LIBRO

 

 

La primera aventura del Coyote

JOSÉ MALLORQUÍ

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Capítulo primero

 

Un californiano vuelve a Los Ángeles

 

El Alicia echó el ancla en el fangoso puerto de San Pedro y los pasajeros se agolparon en la borda para contemplar la tierra de California. Un hombre y una mujer que se encontraban en la parte de popa, de pie junto a la bandera mejicana que ondeaba a impulsos de las caricias del viento, cambiaron una mirada.

-¡Qué poco ha cambiado todo! -murmuró el hombre.

-Hemos cambiado mucho más nosotros -replicó la mujer, que no representaba más de treinta y seis o treinta y siete años-. Cuando salimos de aquí tú tenías veintidós años.

-Y tú dieciocho -sonrió el nombre-. Pero tú no has cambiado nada. Si acaso estás más joven.

-Gracias por tus lisonjas; pero no son más que palabras hermosas. La verdad no está con ellas.

-Sí que está. No hay mujer más hermosa que tú, ni más joven, ni más amada.

Volverás a ser la más bella de Los Ángeles.

-Tendré que competir con las bellezas modernas y con las que habrán traído los yanquis.

-Veremos qué han hecho esos yanquis de nuestro querido Pueblo de Nuestra Señora de Los Ángeles.

-De momento le han acortado el nombre, y me extraña que no le hayan aplicado una de sus horribles denominaciones.

Un oficial del barco se acercó en aquel momento a ellos.

-Señor Segura, la lancha que ha de llevarles a tierra está ya preparada. Su equipaje ha sido colocado en ella.

-Muchas gracias -replicó don Adolfo Segura, que con su esposa había ocupado el mejor camarote del barco que hacía la travesía entre Mazatlán y Los Ángeles, Monterrey y San Francisco.

Descendieron a la lancha y partieron hacia el tosco embarcadero, en el que ya esperaba un coche tirado por cuatro mulas, y en cuyo techo fue colocado todo el equipaje de los viajeros, en tanto que éstos se acomodaban en las dos acolchadas banquetas del interior. Cuando terminó la carga, el cochero y el chiquillo que le ayudaba se sentaron en el pescante y comenzó el viaje hasta la ciudad (p.1) de Los Ángeles, distante unos veintitrés kilómetros de su puerto.

Teniendo enfrente un par de horas de monótono recorrido, el cochero decidió invertirlas en averiguar lo posible de sus viajeros. El hombre vestía una severa levita negra, pantalones a cuadros oscuros y corbata de plastrón. Con las enguantadas manos sostenía sobre las piernas un elegante sombrero de copa. Su cabello era negro y rizado, y se advertían algunas hebras blancas. La mujer, en cambio, conservaba intensamente negra toda su abundante cabellera, y aunque no debía de ser muy joven, era hermosa, de cutis terso, vestida de negro y luciendo en las orejas dos hermosos diamantes que parecían hermanos del que adornaba su mano izquierda.

-¿Conocen la ciudad los señores? -preguntó el cochero, volviendo la cabeza hacia el interior del vehículo.

-Estuvimos en ella hace muchos años. Antes de que la ocupasen los... los americanos.

El cochero adivinó que su oyente había estado a punto de llamar a los americanos por el nombre más habitual de «los yanquis», pero que se había contenido, temiendo, acaso, que el cochero fuese partidario de los conquistadores.

-La encontrarán muy cambiada -dijo el conductor-. Ha crecido algo, hay muchos yanquis y las buenas familias se han mezclado un poco con ellos.

-No deben quedar muchas de las antiguas -comentó Segura, cambiando una rápida mirada con su mujer.

-¡Ya lo creo que quedan! Los Picos, lo Garfias, los Varela, los Echagüe.

-¿Vive aún don César? -preguntó, con fingida indiferencia, el viajero.

-¿Don César de Echagüe? ¡Ya lo creo que vive!

-¿Es posible? -preguntó la mujer.

-Ustedes quizá pregunten por don César, el viejo. No, él no vive ya. Murió hace mucho tiempo. Viven su hijo y su nieto.

-¿Se casó César de Echagüe? -preguntó Adolfo Segura.

-Con Leonor de Acevedo. La última de los Acevedo. La pobre murió hace unos años. Dejó un hijo llamado también César.

-Los Echagüe eran muy ricos -comentó la mujer.

-¡Seguro que sí! -exclamó el cochero-. No ha habido fortuna mejor que la de ellos. La conservan (p.2) aumentada. Ahora se han juntado las fortunas de los Echagüe y la de los Acevedo. Además, don César compró muchas tierras, y como su hermana se casó con uno del Gobierno; pues nadie los ha molestado mucho. Ni El Coyote.

-¿Aún existe El Coyote? -preguntó Segura.

-¡Ya lo creo que existe! -exclamó el cochero-. ¡Y que no se mueve poco desde hace algún tiempo! Aún no hace nada que terminó con la banda de la Calavera.

-¿Y no se ha descubierto en todos estos años la identidad del Coyote?

-¿Cómo se va a descubrir? El Coyote no tiene rival ni hay quien se atreva a medir sus fuerzas con las suyas. Los de la Calavera lo intentaron y los exterminó a todos.

-Es extraño que operando siempre en Los Ángeles no hayan conseguido aún descubrirle -dijo el viajero.

-Pues no han podido. Supongo que habrá muchos que le conocerán; pero ésos saben callar y no dicen nada que pueda poner a los yanquis sobre la pista del Coyote. Claro que algún día le cazarán... Pero Dios quiera que antes de que ocurra eso pase muchísimo tiempo.

-Observo que continúa siendo el ídolo de los habitantes de Los Ángeles -comentó Segura.

-Pues, ¿cómo no? Si no hubiera sido por él, los yanquis hubieran cometido muchísimas tropelías con nosotros; pero aunque dicen que nos tienen miedo, en cambio al Coyote sí que le temen de veras. Y por miedo a su venganza se moderan un poco.

-Veo que, por lo menos, la fama del Coyote no se ha reducido y sigue siendo la misma. En eso Los Ángeles no ha cambiado. ¿Y qué tal está de posadas?

-El señor Yesares estableció una muy buena en la plaza. La del Rey Don Carlos. Siempre la tiene llena de clientes. Se sirve muy buena comida, buen vino y excelentes atracciones. Dicen que es la mejor posada de toda la costa del Pacífico.

-¿Quién es ese Yesares? ¿Algún mejicano?

-No, señor. Es alguien de Paso Robles, de muy buena familia; pero dice que hay que vivir y que no se pueden sentir repugnancias cuando el hambre aprieta. En la ciudad le aprecian mucho; pero los verdaderos señores (p.3) opinan que no debía haberse rebajado hasta ejercer el oficio de posadero y admitir en su casa a toda clase de gente.

¡Y si el señor no ha estado en Los Ángeles en veinte años, no puede imaginarse lo que quiere decir aquí eso de «toda clase de gente»!

-Ya supongo que con lo del oro no habrán venido personas muy recomendables.

-Nosotros hemos sufrido poco a los buscadores de oro. Nuestras tierras son más agrícolas que otra cosa; pero también han llegado algunos matachines que nos hubieran hecho la vida imposible si El Coyote no los hubiera metido en cintura.

-¡Siempre El Coyote! -rió Adolfo Segura-. Es casi la divinidad protectora de Los Ángeles.

-Más de una vez nos hemos preguntado todos qué hubiera sido de nosotros sin él, señor -replicó el cochero-. ¡Oh!

-¿Qué sucede? -preguntó Segura, inclinándose hacia el hombre, que acababa de detener sus caballos.

-¡El... el... Co... yote!

Un jinete acababa de surgir de entre unos floridos arbustos y con dos negros y largos revólveres apuntaba a la vez al cochero y a los viajeros.

-Buenos días, Gregorio -saludó-. ¿A quién traes ahí dentro?

-A... a...

Segura se asomó a la ventanilla y anunció:

-Don Adolfo Segura y su esposa, doña Adelaida González de Segura, señor

Coyote. ¿Desea saber algo más?

El jinete que ocultaba sus facciones con una negra máscara, sonrió y, saludando con una inclinación de cabeza a Adela, replicó:

-Sólo deseo saber de dónde vienen.

-De Mazatlán, Méjico.

-¿Y antes de embarcar en Mazatlán dónde vivían?

-Es mucho preguntar, señor -replicó Segura, aunque, por algún motivo, en su voz no vibraba la irritación que hubiera debido acompañar a sus palabras.

-Creo que puedo hacerlo, ¿verdad? -sonrió el enmascarado, haciendo girar sus revólveres en torno a sus manos-. ¿De dónde proceden?

-De ciudad de Méjico. ¿Está usted satisfecho?

-¿Y a qué vienen a Los Ángeles?

-A visitar la ciudad. Y ahora, ¿puedo preguntar a qué obedece su interés por nosotros, señor?

-Puede hacerlo; pero yo no le contestaré. Buen viaje, señor Segura. A (p.4) sus pies,

señora.

Enfundando sus revólveres, El Coyote tiró a las manos de Gregorio una moneda

de oro y, saludando con una inclinación a los viajeros, picó espuelas y desapareció en dirección a Los Ángeles.

-¡Qué susto! -exclamó el cochero, secándose el sudor.

-Pues no le ha ido mal -comentó Segura-. Por el brillo me ha parecido una moneda de oro, y por el tamaño la juzgué de a veinte pesos.

-Sí; pero el susto...

Crujieron los muelles del coche, restalló el látigo y prosiguió el viaje. Adolfo Segura se volvió hacia su mujer y comentó en voz baja:

-No nos ha conocido.

-Tal vez no sea él -replicó, con voz igualmente baja, su esposa.

-¿Crees que en tanto tiempo no habría podido subsistir?

-Creo que, lógicamente, no puede ser éste el mismo Coyote cuya primera...

-Silencio -recomendó Adolfo Segura, indicando con un movimiento de cabeza al cochero. Y agregó-: Se está esforzando por oír lo que decimos.

Prosiguió el viaje y, sin nuevos tropiezos, se llegó a las calles de la población, a ambos lados de las cuales se levantaban las típicas construcciones de una planta o las más ambiciosas de planta baja y un piso en torno del que corría una galería o balcón que rodeaba toda la casa y a la cual daban las habitaciones.

Según la costumbre española, las casas eran de ladrillo; pero ya se veían bastantes de madera, construidas por los yanquis, que preferían la rapidez a la solidez.

-¿Le llevo a la posada del Rey Don Carlos? -preguntó el cochero.

-Claro -replicó Segura.

El coche se detuvo frente al famoso establecimiento y un criado acudió a atender a los viajeros. Adolfo Segura entregó un par de pesos a Gregorio, que se consideró el hombre más afortunado del mundo por lo provechosa que la jornada le había resultado, pues aunque el pago de Adolfo Segura no se podía comparar al del Coyote, era más de lo que solía cobrarse en aquellos viajes.

Don Ricardo Yesares, el propietario de la posada, salió al encuentro de los viajeros y se informó de si habían disfrutado de un buen viaje. Les aseguró luego que podría (p.5) ofrecerles una de las mejores habitaciones de la posada y, por último, les acompañó hasta ella, anunciándoles que dentro de una hora se les serviría la comida en la habitación, si no preferían tomarla en el comedor.

-Bajaremos al comedor -dijo el señor Segura.

Se retiró Yesares y al quedar solos los viajeros se miraron.

-Parece imposible que hayamos regresado -dijo la mujer-. Pero no estoy tranquila. ¿Y si te reconociesen?

-Aunque para ti no he cambiado, para los demás debo de ser muy distinto del que era. Ni el propio Coyote se ha acordado de mí. Y eso que tendría que recordarme mejor que nadie.

-No me asustaría que El Coyote te reconociera; pero sí alguno de los que estuvieron aquí...

-No temas, mujer. Las tropas de ocupación se marcharon hace muchos años. No creo que nadie recuerde al capitán Potts. Por lo menos no habrá ningún norteamericano que lo recuerde. Y de los habitantes de Los Ángeles no debemos temer.

-¿Ni de César de Echagüe? -preguntó la mujer.

-¡César de Echagüe! -El rostro de Segura se endureció-. No sé qué pensar de él.

Nada bueno, desde luego. Era mi amigo; pero...

-No hizo nada por ti.

-Nada en absoluto. Si no hubiera sido por El Coyote...

Maquinalmente, Segura se llevó la mano a la garganta y su esposa le abrazó fuertemente, exclamando:

-¡No, no! No me recuerdes aquello... ¡Fue horrible! Veintitrés años no han podido borrar aquel terrible recuerdo.

-Ya pasó. Creo que la Ley condona a los veinte años todo delito cometido, y el vivir lejos de aquí ha sido más que suficiente castigo. Bajemos a comer.

Cuando hubieron terminado la apetitosa comida que les fue servida, los Segura fueron a sentarse en el patio, junto a unos naranjos. Yesares se acercó a ellos y preguntó:

-¿Han quedado satisfechos los señores?

-Mucho. Le felicito por la comida, por el servicio y por el hermoso local en que está instalado. Por cierto que hace unos años esto no era una posada. Creo recordar que pertenecía a...

-Esta casa era de la familia Echagüe -explicó Yesares-. Don César me la cedió para (p.6) ayudarme a fundar este negocio. Le estoy muy agradecido.

-Yo conocí a su padre -dijo Segura-. Pero eso fue hace muchos años.

-Si fue usted amigo de don César, hoy se le presenta una buena oportunidad. Se celebra una importante fiesta en el rancho de San Antonio y el actual propietario tendrá un gran placer recibiendo a quien fue amigo de su padre. Además, el hecho de que venga usted de Méjico es otro motivo que bastaría para abrirle las puertas del rancho de San Antonio y de todas las demás haciendas de la ciudad. Don César me encargó que si el barco llegaba antes de la fiesta que dará esta noche, pidiera a todos los viajeros que hubiesen llegado que acudieran a su casa, donde serán muy bien recibidos.

-Pero... el hecho de que yo conociese hace veintitantos años al padre del actual propietario del rancho no me parece suficiente motivo para que me presente ahora allí...

Yesares acalló con un ademán las protestas de Segura.

-Usted se olvida, señor, de que estamos en California, donde hay demasiados yanquis para que los verdaderos californianos no nos sintamos alegrados por la presencia en nuestra casa de quienes pueden ofrecernos la agradable cualidad de hablar nuestro idioma. Vaya usted al rancho de San Antonio. Inmediatamente enviaré a un criado para que anuncie su visita. Así no le sorprenderá su llegada.

-Bien -sonrió Segura-. Sospecho que no tendré más remedio que aceptar, si no quiero exponerme a parecer descortés.

-Claro que sí.

-Saldré a pasear un rato por la ciudad. Mi esposa y yo deseamos ver los cambios que se han verificado en ella. ¿A qué hora debemos ir al rancho de San Antonio?

-Las siete de la tarde es una excelente hora para llegar allí.

-Muy bien, tendremos tiempo de visitar la población.

Media hora después los viajeros de Méjico salían de la posada; pero no parecían sentir gran interés por las escasas bellezas de la población. En vez de buscarlas, dirigiéronse directamente al Juzgado, donde pidieron al encargado del archivo que les permitiera examinar el plano de las propiedades y fincas de los habitantes de la (p.7) población. Una moneda de oro adormeció las protestas que empezaban a formularse en los labios del empleado, que al momento se convirtió en un celoso auxiliar.

¿Qué propiedades deseaban investigar? ¿Tenían, acaso, alguna reclamación que hacer? Nadie mejor que él conocía la historia de las fincas de Los Ángeles.

-Y es mucho decir, pues desde la ocupación por los norteamericanos ha habido cambios a montón.

-Me interesaba saber a quién pertenece actualmente La Mariposa. Era un hermoso rancho que yo visité hace unos años y que me gustaría volver a visitar. La familia a quien pertenecía creo que se extinguió...

-Dice usted muy bien -interrumpió el empleado, ansioso de hacer una demostración de sus conocimientos-. Fue un suceso muy lamentable, en el que anduvieron complicadas dos de las mejores familias de la ciudad. Hubo un crimen y un proceso que produjo mucho ruido.

-Estoy enterado de todo -dijo Segura-. La Mariposa debió de ser confiscada,

¿no?

-Pues... a eso se iba ciertamente; pero antes de que las autoridades pudieran

confiscarla se presentó don César de Echagüe, el joven, pues entonces aún vivía su padre, y mostró un documento en el cual el propietario de La Mariposa reconocía haber recibido un préstamo de cien mil pesos, dando como garantía la finca.

-¿Qué dice...? Pero... Bien, bien, continúe.

-La finca pasó a manos de don César y en ellas sigue. Por cierto que así como antes no era ciertamente una hacienda próspera, y cien mil pesos eran tres veces más de lo que valía, ahora está valorada en medio millón, y a ese precio se encontrarían un montón de compradores.

-Claro... Pero... a mí me pareció una hacienda muy hermosa -declaró Segura, con tembloroso acento.

-Pero no la ha visto ahora, señor. Nosotros conocemos los beneficios que se obtienen en todas las fincas, y puedo decirle confidencialmente que los reportados por La Mariposa llegaron en el año pasado a cien mil dólares. Claro que se utiliza maquinaria moderna...

-Lo creo -replicó Segura-. El señor Echagüe hizo (p.8) una buena adquisición.

-Excelente. Y eso que entonces era casi un chiquillo; pero siempre ha tenido una gran cabeza para los negocios. Aquí, al principio, los residentes no le apreciaban mucho, pues fue de los primeros que aceptaron la dominación norteamericana. Él nunca quiso ayudar a los que fraguaban conspiraciones. Su hermana se casó con el señor Greene, del Gobierno, y eso aún le ha favorecido más.

-Entonces él no debió de sufrir cuando se revisaron los títulos de propiedad.

-¡Qué va! Al contrario: se encontró con que sus haciendas aumentaban, pues al revisarse los títulos españoles se vio que se le había concedido mucha más tierra de la que los Echagüe se molestaron en ocupar.

-Muchas gracias por todo -dijo Adolfo Segura, tendiendo otra moneda de oro al servicial funcionario-. Hasta la vista.

-Cuando usted guste me tendrá siempre a su disposición, caballero -replicó el hombre, reuniendo la segunda moneda con la primera.

Al salir del Juzgado, Adolfo Segura parecía haber envejecido veinte años.

-No te dejes llevar por el desánimo -le dijo su esposa-. Todo se arreglará. Segura se volvió hacia ella y preguntó, casi violentamente:

-¿Cómo quieres que se arregle? Esto ya no tiene remedio. ¡No!

-Tal vez sí. Vayamos esta noche al rancho y quizá... te reconozca.

-Y valiéndose de sus influencias me envíe al patíbulo, ¿no?

-No le creo capaz de semejante cosa.

-Tampoco yo le creí capaz de hacer lo que hizo; pero está todo bien claro. Durante veintitrés años hemos vivido miserablemente, creándonos una posición a costa de mil sacrificios. Y entretanto hemos esperado en vano... lo que él nos prometió.

-Pero hay alguien que no te ha traicionado. El Coyote. Tal vez él pueda hacer justicia.

-¿Cómo ponerme en contacto con El Coyote? Hace unas horas nos ha visto y no ha parecido reconocernos.

En aquel preciso instante un indio vestido con unos calzones blancos y una camisa que hacía las veces de blusa -pues los faldones quedaban encima del pantalón y con una tira de tela ceñida a la frente, se acercó a ellos y (p.9) preguntó:

-¿Es el señor Segura?

-Sí. ¿Qué ocurre?

-Esta carta para usted.

Adolfo Segura tomó la carta y al momento su mirada se fijó en el lacre que la cerraba, en el cual se veía una C. Abriéndola, leyó:

Señor Segura: Creo que esta mañana no ha sido la primera vez que nos hemos encontrado. Me gustaría hablar con usted. Vaya a la fiesta de don César de Echagüe. Cuando salga de allí recibirá noticias mías. Queme esta nota, pues podría comprometerle.

El indio había sacado ya una larga cerilla de azufre y en cuanto vio que Segura había leído la carta la encendió, ofreciéndosela a Segura, que prendió en ella el mensaje del Coyote, soltándolo sólo cuando estuvo casi consumido.

-Tenga, amigo -dijo Segura, tendiendo al indio una moneda de plata; pero el hombre movió negativamente la cabeza y, saludando con una inclinación, se alejó, confundiéndose en seguida entre el numeroso público que paseaba por las calles aprovechando lo agradable de la tarde.

-Ya hemos recibido noticias del Coyote -dijo Adela-. Estoy convencida de que te ayudará. Ya lo verás.

-Eso me obliga a acudir a casa de Echagüe -replicó su marido-. Había pensado no ir, porque no estoy seguro de poder contenerme.

-No seas loco y no destroces nuestra obra de tantos años. Vayamos a la fiesta y finjamos no saber nada. En realidad no tenemos ninguna fuerza material para apoyar tus demandas.

-Lo sé. En cambio sí tenemos fuerzas morales, y si El Coyote nos ayuda...

-Estoy segura de que nos ayudará -dijo la mujer.

 

Capítulo II

F0iesta en el rancho

 

Para los jóvenes la amplia terraza del rancho ofrecía dilatada y cómoda pista para danzar a los acordes de la orquesta que mezclaba los aires populares de California y Méjico, con valses, polcas y mazurcas. Y si después de un agitado baile las bellas damitas necesitaban refrescar sus gargantas, en un lado del amplio salón se había dispuesto un bufete en el que se servían refrescos de todas clases, así como fiambres y pasteles. De todo ello hacían buen consumo la juventud y la madurez, representada esta (p.10) última en el salón, donde las damas y los caballeros preferían la comodidad de los sillones y divanes al nerviosismo de la danza.

El extremo del salón opuesto a aquel en que estaba instalado el bufete hallábase más concurrido que el resto de la amplia estancia, pues allí se agrupaban especialmente las madres que hacían comentarios acerca de mil cosas sin importancia que ellas juzgaban importantísimas. También había algunos hombres, aunque la mayoría estaban reunidos en grupos, discutiendo sobre la posibilidad de que los demócratas se impusieran a los republicanos y que el presidente Grant fuera derrotado en el resto del país si intentaba la reelección, como antes lo había sido en California, que votó, por una gran mayoría, a Seymour. También se habló del antiguo alcalde Aguilar y se criticó al actual, Joel Turner, como en tiempos de Aguilar se había criticado a Aguilar y alabado a Mascarel.

César de Echagüe trataba de responder a cuantas preguntas se le hacían, y procuraba responderlas a gusto de todos los presentes, cosa nada fácil, teniendo en cuenta que las mujeres eran las que más preguntas hacían y las más difíciles de conformar.

La llegada de los Segura alivió un tanto al dueño de la casa.

¿Qué sucedía en Méjico? ¿Qué noticias podía proporcionar el señor Segura de aquel país que para los californianos era poseedor de todos los atractivos?

Adolfo Segura y su esposa habían llegado poco después de dar comienzo la fiesta y fueron recibidos por César de Echagüe, que les agradeció su presencia en la casa, presentándolos luego a todos los invitados.

De pronto, la señora de Anguita, poseedora de una gran fortuna, pero de un número también muy grande de hijas que, unidas a su marido, constituían su máxima preocupación y eran la fuente de sus disgustos, preguntó:

-¿Es verdad lo que ha dicho Gregorio, señor Segura?

-¿Qué ha dicho Gregorio, señora?

-Que el terrible Coyote les dio el alto.

-Sí, es cierto; pero no me pareció nada terrible.

-¿Es posible que El Coyote no le haya parecido terrible? - (p.11) preguntó, asombrada, la señora de Anguita.

-No. Se portó muy correctamente y no nos robó nada.

-Porque debió de ver que no llevaban encima nada de valor -replicó la mujer-.

A mí una vez me detuvo a las puertas de Los Ángeles y me quitó todas las joyas.

Bostezando, César de Echagüe intervino:

-Señora, si El Coyote hizo eso fue porque, según malas lenguas, aquellas joyas pertenecían a su hermana.

-¡Eso es una calumnia! -protestó, muy sofocada, la mujer.

-Sin duda -replicó César-. Ya he dicho que eso lo aseguraban malas lenguas.

-Además, mi hermana no recibió ni una sola de aquellas joyas.

-Pero un desconocido benefactor le regaló unas tierras y unas casas cuyo valor era, aproximadamente, el de las joyas que le robaron a usted -intervino don Francisco de Atienza, próspero hacendado.

-No se ha probado que fuera El Coyote -se defendió la mujer.

-Claro que no; pero es muy significativo -dijo Atienza-. Usted heredó de su familia todas las joyas y dicen que, en el lecho de muerte, su madre le pidió que las compartiera con su hermana menor, que por haber nacido del segundo esposo no tenía derecho a la parte principal de la fortuna de los Anguita.

-Aunque me lo hubiera dicho -replicó la señora, muy sofocada-, habría sido una tontería repartir lo que era mío con quien no tenía derecho a nada.

-Es posible que tenga usted razón -dijo César de Echagüe-. Pero el padre Sebastián le aconsejó varias veces que ayudara a su hermana.

-El padre Sebastián puede ser muy dadivoso porque no tiene nada que dar replicó la mujer-. Pero si tuviera una fortuna y diez hijas, lo pensaría dos veces antes de desprenderse de lo que puede significar la dote de dos o tres de ellas.

-Creo que yo le aconsejé que diera una parte de joyas a su hermana -dijo César.

-Mi hermana fue una loca en todos los sentidos -gruñó Carmen Anguita-. En vez de casarse con un hombre rico, eligió a un pobre abogado y se portó muy rudamente conmigo cuando, por ser la hermana mayor, le aconsejé que no se casara con aquel hombre, habiendo otro que la (p.12) quería tanto o más y por añadidura era rico.

-Pero viejo -rió el señor Atienza.

-¿Y qué? Si me hubiera hecho caso hubiese vivido un par de años con su marido, hubiera quedado viuda y ahora podría estar casada con su esposo, después de heredar una bonita fortuna.

-Ya posee una hacienda, y su marido empieza a tener nombre como abogado - dijo César de Echagüe.

-Pero yo he perdido mis joyas. Y si supiera que ellas sirvieron para pagar la

finca...

-Estoy seguro de que si su hermana creyera eso le habría entregado el rancho dijo el señor Atienza.

-Como ve, señor Segura, fui despojada por El Coyote y, además, nadie encuentra mal lo ocurrido.

-Tal vez no lo encuentren mal porque creen que ese Coyote obró justamente; pero yo opino que no obró con justicia, pues el robar nunca puede estar justificado.

-Eso depende del criterio de cada uno -intervino César-. El Coyote parece tener una conciencia muy amplia.

-Pero la gente le apoya -dijo Atienza-. De lo contrario no habría podido continuar sus hazañas durante tantos años.

-¿Cuántos años hace que existe El Coyote! -preguntó Segura.

-Surgió al poco tiempo de la ocupación norteamericana -dijo Atienza-. Cuando empezaron a confiscar tierras y anular títulos de propiedad. No recuerdo bien cuál fue su primera aparición. Debió de asaltar algún tabernucho de los frecuentados por los yanquis.

-No -dijo otro de los invitados, que se había acercado-. Su primera actuación fue cuando asaltó la diligencia en que llegaban los jueces que debían juzgar a Teodosio Marinas. Sí, eso fue. Los secuestró.

-¡Por Dios! -protestó Atienza-. Lo de Marinas fue el cuarenta y nueve y El Coyote llevaba ya varios años haciendo de las suyas. Recuerdo que en el cuarenta y ocho estaba yo en Monterrey y por allí acababa de dar unos cuantos golpes. Por lo tanto su primera hazaña debió de ocurrir mucho tiempo antes.

-Cuando yo estuve la última vez en Los Ángeles, sobre el año cuarenta y siete, todavía no se hablaba del Coyote -dijo Segura.

-Perdone, señor Segura, pero creo que se confunde usted -dijo (p.13) César de Echagüe-. Entonces ya hacía de las suyas El Coyote.

Atienza se echó a reír. Volviéndose hacia el dueño de la casa, reprendió:

-¡No diga eso, César! Pero si entonces era usted un chiquillo.

-Tenía veintitrés años menos que ahora, pero no era ningún chiquillo -protestó César-. Estoy seguro de que fue en mil ochocientos cuarenta y siete cuando El Coyote dio su primer golpe.

La llegada de un grupo de jóvenes que deseaban probar las excelencias de los licores y de los fiambres, provocó la disolución del grupo reunido en torno a César de Echagüe, junto al cual sólo quedaron los Segura.

-Tiene usted buena memoria, don César -dijo Adolfo Segura.

-¿Por qué lo dice? -preguntó con cierta indiferencia el dueño del rancho.

-Por lo de recordar la fecha en que comenzó a actuar El Coyote. Fue, en efecto, el cuarenta y siete.

-Creí que no lo sabía usted -dijo César.

-Luego he recordado que a raíz de mi partida de Los Ángeles comenzó a oírse hablar del Coyote. Bueno, no se decía que fuese El Coyote, pero se hablaba de un enmascarado que marcaba a sus enemigos con un balazo en la oreja.

-Es la costumbre del Coyote -replicó César-. Una costumbre de muy mal gusto,

¿verdad, señora?

Adela miró fijamente a César y, al fin, sonriendo, replicó:

-Hay hombres que no merecen sólo que se les agujeree el lóbulo de una oreja. El cortarles las dos orejas sería poco.

-Tal vez. Pero yo no conozco a ninguno que merezca semejante castigo.

-Yo sí -dijo secamente Adela.

-¿A quién?-preguntó César.

-Entre otros, a un hombre que prometió ayudar a un amigo, que recibió en depósito unos importantes bienes suyos y que... los guardó tranquilamente sin hacer nada por ayudar al amigo que confió en él y que, entretanto, pasaba un sinfín de privaciones. ¿Cree que un tipo así no merece algo más que un tiro en la oreja?

César de Echagüe, antes de responder, abrió una caja de cigarros, se la tendió a Adolfo Segura y cuando éste rechazó el cigarro que se le ofrecía, tomó uno y lo encendió pausadamente. Después de lanzar un par de bocanadas de humo (p.14) hacia el techo, César replicó, por fin:

-Antes de disparar el tiro sería muy conveniente escuchar al supuesto culpable.

-Hay delitos, don César, que no necesitan ser puestos en tela de juicio. Las pruebas son tan contundentes que no admiten discusión.

-Nadie es infalible, señor Segura.

-Tal vez tenga usted razón; pero yo no lo creo. Cuando se está seguro se es infalible.

César fumó unos instantes en silencio, como meditando. Por último, mirando

fijamente a Adolfo Segura, dijo:

-Si ahora se presentase mi padre delante de mí y dijese que no había muerto, sino que se había marchado a dar un paseo de varios años en tanto que nosotros, después de enterrarle, le creíamos completamente difunto...

-¿Qué? -preguntó Adela cuando César, después de su brusca interrupción, no siguió hablando.

-Tendría que dudar, ¿no? -preguntó el dueño del rancho.

-Si usted vio muerto a su padre... -empezó Adolfo Segura.

-Le vi muerto y enterrado. ¿Qué haría usted en mi caso?

-Dudaría..., o creería que el hombre que decía llamarse mi padre era un impostor

-Muy cierto. Pues lo mismo ocurre a veces. Uno está durante muchos años seguro de una cosa y de pronto ve que lo seguro es dudoso, que lo cierto parece que no lo es. Y se da cuenta de que durante veinte años ha tomado como infalible una verdad que, de súbito, se desmorona. Ante un caso así...

-¿Qué? -preguntó Adolfo. César se encogió de hombros.

-No sé. Me gustaría reflexionar. Si mañana por la mañana quisieran ustedes trasladarse a la finca La Mariposa... Hay un grueso roble que tal vez sea milenario en el que hace unos treinta años jugaban tres chiquillos. Dos chicos y una niña. La hacienda es enorme y les costará encontrar el árbol. Sólo sabiendo su situación exacta podría encontrarse en menos de siete u ocho horas. Cerca de aquel árbol hay algo que es una justificación. Pero no quiero entretenerles más. Sin duda estarán deseando volver a Los Ángeles, y como la fiesta no es muy alegre...

Iban regresando hacia el grupo los invitados. Los Segura se pusieron en pie.

-¿Se marchan ustedes? -preguntó (p.15) don César cuando los demás estuvieron lo bastante cerca para oírle.

-Sí -replicó Adolfo Segura-. Mañana quiero visitar su finca.

-¿La Mariposa? -preguntó César-. Como usted guste, pero no cometa la imprudencia de ir a visitarla esta noche. Me hablaron de que se habían visto un par de desconocidos en las proximidades de la hacienda y ordené a los guardianes que dispararan sin contemplaciones. Se expondrían a recibir un tiro... No creo que eso les agrade.

-No, no. Iremos mañana. Buenas noches a todos.

Los Segura salieron del salón y poco después se oyó el crujir de la gravilla bajo las ruedas del coche en que iban.

-¡Qué tipo tan extraño el de ese hombre! -comentó la señora Anguita-. Me recuerda a alguien, pero no recuerdo quién.

-Tal vez al Coyote -sonrió César de Echagüe.

-No, no -replicó la mujer-. Alguien. En fin, no sé; pero estoy segura de que lo recordaré antes de mañana.

-Comuníqueme su descubrimiento e cuanto lo realice -pidió César.

Una hora después el salón estaba vacío. Los últimos invitados se habían alejado ya y César de Echagüe, sentado e una gran butaca, parecía sumido en hondas y difíciles meditaciones.

-¿Ocurre algo malo? -preguntó e aquel momento Guadalupe. César la miró con sobresalto.

-No sé. Tal vez sí.

-¿Es por ese hombre y esa mujer que han venido esta noche?

-Sí. ¿Los reconociste?

-Se parecen mucho; pero los otros murieron.

-Tal vez; pero... ¿y si no hubiese muerto?

-¡Imposible!

-Parece imposible; pero... si no lo fuese.. ¡Sería terrible!

-¿Y si ellos fueran unos impostores? ¿Y si por algún medio se hubieran enterado de la verdad y quisieran beneficiarse valiéndose de un leve parecido?

César de Echagüe no replicó. Su mano buscó la caja de tabaco y como, torpemente, no la hallara, Guadalupe sacó un cigarro y se lo ofreció, acercando luego una vela encendida. César encendió el cigarro y echó hacia atrás la cabeza.

-Apaga las luces, por favor -pidió.

-¿No se acuesta?

-No... Quiero recordar. Un hombre como yo, chiquilla, tiene muchas cosas que recordar. Hoy discutían aquí cuál había sido mi (p.16) primera hazaña. La primera aventura del Coyote. Tú no la recuerdas. Entonces apenas habías aprendido las primeras letras. Fue en mil ochocientos cuarenta y siete; pero antes, en mil ochocientos cuarenta y seis...

 

Capítulo III

 

Los Ángeles, 1846

 

En el año 1846, en el mes de abril, las hostilidades se habían roto entre Méjico y los Estados Unidos; el 13 de mayo se declaró la guerra entre ambas naciones; pero Los Ángeles no supo nada de ello hasta el 12 de agosto. Entretanto se había estado desarrollando la revolución encaminada a convertir California en una república independiente. La bandera del Oso, insignia de la república californiana, fue izada en el fuerte de Sonoma, del que se apoderaron los revolucionarios. Anselmo Salinas era el más joven de ellos y, por lo tanto, el más fogoso.

En el fuerte había cañones, fusiles, pólvora y balas. El movimiento contra Méjico estaba iniciado. Los californianos, que no podían perdonar al Gobierno la ruina que provocó entre ellos al destruir el viejo sistema de las misiones, que era la fuente de toda la pasada riqueza de California, estaban dispuestos a imponer su ley, que sería la antigua, la que el Gobierno quería anular.

Los consejeros del Gobierno norteamericano preveían desde hacía tiempo aquel

suceso.

-California, igual que Tejas, se separará de Méjico -había dicho el famoso guía

Christopher (Kit) Carson al Consejo de generales cuando fue llamado a Washington para informar sobre lo que ocurría al final de la famosa Ruta de Santa Fe.

El general Wallace replicó, burlonamente:

-Si eso ocurriera, si California llegara a ser una república, acabaría uniéndose a nosotros.

Carson movió negativamente la cabeza.

-No, mi general. Tejas estaba poblada por una minoría mejicana y por una mayoría norteamericana; por eso, después de unos años de independencia, terminaron por solicitar el ingresar en la Unión; pero California es muy distinta. La influencia española es allí enorme. Las grandes familias, o sea las más poderosas, no han tenido tiempo de sentirse mejicanas. Apenas (p.17) se han dado cuenta de que España ya no domina allí. Y lo poco que han visto de la República mejicana no les ha dejado ningún buen recuerdo. Por eso todos aspiran a la independencia. El movimiento será apoyado por la gente rica, y si España quisiera podría recuperar su antigua colonia. Creo que al Gobierno no puede interesarle que España regrese a América y se coloque cerca de Méjico, donde, por desgracia, las cosas van de mal en peor. La proximidad de España podría redundar en que Méjico, para librarse del desorden que allí impera, regresara a lo antiguo, acaso como reino independiente, pero unido por lazos muy estrechos a España.

-¿Entonces el señor Carson cree que no debemos apoyar el movimiento de rebeldía de California? -preguntó uno de los miembros del gobierno que asistía a la reunión.

-Creo que sería una solemne locura. Las armas y la ayuda que prestásemos a los sublevados, se volverían contra nosotros. Nos queda mucho Oeste que colonizar, y no nos conviene que lo colonice España. A la lentitud de nuestros progresos se opondría la increíble rapidez de los colonizadores españoles... No debemos olvidar que en tanto que nuestros colonos apenas ocupaban unas playas del Norte, los españoles habían conquistado todo el Sur y casi la mitad de lo que lógicamente habrán de ser, en el futuro, los Estados Unidos.

-Pero España anda ahora metida en guerras civiles -objetó uno de los militares-.

No tiene fuerzas que distraer.

Kit Carson dirigió una despectiva mirada al que había hablado.

-Creo que mi general olvida que cuando España conquistó América no andaba sólo metida en guerras civiles, sino que además ocupaba media Europa y aún le sobraban fuerzas para extenderse hacia Asia y África.

-Opino que el señor Carson tiene razón -dijo un representante del Gobierno-. El presidente desea confiar en el juicio de un hombre que, en realidad, es el único que conoce aquellas regiones. ¿Qué aconseja el señor Carson?

-La guerra contra Méjico es inevitable.

-Los estados del Norte no la (p.18) desean -advirtió un senador por Connecticut.

-Pero sí la quieren los estados del Sur, que son los que han de proporcionar las más importantes fuerzas. Los del Norte sacarán beneficios comerciales, que es lo que más les importa. Pero aunque no fuera así, la guerra estallaría. Cuando se ve una casa abierta a todos los vientos, llena de riquezas y cuyos dueños, en vez de unirse para defenderla, se desunen para pelear, es inevitable que, y perdonen la comparación, digo que es inevitable que los ladrones se presenten y se lleven las riquezas. Lo mismo ocurre con Méjico. Primero fue Tejas, pero aún quedan muchos territorios más allá de El Paso y de San Diego que a Méjico sólo le sirven de estorbo y, en cambio, darían una unidad perfecta a nuestro futuro mapa. Son territorios deshabitados, pero que algún día serán riquísimos. Yo aconsejo, pues, que se comiencen a hacer los preparativos y que se envíen algunos buques de guerra a la costa del Pacífico para que sus tripulantes, en el momento convenido, se apoderen de los puertos de California.

El consejo de Kit Carson fue seguido y el comodoro Sloat fue enviado a Mazatlán. En el puerto mejicano aguardó pacientemente las noticias del rompimiento de las hostilidades y en cuanto llegaron hasta él los rumores que esperaba, aunque sólo se trataba de noticias vagas, como confirmaban sus órdenes, zarpó rumbo a Monterrey. Al llegar allí se informó de lo que sucedía. Nadie pudo darle noticias. Sólo se hablaba de la revolución contra Méjico; pero, como dijo más tarde, prefirió pecar por hacer demasiado antes que pecar por hacer muy poco, y en nombre de su Gobierno tomó posesión de todo el territorio, aunque, efectivamente, sólo lo hizo en Monterrey.

La rebelión contra Méjico recibía un terrible golpe. Los sublevados pensaron por un momento que los Estados Unidos acudían a ayudarles, pero Fremont y Sloat se dieron prisa en sacarles de su error. Los Estados Unidos no intervenían para apoyar una república independiente; pero en cambio ofrecían lo mejor a trueque de la total (p.19) independencia: el ingreso como un estado más en la Unión norteamericana, con todos los inmensos beneficios que de ello se deducirían.

Los rebeldes replegáronse del Norte de California, donde la bandera norteamericana ondeaba ya en Yerba Buena, Sonoma, Sacramento, Santa Cruz y San José y se trasladaron a Los Ángeles, de donde procedía la mayoría.

Anselmo Salinas fue elegido jefe de uno de los grupos armados; mas las noticias del Norte, unidas a la prudencia de que hacían gala los conquistadores, obligaron a los californianos del Sur a mantener una postura prudentemente inactiva; pero el comodoro Stockton acudió a reemplazar a Sloat, y, aunque éste ya había dicho todo lo que podía decirse, Stockton, imitando su ejemplo, lanzó una proclama en la cual dijo muchas cosas que ya estaban dichas y muchas más que mejor hubiera sido no decir. El resultado fue la unión de todos los habitantes de la California del Sur contra los que ya no se presentaban como portadores de la libertad, sino de una clara esclavitud.

No había dinero para comprar armas ni uniformes, ni ninguna organización militar digna de tal nombre. Sin embargo, los esfuerzos de Salinas y de otros jefes consiguieron formar un batallón de doscientos hombres, cuya única eficacia estribaba en que los norteamericanos lo creían seis veces más fuerte de lo que en realidad era, y el resultado fue que Stockton y Fremont marcharon contra Los Ángeles, ciudadela de los patriotas, con unos seiscientos hombres provistos de artillería.

Fue inútil resistir, pues sólo se habría conseguido atraer más males sobre la población. Se desbandaron las fuerzas, y Salinas se encerró en su casa para no presenciar la entrada de los norteamericanos en Los Ángeles, que tuvo lugar el 13 de agosto.

Se instalaron los yanquis en un edificio de ladrillo, tomaron posesión de Los Ángeles, establecieron un Gobierno militar, y Stockton no perdió ni un momento en enviar a Washington, por conducto de Kit Carson, un amplio informe sobre su hazaña. Luego, acompañado por sus marineros, descendió a (p.20) San Pedro y embarcóse hacia Monterrey. Fremont y sus hombres regresaron hacia el Norte, y en el pacífico pueblo de Nuestra Señora de Los Ángeles quedó un grupo de cincuenta soldados mandados por el capitán Gillespie. Tanto éste como Fremont y Stockton estaban convencidos de que el territorio estaba definitivamente pacificado y de que el oso republicano se hallaba muerto definitivamente.

Pero ninguno de aquellos hombres, aparte de Carson, que se hallaba demasiado lejos para poder aconsejar, conocía la capacidad de los californianos para rehacerse de los golpes recibidos y reanudar la lucha por su independencia. Tal vez bajo otro jefe más prudente las cosas hubieran seguido un curso más tranquilo; pero Gillespie era todo menos prudente.

-¿Por qué voy a tenerles consideraciones? -replicó un día en que el viejo don César de Echagüe le aconsejó un poco más de moderación en su trato a los californianos, y sobre todo, a los habitantes de Los Ángeles.

-Porque, aunque usted no quiera verlo, está sobre un volcán que el día menos pensado comenzará a echar fuego.

Gillespie se echó a reír.

-Le ciega a usted su patriotismo, don César -dijo-. Si ese volcán fuese capaz de echar lo que usted dice, tuvo una buena oportunidad de hacerlo el día en que entramos en la población. Si entonces no entró en actividad, ¿por qué ha de hacerlo ahora?

-Porque las cosas han cambiado, capitán. Entonces la ciudad estaba desunida; ahora, en cambio, sus equivocados decretos han provocado la indignación de todos.

¿Por qué no permite las reuniones a que tan acostumbrados estamos?

-No las permito porque deseo evitar lo que usted teme. Si no hay reuniones, no habrá confabulaciones ni se sublevará nadie.

-Las reuniones pueden celebrarse de la misma forma, capitán. Se celebrarán en secreto, y entonces sí que darán lugar a una sublevación.

Gillespie se echó a reír. Lo que menos podía imaginarse era que los habitantes de Los Ángeles provocaran una rebelión.

-También les ha molestado que prohíba usted la venta de vinos y licores.

-No (p.21) quiero cabezas calientes -replicó Gillespie.

-En ese caso, cierre todas las tabernas, capitán; porque no es justo que los habitantes de la ciudad no puedan beber en los locales propiedad de californianos, y, en cambio, las nuevas tabernas propiedad de norteamericanos estén abiertas y en ellas se pueda beber tanto como se quiera.

-No tengo autoridad para impedir a los súbditos norteamericanos dedicarse a un comercio legal -fue la débil excusa de Gillespie.

-Pero, en cambio, tiene autoridad para evitar las continuas detenciones de ciudadanos importantes. Por cualquier motivo, por insignificante que sea, detiene y humilla a los hombres más ilustres de Los Ángeles.

-Precisamente quiero humillar su arrogancia.

Don César se encogió resignadamente de hombros. Había acudido allí con una vana esperanza de poder ayudar a sus conciudadanos, aprovechando la oportunidad de que él, por su estado de salud, no había tenido la oportunidad de intervenir en ninguna de las conspiraciones contra los yanquis y de que su hijo César, por su carácter, tampoco se mostraba aficionado a aquella clase de empresas.

Gillespie, en aquellos instantes, pensaba también en el joven César de Echagüe.

-Ojalá todos los jóvenes de la ciudad fueran como su hijo, don César -declaró-. Entonces mis medidas no serían necesarias. Es un muchacho tranquilo, aficionado a la lectura, que jamás va armado... Creo que en él tendrá usted un magnífico sucesor.

Don César frunció el ceño. Su opinión era muy distinta de la del capitán; pero no quiso admitirlo, y considerando que su paso había sido en falso, abandonó el cuartel general de los norteamericanos y regresó a su casa.

 

Capítulo IV

 

Rebelión

 

-¿Cómo te ha ido, papá? -preguntó César de Echagüe a su padre, cuando éste regresó de la entrevista con Gillespie.

El propietario del rancho lanzó un bufido:

-Ese hombre está loco y pagará muy cara su locura. Y puede que todos la paguemos.

-¿Qué te ha dicho? -preguntó César.

-Que seguirá como hasta ahora. Eso provocará una rebelión.

-Lo cual (p.22) será una tontería.

-¿Por qué?

-Porque no dará ningún resultado práctico, como no sea unos cuantos muertos y el endurecimiento de las condiciones de vida en la población. Los yanquis son muy desagradables, pero son poderosos. Lo mejor es acostumbrarse a ellos.

-Por lo visto tú eres capaz de acostumbrarte a su presencia.

-Desde luego, papá. Están deseando un poco de comprensión por nuestra parte. Si los admitiéramos en nuestros círculos, si les sonriésemos, si cuando se acercan a nuestras mujeres no las cogiéramos del brazo y las encerrásemos en las habitaciones más seguras, como para protegerlas de todo contagio; si fuésemos un poco humanos con ellos, ellos también se humanizarían; pero nos saben vencidos...

-No lo estamos -replicó el viejo-. Podrá doblársenos, como a las buenas espadas de Toledo, pero no se nos quiebra y en cuanto la presión ceda un poco o sea excesiva nos enderezaremos violentamente y... ¡ay de los americanos!

-Estoy seguro, papá, de que nuestros compatriotas son capaces de comerse a Gillespie y a sus cincuenta soldados; pero ¿y luego? En vez de cincuenta enviarán quinientos, o mil, o diez mil. Y a última hora tendremos que aceptar su dominio en unas condiciones mucho más malas que las actuales. A mí, particularmente, los yanquis no me molestan. Me saludan, les saludo; me ofrecen sus detestables cigarros y yo les ofrezco habanos legítimos. Somos buenos amigos.

-¡Demasiado buenos! Por fortuna, tu hermana tiene más sentido que tú.

-El día en que se presente un oficial soltero y atractivo, Beatriz sonreirá y hasta es posible que acabe casándose con un yanqui.

-¡Antes la veré muerta! -rugió don César.

-Sospecho, papá, que algún día tendrás que rectificar esas palabras. Yo creo que entre los yanquis también debe de haber algunos que serán más agradables que la soldadesca actual. No niego que el pobre Gillespie es un tonto; pero es de suponer que no todos serán como él. De lo contrario nunca se les hubiera ocurrido presentarse tan oportunamente. Si tardan unos meses más se hubieran (p.23) encontrado con una República de California reconocida por Inglaterra, por España y por otros cuantos Estados, alguno de los cuales hubiera establecido algún tratado de alianza con California, cosa que habría resultado muy molesta.

-Tu intelectualidad me resulta a veces insoportable, César -replicó el anciano-. Todo lo comprendes, todo lo justificas, nada te asombra. A veces dudo de que seas hijo de quien lo eres.

-Eso es una ofensa que, de rechazo, te hiere a ti, papá.

-Ya lo sé; pero... Bueno, déjame tranquilo. Vete a leer a Homero o a quien leas.

Pero en vez del joven fue el viejo César quien abandonó la estancia, en la que entró inmediatamente Beatriz de Echagüe. Era una chiquilla de unos quince años; pero poseía ya todo el atractivo de las mujeres de su raza, que florecen pronto y tardan mucho en marchitarse.

-Papá tiene toda la razón -dijo, sin rodeos-. No sé qué clase de sangre tienes en las venas.

-Puede que no tenga sangre -replicó César-. Siempre he sido un hombre distinto de los demás.

-Ya lo sé. En tanto que Salinas, Varela y los otros se unen y se preparan para luchar por nuestra patria, tú lees estupideces.

-Las obras de Calderón no son ninguna estupidez. Beatriz. Lo que es una estupidez completa es hacer proyectos de lucha contra los yanquis. El mejor día verás a tu Salinas y a tu Sérbulo Varela colgados de una horca por haberle metido en un lío que no conducía a nada.

-Si eso llegara a ocurrir les levantaríamos un monumento y en los tiempos venideros todos los verdaderos californianos iríamos a honrarles.

-Ya sé -rió César-. Iríamos a colocar flores al pie de sus imágenes de bronce, unas imágenes que nos presentarían a Sérbulo y a Anselmo cogidos de la mano, con la cabeza erguida al cielo, muy atractivos y muy distintos de como fue, en realidad, la cosa. Es posible que al bronce y al granito las flores y las lágrimas les impresionaran mucho; pero a los pobres que fueron ahorcados no creo que ni lágrimas ni flores les aliviaran en nada el mal momento que pasaron mientras los colgaban.

-Eres..., eres un... ¡Oh, no sé lo que (p.24) eres!

-Un hombre práctico, Beatriz. Porque suponiendo que a Salinas y a Varela los ahorcaran, y tú, dentro de veinte años, fueras con tus hijos a emocionarte al pie de su supuesto monumento, lo cierto es que iríais allí al salir de misa y antes de ir a comer, y que todas tus emociones no te impedirían preocuparte de si el pollo estaba bien asado, las patatas bien cocidas, el pescado en su punto y los vinos y el agua bien frescos.

¿Crees que vale la pena dejarse ahorcar por cinco minutos de lágrimas y de emoción al cabo de veinte años? Á mí me parece que no.

-¡Imbécil!

-¿Ya has averiguado lo que soy?

-Claro que si. Continúa leyendo a Calderón, pero no me parece que llegues a sacar nada en limpio de él.

-Precisamente estoy sacando en limpio que las precipitaciones son muy inconvenientes.

-Para eso, no necesitabas leer a Calderón; bastaba con que te mirases en el espejo. Hubieras visto al hombre que menos se precipita en este mundo.

Después de decir esto. Beatriz abandonó la estancia y César, dejándose caer en un sillón, prosiguió la lectura de un grueso volumen que contenía una selección de las obras de Calderón de la Barca; pero antes de que pudiese avanzar ni veinte líneas, una nueva interrupción llegó, personificada en Anselmo Salinas.

-¡Hola, muchacho! -saludó César, cerrando el libro y levantándose-. No esperaba tu visita.

Anselmo Salinas abrazó a César y haciéndole sentar se acomodó junto a él.

-Vengo a darte una noticia. Esta noche preparamos una buena broma contra los yanquis.

-Si sólo es una broma...

-Claro que sólo es una broma; pero ya verás el susto que les damos.

-¿Qué vais a hacer? ¿Y cómo te atreves a dejarte ver por las calles? Anselmo Salinas se echó a reír.

-No temas. Los únicos que podrían delatarme son nuestros compatriotas, y no lo harán. Los yanquis no me conocen. Saben que un Salinas estuvo en las fuerzas de Castro; pero no sospechan de mí y, además, no me conocen.

-Te fías mucho de la honradez de tus compatriotas. En tu lugar yo no me (p.25) fiaría

tanto.

César de Echagüe contemplaba cariñosamente a Salinas. Éste era unos cuatro

años mayor que él; pero entre los Salinas y los Echagüe siempre medió una gran amistad que de los padres pasó a los hijos.

-Tú desconfías demasiado. Vengo a ofrecerte una oportunidad de lucirte.

-¿Por qué me ofreces una oportunidad? ¿Es que quieres que limpie mi apellido de las manchas de cobardía que se han tirado encima de él?

Salinas miró un momento a César y luego, inclinando la cabeza, declaró:

-Ya sabes, César, que soy un buen amigo tuyo. Mis palabras podrán ser desagradables, pero no las mueve ningún mal deseo. En Los Ángeles se habla mucho de ti. Eres el único que hace buenas migas con los yanquis. Hablas con ellos, saludas a los oficiales y a los soldados... Eso no está bien.

-Ésa es tu opinión, o tal vez la de unos cuantos locos como Sérbulo Varela. Pero una opinión no quiere decir un acierto.

-Tal vez no; pero la gente habla, y creo que te conviene demostrar que eres un buen californiano.

-Eso es precisamente lo que estoy tratando de demostrar. No quiero, con mis locuras o indiscreciones, aumentar penalidades de mi pueblo.

-Se trata de provocar un movimiento por la libertad de California. Tenemos una bandera y queremos que sea ella no la yanqui la que ondee al sol de California.

-Muy bien dicho. Tus palabras merecerían ser grabadas en granito. Pero las palabras nunca han conseguido nada. Son muy hermosas si después de ellas se hace algo grande; pero si no se hace nada resultan ridículas.

-¿Qué quieres decir? -preguntó Salinas, con cierta violencia.

-Si California fuese capaz de levantarse en lucha contra los Estados Unidos y pudiera vencer, entonces se podrían pronunciar palabras altisonantes que tal vez luego serían leídas con emoción por las generaciones venideras; pero si veinte mil californianos se ponen enfrente del veinte millones de yanquis, por muy hermosas palabras que se pronuncien, el resultado sólo puede ser uno: hacer el ridículo.

-España se levantó contra Napoleón y le venció. Y él era entonces el dueño de (p.26) Europa.

-Pero España tenía varios millones de habitantes y podía luchar porque tenía una organización militar y una industria que podía proporcionar armas y pólvora; pero aquí ni tenemos industria, ni armas, ni pólvora, ni quienes las proporcionen. Méjico está en guerra con los Estados Unidos y no puede ayudarnos. Es, pues, mejor no hacer nada.

-A veces, a pesar de lo que te aprecio, te mataría, César -dijo Salinas-. Escucha. Esta noche vamos a reunimos unos cuantos e iremos a dar un susto a los yanquis. Están en su cuartel general, temiendo siempre que los ataquen. Les dispararemos unos tiros, haremos sonar unos tambores y luego nos iremos. Ya verás el susto que les damos.

-No, Anselmo, no te acompaño. Si lo que vais a hacer pudiera dar algún resultado práctico, te acompañaría; pero exponerme a recibir un balazo sólo para dar un susto a los yanquis... La verdad, me parece una tontería.

-Pues si es una tontería, yo la cometeré.

-Eres muy dueño de hacerlo; pero yo no quiero intervenir. Va en contra de mis

ideas.

Salinas se puso en pie y, sin despedirse de su amigo, salió del salón. César

quedó sentado, sumido en hondas meditaciones. Aquellos locos iban a complicarse en un asunto cuyas consecuencias ni ellos mismos eran capaces de prever.

Aquella noche veinte jóvenes dirigidos por Sérbulo Varela rodearon la vieja casa de ladrillos donde estaban los norteamericanos. No intentaban atacar a los soldados, pero sí darles un susto. Haciendo redoblar sus tambores y disparando sus fusiles crearon durante unos minutos una gran confusión dentro del edificio. Rehiciéronse al fin los soldados y trataron de atacar a los que creían sus sitiadores; pero no encontraron a nadie. Durante toda la noche Los Ángeles se estuvo riendo de los norteamericanos víctimas de la pesada broma.

Pero a la mañana siguiente las risas se trocaron en lágrimas cuando Gillespie, sin ningún método, comenzó a detener a los principales ciudadanos de Los Ángeles, sin preocuparse de si habían intervenido o no en el «asalto».

La llama de la insurrección prendió entonces en (p.27) los ánimos de todos. Salinas, al frente de casi un centenar de hombres armados, atacó el cuartel general norteamericano, en tanto que Varela y otros organizaban otros ataques concéntricos.

-Tenemos que salir de aquí o nos asarán -gruñó Gillespie.

Y dejando a los presos en las celdas, los norteamericanos se retiraron al oeste de la ciudad, instalándose en una colina y formando allí un fuerte de sacos de tierra, en tanto que un correo era enviado al Norte para informar a Stockton de lo que estaba sucediendo en el pueblo.

La rebelión del sur de California era un hecho. Todos los hombres hábiles empuñaban las armas y corrían a intervenir en la degollina de Gillespie y sus fuerzas, que si hasta entonces habían podido repeler los ataques que fueron dirigidos contra ellos, pronto deberían sucumbir, aunque sólo fuera por falta de municiones.

Entretanto, Juan el Flaco, enviado por Gillespie a Monterrey, recorrió en cincuenta y dos horas los casi setecientos kilómetros que separan ambas poblaciones. Un disparo de Salinas mató el caballo que montaba el mensajero de Gillespie; pero antes de que el joven pudiera recargar su arma, John Brown, que así se llamaba el emisario, consiguió otro animal y pudo continuar su fuga.

-Ese va en busca de la milicia que dejó Stockton en Monterrey -dijo Salinas.

-Yo me encargo de impedir que llegue -dijo Varela. Y reuniendo un grupo de hombres decididos a todo marchó tras el mensajero. Si no lo alcanzó antes de que llegara a Monterrey, en cambio consiguió algo mejor. La milicia organizada por Stockton estaba mandada por B. D. Wilson, quien, después de unas semanas de perseguir en vano a los rebeldes, se había marchado a cazar osos en los montes de San Bernardino. Cuando Juan el Flaco consiguió dar con ellos era ya demasiado tarde y la gente de Varela llegó al mismo tiempo y rodeó a los improvisados cazadores, impidiendo que pudieran hacer otra cosa que rendirse sin otras condiciones que las de conservar la vida.

Wilson, enfrentado con la desagradable disyuntiva de morir o (p.28) entregarse a los que habían previsto sus movimientos, optó por lo último.

La rendición de Wilson desanimó a Gillespie. No le quedaba otro remedio más que rendirse y aceptó todas las condiciones que los californianos le ofrecieron.

-Saldrán usted y sus soldados, conservando las armas, hasta San Pedro. Allí entregarán fusiles y cañones y se embarcarán hacia su patria.

Gillespie inclinó la cabeza y asintió. Aceptaba las condiciones.

-No puedo hacer otra cosa.

-¿Da su palabra de honor de que entregará las armas cuando llegue al puerto de San Pedro? -insistió Varela.

-Se la doy.

 

Capítulo V

 

Batalla de Domínguez

 

-¿Dice que os entregará su artillería y fusiles? -preguntó César cuando Salinas le comunicó el resultado de la entrevista.

-Claro que lo hará -replicó el joven, que ostentaba el cargo de comandante del Ejército Republicano de California.

-Pues cuando tengas esos cañones vienes a verme, cargas uno de ellos y me lo disparas contra el pecho.

-¿Por qué dices eso?

-Porque sois unos tontos. Gillespie no os entregará nunca los cañones. Los inutilizará, hará lo que pueda para que no lleguen útiles a vuestras manos; nunca os los entregará intactos. Claro que más vale así.

-¿Supones que faltará a su palabra?

-Desde luego; pero creo que hubiese sido mucho peor que hubierais pasado a cuchillo a toda la guarnición. Luego, cuando vuelvan los yanquis, os lo hubieran tenido en cuenta. Así es posible que todo pase como una travesura de chiquillos mal criados.

-Sigues siendo como siempre. ¿No quieres ayudarnos? César de Echagüe movió negativamente la cabeza.

-No. Yo os ayudaré el día en que pueda seros útil, pero, entretanto, estoy bien aquí. No creo que os haga falta para nada.

-Materialmente, no; pero es de muy mal efecto moral que un Echagüe permanezca en su casa en tanto que los demás están luchando.

-Yo también lucho -sonrió César-. Estoy aprendiendo a tirar con los magníficos revólveres que me regaló el capitán Gillespie. Dos hermosos Colts de seis tiros. Estoy realizando unos progresos (p.29) enormes. De seis disparos contra una vela encendida, cinco veces apago la llama. Mira.

César condujo a Salinas a un cobertizo del jardín donde, contra un montón de sacos de arena, se veían seis velas. César las encendió y cogiendo de un estante un revólver de seis tiros, examinó los cebos, comprobó que estaban en orden y lentamente comenzó a disparar. Cada detonación iba seguida del apagamiento de una de las velas. Al terminar las balas, las seis llamitas estaban extinguidas.

-Esta vez he tenido más puntería que las otras -dijo-. El ejercicio del tiro al blanco es sumamente agradable. Un poco ruidoso, pero ameno.

-Más valdría que esa puntería la utilizaras contra los yanquis -dijo Salinas.

-¿Dónde están los yanquis? Los tenéis prisioneros y nadie os amenaza.

-Pero volverán, y entonces necesitaremos hasta el último hombre.

-¿Para morir? No, no quiero ser el último ni el primero en morir. Prefiero aguardar mi hora. No te entretengas más, Anselmo. No deseo que te pierdas el espectáculo de la rendición de los americanos.

El 30 de septiembre Gillespie y sus hombres salían de Los Ángeles en dirección al puerto de San Pedro. Los cincuenta soldados marchaban detrás de su jefe y de la bandera de la Unión. Cuando llegaron a San Pedro, los californianos que les seguían fueron testigos de una desagradable escena. Gillespie, violando las condiciones de la rendición, clavó los cañones, los desmontó de las cureñas y los tiró al mar.

Salinas, que mandaba el grupo de californianos que debía asistir a la entrega de las armas, vaciló un momento. ¿Qué debía hacer? ¿Ordenar a sus hombres que disparasen sobre los soldados norteamericanos?

-Ha faltado usted a su palabra de honor -fue cuanto pudo decir a Gillespie. El oficial norteamericano asintió con un movimiento de cabeza.

-En efecto -replicó-; pero usted habría hecho lo mismo en mi lugar.

Y como Salinas se vio obligado a reconocer que, en efecto, él habría hecho lo mismo, aun exponiéndose a faltar a su palabra de honor, se conformó con recoger los fusiles de los norteamericanos (p.30) y dejó embarcar a los hombres en un buque mercante.

La mar, algo picada, impidió que el buque zarpase en seguida, y un grupo de californianos se quedó vigilando la nave, en tanto que los otros regresaban a Los Ángeles.

-Tuviste razón -dijo Salinas a su amigo-. Gillespie tiró al mar los cañones. César de Echagüe palmeó la espalda del joven.

-Era lo lógico -declaró-. En su lugar cualquiera hubiese hecho lo mismo; pero en vuestro lugar debierais haberos apoderado de los cañones cuando los sacó de su campamento. En estas cuestiones lo importante es ser el primero en dar el golpe.

Aunque de todas formas estáis destinados a perder la guerra, unos cuantos cañones os hubieran venido muy bien.

-Tenemos cañones propios -protestó Salinas.

-Pero en una batalla nunca se peca por tener demasiada artillería.

El 7 de octubre calmó el mar y Gillespie dio la orden de alejarse de las playas de San Pedro. En el momento en que el buque empezaba a largar velas apareció en el horizonte una fragata norteamericana que se dirigía a todo trapo hacia el puerto.

¡Era la Savannah, mandada por el capitán Mervine! Gillespie ya no pensó en alejarse de aquellas tierras.

-¡Capitán, présteme todos los hombres de que pueda disponer y daremos una buena lección a esos californianos! -le dijo a Mervine.

El marino accedió en seguida y uniendo trescientos cincuenta de sus hombres a los cincuenta de Gillespie, emprendieron todos el camino de Los Ángeles.

Mas desde la ciudad se habían advertido los preparativos y junto al rancho Domínguez se apostaron los californianos. Eran inferiores en número a los yanquis; pero todos iban montados y, además, poseían una pieza de artillería tirada por seis muías.

Contra aquellos diestrísimos jinetes nada pudieron los norteamericanos. Después de varias horas de combate y de intentar en vano capturar la pieza de artillería, que era llevada de un lado a otro y emplazada en los puntos donde más útil podía ser, los soldados y marinos tuvieron que recoger sus muertos y heridos y replegarse hacia San Pedro, enterrando los (p.31) cadáveres en una islita a la entrada del puerto.

El triunfo de los californianos fue completo. Toda California estaba en sus manos. Durante algún tiempo pudo pensarse que la victoria definitiva sería suya. Pero faltaban hombres y, sobre todo, armas. Se requisaron todas las de fuego que se pudieron encontrar y el viejo cañón de cuatro libras que antes estuvo frente a la Casa de los Guardas y que se utilizaba para disparar salvas, fue recuperado. Al entrar los norteamericanos de Stockton en Los Ángeles había sido llevado a casa de doña Inocencia Reyes y enterrado en su jardín, de donde entonces fue sacado por la dueña de la casa, que lo ofreció a los nacionalistas. Aquel cañón y unas pocas cargas de buena pólvora fueron los artífices principales de la victoria de Domínguez.

Dos días después de este triunfo, el comodoro Stockton se presentó en el puerto de San Pedro con ochocientos hombres. De haber atacado en seguida hubiera podido apoderarse de Los Ángeles, que entonces se hallaba completamente desguarnecido; pero Salinas y Varela, para disimular la verdadera situación de las fuerzas de California, hicieron una audaz demostración de su caballería, y Stockton, seguro de tener enfrente a siete u ocho mil hombres, no se atrevió a atacar. Si hasta la ocupación los norteamericanos se dejaron llevar por la falsa impresión de que los californianos eran unos cobardes, los posteriores acontecimientos les abrieron los ojos en aquel sentido y pasaron a considerarlos todo lo contrario, de forma que el comodoro Stockton, desprovisto de buenos espías, decidió, al fin, embarcar sus fuerzas abandonando el campo y perdiendo la oportunidad de una fácil victoria.

En medio del entusiasmo que reinaba en California, César de Echagüe fue olvidado. Al fin y al cabo él era quien más perdía, pues no le era posible cabalgar con algún viejo y heroico sable colgando del cinto, vestido con el lujo peculiar de los jinetes de California y recogiendo sonrisas de mujer.

Leonor de Acevedo, que de acuerdo con lo previsto por su madre y (p.32) por el viejo Echagüe estaba destinada a ser la esposa de César, le envió a decir que no se molestara en ir a verla.

-Las mujeres sois muy extrañas -dijo el joven a la pequeña Guadalupe, hija del mayordomo de la casa-. Leonor me quiere mucho y se muere de deseos de vestir luto por mí. ¡Y yo que creía que se alegraba de que mi prudencia le conservara mi preciosa vida!

Guadalupe le consideraba el hombre más maravilloso del mundo y a todo le dijo que sí. Estaba convencida de que la verdad siempre estaba en los labios del joven César de Echagüe.

Éste contemplaba irónicamente los ejercicios de ataque y defensa que realizaban los jinetes californianos en la plaza y en los campos. Como en todas las casas se guardaban buenos y viejos sables, nadie estaba desprovisto de ellos, y el chocar de los aceros era continuo.

-¿No te admira ese patriotismo? -preguntó un día Salinas, que llevaba quizá el sable más largo y pesado de toda California y señalaba con él a los elegantes guerreros.

-Están muy hermosos -sonrió César-; me recuerdan las historias del Zorro.

¡Lástima que haya muerto! Os sería muy útil en estos momentos.

-Él se hubiese unido a nosotros.

-Claro. Siempre fue un loco. Sólo a un loco se le ocurre ir señalando las caras de la gente con una zeta grabada con la punta de su espada.

-¡El Zorro! -La voz de Salinas se hizo solemne-. ¡El más grande patriota que ha tenido California!

-Sin duda alguna; pero él luchaba por algo definido. Ahora, en cambio, se lucha sin saber por qué. Y a propósito, Anselmo, ¿por qué en vez de enseñarles el manejo de la espada no les instruís un poco en el de la lanza?

-¿La lanza? -Salinas miró, asombrado, a su amigo-. Me parece que has dicho algo muy sensato. ¡Claro!

Jeremías Herrera, antiguo oficial de caballería, se encargó de instruir a los jinetes en aquel sistema de lucha. En todas las casas había alguna lanza y los herreros pudieron hacer tantas como se quiso. A principios de diciembre de 1846, los lanceros californianos estaban listos y preparados para hacer frente a las fuerzas que (p.33) descendían del Norte, al mando del general Kearny. Las lanzas californianas medían dos metros y medio de largo, eran fuertes y ligeras y, al mismo tiempo, se esperaba mucho de ellas.

El 5 de diciembre se comprobó sobradamente la eficacia del arma al enfrentarse en San Pascual los jinetes de California con los hombres de Kearny.

El capitán Johnson, que mandaba la vanguardia de Kearny, era un joven muy impetuoso. Despreciaba a los californianos y quería demostrar que los hombres de Gillespie habían sido unos cobardes. Al divisar al adversario cargó contra él.

Un minuto más tarde Johnson caía en tierra con la cabeza atravesada por un balazo. Casi todos sus hombres tuvieron que replegarse heridos y en plena confusión, perseguidos implacablemente por los californianos.

Un cuerpo de dragones quiso ayudarles y cargó contra los jinetes.

-¡En retirada! -gritó Salinas.

Y todos los californianos huyeron a la desbandada, perseguidos por los dragones y por otros jinetes que en menos de cinco minutos estuvieron mezclados y desordenados.

-¡Media vuelta! -gritó Salinas al darse cuenta de que se había realizado lo que él deseaba.

En breves instantes los californianos, lanza en ristre, cargaron como un alud sobre las desordenadas huestes enemigas. Antes de que los invasores pudieran intentar la más rudimentaria defensa, se vieron barridos del campo, teniendo que huir en pleno desorden, dejando dieciocho muertos sobre el terreno y más de noventa heridos.

-¡La artillería! -gritó Kearny-. ¡Pon las piezas en batería! ¡Disparad metralla!

Salinas, galopando pegado a su caballo y con su lanza en ristre, se lanzó contra la primera pieza que vio, derribó al oficial que con la espada quería cerrarle paso, hizo huir a los artilleros y con la lanza golpeó violentamente a las mulas que arrastraban el cañón. Los animales asustados, desmandáronse y escaparon con el cañón hacia las filas de California.

El capitán Moore organizó una segunda carga y Salinas le atravesó el corazón de un bote de lanza. Kearny y Gillespi también resultaron heridos de (p.34) lanza.

Los norteamericanos conservaron el campo; mas la victoria fue de los californianos, ya que al fin y al cabo los jinetes de Salinas no eran más que una avanzadilla exploradora.

Durante varios días Kearny permaneció en San Pascual, temiendo a cada momento que los californianos repitieran sus ataques, convencido de que sus adversarios eran muy superiores a ellos.

Por fin, en el mes de enero de 1847, Kearny y Stockton, que habían acudido a reforzarle, emprendieron el ataque a Los Ángeles con un número de fuerzas tres veces mayor que el de sus adversarios. A pesar de ello, si los californianos hubieran poseído un poco de pólvora de buena calidad para sus cañones el resultado de la batalla hubiera podido ser muy distinto, pero después de varias inútiles cargas contra el amplio cuadro formado por los norteamericanos, los californianos tuvieron que batirse en retirada. Aquella noche el enemigo acampó a la vista de la ciudad.

-Tenías razón, César -dijo Salinas aquella noche, al regresar del combate-. No nos falta valor; pero no tenemos armas.

César de Echagüe no dijo nada de lo que podía haber dicho. No sacó a relucir sus pronósticos y se limitó a preguntar:

-¿Qué piensas hacer?

-Marcharme hacia el Sur. Hacia Méjico.

-¿No queríais independizaros de él?

-Sí; pero..., en estos momentos..., prefiero estar allí.

-¿Y abandonar tus posesiones en manos de los yanquis? Ten la seguridad de que confiscarán todas las fincas y haciendas de los que huyan, porque los considerarán enemigos o rebeldes. Quédate. No pueden tratarte más que como a un enemigo leal.

-Pero aún podríamos intentar algo...

-No, Anselmo. No podríais intentar nada. Ya habéis hecho más de lo que lógicamente podíais hacer. El honor está a salvo, no lo dudes.

Salinas se quedó y a la mañana siguiente, los norteamericanos ocupaban definitivamente Los Ángeles. Ya nunca más volverían a salir de allí.

Cuatro días más tarde se firmaba en el rancho Cahuenga la capitulación de todas las fuerzas de California. Los hombres que sin (p.35) ayuda del gobierno mejicano habían luchado contra los norteamericanos y los habían vencido en la casi totalidad de los encuentros, fueron perdonados, incluso los que antes prometieron no empuñar las armas contra los invasores. Se comprometieron a entregar los fusiles; pero se les permitió conservar las armas cortas. Este compromiso se firmó con el general Fremont en lugar de hacerlo con el comodoro Stockton, que así se vio libre de la necesidad de cumplir la promesa que había hecho de ahorcar a todos los californianos que faltaron a su compromiso de no luchar contra los yanquis. Así todos pudieron volver a sus hogares y los norteamericanos recibieron seis fusiles y dos cañoncitos. Los californianos afirmaron no poseer más armas de guerra. Los conquistadores aceptaron esta afirmación y no insistieron en averiguar el paradero de los cincuenta y tantos fusiles que habían sido arrebatados a los hombres de Gillespie. La paz más absoluta reinó durante unos meses en Los Ángeles.

 

Capítulo VI

 

Después de la tormenta

 

Aleccionados por su primer fracaso en Los Ángeles, los norteamericanos procuraron, al regresar allí, ganarse las simpatías de los californianos. Todas las noches la banda militar interpretaba en la Plaza piezas norteamericanas y populares, se permitían reuniones, se dio permiso a todos los taberneros para que pudieran vender, como los norteamericanos, sus licores, y se evitó detener a nadie.

-No son tan antipáticos como antes -decía Beatriz una tarde en que paseaba con su hermano por la Plaza-. Hasta van pareciendo seres humanos.

Y es que Beatriz, por ir acompañada de César, a quien Gillespie había calificado del mejor amigo de los yanquis, era saludada por todos los jóvenes oficiales que visitaban la ciudad.

-No me gusta que hables con esa gente -gruñía todas las noches don César.

Pero Beatriz ya no hacía caso de los reproches de su padre y, mujer al fin, agradecía las miradas de admiración que veía en todos los ojos.

-¿No es Anselmo aquél? -preguntó una noche, señalando hacia (p.36) un extremo de la Plaza.

-Él parece -replicó César, y los dos hermanos se dirigieron hacia el farol bajo el que se había detenido Anselmo Salinas.

-Hola, César -dijo con voz opaca el joven al ver a su amigo.

-¿Por fin te has decidido a salir de casa? -preguntó César.

-No te burles. Es que ya no podía resistir más allí encerrado; pero tampoco puedo resistir ver tanto uniforme extranjero.

-Ya te acostumbrarás. Beatriz ya tolera su presencia. Lo que ocurría antes era que los oficiales de la guarnición eran todos muy viejos y muy desagradables. Pero entre los marinos de San Pedro y la guarnición del fuerte Moore, hay ahora un grupo de jóvenes sumamente atractivos.

-Yo no los encuentro atractivos -gruñó Salinas.

-Tú eres un hombre y no es lógico que encuentres atractivos a unos militarotes -rió César.

De pronto, su rostro se ensombreció.

-Por allí viene Leonor -dijo.

Leonor de Acevedo se acercó, muy severa, y dirigiéndose a Beatriz preguntó:

-¿Quieres acompañarme? ¡Oh, buenas noches, señor Salinas! Hacía tiempo que no le veíamos.

-Sí, hacía tiempo -replicó Anselmo, mirando extrañado a César, a quien la joven no parecía haber visto.

-No me conoce -sonrió César-. Desde que no me hice matar por mi patria me da por muerto, ¿verdad, Leonor?

-Le agradeceré que no me hable, a menos que sea completamente imprescindible. Lamento mucho que mi señora madre insista en cumplir su promesa.

-Viéndola, cualquiera le echaría sesenta años -rió César-. ¡Y apenas ha cumplido dieciséis! ¡Dios mío, qué esposa me ha reservado mi padre!

-Yo lamento tanto como usted la decisión de nuestros padres -dijo Leonor, procurando no mirar a César-. Si usted encuentra la forma de que nuestro compromiso se rompa, le quedaré muy agradecida.

-¡Brrrr! -exclamó César-. Es una mujer de hielo. Me voy. No puedo continuar aquí, pues me helaría. Supongo que tú te harás cargo de Leonor y la conducirás a su casa, ¿verdad, Beatriz?

-Claro -replicó la hermana de César-. Además, por allí viene doña Angélica, que está deseando proteger a alguien. (p.37) Nos dejaremos proteger por ella. Eso la hará feliz.

-Aprovechemos la oportunidad y huyamos -dijo César al oído de su amigo-. Esa señora es muy buena, muy honrada y tiene muchas cualidades; pero cuando se pone a dar consejos... Vamos.

-¿Adonde? -preguntó Salinas cuando estuvieron a alguna distancia.

-A distraernos y a hablar. ¿Qué te parece la posada Internacional?

-Estará llena de yanquis -replicó Salinas.

-¿Y qué? Cuanto antes te acostumbres a verlos, mejor. Al fin y al cabo ellos traen el orden.

-No discutamos, César. Vayamos adonde quieras, porque tanto me da un sitio como otro.

-Pues vayamos a la posada Internacional.

 

Capítulo VII

 

La cantante enmascarada

 

Un numeroso y heterogéneo público llenaba la amplia sala central de la posada. El tiempo transcurrido desde la ocupación de Los Ángeles había bastado para que los habitantes de la ciudad se habituaran a la presencia de los norteamericanos y, sobre todo los hombres, menos rencorosos que las mujeres, admitían ya sin disgusto la vecindad de los invasores. Por ello la posada estaba llena de soldados y de paisanos sin que ocurriera ningún choque entre ellos.

-Buenas noches, don César -saludó Julio Marenas, el propietario del local, acudiendo al encuentro de Echagüe y de su amigo-. ¡Cuánto tiempo sin verle, señor Salinas! Viene en buena noche. Parece como si toda la ciudad supiera la noticia.

-¿Qué noticia? -preguntó César.

-¡Es un secreto! -replicó Marenas-. No se lo he descubierto a nadie; aunque se diría que todos lo conocen. Se trata de una nueva atracción; pero no puedo adelantar nada, pues temo que a última hora ella se arrepienta.

-¿Quién es ella?-inquirió César.

-Secreto -replicó el dueño de la posada-. No puedo decir ni una palabra. Lo juré ante un crucifijo y no puedo descubrirla; pero cuando la vean quedarán verdaderamente prendados. No hay otra como ella.

-¿Como quién? -casi gritó Salinas, cuyos nervios no podían resistir aquel continuo decir y no decir.

-Como ella. Ya les digo que no puedo aclarar nada.

-Pues entonces cállese (p.38) y no hable, Marenas -gruñó Salinas.

-Es que no puedo callar, señor Salinas. Es que si usted la viese como yo la he

visto...

-¿Es que la ha visto al natural? -preguntó César.

-¡No, señor Echagüe! -protestó Marenas-. No sea mal pensado. Es una mujer

decentísima. Tan decente que... Pero no se lo puedo decir, porque...

-Porque lo ha jurado delante de un crucifijo y porque ella podría arrepentirse y porque está usted tratando de excitar nuestra curiosidad, ¿no es así, querido Marenas?

-rió César.

-Don César, usted interpreta mal... mis sentimientos.

-Sin duda alguna. Soy un mal interpretador de sentimientos. ¿De veras no puede decirnos de qué se trata?

Marenas pareció vacilar. Al fin, y después de mirar a derecha e izquierda y convencerse de que nadie le podía oír, bajó la voz y susurró casi imperceptiblemente:

-Es una muchacha divina, jovencísima, que baila como un ángel y canta como un ruiseñor.

-Eso ya es algo -dijo César-. ¿Y qué edad tiene?

-Dieciocho años, que son como dieciocho soles, un cuerpo que es una escultura griega y una gracia que se la debió de dar Dios. ¡Lástima que tenga que salir con la cara cubierta por un antifaz!

-¡Eh! -exclamaron a la vez César y Salinas.

-Sí -prosiguió Marenas-. Tiene que salir con un antifaz, porque como es una muchacha decente no puede dejarse reconocer.

-¿Y qué viene a hacer en esta casa una muchacha decente? -preguntó Salinas.

-Caballero, en mi casa una mujer decente está tan segura como en un convento - protestó Marenas.

-Claro, claro -dijo César, conciliador-. La honradez del señor Marenas está grabada en su cara. No he visto jamás un físico más honrado que el suyo.

-No se burle, don César -pidió el posadero-. Éste es un caso muy grave. Se trata de una joven de buena familia. Con la guerra ha perdido toda su fortuna y por algún sitio de California... Fíjese bien que digo por algún sitio y que no me refiero a Los Ángeles, ni a San Diego, ni a Monterrey...

-Ni a Sacramento, ni a San Francisco, ni a San Luis Obispo, ni a Santa Clara,

¿verdad? -rió César.

-Bueno; (p.39) quiero decir que no digo de dónde es esa señorita; pero sí digo que es de buena familia, que ha venido a menos porque invirtió toda su fortuna en la causa sagrada de nuestra independencia...

-A la que don Julio Marenas contribuyó con un barril de ron regalado a nuestros soldados en vísperas de la acción de Domínguez -interrumpió, sonriente, César.

-¿Qué más podía ofrecer? -preguntó, algo enfadado, el posadero.

-Claro. Un barril de su sangre hubiera sido acogido con mucho menos agrado - dijo César, palmeando las anchas espaldas del hombre y pidiendo-: Continúe con su historia, incomparable tabernero. Decía que el papá de esa señorita dio todo su dinero por la causa, solución que a usted no se le ocurrió nunca.

-Mi dinero lo he ganado con el sudor de mi frente -protestó Marenas-. Pero usted se está burlando de mí, don César.

-Claro, hombre, claro. Siga diciéndonos secretos de esa hermosa joven que canta como los ángeles y baila como ruiseñores, o viceversa.

-Pues su padre quedó arruinado y el pobre no tiene nada que comer. Pero es orgulloso. Ya sabe usted lo orgullo que somos los californianos.

-Sobre todo usted -refunfuñó Salinas

-Por favor, Anselmo, no critiques al pobre Marenas. ¡Si supieras cómo se le derrama la bilis cada vez que tiene que servir una botella de ginebra o de eso que llaman whisky a un soldado de Unión! El dinero con que le pagan le abrasa la mano, y yo le he visto más una vez tirarlo al... al cajón donde guarda su oro.

-Creo que no voy a decirle nada más -dijo, enfadado, Marenas-. Se están burlando cruelmente de mí. Al fin y al cabo yo no hago más que tratar de ayudar a la hija de un patriota. Y lo hago exponiéndome a la venganza de los norteamericanos. Pero no me importa.

-Eso quiere decir que ese ángel que baila como un ruiseñor y canta como un sol es algo muy serio, Salinas, pues, de lo contrario, Marenas no se expondría a la santa ira de los hombres de Fremont, de Stockton o de Kearny, si es que los tres se han puesto ya de acuerdo acerca, quién debe mandar en (p.40) California. Seguid, mi buen Marenas, seguid.

¿Decíais?

-¡Ya no sé lo que decía! Usted, don César, está siempre de muy buen humor y disfruta mucho confundiendo a los que no podemos ser tan felices.

-Perdóneme, querido Marenas. Hable de ese ruiseñor que baila como el sol y canta como los ángeles.

-Pues... -Marenas se secó el sudor que perlaba su frente-. Es una joven honrada que sabe cantar y bailar y a quien yo he ofrecido un importante sueldo para que, de cuando en cuando, venga a bailar y a cantar para mis clientes.

-¡Oh! ¡Qué esplendidez, Marenas! Jamás lo hubiera creído.

-Mi deseo era ofrecerle una suma de dinero sin pedirle nada; pero ella insistió en que no quería admitir regalos. Es demasiado orgullosa. Quiso trabajar y ganarse lo que yo le ofrecía. Me dijo que podía cantar y bailar, y que sólo así admitiría mi ayuda. Accedí y entonces ella me preguntó si podría presentarse con el rostro cubierto por un antifaz, a fin de que no fuera reconocida y su padre no llegara a enterarse de lo que ella tenía que hacer para ayudarle.

-Entonces se presentará enmascarada y nadie sabrá quién es -comentó César-.

Muy interesante. Desde luego que me quedaré para tratar de descubrir su identidad.

-Eso no será posible -dijo Marenas-. Ningún caballero ofenderá a una dama que trata de ganar honradamente el sustento de su familia.

-Seguro, Marenas. No la molestaremos. Ni la ofenderemos. Nos quedaremos a admirarla, que es lo que desea usted, ¿no? ¿Qué mesa tiene disponible?

-Tengo una muy buena junto al tablado donde cantará y bailará la señorita; pero encima de ella hay una botella de viejo jerez que vale veinte pesos. No puedo ceder la mesa sin la botella.

-Toma los veinte pesos -dijo Salinas, tendiendo una moneda de oro al posadero. Resérvanos la mesa.

-¿A qué hora aparecerá ese portento? -inquirió César.

-A las once, señores. Aún faltan dos horas. Si quieren probar fortuna a los dados o a los naipes...

-Los naipes son más simpáticos –dijo César-. Los dados me hacen el efecto de huesos de muerto.

Los dos amigos (p.41) acercáronse a una mesa donde se jugaba a un juego que si no tenía nada de complicado, en cambio tenía mucho de emocionante. El banquero barajaba los naipes y los demás hacían las apuestas. Se podía apostar la cantidad que se quisiera. Para ello bastaba colocar las monedas frente al banquero. Cuando el juego estaba hecho, el banquero descubría una carta para su contrario y otra para él. Si la primera era mayor, el banquero pagaba tanto dinero como se había apostado; si la carta suya era mayor que la otra, recogía el dinero. En el caso de que la carta fuera igual, también ganaba el banquero.

En aquellos momentos tenía la banca el capitán Allen Potts, del ejército norteamericano. Junto a él se apilaba el oro ganado en anteriores jugadas.

-Buenas noches, don César -saludó Potts-. No le aconsejo que apueste. Esta noche tengo la suerte de cara. ¿No es cierto, señores?

Allen Potts hablaba el español perfectamente, a pesar de lo cual no podía vanagloriarse de poseer muchas simpatías. Los que estaban frente a él asintieron a su pregunta, como lamentando en el alma aquella buena suerte.

-Veremos si todavía le dura la buena suerte -dijo en aquel momento Salinas.

-Apueste su dinero y vea los resultados -rió el capitán.

Salinas sacó un puñado de monedas de oro y lo depositó sobre la mesa, frente a

Potts.

-¿Doscientos pesos? -preguntó Potts, contando el dinero, en tanto que un murmullo de asombro corría por la sala.

-Eso creo. ¿Tiene miedo?

-Yo no he vuelto nunca la espalda, señor Salinas -replicó Potts.

-Tal vez porque no estuvo en Domínguez ni en San Pascual -replicó Salinas-.

Allí vimos muchas espaldas norteamericanas.

Potts cerró fuertemente los puños, hasta que blanquearon los nudillos, y por unos segundos pareció incapaz de encontrar una respuesta. Al fin, respirando hondo, preguntó:

-Supongo que nadie más querrá intervenir en este juego, ¿verdad?

Todos habían comprendido que iba a reñirse una batalla entre el belicoso Salinas y el oficial norteamericano. Una batalla que no por ser (p.42) reñida sin armas iba a ser menos emocionante y dramática. Los que estaban más cerca movieron negativamente la cabeza y los de más atrás contestaron con un prolongado: «NO.»

-Voy por sus doscientos dólares -dijo Potts.

Barajó las cartas y las ofreció al corte a Salinas, diciendo:

-Puede usted coger la que guste. La mía será la siguiente. La más alta es el as. Salinas cortó los naipes y descubrió un tres de oros.

Un murmullo de decepción corrió por la sala. Todos habían deseado el triunfo del californiano.

-Lo siento por usted, Salinas -dijo Potts, cuya expresión desmentía su afirmación-. Un tres es muy poco...

Al decir esto tomó la siguiente carta y la descubrió a la vez que alargaba la mano hacia el oro de Salinas, pero antes de que sus dedos rozaran las monedas, la mano se inmovilizó y un murmullo de asombro y de alegría sonó en torno a la mesa.

-Tiene usted razón, capitán -dijo Salinas-. Un tres de oros es muy poco; pero siempre es más que un dos de copas. Ha perdida

Es muy desagradable perder doscientos pesos oro; pero es mil veces más desagradable perderlos cuando ya se han tenido por ganados. Sólo a costa de un gran esfuerzo consiguió Potts dominarse y empujar hacia Salinas doscientos dólares oro.

-Déjelos junto a los otros -dijo Salinas-. Van cuatrocientos.

-Exageras un poco, Anselmo -dijo César, que se había sentado junto a él-. Si quieres repetir la apuesta, limítate a los doscientos que has ganado.

Salinas ni le oyó. Su mirada estaba fija en las manos de Potts, que barajaba rápidamente las cartas. Cuando hubo terminado colocó los naipes delante de Salinas, quien, sin molestarse en cortar, tomó el primer naipe de encima y lo descubrió.

Una exclamación de asombro resonó de nuevo en la sala. El joven acababa de descubrir el as de bastos. A su pesar Potts no pudo contener el temblor de su mano cuando descubrió la siguiente carta, que resultó ser el caballo de oros.

-Ha vuelto a ganar -dijo.

-Eso veo -contestó Salinas.

Cuando contó los cuatrocientos dólares, Potts tenía tal temblor en las manos que varias veces las (p.43) monedas se le cayeron de entre los dedos. Al fin tendió cuatrocientos dólares a Salinas, que los dejó encima de los otros, diciendo:

-Creo que tiene bastante para pagar.

-Son... ochocientos dólares -advirtió Potts.

-Ya lo sé.

El capitán, ya muy nervioso, barajó los naipes, los ofreció al corte y en tanto que Salinas dejaba su carta boca abajo como sin prisa por descubrirla, Potts destapó la suya, lanzando un grito de alegría.

—¡El rey de espadas!

Salinas, como si estuviera seguro de lo que iba a descubrir, volvió la carta sin apartar la mirada de los ojos del capitán. En ellos leyó cuál era el naipe que le había correspondido. Luego todos cuantos le rodeaban le dijeron cuál era la carta descubierta:

-¡El as de oros!

Potts estaba como si hubiera estallado junto a él un barril de pólvora. Cuando terminó de contar los ochocientos dólares que debía pagar a Salinas, el montón de oro se había reducido a su más mínima expresión.

-Me parece que ya basta por esta noche, Anselmo -dijo César.

-Quiero el desquite -pidió Potts-. ¡Tengo derecho!

-Puede usted perder todo lo que quiera, capitán -dijo, fríamente, Salinas-.

¿Tiene mil seiscientos dólares ahí?

Potts contó afanosamente. Luego movió la cabeza.

-Sólo tengo... mil cien.

Salinas retiró quinientos dólares del montón de oro y, guardándolos en el bolsillo, dijo, poniéndose en pie:

-Eche las cartas. Es la última partida.

Potts barajó repetidamente los naipes, sirvió uno a Salinas y otro a él, pero no se atrevió a levantarlo. Salinas dijo, irónicamente, sin tocar su carta:

-Puesto que no ha descubierto su juego, aún puede retirarse. Si pierde, lo pierde todo. Si gana, recupera una parte.

Alien Potts batalló visiblemente con sus deseos de ganar y de conservar aunque sólo fuera una parte de sus beneficios de aquella noche. Al fin gritó, tirando la carta:

-Está bien, no juego.

-Era un cuatro de bastos -dijo alguien.

El rostro de Potts se iluminó. Un infinito alivio se pintó en él.

-Me regala usted mil cien dólares -dijo a Salinas.

Este se encogió de hombros y, pausadamente, descubrió su carta. Al verla, (p.44) Alien Potts lanzó una imprecación.

-¡Maldita! ¡La ganaba!

Sobre la mesa, junto al dinero, brillaban los dos discos del dos de oros.

-Le faltó valor, capitán -sonrió Salinas, levantándose y guardando el oro en el bolsillo-. Ya le dije que era, también, de los que volvían la espalda.

La mano de Potts descendió, en busca del revólver que pendía de su cinturón.

-Puede usted disparar y matarme, capitán -dijo Salinas-. Pero le advierto que yo no llevo armas.

Potts le dirigió una mirada llena de odio y tartamudeó:

-Eso le salva; pero algún día...

El rasgueo de unas guitarras ahogó la voz del capitán. Todas las miradas se volvieron hacia el tablado y luego todos corrieron a sus puestos. Salinas y César se vieron empujados del capitán Potts.

Cuando llegaron a su mesa, Salinas y César vieron aparecer en el centro del tablado una mujer vestida con un rico traje de amplia falda. En las partes en que el traje se ceñía, acariciador, al cuerpo, dejaba adivinar una escultural silueta.

Pero lo que todas las miradas trataban de atravesar era el negro antifaz que cubría el rostro de la mujer, impidiendo comprobar si la belleza del resto de sus facciones estaba de acuerdo con la hermosura de lo poco que podía verse.

 

Capítulo VIII

 

Una canción y un desafío

 

Por un instante reinó cierto desconcierto entre el público. Era indudable que la mayoría de los presentes conocían ya el detalle del antifaz que, «en secreto», les había sido comunicado por Marenas; pero en cambio otros, especialmente los norteamericanos, no debían de saber nada, pues cuando hubo pasado el primer momento de asombro comenzaron a oírse protestas en su idioma.

Pero todas las protestas se ahogaron cuando, al compás de la música de las guitarras, la enmascarada bailarina comenzó a danzar. Toda la sensualidad que el baile colonial español ha heredado de los árabes, vibraba en los movimientos de la actuante. No sólo en los de sus pequeños pies, sino también en los de sus brazos, manos y hasta en los dedos. En menos de un minuto la enmascarada se apoderó de todos los corazones (p.45) de los hombres que la habían aplaudido e incluso de los que la silbaron. Todas las miradas estaban hipnóticamente fijas en ella y una masa de silencio, densa y casi palpable, se formó en torno del tablado, encerrando en él las notas de las guitarras, de las castañuelas y del taconeo.

Cuando terminó el baile hubo quizá cinco segundos de silencio, luego, como el fragor de una tempestad que se produce después de un momento de calma absoluta, los aplausos, gritos de entusiasmo y vivas estallaron, ensordecedores, cesando sólo cuando de nuevo las guitarras reanudaron sus rasgueos. Entonces volvió el silencio y la admiración del arte de la misteriosa bailarina.

Después del segundo baile, la mujer se retiró para una breve descanso, y Julio Marenas subió al tablado, anunciando, cuando se acallaron los murmullos:

-Mariquita les está muy agradecida por sus aplausos y me ruega que les dé la gracias en su nombre. Ahora está descansando y luego les cantará unas bella canciones que tal vez nuestros huéspedes del Norte no comprendan; pero cuando Mariquita canta no es necesario entender el español. Cualquiera puede disfrutar de la música de su voz. Es como gozar de los trinos del ruiseñor. También me ha encargado Mariquita que les explique lo de su antifaz. Ustedes comprenderá los motivos que la impulsan a cubrirse rostro. Es un sacrilegio ocultar a la admiración de todos tanta belleza; pero sólo así puede Mariquita presentarse ante nosotros. Si su familia llegara a averiguar que, para ayudarla, trabaja aquí, la encerrarían en un convento o la enviarían a España. Por eso yo ruego a todos que no pidan conocer la identidad de Mariquita y se conformen con el inmenso regalo su belleza y de su arte.

Se retiró Marenas y, precedida por el airoso cantar de las guitarras, Mariquita volvió al tablado. Se hizo el silencio y pronto la voz de la joven enmascarada se elevó clara, potente y, al mismo tiempo acariciadora, llena de arrebatadoras inflexiones que daban a la popular canción que brotaba de sus labios un atractivo irresistible.

No se (p.46) supo quién fue el primero, mas de pronto una mano tiró al tablado una moneda de oro, que fue el preludio de un diluvio de monedas de oro y de plata.

Salinas, que durante todo el tiempo había tenido la vista fija en aquella mujer, vació sus bolsillos en el mantelito de la mesa junto a la que se sentaba, y recogiendo sus puntas depositó en el suelo del tablado, a los pies de Mariquita, casi dos mil pesos.

Mariquita, que en aquellos momentos saludaba y agradecía no la limosna, porque no lo era, sino el tributo de admiración de todos los presentes, clavó en Salinas la mirada de sus bellísimos ojos, que brillaban, negrísimos, por los agujeros del antifaz. Con voz que sólo Salinas oyó, dijo:

-Muchas gracias, caballero.

Cuando se retiró de nuevo, Salinas dijo a César:

-Quiero saber quién es esa mujer.

Su joven compañero le miró, burlón.

-Pronto te has enamorado, Anselmo; pero haces mal. Te atrae el misterio y ese antifaz te hace verlo todo falso.

-Averiguaré quién es.

-No hagas más locuras. Basta con la que has hecho. Dos mil pesos son muchos para darlos por una canción.

-Por ella daría mi vida.

-Veo que Mariquita ha sustituido en tu corazón a la pobre California. Antes tu vida era poca para sacrificarla por la virgen California. Ahora...

-Una cosa no tiene nada que ver con la otra. La esperaré fuera. Sabré quién es. Y si necesita ayuda mi fortuna será para ella.

-¿Por qué ha de necesitar tu fortuna? A lo mejor todo es una combinación entre Marenas y ella. ¿Quién te asegura que Mariquita no es una bailarina mejicana traída para...?

-Su acento es californiano. Y quiero saber quién es. La aguardaré en la puerta...

-No saldrá por la puerta principal ni por la puerta trasera -dijo César.

-¿Qué quieres decir?

-Que si quieres verla debes esperarla en la calle del Álamo Viejo.

-¿Por qué esperarla allí? ¿Es que sabes dónde vive?

-No; pero ya sabes que la posada tiene un jardín con una puerta que se utiliza cuando se quiere salir sin ser visto. Es algo que todo el mundo conoce, y apuesto cien pesos a que hoy habrá allí, por lo menos, cien hombres (p.47) aguardando; pero Mariquita no saldrá por allí. El jardín de la posada comunica con el jardín de la casa de don Teodosio Moraleda. Incluso hay una puerta de hierro que no se usa desde hace muchísimos años, lo cual no impide que pueda utilizarse esta noche. Para ello basta engrasar los goznes y la cerradura. Por aquella puerta se llega al jardín de Moraleda y como se trata de un jardín que rodea la casa se puede salir de él sin necesidad de turbar el plácido sueño de don Teodosio. Por tanto, Mariquita pasara por el jardín, llegará a la puertecita que da a la calle del Álamo Viejo y se marchará tranquilamente sin que nadie se dé cuenta de su salida.

-¿Crees que utilizará ese camino?...

 -Estoy seguro.

-Pues vamos allá.

-¿Intentas descubrir la identidad que una dama desea guardar oculta?

-Deseo decirle que la amo, César.

-¿Estás seguro de que la amas?

-Del todo. Antes de fijarme en la hermosura de su boca, en la belleza de su cuerpo, en su ovalado rostro, antes de ver su persona presentí su alma. ¡Es la mujer que he estado esperando!

-Piensa que a lo mejor estás cansado de verla al natural sin fijarte en ninguna de sus cualidades ni bellezas.

-No seas loco, César. Si la hubiera visto una vez me habría enamorado de ella como ha ocurrido esta noche. Vamos. Y paga el gasto, porque me he quedado sin una moneda.

César dejó veinte pesos sobre la mesa y salió en compañía de su amigo. Al pasar junto a la mesa a la que se había sentado el capitán Potts la vio vacía.

Por una calle que desembocaba en la plaza alcanzaron los dos hombres la del Álamo Viejo, que si bien era ancha y adornada con numerosos árboles, entre los que destacaba un alto álamo, carecía por completo de iluminación, como no fuese la procedente de una rajita de luna que flotaba en el cielo.

-No hagas ruido -pidió Salinas.

Los dos hombres avanzaron, pegados a los árboles, hasta llegar a corta distancia de la casa de Teodosio Moraleda. Se trataba de una edificación de planta y un piso, muy bien encalada, construida al estilo colonial y rodeada por un jardín en el que (p.48) abundaban los naranjos que, años más tarde, constituirían una de las mayores riquezas de California. El aire estaba embalsamado por el penetrante aroma del azahar y el escenario parecía ideal para una escena romántica.

Pero la escena que iba a desarrollarse en breve sólo sería parcialmente romántica.

-¿Estás seguro de que saldrá por aquí? -preguntó al cabo de unos minutos Salinas a César.

-Hombre, ella no me lo ha dicho; pero creo que no puede salir por otro sitio, a menos que lo haga disfrazada de hombre...

-¡Mira! -interrumpió Salinas, señalando hacia el jardín de Moraleda.

Dos sombras lo estaban cruzando y se oían claramente las pisadas sobre la gravilla.

-Parecen dos mujeres -susurró Salinas.

-Mariquita debe de llevar una dueña que la proteja.

Se abrió la puerta del jardín y una de las dos mujeres, sin duda la dueña, pues era muy voluminosa, salió a la calle y miró a derecha e izquierda. Cuando se hubo convencido de que la calle estaba o al menos parecía desierta, se volvió hacia el jardín e hizo señas con una mano. La otra figura salió a la calle, y aunque iba envuelta en una larga capa con capucha, Salinas la reconoció.

-Es ella, César. Es un ángel.

-Pues me parece que por allí surge el demonio -sonrió César, señalando hacia un árbol de detrás del cual acababa de destacarse un hombre.

La luz de la luna se reflejó en los dorados botones de su uniforme y en la charolada visera de su gorra.

-¡El capitán Potts! -exclamó Salinas! ¡Sí, es el diablo!

-Por lo menos se trata de un pariente muy cercano. Veamos qué sucede.

Los acontecimientos se precipitaron vertiginosamente. Las dos mujeres no advirtieron la presencia del capitán Potts hasta que se hallaron casi delante de él.

Entonces Mariquita lanzó un grito, a lo que el capitán replicó:

-No se asuste, señorita. He venido protegerla. Una mujer tan hermosa no debe andar sola por el mundo a estas horas de la noche.

-No voy sola, caballero -replicó Mariquita-. Tenga la bondad de retirarse y dejarme continuar mi camino.

-No me opongo a nada, señorita; sólo (p.49) quiero ofrecerle mi escolta. Un capitán es una buena protección contra los merodeadores nocturnos. Su dueña ha cometido el error de agitar la bolsa que sostiene con la mano izquierda, y el tintineo del oro es un imán para los ladrones.

-Vivo cerca y no temo nada. Por favor, si es usted un caballero, retírese. Me compromete.

-Si para demostrar que soy un caballero he de retirarme, prefiero no serlo. Y si no soy un caballero, nada me impide ver el rostro que oculta ese desagradable antifaz- La mano de Potts se elevó hacia la negra máscara; pero antes de que la rozara, una recia mano le sujetó el brazo y una amenazadora voz le ordenó:

-Quieto, capitán.

Al mismo tiempo, un violento tirón le hizo girar en redondo y otra mano le arrancó el revólver que había intentado desenfundar.

-¿Es usted otra vez, señor Salinas? -preguntó, amenazador, el capitán.

-Sí, soy yo -replicó Salinas-. Y le aconsejo que no haga ningún movimiento si no quiere probar cómo saben las balas de su propio revólver.

-Esta vez tiene usted la fuerza -dijo Potts-; pero ya volveremos a encontrarnos...

-Cuando usted quiera -replicó Salinas. Y dirigiéndose a las dos mujeres, aconsejó-: Retírense. Yo me encargo de que este hombre no las moleste.

La enmascarada Mariquita clavó un momento la mirada en su salvador y murmuró:

-Muchas gracias, señor Salinas.

Y volviéndose a su compañera, agrego:

-Vamos.

Cuando sus pasos se hubieron apagado en la lejanía, Salinas dijo, dirigiéndose al capitán:

-Debiera matarle, Potts... Se lo merece.

-Aproveche la oportunidad -dijo el capitán-. Si yo tuviera un revólver no le sería tan fácil matarme.

-No pienso matarle ahora.

-Pues ¿cuándo?

-Cuando usted quiera.

-¿Mañana por la tarde, a las cuatro, en Santa Mónica?

-Es un sitio tan bueno como otro cualquiera -dijo Salinas.

-Le aguardaré al final de la carretera. Puede llevar sus testigos; pero, si es posible, que sean mayores de edad; la declaración de un chiquillo como don César no me serviría de nada. Mis padrinos llevarán las pistolas. Si usted quiere llevar otras, (p.50) podremos elegir las mejores. -No tengo pistolas de duelo. Puede usted llevar las suyas. Hasta mañana, capitán.

-Hasta mañana -replicó Potts.

Salinas iba a volverse cuando el capitán le pidió:

-¿Tendría inconveniente en devolverme el revólver? A usted no le servirá de

nada y a mí me resultaría desagradable tener que explicar que me lo han quitado.

-Vaya hasta el final de la calle. Cuando llegue allí yo dejaré el arma en el suelo.

Puede volver a recogerla.

-¿Teme que le asesine por la espalda?

-Sí.

-Como quiera. Adiós. Mañana tendré el gusto de matarle. Buenas noches, don César; perdone mis palabras. No he querido ofenderle.

-No me ha ofendido.

Volvieron la espalda, Alian Potts marchó calle abajo. Salinas aguardó hasta verle llegar al final de la calle. Entonces dejó el revólver en el suelo y, acompañado por César, marchó hacia su domicilio.

-¿Por qué has aceptado el duelo a pistola? -preguntó César de Echagüe.

-¿Qué querías que hiciese?

-Manejas bien la espada. Mejor que Potts, seguramente.

-Por eso no he pedido que el duelo fuera a espada.

-Pero aceptándolo a pistola te pones en sus manos. Salinas se encogió de hombros.

-Sé disparar lo suficiente para matarle.

-¿Sabes cómo se llevan a cabo los duelos a pistola?-preguntó César-. Estoy seguro de que no lo sabes. Los dos que se van a matar se colocan uno de espalda al otro y echan a andar en opuesta dirección. Cada uno da veinticinco pasos. Cuando los han dado se detienen y esperan la orden de los padrinos. Entonces se vuelven, apuntan y disparan. Ven a casa.

Salinas se dejó llevar por César hasta el rancho de San Antonio. Luego fue al cobertizo donde César le había hecho unos meses antes una demostración de su destreza como tirador. Cargando uno de sus revólveres, el joven Echagüe se lo tendió a Salinas y le invitó:

-Dispara contra aquella sartén -y señalaba una colgada sobre los sacos terreros. Salinas montó el revólver, apuntó y apretó el gatillo.

-Nada -murmuró César-. ¡Veinte centímetros a la derecha! Dispara otra vez.

Sólo la sexta bala rozó (p.51) ligeramente el blanco. César, cogiendo el revólver, lo limpió cuidadosamente y fue llenando las cámaras del cilindro con pólvora, tacos, balas y fulminante.

-El blanco era del tamaño de la cabeza de un hombre -dijo-. Y sólo has disparado a veinte metros.

-Mañana lo haré mejor -replicó Salinas-. Adiós, tengo que ir a buscar mis padrinos.

-Adiós, Anselmo -replicó César-. Que Dios te acoja en su seno.

-Me das por muerto, ¿no?

-Sí, y te lo mereces, porque cuando un hombre que maneja la espada como tu acepta un desafío a pistola... En fin, adiós...

Salinas abandonó el rancho y César quedó en el cobertizo. Maquinalmente empuñó el revólver que acababa de cargar y, sin prisa, disparó las seis balas, enviándolas, a través del fondo de la sartén a hundirse en los sacos terreros.

-¡Pobre Anselmo! -suspiró.

De nuevo limpió el cañón del revólver. Como aún no estaban en pleno desarrollo los cartuchos metálicos procedió a cargar de nuevo el arma por medio del lento sistema de ir cargando cada una las cámaras del cilindro utilizándole atascador que iba unido a la parte inferior del arma.

Cuando hubo terminado, en vez de dejar los revólveres en el cobertizo, se los llevó consigo a su habitación.

 

Capítulo IX

 

El nacimiento del Coyote

 

Aquella noche César de Echagüe no pudo dormir. Su pensamiento no se apartaba de su amigo y del destino que iba a correr. Dentro de catorce horas se enfrentaría con un hombre que tenía fama de ser el mejor tirador del ejército yanqui. Contra él, Salinas no tenía ninguna probabilidad de salir triunfante. A pesar de ello, y dejándose llevar por su carácter, el muy tonto iba a inmolarse en una venganza que para él no significaría ninguna gloria.

César deseaba ayudarle. Era su amigo y trataba de alejar la idea de que aquella noche había hablado por última vez con Salinas.

-Si yo pudiese intervenir... No me gustan los duelos; pero ese capitán Potts tendría en mí un rival.

Clavó, pensativo, la mirada en el revólver que tenía entre las manos, como buscando en él la solución que no hallaba.

-¡Y todo por esa (p.52) endiablada mujer que se oculta tras un antifaz!...

El recuerdo de Mariquita había traído, engarzado, otro recuerdo más lejano. Cuarenta y seis años antes, cuando comenzó el siglo, un enmascarado había impuesto la ley y el orden en Los Ángeles. Con su espada había trazado en los rostros de sus enemigos unas zetas que aún perduraban en algunas viejas caras. El Zorro, ocultando su verdadera identidad tras un negro antifaz, devolvió a los californianos la ley y el orden perdidos.

Luego, cuando su actividad ya no fue necesaria, clavó la espada en el artesonado de su casa y se retiró a vivir apaciblemente hasta el fin de sus días...

Súbitamente, dominado por un febril nerviosismo, César se puso en pie y, dejando el revólver sobre la mesita de noche, salió del cuarto, llevándose una de las velas que iluminaban su habitación. Cruzó el pasillo, descendió a la planta baja y después de atravesar varias habitaciones llegó a una de ellas, en la cual, por único mobiliario, se veían tres grandes armarios que ocupaban otros tantos paños de pared. Abrió uno de los armarios, que apareció lleno de trajes. Después de examinarlos uno a uno, los desechó todos y pasó al otro armario. También estaba lleno de trajes. Al cabo de un par de minutos de registrarlo encontró lo que buscaba. Era un conjunto mejicano que había sido de su padre y que, usado sólo una vez, permanecía allí en espera de que fuera regalado a algún mendigo, ya que ninguna utilidad práctica tenía. El viejo don César se lo había hecho hacer cuando se le anunció que iba a ser nombrado jefe de la milicia nacional de la ciudad, o sea representante de las fuerzas armadas mejicanas. Más tarde el nombramiento se anuló y el traje fue guardado.

Junto al traje pendía una espada, pero César la desprendió sonriendo. El invento del coronel Colt anulaba las armas blancas. En cambio tomó las altas botas de montar, que parecían de dos siglos antes, y el ancho sombrero de cónica copa y ala levantada.

Cargado con todo ello se trasladó de nuevo a su cuarto y ante el espejo se probó el vestido.

Le quedaba demasiado holgado, (p.53) pero esto ayudaría a disimular su figura. Cogiendo un pañuelo negro abrió dos agujeros en él y se lo ciñó como si fuera un antifaz.

Después se puso el sombrero y contempló el efecto ante el espejo.

-Nadie me conocería -dijo-. Un bigotito postizo ayudaría a disimular -aún más mis facciones... Y los revólveres...

Se ciñó el cinturón del que pendían las dos fundas de los Colts y nuevamente contempló el efecto. Nadie que conociera al joven don César lo reconocería en aquel hombre enmascarado, que parecía mucho más recio y más alto.

-Sólo me falta el nombre -se dijo-. El Zorro era bueno, pero ya ha sido utilizado y nadie tomaría en serio una resurrección. Buscaré otro...

De pronto lanzó una exclamación de alegría, y quitándose el sombrero y la máscara se sentó ante la mesa. Tomó pluma y papel y empezó a escribir:

Capitán Potts: Ha llegado a mis oídos que piensa batirse con Anselmo Salinas. Considero que todas las ventajas están de su parte y que piensa usted cometer un crimen legalizado, le prohíbo que acuda mañana a la cita que ha dado a Anselmo Salinas. Envíele sus excusas y alégrese de la oportunidad que le concedo de seguir viviendo. Si desobedece mis órdenes y va allí, le mataré.

EL COYOTE

 

Muy satisfecho, César se envolvió en una capa y, saliendo del rancho, se dirigió a caballo a Los Ángeles. Eran las cinco de la mañana y ya empezaban a verse algunos transeúntes, especialmente indios, por las calles. Llamando a un chiquillo, César, oculto el rostro tras el embozo de la capa, le tendió un pliego doblado y una moneda de cinco pesos.

-Llévalo al fuerte Moore y que se lo entreguen al capitán Potts -dijo-, el nombre está escrito en el papel. De prisa.

Luego, en tanto que el chiquillo se alejaba, él regresó al rancho y se tendió a descansar. Ya estaba amaneciendo y César durmió, de un tirón, hasta las once de la mañana.

A aquella hora llamó a Julián Martínez, el mayordomo, y le anunció:

-Tengo que marcharme a hacer algo muy arriesgado, Julián. No puedo decirte qué, pero no es nada malo.

-Si no me lo puede (p.54) decir es que no es nada bueno -reprendió dignamente el mayordomo.

-¡Claro que es bueno! -rió César -pero si tú supieras la verdad podrías descubrirla o dejar que alguien la adivinara. No puedo decirte nada; pero, sin embargo, has de ayudarme.

-¿Cómo? -preguntó Julián.

-Si alguien en casa pregunta por mí dirás que no me he levantado aún. A nadie le extrañará. Si luego te vuelven preguntar por mí, diles que tengo un terrible dolor de cabeza y que no quiero ver a nadie. Puedes agregar que me has subido la comida. Si por casualidad mi padre o mi hermana insistieran, haz humanamente lo posible por que no suba y si insisten en subir a mi cuarto, como lo encontrarán cerrado, creerán que no quiero recibirles. De ninguna manera deben saber que he salido.

-¿Por qué?

-Porque no deben saberlo. Debes conformarte con eso, Julián. Y otra persona que tampoco debe saber que he salido es Salinas. Él menos que nadie. Si te pregunta qué he hecho durante la tarde, le dices que he estado en mi cuarto leyendo un libro.

¿Comprendes?

-No: pero se lo diré.

-Muy bien. Así me gusta. Ahora saca este paquete afuera y colócalo sobre un caballo -y César señaló un paquete envuelto con una manta mejicana, dentro del cual se encontraba el traje, las botas y el sombrero de su padre y, sobre todo, el antifaz-. Puede ser el caballo negro. Apenas se ha visto en la ciudad. Cuando regrese lo llevas inmediatamente a la otra cuadra.

En cuanto Julián hubo salido, César se aseguró de que nadie podía verle y cerrando con llave la puerta de su cuarto salió en dirección a la cuadra, Antes de abandonar la habitación se había colgado de la cintura los dos revólveres que le regalara Gillespie.

 

Capítulo X

 

La primera aventura del Coyote

 

Junto a la playa de Santa Mónica, allí donde terminaba la polvorienta carretera de Los Ángeles, cuatro hombres aguardaban. Los cuatro vestían uniforme militar, pero así como tres de ellos iban armados con sables y revólveres, el tercero sólo iba provisto de un maletín de cuero negro: era el médico.

A los pies del (p.55) capitán Potts se encontraba el estuche de las pistolas de desafío.

-Su contrincante se retrasa, capitán -dijo uno de los compañeros de Potts.

-Sin duda cree que la carta que me hizo enviar habrá surtido efecto -replicó Potts.

-¿Cree que se la ha enviado él? -preguntó el otro oficial.

-¿Es que alguien ha oído hablar alguna vez de ese Coyote?

-El nombre tiene cierta similitud con el del Zorro -dijo el teniente que antes había hablado.

-Se advierte en seguida que aquel nombre fue tomado como modelo. Sin duda el señor Salinas se arrepintió de haber aceptado el desafío y me envió la carta para asustarme... Pero me parece que aquí llega.

Tres jinetes acababan de doblar el recodo que formaba la carretera. Al frente, vestido de negro y envuelto en una larga capa, iba Anselmo Salinas. Dos amigos suyos le seguían a corta distancia.

Al llegar ante los oficiales que esperaban, Salinas frenó su caballo y saltó a tierra. Sus amigos le imitaron.

En tanto que el californiano y Potts permanecían a un lado, los oficiales y los compañeros de Salinas, o sea los testigos del duelo, se reunieron y después de un breve saludo comenzaron a tratar los pormenores del duelo. Los testigos de Salinas traían también un estuche de pistolas de duelo, modelo Gastine-Renel del mismo tipo que las traídas por los testigos de Potts. Tratándose de armas exactas en todos los detalles, se decidió que la suerte determinara qué pistolas debían utilizarse. Se echó una moneda al aire y salieron elegidas las de Salinas.

Con el mayor cuidado se contaron los granos de pólvora que debían impulsar las balas y cada pistola recibió la cantidad. Luego, con los mazos, se metieron las balas esféricas, se aplicaron los fulminantes y se montaron los percutores.

Reunidos los rivales y los testigos, en tanto que el cirujano preparaba su instrumental para atender a aquel que resultase herido, se preguntó a Potts y a Salinas si existía alguna posibilidad de arreglo amistoso. Los dos hombres movieron negativamente la cabeza y se procedió a dar comienzo al lance. Los colocaron uno de (p.56) espaldas al otro y a la voz de mando del director del combate comenzaron a alejarse, dando los pasos a medida que los contaba el testigo. Cuando hubieron recorrido veinticinco se detuvieron en espera de la orden de volverse. Tanto uno como otro permanecían con la pistola en alto.\

La voz de mando del director del combate coincidió con el galope de un caballo. En el momento en que Potts se volvía y alargaba el brazo para disparar sonó una detonación y la pistola que empuñaba voló de su mano.

-¡Quietos todos, señores! -ordenó una potente voz.

El médico, los cuatro testigos, Potts y Salinas, miraron hacia el autor de la interrupción. Vieron a un hombre vestido a la moda mejicana, cubierta la cara con un antifaz y montado en un brioso caballo. Con la mano derecha empuñaba un humeante revólver. (p.57)

-Hizo mal en no atender mi aviso, capitán Potts -dijo.

-¡El Coyote! -exclamaron a la vez los cuatro militares, en tanto que Salinas y sus amigos miraban, desconcertados, al desconocido.

-Por un momento temí que la carta no hubiera llegado a su destino -siguió el del antifaz-. ¿Por qué no ha hecho caso?

-Porque no acostumbro a tomar en cuenta los anónimos -respondió Potts.

-No era un anónimo, puesto que iba firmado -dijo El Coyote.

-Una firma como aquélla no valía más que un anónimo.

-Para usted tal vez, capitán; pero de ahora en adelante todos sabrán lo que vale un mensaje del Coyote.

-¿A qué ha venido? -preguntó uno de los oficiales.

-A evitar un asesinato, caballeros. El capitán Potts maneja muy bien la pistola y valiéndose de su destreza ha querido asesinar al señor Salinas.

-Un duelo no es un asesinato -protestó el cirujano.

-Cuando uno de los contendientes apenas sabe manejar la pistola y, en cambio, el otro posee una puntería infalible, el duelo es un asesinato. ¿No opinan ustedes igual?

-El mejor tirador puede fallar el blanco -dijo el médico.

-Pero tiene más probabilidades de no fallarlo si es un buen tirador que si es uno muy malo, ¿no?

-Tal vez; pero si el señor Salinas no sabe (p.58) tirar, podía haber elegido otra arma.

-El señor Salinas es un caballero y no habría aceptado una ventaja sobre su adversario. ¿No es cierto, señor Salinas?

Anselmo Salinas escuchaba atentamente las palabras del enmascarado. ¿Quién era aquel hombre que trataba de ayudarle? Su voz no le era conocida. Su figura tampoco. Aquel bigote no lo había visto en ninguno de sus amigos...

-No; prefería que se utilizara la pistola -respondió.

-Pero al aceptar eso se condenaba a muerte -dijo El Coyote-. Yo propongo al capitán Potts, ya que es tan aficionado a las armas de fuego, que cambie unos disparos conmigo. Allí veo otro estuche de pistolas. Pueden cargarlas y colocarnos a la distancia que quieran.

-Usted no ha hecho nada para obligarme a matarle -dijo Potts.

-¿No? Sospecho, capitán, que en sus palabras influye la sensación que habrá tenido cuando mi bala le ha arrancado la pistola de la mano. ¿Verdad?

-¿Qué quiere decir? -preguntó Potts.

-Está bien claro, capitán -dijo El Coyote-: Le estoy llamando cobarde, porque no es lo mismo batirse a pistola con un hombre que no sabe utilizarla que hacerlo con otro que sin necesidad de apuntar le metería una bala entre las cejas.

-He venido a batirme con el señor Salinas, y si dicho señor quiere salvar su vida recurriendo a la protección de un bandido enmascarado...

-¡Capitán, le juro que yo no tengo nada que ver con esto! -gritó Salinas. Potts se encogió de hombros.

-Está bien -dijo-. Creeré que dice usted la verdad; pero con lo ocurrido mi honor queda a salvo. Por esta vez ha salvado usted la vida.

Y Potts volvió, despectivamente, la espalda a Salinas. Éste corrió hacia él y le obligó a volverse.

-¡Capitán! Le juro que yo no sé quién es este hombre. Yo no le he hecho venir.

Estoy dispuesto a batirme con usted.

Luego, volviéndose hacia El Coyote, siguió:

-Por favor, caballero, sea usted quien sea, márchese y déjeme terminar con honor este asunto. Su ayuda me perjudica...

-Señor Salinas, si quiere usted que las cosas sucedan como tenían que suceder, apoye en su sien la pistola y dispárela. El (p.59) resultado será el mismo que si hubiera llevado a cabo el duelo.

-Sería un suicidio... -empezó Salinas.

-Lo mismo que sería batirse a pistola con el capitán Potts. No insista más. Indudablemente él tampoco quiere suicidarse y no acepta batirse conmigo.

-Pero estoy dispuesto a hacerlo con el señor Salinas -dijo Potts, que había empezado a ceñirse el sable.

El Coyote desmontó del caballo y, sin dejar de empuñar su revólver, dijo, dirigiéndose a los testigos de Potts:

-Señores, las cosas han cambiado y ahora seré yo quien dicte las condiciones del duelo. Va a realizarse; pero la distancia que separará a los dos contendientes será de tres metros. Así no habrá ventaja por ninguna parte. ¿Acepta, señor Salinas?

-Sí -replicó, prontamente, Salinas.

-Piense que es casi seguro que morirá -advirtió El Coyote.

-No me importa.

-Y usted, capitán, ¿acepta?

Potts estaba pálido. Durante unos segundos se esforzó por cobrar aliento. Al fin contestó:

-No. No puedo aceptar un desafío reñido con todas las reglas caballerescas.

El Coyote estaba frente a Potts, mirándole fijamente, y en el momento en que el capitán pronunció las últimas palabras el enmascarado apretó el gatillo de su arma. Sonó la detonación y Potts se llevó vivamente la mano a la oreja izquierda, cuyo lóbulo había sido arrancado por la bala.

-Cirujano, ya tiene usted trabajo -dijo El Coyote.

Y dirigiéndose a los oficiales agregó:

-Ya se ha derramado sangre y el duelo no puede celebrarse. Creo que ustedes serán los primeros en evitarlo. Si el desafío se llegara a realizar, a todos ustedes los señalaría con la marca del Coyote, y al capitán Potts le atravesaría la cabeza de un balazo. Adiós.

Saltando sobre su caballo, El Coyote picó espuelas y partió en dirección a Los Ángeles antes de que ninguno de los testigos del suceso pudiera hacer nada para detenerle.

-Capitán, cuando quiera estaré a su disposición -dijo Salinas.

Los dos oficiales le miraron fijamente y uno de ellos contestó, con un esfuerzo:

-No es necesario, señor. Si necesita que alguien certifique su honor, estamos dispuestos a (p.60) hacerlo; pero si es posible...

-Por mí nadie sabrá nada -replicó Salinas, adivinando los deseos de los oficia

les-. Y mis amigos también callarán. Ya sabemos que no todos los oficiales del ejército son como el capitán Potts.

Los tres californianos saludaron a los testigos del capitán y, montando a caballo, regresaron a Los Ángeles.

-¿Quién puede ser ese misterioso Coyote? -preguntó uno de los amigos de Salinas-. Yo nunca había oído hablar de él.

-Creo saber quién es -replicó el joven-; pero no puedo decir su nombre.

Mas cuando Anselmo Salinas llegó al rancho de San Antonio y preguntó por César de Echagüe, Julián Martínez le dijo que estaba en su cuarto, de donde no se había movido en toda la tarde.

-¿Estás seguro? -preguntó Salinas, mirando fijamente a Julián. Y éste, sin mentir, replicó:

-Le juro que yo no le he visto salir. ¿Quiere que le anuncie?

-Sí... Dígale que deseo verle.

Un momento después, César de Echagüe bajaba corriendo la escalera y estrechaba entre sus brazos a su amigo.

-¿Es posible que le hayas matado? -preguntó.

-No..., no le maté -contestó Salinas, tratando, en vano, de hallar algún parecido entre el débil César de Echagüe y el audaz Coyote-. El duelo no se celebró. El Coyote lo interrumpió.

-¿El Coyote? -preguntó César-. ¿Y quién es ese coyote?

-Un enmascarado que estaba al corriente de que se iba a celebrar el duelo. ¿No le conoces?

-No; pero si era un enmascarado, seguramente será un amigo de Mariquita. A una enmascarada nadie la defenderá mejor que un enmascarado, ¿no te parece?

-No sé. Por un momento... No, no te lo digo. Te reirías de mí.

-¿Qué ibas a decir?

-Que por un momento creí que El Coyote eras tú.

-¡Qué locura! -rió César-. ¿Y como quedó la cosa?

-Los padrinos de Potts me dijeron que mi honor estaba a salvo y volví a Los Ángeles deseando encontrar al Coyote para darle las gracias y pedirle que otra vez no trate de ayudarme. Si le ves, díselo.

-Sigues creyendo que yo soy El Coyote -sonrió César-. Pero te equivocas. Hoy no he salido de casa, y además soy le bastante serio para (p.61) no disfrazarme cuando no es carnaval. Lo mejor que podemos hacer es ir esta noche a la posada Internacional a disfrutar del espectáculo de Mariquita, la cantante enmascarada.

 

Capítulo XI

 

La medalla delatora

 

-Esta noche la botella de jerez vale cuarenta pesos -les anunció Julio Marenas cuando entraron en la posada.

-Eso quiere decir que Mariquita vuelve a cantar y a bailar, ¿no?

-Yo quería que lo hiciese todas las noches -suspiró Marenas-. Todos están locos por ella. Pero Mariquita dice que no le es posible venir cada noche, porque su padre sospecharía la verdad. Hoy no debía haber venido; pero a última hora me anunció su llegada. He avisado a todos sus admiradores y también a ustedes, aunque supongo que el aviso habrá llegado después de su marcha.

Como en aquel momento entraban otros clientes, César y Salinas fueron a sentarse a su mesa. Apenas se hubieron instalado allí se acercó uno de los criados de Marenas y dirigiéndose a Salinas le dijo en voz baja:

-La señorita le ruega que me acompañe.

-¿Qué señorita? -preguntó Salinas.

-Mariquita. Quiere darle...

-Vamos -interrumpió Salinas, levantándose y arrastrando tras de sí al criado, como si supiera el camino que debía seguir.

Cuando se le hubo pasado el nerviosismo se dejó guiar por el hombre, que le condujo por un ancho pasillo hasta una habitación situada casi al fondo y que servía de camerino a la bailarina.

Llamando a la puerta, el hombre anunció que traía al señor Salinas y se alejó en seguida, acariciando alegremente la moneda de oro que el joven le había entregado.

Se abrió la puerta y apareció la dueña que la noche anterior había acompañado a Mariquita. También ella disimulaba su identidad cubriéndose el rostro con una espesa mantilla. Además la habitación estaba muy débilmente alumbrada por una lamparilla de aceite, aunque se advertía, por el olor, que unas velas habían sido apagadas un momento antes.

Mariquita fue al encuentro del joven.

-Señor Salinas, quería darle las gracias por lo de ayer noche -dijo con su (p.62) hermosa voz-. Hubiera deseado poderme detener para agradecerle su intervención...

-Señorita, lo que yo hice no tuvo ninguna importancia. Cualquier caballero lo hubiese hecho, y, además, si pude hacerlo fue porque, sin darme cuenta de lo que hacía, quería ser tan indiscreto como el capitán Potts. Yo también deseaba averiguar su identidad.

-Estoy segura de que usted no se hubiera portado como aquel hombre -dijo Mariquita.

-Desde luego; pero... estoy tan enamorado de usted...

-¡Por favor, no diga eso! -pidió la joven-. ¿De qué está usted enamorado? ¿De una voz? ¿De un antifaz?

-De un alma, Mariquita.

-Tiene usted una vista muy penetrante, señor Salinas. Para ver un alma...

-Basta adivinarla. Porque es imposible verla se la puede presentir. Y eso es lo que a mí me sucede con usted. Presiento la hermosura de su alma. Sólo un alma llena de nobleza podría hacer lo que usted hace. Para una dama de su condición, el presentarse ante el público tan bajo debe de ser un martirio.

-En ese público hay caballeros como usted y otros.

-Pero estamos en minoría.

-Tal vez; pero de todas formas le aseguro que hay cosas mucho más desagradables que salir a un tablado a entretener a unos hombres.

-Mariquita, soy rico, puedo poner en sus delicadas manos cien mil pesos. ¿Los

quiere?

-Es usted impetuoso. ¿No comprende que yo podría ser una aventurera?

-No puede serlo.

-¿Porqué?

-Porque mi corazón me dice que usted es la mujer que he estado aguardando.

¿Quiere ser mi esposa?

-¡Por Dios, señor Salinas! Eso no debe decírselo nunca a una mujer. Y menos a una cantante y bailarina.

-¿Existe otro hombre en su vida? -preguntó Salinas-. Si existe, dígame quién es y...

-¿Y qué? ¿Le matará? -rió la joven.

-No, porque si le matase, usted quizá lloraría, y no deseo que por mí derramen lágrimas sus ojos.

-Por favor, ahora regrese a la sala y no sea tan dadivoso como ayer.

-Lo que puse a sus pies no tenía ningún valor, señorita. Usted se merece mi corazón... y ya lo tiene.

-Adiós, señor Salinas. Esta noche cantaré para usted.

-¿Y luego?

-¿Qué quiere (p.63) decir con eso?

-Volver sola a casa es muy expuesto.

-Resulta mucho más expuesto volver acompañada -sonrió Mariquita.

-Yo la defendería...

-¿Hasta la iglesia de la Trinidad? -preguntó la joven.

-Hasta donde usted me permitiera.

-Sólo hasta allí.

-Entonces...

-Saldré por el mismo sitio de anoche -dijo Mariquita, tendiendo la mano a Salinas, que la besó largamente hasta que la muchacha le empujó fuera del camerino.

Al cerrarse la puerta tras él la dueña la reprendió:

-Eres muy imprudente, Antonia, y eso no me gusta.

La enmascarada se volvió hacia la guardiana y, con la mirada perdida en el vacío, admitió:

-Ya lo sé, pero... ¿Tú crees en el amor a primera vista?

-Hasta ahora no creía -gruñó la mujer-; pero tú empiezas a hacerme creer en él.

-Es tan delicado... Hoy he visto al capitán aquel y llevaba la oreja vendada. Se ve que en el duelo él le ha herido.

-Supongo que eso lo considerarás una prueba de amor.

-Lo es. Cuando un hombre pone su fortuna y su vida a los pies de una mujer...

-Es que está loco. Y tú también lo estas. Prepárate, pues ya falta poco para salir al tablado.

-¿Crees que cuando sepa quién soy me seguirá queriendo?

-¿Por qué no? Al fin y al cabo, tu familia es tan buena como la suya. Sonó una llamada en la puerta y Marenas preguntó:

-¿Está preparada?

-En seguida, Marenas.

-¿Qué ha sido de su compañero? -preguntó Mariquita cuando Salinas se reunió con ella al salir del jardín de Teodosio Moraleda.

-¿Es que deseaba que nos acompañase? -preguntó Salinas.

-No digo eso; pero como parecen tan buenos amigos...

-Lo somos; pero esta noche no deseaba su compañía.

-Entonces es que no son tan buenos amigos.

-Lo somos -repitió Anselmo-; pero cuando se acude a una cita de amor...

-¿A cuál? -preguntó Mariquita, con fingida inocencia.

-A ésta.

-Creo que sigue usted un camino equivocado.

-No. No hable así. Y, por favor, deje esta vida. Si es cierto lo que dice Marenas de que usted trabaja para ayudar a su padre, no es necesario que lo haga. Le repito que toda mi fortuna está a su (p.64) disposición.

-Es usted demasiado impetuoso. Otra mujer podría aceptar su oferta.

-¿Y usted no?

-Yo no; porque de los hombres impetuosos no se puede esperar nada firme. Se lanzan al peligro o al amor sin medir antes la realidad. Luego se dan cuenta de lo que han hecho, retroceden o... o mueren.

-¿Qué quiere decir?

Caminaban en dirección a la no muy lejana iglesia de la Trinidad y la dueña les seguía a corta distancia.

-¿Usted me quiere, Salinas?

-Con locura.

-¿A quién quiere?

-A usted.

-¿Y quién soy yo?

- La mujer a quien amo.

-¿Cómo se llama esa mujer?

-Mariquita.

-¿Es ése su verdadero nombre?

-¿Por qué me hace todas esas preguntas?

-Responda a ellas. ¿Cree que me llamo Mariquita?

-No..., ya me figuro que no.

-O sea que usted cree querer a Mariquita, es decir, que no sabe a quién quiere.

-La quiero a usted.

-Pero no sabe quién soy y, por tanto, no sabe a quién quiere. Siendo así, ¿por qué está tan seguro de su amor?

-Porque lo estoy.

-Ésa es la respuesta de un niño. Señor Salinas, soy una mujer que canta en un tablao, en una taberna, y mi amor tiene, tal vez, un precio mucho menos elevado que el que está usted dispuesto a pagar.

-No creo lo que dice.

-¿No le gusta creerlo?

-No lo creo porque sé que habla por hablar, para torturarme.

-Es que si me ofrecen una cuerda y me dicen que sostendrá el peso que yo le destino, y quien lo hace no tiene la menor idea del peso que aquella cuerda ha de sostener... Yo no puedo creer en la solidez de dicha cuerda. Usted ofrece un amor y no puede ser muy grande. Y como ya hemos llegado a la iglesia de la Trinidad, adiós. No intente seguirme, porque entonces le juro que no volveré a dejarme acompañar más por usted.

Salinas quedó de pie junto a la puerta de la iglesia y vio cómo las dos mujeres se alejaban. Varias veces estuvo tentado de correr tras ellas; pero al fin se contuvo y regresó a su casa.

El capitán Allen Potts escuchó el informe de su asistente.

-Nadie ha oído hablar nunca del Coyote, mi capitán -decía en aquel momento-.

Lo más que algunos recuerdan es El Zorro; pero El Coyote (p.65) es un nombre nuevo.

Potts se acarició la barbilla.

-Tiene que ser algún amigo de Salinas; pero ha de ser un buen tirador de revólver. Los californianos han usado pocos revólveres.

-Algunos estuvieron en la guerra de Tejas -recordó el asistente-. Quizá de allí trajeron armas...

-No. Aquellos revólveres no eran ni mucho menos los que usaba El Coyote. Eran armas modernas, de mucha precisión. ¿Qué se dice por el fuerte?

-¿Sobre qué, mi capitán?

-Sobre lo de ayer tarde.

-Nada. Todos creen que la herida de la oreja se la produjo Salinas.

-¿No han hablado mis compañeros?

-No, mi capitán.

-No, no han hablado -murmuró Potts-. Pero lo harán. Me rehuyen. Querían que me dejase matar estúpidamente. ¿Has averiguado qué amigos tiene Salinas?

-El mejor de todos es el señor Echagüe.

-Ése es un botarate incapaz de empuñar un cortaplumas. ¿Qué otros hay?

-Tiene muchas amistades, pues ya sabe que cuando la guerra mandó un grupo de jinetes...

-Ya sé. Puede tratarse de cualquiera de sus muchos amigos.

-Si me permite una opinión, mi capitán...

-¿Cuál?

-Pues... yo no creo que ese Coyote vuelva a aparecer nunca más.

-¿Por qué?

-Porque sería muy expuesto ir por Los Ángeles enmascarado y tirando tiros.

Debió de hacerlo para sacar a su amigo del apuro en que estaba.

-Es posible. Nos convendría poner a Salinas en otro apuro. Por ejemplo...

¿Verdad que firmó el compromiso de no conservar armas largas de fuego?

-Debió de firmarlo.

-¿Conoces su finca?

-Sí.

-Pues escucha. Mañana...

Cuando Potts hubo terminado sonreía duramente, mientras que su ayudante asentía con la cabeza.

-¿Has comprendido bien? -inquirió Potts.

-Sí.

-Toma.

El capitán tiró sobre la mesa unas monedas de oro que el asistente guardó apresuradamente, saliendo en seguida de la habitación de su jefe.

Aquella noche, cuando Salinas acudió a la posada Internacional, Marenas le reservaba una mala noticia.

-Lo siento, señor Salinas, pero...

-¿Qué sucede?

-Su mesa... El capitán Potts insistió en ocuparla él... No he podido evitarlo. Esto es un local público (p.66) y no se pueda hacer diferencias.

-Está bien. Déme otra.

Aunque esperó, impaciente, que Mariquita le hiciera llamar, nadie acudió a pedirle que pasara al interior del local. Al fin se anunció la aparición de la bailarina y cantante sin que Salinas recibiese ningún aviso.

Cuando la bailarina, siempre con rostro cubierto, subió al tablado, su mirada fue directa a la mesa en que durante las noches anteriores se había sentado Salinas. Al ver al capitán Potts, su expresión cambió por completo y de alegre se hizo desdeñosa, variando, sólo, cuando descubrió a Salinas. Entonces le dirigió una sonrisa e inició la danza al compás de la pegadiza música.

Obligada por la interminable ovación que le fue dedicada, la joven repitió el número. En una de las hermosas pero violentas contorsiones del busto un objeto metálico fue a caer a los pies de Potts. Nadie pareció darse cuenta de lo ocurrido. Potts, con disimulo, se inclinó a recoger el objeto. Era una medalla de plata en cuyo dorso se veía esta inscripción:

A. G. 5-junio-1825.

 

Capítulo XII

 

Otra vez El Coyote

 

Allen Potts miró, sonriente, a la bailarina y luego contempló la medalla que tenía en la palma de la mano. Cerrando ésta, murmuró:

-A. G. no se parece en nada a Mariquita.

Desde el fondo de la sala, alguien había seguido todos los movimientos de Potts. Un hombre envuelto en una larga y parda capa, con un sombrero mejicano caído sobre los ojos y una mano ocultando aún más sus facciones, no dejaba de mirar ni un momento al capitán. Cuando le vio recoger su gorra y dirigirse hacia la salida, el desconocido se puso en pie y salió antes que él. Cuando Potts abandonó la posada, lo hizo con paso enérgico, emprendiendo el camino del fuerte. Ni por un momento se le ocurrió volver la cabeza. Se encontraba ya a menos de un cuarto de legua del fuerte cuando una voz, que reconoció en seguida, le ordenó:

-Deténgase, capitán, y si aprecia en algo su vida no acerque la mano a su revólver.

-¿Otra vez El Coyote? -preguntó Potts.

-Otra vez, puesto que usted sigue por mal camino. Tan malo (p.67) que, si no rectifica,

acabará despeñándose.

-Si quiere mi dinero...

-No lo necesito; pero, en cambio, sí quiero lo que ha recogido del suelo en la posada Internacional.

-¿Estaba usted allí?

-Tal vez. Démelo.

-Era una moneda de plata -mintió Potts.

-Déme la medalla que ha recogido -ordenó El Coyote.

-No he...

-Óigame, Potts -dijo fríamente el enmascarado-: no me importará si ése es el único medio para recuperar la medalla.

-Otra vez gana usted -dijo Potts, dejando caer al suelo el objeto pedido.

-Muy listo -rió El Coyote-. Pero no me inclinaré al suelo mientras que usted se encuentre a mi lado y, además, con un revólver y una espada al cinto. Veamos el revólver.

Rápidamente, El Coyote extrajo de la funda el arma de Potts y, sin perder tiempo, retiró todos los fulminantes de las cámaras del cilindro. Luego se la devolvió a Potts, diciendo:

-Puede marcharse.

Potts se alejó lentamente y El Coyote, con el revólver encañonado a la espalda del militar, se inclinó a recoger del suelo la medallita.

Cuando regresó hacia la plaza se detuvo debajo de uno de los faroles y leyó lo escrito en el reverso de la joya. Iba a guardar la medalla cuando oyó unos torpes pasos que se acercaban. Al volver la cabeza vio a un soldado que avanzaba apoyándose en un largo fusil.

Embozándose en su capa, El Coyote quiso alejarse; pero el soldado le ordenó, trabajosamente:

-No se mueva o le dejo en el sitio, mejicano.

Lentamente El Coyote se volvió hacia el soldado. Su mano sostenía el revólver.

-¿Qué quiere? -preguntó.

El soldado empuñaba una pistola de dos cañones, con la que tan pronto apuntaba al polvo de la plaza como a las estrellas del cielo.

-Quiero que beba conmigo y que me ayude a llevar este fusil.

El Coyote se acercó. El soldado estaba completamente borracho.

-Me... me han encargado un trabajo asqueroso. ¡Si, asqueroso! ¡Hip! Asquerosísimo... ¡Hip!

-Pues vaya a hacerlo.

-El capitán quería que lo hiciera mañana; pero yo le he dicho que esta noche, y él ha dicho que bueno..., que llevara el fusil esta noche y que en seguida bajaría con... (p.68) con los soldados para detener a... a... Tiene un nombre muy raro.

-¿Quién? -preguntó El Coyote, ya vivamente interesado.

-Ése a quien tengo que dejar el fusil. Es una cosa muy divertida. Porque él firmó que no guardaría fusiles, y él cree que no tiene fusiles; pero yo le llevo un fusil y cuando los soldados le encuentren un fusil le meterán en la cárcel, porque no puede tener fusil. ¿Verdad que está muy bien?

-¿Y quién no puede tener fusil? ¿El capitán?

-No; él puede tener hasta un cañón, porque por eso es capitán; pero ese SalSala...

-¿Salinas?

-¡Eh! ¡Justo! Sí, digo que Salinas. Pues Salinas no puede tener un fusil porque

juró que no conservaría ninguno y juró en falso, porque yo le llevo un fusil y se lo meteré en su casa y cuando vayan los soldados encontrarán un fusil y a Salinas le encerrarán en la cárcel. ¡Hip!, porque cuando uno dice que no tendrá ningún fusil no debe tener ningún fusil. Y ahora adiós, mejicano, porque si me entretengo no podré llevar el fusil, y si no lo llevo Salinas no tendrá ningún fusil.

Y arrastrando el fusil como si fuese una escoba, el soldado se alejó hipando; tartajeando una canción. El Coyote le siguió con la mirada y mentalmente calculó el tiempo que podía tardar en llegar a su destino y regresar para anunciar la realización de su trabajo.

-Sobra tiempo -se dijo, y lentamente se dirigió hacia la calle del Álamo Viejo

A las doce menos cuarto de la noche Salinas y Mariquita aparecieron en la calle, seguidos por la dueña. Cuando llegaron al árbol tras el que se ocultaba El Coyote, éste abandonó su escondite y avanzó hacia los dos jóvenes. Al llegar a cuatro metros de Salinas, vio que éste empuñaba una pistola.

-Guarde el arma, Salinas -dijo-. No soy un enemigo suyo.

-¡El Coyote! -exclamó-. ¿Otra vez?...

-Otra vez vengo a ayudarle, aunque ahora no es sólo a usted. También Antonia necesita mi ayuda.

-¡Oh! -gritó la joven-. ¿Cómo ha...?

-No se preocupe -dijo El Coyote-. Su secreto está bien guardado; pero cuando quiera disimular su identidad, procure no llevar medallas con sus iniciales y la fecha de (p.69) su nacimiento. Tome. El capitán Potts estaba muy satisfecho con ella. Se la tuve que quitar.

-¿El capitán Potts? -preguntó Salinas

-Sí, le cayó a los pies.

-¿Y la ha examinado? -preguntó i bailarina.

-Sí; pero no creo que haya tenido tiempo de aprenderse de memoria la inscripción. Ahora, señor Salinas, apártese un momento. Debo hablar a solas con la señorita.

-¿Puedo saber...? -empezó Salinas.

-No, no puede saber nada –replicó El Coyote.

-Entonces...

-Por favor, apártese un instante -pidió la joven. Y cuando Salinas hubo obedecido, preguntó-: ¿Qué quiere? ¿De veras se llama El Coyote?

-Tan de veras como usted se llama Mariquita en lugar de Antonia Gonzaga.

-¡Oh! ¿Cómo ha sabido...?

-Sus iniciales, la fecha de nacimiento. Son datos que, unidos a otros, resultan muy claros para quien conoce a todas las familias de Los Ángeles. ¿Por qué hace usted eso?

-Necesito dinero para vivir...

-¿Para pagar las deudas que dejó su padre?

-Sí. Pero, ¿quién es usted?

-Un amigo. Eso es bastante. Y ahora óigame con atención. Procure retener a Salinas junto a usted todo el rato que pueda. Le preparan una celada y quiero salvarle de ella.

-¿Qué sucede?

-No se lo digo porque le faltaría tiempo para descubrírselo a Salinas y me interesa que no se mezcle en nada. Al fin y al cabo, fue uno de los jefes de la rebelión y podrían dictar orden de expulsión contra él.

-¿Es cosa de Potts?

-Claro. ¿Le retendrá?

-Haré lo posible.

-Con eso basta. Adiós, Antonieta. A pesar de todo, su padre no merecía una hija como usted.

-Creo que merecía mucho más.

-No; pero no importa. Adiós.

Y saludando con un ademán a Salinas, El Coyote se alejó en busca de su caballo.

-¿Estás seguro de que no te ha visto nadie?-preguntó, malhumorado, Potts a su asistente.

-Seguro que no -murmuró, medio atontado, el soldado.

-¿Dejaste el fusil en el rancho?

-Claro.

-¿En qué sitio?

-En un armario muy grande que hay en el pasillo. Lo metí entre la ropa. Es un lugar muy bueno para esconder fusiles.

-¿Y no se te ha ocurrido nada mejor que (p.70) emborracharte? -refunfuñó Potts.

-No... es lo mejor de la vida.

Dejando a su asistente derrumbado en un sillón, Potts se dirigió hacia el cuerpo de guardia y ordenó al sargento que estaba de turno:

-Arme a diez hombres. Tenemos que ir a hacer un registro. Uno de los californianos que firmaron el compromiso conserva armas largas.

-Las querrá para cazar -protestó el sargento-. Llevo un montón de noche sin dormir...

-Una más no le perjudicará. Prepare a los hombres.

Refunfuñando, el sargento fue a despertar a los soldados y media hora después Potts descendía del fuerte Moore el dirección al rancho La Mariposa.

Los soldados penetraron en el rancho sin hacer caso de las protestas del capataz del mismo y comenzaron a registra la casa. Cuando Potts juzgó que ya había pasado un tiempo prudente, propuso:

-Registre ese armario, sargento -y señaló el que se veía en el pasillo.

Un concienzudo registro sólo dio por resultado el hallazgo de una oxidada espada de estropeada cazoleta y puño.

Potts registró personalmente el armario donde su asistente le había asegurado que estaba oculto el fusil y al fin tuvo que reconocer que allí no había nada.

Se registraron otros armarios y como por parte alguna se hallase ningún arma Potts pidió que el dueño de la hacienda compareciese ante él.

-¡Pero si ya le he dicho que no está! -gritó el capataz-. Se marchó esta noche y aún no ha vuelto.

-Bien..., no hay nada; vámonos -gruñó Potts. Y seguido por sus soldados abandonó el rancho en el momento en que Anselmo Salinas regresaba.

-¿Qué ocurre? -preguntó, alarmado, el joven. Potts le dirigió una venenosa mirada.

-Recibimos una denuncia acerca de unas armas que tenía usted ocultas y vinimos a hacer un registro.

-¿Trajo la orden del gobernador militar de la plaza? -preguntó, duramente, Salinas.

-No. No se necesita.

-Está usted muy equivocado, capitán, y como sé los derechos que tengo, el comodoro Stockton sabrá lo que ha ocurrido.

-Yo en persona se lo diré -declaró Potts.

-Y yo se lo repetiré. Buenas noches.

Pero Potts disfrutó de todo menos de una (p.71) buena noche, porque al regresar al fuerte Moore encontró, en su habitación, un paquete dirigido a su nombre. Era largo y pesado. Al deshacerlo, Potts encontró dentro de él un fusil y una nota redactada en los siguientes términos:

Capitán: Ha jugado demasiado con fuego. No siga por ese camino, porque se quemará. Es mi último aviso. No lo desprecie.

EL COYOTE

 

Potts arrugó, furioso, el mensaje, y cogiendo el fusil, que era el mismo que había hecho llevar a casa de Salinas, lo tiró contra su asistente, que se despertó sobresaltado, preguntando a voz en grito si los californianos asaltaban al fuerte; luego, dejándose caer de nuevo en su improvisado lecho, quedó dormido como un tronco, en tanto que Potts, sin sueño, furioso y con los nervios fuera de quicio, paseaba de un lado a otro sin pensar ni por un momento en irse a la cama.

-Te cruzas demasiado en mi camino, Coyote -gruñó-. ¡Y el día en que nos veamos frente a frente te juro que...!

Durante el resto de la noche estuvo madurando su ira contra El Coyote, contra Salinas y contra aquella mujer cuya identidad ya sabía cómo descubrir.

 

Capítulo XIII

 

La última canallada de Allen Potts

 

El comodoro Stockton miró severamente a Potts.

-Lo ocurrido ayer noche fue muy vergonzoso, capitán -dijo-. Me duele tener que reprender a uno de mis oficiales y, sobre todo, me duele tener que reconocer que la razón no nos ha asistido. ¿Por qué ordenó el registro del rancho de La Mariposa?

-Recibí informes fidedignos de que se guardaban armas de guerra -contestó Potts, dándose cuenta de lo endeble de su excusa.

-¿Quién le proporcionó esos informes?

-No puedo revelar su identidad.

-Potts, hasta mis oídos han llegado ciertos rumores acerca de un desafío entre usted y Anselmo Salinas. Ya sé que ese Salinas fue, en un tiempo, enemigo nuestro; pero después de haber firmado la capitulación, su comportamiento ha sido intachable. No me gusta que los asuntos personales se mezclen con los oficiales. No olvide que por la conducta del capitán Gillespie fuimos expulsados de aquí y nos (p.72) costó mucho tiempo reconquistar esta ciudad. Realizando registros sin ton ni son, sólo conseguimos molestar a las personas decentes y crearnos dificultades.

-Si la información no hubiera sido muy segura no hubiese ordenado el registro - declaró Potts.

-Ya ve que no tenía nada de segura -replicó el comodoro-. Molestó a un ciudadano respetable, estropeó muebles y tapicerías, y ahora tenemos una reclamación por tres mil pesos de daños y perjuicios. Y no se encontró más que una vieja espada.

-Sin duda debió de esconder el arma.

-¿Para qué quería el señor Salinas un fusil? Para nada. Y si lo hubiera querido para atacarnos alguna vez, lo habría escondido en un sitio mejor. Tendrá que ir a pedirle excusas, Potts. Si no lo hace me veré obligado a informar a Washington de su conducta.

-¿Me va a perjudicar en beneficio de un asqueroso californiano?

-Lo haré si no me queda otro remedio Potts. No quiere el gobierno que los habitantes de California vean en nosotros una horda sin disciplina de ninguna clase y sin respeto a la libertad ajena. Le repito que tendrá que presentar sus excusas a Salinas.

Y puede retirarse. No quiero entretenerle más.

Potts salió del fuerte cegado por la rabia. Mientras descendía hacia la población maduró diversos planes de venganza. Iría en busca de Salinas y lo molería sablazos..., le arrancaría la lengua..., le cortaría la cabeza... Pero a medida que se acercaba a Los Ángeles, el plan que había trazado durante la noche se impuso a los otros y al entrar en la ciudad, en ve de dirigirse al rancho La Mariposa se dirigió a la iglesia de Nuestra Señora, que se levantaba en la plaza.

Eran las cuatro de la tarde y el sacristán acudió a su encuentro, extrañado por la presencia de un oficial norteamericano.

-¿Qué desea, caballero?

-Ésta es la iglesia principal de Los Ángeles, ¿verdad?

-Sí, señor.

-¿Se celebran aquí todos los bautizos importantes?

-Casi todos. Algunos se celebran en la iglesia de la Trinidad; pero muy pocos.

-Me interesaría examinar el libro de las partidas de bautismo del año mil (p.73) ochocientos veinticinco.

-¿No conoce la fecha exacta?

-Creo que debe de ser entre el cinco y el diez de julio.

-¿Y el nombre de la persona?

-Eso es asunto mío. Enséñeme el registro.

El sacristán estuvo a punto de replicar con alguna violencia, pero al fin se encogió de hombros y pidió al capitán que le siguiera al despacho parroquial, donde, de un estante, bajó un grueso volumen encuadernado en piel, en cuyo lomo se veía la fecha: enero 1806-diciembre 1836.

-En seguida lo encontraremos -dijo.

El sacristán hojeó rápidamente el libro y comenzó a leer nombres:

-El día cuatro se bautizó a Tomás Valverde, que luego murió en una riña...

-No me importa cómo murió ese Valverde -interrumpió Potts-. Continúe.

-Rosario Palacios fue bautizada el día cinco. ¿Es ésta?

-No; es una mujer, pero no se llama Rosario ni Palacios.

-El mismo día bautizaron a Bartolomé Ferrero... No, no es una mujer. El día seis bautizamos a... a nadie. Al día siguiente... Ese día se bautizó a Antonia Gonzaga... ¿Es ésta?

-¿Antonia Gonzaga? A. G. Tal vez. ¿Se indica la fecha del nacimiento?

-Sí, fue el cinco de julio. Una muchacha muy linda, con una voz hermosísima. Antes de que muriera su padre solía cantar en los oficios solemnes; pero desde que la pobre quedó huérfana no tiene humor para nada.

-¿De veras?

-Claro. Su padre, el señor Gonzaga, era un hombre muy bueno; pero lo perdió todo en la guerra.

Potts tomó las notas que necesitaba y al salir de la iglesia fue en busca de Juan el Flaco (Lean John), quien había sido muy útil a los norteamericanos durante la campaña y la ocupación.

-¿Los Gonzaga? -Juan ordenó sus recuerdos-. Una de las mejores familias de Los Ángeles. Antonio Gonzaga fue un gran defensor de los derechos franciscanos de las misiones. Cuando todo el sistema fue estúpidamente destrozado, él apoyó a los franciscanos y les proporcionó los medios para abandonar California. En eso gastó gran parte de su fortuna, y luego, en la revolución, gastó el resto. En la guerra contra nosotros contrajo algunas deudas y cuando entrarnos por (p.74) primera vez en Los Ángeles murió, creo que de vergüenza.

-¿Y su hija? -preguntó el capitán Potts.

-Una muchacha muy hermosa... Debió de heredar algo, porque en poco tiempo ha pagado casi todas las deudas de su padre. Hay quien dice que los frailes la apoyan, pues antes cantaba para ellos en los oficios religiosos; pero no creo que los frailes conserven mucho dinero después de todo lo que ha ocurrido. ¿Es que está usted enamorado de Antonia Gonzaga, capitán?

-No la conozco; pero si es tan hermosa como todo el mundo dice, tendré que ver de conocerla.

-Vaya con cuidado, capitán -advirtió Juan-. Esta gente no es como la nuestra. Antonia Gonzaga tiene bastante familia, especialmente primos y tíos que considerarían un deber vengar ofensas que a ella se le hicieran.

-Ya sé que en California se tiene un gran sentido del honor -dijo Potts-. Y creo que una muchacha de buena familia no puede hacer según qué cosas si no quiere exponerse a que la repudien y la conviertan en una paria con la que ninguno de los suyos querrá trato alguno.

-¿Qué quiere decir?

-Nada; es sólo una reflexión sobre el sentido del honor de los españoles. Recuerdo que me contaron hace tiempo que una muchacha de la aristocracia mejicana se dejó llevar por su afición a la música y llegó a cantar en un teatro, ganándose con ello la repulsa de todos los de su clase, que ya nunca más la admitieron en su círculo.

-Es natural que lo hicieran. También en Filadelfia y en Boston harían lo mismo.

-Desde luego. Bien, Juan, hasta la vista.

Aquella tarde Potts no regresó al fuerte. No quería encontrarse de nuevo con el gobernador militar de la plaza, y además, tenía que llevar a cabo todo el plan que se había trazado. En primer lugar visitó a Marenas y se informó de si Mariquita cantaría aquella noche.

-¡Claro que cantará! ¡Y bailará! Es un éxito inmenso.

Después de eso, Allen Potts escribió unas cuantas cartas y las hizo llevar a su destino. Los apellidos de casi todos los destinatarios eran «Gonzaga».

Aquella noche la posada Internacional estaba repleta de público. Si el (p.75) local hubiera sido doblemente grande, habría estado doblemente lleno. Los camareros iban de una mesa a otra, sirviendo vino, cerveza y licores. Algunos clientes entretenían la espera jugando a los naipes o a los dados; pero así como en otros momentos la atención estaba fija en los azares del juego, entonces se manejaban las cartas maquinalmente, porque el interés estaba en la mujer cuya presencia en el tablado todos esperaban con ansia. (p.76)

Una tercera parte del público estaba constituida por soldados y oficiales de la guarnición. El resto lo componía un mayor número de californianos de buena posición, unos cuantos peones y unos pocos comerciantes llegados por la recién iniciada Ruta de Santa Fe.

Un cliente que parecía pertenecer al grupo de los peones, y que ocultaba su rostro tras un oscuro y sencillo sarape, estaba de pie, apoyado contra una de las blancas columnas que sostenían los arcos del extremo de la sala. Junto a él, alrededor de una mesa, sentábanse siete hombres. En aquel lugar la luz era escasa y las facciones de aquellos clientes eran casi invisibles; pero el hombre del sarape no necesitaba verlos con más detalle. Los había reconocido desde el primer momento. Y al reconocerlos pensó: «¡Cuánto Gonzaga viene esta noche!»

Y como no era natural que los Gonzaga acudieran en masa a la taberna, el desconocido se acercó todo lo posible a ellos para ver de enterarse del motivo que los había llevado allí.

-Es incomprensible tanta carta igual -dijo uno de ellos.

-Parece una broma -dijo otro. Y sacando un papel leyó en voz no muy alta:

Don José Luis Gonzaga averiguará, si asiste esta noche a la posada Internacional, algo que le interesa tanto particularmente como por el buen nombre de su familia.

UN AMIGO

 

-Es un jeroglífico -declaró el más viejo de los Gonzaga reunidos. -Tal vez una chanza -dijo otro.

-O una añagaza de Marenas para aumentar su clientela -sugirió un tercero-. De todas formas, creo que esa Mariquita canta y baila como una gloría.

El (p.77) mejicano del sarape dirigió en aquel momento su atención a las cercanías del tablado. Anselmo Salinas ocupaba su mesa preferida y a unos cuantos metros de él se encontraba el capitán Potts con su asistente. Los dos hombres se habían mirado con mal disimulado odio; pero no cambiaron ni una palabra.

Un rasgueo de guitarras anunció la aparición de Mariquita, y al momento todos empezaron a aplaudir. La hermosa danzarina subió ágilmente al escenario y saludó con una simpática reverencia a los espectadores; luego, cuando se calmaron los aplausos, comenzó a bailar.

Se hizo un impresionante silencio y todas las miradas se fijaron en la mujer que, sobre las tablas, trenzaba el bello encaje de su danza. Como siempre, al terminar, el delirio pareció apoderarse de los clientes de Marenas, que no parecían tener suficiente por mucho que les ofreciera la joven. Cuando ésta terminó de bailar y regresó después de un breve descanso, se anunció que iba a cantar una tonada mejicana.

Inmóvil en el centro del tablado, Mariquita esperaba el momento de comenzar a cantar cuando, de súbito, poniéndose en pie sobre su silla, Allen Potts levantó en alto su copa y gritó, con voz que llegó a todos:

-¡Brindo por Antonia Gonzaga, nuestra bailarina enmascarada y la mujer más hermosa de Los Ángeles!

El grito de angustia que brotó de la garganta de la mujer que estaba en el tablado fue el más claro indicio de que Potts no se equivocaba. Sus palabras fueron, además, como la luz que despejó las tinieblas que aún hasta entonces habían cegado a los Gonzaga reunidos en la posada. El más viejo de ellos gritó con estentóreo acento:

-¡Antonia!

Potts levantó de nuevo la copa y, volviéndose hacia la joven, empezó:

-Por la más aristocrática de las bai...

Fue lo último que el capitán Allen Potts dijo en su vida. Una ensordecedora detonación cortó su voz, y la copa de vino que sostenía en alto se escapó de sus manos y se estrelló contra el suelo; luego, llevándose las manos al pecho, el capitán cayó de bruces desde lo alto de la silla y quedó, para siempre, inmóvil, en (p.78) tanto que su sangre mezclábase, copiosa, con el vino vertido de su copa.

A dos pasos de él, Anselmo Salinas permanecía inmóvil, empuñando fuertemente, como si quisiera triturarla, una pistola de cada uno de cuyos cañones se elevaba una columnita de negruzco humo.

 

Capítulo XIV

 

La promesa del Coyote

 

Durante cinco segundos que fueron como horas, nadie se movió en la sala de la posada Internacional. El irritante vapor de la pólvora se extendió hasta todas las gargantas; pero las miradas se hallaban fijas en el cuerpo que había recibido las dos balas de la pistola de Salinas.

De pronto, dos oficiales que se encontraban también en el local desenfundaron sus revólveres y ordenaron a Salinas, avanzando hacia él:

-¡Suelte la pistola! ¡Queda detenido!

Salinas dejó caer su inútil arma y se volvió hacia los oficiales.

-No es necesario que me amenacen -dijo-. No he de ofrecer resistencia.

En el tablado, Antonia Gonzaga se arrancó el antifaz y, tirando por la borda todas sus precauciones, saltó al suelo y corrió a abrazar al hombre que, por ella, acababa de cerrar en torno a su cuello la cuerda del verdugo.

-¡Oh, Dios mío!... ¿Por qué lo has hecho?

-Se lo merecía -replicó Salinas.

-Acompáñenos, caballero -pidieron los oficiales, en tanto que unos soldados se acercaban para ayudarles.

-Lo lamento, señores; pero ese caballero no les acompañará -dijo en aquel instante una voz. Al volver la vista hacia el punto de donde llegaba, todos vieron a un mejicano cuyo rostro estaba también protegido por un antifaz y que de pie sobre una mesa empuñaba con cada mano un revólver de largo cañón. Las dos armas estaban dirigidas hacia el grupo de soldados y oficiales que rodeaban a Salinas.

De nuevo el asombro les inmovilizó a todos. Por fin, uno de los oficiales exclamó:

-¡El Coyote!

-Para servirle, teniente -rió el enmascarado-. Nos volvemos a ver antes de lo que yo esperaba. Tenga la bondad de entregar su revólver al señor Salinas, prometo que si no lo hace, le mataré.

El teniente tendió el revólver a Salinas, que lo tomó (p.79) vacilante.

-Usted también, capitán -ordenó Coyote al otro oficial. Este entregó su arma a Salinas y levantó las manos.

-Háganse todos a un lado para dejar pasar al señor Salinas y a la señorita Gonzaga.

La orden fue obedecida con toda presteza y un ancho camino se ofreció ante Salinas y Antonia. Fue ésta quien arrastró por él a Anselmo Salinas en dirección a la salida.

-Advierto a todos que dispararé contra el primero que intente seguirnos –dijo El Coyote, saltando de la mesa y retrocediendo de espaldas sin dejar de apuntan.

Al llegar a la plaza ordenó a Salinas::

-Monte en uno de esos caballos y tome el camino de San Pedro. Si le detienen, le ahorcarán. Dentro de pocas horas zarpa un barco para Méjico.

Salinas vaciló un momento. Al fin se volvió hacia Antonia Gonzaga y murmuró:

-Adiós...

-¡No! -gritó la joven-. Te acompaño. Iré contigo donde vayas.

-No pierdan tiempo -aconsejó El Coyote, quien, después de enfundar uno de sus revólveres, había sacado una larga navaja y estaba cortando las riendas de los caballos atados frente a la posada.

Salinas montó en uno de aquellos caballos, y Antonia montó en otro. El Coyote saltó sobre el suyo y disparó tres tiros al aire, a la vez que se lanzaba contra los caballos ya sueltos, que huyeron en todas direcciones.

Cuando los que estaban en la taberna salieron con la esperanza de poder perseguir a los fugitivos, no encontraron ninguno de sus caballos, y cuando al fin lograron reunir algunos, Salinas, Antonia y El Coyote estaban ya muy lejos.

Un viento frío y húmedo llegaba del mar. Los tres jinetes se habían detenido en una de las posadas que se levantaban junto a la carretera, entre San Pedro y Los Ángeles.

-Aquí nos separamos -dijo El Coyote-. Yo me quedaré a impedir que les alcancen. Ustedes sigan hacia el puerto. El San Carlos se va a hacer a la mar en dirección a Mazatlán. Tengan.

Sobre la mesa depositó el enmascarado una bolsa de monedas de oro.

-Sólo hay unos dos mil pesos -dijo-; pero, de momento, tendrán bastante.

-Yo no puedo aceptar eso -protestó Salinas-. Tengo (p.80) dinero...

-Todo su dinero y su hacienda serán confiscados por las autoridades. Ha matado usted a un oficial del ejército, y eso no es poco.

-Quisiera saber a quién debo estos favores -dijo Salinas.

-No se preocupe. Lo importante es que huya antes de que puedan alcanzarle.

-¿Cree usted, señor, que le confiscarán la hacienda? -preguntó Antonia.

-Es lo menos que podrán hacerle.

-Pero si él hubiese recibido una cantidad importante ofreciendo como garantía la hacienda... Entonces ésta pasaría a quien le hubiera prestado el dinero, ¿no?

-¡Claro! -exclamó Salinas-. Óigame, señor. Yo extenderé un recibo por cien mil pesos oro, que diré he recibido de mi amigo César de Echagüe. En el recibo indicaré que como garantía de ese dinero ofrezco mi finca La Mariposa. Usted le entregará el documento a César y él le abonará a usted el dinero que me ha dado. Es un buen amigo mío y me ayudará en cuanto le sea posible.

Tomando papel y pluma, Salinas extendió un recibo por cien mil pesos recibidos de César de Echagüe e indicó que en el caso de no poderlos devolver, cedía a César su finca llamada La Mariposa.

-Déselo -pidió, tendiendo el documento al Coyote-. La fecha es de hace un mes.

No creo que noten la falsedad. Pídale a César que me envíe dinero a Méjico.

-Está bien -dijo sonriente El Coyote, luchando contra la tentación de descubrir su verdadera identidad-. Lo haré.

-Adiós, señor, y gracias por todo.

-Adiós y feliz viaje.

Desde la puerta de la posada, El Coyote vio cómo Salinas y Antonia continuaban su fuga hacia el puerto de San Pedro. Hasta el amanecer permaneció por allí a fin de cubrir la retirada de sus amigos. Luego, cuando las primeras luces del día aparecieron sobre la tierra, César de Echagüe regresó a su casa. El cielo era tormentoso y el viento soplaba casi huracanado.

 

Epilogo

Ante dos tumbas en La Mariposa

 

Adolfo Segura y su esposa llegaron ante el viejo roble.

-¿Qué quiso decir César? -preguntó la mujer.

Segura no contestó. A pie del roble, la hiedra lo había invadido todo; pero a (p.81) través de las verdes hojas se veían brillar unas losas de mármol. Adolfo Segura apartó la vegetación y lanzó un grito de asombro:

-¡Oh! ¡Dios mío! Lee.

Su esposa se inclinó y, a la vez que su marido, leyó: «Aquí yace, en la paz del Señor, Anselmo Salinas, que murió el 7 de abril de 1847, en el naufragio del "San Carlos".»

-Y ésta...

Salinas señaló la otra losa, en la cual, y con sólo la variación del nombre, que era el de Antonia Gonzaga, decía lo mismo que en la anterior.

-¿Qué significa esto? -tartamudeó Adolfo.

-Que durante veintitrés años os he dado por muertos -dijo detrás de ellos una

voz.

Adolfo Segura y Adela González se volvieron, hallándose frente a César de

Echagüe.

-No embarcasteis en el San Carlos, ¿verdad?

-No -contestó el hasta entonces llamado Adolfo Segura-. Cuando llegamos a la vista del barco lo encontramos vigilado por los soldados yanquis. Sin duda se les avisó de alguna forma y habían establecido una guardia. Unos marineros que estaban en una posada se ofrecieron a llevarnos hasta el barco; pero tuvimos que cambiar de ropa con uno de ellos y con su mujer. Ellos se fueron delante y nosotros debíamos seguirles; pero un arriero nos propuso llevarnos a Méjico por un camino más seguro, y a última hora aceptamos su oferta.

-Hicisteis bien. El San Carlos, al ir a salir del puerto, se hundió y perecieron todos los tripulantes y pasajeros. Casi seis meses después se encontraron dos cadáveres muy desfigurados. Vestían vuestras ropas y todos dijeron que erais vosotros. Se os dio por muertos y yo hice que os enterrasen aquí.

-¿Es por eso por lo que no enviaste dinero a Méjico?

-Claro. Y como no recibí noticias vuestras...

-No nos atrevimos a comprometerte. Luego, al pasar los años y no saber nada de ti, creí que... creí que no eras el buen amigo que yo había imaginado. Después de casarnos en Méjico organizamos un poco nuestra vida y fuimos saliendo adelante. Cuando hubo pasado el tiempo suficiente para que no se nos pudiese acusar de nada, decidimos volver. Y en (p.82) seguida supe que La Mariposa estaba en tus manos y que la habías convertido en tu mejor finca.

-En la tuya, Anselmo -sonrió César. Todos los beneficios que me produjo fueron invertidos en mejorarla. Estoy dispuesto a vendértela por el mismo precio en que te la compré.

-¿Te entregó El Coyote aquel recibo?

-Sí.

-Quisiera premiar de alguna manera la ayuda desinteresada que entonces nos prestó.

-No creo que El Coyote necesite premios.

-¿Y no sabes quién es?

-No. En todo este tiempo nadie ha podido saberlo.

-Aquélla debió de ser su primera aventura, ¿no?

-Sí, creo que sí.

-¿Nos reconoció usted al vernos? -preguntó Antonia.

-Sí; pero creí que se trataba de un parecido muy grande y temí que intentaran engañarme. Les daba por muertos, y al verlos resucitados... dudé. La historia de su muerte era conocida en Los Ángeles. Podían ser unos aventureros dispuestos a hacerse con una finca que ahora vale una fortuna. Por ello no demostré que los conocía...

-Y nosotros creíamos que no querías conocernos -rió Salinas-. Sentí un desengaño.

-Por eso te dije que vinierais a este árbol. Si eras Anselmo Salinas debías encontrarlo en seguida. Si no lo eras... ¿Comprendes?

-Ahora, sí. Lo que no comprendo es que El Coyote me escribió un mensaje, diciéndome que fuéramos a tu casa y que luego nos hablaría...

-Aquí estoy -dijo una voz, detrás de Salinas, César y Antonia. Y un enmascarado surgió de entre los árboles.

-¡El Coyote! -exclamó Salinas, yendo hacia él. El enmascarado lo contuvo con un ademán...

-No -dijo-. No es necesario. Ya todo se arregló, y mi intervención no ha sido precisa. Quería que el señor Echagüe les reconociera. Ya lo ha hecho y sé que cumplirá su palabra. Adiós.

Y saludando con una inclinación de cabeza, El Coyote desapareció por entre los árboles.

Siguiéndole con la mirada, Salinas comentó:

-Casi hasta ahora había creído que El Coyote y tú erais la misma persona.

-Estás muy equivocado -rió César-. Yo continúo siendo un hombre muy tranquilo y nada violento.

-Pero antes manejabas el (p.83) revólver como un brujo.

-Pero eso era hace veintitrés años. Bien, os dejo aquí, porque supongo que tendréis ganas de visitar vuestra hacienda. ¿Pensáis conservar vuestros nombres actuales o los antiguos?

-Dejaremos que Anselmo Salinas y Antonia Gonzaga reposen en estas tumbas - replicó Salinas-. Continuaremos siendo, como en Méjico, Adolfo Segura y Antonia González de Segura. Así nadie nos molestará.

-Como queráis. Haré extender hoy mismo el contrato de venta. Adiós.

César se alejó por entre los árboles. Adela le siguió con la mirada y murmuró:

-¡Qué ingenuo es!

-¿Qué dices? -preguntó su marido.

-¡Eh! Oh, nada. Decía que es una bella persona.

Y Adela González sonrió, porque desde hacía muchos años -aunque hacía poco hubiera sentido ciertas dudas- ella había sabido quién era, en realidad, El Coyote, pero comprendía que lo menos que podía hacer por el hombre que le había conservado la existencia de su marido era callar la verdad que sus ojos de mujer descubrieron desde la noche en que El Coyote los ayudó a huir.

-Es muy bueno -suspiró Salinas.

-Que Dios le bendiga y le dé toda la dicha que merece -deseó la mujer.

-No ha sido afortunado -replicó Salinas-. Se casó con Leonor; pero su felicidad duró poco.

-Si no fuera tan ciego sabría que en su hogar tiene otra felicidad.

-¿Su hijo?

-No. No es su hijo. Es otra mujer que le está demostrando a gritos que le adora, y él, por lo visto, no sabe oír esas voces tan claras.

Dejándose caer en su sillón, César murmuró:

-Ya todo se ha resuelto. Guadalupe inquirió, curiosa:

-¿Le reconocieron?

-Temo que Antonia sí. Me miró de una manera...

-Es una mujer muy sagaz -dijo Guadalupe-. Anoche me observaba con tanta fijeza que tuve miedo de...

-¿De qué?

-De que hubiera descubierto mi secreto.

-¿Tu secreto? -César se echó a reír-. ¿Es que acaso tú tienes secretos?

-Todos los tenemos.

-Debes de tenerlos muy encerrados cuando no he sabido descubrirlos -comentó

César.

Guadalupe no contestó. En el vestíbulo del rancho se oyó la voz del (p.84) pequeño

César, y volviéndose hacia allí la mujer dijo:

-Su hijo acaba de llegar. Debe de venir completamente destrozado. Voy a mirar de lavarlo un poco.

César siguió con la vista a Guadalupe. Cuando dejó de verla se rascó la cabeza comentando en voz alta:

-Cada día la entiendo menos.

Luego, su expresión se suavizó. Su pensamiento volvía a Salinas y a su esposa, a muchos años antes, cuando El Coyote riñó su primera batalla. Entonces Guadalupe ya estaba a su lado; pero era una chiquilla que apenas levantaba cuatro palmos del suelo. Y sin embargo, ya entonces, siempre que le miraba, parecía estarlo adorando.

FIN