EL FINAL DEL LAISSEZ-FAIRE
John Maynard Keynes
1926
I
La disposición hacia los
asuntos públicos, que de modo apropiado sintetizamos como individualismo y
laissez-faire, tomó su alimento de muchas y diversas corrientes de pensamiento e
impulsos sentimentales. Durante más de cien años nuestros filósofos nos
gobernaron porque, por un milagro, casi todos ellos estuvieron de acuerdo o
parecieron estarlo en esta única cosa. Todavía ahora no bailamos con otro ritmo.
Pero se percibe un cambio en el ambiente. Sin embargo, oímos confusamente las
que antaño fueron las más claras y distintas voces' que siempre han inspirado al
hombre político. La orquesta de diversos instrumentos, el coro de sonido
armonioso, se aleja finalmente en la distancia.
Al final del siglo XVIII, el
derecho divino de los reyes cedió su lugar a la libertad natural y al contrato,
y el derecho divino de la Iglesia al principio de tolerancia y a la opinión de
que una Iglesia es «una sociedad voluntaria de hombres», que caminan juntos, de
una manera que es «absolutamente libre y espontánea». Cincuenta años más tarde,
el origen divino y el imperativo categórico del deber cedieron su lugar al
cálculo utilitario. En manos de Locke y Hume, estas doctrinas fundamentaron el
individualismo. El contrato supone derechos en el individuo; la nueva ética, no
siendo más que un estudio científico de las consecuencias del egoísmo racional,
colocó al individuo en el centro. «El único esfuerzo que pide la Virtud» -dice
Hume- «es el del cálculo justo y una constante preferencia por la mayor
Felicidad». Estas ideas estaban de acuerdo con las nociones prácticas de
conservadores y letrados. Ellas proporcionaron un fundamento intelectual
satisfactorio para los derechos de propiedad y la libertad del individuo para
hacer lo que le plazca consigo mismo y con lo que le pertenece. Ésta fue una de
las contribuciones del siglo XVIII al ambiente que todavía respiramos.
La finalidad de ensalzar al
individuo fue deponer al monarca y a la Iglesia; el efecto -a través de la nueva
significación ética atribuida al contrato- fue el de afianzar la propiedad y la
norma. Pero no tardaron en levantarse nuevamente las protestas de la sociedad
contra el individuo. Paley y Bentham aceptaron el hedonismo utilitarista de las
manos de Hume y sus predecesores, pero ampliándolo a la utilidad social.
Rousseau tomó el Contrato Social de Locke y dedujo de él la Voluntad General. En
todos los casos la transición se realizó en virtud del nuevo énfasis puesto
sobre la igualdad. «Locke aplica su Contrato Social para modificar la igualdad
natural de la humanidad, en tanto esta expresión implica igualdad de propiedad o
incluso de privilegio, atendiendo a la seguridad general. En la versión de la
igualdad según Rousseau, no es sólo el punto de partida, sino la finalidad».
Paley y Bentham llegaron al
mismo destino, pero por caminos diferentes. Paley evitó una conclusión egoísta a
su hedonismo por medio del Dios de la máquina. «La Virtud» -dijo «es hacer el
bien a la humanidad, por obediencia a la voluntad de Dios, y por amor de la
felicidad eterna»; volviendo de esta manera a la paridad entre yo y los otros.
Bentham llegó al mismo resultado por la pura razón. No existe fundamento
racional, argumentó, para preferir la felicidad de un individuo, aunque sea uno
mismo, a la de cualquier otro. Por tanto, la mayor felicidad del mayor número es
el único objeto racional de la conducta, tomando la utilidad de Hume, pero
olvidando este 'corolario cínico del hombre sagaz: «No es contrario a la razón
preferir la destrucción del mundo entero a un arañazo de mi dedo, No es
contrario a la razón escoger para mí la ruina total para evitar la más pequeña
incomodidad de un indio o de una persona totalmente desconocida para mí... La
razón es y sólo debe ser la esclava de las pasiones y no puede pretender nunca
otra tarea que servirlas y obedecerlas»,
Rousseau dedujo la igualdad
del estado de la naturaleza, Paley de la voluntad de Dios, Bentham de una ley
matemática de indiferencia, Así entraron la igualdad y el altruismo en la
filosofía política, y a través de Rousseau y Bentham conjuntamente pasaron a la
democracia y al socialismo utilitarista,
Ésta es la segunda corriente
-surgida de controversias muertas desde hace tiempo y arrastradas en su camino
por falacias largamente explotadas- que todavía impregna nuestra atmósfera de
pensamiento, Pero ésta no ha eliminado la corriente anterior. Se ha mezclado con
ella, Los primeros años del siglo XIX realizaron la milagrosa unión, Ella
armonizó el individualismo conservador de Locke, Hume, Johnson y Burke con el
socialismo y el igualitarismo democrático de Rousseau, Paley, Bentham y Godwin.
Sin embargo, hubiera sido
difícil que esa época alcanzara esta armonía de cosas opuestas si no hubiera
sido por los economistas, que surgieron precisamente en el momento oportuno, La
idea de una armonía divina entre las ventajas privadas y el bien público es ya
evidente en Paley, Pero fueron los economistas quienes dieron a la noción una
buena base científica, ¡Supone que por la acción de las leyes naturales los
individuos que persiguen sus propios intereses con conocimiento de causa, en
condiciones de libertad, tienden siempre a promover al propio tiempo el interés
general! Nuestras dificultades filosóficas están resueltas, al menos para el
hombre práctico, que puede concentrar entonces sus esfuerzos en asegurar las
condiciones necesarias de libertad. A la doctrina filosófica de que el gobierno
no tiene derecho a interferir, ya la doctrina divina de que no tiene necesidad
de interferir, se añade una prueba científica de que su interferencia es
inconveniente.
Ésta es la tercera corriente
de pensamiento, que se puede descubrir precisamente en Adam Smith, que estuvo
lista en lo principal para permitir al bien público descansar en “el esfuerzo
natural de cada individuo para mejorar su propia condición”, pero que no fue
desarrollada completa y conscientemente hasta principios del siglo XIX. El
principio del laissezfaire había llegado a armonizar individualismo y
socialismo, y a conciliar el egoísmo de Hume con el mayor bien para el mayor
número. El filósofo político podía retirarse en favor del hombre de negocios,
porque el último podía alcanzar el summum bonum sólo con perseguir su propio
beneficio privado.
Sin embargo, se necesitaban
algunos otros ingredientes para completar el pastel. En primer lugar, la
corrupción e incompetencia del gobierno del siglo XVIII, una gran parte de cuya
herencia sobrevive en el diecinueve. El individualismo de los filósofos
políticos apunta al laissez-faire. La armonía divina o científica (según el
caso) entre el interés privado y el interés público apunta al laissez-faire.
Pero, por encima de todo, la ineptitud de los administradores públicos inclina
decididamente al hombre práctico a favor del laissez-faire, sentimiento que de
ningún modo ha desaparecido. Casi todo lo que hizo el Estado en el siglo XVIII,
por encima de sus funciones mínimas, fue, o pareció, perjudicial o
desafortunado.
Por otra parte, el progreso
material entre 1750 y 1850 vino de la mano de la iniciativa individual, y no
debió casi nada a la influencia directiva de la sociedad organizada como un
todo. Así, la experiencia práctica reforzó los razonamientos a priori.
Los filósofos y economistas
nos dijeron que por diversas y profundas razones la empresa privada sin trabas
había promovido el mayor bien para todos. ¿Qué otra cosa hubiera podido agradar
más al hombre de negocios? ¿Podía un observador práctico, mirándole, negar que
los beneficios del progreso que distinguían la edad en la que él vivía se debían
a las actividades de los individuos «en ascenso»? De esta manera, el terreno era
fértil para una doctrina según la que, sobre bases divinas, naturales o
científicas, la acción del Estado debe limitarse estrechamente, y la vida
económica debe dejarse, sin regular hasta donde pueda ser, a la habilidad y buen
sentido de los ciudadanos individuales, movidos por el motivo admirable de
intentar progresar en el mundo.
En la época en que estaba
desvaneciéndose la influencia de Paley y sus semejantes, las innovaciones de
Darwin conmovían los fundamentos de la fe. Nada podía parecer más opuesto que la
vieja y la nueva doctrina, la doctrina que veía el mundo como la obra del
relojero divino y la doctrina que parecía sacar todas las cosas de la
Casualidad, del Caos y de los Viejos Tiempos. Pero en aquel momento las nuevas
ideas apuntalaron a las viejas. Los economistas estaban enseñando que la
riqueza, el comercio y la maquinaria eran las criaturas de la libre competencia
y que la libre competencia hizo a Londres. Pero los darwinianos pudieron ir más
lejos que eso: la libre competencia había hecho al hombre. El ojo humano ya no
era la demostración del proyecto, discurriendo milagrosamente todas las cosas
con la mejor intención; era el logro máximo de la casualidad, actuando en
condiciones de libre competencia y laissez-faire. El principio de supervivencia
del más apto podía considerarse como una amplia generalización de la economía
ricardiana. Las interferencias socialistas venían a ser, a la luz de esta
síntesis más completa, no sólo inconvenientes, sino sacrílegas, como calculadas
para retrasar el movimiento progresivo del vigoroso proceso por medio del cual
nosotros mismos habríamos salido, como Afrodita, del limo primitivo del océano.
Por tanto, atribuyo la unidad
peculiar de la filosofía política diaria del siglo XIX al éxito que tuvo al
armonizar escuelas diversas y opuestas y al unificar todas las cosas buenas para
un único fin. Se ha visto que Hume y Paley, Burke y Rousseau, Godwin y Malthus,
Cobbett y Huskisson, Bentham y Coleridge, Darwin y el obispo de Oxford, todos,
estuvieron predicando prácticamente lo mismo: individualismo y laissez faire.
Ésta era la Iglesia de Inglaterra y aquéllos sus apóstoles, mientras que el
gremio de los economistas estaba allí para probar que la menor desviación hacia
la impiedad provocaba la ruina financiera.
Estas razones y esta
atmósfera constituyen las explicaciones, tanto si lo sabemos como si no -y la
mayoría de nosotros, en estos degenerados días, somos ampliamente ignorantes en
la materia-, de por qué sentimos una preferencia tan fuerte a favor del
laissez-faire, y por qué la acción del Estado para regular el valor del dinero,
o el curso de la inversión, o la población, provoca suspicacias tan apasionadas
en muchos corazones íntegros. No hemos leído a estos autores; consideraríamos
absurdos sus argumentos si fueran a caer en nuestras manos. Sin embargo, me
parece que no pensaríamos como lo hacemos, si Hobbes, Locke, Hume, Rousseau,
Paley, Adam Smith, Bentham y la Srta. Martineau no hubieran pensado y escrito
como lo hicieron. Un estudio de la historia de la opinión es un preámbulo
necesario para la emancipación de la mente. No sé lo que hace más conservador a
un hombre, si conocer sólo el presente o sólo el pasado.
II
He dicho que fueron los
economistas quienes proporcionaron el pretexto científico por medio del cual el
hombre práctico pudo resolver la contradicción entre egoísmo y socialismo, que
surgía del filosofar del siglo XVIII y de la decadencia de la religión revelada.
Pero habiendo dicho esto en aras de la brevedad, me apresuro a matizardo. Esto
es lo que se supone que han dicho los economistas. Ninguna doctrina semejante se
encuentra en los escritos de las principales autoridades. Es lo que dijeron los
popularizadores y divulgador es. Es lo que fueron llevados a creer los
utilitaristas, que admitían al mismo tiempo el egoísmo de Hume y el
igualitarismo de Bentham, si querían hacer una síntesis. El lenguaje de los
economistas se prestaba a la interpretación del laissez-faire. Pero la
popularidad de la doctrina debe dejarse a la puerta de los filósofos políticos
de la época, a quienes resultó corresponder, más que a los economistas
políticos. La máxima laissez-nous faire se atribuye tradicionalmente al
comerciante Legendre, dirigiéndose a Colbert poco antes de finalizar el siglo
XVII. Pero no hay duda de que el primer escritor que usó la frase, y lo hizo en
clara asociación con la doctrina, es el marqués de Argenson, hacia 1751 marqués
fue el primer hombre que se apasionó por las ventajas económicas de los
gobiernos que dejan en libertad el comercio. Para gobernar mejor, dijo, se debe
gobernar menos. La verdadera causa de la decadencia de nuestras manufacturas,
declaró, es la protección que les hemos dado. “Dejad hacer, tal debiera ser la
divisa de todo poder público, desde que el mundo está civilizado”. “¡Detestable
principio el de no querer grandeza más que por la decadencia de nuestros
vecinos! No hay más que ruindad y malicia de corazón en los que se satisfacen
con este principio, y el interés se opone a ello. ¡Dejad hacer, voto a bríos!
¡¡Dejad hacer!!”
Aquí tenemos la doctrina
económica del laissez-faire, con su más ferviente expresión en el libre
comercio, del todo arropada. Las frases y la idea deben haber sido corrientes en
París desde entonces. Pero tardaron en consagrarse en la literatura; y la
tradición que las asocia con los fisiócratas, y particularmente con Gournay y
Quesnay, encuentra poco apoyo en los escritos de esta escuela, aunque ellos
propusieron, por supuesto, la armonía esencial de los intereses sociales e
individuales. La frase laissez-faire no se encuentra en las obras de Adam Smith,
Ricardo o Malthus. Ni siquiera la idea está presente en forma dogmática en
algunos de estos autores. Adam Smith, por supuesto, fue un librecambista y se
opuso a muchas restricciones del comercio del siglo XVIII. Pero su actitud hacia
las leyes de navegación y las leyes de usura demuestra que no era dogmático.
Incluso su famoso pasaje sobre «la mano invisible» refleja la filosofía que
asociamos con Paley, más que el dogma económico del laissez-faire. Como han
señalado Sidgwick y Cliff Leslie, la defensa que hizo Adam Smith del “sistema
obvio y sencillo de libertad natural” se deduce de su punto de vista teísta y
optimista sobre el orden del mundo, tal como lo expuso claramente en su Teoría
de los Sentimientos Morales, más que de cualquier otra proposición de la propia
economía política. La frase laissezfaire se introdujo, creo, en el uso popular
en Inglaterra a través de un pasaje bien conocido del Dr. Franklin. En efecto,
no es hasta las últimas obras de Bentham -que no fue un economista en absoluto-
cuando descubrimos la regla del laissez-faire, en la forma en que la conocieron
nuestros abuelos, adoptada al servicio de la filosofía utilitarista. Por
ejemplo, en Manual de Economía Política, escribe: «La regla general es que el
gobierno no debe hacer ni intentar nada; la divisa o el lema del gobierno en
estas ocasiones, debe ser: ¡Quieto!”... La petición que la agricultura, las
manufacturas y el comercio presentan a los gobiernos es tan modesta y razonable
como la que hizo Diógenes a Alejandro: No me tapes el sol”.
Desde entonces, la campaña
política a favor del librecambio, la influencia de la denominada Escuela de
Manchester y de los utilitaristas benthamitas, las declaraciones de autoridades
económicas secundarias y las historias educativas de la Srta. Martineau y de la
Sra. Marcet, fijaron el laissezfaire en la mente popular, como conclusión
práctica de la economía política ortodoxa. Con esta gran diferencia: que
habiendo sido aceptada entretanto la visión malthusiana de la población por esta
misma escuela de pensamiento, el optimista laissez-faire de la segunda mitad del
siglo XVIII cedió su puesto al pesimista laissez-faire de la primera mitad del
siglo XIX.
En las Conversations on
political economy de la Sra. Marcet (1817), Caroline se mantiene tanto como
puede en favor del control de los gastos del rico. Pero en la página 418 tiene
que admitir la derrota:
CAROLINE. Cuanto más aprendo
sobre este tema, más me siento convencida de que los intereses de las naciones,
como los de los individuos, lejos de oponerse entre si, están en el más perfecto
acuerdo.
SRA. B. Las opiniones
liberales y amplias llevarán siempre a conclusiones similares, y nos enseñan a
abrigar sentimientos de benevolencia universal hacia los demás; de aquí la
superioridad de la ciencia sobre el simple conocimiento práctico.
En 1850, las Easy lessons for
the use of young people, del arzobispo Whately, que la Sociedad para la
Promoción del Conocimiento Cristiano distribuía al por mayor, no admite ni
siquiera aquellas dudas que la Sra. B. permitió ocasionalmente tener a Caroline.
«Probablemente causa más daño que bien» -concluye el pequeño libro- «cualquier
interferencia del Gobierno en las transacciones monetarias de los hombres, tanto
si se arrienda como si se toma en arriendo, o en las compraventas de cualquier
clase.» La verdadera libertad es «que a cada hombre debe dejársele en libertad
de disponer de su propiedad, de su tiempo, fuerza y habilidad, en cualquier modo
que él pueda pensar que le conviene, supuesto que no perjudique a sus vecinos».
.
En pocas palabras, el dogma
se había apropiado de la máquina educativa; había llegado a ser una máxima para
ser copiada. La filosofía política, que los siglos XVII y XVIII habían forjado
para derribar a reyes y prelados, se había convertido en leche para bebes y
había entrado literalmente en el cuarto de los niños.
Finalmente, en las obras de
Bastiat llegamos a la expresión más extravagante y poética de la religión del
economista político. En sus Armonías económicas, dice:
Intento demostrar la Armonía
de aquellas leyes de la Providencia que gobiernan la sociedad humana. Lo que
hace que estas leyes sean armoniosas y no discordantes es que todos los
principios, todos los motivos, todos los impulsos a la acción, todos los
intereses, cooperan hacia un gran resultado final... y ese resultado es la
aproximación indefinida de todas las clases hacia un nivel que siempre es
creciente; en otras palabras, la igualación de los individuos en la mejora
general.
y cuando, como otros
sacerdotes, traza su Credo, lo hace como sigue:
Creo que Él, que ha dispuesto
el universo material, no ha apartado Su mirada del orden' del mundo social. Creo
que Él ha combinado y hecho que actúen en armonía tanto los agentes libres como
las moléculas inertes... Creo que la invencible tendencia social es una
aproximación constante de los hombres hacia un nivel moral, intelectual y físico
común, con, al mismo tiempo, una elevación progresiva e indefinida de ese nivel.
Creo que todo lo que se necesita para un desarrollo gradual y pacifico de la
humanidad es que sus tendencias no sean obstaculizadas y que la libertad de sus
movimientos no sea destruida.
Desde la época de John Stuart
Mill, economistas con autoridad han reaccionado fuertemente contra todas las
ideas semejantes. «Apenas un solo economista inglés de reputación»-como ha
expresado el profesor Cannan- «se adherirá a un ataque frontal contra el
socialismo en general» -aunque, como también añade- «casi todos los economistas,
con reputación o sin ella están siempre a punto de polemizar en la mayoría de
propuestas socialistas». Los economistas ya no tienen ningún vínculo con las
filosofías teológicas o políticas que dieron nacimiento al dogma de la armonía
social, y su análisis científico les lleva a' conclusiones diferentes.
Cairnes, en la conferencia
introductoria sobre «Economía política y laissez-faire”, que pronunció en el
University College de Londres, en 1870, fue tal vez el primer economista
ortodoxo que dirigió un ataque frontal contra el laissez-faire en general. «La
máxima del laissez-faire» -declaró- «no tiene base científica alguna, y a lo
sumo es una simple y hábil regla práctica». Esta ha sido, en los cincuenta años
últimos, la opinión de todos los economistas importantes. Una parte del trabajo
más importante de Alfred Marshall -por poner un ejemplo- se dedicó a la
explicación de los principales casos en los que el interés privado y el interés
social no estaban en armonía. Sin embargo, la actitud cauta y nada dogmática de
los mejores economistas no ha prevalecido contra la opinión general de que un
laissez-faire individualista es lo que ellos debieron enseñar y lo que de hecho
enseñaron.
III
Los economistas, como otros
científicos, han escogido las hipótesis de las que parten, que ofrecen a los
principiantes, porque es lo más simple y no porque es lo más próximo a los
hechos. En parte por esta razón, pero en parte -lo admito porque se han visto
sesgado s por las tradiciones sobre la materia, han empezado suponiendo un
estado de cosas en el que la distribución ideal de los recursos productivos
puede producirse a través de la actuación independiente de los individuos,
mediante el método de prueba y error, de tal modo que aquellos individuos que
actúan en la dirección correcta eliminarán por la competencia a aquellos que lo
hacen en la dirección equivocada. Esto implica que no debe haber piedad ni
protección para aquellos que embarcan su capital o su trabajo en la dirección
errónea. Es un método que permite el ascenso de los que tienen más éxito en la
persecución del beneficio, a través de una lucha despiadada por la
supervivencia, que selecciona al más eficiente mediante la bancarrota del menos
eficiente. No cuenta el coste de la lucha, sino sólo los beneficios del
resultado final, que se supone son permanentes. Siendo el objeto de la vida
cortar las hojas de las ramas hasta la mayor altura posible, la manera más
plausible de alcanzar este fin es permitir que ¡as jirafas con el cuello más
largo dejen morir de hambre a las que lo tienen más corto.
Concordando con este método
de alcanzar la distribución ideal de los instrumentos de producción entre los
diferentes fines, hay un supuesto similar sobre el modo de alcanzar la
distribución ideal de lo que está disponible para el consumo.
En primer lugar, cada
individuo descubrirá cuál entre los objetos posibles de consumo, él desea más,
por el método de prueba y error «en el margen», y de esta manera no sólo cada
consumidor distribuirá su consumo más ventajosamente, sino que cada objeto de
consumo encontrará su camino hacia la boca del consumidor cuya satisfacción es
la mayor cuando se la compara con la de los demás, porque ese consumidor
ofrecerá más que los otros. Así, si dejamos que las jirafas se comporten
libremente, (1) se cortará la máxima cantidad de hojas, porque las jirafas con
el cuello más largo, a fuerza de matar de hambre a las otras, se colocarán más
cerca de los árboles; (2) cada jirafa tratará de tomar las hojas que le parezcan
más suculentas entre las que estén a su alcance; y (3) las jirafas a las que
apetezca una hoja dada más que cualquier otra, se estirarán al máximo para
alcanzarla. De esta manera, más y más jugosas hojas serán engullidas, y cada
hoja alcanzará la garganta que ella crea que ha acreditado un mayor esfuerzo.
Sin embargo, este supuesto de
condiciones en las que la selección natural sin limitaciones lleva al progreso,
sólo es uno de los dos supuestos provisionales que, tomados como verdad literal,
se han convertido en los contrafuertes gemelos del laissez-faire. El otro es la
eficacia, y ciertamente la necesidad, de la oportunidad para hacer dinero
privado ilimitadamente, como un incentivo al máximo esfuerzo. En condiciones de
laissez-faire aumenta el beneficio del individuo que, por habilidad o por buena
fortuna, se halla con sus recursos productivos en el lugar correcto y en el
tiempo apropiado. Un sistema que permite al individuo industrioso o afortunado
cosechar la totalidad de los frutos de esta coyuntura ofrece evidentemente un
inmenso incentivo para la práctica del arte de estar en el sitio adecuado y en
el tiempo oportuno. De esta manera, uno de los motivos humanos más poderosos, es
decir, él amor del dinero, se empareja con la tarea de distribuir los recursos
económicos del modo mejor calculado para aumentar la riqueza.
El paralelismo entre el
laissez-faire económico y el darwinismo, que ya se ha advertido brevemente, se
ve ahora, como Herbert Spencer fue el primero en reconocer, que es muy estrecho.
Al igual que Darwin invocó el amor sexual, que actúa a través de la selección
sexual, como ayuda de la selección natural mediante la competencia, para dirigir
la evolución a lo largo de las líneas que serían tan deseables como efectivas,
así el individualista invoca el amor del dinero, actuando a través de la
persecución del beneficio, como ayuda de la selección natural; para obtener la
producción en la escala más grande posible de lo que se desea con más fuerza,
medido por el valor de cambio.
La belleza y la simplicidad
de una teoría semejante son tan grandes que es fácil olvidar que no se deduce de
los hechos, sino de una hipótesis incompleta introducida en aras de la
simplicidad. Aparte de otras objeciones que se mencionarán más adelante, la
conclusión de que los individuos que actúan independientemente para su propio
provecho producirán el mayor agregado de riqueza depende de una variedad de
supuestos irreales, en el sentido de que los procesos de producción y consumo no
son de ninguna manera orgánicos, que existe un conocimiento previo suficiente de
las condiciones y requisitos y de que existen oportunidades adecuadas de obtener
este conocimiento. Porque los economistas, generalmente, dejan para una etapa
posterior de su argumentación las complicaciones que aparecen -(1) cuando las
unidades eficientes de producción son grandes en relación con las unidades de
consumo, (2) cuando los gastos generales o costes comunes están presentes, (3)
cuando las economías internas tienden a la agregación de la producción, (4)
cuando el tiempo necesario para el ajuste es largo, (5) cuando la ignorancia
prevalece sobre el conocimiento, y (6) cuando los monopolios y las
concentraciones interfieren en la igualdad en la negociación-, dejan para un
estadio posterior su análisis de los hechos reales. Además, muchos de aquellos
que reconocen que la hipótesis simplificada no corresponde con precisión al
hecho concluyen, sin embargo, que representa lo que es «natural» y, por tanto,
ideal. Consideran la hipótesis simplificada como salud, y las complicaciones
adicionales como enfermedad.
Sin embargo, además de esta
cuestión de hecho, hay otras consideraciones, bastante familiares, que nos
llevan directamente al cálculo del coste y del carácter de la propia lucha
competitiva y la tendencia a que la 'riqueza se distribuya donde no es muy
apreciada. Si nos preocupa el bienestar de las jirafas, no debemos pasar por
alto los sufrimientos de los cuellos más cortos que están muertos de hambre o
las dulces hojas que caen al suelo y son pisoteadas en la lucha, o el hartazgo
de las que tienen el cuello largo, o el mal aspecto de ansiedad o voracidad
agresiva que nubla los pacíficos rostros del rebaño.
Pero los principios del
laissez-faire han tenido otros aliados, además de los manuales de economía. Debe
admitirse que han sido confirmados en las mentes de pensadores profundos y del
público razonable por la escasa calidad de las propuestas alternativas: el
proteccionismo por un lado y el socialismo marxista por el otro. Sin embargo,
estas doctrinas se caracterizan, no sólo o principalmente por infringir la
presunción general en favor del laissez-faire, sino por la simple falacia
lógica. Ambos son ejemplos de pobreza de Pensamiento, de incapacidad para
analizar un proceso y seguido hasta su conclusión. Los argumentos contra ellos,
aunque reforzados por el principio del laissez-faire, en rigor no lo necesitan.
De los dos, el proteccionismo es, por lo menos, plausible, y las fuerzas que
trabajan por su popularidad no son de extrañar. Pero el socialismo marxista ha
de permanecer siempre como un portento para los historiadores de la opinión,
cómo una doctrina tan ilógica y tan torpe puede haber ejercido de modo tan
poderoso y duradero una influencia sobre las mentes de los hombres y, a través
de ellas, sobre los acontecimientos de la historia. De alguna manera, las
evidentes deficiencias científicas de estas dos escuelas contribuyeron
grandemente al prestigio y autoridad del laissez-faire decimonónico.
Tampoco ha animado la más
notable divergencia en la acción social centralizada a gran escala -el régimen
de la última guerra- a los reformadores ni ha disipado los antiguos prejuicios.
Hay mucho que decir, ciertamente, sobre ambos extremos. La experiencia de la
guerra en la organización de la producción socializada ha dejado a algunos
observadores próximos optimistamente ansiosos de repetida en condiciones de paz.
El socialismo de guerra alcanzó incuestionablemente una producción de riqueza en
una escala mucho mayor de la que nosotros hayamos conocido nunca en paz, pues
aunque los bienes y servicios producidos eran destinados a la extinción
inmediata e inútil, no obstante eran riqueza, Sin embargo, la disipación del
esfuerzo fue también prodigiosa, y la atmósfera de despilfarro y de no tener en
cuenta el coste molestó a cualquier espíritu ahorrativo o providente.
Finalmente, el individualismo
y el laissez-faire no podían, a pesar de sus profundas raíces en las filosofías
políticas y morales de finales del siglo dieciocho y principios del diecinueve,
haber asegurado su dominio perpetuo sobre la dirección de los asuntos públicos,
si no hubiera sido por su conformidad con las necesidades y los deseos del mundo
de los negocios de la época. Ellos llenaron de objeto a nuestros héroes de
antaño, los grandes hombres de negocios. «Por lo menos la mitad del n”ejor
talento en el mundo occidental» -acostumbraba a decir Marshall- «se dedica a los
negocios». Una gran parte de «la imaginación más eminente» de la época estuvo
empleada de este modo. Fue en las actividades de estos hombres donde estuvieron
centradas nuestras esperanzas de progreso.
Los hombres de este tipo
-escribió Marshall- viven experimentando constantemente visiones cambiantes,
modeladas en su propio cerebro, de los diferentes medios que pueden conducir1es
al fin deseado; de las dificultades que la naturaleza pone en cada camino y de
las estratagemas con que piensan que podrán vencer1as. Este esfuerzo imaginativo
no es apreciado por el público, ya que no puede mostrarse exteriormente; su
potencialidad está disciplinada por una fuerte voluntad; y su mayor gloria
consiste en haber logrado grandes fines por medios tan sencillos que nadie
llegue a saber, y sólo los expertos puedan adivinar, cuántos otros
procedimientos, todos ellos más atractivos y brillantes para un observador
precipitado, ha sido necesario descartar a favor del elegido. La imaginación de
un hombre de este tipo se emplea: igual que la de un ajedrecista, en adivinar
los obstáculos que pueden oponerse al desarrollo normal de sus ambiciosos planes
y en desechar constantemente las jugadas brillantes por imaginarse las
reacciones del adversario contra las mismas. La gran resistencia de su sistema
nervioso figura al extremo opuesto, en la escala de la naturaleza humana, de la
nerviosa irresponsabilidad de quienes conciban precipitadamente proyectos
utópicos. Éstos pueden ser comparados a los malos ajedrecistas, quienes con
fácil osadía resuelven rápidamente los problemas más difici1es moviendo ellos
mismos todas las piezas, tanto las blancas como las negras.
Ésta es una excelente pintura
del gran capitán de industria, del maestro del individualismo, que nos sirve al
propio tiempo que se sirve a sí mismo, justamente como lo hace cualquier otro
artista. Sin embargo, éste, a su vez, se está convirtiendo en un ídolo
deslucido. Cada vez dudamos más de que sea él quien nos conduce de la mano al
paraíso.
Todos estos elementos han
contribuido a la tendencia intelectual corriente, al maquillaje mental, a la
ortodoxia de la época. La fuerza de muchas de las razones originales ha
desaparecido, pero, como de costumbre, la vitalidad de las conclusiones las
sobrevive. Sugerir una acción social en favor del bien público de la ciudad de
Londres es como discutir el Origen de las especies con un obispo de hace sesenta
años. La primera reacción no es intelectual, sino moral. Una ortodoxia está en
cuestión, y cuanto más persuasivos sean los argumentos, tanto más grave será la
ofensa. Sin embargo, aventurándome en la cueva del monstruo aletargado, por lo
menos he rastreado sus quejas y genealogía, de manera que demuestre que nos ha
gobernado más por derecho hereditario que por mérito personal.
IV
Eliminemos los principios
metafísicos o generales sobre los que, de cuando en cuando, se ha fundamentado
el laissez-faire. No es verdad que los individuos tengan una «libertad natural»
sancionada por la costumbre de sus actividades económicas. No existe un
«convenio» que confiera derechos perpetuos sobre aquellos que tienen o sobre
aquellos que adquieren. El mundo no se gobierna desde arriba, de manera que no
siempre coinciden el interés privado y el social. No es dirigido aquí abajo de
manera que coincidan en la práctica. No es una deducción correcta de los
principios de la economía que el interés propio ilustrado produzca siempre el
interés público. Ni es verdad que el interés propio sea generalmente ilustrado,
más a menudo, los individuos que actúan por separado persiguiendo sus propios
fines son demasiado ignorantes o demasiado débiles incluso para alcanzar éstos.
La experiencia no demuestra que los individuos, cuando forman una unidad social,
sean siempre menos clarividente s que cuando actúan por separado.
Por lo tanto, no podemos
establecer sobre fundamentos abstractos, sino que debemos tratar en sus méritos
en detalle, lo que Burke denominaba «uno de los problemas más delicados en
legislación, es decir, determinar lo que el Estado debe asumir para dirigir por
la sabiduría pública, y lo que debe dejar, con tan poca interferencia como sea
posible, al esfuerzo individual». Hemos de distinguir ante lo que Bentham, en su
olvidada pero útil nomenclatura, acostumbraba a denominar Agenda y No-Agenda. Y
hacer esto sin la presunción previa de Bentham de que la interferencia es, al
mismo tiempo, «generalmente inútil» y «generalmente perniciosa».Tal vez la
principal tarea de los economistas en esta hora sea distinguir de nuevo la
Agenda del gobierno de la No-Agenda; y la tarea pareja de los políticos sea
ingeniar formas de gobierno dentro de una democracia que sean capaces de cumplir
la Agenda. Ilustraré lo que pienso mediante dos ejemplos. (1) Creo que, en
muchos casos, la medida ideal para la unidad de control y organización está
situada en algún punto entre el individuo y el Estado moderno. Sugiero, por
tanto, que el progreso radica en el aumento del reconocimiento de los cuerpos
semiautónomos dentro del Estado -cuerpos cuyo criterio de acción dentro de su
propio campo es únicamente el bien público tal como ellos lo entienden, y de los
cuales están excluidos los motivos de reflexión de interés privado; aunque
todavía pueda ser necesario dejarles algún lugar, hasta que el ámbito del
altruismo de los hombres se amplíe al interés de grupos particulares, clases o
facultades-, cuerpos que en el curso ordinario de los negocios son
principalmente autónomos dentro de sus limitaciones prescritas, pero que están
sujetos en último término a la soberanía de la democracia expresada a través del
Parlamento.
Propongo una vuelta, si así
puede decirse, hacia las concepciones medievales de autonomías separadas. Pero,
al menos en Inglaterra, las corporaciones son un modo de gobierno que jamás ha
dejado de ser importante y es consustancial a nuestras instituciones. Es fácil
dar ejemplos de lo qUe ya existe, de autonomías separadas que han tomado la
modalidad que he dicho o se están acercando a ella: las universidades, el Banco
de Inglaterra, el Puerto de Londres, incluso tal vez las compañías de
ferrocarril. En Alemania hay, sin duda, instancias análogas.
Pero más interesantes que
éstas es la tendencia de las instituciones capitalistas, cuando han alcanzado
una cierta edad y tamaño, a aproximarse al status de las corporaciones públicas
más que al de la empresa privada individualista. Uno de los desarrollos más
interesantes e inadvertido s de las recientes décadas ha sido la tendencia de la
gran empresa a socializarse. En el crecimiento de una gran institución
-particularmente un gran ferrocarril o una gran empresa de utilidad pública,
pero también un gran banco o una gran compañía de seguros- se llega a un punto
en el que los propietarios del capital, es decir, los accionistas, están casi
enteramente disociados de la dirección, con el resultado de que el interés
personal directo de la última en la persecución del mayor beneficio viene a ser
completamente secundario. Cuando se alcanza este estadio, la estabilidad general
y el prestigio de la institución son más tenidos en cuenta por la dirección que
el beneficio máximo por los accionistas. A éstos debe bastarles con percibir
dividendos convencionalmente adecuados; pero una vez que esto queda asegurado,
el interés directo de la dirección consiste a menudo en evitar las críticas del
público y de los clientes de la empresa. Éste es particularmente el caso si su
gran tamaño o su posición semimonopolista atraen la atención del público y la
hacen vulnerable a los ataques de éste. Tal vez el ejemplo extremo de esta
tendencia en el caso de una institución, teóricamente la propiedad sin
limitaciones de personas privadas, sea el Banco de Inglaterra. Es casi cierto
decir que no hay ninguna clase de personas en el reino en quienes 'menos piense
el gobernador del Banco de Inglaterra, cuando decide sobre su política, que en
sus accionistas. Sus derechos, más allá de su dividendo convencional, se han
hundido en las proximidades del cero. Pero lo propio es particularmente cierto
en muchas otras grandes instituciones. A medida que pasa el tiempo, están
socializándose por sí mismas.
No se trata de una ganancia
pura. Las mismas causas promueven el conservadurismo y la decadencia de la
empresa. De hecho, ya tenemos en estos casos muchos de los defectos, así como de
las ventajas, del socialismo de Estado. Sin embargo, aquí vemos, creo,
una línea natural de
evolución. La batalla del socialismo contra el beneficio privado ilimitado está
siendo ganada en detalle, hora por hora. En estos campos particulares -continúa
siendo agudo en otras partes- éste no es ya el problema apremiante. No hay, por
ejemplo, ninguna cuestión política de las que se consideran importantes que sea
tan realmente intrascendente, tan irrelevante para la reorganización de la vida
económica de la Gran Bretaña, como la nacionalización de los ferrocarriles.
Es verdad que muchas grandes
empresas, particularmente empresas de servicios públicos y otras, requieren un
gran capital fijo, incluso necesitan estar semisocializadas. Pero debemos ser
flexibles al contemplar las formas de este semisocialismo. Debemos aprovechar
por completo las tendencias naturales de la época, y probablemente debemos
preferir corporaciones semiautónomas a órganos del gobierno central de los que
son directamente responsables los ministros del Estado.
Critico el socialismo de
Estado doctrinario, no porque aspire a poner los impulsos altruistas de los
hombres al servicio de la sociedad, o porque parta del laissez-faire, o porque
reduzca la libertad natural del hombre para conquistar el mundo, o porque tenga
valor para realizar experimentos audaces. Aplaudo todas estas cosas. Lo critico
porque pierde la significación de lo que está ocurriendo realmente; porque, de
hecho, es poco más que una reliquia cubierta de polvo de un plan para afrontar
los problemas de hace cincuenta años, basado en una comprensión equivocada de lo
que alguien dijo hace cien años. El socialismo de Estado del siglo XIX procede
de Bentham, la libre competencia, etc., y es una versión, en algunos aspectos
más clara y en otros más confusa, de la misma filosofía en la que se basa el
individualismo decimonónico. Ambos ponen igualmente todo su énfasis en la
libertad, el uno negativamente para evitar las limitaciones de la libertad
existente, el otro positivamente para destruir los monopolios naturales o
adquiridos. Son reacciones diferentes a la misma atmósfera intelectual.
(2) A continuación llegamos a
un criterio de la Agenda que es particularmente relevante en relación con lo que
es urgente y deseable hacer en el próximo futuro. Debemos tender a separar
aquellos servicios que son técnicamente sociales de aquellos que son
técnicamente individuales. La Agenda del Estado más importante no se refiere a
aquellas actividades que los individuos privados ya están desarrollando, sino a
aquellas funciones que caen fuera de la esfera del individuo, aquellas
decisiones que nadie toma si el Estado no lo hace. Lo importante para el
gobierno no es hacer cosas que ya están haciendo los individuos, y hacerlas un
poco mejor o un poco peor, sino hacer aquellas cosas que en la actualidad no se
hacen en absoluto.
No es mi propósito en esta
ocasión desarrollar políticas prácticas. Por tanto, me limito a enumerar algunos
ejemplos de lo que quiero decir, entre aquellos problemas sobre los que he
reflexionado más.
Muchos de los mayores males
económicos de nuestro tiempo son la consecuencia del riesgo, la incertidumbre y
la ignorancia. Ello es así porque los individuos particulares, afortunados en
situación o capacidad, pueden aprovecharse de la incertidumbre y de la
ignorancia, y también porque por la misma razón los grandes negocios son a
menudo una lotería, existen grandes desigualdades de riqueza; y estos mismos
factores son también la causa del desempleo del trabajo, o de la frustración de
expectativas razonables de negocio, y del deterioro de la eficiencia y de la
producción. Sin embargo, el remedio no está al alcance de la acción de los
individuos; incluso puede que convenga a sus intereses agravar la enfermedad.
Creo que el remedio para estas cosas ha de buscarse en parte en el control
deliberado del dinero y del crédito por medio de una institución central, y en
parte en la recogida y publicación en gran escala de datos relativos a la
situación económica, incluyendo la publicidad completa, si es necesario por ley,
de todos los hechos económicos que sea útil conocer. Estas medidas involucrarían
a la sociedad en el ejercicio de la inteligencia directiva a través de algún
órgano de acción apropiado sobre muchos de los enredos internos de los negocios
privados, aunque dejarían en libertad la iniciativa y la empresa privadas. Aun
suponiendo que estas medidas se mostraran insuficientes, nos proporcionarían un
mejor conocimiento del que tenemos ahora para dar el siguiente paso.
Mi segundo ejemplo se refiere
a los ahorros y a la inversión. Creo que hace falta alguna acción coordinada de
juicio inteligente en la medida en que es deseable que la comunidad como un todo
ahorre, en la medida en que estos ahorros vayan al exterior en forma de
inversiones extranjeras, y si la organización actual del mercado de inversión
distribuye los ahorros por los canales más productivos para el país. No creo que
estos asuntos tengan que dejarse enteramente al arbitrio de la opinión y de los
beneficios privados, como ahora.
Mi tercer ejemplo se refiere
a la población. Ya ha llegado el momento en que cada país necesita una política
nacional meditada sobre qué tamaño de la población, mayor, igualo menor que el
actual, es más conveniente. Y habiendo establecido esta política, debemos tomar
las providencias para desarrollada. Puede llegar el tiempo, un poco más
adelante, en que la comunidad como un todo deba prestar atención tanto a la
cualidad innata como a las simples cifras de sus futuros miembros.
V
Estas reflexiones se han
dirigido hacia las mejoras posibles en la técnica del capitalismo moderno por
medio de la agencia de la acción colectiva. No hay nada en ellas seriamente
incompatible con lo que me parece es la característica esencial del capitalismo,
es decir, la dependencia de un intenso atractivo por hacer dinero y por los
instintos de amor al dinero de los individuos como principal estímulo de la
máquina económica, Ni debo desviarme, tan cerca del final, hacia otros campos.
Sin embargo, hago bien en recordarles, en conclusión, que las discusiones más
vehementes y las divisiones de opinión más profundamente sentidas se producirán
probablemente en los próximos años, no en torno a cuestiones técnicas, en las
que los argumentos por ambas partes son principalmente económicos, sino en torno
a aquellas que, a falta de mejores palabras, pueden denominarse psicológicas o,
tal vez, morales.
En Europa, o al menos en
algunas partes de Europa -pero no, pienso, en los Estados Unidos de América-
existe una reacción latente, algo difusa, en contra de fundamentar la sociedad,
en la medida en que lo hacemos, en alimentar, animar y proteger los motivos
monetarios de los individuos. Una preferencia por organizar nuestros asuntos de
tal manera que el motivo monetario fuera lo más pequeño posible, en lugar de ser
lo mayor posible, no necesita ser enteramente a priori, sino que puede basarse
en la comparación de experiencias. Diferentes personas, de acuerdo con su
elección de profesión, ven que el motivo monetario juega un papel mayor o menor
en su vida diaria, y los historiadores pueden hablamos sobre otras fases de la
organización social en las que este motivo ha jugado un papel mucho menor que en
la actualidad. La mayoría de religiones y la mayoría de filosofías critican, por
decido de un modo discreto, un modo de vida que esté influido principalmente por
consideraciones de beneficio monetario personal. Por otra parte, la mayoría de
los hombres de hoy rechazan las nociones ascéticas y no dudan de las ventajas
reales de la riqueza. Además, les parece obvio que uno no pueda prescindir del
motivo monetario y que, aparte de ciertos abusos admitidos, éste juega bien su
papel. En resumen, el hombre medio desvía su atención del problema y no tiene
una idea clara de lo que realmente piensa y siente sobre toda esta confusa
cuestión.
La confusión del pensamiento
y del sentimiento lleva a la confusión del lenguaje, Mucha gente, que está
realmente criticando al capitalismo como modo de vida, argumenta como si lo
estuviera haciendo sobre la base de su ineficiencia para alcanzar sus propios
objetivos, Por el contrario, los devotos del capitalismo son a menudo
indebidamente conservadores, y rechazan las reformas de su técnica, que podrían
realmente reforzado y conservado por miedo de que puedan resultar ser los
primeros pasos hacia fuera del propio capitalismo. Sin embargo, puede llegar un
día en el que veamos más claro que ahora cuándo estamos hablando del capitalismo
como una técnica eficiente o ineficiente, y cuándo estamos hablando de él como
algo deseable o cuestionable en sí mismo. Por mi parte, pienso que el
capitalismo, dirigido con sensatez, puede probablemente hacerse más eficiente
para alcanzar fines económicos que cualquier sistema alternativo a la vista,
pero que en sí mismo es en muchos sentidos extremadamente cuestionable. Nuestro
problema es construir una organización social que sea lo más eficiente posible
sin contrariar nuestra idea de un modo de vida satisfactorio.
El siguiente paso adelante
debe venir, no de la agitación política o de los experimentos prematuros, sino
del pensamiento. Necesitamos aclarar nuestros propios sentimientos mediante un
esfuerzo de la mente. En la actualidad, nuestra simpatía y nuestra opinión
propenden a estar en lados diferentes, lo que constituye un estado mental
angustiado y paralizante. En el campo de la acción, los reformadores no tendrán
éxito hasta que puedan perseguir firmemente un objetivo claro y definido, con
sus inteligencias y sentimientos en sintonía. No hay ningún partido en el mundo,
en el momento actual, que me parezca estar persiguiendo objetivos correctos por
medio de métodos correctos. La pobreza material proporciona el incentivo para
cambiar precisamente en situaciones en las que hay muy poco margen para la
experimentación. La prosperidad material suprime el incentivo precisamente
cuando no sería arriesgado probar suerte. Europa carece de medios, América de la
voluntad, para dar algún paso. Necesitamos una nueva serie de convicciones que
broten naturalmente de un sincero examen de nuestros propios sentimientos
íntimos en relación con los hechos exteriores.
FIN