a todo cedieran, mollejas que
se reblandecieran, gorduras que se colicuaran! Pues bien, no. Así como nos ves,
nosotros hemos llegado cada uno a nuestro estado sin percatarnos, por
imperceptible mutación en el curso de la cual cada hilacha nuestra hase
consumido en el transcurso de mil y mil y mil años. Y nadie sabe hasta qué punto
nos ha sido concedido consumirnos, de suerte que aquéllos que
ves allá abajo, reducidos a los solos huesos, esperan aún poder morir un poco, y
quizá hace milenios que se agotan en esa espera; otros, como yo, están en esta
semblanza ya no sé desde cuándo, porque en esta noche siempre inminente hemos
perdido todo sentimiento del pasar del tiempo, y con todo, aún espero que me
haya sido concedida una anulación lentísima. Así cada uno de nosotros anhela un
descomponerse que, bien lo sabemos, no será jamás total, siempre esperando que
la Eternidad no haya empezado aún para nosotros, y con todo y con eso, temiendo
estar dentro della desde nuestro antiquísimo desembarco en esta tierra. Nosotros
creíamos, cuando vivíamos, que el infierno era el lugar de la eterna
desesperación, porque así nos dijeron. Pobres de nosotros, no, que el infierno
es el lugar de una inapagable esperanza, que hace cada día peor que el otro,
pues que esta sed, que se nos mantiene viva, jamás es satisfecha. Teniendo
siempre un vislumbre de cuerpo, y todos los cuerpos tendiendo al crecimiento o a
la muerte, no cesamos de esperar; y sólo así nuestro Juez ha sentenciado que
nosotros pudiéramos sufrir in saecula.
Había preguntado Ferrante: —¿Pues qué esperáis?
—Di más bien qué esperarás tú también… Esperarás que una nada de viento, una
mínima crecida de marea, la llegada de una sola sabandija hambrienta nos
restituya átomo por átomo al gran vacío del universo, donde podríamos participar
aún de alguna manera en el ciclo de la vida. Pero aquí el aire no se agita, el
mar permanece inmóvil, no sentimos jamás frío ni calor, no conocemos ni albas ni
ocasos, y esta tierra más muerta que nosotros no produce ninguna vida animal.
¡Oh los gusanos, que la muerte nos prometía un día! ¡Oh amadas lombricillas,
madres de nuestro espíritu que podría aún renacer! ¡Chupando nuestra hiel nos
rociaríais piadosas con la leche de la inocencia! ¡Mordiéndonos, sanaríais los
mordiscos de nuestras culpas, acunándonos con vuestros vicios de muerte nos
daríais nueva vida, porque tanto
valdría para nosotros la tumba como un regazo materno… Pero nada de esto
acaecerá. Esto sabemos nosotros, y con todo, esto el cuerpo nuestro lo olvida a
cada instante.
—Y Dios —había preguntado Ferrante—, Dios, ¿Dios ríe?
—Ay infelices, no —había contestado el desollado—, porque también la humillación
nos exaltaría. ¡Hermoso sería si viéramos por lo menos a un Dios que ríe, que se
mofa de nosotros! ¡Qué distracción nos sería el espectáculo del Señor que desde
su trono en compañía de sus santos nos escarneciera! Tendríamos la visión del
gozo ajeno, tan regocijante como la visión del enojo ajeno. No, aquí nadie se
desdeña, nadie ríe, nadie se muestra. Aquí Dios no está. Sola está una esperanza
sin meta.
—Por Dios, que sean malditos todos los santos —intentó gritar entonces Ferrante
encruelecido—, ¡si estoy condenado, tendré buen derecho de representarme a mí
mismo el espectáculo de mi furor!
Pero dio en la cuenta de que la voz le salía feble del pecho, su cuerpo estaba
postrado, y no podía ni siquiera enfurecerse.
—Ves —le había dicho el desollado, sin que su boca consiguiera sonreír—, tu pena
ya ha empezado. Ni siquiera el odio te está permitido. Esta isla es el único
lugar del universo donde no está permitido sufrir, donde una esperanza sin
energía no se distingue de un aburrimiento sin fondo.
Roberto había seguido construyendo el fin de Ferrante, siempre permaneciendo en
la cubierta, desnudo como se había puesto para convertirse en piedra, y entre
tanto, el sol le había quemado el rostro, el pecho y las piernas, devolviéndolo
a aquel calor febricitante al cual había escapado hacía no mucho. Dispuesto ya a
confundir no sólo la novela con la realidad, sino también el ardor del ánimo con
el del cuerpo, se había sentido volver a encender de amor. ¿Y Lilia? ¿Qué le
había acaecido a
Lilia mientras el cadáver de Ferrante iba a alcanzar la isla de los muertos?
Con un gesto no raro en los narradores de Novelas, cuando no saben cómo frenar
la impaciencia y ya no observan las unidades de tiempo y de lugar, Roberto saltó
de un brinco los acontecimientos para volver a encontrar a Lilia días después,
asida a aquella tabla, mientras procedía por un mar ya tranquilo que refulgía
bajo el sol, y se acercaba (y esto, amable lector mío, tú no habrías osado
prever jamás) a la costa oriental de la Isla de Salomón, es decir por la parte
opuesta a aquélla en la que estaba anclado el Daphne.
Aquí, Roberto habíalo sabido por el padre Caspar, las playas eran menos
amigables de lo que lo eran hacia el oeste. La tabla, ya incapaz de resistir, se
había roto chocando contra un escollo. Lilia se había despertado y se había
agarrado a aquella roca, mientras los añicos de la balsa se perdían entre las
corrientes.
Ahora ella estaba allí, en una piedra que apenas podía acogerla, y un trecho de
agua, para ella océano, la separaba de la ribera. Zarandeada por el tifón,
debilitada por el ayuno, atormentada aún más por la sed, no podía arrastrarse
del escollo a la arena, allende la cual, con una mirada empañada adivinaba un
desteñirse de formas vegetales.
La roca era tórrida bajo el tierno costado y, respirando con esfuerzo, en vez de
refrescar el interno ardor, atraía hacia sí el ardor del aire.
Esperaba que no muy lejos manaran ágiles arroyos de peñascos umbrosos, pero
estos sueños no la deleitaban, sino que le reavivaban la sed. Quería pedir ayuda
al Cielo, pero quedándose anudada al paladar la árida lengua, las voces se
convertían en mutilados suspiros.
Como el tiempo pasaba, el flagelo del viento la arañaba con garras de rapaz, y
temía (más que morir) vivir hasta que la acción
de los elementos la desfigurara, convirtiéndola en objeto de repulsión y ya no
de amor.
Si hubiera alcanzado una rebalsa, un curso de agua viva, aproximando los labios,
habría divisado sus ojos, ya dos vivas estrellas que prometían vida, ahora
convertidos en dos espantosos eclipses; y ese rostro, en el cual los Amorcillos
retozaban haciendo estancia, ahora hórrido albergue del aborrecimiento. Aunque
hubiera llegado a un estanque, sus ojos habrían vertido en él, por piedad del
propio estado, más gotas de las que le hubieran quitado los labios.
Esto por lo menos Roberto hacía que Lilia pensara de sí misma. Pero sintió
fastidio. Fastidio della que, próxima a morir, se angustiaba por la propia
belleza, como a menudo querían las Novelas. Fastidio de sí mismo, que no sabía
mirar a la cara, sin hipérboles de la mente, a su amor moribundo.
¿Cómo podía ser Lilia, de verdad, en aquel punto? ¿Cómo se habríale aparecido,
quitándole aquel vestido de muerte tejido de palabras?
Por los sufrimientos del largo viaje y del naufragio, sus cabellos podían
haberse vuelto de estopa, marcada por hilos blancos; su seno había perdido sin
duda sus azucenas, su rostro había sido arado por el tiempo. Arrugados estaban
ahora la garganta y el pecho.
Mas no, celebrarla así a ella ajándose era aún fiar en la máquina poética de
padre Emanuel… Roberto quería ver a Lilia como realmente era. La cabeza
derribada, los ojos desorbitados que, empequeñecidos por el dolor, se mostraban
demasiado alejados de la raíz de la nariz —ya aguzada en la extremidad—,
gravados por bolsas, los ángulos marcados por una aureola de pequeños pliegues,
huellas dejadas por un gorrión en la arena. Las aletas de la nariz un poco
dilatadas, una ligeramente más carnosa que la otra. La boca agrietada, del color
de la amatista, dos arrugas arqueadas a los lados, y el labio superior un poco
saliente, levantado para mostrar dos dientecillos ya no de marfil.
La piel del rostro dulcemente lasa, dos pliegues relajados bajo la barbilla,
para humillar el dibujo del cuello…
Con todo y eso, este fruto marchito, él no lo habría cambiado por todos los
ángeles del cielo. Él la amaba también así, ni que ella era diferente podía
saber cuando habíala amado queriéndola como era, detrás del telón de su velo
negro, una noche lejana.
se había dejado extraviar durante sus días de naufragio, habíala deseado
harmoniosa como el sistema de las esferas; pero ya también le habían dicho (y no
había osado confesar también esto al padre Caspar) que quizá los planetas no
cumplen su viaje a lo largo de la línea perfecta de un círculo, sino por un
bisojo giro suyo en torno al sol.
Si la belleza es clara, el amor es misterioso: él descubría amar no la
primavera, sino cada una de las estaciones de la amada, aún más deseable en su
decadencia autumnal. Siempre la había amado por lo que era y habría podido ser,
y sólo en ese sentido amar era hacer don de sí mismo, sin esperanza de trueque.
se había dejado trastornar por su ondisonante exilio, buscando siempre a otro sí
mismo: pésimo en Ferrante, óptimo en Lilia, de cuya gloria quería hacerse
glorioso. Y en cambio, amar a Lilia significaba quererla como él mismo era,
entregados ambos al laborío del tiempo. Hasta entonces había usado la belleza
della para fomentar el mancillarse de su mente. La había hecho hablar poniéndole
en su boca las palabras que él quería, y de las que estaba, con todo,
descontento. Ahora la habría querido cerca, enamorado de su doliente beldad, de
su voluptuosa extenuación, de su gracia amoratada, de su débil venustez, de sus
enjutas desnudeces, para acariciarlas solícito, y escuchar su palabra, la de
ella, la suya, no la que él le había prestado.
Tenía que tenerla desposeyéndose de sí.
Mas era tarde para rendir el justo homenaje a su ídolo enfermo.
En la otra parte de la Isla, a Lilia le corría en las venas, licuada, la Muerte.
39
ITINERARIO ESTÁTICO CELESTE
Era ésta la manera de terminar una Novela? Las Novelas no sólo aguijonean el
odio para hacernos al final gozar de la derrota de los que odiamos, sino que
invitan también a la compasión para luego llevarnos a descubrir libres de
peligro a los que amamos. Novelas que acabaran tan mal, Roberto no las había
leído jamás.
A menos que la Novela aún no hubiera acabado, y tuviera de reserva a un Héroe
secreto, capaz de un gesto imaginable sólo en el País de las Novelas.
Por amor, Roberto decidió realizar aquel gesto, entrando él mismo en su
narración.
Si yo hubiera llegado ya a la Isla, decíase, ahora podría salvarla. Es sólo mi
pereza la que me ha mantenido aquí. Ahora estamos ambos anclados en el mar,
deseando las opuestas riberas de una misma tierra.
Y sin embargo, no todo está perdido. Yo la veo expirar en este mismo momento,
pero si yo en este mismo momento alcanzara la
Isla, estaría en ella un día antes de que ella llegara, dispuesto a aguardarla y
ponerla a salvo.
Poco importa que yo la reciba del mar mientras está ya a punto de exhalar el
último suspiro. En efecto, se sabe que cuando el cuerpo viene a ese trance, una
fuerte emoción puede llegar a darle nueva savia, y hanse visto moribundos que,
al saber que la causa de su desventura había sido alejada, volvieron a florecer.
¡Y qué mayor emoción, para aquella moribunda, que encontrar en vida a la persona
amada! Ni siquiera deberé revelarle que soy diferente del que amaba, porque era
a mí y no a otro a quien ella se había entregado; tomaría sencillamente el lugar
que se me debía desde el principio. No sólo, sin reparar en ello, Lilia sentiría
un amor diferente en mi mirada, puro de toda lujuria, trémulo de devoción.
¿Es posible, cualquiera se preguntaría, que Roberto no hubiera reflexionado que
ese desquite le estaba concedido sólo si él de verdad hubiera tocado la Isla ese
día, al máximo a las primeras horas de la mañana siguiente, cosa que sus
experiencias recentísimas no hacían probable? ¿Y era posible que no diera en la
cuenta de que estaba proyectando allegarse a la Isla para encontrar a aquélla
que llegaba allí sólo en virtud de su relato?
Roberto, ya lo hemos visto, después de haber empezado a pensar en un País de las
Novelas completamente ajeno a su propio mundo, por fin había llegado a hacer que
confluyeran los dos universos el uno en el otro sin esfuerzo, y había confundido
sus leyes. Pensaba poder llegar a la Isla porque se lo estaba imaginando, e
imaginar la llegada della en el momento en el que él hubiera llegado ya, porque
así lo estaba queriendo. Por otra parte, aquella libertad de querer
acontecimientos y de verlos realizados que hace tan imprevisibles a las Novelas,
Roberto estábala transfiriendo al propio mundo: por fin habría llegado a la Isla
por la sencilla razón de que —de no llegar a ella— no habría sabido ya qué
contarse.
En torno a esta idea, que quienquiera que no nos hubiera seguido hasta aquí
juzgaría sinrazón o falta de juicio como se quiera decir (o se quisiera
entonces), él ahora reflexionaba de manera matemática, sin esconderse ninguna de
las eventualidades que juicio y prudencia le sugerían.
Como un general que dispone, la noche de antes de la batalla, los movimientos
que sus tropas llevarán a cabo en el día por venir, y no sólo se representa las
dificultades que podrían surgir y los accidentes que podrían estorbar su plan,
sino que se identifica también con la mente del general adversario, para prever
sus movimientos y contramovimientos, y disponer del futuro actuando en
consecuencia de lo que el otro podría disponer en consecuencia de aquellas
consecuencias, así Roberto sopesaba los medios y los resultados, las causas y
los efectos, los pros y los contras.
Tenía que abandonar la idea de nadar hacia la barbacana y superarla. Ya no podía
divisar los pasajes sumergidos, y no habría podido alcanzar la parte emergente
sino arrostrando invisibles acechanzas, sin duda mortales. Y por fin, aun
admitiendo que hubiere podido alcanzarla —encima o debajo del agua que
estuviere—, no era seguro que hubiera podido caminar con sus débiles polainas,
que el arrecife no ocultara simas en las que habría caído sin poder ya salir.
No se podía alcanzar, por tanto, la Isla sino volviendo a hacer el recorrido de
la barca, es decir nadando hacia el sur, costeando a distancia la bahía más o
menos a la altura del Daphne, para luego doblar hacia oriente una vez superado
el promontorio meridional, hasta alcanzar la caleta de la que le había hablado
el padre Caspar.
Este proyecto no era razonable, y por dos razones. La primera, que a duras penas
él había conseguido hasta entonces nadar hasta el límite de la barbacana y en
ese punto las fuerzas ya le
abandonaban; así pues, no era sensato pensar que habría podido recorrer una
distancia cuatro o cinco veces superior. Y sin amarra, no tanto porque no tenía
una tan larga, sino porque esta vez si iba, era para ir, y si no llegaba no
tenía sentido volver atrás. La segunda, era que nadar hacia el sur quería decir
moverse contra corriente: y, sabiendo ahora que sus fuerzas servían a
contrastarla sólo pocas brazas, él habría sido arrastrado inexorablemente hacia
el norte, más allá del cabo septentrional, alejándose cada vez más de la Isla.
Después de haber calculado con rigor estas posibilidades (después de haber
reconocido que la vida es breve, el arte vasto, la ocasión instantánea y el
experimento incierto) se había dicho que era indigno de un gentilhombre
abandonarse a cálculos tan mezquinos, como un burgués que computara las
posibilidades que tenía jugándose a dados su avaro peculio.
Es decir, se había dicho, un cálculo se ha de hacer, mas que sea sublime, si
sublime es la apuesta. ¿Qué se jugaba en aquella apuesta? La vida. Mas su vida,
si él no hubiera conseguido abandonar la nave jamás, no era mucho, sobre todo
ahora que a la soledad se habría añadido la consciencia de haberla perdido a
ella para siempre. ¿Qué ganaba, en cambio, si superaba la prueba? Todo, el gozo
de volverla a ver y salvarla, en cualquier caso de morir sobre ella muerta,
cubriendo su cuerpo con una mortaja de besos.
Es verdad, la apuesta no era a la par. Había más
posibilidades de morir en el intento que no de alcanzar la tierra. Pero también
en ese caso el alea era ventajosa: como si le hubieran dicho que tenía mil
posibilidades de perder una miserable suma contra una sola de ganar un inmenso
tesoro. ¿Quién no hubiera aceptado?
Al final había sido embargado por otra idea, que le reducía en gran medida el
riesgo de aquella jugada, es más, lo veía ganador en ambos casos. Admitiérase
incluso que la corriente le hubiera
arrastrado en la dirección opuesta. Pues bien, una vez rebasado el otro
promontorio (lo sabía por haber hecho la prueba con la tabla de madera) la
corriente lo habría conducido a lo largo del meridiano…
Si se hubiera dejado ir a la flor del agua, con los ojos al cielo, él no habría
visto jamás moverse el sol: habría fluctuado en aquella cresta que separaba el
hoy del día de antes, fuera del tiempo, en un eterno medio día. Parándose el
tiempo para él, se habría detenido también en la Isla, retrasando al infinito la
muerte della, puesto que ya todo lo que le acaecía a Lilia dependía de su
voluntad de narrador. En suspenso él, en suspenso la historia sobre la Isla.
Acuminadísimo quiasmo, además. Ella se habría hallado en la misma posición en la
que había estado él durante un tiempo ya incalculable, a dos brazas de la Isla,
y él perdiéndose en el océano, le habría hecho dádiva de la que habría de ser su
esperanza, manteniéndola en suspenso sobre la espumosa cima de un interminable
deseo, ambos sin futuro y, por tanto, sin muerte por venir.
Luego se demoró representándose cuál habría sido su viaje, y por la conflación
de universos que él ya había decretado, sentíalo como si fuera también el viaje
de Lilia. Era el extraordinario caso de Roberto el que le habría garantizado a
ella una inmortalidad que la trama de las longitudes no le habría concedido si
no.
Se habría movido hacia el norte a una velocidad apacible y uniforme: a su
derecha y a su izquierda se habrían seguido los días y las noches, las
estaciones, los eclipses y las mareas, novísimas estrellas habrían atravesado
los cielos llevando pestilencias y estrago de imperios, monarcas y pontífices
habrían encanecido y desaparecido en remolinos de polvo, todos los turbillones
del universo habrían cumplido sus ventiscosas revoluciones, otras estrellas se
habrían formado del holocausto de las antiguas… A su alrededor, el mar se habría
desencadenado y
luego abochornado, los alisios habrían hecho sus corros, y para él nada habría
mudado en aquel plácido surco.
¿Se habría detenido un día? Por lo que recordaba de los mapas, ninguna otra
tierra, que no fuera la Isla de Salomón, podía extenderse en aquella longitud,
por lo menos hasta que ésta, en el Polo, no empalmara con todas las demás. Pues
si un navío, con el viento en popa y una selva de velas, empleaba meses y meses
y meses en realizar un recorrido igual al que habría emprendido, ¿cuánto habría
durado él? Quizá años, antes de llegar al lugar donde no sabría qué había sido
del día y de la noche, y del transcurrir de los siglos.
Mas en el intervalo habría descansado en un amor tan sutil que no le habría
preocupado perder labios, manos, pupilas. El cuerpo se habría vaciado de toda su
savia, sangre, bilis o pituita. El agua, entrando por todos los poros,
penetrando en las orejas, le habría revocado el cerebro de sal. Le habría
sustituido el humor vitreo de los ojos. Le habría invadido las narices yendo a
desleír todo vestigio de elemento terrestre. Al mismo tiempo, los rayos solares
lo habrían alimentado de partículas ígneas, y éstas habrían menguado el líquido
en un único entrevero de aire y de fuego atraído por fuerza de simpatía hacia
arriba. Y él, ahora liviano y volátil, levantábase para empalmarse con los
espíritus del aire, luego con los del sol.
Y lo mismo ella, en la sólida luz de aquel escollo: expandíase como oro batido
hasta la hoja más aérea.
Así, en el curso de los días se habrían unido en aquel concierto. Instante tras
instante habrían sido de verdad el uno al otro como los firmes gemelos del
compás, moviéndose cada uno al movimiento del compañero, inclinándose el uno
cuando el otro vaga más lejos, volviendo a crecer erguido cuando el otro se le
une de nuevo.
Entonces ambos habrían continuado su viaje en el presente, derechos hacia el
astro que los esperaba, polvo de átomos entre los otros corpúsculos del cosmos,
vórtice entre los vórtices, eternos
ya como el mundo porque ribeteados de vacío. Conciliados con su destino, porque
el movimiento de la tierra trae terrores y daños, pero la trepidación de las
esferas es inocente.
Así pues, la apuesta le habría dado en cualquier caso una victoria. No había que
dudarlo. Mas tampoco disponerse a aquel triunfal sacrificio sin su ajuar de
justos ritos. Roberto consigna a sus papeles los últimos actos que se dispone a
cumplir, y para lo demás nos deja adivinar gestos, tiempos, cadencias.
Como primer lavacro liberatorio, tardó casi una hora en arrancar una parte del
ajedrez que separaba la puente de la entrepuentes. A continuación, descendió y
dio en abrir todas las jaulas. A medida que desarraigaba los juncos, le
arrollaba un rumor único de alas, y tuvo que defenderse levantando los brazos
ante el rostro, pero al mismo tiempo gritaba «¡Hala, hala!» y alentaba a los
prisioneros empujando con las manos incluso a las gallinas, que aleaban sin
encontrar la vía de salida.
Hasta que, otra vez en cubierta, vio a la populosa bandada levantarse entre la
arboladura, y le pareció que durante algunos segundos el sol estaba cubierto por
todos los colores del arco iris, descaecidos al través por los pájaros del mar,
que habían acudido curiosos a unirse a aquella fiesta.
Luego, había tirado al mar todos los relojes, no pensando absolutamente que
perdía tiempo precioso: estaba borrando el tiempo para propiciarse un viaje
contra el tiempo.
Por fin, para impedirse cualquier cobardía, congregó en la puente, bajo la
mayor, troncos, tablillas, toneles vacíos, los roció con el aceite de todas las
lantías, y les prendió fuego.
Se había levantado una primera llamarada, que acarició sin tardanza las velas y
las jarcias. Cuando hubo obtenido la certeza
de que la hoguera estaba alimentándose por fuerza propia, se dispuso al adiós.
Estaba aún desnudo, desde que había empezado a morir transformándose en piedra.
Desnudo incluso de la amarra que ya no limitaría su viaje, había bajado al mar.
Había apuntado los pies contra la madera, dándose un golpe hacia adelante para
apartarse del Daphne, y después de haber seguido el costado hasta la popa, se
había alejado para siempre, hacia alguna de las dos felicidades que sin duda le
esperaba.
Antes aún que el destino, y las aguas, hubieran decidido por él, quisiera que,
deteniéndose de vez en cuando para tomar aliento, hubiera dejado vagar la mirada
desde el Daphne, que saludaba, hasta la Isla.
Allá abajo, por encima de la línea trazada por las copas de los árboles, con
ojos ya agudísimos, debería haber visto alzarse en vuelo, como una saeta que
quisiera herir el sol, la Paloma Naranjada.
40
COLOPHON
Y a está. Y qué fue luego de Roberto, no lo sé ni creo que se podrá saber jamás.
¿Cómo sacar una novela, de una historia aun así tan novelesca, si luego no se
conoce el final; o mejor, el verdadero principio?
A menos que la historia que hay que contar no sea la de Roberto, sino la de sus
papeles. Aunque aquí tengamos que proceder por conjeturas.
Si los papeles (por lo demás fragmentarios, de los que he sacado un relato, o
una serie de relatos que se intersecan y se ensartan) han llegado hasta nosotros
es porque el Daphne no se quemó del todo, me parece evidente. Quién sabe, quizá
aquel fuego rozó sólo los palos, pero luego se extinguió en aquella jornada sin
viento. O nada excluye que unas horas después haya caído una lluvia torrencial,
que apagó la hoguera…
¿Cuánto permaneció allá abajo el Daphne antes de que alguien lo encontrara y
descubriera los escritos de Roberto? Intento dos hipótesis, ambas fantásticas.
Como ya he indicado, pocos meses antes de aquellos sucesos, y precisamente en
febrero de 1643, Abel Tasman, salido de Batavia en agosto de 1642, después de
haber tocado aquella tierra de van Diemen que se habría convertido luego en
Tasmania, viendo sólo
de lejos Nueva Zelanda y dirigiéndose hacia las Tonga (ya alcanzadas en 1615 por
van Schouten y le Maire, y bautizadas islas del Coco y de los Traidores),
procediendo hacia el norte, había descubierto una serie de islitas rodeadas de
arena, registrándolas a 17,19 grados de latitud sur y a 201,35 grados de
longitud. No vamos a discutir sobre la longitud, pero aquellas islas que había
llamado Prins Willems Eijlanden, si mis hipótesis son justas, no habrían debido
estar lejos de la Isla de nuestra historia.
Tasman acaba su viaje, dice, en junio, y por lo tanto, antes de que el Daphne
pudiera llegar por aquellas partes. Pero nadie nos asegura que los diarios de
Tasman sean verídicos (y entre otras cosas ya no existe el original)[3].
Intentemos, por tanto, imaginar que, por una de aquellas desviaciones casuales
de las que su viaje es tan rico, él haya vuelto a aquella zona digamos en
septiembre de aquel año, y haya descubierto el Daphne. Ninguna posibilidad de
volverlo a poner en funciones, privado de la arboladura y de las velas como
tenía que estar ya. Lo había visitado para descubrir de dónde venía, y había
encontrado los papeles de Roberto.
Por poco italiano que supiera, había entendido que se discutía el problema de
las longitudes, por lo que aquellos papeles se convertían en un documento
reservadísimo que había que entregar a la Compañía de las Indias Holandesas. Por
esto calla en su diario todo el asunto, quizá falsifica incluso las fechas para
borrar todo rastro de su aventura, y los papeles de Roberto van a parar a algún
archivo secreto. Que luego Tasman realizó otro viaje al año siguiente, y Dios
sabe si fue adonde había dicho[4].
Imaginémonos a los geógrafos holandeses hojeando aquellos papeles. Nosotros lo
sabemos, no había nada interesante que encontrar en ellos, excepto quizá el
método canino del doctor Byrd, del cual apuesto que varios espías ya habían
conseguido saber por otros caminos. Se encuentra la mención de la Specola
Melitense, pero quisiera recordar que, después de Tasman, pasan ciento treinta
años antes de que Cook vuelva a descubrir aquellas
islas, y de seguir las indicaciones de Tasman no se habría podido volverlas a
encontrar.
Luego, por fin, y siempre un siglo después de nuestra historia, la invención del
cronómetro marino de Harrison pone punto final a la frenética búsqueda del punto
fijo. El problema de las longitudes deja de ser un problema, y algún archivista
de la Compañía, deseoso de vaciar los armarios, tira, regala, vende, quién sabe,
los papeles de Roberto, ahora ya pura curiosidad para algún maníaco de
manuscritos.
La segunda hipótesis es novelescamente más cautivadora. En mayo de 1789 un
fascinante personaje pasa por aquellas partes. Es el capitán Bligh, que los
amotinados del Bounty habían arriado en una chalupa con dieciocho hombres
fieles, y confiado a la clemencia de las olas.
Ese hombre excepcional, cualesquiera que hayan sido sus defectos caracteriales,
consigue recorrer más de seis mil kilómetros para arribar por fin a Timor. Al
realizar esta empresa, pasa por el archipiélago de las Fiji, toca casi Vanua
Levu y atraviesa el grupo de las Yasawa. Esto quiere decir que, si apenas
hubiera desviado levemente hacia el este, habría podido arribar perfectamente
por las partes de Taveuni, donde me gusta argüir que se encontraba nuestra Isla;
que si luego valieran pruebas en cuestiones que atañen al creer y al querer
creer, pues bien, me aseguran que una Paloma Anaranjada, o Orange Dove, o Fíame
Dove, o mejor aún Ptilinopus Víctor, existe sólo allá abajo. Sólo que, corro el
riesgo de arruinar toda la historia, la paloma naranja es el macho.
Ahora bien, un hombre como Bligh, si hubiera encontrado el Daphne apenas en
estado razonable, puesto que había llegado hasta allí en una simple barca,
habría hecho lo imposible para volverlo a poner en funciones. Pero ya había
pasado casi siglo y medio. Alguna tempestad había sacudido ulteriormente aquel
buque, lo había desanclado, el barco había ido a volcarse sobre el arrecife; o
no, había sido capturado por la corriente, arrastrado
hacia el norte y arrojado en otros bajíos o en la escollera de una isla cercana,
donde había permanecido expuesto a la acción del tiempo.
Probablemente Bligh subió a bordo de un bajel fantasma, con los costados
incrustados de conchas y verdes de algas, con el agua estancada en una bodega
destripada, refugio de moluscos y peces venenosos.
Quizá sobrevivía, inestable, el alcázar, y en el camarote del capitán, secos y
polvorientos, o quizá no, húmedos y macerados, pero aún legibles, Bligh encontró
los papeles de Roberto.
Ya no eran tiempos de grandes angustias sobre las longitudes, quizá lo atrajeran
las referencias, en lengua desconocida, a las Islas de Salomón. Casi diez años
antes un cierto señor Buache, Geógrafo del Rey y de la Marina Francesa, había
presentado una memoria a la Academia de las Ciencias sobre la Existencia y
Posición de las Islas de Salomón, y había sostenido que no eran sino aquella
bahía de Choiseul que Bougainville había tocado en 1768 (y cuya descripción
parecía conforme a la antigua de Mendaña), y las Terres des Arsacides, tocadas
en 1769 por Surville. Tanto que mientras Bligh navegaba aún, un anónimo, que era
probablemente el señor de Fleurieu, iba a publicar un libro titulado Decouvertes
des François en 1768 & 1769 dans le Sud-Est de la Nouvelle Guinèe.
No sé si Bligh había leído las reivindicaciones del señor Buache, pero sin duda
en la marina inglesa se hablaba con enojo de ese rasgo de arrogancia de los
primos franceses, que se jactaban de haber encontrado lo inencontrable. Los
franceses tenían razón, ahora que Bligh podía no saberlo, o no desearlo. Podría
por tanto haber concebido la esperanza de haber puesto las manos en un documento
que no sólo desmentía a los franceses, sino que lo habría consagrado a él como
descubridor de las Islas de Salomón.
Yo imaginaría que, antes, había dado las gracias mentalmente a Fletcher
Christian y a los demás amotinados por haberlo puesto
brutalmente en el camino de la gloria, luego había decidido, como buen patriota,
callar con todos de su breve desviación hacia oriente y de su descubrimiento, y
de entregar con absoluta reserva los papeles al Almirantazgo británico.
Pero también en ese caso, alguien los habrá juzgado de escaso interés,
desprovistos de toda virtud probatoria y, de nuevo, los habrá exilado entre
legajos de chismes eruditos para literatos. Bligh renuncia a las Islas de
Salomón, se conforma con ser nombrado almirante por otras innegables virtudes
suyas de navegador, y morirá igualmente satisfecho, sin saber que Hollywood lo
habría vuelto detestable a la posteridad.
Y así, aunque una de mis hipótesis se prestara a seguir la narración, ésta no
tendría un final digno de ser narrado, y dejaría descontento e insatisfecho a
todos los lectores. Ni siquiera así las vicisitudes de Roberto se prestarían a
enseñanza moral alguna, y estaríamos aún preguntándonos cómo le sucedió lo que
le sucedió, concluyendo que en la vida las cosas suceden porque suceden, y sólo
en el País de las Novelas es donde parecen suceder por alguna finalidad o
providencia.
Que, si tuviera que sacar una conclusión, tendría que ir a rebuscar entre los
papeles de Roberto una nota, que se remonta sin duda a aquellas noches en las
que aún se interrogaba sobre un posible Intruso. Aquella noche Roberto miraba
una vez más el cielo. Recordaba cómo en la Griva, cuando se había derrumbado por
la edad la capilla de familia, su preceptor carmelita, que había hecho
aprendizaje en Oriente, había aconsejado que reconstruyeran aquel pequeño
oratorio según la moda bizantina, de forma redonda con una cúpula central, que
precisamente nada tenía que ver con el estilo a que estaban acostumbrados en
Monferrato, pero el viejo Pozzo no quería meter la nariz en cosas de arte y de
religión, y había escuchado los consejos de aquel santo varón.
Viendo el cielo antípoda, Roberto daba en la cuenta de que en la Griva, en un
paisaje circundado por doquier por las colinas, la bóveda celeste se le parecía
como la cúpula del oratorio, bien delimitada por el breve círculo del horizonte,
con una o dos constelaciones que él era capaz de reconocer, de suerte que, por
lo que sabía, el espectáculo mudaba de semana en semana. Visto que él íbase a
dormir pronto, no había tenido modo de advertir que cambiaba incluso en el
transcurso de la misma noche. Y por tanto, aquella cúpula le había parecido
siempre estable y redonda, y en consecuencia, igualmente estable y redondo había
concebido el universo mundo.
En Casal, en el centro de una llanura, había entendido que el cielo era más
vasto de lo que él creía, pero el padre Emanuel le convencía más de que
imaginara las estrellas descritas por conceptos, que de que mirara las que tenía
encima de la cabeza.
Ahora, espectador antípoda de la infinita extensión de un océano, divisaba un
horizonte ilimitado. Y arriba, encima de la cabeza, veía constelaciones jamás
vistas. Las de su hemisferio, las leía según la imagen que otros le habían
fijado ya, aquí la poligonal simetría del Carro Mayor, allá la alfabética
exactitud de Casiopea. Pero en el Daphne no tenía figuras predispuestas, podía
unir cualquier punto con cualquier otro, sacar las imágenes de una serpiente, de
un gigante, de una cabellera o de una cola de insecto ponzoñoso, para luego
deshacerlas e intentar otras formas.
En Francia y en Italia observaba también en el cielo un paisaje definido por la
mano de un monarca, que había fijado las líneas de las calles y de los servicios
postales, dejando entre ellas las manchas de los bosques. Aquí, en cambio, era
pionero en una tierra desconocida, y tenía que decidir qué sendas habrían
enlazado un pico con un lago, sin un criterio de elección, porque todavía no
había ciudades y aldeas en las laderas del uno o en las riberas del otro.
Roberto no miraba las constelaciones: estaba
condenado a instituirlas. Se maravillaba de que el conjunto se dispusiera como
una espiral, una cáscara de caracol, un vórtice.
Y es en ese punto cuando se acuerda de una iglesia, harto nueva, vista en Roma;
y es la única vez que nos deja imaginar que había visitado aquella ciudad, quizá
antes del viaje a Provenza. Aquella iglesia le había resultado demasiado
diferente, tanto de la cúpula de la Griva como de las naves, geométricamente
ordenadas por ojivas y cruceros, de las iglesias vistas en Casal. Ahora entendía
por qué: era como si la bóveda de la iglesia fuera un cielo austral, que
estimulaba al ojo a que intentara siempre nuevas líneas de fuga, sin jamás
descansar en un punto central. Bajo aquella cúpula, donde quiera que se
colocara, quien mirara hacia arriba se sentía siempre en las márgenes.
Daba en la cuenta ahora de que, de manera más indeterminada, menos evidentemente
teatral, vivida a través de pequeñas sorpresas día a día, aquella sensación de
un descanso negado habíala tenido antes en Provenza y luego en París, donde cada
uno de algún modo le destruía una certeza, y le indicaba una forma posible de
dibujar el mapa del mundo, pero las sugerencias que procedían de partes
diferentes no se componían en un dibujo finito.
Oía de máquinas que podían alterar el orden de los fenómenos naturales, de
suerte que lo grave tendiera hacia arriba, y lo ligero se desplomara hacia
abajo, que el fuego mojara y que el agua quemara, como si el mismo creador del
universo fuera capaz de enmendarse, y pudiera al fin constreñir a las plantas y
a las flores contra las estaciones, y las estaciones a trabar una lid con el
tiempo.
Si el Creador aceptaba mudar de aviso, ¿existía aún un orden que Él hubiera
impuesto al universo? Quizá había impuesto muchos, desde el principio, quizá
estaba dispuesto a cambiarlos día a día, quizá existía un orden secreto que
presidía aquel mudar de órdenes y de perspectivas, pero nosotros estábamos
destinados a no descubrirlo jamás, y a seguir más bien el juego voluble de
aquellas apariencias de orden que se reordenaban a cada nueva experiencia.
Y entonces la historia de Roberto de la Grive sería sólo la de un enamorado
infeliz, condenado a vivir bajo un cielo exagerado, que no conseguía conciliarse
con la idea de que la tierra vaga a lo largo de una elipse de la cual el sol es
sólo uno de los fuegos.
Lo que, como muchos convendrán, es demasiado poco para sacar una historia con
unos pies y una cabeza.
En definitiva, si de esta historia quisiera sacar una novela, demostraría una
vez más que no se puede escribir si no es haciendo palimpsesto de un manuscrito
encontrado; sin conseguir substraerse jamás a la Angustia de la Influencia. Ni
escaparía a la pueril curiosidad del lector, el cual querría saber si de verdad
Roberto escribió las páginas sobre las que me he demorado incluso demasiado.
Honradamente, tendría que contestarle que no es imposible que las haya escrito
alguien diferente, que quería fingir sólo que contaba la verdad. Y así perdería
todo el efecto novelesco: donde, sí, se finge que se cuentan cosas verdaderas,
pero no se debe decir en serio que se finge.
No sabría ni siquiera excogitar a través de qué último azar las cartas llegaron
a las manos de quien debería de habérmelas dado, sacándolas de una miscelánea de
otros deslavados y arañados autógrafos.
—El autor es desconocido —me esperaría, con todo, que hubiera dicho—, la
escritura tiene garbo y aire, pero como ve, está descolorida, y los folios son
todos una mancha. En cuanto al contenido, por ese poco que he hojeado, son
ejercicios de manera. Ya sabe usted cómo se escribía en aquel Siglo… Era gente
sin alma.
Biografía

UMBERTO ECO (Alessandria, Piamonte, 1932). Semiólogo y escritor italiano. Se
doctoró en Filosofía en la Universidad de Turín, con L. Pareyson. Su tesis versó
sobre El problema estético en Santo Tomás (1956), y su interés por la filosofía
tomista y la cultura medieval se hace más o menos presente en toda su obra,
hasta emerger de manera explícita en su novela El nombre de la rosa (1980).
Desde 1971 ejerce su labor docente en la Universidad de Bolonia, donde ostenta
la cátedra de Semiótica.
Notas
n01
[1] SIC en la traducción, «Dumm bin Ich nicht» Nota corrector <<
n02
[2] SIC en la traducción, «ex nihilo» Nota corrector <<
n03
[3] Cualquiera puede controlar fácilmente si digo la verdad en P. A. Leupe, «De
handschriften der ontdekkingreis van A. J. Tasman en Franchoys Jacobsen Vissche
1642-3», en Bijdragen voor vaderlandsche feschiedenis en oudheidkunde, N. R… 7,
1872, págs. 254-93. Son incontestables, desde luego, los documentos recogidos
como Genérale Missiven donde existe un extracto del «Daghregister van Het
Casteel Batavia» del 10 de junio de 1643 en que se da noticia del regreso de
Tasman. Pero si la hipótesis de la que voy a hablar fuera fiable, poco haría
falta para suponer que, para preservar un secreto como el de las longitudes,
incluso un acta de ese tipo hubiera sido falsificada. Con comunicaciones que
desde Batavia tenían que llegar a Holanda, y quién sabe cuándo llegaban, una
diferencia de dos meses podía pasar inobservada. Por otra parte, yo no estoy
seguro de que Roberto haya llegado a esas partes en agosto y no antes. <<
n04
[4] De este segundo viaje no existen absolutamente cuadernos de bitácora. ¿Por
qué? <<
FIN